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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: El buey suelto.. - Cuadros edificantes de la vida de un solterón - -Author: José María de Pereda - -Release Date: February 24, 2017 [EBook #54228] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL BUEY SUELTO.. *** - - - - -Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box and the -Distributed Proofreading team at DP-test Italia. - - - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las - versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su - detección se ha tenido en cuenta una edición posterior de esta obra. - - * Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la - utilizada actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han - normalizado a la grafía de mayor frecuencia. - - * Se ha respetado la falta de emparejamiento de los signos de - admiración e interrogación, por ser un rasgo de estilo del autor. - - * Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos - que, en el original impreso, carecen de ellas. - - - - - OBRAS COMPLETAS - DE - D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA - - - - - OBRAS COMPLETAS - DE - D. JOSÉ M. DE PEREDA - DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA - - - Tomo II - - EL BUEY SUELTO... - CUADROS EDIFICANTES DE LA VIDA DE UN SOLTERÓN - - TERCERA EDICIÓN - - - MADRID - VIUDA É HIJOS DE MANUEL TELLO - 1899 - - - - - _Es propiedad del autor._ - - - - -[Ilustración] - -AL SEÑOR D. M. MENÉNDEZ Y PELAYO DOCTOR EN FILOSOFÍA Y LETRAS - - -Aunque _tú nos has dicho, y has dicho muy bien, que_ «el que lanza -al mundo un libro con sus tachas buenas ó malas, debe responder de -todas, confiéselas ó no[1],» _quiero, á buena cuenta y por lo que -valga, invocarte por testigo de que al borrajear estos cuadros, casi -á tu presencia, no me guió el propósito de resolver en ellos problema -alguno, sino el de fantasear sobre un tema determinado, con el mismo -derecho que han tenido otros escritores para fantasear con opuesta -tendencia; y acusarte después, como te acuso, de haber creído y de -seguir creyendo que en este rimero de cuartillas, escritas sin -plan meditado y verdaderamente á vuelapluma, hay un libro que debe -publicarse, porque, bien leído, no carece de útiles enseñanzas_. - - [1] _Horacio en España._ Prólogo. - -_Esto dicho sin temor de que me desmientas, declaro que, no obstante -lo mucho que pesan tus dictámenes sobre mis pareceres, por esta -vez, ateniéndome al mío, diametralmente opuesto al tuyo denunciado, -quedáranse estos cuadros, como algunos de sus hermanos mayores, sin ver -la luz de la imprenta, á no animarme á publicarlos la esperanza de que -el lector ha de perdonar las tachas de la obra, en gracia de lo virgen -del terreno en que penetra._ - -_La verdad es que no se explica fácilmente cómo en un país en que -tantas agudezas y tantas necedades se han escrito y traducido contra -la vida conyugal, ni más ni menos que si esto de casarse los hombres -con las mujeres y de proceder los hijos de sus padres fuera moda -flamante, sujeta á las humanas veleidades, como el capote ruso ó -el tupé engomado, no existe un libro en que se narre y puntualice -escrupulosamente lo que se divierte un hombre esclavo de las teorías -de esos caballeros sublimes, que abominan de las suegras y sueñan con -las demasías de los chiquillos, y se pasan la vida haciendo que se ríen -de ciertas prosas (sin dejar por eso de aceptar un buen acomodo si se -pone á sus alcances), cual si fueran cuerpos santos los suyos, ó no -hubieran sido antes cuerpos de mocosos, é hijos de sus madres («muy -queridas, santas y veneradas» siempre que las dedican sonetos), á la -vez esposas y primero hijas; de la cual madera, á mi entender, se hacen -las suegras, y continuarán haciéndose mientras siga de moda la familia -honrada._ - -_Pues bien: que al lector se le ocurra alguna reflexión por el -estilo después de pasar la vista por este mal ensayo de_ fisiología -celibataria _(sigo el tecnicismo al uso), es el único fin á que aspira_ -EL BUEY SUELTO... _al aparecer en las mieses de la república literaria_. - -_Lo serio, lo ingenioso, lo transcendental, el libro, en fin, que se -necesita, escríbale quien haya nacido para tan alta empresa._ - -_Entre tanto, hazme la merced de contar estas cosas á quien te diga que -valiera más no tocar las castañuelas que tocarlas como yo las he tocado -en la presente ocasión, y de aceptar estas páginas como ofrenda que -tributa á la gloria más radiante de la Montaña, tu admirador sincero y -apasionado amigo_ - - JOSÉ MARÍA DE PEREDA. - -[Ilustración] - - - - -JORNADA PRIMERA - - - - -[Ilustración] - -I - -EL HOMBRE - - -Concédame el lector, si mal no le parece, que cuando un hombre ha -visto, desde que empezó á serlo, satisfechas como por ensalmo las más -comunes y perentorias necesidades de la vida, tiene mucho adelantado -para ser egoísta. Lo cual no se opone á que también lo sea el que ha -ganado el bien que disfruta, en guerra encarnizada con la suerte. - -Querrá decir esto que los egoístas abundan, y que sus especies varían -en cada ejemplar. Enhorabuena; pero conviene distinguir de casos para -el objeto de estos apuntes. - -El que es egoísta porque así le hizo el desdén de la fortuna; el que se -consagra al propio regalo como en recompensa de pasadas fatigas, tiene -en éstas la disculpa, y perenne deleite en la comparación del presente -risueño con el ayer angustioso. De este modo, ni la imaginación le -seduce, ni las vacilaciones le marean, ni _el vicio le mata_, como el -vulgo dice de los indecisos que lloran soñados males por exceso de -bienes. Lleva su rumbo bien trazado y camina con pie firme, sin el -riesgo de tropezar en desengaños, por lo mismo que no se alumbra con -ilusiones. - -Otra cosa muy distinta es Gedeón, tipo en que se resumen todas las -especies de egoístas que no debieran serlo, hasta por razones de -egoísmo. - -Á estos señores enderezo mi cuento; con vosotros hablo; con vosotros, -los que afanados en evitarle desazones á la materia, huís de los más -legítimos goces del espíritu; con vosotros los que, pródigos de la -hacienda cuando se trata de regalar al cuerpo, sois avaros de ella si -el alma os pide un óbolo para adquirir un regocijo; con vosotros, en -fin, los que pasáis lo mejor de la vida renegando del matrimonio por -molesto y caro, y el resto de ella lamentándoos de no haberos casado _á -tiempo_. - -Séame lícito traeros al banquillo y revolver un poco el saco de -vuestras culpas; y aquí, donde nadie nos oye, cantaros al oído -media docena de verdades; parte mínima de tantas perrerías como -venís soltando á cada triquitraque contra la _diabólica_ suegra, la -_fementida esposa_, el _crucificado_ marido, y hasta los _mocosos_ -rapazuelos. - -Permitidme, pues, este inofensivo desahogo, y oidme la historia del -bueno de Gedeón, que si no es la historia de cada uno de vosotros, -andará á dos dedos de serlo, y á todos os vendrá como repique en pascua. - -Gedeón siguió media carrera en la Universidad, ó no pasó del Instituto -de segunda enseñanza, ó no tuvo otra que la que recibió, muy á la -fuerza, de un dómine casero. Importa poco este detalle para el punto -que se esclarece. Fué hijo único, ó tuvo hermanos: como el lector -quiera. Lo cierto es que en su casa reinaba la abundancia, y que él, si -no era niño mimado, pecaba con exceso de _consentido_. - -Sabía que al despertarse, á la hora que más le cuadraba, le esperaba -el desayuno calentito, al alcance de su mano; que los vestidos que le -hacía el sastre, á su capricho, habían de ser pagados, no por él, á -la presentación de la cuenta; que si el frío arreciaba, se elevaría -convenientemente la temperatura de su gabinete; que si le cansaban las -truchas, le darían perdices, y que si tosía más de tres veces, iría -á buscarle entre las coberturas de su lecho la azucarada y humeante -pócima; sabía, en fin, que dentro del hogar eran sus deseos antes -satisfechos que manifestados. - -En esta pendiente colocado, en breve llegó á estimar cosas y personas -no más que en cuanto podían servir á sus deleites; y si no creyó -al mundo hecho para su uso particular, juzgóse venido á él para -merecer todas sus comodidades y ninguna de sus molestias... Si no os -ofendiérais, célibes de mis entrañas, os diría que era Gedeón el más -perfecto modelo de aquellos hombres á quienes llamaba Horacio _cerdos -de las piaras de Epicuro_. - -Que era sensual, no hay que decirlo, ni tampoco qué gusanillo le roía -con más frecuencia la imaginación. Soñó con el amor perdurable de -las mujeres (nótese que no digo de la _mujer_); y creyendo hacer de -su corazón un nido al más puro y noble de los sentimientos, labró en -su cabeza templo en que daba culto á los más torpes estímulos de la -materia. - -Que para alimentar este fuego elegía los combustibles más adecuados á -su actividad, también se comprende sin afirmarlo; por lo cual excuso -decir que, en punto á literatura, tomaba á pasto cuanto se ha escrito -en el género desde la _Celestina_ hasta _Mi tío Tomás_. Pero algo -filósofo también, para contener la imaginación, que pudiera llevarle -más allá de lo conveniente, acogíase al llamado eclecticismo de Balzac, -y sabía de memoria la _Physiologie du mariage_, y las _Petites misères -de la vie conjugale_. - -Porque es de advertir que Gedeón, á las veces, creía posible realizar -sus ilusiones dentro del matrimonio, tomándole, por supuesto, como una -fase más de su sibaritismo; como refugio lícito, pero siempre sensual -y voluptuoso, de su vida hastiada ya del _amor libre_. Pensaba en el -matrimonio, considerándole sólo como un conjunto de todo _lo bueno_ de -él y de fuera de él; es decir, el incentivo constante de la concubina, -y la adhesión fiel y desinteresada de la esposa que le tuviera en -perpetuo arrullo, sin dudas ni remordimientos. - -Como hombre de vehementes caprichos, sentíase arrastrado con violencia -hacia ese punto desconocido; pero, egoísta impenitente, huía de él -temiendo equivocarse; temor que le aterraba al considerar que en ese -terreno, una vez dado el avance, es imposible la retirada. - -En tales ocasiones era cuando acudía con más ansia á sus filósofos -preferidos, que si no le convencían por completo, dejábanle, por lo -menos, sumido en grandes dudas acerca de eso que se llama entre los -solterones licenciosos y egoístas, _prosa de la vida matrimonial_. - -En este perpetuo examen de lo conocido y lo desconocido; pasando con -su imaginación á cada instante del uno al otro término, como cambia el -enfermo de posturas para aliviar sus dolores, no del todo satisfecho -de lo que palpaba, y dando un aspecto pavoroso á lo que desconocía, -apuntáronle las canas, quizá más que por el peso de los años (aunque ya -los contaba por pares de decenas) por la fuerza de sus cavilaciones. - -Y en esto, aquel sér que en el mundo era su providencia, y á cuya -sombra vivía él regalón y descuidado, desapareció de la haz de la -tierra. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -II - -EL CASO - - -Momento solemne fué para Gedeón el en que, por primera vez, se vió -solo en el recinto de su hogar; pues aunque en él quedaba siempre -la abundancia, ¡era tan duro, tan molesto, tan prosáico eso de -administrarla y de atender con ella á las mil necesidades ordinarias de -la existencia!... - -Por cierto que en aquellos mismos días hizo varias observaciones que no -dejaron de asombrarle. Cada vez que se sentaba á la mesa experimentaba -dentro de sí algo que no podía explicar bien su egoísmo; algo que -pesaba sobre su alma y se la oprimía; y al contemplar vacío el puesto -que antes ocupaba la persona en quien apenas se había fijado él por la -misma frecuencia con que la veía, parecíale un páramo desierto, con -sus fríos y hasta con el silencio pavoroso de las grandes soledades. -Observaba que cuando no vivía solo en aquel mismo albergue, no reparó -jamás en que, al tornar á él después de sus francachelas y regodeos, -sentía un placer tranquilo y consolador; veía la faz del anciano -envuelta en serena y misteriosa luz, y hasta el vulgar condumio, -servido por tosca cocinera, le gustaba más que los refinados manjares -de la fonda; venía á ser, en fin, el hogar doméstico, para él, cuando -le buscaba después de las borrascas de sus pasiones, lo que el seguro -puerto para la nave batida en el mar por los huracanes. - -Al caer en la cuenta de estos fenómenos que había sentido sin -fijarse en ellos, en vano trataba Gedeón de explicárselos por causas -rigorosamente lógicas. - ---«El paladar--pensaba,--se estraga con los mejores guisos, si se los -dan muy á menudo; y el espíritu necesita también la variedad en los -goces para no hastiarse de ellos. La modesta prosa de mi albergue es -todo lo contrario de lo que yo saboreo fuera de él. Por eso, por el -contraste, me gustaba el hogar doméstico y cuanto en él hallaba después -de las tempestades de mi vida.» - -Pero ¿por qué en su nueva situación no le sucedía eso mismo? ¿Por qué -hallaba insípidos los manjares de su casa, y en lugar de dilatársele -el pecho al atravesar los umbrales de su puerta, se le oprimía el -corazón, y el desierto de la mesa se extendía á su gabinete, y notaba -la falta de aquella persona hasta en los sitios donde jamás la viera? -¿Qué era y en qué consistía _aquello_? ¿Existía algo fuera de su -sér, que, sin embargo, formaba parte de él; algo indispensable para -expansión legítima de su alma? ¿Era acaso que los cuidados domésticos -que á la sazón preocupaban al huérfano, le proporcionaban molestias que -antes no conocía? ¿Serían estas molestias la causa de su desaliento en -el hogar? Y, en este caso, ¿era la falta de un celoso _proveedor_ lo -que únicamente le apesadumbraba? Pero entonces, ¿por qué le echaba de -menos aun donde nunca le necesitó? ¿Por qué antes le molestaban por -_impertinentes_ sus preguntas, aunque se encaminasen á satisfacerle un -gusto más, y ahora diera parte de su vida por volver á oir una sola -de ellas, aunque fuera para echarle en cara su egoísta ingratitud? -¿Sería cierto que en ese _presidio_ llamado familia por los hombres -_vulgares_, es donde únicamente se encuentra lo que no puede adquirirse -con todo el poder de las riquezas, ni entre el vértigo de todos los -placeres? - -Así, ó por el estilo, le hacía discurrir la elocuencia de los hechos, -como en respuesta á la explicación _lógica_ que él se empeñaba en dar -á su nuevo y _raro_ modo de sentir; el cual hallazgo, dentro de la -casa, le produjo, como dicho queda, no poco asombro, pues jamás se -había permitido semejantes _debilidades_. - -Pero tenía hondas raíces en su pecho el amor inconmensurable á la -materia; y no pasó la crisis de obligarle á insistir con doble empeño, -más bien por distraerse que por decidirse, en sus cavilaciones de -costumbre; las cuales, como el lector sabe ya, se reducían á comparar -estado con estado, y hacer con la imaginación voluptuosas exploraciones -en el campo matrimonial, en su afán de conocerle, por si las -circunstancias le llevaban un día á refugiarse en él. - -Merece saberse, al pormenor, de qué especie eran esas exploraciones. -Comenzaba Gedeón por hacer un recuento de sus haberes; y suponiendo -que, aun echando corto, habían de darle, amén de mujer, doble por -sencillo, multiplicaba su caudal por 3, y apuntaba el producto como -capital de su pertenencia para sostener las cargas de su nuevo estado. - -En seguida pensaba en el tipo de la mujer que debía elegir; punto -siempre muy grave para él, porque unas por rubias y otras por morenas, -unas por rosas y otras por capullos, todas le gustaban, supuesto -que todas habían de tener el pie pequeño, el cuello torneado, los -ojos lúbricos, el talle flexible... y, además, habían de amarle _con -delirio_. - -Sin estas condiciones arquitectónicas y hasta de temperatura, no había -que pensar en que Gedeón se decidiera por ninguna; y con ellas, todas -le convenían. - -Vacilaba largo rato, con los ojos cerrados y la mente perdida en un -cúmulo de hipótesis verosímiles, y concluía decidiéndose... por _el -grupo_, por de pronto, y aplazando el _cuál de ellas_ para _en su día_. - -Tenía ya mujer y buena renta: faltábale el nido en que había de pasar -la vida como una aurora sin nubes, como un suspiro de amor, sin término -ni fatiga. - -Por de pronto, entre disfrutar la luna de miel con su paloma bajo los -aleros de un _hotel_ fuera de la patria, ó á la sombra del tejado -paterno, elegía un término medio que le satisfacía en todos conceptos: -para esa ocasión tan solemne tendría él preparado el voluptuoso -albergue conyugal. - -Y ¿cómo sería ese albergue? - -Aquí entraba el lápiz á resolver el problema, no sólo con cifras, sino -con dibujos; y comenzaba Gedeón por trazar el plano geométrico de -su futura morada. Pero le asaltaba al punto la batallona y compleja -cuestión de Balzac: ¿dos gabinetes para los esposos; uno solo con dos -camas, ó una cama sola y un solo gabinete?... Nuevas meditaciones, -nuevas dudas, y al fin un punto más entre los varios que se quedaban -sin resolver por el momento. - -Entre tanto, aceptaba los dos gabinetes; pero ¿muy separados ó muy -juntos? Lo primero tenía sus ventajas; mas había en contra de ellas -ciertos reparos de estética y hasta de higiene y policía doméstica, por -razón de distancia y horas intempestivas, muy atendibles... Á todas -luces era preferible la contigüidad; y así se trazaban los gabinetes. - -Después pensaba en la ornamentación, y calculaba el número de sillones, -y la clase y el color de la tapicería; y si el lecho nupcial sería de -bronce ó de madera; si las cortinas de éste ó del otro modo; si la -luz por la derecha ó por la izquierda; si la alfombra de Persia ó de -Cataluña; si en la antecámara pondría, durante la noche, opaco disco -ó resplandeciente fanal; si es de más ilusión la media luz que la luz -entera, ó si es preferible la obscuridad absoluta. - -Después, el tocador de _ella_: sus mil objetos, untos y perfumes; y -el vestíbulo y el estrado... ¡hasta la cocina! todo se apuntaba en -minuciosa lista, á todo se le daba precio y para todo alcanzaban las -rentas. - -Por los pasadizos de aquel plano, realzado con el fuego de la -imaginación del dibujante, veía éste pasar la esbelta figura de su -mujer, y oía el crujir de la seda de la bata, y por debajo de los -pliegues desmayados, distinguía la punta del diminuto pie calzado con -artística, leve babucha, y aspiraba el aroma de los rizos cayendo sobre -el lascivo cuello... y ¡qué sé yo cuántas cosas más! - -Después pensaba en la servidumbre, y formaba el presupuesto de sus -gastos domésticos, que nunca excedían á los ingresos. - -Establecido ya, trataba de metodizar su vida: qué horas destinaría á -los placeres dentro de su casa, y en qué forma; y cuáles para volver á -ella, donde le esperarían los brazos de su hermosa compañera, que no -podría vivir un instante separada de él; el almuerzo y la comida serían -la comida y el almuerzo de dos tórtolas; y la sobremesa y el reposo, un -incesante arrullo. - -Si él enfermaba (en que enfermase ella no había que pensar) su médico -sería el amor, y su medicina, mimos y agasajos... Por supuesto que -su enfermedad no pasaría de cierta languidez interesante: nada de -secreciones nasales ni otras hediondeces por el estilo... - -Así un día, y otro y otro; y los meses y los años: _ella_ cada vez -más hermosa y enamorada, y _él_, que ya tenía canas al hacer este -presupuesto, sin una sola arruga, ni un triste _destacamento_, ni un -mal retortijón. - -También vislumbraba, entre la penumbra de sus ensueños, algo como la -rizada y blonda cabellera, los húmedos y rosados labios, los ojos -serenos y el leve talle de una hermosa criatura; pero este sér siempre -sonreía, jamás había llorado, ni estado en mantillas, ni alborotado -la casa durante lo más acerbo de la dentición; ni su madre le había -parido, ni el comadrón la había visitado... - -Era, en suma, el cuadro que Gedeón se imaginaba, una primavera -perpetua, sin lluvias ni ventiscas. - ---¡Si esto fuera posible!--exclamaba, despidiendo centellas por los -ojos.--Pero... ¿y la _prosa_?... ¿y mi libertad perdida? - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -III - -LOS JUECES - - -En dos épocas de la vida sienten los hombres, con respecto al -matrimonio, eso que los célibes recalcitrantes llaman _malas -tentaciones_: la primera, cuando la imaginación, salida apenas del -horizonte de la pubertad, lo ve todo de color de rosa. Entonces nos -casaríamos todos los hombres si fuéramos dueños de nuestra voluntad y -de algunos maravedíes. La segunda, después de trasmontar la cúspide de -este sendero espinoso; cuando todavía nos atrevemos á dudar si vamos -dando el primer paso del descenso, ó el último de la subida. - -Por estas latitudes navegaba la edad de Gedeón cuando notó que le era -insoportable la soledad de su casa, y con tanto empeño se entregaba á -sus exploraciones por los desconocidos mares del matrimonio. - -No diré que se insinuara en él con tanta fuerza como en otro mortal -menos egoísta la inclinación al indisoluble vínculo; pero es indudable -que el coincidir en ese mismo grado la natural tendencia, su, -digámoslo así, _punto de sazón_, y el repentino cambio en un tan largo -como inalterado método de vida, era más que suficiente motivo para -obligarle, como le obligó al cabo, á hacer un esfuerzo de raciocinio. - -Ni su edad ni sus circunstancias del momento, daban ya espera. Entonces -ó nunca. Era preciso examinar con el microscopio de sus conveniencias -hasta el último repliegue de sus adentros, para ver, en definitiva, -qué había _allí_ que temer ó que esperar. Como buen egoísta, no quería -dejar para mañana ni el recelo de haber elegido lo peor por falta de -reposado consejo. - -Ya se ha visto que en el que á sí propio se pedía, llevaba preparada -más de la mitad de su postrera resolución. Y digo que ya se ha -visto, porque tomando el punto de vista donde él le tomaba siempre, -el resultado no podía variar jamás. Desde aquel punto lo veía todo, -todo... menos el matrimonio. ¿Cómo diablos había de llegar á conocerle? -Y no conociéndole, ¿cómo había de estudiarle _á fondo_, según él -deseaba? - -Por eso no fué larga su meditación; mas como el resultado de ella -no le satisfizo por completo, aunque le agradaba no poco, quiso -encomendar el resto al dictamen de acreditados peritos en la materia. -En desacuerdo con ellos, lícito le era apelar á otros pareceres; en -perfecta concordancia, ya no cabían escrúpulos. - -Veamos ahora quiénes eran los jueces que iban á entender en tan -delicado litigio. - -Cada generación que viene al mundo trae un poco de todo, como ustedes -saben. De cien muchachos que van juntos á la escuela, hay siquiera -diez que entran al mismo tiempo en la Universidad; otros diez que se -dispersan por la tierra á correr las aventuras de la suerte; veinte que -ahorcaron los libros para meterse, como Fray Gerundio, á predicadores, -es decir, á todo aquello para lo cual no sirven; cincuenta que van -dejando, uno tras otro, este pícaro destierro; y, finalmente, otros -diez que se quedan, en la época crítica de decidirse, como estorninos -atolondrados, mirando cómo se dispersa el resto de la banda. De estos -diez era Gedeón, y de los mismos, otros tres contemporáneos suyos, -ociosos como él, egoístas como él y solterones aún más que él, pues -todos le excedían en edad, y particularmente en aversión al matrimonio. - -Como contemporáneos, como egoístas y como solterones, los cuatro eran -amigos... Entendámonos: paseaban juntos, murmuraban juntos, y juntos -estaban siempre en rebelión contra la sociedad entera. Por lo demás, -ninguno de ellos hiciera por la vida de los restantes el sacrificio de -un cuarto de hora de su reposo. Paseando en ala, como acostumbraban, -no se toleraban mutuamente el casual pisotón, ni el choque un tanto -violento. Por todo gruñían y á cada instante alborotaban el paseo. -Ninguno de los cuatro sabía el modo de vivir de los otros tres; lo -único que no ignoraban todos era el pie de que cojeaba cada uno de los -demás, porque esto aun en la calle se veía: era el carácter. - -Uno era avaro; y el matiz más sobresaliente de los muchos que tenía su -odio el matrimonio, se compartía entre lo caro que costaba y el riesgo -de llegar á tener herederos _forzosos_. - -Acaso hubiera aceptado la esposa como sirvienta fiel y desinteresada -en todo género de faenas; pero la quería joven y de buena estampa, -con lo cual no estaba garantido contra el riesgo que temía. De las -aseguradas de él por edad, no había que hablarle. De todas maneras, -no podía avenirse con el derecho de la mujer á la mitad de los bienes -gananciales. El caudal era suyo, y lo suyo lo quería para hacer de ello -lo que le diera la gana. - -Otro era pulcro, reglamentado y económico. No toleraba en su habitación -un mueble fuera de su sitio, ni una hilacha en el suelo, ni una mancha -en su vestido; la ventilación era su tema y el cepillo su manía. -Apuraba la ropa hasta desecharla por transparente, pero jamás por -sucia. Se sentaba ocupando la menor cantidad posible de silla; y para -escribir, así sentado, aún encogía las piernas y los dedos de la mano; -_metía_ los renglones de su piojosa letra hasta amontonarlos, y todavía -cercenaba media pata á cada _m_ y los puntos á las _ii_. Comía, paseaba -y dormía á horas inalterables é inalteradas. No concebía de otro modo -la existencia; y como, en su concepto, el matrimonio era el desorden, -el despilfarro, el desaseo y una caverna de aires impuros, detestaba el -matrimonio con un rencor inconcebible en su aspecto acicalado y hasta -risueño... Verdad es que su sonrisa no lo era; más bien lo parecía por -la especial disposición de su boca, muy semejante á la de las culebras. - -El tercero era celoso, como una bestia en sus períodos _álgidos_; y -porque la humanidad no le mimaba como él creía necesitarlo para sus -regodeos brutales, detestaba á la humanidad entera. Bajo siete cerrojos -y amarrada á una estaca, y él á su lado con otra en la mano, sospechara -de la fidelidad de su mujer, si capaz hubiera sido de atreverse á -elegir una, ó el cielo se lo hubiera permitido. - -Ya se deja comprender que estas cualidades enumeradas eran el sello -distintivo de sus respectivos poseedores, pero nada más: en el fondo -del carácter los tres parecían formados en un mismo troquel. Cada -uno de ellos creía odiar al matrimonio por distinto lado; pero estas -fases de sus odios no pasaban de ser otras tantas manías, ó productos -diversos y raquíticos de un mismo suelo árido y estéril. - -Los tres carecían de familia ó habían prescindido de ella; los tres -ignoraban lo que era el trabajo y la ocupación seria; los tres eran -ricos, y cada uno de ellos vivía solo; quién como huésped, quién en -casa propia. - -No era Gedeón, seguramente, el peor de los cuatro; pues, á lo menos, -sentía ciertos deseos, aunque mal entendidos, de explorar otras -regiones para variar de clima, señal de que el insano en que habitaba -no le satisfacía; era en sus vicios algún tanto _artista_, y bastante -pródigo de su caudal. Con otra educación, acaso hubiera sido hombre de -provecho. Los resabios de sus amigos procedían de la madera misma, que -se torcía, como se tuerce el roble, porque es roble, aun con la polilla -de los tiempos. - -Tales eran los jueces á cuyos dictámenes y consejos sometió Gedeón -el atisbo de escrúpulo que le quedó, de resultas de sus cavilaciones -matrimoniales al entregarse _por última vez_ á ellas. - -Olvidábaseme decir que en el pueblo se llamaba á estos cuatro -solterones _Anás_, _Caifás_, _Herodes_ y _Pilatos_, aplicándose los -nombres al avaro, al celoso, al pulcro y á Gedeón, respectivamente, y -no sé por qué. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -IV - -EL JUICIO - - -Sereno era, y hasta chancero y zumbón; pero no sin tartamudear más de -tres veces, ni sin hacer por cada palabra una salvedad, llegó Gedeón -á exponer su tesis al asombrado y adusto tribunal. Verdad es que no -pueden escribirse ni pintarse los carraspeos, las interjecciones y los -gestos con que, á manera de ortografía, iban los jueces puntualizando -los períodos del exponente. Ya no eran caras; era vinagre y rescoldo -aquello que le miraba cuando acabó de hablar en éstos ó semejantes -términos: - ---Tal es el caso, caballeros; y para ponerle á su verdadera luz, acudo -á vuestro autorizadísimo dictamen. Necesito que hablemos una vez en -serio de eso que se llama matrimonio, con el piadoso fin de ver hasta -qué punto le es lícito á un hombre... como nosotros, el pensamiento de -casarse. Suponed, pues, ilustres jurados, que habiendo hallado una -mujer rica, hermosa, con todas las seducciones imaginables, y educada á -mi gusto, me caso mañana con ella... - -Aquí fué la explosión de asco, de ira y de horror, todo junto; aquí fué -el ponerse aquellas caras como dicen que se pone la del demonio cuando -la rocían con una hisopada de agua bendita. - ---Supongamos--recalcó el exponente, después de abrir un paréntesis de -silencio para que pasara lo más recio de la tempestad;--supongamos, -repito, que aprovechando todas esas ventajas, me caso mañana yo: ¿qué -me sucederá? - ---¡Tu ruína! - ---¡Tu muerte! - ---¡Tu ignominia! - ---Eso no es responder--dijo Gedeón, replicando de una sola vez á las -tres feroces respuestas de sus amigos.--Quiero detalles; quiero que -discurramos un poco sobre esa prosa y esas cadenas matrimoniales; sobre -todo ese conjunto de miserias que, según fama, son inherentes á la vida -conyugal. Y esto entendido, vuelvo á preguntaros: ¿qué me sucederá si -me caso? - ---¿Y qué demonios quieres que te respondamos á una pregunta tan vaga y -tan compleja?--contestó el pulcro, rasgando mucho la boca para enseñar -todos los dientes. - ---Lo que sepáis. - ---¡Lo que sepamos! ¿Pues no lo sabes tú como nosotros? ¿No lo sabe -todo el mundo de corrido? ¿Hay tema que haya sido más resobado ni más -discutido? Pero aunque lo ignorases, ¿cómo narrarte en tan breve tiempo -lo que no cabe en libros ni en la memoria humana? - ---Si te concretaras á un punto determinado...--añadió el celoso. - ---Concretaos vosotros; dividid, por ejemplo, en períodos la epopeya, é -id diciéndome, no todo lo que hay, sino lo que más abunda en cada uno -de ellos: yo deduciré el resto. - ---Y vendremos á repetir lo que, en fuerza de haberse repetido tanto, -pasa en el mundo por _catálogo de vulgaridades_. - ---Pues ese catálogo es, precisamente, lo que yo vengo buscando. -Diréisme que en la memoria debo tenerle; pero recordad los expuestos -motivos de mi consulta, y comprenderéis por qué necesito que ese -resumen pintoresco de vulgaridades aceptadas como razones serias contra - - «esa grotesca fusión - que se llama matrimonio,» - -sea hecho por vosotros y no por mí; por qué, no debiendo fiarme de -la memoria ni de la luz con que habría de guiarla para buscar los -hechos vitandos, es indispensable que me los expongáis vosotros, en -forma, como quien dice, de ramillete, para que pueda yo olerlos todos -de un solo aliento y probar en la intensidad de su veneno el vigor de -mi naturaleza y los bríos de mi necesidad. Y con el laudable fin de -evitar divagaciones metafísicas y retorceduras de conceptos, vuelvo á -presentaros en crudo mi pregunta, que ya lleva marcado el prosáico son -de la respuesta: «¿Qué me sucederá si me caso mañana?» - ---¡Y dale con el tema! ¿Quieres, con mil demonios, saber lo que te -sucederá, por ejemplo, en los primeros días?--dijo echando chispas -el acicalado que, según parece, llevaba la voz cantante en aquel -estrafalario desconcierto. - ---Muchos cantos va á tener la epopeya, á lo que veo,--exclamó sonriendo -Gedeón. - ---¿Por qué lo dices? - ---Por la pequeñez de las partes en que la divides, si he de juzgar por -la muestra de «los primeros días.» - ---Pues esos días son un período completo, y aun colmado... Los demás ya -serán más largos, para desgracia del marido. - ---Vaya, pues, por «los primeros días,» y sepamos, por fin, qué me -sucederá en ellos. - ---Nada que no sea envidiable: sorpresas encantadoras, dulzuras, mimos, -arrebatos sublimes... ¡lo más voluptuoso y embriagador que puedas -imaginarte! - ---Y ¿cuánto dura?--preguntó Gedeón relamiéndose. - ---Cuarenta y ocho horas,--respondió secamente el interpelado. - ---Me parece mucho,--gruñeron los otros dos jueces. - ---¿No me concedéis siquiera una semana? - ---Vaya la semana--dijo el atildado,--pues días más ó menos, poco -suponen en la eternidad del martirio subsiguiente. Durante esa semana, -no existen los suegros ni los cuñados; tu nueva familia es un coro de -ángeles que no cesa de cantar tus alabanzas. No hay hombre como tú, -ni más amable, ni más ingenioso, ni más bello, ni más digno de ser -adorado; y esto, que te lo dice tu mujer á solas entre explosiones de -amor, te lo repiten en la casa hasta el gato y el perro, adivinando tus -deseos y hartándote de preferencias y mimos. Como no has de vivir con -tus suegros eternamente, en estos primeros días empezarás á tratar, -si no de separarte, de cuando te separes; y ten por seguro que por -diferencias sobre calle, ó piso, ó colores de las tapicerías, ha de -asomar la oreja la primera nubecilla en el arrebolado horizonte de tu -felicidad. - ---Eso suponiendo--añadió el usurero,--que en los pormenores de la dote -no haya habido serios altercados. - ---Ó que la recién casada--expuso el celoso,--no deje, en la vecindad -que abandona, _su primer amor_. - ---Todo es posible--continuó el pulcro;--pero hemos de prescindir -de lo eventual y contingente, que no tiene medida, para fijarnos -sólo en lo rigorosamente lógico; en lo necesario, en lo infalible. -Con esto nos sobra para ganar el pleito. Y prosigo. He supuesto que -pasabas la primera semana con la familia de tu mujer, por elegir un -motivo, entre los cien mil que existen, para el primer desacuerdo. De -todas maneras, en tu casa ó en la ajena, al acabarse esos días, las -intimidades matrimoniales han llegado á su grado máximo, y comienzan -á caer en desuso ciertas contemplaciones de pura galantería, hasta -allí guardadas entre los cónyuges. Nada más natural entonces que la -elección de un criado, ó la compra de un mueble, ó la distribución de -las horas del día, ú otra pequeñez cualquiera, produzca en tu mujer un -serio enojo y en tí un disgusto. Los de esta índole son los que traen -á las casas las intervenciones extranjeras, aunque con ramo de oliva; -pues la esposa, poco acostumbrada todavía á sufrir contrariedades, -necesita murmurar con alguien de las rarezas de su marido, y murmura -con su madre, si la tiene, y si no, con sus amigas. Oirás de éstas ó de -aquélla tal cual disertación sobre el tema de la tolerancia que deben -tener los caballeros con las señoras; verás que en estos conflictos -_internacionales_ jamás se te da á tí la razón; te llevarán los -demonios cuando consideres que cosas tan fútiles y remediables en casa, -son ya del dominio público, y en centuplicado tamaño, por la insensatez -de tu mujer; que están tu reposo y la paz de tu casa á merced de la -menor divergencia de pareceres entre vosotros dos, y sobre todo, cuando -veas que tu esposa se va mostrando tan dispuesta á desechar los tuyos -más sensatos, como á aceptar los ajenos más absurdos. - -Pasó, pues, el período breve del éxtasis amoroso, y estás de patitas -en el primero del martirio. Comparando lo que eres con lo que fuiste -poco antes, y temiendo avanzar en el horrible é interminable sendero -en que te hallas colocado, haces heróicos esfuerzos en favor de la -paz doméstica; te acusas aun de faltas que no has cometido; disculpas -todos los resabios de tu mujer, y corriges hasta los más inofensivos -de tu carácter. Todavía, y mediante este sistema, disfrutas, de -vez en cuando, los breves momentos de placer que dan de sí las -_reconciliaciones vehementes_; y quizá insistiendo en el procedimiento -adoptado, y sin más mujeres en el mundo que la tuya, llegaras al fin -de la carrera, no sin cruz, pero sin espinas. Mas, en esto, asoman los -primeros barruntos de sucesión; y á los tiquis-miquis de todos los -días, tienes que añadir las impertinencias propias del _estado_. - -El olor del tabaco la ofende, y no puedes fumar delante de ella; si -por no dejar de verla fumas lejos de su presencia, cuando te acercas -huele que has fumado, y te rechaza; por evitar este inconveniente dejas -de fumar; pero has salido á la calle, has ido al café, has estado, en -fin, donde se fuma, y tu ropa huele á tabaco, razón por la cual tampoco -puedes aproximarte á su gabinete. Te resignas á no salir de casa por no -ahumarte; pero si usas esencias, le repugnan, y si no las usas, hueles -_á hombre_: tampoco entras así. - -Entre tanto, la casa está patas arriba, y tu autoridad como la -casa, porque la señora come á horas intempestivas las cosas más -extravagantes, y tiene ascos y náuseas, y todo lo escupe.--Cuando -concluye este período, que es muy largo, empieza otro mucho más -divertido: el período de la pesadez, del bamboleo, del malestar, del -paseo nocturno entre calles, colgada de tu brazo; del abultamiento de -los labios y de las manchas en la cara; de los pies hinchados; el -prólogo, en fin, de la nueva y más tremenda etapa, durante la cual -no dormirás sueño tranquilo, ni comerás cosa en sazón, ni te pondrás -camisa bien planchada; pues todo lo que es orden, paz y sosiego, lo -extermina, lo barre la gran catástrofe: con sus preparativos, antes, y -hasta mucho después, con su cortejo de horrores y hediondeces. Antes, -el hatillo, y la cuna, y los tanteos y probaduras de nodriza, y la -novena á San Ramón, y los falsos síntomas siempre á media noche, ó -á otras horas tan intempestivas. Después, los jipidos, y la casa á -obscuras y en silencio, y el aire corrompido, y el andar en ella todos -de puntillas, y el comadrón, y la nodriza, y los pañales, y los recados -á la puerta, y la obligación de contestarlos, y la colineta para el -cura, y los padrinos, y la comitiva del bautizo, y tú presidiéndola, y -los chicos de la calle cantando el ¡_pelón_!... y hasta el consonante, -que es harto más grave, pues no faltará quien te le aplique, aunque la -copla se refiera al padrino; y luego las enhorabuenas, y el refresco... -¡y el demonio desencadenado en tu casa!--Después, la cuarentena, y los -retortijones de barriga en la criatura, y los vagidos consiguientes, -y el cólico de la pasiega, y el riesgo de buscar otra, y las cuentas -á puñados, y el dinero tras ellas á carretadas... Por último, el -restablecimiento... - ---Y, por fin--interrumpió Gedeón, respirando con ansia,--volvemos á -aquellos ocho días... - ---¡Quiá!--dijo el otro con el gesto y el tono que usarían las víboras, -si las víboras hablaran del matrimonio;--aquellos días se fueron para -no volver. El primer cuidado de tu esposa al salir de su habitación, es -residenciarte por el tiempo en que ella no ha mandado en jefe. Nada se -ha hecho á su gusto: el refresco fué mezquino; se quedaron sin dulces -esta amiga y el otro pariente; el ruido constante que tú no supiste -impedir, no la dejó descansar á su gusto una sola vez; están los suelos -mal barridos y los muebles echados á perder; eres un Juan Lanas, y -además roñoso y desatento. Por supuesto que tú no has intervenido en -nada de lo censurado: desde el momento supremo se apoderó de las llaves -y del mando la amiga, ó la vecina de más confianza, si no hay por -medio una madre ó una hermana; pero esto no impide que el responsable -de todo lo malo, inventado ó cierto, se te haga á tí. Habrá hocico -también, y acaso moquiteo, porque no se te vió el pelo cuando ella más -gritaba durante el apuro gordo; y si se te vió, porque no te alegras, -como debes, al contemplarte reproducido; has estado hasta soez con -las visitas, ó has pecado de expresivo con _algunas que ella sabe_; y -luego, porque su mamá, ó su modista, ó su doncella... ó el Peñón de -Gibraltar; pues hasta lo más extraño es un motivo serio para darte -guerra. Cuando ésta se acaba por cansancio, comienza la criatura á -tomar fisonomía y á entretener á su madre con gorgoritos, sin dejar por -eso de alborotar la casa con sus lloros. Ahora porque se ríe, después -porque tose, luégo porque no mama, y más tarde porque vuelve la leche, -allí no se habla más que del muñeco, ni en otra cosa se piensa, así te -entre un torozón y te pongas á la muerte... - ---Bueno; pero... después... - ---Después, volvemos á los ascos del principio, y á los síntomas de -marras, y á todas las enumeradas peripecias... Y pasan otra vez, y -vuelven de nuevo, y tornan á repetirse, salpimentadas, por supuesto, -con un sinnúmero de impertinencias y de contrariedades nuevas, hijas -legítimas del cúmulo de necesidades que se van creando en tu casa con -cada vástago, y de los resabios que va adquiriendo tu mujer en cada -alumbramiento. - ---¿Pues no dice la fama que nunca está un hogar más alegre que cuando -está lleno de chiquillos? - ---¡Oh, es encantador uno de esos cuadros de familia! Aquí una silla -rota; allá media vajilla en polvo; el tintero encima de la cama, y las -almohadas debajo de la mesa; las botas en la sombrerera, y el sombrero -en la cocina; en el ropero la zaga de un coche y la cabeza de Carlo -Magno, y medio tambor y un pedazo de corneta; en el cajón de la basura, -la estampa que más aprecias cubierta de lamparones y de garabatos; y -los papeles importantes de tu cartera, hechos una pelota, y la máquina -del reló de tu mujer, en la escalera del desván. Te sientas á la mesa, -y empieza lo conmovedor. Antoñito no quiere la sopa si tú no se la das; -Pablito, mientras cebas á su hermano, te mete un tenedor por los ojos; -Adelita quiere cerezas, y está corriendo el mes de enero; Elisina, -después de haber comido las natillas con los dedos, hunde las manos -en los bolsillos de tu chaleco blanco; y todos cuatro rompen á llorar -poco después, formando el coro más armonioso que hayas oído, sobre el -cual se destaca la voz de tu mujer, poniéndote como hoja de perejil, so -pretexto de que no sabes hacerte querer ni respetar de tus hijos; tu -mujer, que andará ya en _meses mayores_; de modo, que cuando el último -retoño va domesticándose, y se larga la nodriza y se le añade al montón -de sus predecesores, viene el nuevo con los consabidos trastornos y las -enumeradas desazones. - ---Pero, hombre, ¿cuándo concluye... _eso_? - ---Cuando concluyan las gracias y los atractivos de tu mujer; cuando no -le queden ojos para mirarte, ni labios para sonreirte, ni dientes para -devorarte; cuando no sea más que un catálogo de achaques, envuelto en -un retal de pergamino; cuando esté á tu cargo la fatiga de cuidarla, y -á las doce de la noche te pida desde su cama el antiespasmódico para el -histérico, ó el algodón para los oídos, ó los parches para las sienes; -ó se despierte á las tres de la mañana para que le des las friegas en -la espalda, ó le pongas las franelas en los riñones; cuando tus hijos -crezcan y necesiten el látigo y el colegio, y el uno resulte estúpido, -y el otro holgazán, y el tercero un perdido, y la cuarta una tontuela, -y te roben y te esquilmen el sastre, y el zapatero, y la modista, y el -maestro de música, y el vecino de enfrente, y la vecina de al lado... Y -así vas tirando y haciéndote viejo, y notando poco á poco que estorbas -en todas partes á tus hijos y á tu mujer, y que tu mujer y tus hijos -comienzan á preguntarte cuánto tienes, y á hablarte mucho de _cuando tú -faltes_... ¡á desear que te mueras, hombre, ya que no pueden heredarte -en vida! - ---¡Pero eso es feroz! - ---Pues eso es, amigo, como si dijéramos, lo más llano del camino: -los inconvenientes de un matrimonio hecho á pedir del deseo y con -el dinero de sobra; ¡imagínate, si puedes, lo que será el matrimonio -en peores condiciones; sin las rentas necesarias para cubrir las -indispensables exigencias del estado! - ---¡Ni el infierno es comparable con ello!--exclamó aquí el avaro.--El -escaso caudal se evapora al calor de tantas obligaciones; se va, se va, -se va... y se extingue al fin, como la última oscilación de una luz -que ha devorado su mecha; y un día, al despertar la familia, quiere -comer y no tiene qué, ni con qué comprarlo; pídelo prestado, entre -congojas de vergüenza, y se lo dan; pero como no lo devuelve, otro día -se lo niegan, por lo cual vende una alhaja, y después los muebles, -y, por último, la camisa. Entre tantas angustias y privaciones, las -pocas virtudes se avinagran, el pudor se corrompe, los respetos se -atropellan; y aquel sentimiento, que antes se llamaba amor entre los -cónyuges, no impide ya que el látigo zumbe en la casa, y alboroten -el barrio los gemidos, porque es cosa harto sabida que _cuando el -hambre entra por la puerta, sale el amor por la ventana_. Después, la -horrible consideración que se hará el marido, entre paliza y moquiteo, -de que tenía un caudal con el que, soltero, pudo haber vivido hecho un -patriarca, y que cediendo á una falsa vocación de su naturaleza, le -partió con una mujer que le llenó de hijos en pago de su generosidad; -hijos que fueron otros tantos lobos que ayudaron á su madre á comer en -pocos días hasta la piel del incauto borrego; que vió éste desaparecer -su propia hacienda sin haberse procurado á cuenta de ella un miserable -regodeo, porque toda la necesitaba, y mucho más que hubiera, para tapar -aquellas bocas insaciables; para sacrificarlo en aras de esa ridícula -debilidad que se llama familia; la misma que, si no lo hubiera comido -ayer, lo heredaría mañana, ó lo empleara la mujer, viuda, como cebo -para coger otro marido con quien lo gastara escarneciendo la memoria -del primero; vivo éste, para que el más bribón de sus hijos lo jugara -en tres montones á una sota, ó la madre se lo fuera regalando á su -vecino, si le convenía para amante... - ---¡Esa es la fija!--gritó entonces el celoso.--Pero tú supones viuda, -cuando cae, á la mujer de Gedeón. Yo quiero, y debo, suponerle vivo -al ocurrir esa caída, y no acosado el matrimonio por el hambre del -segundo ejemplo, sino nadando en la abundancia del primero; porque la -mujer peca de vicio, casi siempre, y en las demás ocasiones... porque -es mujer... ¡Y en qué condiciones cae la esposa, dioses inmortales! Por -de pronto, apenas hay ejemplo de un amante que no valga mucho menos -que el marido.--Esto prueba lo que empequeñece y desprestigia al -hombre, á los ojos de su mujer, el oficio de casado.--El marido paga, -el marido provee, el marido atesta el ropero y abarrota el tocador y -colma el bolsillo... pues para el marido las chancletas, la bata sucia, -la papalina y el pelo desgreñado; para el amante los perfumes, las -batistas, los voluptuosos rizos, la turgente seda, la ceñida bota, la -estirada media; para el dueño, toda la prosa, todos los desdenes, todas -las frialdades; para el ladrón, todos los encantos de la coquetería y -todo el fuego de una pasión tan vehemente como infame. Al marido, á -quien se despluma á cada instante, se le tiene por avaro, por incivil y -por grosero; el amante, que acaso vive á expensas de las larguezas del -marido á quien deshonra, es, en concepto de la esposa, el generoso, el -_caballero_... ¿No es esto infame? ¿No es inicuo? ¿Y no es todavía más -inicuo y más infame emplear el propio dinero en adquirir una ignominia -semejante? Pues comprar esta ignominia es casarse, Gedeón. Porque -todas, todas son iguales... menos las que no sirven para el oficio, por -haberles negado sus favores la naturaleza, con ninguna de las cuales -has de casarte, pues eres mozo de buen gusto. No tengo más que decirte. - ---Ya lo oyes, Gedeón--añadió el atildado célibe, rasgando su boca -hasta los oídos, como si tras el gesto se dispusiera á dar el salto -alevoso sobre su amigo para hincar en él el diente emponzoñado;--todos, -aunque por diferente senda, hemos venido á parar al mismo punto: al -presidio del matrimonio, en el cual lo menos que se pierde es la -libertad del soltero; esa que nos permite vivir como el ave en el -espacio, como el pez en el agua; tener por patria el mundo entero, y -por soberano la voluntad; contemplar, en fin, el de la vida, con ojos -serenos, sin que nos amarguen aquellos instantes supremos las lágrimas -de los que dejamos si nos necesitan en el mundo, ó el regocijo de -los que nos heredan; esos _tiernísimos_ pedazos de nuestro corazón, -llamados hijos. - ---¡Adelante! - ---Y ¿para qué? - ---¿No tenéis, víboras, más veneno que echar por esas bocas? - ---¿Pues no hemos de tener?--respondió el pulcro:--á toneladas te lo -diéramos si fuera necesario, y aún no se concluyera; pero nos has -pedido muestras de ello, y muestras te hemos dado, y en forma de -ramillete, como deseabas. Ahora, huele y revienta. - ---Oliéndole estoy, rato hace. - ---Y ¿á qué huele? - ---¡Á demonios corrompidos! - ---Entonces ¿á qué vino la consulta? - ---Ya os lo dije: á que me confirmaseis en mis creencias, algún -tanto insubordinadas estos días por _la loca de la casa_, llamada -imaginación. Sí, amigos míos y denodados solterones, soy de los -vuestros, creo cuanto creéis y detesto cuanto detestáis; el matrimonio -es un presidio para el hombre; un presidio completo, pues que le -esclaviza y le infama. Niego la paz del hogar, niego el amor, y, sobre -todo, la necesidad de los hijos: el uno y las otras no son más que -ficciones de la fantasía, cuando no cebos de los maridos para seducir -incautos. El hombre, abrumado constantemente por las cargas de la -familia, pierde hasta la libertad de ser honrado y el derecho de ser -feliz; cuando menos, la ineludible prosa del matrimonio le corrompe, -le enerva, le desnaturaliza, le empequeñece. Para cuanto concibe y -cuanto emprende fuera del miserable recinto de su hogar, son trabas que -le amarran y cortan el vuelo á sus más levantados pensamientos, los -hijos y la esposa, que no le quieren más que en cuanto le necesitan. El -hombre, pues, para cumplir su verdadero destino, para dar á su cuerpo -el regalo que necesita y á su alma la elevación que anhela, tiene que -desprenderse de los mezquinos, pero opresores lazos de la familia; -ser libre, libre como el pájaro y el viento; y pues, como dice el -adagio, EL BUEY SUELTO BIEN SE LAME, suelto quiero morir como he -vivido, ya que vuestras sabias advertencias, coincidiendo exactamente -con mis doctrinas, me han demostrado que es imposible hallar dentro -del matrimonio el voluptuoso edén con que alguna vez soñó mi acalorada -fantasía... - -Oídas estas palabras, los tres jurados solterones se encogieron de -hombros, cual si tuvieran por locura hasta haber puesto el caso en -tela de juicio; dióles Gedeón unas palmaditas en la espalda, y se -dispersaron los cuatro, tan satisfechos y campantes, como si realmente -hubieran tratado la cuestión _en serio_, y el mundo no fuera otra cosa -que un vasto ejido para revolcarse y hozar en él á sus anchas los -cerdos de las consabidas piaras. - -[Ilustración] - - - - -JORNADA SEGUNDA - - - - -[Ilustración] - -I - -EL PRIMER PASO - - -Ya sabe el lector de quién se trata, de dónde viene, de qué madera es y -adónde se propone ir el héroe de esta historia que, en rigor, empieza -en esta página, y dice así: - -Libre Gedeón de _malas tentaciones_, es decir, exento de los cuidados -en que á las veces le ponían, sólo tiene ya que pensar en _orientarse_ -y en _establecerse_. - -Por orientarse entiende él hacer con la memoria una excursión por lo -pasado, y otra con la fantasía por lo porvenir. Precisamente se halla -tomando un respiro en la cumbre del sendero de su vida, y desde ese -punto domina lo recorrido con igual facilidad que columbra lo que le -queda por andar. Gedeón, en suma, quiere y cree que necesita entrar en -cuentas consigo, antes de dar el primer paso conforme al derrotero -inalterable que se ha trazado. - -Volviendo la vista al dilatado panorama que va dejando atrás, y -marcando con la mente los sitios en que ha puesto su planta, ¡qué -pobre, qué mezquino le parece lo explorado, comparándolo con lo que -tiene sin explorar!... Bien mirado todo, ¿qué ha hecho él hasta -entonces más que retozar en mies abierta; herborizar, como si -dijéramos, en _campo libre_?... Si alguna vez saltó cercado ajeno, no -pecó el seto de espinoso ni de elevado. Verdad es que las altas cercas -que guardaban el regalado fruto, aunque aguzaron su apetito, jamás le -movieron el intento del asalto, pues era _caballo de buena boca_, y -todo lo hallaba sabroso siempre que fuera asequible y abundante, y todo -le sentaba bien, porque era el _hijo de familia_, holgado y disoluto y -sin pizca de responsabilidad. - -¡Pero ahora!... Ahora no le es lícito ni siquiera el pensamiento de que -corran los años de su vida, como antes corrieron, en la obscuridad de -los portales y en la lobreguez de los callejones extraviados: porque -ahora es el _amo de su casa_, el _hombre formal_, independiente, rico, -y hasta de buen solar, que no solamente puede, sino que _debe_ dar -á sus empresas largo vuelo, tan largo como se lo permite el inmenso -horizonte que tiene á la vista; y con este fin exornará sus actos con -cierta solemnidad y compostura atractivas y de _buen tono_... ¡Qué -vida le espera! - -Por lo visto, Gedeón es de los que creen, no sin fundamento, que á los -hombres no los hacen los años, sino las circunstancias. Desde el grado -de doctor hasta el primer paso que da el doctorado en el ejercicio de -su profesión, pueden mediar muy pocas horas; y sin embargo, ¿quién -es capaz de conocer, bajo el luengo gabán, el estirado chaleco y las -rígidas tirillas del médico ó del jurisconsulto de hoy, al aturdido y -desaliñado estudiante de ayer? - -La misma razón social que á tanto obliga, impone á Gedeón, que ya se -juzga doctorado en la Universidad en que por tantos años cursó la -_vida airada_, el deber de adoptar hábitos de _carácter_, como otro -doctor cualquiera, para ejercer su profesión con fruto y en toda -regla... cuando la ejerza; pues, por de pronto, y en atención á que -el luto riguroso que viste, si bien le permite divertirse según sus -inclinaciones naturales, le prohibe acercarse á los ruidos y á los -grandes espectáculos del mundo, tiene que limitarse á un sencillo -merodeo alrededor de su casa, como quien dice, y dejar para más -adelante las campañas de prueba. - -Así se cumple con otro de los deberes que son anejos al derecho de -vivir entre gentes civilizadas. - -Y hay que convenir en que el tal deber está bien fundado. Bueno que los -lutos se arrastren por todas las deshonestidades sociales, porque con -ellos no puede uno _ir á ninguna parte_; pero exponerlos en teatros y -tertulias, donde la gente guarda compostura y decoro... ¡no faltaba -más! ¡Bonita cara pondría esa señora que se llama _sociedad culta_, y -marca lo que se ha de sentir y lo que se ha de llorar, con centímetros -de crespón en el sombrero, ó con varas de velillo delante de los ojos! - -Volviendo á Gedeón, digo que discurre, al tenor de lo indicado, larga -y detenidamente, acerca de lo que ha sido antes y lo que puede y le -toca ser en lo sucesivo, libre de toda vacilación y resuelto á pasar la -vida con la mayor suma posible de comodidades y deleites... porque es -indudable que eso que él sigue notando todavía dentro de sí y en cuanto -le rodea, y que algún inocente predestinado se atrevería á llamar -_nostalgia de la familia_, es un efecto lógico de su nueva situación, -y desaparecerá tan pronto como el huérfano se _establezca á su gusto_, -metodice su vida y _llene_ el desierto hogar. - -Esta es, por consiguiente, su tarea más perentoria. Afortunadamente, no -es difícil. - -Por de pronto, y á reserva de cambiar de sistema cuando las -circunstancias se lo reclamen, necesita una persona que se encargue -de las menudencias domésticas; una mujer _de edad_, en quien el juicio -corra parejas con los años. Pero esta mujer, cuyo destino exclusivo ha -de ser el de administradora, no puede ni debe, hasta por razones de -estética, estar á su servicio inmediato. Con este último objeto tomará -una joven de _buen ver_ y adecuada al caso. En cuanto al prosáico cargo -de cocinera, está provisto muchos años há, y no mal del todo, en una -buena mujer que continuará desempeñándole. - -No hay plazas más solicitadas ni apetecidas que las de sirvientes de un -solterón. Las amas de llaves todo lo esperan de él; las jóvenes todo -lo creen posible; y ni las unas ni las otras tienen que lidiar con la -fiscalización intransigente de la señora de la casa. - -Así es que Gedeón recibe las solicitudes á puñados y las -recomendaciones por docenas. Puede elegir á su gusto, y así lo hace. - -Desde aquel instante, una mujer que ya no ha de cumplir el medio siglo, -aseada, enjuta de carnes, á medio encanecer y empezándose á arrugar, y -muy hacendosa y previsora, según informes, se encarga de las llaves y -recibe con ellas una cantidad de dinero para el gasto menudo durante -quince días, concluído lo cual recibirá otro tanto; porque Gedeón no -quiere, ni debe, ni sabe ocuparse en todas esas prosáicas menudencias. - -El nombre no es enteramente simpático: se llama _la señora_ Braulia; -pero ¿qué más da? En cambio, al nacer, fué envuelta en finos pañales: -su padre era mayordomo del marqués de las Pesadumbres. Las que le -dieron (al mayordomo) una naturaleza enfermiza y una familia demasiado -numerosa, trajéronle á menos; y á la muerte del marqués, habiendo -suprimido aquella plaza sus herederos, acabóse la vida del mayordomo -con esta última pesadumbre. Braulia, entonces, como cada uno de sus -hermanos, tuvo que buscarse la vida como mejor pudo: hoy zagaleando -criaturas, mañana fregando vasijas y arrimando pucheros á la lumbre, -y otro día ascendiendo á doncella de labor y camarera de confianza; -pasando, en fin, por todas las fases de la servidumbre doméstica, pero -siempre muy honrada y muy querida de sus amos. Túvolos de alto coturno; -y al ingresar en casa de Gedeón, desdeñó las ofertas de un banquero de -nota. Cree que todas estas vicisitudes le han dado á conocer el mundo -palmo á palmo, y á los hombres pelo á pelo. - -Aunque á él no venga nunca, así refiere su historia la buena de la -señora Braulia. - -Menos puntos calza en prosapia, pero nombre más bonito lleva la otra -sirvienta. Llámase Solita, y es hija de un remendón con quien no ha -vivido desde que supo andar lo bastante para escaparse de casa, en la -cual no era posible la existencia con aquel hombre que concluía con -todo: con la familia, á palos, y con lo que ganaban, él remendando y su -mujer cosiendo, en la taberna. - -Huérfana de madre á los pocos años de ponerse á servir, sólo ha logrado -verse libre de la tiranía del zapatero, dándole las tres cuartas partes -de lo que gana. Á pesar de estos contratiempos, ha llegado á ser una de -las doncellas militantes, ó sirvientes, de mejores informes. - -Es menudita, limpia como el oro, picaresca de sonrisa, algo remangada -de nariz y gruesa de labios; muy negros el pelo y los ojos, aquél -abundante y éstos no muy grandes ni rasgados; pequeños los pies, los -dientes, las manos y las orejas, y rollizos los brazos, el cuello y las -inmediaciones. - -En todas estas menudencias repara Gedeón, mientas Solita le cuenta las -otras referentes á su historia; porque es natural que un señor bien -educado, al recibir en su casa á una muchacha, le pregunte por _las -generales de la ley_, siquiera por preguntar algo; y como Solita es -ingenua casualmente, responde cuanto sabe y no la deshonra, porque no -la hay en decir la verdad; sobre todo, como ella la dice, fruncidos -los ojuelos, entreabiertos los labios, como si quisieran sonreir y -enseñar los dientes á un mismo tiempo, una mano en la cintura, la -otra doblando y desdoblando un pico del delantal, y la mitad del pie -derecho fuera de los pliegues de la falda, llevando el compás del suave -balanceo de las redondas caderas. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -II - -LA PRIMERA CATÁSTROFE - - -Ya tiene Gedeón cuanto necesita: es decir, quien le administre, quien -le sirva y quien le aderece el ordinario sustento. - -Ya no reina el vacío en su casa; ya hay ruido y movimiento en ella. - -La señora Braulia, como mujer precavida, estudia sin cesar la manera de -que en su jurisdicción ande todo conforme con los gustos y deseos de -su amo; la cocinera trata de cumplir las órdenes de la señora Braulia, -en lo que respecta á su importante ministerio; y en cuanto á Solita, -arregla el gabinete como si tuviera hadas en las manos, y es una -mariposa alrededor de la mesa: lo mismo maneja platos y cristalería, -que un prestidigitador los cubiletes... Alguna vez tropieza con el -codo al «señorito,» al mudarle el cubierto, ó le retira el plato sin -estar desocupado; pero ¿quién diablos ha de atreverse á reprender -tales descuidos, al ver cómo la delincuente ofrece sus disculpas -en memoriales de sonrisas que, aun á los ojos del más diestro en -semejantes lecturas, tanto picaran en malicia como en rubor? - -Es tal el esmero con que se le sirve y se le adivinan los deseos, que -en ocasiones creería que algún genio invisible cuida de su casa. No -bien hace por ella una breve excursión, ya está arreglado cuanto él -desarregló al moverse, sin que se vea la mano que colocó la silla en su -sitio, el gabán en el ropero ó el libro en el estante. - -Cuando por la noche se retira á descansar, encuentra la luz en su -cuarto, el vaso de agua sobre la mesa, y abierta y preparada la cama... -Ni un motivo siquiera para romper la monotonía de aquel ordenado -silencio con un campanillazo; silencio sólo alterado por la voz de la -señora Braulia que, antes de cerrar él la puerta del gabinete, asoma -por ella la cabeza para pedirle sus órdenes para el día siguiente y -darle las buenas noches. - -Por un lado no le desagrada el sistema; pero ¡tiene tanto de uniforme y -de misterioso!... Parece que se le ceba, no que se le sirve. - -Un hombre como él, que por no poder ir todavía _á ninguna parte_, -vuelve á casa, las más de las noches, hastiado, rendido y de muy -mal humor, recibiría como un consuelo media palabra discretamente -afectuosa, y un par de sonrisas elocuentes al llegar á su cuarto... -Pues no, señor: nadie á la puerta de la escalera, que, al abrirse, -cubre á quien le alumbra; nadie en el pasadizo; nadie en el gabinete, y -un poco después, menos que nadie, la señora Braulia con su jaculatoria -de costumbre. Así es que se acuesta bufando, y sueña con la voz, y con -la cara, y con las arrugas de su ama de gobierno. - -Y arrancando de aquí el motivo, llega un día en que ésta le parece -gazmoña, fisgona y antipática en esencia y presencia. - -Entre tanto, apenas conoce el metal de voz de Solita, ni sabe qué color -tiene á la luz artificial la única cara decente que hay en la casa. - -Así pensando una noche, después de haber despachado con un bufido á la -señora Braulia, exclama de repente: - ---Y ¿por qué no ha de venir Solita? ¿No mando yo aquí? ¿No ha de -tenerse en cuenta mi gusto para todo? - -Y cediendo á los ímpetus de su carácter irreflexivo, sacude furioso el -cordón de la campanilla, que repiquetea junto á la cocina con estrépito -desusado. - ---¿Llamaba el señorito?--dice al instante la voz de la señora Braulia, -cuya silueta se dibuja confusamente en el angosto hueco de la -entreabierta vidriera. - -Con lo que Gedeón cae en la cuenta de que ha cometido una majadería; la -cual trata de disculpar con otra mayor, mal zurcida y peor hablada. - -Al quedarse solo otra vez, reniega de la vieja impertinente, y desea -con ansia que llegue el nuevo día para que Solita le sirva el almuerzo: -no porque el hambre le atormente ni Solita le preocupe, sino por -contemplar otra cara que no sea la sempiterna de la señora Braulia... - -Y precisamente ese almuerzo es el elegido por el ama de llaves para -acompañar á «su señorito,» puesta de pie á respetable distancia de la -mesa, con los brazos cruzados y la vista escudriñadora, tan pronto en -los platos, tan pronto en Gedeón, tan pronto en Solita, y cumplir, -en la siguiente forma, con lo que ella cree un deber de su cargo de -inspectora de la casa, y fiel intérprete de los deseos de su amo: - ---¿Le gusta esa salsa al señorito?... Se le puede rebajar un poco -la cebolla... ¿Le parece mejor la merluza que el rodaballo?... Esta -semana se le ha puesto tres veces lengua estofada, porque ¡hay tan -poco en qué elegir!... El solomillo le parecerá á usted algo duro á la -vista, pero está tierno como un requesón... Ya le tengo prevenido á la -cocinera cómo ha de ponerlo para que se penetre bien... porque no se -las puede dejar de la mano... ¡Nada se les ocurre!... ¿Quién le dirá á -usted que unos casquitos de porcelana, echados á tiempo en la tartera, -reblandecen la misma suela de un zapato?... Ese postre se quemó un poco -por debajo, pero no tiene la culpa la cocinera; la tengo yo que le -hice y no cargué bastante de manteca las paredes del molde... y puede -dispensar el señorito por esta vez... Solita, mude usted ese plato... - -Gedeón, que no solamente no se ve libre de la presencia de la abominada -dueña, sino que la halla más pegajosa y más impertinente que nunca, -cuando no responde con un gruñido á cada uno de estos períodos, da una -orden ó hace una pregunta, ó lanza una blandísima mirada á Solita. - -En el cual proceder hay para la señora Braulia dos motivos gravísimos -de despecho: el desaire notorio que se le hace delante de una inferior -jerárquica, y la confirmación de las sospechas que há tiempo la vienen -inquietando. - -No duda ya que hay en la casa quien priva más que ella con su amo, y -que es la razón de la privanza algo _físico_ que la señora Braulia no -posee desde muchos años atrás; algo que no se adquiere esmerándose -en el cumplimiento del cargo que se desempeña, sino con las gracias -que da la naturaleza y roban los tiempos, como á ella se lo robaron -para nunca más devolvérselo. Y á la edad de la enjuta ama de llaves -se perdona hasta el martirio en cruz, y el tormento de la sed y del -frío; pero no se perdona á otra mujer el crimen de que nos venza y nos -derrote, y nos desautorice con armas como las de Solita. - -Y no perdonar, en tales casos, es pensar en la venganza, si vengarse -puede la ofendida, como puede vengarse la señora Braulia. - -Es el jefe de la servidumbre de Gedeón, y puede y quiere hacer sentir á -«la canalla» todo el peso de su autoridad irritada. - -Desde aquel instante ya no vive para servir bien á su amo, sino para -desahogar el despecho que la ciega. - -Solita, que no ignora el motivo de las flamantes destemplanzas del ama -de llaves, sufre las que le alcanzan á ella, hasta con delectación; -pues tan grande como el tormento de la derrota en tales lides, es la -satisfacción del vencimiento. Pero la aparente insensibilidad, ó el -notorio desdén de la doncella, encienden más el fuego de la ira en el -pecho de la señora Braulia, que á todo trance quiere víctimas; por lo -cual entra con sus huracanes haciendo _raccia_ en la cocina. - -De este modo, aquella casa, antes tan tranquila y sosegada, no bien la -abandona cada día Gedeón, es una perrera. - ---¡Hoy no se han limpiado los polvos!...--¡Esta butaca no está en su -sitio!...--Son las once, y falta media casa por arreglar; pero ¡ya se -ve! levantándose á las ocho y tardando hora y media en emperijilar -un moño postizo y cuatro pingos de moco... ¡Válgame Dios!... ¡Como -si fuéramos unas señoras de copete y lo trajéramos desde las -envolturas!... ¡Pero no tiene usted la culpa, sino quien alas presta á -ciertas mariposas para que tan alto vuelen!... ¡Pues, anda! el gabán -del señorito sin cepillar, y las camisolas empolvándose sobre la -cama... Deles usted el pie, que ellas se tomarán la mano...--También -por este otro lado van las cosas en su punto, gracias á Dios: media -hora hace que me está dando la ternera en la nariz. ¿Por qué ha batido -usted los huevos antes de que esté hervida la leche?... ¿No ve usted, -alma de Lucifer, cómo se está pegando esta compota?... ¡Claro está! -como no son ustedes quienes pagan todos estos pecados... ¡Pero desde -mañana ha de cumplir en esta casa cada uno con su obligación, ó he de -faltar yo á la mía! - -Y así por el estilo, zumba y gime la voz de la señora Braulia en salas, -pasillos y cocina, como cierzo regañón en casa mal cerrada, sin que -le falten por acompañamiento y armonía las cáusticas respuestas de la -doncella, ni los descargos irrespetuosos de la cocinera. - -Con la cual música los ánimos se enconan de veras, las respectivas -obligaciones se descuidan; y al cabo halla Gedeón un día requemada la -sopa, cruda la carne, y los postres en salmuera. - -Nada dice á Solita, que le sirve; pero llama á la señora Braulia, que -no está presente la única vez que debiera estarlo. - ---¡Señora--exclama con mal gesto y áspera voz al tenerla delante,--esto -no se puede comer! - ---Pues crea el señorito que no es culpa mía,--responde el ama de -llaves, temblándole la barbilla puntiaguda, pálido el marchito rostro y -mirando á Solita con ojos de basilisco. - ---Ni yo trato de averiguarlo--replica Gedeón:--lo que me importa es -señalar la falta para que la corrija quien debe corregirla. - ---¡No es eso tan fácil como al señorito se le figura! - ---¡Cómo que no! ¿No basta un poco de vigilancia? - ---Ya esperaba yo que el señorito había de echar sobre mí todas las -culpas; porque ¡ya se ve!... una no es onza de oro, al paso que -_otras_, con menos méritos... ¡Virgen Santísima! - -Y la señora Braulia, después de hacer unos cuantos pucheros, rompe á -llorar como si el alma se le escapara por la boca. - -Solita entonces, habiéndola contemplado un instante con la boca -entreabierta y las cejas fruncidas, suelta los platos que tiene en la -mano, llévase á los ojos la servilleta que, á modo de banda, tiene -cruzada sobre el pecho, y sale del comedor como un cohete, lanzando el -sollozo que pudiera oirse desde la calle. - -Momentos después aparece en escena la cocinera con el mandil recogido -sobre la cintura, los brazos descubiertos, encendido y reluciente el -rostro, como solomillo á medio asar. - ---El señorito me hará el favor de decir si en catorce años que llevo -en la casa se me ha oído una queja, ni he dejado yo de cumplir con mi -deber. - -Gedeón está como paleto en comedia de magia, al ver aquellos -aspavientos y aquellas apariciones y desapariciones. - ---Pero ¿qué es esto?--exclama al fin. - ---Que me haga usted el favor de dar la cuenta,--dice la cocinera, -rompiendo también á llorar, y arrojando el mandil sobre una silla, como -rey que depone su corona. - ---Que aquí todas son señoras, y que todas mandan en la casa, menos el -amo y yo,--añade la señora Braulia, dejando caer sus huesos sobre la -silla inmediata, y llorando á más y mejor. - ---Lo que pasa aquí--dice Solita entrando en escena, en ademán -airado,--es que no se pueden aguantar los humos de esta señora; y como -yo no he venido para servirla á ella, ni para que me quite la salud... - ---¡Quéjese usted de mí, relamida! ¡casquivana! - ---¿Lo oye usted, señorito? ¡Pues eso no es nada en comparación de lo -que suele decirme cuando usted no está delante! - ---¡Ni de lo que me dice á mí cada vez que entra en la cocina! ¡No se la -puede aguantar! - ---¡Mienten ustedes como quienes son, impostoras, mal nacidas! - ---¡La mal nacida y la deslenguada será ella! - ---¡Y la muy retevieja, desesperada y envidiosa! - ---¡Silencio!--grita Gedeón asiendo una ensaladera, dispuesto á -estrellarla sobre la más próxima de sus sirvientas. - -Pero sólo después de haberse desahogado á sus anchas las tres mujeres, -y estado á pique de tirarse de las greñas, y cuando ya el escándalo -debe de haberse oído desde el ayuntamiento, logra Gedeón restablecer -el silencio en su casa, y la promesa de que, por aquella vez, que es -la primera, se olvidarán los mutuos agravios, y volverá cada mochuelo -á su olivo, siquiera en obsequio á él, que no tiene otro destino en -el mundo que estudiar la manera de pasar la vida sin contrariedades ni -desazones. - -Pero _alea jacta est_: aquellas mujeres que se resolvieron á pasar -una vez los límites del respeto con sus pertrechos de odios y de -antipatías, no pueden retroceder ya; y si no al día siguiente, -al otro ó á los pocos más, dan la gran batalla, á cuyo fragor -quiébranse cristales y vasijas, y renquean los muebles, y salen -asustados á la escalera los vecinos de la casa; y cuando á ella -vuelve Gedeón, no tiene otro remedio que licenciar aquella tropa que, -como los pretorianos de Roma, ha tomado por oficio la sedición y la -indisciplina, y puede, como éstos, llegar á atreverse con el César -mismo. - -En el alma le duele tener que privarse también de los buenos oficios de -Solita; pero Solita no cabe á las órdenes de ninguna quintañona; y, sin -esta pantalla, son sus atractivos demasiado peligrosos para un hombre -que no quiere sacrificar su independencia á nada ni por nadie. - -Lo que fuera de su casa puede ser hasta una ganga para él, dentro de -ella sería un enemigo terrible. - -Por eso, al pagar con rumbo á su doncella, ni por cumplido la dice que -no se marche; lo único á que se atreve es á despedirse de ella «hasta -la vista.» - ---El mal está--dice al quedarse solo,--en que estas cosas me sucedan -ahora; es decir, cuando podía dar comienzo á mis tareas, si estuviera -yo establecido á mi gusto. ¡Por vida de las _casualidades_!... - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -III - -UNA HOMBRADA - - -Pero las casualidades se repiten tanto como las combinaciones; y las -combinaciones que hace Gedeón con su servidumbre no tienen número. - -Que ponga arriba lo más viejo, y abajo lo más joven, ó al revés; que -todo sea rozagante, ó todo marchito y arrugado; que dé sus preferencias -á la más quisquillosa, aunque las merezca menos; que no se las muestre -á ninguna; que no se queje aunque halle tachuelas en la sopa y cables -en el estofado; que en pro de la paz, en fin, renuncie á todos sus -derechos de amo y señor, y dome los naturales ímpetus de su carácter... -lo mismo adelanta: más tarde ó más temprano, la guerra civil estalla -en su casa, y vuelan los cacharros en la cocina y los pelos en cada -rincón; primero en sus ausencias, después á sus propias barbas; porque -demostrado está por la experiencia, y al buen sentido se le alcanza -sin esfuerzo, que no hay criada de solterón que aguante con paciencia á -su lado otra sirvienta. - -Lo que á Gedeón sacan de quicio tantas y tan parecidas _casualidades_, -presúmalo el lector. - -¡Cómo él, idólatra de la holganza y del regalo, pudo imaginarse, ni en -sueños, que tendría que habérselas mano á mano con dueñas y fregatrices -á cada hora, ni que habían de correr tiempos en que sólo le dieran, por -salsa de su pesebre, alaridos y repelones? - -Pero sabrá cortar por lo sano y poner remedio á la plaga, que para eso -es libre y soltero. - -Bien examinado todo, ¡qué necesidad tiene él de llenar su casa de -mujerzuelas frívolas y quisquillosas? ¡Cómo no se le ha ocurrido hasta -entonces hacer _una hombrada_, es decir, barrer de faldas su cocina, y -buscar en el otro sexo quien le sirva en paz y bien? - -Apuradamente lo que él desea es harto fácil de conseguirse: orden, -puntualidad y respeto á su persona. Ya transige con los manjares mal -sazonados, con la cama á medio hacer y con las botas deslustradas; pero -que se lo tengan todo á punto; que no se invierta en ventilar rencillas -miserables el tiempo destinado á servirle, y sobre todo, que no se le -complique á él en escandalosas griterías de plazuela. ¡Á qué menos ha -de aspirar una persona decente, «libre como el ave en el espacio, como -el pez en el agua;» una persona que huye del matrimonio para hacer en -todo su gusto y vivir como le dé la gana? - -Con tan santos propósitos, échase Gedeón un cocinero y un ayuda de -cámara, mozo listo y bien adiestrado en el oficio. - -_Pero_ el cocinero, _por casualidad_, es borracho y goloso y nada -limpio, y no conoce cuenta ni razón; roba si le dan mucho dinero; y si -se lo tasan, también; compra lo que á él le gusta, y lo guisa como más -le agrada: los gustos de su amo no se tienen en cuenta para nada en -aquella cocina. - -Así y todo, Gedeón come, no cuando tiene ganas, sino cuando ya no las -tiene su cocinero. - -El cual cobra por mensualidades adelantadas, que es tanto como decir -que ahoga toda reprensión en los labios de su amo con anunciarle que se -marcha. - -El ayuda de cámara no es tan borracho como el cocinero; pero, en -cambio, tiene moza, y necesita dos horas cada noche para visitarla, por -lo cual hay ocasiones en que se retira á casa más tarde que su amo; y -se dan también en las cuales tiene éste que abrirle la puerta, porque -el cocinero está roncando ya, ó no quiere levantarse; y gracias si en -esos casos no aparece el criado envuelto en la capa ó en el gabán de -Gedeón, pues para ambos sirven sus trajes y su calzado. - -Lo que sólo sirve para el criado es el dinero que halla en los -bolsillos del chaleco de su amo cuando le cepilla la ropa, y los -cigarros _sobrantes_ de la petaca olvidada en una levita ó encima de la -mesa. - -De vez en cuando, tienen mozo y cocinero sus francachelas mientras -Gedeón anda soñando con las suyas fuera de casa; pues la verdad es -que desde que tales contrariedades domésticas le persiguen, no tiene -instante de sosiego ni punto de reposo, y todo lo aplaza para cuando se -vea _establecido á su gusto_. - -Entre tanto, si á media noche necesita una taza de te, se la llevan á -las dos de la mañana, y el te le sabe á caldo frío, y la taza huele á -basura. - -Si de caldo la pide al mediodía, el caldo le sabe á aguardiente, y la -cuchara á tabaco. - -Toda su ropa está sin botones y con los forros descosidos; le faltan -las mejores corbatas, y no sabe qué vientos le llevan los pañuelos de -batista. - -Si por joven despide al ayuda de cámara y toma hombre de más edad, -éste tendrá de huraño ó de sucio ó de perezoso lo que el otro tenía de -presumido ó de mocero, si es que no peca por esto y por aquello. Y lo -que digo del criado digo del cocinero. - -De todas maneras, llega un día en que Gedeón, después de haber perdido -la paciencia, y con ella el paladar y el estómago y mucho más que -no se gusta ni se digiere, pero que se pone ó se vende; después de -ver su casa saqueada, y lo que en ella queda sucio, desconcertado y -descolorido; después de convencerse de que los últimos criados que toma -son los peores y los que más caros le salen, plántalos en la calle -y lánzase él más tarde á la misma, dándose á todos los demonios y -maldiciendo de la suerte que le hace elegir, en uno y otro sexo, lo más -malo que existe en el ramo de sirvientes. - -Y así se le va pasando lo mejor de aquel tiempo, que él tenía á -sabrosos empeños destinado, como hacienda que se echa á los perros. - -¡Qué empresas ha de acometer con bríos ni con gusto, si los unos y el -otro se le gastan y corrompen entre las inesperadas miserias de su vida -doméstica? - -Asómbrase de que tan mezquinas causas le produzcan tan desastrosos -efectos; no acierta á explicarse cómo ese poco de roña puede entorpecer -todos los ejes de la máquina de sus ideas; y con el ansia febril de -conjurar el cúmulo de _casualidades_ que le persigue, para llegar -alguna vez á _establecerse á su gusto_, medita, calcula, y todo -lo supone menos que puede ser él uno de los infinitos hombres de -quienes dijo La Bruyère que emplean la mayor parte de la vida en hacer -miserable el resto de ella. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -IV - -EL DEMONIO CONSEJERO - - -Aspirando con ansia bocanadas de aire, cual si con ellas quisiera -aventar sus pesadumbres, y caminando á largos pasos, encuéntrase en una -de estas ocasiones con su camarada, aquel acicalado solterón de quien -tanto hemos hablado, y á quien no ha visto mucho tiempo hace; y como si -Gedeón llevara letreros en la cara, que revelasen las desazones de su -espíritu, - ---¿Cómo vas con tu nueva vida?--le pregunta en crudo el recién hallado. - ---Pues, así, así,--responde Gedeón haciendo rechinar sus dientes. - ---Al principio se extraña un poco. - ---Efectivamente, algo se extraña. - ---Pero ya habrás palpado ciertas ventajas... - ---He sido poco afortunado en mi casa, si he de decirte la verdad. - -Aquí resume en breves, pero pintorescas palabras, cuanto el lector sabe -de sus amarguras domésticas. - ---Mal anda, en efecto, ese ramo--dice el otro;--pero todo consiste en -acostumbrarse. - ---Ya. - ---En cambio, irás llenando aquel romántico vacío y aquellas... ¿eh? de -que tanto nos hablaste en la ocasión de marras... - ---Pshe... - ---Vamos, sé franco. - ---Pues con franqueza, amigo: cuantos más criados meto en mi casa y -más alboroto me arman en ella, más vacía la encuentro. ¡Yo no sé qué -demonios me escarabajea aquí adentro y me dice, á cada innovación que -hago en mi vida, «no es eso,» como si yo deseara algo que no encuentro! - ---Vamos, eres incorregible, y has de morirte al fin creyendo en brujas. -Porque unas fregatrices te hayan dado tal cual disgustillo, de esos que -tiene á cada momento cualquiera mujerzuela casada, ya te ahogas. - ---Pero recuerda que por huir de ese y otros disgustillos semejantes, -estamos tú y yo fuera de la ley, en el estado honesto _á perpetuidad_, -como las sepulturas de los ricos. - ---No exageres, Gedeón, y no lleves tus profanaciones hasta el -extremo de hacer comparable, ni aun en esa pequeñez, nuestra noble -independencia con la ignominiosa servidumbre de los casados. ¡Por Dios -que es cosa chusca ver á un hombre que va á matar leones, detenerse -porque halla en medio del camino una sabandija! ¿Para qué demonios -quieres esa fachada que tienes?... Lo primero que has de hacer, Gedeón, -es echarte el alma á la espalda. - ---Me parece que más echada... - ---Y después, dar cierto ensanche á tus empresas. ¿Á que no lo has hecho? - ---Efectivamente. - ---De modo que vives, como quien dice, de los huesos de aquellas -pechugas... - ---Esa es la verdad... ¡y gracias si tengo, en un apuro, esos huesos que -roer! - ---¡Tú á huesos, Gedeón? - ---Fíjate en mis circunstancias de hoy, en mis disgustos... - ---¡Tú á huesos, con la carne que hay por el mundo, y las ventajas que -tienes para aspirar á la más delicada! - ---Hombre, no te diré que esté eso fuera de mis propósitos; pero tampoco -he de ocultarte que no fío mucho en mi destreza de cazador; porque -después que llega uno _á cierta edad_, fatigan mucho las cuestas -arriba: parece que cada día que pasa es un año de otros tiempos, y la -picara razón se hace una charlatana inaguantable. Dice unas cosas tan -á punto y tan bien dichas, que no hay modo de que la fantasía meta su -cuchara en la conversación. - ---Es decir que te vas haciendo filósofo. - ---No; pero sospecho que me voy haciendo viejo. - ---De todos modos, rindes las armas. - ---Tampoco; las cuelgo, mientras estudio el campo y _me establezco á mi -gusto_ en él. - ---Por lo visto, esa es tu manía. - ---¿Cuál? - ---Establecerte á tu gusto. - ---Exigencia de carácter: no sé dormir ni descansar con pulgas en la -cama. - ---Pues, amigo, yo soy tan viejo como tú, y nada me dice la razón que se -oponga á mis inclinaciones, ni dejo de entregarme á ellas por molestia -más ó menos. - ---No las tendrás. - ---¿Quién está sin alguna? «El saberlas vencer es ser valiente.» - ---Pues cree que te admiro y te envidio. - ---Resueltamente te ahogas en poca agua. - ---Podrá ser. - ---Y de todas las contrariedades de que te quejas tienes tú la culpa. - ---No te diré que no. - ---¿Serás también capaz de arrepentirte de no haber entrado en el gremio -cuando el diablo te tentó? - ---No por cierto; nada veo en esa región que me la haga desear; pero -no he de ocultarte que voy concibiendo recelos de que tampoco en la -nuestra he de hallar lo que años há me imaginaba. - ---Y ¿cómo has de hallarlo sin la fe que te falta y con esos resabios de -sensiblería patriarcal, que te enervan? ¡Ay, Gedeón! siento decírtelo; -pero si has de salvarte, necesitas tutela por algún tiempo. - ---¿Para qué? - ---Para librarte del mayor enemigo que te persigue. - ---¿Y cuál es? - ---La manía del hogar doméstico. - ---¡Bah! - ---Créeme; es más fuerte que tú. - ---¿Y qué debo hacer, en tu opinión? - ---Si admites mi tutela por un instante... - ---Si con ella me das paz y sosiego... - ---Te lo prometo. - ---Ya te escucho. - ---Huye del enemigo. - ---¿De mi casa, en la cual nací?... - ---De tu casa, en la cual naciste y de la que, si no me engaño, eres -propietario. - ---Razón de más para que la mire con tanto cariño. - ---Razón de más, digo yo, para que te animes á abandonarla. Ponla á -renta, como los demás pisos; sácale el jugo. - ---¿Y mis recuerdos? - ---También á ellos, por lo mismo que son tu enemigo. Eso te consolará de -la pena de no haber podido vencerle cara á cara. Desengáñate, Gedeón: -ni tú ni yo hemos nacido para lidiar con la prosa de la vida doméstica, -ni tenemos necesidad de intentarlo siquiera. - ---¿Qué crees que debo hacer? - ---Una cosa muy sencilla: ponte á pupilo con cuantas ventajas y -comodidades puedas hallar, y deja á tu patrona el cuidado de lidiar con -dueñas y fregatrices. Si tal hicieres, pronto me darás las gracias; y -si desechas mi consejo, allá te las hayas con tus desventuras; pero no -te quejes de ellas... ¿Dudas? - ---De dudar es el caso. - ---Medítalo bien. - ---Pienso hacerlo. - ---Pues adiós te queda, ya que estás advertido. - -Y se va, dejando á Gedeón muy pensativo y no del todo desconsolado. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -V - -NO ES CASA DE HUÉSPEDES - - -El consejo de su amigo prevalece, al cabo, en el ánimo de Gedeón. -Doloroso es para éste abandonar aquella casa en la que nació y ha -vivido siempre; pero no hay otro remedio que cortar por lo sano. - -_Levanta_ la casa, ó la cierra, temiendo un arrepentimiento el día -menos pensado; pero el hecho es que se pone á pupilo; lo cual le ha -dado bastante que hacer, porque el _gremio_ tiene mucho que explorar si -se ha de elegir lo menos malo. - -En sus pesquisiciones para hallar un albergue, como el otro una -posición social, ha recorrido medio pueblo y ha oído con paciencia -el completo catálogo de las humanas vicisitudes, de boca de las -innumerables pupileras que le han solicitado para huésped. Ninguna de -ellas ejercía la industria por ascenso: todas habían bajado hasta ella -desde los puestos más encumbrados en armas, en nobleza y en dinero: -siendo de notar que cuantos más humos revelaba una señora de esta -clase, menos fuego calentaba su cocina. - -Al fin se establece en la casa que más se aproxima á sus deseos. - -Su dueña, doña Ambrosia de nombre, se conforma con blasonar de rígida -en los más severos principios de moral, y de haber _dado golpe_, en -los albores de su juventud, en calles y paseos. Dos veces viuda, no se -ha puesto en peligro de serlo la tercera, porque no ha querido, no por -falta de pretendientes, pues á pares los ha tenido que aspiraban al -honor de sacarla de pupilera, y á la dicha de poseer los conservados -restos de sus juveniles encantos. - -Á creerla, tiene casa de huéspedes porque, acostumbrada en vida de _sus -papás_, y más tarde de sus maridos, á un trato escogido y ameno, la -soledad la mata. Para ella, son familia sus pupilos; por lo cual admite -pocos, y esos de arraigo, de formalidad y de educación: á Dios gracias, -no necesita el tráfico para comer. - -Gedeón ocupa un gabinete con puerta falsa al corredor, y otra de -vidrieras con cortinillas á una sala que, según advertencia de doña -Ambrosia, es para recreo de los huéspedes, ó para que éstos tengan -donde recibir decorosamente sus visitas, En la sala hay una alcoba con -cama _de respeto_, también al decir de la pupilera. - -Como los huéspedes son pocos y buenos, si ha de creer á doña Ambrosia, -Gedeón consiente en comer á la mesa con ellos, ínterin llega una -doncella que se espera y podrá servirle la comida en su cuarto con la -puntualidad y esmero que ahora le faltarían, por estar incompleta «la -servidumbre de la casa.» - -Durante los primeros días tiene por compañeros de mesa á un señor muy -flaco y muy nervioso, que no habla una palabra, del cual ha dicho la -pupilera que es un marqués muy rico, que viene á tomar aires; cuya -marquesa es la señora oronda y colorada que se sienta á su izquierda, -y le trincha la carne, le parte el pan en bocaditos y le escancia el -vino.--Tampoco despliega los labios.--Ni el marqués ni la marquesa -tienen el pelaje ni el aire de tales: pero ¡hay tantos marqueses que -no lo parecen! Gedeón tomara á éstos por ex-tenderos de refino, que -se retiran al pueblo natal á comerse las ganancias de treinta años de -mostrador. - -Sigue por la derecha un hombrecillo de crespo y recortado bigote, de -frente angosta y cabeza plana, con gabán de ropería, que sorbe las -salsas en el plato y bebe con la boca llena, sin dejar de hablar, por -eso, de la influencia que ejercen los cuartos de luna en el corte de -las uñas y del pelo, y de las recetas infalibles que él tiene para -exterminar las chinches y las cucarachas.--En opinión de doña Ambrosia, -este huésped es un ingeniero sapientísimo que estudia, por recreo, -dos años hace, el suelo de la provincia para establecer en sitio -conveniente, y á sus expensas, una fábrica de patatas artificiales -para los pobres.--Gedeón le clasifica, en su padrón particular, como -escribanillo de aldea. - -Llévale la contraria en sus asertos científicos, una señora muy -peripuesta y retocada, con voz de bajo cantante. Habla mucho de -_la antigua Grecia_ y de _las sales áticas_, lo cual no sorprende -tanto oyéndola decir á cada triquitraque que es viuda de un oidor de -Filipinas, que dejó setenta volúmenes de comentarios á la _Casandra_ -de Licofrón, y otros cinco de notas á las _Dionisiacas_ de Nonno -Pannopolitano. El gobierno ofrece á la viuda cuarenta y ocho mil duros -por la propiedad de estas luminosas obras; pero ella quiere el millón -cabal, y tras él anda con la esperanza de conseguirle. Cree Gedeón que -con que la pagaran sin descuento la viudedad que debe corresponderle -desde la muerte del mayor de plaza (pues no otra cosa pudo tener por -marido), se diera la erudita matrona por satisfecha. - -Algunos días después aparecen en la mesa dos huéspedes más: un -gigantón, hosco de mirada, cerdoso de bigotes, rasgado y muy abierto -de boca, purpúreo de color y muy largo de brazos; y su señora, el tipo -opuesto: aguileña, oscilante, lánguida y sentimental. Malambruno, como -desde luégo llama Gedeón al gigante, se queja del _fuego herpético_ que -le devora; por lo cual anda recorriendo climas hasta dar con uno que le -apague el incendio. - -Por lo demás, cuando no habla de su dolencia, echando candelas por los -ojos, brasas por las mejillas y rociadas de saliva por entre las cerdas -de sus bigotes, aturde á los circunstantes con la estadística de sus -caudales. En la Mancha, porque la erudita citó á don Quijote, tiene -él tres haciendas que le produjeron el año pasado, y sólo en renta, -doce mil fanegas de trigo. Porque se habla de dormir la siesta, ó de -si es sana ó dañosa esta costumbre, niega él, sin que nadie lo haya -afirmado en la mesa, que los extremeños hagan siete comidas y duerman -cinco siestas al día. Precisamente conoce á palmos la provincia de -Extremadura... ¡como que tiene en ella seis dehesas y más de veinte mil -cerdos! - -Por análogos procedimientos trae á colación sus cortijos de Jerez y -sus posesiones de Salamanca, siendo de notar que en cada dehesa, y en -cada cortijo, y en cada hacienda, tiene, no solamente palacio con la -necesaria servidumbre de criados para él y de doncellas para su señora, -sino hasta _templo_, pues _capilla_ se la permite cualquier zarramplín -de aldea. - -Porque se cita el escamoteo de un reló ó el de los calzoncillos que -llevaba puestos el vecino de al lado, cualquiera ratería de esas tan -usuales, impunes y corrientes en la hidalga patria de Candelas y José -María, cuenta él que en una ocasión le robaron su casa de Madrid, -estando con su señora recibiendo á los duques de Montpensier en su -palacio de la Serranía de Ronda; siendo lo admirable del caso, en su -concepto, que los ladrones abrieron la puerta del _gabinete de raso -azul_, del cual pasaron á la _galería de esculturas_; de ésta á la -_sala de los tapices flamencos_, y de aquí á su despacho, cuajado de -primores de arte y de objetos de lujo. Sin señales de titubear para -encontrarla, abrieron una puerta oculta detrás de una librería de palo -santo con columnitas de oro macizo, y entraron en un retrete, en el -cual había hasta tres cofres llenos de alhajas de incalculable valor; -pero no pudiendo abrirlos, á causa del secreto de sus cerraduras, ni -cargar con ellos, por lo mucho que pesaban, se conformaron con robar -unas botitas usadas de su señora, dos libros de genealogías, y como -tres cuarterones de azucarillos. - -Mientras Malambruno cuenta estas cosas y otras tan estupendas como -ellas, con voz estentórea y lento diapasón, su señora no deja oir -la suya más que para rectificar algún error de cantidad en que haya -incurrido su esposo. - ---Eran trece mil--dice, verbigracia, al asegurar éste que eran doce -mil solamente las fanegas de trigo cosechadas por rentas en la Mancha; -ó--creo que eran cuatro,--aludiendo á los cofres llenos de alhajas. - -Entre tanto, Malambruno está vestido de paño de Munilla, y parte por la -mitad los trabucos del estanco, para fumarlos en dos veces; su señora -viste con más aparato que riqueza; no trae consigo una sola doncella -de tantas como deja holgando en cada palacio, y todo el equipaje del -pomposo matrimonio viene metido en un baúl de tres celemines. - -Fáltame decir que doña Ambrosia asiste á casi todas las exhibiciones -retumbantes del caudal de Malambruno, y que á cada rociada de millones -que éste suelta, mira ella á sus huéspedes y parece decirles con los -ojos, mientras se revuelve nerviosa en su silla: - ---¿Qué tal, caballeros y señoras? ¿Tengo yo pelones en mi casa? - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -VI - -ENTRE VENUS Y MARTE - - -Durante la primera semana, halla Gedeón hasta cierto deleite en las -originalidades de sus compañeros de mesa; pero á la segunda ya no puede -con ellas. Asústale el temor de que aquello dure indefinidamente; y -comparándolos con tan grotesco cuadro, le parecen de color de rosa los -que á él le echaron de su casa. - -Felizmente, no tarda la pupilera en anunciarle que desde el día -siguiente comerá en su gabinete; porque para entonces habrá llegado la -doncella que esperaba. - -Y como lo ofrece lo cumple. Gedeón come en su cuarto al otro día; y -¡oh sorpresa embriagadora y confortativa! la doncella que ya vino, y -le cubre la mesa, y después le sirve los manjares, es Solita; Solita, -que le saluda regocijada y más sandunguera que nunca; Solita, que le -cuenta lo poco afortunada que ha sido en amos desde que, bien á su -pesar, tuvo que salir de casa de su señorito; Solita, que cuando ya no -tiene nada que referir á éste con la lengua, parece decirle con los -incitantes ojos, á cada plato que le sirve:--«Vamos, hombre, atrévete -conmigo, que aquí no corres los riesgos que en tu casa; aquí soy la -criada de tu pupilera; somos dos transeuntes que hacemos juntos un -alto y nos arreglamos con lo que tenemos; ahora todo te es lícito sin -desautorizarte... ¡Mira que de estas gangas no las encuentra cada día, -ni tan á mano, un solterón medio aburrido y desalentado como tú, y que -sólo vive, como perro achacoso, de lo que le cae en la boca!» - -No es fácil calcular con exactitud si es Solita quien tal dice con los -ojos, ó si es Gedeón quien se lo imagina, _ex abundantia cordis_; pero -es indudable que éste lo lee así; y como es hombre que no desperdicia -las buenas ocasiones, sin que lleguen los principios de su comida ya ha -puesto sus voluptuosos fines en evidencia. Mas no es Solita juez que -sentencia en arduos litigios sin maduras reflexiones. Antes da muestras -de sutil ingenio y experta travesura; y resistencias hace, aunque sin -enojos, que ponen á Gedeón fuera de quicio. - -De todas maneras, esta peripecia viene á interrumpir sabrosísimamente -la abrumadora monotonía de la vida de nuestro solterón, y á hacerle -llevadera la existencia en aquella posada que empezaba ya á parecerle -presidio. En adelante, verá llegar con alegría las horas de comer y -todas las de volver á su albergue... - -Una advertencia, por lo que valga, y suponiendo que alguien que esto -lea piense que el encuentro de Gedeón con Solita no es rigorosamente -necesario: no he conocido un Gedeón tamaño, sin una Solita semejante. -El de mi cuento se encuentra con ella en una posada, después de haberla -conocido en su propia casa, como otros las vuelven á ver en medio de la -calle, ó en sitio peor, después de haberlas tratado sabe Dios en qué -parajes. - -Mas no por esto que digo de la necesidad de las Solitas para -determinados _solitarios_, y de su mancomunidad de debilidades, se -hagan juicios temerarios sobre la fortaleza de la Solita en cuestión; -pues en Dios y en mi ánima aseguro, á más de lo que ya tengo dicho, -que va poniendo á Gedeón de muy mal temple el obstinado crecer de los -obstáculos. - -Y cuidado que no pierde ripio el solicitante. Sus comidas se eternizan; -sus vueltas á casa no tienen número, y no le tienen tampoco las veces -que se le ocurre ponerse malo á las altas horas de la noche, para que -Solita le lleve el vaso de agua ó la taza de te. - -Y tan obcecado está en menudear todo lo posible sus entrevistas con la -doncella fuerte; hasta tal punto le preocupa esta heróica tarea, que -no se fija en que doña Ambrosia está ya en autos, y anda por alcobas -y pasillos murmurando no sé qué letanías en que todo se canta menos -alabanzas á su huésped, cuando él está departiendo con la doncella. - -La cual, sufre después, y no lo cuenta, los refunfuños y desabrimientos -de su ama, como en otro tiempo sufrió los de la señora Braulia por -idénticos, aunque no tan notorios motivos. - ---¡Si piensan _algunos_ que mi casa es un cuartel, chasco se -llevan!--grita una noche la pupilera, al salir la joven de servir el -chocolate á Gedeón, y mientras éste se desnuda para acostarse. (Gedeón -toma chocolate todas las noches desde que Solita vino á la casa; y -rescoldo tomara, para hacer una comida más, si ella se lo sirviera.) - -Y cátate que apenas ha dicho esas palabras doña Ambrosia, cuando -se oyen en la sala el arrastrar de un sable, el charrasqueo de las -espuelas y los taconazos correspondientes; mas cuando Gedeón piensa -que á este rumor bélico aludía la enojada patrona, advierte que se -equivoca, pues que la oye decir en seguida, con acento meloso, y á la -parte de allá de las vidrieras del gabinete: - ---En esta habitación estará usted como en la suya propia; precisamente -la tengo destinada para estos lances... porque mi casa no es, -propiamente hablando, casa de huéspedes. Á Dios gracias, no los -necesito para vivir. Los tomo, como quien dice, para tener familia, y -cuando me los recomiendan personas de suponer y de carácter como la que -á usted le envía. - -La misma ó parecida relación que le hizo á él. - ---Pues mire usted, patrona--contesta en la sala una voz sonora y -retumbante,--la persona que aquí me manda tendrá todo el carácter y -todo el suponer que usted quiera; pero decente no es el alma de perro -que debía alojarme en su casa y me echa á una mala posada. - ---En cuanto á eso, caballero militar--replica doña Ambrosia -notoriamente sulfurada,--entienda usted que esta casa ni es posada -ni es mala; y por lo que hace á quien le envía á usted á ella, no -necesita aprender de nadie á ser decente, ni tampoco tiene obligación -de hospedarle á usted á su lado. - ---¡Ni yo de aguantar con paciencia que á estas horas se me vaya _á la -empinada_ la hija de su madre! - ---¡Caballero! - ---Lo dicho; y, por último, yo no le he buscado á usted la lengua. - ---Ni yo le he faltado á usted... - ---Á ver si hay en este palacio, si le parece poco posada, quien me -dé de cenar. Eso es lo que pido, y para después, una cama. ¿Lo tiene -usted, señora? ¿Sí ó no? - ---¡Eso es injuriarme! - ---¿Lo tiene usted? ¿Sí ó no? - ---¡Pues no he de tenerlo? ¿Con quién se le figura á usted que está -tratando? - ---Pues venga cuanto antes, y no se meta usted en más honduras. - ---¡Es que tiene usted unas cosas!... - ---¡Yo tengo todo lo que necesito, señora! - ---¡Y unas demasías!... - ---En cuanto usted se largue de aquí, no me sobrará nada. - -Dicho esto, se oye un pisar menudito y fuerte, y un zumbido sibilante, -como de mujer que se marcha renegando; y, acto continuo, vuelve á oirse -la voz del hombre de la sala, que grita: - ---¡Ruiz!... ¡Ruiz! - ---¡Presente, mi capitán!--responde desde el pasadizo otra voz de -hombre, cuyos pasos, acompañados también de ruido de espuelas y de -sable, indican que acude al llamamiento. - ---¿Y el maletín? ¿Y el galápago? ¿Y las bridas? - ---Ahí quedan, mi capitán. - ---Traételos. - -Un instante después, vuelve á decir el llamado Ruiz: - ---Aquí está el maletín. - ---¿Y lo demás? - ---¿Lo demás, mi capitán?... - ---¡Lo demás, sí! - ---Pues lo demás, con permiso... digo que se quedará aquí afuera... - ---¡Gaznápiro! ¿Te lo he mandado sacar de la cuadra para que lo dejes en -la cocina? - ---No, señor; pero ¿dónde lo pongo si no? - ---Ahí, en el _arzón trasero_ de la cama. Ya sabes que yo nunca duermo -lejos de las monturas. - ---Pero hay casos, mi capitán... digo, con permiso... ¡Como están los -_bastos_ tan sudaos... y es tan blanco ese bullarengue que cae por -encima!... - ---¿Á que te rompo la grupa de un puntapié?... - ---Es que, mi capitán, como he conocío el genio de la patrona por lo que -rezaba cuando salío de aquí... Vamos, temí que... Y por eso advertí á -mi capitán... - ---Pues precisamente estoy yo deseando dar unas vueltas de picadero á -esa jaca bravía... ¡Conque figúrate tú! - ---Siempre á la orden, mi capitán. - -Y por el ruido que sigue á esta despedida, conoce Gedeón que la montura -del cuadrúpedo del capitán pasa, conducida por Ruiz, á colocarse en -la cama _de respeto_ de la _sala de recreo_ de los huéspedes de doña -Ambrosia. - -Jamás se vió una embustera desmentida más pronto ni más al caso. - -Gedeón (que nunca puso en duda que su pupilera admitía cuanto se le -presentaba) no sabe si sentir ó celebrar el lance. Lo siente por el -riesgo que corren, y pueden correr en adelante, su comodidad y su -reposo; pero se alegra por lo que tiene de respuesta á la indirecta -_cuartelera_ que le echó la rígida doña Ambrosia, si es que á él iba -enderezada, como lo va sospechando. - -Entre tanto, el capitán no cesa de llamar á Ruiz, ni Ruiz cesa de pasar -y repasar el pasadizo; hasta que, acostado el primero y marchándose el -segundo á _zagalear_ las bestias y á dormir á su lado, reina el sosiego -en la casa y ronca Gedeón. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -VII - -VARIAS CATÁSTROFES - - -Tres días con tres noches duran las marimorenas que arman el capitán y -su asistente. - -¡Ruiz! por acá; ¡Ruiz! por allá; ¡mi capitán! por allí; ¡mi capitán! -por el otro lado; que la cebada, que el maletín, que los alcances, que -el caballo, que ¡vete!, que ¡estate!, que ¡bruto!, que ¡por vida!, que -la patrona, que el libramiento, que las raciones, que la herradura... -Y todo esto á gritos, al medio día, á media noche, al amanecer, y -comiendo y almorzando. - -Gedeón no sosiega; y, además, todo le huele á cuadra y le sabe á rancho -y le suena á cuartel. - -Doña Ambrosia está en ascuas, tiene calambres, riñe con el capitán y se -disculpa con Gedeón. - ---Ya usted ve, no es culpa mía. ¡Cómo podía yo pensar!... Para -algunas gentes todo es lo mismo... No tienen educación, carecen de -principios... ¡Pero yo haré!... ¡Yo le aseguro!... Usted dispensará... -Á cualquiera le sucede... Como una juzga á los demás por sus propios -sentimientos... - -Y no dura la brega más que tres días, porque doña Ambrosia, con la -disculpa de que tiene comprometida la habitación, despide al capitán -cuando vence su boleta; disculpa que éste no admite como de buena ley, -por lo cual, antes de marcharse, pone á la pupilera como trapo de -fregar, y á la casa, que no hay por dónde mirarla. - -Aquella noche descansa Gedeón y hasta reanuda sus casi interrumpidos -coloquios con Solita; pero con esto vuelven á arder las apagadas -iras de doña Ambrosia, y á estallar sobre su doncella, y á oirse sus -letanías acostumbradas cada vez que pasa por delante de la puerta falsa -del gabinete. - -En esto, toman posesión de la sala dos nuevos huéspedes. Son dos -cómicos, que vienen á casa á la una de la mañana, y se acuestan á las -dos, y se levantan á las once, y comen á deshora, y estudian á voces -sus papeles, y cantan á grito pelado coplas indecentes, y se pasean en -calzoncillos por toda la casa desde que salen de la cama hasta que se -van al ensayo, y dicen chicoleos desde el balcón á todas las mujeres -que se asoman á los de enfrente, y tiran bolitas de pan y huesos de -aceituna á los hombres que pasan por la calle. - -De vez en cuando los visitan otros camaradas del oficio, y entonces se -hunde la tierra. - -Gedeón, condenado desde mucho tiempo hace á ir de mal en peor en esto -de _establecerse á su gusto_, suspira por el capitán, que le parece un -ángel de Dios, comparado con aquellos demonios del estrépito. - -Un día convidan éstos á comer á media docena de sus amigos; y como -la comida es solemne, tiene lugar en la sala. Antes que lleguen los -postres, Gedeón se ahoga de ira y de ruido, y tiene que largarse á la -calle para buscar un poco de aire menos corrompido, y una algarabía más -tolerable. - -Dos horas le dura la _arrancada_, como dicen los marinos, ó la -_velocidad inicial_, según la culta jerga científica; dos horas que -invierte Gedeón en meterse, como los huracanes, por todas las rendijas -que halla á su paso en la ciudad. Cuando se ve rendido y desfogado, -vuélvese á casa, en la creencia de que, si no la policía, el cansancio -habrá puesto en orden y en silencio á los cómicos de la sala. - -Pocos pasos antes de llegar al portal, observa que sale de él Solita, -con un lío de ropa debajo del brazo. Este detalle le parece grave. - -En efecto, Solita se echa á llorar en cuanto se encara con Gedeón. - ---¡Ay, señorito!--le dice entre sollozos,--¡qué mala estrella es usted -para mí! - ---Pues ¿qué sucede, hija mía?--pregúntala Gedeón hecho unas mieles. - ---Que por usted salgo de esta casa, como por usted salí de la otra. - ---¡Por mí, alma de Dios! - ---Sí, señor, por usted. - ---¿Pero qué la he hecho yo á usted? vamos á ver. - ---Ya usted me comprende. - ---Pues no comprendo una palabra. - ---¿Qué me había hecho usted cuando la señora Braulia me difamaba? - ---Absolutamente nada, Solita; absolutamente nada... y bien á mi pesar, -créalo usted. - ---Gracias por la intención... Pues eso mismo me ha hecho usted ahora; -y, sin embargo, la señora me ha dicho... bastante más que la otra. - ---¿De mí? - ---Y de mí: de los dos. - ---¡Ah, grosera, incivil y menguada! - ---¡También usted! - ---Me refiero á la pupilera, hija mía. ¡Yo denostar á quien es la -cultura, la suavidad y la...! - ---Mil gracias, señorito... Pues verá usted. Desde que entré en su casa, -venía martirizándome con palabras de muy mal sentido, cada vez que yo -salía del gabinete, de servirle á usted. - ---¡Y no me ha dicho usted nada! - ---¿Para qué? - ---Para que yo estrangulara á esa tarasca. - ---Pero hoy y como no quise servir á los de la sala, porque al ponerles -la mesa me dijeron muchas groserías, tomó pie de aquí en cuanto usted -se fué á la calle; y sobre si no me gustaba servir á otro huésped que -al del gabinete, y si usted y yo nos entendíamos, y sobre si esto era -inmoral y escandaloso, y sobre no sé qué perrerías más por el estilo, -díjome tales cosas, que me obligaron á cantarla cuatro verdades al oído -y á despedirme en seguida. - ---¡Bien, Solita! ¡Eso es tener dignidad y carácter! Lo que siento yo -es no haber estado cerca para remachar el clavo encima de su cabeza... -Pero vamos á ver: ¿adónde va usted ahora? - -Aquí Solita baja los ojos, recoge una punta de su delantal con la mano -libre, y responde con voz lenta y no muy firme: - ---Por de pronto... á casa de una amiga. - ---¿Y después? - ---Después... adonde me quieran. - ---Entonces, no se mueva usted de aquí. - ---Ya sabe usted en qué sentido hablo. - ---También usted en el que yo la replico. - ---La necesidad me obliga á servir. - ---Porque usted quiere. - ---¡Qué bromas gasta usted! - ---No en este momento. - ---Me parece que más claras... - ---Si quisiera usted tomar en serio lo que yo le dijera... - ---¿Más aún de lo que me tiene ya dicho? - ---¡Muchísimo más! - ---¡Pues tendrá que oir! - ---¡Cosa buena, Solita! - ---Como de usted. - ---Ya se ve que sí. - ---Pues si usted lo asegura... - ---Ha de saber usted, Solita, que tengo un plan. - ---¿Ahora, de repente? - ---Hace días. - ---¿Y qué? - ---Que si quisiera usted conocerle... - ---Si me interesa en algo... - ---De punta á cabo. - ---Pues usted dirá. - ---Es algo extenso... ¿Va usted muy lejos? - ---Bastante. - ---En ese caso, andando hablaremos. - ---Como usted guste. - ---Pues vamos andando. - -Y á andar echan los dos, calle adelante, paso á paso, medio á obscuras -cuando pasan cerca de un farol, y á obscuras por completo cuando de él -se alejan, juntos, juntitos, y muy encorvado el uno sobre la otra, como -la _f_ sobre la _i_. - - * * * * * - -Una hora más tarde vuelve Gedeón á su posada, de la cual falta ya el -único atractivo que para él tenía. ¡Considérese con qué ojos mirará -ahora aquella guarida en que la necesidad le metió! - -Cuando entra en su gabinete, reina el silencio en la sala, aunque algún -débil rayo de luz y tal cual carraspeo le indican muy pronto que hay -gente en ella. La curiosidad le mueve á separar un poco una cortinilla -de las vidrieras y á mirar lo que hay al otro lado. Alrededor de la -mesa en que han comido, ve á los dos huéspedes y á sus amigos, con -las cabezas en grupo y los cuerpos descoyuntados sobre las sillas. La -luz está en medio de todos, y debajo de ella algo que Gedeón no puede -ver; pero muy pronto llegan á su oído varias palabras, como _juego_, -_cargo_, _me retiro_, _entrés_, etc., etc. - ---Vamos--piensa Gedeón,--lo que faltaba. - -Mas apenas lo ha pensado, cuando el grupo se deshace y se arma en la -sala un vocerío tremendo; y sobre si _muerto_ ó si vivo; sobre si _el -salto_ ó si el quiebro, en un instante suenan diez bofetones, tres -botellazos y cincuenta blasfemias. - -Acude doña Ambrosia, llega Malambruno y viene el ingeniero en -calzoncillos ¡que ya tiene que ver!; y mientras encarnizan más el -combate queriendo apaciguarle, Gedeón recoge sus dispersos vestidos, -empaqueta sus cachivaches, y sale después en busca de dos mozos de -cordel. - -Cuando vuelve con ellos, déjalos á la puerta de la escalera; y notando -que la tormenta ya no ruge, llama á doña Ambrosia. - ---¡Señora!--le dice.--¡Ésta es la casa de _Tócame-Roque_! - ---¡Más honrada y más decente que la que merece el muy -descortés!--respóndele la pupilera, trémula de ira y con los ojos -inyectados de sangre. - ---¡Esto es un burdel!--añade Gedeón, mirándola con una seriedad y una -firmeza que la desesperan más. - ---¡Eso hubiera usted hecho de ella, á no ser yo quien soy, y á no -velar, como velo, por la buena moral! - ---Que lo digan los de la sala. - ---¡Yo no puedo preverlo todo! - ---Pero debía usted no engañar á nadie, como me ha engañado á mí. - ---¡Cómo!... - ---Negándome que aquí se admite al primero que llega. - ---¡Y lo niego todavía! ¡Y sostengo que ésta no es casa de huéspedes! - ---En eso no miente usted, porque es cosa algo peor. - ---¡Caballero! - ---Porque lo soy me marcho... Ahí va lo que debo, y en paz. - ---Cuando usted guste. - ---Ahora mismo. - ---Naturalmente. Como se largó _ella_... - ---¡Señora!... - ---Bernabé y la ciega... No podía ser otra cosa... Estaban ustedes de -acuerdo. - -Aquí Gedeón, temiendo dar un escándalo semejante al que acaba de -presenciar, entre echar el telón abajo como dirían los de la sala, ó -por el balcón á la pupilera, opta por lo primero, como lo más prudente, -y manda entrar á las dos acémilas para que carguen con su equipaje. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -VIII - -DE MAL EN PEOR - - -¿Adónde vamos con esto?--le preguntan. - ---Á la fonda. - ---¿Á cuál de ellas? - ---Á la más cara,--responde Gedeón, decidido á ahogar sus desventuras en -dinero. - -Y anda, anda, llegan los tres á un ancho portal muy charolado y -resplandeciente; y sube, sube, por una escalera muy lustrosa, -detiénense en un vestíbulo medio lujoso, medio limpio y medio obstruído -por baúles amontonados y camareros sin educación. - ---¿Adónde vamos?