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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - -Title: La Incógnita - -Author: Benito Pérez Galdós - -Release Date: April 10, 2017 [EBook #54521] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA INCÓGNITA *** - - - - -Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the -Distributed Proofreading team at DP-test Italia. - - - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las - versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. - - * Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la - utilizada actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han - normalizado a la grafía de mayor frecuencia. - - * Se han reparado los emparejamientos de los signos de admiración - e interrogación. También se han añadido tildes a las mayúsculas - que las necesitan. - - * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar. - Para su detección se han tenido en cuenta otras ediciones de esta - novela. - - - - -LA INCÓGNITA - - - - - Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán - furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor. - - - - - B. PÉREZ GALDÓS - NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS - - LA INCÓGNITA - - 12.000 - - [Ilustración] - - MADRID - PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA - (Sucesores de Hernando) - Arenal, 11 - 1906 - - - - - EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO - IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M. - C. de San Francisco, 4. - - - - -LA INCÓGNITA - - - - -Á D. EQUIS X, EN ORBAJOSA - -I - - _Madrid, 11 de Noviembre._ - - -Querido Equis: Allá va mi primera carta. La empiezo recordándote la -condición _sine qua non_ de mi compromiso epistolar, y es que esto no -ha de leerlo nadie más que tú. Sólo con la seguridad de que humanos -ojos, fuera de los tuyos de ratón, no han de ver el contenido de -estas cartas, puedo ser, como me propongo, absolutamente sincero al -escribirlas. Á cambio de la solemne promesa de tu discreción, nada te -ocultaré, ni aun aquello que recelamos confiar verbalmente al amigo más -íntimo. - -Ya que por tus pecados, de los cuales más vale no hablar, te ves -recluído en la estrechez carcelaria de ese lugarón, donde todas las -murrias del alma humana tienen su asiento, quiero enviarte la sal de -estas cartas para que sazones con ella el pan desabrido de tu destierro -forzado ó voluntario, que esto es harina de otro costal. En ellas verás -personas, sucesos, chismes y trapisondas de esta pícara Corte, cuya -confusión y bullicio tanto te agradan, como buen _gato_ madrileño; y -la sociedad que has dejado con pena, la vida ésta, entretenidísima, -variada y estimulante, revivirán en tu espíritu, descritas sin -galanura, pero con veracidad, por tu mejor amigo. - -Hemos cambiado nuestros papeles, como trocamos nuestra residencia. Yo -perdí de vista á la gran Orbajosa, muy á gusto mío, para venirme acá, -y tú abandonas tu patria intelectual para confinarte en lo que fué mi -destierro durante cinco años de faenas tan necesarias como fastidiosas, -arreglando dos testamentarías, midiendo y partijando fincas, pleiteando -con medio pueblo, deshaciendo enredos de curiales y líos de lugareños -astutos, deslindando pertenencias mineras, con otras muchas fatigas y -trabajos que me permiten hombrearme con Hércules, y tener por niños de -teta á los héroes más templados de la antigüedad. - -Yo resucito, y tú mueres; yo salgo á la luz, y tú caes en ese pozo -de ignorancia, malicia y salvaje ruindad. Y así como en mi largo -cautiverio me distraje contándote las marrullerías y gansadas de esos -lugareños, capaces de marear á Cristo, si Nuestro Señor tuviera el -mal gusto de meterse con ellos; ahora que en Madrid estoy, libre, -gozoso, rico, sin otra pena que no tenerte á mi lado; ahora que me -agasajan y miman más de lo que merezco, y que la vida, con mi posición -independiente y el cargo de diputado (obtenido de momio y por mi linda -cara), es para mí como una racha favorable, que ojalá no se quede -corta; ahora, querido Equis, estoy obligado á cuidar de que no te -aburras ó desesperes, y te escribiré con verdadero ensañamiento, á fin -de alegrar algunos instantes de tu existencia solitaria. - -Lo peor es que no sabré contar la historia de mi vida en Madrid de un -modo que te interese y cautive. Ni poseo el arte de vestir con galas -pintorescas la desnudez de la realidad, ni mi conciencia y mi estéril -ingenio, ambos en perfecto acuerdo, me han de permitir invenciones -que te entretengan con graciosos embustes. Conoces á casi todas las -personas de quienes he de hablarte. Mal podría yo, aunque quisiera, -desfigurarlas; y en cuanto á los sucesos, que de fijo serán comunes y -nada sorprendentes, el único interés que han de tener para tí es el que -resulte de mi manera personal de verlos y juzgarlos. La última vez que -hablamos me anticipaste la opinión que yo había de formar de ciertas -personas. Ya puedo anunciarte que has acertado con respecto á algunas. -Otras hay que conoces poco, ó al menos no las has visto tan de cerca -como ahora las veo yo. Por éstas quiero empezar, y creo darte agradable -sorpresa estrenándome con mi buen tío y padrino don Carlos María de -Cisneros, cuya fama de estrafalario justamente incita tu curiosidad. Sé -que has deseado tratarle, y que le admiras, por lo que de él se cuenta, -como uno de los tipos más singulares de nuestra sociedad y de nuestra -raza. Yo te le presentaré. Verás su casa y sus costumbres; le oirás -exponer sus ideas, que á las de ningún mortal se parecen, y será tu -amigo como lo es mío. - -Habíale yo conocido en mi niñez, cuando mi madre vino á Madrid, -trayéndome consigo, á consultar los médicos. Recordaba la casa, toda -llena de cuadros desde la antesala á la cocina, pinturas ennegrecidas -en su mayor parte, entre las cuales me causaban más miedo que -admiración las que cubrían las paredes del recibimiento, representando -asuntos de frailes cartujos, rostros cadavéricos, muertos que se -levantaban de sus ataúdes, y mártires en carne viva ó estrangulados, -con medio palmo de lengua fuera de la boca. Recordaba también la -persona de don Carlos, un señor muy fino, muy amable, pulcro y decidor, -cariñoso con mi madre y conmigo. Después le ví en París dos veces, pero -tan rápidamente, que continuaba siendo poco menos que un desconocido -para mí. Hasta el mes pasado, cuando me instalé en la Corte, no se me -han revelado la persona completa y el carácter originalísimo de este -sujeto, que me hizo el honor de tenerme en brazos en la pila bautismal. - -No te quiero decir las bondades y miramientos que he merecido de él -desde que vine aquí. Me cotiza á precio mucho más alto del que debo -tener; me mima, me adula, celebra todo lo que digo, me da palmetazos -en la espalda á cada instante, y repite, aunque no venga á cuento, -esta frase: «Mira, Manolito, tú no me has de dejar mal, porque cuando -te cristiané, hice la profecía de que aquel muñeco que en brazos tuve -había de ser un grande hombre.» Me ha presentado á todos sus amigos, -que son muchos, y entre los cuales hay algunos que no se me quedarán -en el tintero. Me convida á almorzar dos veces por semana, haciéndome -el increíble honor de discutir conmigo sobre mil cosas, y de explanarme -sus deliciosas teorías políticas y sociales. - -La primera vez que fuí á su casa, no me dejó salir hasta media noche, -y al despedirme, hízome prometer que volvería al día siguiente. La -alegría inquieta y locuaz del buen señor era como el entusiasmo de un -niño á quien entregan un juguete nuevo. Hablamos de la familia: de mi -madre, á quien Cisneros tanto admiraba; de mi padre, que era para él -como un hermano. Sacamos á relucir episodios de la historia de los -Cisneros, de los Calderones de la Barca, de los Infantes, y de toda -nuestra parentela, hasta no sé qué generación. Su felicísima memoria -le permite restaurar los árboles genealógicos más carcomidos y con más -saña talados por el tiempo, el abandono y la democracia. El pobre señor -no acaba cuando se pone á contar las aventuras que corrió con mi padre, -allá por los años del 40 al 50; lances de amor y pendencias que ya no -se estilan, porque los muchachos, con esta educación hipócrita de los -tiempos modernos, han trocado la inocencia petulante por la formalidad -corrompida. El 53 se casaron ambos. Mi padrino tuvo una hija, Agustina -Cisneros, mujer de Tomás Orozco, á quien tú conoces mejor que yo; y -á mi padre le nacieron cinco hijos, de los cuales yo solo he quedado -para muestra. La señora de mi padrino y mi mamá eran primas hermanas, -de la familia de los Calderones de Valladolid: se habían criado juntas -y se amaban tiernamente. Cisneros también tiene lejano parentesco con -los Infantes, y por eso le llamo tío. Suspendo aquí las informaciones -genealógicas para no volverte loco. Te diré tan sólo que ambas familias -dejaron de tratarse con intimidad y frecuencia hace unos quince años, -por residir mi padre casi constantemente en país extranjero. - -De este largo período de expatriación he tenido que dar cuenta prolija -á mi buen don Carlos, que no se saciaba de oirme. También le hablé de -tí, y te conoce por tus obras, mejor dicho, por la fama de tus obras, -pues declara con ingenuidad un tanto vergonzosa que no las ha leído. -Le he contado cómo se trabó y remachó nuestra amistad en aquel maldito -colegio de Beauvais, siendo tu padre cónsul de España en el Havre y -después en París. Departimos extensamente sobre las vicisitudes de mi -familia, y el santo varón se hace lenguas de mí, admirando que tuviera -yo bastante virtud y firmeza de carácter para sepultarme, á la muerte -de mis padres, en esa triste Orbajosa, con el fin de buscar el derecho -y la razón en el caos de mi herencia. - -¿Verdad que no debo quejarme de la suerte? Porque, terminada aquella -labor de gigantes y encontrándome más rico de lo que creía, mis amigos -y deudos me obsequian una mañanita con un acta de diputado, que tomo -con mis manos lavadas; me vengo á Madrid; mi pariente Cisneros, así -como su hija, la de Orozco, me acogen con afectuosa simpatía, y el -pobre huérfano encuentra en ambos hogares ese calorcillo de familia que -le hace llevadera su soledad. Entro en los Madriles con pie derecho, -y en la política con cierto estruendo de notoriedad. Ya supiste los -ruidosos incidentes electorales y la guerra sañuda que me hizo en la -Comisión de actas el candidato derrotado. Pero no sé si llegaron á tu -noticia las infamias de cierto periódico, diciendo que yo era deudor -al Tesoro de gruesas sumas, por atraso en la contribución de la mina -_Esperanza_. Para defenderme, publiqué una carta que reprodujo la -semana pasada toda la prensa. Ha sido muy elogiada por su lacónica -dignidad y por las insinuaciones maliciosas que, en justo desquite, -supe encajar en ella. Te la mando para que te rías un poco. - -Y ahora te diré otra cosa que te hará reir más. Sabes que soy bastante -desmañado, y ya puedes figurarte que, al venirme á estas esferas, -donde la vida es tan distinta de aquel desgaire tosco que impera -en la episcopal Orbajosa, he tenido que arrostrar los azares de la -aclimatación social. Cierta aspereza que hay en mí; el desconocimiento -de los convencionalismos de forma y de lenguaje imperantes en cada -sociedad; el no saber encontrar la justa medida que aquí existe entre -la etiqueta y la confianza, me han hecho aparecer un tanto desairado -y cohibido en el salón de mi prima (por rutina sigo dando este -nombre á la hija del célebre Cisneros). Fácilmente comprenderás que -mi asimilación ha hecho prodigios en pocos días, y que voy soltando -la cáscara de lugareño; pero no he podido evitar, con tan notorios -progresos, que se haya ejercitado en mi humilde persona el arte -exquisito de esta gente para poner motes muy salados. De mi rudeza -social y de la momentánea celebridad que adquirí cuando me discutieron -el acta, han sacado el dicharacho. Me llaman _el payo de la carta_. -Díjomelo ayer mi prima en casa de su padre, celebrando con risas la -ocurrencia; y al ver que yo, no sólo no me enfadaba ni pizca, sino -que aplaudía el chiste, añadió que esta broma inocente no disminuye -la estimación que me tienen sus amigos. Convenimos todos en reir la -gracia, y por mi parte aseguro que no siento molestia alguna. Sin duda -te ríes al leerme, como yo me río al escribirte. - -Pero mi buen humor no me libra, querido Equis, de la fatiga de esta -larga carta. He llenado dos plieguecillos, y tengo más sueño que -vergüenza. Dispénsame por esta noche, y aguarda un día ó dos la -continuación, que si tú rabias porque te cuente cosas de mi padrino, -más rabio yo por desembucharlas. Abúrrete lo menos posible, y que -Dios te haga ligera la cruz de tu existencia en la metrópoli _ajosa_, -_urbs augusta_, que dijeron los romanos, si es que lo dijeron. Aquí de -nuestras bromas escépticas. ¿Crees tú que hubo romanos? Quita allá, -bobo... Invenciones de los sabios para darse pisto. Siempre tuyo - - MANOLO INFANTE. - - - - -II - - _13 de Noviembre._ - - -Pues volviendo á lo mismo, Equis de mis pecados, te diré que encuentro -á mi padrino más viejo de lo que yo me lo figuraba. ¡Pero qué chispa -en aquel rostro, qué ojos de lince, y qué gracia de dicción la suya! -Su cara es enjuta, morena, bien afeitadita; el labio superior enérgico -y velloso, casi negro de la fuerza del pelo bien descañonado; la nariz -tajante, corta, y unida al labio como si quisiera hacerlo suyo; la -mandíbula robusta y saliente; los ojos vivos, bajo cejas tan pobladas -que parecen dos tiras de terciopelo negro; la cabeza de perfectísima -hechura; sin calva; el pelo con bastantes canas y cortado al rape. Si -te digo que su perfil se me parece al del insigne cardenal de su mismo -nombre y que tal vez es su pariente, no te digo más que la verdad. -No lo creas si no quieres, hombre sin fe. Pertenece á la más genuína -cepa castellana ó extremeña; es seco como la tierra, agudo con toda -la agudeza de la raza, duro y flexible como el clima de aquel país; -mezcla de sagaz lugareño y de señor magnánimo, con no sé qué de fraile -que lleva pistolas debajo del hábito. No te puedo expresar bien mis -impresiones acerca de esta figura eminentemente nacional. Trae á tu -imaginación aquellos guerreros afeitados que parecían curas, aquellos -señores que semejaban labriegos vestidos de seda, los comuneros de -rostro recurtido por el sol y los hielos de Castilla; piensa en el -obispo Acuña, en el conde de Tendilla, en Torquemada, en San Pedro -Alcántara, que sólo comía dos veces por semana; reconstruye el cuño -de la raza y tipo de la madre Castilla, y podrás decir: «Vamos, ya le -tengo.» - -Habrás oído que mi padrino posee una buena colección de cuadros y -antigüedades, parte por herencia de su hermano don Diego, parte -allegada por él. Y aquí, ¡oh ínclito Equis! mi sinceridad me hace -soltar una herejía, que de seguro leerás con indignación. Mas no me -importa, y allá va: _Me cargan las antigüedades_. No iré tan lejos -como el poeta, que, cuando se estaba muriendo, reunió á sus hijos y -deudos en torno al lecho del dolor, para decirles con mucho misterio -que _le cargaba el Dante_. Pero sí te aseguro que no tengo maldito -entusiasmo por las colecciones de _bric-à-brac_, pues si bien reconozco -que en algunas figuran objetos de extraordinario mérito, la mayor -parte de ellas sólo tiene un valor convenido. Á eso me dirás, ya -lo estoy oyendo, que la historia del arte... y que patatín, y que -patatán... Estamos conformes: me tomo, antes que me lo des, el diploma -de bruto. Es que no lo entiendo, y tengo la franqueza de decirlo, -mientras que otros, sin entenderlo más que yo, fingen extasiarse -delante de cualquier roñoso cachivache ó de un trapo descolorido y -mugriento. Excuso decirte que me guardaré muy bien de decir esto al -amigo don Carlos, quien, al segundo día de nuestro conocimiento, -empleó no sé cuántas horas en enseñarme su galería. Si te descuidas, -te hará creer con sus aspavientos y ponderaciones que el Kensington de -Londres es, en comparación de lo que él posee, un puesto del Rastro. -Indudablemente, la colección es grande, y á mi parecer, de tí para mí, -muy poco selecta. Apenas cabe en aquel enorme principal de la plaza del -Progreso, el cual tiene veinticinco balcones y da á tres calles; casa -de tal amplitud, que pocas he visto en Madrid con tanta luz y desahogo. - -Salí de la visita artística con una mediana jaqueca, y si he de -decirte la verdad, fuera de algunos tapices, de media docena de -cuadros, de tres ó cuatro piezas de armería y herraje, todo me aburrió -soberanamente, y más que nada, aquello en que el anticuario funda -su orgullo, que es la colección copiosísima de tablas del siglo XV. -Repito que soy muy bruto, y declaro que mi antipatía á las tales tablas -no es inferior á la que me inspiran los códices en lengua sabia, de -esas que no entiende ya ningún cristiano. Juzga de mi apuro al tener -que asombrarme y entusiasmarme á cada rato cuando Cisneros á ello -me incitaba mostrándome las maldecidas tablas, sin perdonar una, y -explicándome su asunto. - -No sé si la pasión de mi padrino por las antiguallas es verdadera ó -afectada. Bien podría ser lo último, pues le tengo por hombre de esos -que, movidos del orgullo, se imponen un papel con el fin de agradar -ó de distinguirse, y lo representan sin desmayo, llegando, con la -perfección histriónica, á formarse una personalidad artificial, y á -subordinar á ella todos los actos de la vida. - -Para satisfacer su codicia arqueológica, en la cual hay más de -_dilettantismo_ que de sentimiento artístico, Cisneros ha explorado -todos los pueblos de Castilla la Vieja, donde tiene sus propiedades, -buscando pinturas, trapos y cacharros. Las sacristías de las iglesias -de Toro, Valoria la Buena, Villalón, Villalpando y Bermillo de Sayago -le conocen de antiguo. Palacios y conventos expolió con mano dadivosa. -Las monjas le agradecen que les haya cambiado por dinero contante -tablas apolilladas, algún cerrojo cubierto de orín, ó el plato en que -debieron de servirle las gachas al pobre Rey que rabió por ellas. - -Como todo fanático, el buen Cisneros se corre un poco en la filiación -de los objetos preciosos que posee. Si hay dudas sobre un autor, se -quita de cuentos y cuelga el milagro á los artistas más ilustres. -¿Trátase de una obra de platería? Pues seguramente es de Arfe... «Arfe -legítimo... ¿no lo ves? Conozco la huella del cincel como conocería el -carácter de letra de un amigo que me escribiera todas las semanas.» -Si es cosa de cerrajería, se la endosa al maestro Villalpando. Si -el cuadro dudoso tiene figuras atléticas y frescachonas, ello es -del propio Rubens, ó por lo menos de Jordaens. Si es algún retrato -escuálido y con cara de tercianas, por fuerza tiene que ser del Greco, -ó á todo tirar, de Juan Bautista Mayno. - -En su conversación artística, mejor dicho, en todas las conversaciones, -es amenísimo. ¡Qué ideas tiene y con qué salero las expresa! Te digo -que hay que tratarle de cerca para apreciar bien su originalidad. -Siempre que hablo con él, me acuerdo de tí; pienso que su charla te -agradaría extraordinariamente, y que sacarías de ella inmenso partido. -Y todo en él, fondo y superficie, es digno de observación. Dentro de -casa gasta una célebre bata bastante arqueológica, color de guinda, -rameada, que, al parecer, ha salido de una de aquellas tablas del -siglo XV que cubren las paredes. ¿Querrás creer que hace dos días, -hallándonos presentes tres personas de su intimidad, fumando y tomando -café, se empeñó en enseñarnos cómo se bailan las seguidillas en los -pueblos de tierra de Campos, y las bailó delante de nosotros, haciendo -la más graciosa y estrafalaria figura que te puedes imaginar? Pues -ayer nos contaba á Villalonga, á Federico Viera y á mí lances de su -juventud, entreverando mentiras muy gordas con donaires finísimos, y -se dejó decir que en su tiempo no había mujer de alta ó baja clase que -se le resistiera. Es hombre, además, á quien nunca oyes hablar bien de -nadie. Como se le diga algo que enaltezca á cualquier persona, ó lo -pone en duda, ó lo admite con salvedades y reticencias malignas. Pero -si se le lleva algún cuento que denigra ó envilece, le falta tiempo -para repetir, haciendo ademán de machacar en el mortero, la célebre -frase del boticario aquél: «¡como si lo viera, como si lo viera!» - -Hay quien dice que á pesar de estas malicias, puramente externas, mi -padrino es lo que en lenguaje usual llamamos _un infeliz_. Con los -criados, aparentemente, se las da de hombre de mal genio, y hace el -papel de amo severo y gruñón. Pero me han dicho, con referencia á los -mismos sirvientes, que en el trato doméstico, y cuando no hay delante -personas extrañas, es bondadoso y tolerante. Hasta se susurra que los -criados, si son listos y saben llevarle el genio, le dominan y hacen de -él lo que quieren. - -En el poco tiempo que conozco á este hombre singular, no le he oído -tratar con benevolencia á ninguna persona de la familia, como no sea -á su hija y á mí. Por Agustina, á quien él llama _Tinita_ y todos los -demás _Augusta_, tiene verdadera idolatría. Sólo ante ella doblega su -altivez, y pone freno á sus genialidades despóticas y á veces pueriles. -Pero de esta influencia de la hija sobre el difícil carácter del padre, -no participa el yerno, por quien Cisneros siente una antipatía que á -veces logra disimular y á veces manifiesta sin rebozo alguno. Cuán -injusta es esta inquina del castellano viejo no necesito demostrártelo, -pues conoces á Orozco mejor que yo. Y te diré de paso que los encomios -que de él me has hecho, no me parecen exagerados. Mientras más le -trato, más me gusta este hombre, todo rectitud, nobleza y veracidad, -y que á tan sólidas prendas añade trato afabilísimo y otros adornos -personales. Su suegro no le traga: ignoro la causa, y sólo puedo -atribuirla á un sentimiento envidioso, por la consideración y las -ardientes simpatías que el otro merece de cuantos le tratan. - -Por lo que á mí respecta, mi padrino parece quererme tanto como quiere -á su hija. ¿Le durará esto? Presumo que no, porque lo que conozco de -su carácter me permite reconstruirlo enterito, induciendo de la forma -de algunos huesos el conjunto del esqueleto. El hombre que tiene los -aspectos que te he descrito, debe de ser también versátil en sus -sentimientos, antojadizo en sus pasiones; ha de pasar fácilmente del -amor al odio, por móviles escondidos, cuya explicación es difícil -encontrar en los repliegues de su alma. - -Ayer almorzamos con él mi prima y yo. ¡Qué de carantoñas nos hizo, -prodigando por igual sus afectos á ella y á mí! ¡Qué expresiones -cariñosas para ambos, y qué elogios casi ridículos de mi persona, -apelando al testimonio de Augusta, que, riendo y bromeando, no vacilaba -en asentir á todo para tenerle contento! Al despedirnos nos dijo con -paternal benevolencia: «Hijos míos, id con Dios, y divertíos.» - -Y aquí me despido también yo, amigo de mi alma, incitándote á -divertirte todo lo que puedas. - - - - -III - - _16 de Noviembre._ - - -Modera tu impaciencia, voluntarioso y desocupado Equis. ¿Deseas -saber pronto lo que pienso de mi prima? Me había propuesto dejar -ese interesante tratado para cuando mi observación hubiese reunido -datos suficientes en que apoyar una buena crítica. Pero cedo á tus -exigencias de proscripto aburrido y mimoso, y empiezo por decirte -que Augusta no me pareció, la primera vez que la ví, tan hermosa -como yo me la representaba. No puedo olvidar que nunca me diste una -opinión terminante sobre ella, tú que debes conocerla, aunque no -tanto como á su marido. En tus expresiones al hablarme de esta mujer, -he notado siempre como una velada reticencia. No creas: el recuerdo -de tus vaguedades en tal asunto me pone en guardia. Observo, reparo -y escudriño en torno de ella, sospechando que podré descubrir algo -que me asombre, y aunque nada veo, nada absolutamente más que una -conducta pura y una reputación intachable, la escama persiste en mí y -suspendo mi juicio. Contén tu insana curiosidad, oh varón depravado, -que yo, cuando sepa bien á qué atenerme, no me pararé en pelillos -para manifestártelo. Por ahora, no me sacarás del cuerpo sino una -apreciación breve y superficial. Que Augusta es elegante, no tengo -por qué decírtelo. Te reirás sin duda de mi descubrimiento. Sobre si -es ó no hermosa, ya cabe mayor variedad de opiniones. Hermosa, lo -que se llama hermosa, quizás no lo sea para los que creen, como tú, -en eso de las reglas y proporciones estéticas. Para mí, que no le -encuentro ninguna gracia á la boca chiquita de las Venus griegas y de -las Vírgenes de Rafael, una de las mayores seducciones de mi prima es -su boca, que un amigo mío llama _el templo de la risa_. ¡Vaya que es -grandecita! ¡Pero qué salada y hechicera! Dime, ¿tú la has visto reir, -pero con gana, burlándose de alguien ó contando un pasaje chistoso? -¿Y no te has extasiado ante aquella doble sarta de dientes blancos, -duros, igualitos, de los cuales te dejarías morder si á su dueña se le -antojase? ¿No te divierte, no te embelesa oir la cascada de aquella -risa, que inunda de alegría el mundo y sus arrabales, como el trinar -de los pájaros celebrando la aurora? Toma poesía... Otrosí, querido -Equis, tiene mi prima unos ojos negros que te marean si fijamente te -miran; ojos que llevan en sí el vértigo de las alturas y el misterio de -las profundidades (aguántate esa imagen), ojos que... no sigo por temor -á mi retórica y á tus guasitas. - -Fuera de los ojos, que son, como dice un amigo nuestro, _la sucursal -del cielo_, si miras aisladamente las facciones de Augusta, las -encontrarás imperfectas; pero luego se componen y arreglan ellas á su -manera, y resulta un conjunto encantador que te vuelve loco; digo, á -tí no; pero á otros, si no les ha enloquecido, les enloquecerá. ¿Y qué -tienes que decir de su figura? ¿Has conocido alguna más arrogante? Dí -que no, hombre, dí que no, ó te pego. Buena talla, sin ser desmedida; -buenas carnes, sin gorduras; curvas hermosísimas... Yo me la figuro -con poca ropa, y me extasío, como lo harías tú, castamente estético, -delante de la estatua viva, considerando con la mayor formalidad que -la belleza de las líneas convierte la carne tibia en el más honesto de -los mármoles... Suprimo las imágenes porque te estás riendo de mí, y de -seguro dices al leerme: «¡Miren el tonto ese...!» ¡Ah! la edad la fijo -en treinta años; y lo más, lo más que añado, si en ello te empeñas, es -dos ó tres á lo sumo. - -Y pensarás también, clareándote con una de esas muequecillas -profesionales que son resultado del hábito de la crítica: «Mujer -hermosa, pero sin instrucción.» Ya tenemos en campaña el problema -educativo. Pues á eso te digo que, en efecto, Augusta carece de -instrucción, si por esto entiendes algo más que las llamadas -_tinturas_ de las cosas; pero tiene tal gracia y desenfado para abordar -cualquier cuestión grave ó ligera, que oyéndola no podemos menos de -celebrar que no sea instruída de verdad. Si lo fuera; si la sosería -de la opinión sensata apuntara en aquellos ojos y en aquella boca, -cree que perderían mucho. Habías de oirla cuando se pone á hincar -el colmillito en las ridiculeces humanas ó á sostener una tesis -paradógica. Si entonces no se te caía la baba, no sé yo cuándo se te -iba á caer. Pues en aplicar motes no hay quien le gane. Cuando tuvo -bastante confianza conmigo, me confesó, llorando de risa, que de su -cacumen había salido el apodo de _el payo de la carta_, y te aseguro -que nunca he perdonado con más gusto un agravio. - -Basta, basta: no has de sacarme una palabra más acerca de esta -interesante persona. Lo único que me resta decirte es que anoche estuve -en el teatro con ella y su marido. Este es un cumplido caballero, -digno de poseer tal joya. Paréceme de salud algo delicada. Su mujer -le mima, le cuida, y no está profundamente seria sino cuando teme -que aquella salud se quebrante más. Hallo perfecta armonía en este -matrimonio. Podré equivocarme; pero... ¿Qué es eso? ¿te ríes? Á mí no -me descompones tú con tus risitas... ¿He dicho algún disparate? Tu -opinión sobre Orozco, ¿no es la mía? ¿No eres tú quien me ha hecho ver -en él una excepción dentro de la actual sociedad? ¡Ah! ya sé por qué -te ríes, hombre incrédulo y malicioso. Es porque desde que empecé esta -carta estoy diciendo que no quiero hablar de Augusta, y ya llevo tres -carillas sin ocuparme de otra cosa. Punto, punto aquí, vive Dios. Pon -un punto como una casa, indiscreta pluma, ó te estrello contra el papel. - -Hablemos otra vez de Cisneros, de ese espejo de los padrinos, de esa -potencia crítica de primer orden, que por sí solo representa una -escuela sistemática de sátira social, á la que ajusta sus juicios -sangrientos. Tú no sabes bien lo que es este hombre y cuánto se prestan -sus pensamientos á la admiración y al análisis. ¡Y yo, tonto de mí, que -los primeros días, juzgando por la superficie de las ideas, le tuve -por carlista ó al menos por partidario del poder absoluto! Figúrate, -Equis de mi alma, cómo me quedaría hoy cuando me expuso las ideas más -contrarias al absolutismo... Poco á poco: quizás no; puede que ello sea -el propio absolutismo en su forma más concentrada. Vamos por partes, y -dime si estas rarezas no merecen que un observador como tú las estudie. - -Mi padrino vive, como sabes, en la plaza del Progreso. Aborrece los -barrios del Centro y del Este de Madrid, que son los más sanos. -La tradición le amarra al Madrid viejo y á la parte aquélla donde -siente el tufo de la plebe, apiñada en las calles del Sur. Ha vivido -siempre al borde del abismo, según dice, y no quiere apartarse de él. -Detesta la prensa, que en su sentir es la vocinglería, el embuste, el -instrumento de corrupción con que nuestra edad envilece los caracteres -y falsea todas las cuestiones. Á pesar de esto, no conozco á nadie -que lea más periódicos. Por las mañanas, en su casa, se traga tres ó -cuatro, y de noche, en el Casino, media docena. Busca en ellos la -comidilla, la información mal intencionada, el palpitar convulsivo -de la sociedad que considera enferma. La política, tal como aquí se -practica, le inspira despiadadas burlas. Atiende á ella, según dice, -como quien asiste á un sainetón extravagante. Para él no hay ministro -honrado, ni personaje que no merezca la horca... Y, sin embargo, -muchos de éstos son sus amigos, se sientan á su mesa y le celebran las -gracias. Cuando surge algún escándalo en la prensa, adopta y da por -válidas las versiones más desfavorables. La complacencia y el orgullo -iluminan su rostro cuando tiene que dar su opinión pesimista sobre -cualquier asunto que cautiva y apasiona al público. Cada frase suya es -un alfiler candente que penetra hasta el hueso y hace chisporrotear la -carne. - -Á propósito de mi entrada en la política, oigo de él opiniones y -consejos que, la verdad, me entristecen. Hoy, después de almorzar, -pasamos al gabinete donde habitualmente lee y escribe, y después de -ofrecernos (los convidados éramos Federico Viera y yo) un par de -cigarros secos, duros, amargos, que tiene en el cajón de una de las -papeleras, y que por lo viejos deben de ser los primeros que como -muestra vinieron á España en los albores del vicio, dió á Viera -una carpeta de estampas para que se entretuviese, y me echó este -sermoncito, del cual te doy un extracto, que, gracias á mi excelente -memoria, ni tomado por taquígrafos sería más ajustado á la verdad: - -«Mira, hijo, todas las cuestiones que se refieren á libertad política, -á garantía de derechos, ó á leyes que robustezcan la Constitución y -los altos poderes, son pura pamema. Oye estas cosas como aquel paleto -que decía: _por un oído me sale y por otro me sale_; es decir, que no -le entraba por ninguno. Cuida mucho de que estas rimbombancias huecas -no te entren en el cerebro, porque si llegan á entrar, siempre queda -en la masa encefálica algo que puede trastornarte. Otra tocata muy -común es la organización de los partidos, la necesidad imperiosa de -que haya partidos, y de que estén bien disciplinados... ¡Oh! ¡la gran -simpleza...! bien disciplinaditos. Esto lo oyes y te callas, como se -calla uno cuando oye el canto del grillo. ¿Nos vamos á poner á discutir -con un grillo y á refutarle lo que canta? No. Pues lo mismo haces -cuando te echen el registro ese de los partidos y de la disciplina. -En esto sigue la norma de conducta que he seguido yo cuando me han -llevado á la reata del Senado ó á la del Congreso. Mira, hijo: yo, á -los badulaques que me hablaban de cohesión, de apoyar al Gobierno, les -contestaba que sí, que muy santo y muy bueno; y después hacía lo que me -daba mi santa gana. Siempre que veía al Gobierno comprometido en las -Secciones, votaba con los enemigos. En el salón, te juro que nadie ha -tenido tanta gracia para abstenerse á tiempo. Y nadie supo nunca si yo -soltaba el sí ó el no hasta que salía de mis labios. Veo que frunces -el ceño y alargas el hocico, como si esto que te digo fuera una gran -inmoralidad que escandaliza tu conciencia. Ten calma, que te daré -razones convincentes para acallar tus escrúpulos. Mi sistema se inspira -en el bien universal, no en el interés de unos cuantos charlatanes y -explotadores de la nación. Ya lo irás conociendo; ya te vendrás á mi -campo, al campo de las negaciones, de todas las negaciones juntas, -donde se asienta la soberana afirmación. - -»También tratarán de meterte en la cabeza esa monserga de la paz... -que necesitamos paz para prosperar y enriquecernos con la... la... -industria, la agricultura... y dale que le darás. Esto, chico, es como -si al que no tiene que comer se le dice que se siente á esperar que -le caigan del cielo jamones y perdices, en vez de salir y correr en -busca de un pedazo de pan. ¡La paz!... Llamar paz al aburrimiento, á -la somnolencia de las naciones, languidez producida por la inanición -intelectual y física, por la falta de ideas y pan, es muy chusco. ¿Y -para qué queremos esa paz? ¿De qué nos sirve esa imagen de la muerte, -ese sueño estúpido, en cuyo seno se aniquila la nación, como el -tifoideo que se consume en el sopor de la fiebre? En el fondo de este -sueño late la revolución, no esa revolución pueril porque trabajan los -que no tienen el presupuesto entre los dientes, sino la verdadera, -es decir, la muerte, la que todo debe confundirlo y hacerlo polvo y -ceniza, para que de la materia descompuesta salga una vida nueva, -otra cosa, otro mundo, querido Manolo; otra sociedad, modelada en los -principios de justicia.» - -Al llegar aquí, no pude menos de mostrarme asombrado de que tales ideas -profesase un hombre que vive tranquilamente de las rentas extraídas -de la propiedad inmueble y de la riqueza mobiliaria, es decir, un -fortísimo sillar del edificio del Estado, tal como hoy existe. Por -respeto á las canas de Cisneros, no me eché á reir ante ellas. ¿Estará -loco este hombre? me dije. Y le tiré de la lengua, preguntándole qué -forma social era esa en la cual quiere que resucitemos después de -muertos y putrefactos. - -No creas que se acobarda cuando se le estrecha pidiéndole que concrete -sus ideas. Al contrario, esto le estimula á exprimir el magín para -sacar de él nuevos donaires. «Es—me dijo,—como si me mandaras escribir -la historia antes de que ocurran los hechos que han de componerla. -¿Qué es lo que ha de venir? ¿Qué forma traerá la catástrofe, y en qué -posición van á quedar las piedras del edificio una vez caídas? ¿Cómo -he de saber yo eso, tonto? Lo que yo sé es que debo hacer cuanto esté -de mi parte por ayudar al principio de suicidio que late en nuestra -sociedad, y apresurar la destrucción, contribuyendo á fomentar todo -lo negativo y disolvente. Que me hablan de libertades públicas y de -los derechos del hombre. Música, bombo y platillo. Contesto que el -pueblo no tiene más aspiración que la indiferencia política, ni más -derecho que el derecho á esperar, cruzado de brazos, el vuelco de la -sociedad presente, que ha de producirse por un fenómeno de física -social. Háblanme de los partidos y de la disciplina, y hago tanto caso -como de las disputas de los chicos de la calle, cuando juegan á los -botones, al trompo y á cojito-pie. Me ponderan la necesidad de apoyar -á estos gobiernos de filfa para que duren mucho, y yo me persuado -más de la urgencia de combatirlos para que duren lo menos posible. -¿No has observado que, cuando se habla de crisis, la sociedad toda -parece que se esponja, palpitando de esperanza y de júbilo? Es que -tiene la conciencia de que el remedio de sus males ha de venir de la -pulverización. Que esas cuadrillas de vividores que se llaman partidos -y grupos se dividan cada vez más; que los gobiernos sean semanales, y -tengamos jaleos y trapisondas un día sí y otro también. Esta movilidad, -este vértigo encierra un gran principio educativo, y el país va sacando -de la confusión el orden, de lo negativo la afirmación, y de los -disparates la verdad. Yo, que siento en mí este prurito de la raza, -me alegro cuando soplan aires de crisis, y aunque no la haya, digo y -sostengo que la hay ó que debe haberla... para que corra... Cuando mi -barbero entra á afeitarme por las mañanas, siempre le pregunto dos -cosas: «¿Cómo está el tiempo, Ramón?... Ramón, ¿tenemos crisis?» - -Con ésta tienes para un rato, hijo de mi alma. Mientras la digieres, te -preparo la continuación, que irá, Dios mediante, mañana. - - - - -IV - - _17 de Noviembre._ - - -Escucha y tiembla. Después de reir á carcajadas de las observaciones -que le hice, hijas, según él, del estúpido eclecticismo de estos -tiempos vulgares, burgueses, insignificantes; después de llamarme -cándido y paloma torcaz, dijo el gran Cisneros: «¿Pero tú has -reflexionado bien lo que significa la anarquía? Medita bien sobre -ella, y verás que un pueblo sin gobierno de ninguna clase, entregado -á sí mismo, un pueblo sin leyes, está en situación de hacer efectivas -las leyes verdaderas, las inmortales. ¡Que hay sacudimientos, tiranías, -atropellos! Déjalo, tonto, déjalo. Esto es precisamente lo que hace -falta para que nazca el verdadero derecho... Por mi parte, detesto -estas sociedades acompasadas, verdaderas aglomeraciones de cuákeros, -donde la policía y la justicia oficial impiden la florescencia de -las facultades humanas. ¿Concibes que el gran arte y la ciencia -noble puedan existir en ninguna sociedad donde hay más leyes que -ciudadanos, y donde sale la _Gaceta_ todos los días con su fárrago -de disposiciones, que son otras tantas ligaduras puestas á la acción -del individuo? Estas son sociedades estériles; y no me hables de la -industria y de los inventos, pues la mayor parte de esas llamadas -conquistas sólo han servido para hacer más infelices á los hombres, -y aumentar las horribles desigualdades sociales; para establecer el -hambre allí donde reinó la hartura, implantar la tiranía de la ropa, -quitar á los viajes su encanto, y destruir el misterio de las cosas; -el misterio, sí, fuente que antes manaba delicias, y ahora está seca, -seca, con tanta ciencia y tanta máquina, y tanta tontería de adelantos -materiales. No me digas que te entusiasma esta edad de hierro, más -árida que ninguna otra edad, y más antipática y pedestre. - -«¡Y qué trajecitos usamos! ¡Parece que nos vestimos, no para -engalanarnos, sino para disimular lo deforme y enteco de nuestros -cuerpos jimiosos! ¡Y qué costumbres tan necias; y qué idiotismo en -las relaciones de los sexos; y qué monotonía desesperante en la vida -toda; qué aburrimiento en esta selva inmensa de leyes, que prevén -hasta nuestros menores movimientos; qué inmenso tedio en este sistema -de profundizar todas las cosas, para matar todo lo desconocido; lo -desconocido, Manolo de mis entrañas, lo desconocido, que es la alegría -de las almas, la sal de la existencia! No, no: yo quiero que toda esa -balumba de artificios y de esclavitudes, formada por el puritanismo -inglés y la gazmoñería protestante, desaparezca en el abismo de esa -historia fastidiosa que nadie ha de leer. Quiero la libertad, no -estas libertades que son como la disciplina de un cuartel, y que le -obligan á uno á andar á compás, á uniformarse, y á no poder toser sin -permiso del cabo, sino la verdadera libertad, fundada en la Naturaleza. -Quiero que la sociedad florezca, y produzca el gran arte, las virtudes -sublimes, la santidad; que en ella sea posible lo que hoy no existe, -la inspiración artística y las acciones heróicas. Quiero que se vaya -con mil demonios toda esta corrección grotesca y policiaca que mata -la personalidad, la iniciativa, la idea, la santa idea, producto del -entendimiento, y ahoga el producto de la fantasía, la imagen... Ea, -punto final. Me parece que he hablado bastante. Me sofoco...» - -No pude menos de celebrar su elocuencia y de aplaudir su ingenio, -añadiendo que, conforme le oía, me iban entrando ganas de trocar mi -ropa por cualquier traje de teatro, ó por los verdes lampazos de la -edad de oro, y echarme á un monte para ser ciudadano de cualquier -república de pastores. - -Cisneros se levantó de la butaca y dió cuatro ó cinco vueltas por la -estancia, inquieto y nervioso, cual si quisiera envolver en un ovillo -el hilo del discurso que acababa de enjaretarme. Acerquéme á Federico -Viera, que seguía examinando estampas, y de pronto mi padrino se paró -ante nosotros, arremangóse la bata y nos mostró su pierna, vestida de -un pantalón bastante estrecho y no flamante. «Á ver, ¿qué tienen que -decir de esa pierna?—nos preguntó con pueril orgullo.—Toquen, toquen -para que vean que aquí no hay relleno. Les desafío á que me presenten -otra tan bien formada, ni con estas curvas de la pantorrilla... toquen, -miren... tan elegantes y tan... ¿No merece esta extremidad vestirse con -aquellas calzas de listas rojas y negras que se usaban en Italia en el -siglo XV?» - -Sin esperar nuestra respuesta, siguió paseándose. Federico y yo nos -miramos, conteniendo la risa. ¿Qué pensarás tú al leer esto? Lo mismo -que pensaba yo al presenciarlo. Que mi buen padrino, si no está -rematado, tiene momentos en que se destornilla casi por completo. - -Nuestro amigo Viera, que le conoce hace tiempo y sabe tomarse con -él confianzas que yo no me tomaría, le dió bromas sobre aquello de -las calzas italianas; pero Cisneros se lo sacudió como se sacude una -mosca, diciéndole: «Sois unos encanijados de cuerpo y de espíritu, y -en vuestros caletres hidrocefálicos no cabe ninguna idea grande. Sois -incapaces de comprender la vida más que como un reglamento, escrito con -el fin de que toda la humanidad se ajuste á la talla de los tontos... -Os he argumentado de un modo parabólico, única manera de que podáis -comprenderme, almas cándidas. Vamos á ver...» Puso una mano en el -hombro de Viera y otra en el mío, y con tonillo autoritario nos dijo: -«¿Creéis vosotros que el Dante habría escrito la _Divina Comedia_ -si hubiera sido bachiller en Artes, licenciado en Derecho, después -ateneísta, alcanzando fama de _persona ilustrada_, viviendo entre el -tumulto de lo que llaman crítica, y expuesto á ser académico, diputado -ó quizás, quizás ministro de Fomento?... ¿Creéis, hijos míos, que el -autor del _Cantar de los Cantares_ habría compuesto este delicioso -poemita si, en vez de andar con las piernas al aire, hubiera gastado -pantalones?... No admito distingos: contestar sí ó no... ¿Creéis que -Miguel Ángel habría hecho el _Moisés_ y pintado el techo de la Capilla -Sixtina si en su tiempo se hubieran usado los sombreros de copa, los -informes de Academias, los estudios de estética y los paraguas?... Sí -ó no... No se me escapen por la tangente... Lo que hay... (diciendo -esto nos sacudía con violencia como si quisiera arrojarnos al suelo), -lo que hay es que sois unos pobres idiotas, educados en las tonterías -de la enseñanza oficial, de esa enseñanza que, si dura, concluirá por -retrotraer á la humanidad á la época de los monos, micos ilustrados si -se quiere, pero micos al fin. - -Federico y yo le hicimos ver que tales ideas son admisibles como -elemento de amenidad en esa literatura sin imprenta que se llama -la conversación, y que influye tanto ó más que la estampada en la -opinión general; pero que no pueden admitirse con pretensiones de -formar doctrina. Además, le demostramos que sus pensamientos estaban -en contradicción con sus actos. La cosa era bien clara. «Usted—le -dijimos,—truena contra la Instrucción pública, como un medio de -fabricar tontos y de conseguir la extensión de la cultura á costa de la -intensidad. ¿No es eso? - -—Sí—replicó:—abomino de esta enseñanza estúpidamente niveladora. -¿Creéis que si á Homero le hubieran dado la nota de _sobresaliente_ en -los exámenes, habría compuesto la _Iliada_? - -—Claro que sí—le aseguró mi amigo,—y por ella habría ganado el -_accésit_ en cualquier certamen... Pero déjeme completar mi argumento. -Si usted es tan enemigo de la Instrucción pública, ¿para qué ha fundado -dos escuelas en Tordehumos, dotándolas con esplendidez? Y si cree que -la actual organización de la sociedad y de la propiedad es tan mala, -¿para qué defiende sus rentas con tanto tesón? Porque á mí me han -dicho, don Carlos, y no vaya á enfadarse por esto, á mí me han dicho -que usted no perdona un céntimo, y al infeliz arrendatario que no es -puntual, le revienta sin andarse en chiquitas...» - -Federico seguía; pero mi padrino le cortó la palabra, airado y -descompuesto, y pisando, _alterna pede_, como caballo que se encabrita, -nos dijo: «Sepan, señores mequetrefes, que he fundado las escuelas -porque me ha dado la gana, y que mis móviles no cabrán nunca en esas -molleras llenas de la paja del saber oficial. Sepan también que si -cobro mis rentas, no hago más que tomar lo mío, y defenderme de pillos -y ladrones... ¿Pues qué querían? ¿que tenga lástima de los que se -gastan mí dinero en las tabernas y en las timbas de los pueblos? -¡Pobrecicos de mi alma! Cuando me vienen llorando por las malas -cosechas, yo les daría una mano de palos por tramposos, embrollones, y -por esa fea maña de achacar al Cielo y á la Tierra lo que sólo es culpa -de sus vicios... ¿Pues qué quieren estos mocosos, que yo deje á mis -colonos reirse de mí y comerse mis rentas?... - -—No; si nosotros no queremos eso... Hemos señalado una contradicción y -nada más... - -—No hay contradicción... ¿Pero qué entendéis vosotros de esto? Si -me querrán marear estos gaznápiros... Sois muy niños para meteros -conmigo... Vamos, no quiero haceros caso, no me rebajo á discutir con -esta infancia enfatuada, pedantesca... Tengo canas, señores, y no las -quiero ensuciar metiéndome con chicos...» - -Nosotros le estrechábamos; injuriábanos él, mitad en broma, mitad en -serio, y nuestra disputa habría sido interminable, si no la cortara -bruscamente la llegada de un amigo de Cisneros, ex-ministro que había -soltado la cartera en la última crisis, hombre muy corrido en política, -y que tenía mucho metimiento en aquella casa, así como en la de Orozco. -Acogióle mi padrino con exclamaciones de gozo, y el visitante no gastó -preámbulos para decirle á qué venía. Pues simplemente á pedirle su voto -para la elección parcial en no sé qué distrito de Castilla. Don Carlos, -poseedor de grandes tierras en Tordehumos, Magaz y Valoria la Buena, -tiene influencia en el país, y como se meta de hoz y de coz en la -lucha electoral, se lleva de calle á los contrarios. No bien le explicó -el tal sus deseos de sacar adelante al candidato amigo, Cisneros le -dió un abrazo diciéndole: «Pues no faltaba más... Hoy mismo escribiré. -¿Le apoya el Gobierno? Ya sabe usted que soy ministerial de todos los -ministerios, ministerial furibundo... - -—Querido don Carlos, no nos apoye tanto ni nos abrace tan fuerte—dijo -el otro riendo.—Temo sus caricias y su ministerialismo. - -—Y con razón. Es la mejor manera de ser disolvente. Ya conoce usted mi -sistema: apoyo á todos los gobiernos para que duren poco. - -—Usted es de los que no temen el diluvio porque tiene ya hecha el arca. -Si yo la tuviera... - -—¡Que no tiene usted su arca! Yo creía que sí. Pues aquel asunto de -la subvención á los ferrocarriles de vía estrecha, ¿no le proporcionó -algunas tablas para su salvamento el día en que toquen á ahogarse? - -—Don Carlos, don Carlos—replicó el personaje, en tono agridulce.—No es -propio de persona tan respetable acoger los chismorreos del vulgo. - -—Pero si yo no le retiro á usted mi estimación... - -—Es que debería retirármela. - -—No... lo malo es que cuando suban las aguas no habrá arca que las -resista. Diga usted, ¿qué hay de eso que tanto da que hablar? ¿Es -cierto que dos ministros andan á la greña, y que por una cuestión de -faldas presenta su dimisión un alto personaje? - -—¡Absurdo, disparate...! Don Carlos de mi vida, ¿cómo cree usted esas -cosas? - -—Vamos, desahogue ese corazoncito. Aquí todos somos ministeriales, y -viene bien aquello de que la ropa sucia debe lavarse en casa. Usted, -como todos los que están convalecientes de ministros, tiene lo que -llaman los médicos la _febris carnis_, disgusto, mal cuerpo y peor -paladar, tristeza, alternativas de desgana y hambre canina... Vamos, no -me niegue usted que está torcido con el Gobierno. Si se lo conozco en -la cara. Soy ya perro viejo; he andado algunos años en esos trotes de -la política, y he visto siempre que todos los que salen se convierten -en ruiseñores, es decir, que trinan. Con que, si usted no es un -hipócrita, trinemos todos ahora; es decir, mordamos.» - -El ex-ministro denegó con frases ingeniosas las malicias de Cisneros, -declarándose poseído de aquella satisfacción interior, tan necesaria á -la disciplina de los ejércitos, así en la milicia como en la política. -Pero luego, en el curso de la conversación que trabamos los cuatro -sobre los asuntos corrientes, dejaba entrever mi hombre su mal humor. -Que las cosas del partido no van bien, y el mejor día puede sobrevenir -un desastre; que si esto sucede, él se lava las manos... Mi padrino, -con refinada ironía, le llevaba la contraria; y por fin, tratando de la -próxima elección parcial, aprovechó la coyuntura que se le presentaba -para arrimar el ascua á su sardina, pues es hombre que, en medio de sus -desenfrenos de argumentación paradógica, sabe conservar la serenidad y -el sentido práctico, como esos borrachos que, aunque beban mucho y se -trastornen, no hacen jamás un disparate que les pueda comprometer. - -Este juicio del carácter de don Carlos es fruto de mi observación -en el poco tiempo que llevamos de conocimiento. He visto que, aun -en las ocasiones en que parece más delirante y más tocado de la -manía de originalidad, lima siempre para dentro, si la cuestión que -trata conduce á algún fin positivo, que afecte á sus intereses. El -ex-ministro desplegaba mucho donaire contra el donaire del castellano -viejo, y éste, que nunca pierde ripio, le ofreció los votos con las -siguientes condiciones: Que sin tardanza sea destituído el Ayuntamiento -de Tordehumos, en el cual hay un concejal que se ha plantificado como -una mosca en la nariz de mi buen padrino. El tal es un revolucionario -que con el dinero de los consumos levanta partidas, y últimamente -disputa á Cisneros una finca que había sido de propios y pasó á manos -de éste por medios legales. Que se despache prontito el expediente de -información posesoria incoado por Cisneros, tocante á la susodicha -dehesa de Tordehumos. Y, por último, que se limpie el comedero al jefe -de Propiedades ó Impuestos de la Delegación de Hacienda de Palencia, -tío del dichoso concejal y encubridor de sus chanchullos, y se dé la -vacante al hijo del administrador que mi padrino tiene en Valoria -la Buena, muchacho listo, que hoy es oficial segundo en Santander. -El ex-ministro se llevó la nota de estos encarguillos, prometiendo -recomendarlos, y salimos Federico y yo con él, dando por terminada -sesión tan interesante. - -Por la calle íbamos haciendo la monografía de don Carlos, de quien -dijo el ex-ministro que es uno de los hombres más amenos que conoce, -explicándonos por qué, con su talento, riqueza y grandes relaciones, -no figura en la política activa. Es que ningún partido ha podido hacer -carrera de él, y de todos le han tenido que echar por perturbador -y revoltijero. Fíjate ahora en otra cosa, querido Equis, y es que -siendo este hombre una calamidad en política, en el terreno privado -no hallarás persona de más formalidad. Fuera de ciertos devaneos -mujeriles, que con la edad se van concluyendo, es Cisneros lo que se -llama un perfecto ciudadano: paga puntualmente sus contribuciones, -cumple con fidelidad todos sus deberes, y en sus tratos resplandece -la honradez más pura. Dicen que, en cualquier negocio que con él se -entable, su palabra vale tanto como la mejor escritura. ¡Y á un hombre -así no se le puede fiar, en política, el valor de un alfiler! ¿Cómo me -explicas esto tú, sociólogo y psicólogo; tú que sabes tanto, y que, de -tanto saber, no se te puede aguantar? ¿Cómo me explicas el fenómeno -contrario, no menos real, que sean piezas útiles, y aun necesarias, de -la máquina política, tantos y tantos que en el mecanismo privado no son -nada de fiar? - -Cuando el ex-ministro se separó de nosotros, quedámonos hablando de -lo mismo Federico Viera y yo, sin encontrar solución medianamente -satisfactoria. Y á propósito: me has preguntado varias veces en tus -cartas por tu amigo Viera. Poco te he hablado de él; pero le nombro -con frecuencia, lo que te bastará para saber que vive y está bueno. -De todos los muchachos de nuestro tiempo, con los cuales he reanudado -amistad, éste es el más agradable y el más simpático para mí. He -llegado á quererle mucho y á ser indulgente, pero muy indulgente, con -sus defectos graves. Anoche me dijo que te había escrito; pero no sé -por qué se me antoja ponerlo en duda. No desconfío de su veracidad, -sino de la fijeza de sus ideas, y me temo que esté persuadido de que te -ha escrito sin haberlo hecho. Adiós. - - - - -V - - _23 de Noviembre._ - - -Ayer estuvo Augusta en la tribuna del Congreso. Fué con las de -Trujillo, la marquesa de Monte-Cármenes y otras damas ilustres. -Por cierto que las infelices pasaron una tarde cruel, prensadas, -estrujadas, y lo que es peor, aburridas como quien va á un baile -y se encuentra en un duelo. Desde los escaños, varios amigos y yo -las mirábamos con piedad, deplorando no poder dar á los debates un -carácter divertido y sainetesco para aliviar la tristísima situación -de aquellas desgraciadas. Nosotros, al menos, podíamos confortar -nuestros decaídos espíritus contemplando aquella batería de mujeres, -entre las cuales las había muy guapas. Pero ellas, ¿qué iban ganando -con mirar calvas, presenciar una votación, el barullo de los que entran -y salen, y el acto de encender el gas? Figúrate que fueron á oir á -Castelar, á Cánovas y á todas las primeras partes, atraídas por el -cartel parlamentario de aquel día, publicado en los periódicos de la -mañana. Como habían madrugado por coger la delantera, al abrirse la -sesión, á las dos y cuarto, ya estaban las pobrecillas medio fritas. La -parte de la sesión destinada á preguntas las entretuvo un poco y aun -las hizo reir, porque tuvimos discurso de chascarrillos. Hombre hubo, -además, que, al hacer su preguntita, parecía que la brindaba á las -señoras de la tribuna, mirándolas, como si la defensa del Ayuntamiento -de Valderrediles de Abajo no fuese más que fórmula enigmática de una -declaración amorosa. Todo esto aliviaba las angustias del plantón, y -lo demás se llevaba con paciencia esperando la orden del día. Pero á -nuestro Presidente le dió la mala idea, sugerida sin duda por algún -espíritu maligno, de meter el embuchado de una enmienda pendiente, con -cuya discusión creía despachar en breve tiempo el artículo último de -la ley de Jurisdicciones administrativas. Total: que la discusión se -enzarzó cuando menos se creía, y he aquí, mi buen Equis, que entre la -general consternación se levanta, decidido á _explicar su actitud_ en -aquel asunto, un orador de los que hablan á cántaros, excelente persona -por otra parte, pero que tiene la desgracia de no acertar á exponer -la cosa más sencilla sin consumir un par de horitas, más bien más que -menos. Bien examinado todo lo que mi hombre dijo, era de lo que no le -interesa á nadie. Que si en 1870 opinó ó dejó de opinar esto ó aquello; -que si, al poner su firma en la proposición tal, lo hizo simplemente -por autorizar la lectura, con todo lo demás que es de cajón, y aquello -de _si se me permite recordar lo que tuve el honor de exponer ante el -Congreso en la tarde de ayer, me será fácil demostrar que al poner -de manifiesto en la tarde de hoy las deficiencias del proyecto que -se discute, no dije nada, no expuse nada y no expresé nada, ni de -cerca ni de lejos, que no estuviese en perfecto acuerdo, en perfecta -consonancia, en perfecta conformidad con lo que salió de mis labios en -la tarde de anteayer_. - -Pasó una hora, dos horas, dos horas y media, y la salmodia no tenía -fin. Las toses y murmullos parecía que le animaban cual si fuesen -aplausos, y su voz sin matices caía sobre el cerebro del auditorio -como lluvia menuda y persistente sobre un techo de cristales. Á ratos -molestaba como el ruido del andar isócrono de un reloj de pared, cuando -luchamos con el insomnio, dando vueltas en la cama; á ratos me hacía -el efecto de uno de esos cantorrios con que las nodrizas duermen á los -niños. Los bancos rojos se despoblaban, como país empobrecido por las -malas cosechas, en el cual se propaga la fiebre de la emigración de un -modo alarmante. La gente se iba á fumar y á murmurar á los pasillos ó -á la cantina, y en el salón no quedaban sino unos cuantos amigos del -orador, y los que se entretenían _timándose_ con las señoras de arriba. - -Estas pobrecitas mártires de la curiosidad me infundían tanta lástima, -que subí á consolarlas. Observé en todos y cada uno de los rostros la -consternación y el desaliento. Charlaban criticando acerbamente el -régimen, y poniendo de oro y azul al Presidente, por habar alterado -los números del programa, echando aquella murga insufrible antes del -gran quinteto clásico que esperaban oir y gozar. Les llevé dulces y -caramelos, y les dí esperanza de que pronto concluiría la terrible -_lata_ que aquel buen patricio nos estaba dando á todos. «Sí, buenas -trazas tiene de acabar—me dijo mi prima.—Ahora ha dicho que _esto es -grave, gravísimo_, y que se ha traído los datos para probarlo. Mira, -mira el rimero de papeles que tiene en el banco. ¿Ves? Se prepara á -leernos media docena de _Gacetas_.» - -Pasó todavía una hora más, una de esas horas negras, tediosas, que se -estiran languideciendo, y al desperezarse juntan la cabeza con la cola, -imitando el emblema de la eternidad, y entonces el orador dijo: _Voy -á concluir, señores_... Las tribunas le hicieron una ovación; y el -muy tunante ¿creerás que lo agradeció? En vez de abreviar el epílogo, -lo alargó media hora más, regalándonos, por vía de resumen, una nueva -paráfrasis de lo que ya había dicho. Las cinco y media serían cuando la -Mesa decidió que el debate gordo se quedara para el lunes siguiente. -Subí á comunicar la noticia á las pobres mártires, medio muertas ya -de calor, estrechez é inmovilidad. Algunas no tenían ni fuerzas para -levantarse; otras estaban en pie para salir, y todas maldecían las -_Jurisdicciones administrativas_ y al perro que las inventó. Augusta -salió con jaqueca, y cuando la bajaba del brazo, me dijo que no -volvería á la tribuna hasta que yo no hablase. - -Creo que lloverá bastante de aquí á ese día, porque me siento sin -ninguna aptitud para la oratoria, y cuando me figuro que tengo que -hablar y que me levanto y empiezo, me parece que el pavor me ha -de suspender las ideas y paralizarme la lengua. El afán de Augusta -porque yo hable es ya verdadera manía, y siempre que me coge á tiro, -me vuelve loco. Anoche me dijo que si no me arranco pronto, hasta -me negará el saludo, y que todos mis progresos en el arte de la -cortesanía no valen nada, si no suelto el último pelo de lugareño -lanzándome á usar de la palabra en público. Y puesto que entre tú y -yo no ha de haber nunca misterios, según lo convenido, te diré sin -rodeos que mi prima me gusta cada día más, y que siento hacia ella una -inclinación que me ha ocasionado no pocas horas de tristeza. No había -querido contártelo, esperando que pasase esto, que me parecía una -fugaz indisposición del alma, semejante á los resfriados en el orden -físico. Pero hace días que me encuentro sorprendido con invencible -tendencia á pensar en ella, á figurármela delante de mí, á recordar sus -gestos y palabras, y á suponer y anticiparme las que me ha de decir -la primera vez que nos veamos. Al propio tiempo, nace en mi espíritu -una admiración irreflexiva hacia ella, y me sorprendo á mí mismo en la -tarea ideal de adornarla con las más excelentes cualidades que jamás -embellecieron á criatura alguna. De aquí nace mi mayor pena, pues -precisamente las cualidades que le atribuyo ponen una barrera moral -entre ella y yo. Para imaginar que esta aspiración mía, incierta y -tímida, pueda satisfacerse alguna vez, tengo que destruir mi propia -obra, y exonerar á la señora de mis pensamientos, quitándole aquellas -mismas perfecciones que le supuse. Aquí tienes la brega que traigo en -mi mente estos días, y que viene á ser como una enfermedad que me ha -cogido de súbito. - -Apuesto á que te reirás de mí al leerme, pues no caen bien, en hombres -de nuestra edad descreída, el misticismo amoroso de un Petrarca, ni -la fiebre de un Werther. No: todavía disto mucho de llegar á tales -extremos. Lo que te cuento no tiene valor más que como presagio. -También te diré que se me ha ocurrido visitarla lo menos posible, huir -de su trato, apartar de mis ojos su hermosura y gracia incomparables, -su donaire y suprema elegancia... Sí, no te rías. Te veo haciendo -garatusas y dudando de estas honradas disposiciones mías. Pues sí, -querido Equis: la delicadeza me inspira el propósito de evitar su -compañía, y te aseguro que he podido cumplirlo, dejando de ir repetidas -noches á su palco y á su casa. Pero el demonio, que en todo se mete, -ha hecho sin duda juramento de impedir los virtuosos planes de tu -amigo; el demonio, ¡asómbrate! toma la figura de mi buen padrino para -perseguirme y llevarse mi alma, pues Cisneros me obliga á almorzar con -él casi todos los días, y su hija ha dado en la flor de ir también, -y allí me vuelve loco con su cháchara, sus monerías, su amabilidad y -demás seducciones. De modo que el terreno que gano de noche alejándome -de la montaña, lo pierdo por el día viendo venir la montaña hacia mí; -y no me vale huir del abismo, porque se me pone delante cuando menos -lo pienso. De todo lo cual deduzco que... Vete al diablo, que no tengo -ganas de hacer deducciones ni de continuar esta deslavazada epístola. -Estoy fatigado y de malísimo humor. ¿Te sabe á poco ésta? ¿Te deja á -media miel? Pues fastídiate, y aguántate, y revienta. - - - - -VI - - _25 de Noviembre._ - - -Continúo, señor de X, bajo la influencia de esta tontería, de esta -murria estúpida que me iguala al más cándido de los colegiales. Mi -desordenado trabajo mental sigue dándome mucha guerra, y por las -noches la hiperemia del cerebro no me deja dormir. El gran simpático -responde al punto á la presión de arriba, y ya me tienes hecho un -ovillo ardiente, de puro nervioso, con alternativas de angustia y -de exaltación febril. No te cuento las cosas que se me ocurren en -las horas negras de insomnio, porque, de fijo, mis disparates y -atrevimientos te parecerían los más estrafalarios que habrías oído en -tu vida. Te contaré lo que en pleno día pienso, cuando mi mente se -despeja de aquellas nieblas y el contacto del mundo me devuelve la -razón. - -Verás: ahora he dado en la tecla de que Augusta no es ni con mucho el -arquetipo de perfecciones que imaginé, llevado de aquel prurito de -idealización, que me entró como podría entrarme un dolor neurálgico. -Esta maldecida enfermedad ha tomado otro sesgo, y ahora discurro -que la bella por quien suspiro (la frasecilla será todo lo cursi que -quieras, pero la sostengo) no es un ángel, que está dotada de las -seductoras imperfecciones que Naturaleza derramó con sabia mano en -la humanidad toda, y que quizás, quizás se juntan y hermanan en ella -dichos defectos con mayor relieve que en otras de su edad y clase. No -vayas á deducir de esto que la tengo por mala, no. Es que en la tierra -no tenemos ángeles, ni en verdad nos hacen gran falta. Mi inclinación -hacia Augusta, á quien acabo de borrar del escalafón de los serafines, -no es, en esta nueva etapa de mi mal, menos vehemente; y si en ella -no hay pureza absoluta, tampoco hay absoluta impureza, pues en las -pasiones humanas entran siempre por lo común todos los estímulos que -corresponden á las diferentes regiones que componen nuestra naturaleza. -Decir amor de corazón, amor de imaginación, amor de sentidos, es no -decir nada, ó expresar abstracciones sin valor alguno en la realidad. -Todo marcha con orgánico engranaje, y ninguna parte de nuestro sér se -emancipa de las demás que lo constituyen. - -Pero basta ya de filosofías, y sigue prestando la debida atención á las -confidencias de tu amigo. ¿Á que no aciertas en qué empleo ahora mis -facultades de idealización? Pues en figurarme el marido de mi prima, -Tomás Orozco, como el hombre más completo que imaginarse puede, y en -esto no hago más que responder con mis ideas á tu opinión acerca de él. -Orozco es, según tú, la mayor perfección moral que en nuestros tiempos -puede alcanzarse; Orozco merecería, según tú, el dictado de _santo_, -si nuestra época consintiese aplicar este nombre con propiedad. Es la -persona que deberíamos tomar por modelo para cumplir nuestros deberes -humanos y sociales. Si alguien existe en quien la observación leal no -puede señalar un solo defecto, es Orozco. Fijas están en mi mente tus -ardorosas alabanzas de este hombre, y créelo, me duelen como si fueran -abrojos de una corona de martirio clavada en mi cabeza. Porque has de -saber, amado Teótimo, que este sujeto, á ningún otro comparable, según -tú, y también según mi entender, me demuestra vivísimo afecto, me rodea -de delicadas atenciones cuando voy á su casa, me recuerda la estimación -que su familia tuvo siempre á la mía y su padre á mi padre, y con -esto ha traído á mi alma una turbación y un desasosiego que no puedo -encarecerte. - -Ahora falta un término de la ecuación que no puedo resolver, y allá -va para que te hagas cargo de todo. Me preguntas si creo que mis -pretensiones respecto á Augusta podrán tener acogida favorable, y muy -bajito, pero muy bajito, de modo que nadie lo entienda más que tú, -te respondo que sí. ¿Me fundo acaso en algo terminante y afirmativo? -No: es una idea, un presentimiento, una corazonada. Estas cosas se -saben sin saber por qué se saben. Es algo que se ve en las brumas del -horizonte con los ojos de la previsión y, si se quiere, del temor. -Pues bien, amigo mío: espero, y me tengo por un miserable si lo que -espero llega. Hay y habrá siempre en mí algo que me impide caer en la -depravación y en la laxitud de conciencia de mis contemporáneos. Al -menos, creo que seré de los últimos que caigan. Ciertas traiciones, -que fácilmente obtienen disculpa en nuestros tiempos, no caben en -mí. Y no te digo más, porque fácilmente comprendes mi confusión y la -tremenda batahola que llevo en mi conciencia. Aquí pongo punto, porque -si me dejara llevar de mi pensamiento, y me abriera todos los grifos -para seguir vaciando en el papel lo mucho que sobre el particular se -me ocurre, te aburriría; y si intento escribir de otra cosa, no podré, -porque el horno no cuece más bollos que los que tiene dentro. - -Sigue el consejo que voy á darte. No vuelvas más á este Madrid, donde -se pierde el candor, y se deshoja al menor soplo la flor de nuestras -honradas ilusiones. Equisillo de mis pecados, quédate en esa ruda -Orbajosa, entre clérigos y gañanes; búscate una honrada lugareña, con -buen dote y hacienda de diez ó doce pares de mulas, que las hay, yo te -aseguro que las hay. Búscala guapa, no digo rolliza, porque lo que es -rollizas y frescas no las habrás visto nunca. Elige la menos amarilla y -flácida, la que se te figure menos puerca dentro del hinchado armatoste -de refajos verdes y amarillos; cásate con ella, hazte labrador, ten -muchos hijos, sanotes y muy brutos, vive vida patriarcal y bucólica, y -no aspires á otros goces que los que te brinden esa ciudad y ese campo, -productor de los mejores ajos del mundo. Fórmate una familia, en la -cual no pueda salir nadie que tenga ideales; come sopas, y no aspires -ni á ser cacique de campanario. Dichoso el que logra emanciparse de -esta esclavitud de las ideas, y aprende á vivir en la escuela de la -verdadera sabiduría, que tiene por modelo á los animales, querido -Equis, á los mismísimos animales. - - - - -VII - - _1.º de Diciembre._ - - -Vengan esos cinco, Equis de mis entretelas. El espíritu de tu amigo -no se dejará dominar de la maleza estúpida que le amenazaba, y cuyas -primeras manifestaciones pudiste colegir de mis cartas precedentes. Ha -surgido en mí una energía medicatriz, que de la noche á la mañana me -regenera, atiesando mi voluntad, mi sér todo, dándome noción cierta de -la ridiculez de mi enfermedad. Ello ha sido de una manera súbita: me -levanté un día con ganas atroces de reirme de mis sandeces amorosas, -y me reí, sorprendiéndome mucho de verme objeto de mi propia burla. -La naturaleza moral, como la física, tiene estas bruscas remisiones, -victorias rápidas que la vida alcanza sobre la muerte, y la razón sobre -el principio de tontería que en nosotros llevamos. Bastóme aplicar -algunos esfuerzos mentales á esta acción interna, para verla crecer -y hacerse dueña al fin de todo el campo. No tardé en ver las cosas -con claridad, y en notar lo inconveniente de que se rompa la relación -armónica que cada individuo debe guardar con su época. Augusta no dejó -de parecerme tan interesante y bonita como antes; pero al propio -tiempo comprendí que no debía apasionarme como un cadete, ni devanarme -los sesos como un seminarista descarriado, sino plantarme esperando -los sucesos con frialdad y mundología. El que tome por lo serio esta -sociedad, está expuesto á estrellarse cuando menos lo piense. - -El fenómeno que te estoy refiriendo no ha venido aislado. Apareció -entre accidentes varios, que en el término de un día, de horas quizá, -distrajeron mi ánimo, movieron mis ideas como el viento mueve la -veleta. La política, hijo de mi alma, con las vehemencias increíbles -que determina en nosotros, no ha tenido poca parte en este cambio, de -lo que deduzco que la _res pública_ es cosa muy buena, un emoliente, -un antiflogístico eficacísimo para ciertos ardores morbosos de la -vida. Y las irritaciones que uno coge en este dichoso Congreso, obran -también como revulsivo, trasladando el desorden orgánico á la piel, ó -si quieres, á la lengua, por donde se escapa el mal ó fluido pernicioso. - -Y á propósito de esto, voy viendo cuán cierto es lo que tantas veces -me has dicho, fundado en tu larga experiencia. Aquí hay que hablar ó -condenarse á perpetua nulidad é insignificancia. Al que se calla no le -hacen maldito caso. Supón que eres, como yo, consumado gramático del -idioma del silencio, y que en tales condiciones pides un favorcito á -cualquier ministro. Como no te teme, ni le prestas tus servicios en -el banco de la Comisión, ni le consumes la figura de vez en cuando -con preguntas fastidiosas, te sonríe muy afable cuando le saludas; -pero no te da nada, créelo; no te da más que los buenos días; cosa de -substancia ten por cierto que no te la da. No creas que me incomodo por -esto: reconozco que el favor ministerial es un resorte del sistema, -y no debemos criticar que se utilice para acallar á los descontentos -y recompensar á los servidores, porque si suprimimos aquel resorte, -adiós sistema. Ello está en la naturaleza humana, y es resultado de la -eterna imperfección con que luchamos de tejas abajo. Ó nos declaramos -serafines con patas, ó hemos de reconocer que el régimen, bueno ó malo, -tiene su moral propia, su decálogo, transmitido desde no sé qué Sinaí, -y que difiere bastante de la moral corriente; y si no, que salga el -Moisés que ha de arreglarlo. - -Hoy estoy inspirado, amigo mío, y si no escribo de política, reviento, -porque este tema me divierte, hace derivar mis pensamientos del centro -congestivo en que me atormentan, y me esponja, créete que me esponja, -me refresca el cuerpo y el alma... Pues verás. He caído en la cuenta -de que es una sandez este silencio mío, esta pasividad, esta inercia -de grano inconsciente en el famoso montón parlamentario que hace las -leyes, sostiene los gobiernos y robustece las instituciones. Tiene -muy poca gracia desperdiciar la influencia y el favor con que el -amigo Estado debe corresponder á nuestros servicios. Nada, yo hablo ó -reviento, yo me despotrico el mejor día; y aunque me tengo un miedo -horrible como orador, y aunque, al considerarme hablando, me entran -ganas de prenderme á mí mismo y mandarme á la cárcel, la lógica humana -y cierta ambiciosilla que me muerde el corazón, impúlsanme á vencer -mi torpeza y cobardía. Ya empecé anteayer, como quien deletrea, -presentando á primera hora una exposicioncita de Orbajosa para que le -rebajen los consumos; pronto seguiré mi aprendizaje en las Secciones, -dando explicación breve, de acuerdo con otro que me las pida; y, -por fin, metido en una comisión de fácil asunto, ten por cierto que -lo empollo bien, y me largo mi discursito como un caballero. Todo -es empezar. Una vez perdida la vergüenza, lo demás va por sus pasos -contados. Y dejando de ser pasivo en la política, da uno empleo y -desagüe á mil cosas malas que dentro le bullen. Si la política es un -vicio, con este daño inocente se pueden matar otras diátesis viciosas -que nos trastornan el seso. ¿Qué te parece? ¿te ríes? Dame tus graves -consejos, alma de cántaro; vacía ese saco de filosofías pardas y -de marrullerías espirituales. Espero tu exequatur ó una rociada de -vituperios, porque te conozco, y quien no te conoce, que te consulte. -Con que, ¿hablo ó no hablo? ¿Conviene hablar, aunque sea ladrando? - - - - -VIII - - _3 de Diciembre._ - - -Sin esperar tu contestación, te encajo ésta. Mira que me escarba en -el magín, y más aún en la voluntad, la portentosa oración que ha de -sacarme de la sosa esfera de la nulidad parlamentaria; mira que me -disparo el mejor día y te avergüenzo, porque saben que eres mi mentor, -y los dislates del discípulo recaerán sobre el maestro. - -Consulté con mi padrino lo que á tí te consulto, y me dió un abrazo -muy apretado, felicitándome por mi sabia resolución. Incitóme á hablar -contra el Gobierno, sin reparar que éste me apoyó á rajatabla en la -elección, sacándome por los cabellos de aquella misteriosa urna. Díjome -que haciéndolo así prestaba un servicio á la sociedad, y favorecía -los principios eternos contra lo transitorio y accidental; que nada -es tan útil como los cambios de mandarines, para que el telón de esta -comedia suba y baje muchas veces, hasta ver si el público se aburre -y prorrumpe en la gran pita final. Augusta, que tales cosas oía, se -indignó y tuvo una fuerte agarrada con su padre, diciéndole: «Hubieras -sido ministro, serías por lo menos senador vitalicio si tuvieras más -juicio, papá.» Él lo tomaba con calma, recalcando la extravagancia como -siempre que se le contradice. De palabra en palabra, en la tertulia -de sobremesa, la conversación pasó de la política al arte, y Cisneros -se despachó á su gusto, sosteniendo delante de su hija, de Villalonga -(el célebre Villalonga, ¡qué tipo!) y de mí, que no puede existir el -Arte verdadero en los países organizados, donde hay Justicia y Policía, -instituciones esencialmente enemigas del numen artístico. Pon atención -á esto: «El genio de Shakespeare floreció en medio de la dramática -barbarie inglesa del siglo XVI, como las artes italianas en medio -del elegante desconcierto de las repúblicas florentina y genovesa, -y de las guerras civiles desde el XIV al XVI, en aquellos tiempos -pintorescos, anárquicos, de pasiones sin freno, igualmente propicios -á la santidad y al crimen, al ascetismo y al homicidio; tiempos en -que el derecho público llegó á tener por ley el veneno y el dogal, -y se creó la diplomacia de la traición. La frecuencia del asesinato -fomentaba en el pueblo la idea del desnudo; la Iglesia protegía las -humanidades, y el paganismo resucitaba en el propio regazo de los -Papas. César Borgia personifica esa época gloriosa, y cierra el período -de florecimiento artístico, en el cual caben todas las ideas activas -que pueden inflamar la mente de los pueblos. Entre la moral austera de -Dante y las licencias de Bocaccio, hay una extensión, un campo inmenso -y fecundo en que nacen las flores más bellas de la vida humana. Entre -el místico Giotto y el aventurero Benvenuto Cellini, se encierran todos -los desarrollos de la belleza corporal, base del arte pictórico.» Y -por aquí siguió deslumbrándonos y confundiéndonos. Su hija le rebatía, -como si dijéramos, á puñados, y aunque no estaba muy fuerte en la -historia de César Borgia, sostuvo que era un sinvergüenza. Luego soltó -varias herejías, hablando pestes del Giotto, de fra Angélico y de todos -los pre-rafaelistas, y diciendo que no daría dos pesetas por ninguna -de las tablas del siglo XV ni por la mayor parte de los cuadránganos -religiosos que llenan aquella casa. Cisneros llamó á su hija tonta é -ignorante, y le dió muchos besos. Así acaban siempre sus reyertas. - -En esto entró Malibrán. (Si esto fuera novela pondría: _Aparición de un -nuevo personaje._) Adivino tu gesto de sorpresa al leer este nombre. -No sabes quién es, mejor dicho, no le conoces por su apellido, aunque -le has visto y le has hablado. Te ayudaré á hacer memoria, ¿Recuerdas -que yendo los dos una tarde de París á Enghien, nos encontramos á un -señor á quien teníamos por extranjero, y de pronto nos habló correcto -español, y estuvo muy fino y obsequioso con nosotros al despedirse, -ofreciéndonos su casa, que señaló extendiendo la mano hacia un techo -gris cercano á la estación? ¿Recuerdas que, visitando algún tiempo -después el _Salón_, nos le encontramos acompañando á un amigo nuestro, -Pepe Díez, y éste nos le presentó? Al poco rato nos acompañaba en el -examen de algunos cuadros, oficiando de crítico, y mostrándose muy -severo con la mayor parte de las obras que vimos. Tú no tienes tan -buena memoria como yo: no recordarás que al salir dimos una vuelta -por los Campos, y el tal habló pestes de España y de los españoles; -nos dijo que su residencia habitual era Italia, que había reunido -algunos cuadros antiguos de grandísimo mérito, y que se hallaba en -París gestionando la venta de un estupendo Mantegna, por el cual le -ofrecía el Louvre cien mil francos y Rotschild un poco más; pero que no -pensaba darlo en menos de doscientos mil. ¿No se te ha quedado presente -ese detalle del Mantegna? Después de separarnos de él y del amigo con -quien iba, hicimos la observación de que nos parecía uno de esos tipos -de nacionalidad equívoca que en París tan á menudo se encuentran. -Su fisonomía, como su apellido y la facilidad con que se expresa en -diferentes idiomas, daban lugar á que se le creyese oriundo de todas -las fronteras europeas. Al mismo tiempo notamos su atildada educación, -su finura, la elegancia de su vestir. - -Pues bien: este sujeto que entonces pasó ante nuestra vista como un -cometa y de quien hablamos como se habla de aquello que no se espera -volver á ver más, llámase Cornelio Malibrán y Orsini, es español y -nacido en Madrid, hijo de un antiguo empleado de Palacio, y nieto de -un coronel de guardias walonas. Su madre es italiana, hija de no sé -qué militar extranjero al servicio de España. De modo que en nuestro -don Cornelio se juntan y mezclan todas las sangres europeas, y en su -progenie por ambas líneas, según nos explicaba la otra noche, hay una -señora holandesa de la familia de Riperdá, y un caballero portugués, y -un emigrado polaco, y qué sé yo qué más. - -Te presento con tantos pelos y señales á este prójimo, porque presumo -he de tener que ocuparme de él más de lo que quisiera. Ha servido -en la diplomacia; estuvo algún tiempo cesante, residiendo en Italia -y en Francia, y ahora ha logrado pasar al Ministerio. Es célibe, y -vive con su madre, señora mayor, según he oído, bastante instruída -y que sabe muchas y buenas historias de interioridades palatinas y -aristocráticas... Un poco de paciencia, querido Equis, y acabaré el -retrato. El origen de la amistad de este don Cornelio con mi padrino -hay que buscarlo en la contagiosa chifladura de ambos en materias de -arte pictórico. Cisneros es inteligente (al menos él lo dice, y yo lo -creo bajo su palabra) en tablas españolas del siglo XV; pero en pintura -italiana me parece á mí que no da pie con bola, y precisamente las -escuelas italianas anteriores á Rafael son el fuerte de Malibrán. En -cualquier sombrajo negro y ahumado, donde nosotros apenas vemos algún -torso indefinible, señala él un Boticelli, un Sodoma, un Signorelli ó -un fra Bartolomeo, nombres que rara vez sonaron en mis profanos oídos. -Mi tío y él se pasan largas horas discutiendo sobre los inciertos -caracteres que separan la escuela paduana de la veneciana, ó acerca de -otro problema pictórico tan obscuro como éste. - -De la intimidad con Cisneros vino la introducción de Malibrán en la -casa de Orozco, donde le tienes todas, todas las noches. Su finísimo -trato, su conocimiento del mundo, le ponen en primera línea en toda -sociedad, sin que él necesite esforzarse por alcanzar aquel puesto. -Descuella naturalmente y por la propia virtud de sus modales, que -son la misma perfección, pues hay en ellos el grado exacto de -rigidez compatible con la soltura. Sabe combinar como nadie la -cortesía respetuosa con esas licencias que hoy agradan tanto, usadas -discretamente, como la sal y los picantes en la culinaria. No conozco -otro que sepa entretener y divertir á las damas como él las entretiene; -es la única persona á quien he oído sostener largas conversaciones -sobre vestidos, mostrando en ello la espiritual erudición que al -asunto corresponde. Las señoras le consultan acerca de sus trajes, -del adorno de sus casas, y, sobre todo, las asesora con maestría. Al -propio tiempo, si le hablas de política extranjera, te pasmas oyéndole, -querido Equis, porque la conoce al dedillo, tan bien como podríamos -apreciar nosotros la nuestra. - -Pues bien: presentado el tipo, me falta expresarte, para concluir, -un sentimiento mío con respecto á él. Allá va, y no te asustes. Este -hombre me es profundamente antipático, tanto que mi antipatía traspasa -los límites que separan este sentimiento del odio verdadero. Te oigo -preguntarme: «¿por qué?» Te asombrarás si te digo que no me es fácil -definir la causa. Malibrán me considera mucho; parece estimarme, y -aun quererme. Jamás ha tenido palabra ni acto, con respecto á mí, -que puedan molestarme. Hasta se digna elogiar lo que digo, y oirme -con afable atención. Pero ello es que no le puedo ver. Te muestro -este fenómeno de mi alma, como le mostraría al médico una llaga que -nadie ha visto y que sólo el médico debe ver. Yo mismo me asombro -de llevar en mí un afecto depresivo que no me favorece; me sondeo, -y trato de analizarlo para encontrar su origen. ¿Es envidia, es más -bien intuición? ¿Es que penetro, sin darme cuenta de ello, el carácter -de este individuo, y adivino que es una mala persona revestida de -brillantes adornos sociales? ¿Es que...? - -Pero estoy fatigado, aturdido, y presumo que en mi próxima, después -de pensar un poco en este peregrino caso, te podré decir algo más -concreto. - - - - -IX - - _6 de Diciembre._ - - -He vuelto á las andadas, compañero, y aquella serenidad de espíritu -que adquirí dándome un baño (perdona lo extravagante de la figura) en -las turbias aguas de la política, se la llevó la trampa. Hoy estoy -muy nervioso, y á pesar mío saldrán á relucir en mi carta conceptos -amargos y apreciaciones que no se ajustarán quizás á la realidad. He -pasado mala noche, batiéndome con lo absurdo, queriendo ahuyentar las -cavilaciones sin poderlo conseguir, porque me atacaban con lógica -deslumbradora, y me desarmaban y me rendían. No extrañes, pues, que -esté hoy inaguantable. - -Ese Malibrán se me ha atravesado de tal modo que no le puedo tragar. -Seguramente te has olvidado de su fisonomía, y quiero recordártela. -Representa como unos cuarenta años, pero creo que tiene más. Buena -figura: es lo que comunmente se llama un hombre guapo. No se olvida, -vista una vez, su cara expresiva, que comparo, relacionándola con -la pintura, á algo que abunda en la variada colección de mi tío. -Aquel rostro afilado, aquel mirar penetrante, aquellas facciones -correctísimas, la barba rubia acabada en punta, la frente de marfil, -la color anémica, te recuerdan esos cuadros votivos de la pintura -italiana que tienen en el centro á la Virgen, y á cada lado de ésta dos -santos, San Jorge ó San Francisco, San Jerónimo ó San Pedro. Cornelio -me hace recordar á veces al San Jorge, con su cariz de guerrero -afeminado, y á veces, pásmate, al San Francisco de Asís, de seráfica y -calenturienta belleza. Vas á decir que me voy del seguro. Es que, en -efecto, estoy bastante excitado, y me excito más escribiéndote estas -cosas, en vez de ponerme á estudiar el discursito que pronunciaré -dentro de dos días, combatiendo el dictamen sobre el _Proyecto de ley -de rectificación de listas electorales_. Ahora, relatemos. - -Pues, como te dije, entró Malibrán, llamado con premura por mi -padrino para consultarle acerca de un cuadro que acababa de adquirir. -Tiempo hacía, según nos dijo, que lo había visto en la sacristía -de las Descalzas de Villalón, sin poder meterle mano. Por fin, el -administrador de Cisneros logró apandar la joya, y se la remitió. Es -una tabla como de cincuenta centímetros por cuarenta, y representa -el bautismo de Jesús. Las dos figuras desnudas, amarillas y tiesas -destácanse en el fondo ennegrecido, con cuya lóbrega tinta se funde -el sombreado de los cuerpos. En la parte superior se ve un par de -ángeles con vestiduras de elegantes pliegues, sosteniendo un letrero -con las palabras sacramentales del Bautismo. En cuanto llegó Malibrán, -empezaron las discusiones frente á la obra de arte. «Ó esto es un -Massaccio—dijo Cisneros con suficiencia triunfal,—ó yo no entiendo -palotada de pintura.» Á lo que respondió el diplomático, después de -mirar mucho la tabla, de cerca y de lejos, y de frotarla en diferentes -partes: «Qué sé yo, qué sé yo... Me inclino á creer que es más bien -un Pinturrichio. La figura del Bautista se parece extraordinariamente -á las que hay en los frescos de Araceli en Roma.» Y tras esta razón -pericial, siguió dando otras, que debían de ser muy fuertes. Entráronme -ganas de contradecirle, aunque no entendía ni jota de aquellas -cuestiones, y apoyé la opinión de Cisneros, el cual la sustentaba con -furor, fundado en una referencia de Ceán Bermúdez. Luego corrió á su -archivo y trajo una carta autógrafa, inédita, en la cual el célebre -investigador de Bellas Artes da cuenta de haber visto una relación de -los cuadros traídos de Italia por un don Alonso Núñez de Villalpando, -fundador de las Descalzas de Villalón. Háblase en dicha nota de una -tabla del Massaccio, tasada en no sé cuántos miles de escudos, y que -se tenía por obra en alto grado maravillosa. Respecto á dimensiones y -asunto, dice el papel: «Es como de un pie y medio de alto, y representa -el bautismo de Nuestro Redentor.» Malibrán movía la cabeza, sonriendo, -y quitaba importancia, con la mayor urbanidad, á las fuentes críticas -de donde mi tío sacaba sus especiosos argumentos. Por fin, el testarudo -castellano se atufó, y nada... tijeretas han de ser... «¡Oh! un -Massaccio, el padre del Renacimiento... Tengo el cuadro más raro que -existe en las galerías particulares de Europa y aun en las oficiales. -Esta tabla no se sabe lo que vale. Es un tesoro. Véanla ustedes: les -permito tocarla; pero... con muchísimo respeto. Usted, señor Malibrán, -es muy inteligente; pero por esta vez reconozca que se ha caído. Y -por más que en ello se empeñe, no logrará desacreditar mi colección ni -desvirtuar la gloria de este gran hallazgo.» - -La discusión no se acababa. Villalonga y yo nos pusimos de parte de -mi tío, y Augusta votaba con Cornelio, lo que me sabía muy mal. Allá -nos íbamos ella y yo en conocimiento de tal asunto, y opinábamos por -capricho, ó quizás por simpatías personales, como suele suceder en la -mayoría de las polémicas. Es casi seguro que ambos oíamos entonces -por primera vez el nombre de Massaccio. Y, no obstante, yo sostenía -con calor el partido de Cisneros ó _massaccista_, y ella se declaraba -franca y resueltamente _pinturrichista_. - -Querido Equis, ríete todo lo que gustes de esta simpleza; pero en aquel -punto y hora, y mientras disputábamos sobre una cosa que entendíamos -como si nos pusieran á descifrar escritura chinesca, asaltó mi mente -una sospecha que me trajo al estado de inquietud en que me encuentro -todavía. Mi corazón, antes que mi entendimiento, se lanzaba ansioso -al campo de las adivinaciones, partiendo de un hecho insignificante, -incierto quizás. Pero ¡cuántas tonterías hay, reveladoras de hechos -graves! ¡Cuántas nimiedades saltan ante nuestra vista destapando -misterios, y abriendo los horizontes de investigación que cerrara -la cautela! Mi suspicacia y el odio instintivo que aquel pegajoso -diplomático me inspiraba, odio revelador también, lleváronme á creer -que cuanto hablaron mi prima y Malibrán aquel día encerraba un sentido -doble, y que sus palabras eran fórmulas de inteligencia convenidas, -al modo de una clave cifrada. Augusta se fué, diciendo que iba á -recoger á unas amigas para llevarlas á paseo, y á poco se despidió -también Malibrán, dejando á mi padrino solo con su cuadro y su tenaz -opinión de que era legítimo Massaccio, por encima de todas las cábalas -de la envidia. Como yo me mostrara bastante frío y con pocas ganas -de jalearle, toda la matraca que dió después fué contra el amigo -Villalonga, que le aguantaba con estóica paciencia. - -Retiréme á un ángulo del gabinete aquél, tan bonito, tan diferente de -cuanto vemos en otras casas, y durante largo rato examiné una por una -las rosas del suelo. Necesito explicarte esto. Hay allí una magnífica -alfombra de Santa Bárbara, hermana de las de Palacio y Sitios Reales, -blanda, gruesa y amorosa bajo nuestras pisadas. Es de fondo blanco, -rameado amarillo y guirnaldas de rosas, estilo Carlos IV, que ante la -crítica dominante pasa hoy por anticuado. Á mí no me lo parece... Pero, -sea lo que quiera, los colores se conservan admirablemente; el tejido -es de una solidez que avergonzaría á toda la industria moderna; y en -cuanto á las rosas, te diré que las deshojé con mis miradas, mientras -en el otro extremo de la pieza apuraban el tema Villalonga y Cisneros. -Este, inquietísimo, entraba y salía, trayendo papeles y librotes con -alguna referencia en apoyo de su dictamen, y también cuadros para -buscar argumentos comparativos. Ví abierta ante mí una papelera, en -cuyos compartimientos brillaba el oro antiguo y de ley con la amarillez -elegante de las onzas peluconas. De aquellas áureas gavetas sacó mi tío -un papel, que leyó como se podría leer un bando. Era el inventario -citado por Ceán Bermúdez; y en el tragín que el buen señor armaba, se -tambaleó de improviso una armadura completa, milanesa, y cayó al suelo -con estrépito y chirrido de articulaciones metálicas, como guerrero que -cae mal herido en el combate. - -Después oí la voz de Cisneros en la pieza inmediata, riñendo con los -criados, llamándoles idiotas, embusteros y enredadores. Pedía su -ropa, no ésta, sino aquélla. El gabán de pieles no, ¡zopenco!... sino -el otro... Al cochero le amenazaba con despedirle por borracho, al -lacayo por sucio, al administrador por entrometido, á la cocinera por -habladora, á la pincha por sisona, al ayuda de cámara por indecente. -Todo aquello era genialidad pasajera, pues al poco rato les trataría -con la familiaridad más revolucionaria. - -Villalonga se marchó, diciéndome que no salía nunca de aquella casa sin -sentir que se le aflojaba un tornillo del cerebro, y cuando me quedé -solo con mi padrino y pasé á su cuarto, mientras se vestía me dijo: -«Ese Malibrán, que es un trasto envidioso, quiere quitarme la gloria de -poseer el cuadro más raro que hay en el mundo. Pero se fastidiará, se -fastidiará. La culpa tiene quien le da alas, consultándole sobre lo que -no entiende. ¿Has visto qué fatuidad? ¿No salta á la vista que mi tabla -es Massaccio, pero tan claro que negarlo es como negar la luz del sol? -Pues qué, ¿Ceán Bermúdez es algún gacetillero? Tú has dado razones que -no pueden rebatirse... Vamos, vámonos á tomar el aire.» - -Llevóme al Retiro en su carruaje, y paseamos á pie desde la Casa -de Fieras al Ángel Caído. Saludamos á muchos amigos, y de cuantas -personas conocidas pasaron á pie ó en coche tuvo Cisneros algo que -decir. Su feliz memoria, suplida á veces por ingeniosa inventiva, -regalóme aquella tarde mil anécdotas, picantes unas, despiadadas y -terribles otras, ninguna inocente, todas con ese singular acento que da -la verosimilitud ó la probabilidad de los yerros humanos. Era aquello -la historia, compuesta y adornada á lo Tito Livio, como arte verdadero; -historia no inferior por su transcendencia y ejemplaridad á la que nos -cuenta en fastidiosas páginas las bodas de los reyes, y las batallas -que se ganaron ó se perdieron por un quítame allá esas pajas. Mi tío -me ilustró también con algunas particularidades de su vida, en las -cuales no pude menos de ver esa mano de gato con que algunos cronistas -desfiguran y engalanan lo que les conviene; y por fin me dió este -consejo: «Mira, Manolo, tú no seas tonto. Haz el amor á las mujeres -de todos tus amigos, y conquístalas si puedes. No pierdas ripio por -cortedad, ni por escrúpulos, ni por miramientos sociales de escaso -valor ante las grandes leyes de la Naturaleza. Las prójimas que más -respeto te infundan, son quizás las que más deseen que avances: no te -quedes, pues, á mitad del camino. Sé atrevido, guardando las formas, y -vencerás siempre. Toma el mundo como es, y las pasiones y deseos como -fenómenos que constituyen la vida. La única regla que no debe echarse -en olvido nunca es la buena educación, ese respeto, ese _coram vobis_ -que nos debemos todos ante el mundo.» - -Algo más me dijo; pero yo dejé de oirle, porque el alma toda se me fué -detrás de Augusta, á quien ví de lejos en su landó, con otra señora, su -amiga, su encubridora quizás. Tal pensé en aquel momento, y con ellas, -tieso y amable en la delantera, el hombre más cargante que alumbra -el sol: Malibrán. Sí, le ví, y no quiero decirte más. ¿Qué tenía de -particular que la acompañase como yo mil veces lo había hecho? ¿Qué -podía significar cosa tan sencilla? Nada en rigor. Era una simpleza -que me atormentaba, como nos atormenta el granito de tierra que en un -ojo nos cae... Hasta debía pensar que la circunstancia de acompañarla -públicamente revelaba la mayor inocencia, pues de haber algo, evitarían -mostrarse juntos en el paseo... Pero nada de esto, que he pensado -después, me ocurrió entonces. Habrás comprendido que yo estaba aquella -tarde hecho un imbécil, un sentimental de la peor especie, digno de que -me cogieran por su cuenta los novelistas chirles. Ahora estoy viendo -que tú, con la sorna que sueles gastar, vas á decirme que merezco una -camisa de fuerza. Pero yo sigo en mis trece: la idea es la madre de -los hechos. ¿Qué importa que no aparezcan los hechos, si se ve que la -idea, por el bulto que hace, está embarazada de ellos? No, no te hagas -cruces... Mira, vete al cuerno y no fastidies más. - - - - -X - - _13 de Diciembre._ - - -He dejado pasar ocho días desde mi última carta, y tanto me he serenado -en este tiempo, que si pudiera retirar lo en ella escrito, como retiran -y anulan estos oradores las palabras ofensivas que en el fuego de la -discusión se escapan de sus labios imprudentes, lo haría, ¡oh Equis -de mis pecados! porque hallándome en aquellos días bajo la influencia -de una exaltación insana, casi no soy responsable de las bobadas que -pensé y te escribí. ¡Bendita sea mil veces la política, digo otra vez, -ese arte supremo de la vida colectiva; benditos sean Sagasta, Cánovas, -Castelar y demás sacerdotes de esta religión consoladora, cuyo culto -produce en nuestro ánimo el efecto de las friegas en el organismo, -llamando á la epidermis la irritación interior! Has de saber que la -jarana parlamentaria de estos días, el temor de que el Gabinete se -derrumbara y la situación con él, las alarmas, el disputar, el choque -terrible de las ambiciones que se defienden con las ambiciones que -embisten, han producido en mí un mareo reparador, una embriaguez que -me ha hecho mucho bien. Si te digo que estos azarosos días lo han sido -para mí de entretenimiento, no expreso la verdad, pues también he -llegado á apasionarme y á tomar con calor un asunto que nunca llegué -á entender. Cuando nos encontramos dentro de una colectividad activa, -un sentimiento parecido al espíritu militar nos arrastra, y corremos -ciegos al disparate y á la sinrazón, como los pelotones se lanzan á -la trinchera donde han de encontrar la muerte. En fin, querido amigo, -estoy contento otra vez, y me parece que te oigo decir: «bien venida -sea la paz si dura.» Porque como tengo estas bruscas intermitencias, -temerás que salte mañana otra vez con la murria y el lloriqueo. - -Y á propósito de intermitencias: no sólo no las niego, sino que he de -presentarte otras versatilidades de mi espíritu, de que hasta ahora no -te he dado cuenta, para que las estudies y me las expliques si puedes, -que de fijo no podrás. - -Desde que estoy en Madrid, es tal la movilidad de mis ideas, que -me produce alarma. Recuerdo que te has reído mucho de mí oyéndome -contar que en Orbajosa me levantaba algunas veces religioso y otras -descreído. Pues aquí, hay días que me despierto con las ilusiones -democráticas más risueñas y angelicales que imaginarte puedes, y al -siguiente cátame con sentimientos tan autoritarios, que me dan ganas -de mirar como una bendición el palo del absolutismo. Tengo mis mañanas -de popular entusiasmo, en las cuales creo que debemos dar á la plebe -todos los derechos, para que se gobierne sola y haga su santa voluntad, -y mañanas en que se me representan mis conciudadanos como la tropa más -ingobernable y aviesa del mundo. Esta falta de aplomo proviene sin duda -de la atmósfera de controversia febril en que vivimos, de la rapidez -con que se suceden hechos y fenómenos de carácter opuesto. Nuestra -sociedad está elaborándose. Nos hallamos en pleno estado de formación -geológica. Las masas del planeta político están en parte blandas, en -parte enteramente líquidas; por aquí hay demasiadas corrientes de agua, -por allí demasiado fuego. - -Pues oye otra observación: tengo mañanas, y si quieres, tardes ó -noches, en que siento verdadera ansia de leer mucho é instruirme, y -agrandar todo lo posible la esfera de mis conocimientos. Pues se pone -el sol, ó sale el sol, y ya me tienes pensando que la mayor de las -locuras es enviciarse con los libros, y el más molesto de los empachos -la erudición. Se me ocurre que la única ciencia digna del alma humana -es vivir, amar, relacionarse, observar los hechos, hojear y repasar -el gran libro de la existencia. Lo demás es perder el tiempo, tarea -de catedráticos que tienen por oficio retribuido extractar el saber -anterior para dárselo en tomas digeribles á la niñez. - -Nada quiero decirte de mis intermitencias de religiosidad ó -descreimiento, que raya en ateísmo. Estamos en eso lo mismo que antes. -Pero hay más, querido Equis, y es que también en cuestiones de moral -tengo mis caprichitos, pues hay días en que me enamoro como un bobo de -los principios, y no concibo que podamos ni respirar sin ellos, y otras -veces veo y palpo que los principios huelgan, que sólo tienen valor -las formas. Nada, nada: que vivimos en un mundo deshecho ó por hacer; -que somos ó los grandes demoledores, ó los grandes arquitectos de una -sociedad. - -Pues en el orden afectivo, aquella impresionabilidad que tantas -censuras y chanzas me ha valido de tí, también se ha recrudecido en vez -de corregirse. No olvidaré lo que te ha dado que reir esta facilidad -mía para prendarme locamente de una mujer cualquiera, apenas vista -y tratada. Cierto que la exaltación dura poco; pero reconozco que -es peligrosísima. El caso se ha repetido en esta época, no sólo con -respecto á mi prima (aquí la cosa es algo más seria), sino con personal -de menor cuantía. Omito la relación de mis _súbitos incendios_ para -evitar tus burlas. - -Hace tiempo me recomendabas el trabajo mental, no precisamente la -erudición, sino la labor literaria, y veo que en tu última carta -insistes en la receta, como norma de disciplina contra la versatilidad -y el repentinismo. No hay quien te apee de esto, y sostienes que soy -ante todo hombre de imaginación, y que sólo en el terreno del trabajo -artístico he de poder fundar algo. ¡Qué disparates se te ocurren! ¡Yo -imaginar, yo que me he pasado cinco años haciendo cuentas, ordenando -papeles, destruyendo embustes y aclarando derechos! La idoneidad que -revelé entonces para la aritmética práctica y para las menudencias -vulgares de la vida; la paciencia de laborioso insecto que entonces -mostré, prueban mi ineptitud para empresas de vuelo más alto. Quien -trabaja en la obscuridad como la carcoma, no sabe remontarse á las -nubes como el águila. Si yo intentara lo que me recomiendas, verías qué -engendros miserables y enfermizos saldrían de padre tan estéril. - -Y á otra cosa. Hace dos noches tuve una conversación muy interesante -con Augusta. Parecióme que ella misma la había buscado, con habilidad -suma, como se busca y provoca una explicación Preguntóme no sé qué... -estábamos solos en su casa... respondíle lo que me pareció bien, y ella -pasó discretamente una especie de revista á casi todas las personas -que habitualmente componen su tertulia. Al llegar á Malibrán bajó la -voz, como quien revela un secreto, y me dijo: «Tengo que advertirte que -Cornelio es persona muy solapada y de muchas conchas, y hay que tener -cuidado con él.» Como yo le dijera que pensaba lo mismo, ella añadió: -«Á mí, personalmente, no me ha hecho ninguna mala pasada; pero sé de -él, por referencia, cosas que me le pintan de cuerpo entero.» - -Esta breve monografía, hecha con acento de profundísima verdad, me -consoló mucho. Era como una satisfacción, y la agradecí con toda mi -alma. En aquel momento se me disiparon de la mente las frasecillas -que había preparado días antes para echárselas á la cara si ocasión -propicia se me presentaba para ello. Y aun recordándolas no las hubiera -proferido. ¿Qué era? Ya lo adivinarás. Una declaración habilidosa -y galante, con su poco de hipocresía. Yo había pensado decirle: -«Augusta, aspiro ser el primero de tus amigos, nada más que amigo; -pero el primero. Y si algún día quiere Dios que ames á alguien, aunque -sea poco, pido el ascenso inmediato, ó sea pasar del primer puesto -de la amistad al escalafón del amor.» De esta sutileza estaba yo muy -satisfecho. Pues has de saber que después del diálogo que he referido, -infundíame la mujer aquélla tanto respeto, que no hubiera osado -traspasar la línea por nada de este mando. Y aun hubo algo que me -contuvo más dentro del terreno de las conveniencias, porque me habló -de su marido, á propósito de un asunto que trataré á tiempo; y tales -elogios hizo de él y con tanta sinceridad ensalzó sus grandes prendas, -que admiré sin rebozo aquella exaltada demostración de cariño conyugal. -Acabó por decirme: «Ni tú ni nadie que no le trate con la mayor -intimidad, puede saber todo lo bueno que es Tomás. Es como una mina -inagotable, y mientras más se ahonda en ella, más oro se encuentra. Ya -ves la fama que tiene de honradez, y lo que se cuenta de su nobleza de -carácter, de cómo practica la caridad y todas las virtudes. Pues la -fama se queda corta. Créelo, no tiene semejante, y esta sociedad no se -lo merece.» - -Lo decía con tanto entusiasmo, que me anonadó, Equis amigo. La -impresión que saqué de este diálogo fué altamente favorable á la hija -de Cisneros. Se me representó como un sér á quien se ofende sólo con -la sospecha de impureza, y ante quien no debemos ni podemos sentir más -que un delicado y caballeroso acatamiento. ¡Y qué mona estaba aquella -tarde! que luego se hizo noche, pues si la ví al principio á la luz -del crepúsculo, pronto su cara y su elegante traje se me presentaron -vivamente iluminados por la luz artificial. El vestido era de seda, -rayas blancas sobre azul turquí, y no olvidaré su indolente postura -en uno de esos blandos muebles que llaman _puff_, torcido el cuerpo -de modo que á veces presentaba hacia mí la cara, el costado y las -rodillas. Doblaba los brazos de un modo que parecía enroscárselos en -el cuerpo, y en un cambio de actitud ví una mano, con brazalete en la -muñeca, que asomaba por la espalda. No te exagero. No vayas á creer que -esta flexibilidad desengonzada que te pinto acusa falta de señorío ó -dignidad. Es que... verás... no sé cómo decírtelo. No hay mujer que, -como mi prima, parezca en ocasiones tan formada de pedazos mal unidos, -ni figura que se desbarate más, para componerse y ajustarse luego en -términos que resulta airosa por todo extremo. - -El encargo que me haces de que te describa la casa de Orozco, con todo -lo que hay en ella, fondo y forma, añadiendo un croquis de los tipos -diversos que la frecuentan, no lo puedo desempeñar en esta carta. -¿Sabes la hora que es, hijito? Las doce de la noche. Llenas están ya -de mis garabatos seis carillas, y economizo las dos restantes para -no acostumbrarte mal y curarte de malos vicios. Duerme si puedes, -que yo me acuesto y voy á soñar con las espirituales bellezas de la -_Rectificación de listas electorales_. ¡Dichosa enmienda, y quién me -habrá metido á mí á proponerte y apoyarte!... - - - - -XI - - _15 de Diciembre._ - - -¿Sobre qué quieres que te escriba hoy, animal? Vamos, decídete pronto, -porque si insistes en que te mande la fotografía de la casa de Orozco, -te privarás de otro regalo que te tengo preparado y verdadera golosina -que ha de saberte á gloria. ¿No adivinas lo que es? Tonto, mi discurso -apoyando la famosa enmienda. Vamos, apuesto mi cabeza á que, entre -la relación de aquel gran suceso parlamentario y la pintura de una -familia, has de optar por lo primero, pues un discursazo como el mío es -cosa nueva en la historia del mundo, y sabe Dios cuándo nos veremos en -otra. - -Ya sabes el sentido de la enmienda, la cual sólo ha sido un pretexto -para lanzarme. Nada más cómodo para un ensayito fácil de la palabra. -Se prepara uno bien; se pone de acuerdo con el individuo de la -Comisión que ha de contestarle, y esta connivencia permite hacer una -rectificación lucida. Á pesar de lo bien dispuesto que estaba, era tal -mi temor, que minutos antes de comenzar habría dado mi investidura -de diputado por verme libre de tan angustiosa incertidumbre. La idea -de que pronto tendría que levantarme delante de tanta gente guasona, -y romper á hablar, me ponía carne de gallina. «¿Cómo sonará mi voz -aquí—me decía yo, lleno de perplejidad,—y de qué manera moveré estos -malditos brazos, que no sé para qué han de servirme?» En vano quería -consolarme, pensando que la mayor parte de los que allí hablan lo hacen -bastante mal, sin que á nadie choque su falta de medios oratorios, y -que es preciso llegar al colmo de lo extravagante y mamarracho para -señalarse y provocar la risa. - -Cuando llegó el instante fatal y oí la voz del Presidente concediéndome -la palabra, tuve ganas de echar á correr, diciendo: «Si yo no he pedido -palabra ninguna, ni me hace falta para nada.» Me levanté, no obstante, -con un arranque de firmeza, sostenido por la idea del honor, como quien -va á batirse; y mirando yo no sé para dónde, y moviendo los brazos -yo no sé de qué manera, dije que era _difícil por todo extremo mi -situación en aquel momento_, y luego no sé qué más, y... ¡otra! _que -no iba á hacer un discurso_. Pasado un momento angustioso, durante -el cual creí notar cierta curiosidad en las caras de los que estaban -cerca de mí, parecióme que mi exordio caía en la Cámara en medio de -la mayor indiferencia. Era todo lo que yo podía desear; y esto, lejos -de desanimarme, dióme cierto aplomo. Pero la palabra se me rebelaba. -Los conceptos que estudiados llevó se me trabucaron, y el hilo de la -sintaxis se me enmarañó de tal manera, que hube de cortarlo repetidas -veces para poder seguir. Observé que muchos padres de la patria cogían -el sombrero y se marchaban. Mejor: mientras menos fueran á oirme, con -más desembarazo me desenvolvería yo. Allí enjareté mis argumentos como -Dios me dió á entender. Véase la clase: «Yo no traigo á este debate -ninguna idea nueva; traigo una convicción profunda, traigo la rectitud -de mis intenciones, traigo el firme deseo del bien general, traigo... -(No recuerdo bien qué más cosas traía.) Si no llevo la convicción á -vuestro ánimo, cúlpese á mi falta de medios oratorios, no á la idea que -sustento; idea patriótica, señores; idea justa, idea práctica.» - -Pero, por más que intentaba dar calor á mi acento, no advertí en -ninguna cara señales de convicción, ni aun de que dieran importancia -á lo que yo decía. Mi voz no debía oirse desde una distancia regular, -porque al principio me dijeron: más alto, y tuve que esforzar la voz. -Como mis dignos compañeros, salvo los amigos que me rodeaban, preferían -oirme desde los pasillos, me dirigí á los taquígrafos para que tomaran -bien el discurso y no perdieran sílaba. Daba también, de tiempo en -tiempo, mis palmetazos en el pupitre, para expresar mi indignación -contra el pícaro artículo que enmendar quería. En las paradas, y cuando -me refrescaba el gaznate con un sorbo de agua y vino, los amigos que -estaban detrás me decían: «Va usted muy bien, pero muy bien.» Y yo, -deseando concluir, volvíame con disimulo para consultarles. «¡Qué -mal lo estoy haciendo! ¡Qué plancha me estoy tirando!» La bondad de -aquellos leales colegas me envolvía, para confortarme, en nubes de -incienso. Detrás de mí sonaba sin cesar esta frase: «Admirable... -pero muy bien...» Por último, los amigos colmaron su benevolencia -diciéndome: «Acabe usted ya; redondee, redondee... Basta, basta ya...» -En efecto: ya había dicho toda la substancia y me estaba repitiendo. -Pero no acertaba con una conclusión airosa. La que había pensado se me -escapó del magín y subídose al techo, y yo, por más que miraba para -arriba, no la podía pillar. Por fin, Equis de mi alma, dando tropezones -y recordando confusamente que mi olvidado final era cosa de la patria, -echó mano de esta idea, como el nadador que envuelto por las olas ve un -palo á que agarrarse, y salí... Salí diciendo que no podría rechazarse -la enmienda sin dar una bofetada, á la patria. No, no fué así: dije -que... en fin, no sé lo que dije; sólo sé que me senté y que todos -los que estaban á mi lado y detrás de mí me felicitaron con efusión, -apretándome la mano. «Muy bien, muy bien. Á poco que usted se ejercite, -será un gran orador. Ha estado usted intencionado, intencionadísimo y -contundente.» - -El de la Comisión que me contestó hizo su exordio felicitándome y -felicitando al Congreso por _la gallarda prueba que yo había hecho de -mis facultades oratorias_, y á renglón seguido refutó mi elocuentísimo -discurso, diciendo que yo había explanado con extraordinario talento y -con pasmosa erudición una teoría inadmisible. Echóme la mar de flores -llamándome su _particular amigo_, y _una de las personalidades más -conspicuas de la Cámara_. Rectifiqué, según lo convenido, y estuve -bastante más sereno y despabilado en la rectificación que en el -discurso: le devolví sus flores con creces; nos estuvimos incensando -un gran rato, conviniendo los dos en