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-The Project Gutenberg EBook of El buey suelto.., by José María de Pereda
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: El buey suelto..
- Cuadros edificantes de la vida de un solterón
-
-Author: José María de Pereda
-
-Release Date: February 24, 2017 [EBook #54228]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL BUEY SUELTO.. ***
-
-
-
-
-Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box and the
-Distributed Proofreading team at DP-test Italia.
-
-
-
-
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
- versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su
- detección se ha tenido en cuenta una edición posterior de esta obra.
-
- * Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la
- utilizada actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han
- normalizado a la grafía de mayor frecuencia.
-
- * Se ha respetado la falta de emparejamiento de los signos de
- admiración e interrogación, por ser un rasgo de estilo del autor.
-
- * Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos
- que, en el original impreso, carecen de ellas.
-
-
-
-
- OBRAS COMPLETAS
- DE
- D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA
-
-
-
-
- OBRAS COMPLETAS
- DE
- D. JOSÉ M. DE PEREDA
- DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
-
-
- Tomo II
-
- EL BUEY SUELTO...
- CUADROS EDIFICANTES DE LA VIDA DE UN SOLTERÓN
-
- TERCERA EDICIÓN
-
-
- MADRID
- VIUDA É HIJOS DE MANUEL TELLO
- 1899
-
-
-
-
- _Es propiedad del autor._
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-AL SEÑOR D. M. MENÉNDEZ Y PELAYO DOCTOR EN FILOSOFÍA Y LETRAS
-
-
-Aunque _tú nos has dicho, y has dicho muy bien, que_ «el que lanza
-al mundo un libro con sus tachas buenas ó malas, debe responder de
-todas, confiéselas ó no[1],» _quiero, á buena cuenta y por lo que
-valga, invocarte por testigo de que al borrajear estos cuadros, casi
-á tu presencia, no me guió el propósito de resolver en ellos problema
-alguno, sino el de fantasear sobre un tema determinado, con el mismo
-derecho que han tenido otros escritores para fantasear con opuesta
-tendencia; y acusarte después, como te acuso, de haber creído y de
-seguir creyendo que en este rimero de cuartillas, escritas sin
-plan meditado y verdaderamente á vuelapluma, hay un libro que debe
-publicarse, porque, bien leído, no carece de útiles enseñanzas_.
-
- [1] _Horacio en España._ Prólogo.
-
-_Esto dicho sin temor de que me desmientas, declaro que, no obstante
-lo mucho que pesan tus dictámenes sobre mis pareceres, por esta
-vez, ateniéndome al mío, diametralmente opuesto al tuyo denunciado,
-quedáranse estos cuadros, como algunos de sus hermanos mayores, sin ver
-la luz de la imprenta, á no animarme á publicarlos la esperanza de que
-el lector ha de perdonar las tachas de la obra, en gracia de lo virgen
-del terreno en que penetra._
-
-_La verdad es que no se explica fácilmente cómo en un país en que
-tantas agudezas y tantas necedades se han escrito y traducido contra
-la vida conyugal, ni más ni menos que si esto de casarse los hombres
-con las mujeres y de proceder los hijos de sus padres fuera moda
-flamante, sujeta á las humanas veleidades, como el capote ruso ó
-el tupé engomado, no existe un libro en que se narre y puntualice
-escrupulosamente lo que se divierte un hombre esclavo de las teorías
-de esos caballeros sublimes, que abominan de las suegras y sueñan con
-las demasías de los chiquillos, y se pasan la vida haciendo que se ríen
-de ciertas prosas (sin dejar por eso de aceptar un buen acomodo si se
-pone á sus alcances), cual si fueran cuerpos santos los suyos, ó no
-hubieran sido antes cuerpos de mocosos, é hijos de sus madres («muy
-queridas, santas y veneradas» siempre que las dedican sonetos), á la
-vez esposas y primero hijas; de la cual madera, á mi entender, se hacen
-las suegras, y continuarán haciéndose mientras siga de moda la familia
-honrada._
-
-_Pues bien: que al lector se le ocurra alguna reflexión por el
-estilo después de pasar la vista por este mal ensayo de_ fisiología
-celibataria _(sigo el tecnicismo al uso), es el único fin á que aspira_
-EL BUEY SUELTO... _al aparecer en las mieses de la república literaria_.
-
-_Lo serio, lo ingenioso, lo transcendental, el libro, en fin, que se
-necesita, escríbale quien haya nacido para tan alta empresa._
-
-_Entre tanto, hazme la merced de contar estas cosas á quien te diga que
-valiera más no tocar las castañuelas que tocarlas como yo las he tocado
-en la presente ocasión, y de aceptar estas páginas como ofrenda que
-tributa á la gloria más radiante de la Montaña, tu admirador sincero y
-apasionado amigo_
-
- JOSÉ MARÍA DE PEREDA.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-JORNADA PRIMERA
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-I
-
-EL HOMBRE
-
-
-Concédame el lector, si mal no le parece, que cuando un hombre ha
-visto, desde que empezó á serlo, satisfechas como por ensalmo las más
-comunes y perentorias necesidades de la vida, tiene mucho adelantado
-para ser egoísta. Lo cual no se opone á que también lo sea el que ha
-ganado el bien que disfruta, en guerra encarnizada con la suerte.
-
-Querrá decir esto que los egoístas abundan, y que sus especies varían
-en cada ejemplar. Enhorabuena; pero conviene distinguir de casos para
-el objeto de estos apuntes.
-
-El que es egoísta porque así le hizo el desdén de la fortuna; el que se
-consagra al propio regalo como en recompensa de pasadas fatigas, tiene
-en éstas la disculpa, y perenne deleite en la comparación del presente
-risueño con el ayer angustioso. De este modo, ni la imaginación le
-seduce, ni las vacilaciones le marean, ni _el vicio le mata_, como el
-vulgo dice de los indecisos que lloran soñados males por exceso de
-bienes. Lleva su rumbo bien trazado y camina con pie firme, sin el
-riesgo de tropezar en desengaños, por lo mismo que no se alumbra con
-ilusiones.
-
-Otra cosa muy distinta es Gedeón, tipo en que se resumen todas las
-especies de egoístas que no debieran serlo, hasta por razones de
-egoísmo.
-
-Á estos señores enderezo mi cuento; con vosotros hablo; con vosotros,
-los que afanados en evitarle desazones á la materia, huís de los más
-legítimos goces del espíritu; con vosotros los que, pródigos de la
-hacienda cuando se trata de regalar al cuerpo, sois avaros de ella si
-el alma os pide un óbolo para adquirir un regocijo; con vosotros, en
-fin, los que pasáis lo mejor de la vida renegando del matrimonio por
-molesto y caro, y el resto de ella lamentándoos de no haberos casado _á
-tiempo_.
-
-Séame lícito traeros al banquillo y revolver un poco el saco de
-vuestras culpas; y aquí, donde nadie nos oye, cantaros al oído
-media docena de verdades; parte mínima de tantas perrerías como
-venís soltando á cada triquitraque contra la _diabólica_ suegra, la
-_fementida esposa_, el _crucificado_ marido, y hasta los _mocosos_
-rapazuelos.
-
-Permitidme, pues, este inofensivo desahogo, y oidme la historia del
-bueno de Gedeón, que si no es la historia de cada uno de vosotros,
-andará á dos dedos de serlo, y á todos os vendrá como repique en pascua.
-
-Gedeón siguió media carrera en la Universidad, ó no pasó del Instituto
-de segunda enseñanza, ó no tuvo otra que la que recibió, muy á la
-fuerza, de un dómine casero. Importa poco este detalle para el punto
-que se esclarece. Fué hijo único, ó tuvo hermanos: como el lector
-quiera. Lo cierto es que en su casa reinaba la abundancia, y que él, si
-no era niño mimado, pecaba con exceso de _consentido_.
-
-Sabía que al despertarse, á la hora que más le cuadraba, le esperaba
-el desayuno calentito, al alcance de su mano; que los vestidos que le
-hacía el sastre, á su capricho, habían de ser pagados, no por él, á
-la presentación de la cuenta; que si el frío arreciaba, se elevaría
-convenientemente la temperatura de su gabinete; que si le cansaban las
-truchas, le darían perdices, y que si tosía más de tres veces, iría
-á buscarle entre las coberturas de su lecho la azucarada y humeante
-pócima; sabía, en fin, que dentro del hogar eran sus deseos antes
-satisfechos que manifestados.
-
-En esta pendiente colocado, en breve llegó á estimar cosas y personas
-no más que en cuanto podían servir á sus deleites; y si no creyó
-al mundo hecho para su uso particular, juzgóse venido á él para
-merecer todas sus comodidades y ninguna de sus molestias... Si no os
-ofendiérais, célibes de mis entrañas, os diría que era Gedeón el más
-perfecto modelo de aquellos hombres á quienes llamaba Horacio _cerdos
-de las piaras de Epicuro_.
-
-Que era sensual, no hay que decirlo, ni tampoco qué gusanillo le roía
-con más frecuencia la imaginación. Soñó con el amor perdurable de
-las mujeres (nótese que no digo de la _mujer_); y creyendo hacer de
-su corazón un nido al más puro y noble de los sentimientos, labró en
-su cabeza templo en que daba culto á los más torpes estímulos de la
-materia.
-
-Que para alimentar este fuego elegía los combustibles más adecuados á
-su actividad, también se comprende sin afirmarlo; por lo cual excuso
-decir que, en punto á literatura, tomaba á pasto cuanto se ha escrito
-en el género desde la _Celestina_ hasta _Mi tío Tomás_. Pero algo
-filósofo también, para contener la imaginación, que pudiera llevarle
-más allá de lo conveniente, acogíase al llamado eclecticismo de Balzac,
-y sabía de memoria la _Physiologie du mariage_, y las _Petites misères
-de la vie conjugale_.
-
-Porque es de advertir que Gedeón, á las veces, creía posible realizar
-sus ilusiones dentro del matrimonio, tomándole, por supuesto, como una
-fase más de su sibaritismo; como refugio lícito, pero siempre sensual
-y voluptuoso, de su vida hastiada ya del _amor libre_. Pensaba en el
-matrimonio, considerándole sólo como un conjunto de todo _lo bueno_ de
-él y de fuera de él; es decir, el incentivo constante de la concubina,
-y la adhesión fiel y desinteresada de la esposa que le tuviera en
-perpetuo arrullo, sin dudas ni remordimientos.
-
-Como hombre de vehementes caprichos, sentíase arrastrado con violencia
-hacia ese punto desconocido; pero, egoísta impenitente, huía de él
-temiendo equivocarse; temor que le aterraba al considerar que en ese
-terreno, una vez dado el avance, es imposible la retirada.
-
-En tales ocasiones era cuando acudía con más ansia á sus filósofos
-preferidos, que si no le convencían por completo, dejábanle, por lo
-menos, sumido en grandes dudas acerca de eso que se llama entre los
-solterones licenciosos y egoístas, _prosa de la vida matrimonial_.
-
-En este perpetuo examen de lo conocido y lo desconocido; pasando con
-su imaginación á cada instante del uno al otro término, como cambia el
-enfermo de posturas para aliviar sus dolores, no del todo satisfecho
-de lo que palpaba, y dando un aspecto pavoroso á lo que desconocía,
-apuntáronle las canas, quizá más que por el peso de los años (aunque ya
-los contaba por pares de decenas) por la fuerza de sus cavilaciones.
-
-Y en esto, aquel sér que en el mundo era su providencia, y á cuya
-sombra vivía él regalón y descuidado, desapareció de la haz de la
-tierra.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-II
-
-EL CASO
-
-
-Momento solemne fué para Gedeón el en que, por primera vez, se vió
-solo en el recinto de su hogar; pues aunque en él quedaba siempre
-la abundancia, ¡era tan duro, tan molesto, tan prosáico eso de
-administrarla y de atender con ella á las mil necesidades ordinarias de
-la existencia!...
-
-Por cierto que en aquellos mismos días hizo varias observaciones que no
-dejaron de asombrarle. Cada vez que se sentaba á la mesa experimentaba
-dentro de sí algo que no podía explicar bien su egoísmo; algo que
-pesaba sobre su alma y se la oprimía; y al contemplar vacío el puesto
-que antes ocupaba la persona en quien apenas se había fijado él por la
-misma frecuencia con que la veía, parecíale un páramo desierto, con
-sus fríos y hasta con el silencio pavoroso de las grandes soledades.
-Observaba que cuando no vivía solo en aquel mismo albergue, no reparó
-jamás en que, al tornar á él después de sus francachelas y regodeos,
-sentía un placer tranquilo y consolador; veía la faz del anciano
-envuelta en serena y misteriosa luz, y hasta el vulgar condumio,
-servido por tosca cocinera, le gustaba más que los refinados manjares
-de la fonda; venía á ser, en fin, el hogar doméstico, para él, cuando
-le buscaba después de las borrascas de sus pasiones, lo que el seguro
-puerto para la nave batida en el mar por los huracanes.