--pregunta á éstos la acémila delantera. - ---Adentro se lo dirán á ustedes,--responde el menos soez de los -preguntados. - -Y los tres penetran en un largo corredor; y hallan á un hombre gordo -que, al verlos, empuña la manezuela de una de las puertas de la -ringlera, y les dice: - ---Aquí. - -Mas apenas ha metido Gedeón las narices dentro, dan sus ojos con un -hombre en calzoncillos, esparrancado, en chancletas, y como haciendo -equilibrios delante de un espejillo colgado en la pared, y detrás de -una bujía colocada entre uno y otro. - ---Perdón,--exclama el hombre gordo, mientras el de adentro se vuelve á -mirarle, navaja de afeitar en mano, y con media cara rapada y la otra -media cubierta de jabón. - -Treinta pasos más adelante, vuelve á decir el que guía, abriendo otra -puerta: - ---Aquí es. - -Y cuando los que van detrás se disponen á seguirle, una mujer en -enaguas lanza un grito, y abalanzándose á la puerta, ciérrala con ira, -mientras la voz de un hombre suelta una blasfemia en francés desde el -fondo de aquel misterio inexplorado. - -Á vueltas de otras tres equivocaciones por el estilo, el hombre gordo, -ya sulfurado, pónese á gritar desde el centro de una encrucijada á que -han llegado los cuatro: - ---¡M’siu Cotelet!... ¡M’siu Cotelet! - ---¡Boum!--le contesta una voz desde allá lejos, muy lejos. - ---¿Quiere usted decirme, con mil demonios, qué número es el que está -desocupado? - ---¡El _dusiantos trantiunoooo_!...--vuelve á responderle la voz. - ---Es en el otro piso, caballero--dice el hombre gordo á Gedeón.--Es -enteramente igual á éste: sólo tiene de más algunas escaleras. - -Súbenlas los cuatro, tres de ellos jadeando ya y con amagos de jadeo el -hombre gordo; y vuelven á recorrer nuevos pasadizos. Al fin de uno de -ellos hay una puerta con el número 231. Allí es. El hombre gordo entra -y enciende una vela. Á su luz se ve el suelo lleno de papeles rotos y -puntas de cigarro, la cama revuelta, la palangana hecha una basura, y -la pared con lamparones. - -Mientras Gedeón paga y despide á los mozos de cordel, llega un camarero -silbando unas habaneras; y de dos trastazos da por arreglada la cama, -dejando al nuevo huésped en la duda de si mudó las sábanas ó aprovecha -las que tenía; vierte las inmundicias de la jofaina en un cubo de -latón; saca á puntapiés los papeles al corredor; sacude dos manotadas -y da un restregón con la sempiterna rodilla al tocador; cuelga encima -de éste una tohalla; y, sin dejar de silbar las habaneras, sale del -cuarto, despidiéndose con un portazo que hace temblar los tabiques. - -Mustio se queda Gedeón por largo rato, maquinalmente sentado sobre uno -de sus baúles y midiendo con la vista el menguado perímetro de aquella -estancia. Después se levanta, y, maquinalmente también, procede á hacer -el inventario de cuanto en ella le pertenece para su uso. - -Además de la cama y del tocador ya mencionados, hay un ropero con -puerta que no ajusta, de espejo desazogado y llave que no cierra; una -percha de fleje con seis colgadores, tres de ellos á medio arrancar, -dos arrancados ya y uno partido por el medio; una mesa de noche -(cuyo entreabierto cajón permite ver, en su obscuro fondo, media -liga vieja, un cabo de vela, tres palillos de dientes muy usados, un -parche de trementina á medio uso, y seis tachuelas amarillas); una -jarra de latón, como el cubo, llena de agua; sobre la mesa de noche -una botellita blanca, con un vaso boca abajo por tapadera; un velador -cabizbajo y alicaído, no por la carga liviana de un tinterillo sin -entrañas y una pluma roñosa que no puede calzar más que punto y medio, -por mucho que se presume, sino por sus achaques naturales y frutos -de su arrastrada vida; por último, dos sillas de mala muerte y una -butaca cuya anatomía de astillas y de alambre pugna, y al fin ha de -conseguirlo, por romper la mezquina envoltura que aún la impide, -aunque sólo á trechos, protestar en debida forma contra la opresora -poltronería de los huéspedes. - -De manera que allí todo está previsto para la comodidad de éstos y para -sus más apremiantes necesidades, y nada falta más que el aseo, el orden -y el desahogo. Todo parece decirle á Gedeón: «No te molestes en llamar, -porque no acudirá nadie al llamamiento, en la confianza de que tienes -aquí cuanto necesitas. Para lo demás, ya te llamarán á tí.» - -No ignora Gedeón lo que son las fondas; pero entre _pasar_ por ellas, -como él ha pasado algunas veces, y _vivir_ en ellas, como ahora vive, -hay muchísima distancia; y mucho mayor para un hombre siempre cebadito -y mimado en su casa, en la cual todo era suyo y para su regalo. - -Decididamente no es en aquel angosto y desaliñado recinto donde ha de -llenar el vacío de que se queja desde que nosotros le conocemos. - -Con éstas y otras cavilaciones en la mollera, y mirando con repugnancia -cuanto le rodea, vase desnudando poco á poco; y sin pizca de ilusiones -para el día siguiente, métese en la cama como pudiera tirarse al pozo, -apagando de un soplo la bujía y encendiendo en su memoria el recuerdo -de Solita, que, por de pronto, le alegra un poco la imaginación, -aunque no le llena, ni con mucho, el abismo de su alma. - - * * * * * - -Una semana, quince días, dos meses... un año... lo que el lector -quiera, lleva Gedeón de residencia en aquel agujero, ó en otro -idéntico, de la misma fonda ó de otra quizá peor que habrá encontrado, -en su afán de mejorar de vivienda y de _establecerse á su gusto_. - -Le ocupa lo menos que puede, y vuelve á él á las horas de comer y de -acostarse, como el colegial á cátedra después de las vacaciones. - -Para colmo de desdichas, tiene un destacamento reumático en una -rodilla, y un manantial en un oído; le va engordando la panza y se -le insinúa un catarro de pecho que, cuando el tiempo refresca, le da -bastante que hacer. - -Pero más que estas plagas, que al cabo le dejan en paz muy á menudo, -le abate un aburrimiento desconsolador. Verdaderamente no sabe qué -hacer de su cuerpo, ni en su celda ni en la calle. En la una todo -es angostura y soledad. En la otra no tiene ya con quién departir; -pues sus tres camaradas, únicos seres cuyo trato ha cultivado con -frecuencia, le van inspirando una invencible antipatía, y huye de ellos -como de la peste. - -En cuanto _á lo demás_, tanto le cansa como le deleita, si es que algo -de ello no le remuerde; reducido, en suma, á insubstanciales despojos -de las sobras de otros tiempos, ó á _similores_ del presente, que -no valen el trabajo que le cuestan, ni el riesgo en que le ponen su -libertad. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -IX - -POR LAS NUBES - - -Ahora podemos suponer, por suponer un poco de todo, que Gedeón, libre -una semana de sus dolencias físicas, hace un esfuerzo supremo para -sacudirse las morales, y se lanza, fraque en ristre, á regiones en que -jamás ha penetrado, para estudiar aquellas razas y la manera más cómoda -de explotarlas en beneficio de sus deseos y en concordancia con sus -imaginaciones. - -Por de pronto, sus pies, hechos á pisar los suelos de cabretón, han de -enredársele no poco en el fino vellón de las alfombras. Brujuleará por -salas y rincones; hará como que refiere al conocido que haya hecho su -presentación cosas muy graves é importantes, para estudiar con disimulo -maneras y actitudes en los que pasan á su lado; para tantear estilos de -conversación amena y por lo fino, y, sobre todo, para tomar lenguas de -todas y cada una de las damas que adornan los contornos del salón: se -fijará primero en las más bellas; después en las más frágiles, y, por -último, en las más accesibles, según el criterio de su acompañante. - -Verá que no faltan entre los hombres que entretienen y acompañan á las -más jóvenes y más hermosas, galanes antediluvianos que tapan la carcoma -de sus muchos años con afeites y postizos. - -Diránle que, así y todo, los hay entre ellos que no pierden siempre -que juegan; lo cual animará mucho á Gedeón cada vez que, al pasar por -delante de un espejo, vea reflejarse en él sus canas, sus arrugas y su -pestorejo de veterano; pero luégo sabrá que aquellos tipos, además de -haber envejecido allí, lo cual ahorra el mal efecto de una aparición -con flemas y _pata de gallo_, y de poseer algún atractivo especial para -las mujeres, aunque sólo sea éste el saber desempeñar con donaire el -papel de comparsa en tales fiestas, no son solterones como él, sino -hombres que no se han casado todavía, porque quizá picaron muy alto al -intentarlo, pues lo han intentado muchas veces. - -¡Pero Gedeón!... He aquí lo que, á lo sumo, se dirá de él, si algo se -dice, después que se muestre en semejantes alturas: - ---Pues es _un señor_ que se llama Gedeón, que está bien por su casa, y -que tiene horror al matrimonio. - -No puede decirse menos de un hombre que es, además, vulgar y adocenado -de figura. - -Hay ejemplos de que una pecadora lo haya sido con el caritativo fin -de sacar á un calavera de los malos pasos en que también Gedeón se ha -encontrado, y elevarle hasta ella, acaso para corromperle más; pero -ese redimido era hermoso, ó, cuando menos, notable, ya que no célebre, -en algún concepto; y Gedeón no es célebre, ni notable, ni hermoso por -ninguna parte que se le mire. - -Con tales desventajas encima, ¿qué puede prometerse el mal aconsejado -solterón si se echa á herborizar en el campo en que le suponemos -colocado? - -Le rechazarán las solteras, porque no es negocio ni buen modelo para -marido, aun cuando él se prestara á serlo; y _las demás_, suponiendo -que existan (yo siempre lo niego), pensarán, y muy cuerdamente, que ya -que el diablo las lleve, que las lleve en coche. - -Tentará á probar fortuna, eso sí, que para eso fué allá, y además es -terco; y no se dirigirá á la más fea ni á la menos joven, que para -eso es solterón y frisa en viejo; y se meterá en floreos de lenguaje -y en retóricas trasnochadas; y preguntará por la _gavota_ y el _baile -inglés_, y por la música del _Tancredo_, cuando hace setenta años que -ni aquéllos se bailan ni ésta se canta; y por sandio que sea, caerá en -la cuenta de que cuanto más sublime se hace, se pone más en ridículo. - -Y recordará entonces que en las capas inferiores, como ahora se dice, -de la sociedad, entre modistillas y gentes de medio pelo, está él como -el pez en el agua; recuerdo que, enfrente de las dificultades que -traban su lengua y turban sus ideas, le excitará el deseo de vencerlas, -y tal vez sus manos se atrevan á cometer demasías de tacto, ó su -lengua se desborde, ó sus piernas desmazaladas, y á la sazón revueltas -entre vecinas faldas de sedas y crespones, hagan una barbaridad que -escandalice al concurso. - -De todas maneras, Gedeón perderá el tiempo; porque aun concediéndole -algún fruto en sus exploraciones, bien apreciado no valdrá la violencia -en que le pondrían los medios para alcanzarle. Violencia digo, porque -sin ella no puede él vivir en un terreno tan extraño á sus hábitos é -inclinaciones. - -Y si le frecuentara más para hacerle placentero, acabaría por salir de -él marido de la mujer más pobre y fea; y no _convertido_, sino _domado_ -como una bestia; en el cual caso sería una variedad vulgarísima entre -los célibes remolones, y no un perfecto modelo de la especie solterona -_impenitente_, como el lector y yo hemos convenido en que sea Gedeón. - -En substancia, este capítulo es pura y simplemente una respuesta -anticipada al candoroso lector que, olvidado de la naturaleza especial -de nuestro personaje, me salga al encuentro con esta observación, que, -en su concepto, lo resolvería todo, y hasta me excusara el trabajo de -escribir lo que me falta de este libro. - ---Pues, hombre, si Gedeón se aburre, ¿por qué no se divierte como yo? - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -X - -LO QUE NO HABÍA PREVISTO GEDEÓN - - -Pero lo verosímil es que, á pesar de sus propósitos, si los tiene -todavía, no se resuelva á salir de sus merodeos de _escalera abajo_; -porque lo que entra con el capillo, sale con la mortaja. - -Á la edad en que Gedeón ha pensado en elevar su vuelo hasta las águilas -rapaces, ya pesa mucho el cuerpo; y si, aunque con trabajos, se sube, -faltan los ojos para resistir el sol mirándole cara á cara. La tierra -llama á lo suyo; y aunque sueñe ser águila, se queda el atrevido tan -milano como sus hábitos le han hecho ó su madre le parió. - -Lo innegable, por de pronto, es que una noche se retira á su albergue -triste y dolorido; que la cama, aunque fementida, le llama á sí, y que -él se arroja en ella sediento y quebrantado. - -Como el sueño no acude á sus párpados, entretiénese en apreciar la -cantidad y la calidad de la dolencia que le postra; pero cuanto más -se examina, menos comprende si sus dolores proceden del cuerpo ó del -espíritu. - -Le asaltan serios temores de que la enfermedad pueda complicarse, y se -estremece al pensar en la asistencia que le aguarda. - -Entonces cae en la cuenta de que jamás ha entrado en sus previsiones un -contratiempo semejante. - ---He aquí un caso--se dice,--en que la familia no es tan abominable -como nos la pintan. La más mala de las mujeres, el más ingrato de -los hijos, pudieran prestarme ahora un auxilio, aunque sólo fuera el -de su presencia, que para mí no ha de haber, ni pagándole. Mas yo no -tengo esposa, ni hijos... ni siquiera un amigo, ni un allegado... Me -faltará el consuelo de que no carecerá el último zapatero que se muera -de hambre en un desván... Pero esto tenía que suceder; es lógico tal -desamparo... Es una de las quiebras de mi oficio. - -Después se va con la imaginación adonde le llevan los objetos que le -rodean y los rumores que perciben sus oídos; y así, por esta senda, -llega á antojársele que en toda fonda _bien montada_ hay algo de -manicomio, de cárcel y hasta de hospital: de todo, menos de casa y -hogar.--Aquellas celdas en fila, con los números sobre la puerta; -aquella uniformidad de camas, de colchas, de sillas y jergones; -aquel hormigueo de gentes en los interminables corredores, gentes de -todas edades, procedencias y cataduras; gentes que no se conocen ni -se hablan; aquellos camareros brutales, impasibles, con el eterno -mandil ceñido y el sucio lienzo en la mano, como verdasca de loquero ó -tohalla de _practicante_; aquel gemir en un cuarto, reir en el otro y -cantar en el de más allá; ó hablar aquí en francés, en griego allí, y -en un rincón de negocios, en otro de literatura, y de amor en el más -obscuro; aquella campana que recorre patios y pasadizos, llamando á -comer cosas que el huésped no ha pedido y no sabe si le gustarán, en -una mesa muy larga y entre gentes que se enfilan en ella como mulos en -pesebrera, y como éstos, sin chistar ni sonreir, engullen; el rechinar -de las cerraduras por la noche al meterse cada cual en su madriguera; -el ruido acompasado del huésped que se va, ó del que llega á las dos -de la mañana, como el ruido de los pasos del centinela en el patio -de un presidio, ó de los hombres que sacan un cadáver de la cama de -un hospital para llevarle al cementerio; y, por último, el marcharse -uno sin despedirse como entró sin saludar, porque el _amo_ es allí -una entidad, como el Municipio ó el Estado en los hospitales, en los -manicomios y en las cárceles, detalles son, con otros muchos más, en -concepto de Gedeón, tan aplicables á la fisonomía de una fonda como á -las de esos lugares aborrecibles y aborrecidos. - -Lo único en que no se parecen la una y los otros es que en los -hospitales, en los manicomios y en las cárceles tiene la caridad -socorros y consuelos para los acogidos, para los locos y para los -criminales enfermos, al paso que los huéspedes de las fondas pueden, -como Gedeón mismo, irse al otro mundo sin que lo sepa nadie más que -Dios que se los lleva. - -En éstas y otras visiones, la noche avanza, el sueño no viene y la sed -le atormenta. Como se ha bebido ya el agua de la botella, ase el cordón -de la campanilla, tira de él con ansia, y espera. - -Los minutos corren y nadie viene. - -Al fin oye pasos en el corredor. - ---¡Ese es!--piensa. - -Pero el ruido se aleja. Oye otra vez rumor de pisadas junto á su -cuarto, y vuelve á llamar creyendo que le oirá el que pasa; mas no -reflexiona que la campanilla á la cual corresponde el cordón de que él -tira, quizá esté zarandeándose en el otro piso, y que se necesita que -se halle cerca de ella una persona para que pueda saberse que _número_ -es el que llama. - -Convencido de que tirar de aquel cordón es clamar en desierto, se -arroja de la cama y apaga su sed con el agua de la jarra de latón. No -es fresca ni está limpia; pero es abundante. - -Vuelve á acostarse, y tampoco puede dormir; y van pasando las horas y -mermándose los ruidos, por calmarse el movimiento; y cuando sólo se -oye, de vez en cuando, el roncar de los que duermen á los lados, ó el -lento taconeo del que trasnocha ó se va, ó el lastimero mayar del gato -enamorado, en el desván cercano ó en el tejado vecino, el cansancio le -rinde y le proporciona un sueño reparador, durante el cual se imagina -que vela á su lado una esposa solícita y amante que le toca la frente y -se la refresca con besos amorosos y con paños de nieve, no más blanca -que sus manos, mientras un niño de angelical sonrisa le acaricia el -enardecido rostro con sus rizos de querube. - -¡Cómo le consuela todo esto! Pero en seguida se le ponen delante sus -tres camaradas y consejeros, furibundas las miradas y mostrando en sus -espumantes bocas víboras por lenguas; ante el cual aspecto, repulsivo -é infernal, la visión consoladora desaparece, quedando en su lugar un -hombre de blanco mandil, que le pide por cada gota de agua una moneda. - -Después no sueña nada; se queda como un tronco. Al despertar por la -mañana, se encuentra sin fiebre, pero muy abatido y con horror á la -soledad. - -No se cansa en reñir al mozo que le sirve, cuando, cerca del mediodía, -entra en su cuarto: perdería el tiempo y las palabras; pero le -_suplica_ que mande venir un médico. - -Á todo trance quiere comunicar con alguno; y no teniendo amigos ni -parientes, ha calculado que nadie como un hombre de aquella profesión -puede ayudarle á pelear contra el enemigo que le asedia. - -Hará que le visite á cada hora, si tanto se necesita; le costará el -auxilio caro, pero tendrá, á lo menos, quien le ayude á morirse en toda -regla, si decretada está su muerte, ó le tienda una mano para salir del -lecho. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -XI - -LO QUE LE DUELE Á GEDEÓN, Y POR QUÉ LE DUELE - - -Al cabo de dos horas se presenta el médico. Se ha necesitado una para -que el camarero, después de olvidar el encargo, le recuerde, y cerca de -otra para decidirse á llevarle á su destino. - -Es el Doctor hombre de medio siglo, de rostro sereno y de mirada firme, -pero sin dureza; pulcro en el vestir y culto en sus maneras. - -Gedeón, en cuanto le tiene al lado, le hace una pintura de sus -recientes dolores. - -El Doctor le mira, como si sus ojos leyeran mucho más adentro de la -fisonomía; le toma el pulso, sin dejar de mirarle, y no dice una -palabra. - -El enfermo, tras una corta pausa, continúa enumerando detalles y -acumulando fenómenos, sin ocultar lo que soñó por la noche. - -El médico palpa, observa y no despliega sus labios. - -El paciente cierra los suyos, mira á los ojos del médico, y parece -pedirle su dictamen. - ---¿Quiere usted darme algunos antecedentes?--dice al cabo el Doctor, -dejando de palpar, pero no de mirar á Gedeón, como si le pareciera poco -la enfermedad explicada para causa de tanto y tan visible decaimiento. - -Gedeón, que siempre tuvo una salud de bronce, no halla medio de -satisfacer la pregunta del Doctor. - ---No se fije usted solamente en los dolores del cuerpo--añade éste -al notar la perplejidad del enfermo;--examine usted también las -vicisitudes del espíritu; pues con frecuencia es éste la causa mediata -de muchas dolencias de aquél. - -Gedeón narra sus últimas desazones, aunque achacándolas á las prosáicas -contrariedades que el lector conoce. - ---Un poco más atrás...--replica el médico, como si hubiera dado con el -rastro de lo que busca. - -Gedeón retrocede con su relato hasta la catástrofe de la señora Braulia. - ---¡Más atrás todavía!--insiste el Doctor, animando al enfermo con -expresiva mímica. - -Gedeón se atreve á contar hasta _por qué_ se decidió á establecerse -como _mozo de casa abierta_; apunta algunas consideraciones sobre su -aversión al matrimonio; algo también sobre los consejos que le dieron, -y no poco sobre el carácter de los consejeros; y así, apuntando el uno -y excitándole el otro á revolver más los fondos de la historia, llega -el Doctor á conocerla casi tan al pormenor como nosotros, siendo de -notar que Gedeón la desenvuelve con tanta complacencia, como si fuera -lienzo ceñido á sus carnes, y buscara quien estirase las arrugas que se -las desuellan. - -Cuando concluye, le dice el Doctor, con rostro afable: - ---Lo que usted me ha referido no es otra cosa que la confirmación de -una sospecha que adquirí desde que comparé su estado actual con las, -según usted creía, causas inmediatas de él. - ---¿Luego no son esas las que?... - ---El mal que, en apariencia, le ha postrado á usted en el lecho, se -cura con dos cuartos de ungüento; pero no le diría á usted la verdad el -médico que le dijera que estaba usted curado porque ya no le dolía la -rodilla. - ---¿Cree usted que podrá repetirse el dolor, según eso? - ---Creo que no es ese el mal que usted padece. - ---¿Otro más grave, acaso? - ---¿Me autoriza usted para decirle todo mi leal sentir? - ---No sólo le autorizo á usted, Doctor; se lo ruego. - ---Pues haciendo uso de esa licencia, empiezo por decir que le ha hecho -usted muy malo de su vida. - ---¿Por qué? - ---Porque ha mirado usted del revés todas sus conveniencias. - ---¡Vea usted: yo creía todo lo contrario! - ---No me sorprende. Viéndose usted joven, robusto, mimado y consentido, -dejóse arrastrar de los estímulos de todas esas aparentes ventajas, sin -tener en cuenta que son muy efímeras, ni, lo que más importa, aunque el -corazón debió advertírselo, que el hombre necesita, en cada edad, hacer -(si es lícita la metáfora) sus provisiones para la inmediata; porque -sabido es que en lo moral, y á las veces en lo físico, lo que en las -unas nutre, en las otras envenena. - ---Por ejemplo... - ---Por ejemplo: la absoluta emancipación de las pasiones, la ruptura de -todos los vínculos divinos y humanos... - ---¿Y eso nutre alguna vez? - ---Eso, durante el hervor de la juventud, es el fuego que más le -sostiene; el huracán que le empuja; el imán que la atrae. - ---¿Y después? - ---Después es el hielo de los páramos en el invierno de la vida. - ---Es muy bonito eso... para dicho, Doctor; pero... - ---¿Duda usted que sea cierto? - ---Acaso. - ---Pues de que lo es, tengo un ejemplo delante. - ---¡Yo! - ---Me ha confesado usted hace poco que la soledad le mata. - ---Es verdad. - ---Luego no me equivoco. - ---Pero eso le sucede á cualquiera. - ---Lo niego: de esa clase de soledades únicamente se quejan los que -han vivido divorciados de todo afecto generoso; los que han hollado -en la juventud las leyes de Dios y las de la naturaleza; los que han -llegado á las puertas de la vejez sin un abrigo para el corazón, sin un -consuelo para el alma. - ---Hombre, en eso de consuelos, cada uno puede tenerlos á su manera. - ---No el alma, que los tiene bien determinados; el alma, como de origen -divino, no puede satisfacerse con los goces brutales de la materia. Su -destino en el mundo es mucho más elevado. - ---¿Cuál es, según usted, ese destino sublime? - ---El amor. - ---Entonces estamos de acuerdo. - ---El amor, sí; pero no ese amor carnal que sólo dura lo que la pasión -grosera que le enciende; el amor del padre al hijo, del hijo al padre, -del hermano al hermano, del hombre á su prójimo; el amor que infunde -en una criatura el heroísmo de arrojarse al fuego por sacar de él á su -enemigo; el placer inefable de aliviar los dolores que padece otro sér; -el ansia de ser útil á sus semejantes... Este es el amor sublime; éste -es el amor del alma, si el alma ha de ser digna de Dios. - ---Y ¿cuál es, en opinión de usted también, la fuente en que se bebe ese -néctar? - ---La familia. - ---Y ¿por qué no ha de beberse fuera de ella? - ---Fuera de ella puede también sentirse ese amor; sólo que quien así le -sienta, no odiará, como usted, el matrimonio, base y fundamento de la -familia. - ---Y ¿por qué odiando el matrimonio no he de poder yo amar de esa manera? - ---¿Por qué no brotan flores en el Sahara? - ---Porque es un desierto. - ---¿Y cree usted que es otra cosa el corazón de un egoísta? ¿Cómo ha de -ser capaz de partir su capa con el pobre quien renuncia á los hijos -por el temor de que le turben el sueño con sus juegos? ¿Qué ha de ser -el corazón que sólo palpita al impulso de los groseros deleites, más -que una víscera, como el de una bestia?... y digo mucho, porque las -bestias tienen el instinto de asociarse y de amar á sus semejantes, -cumpliendo de este modo la ley que Dios les impuso; ley contra la que -nada ni nadie se rebela en la tierra, más que el hombre egoísta. - ---¡Ja, ja, ja!... ¡qué Doctor éste! - ---¿Se ríe usted? - ---¿Pues no he de reirme? - ---¿Por qué no se reía usted anoche? - ---Hombre... porque estaba enfermo. - ---Y ¿por qué lo estaba usted? - ---¡Toma!... Porque... porque no estaba sano. - ---Eso es responder de mala fe: usted me ha confesado que lo que más le -dolía entonces era... _el desamparo_. - ---Llámelo usted _hache_. - ---Precisamente hay que llamarlo _equis_, porque es la incógnita de este -problema. - ---Pues concedido que lo sea. ¿No podía yo estar acompañado y -asistido... hasta con amor, y sin embargo?... - ---Y sin embargo, pensar usted como piensa, y ser usted lo que es. ¿No -es esto lo que usted quería decir? - ---Cabalmente. - ---Y ¿á título de qué, señor mío, había de gozar usted ese privilegio? -¿Quién le ha dicho á usted que el amor del prójimo se enciende como -una pajuela cuando necesitamos su luz, y se apaga cuando nos estorba? -¿Qué da usted al prójimo en cambio de eso que le pide?... Ó ¿cree usted -que el mundo es un mueble de lujo para recreo de cuatro solterones -aburridos, ó de otros tantos egoístas desalmados? - ---Está usted cruel conmigo, Doctor. - ---Como lo estoy siempre que trato de salvar una vida extirpando el -cáncer que la compromete. Cumplo con mi deber. - ---Es verdad. - ---Y no dude usted que le hablo con ella en los labios. - ---No lo dudo, y hasta agradezco la intención. Pero pongámonos en todos -los casos. Suponga usted que esas teorías me parecen muy saludables, -y que las aplaudo; pero suponga usted también que mi corazón se -resiste á aceptarlas. ¿Cómo he de adoptar yo un partido que, sin poder -remediarlo, me repugna? - ---El corazón se educa como la inteligencia, señor mío; y la prueba es -que el corazón de usted está dando hoy el fruto de la educación que -recibió ayer. - ---Árbol, como dicen los moralistas, que se torció de joven. - ---Cabalmente. - ---Luego debo renunciar á enderezarle, hoy que es ya viejo. - ---Esa segunda parte es la que no se ajusta rigurosamente al caso actual. - ---¿Por qué? - ---Hay en la enfermedad que usted padece, un síntoma del cual huye usted -tomándole por enemigo de su reposo. Pues precisamente ese síntoma es -el que á mí me revela que el árbol, aunque robusto, puede enderezarse -todavía. Aludo á esa ansia de algo que usted busca y no halla, desde -que se vió solo en el hogar doméstico. - ---Y ¿qué viene á ser ese síntoma? - ---El grito de la naturaleza que reclama sus derechos; el ¡ay! de un -alma solitaria. - ---Y ¿cómo he de responder yo á esos gritos y á esos ayes? - ---Dándole al alma su natural refugio. - ---¿Dónde existe ese refugio? ¿Cómo se llama? - ---Existe en todas partes; se llama familia. - ---¡Familia! Olvida usted que no la tengo. - ---Sé que no trató usted de adquirirla cuando perdió la que tenía; y á -esa falta de previsión aludí al principio. - ---Pues, amigo Doctor, ya es tarde para reparar esa falta. - ---Yo insisto en que aún es tiempo. - ---¿Y así, de repente, como quien cambia de vestido, quiere usted que -cambie yo de sistema, ó de estado? - ---De ningún modo. Quiero que, ya que hasta hoy ha venido usted -envenenándose el alma con quimeras de la imaginación, empiece usted á -tomar el antídoto, estimulando un poco el sentimiento, ó lo que es lo -mismo, dejándose llevar de esa ansia que le _persigue_, hasta donde esa -ansia le lleve. El punto de parada será el puerto de salvación. - -Dicho esto, cállase el médico y Gedeón no replica, y quédanse los dos -mirándose mutuamente; pero la mirada del Doctor es la que ataca, por -decirlo así; la del enfermo la que se defiende, y no con mucho valor. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -XII - -OPINIÓN DE UN MÉDICO SOBRE UN FISIÓLOGO Y OTRAS MISERIAS - - -Transcurridos así breves momentos, Gedeón pregunta, en crudo, al Doctor: - ---¿Es usted casado? - ---No, por desgracia. - ---¿Luego no me predica usted con el ejemplo? - ---Le predico á usted con el sentido común, y además con la experiencia. - ---¿Con qué experiencia? - ---¿Le parece á usted poca la de mi profesión? Todas las de mis enfermos -son otras tantas familias con quienes comparto sus penas y sus -alegrías. ¡Y si viera usted cuánto se aprende en esos libros tan viejos -como el mundo! - ---No lo dudo; pero mientras en su lectura no se interese el corazón... - ---¿Luego cree usted que el mío no se interesa en ella? ¿Luego es usted -de los que piensan que la condición de médico excluye toda sensibilidad -moral? - ---No tanto como eso; pero creo que la costumbre de ver padecer á otros, -embota, hasta cierto punto, esa sensibilidad. - ---La costumbre, amigo mío, enseña á sufrir, pero no á matar el -sentimiento; la costumbre enseña á cortar un miembro sin que la mano -vacile, pero no á que el corazón deje de sentir el ¡ay! que el dolor -arranca al amputado; la costumbre enseña á penetrar en el hogar ajeno, -donde todo es lágrimas y desconsuelo, sin que las nuestras broten de -los párpados, pero no evita que el alma se anegue en ellas... Créame -usted, no hay nada más terrible que la situación de un médico á la -cabecera de un moribundo. Á los ojos de la madre, de la esposa, de los -hijos, asomadas sus almas, y esas almas mirando á nuestros ojos para -leer en ellos un consuelo y pedir á nuestra ciencia una esperanza; y, -entre tanto, nuestra ciencia no sabe calmar uno solo de los dolores -que van matando poco á poco al desgraciado, que acaso es nuestro mejor -amigo ó nuestro hermano. - ---¡Menguada ciencia, por cierto! - ---La ciencia no puede borrar lo que está escrito. Allí donde Dios pone -su mano; allí donde el Hacedor dice: «esta vida se acaba,» es inútil -el esfuerzo del hombre. - ---Luego es inútil la ciencia. - ---La ciencia sirve para hacer de un cuerpo inválido un cuerpo vigoroso. -Éstos son nuestros grandes consuelos, aunque no alcanzan á compensar -las otras amarguras. Pues bien: el que tiene saturada de ellas el -alma; el que á combatir sus causas se consagra, sin hora cierta para -el reposo ni el sosiego, ¿cómo ha de gozar las dulzuras de la familia -propia? ¿No la expondría á cada instante, si la tuviera, al contagio -de sus melancolías? Por eso no la tengo yo, amigo mío; es decir, por -amarla, por venerarla demasiado; por eso se la recomiendo á usted, que -es libre, para hacerla feliz y serlo, á la vez, con ella. - ---Pero repare usted, Doctor, que la pintura que usted me ha hecho del -interior, llamémoslo así, de una familia, no tiene gran atractivo que -digamos. - ---¿Y piensa usted que por huir de la familia ha de verse libre de -dolores ni de la muerte? - ---No; pero entre sentir los míos solos, y cargar con la molestia de los -ajenos, hay alguna diferencia. - ---No tan grande, seguramente, como la que hay entre verse usted como se -ha visto anoche, aun sin grave dolencia, y asistido y consolado como, -según usted mismo me ha dicho, se creyó, por un instante, en su delirio. - ---Delirio al cabo, Doctor. - ---Delirio que yo veo todos los días convertido en realidad. - ---¿En dónde? - ---Á la cabecera de mis enfermos; allí, por cada vez que hallo el vacío -y el desamparo, como los he hallado en este cuarto, hallo mil todas las -virtudes de que es susceptible el corazón humano, formado á tiempo por -el santo calor de la familia cristiana, á cuyo abrigo tuvimos usted -y yo la dicha de nacer; allí, entre la prosa, como ustedes dicen, de -los jaropes y de los ayes, es donde yo veo el amor desinteresado, -la abnegación y el heroísmo, lucir como las estrellas en el cielo, -brotar como las flores en la primavera. Allí, en presencia de aquellos -modelos, es como debieran escribirse las _fisiologías del matrimonio_; -no á las puertas del gran mundo, ni en los bailes de la Ópera, ni en -las carreras de Long-champs; en esos libros debieran buscar los hombres -como usted la resolución de sus dudas, y no en las páginas de los -libelos, ni en el dictamen de tres egoístas de la peor especie. - ---¿Conoce usted á Balzac, Doctor? - ---Conozco á Balzac y á cuantos han llevado su contingente de burlas á -ese cúmulo de dislates sobre la familia, que le han extraviado á usted -el criterio. - ---¡Dislates Balzac! - ---Precisamente han sido los grandes hombres quienes han dicho los -mayores desatinos. - ---¡Doctor!... - ---No se fije usted en mi pequeñez para desautorizar el aserto. Otro -grande hombre, más viejo que Balzac, y aun de más talla, Cicerón, lo ha -dicho: _Nihil tan absurdum quod_... - ---Perdone usted, Doctor; estoy algo flojillo en esa lengua. - ---Pues quiere decir, en romance, _que no hay absurdo corriente_, _por -enorme que sea_, _que no proceda de algún filósofo_. - ---Pues con la venia de Cicerón, ya que quiere usted que no acepte yo -sus palabras como un dicho más, paréceme á mí que tratándose de hechos -como los que analizan esos grandes pensadores, no tiene mucho valor ese -dictamen. - ---¿Á qué hechos se refiere usted? - ---Al matrimonio, por ejemplo. - ---¿Y le analiza alguno de ellos? - ---Con pinzas y microscopio... Pero ¿no me ha dicho usted que conoce á -Balzac? - ---Y lo repito; y por eso declaro que yo no he visto jamás en los libros -de ese autor cosa que se parezca al matrimonio. - ---¡Pues me gusta, hombre!... ¡Cuando no tratan de otro asunto sus -dos obras más famosas!... Á millares danzan allí los maridos y las -mujeres... y lo demás. - ---Efectivamente, se habla mucho en esos libros de matrimonios que, -después de arañarse por resentimientos apenas verosímiles en imberbe -enamorado, se reconcilian con un vestido de baile, con una comida -_au Rocher de Cancal_, ó con una cena en el _Café Inglés_; hay allí -mujeres que «se aterran» porque dice la modista, al probarles un corsé, -que les ha crecido el perímetro de la cintura media pulgada; maridos -que se amoscan porque sus mujeres aluden con demasiada frecuencia al -reciente desarrollo de sus estómagos; esposas que se arrepienten de -serlo porque sus maridos tienen un diente postizo, pero que, al cabo, -se consuelan sabiendo que hay esposos de sus amigas que toman rapé. Á -todas estas cosas y otras infinitas no tan _transcendentales_, pero sí -inherentes al matrimonio, se les llama _miserias de la vida conyugal_, -y se discurre largamente sobre ellas, en palabras de doble sentido, -y dando á todas las frases un aire de «¡pobres _predestinados_!;» se -dice, bajo el rótulo de _axioma_, y como un aviso en bien de la paz de -un matrimonio, «que se guarde mucho el marido de dormirse antes y de -despertarse después que su mujer;» porque ¡figúrense ustedes lo que -sucedería oyéndole ésta roncar, ó contemplándole en posición poco -_elegante_!; se diserta con este motivo sobre las condiciones que debe -reunir la cámara nupcial, y se califica de _imbécil_ al marido que se -atreve á colarse en el tocador de su esposa... Aquello, amigo mío, -de punta á cabo, no es más que una pura decepción de los sentidos, y -una ociosa gimnasia del raciocinio para indicar el modo de que duren -algo más las _ilusiones_; lo propio que si se tratara de un acaudalado -sensual y de una cortesana corrompida, que se _ajustasen_ para vivir -matrimonialmente una temporada. - -¿Le parece á usted que es esto analizar el matrimonio? ¿Le parece á -usted que éste no tiene otros fines que cumplir ni otros aspectos por -los cuales deba estudiársele? ¿No es un desatino, más que desatino, -sandez, excitar al lector á que crea que la esposa que se arroja de -su lecho para salvar de las llamas á su hijo, sin reparar en que su -marido la está viendo descalza y en camisa, es una mujer prosáica, cuyo -ejemplo debe presentarse para _escarmiento_ de los hombres de _buen -gusto_ aspirantes á casarse? - ---Amigo mío, llevando las conjeturas al extremo á que usted las lleva... - ---No hay tal extremo; son deducciones lógicas de los principios -manoseados por Balzac. Y yo pregunto ahora: ¿qué se propone este -sediciente fisiólogo? ¿Demostrarnos que la _ilusión_ del novio -desaparece en breve dentro del matrimonio? Pues para semejante -vulgaridad no había para qué emborronar tantos papeles. El marido -más ramplón de los _míos_ sabe que todo lo que en la vida conyugal -se refiere á los sentidos, apenas resiste la segunda prueba. ¿Quiere -decirnos también que el matrimonio más enamorado al formarse, tiene -que deshacerse pronto por la fuerza incontrastable de las miserias -de sus propios _desencantos_? Pues á esto puede preguntar el mismo -_pobre_ marido á ese grande hombre: «¿Qué haces tú de los cónyuges de -tus libros cuando pierden las ilusiones ó se las quitan los años con la -prosa de las arrugas y del histérico? ¿Se devoran unos á otros? ¿Los -recoge la caridad pública? ¿Ó hay algún infierno especial adonde van -estos seres, aun en vida, á purgar el delito de haberse casado, ó la -afrenta de haber envejecido? ¿Y son esos los matrimonios que han de -producir hombres útiles á la patria, y mujeres que lleguen á ser madres -honradas, como la mía? Pues yo, que peino canas y tengo á mi lado una -esposa con arrugas, no trocara por aquellas ilusiones que duraron un -día, como todo lo carnal y voluptuoso, el inefable placer que siente -mi alma desde el instante en que se fundió en la de mi _compañera_, -como la de ésta se fundió en la mía; el sublime consuelo de venir -atravesando juntos el desierto de la vida, prestándole yo mis fuerzas -y ella auxiliándome con las suyas; y, por último, la dicha de verme -revivir en mis hijos, de verlos crecer y de dirigir sus corazones para -que sus virtudes puedan llegar á ser un día corona de mis canas, y -acaso, más allá, la gloria de mi nombre ó de su patria, con el cual fin -les pongo, como perenne juez de sus actos, á Dios de quien proceden y -á quien irán, si á su ley no faltan mientras acá abajo lidian, que á -eso venimos á este campo de batalla, contra las propias pasiones y el -rudo acometer de las ajenas. Así pensando y así sintiendo, ni yo veo -sus arrugas, ni ella en mis canas repara; y cuanto más el cuerpo se -encorva hacia la tierra que le llama, más risueño y más ufano se eleva -mi espíritu hacia Dios, que es su dueño y su destino.» - -Esto le diría á Balzac, dándole en ello bien resuelto su mal planteado -problema, el último de los maridos que no han aprendido á serlo en -los _gabinetes reservados_ de los _restaurants_ de París, ni en el -_foyer_ de sus teatros, ni en las aceras de sus _boulevards_, ni en las -_exposiciones_ de sus _loretas_ y _cocodés_. ¿Se dice algo parecido á -ello en los matrimonios á que aluden esos libros? - ---Pero, Doctor, el que Balzac hable de lo que sucede en sus -matrimonios, no quiere decir que se burle de _los de usted_. - ---Precisamente es á propósito de eso cuando la desfachatez del grande -hombre, francés y todo, raya en lo inimitable. Recuerdo que subiéndose, -como de costumbre, á la trípode (y por esa modestia me gustan á mí -todos los escritores de su tierra), lanza á los cuatro vientos este -_axioma_... entre dos anchos espacios, como aconseja Beaumarchais que -se haga para que un dicho huela á sentencia de sabio: «Para ser feliz -en el matrimonio, se necesita que los cónyuges sean hombre de superior -talento _él_, y tierna y sublime _ella_, ó los dos rematadamente -bestias.» - ---¡Pues cátalo ahí! - ---¿Cuál? - ---Un caso... dos casos. - ---¿De qué? - ---De matrimonios posibles. - ---Cabalmente son de los pocos que tacha el sentido común. - ---¡Qué demonio de Doctor éste! ¿Pues cuáles son los que el sentido -común acepta? - ---Todos los que excomulga Balzac en el axioma: todos los que caben -entre sus dos extremos: todos aquéllos á quienes el vulgo llama, en -su lenguaje expresivo y adecuado, «matrimonios _como Dios manda_;» es -decir, las mujeres que cosen, los hombres que trabajan, las madres -que viven para sus hijos, los padres que cumplen con sus deberes. -Para todo esto y mucho más que es la moneda corriente en todas las -familias honradas y en toda sociedad bien regida, son un estorbo serio -la sublimidad del ingenio y la sensiblería pedantesca ó la falta -de sentido común en los esposos... Conque ¡vaya usted admirando la -competencia ó la buena fe de su grande hombre para entender en achaques -matrimoniales! - -Entre tanto, y prescindiendo yo de estas razones que tantas ventajas -me dan en la cuestión que ventilamos, tómola en el punto en que usted -me la puso hace un momento, y concedo que Balzac, al burlarse de _sus_ -matrimonios, respeta los _míos_. En tal caso, ¿por qué acepta usted -todo lo que él dice, como razones contra _todos_ los matrimonios? - ---Porque está de acuerdo con mi manera de pensar y de sentir. - ---¡Y con esa ligereza se resuelven asuntos tan graves para la vida!... -Porque todavía comprendo yo que Balzac, por lucir su ingenio, se -entretenga en escribir esas lindezas contra el matrimonio; pero que -haya hombres que se las traguen como artículo de fe, y las acepten -por regla de conducta, sacrificando á ellas hasta los impulsos de su -corazón, le juro á usted que no me lo explico. - ---Pues yo sí, Doctor, y muy fácilmente. - ---¿Conoce usted _los otros_ matrimonios? - ---Nada más que por lo que usted me ha dicho de ellos. - ---De manera, que tiene usted, de una parte, los matrimonios _á la -francesa_, llamémoslos así, ridiculizados por algunos escritores de -chispa y por la grosería de tres solterones impudentes; y de la otra, -los matrimonios _á la buena de Dios_, que le son desconocidos; y cuando -su corazón le grita que es ya llegada la hora de decidirse, renuncia -usted á casarse por lo que ha leído y le han contado de los malos, -sin tomarse la molestia de ver lo que hay oculto entre los buenos. -Concédame usted que esto es discurrir con poca lógica, y conspirar -contra sus propios intereses. - ---Pero ¿de qué deduce usted que yo he sentido esos impulsos del corazón -hacia el matrimonio? - ---De sus tristezas pasadas y de sus soledades de hoy; de todo cuanto -usted me ha referido, y de lo demás que voy _traduciendo_ yo. - ---De modo que insiste usted en prescribirme por remedio... - ---Justamente: que se deje usted llevar de esos impulsos hasta donde -ellos le conduzcan... Y creo que, dicho esto, basta de amonestaciones -por hoy. ¿No es cierto? - ---Le aseguro á usted, Doctor, que estoy oyéndole con grandísima -complacencia. - ---¿Por lo que le distraigo, ó por lo que le _ilumino_ á usted? - ---Por ambas cosas. - ---Permítame usted que le diga que no habla mucho en pro de la segunda -el laconismo de sus réplicas. - ---Cortedad de alcances, Doctor. - ---Ó impenitencia obcecada, señor modesto... De todas maneras, no olvide -usted, para perdonarme, que cuanto le he dicho ha sido como médico -en combate con su enfermedad, para lo cual me ha llamado usted á la -cabecera de su cama. La misma salvedad hago para cuanto pueda decirle -en adelante. - ---Y á propósito, ¿qué me dispone usted? - ---Ya he dispuesto lo esencial. - ---Digo para el momento. - ---Para el momento, es decir, para cuando pueda usted salir á la calle, -y con el fin de estimular un poco esos impulsos, pensaba disponerle -á usted, y le dispongo, la misma casa que abandonó por dar demasiada -importancia á las cosas de la señora Braulia. No tome usted criada -joven y guapa. - ---Procuraré, precavido Doctor, cumplir la prescripción en todas sus -partes. - ---No crea usted que es la segunda menos importante que la primera, si -el efecto del remedio ha de corresponder al carácter de la enfermedad. - ---Conformes; pero es el caso que al pedirle á usted algo para este -momento, no me acordaba del espíritu, sino del cuerpo. - ---Su cuerpo de usted, que ya no tiene dolores, no necesita más que -salir de este agujero cuanto antes, y tener en la convalecencia mejor -compañía que la que tuvo durante la enfermedad. De lo primero cuidará -usted; de lo segundo me encargo yo. - ---Es usted la bondad misma, Doctor. - ---Cumplo con un deber sagrado, amigo mío. Y pues nada me queda que -hacer á su lado en esta primera visita, deme usted su permiso para -despedirme hasta la segunda... si usted la desea. - ---Pensaba rogarle á usted que no la retardara muchas horas. ¡Estoy tan -solo! - ---Entonces, hasta la vista. - ---Hasta luego, Doctor. - -Pero al decir esto Gedeón, deja leer en su cara algo como apremiante -deseo. - -El Doctor lo conoce, sonríe y pregunta: - ---¿Qué más tiene usted que decirme? - ---Si en ello no cometiera una indiscreción... - ---Hable usted sin ese recelo. - ---Pues, con su permiso, declaro que me deja usted muy sorprendido. - ---¿De qué? - ---De su modo de pensar... tan... - ---Adelante. - ---Tan... inverosímil en un médico. - ---Es decir, que para la profesión que ejerzo, no me halla usted -bastante _espíritu fuerte_: ó más claro, no me encuentra usted parecido -á los médicos que la fama pregona en comedias y gacetillas. - ---Cabales. - ---Esperaba ese reparo; y para contestar á él guardo un argumento -irrebatible, que no quise emplear en nuestra porfía. Sepa usted, amigo -mío, que después de todo lo dicho, Balzac y yo somos, en cuanto al -matrimonio, del mismo parecer. - ---¡Cáspita!... Luego no me ha dicho usted lo que siente, ó se pasa -usted á su bando. - ---Nada de eso: se pasa él al mío. - ---¡Oiga! - ---Así como suena. Veinte años después de escribir el grande hombre su -famosa _Fisiología_, decía, textualmente, al comienzo de otro libro -suyo: «Quizá no ha trazado mi pluma cuadro que evidencie como éste -«_cuán indispensable es el matrimonio indisoluble en las sociedades -europeas_.» - ---¡Canastos! - ---Y después de lamentarse de que se rigiera el mundo civilizado por -un sistema, hijo del egoísmo de los hombres, que deificaba el buen -éxito y aceptaba por lícitos todos los medios conducentes á lograrle, -exclamaba: «_¡Quiera Dios que se acoja pronto_ (la sociedad) _al -catolicismo, para purificar las masas por medio del sentimiento -religioso y de una educación muy distinta de la que hoy reciben_ -(¡asómbrese usted!) _en las universidades láicas!_» - ---¡Demonio!... ¿Eso dice Balzac? - ---Eso mismo; y sin el recelo de que me engañe la memoria, pues conservo -en ella bien grabada esta preciosa confesión. - ---¡Pero eso es ultramontano puro! - ---Lo que usted quiera: el caso es que al lado de su ídolo de usted, soy -un niño de teta en punto á _preocupaciones rancias_. - ---De modo que si tomamos los dichos al pie de la letra... Pero Balzac -diría eso en broma, ó cuando ya chocheaba. - ---Ni lo uno ni lo otro. Díjolo, muy serio, dedicando á su amigo Carlos -Nodier, famoso escritor, una de sus mejores novelas, cuyo título es _Un -ménage de garçon_. Al frente de ella puede usted verlo cuando guste; y -de paso, léala usted, pues es la refutación más elocuente que existe de -la _Fisiología del matrimonio_, y de las _Pequeñas miserias de la vida -conyugal_; sin contar con que el autor de _La Comedia humana_ acabó por -casarse también, como el más simple mortal. - ---¿Y cómo se ajustan esas medidas? - ---Eso pregúnteselo usted á Balzac y á cuantos han tenido la debilidad, -en alguna época de su vida, de sacrificar á la tentación de decir -un chiste, el buen sentido y las eternas leyes de la moral y de la -justicia. - -Dicho esto, sale el Doctor de la estancia, y quédase en ella Gedeón, en -la situación de ánimo que puede suponer el pío lector que ya le conoce; -es decir, creyendo que no se le da una higa por todo lo que el médico -le ha predicado, y al mismo tiempo deseando que le predique más. - -Verdad es que el Doctor le ha parecido tan cariñoso como discreto. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -XIII - -OTRO CAMBIO DE POSTURA - - -Gedeón está ya en su propia casa. - -Nada más que dos días necesitó para convalecer. ¡Tal era el afán que -sentía de salir de aquel mezquino pudridero, y, por sí solo, mortal -enfermedad! - -Durante dos días le visitó el Doctor muchas veces, y otras tantas -le embelesó con sus vehementes y sinceras condenaciones del estado -celibatario. - -Le _embelesó_ digo, y no lo borro. Gedeón oía al médico echar pestes -contra los egoístas y contra los célibes, y hasta aplaudía sus -chistes y sus razones, como el usurero ó la adúltera, asistiendo á la -representación de un drama en que se condena la usura ó el adulterio, -aplauden con frenesí un período retumbante en que se pulveriza _á los -del oficio_, y hasta lloran enternecidos con la víctima esquilmada, ó -con el marido ultrajado. - ---Eso no va conmigo,--dicen, á lo sumo, mientras se limpian las -lágrimas, si por casualidad ellos son cetrino el uno y rubia la otra, -y los de telón adentro morena la pecadora y bermejo el de la usura; ó, -cuando más: - ---Razón tiene ese poeta; pero mientras no acabe de redondear este -negocillo que traigo entre manos; ínterin Adolfo no me dé un motivo -serio para ello, yo _no puedo_ abandonar mi honrado tráfico, yo _no -debo_ pensar en volver á la senda de mis deberes conyugales. - -El corazón humano es así algunas veces. - -Gedeón oía á su consejero, y acaso decía para sus adentros: - ---¡Qué razón tienes!--Y sólo contestaba, cuando contestación se le -pedía: - ---Ya es tarde, Doctor. - -Y si por este flaco se le atacaba, deslizábase de la cuestión con un -«allá veremos,» frío y desanimado, como el invierno de los pobres. Y -es que Gedeón era presa de sus vicios y resabios; y sus resabios y -sus vicios contaban con el auxilio de aquel corpazo, fuerte todavía y -regalón, para defenderse contra los asaltos del alma desesperada. - -No fué necesario, ciertamente, que el Doctor insistiera en la necesidad -que tenía el convaleciente de volver á su hogar abandonado, porque -jamás se le dió consejo que mejor se acomodase al rumbo de sus -pensamientos. - -En cuanto le pone en práctica, parece niño con zapatos nuevos. Todo lo -mira, todo lo soba y con todo se sonríe. - ---Yo puedo salir de este gabinete--dice para sí,--y pasearme en esta -sala... y sentarme en este sillón... y, si me acomoda, tirar este otro -á la calle... y poner los candelabros donde está el reló, y el reló -donde está la escupidera... y abrir esta alcoba... y tumbarme en esta -cama... y correr por este pasadizo... y entrar en el comedor... y ver -qué se guisa en la cocina... y pedir lo que me acomode... y comer á la -hora que me plazca... y beber agua, cuando lo pida; y, si oigo ruido, -mandar que cese, y despedir á quien me desobedezca... Porque todo esto -es mío, y yo soy aquí el amo y hago lo que se me antoja. ¿Hay algún -fondista inhumano, ó alguna pupilera casquilucia que lo niegue? - -Y según lo va pensando, va haciendo todo cuanto de ello es factible sin -que pueda tomársele por loco. - -Á la memoria se le vienen casos y cosas ocurridos bajo aquellas -mismas paredes, que no son el más elocuente testimonio de la absoluta -soberanía de que se ufana; pero ¿qué valen esos casos ni esas cosas, -puestos enfrente de las angustias que él ha pasado viviendo fuera de -allí? - -Después de las soledades y las tristezas en que se ha visto, parécele -cuanto le rodea un paraíso; y cada mueble y cada objeto de _los suyos_, -tiene una fisonomía y un lenguaje; y con la una le sonríen y con el -otro le saludan cada vez que pasa por delante de ellos. - -En éstas y otras puerilidades entretenido, deja correr muchos días, -encomendando el avío de su ajuar y de su mesa á servidores temporeros, -mientras provee el importante cargo definitivo en persona de su gusto. -Y lo logra al cabo. - -Como precaución muy cuerda contra rencillas y desavenencias mujeriles, -ha resuelto acumular todas las atribuciones de su servidumbre en una -sola persona. Que ésta, si las necesita, busque las demás á su antojo, -ó que se arregle sin ayuda de nadie, si así lo prefiere. El sólo aspira -á vivir en paz en su casa. - -La mujer que escoge para tan delicado cargo, entre las varias que le -pretenden, es, á primera vista, el tipo de lo insignificante. Tiene -regular estatura, color regular, regulares carnes, regular fisonomía, -regular edad; y viste, habla y se presenta, regularmente. Para que todo -sea regular en ella, se llama Regla, sin más aditamentos ni afinaduras -en su nombre. - -No se agita, ni se desazona, ni hace ruido, ni se mancha; y, sin -embargo, todo lo gobierna pronto y bien. - -Aquella casa es el oro por lo limpia, y un reló por lo arreglada. - -Gedeón no sabe todavía quién le prepara sus comidas, tan sazonadas como -servidas á punto, ni piensa preguntarlo. Lo importante para él es que -nada le falta ni nada le molesta, porque Regla tiene la gracia, entre -otras, de saber ser atenta, y aun afectuosa, sin pecar de impertinente. - -Una noche observa Gedeón que andan ratones por su gabinete; y -almorzando, al otro día, se lo dice á Regla. Aquella misma tarde le -proporciona ésta un perro ratonero, feo como casi todos los de su -oficio, corto de patas, tan grande la cabeza como todo el cuerpo, y -para cubrirle de cabo á rabo y con muchas sobras, una melena de color -de esparto sucio. - ---¡Qué horrible animal!--exclama Gedeón al verle. - -Y, en son de escarnio, le pone _Adonis_ por nombre. Pues vean ustedes -lo que son debilidades humanas: á los pocos días de esta exclamación, -tiene Adonis, para su descanso, un colchoncito muy mullido en el mismo -gabinete de su amo, y éste se pasa las horas muertas atusándole las -greñas y hasta matándole las pulgas; no almuerza ni come sin tener á -su lado el ratonero, ni de casa sale ni á ella vuelve sin hacerle una -caricia. - ---¡Que pueda un hombre de mis años y de mi temple hallar un verdadero -placer en manosear una bestia semejante y de tan bajo oficio, no lo -creyera jamás á no palparlo!--piensa Gedeón algunas veces; y suele -concluir diciendo en voz alta algo por el estilo: - ---¡Chucho... hermosura de la casa! Esta mañana no fuiste á darme los -buenos días á mi cama. Si vuelve á sucederte, te quedas sin postre al -mediodía. ¿Lo entiendes? ¡Cuidado con que me seas ingrato! ¡Mira que la -ingratitud es un vicio muy feo en todo perro que se estime en algo! - -Á lo cual contesta Adonis atusándose los bigotes con la lengua, -piafando sobre las rodillas de su amo, y enviándole dos centellas de -sus ojuelos por debajo de los mechones de sus greñas. - -Volviendo á Regla, digo que hasta su condición de viuda es una garantía -de arraigo en casa de Gedeón. Por lo común, en la esfera social de esta -sirvienta no se reincide en el pecado de casarse. - -Y cuidado que Regla, de quien dije que, _á primera vista_, es una mujer -insignificante, después de bien mirada y observada, todavía es muy -digna de aspirar á los requiebros de un buen mozo. - -Según Gedeón va notando de día en día, tiene hermosos ojos, dientes -blanquísimos y menudos, manos rollizas, cuello redondo, y pelo tan -negro como fino y abundante, á juzgar por lo que asoma por debajo de -una graciosa toquilla con que cubre la mitad de su cabeza. - ---¡Lástima--piensa Gedeón fijándose en ello,--que tan hermosa cabellera -esté siempre tapada! - -Y como si Regla le adivinara los pensamientos, al otro día se presenta -á servir la mesa sin toquilla en el pelo, y éste graciosamente peinado. - -Entonces observa Gedeón que han ganado mucho los demás atractivos -visibles de Regla, y que el conjunto de su cabeza es en alto grado -interesante. - ---¡Lástima de anguarina--dice para sí,--que le envuelve el torso! Esa -cabeza merece mejor pedestal. - -Y hete aquí que, por otra casualidad bien rara, al día siguiente -aparece la cabeza de Regla sobre un tronco vigorosamente delineado -por valientes curvas, adornado con un leve y jacarandoso pañuelo de -espumilla gris, prendido apenas sobre el robusto seno, y dejando ver -hasta los arranques de un cuello blanco y mórbido. - -Gedeón tiene la boca abierta para decir á su sirvienta «muchas -gracias,» ni más ni menos que si él hubiera manifestado algún deseo y -ella se lo hubiera cumplido; pero como una amarga experiencia le ha -enseñado los peligros á que arrastran esas demasías del temperamento, -suspira y calla, en la muy firme creencia de que Regla es mujer de -bizarra arquitectura, y condoliéndose de que otra _coincidencia_ como -las que le han dado á conocer lo que ya conoce, no pueda demostrarle -que no se equivoca en sus presunciones sobre lo que le es desconocido. - -No es de omitir la noticia de que Gedeón sale muy poco de casa desde -que la habita nuevamente, y que, so pretexto de que son suyos y pueden -necesitar reparaciones, visita á menudo los demás pisos, y habla -con sus inquilinos, y ya los conoce á todos, desde el portal á las -buhardillas. Jamás hizo otro tanto. - -Si son la causa primordial de éste y otros fenómenos los dictámenes -psicológicos del doctor, ó lo es el bienestar relativo que disfruta en -su casa, yo no lo sé; pero es indudable que en el carácter de nuestro -personaje se ha operado una reacción (así se dice ahora) saludable y -benéfica. No parece sino que ha puesto su planta en la senda por la -cual se llega, andando mucho y con prudencia, á la prometida tierra -donde se llenan los vacíos del corazón, como el que sigue notando él en -el suyo. - -Alguien creyera que lleno le tiene ya, ó que le va llenando poco á -poco, al ver cómo se le pasan hasta días enteros sin salir á la calle, -y noches que comparte entre _conversar_ con Adonis, hojear á Balzac, no -sé con qué objeto, y revolver los cachivaches de su gabinete. Pero ¡ay! -creer tanto como esto, sería tomar el efecto por la causa, las hojas -por el rábano. - -¡No se curan tan fácilmente dolencias tan arraigadas y añejas como las -de Gedeón! - -Ya nos ha dicho una vez que no puede descansar teniendo pulgas en la -cama; y yo le aseguro al lector que todavía no ha logrado sacudírselas; -que aún le quedan algunas que, cuando le muerden, le levantan en vilo; -y que á ellas alude al decir para sus adentros, precisamente cuando más -risueño se le muestra el hogar: - ---Estoy establecido casi á mi gusto, y me hallo en camino de llenar -este vacío sempiterno... Yo podía ser ahora punto menos que feliz. Y -¿por qué no lo soy?... Por este condenado temperamento que ha de ser mi -perdición. ¡No me saca de una, sin que me deje metido en otra hasta el -cogote!... ¡Por vida de las fragilidades humanas!... - -Por lo que se ve, Gedeón no ha conseguido con su última mudanza más que -volcar la tortilla de sus contrariedades. - -Antes buscaba en la calle el alivio de sus males domésticos. - -Ahora se agazapa en su gabinete, para que no le cojan las pesadumbres -que le acechan desde la calle. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -XIV - -LAS PULGAS DE GEDEÓN - - -Por ella adelante camina una noche, con la cabeza caída sobre el pecho -y las manos metidas en los bolsillos, como quien anda de mala gana, ó -teme llegar demasiado pronto. Dobla una esquina, y otra más adelante, -y penetra en una callejuela, y sale por ésta á un callejón, y tuerce -á la derecha, y anda cincuenta pasos, y vuelve hacia la izquierda, y -desemboca en un crucero de calles medio á obscuras, y entra, por fin, -en el portal de una casa de angosta fachada, aunque limpia; sube dos -tramos de la escalera; abre la puerta del primer piso con un llavín -que saca de su bolsillo; atraviesa después un corredor, escasamente -alumbrado por un reverbero de aceite, y se detiene en una salita, no -muy adornada, pero sí muy pulcra. Y esto se ve, porque, á la vez que él -por la puerta del pasadizo, entra por la del gabinete en la sala otra -persona con una luz en la mano. - ---¡Hola!--dice Gedeón por todo saludo, dejándose caer en una butaca. - ---Buenas noches,--contesta la persona de la luz, poniéndola sobre un -velador y sentándose en la butaca de enfrente, separada de la de Gedeón -por toda la longitud de un sofá... - -¿Se sorprenderá el lector si le digo, así, de pronto, que esta persona -que sale del gabinete con la luz en la mano, es Solita? - -Pues Solita es, aunque, en verdad, no lo parece; y no por lo que -ha ascendido en categoría, á juzgar por el corte presuntuoso de -su vestido, sino porque ya no tiene aquella redondez de formas, -aquel provocativo contoneo y aquella viveza de fisonomía con que la -conocimos. Ahora está ojerosa, descarnada, pálida y como decaída de -ánimo. - -Minutos pasan sin que se cruce una palabra entre ella y Gedeón; minutos -que éste invierte en carraspear, en poner una pierna sobre la otra y -viceversa, en ver cómo se eleva el humo de su cigarro, por lo cual -tiene el cogote apoyado en el respaldo de la butaca y la vista enfilada -al techo; y, por último, en silbar el himno de Riego. - -Solita, entre tanto, parece la imagen de la melancolía, con los brazos -cruzados sobre la cintura y mirándose las puntas de los pies, que -maquinalmente llevan el compás de la sonata de Gedeón. - ---Conque... ¿qué me cuentas?--pregunta éste cuando ya no tiene colilla -que apurar y ha repetido setenta veces el aire patriotero. - ---Que hace seis días hoy que no he tenido el gusto de verte. - ---¿Seis, dices?... Acaso tengas razón; pero los condenados negocios... - ---Te vas cargando mucho de ellos. - ---Como siempre. - ---No por cierto. Al principio te permitían venir á verme todos los -días; después, cuatro ó cinco cada semana; más tarde, dos, y, por -último, de seis en seis; por lo que yo presumo que, andando un poco el -tiempo, cobraré tus visitas por mensualidades, como pago la renta de la -casa. - ---¿También zumbona, Solita? - ---¡Ojalá pudiera serlo! - ---Pues cualquiera lo diría. - ---No quien, como tú, debe saber lo que padezco. - ---¿Ya empezamos? - ---Al contrario: por mi desgracia, va ya muy larga la historia. - ---¿La historia de qué? - ---De mis pesadumbres. - ---¡De tus pesadumbres!... ¿De qué demonios te quejas? ¿Qué te falta? - ---¡Qué me falta!... Tienes razón: no me falta nada. Yo era una pobre -sirvienta, hija de un miserable remendón... hoy vivo en una casa -bonita; tengo criada á quien mandar, vestidos regulares que ponerme... -todo lo tengo, menos libertad y la estimación de las personas honradas. - ---También me has cantado esa letanía más de cien veces. - ---Señal de que no te corriges. - ---Yo no tengo de qué corregirme, Solita. Te hice una proposición y la -aceptaste. En buena justicia, no puedes reclamarme nada. - ---Es verdad: nada me debes... ni siquiera compasión. - -Aquí, como presumirá el lector, hay unos cuantos sollozos de Solita, y -otros tantos bufidos y revolcones de Gedeón en la butaca. - ---Cuando presté oídos en mal hora á tus palabras--continúa Solita -limpiándose los ojos,--no podía yo esperar que llegara un día en que tu -abandono me hiciera arrepentirme de aquella debilidad. - ---(Melodrama puro.) Adelante. - ---Me propusiste que me estableciera en este barrio apartado, donde -no se me conocería; y que, para mayor disimulo, admitiera algunos -trabajos de costura. - ---Proposición muy cuerda, Solita. - ---Por tal la tuve yo, y por eso la acepté; pero yo no podía contar con -que el disfraz no me bastaría, ni con que la farsa no había de tener -fin. - ---Y, á propósito de farsas: supongo que tu augusto padre seguirá -creyendo que estás en Puerto Rico, sirviendo á unos señores á quienes -conociste en la posada aquélla, y recibiendo tus socorros por el mismo -conducto. - ---Nada se ha descubierto en ese punto todavía; pero en el otro, Gedeón, -¡si vieras qué caras me ponen estos vecinos cuando los hallo en la -escalera! ¡Si vieras qué vestidos me cortan! ¡Si vieras cómo anda en -sus bocas mi honra... y la tuya! - ---¡La mía! - ---¿Piensas que no te han visto entrar y salir? - ---Pero como no me conocen... - ---¿Y eso te tranquiliza? - ---De todas maneras, este inconveniente tiene facilísimo remedio. - ---¿Cuál es? - ---Mudarte de casa y de barrio. - ---¡Conque ese remedio es el único que se te ocurre para salvar -_nuestra_ situación! - ---La _tuya_, Solita, que la mía sin cuidado me tiene. - ---¡Sin cuidado!... ¡Egoísta! - ---¿Volvemos á las lagrimitas! - ---¿Y qué quieres que suceda al oirte esas palabras de hielo? - ---¿Por qué me pones tú en semejantes apreturas? - ---¡Y qué he de hacer, si ya no puedo más!... Porque tú no sabes, -Gedeón, qué tristes y qué largas se me hacen las horas en este barrio, -donde no conozco á nadie y del que no salgo nunca, para que no me -conozcan á mí fuera de él. - ---(¡Pobrecilla!) Ya me hago cargo de todo, Solita; pero las cosas han -de ir por sus pasos contados. - ---¡Si te parece que yo las llevo de prisa!... ¡Si te parece que esto es -vivir! Tú andas por el mundo, y te diviertes ¡sabe Dios cómo! y gozas -y olvidas; pero yo, que sólo con tu presencia podría olvidarme de esta -cruz que arrastro, y aun arrastrarla con gusto, ¿qué he de hacer si -hasta de tu presencia me privas ya? - ---Te he dicho que los negocios... - ---¡Los negocios!... ¿Crees que no leo yo en tu cara, Gedeón? ¿piensas -que no sé dar á tus palabras el sentido que merecen? - ---¿Y qué te dicen, vamos á ver, mi semblante y mis palabras? - ---Que si alguna vez me quisiste... ó me deseaste, lo que mejor te -parezca, hoy acaso soy para tí... una carga pesada. - ---¡Solita! - ---¿Crees que me equivoco? - ---¿No he de creerlo? - ---Pues dame pruebas de ello. - ---Ya te las estoy dando. - ---Alejándote cada vez más. - ---¿No me tienes ahora á tu lado? - ---Después de seis días de ausencia. - ---Mira, Solita, no se acredita mucho el bien querer con los mimos y los -arrumacos del primer día: esos son el huracán que pasa en breves horas; -lo otro es el... el... vamos, el... ambiente que dura, y se respira y -conforta. - ---¿Y cuál es lo _otro_? - ---Lo otro es... esto que yo hago: venir á verte de vez en cuando, -interesarme por tí... y créelo, Solita, muchas cosas más que yo haría -si me dejaras en paz y en gracia de Dios, libre de refunfuños y -sermones; si tuvieras fe en mí; si jamás te acordaras de preguntarme -dónde he estado, de dónde vengo y adónde _vamos_; porque soy de un -temperamento tan especial, que los mejores propósitos se me evaporan si -me preguntan por ellos antes de realizarlos; y en fin, Solita, porque -mucha de la estimación en que tenemos á una persona, consiste en el -buen concepto que ella forma de nosotros. - ---No se pueden formar buenos conceptos sobre malas obras. - ---Lo cual es decir que yo no las hago buenas. - ---Ya me has oído. - ---También tú á mí lo que acabo de decirte; pero, según las trazas, como -quien oye llover. - ---Palabras, Gedeón. - ---Pues mira, Solita, por tí lo deploro. - ---Sobre que el mismo pago me has de dar, ¿por qué no he de decirte lo -que siento? - ---¿De modo que me engañaras si mejor pago te diera? - ---Evitarte un disgusto nunca sería engañarte. - ---Noto, Solita, que te vas elevando hasta en estilo. - ---¡Ay, Gedeón... los desengaños son grandes maestros! - ---Lo dicho; y te declaro que, si bien te tuve siempre por discreta, -jamás soñé que tan pronto pudieras hacerte culta. - ---Pues hasta eso te debo á tí... ¡Mira si te voy debiendo! - ---Pues á ser zumbona no te he enseñado yo. - ---¿Tampoco á ser desgraciada? - ---¡Solita!... Con doscientos mil de á caballo, ¿quieres decirme de una -vez, y claro, qué es lo que deseas, qué es lo que pretendes? - ---Que pongas fin, y pronto, á esta situación en que me consumo. - ---Pero ¿cómo he de ponerle? - ---¿Cómo?... Haciendo que yo pueda salir de este presidio; pero con la -cara descubierta, como la llevan las mujeres honradas... al lado de su -marido. - ---¡Solita! - ---¡Gedeón! - ---¡Esas tenemos! - ---Pues ¿qué pensabas, desalmado? - ---¡Canastos!... Conque... Pues hombre, ¡me gusta la salida!... ¡Y yo -que venía esta noche más tierno que unas mantequillas! - ---¡Bien se te conoce! - ---¡Tales caricias me haces tú! - ---¿Dónde están mis agravios? - ---¡Pues digo!... - ---¿Lo son, acaso, el quejarme de tus desvíos y pedirte la reparación -del daño que me has hecho?... ¿Te parece poco la hija del remendón para -señora de un hombre como tú?... Entonces, ¿por qué la encontraste buena -para manceba? - ---Lo que á mí me parece, Solita, es que esas distinciones no cuadran -aquí enteramente. - ---Pero cuadran mucho, y has de oirme; que por altos que vayan tus -humos, valía tanto la honra de la hija del zapatero, como la tuya, -cuando se la robaste con engaños. - ---Yo nunca te prometí... - ---¡Ni siquiera tienes la delicadeza de disimular un poco! - ---En eso, casi tienes razón. - ---Y tú, en cambio, no la tienes en nada... ¡porque eres un egoísta sin -entrañas! - ---¡Zambomba! digo yo; y que te aguante la madre que ha de volver á -parirte. - -Imagínese aquí el pío lector un hombre que se cala el sombrero hasta -las narices y sale echando centellas de la sala á la calle; y una mujer -que, anegada en llanto, se desploma sobre una cama, y tendrá una idea -completa del final del diálogo referido. - -Pero no acaba aquí el lance, ni debe acabar; porque es muy lógico que -Gedeón, después de considerar lo que hay de chusco en que la hija de -un remendón miserable y borracho se crea con títulos bastantes para -reclamar la mitad del lecho de un hombre á quien asusta el matrimonio, -aun contraído con todas las ventajas imaginables, y lo que hay de -prosáico y digno de las burlas de un fisiólogo como el de marras, en la -escena en que acaba él de figurar con el papel de galán, y aun después -de ocurrírsele tomar por motivo aquellas indignidades para cortar por -lo sano y sacudirse de una vez las pulgas que le incomodan mucho tiempo -há, considere asimismo que, en parte, no le falta razón á Solita para -quejarse del destierro en que vive y él la ha puesto; lógico es también -que, andando, andando, la compadezca; lógico, por ende, que disculpe -sus declamaciones y sus quejas; y siendo lógico todo esto, y cierto que -en la refriega fué Solita quien más tuvo que decir, y no menos evidente -que Gedeón conserva siempre _cierta inclinación_ á Solita, por más -que le duela verse cogido por ella por _tan arriba_, lógico y natural -es que Gedeón retroceda desde medio camino para hacer las paces con -Solita, dándole las debidas satisfacciones. - -Con lo cual consigue Gedeón dos cosas: que Solita, por buscada, -gane, por esta vez, no poco ascendiente sobre él; y que él, al -advertirlo, hechas ya las paces, salga de casa de Solita arrepentido -y melancólico... es decir, rascándose las pulgas y sin fuerzas para -sacudírselas. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -XV - -EL DIABLO, EL FUEGO Y LA ESTOPA - - -Ponga el lector entre este cuadro y el que antecede todo el tiempo que -más le plazca, que por mucho que sea, holgado le viene el sitio; y -llénele de tristezas, cansancios, desalientos y fastidios para Gedeón, -agobiado ya por el peso de Solita, huyendo de su presencia como el -diablo de la cruz, y sin hallar dentro de su casa ocupación que le -distraiga, ni fuera de ella espectáculo que le seduzca. - -Cuando un hombre cualquiera pierde una afición racional, adquiere otra -que le entretiene lo mismo, eligiendo, conforme á su gusto, en el -inmenso campo de las cosas lícitas y honradas; pero cuando un egoísta -solitario se harta de lo único que apetece, es hombre perdido; es la -bestia que se tumba á dirigir lo devorado, ó que brama á la puerta del -establo ajeno porque en él olfatea lo que no hay en el suyo. Fuera de -aquello, nada desea ni le distrae... Y tenga el lector muy en cuenta -esta condición esencial de carácter, para lo que queda dicho y lo que -falta decir de nuestro personaje. - -Para los hombres como Gedeón, el arte no tiene bellezas, ni la -naturaleza aromas, luz, ecos, armonías ni colores; la misma impresión -les causa el nubarrón que obscurece el horizonte, que los arreboles -de una aurora; lo mismo hiere sus oídos la inspirada melodía, que el -chirrido de las carretas; la propia aversión tienen á la prosa de -Cervantes, que á las coplas de Calainos. Pasear en el campo no es -para ellos recrear la vista y el olfato, ni sumir el alma en plácidas -contemplaciones: es simplemente estirar las piernas, bracear á su -antojo, eructar recio, aflojar la corbata, remangar la pernera y soltar -la liga para cazar la pulga debajo de la media... porque estos hombres -gastan medias altas todavía. - -Por eso no hay términos hábiles de levantar un espíritu semejante, -esclavo de un corpanchón atiborrado del único manjar que le sustenta, -hasta que la hartura pase y el apetito vuelva. - -En un estado idéntico de espíritu y de cuerpo retorna Gedeón á su casa, -cabizbajo y perezoso, á las altas horas de una noche. - -Á sus pesadumbres _de carácter_, hay que añadir que le duele bastante -el destacamento de la rodilla; que al peinarse en la barbería, donde -también le afeitaron, le ha hecho notar el peluquero que se le va -corriendo la calva hasta la frente; que las canas le invaden el poco -pelo que le queda, como el _pan de cuco_ las heredades; y, por último -(esto no se lo dijo el peluquero), que se le menean, desde por la -mañana, tres dientes incisivos, de los seis que le quedan en la boca, -aunque negros y desconcertados. - -Que toda esta carga le pese y le preocupe, se concibe sin dificultad. - -Lo que no se concibe fácilmente es por qué Gedeón, en el momento -de pisar los umbrales de su puerta, se pone á meditar sobre las -fragilidades humanas, sobre lo pequeñas que suelen ser las causas -que producen los más descomunales efectos, y sobre lo fatal de la -disposición en que vienen preparadas las cosas cuando el demonio está -resuelto á meter la pata entre ellas. - -Tan absorto está en estas meditaciones, que al llegar á su gabinete -ni siquiera se fija en que Regla, después de colocar una luz sobre -la mesa, le pregunta qué se le ofrece y le da las buenas noches de -despedida. - -Y como no tiene sueño, quiere dedicar una hora, antes de acostarse, á -despachar algunos asuntos económicos que tiene desarreglados. Así se -distraerá un poco. - -Al dar por terminada su tarea, oye á su lado quejidos lastimeros. -Vuélvese, y ve á Adonis que se revuelca en su colchón, y tan pronto -se pone panza arriba como cabeza abajo. Es indudable que el pobre -animal siente dolores agudos: Gedeón tira del cordón de la campanilla, -casi con tanta fuerza como en la fonda de triste recuerdo; pero, más -afortunado el perro que él, al segundo campanillazo tiene el socorro á -la puerta. - -Regla aparece en ella, aunque sin dejarse ver por entero. - ---Perdone el señor--dice recatándose mucho;--creyéndole acostado, me -acosté yo también y me dormí. - ---¿Qué he de perdonar?--responde Gedeón mientras fija su mirada -devoradora en lo que se ve de su criada. - ---Que no haya acudido á la primera llamada que oí entre sueños... y que -me presente así... Porque como el señor no acostumbra á llamar á estas -horas, he creído que estuviera malo... De modo que, si no hay urgencia, -iré á vestirme... - ---¡De ninguna manera!--exclama Gedeón, condolido sin duda de la -situación angustiosa del perro, pero sin apartar su vista de la -criada.--Llamaba porque Adonis está muy malo... Vea usted... - -Entonces avanza Regla un paso, haciendo heróicos esfuerzos para cubrir -el busto rollizo con un menguado chal tirado sobre los hombros. - -Toma la luz que Gedeón pone en su mano, y los dos se acercan al rincón -en que se halla Adonis dando volteretas y exhalando gritos lastimeros. - ---Es un cólico--dice Regla.--¡Pobrecito! - -Y extiende el brazo libre y desnudo hacia la bestia. Pero la -casualidad, la taimada casualidad que ha infundido el mismo pensamiento -en Gedeón, guía la mano de éste con igual rumbo; y como el camino es -estrecho, la mano choca con el brazo, y el brazo, temeroso ó deferente, -por ser de quien es, se repliega y retrocede; en virtud del cual -movimiento, el mezquino chal de la azorada Regla se desliza por los -hombros abajo. - ---¡Lo mismo que yo me había figurado!--exclama entonces Gedeón, con el -entusiasmo de un doctor que ve cumplidos sus pronósticos, aludiendo -seguramente á la enfermedad del perro, mientras la criada, lanzando -un ¡ay! entre risueña y ruborosa, quédase en la actitud de la bíblica -Susana al verse sorprendida en el baño por los viejos. - ---¡Alumbre usted más!--dícela anheloso Gedeón, quizás creyendo que no -ve bastante todavía. - -Pero, como si en concepto de Regla se viera hasta demasiado, sopla en -la bujía y deja el cuarto á obscuras para desesperación de Adonis, -cuyos lamentos crecen desde aquel instante, y son los únicos ruidos que -turban el silencio de la casa, - - mientras el mundo sin cesar navega - por el piélago inmenso del vacío, - -como dijo el poeta y han repetido otros mil que quieren serlo, y repito -yo ahora, sin saber por qué ni para qué. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -XVI - -UN INTRUSO - - -Al siguiente, ó pocos días después, Regla le dice á Gedeón, mientras le -sirve el almuerzo: - ---Yo quisiera pedirle á usted un favor... digo, si no molesto. - ---¡Ya empezamos!--piensa Gedeón; y en voz alta añade:--¿Nada más que -uno? - ---Por ahora... - ---Y ¿de qué se trata? - ---Ya sabe usted que yo soy viuda hace siete años. - ---Así me lo ha dicho usted. - ---Porque es la verdad. Y es el caso que mi difunto me dejó un hijo. - ---¿De él solo? - ---De los dos, señor. - ---Bien, ¿y qué? - ---Que cuando la necesidad me obligó á ponerme á servir, tuve que dejar -ese niño en casa de unos parientes, que por un tanto me le cuidan. - ---Nada más natural. - ---Pero, á decir verdad, no me gusta la educación que están dándole; y -con ése cuidado, no vivo tranquila. - ---Se comprende. - ---Y me he dicho á mis solas muy á menudo: «si yo pudiera tener á mi -lado á ese inocente, ¡con qué facilidad le educaría como es debido, -y con cuánto más gusto cumpliría yo todas mis obligaciones!» Porque, -créalo usted, señor, si á esa edad dan en torcerse las criaturas, luégo -que crecen ya no las endereza una estaca. - ---También es cierto. - ---¡Hay tantos ejemplos de ello! - ---No dejan de abundar, según dicen. - ---Muchísimo, créalo usted. Decía mi madre, que en paz descanse, que -todos los hombres malos han sido niños mal educados. - ---Tampoco lo niego, Regla. - ---Pues eso es lo que no quisiera yo que se dijera mañana de mi hijo, -por culpa de su madre. - ---Muy bien pensado; pero ¿qué tengo yo que ver en todo eso? - ---Bastante, señor. - ---Pues usted dirá... - ---Digo, con su venia, y si en ello no ofendo, que si usted, que es tan -bueno y tan generoso... - ---Muchas gracias. - ---Me permitiera traerle á mi lado... - ---¿Á quién? - ---Al hijo. - ---¿Sabe usted que por verme libre de ellos no me he casado yo? - ---Eso no quita; porque yo me comprometo á que el mío no le moleste á -usted... ni le vea siquiera. - ---¿Qué edad tiene? - ---Cumplirá siete años por San Juan. - ---¿Es guapo? - ---Ya sabe usted que á ninguna madre le parecen feos sus hijos. Por lo -demás, es el vivo retrato de su padre. - ---No tuve el gusto de conocerte. - ---Un real mozo, sin agravio de lo presente. - ---Muchas gracias. ¿Es limpio? - ---Como los mismos oros de la Arabia. - ---¿Tiene mal genio? - ---Un borregote á la buena de Dios. Basta mirarle para que se le ponga -la cara como un tomate. - ---En fin... que venga. - ---Tantísimas gracias, señor... aunque no esperaba yo menos de su buen -corazón. - ---Ni de mis fragilidades,--concluye Gedeón para sus adentros. - -Pocas horas después viene el niño al lado de su madre, y ésta se le -presenta á su amo inmediatamente, acaso porque en ello cree cumplir -un deber de respeto y cortesía; acaso porque intenta que los ojos de -aquél le acrediten los elogios que ella le hizo de su hijo: intento, -si tal la mueve, mal ideado; pues el niño, con perdón de su madre, es -feo subido, zaino, y tiene mocos, ó huellas, debajo de la nariz, de -tenerlos colgando muy á menudo. - ---¿Cómo te llamas, hombre?--le pregunta Gedeón. - ---Respóndele, hijo,--le dice su madre al ver cómo el rapaz, medio -oculto entre sus faldas, se chupa un dedo, baja la cabeza y se balancea -sobre un pie. Al cabo de un rato se oye como un gruñido intraducibie. - ---¿Cómo has dicho?--pregunta Gedeón. - ---Mmmeeeeto,--gruñe otra vez el chico. - ---Dice que Merto--añade su madre.--Le llamamos así, porque su nombre es -Mamerto. - ---¿Cuántos años tienes?--vuelve á preguntarle Gedeón. - -El chico sigue balanceándose, sin dejar de chuparse el dedo, y no -contesta. - ---Que cuántos años tienes... ¿No oyes lo que te pregunta este señor?... -Pero saca esos dedos de la boca, inocente, y ponte derecho... ¡Así! - -Y Merto, puesto como su madre desea, ó mejor dicho, como su madre le -pone, al quedarse mirando á Gedeón, que también le mira á él, frunce la -jeta y échase á llorar. - -Adonis (y aprovecho la ocasión para decir al lector que la alimaña -ratonera no murió aquella noche, sin duda porque también hay una -providencia que vela por los perros, cuyas desdichas no hallan -compasión en el egoísmo de los hombres); Adonis, repito, que roncaba -en un colchón tranquila y descuidadamente, al oir los berridos de -Merto despiértase despavorido y lánzase sobre el intruso, como pudiera -hacerlo sobre un rival que le disputara los mimos de cierta perra -carlina de la calle. - -Envuélvese el acometido en la saya de su madre, sobrecogido de espanto; -crecen sus gritos y lamentos, y ni unos ni otros cesan hasta que, á -instancias de Gedeón, sale Merto del gabinete y se vuelve Adonis á su -lecho murmurando no sé qué perrerías y enseñando los afilados dientes. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -XVII - -LOS SOBRINOS DEL DEMONIO - - -Poco á poco va perdiendo el hijo de Regla el miedo y el encogimiento -que la casa y su amo le infundieron al entrar en ella. - -Regla cuida de que Merto abra la puerta siempre que Gedeón sale ó -entra, y también le permite que haga algunas excursiones por salas y -pasadizos. Así familiariza á su hijo con la cara de su amo, y á éste -con la catadura del rapaz. - -Después, ya llega Merto alguna vez hasta el gabinete para recoger botas -que hay que limpiar, ó poner al alcance de Gedeón las que ya están -limpias. - -Cuando esto sucede, Gedeón cuida de que Adonis no se mueva ni Merto le -provoque aunque no alcanza á impedir que el uno gruña y el otro, á la -disimulada, le haga una mueca. - -Más adelante, el chico se atreve á sonreírse siempre que se encara con -el amo de su madre, y entonces es de rigor que éste le dé un coquetazo, -ó le tire de las orejas, en son de caricia, con lo cual Merto adquiere -otras tantas alas con que aprender á volar á su gusto en aquel espacio. - -Días y meses andando, si mientras Gedeón está comiendo pasa el chico -cerca de la mesa, le llama; y por el gusto de ver qué cara pone cuando -la muerde, le da una aceituna; y por el placer de contemplar cómo se -relame saboreándole, le regala un dulce. - -De este modo el carácter de Merto se va desenvolviendo por completo; y -como ya nunca se halla bajo la impresión del miedo ni del sobresalto, -llega á haber en su fisonomía esa expresión de sinceridad atractiva, -tan propia de los niños, por feos que sean, como á Merto le sucede. -Además es algo bizco, torpe de lengua, y, en cuanto se enfada un poco, -echa cada terno que saca lumbres. - -Todas estas cualidades hacen suma gracia á Gedeón, que no oculta el -placer que tiene en que muy á menudo, y cuando ya está él aburrido -de atusar las greñas al ratonero, entre el chico en el gabinete -_mandándole_ que le enseñe _los santos_, ó la máquina del reló. - ---Pues límpiate los mocos--le dice Gedeón. - ---Puez amalda tú el peldo,--le contesta Merto. - -Porque Merto y Adonis, para entonces, ya no se pueden ver. - -Empezando por darle algunas golosinas de la mesa, acaba por sentarle -á ella casi todos los días, mientras á Adonis, acurrucado en el suelo -entre los dos, se le indigestan los mendrugos que le regala su amo, -considerando la altura á que ha elevado su privanza aquel intruso. -Algunas veces tiene Gedeón el capricho de tirar á Merto, que ocupa el -extremo opuesto de la mesa, una rosquilla; y entonces Adonis, creyendo -que es para él, ó fingiendo que lo cree, da un salto increíble; y -después de atrapar en el aire la rosquilla, cae sobre la mesa, metiendo -las patas en una dulcera, cuando no el rabo y algo más en el plato del -intruso, ó en el de su amo. En estos casos, no siempre que Merto quiere -castigar el atrevimiento de Adonis tirándole con un panecillo ó con el -tenedor, lo consigue sin que Gedeón reciba el proyectil de rebote en -el estómago, ó en las narices; lances que (¡vean ustedes lo que son -algunos _ogros_!) hacen desternillarse de risa al solterón. - -Es lo más curioso que éste cree todavía que Merto es un chiquillo -antipático é insoportable, por feo, por díscolo y por mal educado; y -no bien oye un porrazo hacia la cocina, ya sale despavorido á preguntar -_quién_ se cayó, recordando _casualmente_, en aquel instante, que el -hijo de su criada es travieso y aficionado á encaramarse en sillas y -vasares. - -Un día toma Merto una indigestión de bizcochos y agua de limón, y se -pone á morir; y _casualmente_ en ese día no tiene Gedeón ganas de -salir de casa; y por no aburrirse en ella, entra doscientas veces -en el cuarto del enfermo; y porque no diga su madre que se le ha -desatendido la asistencia, obliga al médico á hacer diez visitas más de -las precisas; y ¡cosa más rara aún! en el momento en que el chico sale -del peligro, se encuentra él más animado y hasta con ganas de salir á -la calle; y ¡coincidencia todavía más extraña! hasta se le ocurre, al -pararse, _por casualidad_, delante de una tienda de juguetes, comprar -para el convaleciente un tren de artillería, por lo mismo que nunca le -ha regalado cosa que valga media peseta. - -Otra vez rompe Merto una chuchería de las varias que tiene Gedeón sobre -la mesa; y al volver éste de la calle y coger al rapaz con el delito -entre las manos, reniega de él y hasta de la hora en que le permitió -entrar en su casa. Óyelo su madre, y parte furiosa á castigar á su -hijo. Mas apenas le ha sacudido el primer soplamocos, ya está Gedeón -amparando al delincuente. - ---¿Á qué vienen esas violencias?--dice con mal gesto á Regla, mientras -coloca á Merto detrás de él. - ---Á enseñarle lo que no sabe; á quitarle los condenados resabios que -trajo de la otra casa. ¡Te he de desollar vivo, tunante! - ---Pues no lo conseguirá usted dándole golpes. Bueno que se le reprenda -y se le amoneste; pero... - ---Como si predicara usted en desierto... - ---Si los niños tuvieran la reflexión de los hombres... - ---¡El loco con la pena es cuerdo! - ---Pues por hoy se acabó el castigo, porque yo, que soy el agraviado, -perdono el agravio por esta vez... Por esta vez no más... ¿lo oyes, -Merto? - -Pero Merto, con gran sorpresa de Gedeón que le creía llorando -arrepentido, está haciendo gestos provocativos á Adonis, que, á su vez, -le enseña los dientes; después alumbra un pisotón al ratonero, y se -oyen á un tiempo un aullido terrible y un terno feroz, mientras Adonis -enrosca el rabo dolorido y Merto se lleva ambas manos á una pantorrilla. - ---¡Ve usted lo que es interceder por el demonio?--exclama Regla, -buscando iracunda á su hijo entre los faldones de la levita de su amo -y las patas de la mesa. - ---Déjele usted, que el pisotón ha sido casual... - ---¿Y también lo _otro_?--grita Regla.--¿Eso te han enseñado en esa -casa, groserote? No aprenderás los consejos que yo te doy, tan bien -como esas indecencias, ¡Satanás! - -Y atrapando al fin á su hijo, arrástrale hasta la cocina, -administrándole por el camino media docena de sopapos. - ---No estoy yo por el sistema de los cachetes para educar á los -chicos,--murmura Gedeón en tanto, como si en su vida se hubiera ocupado -muchas veces en cuestión tan transcendental. - -Y para comprobar la teoría, arrima dos castañetazos al pobre perro, -por la parte que ha tenido en la media docena de ellos de que Merto va -rascándose. - -Al verse tratado así, no el dolor, el asombro parece pintarse en la -hirsuta faz del ratonero. ¿Qué castañetazos son aquéllos? ¿Desde cuándo -y por qué su amo se permite hacerle tales ultrajes? ¿Es por el mordisco -que él dió á Merto en la pantorrilla? Pues Merto le pisó á él primero -el rabo, después de haberle provocado con gestos y ademanes injuriosos. -¿Es que le han dolido á su amo los cachetes de su criada, más que -á Merto que los recibió, y busca un inicuo desahogo en el inocente -Adonis? Esto es lo más triste para él, porque es lo más verosímil. - -Todas estas consideraciones, ó algo por el estilo, se leen en la cara -del compungido Adonis; y esto que se le ocurre á un miserable ratonero, -no se le alcanza á Gedeón, que todavía insiste en que le es antipático -Merto por feo, por sucio, por díscolo y por hijo de su madre. - -Pero ésta, que caza, por lo menos, tan largo como el perro, no ignora -que, á cierta edad, la naturaleza humana siente la necesidad de amar, y -que cuando no puede amar á sus propios frutos, porque no los ha dado, -ama á lo primero que le ponen por delante; y que no es otra la causa -de que ame Gedeón á su retoño, como antes de conocerle amaba al perro -ratonero. - -Que esto iba á suceder, lo sabía ella antes de traer á Merto á su lado, -aunque no aseguraré que por eso, y no más que para eso, le trajera. - -Pero ya que sus presunciones se han cumplido, nada se pierde con dejar -que rueden los acontecimientos, ni con trabajar para prepararlos del -mejor modo posible. Gedeón es rico; ya no ha de casarse, y no tiene -herederos forzosos: ¿qué mal hay, ni á quién se ofende, en que un -pobre le conquiste una parte de su corazón, y con ella un pedazo de su -caudal? - -Digo todo esto porque no se tome á comedia la ira que le causan á Regla -los desafueros de su hijo, cuando más cerca le ve de conquistar el -corazón de su amo. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -XVIII - -LA GRAN BATALLA - - -Así las cosas, va rodando el tiempo. - -Merto sigue haciendo barbaridades; su madre reprendiéndolas; Gedeón -disculpándolas, y Adonis, con un ojo al rapaz y con el otro á su amo, -temiendo las asechanzas de aquél y estudiando los grados que él va -perdiendo en el cariño de éste. - -Adonis odia á Merto como se odia á un rival que es además un tirano. - -Merto sólo discurre para inventar modos de atormentar á Adonis. Á ello -le inclinan su instinto de muchacho revoltoso, y el recuerdo de la -dentellada que le dejó cicatrices en la pantorrilla. - -Pero Gedeón, cuando está en casa, no se separa del ratonero; y cuando -sale de ella, queda Regla que no pierde de vista un momento á la -alimaña. - -Por lo demás, ya sabe él que hay en el cuarto de la ropa sucia una vara -de fresno, muy larga, que usa su madre para despolvorear los colchones. -Aquella vara es toda su ambición. Con aquella vara se le puede dar al -ratonero una mano de leña, como no la ha llevado en el mundo perro -alguno; y se le puede dar desde lejos, es decir, impunemente, ó, lo que -es lo mismo, sin el riesgo de que devuelva dentellada por varazo. - -Saboreando tales propósitos, aguarda el rapaz, con una perseverancia -impropia de sus años, á que se le meta por los ojos una ocasión á su -gusto. - -Y la ocasión, al fin, se le presenta. - -Gedeón no volverá á casa en toda la tarde, y Regla ha salido á la calle -por largo rato, sin poder llevarse consigo á Merto, porque éste tiene -los zapatos á componer. Temiendo que durante su ausencia haga su hijo -alguna barbaridad, le ha amenazado con todos los castigos imaginables -si se mueve del sitio en que ella le deja, entretenido en pegar con -engrudo varios remiendos á una cometa. Merto ha prometido no menearse -de allí. - -Pero al quedarse solo, la sangre le hierve, los brazos le bailan, sus -piernas brincan solas; y, para colmo de tentaciones, está enfrente de -él, y abierto, el cuarto de la vara, y la vara delante de sus ojos -cimbreándose sola, como diciéndole: «empúñame, y ¡á él!» - -Además, hay en la casa muchísimos objetos que Merto no ha visto todavía -_por dentro_, y tiene que verlos alguna vez; y esa vez no puede ser -otra que aquélla, por lo mismo que, á la sazón, no hay nadie que le -impida desarmar lo que le acomode y meter los dedos donde más le -convenga. - -Si sabe distribuir bien el tiempo, tiénele sobrado para hacer estas -investigaciones y dar á Adonis la tremenda paliza. - -¡La paliza sobre todo! - -En la sala hay un reló de sobremesa, cuya péndola figura un niño -columpiándose en una cuerda. Este columpio es la curiosidad que más -preocupa á Merto desde que le vió por primera vez. ¿Por qué se mueve -así? ¿Quién le da el empuje necesario? ¿Por qué se bambolea de atrás -á adelante, y no de un lado á otro, como todas las péndolas que él ha -visto? - -Hay que aclarar este misterio á todo trance. - -Y después de empuñar la vara y de cerciorarse de que no se oye ruido de -pasos en la escalera, y de ver, con mucho sigilo, que Adonis tiene para -rato con el sueño que está echando en su colchón del gabinete, acércase -al reló, dejando para después de la batalla, si el estado de las cosas -lo permite, el desarmar el barómetro y el filtro del comedor, la -maquinilla del café, un calendario mecánico, una caja de música y otras -maravillas que hay en el gabinete. - -El temor de que su madre se vuelva á casa antes de lo que _debe_, -obliga á Merto á hacer sus pesquisiciones sin el reposo que él desea; -por lo cual le falta el tino que, en otro caso, tendría para manejarse -con desembarazo. - -Por de pronto, hay que quitar el fanal al reló; y brega de aquí, brega -de allá para conseguirlo, hácele tres pedazos. Contrariedad es ésta que -le desconcierta y desanima; pero uno de los pedazos es muy grande, y -acaso pueda servir todavía: esto le consuela bastante y le devuelve el -ánimo para continuar la tarea. - -Ya está descubierto el reló. En el espejo que refleja su parte -posterior, se ven cosas que se mueven, amarillas y relucientes como el -oro. Allí está el misterio. Invierte la posición del aparato. Hay otro -cristal delante de las ruedas... ¡Por vida de los inconvenientes! Pero -el cristal tiene un resorte. La casualidad guía el dedo de Merto hasta -el punto conveniente para que, apretando allí, el resorte cumpla su -cometido. El cristal se separa, de un brinco, por sí solo. ¡Oh delicia! -_allá dentro_ hay una como hebillita que se menea á un lado y á otro. -Es preciso ver qué resistencia opone á su mano... ¡Rich! Algo se ha -roto, y el columpio cae sobre la consola. El tictac, que antes se oía -lento y acompasado, ahora es un redoble continuo; las agujas vuelan -sobre la esfera, y el timbre parece que toca á rebato. Merto jurara que -hay en aquella máquina algún demonio oculto que quiere denunciar su -fechoría con tanto ruido y campaneo; y presa de esta idea, tapa aquí, -oprime allá y mete sus dedos y la punta de la vara donde quiera que sus -ojos ven movimiento y sus oídos perciben sones. Al cabo oye Merto un -chasquido metálico; luego un _rischssss_ interminable, como ruido de -puchero que _se va_ sobre las brasas; y después, nada: todo ruido calla -y todo movimiento cesa; parece que se ha muerto el reló, y que su mal -espíritu se ha hundido en el averno. Merto se tranquiliza por lo que -respecta al estrépito acusador que antes le asustaba; pero, en cambio, -siente delante de aquel aparato algo del miedo que infunden siempre los -cadáveres. - -Con ánimo, sin duda, de borrar las huellas de su crimen, vuelve el -reló á su primera postura; arrima el columpio á la pared, á fin de que -se vea desde enfrente cual si estuviera colgado en su sitio, aunque -inmóvil; amontona los pedazos del fanal como su ingenio y su zozobra se -lo permiten; y después de echar al conjunto una mirada desde la puerta, -como supone él que podrán echarla su madre ó su amo cuando vuelvan, y -de tranquilizarse no poco con la prueba, empuña de nuevo la verdasca, y -se acerca de puntillas al gabinete. - -Gedeón, hombre de poco gusto artístico, pero muy aficionado á rodearse -de cosas que le recreen la vista y le deleiten los sentidos, tiene su -cuarto atestado de esos objetos mal llamados de arte, que la industria -ha derramado por el mundo. - -Así se ven allí, en brillantes colores sobre variedad de pastas, todas -las desnudeces más estimulantes de la mitología griega, en ménsulas -y rinconeras, sin que les falten, como salsa ó acompañamiento, los -estuches de carey, el barquito, ó _junco_ filipino, de especias -ensartadas; los caracoles de China y la tabaquera de coco. Sobre la -mesa de escribir hay un tintero de cristal esmerilado, que es una -maravilla, y una salvadera de porcelana, prodigio de transparencia y de -color; y presidiéndolo todo, como santo en botica vieja, el busto de -Balzac, de tamaño natural, encima de una elegante papelera y entre dos -candelabros de alabastro y metal dorado. - -Cuando á este vedado recinto se acerca Merto, abre con mucho pulso la -puerta, y mira por la rendijilla resultante. Adonis sigue durmiendo. -Puede, impunemente, partirle de un varazo. - -Entra y cierra la vidriera. - -El ratonero no se mueve. - -El tirano elige el sitio que más conviene á sus propósitos, y toma sus -medidas para que la vara, antes de caer zumbando sobre el perro, pueda -describir sin tropiezo el arco necesario. - -La empuña por un extremo con las dos manos, después de escupírselas; -afírmase á su gusto sobre los pies; levanta los brazos hasta más atrás -del cogote, y... ¡zás! - -Pero el ansia misma que tiene el granuja de deslomar al perro, le hace -perder el tino, y sólo le alcanza con la vara en la punta del rabo. - -Al recibir el golpe, lanza Adonis un aullido de angustia, de furor y -de sorpresa juntamente, y da un salto nervioso é inconsciente que le -eleva dos codos sobre el lecho en que acaso soñaba con la perra de sus -pensamientos; después se encara con Merto, encorvado el lomo, la mirada -ardiente y rechinantes los colmillos. - -Merto, que no contaba con errar el golpe, ni, por consiguiente, con -aquella actitud amenazante de su enemigo, desconciértase no poco, y -comienza á sacudir palos de ciego; es decir, veinte en la alfombra y -uno en Adonis. - -Cuando éste parece convencido de que no puede meterse por debajo de la -vara y hacer presa en las pantorrillas de Merto, porque la vara no -cesa un punto de cimbrearse, acude al recurso de ocultarse debajo de -cada mueble; pero allí le punzan y acribillan, si afuera le vapuleaban; -y no sabe cuál es peor. Después salta sobre las sillas y sobre la cama; -y la vara siempre detrás, ó encima de él; pero la vara nunca pierde -viaje, pues cuando no alcanza á Adonis, tumba cuanto halla al paso en -rincones y paredes. Desde la cama, y no de un salto ni sin llevar más -de un varazo en el camino, huye el desventurado perro á refugiarse en -la mesa de escribir; pero allá va también la vara, con la cual parte -Merto la salvadera, creyendo partir á Adonis, que, á su vez, tumba el -tintero, que se despedaza en el suelo, y pringa la alfombra después de -haber pringado arriba libros y papeles. - -Este estropicio aplaca un instante las iras del muchacho, y le hace -prorrumpir en una interjección brutal. - -Adonis, aprovechando aquel respiro, quiere estudiar con algún sosiego -un plan de defensa; y desde la mesa en que se halla abroquelado con -un montón de libros, dirige en derredor miradas angustiosas, como -preguntándose: «¿En dónde mil demonios me guareceré cuando este -bárbaro me eche de aquí?» Pero no ha habido tiempo ni para pensar la -respuesta que se pide, cuando ya tiene encima otro varazo. Entonces, -desatentado, arrójase á la papelera, y se encarama en ella, delante -de Balzac, porque detrás no cabe, cual si buscara el sagrado del -arte y del ingenio por refugio. Pero aquel genízaro que le persigue, -no se para en sensiblerías semejantes; y viéndole tan perfectamente -destacado, le larga un verdascazo á la media vuelta, que no solamente -alcanza á Adonis á todo lo largo, sino que todavía le sobra otro tanto -para Balzac y para los candelabros, que vienen al suelo con el perro, -aquél desnucándose, y los candelabros haciéndose añicos. - -El estrépito es horrible, y el desastre arranca al cerril muchacho, no -ya una interjección, sino una blasfemia. - -Entonces parece fijarse por primera vez en las ruínas de que está -cubierto aquel campo de batalla; apodérase de pronto el susto de su -ánimo, y, soltando la vara, abre la puerta y huye á esconderse en su -cuarto; en el cual, después de larga meditación, no se le ocurre otra -salida para el conflicto en que se halla, que meterse en la cama, -hacerse el enfermo y echar la culpa de todo lo sucedido á Adonis, que, -entre tanto, se rasca las contusiones, se relame los hocicos y gime -tembloroso, como niño después de una azotina. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -XIX - -POST NÚBILA PHŒBUS - - -Qué le sucede á Regla cuando vuelve á casa, y después de hallar en la -cama á su hijo y de verle temblar en su presencia, y de deducir de sus -desatinadas respuestas parte de la catástrofe, llega á conocer el resto -por los cascos del gabinete, por la vara olvidada en él y hasta por los -quejidos de Adonis, puede el lector presumirlo; y también suponer, y no -errará en el supuesto, que después de comparar á Merto con todos y cada -uno de los demonios más conocidos y de llamar sobre su cabeza todas las -maldiciones imaginables, le contunde el cuerpo con la vara misma, que -nunca trabajó tanto como aquel día, y le acribilla á pellizcos, y le -jaspea la cara á bofetones, y le estira medio palmo las orejas, entre -varazo y denuesto. - -Puede igualmente alcanzársele al propio lector, que Regla, tras -este desahogo feroz, echa á Merto de casa, antes de que á ella torne -su amo y la acuse, con el diablejo delante, de haber correspondido -indignamente á sus condescendencias; pero lo que no se le alcanzará si -yo no se lo digo, es que Regla, al proceder así, ha calculado que se -anticipa á cumplir los propósitos que le manifestaría Gedeón, si al -conocer la catástrofe estuviera aún á su lado el autor de ella; que -su amo ha de agradecerle este rasgo de previsión; que el olvido del -pecado será tanto más pronto cuanto más lejos se halle del ofendido -el pecador, y que hasta puede llegar el día en que el mismo Gedeón -solicite la vuelta del hijo revoltoso al lado de su madre. - -Merto, pues, sin tiempo para secarse las lágrimas ni limpiarse los -mocos, vuelve á casa de los parientes con quienes antes vivió; y vuelve -á escape y á empellones de su madre, que no quiere encontrarse con su -amo en el camino, por las calles más extraviadas. - -Regla deja á Merto entre sus parientes, hasta nueva orden, no sin -exigirles la promesa de que en los primeros quince días le han de -quitar el hambre á palos; y sin perder un solo instante en ociosas -amonestaciones á su hijo, vuela, más bien que corre, hacia su casa. - -Pero su amo llega antes que ella. - -Atónito se queda al entrar en su cuarto y contemplar los despedazados -cachivaches que apenas le dejan sitio donde poner la planta; y -más se sorprende todavía cuando, al llamar á Regla para que le dé -explicaciones sobre aquel desastre, no halla quien le responda, si no -es Adonis que gime y llora á su modo, y le abraza las piernas, y le -lame las manos, y hace como si quisiera enseñarle las cordilleras de -ronchas que le abruman el cuerpo debajo de las lanas. - ---¡Merto!... ¿no es verdad?--exclama al fin Gedeón, entre iracundo y -triste, fijando su vista en la de Adonis. - -Y Adonis, cual si comprendiera la pregunta, alza más la cabeza; muévela -arriba y abajo, ladrando al mismo compás, como si quisiera decir: - ---Sí, señor; ¡ese bribonazo ha sido quien me dió la paliza y rompió -todo esto! - ---¡Preciso es convenir--exclama Gedeón, dándose por enterado,--en que -no se habrían atrevido á tanto mis propios hijos, si yo los tuviera! - -En esto entra Regla en el gabinete, desencajada y compungida. Refiere á -su amo lo que sabe del caso y lo que ha hecho con el causante, llorando -cuando debe llorar y lamentándose cuando debe y como debe lamentarse; -y como todo lo dice ella, y cuanto hay que hacer con el delincuente -está ya hecho, Gedeón sólo despliega los labios para implorar un poco -de misericordia para Merto, y reducir á su madre á que renuncie á sus -manifestados propósitos de marcharse de la casa, en castigo que ella -misma se impone, de su mala correspondencia á los favores recibidos de -un amo tan generoso y tan bueno. - -Y con esto, y no sé si con algo más, pariente de ello, se da por -terminado un incidente (como dicen en los Parlamentos), que, en buena -lógica, debía tumbar de espaldas á un hombre como Gedeón, que se pone -malo solamente con acordarse de los desafueros y tropelías que cometen -en las casas los hijos de familia, cuando son de la edad de Merto. - -Al otro día cuida mucho el complaciente amo de no apurar las fuerzas ni -el espíritu de su criada con órdenes excesivas ó con palabras secas. -¡Demasiado acongojada está la pobre mujer con lo que le ha sucedido! -¡Ella que es tan atenta! ¡Ella que es tan delicada!... ¡y tan comedida! - -Y como, al cabo, es madre de Merto, y por malo que éste sea debe de -quererle mucho, también le pregunta por Merto. - -Y como nada sabe Regla de él en los tres primeros días, al cuarto la -_ruega_ Gedeón que trate de saberlo, porque cabe en lo posible que el -chico haya _tomado sentimiento_ por lo que se le ha castigado, y llegue -á adquirir una enfermedad peligrosa. Después de todo, ¡qué diablo! por -malo que sea un chico, vale su vida... para su madre, se entiende, -bastante más que los cuatro monigotes destrozados en su gabinete. - -Merto, entre tanto, se halla en casa de sus parientes tan sereno y -despreocupado como si jamás hubiera roto una cazuela; pero su madre se -guarda mucho de contárselo á su amo; antes le dice, por toda noticia de -su hijo, que sigue éste llorando el bien que ha perdido por su culpa, y -cumpliendo la pena merecida que ella le ha impuesto. - ---Pues si está arrepentido--dice Gedeón á Regla, antes de la -semana,--perdonémosle, con mil santos, y que se vuelva otra vez acá. -¿Quién sabe si con lo que ha pasado y algo que yo le diga, poniéndome -serio, acabará de hacerse un modelo de chicos agradecidos y juiciosos? - -Pero Regla sigue implacable. - ---Nadie sabe como yo--responde, con todas las necesarias salvedades de -respeto,--lo que á ese chico le conviene. - -Probablemente estará Regla en lo cierto. - -Todas estas conversaciones tienen lugar durante la comida ó el -almuerzo de Gedeón, y, por consiguiente, á las barbas de Adonis. ¡Y -es de ver qué gestos hace el ratonero cada vez que el nombre del -aborrecido rival llega á sus orejas! ¡Y es de admirar cómo gime y se -abate cuando la cara de su dueño no se frunce ni amontona al hablar del -pícaro que á él le deslomó! - -Cualquiera pensaría que Adonis va leyendo en la fisonomía de Gedeón sus -propósitos de perdonar al atrevido y sus deseos de volver á traerle á -su lado. - ---¡La morcilla antes que eso!--debe de pensar el ratonero, si tal lee. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -XX - -UN INCIDENTE - - -La escena representa otra vez el gabinete de Gedeón. - -Éste se halla repantigado en la butaca contigua á la mesa de escribir, -y atusa las greñas de Adonis; el cual parece dormirse, de gusto que le -da el suave manoseo de su amo. - -Si es lícito meternos donde no hacemos falta, conste también que Gedeón -está pensando en la cada vez más obstinada insistencia de su criada en -no traer todavía á Merto á su lado. - -Transcurre largo rato así. - -Entra Regla con una carta en la mano; pónela en las de Gedeón; dícele -que la ha subido la portera, y se va. - -Gedeón se fija en el sobre; frunce el entrecejo; apea de un revés á -Adonis, que exhala un débil gemido de sentimiento, como diría un -novelista _elegante_; abre la carta, y lee para sí lo siguiente, pero -con la más desastrosa ortografía, que yo no quiero copiar: - - «Querido Gedeón: Como hace semana y media que no te veo, te - escribo para decirte que en cuanto recibas ésta, vengas á verme, - pues hay dos casos muy graves de que tengo que enterarte. - - Tuya de corazón, más que nunca, - - SOLITA.» - -Graves deben de ser, en efecto, los casos á que la firmante se refiere, -cuando se atreve á molestarle con aquella misiva. Por largas que -hayan sido sus ausencias, jamás se ha permitido Solita quebrantar las -prevenciones que Gedeón la tiene hechas de no buscarle en su casa con -esquelas ni con avisos, y mucho menos con su persona. - -Y entre lo de «¿qué será?» y lo de «¿qué no será?» vuelve á entrar -Regla diciendo á su amo que hay á la puerta un hombre que desea -hablarle. - -Mas no bien lo ha dicho, ya está el hombre detrás de ella haciendo -reverencias á Gedeón. - -Es el tal un andrajoso, en chancletas; con las barbas á medio crecer, -y las greñas, rudas y entrecanas, desgajándose de la cabeza, como si -quisieran enredarse con las barbas que, en demostración de que no huyen -del enemigo invasor, crecen rígidas cara arriba. - -No es alto ni bajo, ni adusto ni risueño: tiene el cuerpo y la -fisonomía y hasta el olor que tienen siempre los vicios inveterados y -la falta absoluta de vergüenza. - -En el momento de encararse con Gedeón guarda en un agujero, de los mil -de su chaleco, una punta de cigarro que retira de sus labios cárdenos, -mientras derriba de su cabeza con la otra mano algo como gorra ó cosa -que lo parece después de haber sido sombrero. - ---¿Qué busca usted aquí?--le pregunta Gedeón en tono duro y ademán -airado. - ---Entendí que esta señora al abrirme la puerta me mandaba pasar -adelante; y eso he hecho,--responde el hombre con voz cavernosa. - -Siguen algunas réplicas y contrarréplicas entre los dos hombres, y -algunas disculpas y protestas de la mujer, de escasa importancia para -el lector y de mucha para mí si tuviera que escribirlas y comentarlas, -por lo cual las suprimo con su venia; retírase al fin Regla, y quédanse -frente á frente los otros dos personajes de esta escena. - ---¡Conque es usted don Gedeón?--pregunta el haraposo. - ---Lo soy, ¿y qué?--responde el preguntado, con voz y gesto de -repugnancia. - ---¡Pues vengan esos cinco!--exclama el hombre de los andrajos. Y avanza -resuelto hacia Gedeón; y, que quieras que no, le coge una mano y se la -estruja y resoba entre las dos suyas; y arrima á su cara, contraída por -el asco, todo el bardal de su cabeza y todas las cavernas hediondas -ocultas por el bardal. - -Gedeón consigue, á duras penas, librar su mano de aquella tenaza sucia; -y huye luego dos varas atrás con la butaca en que está sentado. - -El hombre, al mismo tiempo, toma una silla, la arrima á la butaca y se -sienta también. - ---Pues yo soy, para lo que usted guste mandarme, Judas Cerote,--dice -al sentarse. Y mientras aguarda la respuesta, escupe en la alfombra y -se limpia los hocicos con un pingajo que saca de otro pingajo de su -chaqueta. - ---¡Como si fuera usted Pentapolín de los Garamantas!--grita Gedeón -hecho una lumbre y poniéndose de pie.--¿Qué es lo que viene usted -buscando aquí? ¡Pronto! - ---¡Calma, amigo mío, calma!