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-The Project Gutenberg EBook of La Incógnita, by Benito Pérez Galdós
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-
-
-Title: La Incógnita
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: April 10, 2017 [EBook #54521]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA INCÓGNITA ***
-
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-
-Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the
-Distributed Proofreading team at DP-test Italia.
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-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
- versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la
- utilizada actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han
- normalizado a la grafía de mayor frecuencia.
-
- * Se han reparado los emparejamientos de los signos de admiración
- e interrogación. También se han añadido tildes a las mayúsculas
- que las necesitan.
-
- * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
- Para su detección se han tenido en cuenta otras ediciones de esta
- novela.
-
-
-
-
-LA INCÓGNITA
-
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-
-
- Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán
- furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
-
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- B. PÉREZ GALDÓS
- NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
-
- LA INCÓGNITA
-
- 12.000
-
- [Ilustración]
-
- MADRID
- PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
- (Sucesores de Hernando)
- Arenal, 11
- 1906
-
-
-
-
- EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO
- IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
- C. de San Francisco, 4.
-
-
-
-
-LA INCÓGNITA
-
-
-
-
-Á D. EQUIS X, EN ORBAJOSA
-
-I
-
- _Madrid, 11 de Noviembre._
-
-
-Querido Equis: Allá va mi primera carta. La empiezo recordándote la
-condición _sine qua non_ de mi compromiso epistolar, y es que esto no
-ha de leerlo nadie más que tú. Sólo con la seguridad de que humanos
-ojos, fuera de los tuyos de ratón, no han de ver el contenido de
-estas cartas, puedo ser, como me propongo, absolutamente sincero al
-escribirlas. Á cambio de la solemne promesa de tu discreción, nada te
-ocultaré, ni aun aquello que recelamos confiar verbalmente al amigo más
-íntimo.
-
-Ya que por tus pecados, de los cuales más vale no hablar, te ves
-recluído en la estrechez carcelaria de ese lugarón, donde todas las
-murrias del alma humana tienen su asiento, quiero enviarte la sal de
-estas cartas para que sazones con ella el pan desabrido de tu destierro
-forzado ó voluntario, que esto es harina de otro costal. En ellas verás
-personas, sucesos, chismes y trapisondas de esta pícara Corte, cuya
-confusión y bullicio tanto te agradan, como buen _gato_ madrileño; y
-la sociedad que has dejado con pena, la vida ésta, entretenidísima,
-variada y estimulante, revivirán en tu espíritu, descritas sin
-galanura, pero con veracidad, por tu mejor amigo.
-
-Hemos cambiado nuestros papeles, como trocamos nuestra residencia. Yo
-perdí de vista á la gran Orbajosa, muy á gusto mío, para venirme acá,
-y tú abandonas tu patria intelectual para confinarte en lo que fué mi
-destierro durante cinco años de faenas tan necesarias como fastidiosas,
-arreglando dos testamentarías, midiendo y partijando fincas, pleiteando
-con medio pueblo, deshaciendo enredos de curiales y líos de lugareños
-astutos, deslindando pertenencias mineras, con otras muchas fatigas y
-trabajos que me permiten hombrearme con Hércules, y tener por niños de
-teta á los héroes más templados de la antigüedad.
-
-Yo resucito, y tú mueres; yo salgo á la luz, y tú caes en ese pozo
-de ignorancia, malicia y salvaje ruindad. Y así como en mi largo
-cautiverio me distraje contándote las marrullerías y gansadas de esos
-lugareños, capaces de marear á Cristo, si Nuestro Señor tuviera el
-mal gusto de meterse con ellos; ahora que en Madrid estoy, libre,
-gozoso, rico, sin otra pena que no tenerte á mi lado; ahora que me
-agasajan y miman más de lo que merezco, y que la vida, con mi posición
-independiente y el cargo de diputado (obtenido de momio y por mi linda
-cara), es para mí como una racha favorable, que ojalá no se quede
-corta; ahora, querido Equis, estoy obligado á cuidar de que no te
-aburras ó desesperes, y te escribiré con verdadero ensañamiento, á fin
-de alegrar algunos instantes de tu existencia solitaria.
-
-Lo peor es que no sabré contar la historia de mi vida en Madrid de un
-modo que te interese y cautive. Ni poseo el arte de vestir con galas
-pintorescas la desnudez de la realidad, ni mi conciencia y mi estéril
-ingenio, ambos en perfecto acuerdo, me han de permitir invenciones
-que te entretengan con graciosos embustes. Conoces á casi todas las
-personas de quienes he de hablarte. Mal podría yo, aunque quisiera,
-desfigurarlas; y en cuanto á los sucesos, que de fijo serán comunes y
-nada sorprendentes, el único interés que han de tener para tí es el que
-resulte de mi manera personal de verlos y juzgarlos. La última vez que
-hablamos me anticipaste la opinión que yo había de formar de ciertas
-personas. Ya puedo anunciarte que has acertado con respecto á algunas.
-Otras hay que conoces poco, ó al menos no las has visto tan de cerca
-como ahora las veo yo. Por éstas quiero empezar, y creo darte agradable
-sorpresa estrenándome con mi buen tío y padrino don Carlos María de
-Cisneros, cuya fama de estrafalario justamente incita tu curiosidad. Sé
-que has deseado tratarle, y que le admiras, por lo que de él se cuenta,
-como uno de los tipos más singulares de nuestra sociedad y de nuestra
-raza. Yo te le presentaré. Verás su casa y sus costumbres; le oirás
-exponer sus ideas, que á las de ningún mortal se parecen, y será tu
-amigo como lo es mío.
-
-Habíale yo conocido en mi niñez, cuando mi madre vino á Madrid,
-trayéndome consigo, á consultar los médicos. Recordaba la casa, toda
-llena de cuadros desde la antesala á la cocina, pinturas ennegrecidas
-en su mayor parte, entre las cuales me causaban más miedo que
-admiración las que cubrían las paredes del recibimiento, representando
-asuntos de frailes cartujos, rostros cadavéricos, muertos que se
-levantaban de sus ataúdes, y mártires en carne viva ó estrangulados,
-con medio palmo de lengua fuera de la boca. Recordaba también la
-persona de don Carlos, un señor muy fino, muy amable, pulcro y decidor,
-cariñoso con mi madre y conmigo. Después le ví en París dos veces, pero
-tan rápidamente, que continuaba siendo poco menos que un desconocido
-para mí. Hasta el mes pasado, cuando me instalé en la Corte, no se me
-han revelado la persona completa y el carácter originalísimo de este
-sujeto, que me hizo el honor de tenerme en brazos en la pila bautismal.
-
-No te quiero decir las bondades y miramientos que he merecido de él
-desde que vine aquí. Me cotiza á precio mucho más alto del que debo
-tener; me mima, me adula, celebra todo lo que digo, me da palmetazos
-en la espalda á cada instante, y repite, aunque no venga á cuento,
-esta frase: «Mira, Manolito, tú no me has de dejar mal, porque cuando
-te cristiané, hice la profecía de que aquel muñeco que en brazos tuve
-había de ser un grande hombre.» Me ha presentado á todos sus amigos,
-que son muchos, y entre los cuales hay algunos que no se me quedarán
-en el tintero. Me convida á almorzar dos veces por semana, haciéndome
-el increíble honor de discutir conmigo sobre mil cosas, y de explanarme
-sus deliciosas teorías políticas y sociales.
-
-La primera vez que fuí á su casa, no me dejó salir hasta media noche,
-y al despedirme, hízome prometer que volvería al día siguiente. La
-alegría inquieta y locuaz del buen señor era como el entusiasmo de un
-niño á quien entregan un juguete nuevo. Hablamos de la familia: de mi
-madre, á quien Cisneros tanto admiraba; de mi padre, que era para él
-como un hermano. Sacamos á relucir episodios de la historia de los
-Cisneros, de los Calderones de la Barca, de los Infantes, y de toda
-nuestra parentela, hasta no sé qué generación. Su felicísima memoria
-le permite restaurar los árboles genealógicos más carcomidos y con más
-saña talados por el tiempo, el abandono y la democracia. El pobre señor
-no acaba cuando se pone á contar las aventuras que corrió con mi padre,
-allá por los años del 40 al 50; lances de amor y pendencias que ya no
-se estilan, porque los muchachos, con esta educación hipócrita de los
-tiempos modernos, han trocado la inocencia petulante por la formalidad
-corrompida. El 53 se casaron ambos. Mi padrino tuvo una hija, Agustina
-Cisneros, mujer de Tomás Orozco, á quien tú conoces mejor que yo; y
-á mi padre le nacieron cinco hijos, de los cuales yo solo he quedado
-para muestra. La señora de mi padrino y mi mamá eran primas hermanas,
-de la familia de los Calderones de Valladolid: se habían criado juntas
-y se amaban tiernamente. Cisneros también tiene lejano parentesco con
-los Infantes, y por eso le llamo tío. Suspendo aquí las informaciones
-genealógicas para no volverte loco. Te diré tan sólo que ambas familias
-dejaron de tratarse con intimidad y frecuencia hace unos quince años,
-por residir mi padre casi constantemente en país extranjero.
-
-De este largo período de expatriación he tenido que dar cuenta prolija
-á mi buen don Carlos, que no se saciaba de oirme. También le hablé de
-tí, y te conoce por tus obras, mejor dicho, por la fama de tus obras,
-pues declara con ingenuidad un tanto vergonzosa que no las ha leído.
-Le he contado cómo se trabó y remachó nuestra amistad en aquel maldito
-colegio de Beauvais, siendo tu padre cónsul de España en el Havre y
-después en París. Departimos extensamente sobre las vicisitudes de mi
-familia, y el santo varón se hace lenguas de mí, admirando que tuviera
-yo bastante virtud y firmeza de carácter para sepultarme, á la muerte
-de mis padres, en esa triste Orbajosa, con el fin de buscar el derecho
-y la razón en el caos de mi herencia.
-
-¿Verdad que no debo quejarme de la suerte? Porque, terminada aquella
-labor de gigantes y encontrándome más rico de lo que creía, mis amigos
-y deudos me obsequian una mañanita con un acta de diputado, que tomo
-con mis manos lavadas; me vengo á Madrid; mi pariente Cisneros, así
-como su hija, la de Orozco, me acogen con afectuosa simpatía, y el
-pobre huérfano encuentra en ambos hogares ese calorcillo de familia que
-le hace llevadera su soledad. Entro en los Madriles con pie derecho,
-y en la política con cierto estruendo de notoriedad. Ya supiste los
-ruidosos incidentes electorales y la guerra sañuda que me hizo en la
-Comisión de actas el candidato derrotado. Pero no sé si llegaron á tu
-noticia las infamias de cierto periódico, diciendo que yo era deudor
-al Tesoro de gruesas sumas, por atraso en la contribución de la mina
-_Esperanza_. Para defenderme, publiqué una carta que reprodujo la
-semana pasada toda la prensa. Ha sido muy elogiada por su lacónica
-dignidad y por las insinuaciones maliciosas que, en justo desquite,
-supe encajar en ella. Te la mando para que te rías un poco.
-
-Y ahora te diré otra cosa que te hará reir más. Sabes que soy bastante
-desmañado, y ya puedes figurarte que, al venirme á estas esferas,
-donde la vida es tan distinta de aquel desgaire tosco que impera
-en la episcopal Orbajosa, he tenido que arrostrar los azares de la
-aclimatación social. Cierta aspereza que hay en mí; el desconocimiento
-de los convencionalismos de forma y de lenguaje imperantes en cada
-sociedad; el no saber encontrar la justa medida que aquí existe entre
-la etiqueta y la confianza, me han hecho aparecer un tanto desairado
-y cohibido en el salón de mi prima (por rutina sigo dando este
-nombre á la hija del célebre Cisneros). Fácilmente comprenderás que
-mi asimilación ha hecho prodigios en pocos días, y que voy soltando
-la cáscara de lugareño; pero no he podido evitar, con tan notorios
-progresos, que se haya ejercitado en mi humilde persona el arte
-exquisito de esta gente para poner motes muy salados. De mi rudeza
-social y de la momentánea celebridad que adquirí cuando me discutieron
-el acta, han sacado el dicharacho. Me llaman _el payo de la carta_.
-Díjomelo ayer mi prima en casa de su padre, celebrando con risas la
-ocurrencia; y al ver que yo, no sólo no me enfadaba ni pizca, sino
-que aplaudía el chiste, añadió que esta broma inocente no disminuye
-la estimación que me tienen sus amigos. Convenimos todos en reir la
-gracia, y por mi parte aseguro que no siento molestia alguna. Sin duda
-te ríes al leerme, como yo me río al escribirte.
-
-Pero mi buen humor no me libra, querido Equis, de la fatiga de esta
-larga carta. He llenado dos plieguecillos, y tengo más sueño que
-vergüenza. Dispénsame por esta noche, y aguarda un día ó dos la
-continuación, que si tú rabias porque te cuente cosas de mi padrino,
-más rabio yo por desembucharlas. Abúrrete lo menos posible, y que
-Dios te haga ligera la cruz de tu existencia en la metrópoli _ajosa_,
-_urbs augusta_, que dijeron los romanos, si es que lo dijeron. Aquí de
-nuestras bromas escépticas. ¿Crees tú que hubo romanos? Quita allá,
-bobo... Invenciones de los sabios para darse pisto. Siempre tuyo
-
- MANOLO INFANTE.
-
-
-
-
-II
-
- _13 de Noviembre._
-
-
-Pues volviendo á lo mismo, Equis de mis pecados, te diré que encuentro
-á mi padrino más viejo de lo que yo me lo figuraba. ¡Pero qué chispa
-en aquel rostro, qué ojos de lince, y qué gracia de dicción la suya!
-Su cara es enjuta, morena, bien afeitadita; el labio superior enérgico
-y velloso, casi negro de la fuerza del pelo bien descañonado; la nariz
-tajante, corta, y unida al labio como si quisiera hacerlo suyo; la
-mandíbula robusta y saliente; los ojos vivos, bajo cejas tan pobladas
-que parecen dos tiras de terciopelo negro; la cabeza de perfectísima
-hechura; sin calva; el pelo con bastantes canas y cortado al rape. Si
-te digo que su perfil se me parece al del insigne cardenal de su mismo
-nombre y que tal vez es su pariente, no te digo más que la verdad.
-No lo creas si no quieres, hombre sin fe. Pertenece á la más genuína
-cepa castellana ó extremeña; es seco como la tierra, agudo con toda
-la agudeza de la raza, duro y flexible como el clima de aquel país;
-mezcla de sagaz lugareño y de señor magnánimo, con no sé qué de fraile
-que lleva pistolas debajo del hábito. No te puedo expresar bien mis
-impresiones acerca de esta figura eminentemente nacional. Trae á tu
-imaginación aquellos guerreros afeitados que parecían curas, aquellos
-señores que semejaban labriegos vestidos de seda, los comuneros de
-rostro recurtido por el sol y los hielos de Castilla; piensa en el
-obispo Acuña, en el conde de Tendilla, en Torquemada, en San Pedro
-Alcántara, que sólo comía dos veces por semana; reconstruye el cuño
-de la raza y tipo de la madre Castilla, y podrás decir: «Vamos, ya le
-tengo.»
-
-Habrás oído que mi padrino posee una buena colección de cuadros y
-antigüedades, parte por herencia de su hermano don Diego, parte
-allegada por él. Y aquí, ¡oh ínclito Equis! mi sinceridad me hace
-soltar una herejía, que de seguro leerás con indignación. Mas no me
-importa, y allá va: _Me cargan las antigüedades_. No iré tan lejos
-como el poeta, que, cuando se estaba muriendo, reunió á sus hijos y
-deudos en torno al lecho del dolor, para decirles con mucho misterio
-que _le cargaba el Dante_. Pero sí te aseguro que no tengo maldito
-entusiasmo por las colecciones de _bric-à-brac_, pues si bien reconozco
-que en algunas figuran objetos de extraordinario mérito, la mayor
-parte de ellas sólo tiene un valor convenido. Á eso me dirás, ya
-lo estoy oyendo, que la historia del arte... y que patatín, y que
-patatán... Estamos conformes: me tomo, antes que me lo des, el diploma
-de bruto. Es que no lo entiendo, y tengo la franqueza de decirlo,
-mientras que otros, sin entenderlo más que yo, fingen extasiarse
-delante de cualquier roñoso cachivache ó de un trapo descolorido y
-mugriento. Excuso decirte que me guardaré muy bien de decir esto al
-amigo don Carlos, quien, al segundo día de nuestro conocimiento,
-empleó no sé cuántas horas en enseñarme su galería. Si te descuidas,
-te hará creer con sus aspavientos y ponderaciones que el Kensington de
-Londres es, en comparación de lo que él posee, un puesto del Rastro.
-Indudablemente, la colección es grande, y á mi parecer, de tí para mí,
-muy poco selecta. Apenas cabe en aquel enorme principal de la plaza del
-Progreso, el cual tiene veinticinco balcones y da á tres calles; casa
-de tal amplitud, que pocas he visto en Madrid con tanta luz y desahogo.
-
-Salí de la visita artística con una mediana jaqueca, y si he de
-decirte la verdad, fuera de algunos tapices, de media docena de
-cuadros, de tres ó cuatro piezas de armería y herraje, todo me aburrió
-soberanamente, y más que nada, aquello en que el anticuario funda
-su orgullo, que es la colección copiosísima de tablas del siglo XV.
-Repito que soy muy bruto, y declaro que mi antipatía á las tales tablas
-no es inferior á la que me inspiran los códices en lengua sabia, de
-esas que no entiende ya ningún cristiano. Juzga de mi apuro al tener
-que asombrarme y entusiasmarme á cada rato cuando Cisneros á ello
-me incitaba mostrándome las maldecidas tablas, sin perdonar una, y
-explicándome su asunto.
-
-No sé si la pasión de mi padrino por las antiguallas es verdadera ó
-afectada. Bien podría ser lo último, pues le tengo por hombre de esos
-que, movidos del orgullo, se imponen un papel con el fin de agradar
-ó de distinguirse, y lo representan sin desmayo, llegando, con la
-perfección histriónica, á formarse una personalidad artificial, y á
-subordinar á ella todos los actos de la vida.
-
-Para satisfacer su codicia arqueológica, en la cual hay más de
-_dilettantismo_ que de sentimiento artístico, Cisneros ha explorado
-todos los pueblos de Castilla la Vieja, donde tiene sus propiedades,
-buscando pinturas, trapos y cacharros. Las sacristías de las iglesias
-de Toro, Valoria la Buena, Villalón, Villalpando y Bermillo de Sayago
-le conocen de antiguo. Palacios y conventos expolió con mano dadivosa.
-Las monjas le agradecen que les haya cambiado por dinero contante
-tablas apolilladas, algún cerrojo cubierto de orín, ó el plato en que
-debieron de servirle las gachas al pobre Rey que rabió por ellas.
-
-Como todo fanático, el buen Cisneros se corre un poco en la filiación
-de los objetos preciosos que posee. Si hay dudas sobre un autor, se
-quita de cuentos y cuelga el milagro á los artistas más ilustres.
-¿Trátase de una obra de platería? Pues seguramente es de Arfe... «Arfe
-legítimo... ¿no lo ves? Conozco la huella del cincel como conocería el
-carácter de letra de un amigo que me escribiera todas las semanas.»
-Si es cosa de cerrajería, se la endosa al maestro Villalpando. Si
-el cuadro dudoso tiene figuras atléticas y frescachonas, ello es
-del propio Rubens, ó por lo menos de Jordaens. Si es algún retrato
-escuálido y con cara de tercianas, por fuerza tiene que ser del Greco,
-ó á todo tirar, de Juan Bautista Mayno.
-
-En su conversación artística, mejor dicho, en todas las conversaciones,
-es amenísimo. ¡Qué ideas tiene y con qué salero las expresa! Te digo
-que hay que tratarle de cerca para apreciar bien su originalidad.
-Siempre que hablo con él, me acuerdo de tí; pienso que su charla te
-agradaría extraordinariamente, y que sacarías de ella inmenso partido.
-Y todo en él, fondo y superficie, es digno de observación. Dentro de
-casa gasta una célebre bata bastante arqueológica, color de guinda,
-rameada, que, al parecer, ha salido de una de aquellas tablas del
-siglo XV que cubren las paredes. ¿Querrás creer que hace dos días,
-hallándonos presentes tres personas de su intimidad, fumando y tomando
-café, se empeñó en enseñarnos cómo se bailan las seguidillas en los
-pueblos de tierra de Campos, y las bailó delante de nosotros, haciendo
-la más graciosa y estrafalaria figura que te puedes imaginar? Pues
-ayer nos contaba á Villalonga, á Federico Viera y á mí lances de su
-juventud, entreverando mentiras muy gordas con donaires finísimos, y
-se dejó decir que en su tiempo no había mujer de alta ó baja clase que
-se le resistiera. Es hombre, además, á quien nunca oyes hablar bien de
-nadie. Como se le diga algo que enaltezca á cualquier persona, ó lo
-pone en duda, ó lo admite con salvedades y reticencias malignas. Pero
-si se le lleva algún cuento que denigra ó envilece, le falta tiempo
-para repetir, haciendo ademán de machacar en el mortero, la célebre
-frase del boticario aquél: «¡como si lo viera, como si lo viera!»
-
-Hay quien dice que á pesar de estas malicias, puramente externas, mi
-padrino es lo que en lenguaje usual llamamos _un infeliz_. Con los
-criados, aparentemente, se las da de hombre de mal genio, y hace el
-papel de amo severo y gruñón. Pero me han dicho, con referencia á los
-mismos sirvientes, que en el trato doméstico, y cuando no hay delante
-personas extrañas, es bondadoso y tolerante. Hasta se susurra que los
-criados, si son listos y saben llevarle el genio, le dominan y hacen de
-él lo que quieren.
-
-En el poco tiempo que conozco á este hombre singular, no le he oído
-tratar con benevolencia á ninguna persona de la familia, como no sea
-á su hija y á mí. Por Agustina, á quien él llama _Tinita_ y todos los
-demás _Augusta_, tiene verdadera idolatría. Sólo ante ella doblega su
-altivez, y pone freno á sus genialidades despóticas y á veces pueriles.
-Pero de esta influencia de la hija sobre el difícil carácter del padre,
-no participa el yerno, por quien Cisneros siente una antipatía que á
-veces logra disimular y á veces manifiesta sin rebozo alguno. Cuán
-injusta es esta inquina del castellano viejo no necesito demostrártelo,
-pues conoces á Orozco mejor que yo. Y te diré de paso que los encomios
-que de él me has hecho, no me parecen exagerados. Mientras más le
-trato, más me gusta este hombre, todo rectitud, nobleza y veracidad,
-y que á tan sólidas prendas añade trato afabilísimo y otros adornos
-personales. Su suegro no le traga: ignoro la causa, y sólo puedo
-atribuirla á un sentimiento envidioso, por la consideración y las
-ardientes simpatías que el otro merece de cuantos le tratan.
-
-Por lo que á mí respecta, mi padrino parece quererme tanto como quiere
-á su hija. ¿Le durará esto? Presumo que no, porque lo que conozco de
-su carácter me permite reconstruirlo enterito, induciendo de la forma
-de algunos huesos el conjunto del esqueleto. El hombre que tiene los
-aspectos que te he descrito, debe de ser también versátil en sus
-sentimientos, antojadizo en sus pasiones; ha de pasar fácilmente del
-amor al odio, por móviles escondidos, cuya explicación es difícil
-encontrar en los repliegues de su alma.
-
-Ayer almorzamos con él mi prima y yo. ¡Qué de carantoñas nos hizo,
-prodigando por igual sus afectos á ella y á mí! ¡Qué expresiones
-cariñosas para ambos, y qué elogios casi ridículos de mi persona,
-apelando al testimonio de Augusta, que, riendo y bromeando, no vacilaba
-en asentir á todo para tenerle contento! Al despedirnos nos dijo con
-paternal benevolencia: «Hijos míos, id con Dios, y divertíos.»
-
-Y aquí me despido también yo, amigo de mi alma, incitándote á
-divertirte todo lo que puedas.
-
-
-
-
-III
-
- _16 de Noviembre._
-
-
-Modera tu impaciencia, voluntarioso y desocupado Equis. ¿Deseas
-saber pronto lo que pienso de mi prima? Me había propuesto dejar
-ese interesante tratado para cuando mi observación hubiese reunido
-datos suficientes en que apoyar una buena crítica. Pero cedo á tus
-exigencias de proscripto aburrido y mimoso, y empiezo por decirte
-que Augusta no me pareció, la primera vez que la ví, tan hermosa
-como yo me la representaba. No puedo olvidar que nunca me diste una
-opinión terminante sobre ella, tú que debes conocerla, aunque no
-tanto como á su marido. En tus expresiones al hablarme de esta mujer,
-he notado siempre como una velada reticencia. No creas: el recuerdo
-de tus vaguedades en tal asunto me pone en guardia. Observo, reparo
-y escudriño en torno de ella, sospechando que podré descubrir algo
-que me asombre, y aunque nada veo, nada absolutamente más que una
-conducta pura y una reputación intachable, la escama persiste en mí y
-suspendo mi juicio. Contén tu insana curiosidad, oh varón depravado,
-que yo, cuando sepa bien á qué atenerme, no me pararé en pelillos
-para manifestártelo. Por ahora, no me sacarás del cuerpo sino una
-apreciación breve y superficial. Que Augusta es elegante, no tengo
-por qué decírtelo. Te reirás sin duda de mi descubrimiento. Sobre si
-es ó no hermosa, ya cabe mayor variedad de opiniones. Hermosa, lo
-que se llama hermosa, quizás no lo sea para los que creen, como tú,
-en eso de las reglas y proporciones estéticas. Para mí, que no le
-encuentro ninguna gracia á la boca chiquita de las Venus griegas y de
-las Vírgenes de Rafael, una de las mayores seducciones de mi prima es
-su boca, que un amigo mío llama _el templo de la risa_. ¡Vaya que es
-grandecita! ¡Pero qué salada y hechicera! Dime, ¿tú la has visto reir,
-pero con gana, burlándose de alguien ó contando un pasaje chistoso?
-¿Y no te has extasiado ante aquella doble sarta de dientes blancos,
-duros, igualitos, de los cuales te dejarías morder si á su dueña se le
-antojase? ¿No te divierte, no te embelesa oir la cascada de aquella
-risa, que inunda de alegría el mundo y sus arrabales, como el trinar
-de los pájaros celebrando la aurora? Toma poesía... Otrosí, querido
-Equis, tiene mi prima unos ojos negros que te marean si fijamente te
-miran; ojos que llevan en sí el vértigo de las alturas y el misterio de
-las profundidades (aguántate esa imagen), ojos que... no sigo por temor
-á mi retórica y á tus guasitas.
-
-Fuera de los ojos, que son, como dice un amigo nuestro, _la sucursal
-del cielo_, si miras aisladamente las facciones de Augusta, las
-encontrarás imperfectas; pero luego se componen y arreglan ellas á su
-manera, y resulta un conjunto encantador que te vuelve loco; digo, á
-tí no; pero á otros, si no les ha enloquecido, les enloquecerá. ¿Y qué
-tienes que decir de su figura? ¿Has conocido alguna más arrogante? Dí
-que no, hombre, dí que no, ó te pego. Buena talla, sin ser desmedida;
-buenas carnes, sin gorduras; curvas hermosísimas... Yo me la figuro
-con poca ropa, y me extasío, como lo harías tú, castamente estético,
-delante de la estatua viva, considerando con la mayor formalidad que
-la belleza de las líneas convierte la carne tibia en el más honesto de
-los mármoles... Suprimo las imágenes porque te estás riendo de mí, y de
-seguro dices al leerme: «¡Miren el tonto ese...!» ¡Ah! la edad la fijo
-en treinta años; y lo más, lo más que añado, si en ello te empeñas, es
-dos ó tres á lo sumo.
-
-Y pensarás también, clareándote con una de esas muequecillas
-profesionales que son resultado del hábito de la crítica: «Mujer
-hermosa, pero sin instrucción.» Ya tenemos en campaña el problema
-educativo. Pues á eso te digo que, en efecto, Augusta carece de
-instrucción, si por esto entiendes algo más que las llamadas
-_tinturas_ de las cosas; pero tiene tal gracia y desenfado para abordar
-cualquier cuestión grave ó ligera, que oyéndola no podemos menos de
-celebrar que no sea instruída de verdad. Si lo fuera; si la sosería
-de la opinión sensata apuntara en aquellos ojos y en aquella boca,
-cree que perderían mucho. Habías de oirla cuando se pone á hincar
-el colmillito en las ridiculeces humanas ó á sostener una tesis
-paradógica. Si entonces no se te caía la baba, no sé yo cuándo se te
-iba á caer. Pues en aplicar motes no hay quien le gane. Cuando tuvo
-bastante confianza conmigo, me confesó, llorando de risa, que de su
-cacumen había salido el apodo de _el payo de la carta_, y te aseguro
-que nunca he perdonado con más gusto un agravio.
-
-Basta, basta: no has de sacarme una palabra más acerca de esta
-interesante persona. Lo único que me resta decirte es que anoche estuve
-en el teatro con ella y su marido. Este es un cumplido caballero,
-digno de poseer tal joya. Paréceme de salud algo delicada. Su mujer
-le mima, le cuida, y no está profundamente seria sino cuando teme
-que aquella salud se quebrante más. Hallo perfecta armonía en este
-matrimonio. Podré equivocarme; pero... ¿Qué es eso? ¿te ríes? Á mí no
-me descompones tú con tus risitas... ¿He dicho algún disparate? Tu
-opinión sobre Orozco, ¿no es la mía? ¿No eres tú quien me ha hecho ver
-en él una excepción dentro de la actual sociedad? ¡Ah! ya sé por qué
-te ríes, hombre incrédulo y malicioso. Es porque desde que empecé esta
-carta estoy diciendo que no quiero hablar de Augusta, y ya llevo tres
-carillas sin ocuparme de otra cosa. Punto, punto aquí, vive Dios. Pon
-un punto como una casa, indiscreta pluma, ó te estrello contra el papel.
-
-Hablemos otra vez de Cisneros, de ese espejo de los padrinos, de esa
-potencia crítica de primer orden, que por sí solo representa una
-escuela sistemática de sátira social, á la que ajusta sus juicios
-sangrientos. Tú no sabes bien lo que es este hombre y cuánto se prestan
-sus pensamientos á la admiración y al análisis. ¡Y yo, tonto de mí, que
-los primeros días, juzgando por la superficie de las ideas, le tuve
-por carlista ó al menos por partidario del poder absoluto! Figúrate,
-Equis de mi alma, cómo me quedaría hoy cuando me expuso las ideas más
-contrarias al absolutismo... Poco á poco: quizás no; puede que ello sea
-el propio absolutismo en su forma más concentrada. Vamos por partes, y
-dime si estas rarezas no merecen que un observador como tú las estudie.
-
-Mi padrino vive, como sabes, en la plaza del Progreso. Aborrece los
-barrios del Centro y del Este de Madrid, que son los más sanos.
-La tradición le amarra al Madrid viejo y á la parte aquélla donde
-siente el tufo de la plebe, apiñada en las calles del Sur. Ha vivido
-siempre al borde del abismo, según dice, y no quiere apartarse de él.
-Detesta la prensa, que en su sentir es la vocinglería, el embuste, el
-instrumento de corrupción con que nuestra edad envilece los caracteres
-y falsea todas las cuestiones. Á pesar de esto, no conozco á nadie
-que lea más periódicos. Por las mañanas, en su casa, se traga tres ó
-cuatro, y de noche, en el Casino, media docena. Busca en ellos la
-comidilla, la información mal intencionada, el palpitar convulsivo
-de la sociedad que considera enferma. La política, tal como aquí se
-practica, le inspira despiadadas burlas. Atiende á ella, según dice,
-como quien asiste á un sainetón extravagante. Para él no hay ministro
-honrado, ni personaje que no merezca la horca... Y, sin embargo,
-muchos de éstos son sus amigos, se sientan á su mesa y le celebran las
-gracias. Cuando surge algún escándalo en la prensa, adopta y da por
-válidas las versiones más desfavorables. La complacencia y el orgullo
-iluminan su rostro cuando tiene que dar su opinión pesimista sobre
-cualquier asunto que cautiva y apasiona al público. Cada frase suya es
-un alfiler candente que penetra hasta el hueso y hace chisporrotear la
-carne.
-
-Á propósito de mi entrada en la política, oigo de él opiniones y
-consejos que, la verdad, me entristecen. Hoy, después de almorzar,
-pasamos al gabinete donde habitualmente lee y escribe, y después de
-ofrecernos (los convidados éramos Federico Viera y yo) un par de
-cigarros secos, duros, amargos, que tiene en el cajón de una de las
-papeleras, y que por lo viejos deben de ser los primeros que como
-muestra vinieron á España en los albores del vicio, dió á Viera
-una carpeta de estampas para que se entretuviese, y me echó este
-sermoncito, del cual te doy un extracto, que, gracias á mi excelente
-memoria, ni tomado por taquígrafos sería más ajustado á la verdad:
-
-«Mira, hijo, todas las cuestiones que se refieren á libertad política,
-á garantía de derechos, ó á leyes que robustezcan la Constitución y
-los altos poderes, son pura pamema. Oye estas cosas como aquel paleto
-que decía: _por un oído me sale y por otro me sale_; es decir, que no
-le entraba por ninguno. Cuida mucho de que estas rimbombancias huecas
-no te entren en el cerebro, porque si llegan á entrar, siempre queda
-en la masa encefálica algo que puede trastornarte. Otra tocata muy
-común es la organización de los partidos, la necesidad imperiosa de
-que haya partidos, y de que estén bien disciplinados... ¡Oh! ¡la gran
-simpleza...! bien disciplinaditos. Esto lo oyes y te callas, como se
-calla uno cuando oye el canto del grillo. ¿Nos vamos á poner á discutir
-con un grillo y á refutarle lo que canta? No. Pues lo mismo haces
-cuando te echen el registro ese de los partidos y de la disciplina.
-En esto sigue la norma de conducta que he seguido yo cuando me han
-llevado á la reata del Senado ó á la del Congreso. Mira, hijo: yo, á
-los badulaques que me hablaban de cohesión, de apoyar al Gobierno, les
-contestaba que sí, que muy santo y muy bueno; y después hacía lo que me
-daba mi santa gana. Siempre que veía al Gobierno comprometido en las
-Secciones, votaba con los enemigos. En el salón, te juro que nadie ha
-tenido tanta gracia para abstenerse á tiempo. Y nadie supo nunca si yo
-soltaba el sí ó el no hasta que salía de mis labios. Veo que frunces
-el ceño y alargas el hocico, como si esto que te digo fuera una gran
-inmoralidad que escandaliza tu conciencia. Ten calma, que te daré
-razones convincentes para acallar tus escrúpulos. Mi sistema se inspira
-en el bien universal, no en el interés de unos cuantos charlatanes y
-explotadores de la nación. Ya lo irás conociendo; ya te vendrás á mi
-campo, al campo de las negaciones, de todas las negaciones juntas,
-donde se asienta la soberana afirmación.
-
-»También tratarán de meterte en la cabeza esa monserga de la paz...
-que necesitamos paz para prosperar y enriquecernos con la... la...
-industria, la agricultura... y dale que le darás. Esto, chico, es como
-si al que no tiene que comer se le dice que se siente á esperar que
-le caigan del cielo jamones y perdices, en vez de salir y correr en
-busca de un pedazo de pan. ¡La paz!... Llamar paz al aburrimiento, á
-la somnolencia de las naciones, languidez producida por la inanición
-intelectual y física, por la falta de ideas y pan, es muy chusco. ¿Y
-para qué queremos esa paz? ¿De qué nos sirve esa imagen de la muerte,
-ese sueño estúpido, en cuyo seno se aniquila la nación, como el
-tifoideo que se consume en el sopor de la fiebre? En el fondo de este
-sueño late la revolución, no esa revolución pueril porque trabajan los
-que no tienen el presupuesto entre los dientes, sino la verdadera,
-es decir, la muerte, la que todo debe confundirlo y hacerlo polvo y
-ceniza, para que de la materia descompuesta salga una vida nueva,
-otra cosa, otro mundo, querido Manolo; otra sociedad, modelada en los
-principios de justicia.»
-
-Al llegar aquí, no pude menos de mostrarme asombrado de que tales ideas
-profesase un hombre que vive tranquilamente de las rentas extraídas
-de la propiedad inmueble y de la riqueza mobiliaria, es decir, un
-fortísimo sillar del edificio del Estado, tal como hoy existe. Por
-respeto á las canas de Cisneros, no me eché á reir ante ellas. ¿Estará
-loco este hombre? me dije. Y le tiré de la lengua, preguntándole qué
-forma social era esa en la cual quiere que resucitemos después de
-muertos y putrefactos.
-
-No creas que se acobarda cuando se le estrecha pidiéndole que concrete
-sus ideas. Al contrario, esto le estimula á exprimir el magín para
-sacar de él nuevos donaires. «Es—me dijo,—como si me mandaras escribir
-la historia antes de que ocurran los hechos que han de componerla.
-¿Qué es lo que ha de venir? ¿Qué forma traerá la catástrofe, y en qué
-posición van á quedar las piedras del edificio una vez caídas? ¿Cómo
-he de saber yo eso, tonto? Lo que yo sé es que debo hacer cuanto esté
-de mi parte por ayudar al principio de suicidio que late en nuestra
-sociedad, y apresurar la destrucción, contribuyendo á fomentar todo
-lo negativo y disolvente. Que me hablan de libertades públicas y de
-los derechos del hombre. Música, bombo y platillo. Contesto que el
-pueblo no tiene más aspiración que la indiferencia política, ni más
-derecho que el derecho á esperar, cruzado de brazos, el vuelco de la
-sociedad presente, que ha de producirse por un fenómeno de física
-social. Háblanme de los partidos y de la disciplina, y hago tanto caso
-como de las disputas de los chicos de la calle, cuando juegan á los
-botones, al trompo y á cojito-pie. Me ponderan la necesidad de apoyar
-á estos gobiernos de filfa para que duren mucho, y yo me persuado
-más de la urgencia de combatirlos para que duren lo menos posible.
-¿No has observado que, cuando se habla de crisis, la sociedad toda
-parece que se esponja, palpitando de esperanza y de júbilo? Es que
-tiene la conciencia de que el remedio de sus males ha de venir de la
-pulverización. Que esas cuadrillas de vividores que se llaman partidos
-y grupos se dividan cada vez más; que los gobiernos sean semanales, y
-tengamos jaleos y trapisondas un día sí y otro también. Esta movilidad,
-este vértigo encierra un gran principio educativo, y el país va sacando
-de la confusión el orden, de lo negativo la afirmación, y de los
-disparates la verdad. Yo, que siento en mí este prurito de la raza,
-me alegro cuando soplan aires de crisis, y aunque no la haya, digo y
-sostengo que la hay ó que debe haberla... para que corra... Cuando mi
-barbero entra á afeitarme por las mañanas, siempre le pregunto dos
-cosas: «¿Cómo está el tiempo, Ramón?... Ramón, ¿tenemos crisis?»
-
-Con ésta tienes para un rato, hijo de mi alma. Mientras la digieres, te
-preparo la continuación, que irá, Dios mediante, mañana.
-
-
-
-
-IV
-
- _17 de Noviembre._
-
-
-Escucha y tiembla. Después de reir á carcajadas de las observaciones
-que le hice, hijas, según él, del estúpido eclecticismo de estos
-tiempos vulgares, burgueses, insignificantes; después de llamarme
-cándido y paloma torcaz, dijo el gran Cisneros: «¿Pero tú has
-reflexionado bien lo que significa la anarquía? Medita bien sobre
-ella, y verás que un pueblo sin gobierno de ninguna clase, entregado
-á sí mismo, un pueblo sin leyes, está en situación de hacer efectivas
-las leyes verdaderas, las inmortales. ¡Que hay sacudimientos, tiranías,
-atropellos! Déjalo, tonto, déjalo. Esto es precisamente lo que hace
-falta para que nazca el verdadero derecho... Por mi parte, detesto
-estas sociedades acompasadas, verdaderas aglomeraciones de cuákeros,
-donde la policía y la justicia oficial impiden la florescencia de
-las facultades humanas. ¿Concibes que el gran arte y la ciencia
-noble puedan existir en ninguna sociedad donde hay más leyes que
-ciudadanos, y donde sale la _Gaceta_ todos los días con su fárrago
-de disposiciones, que son otras tantas ligaduras puestas á la acción
-del individuo? Estas son sociedades estériles; y no me hables de la
-industria y de los inventos, pues la mayor parte de esas llamadas
-conquistas sólo han servido para hacer más infelices á los hombres,
-y aumentar las horribles desigualdades sociales; para establecer el
-hambre allí donde reinó la hartura, implantar la tiranía de la ropa,
-quitar á los viajes su encanto, y destruir el misterio de las cosas;
-el misterio, sí, fuente que antes manaba delicias, y ahora está seca,
-seca, con tanta ciencia y tanta máquina, y tanta tontería de adelantos
-materiales. No me digas que te entusiasma esta edad de hierro, más
-árida que ninguna otra edad, y más antipática y pedestre.
-
-«¡Y qué trajecitos usamos! ¡Parece que nos vestimos, no para
-engalanarnos, sino para disimular lo deforme y enteco de nuestros
-cuerpos jimiosos! ¡Y qué costumbres tan necias; y qué idiotismo en
-las relaciones de los sexos; y qué monotonía desesperante en la vida
-toda; qué aburrimiento en esta selva inmensa de leyes, que prevén
-hasta nuestros menores movimientos; qué inmenso tedio en este sistema
-de profundizar todas las cosas, para matar todo lo desconocido; lo
-desconocido, Manolo de mis entrañas, lo desconocido, que es la alegría
-de las almas, la sal de la existencia! No, no: yo quiero que toda esa
-balumba de artificios y de esclavitudes, formada por el puritanismo
-inglés y la gazmoñería protestante, desaparezca en el abismo de esa
-historia fastidiosa que nadie ha de leer. Quiero la libertad, no
-estas libertades que son como la disciplina de un cuartel, y que le
-obligan á uno á andar á compás, á uniformarse, y á no poder toser sin
-permiso del cabo, sino la verdadera libertad, fundada en la Naturaleza.
-Quiero que la sociedad florezca, y produzca el gran arte, las virtudes
-sublimes, la santidad; que en ella sea posible lo que hoy no existe,
-la inspiración artística y las acciones heróicas. Quiero que se vaya
-con mil demonios toda esta corrección grotesca y policiaca que mata
-la personalidad, la iniciativa, la idea, la santa idea, producto del
-entendimiento, y ahoga el producto de la fantasía, la imagen... Ea,
-punto final. Me parece que he hablado bastante. Me sofoco...»
-
-No pude menos de celebrar su elocuencia y de aplaudir su ingenio,
-añadiendo que, conforme le oía, me iban entrando ganas de trocar mi
-ropa por cualquier traje de teatro, ó por los verdes lampazos de la
-edad de oro, y echarme á un monte para ser ciudadano de cualquier
-república de pastores.
-
-Cisneros se levantó de la butaca y dió cuatro ó cinco vueltas por la
-estancia, inquieto y nervioso, cual si quisiera envolver en un ovillo
-el hilo del discurso que acababa de enjaretarme. Acerquéme á Federico
-Viera, que seguía examinando estampas, y de pronto mi padrino se paró
-ante nosotros, arremangóse la bata y nos mostró su pierna, vestida de
-un pantalón bastante estrecho y no flamante. «Á ver, ¿qué tienen que
-decir de esa pierna?—nos preguntó con pueril orgullo.—Toquen, toquen
-para que vean que aquí no hay relleno. Les desafío á que me presenten
-otra tan bien formada, ni con estas curvas de la pantorrilla... toquen,
-miren... tan elegantes y tan... ¿No merece esta extremidad vestirse con
-aquellas calzas de listas rojas y negras que se usaban en Italia en el
-siglo XV?»
-
-Sin esperar nuestra respuesta, siguió paseándose. Federico y yo nos
-miramos, conteniendo la risa. ¿Qué pensarás tú al leer esto? Lo mismo
-que pensaba yo al presenciarlo. Que mi buen padrino, si no está
-rematado, tiene momentos en que se destornilla casi por completo.
-
-Nuestro amigo Viera, que le conoce hace tiempo y sabe tomarse con
-él confianzas que yo no me tomaría, le dió bromas sobre aquello de
-las calzas italianas; pero Cisneros se lo sacudió como se sacude una
-mosca, diciéndole: «Sois unos encanijados de cuerpo y de espíritu, y
-en vuestros caletres hidrocefálicos no cabe ninguna idea grande. Sois
-incapaces de comprender la vida más que como un reglamento, escrito con
-el fin de que toda la humanidad se ajuste á la talla de los tontos...
-Os he argumentado de un modo parabólico, única manera de que podáis
-comprenderme, almas cándidas. Vamos á ver...» Puso una mano en el
-hombro de Viera y otra en el mío, y con tonillo autoritario nos dijo:
-«¿Creéis vosotros que el Dante habría escrito la _Divina Comedia_
-si hubiera sido bachiller en Artes, licenciado en Derecho, después
-ateneísta, alcanzando fama de _persona ilustrada_, viviendo entre el
-tumulto de lo que llaman crítica, y expuesto á ser académico, diputado
-ó quizás, quizás ministro de Fomento?... ¿Creéis, hijos míos, que el
-autor del _Cantar de los Cantares_ habría compuesto este delicioso
-poemita si, en vez de andar con las piernas al aire, hubiera gastado
-pantalones?... No admito distingos: contestar sí ó no... ¿Creéis que
-Miguel Ángel habría hecho el _Moisés_ y pintado el techo de la Capilla
-Sixtina si en su tiempo se hubieran usado los sombreros de copa, los
-informes de Academias, los estudios de estética y los paraguas?... Sí
-ó no... No se me escapen por la tangente... Lo que hay... (diciendo
-esto nos sacudía con violencia como si quisiera arrojarnos al suelo),
-lo que hay es que sois unos pobres idiotas, educados en las tonterías
-de la enseñanza oficial, de esa enseñanza que, si dura, concluirá por
-retrotraer á la humanidad á la época de los monos, micos ilustrados si
-se quiere, pero micos al fin.
-
-Federico y yo le hicimos ver que tales ideas son admisibles como
-elemento de amenidad en esa literatura sin imprenta que se llama
-la conversación, y que influye tanto ó más que la estampada en la
-opinión general; pero que no pueden admitirse con pretensiones de
-formar doctrina. Además, le demostramos que sus pensamientos estaban
-en contradicción con sus actos. La cosa era bien clara. «Usted—le
-dijimos,—truena contra la Instrucción pública, como un medio de
-fabricar tontos y de conseguir la extensión de la cultura á costa de la
-intensidad. ¿No es eso?
-
-—Sí—replicó:—abomino de esta enseñanza estúpidamente niveladora.
-¿Creéis que si á Homero le hubieran dado la nota de _sobresaliente_ en
-los exámenes, habría compuesto la _Iliada_?
-
-—Claro que sí—le aseguró mi amigo,—y por ella habría ganado el
-_accésit_ en cualquier certamen... Pero déjeme completar mi argumento.
-Si usted es tan enemigo de la Instrucción pública, ¿para qué ha fundado
-dos escuelas en Tordehumos, dotándolas con esplendidez? Y si cree que
-la actual organización de la sociedad y de la propiedad es tan mala,
-¿para qué defiende sus rentas con tanto tesón? Porque á mí me han
-dicho, don Carlos, y no vaya á enfadarse por esto, á mí me han dicho
-que usted no perdona un céntimo, y al infeliz arrendatario que no es
-puntual, le revienta sin andarse en chiquitas...»
-
-Federico seguía; pero mi padrino le cortó la palabra, airado y
-descompuesto, y pisando, _alterna pede_, como caballo que se encabrita,
-nos dijo: «Sepan, señores mequetrefes, que he fundado las escuelas
-porque me ha dado la gana, y que mis móviles no cabrán nunca en esas
-molleras llenas de la paja del saber oficial. Sepan también que si
-cobro mis rentas, no hago más que tomar lo mío, y defenderme de pillos
-y ladrones... ¿Pues qué querían? ¿que tenga lástima de los que se
-gastan mí dinero en las tabernas y en las timbas de los pueblos?
-¡Pobrecicos de mi alma! Cuando me vienen llorando por las malas
-cosechas, yo les daría una mano de palos por tramposos, embrollones, y
-por esa fea maña de achacar al Cielo y á la Tierra lo que sólo es culpa
-de sus vicios... ¿Pues qué quieren estos mocosos, que yo deje á mis
-colonos reirse de mí y comerse mis rentas?...
-
-—No; si nosotros no queremos eso... Hemos señalado una contradicción y
-nada más...
-
-—No hay contradicción... ¿Pero qué entendéis vosotros de esto? Si
-me querrán marear estos gaznápiros... Sois muy niños para meteros
-conmigo... Vamos, no quiero haceros caso, no me rebajo á discutir con
-esta infancia enfatuada, pedantesca... Tengo canas, señores, y no las
-quiero ensuciar metiéndome con chicos...»
-
-Nosotros le estrechábamos; injuriábanos él, mitad en broma, mitad en
-serio, y nuestra disputa habría sido interminable, si no la cortara
-bruscamente la llegada de un amigo de Cisneros, ex-ministro que había
-soltado la cartera en la última crisis, hombre muy corrido en política,
-y que tenía mucho metimiento en aquella casa, así como en la de Orozco.
-Acogióle mi padrino con exclamaciones de gozo, y el visitante no gastó
-preámbulos para decirle á qué venía. Pues simplemente á pedirle su voto
-para la elección parcial en no sé qué distrito de Castilla. Don Carlos,
-poseedor de grandes tierras en Tordehumos, Magaz y Valoria la Buena,
-tiene influencia en el país, y como se meta de hoz y de coz en la
-lucha electoral, se lleva de calle á los contrarios. No bien le explicó
-el tal sus deseos de sacar adelante al candidato amigo, Cisneros le
-dió un abrazo diciéndole: «Pues no faltaba más... Hoy mismo escribiré.
-¿Le apoya el Gobierno? Ya sabe usted que soy ministerial de todos los
-ministerios, ministerial furibundo...
-
-—Querido don Carlos, no nos apoye tanto ni nos abrace tan fuerte—dijo
-el otro riendo.—Temo sus caricias y su ministerialismo.
-
-—Y con razón. Es la mejor manera de ser disolvente. Ya conoce usted mi
-sistema: apoyo á todos los gobiernos para que duren poco.
-
-—Usted es de los que no temen el diluvio porque tiene ya hecha el arca.
-Si yo la tuviera...
-
-—¡Que no tiene usted su arca! Yo creía que sí. Pues aquel asunto de
-la subvención á los ferrocarriles de vía estrecha, ¿no le proporcionó
-algunas tablas para su salvamento el día en que toquen á ahogarse?
-
-—Don Carlos, don Carlos—replicó el personaje, en tono agridulce.—No es
-propio de persona tan respetable acoger los chismorreos del vulgo.
-
-—Pero si yo no le retiro á usted mi estimación...
-
-—Es que debería retirármela.
-
-—No... lo malo es que cuando suban las aguas no habrá arca que las
-resista. Diga usted, ¿qué hay de eso que tanto da que hablar? ¿Es
-cierto que dos ministros andan á la greña, y que por una cuestión de
-faldas presenta su dimisión un alto personaje?
-
-—¡Absurdo, disparate...! Don Carlos de mi vida, ¿cómo cree usted esas
-cosas?
-
-—Vamos, desahogue ese corazoncito. Aquí todos somos ministeriales, y
-viene bien aquello de que la ropa sucia debe lavarse en casa. Usted,
-como todos los que están convalecientes de ministros, tiene lo que
-llaman los médicos la _febris carnis_, disgusto, mal cuerpo y peor
-paladar, tristeza, alternativas de desgana y hambre canina... Vamos, no
-me niegue usted que está torcido con el Gobierno. Si se lo conozco en
-la cara. Soy ya perro viejo; he andado algunos años en esos trotes de
-la política, y he visto siempre que todos los que salen se convierten
-en ruiseñores, es decir, que trinan. Con que, si usted no es un
-hipócrita, trinemos todos ahora; es decir, mordamos.»
-
-El ex-ministro denegó con frases ingeniosas las malicias de Cisneros,
-declarándose poseído de aquella satisfacción interior, tan necesaria á
-la disciplina de los ejércitos, así en la milicia como en la política.
-Pero luego, en el curso de la conversación que trabamos los cuatro
-sobre los asuntos corrientes, dejaba entrever mi hombre su mal humor.
-Que las cosas del partido no van bien, y el mejor día puede sobrevenir
-un desastre; que si esto sucede, él se lava las manos... Mi padrino,
-con refinada ironía, le llevaba la contraria; y por fin, tratando de la
-próxima elección parcial, aprovechó la coyuntura que se le presentaba
-para arrimar el ascua á su sardina, pues es hombre que, en medio de sus
-desenfrenos de argumentación paradógica, sabe conservar la serenidad y
-el sentido práctico, como esos borrachos que, aunque beban mucho y se
-trastornen, no hacen jamás un disparate que les pueda comprometer.
-
-Este juicio del carácter de don Carlos es fruto de mi observación
-en el poco tiempo que llevamos de conocimiento. He visto que, aun
-en las ocasiones en que parece más delirante y más tocado de la
-manía de originalidad, lima siempre para dentro, si la cuestión que
-trata conduce á algún fin positivo, que afecte á sus intereses. El
-ex-ministro desplegaba mucho donaire contra el donaire del castellano
-viejo, y éste, que nunca pierde ripio, le ofreció los votos con las
-siguientes condiciones: Que sin tardanza sea destituído el Ayuntamiento
-de Tordehumos, en el cual hay un concejal que se ha plantificado como
-una mosca en la nariz de mi buen padrino. El tal es un revolucionario
-que con el dinero de los consumos levanta partidas, y últimamente
-disputa á Cisneros una finca que había sido de propios y pasó á manos
-de éste por medios legales. Que se despache prontito el expediente de
-información posesoria incoado por Cisneros, tocante á la susodicha
-dehesa de Tordehumos. Y, por último, que se limpie el comedero al jefe
-de Propiedades ó Impuestos de la Delegación de Hacienda de Palencia,
-tío del dichoso concejal y encubridor de sus chanchullos, y se dé la
-vacante al hijo del administrador que mi padrino tiene en Valoria
-la Buena, muchacho listo, que hoy es oficial segundo en Santander.
-El ex-ministro se llevó la nota de estos encarguillos, prometiendo
-recomendarlos, y salimos Federico y yo con él, dando por terminada
-sesión tan interesante.
-
-Por la calle íbamos haciendo la monografía de don Carlos, de quien
-dijo el ex-ministro que es uno de los hombres más amenos que conoce,
-explicándonos por qué, con su talento, riqueza y grandes relaciones,
-no figura en la política activa. Es que ningún partido ha podido hacer
-carrera de él, y de todos le han tenido que echar por perturbador
-y revoltijero. Fíjate ahora en otra cosa, querido Equis, y es que
-siendo este hombre una calamidad en política, en el terreno privado
-no hallarás persona de más formalidad. Fuera de ciertos devaneos
-mujeriles, que con la edad se van concluyendo, es Cisneros lo que se
-llama un perfecto ciudadano: paga puntualmente sus contribuciones,
-cumple con fidelidad todos sus deberes, y en sus tratos resplandece
-la honradez más pura. Dicen que, en cualquier negocio que con él se
-entable, su palabra vale tanto como la mejor escritura. ¡Y á un hombre
-así no se le puede fiar, en política, el valor de un alfiler! ¿Cómo me
-explicas esto tú, sociólogo y psicólogo; tú que sabes tanto, y que, de
-tanto saber, no se te puede aguantar? ¿Cómo me explicas el fenómeno
-contrario, no menos real, que sean piezas útiles, y aun necesarias, de
-la máquina política, tantos y tantos que en el mecanismo privado no son
-nada de fiar?
-
-Cuando el ex-ministro se separó de nosotros, quedámonos hablando de
-lo mismo Federico Viera y yo, sin encontrar solución medianamente
-satisfactoria. Y á propósito: me has preguntado varias veces en tus
-cartas por tu amigo Viera. Poco te he hablado de él; pero le nombro
-con frecuencia, lo que te bastará para saber que vive y está bueno.
-De todos los muchachos de nuestro tiempo, con los cuales he reanudado
-amistad, éste es el más agradable y el más simpático para mí. He
-llegado á quererle mucho y á ser indulgente, pero muy indulgente, con
-sus defectos graves. Anoche me dijo que te había escrito; pero no sé
-por qué se me antoja ponerlo en duda. No desconfío de su veracidad,
-sino de la fijeza de sus ideas, y me temo que esté persuadido de que te
-ha escrito sin haberlo hecho. Adiós.
-
-
-
-
-V
-
- _23 de Noviembre._
-
-
-Ayer estuvo Augusta en la tribuna del Congreso. Fué con las de
-Trujillo, la marquesa de Monte-Cármenes y otras damas ilustres.
-Por cierto que las infelices pasaron una tarde cruel, prensadas,
-estrujadas, y lo que es peor, aburridas como quien va á un baile
-y se encuentra en un duelo. Desde los escaños, varios amigos y yo
-las mirábamos con piedad, deplorando no poder dar á los debates un
-carácter divertido y sainetesco para aliviar la tristísima situación
-de aquellas desgraciadas. Nosotros, al menos, podíamos confortar
-nuestros decaídos espíritus contemplando aquella batería de mujeres,
-entre las cuales las había muy guapas. Pero ellas, ¿qué iban ganando
-con mirar calvas, presenciar una votación, el barullo de los que entran
-y salen, y el acto de encender el gas? Figúrate que fueron á oir á
-Castelar, á Cánovas y á todas las primeras partes, atraídas por el
-cartel parlamentario de aquel día, publicado en los periódicos de la
-mañana. Como habían madrugado por coger la delantera, al abrirse la
-sesión, á las dos y cuarto, ya estaban las pobrecillas medio fritas. La
-parte de la sesión destinada á preguntas las entretuvo un poco y aun
-las hizo reir, porque tuvimos discurso de chascarrillos. Hombre hubo,
-además, que, al hacer su preguntita, parecía que la brindaba á las
-señoras de la tribuna, mirándolas, como si la defensa del Ayuntamiento
-de Valderrediles de Abajo no fuese más que fórmula enigmática de una
-declaración amorosa. Todo esto aliviaba las angustias del plantón, y
-lo demás se llevaba con paciencia esperando la orden del día. Pero á
-nuestro Presidente le dió la mala idea, sugerida sin duda por algún
-espíritu maligno, de meter el embuchado de una enmienda pendiente, con
-cuya discusión creía despachar en breve tiempo el artículo último de
-la ley de Jurisdicciones administrativas. Total: que la discusión se
-enzarzó cuando menos se creía, y he aquí, mi buen Equis, que entre la
-general consternación se levanta, decidido á _explicar su actitud_ en
-aquel asunto, un orador de los que hablan á cántaros, excelente persona
-por otra parte, pero que tiene la desgracia de no acertar á exponer
-la cosa más sencilla sin consumir un par de horitas, más bien más que
-menos. Bien examinado todo lo que mi hombre dijo, era de lo que no le
-interesa á nadie. Que si en 1870 opinó ó dejó de opinar esto ó aquello;
-que si, al poner su firma en la proposición tal, lo hizo simplemente
-por autorizar la lectura, con todo lo demás que es de cajón, y aquello
-de _si se me permite recordar lo que tuve el honor de exponer ante el
-Congreso en la tarde de ayer, me será fácil demostrar que al poner
-de manifiesto en la tarde de hoy las deficiencias del proyecto que
-se discute, no dije nada, no expuse nada y no expresé nada, ni de
-cerca ni de lejos, que no estuviese en perfecto acuerdo, en perfecta
-consonancia, en perfecta conformidad con lo que salió de mis labios en
-la tarde de anteayer_.
-
-Pasó una hora, dos horas, dos horas y media, y la salmodia no tenía
-fin. Las toses y murmullos parecía que le animaban cual si fuesen
-aplausos, y su voz sin matices caía sobre el cerebro del auditorio
-como lluvia menuda y persistente sobre un techo de cristales. Á ratos
-molestaba como el ruido del andar isócrono de un reloj de pared, cuando
-luchamos con el insomnio, dando vueltas en la cama; á ratos me hacía
-el efecto de uno de esos cantorrios con que las nodrizas duermen á los
-niños. Los bancos rojos se despoblaban, como país empobrecido por las
-malas cosechas, en el cual se propaga la fiebre de la emigración de un
-modo alarmante. La gente se iba á fumar y á murmurar á los pasillos ó
-á la cantina, y en el salón no quedaban sino unos cuantos amigos del
-orador, y los que se entretenían _timándose_ con las señoras de arriba.
-
-Estas pobrecitas mártires de la curiosidad me infundían tanta lástima,
-que subí á consolarlas. Observé en todos y cada uno de los rostros la
-consternación y el desaliento. Charlaban criticando acerbamente el
-régimen, y poniendo de oro y azul al Presidente, por habar alterado
-los números del programa, echando aquella murga insufrible antes del
-gran quinteto clásico que esperaban oir y gozar. Les llevé dulces y
-caramelos, y les dí esperanza de que pronto concluiría la terrible
-_lata_ que aquel buen patricio nos estaba dando á todos. «Sí, buenas
-trazas tiene de acabar—me dijo mi prima.—Ahora ha dicho que _esto es
-grave, gravísimo_, y que se ha traído los datos para probarlo. Mira,
-mira el rimero de papeles que tiene en el banco. ¿Ves? Se prepara á
-leernos media docena de _Gacetas_.»
-
-Pasó todavía una hora más, una de esas horas negras, tediosas, que se
-estiran languideciendo, y al desperezarse juntan la cabeza con la cola,
-imitando el emblema de la eternidad, y entonces el orador dijo: _Voy
-á concluir, señores_... Las tribunas le hicieron una ovación; y el
-muy tunante ¿creerás que lo agradeció? En vez de abreviar el epílogo,
-lo alargó media hora más, regalándonos, por vía de resumen, una nueva
-paráfrasis de lo que ya había dicho. Las cinco y media serían cuando la
-Mesa decidió que el debate gordo se quedara para el lunes siguiente.
-Subí á comunicar la noticia á las pobres mártires, medio muertas ya
-de calor, estrechez é inmovilidad. Algunas no tenían ni fuerzas para
-levantarse; otras estaban en pie para salir, y todas maldecían las
-_Jurisdicciones administrativas_ y al perro que las inventó. Augusta
-salió con jaqueca, y cuando la bajaba del brazo, me dijo que no
-volvería á la tribuna hasta que yo no hablase.
-
-Creo que lloverá bastante de aquí á ese día, porque me siento sin
-ninguna aptitud para la oratoria, y cuando me figuro que tengo que
-hablar y que me levanto y empiezo, me parece que el pavor me ha
-de suspender las ideas y paralizarme la lengua. El afán de Augusta
-porque yo hable es ya verdadera manía, y siempre que me coge á tiro,
-me vuelve loco. Anoche me dijo que si no me arranco pronto, hasta
-me negará el saludo, y que todos mis progresos en el arte de la
-cortesanía no valen nada, si no suelto el último pelo de lugareño
-lanzándome á usar de la palabra en público. Y puesto que entre tú y
-yo no ha de haber nunca misterios, según lo convenido, te diré sin
-rodeos que mi prima me gusta cada día más, y que siento hacia ella una
-inclinación que me ha ocasionado no pocas horas de tristeza. No había
-querido contártelo, esperando que pasase esto, que me parecía una
-fugaz indisposición del alma, semejante á los resfriados en el orden
-físico. Pero hace días que me encuentro sorprendido con invencible
-tendencia á pensar en ella, á figurármela delante de mí, á recordar sus
-gestos y palabras, y á suponer y anticiparme las que me ha de decir
-la primera vez que nos veamos. Al propio tiempo, nace en mi espíritu
-una admiración irreflexiva hacia ella, y me sorprendo á mí mismo en la
-tarea ideal de adornarla con las más excelentes cualidades que jamás
-embellecieron á criatura alguna. De aquí nace mi mayor pena, pues
-precisamente las cualidades que le atribuyo ponen una barrera moral
-entre ella y yo. Para imaginar que esta aspiración mía, incierta y
-tímida, pueda satisfacerse alguna vez, tengo que destruir mi propia
-obra, y exonerar á la señora de mis pensamientos, quitándole aquellas
-mismas perfecciones que le supuse. Aquí tienes la brega que traigo en
-mi mente estos días, y que viene á ser como una enfermedad que me ha
-cogido de súbito.
-
-Apuesto á que te reirás de mí al leerme, pues no caen bien, en hombres
-de nuestra edad descreída, el misticismo amoroso de un Petrarca, ni
-la fiebre de un Werther. No: todavía disto mucho de llegar á tales
-extremos. Lo que te cuento no tiene valor más que como presagio.
-También te diré que se me ha ocurrido visitarla lo menos posible, huir
-de su trato, apartar de mis ojos su hermosura y gracia incomparables,
-su donaire y suprema elegancia... Sí, no te rías. Te veo haciendo
-garatusas y dudando de estas honradas disposiciones mías. Pues sí,
-querido Equis: la delicadeza me inspira el propósito de evitar su
-compañía, y te aseguro que he podido cumplirlo, dejando de ir repetidas
-noches á su palco y á su casa. Pero el demonio, que en todo se mete,
-ha hecho sin duda juramento de impedir los virtuosos planes de tu
-amigo; el demonio, ¡asómbrate! toma la figura de mi buen padrino para
-perseguirme y llevarse mi alma, pues Cisneros me obliga á almorzar con
-él casi todos los días, y su hija ha dado en la flor de ir también,
-y allí me vuelve loco con su cháchara, sus monerías, su amabilidad y
-demás seducciones. De modo que el terreno que gano de noche alejándome
-de la montaña, lo pierdo por el día viendo venir la montaña hacia mí;
-y no me vale huir del abismo, porque se me pone delante cuando menos
-lo pienso. De todo lo cual deduzco que... Vete al diablo, que no tengo
-ganas de hacer deducciones ni de continuar esta deslavazada epístola.
-Estoy fatigado y de malísimo humor. ¿Te sabe á poco ésta? ¿Te deja á
-media miel? Pues fastídiate, y aguántate, y revienta.
-
-
-
-
-VI
-
- _25 de Noviembre._
-
-
-Continúo, señor de X, bajo la influencia de esta tontería, de esta
-murria estúpida que me iguala al más cándido de los colegiales. Mi
-desordenado trabajo mental sigue dándome mucha guerra, y por las
-noches la hiperemia del cerebro no me deja dormir. El gran simpático
-responde al punto á la presión de arriba, y ya me tienes hecho un
-ovillo ardiente, de puro nervioso, con alternativas de angustia y
-de exaltación febril. No te cuento las cosas que se me ocurren en
-las horas negras de insomnio, porque, de fijo, mis disparates y
-atrevimientos te parecerían los más estrafalarios que habrías oído en
-tu vida. Te contaré lo que en pleno día pienso, cuando mi mente se
-despeja de aquellas nieblas y el contacto del mundo me devuelve la
-razón.
-
-Verás: ahora he dado en la tecla de que Augusta no es ni con mucho el
-arquetipo de perfecciones que imaginé, llevado de aquel prurito de
-idealización, que me entró como podría entrarme un dolor neurálgico.
-Esta maldecida enfermedad ha tomado otro sesgo, y ahora discurro
-que la bella por quien suspiro (la frasecilla será todo lo cursi que
-quieras, pero la sostengo) no es un ángel, que está dotada de las
-seductoras imperfecciones que Naturaleza derramó con sabia mano en
-la humanidad toda, y que quizás, quizás se juntan y hermanan en ella
-dichos defectos con mayor relieve que en otras de su edad y clase. No
-vayas á deducir de esto que la tengo por mala, no. Es que en la tierra
-no tenemos ángeles, ni en verdad nos hacen gran falta. Mi inclinación
-hacia Augusta, á quien acabo de borrar del escalafón de los serafines,
-no es, en esta nueva etapa de mi mal, menos vehemente; y si en ella
-no hay pureza absoluta, tampoco hay absoluta impureza, pues en las
-pasiones humanas entran siempre por lo común todos los estímulos que
-corresponden á las diferentes regiones que componen nuestra naturaleza.
-Decir amor de corazón, amor de imaginación, amor de sentidos, es no
-decir nada, ó expresar abstracciones sin valor alguno en la realidad.
-Todo marcha con orgánico engranaje, y ninguna parte de nuestro sér se
-emancipa de las demás que lo constituyen.
-
-Pero basta ya de filosofías, y sigue prestando la debida atención á las
-confidencias de tu amigo. ¿Á que no aciertas en qué empleo ahora mis
-facultades de idealización? Pues en figurarme el marido de mi prima,
-Tomás Orozco, como el hombre más completo que imaginarse puede, y en
-esto no hago más que responder con mis ideas á tu opinión acerca de él.
-Orozco es, según tú, la mayor perfección moral que en nuestros tiempos
-puede alcanzarse; Orozco merecería, según tú, el dictado de _santo_,
-si nuestra época consintiese aplicar este nombre con propiedad. Es la
-persona que deberíamos tomar por modelo para cumplir nuestros deberes
-humanos y sociales. Si alguien existe en quien la observación leal no
-puede señalar un solo defecto, es Orozco. Fijas están en mi mente tus
-ardorosas alabanzas de este hombre, y créelo, me duelen como si fueran
-abrojos de una corona de martirio clavada en mi cabeza. Porque has de
-saber, amado Teótimo, que este sujeto, á ningún otro comparable, según
-tú, y también según mi entender, me demuestra vivísimo afecto, me rodea
-de delicadas atenciones cuando voy á su casa, me recuerda la estimación
-que su familia tuvo siempre á la mía y su padre á mi padre, y con
-esto ha traído á mi alma una turbación y un desasosiego que no puedo
-encarecerte.
-
-Ahora falta un término de la ecuación que no puedo resolver, y allá
-va para que te hagas cargo de todo. Me preguntas si creo que mis
-pretensiones respecto á Augusta podrán tener acogida favorable, y muy
-bajito, pero muy bajito, de modo que nadie lo entienda más que tú,
-te respondo que sí. ¿Me fundo acaso en algo terminante y afirmativo?
-No: es una idea, un presentimiento, una corazonada. Estas cosas se
-saben sin saber por qué se saben. Es algo que se ve en las brumas del
-horizonte con los ojos de la previsión y, si se quiere, del temor.
-Pues bien, amigo mío: espero, y me tengo por un miserable si lo que
-espero llega. Hay y habrá siempre en mí algo que me impide caer en la
-depravación y en la laxitud de conciencia de mis contemporáneos. Al
-menos, creo que seré de los últimos que caigan. Ciertas traiciones,
-que fácilmente obtienen disculpa en nuestros tiempos, no caben en
-mí. Y no te digo más, porque fácilmente comprendes mi confusión y la
-tremenda batahola que llevo en mi conciencia. Aquí pongo punto, porque
-si me dejara llevar de mi pensamiento, y me abriera todos los grifos
-para seguir vaciando en el papel lo mucho que sobre el particular se
-me ocurre, te aburriría; y si intento escribir de otra cosa, no podré,
-porque el horno no cuece más bollos que los que tiene dentro.
-
-Sigue el consejo que voy á darte. No vuelvas más á este Madrid, donde
-se pierde el candor, y se deshoja al menor soplo la flor de nuestras
-honradas ilusiones. Equisillo de mis pecados, quédate en esa ruda
-Orbajosa, entre clérigos y gañanes; búscate una honrada lugareña, con
-buen dote y hacienda de diez ó doce pares de mulas, que las hay, yo te
-aseguro que las hay. Búscala guapa, no digo rolliza, porque lo que es
-rollizas y frescas no las habrás visto nunca. Elige la menos amarilla y
-flácida, la que se te figure menos puerca dentro del hinchado armatoste
-de refajos verdes y amarillos; cásate con ella, hazte labrador, ten
-muchos hijos, sanotes y muy brutos, vive vida patriarcal y bucólica, y
-no aspires á otros goces que los que te brinden esa ciudad y ese campo,
-productor de los mejores ajos del mundo. Fórmate una familia, en la
-cual no pueda salir nadie que tenga ideales; come sopas, y no aspires
-ni á ser cacique de campanario. Dichoso el que logra emanciparse de
-esta esclavitud de las ideas, y aprende á vivir en la escuela de la
-verdadera sabiduría, que tiene por modelo á los animales, querido
-Equis, á los mismísimos animales.
-
-
-
-
-VII
-
- _1.º de Diciembre._
-
-
-Vengan esos cinco, Equis de mis entretelas. El espíritu de tu amigo
-no se dejará dominar de la maleza estúpida que le amenazaba, y cuyas
-primeras manifestaciones pudiste colegir de mis cartas precedentes. Ha
-surgido en mí una energía medicatriz, que de la noche á la mañana me
-regenera, atiesando mi voluntad, mi sér todo, dándome noción cierta de
-la ridiculez de mi enfermedad. Ello ha sido de una manera súbita: me
-levanté un día con ganas atroces de reirme de mis sandeces amorosas,
-y me reí, sorprendiéndome mucho de verme objeto de mi propia burla.
-La naturaleza moral, como la física, tiene estas bruscas remisiones,
-victorias rápidas que la vida alcanza sobre la muerte, y la razón sobre
-el principio de tontería que en nosotros llevamos. Bastóme aplicar
-algunos esfuerzos mentales á esta acción interna, para verla crecer
-y hacerse dueña al fin de todo el campo. No tardé en ver las cosas
-con claridad, y en notar lo inconveniente de que se rompa la relación
-armónica que cada individuo debe guardar con su época. Augusta no dejó
-de parecerme tan interesante y bonita como antes; pero al propio
-tiempo comprendí que no debía apasionarme como un cadete, ni devanarme
-los sesos como un seminarista descarriado, sino plantarme esperando
-los sucesos con frialdad y mundología. El que tome por lo serio esta
-sociedad, está expuesto á estrellarse cuando menos lo piense.
-
-El fenómeno que te estoy refiriendo no ha venido aislado. Apareció
-entre accidentes varios, que en el término de un día, de horas quizá,
-distrajeron mi ánimo, movieron mis ideas como el viento mueve la
-veleta. La política, hijo de mi alma, con las vehemencias increíbles
-que determina en nosotros, no ha tenido poca parte en este cambio, de
-lo que deduzco que la _res pública_ es cosa muy buena, un emoliente,
-un antiflogístico eficacísimo para ciertos ardores morbosos de la
-vida. Y las irritaciones que uno coge en este dichoso Congreso, obran
-también como revulsivo, trasladando el desorden orgánico á la piel, ó
-si quieres, á la lengua, por donde se escapa el mal ó fluido pernicioso.
-
-Y á propósito de esto, voy viendo cuán cierto es lo que tantas veces
-me has dicho, fundado en tu larga experiencia. Aquí hay que hablar ó
-condenarse á perpetua nulidad é insignificancia. Al que se calla no le
-hacen maldito caso. Supón que eres, como yo, consumado gramático del
-idioma del silencio, y que en tales condiciones pides un favorcito á
-cualquier ministro. Como no te teme, ni le prestas tus servicios en
-el banco de la Comisión, ni le consumes la figura de vez en cuando
-con preguntas fastidiosas, te sonríe muy afable cuando le saludas;
-pero no te da nada, créelo; no te da más que los buenos días; cosa de
-substancia ten por cierto que no te la da. No creas que me incomodo por
-esto: reconozco que el favor ministerial es un resorte del sistema,
-y no debemos criticar que se utilice para acallar á los descontentos
-y recompensar á los servidores, porque si suprimimos aquel resorte,
-adiós sistema. Ello está en la naturaleza humana, y es resultado de la
-eterna imperfección con que luchamos de tejas abajo. Ó nos declaramos
-serafines con patas, ó hemos de reconocer que el régimen, bueno ó malo,
-tiene su moral propia, su decálogo, transmitido desde no sé qué Sinaí,
-y que difiere bastante de la moral corriente; y si no, que salga el
-Moisés que ha de arreglarlo.
-
-Hoy estoy inspirado, amigo mío, y si no escribo de política, reviento,
-porque este tema me divierte, hace derivar mis pensamientos del centro
-congestivo en que me atormentan, y me esponja, créete que me esponja,
-me refresca el cuerpo y el alma... Pues verás. He caído en la cuenta
-de que es una sandez este silencio mío, esta pasividad, esta inercia
-de grano inconsciente en el famoso montón parlamentario que hace las
-leyes, sostiene los gobiernos y robustece las instituciones. Tiene
-muy poca gracia desperdiciar la influencia y el favor con que el
-amigo Estado debe corresponder á nuestros servicios. Nada, yo hablo ó
-reviento, yo me despotrico el mejor día; y aunque me tengo un miedo
-horrible como orador, y aunque, al considerarme hablando, me entran
-ganas de prenderme á mí mismo y mandarme á la cárcel, la lógica humana
-y cierta ambiciosilla que me muerde el corazón, impúlsanme á vencer
-mi torpeza y cobardía. Ya empecé anteayer, como quien deletrea,
-presentando á primera hora una exposicioncita de Orbajosa para que le
-rebajen los consumos; pronto seguiré mi aprendizaje en las Secciones,
-dando explicación breve, de acuerdo con otro que me las pida; y,
-por fin, metido en una comisión de fácil asunto, ten por cierto que
-lo empollo bien, y me largo mi discursito como un caballero. Todo
-es empezar. Una vez perdida la vergüenza, lo demás va por sus pasos
-contados. Y dejando de ser pasivo en la política, da uno empleo y
-desagüe á mil cosas malas que dentro le bullen. Si la política es un
-vicio, con este daño inocente se pueden matar otras diátesis viciosas
-que nos trastornan el seso. ¿Qué te parece? ¿te ríes? Dame tus graves
-consejos, alma de cántaro; vacía ese saco de filosofías pardas y
-de marrullerías espirituales. Espero tu exequatur ó una rociada de
-vituperios, porque te conozco, y quien no te conoce, que te consulte.
-Con que, ¿hablo ó no hablo? ¿Conviene hablar, aunque sea ladrando?
-
-
-
-
-VIII
-
- _3 de Diciembre._
-
-
-Sin esperar tu contestación, te encajo ésta. Mira que me escarba en
-el magín, y más aún en la voluntad, la portentosa oración que ha de
-sacarme de la sosa esfera de la nulidad parlamentaria; mira que me
-disparo el mejor día y te avergüenzo, porque saben que eres mi mentor,
-y los dislates del discípulo recaerán sobre el maestro.
-
-Consulté con mi padrino lo que á tí te consulto, y me dió un abrazo
-muy apretado, felicitándome por mi sabia resolución. Incitóme á hablar
-contra el Gobierno, sin reparar que éste me apoyó á rajatabla en la
-elección, sacándome por los cabellos de aquella misteriosa urna. Díjome
-que haciéndolo así prestaba un servicio á la sociedad, y favorecía
-los principios eternos contra lo transitorio y accidental; que nada
-es tan útil como los cambios de mandarines, para que el telón de esta
-comedia suba y baje muchas veces, hasta ver si el público se aburre
-y prorrumpe en la gran pita final. Augusta, que tales cosas oía, se
-indignó y tuvo una fuerte agarrada con su padre, diciéndole: «Hubieras
-sido ministro, serías por lo menos senador vitalicio si tuvieras más
-juicio, papá.» Él lo tomaba con calma, recalcando la extravagancia como
-siempre que se le contradice. De palabra en palabra, en la tertulia
-de sobremesa, la conversación pasó de la política al arte, y Cisneros
-se despachó á su gusto, sosteniendo delante de su hija, de Villalonga
-(el célebre Villalonga, ¡qué tipo!) y de mí, que no puede existir el
-Arte verdadero en los países organizados, donde hay Justicia y Policía,
-instituciones esencialmente enemigas del numen artístico. Pon atención
-á esto: «El genio de Shakespeare floreció en medio de la dramática
-barbarie inglesa del siglo XVI, como las artes italianas en medio
-del elegante desconcierto de las repúblicas florentina y genovesa,
-y de las guerras civiles desde el XIV al XVI, en aquellos tiempos
-pintorescos, anárquicos, de pasiones sin freno, igualmente propicios
-á la santidad y al crimen, al ascetismo y al homicidio; tiempos en
-que el derecho público llegó á tener por ley el veneno y el dogal,
-y se creó la diplomacia de la traición. La frecuencia del asesinato
-fomentaba en el pueblo la idea del desnudo; la Iglesia protegía las
-humanidades, y el paganismo resucitaba en el propio regazo de los
-Papas. César Borgia personifica esa época gloriosa, y cierra el período
-de florecimiento artístico, en el cual caben todas las ideas activas
-que pueden inflamar la mente de los pueblos. Entre la moral austera de
-Dante y las licencias de Bocaccio, hay una extensión, un campo inmenso
-y fecundo en que nacen las flores más bellas de la vida humana. Entre
-el místico Giotto y el aventurero Benvenuto Cellini, se encierran todos
-los desarrollos de la belleza corporal, base del arte pictórico.» Y
-por aquí siguió deslumbrándonos y confundiéndonos. Su hija le rebatía,
-como si dijéramos, á puñados, y aunque no estaba muy fuerte en la
-historia de César Borgia, sostuvo que era un sinvergüenza. Luego soltó
-varias herejías, hablando pestes del Giotto, de fra Angélico y de todos
-los pre-rafaelistas, y diciendo que no daría dos pesetas por ninguna
-de las tablas del siglo XV ni por la mayor parte de los cuadránganos
-religiosos que llenan aquella casa. Cisneros llamó á su hija tonta é
-ignorante, y le dió muchos besos. Así acaban siempre sus reyertas.
-
-En esto entró Malibrán. (Si esto fuera novela pondría: _Aparición de un
-nuevo personaje._) Adivino tu gesto de sorpresa al leer este nombre.
-No sabes quién es, mejor dicho, no le conoces por su apellido, aunque
-le has visto y le has hablado. Te ayudaré á hacer memoria, ¿Recuerdas
-que yendo los dos una tarde de París á Enghien, nos encontramos á un
-señor á quien teníamos por extranjero, y de pronto nos habló correcto
-español, y estuvo muy fino y obsequioso con nosotros al despedirse,
-ofreciéndonos su casa, que señaló extendiendo la mano hacia un techo
-gris cercano á la estación? ¿Recuerdas que, visitando algún tiempo
-después el _Salón_, nos le encontramos acompañando á un amigo nuestro,
-Pepe Díez, y éste nos le presentó? Al poco rato nos acompañaba en el
-examen de algunos cuadros, oficiando de crítico, y mostrándose muy
-severo con la mayor parte de las obras que vimos. Tú no tienes tan
-buena memoria como yo: no recordarás que al salir dimos una vuelta
-por los Campos, y el tal habló pestes de España y de los españoles;
-nos dijo que su residencia habitual era Italia, que había reunido
-algunos cuadros antiguos de grandísimo mérito, y que se hallaba en
-París gestionando la venta de un estupendo Mantegna, por el cual le
-ofrecía el Louvre cien mil francos y Rotschild un poco más; pero que no
-pensaba darlo en menos de doscientos mil. ¿No se te ha quedado presente
-ese detalle del Mantegna? Después de separarnos de él y del amigo con
-quien iba, hicimos la observación de que nos parecía uno de esos tipos
-de nacionalidad equívoca que en París tan á menudo se encuentran.
-Su fisonomía, como su apellido y la facilidad con que se expresa en
-diferentes idiomas, daban lugar á que se le creyese oriundo de todas
-las fronteras europeas. Al mismo tiempo notamos su atildada educación,
-su finura, la elegancia de su vestir.
-
-Pues bien: este sujeto que entonces pasó ante nuestra vista como un
-cometa y de quien hablamos como se habla de aquello que no se espera
-volver á ver más, llámase Cornelio Malibrán y Orsini, es español y
-nacido en Madrid, hijo de un antiguo empleado de Palacio, y nieto de
-un coronel de guardias walonas. Su madre es italiana, hija de no sé
-qué militar extranjero al servicio de España. De modo que en nuestro
-don Cornelio se juntan y mezclan todas las sangres europeas, y en su
-progenie por ambas líneas, según nos explicaba la otra noche, hay una
-señora holandesa de la familia de Riperdá, y un caballero portugués, y
-un emigrado polaco, y qué sé yo qué más.
-
-Te presento con tantos pelos y señales á este prójimo, porque presumo
-he de tener que ocuparme de él más de lo que quisiera. Ha servido
-en la diplomacia; estuvo algún tiempo cesante, residiendo en Italia
-y en Francia, y ahora ha logrado pasar al Ministerio. Es célibe, y
-vive con su madre, señora mayor, según he oído, bastante instruída
-y que sabe muchas y buenas historias de interioridades palatinas y
-aristocráticas... Un poco de paciencia, querido Equis, y acabaré el
-retrato. El origen de la amistad de este don Cornelio con mi padrino
-hay que buscarlo en la contagiosa chifladura de ambos en materias de
-arte pictórico. Cisneros es inteligente (al menos él lo dice, y yo lo
-creo bajo su palabra) en tablas españolas del siglo XV; pero en pintura
-italiana me parece á mí que no da pie con bola, y precisamente las
-escuelas italianas anteriores á Rafael son el fuerte de Malibrán. En
-cualquier sombrajo negro y ahumado, donde nosotros apenas vemos algún
-torso indefinible, señala él un Boticelli, un Sodoma, un Signorelli ó
-un fra Bartolomeo, nombres que rara vez sonaron en mis profanos oídos.
-Mi tío y él se pasan largas horas discutiendo sobre los inciertos
-caracteres que separan la escuela paduana de la veneciana, ó acerca de
-otro problema pictórico tan obscuro como éste.
-
-De la intimidad con Cisneros vino la introducción de Malibrán en la
-casa de Orozco, donde le tienes todas, todas las noches. Su finísimo
-trato, su conocimiento del mundo, le ponen en primera línea en toda
-sociedad, sin que él necesite esforzarse por alcanzar aquel puesto.
-Descuella naturalmente y por la propia virtud de sus modales, que
-son la misma perfección, pues hay en ellos el grado exacto de
-rigidez compatible con la soltura. Sabe combinar como nadie la
-cortesía respetuosa con esas licencias que hoy agradan tanto, usadas
-discretamente, como la sal y los picantes en la culinaria. No conozco
-otro que sepa entretener y divertir á las damas como él las entretiene;
-es la única persona á quien he oído sostener largas conversaciones
-sobre vestidos, mostrando en ello la espiritual erudición que al
-asunto corresponde. Las señoras le consultan acerca de sus trajes,
-del adorno de sus casas, y, sobre todo, las asesora con maestría. Al
-propio tiempo, si le hablas de política extranjera, te pasmas oyéndole,
-querido Equis, porque la conoce al dedillo, tan bien como podríamos
-apreciar nosotros la nuestra.
-
-Pues bien: presentado el tipo, me falta expresarte, para concluir,
-un sentimiento mío con respecto á él. Allá va, y no te asustes. Este
-hombre me es profundamente antipático, tanto que mi antipatía traspasa
-los límites que separan este sentimiento del odio verdadero. Te oigo
-preguntarme: «¿por qué?» Te asombrarás si te digo que no me es fácil
-definir la causa. Malibrán me considera mucho; parece estimarme, y
-aun quererme. Jamás ha tenido palabra ni acto, con respecto á mí,
-que puedan molestarme. Hasta se digna elogiar lo que digo, y oirme
-con afable atención. Pero ello es que no le puedo ver. Te muestro
-este fenómeno de mi alma, como le mostraría al médico una llaga que
-nadie ha visto y que sólo el médico debe ver. Yo mismo me asombro
-de llevar en mí un afecto depresivo que no me favorece; me sondeo,
-y trato de analizarlo para encontrar su origen. ¿Es envidia, es más
-bien intuición? ¿Es que penetro, sin darme cuenta de ello, el carácter
-de este individuo, y adivino que es una mala persona revestida de
-brillantes adornos sociales? ¿Es que...?
-
-Pero estoy fatigado, aturdido, y presumo que en mi próxima, después
-de pensar un poco en este peregrino caso, te podré decir algo más
-concreto.
-
-
-
-
-IX
-
- _6 de Diciembre._
-
-
-He vuelto á las andadas, compañero, y aquella serenidad de espíritu
-que adquirí dándome un baño (perdona lo extravagante de la figura) en
-las turbias aguas de la política, se la llevó la trampa. Hoy estoy
-muy nervioso, y á pesar mío saldrán á relucir en mi carta conceptos
-amargos y apreciaciones que no se ajustarán quizás á la realidad. He
-pasado mala noche, batiéndome con lo absurdo, queriendo ahuyentar las
-cavilaciones sin poderlo conseguir, porque me atacaban con lógica
-deslumbradora, y me desarmaban y me rendían. No extrañes, pues, que
-esté hoy inaguantable.
-
-Ese Malibrán se me ha atravesado de tal modo que no le puedo tragar.
-Seguramente te has olvidado de su fisonomía, y quiero recordártela.
-Representa como unos cuarenta años, pero creo que tiene más. Buena
-figura: es lo que comunmente se llama un hombre guapo. No se olvida,
-vista una vez, su cara expresiva, que comparo, relacionándola con
-la pintura, á algo que abunda en la variada colección de mi tío.
-Aquel rostro afilado, aquel mirar penetrante, aquellas facciones
-correctísimas, la barba rubia acabada en punta, la frente de marfil,
-la color anémica, te recuerdan esos cuadros votivos de la pintura
-italiana que tienen en el centro á la Virgen, y á cada lado de ésta dos
-santos, San Jorge ó San Francisco, San Jerónimo ó San Pedro. Cornelio
-me hace recordar á veces al San Jorge, con su cariz de guerrero
-afeminado, y á veces, pásmate, al San Francisco de Asís, de seráfica y
-calenturienta belleza. Vas á decir que me voy del seguro. Es que, en
-efecto, estoy bastante excitado, y me excito más escribiéndote estas
-cosas, en vez de ponerme á estudiar el discursito que pronunciaré
-dentro de dos días, combatiendo el dictamen sobre el _Proyecto de ley
-de rectificación de listas electorales_. Ahora, relatemos.
-
-Pues, como te dije, entró Malibrán, llamado con premura por mi
-padrino para consultarle acerca de un cuadro que acababa de adquirir.
-Tiempo hacía, según nos dijo, que lo había visto en la sacristía
-de las Descalzas de Villalón, sin poder meterle mano. Por fin, el
-administrador de Cisneros logró apandar la joya, y se la remitió. Es
-una tabla como de cincuenta centímetros por cuarenta, y representa
-el bautismo de Jesús. Las dos figuras desnudas, amarillas y tiesas
-destácanse en el fondo ennegrecido, con cuya lóbrega tinta se funde
-el sombreado de los cuerpos. En la parte superior se ve un par de
-ángeles con vestiduras de elegantes pliegues, sosteniendo un letrero
-con las palabras sacramentales del Bautismo. En cuanto llegó Malibrán,
-empezaron las discusiones frente á la obra de arte. «Ó esto es un
-Massaccio—dijo Cisneros con suficiencia triunfal,—ó yo no entiendo
-palotada de pintura.» Á lo que respondió el diplomático, después de
-mirar mucho la tabla, de cerca y de lejos, y de frotarla en diferentes
-partes: «Qué sé yo, qué sé yo... Me inclino á creer que es más bien
-un Pinturrichio. La figura del Bautista se parece extraordinariamente
-á las que hay en los frescos de Araceli en Roma.» Y tras esta razón
-pericial, siguió dando otras, que debían de ser muy fuertes. Entráronme
-ganas de contradecirle, aunque no entendía ni jota de aquellas
-cuestiones, y apoyé la opinión de Cisneros, el cual la sustentaba con
-furor, fundado en una referencia de Ceán Bermúdez. Luego corrió á su
-archivo y trajo una carta autógrafa, inédita, en la cual el célebre
-investigador de Bellas Artes da cuenta de haber visto una relación de
-los cuadros traídos de Italia por un don Alonso Núñez de Villalpando,
-fundador de las Descalzas de Villalón. Háblase en dicha nota de una
-tabla del Massaccio, tasada en no sé cuántos miles de escudos, y que
-se tenía por obra en alto grado maravillosa. Respecto á dimensiones y
-asunto, dice el papel: «Es como de un pie y medio de alto, y representa
-el bautismo de Nuestro Redentor.» Malibrán movía la cabeza, sonriendo,
-y quitaba importancia, con la mayor urbanidad, á las fuentes críticas
-de donde mi tío sacaba sus especiosos argumentos. Por fin, el testarudo
-castellano se atufó, y nada... tijeretas han de ser... «¡Oh! un
-Massaccio, el padre del Renacimiento... Tengo el cuadro más raro que
-existe en las galerías particulares de Europa y aun en las oficiales.
-Esta tabla no se sabe lo que vale. Es un tesoro. Véanla ustedes: les
-permito tocarla; pero... con muchísimo respeto. Usted, señor Malibrán,
-es muy inteligente; pero por esta vez reconozca que se ha caído. Y
-por más que en ello se empeñe, no logrará desacreditar mi colección ni
-desvirtuar la gloria de este gran hallazgo.»
-
-La discusión no se acababa. Villalonga y yo nos pusimos de parte de
-mi tío, y Augusta votaba con Cornelio, lo que me sabía muy mal. Allá
-nos íbamos ella y yo en conocimiento de tal asunto, y opinábamos por
-capricho, ó quizás por simpatías personales, como suele suceder en la
-mayoría de las polémicas. Es casi seguro que ambos oíamos entonces
-por primera vez el nombre de Massaccio. Y, no obstante, yo sostenía
-con calor el partido de Cisneros ó _massaccista_, y ella se declaraba
-franca y resueltamente _pinturrichista_.
-
-Querido Equis, ríete todo lo que gustes de esta simpleza; pero en aquel
-punto y hora, y mientras disputábamos sobre una cosa que entendíamos
-como si nos pusieran á descifrar escritura chinesca, asaltó mi mente
-una sospecha que me trajo al estado de inquietud en que me encuentro
-todavía. Mi corazón, antes que mi entendimiento, se lanzaba ansioso
-al campo de las adivinaciones, partiendo de un hecho insignificante,
-incierto quizás. Pero ¡cuántas tonterías hay, reveladoras de hechos
-graves! ¡Cuántas nimiedades saltan ante nuestra vista destapando
-misterios, y abriendo los horizontes de investigación que cerrara
-la cautela! Mi suspicacia y el odio instintivo que aquel pegajoso
-diplomático me inspiraba, odio revelador también, lleváronme á creer
-que cuanto hablaron mi prima y Malibrán aquel día encerraba un sentido
-doble, y que sus palabras eran fórmulas de inteligencia convenidas,
-al modo de una clave cifrada. Augusta se fué, diciendo que iba á
-recoger á unas amigas para llevarlas á paseo, y á poco se despidió
-también Malibrán, dejando á mi padrino solo con su cuadro y su tenaz
-opinión de que era legítimo Massaccio, por encima de todas las cábalas
-de la envidia. Como yo me mostrara bastante frío y con pocas ganas
-de jalearle, toda la matraca que dió después fué contra el amigo
-Villalonga, que le aguantaba con estóica paciencia.
-
-Retiréme á un ángulo del gabinete aquél, tan bonito, tan diferente de
-cuanto vemos en otras casas, y durante largo rato examiné una por una
-las rosas del suelo. Necesito explicarte esto. Hay allí una magnífica
-alfombra de Santa Bárbara, hermana de las de Palacio y Sitios Reales,
-blanda, gruesa y amorosa bajo nuestras pisadas. Es de fondo blanco,
-rameado amarillo y guirnaldas de rosas, estilo Carlos IV, que ante la
-crítica dominante pasa hoy por anticuado. Á mí no me lo parece... Pero,
-sea lo que quiera, los colores se conservan admirablemente; el tejido
-es de una solidez que avergonzaría á toda la industria moderna; y en
-cuanto á las rosas, te diré que las deshojé con mis miradas, mientras
-en el otro extremo de la pieza apuraban el tema Villalonga y Cisneros.
-Este, inquietísimo, entraba y salía, trayendo papeles y librotes con
-alguna referencia en apoyo de su dictamen, y también cuadros para
-buscar argumentos comparativos. Ví abierta ante mí una papelera, en
-cuyos compartimientos brillaba el oro antiguo y de ley con la amarillez
-elegante de las onzas peluconas. De aquellas áureas gavetas sacó mi tío
-un papel, que leyó como se podría leer un bando. Era el inventario
-citado por Ceán Bermúdez; y en el tragín que el buen señor armaba, se
-tambaleó de improviso una armadura completa, milanesa, y cayó al suelo
-con estrépito y chirrido de articulaciones metálicas, como guerrero que
-cae mal herido en el combate.
-
-Después oí la voz de Cisneros en la pieza inmediata, riñendo con los
-criados, llamándoles idiotas, embusteros y enredadores. Pedía su
-ropa, no ésta, sino aquélla. El gabán de pieles no, ¡zopenco!... sino
-el otro... Al cochero le amenazaba con despedirle por borracho, al
-lacayo por sucio, al administrador por entrometido, á la cocinera por
-habladora, á la pincha por sisona, al ayuda de cámara por indecente.
-Todo aquello era genialidad pasajera, pues al poco rato les trataría
-con la familiaridad más revolucionaria.
-
-Villalonga se marchó, diciéndome que no salía nunca de aquella casa sin
-sentir que se le aflojaba un tornillo del cerebro, y cuando me quedé
-solo con mi padrino y pasé á su cuarto, mientras se vestía me dijo:
-«Ese Malibrán, que es un trasto envidioso, quiere quitarme la gloria de
-poseer el cuadro más raro que hay en el mundo. Pero se fastidiará, se
-fastidiará. La culpa tiene quien le da alas, consultándole sobre lo que
-no entiende. ¿Has visto qué fatuidad? ¿No salta á la vista que mi tabla
-es Massaccio, pero tan claro que negarlo es como negar la luz del sol?
-Pues qué, ¿Ceán Bermúdez es algún gacetillero? Tú has dado razones que
-no pueden rebatirse... Vamos, vámonos á tomar el aire.»
-
-Llevóme al Retiro en su carruaje, y paseamos á pie desde la Casa
-de Fieras al Ángel Caído. Saludamos á muchos amigos, y de cuantas
-personas conocidas pasaron á pie ó en coche tuvo Cisneros algo que
-decir. Su feliz memoria, suplida á veces por ingeniosa inventiva,
-regalóme aquella tarde mil anécdotas, picantes unas, despiadadas y
-terribles otras, ninguna inocente, todas con ese singular acento que da
-la verosimilitud ó la probabilidad de los yerros humanos. Era aquello
-la historia, compuesta y adornada á lo Tito Livio, como arte verdadero;
-historia no inferior por su transcendencia y ejemplaridad á la que nos
-cuenta en fastidiosas páginas las bodas de los reyes, y las batallas
-que se ganaron ó se perdieron por un quítame allá esas pajas. Mi tío
-me ilustró también con algunas particularidades de su vida, en las
-cuales no pude menos de ver esa mano de gato con que algunos cronistas
-desfiguran y engalanan lo que les conviene; y por fin me dió este
-consejo: «Mira, Manolo, tú no seas tonto. Haz el amor á las mujeres
-de todos tus amigos, y conquístalas si puedes. No pierdas ripio por
-cortedad, ni por escrúpulos, ni por miramientos sociales de escaso
-valor ante las grandes leyes de la Naturaleza. Las prójimas que más
-respeto te infundan, son quizás las que más deseen que avances: no te
-quedes, pues, á mitad del camino. Sé atrevido, guardando las formas, y
-vencerás siempre. Toma el mundo como es, y las pasiones y deseos como
-fenómenos que constituyen la vida. La única regla que no debe echarse
-en olvido nunca es la buena educación, ese respeto, ese _coram vobis_
-que nos debemos todos ante el mundo.»
-
-Algo más me dijo; pero yo dejé de oirle, porque el alma toda se me fué
-detrás de Augusta, á quien ví de lejos en su landó, con otra señora, su
-amiga, su encubridora quizás. Tal pensé en aquel momento, y con ellas,
-tieso y amable en la delantera, el hombre más cargante que alumbra
-el sol: Malibrán. Sí, le ví, y no quiero decirte más. ¿Qué tenía de
-particular que la acompañase como yo mil veces lo había hecho? ¿Qué
-podía significar cosa tan sencilla? Nada en rigor. Era una simpleza
-que me atormentaba, como nos atormenta el granito de tierra que en un
-ojo nos cae... Hasta debía pensar que la circunstancia de acompañarla
-públicamente revelaba la mayor inocencia, pues de haber algo, evitarían
-mostrarse juntos en el paseo... Pero nada de esto, que he pensado
-después, me ocurrió entonces. Habrás comprendido que yo estaba aquella
-tarde hecho un imbécil, un sentimental de la peor especie, digno de que
-me cogieran por su cuenta los novelistas chirles. Ahora estoy viendo
-que tú, con la sorna que sueles gastar, vas á decirme que merezco una
-camisa de fuerza. Pero yo sigo en mis trece: la idea es la madre de
-los hechos. ¿Qué importa que no aparezcan los hechos, si se ve que la
-idea, por el bulto que hace, está embarazada de ellos? No, no te hagas
-cruces... Mira, vete al cuerno y no fastidies más.
-
-
-
-
-X
-
- _13 de Diciembre._
-
-
-He dejado pasar ocho días desde mi última carta, y tanto me he serenado
-en este tiempo, que si pudiera retirar lo en ella escrito, como retiran
-y anulan estos oradores las palabras ofensivas que en el fuego de la
-discusión se escapan de sus labios imprudentes, lo haría, ¡oh Equis
-de mis pecados! porque hallándome en aquellos días bajo la influencia
-de una exaltación insana, casi no soy responsable de las bobadas que
-pensé y te escribí. ¡Bendita sea mil veces la política, digo otra vez,
-ese arte supremo de la vida colectiva; benditos sean Sagasta, Cánovas,
-Castelar y demás sacerdotes de esta religión consoladora, cuyo culto
-produce en nuestro ánimo el efecto de las friegas en el organismo,
-llamando á la epidermis la irritación interior! Has de saber que la
-jarana parlamentaria de estos días, el temor de que el Gabinete se
-derrumbara y la situación con él, las alarmas, el disputar, el choque
-terrible de las ambiciones que se defienden con las ambiciones que
-embisten, han producido en mí un mareo reparador, una embriaguez que
-me ha hecho mucho bien. Si te digo que estos azarosos días lo han sido
-para mí de entretenimiento, no expreso la verdad, pues también he
-llegado á apasionarme y á tomar con calor un asunto que nunca llegué
-á entender. Cuando nos encontramos dentro de una colectividad activa,
-un sentimiento parecido al espíritu militar nos arrastra, y corremos
-ciegos al disparate y á la sinrazón, como los pelotones se lanzan á
-la trinchera donde han de encontrar la muerte. En fin, querido amigo,
-estoy contento otra vez, y me parece que te oigo decir: «bien venida
-sea la paz si dura.» Porque como tengo estas bruscas intermitencias,
-temerás que salte mañana otra vez con la murria y el lloriqueo.
-
-Y á propósito de intermitencias: no sólo no las niego, sino que he de
-presentarte otras versatilidades de mi espíritu, de que hasta ahora no
-te he dado cuenta, para que las estudies y me las expliques si puedes,
-que de fijo no podrás.
-
-Desde que estoy en Madrid, es tal la movilidad de mis ideas, que
-me produce alarma. Recuerdo que te has reído mucho de mí oyéndome
-contar que en Orbajosa me levantaba algunas veces religioso y otras
-descreído. Pues aquí, hay días que me despierto con las ilusiones
-democráticas más risueñas y angelicales que imaginarte puedes, y al
-siguiente cátame con sentimientos tan autoritarios, que me dan ganas
-de mirar como una bendición el palo del absolutismo. Tengo mis mañanas
-de popular entusiasmo, en las cuales creo que debemos dar á la plebe
-todos los derechos, para que se gobierne sola y haga su santa voluntad,
-y mañanas en que se me representan mis conciudadanos como la tropa más
-ingobernable y aviesa del mundo. Esta falta de aplomo proviene sin duda
-de la atmósfera de controversia febril en que vivimos, de la rapidez
-con que se suceden hechos y fenómenos de carácter opuesto. Nuestra
-sociedad está elaborándose. Nos hallamos en pleno estado de formación
-geológica. Las masas del planeta político están en parte blandas, en
-parte enteramente líquidas; por aquí hay demasiadas corrientes de agua,
-por allí demasiado fuego.
-
-Pues oye otra observación: tengo mañanas, y si quieres, tardes ó
-noches, en que siento verdadera ansia de leer mucho é instruirme, y
-agrandar todo lo posible la esfera de mis conocimientos. Pues se pone
-el sol, ó sale el sol, y ya me tienes pensando que la mayor de las
-locuras es enviciarse con los libros, y el más molesto de los empachos
-la erudición. Se me ocurre que la única ciencia digna del alma humana
-es vivir, amar, relacionarse, observar los hechos, hojear y repasar
-el gran libro de la existencia. Lo demás es perder el tiempo, tarea
-de catedráticos que tienen por oficio retribuido extractar el saber
-anterior para dárselo en tomas digeribles á la niñez.
-
-Nada quiero decirte de mis intermitencias de religiosidad ó
-descreimiento, que raya en ateísmo. Estamos en eso lo mismo que antes.
-Pero hay más, querido Equis, y es que también en cuestiones de moral
-tengo mis caprichitos, pues hay días en que me enamoro como un bobo de
-los principios, y no concibo que podamos ni respirar sin ellos, y otras
-veces veo y palpo que los principios huelgan, que sólo tienen valor
-las formas. Nada, nada: que vivimos en un mundo deshecho ó por hacer;
-que somos ó los grandes demoledores, ó los grandes arquitectos de una
-sociedad.
-
-Pues en el orden afectivo, aquella impresionabilidad que tantas
-censuras y chanzas me ha valido de tí, también se ha recrudecido en vez
-de corregirse. No olvidaré lo que te ha dado que reir esta facilidad
-mía para prendarme locamente de una mujer cualquiera, apenas vista
-y tratada. Cierto que la exaltación dura poco; pero reconozco que
-es peligrosísima. El caso se ha repetido en esta época, no sólo con
-respecto á mi prima (aquí la cosa es algo más seria), sino con personal
-de menor cuantía. Omito la relación de mis _súbitos incendios_ para
-evitar tus burlas.
-
-Hace tiempo me recomendabas el trabajo mental, no precisamente la
-erudición, sino la labor literaria, y veo que en tu última carta
-insistes en la receta, como norma de disciplina contra la versatilidad
-y el repentinismo. No hay quien te apee de esto, y sostienes que soy
-ante todo hombre de imaginación, y que sólo en el terreno del trabajo
-artístico he de poder fundar algo. ¡Qué disparates se te ocurren! ¡Yo
-imaginar, yo que me he pasado cinco años haciendo cuentas, ordenando
-papeles, destruyendo embustes y aclarando derechos! La idoneidad que
-revelé entonces para la aritmética práctica y para las menudencias
-vulgares de la vida; la paciencia de laborioso insecto que entonces
-mostré, prueban mi ineptitud para empresas de vuelo más alto. Quien
-trabaja en la obscuridad como la carcoma, no sabe remontarse á las
-nubes como el águila. Si yo intentara lo que me recomiendas, verías qué
-engendros miserables y enfermizos saldrían de padre tan estéril.
-
-Y á otra cosa. Hace dos noches tuve una conversación muy interesante
-con Augusta. Parecióme que ella misma la había buscado, con habilidad
-suma, como se busca y provoca una explicación Preguntóme no sé qué...
-estábamos solos en su casa... respondíle lo que me pareció bien, y ella
-pasó discretamente una especie de revista á casi todas las personas
-que habitualmente componen su tertulia. Al llegar á Malibrán bajó la
-voz, como quien revela un secreto, y me dijo: «Tengo que advertirte que
-Cornelio es persona muy solapada y de muchas conchas, y hay que tener
-cuidado con él.» Como yo le dijera que pensaba lo mismo, ella añadió:
-«Á mí, personalmente, no me ha hecho ninguna mala pasada; pero sé de
-él, por referencia, cosas que me le pintan de cuerpo entero.»
-
-Esta breve monografía, hecha con acento de profundísima verdad, me
-consoló mucho. Era como una satisfacción, y la agradecí con toda mi
-alma. En aquel momento se me disiparon de la mente las frasecillas
-que había preparado días antes para echárselas á la cara si ocasión
-propicia se me presentaba para ello. Y aun recordándolas no las hubiera
-proferido. ¿Qué era? Ya lo adivinarás. Una declaración habilidosa
-y galante, con su poco de hipocresía. Yo había pensado decirle:
-«Augusta, aspiro ser el primero de tus amigos, nada más que amigo;
-pero el primero. Y si algún día quiere Dios que ames á alguien, aunque
-sea poco, pido el ascenso inmediato, ó sea pasar del primer puesto
-de la amistad al escalafón del amor.» De esta sutileza estaba yo muy
-satisfecho. Pues has de saber que después del diálogo que he referido,
-infundíame la mujer aquélla tanto respeto, que no hubiera osado
-traspasar la línea por nada de este mando. Y aun hubo algo que me
-contuvo más dentro del terreno de las conveniencias, porque me habló
-de su marido, á propósito de un asunto que trataré á tiempo; y tales
-elogios hizo de él y con tanta sinceridad ensalzó sus grandes prendas,
-que admiré sin rebozo aquella exaltada demostración de cariño conyugal.
-Acabó por decirme: «Ni tú ni nadie que no le trate con la mayor
-intimidad, puede saber todo lo bueno que es Tomás. Es como una mina
-inagotable, y mientras más se ahonda en ella, más oro se encuentra. Ya
-ves la fama que tiene de honradez, y lo que se cuenta de su nobleza de
-carácter, de cómo practica la caridad y todas las virtudes. Pues la
-fama se queda corta. Créelo, no tiene semejante, y esta sociedad no se
-lo merece.»
-
-Lo decía con tanto entusiasmo, que me anonadó, Equis amigo. La
-impresión que saqué de este diálogo fué altamente favorable á la hija
-de Cisneros. Se me representó como un sér á quien se ofende sólo con
-la sospecha de impureza, y ante quien no debemos ni podemos sentir más
-que un delicado y caballeroso acatamiento. ¡Y qué mona estaba aquella
-tarde! que luego se hizo noche, pues si la ví al principio á la luz
-del crepúsculo, pronto su cara y su elegante traje se me presentaron
-vivamente iluminados por la luz artificial. El vestido era de seda,
-rayas blancas sobre azul turquí, y no olvidaré su indolente postura
-en uno de esos blandos muebles que llaman _puff_, torcido el cuerpo
-de modo que á veces presentaba hacia mí la cara, el costado y las
-rodillas. Doblaba los brazos de un modo que parecía enroscárselos en
-el cuerpo, y en un cambio de actitud ví una mano, con brazalete en la
-muñeca, que asomaba por la espalda. No te exagero. No vayas á creer que
-esta flexibilidad desengonzada que te pinto acusa falta de señorío ó
-dignidad. Es que... verás... no sé cómo decírtelo. No hay mujer que,
-como mi prima, parezca en ocasiones tan formada de pedazos mal unidos,
-ni figura que se desbarate más, para componerse y ajustarse luego en
-términos que resulta airosa por todo extremo.
-
-El encargo que me haces de que te describa la casa de Orozco, con todo
-lo que hay en ella, fondo y forma, añadiendo un croquis de los tipos
-diversos que la frecuentan, no lo puedo desempeñar en esta carta.
-¿Sabes la hora que es, hijito? Las doce de la noche. Llenas están ya
-de mis garabatos seis carillas, y economizo las dos restantes para
-no acostumbrarte mal y curarte de malos vicios. Duerme si puedes,
-que yo me acuesto y voy á soñar con las espirituales bellezas de la
-_Rectificación de listas electorales_. ¡Dichosa enmienda, y quién me
-habrá metido á mí á proponerte y apoyarte!...
-
-
-
-
-XI
-
- _15 de Diciembre._
-
-
-¿Sobre qué quieres que te escriba hoy, animal? Vamos, decídete pronto,
-porque si insistes en que te mande la fotografía de la casa de Orozco,
-te privarás de otro regalo que te tengo preparado y verdadera golosina
-que ha de saberte á gloria. ¿No adivinas lo que es? Tonto, mi discurso
-apoyando la famosa enmienda. Vamos, apuesto mi cabeza á que, entre
-la relación de aquel gran suceso parlamentario y la pintura de una
-familia, has de optar por lo primero, pues un discursazo como el mío es
-cosa nueva en la historia del mundo, y sabe Dios cuándo nos veremos en
-otra.
-
-Ya sabes el sentido de la enmienda, la cual sólo ha sido un pretexto
-para lanzarme. Nada más cómodo para un ensayito fácil de la palabra.
-Se prepara uno bien; se pone de acuerdo con el individuo de la
-Comisión que ha de contestarle, y esta connivencia permite hacer una
-rectificación lucida. Á pesar de lo bien dispuesto que estaba, era tal
-mi temor, que minutos antes de comenzar habría dado mi investidura
-de diputado por verme libre de tan angustiosa incertidumbre. La idea
-de que pronto tendría que levantarme delante de tanta gente guasona,
-y romper á hablar, me ponía carne de gallina. «¿Cómo sonará mi voz
-aquí—me decía yo, lleno de perplejidad,—y de qué manera moveré estos
-malditos brazos, que no sé para qué han de servirme?» En vano quería
-consolarme, pensando que la mayor parte de los que allí hablan lo hacen
-bastante mal, sin que á nadie choque su falta de medios oratorios, y
-que es preciso llegar al colmo de lo extravagante y mamarracho para
-señalarse y provocar la risa.
-
-Cuando llegó el instante fatal y oí la voz del Presidente concediéndome
-la palabra, tuve ganas de echar á correr, diciendo: «Si yo no he pedido
-palabra ninguna, ni me hace falta para nada.» Me levanté, no obstante,
-con un arranque de firmeza, sostenido por la idea del honor, como quien
-va á batirse; y mirando yo no sé para dónde, y moviendo los brazos
-yo no sé de qué manera, dije que era _difícil por todo extremo mi
-situación en aquel momento_, y luego no sé qué más, y... ¡otra! _que
-no iba á hacer un discurso_. Pasado un momento angustioso, durante
-el cual creí notar cierta curiosidad en las caras de los que estaban
-cerca de mí, parecióme que mi exordio caía en la Cámara en medio de
-la mayor indiferencia. Era todo lo que yo podía desear; y esto, lejos
-de desanimarme, dióme cierto aplomo. Pero la palabra se me rebelaba.
-Los conceptos que estudiados llevó se me trabucaron, y el hilo de la
-sintaxis se me enmarañó de tal manera, que hube de cortarlo repetidas
-veces para poder seguir. Observé que muchos padres de la patria cogían
-el sombrero y se marchaban. Mejor: mientras menos fueran á oirme, con
-más desembarazo me desenvolvería yo. Allí enjareté mis argumentos como
-Dios me dió á entender. Véase la clase: «Yo no traigo á este debate
-ninguna idea nueva; traigo una convicción profunda, traigo la rectitud
-de mis intenciones, traigo el firme deseo del bien general, traigo...
-(No recuerdo bien qué más cosas traía.) Si no llevo la convicción á
-vuestro ánimo, cúlpese á mi falta de medios oratorios, no á la idea que
-sustento; idea patriótica, señores; idea justa, idea práctica.»
-
-Pero, por más que intentaba dar calor á mi acento, no advertí en
-ninguna cara señales de convicción, ni aun de que dieran importancia
-á lo que yo decía. Mi voz no debía oirse desde una distancia regular,
-porque al principio me dijeron: más alto, y tuve que esforzar la voz.
-Como mis dignos compañeros, salvo los amigos que me rodeaban, preferían
-oirme desde los pasillos, me dirigí á los taquígrafos para que tomaran
-bien el discurso y no perdieran sílaba. Daba también, de tiempo en
-tiempo, mis palmetazos en el pupitre, para expresar mi indignación
-contra el pícaro artículo que enmendar quería. En las paradas, y cuando
-me refrescaba el gaznate con un sorbo de agua y vino, los amigos que
-estaban detrás me decían: «Va usted muy bien, pero muy bien.» Y yo,
-deseando concluir, volvíame con disimulo para consultarles. «¡Qué
-mal lo estoy haciendo! ¡Qué plancha me estoy tirando!» La bondad de
-aquellos leales colegas me envolvía, para confortarme, en nubes de
-incienso. Detrás de mí sonaba sin cesar esta frase: «Admirable...
-pero muy bien...» Por último, los amigos colmaron su benevolencia
-diciéndome: «Acabe usted ya; redondee, redondee... Basta, basta ya...»
-En efecto: ya había dicho toda la substancia y me estaba repitiendo.
-Pero no acertaba con una conclusión airosa. La que había pensado se me
-escapó del magín y subídose al techo, y yo, por más que miraba para
-arriba, no la podía pillar. Por fin, Equis de mi alma, dando tropezones
-y recordando confusamente que mi olvidado final era cosa de la patria,
-echó mano de esta idea, como el nadador que envuelto por las olas ve un
-palo á que agarrarse, y salí... Salí diciendo que no podría rechazarse
-la enmienda sin dar una bofetada, á la patria. No, no fué así: dije
-que... en fin, no sé lo que dije; sólo sé que me senté y que todos
-los que estaban á mi lado y detrás de mí me felicitaron con efusión,
-apretándome la mano. «Muy bien, muy bien. Á poco que usted se ejercite,
-será un gran orador. Ha estado usted intencionado, intencionadísimo y
-contundente.»
-
-El de la Comisión que me contestó hizo su exordio felicitándome y
-felicitando al Congreso por _la gallarda prueba que yo había hecho de
-mis facultades oratorias_, y á renglón seguido refutó mi elocuentísimo
-discurso, diciendo que yo había explanado con extraordinario talento y
-con pasmosa erudición una teoría inadmisible. Echóme la mar de flores
-llamándome su _particular amigo_, y _una de las personalidades más
-conspicuas de la Cámara_. Rectifiqué, según lo convenido, y estuve
-bastante más sereno y despabilado en la rectificación que en el
-discurso: le devolví sus flores con creces; nos estuvimos incensando
-un gran rato, conviniendo los dos en que éramos muy grandes oradores
-y que nos inflamaba el más ardiente patriotismo; retiré mi enmienda,
-y á vivir. En los pasillos me felicitaron todos calurosamente, aun
-aquéllos que se habían largado de los escaños apenas empecé á hablar.
-«Ha estado usted muy bien... Yo no le oí todo el discurso, porque tuve
-que salir... ¡Caramba, que hay buenas explicaderas...! Tiene usted
-grandes facultades, y es lástima que no las ejercite... Muy bien, amigo
-Infante... Venga un abrazo. Me han dicho que estuvo usted acertadísimo
-y muy lógico, sobre todo muy lógico.» Sin pagarme mucho de estas
-alabanzas, que yo he prodigado mil veces á varios Demóstenes de pega,
-fuí al _Diario de las Sesiones_ á corregir mi discurso, mejor dicho, á
-rehacerlo, y lo dejé como una seda, tan diáfano y con una sintaxis tan
-redondeada, que si algún día se me antoja leerlo, tendré que decir:
-«Mascarita, no te conozco.» En todos los periódicos ministeriales, y
-aun en los de oposición, leerás _que he revelado no comunes condiciones
-oratorias_. La noticia me ha cogido muy de sorpresa; pero te aseguro
-que no caeré en este lazo que tiende á mi vanidad la adulación. Sigo
-creyendo que lo hice muy mal, y que la única elocuencia que debo
-cultivar es la del silencio.
-
-Mi prima no fué á la tribuna, porque tuve buen cuidado de engañarla
-respecto al día de mi estreno. Por ningún caso quería que me oyese,
-temeroso de que su presencia me hiciera perder pie. Pero tan á mal ha
-llevado el quiebro que dí á su curiosidad, que no quiere perdonármelo.