que éramos muy grandes oradores -y que nos inflamaba el más ardiente patriotismo; retiré mi enmienda, -y á vivir. En los pasillos me felicitaron todos calurosamente, aun -aquéllos que se habían largado de los escaños apenas empecé á hablar. -«Ha estado usted muy bien... Yo no le oí todo el discurso, porque tuve -que salir... ¡Caramba, que hay buenas explicaderas...! Tiene usted -grandes facultades, y es lástima que no las ejercite... Muy bien, amigo -Infante... Venga un abrazo. Me han dicho que estuvo usted acertadísimo -y muy lógico, sobre todo muy lógico.» Sin pagarme mucho de estas -alabanzas, que yo he prodigado mil veces á varios Demóstenes de pega, -fuí al _Diario de las Sesiones_ á corregir mi discurso, mejor dicho, á -rehacerlo, y lo dejé como una seda, tan diáfano y con una sintaxis tan -redondeada, que si algún día se me antoja leerlo, tendré que decir: -«Mascarita, no te conozco.» En todos los periódicos ministeriales, y -aun en los de oposición, leerás _que he revelado no comunes condiciones -oratorias_. La noticia me ha cogido muy de sorpresa; pero te aseguro -que no caeré en este lazo que tiende á mi vanidad la adulación. Sigo -creyendo que lo hice muy mal, y que la única elocuencia que debo -cultivar es la del silencio. - -Mi prima no fué á la tribuna, porque tuve buen cuidado de engañarla -respecto al día de mi estreno. Por ningún caso quería que me oyese, -temeroso de que su presencia me hiciera perder pie. Pero tan á mal ha -llevado el quiebro que dí á su curiosidad, que no quiere perdonármelo. -Anoche, cuando todos en su casa me felicitaban, empeñóse en chafarme el -triunfo, asegurando saber, por conducto de un ministerial, que no dije -más que vulgaridades; que mis movimientos eran torpes y desmañados, -y que los pocos que se resignaron á oirme se durmieron... Con estas -bromas me estuvo asaeteando toda la noche, y noté en ella algo de ira ó -despecho por no haber oído mi _speech_. - -Ya que la tengo otra vez en el pico de mi pluma, voy á referirte -algunas particularidades suyas para que, desde ese escondite donde -estás, la conozcas y la veas tan claramente como la veo y la conozco -yo. No sé si te he dicho ya (y si lo dije lo repito ahora, porque -es muy importante), que mi prima se aparta bastante de las ideas y -de los gustos de su dichoso papá. Se le parece en que tira siempre -á sacrificar la verdad al ingenio, y á despreciar los dictados del -sentido común, prefiriendo la originalidad á la certeza, y poniendo -el chiste por cima de toda idea de justicia. Pero fuera de esto, nada -hay de común entre hija y padre. Augusta profesa á las tablas del -siglo XV un odio casi africano, y hace de ellas graciosas caricaturas -habladas y aun dibujadas, pues cuando está de vena, coge un lápiz y -te parodia con cuatro rasgos aquellos santos rígidos, con las caras -afligidas, las manos como palmetas, las posturas imposibles, los paños -duros, aquellos fondos arquitectónicos sin perspectiva ni proporciones, -aquellos animales toscos como los que pintan los chicos. Dice que -de la colección de su padre apartaría dos docenas de cuadros, y lo -demás lo haría astillas, si la estolidez humana no le diera un precio -convencional. - -Aun tratándose de pintura buena, se permite atrevidas salvedades: -sostiene, sin temor á los aspavientos de Malibrán, que la aburren los -cuadros de santos, la poca variedad de los asuntos, el amaneramiento -de la idea, el convencionalismo de las composiciones, que vienen á -ser como un estribillo que se ha oído centenares de veces. Hace gala, -siempre que sale á cuento, de sus doctrinas iconoclastas en materias de -arte; gusta de verse sola defendiendo contra todos la originalidad de -sus opiniones, y se declara partidaria ardiente de la pintura moderna, -asegurando que prefiere un buen cuadrito de género intencionado y vivo, -un buen estudio realista y jugoso, á las cacareadas obras maestras -de la pintura religiosa. De lo que llamamos clásico, le gusta más un -retrato de Moro que todas las visiones celestiales de fra Angélico, -y más un dedo de cualquier figura de Velázquez que todo Rafael. Esta -independencia, un tanto afectada, del gusto, le habría ocasionado -algunas desazones con su padre, si no cuidara de atenuarla ante él. -Disimula, pues, por respeto y cariño; pero con los amigos pone cátedra -de heterodoxia, ¡y qué cátedra, Equisillo! - -En la casa de Orozco están representadas visiblemente las ideas de su -ingeniosa dueña, y fuera de dos ó tres retratos anónimos atribuidos -á Pantoja, y un Murillo (Malibrán dice que es Tobar), no hay en ella -un cuadro antiguo ni para un remedio. Allí no verás más que pinturas -frescas, nuevecitas, de buena mano, firmadas por García Ramos, -Jiménez Aranda, Mélida, Martín Rico, Domínguez, Román Ribera, Sala, -Beruete, Plasencia y otros muchos; escenas andaluzas ó madrileñas, -tipos gitanescos, militares, marítimos, cabezas elegantísimas, grupos -parisienses, majas, y además paisajes muy lindos, imagen exacta de -la Naturaleza. Declarándome previamente sin ninguna autoridad, y -reconociendo mi ignorancia, te declaro, con la rudeza de un bruto, que -me entretiene mucho más la colección de mi prima que la de Cisneros. - -Tengo que añadir un perfil á la figura, diciéndote que es muy -apasionada del estilo Luis XV y del barroquismo como arte decorativo. -Posee un sin fin de cacharros de gran precio, cornucopias y marcos de -talla dorada muy hermosos. Cierto que el Luis XV no tiene sustitución -posible para decorado de salones elegantes; pero Augusta extrema su -preferencia, afectando no entender las bellezas de la ornamentación -arábiga, detestando lo gótico, y sosteniendo que todo lo griego está -muy bueno para cementerios. - -Algo más tengo que decirte, que sería como ampliación de estas ideas -y gustos de mi prima en terreno muy distante del artístico; pero las -guardo para mejor ocasión, y acabo esta dándote las buenas noches. - -¡Ah! se me olvidaba un perfil; pero te prometo empezar con él mi -próxima. - - - - -XII - - _16 de Diciembre._ - - -Voy á lo que se me quedó ayer. Otra de las grandes divergencias entre -padre é hija, es que Cisneros tiene gran afición á Castilla, y ama el -país clásico, donde planta sus raíces el árbol secular de la raza á que -pertenece, la tierra madre autora de la lengua que hablamos, maestra -y criandera de nuestro sér castizo, mientras que Augusta profesa á -aquel suelo y á sus paisanos un odio mortal. Cuentan que cuando era -niña y su padre la llevaba á Tordehumos, se entristecía tanto, que la -sacaban de allí con un principio de ictericia. Á poco que le tires de -la lengua, te hace descripciones en caricatura de aquel suelo venerable -y extenuado; de los pueblos de adobes, más propios para que los habiten -sabandijas que hombres; de los campos que en invierno están helados y -en verano parecen de yesca; de los alimentos que apestan á aceite de -linaza; de las casas calentadas con humazo de paja; de la tristeza de -la raza, que se refleja hasta en las diversiones populares. Y has de -notar que en ese país tan aborrecido y despreciado tiene la criticona -parte de sus propiedades. Allí hay centenares de hombres que, agobiados -por la usura, los impuestos, la miseria, y luchando heróicamente con -un suelo empobrecido y un clima de los demonios, trabajan como esclavos -para que ella viva cómodamente en Madrid, sin cuidarse de lo que cuesta -arrancar á la tierra sus tesoros. Asegura que cuando va de viaje, se -alegra de que el expreso del Norte pase de noche por aquella región -antipática, para librarse del pesar de verla. - -Mi tío no es así. Habla siempre de Castilla con grandes -encarecimientos, y asegura que todo lo bueno que tenemos procede de -allí; pero este amor al suelo nativo es puramente platónico, pues hace -muchos años que el buen Cisneros no aporta para allá, y sus relaciones -con la patria son puramente administrativas y epistolares, enderezadas -á recoger puntualmente sus rentas y á comprar todas las fincas que se -venden, por sucumbir sus dueños en las garras de la usura. Francamente, -esta falta de comunicación entre el propietario y la tierra, me da muy -mala espina. He hablado con Cisneros de esto, y conviene conmigo en que -el diluvio ha de venir; «sólo que—añade—como creo que está aún bastante -lejos y que no me ha de coger á mí, no me ocupo de él, y voy viviendo -lo mejor que puedo, reuniendo los materiales para que mis sucesores -hagan un arca, si pueden y saben hacerla.» - -Entra conmigo ahora, _temerario mancebo_, en la casa de Augusta. -¿Quieres que te hable de Orozco? Es hombre que vale mucho, sí; pero -reconociendo su mérito, no he acabado de entenderle todavía. Y te -advierto que la opinión acerca de él no es tan unánime como tú piensas. -Verdad que opiniones unánimes, en sentido favorable, aquí no las hay -nunca. En una sociedad tan chismosa, tan polemista, y donde cada -quisque se cree humillado si no sustenta, así en la charla pública como -en la privada, un criterio distinto del de los demás, son muy raras las -reputaciones, y éstas tienden siempre á flaquear y derrumbarse como -puentes de contrata, construídos sin buen cimiento. Faltan grandes -unidades. La independencia de criterio, extendida en toda la raza como -una moda perpetua, y el individualismo del pensamiento, determinan una -gran inseguridad en diversos órdenes de la vida. Falta indisciplina -intelectual y moral. Somos demasiado libres, pecamos de autónomos, y -así no podemos crear nada estable. Para que las naciones marchen bien, -es preciso que haya muchos que sacrifiquen sus ideas á las ideas de los -demás, y aquí nadie se sacrifica: cada uno de nosotros cree sabérselo -todo. De esto se deriva la gran enfermedad, amigo Equis, ó sea la -antipatía invencible de la raza á las reputaciones. No gusta de ellas -porque tienden á crear unidades, y aquí la unidad es como una planta -maldita, que todos pisoteamos para que no prospere. Siempre que aparece -el fenómeno de una reputación, cuando los hechos y pareceres que la -constituyen principian á concretarse, ya estamos todos desasosegados, -buscando los peros que hemos de ponerle para que no cuaje. En el -orden moral, en el literario, en el político, las reputaciones crecen -difícilmente, como un árbol raquítico lleno de verrugas y comido de -insectos. Si andas por el mundo, oirás el ruido incesante del laborioso -_Termes_, que taladra y devora los troncos más robustos. La malicia, -aderezada de ingenio, es grata y sabrosa á nuestros paladares, y -no oirás nunca alabar á una persona por honrada, por inteligente ó -por otra cualidad, sin que al punto venga ese inmortal y castizo tío -Paco con sus implacables rebajas. Las restas son á veces cruelmente -chistosas. Muchos las discuten ó las deniegan; pero casi todos las -ríen, y aunque alguien las ponga en cuarentena, ello es que se les da -curso y corren, como la moneda fiduciaria bien garantida. - -Y tú dirás: ¿á qué viene todo eso, señor chiflado? Y yo te respondo -que más chiflado es él, y que esto es un razonamiento para apoyar lo -que te dije de Orozco, de ese hombre tan encomiado por diferentes -apologistas, entre ellos tú. Pues para que lo sepas, en el Casino y en -la Peña de los Ingenieros, donde paso algunos ratos de noche, he oído -poner en solfa esa tan cacareada honradez y rectitud. Cierto que lo -que allí se dice nadie lo sostendría en una discusión seria. Hablan, -como aquí es costumbre, por lujo y sibaritismo de conversación, por el -placer de producir asombro en los oyentes, por arrojar en las bocas -de la curiosidad estragada una golosina picante, sin creer en lo que -se refiere, y con el propósito de retirarlo y desmentirlo, si fuese -menester. Excuso decirte que lo que oí no me ha hecho variar de opinión -respecto á tu ídolo. - -En la tertulia de Augusta, valga la verdad, no somos mejores que en -otros centros de entretenimiento y grata sociabilidad. Hablamos por los -codos y criticamos todo cuanto existe. Sólo al amo de la casa no he -oído jamás concepto alguno desfavorable á nadie. Su prudencia es allí -una disonancia. En cambio, Cisneros, que va casi todas las noches á -echar su tresillo, ha promulgado una ley á la cual nos sujetamos todos -los que somos más ó menos políticos. «Aquí no se permite, en ningún -caso ni bajo ningún pretexto, hablar bien del Gobierno, cualquiera que -sea.» - -Aquella casa es de las pocas que se caracterizan en el orden social -por una opulencia razonable y enteramente desahogada. En ella reina -un lujo discreto, que nunca rebasa la línea dentro de la cual están -la comodidad y el agrado de los amigos; lujo que, al llegar á las -fronteras de la disipación, se detiene y de allí no pasa. Conoces á -Orozco por ese trato superficial que se entabla en la calle ó en los -centros de reunión. No conoces su casa; no has entrado nunca en aquel -magnífico principal de la cuesta de Santo Domingo, y me alegro, pues -así puedo yo introducirte y guiarte, señalándote lo que me convenga. -Allí admirarás el mayor grado de desarrollo de la burguesía pudiente y -bien educada, que ha sabido asimilarse aquella parte de las costumbres -aristocráticas conveniente á sus intereses, y reclamada por su posición -política ó económica; allí encontrarás todo el elemento extranjero -introducido de poco acá en la manera de comer, de hablar, de vestirse, -y ha de sorprenderte verlo armonizado con la sobriedad española, -el orden y la calma de nuestra antigua clase media, anterior á la -desamortización. - -Remontándonos á los orígenes, hallamos que no es muy ilustre el -abolengo del amigo Orozco. Su abuelo hizo mediana fortuna en el -comercio menudo. Su padre se enriqueció, según dicen, con negocios -poco limpios, entre ellos el de aquella sociedad de seguros, _La -Humanitaria_, que en su catástrofe dejó tras sí un reguero de -desdichas, lágrimas y desesperaciones. El actual Orozco no es -responsable de los actos de su padre; pero se me figura á mí que su -fortuna, por la calidad de los materiales que la formaron veinte años -há, pesa bastante sobre su conciencia. Me fundo, para creerlo así, en -la cara que pone cuando le hablan de _La Humanitaria_. No diré que le -enoje el ser tan rico; pero me parece que tendría un gran alegrón si le -probaran ahora (cosa un poco difícil) que don José Orozco había labrado -su riqueza en moldes más puros. - -Marido y mujer aborrecen la ostentación, y á él no le ha dado nunca -por esas bobadas del sport. Bailes, no se han visto allí, según he -oído, más que dos en los seis años que llevan de casados. Comidas, al -año suele haber dos ó tres de solemnidad. Ordinariamente no pasan de -seis ú ocho cubiertos. Coches, con un landó y una berlina contratados -se pasan tan ricamente. Viajes, los de verano de rutina, con algún -que otro estirón hacia Alemania, Bélgica ó Suiza. En trapos, mi prima -gasta mucho, pero nunca todo lo que podría; de modo que ni aun este -renglón, en otras partes tan peligroso, altera el orden de casa tan -bien dirigida. Recepciones, allí no las hay realmente; pero concurren -de noche á la casa bastantes amigos, casi todos de confianza. - -Á poco de frecuentar la tertulia, noté que existe en ella un bando ó -partido, en el cual se politiquea, y se murmura con ligereza, á veces -con saña, de toda persona que tiene la desgracia de fatigar á la -voz pública con la repetición de su nombre. No hay que decir que es -cabeza del temible bando mi padrino Cisneros. En el mismo levanta el -gallo Jacinto Villalonga, á quien conoces quizás mejor que yo, hombre -ameno, discutidor de oficio, privado en absoluto de paladar moral, -tratándose de política, que es su pasión y su manera de vivir. Por lo -demás, muy corriente, muy servicial, muy amigo de sus amigos, siempre -en disidencia, y siempre pretendiendo y enredando. Es el tipo del -_pillo simpático_, que aquí tanto abunda. Considera al Estado como -cosa propia, y si puede despojarlo de algo, lo hace sin recelo alguno, -con la conciencia tan tranquila como la de un niño. Al propio tiempo, -incapaz de quitarle al individuo el valor de un alfiler. El pobre -Estado es la eterna víctima. Y cuenta que si al día siguiente de haber -hecho Villalonga una de las suyas, vas á verle y le pides un favor, te -da todo lo que tiene, hasta la camisa si no tiene otra cosa. ¿Ves qué -moral? En España la gastamos así. - -Ya va para viejo, y parece que quiere sentar la cabeza. Ansía fijarse, -después de haber hecho alto en todas las tiendas del campamento y -sentado plaza en todos los ejércitos. Ahora bebe los vientos porque le -hagan senador vitalicio, como jubilación de sus campañas y reposo de -sus odiseas. Te aseguro que está graciosísimo cuando nos cuenta lo de -la senaduría y las fatigas que por ella pasa. - -En el mismo bando tienes al ex-ministro que te presenté en una de -mis cartas anteriores, y á un alto empleado de Cuba, cesante, que no -habla más que de chanchullos de Ultramar. Dicen que es buen sastre el -que conoce el paño. Aguado, que así se llama, me parece á mí que es -maestro viejo, y sus ganas de volver allá no se compaginan bien con los -horrores que nos cuenta. Augusta le llama el _Catón ultramarino_. Es -un catonismo el suyo de tal calidad, que cuando le oigo, me dan ganas -de poner entre sus manos y mi bolsillo una pareja de la Guardia civil. -De otros que suelen arrimarse á la partida maldiciente, te hablaré si -se destacan en lo que contándote voy. Allí verás algunas noches á la -de San Salomó, ya bastante ajadita, pero siempre guapa, rajando con la -lengua á todo el que coge por delante. Alardea de entender de política; -mas de sus explicaderas no puedes colegir si es carlistona furibunda ó -anarquista frenética. - -Dejando á un lado la banda de los devorantes, sigo la cuenta de los -que concurren con más ó menos asiduidad. No falta ninguna noche el -noble marqués de Cícero, varón serio y vacío, de una modestia que no -me cansaré de alabar. Practica el _nosce te ipsum_ tan al pie de la -letra, que jamás se permite el intento de formular una idea propia. -Habla siempre con las ideas de los demás, única manera de hacerse -tolerable. También es bastante puntual el conde de Monte-Cármenes, -hombre simpático y apacible, muy rico. De su riqueza y su buena pasta -ha salido la filosofía optimista que profesa con tanto salero. Nadie le -ha visto nunca inquieto ni afanado por cosa alguna: todo lo encuentra -bien, perfectamente bien. Puedes creer que el amigo Pangloss á su lado -es un carácter tétrico. - -Adelante. ¿Conoces tú á Trujillo, el banquero, y á su señora, Teresita -Trujillo? De seguro que no les conoces. Ella va una noche sí y otra -no, acompañada de su marido, ó de su hijo Pepe, oficial de artillería, -muy guapo, que juega divinamente al tresillo. Es señora amabilísima, -alegre como pocas, habladora hasta la ronquera, y que tiene verdadera -pasión por los crímenes célebres. Otro que nunca falta es don Manuel -Pez, que suele hablar sesuda y campanudamente de las cosas públicas. -Yo voy casi todas las noches. Menos asiduo, pero también constante, es -tu amigo Federico Viera, de cuya amenidad, gracia y recursos para la -conversación nada te digo porque le conoces muy bien. Y el más puntual, -el infalible, es mi detestado rival Malibrán, perito en bellas artes, -en modas, en política extranjera, y sobre todo en mujeres, pues se -las da de Tenorio, y cuando trae á colación la lista famosa de sus -triunfos, no hay quien le aguante. Te juro que si llego á persuadirme -de que este brillante majadero consigue, como al parecer es su -intención, _robarle el albedrío_ á mi adorada prima, vamos á tener aquí -una tragedia. - -Me falta señalarte otro de los puntos fijos, Calderón de la Barca, -pariente, no sé en qué grado, de la señora de Cisneros, y aun creo -que mío también. Orozco y su mujer le miran como de la familia. Es -viudo, con pocos medios de fortuna, y padre de una niña monísima, que -casi siempre está en la casa, y con la cual mi prima, á falta de hijos -propios, _madrea_ diariamente hasta dejárselo de sobra. La confianza de -Calderón en la casa de Orozco tiene algo de parasitismo: casi siempre -come allí, y creo que Tomás le ocupa en su administración por no verle -inactivo y darle apariencias de dignidad. Es hombre muy sencillo, un -buenazo, pero de imaginación tan disparada y farfantona, que á lo mejor -te cuenta las mentiras más estupendas con la mayor formalidad, y... - -Mira, niño, estoy cansadísimo; te mando ésta para que te vayas -entreteniendo, y seguiré mañana. No hay que abusar, y eso de que yo me -queme las cejas para divertirte tiene su límite. Buenas noches. - - - - -XIII - - _17 de Diciembre._ - - -Pues decía que este Calderón te encaja las papas más gordas que da la -fantasía humana, y se queda tan fresco. Lo mejor es que no miente á -sabiendas, porque se cree á pie juntillas cuanto dice. Yo me río con él -lo que no puedes figurarte. El otro día me porfiaba que un misterioso -industrial de Madrid ha establecido, bajo el patrocinio secreto de -altos personajes, el más extraño negocio que se puede imaginar. ¿Á -que no lo aciertas? Pues el negocio consiste en hacer el matute en -gran escala por medio de los carros fúnebres, de unos cuantos hombres -vestidos de cura, y de unas mujeronas disfrazadas de hermanas de la -Caridad. Daba tales pormenores, que parecía estar en el ajo y ser de -la partida. Te advierto que en todas las extravagancias que te cuenta -Calderón, hay siempre alto personaje: esto no puede faltar. - -Tía de este tipo y también de Augusta, por parte de madre, es doña -Serafina Calderón, señora respetable, muy querida de toda la familia, y -especialmente del matrimonio Orozco. De noche nunca la ví en la casa, y -hace un mes que no va tampoco de día, porque padece gravísima afección -al pecho, y dicen que se morirá pronto. Desde que Augusta ha dado en -pasar las tardes junto á su tía enferma, me siento muy solo en el -Retiro y Castellana, y elevo una humilde oración al Altísimo para que -la señora se ponga buena, ó al menos se alivie. Pero el Altísimo no me -hace maldito caso, y mi prima no pasea. - -Ya comprenderás que, fuera de las rabietas que paso como enamorado y -no correspondido, lo paso regularmente en casa de Orozco. Allí tenemos -billar, tresillo, _bezigue_, y algunas noches música, con grandísimo -júbilo mío. Augusta toca el piano muy bien, y sería consumada profesora -si estudiase algo más. Te aseguro que cuando la oigo, me transporto -al séptimo cielo. Los devorantes del famoso bando capitaneado por -mi padrino, aunque fingen humanizarse con el trato de Beethoven, -Listz y Chopin, no dejan en paz á sus víctimas. Allí se desmenuzan -las cuestiones que van saliendo, traídas por la prensa, ó por ese -otro periodismo hablado _sotto voce_ que no se atreve á expresarse -en letras de molde. Hay noches benignas en que las hachas sólo -despuntan las ramas; pero otras, querido Equis, caen con estruendo -y furia los troncos más robustos. Creerías que están todos poseídos -de un vértigo ecualitario, de un furor terrorista y guillotinante, -ansiosos de establecer para los casos de moral el nivel del suelo raso. -Durante varias noches se trató del crimen misterioso de la calle del -Baño (habrás leído algo de esto en la prensa), y excuso decirte que -prevaleció, con gran lujo de fundamentos lógicos, la popular especie de -que influencias altísimas aseguraron la impunidad de los asesinos. Vino -después la cuestión del escandaloso desfalco de la Deuda. Quedó probada -la inocencia de los infelices que están presos, y la culpabilidad de -Fulano y Zutano (personas muy conocidas). También oirás allí que en un -círculo social muy señalado se cotizan las credenciales de Cuba como si -fueran títulos del 4 amortizable. - -Esto de la inmoralidad ultramarina, ¡María Santísima! es la correa -más larga de todas. Algo se cuenta que indudablemente es exacto; pero -añaden tales horrores, que me resisto á creerles. En la crítica de -los negocios coloniales lleva la voz cantante aquel Aguado de quien -antes te hablé, el cual estuvo allá tres años y se trajo, según dicen, -media isla. Pues las cosas que éste desembucha, más son para oídas y -calladas que para referidas. Ya comprenderás que allí, tratándose de -la situación, es cosa corriente lo de _esto se va, esto no dura tres -meses, esto se cae de pura corrupción_, etc. Y á lo mejor se hacen -preguntas muy chuscas. «Oye, tú (dirigiéndose á mí), ¿qué hay de ese -ministro que se quiere marchar porque el Consejo no le aprueba el -nombramiento de director en favor de X?...» Pon aquí un nombre muy -desacreditado. Rara es la noche en que alguno de la partida no lleva -noticias de este jaez: «En el Consejo de hoy se han tirado los trastos -á la cabeza... Dicen que andan á tiros en tal ó cual parte... Los -revolucionarios, contentísimos.» - -Se entabla allí cada polémica que Dios tirita. Villalonga, echándoselas -de hombre de orden y de ministerial, aunque parezca mentira, defiende -al Gobierno algunas veces; pero Aguado, furioso porque no me le echan -para _allá_ otra vez, sale espada en mano al combate. Su lengua es -horrorosamente mortífera. «El Presidente del Consejo no dice más que -embustes, y á todo el que coge le engaña como á un chino.» Otro día -asegura (le consta de buena tinta) que dos ministros han reñido por -cuestión de faldas; que están de uñas los tales con los cuales... -Cisneros se baña en agua rosada, y aunque siempre trata estas -materias de una manera espiritual, y se chunguea del ministerialismo -acomodaticio de Villalonga, así como de la furibunda y ciega oposición -de Aguado, no por eso es menos cáustico en sus conclusiones. - -Cuando se deja caer por allí, Augusta suele defender al Gobierno -por enzarzarles, y también pincha al _Catón ultramarino_ para verle -hecho un basilisco, soltando veneno por lengua y ojos. En cuanto al -ex-ministro, aparenta tomarlo á broma; pero mete su cuarto á espadas, -lanzando puntaditas, pues está esquinado con la situación, aunque -lo disimula. Dice que va al grupo para saber noticias. Á veces las -desmiente con tibieza, á veces con un calor que viene á reforzarlas. -Volviendo á mi prima, te contaré algo que te hará reir. Tiene un gran -talento natural, no bien cultivado. Ya sabes que se educó en Francia, -que perdió á su madre siendo muy niña, y que la casaron muy joven. Su -inteligencia se ha cultivado sola; hace gala, como ya te he dicho, de -altiva y temeraria independencia en sus juicios, y nada le desagrada -tanto como encontrarse con una opinión que los demás aceptan. Hace -pocas noches aseguraba que no puede soportar la literatura española, -desde Moratín inclusive para atrás, y nos dijo que, fuera del -_Quijote_, no ha podido nunca leer tres páginas seguidas de ningún -autor en prosa ni en verso, místico ni profano; que el teatro de capa -y espada le es atrozmente antipático, leído y visto representar; que -los tan ponderados místicos, sin excluir Santa Teresa, no valen más que -para narcóticos en caso de insomnio rebelde; que varias veces intentó -leer la historia de Mariana, y que siempre le ha producido jaqueca; -que los romances y poemas de fabla antigua le recuerdan demasiado á su -desapacible y adusta tierra de Campos, pues son la misma cosa puesta en -letras, el clima helado y seco y la tierra estéril... En fin, que en -literatura es también iconoclasta rabiosa, y que á ella no le den más -que lo moderno español, y más aún lo francés. En lo francés, le gusta -todo lo del siglo pasado; pero no pasa más allá, y hasta los padrotes -Molière y Racine le resultan de una insipidez intolerable. - -De esta radical opinión surgió una disputa muy viva entre ella y -Federico Viera. Ya conoces el carácter de Federico; su ingenio, que -sería fecundísimo si lo cultivara; sabes que jamás se queda en los -términos medios; que en sus simpatías y aborrecimientos va hasta el -furor, y que su desmedido orgullo suple en él, como en otros muchos, -las energías de la convicción para sostener cualquier idea. Te añadiré -que de los amigos de Orozco, sin contar á Calderón y á mí, Federico -es el que tiene más confianza en la casa, pues su amistad con Tomás -data de larga fecha. Augusta se pelea con él, siempre que hay ocasión, -contradiciéndole con cierto énfasis, buscándole las vueltas, y -zahiriendo sin piedad sus quijotismos. Él toma en serio los furores -iconoclastas de su amiga, y ella los exagera para exaltarle. No sé -el tiempo que duró aquella discusión deliciosa, en que mi prima se -permitió decirle: «¡Pero qué tonto es usted...! Quiere hacernos creer -que ha leído el poema del Cid. No tendría usted tan buen color.» Y -él: «Sí: eso lo dice usted por afán de originalidad, y no niego que -está usted monísima sosteniendo tales disparates...» Simpatizo cada -día más con este pobre Viera; y si no me agradase tanto por bueno y -leal, habría de gustarme por desgraciado. Á propósito de él, tengo que -contarte algo que te ha de interesar. - -Abur, gaznápiro. Dios te libre de caer en el bando de los devorantes ó -manteadores. - - - - -XIV - - _20 de Diciembre._ - - -La opinión que en tu carta me indicas respecto á mi prima no me -parece ajustada á la verdad. ¿Se funda acaso en informes míos dados -con ligereza y cuando no había hecho las convenientes observaciones? -Pues me retracto, querido Equis; me trago todo lo escrito, y ahora, -conociendo mejor cosas y personas, quiero quitarte de la cabeza esos -juicios malévolos. Créelo: Agustina es buena; ama con firmísima ternura -á su marido. Sus aspiraciones afectivas están colmadas, y nada revela -en ella que padezca inquietudes del alma, ni curiosidades de esas -comparables á las de los geógrafos navegantes que buscan mundos mejores -que los conocidos. Noto en ella la tranquilidad del que está contento -en su mundo y no indaga con ansiosa mirada lo que habrá más allá del -horizonte. Ya estoy oyéndote decir: «Este tonto se viene cada día con -una cantinela distinta... y lo peor es que pretende se le admitan -todas estas ideas, variado fruto de su fecunda impresionabilidad.» -Reconozco, señor maestro, que varío la tocata con demasiada frecuencia. -Es que yo no me aferro á las opiniones, ni tengo la estúpida vanidad -de la consecuencia de juicio. Observo lealmente, rectifico cuando -hay que rectificar, quito y pongo lo que me manda quitar y poner la -realidad, descubriéndose por grados, y persigo la verdad objetiva, -sacrificándole la subjetiva, que suele ser un falso ídolo fabricado por -nuestro pensamiento para adorarse en efigie. Ríete de mí; pero acepta -la versión que hoy te mando, que es la oficial, la verdadera. Que es -honrada te digo, y si me lo niegas, hombre de poca fe, nos veremos las -caras. - -Y, sin embargo, Equis de mil demonios, heme aquí empecatado, heme aquí -sin poder vencer la diabólica intención que en mí ha nacido, y que tras -largas vacilaciones se manifiesta positivamente. Mira si estoy dominado -por la infernal influencia, que creyendo no es ella terreno dispuesto -para el mal, me inclino á seguir tu consejo satánico. Es que los -obstáculos nos infunden temeridad, y los peligros nos ilusionan más que -la confianza. No, no hay allí, como tú sostienes, una fácil victoria; -pero contando con la resistencia, solicitado quizás por la resistencia -misma, romperé pronto el fuego. - -Somos muy pillos los descendientes del señor de Adán. Llevamos el mal -en nuestra naturaleza, y la cultura nos ha dado una filosofía pérfida -y farisáica para cohonestarlo. La sociedad, con diarios y persuasivos -ejemplos, nos incita á cursar esta filosofía, y si no lo crees, ahí -tienes á mi padrino, el castizo Cisneros, que me repite á cada instante -su famosa prescripción, resultado de un profundo saber sociológico: -«Manolo, no seas burro. Haz el amor sin reparo alguno á las mujeres de -todos tus amigos.» - -El afecto del honrado y leal Orozco me da algunos malos ratos todavía -en esta campaña infernal, que aún no ha salido de la esfera nebulosa -de mi intención. ¡Ah! en la voluntad mía, ya he ultrajado al hombre -sin par, modelo de nobleza y rectitud. Pero, como te dije antes, el -siglo fecundo en que vivimos nos da una filosofía muy cómoda para -acudir al remedio de estos desastres de la conciencia. ¡Hay tantos -casos semejantes! ¡Si fuera yo el primero que alterara la ley moral! -¡Si introdujera yo esta moda de los esposos de mérito, burlados y -escarnecidos! No mil veces. Yo no he puesto la sociedad tal y como se -halla hoy; yo no he reformado el Decálogo, rebajando los pecados gordos -á la categoría de veniales; yo no he aceptado las enmiendas á la ley -fundamental, que la convierten en papel mojado. Yo llego y me encuentro -las cosas como las dejaron otros, y no he de hacer el reformador ni el -protestante. - -Me dices una cosa que me lanza más al disparadero. Dices que llame y me -responderán. Llamaré, hijo mío, aun dudando mucho de que me respondan. -Soy como aquél que sin saber palabra de la asignatura iba á examen, -diciendo: «me expongo á que me aprueben.» Eso digo yo: «llamaré: me -expongo á que me abran la puerta.» ¿Y si no me la abren? - -Por ahora no te diré nada sobre el particular. Me reservo para cuando -tenga que comunicarte el éxito ó el fiasco. - -Y vamos á las informaciones que tantas veces me has pedido acerca del -pobre Federico Viera. Me volvió á decir ayer que te había escrito, -y ahora sí creo que lo ha hecho. No le tengas mala voluntad por su -tardanza en contestar á tus cartas, la cual no significa que te -olvide, sino que anda medio trastornado con las mil cosas que le -rebullen en la cabeza. El problema de la vida es en él, por la pícara -suerte y por los obstáculos permanentes de su carácter, de muy difícil -solución. Yo creo que llegará á la vejez dando vueltas al tal problema -sin resolverlo nunca. Conozco algunos así, y les tengo por los seres -más dignos de lástima. Federico Viera es uno de los hombres de más -entendimiento que creo existen en España. Quizás por tenerlo tan grande -y algo incompleto, así como por la acentuación quijotesca de algunas -prendas morales y por carecer de otras, ha de fracasar constantemente. -¡Qué lástima! Pocos hombres conozco aquí más simpáticos y de trato -tan seductor. De mí sé decirte que le estimo de veras, y que trato de -mejorar su adversa suerte. Pero me parece que no haremos carrera de -él. Quéjase de la fatalidad, ¡el comodín de todos los que equivocan el -camino de la vida! pero yo voy creyendo que en este caso la fatalidad -existe, y que Federico no adelanta porque se lo estorba alguna -fuerza interior incontrastable, y también circunstancias externas -independientes de su voluntad. - -Ha pasado de los treinta años, y se encuentra sin carrera, sin medios -de fortuna, incapacitado para desempeñar un destino, pues carece de -condiciones legales para obtenerlo, y no es cosa de que empiece por -oficial quinto. Aborrece la política, sin considerar que es la única -puerta practicable que ante él se abre. Sobre esto hemos tenido vivas -disputas. «La política, le digo, será todo lo inmoral que quieras. -Ella tendrá sus máculas como todas las cosas; pero es un medio, y -hay que aceptarlo como tal cuando no se tienen otros. Es una especie -de proteccionismo, un sistema de beneficencia que el país ejerce para -dar colocación á los que se han quedado sin casillero en el reparto -de puestos sociales. Viene á ser como una sucursal de la Providencia; -y si no existiera, los desastres que habrían de ocasionarse serían -mucho mayores que los tan cacareados y evidentes daños que ahora se le -atribuyen.» Al fin me pareció que le convencí; pero la dificultad está -en meterle en la política. Si lo lográramos, figúrate cuánto brillaría. -No conozco á nadie con más facultades oratorias. Sus contados ensayos -periodísticos revelan también aptitud extraordinaria para el caso. -Posee como nadie ese golpe de vista rápido, esa preciosa facultad de -ver el lado conveniente y oportuno de las cuestiones, abandonando los -demás. Pues nada de esto le sirve mientras no tenga la afición, el -prurito ambicioso que á otros, faltos de aptitud, les sobra. - -Por mi parte, trato de empujarle, y he bebido los vientos estos días -para conseguirle un acta en cualquier elección parcial; pero no me ha -sido posible. Á nuestro amigo le perjudica el nombre de su padre, que -es la mayor de sus desdichas. Lo mismo es decir Viera, que surge la -imagen de ese solemnísimo bribón, cuya triste fama permanece en Madrid, -viviendo él fuera de España. Esta es la fatalidad de Federico, el sino -perverso que le hará miserable y desgraciado toda su vida; pues aun -cuando llegara á vencer los inconvenientes del deshonrado nombre que -lleva, no se quitará nunca de encima la mala sombra que su padre ha -echado sobre él con la perversa educación que le dió. Este muchacho se -ha malogrado, porque su padre no supo serlo nunca, ni tuvo autoridad -sobre él para encarrilarle y hacerle hombre. La niñez y juventud -de Federico coincidieron con la época en que Joaquín Viera gastaba -lo suyo y lo ajeno, sin cuidarse para nada de su hijo. Crióse para -aristócrata; adquirió necesidades, de esas con las cuales se identifica -el sér, y que vienen á formar parte del sér mismo; se hizo al regalo, -á la disipación, al lujo, á la generosidad, y á los vicios que cría -la esplendidez y que no pueden separarse de ella. Aunque su despierta -imaginación no desdeñó la lectura, jamás estudió nada formalmente, ni -se aplicó á carrera alguna científica ni literaria. Vino el desastre, -y el que se había criado caballero, encontróse peón. Era tarde para -atajar las consecuencias de este abandono. Aún se forjaba ilusiones -el pobre chico durante algún tiempo, aspirando á plantear no sé qué -empresas industriales. Humo y tontería. Lo que han pasado él y su pobre -hermana, no es para dicho brevemente. - -Harto sabes tú que soporta su desgracia con estoicismo admirable, y -que encubre su miseria con arte exquisito. Nadie que le vea y le trate -sospechará las procesiones que andan por dentro. Viste bien y con esa -fácil elegancia que es una cualidad antes que una costumbre. Frecuenta, -por hábito y necesidad espiritual, lo que llamamos bárbaramente _el -gran mundo_, y sabe distinguirse en él, siendo bien recibido en todas -partes y muy echado de menos en sus ausencias. - -Me parece que á la hora presente, á pesar de que le has tratado -bastante, no le conoces tan bien como yo. Contigo era siempre -reservado; conmigo tiene espontaneidades que nadie le ha merecido -todavía. De la amistad hemos llegado poco á poco á la familiaridad, y -me cuenta algunos pormenores de su vida pasada, y aun de la presente, -por demás interesantes. Recuerdo haberte oído decir que jamás entraste -en su casa; yo sí, y conozco á su hermana. Sobre esto hay mucho que -hablar: iremos despacio para no confundirnos. - -Si he merecido de Viera confianzas y revelaciones inapreciables, -todavía hay en su existencia repliegues que no he podido desdoblar. -Es hombre que no se abre nunca por entero. Respeto sus secretillos, -y no juzgo prudente ni delicado forzar el arca de discreción en que -los guarda. No es misterio para nadie su afición al juego, ni que -este vicio es en él el único arbitrio practicable para ir conllevando -la vida... ¡vida sumamente azarosa, figúrate!... Pero te advierto -que no es posible andar con más dignidad en tratos tan ruínes. Sus -degradaciones no están á la vista de los que públicamente le tratamos. -Él se las arregla allá con su vicio y saca lo que puede, sin que se -trasluzca nada en la vida ordinaria. Yo me he permitido hablarle -de esto, incitándole á arreglarse de otro modo, y me responde con -amarga tristeza que no puede ser, que está ya hecho á ese angustioso -sistema, y que no halla manera de abandonarlo. He procurado sondear el -abismo de su situación económica, llegando hasta proponerle un medio -decoroso de regularizar su presupuesto; pero no quiere aceptarlo. Me -ha confesado que sus deudas son enormes, y que sólo con un _golpe de -suerte_, con una de esas ventoleras favorables que en breves momentos -amontonan un capital, podría ponerse á flote. Y no hay quien le quite -de la cabeza esta idea fija y monomaniaca. Es tan delicado, que fuera -de los antros más ó menos decentes, donde pulsa la fortuna, nada verás -en él que signifique rebajamiento moral. Nadie, absolutamente nadie, -entre nuestros muchos amigos, puede jactarse de que Viera le ha dado -sablazo grande ni chico. Antes reventará que pedir. Yo no sé cómo se -las compone, ni qué casta de garduña usurera le suministra lo que -necesita cuando viene la mala. Te aseguro que me inspira compasión este -hombre, y á veces me pongo á discurrir qué haría yo para favorecerle -sin lastimarle. Debe de haber por ahí, en manos negras y rapaces, mucho -papel suyo, que seguramente se ha de cotizar en baja constante; pero -por más que le hurgo para que me informo de esto, no obtengo de él más -que vaguedades y evasivas. - -Es amigo de Cisneros, que le aprecia mucho, y á menudo le invita á -comer para tenerle por oyente y admirador; amigo también de Orozco, -que le protegería (me consta) si él se dejara proteger, y discurre, -como yo, procedimientos delicados é indirectos de favorecerle. El padre -de Federico fué, en sus tiempos de prosperidad, compinche del padre -de Orozco, y ambos armaron, según dice la gente, aquella trampa de -_La Humanitaria_ que arrambló con los ahorros de una generación. Don -José Orozco ya no existe; Joaquín Viera anda huído por el extranjero, -ocupado en obscuros negocios; y si alguna vez se descuelga por aquí, -viene sable en mano contra los amigos de su hijo. Considera, alma -cristiana, esta anomalía de las razas, y mira por dónde de padres -perversos han nacido hijos tan apreciables, cada uno por su estilo. -He de añadir que Orozco, sea por tradiciones de amistad, sea por otra -causa que no se me alcanza, tiene para ese tuno de Viera, padre, -increíbles deferencias; y no sólo se ha dejado herir más de una vez por -el tremendo chafarote del gran petardista, sino que en cierta ocasión -le libró de un bochornoso proceso. Federico se muestra muy agradecido -á Orozco, y le tiene en tanta estimación como el más entusiasta, como -tú, por ejemplo. Y en reciprocidad de estos sentimientos, Augusta y su -marido le consideran y agasajan, aunque no pierden ripio (ella sobre -todo) para censurar con benevolencia su incorrecta manera de vivir. Más -de una vez me han dicho que arbitre un medio de mejorar la situación -de Viera y su hermana, negociando diplomáticamente con él, sin herir -su susceptibilidad vidriosa. Hemos discutido los medios sin encontrar -solución práctica. Ambos han deplorado ingenuamente que un hombre de -tan buen fondo, tan caballero, tan bien cortado para la vida digna -y honrosa, se envilezca buscando un infame jornal en las _salas del -crimen_. Yo también lo lamento, nos afligimos todos; pero no veo manera -de evitarlo. Y basta por hoy. De _aquello_, buenas impresiones. Ya te -las contaré otro día. - - - - -XV - - _22 de Diciembre._ - - -De aquello, buenas impresiones, chico; pero sólo impresiones, -barruntos, corazonadas. Te advierto que ando muy distraído de mis -deberes parlamentarios, y de seguro la patria ofendida ha de pedir -cuenta estrecha de este abandono en que la tiene su papá. Se pasan días -sin que yo ponga los pies en aquella casona tan ahogada y turbulenta, -y lo mismo me da que nos llamen á votar que que no llamen. Tocan á -Secciones, me mandan las candidaturas, y me importan tanto como las -pulgas que le están picando en este momento al emperador de la China. -Hágome la cuenta de que por un voto de menos ó de más no ha de torcerse -el azaroso rumbo que lleva el barquichuelo de la política. Algunas -tardes, porque no digan, asomo las narices por allá, me asombro de lo -ocurrido durante mi ausencia, aseguro que _ya lo tenía yo todo muy -previsto_, hago el papel de que me intereso vivamente en la cuestión -del día y en las intrigas que hierven en los pasillos; y á la hora en -que la atmósfera empieza á caldearse, doy un vistazo al salón, desde -la _contrabarrera_; entérome en un abrir y cerrar de ojos del estado -de la brega, para poder responder á las preguntas con que han de -fusilarme por la noche en casa de Orozco, y me escabullo lindamente. -Un secretario intenta cortarme la retirada: «¡Eh, que habrá votación!» -Y yo digo: «Vuelvo.» Trinco el gabán, y á la calle. Me voy al Retiro ó -á la Castellana en amoroso seguimiento de mi ingrata Filis. - -En el tumulto del paseo me parece oir el cencerro gordo de la Cámara -llamando á votación, y la conciencia se me alborota un tantico por el -abandono en que tengo mi mandato. ¡Qué le hemos de hacer! Los infinitos -asuntos del distrito también aguardan tiempos mejores, y habías de ver -las arrobas de cartas que tengo aquí, abiertas ya y medio leídas, pero -no contestadas. Ni aun he podido formar la nota de chinchorrerías que -en las últimas semanas me han encajado esos pedigüeños voraces. Ya se -hará, y que el demonio cargue con ellos. Á fe que no piden nada los -angelitos. Si te tropiezas con esos brutos impertinentes, y se lamentan -de que no les escribo, diles lo que se te ocurra, verbigracia, que -no escribo porque todo el tiempo ¡claro! lo necesito para gestionar. -Eso es lo que ellos quieren, que uno se queme la figura y eche los -hígados, de ministerio en ministerio, constituyéndose en servidor de -sus ambiciones y en instrumento de sus ruínes envidias. Les dirás que, -según tus auténticas noticias, _vivo sin vivir en mí_ por servirles y -hacerles el gusto, que soy su esclavo, y que se vayan á la mismísima -porra. - -Con que quedamos en que hay buenas impresiones, y mutis. No me -arrancarás una sílaba más, y si te empeñas en que cante antes de -tiempo, te trataré como á mis electores. - -Y sigo con Federico. Su casa, su vida íntima, su desconocida hermana, -han despertado tu curiosidad, y voy á satisfacerla. Pocos penetraron -hasta hoy en la caverna del león, y creo que Viera me ha dado la mayor -prueba de amistad y confianza permitiéndome visitarle. Cinco veces he -ido allá. Vive en lo más bajo de la calle de Lope de Vega, cerca de la -de Fúcar, lugar escondido y excéntrico, á donde no se va sin precisión -de ir. La casa es buena; el piso, segundo con entresuelo. Llegas, tiras -de la campanilla y ésta no se da por entendida; sigues tirando cada -vez más fuerte, hasta que al fin oyes el eco perezoso de una esquila ó -timbre que allá dentro repica de mala gana. Después sientes pasos, y -el chirrido de la chapa de cobre del ventanillo te indica que te están -mirando por los huecos. Una voz te pregunta: «¿quién es?» y respondes; -te dicen no está; tú insistes, diciendo que el señor te espera, y das -tu nombre. No vayas á creer que te abren en seguida. Hay una pausa. -Oyes dentro cuchicheo de mujeres. Van y vienen como en consulta. Entre -tanto, si te fijas en los claros del ventanillo, ves que entre ellos -lucen unos ojos negros que te examinan. La consulta sigue allá dentro. -Oyes pasos que se alejan, pasos que á la puerta se aproximan. Por fin -suena el cerrojo, _trucu-trucu_, y la puerta se abre recelosa. Una -joven mal vestida y peor peinada te dice: «pase usted.» La tomas por -criada; pero después te enteras de que es Clotilde, la hermana de -Federico. - -Esta visita á la cueva de la fiera no puedes hacerla sino entre -tres y cinco de la tarde, hora en que nuestro amigo se levanta, con -raras excepciones. Yo fuí un día á las dos, y le ví almorzando -entre sábanas, teniendo delante una mesilla sin patas, apropiada á -la extravagante operación de comer en el lecho. En éste y en la mesa -de noche había dos ó tres volúmenes franceses, alguno con las hojas -cortadas con el dedo. Servían el almuerzo la joven aquélla y una -mujeraza desgarbada y grandullona que entraba y salía llevando un chico -en brazos. - -La alcoba es una hermosa habitación con chimenea, que verás encendida -siempre que no hace mucho calor. En esta alcoba, como en el gabinete -y salita que la preceden, se ven algunos muebles buenos, restos de -la antigua morada de Joaquín Viera, y otros de los más ordinarios y -vulgares. No falta limpieza; pero la falta de recursos brilla más que -el aseo. Podrás figurarte el aspecto de una vivienda donde nada de lo -que se estropea se compone, donde la reparación de los objetos no se -ha conocido nunca. Clavo que se cae, ó pata que se rompe, ó esquinazo -que se desmocha, ó astilla que se levanta, ó metal que se desluce, ó -porcelana que se desportilla, así se quedan _per sæcula sæculorum_. -He dicho que hay algunos muebles buenos; pero cosa de valor en venta, -llámese cuadro, jarrón, tapiz ó bronce, no la verás. - -Clotilde Viera es bonita, si bien, guapeza por guapeza, su hermano le -lleva gran ventaja. Bien vestida, luciría como tantas otras. Federico -me la presentó con timidez, como avergonzado del aspecto de criada -que le da su mala ropa. La chica es fina y discreta; pero está como -sobrecogida, y en su apocamiento adviértese al instante la conciencia -de su degradación social. Teme ponerse en ridículo haciendo un papel -que no correspondería al puesto obscuro que hoy ocupa en el mundo. -Debe de andar tal cual de ropa la pobrecilla, porque la única vez -que la he visto en la calle, iba con modestia excesiva, aunque se -echa de ver que sabría ser elegante si pudiera. Recuerdo ahora que -Augusta se ha sorprendido de que Federico no presente á su hermana en -sociedad. Cuando se habla de esto á nuestro amigo, pone una cara que -da compasión, y no le vale el disimulo para encubrir su amargura. El -primer día que entré en su casa, la tristeza de su rostro me reveló que -conocía el mal efecto que su hermana había hecho en mí; y para disipar -esta mala impresión, hice vivos elogios de ella cuando no se hallaba -presente. Pero mis hipérboles, en vez de atenuar la pena de Federico, -parecían aumentarla, y mudé de conversación. - -El día que le ví almorzar en la cama observé que se da buen porte. El -infeliz no puede prescindir de ciertos regalos á que habituado está -desde la niñez. Hízome algunas revelaciones acerca de las mujeres -aquéllas. La que entraba y salía con el mocoso en brazos, lleva el -peso del gobierno doméstico, se llama Claudia y está casada con el -estanquero de la calle de Fúcar. Sirvió muchos años en la casa de los -padres de Federico, y tiene tanta ley á los dos señoritos, que no ha -querido abandonarles en la desgracia. Guisa muy bien, sabe manejar una -casa, y si no se hubiera cargado de familia, no tendría precio para ama -de llaves. Otra de las domésticas, hermana de la anterior, se llama -Bárbara, y es mujer de un ambulante de Correos. Cuando el marido está -ausente, ella se alberga en casa de Federico, y ayuda á su hermana en -el trajín de la cocina y en el cuidado de los chiquillos. La tercera -es prima de ambas, y ha venido del pueblo en busca de acomodo. Por las -noches, según me contó Viera, se reúnen á comer allí el estanquero con -toda su prole, el ambulante y dos ó tres personas más. Díjele que este -sistema de beneficencia sería muy bonito como obra de misericordia, -pero que no podía menos de irregularizar su presupuesto; y me contestó -que no tenía corazón para expulsar á nadie que de él se amparase; que -su casa, en los buenos tiempos de los Vieras, había sido una tienda -asilo; que el conservar esta tradición era uno de los pocos placeres -de su vida, y, por fin, que su peculio no había de mejorar con la -miserable economía de quitar la pitanza á aquellos infelices. «Me -siento con fuerzas—añadió,—para cualquier acción desproporcionada y -hasta heróica; pero no las tengo para cortar una rutina.» - -Le ví lavarse y vestirse. En ello emplea bastante tiempo, y es -cuidadoso de su persona hasta la prolijidad, costumbres de rico que -también son incorregibles. Presenciando una de estas tardes la compleja -operación, pensaba yo en su pobre hermana. Al menos él vive por las -noches en el medio que le corresponde, frecuenta la sociedad, donde el -cariño de los amigos compensa hasta cierto punto las tristezas de su -vida íntima. La sociedad, por este medio, le da algo de lo que él se -merece, á cambio de lo que la suerte y su perversa educación le han -quitado; pero aquella pobre joven, ¿qué compensación tiene de su estado -miserable? ¿No es un dolor que viva entre criados y gente ordinaria, -envileciendo sus modales y degradando sus gustos? Me imaginaba yo á la -infeliz niña conformándose con aquel género de vida grosera, sin deseos -ya de otra mejor; me la figuraba en trato familiar con la estanquera y -la mujer del ambulante, comiendo con ellas y con toda aquella turba de -gorrones de baja estofa que invadía la casa. Y al pensar en esto, me -acordaba de lo que he oído referir á Cisneros y á Orozco respecto á la -madre de Federico. Era señora de ejemplar virtud, nacida en noble cuna, -del linaje de los Trastamaras y los Gravelinas, muy digna, muy severa -de costumbres, muy refinada en gustos y maneras. Su exquisita educación -revestía de formas seductoras la rigidez de su inmenso orgullo. -Padeció la mayor de las humillaciones con la inicua conducta y el -envilecimiento de su marido, á quien amaba. Enfermó de pena y quizás de -vergüenza. Adoraba á sus dos hijos, y cometió el error de no criarlos -para la pobreza, que ni siquiera comprendía. Como te digo, pensé en la -infeliz señora y en la cara que pondría si resucitara y viera á su hija -en aquella facha, en aquel vivir indecoroso, miserable y soez. Pero no -me atreví á decir nada de esto á Federico, y me lo guardé para cuando -viniera más á cuento. - -Vamos, ya estás satisfecho. Ahí tienes los informes que de tu amigo -querías tener y que me has pedido tantas veces. Esta carta te causará -tristeza; pero qué remedio... ¡La verdad rara vez tiene cara de pascua! - - - - -XVI - - _26 de Diciembre._ - - -¡Qué pesado estás con tu exigencia de que te cuente algo de mi campaña, -y de cómo he puesto las paralelas para rendir plaza tan bien artillada -y defendida! Como no me gusta darme tono con fingidas hazañas, te -diré que he seguido la táctica vulgar, por no ocurrírseme otra; que -mi amartelamiento ha pasado y pasa por los trámites corrientes de la -galantería al alcance de todos los corazones, y que soy lo que para -estos casos aconsejan las reglas acreditadas por el éxito: obsequioso -con discreción, puntual en los encuentros, tierno en el mirar, -intencionado en el decir, triste hasta la ictericia cuando el caso lo -requiere, y bastante hábil para hacerme pasar en ciertas ocasiones por -el sér más desventurado que existe debajo del sol. - -Estos preliminares tienen que acabarse pronto, so pena de caer en la -ridiculez. Veo venir una situación insostenible si no cambio pronto las -armas del sentimentalismo por las del atrevimiento. Respecto á ella, -¿qué he de decirte? Ya conoces la tesis general de que á ninguna mujer, -aunque sea la misma honradez y la castidad en persona, le desagrada -que se chiflen por ella. Luego, en corresponder ó no consisten las -diferencias, ó sea, empleando una figura, las fronteras que separan el -Cielo del Infierno. No me atrevo á jactarme de la victoria, ni á darme -prematuramente por vencido. Hay días que me parece notar en la plaza un -agrado excesivo por verse merecedora de tan empeñado cerco; otros creo -lo contrario, y me malicio que se hace la indiferente con la pícara -idea de dejarme aproximar á sus robustos muros y reventarme en una -brusca y vigorosa salida. En fin, chico, permíteme que sea reservado -y que no enseñe las cartas. Francamente, te voy cogiendo miedo. Y -no me negarás que te asusta la degradación moral que suponen estos -intentos míos. Es que se hace uno á todo, amigo Equis, y la conciencia, -arrullada por los goces sociales, que se empalman lindamente para no -darnos respiro, se va amodorrando y concluye por dormirse. Ya no más. -Chitón. - -Te hablaré, sí, de alguien que con esto se relaciona, del buen Orozco, -porque ciertas especies que he oído acerca de él han repuesto mi ánimo -y acallado mis escrúpulos. ¡Ah! la sociedad en que vivimos nos ofrece -á cada instante materia narcótica en abundancia para cloroformizar la -conciencia y poder operarla sin dolor. Te diré: estas noches he oído -hablar de tu ídolo en términos muy distintos de esa opinión lisonjera -que tú y yo tenemos de él. Parecía que tantas y tan diferentes lenguas -se habían confabulado para quitar á ese hombre su crédito, la brillante -aureola que es el principal obstáculo á mi campaña, algo como deidad -tutelar que ampara la plaza más que la fortaleza de sus muros. - -No sé si te he dicho que me corro por el Casino algunas tardes y -noches. Me divierto oyendo contar anécdotas á dos ó tres sabedores de -vidas ajenas que allí tienen su cátedra, el más sabroso y entretenido -círculo social que puedes imaginarte. Nunca había oído hablar de la -familia con quien me ligan tantos vínculos. Hace dos noches, no sé -cómo recayó la conversación en Orozco, y uno que se pinta solo para -lo que llaman allí sacar ánima, dijo de nuestro amigo que es el mayor -hipócrita que Dios ha echado al mundo. «Ya no engaña á nadie—añadió—con -aquella capita de perfecciones que usa. Hijo de tal padre, del famoso -fundador y liquidador de _La Humanitaria_, no podía salir bueno.» Otro -emprendió la defensa de Orozco, asegurando que en el tratado de la -honradez no era ni podía ser atacable; que lo dicho por el preopinante -no tenía fundamento; pero... Estos peros son temibles, y al oirlo me -eché á temblar. - -Vino á decir aquel mal hablado que Orozco no tiene mérito alguno. -«Niego lo de la hipocresía, y afirmo que es hombre de buena fe y de -cortísimos alcances. Á mí me han asegurado que todas las noches, -después que se retira la tertulia, Tomás se encierra en su cuarto y se -está un par de horas de rodillas, rezando y dándose golpes con unas -disciplinas.» Carcajada general. Al instante salí al encuentro de esta -tontería, negándola en redondo, sin que me constara su falsedad; pues -¿qué sé yo lo que hace Orozco en la intimidad de su casa, después que -nos retiramos los amigos? Alguien se puso de mi parte, y se trabó una -disputa muy viva, sin traspasar los límites de la urbanidad. Como en -estos casos cada uno goza en rodar la bola de nieve para que aumente, -allí saltó uno diciendo que mientras Tomás se pone las espaldas en -carne viva, su mujer llora de soledad y desconsuelo. Otro soltó la -papa de que en el matrimonio hay grandes peloteras, porque él quiere -que su mujer no abra sus salones á nadie, ni dé comidas, ni reciba, -ni se vista con elegancia. Sobre este tema trazó el de más allá un -cuadro terrorífico de celos y zaragatas domésticas. En fin, que de -absurdo en absurdo, se llegó á la conclusión de que no se sabe nada, -y que tales cosas se dicen simplemente por dar gusto á la sin hueso. -¿Qué sería de los casinos si no hubiese en ellos timba y murmuración? -Los más locuaces reconocían que si algo extraño ocurre en la intimidad -conyugal, no puede saberse, pues ninguno de los consortes ha de ir con -el cuento. Yo lo negué todo en absoluto; hubo quien me dió la razón, y -los señores pasaron á otro asunto: le sacaron á la de San Salomó todito -el pellejo, como á San Bartolomé, y luego fueron picando aquí y allí, -hasta que llegó la hora del desfile. - -En rigor de verdad, no daba yo crédito á las tontunas que oí; pero te -confieso que salí de allí mal impresionado y caviloso. Mas no era sólo -pena lo que yo sentía, no. Te abro mi conciencia para mostrarte cuanto -hay en ella. El ver rebajada y escarnecida la figura de Orozco, me daba -cierto gusto perverso. Su reputación y respetabilidad me estorbaban, -como al ladrón que se propone robar la custodia le estorba la Forma -consagrada que en el centro de ella resplandece. Yo no iba contra la -forma, sino contra el oro y las piedras. Me alegraba, pues, de que -alguien me quitara el miedo á la hostia, haciéndome creer que no era -Dios ni cosa que lo valiera. - -Pues aún hay más. Estas cosas no vienen nunca aisladas. Algunas -noches, á última hora, me paso por la Peña de los Ingenieros, círculo -modestísimo y muy agradable, instalado en un principal de la calle de -Cedaceros. Allí tengo porción de amigos que también lo son tuyos: los -muchachos de Minas, con quienes viví en Orbajosa, y otros de Caminos, -gente toda de muy buen trato. Esta tertulia procede de un rincón del -Suizo, donde hace años estuvo, y habiendo crecido considerablemente, -hubo de acomodarse en local propio. Allí no hay lujo, ni timba, ni -billares, ni más juego que el tresillo, periódicos y política, mucha -política. Como es natural, de vez en cuando cae un asunto privado, -sabroso y vivito, y ya puedes figurarte con qué gusto se ceban en -él. Pues anoche, no bien desvanecido aún de mi mente lo que oí en -el Casino, conversaba yo con dos ingenieros sobre el ferrocarril de -Albarracín, y oí que en un corrillo próximo nombraron á Augusta. Puse -atención, y anda, morena, lo que yo me temía... Estaban discutiendo -si era honrada ó no era honrada. La mayoría, más por escepticismo que -por otra razón, se inclinaba á la negativa. Acerquéme, echando mi -parecer en medio del grupo, y recomendando la prudencia en los juicios -acerca de mujeres. En esto, un señor de bastante edad, para mí muy -respetable, se dejó decir que votaba resueltamente con los acusadores, -y que para hacerlo así tenía pruebas. Incitado á exponerlas, escapóse -por la tangente, y tergiversó la cuestión, hablando de las mujeres en -tesis general, de lo aficionadas que son á practicar sus devociones -en las iglesias de dos puertas, con otras muchas cosas divertidas -y gacetillescas que no te transmito por no alargar demasiado esta -carta. Aquello, como comprenderás, me supo á demonios, y no tuve calma -hasta que no hallé manera de echar un parrafito aparte con el sujeto -maldiciente; el cual, sin pararse en pelillos ni hacer misterio de sus -informaciones, me dijo lo que casi á la letra te copio: - -«Pues sí, amigo mío: la he visto dos ó tres noches, á primera hora, -allá por mis barrios, salir de una casa que no diré sea mala; pero -que no es de las que personas de tal calidad frecuentan honradamente. -Su porte reservado, su manera de andar y de mirar buscando un simón, -diéronme en la nariz tufillo de crimen. Soy perro viejo, y he adquirido -con mi larga experiencia un olfato sutilísimo para rastrear ciertas -madrigueras. Nosotros los muchachos no nos asustamos de nada, amigo -Infante, y bueno es que usted se acostumbre á mirar con serenidad los -fenómenos sociales más corrientes, perdiendo la pueril costumbre del -_no puede ser_. Borre usted de sus libros esas tres palabras que son -las más tontas y baldías que usamos... es decir, yo no las uso nunca -para nada de lo que es físicamente posible.» Contestéle que bien -podrían ser inocentes las visitas de mi prima á la tal casa, y él me -arguyó, sonriendo: «Hijo de mi alma, en aquella finca no hay ninguna -modista, ni encajera, ni planchadora en fino. Y no es esto decir que -viva allí gente mala. Conozco á los porteros, que son la pareja más -callada del mundo... Pero le veo á usted un tantico inquieto. No, no -diré una palabra más que pueda lastimarle. Al contrario, torceré el -curso que había dado á sus sospechas, diciéndole que quizás su prima -haga esas visitas con fines de caridad. Pues mire usted: ahora caigo en -que muy bien podrá ser así, y que yo me equivocara en el juicio que al -principio formé... Algo inverosímil es que esas visitas de beneficencia -se hagan en coche de plaza, teniéndolo propio; pero admitámoslo... -¿Por qué no hemos de admitirlo, resueltos como estamos á impedir que -se manche infundadamente una reputación? Sobre todo, establezcamos la -hipótesis del fin caritativo, y así descargaremos nuestra conciencia -de la responsabilidad de un juicio temerario...» Las salvedades -sarcásticas de aquel hombre me molestaban casi más que sus indicaciones -acusadoras, y no insistí; pero sentía subir en mí la oleada de ira, y -tuve miedo de ponerme en ridículo, saliendo á la defensa quijotesca de -una mujer que no era mi esposa ni mi hermana. Contentéme con afirmar -severamente que el móvil de aquellas visitas no podía ser malo, y el -anciano, reconociéndolo así, me dijo cosas muy atinadas acerca de -lo peligroso que es poner nuestra mano en el fuego por ningún hecho -problemático; y lo hizo el muy pillo con tanta gracia, con tan paternal -dulzura, y trasteándome tan gallardamente, que me desarmó, y concluí -por notar en sus palabras un resplandor repentino que me permitía -ver... Pero qué, ¿era acaso verdad? - -Tan aturdido estaba al separarme de él, que no le pregunté qué barrios -eran aquéllos, ni en qué calle había visto á mi prima. Me esfuerzo en -desvirtuar la revelación, pero no puedo conseguirlo. La importancia y -gravedad del caso crecen más á mis ojos, cuando achicarlas quiero con -recursos de esa lógica forense que sirve para defender pleitos, pero -no para calmar las inquietudes y suspicacias de nuestro espíritu. No -ceso de pensar en esto, Equisillo. ¿Qué opinas tú? ¿Eres de la escuela -de mi padrino Cisneros, y dices: «como si lo viera, como si lo viera?» -¿Te parece que se lo debo preguntar á ella misma, rogándole que me -saque de esta cruel duda? ¡Ah! eso no: me lo negaría, si es verdad; -y si no lo fuera, la ofendería gravemente. ¿Debo seguirle los pasos -y acecharla, buscándole las vueltas? No, no me aconsejarás tú ese -espionaje, indigno de un caballero... Consuélame, hombre; dime que todo -ello es cavilación mía, malicia ó yerro del anciano delator. Dime eso, -bruto, que estás ahí mirándome como la estatua de la razón fría... Pero -en vez de consolarme, me preguntas si la amo ó la desprecio, si este -descubrimiento apaga los hornos de mi pasión ó los enciende más. ¿Qué -ordena la lógica? La lógica, esa gran tarasca, entrometida, farfantona, -ordenará lo que quiera; pero ello es que en cuanto han surgido las -dudas, y desde que he borrado á esa mujer de la lista de los ángeles -terrestres... mira tú lo que son las cosas... paréceme que estoy más -chiflado por ella. - - - - -XVII - - _2 de Enero._ - - -Árnica, venga árnica, querido Equis, porque descalabradura como ésta -no la he recibido desde que tengo cráneo. Y gracias que, con la fuerza -del golpe, no haya perdido el sentido y pueda contarte el terrible -accidente, y describirte mi turbación, mi pena, mi despecho, mi -rabia... Ya te veo muerto de risa, y diciendo que bien ganado me lo -tengo por mi depravación, por mi inmoralidad, por mi... El demonio -cargue contigo. Acepto la reprimenda. Somos, en efecto, unos bribonazos -los hombres de este siglito, aunque, si examinamos la condenada -historia, veremos que tan pillines como nosotros fueron nuestros padres -y abuelos y tatarabuelos hasta el señor de Adán; y si es verdad lo del -transformismo, añadiré que lo mismo que nosotros fueron el hombre-mono -y la mujer-mona. - -Para mujeres monas, ésta. ¡Y cuánto me ha hecho padecer la muy pícara, -solapada, ingratona!... Pero vamos por partes. ¿Te he contado que -la noche de Navidad cenamos en casa de Orozco, Malibrán, Calderón, -Villalonga, Viera, Cícero y yo?... Pues, mira, tampoco te lo cuento -ahora, porque, si bien algunos detalles de aquella cena se enlazan -con mi catástrofe, son largos de referir, y no está su importancia -en relación con el gran espacio que ocuparían. Voy á lo principal. Me -declaré ayer 1.º de Enero: yo creí que inauguraba un año de delicias, y -me salió... mejor dicho, salí con las manos en la cabeza. Verás... Nos -hallábamos solos en su casa, en la situación más propicia del mundo. No -pienses que me fuí del seguro ni que hice ó dije cosa alguna de esas -que le dejan á uno en ridículo en caso de negativa. Tomé toda clase de -precauciones contra las demasías del sentimentalismo; me previne contra -la brutalidad, sin quitar al arma del atrevimiento el importante papel -que en tales batallas le corresponde; estuve patético y atrevidillo, -¡oh, Equis de mis entrañas! caballeresco y atolondrado, todo en la -medida racional y justa... Y, sin embargo, me rechazó en toda la línea, -y tuve que capitular ignominiosamente. Te confío sin ningún recelo el -desastre, y reclamo que me eches para acá toda la compasión de que sea -capaz tu grande alma, porque... Mira que tu amigo tiene en el casco -un boquete por donde se le ven los sesos... Esto se llama caerse en -toda regla. Hijo de mi alma, nada me valió lo bien preparadito que yo -llevaba el plan de ataque, ni lo bien que se me conocía en la cara la -pasión... Todavía, cuando me acuerdo de aquella firmeza, de aquella -seca austeridad de mi primita, me tiemblan las carnes. Nunca me he -visto en otra. Allí fué el lamentarse de haber prestado atención á mis -galanterías, creyéndolas inocentes y de pura fórmula, tal como las -autorizan el mundo y la moral tolerante de nuestros días; allí fué -el expresar su equivocación con respecto á mí; allí el acusarme de -injuriarla gravemente á ella y á su esposo, que me colma de atenciones -y agasajos; y no te digo más. ¡Ah! no invocó los llamados eternos -principios; pero, aunque no los invocó, procedía con arreglo á esos -grandísimos hi de tal... - -En resolución, que me dejó pegado á la pared, y, lo que es peor, -sin esperanzas de obtener más tarde el éxito que ahora no he podido -alcanzar. Aquí me tienes, pues, atajándome con una mano la sangre que -me chorrea de la frente, y oprimiéndome el corazón con la otra... -porque, te lo diré todo para que te rías más... después del estacazo, y -al volver del mareo que produjo en mí, encontró más vivos y punzantes -mis deseos de poseerla y de ser su amante. Su belleza, su talento, -su boca grandecita, que es la fuente de donde brota todo el caudal -de la gracia humana; sus ojos persuasivos, que te miran penetrantes, -ora lanzándose hacia tí, ora recogiéndose en no sé qué misteriosa -desconfianza; su talle flexible, su vestir elegante, parécenme ahora -con mayores hechizos. ¡Y si vieras con qué gracia me curó ella misma la -tremenda herida, ponderándome las dulzuras de la amistad respetuosa! -Esto tiene chiste. ¡Qué remedio queda más que conformarse y apechugar -con los arrastrados principios! Pero nuestra infame naturaleza se -rebela contra ellos siempre que no se prestan á satisfacer sus -caprichos, de lo que yo deduzco, en conformidad con los Santos Padres -(muy señores míos), que somos los humanos una raza indecente, y que -nos estuvo bien merecido que nos echaran á cajas destempladas del -Paraíso, entregándonos al muy cochino de Satanás, para que nos tentara -y perdiera, y nos arrastrara á los profundos infiernos. - -Y ahora surge de nuevo la gran duda. ¿Es honrada ó no lo es? Ríete de -mi impresionabilidad todo lo que quieras; pero escucha lo que estoy -pensando. Otra vez se representa á mis ojos con los caracteres de la -más pura virtud, y cuanto sospeché de ella me parece indigno, y lo que -oí contar, patraña maliciosa y absurda. Te cuento todos los fenómenos -que se van sucediendo en mi alma, porque eres mi confesor y nada debo -ocultarte. Permíteme que analice un poco. ¿Consistirá esto en que -ahora, por causa del desaire, estoy verdaderamente enamorado, y no veo -en el sér que me fascina más que perfecciones? Antes quizás no la amaba -de veras; empujóme hacia ella un antojo, una voluntariedad de joven -del siglo, que por rutina ó moda no quiere ser menos depravado que -los contemporáneos de su clase. Era aquello como un ensayo de vivir, -ajustado al canon vigente. Pero ahora... ahora... Me parece que estás -reventando de risa, y no quiero seguir. - -Bueno, pues aunque te rías: aquí tienes á tu amigo hecho un ojeroso -romántico, idealizando el objeto de su pasión, y remontándose, con ella -en brazos, á los espacios infinitos; viéndola reflejada en sí mismo, -con todos los atributos de sobrenatural hermosura, y adornada de las -cualidades más excelsas. No te oculto que hago inútiles esfuerzos por -volver á la realidad. Se me ha plantado en el magín la idea de que es -la pureza misma; y recordando que la borré inconsideradamente de la -plantilla de serafines terrestres, me apresuro á volver á inscribirla -en ella con letras muy gordas: _¡Es un ángel!_ Sí, veo desde aquí -tu sonrisilla escéptica; pero no me importa. Lo que sí te diré es -que precisamente su celestial jerarquía es lo que más me estimula á -solicitarla. Y como no siento ninguna vocación de volverme ya también -ángel, mi maldad aspira á sentar plaza en las filas satánicas, y -acosar nuevamente á la querubina con mis pretensiones, hasta cansarla, -rendirla, vencerla y hacerla mi dama. Nada halaga tan vivamente los -instintos humanos como traerse un ángel del cielo á la tierra, lo que -equivale á robar la esencia celeste. Todos somos algo Prometeos, amigo -Equis, ó intentamos serlo. ¿Comprendes lo que te digo? Por lo mismo -que mi adorada prima se me ha puesto en un pedestal de virtud, quiero -arrancarla de él, perderla y perderme, bajándonos ambos muy abrazaditos -á las cavidades de ese infierno donde los amantes de verdad, dígase lo -que se quiera, han de pasarlo muy bien, quemándose por dentro y por -fuera. - -En fin, que estoy exaltado y tú principias á inquietarte por esta -enfermedad mía. Tranquilízate, hombre, y óyeme otra cosa. La política -es un bálsamo para los ligeros disturbios del espíritu. ¿Lo será -también para trastornos graves? No sé; lo probaremos: he de buscar -en la política el desgaste de esta superabundancia de vitalidad -espiritual. Desde mañana me planto en los escaños rojos, y hablaré -sobre lo primero que salte, revolviendo á Roma con Santiago, y me -pondré frente al Gobierno, frente á las instituciones, y... boca -abajo todo el mundo: me propongo _minar los cimientos sociales_, como -se dice en lenguaje ministerial. Es que estoy furioso; necesito -vengarme. ¿De quién? de los _grandes principios_... que mala sarna se -los coma... Verás, verás qué camorras voy á armar allí todos los días. -Llegará pronto hasta tí mi fama de anarquista, demoledor y petrolero. -La piqueta, la famosa piqueta y la tea incendiaria son los chismes -que he de usar... Por cierto que hoy almorcé con Cisneros, y aunque -no le hacía gran caso por tener todo mi pensamiento concentrado en -mi amarga cuita, me mostré conforme con cuantas atrocidades echó de -aquella donosísima boca. Es el tío de más talento que hay en España. -Hemos convenido en transformar la sociedad y ponerlo todo patas arriba. -Vengan otras leyes, otra forma de la propiedad, otra moral, otra -religión, otras costumbres, otra raza, otra manera de vestir, aunque -sea en cueros, otra lengua, y venga, por fin, otro planeta, que éste ya -no nos sirve. - -Vas á creer que firmo ésta en Leganés; pero no: la firmo y fecho en -mi cuarto del Hotel de Roma, á las cuatro de la madrugada, después de -pasar una noche de perros, y decidido á no acostarme porque sé que no -he de dormir. No se aparta de mí la hermosa imagen austera, con toda -la gracia divina y humana, coronada de aquella honradez que admiro -y anhelo hacer añicos. Mírola como una santa de altar, no vestida -de severos paños, sino con los atavíos elegantes de la última moda. -Es un ángel que se ha entregado á las modistas. ¡Oh, qué virtud tan -tentadora! No poderla tronchar en un abrazo, no poder estrujarla como -se estruja una flor... Si no me modero, amigo mío, voy á salir por -esas calles tirando piedras. - -No te enamores, Equis, no te enamores; dedícate en esa tierra, con -malos fines, á las Galateas de refajo amarillo. Y si alguna te sale con -que debajo de todas aquellas bayetas está la honestidad, renuncia á las -vanidades del mundo y métete cura. - - - - -XVIII - - _6 de Enero._ - - -Bueno, hombre, bueno: variaré la tocata. Creo, como tú, que eso me -tranquilizará. Esta tarde fuí á ver á Federico. Tuve intenciones de -confiarle mi pena; pero luego me rehice de esta debilidad, y mutis. Por -cierto que observé allí cosas que me hicieron gracia. Cuando entré, á -eso de las dos, nuestro amigo acababa de despertarse y había pedido -el almuerzo. Para funcionar con más desembarazo, Claudia, después de -dar la teta al nene, le colocó bien abrigado en el lecho de Federico. -Este apartó las sábanas y me dijo: «Mira lo que tengo aquí.» Mucho nos -reímos los dos, y más aún cuando despertó el chicuelo y se puso Viera -á jugar con él, haciéndole cosquillas, y dejándose tirar de la barba -por las manos delicadas del tierno infante. Pero habías de ver aquello -cuando pusieron la mesa sin patas sobre la cama, y empezaron Claudia -y Clotilde á servir el almuerzo. Lo mismo fué olerlo, que entraron -de rondón cuatro canarios de alcoba, hijos de Claudia, el mayor como -de seis años, la más pequeña como de dos, y piando y gorjeando se -enracimaron en los bordes del lecho. Uno daba un brinco hasta plantarse -en las almohadas, tocando con sus patitas la cabeza de Federico; otro -se encaramaba por los pies. Su madre les reñía, llamándoles insolentes -y granujas; pero no se los llevaba. Federico, de todo lo que iba -comiendo, les repartía por turno, con el tenedor, diciéndoles: «Ahora -tú... No más... Formalidad, y todos probarán.» El de teta, que estaba -entre las sábanas, con aquella algazara empezó á berrear, y Clotilde -tuvo que cogerle en brazos. Tan fuertes chillidos dió el angelito, rojo -y apoplético, los puños cerrados, soltando gruesos lagrimones, que fué -menester llevársele fuera. Sus hermanos eran más amables. Federico tuvo -que andar con ellos á trastazo limpio; pero no se dieron por ofendidos. -Al fin del almuerzo, la cama estaba como si hubiera pasado por encima -de ella un regimiento de caballería. No pudo evitar Viera que cogieran -los libros que allí tenía, ni que el mayor los examinara deletreando -el título, ni que la pequeña les arrancara algunas hojas como quien -no hace nada. Claudia se los llevó con no poco trabajo, y volvieron á -entrar, y costó un triunfo echarles de nuevo. Toda la tarde estuvimos -oyendo el rumor de su batahola en la cocina. Á mis observaciones sobre -la paciencia con que tolera molestias fáciles de evitar, contestóme -Federico con el _qué más da_, que usa siempre para disculparse de su -abandono. - -Noto en él una indiferencia parecida á la resignación. Su melancolía -envuelve cierta pereza intelectual, como si acobardado ante su mala -suerte, sintiéndose incapaz de luchar con ella, se le entregara sin -quejarse. La conversación que acerca de esto sostuvimos mientras se -vestía, llevónos á tratar de su hermana, que me ha inspirado tanta -lástima desde que la ví. Arriesguéme á censurar, con el tacto necesario -para no lastimarle, el abandono en que la tiene. ¿Por qué no la -presenta en sociedad? ¿Por qué no la inclina al trato de sus iguales, -librándola del roce de personas sin educación, ennobleciendo su vida, -y tratando de proporcionarle un buen partido? Á esto me contestó, -con fría amargura, que tales habían sido sus propósitos; pero que ha -renunciado á ellos por la resistencia que su propia hermana le opone. -La ruína de la familia cogió á Clotilde en la transición de niña á -mujer. Vinieron terribles días de penuria, y la pobre joven, criada -en colegios de lujo, se vió privada hasta de lo indispensable, sin -poder reunirse con sus amigas más queridas. De aquellos días data su -encogimiento huraño y su gusto de la insignificancia y obscuridad. -No tardó mucho en acomodarse al aburrimiento que le prescribía su -desgracia, consagrándose á cuidar de su hermano; y aunque éste hizo -esfuerzos increíbles por ponerla, al menos aparentemente, en otras -condiciones de vida, cada día encontraba en ella resistencias mayores. -Poco á poco la pobre niña se iba encariñando con las criadas en cuya -compañía estaba constantemente; llegó á perder toda afición á vestir -bien, y sus gustos delicados se fueron embasteciendo hasta parar en el -desaliño. El _qué más da_ de su hermano la contagió como una diátesis -de familia; no supo sostener el esmero de la persona, refinado y -minucioso, que aquel conserva en medio de su indolencia. Se habituó á -los modales descompuestos y al inculto lenguaje de aquellas tarascas, -y ha concluído por comer con ellas, cuidar los chicos de Claudia, y -no hallarse bien sino en tal compañía. Estas familiaridades con gente -baja han influído en su carácter de tal modo, que apenas tiene ya la -conciencia de su mérito personal. Es algo salvaje: cuando yo voy allí, -huye como una cierva, evita mi conversación todo lo que puede, y si -forzosamente tiene que hablarme, la noto cohibida y como temerosa de no -expresarse bien. ¡Pobre niña! Te aseguro que me inspira compasión. Su -mirada inteligente y tímida es de esas que no se olvidan. - -Á mis indicaciones sobre esto, contestó Federico así: «Hoy por hoy, -apartarla forzosamente de estas mujeres, sería una crueldad, porque les -tiene inmenso cariño. Cierto que ha perdido sus modales; cierto que -sus gustos se han hecho toscos, y que su persona se ha rebajado; ¿pero -yo qué puedo hacer? Soy pobre. No puedo luchar con mi infame destino. -Adelante, y hasta el fin, si esto tiene algún fin.» - -Hícele notar que su hermana está en la edad en que por donde menos se -piensa salta el amor, y bien valía la pena de mirar con interés asunto -tan delicado. Encogióse de hombros, y me dijo que ni aun sospechaba -que Clotilde tuviese novio ó pretendiente. No insistí sobre este -particular, por no aparecer más papista que el Papa; y ya que de -amores hablábamos, no sé por qué sentí nuevamente deseos de confiar -á Federico los míos, ó mejor dicho, mis frustradas esperanzas. Pero -también supe contener aquella segunda tentación de espontaneidad. - -Pude observar aquel día que la casa de este hombre infeliz es un -jubileo mareante. Razón tiene en decir que el sonido de la campanilla -le produce un estado nervioso y cardiaco que ya constituye verdadera -enfermedad. Los acreedores y pedigüeños se suceden sin interrupción, -y una de las mayores dificultades del gobierno de aquella casa es lo -que llamaríamos _el servicio de puerta_. Clotilde se ha hecho á este -innoble servicio, y lo desempeña hábilmente, con todo el manejo de -mentiras diplomáticas que el caso exige. Á unos les engaña, á otros -les manda volver la semana próxima, á los más les engatusa con bonitas -promesas. Hay usureros de fuste, que pasan siempre y se entienden con -Federico, el cual les recibe de mal talante, con cariz avinagrado y -duro. «Á estos tipos—me dijo un día,—hay que tratarlos á la baqueta, y -no tenerles consideración alguna. Es la manera de que nos sirvan bien. -Al que se hace de mieles, se le comen vivo.» En cuanto á sablazos, no -he visto debilidad como la de nuestro amigo para dejárselos pegar. Allí -van llorones que le encajan mil embustes, y como le cojan con dinero, -le dan el timo. Yo le recomendé que mirase mucho á quién socorría, -y me respondió: «¿Qué más da? Estos infelices también han de vivir. -Cada uno se las arregla como puede.» Y los condenados se dan tal maña, -que hasta parecen adivinar cuándo tiene cuartos, para caerle encima -como las moscas. Dice que el único placer de la vida consiste en dar. -La cara que ponen los pedigüeños, el brillo de sus ojos cuando sacan -tajada, vienen á ser como una visión de alegría, un rayo celeste á que -no puede renunciar quien vive entre negruras, sin ver más que esas -caras muertas, esas máscaras de la sociedad culta, que nunca reflejan -los grandes goces del alma. - -¿Qué te va pareciendo esto? ¿Qué piensas del pobre Viera? Hay que -reconocer que si algunas de sus facultades duermen, si su conciencia se -amodorra, tiene siempre bien despierto el punto de dignidad y de amor -propio, y con esta especie de virtud disimula en sociedad los desastres -de su vida íntima. Te repito que he intentado ayudarle á salir de -apuros, y que me tapa todas las brechas que trato de abrir en su -susceptibilidad, para introducir con delicado contrabando mi socorro. -Otros amigos que pretendieron lo mismo no han logrado rendir su -orgullo. ¡Qué mal efecto me hace verle de noche en casa de Orozco, de -la San Salomó ó de Trujillo, y recordar, mientras le veo y le oigo, las -tristezas de su modo de vivir, y los cuadros lastimosos que he visto -en su casa! Los muchos amigos y amigas que tiene en sociedad, aunque -algo saben de sus ahogos pecuniarios, ignoran lo que yo sé y he visto. -Algunos ¡ay! le admiran. Hay quien le envidia. Es Federico de estos -hombres que se hacen querer en cuanto se les trata un poco. Su perfecta -educación (en lo tocante á modales y á la vida externa); aquel aire -de modestia, no incompatible ciertamente con su orgullo, y que más -bien lo templa, lo ennoblece, convirtiéndolo de defecto en cualidad; -su gracia melancólica en la conversación; aquel mismo abandono moral, -tan semejante al cansancio, cautivan y desarman, predisponiéndonos á -la indulgencia. Físicamente, algo tengo también que decirte. Su cara, -que es un prodigio de expresión y movilidad, comienza á desmejorarse. -Me parece bastante anémico, y envejecerá pronto. Ya se le ven algunos -hilos de plata en la barba negra y en las sienes, y su mal color revela -la insana costumbre de hacer de la noche día. Asegura que vivirá poco, -y creo que no se equivoca. - -Y ahora se me ocurre hablarte de la Peri. Dirás tú: «¿Y quién es la -Peri? ¿Y por qué eslabona este tonto el nombre de Federico con el de -esa que no sé si es mujer, ó gata, ó yegua?» No te hagas el virtuosito -y el morigeradito, diciendo que no conoces á la Peri, y que á tí no te -hablen de ninguna moza _de éstas que llaman del partido_. ¡Hipócrita, -me quieres hacer creer que con esa capita de seminarista ó de filósofo -motilón, no te haces el perdidizo alguna vez en las enramadas del -jardín de Venus! Pero, en fin, te concedo, si tu gazmoñería se empeña -en ello, que no ha llegado á tu noticia el excelso nombre de la Peri. -Los sabios suelen estar muy atrasados de noticias, y de fijo tú sabes -más de Semíramis ó de Aspasia que de esta contemporánea nuestra. Voy á -sacarte de dudas y á enriquecer tu erudición en lo tocante á _heroínas_ -modernas. La Peri... esto de la Peri yo no sé de dónde diablos viene. -Puede que algún rancio etimologista te lo pueda explicar. Yo lo que sé -es que se llama Leonor, y que el origen del apodo se encontraría en el -misterioso lexicón de la gente del bronce. También sé, sin necesidad -de recurrir á las bibliotecas, que Leonor es monísima, elegante, -depravada y con muy buena sombra para hacer olvidar su relajación; -mujer de excepcionales dotes para atontar á los hombres, y que, de -nacer en Francia, habría sido una celebridad. Aquí no lo es sino en los -círculos puramente madrileños y á media voz; pero su fama, sin llegar -nunca á la difusión que dan las letras de molde, toca en los límites -de la popularidad. Se ha comido á media docena de hijos de familia, -y se ha merendado á dos ó tres viejos verdes. Es simpática, todo lo -simpática que puede ser una serpiente de manchada piel, cabeza chata y -diente venenoso. Y de rodillas ya ante el confesonario, me golpeo el -pecho, y te digo que yo también me he dejado tentar de esta hermanita -de Satanás; pero que, si enfermé de su ponzoña instantánea, la curación -ha seguido prontamente á la picadura. Es que somos pura fragilidad los -jóvenes de esta generación. Échame un sermoncito, hombre; échamelo, por -amor de Dios. - -Con decirte que somos jóvenes, y que no hay mayor tontería que llegar -á la vejez sin probar cuanta manzana y cuanto melocotón y cuanta breva -dan los frutales de la vida, me parece que te contesto bien y aun que -te dejo callado. Pues bien: durante algunas noches hemos pasado los -amigos y yo ratos muy agradables en casa de la Peri... No te asustes; -no se trata aquí de pecados contra la honestidad. Íbamos simplemente -á que nos echara las cartas. Te mueres de risa si llegas á venir con -nosotros, porque la verdad es... (váyanse al cuerno tus moralidades -y todo el fastidioso empaque de tu filosofía) que tiene esa mujer la -sal de Dios para echar las cartas, y que otra más serrana no ha nacido -en el mundo. Lo gracioso es que se cree todas aquellas paparruchas -gitanescas, como si fuesen el Evangelio. Y si vieras: parece que -realmente le adivina á uno los pensamientos, y que, pitonisa de nuestra -época de realidad, levanta el velo de lo porvenir y desmiente las -leyes de la razón. Me gustaría verte allí, tronando severamente contra -la cábala, y rindiéndote á las carantoñas de la linda bruja, como -cualquier hijo de vecino. - -Pero tú dices: «¿qué tiene que ver esa diablera con mi amigo Federico?» -Voy allá, hombre; voy allá, y no seas tan vivo de genio. Pues, si -se han de creer las apariencias, hoy no son amantes; pero lo fueron -cuando la Peri sentó plaza. En el actual momento histórico se tratan -con familiar y honesta amistad, aunque ella tenga sus enredos más ó -menos transitorios con personas que la mantienen. Esto he oído, esto -te cuento. Dícese, y podrá ser verdad, que Federico la socorre á ella -en los casos de penuria; dícese también, y esto lo pongo en duda, que -Leonor le echa á su amigo un cable cuando le ve con el agua al cuello. -¿Lo crees? ¿Te parece verosímil que hombre tan delicado y susceptible, -rebelde al auxilio de sus amigos, acepte los de una mujer de tal clase? -Yo rechazo la versión maligna, que me parece forjada por la envidia ó -el pesimismo de esta sociedad. Pero te diré una cosa, para tu gobierno. -Federico, al menos conmigo, no hace misterio de su amistad honrada con -esa buena pieza. Ayer hablamos de ella en la calle, yendo á casa de -Orozco, donde comimos, y me dijo lo que á la letra copio para que vayas -atando cabos: «Te aseguro que esa pobre Leonor es una buena mujer, y -que no conozco un corazón más noble que el suyo.» - -Y basta de Fritz. Ya ves cómo te he complacido, escribiéndote una -carta absolutamente limpia de toda murria _wertheriana_. He tenido -que violentarme y poner diques y compuertas al flujo de mis cuitas -amorosas. Dí ahora que no sé guardar las debidas consideraciones á mis -amigos, ahorrándoles las náuseas de una toma fuerte de sentimentalismo. -Pero alguna vez me ha de tocar hablar de lo mío. Prepárate para la -próxima. - - - - -XIX - - _8 de Enero._ - - -¿Pero es broma ó qué es? Dices que vas á dar mis cartas para el -folletín de _El Impulsor Orbajosense_, ¡arre! ilustrado periódico de -esa localidad, _órgano de los intereses materiales y morales_, etc. -¿Sabes que tendría gracia? Pero aun variando los nombres, la broma -sería tan pesada, que no habría más remedio que retarte en duelo á -tí, y poner las peras á cuarto al cojo ese que dirige el papel, y -que me tiene tan mala voluntad desde que le quité la Administración -de Loterías para dársela al marido del ama que me crió á sus castos -pechos. Basta de guasas, Equisín; no me irrites, no me cosquillees con -tus chirigotas maleantes; mira que estoy echando chispas, y si llego á -estallar... ¡Dios mío, cómo me he puesto! Si me pica una pulga, creo -que me ha mordido un perro rabioso; si tengo que cerrar una puerta, doy -con ella tan fuerte golpe, que se estremece todo el Hotel; si la pluma -con que te escribo saca un pelo, ¡zas! la estrello contra la mesa; si -tengo que llamar, echo abajo la campanilla y se me enredan en el cuello -cuatro varas de alambre; en fin, estoy hecho una fiera. Me muerdo á -mí mismo, y por no poderme soportar, me mando á paseo, dándome de -puntapiés. - -Y lo que me pasa no es para menos. Tú, con esa flema que Dios te ha -dado, estarías tan fresco. No truenes contra mi repentinismo: cada uno -es cada uno. Mis afectos propenden á la amplificación, y cuando gozo ó -padezco paréceme que en toda la anchura del mundo no caben mi placer -ó mi martirio. No me enfado nunca á medias. Si riño con un amigo, -despídome de él para siempre. Siéntome niño en mis dolores y en mis -alegrías. La ligera ofensa se me hace mortal agravio. Tengo miedo á -enamorarme, porque fáltame asiento en la voluntad, y voy como buque -sin lastre en un mar agitado: á cada tumbo me parece que veo el abismo -abierto á mis pies. ¡Por qué no nacería yo en tiempo de los frailes -para meterme á motilón y vivir en dulce uniformidad, sin pasiones, sin -estímulos, hecho un honesto marmolillo y un mano inconsciente! - -Como esto siga así, ya puedes encomendarme á Dios. Esa cruel nereida, -perdona el clasicismo, va á acabar con tu infeliz amigo. Sigue en -sus severidades, echando cada día sobre lo que llama mi capricho, -jarros y más jarros de agua _frapée_, moral pura de la más cargante -y trasnochada, de la de catecismo con preguntas y respuestas. Á -veces creo que me ha tomado á mí por cabeza de turco, para ensayar -la fuerza y empuje de su virtud, y hacer gala de ella ante el mundo. -Estas virtuosas me fastidian. Paréceme que no son virtuosas por la -satisfacción de serlo, sino por ganarse un premio en el _Derby_ de la -honestidad. - -La resistencia ha redoblado mis anhelos hasta un punto de que no tienes -idea. Muéstrome exaltado, y nada: calabazas más gordas que la primera -vez. Hágome el desdeñoso, y en seguida me conoce el juego: calabazas -como la copa de un pino. Le ruego que me permita besarle una mano, -ósculo de amistad, puro como la caricia de un niño, y me despide con -una displicencia que anonada. Cuando trata en solfa mis pretensiones, -menos mal: lo llevo con paciencia. Pero cuando me pone el hociquillo de -virtud, créelo, le pegaría... Despedido, me voy y vuelvo con cualquier -pretexto, y entonces me presenta á la preciosa Estefanía, como un -santero presenta la reliquia para que la adoren los beatos. Esta niña -es hija de Calderón, y Augusta la tiene casi siempre en casa, y la -mima y agasaja como si fuera suya. La chiquilla es monísima: marido y -mujer se consuelan con ella de la pena de no tener sucesión. Pues, como -te digo, me la pone delante, sentándola sobre sus rodillas, y con la -crueldad más salerosa del mundo, dice: «Bésame á ésta, bésamela todo -lo que quieras.» Y yo me la como; la beso tanto, que la hago llorar. -Adoro el santo; pero lo que á mí me gusta es la peana. ¡Ay, qué peana! - -No tengo ganas de escribir más esta noche. Vete á los infiernos, tonto, -majadero, á quien por vivir en Orbajosa debo llamar _harto de ajos_. - - -Sigo la que empecé. Hay novedades, amigo Equis, pero grandes novedades. -Trátase de un caso extrañísimo, que por su calidad y transcendencia -merece tu examen. Anoche tuve una revelación. ¿Crees tú en las -revelaciones? ¿Crees tú que cuando dormimos, ó cuando nos hallamos en -ese estado psicológico fronterizo entre el sueño y la vigilia, estado -en que se confunden la estupidez y la perspicacia, puede venir un -espíritu á ingerirnos en el cerebro una idea, ó á murmurar en nuestro -oído palabras que son la cifra de un misterioso enigma? De fijo no lo -crees. Yo tampoco lo creía, y ahora sí: creo en el Ángel de la Guarda, -ese bondadoso, invisible amigo que velaba nuestra cuna cuando éramos -nenes, y que, de hombres, nos visita alguna vez para resolvernos un -grave problema de la vida, para señalarnos un sendero en la intrincada -selva donde nuestra insegura voluntad se ha perdido. ¿No recibiste -alguna vez ese soplo sobrenatural, revelación que por la claridad con -que se te hace no puedes tener por obra de tu propio espíritu, sino por -aviso de _alguien_ superior y externo? - -Pues verás: acostéme caviloso y con el cerebro lleno de nieblas. Dormí -no sé cuánto tiempo sin soñar nada. Desperté de súbito, cual si me -clavaran un aguijón; desperté con una idea que había brotado en mi -mente como el fulminante que estalla. La idea era ésta: «Augusta no -es honrada; Augusta tiene un amante.» ¡Ay! lo sentí bajo mi cráneo, -no como pensado, sino como sugerido, casi casi escuchado. Me alucinó -hasta el punto de creer que alguien estaba allí, y de sentir el calor -de una cara junto á la mía. Encendí la luz; temblando, revolví mis -miradas por la alcoba. Excuso decirte que no había alma viviente. Llama -á esto, si quieres, fenómeno cerebral; pero confiésame que la idea que -produjo no es una idea mía, sino partícula del saber total, venida á -mí por medios que no están á mi alcance. Hay que distinguir cuándo -funciona nuestro cerebro _de por sí_, y cuándo engranado en la máquina -inmensa del conocimiento universal. ¿Qué? ¿te parece esto una sutileza? -No puedes juzgarlo, porque no has experimentado como yo el choque -inenarrable del rayo celeste al horadar el hueso en que se encierra -nuestra mente. La recepción de la verdad no puede confundirse nunca -con la emisión de una idea propia. Desconoces el lúcido entusiasmo que -el fenómeno produce, la fe tenaz que enciende en nuestra alma. Puedo -asegurarte que desde aquel instante mi convencimiento fué tal, que la -evidencia y la comprobación no lo habrían producido mayor. Ni me hacen -falta testimonios para creer y sustentar lo que sustento y creo á puño -cerrado, como afirmamos nuestra propia existencia. Excuso decirte que -no volví á pegar los ojos en toda la noche. Me la pasé recordando -pormenores y trayéndolos á la corroboración del hecho, no porque éste, -á juicio mío, necesitase pruebas, sino por puro entretenimiento de la -mente, que se recrea en la lógica como los ojos gozan en la claridad de -un hermoso día. ¡Ay, Equisillo! ¡qué amarga satisfacción la de hallar -la conformidad entre el hecho revelado y las menudencias que acudían á -mi memoria, como testigos impacientes por declarar en un proceso! Cosas -que antes me parecieron raras, parécenme ahora lo más natural del mundo. - -Te conozco bien, y porque te conozco, recelo que mis psicologías no te -resulten sensatas; pero no me importa. Crees que estoy febril cuando -esto escribo, y no es verdad. Esta madrugada sí lo estuve, y también -parte del día, y un buen rato de esta noche; pero me he serenado como -por ensalmo, y escribo ahora con relativa frialdad. Te contaré todo lo -que me ha pasado hoy, para que veas _cuánto se emprende en término de -un día_. - -Vamos despacio. Almorcé solo; esquivé antes y después del almuerzo -ocuparme de asuntos del distrito. Estuvo aquí una Comisión, que ha -venido de ese inmundo poblacho á gestionar la consabida rebaja de -los consumos, y no quise recibirla pretextando enfermedad. No fuí á -Gobernación, á donde me llamaba un asunto de muchísimo interés... -para los de Orbajosa. ¡Figúrate tú qué me importará á mí ni á nadie -que sea nombrado don Juan Tafetán secretario del Juzgado municipal, -en vez de serlo don Paco Cebollino, de la noble familia de los -Licurgos! ¿Crees que la armonía del Cosmos se alterará porque la -fuente de los Chorrillos corra ó deje de correr, ó porque la carretera -de Valdegañanes pase ó deje de pasar por la finca de don Cayetano -Polentinos? En medio del desdén que estos problemas locales me -inspiraban, ocurrióseme visitar á Cisneros. Tres días hacía que no -pasaba por allí, y el buen señor no se conforma con estar tanto tiempo -sin verme. Yo también echaba ya de menos el recreo de su charla, la -saludable expansión que en su casa tiene siempre mi ánimo, con aquellas -teorías tan chuscas y originales. Envuelto en su bata roja, mi padrino -estaba aquel día entregado á la administración, y trabajaba con el -escribiente, tirándole de las orejas á cada descuido, y encontrando -siempre muy mal todo lo que el pobre muchacho hacía. Hablóme de lo -que goza ordenando sus cuentas; quejóse de las contribuciones; puso -de vuelta y media al Gobierno porque no las reduce; díjome que pocos -propietarios pagan al Fisco tan puntualmente como él, y que lo más -sensible es que, pagando tanto, los servicios del Estado sean tan -perros. De los municipales no hay que hablar. Duélese de que tributa -enormemente por su propiedad urbana, y... «mira qué calles, qué gas -tan malo, qué policía tan detestable. ¿Querrás creer que por no -satisfacerme el servicio de seguridad, tengo yo un sereno mío que me -custodia la finca? Si así no fuera, no podría dormir tranquilo en este -barrio tan próximo á los del Sur, infestado de ladrones.» - -Tú dirás que á qué viene esto. Creerás que es para señalarte la -contradicción entre el proceder eminentemente conservador de don -Carlos y sus ideas disolventes. No, no es eso: ya hemos convenido en -que la palingenesia política de mi tío es pura fanfarria, un papel -para recitarlo y hacerse aplaudir en sociedad. Cuéntote estas cosas -por otra razón. Verás á dónde fué á parar el ingenioso Cisneros. «El -hombre más feliz—me dijo al fin,—y estoy por decir que el más sabio -de España, es nuestro amigo Federico Viera, que no paga contribución -y vive como un príncipe; que no tiene nada que administrar, ni hace -jamás un número, y con sólo mirar una carta y ver lo que sale, ha -sabido arreglarse su modo de vivir. No necesita tener ninguna clase de -moralidad para que el mundo le aprecie y le mime, porque su talento, su -buena figura, su educación, lo suplen todo. Come en las mesas de éste -y el otro, que todavía le agradecen que acepte un puesto en ellas. Sus -acreedores no se atreven á molestarle, porque saben que les saldría -peor la cuenta. Va á todos los teatros sin comprar localidad; y para -colmo de ventura, el ramo de mujeres no le cuesta un maravedí, porque -siempre habrá, entre las de sus amigos, alguna que le ofrezca platito -sabroso y gratis en el festín del amor. Es mucho hombre el amigo Viera. -Yo se lo digo siempre: _Eres el ciudadano del siglo XXI, de ese siglo -en que todo será común, hasta las mujeres._» - -Oí á mi padrino, y quedéme aturdido como quien recibe un fuerte golpe -en la cabeza. ¡Otra revelación teníamos! Te reirás de mí todo lo que -quieras; pero yo no me vuelvo atrás de lo dicho. Mensaje superior fué -aquello, complemento del que recibí de madrugada, al despertar de un -sueño profundo. Oirlo y creer, como creo en la luz, que el amigo Viera -es... Ya habrás comprendido: me repugna tanto la idea, que hasta me -resisto á escribirla. Sí, bien claro estaba. ¡Qué estupidez no haberlo -comprendido antes!... Pero así, por súbitas, inesperadas referencias, -se nos revelan las verdades que se ocultan al conocimiento general. -La casualidad, una voz, una cita, un nombre, son el rayo de luz que -esclarece todos los misterios. - -Tanta fué mi inquietud, que no supe ni encontrar un pretexto para -despedirme bruscamente de mi padrino y echar á correr. No recuerdo bien -lo que le dije, y salí como alma que lleva el diablo. Una resolución -súbita me enardeció el ánimo, y había que ponerla en ejecución al -instante. Tomé un coche y me planté en casa de Federico. Yo no sabía -cómo decírselo; pero sí que se lo tenía que decir, y que si no se lo -decía reventaba. - -Encontréle en la cama, y le acometí sin preparación, diciéndole: -«Federico, tengo que comunicarte una idea; tengo que hacerte una -pregunta... Vengo á que me saques de cierta duda... No, no es duda, -es evidencia: necesito que corrobores... que corrobores...» Mirábame -con asombro y susto. Nunca me había visto descompuesto y agitado -como hoy lo estaba. Su sorpresa le hizo enmudecer algún tiempo. Yo -me expliqué mejor. Te referiré en dos palabras el diálogo aquél, que -bien merecería lo escribieras tú, porque, francamente, fué dramático -hasta no más. No anduve con rodeos para confiarle la pasión que me -hacía infeliz y el fracaso de mis anhelos. Él dudaba que la pasión -fuese tan honda como dije, y en cuanto al fiasco, no vaciló en tenerlo -por natural. Cuando le expresé mi convicción contraria á la honradez -de Augusta, parecióme que se nublaba su frente, que le ofendían mis -palabras, y que se violentaba para no obligarme á una retractación. -«Ceguedad tuya—me dijo,—monomanía, locura razonante.» Yo no podía -probar lo que tan vivamente creía, y falto de argumentos fundados en -hechos, tenía que emplear los de mi fe, incomunicable sin duda. Nuestro -diálogo se acaloraba, y de improviso le apreté un brazo diciéndole con -voz descompuesta: «Tú eres, tú eres...» Y no sé qué más dije, no sé -qué sarta de palabras salió de mi boca; frases violentas, injuriosas -quizás, inflamadas por la convicción. Pero no pude menos de sentirme -cortado ante la frialdad con que Federico me oía. Observé su rostro -perfectamente tranquilo, inmutable, y en sus ojos no brilló ni el más -leve destello que delatara una conciencia intranquila. Soltando después -una risa franca, no enteramente burlona, más bien compasiva, díjome -estas cariñosas palabras: «Es preciso que te pongas en cura, pero -pronto, antes que el mal te coja toda la cabeza... Manolo, tú estás muy -malo. Te aconsejo la rusticación. Vete á Orbajosa por una quincena, -y sanarás. Eso no es pasión verdadera, es una crisis de voluntad -contrariada, y una chafadura del amor propio, males ambos que en las -grandes poblaciones son una verdadera epidemia. Unos días de campo te -pondrán como nuevo.» - -Á pesar de su humorismo, y de la perfecta tranquilidad, superior á -todo disimulo, que su semblante revelaba, insistí; y él entonces, -poniéndose muy serio, me dijo: «Si una declaración mía formal no te -basta, no sé qué puedo hacer. Te juro que estás en un error. Y aunque -los juramentos estén pasados de moda, me veo en el caso de jurar, por -lo que valga. Te juro que no hay nada de lo que sospechas. ¿Lo crees? -Bueno. ¿No lo crees? Allá tú.» Y después de otras cosas que no han -persistido tan claramente en mi memoria, añadió esto: «Todo lo que hay -en aquella casa es sagrado para mí.» - -Y ahora, Equis mío, no te alborotes si te digo que Viera me convenció. -Toda esta tarde, mientras estuve en su compañía, viéndole lavarse y -vestirse, mi espíritu no cesó un instante de machacar en la misma idea, -como herrero en la forja. La segunda revelación parecíame fallida; pero -la primera, la del despertar, aquélla no había quien me la quitase. -Federico lo intentó con hábil dialéctica; pero nada pudo conseguir. Yo -discurría así: «Lo que es éste no es; pero será otro, y ese otro, ¡vive -Dios! yo lo he de encontrar.» - -Salimos y paseamos juntos. Federico se permitió darme bromas sobre -aquel caso; yo me sentí un tanto ridículo, fingíme aliviado del mal -de amores, y aun me burlé un poco de mi desvarío, atribuyéndolo á mi -carácter impresionable. No comimos juntos aquella noche. El se fué no -sé á dónde, y yo al hotel de Cícero. Luego fuí á casa de Orozco y me -encontré á éste con un fuerte catarro, por lo cual su mujer no quería -ir á la reunión de San Salomó; él la instaba para que fuese, y me -suplicó que la acompañara. Por fin se decidió. Vistióse en un momento, -y salimos. Al entrar en la berlina, yo no me encontraba muy satisfecho, -porque, de no ser amante, el papel de _sigisbeo_, aunque en el mundo -sea un papel envidiable, á mí no me agrada. - -«Me ha contado papá que hoy estuviste en su casa—díjome Augusta cuando -la berlina echó á andar,—y que parecías medio loco.» - -La contestación _en el próximo número_. Ya no veo lo que escribo, de -cansado que estoy. Buenas y santas. - - - - -XX - - _10 de Enero._ - - -¿Qué tal? ¿Te resulta esto divertido, ó te parece extravagante, -empalagoso, digno sólo de figurar en el folletín de _El Impulsor -Orbajosense_? Vamos, me ha hecho reir tu idea de que podría publicarse, -trocando los nombres por otros extranjeros, suponiendo la acción en -Varsovia y anunciando á la cabeza que es traducción del francés... -Cállate la boca, ó te estrello. ¡Publicar esto... vamos, ni aun con -tales disfraces! Además, si como representación de hechos positivos -pudiera tener algún interés para los conocedores de las personas que -andan en el ajo, como obra de arte resultaría deslucido, por carecer de -invención, de intriga y de todos los demás perendengues que las obras -de entretenimiento requieren. - -Quedamos en que nos metimos ella y yo en la berlina. Bueno. Nunca me -había parecido tan guapa como aquella noche. Vestía... Aquí de mis -apuros. Soy tan torpe para describir trajes de señoras, que cuando -lo intento digo los mayores disparates. No sólo ignoro los nombres de -ésta y la otra prenda, y de las distintas formas de _toilette_, sino -que confundo los nombres de las telas. Está visto que para revistero de -salones no sirvo yo. Sólo te diré que estaba elegantísima, que llevaba -abrigo de pieles, que el peinado... ¿Cómo lo diré si no doy pie con -bola en estas quisicosas? Pues llevaba el pelo recogido hacia arriba -formando un pico, y en éste una joya, algo que echaba chispas cuando -mi ingrata movía la sin par cabeza. ¡Ah!... se me olvidó: el pelo -ligeramente empolvado. Los guantes eran claros, de muchísimos botones; -eso, eso, la mar de botones. Cuando entré, ya los llevaba puestos. Yo -habría deseado que no, para ayudarle en la operación de abrochárselos. -En el pecho una flor, rosa... no diré que amarilla; pero amarillenta, -sí. Nada de escote, chico. Y en la fisonomía, ¡oh, desventura! en el -resalado hociquito, nada que me alentara, nada que me significara una -promesa. Á lo que dije, contestóme severa, indiferente. Comprendí -que mi juego era mostrarme tranquilamente resignado, y así lo hice, -diciéndole poco más ó menos: «Descuida, que ya no te molesto más. Me -he convencido de que es una insensatez pretenderte... Cuando se llega -tarde, no hay más remedio que tener paciencia. Y mi sino es llegar -siempre tarde. Otro más feliz que yo ha merecido lo que á mí se me -niega...» - -Creí notar inquietud en su mirada. Fué como un relámpago. Volvió -la cara para mirar hacia fuera, y después de una enfadosa pausa me -contestó así: - -«Hay que dejarte. Estás insufrible de tonto, de loco y de no sé qué.» - -El coche había recorrido la calle Ancha, y atravesaba Chamberí para -bajar á la Castellana por las casas de Indo. Densa niebla luminosa y -blanca se aplanaba sobre Madrid. No se veían las casas ni los árboles. -Las luces de gas, desvaneciéndose en la claridad lechosa, formaban -discos, en algunos puntos teñidos de un viso rosado, en otros de verde. -Augusta y yo observamos aquel fenómeno, y alguna observación hicimos -acerca de él; pero en realidad lo que decíamos era un pretexto para -ocultar nuestra turbación. No era yo solo el intranquilo y preocupado; -ella también lo estaba. Me miró y me dijo: «No creí yo que fueras tan -mala persona. - -—Yo seré todo lo mala persona que quieras, Augusta; pero ello es que tú -no te atreves á negar lo que he dicho, y aunque lo negaras, de nada te -valdría, porque lo que sé de tí, lo sé, fíjate bien, como si lo hubiera -visto.» - -Observé en su boca y en sus ojos esa expresión particular de quien se -esfuerza por tomar á risa lo que no es para reir. Mientras más contraía -sus labios, más seriedad resultaba en aquel semblante. - -«No me llames malo—le dije, estrechándole una mano, que no se atrevió á -retirar de las mías,—ni temas que de mí pueda venirte ningún sinsabor. -Si algo sé que tú quieres que ignore todo el mundo, hazte cuenta que -soy como un muerto. No temas nada.» - -¡Qué bien leí en su alma en aquel momento, aun sin verle la cara -que hacia el cristal volvía! Su voz resonaba con timbre extraño al -decirme: «¡Qué tontería!... ¡Si no te hago caso!» - -Y hasta me pareció que su mano temblaba. Al través del guante, no sé -qué estremecimiento de la epidermis me revelaba que la señora de Orozco -me había cogido miedo. Y su miedo me permitió lo que nunca me había -permitido su confianza: besarle la mano. «Augusta, yo estoy loco por -tí. Me has hecho desgraciado para toda la vida...» - -Y ella seguía observando la neblina, en la cual los discos luminosos, -formados por la llama al desleírse en la humedad, crecían ó menguaban -al paso del coche. - -«Augusta, yo soy y seré siempre el primero de tus amigos, fervoroso, -leal, dispuesto á sacrificarlo todo por tí, á evitarte cualquier pena. -No me conoces, si supones que de mí, de mi indiscreción, motivada por -el despecho ó los celos, te puede sobrevenir algún mal.» - -Volví á besarle el guante. El miedo empezaba á disiparse en su alma, -ó á ser vencido por otro sentimiento. Retiró su mano, diciéndome: -«Paciencia necesito para oirte. - -—Paciencia necesitamos todos—le contesté.