--replica el otro con mucha sorna,--que -no es oro todo lo que reluce, ni en mi corporalidad son remiendos -solamente lo que hay que ver. El asunto que me aproxima á esta -casa, no se manipula ni especifica echándome á mí á la calle sin -oirme... Hágame usted la cortesía de tomar asiento otra vez, con toda -franqueza... y permítame usted que amargure, digásmolo así, este primer -detrimento de las honradas hidalguías de mi corazón que aquí me traen. - -Y el llamado Judas, al decir esto, hace como si se conmoviera. - ---Mire usted, hombre--replica Gedeón dejándose caer en la butaca:--si -me promete usted concluir pronto lo que tiene que comunicarme, soy -capaz hasta de escucharle sentado. - ---De usted dependerá que yo finiquite en dos minutos. - ---Pues vaya usted cumpliendo su promesa. - ---Con tal que no sea usted el que desee que se alargue la platicación. - ---Fácil es eso. - ---Pues ha de saber usted, don Gedeón, que yo soy un artista -verdaderamente desgraciado; porque desgracia es para mí haber venido á -luz en unos tiempos, digásmolo así, de menosprecio para el arte... ¡el -arte que yo cultivaba con el entusiasmo de los juveniles años!... - ---Siga usted, pero sin comentarios. - ---No pude seguir, mi señor don Gedeón, por lo mismo que yo era un -verdadero artista: no se me correspondía al tenor de mi trabajo; y -antes que consentir yo en humillar el arte... ¡el arte que yo cultivaba -con el entusiasmo de los juveniles años! á la tiranía de los iznorantes -y pusilámines, envolví la venerable herramienta de mis glorias en el -honrado mandil, para que no la menospreciara el siglo, y me dediqué á -la contemplación, digásmolo así, de la Naturaleza en sus manificencias -y esplendores, único trabajo á que podía dedicarme, fuera del arte... -¡del arte que yo cultivaba con el entusiasmo!... - ---«De mis juveniles años.» Adelante. - ---Esa es la palabra. ¡Cómo nos entendemos y hasta nos adivinamos los -pensamientos! Estaba escrito, don Gedeón. - ---¿Cuál? - ---Lo que pasa. Nacimos el uno para el otro. ¡Tenía que suceder! - ---¿Quiere usted proseguir, señor... artista? - ---Gracias, mi respetable don Gedeón, por ese sufragio, digásmolo -así, conmovedor, que rinde usted á mis sentimientos. Prosigo. Este -amor descomensurable que guardo en mi pecho á la patria Naturaleza, -llévame á menudo á plazas y paseos para contemplar séase el firmamento -estrellado, séase las estrellas del firmamento, séase el sol del -mediodía, séase el amanecer de la mañana. ¡Qué quiere usted! parece -que el alma se me congratula en estas contemplaciones, maísimen si me -hallo en la amena y dilatada compañía de otros artistas infortunados, -que también renunciaron al arte... ¡al arte que cultivaban!... - ---«Con el entusiasmo de sus juveniles años.» ¿No es esto? - ---Cabalmente, señor don Gedeón, cabalmente... ¡Es admirable cómo se -corresponden nuestras concomitancias respectivas! - ---Menos en un punto, señor Judas. - ---¿En qué punto, mi adorado don Gedeón? - ---En que mi... «concomitancia» está deseando que acabe usted de hablar, -y la de usted se empeña en todo lo contrario. - ---Es el carácter, don Gedeón, y este sentimiento de mis entrañas, que -parece desgarrarse de alegría cuando se halla en la ilustre sociedad -de un hombre tan campechano como usted. Y ahora prosigo. Días hace que -contemplaba yo la estrella polar desde un rincón de una plazuela, fuera -de lo que podemos llamar casco de la ciudad... porque la ciudad, amigo -mío, de por sí no es quién para que en ella se explaye un espíritu, -contemplando séase el firmamento estrellado... - ---«Séase las estrellas del firmamento...» - ---Séase el sol del mediodía. - ---«Ó séase el amanecer de la mañana.» - ---Pero, señor don Gedeón, me deslumbra ya tanta concupiscencia de -pensamientos, digásmolo así, entre los dos. - ---Es para ayudarle á usted á llegar pronto al fin de su discurso. -Conque no me desaire usted en tan humanitarios propósitos, señor Judas. - ---Muy señor mío y dueño: rendido á ese sentimiento, especifico así lo -que me falta. Y digo, que hallándome en la contemplación de la estrella -polar hace dos noches, porque de noche era cuando yo la contemplaba -embriagado, digásmolo así, de ansias naturales del alma, y, á la -misma vez, presuimpuestando el tiempo en que, á un buen volar por los -aires, podría yo avecindarme con el astro, y aun, si á mano viene, -preguntándome por qué esa luz recalcitrante se apaga por el día y se -enciende no más que por la noche, cuando sépase usted, mi querido don -Gedeón, que pasa ella por delante de mí. - ---¿La estrella polar? - ---No, señor... aunque bien pudiera serlo, y lo ha sido ya para algún -navegante desafligido. Por una parte era su misma personalidad; por -otra no lo parecía. Pero ¡dónde verá el corazón paterno un pedazo -de sus propias entrañas, que no clame por él y le abra su pecho -enternecido? Entre si es no es ella, invoco su nombre con ese acento, -digásmolo así, de la eternidad de una ausencia contada por años y -determinada por la profundidad de los mares caudalosos. Entonces volvió -su fisonomía la inocente paloma; y al conocer á su tierno padre... huyó -con la mujer que la acompañaba. Pero yo la había conocido bien. Era -ella; el pedazo de mi corazón; el sostén de mi ancianidad y el amparo -de mis necesidades... ¡mi idolatrada Solita! - -Al oir este nombre, da Gedeón un salto en la butaca. Ni remotamente -había sospechado, el muy bolonio, que semejante fin tuviera el -laberíntico discurso del artista Judas. - -Desconcertado como niño goloso á quien su madre sorprende robando los -bizcochos, no sabe qué cara poner al zapatero para disimular mejor la -violencia en que se halla su ánimo. - ---De manera que usted es...--dice, sin saber lo que se dice, pero con -la cara muy hosca, creyendo que con aquello sale mejor del compromiso. - ---¡El padre de Solita!... es decir, _tu_ padre político, que _te_ abre -sus tiernos brazos para estrecharte en ellos. - -Y el elocuente artista, al responder así, se levanta de la silla, y -presenta á Gedeón todo el fardo de sus andrajos para que se arroje en -ellos. - -Pero Gedeón huye aterrado hasta la pared. - -Entre tanto, añade el remendón, sin bajar sus brazos entreabiertos: - ---Y perdóname, hijo mío, si he estado llamándote hasta aquí con la -circunflexión de _usted_. Yo te conocía; pero tú no tenías el honor de -conocerme. No podía comportarse de otra manera mi natural, digásmolo -así, respetivo y atento. - -Gedeón ya no oye, ni ve, ni entiende. Sobresaltado al saber que tenía -delante al padre de Solita, cuando oye á éste llamarle hijo, cree que -le muerden ratones y que le besan sapos y cucarachas. Aquello es un -asco, y además una ignominia. ¿Quién habrá puesto en manos del remendón -el pico de la manta para que, tirando de él, haya llegado á descubrir -el miserable lo que estaba oculto, y, sobre todo, lo que no estaba? Hay -que averiguar eso á todo trance. - -Á este fin, refrena Gedeón sus iras; y, con un esfuerzo supremo de la -voluntad, disimula también sus repugnancias; finge que toma á risa los -extremos afectuosos del zapatero; ruégale que se siente, y le pregunta -qué es lo que le ha inducido á creer en el parentesco á que se refiere. - -El remendón se sienta y continúa hablando así: - ---Viendo que Solita me negaba la paternidad, ó que no la conocía, -seguí sus pasos, determinado á que no se escapara ya de mis -visuales. Creyéndola yo en Puerto Rico, ¡cómo había de negar á mi -corazón aquella voluntad de contemplarla de cerca? No sé las calles -que corrí siguiéndola; y como sospeché que no quería declararme su -domicilio, hice, digásmolo así, de vez en cuando, recatación de mi -persona: de este modo descubrí casa y piso. Llamé á la puerta. Clamar -en desierto, Gedeón. Pero yo no podía, paternalmente, volver atrás. -Y repetí el llamamiento. Ya los vecinos de la escalera me habían -oído todos, y hasta se apiadaban de mí, rogándome que callara, y -todavía á la infeliz no había llegado el amoroso machaqueo de su -padre. Pero ¡qué hija es sorda á la voz enternecida del anciano que -la ha dado el sér corporal?... Solita me recibió en sus brazos á la -media hora de llamarla yo á los míos. Pero la había dejado sirvienta -puramente, y me la encontraba dueña y señora de su casa. Era esto ¿no -es verdad, Gedeón? motivo de una plática, digásmolo así, aclaratoria -y explicativa. En esa plática supe de sus tiernos labios que había -contraído nupcias mayores en Puerto Rico, pero que había prometido á -su adorado esposo guardar el secreto de ellas hasta que fuera día de -clarificarse á la luz del sol. Cumplió después con su anciano padre en -cuanto á finezas generosas de presente; pero su padre no cumplía con -su augusto deber sólo con eso. Ocurrióseme ir á tomar luces de todo á -la casa en que conoció á la familia que la llevó á Puerto Rico... ¡Ay, -qué señora aquélla, Gedeón! ¡Qué virtud la suya tan boyante, digásmolo -así, y tan concluyente! ¡Y qué claridez la de su sentido! Media palabra -no más la declaró mi fineza, y en el acto me plantó sobre la pista... -Y como yo tampoco menosprecio las buenas protecciones que se me dan, -siguiendo los apuntes de tan refulgente señora, he llegado hasta aquí -sin tropiezo... - ---Y ¿qué más?--pregunta Gedeón, á punto ya de estallar como una bomba. - ---Que no contrincándose el dictamen de esa señora más que en lo del -viaje á Puerto Rico, viaje que resulta, digásmolo así, fracasado, con -lo dicho por Solita, sucede que tú eres el enlazado en secreto con -ella, y que yo soy vuestro padre que os bendice, y viene á estrecharte -entre sus brazos... - ---¡Y qué más? - ---Y al mismo tiempo, á decirte: Gedeón, el brillo y el buen ver entra -por mucho en la longanimidad de las familias; mira tú, hombre opíparo, -á tu padre político ultrajado por los años y las ingratitudes del -siglo; si has de regocijarte en él y en sus ancianos cabellos, vístele -y agasájale con qué se alimente y dé á sus arrugas venerables el -resplandor, digásmolo así, de los hombres acomodados y eminentes. - ---¿Nada más? Con franqueza... ¡dígamelo usted! - ---¡Oh, hijo descomunal y esplendoroso! ¡Bien decía yo que se adivinaban -nuestras concupiscencias! Pues ya que no se harta tu corazón de -desocuparse en el mío, sábete que no me vendría mal otro auxilio para -finiquitar algunas deudas que hoy me cierran las puertas del sustento -corporal, y hasta las del necesario descanso. - ---Y ¿nada más? - ---Por ahora... - ---Pues escucha, ¡zapatero vil, remendón indecente!--grita Gedeón con -los ojos fuera de sus órbitas y los puños crispados;--ni yo te he -parido, ni conozco á tu hija, ni quiero conocer á esa otra bribona que -aquí te envía; ni me he casado nunca, ni me casaré en mi vida; ni tengo -obligación de escucharte lo que me has contado, ni paciencia para oirte -otra palabra más. - ---Pues si usted no me conoce, ni conoce á Solita--dice Judas entre -admirado y malicioso,--¿de qué sabe usted que yo soy zapatero, si yo -no se lo he dicho? - ---Lo sé--replica Gedeón algo desconcertado, pero no menos -furioso,--porque... ¡porque lo huelo! ¡porque tú no puedes ser otra -cosa! - -Al mismo tiempo saca de su bolsillo unas monedas de plata, y, -arrojándolas sobre la mesa, añade: - ---Si es eso lo que venías buscando para emborracharte, tómalo, con tal -que te largues; y cuida de no probar en otra parte este sistema de -sacar dinero, pues no todos tendrán la paciencia que he tenido yo. - -El zapatero se abalanza con mal disimulada avidez á las monedas; -y mientras las hunde en uno de los abismos de su chaleco, dice -fingiéndose conmovido: - ---Las recojo, no por lo que valen en su prosapia metálica, sino por -la mano generosa que me las ofrece como prenda de un fino genial de -estimación. Pero créeme, hijo de mis entrañas, llevo clavado en ellas, -como un puñal inclemente, la rigurosidad de tus palabras á un padre -tierno que, al darte sus brazos amorosos, quería decirte: «arrójate en -ellos con la frente muy alta, que son el apoyo de una familia ilustre, -perseguida, digásmolo así, por la hediondez de la miseria...» - -Mientras el zapatero se enreda en estas nuevas declamaciones, Gedeón -llama á Regla; y cuando la tiene delante, la dice en tono firme y con -ademán resuelto: - ---Enseñe usted la puerta á este hombre. - ---¡Son cuentas de familia, señora!--dice Judas á Regla cuando la ve á -su lado, y mirándola con cierto desdén. - -En seguida se vuelve á Gedeón y le dice á media voz, pero trémulo é -iracundo: - ---¡Te perdono, hijo ingrato... y nos veremos! - -Después sale detrás de Regla, chancleteando con los pies y requiriendo -los pingajos de su vestido. - -Cuando Regla cierra la puerta de la escalera, Gedeón, que se ha -colocado á dos pasos de ella, la dice: - ---¿Has visto á ese hombre?... ¿Le recuerdas bien?... Pues el día en que -él vuelva á entrar por ahí, sales tú por el balcón. - -En seguida se encierra en su gabinete, y bufa y patea. - -En su concepto, la historia contada por el zapatero ha sido compuesta -por su hija, ó de acuerdo con ella. - -Quiere amenazarle con aquella afrenta constante, para reducirle mejor -á los propósitos que ha tenido el atrevimiento de manifestarle muchas -veces. ¡Insensata! ¡Y á tanto se atreve cuando ya no le queda un solo -atractivo con qué justificar el oprobio que se le quiere imponer! -¡Cuando está deseando él una disculpa para deshacerse de ese grillete -que le amarra y le desuella! Pero, bien mirado, ¿qué mejor ocasión que -ésta para sacudirse las pulgas? Ahora ó nunca... No la dejará en la -calle abandonada: cumplirá, en tan grave trance, como quien es; pero -romperá toda conexión con ella, y quedará tan libre de su peso como -estaba antes de conocerla. - -Y así pensando, vístese acelerado y sale hacia la calle, abotonándose -el chaleco en la escalera y haciendo en el portal el nudo de la corbata. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -XXI - -DE ESCALERA ABAJO - - -No habrá dado muchos pasos Gedeón fuera de su casa, cuando Regla está -bajando al portal. - -Tiénela muy sobresaltada algo que pasa bien cerca de ella, desde que -tomó de manos de la portera la carta que puso en las de Gedeón. Aunque -no es gran pendolista, sóbranla ojos para distinguir á una mujer en la -letra de un sobrescrito; y mujer es, en su concepto, quien trazó los -garabatos de aquel sobre. - -En cuanto al hombre que se coló tras ella en el gabinete, también le -parece que es bastante más que un andrajoso vulgar que se mete por la -primera puerta que halla á medio cerrar. Á éstos se les da una limosna -ó un bufido, y se les planta en la escalera, acto continuo; pero el -andrajoso que acaba de salir es cosa muy distinta. Hablaba recio al -despedirse, después de haber hablado largo rato con su amo; y el furor -de éste, al arrojarle del gabinete, no se parece en nada al que produce -en una persona decente un hombre entremetido y sin educación. Qué hay -en la carta y qué en el haraposo, no lo sabe ella; pero hay algo grave; -tan grave, que ha sido causa de que su amo salga á la calle hecho un -basilisco. Y ¿quién trajo la carta y se la entregó á la portera? ¿Por -qué ésta, ó su marido, dejó subir al haraposo? ¿Qué les dijo para -conseguirlo? Hay que averiguar todo esto, por de pronto. - -Con tal intento baja la escalera, aunque quizá se figura que no le -mueve otro que endosar al portero la amenaza que le dirigió á ella su -amo al despedir al hombre de los andrajos. - -El portero es otro remendón, pero que no se llama artista; y por eso -saca del oficio un mendrugo cada día. No es muy hablador, porque en -nada es vehemente; y lo prueba que menea la herramienta al compás del -_¡Triste Chactas!_ desde que se ciñe el mandil hasta que se le quita; -lo cual es tanto como decir que de sol á sol dura la sonata. - -Pero, en cambio, su mujer, aguadora y recadista de toda la vecindad, es -un argadillo y una cotorra. - -Como los unos bracea y como las otras charla delante de su marido -cuando llega Regla al portal. - ---¡Ay, señora Regla--la dice encarándose con ella,--qué hombres tan -dejados de la mano de Dios y tan comprometedores de las familias de -bien! - ---¿Qué pasa, señora Rita? - ---Las iniquidades del alma, como quien dice. - ---Pues ¡cómo ha de ser! - ---De otra manera muy diferente, señora Regla... Por algo los dedos -de la mano no son iguales. El hombre de bien, á sus quehaceres; el -malhechor, á la cárcel. Cada uno en su casa y Dios en la de todos. - ---Y así debiera ser, señora Rita; pero si no lo es, ¿qué vamos á -hacerle? - ---Pues al tenor de ello hablaba yo ahora mismo con este bendito de -Simón, que es un palomo sin hiel y no se escandaliza de nada. - ---Pues más vale así, señora Rita. - ---Pero con su cuenta y razón, señora Regla... No me digan á mí que -cuando las osadías andan por el mundo sin trabas ni bozal, deben los -hombres honrados ponerlas puente de plata y cubierto á la mesa... ¿No -fuera mejor echarlas solimán de lo fino? - ---También es verdad eso... ¿no le parece á usted así, tío Simón? - ---_¡Cuán raaa... apida ha sido!_...--canturrea éste al oir la pregunta, -mientras da los dos últimos estirones de cabo á una puntada. Y no dice -más. - ---Este bendito de Dios--añade su mujer,--con la sinfonía de siempre. -Ni Cristo pasó de la cruz, ni él pasará de la sonata en los días de -la vida... Bien que mejor quiero verle emperrado en ella, que dado á -Barrabás, como el otro desalmado que acaba de salir. - ---Pues de ese hombre venía yo á hablar con ustedes. - ---Hable usted, señora Regla, hable usted, que todo será poco para lo -que merece, por lo que echa por aquella boca de Satanás. - ---Yo, señora Rita, sólo tengo que decir que por ningún motivo le dejen -ustedes entrar por esa puerta. Así me lo ha encargado el señor. - ---Y será medida su palabra. Bien sabe Dios que si una vez pisó esas -escaleras, no fué sin que yo se lo reprendiera á mi marido. «¡Mira, -Simón, que ese hombre es un puro embrollo y una pura desvergüenza! Mira -que te va á comprometer... bien conocido le tienes ya...» Porque Simón -le conoce, señora Regla... ¡como que aprendieron juntos el oficio! Pero -Simón, en buena hora lo diga, es un hombre trabajador y de su casa, y -al otro no tiene el diablo por dónde desecharle. - -Á todo esto, el tío Simón continúa refunfuñando su canción sempiterna, -y bregando con la bigotera que está echando á un borceguí. - ---Pero ¿qué pasó con ese hombre, al fin y al cabo?--pregunta Regla. - ---Primeramente--responde la señora Rita,--ese hombre es un borracho -que mató á su infeliz mujer á palos y á pesadumbres, y dejó el oficio -para vivir... yo no sé de qué... Él dice que de lo que le pasa una -hija que huyó de su casa siendo una criatura... ¡vaya usted á saberlo, -señora Regla! El caso es que hace una hora se presentó aquí con su -poca vergüenza, y preguntó por el amo, con un aquel y un qué sé yo, -como si toda la vida hubieran comido juntos. Dijímosle que no estaba -en casa, y que, aunque estuviera, sería lo mismo para él, porque no -le recibiría... ¡Ay, señora Regla, en mala hora yo tal dije! ¡Qué -ponerme de cosazas y menosprecios el deslenguado!... Como que yo estaba -viendo cuándo era el instante en que Simón se quitaba el tirapié... -Porque, aquí donde usted lo ve, señora Regla, cuando se enfada hay -que conjurarle como á las tormentas... Pues ¡no se atrevió, el -sinvergüenza, á decirme que mirara mucho lo que hablaba con él, porque -podía hacerme y acontecerme, motivado á que don Gedeón era... (¡el -Señor no se ofenda de lo que voy á decir!)... pariente, señora Regla, -pariente muy cercano suyo? ¡ha visto usted!... y que le había mandado -llamar por persona que podía hacerlo; y que por eso venía, y que si lo -dudábamos le acompañaría quién que mandaba aquí más que todos nosotros, -y... ¡san Crispín unigénito no me oiga!... más que el amo, señora -Regla... más que el amo?... Y, amiga de Dios, tanto dijo y fachendeó, -y tanto nos rompió la cabeza con fanfarrias, que Simón dijo «allá te -arregles y con él te veas...» Y entre que «esto no me parece bien,» y -lo otro de «puede que tenga razón,» y yo que «no puede tenerla nunca un -hombre como ese,» y este otro que «más gordas se han visto,» el pícaro -fué subiendo; y cuando quisimos reparar en él, ya estaba arriba, si es -que no adentro... ¡Pero al bajar fué ella! ¿No es verdad, Simón? ¡Qué -humos, qué pomposidades y qué sonar dinero en las faltriqueras! ¡Qué -querer convidar á este inocente nada menos que á la fonda, y ofrecerme -á mí un mantón de ocho puntas y una cofia con encajes!... Mire usted, -señora Regla, esto me incomodó mucho, porque parecía burla... Luégo -bajó el amo, hace un instante, y se descubrió el pastel. ¡Qué cara -traía el bendito señor, y con qué rejo nos encargó que perniquebráramos -al insolente antes que dejarle entrar aquí! Para mi cuenta, y Dios -me lo perdone si me equivoco, aquel dinero que sonaba lo robó en el -piso... - -Regla, que de todo este fárrago no pierde palabra que sea utilizable á -sus propósitos, interrumpe á la señora Rita para preguntarla: - ---¿Y dice usted que tiene una hija? - ---¿Quién... el amo? - ---No, mujer, ese perdido. - ---¡Ah! sí... Lo decía antes de darse tanto lustre. Ahora, Dios sabe lo -que dirá. - ---¿Luego usted no la conoce? - ---Como al día en que me he de morir. - ---¿Ni usted tampoco, tío Simón? - ---¡... _de mi diiiii... cha_! - ---¡Digo si conoce usted á la hija de ese hombre! - ---Yo no conozco más que mi obligación, señora Regla. - ---Antes que él--continúa ésta,--creo que vino una carta... - ---Pues por eso decía yo á Simón--replica la señora Rita,--antes de -bajar usted, que hay días que ni buscados con un candil... Vino una -carta, sí, señora. - ---¿Quién la trajo? - ---Una jovenzuela. «¿Vive aquí don Gedeón?» preguntó muy relamida. «Aquí -vive, en el primero,» la respondí muy atenta. «¿Se le ofrece á usted -algo?» «Dele usted esta carta,» me replicó con el hocico muy plegado, -como si fuéramos aquí gente de chanfaina. «¿Tiene contestación?» -volví á preguntar al tomarla... porque me parece á mí que esto es de -cortesía, para, si acaso, decirla: «Pase usted adelante, tome usted -asiento mientras bajo.» Pues nada, señora Regla: me volvió la espalda -sin decir «por ahí te pudras,» y se largó, la muy descortés. - ---Y esa joven--pregunta Regla con evidente curiosidad,--¿qué aire -tenía? ¿Era, como quien dice, persona decente? - ---¡Calle usted, por el amor de Dios! una atropella-platos como otra -cualquiera. - ---¿Y nada más la dijo á usted? - ---¡Y qué más había de decirme? ¡Podía haberse atrevido á mayores, la -muy remilgada! ¡No, por vida mía! Pobre sí; pero á saber guardar mi -puesto, me ganan pocas. - ---De manera, señora Rita, que, como usted dice, el día ha sido -aprovechado: primero, una joven con una carta para el amo, y después, -un andrajoso que dice que es pariente de él; que sube á hablarle, y que -baja de la visita sonando mucho dinero en el bolsillo. - ---Cabales. - ---Pues eso se ve todos los días, señora Rita. - ---No en los míos, señora Regla; y eso que los arrastro bien por el -mundo y sobre buenas alfombras, aunque me esté mal el decirlo; que -para eso sirvo á muchos... Pero aunque se viera, yo digo que no debía -verse nunca de eso. - ---Pues para que no se vea aquí más, he dado yo á ustedes el encargo que -también acaba de darles el amo, según me dicen... Y con esto, me vuelvo -arriba... - ---Vuélvase usted, señora Regla, y vuélvase usted en la cuenta de que -ese hombre no pisará más este portal... Y diga usted, si viene otra -carta ¿tampoco la recibo? - ---Esa sí--contesta Regla con vehemencia.--Reciba usted cuantas vengan, -y entréguemelas á mí. - ---¿Aunque sean para el amo? - ---Para dárselas yo á él, alma de Dios. - ---Eso es otra cosa. - ---Adiós, señora Rita. - ---Adiós, señora Regla. - -Cuando ésta pone el pie sobre el primer escalón, llámala el filarmónico -zapatero. - ---Señora Regla--la dice con mucha parsimonia, quitándose las gafas y -volviendo la cara hacia ella.--Yo hablo poco, ¿está usted?... y cuando -con lo poco que hablo no me entiende ¿está usted?... el que se empeña -en meterse ¿está usted?... donde no le llaman... y contra mi gusto, -agarro el tirapié ¿estamos?... y en seguida me hago respetar ¿está -usted?... De modo que pisar ese hombre las escaleras que usted pisa -ahora ¿está usted?... es tanto como decir que Simón ha muerto ¿está -usted?... Pues no digo más. - ---Y es bastante, tío Simón. - ---Y como lo dice lo hace el inocente, créalo usted. - ---Hasta luégo, señora Rita. - ---Hasta luégo, señora Regla. - -Volando sube ésta al piso, y de dos voleos se echa el manto sobre la -cabeza. - ---¡Se me va de entre las manos!--murmura mientras se le arregla y -anda.--Hay que atarle con cuanto esté al alcance de las mías. - -Y echa escalera abajo. - -Deja á los porteros la llave del piso, como acostumbra en ausencias de -su amo, por si éste vuelve antes que ella; y sale del portal sin hacer -caso de la señora Rita, que quiere detenerla para hablar un rato. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -XXII - -OTRO INCIDENTE MÁS GRAVE - - -Solita no cesa de mirar á la calle por las vidrieras del balcón, como -hace quien espera con ansia á una persona, ó quien teme que llegue otra -que no debe llegar. - -No puede ser de las últimas la que, al cabo, columbra, según la prisa -que se da á salir á la sala, tumbarse con languidez en una butaca y dar -á los pliegues de su falda y á cuanto cuelga en su doméstico arreo, -la caída y el _aire_ que corresponden á la palidez de su semblante... -porque es de advertir que su semblante está mucho más pálido y ojeroso -que de costumbre. - -Cuando oye abrir la puerta de la escalera, deja caer la cabeza sobre -una mano, y el otro brazo fuera del correspondiente de la butaca. - -En esta guisa la halla Gedeón, que era, á no dudar, la persona esperada -y vista por Solita. - -Pero lo que Solita no esperaba y ve ahora por las rendijas de su mano, -es que Gedeón viene echando lumbre y veneno por todos los agujeros de -su cara. - -Aquel hombre es una botica que arde. - -No se sienta, se derrumba delante de Solita; y al derrumbarse, rechina -la butaca y cruje el pavimento; el sombrero que se arranca de la -cabeza, no le coloca, le estrella en el sofá; y al cruzar sus piernas, -parece que trata de romper la una contra la otra. - ---¿Recibiste mi carta?--le pregunta Solita, sin levantar la cabeza, con -voz lánguida, muy lánguida, después que observa que el recién venido, -aunque bufa mucho, no rompe á hablar. - ---¡Sí!--responde Gedeón con un bramido huracanado.--Recibí tu carta... -¡y algo más que tu carta! - ---Me atreví á escribirte porque hace tres semanas que no te veo; y el -caso era urgente. - -Después de decir esto con la misma voz lánguida y apagada, llévase una -mano á la garganta, como si se le atravesara allí algo que le produjera -bascas; mira á Gedeón con ojos tiernos, y reclina todo su busto en el -respaldo de la butaca. - ---¿Conque es urgente el caso?--exclama Gedeón con la sorna de un mastín -cuando enseña los dientes.--Y ¿cuál es el caso? - ---Uno de ellos, el que yo me temía, Gedeón. Anteanoche, saliendo á -tomar el aire, porque _ahora_ necesito tomar el aire muy á menudo, me -encontré con... mi padre. - ---¡Adelante! - ---Me extraña la poca sorpresa que te causa la noticia... - ---¡Adelante! - ---¡Jesús., qué suave te vas volviendo! - ---¡Adelante, Solita! ¡Adelante, y déjame á mí en paz! - ---Como tú quieras... Híceme la desconocida cuando me llamó por mi -nombre, y hasta quise desorientarle metiéndome por las calles más -extraviadas; pero debió de seguirme los pasos, porque cuando me creía -libre de él en mi casa, comenzó á llamar á la puerta, y con tanta -furia al ver que no le respondían, que los vecinos salieron asustados -á la escalera. Entonces, por evitar un escándalo, abrí. Entró; y como -no le podía decir que estaba yo sirviendo en esta casa, pues desde -mi vestido hasta la soledad que reina en ella le probaban todo lo -contrario, ocurrióseme decir que me había casado en Puerto Rico, pero -en secreto, y que había venido á España en el último vapor á esperar -á mi marido, que llegaría tan pronto como las cosas le permitieran -publicar el casamiento... ¡qué sé yo lo que inventé por el estilo! y á -mayor abundamiento, le dí cuanto dinero podía darle en aquel instante. -Parecióle bien la dádiva, pero no la historia; y prometiéndome -enterarse de ella más á fondo y hacerme otras visitas, se marchó. No he -vuelto á verle, y esto quería decirte para tu gobierno. - ---¿Has concluído?--pregúntala Gedeón, enronquecido por la ira y el -despecho. - ---No tengo más que decirte sobre este asunto,--responde Solita, cada -vez más lánguida y sentimental. - ---Pues bien--exclama el otro como estallan los pellejos muy inflados, -á poco que se los apriete,--yo, en cambio, tengo que contarte á tí que -el zapatero inmundo, que el remendón miserable, que el sinvergüenza -de tu padre, ha estado en mi casa... ¡y ha querido abrazarme! ¡y -me ha llamado hijo suyo!... ¿lo oyes bien? ¡hijo suyo!... ¡y me ha -tuteado!... ¡y he tenido también que darle dinero para taparle la boca, -ya que no podía taparle el resuello con pólvora y solimán! - ---¡Mi padre en tu casa! Pero, ¿quién le guió allá?--dijo Solita dejando -los dengues y dando á su voz y á su fisonomía tal aire de sinceridad, -que el mismo Gedeón no se atreve á dudar de ella. - ---Por lo visto, la víbora de doña Ambrosia, á quien el condenado fué, -con infeliz ocurrencia para mí, á pedir _antecedentes_ del caso. -¡Figúrate si se habrá regodeado la pícara buscándonos las huellas! - ---¡Pero es una infamia eso! - ---Será lo que tú quieras... De cualquier modo, hay que tomar sobre ello -una resolución heróica. ¡Yo no puedo quedar ligado á la ignominia de -ese hombre!... - ---Ciérrale la puerta... hazte el desconocido. - ---Me he hecho el desconocido y le he cerrado la puerta; pero volverá á -llamar á ella, y me perseguirá, y será mi sombra de día y mi pesadilla -de noche. ¡Qué horror! - ---¡No es para tanto, hombre! ¡En qué poca agua te ahogas! - ---¡Poca... cuando me cubre con más de un palmo, no el agua, sino la -pringue de la zapatería! - ---¡Y vuelta al zapatero! Pues, qué caramba, ya sabías que lo era cuando -te acercaste á su hija. - ---¡Sólo falta ya que tú le defiendas! - ---No le defiendo; pero al cabo es mi padre... - ---Es decir, que siendo yo el descalabrado, tratas de ponerte tú la -venda. - ---Yo trato de poner las cosas en su punto, y nada más. - ---Pues precisamente vengo yo á eso: á poner las cosas en su punto, y á -ponerlas en seguida. - ---Pues tú dirás... - ---Antes tienes tú que decirme, por si también es de las partidas que -deben figurar en la liquidación, cuál es el otro caso grave de que -tienes que hablarme. - -Aquí languidece de nuevo Solita; y como si de pronto olvidara todos los -puntillos que tiene pendientes con Gedeón, mírale con los ojos casi en -blanco; sonríele medio ruborosa, y exclama, á vueltas de algunos toques -de mímica sentimental: - ---¡Ay, Gedeón! ¡qué ocasión más providencial para dar al olvido -resentimientos de vicio y quejas de tres al cuarto! - ---Pues qué, ¿nos ha tocado la lotería? - ---¡Sí, amado Gedeón; y el premio gordo!... - ---¿Quieres hacer el favor de no bromearte, Solita, y acabar pronto de -responderme? - ---¿Tan de prisa estás? - ---¡Muy de prisa! - ---¡Ingrato! - ---¡Solita!... déjame de sensiblerías ridículas, y piensa que es de muy -distinto género lo que tienes que oir, después que me respondas á lo -que te he preguntado. - ---No temo la amenaza, Gedeón; porque después que yo te diga dos -palabras, trocaránse en mieles tus amarguras, y en mansedumbre tus -furores. - ---Ya tardas en decírmelas; pero dímelas en crudo y sin esos jarabes que -me empalagan. - ---Voy á decírtelas, ¡ingrato!... pero al oído: quiero que ni el aire se -entere de ellas antes que tu corazón. - -Dicho esto, se levanta Solita hecha un caramelo, pero un caramelo -blando que se cimbrea y se escurre; acércase á Gedeón, enlázale con sus -brazos, arrima á su oído la boca, y permanece así dos segundos. - -De repente da Gedeón un salto y lanza un rugido espantoso; y al caer en -el suelo, después de haber tenido cerca del techo la cabeza, oprímesela -con las manos crispadas, y comienza á exclamar con voz rabiosa: - ---¡Ábrete, tierra, y trágame... una vez!... ¡dos veces!... ¡diez -veces!... ¡mil veces!... ¡y vuelve á escupirme á la luz!... ¡y vuelve -á tragarme!... ¡por sandio!... ¡por estúpido!... ¡por ridículo!... ¡Yo -debí preverlo!... ¡y no lo he previsto!... ¡yo debí... no haber nacido, -para no verme en estos trances afrentosos! - -Y esto dicho, y algo más que no copio, y mientras Solita lo oye con la -boca abierta después de haber estado á pique de caer de espaldas al -saltar de la butaca Gedeón, toma éste el sombrero; hunde en él casi -toda la cabeza, y sale, ó más bien, huye de la casa como si llevara un -incendio debajo de la levita. - -[Ilustración] - - - - - -[Ilustración] - -XXIII - -EL TERCER INCIDENTE - - -Cuando baja la escalera, parece un peñón que se desgaja y rueda al -abismo: tal salta de tres en tres los peldaños; y aquí tropieza, y -allí vacila, y más allá resbala; y á sus golpes crujen los tablones y -tiembla la balaustrada. - -Así llega al portal; y, sin pisarle más que una vez, quiere avanzar -hasta la acera; y para conseguirlo, ha sacado ya la pierna fuera del -batiente; pero otro hombre va á meter la suya al mismo tiempo y por el -mismo lado de la puerta, de modo que el que entra y el que sale chocan -como dos carneros; y con tal ímpetu, que el uno retrocede hasta la -escalera, y el otro hasta el medio de la calle. - ---¡Bruto!--ruge el de adentro. - ---¡Animal!--exclama el de afuera. - -Y cada uno se tapa y oprime la cara con las manos para mitigar un poco -el dolor del testerazo que le ha correspondido. - -El primero que se descubre es Gedeón, que, al fijar su vista en el de -la calle, todavía tanteándose cabizbajo los chichones, conoce en él á -su amigo Herodes. - ---¡Conque eras tú!--exclama admirado. - ---¡Gedeón!--responde Herodes al oir la voz de su camarada, mirándole -á hurtadillas y con señales de sobresalto, á causa, sin duda, de la -impresión que hace la luz en sus ojos, aún doloridos por el golpe.--¿De -dónde diablos bajabas tan de prisa? - ---¡De arriba!--contesta Gedeón, palpándose la frente.--Y á tí, ¿qué -demonios se te pierde en esta casa? ¿Qué casualidad nos reúne aquí? - ---Iba á subir. - ---¡Ya! pero ¿á qué? - ---Á... hacer una visita. - ---¡Visitas tú, y en una casa tan extraviada! - ---¿No las haces tú también en ella? - ---Es verdad, hombre. - ---¡Menudo coscorrón me has dado! - ---¡No le recibí yo más flojo!... Ya habrás notado, por el que te dí, -que voy algo de prisa. - ---En efecto. - ---Pues excúsame de cumplimientos; alíviate, y adiós. - ---Lo mismo digo. Hasta la vista. - -Y Gedeón echa calle abajo, como alma que lleva el diablo, y acaso no -sea exagerada la comparación. - -Herodes, después de permanecer unos instantes en el portal, saca con -cautela su cabeza fuera de la puerta, y sigue con la vista al que se -aleja: y ¡extraña curiosidad! cuando éste ha doblado la esquina, llega -hasta ella el otro, y con las mismas precauciones de antes, mírale -desde allí cómo se interna en otra callejuela; y ¡capricho más pueril -todavía! se va tras él, como si quisiera contarle los pasos. Así le -escolta hasta verle salir del barrio, y sólo entonces se resuelve á -volver atrás. Llega de nuevo al portal de Solita; y como si ya no se -acordara del testerazo, arréglase un poco la corbata y echa escalera -arriba con aire tranquilo y reposado. - -Entre tanto, Gedeón llega también á su casa; se encierra en su gabinete -y comienza á dar vueltas en él, como tigre en jaula. - -Su cabeza es un volcán en que hierven, y se oprimen, y se mezclan y se -revuelven las ideas; ideas que le escaldan y le confunden el cerebro; -porque, á la vez que lava abrasadora, son marea que avanza y retrocede, -y muge y aporrea. - -Lo que Solita ha confiado á su oído no son palabras, es una cadena -de presidiario que le amarra á él, por toda la vida, á la hija del -remendón... Ya no es libre; ya no puede tener ni la esperanza de serlo, -como la tenía pocas horas antes, cuando iba resuelto á liquidar las -cuentas de sus debilidades con Solita. ¡Qué adelantaría ya con realizar -estos propósitos... si le quedaba _lo otro_ por liquidar? Y _lo otro_ -es todo lo más abominable que puede proceder de Solita, y además, -Solita entera y verdadera, y además, el zapatero con más hondas raíces -á la puerta de su casa, amenazándole con sus harapos y su parentesco. -Y de esto puede alejarse, pero no desprenderse; porque ¿adónde irá -que no lo vea, ó que no lo oiga, á lo menos? Y verlo ú oirlo, ¿no es -estar ligado á ello? Será la cadena más ó menos larga; pero siempre -será cadena, á cuyo extremo estará amarrado él, girando, como bestia en -hipódromo, alrededor de un centro de mamarrachos y de ignominias. - -Cuando éstas y otras y otras ideas, no más risueñas ni sosegadas, -han batido con furia todos los rincones de su cráneo; después que -de aquella tempestad bravía sólo queda la espuma de sus amarguras -sobrenadando, señal de que las ideas han vuelto á su nivel -acostumbrado, la razón comienza á ver alguna claridad por las rendijas -de la bruma que se rasga y va desapareciendo en jirones por el -horizonte. Entonces, y sólo entonces, advierte que en el encuentro que -tuvo con Herodes puede haber de curioso algo más que el mutuo coscorrón -que ambos se dieron. ¿Qué buscaba allí aquel hombre, precisamente -á la hora en que Gedeón nunca había entrado en aquella casa hasta -ese día? ¿Y qué buscaba en un barrio tan extraviado, y en una casa -cuyos vecinos todos, según confesión de Solita, la miran á ella con -menosprecio, señal evidente de que todos son honrados? Y siendo todos -honrados, ¿cómo puede tratarse con ninguno de ellos un hombre que no -comunica con la humanidad más que por el lado de las mujeres que sean -livianas y corrompidas? ¿Y en qué mujer de las de aquella vecindad se -pueden sospechar, con algún fundamento, conexiones con el impudente -solterón?... ¡Será posible que el hombre que más esfuerzos ha hecho -para separarle á él de la buena senda, se atreva á tanto?... Y ¿por -qué no? Quien se burla de los afectos más puros y de los sentimientos -más honrados, ¿por qué no ha de burlarse de un camarada de vicios -y liviandades?... Pero aunque él llegara á intentarlo, Solita le -rechazaría... Y ¿por qué ha de rechazarle Solita? Si la mujer propia, -si la mujer unida á un hombre ante los altares de Dios, según las -doctrinas del mismo Gedeón, falta á sus juramentos, y quebranta sus -deberes, y mancilla el honor de su marido, ¿por qué no ha de sucumbir -la obra de las tinieblas y del vicio? Quien ha sucumbido á las ofertas -de un amante, ¿por qué ha de resistirse á las dádivas de otro? ¿Qué -más da Gedeón que cualquiera de sus amigos? Además, Solita se queja, -no sin fundamento, de que Gedeón la tiene medio abandonada; pues así -como él busca lejos de ella remedio para el hastío que le mata, lejos -de él buscará ella el consuelo para la soledad en que vive. Cierto -es que Solita debe á Gedeón lo que le cuesta, en dinero, su vida de -«señora de su casa;» pero ¿no le debe nada Gedeón á Solita? ¿Nada -valen en el mercado del mundo la honra y la libertad de una mujer, -única hacienda que Solita poseía y ha sacrificado á Gedeón? Por este -lado pagados están ambos también. ¡Pero por _el otro_!... ¡Vamos, eso -sería inicuo!... ¡En semejantes circunstancias!... ¡Hacerle á él cargar -con!... ¡Horror, mil veces!... - -Pero, después de todo, ¿qué ha sucedido para tales imaginaciones?... -Nada, ó poco menos: un encuentro de dos hombres en el portal de una -casa. ¿No se ve esto cada día y en cada calle?... - -Mas aunque se vea y nada grave haya que temer con fundamento, ¿no -es bastante lo que ya está sucediendo? ¿No es hasta demasiado que -él, un hombre como él, libre como él, emancipado como él de todas -las «miserias del hogar,» de todas las «inmundicias del matrimonio,» -esté en aquel instante... celoso... ¡sí, señor, celoso!... y por una -fregatriz, hija de un remendón borracho y sin vergüenza; por una mujer -á quien no ama y de cuya compañía huye delante de la gente, como se -huye de lo que mancha y desdora? - -¡Oh, qué razón tenía el médico! No basta romper los lazos de la familia -para verse un hombre exento de los pesares que teme en ella, y de otros -muchos más. - -Y así batallando, quiere volver á casa de Solita por si aún está en -ella el inicuo amigo; pero luégo reflexiona que no será éste tan necio -que habiéndole hallado á él en el portal, permanezca al lado de la -infame tan largo rato. - -Después torna á encontrar descabellados sus recelos, y se tranquiliza -encomendando al tiempo y á una prudente vigilancia la solución de sus -dudas... - ---Porque ¡tendría que ver--concluye,--que un hombre como yo diera una -campanada de esas, y la diera en falso! - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -XXIV - -LO QUE ERA DE ESPERAR - - -En esto se despierta Adonis, que dormía en su rincón acostumbrado, y -comienza á husmear el aire y á exhalar gruñidos, y á revolverse sobre -el colchón, como si le amenazara una invasión de pulgas. - -Un momento después aparece á la puerta del gabinete Regla con el manto -sobre los hombros, recién destocada su cabeza, y detrás de Regla, -Merto, asido de las faldas de su madre y tapándose con ellas. Al -sentirle Adonis tan cerca, deja de gruñir y comienza á entonar una -salmodia entre lúgubre y desesperada. - -Gedeón, con la frente entre las manos y los codos sobre la mesa, ni -advierte la presencia de los recién llegados, ni la inquietud del perro. - -Regla avanza dos pasos más; Merto la sigue, y Adonis, al verse á -tres varas de su odiado enemigo, concluye la salmodia con un trino -convulsivo, y de un salto se coloca junto á su amo. - -Entonces se fija éste en lo que sucede. - ---¿Qué hay?--pregunta á Regla, alzando la cabeza. - ---Pues hay, señorito--contesta Regla, torciendo y estirando entre los -dedos un pico de su manto,--que he ido á buscarle y que... aquí está. - ---¿Quién? - ---Merto. - ---¡Merto? - -Al oir este nombre execrado, vuelve á trinar Adonis, pero muy recio. - ---¡Calla, condenado animal!--exclama Gedeón con gesto avinagrado y -largando un castañetazo al ratonero. - ---¡Guaaayyy!--late el infeliz. Y se esconde debajo de la butaca de su -amo, como si ya tuviera encima los varazos que huele en lo porvenir. - -Á Merto se le hinca en el alma aquel ladrido. ¡Cuántos como él y del -mismo gaznate escuchó insensible el día de la batalla, mientras caían -en pedazos, de muebles y paredes, los más preciados adornos de aquel -recinto! Este recuerdo le hace temblar; pero no le impide lanzar una -mirada con el ojo más bizco, y bien cubierto de las de su amo con el -vestido de su madre, á cuanto le rodea. Parécele, en número, menos de -lo que él vió allí mismo en el funesto día; pero no halla escombros ni -derrengaduras al alcance de su ojo, y esto le tranquiliza bastante. - -¡Y el reló?... ¿Estará descubierto y perdonado este delito, ó podrán -pedirle cuentas de él el día menos pensado? - -Mientras en esto se entretiene el chico, su madre, respondiendo á -Gedeón, dice: - ---Merto, sí, señor. Yo no pensaba traerle todavía; pero de pronto -cavilé que podía usted tomar á mal el empeño mío en castigarle más... -¡Como usted le tiene tan grande en que le perdone! - ---¡Yo!--exclama Gedeón, cual si en su vida se hubiera acordado de -semejante criatura. - ---Me parece... - ---Tienes razón... Estaba distraído... ¿Y dices que vas á traerle? - ---Le he traído ya. - ---¡Hola!... ¿De modo que ya está en casa? - ---Eso he querido decir á usted. - ---Ya me hago cargo... Pues nada, si está en casa ¿qué le hemos de -hacer?... Prevenle que á la menor diablura que cometa le rompo la -crisma, como Dios está en los cielos... y nada más. - ---¿Lo oyes?--dice Regla, volviendo su cara ceñuda atrás, y poniendo á -su hijo enfrente de Gedeón. - -Merto aparece tiritando, con una mano en el bolsillo correspondiente de -sus bombachos recosidos, y con la otra hundida en la boca hasta cerca -de las fauces. - ---¡Conque estabas tan cerca?--dícele Gedeón con sequedad al -verle.--Pues me alegro: así excuso repetirte lo que le he dicho á tu -madre. - ---Se escondía--replica ésta,--porque está muy avergonzado de lo que ha -hecho... - -Y en vano espera que Gedeón se manifieste complacido de ver á Merto -á su lado, con el cual propósito tantas instancias le ha hecho hasta -aquel día. Ni una palabra, ni un gesto de halago tiene para el rapaz -que antes le dominaba y entretenía. Más bien parece contrariado con su -vuelta. Al ver tanta frialdad en su amo, - ---¡Largo de aquí!--dice con desgarro, dirigiéndose á Merto y dándole un -empellón hacia la puerta, como pudiera dársele á quien tiene la culpa -de aquel cambio tan súbito en el corazón de su amo y en el porvenir de -su hijo. - -Y empujando á éste sin cesar, sale del gabinete, donde queda Gedeón -revolviendo con los dedos el poco pelo de su cabeza, y Adonis -refunfuñando, aunque no tan afligido como á la llegada de Merto. - ---¡Habrá destino más perro que el mío?--exclama de repente Gedeón, -levantándose y dando un furibundo puñetazo sobre la mesa.--¿No es una -burla de la suerte obligar á un hombre á recoger en su casa los hijos -ajenos, cuando está pensando si echará... los propios á la Inclusa? -¡Esto es insufrible, y además infame, y además ridículo! - -Y no cabiéndole en casa la desazón, toma el sombrero, y sale de ella -vomitando maldiciones. - -Al llegar al portal, le dice la portera que ha vuelto el remendón y que -ha costado un triunfo impedirle que suba. - ---¡Haberle roto el bautismo!--ruge Gedeón marchando hacia la calle. - -Mas apenas la ha pisado, retrocede como si se le hubiera puesto -delante un toro de Colmenar. Es que ha visto, en el hueco de la -puerta inmediata á la suya, muy tranquilamente recostado, al execrado -zapatero. ¿Por dónde tomará la calle que el andrajoso no le vea y no le -siga? Apuradamente, con las zancadas que dió por la mañana, se le ha -resentido la rodilla y no puede correr. - -Vuélvese á casa renegando de la hora en que el diablo le hizo conocer á -Solita, y de nuevo se encierra en su cuarto. - -Pero los pensamientos abrumadores le asaltan en la soledad y en el -silencio; y no pudiendo buscar la distracción en la calle ni resistir -el asalto de aquel enemigo formidable que ya le va escalando las -murallas del cerebro, pide la comida aunque no son las cuatro de la -tarde. Sírvesela Regla; pero mal sazonada, no por falta de tiempo, -sino de cuidado. Lo cocido es engrudo; lo frito, carbón; frío y amargo -lo que debiera ser caliente y dulce. Desde que está Regla en casa no -ha sucedido otro tanto. Mírala á la cara, y observa que está como la -comida. La dulzura de sus ojos se ha trocado en acíbar, y la suavidad -de su sonrisa en aspereza y rigor. - -Gedeón empieza á pensar en los motivos que podrá tener su criada para -estar así y portarse como se porta. ¡No le faltaba ya más desdicha que -perder el relativo bienestar que Regla le proporciona en su casa! - -Esto le lleva á pensar en el zapatero, causa de la dureza con que él la -trató al despedirle; del zapatero va con sus pensamientos á su hija; de -ésta, á _lo otro_; de _lo otro_, á Herodes; de Herodes, á él; de él, -á lo de más allá; y de esto, otra vez á Herodes; y si será, y si no -será, zúmbale de nuevo la mollera, asáltanle las sospechas con todo el -aparato de la verdad; antójasele que tal vez en aquel instante pudiera -él, por lo mismo que es hora en que no se le espera, caer como una -bomba entre Venus y Marte, ya que no tiene la red de Vulcano; y con -esta preocupación, atragántase por acabar primero; tarda, por lo mismo, -algo más que si comiera despacio, y resuelto á ahogar al zapatero, si -se halla con él á la puerta todavía, lánzase á la calle. - -Felizmente no está en ella el remendón. - -¡Hala! ¡hala! renqueando y como su reumatismo se lo permite, llega, por -calles excusadas, á casa de Solita, y casi se arrepiente de su empresa -al meter el llavín en la cerradura de la puerta. Pero su alucinación -puede más que el horror que le causa la idea de tener que hablar -con Solita de lo _otro_, y hasta la del riesgo que corre de dar una -campanada en falso, temor que ya le ha hecho refrenar sus ímpetus pocas -horas há; y entra. - -Toma por asalto el gabinete, por la puerta de escape, y nadie en él; en -la sala, tampoco; en el comedor, la misma soledad. Entonces, acometido -de las más estrafalarias aprensiones, llama con voz de trueno, y -aparece Solita con una jícara en la mano. - ---¿Dónde estabas?--la pregunta azorado. - ---Sacando los garbanzos para mañana,--responde Solita muy serena. - ---¿Á ver?--añade Gedeón, como si dudara, avanzando hasta la despensa. - -Allí está la criada con un plato en la mano, arrimada á un cajón -abierto y á medio llenar de aquella patriarcal legumbre. - -Y como si todavía no estuviera tranquilo, mira detrás de la puerta, -y da un vistazo á la cocina, y hasta mete la cabeza en el inmediato -departamento. - ---Pero ¿qué diablos buscas?--le pregunta Solita, que va siguiendo todos -sus pasos. - ---Busco--responde el preguntado, algo arrepentido ya,--la... petaca que -se me perdió esta mañana. - ---¿En la despensa?... ¿y en la cocina?... ¿y en?... - ---¡En el infierno! - -Y sin decir más, vuélvese á la calle, dejando á Solita en la duda de si -aquello es la continuación del arrebato que le dió horas antes, ó el -efecto de alguna sospecha que se le ha metido entre los cascos. - -De todas maneras, no le parece mal síntoma el que haya vuelto y se haya -conformado con tan poco ruido. Los relámpagos de la mañana prometían -mucho más. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -XXV - -EL ALMA DE JUDAS - - -¡Al fin, dí la campanada!--exclama en la calle.--Fortuna que Solita no -me ha visto desde el otro estampido, y acaso crea que aún está ardiendo -la pólvora... Pero si no está arriba el infame, puede que ronde por las -inmediaciones. Rondemos también: al cabo, tanto me da pasear por estas -calles como por las de mi barrio. - -Y pónese á recorrerlas una tras otra, haciendo de vez en cuando salidas -rápidas á la confluencia de las principales, donde está la casa de -Solita, como si intentara jugar la vuelta á algún descuidado. - -Así se le va pasando la fiebre poco á poco. En cuanto se ve libre de -ella se arrepiente de lo que ha hecho y se avergüenza de lo que está -haciendo. - ---Esto es--dice para sí,--ni más ni menos que una explosión de -celos, pero celos de marido, y de marido grotesco... Y ¿á tal -extremo has venido á parar, Gedeón, después de tantas precauciones y -miramientos!... Y es lo más curioso que cuanto menos me fío de Solita, -más amarrado me siento á ella; no porque sus gracias pasadas hayan -renacido para seducirme, ni porque me seduzca tal cual está, sino -porque ahora quisiera yo verla esclava hasta de mis pensamientos. Así -no me costaría trabajo desprenderme de ella, ni viéndola _después_ loca -por otro, me apuraría... De todo lo cual deduzco yo que cuanto se dice -de la pasión de los celos queda reducido á una simple cuestión de amor -propio. No nos duele la _pérdida_ de la mujer poseída; nos duele que se -vaya con otro; es decir, que se le haya preferido á nosotros, en señal -de que valemos menos que él. ¡Estas sí que son verdaderas miserias, -no de la vida conyugal, sino de toda clase de vidas, incluso la muy -arrastrada que yo traigo! - -Y así pensando, toma el rumbo de su casa á paso no muy largo, porque la -rodilla le va doliendo cada vez más. - -Al atravesar una bocacalle siente en las narices un huracán de -aguardiente, y casi está á punto de sucederle con un transeunte lo que -por la mañana con Herodes en el portal de Solita. - -El transeunte es el sempiterno tío Judas. - -Gedeón se estremece al conocerle. - ---¡Hijo de mis entrañas!--exclama el zapatero al encontrarse con él. - ---¡Mal rayo te parta!--contesta el otro. - ---Iba á ver á tu oculta esposa, y cátate que doy, digásmolo así, de -bóbilis bóbilis, con su marido... ¿Adónde vas, cachorrote?... - ---¡Al infierno, remendón infame! - -Y tras esto, Gedeón trata de apretar el paso; pero, como si estuviera -de acuerdo con el zapatero, su pierna se niega obstinadamente á -complacerle. - -El zapatero se le pone al costado. - -Gedeón diera la mitad de su vida porque en la calle no hubiera más -gente que ellos dos, ó el sol alumbrara ya á los antípodas. En -cualquiera de estos casos, cogería al remendón por las barbas, le -metería en un portal, y allí le molería los huesos á bastonazos; pero -aún es de día, y el tránsito, lejos de disminuir, va aumentando, porque -la gente de la ciudad tiene del murciélago y la lechuza la propiedad -de revolotear de noche y arrimarse mucho á la luz de los reverberos. -No hay modo de apalear al pegajoso artista sin armar un escándalo, con -gravísimo riesgo para el apaleador. - -El zapatero, como si oliera estas dificultades ó las leyera en la cara -de su _pariente_, que reluce de ira, muéstrase muy ufano y risotón, y -continúa diciéndole: - ---Aporté segunda vez á tu casa, mi muy amado hijo político, porque dos -razones me lo aconsejaron. Primera y finalmente, que no me quisieron -pasar una moneda de las que me dió tu esplendoroso corazón. No pensé -pedirte otra mejor, porque no soy de esos mozambiques sin educación de -principios, digásmolo así; pero justo es que el hombre sepa ¿eh? lo que -vale aquello con que buenamente agasaja á otro... digo, me parece á -mí... Segunda y en principalidad... ¿Sudas, mi tierno hijo?... Daréte -ventilación... ¿Quieres descanso? Párate con toda confianza: yo no -llevo prisa... - -Y suda en efecto, Gedeón, y hasta le duelen callos que jamás ha tenido. -Aquel hombre le asfixia. Malo si le responde, peor si le contradice... -malo también si calla; huir, no le es dado; buscar travesías y -callejones por más solitarios, es prolongar el camino, y él no puede -andar mucho. Tiene que optar por el que sigue, que es el más recto; -pero, en cambio, el más concurrido. ¿Qué dirá la gente si él se enfada -y denuesta al zapatero, y éste insiste en publicar el parentesco? -Muchos habrá que no lo crean; pero ¡cuántos lo creerán! De todas -maneras, es un escándalo en medio de la calle. ¡Qué horror! No hay otro -remedio que oir, devorando la ira; callar, y, poco á poco, acercarse á -casa; y allí ¡oh! allí hacer jigote al infame zapatero; embutirle en la -pared á mojicones, y arrancarle las barbas y freirle en aceite. - -Así medita Gedeón, y calla y anda, mientras el padre de Solita, -contoneándose mucho á su lado, prosigue diciendo: - ---Segundamente, fui á tu casa porque en la primera barrunté que no te -dejaba muy contrito del parentesco. Dudabas, ¿no es cierto, amado hijo? -Es natural, hombre; el sabio dudó seis veces, ¡qué diablo!... Pues en -contingencia de esta reflexión, iba yo á manipularte el caso, digásmolo -así, hasta que cayeras en mis brazos amorosos, para llegar á ser lo que -debemos: el uno para el otro... y en una sola mesa y sin «lo tuyo» ni -«lo mío,» como los pajaritos del aire. ¡Qué vida, Gedeón! ¡Qué vida la -que nos esperaba! - -En esto, acierta á pasar un camarada del zapatero. - ---¡Adiós!--le dice éste á gritos.--Dispensa que no te acompañe... voy -con mi hijo político. - -El aludido jurara, cuando tal oye, que le meten un espadín por el -estómago. - -Algunos transeuntes le miran, y el desvergonzado continúa: - ---Tú y Solita, los emperadores de aquellas ínfulas; yo, el rey -consorte; quiero decir, el padre putativo que os dió el sér... Pero -dime algo, hijo adorado; muéstrame tu hermosa voz, aunque sea en una -desvergüenza... - -Gedeón carraspea y quiere silbar y reirse, y hasta que le trague -la tierra; y anda calle adelante, volviendo la cara á todas partes -y tanteando actitudes que mejor expresen su intención de decir al -público:--«Nada de esto va conmigo; es un borracho que se me ha pegado, -como pudo pegarse á ustedes.» - -Pero el tal no se despega, y sigue apostrofándole, ora tierno, ora -vehemente, ora chancero, y alzando la voz á medida que el silencio del -atribulado se prolonga. - -En un sitio en que la calle está libre de transeuntes, Gedeón se atreve -á decir á media voz al zapatero: - ---¡He de verte las entrañas, miserable! - ---¡Echa aunque sea las hieles, hijo del alma; échalas, con tal que -te desahogues en tu desgraciado padre! ¡Angel de Dios, y cómo te -consolarán esas desaguaduras! - -Luégo, cambiando de tono, y entre compungido é iracundo, añade á gritos: - ---¡Éstos son los hijos políticos de las clases más opíparas de la -sociedad! Deles usted la hija de sus entrañas; y porque usted es -artista menesteroso y desgraciado, ya no le conocen; y le niegan -tres veces, como Sansón negó á Pedro; y le cierran la puerta; y sus -indomésticos le menosprecian... ¡Esto es astringente y deshumano! - -Gedeón suda escarchas y respira cohetes. La gente le mira ya, y no -faltan curiosos que se detienen para oir al zapatero. El infeliz -perseguido no sabe qué partido adoptar, privado como se halla del -único recurso que podía, si no salvarle, abreviar su martirio: las -piernas para correr. En aquel angustioso trance y mientras camina con -la velocidad mayor que le es permitido, quisiera ser guardia civil ó -polizonte, para meter en la cárcel al escandaloso; mejor que esto, -rayo que le tendiera sin vida; y mucho mejor, huracán que le barriera -de allí sin dejar ni siquiera huellas del inicuo. Pero no es guardia -civil, ni rayo, ni huracán; es un desdichado que arrastra una cadena y -sufre azotes y bofetadas: aquello es una agonía sin el descanso de la -muerte. - -Meteríase en un portal y hasta llamaría á la puerta de un vecino; pero -el perseguidor iría detrás y llamaría también, y el escándalo de la -calle se repetiría en las escaleras. ¡No tiene más recursos que llegar -á la suya cuanto antes, si es que la explosión de su paciencia no le -mata en el camino! - -En tanto, continúa vociferando el otro: - ---¿Qué ves en tu padre que te avergüence, don fanfarrias? ¿Qué afrentas -te hizo? ¿qué reales te pidió? ¿qué casa te ha quemado?... Artista soy, -sí, y á soflama y requilorio debieras tenerlo tú... ¡Pero soy insánime -de dinero, y eso te abichorna, similón pomposo!... Pues al tomar la -hija de mi corazón en consorcio oculto, ya lo sabías, ¡tunante! - -Á esto, no sólo se detiene la gente y mira, sino que frunce el -entrecejo encarándose con Gedeón. Para que un andrajoso se atreva en -público con un señor de levita, motivos gordos debe de tener para ello. -Esto se lee en aquellas caras; y con esa lógica se han barrido las -calles con más de cuatro inocentes. - -Gedeón no teme que las barran con su cogote, pero padece más que si tal -sucediera. - -Arrastrando sus piernas, como se arrastran soñando que nos persigue un -toro, llega á columbrar su casa; pero aún le falta medir, paso á paso, -aquel sendero, adoquinado y reluciente para otros, para él espinoso y -áspero, y sobre el cual hormiguea la gente, que le conocerá de vista, -porque es la gente de su barrio. - -Cierra los ojos y avanza en él cuanto le permiten sus dolores y su -desesperación. - -El zapatero no calla, y la gente sigue mirándole. Parécele que son -verdes y amarillas y tornasoladas las caras de los transeuntes; que -las piedras echan chispas bajo sus pies, y que le ha invadido las -manos y el rostro un hormiguero que ya le asalta la boca, los oídos y -las narices. Tose, estornuda, se limpia el sudor con el pañuelo y da -fuertes golpes en la acera con el bastón, creyendo que así se oirán -menos los apostrofes y bufonadas del zapatero; pero sólo consigue poner -más en evidencia sus angustias. - -Algunos de los que pasan se ríen de ellas; no faltan pilluelos que se -arriman al insolente y le aplauden para que diga más, y silban cuando -lo ha dicho. La indignación y la vergüenza, comprimidas hasta allí -por un heroico esfuerzo de la voluntad, van á estallar y á matarle; -las piernas se niegan á arrastrar aquel cuerpo tan derrengado por las -angustias del espíritu. No importa: preferible le parece morir de un -estampido, á vivir un instante más en semejante tortura. - -Felizmente, el zapatero va quedándose rezagado á medida que Gedeón se -aproxima á su casa. Esto le envalentona un poco; y cuando al fin llega -al portal; cuando ya puede soltar todas las válvulas de sus pulmones -y todos los frenos de su lengua, sus nervios le parecen cables, y sus -manos, tenazas. Se siente capaz de convertir entre ellas en jigote al -mismo exterminador de los filisteos. - -Desde el umbral de la puerta mira calle arriba, y ve al zapatero -detenido en ella y rodeado de granujas y holgazanes. - ---¡Vamos, hombre!--le vocea trémulo y como si tratara de animarle con -una sonrisa que más parece gesto de agonizante,--¿por qué te quedas -ahí?... Ven acá... acércate y hablaremos. - ---_¡Nequanquis!_--responde el zapatero, haciendo un ademán picaresco, -señal de que huele la madera desde allí. - ---¡Con franqueza! - ---Ya lo supongo, hijo mío... para eso soy tu padre; pero otro día -será... ¡Hemos de codearnos tantas veces en la calle!... Se conoce que -te gustó la platicación. - ---¡Mucho! - ---Pues la repetiremos, amado hijo, la repetiremos; que yo soy muy -agradecido... ¡Conque hasta la primera, hermosote! - ---¡Hasta un rayo que te parta, inmundo zapatero!... ¡borracho -infame!... ¡holgazán inicuo!... ¡ladrón! - -Y dicho esto, blandiendo el bastón y echando espumarajos por la boca, -vuélvese Gedeón rugiendo al ver que el zapatero se larga calle arriba, -y comienza á subir la escalera con tantas dificultades como deseos de -vencerlas. - -Al llegar á la puerta de su habitación, se encuentra con el médico de -marras, que baja. Hace mucho que no se han visto. - ---¡Feliz hallazgo! - ---¡Calle!... ¡Mi buen Doctor! - ---El mismo, amigo mío... Y ¿cómo va con esa vida? - ---¡Tan guapamente! - ---¡Cuánto lo celebro!... ¿Es decir, que se divierte usted mucho? - ---¡Muchísimo, Doctor!... ¡No puede usted imaginárselo! - ---Ni lo intento, amigo mío... Basta verle á usted la cara. - ---¿Tan risueña la traigo? - ---Como unas castañuelas. - ---Yo soy así. - ---De modo que va usted llenando aquel vacío... - ---Hasta los bordes, Doctor. - ---Luego no hay que temer vacilaciones ya, ni arrepentimientos... - ---¡Eso, jamás! - ---¡Bravo, amigo mío!... y adelante con la cruz, que poco debe de pesar -la de usted, según lo ufano que la lleva. - ---Mucho que sí. - ---Adiós, amigo mío. - ---Agur, mi buen Doctor. - -Y mientras éste continúa bajando, el otro se mete en casa, donde le -esperan Merto á la puerta y Adonis en el gabinete: el uno mirándole -torcido, y el otro barriendo el suelo con el rabo. - -Sin fijarse en el uno ni en el otro, déjase caer en su poltrona; llama -á Regla, que se presenta hosca y desabrida; mándala que le prepare la -cama, unas unturas para la rodilla y una taza de tila; y mientras las -dos últimas órdenes se cumplen, vase desnudando poco á poco. - ---¡Y dicen que _el buey suelto bien se lame_!--exclama después que -ha hecho en la mente un brevísimo resumen de sus tribulaciones de -soltero.--¡Lo que se lame son las ronchas de las palizas que le cuesta -su libertad!... ¡El tesón condenado me impedirá decirlo donde me oigan; -pero la verdad es, pese á quien pese, que no me viera en estos trances -ignominiosos y otro gallo me cantara, _si yo me hubiera casado á -tiempo_! - -[Ilustración] - - - - -ÚLTIMA JORNADA - - - - -[Ilustración] - -I - -SALDO DE CUENTAS ATRASADAS - - -Por más que de algunos seres privilegiados se diga que por ellos no -pasan los años, los años pasan, sin que haya afeite ni fuerza de -voluntad que alcancen á borrar sus huellas. Ó el cuerpo ó el alma -han de gemir bajo su peso, si es que no gimen á la vez el uno y la -otra. Ocioso es que la materia, oronda y esponjada todavía, aspire á -los solaces de otros tiempos, si el espíritu que ha de estimularla -está seco y abatido; tan ocioso como que éste, retozón y bullanguero, -pretenda los deleites de la juventud si está preso y encogido en un -cuerpo caduco y achacoso. - -Fuerte era el de Gedeón, y bien nutrido; holgado estaba y hecho á mimos -y regalos; defendióse contra el tiempo como gato uñas arriba; pero -lloviéronle pesadumbres; abatiósele el espíritu, y cayó vencida su -materia mal cebada, como tronco roído por gusanos. - -Aquél á quien vimos hecho una furia, combatido por tantas -contrariedades en un solo día, está diez años después arrastrándose, -más bien que caminando, en el último tramo de la senda que le lleva á -las puertas de la eternidad. - -Los achaques le invaden por todas partes; lo que antes fué reúma -tolerable y catarro frecuente, es ya gota declarada y asma legítima; -gasta franelas en las piernas y en el pecho, y zapatones de paño en los -hinchados pies; los cambios atmosféricos le crucifican; por la noche la -tos le roba el sueño; y cada vez que tose parécele que la gota le cose -á puñaladas. Tiene mucha barriga, ancho pescuezo, grandes ojeras, y la -mirada triste, más que triste, angustiosa y desconsolada. - -Sale muy poco de casa, y cuando el aire no apaga una cerilla, y no hace -frío ni calor, ni hay humedad en el suelo. - -Da, con mucho trabajo, un par de vueltas en el paseo más solitario y -abrigado, ó solamente llega á la tienda de la esquina, donde se sienta -á oir, cuando no á insultar, á media docena de tipos, tertulianos -impertérritos de aquélla. - -Ha perdido por completo la poca afabilidad que le distinguía de todos -sus _congéneres_. Ahora es taciturno, irritable, áspero y hasta -grosero en su trato con los demás. - -Regla continúa cuidándole; pero desde que adquirió la certeza de que -no es ella sola la que impera en aquel montón de ruínas, falta en -sus cuidados el primor; cumple con su deber, pero no se afana como -antes por anticiparse á los deseos de su amo. Antes existía cierta -inteligencia misteriosa entre ambos, hasta el punto de decirse el -uno:--«Esta mujer nació cortada para servirme;» mientras pensaba la -otra:--«Parece este hombre nacido para mandarme.» Ahora es Gedeón, para -su criada, «un amo como todos,» y Regla, para Gedeón, «una criada como -las demás.» - -Ya he dicho cuál es la causa de la tibieza de Regla: el desafecto de -Gedeón data de la pérdida de aquellos bríos bestiales que fueron su -único afán. Lo que es hijo de la carne, con la carne se va, como la luz -con la mecha consumida. - -También en el cuerpo de Regla han hecho mella los años transcurridos -desde que no la vemos. Ya no tiene aquella morbidez de formas, ni -aquellos dientes tan blancos y tan completos, ni aquella mirada -insinuante con que la conocimos: dejó de ser _todavía joven_, y ha -entrado en la categoría de _mujer de edad_, aunque de las que templan -la pesadumbre de esta condición con el consuelo de _bien conservada_. - -Adonis vive aún en el rincón de siempre; pero debajo de una manta, -encogido, jadeante y con un estertor perenne; el pelo se le cae á -mechones á cada vuelta que se da en la cama; y de aquel rabo ondulante -de profusas crines, sólo queda el núcleo escueto y encorvado, que ni -siquiera responde con un lento balanceo á las muestras de cariño que de -tarde en tarde le consagra Gedeón. - -Aquel cuerpo entumecido y espirante, sólo con la presencia de Merto -reviviera, como cadáver galvanizado, aunque quizá para morir más -pronto. Porque Merto precipitó su vejez robándole el sosiego del -espíritu y martirizándole la carne durante lo más florido de la -juventud. Desde que el díscolo muchacho volvió á casa, se acabaron para -el infeliz ratonero los mendrugos sabrosos y los huesos regalados; -despierto de día, necesitábale para vigilar y huir de las asechanzas -del enemigo; durmiendo de noche, todo su sueño era un continuo varazo y -un incesante puntapié. - -Es de saberse que á los pocos días de volver Merto al lado de su madre, -comenzó á hacer de las suyas, aunque no en la escala en que las hizo -el día de la gran batalla; pero es indudable que Adonis tenía para -él un atractivo irresistible, pues, contra todos sus propósitos, le -largaba un puntapié donde quiera que se hallaba con él, si su amo no le -veía. Ni los bofetones ni los castigos más duros de su madre bastaban á -detenerle en esos momentos. - -Dos años pasó así; dos años durante los cuales martirizó al ratonero, -rompió mucha vajilla y descompuso setenta veces el reló del comedor, -é hizo cincuenta mil fechorías, aparte de las que no pudo su madre -ocultar á su amo. - -Viéndole éste incorregible, le metió en un colegio con el doble fin -de verse libre de sus travesuras y de sacar algún partido de él, si -era posible. Entonces volvió Adonis á dormir tranquilo y á vivir -descuidado. Pero ya venía tarde la bonanza, porque la tempestad -había durado mucho. El pobre animal había pasado lo mejor de su vida -sufriendo sus embates, y no había en su cuerpo un solo hueso que no -hubiera servido de yunque á aquel martillo implacable. Vióse cargado -de humores; acometióle una tristeza abrumadora; declaróse enfermo -crónico; metióse en la cama, en la que tiritaba de frío aun en el rigor -del verano, y llegó su desaliento hasta el punto de consentir que los -ratones se revolcaran encima de él impunemente. Entonces dispuso Gedeón -que se le cubriera con una manta, contra el parecer de Regla, que -pretendía tirarle á la calle con la barredura. Lo demás ya lo sabe el -lector. - -Merto en el colegio, fué como toro en plaza; vió desde el primer día -un enemigo mortal en cada maestro y en cada vigilante; y comenzando -por mirarlos con recelo, acabó por embestirlos. Á los pocos meses fué -expulsado, no sin haber dejado señales indelebles de su barbarie hasta -en la cara del director, ni sin sacarlas él de las pulgas de maestros y -condiscípulos, en muchos parajes de su cuerpo. - -Del colegio pasó á un taller de carpintería; de éste, á una fragua; -de la fragua, á una taberna, y, por último, á la cárcel. Porque ya en -esto era grandullón de diez y siete años, y lo que había empezado en -el colegio por cachetes y arañazos, acabó en la taberna por amagos de -navajadas y por sospechas vehementísimas de robo. - -Lo que esto dió que hacer y que meditar y que decir á Gedeón, y al -dinero que le costó, excuso yo referirlo. - -Cuando Merto se vió libre, al cabo de muchos meses de reclusión, halló -cerradas todas las puertas, incluso la de su madre; y, por no volverse -á la cárcel, arrimóse al primer perdido que encontró en la calle; -contóle su desamparo, aceptó su consejo, y vendióse por un puñado de -pesetas para soldado de Ultramar. - -Por esta razón poderosísima no figura Merto _de cuerpo presente_ en el -inventario que hice más atrás de los personajes de la casa de Gedeón. - -En cambio, en el que voy á hacer de los desengaños y las penas de éste -desde que le perdimos de vista en el cuadro anterior, puede figurar -como una de ellas la que se desprende del compendiadísimo relato que -precede de la vida y milagros del implacable enemigo de Adonis. - -La sospecha adquirida en su encuentro con Herodes á la puerta de -Solita, continuó atormentándole mucho tiempo; y aunque ningún -testimonio nuevo volvió á robustecerla á sus ojos, el afán de -encontrarlos le llevaba á cada instante á las callejuelas de aquel -barrio, y hacíale ver en cada sombra y en cada bulto al odiado enemigo, -y obligábale á continuar el trato de la hija del remendón, con una -frecuencia tan opuesta á sus propósitos anteriores, como extraña á los -ojos de Solita; siendo de advertir, como prueba de la violencia de -sus celos, que no bastaba á resistirla el horror que le causaban sus -encuentros con el tío Judas, bastante repetidos, en el camino. - -Para librarse de ellos sin escándalo, ideó, después del que -presenciamos en el cuadro anterior, de acuerdo con Solita, triplicar la -pensión que hasta allí había dado á su padre, á condición de que éste -no se le presentara jamás delante. Produjo buen resultado el acuerdo -durante algunos meses; pero creciendo las necesidades del zapatero á -medida que aumentaban los recursos, y calculando el sinvergüenza que -más se le daría cuanto mayor fuera su insistencia en perseguir á quien -lo daba, Gedeón volvió á ser asaltado en la calle muchas veces, tantas -como los aumentos que hizo á la pensión. Viendo que ésta subía como la -espuma, y conociendo la intención del zapatero, resolvióse á poner el -caso bajo la protección de las leyes; y el tío Judas fué encerrado en -la cárcel como vago. - -Pero salió de ella, y volvió á las andadas, y tornó la justicia á -prenderle; y en este juego pasaron dos años, torturado Gedeón entre sus -celos, que le sacaban de casa, y el temor al zapatero, que le asustaba -en la calle; el odio que sentía hacia Solita, y el amor propio que cada -vez le arrimaba más á ella; el asco que le producía el remendón, y el -dinero que le costaba verse libre de él por algunas semanas; el reúma -y el catarro que iban desarrollándose en sus piernas y en su pecho, -como hiedra en pared vieja, y el zumbar en su cerebro, sin tregua ni -descanso, de aquella tempestad de desencantos y remordimientos, cada -día más deshecha. - -En uno de ellos quiso lanzarse á la calle antes que la visitara el -sol, porque durante la noche no había podido conseguir un instante de -reposo. Judas, borracho como un cuero, le había _acompañado_ á casa por -la tarde, y la medida de su sufrimiento se colmó. Acostóse sin cenar, -y la cama le pareció un tormento. La tos le ahogaba, y el recuerdo del -infame descamisado, poniéndole nervioso, se la estimulaba. En cuanto -vió un rayo de luz penetrar por la vidriera del balcón, vistióse y se -lanzó á la calle á respirar el aire libre. - -Al extremo de ella había un grupo de cuatro personas que contemplaban -un bulto tendido en el suelo. Acercóse á contemplarle también. Aquel -bulto era el cadáver de Judas. ¡Jamás le pareció la muerte más -justiciera, ni la calle más ancha, ni el aire más puro! - ---Es un borracho--le dijo un hombre de los del grupo,--que dormía á la -intemperie la mayor parte del año. Sin duda el frío de la noche le ha -matado. - ---Ó la justicia de Dios,--contestó Gedeón disimulando mal su alegría, -continuando su paseo y complaciéndose con pueril afán en irse por los -sitios que más frecuentaba el zapatero cuando le perseguía. - -Un año después de este suceso, hallóse con el Doctor en la calle. - ---Me alegro mucho de encontrarle á usted--díjole éste--tan á tiempo y -tan á mano. Seis meses hace que no nos vemos. - ---En efecto--respondió Gedeón.--¿Y por qué dice usted que me halla muy -á tiempo? - ---Porque mañana quizá sea tarde para proponerle á usted lo que voy á -proponerle ahora. - ---Pues usted dirá, Doctor. - ---Quiero que suba usted conmigo á ver á un enfermo en esa casa de -enfrente. - ---¡Yo! ¿Por ventura soy médico sin saberlo? - ---¿Y por precisión han de ser médicos cuantos hombres visiten á un -enfermo? - ---Es que no atino... - ---Ya atinará usted después. ¡Vamos arriba! - -Colgóse el Doctor de su brazo sin hacer caso de sus protestas, é -introdújole en el portal de enfrente. Llegaron al tercer piso; abrió -el Doctor la puerta sin llamar; atravesaron el vestíbulo y luégo un -pasadizo, todo á media luz, silencioso y mal barrido, y entraron en un -gabinete contiguo á la sala. Abrió el Doctor un postigo de la vidriera -del balcón, y á la luz que se derramó por la estancia vió Gedeón en -el fondo de ella un lecho, á cuya cabecera estaba sentado uno de esos -ángeles de la caridad que la religión católica ha hecho brotar del -polvo de la tierra con el nombre de _Siervas de María_. - ---¿Qué tal, hermana?--preguntóla el Doctor. - ---Muy postrado desde anoche,--respondió la Sierva. - -Acercóse el médico al lecho, é hizo señas á Gedeón para que se acercara -también. Gedeón, que estaba tiritando desde que entró en la estancia -y vió aquel cuadro lúgubre, porque su alma no estaba acostumbrada á -semejantes impresiones, obedeció fascinado y se aproximó al lecho. - -Bajo sus ropas se notaba el bulto de una persona, y sobre las almohadas -se veía una cabeza, cuya cara, vuelta á la pared, tenía la mitad, hacia -el cuello, cubierta con vendajes. Sus ojos entreabiertos lanzaban una -mirada yerta y vidriosa, que iba á clavarse en un Crucifijo colocado de -intento en la pared. Diríase que aquel cuerpo no respiraba, si no se -vieran los movimientos de la ropa marcando las anhelantes inspiraciones -de su pecho. - ---Mírele usted bien,--dijo el Doctor á Gedeón. - -Este buscó, á los pies de la cama, un punto desde el cual pudiera -ver lo que verse podía de la cara del enfermo; pero no le conoció: -parecióle aquella cara la de todos los cadáveres que él había visto. - -El Doctor, en tanto, hacía algunas experiencias para cerciorarse del -estado mental del paciente. - ---Es ya un tronco--dijo.--Que no tarden en administrarle el último -Sacramento. - ---Debe de llegar dentro de un instante el sacerdote con ese -objeto,--respondió la hermana. - -Dispuso el médico lo que juzgó de su deber; y, despidiéndose de la -Sierva, salió de la habitación después de invitar á su amigo á que -hiciera otro tanto. - -Nada podía ordenar á Gedeón que más le complaciera. Se sofocaba en -aquella atmósfera infecta, y le atormentaba la contemplación de tan -triste espectáculo. - -Cuando los dos estuvieron en la calle, dijo el médico: - ---Eso que usted ha visto en el lecho, fué un hombre egoísta. Jamás -latió su corazón á impulsos de un sentimiento honrado, ni su lengua se -movió más que para difamar al género humano. «Esposa» é «hijos» eran, -en su concepto, la expresión condensada de todas las esclavitudes, de -todas las ignominias y de todos los estorbos. Resuelto á vivir sin -ellos y para sí propio, maldijo de la familia y huyó de todo cuanto se -le parecía, como se huye de la peste. Mientras fué robusto, tuvo quien -le complaciera, porque pagaba con largueza sus caprichos; pero un día -le atacó una enfermedad tan grave como repugnante, y sus sirvientes le -abandonaron después de saquearle la casa. En ella hubiera muerto como -tigre en su caverna, si la caridad de Dios no anduviera por la tierra -detrás del egoísmo de los hombres. - ---¿Y qué enfermedad le acometió?--preguntó al médico Gedeón, presa de -un sobresalto que pudiera creerse supersticioso, si lo que de nuestro -personaje sabemos no nos permitiera creer que bien podía temblar de -miedo. - ---Un cáncer en la lengua,--respondió el médico. - ---¿Y eso le mata? - ---«Por do más pecado había.» - ---¡Casualidad extraña! - ---¡Ó providencial castigo! - ---¿Lo cree usted así? - ---Yo nunca dudo, amigo mío, de la justicia divina. - ---¿Y tan abandonado dice usted que se ha visto? - ---De todos menos de Dios. Ya vió usted un ángel á la cabecera de su -cama cuidando de su cuerpo; pues otro, en forma de sacerdote, cuida de -su alma. - ---¡Buena estaría su alma también! - ---Sin noción alguna de su destino dentro de aquel cuerpo miserable. - ---¿Y tan á obscuras seguirá hasta que de su cárcel se desprenda? - ---No tal, amigo mío. El alma volvió á la luz, y el egoísta empedernido -empleó las últimas palabras que pudo pronunciar su lengua para jurar -ante Dios que aceptaba su soledad y sus tormentos como castigo justo de -su pecado. Después acá, lo que no ha podido decir su boca en testimonio -de su conversión, lo han dicho sus ojos, que, mientras han estado -abiertos, no se han separado un instante de aquel Crucifijo que usted -vió colgado en la pared. - ---Más vale así, Doctor. Pero todavía no me ha dicho usted por qué tuvo -empeño en que yo visitara á ese enfermo. - ---Túvele suponiendo que se alegraría usted de despedirse de él -antes de que se muera; porque, sin un milagro de Dios, se muere hoy -indefectiblemente. - ---¿Y qué puede importarme á mí la muerte de ese desgraciado? - ---Siempre interesa la marcha de un amigo á un viaje tan largo. - ---¡De un amigo! - ---Por de usted le tuve siempre. - ---¿Quién es, entonces? ¿Cómo se llama? - ---Ignoro su nombre verdadero: la gente le conocía con el de _Herodes_. - ---¡Santa Bárbara! - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -II - -CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR - - -Dos días bastaron á Gedeón para salir del aturdimiento que le -produjeron la visita que hizo á su amigo espirante, y la noticia que -le dió de su muerte el Doctor aquella misma noche. ¡Herodes! el hombre -que más le había empujado á él hacia el abismo en que se hallaba; el -azote del hogar, la sátira de la familia, el prototipo de los _bueyes -sueltos_, espirando en brazos de la caridad, abandonado de los hombres, -devorado su cuerpo por un cáncer y su alma por los remordimientos! ¡Qué -lección para él si desde muy atrás no se hallara convencido de que ese -es el fin lógico y merecido de cuantos se colocan, por su propio gusto, -fuera de la ley! - -Pero había en la muerte de Herodes un lado asaz risueño para Gedeón; y -por este lado se apresuró á considerarla: el pavoroso problema de sus -celos estaba resuelto ya del mejor modo posible: el fantasma que le -quitaba el sueño, ya no existía. - -Pensando así, en el acto se sintió capaz de no volver á acercarse á -Solita. ¡Hasta se atrevió á soñar en nuevas aventuras, para borrar por -completo de su memoria el recuerdo de aquella infeliz que tanto le -había hecho padecer en su vanidad y en su soberbia! - -Pero bien pronto, asomándose su razón al cristal del espejo, supo -decirle:--¿Adónde vas, iluso, con esa panza grosera, y esa calva -refulgente, y esa sobarba con pliegues, y ese reúma que te balda, y esa -tos que te ahoga? ¿Quién ha de escuchar tus ternezas, que no las tome á -risa, ni quién podrá aceptarlas que no tosa más que tú? - -¡Olvidar á Solita cuando estaba amarrado á su recuerdo con una cadena -más! - -¡Pensar en nuevos amoríos cuando no puede ya con los calzones, y las -penas y los desengaños le han hecho renegar de todo su pasado! - -El único bien que le produjo la muerte de Herodes fué el poder vivir -menos intranquilo con respecto á Solita. Entera confianza no la tuvo -jamás en ella, y hasta me atrevo á creer que, no por otra razón, cuando -él se vió con las piernas entumecidas por la gota, llevó á Solita á -vivir al centro de la población, y no muy lejos de su casa. Disculpaba -Gedeón esta medida diciendo que, pues había pasado Solita fuera de la -ciudad tantos años, y muerto su padre que, vivo, hubiera publicado lo -contrario, bien podía aparecer en ella como viuda forastera. Yo tengo -para mí que trataba de ponerla al alcance de su corto andar. - -El hecho es que así la puso, y que á duras penas la visitaba una vez -cada mes, de noche y con grandes precauciones. - -En cada una de estas visitas la entregaba el dinero necesario para -sus gastos, y para _lo demás_ que andaba por el mundo y era causa de -que cada entrevista terminara con un escándalo, exigiendo la una y -resistiendo el otro. - ---¡Déjame siquiera acercarme á tu casa cuando tú no puedas llegar á la -mía!--clamaba ella después de pintarle los riesgos en que la ponía el -método á que la sujetaba él. - ---¡Nunca!--respondía Gedeón inexorable. - ---¿Y qué _hemos_ de comer cuando tus achaques no te dejen salir de la -cama? - ---¡Moríos de hambre! ¡Ojalá fuera mañana! - ---¡Fiera! ¡Maldita sea la hora en que te conocí! - ---¡Eso digo yo todos los días del momento en que te hallé á mi paso! - ---¿Quién es la infame que te obliga á ser tan bárbaro? - ---¡Mi corazón que te detesta! - -Así, ó por el estilo, concluían las entrevistas amorosas de Gedeón y de -Solita. - -Ya para entonces había ésta perdido hasta las huellas de lo que fué -en mejores tiempos. Lacia, escurrida, angulosa, desdentada, á medio -encanecer y medio calva, no podía hallarse una figura menos á propósito -que la suya para mover á un hombre, del temple que había tenido Gedeón, -á cumplir con los deberes que á cada instante arrojaba ella á la cara -del solterón atribulado. - -Sin el recelo de que algún perdido de buen estómago se regodeara con lo -que á él le costaba tanto dinero, ni aun la visita mensual la dedicara, -y mucho menos rondara su casa, como la rondaba algunas veces, con el -pretexto de darse un paseo por las calles. - -De ese modo iban corriendo los años para Gedeón desde la muerte de -Herodes. - -Más de dos habían pasado sin que viera, ni de lejos, á Anás y á Caifás, -y uno bien cumplido desde que supo que habían andado á bastonazos en -medio de la Plaza Mayor, cuando la casualidad le puso delante de Caifás. - -Parecióle éste muy envejecido, triste y caído de cerviz. - -Saludáronse como dos mastines, más bien gruñendo que hablando; y -maquinalmente llegó Gedeón á preguntar á su viejo camarada por Anás. - ---¡No me hables de ese cerdo!--exclamó trémulo de ira Caifás. - ---Efectivamente... No me acordaba de que habíais tenido un disgusto: -perdona la distracción. - ---¡Si no me lo quitan entonces de las manos!... - ---Más vale que te le quitaran. - ---¡Yo digo que no, porque debí matarle allí! - ---¿Tan grave fué el motivo de la riña? - ---Gravísimo. Disputamos primeramente sobre si eran mejor las cintas que -los botones para sujetar los calzoncillos encima de las medias... - ---¡Por eso nada más? - ---Y por lo otro, Gedeón; por lo otro que teníamos en el cuerpo desde -muy atrás. Lo de los calzoncillos fué la mecha que prendió la pólvora. - ---Entonces no digo nada. - ---¡Pues yo te digo á tí que ese hombre es un sinvergüenza! - ---Lo será si te empeñas. - ---Y tú debieras decir otro tanto, sabiendo cómo vive. - ---Te juro que no lo sé. - ---Pues debieras saberlo. - ---Jamás lo he intentado; y cree que me iré á la sepultura en mi -ignorancia, si tú no me sacas de ella. - ---Ya sabes que es muy avaro y le da por decir á todo el mundo que él no -se casa porque cree que nadie, ni los hijos, tienen derecho al caudal -de su padre. Pues bueno: cuando á tí te decía eso mismo, aconsejándote -que no te casaras, vivía de posada en casa de una buena moza, mujer -de un sargento de carabineros: el cual sargento pasaba de cada tres -semanas, una al lado de su mujer, porque estuvo de punto muchos años -cerca de la ciudad. Esta mujer fué teniendo familia, hasta tres hijos, -y consiguió hacer creer á ese bestia que los chicos se le parecían, á -medida que iban naciendo; y le obligaba á pasearlos, y á dormirlos, ¡y -hasta limpiarlos!... En fin, hombre, y pásmate: le exigió que hiciera -testamento á favor de ellos, porque estaba en ese deber. - ---Á eso ya se resistiría. - ---Como si callara: amenazóle la pícara con decírselo _todo_ al -sargento; él es un cobardón, y además se le caía la baba delante de -aquella prole, como si fuera suya, y testó, Gedeón, ¡testó como quería -la carabinera! - ---¡Qué me cuentas? - ---La verdad, la verdad pura; y ahí le tienes hoy viviendo en la misma -casa; dejándose llamar _padrino_ por tres hombrachones ya casados, -que comen á sus expensas; manteniendo al sargento que se licenció, -y aguantando la tiranía brutal de aquella mujer sin educación, sin -entrañas y sin vergüenza... Porque yo te garantizo ¿lo entiendes? yo te -garantizo que no la tiene. - ---¿Y sospecha él que tú puedes garantizarlo? - ---Témome que sí. - ---Entonces ya voy cayendo en la cuenta de los palos. - ---Témome que no del todo... Como yo le dije un día, muchos años -há, cuando me vino con indirectas, á causa de sus recelos y -aprensiones:--«Pedazo de bruto, mientras vivas como vives, ¿que derecho -tienes tú para quejarte? Bueno que cada hombre tenga los líos que le dé -la gana; pero que los tenga con decencia y con cierto decoro... ¿Por -qué no haces lo que Gedeón?...» - ---¿Eso le dijiste? - ---Eso le dije. - ---¿Y con qué derecho? - ---Me parece que diciendo la verdad... - ---¡Yo no tengo líos, ni los he tenido nunca! - ---¡Oiga! Parece que te amoscas... - ---Y me amosco con razón. - ---Pues ya que tan por lo alto lo tomas, sábete que lo que entonces -sospechaba yo por ciertos indicios, se hizo público años después por -boca de tu ilustre padre político. - ---¡Falso! - ---_Hijo_ te llamaba él en calles y plazuelas... Todo el barrio lo sabe. - ---¡Mientes! - ---¡Gedeón!... - ---Y no te rompo la crisma, porque necesito el bastón para sostenerme de -pie... - ---Eso te salva de que no casque yo el mío encima de tus costillas, -¡grosero! - ---¡Calumniador!... Si yo no te hubiera conocido nunca... ¡otro gallo me -cantara! - -Así acabó aquel encuentro, cuando ya empezaba la gente á formar -corrillo alrededor de los dos _amigos_. - -El grandísimo disgusto que produjo á Gedeón lo que Caifás le dijo -acerca de sus _ocultos_ enredos, no le quitó el deseo de saber algo -sobre la vida del mismo Caifás, deseo nacido de las primeras palabras -de éste al encontrarse con él. Si también este juez de su antiguo -pleito había prevaricado, ¡morrocotudo tribunal fué aquél _de los tres_ -que le sentenció! Para averiguar ese algo, ninguna fuente como el mismo -Anás, primero amigo y después enemigo feroz de quien tan ferozmente -acababa de biografiarle á él. - -Buscóle con cachaza, y le halló al cabo, también en medio de la calle, -como se había propuesto Gedeón para no darle que sospechar buscándole -en su casa. - -También le pareció su antiguo consejero muy acabado, y, además, mal -vestido y poco limpio. - -Á las pocas palabras, después de un saludo frío y desaliñado, Gedeón le -preguntó por Caifás. - ---¡Mal rayo le parta!--gritó Anás transformando su sombrío decaimiento -en furor salvaje. - ---Perdóname, hombre: no me acordaba ya de que habías tenido un disgusto. - ---Si la gente no se interpone, le destrozo, y libro á la humanidad de -ese infame. - ---Entonces, más vale que se interpusiera la gente. - ---¡Yo digo que no, porque debí hacerle polvo! - ---Según eso, fué muy grave el motivo de la querella. - ---No valía dos cominos, Gedeón; pero había mucha pólvora en mi cuerpo, -y esa futesa la inflamó. - ---De lamentar es el caso, de todas maneras. - ---¡Ese hombre es una bestia, Gedeón, y además un canalla! - ---Será si tú lo dices; pero como no estoy en antecedentes... - ---Pues qué, ¿no sabes cómo vive? - ---Ni he intentado saberlo... Como no me trato con nadie... - ---Recordarás que esa fiera siempre fué tan vehemente como celoso, y que -por no fiarse de ninguna mujer, detesta del matrimonio y de los que le -contraen. Pues bueno: puso casa muchos años hace, y tomó un ama bien -parecida. La muy lagarta conoció pronto de qué pie cojeaba el animal de -su amo, y se complacía en dar pábulo á sus accesos bestiales para tener -el gusto, contrariándole, de verle pidiéndola misericordia. En uno de -estos trances, impúsole la condición de casarse con ella, después de -dotarla rumbosamente. - -Resistióse el bruto á lo del matrimonio, aunque asintió á lo de la -dote; pero la astuta supo aguardar ocasión conveniente, y al fin -convino el asno en la otra cláusula también, aunque á condición de que -el casamiento fuera secreto. Hízose así con todas las garantías legales -exigidas por la serpiente; y ahí le tienes desde entonces devorando en -silencio cuantas afrentas puede una mujer echar á la cara de un hombre. - ---Y ¿por qué las aguanta? - ---Porque le amenaza ella con publicar el casamiento. - ---¿Y estás seguro de que le afrenta esa mujer? - ---Te lo garantizo, ¿lo entiendes bien? te lo garantizo yo. - ---¿Y sabe él que puedes tú garantizarlo? - ---Lo sospecha, como de tantos otros. - ---¿Quiere decir que por eso fueron los palos? - ---Por eso unos pocos, y otros tantos por ciertas demasías suyas.--«Pero -pedazo de bruto,» le dije yo en una ocasión, hablándome él de esas -aprensiones, «¿basta que se le meta á un hombre una majadería en la -cabeza para que sin ton ni son vaya á dar un escándalo en la vecindad? -Bueno que vigiles y quieras conservar tu puesto, pero con decoro; -porque figúrate que te equivocas... Y por último, antes de dar contra -los amigos, echa de casa á los extraños;» porque créelo, Gedeón, -¡esa infame se los pone á la mesa con él, á título de amigos y de -parientes!... ¡y el sinvergüenza lo sufre! ¿Quieres más? - ---¡No es poco que digamos! - ---Y también le dije: ¿á que no daba un paso como ese nuestro amigo -Gedeón? - ---¡Yo! Y ¿por qué había de darle? - ---Gajes del oficio son los motivos de esa clase. - ---Yo no sé qué oficio es ese, ni conozco esos motivos... - ---Vamos, Gedeón, echemos tierra á los motivos, pero en cuanto al -oficio... - ---¿Qué quieres decir con eso de «echar tierra?» ¿Á qué aludes? - ---¿Por qué te quemas? - ---Porque me insultas. - ---¿Porque te digo que tienes líos tapados? - ---¡Yo no tengo líos tapados ni descubiertos! - ---Como cada hijo de vecino. - ---¡Falso! - ---¡Gedeón! - ---¡Te repito que yo no tengo líos! - ---Pues cuéntaselo á tu augusto suegro que los publicaba. ¡Lástima que -ya no viva! - ---¿Y á ese entierro aludías antes? - ---¡Ó á otro, canastos! - ---¿Á cuál, víbora, á cuál?... ¡dilo! - ---¡No me da la gana, soberbio! - ---¡Yo haría que te diera, si tuviera los miembros sanos! - ---¿Qué harías entonces? - ---Molerte á bastonazos. - ---Ya tendrías tú media docena de ellos encima de tu alma si no mirara... - ---¡Difamador! - ---¡Hipócrita! - ---¡Bárbaro! - -También esta entrevista acabó rodeada de transeuntes y hasta silbada de -granujas. - -No sé á punto fijo cuánto profundizó en el espíritu de Gedeón el -que éste juzgó dardo lanzado á su pecho por Anás desde la sepultura -de Herodes; pero me consta que al encerrarse en su cuarto, exclamó, -poniendo todo su corazón en sus palabras: - ---¡Señor, entre qué gentes he pasado lo mejor de mi vida! - -Después volvió á encerrarse en su concha; y ningún acontecimiento -notable alteró la triste monotonía de su existencia, hasta el instante -en que se le presento á mis lectores al comenzar la historia de esta -tercera y última jornada de su vida. - -Pero heme referido allí únicamente al aspecto exterior de nuestro -personaje; y ahora necesito decir dos palabras acerca de sus -interioridades. - -Mientras á un enfermo le dura la fiebre, no cabe en la cama y sueña que -es emperador que manda ejércitos, y que ni la muerte se atreve contra -él; pero pasa el acceso, y sus brazos, antes de acero, truécanse en -débiles cañas; la luz vence á sus ojos, y el más blando lecho parécele -dura roca para descanso de su cuerpo aniquilado: la razón, ya en su -quicio, no le alumbra quimeras, sino la verdad de su estado y lo que le -falta para llegar á ser un cuerpo sano como los demás. - -Lo mismo le ha sucedido á Gedeón. Mientras le duró la fiebre de -las pasiones groseras sostenidas por el vigor de su naturaleza y -estimuladas por el veneno de su educación, ya sabemos lo que fué; pero -asaltáronle plagas, lloviéronle pesadumbres y desengaños; y á medida -que el cuerpo fué cayendo, fué su espíritu levantándose. Cada ilusión -apagada en su fantasía, renació como luz en su razón; y cada flaqueza -vencida en su materia, rompió un eslabón de la cadena de su alma. Así -llegó ésta á enseñorearse de aquel cuerpo, cuando el cuerpo no fué más -que una carga de dolores. - -Ya no hay brumas ante la mirada de Gedeón; y desde la alteza de sus -desdichas, todo lo ve claro; ya no duda que de los senderos que tuvo -delante de los ojos al dar el primer paso de la vida, eligió el peor -creyendo lo contrario; y también ve, para su tormento, que ya no es -hora de retroceder para buscar otro más placentero. Á sus pies está el -abismo, y en él caerá con su cruz de tristezas, y allí será crucificado -por el verdugo de sus remordimientos. - -Para otros la luz y los consuelos; para él, la obscuridad y el -desamparo. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -III - -LOS VECINOS DE GEDEÓN - - -Sucédele muy de continuo á nuestro personaje lo que al envidioso: todo -se le vuelve fijarse en lo que él no posee y tienen los que pasan á su -lado. - -Con el cuerpo hundido en el sillón de su gabinete, y en el pecho -la barbilla, deja correr las horas, perdida la imaginación en -investigaciones que le seducen y en cálculos que le fascinan. - -«Lo que soy, lo que he sido y lo que pude ser.» - -Estos son los tres puntos sobre los cuales divaga su fantasía años há, -y el único tema de las meditaciones que le entretienen. - -En la ocasión en que ahora le hallamos, con el cuarto á media luz, la -atmósfera saturada de olores de _bálsamo tranquilo_, sin otro rumor que -altere aquel silencio sepulcral que le rodea que el crónico estertor -del ratonero que dormita debajo de la manta, por un lógico y no largo -encadenamiento de ideas que acaso arranca de aquel cuadro mustio y -desconsolador, vase con la mente á examinar el que ofrece cada familia -de las que habitan aquella misma casa, y le son bien conocidas. - -Vive en el cabrete del portal el matrimonio de que dimos cuenta más -atrás; el cual matrimonio tiene un hijo de veinte años, que gana en -una carpintería un jornal de dos pesetas. Al mediodía y por la noche, -los tres se reúnen, y comen y cenan _en familia_. Alguna vez que otra, -asoma entre ellos la discordia; pero lo ordinario es que reine la paz y -hasta la alegría en aquel hogar angosto y miserable. - -En el segundo piso habita un abogado de _cierta edad_, esposo de una -mujer bella, padres ambos de tres niños. Rara es la semana en que -el médico no tenga que visitar á alguno de éstos. Mientras dura la -enfermedad, no se oye una mosca en la casa; pero, en cambio, tan pronto -como el enfermo se restablece, aquello es una pajarera.--«¡Hijo mío, -yo te como á besos!... ¡Toma, toma... toma!... ¡Válgame el Señor, qué -gitana de criatura!... ¿Qué quieres tú, resaladísima?... ¿Que te haga -un nene con el pañuelo?... Tómale, prenda. Á ver cómo le cantas: ¡oba, -oba, oba!... Duérmele tú, morena... ¡Ajá!... ¡Bendito sea Dios, si no -parece que los ángeles enseñan á esta chiquilla tanta monada!--¿Tienes -celos tú, renacuajo mío? ¡Ay, qué pucheros hace el muy remonísimo!... -No, pimpollo de la casa, que te quiero también á tí... Ven acá, hijo -mío, á este otro brazo, junto á tu hermanita. Así... dale tú un beso, -pichona. ¡Bien! Dale tú otro á ella, gitano... ¡Eso es! ¿Ve usted -cómo se quieren los niños?... Ven tú ahora, cachorrón, y abraza á tus -hermanitos... aprieta más... así... Ahora, yo un beso á cada uno... -¡Toma, toma, y toma... que valéis un imperio entre los tres!» - -Tales son los entretenimientos de aquella madre, siempre que sus faenas -domésticas la dejan un rato libre. - -En cuanto al padre, trabaja en su bufete largas horas; pero nunca le -falta una para dedicársela á sus hijos, jugando con ellos como si -fuera un niño más en la casa; y si algún cliente no le ha sorprendido, -como el embajador español á Enrique IV, haciendo de la estancia -picadero, puesto en cuatro pies y llevando montado en sus espaldas á -un chiquillo, hale hallado muchas veces con la carga encima de los -hombros, á modo de San Cristóbal. - -Á pesar de tan _prosáicos_ pormenores, la casa está limpia como el oro, -la mujer es hasta elegante, el marido no es _raro_ y se cree feliz, y -los niños no rompen la vasija ni comen las sopas á puñados. Para eso -está la madre que se lo prohibe, como todo lo malo, y les amenaza con -el enojo de Papá-Dios, y hasta con la venida de Pateta y del Cancón, -si es necesario; y los inocentes se conforman con mirar á hurtadillas -los _santos_ de algún libro, con ver lo que hay dentro del estuche de -costura de su madre, alguna vez que ésta le deja abierto, y con jugar -á los soldados con el bastón y un chaleco viejo de su padre, ó á los -cocheros, con cuatro sillas del comedor y las disciplinas de sacudir la -ropa. - -Vive en el piso tercero, si padecer es vivir, un coronel retirado á -quien la gota y algunas reliquias de la guerra tienen postrado en el -lecho la mayor parte del año, y el resto encogido en un sillón. Para -asistirle y consolarle y sufrirle con la heróica resignación de una -hermana de la Caridad, está constantemente á su lado su hija, joven -y bella, aunque su belleza tiene no escasa semejanza con las flores -sin sol. Un hermano de ésta ayuda á levantar las cargas del hogar, -desempeñando un empleo que no le produce tanto lucro como sudores. -Cuando los tres se hallan juntos á ciertas horas del día y casi todas -las de la noche, el afán de los hijos se consagra á endulzar las -amarguras del inválido, cuya paciencia no es tan grande como el amor y -la gratitud que siente hacia aquellos pedazos de su corazón. - -En el piso cuarto habita un matrimonio que demuestra no ocuparse ni -pensar en otra cosa que en reñir cruda batalla con la muerte, que -tiempo há reclama la vida del único fruto que le han dado veinticinco -años de unión pacífica y armoniosa. Rico el marido y no pobre la mujer, -cuanto los dos reúnen, y sus vidas además, dieran sin vacilaciones por -devolver el color de las rosas y los bríos de la juventud á la faz -macilenta y al cuerpo entumecido y descarnado de aquel sér á quien una -lenta, pero invencible consunción, va acercando al borde del sepulcro. -Para aquellos padres el día no tiene sol, ni la noche descanso: sus -almas están en el cuerpo de aquel hijo que padece y se acaba, sin que -poder humano alcance á conjurar tal desventura. Algunas veces un pobre -sacerdote, sentado á la cabecera del enfermo, le alivia los dolores -del cuerpo con sabias advertencias para el alma, dando á la vez grato -consuelo á los que ninguno esperan de los halagos del mundo cuando de -él falte quien tan próximo se halla á las puertas de la eternidad. - -Por último, habita la buhardilla una costurera que sostiene con su -trabajo á su madre anciana y viuda, y á un hermano memo. Aunque no cesa -de trabajar, y lo que gana cada veinticuatro horas puede meterse en un -dedal, esta criatura canta de día y canta de noche, hasta en las horas -que roba al sueño y al descanso. - -Hecha esta mental exploración por su vecindad, Gedeón, que nunca -olvida las lecciones del Doctor, juzga que aquella casa es un remedo -del mundo. Hay en ella un poco de todo: diversidad de caracteres, de -caudales, de infortunios y de alegrías. - -Hay padres que trabajan y se sacrifican por sus hijos; hijos que -trabajan y se sacrifican por sus padres; hermanos que cuidan de sus -hermanos; padres é hijos que mutuamente se auxilian y conllevan. En -una ó en otra forma, siempre hay un sér identificado con otro sér; un -sentimiento honrado respondiendo á otro sentimiento, ó inclinando el -corazón á trocar por los dolores ajenos las propias alegrías; vidas -que se reflejan en otras vidas y en ellas se funden y se gozan, como -la luz, y las flores, y el rocío; conjunto maravilloso de colores, de -aromas y de frescura; ambientes embalsamados que regala el valle á la -montaña, en pago de la brisa, de la lluvia y del amparo que la montaña -presta al valle; misteriosa cadena de afectos que elevando el alma -sobre las miserias de la tierra, convierte los dolores y la abnegación -y el heroísmo en necesario y grato deber. - ---¡Esto es la familia!--piensa Gedeón, interrumpiendo sus -exploraciones;--algo que se siente, se ve y no se explica; algo que se -encuentra en todas partes... menos en mi casa y en los libros que yo -he devorado. Esto lo que en ella me llamaba en otros tiempos, y lo que -yo no quería oir; esto lo que me recomendaba el Doctor como remedio de -todos mis males... ¡Qué necio, qué fatuo, qué estúpido he sido! - -Volviendo otra vez con la mente á la vecindad, ¡cuán rebajado se -encuentra comparándose con ella! - -Cuantos seres la componen tienen un destino que cumplir, ó le han -cumplido ya; parecen venidos al mundo con un fin benéfico y para ocupar -un puesto que les estaba señalado, y son como rueda de artefacto, que, -por pequeña que sea, colocada entre otras, ayuda al movimiento á la vez -que le recibe. - -Todos aquellos vecinos pueden abrir sus puertas y mostrar al público -sus hogares, porque nada hay en éstos que no sea útil, lícito y honrado. - -Pero él... ¡cielo santo! En su casa el desamparo, el silencio, la -soledad, la desconfianza, el misterio, el engaño; en su corazón, el -odio á quien debiera amar y poner sobre su cabeza; en su conciencia, el -remordimiento y el desencanto de los vicios. - -¡Pero en cambio es _libre_!... ¡Qué mofa!... - -¿De qué le sirve la libertad? Si le faltara aquel dinero, por amor -al cual halla quien le dé de comer y le guarde la casa, ¿quién se -acercaría á ella, ni con paciencia aguantara sus desabrimientos, hijos -de sus amarguras y dolores? ¿Á quién arrancará una lágrima su muerte? - -No hay duda: él solo es en aquella vecindad, reflejo del mundo, la -rueda inútil, y por inútil arrojada al basurero; allí irá hundiéndose -poco á poco, comida por la roña y azotada por los vientos y la lluvia, -mientras la van formando una corona digna de su tumba de inmundicias y -de escombros, las zarzas y las ortigas. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -IV - -CASTILLOS EN EL AIRE - - -Pues supongamos ahora--continúa llevando sus meditaciones á otra región -de más luz y de mejor aire,--que yo me hubiera casado á tiempo. Podría -haberme cabido en suerte algo de lo malo que hay en la vecindad, es -cierto, pero ¿y qué? Lo peor de ello ¿no es mucho mejor que lo que -yo poseo? Más probable es que tuviera un poco de cada cosa: hoy una -pena, mañana una alegría, ahora un dolor, más tarde un placer... Tal -es el mundo, y tal la humanidad; porque no puede ser de otra manera... -Pero el conjunto de todos estos dulces y de estos amargos, de estos -goces y de estas pesadumbres; el no sé qué que lo envuelve y rodea, y -lo da color y luz y vida; eso que un pintor llamaría _ambiente de la -familia_, y otros, con mejor acuerdo, el _reflejo de Dios_; eso que -no se disipa con ninguna pena, ni se adquiere con ningún dinero, ni se -sustituye con nada, pero que existe en todas las familias, ¿por qué -no había de existir en la mía? ¡Si me parece que lo ven mis ojos y lo -palpan mis manos!... Y no es extraño: soy de los necios que viéndose -ahitos, arrojaron las provisiones por la ventana, sin hacerse cargo -de que se quedaban con el hambre, aunque dormida y acallada. Ahora se -despierta la mía y se entretiene en pintar manjares... como ella sabe -pintárselos á quien no los puede saborear. - -Pero vaya una suposición racional, aplicable á este momento de mi vida. - -Si yo me hubiera casado á tiempo, mi mujer estaría ahora á mi lado... -Tendría, próximamente, cincuenta años: quince menos que yo; pero bien -conservada, afable... hasta fresca y rozagante. Y digo que se hallaría -á mi lado, porque estoy achacoso; y para entretenerme y consolarme, -me daría conversación. Hablaríamos de cuando fuimos jóvenes y de las -inocentadas que nos decíamos cuando novios. Pareceríanos imposible que -entonces nos conformáramos con aquel amor vehemente y apasionado que -luégo vimos trocarse, para dicha mutua, en otro afecto más apacible y -desinteresado, y á la vez más profundo, cordial y permanente, como si -nuestras vidas se hubiesen compenetrado, ó fuéramos _ella_ y yo dos -cuerpos con un alma sola... - -Pero á cierta edad deben entretener poco estas metafísicas. De ellas -habríamos hablado en ocasión oportuna... Lo seguro es que en la -presente estaríamos tratando de nuestros hijos, ó acompañados de alguno -de ellos. - -El mayor sería ya... ¡bah!... ¡yo lo creo! oficial de artillería... -Aunque, bien mirado, no me agradan mucho los militares. Siempre están -lejos de sus familias, y se expone uno á perder algo de su cariño. -Después la guerra. ¡Es tan fácil que una bala, un pedacito de plomo -como un guisante, arrebate en un segundo una vida llena de alegrías y -de esperanzas! Verdad es que así se cumple con un deber sagrado, porque -se muere por la patria... ¡Pero vaya usted á decirle al corazón de un -padre que se consuele con eso, cuando llora la pérdida de un pedazo -suyo!... ¡Cómo debe de sentirse la muerte de un hijo!... Por eso no es -conveniente exponerlos mucho... Por otra parte, como el nuestro sería -buen mozo, por la vanidad de verle lucir el uniforme... ¡qué sé yo! se -me figura á mí que hubiéramos consentido en que se hiciera militar... -Nada: resueltamente lo sería. - -Habría recibido yo carta suya avisándome en ella que le destinaban, -por ejemplo... á Sevilla. Sevilla es una gran ciudad, en la cual no -puede vivir mi hijo, que pertenece á un cuerpo tan distinguido como -el de artillería, como en Segovia ó en Santoña. Tendrá su uniforme -estropeado, si no viejo; necesitará hacerse otro nuevo, y acomodarse -en buena posada; estar, en fin, como debe estar un joven de sus -condiciones: bien vestido y bien alojado. ¿Qué menos? Nada de eso me -diría él en la carta, porque, como prudente, sabe que su padre con -media palabra entiende á sus hijos; el caso es que yo trataría de -enviarle dinero. Sobre el cuánto, consultaría con su madre. Pero, -¿qué sabe una pobre señora de su casa lo que necesita un caballero -oficial del real cuerpo de artillería? Por eso me dirá que con dos -mil reales tiene nuestro hijo hasta de sobra; pero yo, que sé lo que -cuesta, ó debe costar, un uniforme como el suyo, con tanto ringorrango -de oro fino, y lo caros que andan los guantes de primera y el tabaco -regular, sin que su madre lo sepa le mando cuatro mil: la mitad para el -uniforme, y el resto... ¡qué diablo!... el resto para dos mil cosas que -pueden ocurrírsele á un buen mozo, caballero oficial del real cuerpo de -artillería. ¿Le he de decir yo también en qué lo ha de gastar? Lo que -sí le diré, que aquella cantidad se la enviamos su madre y yo: dos mil -reales cada uno; pero que no la diga nada cuando la escriba, porque -quiere ella guardar el secreto. Creo yo que de este modo agradecerá él -más el supuesto regalo de su madre, y la tendrá más presente y hasta la -querrá más, si cabe; y queriéndola él así, le querré yo también mucho -más. ¡Como si fuera poco lo que le quiero!... - -Despachado así el asunto del militar, empezaríamos con el abogado, -el menor de nuestros hijos varones. Ese estaría preparándose para -graduarse de doctor. Pero ¡qué tunante!: sabiendo que con esas cosas -se le cae la baba á su padre, me ha dedicado el discurso... El de -licenciado se le dedicó á su madre, que le tiene encuadernado con -lujo y le guarda entre sus más estimados libros de devoción. Y ¿qué -he de hacer yo sabiendo, como sé, que es un chico que se ha lucido en -toda la carrera?... Pero no: se habrá graduado ya, y yo habré leído -su discurso, ¡bien charlado!... No se lo diría así; pero le tiraría -de la lengua é iría metiéndole en materia para oirle... Le habría -regalado un reló de oro con su cifra. ¡Qué demonio de chico! ¡Cómo él -se despacha en círculos y tertulias! Lo mismo dirige un rigodón que -diserta sobre el Digesto. Por de contado, fumará delante de mí. Siempre -me ha parecido una ridiculez ese rigor de los padres con el vicio menos -indecente de la humanidad. Bueno que cuando son niños no fumen, por -muchas razones; pero después, ¿por qué no han de fumar si les gusta?... -¡Cuánto me entretiene con sus humoradas y espontaneidades de muchacho! -¡Cómo anima y revuelve á toda la familia en los muchos ratos que pasa -con ella! Cuando falta él de la mesa, parece que la comida está sin -sazonar... También hace coplas, pero buenas; no de esas vulgaridades -que escriben todos los jóvenes entre tontos é inocentes. Por de pronto, -se ejercita en la profesión con un abogado de nota, que me ha dicho en -confianza que antes de dos años valdrá el pasante más que él. ¡Si me -pondría yo hueco al oir tal elogio! De todas maneras, este chico será -el que se encargue de todos mis asuntos en los últimos años de mi vida, -y el que á mi muerte ocupe mi puesto al frente de la familia; porque -nada de esto se opone á que se case en tiempo oportuno con una mujer -digna de él. ¡Antes muerto que solterón! Por eso me tiene siempre con -cuidado el artillero. Temo que, como á otros muchos de su profesión, -se le pase lo mejor de la vida mariposeando; y cuando quiera fijarse -definitivamente, no pueda ya con las bragas y tenga que morir solo y -desesperado. - -Pero el ojo derecho mío... (no lo podría remediar) sería nuestra hija. -¡Qué cálculos haríamos sobre ella su madre y yo! Veinte años tendría, -y como otros tantos soles que la hermosearan. Ahí enfrente, en la sala, -habría un piano; y en ocasiones como ésta, en que el tedio... (el tedio -no, porque no conocería yo esa dolencia) ó el peso de mis achaques me -entristeciera, tocaría ella las piezas de música que más me gustaran -á mí... Me animaría después á salir de casa; haría que la acompañara -á dar un paseo por las afueras, y yo iría hecho un bobo entre ella y -su madre; y más de dos jovenzuelos pasarían á su lado haciéndose los -buenos mozos... Esto me cargaría bastante, porque me haría pensar -en el día en que otros deberes que los de hija me la arrebataran de -casa. ¡Mire usted que es dura y terrible para un padre esta ley de -la naturaleza! Y no hay modo de eludirla. Cierto es que el deseo de -verlas felices, y hasta la idea, á menudo equivocada, de que casando á -una hija se adquiere un hijo más, debe de animar mucho en esos trances -tan serios; pero así y todo, yo no me daría prisa por casarla. De esto -precisamente hablaría yo ahora con su madre; y cuando ella pasara por -ahí enfrente ó se asomara á la puerta para hacernos alguna pregunta, -cambiaríamos de conversación... Yo tendría pañuelos bordados por ella; -y de obras de sus manos estaría llena la casa; y las interioridades de -ésta correrían ya de su cuenta, para descanso y satisfacción de su -madre. - -¡Pues y cuándo el artillero estuviera en casa con licencia? ¡_Toda la -familia reunida_ entonces! ¡Qué cenas, qué comidas, qué sobremesas! -¡Dios mío, aquello sería el colmo de la felicidad! ¡Qué me importarían -á mí entonces el reúma, ni la tos... ni todos los dolores juntos del -cuerpo? El militar referiría sus aventuras _lícitas_ del oficio; el -abogado sus travesuras de universidad; uno y otro elegirían las más -ingeniosas para regocijo de su hermana y deleite de su madre; y en -cuanto á mí, ¡cielo santo! solamente sabiendo lo que ahora padezco se -podría calcular lo que entonces gozaría. ¡Qué vejez aquélla! ¡Cuán -diferente de esta vejez! En tan placentera compañía, ¡con qué valor -debe de mirarse cómo avanzan hacia uno, disfrazados de _achaques de la -vida_, estos mensajeros de la muerte!... Dicen que para morir con ánimo -sereno son un estorbo los hijos y la familia. ¡Qué error! Sin ella todo -es tristeza y dudas y desaliento; y con estos males por escolta, podrá -morir un hombre desesperado; pero sereno y valeroso... ¡nunca! - -Tras estas cavilaciones, y después de permanecer Gedeón largo rato -saboreándolas, alza la cabeza, y vuelve á reflejarse en su fisonomía -aquella burla de otros tiempos, que era la salsa de sus meditaciones -sobre parecido tema. - ---¡Qué demonio!