-
-Al caer en la cuenta de estos fenómenos que había sentido sin
-fijarse en ellos, en vano trataba Gedeón de explicárselos por causas
-rigorosamente lógicas.
-
---«El paladar--pensaba,--se estraga con los mejores guisos, si se los
-dan muy á menudo; y el espíritu necesita también la variedad en los
-goces para no hastiarse de ellos. La modesta prosa de mi albergue es
-todo lo contrario de lo que yo saboreo fuera de él. Por eso, por el
-contraste, me gustaba el hogar doméstico y cuanto en él hallaba después
-de las tempestades de mi vida.»
-
-Pero ¿por qué en su nueva situación no le sucedía eso mismo? ¿Por qué
-hallaba insípidos los manjares de su casa, y en lugar de dilatársele
-el pecho al atravesar los umbrales de su puerta, se le oprimía el
-corazón, y el desierto de la mesa se extendía á su gabinete, y notaba
-la falta de aquella persona hasta en los sitios donde jamás la viera?
-¿Qué era y en qué consistía _aquello_? ¿Existía algo fuera de su
-sér, que, sin embargo, formaba parte de él; algo indispensable para
-expansión legítima de su alma? ¿Era acaso que los cuidados domésticos
-que á la sazón preocupaban al huérfano, le proporcionaban molestias que
-antes no conocía? ¿Serían estas molestias la causa de su desaliento en
-el hogar? Y, en este caso, ¿era la falta de un celoso _proveedor_ lo
-que únicamente le apesadumbraba? Pero entonces, ¿por qué le echaba de
-menos aun donde nunca le necesitó? ¿Por qué antes le molestaban por
-_impertinentes_ sus preguntas, aunque se encaminasen á satisfacerle un
-gusto más, y ahora diera parte de su vida por volver á oir una sola
-de ellas, aunque fuera para echarle en cara su egoísta ingratitud?
-¿Sería cierto que en ese _presidio_ llamado familia por los hombres
-_vulgares_, es donde únicamente se encuentra lo que no puede adquirirse
-con todo el poder de las riquezas, ni entre el vértigo de todos los
-placeres?
-
-Así, ó por el estilo, le hacía discurrir la elocuencia de los hechos,
-como en respuesta á la explicación _lógica_ que él se empeñaba en dar
-á su nuevo y _raro_ modo de sentir; el cual hallazgo, dentro de la
-casa, le produjo, como dicho queda, no poco asombro, pues jamás se
-había permitido semejantes _debilidades_.
-
-Pero tenía hondas raíces en su pecho el amor inconmensurable á la
-materia; y no pasó la crisis de obligarle á insistir con doble empeño,
-más bien por distraerse que por decidirse, en sus cavilaciones de
-costumbre; las cuales, como el lector sabe ya, se reducían á comparar
-estado con estado, y hacer con la imaginación voluptuosas exploraciones
-en el campo matrimonial, en su afán de conocerle, por si las
-circunstancias le llevaban un día á refugiarse en él.
-
-Merece saberse, al pormenor, de qué especie eran esas exploraciones.
-Comenzaba Gedeón por hacer un recuento de sus haberes; y suponiendo
-que, aun echando corto, habían de darle, amén de mujer, doble por
-sencillo, multiplicaba su caudal por 3, y apuntaba el producto como
-capital de su pertenencia para sostener las cargas de su nuevo estado.
-
-En seguida pensaba en el tipo de la mujer que debía elegir; punto
-siempre muy grave para él, porque unas por rubias y otras por morenas,
-unas por rosas y otras por capullos, todas le gustaban, supuesto
-que todas habían de tener el pie pequeño, el cuello torneado, los
-ojos lúbricos, el talle flexible... y, además, habían de amarle _con
-delirio_.
-
-Sin estas condiciones arquitectónicas y hasta de temperatura, no había
-que pensar en que Gedeón se decidiera por ninguna; y con ellas, todas
-le convenían.
-
-Vacilaba largo rato, con los ojos cerrados y la mente perdida en un
-cúmulo de hipótesis verosímiles, y concluía decidiéndose... por _el
-grupo_, por de pronto, y aplazando el _cuál de ellas_ para _en su día_.
-
-Tenía ya mujer y buena renta: faltábale el nido en que había de pasar
-la vida como una aurora sin nubes, como un suspiro de amor, sin término
-ni fatiga.
-
-Por de pronto, entre disfrutar la luna de miel con su paloma bajo los
-aleros de un _hotel_ fuera de la patria, ó á la sombra del tejado
-paterno, elegía un término medio que le satisfacía en todos conceptos:
-para esa ocasión tan solemne tendría él preparado el voluptuoso
-albergue conyugal.
-
-Y ¿cómo sería ese albergue?
-
-Aquí entraba el lápiz á resolver el problema, no sólo con cifras, sino
-con dibujos; y comenzaba Gedeón por trazar el plano geométrico de
-su futura morada. Pero le asaltaba al punto la batallona y compleja
-cuestión de Balzac: ¿dos gabinetes para los esposos; uno solo con dos
-camas, ó una cama sola y un solo gabinete?... Nuevas meditaciones,
-nuevas dudas, y al fin un punto más entre los varios que se quedaban
-sin resolver por el momento.
-
-Entre tanto, aceptaba los dos gabinetes; pero ¿muy separados ó muy
-juntos? Lo primero tenía sus ventajas; mas había en contra de ellas
-ciertos reparos de estética y hasta de higiene y policía doméstica, por
-razón de distancia y horas intempestivas, muy atendibles... Á todas
-luces era preferible la contigüidad; y así se trazaban los gabinetes.
-
-Después pensaba en la ornamentación, y calculaba el número de sillones,
-y la clase y el color de la tapicería; y si el lecho nupcial sería de
-bronce ó de madera; si las cortinas de éste ó del otro modo; si la
-luz por la derecha ó por la izquierda; si la alfombra de Persia ó de
-Cataluña; si en la antecámara pondría, durante la noche, opaco disco
-ó resplandeciente fanal; si es de más ilusión la media luz que la luz
-entera, ó si es preferible la obscuridad absoluta.
-
-Después, el tocador de _ella_: sus mil objetos, untos y perfumes; y
-el vestíbulo y el estrado... ¡hasta la cocina! todo se apuntaba en
-minuciosa lista, á todo se le daba precio y para todo alcanzaban las
-rentas.
-
-Por los pasadizos de aquel plano, realzado con el fuego de la
-imaginación del dibujante, veía éste pasar la esbelta figura de su
-mujer, y oía el crujir de la seda de la bata, y por debajo de los
-pliegues desmayados, distinguía la punta del diminuto pie calzado con
-artística, leve babucha, y aspiraba el aroma de los rizos cayendo sobre
-el lascivo cuello... y ¡qué sé yo cuántas cosas más!
-
-Después pensaba en la servidumbre, y formaba el presupuesto de sus
-gastos domésticos, que nunca excedían á los ingresos.
-
-Establecido ya, trataba de metodizar su vida: qué horas destinaría á
-los placeres dentro de su casa, y en qué forma; y cuáles para volver á
-ella, donde le esperarían los brazos de su hermosa compañera, que no
-podría vivir un instante separada de él; el almuerzo y la comida serían
-la comida y el almuerzo de dos tórtolas; y la sobremesa y el reposo, un
-incesante arrullo.
-
-Si él enfermaba (en que enfermase ella no había que pensar) su médico
-sería el amor, y su medicina, mimos y agasajos... Por supuesto que
-su enfermedad no pasaría de cierta languidez interesante: nada de
-secreciones nasales ni otras hediondeces por el estilo...
-
-Así un día, y otro y otro; y los meses y los años: _ella_ cada vez
-más hermosa y enamorada, y _él_, que ya tenía canas al hacer este
-presupuesto, sin una sola arruga, ni un triste _destacamento_, ni un
-mal retortijón.
-
-También vislumbraba, entre la penumbra de sus ensueños, algo como la
-rizada y blonda cabellera, los húmedos y rosados labios, los ojos
-serenos y el leve talle de una hermosa criatura; pero este sér siempre
-sonreía, jamás había llorado, ni estado en mantillas, ni alborotado
-la casa durante lo más acerbo de la dentición; ni su madre le había
-parido, ni el comadrón la había visitado...
-
-Era, en suma, el cuadro que Gedeón se imaginaba, una primavera
-perpetua, sin lluvias ni ventiscas.
-
---¡Si esto fuera posible!--exclamaba, despidiendo centellas por los
-ojos.--Pero... ¿y la _prosa_?... ¿y mi libertad perdida?
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-III
-
-LOS JUECES
-
-
-En dos épocas de la vida sienten los hombres, con respecto al
-matrimonio, eso que los célibes recalcitrantes llaman _malas
-tentaciones_: la primera, cuando la imaginación, salida apenas del
-horizonte de la pubertad, lo ve todo de color de rosa. Entonces nos
-casaríamos todos los hombres si fuéramos dueños de nuestra voluntad y
-de algunos maravedíes. La segunda, después de trasmontar la cúspide de
-este sendero espinoso; cuando todavía nos atrevemos á dudar si vamos
-dando el primer paso del descenso, ó el último de la subida.
-
-Por estas latitudes navegaba la edad de Gedeón cuando notó que le era
-insoportable la soledad de su casa, y con tanto empeño se entregaba á
-sus exploraciones por los desconocidos mares del matrimonio.
-
-No diré que se insinuara en él con tanta fuerza como en otro mortal
-menos egoísta la inclinación al indisoluble vínculo; pero es indudable
-que el coincidir en ese mismo grado la natural tendencia, su,
-digámoslo así, _punto de sazón_, y el repentino cambio en un tan largo
-como inalterado método de vida, era más que suficiente motivo para
-obligarle, como le obligó al cabo, á hacer un esfuerzo de raciocinio.
-
-Ni su edad ni sus circunstancias del momento, daban ya espera. Entonces
-ó nunca. Era preciso examinar con el microscopio de sus conveniencias
-hasta el último repliegue de sus adentros, para ver, en definitiva,
-qué había _allí_ que temer ó que esperar. Como buen egoísta, no quería
-dejar para mañana ni el recelo de haber elegido lo peor por falta de
-reposado consejo.
-
-Ya se ha visto que en el que á sí propio se pedía, llevaba preparada
-más de la mitad de su postrera resolución. Y digo que ya se ha
-visto, porque tomando el punto de vista donde él le tomaba siempre,
-el resultado no podía variar jamás. Desde aquel punto lo veía todo,
-todo... menos el matrimonio. ¿Cómo diablos había de llegar á conocerle?
-Y no conociéndole, ¿cómo había de estudiarle _á fondo_, según él
-deseaba?
-
-Por eso no fué larga su meditación; mas como el resultado de ella
-no le satisfizo por completo, aunque le agradaba no poco, quiso
-encomendar el resto al dictamen de acreditados peritos en la materia.
-En desacuerdo con ellos, lícito le era apelar á otros pareceres; en
-perfecta concordancia, ya no cabían escrúpulos.
-
-Veamos ahora quiénes eran los jueces que iban á entender en tan
-delicado litigio.
-
-Cada generación que viene al mundo trae un poco de todo, como ustedes
-saben. De cien muchachos que van juntos á la escuela, hay siquiera
-diez que entran al mismo tiempo en la Universidad; otros diez que se
-dispersan por la tierra á correr las aventuras de la suerte; veinte que
-ahorcaron los libros para meterse, como Fray Gerundio, á predicadores,
-es decir, á todo aquello para lo cual no sirven; cincuenta que van
-dejando, uno tras otro, este pícaro destierro; y, finalmente, otros
-diez que se quedan, en la época crítica de decidirse, como estorninos
-atolondrados, mirando cómo se dispersa el resto de la banda. De estos
-diez era Gedeón, y de los mismos, otros tres contemporáneos suyos,
-ociosos como él, egoístas como él y solterones aún más que él, pues
-todos le excedían en edad, y particularmente en aversión al matrimonio.
-
-Como contemporáneos, como egoístas y como solterones, los cuatro eran
-amigos... Entendámonos: paseaban juntos, murmuraban juntos, y juntos
-estaban siempre en rebelión contra la sociedad entera. Por lo demás,
-ninguno de ellos hiciera por la vida de los restantes el sacrificio de
-un cuarto de hora de su reposo. Paseando en ala, como acostumbraban,
-no se toleraban mutuamente el casual pisotón, ni el choque un tanto
-violento. Por todo gruñían y á cada instante alborotaban el paseo.
-Ninguno de los cuatro sabía el modo de vivir de los otros tres; lo
-único que no ignoraban todos era el pie de que cojeaba cada uno de los
-demás, porque esto aun en la calle se veía: era el carácter.