-Anoche, cuando todos en su casa me felicitaban, empeñóse en chafarme el
-triunfo, asegurando saber, por conducto de un ministerial, que no dije
-más que vulgaridades; que mis movimientos eran torpes y desmañados,
-y que los pocos que se resignaron á oirme se durmieron... Con estas
-bromas me estuvo asaeteando toda la noche, y noté en ella algo de ira ó
-despecho por no haber oído mi _speech_.
-
-Ya que la tengo otra vez en el pico de mi pluma, voy á referirte
-algunas particularidades suyas para que, desde ese escondite donde
-estás, la conozcas y la veas tan claramente como la veo y la conozco
-yo. No sé si te he dicho ya (y si lo dije lo repito ahora, porque
-es muy importante), que mi prima se aparta bastante de las ideas y
-de los gustos de su dichoso papá. Se le parece en que tira siempre
-á sacrificar la verdad al ingenio, y á despreciar los dictados del
-sentido común, prefiriendo la originalidad á la certeza, y poniendo
-el chiste por cima de toda idea de justicia. Pero fuera de esto, nada
-hay de común entre hija y padre. Augusta profesa á las tablas del
-siglo XV un odio casi africano, y hace de ellas graciosas caricaturas
-habladas y aun dibujadas, pues cuando está de vena, coge un lápiz y
-te parodia con cuatro rasgos aquellos santos rígidos, con las caras
-afligidas, las manos como palmetas, las posturas imposibles, los paños
-duros, aquellos fondos arquitectónicos sin perspectiva ni proporciones,
-aquellos animales toscos como los que pintan los chicos. Dice que
-de la colección de su padre apartaría dos docenas de cuadros, y lo
-demás lo haría astillas, si la estolidez humana no le diera un precio
-convencional.
-
-Aun tratándose de pintura buena, se permite atrevidas salvedades:
-sostiene, sin temor á los aspavientos de Malibrán, que la aburren los
-cuadros de santos, la poca variedad de los asuntos, el amaneramiento
-de la idea, el convencionalismo de las composiciones, que vienen á
-ser como un estribillo que se ha oído centenares de veces. Hace gala,
-siempre que sale á cuento, de sus doctrinas iconoclastas en materias de
-arte; gusta de verse sola defendiendo contra todos la originalidad de
-sus opiniones, y se declara partidaria ardiente de la pintura moderna,
-asegurando que prefiere un buen cuadrito de género intencionado y vivo,
-un buen estudio realista y jugoso, á las cacareadas obras maestras
-de la pintura religiosa. De lo que llamamos clásico, le gusta más un
-retrato de Moro que todas las visiones celestiales de fra Angélico,
-y más un dedo de cualquier figura de Velázquez que todo Rafael. Esta
-independencia, un tanto afectada, del gusto, le habría ocasionado
-algunas desazones con su padre, si no cuidara de atenuarla ante él.
-Disimula, pues, por respeto y cariño; pero con los amigos pone cátedra
-de heterodoxia, ¡y qué cátedra, Equisillo!
-
-En la casa de Orozco están representadas visiblemente las ideas de su
-ingeniosa dueña, y fuera de dos ó tres retratos anónimos atribuidos
-á Pantoja, y un Murillo (Malibrán dice que es Tobar), no hay en ella
-un cuadro antiguo ni para un remedio. Allí no verás más que pinturas
-frescas, nuevecitas, de buena mano, firmadas por García Ramos,
-Jiménez Aranda, Mélida, Martín Rico, Domínguez, Román Ribera, Sala,
-Beruete, Plasencia y otros muchos; escenas andaluzas ó madrileñas,
-tipos gitanescos, militares, marítimos, cabezas elegantísimas, grupos
-parisienses, majas, y además paisajes muy lindos, imagen exacta de
-la Naturaleza. Declarándome previamente sin ninguna autoridad, y
-reconociendo mi ignorancia, te declaro, con la rudeza de un bruto, que
-me entretiene mucho más la colección de mi prima que la de Cisneros.
-
-Tengo que añadir un perfil á la figura, diciéndote que es muy
-apasionada del estilo Luis XV y del barroquismo como arte decorativo.
-Posee un sin fin de cacharros de gran precio, cornucopias y marcos de
-talla dorada muy hermosos. Cierto que el Luis XV no tiene sustitución
-posible para decorado de salones elegantes; pero Augusta extrema su
-preferencia, afectando no entender las bellezas de la ornamentación
-arábiga, detestando lo gótico, y sosteniendo que todo lo griego está
-muy bueno para cementerios.
-
-Algo más tengo que decirte, que sería como ampliación de estas ideas
-y gustos de mi prima en terreno muy distante del artístico; pero las
-guardo para mejor ocasión, y acabo esta dándote las buenas noches.
-
-¡Ah! se me olvidaba un perfil; pero te prometo empezar con él mi
-próxima.
-
-
-
-
-XII
-
- _16 de Diciembre._
-
-
-Voy á lo que se me quedó ayer. Otra de las grandes divergencias entre
-padre é hija, es que Cisneros tiene gran afición á Castilla, y ama el
-país clásico, donde planta sus raíces el árbol secular de la raza á que
-pertenece, la tierra madre autora de la lengua que hablamos, maestra
-y criandera de nuestro sér castizo, mientras que Augusta profesa á
-aquel suelo y á sus paisanos un odio mortal. Cuentan que cuando era
-niña y su padre la llevaba á Tordehumos, se entristecía tanto, que la
-sacaban de allí con un principio de ictericia. Á poco que le tires de
-la lengua, te hace descripciones en caricatura de aquel suelo venerable
-y extenuado; de los pueblos de adobes, más propios para que los habiten
-sabandijas que hombres; de los campos que en invierno están helados y
-en verano parecen de yesca; de los alimentos que apestan á aceite de
-linaza; de las casas calentadas con humazo de paja; de la tristeza de
-la raza, que se refleja hasta en las diversiones populares. Y has de
-notar que en ese país tan aborrecido y despreciado tiene la criticona
-parte de sus propiedades. Allí hay centenares de hombres que, agobiados
-por la usura, los impuestos, la miseria, y luchando heróicamente con
-un suelo empobrecido y un clima de los demonios, trabajan como esclavos
-para que ella viva cómodamente en Madrid, sin cuidarse de lo que cuesta
-arrancar á la tierra sus tesoros. Asegura que cuando va de viaje, se
-alegra de que el expreso del Norte pase de noche por aquella región
-antipática, para librarse del pesar de verla.
-
-Mi tío no es así. Habla siempre de Castilla con grandes
-encarecimientos, y asegura que todo lo bueno que tenemos procede de
-allí; pero este amor al suelo nativo es puramente platónico, pues hace
-muchos años que el buen Cisneros no aporta para allá, y sus relaciones
-con la patria son puramente administrativas y epistolares, enderezadas
-á recoger puntualmente sus rentas y á comprar todas las fincas que se
-venden, por sucumbir sus dueños en las garras de la usura. Francamente,
-esta falta de comunicación entre el propietario y la tierra, me da muy
-mala espina. He hablado con Cisneros de esto, y conviene conmigo en que
-el diluvio ha de venir; «sólo que—añade—como creo que está aún bastante
-lejos y que no me ha de coger á mí, no me ocupo de él, y voy viviendo
-lo mejor que puedo, reuniendo los materiales para que mis sucesores
-hagan un arca, si pueden y saben hacerla.»
-
-Entra conmigo ahora, _temerario mancebo_, en la casa de Augusta.
-¿Quieres que te hable de Orozco? Es hombre que vale mucho, sí; pero
-reconociendo su mérito, no he acabado de entenderle todavía. Y te
-advierto que la opinión acerca de él no es tan unánime como tú piensas.
-Verdad que opiniones unánimes, en sentido favorable, aquí no las hay
-nunca. En una sociedad tan chismosa, tan polemista, y donde cada
-quisque se cree humillado si no sustenta, así en la charla pública como
-en la privada, un criterio distinto del de los demás, son muy raras las
-reputaciones, y éstas tienden siempre á flaquear y derrumbarse como
-puentes de contrata, construídos sin buen cimiento. Faltan grandes
-unidades. La independencia de criterio, extendida en toda la raza como
-una moda perpetua, y el individualismo del pensamiento, determinan una
-gran inseguridad en diversos órdenes de la vida. Falta indisciplina
-intelectual y moral. Somos demasiado libres, pecamos de autónomos, y
-así no podemos crear nada estable. Para que las naciones marchen bien,
-es preciso que haya muchos que sacrifiquen sus ideas á las ideas de los
-demás, y aquí nadie se sacrifica: cada uno de nosotros cree sabérselo
-todo. De esto se deriva la gran enfermedad, amigo Equis, ó sea la
-antipatía invencible de la raza á las reputaciones. No gusta de ellas
-porque tienden á crear unidades, y aquí la unidad es como una planta
-maldita, que todos pisoteamos para que no prospere. Siempre que aparece
-el fenómeno de una reputación, cuando los hechos y pareceres que la
-constituyen principian á concretarse, ya estamos todos desasosegados,
-buscando los peros que hemos de ponerle para que no cuaje. En el
-orden moral, en el literario, en el político, las reputaciones crecen
-difícilmente, como un árbol raquítico lleno de verrugas y comido de
-insectos. Si andas por el mundo, oirás el ruido incesante del laborioso
-_Termes_, que taladra y devora los troncos más robustos. La malicia,
-aderezada de ingenio, es grata y sabrosa á nuestros paladares, y
-no oirás nunca alabar á una persona por honrada, por inteligente ó
-por otra cualidad, sin que al punto venga ese inmortal y castizo tío
-Paco con sus implacables rebajas. Las restas son á veces cruelmente
-chistosas. Muchos las discuten ó las deniegan; pero casi todos las
-ríen, y aunque alguien las ponga en cuarentena, ello es que se les da
-curso y corren, como la moneda fiduciaria bien garantida.
-
-Y tú dirás: ¿á qué viene todo eso, señor chiflado? Y yo te respondo
-que más chiflado es él, y que esto es un razonamiento para apoyar lo
-que te dije de Orozco, de ese hombre tan encomiado por diferentes
-apologistas, entre ellos tú. Pues para que lo sepas, en el Casino y en
-la Peña de los Ingenieros, donde paso algunos ratos de noche, he oído
-poner en solfa esa tan cacareada honradez y rectitud. Cierto que lo
-que allí se dice nadie lo sostendría en una discusión seria. Hablan,
-como aquí es costumbre, por lujo y sibaritismo de conversación, por el
-placer de producir asombro en los oyentes, por arrojar en las bocas
-de la curiosidad estragada una golosina picante, sin creer en lo que
-se refiere, y con el propósito de retirarlo y desmentirlo, si fuese
-menester. Excuso decirte que lo que oí no me ha hecho variar de opinión
-respecto á tu ídolo.
-
-En la tertulia de Augusta, valga la verdad, no somos mejores que en
-otros centros de entretenimiento y grata sociabilidad. Hablamos por los
-codos y criticamos todo cuanto existe. Sólo al amo de la casa no he
-oído jamás concepto alguno desfavorable á nadie. Su prudencia es allí
-una disonancia. En cambio, Cisneros, que va casi todas las noches á
-echar su tresillo, ha promulgado una ley á la cual nos sujetamos todos
-los que somos más ó menos políticos. «Aquí no se permite, en ningún
-caso ni bajo ningún pretexto, hablar bien del Gobierno, cualquiera que
-sea.»
-
-Aquella casa es de las pocas que se caracterizan en el orden social
-por una opulencia razonable y enteramente desahogada. En ella reina
-un lujo discreto, que nunca rebasa la línea dentro de la cual están
-la comodidad y el agrado de los amigos; lujo que, al llegar á las
-fronteras de la disipación, se detiene y de allí no pasa. Conoces á
-Orozco por ese trato superficial que se entabla en la calle ó en los
-centros de reunión. No conoces su casa; no has entrado nunca en aquel
-magnífico principal de la cuesta de Santo Domingo, y me alegro, pues
-así puedo yo introducirte y guiarte, señalándote lo que me convenga.
-Allí admirarás el mayor grado de desarrollo de la burguesía pudiente y
-bien educada, que ha sabido asimilarse aquella parte de las costumbres
-aristocráticas conveniente á sus intereses, y reclamada por su posición
-política ó económica; allí encontrarás todo el elemento extranjero
-introducido de poco acá en la manera de comer, de hablar, de vestirse,
-y ha de sorprenderte verlo armonizado con la sobriedad española,
-el orden y la calma de nuestra antigua clase media, anterior á la
-desamortización.
-
-Remontándonos á los orígenes, hallamos que no es muy ilustre el
-abolengo del amigo Orozco. Su abuelo hizo mediana fortuna en el
-comercio menudo. Su padre se enriqueció, según dicen, con negocios
-poco limpios, entre ellos el de aquella sociedad de seguros, _La
-Humanitaria_, que en su catástrofe dejó tras sí un reguero de
-desdichas, lágrimas y desesperaciones. El actual Orozco no es
-responsable de los actos de su padre; pero se me figura á mí que su
-fortuna, por la calidad de los materiales que la formaron veinte años
-há, pesa bastante sobre su conciencia. Me fundo, para creerlo así, en
-la cara que pone cuando le hablan de _La Humanitaria_. No diré que le
-enoje el ser tan rico; pero me parece que tendría un gran alegrón si le
-probaran ahora (cosa un poco difícil) que don José Orozco había labrado
-su riqueza en moldes más puros.
-
-Marido y mujer aborrecen la ostentación, y á él no le ha dado nunca
-por esas bobadas del sport. Bailes, no se han visto allí, según he
-oído, más que dos en los seis años que llevan de casados. Comidas, al
-año suele haber dos ó tres de solemnidad. Ordinariamente no pasan de
-seis ú ocho cubiertos. Coches, con un landó y una berlina contratados
-se pasan tan ricamente. Viajes, los de verano de rutina, con algún
-que otro estirón hacia Alemania, Bélgica ó Suiza. En trapos, mi prima
-gasta mucho, pero nunca todo lo que podría; de modo que ni aun este
-renglón, en otras partes tan peligroso, altera el orden de casa tan
-bien dirigida. Recepciones, allí no las hay realmente; pero concurren
-de noche á la casa bastantes amigos, casi todos de confianza.
-
-Á poco de frecuentar la tertulia, noté que existe en ella un bando ó
-partido, en el cual se politiquea, y se murmura con ligereza, á veces
-con saña, de toda persona que tiene la desgracia de fatigar á la
-voz pública con la repetición de su nombre. No hay que decir que es
-cabeza del temible bando mi padrino Cisneros. En el mismo levanta el
-gallo Jacinto Villalonga, á quien conoces quizás mejor que yo, hombre
-ameno, discutidor de oficio, privado en absoluto de paladar moral,
-tratándose de política, que es su pasión y su manera de vivir. Por lo
-demás, muy corriente, muy servicial, muy amigo de sus amigos, siempre
-en disidencia, y siempre pretendiendo y enredando. Es el tipo del
-_pillo simpático_, que aquí tanto abunda. Considera al Estado como
-cosa propia, y si puede despojarlo de algo, lo hace sin recelo alguno,
-con la conciencia tan tranquila como la de un niño. Al propio tiempo,
-incapaz de quitarle al individuo el valor de un alfiler. El pobre
-Estado es la eterna víctima. Y cuenta que si al día siguiente de haber
-hecho Villalonga una de las suyas, vas á verle y le pides un favor, te
-da todo lo que tiene, hasta la camisa si no tiene otra cosa. ¿Ves qué
-moral? En España la gastamos así.
-
-Ya va para viejo, y parece que quiere sentar la cabeza. Ansía fijarse,
-después de haber hecho alto en todas las tiendas del campamento y
-sentado plaza en todos los ejércitos. Ahora bebe los vientos porque le
-hagan senador vitalicio, como jubilación de sus campañas y reposo de
-sus odiseas. Te aseguro que está graciosísimo cuando nos cuenta lo de
-la senaduría y las fatigas que por ella pasa.
-
-En el mismo bando tienes al ex-ministro que te presenté en una de
-mis cartas anteriores, y á un alto empleado de Cuba, cesante, que no
-habla más que de chanchullos de Ultramar. Dicen que es buen sastre el
-que conoce el paño. Aguado, que así se llama, me parece á mí que es
-maestro viejo, y sus ganas de volver allá no se compaginan bien con los
-horrores que nos cuenta. Augusta le llama el _Catón ultramarino_. Es
-un catonismo el suyo de tal calidad, que cuando le oigo, me dan ganas
-de poner entre sus manos y mi bolsillo una pareja de la Guardia civil.
-De otros que suelen arrimarse á la partida maldiciente, te hablaré si
-se destacan en lo que contándote voy. Allí verás algunas noches á la
-de San Salomó, ya bastante ajadita, pero siempre guapa, rajando con la
-lengua á todo el que coge por delante. Alardea de entender de política;
-mas de sus explicaderas no puedes colegir si es carlistona furibunda ó
-anarquista frenética.
-
-Dejando á un lado la banda de los devorantes, sigo la cuenta de los
-que concurren con más ó menos asiduidad. No falta ninguna noche el
-noble marqués de Cícero, varón serio y vacío, de una modestia que no
-me cansaré de alabar. Practica el _nosce te ipsum_ tan al pie de la
-letra, que jamás se permite el intento de formular una idea propia.
-Habla siempre con las ideas de los demás, única manera de hacerse
-tolerable. También es bastante puntual el conde de Monte-Cármenes,
-hombre simpático y apacible, muy rico. De su riqueza y su buena pasta
-ha salido la filosofía optimista que profesa con tanto salero. Nadie le
-ha visto nunca inquieto ni afanado por cosa alguna: todo lo encuentra
-bien, perfectamente bien. Puedes creer que el amigo Pangloss á su lado
-es un carácter tétrico.
-
-Adelante. ¿Conoces tú á Trujillo, el banquero, y á su señora, Teresita
-Trujillo? De seguro que no les conoces. Ella va una noche sí y otra
-no, acompañada de su marido, ó de su hijo Pepe, oficial de artillería,
-muy guapo, que juega divinamente al tresillo. Es señora amabilísima,
-alegre como pocas, habladora hasta la ronquera, y que tiene verdadera
-pasión por los crímenes célebres. Otro que nunca falta es don Manuel
-Pez, que suele hablar sesuda y campanudamente de las cosas públicas.
-Yo voy casi todas las noches. Menos asiduo, pero también constante, es
-tu amigo Federico Viera, de cuya amenidad, gracia y recursos para la
-conversación nada te digo porque le conoces muy bien. Y el más puntual,
-el infalible, es mi detestado rival Malibrán, perito en bellas artes,
-en modas, en política extranjera, y sobre todo en mujeres, pues se
-las da de Tenorio, y cuando trae á colación la lista famosa de sus
-triunfos, no hay quien le aguante. Te juro que si llego á persuadirme
-de que este brillante majadero consigue, como al parecer es su
-intención, _robarle el albedrío_ á mi adorada prima, vamos á tener aquí
-una tragedia.
-
-Me falta señalarte otro de los puntos fijos, Calderón de la Barca,
-pariente, no sé en qué grado, de la señora de Cisneros, y aun creo
-que mío también. Orozco y su mujer le miran como de la familia. Es
-viudo, con pocos medios de fortuna, y padre de una niña monísima, que
-casi siempre está en la casa, y con la cual mi prima, á falta de hijos
-propios, _madrea_ diariamente hasta dejárselo de sobra. La confianza de
-Calderón en la casa de Orozco tiene algo de parasitismo: casi siempre
-come allí, y creo que Tomás le ocupa en su administración por no verle
-inactivo y darle apariencias de dignidad. Es hombre muy sencillo, un
-buenazo, pero de imaginación tan disparada y farfantona, que á lo mejor
-te cuenta las mentiras más estupendas con la mayor formalidad, y...
-
-Mira, niño, estoy cansadísimo; te mando ésta para que te vayas
-entreteniendo, y seguiré mañana. No hay que abusar, y eso de que yo me
-queme las cejas para divertirte tiene su límite. Buenas noches.
-
-
-
-
-XIII
-
- _17 de Diciembre._
-
-
-Pues decía que este Calderón te encaja las papas más gordas que da la
-fantasía humana, y se queda tan fresco. Lo mejor es que no miente á
-sabiendas, porque se cree á pie juntillas cuanto dice. Yo me río con él
-lo que no puedes figurarte. El otro día me porfiaba que un misterioso
-industrial de Madrid ha establecido, bajo el patrocinio secreto de
-altos personajes, el más extraño negocio que se puede imaginar. ¿Á
-que no lo aciertas? Pues el negocio consiste en hacer el matute en
-gran escala por medio de los carros fúnebres, de unos cuantos hombres
-vestidos de cura, y de unas mujeronas disfrazadas de hermanas de la
-Caridad. Daba tales pormenores, que parecía estar en el ajo y ser de
-la partida. Te advierto que en todas las extravagancias que te cuenta
-Calderón, hay siempre alto personaje: esto no puede faltar.
-
-Tía de este tipo y también de Augusta, por parte de madre, es doña
-Serafina Calderón, señora respetable, muy querida de toda la familia, y
-especialmente del matrimonio Orozco. De noche nunca la ví en la casa, y
-hace un mes que no va tampoco de día, porque padece gravísima afección
-al pecho, y dicen que se morirá pronto. Desde que Augusta ha dado en
-pasar las tardes junto á su tía enferma, me siento muy solo en el
-Retiro y Castellana, y elevo una humilde oración al Altísimo para que
-la señora se ponga buena, ó al menos se alivie. Pero el Altísimo no me
-hace maldito caso, y mi prima no pasea.
-
-Ya comprenderás que, fuera de las rabietas que paso como enamorado y
-no correspondido, lo paso regularmente en casa de Orozco. Allí tenemos
-billar, tresillo, _bezigue_, y algunas noches música, con grandísimo
-júbilo mío. Augusta toca el piano muy bien, y sería consumada profesora
-si estudiase algo más. Te aseguro que cuando la oigo, me transporto
-al séptimo cielo. Los devorantes del famoso bando capitaneado por
-mi padrino, aunque fingen humanizarse con el trato de Beethoven,
-Listz y Chopin, no dejan en paz á sus víctimas. Allí se desmenuzan
-las cuestiones que van saliendo, traídas por la prensa, ó por ese
-otro periodismo hablado _sotto voce_ que no se atreve á expresarse
-en letras de molde. Hay noches benignas en que las hachas sólo
-despuntan las ramas; pero otras, querido Equis, caen con estruendo
-y furia los troncos más robustos. Creerías que están todos poseídos
-de un vértigo ecualitario, de un furor terrorista y guillotinante,
-ansiosos de establecer para los casos de moral el nivel del suelo raso.
-Durante varias noches se trató del crimen misterioso de la calle del
-Baño (habrás leído algo de esto en la prensa), y excuso decirte que
-prevaleció, con gran lujo de fundamentos lógicos, la popular especie de
-que influencias altísimas aseguraron la impunidad de los asesinos. Vino
-después la cuestión del escandaloso desfalco de la Deuda. Quedó probada
-la inocencia de los infelices que están presos, y la culpabilidad de
-Fulano y Zutano (personas muy conocidas). También oirás allí que en un
-círculo social muy señalado se cotizan las credenciales de Cuba como si
-fueran títulos del 4 amortizable.
-
-Esto de la inmoralidad ultramarina, ¡María Santísima! es la correa
-más larga de todas. Algo se cuenta que indudablemente es exacto; pero
-añaden tales horrores, que me resisto á creerles. En la crítica de
-los negocios coloniales lleva la voz cantante aquel Aguado de quien
-antes te hablé, el cual estuvo allá tres años y se trajo, según dicen,
-media isla. Pues las cosas que éste desembucha, más son para oídas y
-calladas que para referidas. Ya comprenderás que allí, tratándose de
-la situación, es cosa corriente lo de _esto se va, esto no dura tres
-meses, esto se cae de pura corrupción_, etc. Y á lo mejor se hacen
-preguntas muy chuscas. «Oye, tú (dirigiéndose á mí), ¿qué hay de ese
-ministro que se quiere marchar porque el Consejo no le aprueba el
-nombramiento de director en favor de X?...» Pon aquí un nombre muy
-desacreditado. Rara es la noche en que alguno de la partida no lleva
-noticias de este jaez: «En el Consejo de hoy se han tirado los trastos
-á la cabeza... Dicen que andan á tiros en tal ó cual parte... Los
-revolucionarios, contentísimos.»
-
-Se entabla allí cada polémica que Dios tirita. Villalonga, echándoselas
-de hombre de orden y de ministerial, aunque parezca mentira, defiende
-al Gobierno algunas veces; pero Aguado, furioso porque no me le echan
-para _allá_ otra vez, sale espada en mano al combate. Su lengua es
-horrorosamente mortífera. «El Presidente del Consejo no dice más que
-embustes, y á todo el que coge le engaña como á un chino.» Otro día
-asegura (le consta de buena tinta) que dos ministros han reñido por
-cuestión de faldas; que están de uñas los tales con los cuales...
-Cisneros se baña en agua rosada, y aunque siempre trata estas
-materias de una manera espiritual, y se chunguea del ministerialismo
-acomodaticio de Villalonga, así como de la furibunda y ciega oposición
-de Aguado, no por eso es menos cáustico en sus conclusiones.
-
-Cuando se deja caer por allí, Augusta suele defender al Gobierno
-por enzarzarles, y también pincha al _Catón ultramarino_ para verle
-hecho un basilisco, soltando veneno por lengua y ojos. En cuanto al
-ex-ministro, aparenta tomarlo á broma; pero mete su cuarto á espadas,
-lanzando puntaditas, pues está esquinado con la situación, aunque
-lo disimula. Dice que va al grupo para saber noticias. Á veces las
-desmiente con tibieza, á veces con un calor que viene á reforzarlas.
-Volviendo á mi prima, te contaré algo que te hará reir. Tiene un gran
-talento natural, no bien cultivado. Ya sabes que se educó en Francia,
-que perdió á su madre siendo muy niña, y que la casaron muy joven. Su
-inteligencia se ha cultivado sola; hace gala, como ya te he dicho, de
-altiva y temeraria independencia en sus juicios, y nada le desagrada
-tanto como encontrarse con una opinión que los demás aceptan. Hace
-pocas noches aseguraba que no puede soportar la literatura española,
-desde Moratín inclusive para atrás, y nos dijo que, fuera del
-_Quijote_, no ha podido nunca leer tres páginas seguidas de ningún
-autor en prosa ni en verso, místico ni profano; que el teatro de capa
-y espada le es atrozmente antipático, leído y visto representar; que
-los tan ponderados místicos, sin excluir Santa Teresa, no valen más que
-para narcóticos en caso de insomnio rebelde; que varias veces intentó
-leer la historia de Mariana, y que siempre le ha producido jaqueca;
-que los romances y poemas de fabla antigua le recuerdan demasiado á su
-desapacible y adusta tierra de Campos, pues son la misma cosa puesta en
-letras, el clima helado y seco y la tierra estéril... En fin, que en
-literatura es también iconoclasta rabiosa, y que á ella no le den más
-que lo moderno español, y más aún lo francés. En lo francés, le gusta
-todo lo del siglo pasado; pero no pasa más allá, y hasta los padrotes
-Molière y Racine le resultan de una insipidez intolerable.
-
-De esta radical opinión surgió una disputa muy viva entre ella y
-Federico Viera. Ya conoces el carácter de Federico; su ingenio, que
-sería fecundísimo si lo cultivara; sabes que jamás se queda en los
-términos medios; que en sus simpatías y aborrecimientos va hasta el
-furor, y que su desmedido orgullo suple en él, como en otros muchos,
-las energías de la convicción para sostener cualquier idea. Te añadiré
-que de los amigos de Orozco, sin contar á Calderón y á mí, Federico
-es el que tiene más confianza en la casa, pues su amistad con Tomás
-data de larga fecha. Augusta se pelea con él, siempre que hay ocasión,
-contradiciéndole con cierto énfasis, buscándole las vueltas, y
-zahiriendo sin piedad sus quijotismos. Él toma en serio los furores
-iconoclastas de su amiga, y ella los exagera para exaltarle. No sé
-el tiempo que duró aquella discusión deliciosa, en que mi prima se
-permitió decirle: «¡Pero qué tonto es usted...! Quiere hacernos creer
-que ha leído el poema del Cid. No tendría usted tan buen color.» Y
-él: «Sí: eso lo dice usted por afán de originalidad, y no niego que
-está usted monísima sosteniendo tales disparates...» Simpatizo cada
-día más con este pobre Viera; y si no me agradase tanto por bueno y
-leal, habría de gustarme por desgraciado. Á propósito de él, tengo que
-contarte algo que te ha de interesar.
-
-Abur, gaznápiro. Dios te libre de caer en el bando de los devorantes ó
-manteadores.
-
-
-
-
-XIV
-
- _20 de Diciembre._
-
-
-La opinión que en tu carta me indicas respecto á mi prima no me
-parece ajustada á la verdad. ¿Se funda acaso en informes míos dados
-con ligereza y cuando no había hecho las convenientes observaciones?
-Pues me retracto, querido Equis; me trago todo lo escrito, y ahora,
-conociendo mejor cosas y personas, quiero quitarte de la cabeza esos
-juicios malévolos. Créelo: Agustina es buena; ama con firmísima ternura
-á su marido. Sus aspiraciones afectivas están colmadas, y nada revela
-en ella que padezca inquietudes del alma, ni curiosidades de esas
-comparables á las de los geógrafos navegantes que buscan mundos mejores
-que los conocidos. Noto en ella la tranquilidad del que está contento
-en su mundo y no indaga con ansiosa mirada lo que habrá más allá del
-horizonte. Ya estoy oyéndote decir: «Este tonto se viene cada día con
-una cantinela distinta... y lo peor es que pretende se le admitan
-todas estas ideas, variado fruto de su fecunda impresionabilidad.»
-Reconozco, señor maestro, que varío la tocata con demasiada frecuencia.
-Es que yo no me aferro á las opiniones, ni tengo la estúpida vanidad
-de la consecuencia de juicio. Observo lealmente, rectifico cuando
-hay que rectificar, quito y pongo lo que me manda quitar y poner la
-realidad, descubriéndose por grados, y persigo la verdad objetiva,
-sacrificándole la subjetiva, que suele ser un falso ídolo fabricado por
-nuestro pensamiento para adorarse en efigie. Ríete de mí; pero acepta
-la versión que hoy te mando, que es la oficial, la verdadera. Que es
-honrada te digo, y si me lo niegas, hombre de poca fe, nos veremos las
-caras.
-
-Y, sin embargo, Equis de mil demonios, heme aquí empecatado, heme aquí
-sin poder vencer la diabólica intención que en mí ha nacido, y que tras
-largas vacilaciones se manifiesta positivamente. Mira si estoy dominado
-por la infernal influencia, que creyendo no es ella terreno dispuesto
-para el mal, me inclino á seguir tu consejo satánico. Es que los
-obstáculos nos infunden temeridad, y los peligros nos ilusionan más que
-la confianza. No, no hay allí, como tú sostienes, una fácil victoria;
-pero contando con la resistencia, solicitado quizás por la resistencia
-misma, romperé pronto el fuego.
-
-Somos muy pillos los descendientes del señor de Adán. Llevamos el mal
-en nuestra naturaleza, y la cultura nos ha dado una filosofía pérfida
-y farisáica para cohonestarlo. La sociedad, con diarios y persuasivos
-ejemplos, nos incita á cursar esta filosofía, y si no lo crees, ahí
-tienes á mi padrino, el castizo Cisneros, que me repite á cada instante
-su famosa prescripción, resultado de un profundo saber sociológico:
-«Manolo, no seas burro. Haz el amor sin reparo alguno á las mujeres de
-todos tus amigos.»
-
-El afecto del honrado y leal Orozco me da algunos malos ratos todavía
-en esta campaña infernal, que aún no ha salido de la esfera nebulosa
-de mi intención. ¡Ah! en la voluntad mía, ya he ultrajado al hombre
-sin par, modelo de nobleza y rectitud. Pero, como te dije antes, el
-siglo fecundo en que vivimos nos da una filosofía muy cómoda para
-acudir al remedio de estos desastres de la conciencia. ¡Hay tantos
-casos semejantes! ¡Si fuera yo el primero que alterara la ley moral!
-¡Si introdujera yo esta moda de los esposos de mérito, burlados y
-escarnecidos! No mil veces. Yo no he puesto la sociedad tal y como se
-halla hoy; yo no he reformado el Decálogo, rebajando los pecados gordos
-á la categoría de veniales; yo no he aceptado las enmiendas á la ley
-fundamental, que la convierten en papel mojado. Yo llego y me encuentro
-las cosas como las dejaron otros, y no he de hacer el reformador ni el
-protestante.
-
-Me dices una cosa que me lanza más al disparadero. Dices que llame y me
-responderán. Llamaré, hijo mío, aun dudando mucho de que me respondan.
-Soy como aquél que sin saber palabra de la asignatura iba á examen,
-diciendo: «me expongo á que me aprueben.» Eso digo yo: «llamaré: me
-expongo á que me abran la puerta.» ¿Y si no me la abren?
-
-Por ahora no te diré nada sobre el particular. Me reservo para cuando
-tenga que comunicarte el éxito ó el fiasco.
-
-Y vamos á las informaciones que tantas veces me has pedido acerca del
-pobre Federico Viera. Me volvió á decir ayer que te había escrito,
-y ahora sí creo que lo ha hecho. No le tengas mala voluntad por su
-tardanza en contestar á tus cartas, la cual no significa que te
-olvide, sino que anda medio trastornado con las mil cosas que le
-rebullen en la cabeza. El problema de la vida es en él, por la pícara
-suerte y por los obstáculos permanentes de su carácter, de muy difícil
-solución. Yo creo que llegará á la vejez dando vueltas al tal problema
-sin resolverlo nunca. Conozco algunos así, y les tengo por los seres
-más dignos de lástima. Federico Viera es uno de los hombres de más
-entendimiento que creo existen en España. Quizás por tenerlo tan grande
-y algo incompleto, así como por la acentuación quijotesca de algunas
-prendas morales y por carecer de otras, ha de fracasar constantemente.
-¡Qué lástima! Pocos hombres conozco aquí más simpáticos y de trato
-tan seductor. De mí sé decirte que le estimo de veras, y que trato de
-mejorar su adversa suerte. Pero me parece que no haremos carrera de
-él. Quéjase de la fatalidad, ¡el comodín de todos los que equivocan el
-camino de la vida! pero yo voy creyendo que en este caso la fatalidad
-existe, y que Federico no adelanta porque se lo estorba alguna
-fuerza interior incontrastable, y también circunstancias externas
-independientes de su voluntad.
-
-Ha pasado de los treinta años, y se encuentra sin carrera, sin medios
-de fortuna, incapacitado para desempeñar un destino, pues carece de
-condiciones legales para obtenerlo, y no es cosa de que empiece por
-oficial quinto. Aborrece la política, sin considerar que es la única
-puerta practicable que ante él se abre. Sobre esto hemos tenido vivas
-disputas. «La política, le digo, será todo lo inmoral que quieras.
-Ella tendrá sus máculas como todas las cosas; pero es un medio, y
-hay que aceptarlo como tal cuando no se tienen otros. Es una especie
-de proteccionismo, un sistema de beneficencia que el país ejerce para
-dar colocación á los que se han quedado sin casillero en el reparto
-de puestos sociales. Viene á ser como una sucursal de la Providencia;
-y si no existiera, los desastres que habrían de ocasionarse serían
-mucho mayores que los tan cacareados y evidentes daños que ahora se le
-atribuyen.» Al fin me pareció que le convencí; pero la dificultad está
-en meterle en la política. Si lo lográramos, figúrate cuánto brillaría.
-No conozco á nadie con más facultades oratorias. Sus contados ensayos
-periodísticos revelan también aptitud extraordinaria para el caso.
-Posee como nadie ese golpe de vista rápido, esa preciosa facultad de
-ver el lado conveniente y oportuno de las cuestiones, abandonando los
-demás. Pues nada de esto le sirve mientras no tenga la afición, el
-prurito ambicioso que á otros, faltos de aptitud, les sobra.
-
-Por mi parte, trato de empujarle, y he bebido los vientos estos días
-para conseguirle un acta en cualquier elección parcial; pero no me ha
-sido posible. Á nuestro amigo le perjudica el nombre de su padre, que
-es la mayor de sus desdichas. Lo mismo es decir Viera, que surge la
-imagen de ese solemnísimo bribón, cuya triste fama permanece en Madrid,
-viviendo él fuera de España. Esta es la fatalidad de Federico, el sino
-perverso que le hará miserable y desgraciado toda su vida; pues aun
-cuando llegara á vencer los inconvenientes del deshonrado nombre que
-lleva, no se quitará nunca de encima la mala sombra que su padre ha
-echado sobre él con la perversa educación que le dió. Este muchacho se
-ha malogrado, porque su padre no supo serlo nunca, ni tuvo autoridad
-sobre él para encarrilarle y hacerle hombre. La niñez y juventud
-de Federico coincidieron con la época en que Joaquín Viera gastaba
-lo suyo y lo ajeno, sin cuidarse para nada de su hijo. Crióse para
-aristócrata; adquirió necesidades, de esas con las cuales se identifica
-el sér, y que vienen á formar parte del sér mismo; se hizo al regalo,
-á la disipación, al lujo, á la generosidad, y á los vicios que cría
-la esplendidez y que no pueden separarse de ella. Aunque su despierta
-imaginación no desdeñó la lectura, jamás estudió nada formalmente, ni
-se aplicó á carrera alguna científica ni literaria. Vino el desastre,
-y el que se había criado caballero, encontróse peón. Era tarde para
-atajar las consecuencias de este abandono. Aún se forjaba ilusiones
-el pobre chico durante algún tiempo, aspirando á plantear no sé qué
-empresas industriales. Humo y tontería. Lo que han pasado él y su pobre
-hermana, no es para dicho brevemente.
-
-Harto sabes tú que soporta su desgracia con estoicismo admirable, y
-que encubre su miseria con arte exquisito. Nadie que le vea y le trate
-sospechará las procesiones que andan por dentro. Viste bien y con esa
-fácil elegancia que es una cualidad antes que una costumbre. Frecuenta,
-por hábito y necesidad espiritual, lo que llamamos bárbaramente _el
-gran mundo_, y sabe distinguirse en él, siendo bien recibido en todas
-partes y muy echado de menos en sus ausencias.
-
-Me parece que á la hora presente, á pesar de que le has tratado
-bastante, no le conoces tan bien como yo. Contigo era siempre
-reservado; conmigo tiene espontaneidades que nadie le ha merecido
-todavía. De la amistad hemos llegado poco á poco á la familiaridad, y
-me cuenta algunos pormenores de su vida pasada, y aun de la presente,
-por demás interesantes. Recuerdo haberte oído decir que jamás entraste
-en su casa; yo sí, y conozco á su hermana. Sobre esto hay mucho que
-hablar: iremos despacio para no confundirnos.
-
-Si he merecido de Viera confianzas y revelaciones inapreciables,
-todavía hay en su existencia repliegues que no he podido desdoblar.
-Es hombre que no se abre nunca por entero. Respeto sus secretillos,
-y no juzgo prudente ni delicado forzar el arca de discreción en que
-los guarda. No es misterio para nadie su afición al juego, ni que
-este vicio es en él el único arbitrio practicable para ir conllevando
-la vida... ¡vida sumamente azarosa, figúrate!... Pero te advierto
-que no es posible andar con más dignidad en tratos tan ruínes. Sus
-degradaciones no están á la vista de los que públicamente le tratamos.
-Él se las arregla allá con su vicio y saca lo que puede, sin que se
-trasluzca nada en la vida ordinaria. Yo me he permitido hablarle
-de esto, incitándole á arreglarse de otro modo, y me responde con
-amarga tristeza que no puede ser, que está ya hecho á ese angustioso
-sistema, y que no halla manera de abandonarlo. He procurado sondear el
-abismo de su situación económica, llegando hasta proponerle un medio
-decoroso de regularizar su presupuesto; pero no quiere aceptarlo. Me
-ha confesado que sus deudas son enormes, y que sólo con un _golpe de
-suerte_, con una de esas ventoleras favorables que en breves momentos
-amontonan un capital, podría ponerse á flote. Y no hay quien le quite
-de la cabeza esta idea fija y monomaniaca. Es tan delicado, que fuera
-de los antros más ó menos decentes, donde pulsa la fortuna, nada verás
-en él que signifique rebajamiento moral. Nadie, absolutamente nadie,
-entre nuestros muchos amigos, puede jactarse de que Viera le ha dado
-sablazo grande ni chico. Antes reventará que pedir. Yo no sé cómo se
-las compone, ni qué casta de garduña usurera le suministra lo que
-necesita cuando viene la mala. Te aseguro que me inspira compasión este
-hombre, y á veces me pongo á discurrir qué haría yo para favorecerle
-sin lastimarle. Debe de haber por ahí, en manos negras y rapaces, mucho
-papel suyo, que seguramente se ha de cotizar en baja constante; pero
-por más que le hurgo para que me informo de esto, no obtengo de él más
-que vaguedades y evasivas.
-
-Es amigo de Cisneros, que le aprecia mucho, y á menudo le invita á
-comer para tenerle por oyente y admirador; amigo también de Orozco,
-que le protegería (me consta) si él se dejara proteger, y discurre,
-como yo, procedimientos delicados é indirectos de favorecerle. El padre
-de Federico fué, en sus tiempos de prosperidad, compinche del padre
-de Orozco, y ambos armaron, según dice la gente, aquella trampa de
-_La Humanitaria_ que arrambló con los ahorros de una generación. Don
-José Orozco ya no existe; Joaquín Viera anda huído por el extranjero,
-ocupado en obscuros negocios; y si alguna vez se descuelga por aquí,
-viene sable en mano contra los amigos de su hijo. Considera, alma
-cristiana, esta anomalía de las razas, y mira por dónde de padres
-perversos han nacido hijos tan apreciables, cada uno por su estilo.
-He de añadir que Orozco, sea por tradiciones de amistad, sea por otra
-causa que no se me alcanza, tiene para ese tuno de Viera, padre,
-increíbles deferencias; y no sólo se ha dejado herir más de una vez por
-el tremendo chafarote del gran petardista, sino que en cierta ocasión
-le libró de un bochornoso proceso. Federico se muestra muy agradecido
-á Orozco, y le tiene en tanta estimación como el más entusiasta, como
-tú, por ejemplo. Y en reciprocidad de estos sentimientos, Augusta y su
-marido le consideran y agasajan, aunque no pierden ripio (ella sobre
-todo) para censurar con benevolencia su incorrecta manera de vivir. Más
-de una vez me han dicho que arbitre un medio de mejorar la situación
-de Viera y su hermana, negociando diplomáticamente con él, sin herir
-su susceptibilidad vidriosa. Hemos discutido los medios sin encontrar
-solución práctica. Ambos han deplorado ingenuamente que un hombre de
-tan buen fondo, tan caballero, tan bien cortado para la vida digna
-y honrosa, se envilezca buscando un infame jornal en las _salas del
-crimen_. Yo también lo lamento, nos afligimos todos; pero no veo manera
-de evitarlo. Y basta por hoy. De _aquello_, buenas impresiones. Ya te
-las contaré otro día.
-
-
-
-
-XV
-
- _22 de Diciembre._
-
-
-De aquello, buenas impresiones, chico; pero sólo impresiones,
-barruntos, corazonadas. Te advierto que ando muy distraído de mis
-deberes parlamentarios, y de seguro la patria ofendida ha de pedir
-cuenta estrecha de este abandono en que la tiene su papá. Se pasan días
-sin que yo ponga los pies en aquella casona tan ahogada y turbulenta,
-y lo mismo me da que nos llamen á votar que que no llamen. Tocan á
-Secciones, me mandan las candidaturas, y me importan tanto como las
-pulgas que le están picando en este momento al emperador de la China.
-Hágome la cuenta de que por un voto de menos ó de más no ha de torcerse
-el azaroso rumbo que lleva el barquichuelo de la política. Algunas
-tardes, porque no digan, asomo las narices por allá, me asombro de lo
-ocurrido durante mi ausencia, aseguro que _ya lo tenía yo todo muy
-previsto_, hago el papel de que me intereso vivamente en la cuestión
-del día y en las intrigas que hierven en los pasillos; y á la hora en
-que la atmósfera empieza á caldearse, doy un vistazo al salón, desde
-la _contrabarrera_; entérome en un abrir y cerrar de ojos del estado
-de la brega, para poder responder á las preguntas con que han de
-fusilarme por la noche en casa de Orozco, y me escabullo lindamente.
-Un secretario intenta cortarme la retirada: «¡Eh, que habrá votación!»
-Y yo digo: «Vuelvo.» Trinco el gabán, y á la calle. Me voy al Retiro ó
-á la Castellana en amoroso seguimiento de mi ingrata Filis.
-
-En el tumulto del paseo me parece oir el cencerro gordo de la Cámara
-llamando á votación, y la conciencia se me alborota un tantico por el
-abandono en que tengo mi mandato. ¡Qué le hemos de hacer! Los infinitos
-asuntos del distrito también aguardan tiempos mejores, y habías de ver
-las arrobas de cartas que tengo aquí, abiertas ya y medio leídas, pero
-no contestadas. Ni aun he podido formar la nota de chinchorrerías que
-en las últimas semanas me han encajado esos pedigüeños voraces. Ya se
-hará, y que el demonio cargue con ellos. Á fe que no piden nada los
-angelitos. Si te tropiezas con esos brutos impertinentes, y se lamentan
-de que no les escribo, diles lo que se te ocurra, verbigracia, que
-no escribo porque todo el tiempo ¡claro! lo necesito para gestionar.
-Eso es lo que ellos quieren, que uno se queme la figura y eche los
-hígados, de ministerio en ministerio, constituyéndose en servidor de
-sus ambiciones y en instrumento de sus ruínes envidias. Les dirás que,
-según tus auténticas noticias, _vivo sin vivir en mí_ por servirles y
-hacerles el gusto, que soy su esclavo, y que se vayan á la mismísima
-porra.
-
-Con que quedamos en que hay buenas impresiones, y mutis. No me
-arrancarás una sílaba más, y si te empeñas en que cante antes de
-tiempo, te trataré como á mis electores.
-
-Y sigo con Federico. Su casa, su vida íntima, su desconocida hermana,
-han despertado tu curiosidad, y voy á satisfacerla. Pocos penetraron
-hasta hoy en la caverna del león, y creo que Viera me ha dado la mayor
-prueba de amistad y confianza permitiéndome visitarle. Cinco veces he
-ido allá. Vive en lo más bajo de la calle de Lope de Vega, cerca de la
-de Fúcar, lugar escondido y excéntrico, á donde no se va sin precisión
-de ir. La casa es buena; el piso, segundo con entresuelo. Llegas, tiras
-de la campanilla y ésta no se da por entendida; sigues tirando cada
-vez más fuerte, hasta que al fin oyes el eco perezoso de una esquila ó
-timbre que allá dentro repica de mala gana. Después sientes pasos, y
-el chirrido de la chapa de cobre del ventanillo te indica que te están
-mirando por los huecos. Una voz te pregunta: «¿quién es?» y respondes;
-te dicen no está; tú insistes, diciendo que el señor te espera, y das
-tu nombre. No vayas á creer que te abren en seguida. Hay una pausa.
-Oyes dentro cuchicheo de mujeres. Van y vienen como en consulta. Entre
-tanto, si te fijas en los claros del ventanillo, ves que entre ellos
-lucen unos ojos negros que te examinan. La consulta sigue allá dentro.
-Oyes pasos que se alejan, pasos que á la puerta se aproximan. Por fin
-suena el cerrojo, _trucu-trucu_, y la puerta se abre recelosa. Una
-joven mal vestida y peor peinada te dice: «pase usted.» La tomas por
-criada; pero después te enteras de que es Clotilde, la hermana de
-Federico.
-
-Esta visita á la cueva de la fiera no puedes hacerla sino entre
-tres y cinco de la tarde, hora en que nuestro amigo se levanta, con
-raras excepciones. Yo fuí un día á las dos, y le ví almorzando
-entre sábanas, teniendo delante una mesilla sin patas, apropiada á
-la extravagante operación de comer en el lecho. En éste y en la mesa
-de noche había dos ó tres volúmenes franceses, alguno con las hojas
-cortadas con el dedo. Servían el almuerzo la joven aquélla y una
-mujeraza desgarbada y grandullona que entraba y salía llevando un chico
-en brazos.
-
-La alcoba es una hermosa habitación con chimenea, que verás encendida
-siempre que no hace mucho calor. En esta alcoba, como en el gabinete
-y salita que la preceden, se ven algunos muebles buenos, restos de
-la antigua morada de Joaquín Viera, y otros de los más ordinarios y
-vulgares. No falta limpieza; pero la falta de recursos brilla más que
-el aseo. Podrás figurarte el aspecto de una vivienda donde nada de lo
-que se estropea se compone, donde la reparación de los objetos no se
-ha conocido nunca. Clavo que se cae, ó pata que se rompe, ó esquinazo
-que se desmocha, ó astilla que se levanta, ó metal que se desluce, ó
-porcelana que se desportilla, así se quedan _per sæcula sæculorum_.
-He dicho que hay algunos muebles buenos; pero cosa de valor en venta,
-llámese cuadro, jarrón, tapiz ó bronce, no la verás.
-
-Clotilde Viera es bonita, si bien, guapeza por guapeza, su hermano le
-lleva gran ventaja. Bien vestida, luciría como tantas otras. Federico
-me la presentó con timidez, como avergonzado del aspecto de criada
-que le da su mala ropa. La chica es fina y discreta; pero está como
-sobrecogida, y en su apocamiento adviértese al instante la conciencia
-de su degradación social. Teme ponerse en ridículo haciendo un papel
-que no correspondería al puesto obscuro que hoy ocupa en el mundo.
-Debe de andar tal cual de ropa la pobrecilla, porque la única vez
-que la he visto en la calle, iba con modestia excesiva, aunque se
-echa de ver que sabría ser elegante si pudiera. Recuerdo ahora que
-Augusta se ha sorprendido de que Federico no presente á su hermana en
-sociedad. Cuando se habla de esto á nuestro amigo, pone una cara que
-da compasión, y no le vale el disimulo para encubrir su amargura. El
-primer día que entré en su casa, la tristeza de su rostro me reveló que
-conocía el mal efecto que su hermana había hecho en mí; y para disipar
-esta mala impresión, hice vivos elogios de ella cuando no se hallaba
-presente. Pero mis hipérboles, en vez de atenuar la pena de Federico,
-parecían aumentarla, y mudé de conversación.
-
-El día que le ví almorzar en la cama observé que se da buen porte. El
-infeliz no puede prescindir de ciertos regalos á que habituado está
-desde la niñez. Hízome algunas revelaciones acerca de las mujeres
-aquéllas. La que entraba y salía con el mocoso en brazos, lleva el
-peso del gobierno doméstico, se llama Claudia y está casada con el
-estanquero de la calle de Fúcar. Sirvió muchos años en la casa de los
-padres de Federico, y tiene tanta ley á los dos señoritos, que no ha
-querido abandonarles en la desgracia. Guisa muy bien, sabe manejar una
-casa, y si no se hubiera cargado de familia, no tendría precio para ama
-de llaves. Otra de las domésticas, hermana de la anterior, se llama
-Bárbara, y es mujer de un ambulante de Correos. Cuando el marido está
-ausente, ella se alberga en casa de Federico, y ayuda á su hermana en
-el trajín de la cocina y en el cuidado de los chiquillos. La tercera
-es prima de ambas, y ha venido del pueblo en busca de acomodo. Por las
-noches, según me contó Viera, se reúnen á comer allí el estanquero con
-toda su prole, el ambulante y dos ó tres personas más. Díjele que este
-sistema de beneficencia sería muy bonito como obra de misericordia,
-pero que no podía menos de irregularizar su presupuesto; y me contestó
-que no tenía corazón para expulsar á nadie que de él se amparase; que
-su casa, en los buenos tiempos de los Vieras, había sido una tienda
-asilo; que el conservar esta tradición era uno de los pocos placeres
-de su vida, y, por fin, que su peculio no había de mejorar con la
-miserable economía de quitar la pitanza á aquellos infelices. «Me
-siento con fuerzas—añadió,—para cualquier acción desproporcionada y
-hasta heróica; pero no las tengo para cortar una rutina.»
-
-Le ví lavarse y vestirse. En ello emplea bastante tiempo, y es
-cuidadoso de su persona hasta la prolijidad, costumbres de rico que
-también son incorregibles. Presenciando una de estas tardes la compleja
-operación, pensaba yo en su pobre hermana. Al menos él vive por las
-noches en el medio que le corresponde, frecuenta la sociedad, donde el
-cariño de los amigos compensa hasta cierto punto las tristezas de su
-vida íntima. La sociedad, por este medio, le da algo de lo que él se
-merece, á cambio de lo que la suerte y su perversa educación le han
-quitado; pero aquella pobre joven, ¿qué compensación tiene de su estado
-miserable? ¿No es un dolor que viva entre criados y gente ordinaria,
-envileciendo sus modales y degradando sus gustos? Me imaginaba yo á la
-infeliz niña conformándose con aquel género de vida grosera, sin deseos
-ya de otra mejor; me la figuraba en trato familiar con la estanquera y
-la mujer del ambulante, comiendo con ellas y con toda aquella turba de
-gorrones de baja estofa que invadía la casa. Y al pensar en esto, me
-acordaba de lo que he oído referir á Cisneros y á Orozco respecto á la
-madre de Federico. Era señora de ejemplar virtud, nacida en noble cuna,
-del linaje de los Trastamaras y los Gravelinas, muy digna, muy severa
-de costumbres, muy refinada en gustos y maneras. Su exquisita educación
-revestía de formas seductoras la rigidez de su inmenso orgullo.
-Padeció la mayor de las humillaciones con la inicua conducta y el
-envilecimiento de su marido, á quien amaba. Enfermó de pena y quizás de
-vergüenza. Adoraba á sus dos hijos, y cometió el error de no criarlos
-para la pobreza, que ni siquiera comprendía. Como te digo, pensé en la
-infeliz señora y en la cara que pondría si resucitara y viera á su hija
-en aquella facha, en aquel vivir indecoroso, miserable y soez. Pero no
-me atreví á decir nada de esto á Federico, y me lo guardé para cuando
-viniera más á cuento.
-
-Vamos, ya estás satisfecho. Ahí tienes los informes que de tu amigo
-querías tener y que me has pedido tantas veces. Esta carta te causará
-tristeza; pero qué remedio... ¡La verdad rara vez tiene cara de pascua!
-
-
-
-
-XVI
-
- _26 de Diciembre._
-
-
-¡Qué pesado estás con tu exigencia de que te cuente algo de mi campaña,
-y de cómo he puesto las paralelas para rendir plaza tan bien artillada
-y defendida! Como no me gusta darme tono con fingidas hazañas, te
-diré que he seguido la táctica vulgar, por no ocurrírseme otra; que
-mi amartelamiento ha pasado y pasa por los trámites corrientes de la
-galantería al alcance de todos los corazones, y que soy lo que para
-estos casos aconsejan las reglas acreditadas por el éxito: obsequioso
-con discreción, puntual en los encuentros, tierno en el mirar,
-intencionado en el decir, triste hasta la ictericia cuando el caso lo
-requiere, y bastante hábil para hacerme pasar en ciertas ocasiones por
-el sér más desventurado que existe debajo del sol.
-
-Estos preliminares tienen que acabarse pronto, so pena de caer en la
-ridiculez. Veo venir una situación insostenible si no cambio pronto las
-armas del sentimentalismo por las del atrevimiento. Respecto á ella,
-¿qué he de decirte? Ya conoces la tesis general de que á ninguna mujer,
-aunque sea la misma honradez y la castidad en persona, le desagrada
-que se chiflen por ella. Luego, en corresponder ó no consisten las
-diferencias, ó sea, empleando una figura, las fronteras que separan el
-Cielo del Infierno. No me atrevo á jactarme de la victoria, ni á darme
-prematuramente por vencido. Hay días que me parece notar en la plaza un
-agrado excesivo por verse merecedora de tan empeñado cerco; otros creo
-lo contrario, y me malicio que se hace la indiferente con la pícara
-idea de dejarme aproximar á sus robustos muros y reventarme en una
-brusca y vigorosa salida. En fin, chico, permíteme que sea reservado
-y que no enseñe las cartas. Francamente, te voy cogiendo miedo. Y
-no me negarás que te asusta la degradación moral que suponen estos
-intentos míos. Es que se hace uno á todo, amigo Equis, y la conciencia,
-arrullada por los goces sociales, que se empalman lindamente para no
-darnos respiro, se va amodorrando y concluye por dormirse. Ya no más.
-Chitón.
-
-Te hablaré, sí, de alguien que con esto se relaciona, del buen Orozco,
-porque ciertas especies que he oído acerca de él han repuesto mi ánimo
-y acallado mis escrúpulos. ¡Ah! la sociedad en que vivimos nos ofrece
-á cada instante materia narcótica en abundancia para cloroformizar la
-conciencia y poder operarla sin dolor. Te diré: estas noches he oído
-hablar de tu ídolo en términos muy distintos de esa opinión lisonjera
-que tú y yo tenemos de él. Parecía que tantas y tan diferentes lenguas
-se habían confabulado para quitar á ese hombre su crédito, la brillante
-aureola que es el principal obstáculo á mi campaña, algo como deidad
-tutelar que ampara la plaza más que la fortaleza de sus muros.
-
-No sé si te he dicho que me corro por el Casino algunas tardes y
-noches. Me divierto oyendo contar anécdotas á dos ó tres sabedores de
-vidas ajenas que allí tienen su cátedra, el más sabroso y entretenido
-círculo social que puedes imaginarte. Nunca había oído hablar de la
-familia con quien me ligan tantos vínculos. Hace dos noches, no sé
-cómo recayó la conversación en Orozco, y uno que se pinta solo para
-lo que llaman allí sacar ánima, dijo de nuestro amigo que es el mayor
-hipócrita que Dios ha echado al mundo. «Ya no engaña á nadie—añadió—con
-aquella capita de perfecciones que usa. Hijo de tal padre, del famoso
-fundador y liquidador de _La Humanitaria_, no podía salir bueno.» Otro
-emprendió la defensa de Orozco, asegurando que en el tratado de la
-honradez no era ni podía ser atacable; que lo dicho por el preopinante
-no tenía fundamento; pero... Estos peros son temibles, y al oirlo me
-eché á temblar.
-
-Vino á decir aquel mal hablado que Orozco no tiene mérito alguno.
-«Niego lo de la hipocresía, y afirmo que es hombre de buena fe y de
-cortísimos alcances. Á mí me han asegurado que todas las noches,
-después que se retira la tertulia, Tomás se encierra en su cuarto y se
-está un par de horas de rodillas, rezando y dándose golpes con unas
-disciplinas.» Carcajada general. Al instante salí al encuentro de esta
-tontería, negándola en redondo, sin que me constara su falsedad; pues
-¿qué sé yo lo que hace Orozco en la intimidad de su casa, después que
-nos retiramos los amigos? Alguien se puso de mi parte, y se trabó una
-disputa muy viva, sin traspasar los límites de la urbanidad. Como en
-estos casos cada uno goza en rodar la bola de nieve para que aumente,
-allí saltó uno diciendo que mientras Tomás se pone las espaldas en
-carne viva, su mujer llora de soledad y desconsuelo. Otro soltó la
-papa de que en el matrimonio hay grandes peloteras, porque él quiere
-que su mujer no abra sus salones á nadie, ni dé comidas, ni reciba,
-ni se vista con elegancia. Sobre este tema trazó el de más allá un
-cuadro terrorífico de celos y zaragatas domésticas. En fin, que de
-absurdo en absurdo, se llegó á la conclusión de que no se sabe nada,
-y que tales cosas se dicen simplemente por dar gusto á la sin hueso.
-¿Qué sería de los casinos si no hubiese en ellos timba y murmuración?
-Los más locuaces reconocían que si algo extraño ocurre en la intimidad
-conyugal, no puede saberse, pues ninguno de los consortes ha de ir con
-el cuento. Yo lo negué todo en absoluto; hubo quien me dió la razón, y
-los señores pasaron á otro asunto: le sacaron á la de San Salomó todito
-el pellejo, como á San Bartolomé, y luego fueron picando aquí y allí,
-hasta que llegó la hora del desfile.
-
-En rigor de verdad, no daba yo crédito á las tontunas que oí; pero te
-confieso que salí de allí mal impresionado y caviloso. Mas no era sólo
-pena lo que yo sentía, no. Te abro mi conciencia para mostrarte cuanto
-hay en ella. El ver rebajada y escarnecida la figura de Orozco, me daba
-cierto gusto perverso. Su reputación y respetabilidad me estorbaban,
-como al ladrón que se propone robar la custodia le estorba la Forma
-consagrada que en el centro de ella resplandece. Yo no iba contra la
-forma, sino contra el oro y las piedras. Me alegraba, pues, de que
-alguien me quitara el miedo á la hostia, haciéndome creer que no era
-Dios ni cosa que lo valiera.
-
-Pues aún hay más. Estas cosas no vienen nunca aisladas. Algunas
-noches, á última hora, me paso por la Peña de los Ingenieros, círculo
-modestísimo y muy agradable, instalado en un principal de la calle de
-Cedaceros. Allí tengo porción de amigos que también lo son tuyos: los
-muchachos de Minas, con quienes viví en Orbajosa, y otros de Caminos,
-gente toda de muy buen trato. Esta tertulia procede de un rincón del
-Suizo, donde hace años estuvo, y habiendo crecido considerablemente,
-hubo de acomodarse en local propio. Allí no hay lujo, ni timba, ni
-billares, ni más juego que el tresillo, periódicos y política, mucha
-política. Como es natural, de vez en cuando cae un asunto privado,
-sabroso y vivito, y ya puedes figurarte con qué gusto se ceban en
-él. Pues anoche, no bien desvanecido aún de mi mente lo que oí en
-el Casino, conversaba yo con dos ingenieros sobre el ferrocarril de
-Albarracín, y oí que en un corrillo próximo nombraron á Augusta. Puse
-atención, y anda, morena, lo que yo me temía... Estaban discutiendo
-si era honrada ó no era honrada. La mayoría, más por escepticismo que
-por otra razón, se inclinaba á la negativa. Acerquéme, echando mi
-parecer en medio del grupo, y recomendando la prudencia en los juicios
-acerca de mujeres. En esto, un señor de bastante edad, para mí muy
-respetable, se dejó decir que votaba resueltamente con los acusadores,
-y que para hacerlo así tenía pruebas. Incitado á exponerlas, escapóse
-por la tangente, y tergiversó la cuestión, hablando de las mujeres en
-tesis general, de lo aficionadas que son á practicar sus devociones
-en las iglesias de dos puertas, con otras muchas cosas divertidas
-y gacetillescas que no te transmito por no alargar demasiado esta
-carta. Aquello, como comprenderás, me supo á demonios, y no tuve calma
-hasta que no hallé manera de echar un parrafito aparte con el sujeto
-maldiciente; el cual, sin pararse en pelillos ni hacer misterio de sus
-informaciones, me dijo lo que casi á la letra te copio:
-
-«Pues sí, amigo mío: la he visto dos ó tres noches, á primera hora,
-allá por mis barrios, salir de una casa que no diré sea mala; pero
-que no es de las que personas de tal calidad frecuentan honradamente.
-Su porte reservado, su manera de andar y de mirar buscando un simón,
-diéronme en la nariz tufillo de crimen. Soy perro viejo, y he adquirido
-con mi larga experiencia un olfato sutilísimo para rastrear ciertas
-madrigueras. Nosotros los muchachos no nos asustamos de nada, amigo
-Infante, y bueno es que usted se acostumbre á mirar con serenidad los
-fenómenos sociales más corrientes, perdiendo la pueril costumbre del
-_no puede ser_. Borre usted de sus libros esas tres palabras que son
-las más tontas y baldías que usamos... es decir, yo no las uso nunca
-para nada de lo que es físicamente posible.» Contestéle que bien
-podrían ser inocentes las visitas de mi prima á la tal casa, y él me
-arguyó, sonriendo: «Hijo de mi alma, en aquella finca no hay ninguna
-modista, ni encajera, ni planchadora en fino. Y no es esto decir que
-viva allí gente mala. Conozco á los porteros, que son la pareja más
-callada del mundo... Pero le veo á usted un tantico inquieto. No, no
-diré una palabra más que pueda lastimarle. Al contrario, torceré el
-curso que había dado á sus sospechas, diciéndole que quizás su prima
-haga esas visitas con fines de caridad. Pues mire usted: ahora caigo en
-que muy bien podrá ser así, y que yo me equivocara en el juicio que al
-principio formé... Algo inverosímil es que esas visitas de beneficencia
-se hagan en coche de plaza, teniéndolo propio; pero admitámoslo...
-¿Por qué no hemos de admitirlo, resueltos como estamos á impedir que
-se manche infundadamente una reputación? Sobre todo, establezcamos la
-hipótesis del fin caritativo, y así descargaremos nuestra conciencia
-de la responsabilidad de un juicio temerario...» Las salvedades
-sarcásticas de aquel hombre me molestaban casi más que sus indicaciones
-acusadoras, y no insistí; pero sentía subir en mí la oleada de ira, y
-tuve miedo de ponerme en ridículo, saliendo á la defensa quijotesca de
-una mujer que no era mi esposa ni mi hermana. Contentéme con afirmar
-severamente que el móvil de aquellas visitas no podía ser malo, y el
-anciano, reconociéndolo así, me dijo cosas muy atinadas acerca de
-lo peligroso que es poner nuestra mano en el fuego por ningún hecho
-problemático; y lo hizo el muy pillo con tanta gracia, con tan paternal
-dulzura, y trasteándome tan gallardamente, que me desarmó, y concluí
-por notar en sus palabras un resplandor repentino que me permitía
-ver... Pero qué, ¿era acaso verdad?
-
-Tan aturdido estaba al separarme de él, que no le pregunté qué barrios
-eran aquéllos, ni en qué calle había visto á mi prima. Me esfuerzo en
-desvirtuar la revelación, pero no puedo conseguirlo. La importancia y
-gravedad del caso crecen más á mis ojos, cuando achicarlas quiero con
-recursos de esa lógica forense que sirve para defender pleitos, pero
-no para calmar las inquietudes y suspicacias de nuestro espíritu. No
-ceso de pensar en esto, Equisillo. ¿Qué opinas tú? ¿Eres de la escuela
-de mi padrino Cisneros, y dices: «como si lo viera, como si lo viera?»
-¿Te parece que se lo debo preguntar á ella misma, rogándole que me
-saque de esta cruel duda? ¡Ah! eso no: me lo negaría, si es verdad;
-y si no lo fuera, la ofendería gravemente. ¿Debo seguirle los pasos
-y acecharla, buscándole las vueltas? No, no me aconsejarás tú ese
-espionaje, indigno de un caballero... Consuélame, hombre; dime que todo
-ello es cavilación mía, malicia ó yerro del anciano delator. Dime eso,
-bruto, que estás ahí mirándome como la estatua de la razón fría... Pero
-en vez de consolarme, me preguntas si la amo ó la desprecio, si este
-descubrimiento apaga los hornos de mi pasión ó los enciende más. ¿Qué
-ordena la lógica? La lógica, esa gran tarasca, entrometida, farfantona,
-ordenará lo que quiera; pero ello es que en cuanto han surgido las
-dudas, y desde que he borrado á esa mujer de la lista de los ángeles
-terrestres... mira tú lo que son las cosas... paréceme que estoy más
-chiflado por ella.
-
-
-
-
-XVII
-
- _2 de Enero._
-
-
-Árnica, venga árnica, querido Equis, porque descalabradura como ésta
-no la he recibido desde que tengo cráneo. Y gracias que, con la fuerza
-del golpe, no haya perdido el sentido y pueda contarte el terrible
-accidente, y describirte mi turbación, mi pena, mi despecho, mi
-rabia... Ya te veo muerto de risa, y diciendo que bien ganado me lo
-tengo por mi depravación, por mi inmoralidad, por mi... El demonio
-cargue contigo. Acepto la reprimenda. Somos, en efecto, unos bribonazos
-los hombres de este siglito, aunque, si examinamos la condenada
-historia, veremos que tan pillines como nosotros fueron nuestros padres
-y abuelos y tatarabuelos hasta el señor de Adán; y si es verdad lo del
-transformismo, añadiré que lo mismo que nosotros fueron el hombre-mono
-y la mujer-mona.
-
-Para mujeres monas, ésta. ¡Y cuánto me ha hecho padecer la muy pícara,
-solapada, ingratona!... Pero vamos por partes. ¿Te he contado que
-la noche de Navidad cenamos en casa de Orozco, Malibrán, Calderón,
-Villalonga, Viera, Cícero y yo?... Pues, mira, tampoco te lo cuento
-ahora, porque, si bien algunos detalles de aquella cena se enlazan
-con mi catástrofe, son largos de referir, y no está su importancia
-en relación con el gran espacio que ocuparían. Voy á lo principal. Me
-declaré ayer 1.º de Enero: yo creí que inauguraba un año de delicias, y
-me salió... mejor dicho, salí con las manos en la cabeza. Verás... Nos
-hallábamos solos en su casa, en la situación más propicia del mundo. No
-pienses que me fuí del seguro ni que hice ó dije cosa alguna de esas
-que le dejan á uno en ridículo en caso de negativa. Tomé toda clase de
-precauciones contra las demasías del sentimentalismo; me previne contra
-la brutalidad, sin quitar al arma del atrevimiento el importante papel
-que en tales batallas le corresponde; estuve patético y atrevidillo,
-¡oh, Equis de mis entrañas! caballeresco y atolondrado, todo en la
-medida racional y justa... Y, sin embargo, me rechazó en toda la línea,
-y tuve que capitular ignominiosamente. Te confío sin ningún recelo el
-desastre, y reclamo que me eches para acá toda la compasión de que sea
-capaz tu grande alma, porque... Mira que tu amigo tiene en el casco
-un boquete por donde se le ven los sesos... Esto se llama caerse en
-toda regla. Hijo de mi alma, nada me valió lo bien preparadito que yo
-llevaba el plan de ataque, ni lo bien que se me conocía en la cara la
-pasión... Todavía, cuando me acuerdo de aquella firmeza, de aquella
-seca austeridad de mi primita, me tiemblan las carnes. Nunca me he
-visto en otra. Allí fué el lamentarse de haber prestado atención á mis
-galanterías, creyéndolas inocentes y de pura fórmula, tal como las
-autorizan el mundo y la moral tolerante de nuestros días; allí fué
-el expresar su equivocación con respecto á mí; allí el acusarme de
-injuriarla gravemente á ella y á su esposo, que me colma de atenciones
-y agasajos; y no te digo más. ¡Ah! no invocó los llamados eternos
-principios; pero, aunque no los invocó, procedía con arreglo á esos
-grandísimos hi de tal...
-
-En resolución, que me dejó pegado á la pared, y, lo que es peor,
-sin esperanzas de obtener más tarde el éxito que ahora no he podido
-alcanzar. Aquí me tienes, pues, atajándome con una mano la sangre que
-me chorrea de la frente, y oprimiéndome el corazón con la otra...
-porque, te lo diré todo para que te rías más... después del estacazo, y
-al volver del mareo que produjo en mí, encontró más vivos y punzantes
-mis deseos de poseerla y de ser su amante. Su belleza, su talento,
-su boca grandecita, que es la fuente de donde brota todo el caudal
-de la gracia humana; sus ojos persuasivos, que te miran penetrantes,
-ora lanzándose hacia tí, ora recogiéndose en no sé qué misteriosa
-desconfianza; su talle flexible, su vestir elegante, parécenme ahora
-con mayores hechizos. ¡Y si vieras con qué gracia me curó ella misma la
-tremenda herida, ponderándome las dulzuras de la amistad respetuosa!
-Esto tiene chiste. ¡Qué remedio queda más que conformarse y apechugar
-con los arrastrados principios! Pero nuestra infame naturaleza se
-rebela contra ellos siempre que no se prestan á satisfacer sus
-caprichos, de lo que yo deduzco, en conformidad con los Santos Padres
-(muy señores míos), que somos los humanos una raza indecente, y que
-nos estuvo bien merecido que nos echaran á cajas destempladas del
-Paraíso, entregándonos al muy cochino de Satanás, para que nos tentara
-y perdiera, y nos arrastrara á los profundos infiernos.
-
-Y ahora surge de nuevo la gran duda. ¿Es honrada ó no lo es? Ríete de
-mi impresionabilidad todo lo que quieras; pero escucha lo que estoy
-pensando. Otra vez se representa á mis ojos con los caracteres de la
-más pura virtud, y cuanto sospeché de ella me parece indigno, y lo que
-oí contar, patraña maliciosa y absurda. Te cuento todos los fenómenos
-que se van sucediendo en mi alma, porque eres mi confesor y nada debo
-ocultarte. Permíteme que analice un poco. ¿Consistirá esto en que
-ahora, por causa del desaire, estoy verdaderamente enamorado, y no veo
-en el sér que me fascina más que perfecciones? Antes quizás no la amaba
-de veras; empujóme hacia ella un antojo, una voluntariedad de joven
-del siglo, que por rutina ó moda no quiere ser menos depravado que
-los contemporáneos de su clase. Era aquello como un ensayo de vivir,
-ajustado al canon vigente. Pero ahora... ahora... Me parece que estás
-reventando de risa, y no quiero seguir.
-
-Bueno, pues aunque te rías: aquí tienes á tu amigo hecho un ojeroso
-romántico, idealizando el objeto de su pasión, y remontándose, con ella
-en brazos, á los espacios infinitos; viéndola reflejada en sí mismo,
-con todos los atributos de sobrenatural hermosura, y adornada de las
-cualidades más excelsas. No te oculto que hago inútiles esfuerzos por
-volver á la realidad. Se me ha plantado en el magín la idea de que es
-la pureza misma; y recordando que la borré inconsideradamente de la
-plantilla de serafines terrestres, me apresuro á volver á inscribirla
-en ella con letras muy gordas: _¡Es un ángel!_ Sí, veo desde aquí
-tu sonrisilla escéptica; pero no me importa. Lo que sí te diré es
-que precisamente su celestial jerarquía es lo que más me estimula á
-solicitarla. Y como no siento ninguna vocación de volverme ya también
-ángel, mi maldad aspira á sentar plaza en las filas satánicas, y
-acosar nuevamente á la querubina con mis pretensiones, hasta cansarla,
-rendirla, vencerla y hacerla mi dama. Nada halaga tan vivamente los
-instintos humanos como traerse un ángel del cielo á la tierra, lo que
-equivale á robar la esencia celeste. Todos somos algo Prometeos, amigo
-Equis, ó intentamos serlo. ¿Comprendes lo que te digo? Por lo mismo
-que mi adorada prima se me ha puesto en un pedestal de virtud, quiero
-arrancarla de él, perderla y perderme, bajándonos ambos muy abrazaditos
-á las cavidades de ese infierno donde los amantes de verdad, dígase lo
-que se quiera, han de pasarlo muy bien, quemándose por dentro y por
-fuera.
-
-En fin, que estoy exaltado y tú principias á inquietarte por esta
-enfermedad mía. Tranquilízate, hombre, y óyeme otra cosa. La política
-es un bálsamo para los ligeros disturbios del espíritu. ¿Lo será
-también para trastornos graves? No sé; lo probaremos: he de buscar
-en la política el desgaste de esta superabundancia de vitalidad
-espiritual. Desde mañana me planto en los escaños rojos, y hablaré
-sobre lo primero que salte, revolviendo á Roma con Santiago, y me
-pondré frente al Gobierno, frente á las instituciones, y... boca
-abajo todo el mundo: me propongo _minar los cimientos sociales_, como
-se dice en lenguaje ministerial. Es que estoy furioso; necesito
-vengarme. ¿De quién? de los _grandes principios_... que mala sarna se
-los coma... Verás, verás qué camorras voy á armar allí todos los días.
-Llegará pronto hasta tí mi fama de anarquista, demoledor y petrolero.
-La piqueta, la famosa piqueta y la tea incendiaria son los chismes
-que he de usar... Por cierto que hoy almorcé con Cisneros, y aunque
-no le hacía gran caso por tener todo mi pensamiento concentrado en
-mi amarga cuita, me mostré conforme con cuantas atrocidades echó de
-aquella donosísima boca. Es el tío de más talento que hay en España.
-Hemos convenido en transformar la sociedad y ponerlo todo patas arriba.
-Vengan otras leyes, otra forma de la propiedad, otra moral, otra
-religión, otras costumbres, otra raza, otra manera de vestir, aunque
-sea en cueros, otra lengua, y venga, por fin, otro planeta, que éste ya
-no nos sirve.
-
-Vas á creer que firmo ésta en Leganés; pero no: la firmo y fecho en
-mi cuarto del Hotel de Roma, á las cuatro de la madrugada, después de
-pasar una noche de perros, y decidido á no acostarme porque sé que no
-he de dormir. No se aparta de mí la hermosa imagen austera, con toda
-la gracia divina y humana, coronada de aquella honradez que admiro
-y anhelo hacer añicos. Mírola como una santa de altar, no vestida
-de severos paños, sino con los atavíos elegantes de la última moda.
-Es un ángel que se ha entregado á las modistas. ¡Oh, qué virtud tan
-tentadora! No poderla tronchar en un abrazo, no poder estrujarla como
-se estruja una flor... Si no me modero, amigo mío, voy á salir por
-esas calles tirando piedras.
-
-No te enamores, Equis, no te enamores; dedícate en esa tierra, con
-malos fines, á las Galateas de refajo amarillo. Y si alguna te sale con
-que debajo de todas aquellas bayetas está la honestidad, renuncia á las
-vanidades del mundo y métete cura.
-
-
-
-
-XVIII
-
- _6 de Enero._
-
-
-Bueno, hombre, bueno: variaré la tocata. Creo, como tú, que eso me
-tranquilizará. Esta tarde fuí á ver á Federico. Tuve intenciones de
-confiarle mi pena; pero luego me rehice de esta debilidad, y mutis. Por
-cierto que observé allí cosas que me hicieron gracia. Cuando entré, á
-eso de las dos, nuestro amigo acababa de despertarse y había pedido
-el almuerzo. Para funcionar con más desembarazo, Claudia, después de
-dar la teta al nene, le colocó bien abrigado en el lecho de Federico.
-Este apartó las sábanas y me dijo: «Mira lo que tengo aquí.» Mucho nos
-reímos los dos, y más aún cuando despertó el chicuelo y se puso Viera
-á jugar con él, haciéndole cosquillas, y dejándose tirar de la barba
-por las manos delicadas del tierno infante. Pero habías de ver aquello
-cuando pusieron la mesa sin patas sobre la cama, y empezaron Claudia
-y Clotilde á servir el almuerzo. Lo mismo fué olerlo, que entraron
-de rondón cuatro canarios de alcoba, hijos de Claudia, el mayor como
-de seis años, la más pequeña como de dos, y piando y gorjeando se
-enracimaron en los bordes del lecho. Uno daba un brinco hasta plantarse
-en las almohadas, tocando con sus patitas la cabeza de Federico; otro
-se encaramaba por los pies. Su madre les reñía, llamándoles insolentes
-y granujas; pero no se los llevaba. Federico, de todo lo que iba
-comiendo, les repartía por turno, con el tenedor, diciéndoles: «Ahora
-tú... No más... Formalidad, y todos probarán.» El de teta, que estaba
-entre las sábanas, con aquella algazara empezó á berrear, y Clotilde
-tuvo que cogerle en brazos. Tan fuertes chillidos dió el angelito, rojo
-y apoplético, los puños cerrados, soltando gruesos lagrimones, que fué
-menester llevársele fuera. Sus hermanos eran más amables. Federico tuvo
-que andar con ellos á trastazo limpio; pero no se dieron por ofendidos.
-Al fin del almuerzo, la cama estaba como si hubiera pasado por encima
-de ella un regimiento de caballería. No pudo evitar Viera que cogieran
-los libros que allí tenía, ni que el mayor los examinara deletreando
-el título, ni que la pequeña les arrancara algunas hojas como quien
-no hace nada. Claudia se los llevó con no poco trabajo, y volvieron á
-entrar, y costó un triunfo echarles de nuevo. Toda la tarde estuvimos
-oyendo el rumor de su batahola en la cocina. Á mis observaciones sobre
-la paciencia con que tolera molestias fáciles de evitar, contestóme
-Federico con el _qué más da_, que usa siempre para disculparse de su
-abandono.
-
-Noto en él una indiferencia parecida á la resignación. Su melancolía
-envuelve cierta pereza intelectual, como si acobardado ante su mala
-suerte, sintiéndose incapaz de luchar con ella, se le entregara sin
-quejarse. La conversación que acerca de esto sostuvimos mientras se
-vestía, llevónos á tratar de su hermana, que me ha inspirado tanta
-lástima desde que la ví. Arriesguéme á censurar, con el tacto necesario
-para no lastimarle, el abandono en que la tiene. ¿Por qué no la
-presenta en sociedad? ¿Por qué no la inclina al trato de sus iguales,
-librándola del roce de personas sin educación, ennobleciendo su vida,
-y tratando de proporcionarle un buen partido? Á esto me contestó,
-con fría amargura, que tales habían sido sus propósitos; pero que ha
-renunciado á ellos por la resistencia que su propia hermana le opone.
-La ruína de la familia cogió á Clotilde en la transición de niña á
-mujer. Vinieron terribles días de penuria, y la pobre joven, criada
-en colegios de lujo, se vió privada hasta de lo indispensable, sin
-poder reunirse con sus amigas más queridas. De aquellos días data su
-encogimiento huraño y su gusto de la insignificancia y obscuridad.
-No tardó mucho en acomodarse al aburrimiento que le prescribía su
-desgracia, consagrándose á cuidar de su hermano; y aunque éste hizo
-esfuerzos increíbles por ponerla, al menos aparentemente, en otras
-condiciones de vida, cada día encontraba en ella resistencias mayores.
-Poco á poco la pobre niña se iba encariñando con las criadas en cuya
-compañía estaba constantemente; llegó á perder toda afición á vestir
-bien, y sus gustos delicados se fueron embasteciendo hasta parar en el
-desaliño. El _qué más da_ de su hermano la contagió como una diátesis
-de familia; no supo sostener el esmero de la persona, refinado y
-minucioso, que aquel conserva en medio de su indolencia. Se habituó á
-los modales descompuestos y al inculto lenguaje de aquellas tarascas,
-y ha concluído por comer con ellas, cuidar los chicos de Claudia, y
-no hallarse bien sino en tal compañía. Estas familiaridades con gente
-baja han influído en su carácter de tal modo, que apenas tiene ya la
-conciencia de su mérito personal. Es algo salvaje: cuando yo voy allí,
-huye como una cierva, evita mi conversación todo lo que puede, y si
-forzosamente tiene que hablarme, la noto cohibida y como temerosa de no
-expresarse bien. ¡Pobre niña! Te aseguro que me inspira compasión. Su
-mirada inteligente y tímida es de esas que no se olvidan.
-
-Á mis indicaciones sobre esto, contestó Federico así: «Hoy por hoy,
-apartarla forzosamente de estas mujeres, sería una crueldad, porque les
-tiene inmenso cariño. Cierto que ha perdido sus modales; cierto que
-sus gustos se han hecho toscos, y que su persona se ha rebajado; ¿pero
-yo qué puedo hacer? Soy pobre. No puedo luchar con mi infame destino.
-Adelante, y hasta el fin, si esto tiene algún fin.»
-
-Hícele notar que su hermana está en la edad en que por donde menos se
-piensa salta el amor, y bien valía la pena de mirar con interés asunto
-tan delicado. Encogióse de hombros, y me dijo que ni aun sospechaba
-que Clotilde tuviese novio ó pretendiente. No insistí sobre este
-particular, por no aparecer más papista que el Papa; y ya que de
-amores hablábamos, no sé por qué sentí nuevamente deseos de confiar
-á Federico los míos, ó mejor dicho, mis frustradas esperanzas. Pero
-también supe contener aquella segunda tentación de espontaneidad.
-
-Pude observar aquel día que la casa de este hombre infeliz es un
-jubileo mareante. Razón tiene en decir que el sonido de la campanilla
-le produce un estado nervioso y cardiaco que ya constituye verdadera
-enfermedad. Los acreedores y pedigüeños se suceden sin interrupción,
-y una de las mayores dificultades del gobierno de aquella casa es lo
-que llamaríamos _el servicio de puerta_. Clotilde se ha hecho á este
-innoble servicio, y lo desempeña hábilmente, con todo el manejo de
-mentiras diplomáticas que el caso exige. Á unos les engaña, á otros
-les manda volver la semana próxima, á los más les engatusa con bonitas
-promesas. Hay usureros de fuste, que pasan siempre y se entienden con
-Federico, el cual les recibe de mal talante, con cariz avinagrado y
-duro. «Á estos tipos—me dijo un día,—hay que tratarlos á la baqueta, y
-no tenerles consideración alguna. Es la manera de que nos sirvan bien.
-Al que se hace de mieles, se le comen vivo.» En cuanto á sablazos, no
-he visto debilidad como la de nuestro amigo para dejárselos pegar. Allí
-van llorones que le encajan mil embustes, y como le cojan con dinero,
-le dan el timo. Yo le recomendé que mirase mucho á quién socorría,
-y me respondió: «¿Qué más da? Estos infelices también han de vivir.
-Cada uno se las arregla como puede.» Y los condenados se dan tal maña,
-que hasta parecen adivinar cuándo tiene cuartos, para caerle encima
-como las moscas. Dice que el único placer de la vida consiste en dar.
-La cara que ponen los pedigüeños, el brillo de sus ojos cuando sacan
-tajada, vienen á ser como una visión de alegría, un rayo celeste á que
-no puede renunciar quien vive entre negruras, sin ver más que esas
-caras muertas, esas máscaras de la sociedad culta, que nunca reflejan
-los grandes goces del alma.
-
-¿Qué te va pareciendo esto? ¿Qué piensas del pobre Viera? Hay que
-reconocer que si algunas de sus facultades duermen, si su conciencia se
-amodorra, tiene siempre bien despierto el punto de dignidad y de amor
-propio, y con esta especie de virtud disimula en sociedad los desastres
-de su vida íntima. Te repito que he intentado ayudarle á salir de
-apuros, y que me tapa todas las brechas que trato de abrir en su
-susceptibilidad, para introducir con delicado contrabando mi socorro.
-Otros amigos que pretendieron lo mismo no han logrado rendir su
-orgullo. ¡Qué mal efecto me hace verle de noche en casa de Orozco, de
-la San Salomó ó de Trujillo, y recordar, mientras le veo y le oigo, las
-tristezas de su modo de vivir, y los cuadros lastimosos que he visto
-en su casa! Los muchos amigos y amigas que tiene en sociedad, aunque
-algo saben de sus ahogos pecuniarios, ignoran lo que yo sé y he visto.
-Algunos ¡ay! le admiran. Hay quien le envidia. Es Federico de estos
-hombres que se hacen querer en cuanto se les trata un poco. Su perfecta
-educación (en lo tocante á modales y á la vida externa); aquel aire
-de modestia, no incompatible ciertamente con su orgullo, y que más
-bien lo templa, lo ennoblece, convirtiéndolo de defecto en cualidad;
-su gracia melancólica en la conversación; aquel mismo abandono moral,
-tan semejante al cansancio, cautivan y desarman, predisponiéndonos á
-la indulgencia. Físicamente, algo tengo también que decirte. Su cara,
-que es un prodigio de expresión y movilidad, comienza á desmejorarse.
-Me parece bastante anémico, y envejecerá pronto. Ya se le ven algunos
-hilos de plata en la barba negra y en las sienes, y su mal color revela
-la insana costumbre de hacer de la noche día. Asegura que vivirá poco,
-y creo que no se equivoca.
-
-Y ahora se me ocurre hablarte de la Peri. Dirás tú: «¿Y quién es la
-Peri? ¿Y por qué eslabona este tonto el nombre de Federico con el de
-esa que no sé si es mujer, ó gata, ó yegua?» No te hagas el virtuosito
-y el morigeradito, diciendo que no conoces á la Peri, y que á tí no te
-hablen de ninguna moza _de éstas que llaman del partido_. ¡Hipócrita,
-me quieres hacer creer que con esa capita de seminarista ó de filósofo
-motilón, no te haces el perdidizo alguna vez en las enramadas del
-jardín de Venus! Pero, en fin, te concedo, si tu gazmoñería se empeña
-en ello, que no ha llegado á tu noticia el excelso nombre de la Peri.
-Los sabios suelen estar muy atrasados de noticias, y de fijo tú sabes
-más de Semíramis ó de Aspasia que de esta contemporánea nuestra. Voy á
-sacarte de dudas y á enriquecer tu erudición en lo tocante á _heroínas_
-modernas. La Peri... esto de la Peri yo no sé de dónde diablos viene.
-Puede que algún rancio etimologista te lo pueda explicar. Yo lo que sé
-es que se llama Leonor, y que el origen del apodo se encontraría en el
-misterioso lexicón de la gente del bronce. También sé, sin necesidad
-de recurrir á las bibliotecas, que Leonor es monísima, elegante,
-depravada y con muy buena sombra para hacer olvidar su relajación;
-mujer de excepcionales dotes para atontar á los hombres, y que, de
-nacer en Francia, habría sido una celebridad. Aquí no lo es sino en los
-círculos puramente madrileños y á media voz; pero su fama, sin llegar
-nunca á la difusión que dan las letras de molde, toca en los límites
-de la popularidad. Se ha comido á media docena de hijos de familia,
-y se ha merendado á dos ó tres viejos verdes. Es simpática, todo lo
-simpática que puede ser una serpiente de manchada piel, cabeza chata y
-diente venenoso. Y de rodillas ya ante el confesonario, me golpeo el
-pecho, y te digo que yo también me he dejado tentar de esta hermanita
-de Satanás; pero que, si enfermé de su ponzoña instantánea, la curación
-ha seguido prontamente á la picadura. Es que somos pura fragilidad los
-jóvenes de esta generación. Échame un sermoncito, hombre; échamelo, por
-amor de Dios.
-
-Con decirte que somos jóvenes, y que no hay mayor tontería que llegar
-á la vejez sin probar cuanta manzana y cuanto melocotón y cuanta breva
-dan los frutales de la vida, me parece que te contesto bien y aun que
-te dejo callado. Pues bien: durante algunas noches hemos pasado los
-amigos y yo ratos muy agradables en casa de la Peri... No te asustes;
-no se trata aquí de pecados contra la honestidad. Íbamos simplemente
-á que nos echara las cartas. Te mueres de risa si llegas á venir con
-nosotros, porque la verdad es... (váyanse al cuerno tus moralidades
-y todo el fastidioso empaque de tu filosofía) que tiene esa mujer la
-sal de Dios para echar las cartas, y que otra más serrana no ha nacido
-en el mundo. Lo gracioso es que se cree todas aquellas paparruchas
-gitanescas, como si fuesen el Evangelio. Y si vieras: parece que
-realmente le adivina á uno los pensamientos, y que, pitonisa de nuestra
-época de realidad, levanta el velo de lo porvenir y desmiente las
-leyes de la razón. Me gustaría verte allí, tronando severamente contra
-la cábala, y rindiéndote á las carantoñas de la linda bruja, como
-cualquier hijo de vecino.
-
-Pero tú dices: «¿qué tiene que ver esa diablera con mi amigo Federico?»
-Voy allá, hombre; voy allá, y no seas tan vivo de genio. Pues, si
-se han de creer las apariencias, hoy no son amantes; pero lo fueron
-cuando la Peri sentó plaza. En el actual momento histórico se tratan
-con familiar y honesta amistad, aunque ella tenga sus enredos más ó
-menos transitorios con personas que la mantienen. Esto he oído, esto
-te cuento. Dícese, y podrá ser verdad, que Federico la socorre á ella
-en los casos de penuria; dícese también, y esto lo pongo en duda, que
-Leonor le echa á su amigo un cable cuando le ve con el agua al cuello.
-¿Lo crees? ¿Te parece verosímil que hombre tan delicado y susceptible,
-rebelde al auxilio de sus amigos, acepte los de una mujer de tal clase?
-Yo rechazo la versión maligna, que me parece forjada por la envidia ó
-el pesimismo de esta sociedad. Pero te diré una cosa, para tu gobierno.
-Federico, al menos conmigo, no hace misterio de su amistad honrada con
-esa buena pieza. Ayer hablamos de ella en la calle, yendo á casa de
-Orozco, donde comimos, y me dijo lo que á la letra copio para que vayas
-atando cabos: «Te aseguro que esa pobre Leonor es una buena mujer, y
-que no conozco un corazón más noble que el suyo.»
-
-Y basta de Fritz. Ya ves cómo te he complacido, escribiéndote una
-carta absolutamente limpia de toda murria _wertheriana_. He tenido
-que violentarme y poner diques y compuertas al flujo de mis cuitas
-amorosas. Dí ahora que no sé guardar las debidas consideraciones á mis
-amigos, ahorrándoles las náuseas de una toma fuerte de sentimentalismo.
-Pero alguna vez me ha de tocar hablar de lo mío. Prepárate para la
-próxima.
-
-
-
-
-XIX
-
- _8 de Enero._
-
-
-¿Pero es broma ó qué es? Dices que vas á dar mis cartas para el
-folletín de _El Impulsor Orbajosense_, ¡arre! ilustrado periódico de
-esa localidad, _órgano de los intereses materiales y morales_, etc.
-¿Sabes que tendría gracia? Pero aun variando los nombres, la broma
-sería tan pesada, que no habría más remedio que retarte en duelo á
-tí, y poner las peras á cuarto al cojo ese que dirige el papel, y
-que me tiene tan mala voluntad desde que le quité la Administración
-de Loterías para dársela al marido del ama que me crió á sus castos
-pechos. Basta de guasas, Equisín; no me irrites, no me cosquillees con
-tus chirigotas maleantes; mira que estoy echando chispas, y si llego á
-estallar... ¡Dios mío, cómo me he puesto! Si me pica una pulga, creo
-que me ha mordido un perro rabioso; si tengo que cerrar una puerta, doy
-con ella tan fuerte golpe, que se estremece todo el Hotel; si la pluma
-con que te escribo saca un pelo, ¡zas! la estrello contra la mesa; si
-tengo que llamar, echo abajo la campanilla y se me enredan en el cuello
-cuatro varas de alambre; en fin, estoy hecho una fiera. Me muerdo á
-mí mismo, y por no poderme soportar, me mando á paseo, dándome de
-puntapiés.
-
-Y lo que me pasa no es para menos. Tú, con esa flema que Dios te ha
-dado, estarías tan fresco. No truenes contra mi repentinismo: cada uno
-es cada uno. Mis afectos propenden á la amplificación, y cuando gozo ó
-padezco paréceme que en toda la anchura del mundo no caben mi placer
-ó mi martirio. No me enfado nunca á medias. Si riño con un amigo,
-despídome de él para siempre. Siéntome niño en mis dolores y en mis
-alegrías. La ligera ofensa se me hace mortal agravio. Tengo miedo á
-enamorarme, porque fáltame asiento en la voluntad, y voy como buque
-sin lastre en un mar agitado: á cada tumbo me parece que veo el abismo
-abierto á mis pies. ¡Por qué no nacería yo en tiempo de los frailes
-para meterme á motilón y vivir en dulce uniformidad, sin pasiones, sin
-estímulos, hecho un honesto marmolillo y un mano inconsciente!
-
-Como esto siga así, ya puedes encomendarme á Dios. Esa cruel nereida,
-perdona el clasicismo, va á acabar con tu infeliz amigo. Sigue en
-sus severidades, echando cada día sobre lo que llama mi capricho,
-jarros y más jarros de agua _frapée_, moral pura de la más cargante
-y trasnochada, de la de catecismo con preguntas y respuestas. Á
-veces creo que me ha tomado á mí por cabeza de turco, para ensayar
-la fuerza y empuje de su virtud, y hacer gala de ella ante el mundo.
-Estas virtuosas me fastidian. Paréceme que no son virtuosas por la
-satisfacción de serlo, sino por ganarse un premio en el _Derby_ de la
-honestidad.
-
-La resistencia ha redoblado mis anhelos hasta un punto de que no tienes
-idea. Muéstrome exaltado, y nada: calabazas más gordas que la primera
-vez. Hágome el desdeñoso, y en seguida me conoce el juego: calabazas
-como la copa de un pino. Le ruego que me permita besarle una mano,
-ósculo de amistad, puro como la caricia de un niño, y me despide con
-una displicencia que anonada. Cuando trata en solfa mis pretensiones,
-menos mal: lo llevo con paciencia. Pero cuando me pone el hociquillo de
-virtud, créelo, le pegaría... Despedido, me voy y vuelvo con cualquier
-pretexto, y entonces me presenta á la preciosa Estefanía, como un
-santero presenta la reliquia para que la adoren los beatos. Esta niña
-es hija de Calderón, y Augusta la tiene casi siempre en casa, y la
-mima y agasaja como si fuera suya. La chiquilla es monísima: marido y
-mujer se consuelan con ella de la pena de no tener sucesión. Pues, como
-te digo, me la pone delante, sentándola sobre sus rodillas, y con la
-crueldad más salerosa del mundo, dice: «Bésame á ésta, bésamela todo
-lo que quieras.» Y yo me la como; la beso tanto, que la hago llorar.
-Adoro el santo; pero lo que á mí me gusta es la peana. ¡Ay, qué peana!
-
-No tengo ganas de escribir más esta noche. Vete á los infiernos, tonto,
-majadero, á quien por vivir en Orbajosa debo llamar _harto de ajos_.
-
-
-Sigo la que empecé. Hay novedades, amigo Equis, pero grandes novedades.
-Trátase de un caso extrañísimo, que por su calidad y transcendencia
-merece tu examen. Anoche tuve una revelación. ¿Crees tú en las
-revelaciones? ¿Crees tú que cuando dormimos, ó cuando nos hallamos en
-ese estado psicológico fronterizo entre el sueño y la vigilia, estado
-en que se confunden la estupidez y la perspicacia, puede venir un
-espíritu á ingerirnos en el cerebro una idea, ó á murmurar en nuestro
-oído palabras que son la cifra de un misterioso enigma? De fijo no lo
-crees. Yo tampoco lo creía, y ahora sí: creo en el Ángel de la Guarda,
-ese bondadoso, invisible amigo que velaba nuestra cuna cuando éramos
-nenes, y que, de hombres, nos visita alguna vez para resolvernos un
-grave problema de la vida, para señalarnos un sendero en la intrincada
-selva donde nuestra insegura voluntad se ha perdido. ¿No recibiste
-alguna vez ese soplo sobrenatural, revelación que por la claridad con
-que se te hace no puedes tener por obra de tu propio espíritu, sino por
-aviso de _alguien_ superior y externo?
-
-Pues verás: acostéme caviloso y con el cerebro lleno de nieblas. Dormí
-no sé cuánto tiempo sin soñar nada. Desperté de súbito, cual si me
-clavaran un aguijón; desperté con una idea que había brotado en mi
-mente como el fulminante que estalla. La idea era ésta: «Augusta no
-es honrada; Augusta tiene un amante.» ¡Ay! lo sentí bajo mi cráneo,
-no como pensado, sino como sugerido, casi casi escuchado. Me alucinó
-hasta el punto de creer que alguien estaba allí, y de sentir el calor
-de una cara junto á la mía. Encendí la luz; temblando, revolví mis
-miradas por la alcoba. Excuso decirte que no había alma viviente. Llama
-á esto, si quieres, fenómeno cerebral; pero confiésame que la idea que
-produjo no es una idea mía, sino partícula del saber total, venida á
-mí por medios que no están á mi alcance. Hay que distinguir cuándo
-funciona nuestro cerebro _de por sí_, y cuándo engranado en la máquina
-inmensa del conocimiento universal. ¿Qué? ¿te parece esto una sutileza?
-No puedes juzgarlo, porque no has experimentado como yo el choque
-inenarrable del rayo celeste al horadar el hueso en que se encierra
-nuestra mente. La recepción de la verdad no puede confundirse nunca
-con la emisión de una idea propia. Desconoces el lúcido entusiasmo que
-el fenómeno produce, la fe tenaz que enciende en nuestra alma. Puedo
-asegurarte que desde aquel instante mi convencimiento fué tal, que la
-evidencia y la comprobación no lo habrían producido mayor. Ni me hacen
-falta testimonios para creer y sustentar lo que sustento y creo á puño
-cerrado, como afirmamos nuestra propia existencia. Excuso decirte que
-no volví á pegar los ojos en toda la noche. Me la pasé recordando
-pormenores y trayéndolos á la corroboración del hecho, no porque éste,
-á juicio mío, necesitase pruebas, sino por puro entretenimiento de la
-mente, que se recrea en la lógica como los ojos gozan en la claridad de
-un hermoso día. ¡Ay, Equisillo! ¡qué amarga satisfacción la de hallar
-la conformidad entre el hecho revelado y las menudencias que acudían á
-mi memoria, como testigos impacientes por declarar en un proceso! Cosas
-que antes me parecieron raras, parécenme ahora lo más natural del mundo.
-
-Te conozco bien, y porque te conozco, recelo que mis psicologías no te
-resulten sensatas; pero no me importa. Crees que estoy febril cuando
-esto escribo, y no es verdad. Esta madrugada sí lo estuve, y también
-parte del día, y un buen rato de esta noche; pero me he serenado como
-por ensalmo, y escribo ahora con relativa frialdad. Te contaré todo lo
-que me ha pasado hoy, para que veas _cuánto se emprende en término de
-un día_.
-
-Vamos despacio. Almorcé solo; esquivé antes y después del almuerzo
-ocuparme de asuntos del distrito. Estuvo aquí una Comisión, que ha
-venido de ese inmundo poblacho á gestionar la consabida rebaja de
-los consumos, y no quise recibirla pretextando enfermedad. No fuí á
-Gobernación, á donde me llamaba un asunto de muchísimo interés...
-para los de Orbajosa. ¡Figúrate tú qué me importará á mí ni á nadie
-que sea nombrado don Juan Tafetán secretario del Juzgado municipal,
-en vez de serlo don Paco Cebollino, de la noble familia de los
-Licurgos! ¿Crees que la armonía del Cosmos se alterará porque la
-fuente de los Chorrillos corra ó deje de correr, ó porque la carretera
-de Valdegañanes pase ó deje de pasar por la finca de don Cayetano
-Polentinos? En medio del desdén que estos problemas locales me
-inspiraban, ocurrióseme visitar á Cisneros. Tres días hacía que no
-pasaba por allí, y el buen señor no se conforma con estar tanto tiempo
-sin verme. Yo también echaba ya de menos el recreo de su charla, la
-saludable expansión que en su casa tiene siempre mi ánimo, con aquellas
-teorías tan chuscas y originales. Envuelto en su bata roja, mi padrino
-estaba aquel día entregado á la administración, y trabajaba con el
-escribiente, tirándole de las orejas á cada descuido, y encontrando
-siempre muy mal todo lo que el pobre muchacho hacía. Hablóme de lo
-que goza ordenando sus cuentas; quejóse de las contribuciones; puso
-de vuelta y media al Gobierno porque no las reduce; díjome que pocos
-propietarios pagan al Fisco tan puntualmente como él, y que lo más
-sensible es que, pagando tanto, los servicios del Estado sean tan
-perros. De los municipales no hay que hablar. Duélese de que tributa
-enormemente por su propiedad urbana, y... «mira qué calles, qué gas
-tan malo, qué policía tan detestable. ¿Querrás creer que por no
-satisfacerme el servicio de seguridad, tengo yo un sereno mío que me
-custodia la finca? Si así no fuera, no podría dormir tranquilo en este
-barrio tan próximo á los del Sur, infestado de ladrones.»
-
-Tú dirás que á qué viene esto. Creerás que es para señalarte la
-contradicción entre el proceder eminentemente conservador de don
-Carlos y sus ideas disolventes. No, no es eso: ya hemos convenido en
-que la palingenesia política de mi tío es pura fanfarria, un papel
-para recitarlo y hacerse aplaudir en sociedad. Cuéntote estas cosas
-por otra razón. Verás á dónde fué á parar el ingenioso Cisneros. «El
-hombre más feliz—me dijo al fin,—y estoy por decir que el más sabio
-de España, es nuestro amigo Federico Viera, que no paga contribución
-y vive como un príncipe; que no tiene nada que administrar, ni hace
-jamás un número, y con sólo mirar una carta y ver lo que sale, ha
-sabido arreglarse su modo de vivir. No necesita tener ninguna clase de
-moralidad para que el mundo le aprecie y le mime, porque su talento, su
-buena figura, su educación, lo suplen todo. Come en las mesas de éste
-y el otro, que todavía le agradecen que acepte un puesto en ellas. Sus
-acreedores no se atreven á molestarle, porque saben que les saldría
-peor la cuenta. Va á todos los teatros sin comprar localidad; y para
-colmo de ventura, el ramo de mujeres no le cuesta un maravedí, porque
-siempre habrá, entre las de sus amigos, alguna que le ofrezca platito
-sabroso y gratis en el festín del amor. Es mucho hombre el amigo Viera.
-Yo se lo digo siempre: _Eres el ciudadano del siglo XXI, de ese siglo
-en que todo será común, hasta las mujeres._»
-
-Oí á mi padrino, y quedéme aturdido como quien recibe un fuerte golpe
-en la cabeza. ¡Otra revelación teníamos! Te reirás de mí todo lo que
-quieras; pero yo no me vuelvo atrás de lo dicho. Mensaje superior fué
-aquello, complemento del que recibí de madrugada, al despertar de un
-sueño profundo. Oirlo y creer, como creo en la luz, que el amigo Viera
-es... Ya habrás comprendido: me repugna tanto la idea, que hasta me
-resisto á escribirla. Sí, bien claro estaba. ¡Qué estupidez no haberlo
-comprendido antes!... Pero así, por súbitas, inesperadas referencias,
-se nos revelan las verdades que se ocultan al conocimiento general.
-La casualidad, una voz, una cita, un nombre, son el rayo de luz que
-esclarece todos los misterios.
-
-Tanta fué mi inquietud, que no supe ni encontrar un pretexto para
-despedirme bruscamente de mi padrino y echar á correr. No recuerdo bien
-lo que le dije, y salí como alma que lleva el diablo. Una resolución
-súbita me enardeció el ánimo, y había que ponerla en ejecución al
-instante. Tomé un coche y me planté en casa de Federico. Yo no sabía
-cómo decírselo; pero sí que se lo tenía que decir, y que si no se lo
-decía reventaba.
-
-Encontréle en la cama, y le acometí sin preparación, diciéndole:
-«Federico, tengo que comunicarte una idea; tengo que hacerte una
-pregunta... Vengo á que me saques de cierta duda... No, no es duda,
-es evidencia: necesito que corrobores... que corrobores...» Mirábame
-con asombro y susto. Nunca me había visto descompuesto y agitado
-como hoy lo estaba. Su sorpresa le hizo enmudecer algún tiempo. Yo
-me expliqué mejor. Te referiré en dos palabras el diálogo aquél, que
-bien merecería lo escribieras tú, porque, francamente, fué dramático
-hasta no más. No anduve con rodeos para confiarle la pasión que me
-hacía infeliz y el fracaso de mis anhelos. Él dudaba que la pasión
-fuese tan honda como dije, y en cuanto al fiasco, no vaciló en tenerlo
-por natural. Cuando le expresé mi convicción contraria á la honradez
-de Augusta, parecióme que se nublaba su frente, que le ofendían mis
-palabras, y que se violentaba para no obligarme á una retractación.
-«Ceguedad tuya—me dijo,—monomanía, locura razonante.» Yo no podía
-probar lo que tan vivamente creía, y falto de argumentos fundados en
-hechos, tenía que emplear los de mi fe, incomunicable sin duda. Nuestro
-diálogo se acaloraba, y de improviso le apreté un brazo diciéndole con
-voz descompuesta: «Tú eres, tú eres...» Y no sé qué más dije, no sé
-qué sarta de palabras salió de mi boca; frases violentas, injuriosas
-quizás, inflamadas por la convicción. Pero no pude menos de sentirme
-cortado ante la frialdad con que Federico me oía. Observé su rostro
-perfectamente tranquilo, inmutable, y en sus ojos no brilló ni el más
-leve destello que delatara una conciencia intranquila. Soltando después
-una risa franca, no enteramente burlona, más bien compasiva, díjome
-estas cariñosas palabras: «Es preciso que te pongas en cura, pero
-pronto, antes que el mal te coja toda la cabeza... Manolo, tú estás muy
-malo. Te aconsejo la rusticación. Vete á Orbajosa por una quincena,
-y sanarás. Eso no es pasión verdadera, es una crisis de voluntad
-contrariada, y una chafadura del amor propio, males ambos que en las
-grandes poblaciones son una verdadera epidemia. Unos días de campo te
-pondrán como nuevo.»
-
-Á pesar de su humorismo, y de la perfecta tranquilidad, superior á
-todo disimulo, que su semblante revelaba, insistí; y él entonces,
-poniéndose muy serio, me dijo: «Si una declaración mía formal no te
-basta, no sé qué puedo hacer. Te juro que estás en un error. Y aunque
-los juramentos estén pasados de moda, me veo en el caso de jurar, por
-lo que valga. Te juro que no hay nada de lo que sospechas. ¿Lo crees?
-Bueno. ¿No lo crees? Allá tú.» Y después de otras cosas que no han
-persistido tan claramente en mi memoria, añadió esto: «Todo lo que hay
-en aquella casa es sagrado para mí.»
-
-Y ahora, Equis mío, no te alborotes si te digo que Viera me convenció.
-Toda esta tarde, mientras estuve en su compañía, viéndole lavarse y
-vestirse, mi espíritu no cesó un instante de machacar en la misma idea,
-como herrero en la forja. La segunda revelación parecíame fallida; pero
-la primera, la del despertar, aquélla no había quien me la quitase.
-Federico lo intentó con hábil dialéctica; pero nada pudo conseguir. Yo
-discurría así: «Lo que es éste no es; pero será otro, y ese otro, ¡vive
-Dios! yo lo he de encontrar.»
-
-Salimos y paseamos juntos. Federico se permitió darme bromas sobre
-aquel caso; yo me sentí un tanto ridículo, fingíme aliviado del mal
-de amores, y aun me burlé un poco de mi desvarío, atribuyéndolo á mi
-carácter impresionable. No comimos juntos aquella noche. El se fué no
-sé á dónde, y yo al hotel de Cícero. Luego fuí á casa de Orozco y me
-encontré á éste con un fuerte catarro, por lo cual su mujer no quería
-ir á la reunión de San Salomó; él la instaba para que fuese, y me
-suplicó que la acompañara. Por fin se decidió. Vistióse en un momento,
-y salimos. Al entrar en la berlina, yo no me encontraba muy satisfecho,
-porque, de no ser amante, el papel de _sigisbeo_, aunque en el mundo
-sea un papel envidiable, á mí no me agrada.
-
-«Me ha contado papá que hoy estuviste en su casa—díjome Augusta cuando
-la berlina echó á andar,—y que parecías medio loco.»
-
-La contestación _en el próximo número_. Ya no veo lo que escribo, de
-cansado que estoy. Buenas y santas.
-
-
-
-
-XX
-
- _10 de Enero._
-
-
-¿Qué tal? ¿Te resulta esto divertido, ó te parece extravagante,
-empalagoso, digno sólo de figurar en el folletín de _El Impulsor
-Orbajosense_? Vamos, me ha hecho reir tu idea de que podría publicarse,
-trocando los nombres por otros extranjeros, suponiendo la acción en
-Varsovia y anunciando á la cabeza que es traducción del francés...
-Cállate la boca, ó te estrello. ¡Publicar esto... vamos, ni aun con
-tales disfraces! Además, si como representación de hechos positivos
-pudiera tener algún interés para los conocedores de las personas que
-andan en el ajo, como obra de arte resultaría deslucido, por carecer de
-invención, de intriga y de todos los demás perendengues que las obras
-de entretenimiento requieren.
-
-Quedamos en que nos metimos ella y yo en la berlina. Bueno. Nunca me
-había parecido tan guapa como aquella noche. Vestía... Aquí de mis
-apuros. Soy tan torpe para describir trajes de señoras, que cuando
-lo intento digo los mayores disparates. No sólo ignoro los nombres de
-ésta y la otra prenda, y de las distintas formas de _toilette_, sino
-que confundo los nombres de las telas. Está visto que para revistero de
-salones no sirvo yo. Sólo te diré que estaba elegantísima, que llevaba
-abrigo de pieles, que el peinado... ¿Cómo lo diré si no doy pie con
-bola en estas quisicosas? Pues llevaba el pelo recogido hacia arriba
-formando un pico, y en éste una joya, algo que echaba chispas cuando
-mi ingrata movía la sin par cabeza. ¡Ah!... se me olvidó: el pelo
-ligeramente empolvado. Los guantes eran claros, de muchísimos botones;
-eso, eso, la mar de botones. Cuando entré, ya los llevaba puestos. Yo
-habría deseado que no, para ayudarle en la operación de abrochárselos.
-En el pecho una flor, rosa... no diré que amarilla; pero amarillenta,
-sí. Nada de escote, chico. Y en la fisonomía, ¡oh, desventura! en el
-resalado hociquito, nada que me alentara, nada que me significara una
-promesa. Á lo que dije, contestóme severa, indiferente. Comprendí
-que mi juego era mostrarme tranquilamente resignado, y así lo hice,
-diciéndole poco más ó menos: «Descuida, que ya no te molesto más. Me
-he convencido de que es una insensatez pretenderte... Cuando se llega
-tarde, no hay más remedio que tener paciencia. Y mi sino es llegar
-siempre tarde. Otro más feliz que yo ha merecido lo que á mí se me
-niega...»
-
-Creí notar inquietud en su mirada. Fué como un relámpago. Volvió
-la cara para mirar hacia fuera, y después de una enfadosa pausa me
-contestó así:
-
-«Hay que dejarte. Estás insufrible de tonto, de loco y de no sé qué.»
-
-El coche había recorrido la calle Ancha, y atravesaba Chamberí para
-bajar á la Castellana por las casas de Indo. Densa niebla luminosa y
-blanca se aplanaba sobre Madrid. No se veían las casas ni los árboles.
-Las luces de gas, desvaneciéndose en la claridad lechosa, formaban
-discos, en algunos puntos teñidos de un viso rosado, en otros de verde.
-Augusta y yo observamos aquel fenómeno, y alguna observación hicimos
-acerca de él; pero en realidad lo que decíamos era un pretexto para
-ocultar nuestra turbación. No era yo solo el intranquilo y preocupado;
-ella también lo estaba. Me miró y me dijo: «No creí yo que fueras tan
-mala persona.
-
-—Yo seré todo lo mala persona que quieras, Augusta; pero ello es que tú
-no te atreves á negar lo que he dicho, y aunque lo negaras, de nada te
-valdría, porque lo que sé de tí, lo sé, fíjate bien, como si lo hubiera
-visto.»
-
-Observé en su boca y en sus ojos esa expresión particular de quien se
-esfuerza por tomar á risa lo que no es para reir. Mientras más contraía
-sus labios, más seriedad resultaba en aquel semblante.
-
-«No me llames malo—le dije, estrechándole una mano, que no se atrevió á
-retirar de las mías,—ni temas que de mí pueda venirte ningún sinsabor.
-Si algo sé que tú quieres que ignore todo el mundo, hazte cuenta que
-soy como un muerto. No temas nada.»
-
-¡Qué bien leí en su alma en aquel momento, aun sin verle la cara
-que hacia el cristal volvía! Su voz resonaba con timbre extraño al
-decirme: «¡Qué tontería!... ¡Si no te hago caso!»
-
-Y hasta me pareció que su mano temblaba. Al través del guante, no sé
-qué estremecimiento de la epidermis me revelaba que la señora de Orozco
-me había cogido miedo. Y su miedo me permitió lo que nunca me había
-permitido su confianza: besarle la mano. «Augusta, yo estoy loco por
-tí. Me has hecho desgraciado para toda la vida...»
-
-Y ella seguía observando la neblina, en la cual los discos luminosos,
-formados por la llama al desleírse en la humedad, crecían ó menguaban
-al paso del coche.
-
-«Augusta, yo soy y seré siempre el primero de tus amigos, fervoroso,
-leal, dispuesto á sacrificarlo todo por tí, á evitarte cualquier pena.
-No me conoces, si supones que de mí, de mi indiscreción, motivada por
-el despecho ó los celos, te puede sobrevenir algún mal.»
-
-Volví á besarle el guante. El miedo empezaba á disiparse en su alma,
-ó á ser vencido por otro sentimiento. Retiró su mano, diciéndome:
-«Paciencia necesito para oirte.
-
-—Paciencia necesitamos todos—le contesté.—Seamos indulgentes unos con
-otros. La tolerancia es la norma de la vida. No te asustes porque me
-veas poseedor de tu secreto.»
-
-Vuelta á mirar para fuera. Otra vez me tenía miedo.
-
-«Te digo que no te asustes; no temas al mejor de tus amigos, al que se
-dejaría matar antes que hacer nada que te perjudique.»
-
-Quiso sobreponerse á la zozobra que la dominaba, y me amenazó con su
-abanico.
-
-«Mira que te pego.
-
-—Pega, pero escucha.
-
-—Estás cargante.
-
-—No estoy sino sumiso. Te obedezco; no tengo más voluntad que la tuya.
-Soy tu esclavo. Algo más te pudiera decir; pero hemos llegado, y se
-acabó la función...»
-
-Al volver á mi casa, desde la de San Salomó, me he puesto á escribirte.
-Son las tres de la mañana. En mi mente hay un gran barullo. Nada ví
-ni observé en aquella reunión que me dé la luz que necesito. Toda
-la noche me he sentido desorientado, estúpido á veces, á ratos tan
-excesivamente sutil, que he imaginado los mayores absurdos. Mi suplicio
-consiste en una interrogación que me causa ardores semejantes á los de
-la sed: «¿Quién será?» Porque Federico no es. Me lo juró en un tono tal
-de sinceridad, que no es posible creer que representara una comedia.
-¿Será Malibrán? ¿Tendré que admitir ahora la hipótesis que antes
-deseché? El diplomático es hombre que debe poseer en grado supino la
-aptitud de seducir. Á la expresión delicada y soñadora de su rostro,
-corresponde lo agudo de un ingenio puramente florentino. Tiene, por su
-madre, sangre italiana; sabe fingir, adular, hacerse grato, componer
-su rostro. ¿Será Malibrán, Dios mío, y al arte de enamorar une el del
-disimulo con toda la perfección diplomática y maquiavélica?
-
-Cuando perdía terreno en mi ánimo la candidatura, digámoslo así, de
-Malibrán, lo ganaban otras. Hasta se me ocurrió si será Calderón de la
-Barca, el pegajoso amigo de la casa, el papá de Estefanía. No: esto es
-inadmisible. Á Calderón le miran marido y mujer como un hermano... Sin
-embargo, podría ser... Al fin desecho á Calderón, y me fijo en otros:
-en un oficial de artillería, sobrino de las de Trujillo, muy buen
-muchacho; me fijo también en Villalonga... ¡Quiá! ¡Villalonga, gastado,
-lleno de canas... y tan poco apreciable moralmente!... Imposible,
-imposible. Busco otros; paso revista, analizo...
-
-¡Qué problema, querido Equis! Pero yo digo que estos enigmas podrá no
-descifrarlos un investigador que se auxilia de la razón y la paciencia,
-pero un enamorado los descifra siempre. Yo lo haré sin que nadie me
-ayude, yo solo. Y no faltará, como en las sumarias de los crímenes,
-la feliz casualidad que, en un punto y hora, rasgue el velo de este
-endiablado tapujo.
-
-Convengo contigo en que mi cabeza no está del todo buena. Lo confieso,
-hombre, si te empeñas en ello. Pero no me juzgues por lo que esta noche
-te escribo. Espera más noticias, y, sobre todo, espera la solución del
-acertijo, que no puede tardar. Abur.