--torna á pensar;--¡lo que somos los hombres! Cuando yo -era joven, me pasaba las horas muertas haciendo castillos sobre las -voluptuosidades matrimoniales; ahora, que soy viejo, los hago como un -tonto sobre lo que entonces me parecían miserias de la vida conyugal. -¿Estaré tan equivocado ahora como lo estuve en aquel tiempo?... ¡No, -no, no y no! Por de pronto, aquello me inflamaba la sangre; era fuego -que corría por mis venas; huracán que me arrastraba lejos de todo -deber, y me ponía fuera de la comunión humana. - -Esto es como bálsamo que se derrama en mi corazón y purifica y -refrigera todo mi sér; brazo misterioso que se enlaza con el mío, y, -sacándome de la sima tenebrosa, me acerca á los demás hombres, y hasta -parece que me eleva hacia Dios... No cabe duda, ¡hasta por egoísmo debí -yo haberme casado á tiempo!... ¡He sido un bestia! ¡mil veces sandio! -¡un millón de veces estúpido! - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -V - -LA POESÍA DE UN SOLTERÓN - - ---¡Regla!... ¡Regla! - ---¡Señor! - ---¿Dónde mil demonios estás metida? - ---¿Cuántas veces me ha llamado usted? - ---Más de mil. - ---No han llegado á tres. - ---Tanto me da. - ---Pero no es lo mismo. - ---¡No me repliques! - ---Cuando se dice lo que no es... - ---¿Te rebelas? - ---Me disculpo como debo. - ---Tu deber es complacerme, y nada más. - ---Eso he hecho siempre. - ---¡Pero no lo haces ya! - ---¡Así paga el diablo á quien mejor le sirve! - ---¡Regla... no me provoques! - ---Si usted no me maltratara... - ---Yo no maltrato á nadie. Yo no hago más que padecer y pudrirme, y -acabarme aquí, solo y abandonado. - ---¿Para qué me llamaba usted, señor? - ---Para que me traigas los chirimbolos. - -Sale Regla; y mientras vuelve, Gedeón se desciñe la bata, dejando al -descubierto sus piernas liadas y reliadas en lienzos y franelas, desde -la punta del pie hasta medio muslo. - -Aparece Regla de nuevo en el gabinete con media docena de frascos en -una bandeja, y con enormes rollos de vendajes limpios debajo del brazo. - -Arrodíllase á los pies de su amo, apoyados sobre un taburete; coloca en -el suelo los frascos y los vendajes, y comienza á soltar las ataduras -de los que Gedeón tiene puestos. - ---¡Con tiento, Regla!... ¡con mucho tiento, por Dios, cuando llegues -á la rodilla! Una mosca que la roce con las alas, me hace ver las -estrellas... - ---No tenga usted cuidado. - ---¿No, eh?... Si tú lo pasaras, condenada... ¡Poco á poco... poco á -poco! Así... ¡Ay!... - ---¡Si no le he tocado á usted! - ---No importa: el miedo solamente me hace tiritar. Arrolla esa tira para -dar la vuelta por debajo de la corva. Bueno. Ahora sin miedo hasta los -pies... ¡Alto! arrolla toda la venda suelta. - ---Saque usted el pie más afuera... - ---Allí va... ¡Cosa más rara que esta dolencia!... Me permite -andar, aunque con trabajos, y el peso de una hormiga la irrita y -ensoberbece... ¿Acabaste con la venda? Ahora la franela... ¡Eche -usted tira! El diablo me lleve si no hay para alfombrar con ella la -escalera... ¿Qué tal encuentras la rodilla? - ---Algo más deshinchada me parece... - ---Eso me dices todos los días... ¡Cuidado ahora con el pie!... - ---Levántele usted un poco... Un poco más... Ya está. - ---¿Cómo le hallas? - ---Lo mismo. - ---Pues á mí se me figura que cada vez se van dislocando más los -dedos... Parecen garfios, ¿no es verdad, Regla?... Vamos ahora á -preparar la batería de los betunes... No los confundas, ¿eh? Éste es -para los pies; éste para el pecho; éste para las rodillas; éste para -mezclarle con este otro... - ---Ya sé yo mejor que usted para qué es cada uno. - ---¡Dios ponga tiento en tus manos! - -Hechos los necesarios preparativos, comienza Regla á destapar frascos, -á mezclar las pestilencias de uno con las hediondeces de otro sobre -la palma de su mano izquierda, y á frotar con las dos, con toda -la suavidad posible, las partes doloridas de Gedeón, que á cada -instante grita y reniega y maldice, ya porque Regla aprieta más de lo -conveniente, ó porque teme que así lo haga. Después envuelve la pierna -en franelas, y las franelas en lienzo, sin que dejen de oirse los -propios conjuros y las mismas interjecciones del paciente. - ---¿Acabaste con ésta? - ---En cuanto anude las cintas... Ya están. - ---Pues vamos ahora con la otra... Pero recoge antes toda esa -trapajería, ó ponla donde yo no la vea... ¡Qué peste más -endemoniada!... Parece castigo de Dios, ¿no es verdad? - ---¿Por qué, señor? - ---¡Mucho cuidado ahí!... ¡Mira que tengo que ver en esta guisa! Cuando -yo era joven, me burlaba de los maridos que pudieran verse precisados -á hacer con sus mujeres algo de lo que tú haces ahora conmigo... ¡No -aprietes tanto!... ¡Como si yo fuera de otra materia más fuerte y -asegurada de achaques! ¡Como si solamente las mujeres casadas tuvieran -humores y necesitaran untos y cataplasmas!... Cada vez me convenzo -más de que entre un joven abandonado á sus propias inclinaciones y -una bestia, no hay dos pulgadas de distancia... Dele usted cuerda -á sus pasiones; satisfágale usted sus apetitos; téngale usted gordo -y retozón, y ya cree poseerlo todo y asegurada su vida de penas y -dolores... Está mejor esta pierna que la otra. ¿No te parece á tí? - ---Allá se van. - ---¡Vaya un consuelo de tripas!... - ---Pues si es la verdad... - ---¡Ó no lo es!... Y aunque lo sea, no debe decirse de ese modo... - ---¿De qué modo lo he dicho yo? - ---Como lo has dicho. ¡Ea! no me rompas la cabeza. - ---Jesús me dé paciencia, ¡qué genio! - ---¡Quisiera yo ver en mi situación al hombre de más cachaza! - ---Pero yo no le tengo á usted la culpa de sus trabajos... - ---¡No aprietes tanto ahí, recondenadísima! - ---¡Si llevo la mano al aire, señor! - ---Al aire te echaría yo de un puntapié, si pudiera dártele. - ---Muchas gracias... Pero crea usted que, sin puntapié y todo, habría -pocas personas capaces de hacer con paciencia todos los días esto que -yo estoy haciendo... - ---¡Espera un poco, no untes más!... ¡retira la mano! ¡Ay, qué dolor -más terrible!... ¡parece que me exprimen los huesos en una prensa!... -¡Ufff... qué barbaridad!... Debo de tener la cara como luz de pajuela. - ---Algo pálida está... ¿quiere usted un poco de agua?... - ---No... Ya se va pasando... Estos dolores son así, cortos, pero -buenos... Sigue ahora la operación, y dispensa los disparates que haya -dicho contra tí. ¿He dicho alguno? - ---No ha dejado usted de decirlos... - ---No me extraña; porque cuando me ataca el dolor, me pongo fuera de mí, -y no sé lo que digo. - ---Gracias á eso no los tomo yo muy á pechos. - ---Vamos á ver, y ¿qué harías si á pechos los tomaras? - ---Ya puede usted presumirlo. - ---¿Es decir que serías capaz de abandonarme?... - ---Póngase usted en mi caso. - ---¡Ingrata! No correría yo tales riesgos si me hubiera casado á tiempo. - ---¿Tan mal le ha ido á usted conmigo? - ---¿Y de qué me serviría cuanto por mí has hecho, si en lo más apurado -de la vida me abandonabas? ¡Las mujeres propias no hacen eso, Regla! - ---También tienen otros privilegios que no tengo yo... y otro -porvenir... - ---Ya pareció aquello. ¿Temes que te falte el pan algún día? - ---Mientras tenga los miembros sanos, no; pero bien pudiera suceder. - ---¿Por tan desalmado me tienes? - ---Cayéndose usted de generoso, puedo quedarme á puertas mañana. - ---Eso es decir que temes que yo me muera de repente. - ---Ó por sus pasos contados; pero como la voluntad de usted no consta -más que en sus palabras... - ---Ya te tengo dicho lo que pienso hacer para que mi voluntad sea -conocida y respetada. - ---Pero, entre tanto, puedo morirme yo, y ese hijo que anda por esos -mundos, sabe Dios cómo, no recogerá de su madre ni las tristes soldadas -que tiene ganadas en más de quince años, sirviéndole á usted. - ---Luego ¿desconfías de mí? - ---No, señor; pero, á decir verdad, quisiera tener bien arreglada esa -cuenta, por lo que pudiera tronar. - ---Lo que tú temes es que yo truene á la hora menos pensada... no me -andes con andróminas; y lo que debes hacer es pedirme lo que te debo; -ir á darte buena vida con ello, y dejarme á mí solo y abandonado, -pudriéndome en este rincón... - ---Yo no pretendo semejante cosa. - ---¡No me pasaran á mí estos lances si yo me hubiera casado á tiempo! - ---¡Otra vez el casorio! Y ¿por qué no se casó usted? - ---¡Porque fui un mentecato, como tantos otros! - ---Todavía puede usted hacerlo. - ---¡Tendría que ver! - ---No creo que se opusiera nadie. - ---¡Ahí me duele! - ---¿En lo que le digo á usted? - ---¡En la rodilla, chapucera!... ¡Pasa con cuidado la venda!... Y ¿quién -se había de oponer á que yo me casara todavía, si se me antojara? - ---Pues eso decía yo... ¡Cuántos á la edad de usted tienen compromisos -viejos!... - ---Yo no tengo compromisos, Regla; yo soy libre como el humo, como el -aire. Puedo hacer lo que me acomode de mi cuerpo y de mi caudal. ¿Lo -entiendes? - ---No lo dudo, señor. - ---Es que á mí no me vengas con pullas, porque las tengo yo para tí y -para todo el universo, ¡zambomba!... ¿Acabaste? - ---Sí, señor. - ---Pues al pecho ahora... Á bien que, para lo que adelanto con la -untura... ¡Qué toser anoche! ¡En vilo me la pasé toda! Tú, en cambio, -dormirías como una marmota. - ---Como usted no me llamó... - ---¡Bien hecho! ¡ahógate ahí, consúmete y púdrete solo, vejancón -miserable! ¡Consuélate si quieres con el acompañamiento que hace á tus -quejidos el asma del ratonero!... - ---Á esa bestia la voy á tirar yo por la ventana... - ---Pues en seguida vas tú tras ella. - ---Pero ¿no ve usted que está hecha un asco, y que apesta toda la -habitación? - ---Esa no es cuenta tuya... No me manches la bata con ese menjurge... -Ese pobre perro ha sido el compañero fiel de mis tristezas, y tiene -derecho á mis cuidados... y á los tuyos también, Regla, ya que me haces -hablar. - ---¡Para él estaba! - ---¡No seas ingrata, Regla! - ---Más me debe él á mí, que le traje á casa. - ---También es cierto; y volvamos la hoja... Colócame la franela de modo -que no me queden arrugas... Eso es... Abróchame la almilla... - ---Ya está usted despachado por hoy... digo, hasta la noche. - ---Tráeme ahora una camisa limpia. - ---¿Va usted á salir? - ---¿Qué tal está el día? - ---Regular. - ---¿Hace viento? - ---No, señor. - ---¿Hay humedad? - ---Tampoco. - ---Entonces saldré un rato, aunque sea para sentarme en la tienda de la -esquina, mientras tú ventilas la habitación, que buena falta le hace. - -Dicho esto, recoge Regla frascos y trapajos sucios, y sale del -gabinete, en el cual queda Gedeón haciendo pinitos y probaduras de -paseo, ora arrugando la cara y apretando los dientes, ora soltando un -reniego, ora admirándose del volumen que presentan sus piernas con -tantos envoltorios y ataduras. - -Después se viste con ímprobos trabajos unos pantalones descomunales y -se lava las manos y la cara, no sin bautizar el agua con tres ó cuatro -esencias de botica. - -Por último, vuelve Regla trayéndole una camisola limpia, y le calza los -entrapajados pies con holgados zapatones de flexible paño. - -Puesta ya la camisa limpia, hácele Regla el lazo en la corbata; ayúdale -á vestirse un chaleco de punto inglés; sobre éste, otro de paño; sobre -éste una levita, y sobre la levita, un gabán; pone en sus manos el -bastón y el sombrero; cerciórase de que no le faltan pañuelo en el -bolsillo ni cigarros en la petaca; y sale, dejando abiertas todas las -puertas, por las cuales va pasando, hasta la de la escalera, junto á la -que aguarda á su amo cruzada de brazos. - -Antes de salir Gedeón de su gabinete, levanta con el regatón de su -cachava la manta, bajo la cual dormita y ronca Adonis. El achacoso -ratonero abre los ojos; y sin mover la cabeza, vuélvelos á su amo, como -si quisiera darle las gracias por su cortesía, ó decirle: «¡Buen par de -alhajas estamos!» - -Gedeón le contempla un instante, vuelve á cubrirle con el bastón; y, -bien apoyado en él, sale renqueando hacia la escalera, murmurando para -sus envolturas: - ---No sé quién de los dos largará primero la pelleja; pero el diablo me -lleve si no estoy yo en el mundo tan de sobra como tú. ¡Tan llorada ha -de ser tu muerte como la mía! - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -VI - -LA TIENDA DE LA ESQUINA - - -Regéntala, como dueño de ella, un buen hombre que jamás se enfada ni se -apresura. - -Vive de lo que vende, que es tanto como decir que vive de milagro; pues -allí nunca se vende nada, y siempre se ven, en tablas y escaparates, -los mismos objetos, descoloridos y ajados por el tiempo; siendo muy -de notar, como fenómeno curioso, que rara vez un comprador pide cosa -que en la tienda exista, pero que debiera existir, á juzgar por la -índole de las mercancías que están á la vista, y con las cuales cree el -tendero, sin duda alguna, que hay hasta de sobra para satisfacer todos -los antojos del público. - -Así se dan muy á menudo casos como el siguiente: - ---¿Tiene usted tachuelas?--pregunta un marchante acercándose al -empolvado mostrador. - ---¿Tachuelas?--repite el tendero poniéndose á meditar.--_Precisamente_ -tachuelas, no; pero tengo otra cosa que puede convenirle á usted más. - ---¿Clavillos, quizá? - ---No, señor: clavos romanos. - -¿Y qué es eso? - ---Hombre, clavos romanos... son éstos. Vea usted, para sujetar las -cortinas y formar pabellones. Un palmo tienen de cabeza, ¡qué hermosos! - ---¡Pero si yo quiero tachuelas! - ---Pues de eso no tengo ahora. - -Y así hasta el infinito. - -Alguna vez, muy rara, hay en la tienda lo que pide el comprador; pero -precisamente en tales casos se halla el tendero entretenido en oir lo -que cuentan ó discuten sus tertulianos; y por no perder una sílaba del -relato ó de la disputa, - ---¡No tengo!--responde con desabrimiento y sin volver la cara. - -Por eso digo yo que no sé _cómo_ vive este buen hombre, que sólo vive -_de lo que vende_. - -En esta tienda hay tertulia al mediodía y después del paseo por la -tarde; en verano, hasta que cierra la noche, y en invierno, hasta que -se cierra la tienda. - -Una banqueta derrengada, dos banquillos de cabretón y una silla -achacosa, sirven para sentarse los tertulianos entre los dos huecos de -la fachada. - -Componen la tertulia, comúnmente: - -Un señor pequeñito, septuagenario ya, pero muy conservado, limpio y -risueño. Guarda, como una reliquia que piensa legar á sus herederos, -si el Estado no solicita la preferencia, el _Diario_ de su larga vida, -comenzando en el instante mismo en que supo escribir de corrido. Todos -los años, al solemnizar él el cumplimiento de uno más, reúne en su mesa -las cuatro generaciones que de él arrancan, y por remate del banquete -les lee de punta á cabo el curioso mamotreto. - -En concepto del autor, hay en sus folios grandes enseñanzas para todas -las edades de la vida. Allí constan los sudores del entonces impúber, -para aprender de memoria el «_peritus_, sabio, _juris_,» bajo la férula -sangrienta de un dómine inhumano; allí los seis maravedís que le daba -su padre cada domingo, si durante la semana anterior no había habido -azotina en el aula; allí los dos reales y medio que le asignaron de -jornal, después de tres años de méritos, en la casa de comercio en -que se colocó y pasó cuarenta años de su vida, sin haber rebasado -jamás de veinticuatro reales cada día _laborable_; allí los zapatos -que le compraban, y si eran de lienzo ó de vaqueta; allí los vestidos -que estrenaba, y el día en que por primera vez se puso calzoncillos; -allí el efecto que causaba y la revolución que producía en el pueblo -cada moda nueva; allí, entre mil prolijidades de su vida social y -privada, los fríos notables, las nevadas de más duración, las lluvias -más copiosas, la legión inglesa, la biografía de Bonnet; y si su amigo -Pedro se casó, y con quién, y con qué dote; si falleció el _notable_ -señor don Pedro, y cuántos curas asistieron á sus funerales, y hasta la -lista nominal de los _particulares_ que le acompañaron al cementerio. - -Con este cronicón en la memoria y esparcido por ella otro tanto más, -excuso decir cuál es el papel que desempeña este apreciable sujeto en -la tertulia. Fechas dudosas, casos _análogos_, estadística antigua... -Sobretodo esto y mucho más que salte en la conversación, se abalanza -para resolverlo, comentarlo y diluirlo. - -Apóyale en todos sus asertos y comentarios, con la muletilla de «¡mucho -que sí!,» un joven de medio siglo, que tapa la sesera, _tanquam tábula -rasa_, con dos pabellones de pelo engomado que ha podido conservar en -los respectivos parietales. Tiene este amable sujeto la inocente manía -de conocer íntima y particularmente á cada personaje político, militar -ó científico que en la conversación salga á cuento. Según él, todos los -ministros, en cuanto llegan á serlo, le ofrecen honores y destinos, -y todas las chicas guapas le quieren y le miman. Por lo demás, es -sumamente risueño y complaciente, y no tiene pizca de sentido común. - -Forma contraste con él un indianete que alardea de no creer en Dios, -porque estuvo seis días en los Estados Unidos; y anda tan escaso de -caudal como de ganas de gastarle. Siempre, y aunque no venga á peso, -tiene estas frases en los labios, entre las hebras de un cigarro infame -del estanco: - ---¡Como á mí me pidieran dinero prestado, á puñaladas había de -contestar al muy sinvergüenza! - -Y es fama que á puñalada limpia ganó él lo que tiene. - -Deben citarse también, aunque no describirse, dos especieros retirados -que arman entre sí muchas camorras, porque ambos toman por lo serio los -discursos de las Cortes, que leen en _La Correspondencia_; siendo el -uno impertérrito esparterista, y el otro clerical denodado. - -Pero la salsa de aquel condumio es un don Acisclo Berruguete, que ha -resuelto el problema de vivir de señor con cinco reales y medio al día. -Y verán ustedes cómo. En el barrio más sucio de la población, y en la -calle más miserable del barrio, y en la casa más fementida de la calle, -tiene alquilada una cama en el cuarto más infame de la casa, lujo -que le cuesta dos reales diarios. La misma pupilera le da un potaje -al mediodía, por catorce cuartos; y por tres, una taza de cascarilla -por la mañana. Con el real y medio que le queda, compra pan, y fuma y -ahorra para luz é imprevistos. - -Explicaremos este milagro. Come una libra al día, que le cuesta cinco -cuartos y medio; pero temiendo que con las provisiones á la vista se le -deslizasen los dientes, compraba media para la comida y otra media para -cenar y desayunarse. Esta ventaja indudable tuvo un inconveniente de -gravedad para él, porque costando cada media libra dos cuartos y medio, -más un maravedí, y siendo imaginaria esta moneda, el panadero habría de -cobrarle tres cuartos, es decir, un maravedí más de lo justo: de modo -que le saldría la libra á seis cuartos. El caso era de meditarse, y don -Acisclo meditó larga y reposadamente, y venció al cabo la dificultad, -comprando él mismo el pan á un panadero conocido, y pagando, con -la segunda media libra, la primera que se llevaba fiada. Así vivió -algunos meses; pero advirtió la trampa el panadero, y obligó á don -Acisclo á pagar al contado. Lo propio le sucedió en cuantas panaderías -fué recorriendo, hasta que se vió precisado á comprar la libra entera y -á poner á prueba las tentaciones de su apetito. No se ha dado todavía -el caso de que sus dientes se claven en la media libra de reserva -después de haber molido la otra media; pero el peligro no más de la -caída le trae desazonado y en perpetua meditación. - -De los seis cuartos y medio que le quedan, invierte dos, cada tres -días, en higos pasos, con un par de los cuales y un cuarterón de pan, -cena, añadiendo, de vez en cuando, algo que rebaña en las mesas de los -cafés, mientras, de intento, da conversación á los conocidos que las -ocupan. - -Un tabernero de la calle le hace media docena de velillas de sebo -pestilente, por un real, con las cuales tiene para alumbrarse medio -año; porque es de saber que no gasta luz más que para orientarse en su -cuarto, al entrar en él para meterse en la cama. Todo lo demás lo hace -á obscuras. No fuma tabaco si no lo araña en petaca ajena; fuma todo -lo que arda envuelto en un papel y huela, aunque huela á demonios. Por -eso, tan pronto fuma laurel seco, como yerbaluisa, como anís silvestre, -como menta de perro... lo que abunde en la mies cercana ó en el bardal -más próximo. - -De este modo, ahorra cinco ó seis reales cada mes; y entonces -se permite echar una cana al aire con media docena de amigos, -acompañándolos á comer _de campo_. - -Ya sabe él, por la experiencia, lo que aquel regodeo cuesta por barba; -y como las suyas no alcanzan tan allá como las otras, al llegar la -comida á los potajes,--«¡raya!»--dice al tabernero,--«y venga la -cuenta.» Y paga los dos ó tres reales que le corresponden por lo -consumido hasta allí; sin impedirle esto, que mientras sus compañeros -toman el indispensable estofado, ó el infalible arroz con leche, -pellizque de lo uno y de lo otro, so pretexto de que está duro, ó -parece soso á la vista, y sin importarle un bledo que le pongan de -gorrón y pegote que no hay por dónde cogerle. - -Quédanos por explicar el misterio del vestido.--¿Con qué se -viste?--preguntará el lector.--Con nada; porque uno de los grandes -problemas que ha sabido resolver este prodigio de la economía, es el -del _vestido eterno_. - -Cuando dejó el empleo de conserje ó de no sé qué, que desempeñó mucho -tiempo en un establecimiento de enseñanza, después de separar de sus -ahorros lo necesario para crearse una renta de cinco reales y medio, -se vistió de pies á cabeza, tan completamente como quien no piensa -volver á hacerlo en toda su vida. Hízose, por de pronto, un gabán-saco -de dos caras: una parda y otra escocesa; dobles pantalones, dos pares -de botas, dos chalecos y un sombrero de copa alta. Medias no las gastó -nunca; y en cuanto á ropa interior... precisamente es esta ropa la -especialidad del especialísimo don Acisclo Berruguete. Siendo conserje -del mencionado establecimiento, engalanóse éste, en una ocasión de -festejos patrióticos, con banderas y gallardetes en cada hueco de -sus fachadas; y como los huecos eran muchos, las banderas no tenían -número. Pasaron las fiestas y con ellas el entusiasmo; y no quedando -de éste ni el necesario para pagar á un granuja por que descolgara las -banderas, diéronselas á don Acisclo por el trabajo de descolgarlas. -Desde entonces (y cuenta que esto sucedió cuando la Mayoría de doña -Isabel II) gasta don Acisclo camisas y calzoncillos de percalina con -los colores nacionales, aunque con la precaución de hacer la pechera y -el cuello de las primeras con las tiras blancas, ó azules pálidas, que -sirvieron de gallardetes. Por eso dicen que es todo lo que hay que ver, -ver á don Acisclo en ropas menores. - -Las botas.--¿Quién sabe lo que puede durar un par de ellas, no -mojándolas ni manchándolas, ni paseándolas mucho? Después, unas -puntadas á tiempo; al año, medias suelas y tapas; al otro, el -remiendito en la grieta; al otro, la puntera... - -Es incalculable lo que dura así el calzado, cuando el que le usa es -cuidadoso y ahorrativo; y don Acisclo compró dos pares en sus buenos -tiempos. ¡Figúrese el lector si necesitará más en los días de su vida! - -El gabán.--Del primer tirón le gastó diez años por la cara parda, y -lleva servidos más de seis por la escocesa. Por supuesto que allí todo -es hilaza ya; pero como cubre, aprovecha como el mejor, y seguirá -aprovechando á don Acisclo hasta que le sirva de mortaja. - -Con los primeros pantalones que desechó á los seis años, repara las -debilidades traseras de los otros; único sitio por donde éstos flaquean -á menudo, sin que importen un bledo las remontas y los costurones, pues -con objeto de taparlos llega el gabán más abajo de las corvas. - -El sombrero es la única prenda que no pudo pasar, en buen estado, del -tiempo usual y corriente; pero cuando otro mortal cualquiera le hubiera -arrojado á la calle por descolorido, ajado y alicaído, inventó el -ingenioso don Acisclo una untura con la cual le volvió á la vida más -duro que una peña. Todavía le gasta, y con ánimo de seguir gastándole -hasta que se muera. Mucho brillo tiene, eso sí, y á todo se parece -menos al de la seda; pero es impermeable, hasta el extremo de que ni -los rayos parten aquella cúpula atrevida. - -Tal es don Acisclo Berruguete, el tertuliano más importante, aunque no -sea el más _curioso_, de _la tienda de la esquina_. - -Qué placer halla Gedeón en la compañía de éste y de los demás -tertulianos descritos, no es fácil saberlo. Pero es evidente que desde -algunos años atrás, no falta un solo día á la tertulia, si la salud le -permite salir de casa. - -También es cierto que sólo toma parte en los insulsos debates que -allí se sustentan, para llamar _cabra_ á don Acisclo; _melones_ á los -especieros; _estúpido_ al indianete; _simple_ al joven de medio siglo; -_momia_ al septuagenario, y _alcornoque_ al amo de la tienda. - -Y como estas flores las echa con el ceño fruncido y la voz retumbante, -sin meterse en más honduras ni razonamientos, recíbenlas los floreados -á título de _cosas de don Gedeón_, y danle el puesto de preferencia en -la tertulia. - -Ocúpale él con la conciencia de que le merece; y siempre le abandona -con el propósito de no volver á meterse entre aquella «reata de -bestias.» Pero vuelve. - -Acaso le mueve á ello una necesidad de su temperamento, que se -desahoga llenando de improperios á la reata aquélla; acaso la fuerza -misma de su aburrimiento le hace dar por las paredes; acaso es su -destino que se cumple así... Lo que el lector quiera. El hecho es que -Gedeón no falta nunca á la tertulia de la tienda, y que todos los -Gedeones que yo conozco de la misma edad que el de esta historia, -tienen por único recreo otra tienda por el estilo para reñir con el -lucero del alba que se presente, servir de estorbo á los marchantes y -ocasionar la ruína del tendero; sin que, en rigor de verdad, puedan -decir que, al precio de tanto mal como han causado, se han divertido -una vez siquiera. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -VII - -LA VANGUARDIA DE LA MUERTE - - -Así las cosas, ó porque el invierno se anticipa, ó porque es húmedo, -ó porque... ¡vayan ustedes á averiguarlo! un día la gota se encrespa, -hácese río caudaloso; y subiendo, subiendo desde la punta de los -pies, llega hasta las puertas del estómago de Gedeón; con lo cual el -asma, como si temiera ver inundada su vivienda, échase pecho arriba y -comienza á bregar en las estrecheces de la garganta, buscando más ancho -espacio y un aire que ya no encuentra en aquellas profundidades. - -Gedeón, por ende, no sale de casa, y empieza á echársele de menos en la -tienda y en los paseos que frecuentaba. En la tienda, á los pocos días; -en los paseos, á los dos meses. - ---_Debe_ de estar enfermo,--dicen sus contertulios una vez sola, sin -mostrar otro interés por su vida, ni cansarse en enviar un triste -recado á su casa. - ---Hombre, ¿qué habrá sido de ese señor gordo que tomaba el sol en este -banco todos los días?--pregunta un observador en el paseo. - ---Hace más de dos meses que falta de aquí. - ---¿Qué señor?--se le responde. - ---Pues uno de estas señas y de las otras. - ---¡Ah! Don Gedeón... Creo que está hecho una carraca. Ya no sale de -casa... si es que no se ha muerto... - ---¡Para la falta que hace en el mundo!... - -Tal es el responso que ordinariamente reza el vulgo por los hombres -como nuestro personaje. - -Como á los muros ruinosos y á los árboles viejos, se les echa de menos, -no por lo que valían, sino por el sol que quitaban y el espacio que, al -desaparecer, dejan libre y desembarazado. - -Entre tanto, el infeliz no halla momento de reposo, por más que le -busca en holgado sillón ó en mullido lecho. Del uno al otro pasa á cada -hora, forjándole el deseo posturas que, al tomarlas, son prensas que -más le oprimen y extreman en su cuerpo los dolores y las ansias. - -Así pasa el día, y después viene la noche. ¡Qué noche, gran Dios! -Jurara en su febril desasosiego, que los muebles bailan; que las -figuras de adorno disputan y pelean; que la mortecina luz, reverberando -en opaca porcelana, refleja en puertas y paredes danzas de demonios -y de brujas; y que oye hasta el ruido crepitante de sus miembros -descarnados, y las carcajadas de sus bocas desgarradas y burlonas. -Parécele el cuarto un cementerio, y su cama una tumba abierta, en cuyo -fondo yace su propio cadáver, pero cadáver que siente y recuerda; -porque por un fenómeno producido por la índole de sus tormentos, todo -lo ha perdido menos la sensibilidad y la memoria. - -Con ella recorre el dilatado campo de su vida; y por más que cierra -los ojos y los oprime con sus manos, una luz vivísima, que á la vez le -abrasa, le pone de manifiesto todo el sendero recorrido. Pero aquel -campo es una estepa, en que ni huellas quedan de su paso. Allí todo es -desolación y muerte. Tras él no viene nadie, porque nada deja en aquel -árido desierto que preste abrigo y sombra al caminante. Por allí no -pasan sino los pocos insensatos como él, que van huyendo. - -Y cuando el sol reaparece, y la fiebre y los dolores le dejan sosegado -unos instantes, abre los ojos y mira en su derredor. ¡Qué cuadro! Cerca -de su lecho, la inmunda bestia, siendo, con su estertor continuo, reló -de su agonía, y á la vez, con su presencia en aquel sitio, testimonio -abominable de los mal colocados afectos del iluso; en otro rincón, la -mercenaria Regla dormitando; Regla, cuyo cariño sigue las oscilaciones -de sus dádivas y las alternativas de sus promesas; en sí mismo, los -dolores del cuerpo y los gritos de la conciencia que le acusa. - -El cansancio le rinde al cabo, y va á reposar durmiendo, ¡Vana -esperanza! Regla, que parecía dormitar, meditaba también. Meditaba -que su amo podía morirse en uno de aquellos paroxismos; que ella -había pasado muchos años sirviéndole; que por esto, y quizá por algo -más, tenía derecho á una buena recompensa, y que estaba á punto de -perderla, porque el moribundo no había hecho disposición alguna en -debida forma, que así lo declarase; y sabía también que desde que su -amo se había agravado, todos los días preguntaba por él al portero una -mujer sospechosa. Este indicio la excusaba, en su concepto, de toda -consideración con el enfermo. - -Mientras le ve luchar con el delirio de la fiebre, limítase á -observarle, y ¡sabe Dios lo que entonces pasa por sus mientes! Pero en -cuanto le ve dueño de su razón y sosegado, se levanta de la silla en -que velaba, y se acerca de puntillas al lecho. - ---¡Señor!--dice al oído del enfermo, con hipócrita suavidad. - ---¿Quién me llama?--balbuce Gedeón, cuyos párpados empiezan á cerrar el -sueño. - ---Yo... Regla... - ---¡Maldita seas, que me robas el único consuelo que me queda! - ---Yo no creí... Como es hora de tomar la medicina... - ---Déjame... ¡vete! - ---Además, tenía que hablarle á usted... - ---¿Tienes sueño que ofrecerme?... Pues si no le tienes, déjame... ¡yo -no ansío más que dormir! - ---También hay otras cosas en qué pensar... - ---¡Déjame! - ---¡Y muy sagradas! - ---¡Vete! - ---Me parece que estoy en mi derecho... - -Y Regla, al hablar así, comienza á sollozar. - -Tal es la necesidad de descanso que tiene el desgraciado, que, á pesar -de la cruel insistencia de Regla, vuelve el sueño á apoderarse de él. - -Al verle dormido, vacila la criada entre el temor de empeorar su causa -enfureciendo á su amo despertándole, y el recelo de que se muera sin -testar en el primer acceso que le acometa. - -En esto, aparece en la sala, atropellándolo todo, una mujer, cubierta -la cara con el velo de su mantilla. Pregunta por el enfermo á Regla, -y ésta se le muestra maquinalmente con la mano, desde la puerta del -gabinete. - -Penetra en él la desconocida, y avanza hasta la cabecera de la cama. - ---¡Gedeón! ¡Gedeón!--dice en voz no muy alta, pero anhelosa, al oído de -éste. - ---¡Otra vez, infame, inicua?... ¡Otra vez me despiertas?--responde á -los pocos instantes Gedeón, entre angustiado y colérico. - -Regla, que ha seguido con la vista azorada á la entremetida, cuando -la oye llamar á su amo con tanta familiaridad, saca chispas con los -dientes y lanza saetas por los ojos. - ---¡Soy yo, Gedeón!--continúa diciendo la encubierta.--¡Mírame! - -Y recoge el velo sobre su cabeza, dejando al descubierto la faz -rechupada y angulosa de Solita. - -El enfermo hunde su cabeza en la almohada, como si tratara de hacerse -más invisible, para dormir impunemente. - ---¿No me conoces?--añade Solita sacudiendo los hombros de Gedeón. - ---¡Ya la justicia de Dios no tiene rayos para matarte?--grita iracundo -y trémulo el infeliz, al verse tratado con tal inclemencia. - ---Pero ¿no ve usted que descansa?--ruge entonces Regla, dirigiéndose á -Solita con la indignación pintada en su semblante. ¡Como si ella misma -no acabara de cometer el mismo delito! - ---Y á usted ¿qué se le importa?--ruge á su vez Solita encarándose con -Regla, de quien há mucho sospecha lo que el lector y yo sospechamos -también. - ---¡Me importa, porque le cuido... porque le velo... porque sé lo que -padece!--contesta Regla devorando con los ojos á aquella mujer en quien -ha descubierto á su invisible rival en la privanza de su amo. - ---¡Mentira!... Tú no sabes lo que yo padezco... ó no tienes entrañas si -lo sabes, cuando también me has despertado,--exclama Gedeón. - ---¿Lo oye usted?--dice á Regla Solita, balbuciente de rabia. - ---¿Quién es el otro verdugo que te acompaña, Regla?--pregunta el -enfermo.--Quiero saber su nombre para maldecirle. - ---Soy yo: Solita... - ---¡Solita! ¡Tú también!... ¡Pues maldita seas! - ---¡Ingrato!... ¡Te pesa que esté á tu lado!... - ---No, si me traes lo que necesito--exclama el desventurado, aspirando -con ansia un poco de aire;--pero si no me lo traes, ¡maldita seas! - ---Si con la vida puedo dártelo, tuya es, Gedeón. - ---Para nada la necesito. Pero ¿me traes compasión? ¿Me traes caridad -para mis tormentos? - ---Sí. - ---Pues demuéstramelo marchándote de aquí y dejándome descansar... No -anhelo otra cosa; no le pido más á los hombres... ¡Ya ves con qué poco -me conformo! ¡Cuán poco te pido! - ---Sí, pobre Gedeón, poco me pides. - ---¡Pues ni eso han querido darme! - ---Porque no saben comprender... - ---Tampoco tú lo has sabido cuando también me despertaste. - ---Para que durmieras luégo más descansado. - ---Lo estaré, si tú te marchas. - ---Del cuerpo, pero no del espíritu. - ---¿Qué quieres decir? - ---Que pienses _en lo que debes_ pensar, antes de entregarte al sueño. - ---¡Infame! ¿Temes que sea el último que duerma? - ---No, pero... - ---¡Víbora! ¿Esa agonía me preparas? ¿Ese es el consuelo que me traes? - -Y cuando dice esto, Gedeón no encuentra ya postura cómoda en la cama; -su respiración comienza á ser fatigosa; los dolores le punzan de nuevo, -y los ojos se le inyectan de sangre. - ---Señora--exclama Regla, trémula de coraje, más que por el estado de -su amo, por lo que ha descubierto en el diálogo que éste ha sostenido -con Solita,--yo asisto á ese enfermo; yo soy responsable de lo que le -suceda por falta de cuidado... ya está usted viendo cómo se ha puesto -con lo que le ha dicho... - ---¿Y qué?--la pregunta Solita volviéndose á ella como serpiente que -levanta su cabeza para lanzarse sobre su presa. - ---Que no consentiré que usted continúe atormentándole. - ---¡Bien, Regla, bien!... ¡Échala, mátala!... ¡Yo respondo de todo! - ---¿Lo oye usted, _mala mujer_? - ---¡Mala mujer yo!--brama Solita arrojando espuma por la boca.--¡Y eso -me lo llamas... tú, fregona miserable!... ¡tú que le apartas de su -deber! ¡tú que eres causa de que un padre reniegue de sus hijos! - ---Silencio... maldecidas!--grita Gedeón ahogándose. - ---¿No oye usted lo que me dice?--responde Regla, á punto de coger del -moño á Solita. - ---¿Estábais de acuerdo para echarme de aquí?--continúa ésta.--Pues -bueno: yo saldré al balcón y lo publicaré todo; y lo que tú, -desalmado, no quieres declarar en debida forma, lo sabrá la gente por -mi boca. - ---¡No, por caridad, Solita!--exclama Gedeón, viéndola dispuesta á -cumplir en el acto su amenaza.--Vete de aquí... déjame descansar... -y yo te prometo que sabré cumplir con mi deber... pero vete luégo... -ahora mismo; porque si tardas un poco... me ahogo... ¡Regla!... ¡la -cucharada!... ¡Ay! yo me muero... ¡La cucharada... Regla! - ---¡El demonio que le lleve á usted!--le contesta Regla por todo -consuelo, indignada al ver á la intrusa triunfante en aquella inhumana -pelea. - ---He aquí el pago. Gedeón... ¡sacrifícame otra vez por ella!... - ---¡Socorro! ¡Vecinos! ¡Estas fieras me asesinan!... - -Y como si las palabras del angustiado Gedeón hubieran llegado á su -destino, se oyen pasos hacia la sala; y un instante después entra una -persona en el gabinete. - -Es el Doctor, que viene á hacer al enfermo la visita de la mañana. - -Á su vista se enmudecen las dos mujeres, y hasta quieren disfrazar la -ira de que están dominadas, con sonrisa y actitudes tan violentas como -ociosas. - -Gedeón, por el contrario, tan pronto como ve al médico, comienza á -implorar de éste la autoridad que á él le falta para hacerse respetar. - -Algo ha oído el Doctor al entrar en la casa, y no poco le dicen -aquellas dos mujeres en quienes su presencia causa tan notorio -desconcierto. Las palabras de Gedeón nada le descubren que él no haya -sospechado. - -Por de pronto, manda que le dejen solo con el enfermo. Solita y Regla -cumplen el mandato; y la primera, cubriéndose la cara con el velo, y -después de lanzar una mirada rencorosa á la segunda, sale de la casa -hecha una furia, fulminando no sé qué tempestades y propósitos en -respuesta á otras amenazas sordas con que va Regla escarbándole los -oídos. - -Solos, el Doctor y el enfermo, éste continúa lamentándose de su -infortunio sin consuelo, y entona tristes endechas sobre lo que acaba -de sucederle, tras una noche como la que ha pasado. - ---He visto aquí una cara que me es desconocida,--dícele el Doctor -después de haberle dado el calmante que le negó Regla, y de verle más -sosegado y en reposo. - ---Esa es la serpiente, Doctor; ¡la serpiente de mi paraíso! - ---¿La serpiente, ó la manzana? - ---Lo que usted quiera. La verdad es que esa mujer ha sido obstáculo -perenne en el camino de mi vida desde que usted y yo nos conocimos; la -hiel de todas mis amarguras... - ---¿Y no ha habido manera de separar ese obstáculo, al parecer tan leve? - ---No, Doctor; porque á la vez ha sido... ¿á qué ocultárselo á usted? -gusano de mi conciencia. - ---¡Hola!... ¿Luego es decir que no sin derecho le ha perseguido á usted? - ---Hasta cierto punto, Doctor. - ---Acaso con la exigencia de que se le cumplan determinadas promesas... - ---Cabalmente. - ---Y quizá exponiendo _razones_ de esas que, por lo mismo que son hijas -de una _debilidad_, son las más fuertes. - ---Razones... sí; hijas de una debilidad mía, también; pero en cuanto á -fuertes, no, señor. - ---Pues no lo entiendo. - ---Va usted á entenderlo al punto, porque yo no quiero tener secretos -para el único hombre que en el mundo me ha querido bien y no me ha -disfrazado la verdad. - ---Mil gracias por la deferencia; pero cuide usted de no revelarme -_demasiado_, para no sentir después un nuevo remordimiento. - ---No, Doctor: ¡hasta por egoísmo necesito desahogarme con alguien de -estas pesadumbres! - ---Adelante, pues, con la historia. - ---Me encontré con esa mujer, de humilde cuna, cuando aún tenía ella -gracias y donaires, y yo buena salud y ciertas ideas de moral... Sin -gran esfuerzo, acomodóse á mis propósitos. Pero dió en la gracia de -mostrarme los suyos, por demás extremados y opuestos á los míos, -precisamente cuando ya el desencanto me hacía mirarla como carga -superior á mis fuerzas y deseos. Entonces le conocí á usted; y sin -decir que sus teorías, para mí tan nuevas como interesantes, sobre -el matrimonio y la familia, me convencieran, la verdad es que fueron -causa de que yo sintiera un irresistible deseo de verme colocado en un -terreno completamente despejado, para elegir la senda más de mi gusto, -si en ocasión de elegir volvían á ponerme las circunstancias. Entonces -pensé muy seriamente en desembarazarme del estorbo de esa mujer: -intentélo varias veces; mas cuando ya iba á conseguirlo, venciendo -miramientos pueriles que hasta allí me habían detenido, halléme unido á -ella por un vínculo nuevo; de esos que amarran y doman al hombre de más -bríos, mientras le quede un rastro siquiera de honra en el pecho... ¿Me -entiende usted, Doctor? - ---Perfectamente. - ---No sé qué pensamientos me asaltaron cuando preso me ví de esta -manera; porque antes de llegar á examinarlos, ya me atormentaban -indicios... de cierto género... ¿Me entiende usted? - ---Sospecho que sí. - ---Pero no pasaron de indicios, ni pasar pude yo de la incertidumbre en -que me sumieron, ni adquirir me fué dado una prueba que me autorizara -para quejarme, ó me extirpara los recelos. Así corrieron los años; -crecieron los vínculos con ellos... ¡_crecieron_, Doctor!... que á -tales demencias arrastra el amor propio resentido... y así he llegado -hasta hoy: ella reclamando lo que en conciencia dice que la debo, -é invocando _testimonios_ que yo no quiero ver, ni jamás he visto -ni veré; y yo aborreciéndola más cada día y alejándome cuanto me es -posible de ese padrón de ignominia, infierno de mi existencia, testigo -de mis debilidades y torpezas. Hoy ha venido á robarme mi único bien, -el sueño, para amenazarme con publicarlo todo si continúo resistiéndome -á sus exigencias... En eso estaba cuando usted entró. - ---Graves son, en efecto, las razones de esa mujer--dice el Doctor -después de permanecer unos instantes silencioso.--Pero, ¿y la otra? -¿por qué se quejaba de usted? - ---¿La otra?--responde Gedeón muy contrariado.--La otra... Ya sabe usted -lo que son amas de llaves muy antiguas en las casas... Resabios del -oficio... La costumbre de mandar en todo... - ---¡Ya!--replica el médico sonriéndose, acaso sin malicia. - ---Y ahora que está usted impuesto de todo, Doctor amigo; ahora que de -mis labios ha oído usted lo que á nadie en el mundo he confesado; ahora -que conoce usted el infierno en que me abraso, no me niegue usted su -auxilio para salir de él, si salir puedo, ó para tomar una postura -compatible con el descanso. - ---Ante todo, amigo don Gedeón, ¿qué opina sobre el caso su conciencia -de usted? - ---Mi conciencia, Doctor... mi conciencia no sabe á qué atenerse. En -ocasiones concede derecho á esa mujer para quejarse; otras veces se le -niega, puesto que sin violencia aceptó la situación en que se puso. - ---Y sobre los _vínculos_ posteriores á esa primera situación, ¿cómo -piensa? - ---Piensa cuando se fija en los _indicios_ aquéllos, que yo tengo -perfecto derecho para romper esos vínculos; y cuando no, que éstos son -un castigo palpable de mi insensatez. - ---¿Y qué aconseja, por fin, esa señora? - ---Nada, Doctor: quimeras, delirios que me deslumbran y me aturden y me -martirizan. - ---¿Está usted seguro de que es la conciencia de usted la que así piensa -y la que así aconseja? - ---¿Y qué otra cosa puede ser? - ---La vanidad, la soberbia... - ---¿Es posible? - ---Se trata de un hombre que ha hecho del celibato una bandera, y -de una mujer de obscuro linaje que quiere obligarle á caer, en las -peores condiciones imaginables, en el extremo de que él huía, aun -considerándole con todas las ventajas posibles. Concédame usted que -esta prueba es de las más terribles á que puede someterse el amor -propio. - ---Concedido. - ---Es, por tanto, muy fácil que lo que usted toma por dictámenes de la -conciencia, no pasen de ser rebeliones del despecho. - ---Sea lo que fuere, Doctor, yo necesito que usted no me abandone en tan -horrible trance; que me defienda contra esta conjuración que me amenaza. - ---_¡Defenderle!_ ¡Ahí está el egoísmo otra vez! ¿Y si, en buena -justicia, no es defendible su causa de usted?... - ---¡Que no! - ---Me parece que cuando su propia conciencia duda, bien puedo yo dudar. - ---¡Es decir que usted me abandona; que me deja entregado á la -inclemencia de estas mujeres, para que me asesinen? - ---Tanto como eso, no; pero distinga usted entre el médico y el -moralista. Con el primero cuente usted siempre, porque eso soy, y nada -más, aunque alguna vez me haya metido á filósofo _de afición_. En -cuanto al segundo... busque usted y hallará. - ---¿En dónde, si estoy solo en el mundo!... ¡Solo, Doctor, y agonizando! - ---Llame usted á todas las puertas que su razón le muestre. - ---Todas están cerradas para mí. - ---Lo creo; pero hay una que no se cierra para nadie. Llame usted á esa. - ---¿Qué puerta es? - ---La de Dios. - ---¡Luego me cree usted en peligro inmediato de muerte? - ---No por cierto; antes me atrevo á prometerle á usted que hemos de -saludarnos en la calle dentro de pocos días. La intensidad del mal ha -cedido mucho; los accesos van siendo cada vez más benignos, ó menos -crueles. - ---Entonces ¿por qué ese consejo? - ---Venía dispuesto á dársele á usted hoy, en la persuasión de que si -le aceptaba en cuanto vale, me debería el mayor beneficio que puede -hacérsele á un hombre. Con doble motivo se le doy ahora que conozco la -historia que acaba usted de confiarme. - ---Y ¿dónde está esa puerta, Doctor? - ---¿Es usted tan desventurado que no la ve? - ---He olvidado el camino. ¡Hace tantos años que no le frecuento! - ---¿Se ha olvidado usted también de que existe ese camino? - ---Creo que no. - ---Algo es eso. - ---Pero estoy á obscuras para volver á hallarle. - ---No importa, si queda fuego con qué hacer luz. - ---Chispas entre cenizas, Doctor; nada más. - ---¿Está usted seguro de ello?... Examínese usted bien. - ---Seguro estoy. - ---Pues con esas chispas se puede producir un incendio. ¡Ay de la fe -cuyas cenizas se enfriaron! Reúna usted esas chispas; agréguelas usted -combustibles, y la luz se hará y verá usted la puerta. Cuando usted la -vea, llame. - ---¿Y después? - ---Después... no necesitará usted preguntarme á mí qué debe hacer en el -conflicto que me ha confiado, ni cómo se lucha y se vence contra las -miserias del mundo: la conciencia, iluminada por la religión, le dirá -á usted todas esas cosas y otras muchas. - ---¿Lo cree usted como me lo dice, Doctor? - ---¡He visto tantos milagros de esa especie! Acuérdese usted de Herodes. - ---¡Herodes!... - ---¿Qué le admira? - ---En verdad que milagro fuera en mí semejante resurrección... Si usted -me ayudara á dar los primeros pasos... - ---Desde hoy mismo, si usted quiere. - ---Precisamente hoy... Pero mañana... mañana, sí. - ---Mal síntoma es ese «mañana,» amigo mío; pero, en fin, también mañana -estaré á sus órdenes. - ---Gracias, Doctor; y por de pronto, eche usted una buena reprimenda -á esa pícara criada, á fin de que me cuide mejor. Á mí ya no me hace -caso... me conceptúa muerto. ¡Muerto, créalo usted! - -Y tras éstas y otras palabras por el estilo, cumple el Doctor, como -puede y como debe, el encargo del enfermo, y vase dudando mucho que -aquella alma acongojada salga de las tinieblas en que yace. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -VIII - -LOS PARIENTES DE GEDEÓN - - -Los pronósticos del médico se cumplen en todas sus partes. El enfermo -sale de las apreturas en que le hemos visto; y á medida que va -adquiriendo fuerzas y esperanzas, va dejando, no ya «para mañana,» sino -«para otra ocasión,» el proyecto de llamar á la puerta consabida. - -Ya puede gritar y revolverse, y hasta sacudir un bastonazo á la -atrevida que le provocase al alcance de su brazo. ¿Para qué necesita -apelar á ciertos _extremos_ alarmantes? Hasta se arrepiente de haber -sido tan explícito con el Doctor. Tal es la condición humana, aun sin -tratarse de egoístas como Gedeón. Las muletas que suplen el miembro -entumecido, se arrojan al fuego tan pronto como aquél recobra sus -fuerzas y movimiento. - -Al cabo de los días, el convaleciente se encuentra en aptitud de salir -á la calle á tomar el sol. Ya tiene el sombrero puesto, y se afirma -en su cachava para mover sus pies entrapajados y embutidos en sendos -zapatones de paño, cuando Regla le anuncia la visita de un caballero y -de una señora. - -Tratándose de un hombre cualquiera, un anuncio semejante y en semejante -ocasión, nunca se recibe sin contestar con mal gesto: «No estoy en -casa; que vuelvan otro día.» - -Mas para Gedeón, que no se trata con nadie, fuera de las personas que -conocemos, el anuncio de una visita es un acontecimiento extraordinario -que excita en gran manera su curiosidad; y así, movido de ella, - ---Que pasen adelante,--dice. - -Y los anunciados pasan á la sala. - -Dos son, como dijo Regla. - -El caballero es hombre maduro, con buena ropa, pero mal hecha y peor -colocada. Sus ademanes y su aire corresponden á la ropa. Luce en sus -manos holgados guantes de color de ladrillo, y con una de ellas ase -barnizado bastón por más abajo del puño, que es de oro, ó lo remeda. - -La señora parece cortada por el mismo patrón que su acompañante, así en -el modo de ser como en el de vestir. - -Los dos personajes son á cual más risueño y expresivo. - ---¿El señor don Gedeón?--pregunta desde la puerta de la sala el -caballero descoyuntándose á cortesías, encarado ya con aquél. - ---Servidor de ustedes,--responde Gedeón haciendo su poco de encorvadura -en los riñones, por no permitirle más fuerzas de gimnasia sus miembros -doloridos. - ---Beso á usted su mano,--dice por su parte la señora, abanicándose el -rostro y retorciéndose mucho. - ---Pues yo tengo grande honor en conocer á usted y ofrecerle mis -respetos,--añade el visitante, avanzando hasta Gedeón y tendiéndole la -diestra. - ---Lo mismo digo, caballero,--responde Gedeón, dejándose estrechar la -mano. - ---Mi señora...--continúa el otro, señalando á la que le acompaña y -mirando á Gedeón. - ---Mi marido...--dice la señora haciendo una exagerada cortesía á -Gedeón, y apuntando á su acompañante. - -En otros tiempos Gedeón se hubiera dado á todos los demonios al verse -figurar como actor en una escena semejante; pero ahora, y merced á la -apatía en que le han hecho caer sus dolencias y sus pesadumbres, casi -se riera de lo que tiene delante, si de reir no se hubiera olvidado en -tantos años como ha pasado sin reirse. - -Así es que con una calma y una serenidad de rostro que parecen reñidas -con sus antecedentes, brinda á los visitantes con el sofá, y sentándose -él en la butaca contigua, ruégales que le expongan la razón de su -visita. - ---Va usted á saberla--responde el caballero, estirando las manoplas -y colocando el bastón entre las piernas.--Pues, señor, yo soy, para -cuanto usted guste mandarme, Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera, -natural y vecino de Cascaruca, pueblo á muy pocas leguas de esta -ciudad, y en el cual tiene usted una hacienda morrocotuda. - ---Muy señor mío... - ---Para servir á usted... Soy hombre de algunos posibles, aunque no -muchos, y allí casé con ésta mi señora... - ---Beso á usted su mano,--vuelve á decir la aludida. - ---Diónos el cielo un heredero--continúa su marido,--uno no más, don -Gedeón; el cual, al ser muchacho, cursó latinidades con el párroco del -pueblo (hombre docto, eso sí, y virtuoso también), con ánimo de que, ya -mozo, se elevara á facultad mayor. No pudo ser esto por razones largas -de exponer; y al cumplir los veinte años casó con una joven de su -elección particular, aunque no de su linaje, ni, en verdad hablando, -de nuestro gusto. Hoy vive también en Cascaruca con cinco de familia y -al amparo nuestro y de un destino de secretario del Ayuntamiento, que -pudimos obtener para él. Por lo demás, es mozo trabajador y honrado. -Y dicho esto, hágase usted cuenta, mi señor Don Gedeón, de que conoce -usted á toda la familia de mi casa. - ---Sin contar--añade la señora, mirando muy de cerca el paisaje de su -abanico,--seis alumbramientos desgraciados que tuvo una servidora de -usted. - ---Cierto es eso--repone su marido;--pero como dijo el otro, «con agua -pasada no muele el molino; oveja muerta no hace rebaño.» ¿No es verdad, -don Gedeón? Aquí se trata de los que somos, no de los que pudimos ser; -pues sin eso y sin lo otro y sin lo de más allá, sabe Dios los que nos -sentaríamos hoy á la mesa en nuestra casa de Cascaruca. ¿No es verdad, -don Gedeón? - ---Cierto es, en efecto,--responde éste mirando al uno y á la otra, como -pidiendo á cualquiera de ellos la prometida razón de la visita, que aún -no sospecha entre el fárrago de aquel prólogo estrafalario. - ---Pero vamos al asunto--continúa el don Ruperto, volviendo á estirarse -las manoplas;--y el asunto es, señor don Gedeón, que nosotros somos -parientes, y que habiendo sabido mi señora y yo, por el colono de -usted, que ha estado usted enfermo de alguna gravedad, por si otra -vez ocurre, lo que Dios no quiera, hemos venido á ofrecerle nuestros -cariñosos y desinteresados servicios, de los que puede usted disponer -también en sana salud. - -Algo como sospecha de mal género cruza por las mientes del visitado; -pero resuelto como está á seguir hasta donde le sea posible el humor de -aquellos originales, sonríese y contesta: - ---¿Parientes míos dice usted? - ---Sí, señor... y bastante cercanos. - ---¿Por qué parte? - ---Por los Gazapones. - ---Ahora lo entiendo menos. ¿No me ha dicho usted que se llama Gazapín? - ---Sí, señor; pero el tercer apellido de su abuelo materno de usted era -Gazapón. - ---Luego no somos parientes. - ---Déjeme usted concluir. Los Gazapones son primos carnales de los -Gazapines por la tercera rama: así es que mi padre se llamaba Gazapón, -de segundo apellido. - ---Podrá ser, cuando usted lo asegura. - ---Como que es la verdad... Y es tal el entronque y enlace que hay de -unos con otros, que yo no pude casarme con ésta sin dispensa. - ---¿También es Gazapín? - ---No, señor: ésta es de los Gazaperas. - ---¡Demonio! - ---Sí, señor; familia que viene á ser, por lo que entonces se supo, el -tronco de los Gazapones y de los Gazapines, que son las ramas. - ---Hombre, es muy interesante todo eso. - ---Yo lo creo... Puede usted gloriarse de pertenecer á una familia de -las más ilustres, dilatadas, y, al mismo tiempo, unidas; quiero decir, -sin mezclas extrañas. Tan unida, que las tres ramas tienen el mismo -escudo en la ejecutoria. - ---¡También eso! ¡Conque tenemos ejecutoria y armas! - ---¡Yo lo creo!... ¡y bien bonitas! ¿No las conoce usted? - ---No por cierto; y ahora me pesa. - ---Pues yo le diré á usted: representan dos gazapos, uno grande y otro -chico, en campo de legumbres tiernas; y á lo lejos la gazapera con un -farol á la entrada, y un letrero, por luz, que dice: «_Os alumbro el -camino_;» como si dijéramos, «no acelerarse, y firmes con ello, que yo -os muestro la retirada, si viene el amo.» - ---Es curioso el lema... - ---Así explican el escudo los que lo entienden. La verdad es que la -nuestra fué siempre familia muy aprovechada. - ---Ya se conoce. - ---Y atento á ello, yo no sé qué rey de la antigüedad le dió esas armas, -por no sé qué préstamo que le hizo. - ---No era rana Su Majestad, á juzgar por la muestra. - ---Pues sí, señor, todo eso hay. - ---Y no es poco. - ---Y hablando de otra cosa, ¡Vaya una finca que tiene usted en Cascaruca! - ---No es mala. - ---¡Y qué partido podía sacarse de ella, bien administrada! - ---¿Tan mal lo está? - ---Tan mal, tan mal... no digamos; pero ya lo sabe usted, «hacienda, tu -amo te vea,» y yo jurara que usted no la ha visto en su vida. - ---Verdad es. - ---Naturalmente. ¡Tendrá usted tantas cosas que valdrán más! Á -Radegundis se lo he dicho yo muchas veces: «He aquí una finca que es -una alhaja para un hombre hacendoso; y el diablo me lleve si su amo, -nuestro pariente, se acuerda de ella; y para no acordarse de ella, -¡cuánto no tendrá ese hombre!» - ---Y ¿por qué se tomaba usted esa molestia? - ---Pues ¡qué sé yo! porque caía la pesa, como dicen, y porque también -el interés de familia mueve mucho, ¿está usted? Y cuando no hay ofensa -para nadie... Por eso, cuando me respondía Radegundis que ya daría -para un buen rato el contar lo que usted tiene, no podía yo menos de -decir: «¡Válgame Dios! ahí está nuestro pariente lleno de caudales y -sin un hijo que se los herede, ni una obligación que tenga derecho para -arrancárselos, ni un triste allegado á su vera, para que mañana ú otro -día le cierre los ojos, ó le asista en sus desconsuelos. ¿Adónde irá -á parar ese dinero el día en que don Gedeón fallezca, porque mortales -somos todos?» Y entonces me decía Radegundis: «¿Quién sabe lo que -pensará nuestro pariente?... Si tiene un millón, como dicen, entre -rústicas y urbanas (yo creo que ha de ser bastante más), ya habrá él -echado sus cuentas, y tomado sus disposiciones para que cada uno lleve -su merecido... ó para tirarlo por el balcón... Nosotros, quietecitos en -nuestra casa y atenidos á nuestra medianía, que á la fortuna no hay que -salir á buscarla: ella sola se mete por la puerta, si de Dios está que -han de alcanzarle á uno sus favores.» Me parece que esto es hablar en -ley y sin ofensa de nadie, ¿no es verdad, don Gedeón? - ---Mucho que sí; y es una lástima que mi señora doña Radegundis, que -tan cuerda es en hablar, no lo sea tanto en sus obras. - ---¡Ay, don Gedeón! por la espina de Santa Lucía--exclama aquí la -señora de don Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera,--¿á qué obra -mía le falta la cordura? ¿En qué he faltado á las conveniencias de mi -educación y de nuestro parentesco? - ---Justo--añade su marido,--¿en qué ha podido esta infeliz faltar á todo -eso? - ---En dejarle á usted venir... á lo que ha venido á esta casa, y en -acompañarle á ella. - ---¡En eso, mi buen pariente!--exclama don Ruperto.--¡Es posible que una -persona cometa una falta en ofrecer sus respetos á otra persona?... -Porque á eso, y sólo á eso, hemos venido: créanos usted. ¿No es cierto, -Radegundis? - ---Señor don Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera, natural y vecino de -Cascaruca; señora doña Radegundis Gazapín... de no sé cuántos: cumplí -ya los sesenta y cinco, y apenas me quedan en la boca otros dientes que -los colmillos; ¡figúrense ustedes si los tendré retorcidos! - ---No comprendo... - ---No caigo... - ---Ni hay para qué comprendan ni caigan; en cambio, yo les comprendí -á ustedes á poco de haberlos oído, y esto baste. Conque estimando -la visita en cuanto vale, denla por terminada; procuren ser en otra -que les ocurra, no en mi casa, menos explícitos y más afortunados, y -déjenme ir á tomar el sol, que para tiempo perdido basta el que les he -consagrado. - ---¡Pero don Gedeón!... - ---¡Pero pariente!... - ---¡Ni una palabra más! - ---Para explicarle á usted... - ---Para que no crea... - ---¡Zambomba, que se me acaba la paciencia! ¿Les parece poca la que he -tenido? - ---Pues saludo á usted, caballero, que, después de todo, de hombre -á hombre no va un palmo... Vamos, Radegundis, que, por lo visto, -estorbamos aquí. - ---Bien te dije yo, Ruperto, que te miraras mucho antes de venir... Beso -á usted su mano... - -Y el apreciable matrimonio, hecha esta despedida, vuélvese por donde -vino, entre mustio é indignado. El lance no es para menos, tómense sus -propósitos por donde al lector pluguiere. - -En tanto, Gedeón, no poco amostazado, recibe de mano de Regla una carta -que acaba de llegar por el correo, caso también de los más raros en -aquel hogar. - -Ábrela sin tardanza. Está fechada en Taconucos, pueblo de aquella -provincia, y no lejano, y dice así: - -«Muy respetable señor: Sé que los Gazapines de Cascaruca han ido ha -ofrecerle á usted sus respetos, bajo pretexto de que son sus parientes -cercanos. No los crea usted, y sírvale de gobierno que acostumbraban -á hacer lo mismo con todos los pudientes de la provincia que están á -pique de morir sin herederos forzosos. Dichos Gazapines son gente de -mucha bambolla y de poco trigo; y en cuanto al vástago de que le habrán -hablado á usted, es un perdido que ya ha estado seis veces en la cárcel. - -»En punto á parentesco, yo no sé que tenga usted en este lado de la -provincia, otros que con mi familia, por parte de los _Lupianes_, que -casaron con los _Lupinos_, provenientes en línea recta de los _Loberas_ -primitivos, y por eso el quinto apellido de su señor bisabuelo paterno -es _Lupián_, igual al tercero de mi señora madre (que en paz descanse), -como puede verse en nuestras ejecutorias; por lo cual en las armas de -esta casa hay, entre otros animales dañinos, un _lobato_ que también -debe de hallarse en las de usted. - -»No saco á plaza esto del parentesco por llamarme, como el otro que -dice, á la parte en cosa alguna de usted, ni hacer méritos de ninguna -clase; sino para que se vea la diferencia que va de parientes á -parientes, ó séase de los _Lupianes_ de Taconucos á los _Gazapines_ de -Cascaruca. - -»Por lo demás, testigo es el arrendador de su hacienda en este pueblo, -de lo que yo respondí al darme él la noticia de que se hallaba usted á -las puertas de la muerte, y sin un sér de su propia sangre á su lado á -quien dejar sus caudales opulentos.--«Pobre soy (esto dije); cargado de -familia y de necesidades me hallo; pero así me iré á la sepultura antes -que darle á sospechar que le visito con miras interesadas. Si él quiere -acordarse de mí, aquí estoy dispuesto á servirle en cuanto yo pueda, y -agradecerle los beneficios que tenga á bien dispensarme.» - -»Tal dije entonces y tal repito ahora, aprovechando tan favorable -oportunidad. - -»Y pues ya lo sabe usted, vea en qué puedo serle útil, y mande con -franqueza á éste su atento servidor y pariente cercano, - - LUPERCIO LUPIÁN DE LA LOBERA.» - ---Todo esto que hoy me sucede con mis parientes--piensa Gedeón en -cuanto acaba de leer la carta,--me haría muchísima gracia si no lo -viera yo más que por la superficie; pero es el caso que tiene un fondo -endemoniado. Por lo visto, huelo ya á carne muerta, y éstos mis -parientes vienen á ser los buitres que revolotean á mi lado esperando -el regodeo que van á darse. Éste es el hecho innegable. - -En cuanto á los comentarios que pudiera hacer sobre él un hombre como -yo, que en su juventud no se casó por no verse en el riesgo de que sus -hijos y su esposa _desearan_ heredarle... vale más no hacerlos. ¡Qué -gran libro es la vejez! ¡Lástima que el hombre tenga que morirse cuando -empieza á leerle con provecho! - -Luego rasga la carta en cien pedazos; requiere su bastón y sus gabanes, -y rompe á andar hacia la escalera paso á paso, con la cerviz caída y -marcando el lento compás de su andadura con quejidos y carraspeos. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -IX - -IN ARTÍCULO MORTIS - - -Estamos otra vez en el gabinete de nuestro personaje. Los entornados -postigos del balcón apenas dejan entrar la necesaria luz para que ojos -acostumbrados á ella puedan distinguir lo que es sombra y lo que es -cuerpo. - -Así puede verse el de Gedeón sobre la cama, no tendido, sino -recostado en un rimero de almohadas, alta la cabeza, abierta la boca, -desencajados los ojos, y aspirando, jadeante y anheloso, el aire -infecto de aquella triste habitación. - -Un poco de humedad en los pies, un rayo de sol demasiado fuerte en la -cabeza, si no se prefiere creer que así estaba decretado por quien es -dueño y señor de vidas y almas, bastó para derribar de nuevo aquella -balumba de humores y desengaños, y hacerla rodar hasta el borde del -sepulcro. - -En esta recaída no se detuvo la invasión del mal en los límites del -estómago, como en el ataque anterior: á la primera embestida rebasó de -la línea, y sitió al corazón por todas partes. - -Harto claro lo vió el médico en las ansias del paciente, y sin andarse -en remilgos ni en contemplaciones, díjole: - ---Amigo mío, esto es muy grave; y es preciso que sean heróicos los -esfuerzos que hagamos para combatir, siquiera con gloria, contra -enemigos de tanto empuje. - ---Pues ¿cuántos son los enemigos?--preguntó Gedeón ahogándose. - ---Los temibles, dos: la gota que ataca á la vida, y el desconsuelo que -la embravece atacando al espíritu. Yo me encargo de lidiar contra la -una hasta donde mis fuerzas alcancen; pero es preciso que alguien se -encargue de lidiar con el otro al mismo tiempo: _dividir es vencer_, -decía el guerrero. ¡Quién sabe si venceremos nosotros con esa táctica? - ---Haga usted cuanto guste--respondió Gedeón,--y tenga entendido, para -su gobierno, que en este instante sólo aspiro á morir con la menor suma -posible de tormentos. - -Dos horas después entraba en el gabinete, acompañado del Doctor, el -mismo sacerdote que había asistido á Herodes en su enfermedad. - -No era Gedeón un hombre combatido por las dudas ni fatigado por el -examen: era simplemente un haragán de la fe; no había perdido sus -creencias: se había olvidado de ellas por desuso. Mientras anduvo por -el mundo, esclavo de todas las concupiscencias de la carne, maldito si -se le ocurrió una vez siquiera pensar en que poseía un alma, cuanto más -en el destino que ésta tendría cuando dejara la cárcel de su cuerpo. - -No le costó, pues, mucho trabajo al piadoso varón reunir las chispas -esparcidas, y producir con ellas, si no un incendio, por lo menos una -luz á cuyos resplandores no tardó Gedeón en ver todos los senos y -repliegues de su conciencia como en la palma de la mano. - -En uno de ellos encontró á Solita agazapada y llorosa. No le pareció -la hija del zapatero tan fea ni tan antipática como antes, ni halló -fuera de toda justicia la demanda que en otros tiempos le expuso; mas -en cuanto á los vínculos nuevos con que pretendía amarrarle, sólo los -aceptaba, como razón de derecho, secundum quid. - ---Pero bien mirado--exclamó á poco rato, y después de oir las piadosas -y discretas reflexiones de su confesor,--¿qué más me da ya? ¿De qué -me sirve ese derecho, ni otros como él, ni cuantos bienes poseo, -si todo ello junto no me arrancará de las garras de la muerte, ni -siquiera me aliviará uno solo de los tormentos que ahora me empujan -hacia ella?... Dice usted muy bien, santo hombre: en lo falible de la -justicia humana, preferible es la duda de beneficiar á un extraño al -recelo de perjudicar al propio. Esos vínculos, aunque no tan santos -como yo quisiera, son, al cabo, el único derecho que dejaré en el mundo -para vivir en la memoria de los hombres. Quédese con ellos cuanto en -el mundo me ha pertenecido, y esa pesadumbre menos impedirá á mi alma -elevarse á la región de la Verdad y de la Misericordia. - -En esta situación de ánimo se halla Gedeón cuando aparece á la vista -del lector al principio de este cuadro. - -Regla entra y sale y se aproxima á la cabecera del lecho, ora con un -medicamento, ora para arreglar las almohadas ó la ropa. - -El enfermo ya no riñe ni vocea: su único deseo parece limitado á salir -cuanto antes de aquellas ansias que le ahogan. Esto le pide á Dios á -cada instante, resignado y contrito, desde que el sacerdote le volvió á -la santa Ley y le absolvió en su nombre. - -Aún le falta llenar en el mundo otro deber, y está dispuesto á llenarle -sin tardanza; y á eso espera impaciente. - -Regla lo sabe, y no deja asomar á su semblante ni el más tenue reflejo -del estado de su espíritu. Acaso la impone la tremenda solemnidad de -aquella agonía terrible; acaso la luz que penetró en la conciencia -de su amo la ha hecho pensar en las obscuridades de la suya; quizá -la fuerza misma de la astucia la sostiene impávida en aquel trance -de prueba. Lo cierto es que asiste al enfermo con más diligencia que -nunca, y que al verla quien la vió días atrás á la cabecera de la misma -cama y enfrente de Solita, jurara que el moribundo ha saldado todas sus -cuentas con ella, derramando sobre la falda de su vestido el bolsón de -sus caudales. - -Para que ningún detalle de carácter se nos olvide al inventariar por -última vez la estancia en que tantas veces nos hemos hallado con -la fantasía el lector y yo, sépase que Adonis sigue en su rincón -acostumbrado, gastando los menguados restos que le quedan de vida en -buscar una postura que no halla, para que la fatiga no le ahogue. -Parece que se ha propuesto estirar el hilo de su existencia hasta donde -alcance el de la de su amo. Ni un punto más, ni un punto menos. - ---¿Acaba de llegar esa gente?--pregunta Gedeón á Regla con voz apagada -y fatigosa. - ---No puede tardar mucho ya,--responde Regla. - ---Es que si no se dan prisa, témome que sea excusado su viaje. Y el -otro recado ¿han vuelto á hacerle? - ---Como usted mandó; pero tampoco estaba en casa... _esa señora_. - -Un momento después de oir Gedeón estas palabras, entra en el gabinete -Solita, jadeante y acompañada de dos gaznápiros, como de doce años el -uno y de diez el otro, feos, toscos de ademanes, burdos sus vestidos, -crespos de pelo, angostos de frente, y como curtidas sus caras por la -intemperie; de todo se asombran, y casi á empellones de Solita entran -en el cuarto. - -Ésta, que ignora que se la anda buscando para lo mismo que ella viene -á pretender, arroja contra la cama aquel par de memoriales agrestes, -diciendo con desgarro al propio tiempo: - ---Ahí los tienes. ¡Niega ahora tu sangre! - -Y acercándose en seguida á los motilones, encáralos con el enfermo, y -les dice en tono melodramático: - ---¡Hijos míos: ese es vuestro padre! - -Á lo cual los rapaces, después de mirar al aludido por Solita, míranse -uno á otro, como preguntándose mutuamente «¿qué te parece de esto que -nos cuentan?» y acaban por echarse á reir, tapándose la boca y las -narices con las manos, por todo disimulo. - -Mientras Solita y sus hijos representan esta escena grotesca, el -sacerdote, el Doctor, un escribano y dos personas más, ayudantes de -éste, han llegado al gabinete y detenídose á la entrada por respeto -á lo que ocurría junto al lecho. Para los dos primeros, que estaban -impuestos en ciertos pormenores, las últimas palabras de Solita no -tienen desperdicio. - -En cuanto á Regla, desapareció de la escena tan pronto como en ella -apareció _la otra_. - ---Señor cura, Doctor...--exclama el enfermo al distinguirlos en la -estancia.--Ustedes han visto y oído todo esto... ¿no es verdad?... Pues -bien--continúa después de obtener sus respuestas afirmativas,--_así -y todo_, no vacilo siquiera en mis propósitos... Señor cura, no hay -tiempo que perder, y yo estoy pronto á cumplir lo prometido. ¡Que Dios -me lo tome en descargo de mis culpas! - -Prepárase el sacerdote; hácese salir de la estancia á los cerriles -muchachos; requiérese en debida forma á Solita; asómbrase ésta al -conocer los nuevos propósitos del moribundo; acúsase de la ligereza -con que ha procedido con él escudándose con la pasada resistencia, y -disimulando mal el gozo que le causa la noticia, colócase, por mandato -del sacerdote, á la cabecera de la cama... Y allí Gedeón _in artículo -mortis_, y con la bendición de Dios, la recibe por esposa y reconoce -_á todo trance_, por hijos suyos, á los nietos del zapatero Judas, con -encargo expreso de que su madre los eduque un poco mejor de lo que -están. - ---Ahora usted, señor notario--dice á éste, terminada la otra -ceremonia,--y pronto, porque esta luz se apaga. - -En efecto: sus ansias crecen por instantes, y el Doctor halla en el -pulso del enfermo síntomas de mal agüero. - -Quédanse solos el notario y Gedeón; y testa éste en muy pocas -cláusulas, legando á Regla, por una de ellas, y como en pago de -antiguos y buenos servicios, mucho más de lo que la ambiciosa sirviente -pudo prometerse nunca; á menos que alguna vez no le pasara por las -mientes alzarse con el santo y la limosna, punto que, á mi entender, -jamás se pondrá en claro. - -Por otra, separa del cuerpo de bienes una suma de importancia para -premiar el mejor libro que se escriba en el plazo de dos años, á contar -desde aquel día, sobre las _Miserias de la vida del solterón_, siendo -los jueces del certamen que se abra al efecto, el Doctor y el señor -cura allí presentes, y en caso de empate, el célibe más viejo que haya -en la población. - -También es su voluntad que se doble la recompensa si la obra llega á -ser declarada de texto en las escuelas de la nación. - -El resto de sus bienes, deducidas algunas mandas piadosas, queda en -beneficio de su viuda. - -Mientras se lee el testamento y le firman los testigos, Solita frunce -en vano la afilada jeta, y en vano tira de sus párpados para arrancar -de la fuente de sus ojos una lágrima siquiera: pesan más en su fantasía -los risueños cuadros de lo porvenir, que se forja, y en su memoria -el recuerdo de tantos años de esclavitud y de aislamiento, que en su -corazón la pena que le causa la agonía de su antiguo amante. - -Regla, entre tanto, impasible y con el ceño ligeramente fruncido, -parece la estatua de Némesis inexorable. Sólo le falta la espada en su -diestra, y para bien de Solita, vale más que le falte. - -Los dos gaznápiros, metiéndose los dedos en las narices, atisban la -escena desde la puerta del gabinete. - -Terminada la ceremonia, el enfermo ruega al Doctor que se acerque á él. -Su rostro tiene la palidez del lirio, su vista una fijeza imponente. - ---Me muero, Doctor--le dice con voz lenta y apagada.--La poca vida que -tenía la he gastado en el cumplimiento de estos últimos deberes... - -El Doctor le pulsa, le observa, y llama con una seña al sacerdote para -que se aproxime. El médico del cuerpo no tiene nada que hacer allí ya. - -El del alma le administra el último Sacramento, y de nuevo le bendice y -le consuela. - ---Acercaos todos--dice luégo el moribundo,--ya que Dios ha permitido -que yo no muera solo y desesperado, y recoged mi último pensamiento... -fruto sazonado de mis desengaños... ¡Qué patentes los ven ahora -mis ojos... á la luz de la Verdad... que alumbra el tránsito de mi -espíritu!... Pasé lo mejor de la existencia huyendo de los soñados -males del matrimonio... y muero abrumado... por cuantas pesadumbres -caben... en la peor de las familias... sin haber gustado una sola de -las ventajas... de la vida conyugal... ¡Castigo justo de mi egoísmo -grosero!... Locura es digna de la soberbia humana... buscar un camino -sin cruz... en el Calvario de la vida... Elegir la de Cristo... -para que pese menos... es lo cuerdo y lo acertado... Yo tomé la de -Barrabás... y quebrantóme su peso... No está la dicha en eludir la -ley, sino en el bien que reporta el trabajo... de cumplir con sus -preceptos... Por huir de ellos, me alejé de Dios y de los hombres... -y merecí, como otros muchos insensatos, hundirme en las sombras de la -muerte... como el ave triste de los páramos... entre el frío de la -soledad... y sin huellas de mi paso por el mundo. - -Por la bondad de Dios... le hallé á usted en mi camino, Doctor... Á -usted debo la dicha de espirar... reconciliado con los hombres... -fortalecido con la fe, y alentado por la esperanza... ¡Cuántos -desgraciados le deberán... el mismo beneficio!... ¡Admirable -destino!... Consolar al triste... redimir al esclavo... Para usted... -toda la gratitud... de mi corazón... Mi alma inmortal... ¡Dios mío!... -tuya es... y te la entrego... si no limpia... de culpa, lavada... en el -arrepentimiento... ¡Ampárela... tu infinita... misericordia!... - -Dice, besa un Crucifijo, y espira. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -X - -CABOS SUELTOS - - -Este libro debiera concluir en la última palabra del capítulo anterior; -pero hay lectores nimios que quieren apurar la materia hasta las heces. - -Por complacerlos añado estos renglones. - -Para que todos los cálculos que Gedeón hizo en vida fuesen errados, su -muerte arrancó lágrimas á cuantas personas la presenciaron... excepto á -Regla, á Solita y á sus hijos; es decir, á todos menos á los que tenían -_obligación_ de llorar en aquel trance. - -No deben despreciar este dato los ingenios que aspiren á merecer el -premio legado por Gedeón. - -Al exhalar éste el último aliento, oyóse un quejido angustioso hacia el -rincón en que yacía el ratonero. La honrada bestezuela acababa de morir -también; y á juzgar por la actitud airada en que quedó su cadáver, -creeríase que la visión de Merto, esgrimiendo la verdasca, le atormentó -en los últimos instantes de su vida. - -Tan pronto como el sacerdote cubrió con la sábana la faz del que entre -los vivos se llamó Gedeón, Regla, que había estado contemplando su -agonía con rostro impasible y los brazos cruzados, salió del gabinete y -se puso á hacer su equipaje. - -Concluída su tarea, entregó al Doctor, como testamentario, las -llaves de que por tantos años había sido depositaría; y sin querer -dar explicaciones acerca de su conducta, despidióse de aquél y del -sacerdote, sacó el baúl á la escalera, y llamó á la señora Rita para -que se le condujera á donde ella le diría. - ---¡Qué le parece á usted, señora Regla!--díjole la incorregible -portera.--No le faltaba del todo la razón al desalmado tío Judas, -cuando nos decía que había quién que mandaba en esta casa más que -nosotros y que el amo. ¡Vivir para ver, señora Regla!... Y todo bien -mirado, buen provecho les haga; que á tanto precio, sale muy caro el -señorío... La mujer honrada, la pierna quebrada; y zapatero, á tus -zapatos... - -Y así charlando la señora Rita, y callada como un muerto Regla, -llegaron al portal en que, por respeto al triste acontecimiento, se -paseaba el tío Simón con la ropa de los domingos. - ---Quédese usted con Dios, tío Simón,--díjóle Regla al pasar por delante -de él. - ---Vaya usted muy enhorabuena, señora Regla--respondió el zapatero, sin -preguntarla siquiera si se marchaba para no volver. - ---¿Usted tan satisfecho siempre? - ---Siempre cumpliendo con mi deber, señora Regla. - ---Bueno es eso; pero sírvale de gobierno que en ocasiones no alcanza, y -hasta perjudica. - ---Vivir para ver, como dice Rita. - ---Pues por lo que he vivido y llevo visto lo digo yo, tío Simón. - -Al poner Regla los pies en la calle, un cuerpo pesado y negruzco cayó, -como llovido, delante de ella, envuelto en un retal de manta sucia. Era -el cadáver de Adonis, arrojado por Solita. - -Detúvose Regla un instante, sorprendida por el suceso; y como si -conociera la mano inclemente que tal había hecho, no pudo menos de -murmurar entre dientes, contemplando los restos del ratonero: - ---Entre algodón cardado te metieron los propios por la puerta, y ahora -te arrojan los extraños en cueros por la ventana... No te duela el mal -pago, que no es mucho mejor el que á mí me dan, siendo mayores mis -servicios. - -Solita no volvió á dejar la casa, de que ya era dueña; y tan pronto -como salió de ella el cadáver de Gedeón, echóse con avidez á registrar -alacenas y cajones, en tanto sus hijos, atracados ya de cuanto -rapiñaron en los estantes de la despensa, metían la cabeza en los -armarios, hojeaban los libros que tenían láminas, y olían y manoseaban -todos los cachivaches de la casa. - -El resto se adivina. - -De Anás y Caifás, tengo pocas noticias. - -Sé que el primero, después de estar medio desplumado por la familia de -la carabinera, se casó con ésta tan pronto como falleció el sargento -licenciado, y que, poco más allá, desplumado por entero, no hallaba en -casa quien quisiera darle de comer. - -Sé que Caifás tuvo que publicar su casamiento para ver si conseguía -domar á su mujer, quitando el motivo á sus amenazas; sé que no logró su -objeto, pues los _parientes_ que, oculto el casamiento, se limitaban -á sentarse á la mesa uno á uno, después de publicado acudían por -docenas á casa de Caifás para comerle el pan y hacerle la tertulia -por la noche; y aun me consta que, por complacer en ello á su mujer, -muchas veces alumbraba hasta la puerta de la calle á los que entraban y -salían. - -Sé, por último, que llegadas las cosas á estos extremos, Anás y Caifás -volvieron á encontrarse tope á tope en una acera; y que, sobre si pasas -tú por la derecha ó paso yo, se dieron otra mano de leña como la de -marras, hasta que los separó la gente y los rechiflaron los granujas. - -Y no sé más, lector. Por tanto, aquí lo dejo si me das licencia; pues -en Dios y en mi ánima te juro que, al llegar á este punto con la -historia, me duele ya la mano, de escribirla de corrido y sin vacantes. - - POLANCO, Septiembre de 1877. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - - - - -ÍNDICE - - Páginas. - - Al Sr. D. M. Menéndez y Pelayo. 5 - - - JORNADA PRIMERA - - I.--El hombre. 11 - - II.--El caso. 17 - - III.--Los jueces. 25 - - IV.--El juicio. 33 - - - JORNADA SEGUNDA - - I.--El primer paso. 55 - - II.--La primera catástrofe. 63 - - III.--Una hombrada. 75 - - IV.--El demonio consejero. 81 - - V.--No es casa de huéspedes. 87 - - VI.--Entre Venus y Marte. 95 - - VII.--Varias catástrofes. 103 - - VIII.--De mal en peor. 113 - - IX.--Por las nubes. 121 - - X.--Lo que no había previsto Gedeón. 127 - - XI.--Lo que le duele á Gedeón, y por qué le duele. 133 - - XII.--Opinión de un médico sobre un fisiólogo - y otras miserias. 143 - - XIII.--Otro cambio de postura. 161 - - XIV.--Las pulgas de Gedeón. 171 - - XV.--El diablo, el fuego y la estopa. 183 - - XVI.--Un intruso. 189 - - XVII.--Los sobrinos del demonio. 195 - - XVIII.--La gran batalla. 203 - - XIX.--Post núbila Phœbus. 213 - - XX.--Un incidente. 219 - - XXI.--De escalera abajo. 235 - - XXII.--Otro incidente más grave. 245 - - XXIII.--El tercer incidente. 253 - - XXIV.--Lo que era de esperar. 261 - - XXV.--El alma de Judas. 269 - - - ÚLTIMA JORNADA - - I.--Saldo de cuentas atrasadas. 283 - - II.--Continuación del anterior. 297 - - III.--Los vecinos de Gedeón. 311 - - IV.--Castillos en el aire. 319 - - V.--La poesía de un solterón. 329 - - VI.--La tienda de la esquina. 341 - - VII.--La vanguardia de la muerte. 353 - - VIII.--Los parientes de Gedeón. 373 - - IX.--In artículo mortis. 387 - - X.--Cabos sueltos. 399 - -[Ilustración] - - - - - - -End of Project Gutenberg's El buey suelto.., by José María de Pereda - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL BUEY SUELTO.. *** - -***** This file should be named 54228-0.txt or 54228-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/4/2/2/54228/ - -Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box and the -Distributed Proofreading team at DP-test Italia. - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: El buey suelto.. - Cuadros edificantes de la vida de un solterón - -Author: José María de Pereda - -Release Date: February 24, 2017 [EBook #54228] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL BUEY SUELTO.. *** - - - - -Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box and the -Distributed Proofreading team at DP-test Italia. - - - - - - -</pre> - - -<div class="front"> - <hr class="full" /> - <h1 class="faux">EL BUEY SUELTO...</h1> - <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p> - <p><a href="#ToC">Índice</a></p> -</div> - -<div class="screenonly"> - <hr class="chap0" /> - <div class="figcenter"> - <img src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - - -<div class="aftit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p class="large"><span class="pagenum" id="Page_1">[p. 1]</span>OBRAS COMPLETAS</p> - <p class="small mt1">DE</p> - <p class="xl mt05">D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="tit pt3"> - <p class="xl"><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span>OBRAS COMPLETAS</p> - <p class="medium mt1">DE</p> - <p class="xxl red mt05">D. JOSÉ M. DE PEREDA</p> - <p class="medium smcap mt1">de la Real Academia Española</p> - - <hr class="sep" /> - - <p class="smcap g2 large">Tomo II</p> - <p class="xl red mt1">EL BUEY SUELTO...</p> - <p class="small mt1">CUADROS EDIFICANTES DE LA VIDA DE UN SOLTERÓN</p> - <p class="small g1 mt2">TERCERA EDICIÓN</p> - - <hr class="sep" /> - - <p class="large">MADRID</p> - <p class="medium">VIUDA É HIJOS DE MANUEL TELLO</p> - <p class="large">1899</p> -</div> - - -<div class="aftit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p class="f large"><span class="pagenum" id="Page_4">[p. 4]</span><i>Es propiedad - del autor.</i></p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_0"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-005.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h2 class="nobreak lh150"><small>AL SEÑOR</small><br /> - D. M. MENÉNDEZ Y PELAYO<br /> - <span class="medium">DOCTOR EN FILOSOFÍA Y LETRAS</span></h2> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-a.jpg" alt="A" /> -</div> - -<p class="drop-cap lh150"><span class="smcap">Aunque</span> -<i>tú nos has dicho, y has dicho muy bien, que</i> «el que lanza al -mundo un libro con sus tachas buenas ó malas, debe responder de -todas, confiéselas ó no<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" -class="fnanchor">[1]</a>,» <i>quiero, á buena cuenta y por lo que valga, -invocarte por testigo de que al borrajear estos cuadros, casi á tu -presencia, no me guió el propósito de resolver en ellos problema -alguno, sino el de fantasear sobre un tema determinado, con el mismo -derecho que han tenido otros escritores para fantasear con opuesta -tendencia; y acusarte después, como te acuso, de haber creído y de -seguir creyendo que en este rimero de cuar<span class="pagenum" -id="Page_6">[p. 6]</span>tillas, escritas sin plan meditado y -verdaderamente á vuelapluma, hay un libro que debe publicarse, porque, -bien leído, no carece de útiles enseñanzas</i>.</p> - -<div class="footnotes"> -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_1"><span class="label"><a -href="#FNanchor_1">[1]</a></span> <i>Horacio en España.</i> Prólogo.</p> - -</div> -</div> - -<p class="lh150"><i>Esto dicho sin temor de que me desmientas, declaro -que, no obstante lo mucho que pesan tus dictámenes sobre mis pareceres, -por esta vez, ateniéndome al mío, diametralmente opuesto al tuyo -denunciado, quedáranse estos cuadros, como algunos de sus hermanos -mayores, sin ver la luz de la imprenta, á no animarme á publicarlos la -esperanza de que el lector ha de perdonar las tachas de la obra, en -gracia de lo virgen del terreno en que penetra.</i></p> - -<p class="lh150"><i>La verdad es que no se explica fácilmente cómo en -un país en que tantas agudezas y tantas necedades se han escrito y -traducido contra la vida conyugal, ni más ni menos que si esto de -casarse los hombres con las mujeres y de proceder los hijos de sus -padres fuera moda flamante, sujeta á las humanas veleidades, como -el capote ruso ó el tupé engomado, no existe un libro en que se -narre y puntualice escrupulosa<span class="pagenum" id="Page_7">[p. -7]</span>mente lo que se divierte un hombre esclavo de las teorías de -esos caballeros sublimes, que abominan de las suegras y sueñan con las -demasías de los chiquillos, y se pasan la vida haciendo que se ríen -de ciertas prosas (sin dejar por eso de aceptar un buen acomodo si se -pone á sus alcances), cual si fueran cuerpos santos los suyos, ó no -hubieran sido antes cuerpos de mocosos, é hijos de sus madres («muy -queridas, santas y veneradas» siempre que las dedican sonetos), á la -vez esposas y primero hijas; de la cual madera, á mi entender, se hacen -las suegras, y continuarán haciéndose mientras siga de moda la familia -honrada.</i></p> - -<p class="lh150"><i>Pues bien: que al lector se le ocurra alguna -reflexión por el estilo después de pasar la vista por este mal ensayo -de</i> fisiología celibataria <i>(sigo el tecnicismo al uso), es el único -fin á que aspira</i> <span class="smcap">El buey suelto</span>... <i>al -aparecer en las mieses de la república literaria</i>.</p> - -<p class="lh150"><i>Lo serio, lo ingenioso, lo transcendental, el libro, -en fin, que se necesita, escríbale quien haya nacido para tan alta -empresa.</i></p> - -<p class="lh150"><span class="pagenum" id="Page_8">[p. 8]</span><i>Entre -tanto, hazme la merced de contar estas cosas á quien te diga que -valiera más no tocar las castañuelas que tocarlas como yo las he tocado -en la presente ocasión, y de aceptar estas páginas como ofrenda que -tributa á la gloria más radiante de la Montaña, tu admirador sincero y -apasionado amigo</i></p> - -<p class="firma mt1"><big><span class="smcap">José María de Pereda.</span></big></p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-008.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - - -<div class="aftit pt3" id="Ch_1"> - <hr class="chap0" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_9">[p. 9]</span></p> - <h2 class="nobreak mt0">JORNADA PRIMERA</h2> - <hr class="chap0" /> -</div> - - -<div class="chapter" id="Ch_1_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_11">[p. 11]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-075.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="I. EL HOMBRE">I</h3> - <p class="subh3">EL HOMBRE</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-c.jpg" alt="C" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Concédame</span> el lector, -si mal no le parece, que cuando un hombre ha visto, desde que empezó -á serlo, satisfechas como por ensalmo las más comunes y perentorias -necesidades de la vida, tiene mucho adelantado para ser egoísta. Lo -cual no se opone á que también lo sea el que ha ganado el bien que -disfruta, en guerra encarnizada con la suerte.</p> - -<p>Querrá decir esto que los egoístas abundan, y que sus especies -varían en cada ejemplar. Enhorabuena; pero conviene distinguir de casos -para el objeto de estos apuntes.</p> - -<p>El que es egoísta porque así le hizo el desdén de la fortuna; el que -se consagra al propio regalo como en recompensa de pasadas fatigas, -tiene en éstas la disculpa, y perenne deleite en la comparación -del presente risueño con el<span class="pagenum" id="Page_12">[p. -12]</span> ayer angustioso. De este modo, ni la imaginación le -seduce, ni las vacilaciones le marean, ni <i>el vicio le mata</i>, como el -vulgo dice de los indecisos que lloran soñados males por exceso de -bienes. Lleva su rumbo bien trazado y camina con pie firme, sin el -riesgo de tropezar en desengaños, por lo mismo que no se alumbra con -ilusiones.</p> - -<p>Otra cosa muy distinta es Gedeón, tipo en que se resumen todas -las especies de egoístas que no debieran serlo, hasta por razones de -egoísmo.</p> - -<p>Á estos señores enderezo mi cuento; con vosotros hablo; con -vosotros, los que afanados en evitarle desazones á la materia, huís de -los más legítimos goces del espíritu; con vosotros los que, pródigos de -la hacienda cuando se trata de regalar al cuerpo, sois avaros de ella -si el alma os pide un óbolo para adquirir un regocijo; con vosotros, en -fin, los que pasáis lo mejor de la vida renegando del matrimonio por -molesto y caro, y el resto de ella lamentándoos de no haberos casado <i>á -tiempo</i>.</p> - -<p>Séame lícito traeros al banquillo y revolver un poco el saco -de vuestras culpas; y aquí, donde nadie nos oye, cantaros al oído -media docena de verdades; parte mínima de tantas perrerías como -venís soltando á cada triquitraque contra la <i>diabólica</i> suegra, la -<i>fementida esposa</i>,<span class="pagenum" id="Page_13">[p. 13]</span> -el <i>crucificado</i> marido, y hasta los <i>mocosos</i> rapazuelos.</p> - -<p>Permitidme, pues, este inofensivo desahogo, y oidme la historia del -bueno de Gedeón, que si no es la historia de cada uno de vosotros, -andará á dos dedos de serlo, y á todos os vendrá como repique en -pascua.</p> - -<p>Gedeón siguió media carrera en la Universidad, ó no pasó del -Instituto de segunda enseñanza, ó no tuvo otra que la que recibió, muy -á la fuerza, de un dómine casero. Importa poco este detalle para el -punto que se esclarece. Fué hijo único, ó tuvo hermanos: como el lector -quiera. Lo cierto es que en su casa reinaba la abundancia, y que él, si -no era niño mimado, pecaba con exceso de <i>consentido</i>.</p> - -<p>Sabía que al despertarse, á la hora que más le cuadraba, le esperaba -el desayuno calentito, al alcance de su mano; que los vestidos que le -hacía el sastre, á su capricho, habían de ser pagados, no por él, á -la presentación de la cuenta; que si el frío arreciaba, se elevaría -convenientemente la temperatura de su gabinete; que si le cansaban las -truchas, le darían perdices, y que si tosía más de tres veces, iría -á buscarle entre las coberturas de su lecho la azucarada y humeante -pócima; sabía, en fin, que dentro del hogar eran sus deseos antes -satisfechos que manifestados.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_14">[p. 14]</span></p> - -<p>En esta pendiente colocado, en breve llegó á estimar cosas y -personas no más que en cuanto podían servir á sus deleites; y si no -creyó al mundo hecho para su uso particular, juzgóse venido á él para -merecer todas sus comodidades y ninguna de sus molestias... Si no os -ofendiérais, célibes de mis entrañas, os diría que era Gedeón el más -perfecto modelo de aquellos hombres á quienes llamaba Horacio <i>cerdos -de las piaras de Epicuro</i>.</p> - -<p>Que era sensual, no hay que decirlo, ni tampoco qué gusanillo le -roía con más frecuencia la imaginación. Soñó con el amor perdurable de -las mujeres (nótese que no digo de la <i>mujer</i>); y creyendo hacer de -su corazón un nido al más puro y noble de los sentimientos, labró en -su cabeza templo en que daba culto á los más torpes estímulos de la -materia.</p> - -<p>Que para alimentar este fuego elegía los combustibles más adecuados -á su actividad, también se comprende sin afirmarlo; por lo cual excuso -decir que, en punto á literatura, tomaba á pasto cuanto se ha escrito -en el género desde la <i>Celestina</i> hasta <i>Mi tío Tomás</i>. Pero algo -filósofo también, para contener la imaginación, que pudiera llevarle -más allá de lo conveniente, acogíase al llamado eclecticismo de Balzac, -y sabía de memoria la <i>Physiologie du mariage</i>, y las <i>Petites misères -de la vie conjugale</i>.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_15">[p. 15]</span></p> - -<p>Porque es de advertir que Gedeón, á las veces, creía posible -realizar sus ilusiones dentro del matrimonio, tomándole, por supuesto, -como una fase más de su sibaritismo; como refugio lícito, pero siempre -sensual y voluptuoso, de su vida hastiada ya del <i>amor libre</i>. Pensaba -en el matrimonio, considerándole sólo como un conjunto de todo <i>lo -bueno</i> de él y de fuera de él; es decir, el incentivo constante de -la concubina, y la adhesión fiel y desinteresada de la esposa que le -tuviera en perpetuo arrullo, sin dudas ni remordimientos.</p> - -<p>Como hombre de vehementes caprichos, sentíase arrastrado con -violencia hacia ese punto desconocido; pero, egoísta impenitente, huía -de él temiendo equivocarse; temor que le aterraba al considerar que en -ese terreno, una vez dado el avance, es imposible la retirada.</p> - -<p>En tales ocasiones era cuando acudía con más ansia á sus filósofos -preferidos, que si no le convencían por completo, dejábanle, por lo -menos, sumido en grandes dudas acerca de eso que se llama entre los -solterones licenciosos y egoístas, <i>prosa de la vida matrimonial</i>.</p> - -<p>En este perpetuo examen de lo conocido y lo desconocido; pasando con -su imaginación á cada instante del uno al otro término, como cambia el -enfermo de posturas para aliviar sus dolores, no del todo satisfecho -de lo que palpaba,<span class="pagenum" id="Page_16">[p. 16]</span> y -dando un aspecto pavoroso á lo que desconocía, apuntáronle las canas, -quizá más que por el peso de los años (aunque ya los contaba por pares -de decenas) por la fuerza de sus cavilaciones.</p> - -<p>Y en esto, aquel sér que en el mundo era su providencia, y á cuya -sombra vivía él regalón y descuidado, desapareció de la haz de la -tierra.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-016.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_1_2"> - <p><span class="pagenum" id="Page_17">[p. 17]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-017.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="II. EL CASO">II</h3> - <p class="subh3">EL CASO</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-m.jpg" alt="M" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Momento</span> solemne fué -para Gedeón el en que, por primera vez, se vió solo en el recinto de su -hogar; pues aunque en él quedaba siempre la abundancia, ¡era tan duro, -tan molesto, tan prosáico eso de administrarla y de atender con ella á -las mil necesidades ordinarias de la existencia!...</p> - -<p>Por cierto que en aquellos mismos días hizo varias observaciones -que no dejaron de asombrarle. Cada vez que se sentaba á la mesa -experimentaba dentro de sí algo que no podía explicar bien su egoísmo; -algo que pesaba sobre su alma y se la oprimía; y al contemplar vacío el -puesto que antes ocupaba la persona en quien apenas se había fijado él -por la misma frecuencia con que la veía, parecíale un páramo desierto, -con sus fríos y hasta con el silencio pa<span class="pagenum" -id="Page_18">[p. 18]</span>voroso de las grandes soledades. Observaba -que cuando no vivía solo en aquel mismo albergue, no reparó jamás en -que, al tornar á él después de sus francachelas y regodeos, sentía un -placer tranquilo y consolador; veía la faz del anciano envuelta en -serena y misteriosa luz, y hasta el vulgar condumio, servido por tosca -cocinera, le gustaba más que los refinados manjares de la fonda; venía -á ser, en fin, el hogar doméstico, para él, cuando le buscaba después -de las borrascas de sus pasiones, lo que el seguro puerto para la nave -batida en el mar por los huracanes.</p> - -<p>Al caer en la cuenta de estos fenómenos que había sentido sin -fijarse en ellos, en vano trataba Gedeón de explicárselos por causas -rigorosamente lógicas.</p> - -<p>—«El paladar—pensaba,—se estraga con los mejores guisos, si se los -dan muy á menudo; y el espíritu necesita también la variedad en los -goces para no hastiarse de ellos. La modesta prosa de mi albergue es -todo lo contrario de lo que yo saboreo fuera de él. Por eso, por el -contraste, me gustaba el hogar doméstico y cuanto en él hallaba después -de las tempestades de mi vida.»</p> - -<p>Pero ¿por qué en su nueva situación no le sucedía eso mismo? -¿Por qué hallaba insípidos los manjares de su casa, y en lugar de -dilatár<span class="pagenum" id="Page_19">[p. 19]</span>sele el pecho -al atravesar los umbrales de su puerta, se le oprimía el corazón, y -el desierto de la mesa se extendía á su gabinete, y notaba la falta -de aquella persona hasta en los sitios donde jamás la viera? ¿Qué era -y en qué consistía <i>aquello</i>? ¿Existía algo fuera de su sér, que, -sin embargo, formaba parte de él; algo indispensable para expansión -legítima de su alma? ¿Era acaso que los cuidados domésticos que á la -sazón preocupaban al huérfano, le proporcionaban molestias que antes -no conocía? ¿Serían estas molestias la causa de su desaliento en el -hogar? Y, en este caso, ¿era la falta de un celoso <i>proveedor</i> lo que -únicamente le apesadumbraba? Pero entonces, ¿por qué le echaba de -menos aun donde nunca le necesitó? ¿Por qué antes le molestaban por -<i>impertinentes</i> sus preguntas, aunque se encaminasen á satisfacerle un -gusto más, y ahora diera parte de su vida por volver á oir una sola -de ellas, aunque fuera para echarle en cara su egoísta ingratitud? -¿Sería cierto que en ese <i>presidio</i> llamado familia por los hombres -<i>vulgares</i>, es donde únicamente se encuentra lo que no puede adquirirse -con todo el poder de las riquezas, ni entre el vértigo de todos los -placeres?</p> - -<p>Así, ó por el estilo, le hacía discurrir la elocuencia de los -hechos, como en respuesta á la explicación <i>lógica</i> que él se empeñaba -en dar á<span class="pagenum" id="Page_20">[p. 20]</span> su nuevo y -<i>raro</i> modo de sentir; el cual hallazgo, dentro de la casa, le produjo, -como dicho queda, no poco asombro, pues jamás se había permitido -semejantes <i>debilidades</i>.</p> - -<p>Pero tenía hondas raíces en su pecho el amor inconmensurable á -la materia; y no pasó la crisis de obligarle á insistir con doble -empeño, más bien por distraerse que por decidirse, en sus cavilaciones -de costumbre; las cuales, como el lector sabe ya, se reducían á -comparar estado con estado, y hacer con la imaginación voluptuosas -exploraciones en el campo matrimonial, en su afán de conocerle, por si -las circunstancias le llevaban un día á refugiarse en él.</p> - -<p>Merece saberse, al pormenor, de qué especie eran esas exploraciones. -Comenzaba Gedeón por hacer un recuento de sus haberes; y suponiendo -que, aun echando corto, habían de darle, amén de mujer, doble por -sencillo, multiplicaba su caudal por 3, y apuntaba el producto como -capital de su pertenencia para sostener las cargas de su nuevo -estado.</p> - -<p>En seguida pensaba en el tipo de la mujer que debía elegir; punto -siempre muy grave para él, porque unas por rubias y otras por morenas, -unas por rosas y otras por capullos, todas le gustaban, supuesto que -todas habían de tener el pie pequeño, el cuello torneado, los<span -class="pagenum" id="Page_21">[p. 21]</span> ojos lúbricos, el talle -flexible... y, además, habían de amarle <i>con delirio</i>.</p> - -<p>Sin estas condiciones arquitectónicas y hasta de temperatura, no -había que pensar en que Gedeón se decidiera por ninguna; y con ellas, -todas le convenían.</p> - -<p>Vacilaba largo rato, con los ojos cerrados y la mente perdida en -un cúmulo de hipótesis verosímiles, y concluía decidiéndose... por -<i>el grupo</i>, por de pronto, y aplazando el <i>cuál de ellas</i> para <i>en su -día</i>.</p> - -<p>Tenía ya mujer y buena renta: faltábale el nido en que había de -pasar la vida como una aurora sin nubes, como un suspiro de amor, sin -término ni fatiga.</p> - -<p>Por de pronto, entre disfrutar la luna de miel con su paloma bajo -los aleros de un <i>hotel</i> fuera de la patria, ó á la sombra del tejado -paterno, elegía un término medio que le satisfacía en todos conceptos: -para esa ocasión tan solemne tendría él preparado el voluptuoso -albergue conyugal.</p> - -<p>Y ¿cómo sería ese albergue?</p> - -<p>Aquí entraba el lápiz á resolver el problema, no sólo con cifras, -sino con dibujos; y comenzaba Gedeón por trazar el plano geométrico de -su futura morada. Pero le asaltaba al punto la batallona y compleja -cuestión de Balzac: ¿dos gabinetes para los esposos; uno solo con<span -class="pagenum" id="Page_22">[p. 22]</span> dos camas, ó una cama -sola y un solo gabinete?... Nuevas meditaciones, nuevas dudas, y al -fin un punto más entre los varios que se quedaban sin resolver por el -momento.</p> - -<p>Entre tanto, aceptaba los dos gabinetes; pero ¿muy separados ó muy -juntos? Lo primero tenía sus ventajas; mas había en contra de ellas -ciertos reparos de estética y hasta de higiene y policía doméstica, -por razón de distancia y horas intempestivas, muy atendibles... Á -todas luces era preferible la contigüidad; y así se trazaban los -gabinetes.</p> - -<p>Después pensaba en la ornamentación, y calculaba el número de -sillones, y la clase y el color de la tapicería; y si el lecho nupcial -sería de bronce ó de madera; si las cortinas de éste ó del otro modo; -si la luz por la derecha ó por la izquierda; si la alfombra de Persia ó -de Cataluña; si en la antecámara pondría, durante la noche, opaco disco -ó resplandeciente fanal; si es de más ilusión la media luz que la luz -entera, ó si es preferible la obscuridad absoluta.</p> - -<p>Después, el tocador de <i>ella</i>: sus mil objetos, untos y perfumes; -y el vestíbulo y el estrado... ¡hasta la cocina! todo se apuntaba en -minuciosa lista, á todo se le daba precio y para todo alcanzaban las -rentas.</p> - -<p>Por los pasadizos de aquel plano, realzado con el fuego de la -imaginación del dibujante,<span class="pagenum" id="Page_23">[p. -23]</span> veía éste pasar la esbelta figura de su mujer, y oía el -crujir de la seda de la bata, y por debajo de los pliegues desmayados, -distinguía la punta del diminuto pie calzado con artística, leve -babucha, y aspiraba el aroma de los rizos cayendo sobre el lascivo -cuello... y ¡qué sé yo cuántas cosas más!</p> - -<p>Después pensaba en la servidumbre, y formaba el presupuesto de sus -gastos domésticos, que nunca excedían á los ingresos.</p> - -<p>Establecido ya, trataba de metodizar su vida: qué horas destinaría -á los placeres dentro de su casa, y en qué forma; y cuáles para volver -á ella, donde le esperarían los brazos de su hermosa compañera, que no -podría vivir un instante separada de él; el almuerzo y la comida serían -la comida y el almuerzo de dos tórtolas; y la sobremesa y el reposo, un -incesante arrullo.</p> - -<p>Si él enfermaba (en que enfermase ella no había que pensar) su -médico sería el amor, y su medicina, mimos y agasajos... Por supuesto -que su enfermedad no pasaría de cierta languidez interesante: nada de -secreciones nasales ni otras hediondeces por el estilo...</p> - -<p>Así un día, y otro y otro; y los meses y los años: <i>ella</i> cada vez -más hermosa y enamorada, y <i>él</i>, que ya tenía canas al hacer este -presu<span class="pagenum" id="Page_24">[p. 24]</span>puesto, sin una -sola arruga, ni un triste <i>destacamento</i>, ni un mal retortijón.</p> - -<p>También vislumbraba, entre la penumbra de sus ensueños, algo como -la rizada y blonda cabellera, los húmedos y rosados labios, los ojos -serenos y el leve talle de una hermosa criatura; pero este sér siempre -sonreía, jamás había llorado, ni estado en mantillas, ni alborotado -la casa durante lo más acerbo de la dentición; ni su madre le había -parido, ni el comadrón la había visitado...</p> - -<p>Era, en suma, el cuadro que Gedeón se imaginaba, una primavera -perpetua, sin lluvias ni ventiscas.</p> - -<p>—¡Si esto fuera posible!—exclamaba, despidiendo centellas por los -ojos.—Pero... ¿y la <i>prosa</i>?... ¿y mi libertad perdida?</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-008.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_1_3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_25">[p. 25]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-025.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="III. LOS JUECES">III</h3> - <p class="subh3">LOS JUECES</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-e.jpg" alt="E" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">En dos</span> épocas de la -vida sienten los hombres, con respecto al matrimonio, eso que los -célibes recalcitrantes llaman <i>malas tentaciones</i>: la primera, cuando -la imaginación, salida apenas del horizonte de la pubertad, lo ve todo -de color de rosa. Entonces nos casaríamos todos los hombres si fuéramos -dueños de nuestra voluntad y de algunos maravedíes. La segunda, después -de trasmontar la cúspide de este sendero espinoso; cuando todavía nos -atrevemos á dudar si vamos dando el primer paso del descenso, ó el -último de la subida.</p> - -<p>Por estas latitudes navegaba la edad de Gedeón cuando notó que le -era insoportable la soledad de su casa, y con tanto empeño se entregaba -á sus exploraciones por los desconocidos mares del matrimonio.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_26">[p. 26]</span></p> - -<p>No diré que se insinuara en él con tanta fuerza como en otro -mortal menos egoísta la inclinación al indisoluble vínculo; pero es -indudable que el coincidir en ese mismo grado la natural tendencia, -su, digámoslo así, <i>punto de sazón</i>, y el repentino cambio en un -tan largo como inalterado método de vida, era más que suficiente -motivo para obligarle, como le obligó al cabo, á hacer un esfuerzo de -raciocinio.</p> - -<p>Ni su edad ni sus circunstancias del momento, daban ya espera. -Entonces ó nunca. Era preciso examinar con el microscopio de sus -conveniencias hasta el último repliegue de sus adentros, para ver, -en definitiva, qué había <i>allí</i> que temer ó que esperar. Como buen -egoísta, no quería dejar para mañana ni el recelo de haber elegido lo -peor por falta de reposado consejo.</p> - -<p>Ya se ha visto que en el que á sí propio se pedía, llevaba preparada -más de la mitad de su postrera resolución. Y digo que ya se ha -visto, porque tomando el punto de vista donde él le tomaba siempre, -el resultado no podía variar jamás. Desde aquel punto lo veía todo, -todo... menos el matrimonio. ¿Cómo diablos había de llegar á conocerle? -Y no conociéndole, ¿cómo había de estudiarle <i>á fondo</i>, según él -deseaba?</p> - -<p>Por eso no fué larga su meditación; mas co<span class="pagenum" -id="Page_27">[p. 27]</span>mo el resultado de ella no le satisfizo por -completo, aunque le agradaba no poco, quiso encomendar el resto al -dictamen de acreditados peritos en la materia. En desacuerdo con ellos, -lícito le era apelar á otros pareceres; en perfecta concordancia, ya no -cabían escrúpulos.</p> - -<p>Veamos ahora quiénes eran los jueces que iban á entender en tan -delicado litigio.</p> - -<p>Cada generación que viene al mundo trae un poco de todo, como -ustedes saben. De cien muchachos que van juntos á la escuela, hay -siquiera diez que entran al mismo tiempo en la Universidad; otros diez -que se dispersan por la tierra á correr las aventuras de la suerte; -veinte que ahorcaron los libros para meterse, como Fray Gerundio, -á predicadores, es decir, á todo aquello para lo cual no sirven; -cincuenta que van dejando, uno tras otro, este pícaro destierro; y, -finalmente, otros diez que se quedan, en la época crítica de decidirse, -como estorninos atolondrados, mirando cómo se dispersa el resto de -la banda. De estos diez era Gedeón, y de los mismos, otros tres -contemporáneos suyos, ociosos como él, egoístas como él y solterones -aún más que él, pues todos le excedían en edad, y particularmente en -aversión al matrimonio.</p> - -<p>Como contemporáneos, como egoístas y como solterones, los cuatro -eran amigos...<span class="pagenum" id="Page_28">[p. 28]</span> -Entendámonos: paseaban juntos, murmuraban juntos, y juntos estaban -siempre en rebelión contra la sociedad entera. Por lo demás, ninguno -de ellos hiciera por la vida de los restantes el sacrificio de un -cuarto de hora de su reposo. Paseando en ala, como acostumbraban, no se -toleraban mutuamente el casual pisotón, ni el choque un tanto violento. -Por todo gruñían y á cada instante alborotaban el paseo. Ninguno de -los cuatro sabía el modo de vivir de los otros tres; lo único que no -ignoraban todos era el pie de que cojeaba cada uno de los demás, porque -esto aun en la calle se veía: era el carácter.</p> - -<p>Uno era avaro; y el matiz más sobresaliente de los muchos que tenía -su odio el matrimonio, se compartía entre lo caro que costaba y el -riesgo de llegar á tener herederos <i>forzosos</i>.</p> - -<p>Acaso hubiera aceptado la esposa como sirvienta fiel y desinteresada -en todo género de faenas; pero la quería joven y de buena estampa, -con lo cual no estaba garantido contra el riesgo que temía. De las -aseguradas de él por edad, no había que hablarle. De todas maneras, -no podía avenirse con el derecho de la mujer á la mitad de los bienes -gananciales. El caudal era suyo, y lo suyo lo quería para hacer de ello -lo que le diera la gana.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_29">[p. 29]</span></p> - -<p>Otro era pulcro, reglamentado y económico. No toleraba en su -habitación un mueble fuera de su sitio, ni una hilacha en el suelo, ni -una mancha en su vestido; la ventilación era su tema y el cepillo su -manía. Apuraba la ropa hasta desecharla por transparente, pero jamás -por sucia. Se sentaba ocupando la menor cantidad posible de silla; y -para escribir, así sentado, aún encogía las piernas y los dedos de la -mano; <i>metía</i> los renglones de su piojosa letra hasta amontonarlos, y -todavía cercenaba media pata á cada <i>m</i> y los puntos á las <i>ii</i>. Comía, -paseaba y dormía á horas inalterables é inalteradas. No concebía de -otro modo la existencia; y como, en su concepto, el matrimonio era el -desorden, el despilfarro, el desaseo y una caverna de aires impuros, -detestaba el matrimonio con un rencor inconcebible en su aspecto -acicalado y hasta risueño... Verdad es que su sonrisa no lo era; más -bien lo parecía por la especial disposición de su boca, muy semejante á -la de las culebras.</p> - -<p>El tercero era celoso, como una bestia en sus períodos <i>álgidos</i>; -y porque la humanidad no le mimaba como él creía necesitarlo para -sus regodeos brutales, detestaba á la humanidad entera. Bajo siete -cerrojos y amarrada á una estaca, y él á su lado con otra en la mano, -sospechara de la fidelidad de su mujer, si capaz<span class="pagenum" -id="Page_30">[p. 30]</span> hubiera sido de atreverse á elegir una, ó -el cielo se lo hubiera permitido.