-
-Uno era avaro; y el matiz más sobresaliente de los muchos que tenía su
-odio el matrimonio, se compartía entre lo caro que costaba y el riesgo
-de llegar á tener herederos _forzosos_.
-
-Acaso hubiera aceptado la esposa como sirvienta fiel y desinteresada
-en todo género de faenas; pero la quería joven y de buena estampa,
-con lo cual no estaba garantido contra el riesgo que temía. De las
-aseguradas de él por edad, no había que hablarle. De todas maneras,
-no podía avenirse con el derecho de la mujer á la mitad de los bienes
-gananciales. El caudal era suyo, y lo suyo lo quería para hacer de ello
-lo que le diera la gana.
-
-Otro era pulcro, reglamentado y económico. No toleraba en su habitación
-un mueble fuera de su sitio, ni una hilacha en el suelo, ni una mancha
-en su vestido; la ventilación era su tema y el cepillo su manía.
-Apuraba la ropa hasta desecharla por transparente, pero jamás por
-sucia. Se sentaba ocupando la menor cantidad posible de silla; y para
-escribir, así sentado, aún encogía las piernas y los dedos de la mano;
-_metía_ los renglones de su piojosa letra hasta amontonarlos, y todavía
-cercenaba media pata á cada _m_ y los puntos á las _ii_. Comía, paseaba
-y dormía á horas inalterables é inalteradas. No concebía de otro modo
-la existencia; y como, en su concepto, el matrimonio era el desorden,
-el despilfarro, el desaseo y una caverna de aires impuros, detestaba el
-matrimonio con un rencor inconcebible en su aspecto acicalado y hasta
-risueño... Verdad es que su sonrisa no lo era; más bien lo parecía por
-la especial disposición de su boca, muy semejante á la de las culebras.
-
-El tercero era celoso, como una bestia en sus períodos _álgidos_; y
-porque la humanidad no le mimaba como él creía necesitarlo para sus
-regodeos brutales, detestaba á la humanidad entera. Bajo siete cerrojos
-y amarrada á una estaca, y él á su lado con otra en la mano, sospechara
-de la fidelidad de su mujer, si capaz hubiera sido de atreverse á
-elegir una, ó el cielo se lo hubiera permitido.
-
-Ya se deja comprender que estas cualidades enumeradas eran el sello
-distintivo de sus respectivos poseedores, pero nada más: en el fondo
-del carácter los tres parecían formados en un mismo troquel. Cada
-uno de ellos creía odiar al matrimonio por distinto lado; pero estas
-fases de sus odios no pasaban de ser otras tantas manías, ó productos
-diversos y raquíticos de un mismo suelo árido y estéril.
-
-Los tres carecían de familia ó habían prescindido de ella; los tres
-ignoraban lo que era el trabajo y la ocupación seria; los tres eran
-ricos, y cada uno de ellos vivía solo; quién como huésped, quién en
-casa propia.
-
-No era Gedeón, seguramente, el peor de los cuatro; pues, á lo menos,
-sentía ciertos deseos, aunque mal entendidos, de explorar otras
-regiones para variar de clima, señal de que el insano en que habitaba
-no le satisfacía; era en sus vicios algún tanto _artista_, y bastante
-pródigo de su caudal. Con otra educación, acaso hubiera sido hombre de
-provecho. Los resabios de sus amigos procedían de la madera misma, que
-se torcía, como se tuerce el roble, porque es roble, aun con la polilla
-de los tiempos.
-
-Tales eran los jueces á cuyos dictámenes y consejos sometió Gedeón
-el atisbo de escrúpulo que le quedó, de resultas de sus cavilaciones
-matrimoniales al entregarse _por última vez_ á ellas.
-
-Olvidábaseme decir que en el pueblo se llamaba á estos cuatro
-solterones _Anás_, _Caifás_, _Herodes_ y _Pilatos_, aplicándose los
-nombres al avaro, al celoso, al pulcro y á Gedeón, respectivamente, y
-no sé por qué.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-IV
-
-EL JUICIO
-
-
-Sereno era, y hasta chancero y zumbón; pero no sin tartamudear más de
-tres veces, ni sin hacer por cada palabra una salvedad, llegó Gedeón
-á exponer su tesis al asombrado y adusto tribunal. Verdad es que no
-pueden escribirse ni pintarse los carraspeos, las interjecciones y los
-gestos con que, á manera de ortografía, iban los jueces puntualizando
-los períodos del exponente. Ya no eran caras; era vinagre y rescoldo
-aquello que le miraba cuando acabó de hablar en éstos ó semejantes
-términos:
-
---Tal es el caso, caballeros; y para ponerle á su verdadera luz, acudo
-á vuestro autorizadísimo dictamen. Necesito que hablemos una vez en
-serio de eso que se llama matrimonio, con el piadoso fin de ver hasta
-qué punto le es lícito á un hombre... como nosotros, el pensamiento de
-casarse. Suponed, pues, ilustres jurados, que habiendo hallado una
-mujer rica, hermosa, con todas las seducciones imaginables, y educada á
-mi gusto, me caso mañana con ella...
-
-Aquí fué la explosión de asco, de ira y de horror, todo junto; aquí fué
-el ponerse aquellas caras como dicen que se pone la del demonio cuando
-la rocían con una hisopada de agua bendita.
-
---Supongamos--recalcó el exponente, después de abrir un paréntesis de
-silencio para que pasara lo más recio de la tempestad;--supongamos,
-repito, que aprovechando todas esas ventajas, me caso mañana yo: ¿qué
-me sucederá?
-
---¡Tu ruína!
-
---¡Tu muerte!
-
---¡Tu ignominia!
-
---Eso no es responder--dijo Gedeón, replicando de una sola vez á las
-tres feroces respuestas de sus amigos.--Quiero detalles; quiero que
-discurramos un poco sobre esa prosa y esas cadenas matrimoniales; sobre
-todo ese conjunto de miserias que, según fama, son inherentes á la vida
-conyugal. Y esto entendido, vuelvo á preguntaros: ¿qué me sucederá si
-me caso?
-
---¿Y qué demonios quieres que te respondamos á una pregunta tan vaga y
-tan compleja?--contestó el pulcro, rasgando mucho la boca para enseñar
-todos los dientes.
-
---Lo que sepáis.
-
---¡Lo que sepamos! ¿Pues no lo sabes tú como nosotros? ¿No lo sabe
-todo el mundo de corrido? ¿Hay tema que haya sido más resobado ni más
-discutido? Pero aunque lo ignorases, ¿cómo narrarte en tan breve tiempo
-lo que no cabe en libros ni en la memoria humana?
-
---Si te concretaras á un punto determinado...--añadió el celoso.
-
---Concretaos vosotros; dividid, por ejemplo, en períodos la epopeya, é
-id diciéndome, no todo lo que hay, sino lo que más abunda en cada uno
-de ellos: yo deduciré el resto.
-
---Y vendremos á repetir lo que, en fuerza de haberse repetido tanto,
-pasa en el mundo por _catálogo de vulgaridades_.
-
---Pues ese catálogo es, precisamente, lo que yo vengo buscando.
-Diréisme que en la memoria debo tenerle; pero recordad los expuestos
-motivos de mi consulta, y comprenderéis por qué necesito que ese
-resumen pintoresco de vulgaridades aceptadas como razones serias contra
-
- «esa grotesca fusión
- que se llama matrimonio,»
-
-sea hecho por vosotros y no por mí; por qué, no debiendo fiarme de
-la memoria ni de la luz con que habría de guiarla para buscar los
-hechos vitandos, es indispensable que me los expongáis vosotros, en
-forma, como quien dice, de ramillete, para que pueda yo olerlos todos
-de un solo aliento y probar en la intensidad de su veneno el vigor de
-mi naturaleza y los bríos de mi necesidad. Y con el laudable fin de
-evitar divagaciones metafísicas y retorceduras de conceptos, vuelvo á
-presentaros en crudo mi pregunta, que ya lleva marcado el prosáico son
-de la respuesta: «¿Qué me sucederá si me caso mañana?»
-
---¡Y dale con el tema! ¿Quieres, con mil demonios, saber lo que te
-sucederá, por ejemplo, en los primeros días?--dijo echando chispas
-el acicalado que, según parece, llevaba la voz cantante en aquel
-estrafalario desconcierto.
-
---Muchos cantos va á tener la epopeya, á lo que veo,--exclamó sonriendo
-Gedeón.
-
---¿Por qué lo dices?
-
---Por la pequeñez de las partes en que la divides, si he de juzgar por
-la muestra de «los primeros días.»
-
---Pues esos días son un período completo, y aun colmado... Los demás ya
-serán más largos, para desgracia del marido.
-
---Vaya, pues, por «los primeros días,» y sepamos, por fin, qué me
-sucederá en ellos.
-
---Nada que no sea envidiable: sorpresas encantadoras, dulzuras, mimos,
-arrebatos sublimes... ¡lo más voluptuoso y embriagador que puedas
-imaginarte!
-
---Y ¿cuánto dura?--preguntó Gedeón relamiéndose.
-
---Cuarenta y ocho horas,--respondió secamente el interpelado.
-
---Me parece mucho,--gruñeron los otros dos jueces.
-
---¿No me concedéis siquiera una semana?
-
---Vaya la semana--dijo el atildado,--pues días más ó menos, poco
-suponen en la eternidad del martirio subsiguiente. Durante esa semana,
-no existen los suegros ni los cuñados; tu nueva familia es un coro de
-ángeles que no cesa de cantar tus alabanzas. No hay hombre como tú,
-ni más amable, ni más ingenioso, ni más bello, ni más digno de ser
-adorado; y esto, que te lo dice tu mujer á solas entre explosiones de
-amor, te lo repiten en la casa hasta el gato y el perro, adivinando tus
-deseos y hartándote de preferencias y mimos. Como no has de vivir con
-tus suegros eternamente, en estos primeros días empezarás á tratar,
-si no de separarte, de cuando te separes; y ten por seguro que por
-diferencias sobre calle, ó piso, ó colores de las tapicerías, ha de
-asomar la oreja la primera nubecilla en el arrebolado horizonte de tu
-felicidad.
-
---Eso suponiendo--añadió el usurero,--que en los pormenores de la dote
-no haya habido serios altercados.
-
---Ó que la recién casada--expuso el celoso,--no deje, en la vecindad
-que abandona, _su primer amor_.
-
---Todo es posible--continuó el pulcro;--pero hemos de prescindir
-de lo eventual y contingente, que no tiene medida, para fijarnos
-sólo en lo rigorosamente lógico; en lo necesario, en lo infalible.
-Con esto nos sobra para ganar el pleito. Y prosigo. He supuesto que
-pasabas la primera semana con la familia de tu mujer, por elegir un
-motivo, entre los cien mil que existen, para el primer desacuerdo. De
-todas maneras, en tu casa ó en la ajena, al acabarse esos días, las
-intimidades matrimoniales han llegado á su grado máximo, y comienzan
-á caer en desuso ciertas contemplaciones de pura galantería, hasta
-allí guardadas entre los cónyuges. Nada más natural entonces que la
-elección de un criado, ó la compra de un mueble, ó la distribución de
-las horas del día, ú otra pequeñez cualquiera, produzca en tu mujer un
-serio enojo y en tí un disgusto. Los de esta índole son los que traen
-á las casas las intervenciones extranjeras, aunque con ramo de oliva;
-pues la esposa, poco acostumbrada todavía á sufrir contrariedades,
-necesita murmurar con alguien de las rarezas de su marido, y murmura
-con su madre, si la tiene, y si no, con sus amigas. Oirás de éstas ó de
-aquélla tal cual disertación sobre el tema de la tolerancia que deben
-tener los caballeros con las señoras; verás que en estos conflictos
-_internacionales_ jamás se te da á tí la razón; te llevarán los
-demonios cuando consideres que cosas tan fútiles y remediables en casa,
-son ya del dominio público, y en centuplicado tamaño, por la insensatez
-de tu mujer; que están tu reposo y la paz de tu casa á merced de la
-menor divergencia de pareceres entre vosotros dos, y sobre todo, cuando
-veas que tu esposa se va mostrando tan dispuesta á desechar los tuyos
-más sensatos, como á aceptar los ajenos más absurdos.
-
-Pasó, pues, el período breve del éxtasis amoroso, y estás de patitas
-en el primero del martirio. Comparando lo que eres con lo que fuiste
-poco antes, y temiendo avanzar en el horrible é interminable sendero
-en que te hallas colocado, haces heróicos esfuerzos en favor de la
-paz doméstica; te acusas aun de faltas que no has cometido; disculpas
-todos los resabios de tu mujer, y corriges hasta los más inofensivos
-de tu carácter. Todavía, y mediante este sistema, disfrutas, de
-vez en cuando, los breves momentos de placer que dan de sí las
-_reconciliaciones vehementes_; y quizá insistiendo en el procedimiento
-adoptado, y sin más mujeres en el mundo que la tuya, llegaras al fin
-de la carrera, no sin cruz, pero sin espinas. Mas, en esto, asoman los
-primeros barruntos de sucesión; y á los tiquis-miquis de todos los
-días, tienes que añadir las impertinencias propias del _estado_.