—Seamos indulgentes unos con -otros. La tolerancia es la norma de la vida. No te asustes porque me -veas poseedor de tu secreto.» - -Vuelta á mirar para fuera. Otra vez me tenía miedo. - -«Te digo que no te asustes; no temas al mejor de tus amigos, al que se -dejaría matar antes que hacer nada que te perjudique.» - -Quiso sobreponerse á la zozobra que la dominaba, y me amenazó con su -abanico. - -«Mira que te pego. - -—Pega, pero escucha. - -—Estás cargante. - -—No estoy sino sumiso. Te obedezco; no tengo más voluntad que la tuya. -Soy tu esclavo. Algo más te pudiera decir; pero hemos llegado, y se -acabó la función...» - -Al volver á mi casa, desde la de San Salomó, me he puesto á escribirte. -Son las tres de la mañana. En mi mente hay un gran barullo. Nada ví -ni observé en aquella reunión que me dé la luz que necesito. Toda -la noche me he sentido desorientado, estúpido á veces, á ratos tan -excesivamente sutil, que he imaginado los mayores absurdos. Mi suplicio -consiste en una interrogación que me causa ardores semejantes á los de -la sed: «¿Quién será?» Porque Federico no es. Me lo juró en un tono tal -de sinceridad, que no es posible creer que representara una comedia. -¿Será Malibrán? ¿Tendré que admitir ahora la hipótesis que antes -deseché? El diplomático es hombre que debe poseer en grado supino la -aptitud de seducir. Á la expresión delicada y soñadora de su rostro, -corresponde lo agudo de un ingenio puramente florentino. Tiene, por su -madre, sangre italiana; sabe fingir, adular, hacerse grato, componer -su rostro. ¿Será Malibrán, Dios mío, y al arte de enamorar une el del -disimulo con toda la perfección diplomática y maquiavélica? - -Cuando perdía terreno en mi ánimo la candidatura, digámoslo así, de -Malibrán, lo ganaban otras. Hasta se me ocurrió si será Calderón de la -Barca, el pegajoso amigo de la casa, el papá de Estefanía. No: esto es -inadmisible. Á Calderón le miran marido y mujer como un hermano... Sin -embargo, podría ser... Al fin desecho á Calderón, y me fijo en otros: -en un oficial de artillería, sobrino de las de Trujillo, muy buen -muchacho; me fijo también en Villalonga... ¡Quiá! ¡Villalonga, gastado, -lleno de canas... y tan poco apreciable moralmente!... Imposible, -imposible. Busco otros; paso revista, analizo... - -¡Qué problema, querido Equis! Pero yo digo que estos enigmas podrá no -descifrarlos un investigador que se auxilia de la razón y la paciencia, -pero un enamorado los descifra siempre. Yo lo haré sin que nadie me -ayude, yo solo. Y no faltará, como en las sumarias de los crímenes, -la feliz casualidad que, en un punto y hora, rasgue el velo de este -endiablado tapujo. - -Convengo contigo en que mi cabeza no está del todo buena. Lo confieso, -hombre, si te empeñas en ello. Pero no me juzgues por lo que esta noche -te escribo. Espera más noticias, y, sobre todo, espera la solución del -acertijo, que no puede tardar. Abur. - - - - -XXI - - _13 de Enero._ - - -Pues, señor, me levanto muy tarde; me entretengo en varios asuntillos -después de almorzar; voy al Congreso. Animación en los pasillos, -run-run de crisis, chismorreo largo, mucho secretico, mucho racimo de -curiosos en torno á éste y el otro personaje, pechugones aquí y allí -por si tú debías votar y no votaste. Oyense las frases iracundas de -siempre, y aquello de _ni esto es partido, ni esto es Gobierno, ni -esto es nada_. En el salón reina la paz de los sepulcros. Discútese el -proyecto de ley de Enjuiciamiento criminal: soledad en los escaños; -el orador, rodeado de tres ó cuatro amigos, trata de convencer á los -bancos vacíos. En el de la Comisión hay dos que se marcharían también -si pudieran. En la Mesa, el vicepresidente charlando con Villalonga; -el conde de Monte-Cármenes repantigado en el sillón de uno de los -secretarios; los taquígrafos afligidos porque no oyen bien al orador; -los maceros le dirigen una mirada compasiva. En la escalerilla de -la Presidencia y cuando voy á que me den caramelos, me tropiezo con -Villalonga, el cual me dice que Orozco estuvo muy mal la noche última. -¿Qué fué? ¿Cólico, ataque de asma...? No sabe. Pero ello es que -amaneció con fiebre muy alta. El médico se alarmó. - -Corrí allá, y me encontré al enfermo muy mejorado; la gravedad no fué -tanta como se había creído. Pero continuaba en cama. El pronóstico -del médico, si no grave, era reservado; había que observar el recargo -de la tarde. Pasé á la alcoba de Orozco, y le ví. Estaba tranquilo; á -mi parecer (algo me entiendo de medicina), aquello no es más que un -catarrillo gástrico. No veo motivo de alarma. Sin embargo, debo decirte -que Augusta no tiene consuelo, por haber estado ausente de su casa la -noche en que su marido se puso tan malo. Tengo por seguro que su pena -es sincera. Entre paréntesis, me ha sido muy grato advertir en ella -estos sentimientos; y si te añado que me gusta más así, que la quiero -más, digo la pura verdad. Mi prima es de esas personas que se ponen á -morir cuando tienen un enfermo en la familia; tiembla de todo, y es -excesivamente escrupulosa en la administración de las medicinas. Hoy no -se ha separado un momento del enfermo; le interroga á cada instante: -«¿Te duele esto, te duele lo otro? ¿Tienes sed? No te destapes. Eso -no es nada; mañana estarás bien.» Yo la admiro, qué quieres, por este -cariño conyugal que tanto me confunde; aunque, bien examinado el punto, -podrá ser este sentimiento compatible con otro. Tú harás los doctos -comentarios que tu ciencia y tu conocimiento del humano corazón te -sugieran. En esta carta no hago más que relatar hechos. - -Me quedo á comer. Augusta no tiene un momento de sosiego, y á cada -instante se levanta de la mesa para correr á la alcoba. Vuelve -diciendo: «Me parece que está algo recargado.—No, hija: es que te -parece á tí que lo está. Yo le encuentro despejadísimo.» - -Armamos nuestra tertulia en el salón. Va Cisneros, que, so pretexto -de no molestar al enfermo, se exime de entrar á verle, y dice: «Poco -mal y bien quejado.» Va el mirífico Malibrán, á quien noto reservado y -con no sé qué traicioncillas en sus ojos italianos de _santi, boniti, -barati_. Este hombre trae entre ceja y ceja algo que no entiendo, y que -más bien adivino por la fuerza reveladora del odio que me inspira. Va -también Villalonga, el cual está graciosísimo, llevando la cuenta de -los senadores moribundos, enclenques ó delicados de salud, pues si el -número de vacantes no aumenta, es difícil que entre en la combinación. -Va también el marqués de Cícero, y el donoso optimista conde de -Monte-Cármenes. En el bando de los trasquiladores, mi padrino y el -_Catón ultramarino_ sostienen viva discusión, porque el primero cree -que debemos vender la isla de Cuba á los Estados Unidos. El segundo no -está por la venta, al menos hasta que él se deje caer allá otra vez, -para poner cual una seda la administración de la tan desgraciada como -generosa isla. - -Pero de lo que más se habla allí, como en todas partes, es de ese -misterioso crimen de la calle del Baño. ¡Ay, qué jaqueca! Los -periódicos no se ocupan de otra cosa, y cada cual por su lado, todos -tratan de buscar la pista; pero me temo que tantas pistas acaben por -despistar á la justicia. ¿No has leído algo de esto? Una señora joven, -madre, cuyo estado se ignora, apareció asesinada en su lecho y medio -quemada, juntamente con su hijo, niño de pocos años. En la casa no -había más persona, al descubrirse el crimen, que un sirviente, Segundo -Cuadrado, el cual, si no es idiota, finge serlo. No sabe dar razón de -nada de lo que allí pasó. Algunos le consideran autor del crimen; pero -una parte del público da en acusar á la madrastra de la víctima, señora -de muy mal genio, que vive en la misma calle y se llama doña Sara. Se -dividen los pareceres. Hay quien sostiene que la vió entrar en la casa -pronunciando no sé qué palabras amenazadoras. Y, por otra parte, la -madrastra prueba su coartada, demostrando que aquella noche, á la hora -del crimen, estuvo en el teatro. No falta quien asegura haberla visto -en una butaca del Español. En fin, Equis, un lío espantoso; la justicia -embarullada, dando palos de ciego, prendiendo y soltando gente. Es la -conversación de moda en todos los círculos de Madrid, y personas muy -formales ven en esto una intriga honda, con ramificaciones extensas. -Dícese también que elevadísimos personajes protegen y amparan á la -madrastra, presentando como asesino al inocente criado á quien se halló -en la casa. - -Las dos opiniones, que claramente se marcan ya, han dado origen á dos -bandos encarnizados, en cada uno de los cuales la imaginación de esta -raza fabrica toda clase de extravagancias novelescas. Y no es el vulgo -el que más fecundidad muestra y más apetito de versiones maravillosas -y pesimistas, pues la gente de cultura no le va en zaga. Las mujeres -especialmente, y si quieres, las damas, se pirran por esa comidilla -picante del famoso y no descubierto crimen. En casa de Orozco, Augusta -_criminaliza_ sin descanso, y la de San Salomó también; pero la más -furibunda es la señora de Trujillo, quien no te pone buena cara en toda -la noche si no le relatas algún detalle terrorífico, si no añades que -tal ó cual persona de tu conocimiento vió salir de la casa á la muy -perra de la madrastra, puñal en mano. Hay que decirle, para que esté -contenta, que el criado es un santo, y que tienes pruebas de que el -asesinato de la infeliz doña Bernarda (así se llama la víctima) corrió -de cuenta de dos empingorotados personajes. Calderón es quien le lleva -todas las noches las noticias más frescas, siempre estrambóticas, y al -parecer tomadas de un folletín de Ponson du Terrail. Teresita le oye -encantada, y otros también. Si algún día oyes decir que ha pasado por -encima de Madrid una bandada de bueyes, volando como las golondrinas, -no preguntes quién ha dado la noticia. Es Pepe Calderón. - -También entra Federico Viera. Este, Calderón y yo somos los únicos que -pasamos un rato á ver á Orozco. Á eso de las once, Augusta nos anuncia -contentísima que Tomás se ha quedado dormido, que no tiene fiebre y que -pasará buena noche. Todos nos congratulamos, yo el primero, y me pongo -á pensar en lo mismo, querido Equis; ya sabes... Mientras los demás -roen el crimen, yo mastico mi enigma; digo, mío no, de ella, y trato -de dilucidar el arduo punto de quién será su cómplice. Mi sumaria está -tan embrollada como la del hecho de la calle del Baño, y á cada hora -veo una pista nueva. La sigo, y nada. ¿Y qué me dices á esto, pedazo de -alcornoque? Ilumíname con un rayo de tu inteligencia. ¿Dónde está el -criminal que busco? Claro, si yo, que actúo de juez y tengo todos los -hilos en la mano, no averiguo nada, ¿qué has de descubrir tú, lejos de -personas y sucesos? Pero... ya oigo lo que me dices, y te contesto: «No -me da la gana de ser razonable. Maldito sea el sentido común y quien lo -inventó.» - -Vacío sobre el papel mis impresiones todas, para que el papel las lleve -á la _culta_ Orbajosa. Así llama _El Impulsor_ á esa rústica ciudad -cuando habla de la procesión de San Roque ó de los bailes del Casino. - - - - -XXII - - _18 de Enero._ - - -Tranquilízate. El señor de Orozco, á quien tanto admiras, está mejor, -casi enteramente restablecido. Por más que tu imaginación feliz sepa -figurarse cómo son las regiones celestiales; por acostumbrado que estés -á concebir en tu mente el Supremo Bien, no puedes hacerte cargo del -júbilo que resplandecía en la cara de Augusta al darme esta mañana -la noticia. Sus ojos eran las puras divinidades, chico. La hubiera -adorado de rodillas. ¿Qué quieres tú? yo soy así. Admiro lo bueno, -aunque no lo entienda. Alguien que leyera lo que para tí solo escribo, -preguntaría quizás: «¿Pero cómo se armoniza esto con aquello?» ¡Ah! Tú -que sueles penetrar en lo recóndito del alma humana, no lo preguntarás -seguramente. Hay una ciencia superficial del corazón aprendida en los -teatros, donde las pasiones son presentadas en su forma rudimentaria y -simple. Con arreglo á esa ciencia incompleta juzgan muchos las cosas de -la vida, y cuando éstas no pasan conforme al módulo del arte dramático, -dicen que no lo entienden. Yo sí que lo entiendo, y tú también, ¿verdad? - -Adelante. Ví al amigo Orozco ya levantado y en amable disputa con su -mujer, porque él se empeñaba en abrir el correo, y ella le reñía como -á un niño para que no se ocupase de nada. La encantadora Estefanía -completaba la preciosa escena. No faltaba sino que la chiquilla fuese -hija de Augusta para que resultara una _Sacra Familia_. Vamos, que me -estoy volviendo muy... doméstico y muy... patriarcal. - -Dime una cosa; háblame con franqueza: ¿crees tú que aquella revelación -nocturna de que te hablé, es un error mío? ¿Crees que estoy equivocado -al afirmar lo que afirmo con tan profunda convicción? Ea, venga la -_rimpuesta_, y, verdadero _payo de la carta_, no te la entrego, es -decir, no sigo ésta hasta que la contestación llegue á mis manos. - - - - -XXIII - - _21 de Enero._ - - -Ya pareció la respuesta. Te juro que me ha sorprendido. Yo creí que -me contestarías _estás equivocado_, porque, la verdad, en mi mente -empezaba á aclimatarse la sospecha de que mi revelación de marras fué, -como suelen serlo otras, enteramente subjetiva. ¡Y ahora me sales tú -con que _estoy en lo cierto_! ¡Y añades que no tienes conocimiento -de hechos en qué fundarlo! Pues lo mismo me pasa á mí, chico. Afirmo -sin saber por qué. Creo, como tú, que estas cosas se sienten y no se -razonan. Adivinar es sentir los hechos separados de nuestra vista -por el tiempo ó por el espacio; ver lo que, por invisible, parece no -existente, de donde todos los sabios hemos colegido que la adivinación -es una facultad parecida al estro poético. El poeta precede al -historiador, y anticipa al mundo las grandes verdades. Heme aquí -convertido en vate, descubriendo lo escondido, y guipando desde muy -arriba las cosas, lo mismito que un águila. Pero dejemos á un lado -estos amaneramientos filosóficos, y voy á satisfacer un deseo que me -manifiestas en tu carta. Quieres saber mi opinión respecto á Orozco; -crees que me será fácil trazarte su retrato, y deseas que lo haga con -suprema imparcialidad. Pues á ello voy; ya sabes que yo no me paro en -barras, y que á sincero no me gana nadie. - -Pero he de empezar diciéndote que esta opinión, ó si quieres, semblanza -ó retrato, llevará el carácter de provisional, por no encontrarme en -posesión de todos los datos para darla por definitiva. Hay en ese -hombre algo que no he comprendido bien todavía. No es persona Orozco -que se revela entera en cualquier momento; al menos así me lo parece á -mí. Cosas he visto en él que me han producido admiración, y otras sobre -las cuales no me atrevo aún á opinar resueltamente. Empiezo por decirte -que pocos hombres he conocido más agradables, y ninguno quizás que -sepa con tanta rapidez ganar simpatías, y con las simpatías amistades -verdaderas. Á esto contribuyen seguramente sus maneras corteses, su -exquisita bondad, su cara misma, que tanto me recuerda (veremos qué te -parece esta observación) el tipo judáico, hermoso y puro, que apenas -se conserva ya; barba poblada y larga, nariz de caballete y un tanto -gruesa, ojos apagados, poca vivacidad en los movimientos fisiognómicos, -y, en fin, ese reposo, esa gravedad dulce que parecen indicar un -perfecto equilibrio interior. Me encanta aquella manera de tratar á -grandes y chicos, afable con todos, familiar con ninguno. Hay en su -trato algo del trato de los reyes, que por muy bondadosos que sean, -siempre son reyes, y mantienen los fueros de su alta jerarquía. Qué -tal, ¿voy bien? - -Entrando ahora en lo moral, debo decirte que, aparte de ciertas -hablillas, la reputación de que goza Tomás es sólida y unánime. Sobre -esto no cabe duda. Y no hay que darle vueltas, Equis: el que tiene -una reputación así es porque la merece. Cuando un nombre sobrevive -á la constante lima de la murmuración, por algo será. ¿No crees tú -lo mismo? Convengo en que Orozco lleva una sombra sobre su apellido. -El fortunón que disfruta lo amasó su padre don José Orozco, según -pública voz, de una manera bastante irregular, por no decir otra cosa. -Aquella execrada Compañía de Seguros, sobre la cual han caído y caen -aún tantas maldiciones, arroja, como te digo, cierta opacidad sobre -nuestro amigo, y él hace todo lo posible para purificar un nombre que -recibió con bastantes máculas. Es absolutamente irresponsable de las -faltas de su padre, llámalas crímenes, si quieres; heredó el caudal y -vive tranquilamente, matando la ociosidad en algún negocio de los más -limpios, y haciendo todo el bien que puede. Aquí viene de molde aquello -de _modelo de ciudadanos, modelo de esposos, modelo de_... Pero no -precipitemos nuestros juicios. - -Corre bastante por ahí la especiota de que Tomás es hombre muy místico, -mejor dicho, beato. Hay quien sostiene que se consagra á prácticas -religiosas de las más exageradas; que en secreto se da disciplinazos, -que ayuna como un trapense... Todo esto es pura novela. Yo no he -observado en la casa nada absolutamente que confirme tal suposición. -En su biblioteca, puedo asegurarlo, no hay obras místicas, fuera de -aquéllas comprendidas en la colección de clásicos, y que están en las -estanterías con todas las trazas de no ser abiertas nunca. Entre los -libros familiares de uso constante, que tiene en su mesa de despacho, -no he visto nada religioso. En su alcoba no hallarás ni crucifijo ni -imagen devota, pues si hay algún cuadro de asunto sagrado, está allí -como obra de arte. Pila de agua bendita no la ves en toda la casa. Y -puedo dar fe de que ni Orozco ni su mujer tienen afición ostensible -á cosas de iglesia, ni se apuran mucho por cumplir los preceptos del -catolicismo. Lo más, lo más que hacen es ir á misa algún domingo, si la -mañana está buena. Pero lo que es confesar y comulgar... no sé, no sé: -casi me atrevería á sostener que en esto están como tú y como yo. De -modo que cuanto se dice del misticismo de Orozco y de los zurriagazos, -no tiene el menor fundamento. Lo mismo que esa otra paparrucha de sus -connivencias con los Jesuitas. No faltan tontos que te juren que Tomás -pertenece secretamente á la Orden, y que la apoya y le da dinero... -Yo, que entro en la casa todos los días y á diferentes horas, puedo -asegurar que jamás he visto allí una sotana, como no sea la del -bondadoso padre Nones, á quien los de Orozco dan muchas limosnas para -que las reparta entre los pobres de la parroquia de San Lorenzo. Tú, -que tratas al padre Nones, dirás si tiene el pobrecillo trazas de andar -en la _Compañía_. No, todo eso es fábula. Queda, pues, rechazado. Pero -vete á arrancar de la mente del vulgo una rutina de éstas. ¿Pero qué -más? El mismo Cisneros, que conoce la casa tan bien como yo, pero que -gusta de fomentar las malicias vulgares, me decía anteayer: «¿Y cómo -está el jesuitón de mi yerno?» Lo dice sin creerlo, por hacer eco á lo -que oye. - -Mas reconociendo y afirmando que todo es cháchara, pregunto yo ahora: -¿no habrá algo que motive, siquiera remotamente, esta opinión? ¿Es -posible que sin ningún fundamento se fabriquen errores semejantes? ¿No -habrá algo... algo que, sin ser aquello, se le parezca? Y aquí entran -mis dudas, porque trato de sondear, y no encuentro, no encuentro en la -vida de Orozco la explicación del supuesto misticismo y jesuitismo. -Lo que haya estará tan recóndito, que no podrán atisbarlo los ojos -fisgoneros de los amigos de la casa. Esto se enlaza con otra cuestión. -¿Hay armonía conyugal en este matrimonio? Si he de decir verdad, -aparentemente dicha armonía es perfecta. Cuanto he visto y observado -parece probar que Tomás ama con ternura á su mujer. De que su mujer -le respeta, le estima y aun le ama, también creo haber visto señales -incontrovertibles. Y, sin embargo, la idea que me fué sugerida por el -conocimiento universal, la revelación aquélla con que te he dado tantas -jaquecas, está en abierta pugna con lo que afirmo ahora. ¿Ó es que no -lo está? Aclárame el misterio, Equisillo, tú que sabes tanto. Como dice -aquel amigo nuestro, que escribe artículos sobre las relaciones de la -Iglesia con el Estado, _nos encontramos frente á uno de los problemas -más intrincados de la época presente_. - -Añadiré que siempre que Augusta habla de su marido, lo hace con acento -de entusiasmo, de admiración reverente. Paréceme que se juzga muy -inferior á él. Un día, en confianza, me reveló pormenores interesantes -de las obras de caridad que Orozco hace. En pensiones á familias -pobres, emparentadas ó no con la suya, se gasta un caudal. Hace mucho -bien, siempre guardando el secreto para que no lo sepa la gente, porque -le molesta que de ello se hable, y ni aun admite que los favorecidos le -den las gracias. Inventa mil arbitrios sutiles y delicados para hacer -llegar sus beneficios á ciertos menesterosos, que no pueden admitirlo -sino por vías muy diplomáticas. De esto sabía yo algo; pero lo que yo -sabía, con ser tan bueno, no llega á las maravillas que me ha contado -Augusta. - -Voy trazando el retrato como puedo. Quisiera seguir; pero te advierto -que no veo bien todo el original: hay algo que permanece en la sombra, -y por eso mi pintura no es ni puede ser completa. Complétala tú, si -puedes, añadiendo tu saber al mío. Ya no describo, sino te consulto. -¿Qué hombre es éste? ¿Es un tipo de grandeza moral, raro, aunque no -imposible, en nuestros tiempos de variedad y verdaderamente fecundos? -¿Nos hallamos frente á un vigoroso carácter religioso, no informado en -las religiones vigentes, sino de nuevo cuño y de índole novísima? ¿Es -un soldado heróico de los eternos principios, que combate por ellos -recatándose de la profana admiración del vulgo? ¿Es una conciencia -sublime, ó un vulgar misántropo? ¡Ah! una idea diabólica ha nacido en -mí, y no vacilo en exponerla, para que la tomes como quieras. Deseo -conocer á fondo á este hombre. Si yo lograra ser amante de Augusta, -ella me revelaría cosas muy peregrinas. Mira por dónde soy un diablo -teólogo, ó _teófilo_; un diablo que no busca el mal por el mal, sino -impulsado del ansia del conocimiento, y que por el camino del pecado -aspira á llegar á donde pueda contemplar de cerca el supremo bien. ¿Qué -te parece? Una gran idea, ¿verdad? ¡Si la diabla esa me quisiera...! -pero como no me ha de querer, eso ya lo estoy viendo, me quedaré con -mi amor y con mi triste ignorancia acerca del enigma moral de Orozco. -Soy, pues, el diablo más desairado y más tonto del mundo; un diablo -merecedor de que le pongan un cacharro en el rabo, como á perro ó gato -sin dueño, para ser burla y alboroto de los chiquillos de la calle. - -Concluyo, hijo mío, poniendo á tus órdenes toda mi diabólica inutilidad. - - - - -XXIV - - _23 de Enero._ - - -Pues, señor, hoy pensaba continuar el retrato del buen Orozco con datos -y observaciones nuevas de grandísimo interés; pero cátate que salta -un asunto del cual no puedo menos de darte noticia sin tardanza, y á -ello voy. Nuestro amigo Federico Viera es el rigor de las desdichas. -¿Recuerdas la descripción que te hice de su casa, de su hermana, del -abandono indecoroso en que ésta vivía? Pues las consecuencias que yo -me temí, y que te anuncié, no se han hecho esperar. Hace pocas noches, -acompañando yo á Federico hasta su casa, entre una y dos, sorprendimos -á un joven que del portal salía. Federico le echó mano al pescuezo. -¡Qué escena, chico, tan desagradable, y al mismo tiempo, no sé por -qué, tan graciosa!... En fin, que según lo que Viera me había dicho -poco antes del fatal encuentro, el agredido es novio ó pretendiente -de Clotilde, por más señas, honrado hortera de una tienda próxima. -Aquello habría concluído mal sin mi intervención y la del sereno, pues -nos costó trabajo librar al infeliz amante de las garras del hermano -de su ídolo. Pero no pararon aquí las cosas. Escucha lo mejor: ayer -la mosquita muerta desapareció de la casa, dejando una carta para su -hermano, en que le anunciaba su resolución de casarse (mira si tiene -alientos la niña), añadiendo que se halla depositada judicialmente en -casa de la viuda de Calvo, señora respetable, muy amiga de los Viera -y también de los Orozco, y que al amparo de dicha señora esperaba el -permiso pedido á su padre para verificar el matrimonio. No puedes -figurarte la ira de nuestro pobre amigo ante este arranque de su -hermanita, á quien creyó toda sumisión y apocamiento. Lo de siempre, -amigo Equis. La autoridad arbitraria no se entera de que los oprimidos -tienen alma, hasta que no les ve levantarse y sacudir el yugo por los -medios que están á su alcance. - -Esta revolución doméstica ha puesto á Federico fuera de sí. Ya sabes -que es un temperamento absolutista y aristocrático. La publicidad que -va á tener ó que tiene ya su humillación, le saca de quicio. Y mira -tú qué cosa tan rara. No ignoraba que Clotilde vivía indecorosamente -entre criadas y gente soez, y se irrita de que la infeliz se emancipe -aceptando un marido de clase inferior á la suya. El orgullo de nuestro -amigo transige con que su hermana se consuma en la tristeza y en la -vulgaridad, y no transige con una unión que llama degradante. Pero -la niña, á la chita callando y como quien no hace nada, se ha dejado -llevar de la corriente del siglo, y desde la ignominiosa obscuridad en -que vivía, se ha lanzado á la democracia, buscando en ella una especie -de redención. Ya sabes el odio corso que Federico profesa á las ideas -democráticas, con qué graciosa crueldad se burla de ellas, y de los -progresistas, y del _morrión_, etc... Reconoce sinceramente que está -fuera de lugar en nuestra sociedad; que ha venido al mundo rezagado, -y que por equivocación no nació en los tiempos á que su carácter se -ajusta. Figúrate cómo estará ahora, viendo á su hermana sacrificada al -aborrecido principio de la igualdad política y social; viéndola pasarse -vergonzosamente al enemigo, en brazos de un sér insignificante, y que -personifica, según él, todas las garrulerías de la época presente. Está -el hombre que arde, y no se le puede hablar de esto sin que al instante -pierda pie y se descomponga. - -Anoche dió mucho que hablar en casa de Orozco este caso concreto de -revolución social, eclipsando la conversación del crimen famoso, -y Augusta estuvo de acuerdo conmigo en la ninguna razón que tiene -Federico para quejarse. Convinimos en que él ha provocado el triunfo de -la democracia, descuidando á Clotilde y privándola del puesto que en la -sociedad le corresponde. Federico no pareció por allí: anda huído, y -no le veo desde la noche que sorprendimos al atrevido galán saliendo -de la casa. Fué una escena calderoniana, que no te describo porque -espero han de ocurrir otras más dignas de pasar á tu conocimiento. - -Volviendo á Tomás, te diré que está ya completamente restablecido. Ayer -almorcé con él, y estuve casi todo el día acompañándole. Su mujer salió -á eso de las cinco. ¿Á dónde iría? He aquí el tema de mis sombrías -meditaciones durante toda la tarde. Y aparte de esto, te juro que el -buen Orozco me hizo pasar un rato muy agradable, charlando conmigo de -asuntos diversos, con una amenidad, con una discreción que me dejaron -pasmado. Hizo una pintura del carácter de su suegro, que siento no -poderte transcribir íntegra, pues mis cavilaciones impidiéronme fijar -en sus atinados conceptos la atención taquigráfica que acostumbro. -También analizó el caso de la hermana de Federico Viera con un criterio -semejante al que yo te expuse. Ha pasado en esto lo que debía prever -todo hombre que no tenga el entendimiento lleno de ideas arcáicas, y el -carácter agriado por los contratiempos económicos. - -Pues, señor, me da la gana ahora de continuar el retrato interrumpido. -Cuando menos lo pensaba, he visto más de cerca la figura, se me han -revelado algunas líneas que antes se perdían en la sombra, y quiero -fijarlas inmediatamente sobre el lienzo, esperando que se vaya -clareando lo que oculto permanece todavía. - -Quizás no sepas que Orozco es uno de los hombres más arreglados que -se conocen. Podría dar lecciones de prudente economía y de previsión -á toda la raza española. Lleva sus cuentas al día y al céntimo, sin -que esto signifique mezquindad cicatera. Al contrario: no regatea -nada de lo que pueda contribuir al lustre de su casa, ni pone á su -linda costilla cortapisa alguna. Verdad que ella sabe mantenerse -dentro de los límites de la más exquisita prudencia. Orozco no trabaja -por aumentar su capital, que es grandecito, y los negocios en que -toma parte, en cooperación con otros capitalistas, no le dan muchos -quebraderos de cabeza. Me consta que en negocios de usura jamás ha -querido interesarse. Sé que se le han hecho proposiciones solicitando -préstamos con enormes ventajas, y las ha rechazado. Da, pero no presta, -y da en la medida conveniente. Dos cosas hay que no se conocen allí, y -son: la sordidez y el despilfarro. - -Te confieso que este hombre me impone un respeto casi supersticioso. -Cuando hablo con él, me siento enano, me inspiro á mí mismo cierto -desprecio, me entra cortedad... no sé qué. Y debo añadir que ayer, -cuando me senté á su lado y me puso cariñosamente la mano en el hombro, -sentí remordimientos muy vivos. Cierto que yo no le he faltado más -que con la intención; pero aun esta idea no acallaba mi conciencia, y -procuré tranquilizarla con sofisterías. «Por lo mismo que este hombre -es tan perfecto—me dije,—hállase fuera de las leyes humanas. Está tan -alto, que el ser burlado no le ofende, ni hay injuria que alcance á tal -excelsitud. Los que le ofendan y ultrajen darán cuenta á Dios; pero -no á él, que se rebajaría pidiéndola.» Estas cosas me pasaron por la -mente, y cuando ví á mi prima entrar de la calle con su cara risueña, -imagen de una conciencia sosegada, parecióme que su serenidad era -cinismo, y su sonrisa hipocresía. Púseme resueltamente del lado de la -moral y de los consabidos principios, muy señores míos, y me pareció -crimen nefando engañar á un hombre tan bueno. ¡Qué picardía! ¡Engañarle -no siendo yo el cómplice! Te descubro mi conciencia con todos sus -escondrijos. Se me antoja que la ofensa, hecha en mi obsequio, sería -más disculpable. - -Tomó parte la esposa en nuestra conversación. Yo la observaba, y no sé, -no sé... me parecía que su tranquilidad era sólo aparente. Su manera -de oirnos indicaba cierto sobresalto, y su reir no era tan franco y -natural como de costumbre. De pronto Orozco le dijo: «¿Has sabido algo -más del pleito de Federico con su hermana? ¿Le has visto á él?» Yo -temblé. No sé por qué me asaltaron de nuevo las sospechas de aquélla mi -segunda revelación. Fijéme en Augusta, que en aquel momento revolvía -la mesa buscando no sé qué papel ó revista; creí que esquivaba la -respuesta, que evitaba las miradas de su marido y las mías; pero me -equivoqué de medio á medio. Al oir el nombre de Federico, dejó lo que -buscaba, y vino á sentarse frente á su marido, separada de él por la -mesilla en que éste tenía varias cartas y periódicos; puso los codos -sobre la mesa, la barba en una mano, y sonriendo nos dijo: «Pues no le -he visto, ni sé dónde se mete. Pero me ha dicho Malibrán esta tarde -que no cede, que está furioso, que lo que siente es no haber acogotado -á ese pobre chico cuando le encontró saliendo del portal. ¡Qué -extravagancia! Creo que debemos todos abrazar la causa de Clotilde.» - -Al nombrar á Malibrán, ¿sería aprensión mía? parecióme notar en su -acento una veladura, en sus ojos no sé qué timidez ó sobresalto... -Vamos, que se me enroscaron en el corazón las culebras, y ya no -tuve serenidad para seguir atentamente la conversación que los tres -entablamos. - -Y no continúo por ahora el retrato. Lo seguiré cuando me parezca bien. -No tengo ya malditas ganas de acabar ésta en la forma que pensaba. -Quédate con Dios, y no te burles mucho de tu trastornado amigo. - - - - -XXV - - _26 de Enero._ - - -¡Malibrán! No puedo evitar hablarte de este tipo, que se me ha plantado -en la nariz como una mosca. Quiero echarle, le sacudo y vuelve. Me -persigue, me le encuentro en donde quiera que estoy; llego á pensar -que no es él á quien veo, sino á mi execrable sospecha, representada -en carne mortal. Es que desde ayer no se aparta de mi cerebro la idea -de que he despejado la famosa incógnita: X = Malibrán. ¿Me equivocaré -también, ahora? - -Anoche estuvimos juntos largo rato en el Teatro Real. Hablóme de -Augusta con un cierto respeto que me pareció afectado. No podía yo -tirar de la lengua á semejante hombre, diciendo de mi prima alguna -picardía capciosa para obtener una respuesta lúcida, y al elogiarla -con calor, ponderando su rectitud moral y el cariño que tiene á su -marido, parecióme que eran finamente irónicas las palabras con que -Malibrán acogía mis alabanzas. Luego noté como que esquivaba aquella -conversación, rebuscando otros temas de charla. Si me apuras, no -puedo darte la razón de la antipatía que el diplomático me inspira. -Quisiera se me presentase ocasión de tener un altercado con él; pero -es tan correcto el maldito, que ni esa esperanza me queda. Le rompería -la crisma, aunque después comprendiese que había hecho una inútil -barbaridad. Para colmo de desventura, hoy al mediodía me le encontré -en casa de Orozco, y allí almorzamos juntos. No me queda duda de que -Augusta y él cambiaron algunas palabras, que no debían de ser cosa -buena, cuando hablaban tan bajito. ¡Sabe Dios...! Adelante. En un rato -que nos encontramos solos, me dijo mi prima: «Tomás está muy disgustado -con una carta que ha recibido hoy.» Picada mi curiosidad, la interrogué -y supe que la carta es de Joaquín Viera, el padre de Federico, y que en -ella anuncia su llegada á Madrid para dentro de dos ó tres días. Has -de saber, y no hago más que dar traslado de lo que me contó mi prima, -que siempre que se aparece en Madrid ese pájaro de mal agüero, trae -estudiado algún plan de sablazo en grande escala para atacar con él á -los que tuvieron la desgracia de ser sus amigos. Orozco ha sido víctima -varias veces de las combinaciones sutiles de aquel insigne tramposo, -las cuales merecen más bien el nombre de estafas. - -«Esto será—observé yo,—otro motivo de zozobra para el pobre Federico, -á quien siempre he oído hablar de su padre con muy poco entusiasmo. -Cada vez que viene á Madrid, le deja envuelto para mucho tiempo en una -atmósfera de escándalo y vergüenza.» - -Augusta manifestó propósitos de hacer los imposibles para precaver -por todos los medios á su marido contra la malicia del que explota su -extremada bondad. Orozco tiene con él increíbles debilidades, y no le -trata nunca con el desprecio que merece; suele ceder á sus malvadas -exigencias, por lástima sin duda, en memoria quizás del gran afecto que -los padres de ambos se tenían. - -¿Qué te parece todo esto? Dirás que aquí se prepara algún enjuague. -Pues lo mismo pienso yo. Y sábete que me han entrado ganas de conocer á -ese celebérrimo espadista, que hace tantos años desapareció de aquí, y -no viene sino contadas veces y por corto tiempo, con el temido alfanje -en la mano. Pues hoy, hablando de esto con Augusta y Orozco, dijéronme -que Viera senior es hombre de trato seductor, capaz de embaucar con -su labia á medio género humano. No se parece nada á su hijo, todo -susceptibilidad, orgullo y delicadeza, esclavo del punto de honor y -de las leyes de la respetabilidad aparente. Añadió Tomás que Joaquín -vive hace tiempo del chantage, amenazando desde el extranjero, ó -presentándose con alguna máquina ingeniosa de líos y enredos. Porque -eso sí, es hombre de grandísimos recursos intelectuales, muy sabedor -de negocios de todo género, y con una trastienda y una flexibilidad -y una mónita que dan quince y raya al más pintado. Augusta no le -puede ver, y se complace en aplicarle las terribles denominaciones de -timador, tramposo, caballero de industria, etc... No comprende, y en -esto nos hallamos todos de acuerdo, que de un padre tan sin paladar -moral haya salido un hijo con la cualidad contraria, extremada hasta -rayar en defecto. - -Suspendo el trabajo, y continuaré mañana. - -Continúo hoy 27. Si esta carta fuera un capítulo de novela, debería -titularse _¡¡¡Ancora il Malibrán!!!_ así, con muchas admiraciones y -su poquitín de italiano. Porque no he visto asiduidad más aterradora. -Si veinte veces voy á casa de Orozco, veinte veces me le encuentro. Y -por más que procuro chocar con él, no puedo conseguirlo. Le llevo la -contraria en todo lo que habla. Digo mil barbaridades; sostengo que el -arte italiano es un arte de filfa; que Rafael me parece un pintor de -muestras; que Tiziano dibuja menos que el último alumno de la Academia; -que el Mantegna puede pasar como chico aplicado (te advierto que yo -no sé quién es el Mantegna), y que todos los pre-rafaelistas no son -más que unos pintamonas. ¡Qué asuntos tan tontos, qué pobreza en la -composición, qué falta de verdad!... En fin, chico, que yo mismo me -río de lo bruto que soy ó que aparento ser. Pues aunque Augusta suele -apoyarme con aquella monísima independencia de criterio que le hace -tanta gracia, no consigo mi objeto. El otro me rebate con dulzura y -benevolencia. Su exquisita educación pone una muralla infranqueable -á mi odio insensato. Si charla con Orozco de política extranjera, le -llevo la contraria con más furor. Me declaro rabioso _parnellista_: -sostengo que Gladstone es un progresista de morrión; que _el canciller -de hierro_ está chocho y debe retirarse, dedicándose á la cría de -aves de corral; que el Austria, mira que esto tiene gracia, es una -nación que para nada sirve, y debe desaparecer, repartiéndosela Rusia, -Alemania é Italia... en fin, no sigo para que no te rías de mí. Ni -por esas: no me vale apoyar mis opiniones con terquedad, á ver si le -sulfuro y me sale con alguna denegación provocativa. Pues como si -hablara con la misma estatua de la prudencia. Á mi prima le dirige -frases de una galantería refinada y madrigalesca, y bien claro veo -cómo se esponja la muy hipócrita oyéndolas. Recordarás que en cierta -ocasión me habló de él en términos muy desfavorables, diciéndome que -era persona malévola y peligrosa... Farsa, hijo, pura farsa y disimulo -para desorientarme. - -Pues oye otra cosa. Por la noche, Malibrán daba las gracias á Orozco -por haber atendido la recomendación que le hizo, en favor de no sé -quién. Ya sabes que Tomás socorre con delicadeza á multitud de familias -que han venido á menos. Pues bien: al oir las expresiones de gratitud -del diplomático, noté que el semblante del grande hombre expresaba -cierta contrariedad primero, y después verdadero disgusto. Malibrán -sonreía bondadosamente, y no insistió. Como yo manifestara á mi prima, -casi en el momento mismo, mi sorpresa por la actitud de Orozco, me -dijo en un gracioso y largo aparte: «No seas cándido: tú no conoces -á mi marido, como no le conoce tampoco ese majadero de Malibrán, que -se las da de tan diplomático y tan _Metternich_. Á Tomás no le gusta -que le alaben sus acciones benéficas, ni aun que le den gracias por -ellas. Te lo advierto para tu gobierno. Cree que la generosidad y la -caridad pierden su mérito con el bombo. ¿Sabes lo que á él le agrada? -Te lo diré para que te pasmes. Lo que á él le hace feliz es el secreto -absoluto de sus buenas acciones, y la ingratitud de los favorecidos. -Te advierto esto porque como también tú le has recomendado á esa -desgraciada viuda de Freire, si la favorece, no se te pase por la -cabeza darle las gracias: lo mejor que puedes hacer es no hablar del -asunto. ¿Á qué abres tanto la boca, tonto? Vosotros los que presumís -de listos, no entendéis palotada de los secretos humanos. Tomás es un -santo, lo que se llama un santo. ¿No lo has comprendido? ¿Pero crees -tú, bobalicón, que no hay santos en esta época? Pues los hay, los hay, -con sus levitas, sus fraques y sus chisteras, en vez de mitra, báculo -y sayal. Esa serenidad suya, que le diferencia tanto de las demás -personas, no se altera sino cuando le trompetean los beneficios; te -pone tan nervioso, que, créelo, me causa inquietud. Con que ya sabes, -y adviérteselo también á tu amigo le _petit Talleyrand_, para que no -volváis á incurrir en la simpleza de mostraros agradecidos.» - -Quedéme con esto como puedes suponer. Era un desconocido perfil de la -figura de Orozco, mejor dicho, un golpe de luz, que resuelvo añadir sin -pérdida de tiempo al retrato no concluído. ¿Y qué opinas tú de este -aspecto de la persona del grande hombre? Te soy franco: no he acabado -de entenderlo, y me parece que tú, por más que digas, no lo entenderás -tampoco. - - - - -XXVI - - _28 de Enero._ - - -Pues ayer se me ocurrió, revolviendo en mi mente las palabras de -Augusta, lo que vas á leer: «Malibrán no es. Si lo fuera, habría -confianza entre ellos, y la pecadora no tendría que valerse de mí -para advertir á su cómplice la inconveniencia de hacer al marido -demostraciones de gratitud. Esto parece la pura lógica. Pero como la -lógica, en cuestiones de amor, suele andar como Dios quiere, me doy á -cavilar si no será todo una bien ensayada comedia para envolverme y -confundirme más. Es mucho cuento esta señora Humanidad, querido Equis, -y cada día vemos en ella cosas más raras é incomprensibles. Estoy sobre -aviso, y sigo observando.» - -Vamos á otra humana rareza. Ha llegado ese, la _estrella con rabo_. -Llámole así, porque su aparición produce general terror. Le he visto, -he hablado con él, hemos almorzado juntos, y puedo asegurarte que no -he visto hombre más seductor y ameno. El podrá ser un pillo de siete -suelas, y de fijo lo es cuando todo el mundo lo dice; pero á las -primeras de cambio, da el pego al lucero del alba. - -Con la presencia de su padre aquí y la barrabasada de su hermanita, -está Federico inaguantable de mal humor é intolerancia. Por cierto -que el papá no sólo se muestra indulgente con la chiquilla, sino -complacidísimo de su resolución, y le da el permiso legal. No hay en -él ni asomos de las ideas del hijo en punto á distinciones sociales y -al decoro de los nombres. Se pasa de demócrata, y su despreocupación -social, política y religiosa te parecería cinismo si no la revistiera, -al expresarlas, de formas tan simpáticas. Por cierto que hijo y -padre difieren tanto en lo espiritual como se asemejan en lo físico. -Tan grande es el parecido entre uno y el otro, que les tomarías por -hermanos; y hasta la diferencia de edad se amengua por estar Federico -bastante envejecido y el otro rozagante, esponjado y hecho un pollo, -como suele decirse. Pero entre los caracteres hay tal diferencia, que -no cabe aproximación. Es de esas distancias de que no podemos dar idea -ni aun llamándolas abismos. - -Sé que hoy han celebrado una conferencia Orozco y Viera padre; pero -nada pude traslucir, aunque almorcé en la casa esta mañana, y allí -estaba cuando anunciaron al tramposo. Me parece, por lo que oí á mi -prima y al mismo Tomás, que se trata de sablazo gordo, como los suele -dar ese consumado tirador. Augusta indignadísima. Aunque de las pocas -palabras que Orozco pronunció sobre este asunto, se desprende que abre -la bolsa, no sé yo si el abrirla reservadamente para el pícaro que -fué socio y compinche de su padre, entra también en la categoría de -esas obras misericordiosas practicadas en secreto, y que no deben ser -agradecidas. ¡Ah! por lo que hace al agradecimiento de ese bribón, que -me lo claven en la frente. He podido colegir que Viera le ha presentado -un antiguo crédito, obligación ó no sé qué de la célebre _Humanitaria_, -y que hay dudas de si la tal obligación ha prescrito ó no legalmente. -Veremos lo que resulta de esto. - -Después de la visita del espadista, tenía Orozco la cara tan plácida, -tan serena como siempre, y por ella no podía traslucirse que padeciese -la más ligera agitación. Augusta, en cambio, parecía muy contrariada. -¿Será que no encuentre práctica ni conveniente, en los tiempos que -corren, la santidad de su consorte? No lo sé. Algo más tengo que -decirte; pero estoy muy cansado, chiquillo, porque... Vamos, te lo -cuento si no lo dices á nadie. Estuve esta noche en casa de la Peri. -No pongas el ceño de moralista empalagoso y cursi. Hemos ido á que -nos echara las cartas. Á ver, ¿tiene eso algo de particular? ¿Pues no -va uno á las cátedras del Ateneo y de la Universidad, con objeto de -instruirse? ¿Y acaso en estos templos de la sabiduría se encuentran -unas chicas tan guapetonas como las que esta noche había en casa de -Leonor? Amado Teótimo, todo es aprender, observar y cursar la difícil -carrera de la vida; y eso de que vaya uno todas las noches á oir -discutir sobre la Organización de los Poderes públicos, ó sobre lo que -pasó en la época merovingia, empacha, créelo, empacha y embrutece. Es -preciso echar una cana al aire, sobre todo antes de tenerlas... Con -que, abur, que me voy al catre. - - - - -XXVII - - _30 de Enero._ - - -Gordas y frescas, amigo Equis. La hermana de Federico, la gran -demócrata y revolucionaria, se casa con su querido hortera, realizando -así el soñado ideal de la concordia de las clases, de la reconciliación -del pasado con el presente, ¿Qué tal? Ahí tienes á la señora realidad -haciendo muy calladita lo que escribís en vuestros libros y otros -dicen en sus discursos. Yo te pregunto: ¿precede la idea al hecho, ó -el hecho á la idea? Pero dejémonos de averiguaciones, y vete enterando -de la realidad. El chico que ha venido á entroncar su humilde nombre -con el de los Vieras y Gravelinas, pertenece á una de esas honradas -familias mercantiles, oriundas del valle de Mena, la verdadera antesala -de la calle de Postas. Le llaman Santanita, y es simpático, de cara -inteligente, guapín, modesto. Ha ido á suplicarme que intercediera con -el señor de Orozco para obtener la plaza de tenedor de libros en una -casa de banca, y te aseguro que me interesó aquel humilde representante -del estado llano, que se abre paso, á codazo limpio, entre la -turbamulta social. - -Por lo poco que hablé con él, me pareció uno de esos caracteres -que, bajo la capita de modestia, ocultan una voluntad decidida para -marchar impávidos hacia su objeto. Sabe arrimarse á los que pueden -serle útiles; no pierde ripio, y olfatea donde guisan. La chica está -depositada en casa de la viuda de Calvo (no la conoces, ni hace al -caso), señora de campanillas, á quien el padre de Santanita sirvió de -administrador, mayordomo ó no sé qué. Ha venido á menos, y vive de una -pensión que le da Orozco. Ya sabe ese pillo de Santanita á qué árbol -se arrima. Me ha dicho Tomás que no podía hacer nada por él; pero algo -hará, tú lo has de ver. Ya voy conociendo las santas marrullerías de -ese hombre sin segundo, que practica la hipocresía de la dureza de -corazón. Todo su empeño está en que le tengan por insensible á las -miserias y desdichas humanas. Pero lo que es á mí no me la da. - -Bueno: quedamos en que el tal hortera es una diligente hormiga. -Clotilde no podía aspirar á un Coburgo-Gotha, y cuando las cosas -vienen rodadas, debemos tener por buenas las soluciones impuestas por -el carácter nivelador de la época presente. ¿Qué tal? Estoy cargante -hoy. Pues te diré: más lo está Federico, obcecado hasta el punto de -asegurar que preferiría ver á su hermana muerta á verla casada con -el pobre Santanita. Es que nuestro amigo lleva á todas las cosas el -ardor del sectario, y es inútil intentar persuadirle. Ve el mundo por -cristales muy subjetivos, y lo que para nosotros es natural, á él le -parece monstruoso. La pavorosa _estrella con rabo_ se marcha para otros -mundos, cumplido al parecer el objeto de su aparición en éste; pero -ignoro la verdad de lo ocurrido entre él y Orozco. En el rostro de -éste no he podido leer nada; pero el de Viera resplandece con esa luz -particular que encienden en nuestros ojos los triunfos de la voluntad. -No me queda duda de que ha obtenido todo ó parte de lo que solicitaba. -Augusta debe de saberlo; pero no se clarea, y cuantos esfuerzos hago -para meter la nariz en este secretillo han sido inútiles. Pero hoy ha -ocurrido algo que aumenta mi confusión, pues no sé cómo relacionarlo -con los demás hechos conocidos para sacar la deseada luz. - -Pues verás: anoche me dijo Orozco que no dejase de ir hoy á almorzar, -que tenía que hablarme. Figúrate si me apresuraría yo á ir. ¡Qué mañana -tan deliciosa! Augusta amabilísima conmigo, como no lo ha estado nunca, -muy alegre, y despidiendo chispas de gracia de aquella boca infernal... -digo, celestial. He dicho infernal porque si no se la hizo el diablo, -como una trampa para coger almas, no entiendo yo quién diablos se la -pudo hacer. Tomás, como siempre, reflexivo y cariñoso, revelando esa -quietud serena de las almas superiores, que han encontrado el suelo -firme y se sienten bien plantadas en él. Por dicha mía, no almorzó -allí ningún extraño más que yo. Ni siquiera estaba Calderón, que -nos habría mareado lindamente contándonos alguna nueva versión del -crimen. No se habló más que del bodorrio de Clotilde, de Santanita y -de lo vividorcillo que es. Augusta censuró acerbamente á Federico por -su disconformidad con las ideas dominantes en el mundo, su apego al -antiguo y ya desacreditado prestigio de los nombres y de las clases. -Orozco le disculpaba, asegurando que las ideas y el sentir de las -cosas, acumulándose en nuestra vida durante los años que empalman la -juventud con la edad madura, forman un conglomerado de tal dureza, que -es tontería pensar que ha de ceder ante las ideas y el sentir de los -demás. Si Federico es así, no podemos nada contra él, y sólo conviene -procurar que el bien se realice, respetando las ideas y aun las -preocupaciones de cada cual. - -Esto llevó la conversación al terreno en que nuestro buen amigo quería -ponerla; y como yo notase en él cierto embarazo para abordar el -asunto, le ayudé, y pude sacar en limpio lo siguiente: Orozco desea mi -intervención para que Federico se decida á aceptar de él un beneficio, -que no ha expresado todavía en forma concreta. La dificultad principal -que surge es el carácter puntilloso de Viera, y su resistencia, no -sólo á admitir cierta clase de favores, sino á declarar su pobreza y -angustiosa manera de vivir. Para vencer esta dificultad es para lo que -se recurre á mí, esperando que con diplomacia consiga yo doblegar el -inflexible tesón de nuestro amigo. Orozco no ha hecho más que apuntar -su idea, esforzándose en quitar valor á la generosidad que envuelve; -y por lo que he podido entender, no se trata aquí de un donativo, que -sólo serviría para apuntalar pasajeramente un presupuesto en ruínas: -trátase de asegurar al favorecido un modo de vivir que le libre para -siempre del molesto enjambre de usureros é _ingleses_, y le aparte de -las _salas del crimen_... ¿Vas entendiendo? - -Y ahora te pregunto tu parecer sobre caso tan extraño de protección, -y sobre el intríngulis que esto pueda tener. Preveo que tu opinión es -que en el caso referido no hay ni puede haber más que lo aparente; -un acto de generosidad, digno del alma elevadísima de mi amigo. -Perfectamente. ¿Pero no se te ocurre enlazarlo con otra cosa? ¿Me -entiendes, tonto? ¿No se te ocurre, como se me ha ocurrido á mí, buscar -un hilo entre la intención cristiana del grande hombre y el objeto de -ella, y seguir ese hilo cuidadosamente hasta descubrir que se enreda -en la blanca mano astuta de una mujer? ¿No has pensado que el plan de -Orozco pueda ser más sugerido que espontáneo? ¿No se te pasa por la -cabeza que el conocimiento de dicho plan y de su determinación inicial -podría darme la llave del arca en que se guarda el secreto que busco? -¿Crees tú que no hay tal relación? ¡Cuánto me alegraría de que me -contestaras de una manera categórica! - -Pero no me contestarás, porque no es posible sentenciar desde lejos un -pleito tan obscuro y delicado. Dirás que esta sospecha mía nace de la -mezquindad de sentimientos propia de la época, de la mala costumbre -de señalar en todo hecho grandemente generoso móviles bajos. No: yo -miro la acción por el lado de Orozco nada más, y admito que es un -rasgo admirable; no quiero ver el consabido hilo; no quiero ver más -que el acto noble y altamente cristiano, pues aunque existiera el -móvil sugestivo que es objeto de mi inquietud, no por eso valdría -moralmente menos el acto en cuestión. También en nuestra edad, dígase -lo que se quiera, hay ejemplos de estupenda virtud, no inferiores á -los de antaño. Eso de que ahora no se dan santos, es una tontería. No -habrá martirios en el orden material; no habrá aquellas penitencias -rudas, brutales y calagurritanas; pero hay exaltación de las almas, -hay fiebres de virtud, secretos entusiasmos por el bien, y sacrificios -quizás mayores que los de otros tiempos, porque en los nuestros hay más -materia que sacrificar. - -Excuso decirte que aquella conferencia trastornó mis ideas, llevándome -á decir con toda seguridad: «Malibrán no es.» Y si al pronto me fijé -de nuevo en Federico, no he seguido afirmándolo, y me concreto á -preguntármelo á todas horas del día y de la noche. «¿Será ese? Y si es, -¡con qué donosa perfidia me engaña! ¡No le perdono la doblez, no se la -perdono!» Por cierto que hace diez días que no he hablado con él, ni he -podido encontrarle en los sitios á donde habitualmente va. Esta noche -me han dicho que le vieron en el Teatro Real en el palco de Augusta. Yo -no le ví. - -31 _de Enero_.—Anoche no pude concluir ésta porque me acometió Morfeo, -y no tuve más remedio que echarme en sus brazos. Te la mando hoy con -esta postdata que no deja de tener miga. Pues verás: hoy me ha hablado -Villalonga con cierto misterio de unas palabras malignas dichas por -Malibrán en casa de la Peri, en una cena que allí celebraron anoche. -La cosa es grave. El _petit Talleyrand_ se permitió algo más que -esas reticencias que inspira el _champagne_, y de las cuales ninguna -reputación está libre. Ya adivinarás que las chinitas iban contra mi -prima. Pues dijo, como quien no dice nada, que había descubierto la -madriguera donde la muy hipócrita tiene su amoroso refugio. Lo más -indigno es que de algunos días á esta parte ha dado en pegarse á Orozco -y en adularle bajamente, y mañana se van juntos á las Charcas (el monte -que Tomás posee más allá de las Zorreras) á cazar un par de días... -¡Figúrate cómo me habré puesto yo, con las ganas que le tengo á ese...! -Mi primer impulso fué ir en su busca, pedirle explicaciones, pegarme -con él si no me las daba... Pero lo he pensado mejor, y me guardo para -otra ocasión las ganas de pelea. ¿No es verdad, amigo mío, que tú me -aconsejas no hacer el paladín? Si eso lo hubiera dicho Malibrán delante -de mí, pase que yo... Pero más vale que no haya sido en mi presencia, -porque así me veo libre de disgustos y de la ridiculez que acompaña -siempre al paladinismo. Tengo un humor de mil demonios. - - - - -XXVIII - - _3 de Febrero._ - -Querido Equis: no sé lo que me pasa ni cómo puedo escribirte, ni si -entenderás estos garabatos. Mi mano no acierta á trazar las letras. -La sorpresa, el pavor de esta misteriosa tragedia han desquiciado -la máquina toda, y no sé lo que hago ni lo que digo, ni aun lo que -siento. No te escribo para darte la tremenda noticia, que ya sabrás por -los periódicos (hoy no se habla de otra cosa en Madrid). Te escribo -para que no te inquietes, juzgando que podría tocarme alguna parte en -las complicaciones de este asunto... No me toca más que el horror de -que estoy poseído, la confusión espantosa que me acongoja más que el -horror mismo... Ayer al mediodía, hallándome en la cama, sentí que me -despertaban, sacudiéndome un brazo. Era Calderón: le miré entre dormido -y despierto... Figúrate el efecto que harían en mí estas palabras -que me dijo: «Levántate... ¿no sabes lo que pasa?... ¡Federico Viera -asesinado!... ¡Su cuerpo encontrado hoy en un muladar, allá, no sé -dónde!... Levántate.» - -Creí soñar... Me revolví contra Calderón... Bromas pesadas... creí -que eran bromas. Su cara consternada me hizo estremecer... Él me iba -echando la ropa encima de la cama para que me vistiera. Yo me volví -estúpido... No podía creer tamaña atrocidad... ¡Asesinado! ¿Y por -quién? Es lo primero que se ocurre. Calderón me dijo: ¿Por quién? La -justicia lo averiguará... ¡Pobre muchacho!... todo el cuerpo lleno de -balazos y cuchilladas...» Levantéme temblando, la garganta oprimida, -sin poder hablar... «¿Dónde?—¡Allá!...» ¡Valiente información! ¡allá! -«Le han llevado al Depósito—añadió Calderón.—El juez amigo mío no -conocía al muerto; pero, por algo que se halló en su cartera, se supo -su nombre. Me avisaron... Le reconocí. Miedo horrible, querido Manolo. -El juez quiere identificación en regla. Vamos tú y yo... La hermana no -lo sabe. Vamos.» - -Todo se me volvía preguntar: «¿Pero quién le ha matado?...—Vete á -saber... lances del juego quizás... amores... venganza... Vete á saber. -Misterio. Yo no lo entiendo... Vamos. ¡Qué trance!» El pobre Calderón -estaba como trastornado. Yo más aún. Salimos, tomamos un coche, fuimos -allá... Antes pasamos por el Juzgado de guardia: se nos unió un médico -forense. ¡Qué día, Equis! Si mil años viviera, creo que no podría -olvidar las emociones espantosas de ayer, la pavura que llenaba mi -ánimo... Hoy me es imposible referírtelas: diría mil disparates, no -acertaría á expresar cosa alguna con claridad... Si te escribo hoy es -para que te tranquilices con respecto á mí. Estoy abrumado de pena y -horror; pero nada más. Mañana, si logro tranquilizarme, te contaré -todo... ¡Ay! presumo que habrá materia larga, más larga de lo que -convendría. Necesito descanso. En veinticuatro horas no he podido -pasar bocado; sólo he tomado café y más café... Dormir, imposible. -Aguarda un día para que te entere de lo que he visto y sentido... no de -la verdad, que ignoramos. Estamos todos en completa obscuridad respecto -al tremendo suceso. Adiós. - - - - -XXIX - - _4 de Febrero._ - - -Yo no sabía lo que me pasaba, al recorrer en coche, con el juez, -escribano y médico forense, la distancia entre el Juzgado y el -Depósito. Los pensamientos que durante aquel viaje lúgubre asaltaron -mi mente, querido Equis, no puedo ni debo comunicártelos, al menos -todavía. Yo debí de preguntar á Calderón si nuestros amigos tenían ya -noticia de la ocurrencia, porque él me dijo que Augusta se había puesto -mala de la terrible sorpresa, y que al punto telegrafió á su marido, -el cual se fué el día 1.º por la tarde á las Charcas en compañía -de Malibrán y de no sé quién más. Indicóme también que Clotilde no -sabía una palabra, que probablemente Orozco se encargaría de darle la -noticia cuando viniese. No sé qué más me dijo, porque yo no me enteraba -claramente de nada. Á veces creía soñar; ansiaba llegar pronto, y á -ratos lo temía; y cuando estuvimos cerca del Puente de Toledo y el juez -señaló el vulgar edificio del Depósito, sentí tal pánico, que por -punto no me volví atrás. Me enfadaba que el forense, un viejo rígido y -seco, sordo, completamente insensible ya, por su larga práctica, á las -emociones de estos dramas judiciales, estuviese tan tranquilo, y nos -contase con la mayor frialdad que en su dilatada carrera ha hecho dos -mil y tantas autopsias. Me infundía horror y lástima aquel sujeto, cuya -inteligencia no desconozco y cuya serenidad ante estas catástrofes he -admirado al fin. - -Dejamos el coche. Las piernas me temblaban. Entré el último de todos, -para que la primera impresión de los demás, si alguna tenían, atenuara -la mía... El forense sordo entró como puede entrar un cura en la -sacristía para ponerse la casulla... Frente á la puerta, sobre una -mesa, ví el cadáver de Federico Viera, no tan desfigurado como yo me -lo imaginaba. Creí que una mano invisible me apretaba violentamente el -cuello, ahogándome. No lloré ni podía llorar. El rostro de Federico -parecía de blanca cera, con manchas violáceas; tenía los ojos medio -abiertos, cuajados y sin brillo; la nariz afilada, la boca contraída, -mostrando por un violento repliegue del labio superior los blanquísimos -dientes. Vestía de levita: el pantalón y las botas llenas de fango; la -levita enlodada también por el costado derecho. En mitad de la hermosa -frente, una mancha roja del tamaño de un duro, cárdena en el centro: -por allí había entrado la bala. Le habían desabrochado el chaleco, y se -veía la camisa llena de sangre, ya seca en parte y obscura, en parte -roja y fresca, formando cuajarones. El forense, señalando el costado -izquierdo por la cintura, dijo: «aquí hay otra herida de revólver. La -bala está dentro.» - -Procedióse á la identificación en forma legal. Calderón y yo -declaramos, reconociendo en el muerto á nuestro amigo Federico -Viera; firmamos, y nada más. En otras mesas más allá, había dos -cadáveres tapados con un paño. El guarda los descubrió, y los ví con -indiferencia, cual si fueran animales muertos. No podía apartar los -ojos de mi infeliz amigo, y con todas las potencias de mi alma, en un -instante de muda y patética tensión, le dije: «Cuerpo infeliz, recobra -un soplo de vida, y dime quién te hirió, si fué alevosamente ó en -riña...» Junto á mí la voz de Calderón y otras murmuraban no sé qué, ó -discutían sobre si era suicidio ú homicidio. No apartaba yo los ojos -ni la mente de aquel tristísimo espectáculo. El juez me preguntó si -habíamos prevenido á la hermana del muerto, y entonces repitió Calderón -que Clotilde no sabía nada aún, y que era menester decírselo. Me enteré -de si podía yo presenciar la autopsia; respondiéronme que sí, y que se -haría en la mañana siguiente. Salimos con ánimo de volver, yo por lo -menos... Aún me parecía pesadilla horrenda lo que veían mis ojos, y -mi pensamiento volaba afanoso hacia las misteriosas causas, hacia la -acción determinante de aquella muerte. - -Al salir, vimos que se acercaba un coche. De él bajó una mujer. Era -la Peri, vestida de trapillo, con mantón y pañuelo por la cabeza, -guapísima, pálida como una muerta. Cuando nos vió, llegóse á nosotros: -su rostro dolorido expresaba terror y sobresalto. «Leonorilla—le dijo -Calderón,—no entres, no entres, que esto no es para tí...» La pobre -mujer me agarró el brazo, y me dijo en un tono que no olvidaré nunca: -«¿Quién le ha matado? ¿No sabe usted quién le ha matado?» - -El juez entonces le pidió sus señas para llamarla á declarar, y ella, -después de dárselas, prorrumpió en exclamaciones: «¡Pobre niño de mi -alma! Tan bueno, tan cariñoso, tan caballero, y tan persona decente... -¿Pero qué será esto? Lo que yo digo: faldas, faldas... ¡Ay! no tengo -valor para verle...» - -Apoyándose en el tronco de un álamo, derramó muchas lágrimas. - -Allí se quedó. Desde lejos la miramos, sentada al pie del árbol, vuelta -la cara hacia la puerta del Depósito. - -Después quisimos ver el lugar donde apareció el cadáver, y atravesando -todo Madrid, fuimos al paseo de Santa Engracia, más arriba de la -Fábrica de Tapices, donde hay unas casas modernas muy hermosas. Á la -izquierda ábrese una calle en proyecto, cortísima, que sólo tiene un -edificio á cada lado, y termina en terraplén, sobre un suelo mucho más -bajo. Para llegar á éste, hay que descender un vertedero de tierra -movediza. Aún había allí carros echando cascote y arena del vaciado -de casas en construcción. Á la derecha, vense chozas construídas -con adoquines gastados, tablas, planchas de calamina; detrás de -ellas, montones de basura; y delante de algunas, corrales cercados -por baldosas rotas, tablas y alambres sustraídos á las plazoletas -municipales; cubiles de cerdos entre los montones de paja; bastantes -gallinas picoteando aquí y allí. Todo aquello está en hondo, y debe -quedar sepultado cuando los terraplenes iniciados por una parte y otra -lleguen á unirse. En el centro de la hondonada corre un arroyo, por -donde las aguas van á parar á la alcantarilla. Próximo al arroyo, y en -la línea más avanzada de las tierras vertidas, encontraron el cuerpo. -«Aquí estaba,» dijo el juez, señalando con el bastón una mancha obscura -que podía ser de sangre. Los habitantes de las covachas dicen que -sintieron un tiro á eso de las siete de la noche... Un muchacho asegura -que vió venir á un hombre sin sombrero, por el vertedero abajo, y que -hablaba solo. - -«¿Y el sombrero no ha parecido? - -—Pareció á la entrada de la calle, junto á la valla de la casa en -construcción. Los vecinos no están de acuerdo en el número de tiros que -sonaron. Algunos no oyeron más que uno; otro asegura haber oído dos, y -no falta quien llegue á los tres y á los cuatro. - -—¿Y atestiguan todos lo mismo? - -—No: una muchacha habla de dos hombres, muy altos, muy negros, con unas -barbas muy largas y los sombreros echados sobre la cara... sombreros de -ala ancha. - -—¿Y el arma? - -—No hemos podido encontrarla todavía. El terreno es muy desigual, la -tierra blanda y movediza. Puede muy bien haber sido ocultada por los -escombros que se han vertido esta mañana. - -—¿Se ha interrogado á los habitantes de las casas vecinas, en el paseo -de Santa Engracia? - -—Sí; pero no dan ninguna luz. Los porteros del 17 triplicado, que es -la casa más próxima, no han visto ni oído nada.» - -Discutióse sobre si fué suicidio ú homicidio. Uno de los presentes, -que no sé si era el actuario, expresó la hipótesis de que el crimen se -había cometido en otra parte, habiendo transportado el cadáver hasta -arrojarlo por el vertedero. No sé por qué me pareció esto inadmisible. -Examinamos el suelo, en el cual vimos impresas tantas pisadas, que nada -se podía leer en él. Alguien dijo allí que aquel sitio era, después de -anochecido, muy solitario. Antes hubo en él una vereda que permitía -pasar desde Santa Engracia á la calle de Trafalgar; pero han cerrado -ya el paso con una valla, y ni un alma transita por allí de noche, á -excepción de los habitantes de las chozas, los cuales tampoco toman la -dirección del sitio en que apareció el cadáver, sino que se arriman á -la derecha. No hay alumbrado en aquel sitio, ni cosa que lo valga. - -Volvíme á casa. No pude almorzar. Sentía vivos deseos de visitar á -los de Orozco, y al mismo tiempo dábame espanto la idea de entrar -en aquella casa. ¡Oh, Dios! no podía apartar de mi mente la idea -(¡terrible y misteriosa presunción!) de que Augusta sabe la verdad. No -sé en qué orden de impresiones ó de corazonadas me había fundado yo, -la noche antes de conocer el suceso, es decir, la noche misma en que -debió de ocurrir la catástrofe, para dar por despejada la incógnita que -tanto me atormenta, y decir con efusiva y franca convicción: «Federico -es.» Como que al acostarme pensé escribirte mi primera carta en este -sentido, diciéndote: _eureka_... Me acuerdo de esto del _eureka_, y -de los razonamientos con que me propuse apoyar mis conclusiones. ¡Qué -lejos estaba de que mi carta primera sería escrita bajo una impresión -trágica! Estoy aturdidísimo. Déjame que coja el hilo que se me ha -escapado de las manos. Te decía que... ya me acuerdo... que no hay -quien me quite de la cabeza que Augusta sabe la verdad. Yo quería -observar aquella cara, aquellos ojos... ver si tiene entereza para -ponerse la máscara, y cómo engaña con ella á los demás, pues lo que es -á mí... - -Entré temblando. Yo debía de estar como un muerto. El primero á quien -ví fué Orozco, triste, pero sin perder aquella tranquilidad que tanto -admiramos en él. No calificó el caso de suicidio ni de homicidio. Fuera -lo que fuese, parecía atribuirlo á lances de juego. Acababa de llegar -de las Charcas con Malibrán, y los dos refirieron la impresión terrible -que les causó por la mañana el telegrama de Augusta participándoles el -terrible suceso. Hablóme después Tomás de la pobre Clotilde, y allí -me enteré, no sé por quién, de que ya sabía la muerte de su hermano. -Nos libramos, pues, del tremendo paso de darle la noticia. No me -atreví á preguntar por Augusta, á quien no veía en el salón ni en su -gabinete. Pronto supe que la desagradable sorpresa recibida por la -mañana, cuando Calderón le contó el caso, habíale producido una fuerte -jaqueca; hallábase acostada, y no quería ver á nadie. Comimos solos -Orozco, Malibrán y yo. Cornelio era el único que tenía un mediano -apetito; el santo comió poquísimo, y yo nada. Los tres callábamos. Á mí -se me humedecían los ojos á cada instante. El diplomático (digo esto -haciéndole justicia) me pareció sinceramente apenado, y añadiré que -por primera vez sentí dulcificarse la antipatía que siempre le tuve. -Tomás y él hicieron elogios del pobre muerto, encareciendo su extremada -delicadeza, su cariñoso trato, y lamentando que las irregularidades -de su vida le hubieran llevado á tan triste fin. No pude conservar mi -varonil entereza, y me eché á llorar como un chiquillo. - -Llegaron después algunos de los concurrentes de abono, á quienes noté -consternados, y como temerosos de abordar el asunto. Me parece (no -puedo asegurarlo) que Villalonga y Malibrán cuchichearon en un largo -aparte, mientras el marqués de Cícero me pedía relación circunstanciada -de lo que ví en el Depósito. Hablé de esto lo menos que pude. Otra -cosa reparé, y es que aquella noche no se habló de crimen. Bastante -teníamos con aquella realidad fresca y que nos tocaba tan de cerca. -Las emociones jurídicas del otro drama, antiguo ya y manoseado á -fuerza de representaciones, perdían su novelesco interés. Cisneros no -dijo una palabra del suceso, y observé en él una taciturnidad que por -completo le desfiguraba, presentándomele muy otro de como le había -visto siempre. El _Catón ultramarino_ dejaba en profunda paz á la -Administración de Cuba y á los picarones que van á explotarla. Todos -los temas de conversación, tan vivos y apetitosos otras noches, se -trocaban en insípidos fiambres. Pero el gran asunto, la novedad del -día, les imponía miedo, y no osaban tratarla. Te repito que la morriña -lúgubre de mi padrino me causaba no poca extrañeza. No era el mismo -hombre; una de dos: ó se ponía la careta, ó la arrojaba, mostrando -su verdadera faz. Pero aún ocurrió algo que debía dejar en mi mente -impresión más honda que todas las impresiones de aquel infausto día -inolvidable, el 2 de Febrero, día de la Candelaria. Ten un poco de -paciencia. - -Á eso de las once, díjome Orozco que Augusta quería verme. Sólo -había pasado la señora de Trujillo, que ya estaba de vuelta en el -salón, aguardando una coyuntura para echar con Calderón su parrafito -_criminal_. Entré en la alcoba de mi prima. El ruido leve de mis pasos -y de los de Orozco, que entró conmigo, me sonaba como si en mi vida -hubiera oído rumor de pasos. Ví á la dama echada en una silla larga, -bien tapadita. No había luz en aquella estancia, sino en la próxima, -y por entre las cortinas apenas penetraba la claridad suficiente para -que pudiéramos vernos las caras. Augusta me alargó la mano izquierda, -mandándome sentar á su lado. Su marido le preguntó cariñosamente si se -sentía mejor, y ella replicó que sí, preguntándole á su vez quién había -venido y cuál de los asiduos faltaba aquella noche. Un rato hablamos -los tres del caso de Federico, siendo ella la primera que lo mentó, -diciéndome: «¿Qué te parece esta tragedia?» Respondí con las frases de -cajetín, procurando observarle la cara; pero la obscuridad me impedía -distinguirla. Su voz sí que pude apreciarla bien. Tenía cierto temblor, -una empañadura ó sordina que delataba profundísima turbación. - -«Todavía no se me ha pasado el susto—dijo procurando templar su voz en -un timbre claro.—Esta mañana, al salir yo para misa, vino Pepe, y á -boca de jarro me disparó la noticia. Precisamente me cogía de muy mal -humor, porque pasé parte de la noche con la prima Serafina, que sigue -muy grave. Me parece que la perderemos pronto. Pues figúrate: en tal -situación de ánimo, un trabucazo así... Me afecté tanto, que no pude -salir de casa, y á poco me entró jaqueca. No puedo oir hablar de gente -que se mata ó á quien matan, sin que me ponga á dar diente con diente. -Y cuando se trata de una persona conocida... - -—¡Pobre muchacho!—indicó Tomás.—Tenía sus defectos como todo el mundo; -pero también grandes cualidades. - -—Cualidades que no son nada comunes, esa es la verdad—añadió Augusta -mirándome.—Es realmente un dolor... Le apreciábamos como te apreciamos -á tí, que eres de la familia. Tengo que advertirle á Pepe que aprenda á -dar estas noticias terribles con más tacto y de un modo gradual, no de -sopetón, como hoy... Me quedé muerta... Lo primero que se me ocurrió, -como siempre que me siento apenada y nerviosa, fué telegrafiar á éste -para que viniera. Tenía miedo de estar sola. Desde que te ví entrar -esta noche (mirando á su marido cariñosamente), me pareció que se me -disipaba el miedo. Voy recobrando la serenidad, y si se me hubiera -quitado esta puntadita de clavo, estaría tan campante recibiendo á mis -amigos...» - -Yo me condolí acerbamente del desgraciado fin de mi amigo, y Augusta -dijo, ya con la voz más segura: «¡Dios le haya perdonado! ¡Pobrecito! -¡Qué extravíos, qué conflictos, qué desórdenes de la vida le habrán -llevado á ese desastre!» - -No sé qué respondí. Pensaba en aquel momento que mi prima me había -llamado para decir todo aquello delante de mí, como se trae á un -testigo para dar fuerza legal á manifestaciones de importancia. Pensé -también que aseguraba su coartada con aquello de acompañar á la tía -Serafina. Orozco dijo que no debíamos aventurar juicio alguno sobre -los móviles de la muerte de Federico, ni aun sobre la muerte misma, -que hasta aquel momento permanecía envuelta en el misterio; y dicho -esto, se fué, dejándome la impresión de que le preocupaba el suceso -más de lo que á primera vista parecía. Cuando nos quedamos solos, -Augusta introdujo diplomáticamente en la conversación una idea extraña -al asunto capital de aquella noche. No sé qué me dijo de si se casaba -ó no al fin con el artillero la chica segunda de Pez, y volvió á caer -con repentino salto sobre el trágico tema, diciéndome: «¡Vaya, que esto -da que pensar! Pero tú que eras quizás el único algo conocedor de las -interioridades de su vida, ¿no tienes antecedentes para descubrir...? - -—Al enterarme de esta desgracia—contesté presentando la versión más -vulgar para ver si la aceptaba con alegría,—pensé que alguna pérdida de -juego ha podido ser la causa. - -—¿Pero qué?—apuntó con viveza, huyendo, la muy pícara, de la trampa que -yo le tendía,—¿está averiguado que fuera suicidio? Mira tú, juzgando -sólo por impresión, yo me inclino á creer que no. - -—Fácil es que la justicia lo ponga en claro; y si acaso resultase... - -—Para mí—afirmó con aplomo interrumpiéndome,—lo que hay aquí es un -choque por cuestiones de mujeres. Ya tienes noticia de las francachelas -escandalosas en casa de esa que llaman la Perri ó la Pera ó no sé cómo.» - -Parecióme que daba este giro al asunto para despistarme, á fin de que -yo no pudiera sorprenderle los pensamientos. - -«Tú lo sabes—me dije llena el alma de amagura;—lo que pasó tú lo sabes, -tú sola. Si alguien le dió muerte ó se la dió él mismo, tú lo sabes, -porque delante de tí ocurrió la espantosa desgracia, como quiera -que fuese.» En alta voz dije que no sospechaba que Leonor tuviera -conexiones con el misterioso hecho, y ella repitió que en el mujerío de -mal vivir y en el juego, fatalmente combinados, hay que buscar siempre -las causas de estos dramas. Yo le miraba el rostro, considerándolo -como un espejo en cuya superficie la terrible escena había estado -reproducida durante breves instantes. ¡Cuánto habría dado yo porque -de la imagen aquélla subsistiese algún rasgo en la cara-espejo! Pero -si algo había, no me era fácil verlo á causa de la obscuridad. Ni -podía tampoco examinar sus expresivos ojos, que alguna sombra fugaz -reproducirían tal vez de lo que en la mente se conservaba fielmente -estampado. Hube de reparar después que se movía inquieta, procurando -envolverse mejor en su cachemira, y que en aquellos movimientos de -precaución ni una sola vez sacó la mano derecha. Parecíame que la -ocultaba entapujada. - -«¿Qué tienes en esa mano?—le pregunté vivamente. - -—Nada. Ayer me quemé un poco, lacrando una carta. Pero no es nada. Para -evitar el roce, me defiendo la quemadura con el pañuelo.» - -Dió más explicaciones; pero lo que es la quemadura no me la enseñó. - -«Pues verás—le dije después de una pausa:—si la justicia no descubre la -verdad de lo ocurrido, yo la descubriré.» - -Parecióme que no se inmutaba al oir esto. Por fin me contestó: - -«Yo creo que la justicia lo pondrá bien en claro, Manolo. No te metas -á polizonte, no vaya á pasarte lo que á esos que se proponen descubrir -el crimen de la calle del Baño, y han armado ya un lío que nadie se -entiende.» - -Calló, y se puso á mirar al techo. Yo la contemplaba á ella sin -pestañear. Hubo un instante, te lo declaro ingenuamente, en que me -inspiró aquella mujer un horror que no puedo pintarte. Impulso sentí -de arrojarme sobre ella, y echarle las manos al pescuezo, gritando: -«Confiesa tu crimen; confiesa que por tu culpa ha perecido ese infeliz -hombre. Revélame la verdad, ó te ahogo aquí mismo.» Desvanecióse pronto -aquel arrechucho, sin que llegara, por fortuna, á pasar de la idea á la -acción. Pero mi exquisita impresionabilidad determinó al instante otro -fenómeno anímico, y fué que me asombraba de haber amado á semejante -mujer. No: en aquel momento, habría jurado yo que la aborrecía y la -despreciaba con todas las fuerzas de mi alma. La pasión que sentí -por ella se me representaba como uno de esos estímulos de nuestro -amor propio, que nos llevan á situaciones y actitudes enfáticas, de -las cuales nos arrepentimos en cuanto caemos en la cuenta de que no -arrancan del fondo efectivo de nuestro sér. - -Hablamos luego de cosas indiferentes, y me retiré pensando que vivimos -en una sociedad esencialmente dramática; sólo que el barniz de cultura -que nos hemos dado encubre el drama en las esferas altas, dejándolo -sólo descubierto en las inferiores. - -Salí de allí con el alma destrozada, y me marché temprano de aquella -casa, á la que empezaba á cobrar aborrecimiento. - -Pasé muy mala noche... Mi cama toda llena de agujas. - - - - -XXX - - _5 de Febrero._ - - -Asistí á la autopsia. ¡La de cosas que hay dentro de este mísero -cuerpo humano! ¡Espantosa lección de anatomía! No la olvidaré mientras -viva. El cadáver tenía varias contusiones y dos heridas de revólver: -una en la frente, y otra en el costado izquierdo. En la primera, la -bala atravesó el cerebro y fué á salir por la región occipital. Era -mortal de necesidad. La segunda, que interesaba el hígado, también era -mortal, aunque no de muerte inmediata. La bala había ido á incrustarse -en una vértebra. Además, se observó una fuerte erosión en el brazo -izquierdo, y los dedos de ambas manos desollados. Hubo, pues, lucha. -Creo que no hay datos suficientes para probar el suicidio; pero veo -al juez inclinado á admitirlo como un hecho. Ha tomado declaración -á los habitantes de las covachas, y no resulta nada preciso. Es un -cúmulo de testimonios vagos y contradictorios, que más bien sirve para -confundirnos que para iluminarnos. La indagatoria de los porteros -de las casas próximas tampoco ha dado luz. ¡Esto es morir!... Las -lentitudes de la justicia y la falta de policía me desesperan. Se me -ocurren mil recursos probatorios que de seguro darían resultado; pero -ese juez, ¿en qué piensa?... Obraré por cuenta propia. De los pasos -que he dado y que pienso dar para conocer la verdad por mí mismo, sin -auxilio de polizontes, te enteraré oportunamente. - -Déjame ahora seguir contándote. Cuando fuimos á la autopsia, el 3 por -la mañana, nos encontramos á la Peri, sentada al pie del mismo árbol en -que la habíamos visto el día anterior. Su cara descolorida y ojerosa -revelaba cansancio y falta de sueño. Como que había pasado allí toda la -noche la infeliz. Contónos que al fin había tenido valor para penetrar -en el Depósito, _pasito á pasito_, procurando quitarse el miedo de un -modo gradual. Acercóse despacio á la puerta; alargó la cabeza hasta que -pudo distinguir un pie de Federico; después fué avanzando lentamente, -viendo más, más á cada instante... hasta que su ánimo se robusteció -y pudo arrostrar el espectáculo del cadáver completo, de pies á -cabeza. Aun con estas precauciones, no pudo evitar una súbita emoción -dolorosísima al verle la cara... y se cayó con un poquitín de síncope, -y el guarda la tuvo que levantar. Mientras se lo permitieron, estuvo -allí, rezando, según dice; después mojó un pañuelo en la sangre que -destilaba del cráneo del difunto, y cortándole mechones de pelo, los -guardó en otro pañuelo. Mostrábame estas reliquias mientras lo refería. -Cuando el guarda la hizo salir, porque ya era tarde, sentóse junto al -árbol, decidida á quedarse allí toda la noche, _velando á su amigo de -su alma_. ¡El pobrecito estaba tan solo en aquel muladar, olvidado de -todo el mundo! Daba dolor ver arrojado sobre aquella mesa, compuesta de -una losa de mármol sobre cuatro patas de hierro, el cuerpo del hombre -que había sido alegría y encanto de la sociedad. No lo dijo así la -Peri, pero tal fué su idea. Recuerdo esta frase: «¡Y los otros allá, -divirtiéndose, y quizás alegrándose de haberle quitado de en medio! -¡Canallas!» - -Pues, como te digo, la noche entera pasó Leonor en campo raso, al -amparo del olmo sin follaje, arrebujadita en su mantón. Á la madrugada, -diéronle albergue los habitantes de un ventorrillo cercano; tomó -un trago de aguardiente, después buñuelos y encima otro poquito de -aguardiente. Con esto se entonó, y vuelta á la guardia. Al amanecer, -no podía con su alma, de sueño, cansancio y pesadumbre. Todo esto nos -lo contaba con ingenua naturalidad, sin dar importancia al plantón ni -á las molestias del mal dormir en cama tan dura; y como el forense, á -quien acompañábamos, se permitiese decirle alguna cuchufleta sobre la -soledad en que se habían quedado sus amigos de Madrid aquella noche, -contestó con gran desembarazo: _que se fastidien_, agregando á la -frase un gesto sumamente expresivo. Enterada de que iba á verificarse -la autopsia, se horrorizaba de pensar cómo le pondrían el cuerpo y -la cabeza á su pobre amigo. «¿Y para qué semejante carnicería?—Más -vale que te vayas—le dije yo,—que estas cosas son muy tristes.» Pero -ella, haciendo propósito de no presenciar el _desmoche_, aunque se -lo permitieran, dijo que no se retiraría á su casa hasta no dejar el -cuerpo de su amigo en tierra sagrada, y echarle encima un buen Padre -Nuestro. - -Al salir del terrible acto médico-legal, la encontré en el propio -sitio, llorando. Suplicóme que le contara los horrores que yo había -visto; pero hallábame tan impresionado, que apenas pude complacerla. Su -curiosidad me estimulaba á hablar, y hacíame preguntas que me dejaban -frío. ¿Le abrieron la cabeza? ¿Qué tenía dentro? ¿Se había visto bien -claro que era el mejor caballero del mundo?—No, mujer, eso no se puede -ver.» Preguntaba luego si le habían sacado el corazón, y cómo era. -Debía de ser, según ella, un corazón grandísimo, tan grande que no le -cabía dentro... Me lastimaban tanto las candorosas interrogaciones de -aquella mujer, como si sintiera en mis carnes las cuchillas del forense -haciendo mi propia autopsia. Admiré en Leonor aquella fidelidad de -perro, y la pobre mujer se engrandecía á mis ojos. - -El entierro se verificó en el cementerio de San Justo. Fué Santanita -representando á la familia, y con él dos personas á quienes yo no -había visto nunca. Eran el marido de Claudia y el de Bárbara, ambos de -catadura humilde. Habían dispuesto lo necesario para que el entierro -fuera decoroso, y trajeron, en un coche de la _Funeraria_, todo lo -que hacía falta para el caso. Por no ser posible vestir de nuevo el -cadáver, le envolvieron en sábanas, dejándole descubierto el rostro, y -nada más se hizo, ni había para qué. Cuando ya salíamos del Depósito, -llegaron el marqués de Cícero, Villalonga y otros amigos. El cortejo -fúnebre no excedía de quince personas y de seis ó siete coches. -Recorrimos en breve tiempo y á paso regular el camino del campo-santo. -Nos apeamos. Seguimos tras el ataúd por aquellos tristísimos patios -rodeados de nichos. Leonor y yo íbamos á la cola del reducido -acompañamiento; pero en el acto del sepelio me aproximé, y ella se -quedó á cierta distancia, llorando. Era la única persona, entre todos -los presentes, que mostraba un dolor vivo, hondo, inconsolable; pues -los demás, incluso Santanita, sólo expresaban duelo de etiqueta, y en -algunas caras se podía leer esa conmiseración oficial, mezclada de una -crítica severa, que si se tradujese en palabras resultaría así: «¡Pobre -perdis! no podías tener otro fin que el que has tenido. Dios te haya -perdonado.» - -Nada te diré de lo triste del acto. Puedes figurártelo y comprenderlo, -conocidas las circunstancias del difunto y su desastrada muerte. Ni -te hablaré de las _ideas que se agolpaban á mi mente_, ni del lúgubre -sonido de la caja al caer en el fondo de la fosa. Todo esto, aunque es -verdad, no te expresaría bien lo que yo sentía. Además de la pena de -ver desaparecer para siempre á un amigo simpático y amable, me afligía -el considerar que con él enterrábamos el indescifrado enigma de su -fin lastimoso; que Federico, al caer dentro de la sepultura y recibir -encima la tierra, echaba la llave al secreto, y nos daba las buenas -noches de la eternidad con cierto humorismo lúgubre que me helaba la -sangre: «Adiós, tontos. La solución en el valle de Josafat.» - -Salimos de allí hablando del muerto en los términos trillados, fríos, -casi indiferentes que es costumbre usar. Unos á otros nos preguntábamos -por nuestra preciosa salud, quejándonos del mal tiempo que hacía, -voluble y desigual, _impropio de la estación_, y echándole la culpa de -nuestros achaques. Nos distrajimos viendo llegar más entierros, con -bastantes coches, y en ellos algunas personas conocidas, á quienes -saludamos, alegrándonos de verlas vivas. Por las rondas descendían -largos rosarios de carruajes en dirección á los distintos cementerios. -Á lo lejos se nos presentaba, como invitándonos á vivir un poquito -más, la loma de Madrid con cien cupulillas, bajo un cielo claro, -transparente, bruñido. El sol lucía espléndido, y picaba bastante. De -los árboles secos y desnudos no te diré que me parecieron esqueletos, -ni que choqueteaban sus ramas con lúgubre son, porque faltaría á la -verdad. El día era de los más bonitos que se ven aquí, frío á la -sombra, ardiente al sol; día que amenazaba la existencia con dos -espadas paralelas: la pulmonía y el tabardillo. - -Nos metimos en nuestros carruajes, y á Madrid. Mira tú lo que son las -cosas: la imagen del pobre Federico, envuelto en la sábana y metido -bajo tanta tierra, no se apartaba de mi pensamiento; pero se iba -quedando lejos, muy lejos, desvaneciéndose un poco á cada vuelta de -las ruedas del coche. En el mío traje á Calderón y á la pobre Peri, -que se había secado las lágrimas y parecía más tranquila. Calderón es -hombre indelicado é inoportuno, y creía sin duda que la mala reputación -de Leonor le autorizaba para hacer burla de sus sentimientos, -permitiéndose dirigirle chirigotas de mal gusto en ocasión tan triste. -«Dime, ¿estás todavía con el malagueño, ó has vuelto con Guillermón?» -Contestóle ella con desprecio, y á mí, francamente, me indignaba -la grosería de mi amigo y su falta de respeto hacia lo que siempre -es respetable, hállese donde se hallare. Poco hablamos durante el -trayecto. Yo no hacía más que mirar á la Peri, contemplando con -arrobamiento su rostro dolorido dentro del pañuelo atado á la chulesca. -El insomnio y la tristeza la hacían más bella, ó á mí al menos me lo -parecía. No te oculto nada de lo que siento, aun sabiendo que tal vez -te burlarás de mí. Por eso te digo que la mujer aquélla me pareció -interesantísima, y que me gustaba, sí, me gustaba; sentía en mí una -propulsión misteriosa que hacia ella de la manera más espiritual me -lanzaba. Mi dichosa impresionabilidad me iba armando ya una de esas -tremolinas pasionales que tan comunes son en mí. No paraba mientes en -la clase de mujer que es; no quise ver más que el sentimiento noble, -puro y acendrado que mostrado había, sin mezcla alguna de afectación, -y la admiraba con toda mi alma. Tras la admiración vino no sé qué -respeto; sí, respeto, no te hagas cruces. ¿Por qué no hemos de dar á -las cosas su nombre? Yo veía en ella un calor de sentimientos que me -era muy simpático, y entráronme ganas de arrimar á aquel rescoldo mi -existencia espiritualmente solitaria y aterida. «Leonor—le dije, cuando -nos aproximábamos á su casa, en la calle de Preciados, después de haber -dejado á Calderón en la suya,—yo tengo que hablar contigo, y si me lo -permites, ha de ser hoy mismo, ahora mismo. Te convido á almorzar. -Iremos á donde tú quieras.» - -No sé si el móvil que me impulsaba á hablarle así era un vivo deseo de -estar á su lado, ó el propósito de interrogarla sobre ciertos hechos, -referentes á Federico, que deseaba esclarecer, á fin de instruir con -buenos fundamentos mi sumario. Creo que serían ambos móviles á la vez -los que determinaron mi aproximación á aquella mujer. Aún le dije más: -«Tú eres muy buena, Leonorilla, y yo necesito entenderme contigo sin -tardanza; te necesito como amiga y como reveladora de ciertas cosas que -deseo saber. - -—No sé si podré—replicó sonriendo.—_Ese_ debe de estar quemado, -esperándome.—Suba usted y almorzaremos juntos... ó nos iremos á donde -usted quiera... con tal que me dejen.» - -Subimos. En la casa no había ningún hombre, lo que á ella pareció -contrariarla, y á mí me fué muy grato. La criada enteró á Leonor de -todo lo ocurrido en su ausencia, y creí entender que alguien estaba -hecho un veneno por ausencia tan larga. Habían salido en su busca... -habían dado parte al alcalde de barrio. Leonor se reía. Quedéme solo -en la sala, y desde allí la sentí trasteando en su gabinete; oí -rumor de lavatorio, criada y ama rezongando. Pronto entró la chavala -transformada en mujer elegante, con una bata preciosa y chinelas rojas. - -«Supongo—me dijo,—que usted desea saber algo de ese pobrecito...» - -Se le humedecieron de nuevo los ojos, y sentándose junto á mí en la -actitud más honesta, añadió: «Era, me lo puede usted creer, el primer -caballero del mundo, y la persona más decente que había en Madrid.» - -Apoyé sus afirmaciones con un movimiento de cabeza. Después me sonreí -al oirle esto: «El día antes sabía yo lo que iba á pasar. Eché las -cartas, y en _lo que esperas_, salió el siete de espadas, _muerte -segura_, con el dos de copas, _sorpresa_, por causa de _la mujer de -buen color_... - -—¿Pero es posible que tengas fe en esas paparruchas? - -—No me han fallado nunca. Sale siempre clavadito todo lo que rezan las -cartas. Aquí estuvo el infeliz el día mismo del caso. No sé si debo -contarle á usted lo que habló conmigo, que fué muy poco. Cuando el juez -me cite, saldré del paso con cuatro papas; pero con usted, si me da -palabra de callarse, seré más franca. Federico y yo éramos amigos, pero -amigos... no sé cómo explicárselo... vamos, que no teníamos nada, que -no había nada entre él y yo... En otro tiempo, sí, nos quisimos; pero -ya... Eramos lo mismo que los matrimonios viejos... Como ilusión, no -la había... Le juro á usted que no me tocaba. Pero nos teníamos mucha -ley, nos apreciábamos, y yo me aconsejaba de él, siempre que me veía en -alguna situación mala, y él de mí. - -—¡El se aconsejaba de tí, de tí! ¿Cómo?... Explícame eso... Pero vamos -por partes y no nos aturrullemos. Claridad, orden ante todo. Lo primero -que deseo saber, y tú podrás decírmelo, es si Federico tuvo grandes -pérdidas en el juego estos últimos días. - -—No, no: todo lo contrario. La noche antes ganó muchísimo dinero, pero -muchísimo... Al juez le diré sobre esto lo que me parezca, lo que no -comprometa el buen nombre del pobre difunto. - -—Sí; pero á mí me dirás cuanto sepas, todo absolutamente. Yo te -guardaré el secreto, Leonor, y seré tu amigo... amigo, como lo fué él. - -—Dificilillo es eso—me dijo sonriendo con tristeza, y mirándose las -uñas.—Habrían de reunirse muchos perendengues. Esto viene de muy lejos, -señor mío. Yo podré, en un abrir y cerrar de ojos, prendarme de un -hombre y él de mí, y querernos más ó menos tiempo; pero una amistad -como la que teníamos aquél y yo no es cosa de tres ni de cuatro días. - -—Pues todo has de contármelo—repetí, devorado por la curiosidad,—y -pronto. - -—No vaya usted tan de prisa... Y además, hay cosas que no sé si debo -decirlas. Son muy delicadas, y si usted no las entiende bien, podría -pensar mal de nuestro amigo. No todos comprenden bien lo que pasa. Hay -cosas... cosas, ¿eh? que parecen muy malas, y no lo son. - -—Cierto; pero se me figura que yo entenderé todo lo que tú me confíes, -y que la buena memoria de mi amigo no perderá nada por eso. Ahora, -lo primero que has de decirme, y en ello sí que no puede haber -aplazamiento, es lo que piensas tú de esta desgracia... ¿Qué ha sido? -¿Cuándo la supiste? ¿Qué dijiste al saberla? Nadie como tú le conocía -á él; nadie como tú estaba al tanto de sus trapisondas... Tu opinión -sobre esta muerte es de grandísima importancia, Leonor.» - -Al hacerle la pregunta, interrogaba yo también la expresión de su -rostro. La ví compungirse y llorar de nuevo. Enjugándose las lágrimas, -me respondió con voz entrecortada: - -«No sé, no sé... pero para mí... Á Federico le han matado... Eso de -que se mató él... qué sé yo... me parece invención de la justicia -para tapar la verdad. ¡Pobrecito de mi alma, tan bueno, tan leal, tan -persona decente! ¡Maldita sea la muy pilonga que tiene la culpa! - -—¿Luego tú crees que aquí hay mano de mujer, ó influencia de mujer? - -—Crea usted que sí la hay... Si el juez me pregunta sobre esto, me haré -la tonta; pero yo tengo acá mi idea, y no hay quien me la quite. - -—¿Cuál es tu idea?... Yo quiero saberla... - -—Hay mujeres muy remalas. - -—Eso es verdad; pero lo que falta saber es qué remala mujer ha andado -en esto.» - -Leonor dió un gran suspiro; se miró otra vez las uñas, lo que hacía -siempre que meditaba, y por fin me dijo en voz queda: - -«¿Para qué me lo pregunta, si usted la conoce mejor que yo?» - -No quise pronunciar el nombre que flotaba en la confluencia de nuestras -palabras. Tan sólo dije: «¿Federico te habló de esa mujer alguna vez, -te dió cuenta de sus amores con ella? - -—Nunca, nunca—declaró la Peri con cierta dignidad.—Le juro á usted que -nunca me dijo nada. Era tan delicado, que en esta casa jamás pronunció -el nombre de las señoras que se chiflaron por él. Y cuando yo quería -tirarle de la lengua, me lo negaba, crea usted que me lo negaba... - -—¿Entonces, cómo sabías tú...? - -—Lo sabía por otro lado; lo sabía... porque sí... como se saben muchas -cosas. - -—Bueno. Dejemos el origen de tu conocimiento. ¿Y en qué te fundas para -creer que le mataron? - -—Es corazonada... pero que no me engaño—respondió con acento convencido -y picaresco.—Tan cierto es lo que pienso como éste es día... Yo me -guardaré mi idea. No quiero confiársela á nadie. - -—¿Ni á mí tampoco? - -—¿Para qué? No hemos de poder probarlo. Si hablo de esto, podrían -vengarse de mí. - -—Bueno, pues dime una sola cosa, una sola, y no te pregunto más. ¿Crees -tú que Federico murió á mano de hombre? - -—Claro: de hombre... - -—Me basta.» - -Te refiero este diálogo, del cual poca substancia sacarás, para -que comprendas la confusión de mis ideas. No quise insistir en mi -interrogatorio; y como las necesidades corporales, por lo avanzado de -la mañana, se nos impusieran, á entrambos se nos ocurrió que nada es -tan inconveniente para los altos fines humanos como pasarse todo un día -sin almorzar. Nuestra pena misma exigía la reparación orgánica, y hasta -el intrincado problema que nos inquietaba pedía fuerzas materiales -para ser tratado con la debida entereza y formalidad. Porfiaba ella -en que almorzáramos allí; yo que en el _restaurant_. Venció por fin -el sexo débil, y pasamos al comedor. ¿Acabaré de ser sincero contigo? -Pues sí, ¿por qué no? Aquella mujer me tenía fascinado: ante mí se -agigantaba, no sólo por su belleza, sino también, y más quizás, por -no sé qué aureola moral que mi mente voluntariosa veía ó quería ver -en ella. Nada, hijo de mi alma, que estaba yo enamorado... no retiro -la palabra, enamorado de la Peri, y deseando manifestárselo; y has de -saber también que lo que en mí sentía era muy por lo fino, algo de -galantería caballeresca y sentimental que me andaba por dentro como -lucida procesión, y... no sé qué más decirte. - -Dejo la conclusión para otra carta, porque estoy fatigadísimo, y no -puedo concluir sin llenar un pliego más. Hasta mañana. - - - - -XXXI - - _7 de Febrero._ - - -¿Creerás tú que el almuerzo acabó en bien; que mi fascinación llegó á -su apogeo, y que con el estímulo de los manjares y bebidas, me lancé á -manifestar mis sentimientos, y alcé los amantes brazos y cayó en ellos -la Peri, pagándome mi respetuosa afición con otra de la misma calidad ó -quizás menos pura? ¡Quiá, no seas tonto! Si te has creído esto, bórralo -de tus papeles. Ambos estuvimos muy desganados de todo, muy tristes. -Advierte ahora, en lo que vas á leer, de qué manera se enlazan en la -vida las cosas tristes con las cómicas, y cómo nuestros propósitos y la -realidad andan ó suelen andar á la greña. - -No habíamos concluído nuestro almuerzo, el cual, dicho sea entre -paréntesis, fué bastante irregular, como hecho en casa no muy bien -regida, cuando vino á torcer el rumbo de mis alambicados pensamientos -la brusca entrada de un sujeto conocido en el mundo de la galantería -con el remoquete de el _pollo malagueño_. Supongo que no irás á buscar -esta celebridad en el Vapereau, en el Larousse, ni en ninguna otra -enciclopedia. No la busques porque no la encontrarías, lo que no quita -que sea celebridad incontestable, al menos aquí, y que le conozcamos -todos, unos de vista, otros de trato, como yo, por desgracia. Te -presento á este chulito de buena familia y mejor sombra, un poco -torero, un poco aristócrata, un poco borrachín, tan ligero de palabras -como torpe de entendimiento, guapo, eso sí, aunque afeminado, pies y -manos de mujer, el cuerpo muy espigadillo, el pelo sobre la oreja, y -un bigotito que parece de seda negra, los ojos como soles; hombre, en -fin, á quien yo, siempre que le veo, daría de buena gana dos patadas -en semejante parte, y te juro que no se las dí en aquella ocasión por -respeto á la que no vacilo en llamar... ríete, hombre, ríete hasta -mañana... _dama de mis pensamientos_. - -Pues, señor, lo mismo fué entrar el tal pollo que... ¿Crees que se armó -una gran marimorena, que la Peri y su amante se enzarzaron de palabras, -que luego el chulo y yo nos liamos, y...? No, hombre, ten paciencia; -no hubo nada de esas _trigedias_ que en lenguaje filosófico se llaman -_broncas_. Me parece que Leonor le saludó con un _¡hola, perdis!_ -_¿ya estás aquí?_ Pero no estoy seguro de si dijo esto, ó simplemente -_¡válgame Dios, lo que está aquí!_ En la duda no apuntes nada, no sea -que después, en las edades futuras, armen los historiadores un cisco -por dilucidar los verdaderos términos de esta importante salutación. - -De lo que sí no me cabe duda, y esto puedes consignarlo con toda -solemnidad, es que Pepe Amador, que tal es su nombre, llegóse á su -querida, é hizo ademán de darle un sopapo, en broma se entiende, con -actitud entre cariñosa y enojada, rebuznando así: «¡Miá que too un día -y toa una noche! ¡Pamplinosa...! ¿pa qué esos papeles, si tú no eras -ná del cadáver?» - -Leonor se dejó acariciar de aquel gaznápiro, y volviéndose á mí me -dijo: «Vamos, dígamelo usted con franqueza. ¿No es un disparate que yo -esté tan chalaíta por este animal?» - -Iba á contestarle que, en efecto, el disparate era de los más gordos; -pero no dije nada. Amador me saludó de un modo servil, con extremos de -amistad, á que yo nunca había dado pie, porque el tipo me repugnaba. No -manifestó en aquel instante la más ligera inquietud por mi presencia, y -creo que aunque hubiera tenido celos de mí, se habría guardado muy bien -de manifestarlos. Sentóse el chulapo junto á ella, y pronto empezaron -á ponerse babosos, lo que me enfadó sobremanera. No comprendía yo, -ciertamente, que una mujer de mérito... digo de mérito y no me vuelvo -atrás, porque todo es relativo en este mundo... pues sí, no comprendía -que una mujer de calidad amase á semejante gandul. En las ternezas y -recriminaciones que ella le dirigió, creí notar confundidos el cariño y -el desprecio. Analiza esto, hombre sesudo, si no te causa empacho. Yo -te diría algo sobre el particular si tuviera humor para entretenerme en -tales tontunas. Ya comprenderás que no me haría maldita gracia el gorro -que intentaban ponerme aquel par de peines, y quise retirarme. Leonor -se opuso, diciendo á su chico que tuviera formalidad. - -Y ahora, procediendo con esa lógica que los sabios llamáis inflexible, -creerás sin duda que ante el amor de la Peri por aquel tipejo, ante -el espectáculo de las gansadas de él y de las zalamerías de ella, me -desilusioné de golpe, y que, súbitamente, me repugnó la que antes me -parecía tan seductora. Crees esto, ¿verdad? Pues no señor, no fué así. -Esas son las lógicas de los trataditos de Ética; las del humano corazón -suelen ser ¡ay! muy distintas. Te diré, pues, que contraviniendo toda -ley escrita, la chavala siguió atrayéndome y fascinándome, y sus -debilidades manifiestas no me quitaron la ilusión de aquel extraño -resplandor moral que creí ver en ella. Esto te parecerá un ciempiés; -pero como es te lo cuento, y con la realidad no se gastan bromas. - -Despedíme dos ó tres veces, y otras tantas Leonor y su querindango me -retuvieron. En una de éstas el muy tonto se permitió dar su opinión -sobre el suceso del día, contándonos lo que había oído en la esquina -del Suizo, en la Taurina y en otros centros de instrucción y cultura. -La versión recogida por Amador no podía ser más extravagante. Federico -había sido muerto por Orozco. - -«¡Qué barbaridad!—le dije:—¡si Orozco estaba aquella noche en las -Charcas...! Me consta. - -—Pues un amigo mío—replicó el chulo con la seguridad de la barbarie,—me -ha dicho que vió á don Tomás á las once de la noche, en una calle que -desemboca en el propio lugar del crimen. Iba bien embozado en su capa, -con otro chavó. ¿Y esa?» - -Yo me reí. La Peri también se rió, aunque con afectación notoria, como -intentando encubrir su pensamiento. No quise entrar en discusiones -sobre punto tan delicado, y me retiré, prometiendo á Leonor que -volvería á charlar con ella, cuando pudiese consagrarme un rato largo, -pero muy largo. Convinimos en que me fijaría sitio, día y hora, y me -marché por esos mundos de Dios en busca de las impresiones públicas y -callejeras que no habían de faltar. - -En las tres ó cuatro partes á donde fuí no se hablaba de otra cosa. -Fácilmente comprenderás que un asunto de tal naturaleza, formado -de misterio y escándalo, ha de excitar vivamente la chismografía -de la raza más chismográfica del mundo; raza dotada de fecundidad -prodigiosa para poner variantes á los hechos y adornarlos hasta que -no los conoce la madre que los parió; raza esencialmente artista -y plasmadora, que crea casos y caracteres, formando una realidad -verosímil dentro y encima de la realidad auténtica. Ante un suceso -de gran resonancia, todo español se cree humillado si no da sobre él -su opinión firme, tanto mejor cuanto más distinta de las demás. Oí, -como puedes figurarte, explicaciones razonables; otras novelescas, -aunque dotadas de esa verosimilitud propia de las obras de imaginación -escritas con talento; algunas estrafalarias, pertenecientes al género -de entregas, de esas que, llenas de chafarrinones, se te meten por -debajo de la puerta. Todo lo oí con paciencia y atención, pues hasta -los mayores desatinos deben, en casos tales, oirse y sopesarse para -obtener la verdad. Personas encontré que se cebaban en el asunto con -brutal fiereza, ávidas de hincar el diente en reputaciones hasta -entonces intactas; otras que se inclinaban á lo más atroz, arriesgado -y pesimista, y algunas que, gustando de tomar el simpático papel de -la sensatez entre tanto delirio, proponían las versiones más anodinas -y triviales; pero en honor de la verdad, debo decirte que éstas -hacían pocos prosélitos. La multitud se iba tras los que arbolaban -estandartes rojos y llamativos, con algún lema muy escandaloso; tras -los que anunciaban su tesis con tambor y cornetín como si exhibieran un -fenómeno en las barracas de una feria. De todo esto, querido Equis, he -de darte cuenta detallada, cuando yo esté más sereno, y tú menos harto -de mí. - -Dispénsame que no siga ésta; pero ya ves que el día ha sido de prueba. -Júzgalo por el índice que á la carrera te trazo, y que parece el -sumario de un capítulo de causa célebre: Autopsia.—Entierro.—Mi pasión -por la Peri.—Almuerzo en casa de ésta.—Amador.—La opinión pública ó la -confusión de las opiniones.—Abur, y date buena vida, que esto es lo -único que se saca en limpio en nuestro breve tránsito por el más malo y -el más tonto de los planetas. - - - - -XXXII - - _9 de Febrero._ - - -Hoy, amigo mío, tengo que contarte algo muy importante; y como vivimos -en plena atmósfera novelesca, porque cada quisque, con motivo de este -suceso, inventa, zurce y enjareta argumentos más ó menos aceptables, -se me ha pegado algo del amaneramiento artístico, y aspiro á excitar -en tí el interés de lector, contándote los hechos sin seguir la serie -de los mismos, esto es, empezando por el medio, para caer luego en -el principio y saltar de éste al final, concluyendo tal vez con -vaguedades, interrogaciones ó puntos suspensivos en que haya conjeturas -para todos los gustos. - -Pues verás: mi padrino me mandó llamar ayer. Supuse que quería tratar -conmigo del trágico fin de Viera, y así fué. Nunca he visto al buen -Cisneros como ayer le ví. Se distraía, se le iba el santo al cielo á -cada instante. Visibles eran sus esfuerzos por disimular una turbación -hondísima; pero no podía conseguirlo. Se encasquetaba la burlona -máscara, que sabe usar como ninguno cuando le place; mas ni por esas. -La turbación le salía por los ojos en destellos fugaces, por la boca en -monosílabos y expresiones entrecortadas. - -«Es una indecencia la opinión en este país—me dijo temblando de -ira.—No respetan nada... Esto es un escándalo.» - -Enseñóme varios periódicos que daban cuenta del crimen, haciendo -alusiones veladas á la familia de Orozco. - -«Es cosa de ir y romperles la cabeza á esos miserables. - -—Poco á poco, don Carlos—le respondí.—Estas cosas que antes eran la más -sabrosa golosina de usted, ¿por qué ahora le enfadan tanto? - -—¡Oh! no, no: si yo no niego que la sociedad está pervertida; que todo -lo malo, por el solo hecho de ser malo, es verdad—indicó recobrando su -papel;—pero si cojo á uno de esos periodistas, tendría mucho gusto en -darle un estacazo... Conste que yo sostengo lo que siempre sostuve. -Pero no confundamos las cosas. Si al tronera de Federico le da la vena -de matarse, ¿tiene esto que ver con mis hijos? Ya sabes que no tengo -cariño á Orozco; pero eso no quita para que... En fin, que me da la -gana de indignarme con estas infamias, y no sé cómo tú no te indignas -también. ¿Eres ó no eres de la familia? - -—Yo comprendo que usted se sulfure—le dije,—y por eso ha tenido ayer -una conferencia de dos horas con el juez que instruye la causa.» - -Esta noticia del juez, adquirida y comprobada por mí el día antes, -es el resorte que, debiendo ser expuesto al principio, reservaba yo -para encajártelo al promedio de mi entrevista con Cisneros. Con este -recursillo pensaba yo construir artísticamente la narración para jugar -con tu curiosidad; pero, chico, se me ha escapado antes de tiempo, y yo -no borro nada de lo escrito. En rigor, debo preferir el orden lógico -del relato á las triquiñuelas del oficio narrativo, que no son para -usadas por aprendices. - -Pues bueno. Cuando le encajé á mi tío lo del juez, se le descompuso la -cara y montó súbitamente en cólera, diciéndome: - -«Y tú, ¿qué sabes de eso? Mira, mequetrefe, te echo de mi casa, y no -vuelves á poner los pies en ella. Veo que en tí no hay sentimientos -honrados. Has dicho un embuste, una tontería, una estupidez, sí, señor.» - -No sé las atrocidades que de su boca salieron; pero no negó que hubiese -conferenciado con el juez. ¿Y cómo negarlo? Había perdido por completo -la serenidad, y yo la conservaba. Iba y venía agitadísimo, de un -ángulo á otro de la habitación, recogiéndose los faldones de su bata -arqueológica. Á lo mejor, el enfurecido viejo daba puñetazos en todo lo -que cogía por delante, fuera cofre, vargueño ó mesa de mosáico. Fíjate -en lo que decía: - -«Llegará ocasión, si seguimos así, en que no pueda uno salir á la -calle. Esto da náuseas. ¡Cuánta inmundicia en esa opinión! ¿Pero -qué opinión ni qué...? Decididamente, yo le rompo el bautismo á -alguien... lo que no quiere decir, entiéndelo bien (parándose ante mí y -amenazándome con el puño), que yo crea que el mundo es bueno. Manolo, -créeme, vamos á un cataclismo. La sociedad no puede seguir así. Sus -bases, las célebres bases de que hablan tanto esos papeles inmundos, -hacen _crac_, _crac_. El matrimonio se hunde, las instituciones -políticas y religiosas se desmoronan. ¡Ejército, Iglesia, Magistratura, -pilares podridos que sólo aguardan un encontronazo para caerse! Sí, -Manolo, Manolito, tiene que venir un mundo nuevo... pero lo que digo: -aunque sé que ese mundo nuevo ha de venir, y vendrá, no lo dudes, por -el momento yo tengo ganas de dar un par de guantadas á esos que hablan -de lo que no les importa, á los que acusan á las personas formales -de crímenes ilusorios... Por lo mismo, hombre, por lo mismo que la -sociedad está haciéndose polvo, quiero yo desahogarme... ¡Ah!... -¡qué tropa, hijo!... ¡Cuidado que permitirse reticencias contra mi -adorada Tinita!... ¡Vamos, esto es el colmo de la desvergüenza y -de la...! Por supuesto, yo reconozco que el mundo es un presidio -esférico. El pecado, el mal son su dueño absoluto; pero la honradez y -la pureza existen, ¿pues no han de existir? Hombre, aunque sólo sea -como término imprescindible de comparación. Pues bien: yo te digo que -estas atrocidades que cuentan ahora de la familia Orozco, son injustas -y calumniosas... Yo estoy que trino; y si quieres que tu padrino te -quiera, sal por ahí, y al primero que te suelte una alusioncita le -rompes todas las muelas. - -—Amigo don Carlos—le dije,—yo creo que debemos callarnos, pues -ignoramos la verdad. - -—Manolo, eres un cobarde... y tendré que arrojarte de mi casa. - -—Me marcharé, si usted se empeña; pero no sin decirle que la versión -judicial respecto á la muerte de Federico me parece absurda.» - -Aquí viene bien indicar que aquella mañana misma me dijo el -escribano que de la sumaria no sale nada en que se pueda fundamentar -el homicidio. La justicia opina que Federico se dió la muerte -á consecuencia de grandes pérdidas en el juego. Las diligencias -continúan, sí, pero encarriladas ya en una dirección de la cual no se -desviarán. - -«¿Y en qué te fundas tú—me dijo Cisneros plantándoseme delante con aire -jaquetón,—para creer que la versión judicial es absurda? - -—En que me consta que Federico no tuvo pérdidas en los últimos días, -sino grandes ganancias. - -—Quita allá, tonto. Pues cualquiera prueba que hubo esas ganancias. -Y aunque las hubiera... ¿qué significa eso? Vaya una manera de -argumentar.» - -Sin duda estaba el buen señor enteramente trastornado, ó á dos dedos -del trastorno, porque de improviso mudó de acento y de expresión, y -echándome el brazo al cuello, me dijo: - -«Ven acá, tontín, carísimo ahijado mío... ¿Para qué te metes en lo -que no te importa? ¿Qué averiguaciones son esas sin contar conmigo, -que tengo más arte del mundo que tú? Entendámonos, y obremos de común -acuerdo. De tí para mí, podemos comunicarnos nuestras impresiones. -Lo que tú sepas, lo que pienses ó sospeches acerca de esta tremenda -chiquillada del pobre Federico, confíamelo á mí, y yo con mi -experiencia te daré la pauta lógica de los hechos. Cuéntame lo que -hayas oído por ahí. ¿Te ha dicho algo la Peri? ¿Qué se habla en el -Casino y en la Peña de los Ingenieros? Yo quiero saberlo. Es que... -te diré: me gusta enterarme de los diferentes aspectos de la malicia -humana, de todas las enfermedades de la opinión, porque la opinión es -una pura gangrena, ¿sabes?... Mala es la sociedad; pero la opinión, -hijo mío, esa gran charlatana, merece ser tratada como la última de las -mujerzuelas.» - -Nunca le había visto tan fuera de su centro. En él luchaban las ideas -que constituyen lo más típico y lo más agradable de su personalidad, -con la obligación de aplicar á un hecho real criterio distinto del -que siempre usa; luchaba también en su ánimo el afán de conocer la -verdad con la vergüenza de ver mezclado el nombre de su hija en aquel -drama incomprensible. El traqueteo de esta lucha; los brincos que -daba su ingenio enzarzándose con su conciencia; los chillidos que á -veces salían de lo más hondo de ésta; las ansias de la curiosidad; -los bramidos del orgullo, queriendo sostener la idea pesimista por -encima de todo, producían un zipizape espiritual que me hizo muchísima -gracia. Créelo: me costó trabajo no echarme á reir, pues á veces se me -representaban los sentimientos y las ideas de mi padrino como gatos -que se arañaban y se mordían en furiosa reyerta. Llegué á creer que le -daba un ataque de nervios, porque el pobre señor, en aquel ir y venir, -parecía que bailaba ó que hacía volatines. Procuraba yo tranquilizarle, -y al fin conseguí que se tendiera en un sofá. Al cambiar de postura, -varió de tono. Habías de verle y oirle. - -«Te confesaré una cosa: tengo un amargor en el alma que me atosiga. Yo -sigo en mis trece: la Humanidad es esclava del mal; pero francamente, -no me gusta que mi nombre ande en bocas de la caterva maliciosa. Me -has de contar todo lo que oigas, aunque sea de lo más insolente y -desvergonzado. Después, ¿sabes lo que hacemos tú y yo? Desafiar á -medio Madrid. - -—¡Ave María Purísima! - -—Es que yo, aquí donde me ves, tengo el punto de honor muy delicado, y -no aguanto que nadie me toque al pelo de la ropa. Estoy furioso; quiero -emprenderla con alguno, dar un recorrido al que me contradiga, hacer -cualquier atrocidad. ¡Si me parece que he vuelto á los veinte años, á -la edad valiente en que yo cobraba el barato entre los muchachos de mi -taifa!» - -Quería levantarse. Yo le contuve, diciéndole: «Don Carlos, no sea -chiquillo. Yo le contaré á usted todo lo que oiga. Pero advierta que la -mayor parte de lo que se dice es pura necedad, novelas que cada cual -compone á su gusto para reunir un público de tontos que las escuche y -las aplauda. - -—Bien, bien... así me gusta que te expreses... porque, francamente, -cuando empezaste á hablar conmigo esta tarde, me pareciste inclinado á -creer todas esas bolas que corren. Por eso quise echarte de mi casa. Me -alegro de verte de acuerdo conmigo. Tú y yo pensamos lo mismo; tú y yo -opinamos que la titulada Humanidad es un hatajo de pillos; pero en el -caso presente rechazamos las suposiciones malévolas y nos indignamos... -¿Verdad que estás indignado, hijo mío? ¡Ay! hace dos noches que no pego -los ojos, impresionadísimo, devorado por el despecho y la curiosidad... -Mira, te lo diré con franqueza: deseo conocer la verdad, y temo -conocerla. Es que no puede uno ser de roca, aunque quiera. Yo, que -presiento la destrucción de la actual sociedad en un plazo más ó menos -largo, pero no en mis días, en mis días no; yo, que difícilmente admito -móviles puros en la mayor parte de las acciones humanas, no soporto que -anden por los suelos mi nombre y el de mi Tinita... Ya tú me entiendes. -Esto es una calumnia, una asquerosa calumnia, y no debemos consentirlo. - -—Mire usted, padrino—observé yo,—si no poseo la verdad, trato de -poseerla. Le juro á usted por mi salvación que si doy con ella, la -tendrá usted, por dolorosa y amarga que sea.» - -Su primer impulso fué darme un fuerte abrazo; pero después le ví -palidecer y fruncir el ceño, y me dijo con voz muy grave: - -«Tú me contarás todo lo que oigas; pero no bajas averiguaciones; no -revuelvas, no menees esto. - -—Pero ¿qué mal hay en perseguir la verdad, la santa verdad, tío? - -—La santa verdad, hijo de mi alma, no la encontrarás nunca, si no -bajas tras ella al infierno de las conciencias, y esto es imposible. -Conténtate con la verdad relativa y aparente, una verdad fundada en el -honor, y que sacaremos, con auxilio de la ley, de entre las malicias -del vulgo. El honor y las formas sociales nos imponen esa verdad, y á -ella nos atenemos.» - -Dicho esto me abrazó de nuevo, y casi al oído me dijo estas palabras: - -«No averigües nada, ni te metas á buscador de la verdad absoluta, que -no encontrarás. El juez es hombre recto y muy amigo mío, y nos dará -la solución. Tú la aceptas, la propalas, y al que te diga algo contra -ella, le divides. Tose fuerte, y tendrás siempre razón. Y ya que nos -hemos explicado, te confesaré que el juez y yo hablamos. Es amigo mío y -me debe su carrera, porque, conociendo su mérito, le saqué de Valoria -la Buena, donde estaba obscurecido, y le llevé á Zamora, y de Zamora me -le traje acá. No vayas á creerte que he ejercido presión sobre él. Es -hombre de ideas lúcidas y de puntos de vista muy elevados. Bien sabe -que no mediando perjuicio de tercero, la mayor de las injusticias es -arrojar inútilmente la ignominia sobre una familia respetable. - -Yo quise objetar algo, y noté que se enfurecía. «Cállate la -boca—gritó.