-
-
-
-
-XXI
-
- _13 de Enero._
-
-
-Pues, señor, me levanto muy tarde; me entretengo en varios asuntillos
-después de almorzar; voy al Congreso. Animación en los pasillos,
-run-run de crisis, chismorreo largo, mucho secretico, mucho racimo de
-curiosos en torno á éste y el otro personaje, pechugones aquí y allí
-por si tú debías votar y no votaste. Oyense las frases iracundas de
-siempre, y aquello de _ni esto es partido, ni esto es Gobierno, ni
-esto es nada_. En el salón reina la paz de los sepulcros. Discútese el
-proyecto de ley de Enjuiciamiento criminal: soledad en los escaños;
-el orador, rodeado de tres ó cuatro amigos, trata de convencer á los
-bancos vacíos. En el de la Comisión hay dos que se marcharían también
-si pudieran. En la Mesa, el vicepresidente charlando con Villalonga;
-el conde de Monte-Cármenes repantigado en el sillón de uno de los
-secretarios; los taquígrafos afligidos porque no oyen bien al orador;
-los maceros le dirigen una mirada compasiva. En la escalerilla de
-la Presidencia y cuando voy á que me den caramelos, me tropiezo con
-Villalonga, el cual me dice que Orozco estuvo muy mal la noche última.
-¿Qué fué? ¿Cólico, ataque de asma...? No sabe. Pero ello es que
-amaneció con fiebre muy alta. El médico se alarmó.
-
-Corrí allá, y me encontré al enfermo muy mejorado; la gravedad no fué
-tanta como se había creído. Pero continuaba en cama. El pronóstico
-del médico, si no grave, era reservado; había que observar el recargo
-de la tarde. Pasé á la alcoba de Orozco, y le ví. Estaba tranquilo; á
-mi parecer (algo me entiendo de medicina), aquello no es más que un
-catarrillo gástrico. No veo motivo de alarma. Sin embargo, debo decirte
-que Augusta no tiene consuelo, por haber estado ausente de su casa la
-noche en que su marido se puso tan malo. Tengo por seguro que su pena
-es sincera. Entre paréntesis, me ha sido muy grato advertir en ella
-estos sentimientos; y si te añado que me gusta más así, que la quiero
-más, digo la pura verdad. Mi prima es de esas personas que se ponen á
-morir cuando tienen un enfermo en la familia; tiembla de todo, y es
-excesivamente escrupulosa en la administración de las medicinas. Hoy no
-se ha separado un momento del enfermo; le interroga á cada instante:
-«¿Te duele esto, te duele lo otro? ¿Tienes sed? No te destapes. Eso
-no es nada; mañana estarás bien.» Yo la admiro, qué quieres, por este
-cariño conyugal que tanto me confunde; aunque, bien examinado el punto,
-podrá ser este sentimiento compatible con otro. Tú harás los doctos
-comentarios que tu ciencia y tu conocimiento del humano corazón te
-sugieran. En esta carta no hago más que relatar hechos.
-
-Me quedo á comer. Augusta no tiene un momento de sosiego, y á cada
-instante se levanta de la mesa para correr á la alcoba. Vuelve
-diciendo: «Me parece que está algo recargado.—No, hija: es que te
-parece á tí que lo está. Yo le encuentro despejadísimo.»
-
-Armamos nuestra tertulia en el salón. Va Cisneros, que, so pretexto
-de no molestar al enfermo, se exime de entrar á verle, y dice: «Poco
-mal y bien quejado.» Va el mirífico Malibrán, á quien noto reservado y
-con no sé qué traicioncillas en sus ojos italianos de _santi, boniti,
-barati_. Este hombre trae entre ceja y ceja algo que no entiendo, y que
-más bien adivino por la fuerza reveladora del odio que me inspira. Va
-también Villalonga, el cual está graciosísimo, llevando la cuenta de
-los senadores moribundos, enclenques ó delicados de salud, pues si el
-número de vacantes no aumenta, es difícil que entre en la combinación.
-Va también el marqués de Cícero, y el donoso optimista conde de
-Monte-Cármenes. En el bando de los trasquiladores, mi padrino y el
-_Catón ultramarino_ sostienen viva discusión, porque el primero cree
-que debemos vender la isla de Cuba á los Estados Unidos. El segundo no
-está por la venta, al menos hasta que él se deje caer allá otra vez,
-para poner cual una seda la administración de la tan desgraciada como
-generosa isla.
-
-Pero de lo que más se habla allí, como en todas partes, es de ese
-misterioso crimen de la calle del Baño. ¡Ay, qué jaqueca! Los
-periódicos no se ocupan de otra cosa, y cada cual por su lado, todos
-tratan de buscar la pista; pero me temo que tantas pistas acaben por
-despistar á la justicia. ¿No has leído algo de esto? Una señora joven,
-madre, cuyo estado se ignora, apareció asesinada en su lecho y medio
-quemada, juntamente con su hijo, niño de pocos años. En la casa no
-había más persona, al descubrirse el crimen, que un sirviente, Segundo
-Cuadrado, el cual, si no es idiota, finge serlo. No sabe dar razón de
-nada de lo que allí pasó. Algunos le consideran autor del crimen; pero
-una parte del público da en acusar á la madrastra de la víctima, señora
-de muy mal genio, que vive en la misma calle y se llama doña Sara. Se
-dividen los pareceres. Hay quien sostiene que la vió entrar en la casa
-pronunciando no sé qué palabras amenazadoras. Y, por otra parte, la
-madrastra prueba su coartada, demostrando que aquella noche, á la hora
-del crimen, estuvo en el teatro. No falta quien asegura haberla visto
-en una butaca del Español. En fin, Equis, un lío espantoso; la justicia
-embarullada, dando palos de ciego, prendiendo y soltando gente. Es la
-conversación de moda en todos los círculos de Madrid, y personas muy
-formales ven en esto una intriga honda, con ramificaciones extensas.
-Dícese también que elevadísimos personajes protegen y amparan á la
-madrastra, presentando como asesino al inocente criado á quien se halló
-en la casa.
-
-Las dos opiniones, que claramente se marcan ya, han dado origen á dos
-bandos encarnizados, en cada uno de los cuales la imaginación de esta
-raza fabrica toda clase de extravagancias novelescas. Y no es el vulgo
-el que más fecundidad muestra y más apetito de versiones maravillosas
-y pesimistas, pues la gente de cultura no le va en zaga. Las mujeres
-especialmente, y si quieres, las damas, se pirran por esa comidilla
-picante del famoso y no descubierto crimen. En casa de Orozco, Augusta
-_criminaliza_ sin descanso, y la de San Salomó también; pero la más
-furibunda es la señora de Trujillo, quien no te pone buena cara en toda
-la noche si no le relatas algún detalle terrorífico, si no añades que
-tal ó cual persona de tu conocimiento vió salir de la casa á la muy
-perra de la madrastra, puñal en mano. Hay que decirle, para que esté
-contenta, que el criado es un santo, y que tienes pruebas de que el
-asesinato de la infeliz doña Bernarda (así se llama la víctima) corrió
-de cuenta de dos empingorotados personajes. Calderón es quien le lleva
-todas las noches las noticias más frescas, siempre estrambóticas, y al
-parecer tomadas de un folletín de Ponson du Terrail. Teresita le oye
-encantada, y otros también. Si algún día oyes decir que ha pasado por
-encima de Madrid una bandada de bueyes, volando como las golondrinas,
-no preguntes quién ha dado la noticia. Es Pepe Calderón.
-
-También entra Federico Viera. Este, Calderón y yo somos los únicos que
-pasamos un rato á ver á Orozco. Á eso de las once, Augusta nos anuncia
-contentísima que Tomás se ha quedado dormido, que no tiene fiebre y que
-pasará buena noche. Todos nos congratulamos, yo el primero, y me pongo
-á pensar en lo mismo, querido Equis; ya sabes... Mientras los demás
-roen el crimen, yo mastico mi enigma; digo, mío no, de ella, y trato
-de dilucidar el arduo punto de quién será su cómplice. Mi sumaria está
-tan embrollada como la del hecho de la calle del Baño, y á cada hora
-veo una pista nueva. La sigo, y nada. ¿Y qué me dices á esto, pedazo de
-alcornoque? Ilumíname con un rayo de tu inteligencia. ¿Dónde está el
-criminal que busco? Claro, si yo, que actúo de juez y tengo todos los
-hilos en la mano, no averiguo nada, ¿qué has de descubrir tú, lejos de
-personas y sucesos? Pero... ya oigo lo que me dices, y te contesto: «No
-me da la gana de ser razonable. Maldito sea el sentido común y quien lo
-inventó.»
-
-Vacío sobre el papel mis impresiones todas, para que el papel las lleve
-á la _culta_ Orbajosa. Así llama _El Impulsor_ á esa rústica ciudad
-cuando habla de la procesión de San Roque ó de los bailes del Casino.
-
-
-
-
-XXII
-
- _18 de Enero._
-
-
-Tranquilízate. El señor de Orozco, á quien tanto admiras, está mejor,
-casi enteramente restablecido. Por más que tu imaginación feliz sepa
-figurarse cómo son las regiones celestiales; por acostumbrado que estés
-á concebir en tu mente el Supremo Bien, no puedes hacerte cargo del
-júbilo que resplandecía en la cara de Augusta al darme esta mañana
-la noticia. Sus ojos eran las puras divinidades, chico. La hubiera
-adorado de rodillas. ¿Qué quieres tú? yo soy así. Admiro lo bueno,
-aunque no lo entienda. Alguien que leyera lo que para tí solo escribo,
-preguntaría quizás: «¿Pero cómo se armoniza esto con aquello?» ¡Ah! Tú
-que sueles penetrar en lo recóndito del alma humana, no lo preguntarás
-seguramente. Hay una ciencia superficial del corazón aprendida en los
-teatros, donde las pasiones son presentadas en su forma rudimentaria y
-simple. Con arreglo á esa ciencia incompleta juzgan muchos las cosas de
-la vida, y cuando éstas no pasan conforme al módulo del arte dramático,
-dicen que no lo entienden. Yo sí que lo entiendo, y tú también, ¿verdad?
-
-Adelante. Ví al amigo Orozco ya levantado y en amable disputa con su
-mujer, porque él se empeñaba en abrir el correo, y ella le reñía como
-á un niño para que no se ocupase de nada. La encantadora Estefanía
-completaba la preciosa escena. No faltaba sino que la chiquilla fuese
-hija de Augusta para que resultara una _Sacra Familia_. Vamos, que me
-estoy volviendo muy... doméstico y muy... patriarcal.
-
-Dime una cosa; háblame con franqueza: ¿crees tú que aquella revelación
-nocturna de que te hablé, es un error mío? ¿Crees que estoy equivocado
-al afirmar lo que afirmo con tan profunda convicción? Ea, venga la
-_rimpuesta_, y, verdadero _payo de la carta_, no te la entrego, es
-decir, no sigo ésta hasta que la contestación llegue á mis manos.
-
-
-
-
-XXIII
-
- _21 de Enero._
-
-
-Ya pareció la respuesta. Te juro que me ha sorprendido. Yo creí que
-me contestarías _estás equivocado_, porque, la verdad, en mi mente
-empezaba á aclimatarse la sospecha de que mi revelación de marras fué,
-como suelen serlo otras, enteramente subjetiva. ¡Y ahora me sales tú
-con que _estoy en lo cierto_! ¡Y añades que no tienes conocimiento
-de hechos en qué fundarlo! Pues lo mismo me pasa á mí, chico. Afirmo
-sin saber por qué. Creo, como tú, que estas cosas se sienten y no se
-razonan. Adivinar es sentir los hechos separados de nuestra vista
-por el tiempo ó por el espacio; ver lo que, por invisible, parece no
-existente, de donde todos los sabios hemos colegido que la adivinación
-es una facultad parecida al estro poético. El poeta precede al
-historiador, y anticipa al mundo las grandes verdades. Heme aquí
-convertido en vate, descubriendo lo escondido, y guipando desde muy
-arriba las cosas, lo mismito que un águila. Pero dejemos á un lado
-estos amaneramientos filosóficos, y voy á satisfacer un deseo que me
-manifiestas en tu carta. Quieres saber mi opinión respecto á Orozco;
-crees que me será fácil trazarte su retrato, y deseas que lo haga con
-suprema imparcialidad. Pues á ello voy; ya sabes que yo no me paro en
-barras, y que á sincero no me gana nadie.
-
-Pero he de empezar diciéndote que esta opinión, ó si quieres, semblanza
-ó retrato, llevará el carácter de provisional, por no encontrarme en
-posesión de todos los datos para darla por definitiva. Hay en ese
-hombre algo que no he comprendido bien todavía. No es persona Orozco
-que se revela entera en cualquier momento; al menos así me lo parece á
-mí. Cosas he visto en él que me han producido admiración, y otras sobre
-las cuales no me atrevo aún á opinar resueltamente. Empiezo por decirte
-que pocos hombres he conocido más agradables, y ninguno quizás que
-sepa con tanta rapidez ganar simpatías, y con las simpatías amistades
-verdaderas. Á esto contribuyen seguramente sus maneras corteses, su
-exquisita bondad, su cara misma, que tanto me recuerda (veremos qué te
-parece esta observación) el tipo judáico, hermoso y puro, que apenas
-se conserva ya; barba poblada y larga, nariz de caballete y un tanto
-gruesa, ojos apagados, poca vivacidad en los movimientos fisiognómicos,
-y, en fin, ese reposo, esa gravedad dulce que parecen indicar un
-perfecto equilibrio interior. Me encanta aquella manera de tratar á
-grandes y chicos, afable con todos, familiar con ninguno. Hay en su
-trato algo del trato de los reyes, que por muy bondadosos que sean,
-siempre son reyes, y mantienen los fueros de su alta jerarquía. Qué
-tal, ¿voy bien?
-
-Entrando ahora en lo moral, debo decirte que, aparte de ciertas
-hablillas, la reputación de que goza Tomás es sólida y unánime. Sobre
-esto no cabe duda. Y no hay que darle vueltas, Equis: el que tiene
-una reputación así es porque la merece. Cuando un nombre sobrevive
-á la constante lima de la murmuración, por algo será. ¿No crees tú
-lo mismo? Convengo en que Orozco lleva una sombra sobre su apellido.
-El fortunón que disfruta lo amasó su padre don José Orozco, según
-pública voz, de una manera bastante irregular, por no decir otra cosa.
-Aquella execrada Compañía de Seguros, sobre la cual han caído y caen
-aún tantas maldiciones, arroja, como te digo, cierta opacidad sobre
-nuestro amigo, y él hace todo lo posible para purificar un nombre que
-recibió con bastantes máculas. Es absolutamente irresponsable de las
-faltas de su padre, llámalas crímenes, si quieres; heredó el caudal y
-vive tranquilamente, matando la ociosidad en algún negocio de los más
-limpios, y haciendo todo el bien que puede. Aquí viene de molde aquello
-de _modelo de ciudadanos, modelo de esposos, modelo de_... Pero no
-precipitemos nuestros juicios.
-
-Corre bastante por ahí la especiota de que Tomás es hombre muy místico,
-mejor dicho, beato. Hay quien sostiene que se consagra á prácticas
-religiosas de las más exageradas; que en secreto se da disciplinazos,
-que ayuna como un trapense... Todo esto es pura novela. Yo no he
-observado en la casa nada absolutamente que confirme tal suposición.
-En su biblioteca, puedo asegurarlo, no hay obras místicas, fuera de
-aquéllas comprendidas en la colección de clásicos, y que están en las
-estanterías con todas las trazas de no ser abiertas nunca. Entre los
-libros familiares de uso constante, que tiene en su mesa de despacho,
-no he visto nada religioso. En su alcoba no hallarás ni crucifijo ni
-imagen devota, pues si hay algún cuadro de asunto sagrado, está allí
-como obra de arte. Pila de agua bendita no la ves en toda la casa. Y
-puedo dar fe de que ni Orozco ni su mujer tienen afición ostensible
-á cosas de iglesia, ni se apuran mucho por cumplir los preceptos del
-catolicismo. Lo más, lo más que hacen es ir á misa algún domingo, si la
-mañana está buena. Pero lo que es confesar y comulgar... no sé, no sé:
-casi me atrevería á sostener que en esto están como tú y como yo. De
-modo que cuanto se dice del misticismo de Orozco y de los zurriagazos,
-no tiene el menor fundamento. Lo mismo que esa otra paparrucha de sus
-connivencias con los Jesuitas. No faltan tontos que te juren que Tomás
-pertenece secretamente á la Orden, y que la apoya y le da dinero...
-Yo, que entro en la casa todos los días y á diferentes horas, puedo
-asegurar que jamás he visto allí una sotana, como no sea la del
-bondadoso padre Nones, á quien los de Orozco dan muchas limosnas para
-que las reparta entre los pobres de la parroquia de San Lorenzo. Tú,
-que tratas al padre Nones, dirás si tiene el pobrecillo trazas de andar
-en la _Compañía_. No, todo eso es fábula. Queda, pues, rechazado. Pero
-vete á arrancar de la mente del vulgo una rutina de éstas. ¿Pero qué
-más? El mismo Cisneros, que conoce la casa tan bien como yo, pero que
-gusta de fomentar las malicias vulgares, me decía anteayer: «¿Y cómo
-está el jesuitón de mi yerno?» Lo dice sin creerlo, por hacer eco á lo
-que oye.
-
-Mas reconociendo y afirmando que todo es cháchara, pregunto yo ahora:
-¿no habrá algo que motive, siquiera remotamente, esta opinión? ¿Es
-posible que sin ningún fundamento se fabriquen errores semejantes? ¿No
-habrá algo... algo que, sin ser aquello, se le parezca? Y aquí entran
-mis dudas, porque trato de sondear, y no encuentro, no encuentro en la
-vida de Orozco la explicación del supuesto misticismo y jesuitismo.
-Lo que haya estará tan recóndito, que no podrán atisbarlo los ojos
-fisgoneros de los amigos de la casa. Esto se enlaza con otra cuestión.
-¿Hay armonía conyugal en este matrimonio? Si he de decir verdad,
-aparentemente dicha armonía es perfecta. Cuanto he visto y observado
-parece probar que Tomás ama con ternura á su mujer. De que su mujer
-le respeta, le estima y aun le ama, también creo haber visto señales
-incontrovertibles. Y, sin embargo, la idea que me fué sugerida por el
-conocimiento universal, la revelación aquélla con que te he dado tantas
-jaquecas, está en abierta pugna con lo que afirmo ahora. ¿Ó es que no
-lo está? Aclárame el misterio, Equisillo, tú que sabes tanto. Como dice
-aquel amigo nuestro, que escribe artículos sobre las relaciones de la
-Iglesia con el Estado, _nos encontramos frente á uno de los problemas
-más intrincados de la época presente_.
-
-Añadiré que siempre que Augusta habla de su marido, lo hace con acento
-de entusiasmo, de admiración reverente. Paréceme que se juzga muy
-inferior á él. Un día, en confianza, me reveló pormenores interesantes
-de las obras de caridad que Orozco hace. En pensiones á familias
-pobres, emparentadas ó no con la suya, se gasta un caudal. Hace mucho
-bien, siempre guardando el secreto para que no lo sepa la gente, porque
-le molesta que de ello se hable, y ni aun admite que los favorecidos le
-den las gracias. Inventa mil arbitrios sutiles y delicados para hacer
-llegar sus beneficios á ciertos menesterosos, que no pueden admitirlo
-sino por vías muy diplomáticas. De esto sabía yo algo; pero lo que yo
-sabía, con ser tan bueno, no llega á las maravillas que me ha contado
-Augusta.
-
-Voy trazando el retrato como puedo. Quisiera seguir; pero te advierto
-que no veo bien todo el original: hay algo que permanece en la sombra,
-y por eso mi pintura no es ni puede ser completa. Complétala tú, si
-puedes, añadiendo tu saber al mío. Ya no describo, sino te consulto.
-¿Qué hombre es éste? ¿Es un tipo de grandeza moral, raro, aunque no
-imposible, en nuestros tiempos de variedad y verdaderamente fecundos?
-¿Nos hallamos frente á un vigoroso carácter religioso, no informado en
-las religiones vigentes, sino de nuevo cuño y de índole novísima? ¿Es
-un soldado heróico de los eternos principios, que combate por ellos
-recatándose de la profana admiración del vulgo? ¿Es una conciencia
-sublime, ó un vulgar misántropo? ¡Ah! una idea diabólica ha nacido en
-mí, y no vacilo en exponerla, para que la tomes como quieras. Deseo
-conocer á fondo á este hombre. Si yo lograra ser amante de Augusta,
-ella me revelaría cosas muy peregrinas. Mira por dónde soy un diablo
-teólogo, ó _teófilo_; un diablo que no busca el mal por el mal, sino
-impulsado del ansia del conocimiento, y que por el camino del pecado
-aspira á llegar á donde pueda contemplar de cerca el supremo bien. ¿Qué
-te parece? Una gran idea, ¿verdad? ¡Si la diabla esa me quisiera...!
-pero como no me ha de querer, eso ya lo estoy viendo, me quedaré con
-mi amor y con mi triste ignorancia acerca del enigma moral de Orozco.
-Soy, pues, el diablo más desairado y más tonto del mundo; un diablo
-merecedor de que le pongan un cacharro en el rabo, como á perro ó gato
-sin dueño, para ser burla y alboroto de los chiquillos de la calle.
-
-Concluyo, hijo mío, poniendo á tus órdenes toda mi diabólica inutilidad.
-
-
-
-
-XXIV
-
- _23 de Enero._
-
-
-Pues, señor, hoy pensaba continuar el retrato del buen Orozco con datos
-y observaciones nuevas de grandísimo interés; pero cátate que salta
-un asunto del cual no puedo menos de darte noticia sin tardanza, y á
-ello voy. Nuestro amigo Federico Viera es el rigor de las desdichas.
-¿Recuerdas la descripción que te hice de su casa, de su hermana, del
-abandono indecoroso en que ésta vivía? Pues las consecuencias que yo
-me temí, y que te anuncié, no se han hecho esperar. Hace pocas noches,
-acompañando yo á Federico hasta su casa, entre una y dos, sorprendimos
-á un joven que del portal salía. Federico le echó mano al pescuezo.
-¡Qué escena, chico, tan desagradable, y al mismo tiempo, no sé por
-qué, tan graciosa!... En fin, que según lo que Viera me había dicho
-poco antes del fatal encuentro, el agredido es novio ó pretendiente
-de Clotilde, por más señas, honrado hortera de una tienda próxima.
-Aquello habría concluído mal sin mi intervención y la del sereno, pues
-nos costó trabajo librar al infeliz amante de las garras del hermano
-de su ídolo. Pero no pararon aquí las cosas. Escucha lo mejor: ayer
-la mosquita muerta desapareció de la casa, dejando una carta para su
-hermano, en que le anunciaba su resolución de casarse (mira si tiene
-alientos la niña), añadiendo que se halla depositada judicialmente en
-casa de la viuda de Calvo, señora respetable, muy amiga de los Viera
-y también de los Orozco, y que al amparo de dicha señora esperaba el
-permiso pedido á su padre para verificar el matrimonio. No puedes
-figurarte la ira de nuestro pobre amigo ante este arranque de su
-hermanita, á quien creyó toda sumisión y apocamiento. Lo de siempre,
-amigo Equis. La autoridad arbitraria no se entera de que los oprimidos
-tienen alma, hasta que no les ve levantarse y sacudir el yugo por los
-medios que están á su alcance.
-
-Esta revolución doméstica ha puesto á Federico fuera de sí. Ya sabes
-que es un temperamento absolutista y aristocrático. La publicidad que
-va á tener ó que tiene ya su humillación, le saca de quicio. Y mira
-tú qué cosa tan rara. No ignoraba que Clotilde vivía indecorosamente
-entre criadas y gente soez, y se irrita de que la infeliz se emancipe
-aceptando un marido de clase inferior á la suya. El orgullo de nuestro
-amigo transige con que su hermana se consuma en la tristeza y en la
-vulgaridad, y no transige con una unión que llama degradante. Pero
-la niña, á la chita callando y como quien no hace nada, se ha dejado
-llevar de la corriente del siglo, y desde la ignominiosa obscuridad en
-que vivía, se ha lanzado á la democracia, buscando en ella una especie
-de redención. Ya sabes el odio corso que Federico profesa á las ideas
-democráticas, con qué graciosa crueldad se burla de ellas, y de los
-progresistas, y del _morrión_, etc... Reconoce sinceramente que está
-fuera de lugar en nuestra sociedad; que ha venido al mundo rezagado,
-y que por equivocación no nació en los tiempos á que su carácter se
-ajusta. Figúrate cómo estará ahora, viendo á su hermana sacrificada al
-aborrecido principio de la igualdad política y social; viéndola pasarse
-vergonzosamente al enemigo, en brazos de un sér insignificante, y que
-personifica, según él, todas las garrulerías de la época presente. Está
-el hombre que arde, y no se le puede hablar de esto sin que al instante
-pierda pie y se descomponga.
-
-Anoche dió mucho que hablar en casa de Orozco este caso concreto de
-revolución social, eclipsando la conversación del crimen famoso,
-y Augusta estuvo de acuerdo conmigo en la ninguna razón que tiene
-Federico para quejarse. Convinimos en que él ha provocado el triunfo de
-la democracia, descuidando á Clotilde y privándola del puesto que en la
-sociedad le corresponde. Federico no pareció por allí: anda huído, y
-no le veo desde la noche que sorprendimos al atrevido galán saliendo
-de la casa. Fué una escena calderoniana, que no te describo porque
-espero han de ocurrir otras más dignas de pasar á tu conocimiento.
-
-Volviendo á Tomás, te diré que está ya completamente restablecido. Ayer
-almorcé con él, y estuve casi todo el día acompañándole. Su mujer salió
-á eso de las cinco. ¿Á dónde iría? He aquí el tema de mis sombrías
-meditaciones durante toda la tarde. Y aparte de esto, te juro que el
-buen Orozco me hizo pasar un rato muy agradable, charlando conmigo de
-asuntos diversos, con una amenidad, con una discreción que me dejaron
-pasmado. Hizo una pintura del carácter de su suegro, que siento no
-poderte transcribir íntegra, pues mis cavilaciones impidiéronme fijar
-en sus atinados conceptos la atención taquigráfica que acostumbro.
-También analizó el caso de la hermana de Federico Viera con un criterio
-semejante al que yo te expuse. Ha pasado en esto lo que debía prever
-todo hombre que no tenga el entendimiento lleno de ideas arcáicas, y el
-carácter agriado por los contratiempos económicos.
-
-Pues, señor, me da la gana ahora de continuar el retrato interrumpido.
-Cuando menos lo pensaba, he visto más de cerca la figura, se me han
-revelado algunas líneas que antes se perdían en la sombra, y quiero
-fijarlas inmediatamente sobre el lienzo, esperando que se vaya
-clareando lo que oculto permanece todavía.
-
-Quizás no sepas que Orozco es uno de los hombres más arreglados que
-se conocen. Podría dar lecciones de prudente economía y de previsión
-á toda la raza española. Lleva sus cuentas al día y al céntimo, sin
-que esto signifique mezquindad cicatera. Al contrario: no regatea
-nada de lo que pueda contribuir al lustre de su casa, ni pone á su
-linda costilla cortapisa alguna. Verdad que ella sabe mantenerse
-dentro de los límites de la más exquisita prudencia. Orozco no trabaja
-por aumentar su capital, que es grandecito, y los negocios en que
-toma parte, en cooperación con otros capitalistas, no le dan muchos
-quebraderos de cabeza. Me consta que en negocios de usura jamás ha
-querido interesarse. Sé que se le han hecho proposiciones solicitando
-préstamos con enormes ventajas, y las ha rechazado. Da, pero no presta,
-y da en la medida conveniente. Dos cosas hay que no se conocen allí, y
-son: la sordidez y el despilfarro.
-
-Te confieso que este hombre me impone un respeto casi supersticioso.
-Cuando hablo con él, me siento enano, me inspiro á mí mismo cierto
-desprecio, me entra cortedad... no sé qué. Y debo añadir que ayer,
-cuando me senté á su lado y me puso cariñosamente la mano en el hombro,
-sentí remordimientos muy vivos. Cierto que yo no le he faltado más
-que con la intención; pero aun esta idea no acallaba mi conciencia, y
-procuré tranquilizarla con sofisterías. «Por lo mismo que este hombre
-es tan perfecto—me dije,—hállase fuera de las leyes humanas. Está tan
-alto, que el ser burlado no le ofende, ni hay injuria que alcance á tal
-excelsitud. Los que le ofendan y ultrajen darán cuenta á Dios; pero
-no á él, que se rebajaría pidiéndola.» Estas cosas me pasaron por la
-mente, y cuando ví á mi prima entrar de la calle con su cara risueña,
-imagen de una conciencia sosegada, parecióme que su serenidad era
-cinismo, y su sonrisa hipocresía. Púseme resueltamente del lado de la
-moral y de los consabidos principios, muy señores míos, y me pareció
-crimen nefando engañar á un hombre tan bueno. ¡Qué picardía! ¡Engañarle
-no siendo yo el cómplice! Te descubro mi conciencia con todos sus
-escondrijos. Se me antoja que la ofensa, hecha en mi obsequio, sería
-más disculpable.
-
-Tomó parte la esposa en nuestra conversación. Yo la observaba, y no sé,
-no sé... me parecía que su tranquilidad era sólo aparente. Su manera
-de oirnos indicaba cierto sobresalto, y su reir no era tan franco y
-natural como de costumbre. De pronto Orozco le dijo: «¿Has sabido algo
-más del pleito de Federico con su hermana? ¿Le has visto á él?» Yo
-temblé. No sé por qué me asaltaron de nuevo las sospechas de aquélla mi
-segunda revelación. Fijéme en Augusta, que en aquel momento revolvía
-la mesa buscando no sé qué papel ó revista; creí que esquivaba la
-respuesta, que evitaba las miradas de su marido y las mías; pero me
-equivoqué de medio á medio. Al oir el nombre de Federico, dejó lo que
-buscaba, y vino á sentarse frente á su marido, separada de él por la
-mesilla en que éste tenía varias cartas y periódicos; puso los codos
-sobre la mesa, la barba en una mano, y sonriendo nos dijo: «Pues no le
-he visto, ni sé dónde se mete. Pero me ha dicho Malibrán esta tarde
-que no cede, que está furioso, que lo que siente es no haber acogotado
-á ese pobre chico cuando le encontró saliendo del portal. ¡Qué
-extravagancia! Creo que debemos todos abrazar la causa de Clotilde.»
-
-Al nombrar á Malibrán, ¿sería aprensión mía? parecióme notar en su
-acento una veladura, en sus ojos no sé qué timidez ó sobresalto...
-Vamos, que se me enroscaron en el corazón las culebras, y ya no
-tuve serenidad para seguir atentamente la conversación que los tres
-entablamos.
-
-Y no continúo por ahora el retrato. Lo seguiré cuando me parezca bien.
-No tengo ya malditas ganas de acabar ésta en la forma que pensaba.
-Quédate con Dios, y no te burles mucho de tu trastornado amigo.
-
-
-
-
-XXV
-
- _26 de Enero._
-
-
-¡Malibrán! No puedo evitar hablarte de este tipo, que se me ha plantado
-en la nariz como una mosca. Quiero echarle, le sacudo y vuelve. Me
-persigue, me le encuentro en donde quiera que estoy; llego á pensar
-que no es él á quien veo, sino á mi execrable sospecha, representada
-en carne mortal. Es que desde ayer no se aparta de mi cerebro la idea
-de que he despejado la famosa incógnita: X = Malibrán. ¿Me equivocaré
-también, ahora?
-
-Anoche estuvimos juntos largo rato en el Teatro Real. Hablóme de
-Augusta con un cierto respeto que me pareció afectado. No podía yo
-tirar de la lengua á semejante hombre, diciendo de mi prima alguna
-picardía capciosa para obtener una respuesta lúcida, y al elogiarla
-con calor, ponderando su rectitud moral y el cariño que tiene á su
-marido, parecióme que eran finamente irónicas las palabras con que
-Malibrán acogía mis alabanzas. Luego noté como que esquivaba aquella
-conversación, rebuscando otros temas de charla. Si me apuras, no
-puedo darte la razón de la antipatía que el diplomático me inspira.
-Quisiera se me presentase ocasión de tener un altercado con él; pero
-es tan correcto el maldito, que ni esa esperanza me queda. Le rompería
-la crisma, aunque después comprendiese que había hecho una inútil
-barbaridad. Para colmo de desventura, hoy al mediodía me le encontré
-en casa de Orozco, y allí almorzamos juntos. No me queda duda de que
-Augusta y él cambiaron algunas palabras, que no debían de ser cosa
-buena, cuando hablaban tan bajito. ¡Sabe Dios...! Adelante. En un rato
-que nos encontramos solos, me dijo mi prima: «Tomás está muy disgustado
-con una carta que ha recibido hoy.» Picada mi curiosidad, la interrogué
-y supe que la carta es de Joaquín Viera, el padre de Federico, y que en
-ella anuncia su llegada á Madrid para dentro de dos ó tres días. Has
-de saber, y no hago más que dar traslado de lo que me contó mi prima,
-que siempre que se aparece en Madrid ese pájaro de mal agüero, trae
-estudiado algún plan de sablazo en grande escala para atacar con él á
-los que tuvieron la desgracia de ser sus amigos. Orozco ha sido víctima
-varias veces de las combinaciones sutiles de aquel insigne tramposo,
-las cuales merecen más bien el nombre de estafas.
-
-«Esto será—observé yo,—otro motivo de zozobra para el pobre Federico,
-á quien siempre he oído hablar de su padre con muy poco entusiasmo.
-Cada vez que viene á Madrid, le deja envuelto para mucho tiempo en una
-atmósfera de escándalo y vergüenza.»
-
-Augusta manifestó propósitos de hacer los imposibles para precaver
-por todos los medios á su marido contra la malicia del que explota su
-extremada bondad. Orozco tiene con él increíbles debilidades, y no le
-trata nunca con el desprecio que merece; suele ceder á sus malvadas
-exigencias, por lástima sin duda, en memoria quizás del gran afecto que
-los padres de ambos se tenían.
-
-¿Qué te parece todo esto? Dirás que aquí se prepara algún enjuague.
-Pues lo mismo pienso yo. Y sábete que me han entrado ganas de conocer á
-ese celebérrimo espadista, que hace tantos años desapareció de aquí, y
-no viene sino contadas veces y por corto tiempo, con el temido alfanje
-en la mano. Pues hoy, hablando de esto con Augusta y Orozco, dijéronme
-que Viera senior es hombre de trato seductor, capaz de embaucar con
-su labia á medio género humano. No se parece nada á su hijo, todo
-susceptibilidad, orgullo y delicadeza, esclavo del punto de honor y
-de las leyes de la respetabilidad aparente. Añadió Tomás que Joaquín
-vive hace tiempo del chantage, amenazando desde el extranjero, ó
-presentándose con alguna máquina ingeniosa de líos y enredos. Porque
-eso sí, es hombre de grandísimos recursos intelectuales, muy sabedor
-de negocios de todo género, y con una trastienda y una flexibilidad
-y una mónita que dan quince y raya al más pintado. Augusta no le
-puede ver, y se complace en aplicarle las terribles denominaciones de
-timador, tramposo, caballero de industria, etc... No comprende, y en
-esto nos hallamos todos de acuerdo, que de un padre tan sin paladar
-moral haya salido un hijo con la cualidad contraria, extremada hasta
-rayar en defecto.
-
-Suspendo el trabajo, y continuaré mañana.
-
-Continúo hoy 27. Si esta carta fuera un capítulo de novela, debería
-titularse _¡¡¡Ancora il Malibrán!!!_ así, con muchas admiraciones y
-su poquitín de italiano. Porque no he visto asiduidad más aterradora.
-Si veinte veces voy á casa de Orozco, veinte veces me le encuentro. Y
-por más que procuro chocar con él, no puedo conseguirlo. Le llevo la
-contraria en todo lo que habla. Digo mil barbaridades; sostengo que el
-arte italiano es un arte de filfa; que Rafael me parece un pintor de
-muestras; que Tiziano dibuja menos que el último alumno de la Academia;
-que el Mantegna puede pasar como chico aplicado (te advierto que yo
-no sé quién es el Mantegna), y que todos los pre-rafaelistas no son
-más que unos pintamonas. ¡Qué asuntos tan tontos, qué pobreza en la
-composición, qué falta de verdad!... En fin, chico, que yo mismo me
-río de lo bruto que soy ó que aparento ser. Pues aunque Augusta suele
-apoyarme con aquella monísima independencia de criterio que le hace
-tanta gracia, no consigo mi objeto. El otro me rebate con dulzura y
-benevolencia. Su exquisita educación pone una muralla infranqueable
-á mi odio insensato. Si charla con Orozco de política extranjera, le
-llevo la contraria con más furor. Me declaro rabioso _parnellista_:
-sostengo que Gladstone es un progresista de morrión; que _el canciller
-de hierro_ está chocho y debe retirarse, dedicándose á la cría de
-aves de corral; que el Austria, mira que esto tiene gracia, es una
-nación que para nada sirve, y debe desaparecer, repartiéndosela Rusia,
-Alemania é Italia... en fin, no sigo para que no te rías de mí. Ni
-por esas: no me vale apoyar mis opiniones con terquedad, á ver si le
-sulfuro y me sale con alguna denegación provocativa. Pues como si
-hablara con la misma estatua de la prudencia. Á mi prima le dirige
-frases de una galantería refinada y madrigalesca, y bien claro veo
-cómo se esponja la muy hipócrita oyéndolas. Recordarás que en cierta
-ocasión me habló de él en términos muy desfavorables, diciéndome que
-era persona malévola y peligrosa... Farsa, hijo, pura farsa y disimulo
-para desorientarme.
-
-Pues oye otra cosa. Por la noche, Malibrán daba las gracias á Orozco
-por haber atendido la recomendación que le hizo, en favor de no sé
-quién. Ya sabes que Tomás socorre con delicadeza á multitud de familias
-que han venido á menos. Pues bien: al oir las expresiones de gratitud
-del diplomático, noté que el semblante del grande hombre expresaba
-cierta contrariedad primero, y después verdadero disgusto. Malibrán
-sonreía bondadosamente, y no insistió. Como yo manifestara á mi prima,
-casi en el momento mismo, mi sorpresa por la actitud de Orozco, me
-dijo en un gracioso y largo aparte: «No seas cándido: tú no conoces
-á mi marido, como no le conoce tampoco ese majadero de Malibrán, que
-se las da de tan diplomático y tan _Metternich_. Á Tomás no le gusta
-que le alaben sus acciones benéficas, ni aun que le den gracias por
-ellas. Te lo advierto para tu gobierno. Cree que la generosidad y la
-caridad pierden su mérito con el bombo. ¿Sabes lo que á él le agrada?
-Te lo diré para que te pasmes. Lo que á él le hace feliz es el secreto
-absoluto de sus buenas acciones, y la ingratitud de los favorecidos.
-Te advierto esto porque como también tú le has recomendado á esa
-desgraciada viuda de Freire, si la favorece, no se te pase por la
-cabeza darle las gracias: lo mejor que puedes hacer es no hablar del
-asunto. ¿Á qué abres tanto la boca, tonto? Vosotros los que presumís
-de listos, no entendéis palotada de los secretos humanos. Tomás es un
-santo, lo que se llama un santo. ¿No lo has comprendido? ¿Pero crees
-tú, bobalicón, que no hay santos en esta época? Pues los hay, los hay,
-con sus levitas, sus fraques y sus chisteras, en vez de mitra, báculo
-y sayal. Esa serenidad suya, que le diferencia tanto de las demás
-personas, no se altera sino cuando le trompetean los beneficios; te
-pone tan nervioso, que, créelo, me causa inquietud. Con que ya sabes,
-y adviérteselo también á tu amigo le _petit Talleyrand_, para que no
-volváis á incurrir en la simpleza de mostraros agradecidos.»
-
-Quedéme con esto como puedes suponer. Era un desconocido perfil de la
-figura de Orozco, mejor dicho, un golpe de luz, que resuelvo añadir sin
-pérdida de tiempo al retrato no concluído. ¿Y qué opinas tú de este
-aspecto de la persona del grande hombre? Te soy franco: no he acabado
-de entenderlo, y me parece que tú, por más que digas, no lo entenderás
-tampoco.
-
-
-
-
-XXVI
-
- _28 de Enero._
-
-
-Pues ayer se me ocurrió, revolviendo en mi mente las palabras de
-Augusta, lo que vas á leer: «Malibrán no es. Si lo fuera, habría
-confianza entre ellos, y la pecadora no tendría que valerse de mí
-para advertir á su cómplice la inconveniencia de hacer al marido
-demostraciones de gratitud. Esto parece la pura lógica. Pero como la
-lógica, en cuestiones de amor, suele andar como Dios quiere, me doy á
-cavilar si no será todo una bien ensayada comedia para envolverme y
-confundirme más. Es mucho cuento esta señora Humanidad, querido Equis,
-y cada día vemos en ella cosas más raras é incomprensibles. Estoy sobre
-aviso, y sigo observando.»
-
-Vamos á otra humana rareza. Ha llegado ese, la _estrella con rabo_.
-Llámole así, porque su aparición produce general terror. Le he visto,
-he hablado con él, hemos almorzado juntos, y puedo asegurarte que no
-he visto hombre más seductor y ameno. El podrá ser un pillo de siete
-suelas, y de fijo lo es cuando todo el mundo lo dice; pero á las
-primeras de cambio, da el pego al lucero del alba.
-
-Con la presencia de su padre aquí y la barrabasada de su hermanita,
-está Federico inaguantable de mal humor é intolerancia. Por cierto
-que el papá no sólo se muestra indulgente con la chiquilla, sino
-complacidísimo de su resolución, y le da el permiso legal. No hay en
-él ni asomos de las ideas del hijo en punto á distinciones sociales y
-al decoro de los nombres. Se pasa de demócrata, y su despreocupación
-social, política y religiosa te parecería cinismo si no la revistiera,
-al expresarlas, de formas tan simpáticas. Por cierto que hijo y
-padre difieren tanto en lo espiritual como se asemejan en lo físico.
-Tan grande es el parecido entre uno y el otro, que les tomarías por
-hermanos; y hasta la diferencia de edad se amengua por estar Federico
-bastante envejecido y el otro rozagante, esponjado y hecho un pollo,
-como suele decirse. Pero entre los caracteres hay tal diferencia, que
-no cabe aproximación. Es de esas distancias de que no podemos dar idea
-ni aun llamándolas abismos.
-
-Sé que hoy han celebrado una conferencia Orozco y Viera padre; pero
-nada pude traslucir, aunque almorcé en la casa esta mañana, y allí
-estaba cuando anunciaron al tramposo. Me parece, por lo que oí á mi
-prima y al mismo Tomás, que se trata de sablazo gordo, como los suele
-dar ese consumado tirador. Augusta indignadísima. Aunque de las pocas
-palabras que Orozco pronunció sobre este asunto, se desprende que abre
-la bolsa, no sé yo si el abrirla reservadamente para el pícaro que
-fué socio y compinche de su padre, entra también en la categoría de
-esas obras misericordiosas practicadas en secreto, y que no deben ser
-agradecidas. ¡Ah! por lo que hace al agradecimiento de ese bribón, que
-me lo claven en la frente. He podido colegir que Viera le ha presentado
-un antiguo crédito, obligación ó no sé qué de la célebre _Humanitaria_,
-y que hay dudas de si la tal obligación ha prescrito ó no legalmente.
-Veremos lo que resulta de esto.
-
-Después de la visita del espadista, tenía Orozco la cara tan plácida,
-tan serena como siempre, y por ella no podía traslucirse que padeciese
-la más ligera agitación. Augusta, en cambio, parecía muy contrariada.
-¿Será que no encuentre práctica ni conveniente, en los tiempos que
-corren, la santidad de su consorte? No lo sé. Algo más tengo que
-decirte; pero estoy muy cansado, chiquillo, porque... Vamos, te lo
-cuento si no lo dices á nadie. Estuve esta noche en casa de la Peri.
-No pongas el ceño de moralista empalagoso y cursi. Hemos ido á que
-nos echara las cartas. Á ver, ¿tiene eso algo de particular? ¿Pues no
-va uno á las cátedras del Ateneo y de la Universidad, con objeto de
-instruirse? ¿Y acaso en estos templos de la sabiduría se encuentran
-unas chicas tan guapetonas como las que esta noche había en casa de
-Leonor? Amado Teótimo, todo es aprender, observar y cursar la difícil
-carrera de la vida; y eso de que vaya uno todas las noches á oir
-discutir sobre la Organización de los Poderes públicos, ó sobre lo que
-pasó en la época merovingia, empacha, créelo, empacha y embrutece. Es
-preciso echar una cana al aire, sobre todo antes de tenerlas... Con
-que, abur, que me voy al catre.
-
-
-
-
-XXVII
-
- _30 de Enero._
-
-
-Gordas y frescas, amigo Equis. La hermana de Federico, la gran
-demócrata y revolucionaria, se casa con su querido hortera, realizando
-así el soñado ideal de la concordia de las clases, de la reconciliación
-del pasado con el presente, ¿Qué tal? Ahí tienes á la señora realidad
-haciendo muy calladita lo que escribís en vuestros libros y otros
-dicen en sus discursos. Yo te pregunto: ¿precede la idea al hecho, ó
-el hecho á la idea? Pero dejémonos de averiguaciones, y vete enterando
-de la realidad. El chico que ha venido á entroncar su humilde nombre
-con el de los Vieras y Gravelinas, pertenece á una de esas honradas
-familias mercantiles, oriundas del valle de Mena, la verdadera antesala
-de la calle de Postas. Le llaman Santanita, y es simpático, de cara
-inteligente, guapín, modesto. Ha ido á suplicarme que intercediera con
-el señor de Orozco para obtener la plaza de tenedor de libros en una
-casa de banca, y te aseguro que me interesó aquel humilde representante
-del estado llano, que se abre paso, á codazo limpio, entre la
-turbamulta social.
-
-Por lo poco que hablé con él, me pareció uno de esos caracteres
-que, bajo la capita de modestia, ocultan una voluntad decidida para
-marchar impávidos hacia su objeto. Sabe arrimarse á los que pueden
-serle útiles; no pierde ripio, y olfatea donde guisan. La chica está
-depositada en casa de la viuda de Calvo (no la conoces, ni hace al
-caso), señora de campanillas, á quien el padre de Santanita sirvió de
-administrador, mayordomo ó no sé qué. Ha venido á menos, y vive de una
-pensión que le da Orozco. Ya sabe ese pillo de Santanita á qué árbol
-se arrima. Me ha dicho Tomás que no podía hacer nada por él; pero algo
-hará, tú lo has de ver. Ya voy conociendo las santas marrullerías de
-ese hombre sin segundo, que practica la hipocresía de la dureza de
-corazón. Todo su empeño está en que le tengan por insensible á las
-miserias y desdichas humanas. Pero lo que es á mí no me la da.
-
-Bueno: quedamos en que el tal hortera es una diligente hormiga.
-Clotilde no podía aspirar á un Coburgo-Gotha, y cuando las cosas
-vienen rodadas, debemos tener por buenas las soluciones impuestas por
-el carácter nivelador de la época presente. ¿Qué tal? Estoy cargante
-hoy. Pues te diré: más lo está Federico, obcecado hasta el punto de
-asegurar que preferiría ver á su hermana muerta á verla casada con
-el pobre Santanita. Es que nuestro amigo lleva á todas las cosas el
-ardor del sectario, y es inútil intentar persuadirle. Ve el mundo por
-cristales muy subjetivos, y lo que para nosotros es natural, á él le
-parece monstruoso. La pavorosa _estrella con rabo_ se marcha para otros
-mundos, cumplido al parecer el objeto de su aparición en éste; pero
-ignoro la verdad de lo ocurrido entre él y Orozco. En el rostro de
-éste no he podido leer nada; pero el de Viera resplandece con esa luz
-particular que encienden en nuestros ojos los triunfos de la voluntad.
-No me queda duda de que ha obtenido todo ó parte de lo que solicitaba.
-Augusta debe de saberlo; pero no se clarea, y cuantos esfuerzos hago
-para meter la nariz en este secretillo han sido inútiles. Pero hoy ha
-ocurrido algo que aumenta mi confusión, pues no sé cómo relacionarlo
-con los demás hechos conocidos para sacar la deseada luz.
-
-Pues verás: anoche me dijo Orozco que no dejase de ir hoy á almorzar,
-que tenía que hablarme. Figúrate si me apresuraría yo á ir. ¡Qué mañana
-tan deliciosa! Augusta amabilísima conmigo, como no lo ha estado nunca,
-muy alegre, y despidiendo chispas de gracia de aquella boca infernal...
-digo, celestial. He dicho infernal porque si no se la hizo el diablo,
-como una trampa para coger almas, no entiendo yo quién diablos se la
-pudo hacer. Tomás, como siempre, reflexivo y cariñoso, revelando esa
-quietud serena de las almas superiores, que han encontrado el suelo
-firme y se sienten bien plantadas en él. Por dicha mía, no almorzó
-allí ningún extraño más que yo. Ni siquiera estaba Calderón, que
-nos habría mareado lindamente contándonos alguna nueva versión del
-crimen. No se habló más que del bodorrio de Clotilde, de Santanita y
-de lo vividorcillo que es. Augusta censuró acerbamente á Federico por
-su disconformidad con las ideas dominantes en el mundo, su apego al
-antiguo y ya desacreditado prestigio de los nombres y de las clases.
-Orozco le disculpaba, asegurando que las ideas y el sentir de las
-cosas, acumulándose en nuestra vida durante los años que empalman la
-juventud con la edad madura, forman un conglomerado de tal dureza, que
-es tontería pensar que ha de ceder ante las ideas y el sentir de los
-demás. Si Federico es así, no podemos nada contra él, y sólo conviene
-procurar que el bien se realice, respetando las ideas y aun las
-preocupaciones de cada cual.
-
-Esto llevó la conversación al terreno en que nuestro buen amigo quería
-ponerla; y como yo notase en él cierto embarazo para abordar el
-asunto, le ayudé, y pude sacar en limpio lo siguiente: Orozco desea mi
-intervención para que Federico se decida á aceptar de él un beneficio,
-que no ha expresado todavía en forma concreta. La dificultad principal
-que surge es el carácter puntilloso de Viera, y su resistencia, no
-sólo á admitir cierta clase de favores, sino á declarar su pobreza y
-angustiosa manera de vivir. Para vencer esta dificultad es para lo que
-se recurre á mí, esperando que con diplomacia consiga yo doblegar el
-inflexible tesón de nuestro amigo. Orozco no ha hecho más que apuntar
-su idea, esforzándose en quitar valor á la generosidad que envuelve;
-y por lo que he podido entender, no se trata aquí de un donativo, que
-sólo serviría para apuntalar pasajeramente un presupuesto en ruínas:
-trátase de asegurar al favorecido un modo de vivir que le libre para
-siempre del molesto enjambre de usureros é _ingleses_, y le aparte de
-las _salas del crimen_... ¿Vas entendiendo?
-
-Y ahora te pregunto tu parecer sobre caso tan extraño de protección,
-y sobre el intríngulis que esto pueda tener. Preveo que tu opinión es
-que en el caso referido no hay ni puede haber más que lo aparente;
-un acto de generosidad, digno del alma elevadísima de mi amigo.
-Perfectamente. ¿Pero no se te ocurre enlazarlo con otra cosa? ¿Me
-entiendes, tonto? ¿No se te ocurre, como se me ha ocurrido á mí, buscar
-un hilo entre la intención cristiana del grande hombre y el objeto de
-ella, y seguir ese hilo cuidadosamente hasta descubrir que se enreda
-en la blanca mano astuta de una mujer? ¿No has pensado que el plan de
-Orozco pueda ser más sugerido que espontáneo? ¿No se te pasa por la
-cabeza que el conocimiento de dicho plan y de su determinación inicial
-podría darme la llave del arca en que se guarda el secreto que busco?
-¿Crees tú que no hay tal relación? ¡Cuánto me alegraría de que me
-contestaras de una manera categórica!
-
-Pero no me contestarás, porque no es posible sentenciar desde lejos un
-pleito tan obscuro y delicado. Dirás que esta sospecha mía nace de la
-mezquindad de sentimientos propia de la época, de la mala costumbre
-de señalar en todo hecho grandemente generoso móviles bajos. No: yo
-miro la acción por el lado de Orozco nada más, y admito que es un
-rasgo admirable; no quiero ver el consabido hilo; no quiero ver más
-que el acto noble y altamente cristiano, pues aunque existiera el
-móvil sugestivo que es objeto de mi inquietud, no por eso valdría
-moralmente menos el acto en cuestión. También en nuestra edad, dígase
-lo que se quiera, hay ejemplos de estupenda virtud, no inferiores á
-los de antaño. Eso de que ahora no se dan santos, es una tontería. No
-habrá martirios en el orden material; no habrá aquellas penitencias
-rudas, brutales y calagurritanas; pero hay exaltación de las almas,
-hay fiebres de virtud, secretos entusiasmos por el bien, y sacrificios
-quizás mayores que los de otros tiempos, porque en los nuestros hay más
-materia que sacrificar.
-
-Excuso decirte que aquella conferencia trastornó mis ideas, llevándome
-á decir con toda seguridad: «Malibrán no es.» Y si al pronto me fijé
-de nuevo en Federico, no he seguido afirmándolo, y me concreto á
-preguntármelo á todas horas del día y de la noche. «¿Será ese? Y si es,
-¡con qué donosa perfidia me engaña! ¡No le perdono la doblez, no se la
-perdono!» Por cierto que hace diez días que no he hablado con él, ni he
-podido encontrarle en los sitios á donde habitualmente va. Esta noche
-me han dicho que le vieron en el Teatro Real en el palco de Augusta. Yo
-no le ví.
-
-31 _de Enero_.—Anoche no pude concluir ésta porque me acometió Morfeo,
-y no tuve más remedio que echarme en sus brazos. Te la mando hoy con
-esta postdata que no deja de tener miga. Pues verás: hoy me ha hablado
-Villalonga con cierto misterio de unas palabras malignas dichas por
-Malibrán en casa de la Peri, en una cena que allí celebraron anoche.
-La cosa es grave. El _petit Talleyrand_ se permitió algo más que
-esas reticencias que inspira el _champagne_, y de las cuales ninguna
-reputación está libre. Ya adivinarás que las chinitas iban contra mi
-prima. Pues dijo, como quien no dice nada, que había descubierto la
-madriguera donde la muy hipócrita tiene su amoroso refugio. Lo más
-indigno es que de algunos días á esta parte ha dado en pegarse á Orozco
-y en adularle bajamente, y mañana se van juntos á las Charcas (el monte
-que Tomás posee más allá de las Zorreras) á cazar un par de días...
-¡Figúrate cómo me habré puesto yo, con las ganas que le tengo á ese...!
-Mi primer impulso fué ir en su busca, pedirle explicaciones, pegarme
-con él si no me las daba... Pero lo he pensado mejor, y me guardo para
-otra ocasión las ganas de pelea. ¿No es verdad, amigo mío, que tú me
-aconsejas no hacer el paladín? Si eso lo hubiera dicho Malibrán delante
-de mí, pase que yo... Pero más vale que no haya sido en mi presencia,
-porque así me veo libre de disgustos y de la ridiculez que acompaña
-siempre al paladinismo. Tengo un humor de mil demonios.
-
-
-
-
-XXVIII
-
- _3 de Febrero._
-
-Querido Equis: no sé lo que me pasa ni cómo puedo escribirte, ni si
-entenderás estos garabatos. Mi mano no acierta á trazar las letras.
-La sorpresa, el pavor de esta misteriosa tragedia han desquiciado
-la máquina toda, y no sé lo que hago ni lo que digo, ni aun lo que
-siento. No te escribo para darte la tremenda noticia, que ya sabrás por
-los periódicos (hoy no se habla de otra cosa en Madrid). Te escribo
-para que no te inquietes, juzgando que podría tocarme alguna parte en
-las complicaciones de este asunto... No me toca más que el horror de
-que estoy poseído, la confusión espantosa que me acongoja más que el
-horror mismo... Ayer al mediodía, hallándome en la cama, sentí que me
-despertaban, sacudiéndome un brazo. Era Calderón: le miré entre dormido
-y despierto... Figúrate el efecto que harían en mí estas palabras
-que me dijo: «Levántate... ¿no sabes lo que pasa?... ¡Federico Viera
-asesinado!... ¡Su cuerpo encontrado hoy en un muladar, allá, no sé
-dónde!... Levántate.»
-
-Creí soñar... Me revolví contra Calderón... Bromas pesadas... creí
-que eran bromas. Su cara consternada me hizo estremecer... Él me iba
-echando la ropa encima de la cama para que me vistiera. Yo me volví
-estúpido... No podía creer tamaña atrocidad... ¡Asesinado! ¿Y por
-quién? Es lo primero que se ocurre. Calderón me dijo: ¿Por quién? La
-justicia lo averiguará... ¡Pobre muchacho!... todo el cuerpo lleno de
-balazos y cuchilladas...» Levantéme temblando, la garganta oprimida,
-sin poder hablar... «¿Dónde?—¡Allá!...» ¡Valiente información! ¡allá!
-«Le han llevado al Depósito—añadió Calderón.—El juez amigo mío no
-conocía al muerto; pero, por algo que se halló en su cartera, se supo
-su nombre. Me avisaron... Le reconocí. Miedo horrible, querido Manolo.
-El juez quiere identificación en regla. Vamos tú y yo... La hermana no
-lo sabe. Vamos.»
-
-Todo se me volvía preguntar: «¿Pero quién le ha matado?...—Vete á
-saber... lances del juego quizás... amores... venganza... Vete á saber.
-Misterio. Yo no lo entiendo... Vamos. ¡Qué trance!» El pobre Calderón
-estaba como trastornado. Yo más aún. Salimos, tomamos un coche, fuimos
-allá... Antes pasamos por el Juzgado de guardia: se nos unió un médico
-forense. ¡Qué día, Equis! Si mil años viviera, creo que no podría
-olvidar las emociones espantosas de ayer, la pavura que llenaba mi
-ánimo... Hoy me es imposible referírtelas: diría mil disparates, no
-acertaría á expresar cosa alguna con claridad... Si te escribo hoy es
-para que te tranquilices con respecto á mí. Estoy abrumado de pena y
-horror; pero nada más. Mañana, si logro tranquilizarme, te contaré
-todo... ¡Ay! presumo que habrá materia larga, más larga de lo que
-convendría. Necesito descanso. En veinticuatro horas no he podido
-pasar bocado; sólo he tomado café y más café... Dormir, imposible.
-Aguarda un día para que te entere de lo que he visto y sentido... no de
-la verdad, que ignoramos. Estamos todos en completa obscuridad respecto
-al tremendo suceso. Adiós.
-
-
-
-
-XXIX
-
- _4 de Febrero._
-
-
-Yo no sabía lo que me pasaba, al recorrer en coche, con el juez,
-escribano y médico forense, la distancia entre el Juzgado y el
-Depósito. Los pensamientos que durante aquel viaje lúgubre asaltaron
-mi mente, querido Equis, no puedo ni debo comunicártelos, al menos
-todavía. Yo debí de preguntar á Calderón si nuestros amigos tenían ya
-noticia de la ocurrencia, porque él me dijo que Augusta se había puesto
-mala de la terrible sorpresa, y que al punto telegrafió á su marido,
-el cual se fué el día 1.º por la tarde á las Charcas en compañía
-de Malibrán y de no sé quién más. Indicóme también que Clotilde no
-sabía una palabra, que probablemente Orozco se encargaría de darle la
-noticia cuando viniese. No sé qué más me dijo, porque yo no me enteraba
-claramente de nada. Á veces creía soñar; ansiaba llegar pronto, y á
-ratos lo temía; y cuando estuvimos cerca del Puente de Toledo y el juez
-señaló el vulgar edificio del Depósito, sentí tal pánico, que por
-punto no me volví atrás. Me enfadaba que el forense, un viejo rígido y
-seco, sordo, completamente insensible ya, por su larga práctica, á las
-emociones de estos dramas judiciales, estuviese tan tranquilo, y nos
-contase con la mayor frialdad que en su dilatada carrera ha hecho dos
-mil y tantas autopsias. Me infundía horror y lástima aquel sujeto, cuya
-inteligencia no desconozco y cuya serenidad ante estas catástrofes he
-admirado al fin.
-
-Dejamos el coche. Las piernas me temblaban. Entré el último de todos,
-para que la primera impresión de los demás, si alguna tenían, atenuara
-la mía... El forense sordo entró como puede entrar un cura en la
-sacristía para ponerse la casulla... Frente á la puerta, sobre una
-mesa, ví el cadáver de Federico Viera, no tan desfigurado como yo me
-lo imaginaba. Creí que una mano invisible me apretaba violentamente el
-cuello, ahogándome. No lloré ni podía llorar. El rostro de Federico
-parecía de blanca cera, con manchas violáceas; tenía los ojos medio
-abiertos, cuajados y sin brillo; la nariz afilada, la boca contraída,
-mostrando por un violento repliegue del labio superior los blanquísimos
-dientes. Vestía de levita: el pantalón y las botas llenas de fango; la
-levita enlodada también por el costado derecho. En mitad de la hermosa
-frente, una mancha roja del tamaño de un duro, cárdena en el centro:
-por allí había entrado la bala. Le habían desabrochado el chaleco, y se
-veía la camisa llena de sangre, ya seca en parte y obscura, en parte
-roja y fresca, formando cuajarones. El forense, señalando el costado
-izquierdo por la cintura, dijo: «aquí hay otra herida de revólver. La
-bala está dentro.»
-
-Procedióse á la identificación en forma legal. Calderón y yo
-declaramos, reconociendo en el muerto á nuestro amigo Federico
-Viera; firmamos, y nada más. En otras mesas más allá, había dos
-cadáveres tapados con un paño. El guarda los descubrió, y los ví con
-indiferencia, cual si fueran animales muertos. No podía apartar los
-ojos de mi infeliz amigo, y con todas las potencias de mi alma, en un
-instante de muda y patética tensión, le dije: «Cuerpo infeliz, recobra
-un soplo de vida, y dime quién te hirió, si fué alevosamente ó en
-riña...» Junto á mí la voz de Calderón y otras murmuraban no sé qué, ó
-discutían sobre si era suicidio ú homicidio. No apartaba yo los ojos
-ni la mente de aquel tristísimo espectáculo. El juez me preguntó si
-habíamos prevenido á la hermana del muerto, y entonces repitió Calderón
-que Clotilde no sabía nada aún, y que era menester decírselo. Me enteré
-de si podía yo presenciar la autopsia; respondiéronme que sí, y que se
-haría en la mañana siguiente. Salimos con ánimo de volver, yo por lo
-menos... Aún me parecía pesadilla horrenda lo que veían mis ojos, y
-mi pensamiento volaba afanoso hacia las misteriosas causas, hacia la
-acción determinante de aquella muerte.
-
-Al salir, vimos que se acercaba un coche. De él bajó una mujer. Era
-la Peri, vestida de trapillo, con mantón y pañuelo por la cabeza,
-guapísima, pálida como una muerta. Cuando nos vió, llegóse á nosotros:
-su rostro dolorido expresaba terror y sobresalto. «Leonorilla—le dijo
-Calderón,—no entres, no entres, que esto no es para tí...» La pobre
-mujer me agarró el brazo, y me dijo en un tono que no olvidaré nunca:
-«¿Quién le ha matado? ¿No sabe usted quién le ha matado?»
-
-El juez entonces le pidió sus señas para llamarla á declarar, y ella,
-después de dárselas, prorrumpió en exclamaciones: «¡Pobre niño de mi
-alma! Tan bueno, tan cariñoso, tan caballero, y tan persona decente...
-¿Pero qué será esto? Lo que yo digo: faldas, faldas... ¡Ay! no tengo
-valor para verle...»
-
-Apoyándose en el tronco de un álamo, derramó muchas lágrimas.
-
-Allí se quedó. Desde lejos la miramos, sentada al pie del árbol, vuelta
-la cara hacia la puerta del Depósito.
-
-Después quisimos ver el lugar donde apareció el cadáver, y atravesando
-todo Madrid, fuimos al paseo de Santa Engracia, más arriba de la
-Fábrica de Tapices, donde hay unas casas modernas muy hermosas. Á la
-izquierda ábrese una calle en proyecto, cortísima, que sólo tiene un
-edificio á cada lado, y termina en terraplén, sobre un suelo mucho más
-bajo. Para llegar á éste, hay que descender un vertedero de tierra
-movediza. Aún había allí carros echando cascote y arena del vaciado
-de casas en construcción. Á la derecha, vense chozas construídas
-con adoquines gastados, tablas, planchas de calamina; detrás de
-ellas, montones de basura; y delante de algunas, corrales cercados
-por baldosas rotas, tablas y alambres sustraídos á las plazoletas
-municipales; cubiles de cerdos entre los montones de paja; bastantes
-gallinas picoteando aquí y allí. Todo aquello está en hondo, y debe
-quedar sepultado cuando los terraplenes iniciados por una parte y otra
-lleguen á unirse. En el centro de la hondonada corre un arroyo, por
-donde las aguas van á parar á la alcantarilla. Próximo al arroyo, y en
-la línea más avanzada de las tierras vertidas, encontraron el cuerpo.
-«Aquí estaba,» dijo el juez, señalando con el bastón una mancha obscura
-que podía ser de sangre. Los habitantes de las covachas dicen que
-sintieron un tiro á eso de las siete de la noche... Un muchacho asegura
-que vió venir á un hombre sin sombrero, por el vertedero abajo, y que
-hablaba solo.
-
-«¿Y el sombrero no ha parecido?
-
-—Pareció á la entrada de la calle, junto á la valla de la casa en
-construcción. Los vecinos no están de acuerdo en el número de tiros que
-sonaron. Algunos no oyeron más que uno; otro asegura haber oído dos, y
-no falta quien llegue á los tres y á los cuatro.
-
-—¿Y atestiguan todos lo mismo?
-
-—No: una muchacha habla de dos hombres, muy altos, muy negros, con unas
-barbas muy largas y los sombreros echados sobre la cara... sombreros de
-ala ancha.
-
-—¿Y el arma?
-
-—No hemos podido encontrarla todavía. El terreno es muy desigual, la
-tierra blanda y movediza. Puede muy bien haber sido ocultada por los
-escombros que se han vertido esta mañana.
-
-—¿Se ha interrogado á los habitantes de las casas vecinas, en el paseo
-de Santa Engracia?
-
-—Sí; pero no dan ninguna luz. Los porteros del 17 triplicado, que es
-la casa más próxima, no han visto ni oído nada.»
-
-Discutióse sobre si fué suicidio ú homicidio. Uno de los presentes,
-que no sé si era el actuario, expresó la hipótesis de que el crimen se
-había cometido en otra parte, habiendo transportado el cadáver hasta
-arrojarlo por el vertedero. No sé por qué me pareció esto inadmisible.
-Examinamos el suelo, en el cual vimos impresas tantas pisadas, que nada
-se podía leer en él. Alguien dijo allí que aquel sitio era, después de
-anochecido, muy solitario. Antes hubo en él una vereda que permitía
-pasar desde Santa Engracia á la calle de Trafalgar; pero han cerrado
-ya el paso con una valla, y ni un alma transita por allí de noche, á
-excepción de los habitantes de las chozas, los cuales tampoco toman la
-dirección del sitio en que apareció el cadáver, sino que se arriman á
-la derecha. No hay alumbrado en aquel sitio, ni cosa que lo valga.
-
-Volvíme á casa. No pude almorzar. Sentía vivos deseos de visitar á
-los de Orozco, y al mismo tiempo dábame espanto la idea de entrar
-en aquella casa. ¡Oh, Dios! no podía apartar de mi mente la idea
-(¡terrible y misteriosa presunción!) de que Augusta sabe la verdad. No
-sé en qué orden de impresiones ó de corazonadas me había fundado yo,
-la noche antes de conocer el suceso, es decir, la noche misma en que
-debió de ocurrir la catástrofe, para dar por despejada la incógnita que
-tanto me atormenta, y decir con efusiva y franca convicción: «Federico
-es.» Como que al acostarme pensé escribirte mi primera carta en este
-sentido, diciéndote: _eureka_... Me acuerdo de esto del _eureka_, y
-de los razonamientos con que me propuse apoyar mis conclusiones. ¡Qué
-lejos estaba de que mi carta primera sería escrita bajo una impresión
-trágica! Estoy aturdidísimo. Déjame que coja el hilo que se me ha
-escapado de las manos. Te decía que... ya me acuerdo... que no hay
-quien me quite de la cabeza que Augusta sabe la verdad. Yo quería
-observar aquella cara, aquellos ojos... ver si tiene entereza para
-ponerse la máscara, y cómo engaña con ella á los demás, pues lo que es
-á mí...
-
-Entré temblando. Yo debía de estar como un muerto. El primero á quien
-ví fué Orozco, triste, pero sin perder aquella tranquilidad que tanto
-admiramos en él. No calificó el caso de suicidio ni de homicidio. Fuera
-lo que fuese, parecía atribuirlo á lances de juego. Acababa de llegar
-de las Charcas con Malibrán, y los dos refirieron la impresión terrible
-que les causó por la mañana el telegrama de Augusta participándoles el
-terrible suceso. Hablóme después Tomás de la pobre Clotilde, y allí
-me enteré, no sé por quién, de que ya sabía la muerte de su hermano.
-Nos libramos, pues, del tremendo paso de darle la noticia. No me
-atreví á preguntar por Augusta, á quien no veía en el salón ni en su
-gabinete. Pronto supe que la desagradable sorpresa recibida por la
-mañana, cuando Calderón le contó el caso, habíale producido una fuerte
-jaqueca; hallábase acostada, y no quería ver á nadie. Comimos solos
-Orozco, Malibrán y yo. Cornelio era el único que tenía un mediano
-apetito; el santo comió poquísimo, y yo nada. Los tres callábamos. Á mí
-se me humedecían los ojos á cada instante. El diplomático (digo esto
-haciéndole justicia) me pareció sinceramente apenado, y añadiré que
-por primera vez sentí dulcificarse la antipatía que siempre le tuve.
-Tomás y él hicieron elogios del pobre muerto, encareciendo su extremada
-delicadeza, su cariñoso trato, y lamentando que las irregularidades
-de su vida le hubieran llevado á tan triste fin. No pude conservar mi
-varonil entereza, y me eché á llorar como un chiquillo.
-
-Llegaron después algunos de los concurrentes de abono, á quienes noté
-consternados, y como temerosos de abordar el asunto. Me parece (no
-puedo asegurarlo) que Villalonga y Malibrán cuchichearon en un largo
-aparte, mientras el marqués de Cícero me pedía relación circunstanciada
-de lo que ví en el Depósito. Hablé de esto lo menos que pude. Otra
-cosa reparé, y es que aquella noche no se habló de crimen. Bastante
-teníamos con aquella realidad fresca y que nos tocaba tan de cerca.
-Las emociones jurídicas del otro drama, antiguo ya y manoseado á
-fuerza de representaciones, perdían su novelesco interés. Cisneros no
-dijo una palabra del suceso, y observé en él una taciturnidad que por
-completo le desfiguraba, presentándomele muy otro de como le había
-visto siempre. El _Catón ultramarino_ dejaba en profunda paz á la
-Administración de Cuba y á los picarones que van á explotarla. Todos
-los temas de conversación, tan vivos y apetitosos otras noches, se
-trocaban en insípidos fiambres. Pero el gran asunto, la novedad del
-día, les imponía miedo, y no osaban tratarla. Te repito que la morriña
-lúgubre de mi padrino me causaba no poca extrañeza. No era el mismo
-hombre; una de dos: ó se ponía la careta, ó la arrojaba, mostrando
-su verdadera faz. Pero aún ocurrió algo que debía dejar en mi mente
-impresión más honda que todas las impresiones de aquel infausto día
-inolvidable, el 2 de Febrero, día de la Candelaria. Ten un poco de
-paciencia.
-
-Á eso de las once, díjome Orozco que Augusta quería verme. Sólo
-había pasado la señora de Trujillo, que ya estaba de vuelta en el
-salón, aguardando una coyuntura para echar con Calderón su parrafito
-_criminal_. Entré en la alcoba de mi prima. El ruido leve de mis pasos
-y de los de Orozco, que entró conmigo, me sonaba como si en mi vida
-hubiera oído rumor de pasos. Ví á la dama echada en una silla larga,
-bien tapadita. No había luz en aquella estancia, sino en la próxima,
-y por entre las cortinas apenas penetraba la claridad suficiente para
-que pudiéramos vernos las caras. Augusta me alargó la mano izquierda,
-mandándome sentar á su lado. Su marido le preguntó cariñosamente si se
-sentía mejor, y ella replicó que sí, preguntándole á su vez quién había
-venido y cuál de los asiduos faltaba aquella noche. Un rato hablamos
-los tres del caso de Federico, siendo ella la primera que lo mentó,
-diciéndome: «¿Qué te parece esta tragedia?» Respondí con las frases de
-cajetín, procurando observarle la cara; pero la obscuridad me impedía
-distinguirla. Su voz sí que pude apreciarla bien. Tenía cierto temblor,
-una empañadura ó sordina que delataba profundísima turbación.
-
-«Todavía no se me ha pasado el susto—dijo procurando templar su voz en
-un timbre claro.—Esta mañana, al salir yo para misa, vino Pepe, y á
-boca de jarro me disparó la noticia. Precisamente me cogía de muy mal
-humor, porque pasé parte de la noche con la prima Serafina, que sigue
-muy grave. Me parece que la perderemos pronto. Pues figúrate: en tal
-situación de ánimo, un trabucazo así... Me afecté tanto, que no pude
-salir de casa, y á poco me entró jaqueca. No puedo oir hablar de gente
-que se mata ó á quien matan, sin que me ponga á dar diente con diente.
-Y cuando se trata de una persona conocida...
-
-—¡Pobre muchacho!—indicó Tomás.—Tenía sus defectos como todo el mundo;
-pero también grandes cualidades.
-
-—Cualidades que no son nada comunes, esa es la verdad—añadió Augusta
-mirándome.—Es realmente un dolor... Le apreciábamos como te apreciamos
-á tí, que eres de la familia. Tengo que advertirle á Pepe que aprenda á
-dar estas noticias terribles con más tacto y de un modo gradual, no de
-sopetón, como hoy... Me quedé muerta... Lo primero que se me ocurrió,
-como siempre que me siento apenada y nerviosa, fué telegrafiar á éste
-para que viniera. Tenía miedo de estar sola. Desde que te ví entrar
-esta noche (mirando á su marido cariñosamente), me pareció que se me
-disipaba el miedo. Voy recobrando la serenidad, y si se me hubiera
-quitado esta puntadita de clavo, estaría tan campante recibiendo á mis
-amigos...»
-
-Yo me condolí acerbamente del desgraciado fin de mi amigo, y Augusta
-dijo, ya con la voz más segura: «¡Dios le haya perdonado! ¡Pobrecito!
-¡Qué extravíos, qué conflictos, qué desórdenes de la vida le habrán
-llevado á ese desastre!»
-
-No sé qué respondí. Pensaba en aquel momento que mi prima me había
-llamado para decir todo aquello delante de mí, como se trae á un
-testigo para dar fuerza legal á manifestaciones de importancia. Pensé
-también que aseguraba su coartada con aquello de acompañar á la tía
-Serafina. Orozco dijo que no debíamos aventurar juicio alguno sobre
-los móviles de la muerte de Federico, ni aun sobre la muerte misma,
-que hasta aquel momento permanecía envuelta en el misterio; y dicho
-esto, se fué, dejándome la impresión de que le preocupaba el suceso
-más de lo que á primera vista parecía. Cuando nos quedamos solos,
-Augusta introdujo diplomáticamente en la conversación una idea extraña
-al asunto capital de aquella noche. No sé qué me dijo de si se casaba
-ó no al fin con el artillero la chica segunda de Pez, y volvió á caer
-con repentino salto sobre el trágico tema, diciéndome: «¡Vaya, que esto
-da que pensar! Pero tú que eras quizás el único algo conocedor de las
-interioridades de su vida, ¿no tienes antecedentes para descubrir...?
-
-—Al enterarme de esta desgracia—contesté presentando la versión más
-vulgar para ver si la aceptaba con alegría,—pensé que alguna pérdida de
-juego ha podido ser la causa.
-
-—¿Pero qué?—apuntó con viveza, huyendo, la muy pícara, de la trampa que
-yo le tendía,—¿está averiguado que fuera suicidio? Mira tú, juzgando
-sólo por impresión, yo me inclino á creer que no.
-
-—Fácil es que la justicia lo ponga en claro; y si acaso resultase...
-
-—Para mí—afirmó con aplomo interrumpiéndome,—lo que hay aquí es un
-choque por cuestiones de mujeres. Ya tienes noticia de las francachelas
-escandalosas en casa de esa que llaman la Perri ó la Pera ó no sé cómo.»
-
-Parecióme que daba este giro al asunto para despistarme, á fin de que
-yo no pudiera sorprenderle los pensamientos.
-
-«Tú lo sabes—me dije llena el alma de amagura;—lo que pasó tú lo sabes,
-tú sola. Si alguien le dió muerte ó se la dió él mismo, tú lo sabes,
-porque delante de tí ocurrió la espantosa desgracia, como quiera
-que fuese.» En alta voz dije que no sospechaba que Leonor tuviera
-conexiones con el misterioso hecho, y ella repitió que en el mujerío de
-mal vivir y en el juego, fatalmente combinados, hay que buscar siempre
-las causas de estos dramas. Yo le miraba el rostro, considerándolo
-como un espejo en cuya superficie la terrible escena había estado
-reproducida durante breves instantes. ¡Cuánto habría dado yo porque
-de la imagen aquélla subsistiese algún rasgo en la cara-espejo! Pero
-si algo había, no me era fácil verlo á causa de la obscuridad. Ni
-podía tampoco examinar sus expresivos ojos, que alguna sombra fugaz
-reproducirían tal vez de lo que en la mente se conservaba fielmente
-estampado. Hube de reparar después que se movía inquieta, procurando
-envolverse mejor en su cachemira, y que en aquellos movimientos de
-precaución ni una sola vez sacó la mano derecha. Parecíame que la
-ocultaba entapujada.
-
-«¿Qué tienes en esa mano?—le pregunté vivamente.
-
-—Nada. Ayer me quemé un poco, lacrando una carta. Pero no es nada. Para
-evitar el roce, me defiendo la quemadura con el pañuelo.»
-
-Dió más explicaciones; pero lo que es la quemadura no me la enseñó.
-
-«Pues verás—le dije después de una pausa:—si la justicia no descubre la
-verdad de lo ocurrido, yo la descubriré.»
-
-Parecióme que no se inmutaba al oir esto. Por fin me contestó:
-
-«Yo creo que la justicia lo pondrá bien en claro, Manolo. No te metas
-á polizonte, no vaya á pasarte lo que á esos que se proponen descubrir
-el crimen de la calle del Baño, y han armado ya un lío que nadie se
-entiende.»
-
-Calló, y se puso á mirar al techo. Yo la contemplaba á ella sin
-pestañear. Hubo un instante, te lo declaro ingenuamente, en que me
-inspiró aquella mujer un horror que no puedo pintarte. Impulso sentí
-de arrojarme sobre ella, y echarle las manos al pescuezo, gritando:
-«Confiesa tu crimen; confiesa que por tu culpa ha perecido ese infeliz
-hombre. Revélame la verdad, ó te ahogo aquí mismo.» Desvanecióse pronto
-aquel arrechucho, sin que llegara, por fortuna, á pasar de la idea á la
-acción. Pero mi exquisita impresionabilidad determinó al instante otro
-fenómeno anímico, y fué que me asombraba de haber amado á semejante
-mujer. No: en aquel momento, habría jurado yo que la aborrecía y la
-despreciaba con todas las fuerzas de mi alma. La pasión que sentí
-por ella se me representaba como uno de esos estímulos de nuestro
-amor propio, que nos llevan á situaciones y actitudes enfáticas, de
-las cuales nos arrepentimos en cuanto caemos en la cuenta de que no
-arrancan del fondo efectivo de nuestro sér.
-
-Hablamos luego de cosas indiferentes, y me retiré pensando que vivimos
-en una sociedad esencialmente dramática; sólo que el barniz de cultura
-que nos hemos dado encubre el drama en las esferas altas, dejándolo
-sólo descubierto en las inferiores.
-
-Salí de allí con el alma destrozada, y me marché temprano de aquella
-casa, á la que empezaba á cobrar aborrecimiento.
-
-Pasé muy mala noche... Mi cama toda llena de agujas.
-
-
-
-
-XXX
-
- _5 de Febrero._
-
-
-Asistí á la autopsia. ¡La de cosas que hay dentro de este mísero
-cuerpo humano! ¡Espantosa lección de anatomía! No la olvidaré mientras
-viva. El cadáver tenía varias contusiones y dos heridas de revólver:
-una en la frente, y otra en el costado izquierdo. En la primera, la
-bala atravesó el cerebro y fué á salir por la región occipital. Era
-mortal de necesidad. La segunda, que interesaba el hígado, también era
-mortal, aunque no de muerte inmediata. La bala había ido á incrustarse
-en una vértebra. Además, se observó una fuerte erosión en el brazo
-izquierdo, y los dedos de ambas manos desollados. Hubo, pues, lucha.
-Creo que no hay datos suficientes para probar el suicidio; pero veo
-al juez inclinado á admitirlo como un hecho. Ha tomado declaración
-á los habitantes de las covachas, y no resulta nada preciso. Es un
-cúmulo de testimonios vagos y contradictorios, que más bien sirve para
-confundirnos que para iluminarnos. La indagatoria de los porteros
-de las casas próximas tampoco ha dado luz. ¡Esto es morir!... Las
-lentitudes de la justicia y la falta de policía me desesperan. Se me
-ocurren mil recursos probatorios que de seguro darían resultado; pero
-ese juez, ¿en qué piensa?... Obraré por cuenta propia. De los pasos
-que he dado y que pienso dar para conocer la verdad por mí mismo, sin
-auxilio de polizontes, te enteraré oportunamente.
-
-Déjame ahora seguir contándote. Cuando fuimos á la autopsia, el 3 por
-la mañana, nos encontramos á la Peri, sentada al pie del mismo árbol en
-que la habíamos visto el día anterior. Su cara descolorida y ojerosa
-revelaba cansancio y falta de sueño. Como que había pasado allí toda la
-noche la infeliz. Contónos que al fin había tenido valor para penetrar
-en el Depósito, _pasito á pasito_, procurando quitarse el miedo de un
-modo gradual. Acercóse despacio á la puerta; alargó la cabeza hasta que
-pudo distinguir un pie de Federico; después fué avanzando lentamente,
-viendo más, más á cada instante... hasta que su ánimo se robusteció
-y pudo arrostrar el espectáculo del cadáver completo, de pies á
-cabeza. Aun con estas precauciones, no pudo evitar una súbita emoción
-dolorosísima al verle la cara... y se cayó con un poquitín de síncope,
-y el guarda la tuvo que levantar. Mientras se lo permitieron, estuvo
-allí, rezando, según dice; después mojó un pañuelo en la sangre que
-destilaba del cráneo del difunto, y cortándole mechones de pelo, los
-guardó en otro pañuelo. Mostrábame estas reliquias mientras lo refería.
-Cuando el guarda la hizo salir, porque ya era tarde, sentóse junto al
-árbol, decidida á quedarse allí toda la noche, _velando á su amigo de
-su alma_. ¡El pobrecito estaba tan solo en aquel muladar, olvidado de
-todo el mundo! Daba dolor ver arrojado sobre aquella mesa, compuesta de
-una losa de mármol sobre cuatro patas de hierro, el cuerpo del hombre
-que había sido alegría y encanto de la sociedad. No lo dijo así la
-Peri, pero tal fué su idea. Recuerdo esta frase: «¡Y los otros allá,
-divirtiéndose, y quizás alegrándose de haberle quitado de en medio!
-¡Canallas!»
-
-Pues, como te digo, la noche entera pasó Leonor en campo raso, al
-amparo del olmo sin follaje, arrebujadita en su mantón. Á la madrugada,
-diéronle albergue los habitantes de un ventorrillo cercano; tomó
-un trago de aguardiente, después buñuelos y encima otro poquito de
-aguardiente. Con esto se entonó, y vuelta á la guardia. Al amanecer,
-no podía con su alma, de sueño, cansancio y pesadumbre. Todo esto nos
-lo contaba con ingenua naturalidad, sin dar importancia al plantón ni
-á las molestias del mal dormir en cama tan dura; y como el forense, á
-quien acompañábamos, se permitiese decirle alguna cuchufleta sobre la
-soledad en que se habían quedado sus amigos de Madrid aquella noche,
-contestó con gran desembarazo: _que se fastidien_, agregando á la
-frase un gesto sumamente expresivo. Enterada de que iba á verificarse
-la autopsia, se horrorizaba de pensar cómo le pondrían el cuerpo y
-la cabeza á su pobre amigo. «¿Y para qué semejante carnicería?—Más
-vale que te vayas—le dije yo,—que estas cosas son muy tristes.» Pero
-ella, haciendo propósito de no presenciar el _desmoche_, aunque se
-lo permitieran, dijo que no se retiraría á su casa hasta no dejar el
-cuerpo de su amigo en tierra sagrada, y echarle encima un buen Padre
-Nuestro.
-
-Al salir del terrible acto médico-legal, la encontré en el propio
-sitio, llorando. Suplicóme que le contara los horrores que yo había
-visto; pero hallábame tan impresionado, que apenas pude complacerla. Su
-curiosidad me estimulaba á hablar, y hacíame preguntas que me dejaban
-frío. ¿Le abrieron la cabeza? ¿Qué tenía dentro? ¿Se había visto bien
-claro que era el mejor caballero del mundo?—No, mujer, eso no se puede
-ver.» Preguntaba luego si le habían sacado el corazón, y cómo era.
-Debía de ser, según ella, un corazón grandísimo, tan grande que no le
-cabía dentro... Me lastimaban tanto las candorosas interrogaciones de
-aquella mujer, como si sintiera en mis carnes las cuchillas del forense
-haciendo mi propia autopsia. Admiré en Leonor aquella fidelidad de
-perro, y la pobre mujer se engrandecía á mis ojos.
-
-El entierro se verificó en el cementerio de San Justo. Fué Santanita
-representando á la familia, y con él dos personas á quienes yo no
-había visto nunca. Eran el marido de Claudia y el de Bárbara, ambos de
-catadura humilde. Habían dispuesto lo necesario para que el entierro
-fuera decoroso, y trajeron, en un coche de la _Funeraria_, todo lo
-que hacía falta para el caso. Por no ser posible vestir de nuevo el
-cadáver, le envolvieron en sábanas, dejándole descubierto el rostro, y
-nada más se hizo, ni había para qué. Cuando ya salíamos del Depósito,
-llegaron el marqués de Cícero, Villalonga y otros amigos. El cortejo
-fúnebre no excedía de quince personas y de seis ó siete coches.
-Recorrimos en breve tiempo y á paso regular el camino del campo-santo.
-Nos apeamos. Seguimos tras el ataúd por aquellos tristísimos patios
-rodeados de nichos. Leonor y yo íbamos á la cola del reducido
-acompañamiento; pero en el acto del sepelio me aproximé, y ella se
-quedó á cierta distancia, llorando. Era la única persona, entre todos
-los presentes, que mostraba un dolor vivo, hondo, inconsolable; pues
-los demás, incluso Santanita, sólo expresaban duelo de etiqueta, y en
-algunas caras se podía leer esa conmiseración oficial, mezclada de una
-crítica severa, que si se tradujese en palabras resultaría así: «¡Pobre
-perdis! no podías tener otro fin que el que has tenido. Dios te haya
-perdonado.»
-
-Nada te diré de lo triste del acto. Puedes figurártelo y comprenderlo,
-conocidas las circunstancias del difunto y su desastrada muerte. Ni
-te hablaré de las _ideas que se agolpaban á mi mente_, ni del lúgubre
-sonido de la caja al caer en el fondo de la fosa. Todo esto, aunque es
-verdad, no te expresaría bien lo que yo sentía. Además de la pena de
-ver desaparecer para siempre á un amigo simpático y amable, me afligía
-el considerar que con él enterrábamos el indescifrado enigma de su
-fin lastimoso; que Federico, al caer dentro de la sepultura y recibir
-encima la tierra, echaba la llave al secreto, y nos daba las buenas
-noches de la eternidad con cierto humorismo lúgubre que me helaba la
-sangre: «Adiós, tontos. La solución en el valle de Josafat.»
-
-Salimos de allí hablando del muerto en los términos trillados, fríos,
-casi indiferentes que es costumbre usar. Unos á otros nos preguntábamos
-por nuestra preciosa salud, quejándonos del mal tiempo que hacía,
-voluble y desigual, _impropio de la estación_, y echándole la culpa de
-nuestros achaques. Nos distrajimos viendo llegar más entierros, con
-bastantes coches, y en ellos algunas personas conocidas, á quienes
-saludamos, alegrándonos de verlas vivas. Por las rondas descendían
-largos rosarios de carruajes en dirección á los distintos cementerios.
-Á lo lejos se nos presentaba, como invitándonos á vivir un poquito
-más, la loma de Madrid con cien cupulillas, bajo un cielo claro,
-transparente, bruñido. El sol lucía espléndido, y picaba bastante. De
-los árboles secos y desnudos no te diré que me parecieron esqueletos,
-ni que choqueteaban sus ramas con lúgubre son, porque faltaría á la
-verdad. El día era de los más bonitos que se ven aquí, frío á la
-sombra, ardiente al sol; día que amenazaba la existencia con dos
-espadas paralelas: la pulmonía y el tabardillo.
-
-Nos metimos en nuestros carruajes, y á Madrid. Mira tú lo que son las
-cosas: la imagen del pobre Federico, envuelto en la sábana y metido
-bajo tanta tierra, no se apartaba de mi pensamiento; pero se iba
-quedando lejos, muy lejos, desvaneciéndose un poco á cada vuelta de
-las ruedas del coche. En el mío traje á Calderón y á la pobre Peri,
-que se había secado las lágrimas y parecía más tranquila. Calderón es
-hombre indelicado é inoportuno, y creía sin duda que la mala reputación
-de Leonor le autorizaba para hacer burla de sus sentimientos,
-permitiéndose dirigirle chirigotas de mal gusto en ocasión tan triste.
-«Dime, ¿estás todavía con el malagueño, ó has vuelto con Guillermón?»
-Contestóle ella con desprecio, y á mí, francamente, me indignaba
-la grosería de mi amigo y su falta de respeto hacia lo que siempre
-es respetable, hállese donde se hallare. Poco hablamos durante el
-trayecto. Yo no hacía más que mirar á la Peri, contemplando con
-arrobamiento su rostro dolorido dentro del pañuelo atado á la chulesca.
-El insomnio y la tristeza la hacían más bella, ó á mí al menos me lo
-parecía. No te oculto nada de lo que siento, aun sabiendo que tal vez
-te burlarás de mí. Por eso te digo que la mujer aquélla me pareció
-interesantísima, y que me gustaba, sí, me gustaba; sentía en mí una
-propulsión misteriosa que hacia ella de la manera más espiritual me
-lanzaba. Mi dichosa impresionabilidad me iba armando ya una de esas
-tremolinas pasionales que tan comunes son en mí. No paraba mientes en
-la clase de mujer que es; no quise ver más que el sentimiento noble,
-puro y acendrado que mostrado había, sin mezcla alguna de afectación,
-y la admiraba con toda mi alma. Tras la admiración vino no sé qué
-respeto; sí, respeto, no te hagas cruces. ¿Por qué no hemos de dar á
-las cosas su nombre? Yo veía en ella un calor de sentimientos que me
-era muy simpático, y entráronme ganas de arrimar á aquel rescoldo mi
-existencia espiritualmente solitaria y aterida. «Leonor—le dije, cuando
-nos aproximábamos á su casa, en la calle de Preciados, después de haber
-dejado á Calderón en la suya,—yo tengo que hablar contigo, y si me lo
-permites, ha de ser hoy mismo, ahora mismo. Te convido á almorzar.
-Iremos á donde tú quieras.»
-
-No sé si el móvil que me impulsaba á hablarle así era un vivo deseo de
-estar á su lado, ó el propósito de interrogarla sobre ciertos hechos,
-referentes á Federico, que deseaba esclarecer, á fin de instruir con
-buenos fundamentos mi sumario. Creo que serían ambos móviles á la vez
-los que determinaron mi aproximación á aquella mujer. Aún le dije más:
-«Tú eres muy buena, Leonorilla, y yo necesito entenderme contigo sin
-tardanza; te necesito como amiga y como reveladora de ciertas cosas que
-deseo saber.
-
-—No sé si podré—replicó sonriendo.—_Ese_ debe de estar quemado,
-esperándome.—Suba usted y almorzaremos juntos... ó nos iremos á donde
-usted quiera... con tal que me dejen.»
-
-Subimos. En la casa no había ningún hombre, lo que á ella pareció
-contrariarla, y á mí me fué muy grato. La criada enteró á Leonor de
-todo lo ocurrido en su ausencia, y creí entender que alguien estaba
-hecho un veneno por ausencia tan larga. Habían salido en su busca...
-habían dado parte al alcalde de barrio. Leonor se reía. Quedéme solo
-en la sala, y desde allí la sentí trasteando en su gabinete; oí
-rumor de lavatorio, criada y ama rezongando. Pronto entró la chavala
-transformada en mujer elegante, con una bata preciosa y chinelas rojas.
-
-«Supongo—me dijo,—que usted desea saber algo de ese pobrecito...»
-
-Se le humedecieron de nuevo los ojos, y sentándose junto á mí en la
-actitud más honesta, añadió: «Era, me lo puede usted creer, el primer
-caballero del mundo, y la persona más decente que había en Madrid.»
-
-Apoyé sus afirmaciones con un movimiento de cabeza. Después me sonreí
-al oirle esto: «El día antes sabía yo lo que iba á pasar. Eché las
-cartas, y en _lo que esperas_, salió el siete de espadas, _muerte
-segura_, con el dos de copas, _sorpresa_, por causa de _la mujer de
-buen color_...
-
-—¿Pero es posible que tengas fe en esas paparruchas?
-
-—No me han fallado nunca. Sale siempre clavadito todo lo que rezan las
-cartas. Aquí estuvo el infeliz el día mismo del caso. No sé si debo
-contarle á usted lo que habló conmigo, que fué muy poco. Cuando el juez
-me cite, saldré del paso con cuatro papas; pero con usted, si me da
-palabra de callarse, seré más franca. Federico y yo éramos amigos, pero
-amigos... no sé cómo explicárselo... vamos, que no teníamos nada, que
-no había nada entre él y yo... En otro tiempo, sí, nos quisimos; pero
-ya... Eramos lo mismo que los matrimonios viejos... Como ilusión, no
-la había... Le juro á usted que no me tocaba. Pero nos teníamos mucha
-ley, nos apreciábamos, y yo me aconsejaba de él, siempre que me veía en
-alguna situación mala, y él de mí.
-
-—¡El se aconsejaba de tí, de tí! ¿Cómo?... Explícame eso... Pero vamos
-por partes y no nos aturrullemos. Claridad, orden ante todo. Lo primero
-que deseo saber, y tú podrás decírmelo, es si Federico tuvo grandes
-pérdidas en el juego estos últimos días.
-
-—No, no: todo lo contrario. La noche antes ganó muchísimo dinero, pero
-muchísimo... Al juez le diré sobre esto lo que me parezca, lo que no
-comprometa el buen nombre del pobre difunto.
-
-—Sí; pero á mí me dirás cuanto sepas, todo absolutamente. Yo te
-guardaré el secreto, Leonor, y seré tu amigo... amigo, como lo fué él.
-
-—Dificilillo es eso—me dijo sonriendo con tristeza, y mirándose las
-uñas.—Habrían de reunirse muchos perendengues. Esto viene de muy lejos,
-señor mío. Yo podré, en un abrir y cerrar de ojos, prendarme de un
-hombre y él de mí, y querernos más ó menos tiempo; pero una amistad
-como la que teníamos aquél y yo no es cosa de tres ni de cuatro días.
-
-—Pues todo has de contármelo—repetí, devorado por la curiosidad,—y
-pronto.
-
-—No vaya usted tan de prisa... Y además, hay cosas que no sé si debo
-decirlas. Son muy delicadas, y si usted no las entiende bien, podría
-pensar mal de nuestro amigo. No todos comprenden bien lo que pasa. Hay
-cosas... cosas, ¿eh? que parecen muy malas, y no lo son.
-
-—Cierto; pero se me figura que yo entenderé todo lo que tú me confíes,
-y que la buena memoria de mi amigo no perderá nada por eso. Ahora,
-lo primero que has de decirme, y en ello sí que no puede haber
-aplazamiento, es lo que piensas tú de esta desgracia... ¿Qué ha sido?
-¿Cuándo la supiste? ¿Qué dijiste al saberla? Nadie como tú le conocía
-á él; nadie como tú estaba al tanto de sus trapisondas... Tu opinión
-sobre esta muerte es de grandísima importancia, Leonor.»
-
-Al hacerle la pregunta, interrogaba yo también la expresión de su
-rostro. La ví compungirse y llorar de nuevo. Enjugándose las lágrimas,
-me respondió con voz entrecortada:
-
-«No sé, no sé... pero para mí... Á Federico le han matado... Eso de
-que se mató él... qué sé yo... me parece invención de la justicia
-para tapar la verdad. ¡Pobrecito de mi alma, tan bueno, tan leal, tan
-persona decente! ¡Maldita sea la muy pilonga que tiene la culpa!
-
-—¿Luego tú crees que aquí hay mano de mujer, ó influencia de mujer?
-
-—Crea usted que sí la hay... Si el juez me pregunta sobre esto, me haré
-la tonta; pero yo tengo acá mi idea, y no hay quien me la quite.
-
-—¿Cuál es tu idea?... Yo quiero saberla...
-
-—Hay mujeres muy remalas.
-
-—Eso es verdad; pero lo que falta saber es qué remala mujer ha andado
-en esto.»
-
-Leonor dió un gran suspiro; se miró otra vez las uñas, lo que hacía
-siempre que meditaba, y por fin me dijo en voz queda:
-
-«¿Para qué me lo pregunta, si usted la conoce mejor que yo?»
-
-No quise pronunciar el nombre que flotaba en la confluencia de nuestras
-palabras. Tan sólo dije: «¿Federico te habló de esa mujer alguna vez,
-te dió cuenta de sus amores con ella?
-
-—Nunca, nunca—declaró la Peri con cierta dignidad.—Le juro á usted que
-nunca me dijo nada. Era tan delicado, que en esta casa jamás pronunció
-el nombre de las señoras que se chiflaron por él. Y cuando yo quería
-tirarle de la lengua, me lo negaba, crea usted que me lo negaba...
-
-—¿Entonces, cómo sabías tú...?
-
-—Lo sabía por otro lado; lo sabía... porque sí... como se saben muchas
-cosas.
-
-—Bueno. Dejemos el origen de tu conocimiento. ¿Y en qué te fundas para
-creer que le mataron?
-
-—Es corazonada... pero que no me engaño—respondió con acento convencido
-y picaresco.—Tan cierto es lo que pienso como éste es día... Yo me
-guardaré mi idea. No quiero confiársela á nadie.
-
-—¿Ni á mí tampoco?
-
-—¿Para qué? No hemos de poder probarlo. Si hablo de esto, podrían
-vengarse de mí.
-
-—Bueno, pues dime una sola cosa, una sola, y no te pregunto más. ¿Crees
-tú que Federico murió á mano de hombre?
-
-—Claro: de hombre...
-
-—Me basta.»
-
-Te refiero este diálogo, del cual poca substancia sacarás, para
-que comprendas la confusión de mis ideas. No quise insistir en mi
-interrogatorio; y como las necesidades corporales, por lo avanzado de
-la mañana, se nos impusieran, á entrambos se nos ocurrió que nada es
-tan inconveniente para los altos fines humanos como pasarse todo un día
-sin almorzar. Nuestra pena misma exigía la reparación orgánica, y hasta
-el intrincado problema que nos inquietaba pedía fuerzas materiales
-para ser tratado con la debida entereza y formalidad. Porfiaba ella
-en que almorzáramos allí; yo que en el _restaurant_. Venció por fin
-el sexo débil, y pasamos al comedor. ¿Acabaré de ser sincero contigo?
-Pues sí, ¿por qué no? Aquella mujer me tenía fascinado: ante mí se
-agigantaba, no sólo por su belleza, sino también, y más quizás, por
-no sé qué aureola moral que mi mente voluntariosa veía ó quería ver
-en ella. Nada, hijo de mi alma, que estaba yo enamorado... no retiro
-la palabra, enamorado de la Peri, y deseando manifestárselo; y has de
-saber también que lo que en mí sentía era muy por lo fino, algo de
-galantería caballeresca y sentimental que me andaba por dentro como
-lucida procesión, y... no sé qué más decirte.
-
-Dejo la conclusión para otra carta, porque estoy fatigadísimo, y no
-puedo concluir sin llenar un pliego más. Hasta mañana.
-
-
-
-
-XXXI
-
- _7 de Febrero._
-
-
-¿Creerás tú que el almuerzo acabó en bien; que mi fascinación llegó á
-su apogeo, y que con el estímulo de los manjares y bebidas, me lancé á
-manifestar mis sentimientos, y alcé los amantes brazos y cayó en ellos
-la Peri, pagándome mi respetuosa afición con otra de la misma calidad ó
-quizás menos pura? ¡Quiá, no seas tonto! Si te has creído esto, bórralo
-de tus papeles. Ambos estuvimos muy desganados de todo, muy tristes.
-Advierte ahora, en lo que vas á leer, de qué manera se enlazan en la
-vida las cosas tristes con las cómicas, y cómo nuestros propósitos y la
-realidad andan ó suelen andar á la greña.
-
-No habíamos concluído nuestro almuerzo, el cual, dicho sea entre
-paréntesis, fué bastante irregular, como hecho en casa no muy bien
-regida, cuando vino á torcer el rumbo de mis alambicados pensamientos
-la brusca entrada de un sujeto conocido en el mundo de la galantería
-con el remoquete de el _pollo malagueño_. Supongo que no irás á buscar
-esta celebridad en el Vapereau, en el Larousse, ni en ninguna otra
-enciclopedia. No la busques porque no la encontrarías, lo que no quita
-que sea celebridad incontestable, al menos aquí, y que le conozcamos
-todos, unos de vista, otros de trato, como yo, por desgracia. Te
-presento á este chulito de buena familia y mejor sombra, un poco
-torero, un poco aristócrata, un poco borrachín, tan ligero de palabras
-como torpe de entendimiento, guapo, eso sí, aunque afeminado, pies y
-manos de mujer, el cuerpo muy espigadillo, el pelo sobre la oreja, y
-un bigotito que parece de seda negra, los ojos como soles; hombre, en
-fin, á quien yo, siempre que le veo, daría de buena gana dos patadas
-en semejante parte, y te juro que no se las dí en aquella ocasión por
-respeto á la que no vacilo en llamar... ríete, hombre, ríete hasta
-mañana... _dama de mis pensamientos_.
-
-Pues, señor, lo mismo fué entrar el tal pollo que... ¿Crees que se armó
-una gran marimorena, que la Peri y su amante se enzarzaron de palabras,
-que luego el chulo y yo nos liamos, y...? No, hombre, ten paciencia;
-no hubo nada de esas _trigedias_ que en lenguaje filosófico se llaman
-_broncas_. Me parece que Leonor le saludó con un _¡hola, perdis!_
-_¿ya estás aquí?_ Pero no estoy seguro de si dijo esto, ó simplemente
-_¡válgame Dios, lo que está aquí!_ En la duda no apuntes nada, no sea
-que después, en las edades futuras, armen los historiadores un cisco
-por dilucidar los verdaderos términos de esta importante salutación.
-
-De lo que sí no me cabe duda, y esto puedes consignarlo con toda
-solemnidad, es que Pepe Amador, que tal es su nombre, llegóse á su
-querida, é hizo ademán de darle un sopapo, en broma se entiende, con
-actitud entre cariñosa y enojada, rebuznando así: «¡Miá que too un día
-y toa una noche! ¡Pamplinosa...! ¿pa qué esos papeles, si tú no eras
-ná del cadáver?»
-
-Leonor se dejó acariciar de aquel gaznápiro, y volviéndose á mí me
-dijo: «Vamos, dígamelo usted con franqueza. ¿No es un disparate que yo
-esté tan chalaíta por este animal?»
-
-Iba á contestarle que, en efecto, el disparate era de los más gordos;
-pero no dije nada. Amador me saludó de un modo servil, con extremos de
-amistad, á que yo nunca había dado pie, porque el tipo me repugnaba. No
-manifestó en aquel instante la más ligera inquietud por mi presencia, y
-creo que aunque hubiera tenido celos de mí, se habría guardado muy bien
-de manifestarlos. Sentóse el chulapo junto á ella, y pronto empezaron
-á ponerse babosos, lo que me enfadó sobremanera. No comprendía yo,
-ciertamente, que una mujer de mérito... digo de mérito y no me vuelvo
-atrás, porque todo es relativo en este mundo... pues sí, no comprendía
-que una mujer de calidad amase á semejante gandul. En las ternezas y
-recriminaciones que ella le dirigió, creí notar confundidos el cariño y
-el desprecio. Analiza esto, hombre sesudo, si no te causa empacho. Yo
-te diría algo sobre el particular si tuviera humor para entretenerme en
-tales tontunas. Ya comprenderás que no me haría maldita gracia el gorro
-que intentaban ponerme aquel par de peines, y quise retirarme. Leonor
-se opuso, diciendo á su chico que tuviera formalidad.
-
-Y ahora, procediendo con esa lógica que los sabios llamáis inflexible,
-creerás sin duda que ante el amor de la Peri por aquel tipejo, ante
-el espectáculo de las gansadas de él y de las zalamerías de ella, me
-desilusioné de golpe, y que, súbitamente, me repugnó la que antes me
-parecía tan seductora. Crees esto, ¿verdad? Pues no señor, no fué así.
-Esas son las lógicas de los trataditos de Ética; las del humano corazón
-suelen ser ¡ay! muy distintas. Te diré, pues, que contraviniendo toda
-ley escrita, la chavala siguió atrayéndome y fascinándome, y sus
-debilidades manifiestas no me quitaron la ilusión de aquel extraño
-resplandor moral que creí ver en ella. Esto te parecerá un ciempiés;
-pero como es te lo cuento, y con la realidad no se gastan bromas.
-
-Despedíme dos ó tres veces, y otras tantas Leonor y su querindango me
-retuvieron. En una de éstas el muy tonto se permitió dar su opinión
-sobre el suceso del día, contándonos lo que había oído en la esquina
-del Suizo, en la Taurina y en otros centros de instrucción y cultura.
-La versión recogida por Amador no podía ser más extravagante. Federico
-había sido muerto por Orozco.
-
-«¡Qué barbaridad!—le dije:—¡si Orozco estaba aquella noche en las
-Charcas...! Me consta.
-
-—Pues un amigo mío—replicó el chulo con la seguridad de la barbarie,—me
-ha dicho que vió á don Tomás á las once de la noche, en una calle que
-desemboca en el propio lugar del crimen. Iba bien embozado en su capa,
-con otro chavó. ¿Y esa?»
-
-Yo me reí. La Peri también se rió, aunque con afectación notoria, como
-intentando encubrir su pensamiento. No quise entrar en discusiones
-sobre punto tan delicado, y me retiré, prometiendo á Leonor que
-volvería á charlar con ella, cuando pudiese consagrarme un rato largo,
-pero muy largo. Convinimos en que me fijaría sitio, día y hora, y me
-marché por esos mundos de Dios en busca de las impresiones públicas y
-callejeras que no habían de faltar.
-
-En las tres ó cuatro partes á donde fuí no se hablaba de otra cosa.
-Fácilmente comprenderás que un asunto de tal naturaleza, formado
-de misterio y escándalo, ha de excitar vivamente la chismografía
-de la raza más chismográfica del mundo; raza dotada de fecundidad
-prodigiosa para poner variantes á los hechos y adornarlos hasta que
-no los conoce la madre que los parió; raza esencialmente artista
-y plasmadora, que crea casos y caracteres, formando una realidad
-verosímil dentro y encima de la realidad auténtica. Ante un suceso
-de gran resonancia, todo español se cree humillado si no da sobre él
-su opinión firme, tanto mejor cuanto más distinta de las demás. Oí,
-como puedes figurarte, explicaciones razonables; otras novelescas,
-aunque dotadas de esa verosimilitud propia de las obras de imaginación
-escritas con talento; algunas estrafalarias, pertenecientes al género
-de entregas, de esas que, llenas de chafarrinones, se te meten por
-debajo de la puerta. Todo lo oí con paciencia y atención, pues hasta
-los mayores desatinos deben, en casos tales, oirse y sopesarse para
-obtener la verdad. Personas encontré que se cebaban en el asunto con
-brutal fiereza, ávidas de hincar el diente en reputaciones hasta
-entonces intactas; otras que se inclinaban á lo más atroz, arriesgado
-y pesimista, y algunas que, gustando de tomar el simpático papel de
-la sensatez entre tanto delirio, proponían las versiones más anodinas
-y triviales; pero en honor de la verdad, debo decirte que éstas
-hacían pocos prosélitos. La multitud se iba tras los que arbolaban
-estandartes rojos y llamativos, con algún lema muy escandaloso; tras
-los que anunciaban su tesis con tambor y cornetín como si exhibieran un
-fenómeno en las barracas de una feria. De todo esto, querido Equis, he
-de darte cuenta detallada, cuando yo esté más sereno, y tú menos harto
-de mí.
-
-Dispénsame que no siga ésta; pero ya ves que el día ha sido de prueba.
-Júzgalo por el índice que á la carrera te trazo, y que parece el
-sumario de un capítulo de causa célebre: Autopsia.—Entierro.—Mi pasión
-por la Peri.—Almuerzo en casa de ésta.—Amador.—La opinión pública ó la
-confusión de las opiniones.—Abur, y date buena vida, que esto es lo
-único que se saca en limpio en nuestro breve tránsito por el más malo y
-el más tonto de los planetas.
-
-
-
-
-XXXII
-
- _9 de Febrero._
-
-
-Hoy, amigo mío, tengo que contarte algo muy importante; y como vivimos
-en plena atmósfera novelesca, porque cada quisque, con motivo de este
-suceso, inventa, zurce y enjareta argumentos más ó menos aceptables,
-se me ha pegado algo del amaneramiento artístico, y aspiro á excitar
-en tí el interés de lector, contándote los hechos sin seguir la serie
-de los mismos, esto es, empezando por el medio, para caer luego en
-el principio y saltar de éste al final, concluyendo tal vez con
-vaguedades, interrogaciones ó puntos suspensivos en que haya conjeturas
-para todos los gustos.
-
-Pues verás: mi padrino me mandó llamar ayer. Supuse que quería tratar
-conmigo del trágico fin de Viera, y así fué. Nunca he visto al buen
-Cisneros como ayer le ví. Se distraía, se le iba el santo al cielo á
-cada instante. Visibles eran sus esfuerzos por disimular una turbación
-hondísima; pero no podía conseguirlo. Se encasquetaba la burlona
-máscara, que sabe usar como ninguno cuando le place; mas ni por esas.
-La turbación le salía por los ojos en destellos fugaces, por la boca en
-monosílabos y expresiones entrecortadas.
-
-«Es una indecencia la opinión en este país—me dijo temblando de
-ira.—No respetan nada... Esto es un escándalo.»
-
-Enseñóme varios periódicos que daban cuenta del crimen, haciendo
-alusiones veladas á la familia de Orozco.
-
-«Es cosa de ir y romperles la cabeza á esos miserables.
-
-—Poco á poco, don Carlos—le respondí.—Estas cosas que antes eran la más
-sabrosa golosina de usted, ¿por qué ahora le enfadan tanto?
-
-—¡Oh! no, no: si yo no niego que la sociedad está pervertida; que todo
-lo malo, por el solo hecho de ser malo, es verdad—indicó recobrando su
-papel;—pero si cojo á uno de esos periodistas, tendría mucho gusto en
-darle un estacazo... Conste que yo sostengo lo que siempre sostuve.
-Pero no confundamos las cosas. Si al tronera de Federico le da la vena
-de matarse, ¿tiene esto que ver con mis hijos? Ya sabes que no tengo
-cariño á Orozco; pero eso no quita para que... En fin, que me da la
-gana de indignarme con estas infamias, y no sé cómo tú no te indignas
-también. ¿Eres ó no eres de la familia?
-
-—Yo comprendo que usted se sulfure—le dije,—y por eso ha tenido ayer
-una conferencia de dos horas con el juez que instruye la causa.»
-
-Esta noticia del juez, adquirida y comprobada por mí el día antes,
-es el resorte que, debiendo ser expuesto al principio, reservaba yo
-para encajártelo al promedio de mi entrevista con Cisneros. Con este
-recursillo pensaba yo construir artísticamente la narración para jugar
-con tu curiosidad; pero, chico, se me ha escapado antes de tiempo, y yo
-no borro nada de lo escrito. En rigor, debo preferir el orden lógico
-del relato á las triquiñuelas del oficio narrativo, que no son para
-usadas por aprendices.
-
-Pues bueno. Cuando le encajé á mi tío lo del juez, se le descompuso la
-cara y montó súbitamente en cólera, diciéndome:
-
-«Y tú, ¿qué sabes de eso? Mira, mequetrefe, te echo de mi casa, y no
-vuelves á poner los pies en ella. Veo que en tí no hay sentimientos
-honrados. Has dicho un embuste, una tontería, una estupidez, sí, señor.»
-
-No sé las atrocidades que de su boca salieron; pero no negó que hubiese
-conferenciado con el juez. ¿Y cómo negarlo? Había perdido por completo
-la serenidad, y yo la conservaba. Iba y venía agitadísimo, de un
-ángulo á otro de la habitación, recogiéndose los faldones de su bata
-arqueológica. Á lo mejor, el enfurecido viejo daba puñetazos en todo lo
-que cogía por delante, fuera cofre, vargueño ó mesa de mosáico. Fíjate
-en lo que decía:
-
-«Llegará ocasión, si seguimos así, en que no pueda uno salir á la
-calle. Esto da náuseas. ¡Cuánta inmundicia en esa opinión! ¿Pero
-qué opinión ni qué...? Decididamente, yo le rompo el bautismo á
-alguien... lo que no quiere decir, entiéndelo bien (parándose ante mí y
-amenazándome con el puño), que yo crea que el mundo es bueno. Manolo,
-créeme, vamos á un cataclismo. La sociedad no puede seguir así. Sus
-bases, las célebres bases de que hablan tanto esos papeles inmundos,
-hacen _crac_, _crac_. El matrimonio se hunde, las instituciones
-políticas y religiosas se desmoronan. ¡Ejército, Iglesia, Magistratura,
-pilares podridos que sólo aguardan un encontronazo para caerse! Sí,
-Manolo, Manolito, tiene que venir un mundo nuevo... pero lo que digo:
-aunque sé que ese mundo nuevo ha de venir, y vendrá, no lo dudes, por
-el momento yo tengo ganas de dar un par de guantadas á esos que hablan
-de lo que no les importa, á los que acusan á las personas formales
-de crímenes ilusorios... Por lo mismo, hombre, por lo mismo que la
-sociedad está haciéndose polvo, quiero yo desahogarme... ¡Ah!...
-¡qué tropa, hijo!... ¡Cuidado que permitirse reticencias contra mi
-adorada Tinita!... ¡Vamos, esto es el colmo de la desvergüenza y
-de la...! Por supuesto, yo reconozco que el mundo es un presidio
-esférico. El pecado, el mal son su dueño absoluto; pero la honradez y
-la pureza existen, ¿pues no han de existir? Hombre, aunque sólo sea
-como término imprescindible de comparación. Pues bien: yo te digo que
-estas atrocidades que cuentan ahora de la familia Orozco, son injustas
-y calumniosas... Yo estoy que trino; y si quieres que tu padrino te
-quiera, sal por ahí, y al primero que te suelte una alusioncita le
-rompes todas las muelas.
-
-—Amigo don Carlos—le dije,—yo creo que debemos callarnos, pues
-ignoramos la verdad.
-
-—Manolo, eres un cobarde... y tendré que arrojarte de mi casa.
-
-—Me marcharé, si usted se empeña; pero no sin decirle que la versión
-judicial respecto á la muerte de Federico me parece absurda.»
-
-Aquí viene bien indicar que aquella mañana misma me dijo el
-escribano que de la sumaria no sale nada en que se pueda fundamentar
-el homicidio. La justicia opina que Federico se dió la muerte
-á consecuencia de grandes pérdidas en el juego. Las diligencias
-continúan, sí, pero encarriladas ya en una dirección de la cual no se
-desviarán.
-
-«¿Y en qué te fundas tú—me dijo Cisneros plantándoseme delante con aire
-jaquetón,—para creer que la versión judicial es absurda?
-
-—En que me consta que Federico no tuvo pérdidas en los últimos días,
-sino grandes ganancias.
-
-—Quita allá, tonto. Pues cualquiera prueba que hubo esas ganancias.
-Y aunque las hubiera... ¿qué significa eso? Vaya una manera de
-argumentar.»
-
-Sin duda estaba el buen señor enteramente trastornado, ó á dos dedos
-del trastorno, porque de improviso mudó de acento y de expresión, y
-echándome el brazo al cuello, me dijo:
-
-«Ven acá, tontín, carísimo ahijado mío... ¿Para qué te metes en lo
-que no te importa? ¿Qué averiguaciones son esas sin contar conmigo,
-que tengo más arte del mundo que tú? Entendámonos, y obremos de común
-acuerdo. De tí para mí, podemos comunicarnos nuestras impresiones.
-Lo que tú sepas, lo que pienses ó sospeches acerca de esta tremenda
-chiquillada del pobre Federico, confíamelo á mí, y yo con mi
-experiencia te daré la pauta lógica de los hechos. Cuéntame lo que
-hayas oído por ahí. ¿Te ha dicho algo la Peri? ¿Qué se habla en el
-Casino y en la Peña de los Ingenieros? Yo quiero saberlo. Es que...
-te diré: me gusta enterarme de los diferentes aspectos de la malicia
-humana, de todas las enfermedades de la opinión, porque la opinión es
-una pura gangrena, ¿sabes?... Mala es la sociedad; pero la opinión,
-hijo mío, esa gran charlatana, merece ser tratada como la última de las
-mujerzuelas.»
-
-Nunca le había visto tan fuera de su centro. En él luchaban las ideas
-que constituyen lo más típico y lo más agradable de su personalidad,
-con la obligación de aplicar á un hecho real criterio distinto del
-que siempre usa; luchaba también en su ánimo el afán de conocer la
-verdad con la vergüenza de ver mezclado el nombre de su hija en aquel
-drama incomprensible. El traqueteo de esta lucha; los brincos que
-daba su ingenio enzarzándose con su conciencia; los chillidos que á
-veces salían de lo más hondo de ésta; las ansias de la curiosidad;
-los bramidos del orgullo, queriendo sostener la idea pesimista por
-encima de todo, producían un zipizape espiritual que me hizo muchísima
-gracia. Créelo: me costó trabajo no echarme á reir, pues á veces se me
-representaban los sentimientos y las ideas de mi padrino como gatos
-que se arañaban y se mordían en furiosa reyerta. Llegué á creer que le
-daba un ataque de nervios, porque el pobre señor, en aquel ir y venir,
-parecía que bailaba ó que hacía volatines. Procuraba yo tranquilizarle,
-y al fin conseguí que se tendiera en un sofá. Al cambiar de postura,
-varió de tono. Habías de verle y oirle.
-
-«Te confesaré una cosa: tengo un amargor en el alma que me atosiga. Yo
-sigo en mis trece: la Humanidad es esclava del mal; pero francamente,
-no me gusta que mi nombre ande en bocas de la caterva maliciosa. Me
-has de contar todo lo que oigas, aunque sea de lo más insolente y
-desvergonzado. Después, ¿sabes lo que hacemos tú y yo? Desafiar á
-medio Madrid.