-
-El olor del tabaco la ofende, y no puedes fumar delante de ella; si
-por no dejar de verla fumas lejos de su presencia, cuando te acercas
-huele que has fumado, y te rechaza; por evitar este inconveniente dejas
-de fumar; pero has salido á la calle, has ido al café, has estado, en
-fin, donde se fuma, y tu ropa huele á tabaco, razón por la cual tampoco
-puedes aproximarte á su gabinete. Te resignas á no salir de casa por no
-ahumarte; pero si usas esencias, le repugnan, y si no las usas, hueles
-_á hombre_: tampoco entras así.
-
-Entre tanto, la casa está patas arriba, y tu autoridad como la
-casa, porque la señora come á horas intempestivas las cosas más
-extravagantes, y tiene ascos y náuseas, y todo lo escupe.--Cuando
-concluye este período, que es muy largo, empieza otro mucho más
-divertido: el período de la pesadez, del bamboleo, del malestar, del
-paseo nocturno entre calles, colgada de tu brazo; del abultamiento de
-los labios y de las manchas en la cara; de los pies hinchados; el
-prólogo, en fin, de la nueva y más tremenda etapa, durante la cual
-no dormirás sueño tranquilo, ni comerás cosa en sazón, ni te pondrás
-camisa bien planchada; pues todo lo que es orden, paz y sosiego, lo
-extermina, lo barre la gran catástrofe: con sus preparativos, antes, y
-hasta mucho después, con su cortejo de horrores y hediondeces. Antes,
-el hatillo, y la cuna, y los tanteos y probaduras de nodriza, y la
-novena á San Ramón, y los falsos síntomas siempre á media noche, ó
-á otras horas tan intempestivas. Después, los jipidos, y la casa á
-obscuras y en silencio, y el aire corrompido, y el andar en ella todos
-de puntillas, y el comadrón, y la nodriza, y los pañales, y los recados
-á la puerta, y la obligación de contestarlos, y la colineta para el
-cura, y los padrinos, y la comitiva del bautizo, y tú presidiéndola, y
-los chicos de la calle cantando el ¡_pelón_!... y hasta el consonante,
-que es harto más grave, pues no faltará quien te le aplique, aunque la
-copla se refiera al padrino; y luego las enhorabuenas, y el refresco...
-¡y el demonio desencadenado en tu casa!--Después, la cuarentena, y los
-retortijones de barriga en la criatura, y los vagidos consiguientes,
-y el cólico de la pasiega, y el riesgo de buscar otra, y las cuentas
-á puñados, y el dinero tras ellas á carretadas... Por último, el
-restablecimiento...
-
---Y, por fin--interrumpió Gedeón, respirando con ansia,--volvemos á
-aquellos ocho días...
-
---¡Quiá!--dijo el otro con el gesto y el tono que usarían las víboras,
-si las víboras hablaran del matrimonio;--aquellos días se fueron para
-no volver. El primer cuidado de tu esposa al salir de su habitación, es
-residenciarte por el tiempo en que ella no ha mandado en jefe. Nada se
-ha hecho á su gusto: el refresco fué mezquino; se quedaron sin dulces
-esta amiga y el otro pariente; el ruido constante que tú no supiste
-impedir, no la dejó descansar á su gusto una sola vez; están los suelos
-mal barridos y los muebles echados á perder; eres un Juan Lanas, y
-además roñoso y desatento. Por supuesto que tú no has intervenido en
-nada de lo censurado: desde el momento supremo se apoderó de las llaves
-y del mando la amiga, ó la vecina de más confianza, si no hay por
-medio una madre ó una hermana; pero esto no impide que el responsable
-de todo lo malo, inventado ó cierto, se te haga á tí. Habrá hocico
-también, y acaso moquiteo, porque no se te vió el pelo cuando ella más
-gritaba durante el apuro gordo; y si se te vió, porque no te alegras,
-como debes, al contemplarte reproducido; has estado hasta soez con
-las visitas, ó has pecado de expresivo con _algunas que ella sabe_; y
-luego, porque su mamá, ó su modista, ó su doncella... ó el Peñón de
-Gibraltar; pues hasta lo más extraño es un motivo serio para darte
-guerra. Cuando ésta se acaba por cansancio, comienza la criatura á
-tomar fisonomía y á entretener á su madre con gorgoritos, sin dejar por
-eso de alborotar la casa con sus lloros. Ahora porque se ríe, después
-porque tose, luégo porque no mama, y más tarde porque vuelve la leche,
-allí no se habla más que del muñeco, ni en otra cosa se piensa, así te
-entre un torozón y te pongas á la muerte...
-
---Bueno; pero... después...
-
---Después, volvemos á los ascos del principio, y á los síntomas de
-marras, y á todas las enumeradas peripecias... Y pasan otra vez, y
-vuelven de nuevo, y tornan á repetirse, salpimentadas, por supuesto,
-con un sinnúmero de impertinencias y de contrariedades nuevas, hijas
-legítimas del cúmulo de necesidades que se van creando en tu casa con
-cada vástago, y de los resabios que va adquiriendo tu mujer en cada
-alumbramiento.
-
---¿Pues no dice la fama que nunca está un hogar más alegre que cuando
-está lleno de chiquillos?
-
---¡Oh, es encantador uno de esos cuadros de familia! Aquí una silla
-rota; allá media vajilla en polvo; el tintero encima de la cama, y las
-almohadas debajo de la mesa; las botas en la sombrerera, y el sombrero
-en la cocina; en el ropero la zaga de un coche y la cabeza de Carlo
-Magno, y medio tambor y un pedazo de corneta; en el cajón de la basura,
-la estampa que más aprecias cubierta de lamparones y de garabatos; y
-los papeles importantes de tu cartera, hechos una pelota, y la máquina
-del reló de tu mujer, en la escalera del desván. Te sientas á la mesa,
-y empieza lo conmovedor. Antoñito no quiere la sopa si tú no se la das;
-Pablito, mientras cebas á su hermano, te mete un tenedor por los ojos;
-Adelita quiere cerezas, y está corriendo el mes de enero; Elisina,
-después de haber comido las natillas con los dedos, hunde las manos
-en los bolsillos de tu chaleco blanco; y todos cuatro rompen á llorar
-poco después, formando el coro más armonioso que hayas oído, sobre el
-cual se destaca la voz de tu mujer, poniéndote como hoja de perejil, so
-pretexto de que no sabes hacerte querer ni respetar de tus hijos; tu
-mujer, que andará ya en _meses mayores_; de modo, que cuando el último
-retoño va domesticándose, y se larga la nodriza y se le añade al montón
-de sus predecesores, viene el nuevo con los consabidos trastornos y las
-enumeradas desazones.
-
---Pero, hombre, ¿cuándo concluye... _eso_?
-
---Cuando concluyan las gracias y los atractivos de tu mujer; cuando no
-le queden ojos para mirarte, ni labios para sonreirte, ni dientes para
-devorarte; cuando no sea más que un catálogo de achaques, envuelto en
-un retal de pergamino; cuando esté á tu cargo la fatiga de cuidarla, y
-á las doce de la noche te pida desde su cama el antiespasmódico para el
-histérico, ó el algodón para los oídos, ó los parches para las sienes;
-ó se despierte á las tres de la mañana para que le des las friegas en
-la espalda, ó le pongas las franelas en los riñones; cuando tus hijos
-crezcan y necesiten el látigo y el colegio, y el uno resulte estúpido,
-y el otro holgazán, y el tercero un perdido, y la cuarta una tontuela,
-y te roben y te esquilmen el sastre, y el zapatero, y la modista, y el
-maestro de música, y el vecino de enfrente, y la vecina de al lado... Y
-así vas tirando y haciéndote viejo, y notando poco á poco que estorbas
-en todas partes á tus hijos y á tu mujer, y que tu mujer y tus hijos
-comienzan á preguntarte cuánto tienes, y á hablarte mucho de _cuando tú
-faltes_... ¡á desear que te mueras, hombre, ya que no pueden heredarte
-en vida!
-
---¡Pero eso es feroz!
-
---Pues eso es, amigo, como si dijéramos, lo más llano del camino:
-los inconvenientes de un matrimonio hecho á pedir del deseo y con
-el dinero de sobra; ¡imagínate, si puedes, lo que será el matrimonio
-en peores condiciones; sin las rentas necesarias para cubrir las
-indispensables exigencias del estado!
-
---¡Ni el infierno es comparable con ello!--exclamó aquí el avaro.--El
-escaso caudal se evapora al calor de tantas obligaciones; se va, se va,
-se va... y se extingue al fin, como la última oscilación de una luz
-que ha devorado su mecha; y un día, al despertar la familia, quiere
-comer y no tiene qué, ni con qué comprarlo; pídelo prestado, entre
-congojas de vergüenza, y se lo dan; pero como no lo devuelve, otro día
-se lo niegan, por lo cual vende una alhaja, y después los muebles,
-y, por último, la camisa. Entre tantas angustias y privaciones, las
-pocas virtudes se avinagran, el pudor se corrompe, los respetos se
-atropellan; y aquel sentimiento, que antes se llamaba amor entre los
-cónyuges, no impide ya que el látigo zumbe en la casa, y alboroten
-el barrio los gemidos, porque es cosa harto sabida que _cuando el
-hambre entra por la puerta, sale el amor por la ventana_. Después, la
-horrible consideración que se hará el marido, entre paliza y moquiteo,
-de que tenía un caudal con el que, soltero, pudo haber vivido hecho un
-patriarca, y que cediendo á una falsa vocación de su naturaleza, le
-partió con una mujer que le llenó de hijos en pago de su generosidad;
-hijos que fueron otros tantos lobos que ayudaron á su madre á comer en
-pocos días hasta la piel del incauto borrego; que vió éste desaparecer
-su propia hacienda sin haberse procurado á cuenta de ella un miserable
-regodeo, porque toda la necesitaba, y mucho más que hubiera, para tapar
-aquellas bocas insaciables; para sacrificarlo en aras de esa ridícula
-debilidad que se llama familia; la misma que, si no lo hubiera comido
-ayer, lo heredaría mañana, ó lo empleara la mujer, viuda, como cebo
-para coger otro marido con quien lo gastara escarneciendo la memoria
-del primero; vivo éste, para que el más bribón de sus hijos lo jugara
-en tres montones á una sota, ó la madre se lo fuera regalando á su
-vecino, si le convenía para amante...
-
---¡Esa es la fija!--gritó entonces el celoso.--Pero tú supones viuda,
-cuando cae, á la mujer de Gedeón. Yo quiero, y debo, suponerle vivo
-al ocurrir esa caída, y no acosado el matrimonio por el hambre del
-segundo ejemplo, sino nadando en la abundancia del primero; porque la
-mujer peca de vicio, casi siempre, y en las demás ocasiones... porque
-es mujer... ¡Y en qué condiciones cae la esposa, dioses inmortales! Por
-de pronto, apenas hay ejemplo de un amante que no valga mucho menos
-que el marido.--Esto prueba lo que empequeñece y desprestigia al
-hombre, á los ojos de su mujer, el oficio de casado.--El marido paga,
-el marido provee, el marido atesta el ropero y abarrota el tocador y
-colma el bolsillo... pues para el marido las chancletas, la bata sucia,
-la papalina y el pelo desgreñado; para el amante los perfumes, las
-batistas, los voluptuosos rizos, la turgente seda, la ceñida bota, la
-estirada media; para el dueño, toda la prosa, todos los desdenes, todas
-las frialdades; para el ladrón, todos los encantos de la coquetería y
-todo el fuego de una pasión tan vehemente como infame. Al marido, á
-quien se despluma á cada instante, se le tiene por avaro, por incivil y
-por grosero; el amante, que acaso vive á expensas de las larguezas del
-marido á quien deshonra, es, en concepto de la esposa, el generoso, el
-_caballero_... ¿No es esto infame? ¿No es inicuo? ¿Y no es todavía más
-inicuo y más infame emplear el propio dinero en adquirir una ignominia
-semejante? Pues comprar esta ignominia es casarse, Gedeón. Porque
-todas, todas son iguales... menos las que no sirven para el oficio, por
-haberles negado sus favores la naturaleza, con ninguna de las cuales
-has de casarte, pues eres mozo de buen gusto. No tengo más que decirte.