—No admito observaciones tontas... Mira que te echo de mi -casa. Tú no lo quieres creer; pues te arrojo, te pongo de patitas en la -calle, como tres y dos son cinco.» - -No me atreví á contrariarle, temeroso de que le diera un berrinche -de consecuencias funestas para su salud, y en pago de mi silencio, -me abrazó con paternal efusión, y me palmoteó bien las espaldas, -llamándome su hijo querido, y asegurando que soy la persona de la -familia á quien más ama. Me habría gustado que presenciaras la -escena, pues yo no puedo darte idea de las marrullerías de este viejo -zorro. Ahora me acuerdo de que en una de tus cartas me dijiste que -la figura de Cisneros te parece creación mía; que dejándome llevar -de la fiebre narrativa y del natural deseo de cautivar á quien me -lee, he pintorreado los rasgos y perfiles de la fisonomía moral de -este individuo, haciendo una figura de realidad artística, pero no -un verdadero retrato como esperabas de mí. No, querido Equis: te -juro que es retrato. No te mueva lo extraño de la silueta á dudar de -su parecido y autenticidad. Piensa en las variedades infinitas que -atesora la Naturaleza, en la abundancia de sus inagotables colecciones, -donde así la fauna como la flora te ofrecen formas nuevas cada vez que -las examinas. No es Cisneros invención mía, ni yo invento nada. ¿Y -qué iría ganando yo con meterme á plasmador, aunque hacerlo pudiera? -Siempre me quedaría muy lejos de la realidad. ¡Esa sí que inventa, -y con qué garbo! ¡Qué cosas nos enseña, y qué sorpresas nos da! ¡Lo -que sabe esa pícara! Para comprender su maestría fecunda, ponte á -hacerle la competencia y suelta las riendas á tu imaginación; dedícate -á fingir, por ejemplo, tipos de plantas, variedades de animales. ¿Á -que te cansas antes de llegar á la millonésima parte de lo que ya -existe, y desesperado tiras los trastos de imaginar? Pues lo mismo te -pasaría en el inmenso capítulo de la psicología y los actos humanos. -Échate á componer caracteres y acontecimientos, y verás cómo te quedas -corto, muy corto. ¡Trabajo inútil y necio, cuando la realidad te los -da siempre vivos y verdaderos, y siempre nuevecitos! La invención -realmente práctica consiste en abrir mucho los ojos y en acostumbrarse -á ver bien lo que entre nosotros anda... No sigo, porque ahora me -acuerdo de que tú y yo solemos tronar contra las _consideraciones_, y -éstas que haciendo estoy son quizás de las más soporíferas. - - - - -XXXIII - - _10 de Febrero._ - - -Sigo la de ayer, que, aunque bastante larguita y pesada, iba -incompleta. Contábale yo á mi tío alguna de las desatinadas hipótesis -que había oído, cuando entró Malibrán. Comprendiendo yo que mi -presencia les contrariaba y que querían hablar á solas, apartéme, y -les ví de gran secreteo durante un mediano rato. No llegó á mis oídos -ni una sola sílaba, ni intenté atraparla tampoco. Que hablaron del -suceso de autos, era indudable. Malibrán se expresaba con la vehemencia -oficiosa de una persona que, por propia iniciativa ó por encargo, se -ha impuesto la misión de arreglar un asunto de difícil compostura. -Cisneros oía y como que dictaba un plan. Creí que, después de esto, -Cornelio saldría á la calle; pero no fué así. Mi padrino parecía -cansado y soñoliento. Le dejamos en el sofá, y nos fuimos á un gabinete -próximo, donde el diplomático se puso á ver carteras de estampas. Yo -hice lo mismo, y trabamos conversación, empezando él por darme un -curso instructivo de Alberto Durero, Lucas de Leyden, Holbein y otros -maestros, y te confieso que le oía con gusto, porque se sabe al dedillo -la historia del grabado en talla dulce y del agua fuerte, y la explica -con amenidad y lucidez. - -Cuando ya me pareció que habíamos hablado bastante de aquellas -materias, metí el embuchado del tema que tratar quería, y le dije: -«Vamos á ver, amigo Malibrán: usted, como todo el mundo, habrá formado -su opinión sobre este lío. Dígamela usted con sinceridad, si no es -indiscreción el desear saberla. - -—¡Oh! no, indiscreción de ninguna manera—me respondió sereno y -afectuosísimo.—Mi opinión es bien clara, y no la oculto á nadie. Desde -el momento en que Orozco y yo recibimos la noticia en las Charcas, -tuve una idea; y después de llegar aquí y de oir tanto disparate, no -la he variado en nada. Creo que esto es sencillamente un suicidio por -insolvencia, por no poder cumplir obligaciones contraídas en el juego, -ofuscación del ánimo cuyo origen hay que buscar en un sentimiento -bravío del honor y de la responsabilidad. - -—¿Y no cree usted que...? - -—¿Mujeres?... ¿La novela cursi que anda por ahí...? Por Dios, amigo -Infante: considere usted que á nosotros nos corresponde juzgar estas -cosas con un criterio racional y no con el de la patulea. Me parece que -debemos rechazar la fábula vergonzosa que, además de ser inverosímil, -va contra la reputación y contra el honor de amigos muy queridos.» - -Puesta la cuestión en este terreno, no tenía yo más remedio que otorgar -callando, y aun dije alguna frase ambigua en defensa de nuestros -amigos. Sorprendióme la actitud de Malibrán, circunspecta hasta -dejárselo de sobra, y amoldada á las formas diplomáticas, conforme -al papel que tan bien sabe representar en el mundo. No me habría -sorprendido semejante actitud si no me constara que un día antes había -lanzado, en casa de San Salomó, una de las variantes más novelescas -y estrafalarias del tenebroso drama. No me habría sorprendido si no -supiera, como sé, que, noches antes del suceso, Malibrán se dejó -decir en casa de la Peri, delante de varios amigos excitados por el -_champagne_, que había descubierto el nido de amores de mi prima -Augusta, y que sabía quién era él, aunque se reservó su nombre. - -Pero, en rigor, nada debía cogerme de nuevas tratándose del carácter -de un sujeto cuya falsedad y doblez se me revelaron bajo las -exterioridades más cultas. Sin duda, tras un rapto de malevolencia -manifiesta, había vuelto sobre sí, encerrándose en su papel social; sin -duda, causado el daño que se propuso, había vuelto á vestirse la piel -de cordero, dentro de la cual tan bien resuelve los problemas de la -vida. Mi padrino y él se entienden de seguro, y manejan los hilos de la -trama ocultadora. - -Hablamos algo más, esforzándose él en demostrarme la necesidad de -sofocar en lo posible el alboroto de las murmuraciones. Mira lo que -saqué en limpio de aquel coloquio: que Malibrán aspira á hacerse grato -á mi prima, abrazando su causa con ardor y defendiéndola con la donosa -fraseología que posee el muy tuno. Seguro estoy de que sacas de los -hechos expuestos la misma deducción que he sacado yo. - -Pero espérate ahora, que voy á contarte otra cosa que te sorprenderá. -De repente sentimos que mi padrino, desde la estancia próxima, nos -llamaba: «Eh, pollos, que me tenéis aquí solo y abandonado.» Suele -llamar pollos á todos los que no son de su edad. Comimos con él, y de -buenas á primeras, como quien continúa en alta voz un monólogo, nos -dijo riendo: «Por supuesto, yo estoy siempre en que ese yernecito que -Dios me ha dado, ese Orozquito, es un buen punto... - -—No estamos de acuerdo, don Carlos: ya sabe usted que yo...—apuntó -Malibrán, firme en su papel. - -—Amigo mío, usted se me va siempre del lado benévolo. Debe usted -dedicarse á escribir vidas de santos, lo mismo que este tontín de -Manolo, que sostiene que á Tomás debiéramos ponerle en los altares. -¡Qué inocencia! Si es el pillo más grande que... vamos... Extraño mucho -que no lo comprendáis así. Si tocan á hacer santos, ahí está mi hija, -que no es floja virtud querer á ese jesuitón como le quiere... - -—La canonizaremos,—afirmó Malibrán, con una sonrisa que me dejó helado, -pues había en ella el sarcasmo más sutil que imaginarse puede. - -—Sí, canonizádmela—repitió Cisneros levantándose.—¡Pobre Tinita mía! -Cuánto debe padecer con estas infamias...» - -Malibrán y yo nos miramos sin decir nada; pero se me figura que él leyó -en mis ojos mi pensamiento, como yo leí el suyo en los de él. - -Y basta por hoy. Me parece que tienes para meditar un rato. - - - - -XXXIV - - _12 de Febrero._ - - -Prepárate para oir las versiones del drama ocurrido en el _solar del -polvorista_, que así, según supe después, se llama el sitio donde -apareció muerto nuestro amigo. No te cuento todo lo que la fantasía -popular nos regala, porque sería tarea interminable; te doy sólo las -variantes que más aceptación tienen en los corrillos chismográficos, -algunas corriendo con el crédito que le dan labios de reconocida -autoridad en el arte de la maledicencia; otras desacreditadas, pero no -por eso mal recibidas. La primera que te endilgaré es la que oí en la -Peña de los Ingenieros, y se funda en datos suministrados por aquel -viejo zorro de quien te hablé en una de mis cartas, ¿no te acuerdas? el -que me aseguró haber visto salir á Augusta de cierta casa en la cual no -debía de entrar con buenos fines. Roguéle me dijese cuanto supiera, y -por fin me designó la casa, aunque no podía hacerlo del piso. Es una de -las del paseo de Santa Engracia, próxima al _solar del polvorista_. Del -portal al vertedero, habrá unos sesenta pasos míos. Esta mañana hice -mis pruebas topográficas sobre el terreno; pero te advierto que estas -pesquisas son para mi uso particular, pues la primera condición que me -puso el señor aquél para clarearse conmigo, fué que no había de llevar -ningún dato á las diligencias judiciales. - -Vale más que te dé un breve extracto de sus propias palabras: «Mire -usted, amiguito, yo no quiero meterme en líos, ni delatar á nadie. Si -se tratara de un asesinato por robo, yo sería el primero en ayudar -á la justicia con los indicios que tengo; pero en una desgracia -ocasionada por amores clandestinos; en una tragedia íntima, de éstas -cuyos factores son la pasión, los celos, el sentimiento exaltado de la -dignidad y el honor, creo yo que no debe intervenir la acción de los -ciudadanos. Por tanto, las noticias de la casa, que para mí son de una -autenticidad incontestable, porque no una, sino varias veces he visto -entrar en ella á esa señora y á su amante (que de Dios goce), se las -comunico á usted para que se vaya ilustrando; pero ello ha de quedar -entre nosotros, porque si usted tiene la debilidad de llevar este -dato al juez, y el juez me llama, negaré yo la referencia y le dejaré -á usted por mentiroso. Hablando en plata: creo que el poder judicial -hace bien en no apurar la investigación de estos asuntos de amor y -celos, porque las querellas y zaragatas por la posesión de una hembra, -están, como el duelo, por cima de las leyes, dígase lo que se quiera. -No extrañe usted que, cuando ocurre un caso como el de su amigo, sobre -todo si el muerto pertenece á las clases principales, resulte que es -suicida por lances de juego ó por arrebato de locura. Bien sé que la -solución no satisface á la justicia estricta; pero me parece que el -camino derecho produciría mayores males, por aquello de _summum jus -summa injuria_.» - -Dióme qué pensar la opinión de aquel sujeto, que reforzaba sus -argumentos con sus canas, pues bien se le conoce que es hombre de -consumada pericia y de erudición enciclopédica en todos los ramos de -fragilidades humanas. Respecto al hecho, lo reconstruye de este modo: -«Orozco tuvo noticia de la infidelidad de su mujer y del lugar donde -podría comprobarlo por sus propios ojos. Presentóse allí en la noche -del primero de Febrero.» Le interrumpí para hacerle ver que esto era -imposible por hallarse Tomás en las Charcas; y él, echándose á reir, me -dijo: «No sea usted inocente. Las coartadas se preparan con habilidad -cuando se tiene empeño en ello, y lo que ha habido es el recurso -vulgarísimo de fingir un viaje, despidiéndose y quedándose. Para mí, -Orozco les sorprendió y no tuvo valor para matar á su mujer. Hirió al -infeliz Viera, disparándole á quemarropa. Esta primera herida es la del -costado, mortal, aunque no inmediatamente. El herido pudo huir. Acosado -por el agresor, y cuando ya estaba caído y exánime, recibió el segundo -balazo, el de la cabeza, con el cual quedó rematado.» - -El aspecto de verosimilitud de esta hipótesis no ganaba mi ánimo, -lleno de dudas acerca de la participación de Orozco. Cierto que por -grandes que sean la virtud de un hombre, su prudencia y suavidad de -costumbres en los actos corrientes de la vida, no podemos responder -de que ese mismo hombre, movido de los celos y hostigado por el -mayor ultraje que á su dignidad puede inferirse, no se transforme de -pacífico en vengador. El conocimiento del carácter de una persona nos -puede dar la norma de su proceder probable en todas las situaciones -sociales, menos en aquéllas que se derivan de la pasión amorosa, -los celos ó el honor. Tratándose de la situación creada á un hombre -por estos grandes móviles, no podemos responder de que sus actos se -contengan en un límite fácil de trazar. Se vuelve fiera irresponsable, -y todas las prendas que constituían su personalidad en la vida -ordinaria, se eclipsan y se desvirtúan. Pues á pesar de esto, y de la -posibilidad de la exaltación homicida de Orozco, yo no entro con ella. -Mi entendimiento la repugna. Qué quieres que te diga: _no veo_, no -puedo ver á Orozco, revólver en mano, persiguiendo á su enemigo. Ello -podrá ser: pero yo no sé reproducir el acto en mi mente, no acierto á -figurarme la cara ni la actitud trágica de un hombre á quien he visto -ayer mismo ostentando una serenidad y un reposo de ánimo que... vamos, -que no pueden en manera alguna ser obra de la hipocresía, y sostengo -que no hay histrionismo en grado tal de perfección. - -En la misma Peña corría otra variante, en la cual Orozco no figura sino -como impulsor del crimen, por medio de un asesinato mercenario. Este -esperó á Federico cuando salía, y _pim_, _pam_. El principal sostenedor -de esta historieta asegura que un amigo suyo, al pasar á las nueve de -la noche por la bocacalle que da ingreso al vertedero, vió á un hombre -de mala traza, y que á las diez le volvió á ver. Esto del matador -pagado me parece todavía menos aceptable. Que Orozco matara, puede -ser, aunque yo no _siento_ el acto, ¿me entiendes?, no hay en mi ánimo -ese movimiento íntimo de fe que nos lleva á la convicción. Pero lo -de comprar un asesino me parece contrario á toda lógica. Orozco no es -capaz de eso. - -Completaré estas noticias diciéndote que he tratado de hacer hoy, en la -que llamaremos casa del crimen, algunas indagaciones. La casa, que es -de construcción reciente, no tiene más que dos pisos, bajo y principal, -y dos cuartos en cada uno de ellos. El principal de la izquierda y -el bajo de la derecha están con papeles. Me inclino á creer que el -bajo izquierda es el lugar nefando. Interrogo á los porteros; pero -no he visto gente más discreta. Les ofrezco gratificación; les hago -comprender que no soy de la curia, que no se les seguirá perjuicio -por las revelaciones que me hagan, y nada. Tranquilos y confiados, ni -aceptan mis dádivas, ni me dan ninguna luz. Ó son inocentes, ó están -vendidos ya. Me inclino á creer esto último. Enseñáronme los dos -cuartos vacíos, en los cuales todo indica que no han sido habitados -aún. En el principal vive un procurador, con señora y la mar de -chiquillos; en el bajo de la izquierda, objeto de mis sospechas, hay un -almacén ó taller de muebles, de éstos que se anuncian en Madrid como -almonedas. Entré; no se podía dar un paso, porque todo está obstruido -con sillerías en blanco, butacas apiladas, sofás patas arriba. En el -centro de la sala, llena de mil trebejos, y donde se masca el polvo -del pelote y se le enredan á uno los pies en las sartas de muelles -de acero, dos hombres trabajan en tapicería. La mujer que me enseñó -el establecimiento, y á quien intenté hacer cantar ofreciéndole -con habilidad buena recompensa, se ofendió de mis insinuaciones. Su -altanería desdeñosa me pareció sincera ó muy bien fingida. Á pesar de -tantas señales contrarias á mi idea, no sé por qué insisto en pensar -que aquellas paredes encerraron lo que yo presumo y Dios sabe. - -Por lo demás, como adquisición de conocimientos reales sobre este -problema, no he adelantado nada. La obscuridad es mayor cada día, el -vértigo crece, la razón se apaga, y si de ésta no me vuelvo loco, creo -que tengo asegurada mi cordura por todo el resto de mis días. - -Hasta mañana, y dime algo, ilumíname. Á veces el que está lejos de los -acontecimientos ve más y mejor que el que los toca con sus narices. -Dime cuanto se te ocurra, que por disparatado que sea, no ha de llegar -á las gárrulas novelas que se forjan aquí. Adiós. - - - - -XXXV - - _14 de Febrero._ - - -Allá va otra. - -De seis ó siete versiones recogidas en el Casino, elijo la que tiene -más prosélitos. Orozco es eliminado de esta hipótesis, y no figura -para nada en el crimen. En cambio, aparece otro personaje que nadie -sabe quién es: un segundo amante de la desgraciada Augusta. Cómo -se determina la participación en el drama de este nuevo elemento, -es cosa que cada cual explica á su modo, con criterios y puntos de -vista originalísimos. Algunos atestiguan y refieren el lance como si -lo hubieran visto. Uno de los presentes sostiene que Augusta entró -en la casa con el desconocido á eso de las nueve y media. Las once -serían cuando entró Federico. «¿Pero usted le vió?» Á esta pregunta te -contestan: «Yo no le ví; pero me lo ha contado Vargas.» Cuando llega -el llamado Vargas, que es un _sportman_ y _ciclista_ muy conocido, se -le interroga con toda solemnidad; pero resulta que él no vió nada, -sino que se lo dijo un amigo, capitán de infantería, el cual se marchó -ayer á las Baleares. ¡Alabado sea Dios! Danme ganas, querido Equis, de -ponerme en marcha inmediatamente para Mallorca, á fin de evacuar esta -cita. Pero lo pienso mejor, y me quedo. Lo referido á Vargas por su -amigo es que la señora (falta averiguar si el tal capitán la conoce, ó -si, habiendo visto entrar en la casa á otra mujer, da en creer de buena -fe que era la persona de quien tanto se habla hoy) llegó en coche simón -con un sujeto, del cual no puede decir sino que tenía barba larga y -rubia. «¿Era alto?—Más bien alto que bajo... bien vestido.» En seguida -empieza la tarea sabrosa de personalizar este dato, y unos en serio, -otros en broma, le cuelgan el muerto á varias personas conocidas, entre -ellas á tu amigo Bueno de Guzmán, el cual no vuelve de su asombro al -encontrarse con que es la auténtica _tía Javiera_ del asesinato de -Federico. Bromas aparte, esta versión la tienen muchos por aceptable, y -alguien la cree como el Evangelio. Varían las apreciaciones respecto al -desconocido: quién le tiene por caballero ó persona de nuestra clase, -quién por hombre ordinario. Un primito de Villalonga, de éstos que, -cuando se habla de acontecimientos misteriosos, se pirran por ser á -todo trance testigos presenciales, jura y perjura que hace dos semanas -próximamente, á eso de las once de la noche, vió á la de Orozco por -calles extraviadas de Chamberí paseando del brazo de un hombrachón que -no le pareció caballero. _Por cierto que le chocó._ Da las señas: alto, -fuerte, con barba rubia y larga, ropa holgada y de feo corte, aspecto -extranjero, como de maquinista ó jefe de alguna industria. En fin, ya -puedes figurarte lo que vería el muy lince. Primero se deja matar que -sufrir el desaire de no haber visto alguna cosita. - -Y qué, ¿crees tú esto? Yo no lo acepto, ni en absoluto lo rechazo, pues -la misma confusión en que estoy me obliga á admitir todo lo humanamente -probable, y á no poner puertas al campo inmenso de la fragilidad -femenina. Anoche pensé bastante en el hombre misterioso y barbudo, -alto, grueso, como le describió aquel demonio de chico. Francamente, no -caigo en quién pueda ser. Casi, casi me decido á eliminarle, como un -fantasma intruso, de la serie de hipótesis razonables. - -Pues verás ahora la más salada. En casa de la de San Salomó hay -paráfrasis para todos los gustos. Pero la marquesa tiene una suya, que -no confía sino á ciertos amigos de mucha confianza, siempre con la nota -marginal de que lo sabe por el conducto más fidedigno. Te transmito el -dicharacho de la ilustre dama sin quitar punto ni coma: «Pues yo sé -la verdad, la pura verdad. Crea usted que esto es lo auténtico. Se lo -diré á usted si me promete guardar el secreto, y le advierto que la -persona que me lo ha dicho lo sabe... vamos, lo sabe como si lo hubiera -presenciado. Ni Orozco ni hombre alguno tienen culpabilidad. Ella, -ella fué quien le mató por celos de la Peri. Hace días que venían las -cosas muy tirantes: cada cita era un altercado. No, no lo dude usted, -que esto es como el Evangelio. Se sabe dónde compró el revólver; se -sabe que á un amigo íntimo (que no puedo nombrar... usted considere) -le confió su propósito de matar á Fritz. Pero qué, ¿no cree usted en -las mujeres que matan? Aquella noche fué grande la marimorena. Augusta -disparó, y le atravesó el hígado, y el estómago, y el espinazo, y la -vejiga, y no sé qué. Salió el pobrecito y fué á caer en el sitio donde -le encontraron. - -—Pero, señora, ¿y la herida en la frente, que es la mortal de -necesidad?—objetan todos los que oyen versión tan chabacana. - -—No hay tal herida en la frente—responde imperturbable la marquesa.—Es -usted un cándido y un tragabolas. El forense, el mismo forense (bajando -mucho la voz) ha dicho á un amigo mío, á quien no he de nombrar, que no -había tal herida, y que eso se puso en el informe pericial para dar por -probado el suicidio. Créame: lo que le cuento á usted es lo que pasó... -¡Ah! el enderezar este entuerto les cuesta un pico á Orozco y á don -Carlos. - -—Pero, señora, permítame usted que ponga en duda... - -—De incrédulos está el infierno lleno... Digo lo que sé, y sólo añado, -amigo Tal, que esto se queda entre usted y yo. No vayamos ahora -pregonándolo por ahí. Pero créalo... créalo y cállese.» - -Esto me lo contó el _Catón ultramarino_, el cual ni lo creía ni -callaba, y por su cuenta y riesgo, después de oir á _tirios_ y -_troyanos_, dióme también su versioncita. Orozco sorprende á los -amantes... (se da por supuesto que no hubo tal viaje á las Charcas); -Augusta se echa á los pies de su marido y le pide perdón. ¡Ah, oh! -Federico, siempre orgulloso, desafía al marido. ¡Oh, ah! Este saca -un revólver, y alargándoselo al otro, le dice: «No, aquí quien debe -morir eres tú. Si hay en tu alma una chispa de sentimiento del honor, -ya sabes lo que tienes que hacer.» Al otro le parece la fraterna muy -puesta en razón, coge el arma, y pim, pum... - -¿Querrás creer, Equisillo, que no dormí en toda la noche, pensando -en esta interpretación, en la cual veía no sé qué lejanos vislumbres -de certeza? Pues aguárdate un poco. Hoy por la mañana salí decidido -á comprobar la coartada de Tomás; bajéme á la estación del Norte, -y con el testimonio del jefe, de varios empleados y del inspector -de la Sección, puedo afirmar, sin ningún género de duda, que Orozco -y Malibrán estuvieron en las Charcas toda la noche del 1.º al 2 de -Febrero. Como que el inspector les acompañó, y cenaron juntos, y -estuvieron charlando hasta las doce, hora en que se acostaron los -tres, en una misma habitación por más señas, pues los alojamientos en -aquella finca dejan mucho que desear. El inspector me merece crédito. -Mas no satisfecho aún, cojo el tren, me planto en las Charcas, y -compruebo aquel testimonio con los del jefe de las Zorreras, de los -guardas del monte y de la mujer que tienen allí para hacer la comida -á los cazadores. En fin, chico, que la coartada de Orozco es un hecho -incontestable, y que probándola he quitado al problema un gran elemento -de confusión. - -Más noticias. En los corrillos del Congreso, á donde voy ahora lo menos -posible, también he oído cada catálogo que canta el misterio. No te los -cuento para no trasladar á tu cabeza la olla de grillos que tengo yo -dentro de la mía. Joaquín Pez me dijo hoy con mucho sigilo: «Tengo un -gran dato, amigo Infante, que arroja mucha luz. Me ha dicho el marido -de la sobrina de la nuera del forense... ya ve usted que el conducto -no puede ser mejor... me ha dicho que, comiendo ayer el forense en casa -del hermano de la cuñada de su primo, dijo esto: «la herida del costado -es de homicidio; la de la frente de suicidio.» - -—No es mal dato—le contesté,—si resulta cierto. Mas para comprobarlo, -necesitamos recorrer ese laberíntico rosario de la nuera del hermano -del tío de la sobrina... Verá usted, amigo Pez, cómo, al llegar al -forense, resulta que el buen señor no ha dicho esta boca es mía.» - -Esta y otras especies corren por allí, cuando no hay asuntos más -graves de qué tratar. Los periodistas, justo es decirlo, si son los -más fecundos en combinaciones novelescas, parecen haberse propuesto -no lastimar á la familia Orozco. Si el _reportismo_ y la fiebre de -la noticia les inducen comunmente á explotar cualquier asunto que dé -saborete y picor de escándalo al papel de la mañana ó de la tarde, -basta una indicación amistosa hecha en estos pasillos, para poner coto -á las reticencias contra personas respetables, sobre todo si éstas -son de las que, por no mezclarse en política, están libres de odios -personales ó colectivos. Por tal medio, fácil ha sido conseguir que -los nombres no aparezcan en letras de molde. Esto no significa que -los estragos de la opinión no sean grandes, porque al barullo anónimo -de la prensa se une el _reportismo_ oral, que es más difusivo, más -penetrante, y tiene entre nosotros increíble fuerza. La cháchara -verbal destruye las reputaciones privadas y públicas más pronto y más -eficazmente que la cháchara escrita... Antes que se me olvide: un -periodista me reprodujo esta noche la opinión aquélla del forense -sobre la naturaleza de las heridas; pero á la inversa de como me la -transmitió Joaquín Pez, es decir, que la herida de la frente era -de homicidio, la del costado de suicidio. Respecto al origen de la -noticia, diómela por auténtica y autorizada á no poder más. Lo había -oído él mismo, la noche anterior, en la tertulia de no sé qué ministro, -de boca de un respetable sujeto de la curia. Con que ve tomando notas, -y acaba de volverte loco como tu corresponsal y amigo. - -El cual anda ahora tan sin brújula, que no sabe por dónde va, ni se -entera de lo que ocurre en las filas parlamentarias. ¿Querrás creer que -estos días ha votado el buen Infante no sé cuántas leyes, y ha dicho -sí ó no en multitud de resoluciones, sin tener conciencia clara de sus -actos legislativos?... Soy un simple número, una energía mecánica, -inconsciente; voy con la masa, á donde la masa va. En mi oído suena el -run-run de las votaciones, y presiento que hemos hecho la dicha del -país con leyes como la de Enjuiciamiento criminal, y las de Acuñación -de plata, del Trabajo de los niños en las fábricas, de Rectificación -de listas electorales, etc... item más con multitud de ferrocarriles -que raudos cruzarán el patrio suelo en todas direcciones. Me convenzo, -por lo que oigo decir, de que he votado todas estas cosas tan buenas, -y estoy dispuesto á votar la transubstanciación del Verbo si me la -ponen delante. No me pidas cuenta de nada, ni aun del olvido en que -tengo los asuntos del infame distrito. Si murmuran de mí en esa tierra -de maldición, hazme el favor de decirles que ahí me las den todas. -Les odio con toda mi alma, y deseo que el cielo les aflija con mil -calamidades, sequías, riadas, pedriscos y ciclones, y un terremoto de -añadidura; que no quede en pie ni casa ni árbol; que pasen á mejor vida -todas las reses, inclusos los caciques del pueblo, y que la tierra sea -infecunda y no produzca ni un solo ajo. Abur. - - - - -XXXVI - - _16 de Febrero._ - - -He aquí que me presento en casa de la Peri, con ánimo de tener con ella -la conferencia que vivamente deseo. - -Y la hechicera quiere echarme las cartas, rasgando con su dedo de rosa -el denso velo del porvenir... ¡atiza! Mas yo se lo quito de la cabeza, -abordando el asunto que me hace penetrar en aquel mágico santuario de -la... permíteme que no acabe la frase. - -Y Leonorilla pone unos morros muy... no sé cómo, apresurándose á variar -la conversación. Y he aquí que, burla burlando, cuéntame que ha reñido -con el malagueño pollo, de rizada crencha, y echádole de su casa por -las escaleras abajo. Es un chulapo, un indecente, un marica y un qué sé -yo cuántos. Alabo su juiciosa resolución, añadiendo que el tal mancebo -me es bastante antipático, y que ella se merece más, mucho más, por su -buen corazón y sus sentimientos hidalgos y generosos. No recuerdo bien -si dije lo de hidalgos y generosos; pero algo así, ó poco menos, fué lo -que brotó de mis autorizados labios. - -Perdona la falta de formalidad con que te escribo; pero mi espíritu -se inclina ya á tomar en broma todos los asuntos y á hacer chacota de -lo más grave, porque no hallando juicio ni seriedad en parte alguna, -las ideas se me vuelven chirigotas, y las rigideces de mi voluntad se -convierten en dislocaciones de payaso. - -Pues he aquí que, á poco de interrogar á la Peri, me encuentro su -sinceridad tapiada á piedra y barro. No es la misma mujer que ví días -antes; ahora es toda reserva, medias palabras, y una discreción bien -poco en armonía con su oficio. Total, que Leonor no sabe jota; le falta -poco para decirte que no conoció á Federico. Se ha vuelto completamente -ignorante de lo que éste hizo en los días que precedieron al crimen. No -le consta que ganara ni que perdiera al juego; no le consta que tuviera -amores con ésta ó la otra dama; no se ha enterado de cosa alguna, ni -hay medio de arrancar á su bonita boca una sola frase que ilustre el -asunto. Excuso decirte que observar esto y desilusionarme de ella, fué -todo uno; más claro, que en un instante se me borró del espíritu la -fascinación que me había producido su fidelidad hacia el pobre muerto, -y el sentimiento que mostrara el triste día de la autopsia. Aquí tienes -cómo se desvanece una pasión, nacida tan de improviso, y de improviso -trocada en desvío, suspicacia, lástima ó no sé qué. - -Pero espérate, que falta lo mejor. En ella se determinó el fenómeno -contrario; quiero decir, que en el momento en que yo me apagaba, como -luz á la cual se da un soplo, ella se encendía súbitamente, como si -la llama pasara de mi sér al suyo por arte milagroso. Vamos, que le -estaba yo haciendo tilín, un tilín tremendo, según me manifestaron sus -ojos flecheros y sus actitudes insinuantes. En fin, que á la media hora -de conferencia empezó á hacerme cucamonas, y yo, frío y completamente -desilusionado, dí en dejarme querer, imaginando que por aquel camino -podría romper la reserva en que la muy bribona se había encerrado, -metiéndose también á diplomática. - -Las garatusas iban en _crescendo_ alarmante: díjome que soy muy -simpático, que se le alegra el alma cuando me ve, y que le da el -corazón que íbamos á ser amigos, pero muy amigos. Yo apoyé estas -enamoradas razones, y en la confianza que rápidamente se estableció -entre nosotros, pude obtener algún indicio de su cambio de conducta. -«Mira, monín—me dijo tuteándome ya y tirándome de las orejas,—yo no -me meto con la justicia. Desde el momento en que han querido liarme á -mí también en esa muerte, me he plantado, chico, y ya no sé nada, ni -estoy en autos de lo que aquél hacía ó dejaba de hacer. En fin, que no -toco pito, ¿sabes? Eso le dije á ese tío de juez, y eso te digo á tí, -que también andas por ahí buscándole tres pies al gato. Si quieres que -seamos amigos, echemos tierra, mucha tierra. El pobrecito está en la -sepultura, y de allí no le han de sacar tus diligencias, ni las mías, -ni las de nadie. Hoy le he mandado decir cuatro misas: créete, eso es -lo que ha de valerle para la otra vida, y no las averiguaciones en -ésta. Que si fué suicidio, que si no; que si le mató tal ó cual mano... -Mira, nada importa esto para su alma, que debe de estar ahora en el -Purgatorio por ciertos pecadillos; aunque yo pienso que la soltarán -pronto, pues era bueno y leal como ninguno, más honrado que el sol, y -caballero hasta por encima de la coronilla. Créeme á mí y déjale ya en -paz al pobrecito.» - -Se conmovió un poco al recordar á su amigo, añadiendo con dolorido -acento que otro como aquél no volvería á tener en su vida. Esto picó mi -amor propio, y me propuse para la vacante de aquella amistad, que se me -pintaba como tan acendrada y pura. Leonor rechazó la propuesta, dándome -á entender que Federico era insustituible; que siendo yo muy bueno, no -concurrían en mí las circunstancias especialísimas que hicieron de la -amistad del otro un lazo ininteligible para los que no estaban en el -secreto. - -Por más empeño que puse, ya fingiendo cariño, ya recurriendo á mil -arbitrios dialécticos, no conseguí que me explicase qué clase de -relaciones ó tratos constituían aquella amistad. En este punto su -reserva fué impenetrable, y no vacilo en reconocerlo, tenía ciertos -asomos de dignidad, impropios de su vida relajada. Púsose muy seria, -y examinó muy detenidamente sus rosadas uñas, para decirme: «Siento -haberte hablado algo de esto, y si pudiera recogerlo lo recogería, -como hacen los de las Cortes cuando se les escapa una barbaridad. -Lo que pasaba entre Federico y yo es cosa _particular_ nuestra, tan -_particular_, que si quieres que yo te quiera, has de coserte la -boquita y no hacerme preguntas, porque te planto en la calle, como he -plantado á ese puerco del pollo malagueño, que maldito sea y toda su -casta.» - -¿Qué te parece? Lo peor del caso es que no puede uno menos de -respetar estas delicadezas... _particulares_, que tal vez tienen -un origen espiritual y elevado. ¿Creerás que, hablando de ello, mi -impresionabilidad hizo de las suyas, y volví á ilusionarme unas miajas -con la persona física y moral de aquella mágica hembra? Entre mil cosas -que dijo, hubo una que me dejó pasmado. «Y no te creas que le vas á -sustituir, porque te juro por estas cruces que el vacío que ha dejado -aquí en mi alma aquel buen amigo, no se llenará jamás, aunque yo viva -cien mil años y medio, porque no ha nacido el hombre que lo pueda -llenar. Con que ya lo sabes, y basta de matemáticas. - -—De modo—le dije entre risueño y meditabundo,—que cuando yo pensaba que -venía á heredar al pobre Federico, resulta que heredo... - -—Á ese mequetrefe, á ese lameplatos, á ese gatera—replicó sin dejarme -concluir.—Ya ves si soy franca. Yo pongo todo el corazón en la boca, -y enseño todo mi natural, todo, todo, menos una parte que se me queda -dentro. Soy yo muy desfachatada, muy abierta, muy frescota; pero -también muy _acá para mí_. Entrego al que habla conmigo las llaves -todas de mi natural, menos la de un cuartito reservado, que ya no se -volverá á abrir, porque se mudó el inquilino. ¿Estás en lo que te -digo? Eres ahora mi caprichito; me gustas; te quiero; me haces ilusión. -Durará dos meses, tres, un año; puede que menos, puede que sólo dure -ocho días; pero si me quieres, si te gusto, tómame tal como soy. El día -que me canse te lo diré. Yo no sé fingir. Ahora me da por echarte los -brazos; mañana te pegaré una coz. No te rías: doy coces cuando me ahíto -de un hombre, y al pollo le eché á la escalera, dándole así, con el pie -para atrás, hasta que se me quitó de delante.» - -Hágome cargo de tu asombro al leer estas tonterías. No creas que quito -ni pongo nada. Estaba monísima la tunanta aquélla, que no por ser quien -es, deja de tener en su carácter algo que admirar debemos, aunque uno -se proponga no admirar nada, salvo la belleza corpórea, tratándose -de hembras de tal clase. Verás ahora el complemento de la escena de -ayer, que quisiera referirte con todos sus pormenores, por la lección -que encierra y los horizontes que abre al conocimiento de las cosas -humanas. Al pasar de la sala al gabinete, ¡oh sorpresa! me veo colgado -de la pared un soberbio tapiz. Al punto se me iluminó la mente, y lo -reconocí; ¿pues no había de reconocerlo? - -«¡Ah! bribona, ya te has caído—le dije abrazándola por el cuello, -mientras ella me abrazaba por la cintura.—Ya te cogí. Ese tapiz te -lo ha dado mi padrino. Si lo conozco, si lo he visto allí mil veces. -Es flamenco, cartón de Rubens ó Jordaens, y de los repetidos, que él -guarda para sus cambalaches. No me lo niegues: te lo ha dado en pago de -tu silencio, quizás para que prestes una declaración falsa, asegurando -al juez que Federico perdió grandes cantidades á la ruleta en los días -anteriores á su muerte. Vamos, confiésamelo todo. ¿Somos ó no amigos? -Ello ha de quedar entre nosotros.» - -¿Cómo había de negármelo? Ni siquiera lo intentó. Desconcertada primero -ante mi brusca interpelación, pues ya no se acordaba del tapiz, pronto -se echó á reir, confirmando con cuatro palabras lo que yo expresé, no -sin añadir algunas explicaciones. - -«Me lo dió Cisneritos, es cierto... Ya sabes que es mi amigo desde que -tomé la alternativa. Yo se lo había pedido muchas veces, y siempre me -lo negaba el muy perro. Pero estos días... Te contaré: lo que él quiere -es que yo me calle, no que declare eso que tú supones. Al juez le dije -que no sabía una palabra. Porque verás... si yo hubiera boqueado más -de la cuenta, podría armar un lío de mil demonios. ¿Pero qué se saca -de deshonrar á una familia respetable? Hazte cargo. Lo que quiero es -que me dejen tranquila, y no me traigan ni me lleven. Te diré otra -cosa: Cisneros pensaba que yo tenía cartas de Federico ó papeles de -compromiso para alguien... Le traje aquí para que viera que no hay -nada. Me registró todos los muebles como un celoso. En fin, que ese -viejo marrullero me estuvo mareando dos días, y yo le dije, digo: -«Ahora sí que me he ganado el tapiz.» Vamos, que me lo dió, á condición -de que me volviera muda, y no declarara en substancia cosa ninguna, -guardándome mucho de esos trompeteros de periodistas. ¡Qué odio les -tiene! Pues, la verdad, yo, como todo el mundo, me había compuesto mi -novelona para embocársela á los de mi tertulia. - -—¿Y cuál era tu novela? - -—Pues que se mató él mismo delante de tu prima, porque descubrió que -ella se la pegaba con Malibrán. - -—¡Jesús! - -—Francamente, como en casa de la San Salomó contaban que ella le -había matado por celos de mí, yo me abronqué y dije: pues antes que -me envuelvan, voy á salir yo también con mi romance de ciego. Á todo -el que venía aquí se lo encajaba, y tan fresca... Súpolo Cisneros, -me mandó llamar y me dijo, dice: «Chica, ¿qué haces? Mira que si te -descuidas te mando á presidio.» Me asusté; faltóme poco para llorar. En -fin, que le prometí no mentar más el crimen y plantarme en que yo no sé -nada. Total: que con esto y algo más, me gané el tapiz.» - -Tales declaraciones, á pesar del acento de sinceridad con que Leonor -las hacía, me parecieron, si no falsas, incompletas. La pícara me decía -una parte no más de la verdad, la menos importante tal vez. Incansable -yo en mi plan investigador, puse cerco á sus camándulas, redoblé mis -zalamerías, ensanché todo lo que pude el campo de la confianza, y por -fin hoy, transcurrido un día de estas fáciles relaciones, he logrado -arrancarle aquella otra parte de la verdad que me escamoteaba. Vas á -saberla. - -Cisneros le propuso declarar ante el juez que Federico había estado en -su casa el mismo día 1.º de Febrero por la mañana, angustiadísimo, y le -había dicho: «Si no encuentro de aquí á la noche determinada cantidad, -me pego un tiro.» - -«Tanto y tanto me predicó ese viejo zorro—añadió Leonor,—haciéndome ver -que con estas mentirijillas no perjudicaba á nadie y podía hacer mucho -bien, que cedí... Claro, no perjudicando... ¿qué importaba...? ¡Ah! -también quería que dijese que Federico me pidió dinero á mí, y yo no se -lo quise dar... Á esto me resistía; pero, chico, el tapiz se me había -montado entre ceja y ceja... Era un antojo, y soy temible cuando me -encapricho por algo... Hicimos nuestro trato, y punto concluído... Pero -no sabes lo más salado, y es que me porté cochinamente con Cisneritos. -Cuando me encontré delante del juez, entráronme remordimientos, y pensé -que si decía lo que me mandó el vejete, arrojaba una mancha sobre el -buen nombre de mi amigo querido, el número uno de los caballeros de -Madrid... Nada, nada, que se me resistía declarar aquellas papas... yo -soy así. El escribano me hizo muchas cucamonas, y el secretario me dijo -mil porquerías, y entre todos me estuvieron mareando un rato. Pues, -chico, me atufé y me dió la santísima gana de no soltar prenda: que yo -no sabía una palabra, que no había visto al _interfezto_, que no me -constaba si ganaba ó perdía. Allá escribieron todito lo que dije, firmé -y á vivir... Tú dirás que me porté mal con don Carlos, y que debía -devolverle el tapiz... Pero ya ves: era una indecencia que yo dijese -de Federico cosas que le ponen en mal lugar. Vamos, que me acordaba de -él, y los ojos se me llenaban de lágrimas. Yo tengo todos los defectos, -todos, menos el de la ingratitud... El pobrecito fué siempre muy bueno -para mí. ¡Cómo había yo de...! Verdad que no cumpliendo con Cisneros, -debía decirle: «Tome usted su arrastrado tapiz, que yo soy más persona -decente de lo que usted se piensa...» Pero sobre que no tuve alma para -devolver el regalo, ¿no te parece á tí que es justo jugarle una partida -serrana á ese tío, más malo que el no comer?... Y bastante favor le -hago callando, ¡digo! Mi _no sé nada_, mi _no he visto nada_ valen -bien, no digo yo un tapiz, sino media docena.» - -¿Qué te parece? ¿No es verdad que este rasgo pinta una persona? ¿No -ves á Leonor enterita con sólo la relación de un acto suyo? Lo único -que me resta decirte acerca de esta gitana, cuyos desplantes abomino á -veces, y á veces no puedo menos de admirar, es que mis habilidades para -saber algo más fueron de todo punto inútiles. No me han valido mimos ni -triquiñuelas capciosas para obtener de la chavala algún indicio de la -clase de conexiones que con Viera tuvo. Ignoro si seré más afortunado -en lo sucesivo; pero no sé por qué se me figura que cuando ésta se -planta, no valen contra ella ni aguijonazos ni palmaditas. Plantada se -queda, y hay que matarla ó dejarla. - -Allá va otro detalle que, si nada tiene que ver con el asunto -principal, merece consignarse para regocijo tuyo y mío; que viene bien -un poco de sainete entre estas seriedades fúnebres y curialescas. -Estábamos Leonor y yo conversando íntimamente, en el mayor abandono y -confianza posibles, cuando sonó la campanilla; oí ruidos de voces, y la -doncella entró muy sofocada en el gabinete anunciándonos que el pollo -malagueño se había presentado en actitud hostil y camorrista. Habías -de ver á la Peri saltar en paños que más que menores debieran llamarse -mínimos, y agarrar una zapatilla, arma que, según dijo, le bastaba y -le sobraba para poner en vergonzosa fuga al invasor, «Verás, verás qué -pronto le despacho—me dijo risueña y nerviosa, sin acertar á meter los -brazos en las mangas de la bata.—No le puedo ver... ¡Indecente, gandul, -canalla...!» Salió en medias, pantufla en mano, y sentí luego un gran -vocerío; mas no me pareció que sonaban zapatazos. Á poco volvió Leonor, -y riendo me dijo: «¡Pobrecillo, está muerto de hambre! Es preciso que -coma, al menos.» Metió sus dedos, de rosadas uñas, en el bolsillo de mi -chaleco, y me sacó cinco duros, que por conducto de la criada pasaron á -las necesitadas manos del mocito aquél, de lánguidos ojos. Al hacerle -la limosna, la gitana le mandó este cariñoso recado: «Dale eso para que -coma, y dile que aquí no venga más, porque estoy de él por encima de -los pelos, y que vaya á que le mantenga el Nuncio.» - -¿Y qué dices tú ahora de mis depravaciones, de mi caída en la profunda -ciénaga del vicio, _do se anidan_ (¡atiza!) todas las sierpes venenosas -que destruyen el alma... y el cuerpo? Haz el favor de no llevarte las -manos á la veneranda cabeza. No hay tal vicio ni cosa que lo valga. -Es la vida, chico; el desenvolvimiento biológico dentro del medio -social... Vamos, si esto no es filosofía, que venga el diablo y lo vea. - - - - -XXXVII - - _17 de Febrero._ - - -Evangelio del día, _secundum Villalonga_. Este astuto vividor, -bulle-bulle de la política, que es en él pasión y oficio, se ha vuelto -de poco acá hombre de orden. Su lengua de hacha, que antes convertía en -leña las reputaciones más sólidas si se le interponían en su camino, -ahora es una lengüecita muy enguatada, y más lamedora que cortante. -Aspira el tal á ocupar un puesto en la situación, y ya no muerde sino -cuando se le amortiguan las esperanzas de la senaduría vitalicia. -En estos días parece que la cosa va bien, y el hombre es de lo más -razonable, de lo más sensato que imaginarte puedes. - -Truena contra los calumniadores, y dice que esta tendencia á enlodar -los nombres más respetables es un síntoma de desquiciamiento social. -Cuando pone el paño al púlpito, nos reímos, porque parece que está -refutando todo lo que en veinte años ha dicho y hecho. Pues si le -quieren ver desbocado, que le toquen á la familia Orozco. Algo esperará -de ella sin duda, ó algún favor hay de por medio. Oye su versión: «La -muerte de Federico no ha sido más que el vulgarísimo final de una -pendencia de garito. Como todo vicioso estragado, como el borracho que -no encuentra bastante fuerte ningún licor, y cada día los apetece más -ardientes, Federico no se satisfacía ya con las emociones de las timbas -establecidas en círculos elegantes, y frecuentaba garitos innobles... -¡Si esto se puede probar el día que se quiera!»—dice Villalonga á todo -el que le quiere oir. Prosigue su informe jurídico, asegurando que -un amigo suyo le vió salir con otro sujeto de una casa de juego de -malísima traza, á eso de las diez y media de la noche del 1.º, y que en -actitud de querella se metieron por la calle que conduce al _solar del -polvorista_. «Me parece que más claro no puede estar. Este amigo mío -les vió, repitió que les vió, y está dispuesto á declararlo.» - -Á renglón seguido se lamenta de que quieran convertir este hecho -vulgarísimo en fábula de amores, difamando á una dama ilustre... Y -luego enjareta el panegírico de ella, y crudos anatemas contra la -ligereza y ruindad de una parte del público. Es que en esta raza -proterva ha existido y existirá siempre el tic nervioso nacional de -abatir lo que está alto, de manchar la misma limpieza, y de enturbiar -lo más claro y puro. Concluye el orador jurando y perjurando que -daría cualquier cosa por cambiar de nacionalidad, abandonando la raza -proterva y el suelo ingrato, para metamorfosearse en inglés, en alemán -ó, si á mano viene, en moro berberisco... Pero no: lo que él quiere -ser es inglés. Ahora le da mucho por lo inglés, por lo parlamentario -y por el _self-governement_. ¡Eso es país, eso es política y opinión -soberana... y _juego_ de las instituciones...! - -Basta de Villalonga, y voy con Calderón de la Barca, del cual creía -yo que, por ser amigo íntimo de los Orozco, ó más bien parásito, -sostendría las versiones más favorables á sus patronos. Pues no, -señor. La intención á eso va; pero no le resulta, y su destornillada -cabeza ha compuesto un novelorrio que cree muy lisonjero para sus -amigos; pero es tal la necedad de su invención, que ni daño ni favor -puede hacerles. Supone á Federico perdidamente enamorado de Augusta, -y á ésta rechazándole con desdén. Si le apuran, Calderón es capaz de -sostener que le _consta_, por haber oído y visto algo que corrobora -semejante afirmación. Pues bien: Federico, loco de amor, frenético, -y sin reparar en los medios que emplea para obtener de la dama la -cita que con tenacidad le pide, resuelve engañarla, diciéndole que su -esposo tiene una querida; Augusta niega y duda; él insiste, y ofrece -probarlo. ¿Cómo? Pues en tal sitio se ven los amantes: la esposa -ofendida puede sorprenderles y cerciorarse de que se la pegan. Cae -mi prima en el lazo, y se deja llevar por el traidor á la casa donde -éste le ha ofrecido patentizarle la infidelidad de Orozco. Llegan... -Escena. Federico, ebrio de amor, confiesa su pérfido ardid, y cae -de rodillas. Augusta le pone de vuelta y media: esto es de cajón. -El otro, arrebatado y ciego, le dice: «Ó eres mía, ó te mato.» Y el -muy pillín saca su revólver. La dama prefiere la muerte. Trábase una -pequeña lucha, cae el revólver al suelo, se dispara solo, pataplum, -y la bala se le mete á Federico por la cintura. _Table...a...u_. -Imagínate lo demás. Viéndose herido, reconoce el criminal el _dedo de -la Providencia_, porque este dedito fué el que oprimió el gatillo del -arma; y abrumado por los remordimientos, pide perdón á la dama. Esta se -lo da, y le encaja su sermoncito, recomendándole que se arrepienta, á -lo que él accede, porque ya no tiene más remedio. - -«¿Y la herida de la cabeza, la herida mortal de necesidad?—le -preguntamos.—¿La herida de la cabeza?» - -Ráscase el narrador la suya, pero no acierta á sacar con la uña la -continuación de tan burdo argumento. Por fin... la cosa es clara... el -pérfido huye... ¿Pero á qué seguir? Ya puedes figurarte el desarrollo -de estos adefesios de la inventiva ramplona. - -No quiero entretenerte más con vueltas alrededor del asunto, y vámonos -al centro, al corazón de él. ¡Pensar que este jeroglífico no lo es para -una sola persona, y que tal persona, si quisiera, podría disipar con -cuatro palabras la confusión de mi mente! ¡Pensar que Augusta sabe la -solución, y que yo no puedo leérsela en la cara; que detrás de aquel -entrecejo está la representación exacta del hecho, y que yo no puedo -verla! Mi curiosidad se ha excitado tanto, que no sé qué daría, amigo -Equis: creo que daría años de mi vida porque esa mujer tuviera un -momento de franqueza conmigo y me revelara su secreto. Vamos, que le -perdono el mal que hizo, falta, error ó delito, si me cuenta lo que -pasó en aquella noche aciaga. - -Pues no creas, lo he de intentar; he de emprender con ella una campaña -de astucia, de constancia; un asedio en que emplee todas las armas, -desde las que infunden miedo á las que inspiran afecto y confianza. No -me muero yo con esta incertidumbre, y ella misma me ha de librar del -fiero suplicio. Seis días estuve sin parecer por la casa de Orozco, y -al quinto el propio Tomás me envió recado quejándose de mi desvío. Hoy -he almorzado con ellos. Ya te contaré lo que hablamos. Tengo prisa, y -además estoy en expectativa de una conferencia que espero celebrar con -Augusta, quien, á instancia mía, me prometió que hablaríamos un rato -á solas. Convinimos en que ella señalará día y hora, y aquí tienes -establecida ya una comunicación reservada entre los dos. Te lo contaré -todo; pero no me apures, que hay tiempo, y aplazo mis informes con la -esperanza de adquirir conocimiento más claro de alguno de los hechos. -Hasta otro día. - - - - -XXXVIII - - _19 de Febrero._ - - -No me lo vas á creer; pero te lo diré cien veces si es preciso. El -santo está como si ignorara lo que pasa y lo que se dice, y es casi -seguro que no lo ignora. Tal serenidad que por nada se altera, ¿es -grandeza de alma, ó todo lo contrario? Para afirmar lo primero, -sería preciso ver en este hombre un temple de carácter tan superior -que rayara en lo sobrenatural. Porque habías de ver su cara, en la -cual no notas ni el más ligero signo de disgusto ó contrariedad; -habías de oir su acento, siempre firme y reposado. Á su mujer la -trata con la cariñosa deferencia de siempre, y ella á él con mayores -consideraciones, si cabe, que antes. Te lo digo con franqueza: el -arcano que en la intimidad de este matrimonio se esconde sin duda, me -inquieta ya más que el otro de la muerte de nuestro amigo, y daría no -sé qué, años de vida también, única moneda con que se avaloran tales -satisfacciones, por poder ocultarme en la alcoba conyugal y oir lo que -hablan... ¿Pero qué hablarán, Dios mío? ¿Qué dirán? ¿Ó es que no dicen -nada, y se han puesto de acuerdo para ignorarse y desconocerse el uno -al otro?... - -Este Orozco, ¿qué clase de hombre es? Explícamelo tú, entusiasta -apologista de sus virtudes. Francamente, cuando éstas se me presentan -en grado tal de perfección, éntranme ganas de dudar de ellas, ó de -tenerlas por papel bien estudiado y aprendido para embaucar al mundo. -Imposible que un hombre de carne y hueso conserve tal presencia de -ánimo en medio de la atmósfera que se ha formado en torno suyo; y si -realmente la conserva, es que no es de hueso y carne como nosotros. -No niego que pueda existir en nuestros tiempos la santidad; pero me -resisto á admitirla en las altas clases. Existirá en las Órdenes -religiosas, ó en los desiertos habitados por una sola persona; pero -en el mundo activo, en la sociedad, en el matrimonio, en medio de los -chismes, de las envidias, de la soberbia, del lujo... Vamos, Equisillo, -que se te quite eso de la cabeza. Á tu sagaz olfato no ha llegado nunca -el olor de esa santidad... perfumada. - -Vamos á otra cosa. La conferencia con Augusta, á solas, se verificó -ayer. Fué interesante, aunque estéril para mis fines inquisitivos. -Recibióme en su tocador, por la tarde, y no había nadie presente, pues -no llamo persona á la chiquilla de Calderón, que iba y venía por la -estancia tirando de una muñeca amarrada por el pescuezo, imagen exacta -de mi situación espiritual, pues á ratos, en estos tristes días, me -parece que un demonio me echa una soga al cuello y se divierte tirando -de mí y apretándome sin ahogarme. - -Mi prima no puede ocultar que ha tenido insomnios, malísimos días -y peores noches, y que su ánimo está profundamente perturbado. Sin -duda no posee la santidad en grado tan alto como su marido, ni sabe -sobreponerse á las miserias humanas. Está mustia la pobrecita, ojerosa; -la mirada se le extravía, se le pierde. Cierto que trata de disimular, -echando un nudo á los suspiros que del pecho se le quieren salir; pero -no puede lograrlo. Si te digo que está más guapa que nunca, no lo -creerás seguramente, aunque supondrás que esto es efecto del amor que -me inspira. Veo que te ríes. ¿No habíamos quedado, dirás tú, en que -todo aquel amor se trocó en aborrecimiento de lo más fino? Bueno: pues -te contesto que estas cosas se dicen muy pronto, pero rara vez son la -expresión de la verdad. Nada nos engaña tanto como el desarrollo de -nuestros propios afectos en los casos graves de la vida. Suele suceder -que nos equivoquemos, como chiquillos que empiezan á vivir, y que -amemos más cuando creamos odiar, ó viceversa. Ello es que la encontré -aquel día guapísima, y sentí que las energías de mi carácter se -debilitaban lastimosamente ante ella. Pero me callo, por ahora, todo lo -que al buen Cupido se refiere. - -Lo que mi prima quería de mí, bien lo calé desde que empezó á hablarme. -Ya puedes figurártelo: que me dejara de averiguaciones, pues lo -que resultaba de ellas era espesar más la atmósfera de dicharachos -y mentiras. Para decírmelo, empleó mil circunloquios hábiles, -reconociendo la bondad de mi intento, mi amor á la familia, etc., -etc... Por mi parte, le hice ver que yo no perseguía la verdad para -hacerla pública; que si lograba adquirirla, la guardaría en mí como el -secreto más delicado de mi vida. Bien podía ella, pues, revelármela, -que yo la oiría como un confesor y la encerraría en mí como en un -sepulcro. Á estas insinuaciones que expresé con calor y casi con -elocuencia, contestóme la taimada negándolo todo en redondo. No tenía -absolutamente participación ni responsabilidad en aquel asunto. Ni -Federico fué su amante, ni ella faltó á sus deberes con aquél ni con -nadie. Todo calumnia, novela mal pensada y peor escrita, obra de los -desocupados, de los que envidiaban la dicha de su hogar, de los que, -por vivir depravadamente, no perdonan la honradez de los demás. Era, -pues, completamente ajena á las causas de la muerte de aquel buen amigo -de la casa, y no sabía si se mató ó le mataron, ni quería meterse en -indagaciones. - -Díjele que no pusiera á prueba mi respeto á su persona; que podía ser -inocente de la muerte de Viera; pero inocente de amarle y de tener -con él trato secreto... eso, que se lo contara á otro, pues yo tenía -datos bastantes para formar mi opinión sobre el particular. No se dió á -partido, y negaba, negaba con una insistencia que me volvía loco. - -Después examinó, riendo con forzado humorismo, las distintas versiones. -La de su amiga, la marquesa de San Salomó, fué tratada con sarcástica -frase. «¿Y es posible que tú seas de los que han creído que yo le -maté, yo...? ¿que mis manos...? Vamos, esto sería la mayor de las -indignidades, si no fuera grotesco.» Pero las interpretaciones que -más la irritaban eran aquéllas en que se incluía al buen Orozco en la -trama, dándole el papel de matador, bien directamente, bien valiéndose -de un asesino mercenario. ¡Qué estúpida monstruosidad! - -Viendo que de nada me valía la argumentación seca, apelé al -sentimiento; traté de halagar su amor propio, diciéndole poco más ó -menos lo que escribo á continuación: - -«No sé por qué vacilas en confiarme tu falta. ¿Crees que desmerecerás á -mis ojos, que perderás mi estimación? No, porque falta y aun crimen de -amor, de verdadero amor, no merecen más castigo que el amor mismo, el -cual es bastante penitencia. Si un sentimiento vivo se ha sobrepuesto -á tu voluntad y á tus deberes legales, ¿qué remedio hay más que -perdonártelo? ¿Y cómo no había de perdonártelo yo, que peco de amor por -tí; yo, que también he faltado á la ley, aunque sólo con la intención? -Si yo me absolví de mi falta intencional, ¿cómo no absolverte de la -tuya, aunque haya sido menos inocente? Yo tengo cierto derecho á saber -tus penas para consolarlas; deseo ardientemente que arrojes sobre mí -las cargas que abruman tu conciencia, porque te quiero con locura, y -no vacilaría en perder por tí, si preciso fuera, no sólo la paz del -alma, sino el honor y cuanto me liga á la sociedad. Si alguien hay á -quien debes confiarte, soy yo, porque te amo; y para que no achaques -á egoísmo lo que te pido, declaro amarte sin esperanza, y estoy -convencido ¡esto sí que es triste! de que no me correspondes ni me -corresponderás nunca. Me inspiraste una pasión loca, y te la declaré, -ignorando que amases á otro, ó dudándolo al menos. Ahora, sabedor de -que amaste al pobre Fritz, no se me oculta que la pasión aquélla no -puede repetirse ni heredarse. Pero ya que no puedo pretender llenar en -tu corazón el hueco que ha dejado quien ya no existe, aspiro á ser tu -mejor amigo, tu consejero y á poseer tu confianza. Yo te consolaré; yo -sabré, como nadie, respetar tu soledad, tu pena inmensa, que por mucho -tiempo ha de resistir á todas las tentativas de consuelo.» - -¿Qué te parece la perorata, que no sé si he copiado con exactitud? -Fastidiosa, ¿verdad? y hasta un poquillo cursi. Pues así y todo, le -hizo un efecto atroz. La ví conmovida; sus ojos se humedecieron, y no -pudo contener algunas lágrimas. Yo callé, creyendo que el llanto sería -precursor de la espontaneidad que deseaba. - -Observé que hacía esfuerzos por tranquilizarse y ser dueña de sí. Se -enjugaba los ojos, comprimía su emoción para no dejarse vender por -ella, y me dijo esto, que me impresionó vivamente: - -«Soy muy desgraciada... no lo sabes tú bien. Tenme mucha lástima, -porque de veras la merezco.» - -Le acaricié una mano, sin que tratara de impedirlo. Lejos de hacerlo, -me abandonó la otra, como persona en quien la necesidad de consuelos -se sobrepone á toda consideración. Le repetí mis deseos de ser su -amigo, de consagrarle mi vida y una intención moral incesante, y no -se escandalizó, ni mucho menos. Al contrario, mostróse agradecida, -hondamente afectada. - -Pero de súbito noté en su fisonomía y en su entrecejo no sé qué -severidad, algo que provenía de un sentimiento de orgullo, el cual se -posesionaba de su alma tras un momento de flaqueza; y poniéndose en pie -y apartándome de sí con cierta sequedad ceremoniosa, me dijo: - -«Seremos amigos; pero á condición de que no me preguntes nada, de que -no indagues absolutamente nada, ni de los demás ni de mí.» - -Quise contestarle; pero me impuso silencio. Imposible desobedecerla: -de tal modo imperaban su gesto y su voz sobre mí. Y aún hubo más. Dió -por terminada la conferencia, mandándome que me retirara... Otro día -hablaríamos más: así lo dió á entender. ¿Qué había de hacer yo más que -someterme ciegamente á su caprichosa voluntad? - -Pasé malísima noche, sin poder apartar de mí la imagen y las palabras -de esta endiablada mujer, que, si no me engaño, va á volver loco á tu -amigo, si es que no lo está ya de remate. Y mira tú qué cosa tan rara: -piensa en el enlace misterioso de las palabras con los afectos en esta -arrastrada vida humana, tan fecunda que cuantas más cosas peregrinas -ve uno en ella, más le quedan por ver. Pues empecé á dirigirle aquellas -frases amorosas que te he copiado, como quien emplea un argumento -capcioso; se las dije, persuadido de que no decía la verdad, y al -concluir, sorprendíme de ver que mi corazón respondía á todas aquellas -retóricas con un sentimiento afirmativo. Nada, Equisillo, que toda la -noche y al día siguiente estuve en brega con mis potencias cerebrales, -dudando de lo que sentía, y concluyendo por declararme que esa mujer me -tiene embrujado; que mientras más me esconde su secreto, más impelido -me siento hacia ella, y que si me convenciera de que fué realmente -matadora, más la querría, no vacilando en someterme á la prueba de ser -muerto por su mano, con tal que antes... No sigo, porque te alarmarás, -creyendo que ya no tengo remedio. Abur, tonto. - - - - -XXXIX - - _20 de Febrero._ - - -Emociones, más emociones. Ante todo, puedes llegarte á Zaragoza ó -venirte á Leganés, y mandar que me vayan preparando una jaula con los -barrotes bien fuertes, porque estoy... ya lo irás viendo. - -La entrevista segunda se verificó ayer en casa de la tía Serafina, que -sigue muy mal. Augusta va todos los días á acompañarla. Yo fuí también, -sin citación previa, seguro de encontrármela allí y de que podríamos -hablar sin testigos. Nos encerramos en un gabinete próximo al cuarto -de la enferma, en ocasión en que no había allí médicos, ni enfermeras, -ni visitas. ¡Qué bien! Forjéme la ilusión, al verme solo con ella y -observar su actitud expectante, no exenta de recelo, que aquello era -cita amorosa, en discreto lugar ignorado de todo el mundo. Lo primero -que se me ocurrió fué cogerle la mano derecha y examinarle la muñeca, -diciéndole: «¿Se te ha curado ya la quemadura?» Turbada retiró la mano, -no sin que yo viese la señal de la heridilla no bien cicatrizada, y me -dijo: «Hemos convenido en que has de ser discreto, y no hacer ni decir -tonterías... ¿Qué significa, grandísimo simple, esa estúpida sospecha? -¿Acaso te ha cabido en la cabeza que yo me magullé la mano en una -lucha...? Claro, como que soy asesina, y he tenido que sujetar á la -víctima para... - -—No es eso, no es eso—apresuréme á contestarle.—Yo no he creído nunca -que fueras asesina; pero sí he creído y creo que presenciaste la muerte -de un hombre, ocasionada de una manera que ignoro. - -—Vamos, niño: la primera condición para que yo te admita en mi -confianza, es que seas conmigo delicado, y me consideres, y me creas -cuando te digo algo que directamente me atañe. De otra manera no -puede existir esa amistad que deseo y casi casi necesito... Y no la -desvirtúes; no aspires á otro sentimiento más vivo, porque si te -empeñaras en ello, no obtendrías ese sentimiento, y adiós amistad.» - -Comprendiendo que en estos casos debe uno contentarse con lo que le -otorgan, y fiar al tiempo la ampliación de la dádiva, díjele que aunque -estoy perdidamente enamorado, conténtome con el sentimiento apacible y -honesto que me concede, y reconozco no merecer más. - -«Si hemos de ser amigos—-me dijo,—ya que tú te permites intervenir en -mis asuntos, y echártelas de padre maestro, y aun de padre espiritual, -con tus pretensioncitas de huronear faltas que no existen, voy yo -también á llamarte á capítulo, pidiéndote cuenta de ciertos deslices, y -excitándote á la corrección. ¿Pues qué se creía usted, señor moralista?» - -Quedéme perplejo, sin acertar á calarle la intención. ¿Quería -aturdirme, desorientarme, ó qué demonios se proponía la muy ladina, en -quien no pude menos de reconocer la sagacidad castellana de su padre -el zorro de Cisneros? No tardé en suponer á dónde apuntaba; caí en la -cuenta de que su objeto era tomar la ofensiva, como papel más airoso -para ella en la lucha que entablado habíamos. - -«Sin duda te han traído el cuento—le dije sin turbarme,—de que hay -algo... y aun algos con la Peri. Bueno: no te lo negaré. Pero ya debes -suponer que esto es accidental y sin importancia alguna en la vida. No -llames á eso relaciones. Es una veleidad de ella y una condescendencia -mía, que se pueden dar por terminadas en cualquier momento.» - -Quedóse pensativa, y á poco reanudó la conversación, diciendo tales -cosas de la Peri, con tanto énfasis y saña tan viva, que no pude menos -de fijar en ello la atención. «Has tenido muy mal gusto—me dijo.—Esa -mujer es una desvergonzada, una trapisondista, y además no tiene -nada de particular como hermosura, pero nada. No comprendo cómo os -ilusionáis con un tipo semejante. ¡Lástima grande que en estos tiempos -de vulgaridad democrática no haya las justiciadas de otra época! -¡Lástima que á estas bribonas no las emplumen y las azoten por las -calles, para lección de los mentecatos que se pierden por ellas, ó de -los que...!» - -No siguió. Se exaltaba más de la cuenta, olvidándose del papel que -quería representar; se clareó demasiado, y dejóme ver la punta de un -odio inmenso que en su alma latía. Le temblaron los labios y perdieron -su encendido color. Pronto noté que intentaba rehacerse y enmendar el -descuidillo de sinceridad que acababa de tener. Para esto, compuso su -rostro diciendo: «¿Pero á mí qué me importa? Lo he dicho porque... me -repugna verte en esa degradación.» - -Más atento á observar su cara que á calcular lo que debía decirle, -contesté de este modo: - -—Basta que á tí no te agrade _eso_, para que al instante se concluya. - -—No, si yo no te pido que sacrifiques por mí tus gustos. - -—¿Pues no dijiste que, para afianzar nuestra amistad, te hacías mi -directora espiritual, y correctora de mis malas costumbres? - -—Sí lo dije; pero luego se me ocurre que no debo hacerlo.» - -Parecióme desorientada, sin saber qué camino tomar. Por fin se decidió -por uno, tras breve meditación. - -—Mira, Manolo, te lo diré con franqueza: yo no quiero que rompas tus -amistades con esa mujerzuela.» - -Juzga cómo me quedaría con ésta no esperada declaración. «No te pasmes, -no abras esos ojazos,—me dijo.—Es un poco raro mi deseo, y necesito -explicarlo. Te hago el favor de creer que es muy fácil para tí dar un -puntapié á ese trasto de mujer. Y creo más... á ver si te adivino... -creo que tu enredo lleva un fin policiaco: el fin de averiguar qué -clase de relaciones, qué clase de tratos tenía el pobre Federico con -ella, porque, como te has metido á juez instructor, naturalmente habías -de buscar datos... del propio cosechero... ¿He adivinado? - -—Sí... tal ha sido mi intención. - -—Bueno, bueno—manifestó perdiendo el miedo al asunto;—pues si has -descubierto algo, dímelo, y si no, sigue cultivando esa confianza, en -la cual encontrarás la luz que buscas y que los demás también deseamos -ver.» - -¡Ay! querido Equis, de aquel anhelo de indagar las relaciones de -Federico con la Peri, resulta una nueva complicación. Hay algo que -Augusta ignora, sabiendo, según mi cálculo, lo principal. Así se lo -manifesté, y ella insistió en que sólo era curiosidad. Díjele que -podía negármelo todo; pero no su pasión por el pobre amigo muerto, -y su presencia en el acto que determinó la muerte de él. Perdí los -estribos; me descompuse; creo que se me escaparon frases violentas, -seguidas de otras tiernas y apasionadas. Me puse de rodillas ante ella, -y besándole con ardor las manos, le supliqué me revelara la verdad de -aquella tragedia, de la cual ella había sido por lo menos testigo, y -ni un tímido asentimiento pude obtener. Encerróse en torvo silencio, -que era mi desesperación; denegaba con la cabeza á cada frase mía, y -terminó augurando otra vez que no sabía nada, que no había visto nada. -Únicamente al interrogarla sobre sus amores con Viera, observé que su -denegación era débil, casi casi afirmativa, por la manera como la hizo, -entre suspiros que le salían del fondo del alma. - -Por fin, serenándose y tratando de calmarme á mí, se explicó en estos -términos: «Para obtener la confianza de una persona, lo primero es -hacerse digno de tal confianza. Lo que mucho vale, mucho cuesta, amigo -Infante. Tráeme lo que te he pedido, y hablaremos. ¿No te has hecho -amigo de la Peri para indagar por tu cuenta? - -—Sí, y ahora quieres que indague por la tuya. - -—Cierto, esa es la verdad. - -—¡Y quieres que yo sea tu polizonte, y que te sirva, sin obtener de tí -ni una sola confianza! Revélame lo que sabes, y si es incompleto, yo te -ayudaré á completarlo.» - -Me abrumó la infame, diciéndome con aplomo cruel: «¿Cómo he de -expresarme para que me entiendas? Precisamente por no saber nada, -quiero que me averigües lo que te he propuesto averiguar... Y no -prolonguemos más esta conversación, porque siento gente en la alcoba; -estás muy excitado, hablas en voz alta, y van á creer que estamos aquí -tirándonos los trastos á la cabeza. Hazme el favor de marcharte, y -hasta mañana ó pasado...» - -Salí de allí con la cabeza como un borracho, desesperado y aturdido, y -estuve paseándome un rato por las calles, para que se me refrescaran -las ideas. Y tan pronto sentía un loco impulso de todas las fuerzas -de mi vida hacia aquella mujer, más fascinadora por los misterios que -la rodeaban, como un velo liado con suprema coquetería; tan pronto me -inclinaba á huir de ella, como de un abismo insondable por cuyo borde -se me resbalaban ya los pies. Pasada una hora de inquieto vagar por las -calles, me dirigí á casa de Leonor, que me aguardaba, y de buenas á -primeras, sin preparación alguna, la interpelé en esta forma: - -«Me vas á contestar ahora mismo á lo que varias veces te he preguntado -sin lograr una respuesta... Mira, Leonor, que la cosa es grave: me lo -vas á decir, y así me probarás que me quieres y eres mi amiga. Nada, -que me lo dices, ¿verdad? Deseo saber qué clase de relaciones tenías tú -con Federico. No vale negar. Porque él entraba aquí muy á menudo. Esto -lo sabemos todos, y hay quien cree que no venía por contemplar tu cara -bonita. Con que me lo dices, ¿sí ó no? Leonor, Leonor, te lo pido por -lo que más ames. Hazme el favor de no mirarte tanto las uñas, y habla -claro. ¿Verdad que me lo vas á decir... á mí, pichona, monina, á mí que -te quiero mucho...?» - -Empezó tomándolo á broma. «Como la trucha al trucho. Chalaíto por mí... -¡Ay! ¡qué resalao es mi peine, y qué bonitos ojos tiene!» - -Estas tonterías me exaltaban más. «Leonor, Leonor, no bromees, hablo -muy serio, pero muy serio. Yo necesito saber eso, ó acabaré como el -pobre Federico. - -—¡Tú, tú...! ¡Jesús de mi vida!—exclamó, echándose á reir.—Tú no tienes -alma para eso, ni estás en sus circunstancias. No eres ni tan caballero -como él, ni tan perdido como él, ni tan... ¿Pero qué mosca te ha picado -hoy, peinecito de mi vida...? Á tí te pasa algo. Voy, voy á echar las -cartas para saberlo.» - -Levantóse y trajo los naipes, y en el mismo sofá en que yo estaba -empezó su juego, poniendo los cinco montoncitos: _lo que esperas_, _lo -que no esperas_, _lo que te ha venir_, _tu suerte_, _lo que se cubre_. -Hallábame tan excitado, que de un manotazo fué toda la baraja al suelo, -y le dije: «Pareces una bruja... Déjate de disparates, y contesta á lo -que te pregunto.» - -Leonor se amoscó. Cuadrándose y meneando la cabeza, me dijo: «Mira, -Infantito, que ya me voy cargando; mira, Infantito, que yo tengo -malas pulgas; mira, Infantito, que si te pones pesado, voy y traigo -la palmeta, ¿sabes? la zapatilla con que despedí al otro peine... -Es la que me sirve para dar pasaporte á los pesados, chinchosos y -reventativos... Recordarás que te dije: «de aquello no me preguntes -nada.» Con esa condición te admití. - -—Pues me vuelvo atrás—contesté ciego de ira, echándole la zarpa á los -hombros y sacudiéndola con brutalidad.—¡Tienes que decírmelo, ó te -mato, te mato, te ahogo!» - -Aquello iba á concluir mal. Yo estaba como demente y no era dueño de -mis acciones. Leonor se puso á dar chillidos, y entró la criada... No -creas que hubo golpes ó arañazos. Fué sólo un estrujón, acompañado -de palabras descompuestas. Por fin, volviendo en mí, la solté sobre -el sofá. La pobre muchacha, llorando de pena por mi ultraje y mi -brutalidad, sé mostró más bien ofendida que airada, y opuso á mi -tenacidad loca una tenacidad mayor: «Ni tú eres caballero—me dijo -secándose las lágrimas,—ni siquiera persona decente... Eres un tío, y -no sé, francamente, no sé cómo me gustaste... ¿Sabes lo que te digo -ahora? Que aunque me hagas picadillo, aunque me cortes en pedacitos de -este tamaño, no has de arrancarme una palabra. Fastídiate. ¿Crees que -porque soy una mujer pública no tengo tesón? Pues te equivocas, porque -también soy mujer particular cuando me da la gana, y sé serlo lo mismo -que otra cualquiera. Mira, ahí tienes la puerta abierta de par en par. -Me gustaste, y me gustas todavía. Yo soy muy franca y no oculto lo -que siento. Puedes volver si me pides perdón por esta bronca. Pero si -me vienes con preguntas, te doy la patadita para atrás, así, como los -burros cuando cocean, y te planto en la calle, para que te hagas cargo -de que cuando una quiere ser _particular_, y decente, y callada, lo es.» - -Aunque su lenguaje no era tan violento como de mi violencia debía -esperar, me sentí profundamente lastimado. Aquella discreción á toda -prueba era una especie de virtud, que yo no esperaba encontrar allí. -Me ofendía, y te lo diré claro, me empequeñecía. Salí de aquella casa -haciendo voto de no volver más, aunque Leonor no me repugnaba, ni mucho -menos; al contrario, me era grata su imagen transparentándose en mi -memoria. Pero la otra me atraía más, muchísimo más; la otra, Equis -de mis pecados, me volvía loco, me producía un vértigo de pasión, -de curiosidad... Á sus atracciones naturales unía la pérfida el -indefinible resplandor del drama desconocido ó á medio conocer. ¡Qué -noche pasé, qué noche! Imposible darte idea de mi suplicio, ni de las -vueltas dolorosas que mi espíritu daba, ya queriendo poner el afán de -conocimiento sobre la ilusión de amor, ya ésta sobre aquél. - -Y tú no me dices nada; tú ni me aconsejas ya, ni me das siquiera una -opinión. Parece que te has vuelto tonto, ó que miras con indiferencia -lo que me atañe. Pues para eso, maldita la falta que me hace tu amistad -ni ese saber omnímodo que dicen que tienes. Me has olvidado. Eres un -egoísta... sí, un egoistón. Ya lo he comprendido. No quería decirlo; -pero al fin dicho está, y no me vuelvo atrás. - - - - -XL - - _21 de Febrero._ - - -Si mal no recuerdo, ayer terminé mi carta tratándote con cierta dureza. -Haz la vista gorda, hombre, y considera el estado de mi ánimo, propenso -á la violencia y á la injusticia. Yo necesito desahogar con alguien -esta efervescencia, esta turbación honda de mi alma. Déjame que te -llame _perro judío_, y así me calmaré un poco: parece que se me quita -un peso de encima. Disimula, pues, toda barbaridad que leas aquí. He -tenido momentos de verdadera epilepsia, y aún no se me han sosegado -los malditos nervios; la mano me tiembla, y... ya ves qué letra y qué -sintaxis gasto... ¡Hasta endecasílabos, chico! - -Hoy ha sido para mí un día de prueba; mejor será que diga ayer, porque -son las dos de la noche. ¡Qué día! Por la tarde, después de delirar -como un calenturiento, se me ocurrió coger el tren y volar á tu -lado, para llorar contigo... es decir, tú no llorarías... Después lo -pensé mejor. Imposible salir de aquí, imposible apartarme de lo que -me enloquece. Pero aún no sé, no sé si me será forzoso adoptar una -resolución que me ponga á salvo de mi propia ansiedad. ¿Qué crees tú? - -Pues ayer tarde la ví otra vez. Acababa ella de entrar de la calle, y -estábamos solos. No había soltado el _entucás_, ni quitádose la capota. -Me parece que la tengo aún delante de mí, con su abrigo de pieles -desabrochado: ¡hacía un calor en aquel gabinete!... Aún creo ver la -mirada compasiva que me dirigió, y oir su acento fraternal. Porque -desde que me ví ante ella, me desbordé en palabras enamoradas que me -salían del fondo del alma. Fascinación mayor no he sentido nunca ni -creo que la vuelva á sentir. El enigma terrible que la rodea, lejos -de desilusionarme, me trastorna más. La quiero por honrada si lo es, -y la quiero por criminal si, en efecto, lo ha sido. Y creo que lo -fué: criminal en un grado que no acierto á precisar, y que sin duda -no llega á la perpetración del hecho. No puedo recordar bien lo que -le dije: que estoy loco por ella; que no importa, para quererla, que -tenga en sus manos una mancha de sangre como la de _lady_ Macbeth. «No -la tienes—añadí con desvarío, besándole las manos enguantadas,—no la -tienes; pero si la tuvieras, Augusta, yo te la borraría con mis besos. -Tu corazón se purificará con sólo corresponder á la efusión del mío. He -pasado por mil alternativas. El despecho me ha sugerido ideas malas; -he creído que eras perversa; tan obcecado estuve, que llegué á creer -que te odiaba... mira qué absurdo... Y en el mismo momento de creerlo, -habría sido capaz de darte mi vida. Perdóname mis impertinentes -investigaciones, que podrían resultar ofensivas para tí. Las hice -fingiéndome el pretexto de descubrir tu falta; pero el verdadero móvil -era conocer tu pasión. Nada enciende nuestra curiosidad como el -secreto, el _quid_ ilícito de la persona que amamos, eso que en nuestro -egoísmo creemos infidelidad. Yo buscaba en tí á la infiel, y por infiel -te tengo, y por infiel te quiero más.» - -Suplicóme con acento grave y cariñoso que no insistiera, pues no -podía quererme en la forma que yo pretendía. Seríamos amigos sin -traspasar los límites de la amistad respetuosa. «No creas—me dijo -después con acento conmovido—que me atribuyo cualidades que no tengo, -ni pienses que me quiero hacer pasar por impecable. Mi conciencia -no está tranquila; pero sí hay en ella el deseo y el propósito de -tranquilizarse, y esto es algo.» - -Como yo la instara otra vez dulcemente á que me confesase su falta, -quiso hacerme callar con estas palabras: «Ignoro todavía quién podrá -ser la persona digna de oirme en confesión, como no sea un sacerdote, -y de esto no se trata ahora. Para confesarme á un amigo, necesito que -éste me dé pruebas de verdadera amistad, prudencia y abnegación.» - -Aquí de mi argumento: - -«Tú me has exigido que te preste un servicio que ha resultado superior -á mi voluntad. La Peri no quiere darme las noticias que me pediste. -¿Qué puedo hacer yo? Ni con ruegos ni con amenazas he podido obtener de -ella una palabra. - -—Lo cual prueba—replicó,—que las mujeres, aun siendo malas, como esa, -sabemos guardar un secreto mejor que vosotros... ¿Sabes que he variado -de parecer respecto al encargo que te hice? Aplaudo la reserva de esa -mujer. Ya no quiero saber nada. Mi curiosidad era cosa inconveniente -y de mal gusto, y vale más no satisfacerla. Lo que ignoro, ignorado se -quede mientras viva. Lo concluído, concluído. Tú y yo nos contentamos -con lo poquísimo que sabemos, ¿verdad?» - -Esto me encendió más. Su tesón de castellana la engrandecía á mis ojos, -y conforme ella se iba ennobleciendo, iba yo curándome también de la -insana curiosidad que me había devorado. «Quiéreme—le dije tratando de -estrecharla en mis brazos,—quiéreme, y ocúltame tu falta, tu crimen -ó lo que sea. No te haré más preguntas; no deseo informarme de nada. -Pensé adorarte sincera, y callada te adoro más. Pero no me mates con -esa amistad fría: estoy loco por tí, y me muero si no me amas. Rota -la ley, Augusta; rota la ley, condénate conmigo, que ya no tengo -salvación... No se me oculta que tu corazón está lastimado, que está -muy fresca la herida para que puedas quererme; pero dame esperanzas, -dámelas, ó yo no viviré...» - -Se desprendió de mí con vigorosos esfuerzos, Apartando el rostro. No -decía más que esto: «No puede ser, no puede ser. - -—Considera que renuncio á hacer más diligencias, y que de mis labios no -saldrá una sola pregunta. La curiosidad ha sido ahogada por la pasión. - -—Esto no puede prolongarse. Manolo, serénate. Te diré una palabra sola, -la última, y ajusta á ella tu proceder. - -—Venga esa palabra; venga pronto.» - -Retiróse de mí, y puesta la derecha mano en la cortina de la puerta que -conducía á la habitación próxima, me dijo en voz baja y con la mayor -seriedad y aplomo del mundo: - -«La última palabra, y quizás la confesión más sincera de que puedo -alabarme en toda mi vida: no he sido honrada; pero estoy decidida á -serlo ahora, y lo seré hasta el fin de mis días.» - -Ví moverse la cortina, y desapareció aquella mujer, dejándome en la -mayor de las soledades: la soledad del no poseer y del ignorar. Sentí -impulsos de coger una silla y hacerla pedazos. Mira qué puerilidad. Me -marché porque me asaltó la idea de que, si me encontraba con Orozco, me -sería imposible disimular ante él mi agitación insana. - -Querido Equis, yo estoy enfermo, yo no sé lo que me pasa. Esa mujer me -ha desquiciado. ¿Qué debo hacer? ¿Debo insistir ó dejarla? Si no puedo; -si soy un chiquillo; si esta noche, decidido á faltar á su tertulia -para coquetear con mi ausencia, me he pasado las primeras horas de la -noche paseándole la calle, como un cadete, por el gusto de ver los -balcones de su casa y contarlos desde fuera, diciendo: «allí tiene su -tocador, allí duerme...» Mira si estaré trastornado... - -No he vuelto á casa de la Peri ni pienso volver. Todos me enfadan. -Orozco, el ejemplar, el santo, el incomprensible, me es odioso, y todos -mis amigos se me han hecho tan antipáticos como Malibrán. - -Estoy fuera de mí... Hasta tú me cargas. Te pegaría, creo que te -pegaría. Pero, en fin, me resigno á no perder tu preciosa amistad. Te -perdono la vida. La desesperación y el despecho me inspiran cosas que -presumo han de ser enormes disparates. ¡Vaya, que no quererme! ¡Esa -honradez de última hora...! El diablo harto de carne... Es una bribona; -no, que es un ángel... La adoro por criminal: ¡tremenda antítesis! Si -me probara su inocencia, ¿acaso me gustaría menos? Tal vez... Equis, -Equisillo, ven por Dios en mi ayuda. - - -P.D. _22 de Febrero_.—Creo que si sigo en Madrid no acabaré en bien. -Hoy intenté verla, y se negó á recibirme. Le he escrito. Me devolvió la -carta sin abrirla. He tenido un momento de exaltación, que felizmente -va pasando. Determino poner tierra por medio. Me voy á Orbajosa. Un -día no más necesito para arreglar ciertos asuntos, lo estrictamente -indispensable. Saldré mañana en el tren correo, y á media noche estaré -en tu compañía. Por Dios, Equis de mi vida, haz todo lo posible para -que no salga la música del pueblo á recibirme. - - - - -XLI - - _23 de Febrero._ - - -¿Qué es esto, Equis de mi vida? ¿Está escrito que yo he de volverme -loco, y que seas tú quien me remate? - -Vamos por partes. Hoy, cuando estaba disponiendo mis bártulos, cae -sobre mí como un aerolito, mejor dicho, como si desde Orbajosa me -arrojasen un canto rodado, el insigne hijo de esa localidad, don -Juan Tafetán, el cual, después de saludarme en tono lacrimoso, -participándome que le han limpiado el comedero, y que viene á solicitar -con mi ayuda, ¡Dios nos asista!, su reposición, me entrega un -encarguillo que le diste para mí. - -El paquete... Pero no: he dicho que vayamos por partes, y por partes -hemos de ir. Pues las quejas que del afligido pecho de Tafetán -salieron, partirían una roca. Díjome que esa gente está furiosa contra -mí por la indiferencia, rayana en menosprecio, con que, de algún tiempo -acá, he mirado los asuntos del distrito. Los encumbrados Polentinos, -así como los humildes Licurgos, hállanse acordes en ponerme de hoja de -perejil, porque he permitido con mi incuria que _los de la oposición_ -se hayan montado sobre los nuestros. Estos, es decir, los que fueron -míos, celebraron la semana pasada un patriótico _meeting_ para -convenir en la forma y manera de darme una silba si tengo la frescura -de presentarme en la metrópoli del ajo. ¡Y yo, que, en el colmo de la -inocencia, creí ó temí que saldría á recibirme la música del pueblo -con sus desacordados trompetones! ¡Y ya me figuraba oir el restallido -de los cohetes que á los aires lanzaría, un homenaje á mi persona, la -diestra mano de Frasquito González! - -Pero dime tú, ¿es cierto lo que me cuenta este pobre hombre, con -el cual no sé qué hacer ni dónde ponerlo, ni cómo consolarle en su -tribulación de cesante? ¿Es cierto, dí, que en toda esta temporada de -angustias, fiebre y diligencias policiacas, no he contestado ni una -sola carta de los caciques y gente menuda del distrito? ¿Es cierto -que en esto que llamaremos interregno se ha resuelto la cuestión -del emplazamiento de la estación del ferrocarril, situándola en -Valdegañanes, y dejando á nuestra _Urbs Augusta_ á diez y siete -kilómetros de la línea? ¡Bueno se va á poner _El Impulsor_, que decía -no hace mucho que el ferrocarril llamaba á las puertas de Orbajosa -con el alerta de las locomotoras, esos centinelas avanzados de la -civilización! ¿Y es cierto (el cabello se me eriza al escribirlo) que -los de Valdegañanes, _esas _lumbreras apagadas del obscurantismo, -amenazan con arrancar de cuajo el Juzgado y llevárselo á su término? -¿Es cierto que nuestros enemigos, envalentonados por mi abandono, han -secado la fuente de los Chorrillos, llevándose el caudaloso real de -agua al abrevadero de Penitentes de San Bartolomé de Abajo? ¿Es cierto -que me birlaron el peatón de Fuente los Tojos, y el estanco del tío -Majavacas, y que me han dejado cesante á este sin ventura Tafetán? -Cierto debe de ser, pues se trae una cara tan compungida que ni la -de la Magdalena se le iguala. Pues con estos golpes y la destitución -en masa del Ayuntamiento de Villahorrenda, veo por tierra, ó á punto -de derrumbarse, eso que los representantes del país llamamos el -_altarito_, ó sea mi poder político en el pedazo de España que tuvo la -honra de elegirme su esclavo y opresor. Ante tal cúmulo de desastres, -querido Equis, resuelvo aplazar la visita á mis electores, con el doble -objeto de ver si puedo poner algún puntal al consabido altarejo, y de -librarme de la serenata que mis siervos y tiranos ¡ay, dolor! me tienen -preparada. - -Y vamos á lo otro, pues dije que iríamos por partes, y por partes ¡vive -Dios! iremos. Tafetán me entrega un grueso paquete, que me parece, -al pasar de sus temblorosas manos á las mías, una caja de bizcochos -borrachos. Y he aquí que me digo: «¡Por dónde se le ocurre á este tonto -ahora mandarme bizcochos borrachos! ¡Ah! ¡Es que necesito medicina -dulce y narcótica! ¡Qué talento tiene este Equis!... Pues, señor, -abro el mamotreto y me encuentro que contiene papeles. ¡Ajajá! Cinco -cuadernos manuscritos, de igual tamaño próximamente, y muy cosiditos -con hilo encarnado. Los hojeo con febril curiosidad. Lo primero que me -llama la atención es la letra. Yo conozco esta letra... Pero, señor, -¿de quién es esta condenada letra? De Equis no es, y, sin embargo, -me es familiar, familiarísima... Y de una sorpresa grande pasamos -á otra mayor. Figúrate cuál sería mi asombro al ver los nombres de -Augusta, Orozco, Federico, Malibrán, corriendo en medio de las hojas, -pasadas velozmente por mis dedos. Lo que más me maravilla es que la -disposición de los nombres á la cabeza de trozos más ó menos largos -de texto, parece indicar que el contenido de los cuadernos está en -diálogo dramático. Me fijo en el encabezamiento de uno de ellos, y veo -que dice: _Jornada tercera_. La portada del primero es lo que remata -mi estupor, y desconfío de mis ojos cuando leo: REALIDAD, _novela en -cinco jornadas_. Abro tanta boca, que el mismo Tafetán, haciendo un -paréntesis en su consternación de cesante con nueve hijos, se ríe de mí. - -¿Pero qué es esto, Equis de todos los demonios? ¿Qué drama es éste, ó -qué novela, y quién la ha escrito? ¿Has sido tú? ¿Es un bromazo que me -das?... ¡Anda, anda! Leo la lista de personajes, escrita en la primera -hoja, y me encuentro á toda mi gente. Equis, Equis, explícate, por -tu vida, si no quieres que yo acabe de perder la razón. ¿Por qué no -acompaña al paquete una carta tuya, informándome del por qué de este -extrañísimo y misterioso escrito? ¡Pero si yo conozco la letra... la -he visto mil veces, y no puedo en este momento, por el trastorno de -mi cabeza, recordar á quién pertenece!... ¡Ah! ya caigo en ello. La -letra es tuya, tuya, desfigurada. No me lo niegues. Tú, que eres de -la familia de los Merlines; tú, que posees un poder de adivinación no -concedido á todos los mortales; tú, que sabes ver la cara interna de -los hechos humanos cuando los demás no vemos más que la cara exterior, -y penetrar en las vísceras de los caracteres, cuando los demás sólo -vemos y tocamos la epidermis; tú, Equisillo diabólico, has sacado -esta _Realidad_ de los elementos indiciarios que yo te dí, y ahora -completas con la descripción interior del asunto la que yo te hice de -la superficie del mismo. De modo que mis cartas no eran más que la -mitad, ó si quieres, el cuerpo, destinado á ser continente, pero aún -vacío, de un sér para cuya creación me faltaban fuerzas. Mas vienes -tú con la otra mitad, ó sea con el alma; á la verdad aparente que á -secas te referí, añades la verdad profunda, extraída del seno de las -conciencias, y ya tenemos el sér completo y vivo. ¿Es esto así? Dime -sí ó no, y mientras me arrojo como un hambriento sobre tu _Realidad_, -carguen contigo los demonios, y conmigo también. - - - - -DE EQUIS Á INFANTE - - -XLII - - _Orbajosa, 24 de Febrero._ - - -Gandul: recibo la tuya, y me apresuro á explicarte el por qué del -manuscrito que te llevó el buen Tafetán. Pero ven acá, tonto, ¿es -posible que no reconozcas tu letra? ¡Si es tuya, grandísimo idiota! -¿Á tal punto has llegado en tu desvarío cerebral que ni conoces tu -propia escritura? Á esto me contestarás que tú no has compuesto tal -drama ni cosa que lo valga, y temerás, sin duda, que mis explicaciones -aumenten el barullo de tu infeliz cabeza. Verás cómo no; verás cómo te -tranquilizas al saber de qué modo natural y sencillo se produjo esa -REALIDAD que tanto te pasma, saliendo de tu letra sin que tú pusieras -en ella la mano. - -Pues verás, hijo mío, qué fenómeno tan fácilmente comprensible para -un sabio perspicuo, como lo eres tú, formado en la escuela de la Peri -y de otras filósofas peri... patéticas. Atiende bien. Guardaba yo tu -correspondencia, perfectamente liada con balduque, en un arca donde -suelo meter, para que no me los roben estos pillos, los ajos de la -última cosecha. Guardo también cebollas, alguna calabaza, sartas de -guindillas, simiente de anís y otros productos de este prolífico suelo. -Ya ves que tus cartas estaban en buena compañía. Yo les había puesto un -rotulito que decía _La Incógnita_. - -Pues anteayer se me antojó releerlas. Abro mi arca, y... puf. Sin -juramento me puedes creer que salía de allí un olor de mil demonios. -Echo mano al paquete, y me lo encuentro transformado en el drama ó -novela dialogada, _de tu puño y letra_, que recibiste por el buen -Tafetán. Comprendiendo que debes leerlo tú antes que nadie, refrené mi -curiosidad y allá te fueron las cinco jornadas. Pero qué, ¿no crees en -la metamorfosis? Para mí es tan común el fenómeno, y lo he presenciado -tantas veces, que no me causa sorpresa alguna. Sí, chico, no te quemes -las cejas averiguando quién ha compuesto eso. La realidad no necesita -que nadie la componga; se compone ella sola. - -Qué, ¿lo dudas todavía, y persistes en que yo...? No, hijo, no tengo -ese saber de adivinación que me atribuyes. El fenómeno que hoy admiras -es tan natural como el más corriente que en la Naturaleza puedes -advertir uno y otro día. Cuando quiero obtener la verdad de un caso, -cojo los datos aparentes y públicos; los escribo en varias hojas de -papel, los meto en el arca de los ajos, y á los tres días, hora más, -hora menos, ya está hecho. - -Aún dudas, ¿verdad? Pues si quieres que yo te crea tu pasión por -Augusta, tienes que creerme la sobrenatural y ajosa metamorfosis de tus -cartas en novela dramática. - -Tu invariable—EQUIS X. - - -P.D. Se me olvidaba decirte que haces bien en no venir. Todas las -referencias tafetánicas son ciertas. Si pareces por acá, te aguarda una -silba en la cual tomaremos parte todos los habitantes de esta ciudad -excelsa, lo mismo los brutos que los ilustrados, entre los cuales tengo -la inmodestia de contarme. Se han vendido ya en el pueblo cuarenta -docenas y media de silbatos. Iré de simple testigo, á presenciar la -justa cólera de los ciudadanos, y tu vergüenza y humillación. No te -chiflaré, pues ya lo sabes... no toco pito... - - -FIN DE LA INCÓGNITA - - -Madrid, Noviembre de 1888-Febrero de 1889. - - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of La Incógnita, by Benito Pérez Galdós - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA INCÓGNITA *** - -***** This file should be named 54521-0.txt or 54521-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/4/5/2/54521/ - -Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the -Distributed Proofreading team at DP-test Italia. - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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You may copy it, give it away or re-use it under the terms of -the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - -Title: La Incógnita - -Author: Benito Pérez Galdós - -Release Date: April 10, 2017 [EBook #54521] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA INCÓGNITA *** - - - - -Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the -Distributed Proofreading team at DP-test Italia. - - - - - - -</pre> - - -<div class="front"> - <hr class="full" /> - <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p> -</div> - -<div class="screenonly"> - <hr class="chap" /> - <div class="figcenter"> - <img src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - -<div class="aftit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">[p. 1]</span></p> - <h1>LA INCÓGNITA</h1> - <hr class="chap" /> -</div> - -<div class="chapter pt6"> - <div class="legal"> - <p><span class="pagenum" id="Page_2">[p. 2]</span>Es propiedad. - Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los - ejemplares que no lleven el sello del autor.</p> - </div> -</div> - - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span></p> - <p class="lh200"><span class="xl">B. PÉREZ GALDÓS</span><br /> - <span class="medium g1">NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS</span></p> - - <hr class="fil" /> - <hr class="fil" /> - - <p class="fs275 mt1">LA INCÓGNITA</p> - <hr class="sep" /> - <p><b>12.000</b></p> - - <div class="figcenter mt3"> - <img src="images/logo.jpg" - alt="Logotipo del editor" /> - </div> - - <p class="large lh150 mt3">MADRID</p> - <p class="fs90 lh150 g1">PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA</p> - <p class="small lh150 g1">(Sucesores de Hernando)</p> - <p class="fs90 lh150 g1">Arenal, 11</p> - <p class="large">1906</p> -</div> - - -<div class="aftit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_4">[p. 4]</span></p> - <p class="fs90 lh150">EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO<br /> - <small>IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.</small><br /> - C. de San Francisco, 4.</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span></p> - <p class="falseh1 g1">LA INCÓGNITA</p> - <hr class="tir" /> - <p class="preh2">Á D. EQUIS X, EN ORBAJOSA</p> - <h2 class="nobreak corto">I</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>Madrid, 11 de Noviembre.</i></p> - -<p>Querido Equis: Allá va mi primera carta. La empiezo recordándote la -condición <i>sine qua non</i> de mi compromiso epistolar, y es que esto no -ha de leerlo nadie más que tú. Sólo con la seguridad de que humanos -ojos, fuera de los tuyos de ratón, no han de ver el contenido de -estas cartas, puedo ser, como me propongo, absolutamente sincero al -escribirlas. Á cambio de la solemne promesa de tu discreción, nada te -ocultaré, ni aun aquello que recelamos confiar verbalmente al amigo más -íntimo.</p> - -<p>Ya que por tus pecados, de los cuales más vale no hablar, te ves -recluído en la estrechez carcelaria de ese lugarón, donde todas las -murrias del alma humana tienen su asiento, quiero enviarte<span -class="pagenum" id="Page_6">[p. 6]</span> la sal de estas cartas -para que sazones con ella el pan desabrido de tu destierro forzado ó -voluntario, que esto es harina de otro costal. En ellas verás personas, -sucesos, chismes y trapisondas de esta pícara Corte, cuya confusión y -bullicio tanto te agradan, como buen <i>gato</i> madrileño; y la sociedad -que has dejado con pena, la vida ésta, entretenidísima, variada y -estimulante, revivirán en tu espíritu, descritas sin galanura, pero con -veracidad, por tu mejor amigo.</p> - -<p>Hemos cambiado nuestros papeles, como trocamos nuestra residencia. -Yo perdí de vista á la gran Orbajosa, muy á gusto mío, para venirme -acá, y tú abandonas tu patria intelectual para confinarte en lo que -fué mi destierro durante cinco años de faenas tan necesarias como -fastidiosas, arreglando dos testamentarías, midiendo y partijando -fincas, pleiteando con medio pueblo, deshaciendo enredos de curiales y -líos de lugareños astutos, deslindando pertenencias mineras, con otras -muchas fatigas y trabajos que me permiten hombrearme con Hércules, y -tener por niños de teta á los héroes más templados de la antigüedad.</p> - -<p>Yo resucito, y tú mueres; yo salgo á la luz, y tú caes en ese pozo -de ignorancia, malicia y salvaje ruindad. Y así como en mi largo -cautiverio me distraje contándote las marrullerías y gansadas de esos -lugareños, capaces de marear á Cristo, si Nuestro Señor tuviera el -mal gusto de meterse con ellos; ahora que en Madrid estoy, libre, -gozoso, rico, sin otra pena que no tenerte á mi lado; ahora que me -agasajan y miman más de lo que merezco, y que la vida, con mi posición -inde<span class="pagenum" id="Page_7">[p. 7]</span>pendiente y el -cargo de diputado (obtenido de momio y por mi linda cara), es para mí -como una racha favorable, que ojalá no se quede corta; ahora, querido -Equis, estoy obligado á cuidar de que no te aburras ó desesperes, y -te escribiré con verdadero ensañamiento, á fin de alegrar algunos -instantes de tu existencia solitaria.</p> - -<p>Lo peor es que no sabré contar la historia de mi vida en Madrid de -un modo que te interese y cautive. Ni poseo el arte de vestir con galas -pintorescas la desnudez de la realidad, ni mi conciencia y mi estéril -ingenio, ambos en perfecto acuerdo, me han de permitir invenciones -que te entretengan con graciosos embustes. Conoces á casi todas las -personas de quienes he de hablarte. Mal podría yo, aunque quisiera, -desfigurarlas; y en cuanto á los sucesos, que de fijo serán comunes y -nada sorprendentes, el único interés que han de tener para tí es el que -resulte de mi manera personal de verlos y juzgarlos. La última vez que -hablamos me anticipaste la opinión que yo había de formar de ciertas -personas. Ya puedo anunciarte que has acertado con respecto á algunas. -Otras hay que conoces poco, ó al menos no las has visto tan de cerca -como ahora las veo yo. Por éstas quiero empezar, y creo darte agradable -sorpresa estrenándome con mi buen tío y padrino don Carlos María de -Cisneros, cuya fama de estrafalario justamente incita tu curiosidad. -Sé que has deseado tratarle, y que le admiras, por lo que de él se -cuenta, como uno de los tipos más singulares de nuestra sociedad y de -nuestra raza. Yo te le presentaré. Verás su casa y sus costumbres; -le oirás exponer sus ideas, que á las de nin<span class="pagenum" -id="Page_8">[p. 8]</span>gún mortal se parecen, y será tu amigo como lo -es mío.</p> - -<p>Habíale yo conocido en mi niñez, cuando mi madre vino á Madrid, -trayéndome consigo, á consultar los médicos. Recordaba la casa, toda -llena de cuadros desde la antesala á la cocina, pinturas ennegrecidas -en su mayor parte, entre las cuales me causaban más miedo que -admiración las que cubrían las paredes del recibimiento, representando -asuntos de frailes cartujos, rostros cadavéricos, muertos que se -levantaban de sus ataúdes, y mártires en carne viva ó estrangulados, -con medio palmo de lengua fuera de la boca. Recordaba también la -persona de don Carlos, un señor muy fino, muy amable, pulcro y decidor, -cariñoso con mi madre y conmigo. Después le ví en París dos veces, pero -tan rápidamente, que continuaba siendo poco menos que un desconocido -para mí. Hasta el mes pasado, cuando me instalé en la Corte, no se -me han revelado la persona completa y el carácter originalísimo de -este sujeto, que me hizo el honor de tenerme en brazos en la pila -bautismal.</p> - -<p>No te quiero decir las bondades y miramientos que he merecido de él -desde que vine aquí. Me cotiza á precio mucho más alto del que debo -tener; me mima, me adula, celebra todo lo que digo, me da palmetazos -en la espalda á cada instante, y repite, aunque no venga á cuento, -esta frase: «Mira, Manolito, tú no me has de dejar mal, porque cuando -te cristiané, hice la profecía de que aquel muñeco que en brazos tuve -había de ser un grande hombre.» Me ha presentado á todos sus amigos, -que son muchos, y entre los<span class="pagenum" id="Page_9">[p. -9]</span> cuales hay algunos que no se me quedarán en el tintero. Me -convida á almorzar dos veces por semana, haciéndome el increíble honor -de discutir conmigo sobre mil cosas, y de explanarme sus deliciosas -teorías políticas y sociales.</p> - -<p>La primera vez que fuí á su casa, no me dejó salir hasta media -noche, y al despedirme, hízome prometer que volvería al día siguiente. -La alegría inquieta y locuaz del buen señor era como el entusiasmo de -un niño á quien entregan un juguete nuevo. Hablamos de la familia: de -mi madre, á quien Cisneros tanto admiraba; de mi padre, que era para -él como un hermano. Sacamos á relucir episodios de la historia de los -Cisneros, de los Calderones de la Barca, de los Infantes, y de toda -nuestra parentela, hasta no sé qué generación. Su felicísima memoria -le permite restaurar los árboles genealógicos más carcomidos y con más -saña talados por el tiempo, el abandono y la democracia. El pobre señor -no acaba cuando se pone á contar las aventuras que corrió con mi padre, -allá por los años del 40 al 50; lances de amor y pendencias que ya no -se estilan, porque los muchachos, con esta educación hipócrita de los -tiempos modernos, han trocado la inocencia petulante por la formalidad -corrompida. El 53 se casaron ambos. Mi padrino tuvo una hija, Agustina -Cisneros, mujer de Tomás Orozco, á quien tú conoces mejor que yo; y -á mi padre le nacieron cinco hijos, de los cuales yo solo he quedado -para muestra. La señora de mi padrino y mi mamá eran primas hermanas, -de la familia de los Calderones de Valladolid: se habían criado juntas -y se amaban tiernamente. Cis<span class="pagenum" id="Page_10">[p. -10]</span>neros también tiene lejano parentesco con los Infantes, y por -eso le llamo tío. Suspendo aquí las informaciones genealógicas para no -volverte loco. Te diré tan sólo que ambas familias dejaron de tratarse -con intimidad y frecuencia hace unos quince años, por residir mi padre -casi constantemente en país extranjero.</p> - -<p>De este largo período de expatriación he tenido que dar cuenta -prolija á mi buen don Carlos, que no se saciaba de oirme. También le -hablé de tí, y te conoce por tus obras, mejor dicho, por la fama de tus -obras, pues declara con ingenuidad un tanto vergonzosa que no las ha -leído. Le he contado cómo se trabó y remachó nuestra amistad en aquel -maldito colegio de Beauvais, siendo tu padre cónsul de España en el -Havre y después en París. Departimos extensamente sobre las vicisitudes -de mi familia, y el santo varón se hace lenguas de mí, admirando que -tuviera yo bastante virtud y firmeza de carácter para sepultarme, á la -muerte de mis padres, en esa triste Orbajosa, con el fin de buscar el -derecho y la razón en el caos de mi herencia.</p> - -<p>¿Verdad que no debo quejarme de la suerte? Porque, terminada aquella -labor de gigantes y encontrándome más rico de lo que creía, mis amigos -y deudos me obsequian una mañanita con un acta de diputado, que tomo -con mis manos lavadas; me vengo á Madrid; mi pariente Cisneros, así -como su hija, la de Orozco, me acogen con afectuosa simpatía, y el -pobre huérfano encuentra en ambos hogares ese calorcillo de familia que -le hace llevadera su soledad. Entro en los Madriles con pie derecho, y -en la política con<span class="pagenum" id="Page_11">[p. 11]</span> -cierto estruendo de notoriedad. Ya supiste los ruidosos incidentes -electorales y la guerra sañuda que me hizo en la Comisión de actas el -candidato derrotado. Pero no sé si llegaron á tu noticia las infamias -de cierto periódico, diciendo que yo era deudor al Tesoro de gruesas -sumas, por atraso en la contribución de la mina <i>Esperanza</i>. Para -defenderme, publiqué una carta que reprodujo la semana pasada toda -la prensa. Ha sido muy elogiada por su lacónica dignidad y por las -insinuaciones maliciosas que, en justo desquite, supe encajar en ella. -Te la mando para que te rías un poco.</p> - -<p>Y ahora te diré otra cosa que te hará reir más. Sabes que soy -bastante desmañado, y ya puedes figurarte que, al venirme á estas -esferas, donde la vida es tan distinta de aquel desgaire tosco -que impera en la episcopal Orbajosa, he tenido que arrostrar los -azares de la aclimatación social. Cierta aspereza que hay en mí; -el desconocimiento de los convencionalismos de forma y de lenguaje -imperantes en cada sociedad; el no saber encontrar la justa medida que -aquí existe entre la etiqueta y la confianza, me han hecho aparecer -un tanto desairado y cohibido en el salón de mi prima (por rutina -sigo dando este nombre á la hija del célebre Cisneros). Fácilmente -comprenderás que mi asimilación ha hecho prodigios en pocos días, y que -voy soltando la cáscara de lugareño; pero no he podido evitar, con tan -notorios progresos, que se haya ejercitado en mi humilde persona el -arte exquisito de esta gente para poner motes muy salados. De mi rudeza -social y de la momentánea celebridad que adquirí<span class="pagenum" -id="Page_12">[p. 12]</span> cuando me discutieron el acta, han sacado -el dicharacho. Me llaman <i>el payo de la carta</i>. Díjomelo ayer mi prima -en casa de su padre, celebrando con risas la ocurrencia; y al ver que -yo, no sólo no me enfadaba ni pizca, sino que aplaudía el chiste, -añadió que esta broma inocente no disminuye la estimación que me tienen -sus amigos. Convenimos todos en reir la gracia, y por mi parte aseguro -que no siento molestia alguna. Sin duda te ríes al leerme, como yo me -río al escribirte.