</p> - -<p>Ya se deja comprender que estas cualidades enumeradas eran el sello -distintivo de sus respectivos poseedores, pero nada más: en el fondo -del carácter los tres parecían formados en un mismo troquel. Cada -uno de ellos creía odiar al matrimonio por distinto lado; pero estas -fases de sus odios no pasaban de ser otras tantas manías, ó productos -diversos y raquíticos de un mismo suelo árido y estéril.</p> - -<p>Los tres carecían de familia ó habían prescindido de ella; los tres -ignoraban lo que era el trabajo y la ocupación seria; los tres eran -ricos, y cada uno de ellos vivía solo; quién como huésped, quién en -casa propia.</p> - -<p>No era Gedeón, seguramente, el peor de los cuatro; pues, á lo -menos, sentía ciertos deseos, aunque mal entendidos, de explorar otras -regiones para variar de clima, señal de que el insano en que habitaba -no le satisfacía; era en sus vicios algún tanto <i>artista</i>, y bastante -pródigo de su caudal. Con otra educación, acaso hubiera sido hombre de -provecho. Los resabios de sus amigos procedían de la madera misma, que -se torcía, como se tuerce el roble, porque es roble, aun con la polilla -de los tiempos.</p> - -<p>Tales eran los jueces á cuyos dictámenes y<span class="pagenum" -id="Page_31">[p. 31]</span> consejos sometió Gedeón el atisbo de -escrúpulo que le quedó, de resultas de sus cavilaciones matrimoniales -al entregarse <i>por última vez</i> á ellas.</p> - -<p>Olvidábaseme decir que en el pueblo se llamaba á estos cuatro -solterones <i>Anás</i>, <i>Caifás</i>, <i>Herodes</i> y <i>Pilatos</i>, aplicándose los -nombres al avaro, al celoso, al pulcro y á Gedeón, respectivamente, y -no sé por qué.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-031.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_1_4"> - <p><span class="pagenum" id="Page_33">[p. 33]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-235.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="IV. EL JUICIO">IV</h3> - <p class="subh3">EL JUICIO</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-s.jpg" alt="S" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Sereno</span> era, y hasta -chancero y zumbón; pero no sin tartamudear más de tres veces, ni sin -hacer por cada palabra una salvedad, llegó Gedeón á exponer su tesis -al asombrado y adusto tribunal. Verdad es que no pueden escribirse ni -pintarse los carraspeos, las interjecciones y los gestos con que, á -manera de ortografía, iban los jueces puntualizando los períodos del -exponente. Ya no eran caras; era vinagre y rescoldo aquello que le -miraba cuando acabó de hablar en éstos ó semejantes términos:</p> - -<p>—Tal es el caso, caballeros; y para ponerle á su verdadera luz, -acudo á vuestro autorizadísimo dictamen. Necesito que hablemos una -vez en serio de eso que se llama matrimonio, con el piadoso fin -de ver hasta qué punto le es lícito á un hombre... como nosotros, -el pensamiento de casarse. Suponed, pues, ilustres ju<span -class="pagenum" id="Page_34">[p. 34]</span>rados, que habiendo hallado -una mujer rica, hermosa, con todas las seducciones imaginables, y -educada á mi gusto, me caso mañana con ella...</p> - -<p>Aquí fué la explosión de asco, de ira y de horror, todo junto; aquí -fué el ponerse aquellas caras como dicen que se pone la del demonio -cuando la rocían con una hisopada de agua bendita.</p> - -<p>—Supongamos—recalcó el exponente, después de abrir un paréntesis -de silencio para que pasara lo más recio de la tempestad;—supongamos, -repito, que aprovechando todas esas ventajas, me caso mañana yo: ¿qué -me sucederá?</p> - -<p>—¡Tu ruína!</p> - -<p>—¡Tu muerte!</p> - -<p>—¡Tu ignominia!</p> - -<p>—Eso no es responder—dijo Gedeón, replicando de una sola vez á las -tres feroces respuestas de sus amigos.—Quiero detalles; quiero que -discurramos un poco sobre esa prosa y esas cadenas matrimoniales; sobre -todo ese conjunto de miserias que, según fama, son inherentes á la vida -conyugal. Y esto entendido, vuelvo á preguntaros: ¿qué me sucederá si -me caso?</p> - -<p>—¿Y qué demonios quieres que te respondamos á una pregunta -tan vaga y tan <span class="pagenum" id="Page_35">[p. -35]</span>compleja?—contestó el pulcro, rasgando mucho la boca para -enseñar todos los dientes.</p> - -<p>—Lo que sepáis.</p> - -<p>—¡Lo que sepamos! ¿Pues no lo sabes tú como nosotros? ¿No lo sabe -todo el mundo de corrido? ¿Hay tema que haya sido más resobado ni más -discutido? Pero aunque lo ignorases, ¿cómo narrarte en tan breve tiempo -lo que no cabe en libros ni en la memoria humana?</p> - -<p>—Si te concretaras á un punto determinado...—añadió el celoso.</p> - -<p>—Concretaos vosotros; dividid, por ejemplo, en períodos la epopeya, -é id diciéndome, no todo lo que hay, sino lo que más abunda en cada uno -de ellos: yo deduciré el resto.</p> - -<p>—Y vendremos á repetir lo que, en fuerza de haberse repetido tanto, -pasa en el mundo por <i>catálogo de vulgaridades</i>.</p> - -<p>—Pues ese catálogo es, precisamente, lo que yo vengo buscando. -Diréisme que en la memoria debo tenerle; pero recordad los expuestos -motivos de mi consulta, y comprenderéis por qué necesito que ese -resumen pintoresco de vulgaridades aceptadas como razones serias -contra</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<p class="i0">«esa grotesca fusión</p> -<p class="i0">que se llama matrimonio,»</p> -</div></div> - -<p class="ti0 mt1">sea hecho por vosotros y no por mí; por qué, no -debiendo fiarme de la memoria ni de la luz<span class="pagenum" -id="Page_36">[p. 36]</span> con que habría de guiarla para buscar los -hechos vitandos, es indispensable que me los expongáis vosotros, en -forma, como quien dice, de ramillete, para que pueda yo olerlos todos -de un solo aliento y probar en la intensidad de su veneno el vigor de -mi naturaleza y los bríos de mi necesidad. Y con el laudable fin de -evitar divagaciones metafísicas y retorceduras de conceptos, vuelvo á -presentaros en crudo mi pregunta, que ya lleva marcado el prosáico son -de la respuesta: «¿Qué me sucederá si me caso mañana?»</p> - -<p>—¡Y dale con el tema! ¿Quieres, con mil demonios, saber lo que te -sucederá, por ejemplo, en los primeros días?—dijo echando chispas -el acicalado que, según parece, llevaba la voz cantante en aquel -estrafalario desconcierto.</p> - -<p>—Muchos cantos va á tener la epopeya, á lo que veo,—exclamó -sonriendo Gedeón.</p> - -<p>—¿Por qué lo dices?</p> - -<p>—Por la pequeñez de las partes en que la divides, si he de juzgar -por la muestra de «los primeros días.»</p> - -<p>—Pues esos días son un período completo, y aun colmado... Los demás -ya serán más largos, para desgracia del marido.</p> - -<p>—Vaya, pues, por «los primeros días,» y sepamos, por fin, qué me -sucederá en ellos.</p> - -<p>—Nada que no sea envidiable: sorpresas <span class="pagenum" -id="Page_37">[p. 37]</span>encantadoras, dulzuras, mimos, arrebatos -sublimes... ¡lo más voluptuoso y embriagador que puedas imaginarte!</p> - -<p>—Y ¿cuánto dura?—preguntó Gedeón relamiéndose.</p> - -<p>—Cuarenta y ocho horas,—respondió secamente el interpelado.</p> - -<p>—Me parece mucho,—gruñeron los otros dos jueces.</p> - -<p>—¿No me concedéis siquiera una semana?</p> - -<p>—Vaya la semana—dijo el atildado,—pues días más ó menos, poco -suponen en la eternidad del martirio subsiguiente. Durante esa semana, -no existen los suegros ni los cuñados; tu nueva familia es un coro de -ángeles que no cesa de cantar tus alabanzas. No hay hombre como tú, -ni más amable, ni más ingenioso, ni más bello, ni más digno de ser -adorado; y esto, que te lo dice tu mujer á solas entre explosiones de -amor, te lo repiten en la casa hasta el gato y el perro, adivinando tus -deseos y hartándote de preferencias y mimos. Como no has de vivir con -tus suegros eternamente, en estos primeros días empezarás á tratar, -si no de separarte, de cuando te separes; y ten por seguro que por -diferencias sobre calle, ó piso, ó colores de las tapicerías, ha de -asomar la oreja la primera nubecilla en el arrebolado horizonte de tu -felicidad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_38">[p. 38]</span></p> - -<p>—Eso suponiendo—añadió el usurero,—que en los pormenores de la dote -no haya habido serios altercados.</p> - -<p>—Ó que la recién casada—expuso el celoso,—no deje, en la vecindad -que abandona, <i>su primer amor</i>.</p> - -<p>—Todo es posible—continuó el pulcro;—pero hemos de prescindir de -lo eventual y contingente, que no tiene medida, para fijarnos sólo en -lo rigorosamente lógico; en lo necesario, en lo infalible. Con esto -nos sobra para ganar el pleito. Y prosigo. He supuesto que pasabas la -primera semana con la familia de tu mujer, por elegir un motivo, entre -los cien mil que existen, para el primer desacuerdo. De todas maneras, -en tu casa ó en la ajena, al acabarse esos días, las intimidades -matrimoniales han llegado á su grado máximo, y comienzan á caer en -desuso ciertas contemplaciones de pura galantería, hasta allí guardadas -entre los cónyuges. Nada más natural entonces que la elección de un -criado, ó la compra de un mueble, ó la distribución de las horas del -día, ú otra pequeñez cualquiera, produzca en tu mujer un serio enojo -y en tí un disgusto. Los de esta índole son los que traen á las casas -las intervenciones extranjeras, aunque con ramo de oliva; pues la -esposa, poco acostumbrada todavía á sufrir contrariedades, ne<span -class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span>cesita murmurar con alguien -de las rarezas de su marido, y murmura con su madre, si la tiene, y si -no, con sus amigas. Oirás de éstas ó de aquélla tal cual disertación -sobre el tema de la tolerancia que deben tener los caballeros con las -señoras; verás que en estos conflictos <i>internacionales</i> jamás se te -da á tí la razón; te llevarán los demonios cuando consideres que cosas -tan fútiles y remediables en casa, son ya del dominio público, y en -centuplicado tamaño, por la insensatez de tu mujer; que están tu reposo -y la paz de tu casa á merced de la menor divergencia de pareceres entre -vosotros dos, y sobre todo, cuando veas que tu esposa se va mostrando -tan dispuesta á desechar los tuyos más sensatos, como á aceptar los -ajenos más absurdos.</p> - -<p>Pasó, pues, el período breve del éxtasis amoroso, y estás de patitas -en el primero del martirio. Comparando lo que eres con lo que fuiste -poco antes, y temiendo avanzar en el horrible é interminable sendero -en que te hallas colocado, haces heróicos esfuerzos en favor de la -paz doméstica; te acusas aun de faltas que no has cometido; disculpas -todos los resabios de tu mujer, y corriges hasta los más inofensivos -de tu carácter. Todavía, y mediante este sistema, disfrutas, de -vez en cuando, los breves momentos de placer que dan de sí<span -class="pagenum" id="Page_40">[p. 40]</span> las <i>reconciliaciones -vehementes</i>; y quizá insistiendo en el procedimiento adoptado, y sin -más mujeres en el mundo que la tuya, llegaras al fin de la carrera, no -sin cruz, pero sin espinas. Mas, en esto, asoman los primeros barruntos -de sucesión; y á los tiquis-miquis de todos los días, tienes que añadir -las impertinencias propias del <i>estado</i>.</p> - -<p>El olor del tabaco la ofende, y no puedes fumar delante de ella; si -por no dejar de verla fumas lejos de su presencia, cuando te acercas -huele que has fumado, y te rechaza; por evitar este inconveniente dejas -de fumar; pero has salido á la calle, has ido al café, has estado, en -fin, donde se fuma, y tu ropa huele á tabaco, razón por la cual tampoco -puedes aproximarte á su gabinete. Te resignas á no salir de casa por no -ahumarte; pero si usas esencias, le repugnan, y si no las usas, hueles -<i>á hombre</i>: tampoco entras así.</p> - -<p>Entre tanto, la casa está patas arriba, y tu autoridad como la -casa, porque la señora come á horas intempestivas las cosas más -extravagantes, y tiene ascos y náuseas, y todo lo escupe.—Cuando -concluye este período, que es muy largo, empieza otro mucho más -divertido: el período de la pesadez, del bamboleo, del malestar, del -paseo nocturno entre calles, colgada de tu brazo; del abultamiento -de los<span class="pagenum" id="Page_41">[p. 41]</span> labios y -de las manchas en la cara; de los pies hinchados; el prólogo, en -fin, de la nueva y más tremenda etapa, durante la cual no dormirás -sueño tranquilo, ni comerás cosa en sazón, ni te pondrás camisa bien -planchada; pues todo lo que es orden, paz y sosiego, lo extermina, lo -barre la gran catástrofe: con sus preparativos, antes, y hasta mucho -después, con su cortejo de horrores y hediondeces. Antes, el hatillo, -y la cuna, y los tanteos y probaduras de nodriza, y la novena á San -Ramón, y los falsos síntomas siempre á media noche, ó á otras horas -tan intempestivas. Después, los jipidos, y la casa á obscuras y en -silencio, y el aire corrompido, y el andar en ella todos de puntillas, -y el comadrón, y la nodriza, y los pañales, y los recados á la puerta, -y la obligación de contestarlos, y la colineta para el cura, y los -padrinos, y la comitiva del bautizo, y tú presidiéndola, y los chicos -de la calle cantando el ¡<i>pelón</i>!... y hasta el consonante, que es -harto más grave, pues no faltará quien te le aplique, aunque la copla -se refiera al padrino; y luego las enhorabuenas, y el refresco... ¡y -el demonio desencadenado en tu casa!—Después, la cuarentena, y los -retortijones de barriga en la criatura, y los vagidos consiguientes, -y el cólico de la pasiega, y el riesgo de buscar otra, y las cuentas -á puñados, y el dinero tras<span class="pagenum" id="Page_42">[p. -42]</span> ellas á carretadas... Por último, el restablecimiento...</p> - -<p>—Y, por fin—interrumpió Gedeón, respirando con ansia,—volvemos á -aquellos ocho días...</p> - -<p>—¡Quiá!—dijo el otro con el gesto y el tono que usarían las víboras, -si las víboras hablaran del matrimonio;—aquellos días se fueron para no -volver. El primer cuidado de tu esposa al salir de su habitación, es -residenciarte por el tiempo en que ella no ha mandado en jefe. Nada se -ha hecho á su gusto: el refresco fué mezquino; se quedaron sin dulces -esta amiga y el otro pariente; el ruido constante que tú no supiste -impedir, no la dejó descansar á su gusto una sola vez; están los suelos -mal barridos y los muebles echados á perder; eres un Juan Lanas, y -además roñoso y desatento. Por supuesto que tú no has intervenido en -nada de lo censurado: desde el momento supremo se apoderó de las llaves -y del mando la amiga, ó la vecina de más confianza, si no hay por medio -una madre ó una hermana; pero esto no impide que el responsable de todo -lo malo, inventado ó cierto, se te haga á tí. Habrá hocico también, y -acaso moquiteo, porque no se te vió el pelo cuando ella más gritaba -durante el apuro gordo; y si se te vió, porque no te alegras, como -debes, al contemplarte reproduci<span class="pagenum" id="Page_43">[p. -43]</span>do; has estado hasta soez con las visitas, ó has pecado de -expresivo con <i>algunas que ella sabe</i>; y luego, porque su mamá, ó su -modista, ó su doncella... ó el Peñón de Gibraltar; pues hasta lo más -extraño es un motivo serio para darte guerra. Cuando ésta se acaba -por cansancio, comienza la criatura á tomar fisonomía y á entretener -á su madre con gorgoritos, sin dejar por eso de alborotar la casa con -sus lloros. Ahora porque se ríe, después porque tose, luégo porque no -mama, y más tarde porque vuelve la leche, allí no se habla más que del -muñeco, ni en otra cosa se piensa, así te entre un torozón y te pongas -á la muerte...</p> - -<p>—Bueno; pero... después...</p> - -<p>—Después, volvemos á los ascos del principio, y á los síntomas de -marras, y á todas las enumeradas peripecias... Y pasan otra vez, y -vuelven de nuevo, y tornan á repetirse, salpimentadas, por supuesto, -con un sinnúmero de impertinencias y de contrariedades nuevas, hijas -legítimas del cúmulo de necesidades que se van creando en tu casa con -cada vástago, y de los resabios que va adquiriendo tu mujer en cada -alumbramiento.</p> - -<p>—¿Pues no dice la fama que nunca está un hogar más alegre que cuando -está lleno de chiquillos?</p> - -<p>—¡Oh, es encantador uno de esos cuadros<span class="pagenum" -id="Page_44">[p. 44]</span> de familia! Aquí una silla rota; allá media -vajilla en polvo; el tintero encima de la cama, y las almohadas debajo -de la mesa; las botas en la sombrerera, y el sombrero en la cocina; -en el ropero la zaga de un coche y la cabeza de Carlo Magno, y medio -tambor y un pedazo de corneta; en el cajón de la basura, la estampa -que más aprecias cubierta de lamparones y de garabatos; y los papeles -importantes de tu cartera, hechos una pelota, y la máquina del reló de -tu mujer, en la escalera del desván. Te sientas á la mesa, y empieza -lo conmovedor. Antoñito no quiere la sopa si tú no se la das; Pablito, -mientras cebas á su hermano, te mete un tenedor por los ojos; Adelita -quiere cerezas, y está corriendo el mes de enero; Elisina, después -de haber comido las natillas con los dedos, hunde las manos en los -bolsillos de tu chaleco blanco; y todos cuatro rompen á llorar poco -después, formando el coro más armonioso que hayas oído, sobre el cual -se destaca la voz de tu mujer, poniéndote como hoja de perejil, so -pretexto de que no sabes hacerte querer ni respetar de tus hijos; tu -mujer, que andará ya en <i>meses mayores</i>; de modo, que cuando el último -retoño va domesticándose, y se larga la nodriza y se le añade al montón -de sus predecesores, viene el nuevo con los consabidos trastornos y las -enumeradas desazones.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_45">[p. 45]</span></p> - -<p>—Pero, hombre, ¿cuándo concluye... <i>eso</i>?</p> - -<p>—Cuando concluyan las gracias y los atractivos de tu mujer; cuando -no le queden ojos para mirarte, ni labios para sonreirte, ni dientes -para devorarte; cuando no sea más que un catálogo de achaques, envuelto -en un retal de pergamino; cuando esté á tu cargo la fatiga de cuidarla, -y á las doce de la noche te pida desde su cama el antiespasmódico para -el histérico, ó el algodón para los oídos, ó los parches para las -sienes; ó se despierte á las tres de la mañana para que le des las -friegas en la espalda, ó le pongas las franelas en los riñones; cuando -tus hijos crezcan y necesiten el látigo y el colegio, y el uno resulte -estúpido, y el otro holgazán, y el tercero un perdido, y la cuarta una -tontuela, y te roben y te esquilmen el sastre, y el zapatero, y la -modista, y el maestro de música, y el vecino de enfrente, y la vecina -de al lado... Y así vas tirando y haciéndote viejo, y notando poco á -poco que estorbas en todas partes á tus hijos y á tu mujer, y que tu -mujer y tus hijos comienzan á preguntarte cuánto tienes, y á hablarte -mucho de <i>cuando tú faltes</i>... ¡á desear que te mueras, hombre, ya que -no pueden heredarte en vida!</p> - -<p>—¡Pero eso es feroz!</p> - -<p>—Pues eso es, amigo, como si dijéramos, lo más llano del camino: los -inconvenientes de<span class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span> -un matrimonio hecho á pedir del deseo y con el dinero de sobra; -¡imagínate, si puedes, lo que será el matrimonio en peores condiciones; -sin las rentas necesarias para cubrir las indispensables exigencias del -estado!</p> - -<p>—¡Ni el infierno es comparable con ello!—exclamó aquí el avaro.—El -escaso caudal se evapora al calor de tantas obligaciones; se va, se va, -se va... y se extingue al fin, como la última oscilación de una luz -que ha devorado su mecha; y un día, al despertar la familia, quiere -comer y no tiene qué, ni con qué comprarlo; pídelo prestado, entre -congojas de vergüenza, y se lo dan; pero como no lo devuelve, otro día -se lo niegan, por lo cual vende una alhaja, y después los muebles, -y, por último, la camisa. Entre tantas angustias y privaciones, las -pocas virtudes se avinagran, el pudor se corrompe, los respetos se -atropellan; y aquel sentimiento, que antes se llamaba amor entre los -cónyuges, no impide ya que el látigo zumbe en la casa, y alboroten -el barrio los gemidos, porque es cosa harto sabida que <i>cuando el -hambre entra por la puerta, sale el amor por la ventana</i>. Después, la -horrible consideración que se hará el marido, entre paliza y moquiteo, -de que tenía un caudal con el que, soltero, pudo haber vivido hecho -un patriarca, y que cediendo á una falsa vocación de su naturaleza, -le<span class="pagenum" id="Page_47">[p. 47]</span> partió con una -mujer que le llenó de hijos en pago de su generosidad; hijos que fueron -otros tantos lobos que ayudaron á su madre á comer en pocos días -hasta la piel del incauto borrego; que vió éste desaparecer su propia -hacienda sin haberse procurado á cuenta de ella un miserable regodeo, -porque toda la necesitaba, y mucho más que hubiera, para tapar aquellas -bocas insaciables; para sacrificarlo en aras de esa ridícula debilidad -que se llama familia; la misma que, si no lo hubiera comido ayer, lo -heredaría mañana, ó lo empleara la mujer, viuda, como cebo para coger -otro marido con quien lo gastara escarneciendo la memoria del primero; -vivo éste, para que el más bribón de sus hijos lo jugara en tres -montones á una sota, ó la madre se lo fuera regalando á su vecino, si -le convenía para amante...</p> - -<p>—¡Esa es la fija!—gritó entonces el celoso.—Pero tú supones viuda, -cuando cae, á la mujer de Gedeón. Yo quiero, y debo, suponerle vivo -al ocurrir esa caída, y no acosado el matrimonio por el hambre del -segundo ejemplo, sino nadando en la abundancia del primero; porque la -mujer peca de vicio, casi siempre, y en las demás ocasiones... porque -es mujer... ¡Y en qué condiciones cae la esposa, dioses inmortales! Por -de pronto, apenas hay ejemplo de un amante que no valga mucho menos -que<span class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span> el marido.—Esto -prueba lo que empequeñece y desprestigia al hombre, á los ojos de su -mujer, el oficio de casado.—El marido paga, el marido provee, el marido -atesta el ropero y abarrota el tocador y colma el bolsillo... pues -para el marido las chancletas, la bata sucia, la papalina y el pelo -desgreñado; para el amante los perfumes, las batistas, los voluptuosos -rizos, la turgente seda, la ceñida bota, la estirada media; para el -dueño, toda la prosa, todos los desdenes, todas las frialdades; para -el ladrón, todos los encantos de la coquetería y todo el fuego de una -pasión tan vehemente como infame. Al marido, á quien se despluma á -cada instante, se le tiene por avaro, por incivil y por grosero; el -amante, que acaso vive á expensas de las larguezas del marido á quien -deshonra, es, en concepto de la esposa, el generoso, el <i>caballero</i>... -¿No es esto infame? ¿No es inicuo? ¿Y no es todavía más inicuo y más -infame emplear el propio dinero en adquirir una ignominia semejante? -Pues comprar esta ignominia es casarse, Gedeón. Porque todas, todas son -iguales... menos las que no sirven para el oficio, por haberles negado -sus favores la naturaleza, con ninguna de las cuales has de casarte, -pues eres mozo de buen gusto. No tengo más que decirte.</p> - -<p>—Ya lo oyes, Gedeón—añadió el atildado<span class="pagenum" -id="Page_49">[p. 49]</span> célibe, rasgando su boca hasta los oídos, -como si tras el gesto se dispusiera á dar el salto alevoso sobre su -amigo para hincar en él el diente emponzoñado;—todos, aunque por -diferente senda, hemos venido á parar al mismo punto: al presidio -del matrimonio, en el cual lo menos que se pierde es la libertad del -soltero; esa que nos permite vivir como el ave en el espacio, como -el pez en el agua; tener por patria el mundo entero, y por soberano -la voluntad; contemplar, en fin, el de la vida, con ojos serenos, -sin que nos amarguen aquellos instantes supremos las lágrimas de los -que dejamos si nos necesitan en el mundo, ó el regocijo de los que -nos heredan; esos <i>tiernísimos</i> pedazos de nuestro corazón, llamados -hijos.</p> - -<p>—¡Adelante!</p> - -<p>—Y ¿para qué?</p> - -<p>—¿No tenéis, víboras, más veneno que echar por esas bocas?</p> - -<p>—¿Pues no hemos de tener?—respondió el pulcro:—á toneladas te lo -diéramos si fuera necesario, y aún no se concluyera; pero nos has -pedido muestras de ello, y muestras te hemos dado, y en forma de -ramillete, como deseabas. Ahora, huele y revienta.</p> - -<p>—Oliéndole estoy, rato hace.</p> - -<p>—Y ¿á qué huele?</p> - -<p>—¡Á demonios corrompidos!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_50">[p. 50]</span></p> - -<p>—Entonces ¿á qué vino la consulta?</p> - -<p>—Ya os lo dije: á que me confirmaseis en mis creencias, algún -tanto insubordinadas estos días por <i>la loca de la casa</i>, llamada -imaginación. Sí, amigos míos y denodados solterones, soy de los -vuestros, creo cuanto creéis y detesto cuanto detestáis; el matrimonio -es un presidio para el hombre; un presidio completo, pues que le -esclaviza y le infama. Niego la paz del hogar, niego el amor, y, sobre -todo, la necesidad de los hijos: el uno y las otras no son más que -ficciones de la fantasía, cuando no cebos de los maridos para seducir -incautos. El hombre, abrumado constantemente por las cargas de la -familia, pierde hasta la libertad de ser honrado y el derecho de ser -feliz; cuando menos, la ineludible prosa del matrimonio le corrompe, -le enerva, le desnaturaliza, le empequeñece. Para cuanto concibe y -cuanto emprende fuera del miserable recinto de su hogar, son trabas que -le amarran y cortan el vuelo á sus más levantados pensamientos, los -hijos y la esposa, que no le quieren más que en cuanto le necesitan. El -hombre, pues, para cumplir su verdadero destino, para dar á su cuerpo -el regalo que necesita y á su alma la elevación que anhela, tiene que -desprenderse de los mezquinos, pero opresores lazos de la familia; ser -libre, libre como el pájaro y el<span class="pagenum" id="Page_51">[p. -51]</span> viento; y pues, como dice el adagio, <span class="smcap">el -buey suelto bien se lame</span>, suelto quiero morir como he vivido, -ya que vuestras sabias advertencias, coincidiendo exactamente con -mis doctrinas, me han demostrado que es imposible hallar dentro del -matrimonio el voluptuoso edén con que alguna vez soñó mi acalorada -fantasía...</p> - -<p>Oídas estas palabras, los tres jurados solterones se encogieron -de hombros, cual si tuvieran por locura hasta haber puesto el caso -en tela de juicio; dióles Gedeón unas palmaditas en la espalda, y se -dispersaron los cuatro, tan satisfechos y campantes, como si realmente -hubieran tratado la cuestión <i>en serio</i>, y el mundo no fuera otra cosa -que un vasto ejido para revolcarse y hozar en él á sus anchas los -cerdos de las consabidas piaras.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-051.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - - -<div class="aftit pt3" id="Ch_2"> - <hr class="chap0" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_53">[p. 53]</span></p> - <h2 class="nobreak mt0">JORNADA SEGUNDA</h2> - <hr class="chap0" /> -</div> - -<div class="chapter" id="Ch_2_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_55">[p. 55]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-055.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="I. EL PRIMER PASO">I</h3> - <p class="subh3">EL PRIMER PASO</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-y.jpg" alt="Y" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Ya sabe</span> el lector de -quién se trata, de dónde viene, de qué madera es y adónde se propone ir -el héroe de esta historia que, en rigor, empieza en esta página, y dice -así:</p> - -<p>Libre Gedeón de <i>malas tentaciones</i>, es decir, exento de los -cuidados en que á las veces le ponían, sólo tiene ya que pensar en -<i>orientarse</i> y en <i>establecerse</i>.</p> - -<p>Por orientarse entiende él hacer con la memoria una excursión por -lo pasado, y otra con la fantasía por lo porvenir. Precisamente se -halla tomando un respiro en la cumbre del sendero de su vida, y desde -ese punto domina lo recorrido con igual facilidad que columbra lo -que le queda por andar. Gedeón, en suma, quiere y cree que necesita -entrar en cuentas consigo, antes de dar el primer paso confor<span -class="pagenum" id="Page_56">[p. 56]</span>me al derrotero inalterable -que se ha trazado.</p> - -<p>Volviendo la vista al dilatado panorama que va dejando atrás, -y marcando con la mente los sitios en que ha puesto su planta, -¡qué pobre, qué mezquino le parece lo explorado, comparándolo con -lo que tiene sin explorar!... Bien mirado todo, ¿qué ha hecho él -hasta entonces más que retozar en mies abierta; herborizar, como si -dijéramos, en <i>campo libre</i>?... Si alguna vez saltó cercado ajeno, no -pecó el seto de espinoso ni de elevado. Verdad es que las altas cercas -que guardaban el regalado fruto, aunque aguzaron su apetito, jamás le -movieron el intento del asalto, pues era <i>caballo de buena boca</i>, y -todo lo hallaba sabroso siempre que fuera asequible y abundante, y todo -le sentaba bien, porque era el <i>hijo de familia</i>, holgado y disoluto y -sin pizca de responsabilidad.</p> - -<p>¡Pero ahora!... Ahora no le es lícito ni siquiera el pensamiento de -que corran los años de su vida, como antes corrieron, en la obscuridad -de los portales y en la lobreguez de los callejones extraviados: porque -ahora es el <i>amo de su casa</i>, el <i>hombre formal</i>, independiente, rico, -y hasta de buen solar, que no solamente puede, sino que <i>debe</i> dar -á sus empresas largo vuelo, tan largo como se lo permite el inmenso -horizonte que tiene á la vista; y con este fin exornará sus actos con -cierta solemnidad y<span class="pagenum" id="Page_57">[p. 57]</span> -compostura atractivas y de <i>buen tono</i>... ¡Qué vida le espera!</p> - -<p>Por lo visto, Gedeón es de los que creen, no sin fundamento, que -á los hombres no los hacen los años, sino las circunstancias. Desde -el grado de doctor hasta el primer paso que da el doctorado en el -ejercicio de su profesión, pueden mediar muy pocas horas; y sin -embargo, ¿quién es capaz de conocer, bajo el luengo gabán, el estirado -chaleco y las rígidas tirillas del médico ó del jurisconsulto de hoy, -al aturdido y desaliñado estudiante de ayer?</p> - -<p>La misma razón social que á tanto obliga, impone á Gedeón, que ya -se juzga doctorado en la Universidad en que por tantos años cursó la -<i>vida airada</i>, el deber de adoptar hábitos de <i>carácter</i>, como otro -doctor cualquiera, para ejercer su profesión con fruto y en toda -regla... cuando la ejerza; pues, por de pronto, y en atención á que -el luto riguroso que viste, si bien le permite divertirse según sus -inclinaciones naturales, le prohibe acercarse á los ruidos y á los -grandes espectáculos del mundo, tiene que limitarse á un sencillo -merodeo alrededor de su casa, como quien dice, y dejar para más -adelante las campañas de prueba.</p> - -<p>Así se cumple con otro de los deberes que son anejos al derecho de -vivir entre gentes civilizadas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_58">[p. 58]</span></p> - -<p>Y hay que convenir en que el tal deber está bien fundado. Bueno que -los lutos se arrastren por todas las deshonestidades sociales, porque -con ellos no puede uno <i>ir á ninguna parte</i>; pero exponerlos en teatros -y tertulias, donde la gente guarda compostura y decoro... ¡no faltaba -más! ¡Bonita cara pondría esa señora que se llama <i>sociedad culta</i>, y -marca lo que se ha de sentir y lo que se ha de llorar, con centímetros -de crespón en el sombrero, ó con varas de velillo delante de los -ojos!</p> - -<p>Volviendo á Gedeón, digo que discurre, al tenor de lo indicado, -larga y detenidamente, acerca de lo que ha sido antes y lo que puede -y le toca ser en lo sucesivo, libre de toda vacilación y resuelto á -pasar la vida con la mayor suma posible de comodidades y deleites... -porque es indudable que eso que él sigue notando todavía dentro de sí -y en cuanto le rodea, y que algún inocente predestinado se atrevería -á llamar <i>nostalgia de la familia</i>, es un efecto lógico de su nueva -situación, y desaparecerá tan pronto como el huérfano se <i>establezca á -su gusto</i>, metodice su vida y <i>llene</i> el desierto hogar.</p> - -<p>Esta es, por consiguiente, su tarea más perentoria. Afortunadamente, -no es difícil.</p> - -<p>Por de pronto, y á reserva de cambiar de sistema cuando las -circunstancias se lo recla<span class="pagenum" id="Page_59">[p. -59]</span>men, necesita una persona que se encargue de las menudencias -domésticas; una mujer <i>de edad</i>, en quien el juicio corra parejas con -los años. Pero esta mujer, cuyo destino exclusivo ha de ser el de -administradora, no puede ni debe, hasta por razones de estética, estar -á su servicio inmediato. Con este último objeto tomará una joven de -<i>buen ver</i> y adecuada al caso. En cuanto al prosáico cargo de cocinera, -está provisto muchos años há, y no mal del todo, en una buena mujer que -continuará desempeñándole.</p> - -<p>No hay plazas más solicitadas ni apetecidas que las de sirvientes de -un solterón. Las amas de llaves todo lo esperan de él; las jóvenes todo -lo creen posible; y ni las unas ni las otras tienen que lidiar con la -fiscalización intransigente de la señora de la casa.</p> - -<p>Así es que Gedeón recibe las solicitudes á puñados y las -recomendaciones por docenas. Puede elegir á su gusto, y así lo hace.</p> - -<p>Desde aquel instante, una mujer que ya no ha de cumplir el medio -siglo, aseada, enjuta de carnes, á medio encanecer y empezándose á -arrugar, y muy hacendosa y previsora, según informes, se encarga de las -llaves y recibe con ellas una cantidad de dinero para el gasto menudo -durante quince días, concluído lo cual recibirá otro tanto; porque -Gedeón no quiere,<span class="pagenum" id="Page_60">[p. 60]</span> ni -debe, ni sabe ocuparse en todas esas prosáicas menudencias.</p> - -<p>El nombre no es enteramente simpático: se llama <i>la señora</i> Braulia; -pero ¿qué más da? En cambio, al nacer, fué envuelta en finos pañales: -su padre era mayordomo del marqués de las Pesadumbres. Las que le -dieron (al mayordomo) una naturaleza enfermiza y una familia demasiado -numerosa, trajéronle á menos; y á la muerte del marqués, habiendo -suprimido aquella plaza sus herederos, acabóse la vida del mayordomo -con esta última pesadumbre. Braulia, entonces, como cada uno de sus -hermanos, tuvo que buscarse la vida como mejor pudo: hoy zagaleando -criaturas, mañana fregando vasijas y arrimando pucheros á la lumbre, -y otro día ascendiendo á doncella de labor y camarera de confianza; -pasando, en fin, por todas las fases de la servidumbre doméstica, pero -siempre muy honrada y muy querida de sus amos. Túvolos de alto coturno; -y al ingresar en casa de Gedeón, desdeñó las ofertas de un banquero de -nota. Cree que todas estas vicisitudes le han dado á conocer el mundo -palmo á palmo, y á los hombres pelo á pelo.</p> - -<p>Aunque á él no venga nunca, así refiere su historia la buena de la -señora Braulia.</p> - -<p>Menos puntos calza en prosapia, pero nombre más bonito lleva la otra -sirvienta. Lláma<span class="pagenum" id="Page_61">[p. 61]</span>se -Solita, y es hija de un remendón con quien no ha vivido desde que supo -andar lo bastante para escaparse de casa, en la cual no era posible la -existencia con aquel hombre que concluía con todo: con la familia, á -palos, y con lo que ganaban, él remendando y su mujer cosiendo, en la -taberna.</p> - -<p>Huérfana de madre á los pocos años de ponerse á servir, sólo ha -logrado verse libre de la tiranía del zapatero, dándole las tres -cuartas partes de lo que gana. Á pesar de estos contratiempos, ha -llegado á ser una de las doncellas militantes, ó sirvientes, de mejores -informes.</p> - -<p>Es menudita, limpia como el oro, picaresca de sonrisa, algo -remangada de nariz y gruesa de labios; muy negros el pelo y los ojos, -aquél abundante y éstos no muy grandes ni rasgados; pequeños los pies, -los dientes, las manos y las orejas, y rollizos los brazos, el cuello y -las inmediaciones.</p> - -<p>En todas estas menudencias repara Gedeón, mientas Solita le cuenta -las otras referentes á su historia; porque es natural que un señor bien -educado, al recibir en su casa á una muchacha, le pregunte por <i>las -generales de la ley</i>, siquiera por preguntar algo; y como Solita es -ingenua casualmente, responde cuanto sabe y no la deshonra, porque no -la hay en decir la<span class="pagenum" id="Page_62">[p. 62]</span> -verdad; sobre todo, como ella la dice, fruncidos los ojuelos, -entreabiertos los labios, como si quisieran sonreir y enseñar los -dientes á un mismo tiempo, una mano en la cintura, la otra doblando y -desdoblando un pico del delantal, y la mitad del pie derecho fuera de -los pliegues de la falda, llevando el compás del suave balanceo de las -redondas caderas.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-062.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_2"> - <p><span class="pagenum" id="Page_63">[p. 63]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-075.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="II. LA PRIMERA CATÁSTROFE">II</h3> - <p class="subh3">LA PRIMERA CATÁSTROFE</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-y.jpg" alt="Y" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Ya tiene</span> Gedeón cuanto -necesita: es decir, quien le administre, quien le sirva y quien le -aderece el ordinario sustento.</p> - -<p>Ya no reina el vacío en su casa; ya hay ruido y movimiento en -ella.</p> - -<p>La señora Braulia, como mujer precavida, estudia sin cesar la manera -de que en su jurisdicción ande todo conforme con los gustos y deseos de -su amo; la cocinera trata de cumplir las órdenes de la señora Braulia, -en lo que respecta á su importante ministerio; y en cuanto á Solita, -arregla el gabinete como si tuviera hadas en las manos, y es una -mariposa alrededor de la mesa: lo mismo maneja platos y cristalería, -que un prestidigitador los cubiletes... Alguna vez tropieza con el -codo al «señorito,» al mudarle el cubierto, ó le retira el<span -class="pagenum" id="Page_64">[p. 64]</span> plato sin estar desocupado; -pero ¿quién diablos ha de atreverse á reprender tales descuidos, al ver -cómo la delincuente ofrece sus disculpas en memoriales de sonrisas que, -aun á los ojos del más diestro en semejantes lecturas, tanto picaran en -malicia como en rubor?</p> - -<p>Es tal el esmero con que se le sirve y se le adivinan los deseos, -que en ocasiones creería que algún genio invisible cuida de su casa. -No bien hace por ella una breve excursión, ya está arreglado cuanto él -desarregló al moverse, sin que se vea la mano que colocó la silla en su -sitio, el gabán en el ropero ó el libro en el estante.</p> - -<p>Cuando por la noche se retira á descansar, encuentra la luz en su -cuarto, el vaso de agua sobre la mesa, y abierta y preparada la cama... -Ni un motivo siquiera para romper la monotonía de aquel ordenado -silencio con un campanillazo; silencio sólo alterado por la voz de la -señora Braulia que, antes de cerrar él la puerta del gabinete, asoma -por ella la cabeza para pedirle sus órdenes para el día siguiente y -darle las buenas noches.</p> - -<p>Por un lado no le desagrada el sistema; pero ¡tiene tanto de -uniforme y de misterioso!... Parece que se le ceba, no que se le -sirve.</p> - -<p>Un hombre como él, que por no poder ir todavía <i>á ninguna parte</i>, -vuelve á casa, las más de<span class="pagenum" id="Page_65">[p. -65]</span> las noches, hastiado, rendido y de muy mal humor, recibiría -como un consuelo media palabra discretamente afectuosa, y un par de -sonrisas elocuentes al llegar á su cuarto... Pues no, señor: nadie á la -puerta de la escalera, que, al abrirse, cubre á quien le alumbra; nadie -en el pasadizo; nadie en el gabinete, y un poco después, menos que -nadie, la señora Braulia con su jaculatoria de costumbre. Así es que se -acuesta bufando, y sueña con la voz, y con la cara, y con las arrugas -de su ama de gobierno.</p> - -<p>Y arrancando de aquí el motivo, llega un día en que ésta le parece -gazmoña, fisgona y antipática en esencia y presencia.</p> - -<p>Entre tanto, apenas conoce el metal de voz de Solita, ni sabe qué -color tiene á la luz artificial la única cara decente que hay en la -casa.</p> - -<p>Así pensando una noche, después de haber despachado con un bufido á -la señora Braulia, exclama de repente:</p> - -<p>—Y ¿por qué no ha de venir Solita? ¿No mando yo aquí? ¿No ha de -tenerse en cuenta mi gusto para todo?</p> - -<p>Y cediendo á los ímpetus de su carácter irreflexivo, sacude furioso -el cordón de la campanilla, que repiquetea junto á la cocina con -estrépito desusado.</p> - -<p>—¿Llamaba el señorito?—dice al instante la voz de la señora -Braulia, cuya silueta se dibu<span class="pagenum" id="Page_66">[p. -66]</span>ja confusamente en el angosto hueco de la entreabierta -vidriera.</p> - -<p>Con lo que Gedeón cae en la cuenta de que ha cometido una majadería; -la cual trata de disculpar con otra mayor, mal zurcida y peor -hablada.</p> - -<p>Al quedarse solo otra vez, reniega de la vieja impertinente, y -desea con ansia que llegue el nuevo día para que Solita le sirva el -almuerzo: no porque el hambre le atormente ni Solita le preocupe, -sino por contemplar otra cara que no sea la sempiterna de la señora -Braulia...</p> - -<p>Y precisamente ese almuerzo es el elegido por el ama de llaves para -acompañar á «su señorito,» puesta de pie á respetable distancia de la -mesa, con los brazos cruzados y la vista escudriñadora, tan pronto en -los platos, tan pronto en Gedeón, tan pronto en Solita, y cumplir, -en la siguiente forma, con lo que ella cree un deber de su cargo de -inspectora de la casa, y fiel intérprete de los deseos de su amo:</p> - -<p>—¿Le gusta esa salsa al señorito?... Se le puede rebajar un poco la -cebolla... ¿Le parece mejor la merluza que el rodaballo?... Esta semana -se le ha puesto tres veces lengua estofada, porque ¡hay tan poco en qué -elegir!... El solomillo le parecerá á usted algo duro á la vista, pero -está tierno como un requesón... Ya le tengo prevenido á la cocinera -cómo ha<span class="pagenum" id="Page_67">[p. 67]</span> de ponerlo -para que se penetre bien... porque no se las puede dejar de la mano... -¡Nada se les ocurre!... ¿Quién le dirá á usted que unos casquitos de -porcelana, echados á tiempo en la tartera, reblandecen la misma suela -de un zapato?... Ese postre se quemó un poco por debajo, pero no tiene -la culpa la cocinera; la tengo yo que le hice y no cargué bastante de -manteca las paredes del molde... y puede dispensar el señorito por esta -vez... Solita, mude usted ese plato...</p> - -<p>Gedeón, que no solamente no se ve libre de la presencia de la -abominada dueña, sino que la halla más pegajosa y más impertinente que -nunca, cuando no responde con un gruñido á cada uno de estos períodos, -da una orden ó hace una pregunta, ó lanza una blandísima mirada á -Solita.</p> - -<p>En el cual proceder hay para la señora Braulia dos motivos -gravísimos de despecho: el desaire notorio que se le hace delante de -una inferior jerárquica, y la confirmación de las sospechas que há -tiempo la vienen inquietando.</p> - -<p>No duda ya que hay en la casa quien priva más que ella con su -amo, y que es la razón de la privanza algo <i>físico</i> que la señora -Braulia no posee desde muchos años atrás; algo que no se adquiere -esmerándose en el cumplimiento<span class="pagenum" id="Page_68">[p. -68]</span> del cargo que se desempeña, sino con las gracias que da la -naturaleza y roban los tiempos, como á ella se lo robaron para nunca -más devolvérselo. Y á la edad de la enjuta ama de llaves se perdona -hasta el martirio en cruz, y el tormento de la sed y del frío; pero no -se perdona á otra mujer el crimen de que nos venza y nos derrote, y nos -desautorice con armas como las de Solita.</p> - -<p>Y no perdonar, en tales casos, es pensar en la venganza, si vengarse -puede la ofendida, como puede vengarse la señora Braulia.</p> - -<p>Es el jefe de la servidumbre de Gedeón, y puede y quiere hacer -sentir á «la canalla» todo el peso de su autoridad irritada.</p> - -<p>Desde aquel instante ya no vive para servir bien á su amo, sino para -desahogar el despecho que la ciega.</p> - -<p>Solita, que no ignora el motivo de las flamantes destemplanzas del -ama de llaves, sufre las que le alcanzan á ella, hasta con delectación; -pues tan grande como el tormento de la derrota en tales lides, es la -satisfacción del vencimiento. Pero la aparente insensibilidad, ó el -notorio desdén de la doncella, encienden más el fuego de la ira en el -pecho de la señora Braulia, que á todo trance quiere víctimas; por lo -cual entra con sus huracanes haciendo <i>raccia</i> en la cocina.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_69">[p. 69]</span></p> - -<p>De este modo, aquella casa, antes tan tranquila y sosegada, no bien -la abandona cada día Gedeón, es una perrera.</p> - -<p>—¡Hoy no se han limpiado los polvos!...—¡Esta butaca no está en su -sitio!...—Son las once, y falta media casa por arreglar; pero ¡ya se -ve! levantándose á las ocho y tardando hora y media en emperijilar -un moño postizo y cuatro pingos de moco... ¡Válgame Dios!... ¡Como -si fuéramos unas señoras de copete y lo trajéramos desde las -envolturas!... ¡Pero no tiene usted la culpa, sino quien alas presta á -ciertas mariposas para que tan alto vuelen!... ¡Pues, anda! el gabán -del señorito sin cepillar, y las camisolas empolvándose sobre la -cama... Deles usted el pie, que ellas se tomarán la mano...—También por -este otro lado van las cosas en su punto, gracias á Dios: media hora -hace que me está dando la ternera en la nariz. ¿Por qué ha batido usted -los huevos antes de que esté hervida la leche?... ¿No ve usted, alma de -Lucifer, cómo se está pegando esta compota?... ¡Claro está! como no son -ustedes quienes pagan todos estos pecados... ¡Pero desde mañana ha de -cumplir en esta casa cada uno con su obligación, ó he de faltar yo á la -mía!</p> - -<p>Y así por el estilo, zumba y gime la voz de la señora Braulia en -salas, pasillos y cocina, como cierzo regañón en casa mal cerrada, -sin<span class="pagenum" id="Page_70">[p. 70]</span> que le falten por -acompañamiento y armonía las cáusticas respuestas de la doncella, ni -los descargos irrespetuosos de la cocinera.</p> - -<p>Con la cual música los ánimos se enconan de veras, las respectivas -obligaciones se descuidan; y al cabo halla Gedeón un día requemada la -sopa, cruda la carne, y los postres en salmuera.</p> - -<p>Nada dice á Solita, que le sirve; pero llama á la señora Braulia, -que no está presente la única vez que debiera estarlo.</p> - -<p>—¡Señora—exclama con mal gesto y áspera voz al tenerla delante,—esto -no se puede comer!</p> - -<p>—Pues crea el señorito que no es culpa mía,—responde el ama de -llaves, temblándole la barbilla puntiaguda, pálido el marchito rostro y -mirando á Solita con ojos de basilisco.</p> - -<p>—Ni yo trato de averiguarlo—replica Gedeón:—lo que me importa es -señalar la falta para que la corrija quien debe corregirla.</p> - -<p>—¡No es eso tan fácil como al señorito se le figura!</p> - -<p>—¡Cómo que no! ¿No basta un poco de vigilancia?</p> - -<p>—Ya esperaba yo que el señorito había de echar sobre mí todas -las culpas; porque ¡ya se ve!... una no es onza de oro, al paso que -<i>otras</i>, con menos méritos... ¡Virgen Santísima!</p> - -<p>Y la señora Braulia, después de hacer unos<span class="pagenum" -id="Page_71">[p. 71]</span> cuantos pucheros, rompe á llorar como si el -alma se le escapara por la boca.</p> - -<p>Solita entonces, habiéndola contemplado un instante con la boca -entreabierta y las cejas fruncidas, suelta los platos que tiene en la -mano, llévase á los ojos la servilleta que, á modo de banda, tiene -cruzada sobre el pecho, y sale del comedor como un cohete, lanzando el -sollozo que pudiera oirse desde la calle.</p> - -<p>Momentos después aparece en escena la cocinera con el mandil -recogido sobre la cintura, los brazos descubiertos, encendido y -reluciente el rostro, como solomillo á medio asar.</p> - -<p>—El señorito me hará el favor de decir si en catorce años que llevo -en la casa se me ha oído una queja, ni he dejado yo de cumplir con mi -deber.</p> - -<p>Gedeón está como paleto en comedia de magia, al ver aquellos -aspavientos y aquellas apariciones y desapariciones.</p> - -<p>—Pero ¿qué es esto?—exclama al fin.</p> - -<p>—Que me haga usted el favor de dar la cuenta,—dice la cocinera, -rompiendo también á llorar, y arrojando el mandil sobre una silla, como -rey que depone su corona.</p> - -<p>—Que aquí todas son señoras, y que todas mandan en la casa, menos -el amo y yo,—añade la señora Braulia, dejando caer sus huesos sobre la -silla inmediata, y llorando á más y mejor.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_72">[p. 72]</span></p> - -<p>—Lo que pasa aquí—dice Solita entrando en escena, en ademán -airado,—es que no se pueden aguantar los humos de esta señora; y -como yo no he venido para servirla á ella, ni para que me quite la -salud...</p> - -<p>—¡Quéjese usted de mí, relamida! ¡casquivana!</p> - -<p>—¿Lo oye usted, señorito? ¡Pues eso no es nada en comparación de lo -que suele decirme cuando usted no está delante!</p> - -<p>—¡Ni de lo que me dice á mí cada vez que entra en la cocina! ¡No se -la puede aguantar!</p> - -<p>—¡Mienten ustedes como quienes son, impostoras, mal nacidas!</p> - -<p>—¡La mal nacida y la deslenguada será ella!</p> - -<p>—¡Y la muy retevieja, desesperada y envidiosa!</p> - -<p>—¡Silencio!—grita Gedeón asiendo una ensaladera, dispuesto á -estrellarla sobre la más próxima de sus sirvientas.</p> - -<p>Pero sólo después de haberse desahogado á sus anchas las tres -mujeres, y estado á pique de tirarse de las greñas, y cuando ya el -escándalo debe de haberse oído desde el ayuntamiento, logra Gedeón -restablecer el silencio en su casa, y la promesa de que, por aquella -vez, que es la primera, se olvidarán los mutuos agravios, y volverá -cada mochuelo á su olivo, siquiera en obsequio á él, que no tiene -otro<span class="pagenum" id="Page_73">[p. 73]</span> destino en el -mundo que estudiar la manera de pasar la vida sin contrariedades ni -desazones.</p> - -<p>Pero <i>alea jacta est</i>: aquellas mujeres que se resolvieron á -pasar una vez los límites del respeto con sus pertrechos de odios y -de antipatías, no pueden retroceder ya; y si no al día siguiente, -al otro ó á los pocos más, dan la gran batalla, á cuyo fragor -quiébranse cristales y vasijas, y renquean los muebles, y salen -asustados á la escalera los vecinos de la casa; y cuando á ella -vuelve Gedeón, no tiene otro remedio que licenciar aquella tropa que, -como los pretorianos de Roma, ha tomado por oficio la sedición y la -indisciplina, y puede, como éstos, llegar á atreverse con el César -mismo.</p> - -<p>En el alma le duele tener que privarse también de los buenos oficios -de Solita; pero Solita no cabe á las órdenes de ninguna quintañona; -y, sin esta pantalla, son sus atractivos demasiado peligrosos para -un hombre que no quiere sacrificar su independencia á nada ni por -nadie.</p> - -<p>Lo que fuera de su casa puede ser hasta una ganga para él, dentro de -ella sería un enemigo terrible.</p> - -<p>Por eso, al pagar con rumbo á su doncella, ni por cumplido la dice -que no se marche; lo<span class="pagenum" id="Page_74">[p. 74]</span> -único á que se atreve es á despedirse de ella «hasta la vista.»</p> - -<p>—El mal está—dice al quedarse solo,—en que estas cosas me sucedan -ahora; es decir, cuando podía dar comienzo á mis tareas, si estuviera -yo establecido á mi gusto. ¡Por vida de las <i>casualidades</i>!...</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-074.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_75">[p. 75]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-075.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="III. UNA HOMBRADA">III</h3> - <p class="subh3">UNA HOMBRADA</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-p.jpg" alt="P" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Pero</span> las casualidades -se repiten tanto como las combinaciones; y las combinaciones que hace -Gedeón con su servidumbre no tienen número.</p> - -<p>Que ponga arriba lo más viejo, y abajo lo más joven, ó al revés; que -todo sea rozagante, ó todo marchito y arrugado; que dé sus preferencias -á la más quisquillosa, aunque las merezca menos; que no se las muestre -á ninguna; que no se queje aunque halle tachuelas en la sopa y cables -en el estofado; que en pro de la paz, en fin, renuncie á todos sus -derechos de amo y señor, y dome los naturales ímpetus de su carácter... -lo mismo adelanta: más tarde ó más temprano, la guerra civil estalla -en su casa, y vuelan los cacharros en la cocina y los pelos en cada -rincón; primero en sus ausencias, después á sus propias barbas; porque -de<span class="pagenum" id="Page_76">[p. 76]</span>mostrado está por -la experiencia, y al buen sentido se le alcanza sin esfuerzo, que -no hay criada de solterón que aguante con paciencia á su lado otra -sirvienta.</p> - -<p>Lo que á Gedeón sacan de quicio tantas y tan parecidas -<i>casualidades</i>, presúmalo el lector.</p> - -<p>¡Cómo él, idólatra de la holganza y del regalo, pudo imaginarse, -ni en sueños, que tendría que habérselas mano á mano con dueñas y -fregatrices á cada hora, ni que habían de correr tiempos en que sólo le -dieran, por salsa de su pesebre, alaridos y repelones?</p> - -<p>Pero sabrá cortar por lo sano y poner remedio á la plaga, que para -eso es libre y soltero.</p> - -<p>Bien examinado todo, ¡qué necesidad tiene él de llenar su casa de -mujerzuelas frívolas y quisquillosas? ¡Cómo no se le ha ocurrido hasta -entonces hacer <i>una hombrada</i>, es decir, barrer de faldas su cocina, y -buscar en el otro sexo quien le sirva en paz y bien?</p> - -<p>Apuradamente lo que él desea es harto fácil de conseguirse: orden, -puntualidad y respeto á su persona. Ya transige con los manjares mal -sazonados, con la cama á medio hacer y con las botas deslustradas; -pero que se lo tengan todo á punto; que no se invierta en ventilar -rencillas miserables el tiempo destinado á servirle, y sobre todo, que -no se le complique á él en escandalosas griterías de plazuela. ¡Á<span -class="pagenum" id="Page_77">[p. 77]</span> qué menos ha de aspirar una -persona decente, «libre como el ave en el espacio, como el pez en el -agua;» una persona que huye del matrimonio para hacer en todo su gusto -y vivir como le dé la gana?</p> - -<p>Con tan santos propósitos, échase Gedeón un cocinero y un ayuda de -cámara, mozo listo y bien adiestrado en el oficio.</p> - -<p><i>Pero</i> el cocinero, <i>por casualidad</i>, es borracho y goloso y nada -limpio, y no conoce cuenta ni razón; roba si le dan mucho dinero; y si -se lo tasan, también; compra lo que á él le gusta, y lo guisa como más -le agrada: los gustos de su amo no se tienen en cuenta para nada en -aquella cocina.</p> - -<p>Así y todo, Gedeón come, no cuando tiene ganas, sino cuando ya no -las tiene su cocinero.</p> - -<p>El cual cobra por mensualidades adelantadas, que es tanto como decir -que ahoga toda reprensión en los labios de su amo con anunciarle que se -marcha.</p> - -<p>El ayuda de cámara no es tan borracho como el cocinero; pero, en -cambio, tiene moza, y necesita dos horas cada noche para visitarla, por -lo cual hay ocasiones en que se retira á casa más tarde que su amo; y -se dan también en las cuales tiene éste que abrirle la puerta, porque -el cocinero está roncando ya, ó no quiere levantarse; y gracias si en -esos casos no apare<span class="pagenum" id="Page_78">[p. 78]</span>ce -el criado envuelto en la capa ó en el gabán de Gedeón, pues para ambos -sirven sus trajes y su calzado.</p> - -<p>Lo que sólo sirve para el criado es el dinero que halla en los -bolsillos del chaleco de su amo cuando le cepilla la ropa, y los -cigarros <i>sobrantes</i> de la petaca olvidada en una levita ó encima de la -mesa.</p> - -<p>De vez en cuando, tienen mozo y cocinero sus francachelas mientras -Gedeón anda soñando con las suyas fuera de casa; pues la verdad es -que desde que tales contrariedades domésticas le persiguen, no tiene -instante de sosiego ni punto de reposo, y todo lo aplaza para cuando se -vea <i>establecido á su gusto</i>.</p> - -<p>Entre tanto, si á media noche necesita una taza de te, se la llevan -á las dos de la mañana, y el te le sabe á caldo frío, y la taza huele á -basura.</p> - -<p>Si de caldo la pide al mediodía, el caldo le sabe á aguardiente, y -la cuchara á tabaco.</p> - -<p>Toda su ropa está sin botones y con los forros descosidos; le faltan -las mejores corbatas, y no sabe qué vientos le llevan los pañuelos de -batista.</p> - -<p>Si por joven despide al ayuda de cámara y toma hombre de más -edad, éste tendrá de huraño ó de sucio ó de perezoso lo que el otro -tenía de presumido ó de mocero, si es que no<span class="pagenum" -id="Page_79">[p. 79]</span> peca por esto y por aquello. Y lo que digo -del criado digo del cocinero.</p> - -<p>De todas maneras, llega un día en que Gedeón, después de haber -perdido la paciencia, y con ella el paladar y el estómago y mucho más -que no se gusta ni se digiere, pero que se pone ó se vende; después -de ver su casa saqueada, y lo que en ella queda sucio, desconcertado -y descolorido; después de convencerse de que los últimos criados que -toma son los peores y los que más caros le salen, plántalos en la calle -y lánzase él más tarde á la misma, dándose á todos los demonios y -maldiciendo de la suerte que le hace elegir, en uno y otro sexo, lo más -malo que existe en el ramo de sirvientes.</p> - -<p>Y así se le va pasando lo mejor de aquel tiempo, que él tenía á -sabrosos empeños destinado, como hacienda que se echa á los perros.</p> - -<p>¡Qué empresas ha de acometer con bríos ni con gusto, si los unos y -el otro se le gastan y corrompen entre las inesperadas miserias de su -vida doméstica?</p> - -<p>Asómbrase de que tan mezquinas causas le produzcan tan desastrosos -efectos; no acierta á explicarse cómo ese poco de roña puede entorpecer -todos los ejes de la máquina de sus ideas; y con el ansia febril de -conjurar el cúmulo de <i>casualidades</i> que le persigue, para llegar -alguna<span class="pagenum" id="Page_80">[p. 80]</span> vez á -<i>establecerse á su gusto</i>, medita, calcula, y todo lo supone menos que -puede ser él uno de los infinitos hombres de quienes dijo La Bruyère -que emplean la mayor parte de la vida en hacer miserable el resto de -ella.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-080.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_4"> - <p><span class="pagenum" id="Page_81">[p. 81]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-203.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="IV. EL DEMONIO CONSEJERO">IV</h3> - <p class="subh3">EL DEMONIO CONSEJERO</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-a.jpg" alt="A" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Aspirando</span> con ansia -bocanadas de aire, cual si con ellas quisiera aventar sus pesadumbres, -y caminando á largos pasos, encuéntrase en una de estas ocasiones con -su camarada, aquel acicalado solterón de quien tanto hemos hablado, y á -quien no ha visto mucho tiempo hace; y como si Gedeón llevara letreros -en la cara, que revelasen las desazones de su espíritu,</p> - -<p>—¿Cómo vas con tu nueva vida?—le pregunta en crudo el recién -hallado.</p> - -<p>—Pues, así, así,—responde Gedeón haciendo rechinar sus dientes.</p> - -<p>—Al principio se extraña un poco.</p> - -<p>—Efectivamente, algo se extraña.</p> - -<p>—Pero ya habrás palpado ciertas ventajas...</p> - -<p>—He sido poco afortunado en mi casa, si he de decirte la verdad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_82">[p. 82]</span></p> - -<p>Aquí resume en breves, pero pintorescas palabras, cuanto el lector -sabe de sus amarguras domésticas.</p> - -<p>—Mal anda, en efecto, ese ramo—dice el otro;—pero todo consiste en -acostumbrarse.</p> - -<p>—Ya.</p> - -<p>—En cambio, irás llenando aquel romántico vacío y aquellas... ¿eh? -de que tanto nos hablaste en la ocasión de marras...</p> - -<p>—Pshe...</p> - -<p>—Vamos, sé franco.</p> - -<p>—Pues con franqueza, amigo: cuantos más criados meto en mi casa y -más alboroto me arman en ella, más vacía la encuentro. ¡Yo no sé qué -demonios me escarabajea aquí adentro y me dice, á cada innovación -que hago en mi vida, «no es eso,» como si yo deseara algo que no -encuentro!</p> - -<p>—Vamos, eres incorregible, y has de morirte al fin creyendo en -brujas. Porque unas fregatrices te hayan dado tal cual disgustillo, -de esos que tiene á cada momento cualquiera mujerzuela casada, ya te -ahogas.</p> - -<p>—Pero recuerda que por huir de ese y otros disgustillos semejantes, -estamos tú y yo fuera de la ley, en el estado honesto <i>á perpetuidad</i>, -como las sepulturas de los ricos.</p> - -<p>—No exageres, Gedeón, y no lleves tus profanaciones hasta el extremo -de hacer compa<span class="pagenum" id="Page_83">[p. 83]</span>rable, -ni aun en esa pequeñez, nuestra noble independencia con la ignominiosa -servidumbre de los casados. ¡Por Dios que es cosa chusca ver á un -hombre que va á matar leones, detenerse porque halla en medio del -camino una sabandija! ¿Para qué demonios quieres esa fachada que -tienes?... Lo primero que has de hacer, Gedeón, es echarte el alma á la -espalda.</p> - -<p>—Me parece que más echada...</p> - -<p>—Y después, dar cierto ensanche á tus empresas. ¿Á que no lo has -hecho?</p> - -<p>—Efectivamente.</p> - -<p>—De modo que vives, como quien dice, de los huesos de aquellas -pechugas...</p> - -<p>—Esa es la verdad... ¡y gracias si tengo, en un apuro, esos huesos -que roer!</p> - -<p>—¡Tú á huesos, Gedeón?</p> - -<p>—Fíjate en mis circunstancias de hoy, en mis disgustos...</p> - -<p>—¡Tú á huesos, con la carne que hay por el mundo, y las ventajas que -tienes para aspirar á la más delicada!</p> - -<p>—Hombre, no te diré que esté eso fuera de mis propósitos; pero -tampoco he de ocultarte que no fío mucho en mi destreza de cazador; -porque después que llega uno <i>á cierta edad</i>, fatigan mucho las cuestas -arriba: parece que cada día que pasa es un año de otros tiempos, -y<span class="pagenum" id="Page_84">[p. 84]</span> la picara razón se -hace una charlatana inaguantable. Dice unas cosas tan á punto y tan -bien dichas, que no hay modo de que la fantasía meta su cuchara en la -conversación.</p> - -<p>—Es decir que te vas haciendo filósofo.</p> - -<p>—No; pero sospecho que me voy haciendo viejo.</p> - -<p>—De todos modos, rindes las armas.</p> - -<p>—Tampoco; las cuelgo, mientras estudio el campo y <i>me establezco á -mi gusto</i> en él.</p> - -<p>—Por lo visto, esa es tu manía.</p> - -<p>—¿Cuál?</p> - -<p>—Establecerte á tu gusto.</p> - -<p>—Exigencia de carácter: no sé dormir ni descansar con pulgas en la -cama.</p> - -<p>—Pues, amigo, yo soy tan viejo como tú, y nada me dice la razón -que se oponga á mis inclinaciones, ni dejo de entregarme á ellas por -molestia más ó menos.</p> - -<p>—No las tendrás.</p> - -<p>—¿Quién está sin alguna? «El saberlas vencer es ser valiente.»</p> - -<p>—Pues cree que te admiro y te envidio.</p> - -<p>—Resueltamente te ahogas en poca agua.</p> - -<p>—Podrá ser.</p> - -<p>—Y de todas las contrariedades de que te quejas tienes tú la -culpa.</p> - -<p>—No te diré que no.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_85">[p. 85]</span></p> - -<p>—¿Serás también capaz de arrepentirte de no haber entrado en el -gremio cuando el diablo te tentó?</p> - -<p>—No por cierto; nada veo en esa región que me la haga desear; pero -no he de ocultarte que voy concibiendo recelos de que tampoco en la -nuestra he de hallar lo que años há me imaginaba.</p> - -<p>—Y ¿cómo has de hallarlo sin la fe que te falta y con esos -resabios de sensiblería patriarcal, que te enervan? ¡Ay, Gedeón! -siento decírtelo; pero si has de salvarte, necesitas tutela por algún -tiempo.</p> - -<p>—¿Para qué?</p> - -<p>—Para librarte del mayor enemigo que te persigue.</p> - -<p>—¿Y cuál es?</p> - -<p>—La manía del hogar doméstico.</p> - -<p>—¡Bah!</p> - -<p>—Créeme; es más fuerte que tú.</p> - -<p>—¿Y qué debo hacer, en tu opinión?</p> - -<p>—Si admites mi tutela por un instante...</p> - -<p>—Si con ella me das paz y sosiego...</p> - -<p>—Te lo prometo.</p> - -<p>—Ya te escucho.</p> - -<p>—Huye del enemigo.</p> - -<p>—¿De mi casa, en la cual nací?...</p> - -<p>—De tu casa, en la cual naciste y de la que, si no me engaño, eres -propietario.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span></p> - -<p>—Razón de más para que la mire con tanto cariño.</p> - -<p>—Razón de más, digo yo, para que te animes á abandonarla. Ponla á -renta, como los demás pisos; sácale el jugo.</p> - -<p>—¿Y mis recuerdos?</p> - -<p>—También á ellos, por lo mismo que son tu enemigo. Eso te consolará -de la pena de no haber podido vencerle cara á cara. Desengáñate, -Gedeón: ni tú ni yo hemos nacido para lidiar con la prosa de la vida -doméstica, ni tenemos necesidad de intentarlo siquiera.</p> - -<p>—¿Qué crees que debo hacer?</p> - -<p>—Una cosa muy sencilla: ponte á pupilo con cuantas ventajas y -comodidades puedas hallar, y deja á tu patrona el cuidado de lidiar con -dueñas y fregatrices. Si tal hicieres, pronto me darás las gracias; y -si desechas mi consejo, allá te las hayas con tus desventuras; pero no -te quejes de ellas... ¿Dudas?</p> - -<p>—De dudar es el caso.</p> - -<p>—Medítalo bien.</p> - -<p>—Pienso hacerlo.</p> - -<p>—Pues adiós te queda, ya que estás advertido.</p> - -<p>Y se va, dejando á Gedeón muy pensativo y no del todo -desconsolado.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-296.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_5"> - <p><span class="pagenum" id="Page_87">[p. 87]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-017.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="V. NO ES CASA DE HUÉSPEDES">V</h3> - <p class="subh3">NO ES CASA DE HUÉSPEDES</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-e.jpg" alt="E" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">El consejo</span> de su amigo -prevalece, al cabo, en el ánimo de Gedeón. Doloroso es para éste -abandonar aquella casa en la que nació y ha vivido siempre; pero no hay -otro remedio que cortar por lo sano.</p> - -<p><i>Levanta</i> la casa, ó la cierra, temiendo un arrepentimiento el día -menos pensado; pero el hecho es que se pone á pupilo; lo cual le ha -dado bastante que hacer, porque el <i>gremio</i> tiene mucho que explorar si -se ha de elegir lo menos malo.</p> - -<p>En sus pesquisiciones para hallar un albergue, como el otro una -posición social, ha recorrido medio pueblo y ha oído con paciencia -el completo catálogo de las humanas vicisitudes, de boca de las -innumerables pupileras que le han solicitado para huésped. Ninguna -de<span class="pagenum" id="Page_88">[p. 88]</span> ellas ejercía la -industria por ascenso: todas habían bajado hasta ella desde los puestos -más encumbrados en armas, en nobleza y en dinero: siendo de notar -que cuantos más humos revelaba una señora de esta clase, menos fuego -calentaba su cocina.</p> - -<p>Al fin se establece en la casa que más se aproxima á sus deseos.</p> - -<p>Su dueña, doña Ambrosia de nombre, se conforma con blasonar de -rígida en los más severos principios de moral, y de haber <i>dado golpe</i>, -en los albores de su juventud, en calles y paseos. Dos veces viuda, no -se ha puesto en peligro de serlo la tercera, porque no ha querido, no -por falta de pretendientes, pues á pares los ha tenido que aspiraban al -honor de sacarla de pupilera, y á la dicha de poseer los conservados -restos de sus juveniles encantos.</p> - -<p>Á creerla, tiene casa de huéspedes porque, acostumbrada en vida de -<i>sus papás</i>, y más tarde de sus maridos, á un trato escogido y ameno, -la soledad la mata. Para ella, son familia sus pupilos; por lo cual -admite pocos, y esos de arraigo, de formalidad y de educación: á Dios -gracias, no necesita el tráfico para comer.</p> - -<p>Gedeón ocupa un gabinete con puerta falsa al corredor, y otra -de vidrieras con cortinillas á una sala que, según advertencia -de doña Ambrosia, es para recreo de los huéspedes, ó para<span -class="pagenum" id="Page_89">[p. 89]</span> que éstos tengan donde -recibir decorosamente sus visitas, En la sala hay una alcoba con cama -<i>de respeto</i>, también al decir de la pupilera.</p> - -<p>Como los huéspedes son pocos y buenos, si ha de creer á doña -Ambrosia, Gedeón consiente en comer á la mesa con ellos, ínterin llega -una doncella que se espera y podrá servirle la comida en su cuarto con -la puntualidad y esmero que ahora le faltarían, por estar incompleta -«la servidumbre de la casa.»</p> - -<p>Durante los primeros días tiene por compañeros de mesa á un señor -muy flaco y muy nervioso, que no habla una palabra, del cual ha dicho -la pupilera que es un marqués muy rico, que viene á tomar aires; cuya -marquesa es la señora oronda y colorada que se sienta á su izquierda, -y le trincha la carne, le parte el pan en bocaditos y le escancia -el vino.—Tampoco despliega los labios.—Ni el marqués ni la marquesa -tienen el pelaje ni el aire de tales: pero ¡hay tantos marqueses que -no lo parecen! Gedeón tomara á éstos por ex-tenderos de refino, que -se retiran al pueblo natal á comerse las ganancias de treinta años de -mostrador.</p> - -<p>Sigue por la derecha un hombrecillo de crespo y recortado bigote, -de frente angosta y cabeza plana, con gabán de ropería, que sorbe las -salsas en el plato y bebe con la boca llena, sin dejar de hablar, por -eso, de la influencia<span class="pagenum" id="Page_90">[p. 90]</span> -que ejercen los cuartos de luna en el corte de las uñas y del pelo, y -de las recetas infalibles que él tiene para exterminar las chinches -y las cucarachas.—En opinión de doña Ambrosia, este huésped es un -ingeniero sapientísimo que estudia, por recreo, dos años hace, el -suelo de la provincia para establecer en sitio conveniente, y á sus -expensas, una fábrica de patatas artificiales para los pobres.—Gedeón -le clasifica, en su padrón particular, como escribanillo de aldea.</p> - -<p>Llévale la contraria en sus asertos científicos, una señora muy -peripuesta y retocada, con voz de bajo cantante. Habla mucho de -<i>la antigua Grecia</i> y de <i>las sales áticas</i>, lo cual no sorprende -tanto oyéndola decir á cada triquitraque que es viuda de un oidor de -Filipinas, que dejó setenta volúmenes de comentarios á la <i>Casandra</i> -de Licofrón, y otros cinco de notas á las <i>Dionisiacas</i> de Nonno -Pannopolitano. El gobierno ofrece á la viuda cuarenta y ocho mil duros -por la propiedad de estas luminosas obras; pero ella quiere el millón -cabal, y tras él anda con la esperanza de conseguirle. Cree Gedeón que -con que la pagaran sin descuento la viudedad que debe corresponderle -desde la muerte del mayor de plaza (pues no otra cosa pudo tener por -marido), se diera la erudita matrona por satisfecha.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_91">[p. 91]</span></p> - -<p>Algunos días después aparecen en la mesa dos huéspedes más: un -gigantón, hosco de mirada, cerdoso de bigotes, rasgado y muy abierto -de boca, purpúreo de color y muy largo de brazos; y su señora, el tipo -opuesto: aguileña, oscilante, lánguida y sentimental. Malambruno, como -desde luégo llama Gedeón al gigante, se queja del <i>fuego herpético</i> que -le devora; por lo cual anda recorriendo climas hasta dar con uno que le -apague el incendio.</p> - -<p>Por lo demás, cuando no habla de su dolencia, echando candelas por -los ojos, brasas por las mejillas y rociadas de saliva por entre las -cerdas de sus bigotes, aturde á los circunstantes con la estadística de -sus caudales. En la Mancha, porque la erudita citó á don Quijote, tiene -él tres haciendas que le produjeron el año pasado, y sólo en renta, -doce mil fanegas de trigo. Porque se habla de dormir la siesta, ó de -si es sana ó dañosa esta costumbre, niega él, sin que nadie lo haya -afirmado en la mesa, que los extremeños hagan siete comidas y duerman -cinco siestas al día. Precisamente conoce á palmos la provincia de -Extremadura... ¡como que tiene en ella seis dehesas y más de veinte mil -cerdos!</p> - -<p>Por análogos procedimientos trae á colación sus cortijos de Jerez -y sus posesiones de Salamanca, siendo de notar que en cada de<span -class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span>hesa, y en cada cortijo, -y en cada hacienda, tiene, no solamente palacio con la necesaria -servidumbre de criados para él y de doncellas para su señora, sino -hasta <i>templo</i>, pues <i>capilla</i> se la permite cualquier zarramplín de -aldea.</p> - -<p>Porque se cita el escamoteo de un reló ó el de los calzoncillos -que llevaba puestos el vecino de al lado, cualquiera ratería de esas -tan usuales, impunes y corrientes en la hidalga patria de Candelas y -José María, cuenta él que en una ocasión le robaron su casa de Madrid, -estando con su señora recibiendo á los duques de Montpensier en su -palacio de la Serranía de Ronda; siendo lo admirable del caso, en su -concepto, que los ladrones abrieron la puerta del <i>gabinete de raso -azul</i>, del cual pasaron á la <i>galería de esculturas</i>; de ésta á la -<i>sala de los tapices flamencos</i>, y de aquí á su despacho, cuajado de -primores de arte y de objetos de lujo. Sin señales de titubear para -encontrarla, abrieron una puerta oculta detrás de una librería de palo -santo con columnitas de oro macizo, y entraron en un retrete, en el -cual había hasta tres cofres llenos de alhajas de incalculable valor; -pero no pudiendo abrirlos, á causa del secreto de sus cerraduras, ni -cargar con ellos, por lo mucho que pesaban, se conformaron con robar -unas botitas usadas de su señora, dos libros de<span class="pagenum" -id="Page_93">[p. 93]</span> genealogías, y como tres cuarterones de -azucarillos.</p> - -<p>Mientras Malambruno cuenta estas cosas y otras tan estupendas como -ellas, con voz estentórea y lento diapasón, su señora no deja oir -la suya más que para rectificar algún error de cantidad en que haya -incurrido su esposo.</p> - -<p>—Eran trece mil—dice, verbigracia, al asegurar éste que eran doce -mil solamente las fanegas de trigo cosechadas por rentas en la Mancha; -ó—creo que eran cuatro,—aludiendo á los cofres llenos de alhajas.</p> - -<p>Entre tanto, Malambruno está vestido de paño de Munilla, y parte -por la mitad los trabucos del estanco, para fumarlos en dos veces; -su señora viste con más aparato que riqueza; no trae consigo una -sola doncella de tantas como deja holgando en cada palacio, y todo -el equipaje del pomposo matrimonio viene metido en un baúl de tres -celemines.</p> - -<p>Fáltame decir que doña Ambrosia asiste á casi todas las exhibiciones -retumbantes del caudal de Malambruno, y que á cada rociada de millones -que éste suelta, mira ella á sus huéspedes y parece decirles con los -ojos, mientras se revuelve nerviosa en su silla:</p> - -<p>—¿Qué tal, caballeros y señoras? ¿Tengo yo pelones en mi casa?</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/fin_lm.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_6"> - <p><span class="pagenum" id="Page_95">[p. 95]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-025.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="VI. ENTRE VENUS Y MARTE">VI</h3> - <p class="subh3">ENTRE VENUS Y MARTE</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-d.jpg" alt="D" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Durante</span> la primera -semana, halla Gedeón hasta cierto deleite en las originalidades de sus -compañeros de mesa; pero á la segunda ya no puede con ellas. Asústale -el temor de que aquello dure indefinidamente; y comparándolos con tan -grotesco cuadro, le parecen de color de rosa los que á él le echaron de -su casa.</p> - -<p>Felizmente, no tarda la pupilera en anunciarle que desde el día -siguiente comerá en su gabinete; porque para entonces habrá llegado la -doncella que esperaba.</p> - -<p>Y como lo ofrece lo cumple. Gedeón come en su cuarto al otro día; y -¡oh sorpresa embriagadora y confortativa! la doncella que ya vino, y -le cubre la mesa, y después le sirve los manjares, es Solita; Solita, -que le saluda regocijada y más sandunguera que nunca; Solita,<span -class="pagenum" id="Page_96">[p. 96]</span> que le cuenta lo poco -afortunada que ha sido en amos desde que, bien á su pesar, tuvo que -salir de casa de su señorito; Solita, que cuando ya no tiene nada que -referir á éste con la lengua, parece decirle con los incitantes ojos, á -cada plato que le sirve:—«Vamos, hombre, atrévete conmigo, que aquí no -corres los riesgos que en tu casa; aquí soy la criada de tu pupilera; -somos dos transeuntes que hacemos juntos un alto y nos arreglamos con -lo que tenemos; ahora todo te es lícito sin desautorizarte... ¡Mira que -de estas gangas no las encuentra cada día, ni tan á mano, un solterón -medio aburrido y desalentado como tú, y que sólo vive, como perro -achacoso, de lo que le cae en la boca!»</p> - -<p>No es fácil calcular con exactitud si es Solita quien tal dice -con los ojos, ó si es Gedeón quien se lo imagina, <i>ex abundantia -cordis</i>; pero es indudable que éste lo lee así; y como es hombre que -no desperdicia las buenas ocasiones, sin que lleguen los principios de -su comida ya ha puesto sus voluptuosos fines en evidencia. Mas no es -Solita juez que sentencia en arduos litigios sin maduras reflexiones. -Antes da muestras de sutil ingenio y experta travesura; y resistencias -hace, aunque sin enojos, que ponen á Gedeón fuera de quicio.</p> - -<p>De todas maneras, esta peripecia viene á<span class="pagenum" -id="Page_97">[p. 97]</span> interrumpir sabrosísimamente la abrumadora -monotonía de la vida de nuestro solterón, y á hacerle llevadera la -existencia en aquella posada que empezaba ya á parecerle presidio. En -adelante, verá llegar con alegría las horas de comer y todas las de -volver á su albergue...</p> - -<p>Una advertencia, por lo que valga, y suponiendo que alguien que esto -lea piense que el encuentro de Gedeón con Solita no es rigorosamente -necesario: no he conocido un Gedeón tamaño, sin una Solita semejante. -El de mi cuento se encuentra con ella en una posada, después de haberla -conocido en su propia casa, como otros las vuelven á ver en medio de la -calle, ó en sitio peor, después de haberlas tratado sabe Dios en qué -parajes.</p> - -<p>Mas no por esto que digo de la necesidad de las Solitas para -determinados <i>solitarios</i>, y de su mancomunidad de debilidades, se -hagan juicios temerarios sobre la fortaleza de la Solita en cuestión; -pues en Dios y en mi ánima aseguro, á más de lo que ya tengo dicho, -que va poniendo á Gedeón de muy mal temple el obstinado crecer de los -obstáculos.</p> - -<p>Y cuidado que no pierde ripio el solicitante. Sus comidas se -eternizan; sus vueltas á casa no tienen número, y no le tienen -tampoco las veces que se le ocurre ponerse malo á las altas<span -class="pagenum" id="Page_98">[p. 98]</span> horas de la noche, para que -Solita le lleve el vaso de agua ó la taza de te.</p> - -<p>Y tan obcecado está en menudear todo lo posible sus entrevistas con -la doncella fuerte; hasta tal punto le preocupa esta heróica tarea, que -no se fija en que doña Ambrosia está ya en autos, y anda por alcobas -y pasillos murmurando no sé qué letanías en que todo se canta menos -alabanzas á su huésped, cuando él está departiendo con la doncella.</p> - -<p>La cual, sufre después, y no lo cuenta, los refunfuños y -desabrimientos de su ama, como en otro tiempo sufrió los de la señora -Braulia por idénticos, aunque no tan notorios motivos.</p> - -<p>—¡Si piensan <i>algunos</i> que mi casa es un cuartel, chasco se -llevan!—grita una noche la pupilera, al salir la joven de servir el -chocolate á Gedeón, y mientras éste se desnuda para acostarse. (Gedeón -toma chocolate todas las noches desde que Solita vino á la casa; y -rescoldo tomara, para hacer una comida más, si ella se lo sirviera.)</p> - -<p>Y cátate que apenas ha dicho esas palabras doña Ambrosia, cuando -se oyen en la sala el arrastrar de un sable, el charrasqueo de las -espuelas y los taconazos correspondientes; mas cuando Gedeón piensa -que á este rumor bélico aludía la enojada patrona, advierte que se -equivoca, pues que la oye decir en seguida, con<span class="pagenum" -id="Page_99">[p. 99]</span> acento meloso, y á la parte de allá de las -vidrieras del gabinete:</p> - -<p>—En esta habitación estará usted como en la suya propia; -precisamente la tengo destinada para estos lances... porque mi casa no -es, propiamente hablando, casa de huéspedes. Á Dios gracias, no los -necesito para vivir. Los tomo, como quien dice, para tener familia, y -cuando me los recomiendan personas de suponer y de carácter como la que -á usted le envía.</p> - -<p>La misma ó parecida relación que le hizo á él.</p> - -<p>—Pues mire usted, patrona—contesta en la sala una voz sonora y -retumbante,—la persona que aquí me manda tendrá todo el carácter y todo -el suponer que usted quiera; pero decente no es el alma de perro que -debía alojarme en su casa y me echa á una mala posada.</p> - -<p>—En cuanto á eso, caballero militar—replica doña Ambrosia -notoriamente sulfurada,—entienda usted que esta casa ni es posada ni es -mala; y por lo que hace á quien le envía á usted á ella, no necesita -aprender de nadie á ser decente, ni tampoco tiene obligación de -hospedarle á usted á su lado.</p> - -<p>—¡Ni yo de aguantar con paciencia que á estas horas se me vaya <i>á la -empinada</i> la hija de su madre!</p> - -<p>—¡Caballero!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_100">[p. 100]</span></p> - -<p>—Lo dicho; y, por último, yo no le he buscado á usted la lengua.</p> - -<p>—Ni yo le he faltado á usted...</p> - -<p>—Á ver si hay en este palacio, si le parece poco posada, quien me -dé de cenar. Eso es lo que pido, y para después, una cama. ¿Lo tiene -usted, señora? ¿Sí ó no?</p> - -<p>—¡Eso es injuriarme!</p> - -<p>—¿Lo tiene usted? ¿Sí ó no?</p> - -<p>—¡Pues no he de tenerlo? ¿Con quién se le figura á usted que está -tratando?</p> - -<p>—Pues venga cuanto antes, y no se meta usted en más honduras.</p> - -<p>—¡Es que tiene usted unas cosas!...</p> - -<p>—¡Yo tengo todo lo que necesito, señora!</p> - -<p>—¡Y unas demasías!...</p> - -<p>—En cuanto usted se largue de aquí, no me sobrará nada.</p> - -<p>Dicho esto, se oye un pisar menudito y fuerte, y un zumbido -sibilante, como de mujer que se marcha renegando; y, acto continuo, -vuelve á oirse la voz del hombre de la sala, que grita:</p> - -<p>—¡Ruiz!... ¡Ruiz!</p> - -<p>—¡Presente, mi capitán!—responde desde el pasadizo otra voz de -hombre, cuyos pasos, acompañados también de ruido de espuelas y de -sable, indican que acude al llamamiento.</p> - -<p>—¿Y el maletín? ¿Y el galápago? ¿Y las bridas?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_101">[p. 101]</span></p> - -<p>—Ahí quedan, mi capitán.</p> - -<p>—Traételos.</p> - -<p>Un instante después, vuelve á decir el llamado Ruiz:</p> - -<p>—Aquí está el maletín.</p> - -<p>—¿Y lo demás?</p> - -<p>—¿Lo demás, mi capitán?...</p> - -<p>—¡Lo demás, sí!</p> - -<p>—Pues lo demás, con permiso... digo que se quedará aquí afuera...</p> - -<p>—¡Gaznápiro! ¿Te lo he mandado sacar de la cuadra para que lo dejes -en la cocina?</p> - -<p>—No, señor; pero ¿dónde lo pongo si no?</p> - -<p>—Ahí, en el <i>arzón trasero</i> de la cama. Ya sabes que yo nunca duermo -lejos de las monturas.</p> - -<p>—Pero hay casos, mi capitán... digo, con permiso... ¡Como están los -<i>bastos</i> tan sudaos... y es tan blanco ese bullarengue que cae por -encima!...</p> - -<p>—¿Á que te rompo la grupa de un puntapié?...</p> - -<p>—Es que, mi capitán, como he conocío el genio de la patrona por lo -que rezaba cuando salío de aquí... Vamos, temí que... Y por eso advertí -á mi capitán...</p> - -<p>—Pues precisamente estoy yo deseando dar unas vueltas de picadero á -esa jaca bravía... ¡Conque figúrate tú!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_102">[p. 102]</span></p> - -<p>—Siempre á la orden, mi capitán.</p> - -<p>Y por el ruido que sigue á esta despedida, conoce Gedeón que -la montura del cuadrúpedo del capitán pasa, conducida por Ruiz, á -colocarse en la cama <i>de respeto</i> de la <i>sala de recreo</i> de los -huéspedes de doña Ambrosia.</p> - -<p>Jamás se vió una embustera desmentida más pronto ni más al caso.</p> - -<p>Gedeón (que nunca puso en duda que su pupilera admitía cuanto se -le presentaba) no sabe si sentir ó celebrar el lance. Lo siente por -el riesgo que corren, y pueden correr en adelante, su comodidad y su -reposo; pero se alegra por lo que tiene de respuesta á la indirecta -<i>cuartelera</i> que le echó la rígida doña Ambrosia, si es que á él iba -enderezada, como lo va sospechando.</p> - -<p>Entre tanto, el capitán no cesa de llamar á Ruiz, ni Ruiz cesa -de pasar y repasar el pasadizo; hasta que, acostado el primero y -marchándose el segundo á <i>zagalear</i> las bestias y á dormir á su lado, -reina el sosiego en la casa y ronca Gedeón.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-296.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_7"> - <p><span class="pagenum" id="Page_103">[p. 103]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-235.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="VII. VARIAS CATÁSTROFES">VII</h3> - <p class="subh3">VARIAS CATÁSTROFES</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-t.jpg" alt="T" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Tres</span> días con tres -noches duran las marimorenas que arman el capitán y su asistente.</p> - -<p>¡Ruiz! por acá; ¡Ruiz! por allá; ¡mi capitán! por allí; ¡mi capitán! -por el otro lado; que la cebada, que el maletín, que los alcances, que -el caballo, que ¡vete!, que ¡estate!, que ¡bruto!, que ¡por vida!, que -la patrona, que el libramiento, que las raciones, que la herradura... -Y todo esto á gritos, al medio día, á media noche, al amanecer, y -comiendo y almorzando.</p> - -<p>Gedeón no sosiega; y, además, todo le huele á cuadra y le sabe á -rancho y le suena á cuartel.</p> - -<p>Doña Ambrosia está en ascuas, tiene calambres, riñe con el capitán y -se disculpa con Gedeón.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_104">[p. 104]</span></p> - -<p>—Ya usted ve, no es culpa mía. ¡Cómo podía yo pensar!... Para -algunas gentes todo es lo mismo... No tienen educación, carecen de -principios... ¡Pero yo haré!... ¡Yo le aseguro!... Usted dispensará... -Á cualquiera le sucede... Como una juzga á los demás por sus propios -sentimientos...</p> - -<p>Y no dura la brega más que tres días, porque doña Ambrosia, con la -disculpa de que tiene comprometida la habitación, despide al capitán -cuando vence su boleta; disculpa que éste no admite como de buena ley, -por lo cual, antes de marcharse, pone á la pupilera como trapo de -fregar, y á la casa, que no hay por dónde mirarla.</p> - -<p>Aquella noche descansa Gedeón y hasta reanuda sus casi interrumpidos -coloquios con Solita; pero con esto vuelven á arder las apagadas -iras de doña Ambrosia, y á estallar sobre su doncella, y á oirse sus -letanías acostumbradas cada vez que pasa por delante de la puerta falsa -del gabinete.</p> - -<p>En esto, toman posesión de la sala dos nuevos huéspedes. Son dos -cómicos, que vienen á casa á la una de la mañana, y se acuestan á las -dos, y se levantan á las once, y comen á deshora, y estudian á voces -sus papeles, y cantan á grito pelado coplas indecentes, y se pasean -en calzoncillos por toda la casa desde que sa<span class="pagenum" -id="Page_105">[p. 105]</span>len de la cama hasta que se van al ensayo, -y dicen chicoleos desde el balcón á todas las mujeres que se asoman -á los de enfrente, y tiran bolitas de pan y huesos de aceituna á los -hombres que pasan por la calle.</p> - -<p>De vez en cuando los visitan otros camaradas del oficio, y entonces -se hunde la tierra.</p> - -<p>Gedeón, condenado desde mucho tiempo hace á ir de mal en peor -en esto de <i>establecerse á su gusto</i>, suspira por el capitán, que -le parece un ángel de Dios, comparado con aquellos demonios del -estrépito.</p> - -<p>Un día convidan éstos á comer á media docena de sus amigos; y como -la comida es solemne, tiene lugar en la sala. Antes que lleguen los -postres, Gedeón se ahoga de ira y de ruido, y tiene que largarse á la -calle para buscar un poco de aire menos corrompido, y una algarabía más -tolerable.</p> - -<p>Dos horas le dura la <i>arrancada</i>, como dicen los marinos, ó la -<i>velocidad inicial</i>, según la culta jerga científica; dos horas que -invierte Gedeón en meterse, como los huracanes, por todas las rendijas -que halla á su paso en la ciudad. Cuando se ve rendido y desfogado, -vuélvese á casa, en la creencia de que, si no la policía, el cansancio -habrá puesto en orden y en silencio á los cómicos de la sala.</p> - -<p>Pocos pasos antes de llegar al portal, obser<span class="pagenum" -id="Page_106">[p. 106]</span>va que sale de él Solita, con un lío de -ropa debajo del brazo. Este detalle le parece grave.</p> - -<p>En efecto, Solita se echa á llorar en cuanto se encara con -Gedeón.</p> - -<p>—¡Ay, señorito!—le dice entre sollozos,—¡qué mala estrella es usted -para mí!</p> - -<p>—Pues ¿qué sucede, hija mía?—pregúntala Gedeón hecho unas mieles.</p> - -<p>—Que por usted salgo de esta casa, como por usted salí de la -otra.</p> - -<p>—¡Por mí, alma de Dios!</p> - -<p>—Sí, señor, por usted.</p> - -<p>—¿Pero qué la he hecho yo á usted? vamos á ver.</p> - -<p>—Ya usted me comprende.</p> - -<p>—Pues no comprendo una palabra.</p> - -<p>—¿Qué me había hecho usted cuando la señora Braulia me difamaba?</p> - -<p>—Absolutamente nada, Solita; absolutamente nada... y bien á mi -pesar, créalo usted.</p> - -<p>—Gracias por la intención... Pues eso mismo me ha hecho usted ahora; -y, sin embargo, la señora me ha dicho... bastante más que la otra.</p> - -<p>—¿De mí?</p> - -<p>—Y de mí: de los dos.</p> - -<p>—¡Ah, grosera, incivil y menguada!</p> - -<p>—¡También usted!</p> - -<p>—Me refiero á la pupilera, hija mía. ¡Yo denostar á quien es la -cultura, la suavidad y la...!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_107">[p. 107]</span></p> - -<p>—Mil gracias, señorito... Pues verá usted. Desde que entré en su -casa, venía martirizándome con palabras de muy mal sentido, cada vez -que yo salía del gabinete, de servirle á usted.</p> - -<p>—¡Y no me ha dicho usted nada!</p> - -<p>—¿Para qué?</p> - -<p>—Para que yo estrangulara á esa tarasca.</p> - -<p>—Pero hoy y como no quise servir á los de la sala, porque al -ponerles la mesa me dijeron muchas groserías, tomó pie de aquí en -cuanto usted se fué á la calle; y sobre si no me gustaba servir á otro -huésped que al del gabinete, y si usted y yo nos entendíamos, y sobre -si esto era inmoral y escandaloso, y sobre no sé qué perrerías más -por el estilo, díjome tales cosas, que me obligaron á cantarla cuatro -verdades al oído y á despedirme en seguida.</p> - -<p>—¡Bien, Solita! ¡Eso es tener dignidad y carácter! Lo que siento yo -es no haber estado cerca para remachar el clavo encima de su cabeza... -Pero vamos á ver: ¿adónde va usted ahora?</p> - -<p>Aquí Solita baja los ojos, recoge una punta de su delantal con la -mano libre, y responde con voz lenta y no muy firme:</p> - -<p>—Por de pronto... á casa de una amiga.</p> - -<p>—¿Y después?</p> - -<p>—Después... adonde me quieran.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_108">[p. 108]</span></p> - -<p>—Entonces, no se mueva usted de aquí.</p> - -<p>—Ya sabe usted en qué sentido hablo.</p> - -<p>—También usted en el que yo la replico.</p> - -<p>—La necesidad me obliga á servir.</p> - -<p>—Porque usted quiere.</p> - -<p>—¡Qué bromas gasta usted!</p> - -<p>—No en este momento.</p> - -<p>—Me parece que más claras...</p> - -<p>—Si quisiera usted tomar en serio lo que yo le dijera...</p> - -<p>—¿Más aún de lo que me tiene ya dicho?</p> - -<p>—¡Muchísimo más!</p> - -<p>—¡Pues tendrá que oir!</p> - -<p>—¡Cosa buena, Solita!</p> - -<p>—Como de usted.</p> - -<p>—Ya se ve que sí.</p> - -<p>—Pues si usted lo asegura...</p> - -<p>—Ha de saber usted, Solita, que tengo un plan.</p> - -<p>—¿Ahora, de repente?</p> - -<p>—Hace días.</p> - -<p>—¿Y qué?</p> - -<p>—Que si quisiera usted conocerle...</p> - -<p>—Si me interesa en algo...</p> - -<p>—De punta á cabo.</p> - -<p>—Pues usted dirá.</p> - -<p>—Es algo extenso... ¿Va usted muy lejos?</p> - -<p>—Bastante.</p> - -<p>—En ese caso, andando hablaremos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_109">[p. 109]</span></p> - -<p>—Como usted guste.</p> - -<p>—Pues vamos andando.</p> - -<p>Y á andar echan los dos, calle adelante, paso á paso, medio á -obscuras cuando pasan cerca de un farol, y á obscuras por completo -cuando de él se alejan, juntos, juntitos, y muy encorvado el uno sobre -la otra, como la <i>f</i> sobre la <i>i</i>.</p> - -<p class="centra g3 mt1"><sup><b>. . . . . . . . . . . . . . .</b></sup></p> - -<p class="mt1">Una hora más tarde vuelve Gedeón á su posada, de la cual -falta ya el único atractivo que para él tenía. ¡Considérese con qué -ojos mirará ahora aquella guarida en que la necesidad le metió!</p> - -<p>Cuando entra en su gabinete, reina el silencio en la sala, aunque -algún débil rayo de luz y tal cual carraspeo le indican muy pronto -que hay gente en ella. La curiosidad le mueve á separar un poco -una cortinilla de las vidrieras y á mirar lo que hay al otro lado. -Alrededor de la mesa en que han comido, ve á los dos huéspedes y á sus -amigos, con las cabezas en grupo y los cuerpos descoyuntados sobre las -sillas. La luz está en medio de todos, y debajo de ella algo que Gedeón -no puede ver; pero muy pronto llegan á su oído varias palabras, como -<i>juego</i>, <i>cargo</i>, <i>me retiro</i>, <i>entrés</i>, etc., etc.</p> - -<p>—Vamos—piensa Gedeón,—lo que faltaba.</p> - -<p>Mas apenas lo ha pensado, cuando el grupo se deshace y se arma en -la sala un vocerío<span class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span> -tremendo; y sobre si <i>muerto</i> ó si vivo; sobre si <i>el salto</i> ó si -el quiebro, en un instante suenan diez bofetones, tres botellazos y -cincuenta blasfemias.</p> - -<p>Acude doña Ambrosia, llega Malambruno y viene el ingeniero en -calzoncillos ¡que ya tiene que ver!; y mientras encarnizan más el -combate queriendo apaciguarle, Gedeón recoge sus dispersos vestidos, -empaqueta sus cachivaches, y sale después en busca de dos mozos de -cordel.</p> - -<p>Cuando vuelve con ellos, déjalos á la puerta de la escalera; y -notando que la tormenta ya no ruge, llama á doña Ambrosia.</p> - -<p>—¡Señora!—le dice.—¡Ésta es la casa de <i>Tócame-Roque</i>!</p> - -<p>—¡Más honrada y más decente que la que merece el muy -descortés!—respóndele la pupilera, trémula de ira y con los ojos -inyectados de sangre.</p> - -<p>—¡Esto es un burdel!—añade Gedeón, mirándola con una seriedad y una -firmeza que la desesperan más.</p> - -<p>—¡Eso hubiera usted hecho de ella, á no ser yo quien soy, y á no -velar, como velo, por la buena moral!</p> - -<p>—Que lo digan los de la sala.</p> - -<p>—¡Yo no puedo preverlo todo!</p> - -<p>—Pero debía usted no engañar á nadie, como me ha engañado á mí.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_111">[p. 111]</span></p> - -<p>—¡Cómo!...</p> - -<p>—Negándome que aquí se admite al primero que llega.</p> - -<p>—¡Y lo niego todavía! ¡Y sostengo que ésta no es casa de -huéspedes!</p> - -<p>—En eso no miente usted, porque es cosa algo peor.</p> - -<p>—¡Caballero!</p> - -<p>—Porque lo soy me marcho... Ahí va lo que debo, y en paz.</p> - -<p>—Cuando usted guste.</p> - -<p>—Ahora mismo.</p> - -<p>—Naturalmente. Como se largó <i>ella</i>...</p> - -<p>—¡Señora!...</p> - -<p>—Bernabé y la ciega... No podía ser otra cosa... Estaban ustedes de -acuerdo.</p> - -<p>Aquí Gedeón, temiendo dar un escándalo semejante al que acaba de -presenciar, entre echar el telón abajo como dirían los de la sala, ó -por el balcón á la pupilera, opta por lo primero, como lo más prudente, -y manda entrar á las dos acémilas para que carguen con su equipaje.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-111.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_8"> - <p><span class="pagenum" id="Page_113">[p. 113]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-055.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="VIII. DE MAL EN PEOR">VIII</h3> - <p class="subh3">DE MAL EN PEOR</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-a.jpg" alt="A" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">¿Adónde</span> vamos con -esto?—le preguntan.</p> - -<p>—Á la fonda.</p> - -<p>—¿Á cuál de ellas?</p> - -<p>—Á la más cara,—responde Gedeón, decidido á ahogar sus desventuras -en dinero.</p> - -<p>Y anda, anda, llegan los tres á un ancho portal muy charolado -y resplandeciente; y sube, sube, por una escalera muy lustrosa, -detiénense en un vestíbulo medio lujoso, medio limpio y medio obstruído -por baúles amontonados y camareros sin educación.</p> - -<p>—¿Adónde vamos?—pregunta á éstos la acémila delantera.</p> - -<p>—Adentro se lo dirán á ustedes,—responde el menos soez de los -preguntados.</p> - -<p>Y los tres penetran en un largo corredor; y hallan á un hombre -gordo que, al verlos, em<span class="pagenum" id="Page_114">[p. -114]</span>puña la manezuela de una de las puertas de la ringlera, y -les dice:</p> - -<p>—Aquí.</p> - -<p>Mas apenas ha metido Gedeón las narices dentro, dan sus ojos con un -hombre en calzoncillos, esparrancado, en chancletas, y como haciendo -equilibrios delante de un espejillo colgado en la pared, y detrás de -una bujía colocada entre uno y otro.</p> - -<p>—Perdón,—exclama el hombre gordo, mientras el de adentro se vuelve á -mirarle, navaja de afeitar en mano, y con media cara rapada y la otra -media cubierta de jabón.</p> - -<p>Treinta pasos más adelante, vuelve á decir el que guía, abriendo -otra puerta:</p> - -<p>—Aquí es.</p> - -<p>Y cuando los que van detrás se disponen á seguirle, una mujer en -enaguas lanza un grito, y abalanzándose á la puerta, ciérrala con ira, -mientras la voz de un hombre suelta una blasfemia en francés desde el -fondo de aquel misterio inexplorado.</p> - -<p>Á vueltas de otras tres equivocaciones por el estilo, el hombre -gordo, ya sulfurado, pónese á gritar desde el centro de una encrucijada -á que han llegado los cuatro:</p> - -<p>—¡M’siu Cotelet!... ¡M’siu Cotelet!</p> - -<p>—¡Boum!—le contesta una voz desde allá lejos, muy lejos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_115">[p. 115]</span></p> - -<p>—¿Quiere usted decirme, con mil demonios, qué número es el que está -desocupado?</p> - -<p>—¡El <i>dusiantos trantiunoooo</i>!...—vuelve á responderle la voz.</p> - -<p>—Es en el otro piso, caballero—dice el hombre gordo á Gedeón.—Es -enteramente igual á éste: sólo tiene de más algunas escaleras.</p> - -<p>Súbenlas los cuatro, tres de ellos jadeando ya y con amagos de jadeo -el hombre gordo; y vuelven á recorrer nuevos pasadizos. Al fin de uno -de ellos hay una puerta con el número 231. Allí es. El hombre gordo -entra y enciende una vela. Á su luz se ve el suelo lleno de papeles -rotos y puntas de cigarro, la cama revuelta, la palangana hecha una -basura, y la pared con lamparones.</p> - -<p>Mientras Gedeón paga y despide á los mozos de cordel, llega un -camarero silbando unas habaneras; y de dos trastazos da por arreglada -la cama, dejando al nuevo huésped en la duda de si mudó las sábanas -ó aprovecha las que tenía; vierte las inmundicias de la jofaina en -un cubo de latón; saca á puntapiés los papeles al corredor; sacude -dos manotadas y da un restregón con la sempiterna rodilla al tocador; -cuelga encima de éste una tohalla; y, sin dejar de silbar las -habaneras, sale del cuarto, despidiéndose con un portazo que hace -temblar los tabiques.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_116">[p. 116]</span></p> - -<p>Mustio se queda Gedeón por largo rato, maquinalmente sentado sobre -uno de sus baúles y midiendo con la vista el menguado perímetro de -aquella estancia. Después se levanta, y, maquinalmente también, procede -á hacer el inventario de cuanto en ella le pertenece para su uso.</p> - -<p>Además de la cama y del tocador ya mencionados, hay un ropero con -puerta que no ajusta, de espejo desazogado y llave que no cierra; una -percha de fleje con seis colgadores, tres de ellos á medio arrancar, -dos arrancados ya y uno partido por el medio; una mesa de noche -(cuyo entreabierto cajón permite ver, en su obscuro fondo, media -liga vieja, un cabo de vela, tres palillos de dientes muy usados, -un parche de trementina á medio uso, y seis tachuelas amarillas); -una jarra de latón, como el cubo, llena de agua; sobre la mesa de -noche una botellita blanca, con un vaso boca abajo por tapadera; un -velador cabizbajo y alicaído, no por la carga liviana de un tinterillo -sin entrañas y una pluma roñosa que no puede calzar más que punto y -medio, por mucho que se presume, sino por sus achaques naturales y -frutos de su arrastrada vida; por último, dos sillas de mala muerte -y una butaca cuya anatomía de astillas y de alambre pugna, y al fin -ha de conseguirlo, por romper<span class="pagenum" id="Page_117">[p. -117]</span> la mezquina envoltura que aún la impide, aunque sólo á -trechos, protestar en debida forma contra la opresora poltronería de -los huéspedes.</p> - -<p>De manera que allí todo está previsto para la comodidad de éstos y -para sus más apremiantes necesidades, y nada falta más que el aseo, el -orden y el desahogo. Todo parece decirle á Gedeón: «No te molestes en -llamar, porque no acudirá nadie al llamamiento, en la confianza de que -tienes aquí cuanto necesitas. Para lo demás, ya te llamarán á tí.»</p> - -<p>No ignora Gedeón lo que son las fondas; pero entre <i>pasar</i> por -ellas, como él ha pasado algunas veces, y <i>vivir</i> en ellas, como ahora -vive, hay muchísima distancia; y mucho mayor para un hombre siempre -cebadito y mimado en su casa, en la cual todo era suyo y para su -regalo.</p> - -<p>Decididamente no es en aquel angosto y desaliñado recinto donde ha -de llenar el vacío de que se queja desde que nosotros le conocemos.</p> - -<p>Con éstas y otras cavilaciones en la mollera, y mirando con -repugnancia cuanto le rodea, vase desnudando poco á poco; y sin pizca -de ilusiones para el día siguiente, métese en la cama como pudiera -tirarse al pozo, apagando de un soplo la bujía y encendiendo en su -memoria el recuerdo de Solita, que, por de pron<span class="pagenum" -id="Page_118">[p. 118]</span>to, le alegra un poco la imaginación, -aunque no le llena, ni con mucho, el abismo de su alma.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Una semana, quince días, dos meses... un año... lo que el lector -quiera, lleva Gedeón de residencia en aquel agujero, ó en otro -idéntico, de la misma fonda ó de otra quizá peor que habrá encontrado, -en su afán de mejorar de vivienda y de <i>establecerse á su gusto</i>.</p> - -<p>Le ocupa lo menos que puede, y vuelve á él á las horas de comer y de -acostarse, como el colegial á cátedra después de las vacaciones.</p> - -<p>Para colmo de desdichas, tiene un destacamento reumático en una -rodilla, y un manantial en un oído; le va engordando la panza y se -le insinúa un catarro de pecho que, cuando el tiempo refresca, le da -bastante que hacer.</p> - -<p>Pero más que estas plagas, que al cabo le dejan en paz muy á menudo, -le abate un aburrimiento desconsolador. Verdaderamente no sabe qué -hacer de su cuerpo, ni en su celda ni en la calle. En la una todo -es angostura y soledad. En la otra no tiene ya con quién departir; -pues sus tres camaradas, únicos seres cuyo trato ha cultivado con -frecuencia, le van inspirando una invencible antipatía, y huye de ellos -como de la peste.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_119">[p. 119]</span></p> - -<p>En cuanto <i>á lo demás</i>, tanto le cansa como le deleita, si es que -algo de ello no le remuerde; reducido, en suma, á insubstanciales -despojos de las sobras de otros tiempos, ó á <i>similores</i> del presente, -que no valen el trabajo que le cuestan, ni el riesgo en que le ponen su -libertad.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-031.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_9"> - <p><span class="pagenum" id="Page_121">[p. 121]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-063.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="IX. POR LAS NUBES">IX</h3> - <p class="subh3">POR LAS NUBES</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-a.jpg" alt="A" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Ahora</span> podemos suponer, -por suponer un poco de todo, que Gedeón, libre una semana de sus -dolencias físicas, hace un esfuerzo supremo para sacudirse las morales, -y se lanza, fraque en ristre, á regiones en que jamás ha penetrado, -para estudiar aquellas razas y la manera más cómoda de explotarlas en -beneficio de sus deseos y en concordancia con sus imaginaciones.</p> - -<p>Por de pronto, sus pies, hechos á pisar los suelos de cabretón, han -de enredársele no poco en el fino vellón de las alfombras. Brujuleará -por salas y rincones; hará como que refiere al conocido que haya -hecho su presentación cosas muy graves é importantes, para estudiar -con disimulo maneras y actitudes en los que pasan á su lado; para -tantear estilos de conversación amena y por lo fino, y, sobre to<span -class="pagenum" id="Page_122">[p. 122]</span>do, para tomar lenguas de -todas y cada una de las damas que adornan los contornos del salón: se -fijará primero en las más bellas; después en las más frágiles, y, por -último, en las más accesibles, según el criterio de su acompañante.</p> - -<p>Verá que no faltan entre los hombres que entretienen y acompañan á -las más jóvenes y más hermosas, galanes antediluvianos que tapan la -carcoma de sus muchos años con afeites y postizos.</p> - -<p>Diránle que, así y todo, los hay entre ellos que no pierden siempre -que juegan; lo cual animará mucho á Gedeón cada vez que, al pasar por -delante de un espejo, vea reflejarse en él sus canas, sus arrugas y su -pestorejo de veterano; pero luégo sabrá que aquellos tipos, además de -haber envejecido allí, lo cual ahorra el mal efecto de una aparición -con flemas y <i>pata de gallo</i>, y de poseer algún atractivo especial para -las mujeres, aunque sólo sea éste el saber desempeñar con donaire el -papel de comparsa en tales fiestas, no son solterones como él, sino -hombres que no se han casado todavía, porque quizá picaron muy alto al -intentarlo, pues lo han intentado muchas veces.</p> - -<p>¡Pero Gedeón!... He aquí lo que, á lo sumo, se dirá de él, si algo -se dice, después que se muestre en semejantes alturas:</p> - -<p>—Pues es <i>un señor</i> que se llama Gedeón, que<span class="pagenum" -id="Page_123">[p. 123]</span> está bien por su casa, y que tiene horror -al matrimonio.</p> - -<p>No puede decirse menos de un hombre que es, además, vulgar y -adocenado de figura.</p> - -<p>Hay ejemplos de que una pecadora lo haya sido con el caritativo fin -de sacar á un calavera de los malos pasos en que también Gedeón se ha -encontrado, y elevarle hasta ella, acaso para corromperle más; pero -ese redimido era hermoso, ó, cuando menos, notable, ya que no célebre, -en algún concepto; y Gedeón no es célebre, ni notable, ni hermoso por -ninguna parte que se le mire.</p> - -<p>Con tales desventajas encima, ¿qué puede prometerse el mal -aconsejado solterón si se echa á herborizar en el campo en que le -suponemos colocado?</p> - -<p>Le rechazarán las solteras, porque no es negocio ni buen modelo para -marido, aun cuando él se prestara á serlo; y <i>las demás</i>, suponiendo -que existan (yo siempre lo niego), pensarán, y muy cuerdamente, que ya -que el diablo las lleve, que las lleve en coche.</p> - -<p>Tentará á probar fortuna, eso sí, que para eso fué allá, y además -es terco; y no se dirigirá á la más fea ni á la menos joven, que para -eso es solterón y frisa en viejo; y se meterá en floreos de lenguaje -y en retóricas trasnochadas; y preguntará por la <i>gavota</i> y el <i>baile -inglés</i>, y<span class="pagenum" id="Page_124">[p. 124]</span> por la -música del <i>Tancredo</i>, cuando hace setenta años que ni aquéllos se -bailan ni ésta se canta; y por sandio que sea, caerá en la cuenta de -que cuanto más sublime se hace, se pone más en ridículo.</p> - -<p>Y recordará entonces que en las capas inferiores, como ahora se -dice, de la sociedad, entre modistillas y gentes de medio pelo, está él -como el pez en el agua; recuerdo que, enfrente de las dificultades que -traban su lengua y turban sus ideas, le excitará el deseo de vencerlas, -y tal vez sus manos se atrevan á cometer demasías de tacto, ó su -lengua se desborde, ó sus piernas desmazaladas, y á la sazón revueltas -entre vecinas faldas de sedas y crespones, hagan una barbaridad que -escandalice al concurso.</p> - -<p>De todas maneras, Gedeón perderá el tiempo; porque aun concediéndole -algún fruto en sus exploraciones, bien apreciado no valdrá la violencia -en que le pondrían los medios para alcanzarle. Violencia digo, porque -sin ella no puede él vivir en un terreno tan extraño á sus hábitos é -inclinaciones.</p> - -<p>Y si le frecuentara más para hacerle placentero, acabaría por -salir de él marido de la mujer más pobre y fea; y no <i>convertido</i>, -sino <i>domado</i> como una bestia; en el cual caso sería una variedad -vulgarísima entre los célibes remolones, y no un perfecto modelo de la -especie sol<span class="pagenum" id="Page_125">[p. 125]</span>terona -<i>impenitente</i>, como el lector y yo hemos convenido en que sea -Gedeón.</p> - -<p>En substancia, este capítulo es pura y simplemente una respuesta -anticipada al candoroso lector que, olvidado de la naturaleza especial -de nuestro personaje, me salga al encuentro con esta observación, que, -en su concepto, lo resolvería todo, y hasta me excusara el trabajo de -escribir lo que me falta de este libro.</p> - -<p>—Pues, hombre, si Gedeón se aburre, ¿por qué no se divierte como -yo?</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-008.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_10"> - <p><span class="pagenum" id="Page_127">[p. 127]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-075.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="X. LO QUE NO HABÍA PREVISTO GEDEÓN">X</h3> - <p class="subh3">LO QUE NO HABÍA PREVISTO GEDEÓN</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-p.jpg" alt="P" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Pero</span> lo verosímil es -que, á pesar de sus propósitos, si los tiene todavía, no se resuelva á -salir de sus merodeos de <i>escalera abajo</i>; porque lo que entra con el -capillo, sale con la mortaja.</p> - -<p>Á la edad en que Gedeón ha pensado en elevar su vuelo hasta las -águilas rapaces, ya pesa mucho el cuerpo; y si, aunque con trabajos, se -sube, faltan los ojos para resistir el sol mirándole cara á cara. La -tierra llama á lo suyo; y aunque sueñe ser águila, se queda el atrevido -tan milano como sus hábitos le han hecho ó su madre le parió.</p> - -<p>Lo innegable, por de pronto, es que una noche se retira á su -albergue triste y dolorido; que la cama, aunque fementida, le llama á -sí, y que él se arroja en ella sediento y quebrantado.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_128">[p. 128]</span></p> - -<p>Como el sueño no acude á sus párpados, entretiénese en apreciar la -cantidad y la calidad de la dolencia que le postra; pero cuanto más -se examina, menos comprende si sus dolores proceden del cuerpo ó del -espíritu.</p> - -<p>Le asaltan serios temores de que la enfermedad pueda complicarse, y -se estremece al pensar en la asistencia que le aguarda.</p> - -<p>Entonces cae en la cuenta de que jamás ha entrado en sus previsiones -un contratiempo semejante.</p> - -<p>—He aquí un caso—se dice,—en que la familia no es tan abominable -como nos la pintan. La más mala de las mujeres, el más ingrato de -los hijos, pudieran prestarme ahora un auxilio, aunque sólo fuera el -de su presencia, que para mí no ha de haber, ni pagándole. Mas yo no -tengo esposa, ni hijos... ni siquiera un amigo, ni un allegado... Me -faltará el consuelo de que no carecerá el último zapatero que se muera -de hambre en un desván... Pero esto tenía que suceder; es lógico tal -desamparo... Es una de las quiebras de mi oficio.</p> - -<p>Después se va con la imaginación adonde le llevan los objetos -que le rodean y los rumores que perciben sus oídos; y así, por esta -senda, llega á antojársele que en toda fonda <i>bien montada</i> hay algo -de manicomio, de cárcel y hasta de hospital: de todo, menos de casa y -hogar.