-
---Ya lo oyes, Gedeón--añadió el atildado célibe, rasgando su boca
-hasta los oídos, como si tras el gesto se dispusiera á dar el salto
-alevoso sobre su amigo para hincar en él el diente emponzoñado;--todos,
-aunque por diferente senda, hemos venido á parar al mismo punto: al
-presidio del matrimonio, en el cual lo menos que se pierde es la
-libertad del soltero; esa que nos permite vivir como el ave en el
-espacio, como el pez en el agua; tener por patria el mundo entero, y
-por soberano la voluntad; contemplar, en fin, el de la vida, con ojos
-serenos, sin que nos amarguen aquellos instantes supremos las lágrimas
-de los que dejamos si nos necesitan en el mundo, ó el regocijo de
-los que nos heredan; esos _tiernísimos_ pedazos de nuestro corazón,
-llamados hijos.
-
---¡Adelante!
-
---Y ¿para qué?
-
---¿No tenéis, víboras, más veneno que echar por esas bocas?
-
---¿Pues no hemos de tener?--respondió el pulcro:--á toneladas te lo
-diéramos si fuera necesario, y aún no se concluyera; pero nos has
-pedido muestras de ello, y muestras te hemos dado, y en forma de
-ramillete, como deseabas. Ahora, huele y revienta.
-
---Oliéndole estoy, rato hace.
-
---Y ¿á qué huele?
-
---¡Á demonios corrompidos!
-
---Entonces ¿á qué vino la consulta?
-
---Ya os lo dije: á que me confirmaseis en mis creencias, algún
-tanto insubordinadas estos días por _la loca de la casa_, llamada
-imaginación. Sí, amigos míos y denodados solterones, soy de los
-vuestros, creo cuanto creéis y detesto cuanto detestáis; el matrimonio
-es un presidio para el hombre; un presidio completo, pues que le
-esclaviza y le infama. Niego la paz del hogar, niego el amor, y, sobre
-todo, la necesidad de los hijos: el uno y las otras no son más que
-ficciones de la fantasía, cuando no cebos de los maridos para seducir
-incautos. El hombre, abrumado constantemente por las cargas de la
-familia, pierde hasta la libertad de ser honrado y el derecho de ser
-feliz; cuando menos, la ineludible prosa del matrimonio le corrompe,
-le enerva, le desnaturaliza, le empequeñece. Para cuanto concibe y
-cuanto emprende fuera del miserable recinto de su hogar, son trabas que
-le amarran y cortan el vuelo á sus más levantados pensamientos, los
-hijos y la esposa, que no le quieren más que en cuanto le necesitan. El
-hombre, pues, para cumplir su verdadero destino, para dar á su cuerpo
-el regalo que necesita y á su alma la elevación que anhela, tiene que
-desprenderse de los mezquinos, pero opresores lazos de la familia;
-ser libre, libre como el pájaro y el viento; y pues, como dice el
-adagio, EL BUEY SUELTO BIEN SE LAME, suelto quiero morir como he
-vivido, ya que vuestras sabias advertencias, coincidiendo exactamente
-con mis doctrinas, me han demostrado que es imposible hallar dentro
-del matrimonio el voluptuoso edén con que alguna vez soñó mi acalorada
-fantasía...
-
-Oídas estas palabras, los tres jurados solterones se encogieron de
-hombros, cual si tuvieran por locura hasta haber puesto el caso en
-tela de juicio; dióles Gedeón unas palmaditas en la espalda, y se
-dispersaron los cuatro, tan satisfechos y campantes, como si realmente
-hubieran tratado la cuestión _en serio_, y el mundo no fuera otra cosa
-que un vasto ejido para revolcarse y hozar en él á sus anchas los
-cerdos de las consabidas piaras.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-JORNADA SEGUNDA
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-I
-
-EL PRIMER PASO
-
-
-Ya sabe el lector de quién se trata, de dónde viene, de qué madera es y
-adónde se propone ir el héroe de esta historia que, en rigor, empieza
-en esta página, y dice así:
-
-Libre Gedeón de _malas tentaciones_, es decir, exento de los cuidados
-en que á las veces le ponían, sólo tiene ya que pensar en _orientarse_
-y en _establecerse_.
-
-Por orientarse entiende él hacer con la memoria una excursión por lo
-pasado, y otra con la fantasía por lo porvenir. Precisamente se halla
-tomando un respiro en la cumbre del sendero de su vida, y desde ese
-punto domina lo recorrido con igual facilidad que columbra lo que le
-queda por andar. Gedeón, en suma, quiere y cree que necesita entrar en
-cuentas consigo, antes de dar el primer paso conforme al derrotero
-inalterable que se ha trazado.
-
-Volviendo la vista al dilatado panorama que va dejando atrás, y
-marcando con la mente los sitios en que ha puesto su planta, ¡qué
-pobre, qué mezquino le parece lo explorado, comparándolo con lo que
-tiene sin explorar!... Bien mirado todo, ¿qué ha hecho él hasta
-entonces más que retozar en mies abierta; herborizar, como si
-dijéramos, en _campo libre_?... Si alguna vez saltó cercado ajeno, no
-pecó el seto de espinoso ni de elevado. Verdad es que las altas cercas
-que guardaban el regalado fruto, aunque aguzaron su apetito, jamás le
-movieron el intento del asalto, pues era _caballo de buena boca_, y
-todo lo hallaba sabroso siempre que fuera asequible y abundante, y todo
-le sentaba bien, porque era el _hijo de familia_, holgado y disoluto y
-sin pizca de responsabilidad.
-
-¡Pero ahora!... Ahora no le es lícito ni siquiera el pensamiento de que
-corran los años de su vida, como antes corrieron, en la obscuridad de
-los portales y en la lobreguez de los callejones extraviados: porque
-ahora es el _amo de su casa_, el _hombre formal_, independiente, rico,
-y hasta de buen solar, que no solamente puede, sino que _debe_ dar
-á sus empresas largo vuelo, tan largo como se lo permite el inmenso
-horizonte que tiene á la vista; y con este fin exornará sus actos con
-cierta solemnidad y compostura atractivas y de _buen tono_... ¡Qué
-vida le espera!
-
-Por lo visto, Gedeón es de los que creen, no sin fundamento, que á los
-hombres no los hacen los años, sino las circunstancias. Desde el grado
-de doctor hasta el primer paso que da el doctorado en el ejercicio de
-su profesión, pueden mediar muy pocas horas; y sin embargo, ¿quién
-es capaz de conocer, bajo el luengo gabán, el estirado chaleco y las
-rígidas tirillas del médico ó del jurisconsulto de hoy, al aturdido y
-desaliñado estudiante de ayer?
-
-La misma razón social que á tanto obliga, impone á Gedeón, que ya se
-juzga doctorado en la Universidad en que por tantos años cursó la
-_vida airada_, el deber de adoptar hábitos de _carácter_, como otro
-doctor cualquiera, para ejercer su profesión con fruto y en toda
-regla... cuando la ejerza; pues, por de pronto, y en atención á que
-el luto riguroso que viste, si bien le permite divertirse según sus
-inclinaciones naturales, le prohibe acercarse á los ruidos y á los
-grandes espectáculos del mundo, tiene que limitarse á un sencillo
-merodeo alrededor de su casa, como quien dice, y dejar para más
-adelante las campañas de prueba.
-
-Así se cumple con otro de los deberes que son anejos al derecho de
-vivir entre gentes civilizadas.
-
-Y hay que convenir en que el tal deber está bien fundado. Bueno que los
-lutos se arrastren por todas las deshonestidades sociales, porque con
-ellos no puede uno _ir á ninguna parte_; pero exponerlos en teatros y
-tertulias, donde la gente guarda compostura y decoro... ¡no faltaba
-más! ¡Bonita cara pondría esa señora que se llama _sociedad culta_, y
-marca lo que se ha de sentir y lo que se ha de llorar, con centímetros
-de crespón en el sombrero, ó con varas de velillo delante de los ojos!
-
-Volviendo á Gedeón, digo que discurre, al tenor de lo indicado, larga
-y detenidamente, acerca de lo que ha sido antes y lo que puede y le
-toca ser en lo sucesivo, libre de toda vacilación y resuelto á pasar la
-vida con la mayor suma posible de comodidades y deleites... porque es
-indudable que eso que él sigue notando todavía dentro de sí y en cuanto
-le rodea, y que algún inocente predestinado se atrevería á llamar
-_nostalgia de la familia_, es un efecto lógico de su nueva situación,
-y desaparecerá tan pronto como el huérfano se _establezca á su gusto_,
-metodice su vida y _llene_ el desierto hogar.
-
-Esta es, por consiguiente, su tarea más perentoria. Afortunadamente, no
-es difícil.
-
-Por de pronto, y á reserva de cambiar de sistema cuando las
-circunstancias se lo reclamen, necesita una persona que se encargue
-de las menudencias domésticas; una mujer _de edad_, en quien el juicio
-corra parejas con los años. Pero esta mujer, cuyo destino exclusivo ha
-de ser el de administradora, no puede ni debe, hasta por razones de
-estética, estar á su servicio inmediato. Con este último objeto tomará
-una joven de _buen ver_ y adecuada al caso. En cuanto al prosáico cargo
-de cocinera, está provisto muchos años há, y no mal del todo, en una
-buena mujer que continuará desempeñándole.
-
-No hay plazas más solicitadas ni apetecidas que las de sirvientes de un
-solterón. Las amas de llaves todo lo esperan de él; las jóvenes todo
-lo creen posible; y ni las unas ni las otras tienen que lidiar con la
-fiscalización intransigente de la señora de la casa.
-
-Así es que Gedeón recibe las solicitudes á puñados y las
-recomendaciones por docenas. Puede elegir á su gusto, y así lo hace.
-
-Desde aquel instante, una mujer que ya no ha de cumplir el medio siglo,
-aseada, enjuta de carnes, á medio encanecer y empezándose á arrugar, y
-muy hacendosa y previsora, según informes, se encarga de las llaves y
-recibe con ellas una cantidad de dinero para el gasto menudo durante
-quince días, concluído lo cual recibirá otro tanto; porque Gedeón no
-quiere, ni debe, ni sabe ocuparse en todas esas prosáicas menudencias.
-
-El nombre no es enteramente simpático: se llama _la señora_ Braulia;
-pero ¿qué más da? En cambio, al nacer, fué envuelta en finos pañales:
-su padre era mayordomo del marqués de las Pesadumbres. Las que le
-dieron (al mayordomo) una naturaleza enfermiza y una familia demasiado
-numerosa, trajéronle á menos; y á la muerte del marqués, habiendo
-suprimido aquella plaza sus herederos, acabóse la vida del mayordomo
-con esta última pesadumbre. Braulia, entonces, como cada uno de sus
-hermanos, tuvo que buscarse la vida como mejor pudo: hoy zagaleando
-criaturas, mañana fregando vasijas y arrimando pucheros á la lumbre,
-y otro día ascendiendo á doncella de labor y camarera de confianza;
-pasando, en fin, por todas las fases de la servidumbre doméstica, pero
-siempre muy honrada y muy querida de sus amos. Túvolos de alto coturno;
-y al ingresar en casa de Gedeón, desdeñó las ofertas de un banquero de
-nota. Cree que todas estas vicisitudes le han dado á conocer el mundo
-palmo á palmo, y á los hombres pelo á pelo.
-
-Aunque á él no venga nunca, así refiere su historia la buena de la
-señora Braulia.
-
-Menos puntos calza en prosapia, pero nombre más bonito lleva la otra
-sirvienta. Llámase Solita, y es hija de un remendón con quien no ha
-vivido desde que supo andar lo bastante para escaparse de casa, en la
-cual no era posible la existencia con aquel hombre que concluía con
-todo: con la familia, á palos, y con lo que ganaban, él remendando y su
-mujer cosiendo, en la taberna.
-
-Huérfana de madre á los pocos años de ponerse á servir, sólo ha logrado
-verse libre de la tiranía del zapatero, dándole las tres cuartas partes
-de lo que gana. Á pesar de estos contratiempos, ha llegado á ser una de
-las doncellas militantes, ó sirvientes, de mejores informes.
-
-Es menudita, limpia como el oro, picaresca de sonrisa, algo remangada
-de nariz y gruesa de labios; muy negros el pelo y los ojos, aquél
-abundante y éstos no muy grandes ni rasgados; pequeños los pies, los
-dientes, las manos y las orejas, y rollizos los brazos, el cuello y las
-inmediaciones.
-
-En todas estas menudencias repara Gedeón, mientas Solita le cuenta las
-otras referentes á su historia; porque es natural que un señor bien
-educado, al recibir en su casa á una muchacha, le pregunte por _las
-generales de la ley_, siquiera por preguntar algo; y como Solita es
-ingenua casualmente, responde cuanto sabe y no la deshonra, porque no
-la hay en decir la verdad; sobre todo, como ella la dice, fruncidos
-los ojuelos, entreabiertos los labios, como si quisieran sonreir y
-enseñar los dientes á un mismo tiempo, una mano en la cintura, la
-otra doblando y desdoblando un pico del delantal, y la mitad del pie
-derecho fuera de los pliegues de la falda, llevando el compás del suave
-balanceo de las redondas caderas.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-II
-
-LA PRIMERA CATÁSTROFE
-
-
-Ya tiene Gedeón cuanto necesita: es decir, quien le administre, quien
-le sirva y quien le aderece el ordinario sustento.