</p> - -<p>Pero mi buen humor no me libra, querido Equis, de la fatiga de -esta larga carta. He llenado dos plieguecillos, y tengo más sueño -que vergüenza. Dispénsame por esta noche, y aguarda un día ó dos la -continuación, que si tú rabias porque te cuente cosas de mi padrino, -más rabio yo por desembucharlas. Abúrrete lo menos posible, y que -Dios te haga ligera la cruz de tu existencia en la metrópoli <i>ajosa</i>, -<i>urbs augusta</i>, que dijeron los romanos, si es que lo dijeron. Aquí de -nuestras bromas escépticas. ¿Crees tú que hubo romanos? Quita allá, -bobo... Invenciones de los sabios para darse pisto. Siempre tuyo</p> - -<p class="firma"><span class="smcap">Manolo Infante.</span></p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_2"> - <p><span class="pagenum" id="Page_13">[p. 13]</span></p> - <h2 class="nobreak">II</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>13 de Noviembre.</i></p> - -<p>Pues volviendo á lo mismo, Equis de mis pecados, te diré que -encuentro á mi padrino más viejo de lo que yo me lo figuraba. ¡Pero -qué chispa en aquel rostro, qué ojos de lince, y qué gracia de dicción -la suya! Su cara es enjuta, morena, bien afeitadita; el labio superior -enérgico y velloso, casi negro de la fuerza del pelo bien descañonado; -la nariz tajante, corta, y unida al labio como si quisiera hacerlo -suyo; la mandíbula robusta y saliente; los ojos vivos, bajo cejas -tan pobladas que parecen dos tiras de terciopelo negro; la cabeza de -perfectísima hechura; sin calva; el pelo con bastantes canas y cortado -al rape. Si te digo que su perfil se me parece al del insigne cardenal -de su mismo nombre y que tal vez es su pariente, no te digo más que -la verdad. No lo creas si no quieres, hombre sin fe. Pertenece á la -más genuína cepa castellana ó extremeña; es seco como la tierra, agudo -con toda la agudeza de la raza, duro y flexible como el clima de aquel -país; mezcla de sagaz lugareño y de señor magnánimo, con no sé qué de -fraile que lleva pistolas debajo del hábito. No te puedo expresar bien -mis impresiones acerca de esta figura eminentemente nacional. Trae á tu -imaginación aquellos<span class="pagenum" id="Page_14">[p. 14]</span> -guerreros afeitados que parecían curas, aquellos señores que semejaban -labriegos vestidos de seda, los comuneros de rostro recurtido por el -sol y los hielos de Castilla; piensa en el obispo Acuña, en el conde -de Tendilla, en Torquemada, en San Pedro Alcántara, que sólo comía dos -veces por semana; reconstruye el cuño de la raza y tipo de la madre -Castilla, y podrás decir: «Vamos, ya le tengo.»</p> - -<p>Habrás oído que mi padrino posee una buena colección de cuadros -y antigüedades, parte por herencia de su hermano don Diego, parte -allegada por él. Y aquí, ¡oh ínclito Equis! mi sinceridad me hace -soltar una herejía, que de seguro leerás con indignación. Mas no -me importa, y allá va: <i>Me cargan las antigüedades</i>. No iré tan -lejos como el poeta, que, cuando se estaba muriendo, reunió á sus -hijos y deudos en torno al lecho del dolor, para decirles con mucho -misterio que <i>le cargaba el Dante</i>. Pero sí te aseguro que no tengo -maldito entusiasmo por las colecciones de <i>bric-à-brac</i>, pues si bien -reconozco que en algunas figuran objetos de extraordinario mérito, -la mayor parte de ellas sólo tiene un valor convenido. Á eso me -dirás, ya lo estoy oyendo, que la historia del arte... y que patatín, -y que patatán... Estamos conformes: me tomo, antes que me lo des, -el diploma de bruto. Es que no lo entiendo, y tengo la franqueza -de decirlo, mientras que otros, sin entenderlo más que yo, fingen -extasiarse delante de cualquier roñoso cachivache ó de un trapo -descolorido y mugriento. Excuso decirte que me guardaré muy bien -de decir esto al amigo don Carlos, quien, al segundo día de<span -class="pagenum" id="Page_15">[p. 15]</span> nuestro conocimiento, -empleó no sé cuántas horas en enseñarme su galería. Si te descuidas, -te hará creer con sus aspavientos y ponderaciones que el Kensington de -Londres es, en comparación de lo que él posee, un puesto del Rastro. -Indudablemente, la colección es grande, y á mi parecer, de tí para mí, -muy poco selecta. Apenas cabe en aquel enorme principal de la plaza -del Progreso, el cual tiene veinticinco balcones y da á tres calles; -casa de tal amplitud, que pocas he visto en Madrid con tanta luz y -desahogo.</p> - -<p>Salí de la visita artística con una mediana jaqueca, y si he -de decirte la verdad, fuera de algunos tapices, de media docena -de cuadros, de tres ó cuatro piezas de armería y herraje, todo me -aburrió soberanamente, y más que nada, aquello en que el anticuario -funda su orgullo, que es la colección copiosísima de tablas del siglo -<small>XV</small>. Repito que soy muy bruto, y declaro que mi antipatía -á las tales tablas no es inferior á la que me inspiran los códices en -lengua sabia, de esas que no entiende ya ningún cristiano. Juzga de -mi apuro al tener que asombrarme y entusiasmarme á cada rato cuando -Cisneros á ello me incitaba mostrándome las maldecidas tablas, sin -perdonar una, y explicándome su asunto.</p> - -<p>No sé si la pasión de mi padrino por las antiguallas es verdadera ó -afectada. Bien podría ser lo último, pues le tengo por hombre de esos -que, movidos del orgullo, se imponen un papel con el fin de agradar -ó de distinguirse, y lo representan sin desmayo, llegando, con la -perfección histriónica, á formarse una personalidad artificial, y á -subordinar á ella todos los actos de la vida.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_16">[p. 16]</span></p> - -<p>Para satisfacer su codicia arqueológica, en la cual hay más de -<i>dilettantismo</i> que de sentimiento artístico, Cisneros ha explorado -todos los pueblos de Castilla la Vieja, donde tiene sus propiedades, -buscando pinturas, trapos y cacharros. Las sacristías de las iglesias -de Toro, Valoria la Buena, Villalón, Villalpando y Bermillo de Sayago -le conocen de antiguo. Palacios y conventos expolió con mano dadivosa. -Las monjas le agradecen que les haya cambiado por dinero contante -tablas apolilladas, algún cerrojo cubierto de orín, ó el plato en que -debieron de servirle las gachas al pobre Rey que rabió por ellas.</p> - -<p>Como todo fanático, el buen Cisneros se corre un poco en la -filiación de los objetos preciosos que posee. Si hay dudas sobre un -autor, se quita de cuentos y cuelga el milagro á los artistas más -ilustres. ¿Trátase de una obra de platería? Pues seguramente es de -Arfe... «Arfe legítimo... ¿no lo ves? Conozco la huella del cincel -como conocería el carácter de letra de un amigo que me escribiera -todas las semanas.» Si es cosa de cerrajería, se la endosa al -maestro Villalpando. Si el cuadro dudoso tiene figuras atléticas y -frescachonas, ello es del propio Rubens, ó por lo menos de Jordaens. Si -es algún retrato escuálido y con cara de tercianas, por fuerza tiene -que ser del Greco, ó á todo tirar, de Juan Bautista Mayno.</p> - -<p>En su conversación artística, mejor dicho, en todas las -conversaciones, es amenísimo. ¡Qué ideas tiene y con qué salero las -expresa! Te digo que hay que tratarle de cerca para apreciar bien -su originalidad. Siempre que hablo con él, me acuerdo de tí; pienso -que su charla te agradaría ex<span class="pagenum" id="Page_17">[p. -17]</span>traordinariamente, y que sacarías de ella inmenso partido. -Y todo en él, fondo y superficie, es digno de observación. Dentro de -casa gasta una célebre bata bastante arqueológica, color de guinda, -rameada, que, al parecer, ha salido de una de aquellas tablas del siglo -<small>XV</small> que cubren las paredes. ¿Querrás creer que hace dos -días, hallándonos presentes tres personas de su intimidad, fumando y -tomando café, se empeñó en enseñarnos cómo se bailan las seguidillas -en los pueblos de tierra de Campos, y las bailó delante de nosotros, -haciendo la más graciosa y estrafalaria figura que te puedes imaginar? -Pues ayer nos contaba á Villalonga, á Federico Viera y á mí lances de -su juventud, entreverando mentiras muy gordas con donaires finísimos, -y se dejó decir que en su tiempo no había mujer de alta ó baja clase -que se le resistiera. Es hombre, además, á quien nunca oyes hablar bien -de nadie. Como se le diga algo que enaltezca á cualquier persona, ó lo -pone en duda, ó lo admite con salvedades y reticencias malignas. Pero -si se le lleva algún cuento que denigra ó envilece, le falta tiempo -para repetir, haciendo ademán de machacar en el mortero, la célebre -frase del boticario aquél: «¡como si lo viera, como si lo viera!»</p> - -<p>Hay quien dice que á pesar de estas malicias, puramente externas, -mi padrino es lo que en lenguaje usual llamamos <i>un infeliz</i>. Con -los criados, aparentemente, se las da de hombre de mal genio, y hace -el papel de amo severo y gruñón. Pero me han dicho, con referencia -á los mismos sirvientes, que en el trato doméstico, y cuando no hay -delante personas extrañas, es bondadoso y<span class="pagenum" -id="Page_18">[p. 18]</span> tolerante. Hasta se susurra que los -criados, si son listos y saben llevarle el genio, le dominan y hacen de -él lo que quieren.</p> - -<p>En el poco tiempo que conozco á este hombre singular, no le he oído -tratar con benevolencia á ninguna persona de la familia, como no sea -á su hija y á mí. Por Agustina, á quien él llama <i>Tinita</i> y todos los -demás <i>Augusta</i>, tiene verdadera idolatría. Sólo ante ella doblega su -altivez, y pone freno á sus genialidades despóticas y á veces pueriles. -Pero de esta influencia de la hija sobre el difícil carácter del padre, -no participa el yerno, por quien Cisneros siente una antipatía que á -veces logra disimular y á veces manifiesta sin rebozo alguno. Cuán -injusta es esta inquina del castellano viejo no necesito demostrártelo, -pues conoces á Orozco mejor que yo. Y te diré de paso que los encomios -que de él me has hecho, no me parecen exagerados. Mientras más le -trato, más me gusta este hombre, todo rectitud, nobleza y veracidad, -y que á tan sólidas prendas añade trato afabilísimo y otros adornos -personales. Su suegro no le traga: ignoro la causa, y sólo puedo -atribuirla á un sentimiento envidioso, por la consideración y las -ardientes simpatías que el otro merece de cuantos le tratan.</p> - -<p>Por lo que á mí respecta, mi padrino parece quererme tanto como -quiere á su hija. ¿Le durará esto? Presumo que no, porque lo que -conozco de su carácter me permite reconstruirlo enterito, induciendo -de la forma de algunos huesos el conjunto del esqueleto. El hombre -que tiene los aspectos que te he descrito, debe de ser también -versátil en sus sentimientos, antojadizo en sus<span class="pagenum" -id="Page_19">[p. 19]</span> pasiones; ha de pasar fácilmente del amor -al odio, por móviles escondidos, cuya explicación es difícil encontrar -en los repliegues de su alma.</p> - -<p>Ayer almorzamos con él mi prima y yo. ¡Qué de carantoñas nos hizo, -prodigando por igual sus afectos á ella y á mí! ¡Qué expresiones -cariñosas para ambos, y qué elogios casi ridículos de mi persona, -apelando al testimonio de Augusta, que, riendo y bromeando, no vacilaba -en asentir á todo para tenerle contento! Al despedirnos nos dijo con -paternal benevolencia: «Hijos míos, id con Dios, y divertíos.»</p> - -<p>Y aquí me despido también yo, amigo de mi alma, incitándote á -divertirte todo lo que puedas.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_3"> - <h2 class="nobreak">III</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>16 de Noviembre.</i></p> - -<p>Modera tu impaciencia, voluntarioso y desocupado Equis. ¿Deseas -saber pronto lo que pienso de mi prima? Me había propuesto dejar -ese interesante tratado para cuando mi observación hubiese reunido -datos suficientes en que apoyar una buena crítica. Pero cedo á tus -exigencias de proscripto aburrido y mimoso, y empiezo por decirte -que Augusta no me pareció, la primera vez que la ví, tan hermosa -como yo me la representaba. No puedo olvidar que nunca me diste una -opinión terminante sobre ella, tú que debes co<span class="pagenum" -id="Page_20">[p. 20]</span>nocerla, aunque no tanto como á su marido. -En tus expresiones al hablarme de esta mujer, he notado siempre como -una velada reticencia. No creas: el recuerdo de tus vaguedades en tal -asunto me pone en guardia. Observo, reparo y escudriño en torno de -ella, sospechando que podré descubrir algo que me asombre, y aunque -nada veo, nada absolutamente más que una conducta pura y una reputación -intachable, la escama persiste en mí y suspendo mi juicio. Contén tu -insana curiosidad, oh varón depravado, que yo, cuando sepa bien á qué -atenerme, no me pararé en pelillos para manifestártelo. Por ahora, no -me sacarás del cuerpo sino una apreciación breve y superficial. Que -Augusta es elegante, no tengo por qué decírtelo. Te reirás sin duda de -mi descubrimiento. Sobre si es ó no hermosa, ya cabe mayor variedad de -opiniones. Hermosa, lo que se llama hermosa, quizás no lo sea para los -que creen, como tú, en eso de las reglas y proporciones estéticas. Para -mí, que no le encuentro ninguna gracia á la boca chiquita de las Venus -griegas y de las Vírgenes de Rafael, una de las mayores seducciones de -mi prima es su boca, que un amigo mío llama <i>el templo de la risa</i>. -¡Vaya que es grandecita! ¡Pero qué salada y hechicera! Dime, ¿tú la has -visto reir, pero con gana, burlándose de alguien ó contando un pasaje -chistoso? ¿Y no te has extasiado ante aquella doble sarta de dientes -blancos, duros, igualitos, de los cuales te dejarías morder si á su -dueña se le antojase? ¿No te divierte, no te embelesa oir la cascada -de aquella risa, que inunda de alegría el mundo y sus arrabales, como -el trinar<span class="pagenum" id="Page_21">[p. 21]</span> de los -pájaros celebrando la aurora? Toma poesía... Otrosí, querido Equis, -tiene mi prima unos ojos negros que te marean si fijamente te miran; -ojos que llevan en sí el vértigo de las alturas y el misterio de las -profundidades (aguántate esa imagen), ojos que... no sigo por temor á -mi retórica y á tus guasitas.</p> - -<p>Fuera de los ojos, que son, como dice un amigo nuestro, <i>la sucursal -del cielo</i>, si miras aisladamente las facciones de Augusta, las -encontrarás imperfectas; pero luego se componen y arreglan ellas á su -manera, y resulta un conjunto encantador que te vuelve loco; digo, á -tí no; pero á otros, si no les ha enloquecido, les enloquecerá. ¿Y qué -tienes que decir de su figura? ¿Has conocido alguna más arrogante? Dí -que no, hombre, dí que no, ó te pego. Buena talla, sin ser desmedida; -buenas carnes, sin gorduras; curvas hermosísimas... Yo me la figuro -con poca ropa, y me extasío, como lo harías tú, castamente estético, -delante de la estatua viva, considerando con la mayor formalidad que -la belleza de las líneas convierte la carne tibia en el más honesto de -los mármoles... Suprimo las imágenes porque te estás riendo de mí, y de -seguro dices al leerme: «¡Miren el tonto ese...!» ¡Ah! la edad la fijo -en treinta años; y lo más, lo más que añado, si en ello te empeñas, es -dos ó tres á lo sumo.</p> - -<p>Y pensarás también, clareándote con una de esas muequecillas -profesionales que son resultado del hábito de la crítica: «Mujer -hermosa, pero sin instrucción.» Ya tenemos en campaña el problema -educativo. Pues á eso te digo que, en efecto, Augusta carece de -instrucción, si por esto en<span class="pagenum" id="Page_22">[p. -22]</span>tiendes algo más que las llamadas <i>tinturas</i> de las cosas; -pero tiene tal gracia y desenfado para abordar cualquier cuestión -grave ó ligera, que oyéndola no podemos menos de celebrar que no sea -instruída de verdad. Si lo fuera; si la sosería de la opinión sensata -apuntara en aquellos ojos y en aquella boca, cree que perderían -mucho. Habías de oirla cuando se pone á hincar el colmillito en las -ridiculeces humanas ó á sostener una tesis paradógica. Si entonces no -se te caía la baba, no sé yo cuándo se te iba á caer. Pues en aplicar -motes no hay quien le gane. Cuando tuvo bastante confianza conmigo, -me confesó, llorando de risa, que de su cacumen había salido el apodo -de <i>el payo de la carta</i>, y te aseguro que nunca he perdonado con más -gusto un agravio.</p> - -<p>Basta, basta: no has de sacarme una palabra más acerca de esta -interesante persona. Lo único que me resta decirte es que anoche estuve -en el teatro con ella y su marido. Este es un cumplido caballero, -digno de poseer tal joya. Paréceme de salud algo delicada. Su mujer -le mima, le cuida, y no está profundamente seria sino cuando teme -que aquella salud se quebrante más. Hallo perfecta armonía en este -matrimonio. Podré equivocarme; pero... ¿Qué es eso? ¿te ríes? Á mí no -me descompones tú con tus risitas... ¿He dicho algún disparate? Tu -opinión sobre Orozco, ¿no es la mía? ¿No eres tú quien me ha hecho -ver en él una excepción dentro de la actual sociedad? ¡Ah! ya sé -por qué te ríes, hombre incrédulo y malicioso. Es porque desde que -empecé esta carta estoy diciendo que no quiero hablar de Augusta, y ya -llevo tres carillas sin ocuparme de otra cosa.<span class="pagenum" -id="Page_23">[p. 23]</span> Punto, punto aquí, vive Dios. Pon un punto -como una casa, indiscreta pluma, ó te estrello contra el papel.</p> - -<p>Hablemos otra vez de Cisneros, de ese espejo de los padrinos, de -esa potencia crítica de primer orden, que por sí solo representa una -escuela sistemática de sátira social, á la que ajusta sus juicios -sangrientos. Tú no sabes bien lo que es este hombre y cuánto se prestan -sus pensamientos á la admiración y al análisis. ¡Y yo, tonto de mí, que -los primeros días, juzgando por la superficie de las ideas, le tuve -por carlista ó al menos por partidario del poder absoluto! Figúrate, -Equis de mi alma, cómo me quedaría hoy cuando me expuso las ideas más -contrarias al absolutismo... Poco á poco: quizás no; puede que ello sea -el propio absolutismo en su forma más concentrada. Vamos por partes, -y dime si estas rarezas no merecen que un observador como tú las -estudie.</p> - -<p>Mi padrino vive, como sabes, en la plaza del Progreso. Aborrece -los barrios del Centro y del Este de Madrid, que son los más sanos. -La tradición le amarra al Madrid viejo y á la parte aquélla donde -siente el tufo de la plebe, apiñada en las calles del Sur. Ha vivido -siempre al borde del abismo, según dice, y no quiere apartarse de él. -Detesta la prensa, que en su sentir es la vocinglería, el embuste, el -instrumento de corrupción con que nuestra edad envilece los caracteres -y falsea todas las cuestiones. Á pesar de esto, no conozco á nadie -que lea más periódicos. Por las mañanas, en su casa, se traga tres -ó cuatro, y de noche, en el Casino, media docena. Busca en<span -class="pagenum" id="Page_24">[p. 24]</span> ellos la comidilla, la -información mal intencionada, el palpitar convulsivo de la sociedad que -considera enferma. La política, tal como aquí se practica, le inspira -despiadadas burlas. Atiende á ella, según dice, como quien asiste á un -sainetón extravagante. Para él no hay ministro honrado, ni personaje -que no merezca la horca... Y, sin embargo, muchos de éstos son sus -amigos, se sientan á su mesa y le celebran las gracias. Cuando surge -algún escándalo en la prensa, adopta y da por válidas las versiones más -desfavorables. La complacencia y el orgullo iluminan su rostro cuando -tiene que dar su opinión pesimista sobre cualquier asunto que cautiva y -apasiona al público. Cada frase suya es un alfiler candente que penetra -hasta el hueso y hace chisporrotear la carne.</p> - -<p>Á propósito de mi entrada en la política, oigo de él opiniones y -consejos que, la verdad, me entristecen. Hoy, después de almorzar, -pasamos al gabinete donde habitualmente lee y escribe, y después de -ofrecernos (los convidados éramos Federico Viera y yo) un par de -cigarros secos, duros, amargos, que tiene en el cajón de una de las -papeleras, y que por lo viejos deben de ser los primeros que como -muestra vinieron á España en los albores del vicio, dió á Viera -una carpeta de estampas para que se entretuviese, y me echó este -sermoncito, del cual te doy un extracto, que, gracias á mi excelente -memoria, ni tomado por taquígrafos sería más ajustado á la verdad:</p> - -<p>«Mira, hijo, todas las cuestiones que se refieren á libertad -política, á garantía de derechos, ó á leyes que robustezcan la -Constitución y los altos<span class="pagenum" id="Page_25">[p. -25]</span> poderes, son pura pamema. Oye estas cosas como aquel paleto -que decía: <i>por un oído me sale y por otro me sale</i>; es decir, que no -le entraba por ninguno. Cuida mucho de que estas rimbombancias huecas -no te entren en el cerebro, porque si llegan á entrar, siempre queda -en la masa encefálica algo que puede trastornarte. Otra tocata muy -común es la organización de los partidos, la necesidad imperiosa de -que haya partidos, y de que estén bien disciplinados... ¡Oh! ¡la gran -simpleza...! bien disciplinaditos. Esto lo oyes y te callas, como se -calla uno cuando oye el canto del grillo. ¿Nos vamos á poner á discutir -con un grillo y á refutarle lo que canta? No. Pues lo mismo haces -cuando te echen el registro ese de los partidos y de la disciplina. -En esto sigue la norma de conducta que he seguido yo cuando me han -llevado á la reata del Senado ó á la del Congreso. Mira, hijo: yo, á -los badulaques que me hablaban de cohesión, de apoyar al Gobierno, les -contestaba que sí, que muy santo y muy bueno; y después hacía lo que me -daba mi santa gana. Siempre que veía al Gobierno comprometido en las -Secciones, votaba con los enemigos. En el salón, te juro que nadie ha -tenido tanta gracia para abstenerse á tiempo. Y nadie supo nunca si yo -soltaba el sí ó el no hasta que salía de mis labios. Veo que frunces -el ceño y alargas el hocico, como si esto que te digo fuera una gran -inmoralidad que escandaliza tu conciencia. Ten calma, que te daré -razones convincentes para acallar tus escrúpulos. Mi sistema se inspira -en el bien universal, no en el interés de unos cuantos charlatanes y -explotadores de la nación. Ya lo irás conocien<span class="pagenum" -id="Page_26">[p. 26]</span>do; ya te vendrás á mi campo, al campo de -las negaciones, de todas las negaciones juntas, donde se asienta la -soberana afirmación.</p> - -<p>»También tratarán de meterte en la cabeza esa monserga de la paz... -que necesitamos paz para prosperar y enriquecernos con la... la... -industria, la agricultura... y dale que le darás. Esto, chico, es como -si al que no tiene que comer se le dice que se siente á esperar que -le caigan del cielo jamones y perdices, en vez de salir y correr en -busca de un pedazo de pan. ¡La paz!... Llamar paz al aburrimiento, á -la somnolencia de las naciones, languidez producida por la inanición -intelectual y física, por la falta de ideas y pan, es muy chusco. ¿Y -para qué queremos esa paz? ¿De qué nos sirve esa imagen de la muerte, -ese sueño estúpido, en cuyo seno se aniquila la nación, como el -tifoideo que se consume en el sopor de la fiebre? En el fondo de este -sueño late la revolución, no esa revolución pueril porque trabajan los -que no tienen el presupuesto entre los dientes, sino la verdadera, -es decir, la muerte, la que todo debe confundirlo y hacerlo polvo y -ceniza, para que de la materia descompuesta salga una vida nueva, -otra cosa, otro mundo, querido Manolo; otra sociedad, modelada en los -principios de justicia.»</p> - -<p>Al llegar aquí, no pude menos de mostrarme asombrado de que tales -ideas profesase un hombre que vive tranquilamente de las rentas -extraídas de la propiedad inmueble y de la riqueza mobiliaria, es -decir, un fortísimo sillar del edificio del Estado, tal como hoy -existe. Por respeto á las canas de Cisneros, no me eché á reir -ante<span class="pagenum" id="Page_27">[p. 27]</span> ellas. ¿Estará -loco este hombre? me dije. Y le tiré de la lengua, preguntándole qué -forma social era esa en la cual quiere que resucitemos después de -muertos y putrefactos.</p> - -<p>No creas que se acobarda cuando se le estrecha pidiéndole que -concrete sus ideas. Al contrario, esto le estimula á exprimir el -magín para sacar de él nuevos donaires. «Es—me dijo,—como si me -mandaras escribir la historia antes de que ocurran los hechos que -han de componerla. ¿Qué es lo que ha de venir? ¿Qué forma traerá la -catástrofe, y en qué posición van á quedar las piedras del edificio -una vez caídas? ¿Cómo he de saber yo eso, tonto? Lo que yo sé es -que debo hacer cuanto esté de mi parte por ayudar al principio de -suicidio que late en nuestra sociedad, y apresurar la destrucción, -contribuyendo á fomentar todo lo negativo y disolvente. Que me hablan -de libertades públicas y de los derechos del hombre. Música, bombo -y platillo. Contesto que el pueblo no tiene más aspiración que la -indiferencia política, ni más derecho que el derecho á esperar, cruzado -de brazos, el vuelco de la sociedad presente, que ha de producirse -por un fenómeno de física social. Háblanme de los partidos y de la -disciplina, y hago tanto caso como de las disputas de los chicos de -la calle, cuando juegan á los botones, al trompo y á cojito-pie. Me -ponderan la necesidad de apoyar á estos gobiernos de filfa para que -duren mucho, y yo me persuado más de la urgencia de combatirlos para -que duren lo menos posible. ¿No has observado que, cuando se habla de -crisis, la sociedad toda parece que se esponja, palpitando de esperanza -y de júbilo? Es<span class="pagenum" id="Page_28">[p. 28]</span> que -tiene la conciencia de que el remedio de sus males ha de venir de la -pulverización. Que esas cuadrillas de vividores que se llaman partidos -y grupos se dividan cada vez más; que los gobiernos sean semanales, y -tengamos jaleos y trapisondas un día sí y otro también. Esta movilidad, -este vértigo encierra un gran principio educativo, y el país va sacando -de la confusión el orden, de lo negativo la afirmación, y de los -disparates la verdad. Yo, que siento en mí este prurito de la raza, -me alegro cuando soplan aires de crisis, y aunque no la haya, digo y -sostengo que la hay ó que debe haberla... para que corra... Cuando mi -barbero entra á afeitarme por las mañanas, siempre le pregunto dos -cosas: «¿Cómo está el tiempo, Ramón?... Ramón, ¿tenemos crisis?»</p> - -<p>Con ésta tienes para un rato, hijo de mi alma. Mientras la digieres, -te preparo la continuación, que irá, Dios mediante, mañana.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_4"> - <h2 class="nobreak">IV</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>17 de Noviembre.</i></p> - -<p>Escucha y tiembla. Después de reir á carcajadas de las observaciones -que le hice, hijas, según él, del estúpido eclecticismo de estos -tiempos vulgares, burgueses, insignificantes; después de llamarme -cándido y paloma torcaz, dijo el gran Cisneros: «¿Pero tú has -reflexionado bien lo que<span class="pagenum" id="Page_29">[p. -29]</span> significa la anarquía? Medita bien sobre ella, y verás -que un pueblo sin gobierno de ninguna clase, entregado á sí mismo, -un pueblo sin leyes, está en situación de hacer efectivas las leyes -verdaderas, las inmortales. ¡Que hay sacudimientos, tiranías, -atropellos! Déjalo, tonto, déjalo. Esto es precisamente lo que hace -falta para que nazca el verdadero derecho... Por mi parte, detesto -estas sociedades acompasadas, verdaderas aglomeraciones de cuákeros, -donde la policía y la justicia oficial impiden la florescencia de -las facultades humanas. ¿Concibes que el gran arte y la ciencia -noble puedan existir en ninguna sociedad donde hay más leyes que -ciudadanos, y donde sale la <i>Gaceta</i> todos los días con su fárrago -de disposiciones, que son otras tantas ligaduras puestas á la acción -del individuo? Estas son sociedades estériles; y no me hables de la -industria y de los inventos, pues la mayor parte de esas llamadas -conquistas sólo han servido para hacer más infelices á los hombres, -y aumentar las horribles desigualdades sociales; para establecer el -hambre allí donde reinó la hartura, implantar la tiranía de la ropa, -quitar á los viajes su encanto, y destruir el misterio de las cosas; -el misterio, sí, fuente que antes manaba delicias, y ahora está seca, -seca, con tanta ciencia y tanta máquina, y tanta tontería de adelantos -materiales. No me digas que te entusiasma esta edad de hierro, más -árida que ninguna otra edad, y más antipática y pedestre.</p> - -<p>«¡Y qué trajecitos usamos! ¡Parece que nos vestimos, no para -engalanarnos, sino para disimular lo deforme y enteco de nuestros -cuerpos jimio<span class="pagenum" id="Page_30">[p. 30]</span>sos! ¡Y -qué costumbres tan necias; y qué idiotismo en las relaciones de los -sexos; y qué monotonía desesperante en la vida toda; qué aburrimiento -en esta selva inmensa de leyes, que prevén hasta nuestros menores -movimientos; qué inmenso tedio en este sistema de profundizar todas -las cosas, para matar todo lo desconocido; lo desconocido, Manolo de -mis entrañas, lo desconocido, que es la alegría de las almas, la sal -de la existencia! No, no: yo quiero que toda esa balumba de artificios -y de esclavitudes, formada por el puritanismo inglés y la gazmoñería -protestante, desaparezca en el abismo de esa historia fastidiosa que -nadie ha de leer. Quiero la libertad, no estas libertades que son -como la disciplina de un cuartel, y que le obligan á uno á andar á -compás, á uniformarse, y á no poder toser sin permiso del cabo, sino la -verdadera libertad, fundada en la Naturaleza. Quiero que la sociedad -florezca, y produzca el gran arte, las virtudes sublimes, la santidad; -que en ella sea posible lo que hoy no existe, la inspiración artística -y las acciones heróicas. Quiero que se vaya con mil demonios toda -esta corrección grotesca y policiaca que mata la personalidad, la -iniciativa, la idea, la santa idea, producto del entendimiento, y ahoga -el producto de la fantasía, la imagen... Ea, punto final. Me parece que -he hablado bastante. Me sofoco...»</p> - -<p>No pude menos de celebrar su elocuencia y de aplaudir su ingenio, -añadiendo que, conforme le oía, me iban entrando ganas de trocar mi -ropa por cualquier traje de teatro, ó por los verdes lampazos de la -edad de oro, y echarme á un mon<span class="pagenum" id="Page_31">[p. -31]</span>te para ser ciudadano de cualquier república de pastores.</p> - -<p>Cisneros se levantó de la butaca y dió cuatro ó cinco vueltas por la -estancia, inquieto y nervioso, cual si quisiera envolver en un ovillo -el hilo del discurso que acababa de enjaretarme. Acerquéme á Federico -Viera, que seguía examinando estampas, y de pronto mi padrino se paró -ante nosotros, arremangóse la bata y nos mostró su pierna, vestida de -un pantalón bastante estrecho y no flamante. «Á ver, ¿qué tienen que -decir de esa pierna?—nos preguntó con pueril orgullo.—Toquen, toquen -para que vean que aquí no hay relleno. Les desafío á que me presenten -otra tan bien formada, ni con estas curvas de la pantorrilla... toquen, -miren... tan elegantes y tan... ¿No merece esta extremidad vestirse con -aquellas calzas de listas rojas y negras que se usaban en Italia en el -siglo <small>XV</small>?»</p> - -<p>Sin esperar nuestra respuesta, siguió paseándose. Federico y yo -nos miramos, conteniendo la risa. ¿Qué pensarás tú al leer esto? Lo -mismo que pensaba yo al presenciarlo. Que mi buen padrino, si no está -rematado, tiene momentos en que se destornilla casi por completo.</p> - -<p>Nuestro amigo Viera, que le conoce hace tiempo y sabe tomarse con -él confianzas que yo no me tomaría, le dió bromas sobre aquello de -las calzas italianas; pero Cisneros se lo sacudió como se sacude una -mosca, diciéndole: «Sois unos encanijados de cuerpo y de espíritu, y -en vuestros caletres hidrocefálicos no cabe ninguna idea grande. Sois -incapaces de comprender la vida más que como un reglamento, escrito con -el fin de que<span class="pagenum" id="Page_32">[p. 32]</span> toda -la humanidad se ajuste á la talla de los tontos... Os he argumentado -de un modo parabólico, única manera de que podáis comprenderme, almas -cándidas. Vamos á ver...» Puso una mano en el hombro de Viera y otra -en el mío, y con tonillo autoritario nos dijo: «¿Creéis vosotros que -el Dante habría escrito la <i>Divina Comedia</i> si hubiera sido bachiller -en Artes, licenciado en Derecho, después ateneísta, alcanzando fama -de <i>persona ilustrada</i>, viviendo entre el tumulto de lo que llaman -crítica, y expuesto á ser académico, diputado ó quizás, quizás ministro -de Fomento?... ¿Creéis, hijos míos, que el autor del <i>Cantar de los -Cantares</i> habría compuesto este delicioso poemita si, en vez de andar -con las piernas al aire, hubiera gastado pantalones?... No admito -distingos: contestar sí ó no... ¿Creéis que Miguel Ángel habría hecho -el <i>Moisés</i> y pintado el techo de la Capilla Sixtina si en su tiempo se -hubieran usado los sombreros de copa, los informes de Academias, los -estudios de estética y los paraguas?... Sí ó no... No se me escapen por -la tangente... Lo que hay... (diciendo esto nos sacudía con violencia -como si quisiera arrojarnos al suelo), lo que hay es que sois unos -pobres idiotas, educados en las tonterías de la enseñanza oficial, de -esa enseñanza que, si dura, concluirá por retrotraer á la humanidad á -la época de los monos, micos ilustrados si se quiere, pero micos al -fin.</p> - -<p>Federico y yo le hicimos ver que tales ideas son admisibles como -elemento de amenidad en esa literatura sin imprenta que se llama la -conversación, y que influye tanto ó más que la estampada en la opinión -general; pero que no pue<span class="pagenum" id="Page_33">[p. -33]</span>den admitirse con pretensiones de formar doctrina. Además, -le demostramos que sus pensamientos estaban en contradicción con sus -actos. La cosa era bien clara. «Usted—le dijimos,—truena contra la -Instrucción pública, como un medio de fabricar tontos y de conseguir la -extensión de la cultura á costa de la intensidad. ¿No es eso?</p> - -<p>—Sí—replicó:—abomino de esta enseñanza estúpidamente niveladora. -¿Creéis que si á Homero le hubieran dado la nota de <i>sobresaliente</i> en -los exámenes, habría compuesto la <i>Iliada</i>?</p> - -<p>—Claro que sí—le aseguró mi amigo,—y por ella habría ganado el -<i>accésit</i> en cualquier certamen... Pero déjeme completar mi argumento. -Si usted es tan enemigo de la Instrucción pública, ¿para qué ha fundado -dos escuelas en Tordehumos, dotándolas con esplendidez? Y si cree que -la actual organización de la sociedad y de la propiedad es tan mala, -¿para qué defiende sus rentas con tanto tesón? Porque á mí me han -dicho, don Carlos, y no vaya á enfadarse por esto, á mí me han dicho -que usted no perdona un céntimo, y al infeliz arrendatario que no es -puntual, le revienta sin andarse en chiquitas...»</p> - -<p>Federico seguía; pero mi padrino le cortó la palabra, airado y -descompuesto, y pisando, <i>alterna pede</i>, como caballo que se encabrita, -nos dijo: «Sepan, señores mequetrefes, que he fundado las escuelas -porque me ha dado la gana, y que mis móviles no cabrán nunca en esas -molleras llenas de la paja del saber oficial. Sepan también que si -cobro mis rentas, no hago más que tomar lo mío, y defenderme de pillos -y ladro<span class="pagenum" id="Page_34">[p. 34]</span>nes... ¿Pues -qué querían? ¿que tenga lástima de los que se gastan mí dinero en las -tabernas y en las timbas de los pueblos? ¡Pobrecicos de mi alma! Cuando -me vienen llorando por las malas cosechas, yo les daría una mano de -palos por tramposos, embrollones, y por esa fea maña de achacar al -Cielo y á la Tierra lo que sólo es culpa de sus vicios... ¿Pues qué -quieren estos mocosos, que yo deje á mis colonos reirse de mí y comerse -mis rentas?...</p> - -<p>—No; si nosotros no queremos eso... Hemos señalado una contradicción -y nada más...</p> - -<p>—No hay contradicción... ¿Pero qué entendéis vosotros de esto? Si -me querrán marear estos gaznápiros... Sois muy niños para meteros -conmigo... Vamos, no quiero haceros caso, no me rebajo á discutir con -esta infancia enfatuada, pedantesca... Tengo canas, señores, y no las -quiero ensuciar metiéndome con chicos...»</p> - -<p>Nosotros le estrechábamos; injuriábanos él, mitad en broma, mitad -en serio, y nuestra disputa habría sido interminable, si no la cortara -bruscamente la llegada de un amigo de Cisneros, ex-ministro que había -soltado la cartera en la última crisis, hombre muy corrido en política, -y que tenía mucho metimiento en aquella casa, así como en la de Orozco. -Acogióle mi padrino con exclamaciones de gozo, y el visitante no gastó -preámbulos para decirle á qué venía. Pues simplemente á pedirle su -voto para la elección parcial en no sé qué distrito de Castilla. Don -Carlos, poseedor de grandes tierras en Tordehumos, Magaz y Valoria la -Buena, tiene influencia en el país, y como se meta de hoz y de coz en -la<span class="pagenum" id="Page_35">[p. 35]</span> lucha electoral, -se lleva de calle á los contrarios. No bien le explicó el tal sus -deseos de sacar adelante al candidato amigo, Cisneros le dió un abrazo -diciéndole: «Pues no faltaba más... Hoy mismo escribiré. ¿Le apoya el -Gobierno? Ya sabe usted que soy ministerial de todos los ministerios, -ministerial furibundo...</p> - -<p>—Querido don Carlos, no nos apoye tanto ni nos abrace tan -fuerte—dijo el otro riendo.—Temo sus caricias y su ministerialismo.</p> - -<p>—Y con razón. Es la mejor manera de ser disolvente. Ya conoce usted -mi sistema: apoyo á todos los gobiernos para que duren poco.</p> - -<p>—Usted es de los que no temen el diluvio porque tiene ya hecha el -arca. Si yo la tuviera...</p> - -<p>—¡Que no tiene usted su arca! Yo creía que sí. Pues aquel asunto de -la subvención á los ferrocarriles de vía estrecha, ¿no le proporcionó -algunas tablas para su salvamento el día en que toquen á ahogarse?</p> - -<p>—Don Carlos, don Carlos—replicó el personaje, en tono agridulce.—No -es propio de persona tan respetable acoger los chismorreos del -vulgo.</p> - -<p>—Pero si yo no le retiro á usted mi estimación...</p> - -<p>—Es que debería retirármela.</p> - -<p>—No... lo malo es que cuando suban las aguas no habrá arca que las -resista. Diga usted, ¿qué hay de eso que tanto da que hablar? ¿Es -cierto que dos ministros andan á la greña, y que por una cuestión de -faldas presenta su dimisión un alto personaje?</p> - -<p>—¡Absurdo, disparate...! Don Carlos de mi vida, ¿cómo cree usted -esas cosas?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_36">[p. 36]</span></p> - -<p>—Vamos, desahogue ese corazoncito. Aquí todos somos ministeriales, -y viene bien aquello de que la ropa sucia debe lavarse en casa. Usted, -como todos los que están convalecientes de ministros, tiene lo que -llaman los médicos la <i>febris carnis</i>, disgusto, mal cuerpo y peor -paladar, tristeza, alternativas de desgana y hambre canina... Vamos, no -me niegue usted que está torcido con el Gobierno. Si se lo conozco en -la cara. Soy ya perro viejo; he andado algunos años en esos trotes de -la política, y he visto siempre que todos los que salen se convierten -en ruiseñores, es decir, que trinan. Con que, si usted no es un -hipócrita, trinemos todos ahora; es decir, mordamos.»</p> - -<p>El ex-ministro denegó con frases ingeniosas las malicias de -Cisneros, declarándose poseído de aquella satisfacción interior, tan -necesaria á la disciplina de los ejércitos, así en la milicia como en -la política. Pero luego, en el curso de la conversación que trabamos -los cuatro sobre los asuntos corrientes, dejaba entrever mi hombre su -mal humor. Que las cosas del partido no van bien, y el mejor día puede -sobrevenir un desastre; que si esto sucede, él se lava las manos... -Mi padrino, con refinada ironía, le llevaba la contraria; y por fin, -tratando de la próxima elección parcial, aprovechó la coyuntura que se -le presentaba para arrimar el ascua á su sardina, pues es hombre que, -en medio de sus desenfrenos de argumentación paradógica, sabe conservar -la serenidad y el sentido práctico, como esos borrachos que, aunque -beban mucho y se trastornen, no hacen jamás un disparate que les pueda -comprometer.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_37">[p. 37]</span></p> - -<p>Este juicio del carácter de don Carlos es fruto de mi observación -en el poco tiempo que llevamos de conocimiento. He visto que, aun -en las ocasiones en que parece más delirante y más tocado de la -manía de originalidad, lima siempre para dentro, si la cuestión que -trata conduce á algún fin positivo, que afecte á sus intereses. El -ex-ministro desplegaba mucho donaire contra el donaire del castellano -viejo, y éste, que nunca pierde ripio, le ofreció los votos con las -siguientes condiciones: Que sin tardanza sea destituído el Ayuntamiento -de Tordehumos, en el cual hay un concejal que se ha plantificado como -una mosca en la nariz de mi buen padrino. El tal es un revolucionario -que con el dinero de los consumos levanta partidas, y últimamente -disputa á Cisneros una finca que había sido de propios y pasó á manos -de éste por medios legales. Que se despache prontito el expediente de -información posesoria incoado por Cisneros, tocante á la susodicha -dehesa de Tordehumos. Y, por último, que se limpie el comedero al jefe -de Propiedades ó Impuestos de la Delegación de Hacienda de Palencia, -tío del dichoso concejal y encubridor de sus chanchullos, y se dé la -vacante al hijo del administrador que mi padrino tiene en Valoria -la Buena, muchacho listo, que hoy es oficial segundo en Santander. -El ex-ministro se llevó la nota de estos encarguillos, prometiendo -recomendarlos, y salimos Federico y yo con él, dando por terminada -sesión tan interesante.</p> - -<p>Por la calle íbamos haciendo la monografía de don Carlos, de quien -dijo el ex-ministro que es uno de los hombres más amenos que conoce, -ex<span class="pagenum" id="Page_38">[p. 38]</span>plicándonos por -qué, con su talento, riqueza y grandes relaciones, no figura en la -política activa. Es que ningún partido ha podido hacer carrera de él, y -de todos le han tenido que echar por perturbador y revoltijero. Fíjate -ahora en otra cosa, querido Equis, y es que siendo este hombre una -calamidad en política, en el terreno privado no hallarás persona de -más formalidad. Fuera de ciertos devaneos mujeriles, que con la edad -se van concluyendo, es Cisneros lo que se llama un perfecto ciudadano: -paga puntualmente sus contribuciones, cumple con fidelidad todos sus -deberes, y en sus tratos resplandece la honradez más pura. Dicen que, -en cualquier negocio que con él se entable, su palabra vale tanto -como la mejor escritura. ¡Y á un hombre así no se le puede fiar, en -política, el valor de un alfiler! ¿Cómo me explicas esto tú, sociólogo -y psicólogo; tú que sabes tanto, y que, de tanto saber, no se te puede -aguantar? ¿Cómo me explicas el fenómeno contrario, no menos real, que -sean piezas útiles, y aun necesarias, de la máquina política, tantos y -tantos que en el mecanismo privado no son nada de fiar?</p> - -<p>Cuando el ex-ministro se separó de nosotros, quedámonos hablando -de lo mismo Federico Viera y yo, sin encontrar solución medianamente -satisfactoria. Y á propósito: me has preguntado varias veces en tus -cartas por tu amigo Viera. Poco te he hablado de él; pero le nombro -con frecuencia, lo que te bastará para saber que vive y está bueno. -De todos los muchachos de nuestro tiempo, con los cuales he reanudado -amistad, éste es el más agradable y el más simpático para<span -class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span> mí. He llegado á quererle -mucho y á ser indulgente, pero muy indulgente, con sus defectos graves. -Anoche me dijo que te había escrito; pero no sé por qué se me antoja -ponerlo en duda. No desconfío de su veracidad, sino de la fijeza de sus -ideas, y me temo que esté persuadido de que te ha escrito sin haberlo -hecho. Adiós.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_5"> - <h2 class="nobreak">V</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>23 de Noviembre.</i></p> - -<p>Ayer estuvo Augusta en la tribuna del Congreso. Fué con las de -Trujillo, la marquesa de Monte-Cármenes y otras damas ilustres. -Por cierto que las infelices pasaron una tarde cruel, prensadas, -estrujadas, y lo que es peor, aburridas como quien va á un baile -y se encuentra en un duelo. Desde los escaños, varios amigos y yo -las mirábamos con piedad, deplorando no poder dar á los debates un -carácter divertido y sainetesco para aliviar la tristísima situación -de aquellas desgraciadas. Nosotros, al menos, podíamos confortar -nuestros decaídos espíritus contemplando aquella batería de mujeres, -entre las cuales las había muy guapas. Pero ellas, ¿qué iban ganando -con mirar calvas, presenciar una votación, el barullo de los que entran -y salen, y el acto de encender el gas? Figúrate que fueron á oir á -Castelar, á<span class="pagenum" id="Page_40">[p. 40]</span> Cánovas -y á todas las primeras partes, atraídas por el cartel parlamentario -de aquel día, publicado en los periódicos de la mañana. Como habían -madrugado por coger la delantera, al abrirse la sesión, á las dos y -cuarto, ya estaban las pobrecillas medio fritas. La parte de la sesión -destinada á preguntas las entretuvo un poco y aun las hizo reir, porque -tuvimos discurso de chascarrillos. Hombre hubo, además, que, al hacer -su preguntita, parecía que la brindaba á las señoras de la tribuna, -mirándolas, como si la defensa del Ayuntamiento de Valderrediles de -Abajo no fuese más que fórmula enigmática de una declaración amorosa. -Todo esto aliviaba las angustias del plantón, y lo demás se llevaba con -paciencia esperando la orden del día. Pero á nuestro Presidente le dió -la mala idea, sugerida sin duda por algún espíritu maligno, de meter el -embuchado de una enmienda pendiente, con cuya discusión creía despachar -en breve tiempo el artículo último de la ley de Jurisdicciones -administrativas. Total: que la discusión se enzarzó cuando menos se -creía, y he aquí, mi buen Equis, que entre la general consternación se -levanta, decidido á <i>explicar su actitud</i> en aquel asunto, un orador -de los que hablan á cántaros, excelente persona por otra parte, pero -que tiene la desgracia de no acertar á exponer la cosa más sencilla -sin consumir un par de horitas, más bien más que menos. Bien examinado -todo lo que mi hombre dijo, era de lo que no le interesa á nadie. Que -si en 1870 opinó ó dejó de opinar esto ó aquello; que si, al poner -su firma en la proposición tal, lo hizo simplemente por autorizar la -lec<span class="pagenum" id="Page_41">[p. 41]</span>tura, con todo -lo demás que es de cajón, y aquello de <i>si se me permite recordar lo -que tuve el honor de exponer ante el Congreso en la tarde de ayer, me -será fácil demostrar que al poner de manifiesto en la tarde de hoy -las deficiencias del proyecto que se discute, no dije nada, no expuse -nada y no expresé nada, ni de cerca ni de lejos, que no estuviese en -perfecto acuerdo, en perfecta consonancia, en perfecta conformidad con -lo que salió de mis labios en la tarde de anteayer</i>.</p> - -<p>Pasó una hora, dos horas, dos horas y media, y la salmodia no tenía -fin. Las toses y murmullos parecía que le animaban cual si fuesen -aplausos, y su voz sin matices caía sobre el cerebro del auditorio -como lluvia menuda y persistente sobre un techo de cristales. Á ratos -molestaba como el ruido del andar isócrono de un reloj de pared, cuando -luchamos con el insomnio, dando vueltas en la cama; á ratos me hacía -el efecto de uno de esos cantorrios con que las nodrizas duermen á los -niños. Los bancos rojos se despoblaban, como país empobrecido por las -malas cosechas, en el cual se propaga la fiebre de la emigración de un -modo alarmante. La gente se iba á fumar y á murmurar á los pasillos -ó á la cantina, y en el salón no quedaban sino unos cuantos amigos -del orador, y los que se entretenían <i>timándose</i> con las señoras de -arriba.</p> - -<p>Estas pobrecitas mártires de la curiosidad me infundían tanta -lástima, que subí á consolarlas. Observé en todos y cada uno de -los rostros la consternación y el desaliento. Charlaban criticando -acerbamente el régimen, y poniendo de oro y azul al Presidente, por -habar alterado los<span class="pagenum" id="Page_42">[p. 42]</span> -números del programa, echando aquella murga insufrible antes del -gran quinteto clásico que esperaban oir y gozar. Les llevé dulces y -caramelos, y les dí esperanza de que pronto concluiría la terrible -<i>lata</i> que aquel buen patricio nos estaba dando á todos. «Sí, buenas -trazas tiene de acabar—me dijo mi prima.—Ahora ha dicho que <i>esto es -grave, gravísimo</i>, y que se ha traído los datos para probarlo. Mira, -mira el rimero de papeles que tiene en el banco. ¿Ves? Se prepara á -leernos media docena de <i>Gacetas</i>.»</p> - -<p>Pasó todavía una hora más, una de esas horas negras, tediosas, que -se estiran languideciendo, y al desperezarse juntan la cabeza con la -cola, imitando el emblema de la eternidad, y entonces el orador dijo: -<i>Voy á concluir, señores</i>... Las tribunas le hicieron una ovación; y el -muy tunante ¿creerás que lo agradeció? En vez de abreviar el epílogo, -lo alargó media hora más, regalándonos, por vía de resumen, una nueva -paráfrasis de lo que ya había dicho. Las cinco y media serían cuando la -Mesa decidió que el debate gordo se quedara para el lunes siguiente. -Subí á comunicar la noticia á las pobres mártires, medio muertas ya -de calor, estrechez é inmovilidad. Algunas no tenían ni fuerzas para -levantarse; otras estaban en pie para salir, y todas maldecían las -<i>Jurisdicciones administrativas</i> y al perro que las inventó. Augusta -salió con jaqueca, y cuando la bajaba del brazo, me dijo que no -volvería á la tribuna hasta que yo no hablase.</p> - -<p>Creo que lloverá bastante de aquí á ese día, porque me siento sin -ninguna aptitud para la oratoria, y cuando me figuro que tengo que -ha<span class="pagenum" id="Page_43">[p. 43]</span>blar y que me -levanto y empiezo, me parece que el pavor me ha de suspender las ideas -y paralizarme la lengua. El afán de Augusta porque yo hable es ya -verdadera manía, y siempre que me coge á tiro, me vuelve loco. Anoche -me dijo que si no me arranco pronto, hasta me negará el saludo, y que -todos mis progresos en el arte de la cortesanía no valen nada, si no -suelto el último pelo de lugareño lanzándome á usar de la palabra en -público. Y puesto que entre tú y yo no ha de haber nunca misterios, -según lo convenido, te diré sin rodeos que mi prima me gusta cada día -más, y que siento hacia ella una inclinación que me ha ocasionado no -pocas horas de tristeza. No había querido contártelo, esperando que -pasase esto, que me parecía una fugaz indisposición del alma, semejante -á los resfriados en el orden físico. Pero hace días que me encuentro -sorprendido con invencible tendencia á pensar en ella, á figurármela -delante de mí, á recordar sus gestos y palabras, y á suponer y -anticiparme las que me ha de decir la primera vez que nos veamos. Al -propio tiempo, nace en mi espíritu una admiración irreflexiva hacia -ella, y me sorprendo á mí mismo en la tarea ideal de adornarla con las -más excelentes cualidades que jamás embellecieron á criatura alguna. -De aquí nace mi mayor pena, pues precisamente las cualidades que le -atribuyo ponen una barrera moral entre ella y yo. Para imaginar que -esta aspiración mía, incierta y tímida, pueda satisfacerse alguna -vez, tengo que destruir mi propia obra, y exonerar á la señora de mis -pensamientos, quitándole aquellas mismas perfecciones que le supuse. -Aquí tienes la<span class="pagenum" id="Page_44">[p. 44]</span> -brega que traigo en mi mente estos días, y que viene á ser como una -enfermedad que me ha cogido de súbito.</p> - -<p>Apuesto á que te reirás de mí al leerme, pues no caen bien, en -hombres de nuestra edad descreída, el misticismo amoroso de un -Petrarca, ni la fiebre de un Werther. No: todavía disto mucho de -llegar á tales extremos. Lo que te cuento no tiene valor más que como -presagio. También te diré que se me ha ocurrido visitarla lo menos -posible, huir de su trato, apartar de mis ojos su hermosura y gracia -incomparables, su donaire y suprema elegancia... Sí, no te rías. Te veo -haciendo garatusas y dudando de estas honradas disposiciones mías. Pues -sí, querido Equis: la delicadeza me inspira el propósito de evitar su -compañía, y te aseguro que he podido cumplirlo, dejando de ir repetidas -noches á su palco y á su casa. Pero el demonio, que en todo se mete, -ha hecho sin duda juramento de impedir los virtuosos planes de tu -amigo; el demonio, ¡asómbrate! toma la figura de mi buen padrino para -perseguirme y llevarse mi alma, pues Cisneros me obliga á almorzar con -él casi todos los días, y su hija ha dado en la flor de ir también, -y allí me vuelve loco con su cháchara, sus monerías, su amabilidad y -demás seducciones. De modo que el terreno que gano de noche alejándome -de la montaña, lo pierdo por el día viendo venir la montaña hacia mí; -y no me vale huir del abismo, porque se me pone delante cuando menos -lo pienso. De todo lo cual deduzco que... Vete al diablo, que no tengo -ganas de hacer deducciones ni de continuar esta deslavazada epístola. -Estoy<span class="pagenum" id="Page_45">[p. 45]</span> fatigado y -de malísimo humor. ¿Te sabe á poco ésta? ¿Te deja á media miel? Pues -fastídiate, y aguántate, y revienta.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_6"> - <h2 class="nobreak">VI</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>25 de Noviembre.</i></p> - -<p>Continúo, señor de X, bajo la influencia de esta tontería, de -esta murria estúpida que me iguala al más cándido de los colegiales. -Mi desordenado trabajo mental sigue dándome mucha guerra, y por las -noches la hiperemia del cerebro no me deja dormir. El gran simpático -responde al punto á la presión de arriba, y ya me tienes hecho un -ovillo ardiente, de puro nervioso, con alternativas de angustia y -de exaltación febril. No te cuento las cosas que se me ocurren en -las horas negras de insomnio, porque, de fijo, mis disparates y -atrevimientos te parecerían los más estrafalarios que habrías oído en -tu vida. Te contaré lo que en pleno día pienso, cuando mi mente se -despeja de aquellas nieblas y el contacto del mundo me devuelve la -razón.</p> - -<p>Verás: ahora he dado en la tecla de que Augusta no es ni con -mucho el arquetipo de perfecciones que imaginé, llevado de aquel -prurito de idealización, que me entró como podría entrarme un dolor -neurálgico. Esta maldecida enfermedad ha tomado otro sesgo, y ahora -discu<span class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span>rro que la -bella por quien suspiro (la frasecilla será todo lo cursi que quieras, -pero la sostengo) no es un ángel, que está dotada de las seductoras -imperfecciones que Naturaleza derramó con sabia mano en la humanidad -toda, y que quizás, quizás se juntan y hermanan en ella dichos -defectos con mayor relieve que en otras de su edad y clase. No vayas -á deducir de esto que la tengo por mala, no. Es que en la tierra no -tenemos ángeles, ni en verdad nos hacen gran falta. Mi inclinación -hacia Augusta, á quien acabo de borrar del escalafón de los serafines, -no es, en esta nueva etapa de mi mal, menos vehemente; y si en ella -no hay pureza absoluta, tampoco hay absoluta impureza, pues en las -pasiones humanas entran siempre por lo común todos los estímulos que -corresponden á las diferentes regiones que componen nuestra naturaleza. -Decir amor de corazón, amor de imaginación, amor de sentidos, es no -decir nada, ó expresar abstracciones sin valor alguno en la realidad. -Todo marcha con orgánico engranaje, y ninguna parte de nuestro sér se -emancipa de las demás que lo constituyen.</p> - -<p>Pero basta ya de filosofías, y sigue prestando la debida atención -á las confidencias de tu amigo. ¿Á que no aciertas en qué empleo -ahora mis facultades de idealización? Pues en figurarme el marido de -mi prima, Tomás Orozco, como el hombre más completo que imaginarse -puede, y en esto no hago más que responder con mis ideas á tu opinión -acerca de él. Orozco es, según tú, la mayor perfección moral que en -nuestros tiempos puede alcanzarse; Orozco merecería, según tú, el<span -class="pagenum" id="Page_47">[p. 47]</span> dictado de <i>santo</i>, si -nuestra época consintiese aplicar este nombre con propiedad. Es la -persona que deberíamos tomar por modelo para cumplir nuestros deberes -humanos y sociales. Si alguien existe en quien la observación leal no -puede señalar un solo defecto, es Orozco. Fijas están en mi mente tus -ardorosas alabanzas de este hombre, y créelo, me duelen como si fueran -abrojos de una corona de martirio clavada en mi cabeza. Porque has de -saber, amado Teótimo, que este sujeto, á ningún otro comparable, según -tú, y también según mi entender, me demuestra vivísimo afecto, me rodea -de delicadas atenciones cuando voy á su casa, me recuerda la estimación -que su familia tuvo siempre á la mía y su padre á mi padre, y con -esto ha traído á mi alma una turbación y un desasosiego que no puedo -encarecerte.</p> - -<p>Ahora falta un término de la ecuación que no puedo resolver, y -allá va para que te hagas cargo de todo. Me preguntas si creo que mis -pretensiones respecto á Augusta podrán tener acogida favorable, y muy -bajito, pero muy bajito, de modo que nadie lo entienda más que tú, -te respondo que sí. ¿Me fundo acaso en algo terminante y afirmativo? -No: es una idea, un presentimiento, una corazonada. Estas cosas se -saben sin saber por qué se saben. Es algo que se ve en las brumas del -horizonte con los ojos de la previsión y, si se quiere, del temor. -Pues bien, amigo mío: espero, y me tengo por un miserable si lo que -espero llega. Hay y habrá siempre en mí algo que me impide caer en -la depravación y en la laxitud de conciencia de mis contemporáneos. -Al<span class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span> menos, creo que -seré de los últimos que caigan. Ciertas traiciones, que fácilmente -obtienen disculpa en nuestros tiempos, no caben en mí. Y no te digo -más, porque fácilmente comprendes mi confusión y la tremenda batahola -que llevo en mi conciencia. Aquí pongo punto, porque si me dejara -llevar de mi pensamiento, y me abriera todos los grifos para seguir -vaciando en el papel lo mucho que sobre el particular se me ocurre, -te aburriría; y si intento escribir de otra cosa, no podré, porque el -horno no cuece más bollos que los que tiene dentro.</p> - -<p>Sigue el consejo que voy á darte. No vuelvas más á este Madrid, -donde se pierde el candor, y se deshoja al menor soplo la flor de -nuestras honradas ilusiones. Equisillo de mis pecados, quédate en -esa ruda Orbajosa, entre clérigos y gañanes; búscate una honrada -lugareña, con buen dote y hacienda de diez ó doce pares de mulas, que -las hay, yo te aseguro que las hay. Búscala guapa, no digo rolliza, -porque lo que es rollizas y frescas no las habrás visto nunca. Elige -la menos amarilla y flácida, la que se te figure menos puerca dentro -del hinchado armatoste de refajos verdes y amarillos; cásate con -ella, hazte labrador, ten muchos hijos, sanotes y muy brutos, vive -vida patriarcal y bucólica, y no aspires á otros goces que los que -te brinden esa ciudad y ese campo, productor de los mejores ajos del -mundo. Fórmate una familia, en la cual no pueda salir nadie que tenga -ideales; come sopas, y no aspires ni á ser cacique de campanario. -Dichoso el que logra emanciparse de esta esclavitud de las ideas, y -aprende á vivir en la escuela<span class="pagenum" id="Page_49">[p. -49]</span> de la verdadera sabiduría, que tiene por modelo á los -animales, querido Equis, á los mismísimos animales.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_7"> - <h2 class="nobreak">VII</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>1.º de Diciembre.</i></p> - -<p>Vengan esos cinco, Equis de mis entretelas. El espíritu de tu amigo -no se dejará dominar de la maleza estúpida que le amenazaba, y cuyas -primeras manifestaciones pudiste colegir de mis cartas precedentes. Ha -surgido en mí una energía medicatriz, que de la noche á la mañana me -regenera, atiesando mi voluntad, mi sér todo, dándome noción cierta de -la ridiculez de mi enfermedad. Ello ha sido de una manera súbita: me -levanté un día con ganas atroces de reirme de mis sandeces amorosas, -y me reí, sorprendiéndome mucho de verme objeto de mi propia burla. -La naturaleza moral, como la física, tiene estas bruscas remisiones, -victorias rápidas que la vida alcanza sobre la muerte, y la razón -sobre el principio de tontería que en nosotros llevamos. Bastóme -aplicar algunos esfuerzos mentales á esta acción interna, para verla -crecer y hacerse dueña al fin de todo el campo. No tardé en ver las -cosas con claridad, y en notar lo inconveniente de que se rompa la -relación armónica que cada individuo debe guardar con su época. Augusta -no dejó de parecerme tan interesante y bonita<span class="pagenum" -id="Page_50">[p. 50]</span> como antes; pero al propio tiempo comprendí -que no debía apasionarme como un cadete, ni devanarme los sesos como -un seminarista descarriado, sino plantarme esperando los sucesos con -frialdad y mundología. El que tome por lo serio esta sociedad, está -expuesto á estrellarse cuando menos lo piense.</p> - -<p>El fenómeno que te estoy refiriendo no ha venido aislado. Apareció -entre accidentes varios, que en el término de un día, de horas quizá, -distrajeron mi ánimo, movieron mis ideas como el viento mueve la -veleta. La política, hijo de mi alma, con las vehemencias increíbles -que determina en nosotros, no ha tenido poca parte en este cambio, de -lo que deduzco que la <i>res pública</i> es cosa muy buena, un emoliente, -un antiflogístico eficacísimo para ciertos ardores morbosos de la -vida. Y las irritaciones que uno coge en este dichoso Congreso, -obran también como revulsivo, trasladando el desorden orgánico á la -piel, ó si quieres, á la lengua, por donde se escapa el mal ó fluido -pernicioso.</p> - -<p>Y á propósito de esto, voy viendo cuán cierto es lo que tantas veces -me has dicho, fundado en tu larga experiencia. Aquí hay que hablar ó -condenarse á perpetua nulidad é insignificancia. Al que se calla no le -hacen maldito caso. Supón que eres, como yo, consumado gramático del -idioma del silencio, y que en tales condiciones pides un favorcito á -cualquier ministro. Como no te teme, ni le prestas tus servicios en el -banco de la Comisión, ni le consumes la figura de vez en cuando con -preguntas fastidiosas, te sonríe muy afable cuando le saludas; pero no -te da<span class="pagenum" id="Page_51">[p. 51]</span> nada, créelo; -no te da más que los buenos días; cosa de substancia ten por cierto -que no te la da. No creas que me incomodo por esto: reconozco que el -favor ministerial es un resorte del sistema, y no debemos criticar -que se utilice para acallar á los descontentos y recompensar á los -servidores, porque si suprimimos aquel resorte, adiós sistema. Ello -está en la naturaleza humana, y es resultado de la eterna imperfección -con que luchamos de tejas abajo. Ó nos declaramos serafines con patas, -ó hemos de reconocer que el régimen, bueno ó malo, tiene su moral -propia, su decálogo, transmitido desde no sé qué Sinaí, y que difiere -bastante de la moral corriente; y si no, que salga el Moisés que ha de -arreglarlo.</p> - -<p>Hoy estoy inspirado, amigo mío, y si no escribo de política, -reviento, porque este tema me divierte, hace derivar mis pensamientos -del centro congestivo en que me atormentan, y me esponja, créete que -me esponja, me refresca el cuerpo y el alma... Pues verás. He caído en -la cuenta de que es una sandez este silencio mío, esta pasividad, esta -inercia de grano inconsciente en el famoso montón parlamentario que -hace las leyes, sostiene los gobiernos y robustece las instituciones. -Tiene muy poca gracia desperdiciar la influencia y el favor con que -el amigo Estado debe corresponder á nuestros servicios. Nada, yo -hablo ó reviento, yo me despotrico el mejor día; y aunque me tengo un -miedo horrible como orador, y aunque, al considerarme hablando, me -entran ganas de prenderme á mí mismo y mandarme á la cárcel, la lógica -humana y cierta ambiciosilla que me muerde el corazón, impúlsanme á -vencer<span class="pagenum" id="Page_52">[p. 52]</span> mi torpeza -y cobardía. Ya empecé anteayer, como quien deletrea, presentando -á primera hora una exposicioncita de Orbajosa para que le rebajen -los consumos; pronto seguiré mi aprendizaje en las Secciones, dando -explicación breve, de acuerdo con otro que me las pida; y, por fin, -metido en una comisión de fácil asunto, ten por cierto que lo empollo -bien, y me largo mi discursito como un caballero. Todo es empezar. -Una vez perdida la vergüenza, lo demás va por sus pasos contados. Y -dejando de ser pasivo en la política, da uno empleo y desagüe á mil -cosas malas que dentro le bullen. Si la política es un vicio, con -este daño inocente se pueden matar otras diátesis viciosas que nos -trastornan el seso. ¿Qué te parece? ¿te ríes? Dame tus graves consejos, -alma de cántaro; vacía ese saco de filosofías pardas y de marrullerías -espirituales. Espero tu exequatur ó una rociada de vituperios, porque -te conozco, y quien no te conoce, que te consulte. Con que, ¿hablo ó no -hablo? ¿Conviene hablar, aunque sea ladrando?</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_8"> - <h2 class="nobreak">VIII</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>3 de Diciembre.</i></p> - -<p>Sin esperar tu contestación, te encajo ésta. Mira que me escarba en -el magín, y más aún en la voluntad, la portentosa oración que ha de -sacarme de la sosa esfera de la nulidad parlamen<span class="pagenum" -id="Page_53">[p. 53]</span>taria; mira que me disparo el mejor día y -te avergüenzo, porque saben que eres mi mentor, y los dislates del -discípulo recaerán sobre el maestro.</p> - -<p>Consulté con mi padrino lo que á tí te consulto, y me dió un abrazo -muy apretado, felicitándome por mi sabia resolución. Incitóme á hablar -contra el Gobierno, sin reparar que éste me apoyó á rajatabla en la -elección, sacándome por los cabellos de aquella misteriosa urna. Díjome -que haciéndolo así prestaba un servicio á la sociedad, y favorecía los -principios eternos contra lo transitorio y accidental; que nada es tan -útil como los cambios de mandarines, para que el telón de esta comedia -suba y baje muchas veces, hasta ver si el público se aburre y prorrumpe -en la gran pita final. Augusta, que tales cosas oía, se indignó y tuvo -una fuerte agarrada con su padre, diciéndole: «Hubieras sido ministro, -serías por lo menos senador vitalicio si tuvieras más juicio, papá.» -Él lo tomaba con calma, recalcando la extravagancia como siempre que -se le contradice. De palabra en palabra, en la tertulia de sobremesa, -la conversación pasó de la política al arte, y Cisneros se despachó á -su gusto, sosteniendo delante de su hija, de Villalonga (el célebre -Villalonga, ¡qué tipo!) y de mí, que no puede existir el Arte verdadero -en los países organizados, donde hay Justicia y Policía, instituciones -esencialmente enemigas del numen artístico. Pon atención á esto: «El -genio de Shakespeare floreció en medio de la dramática barbarie inglesa -del siglo <small>XVI</small>, como las artes italianas en medio del -elegante desconcierto de las repúblicas florentina y genovesa, y de -las guerras civiles desde el <small>XIV</small><span class="pagenum" -id="Page_54">[p. 54]</span> al <small>XVI</small>, en aquellos tiempos -pintorescos, anárquicos, de pasiones sin freno, igualmente propicios -á la santidad y al crimen, al ascetismo y al homicidio; tiempos en -que el derecho público llegó á tener por ley el veneno y el dogal, -y se creó la diplomacia de la traición. La frecuencia del asesinato -fomentaba en el pueblo la idea del desnudo; la Iglesia protegía las -humanidades, y el paganismo resucitaba en el propio regazo de los -Papas. César Borgia personifica esa época gloriosa, y cierra el período -de florecimiento artístico, en el cual caben todas las ideas activas -que pueden inflamar la mente de los pueblos. Entre la moral austera de -Dante y las licencias de Bocaccio, hay una extensión, un campo inmenso -y fecundo en que nacen las flores más bellas de la vida humana. Entre -el místico Giotto y el aventurero Benvenuto Cellini, se encierran todos -los desarrollos de la belleza corporal, base del arte pictórico.» Y por -aquí siguió deslumbrándonos y confundiéndonos. Su hija le rebatía, como -si dijéramos, á puñados, y aunque no estaba muy fuerte en la historia -de César Borgia, sostuvo que era un sinvergüenza. Luego soltó varias -herejías, hablando pestes del Giotto, de fra Angélico y de todos los -pre-rafaelistas, y diciendo que no daría dos pesetas por ninguna de -las tablas del siglo <small>XV</small> ni por la mayor parte de los -cuadránganos religiosos que llenan aquella casa. Cisneros llamó á su -hija tonta é ignorante, y le dió muchos besos. Así acaban siempre sus -reyertas.</p> - -<p>En esto entró Malibrán. (Si esto fuera novela pondría: <i>Aparición de -un nuevo personaje.</i>) Adivino tu gesto de sorpresa al leer este nombre. -No<span class="pagenum" id="Page_55">[p. 55]</span> sabes quién es, -mejor dicho, no le conoces por su apellido, aunque le has visto y le -has hablado. Te ayudaré á hacer memoria, ¿Recuerdas que yendo los -dos una tarde de París á Enghien, nos encontramos á un señor á quien -teníamos por extranjero, y de pronto nos habló correcto español, y -estuvo muy fino y obsequioso con nosotros al despedirse, ofreciéndonos -su casa, que señaló extendiendo la mano hacia un techo gris cercano á -la estación? ¿Recuerdas que, visitando algún tiempo después el <i>Salón</i>, -nos le encontramos acompañando á un amigo nuestro, Pepe Díez, y éste -nos le presentó? Al poco rato nos acompañaba en el examen de algunos -cuadros, oficiando de crítico, y mostrándose muy severo con la mayor -parte de las obras que vimos. Tú no tienes tan buena memoria como yo: -no recordarás que al salir dimos una vuelta por los Campos, y el tal -habló pestes de España y de los españoles; nos dijo que su residencia -habitual era Italia, que había reunido algunos cuadros antiguos de -grandísimo mérito, y que se hallaba en París gestionando la venta de un -estupendo Mantegna, por el cual le ofrecía el Louvre cien mil francos y -Rotschild un poco más; pero que no pensaba darlo en menos de doscientos -mil. ¿No se te ha quedado presente ese detalle del Mantegna? Después -de separarnos de él y del amigo con quien iba, hicimos la observación -de que nos parecía uno de esos tipos de nacionalidad equívoca que en -París tan á menudo se encuentran. Su fisonomía, como su apellido y -la facilidad con que se expresa en diferentes idiomas, daban lugar á -que se le creyese oriundo de<span class="pagenum" id="Page_56">[p. -56]</span> todas las fronteras europeas. Al mismo tiempo notamos su -atildada educación, su finura, la elegancia de su vestir.</p> - -<p>Pues bien: este sujeto que entonces pasó ante nuestra vista como un -cometa y de quien hablamos como se habla de aquello que no se espera -volver á ver más, llámase Cornelio Malibrán y Orsini, es español y -nacido en Madrid, hijo de un antiguo empleado de Palacio, y nieto de -un coronel de guardias walonas. Su madre es italiana, hija de no sé -qué militar extranjero al servicio de España. De modo que en nuestro -don Cornelio se juntan y mezclan todas las sangres europeas, y en su -progenie por ambas líneas, según nos explicaba la otra noche, hay una -señora holandesa de la familia de Riperdá, y un caballero portugués, y -un emigrado polaco, y qué sé yo qué más.</p> - -<p>Te presento con tantos pelos y señales á este prójimo, porque -presumo he de tener que ocuparme de él más de lo que quisiera. Ha -servido en la diplomacia; estuvo algún tiempo cesante, residiendo en -Italia y en Francia, y ahora ha logrado pasar al Ministerio. Es célibe, -y vive con su madre, señora mayor, según he oído, bastante instruída -y que sabe muchas y buenas historias de interioridades palatinas y -aristocráticas... Un poco de paciencia, querido Equis, y acabaré el -retrato. El origen de la amistad de este don Cornelio con mi padrino -hay que buscarlo en la contagiosa chifladura de ambos en materias de -arte pictórico. Cisneros es inteligente (al menos él lo dice, y yo lo -creo bajo su palabra) en tablas españolas del siglo <small>XV</small>; -pero en pintura italiana<span class="pagenum" id="Page_57">[p. -57]</span> me parece á mí que no da pie con bola, y precisamente las -escuelas italianas anteriores á Rafael son el fuerte de Malibrán. En -cualquier sombrajo negro y ahumado, donde nosotros apenas vemos algún -torso indefinible, señala él un Boticelli, un Sodoma, un Signorelli ó -un fra Bartolomeo, nombres que rara vez sonaron en mis profanos oídos. -Mi tío y él se pasan largas horas discutiendo sobre los inciertos -caracteres que separan la escuela paduana de la veneciana, ó acerca de -otro problema pictórico tan obscuro como éste.</p> - -<p>De la intimidad con Cisneros vino la introducción de Malibrán -en la casa de Orozco, donde le tienes todas, todas las noches. Su -finísimo trato, su conocimiento del mundo, le ponen en primera línea -en toda sociedad, sin que él necesite esforzarse por alcanzar aquel -puesto. Descuella naturalmente y por la propia virtud de sus modales, -que son la misma perfección, pues hay en ellos el grado exacto de -rigidez compatible con la soltura. Sabe combinar como nadie la -cortesía respetuosa con esas licencias que hoy agradan tanto, usadas -discretamente, como la sal y los picantes en la culinaria. No conozco -otro que sepa entretener y divertir á las damas como él las entretiene; -es la única persona á quien he oído sostener largas conversaciones -sobre vestidos, mostrando en ello la espiritual erudición que al -asunto corresponde. Las señoras le consultan acerca de sus trajes, -del adorno de sus casas, y, sobre todo, las asesora con maestría. -Al propio tiempo, si le hablas de política extranjera, te pasmas -oyéndole, querido Equis, porque la conoce al de<span class="pagenum" -id="Page_58">[p. 58]</span>dillo, tan bien como podríamos apreciar -nosotros la nuestra.</p> - -<p>Pues bien: presentado el tipo, me falta expresarte, para concluir, -un sentimiento mío con respecto á él. Allá va, y no te asustes. Este -hombre me es profundamente antipático, tanto que mi antipatía traspasa -los límites que separan este sentimiento del odio verdadero. Te oigo -preguntarme: «¿por qué?» Te asombrarás si te digo que no me es fácil -definir la causa. Malibrán me considera mucho; parece estimarme, y -aun quererme. Jamás ha tenido palabra ni acto, con respecto á mí, -que puedan molestarme. Hasta se digna elogiar lo que digo, y oirme -con afable atención. Pero ello es que no le puedo ver. Te muestro -este fenómeno de mi alma, como le mostraría al médico una llaga que -nadie ha visto y que sólo el médico debe ver. Yo mismo me asombro -de llevar en mí un afecto depresivo que no me favorece; me sondeo, -y trato de analizarlo para encontrar su origen. ¿Es envidia, es más -bien intuición? ¿Es que penetro, sin darme cuenta de ello, el carácter -de este individuo, y adivino que es una mala persona revestida de -brillantes adornos sociales? ¿Es que...?</p> - -<p>Pero estoy fatigado, aturdido, y presumo que en mi próxima, después -de pensar un poco en este peregrino caso, te podré decir algo más -concreto.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_9"> - <p><span class="pagenum" id="Page_59">[p. 59]</span></p> - <h2 class="nobreak">IX</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>6 de Diciembre.</i></p> - -<p>He vuelto á las andadas, compañero, y aquella serenidad de espíritu -que adquirí dándome un baño (perdona lo extravagante de la figura) en -las turbias aguas de la política, se la llevó la trampa. Hoy estoy -muy nervioso, y á pesar mío saldrán á relucir en mi carta conceptos -amargos y apreciaciones que no se ajustarán quizás á la realidad. He -pasado mala noche, batiéndome con lo absurdo, queriendo ahuyentar las -cavilaciones sin poderlo conseguir, porque me atacaban con lógica -deslumbradora, y me desarmaban y me rendían. No extrañes, pues, que -esté hoy inaguantable.</p> - -<p>Ese Malibrán se me ha atravesado de tal modo que no le puedo tragar. -Seguramente te has olvidado de su fisonomía, y quiero recordártela. -Representa como unos cuarenta años, pero creo que tiene más. Buena -figura: es lo que comunmente se llama un hombre guapo. No se olvida, -vista una vez, su cara expresiva, que comparo, relacionándola con -la pintura, á algo que abunda en la variada colección de mi tío. -Aquel rostro afilado, aquel mirar penetrante, aquellas facciones -correctísimas, la barba rubia acabada en punta, la frente de marfil, -la color anémica, te recuer<span class="pagenum" id="Page_60">[p. -60]</span>dan esos cuadros votivos de la pintura italiana que tienen -en el centro á la Virgen, y á cada lado de ésta dos santos, San Jorge -ó San Francisco, San Jerónimo ó San Pedro. Cornelio me hace recordar -á veces al San Jorge, con su cariz de guerrero afeminado, y á veces, -pásmate, al San Francisco de Asís, de seráfica y calenturienta belleza. -Vas á decir que me voy del seguro. Es que, en efecto, estoy bastante -excitado, y me excito más escribiéndote estas cosas, en vez de -ponerme á estudiar el discursito que pronunciaré dentro de dos días, -combatiendo el dictamen sobre el <i>Proyecto de ley de rectificación de -listas electorales</i>. Ahora, relatemos.</p> - -<p>Pues, como te dije, entró Malibrán, llamado con premura por mi -padrino para consultarle acerca de un cuadro que acababa de adquirir. -Tiempo hacía, según nos dijo, que lo había visto en la sacristía -de las Descalzas de Villalón, sin poder meterle mano. Por fin, el -administrador de Cisneros logró apandar la joya, y se la remitió. Es -una tabla como de cincuenta centímetros por cuarenta, y representa -el bautismo de Jesús. Las dos figuras desnudas, amarillas y tiesas -destácanse en el fondo ennegrecido, con cuya lóbrega tinta se funde -el sombreado de los cuerpos. En la parte superior se ve un par de -ángeles con vestiduras de elegantes pliegues, sosteniendo un letrero -con las palabras sacramentales del Bautismo. En cuanto llegó Malibrán, -empezaron las discusiones frente á la obra de arte. «Ó esto es un -Massaccio—dijo Cisneros con suficiencia triunfal,—ó yo no entiendo -palotada de pintura.» Á lo que respondió el diplomático, después de -mirar<span class="pagenum" id="Page_61">[p. 61]</span> mucho la tabla, -de cerca y de lejos, y de frotarla en diferentes partes: «Qué sé yo, -qué sé yo... Me inclino á creer que es más bien un Pinturrichio. La -figura del Bautista se parece extraordinariamente á las que hay en -los frescos de Araceli en Roma.» Y tras esta razón pericial, siguió -dando otras, que debían de ser muy fuertes. Entráronme ganas de -contradecirle, aunque no entendía ni jota de aquellas cuestiones, y -apoyé la opinión de Cisneros, el cual la sustentaba con furor, fundado -en una referencia de Ceán Bermúdez. Luego corrió á su archivo y trajo -una carta autógrafa, inédita, en la cual el célebre investigador de -Bellas Artes da cuenta de haber visto una relación de los cuadros -traídos de Italia por un don Alonso Núñez de Villalpando, fundador -de las Descalzas de Villalón. Háblase en dicha nota de una tabla del -Massaccio, tasada en no sé cuántos miles de escudos, y que se tenía por -obra en alto grado maravillosa. Respecto á dimensiones y asunto, dice -el papel: «Es como de un pie y medio de alto, y representa el bautismo -de Nuestro Redentor.» Malibrán movía la cabeza, sonriendo, y quitaba -importancia, con la mayor urbanidad, á las fuentes críticas de donde mi -tío sacaba sus especiosos argumentos. Por fin, el testarudo castellano -se atufó, y nada... tijeretas han de ser... «¡Oh! un Massaccio, el -padre del Renacimiento... Tengo el cuadro más raro que existe en las -galerías particulares de Europa y aun en las oficiales. Esta tabla -no se sabe lo que vale. Es un tesoro. Véanla ustedes: les permito -tocarla; pero... con muchísimo respeto. Usted, señor Malibrán, es muy -inteligente; pero por esta vez reconozca que<span class="pagenum" -id="Page_62">[p. 62]</span> se ha caído. Y por más que en ello se -empeñe, no logrará desacreditar mi colección ni desvirtuar la gloria de -este gran hallazgo.»</p> - -<p>La discusión no se acababa. Villalonga y yo nos pusimos de parte de -mi tío, y Augusta votaba con Cornelio, lo que me sabía muy mal. Allá -nos íbamos ella y yo en conocimiento de tal asunto, y opinábamos por -capricho, ó quizás por simpatías personales, como suele suceder en la -mayoría de las polémicas. Es casi seguro que ambos oíamos entonces -por primera vez el nombre de Massaccio. Y, no obstante, yo sostenía -con calor el partido de Cisneros ó <i>massaccista</i>, y ella se declaraba -franca y resueltamente <i>pinturrichista</i>.</p> - -<p>Querido Equis, ríete todo lo que gustes de esta simpleza; pero -en aquel punto y hora, y mientras disputábamos sobre una cosa que -entendíamos como si nos pusieran á descifrar escritura chinesca, -asaltó mi mente una sospecha que me trajo al estado de inquietud en -que me encuentro todavía. Mi corazón, antes que mi entendimiento, -se lanzaba ansioso al campo de las adivinaciones, partiendo de un -hecho insignificante, incierto quizás. Pero ¡cuántas tonterías hay, -reveladoras de hechos graves! ¡Cuántas nimiedades saltan ante nuestra -vista destapando misterios, y abriendo los horizontes de investigación -que cerrara la cautela! Mi suspicacia y el odio instintivo que aquel -pegajoso diplomático me inspiraba, odio revelador también, lleváronme -á creer que cuanto hablaron mi prima y Malibrán aquel día encerraba -un sentido doble, y que sus palabras eran fórmulas de inteligencia -convenidas, al modo de una clave cifrada. Augusta se fué, di<span -class="pagenum" id="Page_63">[p. 63]</span>ciendo que iba á recoger -á unas amigas para llevarlas á paseo, y á poco se despidió también -Malibrán, dejando á mi padrino solo con su cuadro y su tenaz opinión -de que era legítimo Massaccio, por encima de todas las cábalas de -la envidia. Como yo me mostrara bastante frío y con pocas ganas -de jalearle, toda la matraca que dió después fué contra el amigo -Villalonga, que le aguantaba con estóica paciencia.</p> - -<p>Retiréme á un ángulo del gabinete aquél, tan bonito, tan diferente -de cuanto vemos en otras casas, y durante largo rato examiné una -por una las rosas del suelo. Necesito explicarte esto. Hay allí una -magnífica alfombra de Santa Bárbara, hermana de las de Palacio y -Sitios Reales, blanda, gruesa y amorosa bajo nuestras pisadas. Es de -fondo blanco, rameado amarillo y guirnaldas de rosas, estilo Carlos -IV, que ante la crítica dominante pasa hoy por anticuado. Á mí no -me lo parece... Pero, sea lo que quiera, los colores se conservan -admirablemente; el tejido es de una solidez que avergonzaría á toda la -industria moderna; y en cuanto á las rosas, te diré que las deshojé con -mis miradas, mientras en el otro extremo de la pieza apuraban el tema -Villalonga y Cisneros. Este, inquietísimo, entraba y salía, trayendo -papeles y librotes con alguna referencia en apoyo de su dictamen, y -también cuadros para buscar argumentos comparativos. Ví abierta ante mí -una papelera, en cuyos compartimientos brillaba el oro antiguo y de ley -con la amarillez elegante de las onzas peluconas. De aquellas áureas -gavetas sacó mi tío un papel, que leyó como se podría leer un bando. -Era el inventario<span class="pagenum" id="Page_64">[p. 64]</span> -citado por Ceán Bermúdez; y en el tragín que el buen señor armaba, se -tambaleó de improviso una armadura completa, milanesa, y cayó al suelo -con estrépito y chirrido de articulaciones metálicas, como guerrero que -cae mal herido en el combate.</p> - -<p>Después oí la voz de Cisneros en la pieza inmediata, riñendo con -los criados, llamándoles idiotas, embusteros y enredadores. Pedía su -ropa, no ésta, sino aquélla. El gabán de pieles no, ¡zopenco!... sino -el otro... Al cochero le amenazaba con despedirle por borracho, al -lacayo por sucio, al administrador por entrometido, á la cocinera por -habladora, á la pincha por sisona, al ayuda de cámara por indecente. -Todo aquello era genialidad pasajera, pues al poco rato les trataría -con la familiaridad más revolucionaria.</p> - -<p>Villalonga se marchó, diciéndome que no salía nunca de aquella -casa sin sentir que se le aflojaba un tornillo del cerebro, y cuando -me quedé solo con mi padrino y pasé á su cuarto, mientras se vestía -me dijo: «Ese Malibrán, que es un trasto envidioso, quiere quitarme -la gloria de poseer el cuadro más raro que hay en el mundo. Pero -se fastidiará, se fastidiará. La culpa tiene quien le da alas, -consultándole sobre lo que no entiende. ¿Has visto qué fatuidad? ¿No -salta á la vista que mi tabla es Massaccio, pero tan claro que negarlo -es como negar la luz del sol? Pues qué, ¿Ceán Bermúdez es algún -gacetillero? Tú has dado razones que no pueden rebatirse... Vamos, -vámonos á tomar el aire.»</p> - -<p>Llevóme al Retiro en su carruaje, y paseamos á pie desde la Casa -de Fieras al Ángel Caído.<span class="pagenum" id="Page_65">[p. -65]</span> Saludamos á muchos amigos, y de cuantas personas conocidas -pasaron á pie ó en coche tuvo Cisneros algo que decir. Su feliz -memoria, suplida á veces por ingeniosa inventiva, regalóme aquella -tarde mil anécdotas, picantes unas, despiadadas y terribles otras, -ninguna inocente, todas con ese singular acento que da la verosimilitud -ó la probabilidad de los yerros humanos. Era aquello la historia, -compuesta y adornada á lo Tito Livio, como arte verdadero; historia -no inferior por su transcendencia y ejemplaridad á la que nos cuenta -en fastidiosas páginas las bodas de los reyes, y las batallas que -se ganaron ó se perdieron por un quítame allá esas pajas. Mi tío -me ilustró también con algunas particularidades de su vida, en las -cuales no pude menos de ver esa mano de gato con que algunos cronistas -desfiguran y engalanan lo que les conviene; y por fin me dió este -consejo: «Mira, Manolo, tú no seas tonto. Haz el amor á las mujeres -de todos tus amigos, y conquístalas si puedes. No pierdas ripio por -cortedad, ni por escrúpulos, ni por miramientos sociales de escaso -valor ante las grandes leyes de la Naturaleza. Las prójimas que más -respeto te infundan, son quizás las que más deseen que avances: no te -quedes, pues, á mitad del camino. Sé atrevido, guardando las formas, y -vencerás siempre. Toma el mundo como es, y las pasiones y deseos como -fenómenos que constituyen la vida. La única regla que no debe echarse -en olvido nunca es la buena educación, ese respeto, ese <i>coram vobis</i> -que nos debemos todos ante el mundo.»</p> - -<p>Algo más me dijo; pero yo dejé de oirle, por<span class="pagenum" -id="Page_66">[p. 66]</span>que el alma toda se me fué detrás de -Augusta, á quien ví de lejos en su landó, con otra señora, su amiga, -su encubridora quizás. Tal pensé en aquel momento, y con ellas, -tieso y amable en la delantera, el hombre más cargante que alumbra -el sol: Malibrán. Sí, le ví, y no quiero decirte más. ¿Qué tenía de -particular que la acompañase como yo mil veces lo había hecho? ¿Qué -podía significar cosa tan sencilla? Nada en rigor. Era una simpleza -que me atormentaba, como nos atormenta el granito de tierra que en un -ojo nos cae... Hasta debía pensar que la circunstancia de acompañarla -públicamente revelaba la mayor inocencia, pues de haber algo, evitarían -mostrarse juntos en el paseo... Pero nada de esto, que he pensado -después, me ocurrió entonces. Habrás comprendido que yo estaba aquella -tarde hecho un imbécil, un sentimental de la peor especie, digno de que -me cogieran por su cuenta los novelistas chirles. Ahora estoy viendo -que tú, con la sorna que sueles gastar, vas á decirme que merezco una -camisa de fuerza. Pero yo sigo en mis trece: la idea es la madre de -los hechos. ¿Qué importa que no aparezcan los hechos, si se ve que la -idea, por el bulto que hace, está embarazada de ellos? No, no te hagas -cruces... Mira, vete al cuerno y no fastidies más.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_10"> - <p><span class="pagenum" id="Page_67">[p. 67]</span></p> - <h2 class="nobreak">X</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>13 de Diciembre.</i></p> - -<p>He dejado pasar ocho días desde mi última carta, y tanto me he -serenado en este tiempo, que si pudiera retirar lo en ella escrito, -como retiran y anulan estos oradores las palabras ofensivas que en -el fuego de la discusión se escapan de sus labios imprudentes, lo -haría, ¡oh Equis de mis pecados! porque hallándome en aquellos días -bajo la influencia de una exaltación insana, casi no soy responsable -de las bobadas que pensé y te escribí. ¡Bendita sea mil veces la -política, digo otra vez, ese arte supremo de la vida colectiva; -benditos sean Sagasta, Cánovas, Castelar y demás sacerdotes de esta -religión consoladora, cuyo culto produce en nuestro ánimo el efecto -de las friegas en el organismo, llamando á la epidermis la irritación -interior! Has de saber que la jarana parlamentaria de estos días, el -temor de que el Gabinete se derrumbara y la situación con él, las -alarmas, el disputar, el choque terrible de las ambiciones que se -defienden con las ambiciones que embisten, han producido en mí un mareo -reparador, una embriaguez que me ha hecho mucho bien. Si te digo que -estos azarosos días lo han sido para mí de entretenimiento, no expreso -la verdad, pues también he llegado á apasionarme<span class="pagenum" -id="Page_68">[p. 68]</span> y á tomar con calor un asunto que nunca -llegué á entender. Cuando nos encontramos dentro de una colectividad -activa, un sentimiento parecido al espíritu militar nos arrastra, -y corremos ciegos al disparate y á la sinrazón, como los pelotones -se lanzan á la trinchera donde han de encontrar la muerte. En fin, -querido amigo, estoy contento otra vez, y me parece que te oigo decir: -«bien venida sea la paz si dura.» Porque como tengo estas bruscas -intermitencias, temerás que salte mañana otra vez con la murria y el -lloriqueo.</p> - -<p>Y á propósito de intermitencias: no sólo no las niego, sino que he -de presentarte otras versatilidades de mi espíritu, de que hasta ahora -no te he dado cuenta, para que las estudies y me las expliques si -puedes, que de fijo no podrás.</p> - -<p>Desde que estoy en Madrid, es tal la movilidad de mis ideas, que -me produce alarma. Recuerdo que te has reído mucho de mí oyéndome -contar que en Orbajosa me levantaba algunas veces religioso y otras -descreído. Pues aquí, hay días que me despierto con las ilusiones -democráticas más risueñas y angelicales que imaginarte puedes, y al -siguiente cátame con sentimientos tan autoritarios, que me dan ganas -de mirar como una bendición el palo del absolutismo. Tengo mis mañanas -de popular entusiasmo, en las cuales creo que debemos dar á la plebe -todos los derechos, para que se gobierne sola y haga su santa voluntad, -y mañanas en que se me representan mis conciudadanos como la tropa -más ingobernable y aviesa del mundo. Esta falta de aplomo proviene -sin duda de la atmósfera de controversia febril en que vivimos, de -la rapidez con que se suceden<span class="pagenum" id="Page_69">[p. -69]</span> hechos y fenómenos de carácter opuesto. Nuestra sociedad -está elaborándose. Nos hallamos en pleno estado de formación geológica. -Las masas del planeta político están en parte blandas, en parte -enteramente líquidas; por aquí hay demasiadas corrientes de agua, por -allí demasiado fuego.</p> - -<p>Pues oye otra observación: tengo mañanas, y si quieres, tardes ó -noches, en que siento verdadera ansia de leer mucho é instruirme, y -agrandar todo lo posible la esfera de mis conocimientos. Pues se pone -el sol, ó sale el sol, y ya me tienes pensando que la mayor de las -locuras es enviciarse con los libros, y el más molesto de los empachos -la erudición. Se me ocurre que la única ciencia digna del alma humana -es vivir, amar, relacionarse, observar los hechos, hojear y repasar -el gran libro de la existencia. Lo demás es perder el tiempo, tarea -de catedráticos que tienen por oficio retribuido extractar el saber -anterior para dárselo en tomas digeribles á la niñez.</p> - -<p>Nada quiero decirte de mis intermitencias de religiosidad ó -descreimiento, que raya en ateísmo. Estamos en eso lo mismo que antes. -Pero hay más, querido Equis, y es que también en cuestiones de moral -tengo mis caprichitos, pues hay días en que me enamoro como un bobo de -los principios, y no concibo que podamos ni respirar sin ellos, y otras -veces veo y palpo que los principios huelgan, que sólo tienen valor -las formas. Nada, nada: que vivimos en un mundo deshecho ó por hacer; -que somos ó los grandes demoledores, ó los grandes arquitectos de una -sociedad.</p> - -<p>Pues en el orden afectivo, aquella impresiona<span class="pagenum" -id="Page_70">[p. 70]</span>bilidad que tantas censuras y chanzas me -ha valido de tí, también se ha recrudecido en vez de corregirse. No -olvidaré lo que te ha dado que reir esta facilidad mía para prendarme -locamente de una mujer cualquiera, apenas vista y tratada. Cierto que -la exaltación dura poco; pero reconozco que es peligrosísima. El caso -se ha repetido en esta época, no sólo con respecto á mi prima (aquí la -cosa es algo más seria), sino con personal de menor cuantía. Omito la -relación de mis <i>súbitos incendios</i> para evitar tus burlas.</p> - -<p>Hace tiempo me recomendabas el trabajo mental, no precisamente -la erudición, sino la labor literaria, y veo que en tu última carta -insistes en la receta, como norma de disciplina contra la versatilidad -y el repentinismo. No hay quien te apee de esto, y sostienes que soy -ante todo hombre de imaginación, y que sólo en el terreno del trabajo -artístico he de poder fundar algo. ¡Qué disparates se te ocurren! ¡Yo -imaginar, yo que me he pasado cinco años haciendo cuentas, ordenando -papeles, destruyendo embustes y aclarando derechos! La idoneidad que -revelé entonces para la aritmética práctica y para las menudencias -vulgares de la vida; la paciencia de laborioso insecto que entonces -mostré, prueban mi ineptitud para empresas de vuelo más alto. Quien -trabaja en la obscuridad como la carcoma, no sabe remontarse á las -nubes como el águila. Si yo intentara lo que me recomiendas, verías qué -engendros miserables y enfermizos saldrían de padre tan estéril.</p> - -<p>Y á otra cosa. Hace dos noches tuve una conversación muy interesante -con Augusta. Pareció<span class="pagenum" id="Page_71">[p. -71]</span>me que ella misma la había buscado, con habilidad suma, como -se busca y provoca una explicación Preguntóme no sé qué... estábamos -solos en su casa... respondíle lo que me pareció bien, y ella pasó -discretamente una especie de revista á casi todas las personas que -habitualmente componen su tertulia. Al llegar á Malibrán bajó la voz, -como quien revela un secreto, y me dijo: «Tengo que advertirte que -Cornelio es persona muy solapada y de muchas conchas, y hay que tener -cuidado con él.» Como yo le dijera que pensaba lo mismo, ella añadió: -«Á mí, personalmente, no me ha hecho ninguna mala pasada; pero sé de -él, por referencia, cosas que me le pintan de cuerpo entero.»</p> - -<p>Esta breve monografía, hecha con acento de profundísima verdad, me -consoló mucho. Era como una satisfacción, y la agradecí con toda mi -alma. En aquel momento se me disiparon de la mente las frasecillas -que había preparado días antes para echárselas á la cara si ocasión -propicia se me presentaba para ello. Y aun recordándolas no las hubiera -proferido. ¿Qué era? Ya lo adivinarás. Una declaración habilidosa -y galante, con su poco de hipocresía. Yo había pensado decirle: -«Augusta, aspiro ser el primero de tus amigos, nada más que amigo; -pero el primero. Y si algún día quiere Dios que ames á alguien, aunque -sea poco, pido el ascenso inmediato, ó sea pasar del primer puesto -de la amistad al escalafón del amor.» De esta sutileza estaba yo muy -satisfecho. Pues has de saber que después del diálogo que he referido, -infundíame la mujer aquélla tanto respeto, que no hubiera osado -tras<span class="pagenum" id="Page_72">[p. 72]</span>pasar la línea -por nada de este mando. Y aun hubo algo que me contuvo más dentro del -terreno de las conveniencias, porque me habló de su marido, á propósito -de un asunto que trataré á tiempo; y tales elogios hizo de él y con -tanta sinceridad ensalzó sus grandes prendas, que admiré sin rebozo -aquella exaltada demostración de cariño conyugal. Acabó por decirme: -«Ni tú ni nadie que no le trate con la mayor intimidad, puede saber -todo lo bueno que es Tomás. Es como una mina inagotable, y mientras -más se ahonda en ella, más oro se encuentra. Ya ves la fama que tiene -de honradez, y lo que se cuenta de su nobleza de carácter, de cómo -practica la caridad y todas las virtudes. Pues la fama se queda corta. -Créelo, no tiene semejante, y esta sociedad no se lo merece.»</p> - -<p>Lo decía con tanto entusiasmo, que me anonadó, Equis amigo. La -impresión que saqué de este diálogo fué altamente favorable á la hija -de Cisneros. Se me representó como un sér á quien se ofende sólo con -la sospecha de impureza, y ante quien no debemos ni podemos sentir más -que un delicado y caballeroso acatamiento. ¡Y qué mona estaba aquella -tarde! que luego se hizo noche, pues si la ví al principio á la luz -del crepúsculo, pronto su cara y su elegante traje se me presentaron -vivamente iluminados por la luz artificial. El vestido era de seda, -rayas blancas sobre azul turquí, y no olvidaré su indolente postura -en uno de esos blandos muebles que llaman <i>puff</i>, torcido el cuerpo -de modo que á veces presentaba hacia mí la cara, el costado y las -rodillas. Doblaba los brazos de un modo que parecía enroscár<span -class="pagenum" id="Page_73">[p. 73]</span>selos en el cuerpo, y en un -cambio de actitud ví una mano, con brazalete en la muñeca, que asomaba -por la espalda. No te exagero. No vayas á creer que esta flexibilidad -desengonzada que te pinto acusa falta de señorío ó dignidad. Es que... -verás... no sé cómo decírtelo. No hay mujer que, como mi prima, -parezca en ocasiones tan formada de pedazos mal unidos, ni figura que -se desbarate más, para componerse y ajustarse luego en términos que -resulta airosa por todo extremo.</p> - -<p>El encargo que me haces de que te describa la casa de Orozco, con -todo lo que hay en ella, fondo y forma, añadiendo un croquis de los -tipos diversos que la frecuentan, no lo puedo desempeñar en esta carta. -¿Sabes la hora que es, hijito? Las doce de la noche. Llenas están ya -de mis garabatos seis carillas, y economizo las dos restantes para -no acostumbrarte mal y curarte de malos vicios. Duerme si puedes, -que yo me acuesto y voy á soñar con las espirituales bellezas de la -<i>Rectificación de listas electorales</i>. ¡Dichosa enmienda, y quién me -habrá metido á mí á proponerte y apoyarte!...</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_11"> - <p><span class="pagenum" id="Page_74">[p. 74]</span></p> - <h2 class="nobreak">XI</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>15 de Diciembre.</i></p> - -<p>¿Sobre qué quieres que te escriba hoy, animal? Vamos, decídete -pronto, porque si insistes en que te mande la fotografía de la casa de -Orozco, te privarás de otro regalo que te tengo preparado y verdadera -golosina que ha de saberte á gloria. ¿No adivinas lo que es? Tonto, -mi discurso apoyando la famosa enmienda. Vamos, apuesto mi cabeza á -que, entre la relación de aquel gran suceso parlamentario y la pintura -de una familia, has de optar por lo primero, pues un discursazo como -el mío es cosa nueva en la historia del mundo, y sabe Dios cuándo nos -veremos en otra.</p> - -<p>Ya sabes el sentido de la enmienda, la cual sólo ha sido un -pretexto para lanzarme. Nada más cómodo para un ensayito fácil de la -palabra. Se prepara uno bien; se pone de acuerdo con el individuo de -la Comisión que ha de contestarle, y esta connivencia permite hacer -una rectificación lucida. Á pesar de lo bien dispuesto que estaba, era -tal mi temor, que minutos antes de comenzar habría dado mi investidura -de diputado por verme libre de tan angustiosa incertidumbre. La idea -de que pronto tendría que levantarme delante de tanta gente guasona, -y romper á hablar, me ponía carne de gallina. «¿Cómo sonará<span -class="pagenum" id="Page_75">[p. 75]</span> mi voz aquí—me decía yo, -lleno de perplejidad,—y de qué manera moveré estos malditos brazos, que -no sé para qué han de servirme?» En vano quería consolarme, pensando -que la mayor parte de los que allí hablan lo hacen bastante mal, sin -que á nadie choque su falta de medios oratorios, y que es preciso -llegar al colmo de lo extravagante y mamarracho para señalarse y -provocar la risa.</p> - -<p>Cuando llegó el instante fatal y oí la voz del Presidente -concediéndome la palabra, tuve ganas de echar á correr, diciendo: -«Si yo no he pedido palabra ninguna, ni me hace falta para nada.» -Me levanté, no obstante, con un arranque de firmeza, sostenido por -la idea del honor, como quien va á batirse; y mirando yo no sé para -dónde, y moviendo los brazos yo no sé de qué manera, dije que era -<i>difícil por todo extremo mi situación en aquel momento</i>, y luego no -sé qué más, y... ¡otra! <i>que no iba á hacer un discurso</i>. Pasado un -momento angustioso, durante el cual creí notar cierta curiosidad en -las caras de los que estaban cerca de mí, parecióme que mi exordio -caía en la Cámara en medio de la mayor indiferencia. Era todo lo que -yo podía desear; y esto, lejos de desanimarme, dióme cierto aplomo. -Pero la palabra se me rebelaba. Los conceptos que estudiados llevó se -me trabucaron, y el hilo de la sintaxis se me enmarañó de tal manera, -que hube de cortarlo repetidas veces para poder seguir. Observé que -muchos padres de la patria cogían el sombrero y se marchaban. Mejor: -mientras menos fueran á oirme, con más desembarazo me desenvolvería -yo. Allí enjareté mis argumentos como Dios me<span class="pagenum" -id="Page_76">[p. 76]</span> dió á entender. Véase la clase: «Yo -no traigo á este debate ninguna idea nueva; traigo una convicción -profunda, traigo la rectitud de mis intenciones, traigo el firme deseo -del bien general, traigo... (No recuerdo bien qué más cosas traía.) Si -no llevo la convicción á vuestro ánimo, cúlpese á mi falta de medios -oratorios, no á la idea que sustento; idea patriótica, señores; idea -justa, idea práctica.»</p> - -<p>Pero, por más que intentaba dar calor á mi acento, no advertí en -ninguna cara señales de convicción, ni aun de que dieran importancia -á lo que yo decía. Mi voz no debía oirse desde una distancia regular, -porque al principio me dijeron: más alto, y tuve que esforzar la voz. -Como mis dignos compañeros, salvo los amigos que me rodeaban, preferían -oirme desde los pasillos, me dirigí á los taquígrafos para que tomaran -bien el discurso y no perdieran sílaba. Daba también, de tiempo en -tiempo, mis palmetazos en el pupitre, para expresar mi indignación -contra el pícaro artículo que enmendar quería. En las paradas, y cuando -me refrescaba el gaznate con un sorbo de agua y vino, los amigos que -estaban detrás me decían: «Va usted muy bien, pero muy bien.» Y yo, -deseando concluir, volvíame con disimulo para consultarles. «¡Qué -mal lo estoy haciendo! ¡Qué plancha me estoy tirando!» La bondad de -aquellos leales colegas me envolvía, para confortarme, en nubes de -incienso. Detrás de mí sonaba sin cesar esta frase: «Admirable... -pero muy bien...» Por último, los amigos colmaron su benevolencia -diciéndome: «Acabe usted ya; redondee, redondee... Basta, basta ya...» -En efecto: ya<span class="pagenum" id="Page_77">[p. 77]</span> había -dicho toda la substancia y me estaba repitiendo. Pero no acertaba con -una conclusión airosa. La que había pensado se me escapó del magín y -subídose al techo, y yo, por más que miraba para arriba, no la podía -pillar. Por fin, Equis de mi alma, dando tropezones y recordando -confusamente que mi olvidado final era cosa de la patria, echó mano de -esta idea, como el nadador que envuelto por las olas ve un palo á que -agarrarse, y salí... Salí diciendo que no podría rechazarse la enmienda -sin dar una bofetada, á la patria. No, no fué así: dije que... en fin, -no sé lo que dije; sólo sé que me senté y que todos los que estaban á -mi lado y detrás de mí me felicitaron con efusión, apretándome la mano. -«Muy bien, muy bien. Á poco que usted se ejercite, será un gran orador. -Ha estado usted intencionado, intencionadísimo y contundente.»</p> - -<p>El de la Comisión que me contestó hizo su exordio felicitándome y -felicitando al Congreso por <i>la gallarda prueba que yo había hecho de -mis facultades oratorias</i>, y á renglón seguido refutó mi elocuentísimo -discurso, diciendo que yo había explanado con extraordinario talento y -con pasmosa erudición una teoría inadmisible. Echóme la mar de flores -llamándome su <i>particular amigo</i>, y <i>una de las personalidades más -conspicuas de la Cámara</i>. Rectifiqué, según lo convenido, y estuve -bastante más sereno y despabilado en la rectificación que en el -discurso: le devolví sus flores con creces; nos estuvimos incensando -un gran rato, conviniendo los dos en que éramos muy grandes oradores -y que nos inflamaba el más ardiente patriotismo; retiré mi enmienda, -y á vi<span class="pagenum" id="Page_78">[p. 78]</span>vir. En los -pasillos me felicitaron todos calurosamente, aun aquéllos que se -habían largado de los escaños apenas empecé á hablar. «Ha estado -usted muy bien... Yo no le oí todo el discurso, porque tuve que -salir... ¡Caramba, que hay buenas explicaderas...! Tiene usted grandes -facultades, y es lástima que no las ejercite... Muy bien, amigo -Infante... Venga un abrazo. Me han dicho que estuvo usted acertadísimo -y muy lógico, sobre todo muy lógico.» Sin pagarme mucho de estas -alabanzas, que yo he prodigado mil veces á varios Demóstenes de pega, -fuí al <i>Diario de las Sesiones</i> á corregir mi discurso, mejor dicho, á -rehacerlo, y lo dejé como una seda, tan diáfano y con una sintaxis tan -redondeada, que si algún día se me antoja leerlo, tendré que decir: -«Mascarita, no te conozco.» En todos los periódicos ministeriales, y -aun en los de oposición, leerás <i>que he revelado no comunes condiciones -oratorias</i>. La noticia me ha cogido muy de sorpresa; pero te aseguro -que no caeré en este lazo que tiende á mi vanidad la adulación. Sigo -creyendo que lo hice muy mal, y que la única elocuencia que debo -cultivar es la del silencio.</p> - -<p>Mi prima no fué á la tribuna, porque tuve buen cuidado de engañarla -respecto al día de mi estreno. Por ningún caso quería que me oyese, -temeroso de que su presencia me hiciera perder pie. Pero tan á mal ha -llevado el quiebro que dí á su curiosidad, que no quiere perdonármelo. -Anoche, cuando todos en su casa me felicitaban, empeñóse en chafarme el -triunfo, asegurando saber, por conducto de un ministerial, que no dije -más que vulgaridades; que mis movimientos eran<span class="pagenum" -id="Page_79">[p. 79]</span> torpes y desmañados, y que los pocos que -se resignaron á oirme se durmieron... Con estas bromas me estuvo -asaeteando toda la noche, y noté en ella algo de ira ó despecho por no -haber oído mi <i>speech</i>.</p> - -<p>Ya que la tengo otra vez en el pico de mi pluma, voy á referirte -algunas particularidades suyas para que, desde ese escondite donde -estás, la conozcas y la veas tan claramente como la veo y la conozco -yo. No sé si te he dicho ya (y si lo dije lo repito ahora, porque -es muy importante), que mi prima se aparta bastante de las ideas y -de los gustos de su dichoso papá. Se le parece en que tira siempre -á sacrificar la verdad al ingenio, y á despreciar los dictados del -sentido común, prefiriendo la originalidad á la certeza, y poniendo el -chiste por cima de toda idea de justicia. Pero fuera de esto, nada hay -de común entre hija y padre. Augusta profesa á las tablas del siglo -<small>XV</small> un odio casi africano, y hace de ellas graciosas -caricaturas habladas y aun dibujadas, pues cuando está de vena, coge -un lápiz y te parodia con cuatro rasgos aquellos santos rígidos, con -las caras afligidas, las manos como palmetas, las posturas imposibles, -los paños duros, aquellos fondos arquitectónicos sin perspectiva ni -proporciones, aquellos animales toscos como los que pintan los chicos. -Dice que de la colección de su padre apartaría dos docenas de cuadros, -y lo demás lo haría astillas, si la estolidez humana no le diera un -precio convencional.</p> - -<p>Aun tratándose de pintura buena, se permite atrevidas salvedades: -sostiene, sin temor á los aspavientos de Malibrán, que la aburren -los cua<span class="pagenum" id="Page_80">[p. 80]</span>dros de -santos, la poca variedad de los asuntos, el amaneramiento de la idea, -el convencionalismo de las composiciones, que vienen á ser como un -estribillo que se ha oído centenares de veces. Hace gala, siempre que -sale á cuento, de sus doctrinas iconoclastas en materias de arte; -gusta de verse sola defendiendo contra todos la originalidad de sus -opiniones, y se declara partidaria ardiente de la pintura moderna, -asegurando que prefiere un buen cuadrito de género intencionado y vivo, -un buen estudio realista y jugoso, á las cacareadas obras maestras -de la pintura religiosa. De lo que llamamos clásico, le gusta más un -retrato de Moro que todas las visiones celestiales de fra Angélico, -y más un dedo de cualquier figura de Velázquez que todo Rafael. Esta -independencia, un tanto afectada, del gusto, le habría ocasionado -algunas desazones con su padre, si no cuidara de atenuarla ante él. -Disimula, pues, por respeto y cariño; pero con los amigos pone cátedra -de heterodoxia, ¡y qué cátedra, Equisillo!</p> - -<p>En la casa de Orozco están representadas visiblemente las ideas de -su ingeniosa dueña, y fuera de dos ó tres retratos anónimos atribuidos -á Pantoja, y un Murillo (Malibrán dice que es Tobar), no hay en ella -un cuadro antiguo ni para un remedio. Allí no verás más que pinturas -frescas, nuevecitas, de buena mano, firmadas por García Ramos, -Jiménez Aranda, Mélida, Martín Rico, Domínguez, Román Ribera, Sala, -Beruete, Plasencia y otros muchos; escenas andaluzas ó madrileñas, -tipos gitanescos, militares, marítimos, cabezas elegantísimas, grupos -parisienses,<span class="pagenum" id="Page_81">[p. 81]</span> -majas, y además paisajes muy lindos, imagen exacta de la Naturaleza. -Declarándome previamente sin ninguna autoridad, y reconociendo mi -ignorancia, te declaro, con la rudeza de un bruto, que me entretiene -mucho más la colección de mi prima que la de Cisneros.</p> - -<p>Tengo que añadir un perfil á la figura, diciéndote que es muy -apasionada del estilo Luis XV y del barroquismo como arte decorativo. -Posee un sin fin de cacharros de gran precio, cornucopias y marcos de -talla dorada muy hermosos. Cierto que el Luis XV no tiene sustitución -posible para decorado de salones elegantes; pero Augusta extrema su -preferencia, afectando no entender las bellezas de la ornamentación -arábiga, detestando lo gótico, y sosteniendo que todo lo griego está -muy bueno para cementerios.</p> - -<p>Algo más tengo que decirte, que sería como ampliación de estas ideas -y gustos de mi prima en terreno muy distante del artístico; pero las -guardo para mejor ocasión, y acabo esta dándote las buenas noches.</p> - -<p>¡Ah! se me olvidaba un perfil; pero te prometo empezar con él mi -próxima.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_12"> - <p><span class="pagenum" id="Page_82">[p. 82]</span></p> - <h2 class="nobreak">XII</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>16 de Diciembre.