-
-—¡Ave María Purísima!
-
-—Es que yo, aquí donde me ves, tengo el punto de honor muy delicado, y
-no aguanto que nadie me toque al pelo de la ropa. Estoy furioso; quiero
-emprenderla con alguno, dar un recorrido al que me contradiga, hacer
-cualquier atrocidad. ¡Si me parece que he vuelto á los veinte años, á
-la edad valiente en que yo cobraba el barato entre los muchachos de mi
-taifa!»
-
-Quería levantarse. Yo le contuve, diciéndole: «Don Carlos, no sea
-chiquillo. Yo le contaré á usted todo lo que oiga. Pero advierta que la
-mayor parte de lo que se dice es pura necedad, novelas que cada cual
-compone á su gusto para reunir un público de tontos que las escuche y
-las aplauda.
-
-—Bien, bien... así me gusta que te expreses... porque, francamente,
-cuando empezaste á hablar conmigo esta tarde, me pareciste inclinado á
-creer todas esas bolas que corren. Por eso quise echarte de mi casa. Me
-alegro de verte de acuerdo conmigo. Tú y yo pensamos lo mismo; tú y yo
-opinamos que la titulada Humanidad es un hatajo de pillos; pero en el
-caso presente rechazamos las suposiciones malévolas y nos indignamos...
-¿Verdad que estás indignado, hijo mío? ¡Ay! hace dos noches que no pego
-los ojos, impresionadísimo, devorado por el despecho y la curiosidad...
-Mira, te lo diré con franqueza: deseo conocer la verdad, y temo
-conocerla. Es que no puede uno ser de roca, aunque quiera. Yo, que
-presiento la destrucción de la actual sociedad en un plazo más ó menos
-largo, pero no en mis días, en mis días no; yo, que difícilmente admito
-móviles puros en la mayor parte de las acciones humanas, no soporto que
-anden por los suelos mi nombre y el de mi Tinita... Ya tú me entiendes.
-Esto es una calumnia, una asquerosa calumnia, y no debemos consentirlo.
-
-—Mire usted, padrino—observé yo,—si no poseo la verdad, trato de
-poseerla. Le juro á usted por mi salvación que si doy con ella, la
-tendrá usted, por dolorosa y amarga que sea.»
-
-Su primer impulso fué darme un fuerte abrazo; pero después le ví
-palidecer y fruncir el ceño, y me dijo con voz muy grave:
-
-«Tú me contarás todo lo que oigas; pero no bajas averiguaciones; no
-revuelvas, no menees esto.
-
-—Pero ¿qué mal hay en perseguir la verdad, la santa verdad, tío?
-
-—La santa verdad, hijo de mi alma, no la encontrarás nunca, si no
-bajas tras ella al infierno de las conciencias, y esto es imposible.
-Conténtate con la verdad relativa y aparente, una verdad fundada en el
-honor, y que sacaremos, con auxilio de la ley, de entre las malicias
-del vulgo. El honor y las formas sociales nos imponen esa verdad, y á
-ella nos atenemos.»
-
-Dicho esto me abrazó de nuevo, y casi al oído me dijo estas palabras:
-
-«No averigües nada, ni te metas á buscador de la verdad absoluta, que
-no encontrarás. El juez es hombre recto y muy amigo mío, y nos dará
-la solución. Tú la aceptas, la propalas, y al que te diga algo contra
-ella, le divides. Tose fuerte, y tendrás siempre razón. Y ya que nos
-hemos explicado, te confesaré que el juez y yo hablamos. Es amigo mío y
-me debe su carrera, porque, conociendo su mérito, le saqué de Valoria
-la Buena, donde estaba obscurecido, y le llevé á Zamora, y de Zamora me
-le traje acá. No vayas á creerte que he ejercido presión sobre él. Es
-hombre de ideas lúcidas y de puntos de vista muy elevados. Bien sabe
-que no mediando perjuicio de tercero, la mayor de las injusticias es
-arrojar inútilmente la ignominia sobre una familia respetable.
-
-Yo quise objetar algo, y noté que se enfurecía. «Cállate la
-boca—gritó.—No admito observaciones tontas... Mira que te echo de mi
-casa. Tú no lo quieres creer; pues te arrojo, te pongo de patitas en la
-calle, como tres y dos son cinco.»
-
-No me atreví á contrariarle, temeroso de que le diera un berrinche
-de consecuencias funestas para su salud, y en pago de mi silencio,
-me abrazó con paternal efusión, y me palmoteó bien las espaldas,
-llamándome su hijo querido, y asegurando que soy la persona de la
-familia á quien más ama. Me habría gustado que presenciaras la
-escena, pues yo no puedo darte idea de las marrullerías de este viejo
-zorro. Ahora me acuerdo de que en una de tus cartas me dijiste que
-la figura de Cisneros te parece creación mía; que dejándome llevar
-de la fiebre narrativa y del natural deseo de cautivar á quien me
-lee, he pintorreado los rasgos y perfiles de la fisonomía moral de
-este individuo, haciendo una figura de realidad artística, pero no
-un verdadero retrato como esperabas de mí. No, querido Equis: te
-juro que es retrato. No te mueva lo extraño de la silueta á dudar de
-su parecido y autenticidad. Piensa en las variedades infinitas que
-atesora la Naturaleza, en la abundancia de sus inagotables colecciones,
-donde así la fauna como la flora te ofrecen formas nuevas cada vez que
-las examinas. No es Cisneros invención mía, ni yo invento nada. ¿Y
-qué iría ganando yo con meterme á plasmador, aunque hacerlo pudiera?
-Siempre me quedaría muy lejos de la realidad. ¡Esa sí que inventa,
-y con qué garbo! ¡Qué cosas nos enseña, y qué sorpresas nos da! ¡Lo
-que sabe esa pícara! Para comprender su maestría fecunda, ponte á
-hacerle la competencia y suelta las riendas á tu imaginación; dedícate
-á fingir, por ejemplo, tipos de plantas, variedades de animales. ¿Á
-que te cansas antes de llegar á la millonésima parte de lo que ya
-existe, y desesperado tiras los trastos de imaginar? Pues lo mismo te
-pasaría en el inmenso capítulo de la psicología y los actos humanos.
-Échate á componer caracteres y acontecimientos, y verás cómo te quedas
-corto, muy corto. ¡Trabajo inútil y necio, cuando la realidad te los
-da siempre vivos y verdaderos, y siempre nuevecitos! La invención
-realmente práctica consiste en abrir mucho los ojos y en acostumbrarse
-á ver bien lo que entre nosotros anda... No sigo, porque ahora me
-acuerdo de que tú y yo solemos tronar contra las _consideraciones_, y
-éstas que haciendo estoy son quizás de las más soporíferas.
-
-
-
-
-XXXIII
-
- _10 de Febrero._
-
-
-Sigo la de ayer, que, aunque bastante larguita y pesada, iba
-incompleta. Contábale yo á mi tío alguna de las desatinadas hipótesis
-que había oído, cuando entró Malibrán. Comprendiendo yo que mi
-presencia les contrariaba y que querían hablar á solas, apartéme, y
-les ví de gran secreteo durante un mediano rato. No llegó á mis oídos
-ni una sola sílaba, ni intenté atraparla tampoco. Que hablaron del
-suceso de autos, era indudable. Malibrán se expresaba con la vehemencia
-oficiosa de una persona que, por propia iniciativa ó por encargo, se
-ha impuesto la misión de arreglar un asunto de difícil compostura.
-Cisneros oía y como que dictaba un plan. Creí que, después de esto,
-Cornelio saldría á la calle; pero no fué así. Mi padrino parecía
-cansado y soñoliento. Le dejamos en el sofá, y nos fuimos á un gabinete
-próximo, donde el diplomático se puso á ver carteras de estampas. Yo
-hice lo mismo, y trabamos conversación, empezando él por darme un
-curso instructivo de Alberto Durero, Lucas de Leyden, Holbein y otros
-maestros, y te confieso que le oía con gusto, porque se sabe al dedillo
-la historia del grabado en talla dulce y del agua fuerte, y la explica
-con amenidad y lucidez.
-
-Cuando ya me pareció que habíamos hablado bastante de aquellas
-materias, metí el embuchado del tema que tratar quería, y le dije:
-«Vamos á ver, amigo Malibrán: usted, como todo el mundo, habrá formado
-su opinión sobre este lío. Dígamela usted con sinceridad, si no es
-indiscreción el desear saberla.
-
-—¡Oh! no, indiscreción de ninguna manera—me respondió sereno y
-afectuosísimo.—Mi opinión es bien clara, y no la oculto á nadie. Desde
-el momento en que Orozco y yo recibimos la noticia en las Charcas,
-tuve una idea; y después de llegar aquí y de oir tanto disparate, no
-la he variado en nada. Creo que esto es sencillamente un suicidio por
-insolvencia, por no poder cumplir obligaciones contraídas en el juego,
-ofuscación del ánimo cuyo origen hay que buscar en un sentimiento
-bravío del honor y de la responsabilidad.
-
-—¿Y no cree usted que...?
-
-—¿Mujeres?... ¿La novela cursi que anda por ahí...? Por Dios, amigo
-Infante: considere usted que á nosotros nos corresponde juzgar estas
-cosas con un criterio racional y no con el de la patulea. Me parece que
-debemos rechazar la fábula vergonzosa que, además de ser inverosímil,
-va contra la reputación y contra el honor de amigos muy queridos.»
-
-Puesta la cuestión en este terreno, no tenía yo más remedio que otorgar
-callando, y aun dije alguna frase ambigua en defensa de nuestros
-amigos. Sorprendióme la actitud de Malibrán, circunspecta hasta
-dejárselo de sobra, y amoldada á las formas diplomáticas, conforme
-al papel que tan bien sabe representar en el mundo. No me habría
-sorprendido semejante actitud si no me constara que un día antes había
-lanzado, en casa de San Salomó, una de las variantes más novelescas
-y estrafalarias del tenebroso drama. No me habría sorprendido si no
-supiera, como sé, que, noches antes del suceso, Malibrán se dejó
-decir en casa de la Peri, delante de varios amigos excitados por el
-_champagne_, que había descubierto el nido de amores de mi prima
-Augusta, y que sabía quién era él, aunque se reservó su nombre.
-
-Pero, en rigor, nada debía cogerme de nuevas tratándose del carácter
-de un sujeto cuya falsedad y doblez se me revelaron bajo las
-exterioridades más cultas. Sin duda, tras un rapto de malevolencia
-manifiesta, había vuelto sobre sí, encerrándose en su papel social; sin
-duda, causado el daño que se propuso, había vuelto á vestirse la piel
-de cordero, dentro de la cual tan bien resuelve los problemas de la
-vida. Mi padrino y él se entienden de seguro, y manejan los hilos de la
-trama ocultadora.
-
-Hablamos algo más, esforzándose él en demostrarme la necesidad de
-sofocar en lo posible el alboroto de las murmuraciones. Mira lo que
-saqué en limpio de aquel coloquio: que Malibrán aspira á hacerse grato
-á mi prima, abrazando su causa con ardor y defendiéndola con la donosa
-fraseología que posee el muy tuno. Seguro estoy de que sacas de los
-hechos expuestos la misma deducción que he sacado yo.
-
-Pero espérate ahora, que voy á contarte otra cosa que te sorprenderá.
-De repente sentimos que mi padrino, desde la estancia próxima, nos
-llamaba: «Eh, pollos, que me tenéis aquí solo y abandonado.» Suele
-llamar pollos á todos los que no son de su edad. Comimos con él, y de
-buenas á primeras, como quien continúa en alta voz un monólogo, nos
-dijo riendo: «Por supuesto, yo estoy siempre en que ese yernecito que
-Dios me ha dado, ese Orozquito, es un buen punto...
-
-—No estamos de acuerdo, don Carlos: ya sabe usted que yo...—apuntó
-Malibrán, firme en su papel.
-
-—Amigo mío, usted se me va siempre del lado benévolo. Debe usted
-dedicarse á escribir vidas de santos, lo mismo que este tontín de
-Manolo, que sostiene que á Tomás debiéramos ponerle en los altares.
-¡Qué inocencia! Si es el pillo más grande que... vamos... Extraño mucho
-que no lo comprendáis así. Si tocan á hacer santos, ahí está mi hija,
-que no es floja virtud querer á ese jesuitón como le quiere...
-
-—La canonizaremos,—afirmó Malibrán, con una sonrisa que me dejó helado,
-pues había en ella el sarcasmo más sutil que imaginarse puede.
-
-—Sí, canonizádmela—repitió Cisneros levantándose.—¡Pobre Tinita mía!
-Cuánto debe padecer con estas infamias...»
-
-Malibrán y yo nos miramos sin decir nada; pero se me figura que él leyó
-en mis ojos mi pensamiento, como yo leí el suyo en los de él.
-
-Y basta por hoy. Me parece que tienes para meditar un rato.
-
-
-
-
-XXXIV
-
- _12 de Febrero._
-
-
-Prepárate para oir las versiones del drama ocurrido en el _solar del
-polvorista_, que así, según supe después, se llama el sitio donde
-apareció muerto nuestro amigo. No te cuento todo lo que la fantasía
-popular nos regala, porque sería tarea interminable; te doy sólo las
-variantes que más aceptación tienen en los corrillos chismográficos,
-algunas corriendo con el crédito que le dan labios de reconocida
-autoridad en el arte de la maledicencia; otras desacreditadas, pero no
-por eso mal recibidas. La primera que te endilgaré es la que oí en la
-Peña de los Ingenieros, y se funda en datos suministrados por aquel
-viejo zorro de quien te hablé en una de mis cartas, ¿no te acuerdas? el
-que me aseguró haber visto salir á Augusta de cierta casa en la cual no
-debía de entrar con buenos fines. Roguéle me dijese cuanto supiera, y
-por fin me designó la casa, aunque no podía hacerlo del piso. Es una de
-las del paseo de Santa Engracia, próxima al _solar del polvorista_. Del
-portal al vertedero, habrá unos sesenta pasos míos. Esta mañana hice
-mis pruebas topográficas sobre el terreno; pero te advierto que estas
-pesquisas son para mi uso particular, pues la primera condición que me
-puso el señor aquél para clarearse conmigo, fué que no había de llevar
-ningún dato á las diligencias judiciales.
-
-Vale más que te dé un breve extracto de sus propias palabras: «Mire
-usted, amiguito, yo no quiero meterme en líos, ni delatar á nadie. Si
-se tratara de un asesinato por robo, yo sería el primero en ayudar
-á la justicia con los indicios que tengo; pero en una desgracia
-ocasionada por amores clandestinos; en una tragedia íntima, de éstas
-cuyos factores son la pasión, los celos, el sentimiento exaltado de la
-dignidad y el honor, creo yo que no debe intervenir la acción de los
-ciudadanos. Por tanto, las noticias de la casa, que para mí son de una
-autenticidad incontestable, porque no una, sino varias veces he visto
-entrar en ella á esa señora y á su amante (que de Dios goce), se las
-comunico á usted para que se vaya ilustrando; pero ello ha de quedar
-entre nosotros, porque si usted tiene la debilidad de llevar este
-dato al juez, y el juez me llama, negaré yo la referencia y le dejaré
-á usted por mentiroso. Hablando en plata: creo que el poder judicial
-hace bien en no apurar la investigación de estos asuntos de amor y
-celos, porque las querellas y zaragatas por la posesión de una hembra,
-están, como el duelo, por cima de las leyes, dígase lo que se quiera.
-No extrañe usted que, cuando ocurre un caso como el de su amigo, sobre
-todo si el muerto pertenece á las clases principales, resulte que es
-suicida por lances de juego ó por arrebato de locura. Bien sé que la
-solución no satisface á la justicia estricta; pero me parece que el
-camino derecho produciría mayores males, por aquello de _summum jus
-summa injuria_.»
-
-Dióme qué pensar la opinión de aquel sujeto, que reforzaba sus
-argumentos con sus canas, pues bien se le conoce que es hombre de
-consumada pericia y de erudición enciclopédica en todos los ramos de
-fragilidades humanas. Respecto al hecho, lo reconstruye de este modo:
-«Orozco tuvo noticia de la infidelidad de su mujer y del lugar donde
-podría comprobarlo por sus propios ojos. Presentóse allí en la noche
-del primero de Febrero.» Le interrumpí para hacerle ver que esto era
-imposible por hallarse Tomás en las Charcas; y él, echándose á reir, me
-dijo: «No sea usted inocente. Las coartadas se preparan con habilidad
-cuando se tiene empeño en ello, y lo que ha habido es el recurso
-vulgarísimo de fingir un viaje, despidiéndose y quedándose. Para mí,
-Orozco les sorprendió y no tuvo valor para matar á su mujer. Hirió al
-infeliz Viera, disparándole á quemarropa. Esta primera herida es la del
-costado, mortal, aunque no inmediatamente. El herido pudo huir. Acosado
-por el agresor, y cuando ya estaba caído y exánime, recibió el segundo
-balazo, el de la cabeza, con el cual quedó rematado.»
-
-El aspecto de verosimilitud de esta hipótesis no ganaba mi ánimo,
-lleno de dudas acerca de la participación de Orozco. Cierto que por
-grandes que sean la virtud de un hombre, su prudencia y suavidad de
-costumbres en los actos corrientes de la vida, no podemos responder
-de que ese mismo hombre, movido de los celos y hostigado por el
-mayor ultraje que á su dignidad puede inferirse, no se transforme de
-pacífico en vengador. El conocimiento del carácter de una persona nos
-puede dar la norma de su proceder probable en todas las situaciones
-sociales, menos en aquéllas que se derivan de la pasión amorosa,
-los celos ó el honor. Tratándose de la situación creada á un hombre
-por estos grandes móviles, no podemos responder de que sus actos se
-contengan en un límite fácil de trazar. Se vuelve fiera irresponsable,
-y todas las prendas que constituían su personalidad en la vida
-ordinaria, se eclipsan y se desvirtúan. Pues á pesar de esto, y de la
-posibilidad de la exaltación homicida de Orozco, yo no entro con ella.
-Mi entendimiento la repugna. Qué quieres que te diga: _no veo_, no
-puedo ver á Orozco, revólver en mano, persiguiendo á su enemigo. Ello
-podrá ser: pero yo no sé reproducir el acto en mi mente, no acierto á
-figurarme la cara ni la actitud trágica de un hombre á quien he visto
-ayer mismo ostentando una serenidad y un reposo de ánimo que... vamos,
-que no pueden en manera alguna ser obra de la hipocresía, y sostengo
-que no hay histrionismo en grado tal de perfección.
-
-En la misma Peña corría otra variante, en la cual Orozco no figura sino
-como impulsor del crimen, por medio de un asesinato mercenario. Este
-esperó á Federico cuando salía, y _pim_, _pam_. El principal sostenedor
-de esta historieta asegura que un amigo suyo, al pasar á las nueve de
-la noche por la bocacalle que da ingreso al vertedero, vió á un hombre
-de mala traza, y que á las diez le volvió á ver. Esto del matador
-pagado me parece todavía menos aceptable. Que Orozco matara, puede
-ser, aunque yo no _siento_ el acto, ¿me entiendes?, no hay en mi ánimo
-ese movimiento íntimo de fe que nos lleva á la convicción. Pero lo
-de comprar un asesino me parece contrario á toda lógica. Orozco no es
-capaz de eso.
-
-Completaré estas noticias diciéndote que he tratado de hacer hoy, en la
-que llamaremos casa del crimen, algunas indagaciones. La casa, que es
-de construcción reciente, no tiene más que dos pisos, bajo y principal,
-y dos cuartos en cada uno de ellos. El principal de la izquierda y
-el bajo de la derecha están con papeles. Me inclino á creer que el
-bajo izquierda es el lugar nefando. Interrogo á los porteros; pero
-no he visto gente más discreta. Les ofrezco gratificación; les hago
-comprender que no soy de la curia, que no se les seguirá perjuicio
-por las revelaciones que me hagan, y nada. Tranquilos y confiados, ni
-aceptan mis dádivas, ni me dan ninguna luz. Ó son inocentes, ó están
-vendidos ya. Me inclino á creer esto último. Enseñáronme los dos
-cuartos vacíos, en los cuales todo indica que no han sido habitados
-aún. En el principal vive un procurador, con señora y la mar de
-chiquillos; en el bajo de la izquierda, objeto de mis sospechas, hay un
-almacén ó taller de muebles, de éstos que se anuncian en Madrid como
-almonedas. Entré; no se podía dar un paso, porque todo está obstruido
-con sillerías en blanco, butacas apiladas, sofás patas arriba. En el
-centro de la sala, llena de mil trebejos, y donde se masca el polvo
-del pelote y se le enredan á uno los pies en las sartas de muelles
-de acero, dos hombres trabajan en tapicería. La mujer que me enseñó
-el establecimiento, y á quien intenté hacer cantar ofreciéndole
-con habilidad buena recompensa, se ofendió de mis insinuaciones. Su
-altanería desdeñosa me pareció sincera ó muy bien fingida. Á pesar de
-tantas señales contrarias á mi idea, no sé por qué insisto en pensar
-que aquellas paredes encerraron lo que yo presumo y Dios sabe.
-
-Por lo demás, como adquisición de conocimientos reales sobre este
-problema, no he adelantado nada. La obscuridad es mayor cada día, el
-vértigo crece, la razón se apaga, y si de ésta no me vuelvo loco, creo
-que tengo asegurada mi cordura por todo el resto de mis días.
-
-Hasta mañana, y dime algo, ilumíname. Á veces el que está lejos de los
-acontecimientos ve más y mejor que el que los toca con sus narices.
-Dime cuanto se te ocurra, que por disparatado que sea, no ha de llegar
-á las gárrulas novelas que se forjan aquí. Adiós.
-
-
-
-
-XXXV
-
- _14 de Febrero._
-
-
-Allá va otra.
-
-De seis ó siete versiones recogidas en el Casino, elijo la que tiene
-más prosélitos. Orozco es eliminado de esta hipótesis, y no figura
-para nada en el crimen. En cambio, aparece otro personaje que nadie
-sabe quién es: un segundo amante de la desgraciada Augusta. Cómo
-se determina la participación en el drama de este nuevo elemento,
-es cosa que cada cual explica á su modo, con criterios y puntos de
-vista originalísimos. Algunos atestiguan y refieren el lance como si
-lo hubieran visto. Uno de los presentes sostiene que Augusta entró
-en la casa con el desconocido á eso de las nueve y media. Las once
-serían cuando entró Federico. «¿Pero usted le vió?» Á esta pregunta te
-contestan: «Yo no le ví; pero me lo ha contado Vargas.» Cuando llega
-el llamado Vargas, que es un _sportman_ y _ciclista_ muy conocido, se
-le interroga con toda solemnidad; pero resulta que él no vió nada,
-sino que se lo dijo un amigo, capitán de infantería, el cual se marchó
-ayer á las Baleares. ¡Alabado sea Dios! Danme ganas, querido Equis, de
-ponerme en marcha inmediatamente para Mallorca, á fin de evacuar esta
-cita. Pero lo pienso mejor, y me quedo. Lo referido á Vargas por su
-amigo es que la señora (falta averiguar si el tal capitán la conoce, ó
-si, habiendo visto entrar en la casa á otra mujer, da en creer de buena
-fe que era la persona de quien tanto se habla hoy) llegó en coche simón
-con un sujeto, del cual no puede decir sino que tenía barba larga y
-rubia. «¿Era alto?—Más bien alto que bajo... bien vestido.» En seguida
-empieza la tarea sabrosa de personalizar este dato, y unos en serio,
-otros en broma, le cuelgan el muerto á varias personas conocidas, entre
-ellas á tu amigo Bueno de Guzmán, el cual no vuelve de su asombro al
-encontrarse con que es la auténtica _tía Javiera_ del asesinato de
-Federico. Bromas aparte, esta versión la tienen muchos por aceptable, y
-alguien la cree como el Evangelio. Varían las apreciaciones respecto al
-desconocido: quién le tiene por caballero ó persona de nuestra clase,
-quién por hombre ordinario. Un primito de Villalonga, de éstos que,
-cuando se habla de acontecimientos misteriosos, se pirran por ser á
-todo trance testigos presenciales, jura y perjura que hace dos semanas
-próximamente, á eso de las once de la noche, vió á la de Orozco por
-calles extraviadas de Chamberí paseando del brazo de un hombrachón que
-no le pareció caballero. _Por cierto que le chocó._ Da las señas: alto,
-fuerte, con barba rubia y larga, ropa holgada y de feo corte, aspecto
-extranjero, como de maquinista ó jefe de alguna industria. En fin, ya
-puedes figurarte lo que vería el muy lince. Primero se deja matar que
-sufrir el desaire de no haber visto alguna cosita.
-
-Y qué, ¿crees tú esto? Yo no lo acepto, ni en absoluto lo rechazo, pues
-la misma confusión en que estoy me obliga á admitir todo lo humanamente
-probable, y á no poner puertas al campo inmenso de la fragilidad
-femenina. Anoche pensé bastante en el hombre misterioso y barbudo,
-alto, grueso, como le describió aquel demonio de chico. Francamente, no
-caigo en quién pueda ser. Casi, casi me decido á eliminarle, como un
-fantasma intruso, de la serie de hipótesis razonables.
-
-Pues verás ahora la más salada. En casa de la de San Salomó hay
-paráfrasis para todos los gustos. Pero la marquesa tiene una suya, que
-no confía sino á ciertos amigos de mucha confianza, siempre con la nota
-marginal de que lo sabe por el conducto más fidedigno. Te transmito el
-dicharacho de la ilustre dama sin quitar punto ni coma: «Pues yo sé
-la verdad, la pura verdad. Crea usted que esto es lo auténtico. Se lo
-diré á usted si me promete guardar el secreto, y le advierto que la
-persona que me lo ha dicho lo sabe... vamos, lo sabe como si lo hubiera
-presenciado. Ni Orozco ni hombre alguno tienen culpabilidad. Ella,
-ella fué quien le mató por celos de la Peri. Hace días que venían las
-cosas muy tirantes: cada cita era un altercado. No, no lo dude usted,
-que esto es como el Evangelio. Se sabe dónde compró el revólver; se
-sabe que á un amigo íntimo (que no puedo nombrar... usted considere)
-le confió su propósito de matar á Fritz. Pero qué, ¿no cree usted en
-las mujeres que matan? Aquella noche fué grande la marimorena. Augusta
-disparó, y le atravesó el hígado, y el estómago, y el espinazo, y la
-vejiga, y no sé qué. Salió el pobrecito y fué á caer en el sitio donde
-le encontraron.
-
-—Pero, señora, ¿y la herida en la frente, que es la mortal de
-necesidad?—objetan todos los que oyen versión tan chabacana.
-
-—No hay tal herida en la frente—responde imperturbable la marquesa.—Es
-usted un cándido y un tragabolas. El forense, el mismo forense (bajando
-mucho la voz) ha dicho á un amigo mío, á quien no he de nombrar, que no
-había tal herida, y que eso se puso en el informe pericial para dar por
-probado el suicidio. Créame: lo que le cuento á usted es lo que pasó...
-¡Ah! el enderezar este entuerto les cuesta un pico á Orozco y á don
-Carlos.
-
-—Pero, señora, permítame usted que ponga en duda...
-
-—De incrédulos está el infierno lleno... Digo lo que sé, y sólo añado,
-amigo Tal, que esto se queda entre usted y yo. No vayamos ahora
-pregonándolo por ahí. Pero créalo... créalo y cállese.»
-
-Esto me lo contó el _Catón ultramarino_, el cual ni lo creía ni
-callaba, y por su cuenta y riesgo, después de oir á _tirios_ y
-_troyanos_, dióme también su versioncita. Orozco sorprende á los
-amantes... (se da por supuesto que no hubo tal viaje á las Charcas);
-Augusta se echa á los pies de su marido y le pide perdón. ¡Ah, oh!
-Federico, siempre orgulloso, desafía al marido. ¡Oh, ah! Este saca
-un revólver, y alargándoselo al otro, le dice: «No, aquí quien debe
-morir eres tú. Si hay en tu alma una chispa de sentimiento del honor,
-ya sabes lo que tienes que hacer.» Al otro le parece la fraterna muy
-puesta en razón, coge el arma, y pim, pum...
-
-¿Querrás creer, Equisillo, que no dormí en toda la noche, pensando
-en esta interpretación, en la cual veía no sé qué lejanos vislumbres
-de certeza? Pues aguárdate un poco. Hoy por la mañana salí decidido
-á comprobar la coartada de Tomás; bajéme á la estación del Norte,
-y con el testimonio del jefe, de varios empleados y del inspector
-de la Sección, puedo afirmar, sin ningún género de duda, que Orozco
-y Malibrán estuvieron en las Charcas toda la noche del 1.º al 2 de
-Febrero. Como que el inspector les acompañó, y cenaron juntos, y
-estuvieron charlando hasta las doce, hora en que se acostaron los
-tres, en una misma habitación por más señas, pues los alojamientos en
-aquella finca dejan mucho que desear. El inspector me merece crédito.
-Mas no satisfecho aún, cojo el tren, me planto en las Charcas, y
-compruebo aquel testimonio con los del jefe de las Zorreras, de los
-guardas del monte y de la mujer que tienen allí para hacer la comida
-á los cazadores. En fin, chico, que la coartada de Orozco es un hecho
-incontestable, y que probándola he quitado al problema un gran elemento
-de confusión.
-
-Más noticias. En los corrillos del Congreso, á donde voy ahora lo menos
-posible, también he oído cada catálogo que canta el misterio. No te los
-cuento para no trasladar á tu cabeza la olla de grillos que tengo yo
-dentro de la mía. Joaquín Pez me dijo hoy con mucho sigilo: «Tengo un
-gran dato, amigo Infante, que arroja mucha luz. Me ha dicho el marido
-de la sobrina de la nuera del forense... ya ve usted que el conducto
-no puede ser mejor... me ha dicho que, comiendo ayer el forense en casa
-del hermano de la cuñada de su primo, dijo esto: «la herida del costado
-es de homicidio; la de la frente de suicidio.»
-
-—No es mal dato—le contesté,—si resulta cierto. Mas para comprobarlo,
-necesitamos recorrer ese laberíntico rosario de la nuera del hermano
-del tío de la sobrina... Verá usted, amigo Pez, cómo, al llegar al
-forense, resulta que el buen señor no ha dicho esta boca es mía.»
-
-Esta y otras especies corren por allí, cuando no hay asuntos más
-graves de qué tratar. Los periodistas, justo es decirlo, si son los
-más fecundos en combinaciones novelescas, parecen haberse propuesto
-no lastimar á la familia Orozco. Si el _reportismo_ y la fiebre de
-la noticia les inducen comunmente á explotar cualquier asunto que dé
-saborete y picor de escándalo al papel de la mañana ó de la tarde,
-basta una indicación amistosa hecha en estos pasillos, para poner coto
-á las reticencias contra personas respetables, sobre todo si éstas
-son de las que, por no mezclarse en política, están libres de odios
-personales ó colectivos. Por tal medio, fácil ha sido conseguir que
-los nombres no aparezcan en letras de molde. Esto no significa que
-los estragos de la opinión no sean grandes, porque al barullo anónimo
-de la prensa se une el _reportismo_ oral, que es más difusivo, más
-penetrante, y tiene entre nosotros increíble fuerza. La cháchara
-verbal destruye las reputaciones privadas y públicas más pronto y más
-eficazmente que la cháchara escrita... Antes que se me olvide: un
-periodista me reprodujo esta noche la opinión aquélla del forense
-sobre la naturaleza de las heridas; pero á la inversa de como me la
-transmitió Joaquín Pez, es decir, que la herida de la frente era
-de homicidio, la del costado de suicidio. Respecto al origen de la
-noticia, diómela por auténtica y autorizada á no poder más. Lo había
-oído él mismo, la noche anterior, en la tertulia de no sé qué ministro,
-de boca de un respetable sujeto de la curia. Con que ve tomando notas,
-y acaba de volverte loco como tu corresponsal y amigo.
-
-El cual anda ahora tan sin brújula, que no sabe por dónde va, ni se
-entera de lo que ocurre en las filas parlamentarias. ¿Querrás creer que
-estos días ha votado el buen Infante no sé cuántas leyes, y ha dicho
-sí ó no en multitud de resoluciones, sin tener conciencia clara de sus
-actos legislativos?... Soy un simple número, una energía mecánica,
-inconsciente; voy con la masa, á donde la masa va. En mi oído suena el
-run-run de las votaciones, y presiento que hemos hecho la dicha del
-país con leyes como la de Enjuiciamiento criminal, y las de Acuñación
-de plata, del Trabajo de los niños en las fábricas, de Rectificación
-de listas electorales, etc... item más con multitud de ferrocarriles
-que raudos cruzarán el patrio suelo en todas direcciones. Me convenzo,
-por lo que oigo decir, de que he votado todas estas cosas tan buenas,
-y estoy dispuesto á votar la transubstanciación del Verbo si me la
-ponen delante. No me pidas cuenta de nada, ni aun del olvido en que
-tengo los asuntos del infame distrito. Si murmuran de mí en esa tierra
-de maldición, hazme el favor de decirles que ahí me las den todas.
-Les odio con toda mi alma, y deseo que el cielo les aflija con mil
-calamidades, sequías, riadas, pedriscos y ciclones, y un terremoto de
-añadidura; que no quede en pie ni casa ni árbol; que pasen á mejor vida
-todas las reses, inclusos los caciques del pueblo, y que la tierra sea
-infecunda y no produzca ni un solo ajo. Abur.
-
-
-
-
-XXXVI
-
- _16 de Febrero._
-
-
-He aquí que me presento en casa de la Peri, con ánimo de tener con ella
-la conferencia que vivamente deseo.
-
-Y la hechicera quiere echarme las cartas, rasgando con su dedo de rosa
-el denso velo del porvenir... ¡atiza! Mas yo se lo quito de la cabeza,
-abordando el asunto que me hace penetrar en aquel mágico santuario de
-la... permíteme que no acabe la frase.
-
-Y Leonorilla pone unos morros muy... no sé cómo, apresurándose á variar
-la conversación. Y he aquí que, burla burlando, cuéntame que ha reñido
-con el malagueño pollo, de rizada crencha, y echádole de su casa por
-las escaleras abajo. Es un chulapo, un indecente, un marica y un qué sé
-yo cuántos. Alabo su juiciosa resolución, añadiendo que el tal mancebo
-me es bastante antipático, y que ella se merece más, mucho más, por su
-buen corazón y sus sentimientos hidalgos y generosos. No recuerdo bien
-si dije lo de hidalgos y generosos; pero algo así, ó poco menos, fué lo
-que brotó de mis autorizados labios.
-
-Perdona la falta de formalidad con que te escribo; pero mi espíritu
-se inclina ya á tomar en broma todos los asuntos y á hacer chacota de
-lo más grave, porque no hallando juicio ni seriedad en parte alguna,
-las ideas se me vuelven chirigotas, y las rigideces de mi voluntad se
-convierten en dislocaciones de payaso.
-
-Pues he aquí que, á poco de interrogar á la Peri, me encuentro su
-sinceridad tapiada á piedra y barro. No es la misma mujer que ví días
-antes; ahora es toda reserva, medias palabras, y una discreción bien
-poco en armonía con su oficio. Total, que Leonor no sabe jota; le falta
-poco para decirte que no conoció á Federico. Se ha vuelto completamente
-ignorante de lo que éste hizo en los días que precedieron al crimen. No
-le consta que ganara ni que perdiera al juego; no le consta que tuviera
-amores con ésta ó la otra dama; no se ha enterado de cosa alguna, ni
-hay medio de arrancar á su bonita boca una sola frase que ilustre el
-asunto. Excuso decirte que observar esto y desilusionarme de ella, fué
-todo uno; más claro, que en un instante se me borró del espíritu la
-fascinación que me había producido su fidelidad hacia el pobre muerto,
-y el sentimiento que mostrara el triste día de la autopsia. Aquí tienes
-cómo se desvanece una pasión, nacida tan de improviso, y de improviso
-trocada en desvío, suspicacia, lástima ó no sé qué.
-
-Pero espérate, que falta lo mejor. En ella se determinó el fenómeno
-contrario; quiero decir, que en el momento en que yo me apagaba, como
-luz á la cual se da un soplo, ella se encendía súbitamente, como si
-la llama pasara de mi sér al suyo por arte milagroso. Vamos, que le
-estaba yo haciendo tilín, un tilín tremendo, según me manifestaron sus
-ojos flecheros y sus actitudes insinuantes. En fin, que á la media hora
-de conferencia empezó á hacerme cucamonas, y yo, frío y completamente
-desilusionado, dí en dejarme querer, imaginando que por aquel camino
-podría romper la reserva en que la muy bribona se había encerrado,
-metiéndose también á diplomática.
-
-Las garatusas iban en _crescendo_ alarmante: díjome que soy muy
-simpático, que se le alegra el alma cuando me ve, y que le da el
-corazón que íbamos á ser amigos, pero muy amigos. Yo apoyé estas
-enamoradas razones, y en la confianza que rápidamente se estableció
-entre nosotros, pude obtener algún indicio de su cambio de conducta.
-«Mira, monín—me dijo tuteándome ya y tirándome de las orejas,—yo no
-me meto con la justicia. Desde el momento en que han querido liarme á
-mí también en esa muerte, me he plantado, chico, y ya no sé nada, ni
-estoy en autos de lo que aquél hacía ó dejaba de hacer. En fin, que no
-toco pito, ¿sabes? Eso le dije á ese tío de juez, y eso te digo á tí,
-que también andas por ahí buscándole tres pies al gato. Si quieres que
-seamos amigos, echemos tierra, mucha tierra. El pobrecito está en la
-sepultura, y de allí no le han de sacar tus diligencias, ni las mías,
-ni las de nadie. Hoy le he mandado decir cuatro misas: créete, eso es
-lo que ha de valerle para la otra vida, y no las averiguaciones en
-ésta. Que si fué suicidio, que si no; que si le mató tal ó cual mano...
-Mira, nada importa esto para su alma, que debe de estar ahora en el
-Purgatorio por ciertos pecadillos; aunque yo pienso que la soltarán
-pronto, pues era bueno y leal como ninguno, más honrado que el sol, y
-caballero hasta por encima de la coronilla. Créeme á mí y déjale ya en
-paz al pobrecito.»
-
-Se conmovió un poco al recordar á su amigo, añadiendo con dolorido
-acento que otro como aquél no volvería á tener en su vida. Esto picó mi
-amor propio, y me propuse para la vacante de aquella amistad, que se me
-pintaba como tan acendrada y pura. Leonor rechazó la propuesta, dándome
-á entender que Federico era insustituible; que siendo yo muy bueno, no
-concurrían en mí las circunstancias especialísimas que hicieron de la
-amistad del otro un lazo ininteligible para los que no estaban en el
-secreto.
-
-Por más empeño que puse, ya fingiendo cariño, ya recurriendo á mil
-arbitrios dialécticos, no conseguí que me explicase qué clase de
-relaciones ó tratos constituían aquella amistad. En este punto su
-reserva fué impenetrable, y no vacilo en reconocerlo, tenía ciertos
-asomos de dignidad, impropios de su vida relajada. Púsose muy seria,
-y examinó muy detenidamente sus rosadas uñas, para decirme: «Siento
-haberte hablado algo de esto, y si pudiera recogerlo lo recogería,
-como hacen los de las Cortes cuando se les escapa una barbaridad.
-Lo que pasaba entre Federico y yo es cosa _particular_ nuestra, tan
-_particular_, que si quieres que yo te quiera, has de coserte la
-boquita y no hacerme preguntas, porque te planto en la calle, como he
-plantado á ese puerco del pollo malagueño, que maldito sea y toda su
-casta.»
-
-¿Qué te parece? Lo peor del caso es que no puede uno menos de
-respetar estas delicadezas... _particulares_, que tal vez tienen
-un origen espiritual y elevado. ¿Creerás que, hablando de ello, mi
-impresionabilidad hizo de las suyas, y volví á ilusionarme unas miajas
-con la persona física y moral de aquella mágica hembra? Entre mil cosas
-que dijo, hubo una que me dejó pasmado. «Y no te creas que le vas á
-sustituir, porque te juro por estas cruces que el vacío que ha dejado
-aquí en mi alma aquel buen amigo, no se llenará jamás, aunque yo viva
-cien mil años y medio, porque no ha nacido el hombre que lo pueda
-llenar. Con que ya lo sabes, y basta de matemáticas.
-
-—De modo—le dije entre risueño y meditabundo,—que cuando yo pensaba que
-venía á heredar al pobre Federico, resulta que heredo...
-
-—Á ese mequetrefe, á ese lameplatos, á ese gatera—replicó sin dejarme
-concluir.—Ya ves si soy franca. Yo pongo todo el corazón en la boca,
-y enseño todo mi natural, todo, todo, menos una parte que se me queda
-dentro. Soy yo muy desfachatada, muy abierta, muy frescota; pero
-también muy _acá para mí_. Entrego al que habla conmigo las llaves
-todas de mi natural, menos la de un cuartito reservado, que ya no se
-volverá á abrir, porque se mudó el inquilino. ¿Estás en lo que te
-digo? Eres ahora mi caprichito; me gustas; te quiero; me haces ilusión.
-Durará dos meses, tres, un año; puede que menos, puede que sólo dure
-ocho días; pero si me quieres, si te gusto, tómame tal como soy. El día
-que me canse te lo diré. Yo no sé fingir. Ahora me da por echarte los
-brazos; mañana te pegaré una coz. No te rías: doy coces cuando me ahíto
-de un hombre, y al pollo le eché á la escalera, dándole así, con el pie
-para atrás, hasta que se me quitó de delante.»
-
-Hágome cargo de tu asombro al leer estas tonterías. No creas que quito
-ni pongo nada. Estaba monísima la tunanta aquélla, que no por ser quien
-es, deja de tener en su carácter algo que admirar debemos, aunque uno
-se proponga no admirar nada, salvo la belleza corpórea, tratándose
-de hembras de tal clase. Verás ahora el complemento de la escena de
-ayer, que quisiera referirte con todos sus pormenores, por la lección
-que encierra y los horizontes que abre al conocimiento de las cosas
-humanas. Al pasar de la sala al gabinete, ¡oh sorpresa! me veo colgado
-de la pared un soberbio tapiz. Al punto se me iluminó la mente, y lo
-reconocí; ¿pues no había de reconocerlo?
-
-«¡Ah! bribona, ya te has caído—le dije abrazándola por el cuello,
-mientras ella me abrazaba por la cintura.—Ya te cogí. Ese tapiz te
-lo ha dado mi padrino. Si lo conozco, si lo he visto allí mil veces.
-Es flamenco, cartón de Rubens ó Jordaens, y de los repetidos, que él
-guarda para sus cambalaches. No me lo niegues: te lo ha dado en pago de
-tu silencio, quizás para que prestes una declaración falsa, asegurando
-al juez que Federico perdió grandes cantidades á la ruleta en los días
-anteriores á su muerte. Vamos, confiésamelo todo. ¿Somos ó no amigos?
-Ello ha de quedar entre nosotros.»
-
-¿Cómo había de negármelo? Ni siquiera lo intentó. Desconcertada primero
-ante mi brusca interpelación, pues ya no se acordaba del tapiz, pronto
-se echó á reir, confirmando con cuatro palabras lo que yo expresé, no
-sin añadir algunas explicaciones.
-
-«Me lo dió Cisneritos, es cierto... Ya sabes que es mi amigo desde que
-tomé la alternativa. Yo se lo había pedido muchas veces, y siempre me
-lo negaba el muy perro. Pero estos días... Te contaré: lo que él quiere
-es que yo me calle, no que declare eso que tú supones. Al juez le dije
-que no sabía una palabra. Porque verás... si yo hubiera boqueado más
-de la cuenta, podría armar un lío de mil demonios. ¿Pero qué se saca
-de deshonrar á una familia respetable? Hazte cargo. Lo que quiero es
-que me dejen tranquila, y no me traigan ni me lleven. Te diré otra
-cosa: Cisneros pensaba que yo tenía cartas de Federico ó papeles de
-compromiso para alguien... Le traje aquí para que viera que no hay
-nada. Me registró todos los muebles como un celoso. En fin, que ese
-viejo marrullero me estuvo mareando dos días, y yo le dije, digo:
-«Ahora sí que me he ganado el tapiz.» Vamos, que me lo dió, á condición
-de que me volviera muda, y no declarara en substancia cosa ninguna,
-guardándome mucho de esos trompeteros de periodistas. ¡Qué odio les
-tiene! Pues, la verdad, yo, como todo el mundo, me había compuesto mi
-novelona para embocársela á los de mi tertulia.
-
-—¿Y cuál era tu novela?
-
-—Pues que se mató él mismo delante de tu prima, porque descubrió que
-ella se la pegaba con Malibrán.
-
-—¡Jesús!
-
-—Francamente, como en casa de la San Salomó contaban que ella le
-había matado por celos de mí, yo me abronqué y dije: pues antes que
-me envuelvan, voy á salir yo también con mi romance de ciego. Á todo
-el que venía aquí se lo encajaba, y tan fresca... Súpolo Cisneros,
-me mandó llamar y me dijo, dice: «Chica, ¿qué haces? Mira que si te
-descuidas te mando á presidio.» Me asusté; faltóme poco para llorar. En
-fin, que le prometí no mentar más el crimen y plantarme en que yo no sé
-nada. Total: que con esto y algo más, me gané el tapiz.»
-
-Tales declaraciones, á pesar del acento de sinceridad con que Leonor
-las hacía, me parecieron, si no falsas, incompletas. La pícara me decía
-una parte no más de la verdad, la menos importante tal vez. Incansable
-yo en mi plan investigador, puse cerco á sus camándulas, redoblé mis
-zalamerías, ensanché todo lo que pude el campo de la confianza, y por
-fin hoy, transcurrido un día de estas fáciles relaciones, he logrado
-arrancarle aquella otra parte de la verdad que me escamoteaba. Vas á
-saberla.
-
-Cisneros le propuso declarar ante el juez que Federico había estado en
-su casa el mismo día 1.º de Febrero por la mañana, angustiadísimo, y le
-había dicho: «Si no encuentro de aquí á la noche determinada cantidad,
-me pego un tiro.»
-
-«Tanto y tanto me predicó ese viejo zorro—añadió Leonor,—haciéndome ver
-que con estas mentirijillas no perjudicaba á nadie y podía hacer mucho
-bien, que cedí... Claro, no perjudicando... ¿qué importaba...? ¡Ah!
-también quería que dijese que Federico me pidió dinero á mí, y yo no se
-lo quise dar... Á esto me resistía; pero, chico, el tapiz se me había
-montado entre ceja y ceja... Era un antojo, y soy temible cuando me
-encapricho por algo... Hicimos nuestro trato, y punto concluído... Pero
-no sabes lo más salado, y es que me porté cochinamente con Cisneritos.
-Cuando me encontré delante del juez, entráronme remordimientos, y pensé
-que si decía lo que me mandó el vejete, arrojaba una mancha sobre el
-buen nombre de mi amigo querido, el número uno de los caballeros de
-Madrid... Nada, nada, que se me resistía declarar aquellas papas... yo
-soy así. El escribano me hizo muchas cucamonas, y el secretario me dijo
-mil porquerías, y entre todos me estuvieron mareando un rato. Pues,
-chico, me atufé y me dió la santísima gana de no soltar prenda: que yo
-no sabía una palabra, que no había visto al _interfezto_, que no me
-constaba si ganaba ó perdía. Allá escribieron todito lo que dije, firmé
-y á vivir... Tú dirás que me porté mal con don Carlos, y que debía
-devolverle el tapiz... Pero ya ves: era una indecencia que yo dijese
-de Federico cosas que le ponen en mal lugar. Vamos, que me acordaba de
-él, y los ojos se me llenaban de lágrimas. Yo tengo todos los defectos,
-todos, menos el de la ingratitud... El pobrecito fué siempre muy bueno
-para mí. ¡Cómo había yo de...! Verdad que no cumpliendo con Cisneros,
-debía decirle: «Tome usted su arrastrado tapiz, que yo soy más persona
-decente de lo que usted se piensa...» Pero sobre que no tuve alma para
-devolver el regalo, ¿no te parece á tí que es justo jugarle una partida
-serrana á ese tío, más malo que el no comer?... Y bastante favor le
-hago callando, ¡digo! Mi _no sé nada_, mi _no he visto nada_ valen
-bien, no digo yo un tapiz, sino media docena.»
-
-¿Qué te parece? ¿No es verdad que este rasgo pinta una persona? ¿No
-ves á Leonor enterita con sólo la relación de un acto suyo? Lo único
-que me resta decirte acerca de esta gitana, cuyos desplantes abomino á
-veces, y á veces no puedo menos de admirar, es que mis habilidades para
-saber algo más fueron de todo punto inútiles. No me han valido mimos ni
-triquiñuelas capciosas para obtener de la chavala algún indicio de la
-clase de conexiones que con Viera tuvo. Ignoro si seré más afortunado
-en lo sucesivo; pero no sé por qué se me figura que cuando ésta se
-planta, no valen contra ella ni aguijonazos ni palmaditas. Plantada se
-queda, y hay que matarla ó dejarla.
-
-Allá va otro detalle que, si nada tiene que ver con el asunto
-principal, merece consignarse para regocijo tuyo y mío; que viene bien
-un poco de sainete entre estas seriedades fúnebres y curialescas.
-Estábamos Leonor y yo conversando íntimamente, en el mayor abandono y
-confianza posibles, cuando sonó la campanilla; oí ruidos de voces, y la
-doncella entró muy sofocada en el gabinete anunciándonos que el pollo
-malagueño se había presentado en actitud hostil y camorrista. Habías
-de ver á la Peri saltar en paños que más que menores debieran llamarse
-mínimos, y agarrar una zapatilla, arma que, según dijo, le bastaba y
-le sobraba para poner en vergonzosa fuga al invasor, «Verás, verás qué
-pronto le despacho—me dijo risueña y nerviosa, sin acertar á meter los
-brazos en las mangas de la bata.—No le puedo ver... ¡Indecente, gandul,
-canalla...!» Salió en medias, pantufla en mano, y sentí luego un gran
-vocerío; mas no me pareció que sonaban zapatazos. Á poco volvió Leonor,
-y riendo me dijo: «¡Pobrecillo, está muerto de hambre! Es preciso que
-coma, al menos.» Metió sus dedos, de rosadas uñas, en el bolsillo de mi
-chaleco, y me sacó cinco duros, que por conducto de la criada pasaron á
-las necesitadas manos del mocito aquél, de lánguidos ojos. Al hacerle
-la limosna, la gitana le mandó este cariñoso recado: «Dale eso para que
-coma, y dile que aquí no venga más, porque estoy de él por encima de
-los pelos, y que vaya á que le mantenga el Nuncio.»
-
-¿Y qué dices tú ahora de mis depravaciones, de mi caída en la profunda
-ciénaga del vicio, _do se anidan_ (¡atiza!) todas las sierpes venenosas
-que destruyen el alma... y el cuerpo? Haz el favor de no llevarte las
-manos á la veneranda cabeza. No hay tal vicio ni cosa que lo valga.
-Es la vida, chico; el desenvolvimiento biológico dentro del medio
-social... Vamos, si esto no es filosofía, que venga el diablo y lo vea.
-
-
-
-
-XXXVII
-
- _17 de Febrero._
-
-
-Evangelio del día, _secundum Villalonga_. Este astuto vividor,
-bulle-bulle de la política, que es en él pasión y oficio, se ha vuelto
-de poco acá hombre de orden. Su lengua de hacha, que antes convertía en
-leña las reputaciones más sólidas si se le interponían en su camino,
-ahora es una lengüecita muy enguatada, y más lamedora que cortante.
-Aspira el tal á ocupar un puesto en la situación, y ya no muerde sino
-cuando se le amortiguan las esperanzas de la senaduría vitalicia.
-En estos días parece que la cosa va bien, y el hombre es de lo más
-razonable, de lo más sensato que imaginarte puedes.
-
-Truena contra los calumniadores, y dice que esta tendencia á enlodar
-los nombres más respetables es un síntoma de desquiciamiento social.
-Cuando pone el paño al púlpito, nos reímos, porque parece que está
-refutando todo lo que en veinte años ha dicho y hecho. Pues si le
-quieren ver desbocado, que le toquen á la familia Orozco. Algo esperará
-de ella sin duda, ó algún favor hay de por medio. Oye su versión: «La
-muerte de Federico no ha sido más que el vulgarísimo final de una
-pendencia de garito. Como todo vicioso estragado, como el borracho que
-no encuentra bastante fuerte ningún licor, y cada día los apetece más
-ardientes, Federico no se satisfacía ya con las emociones de las timbas
-establecidas en círculos elegantes, y frecuentaba garitos innobles...
-¡Si esto se puede probar el día que se quiera!»—dice Villalonga á todo
-el que le quiere oir. Prosigue su informe jurídico, asegurando que
-un amigo suyo le vió salir con otro sujeto de una casa de juego de
-malísima traza, á eso de las diez y media de la noche del 1.º, y que en
-actitud de querella se metieron por la calle que conduce al _solar del
-polvorista_. «Me parece que más claro no puede estar. Este amigo mío
-les vió, repitió que les vió, y está dispuesto á declararlo.»
-
-Á renglón seguido se lamenta de que quieran convertir este hecho
-vulgarísimo en fábula de amores, difamando á una dama ilustre... Y
-luego enjareta el panegírico de ella, y crudos anatemas contra la
-ligereza y ruindad de una parte del público. Es que en esta raza
-proterva ha existido y existirá siempre el tic nervioso nacional de
-abatir lo que está alto, de manchar la misma limpieza, y de enturbiar
-lo más claro y puro. Concluye el orador jurando y perjurando que
-daría cualquier cosa por cambiar de nacionalidad, abandonando la raza
-proterva y el suelo ingrato, para metamorfosearse en inglés, en alemán
-ó, si á mano viene, en moro berberisco... Pero no: lo que él quiere
-ser es inglés. Ahora le da mucho por lo inglés, por lo parlamentario
-y por el _self-governement_. ¡Eso es país, eso es política y opinión
-soberana... y _juego_ de las instituciones...!
-
-Basta de Villalonga, y voy con Calderón de la Barca, del cual creía
-yo que, por ser amigo íntimo de los Orozco, ó más bien parásito,
-sostendría las versiones más favorables á sus patronos. Pues no,
-señor. La intención á eso va; pero no le resulta, y su destornillada
-cabeza ha compuesto un novelorrio que cree muy lisonjero para sus
-amigos; pero es tal la necedad de su invención, que ni daño ni favor
-puede hacerles. Supone á Federico perdidamente enamorado de Augusta,
-y á ésta rechazándole con desdén. Si le apuran, Calderón es capaz de
-sostener que le _consta_, por haber oído y visto algo que corrobora
-semejante afirmación. Pues bien: Federico, loco de amor, frenético,
-y sin reparar en los medios que emplea para obtener de la dama la
-cita que con tenacidad le pide, resuelve engañarla, diciéndole que su
-esposo tiene una querida; Augusta niega y duda; él insiste, y ofrece
-probarlo. ¿Cómo? Pues en tal sitio se ven los amantes: la esposa
-ofendida puede sorprenderles y cerciorarse de que se la pegan. Cae
-mi prima en el lazo, y se deja llevar por el traidor á la casa donde
-éste le ha ofrecido patentizarle la infidelidad de Orozco. Llegan...
-Escena. Federico, ebrio de amor, confiesa su pérfido ardid, y cae
-de rodillas. Augusta le pone de vuelta y media: esto es de cajón.
-El otro, arrebatado y ciego, le dice: «Ó eres mía, ó te mato.» Y el
-muy pillín saca su revólver. La dama prefiere la muerte. Trábase una
-pequeña lucha, cae el revólver al suelo, se dispara solo, pataplum,
-y la bala se le mete á Federico por la cintura. _Table...a...u_.
-Imagínate lo demás. Viéndose herido, reconoce el criminal el _dedo de
-la Providencia_, porque este dedito fué el que oprimió el gatillo del
-arma; y abrumado por los remordimientos, pide perdón á la dama. Esta se
-lo da, y le encaja su sermoncito, recomendándole que se arrepienta, á
-lo que él accede, porque ya no tiene más remedio.
-
-«¿Y la herida de la cabeza, la herida mortal de necesidad?—le
-preguntamos.—¿La herida de la cabeza?»
-
-Ráscase el narrador la suya, pero no acierta á sacar con la uña la
-continuación de tan burdo argumento. Por fin... la cosa es clara... el
-pérfido huye... ¿Pero á qué seguir? Ya puedes figurarte el desarrollo
-de estos adefesios de la inventiva ramplona.
-
-No quiero entretenerte más con vueltas alrededor del asunto, y vámonos
-al centro, al corazón de él. ¡Pensar que este jeroglífico no lo es para
-una sola persona, y que tal persona, si quisiera, podría disipar con
-cuatro palabras la confusión de mi mente! ¡Pensar que Augusta sabe la
-solución, y que yo no puedo leérsela en la cara; que detrás de aquel
-entrecejo está la representación exacta del hecho, y que yo no puedo
-verla! Mi curiosidad se ha excitado tanto, que no sé qué daría, amigo
-Equis: creo que daría años de mi vida porque esa mujer tuviera un
-momento de franqueza conmigo y me revelara su secreto. Vamos, que le
-perdono el mal que hizo, falta, error ó delito, si me cuenta lo que
-pasó en aquella noche aciaga.
-
-Pues no creas, lo he de intentar; he de emprender con ella una campaña
-de astucia, de constancia; un asedio en que emplee todas las armas,
-desde las que infunden miedo á las que inspiran afecto y confianza. No
-me muero yo con esta incertidumbre, y ella misma me ha de librar del
-fiero suplicio. Seis días estuve sin parecer por la casa de Orozco, y
-al quinto el propio Tomás me envió recado quejándose de mi desvío. Hoy
-he almorzado con ellos. Ya te contaré lo que hablamos. Tengo prisa, y
-además estoy en expectativa de una conferencia que espero celebrar con
-Augusta, quien, á instancia mía, me prometió que hablaríamos un rato
-á solas. Convinimos en que ella señalará día y hora, y aquí tienes
-establecida ya una comunicación reservada entre los dos. Te lo contaré
-todo; pero no me apures, que hay tiempo, y aplazo mis informes con la
-esperanza de adquirir conocimiento más claro de alguno de los hechos.
-Hasta otro día.
-
-
-
-
-XXXVIII
-
- _19 de Febrero._
-
-
-No me lo vas á creer; pero te lo diré cien veces si es preciso. El
-santo está como si ignorara lo que pasa y lo que se dice, y es casi
-seguro que no lo ignora. Tal serenidad que por nada se altera, ¿es
-grandeza de alma, ó todo lo contrario? Para afirmar lo primero,
-sería preciso ver en este hombre un temple de carácter tan superior
-que rayara en lo sobrenatural. Porque habías de ver su cara, en la
-cual no notas ni el más ligero signo de disgusto ó contrariedad;
-habías de oir su acento, siempre firme y reposado. Á su mujer la
-trata con la cariñosa deferencia de siempre, y ella á él con mayores
-consideraciones, si cabe, que antes. Te lo digo con franqueza: el
-arcano que en la intimidad de este matrimonio se esconde sin duda, me
-inquieta ya más que el otro de la muerte de nuestro amigo, y daría no
-sé qué, años de vida también, única moneda con que se avaloran tales
-satisfacciones, por poder ocultarme en la alcoba conyugal y oir lo que
-hablan... ¿Pero qué hablarán, Dios mío? ¿Qué dirán? ¿Ó es que no dicen
-nada, y se han puesto de acuerdo para ignorarse y desconocerse el uno
-al otro?...
-
-Este Orozco, ¿qué clase de hombre es? Explícamelo tú, entusiasta
-apologista de sus virtudes. Francamente, cuando éstas se me presentan
-en grado tal de perfección, éntranme ganas de dudar de ellas, ó de
-tenerlas por papel bien estudiado y aprendido para embaucar al mundo.
-Imposible que un hombre de carne y hueso conserve tal presencia de
-ánimo en medio de la atmósfera que se ha formado en torno suyo; y si
-realmente la conserva, es que no es de hueso y carne como nosotros.
-No niego que pueda existir en nuestros tiempos la santidad; pero me
-resisto á admitirla en las altas clases. Existirá en las Órdenes
-religiosas, ó en los desiertos habitados por una sola persona; pero
-en el mundo activo, en la sociedad, en el matrimonio, en medio de los
-chismes, de las envidias, de la soberbia, del lujo... Vamos, Equisillo,
-que se te quite eso de la cabeza. Á tu sagaz olfato no ha llegado nunca
-el olor de esa santidad... perfumada.
-
-Vamos á otra cosa. La conferencia con Augusta, á solas, se verificó
-ayer. Fué interesante, aunque estéril para mis fines inquisitivos.
-Recibióme en su tocador, por la tarde, y no había nadie presente, pues
-no llamo persona á la chiquilla de Calderón, que iba y venía por la
-estancia tirando de una muñeca amarrada por el pescuezo, imagen exacta
-de mi situación espiritual, pues á ratos, en estos tristes días, me
-parece que un demonio me echa una soga al cuello y se divierte tirando
-de mí y apretándome sin ahogarme.
-
-Mi prima no puede ocultar que ha tenido insomnios, malísimos días
-y peores noches, y que su ánimo está profundamente perturbado. Sin
-duda no posee la santidad en grado tan alto como su marido, ni sabe
-sobreponerse á las miserias humanas. Está mustia la pobrecita, ojerosa;
-la mirada se le extravía, se le pierde. Cierto que trata de disimular,
-echando un nudo á los suspiros que del pecho se le quieren salir; pero
-no puede lograrlo. Si te digo que está más guapa que nunca, no lo
-creerás seguramente, aunque supondrás que esto es efecto del amor que
-me inspira. Veo que te ríes. ¿No habíamos quedado, dirás tú, en que
-todo aquel amor se trocó en aborrecimiento de lo más fino? Bueno: pues
-te contesto que estas cosas se dicen muy pronto, pero rara vez son la
-expresión de la verdad. Nada nos engaña tanto como el desarrollo de
-nuestros propios afectos en los casos graves de la vida. Suele suceder
-que nos equivoquemos, como chiquillos que empiezan á vivir, y que
-amemos más cuando creamos odiar, ó viceversa. Ello es que la encontré
-aquel día guapísima, y sentí que las energías de mi carácter se
-debilitaban lastimosamente ante ella. Pero me callo, por ahora, todo lo
-que al buen Cupido se refiere.
-
-Lo que mi prima quería de mí, bien lo calé desde que empezó á hablarme.
-Ya puedes figurártelo: que me dejara de averiguaciones, pues lo
-que resultaba de ellas era espesar más la atmósfera de dicharachos
-y mentiras. Para decírmelo, empleó mil circunloquios hábiles,
-reconociendo la bondad de mi intento, mi amor á la familia, etc.,
-etc... Por mi parte, le hice ver que yo no perseguía la verdad para
-hacerla pública; que si lograba adquirirla, la guardaría en mí como el
-secreto más delicado de mi vida. Bien podía ella, pues, revelármela,
-que yo la oiría como un confesor y la encerraría en mí como en un
-sepulcro. Á estas insinuaciones que expresé con calor y casi con
-elocuencia, contestóme la taimada negándolo todo en redondo. No tenía
-absolutamente participación ni responsabilidad en aquel asunto. Ni
-Federico fué su amante, ni ella faltó á sus deberes con aquél ni con
-nadie. Todo calumnia, novela mal pensada y peor escrita, obra de los
-desocupados, de los que envidiaban la dicha de su hogar, de los que,
-por vivir depravadamente, no perdonan la honradez de los demás. Era,
-pues, completamente ajena á las causas de la muerte de aquel buen amigo
-de la casa, y no sabía si se mató ó le mataron, ni quería meterse en
-indagaciones.
-
-Díjele que no pusiera á prueba mi respeto á su persona; que podía ser
-inocente de la muerte de Viera; pero inocente de amarle y de tener
-con él trato secreto... eso, que se lo contara á otro, pues yo tenía
-datos bastantes para formar mi opinión sobre el particular. No se dió á
-partido, y negaba, negaba con una insistencia que me volvía loco.
-
-Después examinó, riendo con forzado humorismo, las distintas versiones.
-La de su amiga, la marquesa de San Salomó, fué tratada con sarcástica
-frase. «¿Y es posible que tú seas de los que han creído que yo le
-maté, yo...? ¿que mis manos...? Vamos, esto sería la mayor de las
-indignidades, si no fuera grotesco.» Pero las interpretaciones que
-más la irritaban eran aquéllas en que se incluía al buen Orozco en la
-trama, dándole el papel de matador, bien directamente, bien valiéndose
-de un asesino mercenario. ¡Qué estúpida monstruosidad!
-
-Viendo que de nada me valía la argumentación seca, apelé al
-sentimiento; traté de halagar su amor propio, diciéndole poco más ó
-menos lo que escribo á continuación:
-
-«No sé por qué vacilas en confiarme tu falta. ¿Crees que desmerecerás á
-mis ojos, que perderás mi estimación? No, porque falta y aun crimen de
-amor, de verdadero amor, no merecen más castigo que el amor mismo, el
-cual es bastante penitencia. Si un sentimiento vivo se ha sobrepuesto
-á tu voluntad y á tus deberes legales, ¿qué remedio hay más que
-perdonártelo? ¿Y cómo no había de perdonártelo yo, que peco de amor por
-tí; yo, que también he faltado á la ley, aunque sólo con la intención?
-Si yo me absolví de mi falta intencional, ¿cómo no absolverte de la
-tuya, aunque haya sido menos inocente? Yo tengo cierto derecho á saber
-tus penas para consolarlas; deseo ardientemente que arrojes sobre mí
-las cargas que abruman tu conciencia, porque te quiero con locura, y
-no vacilaría en perder por tí, si preciso fuera, no sólo la paz del
-alma, sino el honor y cuanto me liga á la sociedad. Si alguien hay á
-quien debes confiarte, soy yo, porque te amo; y para que no achaques
-á egoísmo lo que te pido, declaro amarte sin esperanza, y estoy
-convencido ¡esto sí que es triste! de que no me correspondes ni me
-corresponderás nunca. Me inspiraste una pasión loca, y te la declaré,
-ignorando que amases á otro, ó dudándolo al menos. Ahora, sabedor de
-que amaste al pobre Fritz, no se me oculta que la pasión aquélla no
-puede repetirse ni heredarse. Pero ya que no puedo pretender llenar en
-tu corazón el hueco que ha dejado quien ya no existe, aspiro á ser tu
-mejor amigo, tu consejero y á poseer tu confianza. Yo te consolaré; yo
-sabré, como nadie, respetar tu soledad, tu pena inmensa, que por mucho
-tiempo ha de resistir á todas las tentativas de consuelo.»
-
-¿Qué te parece la perorata, que no sé si he copiado con exactitud?
-Fastidiosa, ¿verdad? y hasta un poquillo cursi. Pues así y todo, le
-hizo un efecto atroz. La ví conmovida; sus ojos se humedecieron, y no
-pudo contener algunas lágrimas. Yo callé, creyendo que el llanto sería
-precursor de la espontaneidad que deseaba.
-
-Observé que hacía esfuerzos por tranquilizarse y ser dueña de sí. Se
-enjugaba los ojos, comprimía su emoción para no dejarse vender por
-ella, y me dijo esto, que me impresionó vivamente:
-
-«Soy muy desgraciada... no lo sabes tú bien. Tenme mucha lástima,
-porque de veras la merezco.»
-
-Le acaricié una mano, sin que tratara de impedirlo. Lejos de hacerlo,
-me abandonó la otra, como persona en quien la necesidad de consuelos
-se sobrepone á toda consideración. Le repetí mis deseos de ser su
-amigo, de consagrarle mi vida y una intención moral incesante, y no
-se escandalizó, ni mucho menos. Al contrario, mostróse agradecida,
-hondamente afectada.
-
-Pero de súbito noté en su fisonomía y en su entrecejo no sé qué
-severidad, algo que provenía de un sentimiento de orgullo, el cual se
-posesionaba de su alma tras un momento de flaqueza; y poniéndose en pie
-y apartándome de sí con cierta sequedad ceremoniosa, me dijo:
-
-«Seremos amigos; pero á condición de que no me preguntes nada, de que
-no indagues absolutamente nada, ni de los demás ni de mí.»
-
-Quise contestarle; pero me impuso silencio. Imposible desobedecerla:
-de tal modo imperaban su gesto y su voz sobre mí. Y aún hubo más. Dió
-por terminada la conferencia, mandándome que me retirara... Otro día
-hablaríamos más: así lo dió á entender. ¿Qué había de hacer yo más que
-someterme ciegamente á su caprichosa voluntad?
-
-Pasé malísima noche, sin poder apartar de mí la imagen y las palabras
-de esta endiablada mujer, que, si no me engaño, va á volver loco á tu
-amigo, si es que no lo está ya de remate. Y mira tú qué cosa tan rara:
-piensa en el enlace misterioso de las palabras con los afectos en esta
-arrastrada vida humana, tan fecunda que cuantas más cosas peregrinas
-ve uno en ella, más le quedan por ver. Pues empecé á dirigirle aquellas
-frases amorosas que te he copiado, como quien emplea un argumento
-capcioso; se las dije, persuadido de que no decía la verdad, y al
-concluir, sorprendíme de ver que mi corazón respondía á todas aquellas
-retóricas con un sentimiento afirmativo. Nada, Equisillo, que toda la
-noche y al día siguiente estuve en brega con mis potencias cerebrales,
-dudando de lo que sentía, y concluyendo por declararme que esa mujer me
-tiene embrujado; que mientras más me esconde su secreto, más impelido
-me siento hacia ella, y que si me convenciera de que fué realmente
-matadora, más la querría, no vacilando en someterme á la prueba de ser
-muerto por su mano, con tal que antes... No sigo, porque te alarmarás,
-creyendo que ya no tengo remedio. Abur, tonto.
-
-
-
-
-XXXIX
-
- _20 de Febrero._
-
-
-Emociones, más emociones. Ante todo, puedes llegarte á Zaragoza ó
-venirte á Leganés, y mandar que me vayan preparando una jaula con los
-barrotes bien fuertes, porque estoy... ya lo irás viendo.
-
-La entrevista segunda se verificó ayer en casa de la tía Serafina, que
-sigue muy mal. Augusta va todos los días á acompañarla. Yo fuí también,
-sin citación previa, seguro de encontrármela allí y de que podríamos
-hablar sin testigos. Nos encerramos en un gabinete próximo al cuarto
-de la enferma, en ocasión en que no había allí médicos, ni enfermeras,
-ni visitas. ¡Qué bien! Forjéme la ilusión, al verme solo con ella y
-observar su actitud expectante, no exenta de recelo, que aquello era
-cita amorosa, en discreto lugar ignorado de todo el mundo. Lo primero
-que se me ocurrió fué cogerle la mano derecha y examinarle la muñeca,
-diciéndole: «¿Se te ha curado ya la quemadura?» Turbada retiró la mano,
-no sin que yo viese la señal de la heridilla no bien cicatrizada, y me
-dijo: «Hemos convenido en que has de ser discreto, y no hacer ni decir
-tonterías... ¿Qué significa, grandísimo simple, esa estúpida sospecha?
-¿Acaso te ha cabido en la cabeza que yo me magullé la mano en una
-lucha...? Claro, como que soy asesina, y he tenido que sujetar á la
-víctima para...
-
-—No es eso, no es eso—apresuréme á contestarle.—Yo no he creído nunca
-que fueras asesina; pero sí he creído y creo que presenciaste la muerte
-de un hombre, ocasionada de una manera que ignoro.
-
-—Vamos, niño: la primera condición para que yo te admita en mi
-confianza, es que seas conmigo delicado, y me consideres, y me creas
-cuando te digo algo que directamente me atañe. De otra manera no
-puede existir esa amistad que deseo y casi casi necesito... Y no la
-desvirtúes; no aspires á otro sentimiento más vivo, porque si te
-empeñaras en ello, no obtendrías ese sentimiento, y adiós amistad.»
-
-Comprendiendo que en estos casos debe uno contentarse con lo que le
-otorgan, y fiar al tiempo la ampliación de la dádiva, díjele que aunque
-estoy perdidamente enamorado, conténtome con el sentimiento apacible y
-honesto que me concede, y reconozco no merecer más.
-
-«Si hemos de ser amigos—-me dijo,—ya que tú te permites intervenir en
-mis asuntos, y echártelas de padre maestro, y aun de padre espiritual,
-con tus pretensioncitas de huronear faltas que no existen, voy yo
-también á llamarte á capítulo, pidiéndote cuenta de ciertos deslices, y
-excitándote á la corrección. ¿Pues qué se creía usted, señor moralista?»
-
-Quedéme perplejo, sin acertar á calarle la intención. ¿Quería
-aturdirme, desorientarme, ó qué demonios se proponía la muy ladina, en
-quien no pude menos de reconocer la sagacidad castellana de su padre
-el zorro de Cisneros? No tardé en suponer á dónde apuntaba; caí en la
-cuenta de que su objeto era tomar la ofensiva, como papel más airoso
-para ella en la lucha que entablado habíamos.
-
-«Sin duda te han traído el cuento—le dije sin turbarme,—de que hay
-algo... y aun algos con la Peri. Bueno: no te lo negaré. Pero ya debes
-suponer que esto es accidental y sin importancia alguna en la vida. No
-llames á eso relaciones. Es una veleidad de ella y una condescendencia
-mía, que se pueden dar por terminadas en cualquier momento.»
-
-Quedóse pensativa, y á poco reanudó la conversación, diciendo tales
-cosas de la Peri, con tanto énfasis y saña tan viva, que no pude menos
-de fijar en ello la atención. «Has tenido muy mal gusto—me dijo.—Esa
-mujer es una desvergonzada, una trapisondista, y además no tiene
-nada de particular como hermosura, pero nada. No comprendo cómo os
-ilusionáis con un tipo semejante. ¡Lástima grande que en estos tiempos
-de vulgaridad democrática no haya las justiciadas de otra época!
-¡Lástima que á estas bribonas no las emplumen y las azoten por las
-calles, para lección de los mentecatos que se pierden por ellas, ó de
-los que...!»
-
-No siguió. Se exaltaba más de la cuenta, olvidándose del papel que
-quería representar; se clareó demasiado, y dejóme ver la punta de un
-odio inmenso que en su alma latía. Le temblaron los labios y perdieron
-su encendido color. Pronto noté que intentaba rehacerse y enmendar el
-descuidillo de sinceridad que acababa de tener. Para esto, compuso su
-rostro diciendo: «¿Pero á mí qué me importa? Lo he dicho porque... me
-repugna verte en esa degradación.»
-
-Más atento á observar su cara que á calcular lo que debía decirle,
-contesté de este modo:
-
-—Basta que á tí no te agrade _eso_, para que al instante se concluya.
-
-—No, si yo no te pido que sacrifiques por mí tus gustos.
-
-—¿Pues no dijiste que, para afianzar nuestra amistad, te hacías mi
-directora espiritual, y correctora de mis malas costumbres?
-
-—Sí lo dije; pero luego se me ocurre que no debo hacerlo.»
-
-Parecióme desorientada, sin saber qué camino tomar. Por fin se decidió
-por uno, tras breve meditación.
-
-—Mira, Manolo, te lo diré con franqueza: yo no quiero que rompas tus
-amistades con esa mujerzuela.»
-
-Juzga cómo me quedaría con ésta no esperada declaración. «No te pasmes,
-no abras esos ojazos,—me dijo.—Es un poco raro mi deseo, y necesito
-explicarlo. Te hago el favor de creer que es muy fácil para tí dar un
-puntapié á ese trasto de mujer. Y creo más... á ver si te adivino...
-creo que tu enredo lleva un fin policiaco: el fin de averiguar qué
-clase de relaciones, qué clase de tratos tenía el pobre Federico con
-ella, porque, como te has metido á juez instructor, naturalmente habías
-de buscar datos... del propio cosechero... ¿He adivinado?
-
-—Sí... tal ha sido mi intención.
-
-—Bueno, bueno—manifestó perdiendo el miedo al asunto;—pues si has
-descubierto algo, dímelo, y si no, sigue cultivando esa confianza, en
-la cual encontrarás la luz que buscas y que los demás también deseamos
-ver.»
-
-¡Ay! querido Equis, de aquel anhelo de indagar las relaciones de
-Federico con la Peri, resulta una nueva complicación. Hay algo que
-Augusta ignora, sabiendo, según mi cálculo, lo principal. Así se lo
-manifesté, y ella insistió en que sólo era curiosidad. Díjele que
-podía negármelo todo; pero no su pasión por el pobre amigo muerto,
-y su presencia en el acto que determinó la muerte de él. Perdí los
-estribos; me descompuse; creo que se me escaparon frases violentas,
-seguidas de otras tiernas y apasionadas. Me puse de rodillas ante ella,
-y besándole con ardor las manos, le supliqué me revelara la verdad de
-aquella tragedia, de la cual ella había sido por lo menos testigo, y
-ni un tímido asentimiento pude obtener. Encerróse en torvo silencio,
-que era mi desesperación; denegaba con la cabeza á cada frase mía, y
-terminó augurando otra vez que no sabía nada, que no había visto nada.
-Únicamente al interrogarla sobre sus amores con Viera, observé que su
-denegación era débil, casi casi afirmativa, por la manera como la hizo,
-entre suspiros que le salían del fondo del alma.
-
-Por fin, serenándose y tratando de calmarme á mí, se explicó en estos
-términos: «Para obtener la confianza de una persona, lo primero es
-hacerse digno de tal confianza. Lo que mucho vale, mucho cuesta, amigo
-Infante. Tráeme lo que te he pedido, y hablaremos. ¿No te has hecho
-amigo de la Peri para indagar por tu cuenta?
-
-—Sí, y ahora quieres que indague por la tuya.
-
-—Cierto, esa es la verdad.
-
-—¡Y quieres que yo sea tu polizonte, y que te sirva, sin obtener de tí
-ni una sola confianza! Revélame lo que sabes, y si es incompleto, yo te
-ayudaré á completarlo.»
-
-Me abrumó la infame, diciéndome con aplomo cruel: «¿Cómo he de
-expresarme para que me entiendas? Precisamente por no saber nada,
-quiero que me averigües lo que te he propuesto averiguar... Y no
-prolonguemos más esta conversación, porque siento gente en la alcoba;
-estás muy excitado, hablas en voz alta, y van á creer que estamos aquí
-tirándonos los trastos á la cabeza. Hazme el favor de marcharte, y
-hasta mañana ó pasado...»
-
-Salí de allí con la cabeza como un borracho, desesperado y aturdido, y
-estuve paseándome un rato por las calles, para que se me refrescaran
-las ideas. Y tan pronto sentía un loco impulso de todas las fuerzas
-de mi vida hacia aquella mujer, más fascinadora por los misterios que
-la rodeaban, como un velo liado con suprema coquetería; tan pronto me
-inclinaba á huir de ella, como de un abismo insondable por cuyo borde
-se me resbalaban ya los pies. Pasada una hora de inquieto vagar por las
-calles, me dirigí á casa de Leonor, que me aguardaba, y de buenas á
-primeras, sin preparación alguna, la interpelé en esta forma:
-
-«Me vas á contestar ahora mismo á lo que varias veces te he preguntado
-sin lograr una respuesta... Mira, Leonor, que la cosa es grave: me lo
-vas á decir, y así me probarás que me quieres y eres mi amiga. Nada,
-que me lo dices, ¿verdad? Deseo saber qué clase de relaciones tenías tú
-con Federico. No vale negar. Porque él entraba aquí muy á menudo. Esto
-lo sabemos todos, y hay quien cree que no venía por contemplar tu cara
-bonita. Con que me lo dices, ¿sí ó no? Leonor, Leonor, te lo pido por
-lo que más ames. Hazme el favor de no mirarte tanto las uñas, y habla
-claro. ¿Verdad que me lo vas á decir... á mí, pichona, monina, á mí que
-te quiero mucho...?»
-
-Empezó tomándolo á broma. «Como la trucha al trucho. Chalaíto por mí...
-¡Ay! ¡qué resalao es mi peine, y qué bonitos ojos tiene!»
-
-Estas tonterías me exaltaban más. «Leonor, Leonor, no bromees, hablo
-muy serio, pero muy serio. Yo necesito saber eso, ó acabaré como el
-pobre Federico.
-
-—¡Tú, tú...! ¡Jesús de mi vida!—exclamó, echándose á reir.—Tú no tienes
-alma para eso, ni estás en sus circunstancias. No eres ni tan caballero
-como él, ni tan perdido como él, ni tan... ¿Pero qué mosca te ha picado
-hoy, peinecito de mi vida...? Á tí te pasa algo. Voy, voy á echar las
-cartas para saberlo.»
-
-Levantóse y trajo los naipes, y en el mismo sofá en que yo estaba
-empezó su juego, poniendo los cinco montoncitos: _lo que esperas_, _lo
-que no esperas_, _lo que te ha venir_, _tu suerte_, _lo que se cubre_.
-Hallábame tan excitado, que de un manotazo fué toda la baraja al suelo,
-y le dije: «Pareces una bruja... Déjate de disparates, y contesta á lo
-que te pregunto.»
-
-Leonor se amoscó. Cuadrándose y meneando la cabeza, me dijo: «Mira,
-Infantito, que ya me voy cargando; mira, Infantito, que yo tengo
-malas pulgas; mira, Infantito, que si te pones pesado, voy y traigo
-la palmeta, ¿sabes? la zapatilla con que despedí al otro peine...
-Es la que me sirve para dar pasaporte á los pesados, chinchosos y
-reventativos... Recordarás que te dije: «de aquello no me preguntes
-nada.» Con esa condición te admití.
-
-—Pues me vuelvo atrás—contesté ciego de ira, echándole la zarpa á los
-hombros y sacudiéndola con brutalidad.—¡Tienes que decírmelo, ó te
-mato, te mato, te ahogo!»
-
-Aquello iba á concluir mal. Yo estaba como demente y no era dueño de
-mis acciones. Leonor se puso á dar chillidos, y entró la criada... No
-creas que hubo golpes ó arañazos. Fué sólo un estrujón, acompañado
-de palabras descompuestas. Por fin, volviendo en mí, la solté sobre
-el sofá. La pobre muchacha, llorando de pena por mi ultraje y mi
-brutalidad, sé mostró más bien ofendida que airada, y opuso á mi
-tenacidad loca una tenacidad mayor: «Ni tú eres caballero—me dijo
-secándose las lágrimas,—ni siquiera persona decente... Eres un tío, y
-no sé, francamente, no sé cómo me gustaste... ¿Sabes lo que te digo
-ahora? Que aunque me hagas picadillo, aunque me cortes en pedacitos de
-este tamaño, no has de arrancarme una palabra. Fastídiate. ¿Crees que
-porque soy una mujer pública no tengo tesón? Pues te equivocas, porque
-también soy mujer particular cuando me da la gana, y sé serlo lo mismo
-que otra cualquiera. Mira, ahí tienes la puerta abierta de par en par.
-Me gustaste, y me gustas todavía. Yo soy muy franca y no oculto lo
-que siento. Puedes volver si me pides perdón por esta bronca. Pero si
-me vienes con preguntas, te doy la patadita para atrás, así, como los
-burros cuando cocean, y te planto en la calle, para que te hagas cargo
-de que cuando una quiere ser _particular_, y decente, y callada, lo es.»
-
-Aunque su lenguaje no era tan violento como de mi violencia debía
-esperar, me sentí profundamente lastimado. Aquella discreción á toda
-prueba era una especie de virtud, que yo no esperaba encontrar allí.
-Me ofendía, y te lo diré claro, me empequeñecía. Salí de aquella casa
-haciendo voto de no volver más, aunque Leonor no me repugnaba, ni mucho
-menos; al contrario, me era grata su imagen transparentándose en mi
-memoria. Pero la otra me atraía más, muchísimo más; la otra, Equis
-de mis pecados, me volvía loco, me producía un vértigo de pasión,
-de curiosidad... Á sus atracciones naturales unía la pérfida el
-indefinible resplandor del drama desconocido ó á medio conocer. ¡Qué
-noche pasé, qué noche! Imposible darte idea de mi suplicio, ni de las
-vueltas dolorosas que mi espíritu daba, ya queriendo poner el afán de
-conocimiento sobre la ilusión de amor, ya ésta sobre aquél.
-
-Y tú no me dices nada; tú ni me aconsejas ya, ni me das siquiera una
-opinión. Parece que te has vuelto tonto, ó que miras con indiferencia
-lo que me atañe. Pues para eso, maldita la falta que me hace tu amistad
-ni ese saber omnímodo que dicen que tienes. Me has olvidado. Eres un
-egoísta... sí, un egoistón. Ya lo he comprendido. No quería decirlo;
-pero al fin dicho está, y no me vuelvo atrás.
-
-
-
-
-XL
-
- _21 de Febrero._
-
-
-Si mal no recuerdo, ayer terminé mi carta tratándote con cierta dureza.
-Haz la vista gorda, hombre, y considera el estado de mi ánimo, propenso
-á la violencia y á la injusticia. Yo necesito desahogar con alguien
-esta efervescencia, esta turbación honda de mi alma. Déjame que te
-llame _perro judío_, y así me calmaré un poco: parece que se me quita
-un peso de encima. Disimula, pues, toda barbaridad que leas aquí. He
-tenido momentos de verdadera epilepsia, y aún no se me han sosegado
-los malditos nervios; la mano me tiembla, y... ya ves qué letra y qué
-sintaxis gasto... ¡Hasta endecasílabos, chico!
-
-Hoy ha sido para mí un día de prueba; mejor será que diga ayer, porque
-son las dos de la noche. ¡Qué día! Por la tarde, después de delirar
-como un calenturiento, se me ocurrió coger el tren y volar á tu
-lado, para llorar contigo... es decir, tú no llorarías... Después lo
-pensé mejor. Imposible salir de aquí, imposible apartarme de lo que
-me enloquece. Pero aún no sé, no sé si me será forzoso adoptar una
-resolución que me ponga á salvo de mi propia ansiedad. ¿Qué crees tú?
-
-Pues ayer tarde la ví otra vez. Acababa ella de entrar de la calle, y
-estábamos solos. No había soltado el _entucás_, ni quitádose la capota.
-Me parece que la tengo aún delante de mí, con su abrigo de pieles
-desabrochado: ¡hacía un calor en aquel gabinete!... Aún creo ver la
-mirada compasiva que me dirigió, y oir su acento fraternal. Porque
-desde que me ví ante ella, me desbordé en palabras enamoradas que me
-salían del fondo del alma. Fascinación mayor no he sentido nunca ni
-creo que la vuelva á sentir. El enigma terrible que la rodea, lejos
-de desilusionarme, me trastorna más. La quiero por honrada si lo es,
-y la quiero por criminal si, en efecto, lo ha sido. Y creo que lo
-fué: criminal en un grado que no acierto á precisar, y que sin duda
-no llega á la perpetración del hecho. No puedo recordar bien lo que
-le dije: que estoy loco por ella; que no importa, para quererla, que
-tenga en sus manos una mancha de sangre como la de _lady_ Macbeth. «No
-la tienes—añadí con desvarío, besándole las manos enguantadas,—no la
-tienes; pero si la tuvieras, Augusta, yo te la borraría con mis besos.
-Tu corazón se purificará con sólo corresponder á la efusión del mío. He
-pasado por mil alternativas. El despecho me ha sugerido ideas malas;
-he creído que eras perversa; tan obcecado estuve, que llegué á creer
-que te odiaba... mira qué absurdo... Y en el mismo momento de creerlo,
-habría sido capaz de darte mi vida. Perdóname mis impertinentes
-investigaciones, que podrían resultar ofensivas para tí. Las hice
-fingiéndome el pretexto de descubrir tu falta; pero el verdadero móvil
-era conocer tu pasión. Nada enciende nuestra curiosidad como el
-secreto, el _quid_ ilícito de la persona que amamos, eso que en nuestro
-egoísmo creemos infidelidad. Yo buscaba en tí á la infiel, y por infiel
-te tengo, y por infiel te quiero más.»
-
-Suplicóme con acento grave y cariñoso que no insistiera, pues no
-podía quererme en la forma que yo pretendía. Seríamos amigos sin
-traspasar los límites de la amistad respetuosa. «No creas—me dijo
-después con acento conmovido—que me atribuyo cualidades que no tengo,
-ni pienses que me quiero hacer pasar por impecable. Mi conciencia
-no está tranquila; pero sí hay en ella el deseo y el propósito de
-tranquilizarse, y esto es algo.»
-
-Como yo la instara otra vez dulcemente á que me confesase su falta,
-quiso hacerme callar con estas palabras: «Ignoro todavía quién podrá
-ser la persona digna de oirme en confesión, como no sea un sacerdote,
-y de esto no se trata ahora. Para confesarme á un amigo, necesito que
-éste me dé pruebas de verdadera amistad, prudencia y abnegación.»
-
-Aquí de mi argumento:
-
-«Tú me has exigido que te preste un servicio que ha resultado superior
-á mi voluntad. La Peri no quiere darme las noticias que me pediste.
-¿Qué puedo hacer yo? Ni con ruegos ni con amenazas he podido obtener de
-ella una palabra.
-
-—Lo cual prueba—replicó,—que las mujeres, aun siendo malas, como esa,
-sabemos guardar un secreto mejor que vosotros... ¿Sabes que he variado
-de parecer respecto al encargo que te hice? Aplaudo la reserva de esa
-mujer. Ya no quiero saber nada. Mi curiosidad era cosa inconveniente
-y de mal gusto, y vale más no satisfacerla. Lo que ignoro, ignorado se
-quede mientras viva. Lo concluído, concluído. Tú y yo nos contentamos
-con lo poquísimo que sabemos, ¿verdad?»
-
-Esto me encendió más. Su tesón de castellana la engrandecía á mis ojos,
-y conforme ella se iba ennobleciendo, iba yo curándome también de la
-insana curiosidad que me había devorado. «Quiéreme—le dije tratando de
-estrecharla en mis brazos,—quiéreme, y ocúltame tu falta, tu crimen
-ó lo que sea. No te haré más preguntas; no deseo informarme de nada.
-Pensé adorarte sincera, y callada te adoro más. Pero no me mates con
-esa amistad fría: estoy loco por tí, y me muero si no me amas. Rota
-la ley, Augusta; rota la ley, condénate conmigo, que ya no tengo
-salvación... No se me oculta que tu corazón está lastimado, que está
-muy fresca la herida para que puedas quererme; pero dame esperanzas,
-dámelas, ó yo no viviré...»
-
-Se desprendió de mí con vigorosos esfuerzos, Apartando el rostro. No
-decía más que esto: «No puede ser, no puede ser.
-
-—Considera que renuncio á hacer más diligencias, y que de mis labios no
-saldrá una sola pregunta. La curiosidad ha sido ahogada por la pasión.
-
-—Esto no puede prolongarse. Manolo, serénate. Te diré una palabra sola,
-la última, y ajusta á ella tu proceder.
-
-—Venga esa palabra; venga pronto.»
-
-Retiróse de mí, y puesta la derecha mano en la cortina de la puerta que
-conducía á la habitación próxima, me dijo en voz baja y con la mayor
-seriedad y aplomo del mundo:
-
-«La última palabra, y quizás la confesión más sincera de que puedo
-alabarme en toda mi vida: no he sido honrada; pero estoy decidida á
-serlo ahora, y lo seré hasta el fin de mis días.»
-
-Ví moverse la cortina, y desapareció aquella mujer, dejándome en la
-mayor de las soledades: la soledad del no poseer y del ignorar. Sentí
-impulsos de coger una silla y hacerla pedazos. Mira qué puerilidad. Me
-marché porque me asaltó la idea de que, si me encontraba con Orozco, me
-sería imposible disimular ante él mi agitación insana.
-
-Querido Equis, yo estoy enfermo, yo no sé lo que me pasa. Esa mujer me
-ha desquiciado. ¿Qué debo hacer? ¿Debo insistir ó dejarla? Si no puedo;
-si soy un chiquillo; si esta noche, decidido á faltar á su tertulia
-para coquetear con mi ausencia, me he pasado las primeras horas de la
-noche paseándole la calle, como un cadete, por el gusto de ver los
-balcones de su casa y contarlos desde fuera, diciendo: «allí tiene su
-tocador, allí duerme...» Mira si estaré trastornado...
-
-No he vuelto á casa de la Peri ni pienso volver. Todos me enfadan.
-Orozco, el ejemplar, el santo, el incomprensible, me es odioso, y todos
-mis amigos se me han hecho tan antipáticos como Malibrán.
-
-Estoy fuera de mí... Hasta tú me cargas. Te pegaría, creo que te
-pegaría. Pero, en fin, me resigno á no perder tu preciosa amistad. Te
-perdono la vida. La desesperación y el despecho me inspiran cosas que
-presumo han de ser enormes disparates. ¡Vaya, que no quererme! ¡Esa
-honradez de última hora...! El diablo harto de carne... Es una bribona;
-no, que es un ángel... La adoro por criminal: ¡tremenda antítesis! Si
-me probara su inocencia, ¿acaso me gustaría menos? Tal vez... Equis,
-Equisillo, ven por Dios en mi ayuda.
-
-
-P.D. _22 de Febrero_.—Creo que si sigo en Madrid no acabaré en bien.
-Hoy intenté verla, y se negó á recibirme. Le he escrito. Me devolvió la
-carta sin abrirla. He tenido un momento de exaltación, que felizmente
-va pasando. Determino poner tierra por medio. Me voy á Orbajosa. Un
-día no más necesito para arreglar ciertos asuntos, lo estrictamente
-indispensable. Saldré mañana en el tren correo, y á media noche estaré
-en tu compañía. Por Dios, Equis de mi vida, haz todo lo posible para
-que no salga la música del pueblo á recibirme.
-
-
-
-
-XLI
-
- _23 de Febrero._
-
-
-¿Qué es esto, Equis de mi vida? ¿Está escrito que yo he de volverme
-loco, y que seas tú quien me remate?
-
-Vamos por partes. Hoy, cuando estaba disponiendo mis bártulos, cae
-sobre mí como un aerolito, mejor dicho, como si desde Orbajosa me
-arrojasen un canto rodado, el insigne hijo de esa localidad, don
-Juan Tafetán, el cual, después de saludarme en tono lacrimoso,
-participándome que le han limpiado el comedero, y que viene á solicitar
-con mi ayuda, ¡Dios nos asista!, su reposición, me entrega un
-encarguillo que le diste para mí.
-
-El paquete... Pero no: he dicho que vayamos por partes, y por partes
-hemos de ir. Pues las quejas que del afligido pecho de Tafetán
-salieron, partirían una roca. Díjome que esa gente está furiosa contra
-mí por la indiferencia, rayana en menosprecio, con que, de algún tiempo
-acá, he mirado los asuntos del distrito. Los encumbrados Polentinos,
-así como los humildes Licurgos, hállanse acordes en ponerme de hoja de
-perejil, porque he permitido con mi incuria que _los de la oposición_
-se hayan montado sobre los nuestros. Estos, es decir, los que fueron
-míos, celebraron la semana pasada un patriótico _meeting_ para
-convenir en la forma y manera de darme una silba si tengo la frescura
-de presentarme en la metrópoli del ajo. ¡Y yo, que, en el colmo de la
-inocencia, creí ó temí que saldría á recibirme la música del pueblo
-con sus desacordados trompetones! ¡Y ya me figuraba oir el restallido
-de los cohetes que á los aires lanzaría, un homenaje á mi persona, la
-diestra mano de Frasquito González!
-
-Pero dime tú, ¿es cierto lo que me cuenta este pobre hombre, con
-el cual no sé qué hacer ni dónde ponerlo, ni cómo consolarle en su
-tribulación de cesante? ¿Es cierto, dí, que en toda esta temporada de
-angustias, fiebre y diligencias policiacas, no he contestado ni una
-sola carta de los caciques y gente menuda del distrito? ¿Es cierto
-que en esto que llamaremos interregno se ha resuelto la cuestión
-del emplazamiento de la estación del ferrocarril, situándola en
-Valdegañanes, y dejando á nuestra _Urbs Augusta_ á diez y siete
-kilómetros de la línea? ¡Bueno se va á poner _El Impulsor_, que decía
-no hace mucho que el ferrocarril llamaba á las puertas de Orbajosa
-con el alerta de las locomotoras, esos centinelas avanzados de la
-civilización! ¿Y es cierto (el cabello se me eriza al escribirlo) que
-los de Valdegañanes, _esas _lumbreras apagadas del obscurantismo,
-amenazan con arrancar de cuajo el Juzgado y llevárselo á su término?
-¿Es cierto que nuestros enemigos, envalentonados por mi abandono, han
-secado la fuente de los Chorrillos, llevándose el caudaloso real de
-agua al abrevadero de Penitentes de San Bartolomé de Abajo? ¿Es cierto
-que me birlaron el peatón de Fuente los Tojos, y el estanco del tío
-Majavacas, y que me han dejado cesante á este sin ventura Tafetán?
-Cierto debe de ser, pues se trae una cara tan compungida que ni la
-de la Magdalena se le iguala. Pues con estos golpes y la destitución
-en masa del Ayuntamiento de Villahorrenda, veo por tierra, ó á punto
-de derrumbarse, eso que los representantes del país llamamos el
-_altarito_, ó sea mi poder político en el pedazo de España que tuvo la
-honra de elegirme su esclavo y opresor. Ante tal cúmulo de desastres,
-querido Equis, resuelvo aplazar la visita á mis electores, con el doble
-objeto de ver si puedo poner algún puntal al consabido altarejo, y de
-librarme de la serenata que mis siervos y tiranos ¡ay, dolor! me tienen
-preparada.
-
-Y vamos á lo otro, pues dije que iríamos por partes, y por partes ¡vive
-Dios! iremos. Tafetán me entrega un grueso paquete, que me parece,
-al pasar de sus temblorosas manos á las mías, una caja de bizcochos
-borrachos. Y he aquí que me digo: «¡Por dónde se le ocurre á este tonto
-ahora mandarme bizcochos borrachos! ¡Ah! ¡Es que necesito medicina
-dulce y narcótica! ¡Qué talento tiene este Equis!... Pues, señor,
-abro el mamotreto y me encuentro que contiene papeles. ¡Ajajá! Cinco
-cuadernos manuscritos, de igual tamaño próximamente, y muy cosiditos
-con hilo encarnado. Los hojeo con febril curiosidad. Lo primero que me
-llama la atención es la letra. Yo conozco esta letra... Pero, señor,
-¿de quién es esta condenada letra? De Equis no es, y, sin embargo,
-me es familiar, familiarísima... Y de una sorpresa grande pasamos
-á otra mayor. Figúrate cuál sería mi asombro al ver los nombres de
-Augusta, Orozco, Federico, Malibrán, corriendo en medio de las hojas,
-pasadas velozmente por mis dedos. Lo que más me maravilla es que la
-disposición de los nombres á la cabeza de trozos más ó menos largos
-de texto, parece indicar que el contenido de los cuadernos está en
-diálogo dramático. Me fijo en el encabezamiento de uno de ellos, y veo
-que dice: _Jornada tercera_. La portada del primero es lo que remata
-mi estupor, y desconfío de mis ojos cuando leo: REALIDAD, _novela en
-cinco jornadas_. Abro tanta boca, que el mismo Tafetán, haciendo un
-paréntesis en su consternación de cesante con nueve hijos, se ríe de mí.
-
-¿Pero qué es esto, Equis de todos los demonios? ¿Qué drama es éste, ó
-qué novela, y quién la ha escrito? ¿Has sido tú? ¿Es un bromazo que me
-das?... ¡Anda, anda! Leo la lista de personajes, escrita en la primera
-hoja, y me encuentro á toda mi gente. Equis, Equis, explícate, por
-tu vida, si no quieres que yo acabe de perder la razón. ¿Por qué no
-acompaña al paquete una carta tuya, informándome del por qué de este
-extrañísimo y misterioso escrito? ¡Pero si yo conozco la letra... la
-he visto mil veces, y no puedo en este momento, por el trastorno de
-mi cabeza, recordar á quién pertenece!... ¡Ah! ya caigo en ello. La
-letra es tuya, tuya, desfigurada. No me lo niegues. Tú, que eres de
-la familia de los Merlines; tú, que posees un poder de adivinación no
-concedido á todos los mortales; tú, que sabes ver la cara interna de
-los hechos humanos cuando los demás no vemos más que la cara exterior,
-y penetrar en las vísceras de los caracteres, cuando los demás sólo
-vemos y tocamos la epidermis; tú, Equisillo diabólico, has sacado
-esta _Realidad_ de los elementos indiciarios que yo te dí, y ahora
-completas con la descripción interior del asunto la que yo te hice de
-la superficie del mismo. De modo que mis cartas no eran más que la
-mitad, ó si quieres, el cuerpo, destinado á ser continente, pero aún
-vacío, de un sér para cuya creación me faltaban fuerzas. Mas vienes
-tú con la otra mitad, ó sea con el alma; á la verdad aparente que á
-secas te referí, añades la verdad profunda, extraída del seno de las
-conciencias, y ya tenemos el sér completo y vivo. ¿Es esto así? Dime
-sí ó no, y mientras me arrojo como un hambriento sobre tu _Realidad_,
-carguen contigo los demonios, y conmigo también.
-
-
-
-
-DE EQUIS Á INFANTE
-
-
-XLII
-
- _Orbajosa, 24 de Febrero._
-
-
-Gandul: recibo la tuya, y me apresuro á explicarte el por qué del
-manuscrito que te llevó el buen Tafetán. Pero ven acá, tonto, ¿es
-posible que no reconozcas tu letra? ¡Si es tuya, grandísimo idiota!
-¿Á tal punto has llegado en tu desvarío cerebral que ni conoces tu
-propia escritura? Á esto me contestarás que tú no has compuesto tal
-drama ni cosa que lo valga, y temerás, sin duda, que mis explicaciones
-aumenten el barullo de tu infeliz cabeza. Verás cómo no; verás cómo te
-tranquilizas al saber de qué modo natural y sencillo se produjo esa
-REALIDAD que tanto te pasma, saliendo de tu letra sin que tú pusieras
-en ella la mano.
-
-Pues verás, hijo mío, qué fenómeno tan fácilmente comprensible para
-un sabio perspicuo, como lo eres tú, formado en la escuela de la Peri
-y de otras filósofas peri... patéticas. Atiende bien. Guardaba yo tu
-correspondencia, perfectamente liada con balduque, en un arca donde
-suelo meter, para que no me los roben estos pillos, los ajos de la
-última cosecha. Guardo también cebollas, alguna calabaza, sartas de
-guindillas, simiente de anís y otros productos de este prolífico suelo.
-Ya ves que tus cartas estaban en buena compañía. Yo les había puesto un
-rotulito que decía _La Incógnita_.
-
-Pues anteayer se me antojó releerlas. Abro mi arca, y... puf. Sin
-juramento me puedes creer que salía de allí un olor de mil demonios.
-Echo mano al paquete, y me lo encuentro transformado en el drama ó
-novela dialogada, _de tu puño y letra_, que recibiste por el buen
-Tafetán. Comprendiendo que debes leerlo tú antes que nadie, refrené mi
-curiosidad y allá te fueron las cinco jornadas. Pero qué, ¿no crees en
-la metamorfosis? Para mí es tan común el fenómeno, y lo he presenciado
-tantas veces, que no me causa sorpresa alguna. Sí, chico, no te quemes
-las cejas averiguando quién ha compuesto eso. La realidad no necesita
-que nadie la componga; se compone ella sola.
-
-Qué, ¿lo dudas todavía, y persistes en que yo...? No, hijo, no tengo
-ese saber de adivinación que me atribuyes. El fenómeno que hoy admiras
-es tan natural como el más corriente que en la Naturaleza puedes
-advertir uno y otro día. Cuando quiero obtener la verdad de un caso,
-cojo los datos aparentes y públicos; los escribo en varias hojas de
-papel, los meto en el arca de los ajos, y á los tres días, hora más,
-hora menos, ya está hecho.
-
-Aún dudas, ¿verdad? Pues si quieres que yo te crea tu pasión por
-Augusta, tienes que creerme la sobrenatural y ajosa metamorfosis de tus
-cartas en novela dramática.
-
-Tu invariable—EQUIS X.
-
-
-P.D. Se me olvidaba decirte que haces bien en no venir. Todas las
-referencias tafetánicas son ciertas. Si pareces por acá, te aguarda una
-silba en la cual tomaremos parte todos los habitantes de esta ciudad
-excelsa, lo mismo los brutos que los ilustrados, entre los cuales tengo
-la inmodestia de contarme. Se han vendido ya en el pueblo cuarenta
-docenas y media de silbatos. Iré de simple testigo, á presenciar la
-justa cólera de los ciudadanos, y tu vergüenza y humillación. No te
-chiflaré, pues ya lo sabes... no toco pito...
-
-
-FIN DE LA INCÓGNITA
-
-
-Madrid, Noviembre de 1888-Febrero de 1889.
-
-
-
-
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-
-End of the Project Gutenberg EBook of La Incógnita, by Benito Pérez Galdós
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA INCÓGNITA ***
-
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- Dr. Gregory B. Newby
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- La incógnita, by Benito Pérez Galdós&mdash;A Project Gutenberg eBook
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-The Project Gutenberg EBook of La Incógnita, by Benito Pérez Galdós
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-
-
-Title: La Incógnita
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: April 10, 2017 [EBook #54521]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA INCÓGNITA ***
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-
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-
-Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the
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- <p><span class="pagenum" id="Page_2">[p. 2]</span>Es propiedad.
- Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los
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-<div class="tit">
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- <p class="lh200"><span class="xl">B. PÉREZ GALDÓS</span><br />
- <span class="medium g1">NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS</span></p>
-
- <hr class="fil" />
- <hr class="fil" />
-
- <p class="fs275 mt1">LA INCÓGNITA</p>
- <hr class="sep" />
- <p><b>12.000</b></p>
-
- <div class="figcenter mt3">
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-
- <p class="large lh150 mt3">MADRID</p>
- <p class="fs90 lh150 g1">PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA</p>
- <p class="small lh150 g1">(Sucesores de Hernando)</p>
- <p class="fs90 lh150 g1">Arenal, 11</p>
- <p class="large">1906</p>
-</div>
-
-
-<div class="aftit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_4">[p. 4]</span></p>
- <p class="fs90 lh150">EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO<br />
- <small>IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.</small><br />
- C. de San Francisco, 4.</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span></p>
- <p class="falseh1 g1">LA INCÓGNITA</p>
- <hr class="tir" />
- <p class="preh2">Á D. EQUIS X, EN ORBAJOSA</p>
- <h2 class="nobreak corto">I</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>Madrid, 11 de Noviembre.</i></p>
-
-<p>Querido Equis: Allá va mi primera carta. La empiezo recordándote la
-condición <i>sine qua non</i> de mi compromiso epistolar, y es que esto no
-ha de leerlo nadie más que tú. Sólo con la seguridad de que humanos
-ojos, fuera de los tuyos de ratón, no han de ver el contenido de
-estas cartas, puedo ser, como me propongo, absolutamente sincero al
-escribirlas. Á cambio de la solemne promesa de tu discreción, nada te
-ocultaré, ni aun aquello que recelamos confiar verbalmente al amigo más
-íntimo.</p>
-
-<p>Ya que por tus pecados, de los cuales más vale no hablar, te ves
-recluído en la estrechez carcelaria de ese lugarón, donde todas las
-murrias del alma humana tienen su asiento, quiero enviarte<span
-class="pagenum" id="Page_6">[p. 6]</span> la sal de estas cartas
-para que sazones con ella el pan desabrido de tu destierro forzado ó
-voluntario, que esto es harina de otro costal. En ellas verás personas,
-sucesos, chismes y trapisondas de esta pícara Corte, cuya confusión y
-bullicio tanto te agradan, como buen <i>gato</i> madrileño; y la sociedad
-que has dejado con pena, la vida ésta, entretenidísima, variada y
-estimulante, revivirán en tu espíritu, descritas sin galanura, pero con
-veracidad, por tu mejor amigo.</p>
-
-<p>Hemos cambiado nuestros papeles, como trocamos nuestra residencia.
-Yo perdí de vista á la gran Orbajosa, muy á gusto mío, para venirme
-acá, y tú abandonas tu patria intelectual para confinarte en lo que
-fué mi destierro durante cinco años de faenas tan necesarias como
-fastidiosas, arreglando dos testamentarías, midiendo y partijando
-fincas, pleiteando con medio pueblo, deshaciendo enredos de curiales y
-líos de lugareños astutos, deslindando pertenencias mineras, con otras
-muchas fatigas y trabajos que me permiten hombrearme con Hércules, y
-tener por niños de teta á los héroes más templados de la antigüedad.</p>
-
-<p>Yo resucito, y tú mueres; yo salgo á la luz, y tú caes en ese pozo
-de ignorancia, malicia y salvaje ruindad. Y así como en mi largo
-cautiverio me distraje contándote las marrullerías y gansadas de esos
-lugareños, capaces de marear á Cristo, si Nuestro Señor tuviera el
-mal gusto de meterse con ellos; ahora que en Madrid estoy, libre,
-gozoso, rico, sin otra pena que no tenerte á mi lado; ahora que me
-agasajan y miman más de lo que merezco, y que la vida, con mi posición
-inde<span class="pagenum" id="Page_7">[p. 7]</span>pendiente y el
-cargo de diputado (obtenido de momio y por mi linda cara), es para mí
-como una racha favorable, que ojalá no se quede corta; ahora, querido
-Equis, estoy obligado á cuidar de que no te aburras ó desesperes, y
-te escribiré con verdadero ensañamiento, á fin de alegrar algunos
-instantes de tu existencia solitaria.</p>
-
-<p>Lo peor es que no sabré contar la historia de mi vida en Madrid de
-un modo que te interese y cautive. Ni poseo el arte de vestir con galas
-pintorescas la desnudez de la realidad, ni mi conciencia y mi estéril
-ingenio, ambos en perfecto acuerdo, me han de permitir invenciones
-que te entretengan con graciosos embustes. Conoces á casi todas las
-personas de quienes he de hablarte. Mal podría yo, aunque quisiera,
-desfigurarlas; y en cuanto á los sucesos, que de fijo serán comunes y
-nada sorprendentes, el único interés que han de tener para tí es el que
-resulte de mi manera personal de verlos y juzgarlos. La última vez que
-hablamos me anticipaste la opinión que yo había de formar de ciertas
-personas. Ya puedo anunciarte que has acertado con respecto á algunas.
-Otras hay que conoces poco, ó al menos no las has visto tan de cerca
-como ahora las veo yo. Por éstas quiero empezar, y creo darte agradable
-sorpresa estrenándome con mi buen tío y padrino don Carlos María de
-Cisneros, cuya fama de estrafalario justamente incita tu curiosidad.
-Sé que has deseado tratarle, y que le admiras, por lo que de él se
-cuenta, como uno de los tipos más singulares de nuestra sociedad y de
-nuestra raza. Yo te le presentaré. Verás su casa y sus costumbres;
-le oirás exponer sus ideas, que á las de nin<span class="pagenum"
-id="Page_8">[p. 8]</span>gún mortal se parecen, y será tu amigo como lo
-es mío.</p>
-
-<p>Habíale yo conocido en mi niñez, cuando mi madre vino á Madrid,
-trayéndome consigo, á consultar los médicos. Recordaba la casa, toda
-llena de cuadros desde la antesala á la cocina, pinturas ennegrecidas
-en su mayor parte, entre las cuales me causaban más miedo que
-admiración las que cubrían las paredes del recibimiento, representando
-asuntos de frailes cartujos, rostros cadavéricos, muertos que se
-levantaban de sus ataúdes, y mártires en carne viva ó estrangulados,
-con medio palmo de lengua fuera de la boca. Recordaba también la
-persona de don Carlos, un señor muy fino, muy amable, pulcro y decidor,
-cariñoso con mi madre y conmigo. Después le ví en París dos veces, pero
-tan rápidamente, que continuaba siendo poco menos que un desconocido
-para mí. Hasta el mes pasado, cuando me instalé en la Corte, no se
-me han revelado la persona completa y el carácter originalísimo de
-este sujeto, que me hizo el honor de tenerme en brazos en la pila
-bautismal.</p>
-
-<p>No te quiero decir las bondades y miramientos que he merecido de él
-desde que vine aquí. Me cotiza á precio mucho más alto del que debo
-tener; me mima, me adula, celebra todo lo que digo, me da palmetazos
-en la espalda á cada instante, y repite, aunque no venga á cuento,
-esta frase: «Mira, Manolito, tú no me has de dejar mal, porque cuando
-te cristiané, hice la profecía de que aquel muñeco que en brazos tuve
-había de ser un grande hombre.» Me ha presentado á todos sus amigos,
-que son muchos, y entre los<span class="pagenum" id="Page_9">[p.
-9]</span> cuales hay algunos que no se me quedarán en el tintero. Me
-convida á almorzar dos veces por semana, haciéndome el increíble honor
-de discutir conmigo sobre mil cosas, y de explanarme sus deliciosas
-teorías políticas y sociales.</p>
-
-<p>La primera vez que fuí á su casa, no me dejó salir hasta media
-noche, y al despedirme, hízome prometer que volvería al día siguiente.
-La alegría inquieta y locuaz del buen señor era como el entusiasmo de
-un niño á quien entregan un juguete nuevo. Hablamos de la familia: de
-mi madre, á quien Cisneros tanto admiraba; de mi padre, que era para
-él como un hermano. Sacamos á relucir episodios de la historia de los
-Cisneros, de los Calderones de la Barca, de los Infantes, y de toda
-nuestra parentela, hasta no sé qué generación. Su felicísima memoria
-le permite restaurar los árboles genealógicos más carcomidos y con más
-saña talados por el tiempo, el abandono y la democracia. El pobre señor
-no acaba cuando se pone á contar las aventuras que corrió con mi padre,
-allá por los años del 40 al 50; lances de amor y pendencias que ya no
-se estilan, porque los muchachos, con esta educación hipócrita de los
-tiempos modernos, han trocado la inocencia petulante por la formalidad
-corrompida. El 53 se casaron ambos. Mi padrino tuvo una hija, Agustina
-Cisneros, mujer de Tomás Orozco, á quien tú conoces mejor que yo; y
-á mi padre le nacieron cinco hijos, de los cuales yo solo he quedado
-para muestra. La señora de mi padrino y mi mamá eran primas hermanas,
-de la familia de los Calderones de Valladolid: se habían criado juntas
-y se amaban tiernamente. Cis<span class="pagenum" id="Page_10">[p.
-10]</span>neros también tiene lejano parentesco con los Infantes, y por
-eso le llamo tío. Suspendo aquí las informaciones genealógicas para no
-volverte loco. Te diré tan sólo que ambas familias dejaron de tratarse
-con intimidad y frecuencia hace unos quince años, por residir mi padre
-casi constantemente en país extranjero.</p>
-
-<p>De este largo período de expatriación he tenido que dar cuenta
-prolija á mi buen don Carlos, que no se saciaba de oirme. También le
-hablé de tí, y te conoce por tus obras, mejor dicho, por la fama de tus
-obras, pues declara con ingenuidad un tanto vergonzosa que no las ha
-leído. Le he contado cómo se trabó y remachó nuestra amistad en aquel
-maldito colegio de Beauvais, siendo tu padre cónsul de España en el
-Havre y después en París. Departimos extensamente sobre las vicisitudes
-de mi familia, y el santo varón se hace lenguas de mí, admirando que
-tuviera yo bastante virtud y firmeza de carácter para sepultarme, á la
-muerte de mis padres, en esa triste Orbajosa, con el fin de buscar el
-derecho y la razón en el caos de mi herencia.</p>
-
-<p>¿Verdad que no debo quejarme de la suerte? Porque, terminada aquella
-labor de gigantes y encontrándome más rico de lo que creía, mis amigos
-y deudos me obsequian una mañanita con un acta de diputado, que tomo
-con mis manos lavadas; me vengo á Madrid; mi pariente Cisneros, así
-como su hija, la de Orozco, me acogen con afectuosa simpatía, y el
-pobre huérfano encuentra en ambos hogares ese calorcillo de familia que
-le hace llevadera su soledad. Entro en los Madriles con pie derecho, y
-en la política con<span class="pagenum" id="Page_11">[p. 11]</span>
-cierto estruendo de notoriedad. Ya supiste los ruidosos incidentes
-electorales y la guerra sañuda que me hizo en la Comisión de actas el
-candidato derrotado. Pero no sé si llegaron á tu noticia las infamias
-de cierto periódico, diciendo que yo era deudor al Tesoro de gruesas
-sumas, por atraso en la contribución de la mina <i>Esperanza</i>. Para
-defenderme, publiqué una carta que reprodujo la semana pasada toda
-la prensa. Ha sido muy elogiada por su lacónica dignidad y por las
-insinuaciones maliciosas que, en justo desquite, supe encajar en ella.