-
-Ya no reina el vacío en su casa; ya hay ruido y movimiento en ella.
-
-La señora Braulia, como mujer precavida, estudia sin cesar la manera de
-que en su jurisdicción ande todo conforme con los gustos y deseos de
-su amo; la cocinera trata de cumplir las órdenes de la señora Braulia,
-en lo que respecta á su importante ministerio; y en cuanto á Solita,
-arregla el gabinete como si tuviera hadas en las manos, y es una
-mariposa alrededor de la mesa: lo mismo maneja platos y cristalería,
-que un prestidigitador los cubiletes... Alguna vez tropieza con el
-codo al «señorito,» al mudarle el cubierto, ó le retira el plato sin
-estar desocupado; pero ¿quién diablos ha de atreverse á reprender
-tales descuidos, al ver cómo la delincuente ofrece sus disculpas
-en memoriales de sonrisas que, aun á los ojos del más diestro en
-semejantes lecturas, tanto picaran en malicia como en rubor?
-
-Es tal el esmero con que se le sirve y se le adivinan los deseos, que
-en ocasiones creería que algún genio invisible cuida de su casa. No
-bien hace por ella una breve excursión, ya está arreglado cuanto él
-desarregló al moverse, sin que se vea la mano que colocó la silla en su
-sitio, el gabán en el ropero ó el libro en el estante.
-
-Cuando por la noche se retira á descansar, encuentra la luz en su
-cuarto, el vaso de agua sobre la mesa, y abierta y preparada la cama...
-Ni un motivo siquiera para romper la monotonía de aquel ordenado
-silencio con un campanillazo; silencio sólo alterado por la voz de la
-señora Braulia que, antes de cerrar él la puerta del gabinete, asoma
-por ella la cabeza para pedirle sus órdenes para el día siguiente y
-darle las buenas noches.
-
-Por un lado no le desagrada el sistema; pero ¡tiene tanto de uniforme y
-de misterioso!... Parece que se le ceba, no que se le sirve.
-
-Un hombre como él, que por no poder ir todavía _á ninguna parte_,
-vuelve á casa, las más de las noches, hastiado, rendido y de muy
-mal humor, recibiría como un consuelo media palabra discretamente
-afectuosa, y un par de sonrisas elocuentes al llegar á su cuarto...
-Pues no, señor: nadie á la puerta de la escalera, que, al abrirse,
-cubre á quien le alumbra; nadie en el pasadizo; nadie en el gabinete, y
-un poco después, menos que nadie, la señora Braulia con su jaculatoria
-de costumbre. Así es que se acuesta bufando, y sueña con la voz, y con
-la cara, y con las arrugas de su ama de gobierno.
-
-Y arrancando de aquí el motivo, llega un día en que ésta le parece
-gazmoña, fisgona y antipática en esencia y presencia.
-
-Entre tanto, apenas conoce el metal de voz de Solita, ni sabe qué color
-tiene á la luz artificial la única cara decente que hay en la casa.
-
-Así pensando una noche, después de haber despachado con un bufido á la
-señora Braulia, exclama de repente:
-
---Y ¿por qué no ha de venir Solita? ¿No mando yo aquí? ¿No ha de
-tenerse en cuenta mi gusto para todo?
-
-Y cediendo á los ímpetus de su carácter irreflexivo, sacude furioso el
-cordón de la campanilla, que repiquetea junto á la cocina con estrépito
-desusado.
-
---¿Llamaba el señorito?--dice al instante la voz de la señora Braulia,
-cuya silueta se dibuja confusamente en el angosto hueco de la
-entreabierta vidriera.
-
-Con lo que Gedeón cae en la cuenta de que ha cometido una majadería; la
-cual trata de disculpar con otra mayor, mal zurcida y peor hablada.
-
-Al quedarse solo otra vez, reniega de la vieja impertinente, y desea
-con ansia que llegue el nuevo día para que Solita le sirva el almuerzo:
-no porque el hambre le atormente ni Solita le preocupe, sino por
-contemplar otra cara que no sea la sempiterna de la señora Braulia...
-
-Y precisamente ese almuerzo es el elegido por el ama de llaves para
-acompañar á «su señorito,» puesta de pie á respetable distancia de la
-mesa, con los brazos cruzados y la vista escudriñadora, tan pronto en
-los platos, tan pronto en Gedeón, tan pronto en Solita, y cumplir,
-en la siguiente forma, con lo que ella cree un deber de su cargo de
-inspectora de la casa, y fiel intérprete de los deseos de su amo:
-
---¿Le gusta esa salsa al señorito?... Se le puede rebajar un poco
-la cebolla... ¿Le parece mejor la merluza que el rodaballo?... Esta
-semana se le ha puesto tres veces lengua estofada, porque ¡hay tan
-poco en qué elegir!... El solomillo le parecerá á usted algo duro á la
-vista, pero está tierno como un requesón... Ya le tengo prevenido á la
-cocinera cómo ha de ponerlo para que se penetre bien... porque no se
-las puede dejar de la mano... ¡Nada se les ocurre!... ¿Quién le dirá á
-usted que unos casquitos de porcelana, echados á tiempo en la tartera,
-reblandecen la misma suela de un zapato?... Ese postre se quemó un poco
-por debajo, pero no tiene la culpa la cocinera; la tengo yo que le
-hice y no cargué bastante de manteca las paredes del molde... y puede
-dispensar el señorito por esta vez... Solita, mude usted ese plato...
-
-Gedeón, que no solamente no se ve libre de la presencia de la abominada
-dueña, sino que la halla más pegajosa y más impertinente que nunca,
-cuando no responde con un gruñido á cada uno de estos períodos, da una
-orden ó hace una pregunta, ó lanza una blandísima mirada á Solita.
-
-En el cual proceder hay para la señora Braulia dos motivos gravísimos
-de despecho: el desaire notorio que se le hace delante de una inferior
-jerárquica, y la confirmación de las sospechas que há tiempo la vienen
-inquietando.
-
-No duda ya que hay en la casa quien priva más que ella con su amo, y
-que es la razón de la privanza algo _físico_ que la señora Braulia no
-posee desde muchos años atrás; algo que no se adquiere esmerándose
-en el cumplimiento del cargo que se desempeña, sino con las gracias
-que da la naturaleza y roban los tiempos, como á ella se lo robaron
-para nunca más devolvérselo. Y á la edad de la enjuta ama de llaves
-se perdona hasta el martirio en cruz, y el tormento de la sed y del
-frío; pero no se perdona á otra mujer el crimen de que nos venza y nos
-derrote, y nos desautorice con armas como las de Solita.
-
-Y no perdonar, en tales casos, es pensar en la venganza, si vengarse
-puede la ofendida, como puede vengarse la señora Braulia.
-
-Es el jefe de la servidumbre de Gedeón, y puede y quiere hacer sentir á
-«la canalla» todo el peso de su autoridad irritada.
-
-Desde aquel instante ya no vive para servir bien á su amo, sino para
-desahogar el despecho que la ciega.
-
-Solita, que no ignora el motivo de las flamantes destemplanzas del ama
-de llaves, sufre las que le alcanzan á ella, hasta con delectación;
-pues tan grande como el tormento de la derrota en tales lides, es la
-satisfacción del vencimiento. Pero la aparente insensibilidad, ó el
-notorio desdén de la doncella, encienden más el fuego de la ira en el
-pecho de la señora Braulia, que á todo trance quiere víctimas; por lo
-cual entra con sus huracanes haciendo _raccia_ en la cocina.
-
-De este modo, aquella casa, antes tan tranquila y sosegada, no bien la
-abandona cada día Gedeón, es una perrera.
-
---¡Hoy no se han limpiado los polvos!...--¡Esta butaca no está en su
-sitio!...--Son las once, y falta media casa por arreglar; pero ¡ya se
-ve! levantándose á las ocho y tardando hora y media en emperijilar
-un moño postizo y cuatro pingos de moco... ¡Válgame Dios!... ¡Como
-si fuéramos unas señoras de copete y lo trajéramos desde las
-envolturas!... ¡Pero no tiene usted la culpa, sino quien alas presta á
-ciertas mariposas para que tan alto vuelen!... ¡Pues, anda! el gabán
-del señorito sin cepillar, y las camisolas empolvándose sobre la
-cama... Deles usted el pie, que ellas se tomarán la mano...--También
-por este otro lado van las cosas en su punto, gracias á Dios: media
-hora hace que me está dando la ternera en la nariz. ¿Por qué ha batido
-usted los huevos antes de que esté hervida la leche?... ¿No ve usted,
-alma de Lucifer, cómo se está pegando esta compota?... ¡Claro está!
-como no son ustedes quienes pagan todos estos pecados... ¡Pero desde
-mañana ha de cumplir en esta casa cada uno con su obligación, ó he de
-faltar yo á la mía!
-
-Y así por el estilo, zumba y gime la voz de la señora Braulia en salas,
-pasillos y cocina, como cierzo regañón en casa mal cerrada, sin que
-le falten por acompañamiento y armonía las cáusticas respuestas de la
-doncella, ni los descargos irrespetuosos de la cocinera.
-
-Con la cual música los ánimos se enconan de veras, las respectivas
-obligaciones se descuidan; y al cabo halla Gedeón un día requemada la
-sopa, cruda la carne, y los postres en salmuera.
-
-Nada dice á Solita, que le sirve; pero llama á la señora Braulia, que
-no está presente la única vez que debiera estarlo.
-
---¡Señora--exclama con mal gesto y áspera voz al tenerla delante,--esto
-no se puede comer!
-
---Pues crea el señorito que no es culpa mía,--responde el ama de
-llaves, temblándole la barbilla puntiaguda, pálido el marchito rostro y
-mirando á Solita con ojos de basilisco.
-
---Ni yo trato de averiguarlo--replica Gedeón:--lo que me importa es
-señalar la falta para que la corrija quien debe corregirla.
-
---¡No es eso tan fácil como al señorito se le figura!
-
---¡Cómo que no! ¿No basta un poco de vigilancia?
-
---Ya esperaba yo que el señorito había de echar sobre mí todas las
-culpas; porque ¡ya se ve!... una no es onza de oro, al paso que
-_otras_, con menos méritos... ¡Virgen Santísima!
-
-Y la señora Braulia, después de hacer unos cuantos pucheros, rompe á
-llorar como si el alma se le escapara por la boca.
-
-Solita entonces, habiéndola contemplado un instante con la boca
-entreabierta y las cejas fruncidas, suelta los platos que tiene en la
-mano, llévase á los ojos la servilleta que, á modo de banda, tiene
-cruzada sobre el pecho, y sale del comedor como un cohete, lanzando el
-sollozo que pudiera oirse desde la calle.
-
-Momentos después aparece en escena la cocinera con el mandil recogido
-sobre la cintura, los brazos descubiertos, encendido y reluciente el
-rostro, como solomillo á medio asar.
-
---El señorito me hará el favor de decir si en catorce años que llevo
-en la casa se me ha oído una queja, ni he dejado yo de cumplir con mi
-deber.
-
-Gedeón está como paleto en comedia de magia, al ver aquellos
-aspavientos y aquellas apariciones y desapariciones.
-
---Pero ¿qué es esto?--exclama al fin.
-
---Que me haga usted el favor de dar la cuenta,--dice la cocinera,
-rompiendo también á llorar, y arrojando el mandil sobre una silla, como
-rey que depone su corona.
-
---Que aquí todas son señoras, y que todas mandan en la casa, menos el
-amo y yo,--añade la señora Braulia, dejando caer sus huesos sobre la
-silla inmediata, y llorando á más y mejor.
-
---Lo que pasa aquí--dice Solita entrando en escena, en ademán
-airado,--es que no se pueden aguantar los humos de esta señora; y como
-yo no he venido para servirla á ella, ni para que me quite la salud...
-
---¡Quéjese usted de mí, relamida! ¡casquivana!
-
---¿Lo oye usted, señorito? ¡Pues eso no es nada en comparación de lo
-que suele decirme cuando usted no está delante!
-
---¡Ni de lo que me dice á mí cada vez que entra en la cocina! ¡No se la
-puede aguantar!
-
---¡Mienten ustedes como quienes son, impostoras, mal nacidas!
-
---¡La mal nacida y la deslenguada será ella!
-
---¡Y la muy retevieja, desesperada y envidiosa!