</i></p> - -<p>Voy á lo que se me quedó ayer. Otra de las grandes divergencias -entre padre é hija, es que Cisneros tiene gran afición á Castilla, y -ama el país clásico, donde planta sus raíces el árbol secular de la -raza á que pertenece, la tierra madre autora de la lengua que hablamos, -maestra y criandera de nuestro sér castizo, mientras que Augusta -profesa á aquel suelo y á sus paisanos un odio mortal. Cuentan que -cuando era niña y su padre la llevaba á Tordehumos, se entristecía -tanto, que la sacaban de allí con un principio de ictericia. Á poco que -le tires de la lengua, te hace descripciones en caricatura de aquel -suelo venerable y extenuado; de los pueblos de adobes, más propios para -que los habiten sabandijas que hombres; de los campos que en invierno -están helados y en verano parecen de yesca; de los alimentos que -apestan á aceite de linaza; de las casas calentadas con humazo de paja; -de la tristeza de la raza, que se refleja hasta en las diversiones -populares. Y has de notar que en ese país tan aborrecido y despreciado -tiene la criticona parte de sus propiedades. Allí hay centenares -de hombres que, agobiados por la usura, los impuestos, la miseria, -y luchando heróicamente con<span class="pagenum" id="Page_83">[p. -83]</span> un suelo empobrecido y un clima de los demonios, trabajan -como esclavos para que ella viva cómodamente en Madrid, sin cuidarse -de lo que cuesta arrancar á la tierra sus tesoros. Asegura que cuando -va de viaje, se alegra de que el expreso del Norte pase de noche por -aquella región antipática, para librarse del pesar de verla.</p> - -<p>Mi tío no es así. Habla siempre de Castilla con grandes -encarecimientos, y asegura que todo lo bueno que tenemos procede de -allí; pero este amor al suelo nativo es puramente platónico, pues hace -muchos años que el buen Cisneros no aporta para allá, y sus relaciones -con la patria son puramente administrativas y epistolares, enderezadas -á recoger puntualmente sus rentas y á comprar todas las fincas que se -venden, por sucumbir sus dueños en las garras de la usura. Francamente, -esta falta de comunicación entre el propietario y la tierra, me da muy -mala espina. He hablado con Cisneros de esto, y conviene conmigo en que -el diluvio ha de venir; «sólo que—añade—como creo que está aún bastante -lejos y que no me ha de coger á mí, no me ocupo de él, y voy viviendo -lo mejor que puedo, reuniendo los materiales para que mis sucesores -hagan un arca, si pueden y saben hacerla.»</p> - -<p>Entra conmigo ahora, <i>temerario mancebo</i>, en la casa de Augusta. -¿Quieres que te hable de Orozco? Es hombre que vale mucho, sí; pero -reconociendo su mérito, no he acabado de entenderle todavía. Y te -advierto que la opinión acerca de él no es tan unánime como tú -piensas. Verdad que opiniones unánimes, en sentido favorable, aquí -no las hay nunca. En una sociedad tan chis<span class="pagenum" -id="Page_84">[p. 84]</span>mosa, tan polemista, y donde cada quisque -se cree humillado si no sustenta, así en la charla pública como en -la privada, un criterio distinto del de los demás, son muy raras las -reputaciones, y éstas tienden siempre á flaquear y derrumbarse como -puentes de contrata, construídos sin buen cimiento. Faltan grandes -unidades. La independencia de criterio, extendida en toda la raza como -una moda perpetua, y el individualismo del pensamiento, determinan una -gran inseguridad en diversos órdenes de la vida. Falta indisciplina -intelectual y moral. Somos demasiado libres, pecamos de autónomos, y -así no podemos crear nada estable. Para que las naciones marchen bien, -es preciso que haya muchos que sacrifiquen sus ideas á las ideas de los -demás, y aquí nadie se sacrifica: cada uno de nosotros cree sabérselo -todo. De esto se deriva la gran enfermedad, amigo Equis, ó sea la -antipatía invencible de la raza á las reputaciones. No gusta de ellas -porque tienden á crear unidades, y aquí la unidad es como una planta -maldita, que todos pisoteamos para que no prospere. Siempre que aparece -el fenómeno de una reputación, cuando los hechos y pareceres que la -constituyen principian á concretarse, ya estamos todos desasosegados, -buscando los peros que hemos de ponerle para que no cuaje. En el -orden moral, en el literario, en el político, las reputaciones crecen -difícilmente, como un árbol raquítico lleno de verrugas y comido de -insectos. Si andas por el mundo, oirás el ruido incesante del laborioso -<i>Termes</i>, que taladra y devora los troncos más robustos. La malicia, -aderezada de ingenio, es gra<span class="pagenum" id="Page_85">[p. -85]</span>ta y sabrosa á nuestros paladares, y no oirás nunca alabar -á una persona por honrada, por inteligente ó por otra cualidad, sin -que al punto venga ese inmortal y castizo tío Paco con sus implacables -rebajas. Las restas son á veces cruelmente chistosas. Muchos las -discuten ó las deniegan; pero casi todos las ríen, y aunque alguien -las ponga en cuarentena, ello es que se les da curso y corren, como la -moneda fiduciaria bien garantida.</p> - -<p>Y tú dirás: ¿á qué viene todo eso, señor chiflado? Y yo te respondo -que más chiflado es él, y que esto es un razonamiento para apoyar lo -que te dije de Orozco, de ese hombre tan encomiado por diferentes -apologistas, entre ellos tú. Pues para que lo sepas, en el Casino y en -la Peña de los Ingenieros, donde paso algunos ratos de noche, he oído -poner en solfa esa tan cacareada honradez y rectitud. Cierto que lo -que allí se dice nadie lo sostendría en una discusión seria. Hablan, -como aquí es costumbre, por lujo y sibaritismo de conversación, por el -placer de producir asombro en los oyentes, por arrojar en las bocas -de la curiosidad estragada una golosina picante, sin creer en lo que -se refiere, y con el propósito de retirarlo y desmentirlo, si fuese -menester. Excuso decirte que lo que oí no me ha hecho variar de opinión -respecto á tu ídolo.</p> - -<p>En la tertulia de Augusta, valga la verdad, no somos mejores que en -otros centros de entretenimiento y grata sociabilidad. Hablamos por -los codos y criticamos todo cuanto existe. Sólo al amo de la casa no -he oído jamás concepto alguno desfavorable á nadie. Su prudencia es -allí una<span class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span> disonancia. -En cambio, Cisneros, que va casi todas las noches á echar su tresillo, -ha promulgado una ley á la cual nos sujetamos todos los que somos más -ó menos políticos. «Aquí no se permite, en ningún caso ni bajo ningún -pretexto, hablar bien del Gobierno, cualquiera que sea.»</p> - -<p>Aquella casa es de las pocas que se caracterizan en el orden social -por una opulencia razonable y enteramente desahogada. En ella reina -un lujo discreto, que nunca rebasa la línea dentro de la cual están -la comodidad y el agrado de los amigos; lujo que, al llegar á las -fronteras de la disipación, se detiene y de allí no pasa. Conoces á -Orozco por ese trato superficial que se entabla en la calle ó en los -centros de reunión. No conoces su casa; no has entrado nunca en aquel -magnífico principal de la cuesta de Santo Domingo, y me alegro, pues -así puedo yo introducirte y guiarte, señalándote lo que me convenga. -Allí admirarás el mayor grado de desarrollo de la burguesía pudiente y -bien educada, que ha sabido asimilarse aquella parte de las costumbres -aristocráticas conveniente á sus intereses, y reclamada por su posición -política ó económica; allí encontrarás todo el elemento extranjero -introducido de poco acá en la manera de comer, de hablar, de vestirse, -y ha de sorprenderte verlo armonizado con la sobriedad española, -el orden y la calma de nuestra antigua clase media, anterior á la -desamortización.</p> - -<p>Remontándonos á los orígenes, hallamos que no es muy ilustre -el abolengo del amigo Orozco. Su abuelo hizo mediana fortuna en -el comercio menudo. Su padre se enriqueció, según dicen,<span -class="pagenum" id="Page_87">[p. 87]</span> con negocios poco limpios, -entre ellos el de aquella sociedad de seguros, <i>La Humanitaria</i>, que -en su catástrofe dejó tras sí un reguero de desdichas, lágrimas y -desesperaciones. El actual Orozco no es responsable de los actos de -su padre; pero se me figura á mí que su fortuna, por la calidad de -los materiales que la formaron veinte años há, pesa bastante sobre su -conciencia. Me fundo, para creerlo así, en la cara que pone cuando le -hablan de <i>La Humanitaria</i>. No diré que le enoje el ser tan rico; pero -me parece que tendría un gran alegrón si le probaran ahora (cosa un -poco difícil) que don José Orozco había labrado su riqueza en moldes -más puros.</p> - -<p>Marido y mujer aborrecen la ostentación, y á él no le ha dado nunca -por esas bobadas del sport. Bailes, no se han visto allí, según he -oído, más que dos en los seis años que llevan de casados. Comidas, al -año suele haber dos ó tres de solemnidad. Ordinariamente no pasan de -seis ú ocho cubiertos. Coches, con un landó y una berlina contratados -se pasan tan ricamente. Viajes, los de verano de rutina, con algún -que otro estirón hacia Alemania, Bélgica ó Suiza. En trapos, mi prima -gasta mucho, pero nunca todo lo que podría; de modo que ni aun este -renglón, en otras partes tan peligroso, altera el orden de casa tan -bien dirigida. Recepciones, allí no las hay realmente; pero concurren -de noche á la casa bastantes amigos, casi todos de confianza.</p> - -<p>Á poco de frecuentar la tertulia, noté que existe en ella un bando -ó partido, en el cual se politiquea, y se murmura con ligereza, á -veces con saña, de toda persona que tiene la desgracia de<span -class="pagenum" id="Page_88">[p. 88]</span> fatigar á la voz pública -con la repetición de su nombre. No hay que decir que es cabeza del -temible bando mi padrino Cisneros. En el mismo levanta el gallo -Jacinto Villalonga, á quien conoces quizás mejor que yo, hombre -ameno, discutidor de oficio, privado en absoluto de paladar moral, -tratándose de política, que es su pasión y su manera de vivir. Por lo -demás, muy corriente, muy servicial, muy amigo de sus amigos, siempre -en disidencia, y siempre pretendiendo y enredando. Es el tipo del -<i>pillo simpático</i>, que aquí tanto abunda. Considera al Estado como -cosa propia, y si puede despojarlo de algo, lo hace sin recelo alguno, -con la conciencia tan tranquila como la de un niño. Al propio tiempo, -incapaz de quitarle al individuo el valor de un alfiler. El pobre -Estado es la eterna víctima. Y cuenta que si al día siguiente de haber -hecho Villalonga una de las suyas, vas á verle y le pides un favor, te -da todo lo que tiene, hasta la camisa si no tiene otra cosa. ¿Ves qué -moral? En España la gastamos así.</p> - -<p>Ya va para viejo, y parece que quiere sentar la cabeza. Ansía -fijarse, después de haber hecho alto en todas las tiendas del -campamento y sentado plaza en todos los ejércitos. Ahora bebe los -vientos porque le hagan senador vitalicio, como jubilación de sus -campañas y reposo de sus odiseas. Te aseguro que está graciosísimo -cuando nos cuenta lo de la senaduría y las fatigas que por ella -pasa.</p> - -<p>En el mismo bando tienes al ex-ministro que te presenté en una de -mis cartas anteriores, y á un alto empleado de Cuba, cesante, que no -habla<span class="pagenum" id="Page_89">[p. 89]</span> más que de -chanchullos de Ultramar. Dicen que es buen sastre el que conoce el -paño. Aguado, que así se llama, me parece á mí que es maestro viejo, -y sus ganas de volver allá no se compaginan bien con los horrores que -nos cuenta. Augusta le llama el <i>Catón ultramarino</i>. Es un catonismo el -suyo de tal calidad, que cuando le oigo, me dan ganas de poner entre -sus manos y mi bolsillo una pareja de la Guardia civil. De otros que -suelen arrimarse á la partida maldiciente, te hablaré si se destacan en -lo que contándote voy. Allí verás algunas noches á la de San Salomó, -ya bastante ajadita, pero siempre guapa, rajando con la lengua á todo -el que coge por delante. Alardea de entender de política; mas de sus -explicaderas no puedes colegir si es carlistona furibunda ó anarquista -frenética.</p> - -<p>Dejando á un lado la banda de los devorantes, sigo la cuenta de los -que concurren con más ó menos asiduidad. No falta ninguna noche el -noble marqués de Cícero, varón serio y vacío, de una modestia que no -me cansaré de alabar. Practica el <i>nosce te ipsum</i> tan al pie de la -letra, que jamás se permite el intento de formular una idea propia. -Habla siempre con las ideas de los demás, única manera de hacerse -tolerable. También es bastante puntual el conde de Monte-Cármenes, -hombre simpático y apacible, muy rico. De su riqueza y su buena pasta -ha salido la filosofía optimista que profesa con tanto salero. Nadie le -ha visto nunca inquieto ni afanado por cosa alguna: todo lo encuentra -bien, perfectamente bien. Puedes creer que el amigo Pangloss á su lado -es un carácter tétrico.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_90">[p. 90]</span></p> - -<p>Adelante. ¿Conoces tú á Trujillo, el banquero, y á su señora, -Teresita Trujillo? De seguro que no les conoces. Ella va una noche -sí y otra no, acompañada de su marido, ó de su hijo Pepe, oficial de -artillería, muy guapo, que juega divinamente al tresillo. Es señora -amabilísima, alegre como pocas, habladora hasta la ronquera, y que -tiene verdadera pasión por los crímenes célebres. Otro que nunca -falta es don Manuel Pez, que suele hablar sesuda y campanudamente de -las cosas públicas. Yo voy casi todas las noches. Menos asiduo, pero -también constante, es tu amigo Federico Viera, de cuya amenidad, gracia -y recursos para la conversación nada te digo porque le conoces muy -bien. Y el más puntual, el infalible, es mi detestado rival Malibrán, -perito en bellas artes, en modas, en política extranjera, y sobre -todo en mujeres, pues se las da de Tenorio, y cuando trae á colación -la lista famosa de sus triunfos, no hay quien le aguante. Te juro que -si llego á persuadirme de que este brillante majadero consigue, como -al parecer es su intención, <i>robarle el albedrío</i> á mi adorada prima, -vamos á tener aquí una tragedia.</p> - -<p>Me falta señalarte otro de los puntos fijos, Calderón de la Barca, -pariente, no sé en qué grado, de la señora de Cisneros, y aun creo -que mío también. Orozco y su mujer le miran como de la familia. Es -viudo, con pocos medios de fortuna, y padre de una niña monísima, que -casi siempre está en la casa, y con la cual mi prima, á falta de hijos -propios, <i>madrea</i> diariamente hasta dejárselo de sobra. La confianza -de Calderón en la casa de Orozco tiene algo de parasitismo: casi<span -class="pagenum" id="Page_91">[p. 91]</span> siempre come allí, y creo -que Tomás le ocupa en su administración por no verle inactivo y darle -apariencias de dignidad. Es hombre muy sencillo, un buenazo, pero de -imaginación tan disparada y farfantona, que á lo mejor te cuenta las -mentiras más estupendas con la mayor formalidad, y...</p> - -<p>Mira, niño, estoy cansadísimo; te mando ésta para que te vayas -entreteniendo, y seguiré mañana. No hay que abusar, y eso de que yo me -queme las cejas para divertirte tiene su límite. Buenas noches.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_13"> - <h2 class="nobreak">XIII</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>17 de Diciembre.</i></p> - -<p>Pues decía que este Calderón te encaja las papas más gordas que da -la fantasía humana, y se queda tan fresco. Lo mejor es que no miente -á sabiendas, porque se cree á pie juntillas cuanto dice. Yo me río -con él lo que no puedes figurarte. El otro día me porfiaba que un -misterioso industrial de Madrid ha establecido, bajo el patrocinio -secreto de altos personajes, el más extraño negocio que se puede -imaginar. ¿Á que no lo aciertas? Pues el negocio consiste en hacer el -matute en gran escala por medio de los carros fúnebres, de unos cuantos -hombres vestidos de cura, y de unas mujeronas disfrazadas de hermanas -de<span class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span> la Caridad. Daba -tales pormenores, que parecía estar en el ajo y ser de la partida. Te -advierto que en todas las extravagancias que te cuenta Calderón, hay -siempre alto personaje: esto no puede faltar.</p> - -<p>Tía de este tipo y también de Augusta, por parte de madre, es doña -Serafina Calderón, señora respetable, muy querida de toda la familia, y -especialmente del matrimonio Orozco. De noche nunca la ví en la casa, y -hace un mes que no va tampoco de día, porque padece gravísima afección -al pecho, y dicen que se morirá pronto. Desde que Augusta ha dado en -pasar las tardes junto á su tía enferma, me siento muy solo en el -Retiro y Castellana, y elevo una humilde oración al Altísimo para que -la señora se ponga buena, ó al menos se alivie. Pero el Altísimo no me -hace maldito caso, y mi prima no pasea.</p> - -<p>Ya comprenderás que, fuera de las rabietas que paso como enamorado y -no correspondido, lo paso regularmente en casa de Orozco. Allí tenemos -billar, tresillo, <i>bezigue</i>, y algunas noches música, con grandísimo -júbilo mío. Augusta toca el piano muy bien, y sería consumada profesora -si estudiase algo más. Te aseguro que cuando la oigo, me transporto -al séptimo cielo. Los devorantes del famoso bando capitaneado por mi -padrino, aunque fingen humanizarse con el trato de Beethoven, Listz -y Chopin, no dejan en paz á sus víctimas. Allí se desmenuzan las -cuestiones que van saliendo, traídas por la prensa, ó por ese otro -periodismo hablado <i>sotto voce</i> que no se atreve á expresarse en letras -de molde. Hay noches benignas en que las hachas sólo despuntan<span -class="pagenum" id="Page_93">[p. 93]</span> las ramas; pero otras, -querido Equis, caen con estruendo y furia los troncos más robustos. -Creerías que están todos poseídos de un vértigo ecualitario, de un -furor terrorista y guillotinante, ansiosos de establecer para los casos -de moral el nivel del suelo raso. Durante varias noches se trató del -crimen misterioso de la calle del Baño (habrás leído algo de esto en la -prensa), y excuso decirte que prevaleció, con gran lujo de fundamentos -lógicos, la popular especie de que influencias altísimas aseguraron la -impunidad de los asesinos. Vino después la cuestión del escandaloso -desfalco de la Deuda. Quedó probada la inocencia de los infelices -que están presos, y la culpabilidad de Fulano y Zutano (personas muy -conocidas). También oirás allí que en un círculo social muy señalado -se cotizan las credenciales de Cuba como si fueran títulos del 4 -amortizable.</p> - -<p>Esto de la inmoralidad ultramarina, ¡María Santísima! es la correa -más larga de todas. Algo se cuenta que indudablemente es exacto; pero -añaden tales horrores, que me resisto á creerles. En la crítica de -los negocios coloniales lleva la voz cantante aquel Aguado de quien -antes te hablé, el cual estuvo allá tres años y se trajo, según dicen, -media isla. Pues las cosas que éste desembucha, más son para oídas -y calladas que para referidas. Ya comprenderás que allí, tratándose -de la situación, es cosa corriente lo de <i>esto se va, esto no dura -tres meses, esto se cae de pura corrupción</i>, etc. Y á lo mejor se -hacen preguntas muy chuscas. «Oye, tú (dirigiéndose á mí), ¿qué hay -de ese ministro que se quiere marchar por<span class="pagenum" -id="Page_94">[p. 94]</span>que el Consejo no le aprueba el nombramiento -de director en favor de X?...» Pon aquí un nombre muy desacreditado. -Rara es la noche en que alguno de la partida no lleva noticias de este -jaez: «En el Consejo de hoy se han tirado los trastos á la cabeza... -Dicen que andan á tiros en tal ó cual parte... Los revolucionarios, -contentísimos.»</p> - -<p>Se entabla allí cada polémica que Dios tirita. Villalonga, -echándoselas de hombre de orden y de ministerial, aunque parezca -mentira, defiende al Gobierno algunas veces; pero Aguado, furioso -porque no me le echan para <i>allá</i> otra vez, sale espada en mano al -combate. Su lengua es horrorosamente mortífera. «El Presidente del -Consejo no dice más que embustes, y á todo el que coge le engaña como -á un chino.» Otro día asegura (le consta de buena tinta) que dos -ministros han reñido por cuestión de faldas; que están de uñas los -tales con los cuales... Cisneros se baña en agua rosada, y aunque -siempre trata estas materias de una manera espiritual, y se chunguea -del ministerialismo acomodaticio de Villalonga, así como de la -furibunda y ciega oposición de Aguado, no por eso es menos cáustico en -sus conclusiones.</p> - -<p>Cuando se deja caer por allí, Augusta suele defender al Gobierno -por enzarzarles, y también pincha al <i>Catón ultramarino</i> para verle -hecho un basilisco, soltando veneno por lengua y ojos. En cuanto al -ex-ministro, aparenta tomarlo á broma; pero mete su cuarto á espadas, -lanzando puntaditas, pues está esquinado con la situación, aunque -lo disimula. Dice que va al grupo para saber noticias. Á veces las -desmiente con tibieza, á ve<span class="pagenum" id="Page_95">[p. -95]</span>ces con un calor que viene á reforzarlas. Volviendo á mi -prima, te contaré algo que te hará reir. Tiene un gran talento natural, -no bien cultivado. Ya sabes que se educó en Francia, que perdió á su -madre siendo muy niña, y que la casaron muy joven. Su inteligencia -se ha cultivado sola; hace gala, como ya te he dicho, de altiva y -temeraria independencia en sus juicios, y nada le desagrada tanto como -encontrarse con una opinión que los demás aceptan. Hace pocas noches -aseguraba que no puede soportar la literatura española, desde Moratín -inclusive para atrás, y nos dijo que, fuera del <i>Quijote</i>, no ha podido -nunca leer tres páginas seguidas de ningún autor en prosa ni en verso, -místico ni profano; que el teatro de capa y espada le es atrozmente -antipático, leído y visto representar; que los tan ponderados místicos, -sin excluir Santa Teresa, no valen más que para narcóticos en caso de -insomnio rebelde; que varias veces intentó leer la historia de Mariana, -y que siempre le ha producido jaqueca; que los romances y poemas de -fabla antigua le recuerdan demasiado á su desapacible y adusta tierra -de Campos, pues son la misma cosa puesta en letras, el clima helado -y seco y la tierra estéril... En fin, que en literatura es también -iconoclasta rabiosa, y que á ella no le den más que lo moderno español, -y más aún lo francés. En lo francés, le gusta todo lo del siglo pasado; -pero no pasa más allá, y hasta los padrotes Molière y Racine le -resultan de una insipidez intolerable.</p> - -<p>De esta radical opinión surgió una disputa muy viva entre ella y -Federico Viera. Ya conoces el carácter de Federico; su ingenio, que -sería fecun<span class="pagenum" id="Page_96">[p. 96]</span>dísimo -si lo cultivara; sabes que jamás se queda en los términos medios; -que en sus simpatías y aborrecimientos va hasta el furor, y que su -desmedido orgullo suple en él, como en otros muchos, las energías de la -convicción para sostener cualquier idea. Te añadiré que de los amigos -de Orozco, sin contar á Calderón y á mí, Federico es el que tiene más -confianza en la casa, pues su amistad con Tomás data de larga fecha. -Augusta se pelea con él, siempre que hay ocasión, contradiciéndole con -cierto énfasis, buscándole las vueltas, y zahiriendo sin piedad sus -quijotismos. Él toma en serio los furores iconoclastas de su amiga, -y ella los exagera para exaltarle. No sé el tiempo que duró aquella -discusión deliciosa, en que mi prima se permitió decirle: «¡Pero qué -tonto es usted...! Quiere hacernos creer que ha leído el poema del Cid. -No tendría usted tan buen color.» Y él: «Sí: eso lo dice usted por afán -de originalidad, y no niego que está usted monísima sosteniendo tales -disparates...» Simpatizo cada día más con este pobre Viera; y si no me -agradase tanto por bueno y leal, habría de gustarme por desgraciado. Á -propósito de él, tengo que contarte algo que te ha de interesar.</p> - -<p>Abur, gaznápiro. Dios te libre de caer en el bando de los devorantes -ó manteadores.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_14"> - <p><span class="pagenum" id="Page_97">[p. 97]</span></p> - <h2 class="nobreak">XIV</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>20 de Diciembre.</i></p> - -<p>La opinión que en tu carta me indicas respecto á mi prima no me -parece ajustada á la verdad. ¿Se funda acaso en informes míos dados -con ligereza y cuando no había hecho las convenientes observaciones? -Pues me retracto, querido Equis; me trago todo lo escrito, y ahora, -conociendo mejor cosas y personas, quiero quitarte de la cabeza esos -juicios malévolos. Créelo: Agustina es buena; ama con firmísima ternura -á su marido. Sus aspiraciones afectivas están colmadas, y nada revela -en ella que padezca inquietudes del alma, ni curiosidades de esas -comparables á las de los geógrafos navegantes que buscan mundos mejores -que los conocidos. Noto en ella la tranquilidad del que está contento -en su mundo y no indaga con ansiosa mirada lo que habrá más allá del -horizonte. Ya estoy oyéndote decir: «Este tonto se viene cada día con -una cantinela distinta... y lo peor es que pretende se le admitan todas -estas ideas, variado fruto de su fecunda impresionabilidad.» Reconozco, -señor maestro, que varío la tocata con demasiada frecuencia. Es que -yo no me aferro á las opiniones, ni tengo la estúpida vanidad de la -consecuencia de juicio. Observo lealmente, rectifico cuando hay que -recti<span class="pagenum" id="Page_98">[p. 98]</span>ficar, quito y -pongo lo que me manda quitar y poner la realidad, descubriéndose por -grados, y persigo la verdad objetiva, sacrificándole la subjetiva, -que suele ser un falso ídolo fabricado por nuestro pensamiento para -adorarse en efigie. Ríete de mí; pero acepta la versión que hoy te -mando, que es la oficial, la verdadera. Que es honrada te digo, y si me -lo niegas, hombre de poca fe, nos veremos las caras.</p> - -<p>Y, sin embargo, Equis de mil demonios, heme aquí empecatado, heme -aquí sin poder vencer la diabólica intención que en mí ha nacido, y que -tras largas vacilaciones se manifiesta positivamente. Mira si estoy -dominado por la infernal influencia, que creyendo no es ella terreno -dispuesto para el mal, me inclino á seguir tu consejo satánico. Es que -los obstáculos nos infunden temeridad, y los peligros nos ilusionan -más que la confianza. No, no hay allí, como tú sostienes, una fácil -victoria; pero contando con la resistencia, solicitado quizás por la -resistencia misma, romperé pronto el fuego.</p> - -<p>Somos muy pillos los descendientes del señor de Adán. Llevamos el -mal en nuestra naturaleza, y la cultura nos ha dado una filosofía -pérfida y farisáica para cohonestarlo. La sociedad, con diarios y -persuasivos ejemplos, nos incita á cursar esta filosofía, y si no lo -crees, ahí tienes á mi padrino, el castizo Cisneros, que me repite á -cada instante su famosa prescripción, resultado de un profundo saber -sociológico: «Manolo, no seas burro. Haz el amor sin reparo alguno á -las mujeres de todos tus amigos.»</p> - -<p>El afecto del honrado y leal Orozco me da al<span class="pagenum" -id="Page_99">[p. 99]</span>gunos malos ratos todavía en esta campaña -infernal, que aún no ha salido de la esfera nebulosa de mi intención. -¡Ah! en la voluntad mía, ya he ultrajado al hombre sin par, modelo de -nobleza y rectitud. Pero, como te dije antes, el siglo fecundo en que -vivimos nos da una filosofía muy cómoda para acudir al remedio de estos -desastres de la conciencia. ¡Hay tantos casos semejantes! ¡Si fuera yo -el primero que alterara la ley moral! ¡Si introdujera yo esta moda de -los esposos de mérito, burlados y escarnecidos! No mil veces. Yo no -he puesto la sociedad tal y como se halla hoy; yo no he reformado el -Decálogo, rebajando los pecados gordos á la categoría de veniales; yo -no he aceptado las enmiendas á la ley fundamental, que la convierten en -papel mojado. Yo llego y me encuentro las cosas como las dejaron otros, -y no he de hacer el reformador ni el protestante.</p> - -<p>Me dices una cosa que me lanza más al disparadero. Dices que -llame y me responderán. Llamaré, hijo mío, aun dudando mucho de que -me respondan. Soy como aquél que sin saber palabra de la asignatura -iba á examen, diciendo: «me expongo á que me aprueben.» Eso digo -yo: «llamaré: me expongo á que me abran la puerta.» ¿Y si no me la -abren?</p> - -<p>Por ahora no te diré nada sobre el particular. Me reservo para -cuando tenga que comunicarte el éxito ó el fiasco.</p> - -<p>Y vamos á las informaciones que tantas veces me has pedido acerca -del pobre Federico Viera. Me volvió á decir ayer que te había escrito, -y ahora sí creo que lo ha hecho. No le tengas mala voluntad por su -tardanza en contestar á tus car<span class="pagenum" id="Page_100">[p. -100]</span>tas, la cual no significa que te olvide, sino que anda -medio trastornado con las mil cosas que le rebullen en la cabeza. El -problema de la vida es en él, por la pícara suerte y por los obstáculos -permanentes de su carácter, de muy difícil solución. Yo creo que -llegará á la vejez dando vueltas al tal problema sin resolverlo nunca. -Conozco algunos así, y les tengo por los seres más dignos de lástima. -Federico Viera es uno de los hombres de más entendimiento que creo -existen en España. Quizás por tenerlo tan grande y algo incompleto, -así como por la acentuación quijotesca de algunas prendas morales y -por carecer de otras, ha de fracasar constantemente. ¡Qué lástima! -Pocos hombres conozco aquí más simpáticos y de trato tan seductor. -De mí sé decirte que le estimo de veras, y que trato de mejorar su -adversa suerte. Pero me parece que no haremos carrera de él. Quéjase -de la fatalidad, ¡el comodín de todos los que equivocan el camino de -la vida! pero yo voy creyendo que en este caso la fatalidad existe, y -que Federico no adelanta porque se lo estorba alguna fuerza interior -incontrastable, y también circunstancias externas independientes de su -voluntad.</p> - -<p>Ha pasado de los treinta años, y se encuentra sin carrera, sin -medios de fortuna, incapacitado para desempeñar un destino, pues carece -de condiciones legales para obtenerlo, y no es cosa de que empiece por -oficial quinto. Aborrece la política, sin considerar que es la única -puerta practicable que ante él se abre. Sobre esto hemos tenido vivas -disputas. «La política, le digo, será todo lo inmoral que quieras. Ella -tendrá sus máculas<span class="pagenum" id="Page_101">[p. 101]</span> -como todas las cosas; pero es un medio, y hay que aceptarlo como tal -cuando no se tienen otros. Es una especie de proteccionismo, un sistema -de beneficencia que el país ejerce para dar colocación á los que se han -quedado sin casillero en el reparto de puestos sociales. Viene á ser -como una sucursal de la Providencia; y si no existiera, los desastres -que habrían de ocasionarse serían mucho mayores que los tan cacareados -y evidentes daños que ahora se le atribuyen.» Al fin me pareció que -le convencí; pero la dificultad está en meterle en la política. Si -lo lográramos, figúrate cuánto brillaría. No conozco á nadie con más -facultades oratorias. Sus contados ensayos periodísticos revelan -también aptitud extraordinaria para el caso. Posee como nadie ese golpe -de vista rápido, esa preciosa facultad de ver el lado conveniente y -oportuno de las cuestiones, abandonando los demás. Pues nada de esto le -sirve mientras no tenga la afición, el prurito ambicioso que á otros, -faltos de aptitud, les sobra.</p> - -<p>Por mi parte, trato de empujarle, y he bebido los vientos estos días -para conseguirle un acta en cualquier elección parcial; pero no me -ha sido posible. Á nuestro amigo le perjudica el nombre de su padre, -que es la mayor de sus desdichas. Lo mismo es decir Viera, que surge -la imagen de ese solemnísimo bribón, cuya triste fama permanece en -Madrid, viviendo él fuera de España. Esta es la fatalidad de Federico, -el sino perverso que le hará miserable y desgraciado toda su vida; -pues aun cuando llegara á vencer los inconvenientes del deshonrado -nombre que lleva, no se quitará nunca de encima la mala sombra que -su<span class="pagenum" id="Page_102">[p. 102]</span> padre ha echado -sobre él con la perversa educación que le dió. Este muchacho se ha -malogrado, porque su padre no supo serlo nunca, ni tuvo autoridad sobre -él para encarrilarle y hacerle hombre. La niñez y juventud de Federico -coincidieron con la época en que Joaquín Viera gastaba lo suyo y lo -ajeno, sin cuidarse para nada de su hijo. Crióse para aristócrata; -adquirió necesidades, de esas con las cuales se identifica el sér, -y que vienen á formar parte del sér mismo; se hizo al regalo, á la -disipación, al lujo, á la generosidad, y á los vicios que cría la -esplendidez y que no pueden separarse de ella. Aunque su despierta -imaginación no desdeñó la lectura, jamás estudió nada formalmente, ni -se aplicó á carrera alguna científica ni literaria. Vino el desastre, -y el que se había criado caballero, encontróse peón. Era tarde para -atajar las consecuencias de este abandono. Aún se forjaba ilusiones -el pobre chico durante algún tiempo, aspirando á plantear no sé qué -empresas industriales. Humo y tontería. Lo que han pasado él y su pobre -hermana, no es para dicho brevemente.</p> - -<p>Harto sabes tú que soporta su desgracia con estoicismo admirable, y -que encubre su miseria con arte exquisito. Nadie que le vea y le trate -sospechará las procesiones que andan por dentro. Viste bien y con esa -fácil elegancia que es una cualidad antes que una costumbre. Frecuenta, -por hábito y necesidad espiritual, lo que llamamos bárbaramente <i>el -gran mundo</i>, y sabe distinguirse en él, siendo bien recibido en todas -partes y muy echado de menos en sus ausencias.</p> - -<p>Me parece que á la hora presente, á pesar de<span class="pagenum" -id="Page_103">[p. 103]</span> que le has tratado bastante, no le -conoces tan bien como yo. Contigo era siempre reservado; conmigo tiene -espontaneidades que nadie le ha merecido todavía. De la amistad hemos -llegado poco á poco á la familiaridad, y me cuenta algunos pormenores -de su vida pasada, y aun de la presente, por demás interesantes. -Recuerdo haberte oído decir que jamás entraste en su casa; yo sí, y -conozco á su hermana. Sobre esto hay mucho que hablar: iremos despacio -para no confundirnos.</p> - -<p>Si he merecido de Viera confianzas y revelaciones inapreciables, -todavía hay en su existencia repliegues que no he podido desdoblar. -Es hombre que no se abre nunca por entero. Respeto sus secretillos, -y no juzgo prudente ni delicado forzar el arca de discreción en que -los guarda. No es misterio para nadie su afición al juego, ni que -este vicio es en él el único arbitrio practicable para ir conllevando -la vida... ¡vida sumamente azarosa, figúrate!... Pero te advierto -que no es posible andar con más dignidad en tratos tan ruínes. Sus -degradaciones no están á la vista de los que públicamente le tratamos. -Él se las arregla allá con su vicio y saca lo que puede, sin que se -trasluzca nada en la vida ordinaria. Yo me he permitido hablarle de -esto, incitándole á arreglarse de otro modo, y me responde con amarga -tristeza que no puede ser, que está ya hecho á ese angustioso sistema, -y que no halla manera de abandonarlo. He procurado sondear el abismo -de su situación económica, llegando hasta proponerle un medio decoroso -de regularizar su presupuesto; pero no quiere aceptarlo. Me<span -class="pagenum" id="Page_104">[p. 104]</span> ha confesado que sus -deudas son enormes, y que sólo con un <i>golpe de suerte</i>, con una de -esas ventoleras favorables que en breves momentos amontonan un capital, -podría ponerse á flote. Y no hay quien le quite de la cabeza esta idea -fija y monomaniaca. Es tan delicado, que fuera de los antros más ó -menos decentes, donde pulsa la fortuna, nada verás en él que signifique -rebajamiento moral. Nadie, absolutamente nadie, entre nuestros muchos -amigos, puede jactarse de que Viera le ha dado sablazo grande ni chico. -Antes reventará que pedir. Yo no sé cómo se las compone, ni qué casta -de garduña usurera le suministra lo que necesita cuando viene la mala. -Te aseguro que me inspira compasión este hombre, y á veces me pongo á -discurrir qué haría yo para favorecerle sin lastimarle. Debe de haber -por ahí, en manos negras y rapaces, mucho papel suyo, que seguramente -se ha de cotizar en baja constante; pero por más que le hurgo para que -me informo de esto, no obtengo de él más que vaguedades y evasivas.</p> - -<p>Es amigo de Cisneros, que le aprecia mucho, y á menudo le invita á -comer para tenerle por oyente y admirador; amigo también de Orozco, -que le protegería (me consta) si él se dejara proteger, y discurre, -como yo, procedimientos delicados é indirectos de favorecerle. El padre -de Federico fué, en sus tiempos de prosperidad, compinche del padre -de Orozco, y ambos armaron, según dice la gente, aquella trampa de -<i>La Humanitaria</i> que arrambló con los ahorros de una generación. Don -José Orozco ya no existe; Joaquín Viera anda huído por el extranjero, -ocupado<span class="pagenum" id="Page_105">[p. 105]</span> en obscuros -negocios; y si alguna vez se descuelga por aquí, viene sable en mano -contra los amigos de su hijo. Considera, alma cristiana, esta anomalía -de las razas, y mira por dónde de padres perversos han nacido hijos -tan apreciables, cada uno por su estilo. He de añadir que Orozco, sea -por tradiciones de amistad, sea por otra causa que no se me alcanza, -tiene para ese tuno de Viera, padre, increíbles deferencias; y no -sólo se ha dejado herir más de una vez por el tremendo chafarote del -gran petardista, sino que en cierta ocasión le libró de un bochornoso -proceso. Federico se muestra muy agradecido á Orozco, y le tiene en -tanta estimación como el más entusiasta, como tú, por ejemplo. Y en -reciprocidad de estos sentimientos, Augusta y su marido le consideran y -agasajan, aunque no pierden ripio (ella sobre todo) para censurar con -benevolencia su incorrecta manera de vivir. Más de una vez me han dicho -que arbitre un medio de mejorar la situación de Viera y su hermana, -negociando diplomáticamente con él, sin herir su susceptibilidad -vidriosa. Hemos discutido los medios sin encontrar solución práctica. -Ambos han deplorado ingenuamente que un hombre de tan buen fondo, tan -caballero, tan bien cortado para la vida digna y honrosa, se envilezca -buscando un infame jornal en las <i>salas del crimen</i>. Yo también lo -lamento, nos afligimos todos; pero no veo manera de evitarlo. Y basta -por hoy. De <i>aquello</i>, buenas impresiones. Ya te las contaré otro -día.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_15"> - <p><span class="pagenum" id="Page_106">[p. 106]</span></p> - <h2 class="nobreak">XV</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>22 de Diciembre.</i></p> - -<p>De aquello, buenas impresiones, chico; pero sólo impresiones, -barruntos, corazonadas. Te advierto que ando muy distraído de mis -deberes parlamentarios, y de seguro la patria ofendida ha de pedir -cuenta estrecha de este abandono en que la tiene su papá. Se pasan días -sin que yo ponga los pies en aquella casona tan ahogada y turbulenta, -y lo mismo me da que nos llamen á votar que que no llamen. Tocan á -Secciones, me mandan las candidaturas, y me importan tanto como las -pulgas que le están picando en este momento al emperador de la China. -Hágome la cuenta de que por un voto de menos ó de más no ha de torcerse -el azaroso rumbo que lleva el barquichuelo de la política. Algunas -tardes, porque no digan, asomo las narices por allá, me asombro de lo -ocurrido durante mi ausencia, aseguro que <i>ya lo tenía yo todo muy -previsto</i>, hago el papel de que me intereso vivamente en la cuestión -del día y en las intrigas que hierven en los pasillos; y á la hora en -que la atmósfera empieza á caldearse, doy un vistazo al salón, desde la -<i>contrabarrera</i>; entérome en un abrir y cerrar de ojos del estado de la -brega, para poder responder á las preguntas con que han de fusilarme -por la<span class="pagenum" id="Page_107">[p. 107]</span> noche en -casa de Orozco, y me escabullo lindamente. Un secretario intenta -cortarme la retirada: «¡Eh, que habrá votación!» Y yo digo: «Vuelvo.» -Trinco el gabán, y á la calle. Me voy al Retiro ó á la Castellana en -amoroso seguimiento de mi ingrata Filis.</p> - -<p>En el tumulto del paseo me parece oir el cencerro gordo de la Cámara -llamando á votación, y la conciencia se me alborota un tantico por el -abandono en que tengo mi mandato. ¡Qué le hemos de hacer! Los infinitos -asuntos del distrito también aguardan tiempos mejores, y habías de ver -las arrobas de cartas que tengo aquí, abiertas ya y medio leídas, pero -no contestadas. Ni aun he podido formar la nota de chinchorrerías que -en las últimas semanas me han encajado esos pedigüeños voraces. Ya se -hará, y que el demonio cargue con ellos. Á fe que no piden nada los -angelitos. Si te tropiezas con esos brutos impertinentes, y se lamentan -de que no les escribo, diles lo que se te ocurra, verbigracia, que -no escribo porque todo el tiempo ¡claro! lo necesito para gestionar. -Eso es lo que ellos quieren, que uno se queme la figura y eche los -hígados, de ministerio en ministerio, constituyéndose en servidor de -sus ambiciones y en instrumento de sus ruínes envidias. Les dirás que, -según tus auténticas noticias, <i>vivo sin vivir en mí</i> por servirles y -hacerles el gusto, que soy su esclavo, y que se vayan á la mismísima -porra.</p> - -<p>Con que quedamos en que hay buenas impresiones, y mutis. No me -arrancarás una sílaba más, y si te empeñas en que cante antes de -tiempo, te trataré como á mis electores.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_108">[p. 108]</span></p> - -<p>Y sigo con Federico. Su casa, su vida íntima, su desconocida -hermana, han despertado tu curiosidad, y voy á satisfacerla. Pocos -penetraron hasta hoy en la caverna del león, y creo que Viera me ha -dado la mayor prueba de amistad y confianza permitiéndome visitarle. -Cinco veces he ido allá. Vive en lo más bajo de la calle de Lope de -Vega, cerca de la de Fúcar, lugar escondido y excéntrico, á donde -no se va sin precisión de ir. La casa es buena; el piso, segundo -con entresuelo. Llegas, tiras de la campanilla y ésta no se da por -entendida; sigues tirando cada vez más fuerte, hasta que al fin oyes -el eco perezoso de una esquila ó timbre que allá dentro repica de mala -gana. Después sientes pasos, y el chirrido de la chapa de cobre del -ventanillo te indica que te están mirando por los huecos. Una voz te -pregunta: «¿quién es?» y respondes; te dicen no está; tú insistes, -diciendo que el señor te espera, y das tu nombre. No vayas á creer -que te abren en seguida. Hay una pausa. Oyes dentro cuchicheo de -mujeres. Van y vienen como en consulta. Entre tanto, si te fijas en -los claros del ventanillo, ves que entre ellos lucen unos ojos negros -que te examinan. La consulta sigue allá dentro. Oyes pasos que se -alejan, pasos que á la puerta se aproximan. Por fin suena el cerrojo, -<i>trucu-trucu</i>, y la puerta se abre recelosa. Una joven mal vestida y -peor peinada te dice: «pase usted.» La tomas por criada; pero después -te enteras de que es Clotilde, la hermana de Federico.</p> - -<p>Esta visita á la cueva de la fiera no puedes hacerla sino entre tres -y cinco de la tarde, hora en que nuestro amigo se levanta, con raras -excep<span class="pagenum" id="Page_109">[p. 109]</span>ciones. Yo fuí -un día á las dos, y le ví almorzando entre sábanas, teniendo delante -una mesilla sin patas, apropiada á la extravagante operación de comer -en el lecho. En éste y en la mesa de noche había dos ó tres volúmenes -franceses, alguno con las hojas cortadas con el dedo. Servían el -almuerzo la joven aquélla y una mujeraza desgarbada y grandullona que -entraba y salía llevando un chico en brazos.</p> - -<p>La alcoba es una hermosa habitación con chimenea, que verás -encendida siempre que no hace mucho calor. En esta alcoba, como en -el gabinete y salita que la preceden, se ven algunos muebles buenos, -restos de la antigua morada de Joaquín Viera, y otros de los más -ordinarios y vulgares. No falta limpieza; pero la falta de recursos -brilla más que el aseo. Podrás figurarte el aspecto de una vivienda -donde nada de lo que se estropea se compone, donde la reparación de los -objetos no se ha conocido nunca. Clavo que se cae, ó pata que se rompe, -ó esquinazo que se desmocha, ó astilla que se levanta, ó metal que se -desluce, ó porcelana que se desportilla, así se quedan <i>per sæcula -sæculorum</i>. He dicho que hay algunos muebles buenos; pero cosa de valor -en venta, llámese cuadro, jarrón, tapiz ó bronce, no la verás.</p> - -<p>Clotilde Viera es bonita, si bien, guapeza por guapeza, su hermano -le lleva gran ventaja. Bien vestida, luciría como tantas otras. -Federico me la presentó con timidez, como avergonzado del aspecto -de criada que le da su mala ropa. La chica es fina y discreta; pero -está como sobrecogida, y en su apocamiento adviértese al instante la -conciencia de su degradación social. Teme po<span class="pagenum" -id="Page_110">[p. 110]</span>nerse en ridículo haciendo un papel -que no correspondería al puesto obscuro que hoy ocupa en el mundo. -Debe de andar tal cual de ropa la pobrecilla, porque la única vez -que la he visto en la calle, iba con modestia excesiva, aunque se -echa de ver que sabría ser elegante si pudiera. Recuerdo ahora que -Augusta se ha sorprendido de que Federico no presente á su hermana en -sociedad. Cuando se habla de esto á nuestro amigo, pone una cara que -da compasión, y no le vale el disimulo para encubrir su amargura. El -primer día que entré en su casa, la tristeza de su rostro me reveló que -conocía el mal efecto que su hermana había hecho en mí; y para disipar -esta mala impresión, hice vivos elogios de ella cuando no se hallaba -presente. Pero mis hipérboles, en vez de atenuar la pena de Federico, -parecían aumentarla, y mudé de conversación.</p> - -<p>El día que le ví almorzar en la cama observé que se da buen porte. -El infeliz no puede prescindir de ciertos regalos á que habituado está -desde la niñez. Hízome algunas revelaciones acerca de las mujeres -aquéllas. La que entraba y salía con el mocoso en brazos, lleva el -peso del gobierno doméstico, se llama Claudia y está casada con el -estanquero de la calle de Fúcar. Sirvió muchos años en la casa de los -padres de Federico, y tiene tanta ley á los dos señoritos, que no ha -querido abandonarles en la desgracia. Guisa muy bien, sabe manejar -una casa, y si no se hubiera cargado de familia, no tendría precio -para ama de llaves. Otra de las domésticas, hermana de la anterior, se -llama Bárbara, y es mujer de un ambulante de Correos. Cuando el marido -está<span class="pagenum" id="Page_111">[p. 111]</span> ausente, ella -se alberga en casa de Federico, y ayuda á su hermana en el trajín de -la cocina y en el cuidado de los chiquillos. La tercera es prima de -ambas, y ha venido del pueblo en busca de acomodo. Por las noches, -según me contó Viera, se reúnen á comer allí el estanquero con toda su -prole, el ambulante y dos ó tres personas más. Díjele que este sistema -de beneficencia sería muy bonito como obra de misericordia, pero que -no podía menos de irregularizar su presupuesto; y me contestó que no -tenía corazón para expulsar á nadie que de él se amparase; que su casa, -en los buenos tiempos de los Vieras, había sido una tienda asilo; -que el conservar esta tradición era uno de los pocos placeres de su -vida, y, por fin, que su peculio no había de mejorar con la miserable -economía de quitar la pitanza á aquellos infelices. «Me siento con -fuerzas—añadió,—para cualquier acción desproporcionada y hasta heróica; -pero no las tengo para cortar una rutina.»</p> - -<p>Le ví lavarse y vestirse. En ello emplea bastante tiempo, y es -cuidadoso de su persona hasta la prolijidad, costumbres de rico que -también son incorregibles. Presenciando una de estas tardes la compleja -operación, pensaba yo en su pobre hermana. Al menos él vive por las -noches en el medio que le corresponde, frecuenta la sociedad, donde el -cariño de los amigos compensa hasta cierto punto las tristezas de su -vida íntima. La sociedad, por este medio, le da algo de lo que él se -merece, á cambio de lo que la suerte y su perversa educación le han -quitado; pero aquella pobre joven, ¿qué compensación tiene de su estado -miserable? ¿No es un dolor que viva entre cria<span class="pagenum" -id="Page_112">[p. 112]</span>dos y gente ordinaria, envileciendo sus -modales y degradando sus gustos? Me imaginaba yo á la infeliz niña -conformándose con aquel género de vida grosera, sin deseos ya de otra -mejor; me la figuraba en trato familiar con la estanquera y la mujer -del ambulante, comiendo con ellas y con toda aquella turba de gorrones -de baja estofa que invadía la casa. Y al pensar en esto, me acordaba -de lo que he oído referir á Cisneros y á Orozco respecto á la madre -de Federico. Era señora de ejemplar virtud, nacida en noble cuna, del -linaje de los Trastamaras y los Gravelinas, muy digna, muy severa de -costumbres, muy refinada en gustos y maneras. Su exquisita educación -revestía de formas seductoras la rigidez de su inmenso orgullo. -Padeció la mayor de las humillaciones con la inicua conducta y el -envilecimiento de su marido, á quien amaba. Enfermó de pena y quizás de -vergüenza. Adoraba á sus dos hijos, y cometió el error de no criarlos -para la pobreza, que ni siquiera comprendía. Como te digo, pensé en la -infeliz señora y en la cara que pondría si resucitara y viera á su hija -en aquella facha, en aquel vivir indecoroso, miserable y soez. Pero no -me atreví á decir nada de esto á Federico, y me lo guardé para cuando -viniera más á cuento.</p> - -<p>Vamos, ya estás satisfecho. Ahí tienes los informes que de tu -amigo querías tener y que me has pedido tantas veces. Esta carta te -causará tristeza; pero qué remedio... ¡La verdad rara vez tiene cara de -pascua!</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_16"> - <p><span class="pagenum" id="Page_113">[p. 113]</span></p> - <h2 class="nobreak">XVI</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>26 de Diciembre.</i></p> - -<p>¡Qué pesado estás con tu exigencia de que te cuente algo de mi -campaña, y de cómo he puesto las paralelas para rendir plaza tan -bien artillada y defendida! Como no me gusta darme tono con fingidas -hazañas, te diré que he seguido la táctica vulgar, por no ocurrírseme -otra; que mi amartelamiento ha pasado y pasa por los trámites -corrientes de la galantería al alcance de todos los corazones, y que -soy lo que para estos casos aconsejan las reglas acreditadas por el -éxito: obsequioso con discreción, puntual en los encuentros, tierno en -el mirar, intencionado en el decir, triste hasta la ictericia cuando -el caso lo requiere, y bastante hábil para hacerme pasar en ciertas -ocasiones por el sér más desventurado que existe debajo del sol.</p> - -<p>Estos preliminares tienen que acabarse pronto, so pena de caer en la -ridiculez. Veo venir una situación insostenible si no cambio pronto las -armas del sentimentalismo por las del atrevimiento. Respecto á ella, -¿qué he de decirte? Ya conoces la tesis general de que á ninguna mujer, -aunque sea la misma honradez y la castidad en persona, le desagrada -que se chiflen por ella. Luego, en corresponder ó no consisten las -diferencias, ó sea,<span class="pagenum" id="Page_114">[p. 114]</span> -empleando una figura, las fronteras que separan el Cielo del Infierno. -No me atrevo á jactarme de la victoria, ni á darme prematuramente por -vencido. Hay días que me parece notar en la plaza un agrado excesivo -por verse merecedora de tan empeñado cerco; otros creo lo contrario, -y me malicio que se hace la indiferente con la pícara idea de dejarme -aproximar á sus robustos muros y reventarme en una brusca y vigorosa -salida. En fin, chico, permíteme que sea reservado y que no enseñe las -cartas. Francamente, te voy cogiendo miedo. Y no me negarás que te -asusta la degradación moral que suponen estos intentos míos. Es que se -hace uno á todo, amigo Equis, y la conciencia, arrullada por los goces -sociales, que se empalman lindamente para no darnos respiro, se va -amodorrando y concluye por dormirse. Ya no más. Chitón.</p> - -<p>Te hablaré, sí, de alguien que con esto se relaciona, del buen -Orozco, porque ciertas especies que he oído acerca de él han repuesto -mi ánimo y acallado mis escrúpulos. ¡Ah! la sociedad en que vivimos -nos ofrece á cada instante materia narcótica en abundancia para -cloroformizar la conciencia y poder operarla sin dolor. Te diré: estas -noches he oído hablar de tu ídolo en términos muy distintos de esa -opinión lisonjera que tú y yo tenemos de él. Parecía que tantas y tan -diferentes lenguas se habían confabulado para quitar á ese hombre -su crédito, la brillante aureola que es el principal obstáculo á mi -campaña, algo como deidad tutelar que ampara la plaza más que la -fortaleza de sus muros.</p> - -<p>No sé si te he dicho que me corro por el Casino<span -class="pagenum" id="Page_115">[p. 115]</span> algunas tardes y noches. -Me divierto oyendo contar anécdotas á dos ó tres sabedores de vidas -ajenas que allí tienen su cátedra, el más sabroso y entretenido círculo -social que puedes imaginarte. Nunca había oído hablar de la familia -con quien me ligan tantos vínculos. Hace dos noches, no sé cómo recayó -la conversación en Orozco, y uno que se pinta solo para lo que llaman -allí sacar ánima, dijo de nuestro amigo que es el mayor hipócrita que -Dios ha echado al mundo. «Ya no engaña á nadie—añadió—con aquella -capita de perfecciones que usa. Hijo de tal padre, del famoso fundador -y liquidador de <i>La Humanitaria</i>, no podía salir bueno.» Otro emprendió -la defensa de Orozco, asegurando que en el tratado de la honradez no -era ni podía ser atacable; que lo dicho por el preopinante no tenía -fundamento; pero... Estos peros son temibles, y al oirlo me eché á -temblar.</p> - -<p>Vino á decir aquel mal hablado que Orozco no tiene mérito alguno. -«Niego lo de la hipocresía, y afirmo que es hombre de buena fe y de -cortísimos alcances. Á mí me han asegurado que todas las noches, -después que se retira la tertulia, Tomás se encierra en su cuarto y se -está un par de horas de rodillas, rezando y dándose golpes con unas -disciplinas.» Carcajada general. Al instante salí al encuentro de esta -tontería, negándola en redondo, sin que me constara su falsedad; pues -¿qué sé yo lo que hace Orozco en la intimidad de su casa, después que -nos retiramos los amigos? Alguien se puso de mi parte, y se trabó una -disputa muy viva, sin traspasar los límites de la urbanidad. Como en -estos casos cada uno goza<span class="pagenum" id="Page_116">[p. -116]</span> en rodar la bola de nieve para que aumente, allí saltó -uno diciendo que mientras Tomás se pone las espaldas en carne viva, -su mujer llora de soledad y desconsuelo. Otro soltó la papa de que en -el matrimonio hay grandes peloteras, porque él quiere que su mujer no -abra sus salones á nadie, ni dé comidas, ni reciba, ni se vista con -elegancia. Sobre este tema trazó el de más allá un cuadro terrorífico -de celos y zaragatas domésticas. En fin, que de absurdo en absurdo, -se llegó á la conclusión de que no se sabe nada, y que tales cosas -se dicen simplemente por dar gusto á la sin hueso. ¿Qué sería de los -casinos si no hubiese en ellos timba y murmuración? Los más locuaces -reconocían que si algo extraño ocurre en la intimidad conyugal, no -puede saberse, pues ninguno de los consortes ha de ir con el cuento. Yo -lo negué todo en absoluto; hubo quien me dió la razón, y los señores -pasaron á otro asunto: le sacaron á la de San Salomó todito el pellejo, -como á San Bartolomé, y luego fueron picando aquí y allí, hasta que -llegó la hora del desfile.</p> - -<p>En rigor de verdad, no daba yo crédito á las tontunas que oí; pero -te confieso que salí de allí mal impresionado y caviloso. Mas no era -sólo pena lo que yo sentía, no. Te abro mi conciencia para mostrarte -cuanto hay en ella. El ver rebajada y escarnecida la figura de Orozco, -me daba cierto gusto perverso. Su reputación y respetabilidad me -estorbaban, como al ladrón que se propone robar la custodia le estorba -la Forma consagrada que en el centro de ella resplandece. Yo no iba -contra la forma, sino contra el oro y las piedras. Me alegraba, -pues, de que alguien me qui<span class="pagenum" id="Page_117">[p. -117]</span>tara el miedo á la hostia, haciéndome creer que no era Dios -ni cosa que lo valiera.</p> - -<p>Pues aún hay más. Estas cosas no vienen nunca aisladas. Algunas -noches, á última hora, me paso por la Peña de los Ingenieros, círculo -modestísimo y muy agradable, instalado en un principal de la calle de -Cedaceros. Allí tengo porción de amigos que también lo son tuyos: los -muchachos de Minas, con quienes viví en Orbajosa, y otros de Caminos, -gente toda de muy buen trato. Esta tertulia procede de un rincón del -Suizo, donde hace años estuvo, y habiendo crecido considerablemente, -hubo de acomodarse en local propio. Allí no hay lujo, ni timba, ni -billares, ni más juego que el tresillo, periódicos y política, mucha -política. Como es natural, de vez en cuando cae un asunto privado, -sabroso y vivito, y ya puedes figurarte con qué gusto se ceban en -él. Pues anoche, no bien desvanecido aún de mi mente lo que oí en -el Casino, conversaba yo con dos ingenieros sobre el ferrocarril de -Albarracín, y oí que en un corrillo próximo nombraron á Augusta. Puse -atención, y anda, morena, lo que yo me temía... Estaban discutiendo -si era honrada ó no era honrada. La mayoría, más por escepticismo que -por otra razón, se inclinaba á la negativa. Acerquéme, echando mi -parecer en medio del grupo, y recomendando la prudencia en los juicios -acerca de mujeres. En esto, un señor de bastante edad, para mí muy -respetable, se dejó decir que votaba resueltamente con los acusadores, -y que para hacerlo así tenía pruebas. Incitado á exponerlas, escapóse -por la tangente, y tergiversó la cuestión, hablando de las mujeres en -tesis<span class="pagenum" id="Page_118">[p. 118]</span> general, de -lo aficionadas que son á practicar sus devociones en las iglesias de -dos puertas, con otras muchas cosas divertidas y gacetillescas que -no te transmito por no alargar demasiado esta carta. Aquello, como -comprenderás, me supo á demonios, y no tuve calma hasta que no hallé -manera de echar un parrafito aparte con el sujeto maldiciente; el cual, -sin pararse en pelillos ni hacer misterio de sus informaciones, me dijo -lo que casi á la letra te copio:</p> - -<p>«Pues sí, amigo mío: la he visto dos ó tres noches, á primera hora, -allá por mis barrios, salir de una casa que no diré sea mala; pero -que no es de las que personas de tal calidad frecuentan honradamente. -Su porte reservado, su manera de andar y de mirar buscando un simón, -diéronme en la nariz tufillo de crimen. Soy perro viejo, y he adquirido -con mi larga experiencia un olfato sutilísimo para rastrear ciertas -madrigueras. Nosotros los muchachos no nos asustamos de nada, amigo -Infante, y bueno es que usted se acostumbre á mirar con serenidad -los fenómenos sociales más corrientes, perdiendo la pueril costumbre -del <i>no puede ser</i>. Borre usted de sus libros esas tres palabras que -son las más tontas y baldías que usamos... es decir, yo no las uso -nunca para nada de lo que es físicamente posible.» Contestéle que -bien podrían ser inocentes las visitas de mi prima á la tal casa, y -él me arguyó, sonriendo: «Hijo de mi alma, en aquella finca no hay -ninguna modista, ni encajera, ni planchadora en fino. Y no es esto -decir que viva allí gente mala. Conozco á los porteros, que son la -pareja más callada del mundo... Pero le veo á us<span class="pagenum" -id="Page_119">[p. 119]</span>ted un tantico inquieto. No, no diré una -palabra más que pueda lastimarle. Al contrario, torceré el curso que -había dado á sus sospechas, diciéndole que quizás su prima haga esas -visitas con fines de caridad. Pues mire usted: ahora caigo en que -muy bien podrá ser así, y que yo me equivocara en el juicio que al -principio formé... Algo inverosímil es que esas visitas de beneficencia -se hagan en coche de plaza, teniéndolo propio; pero admitámoslo... -¿Por qué no hemos de admitirlo, resueltos como estamos á impedir que -se manche infundadamente una reputación? Sobre todo, establezcamos la -hipótesis del fin caritativo, y así descargaremos nuestra conciencia -de la responsabilidad de un juicio temerario...» Las salvedades -sarcásticas de aquel hombre me molestaban casi más que sus indicaciones -acusadoras, y no insistí; pero sentía subir en mí la oleada de ira, y -tuve miedo de ponerme en ridículo, saliendo á la defensa quijotesca de -una mujer que no era mi esposa ni mi hermana. Contentéme con afirmar -severamente que el móvil de aquellas visitas no podía ser malo, y el -anciano, reconociéndolo así, me dijo cosas muy atinadas acerca de -lo peligroso que es poner nuestra mano en el fuego por ningún hecho -problemático; y lo hizo el muy pillo con tanta gracia, con tan paternal -dulzura, y trasteándome tan gallardamente, que me desarmó, y concluí -por notar en sus palabras un resplandor repentino que me permitía -ver... Pero qué, ¿era acaso verdad?</p> - -<p>Tan aturdido estaba al separarme de él, que no le pregunté qué -barrios eran aquéllos, ni en qué calle había visto á mi prima. Me -esfuerzo en<span class="pagenum" id="Page_120">[p. 120]</span> -desvirtuar la revelación, pero no puedo conseguirlo. La importancia y -gravedad del caso crecen más á mis ojos, cuando achicarlas quiero con -recursos de esa lógica forense que sirve para defender pleitos, pero -no para calmar las inquietudes y suspicacias de nuestro espíritu. No -ceso de pensar en esto, Equisillo. ¿Qué opinas tú? ¿Eres de la escuela -de mi padrino Cisneros, y dices: «como si lo viera, como si lo viera?» -¿Te parece que se lo debo preguntar á ella misma, rogándole que me -saque de esta cruel duda? ¡Ah! eso no: me lo negaría, si es verdad; -y si no lo fuera, la ofendería gravemente. ¿Debo seguirle los pasos -y acecharla, buscándole las vueltas? No, no me aconsejarás tú ese -espionaje, indigno de un caballero... Consuélame, hombre; dime que todo -ello es cavilación mía, malicia ó yerro del anciano delator. Dime eso, -bruto, que estás ahí mirándome como la estatua de la razón fría... Pero -en vez de consolarme, me preguntas si la amo ó la desprecio, si este -descubrimiento apaga los hornos de mi pasión ó los enciende más. ¿Qué -ordena la lógica? La lógica, esa gran tarasca, entrometida, farfantona, -ordenará lo que quiera; pero ello es que en cuanto han surgido las -dudas, y desde que he borrado á esa mujer de la lista de los ángeles -terrestres... mira tú lo que son las cosas... paréceme que estoy más -chiflado por ella.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_17"> - <p><span class="pagenum" id="Page_121">[p. 121]</span></p> - <h2 class="nobreak">XVII</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>2 de Enero.</i></p> - -<p>Árnica, venga árnica, querido Equis, porque descalabradura como -ésta no la he recibido desde que tengo cráneo. Y gracias que, con -la fuerza del golpe, no haya perdido el sentido y pueda contarte el -terrible accidente, y describirte mi turbación, mi pena, mi despecho, -mi rabia... Ya te veo muerto de risa, y diciendo que bien ganado me -lo tengo por mi depravación, por mi inmoralidad, por mi... El demonio -cargue contigo. Acepto la reprimenda. Somos, en efecto, unos bribonazos -los hombres de este siglito, aunque, si examinamos la condenada -historia, veremos que tan pillines como nosotros fueron nuestros padres -y abuelos y tatarabuelos hasta el señor de Adán; y si es verdad lo del -transformismo, añadiré que lo mismo que nosotros fueron el hombre-mono -y la mujer-mona.</p> - -<p>Para mujeres monas, ésta. ¡Y cuánto me ha hecho padecer la muy -pícara, solapada, ingratona!... Pero vamos por partes. ¿Te he -contado que la noche de Navidad cenamos en casa de Orozco, Malibrán, -Calderón, Villalonga, Viera, Cícero y yo?... Pues, mira, tampoco te -lo cuento ahora, porque, si bien algunos detalles de aquella cena se -enlazan con mi catástrofe, son largos de refe<span class="pagenum" -id="Page_122">[p. 122]</span>rir, y no está su importancia en relación -con el gran espacio que ocuparían. Voy á lo principal. Me declaré -ayer 1.º de Enero: yo creí que inauguraba un año de delicias, y me -salió... mejor dicho, salí con las manos en la cabeza. Verás... Nos -hallábamos solos en su casa, en la situación más propicia del mundo. No -pienses que me fuí del seguro ni que hice ó dije cosa alguna de esas -que le dejan á uno en ridículo en caso de negativa. Tomé toda clase de -precauciones contra las demasías del sentimentalismo; me previne contra -la brutalidad, sin quitar al arma del atrevimiento el importante papel -que en tales batallas le corresponde; estuve patético y atrevidillo, -¡oh, Equis de mis entrañas! caballeresco y atolondrado, todo en la -medida racional y justa... Y, sin embargo, me rechazó en toda la línea, -y tuve que capitular ignominiosamente. Te confío sin ningún recelo el -desastre, y reclamo que me eches para acá toda la compasión de que sea -capaz tu grande alma, porque... Mira que tu amigo tiene en el casco -un boquete por donde se le ven los sesos... Esto se llama caerse en -toda regla. Hijo de mi alma, nada me valió lo bien preparadito que yo -llevaba el plan de ataque, ni lo bien que se me conocía en la cara la -pasión... Todavía, cuando me acuerdo de aquella firmeza, de aquella -seca austeridad de mi primita, me tiemblan las carnes. Nunca me he -visto en otra. Allí fué el lamentarse de haber prestado atención á mis -galanterías, creyéndolas inocentes y de pura fórmula, tal como las -autorizan el mundo y la moral tolerante de nuestros días; allí fué el -expresar su equivocación con respecto á mí; allí el acusarme<span -class="pagenum" id="Page_123">[p. 123]</span> de injuriarla gravemente -á ella y á su esposo, que me colma de atenciones y agasajos; y no te -digo más. ¡Ah! no invocó los llamados eternos principios; pero, aunque -no los invocó, procedía con arreglo á esos grandísimos hi de tal...</p> - -<p>En resolución, que me dejó pegado á la pared, y, lo que es peor, -sin esperanzas de obtener más tarde el éxito que ahora no he podido -alcanzar. Aquí me tienes, pues, atajándome con una mano la sangre que -me chorrea de la frente, y oprimiéndome el corazón con la otra... -porque, te lo diré todo para que te rías más... después del estacazo, y -al volver del mareo que produjo en mí, encontró más vivos y punzantes -mis deseos de poseerla y de ser su amante. Su belleza, su talento, -su boca grandecita, que es la fuente de donde brota todo el caudal -de la gracia humana; sus ojos persuasivos, que te miran penetrantes, -ora lanzándose hacia tí, ora recogiéndose en no sé qué misteriosa -desconfianza; su talle flexible, su vestir elegante, parécenme ahora -con mayores hechizos. ¡Y si vieras con qué gracia me curó ella misma la -tremenda herida, ponderándome las dulzuras de la amistad respetuosa! -Esto tiene chiste. ¡Qué remedio queda más que conformarse y apechugar -con los arrastrados principios! Pero nuestra infame naturaleza se -rebela contra ellos siempre que no se prestan á satisfacer sus -caprichos, de lo que yo deduzco, en conformidad con los Santos Padres -(muy señores míos), que somos los humanos una raza indecente, y que -nos estuvo bien merecido que nos echaran á cajas destempladas del -Paraíso, entregándonos al muy cochino de Satanás, para que nos tentara -y per<span class="pagenum" id="Page_124">[p. 124]</span>diera, y nos -arrastrara á los profundos infiernos.</p> - -<p>Y ahora surge de nuevo la gran duda. ¿Es honrada ó no lo es? Ríete -de mi impresionabilidad todo lo que quieras; pero escucha lo que estoy -pensando. Otra vez se representa á mis ojos con los caracteres de la -más pura virtud, y cuanto sospeché de ella me parece indigno, y lo que -oí contar, patraña maliciosa y absurda. Te cuento todos los fenómenos -que se van sucediendo en mi alma, porque eres mi confesor y nada debo -ocultarte. Permíteme que analice un poco. ¿Consistirá esto en que -ahora, por causa del desaire, estoy verdaderamente enamorado, y no veo -en el sér que me fascina más que perfecciones? Antes quizás no la amaba -de veras; empujóme hacia ella un antojo, una voluntariedad de joven -del siglo, que por rutina ó moda no quiere ser menos depravado que -los contemporáneos de su clase. Era aquello como un ensayo de vivir, -ajustado al canon vigente. Pero ahora... ahora... Me parece que estás -reventando de risa, y no quiero seguir.</p> - -<p>Bueno, pues aunque te rías: aquí tienes á tu amigo hecho un ojeroso -romántico, idealizando el objeto de su pasión, y remontándose, con ella -en brazos, á los espacios infinitos; viéndola reflejada en sí mismo, -con todos los atributos de sobrenatural hermosura, y adornada de las -cualidades más excelsas. No te oculto que hago inútiles esfuerzos por -volver á la realidad. Se me ha plantado en el magín la idea de que es -la pureza misma; y recordando que la borré inconsideradamente de la -plantilla de serafines terrestres, me apresuro á volver á inscribirla -en ella con letras<span class="pagenum" id="Page_125">[p. 125]</span> -muy gordas: <i>¡Es un ángel!</i> Sí, veo desde aquí tu sonrisilla escéptica; -pero no me importa. Lo que sí te diré es que precisamente su celestial -jerarquía es lo que más me estimula á solicitarla. Y como no siento -ninguna vocación de volverme ya también ángel, mi maldad aspira á -sentar plaza en las filas satánicas, y acosar nuevamente á la querubina -con mis pretensiones, hasta cansarla, rendirla, vencerla y hacerla mi -dama. Nada halaga tan vivamente los instintos humanos como traerse -un ángel del cielo á la tierra, lo que equivale á robar la esencia -celeste. Todos somos algo Prometeos, amigo Equis, ó intentamos serlo. -¿Comprendes lo que te digo? Por lo mismo que mi adorada prima se me -ha puesto en un pedestal de virtud, quiero arrancarla de él, perderla -y perderme, bajándonos ambos muy abrazaditos á las cavidades de ese -infierno donde los amantes de verdad, dígase lo que se quiera, han de -pasarlo muy bien, quemándose por dentro y por fuera.</p> - -<p>En fin, que estoy exaltado y tú principias á inquietarte por esta -enfermedad mía. Tranquilízate, hombre, y óyeme otra cosa. La política -es un bálsamo para los ligeros disturbios del espíritu. ¿Lo será -también para trastornos graves? No sé; lo probaremos: he de buscar -en la política el desgaste de esta superabundancia de vitalidad -espiritual. Desde mañana me planto en los escaños rojos, y hablaré -sobre lo primero que salte, revolviendo á Roma con Santiago, y me -pondré frente al Gobierno, frente á las instituciones, y... boca abajo -todo el mundo: me propongo <i>minar los cimientos sociales</i>, como se -dice en lenguaje<span class="pagenum" id="Page_126">[p. 126]</span> -ministerial. Es que estoy furioso; necesito vengarme. ¿De quién? de -los <i>grandes principios</i>... que mala sarna se los coma... Verás, verás -qué camorras voy á armar allí todos los días. Llegará pronto hasta tí -mi fama de anarquista, demoledor y petrolero. La piqueta, la famosa -piqueta y la tea incendiaria son los chismes que he de usar... Por -cierto que hoy almorcé con Cisneros, y aunque no le hacía gran caso por -tener todo mi pensamiento concentrado en mi amarga cuita, me mostré -conforme con cuantas atrocidades echó de aquella donosísima boca. Es el -tío de más talento que hay en España. Hemos convenido en transformar la -sociedad y ponerlo todo patas arriba. Vengan otras leyes, otra forma de -la propiedad, otra moral, otra religión, otras costumbres, otra raza, -otra manera de vestir, aunque sea en cueros, otra lengua, y venga, por -fin, otro planeta, que éste ya no nos sirve.</p> - -<p>Vas á creer que firmo ésta en Leganés; pero no: la firmo y fecho en -mi cuarto del Hotel de Roma, á las cuatro de la madrugada, después de -pasar una noche de perros, y decidido á no acostarme porque sé que no -he de dormir. No se aparta de mí la hermosa imagen austera, con toda -la gracia divina y humana, coronada de aquella honradez que admiro -y anhelo hacer añicos. Mírola como una santa de altar, no vestida -de severos paños, sino con los atavíos elegantes de la última moda. -Es un ángel que se ha entregado á las modistas. ¡Oh, qué virtud tan -tentadora! No poderla tronchar en un abrazo, no poder estrujarla como -se estruja una flor... Si no<span class="pagenum" id="Page_127">[p. -127]</span> me modero, amigo mío, voy á salir por esas calles tirando -piedras.</p> - -<p>No te enamores, Equis, no te enamores; dedícate en esa tierra, con -malos fines, á las Galateas de refajo amarillo. Y si alguna te sale con -que debajo de todas aquellas bayetas está la honestidad, renuncia á las -vanidades del mundo y métete cura.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_18"> - <h2 class="nobreak">XVIII</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>6 de Enero.</i></p> - -<p>Bueno, hombre, bueno: variaré la tocata. Creo, como tú, que eso me -tranquilizará. Esta tarde fuí á ver á Federico. Tuve intenciones de -confiarle mi pena; pero luego me rehice de esta debilidad, y mutis. Por -cierto que observé allí cosas que me hicieron gracia. Cuando entré, á -eso de las dos, nuestro amigo acababa de despertarse y había pedido -el almuerzo. Para funcionar con más desembarazo, Claudia, después de -dar la teta al nene, le colocó bien abrigado en el lecho de Federico. -Este apartó las sábanas y me dijo: «Mira lo que tengo aquí.» Mucho -nos reímos los dos, y más aún cuando despertó el chicuelo y se puso -Viera á jugar con él, haciéndole cosquillas, y dejándose tirar de la -barba por las manos delicadas del tierno infante. Pero habías de ver -aquello cuando pusieron la mesa sin patas sobre la cama, y empezaron -Claudia y Clotilde á servir el<span class="pagenum" id="Page_128">[p. -128]</span> almuerzo. Lo mismo fué olerlo, que entraron de rondón -cuatro canarios de alcoba, hijos de Claudia, el mayor como de seis -años, la más pequeña como de dos, y piando y gorjeando se enracimaron -en los bordes del lecho. Uno daba un brinco hasta plantarse en las -almohadas, tocando con sus patitas la cabeza de Federico; otro se -encaramaba por los pies. Su madre les reñía, llamándoles insolentes -y granujas; pero no se los llevaba. Federico, de todo lo que iba -comiendo, les repartía por turno, con el tenedor, diciéndoles: «Ahora -tú... No más... Formalidad, y todos probarán.» El de teta, que estaba -entre las sábanas, con aquella algazara empezó á berrear, y Clotilde -tuvo que cogerle en brazos. Tan fuertes chillidos dió el angelito, rojo -y apoplético, los puños cerrados, soltando gruesos lagrimones, que fué -menester llevársele fuera. Sus hermanos eran más amables. Federico tuvo -que andar con ellos á trastazo limpio; pero no se dieron por ofendidos. -Al fin del almuerzo, la cama estaba como si hubiera pasado por encima -de ella un regimiento de caballería. No pudo evitar Viera que cogieran -los libros que allí tenía, ni que el mayor los examinara deletreando -el título, ni que la pequeña les arrancara algunas hojas como quien -no hace nada. Claudia se los llevó con no poco trabajo, y volvieron á -entrar, y costó un triunfo echarles de nuevo. Toda la tarde estuvimos -oyendo el rumor de su batahola en la cocina. Á mis observaciones sobre -la paciencia con que tolera molestias fáciles de evitar, contestóme -Federico con el <i>qué más da</i>, que usa siempre para disculparse de su -abandono.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_129">[p. 129]</span></p> - -<p>Noto en él una indiferencia parecida á la resignación. Su melancolía -envuelve cierta pereza intelectual, como si acobardado ante su mala -suerte, sintiéndose incapaz de luchar con ella, se le entregara sin -quejarse. La conversación que acerca de esto sostuvimos mientras se -vestía, llevónos á tratar de su hermana, que me ha inspirado tanta -lástima desde que la ví. Arriesguéme á censurar, con el tacto necesario -para no lastimarle, el abandono en que la tiene. ¿Por qué no la -presenta en sociedad? ¿Por qué no la inclina al trato de sus iguales, -librándola del roce de personas sin educación, ennobleciendo su vida, -y tratando de proporcionarle un buen partido? Á esto me contestó, -con fría amargura, que tales habían sido sus propósitos; pero que ha -renunciado á ellos por la resistencia que su propia hermana le opone. -La ruína de la familia cogió á Clotilde en la transición de niña á -mujer. Vinieron terribles días de penuria, y la pobre joven, criada -en colegios de lujo, se vió privada hasta de lo indispensable, sin -poder reunirse con sus amigas más queridas. De aquellos días data su -encogimiento huraño y su gusto de la insignificancia y obscuridad. -No tardó mucho en acomodarse al aburrimiento que le prescribía su -desgracia, consagrándose á cuidar de su hermano; y aunque éste hizo -esfuerzos increíbles por ponerla, al menos aparentemente, en otras -condiciones de vida, cada día encontraba en ella resistencias mayores. -Poco á poco la pobre niña se iba encariñando con las criadas en cuya -compañía estaba constantemente; llegó á perder toda afición á vestir -bien, y sus gustos delicados se<span class="pagenum" id="Page_130">[p. -130]</span> fueron embasteciendo hasta parar en el desaliño. El <i>qué -más da</i> de su hermano la contagió como una diátesis de familia; no -supo sostener el esmero de la persona, refinado y minucioso, que -aquel conserva en medio de su indolencia. Se habituó á los modales -descompuestos y al inculto lenguaje de aquellas tarascas, y ha -concluído por comer con ellas, cuidar los chicos de Claudia, y no -hallarse bien sino en tal compañía. Estas familiaridades con gente -baja han influído en su carácter de tal modo, que apenas tiene ya la -conciencia de su mérito personal. Es algo salvaje: cuando yo voy allí, -huye como una cierva, evita mi conversación todo lo que puede, y si -forzosamente tiene que hablarme, la noto cohibida y como temerosa de no -expresarse bien. ¡Pobre niña! Te aseguro que me inspira compasión. Su -mirada inteligente y tímida es de esas que no se olvidan.</p> - -<p>Á mis indicaciones sobre esto, contestó Federico así: «Hoy por hoy, -apartarla forzosamente de estas mujeres, sería una crueldad, porque les -tiene inmenso cariño. Cierto que ha perdido sus modales; cierto que -sus gustos se han hecho toscos, y que su persona se ha rebajado; ¿pero -yo qué puedo hacer? Soy pobre. No puedo luchar con mi infame destino. -Adelante, y hasta el fin, si esto tiene algún fin.»</p> - -<p>Hícele notar que su hermana está en la edad en que por donde menos -se piensa salta el amor, y bien valía la pena de mirar con interés -asunto tan delicado. Encogióse de hombros, y me dijo que ni aun -sospechaba que Clotilde tuviese novio ó pretendiente. No insistí sobre -este particu<span class="pagenum" id="Page_131">[p. 131]</span>lar, -por no aparecer más papista que el Papa; y ya que de amores hablábamos, -no sé por qué sentí nuevamente deseos de confiar á Federico los míos, -ó mejor dicho, mis frustradas esperanzas. Pero también supe contener -aquella segunda tentación de espontaneidad.</p> - -<p>Pude observar aquel día que la casa de este hombre infeliz es un -jubileo mareante. Razón tiene en decir que el sonido de la campanilla -le produce un estado nervioso y cardiaco que ya constituye verdadera -enfermedad. Los acreedores y pedigüeños se suceden sin interrupción, -y una de las mayores dificultades del gobierno de aquella casa es lo -que llamaríamos <i>el servicio de puerta</i>. Clotilde se ha hecho á este -innoble servicio, y lo desempeña hábilmente, con todo el manejo de -mentiras diplomáticas que el caso exige. Á unos les engaña, á otros -les manda volver la semana próxima, á los más les engatusa con bonitas -promesas. Hay usureros de fuste, que pasan siempre y se entienden con -Federico, el cual les recibe de mal talante, con cariz avinagrado y -duro. «Á estos tipos—me dijo un día,—hay que tratarlos á la baqueta, y -no tenerles consideración alguna. Es la manera de que nos sirvan bien. -Al que se hace de mieles, se le comen vivo.» En cuanto á sablazos, no -he visto debilidad como la de nuestro amigo para dejárselos pegar. Allí -van llorones que le encajan mil embustes, y como le cojan con dinero, -le dan el timo. Yo le recomendé que mirase mucho á quién socorría, -y me respondió: «¿Qué más da? Estos infelices también han de vivir. -Cada uno se las arregla como puede.» Y los condenados se dan tal maña, -que has<span class="pagenum" id="Page_132">[p. 132]</span>ta parecen -adivinar cuándo tiene cuartos, para caerle encima como las moscas. Dice -que el único placer de la vida consiste en dar. La cara que ponen los -pedigüeños, el brillo de sus ojos cuando sacan tajada, vienen á ser -como una visión de alegría, un rayo celeste á que no puede renunciar -quien vive entre negruras, sin ver más que esas caras muertas, esas -máscaras de la sociedad culta, que nunca reflejan los grandes goces del -alma.</p> - -<p>¿Qué te va pareciendo esto? ¿Qué piensas del pobre Viera? Hay que -reconocer que si algunas de sus facultades duermen, si su conciencia -se amodorra, tiene siempre bien despierto el punto de dignidad y de -amor propio, y con esta especie de virtud disimula en sociedad los -desastres de su vida íntima. Te repito que he intentado ayudarle á -salir de apuros, y que me tapa todas las brechas que trato de abrir -en su susceptibilidad, para introducir con delicado contrabando mi -socorro. Otros amigos que pretendieron lo mismo no han logrado rendir -su orgullo. ¡Qué mal efecto me hace verle de noche en casa de Orozco, -de la San Salomó ó de Trujillo, y recordar, mientras le veo y le oigo, -las tristezas de su modo de vivir, y los cuadros lastimosos que he -visto en su casa! Los muchos amigos y amigas que tiene en sociedad, -aunque algo saben de sus ahogos pecuniarios, ignoran lo que yo sé y -he visto. Algunos ¡ay! le admiran. Hay quien le envidia. Es Federico -de estos hombres que se hacen querer en cuanto se les trata un poco. -Su perfecta educación (en lo tocante á modales y á la vida externa); -aquel aire de modestia, no in<span class="pagenum" id="Page_133">[p. -133]</span>compatible ciertamente con su orgullo, y que más bien -lo templa, lo ennoblece, convirtiéndolo de defecto en cualidad; su -gracia melancólica en la conversación; aquel mismo abandono moral, -tan semejante al cansancio, cautivan y desarman, predisponiéndonos á -la indulgencia. Físicamente, algo tengo también que decirte. Su cara, -que es un prodigio de expresión y movilidad, comienza á desmejorarse. -Me parece bastante anémico, y envejecerá pronto. Ya se le ven algunos -hilos de plata en la barba negra y en las sienes, y su mal color revela -la insana costumbre de hacer de la noche día. Asegura que vivirá poco, -y creo que no se equivoca.</p> - -<p>Y ahora se me ocurre hablarte de la Peri. Dirás tú: «¿Y quién es la -Peri? ¿Y por qué eslabona este tonto el nombre de Federico con el de -esa que no sé si es mujer, ó gata, ó yegua?» No te hagas el virtuosito -y el morigeradito, diciendo que no conoces á la Peri, y que á tí no te -hablen de ninguna moza <i>de éstas que llaman del partido</i>. ¡Hipócrita, -me quieres hacer creer que con esa capita de seminarista ó de filósofo -motilón, no te haces el perdidizo alguna vez en las enramadas del -jardín de Venus! Pero, en fin, te concedo, si tu gazmoñería se empeña -en ello, que no ha llegado á tu noticia el excelso nombre de la Peri. -Los sabios suelen estar muy atrasados de noticias, y de fijo tú sabes -más de Semíramis ó de Aspasia que de esta contemporánea nuestra. Voy á -sacarte de dudas y á enriquecer tu erudición en lo tocante á <i>heroínas</i> -modernas. La Peri... esto de la Peri yo no sé de dónde diablos viene. -Puede que algún rancio etimologista te lo pueda<span class="pagenum" -id="Page_134">[p. 134]</span> explicar. Yo lo que sé es que se llama -Leonor, y que el origen del apodo se encontraría en el misterioso -lexicón de la gente del bronce. También sé, sin necesidad de recurrir á -las bibliotecas, que Leonor es monísima, elegante, depravada y con muy -buena sombra para hacer olvidar su relajación; mujer de excepcionales -dotes para atontar á los hombres, y que, de nacer en Francia, habría -sido una celebridad. Aquí no lo es sino en los círculos puramente -madrileños y á media voz; pero su fama, sin llegar nunca á la difusión -que dan las letras de molde, toca en los límites de la popularidad. -Se ha comido á media docena de hijos de familia, y se ha merendado á -dos ó tres viejos verdes. Es simpática, todo lo simpática que puede -ser una serpiente de manchada piel, cabeza chata y diente venenoso. -Y de rodillas ya ante el confesonario, me golpeo el pecho, y te digo -que yo también me he dejado tentar de esta hermanita de Satanás; pero -que, si enfermé de su ponzoña instantánea, la curación ha seguido -prontamente á la picadura. Es que somos pura fragilidad los jóvenes de -esta generación. Échame un sermoncito, hombre; échamelo, por amor de -Dios.</p> - -<p>Con decirte que somos jóvenes, y que no hay mayor tontería que -llegar á la vejez sin probar cuanta manzana y cuanto melocotón y cuanta -breva dan los frutales de la vida, me parece que te contesto bien y aun -que te dejo callado. Pues bien: durante algunas noches hemos pasado los -amigos y yo ratos muy agradables en casa de la Peri... No te asustes; -no se trata aquí de pecados contra la honestidad. Íbamos simplemente á -que nos echara las cartas. Te mueres de risa si<span class="pagenum" -id="Page_135">[p. 135]</span> llegas á venir con nosotros, porque la -verdad es... (váyanse al cuerno tus moralidades y todo el fastidioso -empaque de tu filosofía) que tiene esa mujer la sal de Dios para -echar las cartas, y que otra más serrana no ha nacido en el mundo. Lo -gracioso es que se cree todas aquellas paparruchas gitanescas, como si -fuesen el Evangelio. Y si vieras: parece que realmente le adivina á uno -los pensamientos, y que, pitonisa de nuestra época de realidad, levanta -el velo de lo porvenir y desmiente las leyes de la razón. Me gustaría -verte allí, tronando severamente contra la cábala, y rindiéndote á las -carantoñas de la linda bruja, como cualquier hijo de vecino.</p> - -<p>Pero tú dices: «¿qué tiene que ver esa diablera con mi amigo -Federico?» Voy allá, hombre; voy allá, y no seas tan vivo de genio. -Pues, si se han de creer las apariencias, hoy no son amantes; pero lo -fueron cuando la Peri sentó plaza. En el actual momento histórico se -tratan con familiar y honesta amistad, aunque ella tenga sus enredos -más ó menos transitorios con personas que la mantienen. Esto he oído, -esto te cuento. Dícese, y podrá ser verdad, que Federico la socorre -á ella en los casos de penuria; dícese también, y esto lo pongo en -duda, que Leonor le echa á su amigo un cable cuando le ve con el agua -al cuello. ¿Lo crees? ¿Te parece verosímil que hombre tan delicado y -susceptible, rebelde al auxilio de sus amigos, acepte los de una mujer -de tal clase? Yo rechazo la versión maligna, que me parece forjada por -la envidia ó el pesimismo de esta sociedad. Pero te diré una cosa, para -tu gobierno. Federico, al menos conmigo, no hace misterio de<span -class="pagenum" id="Page_136">[p. 136]</span> su amistad honrada con -esa buena pieza. Ayer hablamos de ella en la calle, yendo á casa de -Orozco, donde comimos, y me dijo lo que á la letra copio para que vayas -atando cabos: «Te aseguro que esa pobre Leonor es una buena mujer, y -que no conozco un corazón más noble que el suyo.»</p> - -<p>Y basta de Fritz. Ya ves cómo te he complacido, escribiéndote una -carta absolutamente limpia de toda murria <i>wertheriana</i>. He tenido -que violentarme y poner diques y compuertas al flujo de mis cuitas -amorosas. Dí ahora que no sé guardar las debidas consideraciones á mis -amigos, ahorrándoles las náuseas de una toma fuerte de sentimentalismo. -Pero alguna vez me ha de tocar hablar de lo mío. Prepárate para la -próxima.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_19"> - <h2 class="nobreak">XIX</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>8 de Enero.</i></p> - -<p>¿Pero es broma ó qué es? Dices que vas á dar mis cartas para el -folletín de <i>El Impulsor Orbajosense</i>, ¡arre! ilustrado periódico de -esa localidad, <i>órgano de los intereses materiales y morales</i>, etc. -¿Sabes que tendría gracia? Pero aun variando los nombres, la broma -sería tan pesada, que no habría más remedio que retarte en duelo á -tí, y poner las peras á cuarto al cojo ese que dirige el papel, y -que me tiene tan mala volun<span class="pagenum" id="Page_137">[p. -137]</span>tad desde que le quité la Administración de Loterías para -dársela al marido del ama que me crió á sus castos pechos. Basta de -guasas, Equisín; no me irrites, no me cosquillees con tus chirigotas -maleantes; mira que estoy echando chispas, y si llego á estallar... -¡Dios mío, cómo me he puesto! Si me pica una pulga, creo que me ha -mordido un perro rabioso; si tengo que cerrar una puerta, doy con ella -tan fuerte golpe, que se estremece todo el Hotel; si la pluma con que -te escribo saca un pelo, ¡zas! la estrello contra la mesa; si tengo que -llamar, echo abajo la campanilla y se me enredan en el cuello cuatro -varas de alambre; en fin, estoy hecho una fiera. Me muerdo á mí mismo, -y por no poderme soportar, me mando á paseo, dándome de puntapiés.</p> - -<p>Y lo que me pasa no es para menos. Tú, con esa flema que Dios te -ha dado, estarías tan fresco. No truenes contra mi repentinismo: cada -uno es cada uno. Mis afectos propenden á la amplificación, y cuando -gozo ó padezco paréceme que en toda la anchura del mundo no caben mi -placer ó mi martirio. No me enfado nunca á medias. Si riño con un -amigo, despídome de él para siempre. Siéntome niño en mis dolores y en -mis alegrías. La ligera ofensa se me hace mortal agravio. Tengo miedo -á enamorarme, porque fáltame asiento en la voluntad, y voy como buque -sin lastre en un mar agitado: á cada tumbo me parece que veo el abismo -abierto á mis pies. ¡Por qué no nacería yo en tiempo de los frailes -para meterme á motilón y vivir en dulce uniformidad, sin pasiones, sin -estímulos, hecho un honesto marmolillo y un mano inconsciente!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_138">[p. 138]</span></p> - -<p>Como esto siga así, ya puedes encomendarme á Dios. Esa cruel -nereida, perdona el clasicismo, va á acabar con tu infeliz amigo. -Sigue en sus severidades, echando cada día sobre lo que llama mi -capricho, jarros y más jarros de agua <i>frapée</i>, moral pura de la más -cargante y trasnochada, de la de catecismo con preguntas y respuestas. -Á veces creo que me ha tomado á mí por cabeza de turco, para ensayar -la fuerza y empuje de su virtud, y hacer gala de ella ante el mundo. -Estas virtuosas me fastidian. Paréceme que no son virtuosas por la -satisfacción de serlo, sino por ganarse un premio en el <i>Derby</i> de la -honestidad.</p> - -<p>La resistencia ha redoblado mis anhelos hasta un punto de que no -tienes idea. Muéstrome exaltado, y nada: calabazas más gordas que la -primera vez. Hágome el desdeñoso, y en seguida me conoce el juego: -calabazas como la copa de un pino. Le ruego que me permita besarle -una mano, ósculo de amistad, puro como la caricia de un niño, y me -despide con una displicencia que anonada. Cuando trata en solfa mis -pretensiones, menos mal: lo llevo con paciencia. Pero cuando me pone el -hociquillo de virtud, créelo, le pegaría... Despedido, me voy y vuelvo -con cualquier pretexto, y entonces me presenta á la preciosa Estefanía, -como un santero presenta la reliquia para que la adoren los beatos. -Esta niña es hija de Calderón, y Augusta la tiene casi siempre en casa, -y la mima y agasaja como si fuera suya. La chiquilla es monísima: -marido y mujer se consuelan con ella de la pena de no tener sucesión. -Pues, como te digo, me la pone delante, sentándola sobre sus rodillas, -y con la crueldad más sa<span class="pagenum" id="Page_139">[p. -139]</span>lerosa del mundo, dice: «Bésame á ésta, bésamela todo lo que -quieras.» Y yo me la como; la beso tanto, que la hago llorar. Adoro el -santo; pero lo que á mí me gusta es la peana. ¡Ay, qué peana!</p> - -<p>No tengo ganas de escribir más esta noche. Vete á los infiernos, -tonto, majadero, á quien por vivir en Orbajosa debo llamar <i>harto de -ajos</i>.</p> - -<p class="mt2">Sigo la que empecé. Hay novedades, amigo Equis, pero -grandes novedades. Trátase de un caso extrañísimo, que por su calidad -y transcendencia merece tu examen. Anoche tuve una revelación. ¿Crees -tú en las revelaciones? ¿Crees tú que cuando dormimos, ó cuando nos -hallamos en ese estado psicológico fronterizo entre el sueño y la -vigilia, estado en que se confunden la estupidez y la perspicacia, -puede venir un espíritu á ingerirnos en el cerebro una idea, ó á -murmurar en nuestro oído palabras que son la cifra de un misterioso -enigma? De fijo no lo crees. Yo tampoco lo creía, y ahora sí: creo -en el Ángel de la Guarda, ese bondadoso, invisible amigo que velaba -nuestra cuna cuando éramos nenes, y que, de hombres, nos visita alguna -vez para resolvernos un grave problema de la vida, para señalarnos un -sendero en la intrincada selva donde nuestra insegura voluntad se ha -perdido. ¿No recibiste alguna vez ese soplo sobrenatural, revelación -que por la claridad con que se te hace no puedes tener por obra de tu -propio espíritu, sino por aviso de <i>alguien</i> superior y externo?</p> - -<p>Pues verás: acostéme caviloso y con el cerebro lleno de nieblas. -Dormí no sé cuánto tiempo sin soñar nada. Desperté de súbito, cual -si me cla<span class="pagenum" id="Page_140">[p. 140]</span>varan -un aguijón; desperté con una idea que había brotado en mi mente como -el fulminante que estalla. La idea era ésta: «Augusta no es honrada; -Augusta tiene un amante.» ¡Ay! lo sentí bajo mi cráneo, no como -pensado, sino como sugerido, casi casi escuchado. Me alucinó hasta el -punto de creer que alguien estaba allí, y de sentir el calor de una -cara junto á la mía. Encendí la luz; temblando, revolví mis miradas -por la alcoba. Excuso decirte que no había alma viviente. Llama á -esto, si quieres, fenómeno cerebral; pero confiésame que la idea que -produjo no es una idea mía, sino partícula del saber total, venida á -mí por medios que no están á mi alcance. Hay que distinguir cuándo -funciona nuestro cerebro <i>de por sí</i>, y cuándo engranado en la máquina -inmensa del conocimiento universal. ¿Qué? ¿te parece esto una sutileza? -No puedes juzgarlo, porque no has experimentado como yo el choque -inenarrable del rayo celeste al horadar el hueso en que se encierra -nuestra mente. La recepción de la verdad no puede confundirse nunca -con la emisión de una idea propia. Desconoces el lúcido entusiasmo -que el fenómeno produce, la fe tenaz que enciende en nuestra alma. -Puedo asegurarte que desde aquel instante mi convencimiento fué tal, -que la evidencia y la comprobación no lo habrían producido mayor. Ni -me hacen falta testimonios para creer y sustentar lo que sustento y -creo á puño cerrado, como afirmamos nuestra propia existencia. Excuso -decirte que no volví á pegar los ojos en toda la noche. Me la pasé -recordando pormenores y trayéndolos á la corroboración del hecho, no -porque éste, á juicio mío,<span class="pagenum" id="Page_141">[p. -141]</span> necesitase pruebas, sino por puro entretenimiento de la -mente, que se recrea en la lógica como los ojos gozan en la claridad de -un hermoso día. ¡Ay, Equisillo! ¡qué amarga satisfacción la de hallar -la conformidad entre el hecho revelado y las menudencias que acudían -á mi memoria, como testigos impacientes por declarar en un proceso! -Cosas que antes me parecieron raras, parécenme ahora lo más natural del -mundo.</p> - -<p>Te conozco bien, y porque te conozco, recelo que mis psicologías no -te resulten sensatas; pero no me importa. Crees que estoy febril cuando -esto escribo, y no es verdad. Esta madrugada sí lo estuve, y también -parte del día, y un buen rato de esta noche; pero me he serenado como -por ensalmo, y escribo ahora con relativa frialdad. Te contaré todo lo -que me ha pasado hoy, para que veas <i>cuánto se emprende en término de -un día</i>.</p> - -<p>Vamos despacio. Almorcé solo; esquivé antes y después del almuerzo -ocuparme de asuntos del distrito. Estuvo aquí una Comisión, que ha -venido de ese inmundo poblacho á gestionar la consabida rebaja de -los consumos, y no quise recibirla pretextando enfermedad. No fuí á -Gobernación, á donde me llamaba un asunto de muchísimo interés... -para los de Orbajosa. ¡Figúrate tú qué me importará á mí ni á nadie -que sea nombrado don Juan Tafetán secretario del Juzgado municipal, -en vez de serlo don Paco Cebollino, de la noble familia de los -Licurgos! ¿Crees que la armonía del Cosmos se alterará porque -la fuente de los Chorrillos corra ó deje de correr, ó porque la -carretera de Valdegañanes pase ó deje de pasar<span class="pagenum" -id="Page_142">[p. 142]</span> por la finca de don Cayetano Polentinos? -En medio del desdén que estos problemas locales me inspiraban, -ocurrióseme visitar á Cisneros. Tres días hacía que no pasaba por -allí, y el buen señor no se conforma con estar tanto tiempo sin verme. -Yo también echaba ya de menos el recreo de su charla, la saludable -expansión que en su casa tiene siempre mi ánimo, con aquellas teorías -tan chuscas y originales. Envuelto en su bata roja, mi padrino -estaba aquel día entregado á la administración, y trabajaba con el -escribiente, tirándole de las orejas á cada descuido, y encontrando -siempre muy mal todo lo que el pobre muchacho hacía. Hablóme de lo -que goza ordenando sus cuentas; quejóse de las contribuciones; puso -de vuelta y media al Gobierno porque no las reduce; díjome que pocos -propietarios pagan al Fisco tan puntualmente como él, y que lo más -sensible es que, pagando tanto, los servicios del Estado sean tan -perros. De los municipales no hay que hablar. Duélese de que tributa -enormemente por su propiedad urbana, y... «mira qué calles, qué gas -tan malo, qué policía tan detestable. ¿Querrás creer que por no -satisfacerme el servicio de seguridad, tengo yo un sereno mío que me -custodia la finca? Si así no fuera, no podría dormir tranquilo en este -barrio tan próximo á los del Sur, infestado de ladrones.»</p> - -<p>Tú dirás que á qué viene esto. Creerás que es para señalarte la -contradicción entre el proceder eminentemente conservador de don Carlos -y sus ideas disolventes. No, no es eso: ya hemos convenido en que -la palingenesia política de mi tío es pura fanfarria, un papel para -recitarlo y hacerse<span class="pagenum" id="Page_143">[p. 143]</span> -aplaudir en sociedad. Cuéntote estas cosas por otra razón. Verás á -dónde fué á parar el ingenioso Cisneros. «El hombre más feliz—me dijo -al fin,—y estoy por decir que el más sabio de España, es nuestro amigo -Federico Viera, que no paga contribución y vive como un príncipe; que -no tiene nada que administrar, ni hace jamás un número, y con sólo -mirar una carta y ver lo que sale, ha sabido arreglarse su modo de -vivir. No necesita tener ninguna clase de moralidad para que el mundo -le aprecie y le mime, porque su talento, su buena figura, su educación, -lo suplen todo. Come en las mesas de éste y el otro, que todavía le -agradecen que acepte un puesto en ellas. Sus acreedores no se atreven -á molestarle, porque saben que les saldría peor la cuenta. Va á todos -los teatros sin comprar localidad; y para colmo de ventura, el ramo de -mujeres no le cuesta un maravedí, porque siempre habrá, entre las de -sus amigos, alguna que le ofrezca platito sabroso y gratis en el festín -del amor. Es mucho hombre el amigo Viera. Yo se lo digo siempre: <i>Eres -el ciudadano del siglo <small>XXI</small>, de ese siglo en que todo -será común, hasta las mujeres.</i>»</p> - -<p>Oí á mi padrino, y quedéme aturdido como quien recibe un fuerte -golpe en la cabeza. ¡Otra revelación teníamos! Te reirás de mí todo lo -que quieras; pero yo no me vuelvo atrás de lo dicho. Mensaje superior -fué aquello, complemento del que recibí de madrugada, al despertar de -un sueño profundo. Oirlo y creer, como creo en la luz, que el amigo -Viera es... Ya habrás comprendido: me repugna tanto la idea, que hasta -me resisto á escribirla. Sí, bien claro estaba. ¡Qué estupidez<span -class="pagenum" id="Page_144">[p. 144]</span> no haberlo comprendido -antes!... Pero así, por súbitas, inesperadas referencias, se nos -revelan las verdades que se ocultan al conocimiento general. La -casualidad, una voz, una cita, un nombre, son el rayo de luz que -esclarece todos los misterios.</p> - -<p>Tanta fué mi inquietud, que no supe ni encontrar un pretexto para -despedirme bruscamente de mi padrino y echar á correr. No recuerdo bien -lo que le dije, y salí como alma que lleva el diablo. Una resolución -súbita me enardeció el ánimo, y había que ponerla en ejecución al -instante. Tomé un coche y me planté en casa de Federico. Yo no sabía -cómo decírselo; pero sí que se lo tenía que decir, y que si no se lo -decía reventaba.</p> - -<p>Encontréle en la cama, y le acometí sin preparación, diciéndole: -«Federico, tengo que comunicarte una idea; tengo que hacerte una -pregunta... Vengo á que me saques de cierta duda... No, no es duda, es -evidencia: necesito que corrobores... que corrobores...» Mirábame con -asombro y susto. Nunca me había visto descompuesto y agitado como hoy -lo estaba. Su sorpresa le hizo enmudecer algún tiempo. Yo me expliqué -mejor. Te referiré en dos palabras el diálogo aquél, que bien merecería -lo escribieras tú, porque, francamente, fué dramático hasta no más. No -anduve con rodeos para confiarle la pasión que me hacía infeliz y el -fracaso de mis anhelos. Él dudaba que la pasión fuese tan honda como -dije, y en cuanto al fiasco, no vaciló en tenerlo por natural. Cuando -le expresé mi convicción contraria á la honradez de Augusta, parecióme -que se nu<span class="pagenum" id="Page_145">[p. 145]</span>blaba -su frente, que le ofendían mis palabras, y que se violentaba para -no obligarme á una retractación. «Ceguedad tuya—me dijo,—monomanía, -locura razonante.» Yo no podía probar lo que tan vivamente creía, y -falto de argumentos fundados en hechos, tenía que emplear los de mi fe, -incomunicable sin duda. Nuestro diálogo se acaloraba, y de improviso le -apreté un brazo diciéndole con voz descompuesta: «Tú eres, tú eres...» -Y no sé qué más dije, no sé qué sarta de palabras salió de mi boca; -frases violentas, injuriosas quizás, inflamadas por la convicción. Pero -no pude menos de sentirme cortado ante la frialdad con que Federico me -oía. Observé su rostro perfectamente tranquilo, inmutable, y en sus -ojos no brilló ni el más leve destello que delatara una conciencia -intranquila. Soltando después una risa franca, no enteramente burlona, -más bien compasiva, díjome estas cariñosas palabras: «Es preciso que te -pongas en cura, pero pronto, antes que el mal te coja toda la cabeza... -Manolo, tú estás muy malo. Te aconsejo la rusticación. Vete á Orbajosa -por una quincena, y sanarás. Eso no es pasión verdadera, es una crisis -de voluntad contrariada, y una chafadura del amor propio, males ambos -que en las grandes poblaciones son una verdadera epidemia. Unos días de -campo te pondrán como nuevo.»</p> - -<p>Á pesar de su humorismo, y de la perfecta tranquilidad, superior -á todo disimulo, que su semblante revelaba, insistí; y él entonces, -poniéndose muy serio, me dijo: «Si una declaración mía formal no te -basta, no sé qué puedo hacer. Te juro que estás en un error. Y aunque -los ju<span class="pagenum" id="Page_146">[p. 146]</span>ramentos -estén pasados de moda, me veo en el caso de jurar, por lo que valga. -Te juro que no hay nada de lo que sospechas. ¿Lo crees? Bueno. ¿No lo -crees? Allá tú.» Y después de otras cosas que no han persistido tan -claramente en mi memoria, añadió esto: «Todo lo que hay en aquella casa -es sagrado para mí.»</p> - -<p>Y ahora, Equis mío, no te alborotes si te digo que Viera me -convenció. Toda esta tarde, mientras estuve en su compañía, viéndole -lavarse y vestirse, mi espíritu no cesó un instante de machacar en la -misma idea, como herrero en la forja. La segunda revelación parecíame -fallida; pero la primera, la del despertar, aquélla no había quien me -la quitase. Federico lo intentó con hábil dialéctica; pero nada pudo -conseguir. Yo discurría así: «Lo que es éste no es; pero será otro, y -ese otro, ¡vive Dios! yo lo he de encontrar.»</p> - -<p>Salimos y paseamos juntos. Federico se permitió darme bromas sobre -aquel caso; yo me sentí un tanto ridículo, fingíme aliviado del mal -de amores, y aun me burlé un poco de mi desvarío, atribuyéndolo á mi -carácter impresionable. No comimos juntos aquella noche. El se fué no -sé á dónde, y yo al hotel de Cícero. Luego fuí á casa de Orozco y me -encontré á éste con un fuerte catarro, por lo cual su mujer no quería -ir á la reunión de San Salomó; él la instaba para que fuese, y me -suplicó que la acompañara. Por fin se decidió. Vistióse en un momento, -y salimos. Al entrar en la berlina, yo no me encontraba muy satisfecho, -porque, de no ser amante, el papel de <i>sigisbeo</i>, aunque en el mundo -sea un papel envidiable, á mí no me agrada.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_147">[p. 147]</span></p> - -<p>«Me ha contado papá que hoy estuviste en su casa—díjome Augusta -cuando la berlina echó á andar,—y que parecías medio loco.»</p> - -<p>La contestación <i>en el próximo número</i>. Ya no veo lo que escribo, de -cansado que estoy. Buenas y santas.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_20"> - <h2 class="nobreak">XX</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>10 de Enero.</i></p> - -<p>¿Qué tal? ¿Te resulta esto divertido, ó te parece extravagante, -empalagoso, digno sólo de figurar en el folletín de <i>El Impulsor -Orbajosense</i>? Vamos, me ha hecho reir tu idea de que podría publicarse, -trocando los nombres por otros extranjeros, suponiendo la acción en -Varsovia y anunciando á la cabeza que es traducción del francés... -Cállate la boca, ó te estrello. ¡Publicar esto... vamos, ni aun con -tales disfraces! Además, si como representación de hechos positivos -pudiera tener algún interés para los conocedores de las personas que -andan en el ajo, como obra de arte resultaría deslucido, por carecer de -invención, de intriga y de todos los demás perendengues que las obras -de entretenimiento requieren.</p> - -<p>Quedamos en que nos metimos ella y yo en la berlina. Bueno. Nunca -me había parecido tan guapa como aquella noche. Vestía... Aquí de mis -apuros. Soy tan torpe para describir trajes<span class="pagenum" -id="Page_148">[p. 148]</span> de señoras, que cuando lo intento digo -los mayores disparates. No sólo ignoro los nombres de ésta y la otra -prenda, y de las distintas formas de <i>toilette</i>, sino que confundo -los nombres de las telas. Está visto que para revistero de salones no -sirvo yo. Sólo te diré que estaba elegantísima, que llevaba abrigo -de pieles, que el peinado... ¿Cómo lo diré si no doy pie con bola en -estas quisicosas? Pues llevaba el pelo recogido hacia arriba formando -un pico, y en éste una joya, algo que echaba chispas cuando mi ingrata -movía la sin par cabeza. ¡Ah!... se me olvidó: el pelo ligeramente -empolvado. Los guantes eran claros, de muchísimos botones; eso, eso, la -mar de botones. Cuando entré, ya los llevaba puestos. Yo habría deseado -que no, para ayudarle en la operación de abrochárselos. En el pecho -una flor, rosa... no diré que amarilla; pero amarillenta, sí. Nada -de escote, chico. Y en la fisonomía, ¡oh, desventura! en el resalado -hociquito, nada que me alentara, nada que me significara una promesa. -Á lo que dije, contestóme severa, indiferente. Comprendí que mi juego -era mostrarme tranquilamente resignado, y así lo hice, diciéndole poco -más ó menos: «Descuida, que ya no te molesto más. Me he convencido de -que es una insensatez pretenderte... Cuando se llega tarde, no hay más -remedio que tener paciencia. Y mi sino es llegar siempre tarde. Otro -más feliz que yo ha merecido lo que á mí se me niega...»</p> - -<p>Creí notar inquietud en su mirada. Fué como un relámpago. Volvió -la cara para mirar hacia fuera, y después de una enfadosa pausa me -contestó así:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_149">[p. 149]</span></p> - -<p>«Hay que dejarte. Estás insufrible de tonto, de loco y de no sé -qué.»</p> - -<p>El coche había recorrido la calle Ancha, y atravesaba Chamberí para -bajar á la Castellana por las casas de Indo. Densa niebla luminosa y -blanca se aplanaba sobre Madrid. No se veían las casas ni los árboles. -Las luces de gas, desvaneciéndose en la claridad lechosa, formaban -discos, en algunos puntos teñidos de un viso rosado, en otros de verde. -Augusta y yo observamos aquel fenómeno, y alguna observación hicimos -acerca de él; pero en realidad lo que decíamos era un pretexto para -ocultar nuestra turbación. No era yo solo el intranquilo y preocupado; -ella también lo estaba. Me miró y me dijo: «No creí yo que fueras tan -mala persona.</p> - -<p>—Yo seré todo lo mala persona que quieras, Augusta; pero ello es -que tú no te atreves á negar lo que he dicho, y aunque lo negaras, de -nada te valdría, porque lo que sé de tí, lo sé, fíjate bien, como si lo -hubiera visto.»</p> - -<p>Observé en su boca y en sus ojos esa expresión particular de quien -se esfuerza por tomar á risa lo que no es para reir. Mientras más -contraía sus labios, más seriedad resultaba en aquel semblante.</p> - -<p>«No me llames malo—le dije, estrechándole una mano, que no se -atrevió á retirar de las mías,—ni temas que de mí pueda venirte ningún -sinsabor. Si algo sé que tú quieres que ignore todo el mundo, hazte -cuenta que soy como un muerto. No temas nada.»</p> - -<p>¡Qué bien leí en su alma en aquel momento, aun sin verle la cara -que hacia el cristal volvía!<span class="pagenum" id="Page_150">[p. -150]</span> Su voz resonaba con timbre extraño al decirme: «¡Qué -tontería!... ¡Si no te hago caso!»</p> - -<p>Y hasta me pareció que su mano temblaba. Al través del guante, no sé -qué estremecimiento de la epidermis me revelaba que la señora de Orozco -me había cogido miedo. Y su miedo me permitió lo que nunca me había -permitido su confianza: besarle la mano. «Augusta, yo estoy loco por -tí. Me has hecho desgraciado para toda la vida...»</p> - -<p>Y ella seguía observando la neblina, en la cual los discos -luminosos, formados por la llama al desleírse en la humedad, crecían ó -menguaban al paso del coche.</p> - -<p>«Augusta, yo soy y seré siempre el primero de tus amigos, fervoroso, -leal, dispuesto á sacrificarlo todo por tí, á evitarte cualquier pena. -No me conoces, si supones que de mí, de mi indiscreción, motivada por -el despecho ó los celos, te puede sobrevenir algún mal.»</p> - -<p>Volví á besarle el guante. El miedo empezaba á disiparse en su alma, -ó á ser vencido por otro sentimiento. Retiró su mano, diciéndome: -«Paciencia necesito para oirte.</p> - -<p>—Paciencia necesitamos todos—le contesté.—Seamos indulgentes unos -con otros. La tolerancia es la norma de la vida. No te asustes porque -me veas poseedor de tu secreto.»</p> - -<p>Vuelta á mirar para fuera. Otra vez me tenía miedo.</p> - -<p>«Te digo que no te asustes; no temas al mejor de tus amigos, al que -se dejaría matar antes que hacer nada que te perjudique.»</p> - -<p>Quiso sobreponerse á la zozobra que la dominaba, y me amenazó con su -abanico.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_151">[p. 151]</span></p> - -<p>«Mira que te pego.</p> - -<p>—Pega, pero escucha.</p> - -<p>—Estás cargante.</p> - -<p>—No estoy sino sumiso. Te obedezco; no tengo más voluntad que la -tuya. Soy tu esclavo. Algo más te pudiera decir; pero hemos llegado, y -se acabó la función...»</p> - -<p>Al volver á mi casa, desde la de San Salomó, me he puesto á -escribirte. Son las tres de la mañana. En mi mente hay un gran barullo. -Nada ví ni observé en aquella reunión que me dé la luz que necesito. -Toda la noche me he sentido desorientado, estúpido á veces, á ratos -tan excesivamente sutil, que he imaginado los mayores absurdos. Mi -suplicio consiste en una interrogación que me causa ardores semejantes -á los de la sed: «¿Quién será?» Porque Federico no es. Me lo juró en un -tono tal de sinceridad, que no es posible creer que representara una -comedia. ¿Será Malibrán? ¿Tendré que admitir ahora la hipótesis que -antes deseché? El diplomático es hombre que debe poseer en grado supino -la aptitud de seducir. Á la expresión delicada y soñadora de su rostro, -corresponde lo agudo de un ingenio puramente florentino. Tiene, por su -madre, sangre italiana; sabe fingir, adular, hacerse grato, componer -su rostro. ¿Será Malibrán, Dios mío, y al arte de enamorar une el del -disimulo con toda la perfección diplomática y maquiavélica?