-Te la mando para que te rías un poco.</p>
-
-<p>Y ahora te diré otra cosa que te hará reir más. Sabes que soy
-bastante desmañado, y ya puedes figurarte que, al venirme á estas
-esferas, donde la vida es tan distinta de aquel desgaire tosco
-que impera en la episcopal Orbajosa, he tenido que arrostrar los
-azares de la aclimatación social. Cierta aspereza que hay en mí;
-el desconocimiento de los convencionalismos de forma y de lenguaje
-imperantes en cada sociedad; el no saber encontrar la justa medida que
-aquí existe entre la etiqueta y la confianza, me han hecho aparecer
-un tanto desairado y cohibido en el salón de mi prima (por rutina
-sigo dando este nombre á la hija del célebre Cisneros). Fácilmente
-comprenderás que mi asimilación ha hecho prodigios en pocos días, y que
-voy soltando la cáscara de lugareño; pero no he podido evitar, con tan
-notorios progresos, que se haya ejercitado en mi humilde persona el
-arte exquisito de esta gente para poner motes muy salados. De mi rudeza
-social y de la momentánea celebridad que adquirí<span class="pagenum"
-id="Page_12">[p. 12]</span> cuando me discutieron el acta, han sacado
-el dicharacho. Me llaman <i>el payo de la carta</i>. Díjomelo ayer mi prima
-en casa de su padre, celebrando con risas la ocurrencia; y al ver que
-yo, no sólo no me enfadaba ni pizca, sino que aplaudía el chiste,
-añadió que esta broma inocente no disminuye la estimación que me tienen
-sus amigos. Convenimos todos en reir la gracia, y por mi parte aseguro
-que no siento molestia alguna. Sin duda te ríes al leerme, como yo me
-río al escribirte.</p>
-
-<p>Pero mi buen humor no me libra, querido Equis, de la fatiga de
-esta larga carta. He llenado dos plieguecillos, y tengo más sueño
-que vergüenza. Dispénsame por esta noche, y aguarda un día ó dos la
-continuación, que si tú rabias porque te cuente cosas de mi padrino,
-más rabio yo por desembucharlas. Abúrrete lo menos posible, y que
-Dios te haga ligera la cruz de tu existencia en la metrópoli <i>ajosa</i>,
-<i>urbs augusta</i>, que dijeron los romanos, si es que lo dijeron. Aquí de
-nuestras bromas escépticas. ¿Crees tú que hubo romanos? Quita allá,
-bobo... Invenciones de los sabios para darse pisto. Siempre tuyo</p>
-
-<p class="firma"><span class="smcap">Manolo Infante.</span></p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_2">
- <p><span class="pagenum" id="Page_13">[p. 13]</span></p>
- <h2 class="nobreak">II</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>13 de Noviembre.</i></p>
-
-<p>Pues volviendo á lo mismo, Equis de mis pecados, te diré que
-encuentro á mi padrino más viejo de lo que yo me lo figuraba. ¡Pero
-qué chispa en aquel rostro, qué ojos de lince, y qué gracia de dicción
-la suya! Su cara es enjuta, morena, bien afeitadita; el labio superior
-enérgico y velloso, casi negro de la fuerza del pelo bien descañonado;
-la nariz tajante, corta, y unida al labio como si quisiera hacerlo
-suyo; la mandíbula robusta y saliente; los ojos vivos, bajo cejas
-tan pobladas que parecen dos tiras de terciopelo negro; la cabeza de
-perfectísima hechura; sin calva; el pelo con bastantes canas y cortado
-al rape. Si te digo que su perfil se me parece al del insigne cardenal
-de su mismo nombre y que tal vez es su pariente, no te digo más que
-la verdad. No lo creas si no quieres, hombre sin fe. Pertenece á la
-más genuína cepa castellana ó extremeña; es seco como la tierra, agudo
-con toda la agudeza de la raza, duro y flexible como el clima de aquel
-país; mezcla de sagaz lugareño y de señor magnánimo, con no sé qué de
-fraile que lleva pistolas debajo del hábito. No te puedo expresar bien
-mis impresiones acerca de esta figura eminentemente nacional. Trae á tu
-imaginación aquellos<span class="pagenum" id="Page_14">[p. 14]</span>
-guerreros afeitados que parecían curas, aquellos señores que semejaban
-labriegos vestidos de seda, los comuneros de rostro recurtido por el
-sol y los hielos de Castilla; piensa en el obispo Acuña, en el conde
-de Tendilla, en Torquemada, en San Pedro Alcántara, que sólo comía dos
-veces por semana; reconstruye el cuño de la raza y tipo de la madre
-Castilla, y podrás decir: «Vamos, ya le tengo.»</p>
-
-<p>Habrás oído que mi padrino posee una buena colección de cuadros
-y antigüedades, parte por herencia de su hermano don Diego, parte
-allegada por él. Y aquí, ¡oh ínclito Equis! mi sinceridad me hace
-soltar una herejía, que de seguro leerás con indignación. Mas no
-me importa, y allá va: <i>Me cargan las antigüedades</i>. No iré tan
-lejos como el poeta, que, cuando se estaba muriendo, reunió á sus
-hijos y deudos en torno al lecho del dolor, para decirles con mucho
-misterio que <i>le cargaba el Dante</i>. Pero sí te aseguro que no tengo
-maldito entusiasmo por las colecciones de <i>bric-à-brac</i>, pues si bien
-reconozco que en algunas figuran objetos de extraordinario mérito,
-la mayor parte de ellas sólo tiene un valor convenido. Á eso me
-dirás, ya lo estoy oyendo, que la historia del arte... y que patatín,
-y que patatán... Estamos conformes: me tomo, antes que me lo des,
-el diploma de bruto. Es que no lo entiendo, y tengo la franqueza
-de decirlo, mientras que otros, sin entenderlo más que yo, fingen
-extasiarse delante de cualquier roñoso cachivache ó de un trapo
-descolorido y mugriento. Excuso decirte que me guardaré muy bien
-de decir esto al amigo don Carlos, quien, al segundo día de<span
-class="pagenum" id="Page_15">[p. 15]</span> nuestro conocimiento,
-empleó no sé cuántas horas en enseñarme su galería. Si te descuidas,
-te hará creer con sus aspavientos y ponderaciones que el Kensington de
-Londres es, en comparación de lo que él posee, un puesto del Rastro.
-Indudablemente, la colección es grande, y á mi parecer, de tí para mí,
-muy poco selecta. Apenas cabe en aquel enorme principal de la plaza
-del Progreso, el cual tiene veinticinco balcones y da á tres calles;
-casa de tal amplitud, que pocas he visto en Madrid con tanta luz y
-desahogo.</p>
-
-<p>Salí de la visita artística con una mediana jaqueca, y si he
-de decirte la verdad, fuera de algunos tapices, de media docena
-de cuadros, de tres ó cuatro piezas de armería y herraje, todo me
-aburrió soberanamente, y más que nada, aquello en que el anticuario
-funda su orgullo, que es la colección copiosísima de tablas del siglo
-<small>XV</small>. Repito que soy muy bruto, y declaro que mi antipatía
-á las tales tablas no es inferior á la que me inspiran los códices en
-lengua sabia, de esas que no entiende ya ningún cristiano. Juzga de
-mi apuro al tener que asombrarme y entusiasmarme á cada rato cuando
-Cisneros á ello me incitaba mostrándome las maldecidas tablas, sin
-perdonar una, y explicándome su asunto.</p>
-
-<p>No sé si la pasión de mi padrino por las antiguallas es verdadera ó
-afectada. Bien podría ser lo último, pues le tengo por hombre de esos
-que, movidos del orgullo, se imponen un papel con el fin de agradar
-ó de distinguirse, y lo representan sin desmayo, llegando, con la
-perfección histriónica, á formarse una personalidad artificial, y á
-subordinar á ella todos los actos de la vida.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_16">[p. 16]</span></p>
-
-<p>Para satisfacer su codicia arqueológica, en la cual hay más de
-<i>dilettantismo</i> que de sentimiento artístico, Cisneros ha explorado
-todos los pueblos de Castilla la Vieja, donde tiene sus propiedades,
-buscando pinturas, trapos y cacharros. Las sacristías de las iglesias
-de Toro, Valoria la Buena, Villalón, Villalpando y Bermillo de Sayago
-le conocen de antiguo. Palacios y conventos expolió con mano dadivosa.
-Las monjas le agradecen que les haya cambiado por dinero contante
-tablas apolilladas, algún cerrojo cubierto de orín, ó el plato en que
-debieron de servirle las gachas al pobre Rey que rabió por ellas.</p>
-
-<p>Como todo fanático, el buen Cisneros se corre un poco en la
-filiación de los objetos preciosos que posee. Si hay dudas sobre un
-autor, se quita de cuentos y cuelga el milagro á los artistas más
-ilustres. ¿Trátase de una obra de platería? Pues seguramente es de
-Arfe... «Arfe legítimo... ¿no lo ves? Conozco la huella del cincel
-como conocería el carácter de letra de un amigo que me escribiera
-todas las semanas.» Si es cosa de cerrajería, se la endosa al
-maestro Villalpando. Si el cuadro dudoso tiene figuras atléticas y
-frescachonas, ello es del propio Rubens, ó por lo menos de Jordaens. Si
-es algún retrato escuálido y con cara de tercianas, por fuerza tiene
-que ser del Greco, ó á todo tirar, de Juan Bautista Mayno.</p>
-
-<p>En su conversación artística, mejor dicho, en todas las
-conversaciones, es amenísimo. ¡Qué ideas tiene y con qué salero las
-expresa! Te digo que hay que tratarle de cerca para apreciar bien
-su originalidad. Siempre que hablo con él, me acuerdo de tí; pienso
-que su charla te agradaría ex<span class="pagenum" id="Page_17">[p.
-17]</span>traordinariamente, y que sacarías de ella inmenso partido.
-Y todo en él, fondo y superficie, es digno de observación. Dentro de
-casa gasta una célebre bata bastante arqueológica, color de guinda,
-rameada, que, al parecer, ha salido de una de aquellas tablas del siglo
-<small>XV</small> que cubren las paredes. ¿Querrás creer que hace dos
-días, hallándonos presentes tres personas de su intimidad, fumando y
-tomando café, se empeñó en enseñarnos cómo se bailan las seguidillas
-en los pueblos de tierra de Campos, y las bailó delante de nosotros,
-haciendo la más graciosa y estrafalaria figura que te puedes imaginar?
-Pues ayer nos contaba á Villalonga, á Federico Viera y á mí lances de
-su juventud, entreverando mentiras muy gordas con donaires finísimos,
-y se dejó decir que en su tiempo no había mujer de alta ó baja clase
-que se le resistiera. Es hombre, además, á quien nunca oyes hablar bien
-de nadie. Como se le diga algo que enaltezca á cualquier persona, ó lo
-pone en duda, ó lo admite con salvedades y reticencias malignas. Pero
-si se le lleva algún cuento que denigra ó envilece, le falta tiempo
-para repetir, haciendo ademán de machacar en el mortero, la célebre
-frase del boticario aquél: «¡como si lo viera, como si lo viera!»</p>
-
-<p>Hay quien dice que á pesar de estas malicias, puramente externas,
-mi padrino es lo que en lenguaje usual llamamos <i>un infeliz</i>. Con
-los criados, aparentemente, se las da de hombre de mal genio, y hace
-el papel de amo severo y gruñón. Pero me han dicho, con referencia
-á los mismos sirvientes, que en el trato doméstico, y cuando no hay
-delante personas extrañas, es bondadoso y<span class="pagenum"
-id="Page_18">[p. 18]</span> tolerante. Hasta se susurra que los
-criados, si son listos y saben llevarle el genio, le dominan y hacen de
-él lo que quieren.</p>
-
-<p>En el poco tiempo que conozco á este hombre singular, no le he oído
-tratar con benevolencia á ninguna persona de la familia, como no sea
-á su hija y á mí. Por Agustina, á quien él llama <i>Tinita</i> y todos los
-demás <i>Augusta</i>, tiene verdadera idolatría. Sólo ante ella doblega su
-altivez, y pone freno á sus genialidades despóticas y á veces pueriles.
-Pero de esta influencia de la hija sobre el difícil carácter del padre,
-no participa el yerno, por quien Cisneros siente una antipatía que á
-veces logra disimular y á veces manifiesta sin rebozo alguno. Cuán
-injusta es esta inquina del castellano viejo no necesito demostrártelo,
-pues conoces á Orozco mejor que yo. Y te diré de paso que los encomios
-que de él me has hecho, no me parecen exagerados. Mientras más le
-trato, más me gusta este hombre, todo rectitud, nobleza y veracidad,
-y que á tan sólidas prendas añade trato afabilísimo y otros adornos
-personales. Su suegro no le traga: ignoro la causa, y sólo puedo
-atribuirla á un sentimiento envidioso, por la consideración y las
-ardientes simpatías que el otro merece de cuantos le tratan.</p>
-
-<p>Por lo que á mí respecta, mi padrino parece quererme tanto como
-quiere á su hija. ¿Le durará esto? Presumo que no, porque lo que
-conozco de su carácter me permite reconstruirlo enterito, induciendo
-de la forma de algunos huesos el conjunto del esqueleto. El hombre
-que tiene los aspectos que te he descrito, debe de ser también
-versátil en sus sentimientos, antojadizo en sus<span class="pagenum"
-id="Page_19">[p. 19]</span> pasiones; ha de pasar fácilmente del amor
-al odio, por móviles escondidos, cuya explicación es difícil encontrar
-en los repliegues de su alma.</p>
-
-<p>Ayer almorzamos con él mi prima y yo. ¡Qué de carantoñas nos hizo,
-prodigando por igual sus afectos á ella y á mí! ¡Qué expresiones
-cariñosas para ambos, y qué elogios casi ridículos de mi persona,
-apelando al testimonio de Augusta, que, riendo y bromeando, no vacilaba
-en asentir á todo para tenerle contento! Al despedirnos nos dijo con
-paternal benevolencia: «Hijos míos, id con Dios, y divertíos.»</p>
-
-<p>Y aquí me despido también yo, amigo de mi alma, incitándote á
-divertirte todo lo que puedas.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_3">
- <h2 class="nobreak">III</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>16 de Noviembre.</i></p>
-
-<p>Modera tu impaciencia, voluntarioso y desocupado Equis. ¿Deseas
-saber pronto lo que pienso de mi prima? Me había propuesto dejar
-ese interesante tratado para cuando mi observación hubiese reunido
-datos suficientes en que apoyar una buena crítica. Pero cedo á tus
-exigencias de proscripto aburrido y mimoso, y empiezo por decirte
-que Augusta no me pareció, la primera vez que la ví, tan hermosa
-como yo me la representaba. No puedo olvidar que nunca me diste una
-opinión terminante sobre ella, tú que debes co<span class="pagenum"
-id="Page_20">[p. 20]</span>nocerla, aunque no tanto como á su marido.
-En tus expresiones al hablarme de esta mujer, he notado siempre como
-una velada reticencia. No creas: el recuerdo de tus vaguedades en tal
-asunto me pone en guardia. Observo, reparo y escudriño en torno de
-ella, sospechando que podré descubrir algo que me asombre, y aunque
-nada veo, nada absolutamente más que una conducta pura y una reputación
-intachable, la escama persiste en mí y suspendo mi juicio. Contén tu
-insana curiosidad, oh varón depravado, que yo, cuando sepa bien á qué
-atenerme, no me pararé en pelillos para manifestártelo. Por ahora, no
-me sacarás del cuerpo sino una apreciación breve y superficial. Que
-Augusta es elegante, no tengo por qué decírtelo. Te reirás sin duda de
-mi descubrimiento. Sobre si es ó no hermosa, ya cabe mayor variedad de
-opiniones. Hermosa, lo que se llama hermosa, quizás no lo sea para los
-que creen, como tú, en eso de las reglas y proporciones estéticas. Para
-mí, que no le encuentro ninguna gracia á la boca chiquita de las Venus
-griegas y de las Vírgenes de Rafael, una de las mayores seducciones de
-mi prima es su boca, que un amigo mío llama <i>el templo de la risa</i>.
-¡Vaya que es grandecita! ¡Pero qué salada y hechicera! Dime, ¿tú la has
-visto reir, pero con gana, burlándose de alguien ó contando un pasaje
-chistoso? ¿Y no te has extasiado ante aquella doble sarta de dientes
-blancos, duros, igualitos, de los cuales te dejarías morder si á su
-dueña se le antojase? ¿No te divierte, no te embelesa oir la cascada
-de aquella risa, que inunda de alegría el mundo y sus arrabales, como
-el trinar<span class="pagenum" id="Page_21">[p. 21]</span> de los
-pájaros celebrando la aurora? Toma poesía... Otrosí, querido Equis,
-tiene mi prima unos ojos negros que te marean si fijamente te miran;
-ojos que llevan en sí el vértigo de las alturas y el misterio de las
-profundidades (aguántate esa imagen), ojos que... no sigo por temor á
-mi retórica y á tus guasitas.</p>
-
-<p>Fuera de los ojos, que son, como dice un amigo nuestro, <i>la sucursal
-del cielo</i>, si miras aisladamente las facciones de Augusta, las
-encontrarás imperfectas; pero luego se componen y arreglan ellas á su
-manera, y resulta un conjunto encantador que te vuelve loco; digo, á
-tí no; pero á otros, si no les ha enloquecido, les enloquecerá. ¿Y qué
-tienes que decir de su figura? ¿Has conocido alguna más arrogante? Dí
-que no, hombre, dí que no, ó te pego. Buena talla, sin ser desmedida;
-buenas carnes, sin gorduras; curvas hermosísimas... Yo me la figuro
-con poca ropa, y me extasío, como lo harías tú, castamente estético,
-delante de la estatua viva, considerando con la mayor formalidad que
-la belleza de las líneas convierte la carne tibia en el más honesto de
-los mármoles... Suprimo las imágenes porque te estás riendo de mí, y de
-seguro dices al leerme: «¡Miren el tonto ese...!» ¡Ah! la edad la fijo
-en treinta años; y lo más, lo más que añado, si en ello te empeñas, es
-dos ó tres á lo sumo.</p>
-
-<p>Y pensarás también, clareándote con una de esas muequecillas
-profesionales que son resultado del hábito de la crítica: «Mujer
-hermosa, pero sin instrucción.» Ya tenemos en campaña el problema
-educativo. Pues á eso te digo que, en efecto, Augusta carece de
-instrucción, si por esto en<span class="pagenum" id="Page_22">[p.
-22]</span>tiendes algo más que las llamadas <i>tinturas</i> de las cosas;
-pero tiene tal gracia y desenfado para abordar cualquier cuestión
-grave ó ligera, que oyéndola no podemos menos de celebrar que no sea
-instruída de verdad. Si lo fuera; si la sosería de la opinión sensata
-apuntara en aquellos ojos y en aquella boca, cree que perderían
-mucho. Habías de oirla cuando se pone á hincar el colmillito en las
-ridiculeces humanas ó á sostener una tesis paradógica. Si entonces no
-se te caía la baba, no sé yo cuándo se te iba á caer. Pues en aplicar
-motes no hay quien le gane. Cuando tuvo bastante confianza conmigo,
-me confesó, llorando de risa, que de su cacumen había salido el apodo
-de <i>el payo de la carta</i>, y te aseguro que nunca he perdonado con más
-gusto un agravio.</p>
-
-<p>Basta, basta: no has de sacarme una palabra más acerca de esta
-interesante persona. Lo único que me resta decirte es que anoche estuve
-en el teatro con ella y su marido. Este es un cumplido caballero,
-digno de poseer tal joya. Paréceme de salud algo delicada. Su mujer
-le mima, le cuida, y no está profundamente seria sino cuando teme
-que aquella salud se quebrante más. Hallo perfecta armonía en este
-matrimonio. Podré equivocarme; pero... ¿Qué es eso? ¿te ríes? Á mí no
-me descompones tú con tus risitas... ¿He dicho algún disparate? Tu
-opinión sobre Orozco, ¿no es la mía? ¿No eres tú quien me ha hecho
-ver en él una excepción dentro de la actual sociedad? ¡Ah! ya sé
-por qué te ríes, hombre incrédulo y malicioso. Es porque desde que
-empecé esta carta estoy diciendo que no quiero hablar de Augusta, y ya
-llevo tres carillas sin ocuparme de otra cosa.<span class="pagenum"
-id="Page_23">[p. 23]</span> Punto, punto aquí, vive Dios. Pon un punto
-como una casa, indiscreta pluma, ó te estrello contra el papel.</p>
-
-<p>Hablemos otra vez de Cisneros, de ese espejo de los padrinos, de
-esa potencia crítica de primer orden, que por sí solo representa una
-escuela sistemática de sátira social, á la que ajusta sus juicios
-sangrientos. Tú no sabes bien lo que es este hombre y cuánto se prestan
-sus pensamientos á la admiración y al análisis. ¡Y yo, tonto de mí, que
-los primeros días, juzgando por la superficie de las ideas, le tuve
-por carlista ó al menos por partidario del poder absoluto! Figúrate,
-Equis de mi alma, cómo me quedaría hoy cuando me expuso las ideas más
-contrarias al absolutismo... Poco á poco: quizás no; puede que ello sea
-el propio absolutismo en su forma más concentrada. Vamos por partes,
-y dime si estas rarezas no merecen que un observador como tú las
-estudie.</p>
-
-<p>Mi padrino vive, como sabes, en la plaza del Progreso. Aborrece
-los barrios del Centro y del Este de Madrid, que son los más sanos.
-La tradición le amarra al Madrid viejo y á la parte aquélla donde
-siente el tufo de la plebe, apiñada en las calles del Sur. Ha vivido
-siempre al borde del abismo, según dice, y no quiere apartarse de él.
-Detesta la prensa, que en su sentir es la vocinglería, el embuste, el
-instrumento de corrupción con que nuestra edad envilece los caracteres
-y falsea todas las cuestiones. Á pesar de esto, no conozco á nadie
-que lea más periódicos. Por las mañanas, en su casa, se traga tres
-ó cuatro, y de noche, en el Casino, media docena. Busca en<span
-class="pagenum" id="Page_24">[p. 24]</span> ellos la comidilla, la
-información mal intencionada, el palpitar convulsivo de la sociedad que
-considera enferma. La política, tal como aquí se practica, le inspira
-despiadadas burlas. Atiende á ella, según dice, como quien asiste á un
-sainetón extravagante. Para él no hay ministro honrado, ni personaje
-que no merezca la horca... Y, sin embargo, muchos de éstos son sus
-amigos, se sientan á su mesa y le celebran las gracias. Cuando surge
-algún escándalo en la prensa, adopta y da por válidas las versiones más
-desfavorables. La complacencia y el orgullo iluminan su rostro cuando
-tiene que dar su opinión pesimista sobre cualquier asunto que cautiva y
-apasiona al público. Cada frase suya es un alfiler candente que penetra
-hasta el hueso y hace chisporrotear la carne.</p>
-
-<p>Á propósito de mi entrada en la política, oigo de él opiniones y
-consejos que, la verdad, me entristecen. Hoy, después de almorzar,
-pasamos al gabinete donde habitualmente lee y escribe, y después de
-ofrecernos (los convidados éramos Federico Viera y yo) un par de
-cigarros secos, duros, amargos, que tiene en el cajón de una de las
-papeleras, y que por lo viejos deben de ser los primeros que como
-muestra vinieron á España en los albores del vicio, dió á Viera
-una carpeta de estampas para que se entretuviese, y me echó este
-sermoncito, del cual te doy un extracto, que, gracias á mi excelente
-memoria, ni tomado por taquígrafos sería más ajustado á la verdad:</p>
-
-<p>«Mira, hijo, todas las cuestiones que se refieren á libertad
-política, á garantía de derechos, ó á leyes que robustezcan la
-Constitución y los altos<span class="pagenum" id="Page_25">[p.
-25]</span> poderes, son pura pamema. Oye estas cosas como aquel paleto
-que decía: <i>por un oído me sale y por otro me sale</i>; es decir, que no
-le entraba por ninguno. Cuida mucho de que estas rimbombancias huecas
-no te entren en el cerebro, porque si llegan á entrar, siempre queda
-en la masa encefálica algo que puede trastornarte. Otra tocata muy
-común es la organización de los partidos, la necesidad imperiosa de
-que haya partidos, y de que estén bien disciplinados... ¡Oh! ¡la gran
-simpleza...! bien disciplinaditos. Esto lo oyes y te callas, como se
-calla uno cuando oye el canto del grillo. ¿Nos vamos á poner á discutir
-con un grillo y á refutarle lo que canta? No. Pues lo mismo haces
-cuando te echen el registro ese de los partidos y de la disciplina.
-En esto sigue la norma de conducta que he seguido yo cuando me han
-llevado á la reata del Senado ó á la del Congreso. Mira, hijo: yo, á
-los badulaques que me hablaban de cohesión, de apoyar al Gobierno, les
-contestaba que sí, que muy santo y muy bueno; y después hacía lo que me
-daba mi santa gana. Siempre que veía al Gobierno comprometido en las
-Secciones, votaba con los enemigos. En el salón, te juro que nadie ha
-tenido tanta gracia para abstenerse á tiempo. Y nadie supo nunca si yo
-soltaba el sí ó el no hasta que salía de mis labios. Veo que frunces
-el ceño y alargas el hocico, como si esto que te digo fuera una gran
-inmoralidad que escandaliza tu conciencia. Ten calma, que te daré
-razones convincentes para acallar tus escrúpulos. Mi sistema se inspira
-en el bien universal, no en el interés de unos cuantos charlatanes y
-explotadores de la nación. Ya lo irás conocien<span class="pagenum"
-id="Page_26">[p. 26]</span>do; ya te vendrás á mi campo, al campo de
-las negaciones, de todas las negaciones juntas, donde se asienta la
-soberana afirmación.</p>
-
-<p>»También tratarán de meterte en la cabeza esa monserga de la paz...
-que necesitamos paz para prosperar y enriquecernos con la... la...
-industria, la agricultura... y dale que le darás. Esto, chico, es como
-si al que no tiene que comer se le dice que se siente á esperar que
-le caigan del cielo jamones y perdices, en vez de salir y correr en
-busca de un pedazo de pan. ¡La paz!... Llamar paz al aburrimiento, á
-la somnolencia de las naciones, languidez producida por la inanición
-intelectual y física, por la falta de ideas y pan, es muy chusco. ¿Y
-para qué queremos esa paz? ¿De qué nos sirve esa imagen de la muerte,
-ese sueño estúpido, en cuyo seno se aniquila la nación, como el
-tifoideo que se consume en el sopor de la fiebre? En el fondo de este
-sueño late la revolución, no esa revolución pueril porque trabajan los
-que no tienen el presupuesto entre los dientes, sino la verdadera,
-es decir, la muerte, la que todo debe confundirlo y hacerlo polvo y
-ceniza, para que de la materia descompuesta salga una vida nueva,
-otra cosa, otro mundo, querido Manolo; otra sociedad, modelada en los
-principios de justicia.»</p>
-
-<p>Al llegar aquí, no pude menos de mostrarme asombrado de que tales
-ideas profesase un hombre que vive tranquilamente de las rentas
-extraídas de la propiedad inmueble y de la riqueza mobiliaria, es
-decir, un fortísimo sillar del edificio del Estado, tal como hoy
-existe. Por respeto á las canas de Cisneros, no me eché á reir
-ante<span class="pagenum" id="Page_27">[p. 27]</span> ellas. ¿Estará
-loco este hombre? me dije. Y le tiré de la lengua, preguntándole qué
-forma social era esa en la cual quiere que resucitemos después de
-muertos y putrefactos.</p>
-
-<p>No creas que se acobarda cuando se le estrecha pidiéndole que
-concrete sus ideas. Al contrario, esto le estimula á exprimir el
-magín para sacar de él nuevos donaires. «Es—me dijo,—como si me
-mandaras escribir la historia antes de que ocurran los hechos que
-han de componerla. ¿Qué es lo que ha de venir? ¿Qué forma traerá la
-catástrofe, y en qué posición van á quedar las piedras del edificio
-una vez caídas? ¿Cómo he de saber yo eso, tonto? Lo que yo sé es
-que debo hacer cuanto esté de mi parte por ayudar al principio de
-suicidio que late en nuestra sociedad, y apresurar la destrucción,
-contribuyendo á fomentar todo lo negativo y disolvente. Que me hablan
-de libertades públicas y de los derechos del hombre. Música, bombo
-y platillo. Contesto que el pueblo no tiene más aspiración que la
-indiferencia política, ni más derecho que el derecho á esperar, cruzado
-de brazos, el vuelco de la sociedad presente, que ha de producirse
-por un fenómeno de física social. Háblanme de los partidos y de la
-disciplina, y hago tanto caso como de las disputas de los chicos de
-la calle, cuando juegan á los botones, al trompo y á cojito-pie. Me
-ponderan la necesidad de apoyar á estos gobiernos de filfa para que
-duren mucho, y yo me persuado más de la urgencia de combatirlos para
-que duren lo menos posible. ¿No has observado que, cuando se habla de
-crisis, la sociedad toda parece que se esponja, palpitando de esperanza
-y de júbilo? Es<span class="pagenum" id="Page_28">[p. 28]</span> que
-tiene la conciencia de que el remedio de sus males ha de venir de la
-pulverización. Que esas cuadrillas de vividores que se llaman partidos
-y grupos se dividan cada vez más; que los gobiernos sean semanales, y
-tengamos jaleos y trapisondas un día sí y otro también. Esta movilidad,
-este vértigo encierra un gran principio educativo, y el país va sacando
-de la confusión el orden, de lo negativo la afirmación, y de los
-disparates la verdad. Yo, que siento en mí este prurito de la raza,
-me alegro cuando soplan aires de crisis, y aunque no la haya, digo y
-sostengo que la hay ó que debe haberla... para que corra... Cuando mi
-barbero entra á afeitarme por las mañanas, siempre le pregunto dos
-cosas: «¿Cómo está el tiempo, Ramón?... Ramón, ¿tenemos crisis?»</p>
-
-<p>Con ésta tienes para un rato, hijo de mi alma. Mientras la digieres,
-te preparo la continuación, que irá, Dios mediante, mañana.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_4">
- <h2 class="nobreak">IV</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>17 de Noviembre.</i></p>
-
-<p>Escucha y tiembla. Después de reir á carcajadas de las observaciones
-que le hice, hijas, según él, del estúpido eclecticismo de estos
-tiempos vulgares, burgueses, insignificantes; después de llamarme
-cándido y paloma torcaz, dijo el gran Cisneros: «¿Pero tú has
-reflexionado bien lo que<span class="pagenum" id="Page_29">[p.
-29]</span> significa la anarquía? Medita bien sobre ella, y verás
-que un pueblo sin gobierno de ninguna clase, entregado á sí mismo,
-un pueblo sin leyes, está en situación de hacer efectivas las leyes
-verdaderas, las inmortales. ¡Que hay sacudimientos, tiranías,
-atropellos! Déjalo, tonto, déjalo. Esto es precisamente lo que hace
-falta para que nazca el verdadero derecho... Por mi parte, detesto
-estas sociedades acompasadas, verdaderas aglomeraciones de cuákeros,
-donde la policía y la justicia oficial impiden la florescencia de
-las facultades humanas. ¿Concibes que el gran arte y la ciencia
-noble puedan existir en ninguna sociedad donde hay más leyes que
-ciudadanos, y donde sale la <i>Gaceta</i> todos los días con su fárrago
-de disposiciones, que son otras tantas ligaduras puestas á la acción
-del individuo? Estas son sociedades estériles; y no me hables de la
-industria y de los inventos, pues la mayor parte de esas llamadas
-conquistas sólo han servido para hacer más infelices á los hombres,
-y aumentar las horribles desigualdades sociales; para establecer el
-hambre allí donde reinó la hartura, implantar la tiranía de la ropa,
-quitar á los viajes su encanto, y destruir el misterio de las cosas;
-el misterio, sí, fuente que antes manaba delicias, y ahora está seca,
-seca, con tanta ciencia y tanta máquina, y tanta tontería de adelantos
-materiales. No me digas que te entusiasma esta edad de hierro, más
-árida que ninguna otra edad, y más antipática y pedestre.</p>
-
-<p>«¡Y qué trajecitos usamos! ¡Parece que nos vestimos, no para
-engalanarnos, sino para disimular lo deforme y enteco de nuestros
-cuerpos jimio<span class="pagenum" id="Page_30">[p. 30]</span>sos! ¡Y
-qué costumbres tan necias; y qué idiotismo en las relaciones de los
-sexos; y qué monotonía desesperante en la vida toda; qué aburrimiento
-en esta selva inmensa de leyes, que prevén hasta nuestros menores
-movimientos; qué inmenso tedio en este sistema de profundizar todas
-las cosas, para matar todo lo desconocido; lo desconocido, Manolo de
-mis entrañas, lo desconocido, que es la alegría de las almas, la sal
-de la existencia! No, no: yo quiero que toda esa balumba de artificios
-y de esclavitudes, formada por el puritanismo inglés y la gazmoñería
-protestante, desaparezca en el abismo de esa historia fastidiosa que
-nadie ha de leer. Quiero la libertad, no estas libertades que son
-como la disciplina de un cuartel, y que le obligan á uno á andar á
-compás, á uniformarse, y á no poder toser sin permiso del cabo, sino la
-verdadera libertad, fundada en la Naturaleza. Quiero que la sociedad
-florezca, y produzca el gran arte, las virtudes sublimes, la santidad;
-que en ella sea posible lo que hoy no existe, la inspiración artística
-y las acciones heróicas. Quiero que se vaya con mil demonios toda
-esta corrección grotesca y policiaca que mata la personalidad, la
-iniciativa, la idea, la santa idea, producto del entendimiento, y ahoga
-el producto de la fantasía, la imagen... Ea, punto final. Me parece que
-he hablado bastante. Me sofoco...»</p>
-
-<p>No pude menos de celebrar su elocuencia y de aplaudir su ingenio,
-añadiendo que, conforme le oía, me iban entrando ganas de trocar mi
-ropa por cualquier traje de teatro, ó por los verdes lampazos de la
-edad de oro, y echarme á un mon<span class="pagenum" id="Page_31">[p.
-31]</span>te para ser ciudadano de cualquier república de pastores.</p>
-
-<p>Cisneros se levantó de la butaca y dió cuatro ó cinco vueltas por la
-estancia, inquieto y nervioso, cual si quisiera envolver en un ovillo
-el hilo del discurso que acababa de enjaretarme. Acerquéme á Federico
-Viera, que seguía examinando estampas, y de pronto mi padrino se paró
-ante nosotros, arremangóse la bata y nos mostró su pierna, vestida de
-un pantalón bastante estrecho y no flamante. «Á ver, ¿qué tienen que
-decir de esa pierna?—nos preguntó con pueril orgullo.—Toquen, toquen
-para que vean que aquí no hay relleno. Les desafío á que me presenten
-otra tan bien formada, ni con estas curvas de la pantorrilla... toquen,
-miren... tan elegantes y tan... ¿No merece esta extremidad vestirse con
-aquellas calzas de listas rojas y negras que se usaban en Italia en el
-siglo <small>XV</small>?»</p>
-
-<p>Sin esperar nuestra respuesta, siguió paseándose. Federico y yo
-nos miramos, conteniendo la risa. ¿Qué pensarás tú al leer esto? Lo
-mismo que pensaba yo al presenciarlo. Que mi buen padrino, si no está
-rematado, tiene momentos en que se destornilla casi por completo.</p>
-
-<p>Nuestro amigo Viera, que le conoce hace tiempo y sabe tomarse con
-él confianzas que yo no me tomaría, le dió bromas sobre aquello de
-las calzas italianas; pero Cisneros se lo sacudió como se sacude una
-mosca, diciéndole: «Sois unos encanijados de cuerpo y de espíritu, y
-en vuestros caletres hidrocefálicos no cabe ninguna idea grande. Sois
-incapaces de comprender la vida más que como un reglamento, escrito con
-el fin de que<span class="pagenum" id="Page_32">[p. 32]</span> toda
-la humanidad se ajuste á la talla de los tontos... Os he argumentado
-de un modo parabólico, única manera de que podáis comprenderme, almas
-cándidas. Vamos á ver...» Puso una mano en el hombro de Viera y otra
-en el mío, y con tonillo autoritario nos dijo: «¿Creéis vosotros que
-el Dante habría escrito la <i>Divina Comedia</i> si hubiera sido bachiller
-en Artes, licenciado en Derecho, después ateneísta, alcanzando fama
-de <i>persona ilustrada</i>, viviendo entre el tumulto de lo que llaman
-crítica, y expuesto á ser académico, diputado ó quizás, quizás ministro
-de Fomento?... ¿Creéis, hijos míos, que el autor del <i>Cantar de los
-Cantares</i> habría compuesto este delicioso poemita si, en vez de andar
-con las piernas al aire, hubiera gastado pantalones?... No admito
-distingos: contestar sí ó no... ¿Creéis que Miguel Ángel habría hecho
-el <i>Moisés</i> y pintado el techo de la Capilla Sixtina si en su tiempo se
-hubieran usado los sombreros de copa, los informes de Academias, los
-estudios de estética y los paraguas?... Sí ó no... No se me escapen por
-la tangente... Lo que hay... (diciendo esto nos sacudía con violencia
-como si quisiera arrojarnos al suelo), lo que hay es que sois unos
-pobres idiotas, educados en las tonterías de la enseñanza oficial, de
-esa enseñanza que, si dura, concluirá por retrotraer á la humanidad á
-la época de los monos, micos ilustrados si se quiere, pero micos al
-fin.</p>
-
-<p>Federico y yo le hicimos ver que tales ideas son admisibles como
-elemento de amenidad en esa literatura sin imprenta que se llama la
-conversación, y que influye tanto ó más que la estampada en la opinión
-general; pero que no pue<span class="pagenum" id="Page_33">[p.
-33]</span>den admitirse con pretensiones de formar doctrina. Además,
-le demostramos que sus pensamientos estaban en contradicción con sus
-actos. La cosa era bien clara. «Usted—le dijimos,—truena contra la
-Instrucción pública, como un medio de fabricar tontos y de conseguir la
-extensión de la cultura á costa de la intensidad. ¿No es eso?</p>
-
-<p>—Sí—replicó:—abomino de esta enseñanza estúpidamente niveladora.
-¿Creéis que si á Homero le hubieran dado la nota de <i>sobresaliente</i> en
-los exámenes, habría compuesto la <i>Iliada</i>?</p>
-
-<p>—Claro que sí—le aseguró mi amigo,—y por ella habría ganado el
-<i>accésit</i> en cualquier certamen... Pero déjeme completar mi argumento.
-Si usted es tan enemigo de la Instrucción pública, ¿para qué ha fundado
-dos escuelas en Tordehumos, dotándolas con esplendidez? Y si cree que
-la actual organización de la sociedad y de la propiedad es tan mala,
-¿para qué defiende sus rentas con tanto tesón? Porque á mí me han
-dicho, don Carlos, y no vaya á enfadarse por esto, á mí me han dicho
-que usted no perdona un céntimo, y al infeliz arrendatario que no es
-puntual, le revienta sin andarse en chiquitas...»</p>
-
-<p>Federico seguía; pero mi padrino le cortó la palabra, airado y
-descompuesto, y pisando, <i>alterna pede</i>, como caballo que se encabrita,
-nos dijo: «Sepan, señores mequetrefes, que he fundado las escuelas
-porque me ha dado la gana, y que mis móviles no cabrán nunca en esas
-molleras llenas de la paja del saber oficial. Sepan también que si
-cobro mis rentas, no hago más que tomar lo mío, y defenderme de pillos
-y ladro<span class="pagenum" id="Page_34">[p. 34]</span>nes... ¿Pues
-qué querían? ¿que tenga lástima de los que se gastan mí dinero en las
-tabernas y en las timbas de los pueblos? ¡Pobrecicos de mi alma! Cuando
-me vienen llorando por las malas cosechas, yo les daría una mano de
-palos por tramposos, embrollones, y por esa fea maña de achacar al
-Cielo y á la Tierra lo que sólo es culpa de sus vicios... ¿Pues qué
-quieren estos mocosos, que yo deje á mis colonos reirse de mí y comerse
-mis rentas?...</p>
-
-<p>—No; si nosotros no queremos eso... Hemos señalado una contradicción
-y nada más...</p>
-
-<p>—No hay contradicción... ¿Pero qué entendéis vosotros de esto? Si
-me querrán marear estos gaznápiros... Sois muy niños para meteros
-conmigo... Vamos, no quiero haceros caso, no me rebajo á discutir con
-esta infancia enfatuada, pedantesca... Tengo canas, señores, y no las
-quiero ensuciar metiéndome con chicos...»</p>
-
-<p>Nosotros le estrechábamos; injuriábanos él, mitad en broma, mitad
-en serio, y nuestra disputa habría sido interminable, si no la cortara
-bruscamente la llegada de un amigo de Cisneros, ex-ministro que había
-soltado la cartera en la última crisis, hombre muy corrido en política,
-y que tenía mucho metimiento en aquella casa, así como en la de Orozco.
-Acogióle mi padrino con exclamaciones de gozo, y el visitante no gastó
-preámbulos para decirle á qué venía. Pues simplemente á pedirle su
-voto para la elección parcial en no sé qué distrito de Castilla. Don
-Carlos, poseedor de grandes tierras en Tordehumos, Magaz y Valoria la
-Buena, tiene influencia en el país, y como se meta de hoz y de coz en
-la<span class="pagenum" id="Page_35">[p. 35]</span> lucha electoral,
-se lleva de calle á los contrarios. No bien le explicó el tal sus
-deseos de sacar adelante al candidato amigo, Cisneros le dió un abrazo
-diciéndole: «Pues no faltaba más... Hoy mismo escribiré. ¿Le apoya el
-Gobierno? Ya sabe usted que soy ministerial de todos los ministerios,
-ministerial furibundo...</p>
-
-<p>—Querido don Carlos, no nos apoye tanto ni nos abrace tan
-fuerte—dijo el otro riendo.—Temo sus caricias y su ministerialismo.</p>
-
-<p>—Y con razón. Es la mejor manera de ser disolvente. Ya conoce usted
-mi sistema: apoyo á todos los gobiernos para que duren poco.</p>
-
-<p>—Usted es de los que no temen el diluvio porque tiene ya hecha el
-arca. Si yo la tuviera...</p>
-
-<p>—¡Que no tiene usted su arca! Yo creía que sí. Pues aquel asunto de
-la subvención á los ferrocarriles de vía estrecha, ¿no le proporcionó
-algunas tablas para su salvamento el día en que toquen á ahogarse?</p>
-
-<p>—Don Carlos, don Carlos—replicó el personaje, en tono agridulce.—No
-es propio de persona tan respetable acoger los chismorreos del
-vulgo.</p>
-
-<p>—Pero si yo no le retiro á usted mi estimación...</p>
-
-<p>—Es que debería retirármela.</p>
-
-<p>—No... lo malo es que cuando suban las aguas no habrá arca que las
-resista. Diga usted, ¿qué hay de eso que tanto da que hablar? ¿Es
-cierto que dos ministros andan á la greña, y que por una cuestión de
-faldas presenta su dimisión un alto personaje?</p>
-
-<p>—¡Absurdo, disparate...! Don Carlos de mi vida, ¿cómo cree usted
-esas cosas?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_36">[p. 36]</span></p>
-
-<p>—Vamos, desahogue ese corazoncito. Aquí todos somos ministeriales,
-y viene bien aquello de que la ropa sucia debe lavarse en casa. Usted,
-como todos los que están convalecientes de ministros, tiene lo que
-llaman los médicos la <i>febris carnis</i>, disgusto, mal cuerpo y peor
-paladar, tristeza, alternativas de desgana y hambre canina... Vamos, no
-me niegue usted que está torcido con el Gobierno. Si se lo conozco en
-la cara. Soy ya perro viejo; he andado algunos años en esos trotes de
-la política, y he visto siempre que todos los que salen se convierten
-en ruiseñores, es decir, que trinan. Con que, si usted no es un
-hipócrita, trinemos todos ahora; es decir, mordamos.»</p>
-
-<p>El ex-ministro denegó con frases ingeniosas las malicias de
-Cisneros, declarándose poseído de aquella satisfacción interior, tan
-necesaria á la disciplina de los ejércitos, así en la milicia como en
-la política. Pero luego, en el curso de la conversación que trabamos
-los cuatro sobre los asuntos corrientes, dejaba entrever mi hombre su
-mal humor. Que las cosas del partido no van bien, y el mejor día puede
-sobrevenir un desastre; que si esto sucede, él se lava las manos...
-Mi padrino, con refinada ironía, le llevaba la contraria; y por fin,
-tratando de la próxima elección parcial, aprovechó la coyuntura que se
-le presentaba para arrimar el ascua á su sardina, pues es hombre que,
-en medio de sus desenfrenos de argumentación paradógica, sabe conservar
-la serenidad y el sentido práctico, como esos borrachos que, aunque
-beban mucho y se trastornen, no hacen jamás un disparate que les pueda
-comprometer.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_37">[p. 37]</span></p>
-
-<p>Este juicio del carácter de don Carlos es fruto de mi observación
-en el poco tiempo que llevamos de conocimiento. He visto que, aun
-en las ocasiones en que parece más delirante y más tocado de la
-manía de originalidad, lima siempre para dentro, si la cuestión que
-trata conduce á algún fin positivo, que afecte á sus intereses. El
-ex-ministro desplegaba mucho donaire contra el donaire del castellano
-viejo, y éste, que nunca pierde ripio, le ofreció los votos con las
-siguientes condiciones: Que sin tardanza sea destituído el Ayuntamiento
-de Tordehumos, en el cual hay un concejal que se ha plantificado como
-una mosca en la nariz de mi buen padrino. El tal es un revolucionario
-que con el dinero de los consumos levanta partidas, y últimamente
-disputa á Cisneros una finca que había sido de propios y pasó á manos
-de éste por medios legales. Que se despache prontito el expediente de
-información posesoria incoado por Cisneros, tocante á la susodicha
-dehesa de Tordehumos. Y, por último, que se limpie el comedero al jefe
-de Propiedades ó Impuestos de la Delegación de Hacienda de Palencia,
-tío del dichoso concejal y encubridor de sus chanchullos, y se dé la
-vacante al hijo del administrador que mi padrino tiene en Valoria
-la Buena, muchacho listo, que hoy es oficial segundo en Santander.
-El ex-ministro se llevó la nota de estos encarguillos, prometiendo
-recomendarlos, y salimos Federico y yo con él, dando por terminada
-sesión tan interesante.</p>
-
-<p>Por la calle íbamos haciendo la monografía de don Carlos, de quien
-dijo el ex-ministro que es uno de los hombres más amenos que conoce,
-ex<span class="pagenum" id="Page_38">[p. 38]</span>plicándonos por
-qué, con su talento, riqueza y grandes relaciones, no figura en la
-política activa. Es que ningún partido ha podido hacer carrera de él, y
-de todos le han tenido que echar por perturbador y revoltijero. Fíjate
-ahora en otra cosa, querido Equis, y es que siendo este hombre una
-calamidad en política, en el terreno privado no hallarás persona de
-más formalidad. Fuera de ciertos devaneos mujeriles, que con la edad
-se van concluyendo, es Cisneros lo que se llama un perfecto ciudadano:
-paga puntualmente sus contribuciones, cumple con fidelidad todos sus
-deberes, y en sus tratos resplandece la honradez más pura. Dicen que,
-en cualquier negocio que con él se entable, su palabra vale tanto
-como la mejor escritura. ¡Y á un hombre así no se le puede fiar, en
-política, el valor de un alfiler! ¿Cómo me explicas esto tú, sociólogo
-y psicólogo; tú que sabes tanto, y que, de tanto saber, no se te puede
-aguantar? ¿Cómo me explicas el fenómeno contrario, no menos real, que
-sean piezas útiles, y aun necesarias, de la máquina política, tantos y
-tantos que en el mecanismo privado no son nada de fiar?</p>
-
-<p>Cuando el ex-ministro se separó de nosotros, quedámonos hablando
-de lo mismo Federico Viera y yo, sin encontrar solución medianamente
-satisfactoria. Y á propósito: me has preguntado varias veces en tus
-cartas por tu amigo Viera. Poco te he hablado de él; pero le nombro
-con frecuencia, lo que te bastará para saber que vive y está bueno.
-De todos los muchachos de nuestro tiempo, con los cuales he reanudado
-amistad, éste es el más agradable y el más simpático para<span
-class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span> mí. He llegado á quererle
-mucho y á ser indulgente, pero muy indulgente, con sus defectos graves.
-Anoche me dijo que te había escrito; pero no sé por qué se me antoja
-ponerlo en duda. No desconfío de su veracidad, sino de la fijeza de sus
-ideas, y me temo que esté persuadido de que te ha escrito sin haberlo
-hecho. Adiós.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_5">
- <h2 class="nobreak">V</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>23 de Noviembre.</i></p>
-
-<p>Ayer estuvo Augusta en la tribuna del Congreso. Fué con las de
-Trujillo, la marquesa de Monte-Cármenes y otras damas ilustres.
-Por cierto que las infelices pasaron una tarde cruel, prensadas,
-estrujadas, y lo que es peor, aburridas como quien va á un baile
-y se encuentra en un duelo. Desde los escaños, varios amigos y yo
-las mirábamos con piedad, deplorando no poder dar á los debates un
-carácter divertido y sainetesco para aliviar la tristísima situación
-de aquellas desgraciadas. Nosotros, al menos, podíamos confortar
-nuestros decaídos espíritus contemplando aquella batería de mujeres,
-entre las cuales las había muy guapas. Pero ellas, ¿qué iban ganando
-con mirar calvas, presenciar una votación, el barullo de los que entran
-y salen, y el acto de encender el gas? Figúrate que fueron á oir á
-Castelar, á<span class="pagenum" id="Page_40">[p. 40]</span> Cánovas
-y á todas las primeras partes, atraídas por el cartel parlamentario
-de aquel día, publicado en los periódicos de la mañana. Como habían
-madrugado por coger la delantera, al abrirse la sesión, á las dos y
-cuarto, ya estaban las pobrecillas medio fritas. La parte de la sesión
-destinada á preguntas las entretuvo un poco y aun las hizo reir, porque
-tuvimos discurso de chascarrillos. Hombre hubo, además, que, al hacer
-su preguntita, parecía que la brindaba á las señoras de la tribuna,
-mirándolas, como si la defensa del Ayuntamiento de Valderrediles de
-Abajo no fuese más que fórmula enigmática de una declaración amorosa.
-Todo esto aliviaba las angustias del plantón, y lo demás se llevaba con
-paciencia esperando la orden del día. Pero á nuestro Presidente le dió
-la mala idea, sugerida sin duda por algún espíritu maligno, de meter el
-embuchado de una enmienda pendiente, con cuya discusión creía despachar
-en breve tiempo el artículo último de la ley de Jurisdicciones
-administrativas. Total: que la discusión se enzarzó cuando menos se
-creía, y he aquí, mi buen Equis, que entre la general consternación se
-levanta, decidido á <i>explicar su actitud</i> en aquel asunto, un orador
-de los que hablan á cántaros, excelente persona por otra parte, pero
-que tiene la desgracia de no acertar á exponer la cosa más sencilla
-sin consumir un par de horitas, más bien más que menos. Bien examinado
-todo lo que mi hombre dijo, era de lo que no le interesa á nadie. Que
-si en 1870 opinó ó dejó de opinar esto ó aquello; que si, al poner
-su firma en la proposición tal, lo hizo simplemente por autorizar la
-lec<span class="pagenum" id="Page_41">[p. 41]</span>tura, con todo
-lo demás que es de cajón, y aquello de <i>si se me permite recordar lo
-que tuve el honor de exponer ante el Congreso en la tarde de ayer, me
-será fácil demostrar que al poner de manifiesto en la tarde de hoy
-las deficiencias del proyecto que se discute, no dije nada, no expuse
-nada y no expresé nada, ni de cerca ni de lejos, que no estuviese en
-perfecto acuerdo, en perfecta consonancia, en perfecta conformidad con
-lo que salió de mis labios en la tarde de anteayer</i>.</p>
-
-<p>Pasó una hora, dos horas, dos horas y media, y la salmodia no tenía
-fin. Las toses y murmullos parecía que le animaban cual si fuesen
-aplausos, y su voz sin matices caía sobre el cerebro del auditorio
-como lluvia menuda y persistente sobre un techo de cristales. Á ratos
-molestaba como el ruido del andar isócrono de un reloj de pared, cuando
-luchamos con el insomnio, dando vueltas en la cama; á ratos me hacía
-el efecto de uno de esos cantorrios con que las nodrizas duermen á los
-niños. Los bancos rojos se despoblaban, como país empobrecido por las
-malas cosechas, en el cual se propaga la fiebre de la emigración de un
-modo alarmante. La gente se iba á fumar y á murmurar á los pasillos
-ó á la cantina, y en el salón no quedaban sino unos cuantos amigos
-del orador, y los que se entretenían <i>timándose</i> con las señoras de
-arriba.</p>
-
-<p>Estas pobrecitas mártires de la curiosidad me infundían tanta
-lástima, que subí á consolarlas. Observé en todos y cada uno de
-los rostros la consternación y el desaliento. Charlaban criticando
-acerbamente el régimen, y poniendo de oro y azul al Presidente, por
-habar alterado los<span class="pagenum" id="Page_42">[p. 42]</span>
-números del programa, echando aquella murga insufrible antes del
-gran quinteto clásico que esperaban oir y gozar. Les llevé dulces y
-caramelos, y les dí esperanza de que pronto concluiría la terrible
-<i>lata</i> que aquel buen patricio nos estaba dando á todos. «Sí, buenas
-trazas tiene de acabar—me dijo mi prima.—Ahora ha dicho que <i>esto es
-grave, gravísimo</i>, y que se ha traído los datos para probarlo. Mira,
-mira el rimero de papeles que tiene en el banco. ¿Ves? Se prepara á
-leernos media docena de <i>Gacetas</i>.»</p>
-
-<p>Pasó todavía una hora más, una de esas horas negras, tediosas, que
-se estiran languideciendo, y al desperezarse juntan la cabeza con la
-cola, imitando el emblema de la eternidad, y entonces el orador dijo:
-<i>Voy á concluir, señores</i>... Las tribunas le hicieron una ovación; y el
-muy tunante ¿creerás que lo agradeció? En vez de abreviar el epílogo,
-lo alargó media hora más, regalándonos, por vía de resumen, una nueva
-paráfrasis de lo que ya había dicho. Las cinco y media serían cuando la
-Mesa decidió que el debate gordo se quedara para el lunes siguiente.
-Subí á comunicar la noticia á las pobres mártires, medio muertas ya
-de calor, estrechez é inmovilidad. Algunas no tenían ni fuerzas para
-levantarse; otras estaban en pie para salir, y todas maldecían las
-<i>Jurisdicciones administrativas</i> y al perro que las inventó. Augusta
-salió con jaqueca, y cuando la bajaba del brazo, me dijo que no
-volvería á la tribuna hasta que yo no hablase.</p>
-
-<p>Creo que lloverá bastante de aquí á ese día, porque me siento sin
-ninguna aptitud para la oratoria, y cuando me figuro que tengo que
-ha<span class="pagenum" id="Page_43">[p. 43]</span>blar y que me
-levanto y empiezo, me parece que el pavor me ha de suspender las ideas
-y paralizarme la lengua. El afán de Augusta porque yo hable es ya
-verdadera manía, y siempre que me coge á tiro, me vuelve loco. Anoche
-me dijo que si no me arranco pronto, hasta me negará el saludo, y que
-todos mis progresos en el arte de la cortesanía no valen nada, si no
-suelto el último pelo de lugareño lanzándome á usar de la palabra en
-público. Y puesto que entre tú y yo no ha de haber nunca misterios,
-según lo convenido, te diré sin rodeos que mi prima me gusta cada día
-más, y que siento hacia ella una inclinación que me ha ocasionado no
-pocas horas de tristeza. No había querido contártelo, esperando que
-pasase esto, que me parecía una fugaz indisposición del alma, semejante
-á los resfriados en el orden físico. Pero hace días que me encuentro
-sorprendido con invencible tendencia á pensar en ella, á figurármela
-delante de mí, á recordar sus gestos y palabras, y á suponer y
-anticiparme las que me ha de decir la primera vez que nos veamos. Al
-propio tiempo, nace en mi espíritu una admiración irreflexiva hacia
-ella, y me sorprendo á mí mismo en la tarea ideal de adornarla con las
-más excelentes cualidades que jamás embellecieron á criatura alguna.
-De aquí nace mi mayor pena, pues precisamente las cualidades que le
-atribuyo ponen una barrera moral entre ella y yo. Para imaginar que
-esta aspiración mía, incierta y tímida, pueda satisfacerse alguna
-vez, tengo que destruir mi propia obra, y exonerar á la señora de mis
-pensamientos, quitándole aquellas mismas perfecciones que le supuse.
-Aquí tienes la<span class="pagenum" id="Page_44">[p. 44]</span>
-brega que traigo en mi mente estos días, y que viene á ser como una
-enfermedad que me ha cogido de súbito.</p>
-
-<p>Apuesto á que te reirás de mí al leerme, pues no caen bien, en
-hombres de nuestra edad descreída, el misticismo amoroso de un
-Petrarca, ni la fiebre de un Werther. No: todavía disto mucho de
-llegar á tales extremos. Lo que te cuento no tiene valor más que como
-presagio. También te diré que se me ha ocurrido visitarla lo menos
-posible, huir de su trato, apartar de mis ojos su hermosura y gracia
-incomparables, su donaire y suprema elegancia... Sí, no te rías. Te veo
-haciendo garatusas y dudando de estas honradas disposiciones mías. Pues
-sí, querido Equis: la delicadeza me inspira el propósito de evitar su
-compañía, y te aseguro que he podido cumplirlo, dejando de ir repetidas
-noches á su palco y á su casa. Pero el demonio, que en todo se mete,
-ha hecho sin duda juramento de impedir los virtuosos planes de tu
-amigo; el demonio, ¡asómbrate! toma la figura de mi buen padrino para
-perseguirme y llevarse mi alma, pues Cisneros me obliga á almorzar con
-él casi todos los días, y su hija ha dado en la flor de ir también,
-y allí me vuelve loco con su cháchara, sus monerías, su amabilidad y
-demás seducciones. De modo que el terreno que gano de noche alejándome
-de la montaña, lo pierdo por el día viendo venir la montaña hacia mí;
-y no me vale huir del abismo, porque se me pone delante cuando menos
-lo pienso. De todo lo cual deduzco que... Vete al diablo, que no tengo
-ganas de hacer deducciones ni de continuar esta deslavazada epístola.
-Estoy<span class="pagenum" id="Page_45">[p. 45]</span> fatigado y
-de malísimo humor. ¿Te sabe á poco ésta? ¿Te deja á media miel? Pues
-fastídiate, y aguántate, y revienta.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_6">
- <h2 class="nobreak">VI</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>25 de Noviembre.</i></p>
-
-<p>Continúo, señor de X, bajo la influencia de esta tontería, de
-esta murria estúpida que me iguala al más cándido de los colegiales.
-Mi desordenado trabajo mental sigue dándome mucha guerra, y por las
-noches la hiperemia del cerebro no me deja dormir. El gran simpático
-responde al punto á la presión de arriba, y ya me tienes hecho un
-ovillo ardiente, de puro nervioso, con alternativas de angustia y
-de exaltación febril. No te cuento las cosas que se me ocurren en
-las horas negras de insomnio, porque, de fijo, mis disparates y
-atrevimientos te parecerían los más estrafalarios que habrías oído en
-tu vida. Te contaré lo que en pleno día pienso, cuando mi mente se
-despeja de aquellas nieblas y el contacto del mundo me devuelve la
-razón.</p>
-
-<p>Verás: ahora he dado en la tecla de que Augusta no es ni con
-mucho el arquetipo de perfecciones que imaginé, llevado de aquel
-prurito de idealización, que me entró como podría entrarme un dolor
-neurálgico. Esta maldecida enfermedad ha tomado otro sesgo, y ahora
-discu<span class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span>rro que la
-bella por quien suspiro (la frasecilla será todo lo cursi que quieras,
-pero la sostengo) no es un ángel, que está dotada de las seductoras
-imperfecciones que Naturaleza derramó con sabia mano en la humanidad
-toda, y que quizás, quizás se juntan y hermanan en ella dichos
-defectos con mayor relieve que en otras de su edad y clase. No vayas
-á deducir de esto que la tengo por mala, no. Es que en la tierra no
-tenemos ángeles, ni en verdad nos hacen gran falta. Mi inclinación
-hacia Augusta, á quien acabo de borrar del escalafón de los serafines,
-no es, en esta nueva etapa de mi mal, menos vehemente; y si en ella
-no hay pureza absoluta, tampoco hay absoluta impureza, pues en las
-pasiones humanas entran siempre por lo común todos los estímulos que
-corresponden á las diferentes regiones que componen nuestra naturaleza.
-Decir amor de corazón, amor de imaginación, amor de sentidos, es no
-decir nada, ó expresar abstracciones sin valor alguno en la realidad.
-Todo marcha con orgánico engranaje, y ninguna parte de nuestro sér se
-emancipa de las demás que lo constituyen.</p>
-
-<p>Pero basta ya de filosofías, y sigue prestando la debida atención
-á las confidencias de tu amigo. ¿Á que no aciertas en qué empleo
-ahora mis facultades de idealización? Pues en figurarme el marido de
-mi prima, Tomás Orozco, como el hombre más completo que imaginarse
-puede, y en esto no hago más que responder con mis ideas á tu opinión
-acerca de él. Orozco es, según tú, la mayor perfección moral que en
-nuestros tiempos puede alcanzarse; Orozco merecería, según tú, el<span
-class="pagenum" id="Page_47">[p. 47]</span> dictado de <i>santo</i>, si
-nuestra época consintiese aplicar este nombre con propiedad. Es la
-persona que deberíamos tomar por modelo para cumplir nuestros deberes
-humanos y sociales. Si alguien existe en quien la observación leal no
-puede señalar un solo defecto, es Orozco. Fijas están en mi mente tus
-ardorosas alabanzas de este hombre, y créelo, me duelen como si fueran
-abrojos de una corona de martirio clavada en mi cabeza. Porque has de
-saber, amado Teótimo, que este sujeto, á ningún otro comparable, según
-tú, y también según mi entender, me demuestra vivísimo afecto, me rodea
-de delicadas atenciones cuando voy á su casa, me recuerda la estimación
-que su familia tuvo siempre á la mía y su padre á mi padre, y con
-esto ha traído á mi alma una turbación y un desasosiego que no puedo
-encarecerte.</p>
-
-<p>Ahora falta un término de la ecuación que no puedo resolver, y
-allá va para que te hagas cargo de todo. Me preguntas si creo que mis
-pretensiones respecto á Augusta podrán tener acogida favorable, y muy
-bajito, pero muy bajito, de modo que nadie lo entienda más que tú,
-te respondo que sí. ¿Me fundo acaso en algo terminante y afirmativo?
-No: es una idea, un presentimiento, una corazonada. Estas cosas se
-saben sin saber por qué se saben. Es algo que se ve en las brumas del
-horizonte con los ojos de la previsión y, si se quiere, del temor.
-Pues bien, amigo mío: espero, y me tengo por un miserable si lo que
-espero llega. Hay y habrá siempre en mí algo que me impide caer en
-la depravación y en la laxitud de conciencia de mis contemporáneos.
-Al<span class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span> menos, creo que
-seré de los últimos que caigan. Ciertas traiciones, que fácilmente
-obtienen disculpa en nuestros tiempos, no caben en mí. Y no te digo
-más, porque fácilmente comprendes mi confusión y la tremenda batahola
-que llevo en mi conciencia. Aquí pongo punto, porque si me dejara
-llevar de mi pensamiento, y me abriera todos los grifos para seguir
-vaciando en el papel lo mucho que sobre el particular se me ocurre,
-te aburriría; y si intento escribir de otra cosa, no podré, porque el
-horno no cuece más bollos que los que tiene dentro.</p>
-
-<p>Sigue el consejo que voy á darte. No vuelvas más á este Madrid,
-donde se pierde el candor, y se deshoja al menor soplo la flor de
-nuestras honradas ilusiones. Equisillo de mis pecados, quédate en
-esa ruda Orbajosa, entre clérigos y gañanes; búscate una honrada
-lugareña, con buen dote y hacienda de diez ó doce pares de mulas, que
-las hay, yo te aseguro que las hay. Búscala guapa, no digo rolliza,
-porque lo que es rollizas y frescas no las habrás visto nunca. Elige
-la menos amarilla y flácida, la que se te figure menos puerca dentro
-del hinchado armatoste de refajos verdes y amarillos; cásate con
-ella, hazte labrador, ten muchos hijos, sanotes y muy brutos, vive
-vida patriarcal y bucólica, y no aspires á otros goces que los que
-te brinden esa ciudad y ese campo, productor de los mejores ajos del
-mundo. Fórmate una familia, en la cual no pueda salir nadie que tenga
-ideales; come sopas, y no aspires ni á ser cacique de campanario.
-Dichoso el que logra emanciparse de esta esclavitud de las ideas, y
-aprende á vivir en la escuela<span class="pagenum" id="Page_49">[p.
-49]</span> de la verdadera sabiduría, que tiene por modelo á los
-animales, querido Equis, á los mismísimos animales.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_7">
- <h2 class="nobreak">VII</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>1.º de Diciembre.</i></p>
-
-<p>Vengan esos cinco, Equis de mis entretelas. El espíritu de tu amigo
-no se dejará dominar de la maleza estúpida que le amenazaba, y cuyas
-primeras manifestaciones pudiste colegir de mis cartas precedentes. Ha
-surgido en mí una energía medicatriz, que de la noche á la mañana me
-regenera, atiesando mi voluntad, mi sér todo, dándome noción cierta de
-la ridiculez de mi enfermedad. Ello ha sido de una manera súbita: me
-levanté un día con ganas atroces de reirme de mis sandeces amorosas,
-y me reí, sorprendiéndome mucho de verme objeto de mi propia burla.
-La naturaleza moral, como la física, tiene estas bruscas remisiones,
-victorias rápidas que la vida alcanza sobre la muerte, y la razón
-sobre el principio de tontería que en nosotros llevamos. Bastóme
-aplicar algunos esfuerzos mentales á esta acción interna, para verla
-crecer y hacerse dueña al fin de todo el campo. No tardé en ver las
-cosas con claridad, y en notar lo inconveniente de que se rompa la
-relación armónica que cada individuo debe guardar con su época. Augusta
-no dejó de parecerme tan interesante y bonita<span class="pagenum"
-id="Page_50">[p. 50]</span> como antes; pero al propio tiempo comprendí
-que no debía apasionarme como un cadete, ni devanarme los sesos como
-un seminarista descarriado, sino plantarme esperando los sucesos con
-frialdad y mundología. El que tome por lo serio esta sociedad, está
-expuesto á estrellarse cuando menos lo piense.</p>
-
-<p>El fenómeno que te estoy refiriendo no ha venido aislado. Apareció
-entre accidentes varios, que en el término de un día, de horas quizá,
-distrajeron mi ánimo, movieron mis ideas como el viento mueve la
-veleta. La política, hijo de mi alma, con las vehemencias increíbles
-que determina en nosotros, no ha tenido poca parte en este cambio, de
-lo que deduzco que la <i>res pública</i> es cosa muy buena, un emoliente,
-un antiflogístico eficacísimo para ciertos ardores morbosos de la
-vida. Y las irritaciones que uno coge en este dichoso Congreso,
-obran también como revulsivo, trasladando el desorden orgánico á la
-piel, ó si quieres, á la lengua, por donde se escapa el mal ó fluido
-pernicioso.</p>
-
-<p>Y á propósito de esto, voy viendo cuán cierto es lo que tantas veces
-me has dicho, fundado en tu larga experiencia. Aquí hay que hablar ó
-condenarse á perpetua nulidad é insignificancia. Al que se calla no le
-hacen maldito caso. Supón que eres, como yo, consumado gramático del
-idioma del silencio, y que en tales condiciones pides un favorcito á
-cualquier ministro. Como no te teme, ni le prestas tus servicios en el
-banco de la Comisión, ni le consumes la figura de vez en cuando con
-preguntas fastidiosas, te sonríe muy afable cuando le saludas; pero no
-te da<span class="pagenum" id="Page_51">[p. 51]</span> nada, créelo;
-no te da más que los buenos días; cosa de substancia ten por cierto
-que no te la da. No creas que me incomodo por esto: reconozco que el
-favor ministerial es un resorte del sistema, y no debemos criticar
-que se utilice para acallar á los descontentos y recompensar á los
-servidores, porque si suprimimos aquel resorte, adiós sistema. Ello
-está en la naturaleza humana, y es resultado de la eterna imperfección
-con que luchamos de tejas abajo. Ó nos declaramos serafines con patas,
-ó hemos de reconocer que el régimen, bueno ó malo, tiene su moral
-propia, su decálogo, transmitido desde no sé qué Sinaí, y que difiere
-bastante de la moral corriente; y si no, que salga el Moisés que ha de
-arreglarlo.</p>
-
-<p>Hoy estoy inspirado, amigo mío, y si no escribo de política,
-reviento, porque este tema me divierte, hace derivar mis pensamientos
-del centro congestivo en que me atormentan, y me esponja, créete que
-me esponja, me refresca el cuerpo y el alma... Pues verás. He caído en
-la cuenta de que es una sandez este silencio mío, esta pasividad, esta
-inercia de grano inconsciente en el famoso montón parlamentario que
-hace las leyes, sostiene los gobiernos y robustece las instituciones.
-Tiene muy poca gracia desperdiciar la influencia y el favor con que
-el amigo Estado debe corresponder á nuestros servicios. Nada, yo
-hablo ó reviento, yo me despotrico el mejor día; y aunque me tengo un
-miedo horrible como orador, y aunque, al considerarme hablando, me
-entran ganas de prenderme á mí mismo y mandarme á la cárcel, la lógica
-humana y cierta ambiciosilla que me muerde el corazón, impúlsanme á
-vencer<span class="pagenum" id="Page_52">[p. 52]</span> mi torpeza
-y cobardía. Ya empecé anteayer, como quien deletrea, presentando
-á primera hora una exposicioncita de Orbajosa para que le rebajen
-los consumos; pronto seguiré mi aprendizaje en las Secciones, dando
-explicación breve, de acuerdo con otro que me las pida; y, por fin,
-metido en una comisión de fácil asunto, ten por cierto que lo empollo
-bien, y me largo mi discursito como un caballero. Todo es empezar.
-Una vez perdida la vergüenza, lo demás va por sus pasos contados. Y
-dejando de ser pasivo en la política, da uno empleo y desagüe á mil
-cosas malas que dentro le bullen. Si la política es un vicio, con
-este daño inocente se pueden matar otras diátesis viciosas que nos
-trastornan el seso. ¿Qué te parece? ¿te ríes? Dame tus graves consejos,
-alma de cántaro; vacía ese saco de filosofías pardas y de marrullerías
-espirituales. Espero tu exequatur ó una rociada de vituperios, porque
-te conozco, y quien no te conoce, que te consulte. Con que, ¿hablo ó no
-hablo? ¿Conviene hablar, aunque sea ladrando?</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_8">
- <h2 class="nobreak">VIII</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>3 de Diciembre.</i></p>
-
-<p>Sin esperar tu contestación, te encajo ésta. Mira que me escarba en
-el magín, y más aún en la voluntad, la portentosa oración que ha de
-sacarme de la sosa esfera de la nulidad parlamen<span class="pagenum"
-id="Page_53">[p. 53]</span>taria; mira que me disparo el mejor día y
-te avergüenzo, porque saben que eres mi mentor, y los dislates del
-discípulo recaerán sobre el maestro.</p>
-
-<p>Consulté con mi padrino lo que á tí te consulto, y me dió un abrazo
-muy apretado, felicitándome por mi sabia resolución. Incitóme á hablar
-contra el Gobierno, sin reparar que éste me apoyó á rajatabla en la
-elección, sacándome por los cabellos de aquella misteriosa urna. Díjome
-que haciéndolo así prestaba un servicio á la sociedad, y favorecía los
-principios eternos contra lo transitorio y accidental; que nada es tan
-útil como los cambios de mandarines, para que el telón de esta comedia
-suba y baje muchas veces, hasta ver si el público se aburre y prorrumpe
-en la gran pita final. Augusta, que tales cosas oía, se indignó y tuvo
-una fuerte agarrada con su padre, diciéndole: «Hubieras sido ministro,
-serías por lo menos senador vitalicio si tuvieras más juicio, papá.»
-Él lo tomaba con calma, recalcando la extravagancia como siempre que
-se le contradice. De palabra en palabra, en la tertulia de sobremesa,
-la conversación pasó de la política al arte, y Cisneros se despachó á
-su gusto, sosteniendo delante de su hija, de Villalonga (el célebre
-Villalonga, ¡qué tipo!) y de mí, que no puede existir el Arte verdadero
-en los países organizados, donde hay Justicia y Policía, instituciones
-esencialmente enemigas del numen artístico. Pon atención á esto: «El
-genio de Shakespeare floreció en medio de la dramática barbarie inglesa
-del siglo <small>XVI</small>, como las artes italianas en medio del
-elegante desconcierto de las repúblicas florentina y genovesa, y de
-las guerras civiles desde el <small>XIV</small><span class="pagenum"
-id="Page_54">[p. 54]</span> al <small>XVI</small>, en aquellos tiempos
-pintorescos, anárquicos, de pasiones sin freno, igualmente propicios
-á la santidad y al crimen, al ascetismo y al homicidio; tiempos en
-que el derecho público llegó á tener por ley el veneno y el dogal,
-y se creó la diplomacia de la traición. La frecuencia del asesinato
-fomentaba en el pueblo la idea del desnudo; la Iglesia protegía las
-humanidades, y el paganismo resucitaba en el propio regazo de los
-Papas. César Borgia personifica esa época gloriosa, y cierra el período
-de florecimiento artístico, en el cual caben todas las ideas activas
-que pueden inflamar la mente de los pueblos. Entre la moral austera de
-Dante y las licencias de Bocaccio, hay una extensión, un campo inmenso
-y fecundo en que nacen las flores más bellas de la vida humana. Entre
-el místico Giotto y el aventurero Benvenuto Cellini, se encierran todos
-los desarrollos de la belleza corporal, base del arte pictórico.» Y por
-aquí siguió deslumbrándonos y confundiéndonos. Su hija le rebatía, como
-si dijéramos, á puñados, y aunque no estaba muy fuerte en la historia
-de César Borgia, sostuvo que era un sinvergüenza. Luego soltó varias
-herejías, hablando pestes del Giotto, de fra Angélico y de todos los
-pre-rafaelistas, y diciendo que no daría dos pesetas por ninguna de
-las tablas del siglo <small>XV</small> ni por la mayor parte de los
-cuadránganos religiosos que llenan aquella casa. Cisneros llamó á su
-hija tonta é ignorante, y le dió muchos besos. Así acaban siempre sus
-reyertas.</p>
-
-<p>En esto entró Malibrán. (Si esto fuera novela pondría: <i>Aparición de
-un nuevo personaje.</i>) Adivino tu gesto de sorpresa al leer este nombre.
-No<span class="pagenum" id="Page_55">[p. 55]</span> sabes quién es,
-mejor dicho, no le conoces por su apellido, aunque le has visto y le
-has hablado. Te ayudaré á hacer memoria, ¿Recuerdas que yendo los
-dos una tarde de París á Enghien, nos encontramos á un señor á quien
-teníamos por extranjero, y de pronto nos habló correcto español, y
-estuvo muy fino y obsequioso con nosotros al despedirse, ofreciéndonos
-su casa, que señaló extendiendo la mano hacia un techo gris cercano á
-la estación? ¿Recuerdas que, visitando algún tiempo después el <i>Salón</i>,
-nos le encontramos acompañando á un amigo nuestro, Pepe Díez, y éste
-nos le presentó? Al poco rato nos acompañaba en el examen de algunos
-cuadros, oficiando de crítico, y mostrándose muy severo con la mayor
-parte de las obras que vimos. Tú no tienes tan buena memoria como yo:
-no recordarás que al salir dimos una vuelta por los Campos, y el tal
-habló pestes de España y de los españoles; nos dijo que su residencia
-habitual era Italia, que había reunido algunos cuadros antiguos de
-grandísimo mérito, y que se hallaba en París gestionando la venta de un
-estupendo Mantegna, por el cual le ofrecía el Louvre cien mil francos y
-Rotschild un poco más; pero que no pensaba darlo en menos de doscientos
-mil. ¿No se te ha quedado presente ese detalle del Mantegna? Después
-de separarnos de él y del amigo con quien iba, hicimos la observación
-de que nos parecía uno de esos tipos de nacionalidad equívoca que en
-París tan á menudo se encuentran. Su fisonomía, como su apellido y
-la facilidad con que se expresa en diferentes idiomas, daban lugar á
-que se le creyese oriundo de<span class="pagenum" id="Page_56">[p.
-56]</span> todas las fronteras europeas. Al mismo tiempo notamos su
-atildada educación, su finura, la elegancia de su vestir.</p>
-
-<p>Pues bien: este sujeto que entonces pasó ante nuestra vista como un
-cometa y de quien hablamos como se habla de aquello que no se espera
-volver á ver más, llámase Cornelio Malibrán y Orsini, es español y
-nacido en Madrid, hijo de un antiguo empleado de Palacio, y nieto de
-un coronel de guardias walonas. Su madre es italiana, hija de no sé
-qué militar extranjero al servicio de España. De modo que en nuestro
-don Cornelio se juntan y mezclan todas las sangres europeas, y en su
-progenie por ambas líneas, según nos explicaba la otra noche, hay una
-señora holandesa de la familia de Riperdá, y un caballero portugués, y
-un emigrado polaco, y qué sé yo qué más.</p>
-
-<p>Te presento con tantos pelos y señales á este prójimo, porque
-presumo he de tener que ocuparme de él más de lo que quisiera. Ha
-servido en la diplomacia; estuvo algún tiempo cesante, residiendo en
-Italia y en Francia, y ahora ha logrado pasar al Ministerio. Es célibe,
-y vive con su madre, señora mayor, según he oído, bastante instruída
-y que sabe muchas y buenas historias de interioridades palatinas y
-aristocráticas... Un poco de paciencia, querido Equis, y acabaré el
-retrato. El origen de la amistad de este don Cornelio con mi padrino
-hay que buscarlo en la contagiosa chifladura de ambos en materias de
-arte pictórico. Cisneros es inteligente (al menos él lo dice, y yo lo
-creo bajo su palabra) en tablas españolas del siglo <small>XV</small>;
-pero en pintura italiana<span class="pagenum" id="Page_57">[p.
-57]</span> me parece á mí que no da pie con bola, y precisamente las
-escuelas italianas anteriores á Rafael son el fuerte de Malibrán. En
-cualquier sombrajo negro y ahumado, donde nosotros apenas vemos algún
-torso indefinible, señala él un Boticelli, un Sodoma, un Signorelli ó
-un fra Bartolomeo, nombres que rara vez sonaron en mis profanos oídos.
-Mi tío y él se pasan largas horas discutiendo sobre los inciertos
-caracteres que separan la escuela paduana de la veneciana, ó acerca de
-otro problema pictórico tan obscuro como éste.</p>
-
-<p>De la intimidad con Cisneros vino la introducción de Malibrán
-en la casa de Orozco, donde le tienes todas, todas las noches. Su
-finísimo trato, su conocimiento del mundo, le ponen en primera línea
-en toda sociedad, sin que él necesite esforzarse por alcanzar aquel
-puesto. Descuella naturalmente y por la propia virtud de sus modales,
-que son la misma perfección, pues hay en ellos el grado exacto de
-rigidez compatible con la soltura. Sabe combinar como nadie la
-cortesía respetuosa con esas licencias que hoy agradan tanto, usadas
-discretamente, como la sal y los picantes en la culinaria. No conozco
-otro que sepa entretener y divertir á las damas como él las entretiene;
-es la única persona á quien he oído sostener largas conversaciones
-sobre vestidos, mostrando en ello la espiritual erudición que al
-asunto corresponde. Las señoras le consultan acerca de sus trajes,
-del adorno de sus casas, y, sobre todo, las asesora con maestría.
-Al propio tiempo, si le hablas de política extranjera, te pasmas
-oyéndole, querido Equis, porque la conoce al de<span class="pagenum"
-id="Page_58">[p. 58]</span>dillo, tan bien como podríamos apreciar
-nosotros la nuestra.</p>
-
-<p>Pues bien: presentado el tipo, me falta expresarte, para concluir,
-un sentimiento mío con respecto á él. Allá va, y no te asustes. Este
-hombre me es profundamente antipático, tanto que mi antipatía traspasa
-los límites que separan este sentimiento del odio verdadero. Te oigo
-preguntarme: «¿por qué?» Te asombrarás si te digo que no me es fácil
-definir la causa. Malibrán me considera mucho; parece estimarme, y
-aun quererme. Jamás ha tenido palabra ni acto, con respecto á mí,
-que puedan molestarme. Hasta se digna elogiar lo que digo, y oirme
-con afable atención. Pero ello es que no le puedo ver. Te muestro
-este fenómeno de mi alma, como le mostraría al médico una llaga que
-nadie ha visto y que sólo el médico debe ver. Yo mismo me asombro
-de llevar en mí un afecto depresivo que no me favorece; me sondeo,
-y trato de analizarlo para encontrar su origen. ¿Es envidia, es más
-bien intuición? ¿Es que penetro, sin darme cuenta de ello, el carácter
-de este individuo, y adivino que es una mala persona revestida de
-brillantes adornos sociales? ¿Es que...?</p>
-
-<p>Pero estoy fatigado, aturdido, y presumo que en mi próxima, después
-de pensar un poco en este peregrino caso, te podré decir algo más
-concreto.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_9">
- <p><span class="pagenum" id="Page_59">[p. 59]</span></p>
- <h2 class="nobreak">IX</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>6 de Diciembre.</i></p>
-
-<p>He vuelto á las andadas, compañero, y aquella serenidad de espíritu
-que adquirí dándome un baño (perdona lo extravagante de la figura) en
-las turbias aguas de la política, se la llevó la trampa. Hoy estoy
-muy nervioso, y á pesar mío saldrán á relucir en mi carta conceptos
-amargos y apreciaciones que no se ajustarán quizás á la realidad. He
-pasado mala noche, batiéndome con lo absurdo, queriendo ahuyentar las
-cavilaciones sin poderlo conseguir, porque me atacaban con lógica
-deslumbradora, y me desarmaban y me rendían. No extrañes, pues, que
-esté hoy inaguantable.</p>
-
-<p>Ese Malibrán se me ha atravesado de tal modo que no le puedo tragar.
-Seguramente te has olvidado de su fisonomía, y quiero recordártela.
-Representa como unos cuarenta años, pero creo que tiene más. Buena
-figura: es lo que comunmente se llama un hombre guapo. No se olvida,
-vista una vez, su cara expresiva, que comparo, relacionándola con
-la pintura, á algo que abunda en la variada colección de mi tío.
-Aquel rostro afilado, aquel mirar penetrante, aquellas facciones
-correctísimas, la barba rubia acabada en punta, la frente de marfil,
-la color anémica, te recuer<span class="pagenum" id="Page_60">[p.
-60]</span>dan esos cuadros votivos de la pintura italiana que tienen
-en el centro á la Virgen, y á cada lado de ésta dos santos, San Jorge
-ó San Francisco, San Jerónimo ó San Pedro. Cornelio me hace recordar
-á veces al San Jorge, con su cariz de guerrero afeminado, y á veces,
-pásmate, al San Francisco de Asís, de seráfica y calenturienta belleza.
-Vas á decir que me voy del seguro. Es que, en efecto, estoy bastante
-excitado, y me excito más escribiéndote estas cosas, en vez de
-ponerme á estudiar el discursito que pronunciaré dentro de dos días,
-combatiendo el dictamen sobre el <i>Proyecto de ley de rectificación de
-listas electorales</i>. Ahora, relatemos.</p>
-
-<p>Pues, como te dije, entró Malibrán, llamado con premura por mi
-padrino para consultarle acerca de un cuadro que acababa de adquirir.
-Tiempo hacía, según nos dijo, que lo había visto en la sacristía
-de las Descalzas de Villalón, sin poder meterle mano. Por fin, el
-administrador de Cisneros logró apandar la joya, y se la remitió. Es
-una tabla como de cincuenta centímetros por cuarenta, y representa
-el bautismo de Jesús. Las dos figuras desnudas, amarillas y tiesas
-destácanse en el fondo ennegrecido, con cuya lóbrega tinta se funde
-el sombreado de los cuerpos. En la parte superior se ve un par de
-ángeles con vestiduras de elegantes pliegues, sosteniendo un letrero
-con las palabras sacramentales del Bautismo. En cuanto llegó Malibrán,
-empezaron las discusiones frente á la obra de arte. «Ó esto es un
-Massaccio—dijo Cisneros con suficiencia triunfal,—ó yo no entiendo
-palotada de pintura.» Á lo que respondió el diplomático, después de
-mirar<span class="pagenum" id="Page_61">[p. 61]</span> mucho la tabla,
-de cerca y de lejos, y de frotarla en diferentes partes: «Qué sé yo,
-qué sé yo... Me inclino á creer que es más bien un Pinturrichio. La
-figura del Bautista se parece extraordinariamente á las que hay en
-los frescos de Araceli en Roma.» Y tras esta razón pericial, siguió
-dando otras, que debían de ser muy fuertes. Entráronme ganas de
-contradecirle, aunque no entendía ni jota de aquellas cuestiones, y
-apoyé la opinión de Cisneros, el cual la sustentaba con furor, fundado
-en una referencia de Ceán Bermúdez. Luego corrió á su archivo y trajo
-una carta autógrafa, inédita, en la cual el célebre investigador de
-Bellas Artes da cuenta de haber visto una relación de los cuadros
-traídos de Italia por un don Alonso Núñez de Villalpando, fundador
-de las Descalzas de Villalón. Háblase en dicha nota de una tabla del
-Massaccio, tasada en no sé cuántos miles de escudos, y que se tenía por
-obra en alto grado maravillosa. Respecto á dimensiones y asunto, dice
-el papel: «Es como de un pie y medio de alto, y representa el bautismo
-de Nuestro Redentor.» Malibrán movía la cabeza, sonriendo, y quitaba
-importancia, con la mayor urbanidad, á las fuentes críticas de donde mi
-tío sacaba sus especiosos argumentos. Por fin, el testarudo castellano
-se atufó, y nada... tijeretas han de ser... «¡Oh! un Massaccio, el
-padre del Renacimiento... Tengo el cuadro más raro que existe en las
-galerías particulares de Europa y aun en las oficiales. Esta tabla
-no se sabe lo que vale. Es un tesoro. Véanla ustedes: les permito
-tocarla; pero... con muchísimo respeto. Usted, señor Malibrán, es muy
-inteligente; pero por esta vez reconozca que<span class="pagenum"
-id="Page_62">[p. 62]</span> se ha caído. Y por más que en ello se
-empeñe, no logrará desacreditar mi colección ni desvirtuar la gloria de
-este gran hallazgo.»</p>
-
-<p>La discusión no se acababa. Villalonga y yo nos pusimos de parte de
-mi tío, y Augusta votaba con Cornelio, lo que me sabía muy mal. Allá
-nos íbamos ella y yo en conocimiento de tal asunto, y opinábamos por
-capricho, ó quizás por simpatías personales, como suele suceder en la
-mayoría de las polémicas. Es casi seguro que ambos oíamos entonces
-por primera vez el nombre de Massaccio. Y, no obstante, yo sostenía
-con calor el partido de Cisneros ó <i>massaccista</i>, y ella se declaraba
-franca y resueltamente <i>pinturrichista</i>.</p>
-
-<p>Querido Equis, ríete todo lo que gustes de esta simpleza; pero
-en aquel punto y hora, y mientras disputábamos sobre una cosa que
-entendíamos como si nos pusieran á descifrar escritura chinesca,
-asaltó mi mente una sospecha que me trajo al estado de inquietud en
-que me encuentro todavía. Mi corazón, antes que mi entendimiento,
-se lanzaba ansioso al campo de las adivinaciones, partiendo de un
-hecho insignificante, incierto quizás. Pero ¡cuántas tonterías hay,
-reveladoras de hechos graves! ¡Cuántas nimiedades saltan ante nuestra
-vista destapando misterios, y abriendo los horizontes de investigación
-que cerrara la cautela! Mi suspicacia y el odio instintivo que aquel
-pegajoso diplomático me inspiraba, odio revelador también, lleváronme
-á creer que cuanto hablaron mi prima y Malibrán aquel día encerraba
-un sentido doble, y que sus palabras eran fórmulas de inteligencia
-convenidas, al modo de una clave cifrada. Augusta se fué, di<span
-class="pagenum" id="Page_63">[p. 63]</span>ciendo que iba á recoger
-á unas amigas para llevarlas á paseo, y á poco se despidió también
-Malibrán, dejando á mi padrino solo con su cuadro y su tenaz opinión
-de que era legítimo Massaccio, por encima de todas las cábalas de
-la envidia. Como yo me mostrara bastante frío y con pocas ganas
-de jalearle, toda la matraca que dió después fué contra el amigo
-Villalonga, que le aguantaba con estóica paciencia.</p>
-
-<p>Retiréme á un ángulo del gabinete aquél, tan bonito, tan diferente
-de cuanto vemos en otras casas, y durante largo rato examiné una
-por una las rosas del suelo. Necesito explicarte esto. Hay allí una
-magnífica alfombra de Santa Bárbara, hermana de las de Palacio y
-Sitios Reales, blanda, gruesa y amorosa bajo nuestras pisadas. Es de
-fondo blanco, rameado amarillo y guirnaldas de rosas, estilo Carlos
-IV, que ante la crítica dominante pasa hoy por anticuado. Á mí no
-me lo parece... Pero, sea lo que quiera, los colores se conservan
-admirablemente; el tejido es de una solidez que avergonzaría á toda la
-industria moderna; y en cuanto á las rosas, te diré que las deshojé con
-mis miradas, mientras en el otro extremo de la pieza apuraban el tema
-Villalonga y Cisneros. Este, inquietísimo, entraba y salía, trayendo
-papeles y librotes con alguna referencia en apoyo de su dictamen, y
-también cuadros para buscar argumentos comparativos. Ví abierta ante mí
-una papelera, en cuyos compartimientos brillaba el oro antiguo y de ley
-con la amarillez elegante de las onzas peluconas. De aquellas áureas
-gavetas sacó mi tío un papel, que leyó como se podría leer un bando.
-Era el inventario<span class="pagenum" id="Page_64">[p. 64]</span>
-citado por Ceán Bermúdez; y en el tragín que el buen señor armaba, se
-tambaleó de improviso una armadura completa, milanesa, y cayó al suelo
-con estrépito y chirrido de articulaciones metálicas, como guerrero que
-cae mal herido en el combate.</p>
-
-<p>Después oí la voz de Cisneros en la pieza inmediata, riñendo con
-los criados, llamándoles idiotas, embusteros y enredadores. Pedía su
-ropa, no ésta, sino aquélla. El gabán de pieles no, ¡zopenco!... sino
-el otro... Al cochero le amenazaba con despedirle por borracho, al
-lacayo por sucio, al administrador por entrometido, á la cocinera por
-habladora, á la pincha por sisona, al ayuda de cámara por indecente.
-Todo aquello era genialidad pasajera, pues al poco rato les trataría
-con la familiaridad más revolucionaria.</p>
-
-<p>Villalonga se marchó, diciéndome que no salía nunca de aquella
-casa sin sentir que se le aflojaba un tornillo del cerebro, y cuando
-me quedé solo con mi padrino y pasé á su cuarto, mientras se vestía
-me dijo: «Ese Malibrán, que es un trasto envidioso, quiere quitarme
-la gloria de poseer el cuadro más raro que hay en el mundo. Pero
-se fastidiará, se fastidiará. La culpa tiene quien le da alas,
-consultándole sobre lo que no entiende. ¿Has visto qué fatuidad? ¿No
-salta á la vista que mi tabla es Massaccio, pero tan claro que negarlo
-es como negar la luz del sol? Pues qué, ¿Ceán Bermúdez es algún
-gacetillero? Tú has dado razones que no pueden rebatirse... Vamos,
-vámonos á tomar el aire.»</p>
-
-<p>Llevóme al Retiro en su carruaje, y paseamos á pie desde la Casa
-de Fieras al Ángel Caído.<span class="pagenum" id="Page_65">[p.
-65]</span> Saludamos á muchos amigos, y de cuantas personas conocidas
-pasaron á pie ó en coche tuvo Cisneros algo que decir. Su feliz
-memoria, suplida á veces por ingeniosa inventiva, regalóme aquella
-tarde mil anécdotas, picantes unas, despiadadas y terribles otras,
-ninguna inocente, todas con ese singular acento que da la verosimilitud
-ó la probabilidad de los yerros humanos. Era aquello la historia,
-compuesta y adornada á lo Tito Livio, como arte verdadero; historia
-no inferior por su transcendencia y ejemplaridad á la que nos cuenta
-en fastidiosas páginas las bodas de los reyes, y las batallas que
-se ganaron ó se perdieron por un quítame allá esas pajas. Mi tío
-me ilustró también con algunas particularidades de su vida, en las
-cuales no pude menos de ver esa mano de gato con que algunos cronistas
-desfiguran y engalanan lo que les conviene; y por fin me dió este
-consejo: «Mira, Manolo, tú no seas tonto. Haz el amor á las mujeres
-de todos tus amigos, y conquístalas si puedes. No pierdas ripio por
-cortedad, ni por escrúpulos, ni por miramientos sociales de escaso
-valor ante las grandes leyes de la Naturaleza. Las prójimas que más
-respeto te infundan, son quizás las que más deseen que avances: no te
-quedes, pues, á mitad del camino. Sé atrevido, guardando las formas, y
-vencerás siempre. Toma el mundo como es, y las pasiones y deseos como
-fenómenos que constituyen la vida. La única regla que no debe echarse
-en olvido nunca es la buena educación, ese respeto, ese <i>coram vobis</i>
-que nos debemos todos ante el mundo.»</p>
-
-<p>Algo más me dijo; pero yo dejé de oirle, por<span class="pagenum"
-id="Page_66">[p. 66]</span>que el alma toda se me fué detrás de
-Augusta, á quien ví de lejos en su landó, con otra señora, su amiga,
-su encubridora quizás. Tal pensé en aquel momento, y con ellas,
-tieso y amable en la delantera, el hombre más cargante que alumbra
-el sol: Malibrán. Sí, le ví, y no quiero decirte más. ¿Qué tenía de
-particular que la acompañase como yo mil veces lo había hecho? ¿Qué
-podía significar cosa tan sencilla? Nada en rigor. Era una simpleza
-que me atormentaba, como nos atormenta el granito de tierra que en un
-ojo nos cae... Hasta debía pensar que la circunstancia de acompañarla
-públicamente revelaba la mayor inocencia, pues de haber algo, evitarían
-mostrarse juntos en el paseo... Pero nada de esto, que he pensado
-después, me ocurrió entonces. Habrás comprendido que yo estaba aquella
-tarde hecho un imbécil, un sentimental de la peor especie, digno de que
-me cogieran por su cuenta los novelistas chirles. Ahora estoy viendo
-que tú, con la sorna que sueles gastar, vas á decirme que merezco una
-camisa de fuerza. Pero yo sigo en mis trece: la idea es la madre de
-los hechos. ¿Qué importa que no aparezcan los hechos, si se ve que la
-idea, por el bulto que hace, está embarazada de ellos? No, no te hagas
-cruces... Mira, vete al cuerno y no fastidies más.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_10">
- <p><span class="pagenum" id="Page_67">[p. 67]</span></p>
- <h2 class="nobreak">X</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>13 de Diciembre.</i></p>
-
-<p>He dejado pasar ocho días desde mi última carta, y tanto me he
-serenado en este tiempo, que si pudiera retirar lo en ella escrito,
-como retiran y anulan estos oradores las palabras ofensivas que en
-el fuego de la discusión se escapan de sus labios imprudentes, lo
-haría, ¡oh Equis de mis pecados! porque hallándome en aquellos días
-bajo la influencia de una exaltación insana, casi no soy responsable
-de las bobadas que pensé y te escribí. ¡Bendita sea mil veces la
-política, digo otra vez, ese arte supremo de la vida colectiva;
-benditos sean Sagasta, Cánovas, Castelar y demás sacerdotes de esta
-religión consoladora, cuyo culto produce en nuestro ánimo el efecto
-de las friegas en el organismo, llamando á la epidermis la irritación
-interior! Has de saber que la jarana parlamentaria de estos días, el
-temor de que el Gabinete se derrumbara y la situación con él, las
-alarmas, el disputar, el choque terrible de las ambiciones que se
-defienden con las ambiciones que embisten, han producido en mí un mareo
-reparador, una embriaguez que me ha hecho mucho bien. Si te digo que
-estos azarosos días lo han sido para mí de entretenimiento, no expreso
-la verdad, pues también he llegado á apasionarme<span class="pagenum"
-id="Page_68">[p. 68]</span> y á tomar con calor un asunto que nunca
-llegué á entender. Cuando nos encontramos dentro de una colectividad
-activa, un sentimiento parecido al espíritu militar nos arrastra,
-y corremos ciegos al disparate y á la sinrazón, como los pelotones
-se lanzan á la trinchera donde han de encontrar la muerte. En fin,
-querido amigo, estoy contento otra vez, y me parece que te oigo decir:
-«bien venida sea la paz si dura.» Porque como tengo estas bruscas
-intermitencias, temerás que salte mañana otra vez con la murria y el
-lloriqueo.</p>
-
-<p>Y á propósito de intermitencias: no sólo no las niego, sino que he
-de presentarte otras versatilidades de mi espíritu, de que hasta ahora
-no te he dado cuenta, para que las estudies y me las expliques si
-puedes, que de fijo no podrás.</p>
-
-<p>Desde que estoy en Madrid, es tal la movilidad de mis ideas, que
-me produce alarma. Recuerdo que te has reído mucho de mí oyéndome
-contar que en Orbajosa me levantaba algunas veces religioso y otras
-descreído. Pues aquí, hay días que me despierto con las ilusiones
-democráticas más risueñas y angelicales que imaginarte puedes, y al
-siguiente cátame con sentimientos tan autoritarios, que me dan ganas
-de mirar como una bendición el palo del absolutismo. Tengo mis mañanas
-de popular entusiasmo, en las cuales creo que debemos dar á la plebe
-todos los derechos, para que se gobierne sola y haga su santa voluntad,
-y mañanas en que se me representan mis conciudadanos como la tropa
-más ingobernable y aviesa del mundo. Esta falta de aplomo proviene
-sin duda de la atmósfera de controversia febril en que vivimos, de
-la rapidez con que se suceden<span class="pagenum" id="Page_69">[p.
-69]</span> hechos y fenómenos de carácter opuesto. Nuestra sociedad
-está elaborándose. Nos hallamos en pleno estado de formación geológica.
-Las masas del planeta político están en parte blandas, en parte
-enteramente líquidas; por aquí hay demasiadas corrientes de agua, por
-allí demasiado fuego.</p>
-
-<p>Pues oye otra observación: tengo mañanas, y si quieres, tardes ó
-noches, en que siento verdadera ansia de leer mucho é instruirme, y
-agrandar todo lo posible la esfera de mis conocimientos. Pues se pone
-el sol, ó sale el sol, y ya me tienes pensando que la mayor de las
-locuras es enviciarse con los libros, y el más molesto de los empachos
-la erudición. Se me ocurre que la única ciencia digna del alma humana
-es vivir, amar, relacionarse, observar los hechos, hojear y repasar
-el gran libro de la existencia. Lo demás es perder el tiempo, tarea
-de catedráticos que tienen por oficio retribuido extractar el saber
-anterior para dárselo en tomas digeribles á la niñez.</p>
-
-<p>Nada quiero decirte de mis intermitencias de religiosidad ó
-descreimiento, que raya en ateísmo. Estamos en eso lo mismo que antes.
-Pero hay más, querido Equis, y es que también en cuestiones de moral
-tengo mis caprichitos, pues hay días en que me enamoro como un bobo de
-los principios, y no concibo que podamos ni respirar sin ellos, y otras
-veces veo y palpo que los principios huelgan, que sólo tienen valor
-las formas. Nada, nada: que vivimos en un mundo deshecho ó por hacer;
-que somos ó los grandes demoledores, ó los grandes arquitectos de una
-sociedad.</p>
-
-<p>Pues en el orden afectivo, aquella impresiona<span class="pagenum"
-id="Page_70">[p. 70]</span>bilidad que tantas censuras y chanzas me
-ha valido de tí, también se ha recrudecido en vez de corregirse. No
-olvidaré lo que te ha dado que reir esta facilidad mía para prendarme
-locamente de una mujer cualquiera, apenas vista y tratada. Cierto que
-la exaltación dura poco; pero reconozco que es peligrosísima. El caso
-se ha repetido en esta época, no sólo con respecto á mi prima (aquí la
-cosa es algo más seria), sino con personal de menor cuantía. Omito la
-relación de mis <i>súbitos incendios</i> para evitar tus burlas.</p>
-
-<p>Hace tiempo me recomendabas el trabajo mental, no precisamente
-la erudición, sino la labor literaria, y veo que en tu última carta
-insistes en la receta, como norma de disciplina contra la versatilidad
-y el repentinismo. No hay quien te apee de esto, y sostienes que soy
-ante todo hombre de imaginación, y que sólo en el terreno del trabajo
-artístico he de poder fundar algo. ¡Qué disparates se te ocurren! ¡Yo
-imaginar, yo que me he pasado cinco años haciendo cuentas, ordenando
-papeles, destruyendo embustes y aclarando derechos! La idoneidad que
-revelé entonces para la aritmética práctica y para las menudencias
-vulgares de la vida; la paciencia de laborioso insecto que entonces
-mostré, prueban mi ineptitud para empresas de vuelo más alto. Quien
-trabaja en la obscuridad como la carcoma, no sabe remontarse á las
-nubes como el águila. Si yo intentara lo que me recomiendas, verías qué
-engendros miserables y enfermizos saldrían de padre tan estéril.</p>
-
-<p>Y á otra cosa. Hace dos noches tuve una conversación muy interesante
-con Augusta. Pareció<span class="pagenum" id="Page_71">[p.
-71]</span>me que ella misma la había buscado, con habilidad suma, como
-se busca y provoca una explicación Preguntóme no sé qué... estábamos
-solos en su casa... respondíle lo que me pareció bien, y ella pasó
-discretamente una especie de revista á casi todas las personas que
-habitualmente componen su tertulia. Al llegar á Malibrán bajó la voz,
-como quien revela un secreto, y me dijo: «Tengo que advertirte que
-Cornelio es persona muy solapada y de muchas conchas, y hay que tener
-cuidado con él.» Como yo le dijera que pensaba lo mismo, ella añadió:
-«Á mí, personalmente, no me ha hecho ninguna mala pasada; pero sé de
-él, por referencia, cosas que me le pintan de cuerpo entero.»</p>
-
-<p>Esta breve monografía, hecha con acento de profundísima verdad, me
-consoló mucho. Era como una satisfacción, y la agradecí con toda mi
-alma. En aquel momento se me disiparon de la mente las frasecillas
-que había preparado días antes para echárselas á la cara si ocasión
-propicia se me presentaba para ello. Y aun recordándolas no las hubiera
-proferido. ¿Qué era? Ya lo adivinarás. Una declaración habilidosa
-y galante, con su poco de hipocresía. Yo había pensado decirle:
-«Augusta, aspiro ser el primero de tus amigos, nada más que amigo;
-pero el primero. Y si algún día quiere Dios que ames á alguien, aunque
-sea poco, pido el ascenso inmediato, ó sea pasar del primer puesto
-de la amistad al escalafón del amor.» De esta sutileza estaba yo muy
-satisfecho. Pues has de saber que después del diálogo que he referido,
-infundíame la mujer aquélla tanto respeto, que no hubiera osado
-tras<span class="pagenum" id="Page_72">[p. 72]</span>pasar la línea
-por nada de este mando. Y aun hubo algo que me contuvo más dentro del
-terreno de las conveniencias, porque me habló de su marido, á propósito
-de un asunto que trataré á tiempo; y tales elogios hizo de él y con
-tanta sinceridad ensalzó sus grandes prendas, que admiré sin rebozo
-aquella exaltada demostración de cariño conyugal. Acabó por decirme:
-«Ni tú ni nadie que no le trate con la mayor intimidad, puede saber
-todo lo bueno que es Tomás. Es como una mina inagotable, y mientras
-más se ahonda en ella, más oro se encuentra. Ya ves la fama que tiene
-de honradez, y lo que se cuenta de su nobleza de carácter, de cómo
-practica la caridad y todas las virtudes. Pues la fama se queda corta.
-Créelo, no tiene semejante, y esta sociedad no se lo merece.»</p>
-
-<p>Lo decía con tanto entusiasmo, que me anonadó, Equis amigo. La
-impresión que saqué de este diálogo fué altamente favorable á la hija
-de Cisneros. Se me representó como un sér á quien se ofende sólo con
-la sospecha de impureza, y ante quien no debemos ni podemos sentir más
-que un delicado y caballeroso acatamiento. ¡Y qué mona estaba aquella
-tarde! que luego se hizo noche, pues si la ví al principio á la luz
-del crepúsculo, pronto su cara y su elegante traje se me presentaron
-vivamente iluminados por la luz artificial. El vestido era de seda,
-rayas blancas sobre azul turquí, y no olvidaré su indolente postura
-en uno de esos blandos muebles que llaman <i>puff</i>, torcido el cuerpo
-de modo que á veces presentaba hacia mí la cara, el costado y las
-rodillas. Doblaba los brazos de un modo que parecía enroscár<span
-class="pagenum" id="Page_73">[p. 73]</span>selos en el cuerpo, y en un
-cambio de actitud ví una mano, con brazalete en la muñeca, que asomaba
-por la espalda. No te exagero. No vayas á creer que esta flexibilidad
-desengonzada que te pinto acusa falta de señorío ó dignidad. Es que...
-verás... no sé cómo decírtelo. No hay mujer que, como mi prima,
-parezca en ocasiones tan formada de pedazos mal unidos, ni figura que
-se desbarate más, para componerse y ajustarse luego en términos que
-resulta airosa por todo extremo.</p>
-
-<p>El encargo que me haces de que te describa la casa de Orozco, con
-todo lo que hay en ella, fondo y forma, añadiendo un croquis de los
-tipos diversos que la frecuentan, no lo puedo desempeñar en esta carta.
-¿Sabes la hora que es, hijito? Las doce de la noche. Llenas están ya
-de mis garabatos seis carillas, y economizo las dos restantes para
-no acostumbrarte mal y curarte de malos vicios. Duerme si puedes,
-que yo me acuesto y voy á soñar con las espirituales bellezas de la
-<i>Rectificación de listas electorales</i>. ¡Dichosa enmienda, y quién me
-habrá metido á mí á proponerte y apoyarte!...</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_11">
- <p><span class="pagenum" id="Page_74">[p. 74]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XI</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>15 de Diciembre.</i></p>
-
-<p>¿Sobre qué quieres que te escriba hoy, animal? Vamos, decídete
-pronto, porque si insistes en que te mande la fotografía de la casa de
-Orozco, te privarás de otro regalo que te tengo preparado y verdadera
-golosina que ha de saberte á gloria. ¿No adivinas lo que es? Tonto,
-mi discurso apoyando la famosa enmienda. Vamos, apuesto mi cabeza á
-que, entre la relación de aquel gran suceso parlamentario y la pintura
-de una familia, has de optar por lo primero, pues un discursazo como
-el mío es cosa nueva en la historia del mundo, y sabe Dios cuándo nos
-veremos en otra.</p>
-
-<p>Ya sabes el sentido de la enmienda, la cual sólo ha sido un
-pretexto para lanzarme. Nada más cómodo para un ensayito fácil de la
-palabra. Se prepara uno bien; se pone de acuerdo con el individuo de
-la Comisión que ha de contestarle, y esta connivencia permite hacer
-una rectificación lucida. Á pesar de lo bien dispuesto que estaba, era
-tal mi temor, que minutos antes de comenzar habría dado mi investidura
-de diputado por verme libre de tan angustiosa incertidumbre. La idea
-de que pronto tendría que levantarme delante de tanta gente guasona,
-y romper á hablar, me ponía carne de gallina. «¿Cómo sonará<span
-class="pagenum" id="Page_75">[p. 75]</span> mi voz aquí—me decía yo,
-lleno de perplejidad,—y de qué manera moveré estos malditos brazos, que
-no sé para qué han de servirme?» En vano quería consolarme, pensando
-que la mayor parte de los que allí hablan lo hacen bastante mal, sin
-que á nadie choque su falta de medios oratorios, y que es preciso
-llegar al colmo de lo extravagante y mamarracho para señalarse y
-provocar la risa.</p>
-
-<p>Cuando llegó el instante fatal y oí la voz del Presidente
-concediéndome la palabra, tuve ganas de echar á correr, diciendo:
-«Si yo no he pedido palabra ninguna, ni me hace falta para nada.»
-Me levanté, no obstante, con un arranque de firmeza, sostenido por
-la idea del honor, como quien va á batirse; y mirando yo no sé para
-dónde, y moviendo los brazos yo no sé de qué manera, dije que era
-<i>difícil por todo extremo mi situación en aquel momento</i>, y luego no
-sé qué más, y... ¡otra! <i>que no iba á hacer un discurso</i>. Pasado un
-momento angustioso, durante el cual creí notar cierta curiosidad en
-las caras de los que estaban cerca de mí, parecióme que mi exordio
-caía en la Cámara en medio de la mayor indiferencia. Era todo lo que
-yo podía desear; y esto, lejos de desanimarme, dióme cierto aplomo.
-Pero la palabra se me rebelaba. Los conceptos que estudiados llevó se
-me trabucaron, y el hilo de la sintaxis se me enmarañó de tal manera,
-que hube de cortarlo repetidas veces para poder seguir. Observé que
-muchos padres de la patria cogían el sombrero y se marchaban. Mejor:
-mientras menos fueran á oirme, con más desembarazo me desenvolvería
-yo. Allí enjareté mis argumentos como Dios me<span class="pagenum"
-id="Page_76">[p. 76]</span> dió á entender. Véase la clase: «Yo
-no traigo á este debate ninguna idea nueva; traigo una convicción
-profunda, traigo la rectitud de mis intenciones, traigo el firme deseo
-del bien general, traigo... (No recuerdo bien qué más cosas traía.) Si
-no llevo la convicción á vuestro ánimo, cúlpese á mi falta de medios
-oratorios, no á la idea que sustento; idea patriótica, señores; idea
-justa, idea práctica.»</p>
-
-<p>Pero, por más que intentaba dar calor á mi acento, no advertí en
-ninguna cara señales de convicción, ni aun de que dieran importancia
-á lo que yo decía. Mi voz no debía oirse desde una distancia regular,
-porque al principio me dijeron: más alto, y tuve que esforzar la voz.
-Como mis dignos compañeros, salvo los amigos que me rodeaban, preferían
-oirme desde los pasillos, me dirigí á los taquígrafos para que tomaran
-bien el discurso y no perdieran sílaba. Daba también, de tiempo en
-tiempo, mis palmetazos en el pupitre, para expresar mi indignación
-contra el pícaro artículo que enmendar quería. En las paradas, y cuando
-me refrescaba el gaznate con un sorbo de agua y vino, los amigos que
-estaban detrás me decían: «Va usted muy bien, pero muy bien.» Y yo,
-deseando concluir, volvíame con disimulo para consultarles. «¡Qué
-mal lo estoy haciendo! ¡Qué plancha me estoy tirando!» La bondad de
-aquellos leales colegas me envolvía, para confortarme, en nubes de
-incienso. Detrás de mí sonaba sin cesar esta frase: «Admirable...
-pero muy bien...» Por último, los amigos colmaron su benevolencia
-diciéndome: «Acabe usted ya; redondee, redondee... Basta, basta ya...»
-En efecto: ya<span class="pagenum" id="Page_77">[p. 77]</span> había
-dicho toda la substancia y me estaba repitiendo. Pero no acertaba con
-una conclusión airosa. La que había pensado se me escapó del magín y
-subídose al techo, y yo, por más que miraba para arriba, no la podía
-pillar. Por fin, Equis de mi alma, dando tropezones y recordando
-confusamente que mi olvidado final era cosa de la patria, echó mano de
-esta idea, como el nadador que envuelto por las olas ve un palo á que
-agarrarse, y salí... Salí diciendo que no podría rechazarse la enmienda
-sin dar una bofetada, á la patria. No, no fué así: dije que... en fin,
-no sé lo que dije; sólo sé que me senté y que todos los que estaban á
-mi lado y detrás de mí me felicitaron con efusión, apretándome la mano.
-«Muy bien, muy bien. Á poco que usted se ejercite, será un gran orador.
-Ha estado usted intencionado, intencionadísimo y contundente.»</p>
-
-<p>El de la Comisión que me contestó hizo su exordio felicitándome y
-felicitando al Congreso por <i>la gallarda prueba que yo había hecho de
-mis facultades oratorias</i>, y á renglón seguido refutó mi elocuentísimo
-discurso, diciendo que yo había explanado con extraordinario talento y
-con pasmosa erudición una teoría inadmisible. Echóme la mar de flores
-llamándome su <i>particular amigo</i>, y <i>una de las personalidades más
-conspicuas de la Cámara</i>. Rectifiqué, según lo convenido, y estuve
-bastante más sereno y despabilado en la rectificación que en el
-discurso: le devolví sus flores con creces; nos estuvimos incensando
-un gran rato, conviniendo los dos en que éramos muy grandes oradores
-y que nos inflamaba el más ardiente patriotismo; retiré mi enmienda,
-y á vi<span class="pagenum" id="Page_78">[p. 78]</span>vir. En los
-pasillos me felicitaron todos calurosamente, aun aquéllos que se
-habían largado de los escaños apenas empecé á hablar. «Ha estado
-usted muy bien... Yo no le oí todo el discurso, porque tuve que
-salir... ¡Caramba, que hay buenas explicaderas...! Tiene usted grandes
-facultades, y es lástima que no las ejercite... Muy bien, amigo
-Infante... Venga un abrazo. Me han dicho que estuvo usted acertadísimo
-y muy lógico, sobre todo muy lógico.» Sin pagarme mucho de estas
-alabanzas, que yo he prodigado mil veces á varios Demóstenes de pega,
-fuí al <i>Diario de las Sesiones</i> á corregir mi discurso, mejor dicho, á
-rehacerlo, y lo dejé como una seda, tan diáfano y con una sintaxis tan
-redondeada, que si algún día se me antoja leerlo, tendré que decir:
-«Mascarita, no te conozco.» En todos los periódicos ministeriales, y
-aun en los de oposición, leerás <i>que he revelado no comunes condiciones
-oratorias</i>. La noticia me ha cogido muy de sorpresa; pero te aseguro
-que no caeré en este lazo que tiende á mi vanidad la adulación. Sigo
-creyendo que lo hice muy mal, y que la única elocuencia que debo
-cultivar es la del silencio.</p>
-
-<p>Mi prima no fué á la tribuna, porque tuve buen cuidado de engañarla
-respecto al día de mi estreno. Por ningún caso quería que me oyese,
-temeroso de que su presencia me hiciera perder pie. Pero tan á mal ha
-llevado el quiebro que dí á su curiosidad, que no quiere perdonármelo.
-Anoche, cuando todos en su casa me felicitaban, empeñóse en chafarme el
-triunfo, asegurando saber, por conducto de un ministerial, que no dije
-más que vulgaridades; que mis movimientos eran<span class="pagenum"
-id="Page_79">[p. 79]</span> torpes y desmañados, y que los pocos que
-se resignaron á oirme se durmieron... Con estas bromas me estuvo
-asaeteando toda la noche, y noté en ella algo de ira ó despecho por no
-haber oído mi <i>speech</i>.</p>
-
-<p>Ya que la tengo otra vez en el pico de mi pluma, voy á referirte
-algunas particularidades suyas para que, desde ese escondite donde
-estás, la conozcas y la veas tan claramente como la veo y la conozco
-yo. No sé si te he dicho ya (y si lo dije lo repito ahora, porque
-es muy importante), que mi prima se aparta bastante de las ideas y
-de los gustos de su dichoso papá. Se le parece en que tira siempre
-á sacrificar la verdad al ingenio, y á despreciar los dictados del
-sentido común, prefiriendo la originalidad á la certeza, y poniendo el
-chiste por cima de toda idea de justicia. Pero fuera de esto, nada hay
-de común entre hija y padre. Augusta profesa á las tablas del siglo
-<small>XV</small> un odio casi africano, y hace de ellas graciosas
-caricaturas habladas y aun dibujadas, pues cuando está de vena, coge
-un lápiz y te parodia con cuatro rasgos aquellos santos rígidos, con
-las caras afligidas, las manos como palmetas, las posturas imposibles,
-los paños duros, aquellos fondos arquitectónicos sin perspectiva ni
-proporciones, aquellos animales toscos como los que pintan los chicos.
-Dice que de la colección de su padre apartaría dos docenas de cuadros,
-y lo demás lo haría astillas, si la estolidez humana no le diera un
-precio convencional.</p>
-
-<p>Aun tratándose de pintura buena, se permite atrevidas salvedades:
-sostiene, sin temor á los aspavientos de Malibrán, que la aburren
-los cua<span class="pagenum" id="Page_80">[p. 80]</span>dros de
-santos, la poca variedad de los asuntos, el amaneramiento de la idea,
-el convencionalismo de las composiciones, que vienen á ser como un
-estribillo que se ha oído centenares de veces. Hace gala, siempre que
-sale á cuento, de sus doctrinas iconoclastas en materias de arte;
-gusta de verse sola defendiendo contra todos la originalidad de sus
-opiniones, y se declara partidaria ardiente de la pintura moderna,
-asegurando que prefiere un buen cuadrito de género intencionado y vivo,
-un buen estudio realista y jugoso, á las cacareadas obras maestras
-de la pintura religiosa. De lo que llamamos clásico, le gusta más un
-retrato de Moro que todas las visiones celestiales de fra Angélico,
-y más un dedo de cualquier figura de Velázquez que todo Rafael. Esta
-independencia, un tanto afectada, del gusto, le habría ocasionado
-algunas desazones con su padre, si no cuidara de atenuarla ante él.
-Disimula, pues, por respeto y cariño; pero con los amigos pone cátedra
-de heterodoxia, ¡y qué cátedra, Equisillo!</p>
-
-<p>En la casa de Orozco están representadas visiblemente las ideas de
-su ingeniosa dueña, y fuera de dos ó tres retratos anónimos atribuidos
-á Pantoja, y un Murillo (Malibrán dice que es Tobar), no hay en ella
-un cuadro antiguo ni para un remedio. Allí no verás más que pinturas
-frescas, nuevecitas, de buena mano, firmadas por García Ramos,
-Jiménez Aranda, Mélida, Martín Rico, Domínguez, Román Ribera, Sala,
-Beruete, Plasencia y otros muchos; escenas andaluzas ó madrileñas,
-tipos gitanescos, militares, marítimos, cabezas elegantísimas, grupos
-parisienses,<span class="pagenum" id="Page_81">[p. 81]</span>
-majas, y además paisajes muy lindos, imagen exacta de la Naturaleza.
-Declarándome previamente sin ninguna autoridad, y reconociendo mi
-ignorancia, te declaro, con la rudeza de un bruto, que me entretiene
-mucho más la colección de mi prima que la de Cisneros.</p>
-
-<p>Tengo que añadir un perfil á la figura, diciéndote que es muy
-apasionada del estilo Luis XV y del barroquismo como arte decorativo.
-Posee un sin fin de cacharros de gran precio, cornucopias y marcos de
-talla dorada muy hermosos. Cierto que el Luis XV no tiene sustitución
-posible para decorado de salones elegantes; pero Augusta extrema su
-preferencia, afectando no entender las bellezas de la ornamentación
-arábiga, detestando lo gótico, y sosteniendo que todo lo griego está
-muy bueno para cementerios.</p>
-
-<p>Algo más tengo que decirte, que sería como ampliación de estas ideas
-y gustos de mi prima en terreno muy distante del artístico; pero las
-guardo para mejor ocasión, y acabo esta dándote las buenas noches.</p>
-
-<p>¡Ah! se me olvidaba un perfil; pero te prometo empezar con él mi
-próxima.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_12">
- <p><span class="pagenum" id="Page_82">[p. 82]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XII</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>16 de Diciembre.</i></p>
-
-<p>Voy á lo que se me quedó ayer. Otra de las grandes divergencias
-entre padre é hija, es que Cisneros tiene gran afición á Castilla, y
-ama el país clásico, donde planta sus raíces el árbol secular de la
-raza á que pertenece, la tierra madre autora de la lengua que hablamos,
-maestra y criandera de nuestro sér castizo, mientras que Augusta
-profesa á aquel suelo y á sus paisanos un odio mortal. Cuentan que
-cuando era niña y su padre la llevaba á Tordehumos, se entristecía
-tanto, que la sacaban de allí con un principio de ictericia. Á poco que
-le tires de la lengua, te hace descripciones en caricatura de aquel
-suelo venerable y extenuado; de los pueblos de adobes, más propios para
-que los habiten sabandijas que hombres; de los campos que en invierno
-están helados y en verano parecen de yesca; de los alimentos que
-apestan á aceite de linaza; de las casas calentadas con humazo de paja;
-de la tristeza de la raza, que se refleja hasta en las diversiones
-populares. Y has de notar que en ese país tan aborrecido y despreciado
-tiene la criticona parte de sus propiedades. Allí hay centenares
-de hombres que, agobiados por la usura, los impuestos, la miseria,
-y luchando heróicamente con<span class="pagenum" id="Page_83">[p.
-83]</span> un suelo empobrecido y un clima de los demonios, trabajan
-como esclavos para que ella viva cómodamente en Madrid, sin cuidarse
-de lo que cuesta arrancar á la tierra sus tesoros. Asegura que cuando
-va de viaje, se alegra de que el expreso del Norte pase de noche por
-aquella región antipática, para librarse del pesar de verla.</p>
-
-<p>Mi tío no es así. Habla siempre de Castilla con grandes
-encarecimientos, y asegura que todo lo bueno que tenemos procede de
-allí; pero este amor al suelo nativo es puramente platónico, pues hace
-muchos años que el buen Cisneros no aporta para allá, y sus relaciones
-con la patria son puramente administrativas y epistolares, enderezadas
-á recoger puntualmente sus rentas y á comprar todas las fincas que se
-venden, por sucumbir sus dueños en las garras de la usura. Francamente,
-esta falta de comunicación entre el propietario y la tierra, me da muy
-mala espina. He hablado con Cisneros de esto, y conviene conmigo en que
-el diluvio ha de venir; «sólo que—añade—como creo que está aún bastante
-lejos y que no me ha de coger á mí, no me ocupo de él, y voy viviendo
-lo mejor que puedo, reuniendo los materiales para que mis sucesores
-hagan un arca, si pueden y saben hacerla.»</p>
-
-<p>Entra conmigo ahora, <i>temerario mancebo</i>, en la casa de Augusta.