-
---¡Silencio!--grita Gedeón asiendo una ensaladera, dispuesto á
-estrellarla sobre la más próxima de sus sirvientas.
-
-Pero sólo después de haberse desahogado á sus anchas las tres mujeres,
-y estado á pique de tirarse de las greñas, y cuando ya el escándalo
-debe de haberse oído desde el ayuntamiento, logra Gedeón restablecer
-el silencio en su casa, y la promesa de que, por aquella vez, que es
-la primera, se olvidarán los mutuos agravios, y volverá cada mochuelo
-á su olivo, siquiera en obsequio á él, que no tiene otro destino en
-el mundo que estudiar la manera de pasar la vida sin contrariedades ni
-desazones.
-
-Pero _alea jacta est_: aquellas mujeres que se resolvieron á pasar
-una vez los límites del respeto con sus pertrechos de odios y de
-antipatías, no pueden retroceder ya; y si no al día siguiente,
-al otro ó á los pocos más, dan la gran batalla, á cuyo fragor
-quiébranse cristales y vasijas, y renquean los muebles, y salen
-asustados á la escalera los vecinos de la casa; y cuando á ella
-vuelve Gedeón, no tiene otro remedio que licenciar aquella tropa que,
-como los pretorianos de Roma, ha tomado por oficio la sedición y la
-indisciplina, y puede, como éstos, llegar á atreverse con el César
-mismo.
-
-En el alma le duele tener que privarse también de los buenos oficios de
-Solita; pero Solita no cabe á las órdenes de ninguna quintañona; y, sin
-esta pantalla, son sus atractivos demasiado peligrosos para un hombre
-que no quiere sacrificar su independencia á nada ni por nadie.
-
-Lo que fuera de su casa puede ser hasta una ganga para él, dentro de
-ella sería un enemigo terrible.
-
-Por eso, al pagar con rumbo á su doncella, ni por cumplido la dice que
-no se marche; lo único á que se atreve es á despedirse de ella «hasta
-la vista.»
-
---El mal está--dice al quedarse solo,--en que estas cosas me sucedan
-ahora; es decir, cuando podía dar comienzo á mis tareas, si estuviera
-yo establecido á mi gusto. ¡Por vida de las _casualidades_!...
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-III
-
-UNA HOMBRADA
-
-
-Pero las casualidades se repiten tanto como las combinaciones; y las
-combinaciones que hace Gedeón con su servidumbre no tienen número.
-
-Que ponga arriba lo más viejo, y abajo lo más joven, ó al revés; que
-todo sea rozagante, ó todo marchito y arrugado; que dé sus preferencias
-á la más quisquillosa, aunque las merezca menos; que no se las muestre
-á ninguna; que no se queje aunque halle tachuelas en la sopa y cables
-en el estofado; que en pro de la paz, en fin, renuncie á todos sus
-derechos de amo y señor, y dome los naturales ímpetus de su carácter...
-lo mismo adelanta: más tarde ó más temprano, la guerra civil estalla
-en su casa, y vuelan los cacharros en la cocina y los pelos en cada
-rincón; primero en sus ausencias, después á sus propias barbas; porque
-demostrado está por la experiencia, y al buen sentido se le alcanza
-sin esfuerzo, que no hay criada de solterón que aguante con paciencia á
-su lado otra sirvienta.
-
-Lo que á Gedeón sacan de quicio tantas y tan parecidas _casualidades_,
-presúmalo el lector.
-
-¡Cómo él, idólatra de la holganza y del regalo, pudo imaginarse, ni en
-sueños, que tendría que habérselas mano á mano con dueñas y fregatrices
-á cada hora, ni que habían de correr tiempos en que sólo le dieran, por
-salsa de su pesebre, alaridos y repelones?
-
-Pero sabrá cortar por lo sano y poner remedio á la plaga, que para eso
-es libre y soltero.
-
-Bien examinado todo, ¡qué necesidad tiene él de llenar su casa de
-mujerzuelas frívolas y quisquillosas? ¡Cómo no se le ha ocurrido hasta
-entonces hacer _una hombrada_, es decir, barrer de faldas su cocina, y
-buscar en el otro sexo quien le sirva en paz y bien?
-
-Apuradamente lo que él desea es harto fácil de conseguirse: orden,
-puntualidad y respeto á su persona. Ya transige con los manjares mal
-sazonados, con la cama á medio hacer y con las botas deslustradas; pero
-que se lo tengan todo á punto; que no se invierta en ventilar rencillas
-miserables el tiempo destinado á servirle, y sobre todo, que no se le
-complique á él en escandalosas griterías de plazuela. ¡Á qué menos ha
-de aspirar una persona decente, «libre como el ave en el espacio, como
-el pez en el agua;» una persona que huye del matrimonio para hacer en
-todo su gusto y vivir como le dé la gana?
-
-Con tan santos propósitos, échase Gedeón un cocinero y un ayuda de
-cámara, mozo listo y bien adiestrado en el oficio.
-
-_Pero_ el cocinero, _por casualidad_, es borracho y goloso y nada
-limpio, y no conoce cuenta ni razón; roba si le dan mucho dinero; y si
-se lo tasan, también; compra lo que á él le gusta, y lo guisa como más
-le agrada: los gustos de su amo no se tienen en cuenta para nada en
-aquella cocina.
-
-Así y todo, Gedeón come, no cuando tiene ganas, sino cuando ya no las
-tiene su cocinero.
-
-El cual cobra por mensualidades adelantadas, que es tanto como decir
-que ahoga toda reprensión en los labios de su amo con anunciarle que se
-marcha.
-
-El ayuda de cámara no es tan borracho como el cocinero; pero, en
-cambio, tiene moza, y necesita dos horas cada noche para visitarla, por
-lo cual hay ocasiones en que se retira á casa más tarde que su amo; y
-se dan también en las cuales tiene éste que abrirle la puerta, porque
-el cocinero está roncando ya, ó no quiere levantarse; y gracias si en
-esos casos no aparece el criado envuelto en la capa ó en el gabán de
-Gedeón, pues para ambos sirven sus trajes y su calzado.
-
-Lo que sólo sirve para el criado es el dinero que halla en los
-bolsillos del chaleco de su amo cuando le cepilla la ropa, y los
-cigarros _sobrantes_ de la petaca olvidada en una levita ó encima de la
-mesa.
-
-De vez en cuando, tienen mozo y cocinero sus francachelas mientras
-Gedeón anda soñando con las suyas fuera de casa; pues la verdad es
-que desde que tales contrariedades domésticas le persiguen, no tiene
-instante de sosiego ni punto de reposo, y todo lo aplaza para cuando se
-vea _establecido á su gusto_.
-
-Entre tanto, si á media noche necesita una taza de te, se la llevan á
-las dos de la mañana, y el te le sabe á caldo frío, y la taza huele á
-basura.
-
-Si de caldo la pide al mediodía, el caldo le sabe á aguardiente, y la
-cuchara á tabaco.
-
-Toda su ropa está sin botones y con los forros descosidos; le faltan
-las mejores corbatas, y no sabe qué vientos le llevan los pañuelos de
-batista.
-
-Si por joven despide al ayuda de cámara y toma hombre de más edad,
-éste tendrá de huraño ó de sucio ó de perezoso lo que el otro tenía de
-presumido ó de mocero, si es que no peca por esto y por aquello. Y lo
-que digo del criado digo del cocinero.
-
-De todas maneras, llega un día en que Gedeón, después de haber perdido
-la paciencia, y con ella el paladar y el estómago y mucho más que
-no se gusta ni se digiere, pero que se pone ó se vende; después de
-ver su casa saqueada, y lo que en ella queda sucio, desconcertado y
-descolorido; después de convencerse de que los últimos criados que toma
-son los peores y los que más caros le salen, plántalos en la calle
-y lánzase él más tarde á la misma, dándose á todos los demonios y
-maldiciendo de la suerte que le hace elegir, en uno y otro sexo, lo más
-malo que existe en el ramo de sirvientes.
-
-Y así se le va pasando lo mejor de aquel tiempo, que él tenía á
-sabrosos empeños destinado, como hacienda que se echa á los perros.
-
-¡Qué empresas ha de acometer con bríos ni con gusto, si los unos y el
-otro se le gastan y corrompen entre las inesperadas miserias de su vida
-doméstica?
-
-Asómbrase de que tan mezquinas causas le produzcan tan desastrosos
-efectos; no acierta á explicarse cómo ese poco de roña puede entorpecer
-todos los ejes de la máquina de sus ideas; y con el ansia febril de
-conjurar el cúmulo de _casualidades_ que le persigue, para llegar
-alguna vez á _establecerse á su gusto_, medita, calcula, y todo
-lo supone menos que puede ser él uno de los infinitos hombres de
-quienes dijo La Bruyère que emplean la mayor parte de la vida en hacer
-miserable el resto de ella.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-IV
-
-EL DEMONIO CONSEJERO
-
-
-Aspirando con ansia bocanadas de aire, cual si con ellas quisiera
-aventar sus pesadumbres, y caminando á largos pasos, encuéntrase en una
-de estas ocasiones con su camarada, aquel acicalado solterón de quien
-tanto hemos hablado, y á quien no ha visto mucho tiempo hace; y como si
-Gedeón llevara letreros en la cara, que revelasen las desazones de su
-espíritu,
-
---¿Cómo vas con tu nueva vida?--le pregunta en crudo el recién hallado.
-
---Pues, así, así,--responde Gedeón haciendo rechinar sus dientes.
-
---Al principio se extraña un poco.
-
---Efectivamente, algo se extraña.
-
---Pero ya habrás palpado ciertas ventajas...
-
---He sido poco afortunado en mi casa, si he de decirte la verdad.
-
-Aquí resume en breves, pero pintorescas palabras, cuanto el lector sabe
-de sus amarguras domésticas.
-
---Mal anda, en efecto, ese ramo--dice el otro;--pero todo consiste en
-acostumbrarse.
-
---Ya.
-
---En cambio, irás llenando aquel romántico vacío y aquellas... ¿eh? de
-que tanto nos hablaste en la ocasión de marras...
-
---Pshe...
-
---Vamos, sé franco.
-
---Pues con franqueza, amigo: cuantos más criados meto en mi casa y
-más alboroto me arman en ella, más vacía la encuentro. ¡Yo no sé qué
-demonios me escarabajea aquí adentro y me dice, á cada innovación que
-hago en mi vida, «no es eso,» como si yo deseara algo que no encuentro!
-
---Vamos, eres incorregible, y has de morirte al fin creyendo en brujas.
-Porque unas fregatrices te hayan dado tal cual disgustillo, de esos que
-tiene á cada momento cualquiera mujerzuela casada, ya te ahogas.
-
---Pero recuerda que por huir de ese y otros disgustillos semejantes,
-estamos tú y yo fuera de la ley, en el estado honesto _á perpetuidad_,
-como las sepulturas de los ricos.
-
---No exageres, Gedeón, y no lleves tus profanaciones hasta el
-extremo de hacer comparable, ni aun en esa pequeñez, nuestra noble
-independencia con la ignominiosa servidumbre de los casados. ¡Por Dios
-que es cosa chusca ver á un hombre que va á matar leones, detenerse
-porque halla en medio del camino una sabandija! ¿Para qué demonios
-quieres esa fachada que tienes?... Lo primero que has de hacer, Gedeón,
-es echarte el alma á la espalda.
-
---Me parece que más echada...
-
---Y después, dar cierto ensanche á tus empresas. ¿Á que no lo has hecho?
-
---Efectivamente.
-
---De modo que vives, como quien dice, de los huesos de aquellas
-pechugas...
-
---Esa es la verdad... ¡y gracias si tengo, en un apuro, esos huesos que
-roer!
-
---¡Tú á huesos, Gedeón?
-
---Fíjate en mis circunstancias de hoy, en mis disgustos...
-
---¡Tú á huesos, con la carne que hay por el mundo, y las ventajas que
-tienes para aspirar á la más delicada!
-
---Hombre, no te diré que esté eso fuera de mis propósitos; pero tampoco
-he de ocultarte que no fío mucho en mi destreza de cazador; porque
-después que llega uno _á cierta edad_, fatigan mucho las cuestas
-arriba: parece que cada día que pasa es un año de otros tiempos, y la
-picara razón se hace una charlatana inaguantable. Dice unas cosas tan
-á punto y tan bien dichas, que no hay modo de que la fantasía meta su
-cuchara en la conversación.
-
---Es decir que te vas haciendo filósofo.
-
---No; pero sospecho que me voy haciendo viejo.
-
---De todos modos, rindes las armas.
-
---Tampoco; las cuelgo, mientras estudio el campo y _me establezco á mi
-gusto_ en él.
-
---Por lo visto, esa es tu manía.
-
---¿Cuál?
-
---Establecerte á tu gusto.
-
---Exigencia de carácter: no sé dormir ni descansar con pulgas en la
-cama.