—Aquellas<span class="pagenum" id="Page_129">[p. 129]</span> -celdas en fila, con los números sobre la puerta; aquella uniformidad -de camas, de colchas, de sillas y jergones; aquel hormigueo de gentes -en los interminables corredores, gentes de todas edades, procedencias -y cataduras; gentes que no se conocen ni se hablan; aquellos camareros -brutales, impasibles, con el eterno mandil ceñido y el sucio lienzo en -la mano, como verdasca de loquero ó tohalla de <i>practicante</i>; aquel -gemir en un cuarto, reir en el otro y cantar en el de más allá; ó -hablar aquí en francés, en griego allí, y en un rincón de negocios, -en otro de literatura, y de amor en el más obscuro; aquella campana -que recorre patios y pasadizos, llamando á comer cosas que el huésped -no ha pedido y no sabe si le gustarán, en una mesa muy larga y entre -gentes que se enfilan en ella como mulos en pesebrera, y como éstos, -sin chistar ni sonreir, engullen; el rechinar de las cerraduras por -la noche al meterse cada cual en su madriguera; el ruido acompasado -del huésped que se va, ó del que llega á las dos de la mañana, como el -ruido de los pasos del centinela en el patio de un presidio, ó de los -hombres que sacan un cadáver de la cama de un hospital para llevarle al -cementerio; y, por último, el marcharse uno sin despedirse como entró -sin saludar, porque el <i>amo</i> es allí una entidad, como el Municipio ó -el Es<span class="pagenum" id="Page_130">[p. 130]</span>tado en los -hospitales, en los manicomios y en las cárceles, detalles son, con -otros muchos más, en concepto de Gedeón, tan aplicables á la fisonomía -de una fonda como á las de esos lugares aborrecibles y aborrecidos.</p> - -<p>Lo único en que no se parecen la una y los otros es que en los -hospitales, en los manicomios y en las cárceles tiene la caridad -socorros y consuelos para los acogidos, para los locos y para los -criminales enfermos, al paso que los huéspedes de las fondas pueden, -como Gedeón mismo, irse al otro mundo sin que lo sepa nadie más que -Dios que se los lleva.</p> - -<p>En éstas y otras visiones, la noche avanza, el sueño no viene y la -sed le atormenta. Como se ha bebido ya el agua de la botella, ase el -cordón de la campanilla, tira de él con ansia, y espera.</p> - -<p>Los minutos corren y nadie viene.</p> - -<p>Al fin oye pasos en el corredor.</p> - -<p>—¡Ese es!—piensa.</p> - -<p>Pero el ruido se aleja. Oye otra vez rumor de pisadas junto á su -cuarto, y vuelve á llamar creyendo que le oirá el que pasa; mas no -reflexiona que la campanilla á la cual corresponde el cordón de que -él tira, quizá esté zarandeándose en el otro piso, y que se necesita -que se halle cerca de ella una persona para<span class="pagenum" -id="Page_131">[p. 131]</span> que pueda saberse que <i>número</i> es el que -llama.</p> - -<p>Convencido de que tirar de aquel cordón es clamar en desierto, se -arroja de la cama y apaga su sed con el agua de la jarra de latón. No -es fresca ni está limpia; pero es abundante.</p> - -<p>Vuelve á acostarse, y tampoco puede dormir; y van pasando las horas -y mermándose los ruidos, por calmarse el movimiento; y cuando sólo se -oye, de vez en cuando, el roncar de los que duermen á los lados, ó el -lento taconeo del que trasnocha ó se va, ó el lastimero mayar del gato -enamorado, en el desván cercano ó en el tejado vecino, el cansancio le -rinde y le proporciona un sueño reparador, durante el cual se imagina -que vela á su lado una esposa solícita y amante que le toca la frente y -se la refresca con besos amorosos y con paños de nieve, no más blanca -que sus manos, mientras un niño de angelical sonrisa le acaricia el -enardecido rostro con sus rizos de querube.</p> - -<p>¡Cómo le consuela todo esto! Pero en seguida se le ponen delante -sus tres camaradas y consejeros, furibundas las miradas y mostrando -en sus espumantes bocas víboras por lenguas; ante el cual aspecto, -repulsivo é infernal, la visión consoladora desaparece, quedando en su -lugar un hombre de blanco mandil, que le pide por cada gota de agua una -moneda.</p> - -<p>Después no sueña nada; se queda como un<span class="pagenum" -id="Page_132">[p. 132]</span> tronco. Al despertar por la mañana, se -encuentra sin fiebre, pero muy abatido y con horror á la soledad.</p> - -<p>No se cansa en reñir al mozo que le sirve, cuando, cerca del -mediodía, entra en su cuarto: perdería el tiempo y las palabras; pero -le <i>suplica</i> que mande venir un médico.</p> - -<p>Á todo trance quiere comunicar con alguno; y no teniendo amigos ni -parientes, ha calculado que nadie como un hombre de aquella profesión -puede ayudarle á pelear contra el enemigo que le asedia.</p> - -<p>Hará que le visite á cada hora, si tanto se necesita; le costará el -auxilio caro, pero tendrá, á lo menos, quien le ayude á morirse en toda -regla, si decretada está su muerte, ó le tienda una mano para salir del -lecho.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-132.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_11"> - <p><span class="pagenum" id="Page_133">[p. 133]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-203.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="XI. LO QUE LE DUELE Á GEDEÓN">XI</h3> - <p class="subh3">LO QUE LE DUELE Á GEDEÓN, Y POR QUÉ LE DUELE</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-a.jpg" alt="A" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Al cabo</span> de dos horas se -presenta el médico. Se ha necesitado una para que el camarero, después -de olvidar el encargo, le recuerde, y cerca de otra para decidirse á -llevarle á su destino.</p> - -<p>Es el Doctor hombre de medio siglo, de rostro sereno y de mirada -firme, pero sin dureza; pulcro en el vestir y culto en sus maneras.</p> - -<p>Gedeón, en cuanto le tiene al lado, le hace una pintura de sus -recientes dolores.</p> - -<p>El Doctor le mira, como si sus ojos leyeran mucho más adentro de -la fisonomía; le toma el pulso, sin dejar de mirarle, y no dice una -palabra.</p> - -<p>El enfermo, tras una corta pausa, continúa enumerando detalles y -acumulando fenómenos, sin ocultar lo que soñó por la noche.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_134">[p. 134]</span></p> - -<p>El médico palpa, observa y no despliega sus labios.</p> - -<p>El paciente cierra los suyos, mira á los ojos del médico, y parece -pedirle su dictamen.</p> - -<p>—¿Quiere usted darme algunos antecedentes?—dice al cabo el Doctor, -dejando de palpar, pero no de mirar á Gedeón, como si le pareciera -poco la enfermedad explicada para causa de tanto y tan visible -decaimiento.</p> - -<p>Gedeón, que siempre tuvo una salud de bronce, no halla medio de -satisfacer la pregunta del Doctor.</p> - -<p>—No se fije usted solamente en los dolores del cuerpo—añade éste al -notar la perplejidad del enfermo;—examine usted también las vicisitudes -del espíritu; pues con frecuencia es éste la causa mediata de muchas -dolencias de aquél.</p> - -<p>Gedeón narra sus últimas desazones, aunque achacándolas á las -prosáicas contrariedades que el lector conoce.</p> - -<p>—Un poco más atrás...—replica el médico, como si hubiera dado con el -rastro de lo que busca.</p> - -<p>Gedeón retrocede con su relato hasta la catástrofe de la señora -Braulia.</p> - -<p>—¡Más atrás todavía!—insiste el Doctor, animando al enfermo con -expresiva mímica.</p> - -<p>Gedeón se atreve á contar hasta <i>por qué</i> se decidió á establecerse -como <i>mozo de casa abier<span class="pagenum" id="Page_135">[p. -135]</span>ta</i>; apunta algunas consideraciones sobre su aversión -al matrimonio; algo también sobre los consejos que le dieron, y no -poco sobre el carácter de los consejeros; y así, apuntando el uno y -excitándole el otro á revolver más los fondos de la historia, llega el -Doctor á conocerla casi tan al pormenor como nosotros, siendo de notar -que Gedeón la desenvuelve con tanta complacencia, como si fuera lienzo -ceñido á sus carnes, y buscara quien estirase las arrugas que se las -desuellan.</p> - -<p>Cuando concluye, le dice el Doctor, con rostro afable:</p> - -<p>—Lo que usted me ha referido no es otra cosa que la confirmación de -una sospecha que adquirí desde que comparé su estado actual con las, -según usted creía, causas inmediatas de él.</p> - -<p>—¿Luego no son esas las que?...</p> - -<p>—El mal que, en apariencia, le ha postrado á usted en el lecho, se -cura con dos cuartos de ungüento; pero no le diría á usted la verdad el -médico que le dijera que estaba usted curado porque ya no le dolía la -rodilla.</p> - -<p>—¿Cree usted que podrá repetirse el dolor, según eso?</p> - -<p>—Creo que no es ese el mal que usted padece.</p> - -<p>—¿Otro más grave, acaso?</p> - -<p>—¿Me autoriza usted para decirle todo mi leal sentir?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_136">[p. 136]</span></p> - -<p>—No sólo le autorizo á usted, Doctor; se lo ruego.</p> - -<p>—Pues haciendo uso de esa licencia, empiezo por decir que le ha -hecho usted muy malo de su vida.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque ha mirado usted del revés todas sus conveniencias.</p> - -<p>—¡Vea usted: yo creía todo lo contrario!</p> - -<p>—No me sorprende. Viéndose usted joven, robusto, mimado y -consentido, dejóse arrastrar de los estímulos de todas esas aparentes -ventajas, sin tener en cuenta que son muy efímeras, ni, lo que más -importa, aunque el corazón debió advertírselo, que el hombre necesita, -en cada edad, hacer (si es lícita la metáfora) sus provisiones para -la inmediata; porque sabido es que en lo moral, y á las veces en lo -físico, lo que en las unas nutre, en las otras envenena.</p> - -<p>—Por ejemplo...</p> - -<p>—Por ejemplo: la absoluta emancipación de las pasiones, la ruptura -de todos los vínculos divinos y humanos...</p> - -<p>—¿Y eso nutre alguna vez?</p> - -<p>—Eso, durante el hervor de la juventud, es el fuego que más le -sostiene; el huracán que le empuja; el imán que la atrae.</p> - -<p>—¿Y después?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_137">[p. 137]</span></p> - -<p>—Después es el hielo de los páramos en el invierno de la vida.</p> - -<p>—Es muy bonito eso... para dicho, Doctor; pero...</p> - -<p>—¿Duda usted que sea cierto?</p> - -<p>—Acaso.</p> - -<p>—Pues de que lo es, tengo un ejemplo delante.</p> - -<p>—¡Yo!</p> - -<p>—Me ha confesado usted hace poco que la soledad le mata.</p> - -<p>—Es verdad.</p> - -<p>—Luego no me equivoco.</p> - -<p>—Pero eso le sucede á cualquiera.</p> - -<p>—Lo niego: de esa clase de soledades únicamente se quejan los que -han vivido divorciados de todo afecto generoso; los que han hollado -en la juventud las leyes de Dios y las de la naturaleza; los que han -llegado á las puertas de la vejez sin un abrigo para el corazón, sin un -consuelo para el alma.</p> - -<p>—Hombre, en eso de consuelos, cada uno puede tenerlos á su -manera.</p> - -<p>—No el alma, que los tiene bien determinados; el alma, como de -origen divino, no puede satisfacerse con los goces brutales de la -materia. Su destino en el mundo es mucho más elevado.</p> - -<p>—¿Cuál es, según usted, ese destino sublime?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_138">[p. 138]</span></p> - -<p>—El amor.</p> - -<p>—Entonces estamos de acuerdo.</p> - -<p>—El amor, sí; pero no ese amor carnal que sólo dura lo que la pasión -grosera que le enciende; el amor del padre al hijo, del hijo al padre, -del hermano al hermano, del hombre á su prójimo; el amor que infunde -en una criatura el heroísmo de arrojarse al fuego por sacar de él á su -enemigo; el placer inefable de aliviar los dolores que padece otro sér; -el ansia de ser útil á sus semejantes... Este es el amor sublime; éste -es el amor del alma, si el alma ha de ser digna de Dios.</p> - -<p>—Y ¿cuál es, en opinión de usted también, la fuente en que se bebe -ese néctar?</p> - -<p>—La familia.</p> - -<p>—Y ¿por qué no ha de beberse fuera de ella?</p> - -<p>—Fuera de ella puede también sentirse ese amor; sólo que quien así -le sienta, no odiará, como usted, el matrimonio, base y fundamento de -la familia.</p> - -<p>—Y ¿por qué odiando el matrimonio no he de poder yo amar de esa -manera?</p> - -<p>—¿Por qué no brotan flores en el Sahara?</p> - -<p>—Porque es un desierto.</p> - -<p>—¿Y cree usted que es otra cosa el corazón de un egoísta? ¿Cómo ha -de ser capaz de partir su capa con el pobre quien renuncia á los<span -class="pagenum" id="Page_139">[p. 139]</span> hijos por el temor de -que le turben el sueño con sus juegos? ¿Qué ha de ser el corazón que -sólo palpita al impulso de los groseros deleites, más que una víscera, -como el de una bestia?... y digo mucho, porque las bestias tienen el -instinto de asociarse y de amar á sus semejantes, cumpliendo de este -modo la ley que Dios les impuso; ley contra la que nada ni nadie se -rebela en la tierra, más que el hombre egoísta.</p> - -<p>—¡Ja, ja, ja!... ¡qué Doctor éste!</p> - -<p>—¿Se ríe usted?</p> - -<p>—¿Pues no he de reirme?</p> - -<p>—¿Por qué no se reía usted anoche?</p> - -<p>—Hombre... porque estaba enfermo.</p> - -<p>—Y ¿por qué lo estaba usted?</p> - -<p>—¡Toma!... Porque... porque no estaba sano.</p> - -<p>—Eso es responder de mala fe: usted me ha confesado que lo que más -le dolía entonces era... <i>el desamparo</i>.</p> - -<p>—Llámelo usted <i>hache</i>.</p> - -<p>—Precisamente hay que llamarlo <i>equis</i>, porque es la incógnita de -este problema.</p> - -<p>—Pues concedido que lo sea. ¿No podía yo estar acompañado y -asistido... hasta con amor, y sin embargo?...</p> - -<p>—Y sin embargo, pensar usted como piensa, y ser usted lo que es. ¿No -es esto lo que usted quería decir?</p> - -<p>—Cabalmente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_140">[p. 140]</span></p> - -<p>—Y ¿á título de qué, señor mío, había de gozar usted ese privilegio? -¿Quién le ha dicho á usted que el amor del prójimo se enciende como -una pajuela cuando necesitamos su luz, y se apaga cuando nos estorba? -¿Qué da usted al prójimo en cambio de eso que le pide?... Ó ¿cree usted -que el mundo es un mueble de lujo para recreo de cuatro solterones -aburridos, ó de otros tantos egoístas desalmados?</p> - -<p>—Está usted cruel conmigo, Doctor.</p> - -<p>—Como lo estoy siempre que trato de salvar una vida extirpando el -cáncer que la compromete. Cumplo con mi deber.</p> - -<p>—Es verdad.</p> - -<p>—Y no dude usted que le hablo con ella en los labios.</p> - -<p>—No lo dudo, y hasta agradezco la intención. Pero pongámonos -en todos los casos. Suponga usted que esas teorías me parecen muy -saludables, y que las aplaudo; pero suponga usted también que mi -corazón se resiste á aceptarlas. ¿Cómo he de adoptar yo un partido que, -sin poder remediarlo, me repugna?</p> - -<p>—El corazón se educa como la inteligencia, señor mío; y la prueba -es que el corazón de usted está dando hoy el fruto de la educación que -recibió ayer.</p> - -<p>—Árbol, como dicen los moralistas, que se torció de joven.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_141">[p. 141]</span></p> - -<p>—Cabalmente.</p> - -<p>—Luego debo renunciar á enderezarle, hoy que es ya viejo.</p> - -<p>—Esa segunda parte es la que no se ajusta rigurosamente al caso -actual.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Hay en la enfermedad que usted padece, un síntoma del cual huye -usted tomándole por enemigo de su reposo. Pues precisamente ese -síntoma es el que á mí me revela que el árbol, aunque robusto, puede -enderezarse todavía. Aludo á esa ansia de algo que usted busca y no -halla, desde que se vió solo en el hogar doméstico.</p> - -<p>—Y ¿qué viene á ser ese síntoma?</p> - -<p>—El grito de la naturaleza que reclama sus derechos; el ¡ay! de un -alma solitaria.</p> - -<p>—Y ¿cómo he de responder yo á esos gritos y á esos ayes?</p> - -<p>—Dándole al alma su natural refugio.</p> - -<p>—¿Dónde existe ese refugio? ¿Cómo se llama?</p> - -<p>—Existe en todas partes; se llama familia.</p> - -<p>—¡Familia! Olvida usted que no la tengo.</p> - -<p>—Sé que no trató usted de adquirirla cuando perdió la que tenía; y á -esa falta de previsión aludí al principio.</p> - -<p>—Pues, amigo Doctor, ya es tarde para reparar esa falta.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_142">[p. 142]</span></p> - -<p>—Yo insisto en que aún es tiempo.</p> - -<p>—¿Y así, de repente, como quien cambia de vestido, quiere usted que -cambie yo de sistema, ó de estado?</p> - -<p>—De ningún modo. Quiero que, ya que hasta hoy ha venido usted -envenenándose el alma con quimeras de la imaginación, empiece usted á -tomar el antídoto, estimulando un poco el sentimiento, ó lo que es lo -mismo, dejándose llevar de esa ansia que le <i>persigue</i>, hasta donde esa -ansia le lleve. El punto de parada será el puerto de salvación.</p> - -<p>Dicho esto, cállase el médico y Gedeón no replica, y quédanse los -dos mirándose mutuamente; pero la mirada del Doctor es la que ataca, -por decirlo así; la del enfermo la que se defiende, y no con mucho -valor.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-074.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_12"> - <p><span class="pagenum" id="Page_143">[p. 143]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-017.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="XII. OPINIÓN DE UN MÉDICO">XII</h3> - <p class="subh3">OPINIÓN DE UN MÉDICO SOBRE UN FISIÓLOGO Y OTRAS MISERIAS</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-t.jpg" alt="T" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Transcurridos</span> así -breves momentos, Gedeón pregunta, en crudo, al Doctor:</p> - -<p>—¿Es usted casado?</p> - -<p>—No, por desgracia.</p> - -<p>—¿Luego no me predica usted con el ejemplo?</p> - -<p>—Le predico á usted con el sentido común, y además con la -experiencia.</p> - -<p>—¿Con qué experiencia?</p> - -<p>—¿Le parece á usted poca la de mi profesión? Todas las de mis -enfermos son otras tantas familias con quienes comparto sus penas y sus -alegrías. ¡Y si viera usted cuánto se aprende en esos libros tan viejos -como el mundo!</p> - -<p>—No lo dudo; pero mientras en su lectura no se interese el -corazón...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_144">[p. 144]</span></p> - -<p>—¿Luego cree usted que el mío no se interesa en ella? ¿Luego es -usted de los que piensan que la condición de médico excluye toda -sensibilidad moral?</p> - -<p>—No tanto como eso; pero creo que la costumbre de ver padecer á -otros, embota, hasta cierto punto, esa sensibilidad.</p> - -<p>—La costumbre, amigo mío, enseña á sufrir, pero no á matar el -sentimiento; la costumbre enseña á cortar un miembro sin que la mano -vacile, pero no á que el corazón deje de sentir el ¡ay! que el dolor -arranca al amputado; la costumbre enseña á penetrar en el hogar ajeno, -donde todo es lágrimas y desconsuelo, sin que las nuestras broten de -los párpados, pero no evita que el alma se anegue en ellas... Créame -usted, no hay nada más terrible que la situación de un médico á la -cabecera de un moribundo. Á los ojos de la madre, de la esposa, de los -hijos, asomadas sus almas, y esas almas mirando á nuestros ojos para -leer en ellos un consuelo y pedir á nuestra ciencia una esperanza; y, -entre tanto, nuestra ciencia no sabe calmar uno solo de los dolores -que van matando poco á poco al desgraciado, que acaso es nuestro mejor -amigo ó nuestro hermano.</p> - -<p>—¡Menguada ciencia, por cierto!</p> - -<p>—La ciencia no puede borrar lo que está escrito. Allí donde Dios -pone su mano; allí don<span class="pagenum" id="Page_145">[p. -145]</span>de el Hacedor dice: «esta vida se acaba,» es inútil el -esfuerzo del hombre.</p> - -<p>—Luego es inútil la ciencia.</p> - -<p>—La ciencia sirve para hacer de un cuerpo inválido un cuerpo -vigoroso. Éstos son nuestros grandes consuelos, aunque no alcanzan á -compensar las otras amarguras. Pues bien: el que tiene saturada de -ellas el alma; el que á combatir sus causas se consagra, sin hora -cierta para el reposo ni el sosiego, ¿cómo ha de gozar las dulzuras de -la familia propia? ¿No la expondría á cada instante, si la tuviera, -al contagio de sus melancolías? Por eso no la tengo yo, amigo mío; es -decir, por amarla, por venerarla demasiado; por eso se la recomiendo á -usted, que es libre, para hacerla feliz y serlo, á la vez, con ella.</p> - -<p>—Pero repare usted, Doctor, que la pintura que usted me ha hecho del -interior, llamémoslo así, de una familia, no tiene gran atractivo que -digamos.</p> - -<p>—¿Y piensa usted que por huir de la familia ha de verse libre de -dolores ni de la muerte?</p> - -<p>—No; pero entre sentir los míos solos, y cargar con la molestia de -los ajenos, hay alguna diferencia.</p> - -<p>—No tan grande, seguramente, como la que hay entre verse usted -como se ha visto anoche, aun sin grave dolencia, y asistido y -consolado<span class="pagenum" id="Page_146">[p. 146]</span> como, -según usted mismo me ha dicho, se creyó, por un instante, en su -delirio.</p> - -<p>—Delirio al cabo, Doctor.</p> - -<p>—Delirio que yo veo todos los días convertido en realidad.</p> - -<p>—¿En dónde?</p> - -<p>—Á la cabecera de mis enfermos; allí, por cada vez que hallo el -vacío y el desamparo, como los he hallado en este cuarto, hallo mil -todas las virtudes de que es susceptible el corazón humano, formado -á tiempo por el santo calor de la familia cristiana, á cuyo abrigo -tuvimos usted y yo la dicha de nacer; allí, entre la prosa, como -ustedes dicen, de los jaropes y de los ayes, es donde yo veo el amor -desinteresado, la abnegación y el heroísmo, lucir como las estrellas en -el cielo, brotar como las flores en la primavera. Allí, en presencia -de aquellos modelos, es como debieran escribirse las <i>fisiologías del -matrimonio</i>; no á las puertas del gran mundo, ni en los bailes de la -Ópera, ni en las carreras de Long-champs; en esos libros debieran -buscar los hombres como usted la resolución de sus dudas, y no en las -páginas de los libelos, ni en el dictamen de tres egoístas de la peor -especie.</p> - -<p>—¿Conoce usted á Balzac, Doctor?</p> - -<p>—Conozco á Balzac y á cuantos han llevado su contingente de -burlas á ese cúmulo de dis<span class="pagenum" id="Page_147">[p. -147]</span>lates sobre la familia, que le han extraviado á usted el -criterio.</p> - -<p>—¡Dislates Balzac!</p> - -<p>—Precisamente han sido los grandes hombres quienes han dicho los -mayores desatinos.</p> - -<p>—¡Doctor!...</p> - -<p>—No se fije usted en mi pequeñez para desautorizar el aserto. Otro -grande hombre, más viejo que Balzac, y aun de más talla, Cicerón, lo ha -dicho: <i>Nihil tan absurdum quod</i>...</p> - -<p>—Perdone usted, Doctor; estoy algo flojillo en esa lengua.</p> - -<p>—Pues quiere decir, en romance, <i>que no hay absurdo corriente</i>, <i>por -enorme que sea</i>, <i>que no proceda de algún filósofo</i>.</p> - -<p>—Pues con la venia de Cicerón, ya que quiere usted que no acepte yo -sus palabras como un dicho más, paréceme á mí que tratándose de hechos -como los que analizan esos grandes pensadores, no tiene mucho valor ese -dictamen.</p> - -<p>—¿Á qué hechos se refiere usted?</p> - -<p>—Al matrimonio, por ejemplo.</p> - -<p>—¿Y le analiza alguno de ellos?</p> - -<p>—Con pinzas y microscopio... Pero ¿no me ha dicho usted que conoce á -Balzac?</p> - -<p>—Y lo repito; y por eso declaro que yo no he visto jamás en los -libros de ese autor cosa que se parezca al matrimonio.</p> - -<p>—¡Pues me gusta, hombre!... ¡Cuando no<span class="pagenum" -id="Page_148">[p. 148]</span> tratan de otro asunto sus dos obras más -famosas!... Á millares danzan allí los maridos y las mujeres... y lo -demás.</p> - -<p>—Efectivamente, se habla mucho en esos libros de matrimonios que, -después de arañarse por resentimientos apenas verosímiles en imberbe -enamorado, se reconcilian con un vestido de baile, con una comida -<i>au Rocher de Cancal</i>, ó con una cena en el <i>Café Inglés</i>; hay allí -mujeres que «se aterran» porque dice la modista, al probarles un corsé, -que les ha crecido el perímetro de la cintura media pulgada; maridos -que se amoscan porque sus mujeres aluden con demasiada frecuencia al -reciente desarrollo de sus estómagos; esposas que se arrepienten de -serlo porque sus maridos tienen un diente postizo, pero que, al cabo, -se consuelan sabiendo que hay esposos de sus amigas que toman rapé. Á -todas estas cosas y otras infinitas no tan <i>transcendentales</i>, pero sí -inherentes al matrimonio, se les llama <i>miserias de la vida conyugal</i>, -y se discurre largamente sobre ellas, en palabras de doble sentido, -y dando á todas las frases un aire de «¡pobres <i>predestinados</i>!;» -se dice, bajo el rótulo de <i>axioma</i>, y como un aviso en bien de la -paz de un matrimonio, «que se guarde mucho el marido de dormirse -antes y de despertarse después que su mujer;» porque ¡figúrense -ustedes lo que sucedería oyéndole ésta roncar,<span class="pagenum" -id="Page_149">[p. 149]</span> ó contemplándole en posición poco -<i>elegante</i>!; se diserta con este motivo sobre las condiciones que debe -reunir la cámara nupcial, y se califica de <i>imbécil</i> al marido que se -atreve á colarse en el tocador de su esposa... Aquello, amigo mío, -de punta á cabo, no es más que una pura decepción de los sentidos, y -una ociosa gimnasia del raciocinio para indicar el modo de que duren -algo más las <i>ilusiones</i>; lo propio que si se tratara de un acaudalado -sensual y de una cortesana corrompida, que se <i>ajustasen</i> para vivir -matrimonialmente una temporada.</p> - -<p>¿Le parece á usted que es esto analizar el matrimonio? ¿Le parece á -usted que éste no tiene otros fines que cumplir ni otros aspectos por -los cuales deba estudiársele? ¿No es un desatino, más que desatino, -sandez, excitar al lector á que crea que la esposa que se arroja de -su lecho para salvar de las llamas á su hijo, sin reparar en que su -marido la está viendo descalza y en camisa, es una mujer prosáica, cuyo -ejemplo debe presentarse para <i>escarmiento</i> de los hombres de <i>buen -gusto</i> aspirantes á casarse?</p> - -<p>—Amigo mío, llevando las conjeturas al extremo á que usted las -lleva...</p> - -<p>—No hay tal extremo; son deducciones lógicas de los principios -manoseados por Balzac. Y yo pregunto ahora: ¿qué se propone este -se<span class="pagenum" id="Page_150">[p. 150]</span>diciente -fisiólogo? ¿Demostrarnos que la <i>ilusión</i> del novio desaparece en breve -dentro del matrimonio? Pues para semejante vulgaridad no había para qué -emborronar tantos papeles. El marido más ramplón de los <i>míos</i> sabe -que todo lo que en la vida conyugal se refiere á los sentidos, apenas -resiste la segunda prueba. ¿Quiere decirnos también que el matrimonio -más enamorado al formarse, tiene que deshacerse pronto por la fuerza -incontrastable de las miserias de sus propios <i>desencantos</i>? Pues á -esto puede preguntar el mismo <i>pobre</i> marido á ese grande hombre: «¿Qué -haces tú de los cónyuges de tus libros cuando pierden las ilusiones ó -se las quitan los años con la prosa de las arrugas y del histérico? -¿Se devoran unos á otros? ¿Los recoge la caridad pública? ¿Ó hay algún -infierno especial adonde van estos seres, aun en vida, á purgar el -delito de haberse casado, ó la afrenta de haber envejecido? ¿Y son -esos los matrimonios que han de producir hombres útiles á la patria, -y mujeres que lleguen á ser madres honradas, como la mía? Pues yo, -que peino canas y tengo á mi lado una esposa con arrugas, no trocara -por aquellas ilusiones que duraron un día, como todo lo carnal y -voluptuoso, el inefable placer que siente mi alma desde el instante -en que se fundió en la de mi <i>compañera</i>, como la de ésta se fundió -en la mía;<span class="pagenum" id="Page_151">[p. 151]</span> el -sublime consuelo de venir atravesando juntos el desierto de la vida, -prestándole yo mis fuerzas y ella auxiliándome con las suyas; y, por -último, la dicha de verme revivir en mis hijos, de verlos crecer y de -dirigir sus corazones para que sus virtudes puedan llegar á ser un día -corona de mis canas, y acaso, más allá, la gloria de mi nombre ó de su -patria, con el cual fin les pongo, como perenne juez de sus actos, á -Dios de quien proceden y á quien irán, si á su ley no faltan mientras -acá abajo lidian, que á eso venimos á este campo de batalla, contra -las propias pasiones y el rudo acometer de las ajenas. Así pensando -y así sintiendo, ni yo veo sus arrugas, ni ella en mis canas repara; -y cuanto más el cuerpo se encorva hacia la tierra que le llama, más -risueño y más ufano se eleva mi espíritu hacia Dios, que es su dueño y -su destino.»</p> - -<p>Esto le diría á Balzac, dándole en ello bien resuelto su mal -planteado problema, el último de los maridos que no han aprendido á -serlo en los <i>gabinetes reservados</i> de los <i>restaurants</i> de París, ni -en el <i>foyer</i> de sus teatros, ni en las aceras de sus <i>boulevards</i>, -ni en las <i>exposiciones</i> de sus <i>loretas</i> y <i>cocodés</i>. ¿Se dice algo -parecido á ello en los matrimonios á que aluden esos libros?</p> - -<p>—Pero, Doctor, el que Balzac hable de lo<span class="pagenum" -id="Page_152">[p. 152]</span> que sucede en sus matrimonios, no quiere -decir que se burle de <i>los de usted</i>.</p> - -<p>—Precisamente es á propósito de eso cuando la desfachatez del grande -hombre, francés y todo, raya en lo inimitable. Recuerdo que subiéndose, -como de costumbre, á la trípode (y por esa modestia me gustan á mí -todos los escritores de su tierra), lanza á los cuatro vientos este -<i>axioma</i>... entre dos anchos espacios, como aconseja Beaumarchais que -se haga para que un dicho huela á sentencia de sabio: «Para ser feliz -en el matrimonio, se necesita que los cónyuges sean hombre de superior -talento <i>él</i>, y tierna y sublime <i>ella</i>, ó los dos rematadamente -bestias.»</p> - -<p>—¡Pues cátalo ahí!</p> - -<p>—¿Cuál?</p> - -<p>—Un caso... dos casos.</p> - -<p>—¿De qué?</p> - -<p>—De matrimonios posibles.</p> - -<p>—Cabalmente son de los pocos que tacha el sentido común.</p> - -<p>—¡Qué demonio de Doctor éste! ¿Pues cuáles son los que el sentido -común acepta?</p> - -<p>—Todos los que excomulga Balzac en el axioma: todos los que caben -entre sus dos extremos: todos aquéllos á quienes el vulgo llama, en -su lenguaje expresivo y adecuado, «matrimonios <i>como Dios manda</i>;» es -decir, las muje<span class="pagenum" id="Page_153">[p. 153]</span>res -que cosen, los hombres que trabajan, las madres que viven para sus -hijos, los padres que cumplen con sus deberes. Para todo esto y mucho -más que es la moneda corriente en todas las familias honradas y en toda -sociedad bien regida, son un estorbo serio la sublimidad del ingenio y -la sensiblería pedantesca ó la falta de sentido común en los esposos... -Conque ¡vaya usted admirando la competencia ó la buena fe de su grande -hombre para entender en achaques matrimoniales!</p> - -<p>Entre tanto, y prescindiendo yo de estas razones que tantas ventajas -me dan en la cuestión que ventilamos, tómola en el punto en que usted -me la puso hace un momento, y concedo que Balzac, al burlarse de <i>sus</i> -matrimonios, respeta los <i>míos</i>. En tal caso, ¿por qué acepta usted -todo lo que él dice, como razones contra <i>todos</i> los matrimonios?</p> - -<p>—Porque está de acuerdo con mi manera de pensar y de sentir.</p> - -<p>—¡Y con esa ligereza se resuelven asuntos tan graves para la -vida!... Porque todavía comprendo yo que Balzac, por lucir su ingenio, -se entretenga en escribir esas lindezas contra el matrimonio; pero que -haya hombres que se las traguen como artículo de fe, y las acepten -por regla de conducta, sacrificando á ellas hasta los impulsos de su -cora<span class="pagenum" id="Page_154">[p. 154]</span>zón, le juro á -usted que no me lo explico.</p> - -<p>—Pues yo sí, Doctor, y muy fácilmente.</p> - -<p>—¿Conoce usted <i>los otros</i> matrimonios?</p> - -<p>—Nada más que por lo que usted me ha dicho de ellos.</p> - -<p>—De manera, que tiene usted, de una parte, los matrimonios <i>á la -francesa</i>, llamémoslos así, ridiculizados por algunos escritores de -chispa y por la grosería de tres solterones impudentes; y de la otra, -los matrimonios <i>á la buena de Dios</i>, que le son desconocidos; y cuando -su corazón le grita que es ya llegada la hora de decidirse, renuncia -usted á casarse por lo que ha leído y le han contado de los malos, -sin tomarse la molestia de ver lo que hay oculto entre los buenos. -Concédame usted que esto es discurrir con poca lógica, y conspirar -contra sus propios intereses.</p> - -<p>—Pero ¿de qué deduce usted que yo he sentido esos impulsos del -corazón hacia el matrimonio?</p> - -<p>—De sus tristezas pasadas y de sus soledades de hoy; de todo cuanto -usted me ha referido, y de lo demás que voy <i>traduciendo</i> yo.</p> - -<p>—De modo que insiste usted en prescribirme por remedio...</p> - -<p>—Justamente: que se deje usted llevar de esos impulsos hasta -donde ellos le conduz<span class="pagenum" id="Page_155">[p. -155]</span>can... Y creo que, dicho esto, basta de amonestaciones por -hoy. ¿No es cierto?</p> - -<p>—Le aseguro á usted, Doctor, que estoy oyéndole con grandísima -complacencia.</p> - -<p>—¿Por lo que le distraigo, ó por lo que le <i>ilumino</i> á usted?</p> - -<p>—Por ambas cosas.</p> - -<p>—Permítame usted que le diga que no habla mucho en pro de la segunda -el laconismo de sus réplicas.</p> - -<p>—Cortedad de alcances, Doctor.</p> - -<p>—Ó impenitencia obcecada, señor modesto... De todas maneras, no -olvide usted, para perdonarme, que cuanto le he dicho ha sido como -médico en combate con su enfermedad, para lo cual me ha llamado usted -á la cabecera de su cama. La misma salvedad hago para cuanto pueda -decirle en adelante.</p> - -<p>—Y á propósito, ¿qué me dispone usted?</p> - -<p>—Ya he dispuesto lo esencial.</p> - -<p>—Digo para el momento.</p> - -<p>—Para el momento, es decir, para cuando pueda usted salir á la -calle, y con el fin de estimular un poco esos impulsos, pensaba -disponerle á usted, y le dispongo, la misma casa que abandonó por dar -demasiada importancia á las cosas de la señora Braulia. No tome usted -criada joven y guapa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_156">[p. 156]</span></p> - -<p>—Procuraré, precavido Doctor, cumplir la prescripción en todas sus -partes.</p> - -<p>—No crea usted que es la segunda menos importante que la primera, -si el efecto del remedio ha de corresponder al carácter de la -enfermedad.</p> - -<p>—Conformes; pero es el caso que al pedirle á usted algo para este -momento, no me acordaba del espíritu, sino del cuerpo.</p> - -<p>—Su cuerpo de usted, que ya no tiene dolores, no necesita más que -salir de este agujero cuanto antes, y tener en la convalecencia mejor -compañía que la que tuvo durante la enfermedad. De lo primero cuidará -usted; de lo segundo me encargo yo.</p> - -<p>—Es usted la bondad misma, Doctor.</p> - -<p>—Cumplo con un deber sagrado, amigo mío. Y pues nada me queda que -hacer á su lado en esta primera visita, deme usted su permiso para -despedirme hasta la segunda... si usted la desea.</p> - -<p>—Pensaba rogarle á usted que no la retardara muchas horas. ¡Estoy -tan solo!</p> - -<p>—Entonces, hasta la vista.</p> - -<p>—Hasta luego, Doctor.</p> - -<p>Pero al decir esto Gedeón, deja leer en su cara algo como apremiante -deseo.</p> - -<p>El Doctor lo conoce, sonríe y pregunta:</p> - -<p>—¿Qué más tiene usted que decirme?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_157">[p. 157]</span></p> - -<p>—Si en ello no cometiera una indiscreción...</p> - -<p>—Hable usted sin ese recelo.</p> - -<p>—Pues, con su permiso, declaro que me deja usted muy sorprendido.</p> - -<p>—¿De qué?</p> - -<p>—De su modo de pensar... tan...</p> - -<p>—Adelante.</p> - -<p>—Tan... inverosímil en un médico.</p> - -<p>—Es decir, que para la profesión que ejerzo, no me halla usted -bastante <i>espíritu fuerte</i>: ó más claro, no me encuentra usted parecido -á los médicos que la fama pregona en comedias y gacetillas.</p> - -<p>—Cabales.</p> - -<p>—Esperaba ese reparo; y para contestar á él guardo un argumento -irrebatible, que no quise emplear en nuestra porfía. Sepa usted, amigo -mío, que después de todo lo dicho, Balzac y yo somos, en cuanto al -matrimonio, del mismo parecer.</p> - -<p>—¡Cáspita!... Luego no me ha dicho usted lo que siente, ó se pasa -usted á su bando.</p> - -<p>—Nada de eso: se pasa él al mío.</p> - -<p>—¡Oiga!</p> - -<p>—Así como suena. Veinte años después de escribir el grande hombre -su famosa <i>Fisiología</i>, decía, textualmente, al comienzo de otro -libro suyo: «Quizá no ha trazado mi pluma<span class="pagenum" -id="Page_158">[p. 158]</span> cuadro que evidencie como éste «<i>cuán -indispensable es el matrimonio indisoluble en las sociedades -europeas</i>.»</p> - -<p>—¡Canastos!</p> - -<p>—Y después de lamentarse de que se rigiera el mundo civilizado -por un sistema, hijo del egoísmo de los hombres, que deificaba el -buen éxito y aceptaba por lícitos todos los medios conducentes á -lograrle, exclamaba: «<i>¡Quiera Dios que se acoja pronto</i> (la sociedad) -<i>al catolicismo, para purificar las masas por medio del sentimiento -religioso y de una educación muy distinta de la que hoy reciben</i> -(¡asómbrese usted!) <i>en las universidades láicas!</i>»</p> - -<p>—¡Demonio!... ¿Eso dice Balzac?</p> - -<p>—Eso mismo; y sin el recelo de que me engañe la memoria, pues -conservo en ella bien grabada esta preciosa confesión.</p> - -<p>—¡Pero eso es ultramontano puro!</p> - -<p>—Lo que usted quiera: el caso es que al lado de su ídolo de usted, -soy un niño de teta en punto á <i>preocupaciones rancias</i>.</p> - -<p>—De modo que si tomamos los dichos al pie de la letra... Pero Balzac -diría eso en broma, ó cuando ya chocheaba.</p> - -<p>—Ni lo uno ni lo otro. Díjolo, muy serio, dedicando á su amigo -Carlos Nodier, famoso escritor, una de sus mejores novelas, cuyo título -es <i>Un ménage de garçon</i>. Al frente de ella<span class="pagenum" -id="Page_159">[p. 159]</span> puede usted verlo cuando guste; y de -paso, léala usted, pues es la refutación más elocuente que existe de -la <i>Fisiología del matrimonio</i>, y de las <i>Pequeñas miserias de la vida -conyugal</i>; sin contar con que el autor de <i>La Comedia humana</i> acabó por -casarse también, como el más simple mortal.</p> - -<p>—¿Y cómo se ajustan esas medidas?</p> - -<p>—Eso pregúnteselo usted á Balzac y á cuantos han tenido la -debilidad, en alguna época de su vida, de sacrificar á la tentación de -decir un chiste, el buen sentido y las eternas leyes de la moral y de -la justicia.</p> - -<p>Dicho esto, sale el Doctor de la estancia, y quédase en ella Gedeón, -en la situación de ánimo que puede suponer el pío lector que ya le -conoce; es decir, creyendo que no se le da una higa por todo lo que -el médico le ha predicado, y al mismo tiempo deseando que le predique -más.</p> - -<p>Verdad es que el Doctor le ha parecido tan cariñoso como -discreto.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-051.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_13"> - <p><span class="pagenum" id="Page_161">[p. 161]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-025.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="XIII. OTRO CAMBIO DE POSTURA">XIII</h3> - <p class="subh3">OTRO CAMBIO DE POSTURA</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-g.jpg" alt="G" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Gedeón</span> está ya en su -propia casa.</p> - -<p>Nada más que dos días necesitó para convalecer. ¡Tal era el afán que -sentía de salir de aquel mezquino pudridero, y, por sí solo, mortal -enfermedad!</p> - -<p>Durante dos días le visitó el Doctor muchas veces, y otras tantas -le embelesó con sus vehementes y sinceras condenaciones del estado -celibatario.</p> - -<p>Le <i>embelesó</i> digo, y no lo borro. Gedeón oía al médico echar -pestes contra los egoístas y contra los célibes, y hasta aplaudía sus -chistes y sus razones, como el usurero ó la adúltera, asistiendo á la -representación de un drama en que se condena la usura ó el adulterio, -aplauden con frenesí un período retumbante en que se pulveriza <i>á -los del oficio</i>, y hasta llo<span class="pagenum" id="Page_162">[p. -162]</span>ran enternecidos con la víctima esquilmada, ó con el marido -ultrajado.</p> - -<p>—Eso no va conmigo,—dicen, á lo sumo, mientras se limpian las -lágrimas, si por casualidad ellos son cetrino el uno y rubia la otra, -y los de telón adentro morena la pecadora y bermejo el de la usura; ó, -cuando más:</p> - -<p>—Razón tiene ese poeta; pero mientras no acabe de redondear este -negocillo que traigo entre manos; ínterin Adolfo no me dé un motivo -serio para ello, yo <i>no puedo</i> abandonar mi honrado tráfico, yo <i>no -debo</i> pensar en volver á la senda de mis deberes conyugales.</p> - -<p>El corazón humano es así algunas veces.</p> - -<p>Gedeón oía á su consejero, y acaso decía para sus adentros:</p> - -<p>—¡Qué razón tienes!—Y sólo contestaba, cuando contestación se le -pedía:</p> - -<p>—Ya es tarde, Doctor.</p> - -<p>Y si por este flaco se le atacaba, deslizábase de la cuestión con -un «allá veremos,» frío y desanimado, como el invierno de los pobres. -Y es que Gedeón era presa de sus vicios y resabios; y sus resabios y -sus vicios contaban con el auxilio de aquel corpazo, fuerte todavía y -regalón, para defenderse contra los asaltos del alma desesperada.</p> - -<p>No fué necesario, ciertamente, que el Doctor insistiera en la -necesidad que tenía el con<span class="pagenum" id="Page_163">[p. -163]</span>valeciente de volver á su hogar abandonado, porque jamás se -le dió consejo que mejor se acomodase al rumbo de sus pensamientos.</p> - -<p>En cuanto le pone en práctica, parece niño con zapatos nuevos. Todo -lo mira, todo lo soba y con todo se sonríe.</p> - -<p>—Yo puedo salir de este gabinete—dice para sí,—y pasearme en esta -sala... y sentarme en este sillón... y, si me acomoda, tirar este otro -á la calle... y poner los candelabros donde está el reló, y el reló -donde está la escupidera... y abrir esta alcoba... y tumbarme en esta -cama... y correr por este pasadizo... y entrar en el comedor... y ver -qué se guisa en la cocina... y pedir lo que me acomode... y comer á la -hora que me plazca... y beber agua, cuando lo pida; y, si oigo ruido, -mandar que cese, y despedir á quien me desobedezca... Porque todo esto -es mío, y yo soy aquí el amo y hago lo que se me antoja. ¿Hay algún -fondista inhumano, ó alguna pupilera casquilucia que lo niegue?</p> - -<p>Y según lo va pensando, va haciendo todo cuanto de ello es factible -sin que pueda tomársele por loco.</p> - -<p>Á la memoria se le vienen casos y cosas ocurridos bajo aquellas -mismas paredes, que no son el más elocuente testimonio de la absoluta -soberanía de que se ufana; pero ¿qué va<span class="pagenum" -id="Page_164">[p. 164]</span>len esos casos ni esas cosas, puestos -enfrente de las angustias que él ha pasado viviendo fuera de allí?</p> - -<p>Después de las soledades y las tristezas en que se ha visto, -parécele cuanto le rodea un paraíso; y cada mueble y cada objeto de -<i>los suyos</i>, tiene una fisonomía y un lenguaje; y con la una le sonríen -y con el otro le saludan cada vez que pasa por delante de ellos.</p> - -<p>En éstas y otras puerilidades entretenido, deja correr muchos días, -encomendando el avío de su ajuar y de su mesa á servidores temporeros, -mientras provee el importante cargo definitivo en persona de su gusto. -Y lo logra al cabo.</p> - -<p>Como precaución muy cuerda contra rencillas y desavenencias -mujeriles, ha resuelto acumular todas las atribuciones de su -servidumbre en una sola persona. Que ésta, si las necesita, busque -las demás á su antojo, ó que se arregle sin ayuda de nadie, si así lo -prefiere. El sólo aspira á vivir en paz en su casa.</p> - -<p>La mujer que escoge para tan delicado cargo, entre las varias que -le pretenden, es, á primera vista, el tipo de lo insignificante. Tiene -regular estatura, color regular, regulares carnes, regular fisonomía, -regular edad; y viste, habla y se presenta, regularmente. Para que -todo sea regular en ella, se llama Regla, sin<span class="pagenum" -id="Page_165">[p. 165]</span> más aditamentos ni afinaduras en su -nombre.</p> - -<p>No se agita, ni se desazona, ni hace ruido, ni se mancha; y, sin -embargo, todo lo gobierna pronto y bien.</p> - -<p>Aquella casa es el oro por lo limpia, y un reló por lo arreglada.</p> - -<p>Gedeón no sabe todavía quién le prepara sus comidas, tan sazonadas -como servidas á punto, ni piensa preguntarlo. Lo importante para él es -que nada le falta ni nada le molesta, porque Regla tiene la gracia, -entre otras, de saber ser atenta, y aun afectuosa, sin pecar de -impertinente.</p> - -<p>Una noche observa Gedeón que andan ratones por su gabinete; y -almorzando, al otro día, se lo dice á Regla. Aquella misma tarde le -proporciona ésta un perro ratonero, feo como casi todos los de su -oficio, corto de patas, tan grande la cabeza como todo el cuerpo, y -para cubrirle de cabo á rabo y con muchas sobras, una melena de color -de esparto sucio.</p> - -<p>—¡Qué horrible animal!—exclama Gedeón al verle.</p> - -<p>Y, en son de escarnio, le pone <i>Adonis</i> por nombre. Pues vean -ustedes lo que son debilidades humanas: á los pocos días de esta -exclamación, tiene Adonis, para su descanso, un colchoncito muy mullido -en el mismo gabinete de su amo, y éste se pasa las horas muertas<span -class="pagenum" id="Page_166">[p. 166]</span> atusándole las greñas y -hasta matándole las pulgas; no almuerza ni come sin tener á su lado el -ratonero, ni de casa sale ni á ella vuelve sin hacerle una caricia.</p> - -<p>—¡Que pueda un hombre de mis años y de mi temple hallar un verdadero -placer en manosear una bestia semejante y de tan bajo oficio, no lo -creyera jamás á no palparlo!—piensa Gedeón algunas veces; y suele -concluir diciendo en voz alta algo por el estilo:</p> - -<p>—¡Chucho... hermosura de la casa! Esta mañana no fuiste á darme los -buenos días á mi cama. Si vuelve á sucederte, te quedas sin postre al -mediodía. ¿Lo entiendes? ¡Cuidado con que me seas ingrato! ¡Mira que la -ingratitud es un vicio muy feo en todo perro que se estime en algo!</p> - -<p>Á lo cual contesta Adonis atusándose los bigotes con la lengua, -piafando sobre las rodillas de su amo, y enviándole dos centellas de -sus ojuelos por debajo de los mechones de sus greñas.</p> - -<p>Volviendo á Regla, digo que hasta su condición de viuda es una -garantía de arraigo en casa de Gedeón. Por lo común, en la esfera -social de esta sirvienta no se reincide en el pecado de casarse.</p> - -<p>Y cuidado que Regla, de quien dije que, <i>á primera vista</i>, es una -mujer insignificante, des<span class="pagenum" id="Page_167">[p. -167]</span>pués de bien mirada y observada, todavía es muy digna de -aspirar á los requiebros de un buen mozo.</p> - -<p>Según Gedeón va notando de día en día, tiene hermosos ojos, dientes -blanquísimos y menudos, manos rollizas, cuello redondo, y pelo tan -negro como fino y abundante, á juzgar por lo que asoma por debajo de -una graciosa toquilla con que cubre la mitad de su cabeza.</p> - -<p>—¡Lástima—piensa Gedeón fijándose en ello,—que tan hermosa cabellera -esté siempre tapada!</p> - -<p>Y como si Regla le adivinara los pensamientos, al otro día se -presenta á servir la mesa sin toquilla en el pelo, y éste graciosamente -peinado.</p> - -<p>Entonces observa Gedeón que han ganado mucho los demás atractivos -visibles de Regla, y que el conjunto de su cabeza es en alto grado -interesante.</p> - -<p>—¡Lástima de anguarina—dice para sí,—que le envuelve el torso! Esa -cabeza merece mejor pedestal.</p> - -<p>Y hete aquí que, por otra casualidad bien rara, al día siguiente -aparece la cabeza de Regla sobre un tronco vigorosamente delineado -por valientes curvas, adornado con un leve y jacarandoso pañuelo -de espumilla gris, pren<span class="pagenum" id="Page_168">[p. -168]</span>dido apenas sobre el robusto seno, y dejando ver hasta los -arranques de un cuello blanco y mórbido.</p> - -<p>Gedeón tiene la boca abierta para decir á su sirvienta «muchas -gracias,» ni más ni menos que si él hubiera manifestado algún deseo y -ella se lo hubiera cumplido; pero como una amarga experiencia le ha -enseñado los peligros á que arrastran esas demasías del temperamento, -suspira y calla, en la muy firme creencia de que Regla es mujer de -bizarra arquitectura, y condoliéndose de que otra <i>coincidencia</i> -como las que le han dado á conocer lo que ya conoce, no pueda -demostrarle que no se equivoca en sus presunciones sobre lo que le es -desconocido.</p> - -<p>No es de omitir la noticia de que Gedeón sale muy poco de casa -desde que la habita nuevamente, y que, so pretexto de que son suyos y -pueden necesitar reparaciones, visita á menudo los demás pisos, y habla -con sus inquilinos, y ya los conoce á todos, desde el portal á las -buhardillas. Jamás hizo otro tanto.</p> - -<p>Si son la causa primordial de éste y otros fenómenos los dictámenes -psicológicos del doctor, ó lo es el bienestar relativo que disfruta -en su casa, yo no lo sé; pero es indudable que en el carácter de -nuestro personaje se ha operado una reacción (así se dice ahora) -saludable<span class="pagenum" id="Page_169">[p. 169]</span> y -benéfica. No parece sino que ha puesto su planta en la senda por la -cual se llega, andando mucho y con prudencia, á la prometida tierra -donde se llenan los vacíos del corazón, como el que sigue notando él en -el suyo.</p> - -<p>Alguien creyera que lleno le tiene ya, ó que le va llenando poco á -poco, al ver cómo se le pasan hasta días enteros sin salir á la calle, -y noches que comparte entre <i>conversar</i> con Adonis, hojear á Balzac, no -sé con qué objeto, y revolver los cachivaches de su gabinete. Pero ¡ay! -creer tanto como esto, sería tomar el efecto por la causa, las hojas -por el rábano.</p> - -<p>¡No se curan tan fácilmente dolencias tan arraigadas y añejas como -las de Gedeón!</p> - -<p>Ya nos ha dicho una vez que no puede descansar teniendo pulgas en la -cama; y yo le aseguro al lector que todavía no ha logrado sacudírselas; -que aún le quedan algunas que, cuando le muerden, le levantan en vilo; -y que á ellas alude al decir para sus adentros, precisamente cuando más -risueño se le muestra el hogar:</p> - -<p>—Estoy establecido casi á mi gusto, y me hallo en camino de llenar -este vacío sempiterno... Yo podía ser ahora punto menos que feliz. -Y ¿por qué no lo soy?... Por este condenado temperamento que ha de -ser mi perdición. ¡No me saca de una, sin que me deje metido<span -class="pagenum" id="Page_170">[p. 170]</span> en otra hasta el -cogote!... ¡Por vida de las fragilidades humanas!...</p> - -<p>Por lo que se ve, Gedeón no ha conseguido con su última mudanza más -que volcar la tortilla de sus contrariedades.</p> - -<p>Antes buscaba en la calle el alivio de sus males domésticos.</p> - -<p>Ahora se agazapa en su gabinete, para que no le cojan las -pesadumbres que le acechan desde la calle.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-062.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_14"> - <p><span class="pagenum" id="Page_171">[p. 171]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-235.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="XIV. LAS PULGAS DE GEDEÓN">XIV</h3> - <p class="subh3">LAS PULGAS DE GEDEÓN</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-p.jpg" alt="P" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Por ella</span> adelante -camina una noche, con la cabeza caída sobre el pecho y las manos -metidas en los bolsillos, como quien anda de mala gana, ó teme llegar -demasiado pronto. Dobla una esquina, y otra más adelante, y penetra en -una callejuela, y sale por ésta á un callejón, y tuerce á la derecha, -y anda cincuenta pasos, y vuelve hacia la izquierda, y desemboca en -un crucero de calles medio á obscuras, y entra, por fin, en el portal -de una casa de angosta fachada, aunque limpia; sube dos tramos de la -escalera; abre la puerta del primer piso con un llavín que saca de su -bolsillo; atraviesa después un corredor, escasamente alumbrado por -un reverbero de aceite, y se detiene en una salita, no muy adornada, -pero sí muy pulcra. Y esto se ve, porque, á la vez que él por la<span -class="pagenum" id="Page_172">[p. 172]</span> puerta del pasadizo, -entra por la del gabinete en la sala otra persona con una luz en la -mano.</p> - -<p>—¡Hola!—dice Gedeón por todo saludo, dejándose caer en una -butaca.</p> - -<p>—Buenas noches,—contesta la persona de la luz, poniéndola sobre un -velador y sentándose en la butaca de enfrente, separada de la de Gedeón -por toda la longitud de un sofá...</p> - -<p>¿Se sorprenderá el lector si le digo, así, de pronto, que esta -persona que sale del gabinete con la luz en la mano, es Solita?</p> - -<p>Pues Solita es, aunque, en verdad, no lo parece; y no por lo -que ha ascendido en categoría, á juzgar por el corte presuntuoso -de su vestido, sino porque ya no tiene aquella redondez de formas, -aquel provocativo contoneo y aquella viveza de fisonomía con que la -conocimos. Ahora está ojerosa, descarnada, pálida y como decaída de -ánimo.</p> - -<p>Minutos pasan sin que se cruce una palabra entre ella y Gedeón; -minutos que éste invierte en carraspear, en poner una pierna sobre la -otra y viceversa, en ver cómo se eleva el humo de su cigarro, por lo -cual tiene el cogote apoyado en el respaldo de la butaca y la vista -enfilada al techo; y, por último, en silbar el himno de Riego.</p> - -<p>Solita, entre tanto, parece la imagen de la<span class="pagenum" -id="Page_173">[p. 173]</span> melancolía, con los brazos cruzados sobre -la cintura y mirándose las puntas de los pies, que maquinalmente llevan -el compás de la sonata de Gedeón.</p> - -<p>—Conque... ¿qué me cuentas?—pregunta éste cuando ya no tiene colilla -que apurar y ha repetido setenta veces el aire patriotero.</p> - -<p>—Que hace seis días hoy que no he tenido el gusto de verte.</p> - -<p>—¿Seis, dices?... Acaso tengas razón; pero los condenados -negocios...</p> - -<p>—Te vas cargando mucho de ellos.</p> - -<p>—Como siempre.</p> - -<p>—No por cierto. Al principio te permitían venir á verme todos los -días; después, cuatro ó cinco cada semana; más tarde, dos, y, por -último, de seis en seis; por lo que yo presumo que, andando un poco el -tiempo, cobraré tus visitas por mensualidades, como pago la renta de la -casa.</p> - -<p>—¿También zumbona, Solita?</p> - -<p>—¡Ojalá pudiera serlo!</p> - -<p>—Pues cualquiera lo diría.</p> - -<p>—No quien, como tú, debe saber lo que padezco.</p> - -<p>—¿Ya empezamos?</p> - -<p>—Al contrario: por mi desgracia, va ya muy larga la historia.</p> - -<p>—¿La historia de qué?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_174">[p. 174]</span></p> - -<p>—De mis pesadumbres.</p> - -<p>—¡De tus pesadumbres!... ¿De qué demonios te quejas? ¿Qué te -falta?</p> - -<p>—¡Qué me falta!... Tienes razón: no me falta nada. Yo era una pobre -sirvienta, hija de un miserable remendón... hoy vivo en una casa -bonita; tengo criada á quien mandar, vestidos regulares que ponerme... -todo lo tengo, menos libertad y la estimación de las personas -honradas.</p> - -<p>—También me has cantado esa letanía más de cien veces.</p> - -<p>—Señal de que no te corriges.</p> - -<p>—Yo no tengo de qué corregirme, Solita. Te hice una proposición y la -aceptaste. En buena justicia, no puedes reclamarme nada.</p> - -<p>—Es verdad: nada me debes... ni siquiera compasión.</p> - -<p>Aquí, como presumirá el lector, hay unos cuantos sollozos de Solita, -y otros tantos bufidos y revolcones de Gedeón en la butaca.</p> - -<p>—Cuando presté oídos en mal hora á tus palabras—continúa Solita -limpiándose los ojos,—no podía yo esperar que llegara un día en que tu -abandono me hiciera arrepentirme de aquella debilidad.</p> - -<p>—(Melodrama puro.) Adelante.</p> - -<p>—Me propusiste que me estableciera en este barrio apartado, donde no -se me conocería; y<span class="pagenum" id="Page_175">[p. 175]</span> -que, para mayor disimulo, admitiera algunos trabajos de costura.</p> - -<p>—Proposición muy cuerda, Solita.</p> - -<p>—Por tal la tuve yo, y por eso la acepté; pero yo no podía contar -con que el disfraz no me bastaría, ni con que la farsa no había de -tener fin.</p> - -<p>—Y, á propósito de farsas: supongo que tu augusto padre seguirá -creyendo que estás en Puerto Rico, sirviendo á unos señores á quienes -conociste en la posada aquélla, y recibiendo tus socorros por el mismo -conducto.</p> - -<p>—Nada se ha descubierto en ese punto todavía; pero en el otro, -Gedeón, ¡si vieras qué caras me ponen estos vecinos cuando los hallo en -la escalera! ¡Si vieras qué vestidos me cortan! ¡Si vieras cómo anda en -sus bocas mi honra... y la tuya!</p> - -<p>—¡La mía!</p> - -<p>—¿Piensas que no te han visto entrar y salir?</p> - -<p>—Pero como no me conocen...</p> - -<p>—¿Y eso te tranquiliza?</p> - -<p>—De todas maneras, este inconveniente tiene facilísimo remedio.</p> - -<p>—¿Cuál es?</p> - -<p>—Mudarte de casa y de barrio.</p> - -<p>—¡Conque ese remedio es el único que se te ocurre para salvar -<i>nuestra</i> situación!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_176">[p. 176]</span></p> - -<p>—La <i>tuya</i>, Solita, que la mía sin cuidado me tiene.</p> - -<p>—¡Sin cuidado!... ¡Egoísta!</p> - -<p>—¿Volvemos á las lagrimitas!</p> - -<p>—¿Y qué quieres que suceda al oirte esas palabras de hielo?</p> - -<p>—¿Por qué me pones tú en semejantes apreturas?</p> - -<p>—¡Y qué he de hacer, si ya no puedo más!... Porque tú no sabes, -Gedeón, qué tristes y qué largas se me hacen las horas en este barrio, -donde no conozco á nadie y del que no salgo nunca, para que no me -conozcan á mí fuera de él.</p> - -<p>—(¡Pobrecilla!) Ya me hago cargo de todo, Solita; pero las cosas han -de ir por sus pasos contados.</p> - -<p>—¡Si te parece que yo las llevo de prisa!... ¡Si te parece que esto -es vivir! Tú andas por el mundo, y te diviertes ¡sabe Dios cómo! y -gozas y olvidas; pero yo, que sólo con tu presencia podría olvidarme de -esta cruz que arrastro, y aun arrastrarla con gusto, ¿qué he de hacer -si hasta de tu presencia me privas ya?</p> - -<p>—Te he dicho que los negocios...</p> - -<p>—¡Los negocios!... ¿Crees que no leo yo en tu cara, Gedeón? ¿piensas -que no sé dar á tus palabras el sentido que merecen?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_177">[p. 177]</span></p> - -<p>—¿Y qué te dicen, vamos á ver, mi semblante y mis palabras?</p> - -<p>—Que si alguna vez me quisiste... ó me deseaste, lo que mejor te -parezca, hoy acaso soy para tí... una carga pesada.</p> - -<p>—¡Solita!</p> - -<p>—¿Crees que me equivoco?</p> - -<p>—¿No he de creerlo?</p> - -<p>—Pues dame pruebas de ello.</p> - -<p>—Ya te las estoy dando.</p> - -<p>—Alejándote cada vez más.</p> - -<p>—¿No me tienes ahora á tu lado?</p> - -<p>—Después de seis días de ausencia.</p> - -<p>—Mira, Solita, no se acredita mucho el bien querer con los mimos y -los arrumacos del primer día: esos son el huracán que pasa en breves -horas; lo otro es el... el... vamos, el... ambiente que dura, y se -respira y conforta.</p> - -<p>—¿Y cuál es lo <i>otro</i>?</p> - -<p>—Lo otro es... esto que yo hago: venir á verte de vez en cuando, -interesarme por tí... y créelo, Solita, muchas cosas más que yo haría -si me dejaras en paz y en gracia de Dios, libre de refunfuños y -sermones; si tuvieras fe en mí; si jamás te acordaras de preguntarme -dónde he estado, de dónde vengo y adónde <i>vamos</i>; porque soy de un -temperamento tan especial, que los mejores propósitos se me evaporan si -me preguntan por ellos antes de<span class="pagenum" id="Page_178">[p. -178]</span> realizarlos; y en fin, Solita, porque mucha de la -estimación en que tenemos á una persona, consiste en el buen concepto -que ella forma de nosotros.</p> - -<p>—No se pueden formar buenos conceptos sobre malas obras.</p> - -<p>—Lo cual es decir que yo no las hago buenas.</p> - -<p>—Ya me has oído.</p> - -<p>—También tú á mí lo que acabo de decirte; pero, según las trazas, -como quien oye llover.</p> - -<p>—Palabras, Gedeón.</p> - -<p>—Pues mira, Solita, por tí lo deploro.</p> - -<p>—Sobre que el mismo pago me has de dar, ¿por qué no he de decirte lo -que siento?</p> - -<p>—¿De modo que me engañaras si mejor pago te diera?</p> - -<p>—Evitarte un disgusto nunca sería engañarte.</p> - -<p>—Noto, Solita, que te vas elevando hasta en estilo.</p> - -<p>—¡Ay, Gedeón... los desengaños son grandes maestros!</p> - -<p>—Lo dicho; y te declaro que, si bien te tuve siempre por discreta, -jamás soñé que tan pronto pudieras hacerte culta.</p> - -<p>—Pues hasta eso te debo á tí... ¡Mira si te voy debiendo!</p> - -<p>—Pues á ser zumbona no te he enseñado yo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_179">[p. 179]</span></p> - -<p>—¿Tampoco á ser desgraciada?</p> - -<p>—¡Solita!... Con doscientos mil de á caballo, ¿quieres decirme de -una vez, y claro, qué es lo que deseas, qué es lo que pretendes?</p> - -<p>—Que pongas fin, y pronto, á esta situación en que me consumo.</p> - -<p>—Pero ¿cómo he de ponerle?</p> - -<p>—¿Cómo?... Haciendo que yo pueda salir de este presidio; pero con la -cara descubierta, como la llevan las mujeres honradas... al lado de su -marido.</p> - -<p>—¡Solita!</p> - -<p>—¡Gedeón!</p> - -<p>—¡Esas tenemos!</p> - -<p>—Pues ¿qué pensabas, desalmado?</p> - -<p>—¡Canastos!... Conque... Pues hombre, ¡me gusta la salida!... ¡Y yo -que venía esta noche más tierno que unas mantequillas!</p> - -<p>—¡Bien se te conoce!</p> - -<p>—¡Tales caricias me haces tú!</p> - -<p>—¿Dónde están mis agravios?</p> - -<p>—¡Pues digo!...</p> - -<p>—¿Lo son, acaso, el quejarme de tus desvíos y pedirte la reparación -del daño que me has hecho?... ¿Te parece poco la hija del remendón para -señora de un hombre como tú?... Entonces, ¿por qué la encontraste buena -para manceba?</p> - -<p>—Lo que á mí me parece, Solita, es que<span class="pagenum" -id="Page_180">[p. 180]</span> esas distinciones no cuadran aquí -enteramente.</p> - -<p>—Pero cuadran mucho, y has de oirme; que por altos que vayan tus -humos, valía tanto la honra de la hija del zapatero, como la tuya, -cuando se la robaste con engaños.</p> - -<p>—Yo nunca te prometí...</p> - -<p>—¡Ni siquiera tienes la delicadeza de disimular un poco!</p> - -<p>—En eso, casi tienes razón.</p> - -<p>—Y tú, en cambio, no la tienes en nada... ¡porque eres un egoísta -sin entrañas!</p> - -<p>—¡Zambomba! digo yo; y que te aguante la madre que ha de volver á -parirte.</p> - -<p>Imagínese aquí el pío lector un hombre que se cala el sombrero hasta -las narices y sale echando centellas de la sala á la calle; y una mujer -que, anegada en llanto, se desploma sobre una cama, y tendrá una idea -completa del final del diálogo referido.</p> - -<p>Pero no acaba aquí el lance, ni debe acabar; porque es muy lógico -que Gedeón, después de considerar lo que hay de chusco en que la hija -de un remendón miserable y borracho se crea con títulos bastantes -para reclamar la mitad del lecho de un hombre á quien asusta el -matrimonio, aun contraído con todas las ventajas imaginables, y lo -que hay de prosáico y digno de las burlas de un fisiólogo como el de -marras, en la escena en que acaba él de figurar<span class="pagenum" -id="Page_181">[p. 181]</span> con el papel de galán, y aun después de -ocurrírsele tomar por motivo aquellas indignidades para cortar por lo -sano y sacudirse de una vez las pulgas que le incomodan mucho tiempo -há, considere asimismo que, en parte, no le falta razón á Solita para -quejarse del destierro en que vive y él la ha puesto; lógico es también -que, andando, andando, la compadezca; lógico, por ende, que disculpe -sus declamaciones y sus quejas; y siendo lógico todo esto, y cierto que -en la refriega fué Solita quien más tuvo que decir, y no menos evidente -que Gedeón conserva siempre <i>cierta inclinación</i> á Solita, por más -que le duela verse cogido por ella por <i>tan arriba</i>, lógico y natural -es que Gedeón retroceda desde medio camino para hacer las paces con -Solita, dándole las debidas satisfacciones.</p> - -<p>Con lo cual consigue Gedeón dos cosas: que Solita, por buscada, -gane, por esta vez, no poco ascendiente sobre él; y que él, al -advertirlo, hechas ya las paces, salga de casa de Solita arrepentido -y melancólico... es decir, rascándose las pulgas y sin fuerzas para -sacudírselas.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-296.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_15"> - <p><span class="pagenum" id="Page_183">[p. 183]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-055.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="XV. EL DIABLO, EL FUEGO Y LA ESTOPA">XV</h3> - <p class="subh3">EL DIABLO, EL FUEGO Y LA ESTOPA</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-p.jpg" alt="P" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Ponga</span> el lector entre -este cuadro y el que antecede todo el tiempo que más le plazca, que -por mucho que sea, holgado le viene el sitio; y llénele de tristezas, -cansancios, desalientos y fastidios para Gedeón, agobiado ya por el -peso de Solita, huyendo de su presencia como el diablo de la cruz, y -sin hallar dentro de su casa ocupación que le distraiga, ni fuera de -ella espectáculo que le seduzca.</p> - -<p>Cuando un hombre cualquiera pierde una afición racional, adquiere -otra que le entretiene lo mismo, eligiendo, conforme á su gusto, en -el inmenso campo de las cosas lícitas y honradas; pero cuando un -egoísta solitario se harta de lo único que apetece, es hombre perdido; -es la bestia que se tumba á dirigir lo devorado, ó que brama á la -puerta del establo ajeno por<span class="pagenum" id="Page_184">[p. -184]</span>que en él olfatea lo que no hay en el suyo. Fuera de -aquello, nada desea ni le distrae... Y tenga el lector muy en cuenta -esta condición esencial de carácter, para lo que queda dicho y lo que -falta decir de nuestro personaje.</p> - -<p>Para los hombres como Gedeón, el arte no tiene bellezas, ni la -naturaleza aromas, luz, ecos, armonías ni colores; la misma impresión -les causa el nubarrón que obscurece el horizonte, que los arreboles -de una aurora; lo mismo hiere sus oídos la inspirada melodía, que el -chirrido de las carretas; la propia aversión tienen á la prosa de -Cervantes, que á las coplas de Calainos. Pasear en el campo no es -para ellos recrear la vista y el olfato, ni sumir el alma en plácidas -contemplaciones: es simplemente estirar las piernas, bracear á su -antojo, eructar recio, aflojar la corbata, remangar la pernera y soltar -la liga para cazar la pulga debajo de la media... porque estos hombres -gastan medias altas todavía.</p> - -<p>Por eso no hay términos hábiles de levantar un espíritu semejante, -esclavo de un corpanchón atiborrado del único manjar que le sustenta, -hasta que la hartura pase y el apetito vuelva.</p> - -<p>En un estado idéntico de espíritu y de cuerpo retorna Gedeón á su -casa, cabizbajo y perezoso, á las altas horas de una noche.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_185">[p. 185]</span></p> - -<p>Á sus pesadumbres <i>de carácter</i>, hay que añadir que le duele -bastante el destacamento de la rodilla; que al peinarse en la barbería, -donde también le afeitaron, le ha hecho notar el peluquero que se le va -corriendo la calva hasta la frente; que las canas le invaden el poco -pelo que le queda, como el <i>pan de cuco</i> las heredades; y, por último -(esto no se lo dijo el peluquero), que se le menean, desde por la -mañana, tres dientes incisivos, de los seis que le quedan en la boca, -aunque negros y desconcertados.</p> - -<p>Que toda esta carga le pese y le preocupe, se concibe sin -dificultad.</p> - -<p>Lo que no se concibe fácilmente es por qué Gedeón, en el momento -de pisar los umbrales de su puerta, se pone á meditar sobre las -fragilidades humanas, sobre lo pequeñas que suelen ser las causas -que producen los más descomunales efectos, y sobre lo fatal de la -disposición en que vienen preparadas las cosas cuando el demonio está -resuelto á meter la pata entre ellas.</p> - -<p>Tan absorto está en estas meditaciones, que al llegar á su gabinete -ni siquiera se fija en que Regla, después de colocar una luz sobre -la mesa, le pregunta qué se le ofrece y le da las buenas noches de -despedida.</p> - -<p>Y como no tiene sueño, quiere dedicar una<span class="pagenum" -id="Page_186">[p. 186]</span> hora, antes de acostarse, á despachar -algunos asuntos económicos que tiene desarreglados. Así se distraerá un -poco.</p> - -<p>Al dar por terminada su tarea, oye á su lado quejidos lastimeros. -Vuélvese, y ve á Adonis que se revuelca en su colchón, y tan pronto -se pone panza arriba como cabeza abajo. Es indudable que el pobre -animal siente dolores agudos: Gedeón tira del cordón de la campanilla, -casi con tanta fuerza como en la fonda de triste recuerdo; pero, más -afortunado el perro que él, al segundo campanillazo tiene el socorro á -la puerta.</p> - -<p>Regla aparece en ella, aunque sin dejarse ver por entero.</p> - -<p>—Perdone el señor—dice recatándose mucho;—creyéndole acostado, me -acosté yo también y me dormí.</p> - -<p>—¿Qué he de perdonar?—responde Gedeón mientras fija su mirada -devoradora en lo que se ve de su criada.</p> - -<p>—Que no haya acudido á la primera llamada que oí entre sueños... y -que me presente así... Porque como el señor no acostumbra á llamar á -estas horas, he creído que estuviera malo... De modo que, si no hay -urgencia, iré á vestirme...</p> - -<p>—¡De ninguna manera!—exclama Gedeón, condolido sin duda de -la situación angustiosa<span class="pagenum" id="Page_187">[p. -187]</span> del perro, pero sin apartar su vista de la criada.—Llamaba -porque Adonis está muy malo... Vea usted...</p> - -<p>Entonces avanza Regla un paso, haciendo heróicos esfuerzos para -cubrir el busto rollizo con un menguado chal tirado sobre los -hombros.</p> - -<p>Toma la luz que Gedeón pone en su mano, y los dos se acercan al -rincón en que se halla Adonis dando volteretas y exhalando gritos -lastimeros.</p> - -<p>—Es un cólico—dice Regla.—¡Pobrecito!</p> - -<p>Y extiende el brazo libre y desnudo hacia la bestia. Pero la -casualidad, la taimada casualidad que ha infundido el mismo pensamiento -en Gedeón, guía la mano de éste con igual rumbo; y como el camino es -estrecho, la mano choca con el brazo, y el brazo, temeroso ó deferente, -por ser de quien es, se repliega y retrocede; en virtud del cual -movimiento, el mezquino chal de la azorada Regla se desliza por los -hombros abajo.</p> - -<p>—¡Lo mismo que yo me había figurado!—exclama entonces Gedeón, con -el entusiasmo de un doctor que ve cumplidos sus pronósticos, aludiendo -seguramente á la enfermedad del perro, mientras la criada, lanzando -un ¡ay! entre risueña y ruborosa, quédase en la actitud de la bíblica -Susana al verse sorprendida en el baño por los viejos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_188">[p. 188]</span></p> - -<p>—¡Alumbre usted más!—dícela anheloso Gedeón, quizás creyendo que no -ve bastante todavía.</p> - -<p>Pero, como si en concepto de Regla se viera hasta demasiado, sopla -en la bujía y deja el cuarto á obscuras para desesperación de Adonis, -cuyos lamentos crecen desde aquel instante, y son los únicos ruidos que -turban el silencio de la casa,</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<p class="i0">mientras el mundo sin cesar navega</p> -<p class="i0">por el piélago inmenso del vacío,</p> -</div></div> - -<p class="ti0 mt1">como dijo el poeta y han repetido otros mil que -quieren serlo, y repito yo ahora, sin saber por qué ni para qué.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-031.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_16"> - <p><span class="pagenum" id="Page_189">[p. 189]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-063.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="XVI. UN INTRUSO">XVI</h3> - <p class="subh3">UN INTRUSO</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-a.jpg" alt="A" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Al siguiente</span>, ó pocos -días después, Regla le dice á Gedeón, mientras le sirve el almuerzo:</p> - -<p>—Yo quisiera pedirle á usted un favor... digo, si no molesto.</p> - -<p>—¡Ya empezamos!—piensa Gedeón; y en voz alta añade:—¿Nada más que -uno?</p> - -<p>—Por ahora...</p> - -<p>—Y ¿de qué se trata?</p> - -<p>—Ya sabe usted que yo soy viuda hace siete años.</p> - -<p>—Así me lo ha dicho usted.</p> - -<p>—Porque es la verdad. Y es el caso que mi difunto me dejó un -hijo.</p> - -<p>—¿De él solo?</p> - -<p>—De los dos, señor.</p> - -<p>—Bien, ¿y qué?</p> - -<p>—Que cuando la necesidad me obligó á po<span class="pagenum" -id="Page_190">[p. 190]</span>nerme á servir, tuve que dejar ese niño en -casa de unos parientes, que por un tanto me le cuidan.</p> - -<p>—Nada más natural.</p> - -<p>—Pero, á decir verdad, no me gusta la educación que están dándole; y -con ése cuidado, no vivo tranquila.</p> - -<p>—Se comprende.</p> - -<p>—Y me he dicho á mis solas muy á menudo: «si yo pudiera tener á mi -lado á ese inocente, ¡con qué facilidad le educaría como es debido, -y con cuánto más gusto cumpliría yo todas mis obligaciones!» Porque, -créalo usted, señor, si á esa edad dan en torcerse las criaturas, luégo -que crecen ya no las endereza una estaca.</p> - -<p>—También es cierto.</p> - -<p>—¡Hay tantos ejemplos de ello!</p> - -<p>—No dejan de abundar, según dicen.</p> - -<p>—Muchísimo, créalo usted. Decía mi madre, que en paz descanse, que -todos los hombres malos han sido niños mal educados.</p> - -<p>—Tampoco lo niego, Regla.</p> - -<p>—Pues eso es lo que no quisiera yo que se dijera mañana de mi hijo, -por culpa de su madre.</p> - -<p>—Muy bien pensado; pero ¿qué tengo yo que ver en todo eso?</p> - -<p>—Bastante, señor.</p> - -<p>—Pues usted dirá...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_191">[p. 191]</span></p> - -<p>—Digo, con su venia, y si en ello no ofendo, que si usted, que es -tan bueno y tan generoso...</p> - -<p>—Muchas gracias.</p> - -<p>—Me permitiera traerle á mi lado...</p> - -<p>—¿Á quién?</p> - -<p>—Al hijo.</p> - -<p>—¿Sabe usted que por verme libre de ellos no me he casado yo?</p> - -<p>—Eso no quita; porque yo me comprometo á que el mío no le moleste á -usted... ni le vea siquiera.</p> - -<p>—¿Qué edad tiene?</p> - -<p>—Cumplirá siete años por San Juan.</p> - -<p>—¿Es guapo?</p> - -<p>—Ya sabe usted que á ninguna madre le parecen feos sus hijos. Por lo -demás, es el vivo retrato de su padre.</p> - -<p>—No tuve el gusto de conocerte.</p> - -<p>—Un real mozo, sin agravio de lo presente.</p> - -<p>—Muchas gracias. ¿Es limpio?</p> - -<p>—Como los mismos oros de la Arabia.</p> - -<p>—¿Tiene mal genio?</p> - -<p>—Un borregote á la buena de Dios. Basta mirarle para que se le ponga -la cara como un tomate.</p> - -<p>—En fin... que venga.</p> - -<p>—Tantísimas gracias, señor... aunque no esperaba yo menos de su buen -corazón.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_192">[p. 192]</span></p> - -<p>—Ni de mis fragilidades,—concluye Gedeón para sus adentros.</p> - -<p>Pocas horas después viene el niño al lado de su madre, y ésta se le -presenta á su amo inmediatamente, acaso porque en ello cree cumplir -un deber de respeto y cortesía; acaso porque intenta que los ojos de -aquél le acrediten los elogios que ella le hizo de su hijo: intento, -si tal la mueve, mal ideado; pues el niño, con perdón de su madre, es -feo subido, zaino, y tiene mocos, ó huellas, debajo de la nariz, de -tenerlos colgando muy á menudo.</p> - -<p>—¿Cómo te llamas, hombre?—le pregunta Gedeón.</p> - -<p>—Respóndele, hijo,—le dice su madre al ver cómo el rapaz, medio -oculto entre sus faldas, se chupa un dedo, baja la cabeza y se -balancea sobre un pie. Al cabo de un rato se oye como un gruñido -intraducibie.</p> - -<p>—¿Cómo has dicho?—pregunta Gedeón.</p> - -<p>—Mmmeeeeto,—gruñe otra vez el chico.</p> - -<p>—Dice que Merto—añade su madre.—Le llamamos así, porque su nombre es -Mamerto.</p> - -<p>—¿Cuántos años tienes?—vuelve á preguntarle Gedeón.</p> - -<p>El chico sigue balanceándose, sin dejar de chuparse el dedo, y no -contesta.</p> - -<p>—Que cuántos años tienes... ¿No oyes lo que te pregunta este -señor?... Pero saca esos<span class="pagenum" id="Page_193">[p. -193]</span> dedos de la boca, inocente, y ponte derecho... ¡Así!</p> - -<p>Y Merto, puesto como su madre desea, ó mejor dicho, como su madre le -pone, al quedarse mirando á Gedeón, que también le mira á él, frunce la -jeta y échase á llorar.</p> - -<p>Adonis (y aprovecho la ocasión para decir al lector que la alimaña -ratonera no murió aquella noche, sin duda porque también hay una -providencia que vela por los perros, cuyas desdichas no hallan -compasión en el egoísmo de los hombres); Adonis, repito, que roncaba -en un colchón tranquila y descuidadamente, al oir los berridos de -Merto despiértase despavorido y lánzase sobre el intruso, como pudiera -hacerlo sobre un rival que le disputara los mimos de cierta perra -carlina de la calle.</p> - -<p>Envuélvese el acometido en la saya de su madre, sobrecogido de -espanto; crecen sus gritos y lamentos, y ni unos ni otros cesan hasta -que, á instancias de Gedeón, sale Merto del gabinete y se vuelve Adonis -á su lecho murmurando no sé qué perrerías y enseñando los afilados -dientes.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-193.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_17"> - <p><span class="pagenum" id="Page_195">[p. 195]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-075.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="XVII. LOS SOBRINOS DEL DEMONIO">XVII</h3> - <p class="subh3">LOS SOBRINOS DEL DEMONIO</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-p.jpg" alt="P" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Poco</span> á poco va -perdiendo el hijo de Regla el miedo y el encogimiento que la casa y su -amo le infundieron al entrar en ella.</p> - -<p>Regla cuida de que Merto abra la puerta siempre que Gedeón sale ó -entra, y también le permite que haga algunas excursiones por salas y -pasadizos. Así familiariza á su hijo con la cara de su amo, y á éste -con la catadura del rapaz.</p> - -<p>Después, ya llega Merto alguna vez hasta el gabinete para recoger -botas que hay que limpiar, ó poner al alcance de Gedeón las que ya -están limpias.</p> - -<p>Cuando esto sucede, Gedeón cuida de que Adonis no se mueva ni Merto -le provoque aunque no alcanza á impedir que el uno gruña y el otro, á -la disimulada, le haga una mueca.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_196">[p. 196]</span></p> - -<p>Más adelante, el chico se atreve á sonreírse siempre que se encara -con el amo de su madre, y entonces es de rigor que éste le dé un -coquetazo, ó le tire de las orejas, en son de caricia, con lo cual -Merto adquiere otras tantas alas con que aprender á volar á su gusto en -aquel espacio.</p> - -<p>Días y meses andando, si mientras Gedeón está comiendo pasa el chico -cerca de la mesa, le llama; y por el gusto de ver qué cara pone cuando -la muerde, le da una aceituna; y por el placer de contemplar cómo se -relame saboreándole, le regala un dulce.</p> - -<p>De este modo el carácter de Merto se va desenvolviendo por completo; -y como ya nunca se halla bajo la impresión del miedo ni del sobresalto, -llega á haber en su fisonomía esa expresión de sinceridad atractiva, -tan propia de los niños, por feos que sean, como á Merto le sucede. -Además es algo bizco, torpe de lengua, y, en cuanto se enfada un poco, -echa cada terno que saca lumbres.</p> - -<p>Todas estas cualidades hacen suma gracia á Gedeón, que no oculta -el placer que tiene en que muy á menudo, y cuando ya está él aburrido -de atusar las greñas al ratonero, entre el chico en el gabinete -<i>mandándole</i> que le enseñe <i>los santos</i>, ó la máquina del reló.</p> - -<p>—Pues límpiate los mocos—le dice Gedeón.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_197">[p. 197]</span></p> - -<p>—Puez amalda tú el peldo,—le contesta Merto.</p> - -<p>Porque Merto y Adonis, para entonces, ya no se pueden ver.</p> - -<p>Empezando por darle algunas golosinas de la mesa, acaba por sentarle -á ella casi todos los días, mientras á Adonis, acurrucado en el suelo -entre los dos, se le indigestan los mendrugos que le regala su amo, -considerando la altura á que ha elevado su privanza aquel intruso. -Algunas veces tiene Gedeón el capricho de tirar á Merto, que ocupa el -extremo opuesto de la mesa, una rosquilla; y entonces Adonis, creyendo -que es para él, ó fingiendo que lo cree, da un salto increíble; y -después de atrapar en el aire la rosquilla, cae sobre la mesa, metiendo -las patas en una dulcera, cuando no el rabo y algo más en el plato del -intruso, ó en el de su amo. En estos casos, no siempre que Merto quiere -castigar el atrevimiento de Adonis tirándole con un panecillo ó con el -tenedor, lo consigue sin que Gedeón reciba el proyectil de rebote en -el estómago, ó en las narices; lances que (¡vean ustedes lo que son -algunos <i>ogros</i>!) hacen desternillarse de risa al solterón.</p> - -<p>Es lo más curioso que éste cree todavía que Merto es un -chiquillo antipático é insoportable, por feo, por díscolo y por mal -educado;<span class="pagenum" id="Page_198">[p. 198]</span> y no bien -oye un porrazo hacia la cocina, ya sale despavorido á preguntar <i>quién</i> -se cayó, recordando <i>casualmente</i>, en aquel instante, que el hijo de su -criada es travieso y aficionado á encaramarse en sillas y vasares.</p> - -<p>Un día toma Merto una indigestión de bizcochos y agua de limón, -y se pone á morir; y <i>casualmente</i> en ese día no tiene Gedeón ganas -de salir de casa; y por no aburrirse en ella, entra doscientas veces -en el cuarto del enfermo; y porque no diga su madre que se le ha -desatendido la asistencia, obliga al médico á hacer diez visitas más de -las precisas; y ¡cosa más rara aún! en el momento en que el chico sale -del peligro, se encuentra él más animado y hasta con ganas de salir á -la calle; y ¡coincidencia todavía más extraña! hasta se le ocurre, al -pararse, <i>por casualidad</i>, delante de una tienda de juguetes, comprar -para el convaleciente un tren de artillería, por lo mismo que nunca le -ha regalado cosa que valga media peseta.</p> - -<p>Otra vez rompe Merto una chuchería de las varias que tiene Gedeón -sobre la mesa; y al volver éste de la calle y coger al rapaz con el -delito entre las manos, reniega de él y hasta de la hora en que le -permitió entrar en su casa. Óyelo su madre, y parte furiosa á castigar -á su hijo. Mas apenas le ha sacudido el primer<span class="pagenum" -id="Page_199">[p. 199]</span> soplamocos, ya está Gedeón amparando al -delincuente.</p> - -<p>—¿Á qué vienen esas violencias?—dice con mal gesto á Regla, mientras -coloca á Merto detrás de él.</p> - -<p>—Á enseñarle lo que no sabe; á quitarle los condenados resabios que -trajo de la otra casa. ¡Te he de desollar vivo, tunante!</p> - -<p>—Pues no lo conseguirá usted dándole golpes. Bueno que se le -reprenda y se le amoneste; pero...</p> - -<p>—Como si predicara usted en desierto...</p> - -<p>—Si los niños tuvieran la reflexión de los hombres...</p> - -<p>—¡El loco con la pena es cuerdo!</p> - -<p>—Pues por hoy se acabó el castigo, porque yo, que soy el agraviado, -perdono el agravio por esta vez... Por esta vez no más... ¿lo oyes, -Merto?</p> - -<p>Pero Merto, con gran sorpresa de Gedeón que le creía llorando -arrepentido, está haciendo gestos provocativos á Adonis, que, á su -vez, le enseña los dientes; después alumbra un pisotón al ratonero, -y se oyen á un tiempo un aullido terrible y un terno feroz, mientras -Adonis enrosca el rabo dolorido y Merto se lleva ambas manos á una -pantorrilla.</p> - -<p>—¡Ve usted lo que es interceder por el demonio?—exclama Regla, -buscando iracunda á<span class="pagenum" id="Page_200">[p. 200]</span> -su hijo entre los faldones de la levita de su amo y las patas de la -mesa.</p> - -<p>—Déjele usted, que el pisotón ha sido casual...</p> - -<p>—¿Y también lo <i>otro</i>?—grita Regla.—¿Eso te han enseñado en esa -casa, groserote? No aprenderás los consejos que yo te doy, tan bien -como esas indecencias, ¡Satanás!</p> - -<p>Y atrapando al fin á su hijo, arrástrale hasta la cocina, -administrándole por el camino media docena de sopapos.</p> - -<p>—No estoy yo por el sistema de los cachetes para educar á los -chicos,—murmura Gedeón en tanto, como si en su vida se hubiera ocupado -muchas veces en cuestión tan transcendental.</p> - -<p>Y para comprobar la teoría, arrima dos castañetazos al pobre perro, -por la parte que ha tenido en la media docena de ellos de que Merto va -rascándose.</p> - -<p>Al verse tratado así, no el dolor, el asombro parece pintarse en la -hirsuta faz del ratonero. ¿Qué castañetazos son aquéllos? ¿Desde cuándo -y por qué su amo se permite hacerle tales ultrajes? ¿Es por el mordisco -que él dió á Merto en la pantorrilla? Pues Merto le pisó á él primero -el rabo, después de haberle provocado con gestos y ademanes injuriosos. -¿Es que le han dolido á su amo los cachetes de su cria<span -class="pagenum" id="Page_201">[p. 201]</span>da, más que á Merto que -los recibió, y busca un inicuo desahogo en el inocente Adonis? Esto es -lo más triste para él, porque es lo más verosímil.</p> - -<p>Todas estas consideraciones, ó algo por el estilo, se leen en la -cara del compungido Adonis; y esto que se le ocurre á un miserable -ratonero, no se le alcanza á Gedeón, que todavía insiste en que le -es antipático Merto por feo, por sucio, por díscolo y por hijo de su -madre.</p> - -<p>Pero ésta, que caza, por lo menos, tan largo como el perro, no -ignora que, á cierta edad, la naturaleza humana siente la necesidad de -amar, y que cuando no puede amar á sus propios frutos, porque no los ha -dado, ama á lo primero que le ponen por delante; y que no es otra la -causa de que ame Gedeón á su retoño, como antes de conocerle amaba al -perro ratonero.</p> - -<p>Que esto iba á suceder, lo sabía ella antes de traer á Merto á -su lado, aunque no aseguraré que por eso, y no más que para eso, le -trajera.</p> - -<p>Pero ya que sus presunciones se han cumplido, nada se pierde con -dejar que rueden los acontecimientos, ni con trabajar para prepararlos -del mejor modo posible. Gedeón es rico; ya no ha de casarse, y no tiene -herederos<span class="pagenum" id="Page_202">[p. 202]</span> forzosos: -¿qué mal hay, ni á quién se ofende, en que un pobre le conquiste una -parte de su corazón, y con ella un pedazo de su caudal?</p> - -<p>Digo todo esto porque no se tome á comedia la ira que le causan á -Regla los desafueros de su hijo, cuando más cerca le ve de conquistar -el corazón de su amo.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-074.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_18"> - <p><span class="pagenum" id="Page_203">[p. 203]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-203.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="XVIII. LA GRAN BATALLA">XVIII</h3> - <p class="subh3">LA GRAN BATALLA</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-a.jpg" alt="A" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Así</span> las cosas, va -rodando el tiempo.</p> - -<p>Merto sigue haciendo barbaridades; su madre reprendiéndolas; Gedeón -disculpándolas, y Adonis, con un ojo al rapaz y con el otro á su amo, -temiendo las asechanzas de aquél y estudiando los grados que él va -perdiendo en el cariño de éste.</p> - -<p>Adonis odia á Merto como se odia á un rival que es además un -tirano.</p> - -<p>Merto sólo discurre para inventar modos de atormentar á Adonis. Á -ello le inclinan su instinto de muchacho revoltoso, y el recuerdo de la -dentellada que le dejó cicatrices en la pantorrilla.</p> - -<p>Pero Gedeón, cuando está en casa, no se separa del ratonero; y -cuando sale de ella, queda Regla que no pierde de vista un momento á la -alimaña.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_204">[p. 204]</span></p> - -<p>Por lo demás, ya sabe él que hay en el cuarto de la ropa sucia -una vara de fresno, muy larga, que usa su madre para despolvorear -los colchones. Aquella vara es toda su ambición. Con aquella vara -se le puede dar al ratonero una mano de leña, como no la ha llevado -en el mundo perro alguno; y se le puede dar desde lejos, es decir, -impunemente, ó, lo que es lo mismo, sin el riesgo de que devuelva -dentellada por varazo.</p> - -<p>Saboreando tales propósitos, aguarda el rapaz, con una perseverancia -impropia de sus años, á que se le meta por los ojos una ocasión á su -gusto.</p> - -<p>Y la ocasión, al fin, se le presenta.</p> - -<p>Gedeón no volverá á casa en toda la tarde, y Regla ha salido á la -calle por largo rato, sin poder llevarse consigo á Merto, porque éste -tiene los zapatos á componer. Temiendo que durante su ausencia haga -su hijo alguna barbaridad, le ha amenazado con todos los castigos -imaginables si se mueve del sitio en que ella le deja, entretenido en -pegar con engrudo varios remiendos á una cometa. Merto ha prometido no -menearse de allí.</p> - -<p>Pero al quedarse solo, la sangre le hierve, los brazos le bailan, -sus piernas brincan solas; y, para colmo de tentaciones, está -enfrente de él, y abierto, el cuarto de la vara, y la vara de<span -class="pagenum" id="Page_205">[p. 205]</span>lante de sus ojos -cimbreándose sola, como diciéndole: «empúñame, y ¡á él!»</p> - -<p>Además, hay en la casa muchísimos objetos que Merto no ha visto -todavía <i>por dentro</i>, y tiene que verlos alguna vez; y esa vez no puede -ser otra que aquélla, por lo mismo que, á la sazón, no hay nadie que -le impida desarmar lo que le acomode y meter los dedos donde más le -convenga.</p> - -<p>Si sabe distribuir bien el tiempo, tiénele sobrado para hacer estas -investigaciones y dar á Adonis la tremenda paliza.</p> - -<p>¡La paliza sobre todo!</p> - -<p>En la sala hay un reló de sobremesa, cuya péndola figura un niño -columpiándose en una cuerda. Este columpio es la curiosidad que más -preocupa á Merto desde que le vió por primera vez. ¿Por qué se mueve -así? ¿Quién le da el empuje necesario? ¿Por qué se bambolea de atrás -á adelante, y no de un lado á otro, como todas las péndolas que él ha -visto?</p> - -<p>Hay que aclarar este misterio á todo trance.</p> - -<p>Y después de empuñar la vara y de cerciorarse de que no se oye -ruido de pasos en la escalera, y de ver, con mucho sigilo, que Adonis -tiene para rato con el sueño que está echando en su colchón del -gabinete, acércase al reló, dejando para después de la batalla, si el -estado de las cosas lo permite, el desarmar el<span class="pagenum" -id="Page_206">[p. 206]</span> barómetro y el filtro del comedor, la -maquinilla del café, un calendario mecánico, una caja de música y otras -maravillas que hay en el gabinete.</p> - -<p>El temor de que su madre se vuelva á casa antes de lo que <i>debe</i>, -obliga á Merto á hacer sus pesquisiciones sin el reposo que él desea; -por lo cual le falta el tino que, en otro caso, tendría para manejarse -con desembarazo.</p> - -<p>Por de pronto, hay que quitar el fanal al reló; y brega de aquí, -brega de allá para conseguirlo, hácele tres pedazos. Contrariedad es -ésta que le desconcierta y desanima; pero uno de los pedazos es muy -grande, y acaso pueda servir todavía: esto le consuela bastante y le -devuelve el ánimo para continuar la tarea.</p> - -<p>Ya está descubierto el reló. En el espejo que refleja su parte -posterior, se ven cosas que se mueven, amarillas y relucientes como -el oro. Allí está el misterio. Invierte la posición del aparato. Hay -otro cristal delante de las ruedas... ¡Por vida de los inconvenientes! -Pero el cristal tiene un resorte. La casualidad guía el dedo de Merto -hasta el punto conveniente para que, apretando allí, el resorte cumpla -su cometido. El cristal se separa, de un brinco, por sí solo. ¡Oh -delicia! <i>allá dentro</i> hay una como hebillita que se menea á un lado y -á otro. Es preciso ver qué resistencia opone á su<span class="pagenum" -id="Page_207">[p. 207]</span> mano... ¡Rich! Algo se ha roto, y el -columpio cae sobre la consola. El tictac, que antes se oía lento y -acompasado, ahora es un redoble continuo; las agujas vuelan sobre la -esfera, y el timbre parece que toca á rebato. Merto jurara que hay en -aquella máquina algún demonio oculto que quiere denunciar su fechoría -con tanto ruido y campaneo; y presa de esta idea, tapa aquí, oprime -allá y mete sus dedos y la punta de la vara donde quiera que sus -ojos ven movimiento y sus oídos perciben sones. Al cabo oye Merto un -chasquido metálico; luego un <i>rischssss</i> interminable, como ruido de -puchero que <i>se va</i> sobre las brasas; y después, nada: todo ruido calla -y todo movimiento cesa; parece que se ha muerto el reló, y que su mal -espíritu se ha hundido en el averno. Merto se tranquiliza por lo que -respecta al estrépito acusador que antes le asustaba; pero, en cambio, -siente delante de aquel aparato algo del miedo que infunden siempre los -cadáveres.</p> - -<p>Con ánimo, sin duda, de borrar las huellas de su crimen, vuelve el -reló á su primera postura; arrima el columpio á la pared, á fin de que -se vea desde enfrente cual si estuviera colgado en su sitio, aunque -inmóvil; amontona los pedazos del fanal como su ingenio y su zozobra se -lo permiten; y después de echar al conjunto una mirada desde la puerta, -como<span class="pagenum" id="Page_208">[p. 208]</span> supone él que -podrán echarla su madre ó su amo cuando vuelvan, y de tranquilizarse -no poco con la prueba, empuña de nuevo la verdasca, y se acerca de -puntillas al gabinete.</p> - -<p>Gedeón, hombre de poco gusto artístico, pero muy aficionado á -rodearse de cosas que le recreen la vista y le deleiten los sentidos, -tiene su cuarto atestado de esos objetos mal llamados de arte, que la -industria ha derramado por el mundo.</p> - -<p>Así se ven allí, en brillantes colores sobre variedad de pastas, -todas las desnudeces más estimulantes de la mitología griega, en -ménsulas y rinconeras, sin que les falten, como salsa ó acompañamiento, -los estuches de carey, el barquito, ó <i>junco</i> filipino, de especias -ensartadas; los caracoles de China y la tabaquera de coco. Sobre la -mesa de escribir hay un tintero de cristal esmerilado, que es una -maravilla, y una salvadera de porcelana, prodigio de transparencia y de -color; y presidiéndolo todo, como santo en botica vieja, el busto de -Balzac, de tamaño natural, encima de una elegante papelera y entre dos -candelabros de alabastro y metal dorado.</p> - -<p>Cuando á este vedado recinto se acerca Merto, abre con mucho pulso -la puerta, y mira por la rendijilla resultante. Adonis sigue durmiendo. -Puede, impunemente, partirle de un varazo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_209">[p. 209]</span></p> - -<p>Entra y cierra la vidriera.</p> - -<p>El ratonero no se mueve.</p> - -<p>El tirano elige el sitio que más conviene á sus propósitos, y toma -sus medidas para que la vara, antes de caer zumbando sobre el perro, -pueda describir sin tropiezo el arco necesario.</p> - -<p>La empuña por un extremo con las dos manos, después de escupírselas; -afírmase á su gusto sobre los pies; levanta los brazos hasta más atrás -del cogote, y... ¡zás!</p> - -<p>Pero el ansia misma que tiene el granuja de deslomar al perro, le -hace perder el tino, y sólo le alcanza con la vara en la punta del -rabo.</p> - -<p>Al recibir el golpe, lanza Adonis un aullido de angustia, de furor -y de sorpresa juntamente, y da un salto nervioso é inconsciente que le -eleva dos codos sobre el lecho en que acaso soñaba con la perra de sus -pensamientos; después se encara con Merto, encorvado el lomo, la mirada -ardiente y rechinantes los colmillos.</p> - -<p>Merto, que no contaba con errar el golpe, ni, por consiguiente, con -aquella actitud amenazante de su enemigo, desconciértase no poco, y -comienza á sacudir palos de ciego; es decir, veinte en la alfombra y -uno en Adonis.</p> - -<p>Cuando éste parece convencido de que no puede meterse por debajo de -la vara y hacer<span class="pagenum" id="Page_210">[p. 210]</span> -presa en las pantorrillas de Merto, porque la vara no cesa un punto de -cimbrearse, acude al recurso de ocultarse debajo de cada mueble; pero -allí le punzan y acribillan, si afuera le vapuleaban; y no sabe cuál es -peor. Después salta sobre las sillas y sobre la cama; y la vara siempre -detrás, ó encima de él; pero la vara nunca pierde viaje, pues cuando -no alcanza á Adonis, tumba cuanto halla al paso en rincones y paredes. -Desde la cama, y no de un salto ni sin llevar más de un varazo en el -camino, huye el desventurado perro á refugiarse en la mesa de escribir; -pero allá va también la vara, con la cual parte Merto la salvadera, -creyendo partir á Adonis, que, á su vez, tumba el tintero, que se -despedaza en el suelo, y pringa la alfombra después de haber pringado -arriba libros y papeles.</p> - -<p>Este estropicio aplaca un instante las iras del muchacho, y le hace -prorrumpir en una interjección brutal.</p> - -<p>Adonis, aprovechando aquel respiro, quiere estudiar con algún -sosiego un plan de defensa; y desde la mesa en que se halla abroquelado -con un montón de libros, dirige en derredor miradas angustiosas, como -preguntándose: «¿En dónde mil demonios me guareceré cuando este bárbaro -me eche de aquí?» Pero no ha habido tiempo ni para pensar la respuesta -que<span class="pagenum" id="Page_211">[p. 211]</span> se pide, cuando -ya tiene encima otro varazo. Entonces, desatentado, arrójase á la -papelera, y se encarama en ella, delante de Balzac, porque detrás no -cabe, cual si buscara el sagrado del arte y del ingenio por refugio. -Pero aquel genízaro que le persigue, no se para en sensiblerías -semejantes; y viéndole tan perfectamente destacado, le larga un -verdascazo á la media vuelta, que no solamente alcanza á Adonis á todo -lo largo, sino que todavía le sobra otro tanto para Balzac y para los -candelabros, que vienen al suelo con el perro, aquél desnucándose, y -los candelabros haciéndose añicos.</p> - -<p>El estrépito es horrible, y el desastre arranca al cerril muchacho, -no ya una interjección, sino una blasfemia.</p> - -<p>Entonces parece fijarse por primera vez en las ruínas de que está -cubierto aquel campo de batalla; apodérase de pronto el susto de su -ánimo, y, soltando la vara, abre la puerta y huye á esconderse en su -cuarto; en el cual, después de larga meditación, no se le ocurre otra -salida para el conflicto en que se halla, que meterse en la cama, -hacerse el enfermo y echar la culpa de todo lo sucedido á Adonis, que, -entre tanto, se rasca las contusiones, se relame los hocicos y gime -tembloroso, como niño después de una azotina.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/fin_lm.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_19"> - <p><span class="pagenum" id="Page_213">[p. 213]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-017.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="XIX. POST NÚBILA PHŒBUS">XIX</h3> - <p class="subh3">POST NÚBILA PHŒBUS</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-q.jpg" alt="Q" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Qué</span> le sucede á Regla -cuando vuelve á casa, y después de hallar en la cama á su hijo y -de verle temblar en su presencia, y de deducir de sus desatinadas -respuestas parte de la catástrofe, llega á conocer el resto por los -cascos del gabinete, por la vara olvidada en él y hasta por los -quejidos de Adonis, puede el lector presumirlo; y también suponer, y no -errará en el supuesto, que después de comparar á Merto con todos y cada -uno de los demonios más conocidos y de llamar sobre su cabeza todas las -maldiciones imaginables, le contunde el cuerpo con la vara misma, que -nunca trabajó tanto como aquel día, y le acribilla á pellizcos, y le -jaspea la cara á bofetones, y le estira medio palmo las orejas, entre -varazo y denuesto.</p> - -<p>Puede igualmente alcanzársele al propio lec<span class="pagenum" -id="Page_214">[p. 214]</span>tor, que Regla, tras este desahogo feroz, -echa á Merto de casa, antes de que á ella torne su amo y la acuse, -con el diablejo delante, de haber correspondido indignamente á sus -condescendencias; pero lo que no se le alcanzará si yo no se lo digo, -es que Regla, al proceder así, ha calculado que se anticipa á cumplir -los propósitos que le manifestaría Gedeón, si al conocer la catástrofe -estuviera aún á su lado el autor de ella; que su amo ha de agradecerle -este rasgo de previsión; que el olvido del pecado será tanto más -pronto cuanto más lejos se halle del ofendido el pecador, y que hasta -puede llegar el día en que el mismo Gedeón solicite la vuelta del hijo -revoltoso al lado de su madre.</p> - -<p>Merto, pues, sin tiempo para secarse las lágrimas ni limpiarse los -mocos, vuelve á casa de los parientes con quienes antes vivió; y vuelve -á escape y á empellones de su madre, que no quiere encontrarse con su -amo en el camino, por las calles más extraviadas.</p> - -<p>Regla deja á Merto entre sus parientes, hasta nueva orden, no sin -exigirles la promesa de que en los primeros quince días le han de -quitar el hambre á palos; y sin perder un solo instante en ociosas -amonestaciones á su hijo, vuela, más bien que corre, hacia su casa.</p> - -<p>Pero su amo llega antes que ella.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_215">[p. 215]</span></p> - -<p>Atónito se queda al entrar en su cuarto y contemplar los -despedazados cachivaches que apenas le dejan sitio donde poner la -planta; y más se sorprende todavía cuando, al llamar á Regla para que -le dé explicaciones sobre aquel desastre, no halla quien le responda, -si no es Adonis que gime y llora á su modo, y le abraza las piernas, y -le lame las manos, y hace como si quisiera enseñarle las cordilleras de -ronchas que le abruman el cuerpo debajo de las lanas.</p> - -<p>—¡Merto!... ¿no es verdad?—exclama al fin Gedeón, entre iracundo y -triste, fijando su vista en la de Adonis.</p> - -<p>Y Adonis, cual si comprendiera la pregunta, alza más la cabeza; -muévela arriba y abajo, ladrando al mismo compás, como si quisiera -decir:</p> - -<p>—Sí, señor; ¡ese bribonazo ha sido quien me dió la paliza y rompió -todo esto!</p> - -<p>—¡Preciso es convenir—exclama Gedeón, dándose por enterado,—en que -no se habrían atrevido á tanto mis propios hijos, si yo los tuviera!</p> - -<p>En esto entra Regla en el gabinete, desencajada y compungida. -Refiere á su amo lo que sabe del caso y lo que ha hecho con el -causante, llorando cuando debe llorar y lamentándose cuando debe y -como debe lamentarse; y como<span class="pagenum" id="Page_216">[p. -216]</span> todo lo dice ella, y cuanto hay que hacer con el -delincuente está ya hecho, Gedeón sólo despliega los labios para -implorar un poco de misericordia para Merto, y reducir á su madre á -que renuncie á sus manifestados propósitos de marcharse de la casa, -en castigo que ella misma se impone, de su mala correspondencia á los -favores recibidos de un amo tan generoso y tan bueno.</p> - -<p>Y con esto, y no sé si con algo más, pariente de ello, se da por -terminado un incidente (como dicen en los Parlamentos), que, en buena -lógica, debía tumbar de espaldas á un hombre como Gedeón, que se pone -malo solamente con acordarse de los desafueros y tropelías que cometen -en las casas los hijos de familia, cuando son de la edad de Merto.</p> - -<p>Al otro día cuida mucho el complaciente amo de no apurar las fuerzas -ni el espíritu de su criada con órdenes excesivas ó con palabras -secas. ¡Demasiado acongojada está la pobre mujer con lo que le ha -sucedido! ¡Ella que es tan atenta! ¡Ella que es tan delicada!... ¡y tan -comedida!</p> - -<p>Y como, al cabo, es madre de Merto, y por malo que éste sea debe de -quererle mucho, también le pregunta por Merto.</p> - -<p>Y como nada sabe Regla de él en los tres primeros días, al cuarto la -<i>ruega</i> Gedeón que<span class="pagenum" id="Page_217">[p. 217]</span> -trate de saberlo, porque cabe en lo posible que el chico haya <i>tomado -sentimiento</i> por lo que se le ha castigado, y llegue á adquirir una -enfermedad peligrosa. Después de todo, ¡qué diablo! por malo que sea un -chico, vale su vida... para su madre, se entiende, bastante más que los -cuatro monigotes destrozados en su gabinete.</p> - -<p>Merto, entre tanto, se halla en casa de sus parientes tan sereno y -despreocupado como si jamás hubiera roto una cazuela; pero su madre se -guarda mucho de contárselo á su amo; antes le dice, por toda noticia de -su hijo, que sigue éste llorando el bien que ha perdido por su culpa, y -cumpliendo la pena merecida que ella le ha impuesto.</p> - -<p>—Pues si está arrepentido—dice Gedeón á Regla, antes de la -semana,—perdonémosle, con mil santos, y que se vuelva otra vez -acá. ¿Quién sabe si con lo que ha pasado y algo que yo le diga, -poniéndome serio, acabará de hacerse un modelo de chicos agradecidos y -juiciosos?</p> - -<p>Pero Regla sigue implacable.</p> - -<p>—Nadie sabe como yo—responde, con todas las necesarias salvedades de -respeto,—lo que á ese chico le conviene.</p> - -<p>Probablemente estará Regla en lo cierto.</p> - -<p>Todas estas conversaciones tienen lugar du<span class="pagenum" -id="Page_218">[p. 218]</span>rante la comida ó el almuerzo de Gedeón, -y, por consiguiente, á las barbas de Adonis. ¡Y es de ver qué gestos -hace el ratonero cada vez que el nombre del aborrecido rival llega á -sus orejas! ¡Y es de admirar cómo gime y se abate cuando la cara de -su dueño no se frunce ni amontona al hablar del pícaro que á él le -deslomó!</p> - -<p>Cualquiera pensaría que Adonis va leyendo en la fisonomía de Gedeón -sus propósitos de perdonar al atrevido y sus deseos de volver á traerle -á su lado.</p> - -<p>—¡La morcilla antes que eso!—debe de pensar el ratonero, si tal -lee.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-016.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_20"> - <p><span class="pagenum" id="Page_219">[p. 219]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-025.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="XX. UN INCIDENTE">XX</h3> - <p class="subh3">UN INCIDENTE</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-l.jpg" alt="L" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">La escena</span> representa -otra vez el gabinete de Gedeón.</p> - -<p>Éste se halla repantigado en la butaca contigua á la mesa de -escribir, y atusa las greñas de Adonis; el cual parece dormirse, de -gusto que le da el suave manoseo de su amo.</p> - -<p>Si es lícito meternos donde no hacemos falta, conste también que -Gedeón está pensando en la cada vez más obstinada insistencia de su -criada en no traer todavía á Merto á su lado.</p> - -<p>Transcurre largo rato así.</p> - -<p>Entra Regla con una carta en la mano; pónela en las de Gedeón; -dícele que la ha subido la portera, y se va.</p> - -<p>Gedeón se fija en el sobre; frunce el entrecejo; apea de un revés á -Adonis, que exhala un débil gemido de sentimiento, como diría un<span -class="pagenum" id="Page_220">[p. 220]</span> novelista <i>elegante</i>; -abre la carta, y lee para sí lo siguiente, pero con la más desastrosa -ortografía, que yo no quiero copiar:</p> - -<p class="mt1">«Querido Gedeón: Como hace semana y media que no te veo, -te escribo para decirte que en cuanto recibas ésta, vengas á verme, -pues hay dos casos muy graves de que tengo que enterarte.</p> - -<p>Tuya de corazón, más que nunca,</p> - -<p class="firma smcap">Solita.»</p> - -<p class="mt1">Graves deben de ser, en efecto, los casos á que la -firmante se refiere, cuando se atreve á molestarle con aquella misiva. -Por largas que hayan sido sus ausencias, jamás se ha permitido Solita -quebrantar las prevenciones que Gedeón la tiene hechas de no buscarle -en su casa con esquelas ni con avisos, y mucho menos con su persona.</p> - -<p>Y entre lo de «¿qué será?» y lo de «¿qué no será?» vuelve á entrar -Regla diciendo á su amo que hay á la puerta un hombre que desea -hablarle.</p> - -<p>Mas no bien lo ha dicho, ya está el hombre detrás de ella haciendo -reverencias á Gedeón.</p> - -<p>Es el tal un andrajoso, en chancletas; con las barbas á medio -crecer, y las greñas, rudas y entrecanas, desgajándose de la cabeza, -como<span class="pagenum" id="Page_221">[p. 221]</span> si quisieran -enredarse con las barbas que, en demostración de que no huyen del -enemigo invasor, crecen rígidas cara arriba.</p> - -<p>No es alto ni bajo, ni adusto ni risueño: tiene el cuerpo y la -fisonomía y hasta el olor que tienen siempre los vicios inveterados y -la falta absoluta de vergüenza.</p> - -<p>En el momento de encararse con Gedeón guarda en un agujero, de -los mil de su chaleco, una punta de cigarro que retira de sus labios -cárdenos, mientras derriba de su cabeza con la otra mano algo como -gorra ó cosa que lo parece después de haber sido sombrero.</p> - -<p>—¿Qué busca usted aquí?—le pregunta Gedeón en tono duro y ademán -airado.</p> - -<p>—Entendí que esta señora al abrirme la puerta me mandaba pasar -adelante; y eso he hecho,—responde el hombre con voz cavernosa.</p> - -<p>Siguen algunas réplicas y contrarréplicas entre los dos hombres, y -algunas disculpas y protestas de la mujer, de escasa importancia para -el lector y de mucha para mí si tuviera que escribirlas y comentarlas, -por lo cual las suprimo con su venia; retírase al fin Regla, y quédanse -frente á frente los otros dos personajes de esta escena.</p> - -<p>—¡Conque es usted don Gedeón?—pregunta el haraposo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_222">[p. 222]</span></p> - -<p>—Lo soy, ¿y qué?—responde el preguntado, con voz y gesto de -repugnancia.</p> - -<p>—¡Pues vengan esos cinco!—exclama el hombre de los andrajos. Y -avanza resuelto hacia Gedeón; y, que quieras que no, le coge una mano -y se la estruja y resoba entre las dos suyas; y arrima á su cara, -contraída por el asco, todo el bardal de su cabeza y todas las cavernas -hediondas ocultas por el bardal.</p> - -<p>Gedeón consigue, á duras penas, librar su mano de aquella tenaza -sucia; y huye luego dos varas atrás con la butaca en que está -sentado.</p> - -<p>El hombre, al mismo tiempo, toma una silla, la arrima á la butaca y -se sienta también.</p> - -<p>—Pues yo soy, para lo que usted guste mandarme, Judas Cerote,—dice -al sentarse. Y mientras aguarda la respuesta, escupe en la alfombra y -se limpia los hocicos con un pingajo que saca de otro pingajo de su -chaqueta.</p> - -<p>—¡Como si fuera usted Pentapolín de los Garamantas!—grita Gedeón -hecho una lumbre y poniéndose de pie.—¿Qué es lo que viene usted -buscando aquí? ¡Pronto!</p> - -<p>—¡Calma, amigo mío, calma!—replica el otro con mucha sorna,—que -no es oro todo lo que reluce, ni en mi corporalidad son remiendos -solamente lo que hay que ver. El asunto<span class="pagenum" -id="Page_223">[p. 223]</span> que me aproxima á esta casa, no se -manipula ni especifica echándome á mí á la calle sin oirme... Hágame -usted la cortesía de tomar asiento otra vez, con toda franqueza... y -permítame usted que amargure, digásmolo así, este primer detrimento de -las honradas hidalguías de mi corazón que aquí me traen.</p> - -<p>Y el llamado Judas, al decir esto, hace como si se conmoviera.</p> - -<p>—Mire usted, hombre—replica Gedeón dejándose caer en la butaca:—si -me promete usted concluir pronto lo que tiene que comunicarme, soy -capaz hasta de escucharle sentado.</p> - -<p>—De usted dependerá que yo finiquite en dos minutos.</p> - -<p>—Pues vaya usted cumpliendo su promesa.</p> - -<p>—Con tal que no sea usted el que desee que se alargue la -platicación.</p> - -<p>—Fácil es eso.</p> - -<p>—Pues ha de saber usted, don Gedeón, que yo soy un artista -verdaderamente desgraciado; porque desgracia es para mí haber venido á -luz en unos tiempos, digásmolo así, de menosprecio para el arte... ¡el -arte que yo cultivaba con el entusiasmo de los juveniles años!...</p> - -<p>—Siga usted, pero sin comentarios.</p> - -<p>—No pude seguir, mi señor don Gedeón, por lo mismo que yo era un -verdadero artista: no se me correspondía al tenor de mi trabajo; -y<span class="pagenum" id="Page_224">[p. 224]</span> antes que -consentir yo en humillar el arte... ¡el arte que yo cultivaba con el -entusiasmo de los juveniles años! á la tiranía de los iznorantes y -pusilámines, envolví la venerable herramienta de mis glorias en el -honrado mandil, para que no la menospreciara el siglo, y me dediqué á -la contemplación, digásmolo así, de la Naturaleza en sus manificencias -y esplendores, único trabajo á que podía dedicarme, fuera del arte... -¡del arte que yo cultivaba con el entusiasmo!...</p> - -<p>—«De mis juveniles años.» Adelante.</p> - -<p>—Esa es la palabra. ¡Cómo nos entendemos y hasta nos adivinamos los -pensamientos! Estaba escrito, don Gedeón.</p> - -<p>—¿Cuál?