-¿Quieres que te hable de Orozco? Es hombre que vale mucho, sí; pero
-reconociendo su mérito, no he acabado de entenderle todavía. Y te
-advierto que la opinión acerca de él no es tan unánime como tú
-piensas. Verdad que opiniones unánimes, en sentido favorable, aquí
-no las hay nunca. En una sociedad tan chis<span class="pagenum"
-id="Page_84">[p. 84]</span>mosa, tan polemista, y donde cada quisque
-se cree humillado si no sustenta, así en la charla pública como en
-la privada, un criterio distinto del de los demás, son muy raras las
-reputaciones, y éstas tienden siempre á flaquear y derrumbarse como
-puentes de contrata, construídos sin buen cimiento. Faltan grandes
-unidades. La independencia de criterio, extendida en toda la raza como
-una moda perpetua, y el individualismo del pensamiento, determinan una
-gran inseguridad en diversos órdenes de la vida. Falta indisciplina
-intelectual y moral. Somos demasiado libres, pecamos de autónomos, y
-así no podemos crear nada estable. Para que las naciones marchen bien,
-es preciso que haya muchos que sacrifiquen sus ideas á las ideas de los
-demás, y aquí nadie se sacrifica: cada uno de nosotros cree sabérselo
-todo. De esto se deriva la gran enfermedad, amigo Equis, ó sea la
-antipatía invencible de la raza á las reputaciones. No gusta de ellas
-porque tienden á crear unidades, y aquí la unidad es como una planta
-maldita, que todos pisoteamos para que no prospere. Siempre que aparece
-el fenómeno de una reputación, cuando los hechos y pareceres que la
-constituyen principian á concretarse, ya estamos todos desasosegados,
-buscando los peros que hemos de ponerle para que no cuaje. En el
-orden moral, en el literario, en el político, las reputaciones crecen
-difícilmente, como un árbol raquítico lleno de verrugas y comido de
-insectos. Si andas por el mundo, oirás el ruido incesante del laborioso
-<i>Termes</i>, que taladra y devora los troncos más robustos. La malicia,
-aderezada de ingenio, es gra<span class="pagenum" id="Page_85">[p.
-85]</span>ta y sabrosa á nuestros paladares, y no oirás nunca alabar
-á una persona por honrada, por inteligente ó por otra cualidad, sin
-que al punto venga ese inmortal y castizo tío Paco con sus implacables
-rebajas. Las restas son á veces cruelmente chistosas. Muchos las
-discuten ó las deniegan; pero casi todos las ríen, y aunque alguien
-las ponga en cuarentena, ello es que se les da curso y corren, como la
-moneda fiduciaria bien garantida.</p>
-
-<p>Y tú dirás: ¿á qué viene todo eso, señor chiflado? Y yo te respondo
-que más chiflado es él, y que esto es un razonamiento para apoyar lo
-que te dije de Orozco, de ese hombre tan encomiado por diferentes
-apologistas, entre ellos tú. Pues para que lo sepas, en el Casino y en
-la Peña de los Ingenieros, donde paso algunos ratos de noche, he oído
-poner en solfa esa tan cacareada honradez y rectitud. Cierto que lo
-que allí se dice nadie lo sostendría en una discusión seria. Hablan,
-como aquí es costumbre, por lujo y sibaritismo de conversación, por el
-placer de producir asombro en los oyentes, por arrojar en las bocas
-de la curiosidad estragada una golosina picante, sin creer en lo que
-se refiere, y con el propósito de retirarlo y desmentirlo, si fuese
-menester. Excuso decirte que lo que oí no me ha hecho variar de opinión
-respecto á tu ídolo.</p>
-
-<p>En la tertulia de Augusta, valga la verdad, no somos mejores que en
-otros centros de entretenimiento y grata sociabilidad. Hablamos por
-los codos y criticamos todo cuanto existe. Sólo al amo de la casa no
-he oído jamás concepto alguno desfavorable á nadie. Su prudencia es
-allí una<span class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span> disonancia.
-En cambio, Cisneros, que va casi todas las noches á echar su tresillo,
-ha promulgado una ley á la cual nos sujetamos todos los que somos más
-ó menos políticos. «Aquí no se permite, en ningún caso ni bajo ningún
-pretexto, hablar bien del Gobierno, cualquiera que sea.»</p>
-
-<p>Aquella casa es de las pocas que se caracterizan en el orden social
-por una opulencia razonable y enteramente desahogada. En ella reina
-un lujo discreto, que nunca rebasa la línea dentro de la cual están
-la comodidad y el agrado de los amigos; lujo que, al llegar á las
-fronteras de la disipación, se detiene y de allí no pasa. Conoces á
-Orozco por ese trato superficial que se entabla en la calle ó en los
-centros de reunión. No conoces su casa; no has entrado nunca en aquel
-magnífico principal de la cuesta de Santo Domingo, y me alegro, pues
-así puedo yo introducirte y guiarte, señalándote lo que me convenga.
-Allí admirarás el mayor grado de desarrollo de la burguesía pudiente y
-bien educada, que ha sabido asimilarse aquella parte de las costumbres
-aristocráticas conveniente á sus intereses, y reclamada por su posición
-política ó económica; allí encontrarás todo el elemento extranjero
-introducido de poco acá en la manera de comer, de hablar, de vestirse,
-y ha de sorprenderte verlo armonizado con la sobriedad española,
-el orden y la calma de nuestra antigua clase media, anterior á la
-desamortización.</p>
-
-<p>Remontándonos á los orígenes, hallamos que no es muy ilustre
-el abolengo del amigo Orozco. Su abuelo hizo mediana fortuna en
-el comercio menudo. Su padre se enriqueció, según dicen,<span
-class="pagenum" id="Page_87">[p. 87]</span> con negocios poco limpios,
-entre ellos el de aquella sociedad de seguros, <i>La Humanitaria</i>, que
-en su catástrofe dejó tras sí un reguero de desdichas, lágrimas y
-desesperaciones. El actual Orozco no es responsable de los actos de
-su padre; pero se me figura á mí que su fortuna, por la calidad de
-los materiales que la formaron veinte años há, pesa bastante sobre su
-conciencia. Me fundo, para creerlo así, en la cara que pone cuando le
-hablan de <i>La Humanitaria</i>. No diré que le enoje el ser tan rico; pero
-me parece que tendría un gran alegrón si le probaran ahora (cosa un
-poco difícil) que don José Orozco había labrado su riqueza en moldes
-más puros.</p>
-
-<p>Marido y mujer aborrecen la ostentación, y á él no le ha dado nunca
-por esas bobadas del sport. Bailes, no se han visto allí, según he
-oído, más que dos en los seis años que llevan de casados. Comidas, al
-año suele haber dos ó tres de solemnidad. Ordinariamente no pasan de
-seis ú ocho cubiertos. Coches, con un landó y una berlina contratados
-se pasan tan ricamente. Viajes, los de verano de rutina, con algún
-que otro estirón hacia Alemania, Bélgica ó Suiza. En trapos, mi prima
-gasta mucho, pero nunca todo lo que podría; de modo que ni aun este
-renglón, en otras partes tan peligroso, altera el orden de casa tan
-bien dirigida. Recepciones, allí no las hay realmente; pero concurren
-de noche á la casa bastantes amigos, casi todos de confianza.</p>
-
-<p>Á poco de frecuentar la tertulia, noté que existe en ella un bando
-ó partido, en el cual se politiquea, y se murmura con ligereza, á
-veces con saña, de toda persona que tiene la desgracia de<span
-class="pagenum" id="Page_88">[p. 88]</span> fatigar á la voz pública
-con la repetición de su nombre. No hay que decir que es cabeza del
-temible bando mi padrino Cisneros. En el mismo levanta el gallo
-Jacinto Villalonga, á quien conoces quizás mejor que yo, hombre
-ameno, discutidor de oficio, privado en absoluto de paladar moral,
-tratándose de política, que es su pasión y su manera de vivir. Por lo
-demás, muy corriente, muy servicial, muy amigo de sus amigos, siempre
-en disidencia, y siempre pretendiendo y enredando. Es el tipo del
-<i>pillo simpático</i>, que aquí tanto abunda. Considera al Estado como
-cosa propia, y si puede despojarlo de algo, lo hace sin recelo alguno,
-con la conciencia tan tranquila como la de un niño. Al propio tiempo,
-incapaz de quitarle al individuo el valor de un alfiler. El pobre
-Estado es la eterna víctima. Y cuenta que si al día siguiente de haber
-hecho Villalonga una de las suyas, vas á verle y le pides un favor, te
-da todo lo que tiene, hasta la camisa si no tiene otra cosa. ¿Ves qué
-moral? En España la gastamos así.</p>
-
-<p>Ya va para viejo, y parece que quiere sentar la cabeza. Ansía
-fijarse, después de haber hecho alto en todas las tiendas del
-campamento y sentado plaza en todos los ejércitos. Ahora bebe los
-vientos porque le hagan senador vitalicio, como jubilación de sus
-campañas y reposo de sus odiseas. Te aseguro que está graciosísimo
-cuando nos cuenta lo de la senaduría y las fatigas que por ella
-pasa.</p>
-
-<p>En el mismo bando tienes al ex-ministro que te presenté en una de
-mis cartas anteriores, y á un alto empleado de Cuba, cesante, que no
-habla<span class="pagenum" id="Page_89">[p. 89]</span> más que de
-chanchullos de Ultramar. Dicen que es buen sastre el que conoce el
-paño. Aguado, que así se llama, me parece á mí que es maestro viejo,
-y sus ganas de volver allá no se compaginan bien con los horrores que
-nos cuenta. Augusta le llama el <i>Catón ultramarino</i>. Es un catonismo el
-suyo de tal calidad, que cuando le oigo, me dan ganas de poner entre
-sus manos y mi bolsillo una pareja de la Guardia civil. De otros que
-suelen arrimarse á la partida maldiciente, te hablaré si se destacan en
-lo que contándote voy. Allí verás algunas noches á la de San Salomó,
-ya bastante ajadita, pero siempre guapa, rajando con la lengua á todo
-el que coge por delante. Alardea de entender de política; mas de sus
-explicaderas no puedes colegir si es carlistona furibunda ó anarquista
-frenética.</p>
-
-<p>Dejando á un lado la banda de los devorantes, sigo la cuenta de los
-que concurren con más ó menos asiduidad. No falta ninguna noche el
-noble marqués de Cícero, varón serio y vacío, de una modestia que no
-me cansaré de alabar. Practica el <i>nosce te ipsum</i> tan al pie de la
-letra, que jamás se permite el intento de formular una idea propia.
-Habla siempre con las ideas de los demás, única manera de hacerse
-tolerable. También es bastante puntual el conde de Monte-Cármenes,
-hombre simpático y apacible, muy rico. De su riqueza y su buena pasta
-ha salido la filosofía optimista que profesa con tanto salero. Nadie le
-ha visto nunca inquieto ni afanado por cosa alguna: todo lo encuentra
-bien, perfectamente bien. Puedes creer que el amigo Pangloss á su lado
-es un carácter tétrico.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_90">[p. 90]</span></p>
-
-<p>Adelante. ¿Conoces tú á Trujillo, el banquero, y á su señora,
-Teresita Trujillo? De seguro que no les conoces. Ella va una noche
-sí y otra no, acompañada de su marido, ó de su hijo Pepe, oficial de
-artillería, muy guapo, que juega divinamente al tresillo. Es señora
-amabilísima, alegre como pocas, habladora hasta la ronquera, y que
-tiene verdadera pasión por los crímenes célebres. Otro que nunca
-falta es don Manuel Pez, que suele hablar sesuda y campanudamente de
-las cosas públicas. Yo voy casi todas las noches. Menos asiduo, pero
-también constante, es tu amigo Federico Viera, de cuya amenidad, gracia
-y recursos para la conversación nada te digo porque le conoces muy
-bien. Y el más puntual, el infalible, es mi detestado rival Malibrán,
-perito en bellas artes, en modas, en política extranjera, y sobre
-todo en mujeres, pues se las da de Tenorio, y cuando trae á colación
-la lista famosa de sus triunfos, no hay quien le aguante. Te juro que
-si llego á persuadirme de que este brillante majadero consigue, como
-al parecer es su intención, <i>robarle el albedrío</i> á mi adorada prima,
-vamos á tener aquí una tragedia.</p>
-
-<p>Me falta señalarte otro de los puntos fijos, Calderón de la Barca,
-pariente, no sé en qué grado, de la señora de Cisneros, y aun creo
-que mío también. Orozco y su mujer le miran como de la familia. Es
-viudo, con pocos medios de fortuna, y padre de una niña monísima, que
-casi siempre está en la casa, y con la cual mi prima, á falta de hijos
-propios, <i>madrea</i> diariamente hasta dejárselo de sobra. La confianza
-de Calderón en la casa de Orozco tiene algo de parasitismo: casi<span
-class="pagenum" id="Page_91">[p. 91]</span> siempre come allí, y creo
-que Tomás le ocupa en su administración por no verle inactivo y darle
-apariencias de dignidad. Es hombre muy sencillo, un buenazo, pero de
-imaginación tan disparada y farfantona, que á lo mejor te cuenta las
-mentiras más estupendas con la mayor formalidad, y...</p>
-
-<p>Mira, niño, estoy cansadísimo; te mando ésta para que te vayas
-entreteniendo, y seguiré mañana. No hay que abusar, y eso de que yo me
-queme las cejas para divertirte tiene su límite. Buenas noches.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_13">
- <h2 class="nobreak">XIII</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>17 de Diciembre.</i></p>
-
-<p>Pues decía que este Calderón te encaja las papas más gordas que da
-la fantasía humana, y se queda tan fresco. Lo mejor es que no miente
-á sabiendas, porque se cree á pie juntillas cuanto dice. Yo me río
-con él lo que no puedes figurarte. El otro día me porfiaba que un
-misterioso industrial de Madrid ha establecido, bajo el patrocinio
-secreto de altos personajes, el más extraño negocio que se puede
-imaginar. ¿Á que no lo aciertas? Pues el negocio consiste en hacer el
-matute en gran escala por medio de los carros fúnebres, de unos cuantos
-hombres vestidos de cura, y de unas mujeronas disfrazadas de hermanas
-de<span class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span> la Caridad. Daba
-tales pormenores, que parecía estar en el ajo y ser de la partida. Te
-advierto que en todas las extravagancias que te cuenta Calderón, hay
-siempre alto personaje: esto no puede faltar.</p>
-
-<p>Tía de este tipo y también de Augusta, por parte de madre, es doña
-Serafina Calderón, señora respetable, muy querida de toda la familia, y
-especialmente del matrimonio Orozco. De noche nunca la ví en la casa, y
-hace un mes que no va tampoco de día, porque padece gravísima afección
-al pecho, y dicen que se morirá pronto. Desde que Augusta ha dado en
-pasar las tardes junto á su tía enferma, me siento muy solo en el
-Retiro y Castellana, y elevo una humilde oración al Altísimo para que
-la señora se ponga buena, ó al menos se alivie. Pero el Altísimo no me
-hace maldito caso, y mi prima no pasea.</p>
-
-<p>Ya comprenderás que, fuera de las rabietas que paso como enamorado y
-no correspondido, lo paso regularmente en casa de Orozco. Allí tenemos
-billar, tresillo, <i>bezigue</i>, y algunas noches música, con grandísimo
-júbilo mío. Augusta toca el piano muy bien, y sería consumada profesora
-si estudiase algo más. Te aseguro que cuando la oigo, me transporto
-al séptimo cielo. Los devorantes del famoso bando capitaneado por mi
-padrino, aunque fingen humanizarse con el trato de Beethoven, Listz
-y Chopin, no dejan en paz á sus víctimas. Allí se desmenuzan las
-cuestiones que van saliendo, traídas por la prensa, ó por ese otro
-periodismo hablado <i>sotto voce</i> que no se atreve á expresarse en letras
-de molde. Hay noches benignas en que las hachas sólo despuntan<span
-class="pagenum" id="Page_93">[p. 93]</span> las ramas; pero otras,
-querido Equis, caen con estruendo y furia los troncos más robustos.
-Creerías que están todos poseídos de un vértigo ecualitario, de un
-furor terrorista y guillotinante, ansiosos de establecer para los casos
-de moral el nivel del suelo raso. Durante varias noches se trató del
-crimen misterioso de la calle del Baño (habrás leído algo de esto en la
-prensa), y excuso decirte que prevaleció, con gran lujo de fundamentos
-lógicos, la popular especie de que influencias altísimas aseguraron la
-impunidad de los asesinos. Vino después la cuestión del escandaloso
-desfalco de la Deuda. Quedó probada la inocencia de los infelices
-que están presos, y la culpabilidad de Fulano y Zutano (personas muy
-conocidas). También oirás allí que en un círculo social muy señalado
-se cotizan las credenciales de Cuba como si fueran títulos del 4
-amortizable.</p>
-
-<p>Esto de la inmoralidad ultramarina, ¡María Santísima! es la correa
-más larga de todas. Algo se cuenta que indudablemente es exacto; pero
-añaden tales horrores, que me resisto á creerles. En la crítica de
-los negocios coloniales lleva la voz cantante aquel Aguado de quien
-antes te hablé, el cual estuvo allá tres años y se trajo, según dicen,
-media isla. Pues las cosas que éste desembucha, más son para oídas
-y calladas que para referidas. Ya comprenderás que allí, tratándose
-de la situación, es cosa corriente lo de <i>esto se va, esto no dura
-tres meses, esto se cae de pura corrupción</i>, etc. Y á lo mejor se
-hacen preguntas muy chuscas. «Oye, tú (dirigiéndose á mí), ¿qué hay
-de ese ministro que se quiere marchar por<span class="pagenum"
-id="Page_94">[p. 94]</span>que el Consejo no le aprueba el nombramiento
-de director en favor de X?...» Pon aquí un nombre muy desacreditado.
-Rara es la noche en que alguno de la partida no lleva noticias de este
-jaez: «En el Consejo de hoy se han tirado los trastos á la cabeza...
-Dicen que andan á tiros en tal ó cual parte... Los revolucionarios,
-contentísimos.»</p>
-
-<p>Se entabla allí cada polémica que Dios tirita. Villalonga,
-echándoselas de hombre de orden y de ministerial, aunque parezca
-mentira, defiende al Gobierno algunas veces; pero Aguado, furioso
-porque no me le echan para <i>allá</i> otra vez, sale espada en mano al
-combate. Su lengua es horrorosamente mortífera. «El Presidente del
-Consejo no dice más que embustes, y á todo el que coge le engaña como
-á un chino.» Otro día asegura (le consta de buena tinta) que dos
-ministros han reñido por cuestión de faldas; que están de uñas los
-tales con los cuales... Cisneros se baña en agua rosada, y aunque
-siempre trata estas materias de una manera espiritual, y se chunguea
-del ministerialismo acomodaticio de Villalonga, así como de la
-furibunda y ciega oposición de Aguado, no por eso es menos cáustico en
-sus conclusiones.</p>
-
-<p>Cuando se deja caer por allí, Augusta suele defender al Gobierno
-por enzarzarles, y también pincha al <i>Catón ultramarino</i> para verle
-hecho un basilisco, soltando veneno por lengua y ojos. En cuanto al
-ex-ministro, aparenta tomarlo á broma; pero mete su cuarto á espadas,
-lanzando puntaditas, pues está esquinado con la situación, aunque
-lo disimula. Dice que va al grupo para saber noticias. Á veces las
-desmiente con tibieza, á ve<span class="pagenum" id="Page_95">[p.
-95]</span>ces con un calor que viene á reforzarlas. Volviendo á mi
-prima, te contaré algo que te hará reir. Tiene un gran talento natural,
-no bien cultivado. Ya sabes que se educó en Francia, que perdió á su
-madre siendo muy niña, y que la casaron muy joven. Su inteligencia
-se ha cultivado sola; hace gala, como ya te he dicho, de altiva y
-temeraria independencia en sus juicios, y nada le desagrada tanto como
-encontrarse con una opinión que los demás aceptan. Hace pocas noches
-aseguraba que no puede soportar la literatura española, desde Moratín
-inclusive para atrás, y nos dijo que, fuera del <i>Quijote</i>, no ha podido
-nunca leer tres páginas seguidas de ningún autor en prosa ni en verso,
-místico ni profano; que el teatro de capa y espada le es atrozmente
-antipático, leído y visto representar; que los tan ponderados místicos,
-sin excluir Santa Teresa, no valen más que para narcóticos en caso de
-insomnio rebelde; que varias veces intentó leer la historia de Mariana,
-y que siempre le ha producido jaqueca; que los romances y poemas de
-fabla antigua le recuerdan demasiado á su desapacible y adusta tierra
-de Campos, pues son la misma cosa puesta en letras, el clima helado
-y seco y la tierra estéril... En fin, que en literatura es también
-iconoclasta rabiosa, y que á ella no le den más que lo moderno español,
-y más aún lo francés. En lo francés, le gusta todo lo del siglo pasado;
-pero no pasa más allá, y hasta los padrotes Molière y Racine le
-resultan de una insipidez intolerable.</p>
-
-<p>De esta radical opinión surgió una disputa muy viva entre ella y
-Federico Viera. Ya conoces el carácter de Federico; su ingenio, que
-sería fecun<span class="pagenum" id="Page_96">[p. 96]</span>dísimo
-si lo cultivara; sabes que jamás se queda en los términos medios;
-que en sus simpatías y aborrecimientos va hasta el furor, y que su
-desmedido orgullo suple en él, como en otros muchos, las energías de la
-convicción para sostener cualquier idea. Te añadiré que de los amigos
-de Orozco, sin contar á Calderón y á mí, Federico es el que tiene más
-confianza en la casa, pues su amistad con Tomás data de larga fecha.
-Augusta se pelea con él, siempre que hay ocasión, contradiciéndole con
-cierto énfasis, buscándole las vueltas, y zahiriendo sin piedad sus
-quijotismos. Él toma en serio los furores iconoclastas de su amiga,
-y ella los exagera para exaltarle. No sé el tiempo que duró aquella
-discusión deliciosa, en que mi prima se permitió decirle: «¡Pero qué
-tonto es usted...! Quiere hacernos creer que ha leído el poema del Cid.
-No tendría usted tan buen color.» Y él: «Sí: eso lo dice usted por afán
-de originalidad, y no niego que está usted monísima sosteniendo tales
-disparates...» Simpatizo cada día más con este pobre Viera; y si no me
-agradase tanto por bueno y leal, habría de gustarme por desgraciado. Á
-propósito de él, tengo que contarte algo que te ha de interesar.</p>
-
-<p>Abur, gaznápiro. Dios te libre de caer en el bando de los devorantes
-ó manteadores.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_14">
- <p><span class="pagenum" id="Page_97">[p. 97]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XIV</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>20 de Diciembre.</i></p>
-
-<p>La opinión que en tu carta me indicas respecto á mi prima no me
-parece ajustada á la verdad. ¿Se funda acaso en informes míos dados
-con ligereza y cuando no había hecho las convenientes observaciones?
-Pues me retracto, querido Equis; me trago todo lo escrito, y ahora,
-conociendo mejor cosas y personas, quiero quitarte de la cabeza esos
-juicios malévolos. Créelo: Agustina es buena; ama con firmísima ternura
-á su marido. Sus aspiraciones afectivas están colmadas, y nada revela
-en ella que padezca inquietudes del alma, ni curiosidades de esas
-comparables á las de los geógrafos navegantes que buscan mundos mejores
-que los conocidos. Noto en ella la tranquilidad del que está contento
-en su mundo y no indaga con ansiosa mirada lo que habrá más allá del
-horizonte. Ya estoy oyéndote decir: «Este tonto se viene cada día con
-una cantinela distinta... y lo peor es que pretende se le admitan todas
-estas ideas, variado fruto de su fecunda impresionabilidad.» Reconozco,
-señor maestro, que varío la tocata con demasiada frecuencia. Es que
-yo no me aferro á las opiniones, ni tengo la estúpida vanidad de la
-consecuencia de juicio. Observo lealmente, rectifico cuando hay que
-recti<span class="pagenum" id="Page_98">[p. 98]</span>ficar, quito y
-pongo lo que me manda quitar y poner la realidad, descubriéndose por
-grados, y persigo la verdad objetiva, sacrificándole la subjetiva,
-que suele ser un falso ídolo fabricado por nuestro pensamiento para
-adorarse en efigie. Ríete de mí; pero acepta la versión que hoy te
-mando, que es la oficial, la verdadera. Que es honrada te digo, y si me
-lo niegas, hombre de poca fe, nos veremos las caras.</p>
-
-<p>Y, sin embargo, Equis de mil demonios, heme aquí empecatado, heme
-aquí sin poder vencer la diabólica intención que en mí ha nacido, y que
-tras largas vacilaciones se manifiesta positivamente. Mira si estoy
-dominado por la infernal influencia, que creyendo no es ella terreno
-dispuesto para el mal, me inclino á seguir tu consejo satánico. Es que
-los obstáculos nos infunden temeridad, y los peligros nos ilusionan
-más que la confianza. No, no hay allí, como tú sostienes, una fácil
-victoria; pero contando con la resistencia, solicitado quizás por la
-resistencia misma, romperé pronto el fuego.</p>
-
-<p>Somos muy pillos los descendientes del señor de Adán. Llevamos el
-mal en nuestra naturaleza, y la cultura nos ha dado una filosofía
-pérfida y farisáica para cohonestarlo. La sociedad, con diarios y
-persuasivos ejemplos, nos incita á cursar esta filosofía, y si no lo
-crees, ahí tienes á mi padrino, el castizo Cisneros, que me repite á
-cada instante su famosa prescripción, resultado de un profundo saber
-sociológico: «Manolo, no seas burro. Haz el amor sin reparo alguno á
-las mujeres de todos tus amigos.»</p>
-
-<p>El afecto del honrado y leal Orozco me da al<span class="pagenum"
-id="Page_99">[p. 99]</span>gunos malos ratos todavía en esta campaña
-infernal, que aún no ha salido de la esfera nebulosa de mi intención.
-¡Ah! en la voluntad mía, ya he ultrajado al hombre sin par, modelo de
-nobleza y rectitud. Pero, como te dije antes, el siglo fecundo en que
-vivimos nos da una filosofía muy cómoda para acudir al remedio de estos
-desastres de la conciencia. ¡Hay tantos casos semejantes! ¡Si fuera yo
-el primero que alterara la ley moral! ¡Si introdujera yo esta moda de
-los esposos de mérito, burlados y escarnecidos! No mil veces. Yo no
-he puesto la sociedad tal y como se halla hoy; yo no he reformado el
-Decálogo, rebajando los pecados gordos á la categoría de veniales; yo
-no he aceptado las enmiendas á la ley fundamental, que la convierten en
-papel mojado. Yo llego y me encuentro las cosas como las dejaron otros,
-y no he de hacer el reformador ni el protestante.</p>
-
-<p>Me dices una cosa que me lanza más al disparadero. Dices que
-llame y me responderán. Llamaré, hijo mío, aun dudando mucho de que
-me respondan. Soy como aquél que sin saber palabra de la asignatura
-iba á examen, diciendo: «me expongo á que me aprueben.» Eso digo
-yo: «llamaré: me expongo á que me abran la puerta.» ¿Y si no me la
-abren?</p>
-
-<p>Por ahora no te diré nada sobre el particular. Me reservo para
-cuando tenga que comunicarte el éxito ó el fiasco.</p>
-
-<p>Y vamos á las informaciones que tantas veces me has pedido acerca
-del pobre Federico Viera. Me volvió á decir ayer que te había escrito,
-y ahora sí creo que lo ha hecho. No le tengas mala voluntad por su
-tardanza en contestar á tus car<span class="pagenum" id="Page_100">[p.
-100]</span>tas, la cual no significa que te olvide, sino que anda
-medio trastornado con las mil cosas que le rebullen en la cabeza. El
-problema de la vida es en él, por la pícara suerte y por los obstáculos
-permanentes de su carácter, de muy difícil solución. Yo creo que
-llegará á la vejez dando vueltas al tal problema sin resolverlo nunca.
-Conozco algunos así, y les tengo por los seres más dignos de lástima.
-Federico Viera es uno de los hombres de más entendimiento que creo
-existen en España. Quizás por tenerlo tan grande y algo incompleto,
-así como por la acentuación quijotesca de algunas prendas morales y
-por carecer de otras, ha de fracasar constantemente. ¡Qué lástima!
-Pocos hombres conozco aquí más simpáticos y de trato tan seductor.
-De mí sé decirte que le estimo de veras, y que trato de mejorar su
-adversa suerte. Pero me parece que no haremos carrera de él. Quéjase
-de la fatalidad, ¡el comodín de todos los que equivocan el camino de
-la vida! pero yo voy creyendo que en este caso la fatalidad existe, y
-que Federico no adelanta porque se lo estorba alguna fuerza interior
-incontrastable, y también circunstancias externas independientes de su
-voluntad.</p>
-
-<p>Ha pasado de los treinta años, y se encuentra sin carrera, sin
-medios de fortuna, incapacitado para desempeñar un destino, pues carece
-de condiciones legales para obtenerlo, y no es cosa de que empiece por
-oficial quinto. Aborrece la política, sin considerar que es la única
-puerta practicable que ante él se abre. Sobre esto hemos tenido vivas
-disputas. «La política, le digo, será todo lo inmoral que quieras. Ella
-tendrá sus máculas<span class="pagenum" id="Page_101">[p. 101]</span>
-como todas las cosas; pero es un medio, y hay que aceptarlo como tal
-cuando no se tienen otros. Es una especie de proteccionismo, un sistema
-de beneficencia que el país ejerce para dar colocación á los que se han
-quedado sin casillero en el reparto de puestos sociales. Viene á ser
-como una sucursal de la Providencia; y si no existiera, los desastres
-que habrían de ocasionarse serían mucho mayores que los tan cacareados
-y evidentes daños que ahora se le atribuyen.» Al fin me pareció que
-le convencí; pero la dificultad está en meterle en la política. Si
-lo lográramos, figúrate cuánto brillaría. No conozco á nadie con más
-facultades oratorias. Sus contados ensayos periodísticos revelan
-también aptitud extraordinaria para el caso. Posee como nadie ese golpe
-de vista rápido, esa preciosa facultad de ver el lado conveniente y
-oportuno de las cuestiones, abandonando los demás. Pues nada de esto le
-sirve mientras no tenga la afición, el prurito ambicioso que á otros,
-faltos de aptitud, les sobra.</p>
-
-<p>Por mi parte, trato de empujarle, y he bebido los vientos estos días
-para conseguirle un acta en cualquier elección parcial; pero no me
-ha sido posible. Á nuestro amigo le perjudica el nombre de su padre,
-que es la mayor de sus desdichas. Lo mismo es decir Viera, que surge
-la imagen de ese solemnísimo bribón, cuya triste fama permanece en
-Madrid, viviendo él fuera de España. Esta es la fatalidad de Federico,
-el sino perverso que le hará miserable y desgraciado toda su vida;
-pues aun cuando llegara á vencer los inconvenientes del deshonrado
-nombre que lleva, no se quitará nunca de encima la mala sombra que
-su<span class="pagenum" id="Page_102">[p. 102]</span> padre ha echado
-sobre él con la perversa educación que le dió. Este muchacho se ha
-malogrado, porque su padre no supo serlo nunca, ni tuvo autoridad sobre
-él para encarrilarle y hacerle hombre. La niñez y juventud de Federico
-coincidieron con la época en que Joaquín Viera gastaba lo suyo y lo
-ajeno, sin cuidarse para nada de su hijo. Crióse para aristócrata;
-adquirió necesidades, de esas con las cuales se identifica el sér,
-y que vienen á formar parte del sér mismo; se hizo al regalo, á la
-disipación, al lujo, á la generosidad, y á los vicios que cría la
-esplendidez y que no pueden separarse de ella. Aunque su despierta
-imaginación no desdeñó la lectura, jamás estudió nada formalmente, ni
-se aplicó á carrera alguna científica ni literaria. Vino el desastre,
-y el que se había criado caballero, encontróse peón. Era tarde para
-atajar las consecuencias de este abandono. Aún se forjaba ilusiones
-el pobre chico durante algún tiempo, aspirando á plantear no sé qué
-empresas industriales. Humo y tontería. Lo que han pasado él y su pobre
-hermana, no es para dicho brevemente.</p>
-
-<p>Harto sabes tú que soporta su desgracia con estoicismo admirable, y
-que encubre su miseria con arte exquisito. Nadie que le vea y le trate
-sospechará las procesiones que andan por dentro. Viste bien y con esa
-fácil elegancia que es una cualidad antes que una costumbre. Frecuenta,
-por hábito y necesidad espiritual, lo que llamamos bárbaramente <i>el
-gran mundo</i>, y sabe distinguirse en él, siendo bien recibido en todas
-partes y muy echado de menos en sus ausencias.</p>
-
-<p>Me parece que á la hora presente, á pesar de<span class="pagenum"
-id="Page_103">[p. 103]</span> que le has tratado bastante, no le
-conoces tan bien como yo. Contigo era siempre reservado; conmigo tiene
-espontaneidades que nadie le ha merecido todavía. De la amistad hemos
-llegado poco á poco á la familiaridad, y me cuenta algunos pormenores
-de su vida pasada, y aun de la presente, por demás interesantes.
-Recuerdo haberte oído decir que jamás entraste en su casa; yo sí, y
-conozco á su hermana. Sobre esto hay mucho que hablar: iremos despacio
-para no confundirnos.</p>
-
-<p>Si he merecido de Viera confianzas y revelaciones inapreciables,
-todavía hay en su existencia repliegues que no he podido desdoblar.
-Es hombre que no se abre nunca por entero. Respeto sus secretillos,
-y no juzgo prudente ni delicado forzar el arca de discreción en que
-los guarda. No es misterio para nadie su afición al juego, ni que
-este vicio es en él el único arbitrio practicable para ir conllevando
-la vida... ¡vida sumamente azarosa, figúrate!... Pero te advierto
-que no es posible andar con más dignidad en tratos tan ruínes. Sus
-degradaciones no están á la vista de los que públicamente le tratamos.
-Él se las arregla allá con su vicio y saca lo que puede, sin que se
-trasluzca nada en la vida ordinaria. Yo me he permitido hablarle de
-esto, incitándole á arreglarse de otro modo, y me responde con amarga
-tristeza que no puede ser, que está ya hecho á ese angustioso sistema,
-y que no halla manera de abandonarlo. He procurado sondear el abismo
-de su situación económica, llegando hasta proponerle un medio decoroso
-de regularizar su presupuesto; pero no quiere aceptarlo. Me<span
-class="pagenum" id="Page_104">[p. 104]</span> ha confesado que sus
-deudas son enormes, y que sólo con un <i>golpe de suerte</i>, con una de
-esas ventoleras favorables que en breves momentos amontonan un capital,
-podría ponerse á flote. Y no hay quien le quite de la cabeza esta idea
-fija y monomaniaca. Es tan delicado, que fuera de los antros más ó
-menos decentes, donde pulsa la fortuna, nada verás en él que signifique
-rebajamiento moral. Nadie, absolutamente nadie, entre nuestros muchos
-amigos, puede jactarse de que Viera le ha dado sablazo grande ni chico.
-Antes reventará que pedir. Yo no sé cómo se las compone, ni qué casta
-de garduña usurera le suministra lo que necesita cuando viene la mala.
-Te aseguro que me inspira compasión este hombre, y á veces me pongo á
-discurrir qué haría yo para favorecerle sin lastimarle. Debe de haber
-por ahí, en manos negras y rapaces, mucho papel suyo, que seguramente
-se ha de cotizar en baja constante; pero por más que le hurgo para que
-me informo de esto, no obtengo de él más que vaguedades y evasivas.</p>
-
-<p>Es amigo de Cisneros, que le aprecia mucho, y á menudo le invita á
-comer para tenerle por oyente y admirador; amigo también de Orozco,
-que le protegería (me consta) si él se dejara proteger, y discurre,
-como yo, procedimientos delicados é indirectos de favorecerle. El padre
-de Federico fué, en sus tiempos de prosperidad, compinche del padre
-de Orozco, y ambos armaron, según dice la gente, aquella trampa de
-<i>La Humanitaria</i> que arrambló con los ahorros de una generación. Don
-José Orozco ya no existe; Joaquín Viera anda huído por el extranjero,
-ocupado<span class="pagenum" id="Page_105">[p. 105]</span> en obscuros
-negocios; y si alguna vez se descuelga por aquí, viene sable en mano
-contra los amigos de su hijo. Considera, alma cristiana, esta anomalía
-de las razas, y mira por dónde de padres perversos han nacido hijos
-tan apreciables, cada uno por su estilo. He de añadir que Orozco, sea
-por tradiciones de amistad, sea por otra causa que no se me alcanza,
-tiene para ese tuno de Viera, padre, increíbles deferencias; y no
-sólo se ha dejado herir más de una vez por el tremendo chafarote del
-gran petardista, sino que en cierta ocasión le libró de un bochornoso
-proceso. Federico se muestra muy agradecido á Orozco, y le tiene en
-tanta estimación como el más entusiasta, como tú, por ejemplo. Y en
-reciprocidad de estos sentimientos, Augusta y su marido le consideran y
-agasajan, aunque no pierden ripio (ella sobre todo) para censurar con
-benevolencia su incorrecta manera de vivir. Más de una vez me han dicho
-que arbitre un medio de mejorar la situación de Viera y su hermana,
-negociando diplomáticamente con él, sin herir su susceptibilidad
-vidriosa. Hemos discutido los medios sin encontrar solución práctica.
-Ambos han deplorado ingenuamente que un hombre de tan buen fondo, tan
-caballero, tan bien cortado para la vida digna y honrosa, se envilezca
-buscando un infame jornal en las <i>salas del crimen</i>. Yo también lo
-lamento, nos afligimos todos; pero no veo manera de evitarlo. Y basta
-por hoy. De <i>aquello</i>, buenas impresiones. Ya te las contaré otro
-día.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_15">
- <p><span class="pagenum" id="Page_106">[p. 106]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XV</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>22 de Diciembre.</i></p>
-
-<p>De aquello, buenas impresiones, chico; pero sólo impresiones,
-barruntos, corazonadas. Te advierto que ando muy distraído de mis
-deberes parlamentarios, y de seguro la patria ofendida ha de pedir
-cuenta estrecha de este abandono en que la tiene su papá. Se pasan días
-sin que yo ponga los pies en aquella casona tan ahogada y turbulenta,
-y lo mismo me da que nos llamen á votar que que no llamen. Tocan á
-Secciones, me mandan las candidaturas, y me importan tanto como las
-pulgas que le están picando en este momento al emperador de la China.
-Hágome la cuenta de que por un voto de menos ó de más no ha de torcerse
-el azaroso rumbo que lleva el barquichuelo de la política. Algunas
-tardes, porque no digan, asomo las narices por allá, me asombro de lo
-ocurrido durante mi ausencia, aseguro que <i>ya lo tenía yo todo muy
-previsto</i>, hago el papel de que me intereso vivamente en la cuestión
-del día y en las intrigas que hierven en los pasillos; y á la hora en
-que la atmósfera empieza á caldearse, doy un vistazo al salón, desde la
-<i>contrabarrera</i>; entérome en un abrir y cerrar de ojos del estado de la
-brega, para poder responder á las preguntas con que han de fusilarme
-por la<span class="pagenum" id="Page_107">[p. 107]</span> noche en
-casa de Orozco, y me escabullo lindamente. Un secretario intenta
-cortarme la retirada: «¡Eh, que habrá votación!» Y yo digo: «Vuelvo.»
-Trinco el gabán, y á la calle. Me voy al Retiro ó á la Castellana en
-amoroso seguimiento de mi ingrata Filis.</p>
-
-<p>En el tumulto del paseo me parece oir el cencerro gordo de la Cámara
-llamando á votación, y la conciencia se me alborota un tantico por el
-abandono en que tengo mi mandato. ¡Qué le hemos de hacer! Los infinitos
-asuntos del distrito también aguardan tiempos mejores, y habías de ver
-las arrobas de cartas que tengo aquí, abiertas ya y medio leídas, pero
-no contestadas. Ni aun he podido formar la nota de chinchorrerías que
-en las últimas semanas me han encajado esos pedigüeños voraces. Ya se
-hará, y que el demonio cargue con ellos. Á fe que no piden nada los
-angelitos. Si te tropiezas con esos brutos impertinentes, y se lamentan
-de que no les escribo, diles lo que se te ocurra, verbigracia, que
-no escribo porque todo el tiempo ¡claro! lo necesito para gestionar.
-Eso es lo que ellos quieren, que uno se queme la figura y eche los
-hígados, de ministerio en ministerio, constituyéndose en servidor de
-sus ambiciones y en instrumento de sus ruínes envidias. Les dirás que,
-según tus auténticas noticias, <i>vivo sin vivir en mí</i> por servirles y
-hacerles el gusto, que soy su esclavo, y que se vayan á la mismísima
-porra.</p>
-
-<p>Con que quedamos en que hay buenas impresiones, y mutis. No me
-arrancarás una sílaba más, y si te empeñas en que cante antes de
-tiempo, te trataré como á mis electores.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_108">[p. 108]</span></p>
-
-<p>Y sigo con Federico. Su casa, su vida íntima, su desconocida
-hermana, han despertado tu curiosidad, y voy á satisfacerla. Pocos
-penetraron hasta hoy en la caverna del león, y creo que Viera me ha
-dado la mayor prueba de amistad y confianza permitiéndome visitarle.
-Cinco veces he ido allá. Vive en lo más bajo de la calle de Lope de
-Vega, cerca de la de Fúcar, lugar escondido y excéntrico, á donde
-no se va sin precisión de ir. La casa es buena; el piso, segundo
-con entresuelo. Llegas, tiras de la campanilla y ésta no se da por
-entendida; sigues tirando cada vez más fuerte, hasta que al fin oyes
-el eco perezoso de una esquila ó timbre que allá dentro repica de mala
-gana. Después sientes pasos, y el chirrido de la chapa de cobre del
-ventanillo te indica que te están mirando por los huecos. Una voz te
-pregunta: «¿quién es?» y respondes; te dicen no está; tú insistes,
-diciendo que el señor te espera, y das tu nombre. No vayas á creer
-que te abren en seguida. Hay una pausa. Oyes dentro cuchicheo de
-mujeres. Van y vienen como en consulta. Entre tanto, si te fijas en
-los claros del ventanillo, ves que entre ellos lucen unos ojos negros
-que te examinan. La consulta sigue allá dentro. Oyes pasos que se
-alejan, pasos que á la puerta se aproximan. Por fin suena el cerrojo,
-<i>trucu-trucu</i>, y la puerta se abre recelosa. Una joven mal vestida y
-peor peinada te dice: «pase usted.» La tomas por criada; pero después
-te enteras de que es Clotilde, la hermana de Federico.</p>
-
-<p>Esta visita á la cueva de la fiera no puedes hacerla sino entre tres
-y cinco de la tarde, hora en que nuestro amigo se levanta, con raras
-excep<span class="pagenum" id="Page_109">[p. 109]</span>ciones. Yo fuí
-un día á las dos, y le ví almorzando entre sábanas, teniendo delante
-una mesilla sin patas, apropiada á la extravagante operación de comer
-en el lecho. En éste y en la mesa de noche había dos ó tres volúmenes
-franceses, alguno con las hojas cortadas con el dedo. Servían el
-almuerzo la joven aquélla y una mujeraza desgarbada y grandullona que
-entraba y salía llevando un chico en brazos.</p>
-
-<p>La alcoba es una hermosa habitación con chimenea, que verás
-encendida siempre que no hace mucho calor. En esta alcoba, como en
-el gabinete y salita que la preceden, se ven algunos muebles buenos,
-restos de la antigua morada de Joaquín Viera, y otros de los más
-ordinarios y vulgares. No falta limpieza; pero la falta de recursos
-brilla más que el aseo. Podrás figurarte el aspecto de una vivienda
-donde nada de lo que se estropea se compone, donde la reparación de los
-objetos no se ha conocido nunca. Clavo que se cae, ó pata que se rompe,
-ó esquinazo que se desmocha, ó astilla que se levanta, ó metal que se
-desluce, ó porcelana que se desportilla, así se quedan <i>per sæcula
-sæculorum</i>. He dicho que hay algunos muebles buenos; pero cosa de valor
-en venta, llámese cuadro, jarrón, tapiz ó bronce, no la verás.</p>
-
-<p>Clotilde Viera es bonita, si bien, guapeza por guapeza, su hermano
-le lleva gran ventaja. Bien vestida, luciría como tantas otras.
-Federico me la presentó con timidez, como avergonzado del aspecto
-de criada que le da su mala ropa. La chica es fina y discreta; pero
-está como sobrecogida, y en su apocamiento adviértese al instante la
-conciencia de su degradación social. Teme po<span class="pagenum"
-id="Page_110">[p. 110]</span>nerse en ridículo haciendo un papel
-que no correspondería al puesto obscuro que hoy ocupa en el mundo.
-Debe de andar tal cual de ropa la pobrecilla, porque la única vez
-que la he visto en la calle, iba con modestia excesiva, aunque se
-echa de ver que sabría ser elegante si pudiera. Recuerdo ahora que
-Augusta se ha sorprendido de que Federico no presente á su hermana en
-sociedad. Cuando se habla de esto á nuestro amigo, pone una cara que
-da compasión, y no le vale el disimulo para encubrir su amargura. El
-primer día que entré en su casa, la tristeza de su rostro me reveló que
-conocía el mal efecto que su hermana había hecho en mí; y para disipar
-esta mala impresión, hice vivos elogios de ella cuando no se hallaba
-presente. Pero mis hipérboles, en vez de atenuar la pena de Federico,
-parecían aumentarla, y mudé de conversación.</p>
-
-<p>El día que le ví almorzar en la cama observé que se da buen porte.
-El infeliz no puede prescindir de ciertos regalos á que habituado está
-desde la niñez. Hízome algunas revelaciones acerca de las mujeres
-aquéllas. La que entraba y salía con el mocoso en brazos, lleva el
-peso del gobierno doméstico, se llama Claudia y está casada con el
-estanquero de la calle de Fúcar. Sirvió muchos años en la casa de los
-padres de Federico, y tiene tanta ley á los dos señoritos, que no ha
-querido abandonarles en la desgracia. Guisa muy bien, sabe manejar
-una casa, y si no se hubiera cargado de familia, no tendría precio
-para ama de llaves. Otra de las domésticas, hermana de la anterior, se
-llama Bárbara, y es mujer de un ambulante de Correos. Cuando el marido
-está<span class="pagenum" id="Page_111">[p. 111]</span> ausente, ella
-se alberga en casa de Federico, y ayuda á su hermana en el trajín de
-la cocina y en el cuidado de los chiquillos. La tercera es prima de
-ambas, y ha venido del pueblo en busca de acomodo. Por las noches,
-según me contó Viera, se reúnen á comer allí el estanquero con toda su
-prole, el ambulante y dos ó tres personas más. Díjele que este sistema
-de beneficencia sería muy bonito como obra de misericordia, pero que
-no podía menos de irregularizar su presupuesto; y me contestó que no
-tenía corazón para expulsar á nadie que de él se amparase; que su casa,
-en los buenos tiempos de los Vieras, había sido una tienda asilo;
-que el conservar esta tradición era uno de los pocos placeres de su
-vida, y, por fin, que su peculio no había de mejorar con la miserable
-economía de quitar la pitanza á aquellos infelices. «Me siento con
-fuerzas—añadió,—para cualquier acción desproporcionada y hasta heróica;
-pero no las tengo para cortar una rutina.»</p>
-
-<p>Le ví lavarse y vestirse. En ello emplea bastante tiempo, y es
-cuidadoso de su persona hasta la prolijidad, costumbres de rico que
-también son incorregibles. Presenciando una de estas tardes la compleja
-operación, pensaba yo en su pobre hermana. Al menos él vive por las
-noches en el medio que le corresponde, frecuenta la sociedad, donde el
-cariño de los amigos compensa hasta cierto punto las tristezas de su
-vida íntima. La sociedad, por este medio, le da algo de lo que él se
-merece, á cambio de lo que la suerte y su perversa educación le han
-quitado; pero aquella pobre joven, ¿qué compensación tiene de su estado
-miserable? ¿No es un dolor que viva entre cria<span class="pagenum"
-id="Page_112">[p. 112]</span>dos y gente ordinaria, envileciendo sus
-modales y degradando sus gustos? Me imaginaba yo á la infeliz niña
-conformándose con aquel género de vida grosera, sin deseos ya de otra
-mejor; me la figuraba en trato familiar con la estanquera y la mujer
-del ambulante, comiendo con ellas y con toda aquella turba de gorrones
-de baja estofa que invadía la casa. Y al pensar en esto, me acordaba
-de lo que he oído referir á Cisneros y á Orozco respecto á la madre
-de Federico. Era señora de ejemplar virtud, nacida en noble cuna, del
-linaje de los Trastamaras y los Gravelinas, muy digna, muy severa de
-costumbres, muy refinada en gustos y maneras. Su exquisita educación
-revestía de formas seductoras la rigidez de su inmenso orgullo.
-Padeció la mayor de las humillaciones con la inicua conducta y el
-envilecimiento de su marido, á quien amaba. Enfermó de pena y quizás de
-vergüenza. Adoraba á sus dos hijos, y cometió el error de no criarlos
-para la pobreza, que ni siquiera comprendía. Como te digo, pensé en la
-infeliz señora y en la cara que pondría si resucitara y viera á su hija
-en aquella facha, en aquel vivir indecoroso, miserable y soez. Pero no
-me atreví á decir nada de esto á Federico, y me lo guardé para cuando
-viniera más á cuento.</p>
-
-<p>Vamos, ya estás satisfecho. Ahí tienes los informes que de tu
-amigo querías tener y que me has pedido tantas veces. Esta carta te
-causará tristeza; pero qué remedio... ¡La verdad rara vez tiene cara de
-pascua!</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_16">
- <p><span class="pagenum" id="Page_113">[p. 113]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XVI</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>26 de Diciembre.</i></p>
-
-<p>¡Qué pesado estás con tu exigencia de que te cuente algo de mi
-campaña, y de cómo he puesto las paralelas para rendir plaza tan
-bien artillada y defendida! Como no me gusta darme tono con fingidas
-hazañas, te diré que he seguido la táctica vulgar, por no ocurrírseme
-otra; que mi amartelamiento ha pasado y pasa por los trámites
-corrientes de la galantería al alcance de todos los corazones, y que
-soy lo que para estos casos aconsejan las reglas acreditadas por el
-éxito: obsequioso con discreción, puntual en los encuentros, tierno en
-el mirar, intencionado en el decir, triste hasta la ictericia cuando
-el caso lo requiere, y bastante hábil para hacerme pasar en ciertas
-ocasiones por el sér más desventurado que existe debajo del sol.</p>
-
-<p>Estos preliminares tienen que acabarse pronto, so pena de caer en la
-ridiculez. Veo venir una situación insostenible si no cambio pronto las
-armas del sentimentalismo por las del atrevimiento. Respecto á ella,
-¿qué he de decirte? Ya conoces la tesis general de que á ninguna mujer,
-aunque sea la misma honradez y la castidad en persona, le desagrada
-que se chiflen por ella. Luego, en corresponder ó no consisten las
-diferencias, ó sea,<span class="pagenum" id="Page_114">[p. 114]</span>
-empleando una figura, las fronteras que separan el Cielo del Infierno.
-No me atrevo á jactarme de la victoria, ni á darme prematuramente por
-vencido. Hay días que me parece notar en la plaza un agrado excesivo
-por verse merecedora de tan empeñado cerco; otros creo lo contrario,
-y me malicio que se hace la indiferente con la pícara idea de dejarme
-aproximar á sus robustos muros y reventarme en una brusca y vigorosa
-salida. En fin, chico, permíteme que sea reservado y que no enseñe las
-cartas. Francamente, te voy cogiendo miedo. Y no me negarás que te
-asusta la degradación moral que suponen estos intentos míos. Es que se
-hace uno á todo, amigo Equis, y la conciencia, arrullada por los goces
-sociales, que se empalman lindamente para no darnos respiro, se va
-amodorrando y concluye por dormirse. Ya no más. Chitón.</p>
-
-<p>Te hablaré, sí, de alguien que con esto se relaciona, del buen
-Orozco, porque ciertas especies que he oído acerca de él han repuesto
-mi ánimo y acallado mis escrúpulos. ¡Ah! la sociedad en que vivimos
-nos ofrece á cada instante materia narcótica en abundancia para
-cloroformizar la conciencia y poder operarla sin dolor. Te diré: estas
-noches he oído hablar de tu ídolo en términos muy distintos de esa
-opinión lisonjera que tú y yo tenemos de él. Parecía que tantas y tan
-diferentes lenguas se habían confabulado para quitar á ese hombre
-su crédito, la brillante aureola que es el principal obstáculo á mi
-campaña, algo como deidad tutelar que ampara la plaza más que la
-fortaleza de sus muros.</p>
-
-<p>No sé si te he dicho que me corro por el Casino<span
-class="pagenum" id="Page_115">[p. 115]</span> algunas tardes y noches.
-Me divierto oyendo contar anécdotas á dos ó tres sabedores de vidas
-ajenas que allí tienen su cátedra, el más sabroso y entretenido círculo
-social que puedes imaginarte. Nunca había oído hablar de la familia
-con quien me ligan tantos vínculos. Hace dos noches, no sé cómo recayó
-la conversación en Orozco, y uno que se pinta solo para lo que llaman
-allí sacar ánima, dijo de nuestro amigo que es el mayor hipócrita que
-Dios ha echado al mundo. «Ya no engaña á nadie—añadió—con aquella
-capita de perfecciones que usa. Hijo de tal padre, del famoso fundador
-y liquidador de <i>La Humanitaria</i>, no podía salir bueno.» Otro emprendió
-la defensa de Orozco, asegurando que en el tratado de la honradez no
-era ni podía ser atacable; que lo dicho por el preopinante no tenía
-fundamento; pero... Estos peros son temibles, y al oirlo me eché á
-temblar.</p>
-
-<p>Vino á decir aquel mal hablado que Orozco no tiene mérito alguno.
-«Niego lo de la hipocresía, y afirmo que es hombre de buena fe y de
-cortísimos alcances. Á mí me han asegurado que todas las noches,
-después que se retira la tertulia, Tomás se encierra en su cuarto y se
-está un par de horas de rodillas, rezando y dándose golpes con unas
-disciplinas.» Carcajada general. Al instante salí al encuentro de esta
-tontería, negándola en redondo, sin que me constara su falsedad; pues
-¿qué sé yo lo que hace Orozco en la intimidad de su casa, después que
-nos retiramos los amigos? Alguien se puso de mi parte, y se trabó una
-disputa muy viva, sin traspasar los límites de la urbanidad. Como en
-estos casos cada uno goza<span class="pagenum" id="Page_116">[p.
-116]</span> en rodar la bola de nieve para que aumente, allí saltó
-uno diciendo que mientras Tomás se pone las espaldas en carne viva,
-su mujer llora de soledad y desconsuelo. Otro soltó la papa de que en
-el matrimonio hay grandes peloteras, porque él quiere que su mujer no
-abra sus salones á nadie, ni dé comidas, ni reciba, ni se vista con
-elegancia. Sobre este tema trazó el de más allá un cuadro terrorífico
-de celos y zaragatas domésticas. En fin, que de absurdo en absurdo,
-se llegó á la conclusión de que no se sabe nada, y que tales cosas
-se dicen simplemente por dar gusto á la sin hueso. ¿Qué sería de los
-casinos si no hubiese en ellos timba y murmuración? Los más locuaces
-reconocían que si algo extraño ocurre en la intimidad conyugal, no
-puede saberse, pues ninguno de los consortes ha de ir con el cuento. Yo
-lo negué todo en absoluto; hubo quien me dió la razón, y los señores
-pasaron á otro asunto: le sacaron á la de San Salomó todito el pellejo,
-como á San Bartolomé, y luego fueron picando aquí y allí, hasta que
-llegó la hora del desfile.</p>
-
-<p>En rigor de verdad, no daba yo crédito á las tontunas que oí; pero
-te confieso que salí de allí mal impresionado y caviloso. Mas no era
-sólo pena lo que yo sentía, no. Te abro mi conciencia para mostrarte
-cuanto hay en ella. El ver rebajada y escarnecida la figura de Orozco,
-me daba cierto gusto perverso. Su reputación y respetabilidad me
-estorbaban, como al ladrón que se propone robar la custodia le estorba
-la Forma consagrada que en el centro de ella resplandece. Yo no iba
-contra la forma, sino contra el oro y las piedras. Me alegraba,
-pues, de que alguien me qui<span class="pagenum" id="Page_117">[p.
-117]</span>tara el miedo á la hostia, haciéndome creer que no era Dios
-ni cosa que lo valiera.</p>
-
-<p>Pues aún hay más. Estas cosas no vienen nunca aisladas. Algunas
-noches, á última hora, me paso por la Peña de los Ingenieros, círculo
-modestísimo y muy agradable, instalado en un principal de la calle de
-Cedaceros. Allí tengo porción de amigos que también lo son tuyos: los
-muchachos de Minas, con quienes viví en Orbajosa, y otros de Caminos,
-gente toda de muy buen trato. Esta tertulia procede de un rincón del
-Suizo, donde hace años estuvo, y habiendo crecido considerablemente,
-hubo de acomodarse en local propio. Allí no hay lujo, ni timba, ni
-billares, ni más juego que el tresillo, periódicos y política, mucha
-política. Como es natural, de vez en cuando cae un asunto privado,
-sabroso y vivito, y ya puedes figurarte con qué gusto se ceban en
-él. Pues anoche, no bien desvanecido aún de mi mente lo que oí en
-el Casino, conversaba yo con dos ingenieros sobre el ferrocarril de
-Albarracín, y oí que en un corrillo próximo nombraron á Augusta. Puse
-atención, y anda, morena, lo que yo me temía... Estaban discutiendo
-si era honrada ó no era honrada. La mayoría, más por escepticismo que
-por otra razón, se inclinaba á la negativa. Acerquéme, echando mi
-parecer en medio del grupo, y recomendando la prudencia en los juicios
-acerca de mujeres. En esto, un señor de bastante edad, para mí muy
-respetable, se dejó decir que votaba resueltamente con los acusadores,
-y que para hacerlo así tenía pruebas. Incitado á exponerlas, escapóse
-por la tangente, y tergiversó la cuestión, hablando de las mujeres en
-tesis<span class="pagenum" id="Page_118">[p. 118]</span> general, de
-lo aficionadas que son á practicar sus devociones en las iglesias de
-dos puertas, con otras muchas cosas divertidas y gacetillescas que
-no te transmito por no alargar demasiado esta carta. Aquello, como
-comprenderás, me supo á demonios, y no tuve calma hasta que no hallé
-manera de echar un parrafito aparte con el sujeto maldiciente; el cual,
-sin pararse en pelillos ni hacer misterio de sus informaciones, me dijo
-lo que casi á la letra te copio:</p>
-
-<p>«Pues sí, amigo mío: la he visto dos ó tres noches, á primera hora,
-allá por mis barrios, salir de una casa que no diré sea mala; pero
-que no es de las que personas de tal calidad frecuentan honradamente.
-Su porte reservado, su manera de andar y de mirar buscando un simón,
-diéronme en la nariz tufillo de crimen. Soy perro viejo, y he adquirido
-con mi larga experiencia un olfato sutilísimo para rastrear ciertas
-madrigueras. Nosotros los muchachos no nos asustamos de nada, amigo
-Infante, y bueno es que usted se acostumbre á mirar con serenidad
-los fenómenos sociales más corrientes, perdiendo la pueril costumbre
-del <i>no puede ser</i>. Borre usted de sus libros esas tres palabras que
-son las más tontas y baldías que usamos... es decir, yo no las uso
-nunca para nada de lo que es físicamente posible.» Contestéle que
-bien podrían ser inocentes las visitas de mi prima á la tal casa, y
-él me arguyó, sonriendo: «Hijo de mi alma, en aquella finca no hay
-ninguna modista, ni encajera, ni planchadora en fino. Y no es esto
-decir que viva allí gente mala. Conozco á los porteros, que son la
-pareja más callada del mundo... Pero le veo á us<span class="pagenum"
-id="Page_119">[p. 119]</span>ted un tantico inquieto. No, no diré una
-palabra más que pueda lastimarle. Al contrario, torceré el curso que
-había dado á sus sospechas, diciéndole que quizás su prima haga esas
-visitas con fines de caridad. Pues mire usted: ahora caigo en que
-muy bien podrá ser así, y que yo me equivocara en el juicio que al
-principio formé... Algo inverosímil es que esas visitas de beneficencia
-se hagan en coche de plaza, teniéndolo propio; pero admitámoslo...
-¿Por qué no hemos de admitirlo, resueltos como estamos á impedir que
-se manche infundadamente una reputación? Sobre todo, establezcamos la
-hipótesis del fin caritativo, y así descargaremos nuestra conciencia
-de la responsabilidad de un juicio temerario...» Las salvedades
-sarcásticas de aquel hombre me molestaban casi más que sus indicaciones
-acusadoras, y no insistí; pero sentía subir en mí la oleada de ira, y
-tuve miedo de ponerme en ridículo, saliendo á la defensa quijotesca de
-una mujer que no era mi esposa ni mi hermana. Contentéme con afirmar
-severamente que el móvil de aquellas visitas no podía ser malo, y el
-anciano, reconociéndolo así, me dijo cosas muy atinadas acerca de
-lo peligroso que es poner nuestra mano en el fuego por ningún hecho
-problemático; y lo hizo el muy pillo con tanta gracia, con tan paternal
-dulzura, y trasteándome tan gallardamente, que me desarmó, y concluí
-por notar en sus palabras un resplandor repentino que me permitía
-ver... Pero qué, ¿era acaso verdad?</p>
-
-<p>Tan aturdido estaba al separarme de él, que no le pregunté qué
-barrios eran aquéllos, ni en qué calle había visto á mi prima. Me
-esfuerzo en<span class="pagenum" id="Page_120">[p. 120]</span>
-desvirtuar la revelación, pero no puedo conseguirlo. La importancia y
-gravedad del caso crecen más á mis ojos, cuando achicarlas quiero con
-recursos de esa lógica forense que sirve para defender pleitos, pero
-no para calmar las inquietudes y suspicacias de nuestro espíritu. No
-ceso de pensar en esto, Equisillo. ¿Qué opinas tú? ¿Eres de la escuela
-de mi padrino Cisneros, y dices: «como si lo viera, como si lo viera?»
-¿Te parece que se lo debo preguntar á ella misma, rogándole que me
-saque de esta cruel duda? ¡Ah! eso no: me lo negaría, si es verdad;
-y si no lo fuera, la ofendería gravemente. ¿Debo seguirle los pasos
-y acecharla, buscándole las vueltas? No, no me aconsejarás tú ese
-espionaje, indigno de un caballero... Consuélame, hombre; dime que todo
-ello es cavilación mía, malicia ó yerro del anciano delator. Dime eso,
-bruto, que estás ahí mirándome como la estatua de la razón fría... Pero
-en vez de consolarme, me preguntas si la amo ó la desprecio, si este
-descubrimiento apaga los hornos de mi pasión ó los enciende más. ¿Qué
-ordena la lógica? La lógica, esa gran tarasca, entrometida, farfantona,
-ordenará lo que quiera; pero ello es que en cuanto han surgido las
-dudas, y desde que he borrado á esa mujer de la lista de los ángeles
-terrestres... mira tú lo que son las cosas... paréceme que estoy más
-chiflado por ella.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_17">
- <p><span class="pagenum" id="Page_121">[p. 121]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XVII</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>2 de Enero.</i></p>
-
-<p>Árnica, venga árnica, querido Equis, porque descalabradura como
-ésta no la he recibido desde que tengo cráneo. Y gracias que, con
-la fuerza del golpe, no haya perdido el sentido y pueda contarte el
-terrible accidente, y describirte mi turbación, mi pena, mi despecho,
-mi rabia... Ya te veo muerto de risa, y diciendo que bien ganado me
-lo tengo por mi depravación, por mi inmoralidad, por mi... El demonio
-cargue contigo. Acepto la reprimenda. Somos, en efecto, unos bribonazos
-los hombres de este siglito, aunque, si examinamos la condenada
-historia, veremos que tan pillines como nosotros fueron nuestros padres
-y abuelos y tatarabuelos hasta el señor de Adán; y si es verdad lo del
-transformismo, añadiré que lo mismo que nosotros fueron el hombre-mono
-y la mujer-mona.</p>
-
-<p>Para mujeres monas, ésta. ¡Y cuánto me ha hecho padecer la muy
-pícara, solapada, ingratona!... Pero vamos por partes. ¿Te he
-contado que la noche de Navidad cenamos en casa de Orozco, Malibrán,
-Calderón, Villalonga, Viera, Cícero y yo?... Pues, mira, tampoco te
-lo cuento ahora, porque, si bien algunos detalles de aquella cena se
-enlazan con mi catástrofe, son largos de refe<span class="pagenum"
-id="Page_122">[p. 122]</span>rir, y no está su importancia en relación
-con el gran espacio que ocuparían. Voy á lo principal. Me declaré
-ayer 1.º de Enero: yo creí que inauguraba un año de delicias, y me
-salió... mejor dicho, salí con las manos en la cabeza. Verás... Nos
-hallábamos solos en su casa, en la situación más propicia del mundo. No
-pienses que me fuí del seguro ni que hice ó dije cosa alguna de esas
-que le dejan á uno en ridículo en caso de negativa. Tomé toda clase de
-precauciones contra las demasías del sentimentalismo; me previne contra
-la brutalidad, sin quitar al arma del atrevimiento el importante papel
-que en tales batallas le corresponde; estuve patético y atrevidillo,
-¡oh, Equis de mis entrañas! caballeresco y atolondrado, todo en la
-medida racional y justa... Y, sin embargo, me rechazó en toda la línea,
-y tuve que capitular ignominiosamente. Te confío sin ningún recelo el
-desastre, y reclamo que me eches para acá toda la compasión de que sea
-capaz tu grande alma, porque... Mira que tu amigo tiene en el casco
-un boquete por donde se le ven los sesos... Esto se llama caerse en
-toda regla. Hijo de mi alma, nada me valió lo bien preparadito que yo
-llevaba el plan de ataque, ni lo bien que se me conocía en la cara la
-pasión... Todavía, cuando me acuerdo de aquella firmeza, de aquella
-seca austeridad de mi primita, me tiemblan las carnes. Nunca me he
-visto en otra. Allí fué el lamentarse de haber prestado atención á mis
-galanterías, creyéndolas inocentes y de pura fórmula, tal como las
-autorizan el mundo y la moral tolerante de nuestros días; allí fué el
-expresar su equivocación con respecto á mí; allí el acusarme<span
-class="pagenum" id="Page_123">[p. 123]</span> de injuriarla gravemente
-á ella y á su esposo, que me colma de atenciones y agasajos; y no te
-digo más. ¡Ah! no invocó los llamados eternos principios; pero, aunque
-no los invocó, procedía con arreglo á esos grandísimos hi de tal...</p>
-
-<p>En resolución, que me dejó pegado á la pared, y, lo que es peor,
-sin esperanzas de obtener más tarde el éxito que ahora no he podido
-alcanzar. Aquí me tienes, pues, atajándome con una mano la sangre que
-me chorrea de la frente, y oprimiéndome el corazón con la otra...
-porque, te lo diré todo para que te rías más... después del estacazo, y
-al volver del mareo que produjo en mí, encontró más vivos y punzantes
-mis deseos de poseerla y de ser su amante. Su belleza, su talento,
-su boca grandecita, que es la fuente de donde brota todo el caudal
-de la gracia humana; sus ojos persuasivos, que te miran penetrantes,
-ora lanzándose hacia tí, ora recogiéndose en no sé qué misteriosa
-desconfianza; su talle flexible, su vestir elegante, parécenme ahora
-con mayores hechizos. ¡Y si vieras con qué gracia me curó ella misma la
-tremenda herida, ponderándome las dulzuras de la amistad respetuosa!
-Esto tiene chiste. ¡Qué remedio queda más que conformarse y apechugar
-con los arrastrados principios! Pero nuestra infame naturaleza se
-rebela contra ellos siempre que no se prestan á satisfacer sus
-caprichos, de lo que yo deduzco, en conformidad con los Santos Padres
-(muy señores míos), que somos los humanos una raza indecente, y que
-nos estuvo bien merecido que nos echaran á cajas destempladas del
-Paraíso, entregándonos al muy cochino de Satanás, para que nos tentara
-y per<span class="pagenum" id="Page_124">[p. 124]</span>diera, y nos
-arrastrara á los profundos infiernos.</p>
-
-<p>Y ahora surge de nuevo la gran duda. ¿Es honrada ó no lo es? Ríete
-de mi impresionabilidad todo lo que quieras; pero escucha lo que estoy
-pensando. Otra vez se representa á mis ojos con los caracteres de la
-más pura virtud, y cuanto sospeché de ella me parece indigno, y lo que
-oí contar, patraña maliciosa y absurda. Te cuento todos los fenómenos
-que se van sucediendo en mi alma, porque eres mi confesor y nada debo
-ocultarte. Permíteme que analice un poco. ¿Consistirá esto en que
-ahora, por causa del desaire, estoy verdaderamente enamorado, y no veo
-en el sér que me fascina más que perfecciones? Antes quizás no la amaba
-de veras; empujóme hacia ella un antojo, una voluntariedad de joven
-del siglo, que por rutina ó moda no quiere ser menos depravado que
-los contemporáneos de su clase. Era aquello como un ensayo de vivir,
-ajustado al canon vigente. Pero ahora... ahora... Me parece que estás
-reventando de risa, y no quiero seguir.</p>
-
-<p>Bueno, pues aunque te rías: aquí tienes á tu amigo hecho un ojeroso
-romántico, idealizando el objeto de su pasión, y remontándose, con ella
-en brazos, á los espacios infinitos; viéndola reflejada en sí mismo,
-con todos los atributos de sobrenatural hermosura, y adornada de las
-cualidades más excelsas. No te oculto que hago inútiles esfuerzos por
-volver á la realidad. Se me ha plantado en el magín la idea de que es
-la pureza misma; y recordando que la borré inconsideradamente de la
-plantilla de serafines terrestres, me apresuro á volver á inscribirla
-en ella con letras<span class="pagenum" id="Page_125">[p. 125]</span>
-muy gordas: <i>¡Es un ángel!</i> Sí, veo desde aquí tu sonrisilla escéptica;
-pero no me importa. Lo que sí te diré es que precisamente su celestial
-jerarquía es lo que más me estimula á solicitarla. Y como no siento
-ninguna vocación de volverme ya también ángel, mi maldad aspira á
-sentar plaza en las filas satánicas, y acosar nuevamente á la querubina
-con mis pretensiones, hasta cansarla, rendirla, vencerla y hacerla mi
-dama. Nada halaga tan vivamente los instintos humanos como traerse
-un ángel del cielo á la tierra, lo que equivale á robar la esencia
-celeste. Todos somos algo Prometeos, amigo Equis, ó intentamos serlo.
-¿Comprendes lo que te digo? Por lo mismo que mi adorada prima se me
-ha puesto en un pedestal de virtud, quiero arrancarla de él, perderla
-y perderme, bajándonos ambos muy abrazaditos á las cavidades de ese
-infierno donde los amantes de verdad, dígase lo que se quiera, han de
-pasarlo muy bien, quemándose por dentro y por fuera.</p>
-
-<p>En fin, que estoy exaltado y tú principias á inquietarte por esta
-enfermedad mía. Tranquilízate, hombre, y óyeme otra cosa. La política
-es un bálsamo para los ligeros disturbios del espíritu. ¿Lo será
-también para trastornos graves? No sé; lo probaremos: he de buscar
-en la política el desgaste de esta superabundancia de vitalidad
-espiritual. Desde mañana me planto en los escaños rojos, y hablaré
-sobre lo primero que salte, revolviendo á Roma con Santiago, y me
-pondré frente al Gobierno, frente á las instituciones, y... boca abajo
-todo el mundo: me propongo <i>minar los cimientos sociales</i>, como se
-dice en lenguaje<span class="pagenum" id="Page_126">[p. 126]</span>
-ministerial. Es que estoy furioso; necesito vengarme. ¿De quién? de
-los <i>grandes principios</i>... que mala sarna se los coma... Verás, verás
-qué camorras voy á armar allí todos los días. Llegará pronto hasta tí
-mi fama de anarquista, demoledor y petrolero. La piqueta, la famosa
-piqueta y la tea incendiaria son los chismes que he de usar... Por
-cierto que hoy almorcé con Cisneros, y aunque no le hacía gran caso por
-tener todo mi pensamiento concentrado en mi amarga cuita, me mostré
-conforme con cuantas atrocidades echó de aquella donosísima boca. Es el
-tío de más talento que hay en España. Hemos convenido en transformar la
-sociedad y ponerlo todo patas arriba. Vengan otras leyes, otra forma de
-la propiedad, otra moral, otra religión, otras costumbres, otra raza,
-otra manera de vestir, aunque sea en cueros, otra lengua, y venga, por
-fin, otro planeta, que éste ya no nos sirve.</p>
-
-<p>Vas á creer que firmo ésta en Leganés; pero no: la firmo y fecho en
-mi cuarto del Hotel de Roma, á las cuatro de la madrugada, después de
-pasar una noche de perros, y decidido á no acostarme porque sé que no
-he de dormir. No se aparta de mí la hermosa imagen austera, con toda
-la gracia divina y humana, coronada de aquella honradez que admiro
-y anhelo hacer añicos. Mírola como una santa de altar, no vestida
-de severos paños, sino con los atavíos elegantes de la última moda.
-Es un ángel que se ha entregado á las modistas. ¡Oh, qué virtud tan
-tentadora! No poderla tronchar en un abrazo, no poder estrujarla como
-se estruja una flor... Si no<span class="pagenum" id="Page_127">[p.
-127]</span> me modero, amigo mío, voy á salir por esas calles tirando
-piedras.</p>
-
-<p>No te enamores, Equis, no te enamores; dedícate en esa tierra, con
-malos fines, á las Galateas de refajo amarillo. Y si alguna te sale con
-que debajo de todas aquellas bayetas está la honestidad, renuncia á las
-vanidades del mundo y métete cura.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_18">
- <h2 class="nobreak">XVIII</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>6 de Enero.</i></p>
-
-<p>Bueno, hombre, bueno: variaré la tocata. Creo, como tú, que eso me
-tranquilizará. Esta tarde fuí á ver á Federico. Tuve intenciones de
-confiarle mi pena; pero luego me rehice de esta debilidad, y mutis. Por
-cierto que observé allí cosas que me hicieron gracia. Cuando entré, á
-eso de las dos, nuestro amigo acababa de despertarse y había pedido
-el almuerzo. Para funcionar con más desembarazo, Claudia, después de
-dar la teta al nene, le colocó bien abrigado en el lecho de Federico.
-Este apartó las sábanas y me dijo: «Mira lo que tengo aquí.» Mucho
-nos reímos los dos, y más aún cuando despertó el chicuelo y se puso
-Viera á jugar con él, haciéndole cosquillas, y dejándose tirar de la
-barba por las manos delicadas del tierno infante. Pero habías de ver
-aquello cuando pusieron la mesa sin patas sobre la cama, y empezaron
-Claudia y Clotilde á servir el<span class="pagenum" id="Page_128">[p.
-128]</span> almuerzo. Lo mismo fué olerlo, que entraron de rondón
-cuatro canarios de alcoba, hijos de Claudia, el mayor como de seis
-años, la más pequeña como de dos, y piando y gorjeando se enracimaron
-en los bordes del lecho. Uno daba un brinco hasta plantarse en las
-almohadas, tocando con sus patitas la cabeza de Federico; otro se
-encaramaba por los pies. Su madre les reñía, llamándoles insolentes
-y granujas; pero no se los llevaba. Federico, de todo lo que iba
-comiendo, les repartía por turno, con el tenedor, diciéndoles: «Ahora
-tú... No más... Formalidad, y todos probarán.» El de teta, que estaba
-entre las sábanas, con aquella algazara empezó á berrear, y Clotilde
-tuvo que cogerle en brazos. Tan fuertes chillidos dió el angelito, rojo
-y apoplético, los puños cerrados, soltando gruesos lagrimones, que fué
-menester llevársele fuera. Sus hermanos eran más amables. Federico tuvo
-que andar con ellos á trastazo limpio; pero no se dieron por ofendidos.
-Al fin del almuerzo, la cama estaba como si hubiera pasado por encima
-de ella un regimiento de caballería. No pudo evitar Viera que cogieran
-los libros que allí tenía, ni que el mayor los examinara deletreando
-el título, ni que la pequeña les arrancara algunas hojas como quien
-no hace nada. Claudia se los llevó con no poco trabajo, y volvieron á
-entrar, y costó un triunfo echarles de nuevo. Toda la tarde estuvimos
-oyendo el rumor de su batahola en la cocina. Á mis observaciones sobre
-la paciencia con que tolera molestias fáciles de evitar, contestóme
-Federico con el <i>qué más da</i>, que usa siempre para disculparse de su
-abandono.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_129">[p. 129]</span></p>
-
-<p>Noto en él una indiferencia parecida á la resignación. Su melancolía
-envuelve cierta pereza intelectual, como si acobardado ante su mala
-suerte, sintiéndose incapaz de luchar con ella, se le entregara sin
-quejarse. La conversación que acerca de esto sostuvimos mientras se
-vestía, llevónos á tratar de su hermana, que me ha inspirado tanta
-lástima desde que la ví. Arriesguéme á censurar, con el tacto necesario
-para no lastimarle, el abandono en que la tiene. ¿Por qué no la
-presenta en sociedad? ¿Por qué no la inclina al trato de sus iguales,
-librándola del roce de personas sin educación, ennobleciendo su vida,
-y tratando de proporcionarle un buen partido? Á esto me contestó,
-con fría amargura, que tales habían sido sus propósitos; pero que ha
-renunciado á ellos por la resistencia que su propia hermana le opone.
-La ruína de la familia cogió á Clotilde en la transición de niña á
-mujer. Vinieron terribles días de penuria, y la pobre joven, criada
-en colegios de lujo, se vió privada hasta de lo indispensable, sin
-poder reunirse con sus amigas más queridas. De aquellos días data su
-encogimiento huraño y su gusto de la insignificancia y obscuridad.
-No tardó mucho en acomodarse al aburrimiento que le prescribía su
-desgracia, consagrándose á cuidar de su hermano; y aunque éste hizo
-esfuerzos increíbles por ponerla, al menos aparentemente, en otras
-condiciones de vida, cada día encontraba en ella resistencias mayores.
-Poco á poco la pobre niña se iba encariñando con las criadas en cuya
-compañía estaba constantemente; llegó á perder toda afición á vestir
-bien, y sus gustos delicados se<span class="pagenum" id="Page_130">[p.
-130]</span> fueron embasteciendo hasta parar en el desaliño. El <i>qué
-más da</i> de su hermano la contagió como una diátesis de familia; no
-supo sostener el esmero de la persona, refinado y minucioso, que
-aquel conserva en medio de su indolencia. Se habituó á los modales
-descompuestos y al inculto lenguaje de aquellas tarascas, y ha
-concluído por comer con ellas, cuidar los chicos de Claudia, y no
-hallarse bien sino en tal compañía. Estas familiaridades con gente
-baja han influído en su carácter de tal modo, que apenas tiene ya la
-conciencia de su mérito personal. Es algo salvaje: cuando yo voy allí,
-huye como una cierva, evita mi conversación todo lo que puede, y si
-forzosamente tiene que hablarme, la noto cohibida y como temerosa de no
-expresarse bien. ¡Pobre niña! Te aseguro que me inspira compasión. Su
-mirada inteligente y tímida es de esas que no se olvidan.</p>
-
-<p>Á mis indicaciones sobre esto, contestó Federico así: «Hoy por hoy,
-apartarla forzosamente de estas mujeres, sería una crueldad, porque les
-tiene inmenso cariño. Cierto que ha perdido sus modales; cierto que
-sus gustos se han hecho toscos, y que su persona se ha rebajado; ¿pero
-yo qué puedo hacer? Soy pobre. No puedo luchar con mi infame destino.
-Adelante, y hasta el fin, si esto tiene algún fin.»</p>
-
-<p>Hícele notar que su hermana está en la edad en que por donde menos
-se piensa salta el amor, y bien valía la pena de mirar con interés
-asunto tan delicado. Encogióse de hombros, y me dijo que ni aun
-sospechaba que Clotilde tuviese novio ó pretendiente. No insistí sobre
-este particu<span class="pagenum" id="Page_131">[p. 131]</span>lar,
-por no aparecer más papista que el Papa; y ya que de amores hablábamos,
-no sé por qué sentí nuevamente deseos de confiar á Federico los míos,
-ó mejor dicho, mis frustradas esperanzas. Pero también supe contener
-aquella segunda tentación de espontaneidad.</p>
-
-<p>Pude observar aquel día que la casa de este hombre infeliz es un
-jubileo mareante. Razón tiene en decir que el sonido de la campanilla
-le produce un estado nervioso y cardiaco que ya constituye verdadera
-enfermedad. Los acreedores y pedigüeños se suceden sin interrupción,
-y una de las mayores dificultades del gobierno de aquella casa es lo
-que llamaríamos <i>el servicio de puerta</i>. Clotilde se ha hecho á este
-innoble servicio, y lo desempeña hábilmente, con todo el manejo de
-mentiras diplomáticas que el caso exige. Á unos les engaña, á otros
-les manda volver la semana próxima, á los más les engatusa con bonitas
-promesas. Hay usureros de fuste, que pasan siempre y se entienden con
-Federico, el cual les recibe de mal talante, con cariz avinagrado y
-duro. «Á estos tipos—me dijo un día,—hay que tratarlos á la baqueta, y
-no tenerles consideración alguna. Es la manera de que nos sirvan bien.
-Al que se hace de mieles, se le comen vivo.» En cuanto á sablazos, no
-he visto debilidad como la de nuestro amigo para dejárselos pegar. Allí
-van llorones que le encajan mil embustes, y como le cojan con dinero,
-le dan el timo. Yo le recomendé que mirase mucho á quién socorría,
-y me respondió: «¿Qué más da? Estos infelices también han de vivir.
-Cada uno se las arregla como puede.» Y los condenados se dan tal maña,
-que has<span class="pagenum" id="Page_132">[p. 132]</span>ta parecen
-adivinar cuándo tiene cuartos, para caerle encima como las moscas. Dice
-que el único placer de la vida consiste en dar. La cara que ponen los
-pedigüeños, el brillo de sus ojos cuando sacan tajada, vienen á ser
-como una visión de alegría, un rayo celeste á que no puede renunciar
-quien vive entre negruras, sin ver más que esas caras muertas, esas
-máscaras de la sociedad culta, que nunca reflejan los grandes goces del
-alma.</p>
-
-<p>¿Qué te va pareciendo esto? ¿Qué piensas del pobre Viera? Hay que
-reconocer que si algunas de sus facultades duermen, si su conciencia
-se amodorra, tiene siempre bien despierto el punto de dignidad y de
-amor propio, y con esta especie de virtud disimula en sociedad los
-desastres de su vida íntima. Te repito que he intentado ayudarle á
-salir de apuros, y que me tapa todas las brechas que trato de abrir
-en su susceptibilidad, para introducir con delicado contrabando mi
-socorro. Otros amigos que pretendieron lo mismo no han logrado rendir
-su orgullo. ¡Qué mal efecto me hace verle de noche en casa de Orozco,
-de la San Salomó ó de Trujillo, y recordar, mientras le veo y le oigo,
-las tristezas de su modo de vivir, y los cuadros lastimosos que he
-visto en su casa! Los muchos amigos y amigas que tiene en sociedad,
-aunque algo saben de sus ahogos pecuniarios, ignoran lo que yo sé y
-he visto. Algunos ¡ay! le admiran. Hay quien le envidia. Es Federico
-de estos hombres que se hacen querer en cuanto se les trata un poco.
-Su perfecta educación (en lo tocante á modales y á la vida externa);
-aquel aire de modestia, no in<span class="pagenum" id="Page_133">[p.
-133]</span>compatible ciertamente con su orgullo, y que más bien
-lo templa, lo ennoblece, convirtiéndolo de defecto en cualidad; su
-gracia melancólica en la conversación; aquel mismo abandono moral,
-tan semejante al cansancio, cautivan y desarman, predisponiéndonos á
-la indulgencia. Físicamente, algo tengo también que decirte. Su cara,
-que es un prodigio de expresión y movilidad, comienza á desmejorarse.
-Me parece bastante anémico, y envejecerá pronto. Ya se le ven algunos
-hilos de plata en la barba negra y en las sienes, y su mal color revela
-la insana costumbre de hacer de la noche día. Asegura que vivirá poco,
-y creo que no se equivoca.</p>
-
-<p>Y ahora se me ocurre hablarte de la Peri. Dirás tú: «¿Y quién es la
-Peri? ¿Y por qué eslabona este tonto el nombre de Federico con el de
-esa que no sé si es mujer, ó gata, ó yegua?» No te hagas el virtuosito
-y el morigeradito, diciendo que no conoces á la Peri, y que á tí no te
-hablen de ninguna moza <i>de éstas que llaman del partido</i>. ¡Hipócrita,
-me quieres hacer creer que con esa capita de seminarista ó de filósofo
-motilón, no te haces el perdidizo alguna vez en las enramadas del
-jardín de Venus! Pero, en fin, te concedo, si tu gazmoñería se empeña
-en ello, que no ha llegado á tu noticia el excelso nombre de la Peri.
-Los sabios suelen estar muy atrasados de noticias, y de fijo tú sabes
-más de Semíramis ó de Aspasia que de esta contemporánea nuestra. Voy á
-sacarte de dudas y á enriquecer tu erudición en lo tocante á <i>heroínas</i>
-modernas. La Peri... esto de la Peri yo no sé de dónde diablos viene.
-Puede que algún rancio etimologista te lo pueda<span class="pagenum"
-id="Page_134">[p. 134]</span> explicar. Yo lo que sé es que se llama
-Leonor, y que el origen del apodo se encontraría en el misterioso
-lexicón de la gente del bronce. También sé, sin necesidad de recurrir á
-las bibliotecas, que Leonor es monísima, elegante, depravada y con muy
-buena sombra para hacer olvidar su relajación; mujer de excepcionales
-dotes para atontar á los hombres, y que, de nacer en Francia, habría
-sido una celebridad. Aquí no lo es sino en los círculos puramente
-madrileños y á media voz; pero su fama, sin llegar nunca á la difusión
-que dan las letras de molde, toca en los límites de la popularidad.
-Se ha comido á media docena de hijos de familia, y se ha merendado á
-dos ó tres viejos verdes. Es simpática, todo lo simpática que puede
-ser una serpiente de manchada piel, cabeza chata y diente venenoso.
-Y de rodillas ya ante el confesonario, me golpeo el pecho, y te digo
-que yo también me he dejado tentar de esta hermanita de Satanás; pero
-que, si enfermé de su ponzoña instantánea, la curación ha seguido
-prontamente á la picadura. Es que somos pura fragilidad los jóvenes de
-esta generación. Échame un sermoncito, hombre; échamelo, por amor de
-Dios.</p>
-
-<p>Con decirte que somos jóvenes, y que no hay mayor tontería que
-llegar á la vejez sin probar cuanta manzana y cuanto melocotón y cuanta
-breva dan los frutales de la vida, me parece que te contesto bien y aun
-que te dejo callado. Pues bien: durante algunas noches hemos pasado los
-amigos y yo ratos muy agradables en casa de la Peri... No te asustes;
-no se trata aquí de pecados contra la honestidad. Íbamos simplemente á
-que nos echara las cartas. Te mueres de risa si<span class="pagenum"
-id="Page_135">[p. 135]</span> llegas á venir con nosotros, porque la
-verdad es... (váyanse al cuerno tus moralidades y todo el fastidioso
-empaque de tu filosofía) que tiene esa mujer la sal de Dios para
-echar las cartas, y que otra más serrana no ha nacido en el mundo. Lo
-gracioso es que se cree todas aquellas paparruchas gitanescas, como si
-fuesen el Evangelio. Y si vieras: parece que realmente le adivina á uno
-los pensamientos, y que, pitonisa de nuestra época de realidad, levanta
-el velo de lo porvenir y desmiente las leyes de la razón. Me gustaría
-verte allí, tronando severamente contra la cábala, y rindiéndote á las
-carantoñas de la linda bruja, como cualquier hijo de vecino.</p>
-
-<p>Pero tú dices: «¿qué tiene que ver esa diablera con mi amigo
-Federico?» Voy allá, hombre; voy allá, y no seas tan vivo de genio.
-Pues, si se han de creer las apariencias, hoy no son amantes; pero lo
-fueron cuando la Peri sentó plaza. En el actual momento histórico se
-tratan con familiar y honesta amistad, aunque ella tenga sus enredos
-más ó menos transitorios con personas que la mantienen. Esto he oído,
-esto te cuento. Dícese, y podrá ser verdad, que Federico la socorre
-á ella en los casos de penuria; dícese también, y esto lo pongo en
-duda, que Leonor le echa á su amigo un cable cuando le ve con el agua
-al cuello. ¿Lo crees? ¿Te parece verosímil que hombre tan delicado y
-susceptible, rebelde al auxilio de sus amigos, acepte los de una mujer
-de tal clase? Yo rechazo la versión maligna, que me parece forjada por
-la envidia ó el pesimismo de esta sociedad. Pero te diré una cosa, para
-tu gobierno. Federico, al menos conmigo, no hace misterio de<span
-class="pagenum" id="Page_136">[p. 136]</span> su amistad honrada con
-esa buena pieza. Ayer hablamos de ella en la calle, yendo á casa de
-Orozco, donde comimos, y me dijo lo que á la letra copio para que vayas
-atando cabos: «Te aseguro que esa pobre Leonor es una buena mujer, y
-que no conozco un corazón más noble que el suyo.»</p>
-
-<p>Y basta de Fritz. Ya ves cómo te he complacido, escribiéndote una
-carta absolutamente limpia de toda murria <i>wertheriana</i>. He tenido
-que violentarme y poner diques y compuertas al flujo de mis cuitas
-amorosas. Dí ahora que no sé guardar las debidas consideraciones á mis
-amigos, ahorrándoles las náuseas de una toma fuerte de sentimentalismo.
-Pero alguna vez me ha de tocar hablar de lo mío. Prepárate para la
-próxima.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_19">
- <h2 class="nobreak">XIX</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>8 de Enero.</i></p>
-
-<p>¿Pero es broma ó qué es? Dices que vas á dar mis cartas para el
-folletín de <i>El Impulsor Orbajosense</i>, ¡arre! ilustrado periódico de
-esa localidad, <i>órgano de los intereses materiales y morales</i>, etc.
-¿Sabes que tendría gracia? Pero aun variando los nombres, la broma
-sería tan pesada, que no habría más remedio que retarte en duelo á
-tí, y poner las peras á cuarto al cojo ese que dirige el papel, y
-que me tiene tan mala volun<span class="pagenum" id="Page_137">[p.
-137]</span>tad desde que le quité la Administración de Loterías para
-dársela al marido del ama que me crió á sus castos pechos. Basta de
-guasas, Equisín; no me irrites, no me cosquillees con tus chirigotas
-maleantes; mira que estoy echando chispas, y si llego á estallar...
-¡Dios mío, cómo me he puesto! Si me pica una pulga, creo que me ha
-mordido un perro rabioso; si tengo que cerrar una puerta, doy con ella
-tan fuerte golpe, que se estremece todo el Hotel; si la pluma con que
-te escribo saca un pelo, ¡zas! la estrello contra la mesa; si tengo que
-llamar, echo abajo la campanilla y se me enredan en el cuello cuatro
-varas de alambre; en fin, estoy hecho una fiera. Me muerdo á mí mismo,
-y por no poderme soportar, me mando á paseo, dándome de puntapiés.</p>
-
-<p>Y lo que me pasa no es para menos. Tú, con esa flema que Dios te
-ha dado, estarías tan fresco. No truenes contra mi repentinismo: cada
-uno es cada uno. Mis afectos propenden á la amplificación, y cuando
-gozo ó padezco paréceme que en toda la anchura del mundo no caben mi
-placer ó mi martirio. No me enfado nunca á medias. Si riño con un
-amigo, despídome de él para siempre. Siéntome niño en mis dolores y en
-mis alegrías. La ligera ofensa se me hace mortal agravio. Tengo miedo
-á enamorarme, porque fáltame asiento en la voluntad, y voy como buque
-sin lastre en un mar agitado: á cada tumbo me parece que veo el abismo
-abierto á mis pies. ¡Por qué no nacería yo en tiempo de los frailes
-para meterme á motilón y vivir en dulce uniformidad, sin pasiones, sin
-estímulos, hecho un honesto marmolillo y un mano inconsciente!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_138">[p. 138]</span></p>
-
-<p>Como esto siga así, ya puedes encomendarme á Dios. Esa cruel
-nereida, perdona el clasicismo, va á acabar con tu infeliz amigo.
-Sigue en sus severidades, echando cada día sobre lo que llama mi
-capricho, jarros y más jarros de agua <i>frapée</i>, moral pura de la más
-cargante y trasnochada, de la de catecismo con preguntas y respuestas.
-Á veces creo que me ha tomado á mí por cabeza de turco, para ensayar
-la fuerza y empuje de su virtud, y hacer gala de ella ante el mundo.
-Estas virtuosas me fastidian. Paréceme que no son virtuosas por la
-satisfacción de serlo, sino por ganarse un premio en el <i>Derby</i> de la
-honestidad.</p>
-
-<p>La resistencia ha redoblado mis anhelos hasta un punto de que no
-tienes idea. Muéstrome exaltado, y nada: calabazas más gordas que la
-primera vez. Hágome el desdeñoso, y en seguida me conoce el juego:
-calabazas como la copa de un pino. Le ruego que me permita besarle
-una mano, ósculo de amistad, puro como la caricia de un niño, y me
-despide con una displicencia que anonada. Cuando trata en solfa mis
-pretensiones, menos mal: lo llevo con paciencia. Pero cuando me pone el
-hociquillo de virtud, créelo, le pegaría... Despedido, me voy y vuelvo
-con cualquier pretexto, y entonces me presenta á la preciosa Estefanía,
-como un santero presenta la reliquia para que la adoren los beatos.
-Esta niña es hija de Calderón, y Augusta la tiene casi siempre en casa,
-y la mima y agasaja como si fuera suya. La chiquilla es monísima:
-marido y mujer se consuelan con ella de la pena de no tener sucesión.
-Pues, como te digo, me la pone delante, sentándola sobre sus rodillas,
-y con la crueldad más sa<span class="pagenum" id="Page_139">[p.
-139]</span>lerosa del mundo, dice: «Bésame á ésta, bésamela todo lo que
-quieras.» Y yo me la como; la beso tanto, que la hago llorar. Adoro el
-santo; pero lo que á mí me gusta es la peana. ¡Ay, qué peana!</p>
-
-<p>No tengo ganas de escribir más esta noche. Vete á los infiernos,
-tonto, majadero, á quien por vivir en Orbajosa debo llamar <i>harto de
-ajos</i>.</p>
-
-<p class="mt2">Sigo la que empecé. Hay novedades, amigo Equis, pero
-grandes novedades. Trátase de un caso extrañísimo, que por su calidad
-y transcendencia merece tu examen. Anoche tuve una revelación. ¿Crees
-tú en las revelaciones? ¿Crees tú que cuando dormimos, ó cuando nos
-hallamos en ese estado psicológico fronterizo entre el sueño y la
-vigilia, estado en que se confunden la estupidez y la perspicacia,
-puede venir un espíritu á ingerirnos en el cerebro una idea, ó á
-murmurar en nuestro oído palabras que son la cifra de un misterioso
-enigma? De fijo no lo crees. Yo tampoco lo creía, y ahora sí: creo
-en el Ángel de la Guarda, ese bondadoso, invisible amigo que velaba
-nuestra cuna cuando éramos nenes, y que, de hombres, nos visita alguna
-vez para resolvernos un grave problema de la vida, para señalarnos un
-sendero en la intrincada selva donde nuestra insegura voluntad se ha
-perdido. ¿No recibiste alguna vez ese soplo sobrenatural, revelación
-que por la claridad con que se te hace no puedes tener por obra de tu
-propio espíritu, sino por aviso de <i>alguien</i> superior y externo?</p>
-
-<p>Pues verás: acostéme caviloso y con el cerebro lleno de nieblas.
-Dormí no sé cuánto tiempo sin soñar nada. Desperté de súbito, cual
-si me cla<span class="pagenum" id="Page_140">[p. 140]</span>varan
-un aguijón; desperté con una idea que había brotado en mi mente como
-el fulminante que estalla. La idea era ésta: «Augusta no es honrada;
-Augusta tiene un amante.» ¡Ay! lo sentí bajo mi cráneo, no como
-pensado, sino como sugerido, casi casi escuchado. Me alucinó hasta el
-punto de creer que alguien estaba allí, y de sentir el calor de una
-cara junto á la mía. Encendí la luz; temblando, revolví mis miradas
-por la alcoba. Excuso decirte que no había alma viviente. Llama á
-esto, si quieres, fenómeno cerebral; pero confiésame que la idea que
-produjo no es una idea mía, sino partícula del saber total, venida á
-mí por medios que no están á mi alcance. Hay que distinguir cuándo
-funciona nuestro cerebro <i>de por sí</i>, y cuándo engranado en la máquina
-inmensa del conocimiento universal. ¿Qué? ¿te parece esto una sutileza?
-No puedes juzgarlo, porque no has experimentado como yo el choque
-inenarrable del rayo celeste al horadar el hueso en que se encierra
-nuestra mente. La recepción de la verdad no puede confundirse nunca
-con la emisión de una idea propia. Desconoces el lúcido entusiasmo
-que el fenómeno produce, la fe tenaz que enciende en nuestra alma.
-Puedo asegurarte que desde aquel instante mi convencimiento fué tal,
-que la evidencia y la comprobación no lo habrían producido mayor. Ni
-me hacen falta testimonios para creer y sustentar lo que sustento y
-creo á puño cerrado, como afirmamos nuestra propia existencia. Excuso
-decirte que no volví á pegar los ojos en toda la noche. Me la pasé
-recordando pormenores y trayéndolos á la corroboración del hecho, no
-porque éste, á juicio mío,<span class="pagenum" id="Page_141">[p.
-141]</span> necesitase pruebas, sino por puro entretenimiento de la
-mente, que se recrea en la lógica como los ojos gozan en la claridad de
-un hermoso día. ¡Ay, Equisillo! ¡qué amarga satisfacción la de hallar
-la conformidad entre el hecho revelado y las menudencias que acudían
-á mi memoria, como testigos impacientes por declarar en un proceso!
-Cosas que antes me parecieron raras, parécenme ahora lo más natural del
-mundo.</p>
-
-<p>Te conozco bien, y porque te conozco, recelo que mis psicologías no
-te resulten sensatas; pero no me importa. Crees que estoy febril cuando
-esto escribo, y no es verdad. Esta madrugada sí lo estuve, y también
-parte del día, y un buen rato de esta noche; pero me he serenado como
-por ensalmo, y escribo ahora con relativa frialdad. Te contaré todo lo
-que me ha pasado hoy, para que veas <i>cuánto se emprende en término de
-un día</i>.</p>
-
-<p>Vamos despacio. Almorcé solo; esquivé antes y después del almuerzo
-ocuparme de asuntos del distrito. Estuvo aquí una Comisión, que ha
-venido de ese inmundo poblacho á gestionar la consabida rebaja de
-los consumos, y no quise recibirla pretextando enfermedad. No fuí á
-Gobernación, á donde me llamaba un asunto de muchísimo interés...
-para los de Orbajosa. ¡Figúrate tú qué me importará á mí ni á nadie
-que sea nombrado don Juan Tafetán secretario del Juzgado municipal,
-en vez de serlo don Paco Cebollino, de la noble familia de los
-Licurgos! ¿Crees que la armonía del Cosmos se alterará porque
-la fuente de los Chorrillos corra ó deje de correr, ó porque la
-carretera de Valdegañanes pase ó deje de pasar<span class="pagenum"
-id="Page_142">[p. 142]</span> por la finca de don Cayetano Polentinos?
-En medio del desdén que estos problemas locales me inspiraban,
-ocurrióseme visitar á Cisneros. Tres días hacía que no pasaba por
-allí, y el buen señor no se conforma con estar tanto tiempo sin verme.
-Yo también echaba ya de menos el recreo de su charla, la saludable
-expansión que en su casa tiene siempre mi ánimo, con aquellas teorías
-tan chuscas y originales. Envuelto en su bata roja, mi padrino
-estaba aquel día entregado á la administración, y trabajaba con el
-escribiente, tirándole de las orejas á cada descuido, y encontrando
-siempre muy mal todo lo que el pobre muchacho hacía. Hablóme de lo
-que goza ordenando sus cuentas; quejóse de las contribuciones; puso
-de vuelta y media al Gobierno porque no las reduce; díjome que pocos
-propietarios pagan al Fisco tan puntualmente como él, y que lo más
-sensible es que, pagando tanto, los servicios del Estado sean tan
-perros. De los municipales no hay que hablar. Duélese de que tributa
-enormemente por su propiedad urbana, y... «mira qué calles, qué gas
-tan malo, qué policía tan detestable. ¿Querrás creer que por no
-satisfacerme el servicio de seguridad, tengo yo un sereno mío que me
-custodia la finca? Si así no fuera, no podría dormir tranquilo en este
-barrio tan próximo á los del Sur, infestado de ladrones.»</p>
-
-<p>Tú dirás que á qué viene esto. Creerás que es para señalarte la
-contradicción entre el proceder eminentemente conservador de don Carlos
-y sus ideas disolventes. No, no es eso: ya hemos convenido en que
-la palingenesia política de mi tío es pura fanfarria, un papel para
-recitarlo y hacerse<span class="pagenum" id="Page_143">[p. 143]</span>
-aplaudir en sociedad. Cuéntote estas cosas por otra razón. Verás á
-dónde fué á parar el ingenioso Cisneros. «El hombre más feliz—me dijo
-al fin,—y estoy por decir que el más sabio de España, es nuestro amigo
-Federico Viera, que no paga contribución y vive como un príncipe; que
-no tiene nada que administrar, ni hace jamás un número, y con sólo
-mirar una carta y ver lo que sale, ha sabido arreglarse su modo de
-vivir. No necesita tener ninguna clase de moralidad para que el mundo
-le aprecie y le mime, porque su talento, su buena figura, su educación,
-lo suplen todo. Come en las mesas de éste y el otro, que todavía le
-agradecen que acepte un puesto en ellas. Sus acreedores no se atreven
-á molestarle, porque saben que les saldría peor la cuenta. Va á todos
-los teatros sin comprar localidad; y para colmo de ventura, el ramo de
-mujeres no le cuesta un maravedí, porque siempre habrá, entre las de
-sus amigos, alguna que le ofrezca platito sabroso y gratis en el festín
-del amor. Es mucho hombre el amigo Viera. Yo se lo digo siempre: <i>Eres
-el ciudadano del siglo <small>XXI</small>, de ese siglo en que todo
-será común, hasta las mujeres.</i>»</p>
-
-<p>Oí á mi padrino, y quedéme aturdido como quien recibe un fuerte
-golpe en la cabeza. ¡Otra revelación teníamos! Te reirás de mí todo lo
-que quieras; pero yo no me vuelvo atrás de lo dicho. Mensaje superior
-fué aquello, complemento del que recibí de madrugada, al despertar de
-un sueño profundo. Oirlo y creer, como creo en la luz, que el amigo
-Viera es... Ya habrás comprendido: me repugna tanto la idea, que hasta
-me resisto á escribirla. Sí, bien claro estaba. ¡Qué estupidez<span
-class="pagenum" id="Page_144">[p. 144]</span> no haberlo comprendido
-antes!... Pero así, por súbitas, inesperadas referencias, se nos
-revelan las verdades que se ocultan al conocimiento general. La
-casualidad, una voz, una cita, un nombre, son el rayo de luz que
-esclarece todos los misterios.</p>
-
-<p>Tanta fué mi inquietud, que no supe ni encontrar un pretexto para
-despedirme bruscamente de mi padrino y echar á correr. No recuerdo bien
-lo que le dije, y salí como alma que lleva el diablo. Una resolución
-súbita me enardeció el ánimo, y había que ponerla en ejecución al
-instante. Tomé un coche y me planté en casa de Federico. Yo no sabía
-cómo decírselo; pero sí que se lo tenía que decir, y que si no se lo
-decía reventaba.</p>
-
-<p>Encontréle en la cama, y le acometí sin preparación, diciéndole:
-«Federico, tengo que comunicarte una idea; tengo que hacerte una
-pregunta... Vengo á que me saques de cierta duda... No, no es duda, es
-evidencia: necesito que corrobores... que corrobores...» Mirábame con
-asombro y susto. Nunca me había visto descompuesto y agitado como hoy
-lo estaba. Su sorpresa le hizo enmudecer algún tiempo. Yo me expliqué
-mejor. Te referiré en dos palabras el diálogo aquél, que bien merecería
-lo escribieras tú, porque, francamente, fué dramático hasta no más. No
-anduve con rodeos para confiarle la pasión que me hacía infeliz y el
-fracaso de mis anhelos. Él dudaba que la pasión fuese tan honda como
-dije, y en cuanto al fiasco, no vaciló en tenerlo por natural. Cuando
-le expresé mi convicción contraria á la honradez de Augusta, parecióme
-que se nu<span class="pagenum" id="Page_145">[p. 145]</span>blaba
-su frente, que le ofendían mis palabras, y que se violentaba para
-no obligarme á una retractación. «Ceguedad tuya—me dijo,—monomanía,
-locura razonante.» Yo no podía probar lo que tan vivamente creía, y
-falto de argumentos fundados en hechos, tenía que emplear los de mi fe,
-incomunicable sin duda. Nuestro diálogo se acaloraba, y de improviso le
-apreté un brazo diciéndole con voz descompuesta: «Tú eres, tú eres...»
-Y no sé qué más dije, no sé qué sarta de palabras salió de mi boca;
-frases violentas, injuriosas quizás, inflamadas por la convicción. Pero
-no pude menos de sentirme cortado ante la frialdad con que Federico me
-oía. Observé su rostro perfectamente tranquilo, inmutable, y en sus
-ojos no brilló ni el más leve destello que delatara una conciencia
-intranquila. Soltando después una risa franca, no enteramente burlona,
-más bien compasiva, díjome estas cariñosas palabras: «Es preciso que te
-pongas en cura, pero pronto, antes que el mal te coja toda la cabeza...
-Manolo, tú estás muy malo. Te aconsejo la rusticación. Vete á Orbajosa
-por una quincena, y sanarás. Eso no es pasión verdadera, es una crisis
-de voluntad contrariada, y una chafadura del amor propio, males ambos
-que en las grandes poblaciones son una verdadera epidemia. Unos días de
-campo te pondrán como nuevo.»</p>
-
-<p>Á pesar de su humorismo, y de la perfecta tranquilidad, superior
-á todo disimulo, que su semblante revelaba, insistí; y él entonces,
-poniéndose muy serio, me dijo: «Si una declaración mía formal no te
-basta, no sé qué puedo hacer. Te juro que estás en un error. Y aunque
-los ju<span class="pagenum" id="Page_146">[p. 146]</span>ramentos
-estén pasados de moda, me veo en el caso de jurar, por lo que valga.
-Te juro que no hay nada de lo que sospechas. ¿Lo crees? Bueno. ¿No lo
-crees? Allá tú.» Y después de otras cosas que no han persistido tan
-claramente en mi memoria, añadió esto: «Todo lo que hay en aquella casa
-es sagrado para mí.»</p>
-
-<p>Y ahora, Equis mío, no te alborotes si te digo que Viera me
-convenció. Toda esta tarde, mientras estuve en su compañía, viéndole
-lavarse y vestirse, mi espíritu no cesó un instante de machacar en la
-misma idea, como herrero en la forja. La segunda revelación parecíame
-fallida; pero la primera, la del despertar, aquélla no había quien me
-la quitase. Federico lo intentó con hábil dialéctica; pero nada pudo
-conseguir. Yo discurría así: «Lo que es éste no es; pero será otro, y
-ese otro, ¡vive Dios! yo lo he de encontrar.»</p>
-
-<p>Salimos y paseamos juntos. Federico se permitió darme bromas sobre
-aquel caso; yo me sentí un tanto ridículo, fingíme aliviado del mal
-de amores, y aun me burlé un poco de mi desvarío, atribuyéndolo á mi
-carácter impresionable. No comimos juntos aquella noche. El se fué no
-sé á dónde, y yo al hotel de Cícero. Luego fuí á casa de Orozco y me
-encontré á éste con un fuerte catarro, por lo cual su mujer no quería
-ir á la reunión de San Salomó; él la instaba para que fuese, y me
-suplicó que la acompañara. Por fin se decidió. Vistióse en un momento,
-y salimos. Al entrar en la berlina, yo no me encontraba muy satisfecho,
-porque, de no ser amante, el papel de <i>sigisbeo</i>, aunque en el mundo
-sea un papel envidiable, á mí no me agrada.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_147">[p. 147]</span></p>
-
-<p>«Me ha contado papá que hoy estuviste en su casa—díjome Augusta
-cuando la berlina echó á andar,—y que parecías medio loco.»</p>
-
-<p>La contestación <i>en el próximo número</i>. Ya no veo lo que escribo, de
-cansado que estoy. Buenas y santas.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_20">
- <h2 class="nobreak">XX</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>10 de Enero.</i></p>
-
-<p>¿Qué tal? ¿Te resulta esto divertido, ó te parece extravagante,
-empalagoso, digno sólo de figurar en el folletín de <i>El Impulsor
-Orbajosense</i>? Vamos, me ha hecho reir tu idea de que podría publicarse,
-trocando los nombres por otros extranjeros, suponiendo la acción en
-Varsovia y anunciando á la cabeza que es traducción del francés...
-Cállate la boca, ó te estrello. ¡Publicar esto... vamos, ni aun con
-tales disfraces! Además, si como representación de hechos positivos
-pudiera tener algún interés para los conocedores de las personas que
-andan en el ajo, como obra de arte resultaría deslucido, por carecer de
-invención, de intriga y de todos los demás perendengues que las obras
-de entretenimiento requieren.</p>
-
-<p>Quedamos en que nos metimos ella y yo en la berlina. Bueno. Nunca
-me había parecido tan guapa como aquella noche. Vestía... Aquí de mis
-apuros. Soy tan torpe para describir trajes<span class="pagenum"
-id="Page_148">[p. 148]</span> de señoras, que cuando lo intento digo
-los mayores disparates. No sólo ignoro los nombres de ésta y la otra
-prenda, y de las distintas formas de <i>toilette</i>, sino que confundo
-los nombres de las telas. Está visto que para revistero de salones no
-sirvo yo. Sólo te diré que estaba elegantísima, que llevaba abrigo
-de pieles, que el peinado... ¿Cómo lo diré si no doy pie con bola en
-estas quisicosas? Pues llevaba el pelo recogido hacia arriba formando
-un pico, y en éste una joya, algo que echaba chispas cuando mi ingrata
-movía la sin par cabeza. ¡Ah!... se me olvidó: el pelo ligeramente
-empolvado. Los guantes eran claros, de muchísimos botones; eso, eso, la
-mar de botones. Cuando entré, ya los llevaba puestos. Yo habría deseado
-que no, para ayudarle en la operación de abrochárselos. En el pecho
-una flor, rosa... no diré que amarilla; pero amarillenta, sí. Nada
-de escote, chico. Y en la fisonomía, ¡oh, desventura! en el resalado
-hociquito, nada que me alentara, nada que me significara una promesa.
-Á lo que dije, contestóme severa, indiferente. Comprendí que mi juego
-era mostrarme tranquilamente resignado, y así lo hice, diciéndole poco
-más ó menos: «Descuida, que ya no te molesto más. Me he convencido de
-que es una insensatez pretenderte... Cuando se llega tarde, no hay más
-remedio que tener paciencia. Y mi sino es llegar siempre tarde. Otro
-más feliz que yo ha merecido lo que á mí se me niega...»</p>
-
-<p>Creí notar inquietud en su mirada. Fué como un relámpago. Volvió
-la cara para mirar hacia fuera, y después de una enfadosa pausa me
-contestó así:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_149">[p. 149]</span></p>
-
-<p>«Hay que dejarte. Estás insufrible de tonto, de loco y de no sé
-qué.»</p>
-
-<p>El coche había recorrido la calle Ancha, y atravesaba Chamberí para
-bajar á la Castellana por las casas de Indo. Densa niebla luminosa y
-blanca se aplanaba sobre Madrid. No se veían las casas ni los árboles.
-Las luces de gas, desvaneciéndose en la claridad lechosa, formaban
-discos, en algunos puntos teñidos de un viso rosado, en otros de verde.
-Augusta y yo observamos aquel fenómeno, y alguna observación hicimos
-acerca de él; pero en realidad lo que decíamos era un pretexto para
-ocultar nuestra turbación. No era yo solo el intranquilo y preocupado;
-ella también lo estaba. Me miró y me dijo: «No creí yo que fueras tan
-mala persona.</p>
-
-<p>—Yo seré todo lo mala persona que quieras, Augusta; pero ello es
-que tú no te atreves á negar lo que he dicho, y aunque lo negaras, de
-nada te valdría, porque lo que sé de tí, lo sé, fíjate bien, como si lo
-hubiera visto.»</p>
-
-<p>Observé en su boca y en sus ojos esa expresión particular de quien
-se esfuerza por tomar á risa lo que no es para reir. Mientras más
-contraía sus labios, más seriedad resultaba en aquel semblante.</p>
-
-<p>«No me llames malo—le dije, estrechándole una mano, que no se
-atrevió á retirar de las mías,—ni temas que de mí pueda venirte ningún
-sinsabor. Si algo sé que tú quieres que ignore todo el mundo, hazte
-cuenta que soy como un muerto. No temas nada.»</p>
-
-<p>¡Qué bien leí en su alma en aquel momento, aun sin verle la cara
-que hacia el cristal volvía!<span class="pagenum" id="Page_150">[p.
-150]</span> Su voz resonaba con timbre extraño al decirme: «¡Qué
-tontería!... ¡Si no te hago caso!»</p>
-
-<p>Y hasta me pareció que su mano temblaba. Al través del guante, no sé
-qué estremecimiento de la epidermis me revelaba que la señora de Orozco
-me había cogido miedo. Y su miedo me permitió lo que nunca me había
-permitido su confianza: besarle la mano. «Augusta, yo estoy loco por
-tí. Me has hecho desgraciado para toda la vida...»</p>
-
-<p>Y ella seguía observando la neblina, en la cual los discos
-luminosos, formados por la llama al desleírse en la humedad, crecían ó
-menguaban al paso del coche.</p>
-
-<p>«Augusta, yo soy y seré siempre el primero de tus amigos, fervoroso,
-leal, dispuesto á sacrificarlo todo por tí, á evitarte cualquier pena.
-No me conoces, si supones que de mí, de mi indiscreción, motivada por
-el despecho ó los celos, te puede sobrevenir algún mal.»</p>
-
-<p>Volví á besarle el guante. El miedo empezaba á disiparse en su alma,
-ó á ser vencido por otro sentimiento. Retiró su mano, diciéndome:
-«Paciencia necesito para oirte.</p>
-
-<p>—Paciencia necesitamos todos—le contesté.—Seamos indulgentes unos
-con otros. La tolerancia es la norma de la vida. No te asustes porque
-me veas poseedor de tu secreto.»</p>
-
-<p>Vuelta á mirar para fuera. Otra vez me tenía miedo.</p>
-
-<p>«Te digo que no te asustes; no temas al mejor de tus amigos, al que
-se dejaría matar antes que hacer nada que te perjudique.»</p>
-
-<p>Quiso sobreponerse á la zozobra que la dominaba, y me amenazó con su
-abanico.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_151">[p. 151]</span></p>
-
-<p>«Mira que te pego.</p>
-
-<p>—Pega, pero escucha.</p>
-
-<p>—Estás cargante.</p>
-
-<p>—No estoy sino sumiso. Te obedezco; no tengo más voluntad que la
-tuya. Soy tu esclavo. Algo más te pudiera decir; pero hemos llegado, y
-se acabó la función...»</p>
-
-<p>Al volver á mi casa, desde la de San Salomó, me he puesto á
-escribirte. Son las tres de la mañana. En mi mente hay un gran barullo.
-Nada ví ni observé en aquella reunión que me dé la luz que necesito.
-Toda la noche me he sentido desorientado, estúpido á veces, á ratos
-tan excesivamente sutil, que he imaginado los mayores absurdos. Mi
-suplicio consiste en una interrogación que me causa ardores semejantes
-á los de la sed: «¿Quién será?» Porque Federico no es. Me lo juró en un
-tono tal de sinceridad, que no es posible creer que representara una
-comedia. ¿Será Malibrán? ¿Tendré que admitir ahora la hipótesis que
-antes deseché? El diplomático es hombre que debe poseer en grado supino
-la aptitud de seducir. Á la expresión delicada y soñadora de su rostro,
-corresponde lo agudo de un ingenio puramente florentino. Tiene, por su
-madre, sangre italiana; sabe fingir, adular, hacerse grato, componer
-su rostro. ¿Será Malibrán, Dios mío, y al arte de enamorar une el del
-disimulo con toda la perfección diplomática y maquiavélica?</p>
-
-<p>Cuando perdía terreno en mi ánimo la candidatura, digámoslo así, de
-Malibrán, lo ganaban otras. Hasta se me ocurrió si será Calderón de la
-Barca, el pegajoso amigo de la casa, el papá de<span class="pagenum"
-id="Page_152">[p. 152]</span> Estefanía. No: esto es inadmisible. Á
-Calderón le miran marido y mujer como un hermano... Sin embargo, podría
-ser... Al fin desecho á Calderón, y me fijo en otros: en un oficial
-de artillería, sobrino de las de Trujillo, muy buen muchacho; me fijo
-también en Villalonga... ¡Quiá! ¡Villalonga, gastado, lleno de canas...
-y tan poco apreciable moralmente!... Imposible, imposible. Busco otros;
-paso revista, analizo...</p>
-
-<p>¡Qué problema, querido Equis! Pero yo digo que estos enigmas podrá
-no descifrarlos un investigador que se auxilia de la razón y la
-paciencia, pero un enamorado los descifra siempre. Yo lo haré sin que
-nadie me ayude, yo solo. Y no faltará, como en las sumarias de los
-crímenes, la feliz casualidad que, en un punto y hora, rasgue el velo
-de este endiablado tapujo.</p>
-
-<p>Convengo contigo en que mi cabeza no está del todo buena. Lo
-confieso, hombre, si te empeñas en ello. Pero no me juzgues por lo que
-esta noche te escribo. Espera más noticias, y, sobre todo, espera la
-solución del acertijo, que no puede tardar. Abur.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_21">
- <p><span class="pagenum" id="Page_153">[p. 153]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXI</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>13 de Enero.</i></p>
-
-<p>Pues, señor, me levanto muy tarde; me entretengo en varios
-asuntillos después de almorzar; voy al Congreso. Animación en los
-pasillos, run-run de crisis, chismorreo largo, mucho secretico, mucho
-racimo de curiosos en torno á éste y el otro personaje, pechugones aquí
-y allí por si tú debías votar y no votaste. Oyense las frases iracundas
-de siempre, y aquello de <i>ni esto es partido, ni esto es Gobierno, ni
-esto es nada</i>. En el salón reina la paz de los sepulcros. Discútese el
-proyecto de ley de Enjuiciamiento criminal: soledad en los escaños;
-el orador, rodeado de tres ó cuatro amigos, trata de convencer á los
-bancos vacíos. En el de la Comisión hay dos que se marcharían también
-si pudieran. En la Mesa, el vicepresidente charlando con Villalonga;
-el conde de Monte-Cármenes repantigado en el sillón de uno de los
-secretarios; los taquígrafos afligidos porque no oyen bien al orador;
-los maceros le dirigen una mirada compasiva. En la escalerilla de
-la Presidencia y cuando voy á que me den caramelos, me tropiezo con
-Villalonga, el cual me dice que Orozco estuvo muy mal la noche última.