</p> - -<p>Cuando perdía terreno en mi ánimo la candidatura, digámoslo así, de -Malibrán, lo ganaban otras. Hasta se me ocurrió si será Calderón de la -Barca, el pegajoso amigo de la casa, el papá de<span class="pagenum" -id="Page_152">[p. 152]</span> Estefanía. No: esto es inadmisible. Á -Calderón le miran marido y mujer como un hermano... Sin embargo, podría -ser... Al fin desecho á Calderón, y me fijo en otros: en un oficial -de artillería, sobrino de las de Trujillo, muy buen muchacho; me fijo -también en Villalonga... ¡Quiá! ¡Villalonga, gastado, lleno de canas... -y tan poco apreciable moralmente!... Imposible, imposible. Busco otros; -paso revista, analizo...</p> - -<p>¡Qué problema, querido Equis! Pero yo digo que estos enigmas podrá -no descifrarlos un investigador que se auxilia de la razón y la -paciencia, pero un enamorado los descifra siempre. Yo lo haré sin que -nadie me ayude, yo solo. Y no faltará, como en las sumarias de los -crímenes, la feliz casualidad que, en un punto y hora, rasgue el velo -de este endiablado tapujo.</p> - -<p>Convengo contigo en que mi cabeza no está del todo buena. Lo -confieso, hombre, si te empeñas en ello. Pero no me juzgues por lo que -esta noche te escribo. Espera más noticias, y, sobre todo, espera la -solución del acertijo, que no puede tardar. Abur.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_21"> - <p><span class="pagenum" id="Page_153">[p. 153]</span></p> - <h2 class="nobreak">XXI</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>13 de Enero.</i></p> - -<p>Pues, señor, me levanto muy tarde; me entretengo en varios -asuntillos después de almorzar; voy al Congreso. Animación en los -pasillos, run-run de crisis, chismorreo largo, mucho secretico, mucho -racimo de curiosos en torno á éste y el otro personaje, pechugones aquí -y allí por si tú debías votar y no votaste. Oyense las frases iracundas -de siempre, y aquello de <i>ni esto es partido, ni esto es Gobierno, ni -esto es nada</i>. En el salón reina la paz de los sepulcros. Discútese el -proyecto de ley de Enjuiciamiento criminal: soledad en los escaños; -el orador, rodeado de tres ó cuatro amigos, trata de convencer á los -bancos vacíos. En el de la Comisión hay dos que se marcharían también -si pudieran. En la Mesa, el vicepresidente charlando con Villalonga; -el conde de Monte-Cármenes repantigado en el sillón de uno de los -secretarios; los taquígrafos afligidos porque no oyen bien al orador; -los maceros le dirigen una mirada compasiva. En la escalerilla de -la Presidencia y cuando voy á que me den caramelos, me tropiezo con -Villalonga, el cual me dice que Orozco estuvo muy mal la noche última. -¿Qué fué? ¿Cólico, ataque de asma...? No sabe.<span class="pagenum" -id="Page_154">[p. 154]</span> Pero ello es que amaneció con fiebre muy -alta. El médico se alarmó.</p> - -<p>Corrí allá, y me encontré al enfermo muy mejorado; la gravedad no -fué tanta como se había creído. Pero continuaba en cama. El pronóstico -del médico, si no grave, era reservado; había que observar el recargo -de la tarde. Pasé á la alcoba de Orozco, y le ví. Estaba tranquilo; á -mi parecer (algo me entiendo de medicina), aquello no es más que un -catarrillo gástrico. No veo motivo de alarma. Sin embargo, debo decirte -que Augusta no tiene consuelo, por haber estado ausente de su casa la -noche en que su marido se puso tan malo. Tengo por seguro que su pena -es sincera. Entre paréntesis, me ha sido muy grato advertir en ella -estos sentimientos; y si te añado que me gusta más así, que la quiero -más, digo la pura verdad. Mi prima es de esas personas que se ponen á -morir cuando tienen un enfermo en la familia; tiembla de todo, y es -excesivamente escrupulosa en la administración de las medicinas. Hoy no -se ha separado un momento del enfermo; le interroga á cada instante: -«¿Te duele esto, te duele lo otro? ¿Tienes sed? No te destapes. Eso -no es nada; mañana estarás bien.» Yo la admiro, qué quieres, por este -cariño conyugal que tanto me confunde; aunque, bien examinado el punto, -podrá ser este sentimiento compatible con otro. Tú harás los doctos -comentarios que tu ciencia y tu conocimiento del humano corazón te -sugieran. En esta carta no hago más que relatar hechos.</p> - -<p>Me quedo á comer. Augusta no tiene un momento de sosiego, y á cada -instante se levanta<span class="pagenum" id="Page_155">[p. 155]</span> -de la mesa para correr á la alcoba. Vuelve diciendo: «Me parece que -está algo recargado.—No, hija: es que te parece á tí que lo está. Yo le -encuentro despejadísimo.»</p> - -<p>Armamos nuestra tertulia en el salón. Va Cisneros, que, so pretexto -de no molestar al enfermo, se exime de entrar á verle, y dice: «Poco -mal y bien quejado.» Va el mirífico Malibrán, á quien noto reservado y -con no sé qué traicioncillas en sus ojos italianos de <i>santi, boniti, -barati</i>. Este hombre trae entre ceja y ceja algo que no entiendo, y que -más bien adivino por la fuerza reveladora del odio que me inspira. Va -también Villalonga, el cual está graciosísimo, llevando la cuenta de -los senadores moribundos, enclenques ó delicados de salud, pues si el -número de vacantes no aumenta, es difícil que entre en la combinación. -Va también el marqués de Cícero, y el donoso optimista conde de -Monte-Cármenes. En el bando de los trasquiladores, mi padrino y el -<i>Catón ultramarino</i> sostienen viva discusión, porque el primero cree -que debemos vender la isla de Cuba á los Estados Unidos. El segundo no -está por la venta, al menos hasta que él se deje caer allá otra vez, -para poner cual una seda la administración de la tan desgraciada como -generosa isla.</p> - -<p>Pero de lo que más se habla allí, como en todas partes, es de -ese misterioso crimen de la calle del Baño. ¡Ay, qué jaqueca! Los -periódicos no se ocupan de otra cosa, y cada cual por su lado, todos -tratan de buscar la pista; pero me temo que tantas pistas acaben -por despistar á la justicia. ¿No has leído algo de esto? Una señora -joven,<span class="pagenum" id="Page_156">[p. 156]</span> madre, cuyo -estado se ignora, apareció asesinada en su lecho y medio quemada, -juntamente con su hijo, niño de pocos años. En la casa no había más -persona, al descubrirse el crimen, que un sirviente, Segundo Cuadrado, -el cual, si no es idiota, finge serlo. No sabe dar razón de nada de -lo que allí pasó. Algunos le consideran autor del crimen; pero una -parte del público da en acusar á la madrastra de la víctima, señora -de muy mal genio, que vive en la misma calle y se llama doña Sara. Se -dividen los pareceres. Hay quien sostiene que la vió entrar en la casa -pronunciando no sé qué palabras amenazadoras. Y, por otra parte, la -madrastra prueba su coartada, demostrando que aquella noche, á la hora -del crimen, estuvo en el teatro. No falta quien asegura haberla visto -en una butaca del Español. En fin, Equis, un lío espantoso; la justicia -embarullada, dando palos de ciego, prendiendo y soltando gente. Es la -conversación de moda en todos los círculos de Madrid, y personas muy -formales ven en esto una intriga honda, con ramificaciones extensas. -Dícese también que elevadísimos personajes protegen y amparan á la -madrastra, presentando como asesino al inocente criado á quien se halló -en la casa.</p> - -<p>Las dos opiniones, que claramente se marcan ya, han dado origen -á dos bandos encarnizados, en cada uno de los cuales la imaginación -de esta raza fabrica toda clase de extravagancias novelescas. Y no -es el vulgo el que más fecundidad muestra y más apetito de versiones -maravillosas y pesimistas, pues la gente de cultura no le va en -zaga. Las mujeres especialmente, y si quieres,<span class="pagenum" -id="Page_157">[p. 157]</span> las damas, se pirran por esa comidilla -picante del famoso y no descubierto crimen. En casa de Orozco, Augusta -<i>criminaliza</i> sin descanso, y la de San Salomó también; pero la más -furibunda es la señora de Trujillo, quien no te pone buena cara en toda -la noche si no le relatas algún detalle terrorífico, si no añades que -tal ó cual persona de tu conocimiento vió salir de la casa á la muy -perra de la madrastra, puñal en mano. Hay que decirle, para que esté -contenta, que el criado es un santo, y que tienes pruebas de que el -asesinato de la infeliz doña Bernarda (así se llama la víctima) corrió -de cuenta de dos empingorotados personajes. Calderón es quien le lleva -todas las noches las noticias más frescas, siempre estrambóticas, y al -parecer tomadas de un folletín de Ponson du Terrail. Teresita le oye -encantada, y otros también. Si algún día oyes decir que ha pasado por -encima de Madrid una bandada de bueyes, volando como las golondrinas, -no preguntes quién ha dado la noticia. Es Pepe Calderón.</p> - -<p>También entra Federico Viera. Este, Calderón y yo somos los únicos -que pasamos un rato á ver á Orozco. Á eso de las once, Augusta nos -anuncia contentísima que Tomás se ha quedado dormido, que no tiene -fiebre y que pasará buena noche. Todos nos congratulamos, yo el -primero, y me pongo á pensar en lo mismo, querido Equis; ya sabes... -Mientras los demás roen el crimen, yo mastico mi enigma; digo, mío no, -de ella, y trato de dilucidar el arduo punto de quién será su cómplice. -Mi sumaria está tan embrollada como la del hecho de la calle del Baño, -y á cada<span class="pagenum" id="Page_158">[p. 158]</span> hora veo -una pista nueva. La sigo, y nada. ¿Y qué me dices á esto, pedazo de -alcornoque? Ilumíname con un rayo de tu inteligencia. ¿Dónde está el -criminal que busco? Claro, si yo, que actúo de juez y tengo todos los -hilos en la mano, no averiguo nada, ¿qué has de descubrir tú, lejos de -personas y sucesos? Pero... ya oigo lo que me dices, y te contesto: «No -me da la gana de ser razonable. Maldito sea el sentido común y quien lo -inventó.»</p> - -<p>Vacío sobre el papel mis impresiones todas, para que el papel las -lleve á la <i>culta</i> Orbajosa. Así llama <i>El Impulsor</i> á esa rústica -ciudad cuando habla de la procesión de San Roque ó de los bailes del -Casino.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_22"> - <h2 class="nobreak">XXII</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>18 de Enero.</i></p> - -<p>Tranquilízate. El señor de Orozco, á quien tanto admiras, está -mejor, casi enteramente restablecido. Por más que tu imaginación feliz -sepa figurarse cómo son las regiones celestiales; por acostumbrado -que estés á concebir en tu mente el Supremo Bien, no puedes hacerte -cargo del júbilo que resplandecía en la cara de Augusta al darme esta -mañana la noticia. Sus ojos eran las puras divinidades, chico. La -hubiera adorado de rodillas. ¿Qué quieres tú? yo soy así. Admiro<span -class="pagenum" id="Page_159">[p. 159]</span> lo bueno, aunque no lo -entienda. Alguien que leyera lo que para tí solo escribo, preguntaría -quizás: «¿Pero cómo se armoniza esto con aquello?» ¡Ah! Tú que -sueles penetrar en lo recóndito del alma humana, no lo preguntarás -seguramente. Hay una ciencia superficial del corazón aprendida en los -teatros, donde las pasiones son presentadas en su forma rudimentaria y -simple. Con arreglo á esa ciencia incompleta juzgan muchos las cosas de -la vida, y cuando éstas no pasan conforme al módulo del arte dramático, -dicen que no lo entienden. Yo sí que lo entiendo, y tú también, -¿verdad?</p> - -<p>Adelante. Ví al amigo Orozco ya levantado y en amable disputa con -su mujer, porque él se empeñaba en abrir el correo, y ella le reñía -como á un niño para que no se ocupase de nada. La encantadora Estefanía -completaba la preciosa escena. No faltaba sino que la chiquilla fuese -hija de Augusta para que resultara una <i>Sacra Familia</i>. Vamos, que me -estoy volviendo muy... doméstico y muy... patriarcal.</p> - -<p>Dime una cosa; háblame con franqueza: ¿crees tú que aquella -revelación nocturna de que te hablé, es un error mío? ¿Crees que estoy -equivocado al afirmar lo que afirmo con tan profunda convicción? -Ea, venga la <i>rimpuesta</i>, y, verdadero <i>payo de la carta</i>, no te la -entrego, es decir, no sigo ésta hasta que la contestación llegue á mis -manos.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_23"> - <p><span class="pagenum" id="Page_160">[p. 160]</span></p> - <h2 class="nobreak">XXIII</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>21 de Enero.</i></p> - -<p>Ya pareció la respuesta. Te juro que me ha sorprendido. Yo creí que -me contestarías <i>estás equivocado</i>, porque, la verdad, en mi mente -empezaba á aclimatarse la sospecha de que mi revelación de marras fué, -como suelen serlo otras, enteramente subjetiva. ¡Y ahora me sales tú -con que <i>estoy en lo cierto</i>! ¡Y añades que no tienes conocimiento -de hechos en qué fundarlo! Pues lo mismo me pasa á mí, chico. Afirmo -sin saber por qué. Creo, como tú, que estas cosas se sienten y no -se razonan. Adivinar es sentir los hechos separados de nuestra -vista por el tiempo ó por el espacio; ver lo que, por invisible, -parece no existente, de donde todos los sabios hemos colegido que -la adivinación es una facultad parecida al estro poético. El poeta -precede al historiador, y anticipa al mundo las grandes verdades. -Heme aquí convertido en vate, descubriendo lo escondido, y guipando -desde muy arriba las cosas, lo mismito que un águila. Pero dejemos á -un lado estos amaneramientos filosóficos, y voy á satisfacer un deseo -que me manifiestas en tu carta. Quieres saber mi opinión respecto á -Orozco; crees que me será fácil trazarte su retrato, y deseas que lo -haga con suprema imparcialidad. Pues á ello<span class="pagenum" -id="Page_161">[p. 161]</span> voy; ya sabes que yo no me paro en -barras, y que á sincero no me gana nadie.</p> - -<p>Pero he de empezar diciéndote que esta opinión, ó si quieres, -semblanza ó retrato, llevará el carácter de provisional, por no -encontrarme en posesión de todos los datos para darla por definitiva. -Hay en ese hombre algo que no he comprendido bien todavía. No es -persona Orozco que se revela entera en cualquier momento; al menos -así me lo parece á mí. Cosas he visto en él que me han producido -admiración, y otras sobre las cuales no me atrevo aún á opinar -resueltamente. Empiezo por decirte que pocos hombres he conocido -más agradables, y ninguno quizás que sepa con tanta rapidez ganar -simpatías, y con las simpatías amistades verdaderas. Á esto contribuyen -seguramente sus maneras corteses, su exquisita bondad, su cara misma, -que tanto me recuerda (veremos qué te parece esta observación) el tipo -judáico, hermoso y puro, que apenas se conserva ya; barba poblada -y larga, nariz de caballete y un tanto gruesa, ojos apagados, poca -vivacidad en los movimientos fisiognómicos, y, en fin, ese reposo, esa -gravedad dulce que parecen indicar un perfecto equilibrio interior. Me -encanta aquella manera de tratar á grandes y chicos, afable con todos, -familiar con ninguno. Hay en su trato algo del trato de los reyes, que -por muy bondadosos que sean, siempre son reyes, y mantienen los fueros -de su alta jerarquía. Qué tal, ¿voy bien?</p> - -<p>Entrando ahora en lo moral, debo decirte que, aparte de ciertas -hablillas, la reputación de que goza Tomás es sólida y unánime. Sobre -esto no<span class="pagenum" id="Page_162">[p. 162]</span> cabe duda. -Y no hay que darle vueltas, Equis: el que tiene una reputación así es -porque la merece. Cuando un nombre sobrevive á la constante lima de -la murmuración, por algo será. ¿No crees tú lo mismo? Convengo en que -Orozco lleva una sombra sobre su apellido. El fortunón que disfruta -lo amasó su padre don José Orozco, según pública voz, de una manera -bastante irregular, por no decir otra cosa. Aquella execrada Compañía -de Seguros, sobre la cual han caído y caen aún tantas maldiciones, -arroja, como te digo, cierta opacidad sobre nuestro amigo, y él hace -todo lo posible para purificar un nombre que recibió con bastantes -máculas. Es absolutamente irresponsable de las faltas de su padre, -llámalas crímenes, si quieres; heredó el caudal y vive tranquilamente, -matando la ociosidad en algún negocio de los más limpios, y haciendo -todo el bien que puede. Aquí viene de molde aquello de <i>modelo de -ciudadanos, modelo de esposos, modelo de</i>... Pero no precipitemos -nuestros juicios.</p> - -<p>Corre bastante por ahí la especiota de que Tomás es hombre muy -místico, mejor dicho, beato. Hay quien sostiene que se consagra á -prácticas religiosas de las más exageradas; que en secreto se da -disciplinazos, que ayuna como un trapense... Todo esto es pura novela. -Yo no he observado en la casa nada absolutamente que confirme tal -suposición. En su biblioteca, puedo asegurarlo, no hay obras místicas, -fuera de aquéllas comprendidas en la colección de clásicos, y que están -en las estanterías con todas las trazas de no ser abiertas nunca. -Entre los libros familia<span class="pagenum" id="Page_163">[p. -163]</span>res de uso constante, que tiene en su mesa de despacho, -no he visto nada religioso. En su alcoba no hallarás ni crucifijo ni -imagen devota, pues si hay algún cuadro de asunto sagrado, está allí -como obra de arte. Pila de agua bendita no la ves en toda la casa. Y -puedo dar fe de que ni Orozco ni su mujer tienen afición ostensible -á cosas de iglesia, ni se apuran mucho por cumplir los preceptos del -catolicismo. Lo más, lo más que hacen es ir á misa algún domingo, si la -mañana está buena. Pero lo que es confesar y comulgar... no sé, no sé: -casi me atrevería á sostener que en esto están como tú y como yo. De -modo que cuanto se dice del misticismo de Orozco y de los zurriagazos, -no tiene el menor fundamento. Lo mismo que esa otra paparrucha de sus -connivencias con los Jesuitas. No faltan tontos que te juren que Tomás -pertenece secretamente á la Orden, y que la apoya y le da dinero... -Yo, que entro en la casa todos los días y á diferentes horas, puedo -asegurar que jamás he visto allí una sotana, como no sea la del -bondadoso padre Nones, á quien los de Orozco dan muchas limosnas para -que las reparta entre los pobres de la parroquia de San Lorenzo. Tú, -que tratas al padre Nones, dirás si tiene el pobrecillo trazas de andar -en la <i>Compañía</i>. No, todo eso es fábula. Queda, pues, rechazado. Pero -vete á arrancar de la mente del vulgo una rutina de éstas. ¿Pero qué -más? El mismo Cisneros, que conoce la casa tan bien como yo, pero que -gusta de fomentar las malicias vulgares, me decía anteayer: «¿Y cómo -está el jesuitón de mi yerno?» Lo dice sin creerlo, por hacer eco á lo -que oye.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_164">[p. 164]</span></p> - -<p>Mas reconociendo y afirmando que todo es cháchara, pregunto yo -ahora: ¿no habrá algo que motive, siquiera remotamente, esta opinión? -¿Es posible que sin ningún fundamento se fabriquen errores semejantes? -¿No habrá algo... algo que, sin ser aquello, se le parezca? Y aquí -entran mis dudas, porque trato de sondear, y no encuentro, no encuentro -en la vida de Orozco la explicación del supuesto misticismo y -jesuitismo. Lo que haya estará tan recóndito, que no podrán atisbarlo -los ojos fisgoneros de los amigos de la casa. Esto se enlaza con otra -cuestión. ¿Hay armonía conyugal en este matrimonio? Si he de decir -verdad, aparentemente dicha armonía es perfecta. Cuanto he visto y -observado parece probar que Tomás ama con ternura á su mujer. De que -su mujer le respeta, le estima y aun le ama, también creo haber visto -señales incontrovertibles. Y, sin embargo, la idea que me fué sugerida -por el conocimiento universal, la revelación aquélla con que te he -dado tantas jaquecas, está en abierta pugna con lo que afirmo ahora. -¿Ó es que no lo está? Aclárame el misterio, Equisillo, tú que sabes -tanto. Como dice aquel amigo nuestro, que escribe artículos sobre las -relaciones de la Iglesia con el Estado, <i>nos encontramos frente á uno -de los problemas más intrincados de la época presente</i>.</p> - -<p>Añadiré que siempre que Augusta habla de su marido, lo hace con -acento de entusiasmo, de admiración reverente. Paréceme que se -juzga muy inferior á él. Un día, en confianza, me reveló pormenores -interesantes de las obras de caridad que Orozco hace. En pensiones á -familias<span class="pagenum" id="Page_165">[p. 165]</span> pobres, -emparentadas ó no con la suya, se gasta un caudal. Hace mucho bien, -siempre guardando el secreto para que no lo sepa la gente, porque le -molesta que de ello se hable, y ni aun admite que los favorecidos le -den las gracias. Inventa mil arbitrios sutiles y delicados para hacer -llegar sus beneficios á ciertos menesterosos, que no pueden admitirlo -sino por vías muy diplomáticas. De esto sabía yo algo; pero lo que yo -sabía, con ser tan bueno, no llega á las maravillas que me ha contado -Augusta.</p> - -<p>Voy trazando el retrato como puedo. Quisiera seguir; pero te -advierto que no veo bien todo el original: hay algo que permanece en la -sombra, y por eso mi pintura no es ni puede ser completa. Complétala -tú, si puedes, añadiendo tu saber al mío. Ya no describo, sino te -consulto. ¿Qué hombre es éste? ¿Es un tipo de grandeza moral, raro, -aunque no imposible, en nuestros tiempos de variedad y verdaderamente -fecundos? ¿Nos hallamos frente á un vigoroso carácter religioso, no -informado en las religiones vigentes, sino de nuevo cuño y de índole -novísima? ¿Es un soldado heróico de los eternos principios, que combate -por ellos recatándose de la profana admiración del vulgo? ¿Es una -conciencia sublime, ó un vulgar misántropo? ¡Ah! una idea diabólica -ha nacido en mí, y no vacilo en exponerla, para que la tomes como -quieras. Deseo conocer á fondo á este hombre. Si yo lograra ser amante -de Augusta, ella me revelaría cosas muy peregrinas. Mira por dónde -soy un diablo teólogo, ó <i>teófilo</i>; un diablo que no busca el mal por -el mal, sino impulsado del ansia del conocimiento, y que por<span -class="pagenum" id="Page_166">[p. 166]</span> el camino del pecado -aspira á llegar á donde pueda contemplar de cerca el supremo bien. ¿Qué -te parece? Una gran idea, ¿verdad? ¡Si la diabla esa me quisiera...! -pero como no me ha de querer, eso ya lo estoy viendo, me quedaré con -mi amor y con mi triste ignorancia acerca del enigma moral de Orozco. -Soy, pues, el diablo más desairado y más tonto del mundo; un diablo -merecedor de que le pongan un cacharro en el rabo, como á perro ó gato -sin dueño, para ser burla y alboroto de los chiquillos de la calle.</p> - -<p>Concluyo, hijo mío, poniendo á tus órdenes toda mi diabólica -inutilidad.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_24"> - <h2 class="nobreak">XXIV</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>23 de Enero.</i></p> - -<p>Pues, señor, hoy pensaba continuar el retrato del buen Orozco -con datos y observaciones nuevas de grandísimo interés; pero cátate -que salta un asunto del cual no puedo menos de darte noticia sin -tardanza, y á ello voy. Nuestro amigo Federico Viera es el rigor de -las desdichas. ¿Recuerdas la descripción que te hice de su casa, -de su hermana, del abandono indecoroso en que ésta vivía? Pues las -consecuencias que yo me temí, y que te anuncié, no se han hecho -esperar. Hace pocas noches, acompañando yo á Federico hasta su casa, -entre una y dos, sorprendimos á<span class="pagenum" id="Page_167">[p. -167]</span> un joven que del portal salía. Federico le echó mano al -pescuezo. ¡Qué escena, chico, tan desagradable, y al mismo tiempo, -no sé por qué, tan graciosa!... En fin, que según lo que Viera me -había dicho poco antes del fatal encuentro, el agredido es novio ó -pretendiente de Clotilde, por más señas, honrado hortera de una tienda -próxima. Aquello habría concluído mal sin mi intervención y la del -sereno, pues nos costó trabajo librar al infeliz amante de las garras -del hermano de su ídolo. Pero no pararon aquí las cosas. Escucha lo -mejor: ayer la mosquita muerta desapareció de la casa, dejando una -carta para su hermano, en que le anunciaba su resolución de casarse -(mira si tiene alientos la niña), añadiendo que se halla depositada -judicialmente en casa de la viuda de Calvo, señora respetable, muy -amiga de los Viera y también de los Orozco, y que al amparo de dicha -señora esperaba el permiso pedido á su padre para verificar el -matrimonio. No puedes figurarte la ira de nuestro pobre amigo ante este -arranque de su hermanita, á quien creyó toda sumisión y apocamiento. Lo -de siempre, amigo Equis. La autoridad arbitraria no se entera de que -los oprimidos tienen alma, hasta que no les ve levantarse y sacudir el -yugo por los medios que están á su alcance.</p> - -<p>Esta revolución doméstica ha puesto á Federico fuera de sí. Ya sabes -que es un temperamento absolutista y aristocrático. La publicidad que -va á tener ó que tiene ya su humillación, le saca de quicio. Y mira -tú qué cosa tan rara. No ignoraba que Clotilde vivía indecorosamente -entre criadas y gente soez, y se irrita de que la infeliz se<span -class="pagenum" id="Page_168">[p. 168]</span> emancipe aceptando -un marido de clase inferior á la suya. El orgullo de nuestro amigo -transige con que su hermana se consuma en la tristeza y en la -vulgaridad, y no transige con una unión que llama degradante. Pero -la niña, á la chita callando y como quien no hace nada, se ha dejado -llevar de la corriente del siglo, y desde la ignominiosa obscuridad en -que vivía, se ha lanzado á la democracia, buscando en ella una especie -de redención. Ya sabes el odio corso que Federico profesa á las ideas -democráticas, con qué graciosa crueldad se burla de ellas, y de los -progresistas, y del <i>morrión</i>, etc... Reconoce sinceramente que está -fuera de lugar en nuestra sociedad; que ha venido al mundo rezagado, -y que por equivocación no nació en los tiempos á que su carácter se -ajusta. Figúrate cómo estará ahora, viendo á su hermana sacrificada al -aborrecido principio de la igualdad política y social; viéndola pasarse -vergonzosamente al enemigo, en brazos de un sér insignificante, y que -personifica, según él, todas las garrulerías de la época presente. Está -el hombre que arde, y no se le puede hablar de esto sin que al instante -pierda pie y se descomponga.</p> - -<p>Anoche dió mucho que hablar en casa de Orozco este caso concreto -de revolución social, eclipsando la conversación del crimen famoso, -y Augusta estuvo de acuerdo conmigo en la ninguna razón que tiene -Federico para quejarse. Convinimos en que él ha provocado el triunfo de -la democracia, descuidando á Clotilde y privándola del puesto que en la -sociedad le corresponde. Federico no pareció por allí: anda huído, y -no<span class="pagenum" id="Page_169">[p. 169]</span> le veo desde la -noche que sorprendimos al atrevido galán saliendo de la casa. Fué una -escena calderoniana, que no te describo porque espero han de ocurrir -otras más dignas de pasar á tu conocimiento.</p> - -<p>Volviendo á Tomás, te diré que está ya completamente restablecido. -Ayer almorcé con él, y estuve casi todo el día acompañándole. Su -mujer salió á eso de las cinco. ¿Á dónde iría? He aquí el tema de mis -sombrías meditaciones durante toda la tarde. Y aparte de esto, te juro -que el buen Orozco me hizo pasar un rato muy agradable, charlando -conmigo de asuntos diversos, con una amenidad, con una discreción -que me dejaron pasmado. Hizo una pintura del carácter de su suegro, -que siento no poderte transcribir íntegra, pues mis cavilaciones -impidiéronme fijar en sus atinados conceptos la atención taquigráfica -que acostumbro. También analizó el caso de la hermana de Federico Viera -con un criterio semejante al que yo te expuse. Ha pasado en esto lo que -debía prever todo hombre que no tenga el entendimiento lleno de ideas -arcáicas, y el carácter agriado por los contratiempos económicos.</p> - -<p>Pues, señor, me da la gana ahora de continuar el retrato -interrumpido. Cuando menos lo pensaba, he visto más de cerca la figura, -se me han revelado algunas líneas que antes se perdían en la sombra, y -quiero fijarlas inmediatamente sobre el lienzo, esperando que se vaya -clareando lo que oculto permanece todavía.</p> - -<p>Quizás no sepas que Orozco es uno de los hombres más arreglados -que se conocen. Podría dar<span class="pagenum" id="Page_170">[p. -170]</span> lecciones de prudente economía y de previsión á toda la -raza española. Lleva sus cuentas al día y al céntimo, sin que esto -signifique mezquindad cicatera. Al contrario: no regatea nada de lo -que pueda contribuir al lustre de su casa, ni pone á su linda costilla -cortapisa alguna. Verdad que ella sabe mantenerse dentro de los -límites de la más exquisita prudencia. Orozco no trabaja por aumentar -su capital, que es grandecito, y los negocios en que toma parte, en -cooperación con otros capitalistas, no le dan muchos quebraderos -de cabeza. Me consta que en negocios de usura jamás ha querido -interesarse. Sé que se le han hecho proposiciones solicitando préstamos -con enormes ventajas, y las ha rechazado. Da, pero no presta, y da en -la medida conveniente. Dos cosas hay que no se conocen allí, y son: la -sordidez y el despilfarro.</p> - -<p>Te confieso que este hombre me impone un respeto casi supersticioso. -Cuando hablo con él, me siento enano, me inspiro á mí mismo cierto -desprecio, me entra cortedad... no sé qué. Y debo añadir que ayer, -cuando me senté á su lado y me puso cariñosamente la mano en el hombro, -sentí remordimientos muy vivos. Cierto que yo no le he faltado más -que con la intención; pero aun esta idea no acallaba mi conciencia, y -procuré tranquilizarla con sofisterías. «Por lo mismo que este hombre -es tan perfecto—me dije,—hállase fuera de las leyes humanas. Está tan -alto, que el ser burlado no le ofende, ni hay injuria que alcance á tal -excelsitud. Los que le ofendan y ultrajen darán cuenta á Dios; pero -no á él, que se rebajaría pidiéndola.» Estas cosas me pasaron<span -class="pagenum" id="Page_171">[p. 171]</span> por la mente, y cuando -ví á mi prima entrar de la calle con su cara risueña, imagen de una -conciencia sosegada, parecióme que su serenidad era cinismo, y su -sonrisa hipocresía. Púseme resueltamente del lado de la moral y de los -consabidos principios, muy señores míos, y me pareció crimen nefando -engañar á un hombre tan bueno. ¡Qué picardía! ¡Engañarle no siendo yo -el cómplice! Te descubro mi conciencia con todos sus escondrijos. Se me -antoja que la ofensa, hecha en mi obsequio, sería más disculpable.</p> - -<p>Tomó parte la esposa en nuestra conversación. Yo la observaba, y -no sé, no sé... me parecía que su tranquilidad era sólo aparente. Su -manera de oirnos indicaba cierto sobresalto, y su reir no era tan -franco y natural como de costumbre. De pronto Orozco le dijo: «¿Has -sabido algo más del pleito de Federico con su hermana? ¿Le has visto á -él?» Yo temblé. No sé por qué me asaltaron de nuevo las sospechas de -aquélla mi segunda revelación. Fijéme en Augusta, que en aquel momento -revolvía la mesa buscando no sé qué papel ó revista; creí que esquivaba -la respuesta, que evitaba las miradas de su marido y las mías; pero me -equivoqué de medio á medio. Al oir el nombre de Federico, dejó lo que -buscaba, y vino á sentarse frente á su marido, separada de él por la -mesilla en que éste tenía varias cartas y periódicos; puso los codos -sobre la mesa, la barba en una mano, y sonriendo nos dijo: «Pues no le -he visto, ni sé dónde se mete. Pero me ha dicho Malibrán esta tarde -que no cede, que está furioso, que lo que siente es no haber acogotado -á ese pobre chico cuando le encontró saliendo del portal.<span -class="pagenum" id="Page_172">[p. 172]</span> ¡Qué extravagancia! Creo -que debemos todos abrazar la causa de Clotilde.»</p> - -<p>Al nombrar á Malibrán, ¿sería aprensión mía? parecióme notar en su -acento una veladura, en sus ojos no sé qué timidez ó sobresalto... -Vamos, que se me enroscaron en el corazón las culebras, y ya no -tuve serenidad para seguir atentamente la conversación que los tres -entablamos.</p> - -<p>Y no continúo por ahora el retrato. Lo seguiré cuando me parezca -bien. No tengo ya malditas ganas de acabar ésta en la forma que -pensaba. Quédate con Dios, y no te burles mucho de tu trastornado -amigo.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_25"> - <h2 class="nobreak">XXV</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>26 de Enero.</i></p> - -<p>¡Malibrán! No puedo evitar hablarte de este tipo, que se me ha -plantado en la nariz como una mosca. Quiero echarle, le sacudo y -vuelve. Me persigue, me le encuentro en donde quiera que estoy; llego -á pensar que no es él á quien veo, sino á mi execrable sospecha, -representada en carne mortal. Es que desde ayer no se aparta de mi -cerebro la idea de que he despejado la famosa incógnita: X = Malibrán. -¿Me equivocaré también, ahora?</p> - -<p>Anoche estuvimos juntos largo rato en el Teatro Real. Hablóme de -Augusta con un cierto res<span class="pagenum" id="Page_173">[p. -173]</span>peto que me pareció afectado. No podía yo tirar de la lengua -á semejante hombre, diciendo de mi prima alguna picardía capciosa para -obtener una respuesta lúcida, y al elogiarla con calor, ponderando su -rectitud moral y el cariño que tiene á su marido, parecióme que eran -finamente irónicas las palabras con que Malibrán acogía mis alabanzas. -Luego noté como que esquivaba aquella conversación, rebuscando otros -temas de charla. Si me apuras, no puedo darte la razón de la antipatía -que el diplomático me inspira. Quisiera se me presentase ocasión de -tener un altercado con él; pero es tan correcto el maldito, que ni esa -esperanza me queda. Le rompería la crisma, aunque después comprendiese -que había hecho una inútil barbaridad. Para colmo de desventura, hoy al -mediodía me le encontré en casa de Orozco, y allí almorzamos juntos. No -me queda duda de que Augusta y él cambiaron algunas palabras, que no -debían de ser cosa buena, cuando hablaban tan bajito. ¡Sabe Dios...! -Adelante. En un rato que nos encontramos solos, me dijo mi prima: -«Tomás está muy disgustado con una carta que ha recibido hoy.» Picada -mi curiosidad, la interrogué y supe que la carta es de Joaquín Viera, -el padre de Federico, y que en ella anuncia su llegada á Madrid para -dentro de dos ó tres días. Has de saber, y no hago más que dar traslado -de lo que me contó mi prima, que siempre que se aparece en Madrid ese -pájaro de mal agüero, trae estudiado algún plan de sablazo en grande -escala para atacar con él á los que tuvieron la desgracia de ser sus -amigos. Orozco ha sido víctima varias veces de las combinaciones -sutiles de<span class="pagenum" id="Page_174">[p. 174]</span> aquel -insigne tramposo, las cuales merecen más bien el nombre de estafas.</p> - -<p>«Esto será—observé yo,—otro motivo de zozobra para el pobre -Federico, á quien siempre he oído hablar de su padre con muy poco -entusiasmo. Cada vez que viene á Madrid, le deja envuelto para mucho -tiempo en una atmósfera de escándalo y vergüenza.»</p> - -<p>Augusta manifestó propósitos de hacer los imposibles para precaver -por todos los medios á su marido contra la malicia del que explota su -extremada bondad. Orozco tiene con él increíbles debilidades, y no le -trata nunca con el desprecio que merece; suele ceder á sus malvadas -exigencias, por lástima sin duda, en memoria quizás del gran afecto que -los padres de ambos se tenían.</p> - -<p>¿Qué te parece todo esto? Dirás que aquí se prepara algún enjuague. -Pues lo mismo pienso yo. Y sábete que me han entrado ganas de conocer á -ese celebérrimo espadista, que hace tantos años desapareció de aquí, y -no viene sino contadas veces y por corto tiempo, con el temido alfanje -en la mano. Pues hoy, hablando de esto con Augusta y Orozco, dijéronme -que Viera senior es hombre de trato seductor, capaz de embaucar con -su labia á medio género humano. No se parece nada á su hijo, todo -susceptibilidad, orgullo y delicadeza, esclavo del punto de honor y -de las leyes de la respetabilidad aparente. Añadió Tomás que Joaquín -vive hace tiempo del chantage, amenazando desde el extranjero, ó -presentándose con alguna máquina ingeniosa de líos y enredos. Porque -eso sí, es hombre de grandísi<span class="pagenum" id="Page_175">[p. -175]</span>mos recursos intelectuales, muy sabedor de negocios de todo -género, y con una trastienda y una flexibilidad y una mónita que dan -quince y raya al más pintado. Augusta no le puede ver, y se complace en -aplicarle las terribles denominaciones de timador, tramposo, caballero -de industria, etc... No comprende, y en esto nos hallamos todos de -acuerdo, que de un padre tan sin paladar moral haya salido un hijo con -la cualidad contraria, extremada hasta rayar en defecto.</p> - -<p>Suspendo el trabajo, y continuaré mañana.</p> - -<p>Continúo hoy 27. Si esta carta fuera un capítulo de novela, debería -titularse <i>¡¡¡Ancora il Malibrán!!!</i> así, con muchas admiraciones y -su poquitín de italiano. Porque no he visto asiduidad más aterradora. -Si veinte veces voy á casa de Orozco, veinte veces me le encuentro. Y -por más que procuro chocar con él, no puedo conseguirlo. Le llevo la -contraria en todo lo que habla. Digo mil barbaridades; sostengo que -el arte italiano es un arte de filfa; que Rafael me parece un pintor -de muestras; que Tiziano dibuja menos que el último alumno de la -Academia; que el Mantegna puede pasar como chico aplicado (te advierto -que yo no sé quién es el Mantegna), y que todos los pre-rafaelistas no -son más que unos pintamonas. ¡Qué asuntos tan tontos, qué pobreza en -la composición, qué falta de verdad!... En fin, chico, que yo mismo -me río de lo bruto que soy ó que aparento ser. Pues aunque Augusta -suele apoyarme con aquella monísima independencia de criterio que -le hace tanta gracia, no consigo mi objeto. El otro me rebate con -dulzura y benevolencia. Su exquisita educación pone una muralla<span -class="pagenum" id="Page_176">[p. 176]</span> infranqueable á mi odio -insensato. Si charla con Orozco de política extranjera, le llevo la -contraria con más furor. Me declaro rabioso <i>parnellista</i>: sostengo -que Gladstone es un progresista de morrión; que <i>el canciller de -hierro</i> está chocho y debe retirarse, dedicándose á la cría de aves de -corral; que el Austria, mira que esto tiene gracia, es una nación que -para nada sirve, y debe desaparecer, repartiéndosela Rusia, Alemania -é Italia... en fin, no sigo para que no te rías de mí. Ni por esas: -no me vale apoyar mis opiniones con terquedad, á ver si le sulfuro y -me sale con alguna denegación provocativa. Pues como si hablara con -la misma estatua de la prudencia. Á mi prima le dirige frases de una -galantería refinada y madrigalesca, y bien claro veo cómo se esponja la -muy hipócrita oyéndolas. Recordarás que en cierta ocasión me habló de -él en términos muy desfavorables, diciéndome que era persona malévola y -peligrosa... Farsa, hijo, pura farsa y disimulo para desorientarme.</p> - -<p>Pues oye otra cosa. Por la noche, Malibrán daba las gracias á Orozco -por haber atendido la recomendación que le hizo, en favor de no sé -quién. Ya sabes que Tomás socorre con delicadeza á multitud de familias -que han venido á menos. Pues bien: al oir las expresiones de gratitud -del diplomático, noté que el semblante del grande hombre expresaba -cierta contrariedad primero, y después verdadero disgusto. Malibrán -sonreía bondadosamente, y no insistió. Como yo manifestara á mi prima, -casi en el momento mismo, mi sorpresa por la actitud de Orozco, me -dijo en un gracioso y largo aparte: «No seas cán<span class="pagenum" -id="Page_177">[p. 177]</span>dido: tú no conoces á mi marido, como -no le conoce tampoco ese majadero de Malibrán, que se las da de tan -diplomático y tan <i>Metternich</i>. Á Tomás no le gusta que le alaben sus -acciones benéficas, ni aun que le den gracias por ellas. Te lo advierto -para tu gobierno. Cree que la generosidad y la caridad pierden su -mérito con el bombo. ¿Sabes lo que á él le agrada? Te lo diré para que -te pasmes. Lo que á él le hace feliz es el secreto absoluto de sus -buenas acciones, y la ingratitud de los favorecidos. Te advierto esto -porque como también tú le has recomendado á esa desgraciada viuda de -Freire, si la favorece, no se te pase por la cabeza darle las gracias: -lo mejor que puedes hacer es no hablar del asunto. ¿Á qué abres tanto -la boca, tonto? Vosotros los que presumís de listos, no entendéis -palotada de los secretos humanos. Tomás es un santo, lo que se llama -un santo. ¿No lo has comprendido? ¿Pero crees tú, bobalicón, que no -hay santos en esta época? Pues los hay, los hay, con sus levitas, sus -fraques y sus chisteras, en vez de mitra, báculo y sayal. Esa serenidad -suya, que le diferencia tanto de las demás personas, no se altera sino -cuando le trompetean los beneficios; te pone tan nervioso, que, créelo, -me causa inquietud. Con que ya sabes, y adviérteselo también á tu amigo -le <i>petit Talleyrand</i>, para que no volváis á incurrir en la simpleza de -mostraros agradecidos.»</p> - -<p>Quedéme con esto como puedes suponer. Era un desconocido perfil de -la figura de Orozco, mejor dicho, un golpe de luz, que resuelvo añadir -sin pérdida de tiempo al retrato no concluído. ¿Y qué opinas tú de -este aspecto de la persona del<span class="pagenum" id="Page_178">[p. -178]</span> grande hombre? Te soy franco: no he acabado de entenderlo, -y me parece que tú, por más que digas, no lo entenderás tampoco.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_26"> - <h2 class="nobreak">XXVI</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>28 de Enero.</i></p> - -<p>Pues ayer se me ocurrió, revolviendo en mi mente las palabras de -Augusta, lo que vas á leer: «Malibrán no es. Si lo fuera, habría -confianza entre ellos, y la pecadora no tendría que valerse de mí -para advertir á su cómplice la inconveniencia de hacer al marido -demostraciones de gratitud. Esto parece la pura lógica. Pero como la -lógica, en cuestiones de amor, suele andar como Dios quiere, me doy á -cavilar si no será todo una bien ensayada comedia para envolverme y -confundirme más. Es mucho cuento esta señora Humanidad, querido Equis, -y cada día vemos en ella cosas más raras é incomprensibles. Estoy sobre -aviso, y sigo observando.»</p> - -<p>Vamos á otra humana rareza. Ha llegado ese, la <i>estrella con rabo</i>. -Llámole así, porque su aparición produce general terror. Le he visto, -he hablado con él, hemos almorzado juntos, y puedo asegurarte que no -he visto hombre más seductor y ameno. El podrá ser un pillo de siete -suelas, y de fijo lo es cuando todo el mundo lo dice; pero<span -class="pagenum" id="Page_179">[p. 179]</span> á las primeras de cambio, -da el pego al lucero del alba.</p> - -<p>Con la presencia de su padre aquí y la barrabasada de su hermanita, -está Federico inaguantable de mal humor é intolerancia. Por cierto -que el papá no sólo se muestra indulgente con la chiquilla, sino -complacidísimo de su resolución, y le da el permiso legal. No hay en -él ni asomos de las ideas del hijo en punto á distinciones sociales y -al decoro de los nombres. Se pasa de demócrata, y su despreocupación -social, política y religiosa te parecería cinismo si no la revistiera, -al expresarlas, de formas tan simpáticas. Por cierto que hijo y -padre difieren tanto en lo espiritual como se asemejan en lo físico. -Tan grande es el parecido entre uno y el otro, que les tomarías por -hermanos; y hasta la diferencia de edad se amengua por estar Federico -bastante envejecido y el otro rozagante, esponjado y hecho un pollo, -como suele decirse. Pero entre los caracteres hay tal diferencia, que -no cabe aproximación. Es de esas distancias de que no podemos dar idea -ni aun llamándolas abismos.</p> - -<p>Sé que hoy han celebrado una conferencia Orozco y Viera padre; pero -nada pude traslucir, aunque almorcé en la casa esta mañana, y allí -estaba cuando anunciaron al tramposo. Me parece, por lo que oí á mi -prima y al mismo Tomás, que se trata de sablazo gordo, como los suele -dar ese consumado tirador. Augusta indignadísima. Aunque de las pocas -palabras que Orozco pronunció sobre este asunto, se desprende que abre -la bolsa, no sé yo si el abrirla reservadamente para el pícaro que fué -socio y compinche de su pa<span class="pagenum" id="Page_180">[p. -180]</span>dre, entra también en la categoría de esas obras -misericordiosas practicadas en secreto, y que no deben ser agradecidas. -¡Ah! por lo que hace al agradecimiento de ese bribón, que me lo claven -en la frente. He podido colegir que Viera le ha presentado un antiguo -crédito, obligación ó no sé qué de la célebre <i>Humanitaria</i>, y que hay -dudas de si la tal obligación ha prescrito ó no legalmente. Veremos lo -que resulta de esto.</p> - -<p>Después de la visita del espadista, tenía Orozco la cara tan -plácida, tan serena como siempre, y por ella no podía traslucirse que -padeciese la más ligera agitación. Augusta, en cambio, parecía muy -contrariada. ¿Será que no encuentre práctica ni conveniente, en los -tiempos que corren, la santidad de su consorte? No lo sé. Algo más -tengo que decirte; pero estoy muy cansado, chiquillo, porque... Vamos, -te lo cuento si no lo dices á nadie. Estuve esta noche en casa de la -Peri. No pongas el ceño de moralista empalagoso y cursi. Hemos ido á -que nos echara las cartas. Á ver, ¿tiene eso algo de particular? ¿Pues -no va uno á las cátedras del Ateneo y de la Universidad, con objeto de -instruirse? ¿Y acaso en estos templos de la sabiduría se encuentran -unas chicas tan guapetonas como las que esta noche había en casa de -Leonor? Amado Teótimo, todo es aprender, observar y cursar la difícil -carrera de la vida; y eso de que vaya uno todas las noches á oir -discutir sobre la Organización de los Poderes públicos, ó sobre lo que -pasó en la época merovingia, empacha, créelo, empacha y embrutece. Es -preciso echar una cana al aire, sobre todo antes de tenerlas... Con -que, abur, que me voy al catre.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_27"> - <p><span class="pagenum" id="Page_181">[p. 181]</span></p> - <h2 class="nobreak">XXVII</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>30 de Enero.</i></p> - -<p>Gordas y frescas, amigo Equis. La hermana de Federico, la gran -demócrata y revolucionaria, se casa con su querido hortera, realizando -así el soñado ideal de la concordia de las clases, de la reconciliación -del pasado con el presente, ¿Qué tal? Ahí tienes á la señora realidad -haciendo muy calladita lo que escribís en vuestros libros y otros -dicen en sus discursos. Yo te pregunto: ¿precede la idea al hecho, ó -el hecho á la idea? Pero dejémonos de averiguaciones, y vete enterando -de la realidad. El chico que ha venido á entroncar su humilde nombre -con el de los Vieras y Gravelinas, pertenece á una de esas honradas -familias mercantiles, oriundas del valle de Mena, la verdadera antesala -de la calle de Postas. Le llaman Santanita, y es simpático, de cara -inteligente, guapín, modesto. Ha ido á suplicarme que intercediera con -el señor de Orozco para obtener la plaza de tenedor de libros en una -casa de banca, y te aseguro que me interesó aquel humilde representante -del estado llano, que se abre paso, á codazo limpio, entre la -turbamulta social.</p> - -<p>Por lo poco que hablé con él, me pareció uno de esos caracteres -que, bajo la capita de modestia, ocultan una voluntad decidida para -marchar<span class="pagenum" id="Page_182">[p. 182]</span> impávidos -hacia su objeto. Sabe arrimarse á los que pueden serle útiles; no -pierde ripio, y olfatea donde guisan. La chica está depositada en -casa de la viuda de Calvo (no la conoces, ni hace al caso), señora de -campanillas, á quien el padre de Santanita sirvió de administrador, -mayordomo ó no sé qué. Ha venido á menos, y vive de una pensión que le -da Orozco. Ya sabe ese pillo de Santanita á qué árbol se arrima. Me ha -dicho Tomás que no podía hacer nada por él; pero algo hará, tú lo has -de ver. Ya voy conociendo las santas marrullerías de ese hombre sin -segundo, que practica la hipocresía de la dureza de corazón. Todo su -empeño está en que le tengan por insensible á las miserias y desdichas -humanas. Pero lo que es á mí no me la da.</p> - -<p>Bueno: quedamos en que el tal hortera es una diligente hormiga. -Clotilde no podía aspirar á un Coburgo-Gotha, y cuando las cosas -vienen rodadas, debemos tener por buenas las soluciones impuestas por -el carácter nivelador de la época presente. ¿Qué tal? Estoy cargante -hoy. Pues te diré: más lo está Federico, obcecado hasta el punto de -asegurar que preferiría ver á su hermana muerta á verla casada con -el pobre Santanita. Es que nuestro amigo lleva á todas las cosas el -ardor del sectario, y es inútil intentar persuadirle. Ve el mundo por -cristales muy subjetivos, y lo que para nosotros es natural, á él le -parece monstruoso. La pavorosa <i>estrella con rabo</i> se marcha para otros -mundos, cumplido al parecer el objeto de su aparición en éste; pero -ignoro la verdad de lo ocurrido entre él y Orozco. En el rostro de éste -no he podido leer nada; pero el<span class="pagenum" id="Page_183">[p. -183]</span> de Viera resplandece con esa luz particular que encienden -en nuestros ojos los triunfos de la voluntad. No me queda duda de que -ha obtenido todo ó parte de lo que solicitaba. Augusta debe de saberlo; -pero no se clarea, y cuantos esfuerzos hago para meter la nariz en este -secretillo han sido inútiles. Pero hoy ha ocurrido algo que aumenta mi -confusión, pues no sé cómo relacionarlo con los demás hechos conocidos -para sacar la deseada luz.</p> - -<p>Pues verás: anoche me dijo Orozco que no dejase de ir hoy á -almorzar, que tenía que hablarme. Figúrate si me apresuraría yo á ir. -¡Qué mañana tan deliciosa! Augusta amabilísima conmigo, como no lo ha -estado nunca, muy alegre, y despidiendo chispas de gracia de aquella -boca infernal... digo, celestial. He dicho infernal porque si no se -la hizo el diablo, como una trampa para coger almas, no entiendo yo -quién diablos se la pudo hacer. Tomás, como siempre, reflexivo y -cariñoso, revelando esa quietud serena de las almas superiores, que han -encontrado el suelo firme y se sienten bien plantadas en él. Por dicha -mía, no almorzó allí ningún extraño más que yo. Ni siquiera estaba -Calderón, que nos habría mareado lindamente contándonos alguna nueva -versión del crimen. No se habló más que del bodorrio de Clotilde, de -Santanita y de lo vividorcillo que es. Augusta censuró acerbamente á -Federico por su disconformidad con las ideas dominantes en el mundo, -su apego al antiguo y ya desacreditado prestigio de los nombres y de -las clases. Orozco le disculpaba, asegurando que las ideas y el sentir -de las cosas, acumulándose<span class="pagenum" id="Page_184">[p. -184]</span> en nuestra vida durante los años que empalman la juventud -con la edad madura, forman un conglomerado de tal dureza, que es -tontería pensar que ha de ceder ante las ideas y el sentir de los -demás. Si Federico es así, no podemos nada contra él, y sólo conviene -procurar que el bien se realice, respetando las ideas y aun las -preocupaciones de cada cual.</p> - -<p>Esto llevó la conversación al terreno en que nuestro buen amigo -quería ponerla; y como yo notase en él cierto embarazo para abordar el -asunto, le ayudé, y pude sacar en limpio lo siguiente: Orozco desea mi -intervención para que Federico se decida á aceptar de él un beneficio, -que no ha expresado todavía en forma concreta. La dificultad principal -que surge es el carácter puntilloso de Viera, y su resistencia, no -sólo á admitir cierta clase de favores, sino á declarar su pobreza y -angustiosa manera de vivir. Para vencer esta dificultad es para lo que -se recurre á mí, esperando que con diplomacia consiga yo doblegar el -inflexible tesón de nuestro amigo. Orozco no ha hecho más que apuntar -su idea, esforzándose en quitar valor á la generosidad que envuelve; -y por lo que he podido entender, no se trata aquí de un donativo, que -sólo serviría para apuntalar pasajeramente un presupuesto en ruínas: -trátase de asegurar al favorecido un modo de vivir que le libre para -siempre del molesto enjambre de usureros é <i>ingleses</i>, y le aparte de -las <i>salas del crimen</i>... ¿Vas entendiendo?</p> - -<p>Y ahora te pregunto tu parecer sobre caso tan extraño de protección, -y sobre el intríngulis que esto pueda tener. Preveo que tu opinión -es que<span class="pagenum" id="Page_185">[p. 185]</span> en el -caso referido no hay ni puede haber más que lo aparente; un acto de -generosidad, digno del alma elevadísima de mi amigo. Perfectamente. -¿Pero no se te ocurre enlazarlo con otra cosa? ¿Me entiendes, tonto? -¿No se te ocurre, como se me ha ocurrido á mí, buscar un hilo entre la -intención cristiana del grande hombre y el objeto de ella, y seguir -ese hilo cuidadosamente hasta descubrir que se enreda en la blanca -mano astuta de una mujer? ¿No has pensado que el plan de Orozco pueda -ser más sugerido que espontáneo? ¿No se te pasa por la cabeza que el -conocimiento de dicho plan y de su determinación inicial podría darme -la llave del arca en que se guarda el secreto que busco? ¿Crees tú que -no hay tal relación? ¡Cuánto me alegraría de que me contestaras de una -manera categórica!</p> - -<p>Pero no me contestarás, porque no es posible sentenciar desde -lejos un pleito tan obscuro y delicado. Dirás que esta sospecha mía -nace de la mezquindad de sentimientos propia de la época, de la mala -costumbre de señalar en todo hecho grandemente generoso móviles bajos. -No: yo miro la acción por el lado de Orozco nada más, y admito que es -un rasgo admirable; no quiero ver el consabido hilo; no quiero ver -más que el acto noble y altamente cristiano, pues aunque existiera -el móvil sugestivo que es objeto de mi inquietud, no por eso valdría -moralmente menos el acto en cuestión. También en nuestra edad, dígase -lo que se quiera, hay ejemplos de estupenda virtud, no inferiores á -los de antaño. Eso de que ahora no se dan santos, es una tontería. No -habrá martirios en el orden material; no habrá<span class="pagenum" -id="Page_186">[p. 186]</span> aquellas penitencias rudas, brutales -y calagurritanas; pero hay exaltación de las almas, hay fiebres de -virtud, secretos entusiasmos por el bien, y sacrificios quizás mayores -que los de otros tiempos, porque en los nuestros hay más materia que -sacrificar.</p> - -<p>Excuso decirte que aquella conferencia trastornó mis ideas, -llevándome á decir con toda seguridad: «Malibrán no es.» Y si al pronto -me fijé de nuevo en Federico, no he seguido afirmándolo, y me concreto -á preguntármelo á todas horas del día y de la noche. «¿Será ese? Y si -es, ¡con qué donosa perfidia me engaña! ¡No le perdono la doblez, no -se la perdono!» Por cierto que hace diez días que no he hablado con -él, ni he podido encontrarle en los sitios á donde habitualmente va. -Esta noche me han dicho que le vieron en el Teatro Real en el palco de -Augusta. Yo no le ví.</p> - -<p>31 <i>de Enero</i>.—Anoche no pude concluir ésta porque me acometió -Morfeo, y no tuve más remedio que echarme en sus brazos. Te la -mando hoy con esta postdata que no deja de tener miga. Pues verás: -hoy me ha hablado Villalonga con cierto misterio de unas palabras -malignas dichas por Malibrán en casa de la Peri, en una cena que allí -celebraron anoche. La cosa es grave. El <i>petit Talleyrand</i> se permitió -algo más que esas reticencias que inspira el <i>champagne</i>, y de las -cuales ninguna reputación está libre. Ya adivinarás que las chinitas -iban contra mi prima. Pues dijo, como quien no dice nada, que había -descubierto la madriguera donde la muy hipó<span class="pagenum" -id="Page_187">[p. 187]</span>crita tiene su amoroso refugio. Lo más -indigno es que de algunos días á esta parte ha dado en pegarse á Orozco -y en adularle bajamente, y mañana se van juntos á las Charcas (el monte -que Tomás posee más allá de las Zorreras) á cazar un par de días... -¡Figúrate cómo me habré puesto yo, con las ganas que le tengo á ese...! -Mi primer impulso fué ir en su busca, pedirle explicaciones, pegarme -con él si no me las daba... Pero lo he pensado mejor, y me guardo para -otra ocasión las ganas de pelea. ¿No es verdad, amigo mío, que tú me -aconsejas no hacer el paladín? Si eso lo hubiera dicho Malibrán delante -de mí, pase que yo... Pero más vale que no haya sido en mi presencia, -porque así me veo libre de disgustos y de la ridiculez que acompaña -siempre al paladinismo. Tengo un humor de mil demonios.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_28"> - <p><span class="pagenum" id="Page_188">[p. 188]</span></p> - <h2 class="nobreak">XXVIII</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>3 de Febrero.</i></p> - -<p>Querido Equis: no sé lo que me pasa ni cómo puedo escribirte, ni si -entenderás estos garabatos. Mi mano no acierta á trazar las letras. -La sorpresa, el pavor de esta misteriosa tragedia han desquiciado -la máquina toda, y no sé lo que hago ni lo que digo, ni aun lo que -siento. No te escribo para darte la tremenda noticia, que ya sabrás por -los periódicos (hoy no se habla de otra cosa en Madrid). Te escribo -para que no te inquietes, juzgando que podría tocarme alguna parte en -las complicaciones de este asunto... No me toca más que el horror de -que estoy poseído, la confusión espantosa que me acongoja más que el -horror mismo... Ayer al mediodía, hallándome en la cama, sentí que me -despertaban, sacudiéndome un brazo. Era Calderón: le miré entre dormido -y despierto... Figúrate el efecto que harían en mí estas palabras -que me dijo: «Levántate... ¿no sabes lo que pasa?... ¡Federico Viera -asesinado!... ¡Su cuerpo encontrado hoy en un muladar, allá, no sé -dónde!... Levántate.»</p> - -<p>Creí soñar... Me revolví contra Calderón... Bromas pesadas... creí -que eran bromas. Su cara consternada me hizo estremecer... Él me iba -echando la ropa encima de la cama para que me<span class="pagenum" -id="Page_189">[p. 189]</span> vistiera. Yo me volví estúpido... No -podía creer tamaña atrocidad... ¡Asesinado! ¿Y por quién? Es lo -primero que se ocurre. Calderón me dijo: ¿Por quién? La justicia lo -averiguará... ¡Pobre muchacho!... todo el cuerpo lleno de balazos y -cuchilladas...» Levantéme temblando, la garganta oprimida, sin poder -hablar... «¿Dónde?—¡Allá!...» ¡Valiente información! ¡allá! «Le han -llevado al Depósito—añadió Calderón.—El juez amigo mío no conocía al -muerto; pero, por algo que se halló en su cartera, se supo su nombre. -Me avisaron... Le reconocí. Miedo horrible, querido Manolo. El juez -quiere identificación en regla. Vamos tú y yo... La hermana no lo sabe. -Vamos.»</p> - -<p>Todo se me volvía preguntar: «¿Pero quién le ha matado?...—Vete á -saber... lances del juego quizás... amores... venganza... Vete á saber. -Misterio. Yo no lo entiendo... Vamos. ¡Qué trance!» El pobre Calderón -estaba como trastornado. Yo más aún. Salimos, tomamos un coche, fuimos -allá... Antes pasamos por el Juzgado de guardia: se nos unió un médico -forense. ¡Qué día, Equis! Si mil años viviera, creo que no podría -olvidar las emociones espantosas de ayer, la pavura que llenaba mi -ánimo... Hoy me es imposible referírtelas: diría mil disparates, no -acertaría á expresar cosa alguna con claridad... Si te escribo hoy es -para que te tranquilices con respecto á mí. Estoy abrumado de pena y -horror; pero nada más. Mañana, si logro tranquilizarme, te contaré -todo... ¡Ay! presumo que habrá materia larga, más larga de lo que -convendría. Necesito descanso. En veinticuatro horas no he podido<span -class="pagenum" id="Page_190">[p. 190]</span> pasar bocado; sólo he -tomado café y más café... Dormir, imposible. Aguarda un día para que te -entere de lo que he visto y sentido... no de la verdad, que ignoramos. -Estamos todos en completa obscuridad respecto al tremendo suceso. -Adiós.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_29"> - <h2 class="nobreak">XXIX</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>4 de Febrero.</i></p> - -<p>Yo no sabía lo que me pasaba, al recorrer en coche, con el juez, -escribano y médico forense, la distancia entre el Juzgado y el -Depósito. Los pensamientos que durante aquel viaje lúgubre asaltaron -mi mente, querido Equis, no puedo ni debo comunicártelos, al menos -todavía. Yo debí de preguntar á Calderón si nuestros amigos tenían ya -noticia de la ocurrencia, porque él me dijo que Augusta se había puesto -mala de la terrible sorpresa, y que al punto telegrafió á su marido, -el cual se fué el día 1.º por la tarde á las Charcas en compañía -de Malibrán y de no sé quién más. Indicóme también que Clotilde no -sabía una palabra, que probablemente Orozco se encargaría de darle la -noticia cuando viniese. No sé qué más me dijo, porque yo no me enteraba -claramente de nada. Á veces creía soñar; ansiaba llegar pronto, y á -ratos lo temía; y cuando estuvimos cerca del Puente de Toledo y el -juez seña<span class="pagenum" id="Page_191">[p. 191]</span>ló el -vulgar edificio del Depósito, sentí tal pánico, que por punto no me -volví atrás. Me enfadaba que el forense, un viejo rígido y seco, sordo, -completamente insensible ya, por su larga práctica, á las emociones de -estos dramas judiciales, estuviese tan tranquilo, y nos contase con la -mayor frialdad que en su dilatada carrera ha hecho dos mil y tantas -autopsias. Me infundía horror y lástima aquel sujeto, cuya inteligencia -no desconozco y cuya serenidad ante estas catástrofes he admirado al -fin.</p> - -<p>Dejamos el coche. Las piernas me temblaban. Entré el último de -todos, para que la primera impresión de los demás, si alguna tenían, -atenuara la mía... El forense sordo entró como puede entrar un cura en -la sacristía para ponerse la casulla... Frente á la puerta, sobre una -mesa, ví el cadáver de Federico Viera, no tan desfigurado como yo me -lo imaginaba. Creí que una mano invisible me apretaba violentamente el -cuello, ahogándome. No lloré ni podía llorar. El rostro de Federico -parecía de blanca cera, con manchas violáceas; tenía los ojos medio -abiertos, cuajados y sin brillo; la nariz afilada, la boca contraída, -mostrando por un violento repliegue del labio superior los blanquísimos -dientes. Vestía de levita: el pantalón y las botas llenas de fango; la -levita enlodada también por el costado derecho. En mitad de la hermosa -frente, una mancha roja del tamaño de un duro, cárdena en el centro: -por allí había entrado la bala. Le habían desabrochado el chaleco, -y se veía la camisa llena de sangre, ya seca en parte y obscura, en -parte roja y fresca, formando cuajarones. El forense, señalando<span -class="pagenum" id="Page_192">[p. 192]</span> el costado izquierdo -por la cintura, dijo: «aquí hay otra herida de revólver. La bala está -dentro.»</p> - -<p>Procedióse á la identificación en forma legal. Calderón y yo -declaramos, reconociendo en el muerto á nuestro amigo Federico -Viera; firmamos, y nada más. En otras mesas más allá, había dos -cadáveres tapados con un paño. El guarda los descubrió, y los ví con -indiferencia, cual si fueran animales muertos. No podía apartar los -ojos de mi infeliz amigo, y con todas las potencias de mi alma, en un -instante de muda y patética tensión, le dije: «Cuerpo infeliz, recobra -un soplo de vida, y dime quién te hirió, si fué alevosamente ó en -riña...» Junto á mí la voz de Calderón y otras murmuraban no sé qué, ó -discutían sobre si era suicidio ú homicidio. No apartaba yo los ojos -ni la mente de aquel tristísimo espectáculo. El juez me preguntó si -habíamos prevenido á la hermana del muerto, y entonces repitió Calderón -que Clotilde no sabía nada aún, y que era menester decírselo. Me enteré -de si podía yo presenciar la autopsia; respondiéronme que sí, y que se -haría en la mañana siguiente. Salimos con ánimo de volver, yo por lo -menos... Aún me parecía pesadilla horrenda lo que veían mis ojos, y -mi pensamiento volaba afanoso hacia las misteriosas causas, hacia la -acción determinante de aquella muerte.</p> - -<p>Al salir, vimos que se acercaba un coche. De él bajó una mujer. -Era la Peri, vestida de trapillo, con mantón y pañuelo por la cabeza, -guapísima, pálida como una muerta. Cuando nos vió, llegóse á nosotros: -su rostro dolorido expresaba terror y sobresalto. «Leonorilla—le dijo -Calde<span class="pagenum" id="Page_193">[p. 193]</span>rón,—no -entres, no entres, que esto no es para tí...» La pobre mujer me agarró -el brazo, y me dijo en un tono que no olvidaré nunca: «¿Quién le ha -matado? ¿No sabe usted quién le ha matado?»</p> - -<p>El juez entonces le pidió sus señas para llamarla á declarar, y -ella, después de dárselas, prorrumpió en exclamaciones: «¡Pobre niño -de mi alma! Tan bueno, tan cariñoso, tan caballero, y tan persona -decente... ¿Pero qué será esto? Lo que yo digo: faldas, faldas... ¡Ay! -no tengo valor para verle...»</p> - -<p>Apoyándose en el tronco de un álamo, derramó muchas lágrimas.</p> - -<p>Allí se quedó. Desde lejos la miramos, sentada al pie del árbol, -vuelta la cara hacia la puerta del Depósito.</p> - -<p>Después quisimos ver el lugar donde apareció el cadáver, y -atravesando todo Madrid, fuimos al paseo de Santa Engracia, más arriba -de la Fábrica de Tapices, donde hay unas casas modernas muy hermosas. -Á la izquierda ábrese una calle en proyecto, cortísima, que sólo -tiene un edificio á cada lado, y termina en terraplén, sobre un suelo -mucho más bajo. Para llegar á éste, hay que descender un vertedero -de tierra movediza. Aún había allí carros echando cascote y arena -del vaciado de casas en construcción. Á la derecha, vense chozas -construídas con adoquines gastados, tablas, planchas de calamina; -detrás de ellas, montones de basura; y delante de algunas, corrales -cercados por baldosas rotas, tablas y alambres sustraídos á las -plazoletas municipales; cubiles de cerdos entre los montones de paja; -bastantes<span class="pagenum" id="Page_194">[p. 194]</span> gallinas -picoteando aquí y allí. Todo aquello está en hondo, y debe quedar -sepultado cuando los terraplenes iniciados por una parte y otra lleguen -á unirse. En el centro de la hondonada corre un arroyo, por donde las -aguas van á parar á la alcantarilla. Próximo al arroyo, y en la línea -más avanzada de las tierras vertidas, encontraron el cuerpo. «Aquí -estaba,» dijo el juez, señalando con el bastón una mancha obscura que -podía ser de sangre. Los habitantes de las covachas dicen que sintieron -un tiro á eso de las siete de la noche... Un muchacho asegura que vió -venir á un hombre sin sombrero, por el vertedero abajo, y que hablaba -solo.</p> - -<p>«¿Y el sombrero no ha parecido?</p> - -<p>—Pareció á la entrada de la calle, junto á la valla de la casa en -construcción. Los vecinos no están de acuerdo en el número de tiros que -sonaron. Algunos no oyeron más que uno; otro asegura haber oído dos, y -no falta quien llegue á los tres y á los cuatro.</p> - -<p>—¿Y atestiguan todos lo mismo?</p> - -<p>—No: una muchacha habla de dos hombres, muy altos, muy negros, -con unas barbas muy largas y los sombreros echados sobre la cara... -sombreros de ala ancha.</p> - -<p>—¿Y el arma?</p> - -<p>—No hemos podido encontrarla todavía. El terreno es muy desigual, la -tierra blanda y movediza. Puede muy bien haber sido ocultada por los -escombros que se han vertido esta mañana.</p> - -<p>—¿Se ha interrogado á los habitantes de las casas vecinas, en el -paseo de Santa Engracia?</p> - -<p>—Sí; pero no dan ninguna luz. Los porteros<span class="pagenum" -id="Page_195">[p. 195]</span> del 17 triplicado, que es la casa más -próxima, no han visto ni oído nada.»</p> - -<p>Discutióse sobre si fué suicidio ú homicidio. Uno de los presentes, -que no sé si era el actuario, expresó la hipótesis de que el crimen se -había cometido en otra parte, habiendo transportado el cadáver hasta -arrojarlo por el vertedero. No sé por qué me pareció esto inadmisible. -Examinamos el suelo, en el cual vimos impresas tantas pisadas, que nada -se podía leer en él. Alguien dijo allí que aquel sitio era, después de -anochecido, muy solitario. Antes hubo en él una vereda que permitía -pasar desde Santa Engracia á la calle de Trafalgar; pero han cerrado -ya el paso con una valla, y ni un alma transita por allí de noche, á -excepción de los habitantes de las chozas, los cuales tampoco toman la -dirección del sitio en que apareció el cadáver, sino que se arriman á -la derecha. No hay alumbrado en aquel sitio, ni cosa que lo valga.</p> - -<p>Volvíme á casa. No pude almorzar. Sentía vivos deseos de visitar -á los de Orozco, y al mismo tiempo dábame espanto la idea de entrar -en aquella casa. ¡Oh, Dios! no podía apartar de mi mente la idea -(¡terrible y misteriosa presunción!) de que Augusta sabe la verdad. No -sé en qué orden de impresiones ó de corazonadas me había fundado yo, -la noche antes de conocer el suceso, es decir, la noche misma en que -debió de ocurrir la catástrofe, para dar por despejada la incógnita que -tanto me atormenta, y decir con efusiva y franca convicción: «Federico -es.» Como que al acostarme pensé escribirte mi primera carta en este -sentido, diciéndote: <i>eureka</i>... Me acuerdo de<span class="pagenum" -id="Page_196">[p. 196]</span> esto del <i>eureka</i>, y de los razonamientos -con que me propuse apoyar mis conclusiones. ¡Qué lejos estaba de que -mi carta primera sería escrita bajo una impresión trágica! Estoy -aturdidísimo. Déjame que coja el hilo que se me ha escapado de las -manos. Te decía que... ya me acuerdo... que no hay quien me quite de -la cabeza que Augusta sabe la verdad. Yo quería observar aquella cara, -aquellos ojos... ver si tiene entereza para ponerse la máscara, y cómo -engaña con ella á los demás, pues lo que es á mí...</p> - -<p>Entré temblando. Yo debía de estar como un muerto. El primero á -quien ví fué Orozco, triste, pero sin perder aquella tranquilidad -que tanto admiramos en él. No calificó el caso de suicidio ni de -homicidio. Fuera lo que fuese, parecía atribuirlo á lances de juego. -Acababa de llegar de las Charcas con Malibrán, y los dos refirieron -la impresión terrible que les causó por la mañana el telegrama de -Augusta participándoles el terrible suceso. Hablóme después Tomás de la -pobre Clotilde, y allí me enteré, no sé por quién, de que ya sabía la -muerte de su hermano. Nos libramos, pues, del tremendo paso de darle -la noticia. No me atreví á preguntar por Augusta, á quien no veía en -el salón ni en su gabinete. Pronto supe que la desagradable sorpresa -recibida por la mañana, cuando Calderón le contó el caso, habíale -producido una fuerte jaqueca; hallábase acostada, y no quería ver á -nadie. Comimos solos Orozco, Malibrán y yo. Cornelio era el único que -tenía un mediano apetito; el santo comió poquísimo, y yo nada. Los -tres callábamos. Á mí se me humedecían los ojos á cada instante. El -diplomá<span class="pagenum" id="Page_197">[p. 197]</span>tico (digo -esto haciéndole justicia) me pareció sinceramente apenado, y añadiré -que por primera vez sentí dulcificarse la antipatía que siempre le -tuve. Tomás y él hicieron elogios del pobre muerto, encareciendo -su extremada delicadeza, su cariñoso trato, y lamentando que las -irregularidades de su vida le hubieran llevado á tan triste fin. -No pude conservar mi varonil entereza, y me eché á llorar como un -chiquillo.</p> - -<p>Llegaron después algunos de los concurrentes de abono, á quienes -noté consternados, y como temerosos de abordar el asunto. Me parece (no -puedo asegurarlo) que Villalonga y Malibrán cuchichearon en un largo -aparte, mientras el marqués de Cícero me pedía relación circunstanciada -de lo que ví en el Depósito. Hablé de esto lo menos que pude. Otra -cosa reparé, y es que aquella noche no se habló de crimen. Bastante -teníamos con aquella realidad fresca y que nos tocaba tan de cerca. -Las emociones jurídicas del otro drama, antiguo ya y manoseado á -fuerza de representaciones, perdían su novelesco interés. Cisneros no -dijo una palabra del suceso, y observé en él una taciturnidad que por -completo le desfiguraba, presentándomele muy otro de como le había -visto siempre. El <i>Catón ultramarino</i> dejaba en profunda paz á la -Administración de Cuba y á los picarones que van á explotarla. Todos -los temas de conversación, tan vivos y apetitosos otras noches, se -trocaban en insípidos fiambres. Pero el gran asunto, la novedad del -día, les imponía miedo, y no osaban tratarla. Te repito que la morriña -lúgubre de mi padrino me causaba no poca extrañeza. No era el mismo -hombre; una de dos:<span class="pagenum" id="Page_198">[p. 198]</span> -ó se ponía la careta, ó la arrojaba, mostrando su verdadera faz. Pero -aún ocurrió algo que debía dejar en mi mente impresión más honda que -todas las impresiones de aquel infausto día inolvidable, el 2 de -Febrero, día de la Candelaria. Ten un poco de paciencia.</p> - -<p>Á eso de las once, díjome Orozco que Augusta quería verme. Sólo -había pasado la señora de Trujillo, que ya estaba de vuelta en el -salón, aguardando una coyuntura para echar con Calderón su parrafito -<i>criminal</i>. Entré en la alcoba de mi prima. El ruido leve de mis pasos -y de los de Orozco, que entró conmigo, me sonaba como si en mi vida -hubiera oído rumor de pasos. Ví á la dama echada en una silla larga, -bien tapadita. No había luz en aquella estancia, sino en la próxima, -y por entre las cortinas apenas penetraba la claridad suficiente para -que pudiéramos vernos las caras. Augusta me alargó la mano izquierda, -mandándome sentar á su lado. Su marido le preguntó cariñosamente si se -sentía mejor, y ella replicó que sí, preguntándole á su vez quién había -venido y cuál de los asiduos faltaba aquella noche. Un rato hablamos -los tres del caso de Federico, siendo ella la primera que lo mentó, -diciéndome: «¿Qué te parece esta tragedia?» Respondí con las frases de -cajetín, procurando observarle la cara; pero la obscuridad me impedía -distinguirla. Su voz sí que pude apreciarla bien. Tenía cierto temblor, -una empañadura ó sordina que delataba profundísima turbación.</p> - -<p>«Todavía no se me ha pasado el susto—dijo procurando templar su -voz en un timbre claro.—Esta<span class="pagenum" id="Page_199">[p. -199]</span> mañana, al salir yo para misa, vino Pepe, y á boca de jarro -me disparó la noticia. Precisamente me cogía de muy mal humor, porque -pasé parte de la noche con la prima Serafina, que sigue muy grave. Me -parece que la perderemos pronto. Pues figúrate: en tal situación de -ánimo, un trabucazo así... Me afecté tanto, que no pude salir de casa, -y á poco me entró jaqueca. No puedo oir hablar de gente que se mata ó -á quien matan, sin que me ponga á dar diente con diente. Y cuando se -trata de una persona conocida...</p> - -<p>—¡Pobre muchacho!—indicó Tomás.—Tenía sus defectos como todo el -mundo; pero también grandes cualidades.</p> - -<p>—Cualidades que no son nada comunes, esa es la verdad—añadió Augusta -mirándome.—Es realmente un dolor... Le apreciábamos como te apreciamos -á tí, que eres de la familia. Tengo que advertirle á Pepe que aprenda á -dar estas noticias terribles con más tacto y de un modo gradual, no de -sopetón, como hoy... Me quedé muerta... Lo primero que se me ocurrió, -como siempre que me siento apenada y nerviosa, fué telegrafiar á éste -para que viniera. Tenía miedo de estar sola. Desde que te ví entrar -esta noche (mirando á su marido cariñosamente), me pareció que se me -disipaba el miedo. Voy recobrando la serenidad, y si se me hubiera -quitado esta puntadita de clavo, estaría tan campante recibiendo á mis -amigos...»</p> - -<p>Yo me condolí acerbamente del desgraciado fin de mi amigo, y Augusta -dijo, ya con la voz más segura: «¡Dios le haya perdonado! ¡Pobrecito! -¡Qué extravíos, qué conflictos, qué desór<span class="pagenum" -id="Page_200">[p. 200]</span>denes de la vida le habrán llevado á ese -desastre!»</p> - -<p>No sé qué respondí. Pensaba en aquel momento que mi prima me había -llamado para decir todo aquello delante de mí, como se trae á un -testigo para dar fuerza legal á manifestaciones de importancia. Pensé -también que aseguraba su coartada con aquello de acompañar á la tía -Serafina. Orozco dijo que no debíamos aventurar juicio alguno sobre -los móviles de la muerte de Federico, ni aun sobre la muerte misma, -que hasta aquel momento permanecía envuelta en el misterio; y dicho -esto, se fué, dejándome la impresión de que le preocupaba el suceso -más de lo que á primera vista parecía. Cuando nos quedamos solos, -Augusta introdujo diplomáticamente en la conversación una idea extraña -al asunto capital de aquella noche. No sé qué me dijo de si se casaba -ó no al fin con el artillero la chica segunda de Pez, y volvió á caer -con repentino salto sobre el trágico tema, diciéndome: «¡Vaya, que -esto da que pensar! Pero tú que eras quizás el único algo conocedor -de las interioridades de su vida, ¿no tienes antecedentes para -descubrir...?</p> - -<p>—Al enterarme de esta desgracia—contesté presentando la versión más -vulgar para ver si la aceptaba con alegría,—pensé que alguna pérdida de -juego ha podido ser la causa.</p> - -<p>—¿Pero qué?—apuntó con viveza, huyendo, la muy pícara, de la trampa -que yo le tendía,—¿está averiguado que fuera suicidio? Mira tú, -juzgando sólo por impresión, yo me inclino á creer que no.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_201">[p. 201]</span></p> - -<p>—Fácil es que la justicia lo ponga en claro; y si acaso -resultase...</p> - -<p>—Para mí—afirmó con aplomo interrumpiéndome,—lo que hay aquí es un -choque por cuestiones de mujeres. Ya tienes noticia de las francachelas -escandalosas en casa de esa que llaman la Perri ó la Pera ó no sé -cómo.»</p> - -<p>Parecióme que daba este giro al asunto para despistarme, á fin de -que yo no pudiera sorprenderle los pensamientos.</p> - -<p>«Tú lo sabes—me dije llena el alma de amagura;—lo que pasó tú lo -sabes, tú sola. Si alguien le dió muerte ó se la dió él mismo, tú lo -sabes, porque delante de tí ocurrió la espantosa desgracia, como quiera -que fuese.» En alta voz dije que no sospechaba que Leonor tuviera -conexiones con el misterioso hecho, y ella repitió que en el mujerío de -mal vivir y en el juego, fatalmente combinados, hay que buscar siempre -las causas de estos dramas. Yo le miraba el rostro, considerándolo -como un espejo en cuya superficie la terrible escena había estado -reproducida durante breves instantes. ¡Cuánto habría dado yo porque -de la imagen aquélla subsistiese algún rasgo en la cara-espejo! Pero -si algo había, no me era fácil verlo á causa de la obscuridad. Ni -podía tampoco examinar sus expresivos ojos, que alguna sombra fugaz -reproducirían tal vez de lo que en la mente se conservaba fielmente -estampado. Hube de reparar después que se movía inquieta, procurando -envolverse mejor en su cachemira, y que en aquellos movimientos de -precaución ni una sola vez sacó la mano derecha. Parecíame que la -ocultaba entapujada.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_202">[p. 202]</span></p> - -<p>«¿Qué tienes en esa mano?—le pregunté vivamente.</p> - -<p>—Nada. Ayer me quemé un poco, lacrando una carta. Pero no es nada. -Para evitar el roce, me defiendo la quemadura con el pañuelo.»</p> - -<p>Dió más explicaciones; pero lo que es la quemadura no me la -enseñó.</p> - -<p>«Pues verás—le dije después de una pausa:—si la justicia no descubre -la verdad de lo ocurrido, yo la descubriré.»</p> - -<p>Parecióme que no se inmutaba al oir esto. Por fin me contestó:</p> - -<p>«Yo creo que la justicia lo pondrá bien en claro, Manolo. No te -metas á polizonte, no vaya á pasarte lo que á esos que se proponen -descubrir el crimen de la calle del Baño, y han armado ya un lío que -nadie se entiende.»</p> - -<p>Calló, y se puso á mirar al techo. Yo la contemplaba á ella sin -pestañear. Hubo un instante, te lo declaro ingenuamente, en que me -inspiró aquella mujer un horror que no puedo pintarte. Impulso sentí -de arrojarme sobre ella, y echarle las manos al pescuezo, gritando: -«Confiesa tu crimen; confiesa que por tu culpa ha perecido ese infeliz -hombre. Revélame la verdad, ó te ahogo aquí mismo.» Desvanecióse -pronto aquel arrechucho, sin que llegara, por fortuna, á pasar de la -idea á la acción. Pero mi exquisita impresionabilidad determinó al -instante otro fenómeno anímico, y fué que me asombraba de haber amado -á semejante mujer. No: en aquel momento, habría jurado yo que la -aborrecía y la despreciaba con todas las fuerzas de mi alma. La pasión -que sentí por ella se me representaba como uno<span class="pagenum" -id="Page_203">[p. 203]</span> de esos estímulos de nuestro amor propio, -que nos llevan á situaciones y actitudes enfáticas, de las cuales nos -arrepentimos en cuanto caemos en la cuenta de que no arrancan del fondo -efectivo de nuestro sér.</p> - -<p>Hablamos luego de cosas indiferentes, y me retiré pensando que -vivimos en una sociedad esencialmente dramática; sólo que el barniz -de cultura que nos hemos dado encubre el drama en las esferas altas, -dejándolo sólo descubierto en las inferiores.</p> - -<p>Salí de allí con el alma destrozada, y me marché temprano de aquella -casa, á la que empezaba á cobrar aborrecimiento.</p> - -<p>Pasé muy mala noche... Mi cama toda llena de agujas.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_30"> - <h2 class="nobreak">XXX</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>5 de Febrero.</i></p> - -<p>Asistí á la autopsia. ¡La de cosas que hay dentro de este mísero -cuerpo humano! ¡Espantosa lección de anatomía! No la olvidaré mientras -viva. El cadáver tenía varias contusiones y dos heridas de revólver: -una en la frente, y otra en el costado izquierdo. En la primera, la -bala atravesó el cerebro y fué á salir por la región occipital. Era -mortal de necesidad. La segunda, que interesaba el hígado, también era -mortal, aun<span class="pagenum" id="Page_204">[p. 204]</span>que no -de muerte inmediata. La bala había ido á incrustarse en una vértebra. -Además, se observó una fuerte erosión en el brazo izquierdo, y los -dedos de ambas manos desollados. Hubo, pues, lucha. Creo que no hay -datos suficientes para probar el suicidio; pero veo al juez inclinado -á admitirlo como un hecho. Ha tomado declaración á los habitantes de -las covachas, y no resulta nada preciso. Es un cúmulo de testimonios -vagos y contradictorios, que más bien sirve para confundirnos que -para iluminarnos. La indagatoria de los porteros de las casas -próximas tampoco ha dado luz. ¡Esto es morir!... Las lentitudes de -la justicia y la falta de policía me desesperan. Se me ocurren mil -recursos probatorios que de seguro darían resultado; pero ese juez, -¿en qué piensa?... Obraré por cuenta propia. De los pasos que he dado -y que pienso dar para conocer la verdad por mí mismo, sin auxilio de -polizontes, te enteraré oportunamente.</p> - -<p>Déjame ahora seguir contándote. Cuando fuimos á la autopsia, el 3 -por la mañana, nos encontramos á la Peri, sentada al pie del mismo -árbol en que la habíamos visto el día anterior. Su cara descolorida -y ojerosa revelaba cansancio y falta de sueño. Como que había pasado -allí toda la noche la infeliz. Contónos que al fin había tenido valor -para penetrar en el Depósito, <i>pasito á pasito</i>, procurando quitarse -el miedo de un modo gradual. Acercóse despacio á la puerta; alargó -la cabeza hasta que pudo distinguir un pie de Federico; después fué -avanzando lentamente, viendo más, más á cada instante... hasta que -su ánimo se robusteció y pudo arrostrar el<span class="pagenum" -id="Page_205">[p. 205]</span> espectáculo del cadáver completo, de pies -á cabeza. Aun con estas precauciones, no pudo evitar una súbita emoción -dolorosísima al verle la cara... y se cayó con un poquitín de síncope, -y el guarda la tuvo que levantar. Mientras se lo permitieron, estuvo -allí, rezando, según dice; después mojó un pañuelo en la sangre que -destilaba del cráneo del difunto, y cortándole mechones de pelo, los -guardó en otro pañuelo. Mostrábame estas reliquias mientras lo refería. -Cuando el guarda la hizo salir, porque ya era tarde, sentóse junto al -árbol, decidida á quedarse allí toda la noche, <i>velando á su amigo de -su alma</i>. ¡El pobrecito estaba tan solo en aquel muladar, olvidado de -todo el mundo! Daba dolor ver arrojado sobre aquella mesa, compuesta de -una losa de mármol sobre cuatro patas de hierro, el cuerpo del hombre -que había sido alegría y encanto de la sociedad. No lo dijo así la -Peri, pero tal fué su idea. Recuerdo esta frase: «¡Y los otros allá, -divirtiéndose, y quizás alegrándose de haberle quitado de en medio! -¡Canallas!»</p> - -<p>Pues, como te digo, la noche entera pasó Leonor en campo raso, al -amparo del olmo sin follaje, arrebujadita en su mantón. Á la madrugada, -diéronle albergue los habitantes de un ventorrillo cercano; tomó -un trago de aguardiente, después buñuelos y encima otro poquito de -aguardiente. Con esto se entonó, y vuelta á la guardia. Al amanecer, -no podía con su alma, de sueño, cansancio y pesadumbre. Todo esto -nos lo contaba con ingenua naturalidad, sin dar importancia al -plantón ni á las molestias del mal dormir en cama tan dura; y como el -forense, á quien<span class="pagenum" id="Page_206">[p. 206]</span> -acompañábamos, se permitiese decirle alguna cuchufleta sobre la soledad -en que se habían quedado sus amigos de Madrid aquella noche, contestó -con gran desembarazo: <i>que se fastidien</i>, agregando á la frase un gesto -sumamente expresivo. Enterada de que iba á verificarse la autopsia, se -horrorizaba de pensar cómo le pondrían el cuerpo y la cabeza á su pobre -amigo. «¿Y para qué semejante carnicería?—Más vale que te vayas—le dije -yo,—que estas cosas son muy tristes.» Pero ella, haciendo propósito -de no presenciar el <i>desmoche</i>, aunque se lo permitieran, dijo que no -se retiraría á su casa hasta no dejar el cuerpo de su amigo en tierra -sagrada, y echarle encima un buen Padre Nuestro.</p> - -<p>Al salir del terrible acto médico-legal, la encontré en el propio -sitio, llorando. Suplicóme que le contara los horrores que yo había -visto; pero hallábame tan impresionado, que apenas pude complacerla. Su -curiosidad me estimulaba á hablar, y hacíame preguntas que me dejaban -frío. ¿Le abrieron la cabeza? ¿Qué tenía dentro? ¿Se había visto bien -claro que era el mejor caballero del mundo?—No, mujer, eso no se puede -ver.» Preguntaba luego si le habían sacado el corazón, y cómo era. -Debía de ser, según ella, un corazón grandísimo, tan grande que no le -cabía dentro... Me lastimaban tanto las candorosas interrogaciones de -aquella mujer, como si sintiera en mis carnes las cuchillas del forense -haciendo mi propia autopsia. Admiré en Leonor aquella fidelidad de -perro, y la pobre mujer se engrandecía á mis ojos.</p> - -<p>El entierro se verificó en el cementerio de San<span -class="pagenum" id="Page_207">[p. 207]</span> Justo. Fué Santanita -representando á la familia, y con él dos personas á quienes yo no -había visto nunca. Eran el marido de Claudia y el de Bárbara, ambos de -catadura humilde. Habían dispuesto lo necesario para que el entierro -fuera decoroso, y trajeron, en un coche de la <i>Funeraria</i>, todo lo -que hacía falta para el caso. Por no ser posible vestir de nuevo el -cadáver, le envolvieron en sábanas, dejándole descubierto el rostro, y -nada más se hizo, ni había para qué. Cuando ya salíamos del Depósito, -llegaron el marqués de Cícero, Villalonga y otros amigos. El cortejo -fúnebre no excedía de quince personas y de seis ó siete coches. -Recorrimos en breve tiempo y á paso regular el camino del campo-santo. -Nos apeamos. Seguimos tras el ataúd por aquellos tristísimos patios -rodeados de nichos. Leonor y yo íbamos á la cola del reducido -acompañamiento; pero en el acto del sepelio me aproximé, y ella se -quedó á cierta distancia, llorando. Era la única persona, entre todos -los presentes, que mostraba un dolor vivo, hondo, inconsolable; pues -los demás, incluso Santanita, sólo expresaban duelo de etiqueta, y en -algunas caras se podía leer esa conmiseración oficial, mezclada de una -crítica severa, que si se tradujese en palabras resultaría así: «¡Pobre -perdis! no podías tener otro fin que el que has tenido. Dios te haya -perdonado.»</p> - -<p>Nada te diré de lo triste del acto. Puedes figurártelo y -comprenderlo, conocidas las circunstancias del difunto y su desastrada -muerte. Ni te hablaré de las <i>ideas que se agolpaban á mi mente</i>, ni -del lúgubre sonido de la caja al caer en el fon<span class="pagenum" -id="Page_208">[p. 208]</span>do de la fosa. Todo esto, aunque es -verdad, no te expresaría bien lo que yo sentía. Además de la pena de -ver desaparecer para siempre á un amigo simpático y amable, me afligía -el considerar que con él enterrábamos el indescifrado enigma de su -fin lastimoso; que Federico, al caer dentro de la sepultura y recibir -encima la tierra, echaba la llave al secreto, y nos daba las buenas -noches de la eternidad con cierto humorismo lúgubre que me helaba la -sangre: «Adiós, tontos. La solución en el valle de Josafat.»</p> - -<p>Salimos de allí hablando del muerto en los términos trillados, -fríos, casi indiferentes que es costumbre usar. Unos á otros nos -preguntábamos por nuestra preciosa salud, quejándonos del mal tiempo -que hacía, voluble y desigual, <i>impropio de la estación</i>, y echándole -la culpa de nuestros achaques. Nos distrajimos viendo llegar más -entierros, con bastantes coches, y en ellos algunas personas conocidas, -á quienes saludamos, alegrándonos de verlas vivas. Por las rondas -descendían largos rosarios de carruajes en dirección á los distintos -cementerios. Á lo lejos se nos presentaba, como invitándonos á vivir -un poquito más, la loma de Madrid con cien cupulillas, bajo un cielo -claro, transparente, bruñido. El sol lucía espléndido, y picaba -bastante. De los árboles secos y desnudos no te diré que me parecieron -esqueletos, ni que choqueteaban sus ramas con lúgubre son, porque -faltaría á la verdad. El día era de los más bonitos que se ven aquí, -frío á la sombra, ardiente al sol; día que amenazaba la existencia con -dos espadas paralelas: la pulmonía y el tabardillo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_209">[p. 209]</span></p> - -<p>Nos metimos en nuestros carruajes, y á Madrid. Mira tú lo que -son las cosas: la imagen del pobre Federico, envuelto en la sábana -y metido bajo tanta tierra, no se apartaba de mi pensamiento; pero -se iba quedando lejos, muy lejos, desvaneciéndose un poco á cada -vuelta de las ruedas del coche. En el mío traje á Calderón y á la -pobre Peri, que se había secado las lágrimas y parecía más tranquila. -Calderón es hombre indelicado é inoportuno, y creía sin duda que -la mala reputación de Leonor le autorizaba para hacer burla de sus -sentimientos, permitiéndose dirigirle chirigotas de mal gusto en -ocasión tan triste. «Dime, ¿estás todavía con el malagueño, ó has -vuelto con Guillermón?» Contestóle ella con desprecio, y á mí, -francamente, me indignaba la grosería de mi amigo y su falta de respeto -hacia lo que siempre es respetable, hállese donde se hallare. Poco -hablamos durante el trayecto. Yo no hacía más que mirar á la Peri, -contemplando con arrobamiento su rostro dolorido dentro del pañuelo -atado á la chulesca. El insomnio y la tristeza la hacían más bella, -ó á mí al menos me lo parecía. No te oculto nada de lo que siento, -aun sabiendo que tal vez te burlarás de mí. Por eso te digo que la -mujer aquélla me pareció interesantísima, y que me gustaba, sí, me -gustaba; sentía en mí una propulsión misteriosa que hacia ella de la -manera más espiritual me lanzaba. Mi dichosa impresionabilidad me iba -armando ya una de esas tremolinas pasionales que tan comunes son en -mí. No paraba mientes en la clase de mujer que es; no quise ver más -que el sentimiento noble, puro y acendrado que mostrado había,<span -class="pagenum" id="Page_210">[p. 210]</span> sin mezcla alguna de -afectación, y la admiraba con toda mi alma. Tras la admiración vino no -sé qué respeto; sí, respeto, no te hagas cruces. ¿Por qué no hemos de -dar á las cosas su nombre? Yo veía en ella un calor de sentimientos que -me era muy simpático, y entráronme ganas de arrimar á aquel rescoldo mi -existencia espiritualmente solitaria y aterida. «Leonor—le dije, cuando -nos aproximábamos á su casa, en la calle de Preciados, después de haber -dejado á Calderón en la suya,—yo tengo que hablar contigo, y si me lo -permites, ha de ser hoy mismo, ahora mismo. Te convido á almorzar. -Iremos á donde tú quieras.»</p> - -<p>No sé si el móvil que me impulsaba á hablarle así era un vivo -deseo de estar á su lado, ó el propósito de interrogarla sobre -ciertos hechos, referentes á Federico, que deseaba esclarecer, á -fin de instruir con buenos fundamentos mi sumario. Creo que serían -ambos móviles á la vez los que determinaron mi aproximación á aquella -mujer. Aún le dije más: «Tú eres muy buena, Leonorilla, y yo necesito -entenderme contigo sin tardanza; te necesito como amiga y como -reveladora de ciertas cosas que deseo saber.</p> - -<p>—No sé si podré—replicó sonriendo.—<i>Ese</i> debe de estar quemado, -esperándome.—Suba usted y almorzaremos juntos... ó nos iremos á donde -usted quiera... con tal que me dejen.»</p> - -<p>Subimos. En la casa no había ningún hombre, lo que á ella pareció -contrariarla, y á mí me fué muy grato. La criada enteró á Leonor -de todo lo ocurrido en su ausencia, y creí entender que alguien -estaba hecho un veneno por ausencia tan<span class="pagenum" -id="Page_211">[p. 211]</span> larga. Habían salido en su busca... -habían dado parte al alcalde de barrio. Leonor se reía. Quedéme solo -en la sala, y desde allí la sentí trasteando en su gabinete; oí -rumor de lavatorio, criada y ama rezongando. Pronto entró la chavala -transformada en mujer elegante, con una bata preciosa y chinelas -rojas.</p> - -<p>«Supongo—me dijo,—que usted desea saber algo de ese pobrecito...»</p> - -<p>Se le humedecieron de nuevo los ojos, y sentándose junto á mí en la -actitud más honesta, añadió: «Era, me lo puede usted creer, el primer -caballero del mundo, y la persona más decente que había en Madrid.»</p> - -<p>Apoyé sus afirmaciones con un movimiento de cabeza. Después me -sonreí al oirle esto: «El día antes sabía yo lo que iba á pasar. Eché -las cartas, y en <i>lo que esperas</i>, salió el siete de espadas, <i>muerte -segura</i>, con el dos de copas, <i>sorpresa</i>, por causa de <i>la mujer de -buen color</i>...</p> - -<p>—¿Pero es posible que tengas fe en esas paparruchas?</p> - -<p>—No me han fallado nunca. Sale siempre clavadito todo lo que rezan -las cartas. Aquí estuvo el infeliz el día mismo del caso. No sé si debo -contarle á usted lo que habló conmigo, que fué muy poco. Cuando el juez -me cite, saldré del paso con cuatro papas; pero con usted, si me da -palabra de callarse, seré más franca. Federico y yo éramos amigos, pero -amigos... no sé cómo explicárselo... vamos, que no teníamos nada, que -no había nada entre él y yo... En otro tiempo, sí, nos quisimos; pero -ya... Eramos lo mismo que los matrimonios viejos... Como ilusión, no la -ha<span class="pagenum" id="Page_212">[p. 212]</span>bía... Le juro á -usted que no me tocaba. Pero nos teníamos mucha ley, nos apreciábamos, -y yo me aconsejaba de él, siempre que me veía en alguna situación mala, -y él de mí.</p> - -<p>—¡El se aconsejaba de tí, de tí! ¿Cómo?... Explícame eso... Pero -vamos por partes y no nos aturrullemos. Claridad, orden ante todo. Lo -primero que deseo saber, y tú podrás decírmelo, es si Federico tuvo -grandes pérdidas en el juego estos últimos días.</p> - -<p>—No, no: todo lo contrario. La noche antes ganó muchísimo dinero, -pero muchísimo... Al juez le diré sobre esto lo que me parezca, lo que -no comprometa el buen nombre del pobre difunto.</p> - -<p>—Sí; pero á mí me dirás cuanto sepas, todo absolutamente. Yo te -guardaré el secreto, Leonor, y seré tu amigo... amigo, como lo fué -él.</p> - -<p>—Dificilillo es eso—me dijo sonriendo con tristeza, y mirándose -las uñas.—Habrían de reunirse muchos perendengues. Esto viene de muy -lejos, señor mío. Yo podré, en un abrir y cerrar de ojos, prendarme -de un hombre y él de mí, y querernos más ó menos tiempo; pero una -amistad como la que teníamos aquél y yo no es cosa de tres ni de cuatro -días.</p> - -<p>—Pues todo has de contármelo—repetí, devorado por la curiosidad,—y -pronto.</p> - -<p>—No vaya usted tan de prisa... Y además, hay cosas que no sé si debo -decirlas. Son muy delicadas, y si usted no las entiende bien, podría -pensar mal de nuestro amigo. No todos comprenden bien lo que pasa. Hay -cosas... cosas, ¿eh? que parecen muy malas, y no lo son.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_213">[p. 213]</span></p> - -<p>—Cierto; pero se me figura que yo entenderé todo lo que tú me -confíes, y que la buena memoria de mi amigo no perderá nada por eso. -Ahora, lo primero que has de decirme, y en ello sí que no puede haber -aplazamiento, es lo que piensas tú de esta desgracia... ¿Qué ha sido? -¿Cuándo la supiste? ¿Qué dijiste al saberla? Nadie como tú le conocía -á él; nadie como tú estaba al tanto de sus trapisondas... Tu opinión -sobre esta muerte es de grandísima importancia, Leonor.»</p> - -<p>Al hacerle la pregunta, interrogaba yo también la expresión de su -rostro. La ví compungirse y llorar de nuevo. Enjugándose las lágrimas, -me respondió con voz entrecortada:</p> - -<p>«No sé, no sé... pero para mí... Á Federico le han matado... Eso -de que se mató él... qué sé yo... me parece invención de la justicia -para tapar la verdad. ¡Pobrecito de mi alma, tan bueno, tan leal, tan -persona decente! ¡Maldita sea la muy pilonga que tiene la culpa!</p> - -<p>—¿Luego tú crees que aquí hay mano de mujer, ó influencia de -mujer?</p> - -<p>—Crea usted que sí la hay... Si el juez me pregunta sobre esto, -me haré la tonta; pero yo tengo acá mi idea, y no hay quien me la -quite.</p> - -<p>—¿Cuál es tu idea?... Yo quiero saberla...</p> - -<p>—Hay mujeres muy remalas.</p> - -<p>—Eso es verdad; pero lo que falta saber es qué remala mujer ha -andado en esto.»</p> - -<p>Leonor dió un gran suspiro; se miró otra vez las uñas, lo que hacía -siempre que meditaba, y por fin me dijo en voz queda:</p> - -<p>«¿Para qué me lo pregunta, si usted la conoce mejor que yo?»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_214">[p. 214]</span></p> - -<p>No quise pronunciar el nombre que flotaba en la confluencia de -nuestras palabras. Tan sólo dije: «¿Federico te habló de esa mujer -alguna vez, te dió cuenta de sus amores con ella?</p> - -<p>—Nunca, nunca—declaró la Peri con cierta dignidad.—Le juro á usted -que nunca me dijo nada. Era tan delicado, que en esta casa jamás -pronunció el nombre de las señoras que se chiflaron por él. Y cuando -yo quería tirarle de la lengua, me lo negaba, crea usted que me lo -negaba...</p> - -<p>—¿Entonces, cómo sabías tú...?</p> - -<p>—Lo sabía por otro lado; lo sabía... porque sí... como se saben -muchas cosas.</p> - -<p>—Bueno. Dejemos el origen de tu conocimiento. ¿Y en qué te fundas -para creer que le mataron?</p> - -<p>—Es corazonada... pero que no me engaño—respondió con acento -convencido y picaresco.—Tan cierto es lo que pienso como éste es día... -Yo me guardaré mi idea. No quiero confiársela á nadie.</p> - -<p>—¿Ni á mí tampoco?</p> - -<p>—¿Para qué? No hemos de poder probarlo. Si hablo de esto, podrían -vengarse de mí.</p> - -<p>—Bueno, pues dime una sola cosa, una sola, y no te pregunto más. -¿Crees tú que Federico murió á mano de hombre?</p> - -<p>—Claro: de hombre...</p> - -<p>—Me basta.»</p> - -<p>Te refiero este diálogo, del cual poca substancia sacarás, para -que comprendas la confusión de mis ideas. No quise insistir en mi -interrogatorio; y como las necesidades corporales, por lo avan<span -class="pagenum" id="Page_215">[p. 215]</span>zado de la mañana, se nos -impusieran, á entrambos se nos ocurrió que nada es tan inconveniente -para los altos fines humanos como pasarse todo un día sin almorzar. -Nuestra pena misma exigía la reparación orgánica, y hasta el intrincado -problema que nos inquietaba pedía fuerzas materiales para ser tratado -con la debida entereza y formalidad. Porfiaba ella en que almorzáramos -allí; yo que en el <i>restaurant</i>. Venció por fin el sexo débil, y -pasamos al comedor. ¿Acabaré de ser sincero contigo? Pues sí, ¿por qué -no? Aquella mujer me tenía fascinado: ante mí se agigantaba, no sólo -por su belleza, sino también, y más quizás, por no sé qué aureola moral -que mi mente voluntariosa veía ó quería ver en ella. Nada, hijo de mi -alma, que estaba yo enamorado... no retiro la palabra, enamorado de -la Peri, y deseando manifestárselo; y has de saber también que lo que -en mí sentía era muy por lo fino, algo de galantería caballeresca y -sentimental que me andaba por dentro como lucida procesión, y... no sé -qué más decirte.</p> - -<p>Dejo la conclusión para otra carta, porque estoy fatigadísimo, y no -puedo concluir sin llenar un pliego más. Hasta mañana.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_31"> - <p><span class="pagenum" id="Page_216">[p. 216]</span></p> - <h2 class="nobreak">XXXI</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>7 de Febrero.</i></p> - -<p>¿Creerás tú que el almuerzo acabó en bien; que mi fascinación llegó -á su apogeo, y que con el estímulo de los manjares y bebidas, me lancé -á manifestar mis sentimientos, y alcé los amantes brazos y cayó en -ellos la Peri, pagándome mi respetuosa afición con otra de la misma -calidad ó quizás menos pura? ¡Quiá, no seas tonto! Si te has creído -esto, bórralo de tus papeles. Ambos estuvimos muy desganados de todo, -muy tristes. Advierte ahora, en lo que vas á leer, de qué manera se -enlazan en la vida las cosas tristes con las cómicas, y cómo nuestros -propósitos y la realidad andan ó suelen andar á la greña.</p> - -<p>No habíamos concluído nuestro almuerzo, el cual, dicho sea entre -paréntesis, fué bastante irregular, como hecho en casa no muy bien -regida, cuando vino á torcer el rumbo de mis alambicados pensamientos -la brusca entrada de un sujeto conocido en el mundo de la galantería -con el remoquete de el <i>pollo malagueño</i>. Supongo que no irás á buscar -esta celebridad en el Vapereau, en el Larousse, ni en ninguna otra -enciclopedia. No la busques porque no la encontrarías, lo que no quita -que sea celebridad incontestable, al menos aquí, y que le conozcamos -todos, unos de<span class="pagenum" id="Page_217">[p. 217]</span> -vista, otros de trato, como yo, por desgracia. Te presento á este -chulito de buena familia y mejor sombra, un poco torero, un poco -aristócrata, un poco borrachín, tan ligero de palabras como torpe de -entendimiento, guapo, eso sí, aunque afeminado, pies y manos de mujer, -el cuerpo muy espigadillo, el pelo sobre la oreja, y un bigotito que -parece de seda negra, los ojos como soles; hombre, en fin, á quien yo, -siempre que le veo, daría de buena gana dos patadas en semejante parte, -y te juro que no se las dí en aquella ocasión por respeto á la que no -vacilo en llamar... ríete, hombre, ríete hasta mañana... <i>dama de mis -pensamientos</i>.</p> - -<p>Pues, señor, lo mismo fué entrar el tal pollo que... ¿Crees que -se armó una gran marimorena, que la Peri y su amante se enzarzaron -de palabras, que luego el chulo y yo nos liamos, y...? No, hombre, -ten paciencia; no hubo nada de esas <i>trigedias</i> que en lenguaje -filosófico se llaman <i>broncas</i>. Me parece que Leonor le saludó con un -<i>¡hola, perdis!</i> <i>¿ya estás aquí?</i> Pero no estoy seguro de si dijo -esto, ó simplemente <i>¡válgame Dios, lo que está aquí!</i> En la duda no -apuntes nada, no sea que después, en las edades futuras, armen los -historiadores un cisco por dilucidar los verdaderos términos de esta -importante salutación.</p> - -<p>De lo que sí no me cabe duda, y esto puedes consignarlo con toda -solemnidad, es que Pepe Amador, que tal es su nombre, llegóse á su -querida, é hizo ademán de darle un sopapo, en broma se entiende, con -actitud entre cariñosa y enojada, rebuznando así: «¡Miá que too un día -y toa<span class="pagenum" id="Page_218">[p. 218]</span> una noche! -¡Pamplinosa...! ¿pa qué esos papeles, si tú no eras ná del cadáver?»</p> - -<p>Leonor se dejó acariciar de aquel gaznápiro, y volviéndose á mí me -dijo: «Vamos, dígamelo usted con franqueza. ¿No es un disparate que yo -esté tan chalaíta por este animal?»</p> - -<p>Iba á contestarle que, en efecto, el disparate era de los más -gordos; pero no dije nada. Amador me saludó de un modo servil, con -extremos de amistad, á que yo nunca había dado pie, porque el tipo me -repugnaba. No manifestó en aquel instante la más ligera inquietud por -mi presencia, y creo que aunque hubiera tenido celos de mí, se habría -guardado muy bien de manifestarlos. Sentóse el chulapo junto á ella, y -pronto empezaron á ponerse babosos, lo que me enfadó sobremanera. No -comprendía yo, ciertamente, que una mujer de mérito... digo de mérito y -no me vuelvo atrás, porque todo es relativo en este mundo... pues sí, -no comprendía que una mujer de calidad amase á semejante gandul. En las -ternezas y recriminaciones que ella le dirigió, creí notar confundidos -el cariño y el desprecio. Analiza esto, hombre sesudo, si no te -causa empacho. Yo te diría algo sobre el particular si tuviera humor -para entretenerme en tales tontunas. Ya comprenderás que no me haría -maldita gracia el gorro que intentaban ponerme aquel par de peines, -y quise retirarme. Leonor se opuso, diciendo á su chico que tuviera -formalidad.</p> - -<p>Y ahora, procediendo con esa lógica que los sabios llamáis -inflexible, creerás sin duda que ante el amor de la Peri por aquel -tipejo, ante el espectáculo de las gansadas de él y de las zala<span -class="pagenum" id="Page_219">[p. 219]</span>merías de ella, me -desilusioné de golpe, y que, súbitamente, me repugnó la que antes me -parecía tan seductora. Crees esto, ¿verdad? Pues no señor, no fué así. -Esas son las lógicas de los trataditos de Ética; las del humano corazón -suelen ser ¡ay! muy distintas. Te diré, pues, que contraviniendo toda -ley escrita, la chavala siguió atrayéndome y fascinándome, y sus -debilidades manifiestas no me quitaron la ilusión de aquel extraño -resplandor moral que creí ver en ella. Esto te parecerá un ciempiés; -pero como es te lo cuento, y con la realidad no se gastan bromas.</p> - -<p>Despedíme dos ó tres veces, y otras tantas Leonor y su querindango -me retuvieron. En una de éstas el muy tonto se permitió dar su opinión -sobre el suceso del día, contándonos lo que había oído en la esquina -del Suizo, en la Taurina y en otros centros de instrucción y cultura. -La versión recogida por Amador no podía ser más extravagante. Federico -había sido muerto por Orozco.</p> - -<p>«¡Qué barbaridad!—le dije:—¡si Orozco estaba aquella noche en las -Charcas...! Me consta.</p> - -<p>—Pues un amigo mío—replicó el chulo con la seguridad de la -barbarie,—me ha dicho que vió á don Tomás á las once de la noche, -en una calle que desemboca en el propio lugar del crimen. Iba bien -embozado en su capa, con otro chavó. ¿Y esa?»</p> - -<p>Yo me reí. La Peri también se rió, aunque con afectación notoria, -como intentando encubrir su pensamiento. No quise entrar en discusiones -sobre punto tan delicado, y me retiré, prometiendo á Leonor que -volvería á charlar con ella, cuando pudiese consagrarme un rato largo, -pero muy lar<span class="pagenum" id="Page_220">[p. 220]</span>go. -Convinimos en que me fijaría sitio, día y hora, y me marché por esos -mundos de Dios en busca de las impresiones públicas y callejeras que no -habían de faltar.</p> - -<p>En las tres ó cuatro partes á donde fuí no se hablaba de otra cosa. -Fácilmente comprenderás que un asunto de tal naturaleza, formado -de misterio y escándalo, ha de excitar vivamente la chismografía -de la raza más chismográfica del mundo; raza dotada de fecundidad -prodigiosa para poner variantes á los hechos y adornarlos hasta que -no los conoce la madre que los parió; raza esencialmente artista -y plasmadora, que crea casos y caracteres, formando una realidad -verosímil dentro y encima de la realidad auténtica. Ante un suceso -de gran resonancia, todo español se cree humillado si no da sobre él -su opinión firme, tanto mejor cuanto más distinta de las demás. Oí, -como puedes figurarte, explicaciones razonables; otras novelescas, -aunque dotadas de esa verosimilitud propia de las obras de imaginación -escritas con talento; algunas estrafalarias, pertenecientes al género -de entregas, de esas que, llenas de chafarrinones, se te meten por -debajo de la puerta. Todo lo oí con paciencia y atención, pues hasta -los mayores desatinos deben, en casos tales, oirse y sopesarse para -obtener la verdad. Personas encontré que se cebaban en el asunto con -brutal fiereza, ávidas de hincar el diente en reputaciones hasta -entonces intactas; otras que se inclinaban á lo más atroz, arriesgado -y pesimista, y algunas que, gustando de tomar el simpático papel de la -sensatez entre tanto delirio, proponían las versiones más anodinas y -triviales;<span class="pagenum" id="Page_221">[p. 221]</span> pero en -honor de la verdad, debo decirte que éstas hacían pocos prosélitos. La -multitud se iba tras los que arbolaban estandartes rojos y llamativos, -con algún lema muy escandaloso; tras los que anunciaban su tesis con -tambor y cornetín como si exhibieran un fenómeno en las barracas de -una feria. De todo esto, querido Equis, he de darte cuenta detallada, -cuando yo esté más sereno, y tú menos harto de mí.</p> - -<p>Dispénsame que no siga ésta; pero ya ves que el día ha sido de -prueba. Júzgalo por el índice que á la carrera te trazo, y que parece -el sumario de un capítulo de causa célebre: Autopsia.—Entierro.—Mi -pasión por la Peri.—Almuerzo en casa de ésta.—Amador.—La opinión -pública ó la confusión de las opiniones.—Abur, y date buena vida, que -esto es lo único que se saca en limpio en nuestro breve tránsito por el -más malo y el más tonto de los planetas.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_32"> - <p><span class="pagenum" id="Page_222">[p. 222]</span></p> - <h2 class="nobreak">XXXII</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>9 de Febrero.</i></p> - -<p>Hoy, amigo mío, tengo que contarte algo muy importante; y como -vivimos en plena atmósfera novelesca, porque cada quisque, con motivo -de este suceso, inventa, zurce y enjareta argumentos más ó menos -aceptables, se me ha pegado algo del amaneramiento artístico, y aspiro -á excitar en tí el interés de lector, contándote los hechos sin seguir -la serie de los mismos, esto es, empezando por el medio, para caer -luego en el principio y saltar de éste al final, concluyendo tal vez -con vaguedades, interrogaciones ó puntos suspensivos en que haya -conjeturas para todos los gustos.</p> - -<p>Pues verás: mi padrino me mandó llamar ayer. Supuse que quería -tratar conmigo del trágico fin de Viera, y así fué. Nunca he visto -al buen Cisneros como ayer le ví. Se distraía, se le iba el santo al -cielo á cada instante. Visibles eran sus esfuerzos por disimular una -turbación hondísima; pero no podía conseguirlo. Se encasquetaba la -burlona máscara, que sabe usar como ninguno cuando le place; mas ni por -esas. La turbación le salía por los ojos en destellos fugaces, por la -boca en monosílabos y expresiones entrecortadas.</p> - -<p>«Es una indecencia la opinión en este país<span class="pagenum" -id="Page_223">[p. 223]</span>—me dijo temblando de ira.—No respetan -nada... Esto es un escándalo.»</p> - -<p>Enseñóme varios periódicos que daban cuenta del crimen, haciendo -alusiones veladas á la familia de Orozco.</p> - -<p>«Es cosa de ir y romperles la cabeza á esos miserables.</p> - -<p>—Poco á poco, don Carlos—le respondí.