</p> - -<p>—Lo que pasa. Nacimos el uno para el otro. ¡Tenía que suceder!</p> - -<p>—¿Quiere usted proseguir, señor... artista?</p> - -<p>—Gracias, mi respetable don Gedeón, por ese sufragio, digásmolo -así, conmovedor, que rinde usted á mis sentimientos. Prosigo. Este -amor descomensurable que guardo en mi pecho á la patria Naturaleza, -llévame á menudo á plazas y paseos para contemplar séase el -firmamento estrellado, séase las estrellas del firmamento, séase el -sol del mediodía, séase el amanecer de la mañana. ¡Qué quiere usted! -parece que el alma se me congratula en estas<span class="pagenum" -id="Page_225">[p. 225]</span> contemplaciones, maísimen si me hallo -en la amena y dilatada compañía de otros artistas infortunados, que -también renunciaron al arte... ¡al arte que cultivaban!...</p> - -<p>—«Con el entusiasmo de sus juveniles años.» ¿No es esto?</p> - -<p>—Cabalmente, señor don Gedeón, cabalmente... ¡Es admirable cómo se -corresponden nuestras concomitancias respectivas!</p> - -<p>—Menos en un punto, señor Judas.</p> - -<p>—¿En qué punto, mi adorado don Gedeón?</p> - -<p>—En que mi... «concomitancia» está deseando que acabe usted de -hablar, y la de usted se empeña en todo lo contrario.</p> - -<p>—Es el carácter, don Gedeón, y este sentimiento de mis entrañas, que -parece desgarrarse de alegría cuando se halla en la ilustre sociedad -de un hombre tan campechano como usted. Y ahora prosigo. Días hace que -contemplaba yo la estrella polar desde un rincón de una plazuela, fuera -de lo que podemos llamar casco de la ciudad... porque la ciudad, amigo -mío, de por sí no es quién para que en ella se explaye un espíritu, -contemplando séase el firmamento estrellado...</p> - -<p>—«Séase las estrellas del firmamento...»</p> - -<p>—Séase el sol del mediodía.</p> - -<p>—«Ó séase el amanecer de la mañana.»</p> - -<p>—Pero, señor don Gedeón, me deslumbra ya<span class="pagenum" -id="Page_226">[p. 226]</span> tanta concupiscencia de pensamientos, -digásmolo así, entre los dos.</p> - -<p>—Es para ayudarle á usted á llegar pronto al fin de su discurso. -Conque no me desaire usted en tan humanitarios propósitos, señor -Judas.</p> - -<p>—Muy señor mío y dueño: rendido á ese sentimiento, especifico -así lo que me falta. Y digo, que hallándome en la contemplación de -la estrella polar hace dos noches, porque de noche era cuando yo la -contemplaba embriagado, digásmolo así, de ansias naturales del alma, y, -á la misma vez, presuimpuestando el tiempo en que, á un buen volar por -los aires, podría yo avecindarme con el astro, y aun, si á mano viene, -preguntándome por qué esa luz recalcitrante se apaga por el día y se -enciende no más que por la noche, cuando sépase usted, mi querido don -Gedeón, que pasa ella por delante de mí.</p> - -<p>—¿La estrella polar?</p> - -<p>—No, señor... aunque bien pudiera serlo, y lo ha sido ya para -algún navegante desafligido. Por una parte era su misma personalidad; -por otra no lo parecía. Pero ¡dónde verá el corazón paterno un -pedazo de sus propias entrañas, que no clame por él y le abra su -pecho enternecido? Entre si es no es ella, invoco su nombre con ese -acento, digásmolo así, de la<span class="pagenum" id="Page_227">[p. -227]</span> eternidad de una ausencia contada por años y determinada -por la profundidad de los mares caudalosos. Entonces volvió su -fisonomía la inocente paloma; y al conocer á su tierno padre... huyó -con la mujer que la acompañaba. Pero yo la había conocido bien. Era -ella; el pedazo de mi corazón; el sostén de mi ancianidad y el amparo -de mis necesidades... ¡mi idolatrada Solita!</p> - -<p>Al oir este nombre, da Gedeón un salto en la butaca. Ni remotamente -había sospechado, el muy bolonio, que semejante fin tuviera el -laberíntico discurso del artista Judas.</p> - -<p>Desconcertado como niño goloso á quien su madre sorprende robando -los bizcochos, no sabe qué cara poner al zapatero para disimular mejor -la violencia en que se halla su ánimo.</p> - -<p>—De manera que usted es...—dice, sin saber lo que se dice, pero -con la cara muy hosca, creyendo que con aquello sale mejor del -compromiso.</p> - -<p>—¡El padre de Solita!... es decir, <i>tu</i> padre político, que <i>te</i> -abre sus tiernos brazos para estrecharte en ellos.</p> - -<p>Y el elocuente artista, al responder así, se levanta de la silla, y -presenta á Gedeón todo el fardo de sus andrajos para que se arroje en -ellos.</p> - -<p>Pero Gedeón huye aterrado hasta la pared.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_228">[p. 228]</span></p> - -<p>Entre tanto, añade el remendón, sin bajar sus brazos -entreabiertos:</p> - -<p>—Y perdóname, hijo mío, si he estado llamándote hasta aquí con la -circunflexión de <i>usted</i>. Yo te conocía; pero tú no tenías el honor de -conocerme. No podía comportarse de otra manera mi natural, digásmolo -así, respetivo y atento.</p> - -<p>Gedeón ya no oye, ni ve, ni entiende. Sobresaltado al saber que -tenía delante al padre de Solita, cuando oye á éste llamarle hijo, cree -que le muerden ratones y que le besan sapos y cucarachas. Aquello es un -asco, y además una ignominia. ¿Quién habrá puesto en manos del remendón -el pico de la manta para que, tirando de él, haya llegado á descubrir -el miserable lo que estaba oculto, y, sobre todo, lo que no estaba? Hay -que averiguar eso á todo trance.</p> - -<p>Á este fin, refrena Gedeón sus iras; y, con un esfuerzo supremo -de la voluntad, disimula también sus repugnancias; finge que toma á -risa los extremos afectuosos del zapatero; ruégale que se siente, y le -pregunta qué es lo que le ha inducido á creer en el parentesco á que se -refiere.</p> - -<p>El remendón se sienta y continúa hablando así:</p> - -<p>—Viendo que Solita me negaba la paternidad, ó que no la conocía, -seguí sus pasos, de<span class="pagenum" id="Page_229">[p. -229]</span>terminado á que no se escapara ya de mis visuales. -Creyéndola yo en Puerto Rico, ¡cómo había de negar á mi corazón -aquella voluntad de contemplarla de cerca? No sé las calles que corrí -siguiéndola; y como sospeché que no quería declararme su domicilio, -hice, digásmolo así, de vez en cuando, recatación de mi persona: -de este modo descubrí casa y piso. Llamé á la puerta. Clamar en -desierto, Gedeón. Pero yo no podía, paternalmente, volver atrás. -Y repetí el llamamiento. Ya los vecinos de la escalera me habían -oído todos, y hasta se apiadaban de mí, rogándome que callara, y -todavía á la infeliz no había llegado el amoroso machaqueo de su -padre. Pero ¡qué hija es sorda á la voz enternecida del anciano que -la ha dado el sér corporal?... Solita me recibió en sus brazos á la -media hora de llamarla yo á los míos. Pero la había dejado sirvienta -puramente, y me la encontraba dueña y señora de su casa. Era esto ¿no -es verdad, Gedeón? motivo de una plática, digásmolo así, aclaratoria -y explicativa. En esa plática supe de sus tiernos labios que había -contraído nupcias mayores en Puerto Rico, pero que había prometido á -su adorado esposo guardar el secreto de ellas hasta que fuera día de -clarificarse á la luz del sol. Cumplió después con su anciano padre -en cuanto á finezas generosas de presente; pe<span class="pagenum" -id="Page_230">[p. 230]</span>ro su padre no cumplía con su augusto -deber sólo con eso. Ocurrióseme ir á tomar luces de todo á la casa en -que conoció á la familia que la llevó á Puerto Rico... ¡Ay, qué señora -aquélla, Gedeón! ¡Qué virtud la suya tan boyante, digásmolo así, y -tan concluyente! ¡Y qué claridez la de su sentido! Media palabra no -más la declaró mi fineza, y en el acto me plantó sobre la pista... Y -como yo tampoco menosprecio las buenas protecciones que se me dan, -siguiendo los apuntes de tan refulgente señora, he llegado hasta aquí -sin tropiezo...</p> - -<p>—Y ¿qué más?—pregunta Gedeón, á punto ya de estallar como una -bomba.</p> - -<p>—Que no contrincándose el dictamen de esa señora más que en lo del -viaje á Puerto Rico, viaje que resulta, digásmolo así, fracasado, con -lo dicho por Solita, sucede que tú eres el enlazado en secreto con -ella, y que yo soy vuestro padre que os bendice, y viene á estrecharte -entre sus brazos...</p> - -<p>—¡Y qué más?</p> - -<p>—Y al mismo tiempo, á decirte: Gedeón, el brillo y el buen ver entra -por mucho en la longanimidad de las familias; mira tú, hombre opíparo, -á tu padre político ultrajado por los años y las ingratitudes del -siglo; si has de regocijarte en él y en sus ancianos cabellos, vístele -y agasájale con qué se alimente y dé á sus<span class="pagenum" -id="Page_231">[p. 231]</span> arrugas venerables el resplandor, -digásmolo así, de los hombres acomodados y eminentes.</p> - -<p>—¿Nada más? Con franqueza... ¡dígamelo usted!</p> - -<p>—¡Oh, hijo descomunal y esplendoroso! ¡Bien decía yo que se -adivinaban nuestras concupiscencias! Pues ya que no se harta tu corazón -de desocuparse en el mío, sábete que no me vendría mal otro auxilio -para finiquitar algunas deudas que hoy me cierran las puertas del -sustento corporal, y hasta las del necesario descanso.</p> - -<p>—Y ¿nada más?</p> - -<p>—Por ahora...</p> - -<p>—Pues escucha, ¡zapatero vil, remendón indecente!—grita Gedeón -con los ojos fuera de sus órbitas y los puños crispados;—ni yo te he -parido, ni conozco á tu hija, ni quiero conocer á esa otra bribona que -aquí te envía; ni me he casado nunca, ni me casaré en mi vida; ni tengo -obligación de escucharte lo que me has contado, ni paciencia para oirte -otra palabra más.</p> - -<p>—Pues si usted no me conoce, ni conoce á Solita—dice Judas entre -admirado y malicioso,—¿de qué sabe usted que yo soy zapatero, si yo no -se lo he dicho?</p> - -<p>—Lo sé—replica Gedeón algo desconcertado, pero no menos -furioso,—porque... ¡porque<span class="pagenum" id="Page_232">[p. -232]</span> lo huelo! ¡porque tú no puedes ser otra cosa!</p> - -<p>Al mismo tiempo saca de su bolsillo unas monedas de plata, y, -arrojándolas sobre la mesa, añade:</p> - -<p>—Si es eso lo que venías buscando para emborracharte, tómalo, con -tal que te largues; y cuida de no probar en otra parte este sistema de -sacar dinero, pues no todos tendrán la paciencia que he tenido yo.</p> - -<p>El zapatero se abalanza con mal disimulada avidez á las monedas; -y mientras las hunde en uno de los abismos de su chaleco, dice -fingiéndose conmovido:</p> - -<p>—Las recojo, no por lo que valen en su prosapia metálica, sino por -la mano generosa que me las ofrece como prenda de un fino genial de -estimación. Pero créeme, hijo de mis entrañas, llevo clavado en ellas, -como un puñal inclemente, la rigurosidad de tus palabras á un padre -tierno que, al darte sus brazos amorosos, quería decirte: «arrójate en -ellos con la frente muy alta, que son el apoyo de una familia ilustre, -perseguida, digásmolo así, por la hediondez de la miseria...»</p> - -<p>Mientras el zapatero se enreda en estas nuevas declamaciones, Gedeón -llama á Regla; y cuando la tiene delante, la dice en tono firme y con -ademán resuelto:</p> - -<p>—Enseñe usted la puerta á este hombre.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_233">[p. 233]</span></p> - -<p>—¡Son cuentas de familia, señora!—dice Judas á Regla cuando la ve á -su lado, y mirándola con cierto desdén.</p> - -<p>En seguida se vuelve á Gedeón y le dice á media voz, pero trémulo é -iracundo:</p> - -<p>—¡Te perdono, hijo ingrato... y nos veremos!</p> - -<p>Después sale detrás de Regla, chancleteando con los pies y -requiriendo los pingajos de su vestido.</p> - -<p>Cuando Regla cierra la puerta de la escalera, Gedeón, que se ha -colocado á dos pasos de ella, la dice:</p> - -<p>—¿Has visto á ese hombre?... ¿Le recuerdas bien?... Pues el día en -que él vuelva á entrar por ahí, sales tú por el balcón.</p> - -<p>En seguida se encierra en su gabinete, y bufa y patea.</p> - -<p>En su concepto, la historia contada por el zapatero ha sido -compuesta por su hija, ó de acuerdo con ella.</p> - -<p>Quiere amenazarle con aquella afrenta constante, para reducirle -mejor á los propósitos que ha tenido el atrevimiento de manifestarle -muchas veces. ¡Insensata! ¡Y á tanto se atreve cuando ya no le queda un -solo atractivo con qué justificar el oprobio que se le quiere imponer! -¡Cuando está deseando él una disculpa para deshacerse de ese grillete -que le amarra y<span class="pagenum" id="Page_234">[p. 234]</span> le -desuella! Pero, bien mirado, ¿qué mejor ocasión que ésta para sacudirse -las pulgas? Ahora ó nunca... No la dejará en la calle abandonada: -cumplirá, en tan grave trance, como quien es; pero romperá toda -conexión con ella, y quedará tan libre de su peso como estaba antes de -conocerla.</p> - -<p>Y así pensando, vístese acelerado y sale hacia la calle, -abotonándose el chaleco en la escalera y haciendo en el portal el nudo -de la corbata.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-062.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_21"> - <p><span class="pagenum" id="Page_235">[p. 235]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-235.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="XXI. DE ESCALERA ABAJO">XXI</h3> - <p class="subh3">DE ESCALERA ABAJO</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-n.jpg" alt="N" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">No habrá</span> dado muchos -pasos Gedeón fuera de su casa, cuando Regla está bajando al portal.</p> - -<p>Tiénela muy sobresaltada algo que pasa bien cerca de ella, desde que -tomó de manos de la portera la carta que puso en las de Gedeón. Aunque -no es gran pendolista, sóbranla ojos para distinguir á una mujer en la -letra de un sobrescrito; y mujer es, en su concepto, quien trazó los -garabatos de aquel sobre.</p> - -<p>En cuanto al hombre que se coló tras ella en el gabinete, también le -parece que es bastante más que un andrajoso vulgar que se mete por la -primera puerta que halla á medio cerrar. Á éstos se les da una limosna -ó un bufido, y se les planta en la escalera, acto continuo; pero el -andrajoso que acaba de salir es<span class="pagenum" id="Page_236">[p. -236]</span> cosa muy distinta. Hablaba recio al despedirse, después de -haber hablado largo rato con su amo; y el furor de éste, al arrojarle -del gabinete, no se parece en nada al que produce en una persona -decente un hombre entremetido y sin educación. Qué hay en la carta y -qué en el haraposo, no lo sabe ella; pero hay algo grave; tan grave, -que ha sido causa de que su amo salga á la calle hecho un basilisco. Y -¿quién trajo la carta y se la entregó á la portera? ¿Por qué ésta, ó su -marido, dejó subir al haraposo? ¿Qué les dijo para conseguirlo? Hay que -averiguar todo esto, por de pronto.</p> - -<p>Con tal intento baja la escalera, aunque quizá se figura que no le -mueve otro que endosar al portero la amenaza que le dirigió á ella su -amo al despedir al hombre de los andrajos.</p> - -<p>El portero es otro remendón, pero que no se llama artista; y por eso -saca del oficio un mendrugo cada día. No es muy hablador, porque en -nada es vehemente; y lo prueba que menea la herramienta al compás del -<i>¡Triste Chactas!</i> desde que se ciñe el mandil hasta que se le quita; -lo cual es tanto como decir que de sol á sol dura la sonata.</p> - -<p>Pero, en cambio, su mujer, aguadora y recadista de toda la vecindad, -es un argadillo y una cotorra.</p> - -<p>Como los unos bracea y como las otras char<span class="pagenum" -id="Page_237">[p. 237]</span>la delante de su marido cuando llega Regla -al portal.</p> - -<p>—¡Ay, señora Regla—la dice encarándose con ella,—qué hombres tan -dejados de la mano de Dios y tan comprometedores de las familias de -bien!</p> - -<p>—¿Qué pasa, señora Rita?</p> - -<p>—Las iniquidades del alma, como quien dice.</p> - -<p>—Pues ¡cómo ha de ser!</p> - -<p>—De otra manera muy diferente, señora Regla... Por algo los dedos -de la mano no son iguales. El hombre de bien, á sus quehaceres; el -malhechor, á la cárcel. Cada uno en su casa y Dios en la de todos.</p> - -<p>—Y así debiera ser, señora Rita; pero si no lo es, ¿qué vamos á -hacerle?</p> - -<p>—Pues al tenor de ello hablaba yo ahora mismo con este bendito de -Simón, que es un palomo sin hiel y no se escandaliza de nada.</p> - -<p>—Pues más vale así, señora Rita.</p> - -<p>—Pero con su cuenta y razón, señora Regla... No me digan á mí que -cuando las osadías andan por el mundo sin trabas ni bozal, deben los -hombres honrados ponerlas puente de plata y cubierto á la mesa... ¿No -fuera mejor echarlas solimán de lo fino?</p> - -<p>—También es verdad eso... ¿no le parece á usted así, tío Simón?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_238">[p. 238]</span></p> - -<p>—<i>¡Cuán raaa... apida ha sido!</i>...—canturrea éste al oir la -pregunta, mientras da los dos últimos estirones de cabo á una puntada. -Y no dice más.</p> - -<p>—Este bendito de Dios—añade su mujer,—con la sinfonía de siempre. -Ni Cristo pasó de la cruz, ni él pasará de la sonata en los días de -la vida... Bien que mejor quiero verle emperrado en ella, que dado á -Barrabás, como el otro desalmado que acaba de salir.</p> - -<p>—Pues de ese hombre venía yo á hablar con ustedes.</p> - -<p>—Hable usted, señora Regla, hable usted, que todo será poco para lo -que merece, por lo que echa por aquella boca de Satanás.</p> - -<p>—Yo, señora Rita, sólo tengo que decir que por ningún motivo -le dejen ustedes entrar por esa puerta. Así me lo ha encargado el -señor.</p> - -<p>—Y será medida su palabra. Bien sabe Dios que si una vez pisó esas -escaleras, no fué sin que yo se lo reprendiera á mi marido. «¡Mira, -Simón, que ese hombre es un puro embrollo y una pura desvergüenza! Mira -que te va á comprometer... bien conocido le tienes ya...» Porque Simón -le conoce, señora Regla... ¡como que aprendieron juntos el oficio! Pero -Simón, en buena hora lo diga, es un hombre trabajador y de su casa, y -al otro no tiene el diablo por dónde desecharle.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_239">[p. 239]</span></p> - -<p>Á todo esto, el tío Simón continúa refunfuñando su canción -sempiterna, y bregando con la bigotera que está echando á un -borceguí.</p> - -<p>—Pero ¿qué pasó con ese hombre, al fin y al cabo?—pregunta Regla.</p> - -<p>—Primeramente—responde la señora Rita,—ese hombre es un borracho -que mató á su infeliz mujer á palos y á pesadumbres, y dejó el oficio -para vivir... yo no sé de qué... Él dice que de lo que le pasa una -hija que huyó de su casa siendo una criatura... ¡vaya usted á saberlo, -señora Regla! El caso es que hace una hora se presentó aquí con su -poca vergüenza, y preguntó por el amo, con un aquel y un qué sé yo, -como si toda la vida hubieran comido juntos. Dijímosle que no estaba -en casa, y que, aunque estuviera, sería lo mismo para él, porque -no le recibiría... ¡Ay, señora Regla, en mala hora yo tal dije! -¡Qué ponerme de cosazas y menosprecios el deslenguado!... Como que -yo estaba viendo cuándo era el instante en que Simón se quitaba el -tirapié... Porque, aquí donde usted lo ve, señora Regla, cuando se -enfada hay que conjurarle como á las tormentas... Pues ¡no se atrevió, -el sinvergüenza, á decirme que mirara mucho lo que hablaba con él, -porque podía hacerme y acontecerme, motivado á que don Gedeón era... -(¡el Señor no se ofenda de lo que voy á decir!)... pariente,<span -class="pagenum" id="Page_240">[p. 240]</span> señora Regla, pariente -muy cercano suyo? ¡ha visto usted!... y que le había mandado llamar por -persona que podía hacerlo; y que por eso venía, y que si lo dudábamos -le acompañaría quién que mandaba aquí más que todos nosotros, y... -¡san Crispín unigénito no me oiga!... más que el amo, señora Regla... -más que el amo?... Y, amiga de Dios, tanto dijo y fachendeó, y tanto -nos rompió la cabeza con fanfarrias, que Simón dijo «allá te arregles -y con él te veas...» Y entre que «esto no me parece bien,» y lo otro -de «puede que tenga razón,» y yo que «no puede tenerla nunca un hombre -como ese,» y este otro que «más gordas se han visto,» el pícaro fué -subiendo; y cuando quisimos reparar en él, ya estaba arriba, si es -que no adentro... ¡Pero al bajar fué ella! ¿No es verdad, Simón? ¡Qué -humos, qué pomposidades y qué sonar dinero en las faltriqueras! ¡Qué -querer convidar á este inocente nada menos que á la fonda, y ofrecerme -á mí un mantón de ocho puntas y una cofia con encajes!... Mire usted, -señora Regla, esto me incomodó mucho, porque parecía burla... Luégo -bajó el amo, hace un instante, y se descubrió el pastel. ¡Qué cara -traía el bendito señor, y con qué rejo nos encargó que perniquebráramos -al insolente antes que dejarle entrar aquí! Para mi cuenta, y Dios -me lo perdone si me equivo<span class="pagenum" id="Page_241">[p. -241]</span>co, aquel dinero que sonaba lo robó en el piso...</p> - -<p>Regla, que de todo este fárrago no pierde palabra que sea utilizable -á sus propósitos, interrumpe á la señora Rita para preguntarla:</p> - -<p>—¿Y dice usted que tiene una hija?</p> - -<p>—¿Quién... el amo?</p> - -<p>—No, mujer, ese perdido.</p> - -<p>—¡Ah! sí... Lo decía antes de darse tanto lustre. Ahora, Dios sabe -lo que dirá.</p> - -<p>—¿Luego usted no la conoce?</p> - -<p>—Como al día en que me he de morir.</p> - -<p>—¿Ni usted tampoco, tío Simón?</p> - -<p>—¡... <i>de mi diiiii... cha</i>!</p> - -<p>—¡Digo si conoce usted á la hija de ese hombre!</p> - -<p>—Yo no conozco más que mi obligación, señora Regla.</p> - -<p>—Antes que él—continúa ésta,—creo que vino una carta...</p> - -<p>—Pues por eso decía yo á Simón—replica la señora Rita,—antes de -bajar usted, que hay días que ni buscados con un candil... Vino una -carta, sí, señora.</p> - -<p>—¿Quién la trajo?</p> - -<p>—Una jovenzuela. «¿Vive aquí don Gedeón?» preguntó muy relamida. -«Aquí vive, en el primero,» la respondí muy atenta. «¿Se le ofrece -á usted algo?» «Dele usted esta carta,» me replicó con el hocico -muy plegado, como si fué<span class="pagenum" id="Page_242">[p. -242]</span>ramos aquí gente de chanfaina. «¿Tiene contestación?» -volví á preguntar al tomarla... porque me parece á mí que esto es de -cortesía, para, si acaso, decirla: «Pase usted adelante, tome usted -asiento mientras bajo.» Pues nada, señora Regla: me volvió la espalda -sin decir «por ahí te pudras,» y se largó, la muy descortés.</p> - -<p>—Y esa joven—pregunta Regla con evidente curiosidad,—¿qué aire -tenía? ¿Era, como quien dice, persona decente?</p> - -<p>—¡Calle usted, por el amor de Dios! una atropella-platos como otra -cualquiera.</p> - -<p>—¿Y nada más la dijo á usted?</p> - -<p>—¡Y qué más había de decirme? ¡Podía haberse atrevido á mayores, la -muy remilgada! ¡No, por vida mía! Pobre sí; pero á saber guardar mi -puesto, me ganan pocas.</p> - -<p>—De manera, señora Rita, que, como usted dice, el día ha sido -aprovechado: primero, una joven con una carta para el amo, y después, -un andrajoso que dice que es pariente de él; que sube á hablarle, y que -baja de la visita sonando mucho dinero en el bolsillo.</p> - -<p>—Cabales.</p> - -<p>—Pues eso se ve todos los días, señora Rita.</p> - -<p>—No en los míos, señora Regla; y eso que los arrastro bien por -el mundo y sobre buenas alfombras, aunque me esté mal el decirlo; -que<span class="pagenum" id="Page_243">[p. 243]</span> para eso sirvo -á muchos... Pero aunque se viera, yo digo que no debía verse nunca de -eso.</p> - -<p>—Pues para que no se vea aquí más, he dado yo á ustedes el encargo -que también acaba de darles el amo, según me dicen... Y con esto, me -vuelvo arriba...</p> - -<p>—Vuélvase usted, señora Regla, y vuélvase usted en la cuenta de que -ese hombre no pisará más este portal... Y diga usted, si viene otra -carta ¿tampoco la recibo?</p> - -<p>—Esa sí—contesta Regla con vehemencia.—Reciba usted cuantas vengan, -y entréguemelas á mí.</p> - -<p>—¿Aunque sean para el amo?</p> - -<p>—Para dárselas yo á él, alma de Dios.</p> - -<p>—Eso es otra cosa.</p> - -<p>—Adiós, señora Rita.</p> - -<p>—Adiós, señora Regla.</p> - -<p>Cuando ésta pone el pie sobre el primer escalón, llámala el -filarmónico zapatero.</p> - -<p>—Señora Regla—la dice con mucha parsimonia, quitándose las gafas -y volviendo la cara hacia ella.—Yo hablo poco, ¿está usted?... y -cuando con lo poco que hablo no me entiende ¿está usted?... el que se -empeña en meterse ¿está usted?... donde no le llaman... y contra mi -gusto, agarro el tirapié ¿estamos?... y en seguida me hago respetar -¿está usted?... De modo que pisar ese hombre las escaleras que<span -class="pagenum" id="Page_244">[p. 244]</span> usted pisa ahora ¿está -usted?... es tanto como decir que Simón ha muerto ¿está usted?... Pues -no digo más.</p> - -<p>—Y es bastante, tío Simón.</p> - -<p>—Y como lo dice lo hace el inocente, créalo usted.</p> - -<p>—Hasta luégo, señora Rita.</p> - -<p>—Hasta luégo, señora Regla.</p> - -<p>Volando sube ésta al piso, y de dos voleos se echa el manto sobre la -cabeza.</p> - -<p>—¡Se me va de entre las manos!—murmura mientras se le arregla y -anda.—Hay que atarle con cuanto esté al alcance de las mías.</p> - -<p>Y echa escalera abajo.</p> - -<p>Deja á los porteros la llave del piso, como acostumbra en ausencias -de su amo, por si éste vuelve antes que ella; y sale del portal sin -hacer caso de la señora Rita, que quiere detenerla para hablar un -rato.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-080.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_22"> - <p><span class="pagenum" id="Page_245">[p. 245]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-055.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="XXII. OTRO INCIDENTE MÁS GRAVE">XXII</h3> - <p class="subh3">OTRO INCIDENTE MÁS GRAVE</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-s.jpg" alt="S" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Solita</span> no cesa de -mirar á la calle por las vidrieras del balcón, como hace quien espera -con ansia á una persona, ó quien teme que llegue otra que no debe -llegar.</p> - -<p>No puede ser de las últimas la que, al cabo, columbra, según la -prisa que se da á salir á la sala, tumbarse con languidez en una butaca -y dar á los pliegues de su falda y á cuanto cuelga en su doméstico -arreo, la caída y el <i>aire</i> que corresponden á la palidez de su -semblante... porque es de advertir que su semblante está mucho más -pálido y ojeroso que de costumbre.</p> - -<p>Cuando oye abrir la puerta de la escalera, deja caer la cabeza sobre -una mano, y el otro brazo fuera del correspondiente de la butaca.</p> - -<p>En esta guisa la halla Gedeón, que era, á no dudar, la persona -esperada y vista por Solita.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_246">[p. 246]</span></p> - -<p>Pero lo que Solita no esperaba y ve ahora por las rendijas de -su mano, es que Gedeón viene echando lumbre y veneno por todos los -agujeros de su cara.</p> - -<p>Aquel hombre es una botica que arde.</p> - -<p>No se sienta, se derrumba delante de Solita; y al derrumbarse, -rechina la butaca y cruje el pavimento; el sombrero que se arranca -de la cabeza, no le coloca, le estrella en el sofá; y al cruzar sus -piernas, parece que trata de romper la una contra la otra.</p> - -<p>—¿Recibiste mi carta?—le pregunta Solita, sin levantar la cabeza, -con voz lánguida, muy lánguida, después que observa que el recién -venido, aunque bufa mucho, no rompe á hablar.</p> - -<p>—¡Sí!—responde Gedeón con un bramido huracanado.—Recibí tu carta... -¡y algo más que tu carta!</p> - -<p>—Me atreví á escribirte porque hace tres semanas que no te veo; y el -caso era urgente.</p> - -<p>Después de decir esto con la misma voz lánguida y apagada, llévase -una mano á la garganta, como si se le atravesara allí algo que le -produjera bascas; mira á Gedeón con ojos tiernos, y reclina todo su -busto en el respaldo de la butaca.</p> - -<p>—¿Conque es urgente el caso?—exclama Gedeón con la sorna de un -mastín cuando enseña los dientes.—Y ¿cuál es el caso?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_247">[p. 247]</span></p> - -<p>—Uno de ellos, el que yo me temía, Gedeón. Anteanoche, saliendo á -tomar el aire, porque <i>ahora</i> necesito tomar el aire muy á menudo, me -encontré con... mi padre.</p> - -<p>—¡Adelante!</p> - -<p>—Me extraña la poca sorpresa que te causa la noticia...</p> - -<p>—¡Adelante!</p> - -<p>—¡Jesús., qué suave te vas volviendo!</p> - -<p>—¡Adelante, Solita! ¡Adelante, y déjame á mí en paz!</p> - -<p>—Como tú quieras... Híceme la desconocida cuando me llamó por mi -nombre, y hasta quise desorientarle metiéndome por las calles más -extraviadas; pero debió de seguirme los pasos, porque cuando me creía -libre de él en mi casa, comenzó á llamar á la puerta, y con tanta furia -al ver que no le respondían, que los vecinos salieron asustados á la -escalera. Entonces, por evitar un escándalo, abrí. Entró; y como no le -podía decir que estaba yo sirviendo en esta casa, pues desde mi vestido -hasta la soledad que reina en ella le probaban todo lo contrario, -ocurrióseme decir que me había casado en Puerto Rico, pero en secreto, -y que había venido á España en el último vapor á esperar á mi marido, -que llegaría tan pronto como las cosas le permitieran publicar el -casamiento... ¡qué sé yo lo que inventé por el estilo! y<span -class="pagenum" id="Page_248">[p. 248]</span> á mayor abundamiento, -le dí cuanto dinero podía darle en aquel instante. Parecióle bien la -dádiva, pero no la historia; y prometiéndome enterarse de ella más á -fondo y hacerme otras visitas, se marchó. No he vuelto á verle, y esto -quería decirte para tu gobierno.</p> - -<p>—¿Has concluído?—pregúntala Gedeón, enronquecido por la ira y el -despecho.</p> - -<p>—No tengo más que decirte sobre este asunto,—responde Solita, cada -vez más lánguida y sentimental.</p> - -<p>—Pues bien—exclama el otro como estallan los pellejos muy inflados, -á poco que se los apriete,—yo, en cambio, tengo que contarte á tí que -el zapatero inmundo, que el remendón miserable, que el sinvergüenza -de tu padre, ha estado en mi casa... ¡y ha querido abrazarme! ¡y -me ha llamado hijo suyo!... ¿lo oyes bien? ¡hijo suyo!... ¡y me ha -tuteado!... ¡y he tenido también que darle dinero para taparle la boca, -ya que no podía taparle el resuello con pólvora y solimán!</p> - -<p>—¡Mi padre en tu casa! Pero, ¿quién le guió allá?—dijo Solita -dejando los dengues y dando á su voz y á su fisonomía tal aire de -sinceridad, que el mismo Gedeón no se atreve á dudar de ella.</p> - -<p>—Por lo visto, la víbora de doña Ambrosia, á quien el condenado -fué, con infeliz ocurren<span class="pagenum" id="Page_249">[p. -249]</span>cia para mí, á pedir <i>antecedentes</i> del caso. ¡Figúrate si -se habrá regodeado la pícara buscándonos las huellas!</p> - -<p>—¡Pero es una infamia eso!</p> - -<p>—Será lo que tú quieras... De cualquier modo, hay que tomar sobre -ello una resolución heróica. ¡Yo no puedo quedar ligado á la ignominia -de ese hombre!...</p> - -<p>—Ciérrale la puerta... hazte el desconocido.</p> - -<p>—Me he hecho el desconocido y le he cerrado la puerta; pero volverá -á llamar á ella, y me perseguirá, y será mi sombra de día y mi -pesadilla de noche. ¡Qué horror!</p> - -<p>—¡No es para tanto, hombre! ¡En qué poca agua te ahogas!</p> - -<p>—¡Poca... cuando me cubre con más de un palmo, no el agua, sino la -pringue de la zapatería!</p> - -<p>—¡Y vuelta al zapatero! Pues, qué caramba, ya sabías que lo era -cuando te acercaste á su hija.</p> - -<p>—¡Sólo falta ya que tú le defiendas!</p> - -<p>—No le defiendo; pero al cabo es mi padre...</p> - -<p>—Es decir, que siendo yo el descalabrado, tratas de ponerte tú la -venda.</p> - -<p>—Yo trato de poner las cosas en su punto, y nada más.</p> - -<p>—Pues precisamente vengo yo á eso: á poner las cosas en su punto, y -á ponerlas en seguida.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_250">[p. 250]</span></p> - -<p>—Pues tú dirás...</p> - -<p>—Antes tienes tú que decirme, por si también es de las partidas que -deben figurar en la liquidación, cuál es el otro caso grave de que -tienes que hablarme.</p> - -<p>Aquí languidece de nuevo Solita; y como si de pronto olvidara todos -los puntillos que tiene pendientes con Gedeón, mírale con los ojos casi -en blanco; sonríele medio ruborosa, y exclama, á vueltas de algunos -toques de mímica sentimental:</p> - -<p>—¡Ay, Gedeón! ¡qué ocasión más providencial para dar al olvido -resentimientos de vicio y quejas de tres al cuarto!</p> - -<p>—Pues qué, ¿nos ha tocado la lotería?</p> - -<p>—¡Sí, amado Gedeón; y el premio gordo!...</p> - -<p>—¿Quieres hacer el favor de no bromearte, Solita, y acabar pronto de -responderme?</p> - -<p>—¿Tan de prisa estás?</p> - -<p>—¡Muy de prisa!</p> - -<p>—¡Ingrato!</p> - -<p>—¡Solita!... déjame de sensiblerías ridículas, y piensa que es de -muy distinto género lo que tienes que oir, después que me respondas á -lo que te he preguntado.</p> - -<p>—No temo la amenaza, Gedeón; porque después que yo te diga dos -palabras, trocaránse en mieles tus amarguras, y en mansedumbre tus -furores.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_251">[p. 251]</span></p> - -<p>—Ya tardas en decírmelas; pero dímelas en crudo y sin esos jarabes -que me empalagan.</p> - -<p>—Voy á decírtelas, ¡ingrato!... pero al oído: quiero que ni el aire -se entere de ellas antes que tu corazón.</p> - -<p>Dicho esto, se levanta Solita hecha un caramelo, pero un caramelo -blando que se cimbrea y se escurre; acércase á Gedeón, enlázale con sus -brazos, arrima á su oído la boca, y permanece así dos segundos.</p> - -<p>De repente da Gedeón un salto y lanza un rugido espantoso; y al -caer en el suelo, después de haber tenido cerca del techo la cabeza, -oprímesela con las manos crispadas, y comienza á exclamar con voz -rabiosa:</p> - -<p>—¡Ábrete, tierra, y trágame... una vez!... ¡dos veces!... ¡diez -veces!... ¡mil veces!... ¡y vuelve á escupirme á la luz!... ¡y vuelve -á tragarme!... ¡por sandio!... ¡por estúpido!... ¡por ridículo!... ¡Yo -debí preverlo!... ¡y no lo he previsto!... ¡yo debí... no haber nacido, -para no verme en estos trances afrentosos!</p> - -<p>Y esto dicho, y algo más que no copio, y mientras Solita lo oye con -la boca abierta después de haber estado á pique de caer de espaldas al -saltar de la butaca Gedeón, toma éste el sombrero; hunde en él casi -toda la cabeza, y sale, ó más bien, huye de la casa como si llevara un -incendio debajo de la levita.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-268.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_23"> - <p><span class="pagenum" id="Page_253">[p. 253]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-063.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="XXIII. EL TERCER INCIDENTE">XXIII</h3> - <p class="subh3">EL TERCER INCIDENTE</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-c.jpg" alt="C" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Cuando</span> baja la -escalera, parece un peñón que se desgaja y rueda al abismo: tal -salta de tres en tres los peldaños; y aquí tropieza, y allí vacila, -y más allá resbala; y á sus golpes crujen los tablones y tiembla la -balaustrada.</p> - -<p>Así llega al portal; y, sin pisarle más que una vez, quiere avanzar -hasta la acera; y para conseguirlo, ha sacado ya la pierna fuera del -batiente; pero otro hombre va á meter la suya al mismo tiempo y por el -mismo lado de la puerta, de modo que el que entra y el que sale chocan -como dos carneros; y con tal ímpetu, que el uno retrocede hasta la -escalera, y el otro hasta el medio de la calle.</p> - -<p>—¡Bruto!—ruge el de adentro.</p> - -<p>—¡Animal!—exclama el de afuera.</p> - -<p>Y cada uno se tapa y oprime la cara con las<span class="pagenum" -id="Page_254">[p. 254]</span> manos para mitigar un poco el dolor del -testerazo que le ha correspondido.</p> - -<p>El primero que se descubre es Gedeón, que, al fijar su vista en el -de la calle, todavía tanteándose cabizbajo los chichones, conoce en él -á su amigo Herodes.</p> - -<p>—¡Conque eras tú!—exclama admirado.</p> - -<p>—¡Gedeón!—responde Herodes al oir la voz de su camarada, mirándole -á hurtadillas y con señales de sobresalto, á causa, sin duda, de la -impresión que hace la luz en sus ojos, aún doloridos por el golpe.—¿De -dónde diablos bajabas tan de prisa?</p> - -<p>—¡De arriba!—contesta Gedeón, palpándose la frente.—Y á tí, ¿qué -demonios se te pierde en esta casa? ¿Qué casualidad nos reúne aquí?</p> - -<p>—Iba á subir.</p> - -<p>—¡Ya! pero ¿á qué?</p> - -<p>—Á... hacer una visita.</p> - -<p>—¡Visitas tú, y en una casa tan extraviada!</p> - -<p>—¿No las haces tú también en ella?</p> - -<p>—Es verdad, hombre.</p> - -<p>—¡Menudo coscorrón me has dado!</p> - -<p>—¡No le recibí yo más flojo!... Ya habrás notado, por el que te dí, -que voy algo de prisa.</p> - -<p>—En efecto.</p> - -<p>—Pues excúsame de cumplimientos; alíviate, y adiós.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_255">[p. 255]</span></p> - -<p>—Lo mismo digo. Hasta la vista.</p> - -<p>Y Gedeón echa calle abajo, como alma que lleva el diablo, y acaso no -sea exagerada la comparación.</p> - -<p>Herodes, después de permanecer unos instantes en el portal, saca con -cautela su cabeza fuera de la puerta, y sigue con la vista al que se -aleja: y ¡extraña curiosidad! cuando éste ha doblado la esquina, llega -hasta ella el otro, y con las mismas precauciones de antes, mírale -desde allí cómo se interna en otra callejuela; y ¡capricho más pueril -todavía! se va tras él, como si quisiera contarle los pasos. Así le -escolta hasta verle salir del barrio, y sólo entonces se resuelve á -volver atrás. Llega de nuevo al portal de Solita; y como si ya no se -acordara del testerazo, arréglase un poco la corbata y echa escalera -arriba con aire tranquilo y reposado.</p> - -<p>Entre tanto, Gedeón llega también á su casa; se encierra en su -gabinete y comienza á dar vueltas en él, como tigre en jaula.</p> - -<p>Su cabeza es un volcán en que hierven, y se oprimen, y se mezclan -y se revuelven las ideas; ideas que le escaldan y le confunden el -cerebro; porque, á la vez que lava abrasadora, son marea que avanza y -retrocede, y muge y aporrea.</p> - -<p>Lo que Solita ha confiado á su oído no son<span class="pagenum" -id="Page_256">[p. 256]</span> palabras, es una cadena de presidiario -que le amarra á él, por toda la vida, á la hija del remendón... Ya no -es libre; ya no puede tener ni la esperanza de serlo, como la tenía -pocas horas antes, cuando iba resuelto á liquidar las cuentas de -sus debilidades con Solita. ¡Qué adelantaría ya con realizar estos -propósitos... si le quedaba <i>lo otro</i> por liquidar? Y <i>lo otro</i> es -todo lo más abominable que puede proceder de Solita, y además, Solita -entera y verdadera, y además, el zapatero con más hondas raíces á la -puerta de su casa, amenazándole con sus harapos y su parentesco. Y de -esto puede alejarse, pero no desprenderse; porque ¿adónde irá que no lo -vea, ó que no lo oiga, á lo menos? Y verlo ú oirlo, ¿no es estar ligado -á ello? Será la cadena más ó menos larga; pero siempre será cadena, á -cuyo extremo estará amarrado él, girando, como bestia en hipódromo, -alrededor de un centro de mamarrachos y de ignominias.</p> - -<p>Cuando éstas y otras y otras ideas, no más risueñas ni sosegadas, -han batido con furia todos los rincones de su cráneo; después que -de aquella tempestad bravía sólo queda la espuma de sus amarguras -sobrenadando, señal de que las ideas han vuelto á su nivel -acostumbrado, la razón comienza á ver alguna claridad por las rendijas -de la bruma que se rasga<span class="pagenum" id="Page_257">[p. -257]</span> y va desapareciendo en jirones por el horizonte. Entonces, -y sólo entonces, advierte que en el encuentro que tuvo con Herodes -puede haber de curioso algo más que el mutuo coscorrón que ambos se -dieron. ¿Qué buscaba allí aquel hombre, precisamente á la hora en -que Gedeón nunca había entrado en aquella casa hasta ese día? ¿Y qué -buscaba en un barrio tan extraviado, y en una casa cuyos vecinos -todos, según confesión de Solita, la miran á ella con menosprecio, -señal evidente de que todos son honrados? Y siendo todos honrados, -¿cómo puede tratarse con ninguno de ellos un hombre que no comunica -con la humanidad más que por el lado de las mujeres que sean livianas -y corrompidas? ¿Y en qué mujer de las de aquella vecindad se pueden -sospechar, con algún fundamento, conexiones con el impudente -solterón?... ¡Será posible que el hombre que más esfuerzos ha hecho -para separarle á él de la buena senda, se atreva á tanto?... Y ¿por -qué no? Quien se burla de los afectos más puros y de los sentimientos -más honrados, ¿por qué no ha de burlarse de un camarada de vicios -y liviandades?... Pero aunque él llegara á intentarlo, Solita le -rechazaría... Y ¿por qué ha de rechazarle Solita? Si la mujer propia, -si la mujer unida á un hombre ante los altares de Dios, según las -doctrinas del mismo Gedeón,<span class="pagenum" id="Page_258">[p. -258]</span> falta á sus juramentos, y quebranta sus deberes, y mancilla -el honor de su marido, ¿por qué no ha de sucumbir la obra de las -tinieblas y del vicio? Quien ha sucumbido á las ofertas de un amante, -¿por qué ha de resistirse á las dádivas de otro? ¿Qué más da Gedeón que -cualquiera de sus amigos? Además, Solita se queja, no sin fundamento, -de que Gedeón la tiene medio abandonada; pues así como él busca lejos -de ella remedio para el hastío que le mata, lejos de él buscará ella -el consuelo para la soledad en que vive. Cierto es que Solita debe á -Gedeón lo que le cuesta, en dinero, su vida de «señora de su casa;» -pero ¿no le debe nada Gedeón á Solita? ¿Nada valen en el mercado del -mundo la honra y la libertad de una mujer, única hacienda que Solita -poseía y ha sacrificado á Gedeón? Por este lado pagados están ambos -también. ¡Pero por <i>el otro</i>!... ¡Vamos, eso sería inicuo!... ¡En -semejantes circunstancias!... ¡Hacerle á él cargar con!... ¡Horror, mil -veces!...</p> - -<p>Pero, después de todo, ¿qué ha sucedido para tales imaginaciones?... -Nada, ó poco menos: un encuentro de dos hombres en el portal de una -casa. ¿No se ve esto cada día y en cada calle?...</p> - -<p>Mas aunque se vea y nada grave haya que temer con fundamento, ¿no -es bastante lo que<span class="pagenum" id="Page_259">[p. 259]</span> -ya está sucediendo? ¿No es hasta demasiado que él, un hombre como él, -libre como él, emancipado como él de todas las «miserias del hogar,» -de todas las «inmundicias del matrimonio,» esté en aquel instante... -celoso... ¡sí, señor, celoso!... y por una fregatriz, hija de un -remendón borracho y sin vergüenza; por una mujer á quien no ama y de -cuya compañía huye delante de la gente, como se huye de lo que mancha y -desdora?</p> - -<p>¡Oh, qué razón tenía el médico! No basta romper los lazos de la -familia para verse un hombre exento de los pesares que teme en ella, y -de otros muchos más.</p> - -<p>Y así batallando, quiere volver á casa de Solita por si aún está en -ella el inicuo amigo; pero luégo reflexiona que no será éste tan necio -que habiéndole hallado á él en el portal, permanezca al lado de la -infame tan largo rato.</p> - -<p>Después torna á encontrar descabellados sus recelos, y se -tranquiliza encomendando al tiempo y á una prudente vigilancia la -solución de sus dudas...</p> - -<p>—Porque ¡tendría que ver—concluye,—que un hombre como yo diera una -campanada de esas, y la diera en falso!</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-111.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_24"> - <p><span class="pagenum" id="Page_261">[p. 261]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-075.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="XXIV. LO QUE ERA DE ESPERAR">XXIV</h3> - <p class="subh3">LO QUE ERA DE ESPERAR</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-e.jpg" alt="E" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">En esto</span> se despierta -Adonis, que dormía en su rincón acostumbrado, y comienza á husmear el -aire y á exhalar gruñidos, y á revolverse sobre el colchón, como si le -amenazara una invasión de pulgas.</p> - -<p>Un momento después aparece á la puerta del gabinete Regla con el -manto sobre los hombros, recién destocada su cabeza, y detrás de -Regla, Merto, asido de las faldas de su madre y tapándose con ellas. -Al sentirle Adonis tan cerca, deja de gruñir y comienza á entonar una -salmodia entre lúgubre y desesperada.</p> - -<p>Gedeón, con la frente entre las manos y los codos sobre la mesa, -ni advierte la presencia de los recién llegados, ni la inquietud del -perro.</p> - -<p>Regla avanza dos pasos más; Merto la sigue,<span class="pagenum" -id="Page_262">[p. 262]</span> y Adonis, al verse á tres varas de su -odiado enemigo, concluye la salmodia con un trino convulsivo, y de un -salto se coloca junto á su amo.</p> - -<p>Entonces se fija éste en lo que sucede.</p> - -<p>—¿Qué hay?—pregunta á Regla, alzando la cabeza.</p> - -<p>—Pues hay, señorito—contesta Regla, torciendo y estirando entre los -dedos un pico de su manto,—que he ido á buscarle y que... aquí está.</p> - -<p>—¿Quién?</p> - -<p>—Merto.</p> - -<p>—¡Merto?</p> - -<p>Al oir este nombre execrado, vuelve á trinar Adonis, pero muy -recio.</p> - -<p>—¡Calla, condenado animal!—exclama Gedeón con gesto avinagrado y -largando un castañetazo al ratonero.</p> - -<p>—¡Guaaayyy!—late el infeliz. Y se esconde debajo de la butaca de su -amo, como si ya tuviera encima los varazos que huele en lo porvenir.</p> - -<p>Á Merto se le hinca en el alma aquel ladrido. ¡Cuántos como él y -del mismo gaznate escuchó insensible el día de la batalla, mientras -caían en pedazos, de muebles y paredes, los más preciados adornos de -aquel recinto! Este recuerdo le hace temblar; pero no le impide<span -class="pagenum" id="Page_263">[p. 263]</span> lanzar una mirada con el -ojo más bizco, y bien cubierto de las de su amo con el vestido de su -madre, á cuanto le rodea. Parécele, en número, menos de lo que él vió -allí mismo en el funesto día; pero no halla escombros ni derrengaduras -al alcance de su ojo, y esto le tranquiliza bastante.</p> - -<p>¡Y el reló?... ¿Estará descubierto y perdonado este delito, ó podrán -pedirle cuentas de él el día menos pensado?</p> - -<p>Mientras en esto se entretiene el chico, su madre, respondiendo á -Gedeón, dice:</p> - -<p>—Merto, sí, señor. Yo no pensaba traerle todavía; pero de pronto -cavilé que podía usted tomar á mal el empeño mío en castigarle más... -¡Como usted le tiene tan grande en que le perdone!</p> - -<p>—¡Yo!—exclama Gedeón, cual si en su vida se hubiera acordado de -semejante criatura.</p> - -<p>—Me parece...</p> - -<p>—Tienes razón... Estaba distraído... ¿Y dices que vas á traerle?</p> - -<p>—Le he traído ya.</p> - -<p>—¡Hola!... ¿De modo que ya está en casa?</p> - -<p>—Eso he querido decir á usted.</p> - -<p>—Ya me hago cargo... Pues nada, si está en casa ¿qué le hemos de -hacer?... Prevenle que á la menor diablura que cometa le rompo la -crisma, como Dios está en los cielos... y nada más.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_264">[p. 264]</span></p> - -<p>—¿Lo oyes?—dice Regla, volviendo su cara ceñuda atrás, y poniendo á -su hijo enfrente de Gedeón.</p> - -<p>Merto aparece tiritando, con una mano en el bolsillo correspondiente -de sus bombachos recosidos, y con la otra hundida en la boca hasta -cerca de las fauces.</p> - -<p>—¡Conque estabas tan cerca?—dícele Gedeón con sequedad al -verle.—Pues me alegro: así excuso repetirte lo que le he dicho á tu -madre.</p> - -<p>—Se escondía—replica ésta,—porque está muy avergonzado de lo que ha -hecho...</p> - -<p>Y en vano espera que Gedeón se manifieste complacido de ver á Merto -á su lado, con el cual propósito tantas instancias le ha hecho hasta -aquel día. Ni una palabra, ni un gesto de halago tiene para el rapaz -que antes le dominaba y entretenía. Más bien parece contrariado con su -vuelta. Al ver tanta frialdad en su amo,</p> - -<p>—¡Largo de aquí!—dice con desgarro, dirigiéndose á Merto y dándole -un empellón hacia la puerta, como pudiera dársele á quien tiene la -culpa de aquel cambio tan súbito en el corazón de su amo y en el -porvenir de su hijo.</p> - -<p>Y empujando á éste sin cesar, sale del gabinete, donde queda Gedeón -revolviendo con los dedos el poco pelo de su cabeza, y Adonis re<span -class="pagenum" id="Page_265">[p. 265]</span>funfuñando, aunque no tan -afligido como á la llegada de Merto.</p> - -<p>—¡Habrá destino más perro que el mío?—exclama de repente Gedeón, -levantándose y dando un furibundo puñetazo sobre la mesa.—¿No es una -burla de la suerte obligar á un hombre á recoger en su casa los hijos -ajenos, cuando está pensando si echará... los propios á la Inclusa? -¡Esto es insufrible, y además infame, y además ridículo!</p> - -<p>Y no cabiéndole en casa la desazón, toma el sombrero, y sale de ella -vomitando maldiciones.</p> - -<p>Al llegar al portal, le dice la portera que ha vuelto el remendón y -que ha costado un triunfo impedirle que suba.</p> - -<p>—¡Haberle roto el bautismo!—ruge Gedeón marchando hacia la calle.</p> - -<p>Mas apenas la ha pisado, retrocede como si se le hubiera puesto -delante un toro de Colmenar. Es que ha visto, en el hueco de la -puerta inmediata á la suya, muy tranquilamente recostado, al execrado -zapatero. ¿Por dónde tomará la calle que el andrajoso no le vea y no le -siga? Apuradamente, con las zancadas que dió por la mañana, se le ha -resentido la rodilla y no puede correr.</p> - -<p>Vuélvese á casa renegando de la hora en que el diablo le hizo -conocer á Solita, y de nuevo se encierra en su cuarto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_266">[p. 266]</span></p> - -<p>Pero los pensamientos abrumadores le asaltan en la soledad y en el -silencio; y no pudiendo buscar la distracción en la calle ni resistir -el asalto de aquel enemigo formidable que ya le va escalando las -murallas del cerebro, pide la comida aunque no son las cuatro de la -tarde. Sírvesela Regla; pero mal sazonada, no por falta de tiempo, -sino de cuidado. Lo cocido es engrudo; lo frito, carbón; frío y amargo -lo que debiera ser caliente y dulce. Desde que está Regla en casa no -ha sucedido otro tanto. Mírala á la cara, y observa que está como la -comida. La dulzura de sus ojos se ha trocado en acíbar, y la suavidad -de su sonrisa en aspereza y rigor.</p> - -<p>Gedeón empieza á pensar en los motivos que podrá tener su criada -para estar así y portarse como se porta. ¡No le faltaba ya más desdicha -que perder el relativo bienestar que Regla le proporciona en su -casa!</p> - -<p>Esto le lleva á pensar en el zapatero, causa de la dureza con que él -la trató al despedirle; del zapatero va con sus pensamientos á su hija; -de ésta, á <i>lo otro</i>; de <i>lo otro</i>, á Herodes; de Herodes, á él; de él, -á lo de más allá; y de esto, otra vez á Herodes; y si será, y si no -será, zúmbale de nuevo la mollera, asáltanle las sospechas con todo el -aparato de la verdad; antójasele que tal vez en aquel instante pudiera -él, por<span class="pagenum" id="Page_267">[p. 267]</span> lo mismo -que es hora en que no se le espera, caer como una bomba entre Venus -y Marte, ya que no tiene la red de Vulcano; y con esta preocupación, -atragántase por acabar primero; tarda, por lo mismo, algo más que si -comiera despacio, y resuelto á ahogar al zapatero, si se halla con él á -la puerta todavía, lánzase á la calle.</p> - -<p>Felizmente no está en ella el remendón.</p> - -<p>¡Hala! ¡hala! renqueando y como su reumatismo se lo permite, llega, -por calles excusadas, á casa de Solita, y casi se arrepiente de su -empresa al meter el llavín en la cerradura de la puerta. Pero su -alucinación puede más que el horror que le causa la idea de tener que -hablar con Solita de lo <i>otro</i>, y hasta la del riesgo que corre de dar -una campanada en falso, temor que ya le ha hecho refrenar sus ímpetus -pocas horas há; y entra.</p> - -<p>Toma por asalto el gabinete, por la puerta de escape, y nadie en -él; en la sala, tampoco; en el comedor, la misma soledad. Entonces, -acometido de las más estrafalarias aprensiones, llama con voz de -trueno, y aparece Solita con una jícara en la mano.</p> - -<p>—¿Dónde estabas?—la pregunta azorado.</p> - -<p>—Sacando los garbanzos para mañana,—responde Solita muy serena.</p> - -<p>—¿Á ver?—añade Gedeón, como si dudara, avanzando hasta la -despensa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_268">[p. 268]</span></p> - -<p>Allí está la criada con un plato en la mano, arrimada á un cajón -abierto y á medio llenar de aquella patriarcal legumbre.</p> - -<p>Y como si todavía no estuviera tranquilo, mira detrás de la puerta, -y da un vistazo á la cocina, y hasta mete la cabeza en el inmediato -departamento.</p> - -<p>—Pero ¿qué diablos buscas?—le pregunta Solita, que va siguiendo -todos sus pasos.</p> - -<p>—Busco—responde el preguntado, algo arrepentido ya,—la... petaca que -se me perdió esta mañana.</p> - -<p>—¿En la despensa?... ¿y en la cocina?... ¿y en?...</p> - -<p>—¡En el infierno!</p> - -<p>Y sin decir más, vuélvese á la calle, dejando á Solita en la duda de -si aquello es la continuación del arrebato que le dió horas antes, ó el -efecto de alguna sospecha que se le ha metido entre los cascos.</p> - -<p>De todas maneras, no le parece mal síntoma el que haya vuelto y -se haya conformado con tan poco ruido. Los relámpagos de la mañana -prometían mucho más.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-268.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_25"> - <p><span class="pagenum" id="Page_269">[p. 269]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-203.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="XXV. EL ALMA DE JUDAS">XXV</h3> - <p class="subh3">EL ALMA DE JUDAS</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-a.jpg" alt="A" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">¡Al fin</span>, dí la -campanada!—exclama en la calle.—Fortuna que Solita no me ha visto -desde el otro estampido, y acaso crea que aún está ardiendo la -pólvora... Pero si no está arriba el infame, puede que ronde por las -inmediaciones. Rondemos también: al cabo, tanto me da pasear por estas -calles como por las de mi barrio.</p> - -<p>Y pónese á recorrerlas una tras otra, haciendo de vez en cuando -salidas rápidas á la confluencia de las principales, donde está la casa -de Solita, como si intentara jugar la vuelta á algún descuidado.</p> - -<p>Así se le va pasando la fiebre poco á poco. En cuanto se ve libre de -ella se arrepiente de lo que ha hecho y se avergüenza de lo que está -haciendo.</p> - -<p>—Esto es—dice para sí,—ni más ni menos<span class="pagenum" -id="Page_270">[p. 270]</span> que una explosión de celos, pero celos -de marido, y de marido grotesco... Y ¿á tal extremo has venido á -parar, Gedeón, después de tantas precauciones y miramientos!... Y -es lo más curioso que cuanto menos me fío de Solita, más amarrado -me siento á ella; no porque sus gracias pasadas hayan renacido para -seducirme, ni porque me seduzca tal cual está, sino porque ahora -quisiera yo verla esclava hasta de mis pensamientos. Así no me costaría -trabajo desprenderme de ella, ni viéndola <i>después</i> loca por otro, me -apuraría... De todo lo cual deduzco yo que cuanto se dice de la pasión -de los celos queda reducido á una simple cuestión de amor propio. No -nos duele la <i>pérdida</i> de la mujer poseída; nos duele que se vaya con -otro; es decir, que se le haya preferido á nosotros, en señal de que -valemos menos que él. ¡Estas sí que son verdaderas miserias, no de la -vida conyugal, sino de toda clase de vidas, incluso la muy arrastrada -que yo traigo!</p> - -<p>Y así pensando, toma el rumbo de su casa á paso no muy largo, porque -la rodilla le va doliendo cada vez más.</p> - -<p>Al atravesar una bocacalle siente en las narices un huracán de -aguardiente, y casi está á punto de sucederle con un transeunte lo que -por la mañana con Herodes en el portal de Solita.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_271">[p. 271]</span></p> - -<p>El transeunte es el sempiterno tío Judas.</p> - -<p>Gedeón se estremece al conocerle.</p> - -<p>—¡Hijo de mis entrañas!—exclama el zapatero al encontrarse con -él.</p> - -<p>—¡Mal rayo te parta!—contesta el otro.</p> - -<p>—Iba á ver á tu oculta esposa, y cátate que doy, digásmolo así, de -bóbilis bóbilis, con su marido... ¿Adónde vas, cachorrote?...</p> - -<p>—¡Al infierno, remendón infame!</p> - -<p>Y tras esto, Gedeón trata de apretar el paso; pero, como si -estuviera de acuerdo con el zapatero, su pierna se niega obstinadamente -á complacerle.</p> - -<p>El zapatero se le pone al costado.</p> - -<p>Gedeón diera la mitad de su vida porque en la calle no hubiera -más gente que ellos dos, ó el sol alumbrara ya á los antípodas. En -cualquiera de estos casos, cogería al remendón por las barbas, le -metería en un portal, y allí le molería los huesos á bastonazos; pero -aún es de día, y el tránsito, lejos de disminuir, va aumentando, porque -la gente de la ciudad tiene del murciélago y la lechuza la propiedad -de revolotear de noche y arrimarse mucho á la luz de los reverberos. -No hay modo de apalear al pegajoso artista sin armar un escándalo, con -gravísimo riesgo para el apaleador.</p> - -<p>El zapatero, como si oliera estas dificultades ó las leyera en la -cara de su <i>pariente</i>, que<span class="pagenum" id="Page_272">[p. -272]</span> reluce de ira, muéstrase muy ufano y risotón, y continúa -diciéndole:</p> - -<p>—Aporté segunda vez á tu casa, mi muy amado hijo político, porque -dos razones me lo aconsejaron. Primera y finalmente, que no me -quisieron pasar una moneda de las que me dió tu esplendoroso corazón. -No pensé pedirte otra mejor, porque no soy de esos mozambiques sin -educación de principios, digásmolo así; pero justo es que el hombre -sepa ¿eh? lo que vale aquello con que buenamente agasaja á otro... -digo, me parece á mí... Segunda y en principalidad... ¿Sudas, mi tierno -hijo?... Daréte ventilación... ¿Quieres descanso? Párate con toda -confianza: yo no llevo prisa...</p> - -<p>Y suda en efecto, Gedeón, y hasta le duelen callos que jamás ha -tenido. Aquel hombre le asfixia. Malo si le responde, peor si le -contradice... malo también si calla; huir, no le es dado; buscar -travesías y callejones por más solitarios, es prolongar el camino, y -él no puede andar mucho. Tiene que optar por el que sigue, que es el -más recto; pero, en cambio, el más concurrido. ¿Qué dirá la gente si -él se enfada y denuesta al zapatero, y éste insiste en publicar el -parentesco? Muchos habrá que no lo crean; pero ¡cuántos lo creerán! -De todas maneras, es un escándalo en medio de la calle. ¡Qué horror! -No hay otro remedio que oir,<span class="pagenum" id="Page_273">[p. -273]</span> devorando la ira; callar, y, poco á poco, acercarse á casa; -y allí ¡oh! allí hacer jigote al infame zapatero; embutirle en la pared -á mojicones, y arrancarle las barbas y freirle en aceite.</p> - -<p>Así medita Gedeón, y calla y anda, mientras el padre de Solita, -contoneándose mucho á su lado, prosigue diciendo:</p> - -<p>—Segundamente, fui á tu casa porque en la primera barrunté que no te -dejaba muy contrito del parentesco. Dudabas, ¿no es cierto, amado hijo? -Es natural, hombre; el sabio dudó seis veces, ¡qué diablo!... Pues en -contingencia de esta reflexión, iba yo á manipularte el caso, digásmolo -así, hasta que cayeras en mis brazos amorosos, para llegar á ser lo que -debemos: el uno para el otro... y en una sola mesa y sin «lo tuyo» ni -«lo mío,» como los pajaritos del aire. ¡Qué vida, Gedeón! ¡Qué vida la -que nos esperaba!</p> - -<p>En esto, acierta á pasar un camarada del zapatero.</p> - -<p>—¡Adiós!—le dice éste á gritos.—Dispensa que no te acompañe... voy -con mi hijo político.</p> - -<p>El aludido jurara, cuando tal oye, que le meten un espadín por el -estómago.</p> - -<p>Algunos transeuntes le miran, y el desvergonzado continúa:</p> - -<p>—Tú y Solita, los emperadores de aquellas<span class="pagenum" -id="Page_274">[p. 274]</span> ínfulas; yo, el rey consorte; quiero -decir, el padre putativo que os dió el sér... Pero dime algo, hijo -adorado; muéstrame tu hermosa voz, aunque sea en una desvergüenza...</p> - -<p>Gedeón carraspea y quiere silbar y reirse, y hasta que le trague -la tierra; y anda calle adelante, volviendo la cara á todas partes -y tanteando actitudes que mejor expresen su intención de decir al -público:—«Nada de esto va conmigo; es un borracho que se me ha pegado, -como pudo pegarse á ustedes.»</p> - -<p>Pero el tal no se despega, y sigue apostrofándole, ora tierno, ora -vehemente, ora chancero, y alzando la voz á medida que el silencio del -atribulado se prolonga.</p> - -<p>En un sitio en que la calle está libre de transeuntes, Gedeón se -atreve á decir á media voz al zapatero:</p> - -<p>—¡He de verte las entrañas, miserable!</p> - -<p>—¡Echa aunque sea las hieles, hijo del alma; échalas, con tal que -te desahogues en tu desgraciado padre! ¡Angel de Dios, y cómo te -consolarán esas desaguaduras!</p> - -<p>Luégo, cambiando de tono, y entre compungido é iracundo, añade á -gritos:</p> - -<p>—¡Éstos son los hijos políticos de las clases más opíparas de -la sociedad! Deles usted la hija de sus entrañas; y porque usted -es artista menesteroso y desgraciado, ya no le conocen;<span -class="pagenum" id="Page_275">[p. 275]</span> y le niegan tres veces, -como Sansón negó á Pedro; y le cierran la puerta; y sus indomésticos le -menosprecian... ¡Esto es astringente y deshumano!</p> - -<p>Gedeón suda escarchas y respira cohetes. La gente le mira ya, y -no faltan curiosos que se detienen para oir al zapatero. El infeliz -perseguido no sabe qué partido adoptar, privado como se halla del -único recurso que podía, si no salvarle, abreviar su martirio: las -piernas para correr. En aquel angustioso trance y mientras camina con -la velocidad mayor que le es permitido, quisiera ser guardia civil ó -polizonte, para meter en la cárcel al escandaloso; mejor que esto, -rayo que le tendiera sin vida; y mucho mejor, huracán que le barriera -de allí sin dejar ni siquiera huellas del inicuo. Pero no es guardia -civil, ni rayo, ni huracán; es un desdichado que arrastra una cadena y -sufre azotes y bofetadas: aquello es una agonía sin el descanso de la -muerte.</p> - -<p>Meteríase en un portal y hasta llamaría á la puerta de un vecino; -pero el perseguidor iría detrás y llamaría también, y el escándalo de -la calle se repetiría en las escaleras. ¡No tiene más recursos que -llegar á la suya cuanto antes, si es que la explosión de su paciencia -no le mata en el camino!</p> - -<p>En tanto, continúa vociferando el otro:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_276">[p. 276]</span></p> - -<p>—¿Qué ves en tu padre que te avergüence, don fanfarrias? ¿Qué -afrentas te hizo? ¿qué reales te pidió? ¿qué casa te ha quemado?... -Artista soy, sí, y á soflama y requilorio debieras tenerlo tú... ¡Pero -soy insánime de dinero, y eso te abichorna, similón pomposo!... Pues -al tomar la hija de mi corazón en consorcio oculto, ya lo sabías, -¡tunante!</p> - -<p>Á esto, no sólo se detiene la gente y mira, sino que frunce el -entrecejo encarándose con Gedeón. Para que un andrajoso se atreva en -público con un señor de levita, motivos gordos debe de tener para ello. -Esto se lee en aquellas caras; y con esa lógica se han barrido las -calles con más de cuatro inocentes.</p> - -<p>Gedeón no teme que las barran con su cogote, pero padece más que si -tal sucediera.</p> - -<p>Arrastrando sus piernas, como se arrastran soñando que nos persigue -un toro, llega á columbrar su casa; pero aún le falta medir, paso -á paso, aquel sendero, adoquinado y reluciente para otros, para él -espinoso y áspero, y sobre el cual hormiguea la gente, que le conocerá -de vista, porque es la gente de su barrio.</p> - -<p>Cierra los ojos y avanza en él cuanto le permiten sus dolores y su -desesperación.</p> - -<p>El zapatero no calla, y la gente sigue mirándole. Parécele que -son verdes y amarillas y tornasoladas las caras de los transeuntes; -que<span class="pagenum" id="Page_277">[p. 277]</span> las piedras -echan chispas bajo sus pies, y que le ha invadido las manos y el rostro -un hormiguero que ya le asalta la boca, los oídos y las narices. Tose, -estornuda, se limpia el sudor con el pañuelo y da fuertes golpes en la -acera con el bastón, creyendo que así se oirán menos los apostrofes y -bufonadas del zapatero; pero sólo consigue poner más en evidencia sus -angustias.</p> - -<p>Algunos de los que pasan se ríen de ellas; no faltan pilluelos que -se arriman al insolente y le aplauden para que diga más, y silban -cuando lo ha dicho. La indignación y la vergüenza, comprimidas hasta -allí por un heroico esfuerzo de la voluntad, van á estallar y á -matarle; las piernas se niegan á arrastrar aquel cuerpo tan derrengado -por las angustias del espíritu. No importa: preferible le parece morir -de un estampido, á vivir un instante más en semejante tortura.</p> - -<p>Felizmente, el zapatero va quedándose rezagado á medida que Gedeón -se aproxima á su casa. Esto le envalentona un poco; y cuando al fin -llega al portal; cuando ya puede soltar todas las válvulas de sus -pulmones y todos los frenos de su lengua, sus nervios le parecen -cables, y sus manos, tenazas. Se siente capaz de convertir entre ellas -en jigote al mismo exterminador de los filisteos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_278">[p. 278]</span></p> - -<p>Desde el umbral de la puerta mira calle arriba, y ve al zapatero -detenido en ella y rodeado de granujas y holgazanes.</p> - -<p>—¡Vamos, hombre!—le vocea trémulo y como si tratara de animarle con -una sonrisa que más parece gesto de agonizante,—¿por qué te quedas -ahí?... Ven acá... acércate y hablaremos.</p> - -<p>—<i>¡Nequanquis!</i>—responde el zapatero, haciendo un ademán picaresco, -señal de que huele la madera desde allí.</p> - -<p>—¡Con franqueza!</p> - -<p>—Ya lo supongo, hijo mío... para eso soy tu padre; pero otro día -será... ¡Hemos de codearnos tantas veces en la calle!... Se conoce que -te gustó la platicación.</p> - -<p>—¡Mucho!</p> - -<p>—Pues la repetiremos, amado hijo, la repetiremos; que yo soy muy -agradecido... ¡Conque hasta la primera, hermosote!</p> - -<p>—¡Hasta un rayo que te parta, inmundo zapatero!... ¡borracho -infame!... ¡holgazán inicuo!... ¡ladrón!</p> - -<p>Y dicho esto, blandiendo el bastón y echando espumarajos por la -boca, vuélvese Gedeón rugiendo al ver que el zapatero se larga calle -arriba, y comienza á subir la escalera con tantas dificultades como -deseos de vencerlas.</p> - -<p>Al llegar á la puerta de su habitación, se<span class="pagenum" -id="Page_279">[p. 279]</span> encuentra con el médico de marras, que -baja. Hace mucho que no se han visto.</p> - -<p>—¡Feliz hallazgo!</p> - -<p>—¡Calle!... ¡Mi buen Doctor!</p> - -<p>—El mismo, amigo mío... Y ¿cómo va con esa vida?</p> - -<p>—¡Tan guapamente!</p> - -<p>—¡Cuánto lo celebro!... ¿Es decir, que se divierte usted mucho?</p> - -<p>—¡Muchísimo, Doctor!... ¡No puede usted imaginárselo!</p> - -<p>—Ni lo intento, amigo mío... Basta verle á usted la cara.</p> - -<p>—¿Tan risueña la traigo?</p> - -<p>—Como unas castañuelas.</p> - -<p>—Yo soy así.</p> - -<p>—De modo que va usted llenando aquel vacío...</p> - -<p>—Hasta los bordes, Doctor.</p> - -<p>—Luego no hay que temer vacilaciones ya, ni arrepentimientos...</p> - -<p>—¡Eso, jamás!</p> - -<p>—¡Bravo, amigo mío!... y adelante con la cruz, que poco debe de -pesar la de usted, según lo ufano que la lleva.</p> - -<p>—Mucho que sí.</p> - -<p>—Adiós, amigo mío.</p> - -<p>—Agur, mi buen Doctor.</p> - -<p>Y mientras éste continúa bajando, el otro se<span class="pagenum" -id="Page_280">[p. 280]</span> mete en casa, donde le esperan Merto á -la puerta y Adonis en el gabinete: el uno mirándole torcido, y el otro -barriendo el suelo con el rabo.</p> - -<p>Sin fijarse en el uno ni en el otro, déjase caer en su poltrona; -llama á Regla, que se presenta hosca y desabrida; mándala que le -prepare la cama, unas unturas para la rodilla y una taza de tila; y -mientras las dos últimas órdenes se cumplen, vase desnudando poco á -poco.</p> - -<p>—¡Y dicen que <i>el buey suelto bien se lame</i>!—exclama después que -ha hecho en la mente un brevísimo resumen de sus tribulaciones de -soltero.—¡Lo que se lame son las ronchas de las palizas que le cuesta -su libertad!... ¡El tesón condenado me impedirá decirlo donde me oigan; -pero la verdad es, pese á quien pese, que no me viera en estos trances -ignominiosos y otro gallo me cantara, <i>si yo me hubiera casado á -tiempo</i>!</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-008.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<div class="aftit pt3" id="Ch_3"> - <hr class="chap0" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_281">[p. 281]</span></p> - <h2 class="nobreak mt0">ÚLTIMA JORNADA</h2> - <hr class="chap0" /> -</div> - -<div class="chapter" id="Ch_3_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_283">[p. 283]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-017.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="I. SALDO DE CUENTAS ATRASADAS">I</h3> - <p class="subh3">SALDO DE CUENTAS ATRASADAS</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-p.jpg" alt="P" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Por más</span> que de algunos -seres privilegiados se diga que por ellos no pasan los años, los años -pasan, sin que haya afeite ni fuerza de voluntad que alcancen á borrar -sus huellas. Ó el cuerpo ó el alma han de gemir bajo su peso, si es que -no gimen á la vez el uno y la otra. Ocioso es que la materia, oronda -y esponjada todavía, aspire á los solaces de otros tiempos, si el -espíritu que ha de estimularla está seco y abatido; tan ocioso como que -éste, retozón y bullanguero, pretenda los deleites de la juventud si -está preso y encogido en un cuerpo caduco y achacoso.</p> - -<p>Fuerte era el de Gedeón, y bien nutrido; holgado estaba y hecho á -mimos y regalos; defendióse contra el tiempo como gato uñas arriba; -pero lloviéronle pesadumbres; abatiósele el<span class="pagenum" -id="Page_284">[p. 284]</span> espíritu, y cayó vencida su materia mal -cebada, como tronco roído por gusanos.</p> - -<p>Aquél á quien vimos hecho una furia, combatido por tantas -contrariedades en un solo día, está diez años después arrastrándose, -más bien que caminando, en el último tramo de la senda que le lleva á -las puertas de la eternidad.</p> - -<p>Los achaques le invaden por todas partes; lo que antes fué reúma -tolerable y catarro frecuente, es ya gota declarada y asma legítima; -gasta franelas en las piernas y en el pecho, y zapatones de paño en los -hinchados pies; los cambios atmosféricos le crucifican; por la noche la -tos le roba el sueño; y cada vez que tose parécele que la gota le cose -á puñaladas. Tiene mucha barriga, ancho pescuezo, grandes ojeras, y la -mirada triste, más que triste, angustiosa y desconsolada.</p> - -<p>Sale muy poco de casa, y cuando el aire no apaga una cerilla, y no -hace frío ni calor, ni hay humedad en el suelo.</p> - -<p>Da, con mucho trabajo, un par de vueltas en el paseo más solitario y -abrigado, ó solamente llega á la tienda de la esquina, donde se sienta -á oir, cuando no á insultar, á media docena de tipos, tertulianos -impertérritos de aquélla.</p> - -<p>Ha perdido por completo la poca afabilidad que le distinguía de -todos sus <i>congéneres</i>. Aho<span class="pagenum" id="Page_285">[p. -285]</span>ra es taciturno, irritable, áspero y hasta grosero en su -trato con los demás.</p> - -<p>Regla continúa cuidándole; pero desde que adquirió la certeza de -que no es ella sola la que impera en aquel montón de ruínas, falta en -sus cuidados el primor; cumple con su deber, pero no se afana como -antes por anticiparse á los deseos de su amo. Antes existía cierta -inteligencia misteriosa entre ambos, hasta el punto de decirse el -uno:—«Esta mujer nació cortada para servirme;» mientras pensaba la -otra:—«Parece este hombre nacido para mandarme.» Ahora es Gedeón, para -su criada, «un amo como todos,» y Regla, para Gedeón, «una criada como -las demás.»</p> - -<p>Ya he dicho cuál es la causa de la tibieza de Regla: el desafecto -de Gedeón data de la pérdida de aquellos bríos bestiales que fueron su -único afán. Lo que es hijo de la carne, con la carne se va, como la luz -con la mecha consumida.</p> - -<p>También en el cuerpo de Regla han hecho mella los años transcurridos -desde que no la vemos. Ya no tiene aquella morbidez de formas, ni -aquellos dientes tan blancos y tan completos, ni aquella mirada -insinuante con que la conocimos: dejó de ser <i>todavía joven</i>, y ha -entrado en la categoría de <i>mujer de edad</i>, aunque de las que templan -la pesadumbre de<span class="pagenum" id="Page_286">[p. 286]</span> -esta condición con el consuelo de <i>bien conservada</i>.</p> - -<p>Adonis vive aún en el rincón de siempre; pero debajo de una manta, -encogido, jadeante y con un estertor perenne; el pelo se le cae á -mechones á cada vuelta que se da en la cama; y de aquel rabo ondulante -de profusas crines, sólo queda el núcleo escueto y encorvado, que ni -siquiera responde con un lento balanceo á las muestras de cariño que de -tarde en tarde le consagra Gedeón.</p> - -<p>Aquel cuerpo entumecido y espirante, sólo con la presencia de -Merto reviviera, como cadáver galvanizado, aunque quizá para morir -más pronto. Porque Merto precipitó su vejez robándole el sosiego -del espíritu y martirizándole la carne durante lo más florido de la -juventud. Desde que el díscolo muchacho volvió á casa, se acabaron para -el infeliz ratonero los mendrugos sabrosos y los huesos regalados; -despierto de día, necesitábale para vigilar y huir de las asechanzas -del enemigo; durmiendo de noche, todo su sueño era un continuo varazo y -un incesante puntapié.</p> - -<p>Es de saberse que á los pocos días de volver Merto al lado de su -madre, comenzó á hacer de las suyas, aunque no en la escala en que las -hizo el día de la gran batalla; pero es indudable que Adonis tenía para -él un atractivo<span class="pagenum" id="Page_287">[p. 287]</span> -irresistible, pues, contra todos sus propósitos, le largaba un puntapié -donde quiera que se hallaba con él, si su amo no le veía. Ni los -bofetones ni los castigos más duros de su madre bastaban á detenerle en -esos momentos.</p> - -<p>Dos años pasó así; dos años durante los cuales martirizó al -ratonero, rompió mucha vajilla y descompuso setenta veces el reló del -comedor, é hizo cincuenta mil fechorías, aparte de las que no pudo su -madre ocultar á su amo.</p> - -<p>Viéndole éste incorregible, le metió en un colegio con el doble -fin de verse libre de sus travesuras y de sacar algún partido de él, -si era posible. Entonces volvió Adonis á dormir tranquilo y á vivir -descuidado. Pero ya venía tarde la bonanza, porque la tempestad -había durado mucho. El pobre animal había pasado lo mejor de su vida -sufriendo sus embates, y no había en su cuerpo un solo hueso que no -hubiera servido de yunque á aquel martillo implacable. Vióse cargado -de humores; acometióle una tristeza abrumadora; declaróse enfermo -crónico; metióse en la cama, en la que tiritaba de frío aun en el rigor -del verano, y llegó su desaliento hasta el punto de consentir que -los ratones se revolcaran encima de él impunemente. Entonces dispuso -Gedeón que se le cubriera con una manta, contra el parecer<span -class="pagenum" id="Page_288">[p. 288]</span> de Regla, que pretendía -tirarle á la calle con la barredura. Lo demás ya lo sabe el lector.</p> - -<p>Merto en el colegio, fué como toro en plaza; vió desde el primer día -un enemigo mortal en cada maestro y en cada vigilante; y comenzando -por mirarlos con recelo, acabó por embestirlos. Á los pocos meses fué -expulsado, no sin haber dejado señales indelebles de su barbarie hasta -en la cara del director, ni sin sacarlas él de las pulgas de maestros y -condiscípulos, en muchos parajes de su cuerpo.</p> - -<p>Del colegio pasó á un taller de carpintería; de éste, á una fragua; -de la fragua, á una taberna, y, por último, á la cárcel. Porque ya en -esto era grandullón de diez y siete años, y lo que había empezado en -el colegio por cachetes y arañazos, acabó en la taberna por amagos de -navajadas y por sospechas vehementísimas de robo.</p> - -<p>Lo que esto dió que hacer y que meditar y que decir á Gedeón, y al -dinero que le costó, excuso yo referirlo.</p> - -<p>Cuando Merto se vió libre, al cabo de muchos meses de reclusión, -halló cerradas todas las puertas, incluso la de su madre; y, por no -volverse á la cárcel, arrimóse al primer perdido que encontró en la -calle; contóle su desamparo, aceptó su consejo, y vendióse por un -puñado de pesetas para soldado de Ultramar.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_289">[p. 289]</span></p> - -<p>Por esta razón poderosísima no figura Merto <i>de cuerpo presente</i> -en el inventario que hice más atrás de los personajes de la casa de -Gedeón.</p> - -<p>En cambio, en el que voy á hacer de los desengaños y las penas -de éste desde que le perdimos de vista en el cuadro anterior, puede -figurar como una de ellas la que se desprende del compendiadísimo -relato que precede de la vida y milagros del implacable enemigo de -Adonis.</p> - -<p>La sospecha adquirida en su encuentro con Herodes á la puerta -de Solita, continuó atormentándole mucho tiempo; y aunque ningún -testimonio nuevo volvió á robustecerla á sus ojos, el afán de -encontrarlos le llevaba á cada instante á las callejuelas de aquel -barrio, y hacíale ver en cada sombra y en cada bulto al odiado enemigo, -y obligábale á continuar el trato de la hija del remendón, con una -frecuencia tan opuesta á sus propósitos anteriores, como extraña á los -ojos de Solita; siendo de advertir, como prueba de la violencia de -sus celos, que no bastaba á resistirla el horror que le causaban sus -encuentros con el tío Judas, bastante repetidos, en el camino.</p> - -<p>Para librarse de ellos sin escándalo, ideó, después del que -presenciamos en el cuadro anterior, de acuerdo con Solita, triplicar la -pensión que hasta allí había dado á su padre, á<span class="pagenum" -id="Page_290">[p. 290]</span> condición de que éste no se le presentara -jamás delante. Produjo buen resultado el acuerdo durante algunos meses; -pero creciendo las necesidades del zapatero á medida que aumentaban -los recursos, y calculando el sinvergüenza que más se le daría cuanto -mayor fuera su insistencia en perseguir á quien lo daba, Gedeón volvió -á ser asaltado en la calle muchas veces, tantas como los aumentos que -hizo á la pensión. Viendo que ésta subía como la espuma, y conociendo -la intención del zapatero, resolvióse á poner el caso bajo la -protección de las leyes; y el tío Judas fué encerrado en la cárcel como -vago.</p> - -<p>Pero salió de ella, y volvió á las andadas, y tornó la justicia á -prenderle; y en este juego pasaron dos años, torturado Gedeón entre sus -celos, que le sacaban de casa, y el temor al zapatero, que le asustaba -en la calle; el odio que sentía hacia Solita, y el amor propio que cada -vez le arrimaba más á ella; el asco que le producía el remendón, y el -dinero que le costaba verse libre de él por algunas semanas; el reúma -y el catarro que iban desarrollándose en sus piernas y en su pecho, -como hiedra en pared vieja, y el zumbar en su cerebro, sin tregua ni -descanso, de aquella tempestad de desencantos y remordimientos, cada -día más deshecha.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_291">[p. 291]</span></p> - -<p>En uno de ellos quiso lanzarse á la calle antes que la visitara el -sol, porque durante la noche no había podido conseguir un instante de -reposo. Judas, borracho como un cuero, le había <i>acompañado</i> á casa por -la tarde, y la medida de su sufrimiento se colmó. Acostóse sin cenar, -y la cama le pareció un tormento. La tos le ahogaba, y el recuerdo del -infame descamisado, poniéndole nervioso, se la estimulaba. En cuanto -vió un rayo de luz penetrar por la vidriera del balcón, vistióse y se -lanzó á la calle á respirar el aire libre.</p> - -<p>Al extremo de ella había un grupo de cuatro personas que -contemplaban un bulto tendido en el suelo. Acercóse á contemplarle -también. Aquel bulto era el cadáver de Judas. ¡Jamás le pareció la -muerte más justiciera, ni la calle más ancha, ni el aire más puro!</p> - -<p>—Es un borracho—le dijo un hombre de los del grupo,—que dormía á la -intemperie la mayor parte del año. Sin duda el frío de la noche le ha -matado.</p> - -<p>—Ó la justicia de Dios,—contestó Gedeón disimulando mal su alegría, -continuando su paseo y complaciéndose con pueril afán en irse por los -sitios que más frecuentaba el zapatero cuando le perseguía.</p> - -<p>Un año después de este suceso, hallóse con el Doctor en la -calle.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_292">[p. 292]</span></p> - -<p>—Me alegro mucho de encontrarle á usted—díjole éste—tan á tiempo y -tan á mano. Seis meses hace que no nos vemos.</p> - -<p>—En efecto—respondió Gedeón.—¿Y por qué dice usted que me halla muy -á tiempo?</p> - -<p>—Porque mañana quizá sea tarde para proponerle á usted lo que voy á -proponerle ahora.</p> - -<p>—Pues usted dirá, Doctor.</p> - -<p>—Quiero que suba usted conmigo á ver á un enfermo en esa casa de -enfrente.</p> - -<p>—¡Yo! ¿Por ventura soy médico sin saberlo?</p> - -<p>—¿Y por precisión han de ser médicos cuantos hombres visiten á un -enfermo?</p> - -<p>—Es que no atino...</p> - -<p>—Ya atinará usted después. ¡Vamos arriba!</p> - -<p>Colgóse el Doctor de su brazo sin hacer caso de sus protestas, é -introdújole en el portal de enfrente. Llegaron al tercer piso; abrió -el Doctor la puerta sin llamar; atravesaron el vestíbulo y luégo un -pasadizo, todo á media luz, silencioso y mal barrido, y entraron en un -gabinete contiguo á la sala. Abrió el Doctor un postigo de la vidriera -del balcón, y á la luz que se derramó por la estancia vió Gedeón en -el fondo de ella un lecho, á cuya cabecera estaba sentado uno de esos -ángeles de la caridad que la religión católica ha hecho brotar del -polvo de la tierra con el nombre de <i>Siervas de María</i>.</p> - -<p>—¿Qué tal, hermana?—preguntóla el Doctor.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_293">[p. 293]</span></p> - -<p>—Muy postrado desde anoche,—respondió la Sierva.</p> - -<p>Acercóse el médico al lecho, é hizo señas á Gedeón para que se -acercara también. Gedeón, que estaba tiritando desde que entró en -la estancia y vió aquel cuadro lúgubre, porque su alma no estaba -acostumbrada á semejantes impresiones, obedeció fascinado y se aproximó -al lecho.</p> - -<p>Bajo sus ropas se notaba el bulto de una persona, y sobre las -almohadas se veía una cabeza, cuya cara, vuelta á la pared, tenía la -mitad, hacia el cuello, cubierta con vendajes. Sus ojos entreabiertos -lanzaban una mirada yerta y vidriosa, que iba á clavarse en un -Crucifijo colocado de intento en la pared. Diríase que aquel cuerpo -no respiraba, si no se vieran los movimientos de la ropa marcando las -anhelantes inspiraciones de su pecho.</p> - -<p>—Mírele usted bien,—dijo el Doctor á Gedeón.</p> - -<p>Este buscó, á los pies de la cama, un punto desde el cual pudiera -ver lo que verse podía de la cara del enfermo; pero no le conoció: -parecióle aquella cara la de todos los cadáveres que él había visto.</p> - -<p>El Doctor, en tanto, hacía algunas experiencias para cerciorarse del -estado mental del paciente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_294">[p. 294]</span></p> - -<p>—Es ya un tronco—dijo.—Que no tarden en administrarle el último -Sacramento.</p> - -<p>—Debe de llegar dentro de un instante el sacerdote con ese -objeto,—respondió la hermana.</p> - -<p>Dispuso el médico lo que juzgó de su deber; y, despidiéndose de la -Sierva, salió de la habitación después de invitar á su amigo á que -hiciera otro tanto.</p> - -<p>Nada podía ordenar á Gedeón que más le complaciera. Se sofocaba en -aquella atmósfera infecta, y le atormentaba la contemplación de tan -triste espectáculo.</p> - -<p>Cuando los dos estuvieron en la calle, dijo el médico:</p> - -<p>—Eso que usted ha visto en el lecho, fué un hombre egoísta. Jamás -latió su corazón á impulsos de un sentimiento honrado, ni su lengua se -movió más que para difamar al género humano. «Esposa» é «hijos» eran, -en su concepto, la expresión condensada de todas las esclavitudes, de -todas las ignominias y de todos los estorbos. Resuelto á vivir sin -ellos y para sí propio, maldijo de la familia y huyó de todo cuanto se -le parecía, como se huye de la peste. Mientras fué robusto, tuvo quien -le complaciera, porque pagaba con largueza sus caprichos; pero un día -le atacó una enfermedad tan grave como repugnante, y sus sirvientes -le abandonaron después de saquearle la casa. En<span class="pagenum" -id="Page_295">[p. 295]</span> ella hubiera muerto como tigre en su -caverna, si la caridad de Dios no anduviera por la tierra detrás del -egoísmo de los hombres.</p> - -<p>—¿Y qué enfermedad le acometió?—preguntó al médico Gedeón, presa de -un sobresalto que pudiera creerse supersticioso, si lo que de nuestro -personaje sabemos no nos permitiera creer que bien podía temblar de -miedo.</p> - -<p>—Un cáncer en la lengua,—respondió el médico.</p> - -<p>—¿Y eso le mata?</p> - -<p>—«Por do más pecado había.»</p> - -<p>—¡Casualidad extraña!</p> - -<p>—¡Ó providencial castigo!</p> - -<p>—¿Lo cree usted así?</p> - -<p>—Yo nunca dudo, amigo mío, de la justicia divina.</p> - -<p>—¿Y tan abandonado dice usted que se ha visto?</p> - -<p>—De todos menos de Dios. Ya vió usted un ángel á la cabecera de su -cama cuidando de su cuerpo; pues otro, en forma de sacerdote, cuida de -su alma.</p> - -<p>—¡Buena estaría su alma también!</p> - -<p>—Sin noción alguna de su destino dentro de aquel cuerpo -miserable.</p> - -<p>—¿Y tan á obscuras seguirá hasta que de su cárcel se desprenda?</p> - -<p>—No tal, amigo mío. El alma volvió á la<span class="pagenum" -id="Page_296">[p. 296]</span> luz, y el egoísta empedernido empleó las -últimas palabras que pudo pronunciar su lengua para jurar ante Dios que -aceptaba su soledad y sus tormentos como castigo justo de su pecado. -Después acá, lo que no ha podido decir su boca en testimonio de su -conversión, lo han dicho sus ojos, que, mientras han estado abiertos, -no se han separado un instante de aquel Crucifijo que usted vió colgado -en la pared.</p> - -<p>—Más vale así, Doctor. Pero todavía no me ha dicho usted por qué -tuvo empeño en que yo visitara á ese enfermo.</p> - -<p>—Túvele suponiendo que se alegraría usted de despedirse de él -antes de que se muera; porque, sin un milagro de Dios, se muere hoy -indefectiblemente.</p> - -<p>—¿Y qué puede importarme á mí la muerte de ese desgraciado?</p> - -<p>—Siempre interesa la marcha de un amigo á un viaje tan largo.</p> - -<p>—¡De un amigo!</p> - -<p>—Por de usted le tuve siempre.</p> - -<p>—¿Quién es, entonces? ¿Cómo se llama?</p> - -<p>—Ignoro su nombre verdadero: la gente le conocía con el de -<i>Herodes</i>.</p> - -<p>—¡Santa Bárbara!</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-296.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_2"> - <p><span class="pagenum" id="Page_297">[p. 297]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-025.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="II. CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR">II</h3> - <p class="subh3">CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-d.jpg" alt="D" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Dos días</span> bastaron á -Gedeón para salir del aturdimiento que le produjeron la visita que hizo -á su amigo espirante, y la noticia que le dió de su muerte el Doctor -aquella misma noche. ¡Herodes! el hombre que más le había empujado á él -hacia el abismo en que se hallaba; el azote del hogar, la sátira de la -familia, el prototipo de los <i>bueyes sueltos</i>, espirando en brazos de -la caridad, abandonado de los hombres, devorado su cuerpo por un cáncer -y su alma por los remordimientos! ¡Qué lección para él si desde muy -atrás no se hallara convencido de que ese es el fin lógico y merecido -de cuantos se colocan, por su propio gusto, fuera de la ley!</p> - -<p>Pero había en la muerte de Herodes un lado asaz risueño para Gedeón; -y por este lado se apresuró á considerarla: el pavoroso problema<span -class="pagenum" id="Page_298">[p. 298]</span> de sus celos estaba -resuelto ya del mejor modo posible: el fantasma que le quitaba el -sueño, ya no existía.</p> - -<p>Pensando así, en el acto se sintió capaz de no volver á acercarse -á Solita. ¡Hasta se atrevió á soñar en nuevas aventuras, para borrar -por completo de su memoria el recuerdo de aquella infeliz que tanto le -había hecho padecer en su vanidad y en su soberbia!</p> - -<p>Pero bien pronto, asomándose su razón al cristal del espejo, supo -decirle:—¿Adónde vas, iluso, con esa panza grosera, y esa calva -refulgente, y esa sobarba con pliegues, y ese reúma que te balda, y esa -tos que te ahoga? ¿Quién ha de escuchar tus ternezas, que no las tome á -risa, ni quién podrá aceptarlas que no tosa más que tú?</p> - -<p>¡Olvidar á Solita cuando estaba amarrado á su recuerdo con una -cadena más!</p> - -<p>¡Pensar en nuevos amoríos cuando no puede ya con los calzones, y las -penas y los desengaños le han hecho renegar de todo su pasado!</p> - -<p>El único bien que le produjo la muerte de Herodes fué el poder -vivir menos intranquilo con respecto á Solita. Entera confianza no la -tuvo jamás en ella, y hasta me atrevo á creer que, no por otra razón, -cuando él se vió con las piernas entumecidas por la gota, llevó á<span -class="pagenum" id="Page_299">[p. 299]</span> Solita á vivir al centro -de la población, y no muy lejos de su casa. Disculpaba Gedeón esta -medida diciendo que, pues había pasado Solita fuera de la ciudad tantos -años, y muerto su padre que, vivo, hubiera publicado lo contrario, -bien podía aparecer en ella como viuda forastera. Yo tengo para mí que -trataba de ponerla al alcance de su corto andar.</p> - -<p>El hecho es que así la puso, y que á duras penas la visitaba una vez -cada mes, de noche y con grandes precauciones.</p> - -<p>En cada una de estas visitas la entregaba el dinero necesario para -sus gastos, y para <i>lo demás</i> que andaba por el mundo y era causa de -que cada entrevista terminara con un escándalo, exigiendo la una y -resistiendo el otro.</p> - -<p>—¡Déjame siquiera acercarme á tu casa cuando tú no puedas llegar á -la mía!—clamaba ella después de pintarle los riesgos en que la ponía el -método á que la sujetaba él.</p> - -<p>—¡Nunca!—respondía Gedeón inexorable.</p> - -<p>—¿Y qué <i>hemos</i> de comer cuando tus achaques no te dejen salir de la -cama?</p> - -<p>—¡Moríos de hambre! ¡Ojalá fuera mañana!</p> - -<p>—¡Fiera! ¡Maldita sea la hora en que te conocí!</p> - -<p>—¡Eso digo yo todos los días del momento en que te hallé á mi -paso!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_300">[p. 300]</span></p> - -<p>—¿Quién es la infame que te obliga á ser tan bárbaro?</p> - -<p>—¡Mi corazón que te detesta!</p> - -<p>Así, ó por el estilo, concluían las entrevistas amorosas de Gedeón y -de Solita.</p> - -<p>Ya para entonces había ésta perdido hasta las huellas de lo que fué -en mejores tiempos. Lacia, escurrida, angulosa, desdentada, á medio -encanecer y medio calva, no podía hallarse una figura menos á propósito -que la suya para mover á un hombre, del temple que había tenido Gedeón, -á cumplir con los deberes que á cada instante arrojaba ella á la cara -del solterón atribulado.</p> - -<p>Sin el recelo de que algún perdido de buen estómago se regodeara -con lo que á él le costaba tanto dinero, ni aun la visita mensual la -dedicara, y mucho menos rondara su casa, como la rondaba algunas veces, -con el pretexto de darse un paseo por las calles.</p> - -<p>De ese modo iban corriendo los años para Gedeón desde la muerte de -Herodes.</p> - -<p>Más de dos habían pasado sin que viera, ni de lejos, á Anás y -á Caifás, y uno bien cumplido desde que supo que habían andado á -bastonazos en medio de la Plaza Mayor, cuando la casualidad le puso -delante de Caifás.</p> - -<p>Parecióle éste muy envejecido, triste y caído de cerviz.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_301">[p. 301]</span></p> - -<p>Saludáronse como dos mastines, más bien gruñendo que hablando; y -maquinalmente llegó Gedeón á preguntar á su viejo camarada por Anás.</p> - -<p>—¡No me hables de ese cerdo!—exclamó trémulo de ira Caifás.</p> - -<p>—Efectivamente... No me acordaba de que habíais tenido un disgusto: -perdona la distracción.</p> - -<p>—¡Si no me lo quitan entonces de las manos!...</p> - -<p>—Más vale que te le quitaran.</p> - -<p>—¡Yo digo que no, porque debí matarle allí!</p> - -<p>—¿Tan grave fué el motivo de la riña?</p> - -<p>—Gravísimo. Disputamos primeramente sobre si eran mejor las -cintas que los botones para sujetar los calzoncillos encima de las -medias...</p> - -<p>—¡Por eso nada más?</p> - -<p>—Y por lo otro, Gedeón; por lo otro que teníamos en el cuerpo -desde muy atrás. Lo de los calzoncillos fué la mecha que prendió la -pólvora.</p> - -<p>—Entonces no digo nada.</p> - -<p>—¡Pues yo te digo á tí que ese hombre es un sinvergüenza!</p> - -<p>—Lo será si te empeñas.</p> - -<p>—Y tú debieras decir otro tanto, sabiendo cómo vive.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_302">[p. 302]</span></p> - -<p>—Te juro que no lo sé.</p> - -<p>—Pues debieras saberlo.</p> - -<p>—Jamás lo he intentado; y cree que me iré á la sepultura en mi -ignorancia, si tú no me sacas de ella.</p> - -<p>—Ya sabes que es muy avaro y le da por decir á todo el mundo que -él no se casa porque cree que nadie, ni los hijos, tienen derecho -al caudal de su padre. Pues bueno: cuando á tí te decía eso mismo, -aconsejándote que no te casaras, vivía de posada en casa de una buena -moza, mujer de un sargento de carabineros: el cual sargento pasaba de -cada tres semanas, una al lado de su mujer, porque estuvo de punto -muchos años cerca de la ciudad. Esta mujer fué teniendo familia, hasta -tres hijos, y consiguió hacer creer á ese bestia que los chicos se le -parecían, á medida que iban naciendo; y le obligaba á pasearlos, y á -dormirlos, ¡y hasta limpiarlos!... En fin, hombre, y pásmate: le exigió -que hiciera testamento á favor de ellos, porque estaba en ese deber.</p> - -<p>—Á eso ya se resistiría.</p> - -<p>—Como si callara: amenazóle la pícara con decírselo <i>todo</i> al -sargento; él es un cobardón, y además se le caía la baba delante de -aquella prole, como si fuera suya, y testó, Gedeón, ¡testó como quería -la carabinera!</p> - -<p>—¡Qué me cuentas?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_303">[p. 303]</span></p> - -<p>—La verdad, la verdad pura; y ahí le tienes hoy viviendo en la misma -casa; dejándose llamar <i>padrino</i> por tres hombrachones ya casados, -que comen á sus expensas; manteniendo al sargento que se licenció, -y aguantando la tiranía brutal de aquella mujer sin educación, sin -entrañas y sin vergüenza... Porque yo te garantizo ¿lo entiendes? yo te -garantizo que no la tiene.</p> - -<p>—¿Y sospecha él que tú puedes garantizarlo?</p> - -<p>—Témome que sí.</p> - -<p>—Entonces ya voy cayendo en la cuenta de los palos.</p> - -<p>—Témome que no del todo... Como yo le dije un día, muchos -años há, cuando me vino con indirectas, á causa de sus recelos y -aprensiones:—«Pedazo de bruto, mientras vivas como vives, ¿que derecho -tienes tú para quejarte? Bueno que cada hombre tenga los líos que le dé -la gana; pero que los tenga con decencia y con cierto decoro... ¿Por -qué no haces lo que Gedeón?...»</p> - -<p>—¿Eso le dijiste?</p> - -<p>—Eso le dije.</p> - -<p>—¿Y con qué derecho?</p> - -<p>—Me parece que diciendo la verdad...</p> - -<p>—¡Yo no tengo líos, ni los he tenido nunca!</p> - -<p>—¡Oiga! Parece que te amoscas...</p> - -<p>—Y me amosco con razón.</p> - -<p>—Pues ya que tan por lo alto lo tomas, sábe<span class="pagenum" -id="Page_304">[p. 304]</span>te que lo que entonces sospechaba yo por -ciertos indicios, se hizo público años después por boca de tu ilustre -padre político.</p> - -<p>—¡Falso!</p> - -<p>—<i>Hijo</i> te llamaba él en calles y plazuelas... Todo el barrio lo -sabe.</p> - -<p>—¡Mientes!</p> - -<p>—¡Gedeón!...</p> - -<p>—Y no te rompo la crisma, porque necesito el bastón para sostenerme -de pie...</p> - -<p>—Eso te salva de que no casque yo el mío encima de tus costillas, -¡grosero!</p> - -<p>—¡Calumniador!... Si yo no te hubiera conocido nunca... ¡otro gallo -me cantara!</p> - -<p>Así acabó aquel encuentro, cuando ya empezaba la gente á formar -corrillo alrededor de los dos <i>amigos</i>.</p> - -<p>El grandísimo disgusto que produjo á Gedeón lo que Caifás le dijo -acerca de sus <i>ocultos</i> enredos, no le quitó el deseo de saber algo -sobre la vida del mismo Caifás, deseo nacido de las primeras palabras -de éste al encontrarse con él. Si también este juez de su antiguo -pleito había prevaricado, ¡morrocotudo tribunal fué aquél <i>de los tres</i> -que le sentenció! Para averiguar ese algo, ninguna fuente como el mismo -Anás, primero amigo y después enemigo feroz de quien tan ferozmente -acababa de biografiarle á él.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_305">[p. 305]</span></p> - -<p>Buscóle con cachaza, y le halló al cabo, también en medio de la -calle, como se había propuesto Gedeón para no darle que sospechar -buscándole en su casa.</p> - -<p>También le pareció su antiguo consejero muy acabado, y, además, mal -vestido y poco limpio.</p> - -<p>Á las pocas palabras, después de un saludo frío y desaliñado, Gedeón -le preguntó por Caifás.</p> - -<p>—¡Mal rayo le parta!—gritó Anás transformando su sombrío decaimiento -en furor salvaje.</p> - -<p>—Perdóname, hombre: no me acordaba ya de que habías tenido un -disgusto.</p> - -<p>—Si la gente no se interpone, le destrozo, y libro á la humanidad de -ese infame.</p> - -<p>—Entonces, más vale que se interpusiera la gente.</p> - -<p>—¡Yo digo que no, porque debí hacerle polvo!</p> - -<p>—Según eso, fué muy grave el motivo de la querella.</p> - -<p>—No valía dos cominos, Gedeón; pero había mucha pólvora en mi -cuerpo, y esa futesa la inflamó.</p> - -<p>—De lamentar es el caso, de todas maneras.</p> - -<p>—¡Ese hombre es una bestia, Gedeón, y además un canalla!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_306">[p. 306]</span></p> - -<p>—Será si tú lo dices; pero como no estoy en antecedentes...</p> - -<p>—Pues qué, ¿no sabes cómo vive?</p> - -<p>—Ni he intentado saberlo... Como no me trato con nadie...</p> - -<p>—Recordarás que esa fiera siempre fué tan vehemente como celoso, y -que por no fiarse de ninguna mujer, detesta del matrimonio y de los que -le contraen. Pues bueno: puso casa muchos años hace, y tomó un ama bien -parecida. La muy lagarta conoció pronto de qué pie cojeaba el animal de -su amo, y se complacía en dar pábulo á sus accesos bestiales para tener -el gusto, contrariándole, de verle pidiéndola misericordia. En uno de -estos trances, impúsole la condición de casarse con ella, después de -dotarla rumbosamente.</p> - -<p>Resistióse el bruto á lo del matrimonio, aunque asintió á lo de -la dote; pero la astuta supo aguardar ocasión conveniente, y al fin -convino el asno en la otra cláusula también, aunque á condición de que -el casamiento fuera secreto. Hízose así con todas las garantías legales -exigidas por la serpiente; y ahí le tienes desde entonces devorando -en silencio cuantas afrentas puede una mujer echar á la cara de un -hombre.</p> - -<p>—Y ¿por qué las aguanta?</p> - -<p>—Porque le amenaza ella con publicar el casamiento.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_307">[p. 307]</span></p> - -<p>—¿Y estás seguro de que le afrenta esa mujer?</p> - -<p>—Te lo garantizo, ¿lo entiendes bien? te lo garantizo yo.</p> - -<p>—¿Y sabe él que puedes tú garantizarlo?</p> - -<p>—Lo sospecha, como de tantos otros.</p> - -<p>—¿Quiere decir que por eso fueron los palos?</p> - -<p>—Por eso unos pocos, y otros tantos por ciertas demasías -suyas.—«Pero pedazo de bruto,» le dije yo en una ocasión, hablándome él -de esas aprensiones, «¿basta que se le meta á un hombre una majadería -en la cabeza para que sin ton ni son vaya á dar un escándalo en la -vecindad? Bueno que vigiles y quieras conservar tu puesto, pero con -decoro; porque figúrate que te equivocas... Y por último, antes de dar -contra los amigos, echa de casa á los extraños;» porque créelo, Gedeón, -¡esa infame se los pone á la mesa con él, á título de amigos y de -parientes!... ¡y el sinvergüenza lo sufre! ¿Quieres más?</p> - -<p>—¡No es poco que digamos!</p> - -<p>—Y también le dije: ¿á que no daba un paso como ese nuestro amigo -Gedeón?</p> - -<p>—¡Yo! Y ¿por qué había de darle?</p> - -<p>—Gajes del oficio son los motivos de esa clase.</p> - -<p>—Yo no sé qué oficio es ese, ni conozco esos motivos...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_308">[p. 308]</span></p> - -<p>—Vamos, Gedeón, echemos tierra á los motivos, pero en cuanto al -oficio...</p> - -<p>—¿Qué quieres decir con eso de «echar tierra?» ¿Á qué aludes?</p> - -<p>—¿Por qué te quemas?</p> - -<p>—Porque me insultas.</p> - -<p>—¿Porque te digo que tienes líos tapados?</p> - -<p>—¡Yo no tengo líos tapados ni descubiertos!</p> - -<p>—Como cada hijo de vecino.</p> - -<p>—¡Falso!</p> - -<p>—¡Gedeón!</p> - -<p>—¡Te repito que yo no tengo líos!</p> - -<p>—Pues cuéntaselo á tu augusto suegro que los publicaba. ¡Lástima que -ya no viva!</p> - -<p>—¿Y á ese entierro aludías antes?</p> - -<p>—¡Ó á otro, canastos!</p> - -<p>—¿Á cuál, víbora, á cuál?... ¡dilo!</p> - -<p>—¡No me da la gana, soberbio!</p> - -<p>—¡Yo haría que te diera, si tuviera los miembros sanos!</p> - -<p>—¿Qué harías entonces?</p> - -<p>—Molerte á bastonazos.</p> - -<p>—Ya tendrías tú media docena de ellos encima de tu alma si no -mirara...</p> - -<p>—¡Difamador!</p> - -<p>—¡Hipócrita!</p> - -<p>—¡Bárbaro!</p> - -<p>También esta entrevista acabó rodeada de transeuntes y hasta silbada -de granujas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_309">[p. 309]</span></p> - -<p>No sé á punto fijo cuánto profundizó en el espíritu de Gedeón el -que éste juzgó dardo lanzado á su pecho por Anás desde la sepultura -de Herodes; pero me consta que al encerrarse en su cuarto, exclamó, -poniendo todo su corazón en sus palabras:</p> - -<p>—¡Señor, entre qué gentes he pasado lo mejor de mi vida!</p> - -<p>Después volvió á encerrarse en su concha; y ningún acontecimiento -notable alteró la triste monotonía de su existencia, hasta el instante -en que se le presento á mis lectores al comenzar la historia de esta -tercera y última jornada de su vida.</p> - -<p>Pero heme referido allí únicamente al aspecto exterior de nuestro -personaje; y ahora necesito decir dos palabras acerca de sus -interioridades.</p> - -<p>Mientras á un enfermo le dura la fiebre, no cabe en la cama y sueña -que es emperador que manda ejércitos, y que ni la muerte se atreve -contra él; pero pasa el acceso, y sus brazos, antes de acero, truécanse -en débiles cañas; la luz vence á sus ojos, y el más blando lecho -parécele dura roca para descanso de su cuerpo aniquilado: la razón, ya -en su quicio, no le alumbra quimeras, sino la verdad de su estado y lo -que le falta para llegar á ser un cuerpo sano como los demás.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_310">[p. 310]</span></p> - -<p>Lo mismo le ha sucedido á Gedeón. Mientras le duró la fiebre de -las pasiones groseras sostenidas por el vigor de su naturaleza y -estimuladas por el veneno de su educación, ya sabemos lo que fué; pero -asaltáronle plagas, lloviéronle pesadumbres y desengaños; y á medida -que el cuerpo fué cayendo, fué su espíritu levantándose. Cada ilusión -apagada en su fantasía, renació como luz en su razón; y cada flaqueza -vencida en su materia, rompió un eslabón de la cadena de su alma. Así -llegó ésta á enseñorearse de aquel cuerpo, cuando el cuerpo no fué más -que una carga de dolores.</p> - -<p>Ya no hay brumas ante la mirada de Gedeón; y desde la alteza de sus -desdichas, todo lo ve claro; ya no duda que de los senderos que tuvo -delante de los ojos al dar el primer paso de la vida, eligió el peor -creyendo lo contrario; y también ve, para su tormento, que ya no es -hora de retroceder para buscar otro más placentero. Á sus pies está el -abismo, y en él caerá con su cruz de tristezas, y allí será crucificado -por el verdugo de sus remordimientos.</p> - -<p>Para otros la luz y los consuelos; para él, la obscuridad y el -desamparo.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-193.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_311">[p. 311]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-235.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="III. LOS VECINOS DE GEDEÓN">III</h3> - <p class="subh3">LOS VECINOS DE GEDEÓN</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-s.jpg" alt="S" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Sucédele</span> muy de -continuo á nuestro personaje lo que al envidioso: todo se le vuelve -fijarse en lo que él no posee y tienen los que pasan á su lado.</p> - -<p>Con el cuerpo hundido en el sillón de su gabinete, y en el pecho -la barbilla, deja correr las horas, perdida la imaginación en -investigaciones que le seducen y en cálculos que le fascinan.</p> - -<p>«Lo que soy, lo que he sido y lo que pude ser.»</p> - -<p>Estos son los tres puntos sobre los cuales divaga su fantasía años -há, y el único tema de las meditaciones que le entretienen.</p> - -<p>En la ocasión en que ahora le hallamos, con el cuarto á media luz, -la atmósfera saturada de olores de <i>bálsamo tranquilo</i>, sin otro rumor -que altere aquel silencio sepulcral que le ro<span class="pagenum" -id="Page_312">[p. 312]</span>dea que el crónico estertor del ratonero -que dormita debajo de la manta, por un lógico y no largo encadenamiento -de ideas que acaso arranca de aquel cuadro mustio y desconsolador, vase -con la mente á examinar el que ofrece cada familia de las que habitan -aquella misma casa, y le son bien conocidas.</p> - -<p>Vive en el cabrete del portal el matrimonio de que dimos cuenta más -atrás; el cual matrimonio tiene un hijo de veinte años, que gana en -una carpintería un jornal de dos pesetas. Al mediodía y por la noche, -los tres se reúnen, y comen y cenan <i>en familia</i>. Alguna vez que otra, -asoma entre ellos la discordia; pero lo ordinario es que reine la paz y -hasta la alegría en aquel hogar angosto y miserable.</p> - -<p>En el segundo piso habita un abogado de <i>cierta edad</i>, esposo de -una mujer bella, padres ambos de tres niños. Rara es la semana en -que el médico no tenga que visitar á alguno de éstos. Mientras dura -la enfermedad, no se oye una mosca en la casa; pero, en cambio, tan -pronto como el enfermo se restablece, aquello es una pajarera.—«¡Hijo -mío, yo te como á besos!... ¡Toma, toma... toma!... ¡Válgame el -Señor, qué gitana de criatura!... ¿Qué quieres tú, resaladísima?... -¿Que te haga un nene con el pañuelo?... Tómale, prenda. Á ver cómo le -cantas: ¡oba, oba, oba!... Duérmele tú, more<span class="pagenum" -id="Page_313">[p. 313]</span>na... ¡Ajá!... ¡Bendito sea Dios, si no -parece que los ángeles enseñan á esta chiquilla tanta monada!—¿Tienes -celos tú, renacuajo mío? ¡Ay, qué pucheros hace el muy remonísimo!... -No, pimpollo de la casa, que te quiero también á tí... Ven acá, hijo -mío, á este otro brazo, junto á tu hermanita. Así... dale tú un beso, -pichona. ¡Bien! Dale tú otro á ella, gitano... ¡Eso es! ¿Ve usted -cómo se quieren los niños?... Ven tú ahora, cachorrón, y abraza á tus -hermanitos... aprieta más... así... Ahora, yo un beso á cada uno... -¡Toma, toma, y toma... que valéis un imperio entre los tres!»</p> - -<p>Tales son los entretenimientos de aquella madre, siempre que sus -faenas domésticas la dejan un rato libre.</p> - -<p>En cuanto al padre, trabaja en su bufete largas horas; pero nunca -le falta una para dedicársela á sus hijos, jugando con ellos como si -fuera un niño más en la casa; y si algún cliente no le ha sorprendido, -como el embajador español á Enrique IV, haciendo de la estancia -picadero, puesto en cuatro pies y llevando montado en sus espaldas á -un chiquillo, hale hallado muchas veces con la carga encima de los -hombros, á modo de San Cristóbal.</p> - -<p>Á pesar de tan <i>prosáicos</i> pormenores, la casa está limpia como -el oro, la mujer es hasta elegante, el marido no es <i>raro</i> y se cree -feliz, y<span class="pagenum" id="Page_314">[p. 314]</span> los -niños no rompen la vasija ni comen las sopas á puñados. Para eso está -la madre que se lo prohibe, como todo lo malo, y les amenaza con el -enojo de Papá-Dios, y hasta con la venida de Pateta y del Cancón, si -es necesario; y los inocentes se conforman con mirar á hurtadillas -los <i>santos</i> de algún libro, con ver lo que hay dentro del estuche de -costura de su madre, alguna vez que ésta le deja abierto, y con jugar -á los soldados con el bastón y un chaleco viejo de su padre, ó á los -cocheros, con cuatro sillas del comedor y las disciplinas de sacudir la -ropa.</p> - -<p>Vive en el piso tercero, si padecer es vivir, un coronel retirado á -quien la gota y algunas reliquias de la guerra tienen postrado en el -lecho la mayor parte del año, y el resto encogido en un sillón. Para -asistirle y consolarle y sufrirle con la heróica resignación de una -hermana de la Caridad, está constantemente á su lado su hija, joven -y bella, aunque su belleza tiene no escasa semejanza con las flores -sin sol. Un hermano de ésta ayuda á levantar las cargas del hogar, -desempeñando un empleo que no le produce tanto lucro como sudores. -Cuando los tres se hallan juntos á ciertas horas del día y casi todas -las de la noche, el afán de los hijos se consagra á endulzar las -amarguras del inválido, cuya paciencia no es tan<span class="pagenum" -id="Page_315">[p. 315]</span> grande como el amor y la gratitud que -siente hacia aquellos pedazos de su corazón.</p> - -<p>En el piso cuarto habita un matrimonio que demuestra no ocuparse -ni pensar en otra cosa que en reñir cruda batalla con la muerte, que -tiempo há reclama la vida del único fruto que le han dado veinticinco -años de unión pacífica y armoniosa. Rico el marido y no pobre la mujer, -cuanto los dos reúnen, y sus vidas además, dieran sin vacilaciones por -devolver el color de las rosas y los bríos de la juventud á la faz -macilenta y al cuerpo entumecido y descarnado de aquel sér á quien una -lenta, pero invencible consunción, va acercando al borde del sepulcro. -Para aquellos padres el día no tiene sol, ni la noche descanso: sus -almas están en el cuerpo de aquel hijo que padece y se acaba, sin que -poder humano alcance á conjurar tal desventura. Algunas veces un pobre -sacerdote, sentado á la cabecera del enfermo, le alivia los dolores -del cuerpo con sabias advertencias para el alma, dando á la vez grato -consuelo á los que ninguno esperan de los halagos del mundo cuando de -él falte quien tan próximo se halla á las puertas de la eternidad.</p> - -<p>Por último, habita la buhardilla una costurera que sostiene con -su trabajo á su madre anciana y viuda, y á un hermano memo. Aunque -no cesa de trabajar, y lo que gana cada veinti<span class="pagenum" -id="Page_316">[p. 316]</span>cuatro horas puede meterse en un dedal, -esta criatura canta de día y canta de noche, hasta en las horas que -roba al sueño y al descanso.</p> - -<p>Hecha esta mental exploración por su vecindad, Gedeón, que nunca -olvida las lecciones del Doctor, juzga que aquella casa es un remedo -del mundo. Hay en ella un poco de todo: diversidad de caracteres, de -caudales, de infortunios y de alegrías.</p> - -<p>Hay padres que trabajan y se sacrifican por sus hijos; hijos que -trabajan y se sacrifican por sus padres; hermanos que cuidan de sus -hermanos; padres é hijos que mutuamente se auxilian y conllevan. En -una ó en otra forma, siempre hay un sér identificado con otro sér; un -sentimiento honrado respondiendo á otro sentimiento, ó inclinando el -corazón á trocar por los dolores ajenos las propias alegrías; vidas -que se reflejan en otras vidas y en ellas se funden y se gozan, como -la luz, y las flores, y el rocío; conjunto maravilloso de colores, de -aromas y de frescura; ambientes embalsamados que regala el valle á la -montaña, en pago de la brisa, de la lluvia y del amparo que la montaña -presta al valle; misteriosa cadena de afectos que elevando el alma -sobre las miserias de la tierra, convierte los dolores y la abnegación -y el heroísmo en necesario y grato deber.</p> - -<p>—¡Esto es la familia!—piensa Gedeón, in<span class="pagenum" -id="Page_317">[p. 317]</span>terrumpiendo sus exploraciones;—algo -que se siente, se ve y no se explica; algo que se encuentra en todas -partes... menos en mi casa y en los libros que yo he devorado. Esto lo -que en ella me llamaba en otros tiempos, y lo que yo no quería oir; -esto lo que me recomendaba el Doctor como remedio de todos mis males... -¡Qué necio, qué fatuo, qué estúpido he sido!