-¿Qué fué? ¿Cólico, ataque de asma...? No sabe.<span class="pagenum"
-id="Page_154">[p. 154]</span> Pero ello es que amaneció con fiebre muy
-alta. El médico se alarmó.</p>
-
-<p>Corrí allá, y me encontré al enfermo muy mejorado; la gravedad no
-fué tanta como se había creído. Pero continuaba en cama. El pronóstico
-del médico, si no grave, era reservado; había que observar el recargo
-de la tarde. Pasé á la alcoba de Orozco, y le ví. Estaba tranquilo; á
-mi parecer (algo me entiendo de medicina), aquello no es más que un
-catarrillo gástrico. No veo motivo de alarma. Sin embargo, debo decirte
-que Augusta no tiene consuelo, por haber estado ausente de su casa la
-noche en que su marido se puso tan malo. Tengo por seguro que su pena
-es sincera. Entre paréntesis, me ha sido muy grato advertir en ella
-estos sentimientos; y si te añado que me gusta más así, que la quiero
-más, digo la pura verdad. Mi prima es de esas personas que se ponen á
-morir cuando tienen un enfermo en la familia; tiembla de todo, y es
-excesivamente escrupulosa en la administración de las medicinas. Hoy no
-se ha separado un momento del enfermo; le interroga á cada instante:
-«¿Te duele esto, te duele lo otro? ¿Tienes sed? No te destapes. Eso
-no es nada; mañana estarás bien.» Yo la admiro, qué quieres, por este
-cariño conyugal que tanto me confunde; aunque, bien examinado el punto,
-podrá ser este sentimiento compatible con otro. Tú harás los doctos
-comentarios que tu ciencia y tu conocimiento del humano corazón te
-sugieran. En esta carta no hago más que relatar hechos.</p>
-
-<p>Me quedo á comer. Augusta no tiene un momento de sosiego, y á cada
-instante se levanta<span class="pagenum" id="Page_155">[p. 155]</span>
-de la mesa para correr á la alcoba. Vuelve diciendo: «Me parece que
-está algo recargado.—No, hija: es que te parece á tí que lo está. Yo le
-encuentro despejadísimo.»</p>
-
-<p>Armamos nuestra tertulia en el salón. Va Cisneros, que, so pretexto
-de no molestar al enfermo, se exime de entrar á verle, y dice: «Poco
-mal y bien quejado.» Va el mirífico Malibrán, á quien noto reservado y
-con no sé qué traicioncillas en sus ojos italianos de <i>santi, boniti,
-barati</i>. Este hombre trae entre ceja y ceja algo que no entiendo, y que
-más bien adivino por la fuerza reveladora del odio que me inspira. Va
-también Villalonga, el cual está graciosísimo, llevando la cuenta de
-los senadores moribundos, enclenques ó delicados de salud, pues si el
-número de vacantes no aumenta, es difícil que entre en la combinación.
-Va también el marqués de Cícero, y el donoso optimista conde de
-Monte-Cármenes. En el bando de los trasquiladores, mi padrino y el
-<i>Catón ultramarino</i> sostienen viva discusión, porque el primero cree
-que debemos vender la isla de Cuba á los Estados Unidos. El segundo no
-está por la venta, al menos hasta que él se deje caer allá otra vez,
-para poner cual una seda la administración de la tan desgraciada como
-generosa isla.</p>
-
-<p>Pero de lo que más se habla allí, como en todas partes, es de
-ese misterioso crimen de la calle del Baño. ¡Ay, qué jaqueca! Los
-periódicos no se ocupan de otra cosa, y cada cual por su lado, todos
-tratan de buscar la pista; pero me temo que tantas pistas acaben
-por despistar á la justicia. ¿No has leído algo de esto? Una señora
-joven,<span class="pagenum" id="Page_156">[p. 156]</span> madre, cuyo
-estado se ignora, apareció asesinada en su lecho y medio quemada,
-juntamente con su hijo, niño de pocos años. En la casa no había más
-persona, al descubrirse el crimen, que un sirviente, Segundo Cuadrado,
-el cual, si no es idiota, finge serlo. No sabe dar razón de nada de
-lo que allí pasó. Algunos le consideran autor del crimen; pero una
-parte del público da en acusar á la madrastra de la víctima, señora
-de muy mal genio, que vive en la misma calle y se llama doña Sara. Se
-dividen los pareceres. Hay quien sostiene que la vió entrar en la casa
-pronunciando no sé qué palabras amenazadoras. Y, por otra parte, la
-madrastra prueba su coartada, demostrando que aquella noche, á la hora
-del crimen, estuvo en el teatro. No falta quien asegura haberla visto
-en una butaca del Español. En fin, Equis, un lío espantoso; la justicia
-embarullada, dando palos de ciego, prendiendo y soltando gente. Es la
-conversación de moda en todos los círculos de Madrid, y personas muy
-formales ven en esto una intriga honda, con ramificaciones extensas.
-Dícese también que elevadísimos personajes protegen y amparan á la
-madrastra, presentando como asesino al inocente criado á quien se halló
-en la casa.</p>
-
-<p>Las dos opiniones, que claramente se marcan ya, han dado origen
-á dos bandos encarnizados, en cada uno de los cuales la imaginación
-de esta raza fabrica toda clase de extravagancias novelescas. Y no
-es el vulgo el que más fecundidad muestra y más apetito de versiones
-maravillosas y pesimistas, pues la gente de cultura no le va en
-zaga. Las mujeres especialmente, y si quieres,<span class="pagenum"
-id="Page_157">[p. 157]</span> las damas, se pirran por esa comidilla
-picante del famoso y no descubierto crimen. En casa de Orozco, Augusta
-<i>criminaliza</i> sin descanso, y la de San Salomó también; pero la más
-furibunda es la señora de Trujillo, quien no te pone buena cara en toda
-la noche si no le relatas algún detalle terrorífico, si no añades que
-tal ó cual persona de tu conocimiento vió salir de la casa á la muy
-perra de la madrastra, puñal en mano. Hay que decirle, para que esté
-contenta, que el criado es un santo, y que tienes pruebas de que el
-asesinato de la infeliz doña Bernarda (así se llama la víctima) corrió
-de cuenta de dos empingorotados personajes. Calderón es quien le lleva
-todas las noches las noticias más frescas, siempre estrambóticas, y al
-parecer tomadas de un folletín de Ponson du Terrail. Teresita le oye
-encantada, y otros también. Si algún día oyes decir que ha pasado por
-encima de Madrid una bandada de bueyes, volando como las golondrinas,
-no preguntes quién ha dado la noticia. Es Pepe Calderón.</p>
-
-<p>También entra Federico Viera. Este, Calderón y yo somos los únicos
-que pasamos un rato á ver á Orozco. Á eso de las once, Augusta nos
-anuncia contentísima que Tomás se ha quedado dormido, que no tiene
-fiebre y que pasará buena noche. Todos nos congratulamos, yo el
-primero, y me pongo á pensar en lo mismo, querido Equis; ya sabes...
-Mientras los demás roen el crimen, yo mastico mi enigma; digo, mío no,
-de ella, y trato de dilucidar el arduo punto de quién será su cómplice.
-Mi sumaria está tan embrollada como la del hecho de la calle del Baño,
-y á cada<span class="pagenum" id="Page_158">[p. 158]</span> hora veo
-una pista nueva. La sigo, y nada. ¿Y qué me dices á esto, pedazo de
-alcornoque? Ilumíname con un rayo de tu inteligencia. ¿Dónde está el
-criminal que busco? Claro, si yo, que actúo de juez y tengo todos los
-hilos en la mano, no averiguo nada, ¿qué has de descubrir tú, lejos de
-personas y sucesos? Pero... ya oigo lo que me dices, y te contesto: «No
-me da la gana de ser razonable. Maldito sea el sentido común y quien lo
-inventó.»</p>
-
-<p>Vacío sobre el papel mis impresiones todas, para que el papel las
-lleve á la <i>culta</i> Orbajosa. Así llama <i>El Impulsor</i> á esa rústica
-ciudad cuando habla de la procesión de San Roque ó de los bailes del
-Casino.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_22">
- <h2 class="nobreak">XXII</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>18 de Enero.</i></p>
-
-<p>Tranquilízate. El señor de Orozco, á quien tanto admiras, está
-mejor, casi enteramente restablecido. Por más que tu imaginación feliz
-sepa figurarse cómo son las regiones celestiales; por acostumbrado
-que estés á concebir en tu mente el Supremo Bien, no puedes hacerte
-cargo del júbilo que resplandecía en la cara de Augusta al darme esta
-mañana la noticia. Sus ojos eran las puras divinidades, chico. La
-hubiera adorado de rodillas. ¿Qué quieres tú? yo soy así. Admiro<span
-class="pagenum" id="Page_159">[p. 159]</span> lo bueno, aunque no lo
-entienda. Alguien que leyera lo que para tí solo escribo, preguntaría
-quizás: «¿Pero cómo se armoniza esto con aquello?» ¡Ah! Tú que
-sueles penetrar en lo recóndito del alma humana, no lo preguntarás
-seguramente. Hay una ciencia superficial del corazón aprendida en los
-teatros, donde las pasiones son presentadas en su forma rudimentaria y
-simple. Con arreglo á esa ciencia incompleta juzgan muchos las cosas de
-la vida, y cuando éstas no pasan conforme al módulo del arte dramático,
-dicen que no lo entienden. Yo sí que lo entiendo, y tú también,
-¿verdad?</p>
-
-<p>Adelante. Ví al amigo Orozco ya levantado y en amable disputa con
-su mujer, porque él se empeñaba en abrir el correo, y ella le reñía
-como á un niño para que no se ocupase de nada. La encantadora Estefanía
-completaba la preciosa escena. No faltaba sino que la chiquilla fuese
-hija de Augusta para que resultara una <i>Sacra Familia</i>. Vamos, que me
-estoy volviendo muy... doméstico y muy... patriarcal.</p>
-
-<p>Dime una cosa; háblame con franqueza: ¿crees tú que aquella
-revelación nocturna de que te hablé, es un error mío? ¿Crees que estoy
-equivocado al afirmar lo que afirmo con tan profunda convicción?
-Ea, venga la <i>rimpuesta</i>, y, verdadero <i>payo de la carta</i>, no te la
-entrego, es decir, no sigo ésta hasta que la contestación llegue á mis
-manos.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_23">
- <p><span class="pagenum" id="Page_160">[p. 160]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXIII</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>21 de Enero.</i></p>
-
-<p>Ya pareció la respuesta. Te juro que me ha sorprendido. Yo creí que
-me contestarías <i>estás equivocado</i>, porque, la verdad, en mi mente
-empezaba á aclimatarse la sospecha de que mi revelación de marras fué,
-como suelen serlo otras, enteramente subjetiva. ¡Y ahora me sales tú
-con que <i>estoy en lo cierto</i>! ¡Y añades que no tienes conocimiento
-de hechos en qué fundarlo! Pues lo mismo me pasa á mí, chico. Afirmo
-sin saber por qué. Creo, como tú, que estas cosas se sienten y no
-se razonan. Adivinar es sentir los hechos separados de nuestra
-vista por el tiempo ó por el espacio; ver lo que, por invisible,
-parece no existente, de donde todos los sabios hemos colegido que
-la adivinación es una facultad parecida al estro poético. El poeta
-precede al historiador, y anticipa al mundo las grandes verdades.
-Heme aquí convertido en vate, descubriendo lo escondido, y guipando
-desde muy arriba las cosas, lo mismito que un águila. Pero dejemos á
-un lado estos amaneramientos filosóficos, y voy á satisfacer un deseo
-que me manifiestas en tu carta. Quieres saber mi opinión respecto á
-Orozco; crees que me será fácil trazarte su retrato, y deseas que lo
-haga con suprema imparcialidad. Pues á ello<span class="pagenum"
-id="Page_161">[p. 161]</span> voy; ya sabes que yo no me paro en
-barras, y que á sincero no me gana nadie.</p>
-
-<p>Pero he de empezar diciéndote que esta opinión, ó si quieres,
-semblanza ó retrato, llevará el carácter de provisional, por no
-encontrarme en posesión de todos los datos para darla por definitiva.
-Hay en ese hombre algo que no he comprendido bien todavía. No es
-persona Orozco que se revela entera en cualquier momento; al menos
-así me lo parece á mí. Cosas he visto en él que me han producido
-admiración, y otras sobre las cuales no me atrevo aún á opinar
-resueltamente. Empiezo por decirte que pocos hombres he conocido
-más agradables, y ninguno quizás que sepa con tanta rapidez ganar
-simpatías, y con las simpatías amistades verdaderas. Á esto contribuyen
-seguramente sus maneras corteses, su exquisita bondad, su cara misma,
-que tanto me recuerda (veremos qué te parece esta observación) el tipo
-judáico, hermoso y puro, que apenas se conserva ya; barba poblada
-y larga, nariz de caballete y un tanto gruesa, ojos apagados, poca
-vivacidad en los movimientos fisiognómicos, y, en fin, ese reposo, esa
-gravedad dulce que parecen indicar un perfecto equilibrio interior. Me
-encanta aquella manera de tratar á grandes y chicos, afable con todos,
-familiar con ninguno. Hay en su trato algo del trato de los reyes, que
-por muy bondadosos que sean, siempre son reyes, y mantienen los fueros
-de su alta jerarquía. Qué tal, ¿voy bien?</p>
-
-<p>Entrando ahora en lo moral, debo decirte que, aparte de ciertas
-hablillas, la reputación de que goza Tomás es sólida y unánime. Sobre
-esto no<span class="pagenum" id="Page_162">[p. 162]</span> cabe duda.
-Y no hay que darle vueltas, Equis: el que tiene una reputación así es
-porque la merece. Cuando un nombre sobrevive á la constante lima de
-la murmuración, por algo será. ¿No crees tú lo mismo? Convengo en que
-Orozco lleva una sombra sobre su apellido. El fortunón que disfruta
-lo amasó su padre don José Orozco, según pública voz, de una manera
-bastante irregular, por no decir otra cosa. Aquella execrada Compañía
-de Seguros, sobre la cual han caído y caen aún tantas maldiciones,
-arroja, como te digo, cierta opacidad sobre nuestro amigo, y él hace
-todo lo posible para purificar un nombre que recibió con bastantes
-máculas. Es absolutamente irresponsable de las faltas de su padre,
-llámalas crímenes, si quieres; heredó el caudal y vive tranquilamente,
-matando la ociosidad en algún negocio de los más limpios, y haciendo
-todo el bien que puede. Aquí viene de molde aquello de <i>modelo de
-ciudadanos, modelo de esposos, modelo de</i>... Pero no precipitemos
-nuestros juicios.</p>
-
-<p>Corre bastante por ahí la especiota de que Tomás es hombre muy
-místico, mejor dicho, beato. Hay quien sostiene que se consagra á
-prácticas religiosas de las más exageradas; que en secreto se da
-disciplinazos, que ayuna como un trapense... Todo esto es pura novela.
-Yo no he observado en la casa nada absolutamente que confirme tal
-suposición. En su biblioteca, puedo asegurarlo, no hay obras místicas,
-fuera de aquéllas comprendidas en la colección de clásicos, y que están
-en las estanterías con todas las trazas de no ser abiertas nunca.
-Entre los libros familia<span class="pagenum" id="Page_163">[p.
-163]</span>res de uso constante, que tiene en su mesa de despacho,
-no he visto nada religioso. En su alcoba no hallarás ni crucifijo ni
-imagen devota, pues si hay algún cuadro de asunto sagrado, está allí
-como obra de arte. Pila de agua bendita no la ves en toda la casa. Y
-puedo dar fe de que ni Orozco ni su mujer tienen afición ostensible
-á cosas de iglesia, ni se apuran mucho por cumplir los preceptos del
-catolicismo. Lo más, lo más que hacen es ir á misa algún domingo, si la
-mañana está buena. Pero lo que es confesar y comulgar... no sé, no sé:
-casi me atrevería á sostener que en esto están como tú y como yo. De
-modo que cuanto se dice del misticismo de Orozco y de los zurriagazos,
-no tiene el menor fundamento. Lo mismo que esa otra paparrucha de sus
-connivencias con los Jesuitas. No faltan tontos que te juren que Tomás
-pertenece secretamente á la Orden, y que la apoya y le da dinero...
-Yo, que entro en la casa todos los días y á diferentes horas, puedo
-asegurar que jamás he visto allí una sotana, como no sea la del
-bondadoso padre Nones, á quien los de Orozco dan muchas limosnas para
-que las reparta entre los pobres de la parroquia de San Lorenzo. Tú,
-que tratas al padre Nones, dirás si tiene el pobrecillo trazas de andar
-en la <i>Compañía</i>. No, todo eso es fábula. Queda, pues, rechazado. Pero
-vete á arrancar de la mente del vulgo una rutina de éstas. ¿Pero qué
-más? El mismo Cisneros, que conoce la casa tan bien como yo, pero que
-gusta de fomentar las malicias vulgares, me decía anteayer: «¿Y cómo
-está el jesuitón de mi yerno?» Lo dice sin creerlo, por hacer eco á lo
-que oye.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_164">[p. 164]</span></p>
-
-<p>Mas reconociendo y afirmando que todo es cháchara, pregunto yo
-ahora: ¿no habrá algo que motive, siquiera remotamente, esta opinión?
-¿Es posible que sin ningún fundamento se fabriquen errores semejantes?
-¿No habrá algo... algo que, sin ser aquello, se le parezca? Y aquí
-entran mis dudas, porque trato de sondear, y no encuentro, no encuentro
-en la vida de Orozco la explicación del supuesto misticismo y
-jesuitismo. Lo que haya estará tan recóndito, que no podrán atisbarlo
-los ojos fisgoneros de los amigos de la casa. Esto se enlaza con otra
-cuestión. ¿Hay armonía conyugal en este matrimonio? Si he de decir
-verdad, aparentemente dicha armonía es perfecta. Cuanto he visto y
-observado parece probar que Tomás ama con ternura á su mujer. De que
-su mujer le respeta, le estima y aun le ama, también creo haber visto
-señales incontrovertibles. Y, sin embargo, la idea que me fué sugerida
-por el conocimiento universal, la revelación aquélla con que te he
-dado tantas jaquecas, está en abierta pugna con lo que afirmo ahora.
-¿Ó es que no lo está? Aclárame el misterio, Equisillo, tú que sabes
-tanto. Como dice aquel amigo nuestro, que escribe artículos sobre las
-relaciones de la Iglesia con el Estado, <i>nos encontramos frente á uno
-de los problemas más intrincados de la época presente</i>.</p>
-
-<p>Añadiré que siempre que Augusta habla de su marido, lo hace con
-acento de entusiasmo, de admiración reverente. Paréceme que se
-juzga muy inferior á él. Un día, en confianza, me reveló pormenores
-interesantes de las obras de caridad que Orozco hace. En pensiones á
-familias<span class="pagenum" id="Page_165">[p. 165]</span> pobres,
-emparentadas ó no con la suya, se gasta un caudal. Hace mucho bien,
-siempre guardando el secreto para que no lo sepa la gente, porque le
-molesta que de ello se hable, y ni aun admite que los favorecidos le
-den las gracias. Inventa mil arbitrios sutiles y delicados para hacer
-llegar sus beneficios á ciertos menesterosos, que no pueden admitirlo
-sino por vías muy diplomáticas. De esto sabía yo algo; pero lo que yo
-sabía, con ser tan bueno, no llega á las maravillas que me ha contado
-Augusta.</p>
-
-<p>Voy trazando el retrato como puedo. Quisiera seguir; pero te
-advierto que no veo bien todo el original: hay algo que permanece en la
-sombra, y por eso mi pintura no es ni puede ser completa. Complétala
-tú, si puedes, añadiendo tu saber al mío. Ya no describo, sino te
-consulto. ¿Qué hombre es éste? ¿Es un tipo de grandeza moral, raro,
-aunque no imposible, en nuestros tiempos de variedad y verdaderamente
-fecundos? ¿Nos hallamos frente á un vigoroso carácter religioso, no
-informado en las religiones vigentes, sino de nuevo cuño y de índole
-novísima? ¿Es un soldado heróico de los eternos principios, que combate
-por ellos recatándose de la profana admiración del vulgo? ¿Es una
-conciencia sublime, ó un vulgar misántropo? ¡Ah! una idea diabólica
-ha nacido en mí, y no vacilo en exponerla, para que la tomes como
-quieras. Deseo conocer á fondo á este hombre. Si yo lograra ser amante
-de Augusta, ella me revelaría cosas muy peregrinas. Mira por dónde
-soy un diablo teólogo, ó <i>teófilo</i>; un diablo que no busca el mal por
-el mal, sino impulsado del ansia del conocimiento, y que por<span
-class="pagenum" id="Page_166">[p. 166]</span> el camino del pecado
-aspira á llegar á donde pueda contemplar de cerca el supremo bien. ¿Qué
-te parece? Una gran idea, ¿verdad? ¡Si la diabla esa me quisiera...!
-pero como no me ha de querer, eso ya lo estoy viendo, me quedaré con
-mi amor y con mi triste ignorancia acerca del enigma moral de Orozco.
-Soy, pues, el diablo más desairado y más tonto del mundo; un diablo
-merecedor de que le pongan un cacharro en el rabo, como á perro ó gato
-sin dueño, para ser burla y alboroto de los chiquillos de la calle.</p>
-
-<p>Concluyo, hijo mío, poniendo á tus órdenes toda mi diabólica
-inutilidad.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_24">
- <h2 class="nobreak">XXIV</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>23 de Enero.</i></p>
-
-<p>Pues, señor, hoy pensaba continuar el retrato del buen Orozco
-con datos y observaciones nuevas de grandísimo interés; pero cátate
-que salta un asunto del cual no puedo menos de darte noticia sin
-tardanza, y á ello voy. Nuestro amigo Federico Viera es el rigor de
-las desdichas. ¿Recuerdas la descripción que te hice de su casa,
-de su hermana, del abandono indecoroso en que ésta vivía? Pues las
-consecuencias que yo me temí, y que te anuncié, no se han hecho
-esperar. Hace pocas noches, acompañando yo á Federico hasta su casa,
-entre una y dos, sorprendimos á<span class="pagenum" id="Page_167">[p.
-167]</span> un joven que del portal salía. Federico le echó mano al
-pescuezo. ¡Qué escena, chico, tan desagradable, y al mismo tiempo,
-no sé por qué, tan graciosa!... En fin, que según lo que Viera me
-había dicho poco antes del fatal encuentro, el agredido es novio ó
-pretendiente de Clotilde, por más señas, honrado hortera de una tienda
-próxima. Aquello habría concluído mal sin mi intervención y la del
-sereno, pues nos costó trabajo librar al infeliz amante de las garras
-del hermano de su ídolo. Pero no pararon aquí las cosas. Escucha lo
-mejor: ayer la mosquita muerta desapareció de la casa, dejando una
-carta para su hermano, en que le anunciaba su resolución de casarse
-(mira si tiene alientos la niña), añadiendo que se halla depositada
-judicialmente en casa de la viuda de Calvo, señora respetable, muy
-amiga de los Viera y también de los Orozco, y que al amparo de dicha
-señora esperaba el permiso pedido á su padre para verificar el
-matrimonio. No puedes figurarte la ira de nuestro pobre amigo ante este
-arranque de su hermanita, á quien creyó toda sumisión y apocamiento. Lo
-de siempre, amigo Equis. La autoridad arbitraria no se entera de que
-los oprimidos tienen alma, hasta que no les ve levantarse y sacudir el
-yugo por los medios que están á su alcance.</p>
-
-<p>Esta revolución doméstica ha puesto á Federico fuera de sí. Ya sabes
-que es un temperamento absolutista y aristocrático. La publicidad que
-va á tener ó que tiene ya su humillación, le saca de quicio. Y mira
-tú qué cosa tan rara. No ignoraba que Clotilde vivía indecorosamente
-entre criadas y gente soez, y se irrita de que la infeliz se<span
-class="pagenum" id="Page_168">[p. 168]</span> emancipe aceptando
-un marido de clase inferior á la suya. El orgullo de nuestro amigo
-transige con que su hermana se consuma en la tristeza y en la
-vulgaridad, y no transige con una unión que llama degradante. Pero
-la niña, á la chita callando y como quien no hace nada, se ha dejado
-llevar de la corriente del siglo, y desde la ignominiosa obscuridad en
-que vivía, se ha lanzado á la democracia, buscando en ella una especie
-de redención. Ya sabes el odio corso que Federico profesa á las ideas
-democráticas, con qué graciosa crueldad se burla de ellas, y de los
-progresistas, y del <i>morrión</i>, etc... Reconoce sinceramente que está
-fuera de lugar en nuestra sociedad; que ha venido al mundo rezagado,
-y que por equivocación no nació en los tiempos á que su carácter se
-ajusta. Figúrate cómo estará ahora, viendo á su hermana sacrificada al
-aborrecido principio de la igualdad política y social; viéndola pasarse
-vergonzosamente al enemigo, en brazos de un sér insignificante, y que
-personifica, según él, todas las garrulerías de la época presente. Está
-el hombre que arde, y no se le puede hablar de esto sin que al instante
-pierda pie y se descomponga.</p>
-
-<p>Anoche dió mucho que hablar en casa de Orozco este caso concreto
-de revolución social, eclipsando la conversación del crimen famoso,
-y Augusta estuvo de acuerdo conmigo en la ninguna razón que tiene
-Federico para quejarse. Convinimos en que él ha provocado el triunfo de
-la democracia, descuidando á Clotilde y privándola del puesto que en la
-sociedad le corresponde. Federico no pareció por allí: anda huído, y
-no<span class="pagenum" id="Page_169">[p. 169]</span> le veo desde la
-noche que sorprendimos al atrevido galán saliendo de la casa. Fué una
-escena calderoniana, que no te describo porque espero han de ocurrir
-otras más dignas de pasar á tu conocimiento.</p>
-
-<p>Volviendo á Tomás, te diré que está ya completamente restablecido.
-Ayer almorcé con él, y estuve casi todo el día acompañándole. Su
-mujer salió á eso de las cinco. ¿Á dónde iría? He aquí el tema de mis
-sombrías meditaciones durante toda la tarde. Y aparte de esto, te juro
-que el buen Orozco me hizo pasar un rato muy agradable, charlando
-conmigo de asuntos diversos, con una amenidad, con una discreción
-que me dejaron pasmado. Hizo una pintura del carácter de su suegro,
-que siento no poderte transcribir íntegra, pues mis cavilaciones
-impidiéronme fijar en sus atinados conceptos la atención taquigráfica
-que acostumbro. También analizó el caso de la hermana de Federico Viera
-con un criterio semejante al que yo te expuse. Ha pasado en esto lo que
-debía prever todo hombre que no tenga el entendimiento lleno de ideas
-arcáicas, y el carácter agriado por los contratiempos económicos.</p>
-
-<p>Pues, señor, me da la gana ahora de continuar el retrato
-interrumpido. Cuando menos lo pensaba, he visto más de cerca la figura,
-se me han revelado algunas líneas que antes se perdían en la sombra, y
-quiero fijarlas inmediatamente sobre el lienzo, esperando que se vaya
-clareando lo que oculto permanece todavía.</p>
-
-<p>Quizás no sepas que Orozco es uno de los hombres más arreglados
-que se conocen. Podría dar<span class="pagenum" id="Page_170">[p.
-170]</span> lecciones de prudente economía y de previsión á toda la
-raza española. Lleva sus cuentas al día y al céntimo, sin que esto
-signifique mezquindad cicatera. Al contrario: no regatea nada de lo
-que pueda contribuir al lustre de su casa, ni pone á su linda costilla
-cortapisa alguna. Verdad que ella sabe mantenerse dentro de los
-límites de la más exquisita prudencia. Orozco no trabaja por aumentar
-su capital, que es grandecito, y los negocios en que toma parte, en
-cooperación con otros capitalistas, no le dan muchos quebraderos
-de cabeza. Me consta que en negocios de usura jamás ha querido
-interesarse. Sé que se le han hecho proposiciones solicitando préstamos
-con enormes ventajas, y las ha rechazado. Da, pero no presta, y da en
-la medida conveniente. Dos cosas hay que no se conocen allí, y son: la
-sordidez y el despilfarro.</p>
-
-<p>Te confieso que este hombre me impone un respeto casi supersticioso.
-Cuando hablo con él, me siento enano, me inspiro á mí mismo cierto
-desprecio, me entra cortedad... no sé qué. Y debo añadir que ayer,
-cuando me senté á su lado y me puso cariñosamente la mano en el hombro,
-sentí remordimientos muy vivos. Cierto que yo no le he faltado más
-que con la intención; pero aun esta idea no acallaba mi conciencia, y
-procuré tranquilizarla con sofisterías. «Por lo mismo que este hombre
-es tan perfecto—me dije,—hállase fuera de las leyes humanas. Está tan
-alto, que el ser burlado no le ofende, ni hay injuria que alcance á tal
-excelsitud. Los que le ofendan y ultrajen darán cuenta á Dios; pero
-no á él, que se rebajaría pidiéndola.» Estas cosas me pasaron<span
-class="pagenum" id="Page_171">[p. 171]</span> por la mente, y cuando
-ví á mi prima entrar de la calle con su cara risueña, imagen de una
-conciencia sosegada, parecióme que su serenidad era cinismo, y su
-sonrisa hipocresía. Púseme resueltamente del lado de la moral y de los
-consabidos principios, muy señores míos, y me pareció crimen nefando
-engañar á un hombre tan bueno. ¡Qué picardía! ¡Engañarle no siendo yo
-el cómplice! Te descubro mi conciencia con todos sus escondrijos. Se me
-antoja que la ofensa, hecha en mi obsequio, sería más disculpable.</p>
-
-<p>Tomó parte la esposa en nuestra conversación. Yo la observaba, y
-no sé, no sé... me parecía que su tranquilidad era sólo aparente. Su
-manera de oirnos indicaba cierto sobresalto, y su reir no era tan
-franco y natural como de costumbre. De pronto Orozco le dijo: «¿Has
-sabido algo más del pleito de Federico con su hermana? ¿Le has visto á
-él?» Yo temblé. No sé por qué me asaltaron de nuevo las sospechas de
-aquélla mi segunda revelación. Fijéme en Augusta, que en aquel momento
-revolvía la mesa buscando no sé qué papel ó revista; creí que esquivaba
-la respuesta, que evitaba las miradas de su marido y las mías; pero me
-equivoqué de medio á medio. Al oir el nombre de Federico, dejó lo que
-buscaba, y vino á sentarse frente á su marido, separada de él por la
-mesilla en que éste tenía varias cartas y periódicos; puso los codos
-sobre la mesa, la barba en una mano, y sonriendo nos dijo: «Pues no le
-he visto, ni sé dónde se mete. Pero me ha dicho Malibrán esta tarde
-que no cede, que está furioso, que lo que siente es no haber acogotado
-á ese pobre chico cuando le encontró saliendo del portal.<span
-class="pagenum" id="Page_172">[p. 172]</span> ¡Qué extravagancia! Creo
-que debemos todos abrazar la causa de Clotilde.»</p>
-
-<p>Al nombrar á Malibrán, ¿sería aprensión mía? parecióme notar en su
-acento una veladura, en sus ojos no sé qué timidez ó sobresalto...
-Vamos, que se me enroscaron en el corazón las culebras, y ya no
-tuve serenidad para seguir atentamente la conversación que los tres
-entablamos.</p>
-
-<p>Y no continúo por ahora el retrato. Lo seguiré cuando me parezca
-bien. No tengo ya malditas ganas de acabar ésta en la forma que
-pensaba. Quédate con Dios, y no te burles mucho de tu trastornado
-amigo.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_25">
- <h2 class="nobreak">XXV</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>26 de Enero.</i></p>
-
-<p>¡Malibrán! No puedo evitar hablarte de este tipo, que se me ha
-plantado en la nariz como una mosca. Quiero echarle, le sacudo y
-vuelve. Me persigue, me le encuentro en donde quiera que estoy; llego
-á pensar que no es él á quien veo, sino á mi execrable sospecha,
-representada en carne mortal. Es que desde ayer no se aparta de mi
-cerebro la idea de que he despejado la famosa incógnita: X = Malibrán.
-¿Me equivocaré también, ahora?</p>
-
-<p>Anoche estuvimos juntos largo rato en el Teatro Real. Hablóme de
-Augusta con un cierto res<span class="pagenum" id="Page_173">[p.
-173]</span>peto que me pareció afectado. No podía yo tirar de la lengua
-á semejante hombre, diciendo de mi prima alguna picardía capciosa para
-obtener una respuesta lúcida, y al elogiarla con calor, ponderando su
-rectitud moral y el cariño que tiene á su marido, parecióme que eran
-finamente irónicas las palabras con que Malibrán acogía mis alabanzas.
-Luego noté como que esquivaba aquella conversación, rebuscando otros
-temas de charla. Si me apuras, no puedo darte la razón de la antipatía
-que el diplomático me inspira. Quisiera se me presentase ocasión de
-tener un altercado con él; pero es tan correcto el maldito, que ni esa
-esperanza me queda. Le rompería la crisma, aunque después comprendiese
-que había hecho una inútil barbaridad. Para colmo de desventura, hoy al
-mediodía me le encontré en casa de Orozco, y allí almorzamos juntos. No
-me queda duda de que Augusta y él cambiaron algunas palabras, que no
-debían de ser cosa buena, cuando hablaban tan bajito. ¡Sabe Dios...!
-Adelante. En un rato que nos encontramos solos, me dijo mi prima:
-«Tomás está muy disgustado con una carta que ha recibido hoy.» Picada
-mi curiosidad, la interrogué y supe que la carta es de Joaquín Viera,
-el padre de Federico, y que en ella anuncia su llegada á Madrid para
-dentro de dos ó tres días. Has de saber, y no hago más que dar traslado
-de lo que me contó mi prima, que siempre que se aparece en Madrid ese
-pájaro de mal agüero, trae estudiado algún plan de sablazo en grande
-escala para atacar con él á los que tuvieron la desgracia de ser sus
-amigos. Orozco ha sido víctima varias veces de las combinaciones
-sutiles de<span class="pagenum" id="Page_174">[p. 174]</span> aquel
-insigne tramposo, las cuales merecen más bien el nombre de estafas.</p>
-
-<p>«Esto será—observé yo,—otro motivo de zozobra para el pobre
-Federico, á quien siempre he oído hablar de su padre con muy poco
-entusiasmo. Cada vez que viene á Madrid, le deja envuelto para mucho
-tiempo en una atmósfera de escándalo y vergüenza.»</p>
-
-<p>Augusta manifestó propósitos de hacer los imposibles para precaver
-por todos los medios á su marido contra la malicia del que explota su
-extremada bondad. Orozco tiene con él increíbles debilidades, y no le
-trata nunca con el desprecio que merece; suele ceder á sus malvadas
-exigencias, por lástima sin duda, en memoria quizás del gran afecto que
-los padres de ambos se tenían.</p>
-
-<p>¿Qué te parece todo esto? Dirás que aquí se prepara algún enjuague.
-Pues lo mismo pienso yo. Y sábete que me han entrado ganas de conocer á
-ese celebérrimo espadista, que hace tantos años desapareció de aquí, y
-no viene sino contadas veces y por corto tiempo, con el temido alfanje
-en la mano. Pues hoy, hablando de esto con Augusta y Orozco, dijéronme
-que Viera senior es hombre de trato seductor, capaz de embaucar con
-su labia á medio género humano. No se parece nada á su hijo, todo
-susceptibilidad, orgullo y delicadeza, esclavo del punto de honor y
-de las leyes de la respetabilidad aparente. Añadió Tomás que Joaquín
-vive hace tiempo del chantage, amenazando desde el extranjero, ó
-presentándose con alguna máquina ingeniosa de líos y enredos. Porque
-eso sí, es hombre de grandísi<span class="pagenum" id="Page_175">[p.
-175]</span>mos recursos intelectuales, muy sabedor de negocios de todo
-género, y con una trastienda y una flexibilidad y una mónita que dan
-quince y raya al más pintado. Augusta no le puede ver, y se complace en
-aplicarle las terribles denominaciones de timador, tramposo, caballero
-de industria, etc... No comprende, y en esto nos hallamos todos de
-acuerdo, que de un padre tan sin paladar moral haya salido un hijo con
-la cualidad contraria, extremada hasta rayar en defecto.</p>
-
-<p>Suspendo el trabajo, y continuaré mañana.</p>
-
-<p>Continúo hoy 27. Si esta carta fuera un capítulo de novela, debería
-titularse <i>¡¡¡Ancora il Malibrán!!!</i> así, con muchas admiraciones y
-su poquitín de italiano. Porque no he visto asiduidad más aterradora.
-Si veinte veces voy á casa de Orozco, veinte veces me le encuentro. Y
-por más que procuro chocar con él, no puedo conseguirlo. Le llevo la
-contraria en todo lo que habla. Digo mil barbaridades; sostengo que
-el arte italiano es un arte de filfa; que Rafael me parece un pintor
-de muestras; que Tiziano dibuja menos que el último alumno de la
-Academia; que el Mantegna puede pasar como chico aplicado (te advierto
-que yo no sé quién es el Mantegna), y que todos los pre-rafaelistas no
-son más que unos pintamonas. ¡Qué asuntos tan tontos, qué pobreza en
-la composición, qué falta de verdad!... En fin, chico, que yo mismo
-me río de lo bruto que soy ó que aparento ser. Pues aunque Augusta
-suele apoyarme con aquella monísima independencia de criterio que
-le hace tanta gracia, no consigo mi objeto. El otro me rebate con
-dulzura y benevolencia. Su exquisita educación pone una muralla<span
-class="pagenum" id="Page_176">[p. 176]</span> infranqueable á mi odio
-insensato. Si charla con Orozco de política extranjera, le llevo la
-contraria con más furor. Me declaro rabioso <i>parnellista</i>: sostengo
-que Gladstone es un progresista de morrión; que <i>el canciller de
-hierro</i> está chocho y debe retirarse, dedicándose á la cría de aves de
-corral; que el Austria, mira que esto tiene gracia, es una nación que
-para nada sirve, y debe desaparecer, repartiéndosela Rusia, Alemania
-é Italia... en fin, no sigo para que no te rías de mí. Ni por esas:
-no me vale apoyar mis opiniones con terquedad, á ver si le sulfuro y
-me sale con alguna denegación provocativa. Pues como si hablara con
-la misma estatua de la prudencia. Á mi prima le dirige frases de una
-galantería refinada y madrigalesca, y bien claro veo cómo se esponja la
-muy hipócrita oyéndolas. Recordarás que en cierta ocasión me habló de
-él en términos muy desfavorables, diciéndome que era persona malévola y
-peligrosa... Farsa, hijo, pura farsa y disimulo para desorientarme.</p>
-
-<p>Pues oye otra cosa. Por la noche, Malibrán daba las gracias á Orozco
-por haber atendido la recomendación que le hizo, en favor de no sé
-quién. Ya sabes que Tomás socorre con delicadeza á multitud de familias
-que han venido á menos. Pues bien: al oir las expresiones de gratitud
-del diplomático, noté que el semblante del grande hombre expresaba
-cierta contrariedad primero, y después verdadero disgusto. Malibrán
-sonreía bondadosamente, y no insistió. Como yo manifestara á mi prima,
-casi en el momento mismo, mi sorpresa por la actitud de Orozco, me
-dijo en un gracioso y largo aparte: «No seas cán<span class="pagenum"
-id="Page_177">[p. 177]</span>dido: tú no conoces á mi marido, como
-no le conoce tampoco ese majadero de Malibrán, que se las da de tan
-diplomático y tan <i>Metternich</i>. Á Tomás no le gusta que le alaben sus
-acciones benéficas, ni aun que le den gracias por ellas. Te lo advierto
-para tu gobierno. Cree que la generosidad y la caridad pierden su
-mérito con el bombo. ¿Sabes lo que á él le agrada? Te lo diré para que
-te pasmes. Lo que á él le hace feliz es el secreto absoluto de sus
-buenas acciones, y la ingratitud de los favorecidos. Te advierto esto
-porque como también tú le has recomendado á esa desgraciada viuda de
-Freire, si la favorece, no se te pase por la cabeza darle las gracias:
-lo mejor que puedes hacer es no hablar del asunto. ¿Á qué abres tanto
-la boca, tonto? Vosotros los que presumís de listos, no entendéis
-palotada de los secretos humanos. Tomás es un santo, lo que se llama
-un santo. ¿No lo has comprendido? ¿Pero crees tú, bobalicón, que no
-hay santos en esta época? Pues los hay, los hay, con sus levitas, sus
-fraques y sus chisteras, en vez de mitra, báculo y sayal. Esa serenidad
-suya, que le diferencia tanto de las demás personas, no se altera sino
-cuando le trompetean los beneficios; te pone tan nervioso, que, créelo,
-me causa inquietud. Con que ya sabes, y adviérteselo también á tu amigo
-le <i>petit Talleyrand</i>, para que no volváis á incurrir en la simpleza de
-mostraros agradecidos.»</p>
-
-<p>Quedéme con esto como puedes suponer. Era un desconocido perfil de
-la figura de Orozco, mejor dicho, un golpe de luz, que resuelvo añadir
-sin pérdida de tiempo al retrato no concluído. ¿Y qué opinas tú de
-este aspecto de la persona del<span class="pagenum" id="Page_178">[p.
-178]</span> grande hombre? Te soy franco: no he acabado de entenderlo,
-y me parece que tú, por más que digas, no lo entenderás tampoco.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_26">
- <h2 class="nobreak">XXVI</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>28 de Enero.</i></p>
-
-<p>Pues ayer se me ocurrió, revolviendo en mi mente las palabras de
-Augusta, lo que vas á leer: «Malibrán no es. Si lo fuera, habría
-confianza entre ellos, y la pecadora no tendría que valerse de mí
-para advertir á su cómplice la inconveniencia de hacer al marido
-demostraciones de gratitud. Esto parece la pura lógica. Pero como la
-lógica, en cuestiones de amor, suele andar como Dios quiere, me doy á
-cavilar si no será todo una bien ensayada comedia para envolverme y
-confundirme más. Es mucho cuento esta señora Humanidad, querido Equis,
-y cada día vemos en ella cosas más raras é incomprensibles. Estoy sobre
-aviso, y sigo observando.»</p>
-
-<p>Vamos á otra humana rareza. Ha llegado ese, la <i>estrella con rabo</i>.
-Llámole así, porque su aparición produce general terror. Le he visto,
-he hablado con él, hemos almorzado juntos, y puedo asegurarte que no
-he visto hombre más seductor y ameno. El podrá ser un pillo de siete
-suelas, y de fijo lo es cuando todo el mundo lo dice; pero<span
-class="pagenum" id="Page_179">[p. 179]</span> á las primeras de cambio,
-da el pego al lucero del alba.</p>
-
-<p>Con la presencia de su padre aquí y la barrabasada de su hermanita,
-está Federico inaguantable de mal humor é intolerancia. Por cierto
-que el papá no sólo se muestra indulgente con la chiquilla, sino
-complacidísimo de su resolución, y le da el permiso legal. No hay en
-él ni asomos de las ideas del hijo en punto á distinciones sociales y
-al decoro de los nombres. Se pasa de demócrata, y su despreocupación
-social, política y religiosa te parecería cinismo si no la revistiera,
-al expresarlas, de formas tan simpáticas. Por cierto que hijo y
-padre difieren tanto en lo espiritual como se asemejan en lo físico.
-Tan grande es el parecido entre uno y el otro, que les tomarías por
-hermanos; y hasta la diferencia de edad se amengua por estar Federico
-bastante envejecido y el otro rozagante, esponjado y hecho un pollo,
-como suele decirse. Pero entre los caracteres hay tal diferencia, que
-no cabe aproximación. Es de esas distancias de que no podemos dar idea
-ni aun llamándolas abismos.</p>
-
-<p>Sé que hoy han celebrado una conferencia Orozco y Viera padre; pero
-nada pude traslucir, aunque almorcé en la casa esta mañana, y allí
-estaba cuando anunciaron al tramposo. Me parece, por lo que oí á mi
-prima y al mismo Tomás, que se trata de sablazo gordo, como los suele
-dar ese consumado tirador. Augusta indignadísima. Aunque de las pocas
-palabras que Orozco pronunció sobre este asunto, se desprende que abre
-la bolsa, no sé yo si el abrirla reservadamente para el pícaro que fué
-socio y compinche de su pa<span class="pagenum" id="Page_180">[p.
-180]</span>dre, entra también en la categoría de esas obras
-misericordiosas practicadas en secreto, y que no deben ser agradecidas.
-¡Ah! por lo que hace al agradecimiento de ese bribón, que me lo claven
-en la frente. He podido colegir que Viera le ha presentado un antiguo
-crédito, obligación ó no sé qué de la célebre <i>Humanitaria</i>, y que hay
-dudas de si la tal obligación ha prescrito ó no legalmente. Veremos lo
-que resulta de esto.</p>
-
-<p>Después de la visita del espadista, tenía Orozco la cara tan
-plácida, tan serena como siempre, y por ella no podía traslucirse que
-padeciese la más ligera agitación. Augusta, en cambio, parecía muy
-contrariada. ¿Será que no encuentre práctica ni conveniente, en los
-tiempos que corren, la santidad de su consorte? No lo sé. Algo más
-tengo que decirte; pero estoy muy cansado, chiquillo, porque... Vamos,
-te lo cuento si no lo dices á nadie. Estuve esta noche en casa de la
-Peri. No pongas el ceño de moralista empalagoso y cursi. Hemos ido á
-que nos echara las cartas. Á ver, ¿tiene eso algo de particular? ¿Pues
-no va uno á las cátedras del Ateneo y de la Universidad, con objeto de
-instruirse? ¿Y acaso en estos templos de la sabiduría se encuentran
-unas chicas tan guapetonas como las que esta noche había en casa de
-Leonor? Amado Teótimo, todo es aprender, observar y cursar la difícil
-carrera de la vida; y eso de que vaya uno todas las noches á oir
-discutir sobre la Organización de los Poderes públicos, ó sobre lo que
-pasó en la época merovingia, empacha, créelo, empacha y embrutece. Es
-preciso echar una cana al aire, sobre todo antes de tenerlas... Con
-que, abur, que me voy al catre.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_27">
- <p><span class="pagenum" id="Page_181">[p. 181]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXVII</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>30 de Enero.</i></p>
-
-<p>Gordas y frescas, amigo Equis. La hermana de Federico, la gran
-demócrata y revolucionaria, se casa con su querido hortera, realizando
-así el soñado ideal de la concordia de las clases, de la reconciliación
-del pasado con el presente, ¿Qué tal? Ahí tienes á la señora realidad
-haciendo muy calladita lo que escribís en vuestros libros y otros
-dicen en sus discursos. Yo te pregunto: ¿precede la idea al hecho, ó
-el hecho á la idea? Pero dejémonos de averiguaciones, y vete enterando
-de la realidad. El chico que ha venido á entroncar su humilde nombre
-con el de los Vieras y Gravelinas, pertenece á una de esas honradas
-familias mercantiles, oriundas del valle de Mena, la verdadera antesala
-de la calle de Postas. Le llaman Santanita, y es simpático, de cara
-inteligente, guapín, modesto. Ha ido á suplicarme que intercediera con
-el señor de Orozco para obtener la plaza de tenedor de libros en una
-casa de banca, y te aseguro que me interesó aquel humilde representante
-del estado llano, que se abre paso, á codazo limpio, entre la
-turbamulta social.</p>
-
-<p>Por lo poco que hablé con él, me pareció uno de esos caracteres
-que, bajo la capita de modestia, ocultan una voluntad decidida para
-marchar<span class="pagenum" id="Page_182">[p. 182]</span> impávidos
-hacia su objeto. Sabe arrimarse á los que pueden serle útiles; no
-pierde ripio, y olfatea donde guisan. La chica está depositada en
-casa de la viuda de Calvo (no la conoces, ni hace al caso), señora de
-campanillas, á quien el padre de Santanita sirvió de administrador,
-mayordomo ó no sé qué. Ha venido á menos, y vive de una pensión que le
-da Orozco. Ya sabe ese pillo de Santanita á qué árbol se arrima. Me ha
-dicho Tomás que no podía hacer nada por él; pero algo hará, tú lo has
-de ver. Ya voy conociendo las santas marrullerías de ese hombre sin
-segundo, que practica la hipocresía de la dureza de corazón. Todo su
-empeño está en que le tengan por insensible á las miserias y desdichas
-humanas. Pero lo que es á mí no me la da.</p>
-
-<p>Bueno: quedamos en que el tal hortera es una diligente hormiga.
-Clotilde no podía aspirar á un Coburgo-Gotha, y cuando las cosas
-vienen rodadas, debemos tener por buenas las soluciones impuestas por
-el carácter nivelador de la época presente. ¿Qué tal? Estoy cargante
-hoy. Pues te diré: más lo está Federico, obcecado hasta el punto de
-asegurar que preferiría ver á su hermana muerta á verla casada con
-el pobre Santanita. Es que nuestro amigo lleva á todas las cosas el
-ardor del sectario, y es inútil intentar persuadirle. Ve el mundo por
-cristales muy subjetivos, y lo que para nosotros es natural, á él le
-parece monstruoso. La pavorosa <i>estrella con rabo</i> se marcha para otros
-mundos, cumplido al parecer el objeto de su aparición en éste; pero
-ignoro la verdad de lo ocurrido entre él y Orozco. En el rostro de éste
-no he podido leer nada; pero el<span class="pagenum" id="Page_183">[p.
-183]</span> de Viera resplandece con esa luz particular que encienden
-en nuestros ojos los triunfos de la voluntad. No me queda duda de que
-ha obtenido todo ó parte de lo que solicitaba. Augusta debe de saberlo;
-pero no se clarea, y cuantos esfuerzos hago para meter la nariz en este
-secretillo han sido inútiles. Pero hoy ha ocurrido algo que aumenta mi
-confusión, pues no sé cómo relacionarlo con los demás hechos conocidos
-para sacar la deseada luz.</p>
-
-<p>Pues verás: anoche me dijo Orozco que no dejase de ir hoy á
-almorzar, que tenía que hablarme. Figúrate si me apresuraría yo á ir.
-¡Qué mañana tan deliciosa! Augusta amabilísima conmigo, como no lo ha
-estado nunca, muy alegre, y despidiendo chispas de gracia de aquella
-boca infernal... digo, celestial. He dicho infernal porque si no se
-la hizo el diablo, como una trampa para coger almas, no entiendo yo
-quién diablos se la pudo hacer. Tomás, como siempre, reflexivo y
-cariñoso, revelando esa quietud serena de las almas superiores, que han
-encontrado el suelo firme y se sienten bien plantadas en él. Por dicha
-mía, no almorzó allí ningún extraño más que yo. Ni siquiera estaba
-Calderón, que nos habría mareado lindamente contándonos alguna nueva
-versión del crimen. No se habló más que del bodorrio de Clotilde, de
-Santanita y de lo vividorcillo que es. Augusta censuró acerbamente á
-Federico por su disconformidad con las ideas dominantes en el mundo,
-su apego al antiguo y ya desacreditado prestigio de los nombres y de
-las clases. Orozco le disculpaba, asegurando que las ideas y el sentir
-de las cosas, acumulándose<span class="pagenum" id="Page_184">[p.
-184]</span> en nuestra vida durante los años que empalman la juventud
-con la edad madura, forman un conglomerado de tal dureza, que es
-tontería pensar que ha de ceder ante las ideas y el sentir de los
-demás. Si Federico es así, no podemos nada contra él, y sólo conviene
-procurar que el bien se realice, respetando las ideas y aun las
-preocupaciones de cada cual.</p>
-
-<p>Esto llevó la conversación al terreno en que nuestro buen amigo
-quería ponerla; y como yo notase en él cierto embarazo para abordar el
-asunto, le ayudé, y pude sacar en limpio lo siguiente: Orozco desea mi
-intervención para que Federico se decida á aceptar de él un beneficio,
-que no ha expresado todavía en forma concreta. La dificultad principal
-que surge es el carácter puntilloso de Viera, y su resistencia, no
-sólo á admitir cierta clase de favores, sino á declarar su pobreza y
-angustiosa manera de vivir. Para vencer esta dificultad es para lo que
-se recurre á mí, esperando que con diplomacia consiga yo doblegar el
-inflexible tesón de nuestro amigo. Orozco no ha hecho más que apuntar
-su idea, esforzándose en quitar valor á la generosidad que envuelve;
-y por lo que he podido entender, no se trata aquí de un donativo, que
-sólo serviría para apuntalar pasajeramente un presupuesto en ruínas:
-trátase de asegurar al favorecido un modo de vivir que le libre para
-siempre del molesto enjambre de usureros é <i>ingleses</i>, y le aparte de
-las <i>salas del crimen</i>... ¿Vas entendiendo?</p>
-
-<p>Y ahora te pregunto tu parecer sobre caso tan extraño de protección,
-y sobre el intríngulis que esto pueda tener. Preveo que tu opinión
-es que<span class="pagenum" id="Page_185">[p. 185]</span> en el
-caso referido no hay ni puede haber más que lo aparente; un acto de
-generosidad, digno del alma elevadísima de mi amigo. Perfectamente.
-¿Pero no se te ocurre enlazarlo con otra cosa? ¿Me entiendes, tonto?
-¿No se te ocurre, como se me ha ocurrido á mí, buscar un hilo entre la
-intención cristiana del grande hombre y el objeto de ella, y seguir
-ese hilo cuidadosamente hasta descubrir que se enreda en la blanca
-mano astuta de una mujer? ¿No has pensado que el plan de Orozco pueda
-ser más sugerido que espontáneo? ¿No se te pasa por la cabeza que el
-conocimiento de dicho plan y de su determinación inicial podría darme
-la llave del arca en que se guarda el secreto que busco? ¿Crees tú que
-no hay tal relación? ¡Cuánto me alegraría de que me contestaras de una
-manera categórica!</p>
-
-<p>Pero no me contestarás, porque no es posible sentenciar desde
-lejos un pleito tan obscuro y delicado. Dirás que esta sospecha mía
-nace de la mezquindad de sentimientos propia de la época, de la mala
-costumbre de señalar en todo hecho grandemente generoso móviles bajos.
-No: yo miro la acción por el lado de Orozco nada más, y admito que es
-un rasgo admirable; no quiero ver el consabido hilo; no quiero ver
-más que el acto noble y altamente cristiano, pues aunque existiera
-el móvil sugestivo que es objeto de mi inquietud, no por eso valdría
-moralmente menos el acto en cuestión. También en nuestra edad, dígase
-lo que se quiera, hay ejemplos de estupenda virtud, no inferiores á
-los de antaño. Eso de que ahora no se dan santos, es una tontería. No
-habrá martirios en el orden material; no habrá<span class="pagenum"
-id="Page_186">[p. 186]</span> aquellas penitencias rudas, brutales
-y calagurritanas; pero hay exaltación de las almas, hay fiebres de
-virtud, secretos entusiasmos por el bien, y sacrificios quizás mayores
-que los de otros tiempos, porque en los nuestros hay más materia que
-sacrificar.</p>
-
-<p>Excuso decirte que aquella conferencia trastornó mis ideas,
-llevándome á decir con toda seguridad: «Malibrán no es.» Y si al pronto
-me fijé de nuevo en Federico, no he seguido afirmándolo, y me concreto
-á preguntármelo á todas horas del día y de la noche. «¿Será ese? Y si
-es, ¡con qué donosa perfidia me engaña! ¡No le perdono la doblez, no
-se la perdono!» Por cierto que hace diez días que no he hablado con
-él, ni he podido encontrarle en los sitios á donde habitualmente va.
-Esta noche me han dicho que le vieron en el Teatro Real en el palco de
-Augusta. Yo no le ví.</p>
-
-<p>31 <i>de Enero</i>.—Anoche no pude concluir ésta porque me acometió
-Morfeo, y no tuve más remedio que echarme en sus brazos. Te la
-mando hoy con esta postdata que no deja de tener miga. Pues verás:
-hoy me ha hablado Villalonga con cierto misterio de unas palabras
-malignas dichas por Malibrán en casa de la Peri, en una cena que allí
-celebraron anoche. La cosa es grave. El <i>petit Talleyrand</i> se permitió
-algo más que esas reticencias que inspira el <i>champagne</i>, y de las
-cuales ninguna reputación está libre. Ya adivinarás que las chinitas
-iban contra mi prima. Pues dijo, como quien no dice nada, que había
-descubierto la madriguera donde la muy hipó<span class="pagenum"
-id="Page_187">[p. 187]</span>crita tiene su amoroso refugio. Lo más
-indigno es que de algunos días á esta parte ha dado en pegarse á Orozco
-y en adularle bajamente, y mañana se van juntos á las Charcas (el monte
-que Tomás posee más allá de las Zorreras) á cazar un par de días...
-¡Figúrate cómo me habré puesto yo, con las ganas que le tengo á ese...!
-Mi primer impulso fué ir en su busca, pedirle explicaciones, pegarme
-con él si no me las daba... Pero lo he pensado mejor, y me guardo para
-otra ocasión las ganas de pelea. ¿No es verdad, amigo mío, que tú me
-aconsejas no hacer el paladín? Si eso lo hubiera dicho Malibrán delante
-de mí, pase que yo... Pero más vale que no haya sido en mi presencia,
-porque así me veo libre de disgustos y de la ridiculez que acompaña
-siempre al paladinismo. Tengo un humor de mil demonios.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_28">
- <p><span class="pagenum" id="Page_188">[p. 188]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXVIII</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>3 de Febrero.</i></p>
-
-<p>Querido Equis: no sé lo que me pasa ni cómo puedo escribirte, ni si
-entenderás estos garabatos. Mi mano no acierta á trazar las letras.
-La sorpresa, el pavor de esta misteriosa tragedia han desquiciado
-la máquina toda, y no sé lo que hago ni lo que digo, ni aun lo que
-siento. No te escribo para darte la tremenda noticia, que ya sabrás por
-los periódicos (hoy no se habla de otra cosa en Madrid). Te escribo
-para que no te inquietes, juzgando que podría tocarme alguna parte en
-las complicaciones de este asunto... No me toca más que el horror de
-que estoy poseído, la confusión espantosa que me acongoja más que el
-horror mismo... Ayer al mediodía, hallándome en la cama, sentí que me
-despertaban, sacudiéndome un brazo. Era Calderón: le miré entre dormido
-y despierto... Figúrate el efecto que harían en mí estas palabras
-que me dijo: «Levántate... ¿no sabes lo que pasa?... ¡Federico Viera
-asesinado!... ¡Su cuerpo encontrado hoy en un muladar, allá, no sé
-dónde!... Levántate.»</p>
-
-<p>Creí soñar... Me revolví contra Calderón... Bromas pesadas... creí
-que eran bromas. Su cara consternada me hizo estremecer... Él me iba
-echando la ropa encima de la cama para que me<span class="pagenum"
-id="Page_189">[p. 189]</span> vistiera. Yo me volví estúpido... No
-podía creer tamaña atrocidad... ¡Asesinado! ¿Y por quién? Es lo
-primero que se ocurre. Calderón me dijo: ¿Por quién? La justicia lo
-averiguará... ¡Pobre muchacho!... todo el cuerpo lleno de balazos y
-cuchilladas...» Levantéme temblando, la garganta oprimida, sin poder
-hablar... «¿Dónde?—¡Allá!...» ¡Valiente información! ¡allá! «Le han
-llevado al Depósito—añadió Calderón.—El juez amigo mío no conocía al
-muerto; pero, por algo que se halló en su cartera, se supo su nombre.
-Me avisaron... Le reconocí. Miedo horrible, querido Manolo. El juez
-quiere identificación en regla. Vamos tú y yo... La hermana no lo sabe.
-Vamos.»</p>
-
-<p>Todo se me volvía preguntar: «¿Pero quién le ha matado?...—Vete á
-saber... lances del juego quizás... amores... venganza... Vete á saber.
-Misterio. Yo no lo entiendo... Vamos. ¡Qué trance!» El pobre Calderón
-estaba como trastornado. Yo más aún. Salimos, tomamos un coche, fuimos
-allá... Antes pasamos por el Juzgado de guardia: se nos unió un médico
-forense. ¡Qué día, Equis! Si mil años viviera, creo que no podría
-olvidar las emociones espantosas de ayer, la pavura que llenaba mi
-ánimo... Hoy me es imposible referírtelas: diría mil disparates, no
-acertaría á expresar cosa alguna con claridad... Si te escribo hoy es
-para que te tranquilices con respecto á mí. Estoy abrumado de pena y
-horror; pero nada más. Mañana, si logro tranquilizarme, te contaré
-todo... ¡Ay! presumo que habrá materia larga, más larga de lo que
-convendría. Necesito descanso. En veinticuatro horas no he podido<span
-class="pagenum" id="Page_190">[p. 190]</span> pasar bocado; sólo he
-tomado café y más café... Dormir, imposible. Aguarda un día para que te
-entere de lo que he visto y sentido... no de la verdad, que ignoramos.
-Estamos todos en completa obscuridad respecto al tremendo suceso.
-Adiós.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_29">
- <h2 class="nobreak">XXIX</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>4 de Febrero.</i></p>
-
-<p>Yo no sabía lo que me pasaba, al recorrer en coche, con el juez,
-escribano y médico forense, la distancia entre el Juzgado y el
-Depósito. Los pensamientos que durante aquel viaje lúgubre asaltaron
-mi mente, querido Equis, no puedo ni debo comunicártelos, al menos
-todavía. Yo debí de preguntar á Calderón si nuestros amigos tenían ya
-noticia de la ocurrencia, porque él me dijo que Augusta se había puesto
-mala de la terrible sorpresa, y que al punto telegrafió á su marido,
-el cual se fué el día 1.º por la tarde á las Charcas en compañía
-de Malibrán y de no sé quién más. Indicóme también que Clotilde no
-sabía una palabra, que probablemente Orozco se encargaría de darle la
-noticia cuando viniese. No sé qué más me dijo, porque yo no me enteraba
-claramente de nada. Á veces creía soñar; ansiaba llegar pronto, y á
-ratos lo temía; y cuando estuvimos cerca del Puente de Toledo y el
-juez seña<span class="pagenum" id="Page_191">[p. 191]</span>ló el
-vulgar edificio del Depósito, sentí tal pánico, que por punto no me
-volví atrás. Me enfadaba que el forense, un viejo rígido y seco, sordo,
-completamente insensible ya, por su larga práctica, á las emociones de
-estos dramas judiciales, estuviese tan tranquilo, y nos contase con la
-mayor frialdad que en su dilatada carrera ha hecho dos mil y tantas
-autopsias. Me infundía horror y lástima aquel sujeto, cuya inteligencia
-no desconozco y cuya serenidad ante estas catástrofes he admirado al
-fin.</p>
-
-<p>Dejamos el coche. Las piernas me temblaban. Entré el último de
-todos, para que la primera impresión de los demás, si alguna tenían,
-atenuara la mía... El forense sordo entró como puede entrar un cura en
-la sacristía para ponerse la casulla... Frente á la puerta, sobre una
-mesa, ví el cadáver de Federico Viera, no tan desfigurado como yo me
-lo imaginaba. Creí que una mano invisible me apretaba violentamente el
-cuello, ahogándome. No lloré ni podía llorar. El rostro de Federico
-parecía de blanca cera, con manchas violáceas; tenía los ojos medio
-abiertos, cuajados y sin brillo; la nariz afilada, la boca contraída,
-mostrando por un violento repliegue del labio superior los blanquísimos
-dientes. Vestía de levita: el pantalón y las botas llenas de fango; la
-levita enlodada también por el costado derecho. En mitad de la hermosa
-frente, una mancha roja del tamaño de un duro, cárdena en el centro:
-por allí había entrado la bala. Le habían desabrochado el chaleco,
-y se veía la camisa llena de sangre, ya seca en parte y obscura, en
-parte roja y fresca, formando cuajarones. El forense, señalando<span
-class="pagenum" id="Page_192">[p. 192]</span> el costado izquierdo
-por la cintura, dijo: «aquí hay otra herida de revólver. La bala está
-dentro.»</p>
-
-<p>Procedióse á la identificación en forma legal. Calderón y yo
-declaramos, reconociendo en el muerto á nuestro amigo Federico
-Viera; firmamos, y nada más. En otras mesas más allá, había dos
-cadáveres tapados con un paño. El guarda los descubrió, y los ví con
-indiferencia, cual si fueran animales muertos. No podía apartar los
-ojos de mi infeliz amigo, y con todas las potencias de mi alma, en un
-instante de muda y patética tensión, le dije: «Cuerpo infeliz, recobra
-un soplo de vida, y dime quién te hirió, si fué alevosamente ó en
-riña...» Junto á mí la voz de Calderón y otras murmuraban no sé qué, ó
-discutían sobre si era suicidio ú homicidio. No apartaba yo los ojos
-ni la mente de aquel tristísimo espectáculo. El juez me preguntó si
-habíamos prevenido á la hermana del muerto, y entonces repitió Calderón
-que Clotilde no sabía nada aún, y que era menester decírselo. Me enteré
-de si podía yo presenciar la autopsia; respondiéronme que sí, y que se
-haría en la mañana siguiente. Salimos con ánimo de volver, yo por lo
-menos... Aún me parecía pesadilla horrenda lo que veían mis ojos, y
-mi pensamiento volaba afanoso hacia las misteriosas causas, hacia la
-acción determinante de aquella muerte.</p>
-
-<p>Al salir, vimos que se acercaba un coche. De él bajó una mujer.
-Era la Peri, vestida de trapillo, con mantón y pañuelo por la cabeza,
-guapísima, pálida como una muerta. Cuando nos vió, llegóse á nosotros:
-su rostro dolorido expresaba terror y sobresalto. «Leonorilla—le dijo
-Calde<span class="pagenum" id="Page_193">[p. 193]</span>rón,—no
-entres, no entres, que esto no es para tí...» La pobre mujer me agarró
-el brazo, y me dijo en un tono que no olvidaré nunca: «¿Quién le ha
-matado? ¿No sabe usted quién le ha matado?»</p>
-
-<p>El juez entonces le pidió sus señas para llamarla á declarar, y
-ella, después de dárselas, prorrumpió en exclamaciones: «¡Pobre niño
-de mi alma! Tan bueno, tan cariñoso, tan caballero, y tan persona
-decente... ¿Pero qué será esto? Lo que yo digo: faldas, faldas... ¡Ay!
-no tengo valor para verle...»</p>
-
-<p>Apoyándose en el tronco de un álamo, derramó muchas lágrimas.</p>
-
-<p>Allí se quedó. Desde lejos la miramos, sentada al pie del árbol,
-vuelta la cara hacia la puerta del Depósito.</p>
-
-<p>Después quisimos ver el lugar donde apareció el cadáver, y
-atravesando todo Madrid, fuimos al paseo de Santa Engracia, más arriba
-de la Fábrica de Tapices, donde hay unas casas modernas muy hermosas.
-Á la izquierda ábrese una calle en proyecto, cortísima, que sólo
-tiene un edificio á cada lado, y termina en terraplén, sobre un suelo
-mucho más bajo. Para llegar á éste, hay que descender un vertedero
-de tierra movediza. Aún había allí carros echando cascote y arena
-del vaciado de casas en construcción. Á la derecha, vense chozas
-construídas con adoquines gastados, tablas, planchas de calamina;
-detrás de ellas, montones de basura; y delante de algunas, corrales
-cercados por baldosas rotas, tablas y alambres sustraídos á las
-plazoletas municipales; cubiles de cerdos entre los montones de paja;
-bastantes<span class="pagenum" id="Page_194">[p. 194]</span> gallinas
-picoteando aquí y allí. Todo aquello está en hondo, y debe quedar
-sepultado cuando los terraplenes iniciados por una parte y otra lleguen
-á unirse. En el centro de la hondonada corre un arroyo, por donde las
-aguas van á parar á la alcantarilla. Próximo al arroyo, y en la línea
-más avanzada de las tierras vertidas, encontraron el cuerpo. «Aquí
-estaba,» dijo el juez, señalando con el bastón una mancha obscura que
-podía ser de sangre. Los habitantes de las covachas dicen que sintieron
-un tiro á eso de las siete de la noche... Un muchacho asegura que vió
-venir á un hombre sin sombrero, por el vertedero abajo, y que hablaba
-solo.</p>
-
-<p>«¿Y el sombrero no ha parecido?</p>
-
-<p>—Pareció á la entrada de la calle, junto á la valla de la casa en
-construcción. Los vecinos no están de acuerdo en el número de tiros que
-sonaron. Algunos no oyeron más que uno; otro asegura haber oído dos, y
-no falta quien llegue á los tres y á los cuatro.</p>
-
-<p>—¿Y atestiguan todos lo mismo?</p>
-
-<p>—No: una muchacha habla de dos hombres, muy altos, muy negros,
-con unas barbas muy largas y los sombreros echados sobre la cara...
-sombreros de ala ancha.</p>
-
-<p>—¿Y el arma?</p>
-
-<p>—No hemos podido encontrarla todavía. El terreno es muy desigual, la
-tierra blanda y movediza. Puede muy bien haber sido ocultada por los
-escombros que se han vertido esta mañana.</p>
-
-<p>—¿Se ha interrogado á los habitantes de las casas vecinas, en el
-paseo de Santa Engracia?</p>
-
-<p>—Sí; pero no dan ninguna luz. Los porteros<span class="pagenum"
-id="Page_195">[p. 195]</span> del 17 triplicado, que es la casa más
-próxima, no han visto ni oído nada.»</p>
-
-<p>Discutióse sobre si fué suicidio ú homicidio. Uno de los presentes,
-que no sé si era el actuario, expresó la hipótesis de que el crimen se
-había cometido en otra parte, habiendo transportado el cadáver hasta
-arrojarlo por el vertedero. No sé por qué me pareció esto inadmisible.
-Examinamos el suelo, en el cual vimos impresas tantas pisadas, que nada
-se podía leer en él. Alguien dijo allí que aquel sitio era, después de
-anochecido, muy solitario. Antes hubo en él una vereda que permitía
-pasar desde Santa Engracia á la calle de Trafalgar; pero han cerrado
-ya el paso con una valla, y ni un alma transita por allí de noche, á
-excepción de los habitantes de las chozas, los cuales tampoco toman la
-dirección del sitio en que apareció el cadáver, sino que se arriman á
-la derecha. No hay alumbrado en aquel sitio, ni cosa que lo valga.</p>
-
-<p>Volvíme á casa. No pude almorzar. Sentía vivos deseos de visitar
-á los de Orozco, y al mismo tiempo dábame espanto la idea de entrar
-en aquella casa. ¡Oh, Dios! no podía apartar de mi mente la idea
-(¡terrible y misteriosa presunción!) de que Augusta sabe la verdad. No
-sé en qué orden de impresiones ó de corazonadas me había fundado yo,
-la noche antes de conocer el suceso, es decir, la noche misma en que
-debió de ocurrir la catástrofe, para dar por despejada la incógnita que
-tanto me atormenta, y decir con efusiva y franca convicción: «Federico
-es.» Como que al acostarme pensé escribirte mi primera carta en este
-sentido, diciéndote: <i>eureka</i>... Me acuerdo de<span class="pagenum"
-id="Page_196">[p. 196]</span> esto del <i>eureka</i>, y de los razonamientos
-con que me propuse apoyar mis conclusiones. ¡Qué lejos estaba de que
-mi carta primera sería escrita bajo una impresión trágica! Estoy
-aturdidísimo. Déjame que coja el hilo que se me ha escapado de las
-manos. Te decía que... ya me acuerdo... que no hay quien me quite de
-la cabeza que Augusta sabe la verdad. Yo quería observar aquella cara,
-aquellos ojos... ver si tiene entereza para ponerse la máscara, y cómo
-engaña con ella á los demás, pues lo que es á mí...</p>
-
-<p>Entré temblando. Yo debía de estar como un muerto. El primero á
-quien ví fué Orozco, triste, pero sin perder aquella tranquilidad
-que tanto admiramos en él. No calificó el caso de suicidio ni de
-homicidio. Fuera lo que fuese, parecía atribuirlo á lances de juego.
-Acababa de llegar de las Charcas con Malibrán, y los dos refirieron
-la impresión terrible que les causó por la mañana el telegrama de
-Augusta participándoles el terrible suceso. Hablóme después Tomás de la
-pobre Clotilde, y allí me enteré, no sé por quién, de que ya sabía la
-muerte de su hermano. Nos libramos, pues, del tremendo paso de darle
-la noticia. No me atreví á preguntar por Augusta, á quien no veía en
-el salón ni en su gabinete. Pronto supe que la desagradable sorpresa
-recibida por la mañana, cuando Calderón le contó el caso, habíale
-producido una fuerte jaqueca; hallábase acostada, y no quería ver á
-nadie. Comimos solos Orozco, Malibrán y yo. Cornelio era el único que
-tenía un mediano apetito; el santo comió poquísimo, y yo nada. Los
-tres callábamos. Á mí se me humedecían los ojos á cada instante. El
-diplomá<span class="pagenum" id="Page_197">[p. 197]</span>tico (digo
-esto haciéndole justicia) me pareció sinceramente apenado, y añadiré
-que por primera vez sentí dulcificarse la antipatía que siempre le
-tuve. Tomás y él hicieron elogios del pobre muerto, encareciendo
-su extremada delicadeza, su cariñoso trato, y lamentando que las
-irregularidades de su vida le hubieran llevado á tan triste fin.
-No pude conservar mi varonil entereza, y me eché á llorar como un
-chiquillo.</p>
-
-<p>Llegaron después algunos de los concurrentes de abono, á quienes
-noté consternados, y como temerosos de abordar el asunto. Me parece (no
-puedo asegurarlo) que Villalonga y Malibrán cuchichearon en un largo
-aparte, mientras el marqués de Cícero me pedía relación circunstanciada
-de lo que ví en el Depósito. Hablé de esto lo menos que pude. Otra
-cosa reparé, y es que aquella noche no se habló de crimen. Bastante
-teníamos con aquella realidad fresca y que nos tocaba tan de cerca.
-Las emociones jurídicas del otro drama, antiguo ya y manoseado á
-fuerza de representaciones, perdían su novelesco interés. Cisneros no
-dijo una palabra del suceso, y observé en él una taciturnidad que por
-completo le desfiguraba, presentándomele muy otro de como le había
-visto siempre. El <i>Catón ultramarino</i> dejaba en profunda paz á la
-Administración de Cuba y á los picarones que van á explotarla. Todos
-los temas de conversación, tan vivos y apetitosos otras noches, se
-trocaban en insípidos fiambres. Pero el gran asunto, la novedad del
-día, les imponía miedo, y no osaban tratarla. Te repito que la morriña
-lúgubre de mi padrino me causaba no poca extrañeza. No era el mismo
-hombre; una de dos:<span class="pagenum" id="Page_198">[p. 198]</span>
-ó se ponía la careta, ó la arrojaba, mostrando su verdadera faz. Pero
-aún ocurrió algo que debía dejar en mi mente impresión más honda que
-todas las impresiones de aquel infausto día inolvidable, el 2 de
-Febrero, día de la Candelaria. Ten un poco de paciencia.</p>
-
-<p>Á eso de las once, díjome Orozco que Augusta quería verme. Sólo
-había pasado la señora de Trujillo, que ya estaba de vuelta en el
-salón, aguardando una coyuntura para echar con Calderón su parrafito
-<i>criminal</i>. Entré en la alcoba de mi prima. El ruido leve de mis pasos
-y de los de Orozco, que entró conmigo, me sonaba como si en mi vida
-hubiera oído rumor de pasos. Ví á la dama echada en una silla larga,
-bien tapadita. No había luz en aquella estancia, sino en la próxima,
-y por entre las cortinas apenas penetraba la claridad suficiente para
-que pudiéramos vernos las caras. Augusta me alargó la mano izquierda,
-mandándome sentar á su lado. Su marido le preguntó cariñosamente si se
-sentía mejor, y ella replicó que sí, preguntándole á su vez quién había
-venido y cuál de los asiduos faltaba aquella noche. Un rato hablamos
-los tres del caso de Federico, siendo ella la primera que lo mentó,
-diciéndome: «¿Qué te parece esta tragedia?» Respondí con las frases de
-cajetín, procurando observarle la cara; pero la obscuridad me impedía
-distinguirla. Su voz sí que pude apreciarla bien. Tenía cierto temblor,
-una empañadura ó sordina que delataba profundísima turbación.</p>
-
-<p>«Todavía no se me ha pasado el susto—dijo procurando templar su
-voz en un timbre claro.—Esta<span class="pagenum" id="Page_199">[p.
-199]</span> mañana, al salir yo para misa, vino Pepe, y á boca de jarro
-me disparó la noticia. Precisamente me cogía de muy mal humor, porque
-pasé parte de la noche con la prima Serafina, que sigue muy grave. Me
-parece que la perderemos pronto. Pues figúrate: en tal situación de
-ánimo, un trabucazo así... Me afecté tanto, que no pude salir de casa,
-y á poco me entró jaqueca. No puedo oir hablar de gente que se mata ó
-á quien matan, sin que me ponga á dar diente con diente. Y cuando se
-trata de una persona conocida...</p>
-
-<p>—¡Pobre muchacho!—indicó Tomás.—Tenía sus defectos como todo el
-mundo; pero también grandes cualidades.</p>
-
-<p>—Cualidades que no son nada comunes, esa es la verdad—añadió Augusta
-mirándome.—Es realmente un dolor... Le apreciábamos como te apreciamos
-á tí, que eres de la familia. Tengo que advertirle á Pepe que aprenda á
-dar estas noticias terribles con más tacto y de un modo gradual, no de
-sopetón, como hoy... Me quedé muerta... Lo primero que se me ocurrió,
-como siempre que me siento apenada y nerviosa, fué telegrafiar á éste
-para que viniera. Tenía miedo de estar sola. Desde que te ví entrar
-esta noche (mirando á su marido cariñosamente), me pareció que se me
-disipaba el miedo. Voy recobrando la serenidad, y si se me hubiera
-quitado esta puntadita de clavo, estaría tan campante recibiendo á mis
-amigos...»</p>
-
-<p>Yo me condolí acerbamente del desgraciado fin de mi amigo, y Augusta
-dijo, ya con la voz más segura: «¡Dios le haya perdonado! ¡Pobrecito!
-¡Qué extravíos, qué conflictos, qué desór<span class="pagenum"
-id="Page_200">[p. 200]</span>denes de la vida le habrán llevado á ese
-desastre!»</p>
-
-<p>No sé qué respondí. Pensaba en aquel momento que mi prima me había
-llamado para decir todo aquello delante de mí, como se trae á un
-testigo para dar fuerza legal á manifestaciones de importancia. Pensé
-también que aseguraba su coartada con aquello de acompañar á la tía
-Serafina. Orozco dijo que no debíamos aventurar juicio alguno sobre
-los móviles de la muerte de Federico, ni aun sobre la muerte misma,
-que hasta aquel momento permanecía envuelta en el misterio; y dicho
-esto, se fué, dejándome la impresión de que le preocupaba el suceso
-más de lo que á primera vista parecía. Cuando nos quedamos solos,
-Augusta introdujo diplomáticamente en la conversación una idea extraña
-al asunto capital de aquella noche. No sé qué me dijo de si se casaba
-ó no al fin con el artillero la chica segunda de Pez, y volvió á caer
-con repentino salto sobre el trágico tema, diciéndome: «¡Vaya, que
-esto da que pensar! Pero tú que eras quizás el único algo conocedor
-de las interioridades de su vida, ¿no tienes antecedentes para
-descubrir...?</p>
-
-<p>—Al enterarme de esta desgracia—contesté presentando la versión más
-vulgar para ver si la aceptaba con alegría,—pensé que alguna pérdida de
-juego ha podido ser la causa.</p>
-
-<p>—¿Pero qué?—apuntó con viveza, huyendo, la muy pícara, de la trampa
-que yo le tendía,—¿está averiguado que fuera suicidio? Mira tú,
-juzgando sólo por impresión, yo me inclino á creer que no.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_201">[p. 201]</span></p>
-
-<p>—Fácil es que la justicia lo ponga en claro; y si acaso
-resultase...</p>
-
-<p>—Para mí—afirmó con aplomo interrumpiéndome,—lo que hay aquí es un
-choque por cuestiones de mujeres. Ya tienes noticia de las francachelas
-escandalosas en casa de esa que llaman la Perri ó la Pera ó no sé
-cómo.»</p>
-
-<p>Parecióme que daba este giro al asunto para despistarme, á fin de
-que yo no pudiera sorprenderle los pensamientos.</p>
-
-<p>«Tú lo sabes—me dije llena el alma de amagura;—lo que pasó tú lo
-sabes, tú sola. Si alguien le dió muerte ó se la dió él mismo, tú lo
-sabes, porque delante de tí ocurrió la espantosa desgracia, como quiera
-que fuese.» En alta voz dije que no sospechaba que Leonor tuviera
-conexiones con el misterioso hecho, y ella repitió que en el mujerío de
-mal vivir y en el juego, fatalmente combinados, hay que buscar siempre
-las causas de estos dramas. Yo le miraba el rostro, considerándolo
-como un espejo en cuya superficie la terrible escena había estado
-reproducida durante breves instantes. ¡Cuánto habría dado yo porque
-de la imagen aquélla subsistiese algún rasgo en la cara-espejo! Pero
-si algo había, no me era fácil verlo á causa de la obscuridad. Ni
-podía tampoco examinar sus expresivos ojos, que alguna sombra fugaz
-reproducirían tal vez de lo que en la mente se conservaba fielmente
-estampado. Hube de reparar después que se movía inquieta, procurando
-envolverse mejor en su cachemira, y que en aquellos movimientos de
-precaución ni una sola vez sacó la mano derecha. Parecíame que la
-ocultaba entapujada.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_202">[p. 202]</span></p>
-
-<p>«¿Qué tienes en esa mano?—le pregunté vivamente.</p>
-
-<p>—Nada. Ayer me quemé un poco, lacrando una carta. Pero no es nada.
-Para evitar el roce, me defiendo la quemadura con el pañuelo.»</p>
-
-<p>Dió más explicaciones; pero lo que es la quemadura no me la
-enseñó.</p>
-
-<p>«Pues verás—le dije después de una pausa:—si la justicia no descubre
-la verdad de lo ocurrido, yo la descubriré.»</p>
-
-<p>Parecióme que no se inmutaba al oir esto. Por fin me contestó:</p>
-
-<p>«Yo creo que la justicia lo pondrá bien en claro, Manolo. No te
-metas á polizonte, no vaya á pasarte lo que á esos que se proponen
-descubrir el crimen de la calle del Baño, y han armado ya un lío que
-nadie se entiende.»</p>
-
-<p>Calló, y se puso á mirar al techo. Yo la contemplaba á ella sin
-pestañear. Hubo un instante, te lo declaro ingenuamente, en que me
-inspiró aquella mujer un horror que no puedo pintarte. Impulso sentí
-de arrojarme sobre ella, y echarle las manos al pescuezo, gritando:
-«Confiesa tu crimen; confiesa que por tu culpa ha perecido ese infeliz
-hombre. Revélame la verdad, ó te ahogo aquí mismo.» Desvanecióse
-pronto aquel arrechucho, sin que llegara, por fortuna, á pasar de la
-idea á la acción. Pero mi exquisita impresionabilidad determinó al
-instante otro fenómeno anímico, y fué que me asombraba de haber amado
-á semejante mujer. No: en aquel momento, habría jurado yo que la
-aborrecía y la despreciaba con todas las fuerzas de mi alma. La pasión
-que sentí por ella se me representaba como uno<span class="pagenum"
-id="Page_203">[p. 203]</span> de esos estímulos de nuestro amor propio,
-que nos llevan á situaciones y actitudes enfáticas, de las cuales nos
-arrepentimos en cuanto caemos en la cuenta de que no arrancan del fondo
-efectivo de nuestro sér.</p>
-
-<p>Hablamos luego de cosas indiferentes, y me retiré pensando que
-vivimos en una sociedad esencialmente dramática; sólo que el barniz
-de cultura que nos hemos dado encubre el drama en las esferas altas,
-dejándolo sólo descubierto en las inferiores.</p>
-
-<p>Salí de allí con el alma destrozada, y me marché temprano de aquella
-casa, á la que empezaba á cobrar aborrecimiento.</p>
-
-<p>Pasé muy mala noche... Mi cama toda llena de agujas.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_30">
- <h2 class="nobreak">XXX</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>5 de Febrero.</i></p>
-
-<p>Asistí á la autopsia. ¡La de cosas que hay dentro de este mísero
-cuerpo humano! ¡Espantosa lección de anatomía! No la olvidaré mientras
-viva. El cadáver tenía varias contusiones y dos heridas de revólver:
-una en la frente, y otra en el costado izquierdo. En la primera, la
-bala atravesó el cerebro y fué á salir por la región occipital. Era
-mortal de necesidad. La segunda, que interesaba el hígado, también era
-mortal, aun<span class="pagenum" id="Page_204">[p. 204]</span>que no
-de muerte inmediata. La bala había ido á incrustarse en una vértebra.
-Además, se observó una fuerte erosión en el brazo izquierdo, y los
-dedos de ambas manos desollados. Hubo, pues, lucha. Creo que no hay
-datos suficientes para probar el suicidio; pero veo al juez inclinado
-á admitirlo como un hecho. Ha tomado declaración á los habitantes de
-las covachas, y no resulta nada preciso. Es un cúmulo de testimonios
-vagos y contradictorios, que más bien sirve para confundirnos que
-para iluminarnos. La indagatoria de los porteros de las casas
-próximas tampoco ha dado luz. ¡Esto es morir!... Las lentitudes de
-la justicia y la falta de policía me desesperan. Se me ocurren mil
-recursos probatorios que de seguro darían resultado; pero ese juez,
-¿en qué piensa?... Obraré por cuenta propia. De los pasos que he dado
-y que pienso dar para conocer la verdad por mí mismo, sin auxilio de
-polizontes, te enteraré oportunamente.</p>
-
-<p>Déjame ahora seguir contándote. Cuando fuimos á la autopsia, el 3
-por la mañana, nos encontramos á la Peri, sentada al pie del mismo
-árbol en que la habíamos visto el día anterior. Su cara descolorida
-y ojerosa revelaba cansancio y falta de sueño. Como que había pasado
-allí toda la noche la infeliz. Contónos que al fin había tenido valor
-para penetrar en el Depósito, <i>pasito á pasito</i>, procurando quitarse
-el miedo de un modo gradual. Acercóse despacio á la puerta; alargó
-la cabeza hasta que pudo distinguir un pie de Federico; después fué
-avanzando lentamente, viendo más, más á cada instante... hasta que
-su ánimo se robusteció y pudo arrostrar el<span class="pagenum"
-id="Page_205">[p. 205]</span> espectáculo del cadáver completo, de pies
-á cabeza. Aun con estas precauciones, no pudo evitar una súbita emoción
-dolorosísima al verle la cara... y se cayó con un poquitín de síncope,
-y el guarda la tuvo que levantar. Mientras se lo permitieron, estuvo
-allí, rezando, según dice; después mojó un pañuelo en la sangre que
-destilaba del cráneo del difunto, y cortándole mechones de pelo, los
-guardó en otro pañuelo. Mostrábame estas reliquias mientras lo refería.
-Cuando el guarda la hizo salir, porque ya era tarde, sentóse junto al
-árbol, decidida á quedarse allí toda la noche, <i>velando á su amigo de
-su alma</i>. ¡El pobrecito estaba tan solo en aquel muladar, olvidado de
-todo el mundo! Daba dolor ver arrojado sobre aquella mesa, compuesta de
-una losa de mármol sobre cuatro patas de hierro, el cuerpo del hombre
-que había sido alegría y encanto de la sociedad. No lo dijo así la
-Peri, pero tal fué su idea. Recuerdo esta frase: «¡Y los otros allá,
-divirtiéndose, y quizás alegrándose de haberle quitado de en medio!
-¡Canallas!»</p>
-
-<p>Pues, como te digo, la noche entera pasó Leonor en campo raso, al
-amparo del olmo sin follaje, arrebujadita en su mantón. Á la madrugada,
-diéronle albergue los habitantes de un ventorrillo cercano; tomó
-un trago de aguardiente, después buñuelos y encima otro poquito de
-aguardiente. Con esto se entonó, y vuelta á la guardia. Al amanecer,
-no podía con su alma, de sueño, cansancio y pesadumbre. Todo esto
-nos lo contaba con ingenua naturalidad, sin dar importancia al
-plantón ni á las molestias del mal dormir en cama tan dura; y como el
-forense, á quien<span class="pagenum" id="Page_206">[p. 206]</span>
-acompañábamos, se permitiese decirle alguna cuchufleta sobre la soledad
-en que se habían quedado sus amigos de Madrid aquella noche, contestó
-con gran desembarazo: <i>que se fastidien</i>, agregando á la frase un gesto
-sumamente expresivo. Enterada de que iba á verificarse la autopsia, se
-horrorizaba de pensar cómo le pondrían el cuerpo y la cabeza á su pobre
-amigo. «¿Y para qué semejante carnicería?—Más vale que te vayas—le dije
-yo,—que estas cosas son muy tristes.» Pero ella, haciendo propósito
-de no presenciar el <i>desmoche</i>, aunque se lo permitieran, dijo que no
-se retiraría á su casa hasta no dejar el cuerpo de su amigo en tierra
-sagrada, y echarle encima un buen Padre Nuestro.</p>
-
-<p>Al salir del terrible acto médico-legal, la encontré en el propio
-sitio, llorando. Suplicóme que le contara los horrores que yo había
-visto; pero hallábame tan impresionado, que apenas pude complacerla. Su
-curiosidad me estimulaba á hablar, y hacíame preguntas que me dejaban
-frío. ¿Le abrieron la cabeza? ¿Qué tenía dentro? ¿Se había visto bien
-claro que era el mejor caballero del mundo?—No, mujer, eso no se puede
-ver.» Preguntaba luego si le habían sacado el corazón, y cómo era.
-Debía de ser, según ella, un corazón grandísimo, tan grande que no le
-cabía dentro... Me lastimaban tanto las candorosas interrogaciones de
-aquella mujer, como si sintiera en mis carnes las cuchillas del forense
-haciendo mi propia autopsia. Admiré en Leonor aquella fidelidad de
-perro, y la pobre mujer se engrandecía á mis ojos.</p>
-
-<p>El entierro se verificó en el cementerio de San<span
-class="pagenum" id="Page_207">[p. 207]</span> Justo. Fué Santanita
-representando á la familia, y con él dos personas á quienes yo no
-había visto nunca. Eran el marido de Claudia y el de Bárbara, ambos de
-catadura humilde. Habían dispuesto lo necesario para que el entierro
-fuera decoroso, y trajeron, en un coche de la <i>Funeraria</i>, todo lo
-que hacía falta para el caso. Por no ser posible vestir de nuevo el
-cadáver, le envolvieron en sábanas, dejándole descubierto el rostro, y
-nada más se hizo, ni había para qué. Cuando ya salíamos del Depósito,
-llegaron el marqués de Cícero, Villalonga y otros amigos. El cortejo
-fúnebre no excedía de quince personas y de seis ó siete coches.
-Recorrimos en breve tiempo y á paso regular el camino del campo-santo.
-Nos apeamos. Seguimos tras el ataúd por aquellos tristísimos patios
-rodeados de nichos. Leonor y yo íbamos á la cola del reducido
-acompañamiento; pero en el acto del sepelio me aproximé, y ella se
-quedó á cierta distancia, llorando. Era la única persona, entre todos
-los presentes, que mostraba un dolor vivo, hondo, inconsolable; pues
-los demás, incluso Santanita, sólo expresaban duelo de etiqueta, y en
-algunas caras se podía leer esa conmiseración oficial, mezclada de una
-crítica severa, que si se tradujese en palabras resultaría así: «¡Pobre
-perdis! no podías tener otro fin que el que has tenido. Dios te haya
-perdonado.»</p>
-
-<p>Nada te diré de lo triste del acto. Puedes figurártelo y
-comprenderlo, conocidas las circunstancias del difunto y su desastrada
-muerte. Ni te hablaré de las <i>ideas que se agolpaban á mi mente</i>, ni
-del lúgubre sonido de la caja al caer en el fon<span class="pagenum"
-id="Page_208">[p. 208]</span>do de la fosa. Todo esto, aunque es
-verdad, no te expresaría bien lo que yo sentía. Además de la pena de
-ver desaparecer para siempre á un amigo simpático y amable, me afligía
-el considerar que con él enterrábamos el indescifrado enigma de su
-fin lastimoso; que Federico, al caer dentro de la sepultura y recibir
-encima la tierra, echaba la llave al secreto, y nos daba las buenas
-noches de la eternidad con cierto humorismo lúgubre que me helaba la
-sangre: «Adiós, tontos. La solución en el valle de Josafat.»</p>
-
-<p>Salimos de allí hablando del muerto en los términos trillados,
-fríos, casi indiferentes que es costumbre usar. Unos á otros nos
-preguntábamos por nuestra preciosa salud, quejándonos del mal tiempo
-que hacía, voluble y desigual, <i>impropio de la estación</i>, y echándole
-la culpa de nuestros achaques. Nos distrajimos viendo llegar más
-entierros, con bastantes coches, y en ellos algunas personas conocidas,
-á quienes saludamos, alegrándonos de verlas vivas. Por las rondas
-descendían largos rosarios de carruajes en dirección á los distintos
-cementerios. Á lo lejos se nos presentaba, como invitándonos á vivir
-un poquito más, la loma de Madrid con cien cupulillas, bajo un cielo
-claro, transparente, bruñido. El sol lucía espléndido, y picaba
-bastante. De los árboles secos y desnudos no te diré que me parecieron
-esqueletos, ni que choqueteaban sus ramas con lúgubre son, porque
-faltaría á la verdad. El día era de los más bonitos que se ven aquí,
-frío á la sombra, ardiente al sol; día que amenazaba la existencia con
-dos espadas paralelas: la pulmonía y el tabardillo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_209">[p. 209]</span></p>
-
-<p>Nos metimos en nuestros carruajes, y á Madrid. Mira tú lo que
-son las cosas: la imagen del pobre Federico, envuelto en la sábana
-y metido bajo tanta tierra, no se apartaba de mi pensamiento; pero
-se iba quedando lejos, muy lejos, desvaneciéndose un poco á cada
-vuelta de las ruedas del coche. En el mío traje á Calderón y á la
-pobre Peri, que se había secado las lágrimas y parecía más tranquila.
-Calderón es hombre indelicado é inoportuno, y creía sin duda que
-la mala reputación de Leonor le autorizaba para hacer burla de sus
-sentimientos, permitiéndose dirigirle chirigotas de mal gusto en
-ocasión tan triste. «Dime, ¿estás todavía con el malagueño, ó has
-vuelto con Guillermón?» Contestóle ella con desprecio, y á mí,
-francamente, me indignaba la grosería de mi amigo y su falta de respeto
-hacia lo que siempre es respetable, hállese donde se hallare. Poco
-hablamos durante el trayecto. Yo no hacía más que mirar á la Peri,
-contemplando con arrobamiento su rostro dolorido dentro del pañuelo
-atado á la chulesca. El insomnio y la tristeza la hacían más bella,
-ó á mí al menos me lo parecía. No te oculto nada de lo que siento,
-aun sabiendo que tal vez te burlarás de mí. Por eso te digo que la
-mujer aquélla me pareció interesantísima, y que me gustaba, sí, me
-gustaba; sentía en mí una propulsión misteriosa que hacia ella de la
-manera más espiritual me lanzaba. Mi dichosa impresionabilidad me iba
-armando ya una de esas tremolinas pasionales que tan comunes son en
-mí. No paraba mientes en la clase de mujer que es; no quise ver más
-que el sentimiento noble, puro y acendrado que mostrado había,<span
-class="pagenum" id="Page_210">[p. 210]</span> sin mezcla alguna de
-afectación, y la admiraba con toda mi alma. Tras la admiración vino no
-sé qué respeto; sí, respeto, no te hagas cruces. ¿Por qué no hemos de
-dar á las cosas su nombre? Yo veía en ella un calor de sentimientos que
-me era muy simpático, y entráronme ganas de arrimar á aquel rescoldo mi
-existencia espiritualmente solitaria y aterida. «Leonor—le dije, cuando
-nos aproximábamos á su casa, en la calle de Preciados, después de haber
-dejado á Calderón en la suya,—yo tengo que hablar contigo, y si me lo
-permites, ha de ser hoy mismo, ahora mismo. Te convido á almorzar.
-Iremos á donde tú quieras.»</p>
-
-<p>No sé si el móvil que me impulsaba á hablarle así era un vivo
-deseo de estar á su lado, ó el propósito de interrogarla sobre
-ciertos hechos, referentes á Federico, que deseaba esclarecer, á
-fin de instruir con buenos fundamentos mi sumario. Creo que serían
-ambos móviles á la vez los que determinaron mi aproximación á aquella
-mujer. Aún le dije más: «Tú eres muy buena, Leonorilla, y yo necesito
-entenderme contigo sin tardanza; te necesito como amiga y como
-reveladora de ciertas cosas que deseo saber.</p>
-
-<p>—No sé si podré—replicó sonriendo.—<i>Ese</i> debe de estar quemado,
-esperándome.—Suba usted y almorzaremos juntos... ó nos iremos á donde
-usted quiera... con tal que me dejen.»</p>
-
-<p>Subimos. En la casa no había ningún hombre, lo que á ella pareció
-contrariarla, y á mí me fué muy grato. La criada enteró á Leonor
-de todo lo ocurrido en su ausencia, y creí entender que alguien
-estaba hecho un veneno por ausencia tan<span class="pagenum"
-id="Page_211">[p. 211]</span> larga. Habían salido en su busca...
-habían dado parte al alcalde de barrio. Leonor se reía. Quedéme solo
-en la sala, y desde allí la sentí trasteando en su gabinete; oí
-rumor de lavatorio, criada y ama rezongando. Pronto entró la chavala
-transformada en mujer elegante, con una bata preciosa y chinelas
-rojas.</p>
-
-<p>«Supongo—me dijo,—que usted desea saber algo de ese pobrecito...»</p>
-
-<p>Se le humedecieron de nuevo los ojos, y sentándose junto á mí en la
-actitud más honesta, añadió: «Era, me lo puede usted creer, el primer
-caballero del mundo, y la persona más decente que había en Madrid.»</p>
-
-<p>Apoyé sus afirmaciones con un movimiento de cabeza. Después me
-sonreí al oirle esto: «El día antes sabía yo lo que iba á pasar. Eché
-las cartas, y en <i>lo que esperas</i>, salió el siete de espadas, <i>muerte
-segura</i>, con el dos de copas, <i>sorpresa</i>, por causa de <i>la mujer de
-buen color</i>...</p>
-
-<p>—¿Pero es posible que tengas fe en esas paparruchas?</p>
-
-<p>—No me han fallado nunca. Sale siempre clavadito todo lo que rezan
-las cartas. Aquí estuvo el infeliz el día mismo del caso. No sé si debo
-contarle á usted lo que habló conmigo, que fué muy poco. Cuando el juez
-me cite, saldré del paso con cuatro papas; pero con usted, si me da
-palabra de callarse, seré más franca. Federico y yo éramos amigos, pero
-amigos... no sé cómo explicárselo... vamos, que no teníamos nada, que
-no había nada entre él y yo... En otro tiempo, sí, nos quisimos; pero
-ya... Eramos lo mismo que los matrimonios viejos... Como ilusión, no la
-ha<span class="pagenum" id="Page_212">[p. 212]</span>bía... Le juro á
-usted que no me tocaba. Pero nos teníamos mucha ley, nos apreciábamos,
-y yo me aconsejaba de él, siempre que me veía en alguna situación mala,
-y él de mí.</p>
-
-<p>—¡El se aconsejaba de tí, de tí! ¿Cómo?... Explícame eso... Pero
-vamos por partes y no nos aturrullemos. Claridad, orden ante todo. Lo
-primero que deseo saber, y tú podrás decírmelo, es si Federico tuvo
-grandes pérdidas en el juego estos últimos días.</p>
-
-<p>—No, no: todo lo contrario. La noche antes ganó muchísimo dinero,
-pero muchísimo... Al juez le diré sobre esto lo que me parezca, lo que
-no comprometa el buen nombre del pobre difunto.</p>
-
-<p>—Sí; pero á mí me dirás cuanto sepas, todo absolutamente. Yo te
-guardaré el secreto, Leonor, y seré tu amigo... amigo, como lo fué
-él.</p>
-
-<p>—Dificilillo es eso—me dijo sonriendo con tristeza, y mirándose
-las uñas.—Habrían de reunirse muchos perendengues. Esto viene de muy
-lejos, señor mío. Yo podré, en un abrir y cerrar de ojos, prendarme
-de un hombre y él de mí, y querernos más ó menos tiempo; pero una
-amistad como la que teníamos aquél y yo no es cosa de tres ni de cuatro
-días.</p>
-
-<p>—Pues todo has de contármelo—repetí, devorado por la curiosidad,—y
-pronto.</p>
-
-<p>—No vaya usted tan de prisa... Y además, hay cosas que no sé si debo
-decirlas. Son muy delicadas, y si usted no las entiende bien, podría
-pensar mal de nuestro amigo. No todos comprenden bien lo que pasa. Hay
-cosas... cosas, ¿eh? que parecen muy malas, y no lo son.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_213">[p. 213]</span></p>
-
-<p>—Cierto; pero se me figura que yo entenderé todo lo que tú me
-confíes, y que la buena memoria de mi amigo no perderá nada por eso.
-Ahora, lo primero que has de decirme, y en ello sí que no puede haber
-aplazamiento, es lo que piensas tú de esta desgracia... ¿Qué ha sido?
-¿Cuándo la supiste? ¿Qué dijiste al saberla? Nadie como tú le conocía
-á él; nadie como tú estaba al tanto de sus trapisondas... Tu opinión
-sobre esta muerte es de grandísima importancia, Leonor.»</p>
-
-<p>Al hacerle la pregunta, interrogaba yo también la expresión de su
-rostro. La ví compungirse y llorar de nuevo. Enjugándose las lágrimas,
-me respondió con voz entrecortada:</p>
-
-<p>«No sé, no sé... pero para mí... Á Federico le han matado... Eso
-de que se mató él... qué sé yo... me parece invención de la justicia
-para tapar la verdad. ¡Pobrecito de mi alma, tan bueno, tan leal, tan
-persona decente! ¡Maldita sea la muy pilonga que tiene la culpa!</p>
-
-<p>—¿Luego tú crees que aquí hay mano de mujer, ó influencia de
-mujer?</p>
-
-<p>—Crea usted que sí la hay... Si el juez me pregunta sobre esto,
-me haré la tonta; pero yo tengo acá mi idea, y no hay quien me la
-quite.</p>
-
-<p>—¿Cuál es tu idea?... Yo quiero saberla...</p>
-
-<p>—Hay mujeres muy remalas.</p>
-
-<p>—Eso es verdad; pero lo que falta saber es qué remala mujer ha
-andado en esto.»</p>
-
-<p>Leonor dió un gran suspiro; se miró otra vez las uñas, lo que hacía
-siempre que meditaba, y por fin me dijo en voz queda:</p>
-
-<p>«¿Para qué me lo pregunta, si usted la conoce mejor que yo?»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_214">[p. 214]</span></p>
-
-<p>No quise pronunciar el nombre que flotaba en la confluencia de
-nuestras palabras. Tan sólo dije: «¿Federico te habló de esa mujer
-alguna vez, te dió cuenta de sus amores con ella?</p>
-
-<p>—Nunca, nunca—declaró la Peri con cierta dignidad.—Le juro á usted
-que nunca me dijo nada. Era tan delicado, que en esta casa jamás
-pronunció el nombre de las señoras que se chiflaron por él. Y cuando
-yo quería tirarle de la lengua, me lo negaba, crea usted que me lo
-negaba...</p>
-
-<p>—¿Entonces, cómo sabías tú...?</p>
-
-<p>—Lo sabía por otro lado; lo sabía... porque sí... como se saben
-muchas cosas.</p>
-
-<p>—Bueno. Dejemos el origen de tu conocimiento. ¿Y en qué te fundas
-para creer que le mataron?</p>
-
-<p>—Es corazonada... pero que no me engaño—respondió con acento
-convencido y picaresco.—Tan cierto es lo que pienso como éste es día...
-Yo me guardaré mi idea. No quiero confiársela á nadie.</p>
-
-<p>—¿Ni á mí tampoco?</p>
-
-<p>—¿Para qué? No hemos de poder probarlo. Si hablo de esto, podrían
-vengarse de mí.</p>
-
-<p>—Bueno, pues dime una sola cosa, una sola, y no te pregunto más.
-¿Crees tú que Federico murió á mano de hombre?</p>
-
-<p>—Claro: de hombre...</p>
-
-<p>—Me basta.»</p>
-
-<p>Te refiero este diálogo, del cual poca substancia sacarás, para
-que comprendas la confusión de mis ideas. No quise insistir en mi
-interrogatorio; y como las necesidades corporales, por lo avan<span
-class="pagenum" id="Page_215">[p. 215]</span>zado de la mañana, se nos
-impusieran, á entrambos se nos ocurrió que nada es tan inconveniente
-para los altos fines humanos como pasarse todo un día sin almorzar.
-Nuestra pena misma exigía la reparación orgánica, y hasta el intrincado
-problema que nos inquietaba pedía fuerzas materiales para ser tratado
-con la debida entereza y formalidad. Porfiaba ella en que almorzáramos
-allí; yo que en el <i>restaurant</i>. Venció por fin el sexo débil, y
-pasamos al comedor. ¿Acabaré de ser sincero contigo? Pues sí, ¿por qué
-no? Aquella mujer me tenía fascinado: ante mí se agigantaba, no sólo
-por su belleza, sino también, y más quizás, por no sé qué aureola moral
-que mi mente voluntariosa veía ó quería ver en ella. Nada, hijo de mi
-alma, que estaba yo enamorado... no retiro la palabra, enamorado de
-la Peri, y deseando manifestárselo; y has de saber también que lo que
-en mí sentía era muy por lo fino, algo de galantería caballeresca y
-sentimental que me andaba por dentro como lucida procesión, y... no sé
-qué más decirte.</p>
-
-<p>Dejo la conclusión para otra carta, porque estoy fatigadísimo, y no
-puedo concluir sin llenar un pliego más. Hasta mañana.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_31">
- <p><span class="pagenum" id="Page_216">[p. 216]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXXI</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>7 de Febrero.</i></p>
-
-<p>¿Creerás tú que el almuerzo acabó en bien; que mi fascinación llegó
-á su apogeo, y que con el estímulo de los manjares y bebidas, me lancé
-á manifestar mis sentimientos, y alcé los amantes brazos y cayó en
-ellos la Peri, pagándome mi respetuosa afición con otra de la misma
-calidad ó quizás menos pura? ¡Quiá, no seas tonto! Si te has creído
-esto, bórralo de tus papeles. Ambos estuvimos muy desganados de todo,
-muy tristes. Advierte ahora, en lo que vas á leer, de qué manera se
-enlazan en la vida las cosas tristes con las cómicas, y cómo nuestros
-propósitos y la realidad andan ó suelen andar á la greña.</p>
-
-<p>No habíamos concluído nuestro almuerzo, el cual, dicho sea entre
-paréntesis, fué bastante irregular, como hecho en casa no muy bien
-regida, cuando vino á torcer el rumbo de mis alambicados pensamientos
-la brusca entrada de un sujeto conocido en el mundo de la galantería
-con el remoquete de el <i>pollo malagueño</i>. Supongo que no irás á buscar
-esta celebridad en el Vapereau, en el Larousse, ni en ninguna otra
-enciclopedia. No la busques porque no la encontrarías, lo que no quita
-que sea celebridad incontestable, al menos aquí, y que le conozcamos
-todos, unos de<span class="pagenum" id="Page_217">[p. 217]</span>
-vista, otros de trato, como yo, por desgracia. Te presento á este
-chulito de buena familia y mejor sombra, un poco torero, un poco
-aristócrata, un poco borrachín, tan ligero de palabras como torpe de
-entendimiento, guapo, eso sí, aunque afeminado, pies y manos de mujer,
-el cuerpo muy espigadillo, el pelo sobre la oreja, y un bigotito que
-parece de seda negra, los ojos como soles; hombre, en fin, á quien yo,
-siempre que le veo, daría de buena gana dos patadas en semejante parte,
-y te juro que no se las dí en aquella ocasión por respeto á la que no
-vacilo en llamar... ríete, hombre, ríete hasta mañana... <i>dama de mis
-pensamientos</i>.</p>
-
-<p>Pues, señor, lo mismo fué entrar el tal pollo que... ¿Crees que
-se armó una gran marimorena, que la Peri y su amante se enzarzaron
-de palabras, que luego el chulo y yo nos liamos, y...? No, hombre,
-ten paciencia; no hubo nada de esas <i>trigedias</i> que en lenguaje
-filosófico se llaman <i>broncas</i>. Me parece que Leonor le saludó con un
-<i>¡hola, perdis!</i> <i>¿ya estás aquí?</i> Pero no estoy seguro de si dijo
-esto, ó simplemente <i>¡válgame Dios, lo que está aquí!</i> En la duda no
-apuntes nada, no sea que después, en las edades futuras, armen los
-historiadores un cisco por dilucidar los verdaderos términos de esta
-importante salutación.</p>
-
-<p>De lo que sí no me cabe duda, y esto puedes consignarlo con toda
-solemnidad, es que Pepe Amador, que tal es su nombre, llegóse á su
-querida, é hizo ademán de darle un sopapo, en broma se entiende, con
-actitud entre cariñosa y enojada, rebuznando así: «¡Miá que too un día
-y toa<span class="pagenum" id="Page_218">[p. 218]</span> una noche!
-¡Pamplinosa...! ¿pa qué esos papeles, si tú no eras ná del cadáver?»</p>
-
-<p>Leonor se dejó acariciar de aquel gaznápiro, y volviéndose á mí me
-dijo: «Vamos, dígamelo usted con franqueza. ¿No es un disparate que yo
-esté tan chalaíta por este animal?»</p>
-
-<p>Iba á contestarle que, en efecto, el disparate era de los más
-gordos; pero no dije nada. Amador me saludó de un modo servil, con
-extremos de amistad, á que yo nunca había dado pie, porque el tipo me
-repugnaba. No manifestó en aquel instante la más ligera inquietud por
-mi presencia, y creo que aunque hubiera tenido celos de mí, se habría
-guardado muy bien de manifestarlos. Sentóse el chulapo junto á ella, y
-pronto empezaron á ponerse babosos, lo que me enfadó sobremanera. No
-comprendía yo, ciertamente, que una mujer de mérito... digo de mérito y
-no me vuelvo atrás, porque todo es relativo en este mundo... pues sí,
-no comprendía que una mujer de calidad amase á semejante gandul. En las
-ternezas y recriminaciones que ella le dirigió, creí notar confundidos
-el cariño y el desprecio. Analiza esto, hombre sesudo, si no te
-causa empacho. Yo te diría algo sobre el particular si tuviera humor
-para entretenerme en tales tontunas. Ya comprenderás que no me haría
-maldita gracia el gorro que intentaban ponerme aquel par de peines,
-y quise retirarme. Leonor se opuso, diciendo á su chico que tuviera
-formalidad.</p>
-
-<p>Y ahora, procediendo con esa lógica que los sabios llamáis
-inflexible, creerás sin duda que ante el amor de la Peri por aquel
-tipejo, ante el espectáculo de las gansadas de él y de las zala<span
-class="pagenum" id="Page_219">[p. 219]</span>merías de ella, me
-desilusioné de golpe, y que, súbitamente, me repugnó la que antes me
-parecía tan seductora. Crees esto, ¿verdad? Pues no señor, no fué así.
-Esas son las lógicas de los trataditos de Ética; las del humano corazón
-suelen ser ¡ay! muy distintas. Te diré, pues, que contraviniendo toda
-ley escrita, la chavala siguió atrayéndome y fascinándome, y sus
-debilidades manifiestas no me quitaron la ilusión de aquel extraño
-resplandor moral que creí ver en ella. Esto te parecerá un ciempiés;
-pero como es te lo cuento, y con la realidad no se gastan bromas.</p>
-
-<p>Despedíme dos ó tres veces, y otras tantas Leonor y su querindango
-me retuvieron. En una de éstas el muy tonto se permitió dar su opinión
-sobre el suceso del día, contándonos lo que había oído en la esquina
-del Suizo, en la Taurina y en otros centros de instrucción y cultura.
-La versión recogida por Amador no podía ser más extravagante. Federico
-había sido muerto por Orozco.</p>
-
-<p>«¡Qué barbaridad!—le dije:—¡si Orozco estaba aquella noche en las
-Charcas...! Me consta.</p>
-
-<p>—Pues un amigo mío—replicó el chulo con la seguridad de la
-barbarie,—me ha dicho que vió á don Tomás á las once de la noche,
-en una calle que desemboca en el propio lugar del crimen. Iba bien
-embozado en su capa, con otro chavó. ¿Y esa?»</p>
-
-<p>Yo me reí. La Peri también se rió, aunque con afectación notoria,
-como intentando encubrir su pensamiento. No quise entrar en discusiones
-sobre punto tan delicado, y me retiré, prometiendo á Leonor que
-volvería á charlar con ella, cuando pudiese consagrarme un rato largo,
-pero muy lar<span class="pagenum" id="Page_220">[p. 220]</span>go.
-Convinimos en que me fijaría sitio, día y hora, y me marché por esos
-mundos de Dios en busca de las impresiones públicas y callejeras que no
-habían de faltar.</p>
-
-<p>En las tres ó cuatro partes á donde fuí no se hablaba de otra cosa.
-Fácilmente comprenderás que un asunto de tal naturaleza, formado
-de misterio y escándalo, ha de excitar vivamente la chismografía
-de la raza más chismográfica del mundo; raza dotada de fecundidad
-prodigiosa para poner variantes á los hechos y adornarlos hasta que
-no los conoce la madre que los parió; raza esencialmente artista
-y plasmadora, que crea casos y caracteres, formando una realidad
-verosímil dentro y encima de la realidad auténtica. Ante un suceso
-de gran resonancia, todo español se cree humillado si no da sobre él
-su opinión firme, tanto mejor cuanto más distinta de las demás. Oí,
-como puedes figurarte, explicaciones razonables; otras novelescas,
-aunque dotadas de esa verosimilitud propia de las obras de imaginación
-escritas con talento; algunas estrafalarias, pertenecientes al género
-de entregas, de esas que, llenas de chafarrinones, se te meten por
-debajo de la puerta. Todo lo oí con paciencia y atención, pues hasta
-los mayores desatinos deben, en casos tales, oirse y sopesarse para
-obtener la verdad. Personas encontré que se cebaban en el asunto con
-brutal fiereza, ávidas de hincar el diente en reputaciones hasta
-entonces intactas; otras que se inclinaban á lo más atroz, arriesgado
-y pesimista, y algunas que, gustando de tomar el simpático papel de la
-sensatez entre tanto delirio, proponían las versiones más anodinas y
-triviales;<span class="pagenum" id="Page_221">[p. 221]</span> pero en
-honor de la verdad, debo decirte que éstas hacían pocos prosélitos. La
-multitud se iba tras los que arbolaban estandartes rojos y llamativos,
-con algún lema muy escandaloso; tras los que anunciaban su tesis con
-tambor y cornetín como si exhibieran un fenómeno en las barracas de
-una feria. De todo esto, querido Equis, he de darte cuenta detallada,
-cuando yo esté más sereno, y tú menos harto de mí.</p>
-
-<p>Dispénsame que no siga ésta; pero ya ves que el día ha sido de
-prueba. Júzgalo por el índice que á la carrera te trazo, y que parece
-el sumario de un capítulo de causa célebre: Autopsia.—Entierro.—Mi
-pasión por la Peri.—Almuerzo en casa de ésta.—Amador.—La opinión
-pública ó la confusión de las opiniones.—Abur, y date buena vida, que
-esto es lo único que se saca en limpio en nuestro breve tránsito por el
-más malo y el más tonto de los planetas.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_32">
- <p><span class="pagenum" id="Page_222">[p. 222]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXXII</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>9 de Febrero.</i></p>
-
-<p>Hoy, amigo mío, tengo que contarte algo muy importante; y como
-vivimos en plena atmósfera novelesca, porque cada quisque, con motivo
-de este suceso, inventa, zurce y enjareta argumentos más ó menos
-aceptables, se me ha pegado algo del amaneramiento artístico, y aspiro
-á excitar en tí el interés de lector, contándote los hechos sin seguir
-la serie de los mismos, esto es, empezando por el medio, para caer
-luego en el principio y saltar de éste al final, concluyendo tal vez
-con vaguedades, interrogaciones ó puntos suspensivos en que haya
-conjeturas para todos los gustos.</p>
-
-<p>Pues verás: mi padrino me mandó llamar ayer. Supuse que quería
-tratar conmigo del trágico fin de Viera, y así fué. Nunca he visto
-al buen Cisneros como ayer le ví. Se distraía, se le iba el santo al
-cielo á cada instante. Visibles eran sus esfuerzos por disimular una
-turbación hondísima; pero no podía conseguirlo. Se encasquetaba la
-burlona máscara, que sabe usar como ninguno cuando le place; mas ni por
-esas. La turbación le salía por los ojos en destellos fugaces, por la
-boca en monosílabos y expresiones entrecortadas.</p>
-
-<p>«Es una indecencia la opinión en este país<span class="pagenum"
-id="Page_223">[p. 223]</span>—me dijo temblando de ira.—No respetan
-nada... Esto es un escándalo.»</p>
-
-<p>Enseñóme varios periódicos que daban cuenta del crimen, haciendo
-alusiones veladas á la familia de Orozco.</p>
-
-<p>«Es cosa de ir y romperles la cabeza á esos miserables.</p>
-
-<p>—Poco á poco, don Carlos—le respondí.—Estas cosas que antes eran la
-más sabrosa golosina de usted, ¿por qué ahora le enfadan tanto?</p>
-
-<p>—¡Oh! no, no: si yo no niego que la sociedad está pervertida;
-que todo lo malo, por el solo hecho de ser malo, es verdad—indicó
-recobrando su papel;—pero si cojo á uno de esos periodistas, tendría
-mucho gusto en darle un estacazo... Conste que yo sostengo lo que
-siempre sostuve. Pero no confundamos las cosas. Si al tronera de
-Federico le da la vena de matarse, ¿tiene esto que ver con mis hijos?