—Estas cosas que antes eran la -más sabrosa golosina de usted, ¿por qué ahora le enfadan tanto?</p> - -<p>—¡Oh! no, no: si yo no niego que la sociedad está pervertida; -que todo lo malo, por el solo hecho de ser malo, es verdad—indicó -recobrando su papel;—pero si cojo á uno de esos periodistas, tendría -mucho gusto en darle un estacazo... Conste que yo sostengo lo que -siempre sostuve. Pero no confundamos las cosas. Si al tronera de -Federico le da la vena de matarse, ¿tiene esto que ver con mis hijos? -Ya sabes que no tengo cariño á Orozco; pero eso no quita para que... En -fin, que me da la gana de indignarme con estas infamias, y no sé cómo -tú no te indignas también. ¿Eres ó no eres de la familia?</p> - -<p>—Yo comprendo que usted se sulfure—le dije,—y por eso ha tenido ayer -una conferencia de dos horas con el juez que instruye la causa.»</p> - -<p>Esta noticia del juez, adquirida y comprobada por mí el día antes, -es el resorte que, debiendo ser expuesto al principio, reservaba yo -para encajártelo al promedio de mi entrevista con Cisneros. Con este -recursillo pensaba yo construir artísticamente la narración para -jugar con tu curiosidad; pero, chico, se me ha escapado antes de -tiempo, y yo no borro nada de lo escrito. En ri<span class="pagenum" -id="Page_224">[p. 224]</span>gor, debo preferir el orden lógico del -relato á las triquiñuelas del oficio narrativo, que no son para usadas -por aprendices.</p> - -<p>Pues bueno. Cuando le encajé á mi tío lo del juez, se le descompuso -la cara y montó súbitamente en cólera, diciéndome:</p> - -<p>«Y tú, ¿qué sabes de eso? Mira, mequetrefe, te echo de mi casa, y -no vuelves á poner los pies en ella. Veo que en tí no hay sentimientos -honrados. Has dicho un embuste, una tontería, una estupidez, sí, -señor.»</p> - -<p>No sé las atrocidades que de su boca salieron; pero no negó que -hubiese conferenciado con el juez. ¿Y cómo negarlo? Había perdido por -completo la serenidad, y yo la conservaba. Iba y venía agitadísimo, de -un ángulo á otro de la habitación, recogiéndose los faldones de su bata -arqueológica. Á lo mejor, el enfurecido viejo daba puñetazos en todo lo -que cogía por delante, fuera cofre, vargueño ó mesa de mosáico. Fíjate -en lo que decía:</p> - -<p>«Llegará ocasión, si seguimos así, en que no pueda uno salir á -la calle. Esto da náuseas. ¡Cuánta inmundicia en esa opinión! ¿Pero -qué opinión ni qué...? Decididamente, yo le rompo el bautismo á -alguien... lo que no quiere decir, entiéndelo bien (parándose ante mí y -amenazándome con el puño), que yo crea que el mundo es bueno. Manolo, -créeme, vamos á un cataclismo. La sociedad no puede seguir así. Sus -bases, las célebres bases de que hablan tanto esos papeles inmundos, -hacen <i>crac</i>, <i>crac</i>. El matrimonio se hunde, las instituciones -políticas y religiosas se desmoronan. ¡Ejército, Iglesia, Magistratura, -pi<span class="pagenum" id="Page_225">[p. 225]</span>lares podridos -que sólo aguardan un encontronazo para caerse! Sí, Manolo, Manolito, -tiene que venir un mundo nuevo... pero lo que digo: aunque sé que ese -mundo nuevo ha de venir, y vendrá, no lo dudes, por el momento yo -tengo ganas de dar un par de guantadas á esos que hablan de lo que -no les importa, á los que acusan á las personas formales de crímenes -ilusorios... Por lo mismo, hombre, por lo mismo que la sociedad está -haciéndose polvo, quiero yo desahogarme... ¡Ah!... ¡qué tropa, hijo!... -¡Cuidado que permitirse reticencias contra mi adorada Tinita!... -¡Vamos, esto es el colmo de la desvergüenza y de la...! Por supuesto, -yo reconozco que el mundo es un presidio esférico. El pecado, el mal -son su dueño absoluto; pero la honradez y la pureza existen, ¿pues no -han de existir? Hombre, aunque sólo sea como término imprescindible de -comparación. Pues bien: yo te digo que estas atrocidades que cuentan -ahora de la familia Orozco, son injustas y calumniosas... Yo estoy que -trino; y si quieres que tu padrino te quiera, sal por ahí, y al primero -que te suelte una alusioncita le rompes todas las muelas.</p> - -<p>—Amigo don Carlos—le dije,—yo creo que debemos callarnos, pues -ignoramos la verdad.</p> - -<p>—Manolo, eres un cobarde... y tendré que arrojarte de mi casa.</p> - -<p>—Me marcharé, si usted se empeña; pero no sin decirle que la versión -judicial respecto á la muerte de Federico me parece absurda.»</p> - -<p>Aquí viene bien indicar que aquella mañana misma me dijo el -escribano que de la sumaria no sale nada en que se pueda fundamentar -el homi<span class="pagenum" id="Page_226">[p. 226]</span>cidio. La -justicia opina que Federico se dió la muerte á consecuencia de grandes -pérdidas en el juego. Las diligencias continúan, sí, pero encarriladas -ya en una dirección de la cual no se desviarán.</p> - -<p>«¿Y en qué te fundas tú—me dijo Cisneros plantándoseme delante con -aire jaquetón,—para creer que la versión judicial es absurda?</p> - -<p>—En que me consta que Federico no tuvo pérdidas en los últimos días, -sino grandes ganancias.</p> - -<p>—Quita allá, tonto. Pues cualquiera prueba que hubo esas ganancias. -Y aunque las hubiera... ¿qué significa eso? Vaya una manera de -argumentar.»</p> - -<p>Sin duda estaba el buen señor enteramente trastornado, ó á dos dedos -del trastorno, porque de improviso mudó de acento y de expresión, y -echándome el brazo al cuello, me dijo:</p> - -<p>«Ven acá, tontín, carísimo ahijado mío... ¿Para qué te metes -en lo que no te importa? ¿Qué averiguaciones son esas sin contar -conmigo, que tengo más arte del mundo que tú? Entendámonos, y obremos -de común acuerdo. De tí para mí, podemos comunicarnos nuestras -impresiones. Lo que tú sepas, lo que pienses ó sospeches acerca de -esta tremenda chiquillada del pobre Federico, confíamelo á mí, y yo -con mi experiencia te daré la pauta lógica de los hechos. Cuéntame -lo que hayas oído por ahí. ¿Te ha dicho algo la Peri? ¿Qué se habla -en el Casino y en la Peña de los Ingenieros? Yo quiero saberlo. Es -que... te diré: me gusta enterarme de los diferentes aspectos de la -malicia humana, de todas las enfermedades de<span class="pagenum" -id="Page_227">[p. 227]</span> la opinión, porque la opinión es una -pura gangrena, ¿sabes?... Mala es la sociedad; pero la opinión, hijo -mío, esa gran charlatana, merece ser tratada como la última de las -mujerzuelas.»</p> - -<p>Nunca le había visto tan fuera de su centro. En él luchaban -las ideas que constituyen lo más típico y lo más agradable de su -personalidad, con la obligación de aplicar á un hecho real criterio -distinto del que siempre usa; luchaba también en su ánimo el afán de -conocer la verdad con la vergüenza de ver mezclado el nombre de su hija -en aquel drama incomprensible. El traqueteo de esta lucha; los brincos -que daba su ingenio enzarzándose con su conciencia; los chillidos que -á veces salían de lo más hondo de ésta; las ansias de la curiosidad; -los bramidos del orgullo, queriendo sostener la idea pesimista por -encima de todo, producían un zipizape espiritual que me hizo muchísima -gracia. Créelo: me costó trabajo no echarme á reir, pues á veces se me -representaban los sentimientos y las ideas de mi padrino como gatos -que se arañaban y se mordían en furiosa reyerta. Llegué á creer que le -daba un ataque de nervios, porque el pobre señor, en aquel ir y venir, -parecía que bailaba ó que hacía volatines. Procuraba yo tranquilizarle, -y al fin conseguí que se tendiera en un sofá. Al cambiar de postura, -varió de tono. Habías de verle y oirle.</p> - -<p>«Te confesaré una cosa: tengo un amargor en el alma que me -atosiga. Yo sigo en mis trece: la Humanidad es esclava del mal; -pero francamente, no me gusta que mi nombre ande en bocas de la -caterva maliciosa. Me has de contar todo lo que oigas, aunque sea -de lo más insolente y des<span class="pagenum" id="Page_228">[p. -228]</span>vergonzado. Después, ¿sabes lo que hacemos tú y yo? Desafiar -á medio Madrid.</p> - -<p>—¡Ave María Purísima!</p> - -<p>—Es que yo, aquí donde me ves, tengo el punto de honor muy delicado, -y no aguanto que nadie me toque al pelo de la ropa. Estoy furioso; -quiero emprenderla con alguno, dar un recorrido al que me contradiga, -hacer cualquier atrocidad. ¡Si me parece que he vuelto á los veinte -años, á la edad valiente en que yo cobraba el barato entre los -muchachos de mi taifa!»</p> - -<p>Quería levantarse. Yo le contuve, diciéndole: «Don Carlos, no sea -chiquillo. Yo le contaré á usted todo lo que oiga. Pero advierta que la -mayor parte de lo que se dice es pura necedad, novelas que cada cual -compone á su gusto para reunir un público de tontos que las escuche y -las aplauda.</p> - -<p>—Bien, bien... así me gusta que te expreses... porque, francamente, -cuando empezaste á hablar conmigo esta tarde, me pareciste inclinado á -creer todas esas bolas que corren. Por eso quise echarte de mi casa. Me -alegro de verte de acuerdo conmigo. Tú y yo pensamos lo mismo; tú y yo -opinamos que la titulada Humanidad es un hatajo de pillos; pero en el -caso presente rechazamos las suposiciones malévolas y nos indignamos... -¿Verdad que estás indignado, hijo mío? ¡Ay! hace dos noches que no pego -los ojos, impresionadísimo, devorado por el despecho y la curiosidad... -Mira, te lo diré con franqueza: deseo conocer la verdad, y temo -conocerla. Es que no puede uno ser de roca, aunque quiera. Yo, que -presiento la destrucción de la actual sociedad en un plazo más ó<span -class="pagenum" id="Page_229">[p. 229]</span> menos largo, pero no en -mis días, en mis días no; yo, que difícilmente admito móviles puros en -la mayor parte de las acciones humanas, no soporto que anden por los -suelos mi nombre y el de mi Tinita... Ya tú me entiendes. Esto es una -calumnia, una asquerosa calumnia, y no debemos consentirlo.</p> - -<p>—Mire usted, padrino—observé yo,—si no poseo la verdad, trato de -poseerla. Le juro á usted por mi salvación que si doy con ella, la -tendrá usted, por dolorosa y amarga que sea.»</p> - -<p>Su primer impulso fué darme un fuerte abrazo; pero después le ví -palidecer y fruncir el ceño, y me dijo con voz muy grave:</p> - -<p>«Tú me contarás todo lo que oigas; pero no bajas averiguaciones; no -revuelvas, no menees esto.</p> - -<p>—Pero ¿qué mal hay en perseguir la verdad, la santa verdad, tío?</p> - -<p>—La santa verdad, hijo de mi alma, no la encontrarás nunca, si no -bajas tras ella al infierno de las conciencias, y esto es imposible. -Conténtate con la verdad relativa y aparente, una verdad fundada en el -honor, y que sacaremos, con auxilio de la ley, de entre las malicias -del vulgo. El honor y las formas sociales nos imponen esa verdad, y á -ella nos atenemos.»</p> - -<p>Dicho esto me abrazó de nuevo, y casi al oído me dijo estas -palabras:</p> - -<p>«No averigües nada, ni te metas á buscador de la verdad absoluta, -que no encontrarás. El juez es hombre recto y muy amigo mío, y nos -dará la solución. Tú la aceptas, la propalas, y al que te diga -algo contra ella, le divides. Tose fuerte, y<span class="pagenum" -id="Page_230">[p. 230]</span> tendrás siempre razón. Y ya que nos hemos -explicado, te confesaré que el juez y yo hablamos. Es amigo mío y me -debe su carrera, porque, conociendo su mérito, le saqué de Valoria la -Buena, donde estaba obscurecido, y le llevé á Zamora, y de Zamora me -le traje acá. No vayas á creerte que he ejercido presión sobre él. Es -hombre de ideas lúcidas y de puntos de vista muy elevados. Bien sabe -que no mediando perjuicio de tercero, la mayor de las injusticias es -arrojar inútilmente la ignominia sobre una familia respetable.</p> - -<p>Yo quise objetar algo, y noté que se enfurecía. «Cállate la -boca—gritó.—No admito observaciones tontas... Mira que te echo de mi -casa. Tú no lo quieres creer; pues te arrojo, te pongo de patitas en la -calle, como tres y dos son cinco.»</p> - -<p>No me atreví á contrariarle, temeroso de que le diera un berrinche -de consecuencias funestas para su salud, y en pago de mi silencio, -me abrazó con paternal efusión, y me palmoteó bien las espaldas, -llamándome su hijo querido, y asegurando que soy la persona de la -familia á quien más ama. Me habría gustado que presenciaras la -escena, pues yo no puedo darte idea de las marrullerías de este viejo -zorro. Ahora me acuerdo de que en una de tus cartas me dijiste que -la figura de Cisneros te parece creación mía; que dejándome llevar -de la fiebre narrativa y del natural deseo de cautivar á quien me -lee, he pintorreado los rasgos y perfiles de la fisonomía moral de -este individuo, haciendo una figura de realidad artística, pero -no un verdadero retrato como esperabas de mí. No, querido Equis: -te<span class="pagenum" id="Page_231">[p. 231]</span> juro que es -retrato. No te mueva lo extraño de la silueta á dudar de su parecido -y autenticidad. Piensa en las variedades infinitas que atesora la -Naturaleza, en la abundancia de sus inagotables colecciones, donde -así la fauna como la flora te ofrecen formas nuevas cada vez que las -examinas. No es Cisneros invención mía, ni yo invento nada. ¿Y qué -iría ganando yo con meterme á plasmador, aunque hacerlo pudiera? -Siempre me quedaría muy lejos de la realidad. ¡Esa sí que inventa, -y con qué garbo! ¡Qué cosas nos enseña, y qué sorpresas nos da! ¡Lo -que sabe esa pícara! Para comprender su maestría fecunda, ponte á -hacerle la competencia y suelta las riendas á tu imaginación; dedícate -á fingir, por ejemplo, tipos de plantas, variedades de animales. ¿Á -que te cansas antes de llegar á la millonésima parte de lo que ya -existe, y desesperado tiras los trastos de imaginar? Pues lo mismo te -pasaría en el inmenso capítulo de la psicología y los actos humanos. -Échate á componer caracteres y acontecimientos, y verás cómo te quedas -corto, muy corto. ¡Trabajo inútil y necio, cuando la realidad te los -da siempre vivos y verdaderos, y siempre nuevecitos! La invención -realmente práctica consiste en abrir mucho los ojos y en acostumbrarse -á ver bien lo que entre nosotros anda... No sigo, porque ahora me -acuerdo de que tú y yo solemos tronar contra las <i>consideraciones</i>, y -éstas que haciendo estoy son quizás de las más soporíferas.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_33"> - <p><span class="pagenum" id="Page_232">[p. 232]</span></p> - <h2 class="nobreak">XXXIII</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>10 de Febrero.</i></p> - -<p>Sigo la de ayer, que, aunque bastante larguita y pesada, iba -incompleta. Contábale yo á mi tío alguna de las desatinadas hipótesis -que había oído, cuando entró Malibrán. Comprendiendo yo que mi -presencia les contrariaba y que querían hablar á solas, apartéme, y -les ví de gran secreteo durante un mediano rato. No llegó á mis oídos -ni una sola sílaba, ni intenté atraparla tampoco. Que hablaron del -suceso de autos, era indudable. Malibrán se expresaba con la vehemencia -oficiosa de una persona que, por propia iniciativa ó por encargo, se -ha impuesto la misión de arreglar un asunto de difícil compostura. -Cisneros oía y como que dictaba un plan. Creí que, después de esto, -Cornelio saldría á la calle; pero no fué así. Mi padrino parecía -cansado y soñoliento. Le dejamos en el sofá, y nos fuimos á un gabinete -próximo, donde el diplomático se puso á ver carteras de estampas. Yo -hice lo mismo, y trabamos conversación, empezando él por darme un -curso instructivo de Alberto Durero, Lucas de Leyden, Holbein y otros -maestros, y te confieso que le oía con gusto, porque se sabe al dedillo -la historia del grabado en talla dulce y del<span class="pagenum" -id="Page_233">[p. 233]</span> agua fuerte, y la explica con amenidad y -lucidez.</p> - -<p>Cuando ya me pareció que habíamos hablado bastante de aquellas -materias, metí el embuchado del tema que tratar quería, y le dije: -«Vamos á ver, amigo Malibrán: usted, como todo el mundo, habrá formado -su opinión sobre este lío. Dígamela usted con sinceridad, si no es -indiscreción el desear saberla.</p> - -<p>—¡Oh! no, indiscreción de ninguna manera—me respondió sereno y -afectuosísimo.—Mi opinión es bien clara, y no la oculto á nadie. Desde -el momento en que Orozco y yo recibimos la noticia en las Charcas, -tuve una idea; y después de llegar aquí y de oir tanto disparate, no -la he variado en nada. Creo que esto es sencillamente un suicidio por -insolvencia, por no poder cumplir obligaciones contraídas en el juego, -ofuscación del ánimo cuyo origen hay que buscar en un sentimiento -bravío del honor y de la responsabilidad.</p> - -<p>—¿Y no cree usted que...?</p> - -<p>—¿Mujeres?... ¿La novela cursi que anda por ahí...? Por Dios, amigo -Infante: considere usted que á nosotros nos corresponde juzgar estas -cosas con un criterio racional y no con el de la patulea. Me parece que -debemos rechazar la fábula vergonzosa que, además de ser inverosímil, -va contra la reputación y contra el honor de amigos muy queridos.»</p> - -<p>Puesta la cuestión en este terreno, no tenía yo más remedio que -otorgar callando, y aun dije alguna frase ambigua en defensa de -nuestros amigos. Sorprendióme la actitud de Malibrán, cir<span -class="pagenum" id="Page_234">[p. 234]</span>cunspecta hasta dejárselo -de sobra, y amoldada á las formas diplomáticas, conforme al papel -que tan bien sabe representar en el mundo. No me habría sorprendido -semejante actitud si no me constara que un día antes había lanzado, en -casa de San Salomó, una de las variantes más novelescas y estrafalarias -del tenebroso drama. No me habría sorprendido si no supiera, como sé, -que, noches antes del suceso, Malibrán se dejó decir en casa de la -Peri, delante de varios amigos excitados por el <i>champagne</i>, que había -descubierto el nido de amores de mi prima Augusta, y que sabía quién -era él, aunque se reservó su nombre.</p> - -<p>Pero, en rigor, nada debía cogerme de nuevas tratándose del -carácter de un sujeto cuya falsedad y doblez se me revelaron bajo las -exterioridades más cultas. Sin duda, tras un rapto de malevolencia -manifiesta, había vuelto sobre sí, encerrándose en su papel social; sin -duda, causado el daño que se propuso, había vuelto á vestirse la piel -de cordero, dentro de la cual tan bien resuelve los problemas de la -vida. Mi padrino y él se entienden de seguro, y manejan los hilos de la -trama ocultadora.</p> - -<p>Hablamos algo más, esforzándose él en demostrarme la necesidad de -sofocar en lo posible el alboroto de las murmuraciones. Mira lo que -saqué en limpio de aquel coloquio: que Malibrán aspira á hacerse grato -á mi prima, abrazando su causa con ardor y defendiéndola con la donosa -fraseología que posee el muy tuno. Seguro estoy de que sacas de los -hechos expuestos la misma deducción que he sacado yo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_235">[p. 235]</span></p> - -<p>Pero espérate ahora, que voy á contarte otra cosa que te -sorprenderá. De repente sentimos que mi padrino, desde la estancia -próxima, nos llamaba: «Eh, pollos, que me tenéis aquí solo y -abandonado.» Suele llamar pollos á todos los que no son de su edad. -Comimos con él, y de buenas á primeras, como quien continúa en alta -voz un monólogo, nos dijo riendo: «Por supuesto, yo estoy siempre -en que ese yernecito que Dios me ha dado, ese Orozquito, es un buen -punto...</p> - -<p>—No estamos de acuerdo, don Carlos: ya sabe usted que yo...—apuntó -Malibrán, firme en su papel.</p> - -<p>—Amigo mío, usted se me va siempre del lado benévolo. Debe usted -dedicarse á escribir vidas de santos, lo mismo que este tontín de -Manolo, que sostiene que á Tomás debiéramos ponerle en los altares. -¡Qué inocencia! Si es el pillo más grande que... vamos... Extraño mucho -que no lo comprendáis así. Si tocan á hacer santos, ahí está mi hija, -que no es floja virtud querer á ese jesuitón como le quiere...</p> - -<p>—La canonizaremos,—afirmó Malibrán, con una sonrisa que me dejó -helado, pues había en ella el sarcasmo más sutil que imaginarse -puede.</p> - -<p>—Sí, canonizádmela—repitió Cisneros levantándose.—¡Pobre Tinita mía! -Cuánto debe padecer con estas infamias...»</p> - -<p>Malibrán y yo nos miramos sin decir nada; pero se me figura que él -leyó en mis ojos mi pensamiento, como yo leí el suyo en los de él.</p> - -<p>Y basta por hoy. Me parece que tienes para meditar un rato.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_34"> - <p><span class="pagenum" id="Page_236">[p. 236]</span></p> - <h2 class="nobreak">XXXIV</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>12 de Febrero.</i></p> - -<p>Prepárate para oir las versiones del drama ocurrido en el <i>solar -del polvorista</i>, que así, según supe después, se llama el sitio donde -apareció muerto nuestro amigo. No te cuento todo lo que la fantasía -popular nos regala, porque sería tarea interminable; te doy sólo las -variantes que más aceptación tienen en los corrillos chismográficos, -algunas corriendo con el crédito que le dan labios de reconocida -autoridad en el arte de la maledicencia; otras desacreditadas, pero no -por eso mal recibidas. La primera que te endilgaré es la que oí en la -Peña de los Ingenieros, y se funda en datos suministrados por aquel -viejo zorro de quien te hablé en una de mis cartas, ¿no te acuerdas? el -que me aseguró haber visto salir á Augusta de cierta casa en la cual no -debía de entrar con buenos fines. Roguéle me dijese cuanto supiera, y -por fin me designó la casa, aunque no podía hacerlo del piso. Es una de -las del paseo de Santa Engracia, próxima al <i>solar del polvorista</i>. Del -portal al vertedero, habrá unos sesenta pasos míos. Esta mañana hice -mis pruebas topográficas sobre el terreno; pero te advierto que estas -pesquisas son para mi uso particular, pues la primera condición que me -puso el señor aquél<span class="pagenum" id="Page_237">[p. 237]</span> -para clarearse conmigo, fué que no había de llevar ningún dato á las -diligencias judiciales.</p> - -<p>Vale más que te dé un breve extracto de sus propias palabras: -«Mire usted, amiguito, yo no quiero meterme en líos, ni delatar á -nadie. Si se tratara de un asesinato por robo, yo sería el primero en -ayudar á la justicia con los indicios que tengo; pero en una desgracia -ocasionada por amores clandestinos; en una tragedia íntima, de éstas -cuyos factores son la pasión, los celos, el sentimiento exaltado de la -dignidad y el honor, creo yo que no debe intervenir la acción de los -ciudadanos. Por tanto, las noticias de la casa, que para mí son de una -autenticidad incontestable, porque no una, sino varias veces he visto -entrar en ella á esa señora y á su amante (que de Dios goce), se las -comunico á usted para que se vaya ilustrando; pero ello ha de quedar -entre nosotros, porque si usted tiene la debilidad de llevar este -dato al juez, y el juez me llama, negaré yo la referencia y le dejaré -á usted por mentiroso. Hablando en plata: creo que el poder judicial -hace bien en no apurar la investigación de estos asuntos de amor y -celos, porque las querellas y zaragatas por la posesión de una hembra, -están, como el duelo, por cima de las leyes, dígase lo que se quiera. -No extrañe usted que, cuando ocurre un caso como el de su amigo, sobre -todo si el muerto pertenece á las clases principales, resulte que es -suicida por lances de juego ó por arrebato de locura. Bien sé que la -solución no satisface á la justicia estricta; pero me parece que el -camino derecho produciría mayores males, por aquello de <i>summum jus -summa injuria</i>.»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_238">[p. 238]</span></p> - -<p>Dióme qué pensar la opinión de aquel sujeto, que reforzaba sus -argumentos con sus canas, pues bien se le conoce que es hombre de -consumada pericia y de erudición enciclopédica en todos los ramos de -fragilidades humanas. Respecto al hecho, lo reconstruye de este modo: -«Orozco tuvo noticia de la infidelidad de su mujer y del lugar donde -podría comprobarlo por sus propios ojos. Presentóse allí en la noche -del primero de Febrero.» Le interrumpí para hacerle ver que esto era -imposible por hallarse Tomás en las Charcas; y él, echándose á reir, me -dijo: «No sea usted inocente. Las coartadas se preparan con habilidad -cuando se tiene empeño en ello, y lo que ha habido es el recurso -vulgarísimo de fingir un viaje, despidiéndose y quedándose. Para mí, -Orozco les sorprendió y no tuvo valor para matar á su mujer. Hirió al -infeliz Viera, disparándole á quemarropa. Esta primera herida es la del -costado, mortal, aunque no inmediatamente. El herido pudo huir. Acosado -por el agresor, y cuando ya estaba caído y exánime, recibió el segundo -balazo, el de la cabeza, con el cual quedó rematado.»</p> - -<p>El aspecto de verosimilitud de esta hipótesis no ganaba mi ánimo, -lleno de dudas acerca de la participación de Orozco. Cierto que por -grandes que sean la virtud de un hombre, su prudencia y suavidad de -costumbres en los actos corrientes de la vida, no podemos responder -de que ese mismo hombre, movido de los celos y hostigado por el mayor -ultraje que á su dignidad puede inferirse, no se transforme de pacífico -en vengador. El conocimiento del carácter de una<span class="pagenum" -id="Page_239">[p. 239]</span> persona nos puede dar la norma de su -proceder probable en todas las situaciones sociales, menos en aquéllas -que se derivan de la pasión amorosa, los celos ó el honor. Tratándose -de la situación creada á un hombre por estos grandes móviles, no -podemos responder de que sus actos se contengan en un límite fácil -de trazar. Se vuelve fiera irresponsable, y todas las prendas que -constituían su personalidad en la vida ordinaria, se eclipsan y se -desvirtúan. Pues á pesar de esto, y de la posibilidad de la exaltación -homicida de Orozco, yo no entro con ella. Mi entendimiento la repugna. -Qué quieres que te diga: <i>no veo</i>, no puedo ver á Orozco, revólver -en mano, persiguiendo á su enemigo. Ello podrá ser: pero yo no sé -reproducir el acto en mi mente, no acierto á figurarme la cara ni la -actitud trágica de un hombre á quien he visto ayer mismo ostentando una -serenidad y un reposo de ánimo que... vamos, que no pueden en manera -alguna ser obra de la hipocresía, y sostengo que no hay histrionismo en -grado tal de perfección.</p> - -<p>En la misma Peña corría otra variante, en la cual Orozco no figura -sino como impulsor del crimen, por medio de un asesinato mercenario. -Este esperó á Federico cuando salía, y <i>pim</i>, <i>pam</i>. El principal -sostenedor de esta historieta asegura que un amigo suyo, al pasar á -las nueve de la noche por la bocacalle que da ingreso al vertedero, -vió á un hombre de mala traza, y que á las diez le volvió á ver. Esto -del matador pagado me parece todavía menos aceptable. Que Orozco -matara, puede ser, aunque yo no <i>siento</i> el acto, ¿me entiendes?, no -hay en mi ánimo ese movi<span class="pagenum" id="Page_240">[p. -240]</span>miento íntimo de fe que nos lleva á la convicción. Pero lo -de comprar un asesino me parece contrario á toda lógica. Orozco no es -capaz de eso.</p> - -<p>Completaré estas noticias diciéndote que he tratado de hacer hoy, -en la que llamaremos casa del crimen, algunas indagaciones. La casa, -que es de construcción reciente, no tiene más que dos pisos, bajo y -principal, y dos cuartos en cada uno de ellos. El principal de la -izquierda y el bajo de la derecha están con papeles. Me inclino á creer -que el bajo izquierda es el lugar nefando. Interrogo á los porteros; -pero no he visto gente más discreta. Les ofrezco gratificación; les -hago comprender que no soy de la curia, que no se les seguirá perjuicio -por las revelaciones que me hagan, y nada. Tranquilos y confiados, ni -aceptan mis dádivas, ni me dan ninguna luz. Ó son inocentes, ó están -vendidos ya. Me inclino á creer esto último. Enseñáronme los dos -cuartos vacíos, en los cuales todo indica que no han sido habitados -aún. En el principal vive un procurador, con señora y la mar de -chiquillos; en el bajo de la izquierda, objeto de mis sospechas, hay un -almacén ó taller de muebles, de éstos que se anuncian en Madrid como -almonedas. Entré; no se podía dar un paso, porque todo está obstruido -con sillerías en blanco, butacas apiladas, sofás patas arriba. En el -centro de la sala, llena de mil trebejos, y donde se masca el polvo -del pelote y se le enredan á uno los pies en las sartas de muelles -de acero, dos hombres trabajan en tapicería. La mujer que me enseñó -el establecimiento, y á quien intenté hacer cantar ofrecién<span -class="pagenum" id="Page_241">[p. 241]</span>dole con habilidad buena -recompensa, se ofendió de mis insinuaciones. Su altanería desdeñosa -me pareció sincera ó muy bien fingida. Á pesar de tantas señales -contrarias á mi idea, no sé por qué insisto en pensar que aquellas -paredes encerraron lo que yo presumo y Dios sabe.</p> - -<p>Por lo demás, como adquisición de conocimientos reales sobre este -problema, no he adelantado nada. La obscuridad es mayor cada día, el -vértigo crece, la razón se apaga, y si de ésta no me vuelvo loco, creo -que tengo asegurada mi cordura por todo el resto de mis días.</p> - -<p>Hasta mañana, y dime algo, ilumíname. Á veces el que está lejos de -los acontecimientos ve más y mejor que el que los toca con sus narices. -Dime cuanto se te ocurra, que por disparatado que sea, no ha de llegar -á las gárrulas novelas que se forjan aquí. Adiós.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_35"> - <p><span class="pagenum" id="Page_242">[p. 242]</span></p> - <h2 class="nobreak">XXXV</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>14 de Febrero.</i></p> - -<p>Allá va otra.</p> - -<p>De seis ó siete versiones recogidas en el Casino, elijo la que -tiene más prosélitos. Orozco es eliminado de esta hipótesis, y no -figura para nada en el crimen. En cambio, aparece otro personaje que -nadie sabe quién es: un segundo amante de la desgraciada Augusta. Cómo -se determina la participación en el drama de este nuevo elemento, -es cosa que cada cual explica á su modo, con criterios y puntos de -vista originalísimos. Algunos atestiguan y refieren el lance como si -lo hubieran visto. Uno de los presentes sostiene que Augusta entró -en la casa con el desconocido á eso de las nueve y media. Las once -serían cuando entró Federico. «¿Pero usted le vió?» Á esta pregunta te -contestan: «Yo no le ví; pero me lo ha contado Vargas.» Cuando llega -el llamado Vargas, que es un <i>sportman</i> y <i>ciclista</i> muy conocido, se -le interroga con toda solemnidad; pero resulta que él no vió nada, -sino que se lo dijo un amigo, capitán de infantería, el cual se marchó -ayer á las Baleares. ¡Alabado sea Dios! Danme ganas, querido Equis, -de ponerme en marcha inmediatamente para Mallorca, á fin de evacuar -esta cita.<span class="pagenum" id="Page_243">[p. 243]</span> Pero lo -pienso mejor, y me quedo. Lo referido á Vargas por su amigo es que la -señora (falta averiguar si el tal capitán la conoce, ó si, habiendo -visto entrar en la casa á otra mujer, da en creer de buena fe que era -la persona de quien tanto se habla hoy) llegó en coche simón con un -sujeto, del cual no puede decir sino que tenía barba larga y rubia. -«¿Era alto?—Más bien alto que bajo... bien vestido.» En seguida empieza -la tarea sabrosa de personalizar este dato, y unos en serio, otros -en broma, le cuelgan el muerto á varias personas conocidas, entre -ellas á tu amigo Bueno de Guzmán, el cual no vuelve de su asombro al -encontrarse con que es la auténtica <i>tía Javiera</i> del asesinato de -Federico. Bromas aparte, esta versión la tienen muchos por aceptable, y -alguien la cree como el Evangelio. Varían las apreciaciones respecto al -desconocido: quién le tiene por caballero ó persona de nuestra clase, -quién por hombre ordinario. Un primito de Villalonga, de éstos que, -cuando se habla de acontecimientos misteriosos, se pirran por ser á -todo trance testigos presenciales, jura y perjura que hace dos semanas -próximamente, á eso de las once de la noche, vió á la de Orozco por -calles extraviadas de Chamberí paseando del brazo de un hombrachón que -no le pareció caballero. <i>Por cierto que le chocó.</i> Da las señas: alto, -fuerte, con barba rubia y larga, ropa holgada y de feo corte, aspecto -extranjero, como de maquinista ó jefe de alguna industria. En fin, ya -puedes figurarte lo que vería el muy lince. Primero se deja matar que -sufrir el desaire de no haber visto alguna cosita.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_244">[p. 244]</span></p> - -<p>Y qué, ¿crees tú esto? Yo no lo acepto, ni en absoluto lo rechazo, -pues la misma confusión en que estoy me obliga á admitir todo lo -humanamente probable, y á no poner puertas al campo inmenso de la -fragilidad femenina. Anoche pensé bastante en el hombre misterioso -y barbudo, alto, grueso, como le describió aquel demonio de chico. -Francamente, no caigo en quién pueda ser. Casi, casi me decido á -eliminarle, como un fantasma intruso, de la serie de hipótesis -razonables.</p> - -<p>Pues verás ahora la más salada. En casa de la de San Salomó hay -paráfrasis para todos los gustos. Pero la marquesa tiene una suya, que -no confía sino á ciertos amigos de mucha confianza, siempre con la nota -marginal de que lo sabe por el conducto más fidedigno. Te transmito el -dicharacho de la ilustre dama sin quitar punto ni coma: «Pues yo sé -la verdad, la pura verdad. Crea usted que esto es lo auténtico. Se lo -diré á usted si me promete guardar el secreto, y le advierto que la -persona que me lo ha dicho lo sabe... vamos, lo sabe como si lo hubiera -presenciado. Ni Orozco ni hombre alguno tienen culpabilidad. Ella, -ella fué quien le mató por celos de la Peri. Hace días que venían las -cosas muy tirantes: cada cita era un altercado. No, no lo dude usted, -que esto es como el Evangelio. Se sabe dónde compró el revólver; se -sabe que á un amigo íntimo (que no puedo nombrar... usted considere) -le confió su propósito de matar á Fritz. Pero qué, ¿no cree usted -en las mujeres que matan? Aquella noche fué grande la marimorena. -Augusta disparó, y le atravesó el hígado, y el estómago, y el<span -class="pagenum" id="Page_245">[p. 245]</span> espinazo, y la vejiga, -y no sé qué. Salió el pobrecito y fué á caer en el sitio donde le -encontraron.</p> - -<p>—Pero, señora, ¿y la herida en la frente, que es la mortal de -necesidad?—objetan todos los que oyen versión tan chabacana.</p> - -<p>—No hay tal herida en la frente—responde imperturbable la -marquesa.—Es usted un cándido y un tragabolas. El forense, el mismo -forense (bajando mucho la voz) ha dicho á un amigo mío, á quien no he -de nombrar, que no había tal herida, y que eso se puso en el informe -pericial para dar por probado el suicidio. Créame: lo que le cuento á -usted es lo que pasó... ¡Ah! el enderezar este entuerto les cuesta un -pico á Orozco y á don Carlos.</p> - -<p>—Pero, señora, permítame usted que ponga en duda...</p> - -<p>—De incrédulos está el infierno lleno... Digo lo que sé, y sólo -añado, amigo Tal, que esto se queda entre usted y yo. No vayamos ahora -pregonándolo por ahí. Pero créalo... créalo y cállese.»</p> - -<p>Esto me lo contó el <i>Catón ultramarino</i>, el cual ni lo creía -ni callaba, y por su cuenta y riesgo, después de oir á <i>tirios</i> y -<i>troyanos</i>, dióme también su versioncita. Orozco sorprende á los -amantes... (se da por supuesto que no hubo tal viaje á las Charcas); -Augusta se echa á los pies de su marido y le pide perdón. ¡Ah, oh! -Federico, siempre orgulloso, desafía al marido. ¡Oh, ah! Este saca -un revólver, y alargándoselo al otro, le dice: «No, aquí quien debe -morir eres tú. Si hay en tu alma una chispa de sentimiento del honor, -ya sabes lo que tienes que hacer.» Al otro le parece la fra<span -class="pagenum" id="Page_246">[p. 246]</span>terna muy puesta en razón, -coge el arma, y pim, pum...</p> - -<p>¿Querrás creer, Equisillo, que no dormí en toda la noche, pensando -en esta interpretación, en la cual veía no sé qué lejanos vislumbres -de certeza? Pues aguárdate un poco. Hoy por la mañana salí decidido -á comprobar la coartada de Tomás; bajéme á la estación del Norte, -y con el testimonio del jefe, de varios empleados y del inspector -de la Sección, puedo afirmar, sin ningún género de duda, que Orozco -y Malibrán estuvieron en las Charcas toda la noche del 1.º al 2 de -Febrero. Como que el inspector les acompañó, y cenaron juntos, y -estuvieron charlando hasta las doce, hora en que se acostaron los -tres, en una misma habitación por más señas, pues los alojamientos en -aquella finca dejan mucho que desear. El inspector me merece crédito. -Mas no satisfecho aún, cojo el tren, me planto en las Charcas, y -compruebo aquel testimonio con los del jefe de las Zorreras, de los -guardas del monte y de la mujer que tienen allí para hacer la comida -á los cazadores. En fin, chico, que la coartada de Orozco es un hecho -incontestable, y que probándola he quitado al problema un gran elemento -de confusión.</p> - -<p>Más noticias. En los corrillos del Congreso, á donde voy ahora lo -menos posible, también he oído cada catálogo que canta el misterio. -No te los cuento para no trasladar á tu cabeza la olla de grillos -que tengo yo dentro de la mía. Joaquín Pez me dijo hoy con mucho -sigilo: «Tengo un gran dato, amigo Infante, que arroja mucha luz. Me -ha dicho el marido de la sobrina de la nuera<span class="pagenum" -id="Page_247">[p. 247]</span> del forense... ya ve usted que el -conducto no puede ser mejor... me ha dicho que, comiendo ayer el -forense en casa del hermano de la cuñada de su primo, dijo esto: «la -herida del costado es de homicidio; la de la frente de suicidio.»</p> - -<p>—No es mal dato—le contesté,—si resulta cierto. Mas para -comprobarlo, necesitamos recorrer ese laberíntico rosario de la nuera -del hermano del tío de la sobrina... Verá usted, amigo Pez, cómo, al -llegar al forense, resulta que el buen señor no ha dicho esta boca es -mía.»</p> - -<p>Esta y otras especies corren por allí, cuando no hay asuntos más -graves de qué tratar. Los periodistas, justo es decirlo, si son los -más fecundos en combinaciones novelescas, parecen haberse propuesto -no lastimar á la familia Orozco. Si el <i>reportismo</i> y la fiebre de -la noticia les inducen comunmente á explotar cualquier asunto que dé -saborete y picor de escándalo al papel de la mañana ó de la tarde, -basta una indicación amistosa hecha en estos pasillos, para poner coto -á las reticencias contra personas respetables, sobre todo si éstas -son de las que, por no mezclarse en política, están libres de odios -personales ó colectivos. Por tal medio, fácil ha sido conseguir que -los nombres no aparezcan en letras de molde. Esto no significa que -los estragos de la opinión no sean grandes, porque al barullo anónimo -de la prensa se une el <i>reportismo</i> oral, que es más difusivo, más -penetrante, y tiene entre nosotros increíble fuerza. La cháchara -verbal destruye las reputaciones privadas y públicas más pronto y -más eficazmente que la cháchara escrita... Antes que se me olvide: -un periodista me<span class="pagenum" id="Page_248">[p. 248]</span> -reprodujo esta noche la opinión aquélla del forense sobre la naturaleza -de las heridas; pero á la inversa de como me la transmitió Joaquín Pez, -es decir, que la herida de la frente era de homicidio, la del costado -de suicidio. Respecto al origen de la noticia, diómela por auténtica y -autorizada á no poder más. Lo había oído él mismo, la noche anterior, -en la tertulia de no sé qué ministro, de boca de un respetable sujeto -de la curia. Con que ve tomando notas, y acaba de volverte loco como tu -corresponsal y amigo.</p> - -<p>El cual anda ahora tan sin brújula, que no sabe por dónde va, ni se -entera de lo que ocurre en las filas parlamentarias. ¿Querrás creer que -estos días ha votado el buen Infante no sé cuántas leyes, y ha dicho -sí ó no en multitud de resoluciones, sin tener conciencia clara de sus -actos legislativos?... Soy un simple número, una energía mecánica, -inconsciente; voy con la masa, á donde la masa va. En mi oído suena el -run-run de las votaciones, y presiento que hemos hecho la dicha del -país con leyes como la de Enjuiciamiento criminal, y las de Acuñación -de plata, del Trabajo de los niños en las fábricas, de Rectificación -de listas electorales, etc... item más con multitud de ferrocarriles -que raudos cruzarán el patrio suelo en todas direcciones. Me convenzo, -por lo que oigo decir, de que he votado todas estas cosas tan buenas, y -estoy dispuesto á votar la transubstanciación del Verbo si me la ponen -delante. No me pidas cuenta de nada, ni aun del olvido en que tengo -los asuntos del infame distrito. Si murmuran de mí en esa tierra de -maldición, hazme el favor de decirles que ahí me<span class="pagenum" -id="Page_249">[p. 249]</span> las den todas. Les odio con toda mi alma, -y deseo que el cielo les aflija con mil calamidades, sequías, riadas, -pedriscos y ciclones, y un terremoto de añadidura; que no quede en pie -ni casa ni árbol; que pasen á mejor vida todas las reses, inclusos los -caciques del pueblo, y que la tierra sea infecunda y no produzca ni un -solo ajo. Abur.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_36"> - <h2 class="nobreak">XXXVI</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>16 de Febrero.</i></p> - -<p>He aquí que me presento en casa de la Peri, con ánimo de tener con -ella la conferencia que vivamente deseo.</p> - -<p>Y la hechicera quiere echarme las cartas, rasgando con su dedo -de rosa el denso velo del porvenir... ¡atiza! Mas yo se lo quito de -la cabeza, abordando el asunto que me hace penetrar en aquel mágico -santuario de la... permíteme que no acabe la frase.</p> - -<p>Y Leonorilla pone unos morros muy... no sé cómo, apresurándose á -variar la conversación. Y he aquí que, burla burlando, cuéntame que -ha reñido con el malagueño pollo, de rizada crencha, y echádole de su -casa por las escaleras abajo. Es un chulapo, un indecente, un marica y -un qué sé yo cuántos. Alabo su juiciosa resolución, añadiendo que el -tal mancebo me es<span class="pagenum" id="Page_250">[p. 250]</span> -bastante antipático, y que ella se merece más, mucho más, por su buen -corazón y sus sentimientos hidalgos y generosos. No recuerdo bien si -dije lo de hidalgos y generosos; pero algo así, ó poco menos, fué lo -que brotó de mis autorizados labios.</p> - -<p>Perdona la falta de formalidad con que te escribo; pero mi espíritu -se inclina ya á tomar en broma todos los asuntos y á hacer chacota de -lo más grave, porque no hallando juicio ni seriedad en parte alguna, -las ideas se me vuelven chirigotas, y las rigideces de mi voluntad se -convierten en dislocaciones de payaso.</p> - -<p>Pues he aquí que, á poco de interrogar á la Peri, me encuentro su -sinceridad tapiada á piedra y barro. No es la misma mujer que ví días -antes; ahora es toda reserva, medias palabras, y una discreción bien -poco en armonía con su oficio. Total, que Leonor no sabe jota; le falta -poco para decirte que no conoció á Federico. Se ha vuelto completamente -ignorante de lo que éste hizo en los días que precedieron al crimen. No -le consta que ganara ni que perdiera al juego; no le consta que tuviera -amores con ésta ó la otra dama; no se ha enterado de cosa alguna, ni -hay medio de arrancar á su bonita boca una sola frase que ilustre el -asunto. Excuso decirte que observar esto y desilusionarme de ella, -fué todo uno; más claro, que en un instante se me borró del espíritu -la fascinación que me había producido su fidelidad hacia el pobre -muerto, y el sentimiento que mostrara el triste día de la autopsia. -Aquí tienes cómo se desvanece una pasión, nacida tan de improviso, y de -improviso<span class="pagenum" id="Page_251">[p. 251]</span> trocada -en desvío, suspicacia, lástima ó no sé qué.</p> - -<p>Pero espérate, que falta lo mejor. En ella se determinó el fenómeno -contrario; quiero decir, que en el momento en que yo me apagaba, como -luz á la cual se da un soplo, ella se encendía súbitamente, como si -la llama pasara de mi sér al suyo por arte milagroso. Vamos, que le -estaba yo haciendo tilín, un tilín tremendo, según me manifestaron sus -ojos flecheros y sus actitudes insinuantes. En fin, que á la media hora -de conferencia empezó á hacerme cucamonas, y yo, frío y completamente -desilusionado, dí en dejarme querer, imaginando que por aquel camino -podría romper la reserva en que la muy bribona se había encerrado, -metiéndose también á diplomática.</p> - -<p>Las garatusas iban en <i>crescendo</i> alarmante: díjome que soy muy -simpático, que se le alegra el alma cuando me ve, y que le da el -corazón que íbamos á ser amigos, pero muy amigos. Yo apoyé estas -enamoradas razones, y en la confianza que rápidamente se estableció -entre nosotros, pude obtener algún indicio de su cambio de conducta. -«Mira, monín—me dijo tuteándome ya y tirándome de las orejas,—yo no -me meto con la justicia. Desde el momento en que han querido liarme á -mí también en esa muerte, me he plantado, chico, y ya no sé nada, ni -estoy en autos de lo que aquél hacía ó dejaba de hacer. En fin, que -no toco pito, ¿sabes? Eso le dije á ese tío de juez, y eso te digo á -tí, que también andas por ahí buscándole tres pies al gato. Si quieres -que seamos amigos, echemos tierra, mucha tierra. El pobrecito está en -la sepultura, y de allí no le<span class="pagenum" id="Page_252">[p. -252]</span> han de sacar tus diligencias, ni las mías, ni las de -nadie. Hoy le he mandado decir cuatro misas: créete, eso es lo que ha -de valerle para la otra vida, y no las averiguaciones en ésta. Que si -fué suicidio, que si no; que si le mató tal ó cual mano... Mira, nada -importa esto para su alma, que debe de estar ahora en el Purgatorio -por ciertos pecadillos; aunque yo pienso que la soltarán pronto, pues -era bueno y leal como ninguno, más honrado que el sol, y caballero -hasta por encima de la coronilla. Créeme á mí y déjale ya en paz al -pobrecito.»</p> - -<p>Se conmovió un poco al recordar á su amigo, añadiendo con dolorido -acento que otro como aquél no volvería á tener en su vida. Esto picó mi -amor propio, y me propuse para la vacante de aquella amistad, que se me -pintaba como tan acendrada y pura. Leonor rechazó la propuesta, dándome -á entender que Federico era insustituible; que siendo yo muy bueno, no -concurrían en mí las circunstancias especialísimas que hicieron de la -amistad del otro un lazo ininteligible para los que no estaban en el -secreto.</p> - -<p>Por más empeño que puse, ya fingiendo cariño, ya recurriendo á -mil arbitrios dialécticos, no conseguí que me explicase qué clase de -relaciones ó tratos constituían aquella amistad. En este punto su -reserva fué impenetrable, y no vacilo en reconocerlo, tenía ciertos -asomos de dignidad, impropios de su vida relajada. Púsose muy seria, -y examinó muy detenidamente sus rosadas uñas, para decirme: «Siento -haberte hablado algo de esto, y si pudiera recogerlo lo recogería, como -hacen los de las Cortes cuando se les escapa una<span class="pagenum" -id="Page_253">[p. 253]</span> barbaridad. Lo que pasaba entre Federico -y yo es cosa <i>particular</i> nuestra, tan <i>particular</i>, que si quieres -que yo te quiera, has de coserte la boquita y no hacerme preguntas, -porque te planto en la calle, como he plantado á ese puerco del pollo -malagueño, que maldito sea y toda su casta.»</p> - -<p>¿Qué te parece? Lo peor del caso es que no puede uno menos de -respetar estas delicadezas... <i>particulares</i>, que tal vez tienen -un origen espiritual y elevado. ¿Creerás que, hablando de ello, mi -impresionabilidad hizo de las suyas, y volví á ilusionarme unas miajas -con la persona física y moral de aquella mágica hembra? Entre mil cosas -que dijo, hubo una que me dejó pasmado. «Y no te creas que le vas á -sustituir, porque te juro por estas cruces que el vacío que ha dejado -aquí en mi alma aquel buen amigo, no se llenará jamás, aunque yo viva -cien mil años y medio, porque no ha nacido el hombre que lo pueda -llenar. Con que ya lo sabes, y basta de matemáticas.</p> - -<p>—De modo—le dije entre risueño y meditabundo,—que cuando yo pensaba -que venía á heredar al pobre Federico, resulta que heredo...</p> - -<p>—Á ese mequetrefe, á ese lameplatos, á ese gatera—replicó sin -dejarme concluir.—Ya ves si soy franca. Yo pongo todo el corazón en -la boca, y enseño todo mi natural, todo, todo, menos una parte que se -me queda dentro. Soy yo muy desfachatada, muy abierta, muy frescota; -pero también muy <i>acá para mí</i>. Entrego al que habla conmigo las llaves -todas de mi natural, menos la de un cuartito reservado, que ya no -se volverá á abrir, porque se mudó el inquilino. ¿Estás en lo<span -class="pagenum" id="Page_254">[p. 254]</span> que te digo? Eres ahora -mi caprichito; me gustas; te quiero; me haces ilusión. Durará dos -meses, tres, un año; puede que menos, puede que sólo dure ocho días; -pero si me quieres, si te gusto, tómame tal como soy. El día que me -canse te lo diré. Yo no sé fingir. Ahora me da por echarte los brazos; -mañana te pegaré una coz. No te rías: doy coces cuando me ahíto de un -hombre, y al pollo le eché á la escalera, dándole así, con el pie para -atrás, hasta que se me quitó de delante.»</p> - -<p>Hágome cargo de tu asombro al leer estas tonterías. No creas que -quito ni pongo nada. Estaba monísima la tunanta aquélla, que no por ser -quien es, deja de tener en su carácter algo que admirar debemos, aunque -uno se proponga no admirar nada, salvo la belleza corpórea, tratándose -de hembras de tal clase. Verás ahora el complemento de la escena de -ayer, que quisiera referirte con todos sus pormenores, por la lección -que encierra y los horizontes que abre al conocimiento de las cosas -humanas. Al pasar de la sala al gabinete, ¡oh sorpresa! me veo colgado -de la pared un soberbio tapiz. Al punto se me iluminó la mente, y lo -reconocí; ¿pues no había de reconocerlo?</p> - -<p>«¡Ah! bribona, ya te has caído—le dije abrazándola por el cuello, -mientras ella me abrazaba por la cintura.—Ya te cogí. Ese tapiz te -lo ha dado mi padrino. Si lo conozco, si lo he visto allí mil veces. -Es flamenco, cartón de Rubens ó Jordaens, y de los repetidos, que él -guarda para sus cambalaches. No me lo niegues: te lo ha dado en pago -de tu silencio, quizás para que prestes una<span class="pagenum" -id="Page_255">[p. 255]</span> declaración falsa, asegurando al juez que -Federico perdió grandes cantidades á la ruleta en los días anteriores -á su muerte. Vamos, confiésamelo todo. ¿Somos ó no amigos? Ello ha de -quedar entre nosotros.»</p> - -<p>¿Cómo había de negármelo? Ni siquiera lo intentó. Desconcertada -primero ante mi brusca interpelación, pues ya no se acordaba del tapiz, -pronto se echó á reir, confirmando con cuatro palabras lo que yo -expresé, no sin añadir algunas explicaciones.</p> - -<p>«Me lo dió Cisneritos, es cierto... Ya sabes que es mi amigo desde -que tomé la alternativa. Yo se lo había pedido muchas veces, y siempre -me lo negaba el muy perro. Pero estos días... Te contaré: lo que él -quiere es que yo me calle, no que declare eso que tú supones. Al -juez le dije que no sabía una palabra. Porque verás... si yo hubiera -boqueado más de la cuenta, podría armar un lío de mil demonios. ¿Pero -qué se saca de deshonrar á una familia respetable? Hazte cargo. Lo -que quiero es que me dejen tranquila, y no me traigan ni me lleven. -Te diré otra cosa: Cisneros pensaba que yo tenía cartas de Federico ó -papeles de compromiso para alguien... Le traje aquí para que viera que -no hay nada. Me registró todos los muebles como un celoso. En fin, que -ese viejo marrullero me estuvo mareando dos días, y yo le dije, digo: -«Ahora sí que me he ganado el tapiz.» Vamos, que me lo dió, á condición -de que me volviera muda, y no declarara en substancia cosa ninguna, -guardándome mucho de esos trompeteros de periodistas. ¡Qué odio les -tiene! Pues, la verdad, yo, como todo el mundo,<span class="pagenum" -id="Page_256">[p. 256]</span> me había compuesto mi novelona para -embocársela á los de mi tertulia.</p> - -<p>—¿Y cuál era tu novela?</p> - -<p>—Pues que se mató él mismo delante de tu prima, porque descubrió que -ella se la pegaba con Malibrán.</p> - -<p>—¡Jesús!</p> - -<p>—Francamente, como en casa de la San Salomó contaban que ella le -había matado por celos de mí, yo me abronqué y dije: pues antes que -me envuelvan, voy á salir yo también con mi romance de ciego. Á todo -el que venía aquí se lo encajaba, y tan fresca... Súpolo Cisneros, -me mandó llamar y me dijo, dice: «Chica, ¿qué haces? Mira que si te -descuidas te mando á presidio.» Me asusté; faltóme poco para llorar. En -fin, que le prometí no mentar más el crimen y plantarme en que yo no sé -nada. Total: que con esto y algo más, me gané el tapiz.»</p> - -<p>Tales declaraciones, á pesar del acento de sinceridad con que Leonor -las hacía, me parecieron, si no falsas, incompletas. La pícara me decía -una parte no más de la verdad, la menos importante tal vez. Incansable -yo en mi plan investigador, puse cerco á sus camándulas, redoblé mis -zalamerías, ensanché todo lo que pude el campo de la confianza, y por -fin hoy, transcurrido un día de estas fáciles relaciones, he logrado -arrancarle aquella otra parte de la verdad que me escamoteaba. Vas á -saberla.</p> - -<p>Cisneros le propuso declarar ante el juez que Federico había estado -en su casa el mismo día 1.º de Febrero por la mañana, angustiadísimo, -y le había dicho: «Si no encuentro de aquí á la<span class="pagenum" -id="Page_257">[p. 257]</span> noche determinada cantidad, me pego un -tiro.»</p> - -<p>«Tanto y tanto me predicó ese viejo zorro—añadió Leonor,—haciéndome -ver que con estas mentirijillas no perjudicaba á nadie y podía hacer -mucho bien, que cedí... Claro, no perjudicando... ¿qué importaba...? -¡Ah! también quería que dijese que Federico me pidió dinero á mí, -y yo no se lo quise dar... Á esto me resistía; pero, chico, el -tapiz se me había montado entre ceja y ceja... Era un antojo, y soy -temible cuando me encapricho por algo... Hicimos nuestro trato, y -punto concluído... Pero no sabes lo más salado, y es que me porté -cochinamente con Cisneritos. Cuando me encontré delante del juez, -entráronme remordimientos, y pensé que si decía lo que me mandó el -vejete, arrojaba una mancha sobre el buen nombre de mi amigo querido, -el número uno de los caballeros de Madrid... Nada, nada, que se me -resistía declarar aquellas papas... yo soy así. El escribano me hizo -muchas cucamonas, y el secretario me dijo mil porquerías, y entre todos -me estuvieron mareando un rato. Pues, chico, me atufé y me dió la -santísima gana de no soltar prenda: que yo no sabía una palabra, que -no había visto al <i>interfezto</i>, que no me constaba si ganaba ó perdía. -Allá escribieron todito lo que dije, firmé y á vivir... Tú dirás que -me porté mal con don Carlos, y que debía devolverle el tapiz... Pero -ya ves: era una indecencia que yo dijese de Federico cosas que le -ponen en mal lugar. Vamos, que me acordaba de él, y los ojos se me -llenaban de lágrimas. Yo tengo todos los defectos, todos, menos el de -la ingratitud... El pobrecito fué siempre muy bueno para mí. ¡Cómo -había<span class="pagenum" id="Page_258">[p. 258]</span> yo de...! -Verdad que no cumpliendo con Cisneros, debía decirle: «Tome usted su -arrastrado tapiz, que yo soy más persona decente de lo que usted se -piensa...» Pero sobre que no tuve alma para devolver el regalo, ¿no te -parece á tí que es justo jugarle una partida serrana á ese tío, más -malo que el no comer?... Y bastante favor le hago callando, ¡digo! Mi -<i>no sé nada</i>, mi <i>no he visto nada</i> valen bien, no digo yo un tapiz, -sino media docena.»</p> - -<p>¿Qué te parece? ¿No es verdad que este rasgo pinta una persona? ¿No -ves á Leonor enterita con sólo la relación de un acto suyo? Lo único -que me resta decirte acerca de esta gitana, cuyos desplantes abomino á -veces, y á veces no puedo menos de admirar, es que mis habilidades para -saber algo más fueron de todo punto inútiles. No me han valido mimos ni -triquiñuelas capciosas para obtener de la chavala algún indicio de la -clase de conexiones que con Viera tuvo. Ignoro si seré más afortunado -en lo sucesivo; pero no sé por qué se me figura que cuando ésta se -planta, no valen contra ella ni aguijonazos ni palmaditas. Plantada se -queda, y hay que matarla ó dejarla.</p> - -<p>Allá va otro detalle que, si nada tiene que ver con el asunto -principal, merece consignarse para regocijo tuyo y mío; que viene bien -un poco de sainete entre estas seriedades fúnebres y curialescas. -Estábamos Leonor y yo conversando íntimamente, en el mayor abandono -y confianza posibles, cuando sonó la campanilla; oí ruidos de voces, -y la doncella entró muy sofocada en el gabinete anunciándonos que el -pollo malagueño se<span class="pagenum" id="Page_259">[p. 259]</span> -había presentado en actitud hostil y camorrista. Habías de ver á la -Peri saltar en paños que más que menores debieran llamarse mínimos, y -agarrar una zapatilla, arma que, según dijo, le bastaba y le sobraba -para poner en vergonzosa fuga al invasor, «Verás, verás qué pronto le -despacho—me dijo risueña y nerviosa, sin acertar á meter los brazos -en las mangas de la bata.—No le puedo ver... ¡Indecente, gandul, -canalla...!» Salió en medias, pantufla en mano, y sentí luego un gran -vocerío; mas no me pareció que sonaban zapatazos. Á poco volvió Leonor, -y riendo me dijo: «¡Pobrecillo, está muerto de hambre! Es preciso que -coma, al menos.» Metió sus dedos, de rosadas uñas, en el bolsillo de mi -chaleco, y me sacó cinco duros, que por conducto de la criada pasaron á -las necesitadas manos del mocito aquél, de lánguidos ojos. Al hacerle -la limosna, la gitana le mandó este cariñoso recado: «Dale eso para que -coma, y dile que aquí no venga más, porque estoy de él por encima de -los pelos, y que vaya á que le mantenga el Nuncio.»</p> - -<p>¿Y qué dices tú ahora de mis depravaciones, de mi caída en la -profunda ciénaga del vicio, <i>do se anidan</i> (¡atiza!) todas las sierpes -venenosas que destruyen el alma... y el cuerpo? Haz el favor de no -llevarte las manos á la veneranda cabeza. No hay tal vicio ni cosa que -lo valga. Es la vida, chico; el desenvolvimiento biológico dentro del -medio social... Vamos, si esto no es filosofía, que venga el diablo y -lo vea.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_37"> - <p><span class="pagenum" id="Page_260">[p. 260]</span></p> - <h2 class="nobreak">XXXVII</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>17 de Febrero.</i></p> - -<p>Evangelio del día, <i>secundum Villalonga</i>. Este astuto vividor, -bulle-bulle de la política, que es en él pasión y oficio, se ha vuelto -de poco acá hombre de orden. Su lengua de hacha, que antes convertía en -leña las reputaciones más sólidas si se le interponían en su camino, -ahora es una lengüecita muy enguatada, y más lamedora que cortante. -Aspira el tal á ocupar un puesto en la situación, y ya no muerde sino -cuando se le amortiguan las esperanzas de la senaduría vitalicia. -En estos días parece que la cosa va bien, y el hombre es de lo más -razonable, de lo más sensato que imaginarte puedes.</p> - -<p>Truena contra los calumniadores, y dice que esta tendencia á -enlodar los nombres más respetables es un síntoma de desquiciamiento -social. Cuando pone el paño al púlpito, nos reímos, porque parece -que está refutando todo lo que en veinte años ha dicho y hecho. Pues -si le quieren ver desbocado, que le toquen á la familia Orozco. Algo -esperará de ella sin duda, ó algún favor hay de por medio. Oye su -versión: «La muerte de Federico no ha sido más que el vulgarísimo -final de una pendencia de garito. Como todo vicioso estragado, como -el borracho que no encuentra<span class="pagenum" id="Page_261">[p. -261]</span> bastante fuerte ningún licor, y cada día los apetece más -ardientes, Federico no se satisfacía ya con las emociones de las timbas -establecidas en círculos elegantes, y frecuentaba garitos innobles... -¡Si esto se puede probar el día que se quiera!»—dice Villalonga á todo -el que le quiere oir. Prosigue su informe jurídico, asegurando que -un amigo suyo le vió salir con otro sujeto de una casa de juego de -malísima traza, á eso de las diez y media de la noche del 1.º, y que en -actitud de querella se metieron por la calle que conduce al <i>solar del -polvorista</i>. «Me parece que más claro no puede estar. Este amigo mío -les vió, repitió que les vió, y está dispuesto á declararlo.»</p> - -<p>Á renglón seguido se lamenta de que quieran convertir este hecho -vulgarísimo en fábula de amores, difamando á una dama ilustre... Y -luego enjareta el panegírico de ella, y crudos anatemas contra la -ligereza y ruindad de una parte del público. Es que en esta raza -proterva ha existido y existirá siempre el tic nervioso nacional de -abatir lo que está alto, de manchar la misma limpieza, y de enturbiar -lo más claro y puro. Concluye el orador jurando y perjurando que -daría cualquier cosa por cambiar de nacionalidad, abandonando la raza -proterva y el suelo ingrato, para metamorfosearse en inglés, en alemán -ó, si á mano viene, en moro berberisco... Pero no: lo que él quiere -ser es inglés. Ahora le da mucho por lo inglés, por lo parlamentario -y por el <i>self-governement</i>. ¡Eso es país, eso es política y opinión -soberana... y <i>juego</i> de las instituciones...!</p> - -<p>Basta de Villalonga, y voy con Calderón de la<span class="pagenum" -id="Page_262">[p. 262]</span> Barca, del cual creía yo que, por ser -amigo íntimo de los Orozco, ó más bien parásito, sostendría las -versiones más favorables á sus patronos. Pues no, señor. La intención -á eso va; pero no le resulta, y su destornillada cabeza ha compuesto -un novelorrio que cree muy lisonjero para sus amigos; pero es tal la -necedad de su invención, que ni daño ni favor puede hacerles. Supone á -Federico perdidamente enamorado de Augusta, y á ésta rechazándole con -desdén. Si le apuran, Calderón es capaz de sostener que le <i>consta</i>, -por haber oído y visto algo que corrobora semejante afirmación. Pues -bien: Federico, loco de amor, frenético, y sin reparar en los medios -que emplea para obtener de la dama la cita que con tenacidad le pide, -resuelve engañarla, diciéndole que su esposo tiene una querida; -Augusta niega y duda; él insiste, y ofrece probarlo. ¿Cómo? Pues en -tal sitio se ven los amantes: la esposa ofendida puede sorprenderles -y cerciorarse de que se la pegan. Cae mi prima en el lazo, y se deja -llevar por el traidor á la casa donde éste le ha ofrecido patentizarle -la infidelidad de Orozco. Llegan... Escena. Federico, ebrio de amor, -confiesa su pérfido ardid, y cae de rodillas. Augusta le pone de -vuelta y media: esto es de cajón. El otro, arrebatado y ciego, le -dice: «Ó eres mía, ó te mato.» Y el muy pillín saca su revólver. La -dama prefiere la muerte. Trábase una pequeña lucha, cae el revólver -al suelo, se dispara solo, pataplum, y la bala se le mete á Federico -por la cintura. <i>Table...a...u</i>. Imagínate lo demás. Viéndose herido, -reconoce el criminal el <i>dedo de la Providencia</i>, porque este dedito -fué el que opri<span class="pagenum" id="Page_263">[p. 263]</span>mió -el gatillo del arma; y abrumado por los remordimientos, pide perdón á -la dama. Esta se lo da, y le encaja su sermoncito, recomendándole que -se arrepienta, á lo que él accede, porque ya no tiene más remedio.</p> - -<p>«¿Y la herida de la cabeza, la herida mortal de necesidad?—le -preguntamos.—¿La herida de la cabeza?»</p> - -<p>Ráscase el narrador la suya, pero no acierta á sacar con la uña la -continuación de tan burdo argumento. Por fin... la cosa es clara... el -pérfido huye... ¿Pero á qué seguir? Ya puedes figurarte el desarrollo -de estos adefesios de la inventiva ramplona.</p> - -<p>No quiero entretenerte más con vueltas alrededor del asunto, y -vámonos al centro, al corazón de él. ¡Pensar que este jeroglífico no -lo es para una sola persona, y que tal persona, si quisiera, podría -disipar con cuatro palabras la confusión de mi mente! ¡Pensar que -Augusta sabe la solución, y que yo no puedo leérsela en la cara; que -detrás de aquel entrecejo está la representación exacta del hecho, -y que yo no puedo verla! Mi curiosidad se ha excitado tanto, que no -sé qué daría, amigo Equis: creo que daría años de mi vida porque esa -mujer tuviera un momento de franqueza conmigo y me revelara su secreto. -Vamos, que le perdono el mal que hizo, falta, error ó delito, si me -cuenta lo que pasó en aquella noche aciaga.</p> - -<p>Pues no creas, lo he de intentar; he de emprender con ella una -campaña de astucia, de constancia; un asedio en que emplee todas -las armas, desde las que infunden miedo á las que inspiran<span -class="pagenum" id="Page_264">[p. 264]</span> afecto y confianza. No -me muero yo con esta incertidumbre, y ella misma me ha de librar del -fiero suplicio. Seis días estuve sin parecer por la casa de Orozco, y -al quinto el propio Tomás me envió recado quejándose de mi desvío. Hoy -he almorzado con ellos. Ya te contaré lo que hablamos. Tengo prisa, y -además estoy en expectativa de una conferencia que espero celebrar con -Augusta, quien, á instancia mía, me prometió que hablaríamos un rato -á solas. Convinimos en que ella señalará día y hora, y aquí tienes -establecida ya una comunicación reservada entre los dos. Te lo contaré -todo; pero no me apures, que hay tiempo, y aplazo mis informes con la -esperanza de adquirir conocimiento más claro de alguno de los hechos. -Hasta otro día.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_38"> - <h2 class="nobreak">XXXVIII</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>19 de Febrero.</i></p> - -<p>No me lo vas á creer; pero te lo diré cien veces si es preciso. El -santo está como si ignorara lo que pasa y lo que se dice, y es casi -seguro que no lo ignora. Tal serenidad que por nada se altera, ¿es -grandeza de alma, ó todo lo contrario? Para afirmar lo primero, sería -preciso ver en este hombre un temple de carácter tan superior que -rayara en lo sobrenatural. Porque habías de ver su cara, en la cual -no notas ni el más ligero sig<span class="pagenum" id="Page_265">[p. -265]</span>no de disgusto ó contrariedad; habías de oir su acento, -siempre firme y reposado. Á su mujer la trata con la cariñosa -deferencia de siempre, y ella á él con mayores consideraciones, -si cabe, que antes. Te lo digo con franqueza: el arcano que en la -intimidad de este matrimonio se esconde sin duda, me inquieta ya más -que el otro de la muerte de nuestro amigo, y daría no sé qué, años de -vida también, única moneda con que se avaloran tales satisfacciones, -por poder ocultarme en la alcoba conyugal y oir lo que hablan... ¿Pero -qué hablarán, Dios mío? ¿Qué dirán? ¿Ó es que no dicen nada, y se han -puesto de acuerdo para ignorarse y desconocerse el uno al otro?...</p> - -<p>Este Orozco, ¿qué clase de hombre es? Explícamelo tú, entusiasta -apologista de sus virtudes. Francamente, cuando éstas se me presentan -en grado tal de perfección, éntranme ganas de dudar de ellas, ó de -tenerlas por papel bien estudiado y aprendido para embaucar al mundo. -Imposible que un hombre de carne y hueso conserve tal presencia de -ánimo en medio de la atmósfera que se ha formado en torno suyo; y si -realmente la conserva, es que no es de hueso y carne como nosotros. -No niego que pueda existir en nuestros tiempos la santidad; pero me -resisto á admitirla en las altas clases. Existirá en las Órdenes -religiosas, ó en los desiertos habitados por una sola persona; pero -en el mundo activo, en la sociedad, en el matrimonio, en medio de los -chismes, de las envidias, de la soberbia, del lujo... Vamos, Equisillo, -que se te quite eso de la cabeza. Á tu sagaz olfato no ha llegado nunca -el olor de esa santidad... perfumada.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_266">[p. 266]</span></p> - -<p>Vamos á otra cosa. La conferencia con Augusta, á solas, se verificó -ayer. Fué interesante, aunque estéril para mis fines inquisitivos. -Recibióme en su tocador, por la tarde, y no había nadie presente, pues -no llamo persona á la chiquilla de Calderón, que iba y venía por la -estancia tirando de una muñeca amarrada por el pescuezo, imagen exacta -de mi situación espiritual, pues á ratos, en estos tristes días, me -parece que un demonio me echa una soga al cuello y se divierte tirando -de mí y apretándome sin ahogarme.</p> - -<p>Mi prima no puede ocultar que ha tenido insomnios, malísimos días -y peores noches, y que su ánimo está profundamente perturbado. Sin -duda no posee la santidad en grado tan alto como su marido, ni sabe -sobreponerse á las miserias humanas. Está mustia la pobrecita, ojerosa; -la mirada se le extravía, se le pierde. Cierto que trata de disimular, -echando un nudo á los suspiros que del pecho se le quieren salir; pero -no puede lograrlo. Si te digo que está más guapa que nunca, no lo -creerás seguramente, aunque supondrás que esto es efecto del amor que -me inspira. Veo que te ríes. ¿No habíamos quedado, dirás tú, en que -todo aquel amor se trocó en aborrecimiento de lo más fino? Bueno: pues -te contesto que estas cosas se dicen muy pronto, pero rara vez son la -expresión de la verdad. Nada nos engaña tanto como el desarrollo de -nuestros propios afectos en los casos graves de la vida. Suele suceder -que nos equivoquemos, como chiquillos que empiezan á vivir, y que -amemos más cuando creamos odiar, ó viceversa. Ello es que la encontré -aquel día guapísima, y sentí que las energías<span class="pagenum" -id="Page_267">[p. 267]</span> de mi carácter se debilitaban -lastimosamente ante ella. Pero me callo, por ahora, todo lo que al buen -Cupido se refiere.</p> - -<p>Lo que mi prima quería de mí, bien lo calé desde que empezó á -hablarme. Ya puedes figurártelo: que me dejara de averiguaciones, pues -lo que resultaba de ellas era espesar más la atmósfera de dicharachos -y mentiras. Para decírmelo, empleó mil circunloquios hábiles, -reconociendo la bondad de mi intento, mi amor á la familia, etc., -etc... Por mi parte, le hice ver que yo no perseguía la verdad para -hacerla pública; que si lograba adquirirla, la guardaría en mí como el -secreto más delicado de mi vida. Bien podía ella, pues, revelármela, -que yo la oiría como un confesor y la encerraría en mí como en un -sepulcro. Á estas insinuaciones que expresé con calor y casi con -elocuencia, contestóme la taimada negándolo todo en redondo. No tenía -absolutamente participación ni responsabilidad en aquel asunto. Ni -Federico fué su amante, ni ella faltó á sus deberes con aquél ni con -nadie. Todo calumnia, novela mal pensada y peor escrita, obra de los -desocupados, de los que envidiaban la dicha de su hogar, de los que, -por vivir depravadamente, no perdonan la honradez de los demás. Era, -pues, completamente ajena á las causas de la muerte de aquel buen amigo -de la casa, y no sabía si se mató ó le mataron, ni quería meterse en -indagaciones.</p> - -<p>Díjele que no pusiera á prueba mi respeto á su persona; que podía -ser inocente de la muerte de Viera; pero inocente de amarle y de -tener con él trato secreto... eso, que se lo contara á otro,<span -class="pagenum" id="Page_268">[p. 268]</span> pues yo tenía datos -bastantes para formar mi opinión sobre el particular. No se dió á -partido, y negaba, negaba con una insistencia que me volvía loco.</p> - -<p>Después examinó, riendo con forzado humorismo, las distintas -versiones. La de su amiga, la marquesa de San Salomó, fué tratada con -sarcástica frase. «¿Y es posible que tú seas de los que han creído que -yo le maté, yo...? ¿que mis manos...? Vamos, esto sería la mayor de -las indignidades, si no fuera grotesco.» Pero las interpretaciones que -más la irritaban eran aquéllas en que se incluía al buen Orozco en la -trama, dándole el papel de matador, bien directamente, bien valiéndose -de un asesino mercenario. ¡Qué estúpida monstruosidad!</p> - -<p>Viendo que de nada me valía la argumentación seca, apelé al -sentimiento; traté de halagar su amor propio, diciéndole poco más ó -menos lo que escribo á continuación:</p> - -<p>«No sé por qué vacilas en confiarme tu falta. ¿Crees que -desmerecerás á mis ojos, que perderás mi estimación? No, porque falta -y aun crimen de amor, de verdadero amor, no merecen más castigo que -el amor mismo, el cual es bastante penitencia. Si un sentimiento vivo -se ha sobrepuesto á tu voluntad y á tus deberes legales, ¿qué remedio -hay más que perdonártelo? ¿Y cómo no había de perdonártelo yo, que -peco de amor por tí; yo, que también he faltado á la ley, aunque sólo -con la intención? Si yo me absolví de mi falta intencional, ¿cómo -no absolverte de la tuya, aunque haya sido menos inocente? Yo tengo -cierto derecho á saber tus penas para consolar<span class="pagenum" -id="Page_269">[p. 269]</span>las; deseo ardientemente que arrojes sobre -mí las cargas que abruman tu conciencia, porque te quiero con locura, -y no vacilaría en perder por tí, si preciso fuera, no sólo la paz del -alma, sino el honor y cuanto me liga á la sociedad. Si alguien hay á -quien debes confiarte, soy yo, porque te amo; y para que no achaques -á egoísmo lo que te pido, declaro amarte sin esperanza, y estoy -convencido ¡esto sí que es triste! de que no me correspondes ni me -corresponderás nunca. Me inspiraste una pasión loca, y te la declaré, -ignorando que amases á otro, ó dudándolo al menos. Ahora, sabedor de -que amaste al pobre Fritz, no se me oculta que la pasión aquélla no -puede repetirse ni heredarse. Pero ya que no puedo pretender llenar en -tu corazón el hueco que ha dejado quien ya no existe, aspiro á ser tu -mejor amigo, tu consejero y á poseer tu confianza. Yo te consolaré; yo -sabré, como nadie, respetar tu soledad, tu pena inmensa, que por mucho -tiempo ha de resistir á todas las tentativas de consuelo.»</p> - -<p>¿Qué te parece la perorata, que no sé si he copiado con exactitud? -Fastidiosa, ¿verdad? y hasta un poquillo cursi. Pues así y todo, le -hizo un efecto atroz. La ví conmovida; sus ojos se humedecieron, y no -pudo contener algunas lágrimas. Yo callé, creyendo que el llanto sería -precursor de la espontaneidad que deseaba.</p> - -<p>Observé que hacía esfuerzos por tranquilizarse y ser dueña de sí. -Se enjugaba los ojos, comprimía su emoción para no dejarse vender por -ella, y me dijo esto, que me impresionó vivamente:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_270">[p. 270]</span></p> - -<p>«Soy muy desgraciada... no lo sabes tú bien. Tenme mucha lástima, -porque de veras la merezco.»</p> - -<p>Le acaricié una mano, sin que tratara de impedirlo. Lejos de -hacerlo, me abandonó la otra, como persona en quien la necesidad de -consuelos se sobrepone á toda consideración. Le repetí mis deseos de -ser su amigo, de consagrarle mi vida y una intención moral incesante, y -no se escandalizó, ni mucho menos. Al contrario, mostróse agradecida, -hondamente afectada.</p> - -<p>Pero de súbito noté en su fisonomía y en su entrecejo no sé qué -severidad, algo que provenía de un sentimiento de orgullo, el cual se -posesionaba de su alma tras un momento de flaqueza; y poniéndose en pie -y apartándome de sí con cierta sequedad ceremoniosa, me dijo:</p> - -<p>«Seremos amigos; pero á condición de que no me preguntes nada, de -que no indagues absolutamente nada, ni de los demás ni de mí.»</p> - -<p>Quise contestarle; pero me impuso silencio. Imposible desobedecerla: -de tal modo imperaban su gesto y su voz sobre mí. Y aún hubo más. Dió -por terminada la conferencia, mandándome que me retirara... Otro día -hablaríamos más: así lo dió á entender. ¿Qué había de hacer yo más que -someterme ciegamente á su caprichosa voluntad?</p> - -<p>Pasé malísima noche, sin poder apartar de mí la imagen y las -palabras de esta endiablada mujer, que, si no me engaño, va á volver -loco á tu amigo, si es que no lo está ya de remate. Y mira tú qué -cosa tan rara: piensa en el enlace misterioso de las palabras con -los afectos en esta arras<span class="pagenum" id="Page_271">[p. -271]</span>trada vida humana, tan fecunda que cuantas más cosas -peregrinas ve uno en ella, más le quedan por ver. Pues empecé á -dirigirle aquellas frases amorosas que te he copiado, como quien -emplea un argumento capcioso; se las dije, persuadido de que no decía -la verdad, y al concluir, sorprendíme de ver que mi corazón respondía -á todas aquellas retóricas con un sentimiento afirmativo. Nada, -Equisillo, que toda la noche y al día siguiente estuve en brega con -mis potencias cerebrales, dudando de lo que sentía, y concluyendo -por declararme que esa mujer me tiene embrujado; que mientras más -me esconde su secreto, más impelido me siento hacia ella, y que si -me convenciera de que fué realmente matadora, más la querría, no -vacilando en someterme á la prueba de ser muerto por su mano, con tal -que antes... No sigo, porque te alarmarás, creyendo que ya no tengo -remedio. Abur, tonto.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_39"> - <p><span class="pagenum" id="Page_272">[p. 272]</span></p> - <h2 class="nobreak">XXXIX</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>20 de Febrero.</i></p> - -<p>Emociones, más emociones. Ante todo, puedes llegarte á Zaragoza ó -venirte á Leganés, y mandar que me vayan preparando una jaula con los -barrotes bien fuertes, porque estoy... ya lo irás viendo.</p> - -<p>La entrevista segunda se verificó ayer en casa de la tía Serafina, -que sigue muy mal. Augusta va todos los días á acompañarla. Yo fuí -también, sin citación previa, seguro de encontrármela allí y de que -podríamos hablar sin testigos. Nos encerramos en un gabinete próximo -al cuarto de la enferma, en ocasión en que no había allí médicos, ni -enfermeras, ni visitas. ¡Qué bien! Forjéme la ilusión, al verme solo -con ella y observar su actitud expectante, no exenta de recelo, que -aquello era cita amorosa, en discreto lugar ignorado de todo el mundo. -Lo primero que se me ocurrió fué cogerle la mano derecha y examinarle -la muñeca, diciéndole: «¿Se te ha curado ya la quemadura?» Turbada -retiró la mano, no sin que yo viese la señal de la heridilla no bien -cicatrizada, y me dijo: «Hemos convenido en que has de ser discreto, -y no hacer ni decir tonterías... ¿Qué significa, grandísimo simple, -esa estúpida sospecha? ¿Acaso te ha cabido en la cabeza que<span -class="pagenum" id="Page_273">[p. 273]</span> yo me magullé la mano en -una lucha...? Claro, como que soy asesina, y he tenido que sujetar á la -víctima para...</p> - -<p>—No es eso, no es eso—apresuréme á contestarle.—Yo no he creído -nunca que fueras asesina; pero sí he creído y creo que presenciaste la -muerte de un hombre, ocasionada de una manera que ignoro.</p> - -<p>—Vamos, niño: la primera condición para que yo te admita en mi -confianza, es que seas conmigo delicado, y me consideres, y me creas -cuando te digo algo que directamente me atañe. De otra manera no -puede existir esa amistad que deseo y casi casi necesito... Y no la -desvirtúes; no aspires á otro sentimiento más vivo, porque si te -empeñaras en ello, no obtendrías ese sentimiento, y adiós amistad.»</p> - -<p>Comprendiendo que en estos casos debe uno contentarse con lo que le -otorgan, y fiar al tiempo la ampliación de la dádiva, díjele que aunque -estoy perdidamente enamorado, conténtome con el sentimiento apacible y -honesto que me concede, y reconozco no merecer más.</p> - -<p>«Si hemos de ser amigos—-me dijo,—ya que tú te permites intervenir -en mis asuntos, y echártelas de padre maestro, y aun de padre -espiritual, con tus pretensioncitas de huronear faltas que no existen, -voy yo también á llamarte á capítulo, pidiéndote cuenta de ciertos -deslices, y excitándote á la corrección. ¿Pues qué se creía usted, -señor moralista?»</p> - -<p>Quedéme perplejo, sin acertar á calarle la intención. ¿Quería -aturdirme, desorientarme, ó qué demonios se proponía la muy ladina, en -quien no<span class="pagenum" id="Page_274">[p. 274]</span> pude menos -de reconocer la sagacidad castellana de su padre el zorro de Cisneros? -No tardé en suponer á dónde apuntaba; caí en la cuenta de que su objeto -era tomar la ofensiva, como papel más airoso para ella en la lucha que -entablado habíamos.</p> - -<p>«Sin duda te han traído el cuento—le dije sin turbarme,—de que hay -algo... y aun algos con la Peri. Bueno: no te lo negaré. Pero ya debes -suponer que esto es accidental y sin importancia alguna en la vida. No -llames á eso relaciones. Es una veleidad de ella y una condescendencia -mía, que se pueden dar por terminadas en cualquier momento.»</p> - -<p>Quedóse pensativa, y á poco reanudó la conversación, diciendo tales -cosas de la Peri, con tanto énfasis y saña tan viva, que no pude menos -de fijar en ello la atención. «Has tenido muy mal gusto—me dijo.—Esa -mujer es una desvergonzada, una trapisondista, y además no tiene -nada de particular como hermosura, pero nada. No comprendo cómo os -ilusionáis con un tipo semejante. ¡Lástima grande que en estos tiempos -de vulgaridad democrática no haya las justiciadas de otra época! -¡Lástima que á estas bribonas no las emplumen y las azoten por las -calles, para lección de los mentecatos que se pierden por ellas, ó de -los que...!»</p> - -<p>No siguió. Se exaltaba más de la cuenta, olvidándose del papel que -quería representar; se clareó demasiado, y dejóme ver la punta de un -odio inmenso que en su alma latía. Le temblaron los labios y perdieron -su encendido color. Pronto noté que intentaba rehacerse y enmendar el -des<span class="pagenum" id="Page_275">[p. 275]</span>cuidillo de -sinceridad que acababa de tener. Para esto, compuso su rostro diciendo: -«¿Pero á mí qué me importa? Lo he dicho porque... me repugna verte en -esa degradación.»</p> - -<p>Más atento á observar su cara que á calcular lo que debía decirle, -contesté de este modo:</p> - -<p>—Basta que á tí no te agrade <i>eso</i>, para que al instante se -concluya.</p> - -<p>—No, si yo no te pido que sacrifiques por mí tus gustos.</p> - -<p>—¿Pues no dijiste que, para afianzar nuestra amistad, te hacías mi -directora espiritual, y correctora de mis malas costumbres?</p> - -<p>—Sí lo dije; pero luego se me ocurre que no debo hacerlo.»</p> - -<p>Parecióme desorientada, sin saber qué camino tomar. Por fin se -decidió por uno, tras breve meditación.</p> - -<p>—Mira, Manolo, te lo diré con franqueza: yo no quiero que rompas tus -amistades con esa mujerzuela.»</p> - -<p>Juzga cómo me quedaría con ésta no esperada declaración. «No te -pasmes, no abras esos ojazos,—me dijo.—Es un poco raro mi deseo, y -necesito explicarlo. Te hago el favor de creer que es muy fácil para -tí dar un puntapié á ese trasto de mujer. Y creo más... á ver si -te adivino... creo que tu enredo lleva un fin policiaco: el fin de -averiguar qué clase de relaciones, qué clase de tratos tenía el pobre -Federico con ella, porque, como te has metido á juez instructor, -naturalmente habías de buscar datos... del propio cosechero... ¿He -adivinado?</p> - -<p>—Sí... tal ha sido mi intención.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_276">[p. 276]</span></p> - -<p>—Bueno, bueno—manifestó perdiendo el miedo al asunto;—pues si has -descubierto algo, dímelo, y si no, sigue cultivando esa confianza, en -la cual encontrarás la luz que buscas y que los demás también deseamos -ver.»</p> - -<p>¡Ay! querido Equis, de aquel anhelo de indagar las relaciones de -Federico con la Peri, resulta una nueva complicación. Hay algo que -Augusta ignora, sabiendo, según mi cálculo, lo principal. Así se lo -manifesté, y ella insistió en que sólo era curiosidad. Díjele que -podía negármelo todo; pero no su pasión por el pobre amigo muerto, -y su presencia en el acto que determinó la muerte de él. Perdí los -estribos; me descompuse; creo que se me escaparon frases violentas, -seguidas de otras tiernas y apasionadas. Me puse de rodillas ante ella, -y besándole con ardor las manos, le supliqué me revelara la verdad de -aquella tragedia, de la cual ella había sido por lo menos testigo, y -ni un tímido asentimiento pude obtener. Encerróse en torvo silencio, -que era mi desesperación; denegaba con la cabeza á cada frase mía, y -terminó augurando otra vez que no sabía nada, que no había visto nada. -Únicamente al interrogarla sobre sus amores con Viera, observé que su -denegación era débil, casi casi afirmativa, por la manera como la hizo, -entre suspiros que le salían del fondo del alma.</p> - -<p>Por fin, serenándose y tratando de calmarme á mí, se explicó en -estos términos: «Para obtener la confianza de una persona, lo primero -es hacerse digno de tal confianza. Lo que mucho vale, mucho cuesta, -amigo Infante. Tráeme lo que te he pedido, y hablaremos. ¿No te has -he<span class="pagenum" id="Page_277">[p. 277]</span>cho amigo de la -Peri para indagar por tu cuenta?</p> - -<p>—Sí, y ahora quieres que indague por la tuya.</p> - -<p>—Cierto, esa es la verdad.</p> - -<p>—¡Y quieres que yo sea tu polizonte, y que te sirva, sin obtener de -tí ni una sola confianza! Revélame lo que sabes, y si es incompleto, yo -te ayudaré á completarlo.»</p> - -<p>Me abrumó la infame, diciéndome con aplomo cruel: «¿Cómo he de -expresarme para que me entiendas? Precisamente por no saber nada, -quiero que me averigües lo que te he propuesto averiguar... Y no -prolonguemos más esta conversación, porque siento gente en la alcoba; -estás muy excitado, hablas en voz alta, y van á creer que estamos aquí -tirándonos los trastos á la cabeza. Hazme el favor de marcharte, y -hasta mañana ó pasado...»</p> - -<p>Salí de allí con la cabeza como un borracho, desesperado y aturdido, -y estuve paseándome un rato por las calles, para que se me refrescaran -las ideas. Y tan pronto sentía un loco impulso de todas las fuerzas -de mi vida hacia aquella mujer, más fascinadora por los misterios que -la rodeaban, como un velo liado con suprema coquetería; tan pronto me -inclinaba á huir de ella, como de un abismo insondable por cuyo borde -se me resbalaban ya los pies. Pasada una hora de inquieto vagar por las -calles, me dirigí á casa de Leonor, que me aguardaba, y de buenas á -primeras, sin preparación alguna, la interpelé en esta forma:</p> - -<p>«Me vas á contestar ahora mismo á lo que varias veces te he -preguntado sin lograr una respuesta... Mira, Leonor, que la cosa es -grave: me lo vas á decir, y así me probarás que me quieres<span -class="pagenum" id="Page_278">[p. 278]</span> y eres mi amiga. Nada, -que me lo dices, ¿verdad? Deseo saber qué clase de relaciones tenías tú -con Federico. No vale negar. Porque él entraba aquí muy á menudo. Esto -lo sabemos todos, y hay quien cree que no venía por contemplar tu cara -bonita. Con que me lo dices, ¿sí ó no? Leonor, Leonor, te lo pido por -lo que más ames. Hazme el favor de no mirarte tanto las uñas, y habla -claro. ¿Verdad que me lo vas á decir... á mí, pichona, monina, á mí que -te quiero mucho...?»</p> - -<p>Empezó tomándolo á broma. «Como la trucha al trucho. Chalaíto por -mí... ¡Ay! ¡qué resalao es mi peine, y qué bonitos ojos tiene!»</p> - -<p>Estas tonterías me exaltaban más. «Leonor, Leonor, no bromees, hablo -muy serio, pero muy serio. Yo necesito saber eso, ó acabaré como el -pobre Federico.</p> - -<p>—¡Tú, tú...! ¡Jesús de mi vida!—exclamó, echándose á reir.—Tú no -tienes alma para eso, ni estás en sus circunstancias. No eres ni tan -caballero como él, ni tan perdido como él, ni tan... ¿Pero qué mosca te -ha picado hoy, peinecito de mi vida...? Á tí te pasa algo. Voy, voy á -echar las cartas para saberlo.»</p> - -<p>Levantóse y trajo los naipes, y en el mismo sofá en que yo estaba -empezó su juego, poniendo los cinco montoncitos: <i>lo que esperas</i>, <i>lo -que no esperas</i>, <i>lo que te ha venir</i>, <i>tu suerte</i>, <i>lo que se cubre</i>. -Hallábame tan excitado, que de un manotazo fué toda la baraja al suelo, -y le dije: «Pareces una bruja... Déjate de disparates, y contesta á lo -que te pregunto.»</p> - -<p>Leonor se amoscó. Cuadrándose y meneando la cabeza, me dijo: -«Mira, Infantito, que ya me<span class="pagenum" id="Page_279">[p. -279]</span> voy cargando; mira, Infantito, que yo tengo malas pulgas; -mira, Infantito, que si te pones pesado, voy y traigo la palmeta, -¿sabes? la zapatilla con que despedí al otro peine... Es la que me -sirve para dar pasaporte á los pesados, chinchosos y reventativos... -Recordarás que te dije: «de aquello no me preguntes nada.» Con esa -condición te admití.</p> - -<p>—Pues me vuelvo atrás—contesté ciego de ira, echándole la zarpa á -los hombros y sacudiéndola con brutalidad.—¡Tienes que decírmelo, ó te -mato, te mato, te ahogo!»</p> - -<p>Aquello iba á concluir mal. Yo estaba como demente y no era dueño -de mis acciones. Leonor se puso á dar chillidos, y entró la criada... -No creas que hubo golpes ó arañazos. Fué sólo un estrujón, acompañado -de palabras descompuestas. Por fin, volviendo en mí, la solté sobre -el sofá. La pobre muchacha, llorando de pena por mi ultraje y mi -brutalidad, sé mostró más bien ofendida que airada, y opuso á mi -tenacidad loca una tenacidad mayor: «Ni tú eres caballero—me dijo -secándose las lágrimas,—ni siquiera persona decente... Eres un tío, y -no sé, francamente, no sé cómo me gustaste... ¿Sabes lo que te digo -ahora? Que aunque me hagas picadillo, aunque me cortes en pedacitos de -este tamaño, no has de arrancarme una palabra. Fastídiate. ¿Crees que -porque soy una mujer pública no tengo tesón? Pues te equivocas, porque -también soy mujer particular cuando me da la gana, y sé serlo lo mismo -que otra cualquiera. Mira, ahí tienes la puerta abierta de par en par. -Me gustaste, y me gustas todavía. Yo soy muy franca y no oculto<span -class="pagenum" id="Page_280">[p. 280]</span> lo que siento. Puedes -volver si me pides perdón por esta bronca. Pero si me vienes con -preguntas, te doy la patadita para atrás, así, como los burros cuando -cocean, y te planto en la calle, para que te hagas cargo de que cuando -una quiere ser <i>particular</i>, y decente, y callada, lo es.»</p> - -<p>Aunque su lenguaje no era tan violento como de mi violencia debía -esperar, me sentí profundamente lastimado. Aquella discreción á toda -prueba era una especie de virtud, que yo no esperaba encontrar allí. -Me ofendía, y te lo diré claro, me empequeñecía. Salí de aquella casa -haciendo voto de no volver más, aunque Leonor no me repugnaba, ni mucho -menos; al contrario, me era grata su imagen transparentándose en mi -memoria. Pero la otra me atraía más, muchísimo más; la otra, Equis -de mis pecados, me volvía loco, me producía un vértigo de pasión, -de curiosidad... Á sus atracciones naturales unía la pérfida el -indefinible resplandor del drama desconocido ó á medio conocer. ¡Qué -noche pasé, qué noche! Imposible darte idea de mi suplicio, ni de las -vueltas dolorosas que mi espíritu daba, ya queriendo poner el afán de -conocimiento sobre la ilusión de amor, ya ésta sobre aquél.</p> - -<p>Y tú no me dices nada; tú ni me aconsejas ya, ni me das siquiera una -opinión. Parece que te has vuelto tonto, ó que miras con indiferencia -lo que me atañe. Pues para eso, maldita la falta que me hace tu amistad -ni ese saber omnímodo que dicen que tienes. Me has olvidado. Eres un -egoísta... sí, un egoistón. Ya lo he comprendido. No quería decirlo; -pero al fin dicho está, y no me vuelvo atrás.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_40"> - <p><span class="pagenum" id="Page_281">[p. 281]</span></p> - <h2 class="nobreak">XL</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>21 de Febrero.</i></p> - -<p>Si mal no recuerdo, ayer terminé mi carta tratándote con cierta -dureza. Haz la vista gorda, hombre, y considera el estado de mi ánimo, -propenso á la violencia y á la injusticia. Yo necesito desahogar con -alguien esta efervescencia, esta turbación honda de mi alma. Déjame -que te llame <i>perro judío</i>, y así me calmaré un poco: parece que se me -quita un peso de encima. Disimula, pues, toda barbaridad que leas aquí. -He tenido momentos de verdadera epilepsia, y aún no se me han sosegado -los malditos nervios; la mano me tiembla, y... ya ves qué letra y qué -sintaxis gasto... ¡Hasta endecasílabos, chico!</p> - -<p>Hoy ha sido para mí un día de prueba; mejor será que diga ayer, -porque son las dos de la noche. ¡Qué día! Por la tarde, después de -delirar como un calenturiento, se me ocurrió coger el tren y volar á -tu lado, para llorar contigo... es decir, tú no llorarías... Después -lo pensé mejor. Imposible salir de aquí, imposible apartarme de lo -que me enloquece. Pero aún no sé, no sé si me será forzoso adoptar -una resolución que me ponga á salvo de mi propia ansiedad. ¿Qué crees -tú?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_282">[p. 282]</span></p> - -<p>Pues ayer tarde la ví otra vez. Acababa ella de entrar de la calle, -y estábamos solos. No había soltado el <i>entucás</i>, ni quitádose la -capota. Me parece que la tengo aún delante de mí, con su abrigo de -pieles desabrochado: ¡hacía un calor en aquel gabinete!... Aún creo ver -la mirada compasiva que me dirigió, y oir su acento fraternal. Porque -desde que me ví ante ella, me desbordé en palabras enamoradas que me -salían del fondo del alma. Fascinación mayor no he sentido nunca ni -creo que la vuelva á sentir. El enigma terrible que la rodea, lejos -de desilusionarme, me trastorna más. La quiero por honrada si lo es, -y la quiero por criminal si, en efecto, lo ha sido. Y creo que lo -fué: criminal en un grado que no acierto á precisar, y que sin duda -no llega á la perpetración del hecho. No puedo recordar bien lo que -le dije: que estoy loco por ella; que no importa, para quererla, que -tenga en sus manos una mancha de sangre como la de <i>lady</i> Macbeth. -«No la tienes—añadí con desvarío, besándole las manos enguantadas,—no -la tienes; pero si la tuvieras, Augusta, yo te la borraría con mis -besos. Tu corazón se purificará con sólo corresponder á la efusión -del mío. He pasado por mil alternativas. El despecho me ha sugerido -ideas malas; he creído que eras perversa; tan obcecado estuve, que -llegué á creer que te odiaba... mira qué absurdo... Y en el mismo -momento de creerlo, habría sido capaz de darte mi vida. Perdóname -mis impertinentes investigaciones, que podrían resultar ofensivas -para tí. Las hice fingiéndome el pretexto de descubrir tu falta; -pero el verdadero móvil era conocer tu pasión. Nada enciende nuestra -curio<span class="pagenum" id="Page_283">[p. 283]</span>sidad como el -secreto, el <i>quid</i> ilícito de la persona que amamos, eso que en nuestro -egoísmo creemos infidelidad. Yo buscaba en tí á la infiel, y por infiel -te tengo, y por infiel te quiero más.»</p> - -<p>Suplicóme con acento grave y cariñoso que no insistiera, pues no -podía quererme en la forma que yo pretendía. Seríamos amigos sin -traspasar los límites de la amistad respetuosa. «No creas—me dijo -después con acento conmovido—que me atribuyo cualidades que no tengo, -ni pienses que me quiero hacer pasar por impecable. Mi conciencia -no está tranquila; pero sí hay en ella el deseo y el propósito de -tranquilizarse, y esto es algo.»</p> - -<p>Como yo la instara otra vez dulcemente á que me confesase su falta, -quiso hacerme callar con estas palabras: «Ignoro todavía quién podrá -ser la persona digna de oirme en confesión, como no sea un sacerdote, -y de esto no se trata ahora. Para confesarme á un amigo, necesito que -éste me dé pruebas de verdadera amistad, prudencia y abnegación.»</p> - -<p>Aquí de mi argumento:</p> - -<p>«Tú me has exigido que te preste un servicio que ha resultado -superior á mi voluntad. La Peri no quiere darme las noticias que me -pediste. ¿Qué puedo hacer yo? Ni con ruegos ni con amenazas he podido -obtener de ella una palabra.</p> - -<p>—Lo cual prueba—replicó,—que las mujeres, aun siendo malas, como -esa, sabemos guardar un secreto mejor que vosotros... ¿Sabes que -he variado de parecer respecto al encargo que te hice? Aplaudo la -reserva de esa mujer. Ya no quiero saber nada. Mi curiosidad era cosa -incon<span class="pagenum" id="Page_284">[p. 284]</span>veniente y de -mal gusto, y vale más no satisfacerla. Lo que ignoro, ignorado se quede -mientras viva. Lo concluído, concluído. Tú y yo nos contentamos con lo -poquísimo que sabemos, ¿verdad?»</p> - -<p>Esto me encendió más. Su tesón de castellana la engrandecía á mis -ojos, y conforme ella se iba ennobleciendo, iba yo curándome también de -la insana curiosidad que me había devorado. «Quiéreme—le dije tratando -de estrecharla en mis brazos,—quiéreme, y ocúltame tu falta, tu crimen -ó lo que sea. No te haré más preguntas; no deseo informarme de nada. -Pensé adorarte sincera, y callada te adoro más. Pero no me mates con -esa amistad fría: estoy loco por tí, y me muero si no me amas. Rota -la ley, Augusta; rota la ley, condénate conmigo, que ya no tengo -salvación... No se me oculta que tu corazón está lastimado, que está -muy fresca la herida para que puedas quererme; pero dame esperanzas, -dámelas, ó yo no viviré...»</p> - -<p>Se desprendió de mí con vigorosos esfuerzos, Apartando el rostro. No -decía más que esto: «No puede ser, no puede ser.</p> - -<p>—Considera que renuncio á hacer más diligencias, y que de mis labios -no saldrá una sola pregunta. La curiosidad ha sido ahogada por la -pasión.</p> - -<p>—Esto no puede prolongarse. Manolo, serénate. Te diré una palabra -sola, la última, y ajusta á ella tu proceder.</p> - -<p>—Venga esa palabra; venga pronto.»</p> - -<p>Retiróse de mí, y puesta la derecha mano en la cortina de la -puerta que conducía á la ha<span class="pagenum" id="Page_285">[p. -285]</span>bitación próxima, me dijo en voz baja y con la mayor -seriedad y aplomo del mundo:</p> - -<p>«La última palabra, y quizás la confesión más sincera de que puedo -alabarme en toda mi vida: no he sido honrada; pero estoy decidida á -serlo ahora, y lo seré hasta el fin de mis días.»</p> - -<p>Ví moverse la cortina, y desapareció aquella mujer, dejándome en la -mayor de las soledades: la soledad del no poseer y del ignorar. Sentí -impulsos de coger una silla y hacerla pedazos. Mira qué puerilidad. Me -marché porque me asaltó la idea de que, si me encontraba con Orozco, me -sería imposible disimular ante él mi agitación insana.</p> - -<p>Querido Equis, yo estoy enfermo, yo no sé lo que me pasa. Esa mujer -me ha desquiciado. ¿Qué debo hacer? ¿Debo insistir ó dejarla? Si no -puedo; si soy un chiquillo; si esta noche, decidido á faltar á su -tertulia para coquetear con mi ausencia, me he pasado las primeras -horas de la noche paseándole la calle, como un cadete, por el gusto de -ver los balcones de su casa y contarlos desde fuera, diciendo: «allí -tiene su tocador, allí duerme...» Mira si estaré trastornado...</p> - -<p>No he vuelto á casa de la Peri ni pienso volver. Todos me enfadan. -Orozco, el ejemplar, el santo, el incomprensible, me es odioso, y todos -mis amigos se me han hecho tan antipáticos como Malibrán.</p> - -<p>Estoy fuera de mí... Hasta tú me cargas. Te pegaría, creo que te -pegaría. Pero, en fin, me resigno á no perder tu preciosa amistad. Te -perdono la vida. La desesperación y el despecho me inspiran cosas que -presumo han de ser enormes<span class="pagenum" id="Page_286">[p. -286]</span> disparates. ¡Vaya, que no quererme! ¡Esa honradez de última -hora...! El diablo harto de carne... Es una bribona; no, que es un -ángel... La adoro por criminal: ¡tremenda antítesis! Si me probara su -inocencia, ¿acaso me gustaría menos? Tal vez... Equis, Equisillo, ven -por Dios en mi ayuda.</p> - -<p>P.D. <i>22 de Febrero</i>.—Creo que si sigo en Madrid no acabaré en bien. -Hoy intenté verla, y se negó á recibirme. Le he escrito. Me devolvió la -carta sin abrirla. He tenido un momento de exaltación, que felizmente -va pasando. Determino poner tierra por medio. Me voy á Orbajosa. Un -día no más necesito para arreglar ciertos asuntos, lo estrictamente -indispensable. Saldré mañana en el tren correo, y á media noche estaré -en tu compañía. Por Dios, Equis de mi vida, haz todo lo posible para -que no salga la música del pueblo á recibirme.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_41"> - <p><span class="pagenum" id="Page_287">[p. 287]</span></p> - <h2 class="nobreak">XLI</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>23 de Febrero.</i></p> - -<p>¿Qué es esto, Equis de mi vida? ¿Está escrito que yo he de volverme -loco, y que seas tú quien me remate?</p> - -<p>Vamos por partes. Hoy, cuando estaba disponiendo mis bártulos, -cae sobre mí como un aerolito, mejor dicho, como si desde Orbajosa -me arrojasen un canto rodado, el insigne hijo de esa localidad, -don Juan Tafetán, el cual, después de saludarme en tono lacrimoso, -participándome que le han limpiado el comedero, y que viene á solicitar -con mi ayuda, ¡Dios nos asista!, su reposición, me entrega un -encarguillo que le diste para mí.</p> - -<p>El paquete... Pero no: he dicho que vayamos por partes, y por -partes hemos de ir. Pues las quejas que del afligido pecho de Tafetán -salieron, partirían una roca. Díjome que esa gente está furiosa contra -mí por la indiferencia, rayana en menosprecio, con que, de algún tiempo -acá, he mirado los asuntos del distrito. Los encumbrados Polentinos, -así como los humildes Licurgos, hállanse acordes en ponerme de hoja de -perejil, porque he permitido con mi incuria que <i>los de la oposición</i> -se hayan montado sobre los nuestros. Estos, es decir, los que fueron -míos, celebraron<span class="pagenum" id="Page_288">[p. 288]</span> -la semana pasada un patriótico <i>meeting</i> para convenir en la forma y -manera de darme una silba si tengo la frescura de presentarme en la -metrópoli del ajo. ¡Y yo, que, en el colmo de la inocencia, creí ó -temí que saldría á recibirme la música del pueblo con sus desacordados -trompetones! ¡Y ya me figuraba oir el restallido de los cohetes que -á los aires lanzaría, un homenaje á mi persona, la diestra mano de -Frasquito González!</p> - -<p>Pero dime tú, ¿es cierto lo que me cuenta este pobre hombre, con -el cual no sé qué hacer ni dónde ponerlo, ni cómo consolarle en su -tribulación de cesante? ¿Es cierto, dí, que en toda esta temporada de -angustias, fiebre y diligencias policiacas, no he contestado ni una -sola carta de los caciques y gente menuda del distrito? ¿Es cierto -que en esto que llamaremos interregno se ha resuelto la cuestión -del emplazamiento de la estación del ferrocarril, situándola en -Valdegañanes, y dejando á nuestra <i>Urbs Augusta</i> á diez y siete -kilómetros de la línea? ¡Bueno se va á poner <i>El Impulsor</i>, que decía -no hace mucho que el ferrocarril llamaba á las puertas de Orbajosa -con el alerta de las locomotoras, esos centinelas avanzados de la -civilización! ¿Y es cierto (el cabello se me eriza al escribirlo) que -los de Valdegañanes, <i>esas </i>lumbreras apagadas del obscurantismo, -amenazan con arrancar de cuajo el Juzgado y llevárselo á su término? -¿Es cierto que nuestros enemigos, envalentonados por mi abandono, -han secado la fuente de los Chorrillos, llevándose el caudaloso -real de agua al abrevadero de Penitentes de San Bartolomé de Abajo? -¿Es cierto que me birlaron el peatón de Fuente los Tojos, y el -estan<span class="pagenum" id="Page_289">[p. 289]</span>co del tío -Majavacas, y que me han dejado cesante á este sin ventura Tafetán? -Cierto debe de ser, pues se trae una cara tan compungida que ni la -de la Magdalena se le iguala. Pues con estos golpes y la destitución -en masa del Ayuntamiento de Villahorrenda, veo por tierra, ó á punto -de derrumbarse, eso que los representantes del país llamamos el -<i>altarito</i>, ó sea mi poder político en el pedazo de España que tuvo la -honra de elegirme su esclavo y opresor. Ante tal cúmulo de desastres, -querido Equis, resuelvo aplazar la visita á mis electores, con el doble -objeto de ver si puedo poner algún puntal al consabido altarejo, y de -librarme de la serenata que mis siervos y tiranos ¡ay, dolor! me tienen -preparada.</p> - -<p>Y vamos á lo otro, pues dije que iríamos por partes, y por partes -¡vive Dios! iremos. Tafetán me entrega un grueso paquete, que me -parece, al pasar de sus temblorosas manos á las mías, una caja de -bizcochos borrachos. Y he aquí que me digo: «¡Por dónde se le ocurre á -este tonto ahora mandarme bizcochos borrachos! ¡Ah! ¡Es que necesito -medicina dulce y narcótica! ¡Qué talento tiene este Equis!... Pues, -señor, abro el mamotreto y me encuentro que contiene papeles. ¡Ajajá! -Cinco cuadernos manuscritos, de igual tamaño próximamente, y muy -cosiditos con hilo encarnado. Los hojeo con febril curiosidad. Lo -primero que me llama la atención es la letra. Yo conozco esta letra... -Pero, señor, ¿de quién es esta condenada letra? De Equis no es, y, sin -embargo, me es familiar, familiarísima... Y de una sorpresa grande -pasamos á otra mayor. Figúrate cuál sería mi asombro al ver los nombres -de Au<span class="pagenum" id="Page_290">[p. 290]</span>gusta, Orozco, -Federico, Malibrán, corriendo en medio de las hojas, pasadas velozmente -por mis dedos. Lo que más me maravilla es que la disposición de los -nombres á la cabeza de trozos más ó menos largos de texto, parece -indicar que el contenido de los cuadernos está en diálogo dramático. -Me fijo en el encabezamiento de uno de ellos, y veo que dice: <i>Jornada -tercera</i>. La portada del primero es lo que remata mi estupor, y -desconfío de mis ojos cuando leo: <span class="smcap">Realidad</span>, -<i>novela en cinco jornadas</i>. Abro tanta boca, que el mismo Tafetán, -haciendo un paréntesis en su consternación de cesante con nueve hijos, -se ríe de mí.</p> - -<p>¿Pero qué es esto, Equis de todos los demonios? ¿Qué drama es éste, -ó qué novela, y quién la ha escrito? ¿Has sido tú? ¿Es un bromazo que -me das?... ¡Anda, anda! Leo la lista de personajes, escrita en la -primera hoja, y me encuentro á toda mi gente. Equis, Equis, explícate, -por tu vida, si no quieres que yo acabe de perder la razón. ¿Por -qué no acompaña al paquete una carta tuya, informándome del por qué -de este extrañísimo y misterioso escrito? ¡Pero si yo conozco la -letra... la he visto mil veces, y no puedo en este momento, por el -trastorno de mi cabeza, recordar á quién pertenece!... ¡Ah! ya caigo -en ello. La letra es tuya, tuya, desfigurada. No me lo niegues. Tú, -que eres de la familia de los Merlines; tú, que posees un poder de -adivinación no concedido á todos los mortales; tú, que sabes ver la -cara interna de los hechos humanos cuando los demás no vemos más -que la cara exterior, y penetrar en las vísceras de los caracteres, -cuan<span class="pagenum" id="Page_291">[p. 291]</span>do los demás -sólo vemos y tocamos la epidermis; tú, Equisillo diabólico, has sacado -esta <i>Realidad</i> de los elementos indiciarios que yo te dí, y ahora -completas con la descripción interior del asunto la que yo te hice de -la superficie del mismo. De modo que mis cartas no eran más que la -mitad, ó si quieres, el cuerpo, destinado á ser continente, pero aún -vacío, de un sér para cuya creación me faltaban fuerzas. Mas vienes -tú con la otra mitad, ó sea con el alma; á la verdad aparente que á -secas te referí, añades la verdad profunda, extraída del seno de las -conciencias, y ya tenemos el sér completo y vivo. ¿Es esto así? Dime -sí ó no, y mientras me arrojo como un hambriento sobre tu <i>Realidad</i>, -carguen contigo los demonios, y conmigo también.</p> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_42"> - <p><span class="pagenum" id="Page_292">[p. 292]</span></p> - <p class="preh2">DE EQUIS Á INFANTE</p> - <hr class="tir" /> - <h2 class="nobreak corto">XLII</h2> -</div> - -<p class="fecha"><i>Orbajosa, 24 de Febrero.</i></p> - -<p>Gandul: recibo la tuya, y me apresuro á explicarte el por qué del -manuscrito que te llevó el buen Tafetán. Pero ven acá, tonto, ¿es -posible que no reconozcas tu letra? ¡Si es tuya, grandísimo idiota! -¿Á tal punto has llegado en tu desvarío cerebral que ni conoces tu -propia escritura? Á esto me contestarás que tú no has compuesto tal -drama ni cosa que lo valga, y temerás, sin duda, que mis explicaciones -aumenten el barullo de tu infeliz cabeza. Verás cómo no; verás cómo te -tranquilizas al saber de qué modo natural y sencillo se produjo esa -<span class="smcap">Realidad</span> que tanto te pasma, saliendo de tu -letra sin que tú pusieras en ella la mano.</p> - -<p>Pues verás, hijo mío, qué fenómeno tan fácilmente comprensible -para un sabio perspicuo, como lo eres tú, formado en la escuela de -la Peri y de otras filósofas peri... patéticas. Atiende bien.<span -class="pagenum" id="Page_293">[p. 293]</span> Guardaba yo tu -correspondencia, perfectamente liada con balduque, en un arca donde -suelo meter, para que no me los roben estos pillos, los ajos de la -última cosecha. Guardo también cebollas, alguna calabaza, sartas de -guindillas, simiente de anís y otros productos de este prolífico suelo. -Ya ves que tus cartas estaban en buena compañía. Yo les había puesto un -rotulito que decía <i>La Incógnita</i>.</p> - -<p>Pues anteayer se me antojó releerlas. Abro mi arca, y... puf. Sin -juramento me puedes creer que salía de allí un olor de mil demonios. -Echo mano al paquete, y me lo encuentro transformado en el drama ó -novela dialogada, <i>de tu puño y letra</i>, que recibiste por el buen -Tafetán. Comprendiendo que debes leerlo tú antes que nadie, refrené mi -curiosidad y allá te fueron las cinco jornadas. Pero qué, ¿no crees en -la metamorfosis? Para mí es tan común el fenómeno, y lo he presenciado -tantas veces, que no me causa sorpresa alguna. Sí, chico, no te quemes -las cejas averiguando quién ha compuesto eso. La realidad no necesita -que nadie la componga; se compone ella sola.</p> - -<p>Qué, ¿lo dudas todavía, y persistes en que yo...? No, hijo, no tengo -ese saber de adivinación que me atribuyes. El fenómeno que hoy admiras -es tan natural como el más corriente que en la Naturaleza puedes -advertir uno y otro día. Cuando quiero obtener la verdad de un caso, -cojo los datos aparentes y públicos; los escribo en varias hojas de -papel, los meto en el arca de los ajos, y á los tres días, hora más, -hora menos, ya está hecho.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_294">[p. 294]</span></p> - -<p>Aún dudas, ¿verdad? Pues si quieres que yo te crea tu pasión por -Augusta, tienes que creerme la sobrenatural y ajosa metamorfosis de tus -cartas en novela dramática.</p> - -<p>Tu invariable—<span class="smcap">Equis</span> X.</p> - -<p class="mt2">P.D. Se me olvidaba decirte que haces bien en no venir. -Todas las referencias tafetánicas son ciertas. Si pareces por acá, te -aguarda una silba en la cual tomaremos parte todos los habitantes de -esta ciudad excelsa, lo mismo los brutos que los ilustrados, entre -los cuales tengo la inmodestia de contarme. Se han vendido ya en el -pueblo cuarenta docenas y media de silbatos. Iré de simple testigo, -á presenciar la justa cólera de los ciudadanos, y tu vergüenza y -humillación. No te chiflaré, pues ya lo sabes... no toco pito...</p> - - -<p class="centra fs90 mt3">FIN DE LA INCÓGNITA</p> - - -<p class="fs90 mt2">Madrid, Noviembre de 1888-Febrero de 1889.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3"> -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - - <ul> - <li>Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la utilizada - actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han normalizado a - la grafía de mayor frecuencia.</li> - - <li>Se han reparado los emparejamientos de los signos de admiración e - interrogación. También se han añadido tildes a las mayúsculas que - las necesitan.</li> - - <li>Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su - detección se han tenido en cuenta otras ediciones de esta novela.</li> - </ul> -</div> -</div> - -<hr class="full" /> - - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of La Incógnita, by Benito Pérez Galdós - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA INCÓGNITA *** - -***** This file should be named 54521-h.htm or 54521-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/4/5/2/54521/ - -Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the -Distributed Proofreading team at DP-test Italia. - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the -trademark license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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