</p> - -<p>Volviendo otra vez con la mente á la vecindad, ¡cuán rebajado se -encuentra comparándose con ella!</p> - -<p>Cuantos seres la componen tienen un destino que cumplir, ó le han -cumplido ya; parecen venidos al mundo con un fin benéfico y para ocupar -un puesto que les estaba señalado, y son como rueda de artefacto, que, -por pequeña que sea, colocada entre otras, ayuda al movimiento á la vez -que le recibe.</p> - -<p>Todos aquellos vecinos pueden abrir sus puertas y mostrar al público -sus hogares, porque nada hay en éstos que no sea útil, lícito y -honrado.</p> - -<p>Pero él... ¡cielo santo! En su casa el desamparo, el silencio, la -soledad, la desconfianza, el misterio, el engaño; en su corazón, el -odio á quien debiera amar y poner sobre su cabeza; en su conciencia, el -remordimiento y el desencanto de los vicios.</p> - -<p>¡Pero en cambio es <i>libre</i>!... ¡Qué mofa!...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_318">[p. 318]</span></p> - -<p>¿De qué le sirve la libertad? Si le faltara aquel dinero, por -amor al cual halla quien le dé de comer y le guarde la casa, ¿quién -se acercaría á ella, ni con paciencia aguantara sus desabrimientos, -hijos de sus amarguras y dolores? ¿Á quién arrancará una lágrima su -muerte?</p> - -<p>No hay duda: él solo es en aquella vecindad, reflejo del mundo, la -rueda inútil, y por inútil arrojada al basurero; allí irá hundiéndose -poco á poco, comida por la roña y azotada por los vientos y la lluvia, -mientras la van formando una corona digna de su tumba de inmundicias y -de escombros, las zarzas y las ortigas.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-031.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_4"> - <p><span class="pagenum" id="Page_319">[p. 319]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-055.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="IV. CASTILLOS EN EL AIRE">IV</h3> - <p class="subh3">CASTILLOS EN EL AIRE</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-p.jpg" alt="P" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Pues</span> supongamos -ahora—continúa llevando sus meditaciones á otra región de más luz y de -mejor aire,—que yo me hubiera casado á tiempo. Podría haberme cabido -en suerte algo de lo malo que hay en la vecindad, es cierto, pero -¿y qué? Lo peor de ello ¿no es mucho mejor que lo que yo poseo? Más -probable es que tuviera un poco de cada cosa: hoy una pena, mañana una -alegría, ahora un dolor, más tarde un placer... Tal es el mundo, y tal -la humanidad; porque no puede ser de otra manera... Pero el conjunto -de todos estos dulces y de estos amargos, de estos goces y de estas -pesadumbres; el no sé qué que lo envuelve y rodea, y lo da color y luz -y vida; eso que un pintor llamaría <i>ambiente de la familia</i>, y otros, -con mejor acuerdo, el <i>reflejo de Dios</i>; eso que<span class="pagenum" -id="Page_320">[p. 320]</span> no se disipa con ninguna pena, ni se -adquiere con ningún dinero, ni se sustituye con nada, pero que existe -en todas las familias, ¿por qué no había de existir en la mía? ¡Si me -parece que lo ven mis ojos y lo palpan mis manos!... Y no es extraño: -soy de los necios que viéndose ahitos, arrojaron las provisiones -por la ventana, sin hacerse cargo de que se quedaban con el hambre, -aunque dormida y acallada. Ahora se despierta la mía y se entretiene -en pintar manjares... como ella sabe pintárselos á quien no los puede -saborear.</p> - -<p>Pero vaya una suposición racional, aplicable á este momento de mi -vida.</p> - -<p>Si yo me hubiera casado á tiempo, mi mujer estaría ahora á mi -lado... Tendría, próximamente, cincuenta años: quince menos que yo; -pero bien conservada, afable... hasta fresca y rozagante. Y digo que -se hallaría á mi lado, porque estoy achacoso; y para entretenerme y -consolarme, me daría conversación. Hablaríamos de cuando fuimos jóvenes -y de las inocentadas que nos decíamos cuando novios. Pareceríanos -imposible que entonces nos conformáramos con aquel amor vehemente y -apasionado que luégo vimos trocarse, para dicha mutua, en otro afecto -más apacible y desinteresado, y á la vez más profundo, cordial y -permanente, como si nuestras vidas se hubiesen<span class="pagenum" -id="Page_321">[p. 321]</span> compenetrado, ó fuéramos <i>ella</i> y yo dos -cuerpos con un alma sola...</p> - -<p>Pero á cierta edad deben entretener poco estas metafísicas. De -ellas habríamos hablado en ocasión oportuna... Lo seguro es que en la -presente estaríamos tratando de nuestros hijos, ó acompañados de alguno -de ellos.</p> - -<p>El mayor sería ya... ¡bah!... ¡yo lo creo! oficial de artillería... -Aunque, bien mirado, no me agradan mucho los militares. Siempre están -lejos de sus familias, y se expone uno á perder algo de su cariño. -Después la guerra. ¡Es tan fácil que una bala, un pedacito de plomo -como un guisante, arrebate en un segundo una vida llena de alegrías y -de esperanzas! Verdad es que así se cumple con un deber sagrado, porque -se muere por la patria... ¡Pero vaya usted á decirle al corazón de un -padre que se consuele con eso, cuando llora la pérdida de un pedazo -suyo!... ¡Cómo debe de sentirse la muerte de un hijo!... Por eso no es -conveniente exponerlos mucho... Por otra parte, como el nuestro sería -buen mozo, por la vanidad de verle lucir el uniforme... ¡qué sé yo! se -me figura á mí que hubiéramos consentido en que se hiciera militar... -Nada: resueltamente lo sería.</p> - -<p>Habría recibido yo carta suya avisándome en ella que le destinaban, -por ejemplo... á Se<span class="pagenum" id="Page_322">[p. -322]</span>villa. Sevilla es una gran ciudad, en la cual no puede -vivir mi hijo, que pertenece á un cuerpo tan distinguido como el -de artillería, como en Segovia ó en Santoña. Tendrá su uniforme -estropeado, si no viejo; necesitará hacerse otro nuevo, y acomodarse -en buena posada; estar, en fin, como debe estar un joven de sus -condiciones: bien vestido y bien alojado. ¿Qué menos? Nada de eso me -diría él en la carta, porque, como prudente, sabe que su padre con -media palabra entiende á sus hijos; el caso es que yo trataría de -enviarle dinero. Sobre el cuánto, consultaría con su madre. Pero, -¿qué sabe una pobre señora de su casa lo que necesita un caballero -oficial del real cuerpo de artillería? Por eso me dirá que con dos -mil reales tiene nuestro hijo hasta de sobra; pero yo, que sé lo que -cuesta, ó debe costar, un uniforme como el suyo, con tanto ringorrango -de oro fino, y lo caros que andan los guantes de primera y el tabaco -regular, sin que su madre lo sepa le mando cuatro mil: la mitad para el -uniforme, y el resto... ¡qué diablo!... el resto para dos mil cosas que -pueden ocurrírsele á un buen mozo, caballero oficial del real cuerpo -de artillería. ¿Le he de decir yo también en qué lo ha de gastar? Lo -que sí le diré, que aquella cantidad se la enviamos su madre y yo: dos -mil reales cada uno; pero que no la diga nada<span class="pagenum" -id="Page_323">[p. 323]</span> cuando la escriba, porque quiere ella -guardar el secreto. Creo yo que de este modo agradecerá él más el -supuesto regalo de su madre, y la tendrá más presente y hasta la querrá -más, si cabe; y queriéndola él así, le querré yo también mucho más. -¡Como si fuera poco lo que le quiero!...</p> - -<p>Despachado así el asunto del militar, empezaríamos con el abogado, -el menor de nuestros hijos varones. Ese estaría preparándose para -graduarse de doctor. Pero ¡qué tunante!: sabiendo que con esas cosas -se le cae la baba á su padre, me ha dedicado el discurso... El de -licenciado se le dedicó á su madre, que le tiene encuadernado con -lujo y le guarda entre sus más estimados libros de devoción. Y ¿qué -he de hacer yo sabiendo, como sé, que es un chico que se ha lucido en -toda la carrera?... Pero no: se habrá graduado ya, y yo habré leído -su discurso, ¡bien charlado!... No se lo diría así; pero le tiraría -de la lengua é iría metiéndole en materia para oirle... Le habría -regalado un reló de oro con su cifra. ¡Qué demonio de chico! ¡Cómo -él se despacha en círculos y tertulias! Lo mismo dirige un rigodón -que diserta sobre el Digesto. Por de contado, fumará delante de mí. -Siempre me ha parecido una ridiculez ese rigor de los padres con el -vicio menos indecente de la humanidad. Bueno<span class="pagenum" -id="Page_324">[p. 324]</span> que cuando son niños no fumen, por muchas -razones; pero después, ¿por qué no han de fumar si les gusta?... -¡Cuánto me entretiene con sus humoradas y espontaneidades de muchacho! -¡Cómo anima y revuelve á toda la familia en los muchos ratos que pasa -con ella! Cuando falta él de la mesa, parece que la comida está sin -sazonar... También hace coplas, pero buenas; no de esas vulgaridades -que escriben todos los jóvenes entre tontos é inocentes. Por de pronto, -se ejercita en la profesión con un abogado de nota, que me ha dicho en -confianza que antes de dos años valdrá el pasante más que él. ¡Si me -pondría yo hueco al oir tal elogio! De todas maneras, este chico será -el que se encargue de todos mis asuntos en los últimos años de mi vida, -y el que á mi muerte ocupe mi puesto al frente de la familia; porque -nada de esto se opone á que se case en tiempo oportuno con una mujer -digna de él. ¡Antes muerto que solterón! Por eso me tiene siempre con -cuidado el artillero. Temo que, como á otros muchos de su profesión, -se le pase lo mejor de la vida mariposeando; y cuando quiera fijarse -definitivamente, no pueda ya con las bragas y tenga que morir solo y -desesperado.</p> - -<p>Pero el ojo derecho mío... (no lo podría remediar) sería nuestra -hija. ¡Qué cálculos ha<span class="pagenum" id="Page_325">[p. -325]</span>ríamos sobre ella su madre y yo! Veinte años tendría, y -como otros tantos soles que la hermosearan. Ahí enfrente, en la sala, -habría un piano; y en ocasiones como ésta, en que el tedio... (el tedio -no, porque no conocería yo esa dolencia) ó el peso de mis achaques me -entristeciera, tocaría ella las piezas de música que más me gustaran -á mí... Me animaría después á salir de casa; haría que la acompañara -á dar un paseo por las afueras, y yo iría hecho un bobo entre ella y -su madre; y más de dos jovenzuelos pasarían á su lado haciéndose los -buenos mozos... Esto me cargaría bastante, porque me haría pensar -en el día en que otros deberes que los de hija me la arrebataran de -casa. ¡Mire usted que es dura y terrible para un padre esta ley de -la naturaleza! Y no hay modo de eludirla. Cierto es que el deseo de -verlas felices, y hasta la idea, á menudo equivocada, de que casando á -una hija se adquiere un hijo más, debe de animar mucho en esos trances -tan serios; pero así y todo, yo no me daría prisa por casarla. De esto -precisamente hablaría yo ahora con su madre; y cuando ella pasara por -ahí enfrente ó se asomara á la puerta para hacernos alguna pregunta, -cambiaríamos de conversación... Yo tendría pañuelos bordados por ella; -y de obras de sus manos estaría llena la casa; y las interioridades de -ésta co<span class="pagenum" id="Page_326">[p. 326]</span>rrerían ya -de su cuenta, para descanso y satisfacción de su madre.</p> - -<p>¡Pues y cuándo el artillero estuviera en casa con licencia? ¡<i>Toda -la familia reunida</i> entonces! ¡Qué cenas, qué comidas, qué sobremesas! -¡Dios mío, aquello sería el colmo de la felicidad! ¡Qué me importarían -á mí entonces el reúma, ni la tos... ni todos los dolores juntos del -cuerpo? El militar referiría sus aventuras <i>lícitas</i> del oficio; el -abogado sus travesuras de universidad; uno y otro elegirían las más -ingeniosas para regocijo de su hermana y deleite de su madre; y en -cuanto á mí, ¡cielo santo! solamente sabiendo lo que ahora padezco se -podría calcular lo que entonces gozaría. ¡Qué vejez aquélla! ¡Cuán -diferente de esta vejez! En tan placentera compañía, ¡con qué valor -debe de mirarse cómo avanzan hacia uno, disfrazados de <i>achaques de la -vida</i>, estos mensajeros de la muerte!... Dicen que para morir con ánimo -sereno son un estorbo los hijos y la familia. ¡Qué error! Sin ella todo -es tristeza y dudas y desaliento; y con estos males por escolta, podrá -morir un hombre desesperado; pero sereno y valeroso... ¡nunca!</p> - -<p>Tras estas cavilaciones, y después de permanecer Gedeón largo rato -saboreándolas, alza la cabeza, y vuelve á reflejarse en su fisonomía -aquella burla de otros tiempos, que era la<span class="pagenum" -id="Page_327">[p. 327]</span> salsa de sus meditaciones sobre parecido -tema.</p> - -<p>—¡Qué demonio!—torna á pensar;—¡lo que somos los hombres! Cuando yo -era joven, me pasaba las horas muertas haciendo castillos sobre las -voluptuosidades matrimoniales; ahora, que soy viejo, los hago como un -tonto sobre lo que entonces me parecían miserias de la vida conyugal. -¿Estaré tan equivocado ahora como lo estuve en aquel tiempo?... ¡No, -no, no y no! Por de pronto, aquello me inflamaba la sangre; era fuego -que corría por mis venas; huracán que me arrastraba lejos de todo -deber, y me ponía fuera de la comunión humana.</p> - -<p>Esto es como bálsamo que se derrama en mi corazón y purifica y -refrigera todo mi sér; brazo misterioso que se enlaza con el mío, y, -sacándome de la sima tenebrosa, me acerca á los demás hombres, y hasta -parece que me eleva hacia Dios... No cabe duda, ¡hasta por egoísmo debí -yo haberme casado á tiempo!... ¡He sido un bestia! ¡mil veces sandio! -¡un millón de veces estúpido!</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-051.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_5"> - <p><span class="pagenum" id="Page_329">[p. 329]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-063.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="V. LA POESÍA DE UN SOLTERÓN">V</h3> - <p class="subh3">LA POESÍA DE UN SOLTERÓN</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-r.jpg" alt="R" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">¡Regla!</span>... ¡Regla!</p> - -<p>—¡Señor!</p> - -<p>—¿Dónde mil demonios estás metida?</p> - -<p>—¿Cuántas veces me ha llamado usted?</p> - -<p>—Más de mil.</p> - -<p>—No han llegado á tres.</p> - -<p>—Tanto me da.</p> - -<p>—Pero no es lo mismo.</p> - -<p>—¡No me repliques!</p> - -<p>—Cuando se dice lo que no es...</p> - -<p>—¿Te rebelas?</p> - -<p>—Me disculpo como debo.</p> - -<p>—Tu deber es complacerme, y nada más.</p> - -<p>—Eso he hecho siempre.</p> - -<p>—¡Pero no lo haces ya!</p> - -<p>—¡Así paga el diablo á quien mejor le sirve!</p> - -<p>—¡Regla... no me provoques!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_330">[p. 330]</span></p> - -<p>—Si usted no me maltratara...</p> - -<p>—Yo no maltrato á nadie. Yo no hago más que padecer y pudrirme, y -acabarme aquí, solo y abandonado.</p> - -<p>—¿Para qué me llamaba usted, señor?</p> - -<p>—Para que me traigas los chirimbolos.</p> - -<p>Sale Regla; y mientras vuelve, Gedeón se desciñe la bata, dejando al -descubierto sus piernas liadas y reliadas en lienzos y franelas, desde -la punta del pie hasta medio muslo.</p> - -<p>Aparece Regla de nuevo en el gabinete con media docena de frascos -en una bandeja, y con enormes rollos de vendajes limpios debajo del -brazo.</p> - -<p>Arrodíllase á los pies de su amo, apoyados sobre un taburete; -coloca en el suelo los frascos y los vendajes, y comienza á soltar las -ataduras de los que Gedeón tiene puestos.</p> - -<p>—¡Con tiento, Regla!... ¡con mucho tiento, por Dios, cuando llegues -á la rodilla! Una mosca que la roce con las alas, me hace ver las -estrellas...</p> - -<p>—No tenga usted cuidado.</p> - -<p>—¿No, eh?... Si tú lo pasaras, condenada... ¡Poco á poco... poco á -poco! Así... ¡Ay!...</p> - -<p>—¡Si no le he tocado á usted!</p> - -<p>—No importa: el miedo solamente me hace tiritar. Arrolla esa tira -para dar la vuelta por debajo de la corva. Bueno. Ahora sin miedo<span -class="pagenum" id="Page_331">[p. 331]</span> hasta los pies... ¡Alto! -arrolla toda la venda suelta.</p> - -<p>—Saque usted el pie más afuera...</p> - -<p>—Allí va... ¡Cosa más rara que esta dolencia!... Me permite -andar, aunque con trabajos, y el peso de una hormiga la irrita y -ensoberbece... ¿Acabaste con la venda? Ahora la franela... ¡Eche -usted tira! El diablo me lleve si no hay para alfombrar con ella la -escalera... ¿Qué tal encuentras la rodilla?</p> - -<p>—Algo más deshinchada me parece...</p> - -<p>—Eso me dices todos los días... ¡Cuidado ahora con el pie!...</p> - -<p>—Levántele usted un poco... Un poco más... Ya está.</p> - -<p>—¿Cómo le hallas?</p> - -<p>—Lo mismo.</p> - -<p>—Pues á mí se me figura que cada vez se van dislocando más los -dedos... Parecen garfios, ¿no es verdad, Regla?... Vamos ahora á -preparar la batería de los betunes... No los confundas, ¿eh? Éste es -para los pies; éste para el pecho; éste para las rodillas; éste para -mezclarle con este otro...</p> - -<p>—Ya sé yo mejor que usted para qué es cada uno.</p> - -<p>—¡Dios ponga tiento en tus manos!</p> - -<p>Hechos los necesarios preparativos, comienza Regla á destapar -frascos, á mezclar las pes<span class="pagenum" id="Page_332">[p. -332]</span>tilencias de uno con las hediondeces de otro sobre la palma -de su mano izquierda, y á frotar con las dos, con toda la suavidad -posible, las partes doloridas de Gedeón, que á cada instante grita y -reniega y maldice, ya porque Regla aprieta más de lo conveniente, ó -porque teme que así lo haga. Después envuelve la pierna en franelas, y -las franelas en lienzo, sin que dejen de oirse los propios conjuros y -las mismas interjecciones del paciente.</p> - -<p>—¿Acabaste con ésta?</p> - -<p>—En cuanto anude las cintas... Ya están.</p> - -<p>—Pues vamos ahora con la otra... Pero recoge antes toda -esa trapajería, ó ponla donde yo no la vea... ¡Qué peste más -endemoniada!... Parece castigo de Dios, ¿no es verdad?</p> - -<p>—¿Por qué, señor?</p> - -<p>—¡Mucho cuidado ahí!... ¡Mira que tengo que ver en esta guisa! -Cuando yo era joven, me burlaba de los maridos que pudieran verse -precisados á hacer con sus mujeres algo de lo que tú haces ahora -conmigo... ¡No aprietes tanto!... ¡Como si yo fuera de otra materia -más fuerte y asegurada de achaques! ¡Como si solamente las mujeres -casadas tuvieran humores y necesitaran untos y cataplasmas!... Cada -vez me convenzo más de que entre un joven abandonado á sus propias -inclinaciones y una bestia, no hay dos pulgadas de distancia... -Dele<span class="pagenum" id="Page_333">[p. 333]</span> usted cuerda -á sus pasiones; satisfágale usted sus apetitos; téngale usted gordo -y retozón, y ya cree poseerlo todo y asegurada su vida de penas y -dolores... Está mejor esta pierna que la otra. ¿No te parece á tí?</p> - -<p>—Allá se van.</p> - -<p>—¡Vaya un consuelo de tripas!...</p> - -<p>—Pues si es la verdad...</p> - -<p>—¡Ó no lo es!... Y aunque lo sea, no debe decirse de ese modo...</p> - -<p>—¿De qué modo lo he dicho yo?</p> - -<p>—Como lo has dicho. ¡Ea! no me rompas la cabeza.</p> - -<p>—Jesús me dé paciencia, ¡qué genio!</p> - -<p>—¡Quisiera yo ver en mi situación al hombre de más cachaza!</p> - -<p>—Pero yo no le tengo á usted la culpa de sus trabajos...</p> - -<p>—¡No aprietes tanto ahí, recondenadísima!</p> - -<p>—¡Si llevo la mano al aire, señor!</p> - -<p>—Al aire te echaría yo de un puntapié, si pudiera dártele.</p> - -<p>—Muchas gracias... Pero crea usted que, sin puntapié y todo, habría -pocas personas capaces de hacer con paciencia todos los días esto que -yo estoy haciendo...</p> - -<p>—¡Espera un poco, no untes más!... ¡retira la mano! ¡Ay, qué -dolor más terrible!... ¡parece que me exprimen los huesos en una -prensa!...<span class="pagenum" id="Page_334">[p. 334]</span> ¡Ufff... -qué barbaridad!... Debo de tener la cara como luz de pajuela.</p> - -<p>—Algo pálida está... ¿quiere usted un poco de agua?...</p> - -<p>—No... Ya se va pasando... Estos dolores son así, cortos, pero -buenos... Sigue ahora la operación, y dispensa los disparates que haya -dicho contra tí. ¿He dicho alguno?</p> - -<p>—No ha dejado usted de decirlos...</p> - -<p>—No me extraña; porque cuando me ataca el dolor, me pongo fuera de -mí, y no sé lo que digo.</p> - -<p>—Gracias á eso no los tomo yo muy á pechos.</p> - -<p>—Vamos á ver, y ¿qué harías si á pechos los tomaras?</p> - -<p>—Ya puede usted presumirlo.</p> - -<p>—¿Es decir que serías capaz de abandonarme?...</p> - -<p>—Póngase usted en mi caso.</p> - -<p>—¡Ingrata! No correría yo tales riesgos si me hubiera casado á -tiempo.</p> - -<p>—¿Tan mal le ha ido á usted conmigo?</p> - -<p>—¿Y de qué me serviría cuanto por mí has hecho, si en lo más apurado -de la vida me abandonabas? ¡Las mujeres propias no hacen eso, Regla!</p> - -<p>—También tienen otros privilegios que no tengo yo... y otro -porvenir...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_335">[p. 335]</span></p> - -<p>—Ya pareció aquello. ¿Temes que te falte el pan algún día?</p> - -<p>—Mientras tenga los miembros sanos, no; pero bien pudiera -suceder.</p> - -<p>—¿Por tan desalmado me tienes?</p> - -<p>—Cayéndose usted de generoso, puedo quedarme á puertas mañana.</p> - -<p>—Eso es decir que temes que yo me muera de repente.</p> - -<p>—Ó por sus pasos contados; pero como la voluntad de usted no consta -más que en sus palabras...</p> - -<p>—Ya te tengo dicho lo que pienso hacer para que mi voluntad sea -conocida y respetada.</p> - -<p>—Pero, entre tanto, puedo morirme yo, y ese hijo que anda por esos -mundos, sabe Dios cómo, no recogerá de su madre ni las tristes soldadas -que tiene ganadas en más de quince años, sirviéndole á usted.</p> - -<p>—Luego ¿desconfías de mí?</p> - -<p>—No, señor; pero, á decir verdad, quisiera tener bien arreglada esa -cuenta, por lo que pudiera tronar.</p> - -<p>—Lo que tú temes es que yo truene á la hora menos pensada... no me -andes con andróminas; y lo que debes hacer es pedirme lo que te debo; -ir á darte buena vida con ello, y dejarme á mí solo y abandonado, -pudriéndome en este rincón...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_336">[p. 336]</span></p> - -<p>—Yo no pretendo semejante cosa.</p> - -<p>—¡No me pasaran á mí estos lances si yo me hubiera casado á -tiempo!</p> - -<p>—¡Otra vez el casorio! Y ¿por qué no se casó usted?</p> - -<p>—¡Porque fui un mentecato, como tantos otros!</p> - -<p>—Todavía puede usted hacerlo.</p> - -<p>—¡Tendría que ver!</p> - -<p>—No creo que se opusiera nadie.</p> - -<p>—¡Ahí me duele!</p> - -<p>—¿En lo que le digo á usted?</p> - -<p>—¡En la rodilla, chapucera!... ¡Pasa con cuidado la venda!... -Y ¿quién se había de oponer á que yo me casara todavía, si se me -antojara?</p> - -<p>—Pues eso decía yo... ¡Cuántos á la edad de usted tienen compromisos -viejos!...</p> - -<p>—Yo no tengo compromisos, Regla; yo soy libre como el humo, como el -aire. Puedo hacer lo que me acomode de mi cuerpo y de mi caudal. ¿Lo -entiendes?</p> - -<p>—No lo dudo, señor.</p> - -<p>—Es que á mí no me vengas con pullas, porque las tengo yo para tí y -para todo el universo, ¡zambomba!... ¿Acabaste?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—Pues al pecho ahora... Á bien que, para lo que adelanto con -la untura... ¡Qué toser<span class="pagenum" id="Page_337">[p. -337]</span> anoche! ¡En vilo me la pasé toda! Tú, en cambio, dormirías -como una marmota.</p> - -<p>—Como usted no me llamó...</p> - -<p>—¡Bien hecho! ¡ahógate ahí, consúmete y púdrete solo, vejancón -miserable! ¡Consuélate si quieres con el acompañamiento que hace á tus -quejidos el asma del ratonero!...</p> - -<p>—Á esa bestia la voy á tirar yo por la ventana...</p> - -<p>—Pues en seguida vas tú tras ella.</p> - -<p>—Pero ¿no ve usted que está hecha un asco, y que apesta toda la -habitación?</p> - -<p>—Esa no es cuenta tuya... No me manches la bata con ese menjurge... -Ese pobre perro ha sido el compañero fiel de mis tristezas, y tiene -derecho á mis cuidados... y á los tuyos también, Regla, ya que me haces -hablar.</p> - -<p>—¡Para él estaba!</p> - -<p>—¡No seas ingrata, Regla!</p> - -<p>—Más me debe él á mí, que le traje á casa.</p> - -<p>—También es cierto; y volvamos la hoja... Colócame la franela de -modo que no me queden arrugas... Eso es... Abróchame la almilla...</p> - -<p>—Ya está usted despachado por hoy... digo, hasta la noche.</p> - -<p>—Tráeme ahora una camisa limpia.</p> - -<p>—¿Va usted á salir?</p> - -<p>—¿Qué tal está el día?</p> - -<p>—Regular.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_338">[p. 338]</span></p> - -<p>—¿Hace viento?</p> - -<p>—No, señor.</p> - -<p>—¿Hay humedad?</p> - -<p>—Tampoco.</p> - -<p>—Entonces saldré un rato, aunque sea para sentarme en la tienda de -la esquina, mientras tú ventilas la habitación, que buena falta le -hace.</p> - -<p>Dicho esto, recoge Regla frascos y trapajos sucios, y sale del -gabinete, en el cual queda Gedeón haciendo pinitos y probaduras de -paseo, ora arrugando la cara y apretando los dientes, ora soltando un -reniego, ora admirándose del volumen que presentan sus piernas con -tantos envoltorios y ataduras.</p> - -<p>Después se viste con ímprobos trabajos unos pantalones descomunales -y se lava las manos y la cara, no sin bautizar el agua con tres ó -cuatro esencias de botica.</p> - -<p>Por último, vuelve Regla trayéndole una camisola limpia, y le calza -los entrapajados pies con holgados zapatones de flexible paño.</p> - -<p>Puesta ya la camisa limpia, hácele Regla el lazo en la corbata; -ayúdale á vestirse un chaleco de punto inglés; sobre éste, otro de -paño; sobre éste una levita, y sobre la levita, un gabán; pone en -sus manos el bastón y el sombrero; cerciórase de que no le faltan -pañuelo en el bolsillo ni cigarros en la petaca; y sale, de<span -class="pagenum" id="Page_339">[p. 339]</span>jando abiertas todas las -puertas, por las cuales va pasando, hasta la de la escalera, junto á la -que aguarda á su amo cruzada de brazos.</p> - -<p>Antes de salir Gedeón de su gabinete, levanta con el regatón de su -cachava la manta, bajo la cual dormita y ronca Adonis. El achacoso -ratonero abre los ojos; y sin mover la cabeza, vuélvelos á su amo, como -si quisiera darle las gracias por su cortesía, ó decirle: «¡Buen par de -alhajas estamos!»</p> - -<p>Gedeón le contempla un instante, vuelve á cubrirle con el bastón; y, -bien apoyado en él, sale renqueando hacia la escalera, murmurando para -sus envolturas:</p> - -<p>—No sé quién de los dos largará primero la pelleja; pero el diablo -me lleve si no estoy yo en el mundo tan de sobra como tú. ¡Tan llorada -ha de ser tu muerte como la mía!</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-062.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_6"> - <p><span class="pagenum" id="Page_341">[p. 341]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-075.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="VI. LA TIENDA DE LA ESQUINA">VI</h3> - <p class="subh3">LA TIENDA DE LA ESQUINA</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-r.jpg" alt="R" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Regéntala</span>, como dueño -de ella, un buen hombre que jamás se enfada ni se apresura.</p> - -<p>Vive de lo que vende, que es tanto como decir que vive de milagro; -pues allí nunca se vende nada, y siempre se ven, en tablas y -escaparates, los mismos objetos, descoloridos y ajados por el tiempo; -siendo muy de notar, como fenómeno curioso, que rara vez un comprador -pide cosa que en la tienda exista, pero que debiera existir, á juzgar -por la índole de las mercancías que están á la vista, y con las -cuales cree el tendero, sin duda alguna, que hay hasta de sobra para -satisfacer todos los antojos del público.</p> - -<p>Así se dan muy á menudo casos como el siguiente:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_342">[p. 342]</span></p> - -<p>—¿Tiene usted tachuelas?—pregunta un marchante acercándose al -empolvado mostrador.</p> - -<p>—¿Tachuelas?—repite el tendero poniéndose á meditar.—<i>Precisamente</i> -tachuelas, no; pero tengo otra cosa que puede convenirle á usted -más.</p> - -<p>—¿Clavillos, quizá?</p> - -<p>—No, señor: clavos romanos.</p> - -<p>¿Y qué es eso?</p> - -<p>—Hombre, clavos romanos... son éstos. Vea usted, para sujetar -las cortinas y formar pabellones. Un palmo tienen de cabeza, ¡qué -hermosos!</p> - -<p>—¡Pero si yo quiero tachuelas!</p> - -<p>—Pues de eso no tengo ahora.</p> - -<p>Y así hasta el infinito.</p> - -<p>Alguna vez, muy rara, hay en la tienda lo que pide el comprador; -pero precisamente en tales casos se halla el tendero entretenido en oir -lo que cuentan ó discuten sus tertulianos; y por no perder una sílaba -del relato ó de la disputa,</p> - -<p>—¡No tengo!—responde con desabrimiento y sin volver la cara.</p> - -<p>Por eso digo yo que no sé <i>cómo</i> vive este buen hombre, que sólo -vive <i>de lo que vende</i>.</p> - -<p>En esta tienda hay tertulia al mediodía y después del paseo por -la tarde; en verano, has<span class="pagenum" id="Page_343">[p. -343]</span>ta que cierra la noche, y en invierno, hasta que se cierra -la tienda.</p> - -<p>Una banqueta derrengada, dos banquillos de cabretón y una silla -achacosa, sirven para sentarse los tertulianos entre los dos huecos de -la fachada.</p> - -<p>Componen la tertulia, comúnmente:</p> - -<p>Un señor pequeñito, septuagenario ya, pero muy conservado, limpio y -risueño. Guarda, como una reliquia que piensa legar á sus herederos, -si el Estado no solicita la preferencia, el <i>Diario</i> de su larga vida, -comenzando en el instante mismo en que supo escribir de corrido. Todos -los años, al solemnizar él el cumplimiento de uno más, reúne en su mesa -las cuatro generaciones que de él arrancan, y por remate del banquete -les lee de punta á cabo el curioso mamotreto.</p> - -<p>En concepto del autor, hay en sus folios grandes enseñanzas para -todas las edades de la vida. Allí constan los sudores del entonces -impúber, para aprender de memoria el «<i>peritus</i>, sabio, <i>juris</i>,» bajo -la férula sangrienta de un dómine inhumano; allí los seis maravedís que -le daba su padre cada domingo, si durante la semana anterior no había -habido azotina en el aula; allí los dos reales y medio que le asignaron -de jornal, después de tres años de méritos, en la casa de comercio en -que se colo<span class="pagenum" id="Page_344">[p. 344]</span>có y -pasó cuarenta años de su vida, sin haber rebasado jamás de veinticuatro -reales cada día <i>laborable</i>; allí los zapatos que le compraban, y si -eran de lienzo ó de vaqueta; allí los vestidos que estrenaba, y el día -en que por primera vez se puso calzoncillos; allí el efecto que causaba -y la revolución que producía en el pueblo cada moda nueva; allí, entre -mil prolijidades de su vida social y privada, los fríos notables, las -nevadas de más duración, las lluvias más copiosas, la legión inglesa, -la biografía de Bonnet; y si su amigo Pedro se casó, y con quién, y -con qué dote; si falleció el <i>notable</i> señor don Pedro, y cuántos -curas asistieron á sus funerales, y hasta la lista nominal de los -<i>particulares</i> que le acompañaron al cementerio.</p> - -<p>Con este cronicón en la memoria y esparcido por ella otro tanto más, -excuso decir cuál es el papel que desempeña este apreciable sujeto en -la tertulia. Fechas dudosas, casos <i>análogos</i>, estadística antigua... -Sobretodo esto y mucho más que salte en la conversación, se abalanza -para resolverlo, comentarlo y diluirlo.</p> - -<p>Apóyale en todos sus asertos y comentarios, con la muletilla -de «¡mucho que sí!,» un joven de medio siglo, que tapa la sesera, -<i>tanquam tábula rasa</i>, con dos pabellones de pelo engomado que ha -podido conservar en los respec<span class="pagenum" id="Page_345">[p. -345]</span>tivos parietales. Tiene este amable sujeto la inocente manía -de conocer íntima y particularmente á cada personaje político, militar -ó científico que en la conversación salga á cuento. Según él, todos los -ministros, en cuanto llegan á serlo, le ofrecen honores y destinos, -y todas las chicas guapas le quieren y le miman. Por lo demás, es -sumamente risueño y complaciente, y no tiene pizca de sentido común.</p> - -<p>Forma contraste con él un indianete que alardea de no creer en Dios, -porque estuvo seis días en los Estados Unidos; y anda tan escaso de -caudal como de ganas de gastarle. Siempre, y aunque no venga á peso, -tiene estas frases en los labios, entre las hebras de un cigarro infame -del estanco:</p> - -<p>—¡Como á mí me pidieran dinero prestado, á puñaladas había de -contestar al muy sinvergüenza!</p> - -<p>Y es fama que á puñalada limpia ganó él lo que tiene.</p> - -<p>Deben citarse también, aunque no describirse, dos especieros -retirados que arman entre sí muchas camorras, porque ambos toman por lo -serio los discursos de las Cortes, que leen en <i>La Correspondencia</i>; -siendo el uno impertérrito esparterista, y el otro clerical -denodado.</p> - -<p>Pero la salsa de aquel condumio es un don<span class="pagenum" -id="Page_346">[p. 346]</span> Acisclo Berruguete, que ha resuelto el -problema de vivir de señor con cinco reales y medio al día. Y verán -ustedes cómo. En el barrio más sucio de la población, y en la calle -más miserable del barrio, y en la casa más fementida de la calle, -tiene alquilada una cama en el cuarto más infame de la casa, lujo -que le cuesta dos reales diarios. La misma pupilera le da un potaje -al mediodía, por catorce cuartos; y por tres, una taza de cascarilla -por la mañana. Con el real y medio que le queda, compra pan, y fuma y -ahorra para luz é imprevistos.</p> - -<p>Explicaremos este milagro. Come una libra al día, que le cuesta -cinco cuartos y medio; pero temiendo que con las provisiones á la -vista se le deslizasen los dientes, compraba media para la comida y -otra media para cenar y desayunarse. Esta ventaja indudable tuvo un -inconveniente de gravedad para él, porque costando cada media libra dos -cuartos y medio, más un maravedí, y siendo imaginaria esta moneda, el -panadero habría de cobrarle tres cuartos, es decir, un maravedí más de -lo justo: de modo que le saldría la libra á seis cuartos. El caso era -de meditarse, y don Acisclo meditó larga y reposadamente, y venció al -cabo la dificultad, comprando él mismo el pan á un panadero conocido, y -pagando, con la segunda media libra, la primera que se llevaba fiada. -Así vivió al<span class="pagenum" id="Page_347">[p. 347]</span>gunos -meses; pero advirtió la trampa el panadero, y obligó á don Acisclo -á pagar al contado. Lo propio le sucedió en cuantas panaderías fué -recorriendo, hasta que se vió precisado á comprar la libra entera y á -poner á prueba las tentaciones de su apetito. No se ha dado todavía el -caso de que sus dientes se claven en la media libra de reserva después -de haber molido la otra media; pero el peligro no más de la caída le -trae desazonado y en perpetua meditación.</p> - -<p>De los seis cuartos y medio que le quedan, invierte dos, cada tres -días, en higos pasos, con un par de los cuales y un cuarterón de pan, -cena, añadiendo, de vez en cuando, algo que rebaña en las mesas de los -cafés, mientras, de intento, da conversación á los conocidos que las -ocupan.</p> - -<p>Un tabernero de la calle le hace media docena de velillas de sebo -pestilente, por un real, con las cuales tiene para alumbrarse medio -año; porque es de saber que no gasta luz más que para orientarse en -su cuarto, al entrar en él para meterse en la cama. Todo lo demás lo -hace á obscuras. No fuma tabaco si no lo araña en petaca ajena; fuma -todo lo que arda envuelto en un papel y huela, aunque huela á demonios. -Por eso, tan pronto fuma laurel seco, como yerbaluisa, como anís -silvestre, como<span class="pagenum" id="Page_348">[p. 348]</span> -menta de perro... lo que abunde en la mies cercana ó en el bardal más -próximo.</p> - -<p>De este modo, ahorra cinco ó seis reales cada mes; y entonces -se permite echar una cana al aire con media docena de amigos, -acompañándolos á comer <i>de campo</i>.</p> - -<p>Ya sabe él, por la experiencia, lo que aquel regodeo cuesta por -barba; y como las suyas no alcanzan tan allá como las otras, al -llegar la comida á los potajes,—«¡raya!»—dice al tabernero,—«y venga -la cuenta.» Y paga los dos ó tres reales que le corresponden por lo -consumido hasta allí; sin impedirle esto, que mientras sus compañeros -toman el indispensable estofado, ó el infalible arroz con leche, -pellizque de lo uno y de lo otro, so pretexto de que está duro, ó -parece soso á la vista, y sin importarle un bledo que le pongan de -gorrón y pegote que no hay por dónde cogerle.</p> - -<p>Quédanos por explicar el misterio del vestido.—¿Con qué se -viste?—preguntará el lector.—Con nada; porque uno de los grandes -problemas que ha sabido resolver este prodigio de la economía, es el -del <i>vestido eterno</i>.</p> - -<p>Cuando dejó el empleo de conserje ó de no sé qué, que desempeñó -mucho tiempo en un establecimiento de enseñanza, después de separar -de sus ahorros lo necesario para crearse una renta de cinco reales y -medio, se vistió de<span class="pagenum" id="Page_349">[p. 349]</span> -pies á cabeza, tan completamente como quien no piensa volver á -hacerlo en toda su vida. Hízose, por de pronto, un gabán-saco de dos -caras: una parda y otra escocesa; dobles pantalones, dos pares de -botas, dos chalecos y un sombrero de copa alta. Medias no las gastó -nunca; y en cuanto á ropa interior... precisamente es esta ropa la -especialidad del especialísimo don Acisclo Berruguete. Siendo conserje -del mencionado establecimiento, engalanóse éste, en una ocasión de -festejos patrióticos, con banderas y gallardetes en cada hueco de -sus fachadas; y como los huecos eran muchos, las banderas no tenían -número. Pasaron las fiestas y con ellas el entusiasmo; y no quedando -de éste ni el necesario para pagar á un granuja por que descolgara las -banderas, diéronselas á don Acisclo por el trabajo de descolgarlas. -Desde entonces (y cuenta que esto sucedió cuando la Mayoría de doña -Isabel II) gasta don Acisclo camisas y calzoncillos de percalina con -los colores nacionales, aunque con la precaución de hacer la pechera y -el cuello de las primeras con las tiras blancas, ó azules pálidas, que -sirvieron de gallardetes. Por eso dicen que es todo lo que hay que ver, -ver á don Acisclo en ropas menores.</p> - -<p>Las botas.—¿Quién sabe lo que puede durar un par de ellas, no -mojándolas ni manchán<span class="pagenum" id="Page_350">[p. -350]</span>dolas, ni paseándolas mucho? Después, unas puntadas á -tiempo; al año, medias suelas y tapas; al otro, el remiendito en la -grieta; al otro, la puntera...</p> - -<p>Es incalculable lo que dura así el calzado, cuando el que le usa es -cuidadoso y ahorrativo; y don Acisclo compró dos pares en sus buenos -tiempos. ¡Figúrese el lector si necesitará más en los días de su -vida!</p> - -<p>El gabán.—Del primer tirón le gastó diez años por la cara parda, -y lleva servidos más de seis por la escocesa. Por supuesto que allí -todo es hilaza ya; pero como cubre, aprovecha como el mejor, y seguirá -aprovechando á don Acisclo hasta que le sirva de mortaja.</p> - -<p>Con los primeros pantalones que desechó á los seis años, repara las -debilidades traseras de los otros; único sitio por donde éstos flaquean -á menudo, sin que importen un bledo las remontas y los costurones, pues -con objeto de taparlos llega el gabán más abajo de las corvas.</p> - -<p>El sombrero es la única prenda que no pudo pasar, en buen estado, -del tiempo usual y corriente; pero cuando otro mortal cualquiera -le hubiera arrojado á la calle por descolorido, ajado y alicaído, -inventó el ingenioso don Acisclo una untura con la cual le volvió á -la vida más duro que una peña. Todavía le gas<span class="pagenum" -id="Page_351">[p. 351]</span>ta, y con ánimo de seguir gastándole hasta -que se muera. Mucho brillo tiene, eso sí, y á todo se parece menos al -de la seda; pero es impermeable, hasta el extremo de que ni los rayos -parten aquella cúpula atrevida.</p> - -<p>Tal es don Acisclo Berruguete, el tertuliano más importante, aunque -no sea el más <i>curioso</i>, de <i>la tienda de la esquina</i>.</p> - -<p>Qué placer halla Gedeón en la compañía de éste y de los demás -tertulianos descritos, no es fácil saberlo. Pero es evidente que desde -algunos años atrás, no falta un solo día á la tertulia, si la salud le -permite salir de casa.</p> - -<p>También es cierto que sólo toma parte en los insulsos debates que -allí se sustentan, para llamar <i>cabra</i> á don Acisclo; <i>melones</i> á los -especieros; <i>estúpido</i> al indianete; <i>simple</i> al joven de medio siglo; -<i>momia</i> al septuagenario, y <i>alcornoque</i> al amo de la tienda.</p> - -<p>Y como estas flores las echa con el ceño fruncido y la voz -retumbante, sin meterse en más honduras ni razonamientos, recíbenlas -los floreados á título de <i>cosas de don Gedeón</i>, y danle el puesto de -preferencia en la tertulia.</p> - -<p>Ocúpale él con la conciencia de que le merece; y siempre le abandona -con el propósito de no volver á meterse entre aquella «reata de -bestias.» Pero vuelve.</p> - -<p>Acaso le mueve á ello una necesidad de su<span class="pagenum" -id="Page_352">[p. 352]</span> temperamento, que se desahoga llenando -de improperios á la reata aquélla; acaso la fuerza misma de su -aburrimiento le hace dar por las paredes; acaso es su destino que -se cumple así... Lo que el lector quiera. El hecho es que Gedeón no -falta nunca á la tertulia de la tienda, y que todos los Gedeones que -yo conozco de la misma edad que el de esta historia, tienen por único -recreo otra tienda por el estilo para reñir con el lucero del alba que -se presente, servir de estorbo á los marchantes y ocasionar la ruína -del tendero; sin que, en rigor de verdad, puedan decir que, al precio -de tanto mal como han causado, se han divertido una vez siquiera.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-074.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_7"> - <p><span class="pagenum" id="Page_353">[p. 353]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-203.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="VII. LA VANGUARDIA DE LA MUERTE">VII</h3> - <p class="subh3">LA VANGUARDIA DE LA MUERTE</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-a.jpg" alt="A" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Así</span> las cosas, ó porque -el invierno se anticipa, ó porque es húmedo, ó porque... ¡vayan ustedes -á averiguarlo! un día la gota se encrespa, hácese río caudaloso; y -subiendo, subiendo desde la punta de los pies, llega hasta las puertas -del estómago de Gedeón; con lo cual el asma, como si temiera ver -inundada su vivienda, échase pecho arriba y comienza á bregar en las -estrecheces de la garganta, buscando más ancho espacio y un aire que ya -no encuentra en aquellas profundidades.</p> - -<p>Gedeón, por ende, no sale de casa, y empieza á echársele de menos en -la tienda y en los paseos que frecuentaba. En la tienda, á los pocos -días; en los paseos, á los dos meses.</p> - -<p>—<i>Debe</i> de estar enfermo,—dicen sus contertulios una vez sola, -sin mostrar otro interés por<span class="pagenum" id="Page_354">[p. -354]</span> su vida, ni cansarse en enviar un triste recado á su -casa.</p> - -<p>—Hombre, ¿qué habrá sido de ese señor gordo que tomaba el sol en -este banco todos los días?—pregunta un observador en el paseo.</p> - -<p>—Hace más de dos meses que falta de aquí.</p> - -<p>—¿Qué señor?—se le responde.</p> - -<p>—Pues uno de estas señas y de las otras.</p> - -<p>—¡Ah! Don Gedeón... Creo que está hecho una carraca. Ya no sale de -casa... si es que no se ha muerto...</p> - -<p>—¡Para la falta que hace en el mundo!...</p> - -<p>Tal es el responso que ordinariamente reza el vulgo por los hombres -como nuestro personaje.</p> - -<p>Como á los muros ruinosos y á los árboles viejos, se les echa de -menos, no por lo que valían, sino por el sol que quitaban y el espacio -que, al desaparecer, dejan libre y desembarazado.</p> - -<p>Entre tanto, el infeliz no halla momento de reposo, por más que le -busca en holgado sillón ó en mullido lecho. Del uno al otro pasa á cada -hora, forjándole el deseo posturas que, al tomarlas, son prensas que -más le oprimen y extreman en su cuerpo los dolores y las ansias.</p> - -<p>Así pasa el día, y después viene la noche. ¡Qué noche, gran Dios! -Jurara en su febril<span class="pagenum" id="Page_355">[p. 355]</span> -desasosiego, que los muebles bailan; que las figuras de adorno disputan -y pelean; que la mortecina luz, reverberando en opaca porcelana, -refleja en puertas y paredes danzas de demonios y de brujas; y que oye -hasta el ruido crepitante de sus miembros descarnados, y las carcajadas -de sus bocas desgarradas y burlonas. Parécele el cuarto un cementerio, -y su cama una tumba abierta, en cuyo fondo yace su propio cadáver, pero -cadáver que siente y recuerda; porque por un fenómeno producido por la -índole de sus tormentos, todo lo ha perdido menos la sensibilidad y la -memoria.</p> - -<p>Con ella recorre el dilatado campo de su vida; y por más que cierra -los ojos y los oprime con sus manos, una luz vivísima, que á la vez le -abrasa, le pone de manifiesto todo el sendero recorrido. Pero aquel -campo es una estepa, en que ni huellas quedan de su paso. Allí todo es -desolación y muerte. Tras él no viene nadie, porque nada deja en aquel -árido desierto que preste abrigo y sombra al caminante. Por allí no -pasan sino los pocos insensatos como él, que van huyendo.</p> - -<p>Y cuando el sol reaparece, y la fiebre y los dolores le dejan -sosegado unos instantes, abre los ojos y mira en su derredor. ¡Qué -cuadro! Cerca de su lecho, la inmunda bestia, siendo, con su estertor -continuo, reló de su agonía, y<span class="pagenum" id="Page_356">[p. -356]</span> á la vez, con su presencia en aquel sitio, testimonio -abominable de los mal colocados afectos del iluso; en otro rincón, la -mercenaria Regla dormitando; Regla, cuyo cariño sigue las oscilaciones -de sus dádivas y las alternativas de sus promesas; en sí mismo, los -dolores del cuerpo y los gritos de la conciencia que le acusa.</p> - -<p>El cansancio le rinde al cabo, y va á reposar durmiendo, ¡Vana -esperanza! Regla, que parecía dormitar, meditaba también. Meditaba -que su amo podía morirse en uno de aquellos paroxismos; que ella -había pasado muchos años sirviéndole; que por esto, y quizá por algo -más, tenía derecho á una buena recompensa, y que estaba á punto de -perderla, porque el moribundo no había hecho disposición alguna en -debida forma, que así lo declarase; y sabía también que desde que su -amo se había agravado, todos los días preguntaba por él al portero una -mujer sospechosa. Este indicio la excusaba, en su concepto, de toda -consideración con el enfermo.</p> - -<p>Mientras le ve luchar con el delirio de la fiebre, limítase á -observarle, y ¡sabe Dios lo que entonces pasa por sus mientes! Pero en -cuanto le ve dueño de su razón y sosegado, se levanta de la silla en -que velaba, y se acerca de puntillas al lecho.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_357">[p. 357]</span></p> - -<p>—¡Señor!—dice al oído del enfermo, con hipócrita suavidad.</p> - -<p>—¿Quién me llama?—balbuce Gedeón, cuyos párpados empiezan á cerrar -el sueño.</p> - -<p>—Yo... Regla...</p> - -<p>—¡Maldita seas, que me robas el único consuelo que me queda!</p> - -<p>—Yo no creí... Como es hora de tomar la medicina...</p> - -<p>—Déjame... ¡vete!</p> - -<p>—Además, tenía que hablarle á usted...</p> - -<p>—¿Tienes sueño que ofrecerme?... Pues si no le tienes, déjame... ¡yo -no ansío más que dormir!</p> - -<p>—También hay otras cosas en qué pensar...</p> - -<p>—¡Déjame!</p> - -<p>—¡Y muy sagradas!</p> - -<p>—¡Vete!</p> - -<p>—Me parece que estoy en mi derecho...</p> - -<p>Y Regla, al hablar así, comienza á sollozar.</p> - -<p>Tal es la necesidad de descanso que tiene el desgraciado, que, á -pesar de la cruel insistencia de Regla, vuelve el sueño á apoderarse de -él.</p> - -<p>Al verle dormido, vacila la criada entre el temor de empeorar su -causa enfureciendo á su amo despertándole, y el recelo de que se muera -sin testar en el primer acceso que le acometa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_358">[p. 358]</span></p> - -<p>En esto, aparece en la sala, atropellándolo todo, una mujer, -cubierta la cara con el velo de su mantilla. Pregunta por el enfermo á -Regla, y ésta se le muestra maquinalmente con la mano, desde la puerta -del gabinete.</p> - -<p>Penetra en él la desconocida, y avanza hasta la cabecera de la -cama.</p> - -<p>—¡Gedeón! ¡Gedeón!—dice en voz no muy alta, pero anhelosa, al oído -de éste.</p> - -<p>—¡Otra vez, infame, inicua?... ¡Otra vez me despiertas?—responde á -los pocos instantes Gedeón, entre angustiado y colérico.</p> - -<p>Regla, que ha seguido con la vista azorada á la entremetida, cuando -la oye llamar á su amo con tanta familiaridad, saca chispas con los -dientes y lanza saetas por los ojos.</p> - -<p>—¡Soy yo, Gedeón!—continúa diciendo la encubierta.—¡Mírame!</p> - -<p>Y recoge el velo sobre su cabeza, dejando al descubierto la faz -rechupada y angulosa de Solita.</p> - -<p>El enfermo hunde su cabeza en la almohada, como si tratara de -hacerse más invisible, para dormir impunemente.</p> - -<p>—¿No me conoces?—añade Solita sacudiendo los hombros de Gedeón.</p> - -<p>—¡Ya la justicia de Dios no tiene rayos para matarte?—grita iracundo -y trémulo el infeliz, al verse tratado con tal inclemencia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_359">[p. 359]</span></p> - -<p>—Pero ¿no ve usted que descansa?—ruge entonces Regla, dirigiéndose á -Solita con la indignación pintada en su semblante. ¡Como si ella misma -no acabara de cometer el mismo delito!</p> - -<p>—Y á usted ¿qué se le importa?—ruge á su vez Solita encarándose con -Regla, de quien há mucho sospecha lo que el lector y yo sospechamos -también.</p> - -<p>—¡Me importa, porque le cuido... porque le velo... porque sé lo que -padece!—contesta Regla devorando con los ojos á aquella mujer en quien -ha descubierto á su invisible rival en la privanza de su amo.</p> - -<p>—¡Mentira!... Tú no sabes lo que yo padezco... ó no tienes entrañas -si lo sabes, cuando también me has despertado,—exclama Gedeón.</p> - -<p>—¿Lo oye usted?—dice á Regla Solita, balbuciente de rabia.</p> - -<p>—¿Quién es el otro verdugo que te acompaña, Regla?—pregunta el -enfermo.—Quiero saber su nombre para maldecirle.</p> - -<p>—Soy yo: Solita...</p> - -<p>—¡Solita! ¡Tú también!... ¡Pues maldita seas!</p> - -<p>—¡Ingrato!... ¡Te pesa que esté á tu lado!...</p> - -<p>—No, si me traes lo que necesito—exclama el desventurado, aspirando -con ansia un poco<span class="pagenum" id="Page_360">[p. 360]</span> -de aire;—pero si no me lo traes, ¡maldita seas!</p> - -<p>—Si con la vida puedo dártelo, tuya es, Gedeón.</p> - -<p>—Para nada la necesito. Pero ¿me traes compasión? ¿Me traes caridad -para mis tormentos?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues demuéstramelo marchándote de aquí y dejándome descansar... No -anhelo otra cosa; no le pido más á los hombres... ¡Ya ves con qué poco -me conformo! ¡Cuán poco te pido!</p> - -<p>—Sí, pobre Gedeón, poco me pides.</p> - -<p>—¡Pues ni eso han querido darme!</p> - -<p>—Porque no saben comprender...</p> - -<p>—Tampoco tú lo has sabido cuando también me despertaste.</p> - -<p>—Para que durmieras luégo más descansado.</p> - -<p>—Lo estaré, si tú te marchas.</p> - -<p>—Del cuerpo, pero no del espíritu.</p> - -<p>—¿Qué quieres decir?</p> - -<p>—Que pienses <i>en lo que debes</i> pensar, antes de entregarte al -sueño.</p> - -<p>—¡Infame! ¿Temes que sea el último que duerma?</p> - -<p>—No, pero...</p> - -<p>—¡Víbora! ¿Esa agonía me preparas? ¿Ese es el consuelo que me -traes?</p> - -<p>Y cuando dice esto, Gedeón no encuentra<span class="pagenum" -id="Page_361">[p. 361]</span> ya postura cómoda en la cama; su -respiración comienza á ser fatigosa; los dolores le punzan de nuevo, y -los ojos se le inyectan de sangre.</p> - -<p>—Señora—exclama Regla, trémula de coraje, más que por el estado de -su amo, por lo que ha descubierto en el diálogo que éste ha sostenido -con Solita,—yo asisto á ese enfermo; yo soy responsable de lo que le -suceda por falta de cuidado... ya está usted viendo cómo se ha puesto -con lo que le ha dicho...</p> - -<p>—¿Y qué?—la pregunta Solita volviéndose á ella como serpiente que -levanta su cabeza para lanzarse sobre su presa.</p> - -<p>—Que no consentiré que usted continúe atormentándole.</p> - -<p>—¡Bien, Regla, bien!... ¡Échala, mátala!... ¡Yo respondo de todo!</p> - -<p>—¿Lo oye usted, <i>mala mujer</i>?</p> - -<p>—¡Mala mujer yo!—brama Solita arrojando espuma por la boca.—¡Y eso -me lo llamas... tú, fregona miserable!... ¡tú que le apartas de su -deber! ¡tú que eres causa de que un padre reniegue de sus hijos!</p> - -<p>—Silencio... maldecidas!—grita Gedeón ahogándose.</p> - -<p>—¿No oye usted lo que me dice?—responde Regla, á punto de coger del -moño á Solita.</p> - -<p>—¿Estábais de acuerdo para echarme de aquí?—continúa ésta.—Pues -bueno: yo saldré<span class="pagenum" id="Page_362">[p. 362]</span> al -balcón y lo publicaré todo; y lo que tú, desalmado, no quieres declarar -en debida forma, lo sabrá la gente por mi boca.</p> - -<p>—¡No, por caridad, Solita!—exclama Gedeón, viéndola dispuesta á -cumplir en el acto su amenaza.—Vete de aquí... déjame descansar... y -yo te prometo que sabré cumplir con mi deber... pero vete luégo... -ahora mismo; porque si tardas un poco... me ahogo... ¡Regla!... ¡la -cucharada!... ¡Ay! yo me muero... ¡La cucharada... Regla!</p> - -<p>—¡El demonio que le lleve á usted!—le contesta Regla por todo -consuelo, indignada al ver á la intrusa triunfante en aquella inhumana -pelea.</p> - -<p>—He aquí el pago. Gedeón... ¡sacrifícame otra vez por ella!...</p> - -<p>—¡Socorro! ¡Vecinos! ¡Estas fieras me asesinan!...</p> - -<p>Y como si las palabras del angustiado Gedeón hubieran llegado á su -destino, se oyen pasos hacia la sala; y un instante después entra una -persona en el gabinete.</p> - -<p>Es el Doctor, que viene á hacer al enfermo la visita de la -mañana.</p> - -<p>Á su vista se enmudecen las dos mujeres, y hasta quieren disfrazar -la ira de que están dominadas, con sonrisa y actitudes tan violentas -como ociosas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_363">[p. 363]</span></p> - -<p>Gedeón, por el contrario, tan pronto como ve al médico, comienza -á implorar de éste la autoridad que á él le falta para hacerse -respetar.</p> - -<p>Algo ha oído el Doctor al entrar en la casa, y no poco le dicen -aquellas dos mujeres en quienes su presencia causa tan notorio -desconcierto. Las palabras de Gedeón nada le descubren que él no haya -sospechado.</p> - -<p>Por de pronto, manda que le dejen solo con el enfermo. Solita y -Regla cumplen el mandato; y la primera, cubriéndose la cara con el -velo, y después de lanzar una mirada rencorosa á la segunda, sale de -la casa hecha una furia, fulminando no sé qué tempestades y propósitos -en respuesta á otras amenazas sordas con que va Regla escarbándole los -oídos.</p> - -<p>Solos, el Doctor y el enfermo, éste continúa lamentándose de su -infortunio sin consuelo, y entona tristes endechas sobre lo que acaba -de sucederle, tras una noche como la que ha pasado.</p> - -<p>—He visto aquí una cara que me es desconocida,—dícele el Doctor -después de haberle dado el calmante que le negó Regla, y de verle más -sosegado y en reposo.</p> - -<p>—Esa es la serpiente, Doctor; ¡la serpiente de mi paraíso!</p> - -<p>—¿La serpiente, ó la manzana?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_364">[p. 364]</span></p> - -<p>—Lo que usted quiera. La verdad es que esa mujer ha sido obstáculo -perenne en el camino de mi vida desde que usted y yo nos conocimos; la -hiel de todas mis amarguras...</p> - -<p>—¿Y no ha habido manera de separar ese obstáculo, al parecer tan -leve?</p> - -<p>—No, Doctor; porque á la vez ha sido... ¿á qué ocultárselo á usted? -gusano de mi conciencia.</p> - -<p>—¡Hola!... ¿Luego es decir que no sin derecho le ha perseguido á -usted?</p> - -<p>—Hasta cierto punto, Doctor.</p> - -<p>—Acaso con la exigencia de que se le cumplan determinadas -promesas...</p> - -<p>—Cabalmente.</p> - -<p>—Y quizá exponiendo <i>razones</i> de esas que, por lo mismo que son -hijas de una <i>debilidad</i>, son las más fuertes.</p> - -<p>—Razones... sí; hijas de una debilidad mía, también; pero en cuanto -á fuertes, no, señor.</p> - -<p>—Pues no lo entiendo.</p> - -<p>—Va usted á entenderlo al punto, porque yo no quiero tener secretos -para el único hombre que en el mundo me ha querido bien y no me ha -disfrazado la verdad.</p> - -<p>—Mil gracias por la deferencia; pero cuide usted de no revelarme -<i>demasiado</i>, para no sentir después un nuevo remordimiento.</p> - -<p>—No, Doctor: ¡hasta por egoísmo necesito<span class="pagenum" -id="Page_365">[p. 365]</span> desahogarme con alguien de estas -pesadumbres!</p> - -<p>—Adelante, pues, con la historia.</p> - -<p>—Me encontré con esa mujer, de humilde cuna, cuando aún tenía ella -gracias y donaires, y yo buena salud y ciertas ideas de moral... Sin -gran esfuerzo, acomodóse á mis propósitos. Pero dió en la gracia de -mostrarme los suyos, por demás extremados y opuestos á los míos, -precisamente cuando ya el desencanto me hacía mirarla como carga -superior á mis fuerzas y deseos. Entonces le conocí á usted; y sin -decir que sus teorías, para mí tan nuevas como interesantes, sobre -el matrimonio y la familia, me convencieran, la verdad es que fueron -causa de que yo sintiera un irresistible deseo de verme colocado en un -terreno completamente despejado, para elegir la senda más de mi gusto, -si en ocasión de elegir volvían á ponerme las circunstancias. Entonces -pensé muy seriamente en desembarazarme del estorbo de esa mujer: -intentélo varias veces; mas cuando ya iba á conseguirlo, venciendo -miramientos pueriles que hasta allí me habían detenido, halléme unido á -ella por un vínculo nuevo; de esos que amarran y doman al hombre de más -bríos, mientras le quede un rastro siquiera de honra en el pecho... ¿Me -entiende usted, Doctor?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_366">[p. 366]</span></p> - -<p>—Perfectamente.</p> - -<p>—No sé qué pensamientos me asaltaron cuando preso me ví de esta -manera; porque antes de llegar á examinarlos, ya me atormentaban -indicios... de cierto género... ¿Me entiende usted?</p> - -<p>—Sospecho que sí.</p> - -<p>—Pero no pasaron de indicios, ni pasar pude yo de la incertidumbre -en que me sumieron, ni adquirir me fué dado una prueba que me -autorizara para quejarme, ó me extirpara los recelos. Así corrieron -los años; crecieron los vínculos con ellos... ¡<i>crecieron</i>, Doctor!... -que á tales demencias arrastra el amor propio resentido... y así he -llegado hasta hoy: ella reclamando lo que en conciencia dice que la -debo, é invocando <i>testimonios</i> que yo no quiero ver, ni jamás he visto -ni veré; y yo aborreciéndola más cada día y alejándome cuanto me es -posible de ese padrón de ignominia, infierno de mi existencia, testigo -de mis debilidades y torpezas. Hoy ha venido á robarme mi único bien, -el sueño, para amenazarme con publicarlo todo si continúo resistiéndome -á sus exigencias... En eso estaba cuando usted entró.</p> - -<p>—Graves son, en efecto, las razones de esa mujer—dice el Doctor -después de permanecer unos instantes silencioso.—Pero, ¿y la otra? ¿por -qué se quejaba de usted?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_367">[p. 367]</span></p> - -<p>—¿La otra?—responde Gedeón muy contrariado.—La otra... Ya sabe usted -lo que son amas de llaves muy antiguas en las casas... Resabios del -oficio... La costumbre de mandar en todo...</p> - -<p>—¡Ya!—replica el médico sonriéndose, acaso sin malicia.</p> - -<p>—Y ahora que está usted impuesto de todo, Doctor amigo; ahora que -de mis labios ha oído usted lo que á nadie en el mundo he confesado; -ahora que conoce usted el infierno en que me abraso, no me niegue usted -su auxilio para salir de él, si salir puedo, ó para tomar una postura -compatible con el descanso.</p> - -<p>—Ante todo, amigo don Gedeón, ¿qué opina sobre el caso su conciencia -de usted?</p> - -<p>—Mi conciencia, Doctor... mi conciencia no sabe á qué atenerse. En -ocasiones concede derecho á esa mujer para quejarse; otras veces se le -niega, puesto que sin violencia aceptó la situación en que se puso.</p> - -<p>—Y sobre los <i>vínculos</i> posteriores á esa primera situación, ¿cómo -piensa?</p> - -<p>—Piensa cuando se fija en los <i>indicios</i> aquéllos, que yo tengo -perfecto derecho para romper esos vínculos; y cuando no, que éstos son -un castigo palpable de mi insensatez.</p> - -<p>—¿Y qué aconseja, por fin, esa señora?</p> - -<p>—Nada, Doctor: quimeras, delirios que me<span class="pagenum" -id="Page_368">[p. 368]</span> deslumbran y me aturden y me -martirizan.</p> - -<p>—¿Está usted seguro de que es la conciencia de usted la que así -piensa y la que así aconseja?</p> - -<p>—¿Y qué otra cosa puede ser?</p> - -<p>—La vanidad, la soberbia...</p> - -<p>—¿Es posible?</p> - -<p>—Se trata de un hombre que ha hecho del celibato una bandera, y -de una mujer de obscuro linaje que quiere obligarle á caer, en las -peores condiciones imaginables, en el extremo de que él huía, aun -considerándole con todas las ventajas posibles. Concédame usted que -esta prueba es de las más terribles á que puede someterse el amor -propio.</p> - -<p>—Concedido.</p> - -<p>—Es, por tanto, muy fácil que lo que usted toma por dictámenes de la -conciencia, no pasen de ser rebeliones del despecho.</p> - -<p>—Sea lo que fuere, Doctor, yo necesito que usted no me abandone en -tan horrible trance; que me defienda contra esta conjuración que me -amenaza.</p> - -<p>—<i>¡Defenderle!</i> ¡Ahí está el egoísmo otra vez! ¿Y si, en buena -justicia, no es defendible su causa de usted?...</p> - -<p>—¡Que no!</p> - -<p>—Me parece que cuando su propia conciencia duda, bien puedo yo -dudar.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_369">[p. 369]</span></p> - -<p>—¡Es decir que usted me abandona; que me deja entregado á la -inclemencia de estas mujeres, para que me asesinen?</p> - -<p>—Tanto como eso, no; pero distinga usted entre el médico y el -moralista. Con el primero cuente usted siempre, porque eso soy, y nada -más, aunque alguna vez me haya metido á filósofo <i>de afición</i>. En -cuanto al segundo... busque usted y hallará.</p> - -<p>—¿En dónde, si estoy solo en el mundo!... ¡Solo, Doctor, y -agonizando!</p> - -<p>—Llame usted á todas las puertas que su razón le muestre.</p> - -<p>—Todas están cerradas para mí.</p> - -<p>—Lo creo; pero hay una que no se cierra para nadie. Llame usted á -esa.</p> - -<p>—¿Qué puerta es?</p> - -<p>—La de Dios.</p> - -<p>—¡Luego me cree usted en peligro inmediato de muerte?</p> - -<p>—No por cierto; antes me atrevo á prometerle á usted que hemos de -saludarnos en la calle dentro de pocos días. La intensidad del mal ha -cedido mucho; los accesos van siendo cada vez más benignos, ó menos -crueles.</p> - -<p>—Entonces ¿por qué ese consejo?</p> - -<p>—Venía dispuesto á dársele á usted hoy, en la persuasión de que -si le aceptaba en cuanto vale, me debería el mayor beneficio que -puede<span class="pagenum" id="Page_370">[p. 370]</span> hacérsele á -un hombre. Con doble motivo se le doy ahora que conozco la historia que -acaba usted de confiarme.</p> - -<p>—Y ¿dónde está esa puerta, Doctor?</p> - -<p>—¿Es usted tan desventurado que no la ve?</p> - -<p>—He olvidado el camino. ¡Hace tantos años que no le frecuento!</p> - -<p>—¿Se ha olvidado usted también de que existe ese camino?</p> - -<p>—Creo que no.</p> - -<p>—Algo es eso.</p> - -<p>—Pero estoy á obscuras para volver á hallarle.</p> - -<p>—No importa, si queda fuego con qué hacer luz.</p> - -<p>—Chispas entre cenizas, Doctor; nada más.</p> - -<p>—¿Está usted seguro de ello?... Examínese usted bien.</p> - -<p>—Seguro estoy.</p> - -<p>—Pues con esas chispas se puede producir un incendio. ¡Ay de la fe -cuyas cenizas se enfriaron! Reúna usted esas chispas; agréguelas usted -combustibles, y la luz se hará y verá usted la puerta. Cuando usted la -vea, llame.</p> - -<p>—¿Y después?</p> - -<p>—Después... no necesitará usted preguntarme á mí qué debe hacer en -el conflicto que me ha confiado, ni cómo se lucha y se vence contra -las miserias del mundo: la conciencia, ilu<span class="pagenum" -id="Page_371">[p. 371]</span>minada por la religión, le dirá á usted -todas esas cosas y otras muchas.</p> - -<p>—¿Lo cree usted como me lo dice, Doctor?</p> - -<p>—¡He visto tantos milagros de esa especie! Acuérdese usted de -Herodes.</p> - -<p>—¡Herodes!...</p> - -<p>—¿Qué le admira?</p> - -<p>—En verdad que milagro fuera en mí semejante resurrección... Si -usted me ayudara á dar los primeros pasos...</p> - -<p>—Desde hoy mismo, si usted quiere.</p> - -<p>—Precisamente hoy... Pero mañana... mañana, sí.</p> - -<p>—Mal síntoma es ese «mañana,» amigo mío; pero, en fin, también -mañana estaré á sus órdenes.</p> - -<p>—Gracias, Doctor; y por de pronto, eche usted una buena reprimenda -á esa pícara criada, á fin de que me cuide mejor. Á mí ya no me hace -caso... me conceptúa muerto. ¡Muerto, créalo usted!</p> - -<p>Y tras éstas y otras palabras por el estilo, cumple el Doctor, como -puede y como debe, el encargo del enfermo, y vase dudando mucho que -aquella alma acongojada salga de las tinieblas en que yace.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-193.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_8"> - <p><span class="pagenum" id="Page_373">[p. 373]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-017.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="VIII. LOS PARIENTES DE GEDEÓN">VIII</h3> - <p class="subh3">LOS PARIENTES DE GEDEÓN</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-l.jpg" alt="L" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Los</span> pronósticos del -médico se cumplen en todas sus partes. El enfermo sale de las apreturas -en que le hemos visto; y á medida que va adquiriendo fuerzas y -esperanzas, va dejando, no ya «para mañana,» sino «para otra ocasión,» -el proyecto de llamar á la puerta consabida.</p> - -<p>Ya puede gritar y revolverse, y hasta sacudir un bastonazo á la -atrevida que le provocase al alcance de su brazo. ¿Para qué necesita -apelar á ciertos <i>extremos</i> alarmantes? Hasta se arrepiente de haber -sido tan explícito con el Doctor. Tal es la condición humana, aun sin -tratarse de egoístas como Gedeón. Las muletas que suplen el miembro -entumecido, se arrojan al fuego tan pronto como aquél recobra sus -fuerzas y movimiento.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_374">[p. 374]</span></p> - -<p>Al cabo de los días, el convaleciente se encuentra en aptitud de -salir á la calle á tomar el sol. Ya tiene el sombrero puesto, y se -afirma en su cachava para mover sus pies entrapajados y embutidos en -sendos zapatones de paño, cuando Regla le anuncia la visita de un -caballero y de una señora.</p> - -<p>Tratándose de un hombre cualquiera, un anuncio semejante y en -semejante ocasión, nunca se recibe sin contestar con mal gesto: «No -estoy en casa; que vuelvan otro día.»</p> - -<p>Mas para Gedeón, que no se trata con nadie, fuera de las personas -que conocemos, el anuncio de una visita es un acontecimiento -extraordinario que excita en gran manera su curiosidad; y así, movido -de ella,</p> - -<p>—Que pasen adelante,—dice.</p> - -<p>Y los anunciados pasan á la sala.</p> - -<p>Dos son, como dijo Regla.</p> - -<p>El caballero es hombre maduro, con buena ropa, pero mal hecha y peor -colocada. Sus ademanes y su aire corresponden á la ropa. Luce en sus -manos holgados guantes de color de ladrillo, y con una de ellas ase -barnizado bastón por más abajo del puño, que es de oro, ó lo remeda.</p> - -<p>La señora parece cortada por el mismo patrón que su acompañante, así -en el modo de ser como en el de vestir.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_375">[p. 375]</span></p> - -<p>Los dos personajes son á cual más risueño y expresivo.</p> - -<p>—¿El señor don Gedeón?—pregunta desde la puerta de la sala el -caballero descoyuntándose á cortesías, encarado ya con aquél.</p> - -<p>—Servidor de ustedes,—responde Gedeón haciendo su poco de -encorvadura en los riñones, por no permitirle más fuerzas de gimnasia -sus miembros doloridos.</p> - -<p>—Beso á usted su mano,—dice por su parte la señora, abanicándose el -rostro y retorciéndose mucho.</p> - -<p>—Pues yo tengo grande honor en conocer á usted y ofrecerle mis -respetos,—añade el visitante, avanzando hasta Gedeón y tendiéndole la -diestra.</p> - -<p>—Lo mismo digo, caballero,—responde Gedeón, dejándose estrechar la -mano.</p> - -<p>—Mi señora...—continúa el otro, señalando á la que le acompaña y -mirando á Gedeón.</p> - -<p>—Mi marido...—dice la señora haciendo una exagerada cortesía á -Gedeón, y apuntando á su acompañante.</p> - -<p>En otros tiempos Gedeón se hubiera dado á todos los demonios al -verse figurar como actor en una escena semejante; pero ahora, y merced -á la apatía en que le han hecho caer sus dolencias y sus pesadumbres, -casi se riera de lo que tiene delante, si de reir no se hubiera<span -class="pagenum" id="Page_376">[p. 376]</span> olvidado en tantos años -como ha pasado sin reirse.</p> - -<p>Así es que con una calma y una serenidad de rostro que parecen -reñidas con sus antecedentes, brinda á los visitantes con el sofá, y -sentándose él en la butaca contigua, ruégales que le expongan la razón -de su visita.</p> - -<p>—Va usted á saberla—responde el caballero, estirando las manoplas y -colocando el bastón entre las piernas.—Pues, señor, yo soy, para cuanto -usted guste mandarme, Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera, natural y -vecino de Cascaruca, pueblo á muy pocas leguas de esta ciudad, y en el -cual tiene usted una hacienda morrocotuda.</p> - -<p>—Muy señor mío...</p> - -<p>—Para servir á usted... Soy hombre de algunos posibles, aunque no -muchos, y allí casé con ésta mi señora...</p> - -<p>—Beso á usted su mano,—vuelve á decir la aludida.</p> - -<p>—Diónos el cielo un heredero—continúa su marido,—uno no más, don -Gedeón; el cual, al ser muchacho, cursó latinidades con el párroco del -pueblo (hombre docto, eso sí, y virtuoso también), con ánimo de que, -ya mozo, se elevara á facultad mayor. No pudo ser esto por razones -largas de exponer; y al cumplir los veinte años casó con una joven -de su elección<span class="pagenum" id="Page_377">[p. 377]</span> -particular, aunque no de su linaje, ni, en verdad hablando, de nuestro -gusto. Hoy vive también en Cascaruca con cinco de familia y al amparo -nuestro y de un destino de secretario del Ayuntamiento, que pudimos -obtener para él. Por lo demás, es mozo trabajador y honrado. Y dicho -esto, hágase usted cuenta, mi señor Don Gedeón, de que conoce usted á -toda la familia de mi casa.</p> - -<p>—Sin contar—añade la señora, mirando muy de cerca el paisaje de su -abanico,—seis alumbramientos desgraciados que tuvo una servidora de -usted.</p> - -<p>—Cierto es eso—repone su marido;—pero como dijo el otro, «con agua -pasada no muele el molino; oveja muerta no hace rebaño.» ¿No es verdad, -don Gedeón? Aquí se trata de los que somos, no de los que pudimos ser; -pues sin eso y sin lo otro y sin lo de más allá, sabe Dios los que nos -sentaríamos hoy á la mesa en nuestra casa de Cascaruca. ¿No es verdad, -don Gedeón?</p> - -<p>—Cierto es, en efecto,—responde éste mirando al uno y á la otra, -como pidiendo á cualquiera de ellos la prometida razón de la visita, -que aún no sospecha entre el fárrago de aquel prólogo estrafalario.</p> - -<p>—Pero vamos al asunto—continúa el don Ruperto, volviendo á estirarse -las manoplas;—y<span class="pagenum" id="Page_378">[p. 378]</span> -el asunto es, señor don Gedeón, que nosotros somos parientes, y que -habiendo sabido mi señora y yo, por el colono de usted, que ha estado -usted enfermo de alguna gravedad, por si otra vez ocurre, lo que Dios -no quiera, hemos venido á ofrecerle nuestros cariñosos y desinteresados -servicios, de los que puede usted disponer también en sana salud.</p> - -<p>Algo como sospecha de mal género cruza por las mientes del visitado; -pero resuelto como está á seguir hasta donde le sea posible el humor de -aquellos originales, sonríese y contesta:</p> - -<p>—¿Parientes míos dice usted?</p> - -<p>—Sí, señor... y bastante cercanos.</p> - -<p>—¿Por qué parte?</p> - -<p>—Por los Gazapones.</p> - -<p>—Ahora lo entiendo menos. ¿No me ha dicho usted que se llama -Gazapín?</p> - -<p>—Sí, señor; pero el tercer apellido de su abuelo materno de usted -era Gazapón.</p> - -<p>—Luego no somos parientes.</p> - -<p>—Déjeme usted concluir. Los Gazapones son primos carnales de los -Gazapines por la tercera rama: así es que mi padre se llamaba Gazapón, -de segundo apellido.</p> - -<p>—Podrá ser, cuando usted lo asegura.</p> - -<p>—Como que es la verdad... Y es tal el entronque y enlace que hay de -unos con otros,<span class="pagenum" id="Page_379">[p. 379]</span> que -yo no pude casarme con ésta sin dispensa.</p> - -<p>—¿También es Gazapín?</p> - -<p>—No, señor: ésta es de los Gazaperas.</p> - -<p>—¡Demonio!</p> - -<p>—Sí, señor; familia que viene á ser, por lo que entonces se supo, el -tronco de los Gazapones y de los Gazapines, que son las ramas.</p> - -<p>—Hombre, es muy interesante todo eso.</p> - -<p>—Yo lo creo... Puede usted gloriarse de pertenecer á una familia de -las más ilustres, dilatadas, y, al mismo tiempo, unidas; quiero decir, -sin mezclas extrañas. Tan unida, que las tres ramas tienen el mismo -escudo en la ejecutoria.</p> - -<p>—¡También eso! ¡Conque tenemos ejecutoria y armas!</p> - -<p>—¡Yo lo creo!... ¡y bien bonitas! ¿No las conoce usted?</p> - -<p>—No por cierto; y ahora me pesa.</p> - -<p>—Pues yo le diré á usted: representan dos gazapos, uno grande y otro -chico, en campo de legumbres tiernas; y á lo lejos la gazapera con un -farol á la entrada, y un letrero, por luz, que dice: «<i>Os alumbro el -camino</i>;» como si dijéramos, «no acelerarse, y firmes con ello, que yo -os muestro la retirada, si viene el amo.»</p> - -<p>—Es curioso el lema...</p> - -<p>—Así explican el escudo los que lo entien<span class="pagenum" -id="Page_380">[p. 380]</span>den. La verdad es que la nuestra fué -siempre familia muy aprovechada.</p> - -<p>—Ya se conoce.</p> - -<p>—Y atento á ello, yo no sé qué rey de la antigüedad le dió esas -armas, por no sé qué préstamo que le hizo.</p> - -<p>—No era rana Su Majestad, á juzgar por la muestra.</p> - -<p>—Pues sí, señor, todo eso hay.</p> - -<p>—Y no es poco.</p> - -<p>—Y hablando de otra cosa, ¡Vaya una finca que tiene usted en -Cascaruca!</p> - -<p>—No es mala.</p> - -<p>—¡Y qué partido podía sacarse de ella, bien administrada!</p> - -<p>—¿Tan mal lo está?</p> - -<p>—Tan mal, tan mal... no digamos; pero ya lo sabe usted, «hacienda, -tu amo te vea,» y yo jurara que usted no la ha visto en su vida.</p> - -<p>—Verdad es.</p> - -<p>—Naturalmente. ¡Tendrá usted tantas cosas que valdrán más! Á -Radegundis se lo he dicho yo muchas veces: «He aquí una finca que es -una alhaja para un hombre hacendoso; y el diablo me lleve si su amo, -nuestro pariente, se acuerda de ella; y para no acordarse de ella, -¡cuánto no tendrá ese hombre!»</p> - -<p>—Y ¿por qué se tomaba usted esa molestia?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_381">[p. 381]</span></p> - -<p>—Pues ¡qué sé yo! porque caía la pesa, como dicen, y porque también -el interés de familia mueve mucho, ¿está usted? Y cuando no hay ofensa -para nadie... Por eso, cuando me respondía Radegundis que ya daría -para un buen rato el contar lo que usted tiene, no podía yo menos de -decir: «¡Válgame Dios! ahí está nuestro pariente lleno de caudales y -sin un hijo que se los herede, ni una obligación que tenga derecho para -arrancárselos, ni un triste allegado á su vera, para que mañana ú otro -día le cierre los ojos, ó le asista en sus desconsuelos. ¿Adónde irá -á parar ese dinero el día en que don Gedeón fallezca, porque mortales -somos todos?» Y entonces me decía Radegundis: «¿Quién sabe lo que -pensará nuestro pariente?... Si tiene un millón, como dicen, entre -rústicas y urbanas (yo creo que ha de ser bastante más), ya habrá él -echado sus cuentas, y tomado sus disposiciones para que cada uno lleve -su merecido... ó para tirarlo por el balcón... Nosotros, quietecitos en -nuestra casa y atenidos á nuestra medianía, que á la fortuna no hay que -salir á buscarla: ella sola se mete por la puerta, si de Dios está que -han de alcanzarle á uno sus favores.» Me parece que esto es hablar en -ley y sin ofensa de nadie, ¿no es verdad, don Gedeón?</p> - -<p>—Mucho que sí; y es una lástima que mi<span class="pagenum" -id="Page_382">[p. 382]</span> señora doña Radegundis, que tan cuerda es -en hablar, no lo sea tanto en sus obras.</p> - -<p>—¡Ay, don Gedeón! por la espina de Santa Lucía—exclama aquí la -señora de don Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera,—¿á qué obra mía -le falta la cordura? ¿En qué he faltado á las conveniencias de mi -educación y de nuestro parentesco?</p> - -<p>—Justo—añade su marido,—¿en qué ha podido esta infeliz faltar á todo -eso?</p> - -<p>—En dejarle á usted venir... á lo que ha venido á esta casa, y en -acompañarle á ella.</p> - -<p>—¡En eso, mi buen pariente!—exclama don Ruperto.—¡Es posible que una -persona cometa una falta en ofrecer sus respetos á otra persona?... -Porque á eso, y sólo á eso, hemos venido: créanos usted. ¿No es cierto, -Radegundis?</p> - -<p>—Señor don Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera, natural y -vecino de Cascaruca; señora doña Radegundis Gazapín... de no sé -cuántos: cumplí ya los sesenta y cinco, y apenas me quedan en la boca -otros dientes que los colmillos; ¡figúrense ustedes si los tendré -retorcidos!</p> - -<p>—No comprendo...</p> - -<p>—No caigo...</p> - -<p>—Ni hay para qué comprendan ni caigan; en cambio, yo les comprendí á -ustedes á poco<span class="pagenum" id="Page_383">[p. 383]</span> de -haberlos oído, y esto baste. Conque estimando la visita en cuanto vale, -denla por terminada; procuren ser en otra que les ocurra, no en mi -casa, menos explícitos y más afortunados, y déjenme ir á tomar el sol, -que para tiempo perdido basta el que les he consagrado.</p> - -<p>—¡Pero don Gedeón!...</p> - -<p>—¡Pero pariente!...</p> - -<p>—¡Ni una palabra más!</p> - -<p>—Para explicarle á usted...</p> - -<p>—Para que no crea...</p> - -<p>—¡Zambomba, que se me acaba la paciencia! ¿Les parece poca la que he -tenido?</p> - -<p>—Pues saludo á usted, caballero, que, después de todo, de hombre -á hombre no va un palmo... Vamos, Radegundis, que, por lo visto, -estorbamos aquí.</p> - -<p>—Bien te dije yo, Ruperto, que te miraras mucho antes de venir... -Beso á usted su mano...</p> - -<p>Y el apreciable matrimonio, hecha esta despedida, vuélvese por donde -vino, entre mustio é indignado. El lance no es para menos, tómense sus -propósitos por donde al lector pluguiere.</p> - -<p>En tanto, Gedeón, no poco amostazado, recibe de mano de Regla una -carta que acaba de llegar por el correo, caso también de los más raros -en aquel hogar.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_384">[p. 384]</span></p> - -<p>Ábrela sin tardanza. Está fechada en Taconucos, pueblo de aquella -provincia, y no lejano, y dice así:</p> - -<p class="mt1">«Muy respetable señor: Sé que los Gazapines de Cascaruca -han ido ha ofrecerle á usted sus respetos, bajo pretexto de que son -sus parientes cercanos. No los crea usted, y sírvale de gobierno que -acostumbraban á hacer lo mismo con todos los pudientes de la provincia -que están á pique de morir sin herederos forzosos. Dichos Gazapines son -gente de mucha bambolla y de poco trigo; y en cuanto al vástago de que -le habrán hablado á usted, es un perdido que ya ha estado seis veces en -la cárcel.</p> - -<p>»En punto á parentesco, yo no sé que tenga usted en este lado de la -provincia, otros que con mi familia, por parte de los <i>Lupianes</i>, que -casaron con los <i>Lupinos</i>, provenientes en línea recta de los <i>Loberas</i> -primitivos, y por eso el quinto apellido de su señor bisabuelo paterno -es <i>Lupián</i>, igual al tercero de mi señora madre (que en paz descanse), -como puede verse en nuestras ejecutorias; por lo cual en las armas de -esta casa hay, entre otros animales dañinos, un <i>lobato</i> que también -debe de hallarse en las de usted.</p> - -<p>»No saco á plaza esto del parentesco por llamarme, como el otro que -dice, á la parte en cosa alguna de usted, ni hacer méritos de nin<span -class="pagenum" id="Page_385">[p. 385]</span>guna clase; sino para que -se vea la diferencia que va de parientes á parientes, ó séase de los -<i>Lupianes</i> de Taconucos á los <i>Gazapines</i> de Cascaruca.</p> - -<p>»Por lo demás, testigo es el arrendador de su hacienda en este -pueblo, de lo que yo respondí al darme él la noticia de que se hallaba -usted á las puertas de la muerte, y sin un sér de su propia sangre -á su lado á quien dejar sus caudales opulentos.—«Pobre soy (esto -dije); cargado de familia y de necesidades me hallo; pero así me iré -á la sepultura antes que darle á sospechar que le visito con miras -interesadas. Si él quiere acordarse de mí, aquí estoy dispuesto á -servirle en cuanto yo pueda, y agradecerle los beneficios que tenga á -bien dispensarme.»</p> - -<p>»Tal dije entonces y tal repito ahora, aprovechando tan favorable -oportunidad.</p> - -<p>»Y pues ya lo sabe usted, vea en qué puedo serle útil, y mande con -franqueza á éste su atento servidor y pariente cercano,</p> - -<p class="firma mt1 smcap">Lupercio Lupián de la Lobera.»</p> - -<p class="mt1">—Todo esto que hoy me sucede con mis parientes—piensa -Gedeón en cuanto acaba de leer la carta,—me haría muchísima gracia si -no lo viera yo más que por la superficie; pero es el caso que tiene un -fondo endemoniado.<span class="pagenum" id="Page_386">[p. 386]</span> -Por lo visto, huelo ya á carne muerta, y éstos mis parientes vienen á -ser los buitres que revolotean á mi lado esperando el regodeo que van á -darse. Éste es el hecho innegable.</p> - -<p>En cuanto á los comentarios que pudiera hacer sobre él un hombre -como yo, que en su juventud no se casó por no verse en el riesgo de que -sus hijos y su esposa <i>desearan</i> heredarle... vale más no hacerlos. -¡Qué gran libro es la vejez! ¡Lástima que el hombre tenga que morirse -cuando empieza á leerle con provecho!</p> - -<p>Luego rasga la carta en cien pedazos; requiere su bastón y sus -gabanes, y rompe á andar hacia la escalera paso á paso, con la cerviz -caída y marcando el lento compás de su andadura con quejidos y -carraspeos.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-016.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_9"> - <p><span class="pagenum" id="Page_387">[p. 387]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-025.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="IX. IN ARTÍCULO MORTIS">IX</h3> - <p class="subh3">IN ARTÍCULO MORTIS</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-e.jpg" alt="E" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Estamos</span> otra vez en -el gabinete de nuestro personaje. Los entornados postigos del balcón -apenas dejan entrar la necesaria luz para que ojos acostumbrados á ella -puedan distinguir lo que es sombra y lo que es cuerpo.</p> - -<p>Así puede verse el de Gedeón sobre la cama, no tendido, sino -recostado en un rimero de almohadas, alta la cabeza, abierta la boca, -desencajados los ojos, y aspirando, jadeante y anheloso, el aire -infecto de aquella triste habitación.</p> - -<p>Un poco de humedad en los pies, un rayo de sol demasiado fuerte en -la cabeza, si no se prefiere creer que así estaba decretado por quien -es dueño y señor de vidas y almas, bastó para derribar de nuevo aquella -balumba de<span class="pagenum" id="Page_388">[p. 388]</span> humores -y desengaños, y hacerla rodar hasta el borde del sepulcro.</p> - -<p>En esta recaída no se detuvo la invasión del mal en los límites del -estómago, como en el ataque anterior: á la primera embestida rebasó de -la línea, y sitió al corazón por todas partes.</p> - -<p>Harto claro lo vió el médico en las ansias del paciente, y sin -andarse en remilgos ni en contemplaciones, díjole:</p> - -<p>—Amigo mío, esto es muy grave; y es preciso que sean heróicos los -esfuerzos que hagamos para combatir, siquiera con gloria, contra -enemigos de tanto empuje.</p> - -<p>—Pues ¿cuántos son los enemigos?—preguntó Gedeón ahogándose.</p> - -<p>—Los temibles, dos: la gota que ataca á la vida, y el desconsuelo -que la embravece atacando al espíritu. Yo me encargo de lidiar contra -la una hasta donde mis fuerzas alcancen; pero es preciso que alguien -se encargue de lidiar con el otro al mismo tiempo: <i>dividir es -vencer</i>, decía el guerrero. ¡Quién sabe si venceremos nosotros con esa -táctica?</p> - -<p>—Haga usted cuanto guste—respondió Gedeón,—y tenga entendido, para -su gobierno, que en este instante sólo aspiro á morir con la menor suma -posible de tormentos.</p> - -<p>Dos horas después entraba en el gabinete,<span class="pagenum" -id="Page_389">[p. 389]</span> acompañado del Doctor, el mismo sacerdote -que había asistido á Herodes en su enfermedad.</p> - -<p>No era Gedeón un hombre combatido por las dudas ni fatigado por -el examen: era simplemente un haragán de la fe; no había perdido sus -creencias: se había olvidado de ellas por desuso. Mientras anduvo por -el mundo, esclavo de todas las concupiscencias de la carne, maldito si -se le ocurrió una vez siquiera pensar en que poseía un alma, cuanto más -en el destino que ésta tendría cuando dejara la cárcel de su cuerpo.</p> - -<p>No le costó, pues, mucho trabajo al piadoso varón reunir las chispas -esparcidas, y producir con ellas, si no un incendio, por lo menos una -luz á cuyos resplandores no tardó Gedeón en ver todos los senos y -repliegues de su conciencia como en la palma de la mano.</p> - -<p>En uno de ellos encontró á Solita agazapada y llorosa. No le pareció -la hija del zapatero tan fea ni tan antipática como antes, ni halló -fuera de toda justicia la demanda que en otros tiempos le expuso; mas -en cuanto á los vínculos nuevos con que pretendía amarrarle, sólo los -aceptaba, como razón de derecho, secundum quid.</p> - -<p>—Pero bien mirado—exclamó á poco rato, y después de oir las -piadosas y discretas re<span class="pagenum" id="Page_390">[p. -390]</span>flexiones de su confesor,—¿qué más me da ya? ¿De qué me -sirve ese derecho, ni otros como él, ni cuantos bienes poseo, si todo -ello junto no me arrancará de las garras de la muerte, ni siquiera me -aliviará uno solo de los tormentos que ahora me empujan hacia ella?... -Dice usted muy bien, santo hombre: en lo falible de la justicia -humana, preferible es la duda de beneficiar á un extraño al recelo -de perjudicar al propio. Esos vínculos, aunque no tan santos como yo -quisiera, son, al cabo, el único derecho que dejaré en el mundo para -vivir en la memoria de los hombres. Quédese con ellos cuanto en el -mundo me ha pertenecido, y esa pesadumbre menos impedirá á mi alma -elevarse á la región de la Verdad y de la Misericordia.</p> - -<p>En esta situación de ánimo se halla Gedeón cuando aparece á la vista -del lector al principio de este cuadro.</p> - -<p>Regla entra y sale y se aproxima á la cabecera del lecho, ora con un -medicamento, ora para arreglar las almohadas ó la ropa.</p> - -<p>El enfermo ya no riñe ni vocea: su único deseo parece limitado á -salir cuanto antes de aquellas ansias que le ahogan. Esto le pide á -Dios á cada instante, resignado y contrito, desde que el sacerdote le -volvió á la santa Ley y le absolvió en su nombre.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_391">[p. 391]</span></p> - -<p>Aún le falta llenar en el mundo otro deber, y está dispuesto á -llenarle sin tardanza; y á eso espera impaciente.</p> - -<p>Regla lo sabe, y no deja asomar á su semblante ni el más tenue -reflejo del estado de su espíritu. Acaso la impone la tremenda -solemnidad de aquella agonía terrible; acaso la luz que penetró en -la conciencia de su amo la ha hecho pensar en las obscuridades de la -suya; quizá la fuerza misma de la astucia la sostiene impávida en aquel -trance de prueba. Lo cierto es que asiste al enfermo con más diligencia -que nunca, y que al verla quien la vió días atrás á la cabecera de la -misma cama y enfrente de Solita, jurara que el moribundo ha saldado -todas sus cuentas con ella, derramando sobre la falda de su vestido el -bolsón de sus caudales.</p> - -<p>Para que ningún detalle de carácter se nos olvide al inventariar -por última vez la estancia en que tantas veces nos hemos hallado con -la fantasía el lector y yo, sépase que Adonis sigue en su rincón -acostumbrado, gastando los menguados restos que le quedan de vida en -buscar una postura que no halla, para que la fatiga no le ahogue. -Parece que se ha propuesto estirar el hilo de su existencia hasta donde -alcance el de la de su amo. Ni un punto más, ni un punto menos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_392">[p. 392]</span></p> - -<p>—¿Acaba de llegar esa gente?—pregunta Gedeón á Regla con voz apagada -y fatigosa.</p> - -<p>—No puede tardar mucho ya,—responde Regla.</p> - -<p>—Es que si no se dan prisa, témome que sea excusado su viaje. Y el -otro recado ¿han vuelto á hacerle?</p> - -<p>—Como usted mandó; pero tampoco estaba en casa... <i>esa señora</i>.</p> - -<p>Un momento después de oir Gedeón estas palabras, entra en el -gabinete Solita, jadeante y acompañada de dos gaznápiros, como de doce -años el uno y de diez el otro, feos, toscos de ademanes, burdos sus -vestidos, crespos de pelo, angostos de frente, y como curtidas sus -caras por la intemperie; de todo se asombran, y casi á empellones de -Solita entran en el cuarto.</p> - -<p>Ésta, que ignora que se la anda buscando para lo mismo que ella -viene á pretender, arroja contra la cama aquel par de memoriales -agrestes, diciendo con desgarro al propio tiempo:</p> - -<p>—Ahí los tienes. ¡Niega ahora tu sangre!</p> - -<p>Y acercándose en seguida á los motilones, encáralos con el enfermo, -y les dice en tono melodramático:</p> - -<p>—¡Hijos míos: ese es vuestro padre!</p> - -<p>Á lo cual los rapaces, después de mirar al<span class="pagenum" -id="Page_393">[p. 393]</span> aludido por Solita, míranse uno á otro, -como preguntándose mutuamente «¿qué te parece de esto que nos cuentan?» -y acaban por echarse á reir, tapándose la boca y las narices con las -manos, por todo disimulo.</p> - -<p>Mientras Solita y sus hijos representan esta escena grotesca, el -sacerdote, el Doctor, un escribano y dos personas más, ayudantes de -éste, han llegado al gabinete y detenídose á la entrada por respeto -á lo que ocurría junto al lecho. Para los dos primeros, que estaban -impuestos en ciertos pormenores, las últimas palabras de Solita no -tienen desperdicio.</p> - -<p>En cuanto á Regla, desapareció de la escena tan pronto como en ella -apareció <i>la otra</i>.</p> - -<p>—Señor cura, Doctor...—exclama el enfermo al distinguirlos en la -estancia.—Ustedes han visto y oído todo esto... ¿no es verdad?... Pues -bien—continúa después de obtener sus respuestas afirmativas,—<i>así y -todo</i>, no vacilo siquiera en mis propósitos... Señor cura, no hay -tiempo que perder, y yo estoy pronto á cumplir lo prometido. ¡Que Dios -me lo tome en descargo de mis culpas!</p> - -<p>Prepárase el sacerdote; hácese salir de la estancia á los cerriles -muchachos; requiérese en debida forma á Solita; asómbrase ésta al -conocer los nuevos propósitos del moribundo; acúsase de la ligereza -con que ha procedido con él<span class="pagenum" id="Page_394">[p. -394]</span> escudándose con la pasada resistencia, y disimulando mal el -gozo que le causa la noticia, colócase, por mandato del sacerdote, á -la cabecera de la cama... Y allí Gedeón <i>in artículo mortis</i>, y con la -bendición de Dios, la recibe por esposa y reconoce <i>á todo trance</i>, por -hijos suyos, á los nietos del zapatero Judas, con encargo expreso de -que su madre los eduque un poco mejor de lo que están.</p> - -<p>—Ahora usted, señor notario—dice á éste, terminada la otra -ceremonia,—y pronto, porque esta luz se apaga.</p> - -<p>En efecto: sus ansias crecen por instantes, y el Doctor halla en el -pulso del enfermo síntomas de mal agüero.</p> - -<p>Quédanse solos el notario y Gedeón; y testa éste en muy pocas -cláusulas, legando á Regla, por una de ellas, y como en pago de -antiguos y buenos servicios, mucho más de lo que la ambiciosa sirviente -pudo prometerse nunca; á menos que alguna vez no le pasara por las -mientes alzarse con el santo y la limosna, punto que, á mi entender, -jamás se pondrá en claro.</p> - -<p>Por otra, separa del cuerpo de bienes una suma de importancia para -premiar el mejor libro que se escriba en el plazo de dos años, á -contar desde aquel día, sobre las <i>Miserias de la vida del solterón</i>, -siendo los jueces del certamen<span class="pagenum" id="Page_395">[p. -395]</span> que se abra al efecto, el Doctor y el señor cura allí -presentes, y en caso de empate, el célibe más viejo que haya en la -población.</p> - -<p>También es su voluntad que se doble la recompensa si la obra llega á -ser declarada de texto en las escuelas de la nación.</p> - -<p>El resto de sus bienes, deducidas algunas mandas piadosas, queda en -beneficio de su viuda.</p> - -<p>Mientras se lee el testamento y le firman los testigos, Solita -frunce en vano la afilada jeta, y en vano tira de sus párpados para -arrancar de la fuente de sus ojos una lágrima siquiera: pesan más en -su fantasía los risueños cuadros de lo porvenir, que se forja, y en su -memoria el recuerdo de tantos años de esclavitud y de aislamiento, que -en su corazón la pena que le causa la agonía de su antiguo amante.</p> - -<p>Regla, entre tanto, impasible y con el ceño ligeramente fruncido, -parece la estatua de Némesis inexorable. Sólo le falta la espada en su -diestra, y para bien de Solita, vale más que le falte.</p> - -<p>Los dos gaznápiros, metiéndose los dedos en las narices, atisban la -escena desde la puerta del gabinete.</p> - -<p>Terminada la ceremonia, el enfermo ruega al Doctor que se acerque -á él. Su rostro tiene la palidez del lirio, su vista una fijeza -imponente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_396">[p. 396]</span></p> - -<p>—Me muero, Doctor—le dice con voz lenta y apagada.—La poca vida que -tenía la he gastado en el cumplimiento de estos últimos deberes...</p> - -<p>El Doctor le pulsa, le observa, y llama con una seña al sacerdote -para que se aproxime. El médico del cuerpo no tiene nada que hacer allí -ya.</p> - -<p>El del alma le administra el último Sacramento, y de nuevo le -bendice y le consuela.</p> - -<p>—Acercaos todos—dice luégo el moribundo,—ya que Dios ha permitido -que yo no muera solo y desesperado, y recoged mi último pensamiento... -fruto sazonado de mis desengaños... ¡Qué patentes los ven ahora -mis ojos... á la luz de la Verdad... que alumbra el tránsito de mi -espíritu!... Pasé lo mejor de la existencia huyendo de los soñados -males del matrimonio... y muero abrumado... por cuantas pesadumbres -caben... en la peor de las familias... sin haber gustado una sola de -las ventajas... de la vida conyugal... ¡Castigo justo de mi egoísmo -grosero!... Locura es digna de la soberbia humana... buscar un camino -sin cruz... en el Calvario de la vida... Elegir la de Cristo... -para que pese menos... es lo cuerdo y lo acertado... Yo tomé la de -Barrabás... y quebrantóme su peso... No está la dicha en eludir la ley, -sino en el bien que reporta el<span class="pagenum" id="Page_397">[p. -397]</span> trabajo... de cumplir con sus preceptos... Por huir de -ellos, me alejé de Dios y de los hombres... y merecí, como otros muchos -insensatos, hundirme en las sombras de la muerte... como el ave triste -de los páramos... entre el frío de la soledad... y sin huellas de mi -paso por el mundo.</p> - -<p>Por la bondad de Dios... le hallé á usted en mi camino, Doctor... -Á usted debo la dicha de espirar... reconciliado con los hombres... -fortalecido con la fe, y alentado por la esperanza... ¡Cuántos -desgraciados le deberán... el mismo beneficio!... ¡Admirable -destino!... Consolar al triste... redimir al esclavo... Para usted... -toda la gratitud... de mi corazón... Mi alma inmortal... ¡Dios mío!... -tuya es... y te la entrego... si no limpia... de culpa, lavada... en el -arrepentimiento... ¡Ampárela... tu infinita... misericordia!...</p> - -<p>Dice, besa un Crucifijo, y espira.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-008.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_10"> - <p><span class="pagenum" id="Page_399">[p. 399]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-235.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h3 title="X. CABOS SUELTOS">X</h3> - <p class="subh3">CABOS SUELTOS</p> -</div> - -<div class="drop-cap"> - <img src="images/drop-e.jpg" alt="E" /> -</div> - -<p class="drop-cap"><span class="smcap">Este</span> libro debiera -concluir en la última palabra del capítulo anterior; pero hay lectores -nimios que quieren apurar la materia hasta las heces.</p> - -<p>Por complacerlos añado estos renglones.</p> - -<p>Para que todos los cálculos que Gedeón hizo en vida fuesen errados, -su muerte arrancó lágrimas á cuantas personas la presenciaron... -excepto á Regla, á Solita y á sus hijos; es decir, á todos menos á los -que tenían <i>obligación</i> de llorar en aquel trance.</p> - -<p>No deben despreciar este dato los ingenios que aspiren á merecer el -premio legado por Gedeón.</p> - -<p>Al exhalar éste el último aliento, oyóse un quejido angustioso hacia -el rincón en que yacía el ratonero. La honrada bestezuela acababa -de morir también; y á juzgar por la actitud<span class="pagenum" -id="Page_400">[p. 400]</span> airada en que quedó su cadáver, creeríase -que la visión de Merto, esgrimiendo la verdasca, le atormentó en los -últimos instantes de su vida.</p> - -<p>Tan pronto como el sacerdote cubrió con la sábana la faz del que -entre los vivos se llamó Gedeón, Regla, que había estado contemplando -su agonía con rostro impasible y los brazos cruzados, salió del -gabinete y se puso á hacer su equipaje.</p> - -<p>Concluída su tarea, entregó al Doctor, como testamentario, las -llaves de que por tantos años había sido depositaría; y sin querer -dar explicaciones acerca de su conducta, despidióse de aquél y del -sacerdote, sacó el baúl á la escalera, y llamó á la señora Rita para -que se le condujera á donde ella le diría.</p> - -<p>—¡Qué le parece á usted, señora Regla!—díjole la incorregible -portera.—No le faltaba del todo la razón al desalmado tío Judas, cuando -nos decía que había quién que mandaba en esta casa más que nosotros y -que el amo. ¡Vivir para ver, señora Regla!... Y todo bien mirado, buen -provecho les haga; que á tanto precio, sale muy caro el señorío... La -mujer honrada, la pierna quebrada; y zapatero, á tus zapatos...</p> - -<p>Y así charlando la señora Rita, y callada como un muerto Regla, -llegaron al portal en que, por respeto al triste acontecimiento, -se<span class="pagenum" id="Page_401">[p. 401]</span> paseaba el tío -Simón con la ropa de los domingos.</p> - -<p>—Quédese usted con Dios, tío Simón,—díjóle Regla al pasar por -delante de él.</p> - -<p>—Vaya usted muy enhorabuena, señora Regla—respondió el zapatero, sin -preguntarla siquiera si se marchaba para no volver.</p> - -<p>—¿Usted tan satisfecho siempre?</p> - -<p>—Siempre cumpliendo con mi deber, señora Regla.</p> - -<p>—Bueno es eso; pero sírvale de gobierno que en ocasiones no alcanza, -y hasta perjudica.</p> - -<p>—Vivir para ver, como dice Rita.</p> - -<p>—Pues por lo que he vivido y llevo visto lo digo yo, tío Simón.</p> - -<p>Al poner Regla los pies en la calle, un cuerpo pesado y negruzco -cayó, como llovido, delante de ella, envuelto en un retal de manta -sucia. Era el cadáver de Adonis, arrojado por Solita.</p> - -<p>Detúvose Regla un instante, sorprendida por el suceso; y como si -conociera la mano inclemente que tal había hecho, no pudo menos de -murmurar entre dientes, contemplando los restos del ratonero:</p> - -<p>—Entre algodón cardado te metieron los propios por la puerta, -y ahora te arrojan los extraños en cueros por la ventana... No te -duela el mal pago, que no es mucho mejor el<span class="pagenum" -id="Page_402">[p. 402]</span> que á mí me dan, siendo mayores mis -servicios.</p> - -<p>Solita no volvió á dejar la casa, de que ya era dueña; y tan pronto -como salió de ella el cadáver de Gedeón, echóse con avidez á registrar -alacenas y cajones, en tanto sus hijos, atracados ya de cuanto -rapiñaron en los estantes de la despensa, metían la cabeza en los -armarios, hojeaban los libros que tenían láminas, y olían y manoseaban -todos los cachivaches de la casa.</p> - -<p>El resto se adivina.</p> - -<p>De Anás y Caifás, tengo pocas noticias.</p> - -<p>Sé que el primero, después de estar medio desplumado por la familia -de la carabinera, se casó con ésta tan pronto como falleció el sargento -licenciado, y que, poco más allá, desplumado por entero, no hallaba en -casa quien quisiera darle de comer.</p> - -<p>Sé que Caifás tuvo que publicar su casamiento para ver si conseguía -domar á su mujer, quitando el motivo á sus amenazas; sé que no logró su -objeto, pues los <i>parientes</i> que, oculto el casamiento, se limitaban -á sentarse á la mesa uno á uno, después de publicado acudían por -docenas á casa de Caifás para comerle el pan y hacerle la tertulia -por la noche; y aun me consta que, por complacer en ello á su mujer, -muchas veces alumbraba hasta la puerta de la calle á los que entraban y -salían.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_403">[p. 403]</span></p> - -<p>Sé, por último, que llegadas las cosas á estos extremos, Anás y -Caifás volvieron á encontrarse tope á tope en una acera; y que, sobre -si pasas tú por la derecha ó paso yo, se dieron otra mano de leña como -la de marras, hasta que los separó la gente y los rechiflaron los -granujas.</p> - -<p>Y no sé más, lector. Por tanto, aquí lo dejo si me das licencia; -pues en Dios y en mi ánima te juro que, al llegar á este punto con -la historia, me duele ya la mano, de escribirla de corrido y sin -vacantes.</p> - -<p class="small mt2"><span class="smcap">Polanco</span>, Septiembre de -1877.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-080.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - -<div class="chapter pt3" id="ToC"> - <p><span class="pagenum" id="Page_405">[p. 405]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-055.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> - </div> - <h2 class="nobreak">ÍNDICE</h2> -</div> - -<table summary="Índice de contenidos"> - <tr> - <td colspan="2"> </td> - <td class="tdr">Páginas.</td> - </tr> - <tr> - <td colspan="2" class="tdl"><a href="#Ch_0">Al Sr. D. M. Menéndez y Pelayo</a>.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_0">5</a></td> - </tr> - <tr> - <td colspan="3" class="tdc pt1">JORNADA PRIMERA</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl pt05"><a href="#Ch_1_1">I.</a></td> - <td class="tdl pt05">—El hombre.</td> - <td class="tdr pt05"><a href="#Ch_1_1">11</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_1_2">II.</a></td> - <td class="tdl">—El caso.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_1_2">17</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_1_3">III.</a></td> - <td class="tdl">—Los jueces.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_1_3">25</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_1_4">IV.</a></td> - <td class="tdl">—El juicio.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_1_4">33</a></td> - </tr> - <tr> - <td colspan="3" class="tdc pt1">JORNADA SEGUNDA</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl pt05"><a href="#Ch_2_1">I.</a></td> - <td class="tdl pt05">—El primer paso.</td> - <td class="tdr pt05"><a href="#Ch_2_1">55</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_2">II.</a></td> - <td class="tdl">—La primera catástrofe.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_2">63</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_3">III.</a></td> - <td class="tdl">—Una hombrada.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_3">75</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_4">IV.</a></td> - <td class="tdl">—El demonio consejero.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_4">81</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_5">V.</a></td> - <td class="tdl">—No es casa de huéspedes.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_5">87</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_6">VI.</a></td> - <td class="tdl">—Entre Venus y Marte.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_6">95</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_7">VII.</a></td> - <td class="tdl">—Varias catástrofes.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_7">103</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_8">VIII.</a></td> - <td class="tdl">—De mal en peor.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_8">113</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_9">IX.</a></td> - <td class="tdl">—Por las nubes.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_9">121</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_10">X.</a></td> - <td class="tdl">—Lo que no había previsto Gedeón.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_10">127</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_11">XI.</a></td> - <td class="tdl">—Lo que le duele á Gedeón, y por qué le duele.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_11">133</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_12">XII.</a></td> - <td class="tdl">—Opinión de un médico sobre un fisiólogo y otras miserias.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_12">143</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_13">XIII.</a></td> - <td class="tdl">—Otro cambio de postura.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_13">161</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_14">XIV.</a></td> - <td class="tdl">—Las pulgas de Gedeón.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_14">171</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_15">XV.</a></td> - <td class="tdl">—El diablo, el fuego y la estopa.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_15">183</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_16">XVI.</a></td> - <td class="tdl">—Un intruso.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_16">189</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_17">XVII.</a></td> - <td class="tdl">—Los sobrinos del demonio.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_17">195</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><span class="pagenum" id="Page_406">[p. 406]</span><a href="#Ch_2_18">XVIII.</a></td> - <td class="tdl">—La gran batalla.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_18">203</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_19">XIX.</a></td> - <td class="tdl">—Post núbila Phœbus.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_19">213</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_20">XX.</a></td> - <td class="tdl">—Un incidente.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_20">219</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_21">XXI.</a></td> - <td class="tdl">—De escalera abajo.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_21">235</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_22">XXII.</a></td> - <td class="tdl">—Otro incidente más grave.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_22">245</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_23">XXIII.</a></td> - <td class="tdl">—El tercer incidente.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_23">253</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_24">XXIV.</a></td> - <td class="tdl">—Lo que era de esperar.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_24">261</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_2_25">XXV.</a></td> - <td class="tdl">—El alma de Judas.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2_25">269</a></td> - </tr> - <tr> - <td colspan="3" class="tdc pt1">ÚLTIMA JORNADA</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl pt05"><a href="#Ch_3_1">I.</a></td> - <td class="tdl pt05">—Saldo de cuentas atrasadas.</td> - <td class="tdr pt05"><a href="#Ch_3_1">283</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_3_2">II.</a></td> - <td class="tdl">—Continuación del anterior.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_3_2">297</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_3_3">III.</a></td> - <td class="tdl">—Los vecinos de Gedeón.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_3_3">311</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_3_4">IV.</a></td> - <td class="tdl">—Castillos en el aire.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_3_4">319</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_3_5">V.</a></td> - <td class="tdl">—La poesía de un solterón.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_3_5">329</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_3_6">VI.</a></td> - <td class="tdl">—La tienda de la esquina.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_3_6">341</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_3_7">VII.</a></td> - <td class="tdl">—La vanguardia de la muerte.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_3_7">353</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_3_8">VIII.</a></td> - <td class="tdl">—Los parientes de Gedeón.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_3_8">373</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_3_9">IX.</a></td> - <td class="tdl">—In artículo mortis.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_3_9">387</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_3_10">X.</a></td> - <td class="tdl">—Cabos sueltos.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_3_10">399</a></td> - </tr> -</table> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-406.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3"> -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - - <ul> - <li>Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su - detección se ha tenido en cuenta una edición posterior de esta obra.</li> - - <li>Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la - utilizada actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han - normalizado a la grafía de mayor frecuencia.</li> - - <li>Se ha respetado la falta de emparejamiento de los signos de - admiración e interrogación, por ser un rasgo de estilo del autor.</li> - - <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li> - - <li>Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos - que, en el original impreso, carecen de ellas.</li> - - <li>El transcriptor ha creado la imagen de la cubierta y la sitúa - en el dominio público.</li> - </ul> -</div> -</div> - -<hr class="full" /> - - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of Project Gutenberg's El buey suelto.., by José María de Pereda - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL BUEY SUELTO.. *** - -***** This file should be named 54228-h.htm or 54228-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/4/2/2/54228/ - -Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box and the -Distributed Proofreading team at DP-test Italia. - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. -To donate, please visit: http://pglaf.org/donate - - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic -works. - -Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm -concept of a library of electronic works that could be freely shared -with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project -Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. - - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. -unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - - -</pre> - -</body> -</html> diff --git a/old/54228-h/images/cover.jpg b/old/54228-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 2c2c268..0000000 --- a/old/54228-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/54228-h/images/drop-a.jpg b/old/54228-h/images/drop-a.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 04ad68b..0000000 --- a/old/54228-h/images/drop-a.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/54228-h/images/drop-c.jpg b/old/54228-h/images/drop-c.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 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