-Ya sabes que no tengo cariño á Orozco; pero eso no quita para que... En
-fin, que me da la gana de indignarme con estas infamias, y no sé cómo
-tú no te indignas también. ¿Eres ó no eres de la familia?</p>
-
-<p>—Yo comprendo que usted se sulfure—le dije,—y por eso ha tenido ayer
-una conferencia de dos horas con el juez que instruye la causa.»</p>
-
-<p>Esta noticia del juez, adquirida y comprobada por mí el día antes,
-es el resorte que, debiendo ser expuesto al principio, reservaba yo
-para encajártelo al promedio de mi entrevista con Cisneros. Con este
-recursillo pensaba yo construir artísticamente la narración para
-jugar con tu curiosidad; pero, chico, se me ha escapado antes de
-tiempo, y yo no borro nada de lo escrito. En ri<span class="pagenum"
-id="Page_224">[p. 224]</span>gor, debo preferir el orden lógico del
-relato á las triquiñuelas del oficio narrativo, que no son para usadas
-por aprendices.</p>
-
-<p>Pues bueno. Cuando le encajé á mi tío lo del juez, se le descompuso
-la cara y montó súbitamente en cólera, diciéndome:</p>
-
-<p>«Y tú, ¿qué sabes de eso? Mira, mequetrefe, te echo de mi casa, y
-no vuelves á poner los pies en ella. Veo que en tí no hay sentimientos
-honrados. Has dicho un embuste, una tontería, una estupidez, sí,
-señor.»</p>
-
-<p>No sé las atrocidades que de su boca salieron; pero no negó que
-hubiese conferenciado con el juez. ¿Y cómo negarlo? Había perdido por
-completo la serenidad, y yo la conservaba. Iba y venía agitadísimo, de
-un ángulo á otro de la habitación, recogiéndose los faldones de su bata
-arqueológica. Á lo mejor, el enfurecido viejo daba puñetazos en todo lo
-que cogía por delante, fuera cofre, vargueño ó mesa de mosáico. Fíjate
-en lo que decía:</p>
-
-<p>«Llegará ocasión, si seguimos así, en que no pueda uno salir á
-la calle. Esto da náuseas. ¡Cuánta inmundicia en esa opinión! ¿Pero
-qué opinión ni qué...? Decididamente, yo le rompo el bautismo á
-alguien... lo que no quiere decir, entiéndelo bien (parándose ante mí y
-amenazándome con el puño), que yo crea que el mundo es bueno. Manolo,
-créeme, vamos á un cataclismo. La sociedad no puede seguir así. Sus
-bases, las célebres bases de que hablan tanto esos papeles inmundos,
-hacen <i>crac</i>, <i>crac</i>. El matrimonio se hunde, las instituciones
-políticas y religiosas se desmoronan. ¡Ejército, Iglesia, Magistratura,
-pi<span class="pagenum" id="Page_225">[p. 225]</span>lares podridos
-que sólo aguardan un encontronazo para caerse! Sí, Manolo, Manolito,
-tiene que venir un mundo nuevo... pero lo que digo: aunque sé que ese
-mundo nuevo ha de venir, y vendrá, no lo dudes, por el momento yo
-tengo ganas de dar un par de guantadas á esos que hablan de lo que
-no les importa, á los que acusan á las personas formales de crímenes
-ilusorios... Por lo mismo, hombre, por lo mismo que la sociedad está
-haciéndose polvo, quiero yo desahogarme... ¡Ah!... ¡qué tropa, hijo!...
-¡Cuidado que permitirse reticencias contra mi adorada Tinita!...
-¡Vamos, esto es el colmo de la desvergüenza y de la...! Por supuesto,
-yo reconozco que el mundo es un presidio esférico. El pecado, el mal
-son su dueño absoluto; pero la honradez y la pureza existen, ¿pues no
-han de existir? Hombre, aunque sólo sea como término imprescindible de
-comparación. Pues bien: yo te digo que estas atrocidades que cuentan
-ahora de la familia Orozco, son injustas y calumniosas... Yo estoy que
-trino; y si quieres que tu padrino te quiera, sal por ahí, y al primero
-que te suelte una alusioncita le rompes todas las muelas.</p>
-
-<p>—Amigo don Carlos—le dije,—yo creo que debemos callarnos, pues
-ignoramos la verdad.</p>
-
-<p>—Manolo, eres un cobarde... y tendré que arrojarte de mi casa.</p>
-
-<p>—Me marcharé, si usted se empeña; pero no sin decirle que la versión
-judicial respecto á la muerte de Federico me parece absurda.»</p>
-
-<p>Aquí viene bien indicar que aquella mañana misma me dijo el
-escribano que de la sumaria no sale nada en que se pueda fundamentar
-el homi<span class="pagenum" id="Page_226">[p. 226]</span>cidio. La
-justicia opina que Federico se dió la muerte á consecuencia de grandes
-pérdidas en el juego. Las diligencias continúan, sí, pero encarriladas
-ya en una dirección de la cual no se desviarán.</p>
-
-<p>«¿Y en qué te fundas tú—me dijo Cisneros plantándoseme delante con
-aire jaquetón,—para creer que la versión judicial es absurda?</p>
-
-<p>—En que me consta que Federico no tuvo pérdidas en los últimos días,
-sino grandes ganancias.</p>
-
-<p>—Quita allá, tonto. Pues cualquiera prueba que hubo esas ganancias.
-Y aunque las hubiera... ¿qué significa eso? Vaya una manera de
-argumentar.»</p>
-
-<p>Sin duda estaba el buen señor enteramente trastornado, ó á dos dedos
-del trastorno, porque de improviso mudó de acento y de expresión, y
-echándome el brazo al cuello, me dijo:</p>
-
-<p>«Ven acá, tontín, carísimo ahijado mío... ¿Para qué te metes
-en lo que no te importa? ¿Qué averiguaciones son esas sin contar
-conmigo, que tengo más arte del mundo que tú? Entendámonos, y obremos
-de común acuerdo. De tí para mí, podemos comunicarnos nuestras
-impresiones. Lo que tú sepas, lo que pienses ó sospeches acerca de
-esta tremenda chiquillada del pobre Federico, confíamelo á mí, y yo
-con mi experiencia te daré la pauta lógica de los hechos. Cuéntame
-lo que hayas oído por ahí. ¿Te ha dicho algo la Peri? ¿Qué se habla
-en el Casino y en la Peña de los Ingenieros? Yo quiero saberlo. Es
-que... te diré: me gusta enterarme de los diferentes aspectos de la
-malicia humana, de todas las enfermedades de<span class="pagenum"
-id="Page_227">[p. 227]</span> la opinión, porque la opinión es una
-pura gangrena, ¿sabes?... Mala es la sociedad; pero la opinión, hijo
-mío, esa gran charlatana, merece ser tratada como la última de las
-mujerzuelas.»</p>
-
-<p>Nunca le había visto tan fuera de su centro. En él luchaban
-las ideas que constituyen lo más típico y lo más agradable de su
-personalidad, con la obligación de aplicar á un hecho real criterio
-distinto del que siempre usa; luchaba también en su ánimo el afán de
-conocer la verdad con la vergüenza de ver mezclado el nombre de su hija
-en aquel drama incomprensible. El traqueteo de esta lucha; los brincos
-que daba su ingenio enzarzándose con su conciencia; los chillidos que
-á veces salían de lo más hondo de ésta; las ansias de la curiosidad;
-los bramidos del orgullo, queriendo sostener la idea pesimista por
-encima de todo, producían un zipizape espiritual que me hizo muchísima
-gracia. Créelo: me costó trabajo no echarme á reir, pues á veces se me
-representaban los sentimientos y las ideas de mi padrino como gatos
-que se arañaban y se mordían en furiosa reyerta. Llegué á creer que le
-daba un ataque de nervios, porque el pobre señor, en aquel ir y venir,
-parecía que bailaba ó que hacía volatines. Procuraba yo tranquilizarle,
-y al fin conseguí que se tendiera en un sofá. Al cambiar de postura,
-varió de tono. Habías de verle y oirle.</p>
-
-<p>«Te confesaré una cosa: tengo un amargor en el alma que me
-atosiga. Yo sigo en mis trece: la Humanidad es esclava del mal;
-pero francamente, no me gusta que mi nombre ande en bocas de la
-caterva maliciosa. Me has de contar todo lo que oigas, aunque sea
-de lo más insolente y des<span class="pagenum" id="Page_228">[p.
-228]</span>vergonzado. Después, ¿sabes lo que hacemos tú y yo? Desafiar
-á medio Madrid.</p>
-
-<p>—¡Ave María Purísima!</p>
-
-<p>—Es que yo, aquí donde me ves, tengo el punto de honor muy delicado,
-y no aguanto que nadie me toque al pelo de la ropa. Estoy furioso;
-quiero emprenderla con alguno, dar un recorrido al que me contradiga,
-hacer cualquier atrocidad. ¡Si me parece que he vuelto á los veinte
-años, á la edad valiente en que yo cobraba el barato entre los
-muchachos de mi taifa!»</p>
-
-<p>Quería levantarse. Yo le contuve, diciéndole: «Don Carlos, no sea
-chiquillo. Yo le contaré á usted todo lo que oiga. Pero advierta que la
-mayor parte de lo que se dice es pura necedad, novelas que cada cual
-compone á su gusto para reunir un público de tontos que las escuche y
-las aplauda.</p>
-
-<p>—Bien, bien... así me gusta que te expreses... porque, francamente,
-cuando empezaste á hablar conmigo esta tarde, me pareciste inclinado á
-creer todas esas bolas que corren. Por eso quise echarte de mi casa. Me
-alegro de verte de acuerdo conmigo. Tú y yo pensamos lo mismo; tú y yo
-opinamos que la titulada Humanidad es un hatajo de pillos; pero en el
-caso presente rechazamos las suposiciones malévolas y nos indignamos...
-¿Verdad que estás indignado, hijo mío? ¡Ay! hace dos noches que no pego
-los ojos, impresionadísimo, devorado por el despecho y la curiosidad...
-Mira, te lo diré con franqueza: deseo conocer la verdad, y temo
-conocerla. Es que no puede uno ser de roca, aunque quiera. Yo, que
-presiento la destrucción de la actual sociedad en un plazo más ó<span
-class="pagenum" id="Page_229">[p. 229]</span> menos largo, pero no en
-mis días, en mis días no; yo, que difícilmente admito móviles puros en
-la mayor parte de las acciones humanas, no soporto que anden por los
-suelos mi nombre y el de mi Tinita... Ya tú me entiendes. Esto es una
-calumnia, una asquerosa calumnia, y no debemos consentirlo.</p>
-
-<p>—Mire usted, padrino—observé yo,—si no poseo la verdad, trato de
-poseerla. Le juro á usted por mi salvación que si doy con ella, la
-tendrá usted, por dolorosa y amarga que sea.»</p>
-
-<p>Su primer impulso fué darme un fuerte abrazo; pero después le ví
-palidecer y fruncir el ceño, y me dijo con voz muy grave:</p>
-
-<p>«Tú me contarás todo lo que oigas; pero no bajas averiguaciones; no
-revuelvas, no menees esto.</p>
-
-<p>—Pero ¿qué mal hay en perseguir la verdad, la santa verdad, tío?</p>
-
-<p>—La santa verdad, hijo de mi alma, no la encontrarás nunca, si no
-bajas tras ella al infierno de las conciencias, y esto es imposible.
-Conténtate con la verdad relativa y aparente, una verdad fundada en el
-honor, y que sacaremos, con auxilio de la ley, de entre las malicias
-del vulgo. El honor y las formas sociales nos imponen esa verdad, y á
-ella nos atenemos.»</p>
-
-<p>Dicho esto me abrazó de nuevo, y casi al oído me dijo estas
-palabras:</p>
-
-<p>«No averigües nada, ni te metas á buscador de la verdad absoluta,
-que no encontrarás. El juez es hombre recto y muy amigo mío, y nos
-dará la solución. Tú la aceptas, la propalas, y al que te diga
-algo contra ella, le divides. Tose fuerte, y<span class="pagenum"
-id="Page_230">[p. 230]</span> tendrás siempre razón. Y ya que nos hemos
-explicado, te confesaré que el juez y yo hablamos. Es amigo mío y me
-debe su carrera, porque, conociendo su mérito, le saqué de Valoria la
-Buena, donde estaba obscurecido, y le llevé á Zamora, y de Zamora me
-le traje acá. No vayas á creerte que he ejercido presión sobre él. Es
-hombre de ideas lúcidas y de puntos de vista muy elevados. Bien sabe
-que no mediando perjuicio de tercero, la mayor de las injusticias es
-arrojar inútilmente la ignominia sobre una familia respetable.</p>
-
-<p>Yo quise objetar algo, y noté que se enfurecía. «Cállate la
-boca—gritó.—No admito observaciones tontas... Mira que te echo de mi
-casa. Tú no lo quieres creer; pues te arrojo, te pongo de patitas en la
-calle, como tres y dos son cinco.»</p>
-
-<p>No me atreví á contrariarle, temeroso de que le diera un berrinche
-de consecuencias funestas para su salud, y en pago de mi silencio,
-me abrazó con paternal efusión, y me palmoteó bien las espaldas,
-llamándome su hijo querido, y asegurando que soy la persona de la
-familia á quien más ama. Me habría gustado que presenciaras la
-escena, pues yo no puedo darte idea de las marrullerías de este viejo
-zorro. Ahora me acuerdo de que en una de tus cartas me dijiste que
-la figura de Cisneros te parece creación mía; que dejándome llevar
-de la fiebre narrativa y del natural deseo de cautivar á quien me
-lee, he pintorreado los rasgos y perfiles de la fisonomía moral de
-este individuo, haciendo una figura de realidad artística, pero
-no un verdadero retrato como esperabas de mí. No, querido Equis:
-te<span class="pagenum" id="Page_231">[p. 231]</span> juro que es
-retrato. No te mueva lo extraño de la silueta á dudar de su parecido
-y autenticidad. Piensa en las variedades infinitas que atesora la
-Naturaleza, en la abundancia de sus inagotables colecciones, donde
-así la fauna como la flora te ofrecen formas nuevas cada vez que las
-examinas. No es Cisneros invención mía, ni yo invento nada. ¿Y qué
-iría ganando yo con meterme á plasmador, aunque hacerlo pudiera?
-Siempre me quedaría muy lejos de la realidad. ¡Esa sí que inventa,
-y con qué garbo! ¡Qué cosas nos enseña, y qué sorpresas nos da! ¡Lo
-que sabe esa pícara! Para comprender su maestría fecunda, ponte á
-hacerle la competencia y suelta las riendas á tu imaginación; dedícate
-á fingir, por ejemplo, tipos de plantas, variedades de animales. ¿Á
-que te cansas antes de llegar á la millonésima parte de lo que ya
-existe, y desesperado tiras los trastos de imaginar? Pues lo mismo te
-pasaría en el inmenso capítulo de la psicología y los actos humanos.
-Échate á componer caracteres y acontecimientos, y verás cómo te quedas
-corto, muy corto. ¡Trabajo inútil y necio, cuando la realidad te los
-da siempre vivos y verdaderos, y siempre nuevecitos! La invención
-realmente práctica consiste en abrir mucho los ojos y en acostumbrarse
-á ver bien lo que entre nosotros anda... No sigo, porque ahora me
-acuerdo de que tú y yo solemos tronar contra las <i>consideraciones</i>, y
-éstas que haciendo estoy son quizás de las más soporíferas.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_33">
- <p><span class="pagenum" id="Page_232">[p. 232]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXXIII</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>10 de Febrero.</i></p>
-
-<p>Sigo la de ayer, que, aunque bastante larguita y pesada, iba
-incompleta. Contábale yo á mi tío alguna de las desatinadas hipótesis
-que había oído, cuando entró Malibrán. Comprendiendo yo que mi
-presencia les contrariaba y que querían hablar á solas, apartéme, y
-les ví de gran secreteo durante un mediano rato. No llegó á mis oídos
-ni una sola sílaba, ni intenté atraparla tampoco. Que hablaron del
-suceso de autos, era indudable. Malibrán se expresaba con la vehemencia
-oficiosa de una persona que, por propia iniciativa ó por encargo, se
-ha impuesto la misión de arreglar un asunto de difícil compostura.
-Cisneros oía y como que dictaba un plan. Creí que, después de esto,
-Cornelio saldría á la calle; pero no fué así. Mi padrino parecía
-cansado y soñoliento. Le dejamos en el sofá, y nos fuimos á un gabinete
-próximo, donde el diplomático se puso á ver carteras de estampas. Yo
-hice lo mismo, y trabamos conversación, empezando él por darme un
-curso instructivo de Alberto Durero, Lucas de Leyden, Holbein y otros
-maestros, y te confieso que le oía con gusto, porque se sabe al dedillo
-la historia del grabado en talla dulce y del<span class="pagenum"
-id="Page_233">[p. 233]</span> agua fuerte, y la explica con amenidad y
-lucidez.</p>
-
-<p>Cuando ya me pareció que habíamos hablado bastante de aquellas
-materias, metí el embuchado del tema que tratar quería, y le dije:
-«Vamos á ver, amigo Malibrán: usted, como todo el mundo, habrá formado
-su opinión sobre este lío. Dígamela usted con sinceridad, si no es
-indiscreción el desear saberla.</p>
-
-<p>—¡Oh! no, indiscreción de ninguna manera—me respondió sereno y
-afectuosísimo.—Mi opinión es bien clara, y no la oculto á nadie. Desde
-el momento en que Orozco y yo recibimos la noticia en las Charcas,
-tuve una idea; y después de llegar aquí y de oir tanto disparate, no
-la he variado en nada. Creo que esto es sencillamente un suicidio por
-insolvencia, por no poder cumplir obligaciones contraídas en el juego,
-ofuscación del ánimo cuyo origen hay que buscar en un sentimiento
-bravío del honor y de la responsabilidad.</p>
-
-<p>—¿Y no cree usted que...?</p>
-
-<p>—¿Mujeres?... ¿La novela cursi que anda por ahí...? Por Dios, amigo
-Infante: considere usted que á nosotros nos corresponde juzgar estas
-cosas con un criterio racional y no con el de la patulea. Me parece que
-debemos rechazar la fábula vergonzosa que, además de ser inverosímil,
-va contra la reputación y contra el honor de amigos muy queridos.»</p>
-
-<p>Puesta la cuestión en este terreno, no tenía yo más remedio que
-otorgar callando, y aun dije alguna frase ambigua en defensa de
-nuestros amigos. Sorprendióme la actitud de Malibrán, cir<span
-class="pagenum" id="Page_234">[p. 234]</span>cunspecta hasta dejárselo
-de sobra, y amoldada á las formas diplomáticas, conforme al papel
-que tan bien sabe representar en el mundo. No me habría sorprendido
-semejante actitud si no me constara que un día antes había lanzado, en
-casa de San Salomó, una de las variantes más novelescas y estrafalarias
-del tenebroso drama. No me habría sorprendido si no supiera, como sé,
-que, noches antes del suceso, Malibrán se dejó decir en casa de la
-Peri, delante de varios amigos excitados por el <i>champagne</i>, que había
-descubierto el nido de amores de mi prima Augusta, y que sabía quién
-era él, aunque se reservó su nombre.</p>
-
-<p>Pero, en rigor, nada debía cogerme de nuevas tratándose del
-carácter de un sujeto cuya falsedad y doblez se me revelaron bajo las
-exterioridades más cultas. Sin duda, tras un rapto de malevolencia
-manifiesta, había vuelto sobre sí, encerrándose en su papel social; sin
-duda, causado el daño que se propuso, había vuelto á vestirse la piel
-de cordero, dentro de la cual tan bien resuelve los problemas de la
-vida. Mi padrino y él se entienden de seguro, y manejan los hilos de la
-trama ocultadora.</p>
-
-<p>Hablamos algo más, esforzándose él en demostrarme la necesidad de
-sofocar en lo posible el alboroto de las murmuraciones. Mira lo que
-saqué en limpio de aquel coloquio: que Malibrán aspira á hacerse grato
-á mi prima, abrazando su causa con ardor y defendiéndola con la donosa
-fraseología que posee el muy tuno. Seguro estoy de que sacas de los
-hechos expuestos la misma deducción que he sacado yo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_235">[p. 235]</span></p>
-
-<p>Pero espérate ahora, que voy á contarte otra cosa que te
-sorprenderá. De repente sentimos que mi padrino, desde la estancia
-próxima, nos llamaba: «Eh, pollos, que me tenéis aquí solo y
-abandonado.» Suele llamar pollos á todos los que no son de su edad.
-Comimos con él, y de buenas á primeras, como quien continúa en alta
-voz un monólogo, nos dijo riendo: «Por supuesto, yo estoy siempre
-en que ese yernecito que Dios me ha dado, ese Orozquito, es un buen
-punto...</p>
-
-<p>—No estamos de acuerdo, don Carlos: ya sabe usted que yo...—apuntó
-Malibrán, firme en su papel.</p>
-
-<p>—Amigo mío, usted se me va siempre del lado benévolo. Debe usted
-dedicarse á escribir vidas de santos, lo mismo que este tontín de
-Manolo, que sostiene que á Tomás debiéramos ponerle en los altares.
-¡Qué inocencia! Si es el pillo más grande que... vamos... Extraño mucho
-que no lo comprendáis así. Si tocan á hacer santos, ahí está mi hija,
-que no es floja virtud querer á ese jesuitón como le quiere...</p>
-
-<p>—La canonizaremos,—afirmó Malibrán, con una sonrisa que me dejó
-helado, pues había en ella el sarcasmo más sutil que imaginarse
-puede.</p>
-
-<p>—Sí, canonizádmela—repitió Cisneros levantándose.—¡Pobre Tinita mía!
-Cuánto debe padecer con estas infamias...»</p>
-
-<p>Malibrán y yo nos miramos sin decir nada; pero se me figura que él
-leyó en mis ojos mi pensamiento, como yo leí el suyo en los de él.</p>
-
-<p>Y basta por hoy. Me parece que tienes para meditar un rato.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_34">
- <p><span class="pagenum" id="Page_236">[p. 236]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXXIV</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>12 de Febrero.</i></p>
-
-<p>Prepárate para oir las versiones del drama ocurrido en el <i>solar
-del polvorista</i>, que así, según supe después, se llama el sitio donde
-apareció muerto nuestro amigo. No te cuento todo lo que la fantasía
-popular nos regala, porque sería tarea interminable; te doy sólo las
-variantes que más aceptación tienen en los corrillos chismográficos,
-algunas corriendo con el crédito que le dan labios de reconocida
-autoridad en el arte de la maledicencia; otras desacreditadas, pero no
-por eso mal recibidas. La primera que te endilgaré es la que oí en la
-Peña de los Ingenieros, y se funda en datos suministrados por aquel
-viejo zorro de quien te hablé en una de mis cartas, ¿no te acuerdas? el
-que me aseguró haber visto salir á Augusta de cierta casa en la cual no
-debía de entrar con buenos fines. Roguéle me dijese cuanto supiera, y
-por fin me designó la casa, aunque no podía hacerlo del piso. Es una de
-las del paseo de Santa Engracia, próxima al <i>solar del polvorista</i>. Del
-portal al vertedero, habrá unos sesenta pasos míos. Esta mañana hice
-mis pruebas topográficas sobre el terreno; pero te advierto que estas
-pesquisas son para mi uso particular, pues la primera condición que me
-puso el señor aquél<span class="pagenum" id="Page_237">[p. 237]</span>
-para clarearse conmigo, fué que no había de llevar ningún dato á las
-diligencias judiciales.</p>
-
-<p>Vale más que te dé un breve extracto de sus propias palabras:
-«Mire usted, amiguito, yo no quiero meterme en líos, ni delatar á
-nadie. Si se tratara de un asesinato por robo, yo sería el primero en
-ayudar á la justicia con los indicios que tengo; pero en una desgracia
-ocasionada por amores clandestinos; en una tragedia íntima, de éstas
-cuyos factores son la pasión, los celos, el sentimiento exaltado de la
-dignidad y el honor, creo yo que no debe intervenir la acción de los
-ciudadanos. Por tanto, las noticias de la casa, que para mí son de una
-autenticidad incontestable, porque no una, sino varias veces he visto
-entrar en ella á esa señora y á su amante (que de Dios goce), se las
-comunico á usted para que se vaya ilustrando; pero ello ha de quedar
-entre nosotros, porque si usted tiene la debilidad de llevar este
-dato al juez, y el juez me llama, negaré yo la referencia y le dejaré
-á usted por mentiroso. Hablando en plata: creo que el poder judicial
-hace bien en no apurar la investigación de estos asuntos de amor y
-celos, porque las querellas y zaragatas por la posesión de una hembra,
-están, como el duelo, por cima de las leyes, dígase lo que se quiera.
-No extrañe usted que, cuando ocurre un caso como el de su amigo, sobre
-todo si el muerto pertenece á las clases principales, resulte que es
-suicida por lances de juego ó por arrebato de locura. Bien sé que la
-solución no satisface á la justicia estricta; pero me parece que el
-camino derecho produciría mayores males, por aquello de <i>summum jus
-summa injuria</i>.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_238">[p. 238]</span></p>
-
-<p>Dióme qué pensar la opinión de aquel sujeto, que reforzaba sus
-argumentos con sus canas, pues bien se le conoce que es hombre de
-consumada pericia y de erudición enciclopédica en todos los ramos de
-fragilidades humanas. Respecto al hecho, lo reconstruye de este modo:
-«Orozco tuvo noticia de la infidelidad de su mujer y del lugar donde
-podría comprobarlo por sus propios ojos. Presentóse allí en la noche
-del primero de Febrero.» Le interrumpí para hacerle ver que esto era
-imposible por hallarse Tomás en las Charcas; y él, echándose á reir, me
-dijo: «No sea usted inocente. Las coartadas se preparan con habilidad
-cuando se tiene empeño en ello, y lo que ha habido es el recurso
-vulgarísimo de fingir un viaje, despidiéndose y quedándose. Para mí,
-Orozco les sorprendió y no tuvo valor para matar á su mujer. Hirió al
-infeliz Viera, disparándole á quemarropa. Esta primera herida es la del
-costado, mortal, aunque no inmediatamente. El herido pudo huir. Acosado
-por el agresor, y cuando ya estaba caído y exánime, recibió el segundo
-balazo, el de la cabeza, con el cual quedó rematado.»</p>
-
-<p>El aspecto de verosimilitud de esta hipótesis no ganaba mi ánimo,
-lleno de dudas acerca de la participación de Orozco. Cierto que por
-grandes que sean la virtud de un hombre, su prudencia y suavidad de
-costumbres en los actos corrientes de la vida, no podemos responder
-de que ese mismo hombre, movido de los celos y hostigado por el mayor
-ultraje que á su dignidad puede inferirse, no se transforme de pacífico
-en vengador. El conocimiento del carácter de una<span class="pagenum"
-id="Page_239">[p. 239]</span> persona nos puede dar la norma de su
-proceder probable en todas las situaciones sociales, menos en aquéllas
-que se derivan de la pasión amorosa, los celos ó el honor. Tratándose
-de la situación creada á un hombre por estos grandes móviles, no
-podemos responder de que sus actos se contengan en un límite fácil
-de trazar. Se vuelve fiera irresponsable, y todas las prendas que
-constituían su personalidad en la vida ordinaria, se eclipsan y se
-desvirtúan. Pues á pesar de esto, y de la posibilidad de la exaltación
-homicida de Orozco, yo no entro con ella. Mi entendimiento la repugna.
-Qué quieres que te diga: <i>no veo</i>, no puedo ver á Orozco, revólver
-en mano, persiguiendo á su enemigo. Ello podrá ser: pero yo no sé
-reproducir el acto en mi mente, no acierto á figurarme la cara ni la
-actitud trágica de un hombre á quien he visto ayer mismo ostentando una
-serenidad y un reposo de ánimo que... vamos, que no pueden en manera
-alguna ser obra de la hipocresía, y sostengo que no hay histrionismo en
-grado tal de perfección.</p>
-
-<p>En la misma Peña corría otra variante, en la cual Orozco no figura
-sino como impulsor del crimen, por medio de un asesinato mercenario.
-Este esperó á Federico cuando salía, y <i>pim</i>, <i>pam</i>. El principal
-sostenedor de esta historieta asegura que un amigo suyo, al pasar á
-las nueve de la noche por la bocacalle que da ingreso al vertedero,
-vió á un hombre de mala traza, y que á las diez le volvió á ver. Esto
-del matador pagado me parece todavía menos aceptable. Que Orozco
-matara, puede ser, aunque yo no <i>siento</i> el acto, ¿me entiendes?, no
-hay en mi ánimo ese movi<span class="pagenum" id="Page_240">[p.
-240]</span>miento íntimo de fe que nos lleva á la convicción. Pero lo
-de comprar un asesino me parece contrario á toda lógica. Orozco no es
-capaz de eso.</p>
-
-<p>Completaré estas noticias diciéndote que he tratado de hacer hoy,
-en la que llamaremos casa del crimen, algunas indagaciones. La casa,
-que es de construcción reciente, no tiene más que dos pisos, bajo y
-principal, y dos cuartos en cada uno de ellos. El principal de la
-izquierda y el bajo de la derecha están con papeles. Me inclino á creer
-que el bajo izquierda es el lugar nefando. Interrogo á los porteros;
-pero no he visto gente más discreta. Les ofrezco gratificación; les
-hago comprender que no soy de la curia, que no se les seguirá perjuicio
-por las revelaciones que me hagan, y nada. Tranquilos y confiados, ni
-aceptan mis dádivas, ni me dan ninguna luz. Ó son inocentes, ó están
-vendidos ya. Me inclino á creer esto último. Enseñáronme los dos
-cuartos vacíos, en los cuales todo indica que no han sido habitados
-aún. En el principal vive un procurador, con señora y la mar de
-chiquillos; en el bajo de la izquierda, objeto de mis sospechas, hay un
-almacén ó taller de muebles, de éstos que se anuncian en Madrid como
-almonedas. Entré; no se podía dar un paso, porque todo está obstruido
-con sillerías en blanco, butacas apiladas, sofás patas arriba. En el
-centro de la sala, llena de mil trebejos, y donde se masca el polvo
-del pelote y se le enredan á uno los pies en las sartas de muelles
-de acero, dos hombres trabajan en tapicería. La mujer que me enseñó
-el establecimiento, y á quien intenté hacer cantar ofrecién<span
-class="pagenum" id="Page_241">[p. 241]</span>dole con habilidad buena
-recompensa, se ofendió de mis insinuaciones. Su altanería desdeñosa
-me pareció sincera ó muy bien fingida. Á pesar de tantas señales
-contrarias á mi idea, no sé por qué insisto en pensar que aquellas
-paredes encerraron lo que yo presumo y Dios sabe.</p>
-
-<p>Por lo demás, como adquisición de conocimientos reales sobre este
-problema, no he adelantado nada. La obscuridad es mayor cada día, el
-vértigo crece, la razón se apaga, y si de ésta no me vuelvo loco, creo
-que tengo asegurada mi cordura por todo el resto de mis días.</p>
-
-<p>Hasta mañana, y dime algo, ilumíname. Á veces el que está lejos de
-los acontecimientos ve más y mejor que el que los toca con sus narices.
-Dime cuanto se te ocurra, que por disparatado que sea, no ha de llegar
-á las gárrulas novelas que se forjan aquí. Adiós.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_35">
- <p><span class="pagenum" id="Page_242">[p. 242]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXXV</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>14 de Febrero.</i></p>
-
-<p>Allá va otra.</p>
-
-<p>De seis ó siete versiones recogidas en el Casino, elijo la que
-tiene más prosélitos. Orozco es eliminado de esta hipótesis, y no
-figura para nada en el crimen. En cambio, aparece otro personaje que
-nadie sabe quién es: un segundo amante de la desgraciada Augusta. Cómo
-se determina la participación en el drama de este nuevo elemento,
-es cosa que cada cual explica á su modo, con criterios y puntos de
-vista originalísimos. Algunos atestiguan y refieren el lance como si
-lo hubieran visto. Uno de los presentes sostiene que Augusta entró
-en la casa con el desconocido á eso de las nueve y media. Las once
-serían cuando entró Federico. «¿Pero usted le vió?» Á esta pregunta te
-contestan: «Yo no le ví; pero me lo ha contado Vargas.» Cuando llega
-el llamado Vargas, que es un <i>sportman</i> y <i>ciclista</i> muy conocido, se
-le interroga con toda solemnidad; pero resulta que él no vió nada,
-sino que se lo dijo un amigo, capitán de infantería, el cual se marchó
-ayer á las Baleares. ¡Alabado sea Dios! Danme ganas, querido Equis,
-de ponerme en marcha inmediatamente para Mallorca, á fin de evacuar
-esta cita.<span class="pagenum" id="Page_243">[p. 243]</span> Pero lo
-pienso mejor, y me quedo. Lo referido á Vargas por su amigo es que la
-señora (falta averiguar si el tal capitán la conoce, ó si, habiendo
-visto entrar en la casa á otra mujer, da en creer de buena fe que era
-la persona de quien tanto se habla hoy) llegó en coche simón con un
-sujeto, del cual no puede decir sino que tenía barba larga y rubia.
-«¿Era alto?—Más bien alto que bajo... bien vestido.» En seguida empieza
-la tarea sabrosa de personalizar este dato, y unos en serio, otros
-en broma, le cuelgan el muerto á varias personas conocidas, entre
-ellas á tu amigo Bueno de Guzmán, el cual no vuelve de su asombro al
-encontrarse con que es la auténtica <i>tía Javiera</i> del asesinato de
-Federico. Bromas aparte, esta versión la tienen muchos por aceptable, y
-alguien la cree como el Evangelio. Varían las apreciaciones respecto al
-desconocido: quién le tiene por caballero ó persona de nuestra clase,
-quién por hombre ordinario. Un primito de Villalonga, de éstos que,
-cuando se habla de acontecimientos misteriosos, se pirran por ser á
-todo trance testigos presenciales, jura y perjura que hace dos semanas
-próximamente, á eso de las once de la noche, vió á la de Orozco por
-calles extraviadas de Chamberí paseando del brazo de un hombrachón que
-no le pareció caballero. <i>Por cierto que le chocó.</i> Da las señas: alto,
-fuerte, con barba rubia y larga, ropa holgada y de feo corte, aspecto
-extranjero, como de maquinista ó jefe de alguna industria. En fin, ya
-puedes figurarte lo que vería el muy lince. Primero se deja matar que
-sufrir el desaire de no haber visto alguna cosita.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_244">[p. 244]</span></p>
-
-<p>Y qué, ¿crees tú esto? Yo no lo acepto, ni en absoluto lo rechazo,
-pues la misma confusión en que estoy me obliga á admitir todo lo
-humanamente probable, y á no poner puertas al campo inmenso de la
-fragilidad femenina. Anoche pensé bastante en el hombre misterioso
-y barbudo, alto, grueso, como le describió aquel demonio de chico.
-Francamente, no caigo en quién pueda ser. Casi, casi me decido á
-eliminarle, como un fantasma intruso, de la serie de hipótesis
-razonables.</p>
-
-<p>Pues verás ahora la más salada. En casa de la de San Salomó hay
-paráfrasis para todos los gustos. Pero la marquesa tiene una suya, que
-no confía sino á ciertos amigos de mucha confianza, siempre con la nota
-marginal de que lo sabe por el conducto más fidedigno. Te transmito el
-dicharacho de la ilustre dama sin quitar punto ni coma: «Pues yo sé
-la verdad, la pura verdad. Crea usted que esto es lo auténtico. Se lo
-diré á usted si me promete guardar el secreto, y le advierto que la
-persona que me lo ha dicho lo sabe... vamos, lo sabe como si lo hubiera
-presenciado. Ni Orozco ni hombre alguno tienen culpabilidad. Ella,
-ella fué quien le mató por celos de la Peri. Hace días que venían las
-cosas muy tirantes: cada cita era un altercado. No, no lo dude usted,
-que esto es como el Evangelio. Se sabe dónde compró el revólver; se
-sabe que á un amigo íntimo (que no puedo nombrar... usted considere)
-le confió su propósito de matar á Fritz. Pero qué, ¿no cree usted
-en las mujeres que matan? Aquella noche fué grande la marimorena.
-Augusta disparó, y le atravesó el hígado, y el estómago, y el<span
-class="pagenum" id="Page_245">[p. 245]</span> espinazo, y la vejiga,
-y no sé qué. Salió el pobrecito y fué á caer en el sitio donde le
-encontraron.</p>
-
-<p>—Pero, señora, ¿y la herida en la frente, que es la mortal de
-necesidad?—objetan todos los que oyen versión tan chabacana.</p>
-
-<p>—No hay tal herida en la frente—responde imperturbable la
-marquesa.—Es usted un cándido y un tragabolas. El forense, el mismo
-forense (bajando mucho la voz) ha dicho á un amigo mío, á quien no he
-de nombrar, que no había tal herida, y que eso se puso en el informe
-pericial para dar por probado el suicidio. Créame: lo que le cuento á
-usted es lo que pasó... ¡Ah! el enderezar este entuerto les cuesta un
-pico á Orozco y á don Carlos.</p>
-
-<p>—Pero, señora, permítame usted que ponga en duda...</p>
-
-<p>—De incrédulos está el infierno lleno... Digo lo que sé, y sólo
-añado, amigo Tal, que esto se queda entre usted y yo. No vayamos ahora
-pregonándolo por ahí. Pero créalo... créalo y cállese.»</p>
-
-<p>Esto me lo contó el <i>Catón ultramarino</i>, el cual ni lo creía
-ni callaba, y por su cuenta y riesgo, después de oir á <i>tirios</i> y
-<i>troyanos</i>, dióme también su versioncita. Orozco sorprende á los
-amantes... (se da por supuesto que no hubo tal viaje á las Charcas);
-Augusta se echa á los pies de su marido y le pide perdón. ¡Ah, oh!
-Federico, siempre orgulloso, desafía al marido. ¡Oh, ah! Este saca
-un revólver, y alargándoselo al otro, le dice: «No, aquí quien debe
-morir eres tú. Si hay en tu alma una chispa de sentimiento del honor,
-ya sabes lo que tienes que hacer.» Al otro le parece la fra<span
-class="pagenum" id="Page_246">[p. 246]</span>terna muy puesta en razón,
-coge el arma, y pim, pum...</p>
-
-<p>¿Querrás creer, Equisillo, que no dormí en toda la noche, pensando
-en esta interpretación, en la cual veía no sé qué lejanos vislumbres
-de certeza? Pues aguárdate un poco. Hoy por la mañana salí decidido
-á comprobar la coartada de Tomás; bajéme á la estación del Norte,
-y con el testimonio del jefe, de varios empleados y del inspector
-de la Sección, puedo afirmar, sin ningún género de duda, que Orozco
-y Malibrán estuvieron en las Charcas toda la noche del 1.º al 2 de
-Febrero. Como que el inspector les acompañó, y cenaron juntos, y
-estuvieron charlando hasta las doce, hora en que se acostaron los
-tres, en una misma habitación por más señas, pues los alojamientos en
-aquella finca dejan mucho que desear. El inspector me merece crédito.
-Mas no satisfecho aún, cojo el tren, me planto en las Charcas, y
-compruebo aquel testimonio con los del jefe de las Zorreras, de los
-guardas del monte y de la mujer que tienen allí para hacer la comida
-á los cazadores. En fin, chico, que la coartada de Orozco es un hecho
-incontestable, y que probándola he quitado al problema un gran elemento
-de confusión.</p>
-
-<p>Más noticias. En los corrillos del Congreso, á donde voy ahora lo
-menos posible, también he oído cada catálogo que canta el misterio.
-No te los cuento para no trasladar á tu cabeza la olla de grillos
-que tengo yo dentro de la mía. Joaquín Pez me dijo hoy con mucho
-sigilo: «Tengo un gran dato, amigo Infante, que arroja mucha luz. Me
-ha dicho el marido de la sobrina de la nuera<span class="pagenum"
-id="Page_247">[p. 247]</span> del forense... ya ve usted que el
-conducto no puede ser mejor... me ha dicho que, comiendo ayer el
-forense en casa del hermano de la cuñada de su primo, dijo esto: «la
-herida del costado es de homicidio; la de la frente de suicidio.»</p>
-
-<p>—No es mal dato—le contesté,—si resulta cierto. Mas para
-comprobarlo, necesitamos recorrer ese laberíntico rosario de la nuera
-del hermano del tío de la sobrina... Verá usted, amigo Pez, cómo, al
-llegar al forense, resulta que el buen señor no ha dicho esta boca es
-mía.»</p>
-
-<p>Esta y otras especies corren por allí, cuando no hay asuntos más
-graves de qué tratar. Los periodistas, justo es decirlo, si son los
-más fecundos en combinaciones novelescas, parecen haberse propuesto
-no lastimar á la familia Orozco. Si el <i>reportismo</i> y la fiebre de
-la noticia les inducen comunmente á explotar cualquier asunto que dé
-saborete y picor de escándalo al papel de la mañana ó de la tarde,
-basta una indicación amistosa hecha en estos pasillos, para poner coto
-á las reticencias contra personas respetables, sobre todo si éstas
-son de las que, por no mezclarse en política, están libres de odios
-personales ó colectivos. Por tal medio, fácil ha sido conseguir que
-los nombres no aparezcan en letras de molde. Esto no significa que
-los estragos de la opinión no sean grandes, porque al barullo anónimo
-de la prensa se une el <i>reportismo</i> oral, que es más difusivo, más
-penetrante, y tiene entre nosotros increíble fuerza. La cháchara
-verbal destruye las reputaciones privadas y públicas más pronto y
-más eficazmente que la cháchara escrita... Antes que se me olvide:
-un periodista me<span class="pagenum" id="Page_248">[p. 248]</span>
-reprodujo esta noche la opinión aquélla del forense sobre la naturaleza
-de las heridas; pero á la inversa de como me la transmitió Joaquín Pez,
-es decir, que la herida de la frente era de homicidio, la del costado
-de suicidio. Respecto al origen de la noticia, diómela por auténtica y
-autorizada á no poder más. Lo había oído él mismo, la noche anterior,
-en la tertulia de no sé qué ministro, de boca de un respetable sujeto
-de la curia. Con que ve tomando notas, y acaba de volverte loco como tu
-corresponsal y amigo.</p>
-
-<p>El cual anda ahora tan sin brújula, que no sabe por dónde va, ni se
-entera de lo que ocurre en las filas parlamentarias. ¿Querrás creer que
-estos días ha votado el buen Infante no sé cuántas leyes, y ha dicho
-sí ó no en multitud de resoluciones, sin tener conciencia clara de sus
-actos legislativos?... Soy un simple número, una energía mecánica,
-inconsciente; voy con la masa, á donde la masa va. En mi oído suena el
-run-run de las votaciones, y presiento que hemos hecho la dicha del
-país con leyes como la de Enjuiciamiento criminal, y las de Acuñación
-de plata, del Trabajo de los niños en las fábricas, de Rectificación
-de listas electorales, etc... item más con multitud de ferrocarriles
-que raudos cruzarán el patrio suelo en todas direcciones. Me convenzo,
-por lo que oigo decir, de que he votado todas estas cosas tan buenas, y
-estoy dispuesto á votar la transubstanciación del Verbo si me la ponen
-delante. No me pidas cuenta de nada, ni aun del olvido en que tengo
-los asuntos del infame distrito. Si murmuran de mí en esa tierra de
-maldición, hazme el favor de decirles que ahí me<span class="pagenum"
-id="Page_249">[p. 249]</span> las den todas. Les odio con toda mi alma,
-y deseo que el cielo les aflija con mil calamidades, sequías, riadas,
-pedriscos y ciclones, y un terremoto de añadidura; que no quede en pie
-ni casa ni árbol; que pasen á mejor vida todas las reses, inclusos los
-caciques del pueblo, y que la tierra sea infecunda y no produzca ni un
-solo ajo. Abur.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_36">
- <h2 class="nobreak">XXXVI</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>16 de Febrero.</i></p>
-
-<p>He aquí que me presento en casa de la Peri, con ánimo de tener con
-ella la conferencia que vivamente deseo.</p>
-
-<p>Y la hechicera quiere echarme las cartas, rasgando con su dedo
-de rosa el denso velo del porvenir... ¡atiza! Mas yo se lo quito de
-la cabeza, abordando el asunto que me hace penetrar en aquel mágico
-santuario de la... permíteme que no acabe la frase.</p>
-
-<p>Y Leonorilla pone unos morros muy... no sé cómo, apresurándose á
-variar la conversación. Y he aquí que, burla burlando, cuéntame que
-ha reñido con el malagueño pollo, de rizada crencha, y echádole de su
-casa por las escaleras abajo. Es un chulapo, un indecente, un marica y
-un qué sé yo cuántos. Alabo su juiciosa resolución, añadiendo que el
-tal mancebo me es<span class="pagenum" id="Page_250">[p. 250]</span>
-bastante antipático, y que ella se merece más, mucho más, por su buen
-corazón y sus sentimientos hidalgos y generosos. No recuerdo bien si
-dije lo de hidalgos y generosos; pero algo así, ó poco menos, fué lo
-que brotó de mis autorizados labios.</p>
-
-<p>Perdona la falta de formalidad con que te escribo; pero mi espíritu
-se inclina ya á tomar en broma todos los asuntos y á hacer chacota de
-lo más grave, porque no hallando juicio ni seriedad en parte alguna,
-las ideas se me vuelven chirigotas, y las rigideces de mi voluntad se
-convierten en dislocaciones de payaso.</p>
-
-<p>Pues he aquí que, á poco de interrogar á la Peri, me encuentro su
-sinceridad tapiada á piedra y barro. No es la misma mujer que ví días
-antes; ahora es toda reserva, medias palabras, y una discreción bien
-poco en armonía con su oficio. Total, que Leonor no sabe jota; le falta
-poco para decirte que no conoció á Federico. Se ha vuelto completamente
-ignorante de lo que éste hizo en los días que precedieron al crimen. No
-le consta que ganara ni que perdiera al juego; no le consta que tuviera
-amores con ésta ó la otra dama; no se ha enterado de cosa alguna, ni
-hay medio de arrancar á su bonita boca una sola frase que ilustre el
-asunto. Excuso decirte que observar esto y desilusionarme de ella,
-fué todo uno; más claro, que en un instante se me borró del espíritu
-la fascinación que me había producido su fidelidad hacia el pobre
-muerto, y el sentimiento que mostrara el triste día de la autopsia.
-Aquí tienes cómo se desvanece una pasión, nacida tan de improviso, y de
-improviso<span class="pagenum" id="Page_251">[p. 251]</span> trocada
-en desvío, suspicacia, lástima ó no sé qué.</p>
-
-<p>Pero espérate, que falta lo mejor. En ella se determinó el fenómeno
-contrario; quiero decir, que en el momento en que yo me apagaba, como
-luz á la cual se da un soplo, ella se encendía súbitamente, como si
-la llama pasara de mi sér al suyo por arte milagroso. Vamos, que le
-estaba yo haciendo tilín, un tilín tremendo, según me manifestaron sus
-ojos flecheros y sus actitudes insinuantes. En fin, que á la media hora
-de conferencia empezó á hacerme cucamonas, y yo, frío y completamente
-desilusionado, dí en dejarme querer, imaginando que por aquel camino
-podría romper la reserva en que la muy bribona se había encerrado,
-metiéndose también á diplomática.</p>
-
-<p>Las garatusas iban en <i>crescendo</i> alarmante: díjome que soy muy
-simpático, que se le alegra el alma cuando me ve, y que le da el
-corazón que íbamos á ser amigos, pero muy amigos. Yo apoyé estas
-enamoradas razones, y en la confianza que rápidamente se estableció
-entre nosotros, pude obtener algún indicio de su cambio de conducta.
-«Mira, monín—me dijo tuteándome ya y tirándome de las orejas,—yo no
-me meto con la justicia. Desde el momento en que han querido liarme á
-mí también en esa muerte, me he plantado, chico, y ya no sé nada, ni
-estoy en autos de lo que aquél hacía ó dejaba de hacer. En fin, que
-no toco pito, ¿sabes? Eso le dije á ese tío de juez, y eso te digo á
-tí, que también andas por ahí buscándole tres pies al gato. Si quieres
-que seamos amigos, echemos tierra, mucha tierra. El pobrecito está en
-la sepultura, y de allí no le<span class="pagenum" id="Page_252">[p.
-252]</span> han de sacar tus diligencias, ni las mías, ni las de
-nadie. Hoy le he mandado decir cuatro misas: créete, eso es lo que ha
-de valerle para la otra vida, y no las averiguaciones en ésta. Que si
-fué suicidio, que si no; que si le mató tal ó cual mano... Mira, nada
-importa esto para su alma, que debe de estar ahora en el Purgatorio
-por ciertos pecadillos; aunque yo pienso que la soltarán pronto, pues
-era bueno y leal como ninguno, más honrado que el sol, y caballero
-hasta por encima de la coronilla. Créeme á mí y déjale ya en paz al
-pobrecito.»</p>
-
-<p>Se conmovió un poco al recordar á su amigo, añadiendo con dolorido
-acento que otro como aquél no volvería á tener en su vida. Esto picó mi
-amor propio, y me propuse para la vacante de aquella amistad, que se me
-pintaba como tan acendrada y pura. Leonor rechazó la propuesta, dándome
-á entender que Federico era insustituible; que siendo yo muy bueno, no
-concurrían en mí las circunstancias especialísimas que hicieron de la
-amistad del otro un lazo ininteligible para los que no estaban en el
-secreto.</p>
-
-<p>Por más empeño que puse, ya fingiendo cariño, ya recurriendo á
-mil arbitrios dialécticos, no conseguí que me explicase qué clase de
-relaciones ó tratos constituían aquella amistad. En este punto su
-reserva fué impenetrable, y no vacilo en reconocerlo, tenía ciertos
-asomos de dignidad, impropios de su vida relajada. Púsose muy seria,
-y examinó muy detenidamente sus rosadas uñas, para decirme: «Siento
-haberte hablado algo de esto, y si pudiera recogerlo lo recogería, como
-hacen los de las Cortes cuando se les escapa una<span class="pagenum"
-id="Page_253">[p. 253]</span> barbaridad. Lo que pasaba entre Federico
-y yo es cosa <i>particular</i> nuestra, tan <i>particular</i>, que si quieres
-que yo te quiera, has de coserte la boquita y no hacerme preguntas,
-porque te planto en la calle, como he plantado á ese puerco del pollo
-malagueño, que maldito sea y toda su casta.»</p>
-
-<p>¿Qué te parece? Lo peor del caso es que no puede uno menos de
-respetar estas delicadezas... <i>particulares</i>, que tal vez tienen
-un origen espiritual y elevado. ¿Creerás que, hablando de ello, mi
-impresionabilidad hizo de las suyas, y volví á ilusionarme unas miajas
-con la persona física y moral de aquella mágica hembra? Entre mil cosas
-que dijo, hubo una que me dejó pasmado. «Y no te creas que le vas á
-sustituir, porque te juro por estas cruces que el vacío que ha dejado
-aquí en mi alma aquel buen amigo, no se llenará jamás, aunque yo viva
-cien mil años y medio, porque no ha nacido el hombre que lo pueda
-llenar. Con que ya lo sabes, y basta de matemáticas.</p>
-
-<p>—De modo—le dije entre risueño y meditabundo,—que cuando yo pensaba
-que venía á heredar al pobre Federico, resulta que heredo...</p>
-
-<p>—Á ese mequetrefe, á ese lameplatos, á ese gatera—replicó sin
-dejarme concluir.—Ya ves si soy franca. Yo pongo todo el corazón en
-la boca, y enseño todo mi natural, todo, todo, menos una parte que se
-me queda dentro. Soy yo muy desfachatada, muy abierta, muy frescota;
-pero también muy <i>acá para mí</i>. Entrego al que habla conmigo las llaves
-todas de mi natural, menos la de un cuartito reservado, que ya no
-se volverá á abrir, porque se mudó el inquilino. ¿Estás en lo<span
-class="pagenum" id="Page_254">[p. 254]</span> que te digo? Eres ahora
-mi caprichito; me gustas; te quiero; me haces ilusión. Durará dos
-meses, tres, un año; puede que menos, puede que sólo dure ocho días;
-pero si me quieres, si te gusto, tómame tal como soy. El día que me
-canse te lo diré. Yo no sé fingir. Ahora me da por echarte los brazos;
-mañana te pegaré una coz. No te rías: doy coces cuando me ahíto de un
-hombre, y al pollo le eché á la escalera, dándole así, con el pie para
-atrás, hasta que se me quitó de delante.»</p>
-
-<p>Hágome cargo de tu asombro al leer estas tonterías. No creas que
-quito ni pongo nada. Estaba monísima la tunanta aquélla, que no por ser
-quien es, deja de tener en su carácter algo que admirar debemos, aunque
-uno se proponga no admirar nada, salvo la belleza corpórea, tratándose
-de hembras de tal clase. Verás ahora el complemento de la escena de
-ayer, que quisiera referirte con todos sus pormenores, por la lección
-que encierra y los horizontes que abre al conocimiento de las cosas
-humanas. Al pasar de la sala al gabinete, ¡oh sorpresa! me veo colgado
-de la pared un soberbio tapiz. Al punto se me iluminó la mente, y lo
-reconocí; ¿pues no había de reconocerlo?</p>
-
-<p>«¡Ah! bribona, ya te has caído—le dije abrazándola por el cuello,
-mientras ella me abrazaba por la cintura.—Ya te cogí. Ese tapiz te
-lo ha dado mi padrino. Si lo conozco, si lo he visto allí mil veces.
-Es flamenco, cartón de Rubens ó Jordaens, y de los repetidos, que él
-guarda para sus cambalaches. No me lo niegues: te lo ha dado en pago
-de tu silencio, quizás para que prestes una<span class="pagenum"
-id="Page_255">[p. 255]</span> declaración falsa, asegurando al juez que
-Federico perdió grandes cantidades á la ruleta en los días anteriores
-á su muerte. Vamos, confiésamelo todo. ¿Somos ó no amigos? Ello ha de
-quedar entre nosotros.»</p>
-
-<p>¿Cómo había de negármelo? Ni siquiera lo intentó. Desconcertada
-primero ante mi brusca interpelación, pues ya no se acordaba del tapiz,
-pronto se echó á reir, confirmando con cuatro palabras lo que yo
-expresé, no sin añadir algunas explicaciones.</p>
-
-<p>«Me lo dió Cisneritos, es cierto... Ya sabes que es mi amigo desde
-que tomé la alternativa. Yo se lo había pedido muchas veces, y siempre
-me lo negaba el muy perro. Pero estos días... Te contaré: lo que él
-quiere es que yo me calle, no que declare eso que tú supones. Al
-juez le dije que no sabía una palabra. Porque verás... si yo hubiera
-boqueado más de la cuenta, podría armar un lío de mil demonios. ¿Pero
-qué se saca de deshonrar á una familia respetable? Hazte cargo. Lo
-que quiero es que me dejen tranquila, y no me traigan ni me lleven.
-Te diré otra cosa: Cisneros pensaba que yo tenía cartas de Federico ó
-papeles de compromiso para alguien... Le traje aquí para que viera que
-no hay nada. Me registró todos los muebles como un celoso. En fin, que
-ese viejo marrullero me estuvo mareando dos días, y yo le dije, digo:
-«Ahora sí que me he ganado el tapiz.» Vamos, que me lo dió, á condición
-de que me volviera muda, y no declarara en substancia cosa ninguna,
-guardándome mucho de esos trompeteros de periodistas. ¡Qué odio les
-tiene! Pues, la verdad, yo, como todo el mundo,<span class="pagenum"
-id="Page_256">[p. 256]</span> me había compuesto mi novelona para
-embocársela á los de mi tertulia.</p>
-
-<p>—¿Y cuál era tu novela?</p>
-
-<p>—Pues que se mató él mismo delante de tu prima, porque descubrió que
-ella se la pegaba con Malibrán.</p>
-
-<p>—¡Jesús!</p>
-
-<p>—Francamente, como en casa de la San Salomó contaban que ella le
-había matado por celos de mí, yo me abronqué y dije: pues antes que
-me envuelvan, voy á salir yo también con mi romance de ciego. Á todo
-el que venía aquí se lo encajaba, y tan fresca... Súpolo Cisneros,
-me mandó llamar y me dijo, dice: «Chica, ¿qué haces? Mira que si te
-descuidas te mando á presidio.» Me asusté; faltóme poco para llorar. En
-fin, que le prometí no mentar más el crimen y plantarme en que yo no sé
-nada. Total: que con esto y algo más, me gané el tapiz.»</p>
-
-<p>Tales declaraciones, á pesar del acento de sinceridad con que Leonor
-las hacía, me parecieron, si no falsas, incompletas. La pícara me decía
-una parte no más de la verdad, la menos importante tal vez. Incansable
-yo en mi plan investigador, puse cerco á sus camándulas, redoblé mis
-zalamerías, ensanché todo lo que pude el campo de la confianza, y por
-fin hoy, transcurrido un día de estas fáciles relaciones, he logrado
-arrancarle aquella otra parte de la verdad que me escamoteaba. Vas á
-saberla.</p>
-
-<p>Cisneros le propuso declarar ante el juez que Federico había estado
-en su casa el mismo día 1.º de Febrero por la mañana, angustiadísimo,
-y le había dicho: «Si no encuentro de aquí á la<span class="pagenum"
-id="Page_257">[p. 257]</span> noche determinada cantidad, me pego un
-tiro.»</p>
-
-<p>«Tanto y tanto me predicó ese viejo zorro—añadió Leonor,—haciéndome
-ver que con estas mentirijillas no perjudicaba á nadie y podía hacer
-mucho bien, que cedí... Claro, no perjudicando... ¿qué importaba...?
-¡Ah! también quería que dijese que Federico me pidió dinero á mí,
-y yo no se lo quise dar... Á esto me resistía; pero, chico, el
-tapiz se me había montado entre ceja y ceja... Era un antojo, y soy
-temible cuando me encapricho por algo... Hicimos nuestro trato, y
-punto concluído... Pero no sabes lo más salado, y es que me porté
-cochinamente con Cisneritos. Cuando me encontré delante del juez,
-entráronme remordimientos, y pensé que si decía lo que me mandó el
-vejete, arrojaba una mancha sobre el buen nombre de mi amigo querido,
-el número uno de los caballeros de Madrid... Nada, nada, que se me
-resistía declarar aquellas papas... yo soy así. El escribano me hizo
-muchas cucamonas, y el secretario me dijo mil porquerías, y entre todos
-me estuvieron mareando un rato. Pues, chico, me atufé y me dió la
-santísima gana de no soltar prenda: que yo no sabía una palabra, que
-no había visto al <i>interfezto</i>, que no me constaba si ganaba ó perdía.
-Allá escribieron todito lo que dije, firmé y á vivir... Tú dirás que
-me porté mal con don Carlos, y que debía devolverle el tapiz... Pero
-ya ves: era una indecencia que yo dijese de Federico cosas que le
-ponen en mal lugar. Vamos, que me acordaba de él, y los ojos se me
-llenaban de lágrimas. Yo tengo todos los defectos, todos, menos el de
-la ingratitud... El pobrecito fué siempre muy bueno para mí. ¡Cómo
-había<span class="pagenum" id="Page_258">[p. 258]</span> yo de...!
-Verdad que no cumpliendo con Cisneros, debía decirle: «Tome usted su
-arrastrado tapiz, que yo soy más persona decente de lo que usted se
-piensa...» Pero sobre que no tuve alma para devolver el regalo, ¿no te
-parece á tí que es justo jugarle una partida serrana á ese tío, más
-malo que el no comer?... Y bastante favor le hago callando, ¡digo! Mi
-<i>no sé nada</i>, mi <i>no he visto nada</i> valen bien, no digo yo un tapiz,
-sino media docena.»</p>
-
-<p>¿Qué te parece? ¿No es verdad que este rasgo pinta una persona? ¿No
-ves á Leonor enterita con sólo la relación de un acto suyo? Lo único
-que me resta decirte acerca de esta gitana, cuyos desplantes abomino á
-veces, y á veces no puedo menos de admirar, es que mis habilidades para
-saber algo más fueron de todo punto inútiles. No me han valido mimos ni
-triquiñuelas capciosas para obtener de la chavala algún indicio de la
-clase de conexiones que con Viera tuvo. Ignoro si seré más afortunado
-en lo sucesivo; pero no sé por qué se me figura que cuando ésta se
-planta, no valen contra ella ni aguijonazos ni palmaditas. Plantada se
-queda, y hay que matarla ó dejarla.</p>
-
-<p>Allá va otro detalle que, si nada tiene que ver con el asunto
-principal, merece consignarse para regocijo tuyo y mío; que viene bien
-un poco de sainete entre estas seriedades fúnebres y curialescas.
-Estábamos Leonor y yo conversando íntimamente, en el mayor abandono
-y confianza posibles, cuando sonó la campanilla; oí ruidos de voces,
-y la doncella entró muy sofocada en el gabinete anunciándonos que el
-pollo malagueño se<span class="pagenum" id="Page_259">[p. 259]</span>
-había presentado en actitud hostil y camorrista. Habías de ver á la
-Peri saltar en paños que más que menores debieran llamarse mínimos, y
-agarrar una zapatilla, arma que, según dijo, le bastaba y le sobraba
-para poner en vergonzosa fuga al invasor, «Verás, verás qué pronto le
-despacho—me dijo risueña y nerviosa, sin acertar á meter los brazos
-en las mangas de la bata.—No le puedo ver... ¡Indecente, gandul,
-canalla...!» Salió en medias, pantufla en mano, y sentí luego un gran
-vocerío; mas no me pareció que sonaban zapatazos. Á poco volvió Leonor,
-y riendo me dijo: «¡Pobrecillo, está muerto de hambre! Es preciso que
-coma, al menos.» Metió sus dedos, de rosadas uñas, en el bolsillo de mi
-chaleco, y me sacó cinco duros, que por conducto de la criada pasaron á
-las necesitadas manos del mocito aquél, de lánguidos ojos. Al hacerle
-la limosna, la gitana le mandó este cariñoso recado: «Dale eso para que
-coma, y dile que aquí no venga más, porque estoy de él por encima de
-los pelos, y que vaya á que le mantenga el Nuncio.»</p>
-
-<p>¿Y qué dices tú ahora de mis depravaciones, de mi caída en la
-profunda ciénaga del vicio, <i>do se anidan</i> (¡atiza!) todas las sierpes
-venenosas que destruyen el alma... y el cuerpo? Haz el favor de no
-llevarte las manos á la veneranda cabeza. No hay tal vicio ni cosa que
-lo valga. Es la vida, chico; el desenvolvimiento biológico dentro del
-medio social... Vamos, si esto no es filosofía, que venga el diablo y
-lo vea.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_37">
- <p><span class="pagenum" id="Page_260">[p. 260]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXXVII</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>17 de Febrero.</i></p>
-
-<p>Evangelio del día, <i>secundum Villalonga</i>. Este astuto vividor,
-bulle-bulle de la política, que es en él pasión y oficio, se ha vuelto
-de poco acá hombre de orden. Su lengua de hacha, que antes convertía en
-leña las reputaciones más sólidas si se le interponían en su camino,
-ahora es una lengüecita muy enguatada, y más lamedora que cortante.
-Aspira el tal á ocupar un puesto en la situación, y ya no muerde sino
-cuando se le amortiguan las esperanzas de la senaduría vitalicia.
-En estos días parece que la cosa va bien, y el hombre es de lo más
-razonable, de lo más sensato que imaginarte puedes.</p>
-
-<p>Truena contra los calumniadores, y dice que esta tendencia á
-enlodar los nombres más respetables es un síntoma de desquiciamiento
-social. Cuando pone el paño al púlpito, nos reímos, porque parece
-que está refutando todo lo que en veinte años ha dicho y hecho. Pues
-si le quieren ver desbocado, que le toquen á la familia Orozco. Algo
-esperará de ella sin duda, ó algún favor hay de por medio. Oye su
-versión: «La muerte de Federico no ha sido más que el vulgarísimo
-final de una pendencia de garito. Como todo vicioso estragado, como
-el borracho que no encuentra<span class="pagenum" id="Page_261">[p.
-261]</span> bastante fuerte ningún licor, y cada día los apetece más
-ardientes, Federico no se satisfacía ya con las emociones de las timbas
-establecidas en círculos elegantes, y frecuentaba garitos innobles...
-¡Si esto se puede probar el día que se quiera!»—dice Villalonga á todo
-el que le quiere oir. Prosigue su informe jurídico, asegurando que
-un amigo suyo le vió salir con otro sujeto de una casa de juego de
-malísima traza, á eso de las diez y media de la noche del 1.º, y que en
-actitud de querella se metieron por la calle que conduce al <i>solar del
-polvorista</i>. «Me parece que más claro no puede estar. Este amigo mío
-les vió, repitió que les vió, y está dispuesto á declararlo.»</p>
-
-<p>Á renglón seguido se lamenta de que quieran convertir este hecho
-vulgarísimo en fábula de amores, difamando á una dama ilustre... Y
-luego enjareta el panegírico de ella, y crudos anatemas contra la
-ligereza y ruindad de una parte del público. Es que en esta raza
-proterva ha existido y existirá siempre el tic nervioso nacional de
-abatir lo que está alto, de manchar la misma limpieza, y de enturbiar
-lo más claro y puro. Concluye el orador jurando y perjurando que
-daría cualquier cosa por cambiar de nacionalidad, abandonando la raza
-proterva y el suelo ingrato, para metamorfosearse en inglés, en alemán
-ó, si á mano viene, en moro berberisco... Pero no: lo que él quiere
-ser es inglés. Ahora le da mucho por lo inglés, por lo parlamentario
-y por el <i>self-governement</i>. ¡Eso es país, eso es política y opinión
-soberana... y <i>juego</i> de las instituciones...!</p>
-
-<p>Basta de Villalonga, y voy con Calderón de la<span class="pagenum"
-id="Page_262">[p. 262]</span> Barca, del cual creía yo que, por ser
-amigo íntimo de los Orozco, ó más bien parásito, sostendría las
-versiones más favorables á sus patronos. Pues no, señor. La intención
-á eso va; pero no le resulta, y su destornillada cabeza ha compuesto
-un novelorrio que cree muy lisonjero para sus amigos; pero es tal la
-necedad de su invención, que ni daño ni favor puede hacerles. Supone á
-Federico perdidamente enamorado de Augusta, y á ésta rechazándole con
-desdén. Si le apuran, Calderón es capaz de sostener que le <i>consta</i>,
-por haber oído y visto algo que corrobora semejante afirmación. Pues
-bien: Federico, loco de amor, frenético, y sin reparar en los medios
-que emplea para obtener de la dama la cita que con tenacidad le pide,
-resuelve engañarla, diciéndole que su esposo tiene una querida;
-Augusta niega y duda; él insiste, y ofrece probarlo. ¿Cómo? Pues en
-tal sitio se ven los amantes: la esposa ofendida puede sorprenderles
-y cerciorarse de que se la pegan. Cae mi prima en el lazo, y se deja
-llevar por el traidor á la casa donde éste le ha ofrecido patentizarle
-la infidelidad de Orozco. Llegan... Escena. Federico, ebrio de amor,
-confiesa su pérfido ardid, y cae de rodillas. Augusta le pone de
-vuelta y media: esto es de cajón. El otro, arrebatado y ciego, le
-dice: «Ó eres mía, ó te mato.» Y el muy pillín saca su revólver. La
-dama prefiere la muerte. Trábase una pequeña lucha, cae el revólver
-al suelo, se dispara solo, pataplum, y la bala se le mete á Federico
-por la cintura. <i>Table...a...u</i>. Imagínate lo demás. Viéndose herido,
-reconoce el criminal el <i>dedo de la Providencia</i>, porque este dedito
-fué el que opri<span class="pagenum" id="Page_263">[p. 263]</span>mió
-el gatillo del arma; y abrumado por los remordimientos, pide perdón á
-la dama. Esta se lo da, y le encaja su sermoncito, recomendándole que
-se arrepienta, á lo que él accede, porque ya no tiene más remedio.</p>
-
-<p>«¿Y la herida de la cabeza, la herida mortal de necesidad?—le
-preguntamos.—¿La herida de la cabeza?»</p>
-
-<p>Ráscase el narrador la suya, pero no acierta á sacar con la uña la
-continuación de tan burdo argumento. Por fin... la cosa es clara... el
-pérfido huye... ¿Pero á qué seguir? Ya puedes figurarte el desarrollo
-de estos adefesios de la inventiva ramplona.</p>
-
-<p>No quiero entretenerte más con vueltas alrededor del asunto, y
-vámonos al centro, al corazón de él. ¡Pensar que este jeroglífico no
-lo es para una sola persona, y que tal persona, si quisiera, podría
-disipar con cuatro palabras la confusión de mi mente! ¡Pensar que
-Augusta sabe la solución, y que yo no puedo leérsela en la cara; que
-detrás de aquel entrecejo está la representación exacta del hecho,
-y que yo no puedo verla! Mi curiosidad se ha excitado tanto, que no
-sé qué daría, amigo Equis: creo que daría años de mi vida porque esa
-mujer tuviera un momento de franqueza conmigo y me revelara su secreto.
-Vamos, que le perdono el mal que hizo, falta, error ó delito, si me
-cuenta lo que pasó en aquella noche aciaga.</p>
-
-<p>Pues no creas, lo he de intentar; he de emprender con ella una
-campaña de astucia, de constancia; un asedio en que emplee todas
-las armas, desde las que infunden miedo á las que inspiran<span
-class="pagenum" id="Page_264">[p. 264]</span> afecto y confianza. No
-me muero yo con esta incertidumbre, y ella misma me ha de librar del
-fiero suplicio. Seis días estuve sin parecer por la casa de Orozco, y
-al quinto el propio Tomás me envió recado quejándose de mi desvío. Hoy
-he almorzado con ellos. Ya te contaré lo que hablamos. Tengo prisa, y
-además estoy en expectativa de una conferencia que espero celebrar con
-Augusta, quien, á instancia mía, me prometió que hablaríamos un rato
-á solas. Convinimos en que ella señalará día y hora, y aquí tienes
-establecida ya una comunicación reservada entre los dos. Te lo contaré
-todo; pero no me apures, que hay tiempo, y aplazo mis informes con la
-esperanza de adquirir conocimiento más claro de alguno de los hechos.
-Hasta otro día.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_38">
- <h2 class="nobreak">XXXVIII</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>19 de Febrero.</i></p>
-
-<p>No me lo vas á creer; pero te lo diré cien veces si es preciso. El
-santo está como si ignorara lo que pasa y lo que se dice, y es casi
-seguro que no lo ignora. Tal serenidad que por nada se altera, ¿es
-grandeza de alma, ó todo lo contrario? Para afirmar lo primero, sería
-preciso ver en este hombre un temple de carácter tan superior que
-rayara en lo sobrenatural. Porque habías de ver su cara, en la cual
-no notas ni el más ligero sig<span class="pagenum" id="Page_265">[p.
-265]</span>no de disgusto ó contrariedad; habías de oir su acento,
-siempre firme y reposado. Á su mujer la trata con la cariñosa
-deferencia de siempre, y ella á él con mayores consideraciones,
-si cabe, que antes. Te lo digo con franqueza: el arcano que en la
-intimidad de este matrimonio se esconde sin duda, me inquieta ya más
-que el otro de la muerte de nuestro amigo, y daría no sé qué, años de
-vida también, única moneda con que se avaloran tales satisfacciones,
-por poder ocultarme en la alcoba conyugal y oir lo que hablan... ¿Pero
-qué hablarán, Dios mío? ¿Qué dirán? ¿Ó es que no dicen nada, y se han
-puesto de acuerdo para ignorarse y desconocerse el uno al otro?...</p>
-
-<p>Este Orozco, ¿qué clase de hombre es? Explícamelo tú, entusiasta
-apologista de sus virtudes. Francamente, cuando éstas se me presentan
-en grado tal de perfección, éntranme ganas de dudar de ellas, ó de
-tenerlas por papel bien estudiado y aprendido para embaucar al mundo.
-Imposible que un hombre de carne y hueso conserve tal presencia de
-ánimo en medio de la atmósfera que se ha formado en torno suyo; y si
-realmente la conserva, es que no es de hueso y carne como nosotros.
-No niego que pueda existir en nuestros tiempos la santidad; pero me
-resisto á admitirla en las altas clases. Existirá en las Órdenes
-religiosas, ó en los desiertos habitados por una sola persona; pero
-en el mundo activo, en la sociedad, en el matrimonio, en medio de los
-chismes, de las envidias, de la soberbia, del lujo... Vamos, Equisillo,
-que se te quite eso de la cabeza. Á tu sagaz olfato no ha llegado nunca
-el olor de esa santidad... perfumada.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_266">[p. 266]</span></p>
-
-<p>Vamos á otra cosa. La conferencia con Augusta, á solas, se verificó
-ayer. Fué interesante, aunque estéril para mis fines inquisitivos.
-Recibióme en su tocador, por la tarde, y no había nadie presente, pues
-no llamo persona á la chiquilla de Calderón, que iba y venía por la
-estancia tirando de una muñeca amarrada por el pescuezo, imagen exacta
-de mi situación espiritual, pues á ratos, en estos tristes días, me
-parece que un demonio me echa una soga al cuello y se divierte tirando
-de mí y apretándome sin ahogarme.</p>
-
-<p>Mi prima no puede ocultar que ha tenido insomnios, malísimos días
-y peores noches, y que su ánimo está profundamente perturbado. Sin
-duda no posee la santidad en grado tan alto como su marido, ni sabe
-sobreponerse á las miserias humanas. Está mustia la pobrecita, ojerosa;
-la mirada se le extravía, se le pierde. Cierto que trata de disimular,
-echando un nudo á los suspiros que del pecho se le quieren salir; pero
-no puede lograrlo. Si te digo que está más guapa que nunca, no lo
-creerás seguramente, aunque supondrás que esto es efecto del amor que
-me inspira. Veo que te ríes. ¿No habíamos quedado, dirás tú, en que
-todo aquel amor se trocó en aborrecimiento de lo más fino? Bueno: pues
-te contesto que estas cosas se dicen muy pronto, pero rara vez son la
-expresión de la verdad. Nada nos engaña tanto como el desarrollo de
-nuestros propios afectos en los casos graves de la vida. Suele suceder
-que nos equivoquemos, como chiquillos que empiezan á vivir, y que
-amemos más cuando creamos odiar, ó viceversa. Ello es que la encontré
-aquel día guapísima, y sentí que las energías<span class="pagenum"
-id="Page_267">[p. 267]</span> de mi carácter se debilitaban
-lastimosamente ante ella. Pero me callo, por ahora, todo lo que al buen
-Cupido se refiere.</p>
-
-<p>Lo que mi prima quería de mí, bien lo calé desde que empezó á
-hablarme. Ya puedes figurártelo: que me dejara de averiguaciones, pues
-lo que resultaba de ellas era espesar más la atmósfera de dicharachos
-y mentiras. Para decírmelo, empleó mil circunloquios hábiles,
-reconociendo la bondad de mi intento, mi amor á la familia, etc.,
-etc... Por mi parte, le hice ver que yo no perseguía la verdad para
-hacerla pública; que si lograba adquirirla, la guardaría en mí como el
-secreto más delicado de mi vida. Bien podía ella, pues, revelármela,
-que yo la oiría como un confesor y la encerraría en mí como en un
-sepulcro. Á estas insinuaciones que expresé con calor y casi con
-elocuencia, contestóme la taimada negándolo todo en redondo. No tenía
-absolutamente participación ni responsabilidad en aquel asunto. Ni
-Federico fué su amante, ni ella faltó á sus deberes con aquél ni con
-nadie. Todo calumnia, novela mal pensada y peor escrita, obra de los
-desocupados, de los que envidiaban la dicha de su hogar, de los que,
-por vivir depravadamente, no perdonan la honradez de los demás. Era,
-pues, completamente ajena á las causas de la muerte de aquel buen amigo
-de la casa, y no sabía si se mató ó le mataron, ni quería meterse en
-indagaciones.</p>
-
-<p>Díjele que no pusiera á prueba mi respeto á su persona; que podía
-ser inocente de la muerte de Viera; pero inocente de amarle y de
-tener con él trato secreto... eso, que se lo contara á otro,<span
-class="pagenum" id="Page_268">[p. 268]</span> pues yo tenía datos
-bastantes para formar mi opinión sobre el particular. No se dió á
-partido, y negaba, negaba con una insistencia que me volvía loco.</p>
-
-<p>Después examinó, riendo con forzado humorismo, las distintas
-versiones. La de su amiga, la marquesa de San Salomó, fué tratada con
-sarcástica frase. «¿Y es posible que tú seas de los que han creído que
-yo le maté, yo...? ¿que mis manos...? Vamos, esto sería la mayor de
-las indignidades, si no fuera grotesco.» Pero las interpretaciones que
-más la irritaban eran aquéllas en que se incluía al buen Orozco en la
-trama, dándole el papel de matador, bien directamente, bien valiéndose
-de un asesino mercenario. ¡Qué estúpida monstruosidad!</p>
-
-<p>Viendo que de nada me valía la argumentación seca, apelé al
-sentimiento; traté de halagar su amor propio, diciéndole poco más ó
-menos lo que escribo á continuación:</p>
-
-<p>«No sé por qué vacilas en confiarme tu falta. ¿Crees que
-desmerecerás á mis ojos, que perderás mi estimación? No, porque falta
-y aun crimen de amor, de verdadero amor, no merecen más castigo que
-el amor mismo, el cual es bastante penitencia. Si un sentimiento vivo
-se ha sobrepuesto á tu voluntad y á tus deberes legales, ¿qué remedio
-hay más que perdonártelo? ¿Y cómo no había de perdonártelo yo, que
-peco de amor por tí; yo, que también he faltado á la ley, aunque sólo
-con la intención? Si yo me absolví de mi falta intencional, ¿cómo
-no absolverte de la tuya, aunque haya sido menos inocente? Yo tengo
-cierto derecho á saber tus penas para consolar<span class="pagenum"
-id="Page_269">[p. 269]</span>las; deseo ardientemente que arrojes sobre
-mí las cargas que abruman tu conciencia, porque te quiero con locura,
-y no vacilaría en perder por tí, si preciso fuera, no sólo la paz del
-alma, sino el honor y cuanto me liga á la sociedad. Si alguien hay á
-quien debes confiarte, soy yo, porque te amo; y para que no achaques
-á egoísmo lo que te pido, declaro amarte sin esperanza, y estoy
-convencido ¡esto sí que es triste! de que no me correspondes ni me
-corresponderás nunca. Me inspiraste una pasión loca, y te la declaré,
-ignorando que amases á otro, ó dudándolo al menos. Ahora, sabedor de
-que amaste al pobre Fritz, no se me oculta que la pasión aquélla no
-puede repetirse ni heredarse. Pero ya que no puedo pretender llenar en
-tu corazón el hueco que ha dejado quien ya no existe, aspiro á ser tu
-mejor amigo, tu consejero y á poseer tu confianza. Yo te consolaré; yo
-sabré, como nadie, respetar tu soledad, tu pena inmensa, que por mucho
-tiempo ha de resistir á todas las tentativas de consuelo.»</p>
-
-<p>¿Qué te parece la perorata, que no sé si he copiado con exactitud?
-Fastidiosa, ¿verdad? y hasta un poquillo cursi. Pues así y todo, le
-hizo un efecto atroz. La ví conmovida; sus ojos se humedecieron, y no
-pudo contener algunas lágrimas. Yo callé, creyendo que el llanto sería
-precursor de la espontaneidad que deseaba.</p>
-
-<p>Observé que hacía esfuerzos por tranquilizarse y ser dueña de sí.
-Se enjugaba los ojos, comprimía su emoción para no dejarse vender por
-ella, y me dijo esto, que me impresionó vivamente:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_270">[p. 270]</span></p>
-
-<p>«Soy muy desgraciada... no lo sabes tú bien. Tenme mucha lástima,
-porque de veras la merezco.»</p>
-
-<p>Le acaricié una mano, sin que tratara de impedirlo. Lejos de
-hacerlo, me abandonó la otra, como persona en quien la necesidad de
-consuelos se sobrepone á toda consideración. Le repetí mis deseos de
-ser su amigo, de consagrarle mi vida y una intención moral incesante, y
-no se escandalizó, ni mucho menos. Al contrario, mostróse agradecida,
-hondamente afectada.</p>
-
-<p>Pero de súbito noté en su fisonomía y en su entrecejo no sé qué
-severidad, algo que provenía de un sentimiento de orgullo, el cual se
-posesionaba de su alma tras un momento de flaqueza; y poniéndose en pie
-y apartándome de sí con cierta sequedad ceremoniosa, me dijo:</p>
-
-<p>«Seremos amigos; pero á condición de que no me preguntes nada, de
-que no indagues absolutamente nada, ni de los demás ni de mí.»</p>
-
-<p>Quise contestarle; pero me impuso silencio. Imposible desobedecerla:
-de tal modo imperaban su gesto y su voz sobre mí. Y aún hubo más. Dió
-por terminada la conferencia, mandándome que me retirara... Otro día
-hablaríamos más: así lo dió á entender. ¿Qué había de hacer yo más que
-someterme ciegamente á su caprichosa voluntad?</p>
-
-<p>Pasé malísima noche, sin poder apartar de mí la imagen y las
-palabras de esta endiablada mujer, que, si no me engaño, va á volver
-loco á tu amigo, si es que no lo está ya de remate. Y mira tú qué
-cosa tan rara: piensa en el enlace misterioso de las palabras con
-los afectos en esta arras<span class="pagenum" id="Page_271">[p.
-271]</span>trada vida humana, tan fecunda que cuantas más cosas
-peregrinas ve uno en ella, más le quedan por ver. Pues empecé á
-dirigirle aquellas frases amorosas que te he copiado, como quien
-emplea un argumento capcioso; se las dije, persuadido de que no decía
-la verdad, y al concluir, sorprendíme de ver que mi corazón respondía
-á todas aquellas retóricas con un sentimiento afirmativo. Nada,
-Equisillo, que toda la noche y al día siguiente estuve en brega con
-mis potencias cerebrales, dudando de lo que sentía, y concluyendo
-por declararme que esa mujer me tiene embrujado; que mientras más
-me esconde su secreto, más impelido me siento hacia ella, y que si
-me convenciera de que fué realmente matadora, más la querría, no
-vacilando en someterme á la prueba de ser muerto por su mano, con tal
-que antes... No sigo, porque te alarmarás, creyendo que ya no tengo
-remedio. Abur, tonto.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_39">
- <p><span class="pagenum" id="Page_272">[p. 272]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXXIX</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>20 de Febrero.</i></p>
-
-<p>Emociones, más emociones. Ante todo, puedes llegarte á Zaragoza ó
-venirte á Leganés, y mandar que me vayan preparando una jaula con los
-barrotes bien fuertes, porque estoy... ya lo irás viendo.</p>
-
-<p>La entrevista segunda se verificó ayer en casa de la tía Serafina,
-que sigue muy mal. Augusta va todos los días á acompañarla. Yo fuí
-también, sin citación previa, seguro de encontrármela allí y de que
-podríamos hablar sin testigos. Nos encerramos en un gabinete próximo
-al cuarto de la enferma, en ocasión en que no había allí médicos, ni
-enfermeras, ni visitas. ¡Qué bien! Forjéme la ilusión, al verme solo
-con ella y observar su actitud expectante, no exenta de recelo, que
-aquello era cita amorosa, en discreto lugar ignorado de todo el mundo.
-Lo primero que se me ocurrió fué cogerle la mano derecha y examinarle
-la muñeca, diciéndole: «¿Se te ha curado ya la quemadura?» Turbada
-retiró la mano, no sin que yo viese la señal de la heridilla no bien
-cicatrizada, y me dijo: «Hemos convenido en que has de ser discreto,
-y no hacer ni decir tonterías... ¿Qué significa, grandísimo simple,
-esa estúpida sospecha? ¿Acaso te ha cabido en la cabeza que<span
-class="pagenum" id="Page_273">[p. 273]</span> yo me magullé la mano en
-una lucha...? Claro, como que soy asesina, y he tenido que sujetar á la
-víctima para...</p>
-
-<p>—No es eso, no es eso—apresuréme á contestarle.—Yo no he creído
-nunca que fueras asesina; pero sí he creído y creo que presenciaste la
-muerte de un hombre, ocasionada de una manera que ignoro.</p>
-
-<p>—Vamos, niño: la primera condición para que yo te admita en mi
-confianza, es que seas conmigo delicado, y me consideres, y me creas
-cuando te digo algo que directamente me atañe. De otra manera no
-puede existir esa amistad que deseo y casi casi necesito... Y no la
-desvirtúes; no aspires á otro sentimiento más vivo, porque si te
-empeñaras en ello, no obtendrías ese sentimiento, y adiós amistad.»</p>
-
-<p>Comprendiendo que en estos casos debe uno contentarse con lo que le
-otorgan, y fiar al tiempo la ampliación de la dádiva, díjele que aunque
-estoy perdidamente enamorado, conténtome con el sentimiento apacible y
-honesto que me concede, y reconozco no merecer más.</p>
-
-<p>«Si hemos de ser amigos—-me dijo,—ya que tú te permites intervenir
-en mis asuntos, y echártelas de padre maestro, y aun de padre
-espiritual, con tus pretensioncitas de huronear faltas que no existen,
-voy yo también á llamarte á capítulo, pidiéndote cuenta de ciertos
-deslices, y excitándote á la corrección. ¿Pues qué se creía usted,
-señor moralista?»</p>
-
-<p>Quedéme perplejo, sin acertar á calarle la intención. ¿Quería
-aturdirme, desorientarme, ó qué demonios se proponía la muy ladina, en
-quien no<span class="pagenum" id="Page_274">[p. 274]</span> pude menos
-de reconocer la sagacidad castellana de su padre el zorro de Cisneros?
-No tardé en suponer á dónde apuntaba; caí en la cuenta de que su objeto
-era tomar la ofensiva, como papel más airoso para ella en la lucha que
-entablado habíamos.</p>
-
-<p>«Sin duda te han traído el cuento—le dije sin turbarme,—de que hay
-algo... y aun algos con la Peri. Bueno: no te lo negaré. Pero ya debes
-suponer que esto es accidental y sin importancia alguna en la vida. No
-llames á eso relaciones. Es una veleidad de ella y una condescendencia
-mía, que se pueden dar por terminadas en cualquier momento.»</p>
-
-<p>Quedóse pensativa, y á poco reanudó la conversación, diciendo tales
-cosas de la Peri, con tanto énfasis y saña tan viva, que no pude menos
-de fijar en ello la atención. «Has tenido muy mal gusto—me dijo.—Esa
-mujer es una desvergonzada, una trapisondista, y además no tiene
-nada de particular como hermosura, pero nada. No comprendo cómo os
-ilusionáis con un tipo semejante. ¡Lástima grande que en estos tiempos
-de vulgaridad democrática no haya las justiciadas de otra época!
-¡Lástima que á estas bribonas no las emplumen y las azoten por las
-calles, para lección de los mentecatos que se pierden por ellas, ó de
-los que...!»</p>
-
-<p>No siguió. Se exaltaba más de la cuenta, olvidándose del papel que
-quería representar; se clareó demasiado, y dejóme ver la punta de un
-odio inmenso que en su alma latía. Le temblaron los labios y perdieron
-su encendido color. Pronto noté que intentaba rehacerse y enmendar el
-des<span class="pagenum" id="Page_275">[p. 275]</span>cuidillo de
-sinceridad que acababa de tener. Para esto, compuso su rostro diciendo:
-«¿Pero á mí qué me importa? Lo he dicho porque... me repugna verte en
-esa degradación.»</p>
-
-<p>Más atento á observar su cara que á calcular lo que debía decirle,
-contesté de este modo:</p>
-
-<p>—Basta que á tí no te agrade <i>eso</i>, para que al instante se
-concluya.</p>
-
-<p>—No, si yo no te pido que sacrifiques por mí tus gustos.</p>
-
-<p>—¿Pues no dijiste que, para afianzar nuestra amistad, te hacías mi
-directora espiritual, y correctora de mis malas costumbres?</p>
-
-<p>—Sí lo dije; pero luego se me ocurre que no debo hacerlo.»</p>
-
-<p>Parecióme desorientada, sin saber qué camino tomar. Por fin se
-decidió por uno, tras breve meditación.</p>
-
-<p>—Mira, Manolo, te lo diré con franqueza: yo no quiero que rompas tus
-amistades con esa mujerzuela.»</p>
-
-<p>Juzga cómo me quedaría con ésta no esperada declaración. «No te
-pasmes, no abras esos ojazos,—me dijo.—Es un poco raro mi deseo, y
-necesito explicarlo. Te hago el favor de creer que es muy fácil para
-tí dar un puntapié á ese trasto de mujer. Y creo más... á ver si
-te adivino... creo que tu enredo lleva un fin policiaco: el fin de
-averiguar qué clase de relaciones, qué clase de tratos tenía el pobre
-Federico con ella, porque, como te has metido á juez instructor,
-naturalmente habías de buscar datos... del propio cosechero... ¿He
-adivinado?</p>
-
-<p>—Sí... tal ha sido mi intención.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_276">[p. 276]</span></p>
-
-<p>—Bueno, bueno—manifestó perdiendo el miedo al asunto;—pues si has
-descubierto algo, dímelo, y si no, sigue cultivando esa confianza, en
-la cual encontrarás la luz que buscas y que los demás también deseamos
-ver.»</p>
-
-<p>¡Ay! querido Equis, de aquel anhelo de indagar las relaciones de
-Federico con la Peri, resulta una nueva complicación. Hay algo que
-Augusta ignora, sabiendo, según mi cálculo, lo principal. Así se lo
-manifesté, y ella insistió en que sólo era curiosidad. Díjele que
-podía negármelo todo; pero no su pasión por el pobre amigo muerto,
-y su presencia en el acto que determinó la muerte de él. Perdí los
-estribos; me descompuse; creo que se me escaparon frases violentas,
-seguidas de otras tiernas y apasionadas. Me puse de rodillas ante ella,
-y besándole con ardor las manos, le supliqué me revelara la verdad de
-aquella tragedia, de la cual ella había sido por lo menos testigo, y
-ni un tímido asentimiento pude obtener. Encerróse en torvo silencio,
-que era mi desesperación; denegaba con la cabeza á cada frase mía, y
-terminó augurando otra vez que no sabía nada, que no había visto nada.
-Únicamente al interrogarla sobre sus amores con Viera, observé que su
-denegación era débil, casi casi afirmativa, por la manera como la hizo,
-entre suspiros que le salían del fondo del alma.</p>
-
-<p>Por fin, serenándose y tratando de calmarme á mí, se explicó en
-estos términos: «Para obtener la confianza de una persona, lo primero
-es hacerse digno de tal confianza. Lo que mucho vale, mucho cuesta,
-amigo Infante. Tráeme lo que te he pedido, y hablaremos. ¿No te has
-he<span class="pagenum" id="Page_277">[p. 277]</span>cho amigo de la
-Peri para indagar por tu cuenta?</p>
-
-<p>—Sí, y ahora quieres que indague por la tuya.</p>
-
-<p>—Cierto, esa es la verdad.</p>
-
-<p>—¡Y quieres que yo sea tu polizonte, y que te sirva, sin obtener de
-tí ni una sola confianza! Revélame lo que sabes, y si es incompleto, yo
-te ayudaré á completarlo.»</p>
-
-<p>Me abrumó la infame, diciéndome con aplomo cruel: «¿Cómo he de
-expresarme para que me entiendas? Precisamente por no saber nada,
-quiero que me averigües lo que te he propuesto averiguar... Y no
-prolonguemos más esta conversación, porque siento gente en la alcoba;
-estás muy excitado, hablas en voz alta, y van á creer que estamos aquí
-tirándonos los trastos á la cabeza. Hazme el favor de marcharte, y
-hasta mañana ó pasado...»</p>
-
-<p>Salí de allí con la cabeza como un borracho, desesperado y aturdido,
-y estuve paseándome un rato por las calles, para que se me refrescaran
-las ideas. Y tan pronto sentía un loco impulso de todas las fuerzas
-de mi vida hacia aquella mujer, más fascinadora por los misterios que
-la rodeaban, como un velo liado con suprema coquetería; tan pronto me
-inclinaba á huir de ella, como de un abismo insondable por cuyo borde
-se me resbalaban ya los pies. Pasada una hora de inquieto vagar por las
-calles, me dirigí á casa de Leonor, que me aguardaba, y de buenas á
-primeras, sin preparación alguna, la interpelé en esta forma:</p>
-
-<p>«Me vas á contestar ahora mismo á lo que varias veces te he
-preguntado sin lograr una respuesta... Mira, Leonor, que la cosa es
-grave: me lo vas á decir, y así me probarás que me quieres<span
-class="pagenum" id="Page_278">[p. 278]</span> y eres mi amiga. Nada,
-que me lo dices, ¿verdad? Deseo saber qué clase de relaciones tenías tú
-con Federico. No vale negar. Porque él entraba aquí muy á menudo. Esto
-lo sabemos todos, y hay quien cree que no venía por contemplar tu cara
-bonita. Con que me lo dices, ¿sí ó no? Leonor, Leonor, te lo pido por
-lo que más ames. Hazme el favor de no mirarte tanto las uñas, y habla
-claro. ¿Verdad que me lo vas á decir... á mí, pichona, monina, á mí que
-te quiero mucho...?»</p>
-
-<p>Empezó tomándolo á broma. «Como la trucha al trucho. Chalaíto por
-mí... ¡Ay! ¡qué resalao es mi peine, y qué bonitos ojos tiene!»</p>
-
-<p>Estas tonterías me exaltaban más. «Leonor, Leonor, no bromees, hablo
-muy serio, pero muy serio. Yo necesito saber eso, ó acabaré como el
-pobre Federico.</p>
-
-<p>—¡Tú, tú...! ¡Jesús de mi vida!—exclamó, echándose á reir.—Tú no
-tienes alma para eso, ni estás en sus circunstancias. No eres ni tan
-caballero como él, ni tan perdido como él, ni tan... ¿Pero qué mosca te
-ha picado hoy, peinecito de mi vida...? Á tí te pasa algo. Voy, voy á
-echar las cartas para saberlo.»</p>
-
-<p>Levantóse y trajo los naipes, y en el mismo sofá en que yo estaba
-empezó su juego, poniendo los cinco montoncitos: <i>lo que esperas</i>, <i>lo
-que no esperas</i>, <i>lo que te ha venir</i>, <i>tu suerte</i>, <i>lo que se cubre</i>.
-Hallábame tan excitado, que de un manotazo fué toda la baraja al suelo,
-y le dije: «Pareces una bruja... Déjate de disparates, y contesta á lo
-que te pregunto.»</p>
-
-<p>Leonor se amoscó. Cuadrándose y meneando la cabeza, me dijo:
-«Mira, Infantito, que ya me<span class="pagenum" id="Page_279">[p.
-279]</span> voy cargando; mira, Infantito, que yo tengo malas pulgas;
-mira, Infantito, que si te pones pesado, voy y traigo la palmeta,
-¿sabes? la zapatilla con que despedí al otro peine... Es la que me
-sirve para dar pasaporte á los pesados, chinchosos y reventativos...
-Recordarás que te dije: «de aquello no me preguntes nada.» Con esa
-condición te admití.</p>
-
-<p>—Pues me vuelvo atrás—contesté ciego de ira, echándole la zarpa á
-los hombros y sacudiéndola con brutalidad.—¡Tienes que decírmelo, ó te
-mato, te mato, te ahogo!»</p>
-
-<p>Aquello iba á concluir mal. Yo estaba como demente y no era dueño
-de mis acciones. Leonor se puso á dar chillidos, y entró la criada...
-No creas que hubo golpes ó arañazos. Fué sólo un estrujón, acompañado
-de palabras descompuestas. Por fin, volviendo en mí, la solté sobre
-el sofá. La pobre muchacha, llorando de pena por mi ultraje y mi
-brutalidad, sé mostró más bien ofendida que airada, y opuso á mi
-tenacidad loca una tenacidad mayor: «Ni tú eres caballero—me dijo
-secándose las lágrimas,—ni siquiera persona decente... Eres un tío, y
-no sé, francamente, no sé cómo me gustaste... ¿Sabes lo que te digo
-ahora? Que aunque me hagas picadillo, aunque me cortes en pedacitos de
-este tamaño, no has de arrancarme una palabra. Fastídiate. ¿Crees que
-porque soy una mujer pública no tengo tesón? Pues te equivocas, porque
-también soy mujer particular cuando me da la gana, y sé serlo lo mismo
-que otra cualquiera. Mira, ahí tienes la puerta abierta de par en par.
-Me gustaste, y me gustas todavía. Yo soy muy franca y no oculto<span
-class="pagenum" id="Page_280">[p. 280]</span> lo que siento. Puedes
-volver si me pides perdón por esta bronca. Pero si me vienes con
-preguntas, te doy la patadita para atrás, así, como los burros cuando
-cocean, y te planto en la calle, para que te hagas cargo de que cuando
-una quiere ser <i>particular</i>, y decente, y callada, lo es.»</p>
-
-<p>Aunque su lenguaje no era tan violento como de mi violencia debía
-esperar, me sentí profundamente lastimado. Aquella discreción á toda
-prueba era una especie de virtud, que yo no esperaba encontrar allí.
-Me ofendía, y te lo diré claro, me empequeñecía. Salí de aquella casa
-haciendo voto de no volver más, aunque Leonor no me repugnaba, ni mucho
-menos; al contrario, me era grata su imagen transparentándose en mi
-memoria. Pero la otra me atraía más, muchísimo más; la otra, Equis
-de mis pecados, me volvía loco, me producía un vértigo de pasión,
-de curiosidad... Á sus atracciones naturales unía la pérfida el
-indefinible resplandor del drama desconocido ó á medio conocer. ¡Qué
-noche pasé, qué noche! Imposible darte idea de mi suplicio, ni de las
-vueltas dolorosas que mi espíritu daba, ya queriendo poner el afán de
-conocimiento sobre la ilusión de amor, ya ésta sobre aquél.</p>
-
-<p>Y tú no me dices nada; tú ni me aconsejas ya, ni me das siquiera una
-opinión. Parece que te has vuelto tonto, ó que miras con indiferencia
-lo que me atañe. Pues para eso, maldita la falta que me hace tu amistad
-ni ese saber omnímodo que dicen que tienes. Me has olvidado. Eres un
-egoísta... sí, un egoistón. Ya lo he comprendido. No quería decirlo;
-pero al fin dicho está, y no me vuelvo atrás.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_40">
- <p><span class="pagenum" id="Page_281">[p. 281]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XL</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>21 de Febrero.</i></p>
-
-<p>Si mal no recuerdo, ayer terminé mi carta tratándote con cierta
-dureza. Haz la vista gorda, hombre, y considera el estado de mi ánimo,
-propenso á la violencia y á la injusticia. Yo necesito desahogar con
-alguien esta efervescencia, esta turbación honda de mi alma. Déjame
-que te llame <i>perro judío</i>, y así me calmaré un poco: parece que se me
-quita un peso de encima. Disimula, pues, toda barbaridad que leas aquí.
-He tenido momentos de verdadera epilepsia, y aún no se me han sosegado
-los malditos nervios; la mano me tiembla, y... ya ves qué letra y qué
-sintaxis gasto... ¡Hasta endecasílabos, chico!</p>
-
-<p>Hoy ha sido para mí un día de prueba; mejor será que diga ayer,
-porque son las dos de la noche. ¡Qué día! Por la tarde, después de
-delirar como un calenturiento, se me ocurrió coger el tren y volar á
-tu lado, para llorar contigo... es decir, tú no llorarías... Después
-lo pensé mejor. Imposible salir de aquí, imposible apartarme de lo
-que me enloquece. Pero aún no sé, no sé si me será forzoso adoptar
-una resolución que me ponga á salvo de mi propia ansiedad. ¿Qué crees
-tú?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_282">[p. 282]</span></p>
-
-<p>Pues ayer tarde la ví otra vez. Acababa ella de entrar de la calle,
-y estábamos solos. No había soltado el <i>entucás</i>, ni quitádose la
-capota. Me parece que la tengo aún delante de mí, con su abrigo de
-pieles desabrochado: ¡hacía un calor en aquel gabinete!... Aún creo ver
-la mirada compasiva que me dirigió, y oir su acento fraternal. Porque
-desde que me ví ante ella, me desbordé en palabras enamoradas que me
-salían del fondo del alma. Fascinación mayor no he sentido nunca ni
-creo que la vuelva á sentir. El enigma terrible que la rodea, lejos
-de desilusionarme, me trastorna más. La quiero por honrada si lo es,
-y la quiero por criminal si, en efecto, lo ha sido. Y creo que lo
-fué: criminal en un grado que no acierto á precisar, y que sin duda
-no llega á la perpetración del hecho. No puedo recordar bien lo que
-le dije: que estoy loco por ella; que no importa, para quererla, que
-tenga en sus manos una mancha de sangre como la de <i>lady</i> Macbeth.
-«No la tienes—añadí con desvarío, besándole las manos enguantadas,—no
-la tienes; pero si la tuvieras, Augusta, yo te la borraría con mis
-besos. Tu corazón se purificará con sólo corresponder á la efusión
-del mío. He pasado por mil alternativas. El despecho me ha sugerido
-ideas malas; he creído que eras perversa; tan obcecado estuve, que
-llegué á creer que te odiaba... mira qué absurdo... Y en el mismo
-momento de creerlo, habría sido capaz de darte mi vida. Perdóname
-mis impertinentes investigaciones, que podrían resultar ofensivas
-para tí. Las hice fingiéndome el pretexto de descubrir tu falta;
-pero el verdadero móvil era conocer tu pasión. Nada enciende nuestra
-curio<span class="pagenum" id="Page_283">[p. 283]</span>sidad como el
-secreto, el <i>quid</i> ilícito de la persona que amamos, eso que en nuestro
-egoísmo creemos infidelidad. Yo buscaba en tí á la infiel, y por infiel
-te tengo, y por infiel te quiero más.»</p>
-
-<p>Suplicóme con acento grave y cariñoso que no insistiera, pues no
-podía quererme en la forma que yo pretendía. Seríamos amigos sin
-traspasar los límites de la amistad respetuosa. «No creas—me dijo
-después con acento conmovido—que me atribuyo cualidades que no tengo,
-ni pienses que me quiero hacer pasar por impecable. Mi conciencia
-no está tranquila; pero sí hay en ella el deseo y el propósito de
-tranquilizarse, y esto es algo.»</p>
-
-<p>Como yo la instara otra vez dulcemente á que me confesase su falta,
-quiso hacerme callar con estas palabras: «Ignoro todavía quién podrá
-ser la persona digna de oirme en confesión, como no sea un sacerdote,
-y de esto no se trata ahora. Para confesarme á un amigo, necesito que
-éste me dé pruebas de verdadera amistad, prudencia y abnegación.»</p>
-
-<p>Aquí de mi argumento:</p>
-
-<p>«Tú me has exigido que te preste un servicio que ha resultado
-superior á mi voluntad. La Peri no quiere darme las noticias que me
-pediste. ¿Qué puedo hacer yo? Ni con ruegos ni con amenazas he podido
-obtener de ella una palabra.</p>
-
-<p>—Lo cual prueba—replicó,—que las mujeres, aun siendo malas, como
-esa, sabemos guardar un secreto mejor que vosotros... ¿Sabes que
-he variado de parecer respecto al encargo que te hice? Aplaudo la
-reserva de esa mujer. Ya no quiero saber nada. Mi curiosidad era cosa
-incon<span class="pagenum" id="Page_284">[p. 284]</span>veniente y de
-mal gusto, y vale más no satisfacerla. Lo que ignoro, ignorado se quede
-mientras viva. Lo concluído, concluído. Tú y yo nos contentamos con lo
-poquísimo que sabemos, ¿verdad?»</p>
-
-<p>Esto me encendió más. Su tesón de castellana la engrandecía á mis
-ojos, y conforme ella se iba ennobleciendo, iba yo curándome también de
-la insana curiosidad que me había devorado. «Quiéreme—le dije tratando
-de estrecharla en mis brazos,—quiéreme, y ocúltame tu falta, tu crimen
-ó lo que sea. No te haré más preguntas; no deseo informarme de nada.
-Pensé adorarte sincera, y callada te adoro más. Pero no me mates con
-esa amistad fría: estoy loco por tí, y me muero si no me amas. Rota
-la ley, Augusta; rota la ley, condénate conmigo, que ya no tengo
-salvación... No se me oculta que tu corazón está lastimado, que está
-muy fresca la herida para que puedas quererme; pero dame esperanzas,
-dámelas, ó yo no viviré...»</p>
-
-<p>Se desprendió de mí con vigorosos esfuerzos, Apartando el rostro. No
-decía más que esto: «No puede ser, no puede ser.</p>
-
-<p>—Considera que renuncio á hacer más diligencias, y que de mis labios
-no saldrá una sola pregunta. La curiosidad ha sido ahogada por la
-pasión.</p>
-
-<p>—Esto no puede prolongarse. Manolo, serénate. Te diré una palabra
-sola, la última, y ajusta á ella tu proceder.</p>
-
-<p>—Venga esa palabra; venga pronto.»</p>
-
-<p>Retiróse de mí, y puesta la derecha mano en la cortina de la
-puerta que conducía á la ha<span class="pagenum" id="Page_285">[p.
-285]</span>bitación próxima, me dijo en voz baja y con la mayor
-seriedad y aplomo del mundo:</p>
-
-<p>«La última palabra, y quizás la confesión más sincera de que puedo
-alabarme en toda mi vida: no he sido honrada; pero estoy decidida á
-serlo ahora, y lo seré hasta el fin de mis días.»</p>
-
-<p>Ví moverse la cortina, y desapareció aquella mujer, dejándome en la
-mayor de las soledades: la soledad del no poseer y del ignorar. Sentí
-impulsos de coger una silla y hacerla pedazos. Mira qué puerilidad. Me
-marché porque me asaltó la idea de que, si me encontraba con Orozco, me
-sería imposible disimular ante él mi agitación insana.</p>
-
-<p>Querido Equis, yo estoy enfermo, yo no sé lo que me pasa. Esa mujer
-me ha desquiciado. ¿Qué debo hacer? ¿Debo insistir ó dejarla? Si no
-puedo; si soy un chiquillo; si esta noche, decidido á faltar á su
-tertulia para coquetear con mi ausencia, me he pasado las primeras
-horas de la noche paseándole la calle, como un cadete, por el gusto de
-ver los balcones de su casa y contarlos desde fuera, diciendo: «allí
-tiene su tocador, allí duerme...» Mira si estaré trastornado...</p>
-
-<p>No he vuelto á casa de la Peri ni pienso volver. Todos me enfadan.
-Orozco, el ejemplar, el santo, el incomprensible, me es odioso, y todos
-mis amigos se me han hecho tan antipáticos como Malibrán.</p>
-
-<p>Estoy fuera de mí... Hasta tú me cargas. Te pegaría, creo que te
-pegaría. Pero, en fin, me resigno á no perder tu preciosa amistad. Te
-perdono la vida. La desesperación y el despecho me inspiran cosas que
-presumo han de ser enormes<span class="pagenum" id="Page_286">[p.
-286]</span> disparates. ¡Vaya, que no quererme! ¡Esa honradez de última
-hora...! El diablo harto de carne... Es una bribona; no, que es un
-ángel... La adoro por criminal: ¡tremenda antítesis! Si me probara su
-inocencia, ¿acaso me gustaría menos? Tal vez... Equis, Equisillo, ven
-por Dios en mi ayuda.</p>
-
-<p>P.D. <i>22 de Febrero</i>.—Creo que si sigo en Madrid no acabaré en bien.
-Hoy intenté verla, y se negó á recibirme. Le he escrito. Me devolvió la
-carta sin abrirla. He tenido un momento de exaltación, que felizmente
-va pasando. Determino poner tierra por medio. Me voy á Orbajosa. Un
-día no más necesito para arreglar ciertos asuntos, lo estrictamente
-indispensable. Saldré mañana en el tren correo, y á media noche estaré
-en tu compañía. Por Dios, Equis de mi vida, haz todo lo posible para
-que no salga la música del pueblo á recibirme.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_41">
- <p><span class="pagenum" id="Page_287">[p. 287]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XLI</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>23 de Febrero.</i></p>
-
-<p>¿Qué es esto, Equis de mi vida? ¿Está escrito que yo he de volverme
-loco, y que seas tú quien me remate?</p>
-
-<p>Vamos por partes. Hoy, cuando estaba disponiendo mis bártulos,
-cae sobre mí como un aerolito, mejor dicho, como si desde Orbajosa
-me arrojasen un canto rodado, el insigne hijo de esa localidad,
-don Juan Tafetán, el cual, después de saludarme en tono lacrimoso,
-participándome que le han limpiado el comedero, y que viene á solicitar
-con mi ayuda, ¡Dios nos asista!, su reposición, me entrega un
-encarguillo que le diste para mí.</p>
-
-<p>El paquete... Pero no: he dicho que vayamos por partes, y por
-partes hemos de ir. Pues las quejas que del afligido pecho de Tafetán
-salieron, partirían una roca. Díjome que esa gente está furiosa contra
-mí por la indiferencia, rayana en menosprecio, con que, de algún tiempo
-acá, he mirado los asuntos del distrito. Los encumbrados Polentinos,
-así como los humildes Licurgos, hállanse acordes en ponerme de hoja de
-perejil, porque he permitido con mi incuria que <i>los de la oposición</i>
-se hayan montado sobre los nuestros. Estos, es decir, los que fueron
-míos, celebraron<span class="pagenum" id="Page_288">[p. 288]</span>
-la semana pasada un patriótico <i>meeting</i> para convenir en la forma y
-manera de darme una silba si tengo la frescura de presentarme en la
-metrópoli del ajo. ¡Y yo, que, en el colmo de la inocencia, creí ó
-temí que saldría á recibirme la música del pueblo con sus desacordados
-trompetones! ¡Y ya me figuraba oir el restallido de los cohetes que
-á los aires lanzaría, un homenaje á mi persona, la diestra mano de
-Frasquito González!</p>
-
-<p>Pero dime tú, ¿es cierto lo que me cuenta este pobre hombre, con
-el cual no sé qué hacer ni dónde ponerlo, ni cómo consolarle en su
-tribulación de cesante? ¿Es cierto, dí, que en toda esta temporada de
-angustias, fiebre y diligencias policiacas, no he contestado ni una
-sola carta de los caciques y gente menuda del distrito? ¿Es cierto
-que en esto que llamaremos interregno se ha resuelto la cuestión
-del emplazamiento de la estación del ferrocarril, situándola en
-Valdegañanes, y dejando á nuestra <i>Urbs Augusta</i> á diez y siete
-kilómetros de la línea? ¡Bueno se va á poner <i>El Impulsor</i>, que decía
-no hace mucho que el ferrocarril llamaba á las puertas de Orbajosa
-con el alerta de las locomotoras, esos centinelas avanzados de la
-civilización! ¿Y es cierto (el cabello se me eriza al escribirlo) que
-los de Valdegañanes, <i>esas </i>lumbreras apagadas del obscurantismo,
-amenazan con arrancar de cuajo el Juzgado y llevárselo á su término?
-¿Es cierto que nuestros enemigos, envalentonados por mi abandono,
-han secado la fuente de los Chorrillos, llevándose el caudaloso
-real de agua al abrevadero de Penitentes de San Bartolomé de Abajo?
-¿Es cierto que me birlaron el peatón de Fuente los Tojos, y el
-estan<span class="pagenum" id="Page_289">[p. 289]</span>co del tío
-Majavacas, y que me han dejado cesante á este sin ventura Tafetán?
-Cierto debe de ser, pues se trae una cara tan compungida que ni la
-de la Magdalena se le iguala. Pues con estos golpes y la destitución
-en masa del Ayuntamiento de Villahorrenda, veo por tierra, ó á punto
-de derrumbarse, eso que los representantes del país llamamos el
-<i>altarito</i>, ó sea mi poder político en el pedazo de España que tuvo la
-honra de elegirme su esclavo y opresor. Ante tal cúmulo de desastres,
-querido Equis, resuelvo aplazar la visita á mis electores, con el doble
-objeto de ver si puedo poner algún puntal al consabido altarejo, y de
-librarme de la serenata que mis siervos y tiranos ¡ay, dolor! me tienen
-preparada.</p>
-
-<p>Y vamos á lo otro, pues dije que iríamos por partes, y por partes
-¡vive Dios! iremos. Tafetán me entrega un grueso paquete, que me
-parece, al pasar de sus temblorosas manos á las mías, una caja de
-bizcochos borrachos. Y he aquí que me digo: «¡Por dónde se le ocurre á
-este tonto ahora mandarme bizcochos borrachos! ¡Ah! ¡Es que necesito
-medicina dulce y narcótica! ¡Qué talento tiene este Equis!... Pues,
-señor, abro el mamotreto y me encuentro que contiene papeles. ¡Ajajá!
-Cinco cuadernos manuscritos, de igual tamaño próximamente, y muy
-cosiditos con hilo encarnado. Los hojeo con febril curiosidad. Lo
-primero que me llama la atención es la letra. Yo conozco esta letra...
-Pero, señor, ¿de quién es esta condenada letra? De Equis no es, y, sin
-embargo, me es familiar, familiarísima... Y de una sorpresa grande
-pasamos á otra mayor. Figúrate cuál sería mi asombro al ver los nombres
-de Au<span class="pagenum" id="Page_290">[p. 290]</span>gusta, Orozco,
-Federico, Malibrán, corriendo en medio de las hojas, pasadas velozmente
-por mis dedos. Lo que más me maravilla es que la disposición de los
-nombres á la cabeza de trozos más ó menos largos de texto, parece
-indicar que el contenido de los cuadernos está en diálogo dramático.
-Me fijo en el encabezamiento de uno de ellos, y veo que dice: <i>Jornada
-tercera</i>. La portada del primero es lo que remata mi estupor, y
-desconfío de mis ojos cuando leo: <span class="smcap">Realidad</span>,
-<i>novela en cinco jornadas</i>. Abro tanta boca, que el mismo Tafetán,
-haciendo un paréntesis en su consternación de cesante con nueve hijos,
-se ríe de mí.</p>
-
-<p>¿Pero qué es esto, Equis de todos los demonios? ¿Qué drama es éste,
-ó qué novela, y quién la ha escrito? ¿Has sido tú? ¿Es un bromazo que
-me das?... ¡Anda, anda! Leo la lista de personajes, escrita en la
-primera hoja, y me encuentro á toda mi gente. Equis, Equis, explícate,
-por tu vida, si no quieres que yo acabe de perder la razón. ¿Por
-qué no acompaña al paquete una carta tuya, informándome del por qué
-de este extrañísimo y misterioso escrito? ¡Pero si yo conozco la
-letra... la he visto mil veces, y no puedo en este momento, por el
-trastorno de mi cabeza, recordar á quién pertenece!... ¡Ah! ya caigo
-en ello. La letra es tuya, tuya, desfigurada. No me lo niegues. Tú,
-que eres de la familia de los Merlines; tú, que posees un poder de
-adivinación no concedido á todos los mortales; tú, que sabes ver la
-cara interna de los hechos humanos cuando los demás no vemos más
-que la cara exterior, y penetrar en las vísceras de los caracteres,
-cuan<span class="pagenum" id="Page_291">[p. 291]</span>do los demás
-sólo vemos y tocamos la epidermis; tú, Equisillo diabólico, has sacado
-esta <i>Realidad</i> de los elementos indiciarios que yo te dí, y ahora
-completas con la descripción interior del asunto la que yo te hice de
-la superficie del mismo. De modo que mis cartas no eran más que la
-mitad, ó si quieres, el cuerpo, destinado á ser continente, pero aún
-vacío, de un sér para cuya creación me faltaban fuerzas. Mas vienes
-tú con la otra mitad, ó sea con el alma; á la verdad aparente que á
-secas te referí, añades la verdad profunda, extraída del seno de las
-conciencias, y ya tenemos el sér completo y vivo. ¿Es esto así? Dime
-sí ó no, y mientras me arrojo como un hambriento sobre tu <i>Realidad</i>,
-carguen contigo los demonios, y conmigo también.</p>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_42">
- <p><span class="pagenum" id="Page_292">[p. 292]</span></p>
- <p class="preh2">DE EQUIS Á INFANTE</p>
- <hr class="tir" />
- <h2 class="nobreak corto">XLII</h2>
-</div>
-
-<p class="fecha"><i>Orbajosa, 24 de Febrero.</i></p>
-
-<p>Gandul: recibo la tuya, y me apresuro á explicarte el por qué del
-manuscrito que te llevó el buen Tafetán. Pero ven acá, tonto, ¿es
-posible que no reconozcas tu letra? ¡Si es tuya, grandísimo idiota!
-¿Á tal punto has llegado en tu desvarío cerebral que ni conoces tu
-propia escritura? Á esto me contestarás que tú no has compuesto tal
-drama ni cosa que lo valga, y temerás, sin duda, que mis explicaciones
-aumenten el barullo de tu infeliz cabeza. Verás cómo no; verás cómo te
-tranquilizas al saber de qué modo natural y sencillo se produjo esa
-<span class="smcap">Realidad</span> que tanto te pasma, saliendo de tu
-letra sin que tú pusieras en ella la mano.</p>
-
-<p>Pues verás, hijo mío, qué fenómeno tan fácilmente comprensible
-para un sabio perspicuo, como lo eres tú, formado en la escuela de
-la Peri y de otras filósofas peri... patéticas. Atiende bien.<span
-class="pagenum" id="Page_293">[p. 293]</span> Guardaba yo tu
-correspondencia, perfectamente liada con balduque, en un arca donde
-suelo meter, para que no me los roben estos pillos, los ajos de la
-última cosecha. Guardo también cebollas, alguna calabaza, sartas de
-guindillas, simiente de anís y otros productos de este prolífico suelo.
-Ya ves que tus cartas estaban en buena compañía. Yo les había puesto un
-rotulito que decía <i>La Incógnita</i>.</p>
-
-<p>Pues anteayer se me antojó releerlas. Abro mi arca, y... puf. Sin
-juramento me puedes creer que salía de allí un olor de mil demonios.
-Echo mano al paquete, y me lo encuentro transformado en el drama ó
-novela dialogada, <i>de tu puño y letra</i>, que recibiste por el buen
-Tafetán. Comprendiendo que debes leerlo tú antes que nadie, refrené mi
-curiosidad y allá te fueron las cinco jornadas. Pero qué, ¿no crees en
-la metamorfosis? Para mí es tan común el fenómeno, y lo he presenciado
-tantas veces, que no me causa sorpresa alguna. Sí, chico, no te quemes
-las cejas averiguando quién ha compuesto eso. La realidad no necesita
-que nadie la componga; se compone ella sola.</p>
-
-<p>Qué, ¿lo dudas todavía, y persistes en que yo...? No, hijo, no tengo
-ese saber de adivinación que me atribuyes. El fenómeno que hoy admiras
-es tan natural como el más corriente que en la Naturaleza puedes
-advertir uno y otro día. Cuando quiero obtener la verdad de un caso,
-cojo los datos aparentes y públicos; los escribo en varias hojas de
-papel, los meto en el arca de los ajos, y á los tres días, hora más,
-hora menos, ya está hecho.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_294">[p. 294]</span></p>
-
-<p>Aún dudas, ¿verdad? Pues si quieres que yo te crea tu pasión por
-Augusta, tienes que creerme la sobrenatural y ajosa metamorfosis de tus
-cartas en novela dramática.</p>
-
-<p>Tu invariable—<span class="smcap">Equis</span> X.</p>
-
-<p class="mt2">P.D. Se me olvidaba decirte que haces bien en no venir.
-Todas las referencias tafetánicas son ciertas. Si pareces por acá, te
-aguarda una silba en la cual tomaremos parte todos los habitantes de
-esta ciudad excelsa, lo mismo los brutos que los ilustrados, entre
-los cuales tengo la inmodestia de contarme. Se han vendido ya en el
-pueblo cuarenta docenas y media de silbatos. Iré de simple testigo,
-á presenciar la justa cólera de los ciudadanos, y tu vergüenza y
-humillación. No te chiflaré, pues ya lo sabes... no toco pito...</p>
-
-
-<p class="centra fs90 mt3">FIN DE LA INCÓGNITA</p>
-
-
-<p class="fs90 mt2">Madrid, Noviembre de 1888-Febrero de 1889.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3">
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
-
- <ul>
- <li>Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la utilizada
- actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han normalizado a
- la grafía de mayor frecuencia.</li>
-
- <li>Se han reparado los emparejamientos de los signos de admiración e
- interrogación. También se han añadido tildes a las mayúsculas que
- las necesitan.</li>
-
- <li>Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su
- detección se han tenido en cuenta otras ediciones de esta novela.</li>
- </ul>
-</div>
-</div>
-
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of La Incógnita, by Benito Pérez Galdós
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA INCÓGNITA ***
-
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- gbnewby@pglaf.org
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-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
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-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
-state visit www.gutenberg.org/donate
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-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
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-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
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-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
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-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.
-
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
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-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
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-Most people start at our Web site which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org
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-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
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