-
---Pues, amigo, yo soy tan viejo como tú, y nada me dice la razón que se
-oponga á mis inclinaciones, ni dejo de entregarme á ellas por molestia
-más ó menos.
-
---No las tendrás.
-
---¿Quién está sin alguna? «El saberlas vencer es ser valiente.»
-
---Pues cree que te admiro y te envidio.
-
---Resueltamente te ahogas en poca agua.
-
---Podrá ser.
-
---Y de todas las contrariedades de que te quejas tienes tú la culpa.
-
---No te diré que no.
-
---¿Serás también capaz de arrepentirte de no haber entrado en el gremio
-cuando el diablo te tentó?
-
---No por cierto; nada veo en esa región que me la haga desear; pero
-no he de ocultarte que voy concibiendo recelos de que tampoco en la
-nuestra he de hallar lo que años há me imaginaba.
-
---Y ¿cómo has de hallarlo sin la fe que te falta y con esos resabios de
-sensiblería patriarcal, que te enervan? ¡Ay, Gedeón! siento decírtelo;
-pero si has de salvarte, necesitas tutela por algún tiempo.
-
---¿Para qué?
-
---Para librarte del mayor enemigo que te persigue.
-
---¿Y cuál es?
-
---La manía del hogar doméstico.
-
---¡Bah!
-
---Créeme; es más fuerte que tú.
-
---¿Y qué debo hacer, en tu opinión?
-
---Si admites mi tutela por un instante...
-
---Si con ella me das paz y sosiego...
-
---Te lo prometo.
-
---Ya te escucho.
-
---Huye del enemigo.
-
---¿De mi casa, en la cual nací?...
-
---De tu casa, en la cual naciste y de la que, si no me engaño, eres
-propietario.
-
---Razón de más para que la mire con tanto cariño.
-
---Razón de más, digo yo, para que te animes á abandonarla. Ponla á
-renta, como los demás pisos; sácale el jugo.
-
---¿Y mis recuerdos?
-
---También á ellos, por lo mismo que son tu enemigo. Eso te consolará de
-la pena de no haber podido vencerle cara á cara. Desengáñate, Gedeón:
-ni tú ni yo hemos nacido para lidiar con la prosa de la vida doméstica,
-ni tenemos necesidad de intentarlo siquiera.
-
---¿Qué crees que debo hacer?
-
---Una cosa muy sencilla: ponte á pupilo con cuantas ventajas y
-comodidades puedas hallar, y deja á tu patrona el cuidado de lidiar con
-dueñas y fregatrices. Si tal hicieres, pronto me darás las gracias; y
-si desechas mi consejo, allá te las hayas con tus desventuras; pero no
-te quejes de ellas... ¿Dudas?
-
---De dudar es el caso.
-
---Medítalo bien.
-
---Pienso hacerlo.
-
---Pues adiós te queda, ya que estás advertido.
-
-Y se va, dejando á Gedeón muy pensativo y no del todo desconsolado.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-V
-
-NO ES CASA DE HUÉSPEDES
-
-
-El consejo de su amigo prevalece, al cabo, en el ánimo de Gedeón.
-Doloroso es para éste abandonar aquella casa en la que nació y ha
-vivido siempre; pero no hay otro remedio que cortar por lo sano.
-
-_Levanta_ la casa, ó la cierra, temiendo un arrepentimiento el día
-menos pensado; pero el hecho es que se pone á pupilo; lo cual le ha
-dado bastante que hacer, porque el _gremio_ tiene mucho que explorar si
-se ha de elegir lo menos malo.
-
-En sus pesquisiciones para hallar un albergue, como el otro una
-posición social, ha recorrido medio pueblo y ha oído con paciencia
-el completo catálogo de las humanas vicisitudes, de boca de las
-innumerables pupileras que le han solicitado para huésped. Ninguna de
-ellas ejercía la industria por ascenso: todas habían bajado hasta ella
-desde los puestos más encumbrados en armas, en nobleza y en dinero:
-siendo de notar que cuantos más humos revelaba una señora de esta
-clase, menos fuego calentaba su cocina.
-
-Al fin se establece en la casa que más se aproxima á sus deseos.
-
-Su dueña, doña Ambrosia de nombre, se conforma con blasonar de rígida
-en los más severos principios de moral, y de haber _dado golpe_, en
-los albores de su juventud, en calles y paseos. Dos veces viuda, no se
-ha puesto en peligro de serlo la tercera, porque no ha querido, no por
-falta de pretendientes, pues á pares los ha tenido que aspiraban al
-honor de sacarla de pupilera, y á la dicha de poseer los conservados
-restos de sus juveniles encantos.
-
-Á creerla, tiene casa de huéspedes porque, acostumbrada en vida de _sus
-papás_, y más tarde de sus maridos, á un trato escogido y ameno, la
-soledad la mata. Para ella, son familia sus pupilos; por lo cual admite
-pocos, y esos de arraigo, de formalidad y de educación: á Dios gracias,
-no necesita el tráfico para comer.
-
-Gedeón ocupa un gabinete con puerta falsa al corredor, y otra de
-vidrieras con cortinillas á una sala que, según advertencia de doña
-Ambrosia, es para recreo de los huéspedes, ó para que éstos tengan
-donde recibir decorosamente sus visitas, En la sala hay una alcoba con
-cama _de respeto_, también al decir de la pupilera.
-
-Como los huéspedes son pocos y buenos, si ha de creer á doña Ambrosia,
-Gedeón consiente en comer á la mesa con ellos, ínterin llega una
-doncella que se espera y podrá servirle la comida en su cuarto con la
-puntualidad y esmero que ahora le faltarían, por estar incompleta «la
-servidumbre de la casa.»
-
-Durante los primeros días tiene por compañeros de mesa á un señor muy
-flaco y muy nervioso, que no habla una palabra, del cual ha dicho la
-pupilera que es un marqués muy rico, que viene á tomar aires; cuya
-marquesa es la señora oronda y colorada que se sienta á su izquierda,
-y le trincha la carne, le parte el pan en bocaditos y le escancia el
-vino.--Tampoco despliega los labios.--Ni el marqués ni la marquesa
-tienen el pelaje ni el aire de tales: pero ¡hay tantos marqueses que
-no lo parecen! Gedeón tomara á éstos por ex-tenderos de refino, que
-se retiran al pueblo natal á comerse las ganancias de treinta años de
-mostrador.
-
-Sigue por la derecha un hombrecillo de crespo y recortado bigote, de
-frente angosta y cabeza plana, con gabán de ropería, que sorbe las
-salsas en el plato y bebe con la boca llena, sin dejar de hablar, por
-eso, de la influencia que ejercen los cuartos de luna en el corte de
-las uñas y del pelo, y de las recetas infalibles que él tiene para
-exterminar las chinches y las cucarachas.--En opinión de doña Ambrosia,
-este huésped es un ingeniero sapientísimo que estudia, por recreo,
-dos años hace, el suelo de la provincia para establecer en sitio
-conveniente, y á sus expensas, una fábrica de patatas artificiales
-para los pobres.--Gedeón le clasifica, en su padrón particular, como
-escribanillo de aldea.
-
-Llévale la contraria en sus asertos científicos, una señora muy
-peripuesta y retocada, con voz de bajo cantante. Habla mucho de
-_la antigua Grecia_ y de _las sales áticas_, lo cual no sorprende
-tanto oyéndola decir á cada triquitraque que es viuda de un oidor de
-Filipinas, que dejó setenta volúmenes de comentarios á la _Casandra_
-de Licofrón, y otros cinco de notas á las _Dionisiacas_ de Nonno
-Pannopolitano. El gobierno ofrece á la viuda cuarenta y ocho mil duros
-por la propiedad de estas luminosas obras; pero ella quiere el millón
-cabal, y tras él anda con la esperanza de conseguirle. Cree Gedeón que
-con que la pagaran sin descuento la viudedad que debe corresponderle
-desde la muerte del mayor de plaza (pues no otra cosa pudo tener por
-marido), se diera la erudita matrona por satisfecha.
-
-Algunos días después aparecen en la mesa dos huéspedes más: un
-gigantón, hosco de mirada, cerdoso de bigotes, rasgado y muy abierto
-de boca, purpúreo de color y muy largo de brazos; y su señora, el tipo
-opuesto: aguileña, oscilante, lánguida y sentimental. Malambruno, como
-desde luégo llama Gedeón al gigante, se queja del _fuego herpético_ que
-le devora; por lo cual anda recorriendo climas hasta dar con uno que le
-apague el incendio.
-
-Por lo demás, cuando no habla de su dolencia, echando candelas por los
-ojos, brasas por las mejillas y rociadas de saliva por entre las cerdas
-de sus bigotes, aturde á los circunstantes con la estadística de sus
-caudales. En la Mancha, porque la erudita citó á don Quijote, tiene
-él tres haciendas que le produjeron el año pasado, y sólo en renta,
-doce mil fanegas de trigo. Porque se habla de dormir la siesta, ó de
-si es sana ó dañosa esta costumbre, niega él, sin que nadie lo haya
-afirmado en la mesa, que los extremeños hagan siete comidas y duerman
-cinco siestas al día. Precisamente conoce á palmos la provincia de
-Extremadura... ¡como que tiene en ella seis dehesas y más de veinte mil
-cerdos!
-
-Por análogos procedimientos trae á colación sus cortijos de Jerez y
-sus posesiones de Salamanca, siendo de notar que en cada dehesa, y en
-cada cortijo, y en cada hacienda, tiene, no solamente palacio con la
-necesaria servidumbre de criados para él y de doncellas para su señora,
-sino hasta _templo_, pues _capilla_ se la permite cualquier zarramplín
-de aldea.
-
-Porque se cita el escamoteo de un reló ó el de los calzoncillos que
-llevaba puestos el vecino de al lado, cualquiera ratería de esas tan
-usuales, impunes y corrientes en la hidalga patria de Candelas y José
-María, cuenta él que en una ocasión le robaron su casa de Madrid,
-estando con su señora recibiendo á los duques de Montpensier en su
-palacio de la Serranía de Ronda; siendo lo admirable del caso, en su
-concepto, que los ladrones abrieron la puerta del _gabinete de raso
-azul_, del cual pasaron á la _galería de esculturas_; de ésta á la
-_sala de los tapices flamencos_, y de aquí á su despacho, cuajado de
-primores de arte y de objetos de lujo. Sin señales de titubear para
-encontrarla, abrieron una puerta oculta detrás de una librería de palo
-santo con columnitas de oro macizo, y entraron en un retrete, en el
-cual había hasta tres cofres llenos de alhajas de incalculable valor;
-pero no pudiendo abrirlos, á causa del secreto de sus cerraduras, ni
-cargar con ellos, por lo mucho que pesaban, se conformaron con robar
-unas botitas usadas de su señora, dos libros de genealogías, y como
-tres cuarterones de azucarillos.
-
-Mientras Malambruno cuenta estas cosas y otras tan estupendas como
-ellas, con voz estentórea y lento diapasón, su señora no deja oir
-la suya más que para rectificar algún error de cantidad en que haya
-incurrido su esposo.
-
---Eran trece mil--dice, verbigracia, al asegurar éste que eran doce
-mil solamente las fanegas de trigo cosechadas por rentas en la Mancha;
-ó--creo que eran cuatro,--aludiendo á los cofres llenos de alhajas.
-
-Entre tanto, Malambruno está vestido de paño de Munilla, y parte por la
-mitad los trabucos del estanco, para fumarlos en dos veces; su señora
-viste con más aparato que riqueza; no trae consigo una sola doncella
-de tantas como deja holgando en cada palacio, y todo el equipaje del
-pomposo matrimonio viene metido en un baúl de tres celemines.
-
-Fáltame decir que doña Ambrosia asiste á casi todas las exhibiciones
-retumbantes del caudal de Malambruno, y que á cada rociada de millones
-que éste suelta, mira ella á sus huéspedes y parece decirles con los
-ojos, mientras se revuelve nerviosa en su silla:
-
---¿Qué tal, caballeros y señoras? ¿Tengo yo pelones en mi casa?
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-VI
-
-ENTRE VENUS Y MARTE
-
-
-Durante la primera semana, halla Gedeón hasta cierto deleite en las
-originalidades de sus compañeros de mesa; pero á la segunda ya no puede
-con ellas. Asústale el temor de que aquello dure indefinidamente; y
-comparándolos con tan grotesco cuadro, le parecen de color de rosa los
-que á él le echaron de su casa.
-
-Felizmente, no tarda la pupilera en anunciarle que desde el día
-siguiente comerá en su gabinete; porque para entonces habrá llegado la
-doncella que esperaba.
-
-Y como lo ofrece lo cumple. Gedeón come en su cuarto al otro día; y
-¡oh sorpresa embriagadora y confortativa! la doncella que ya vino, y
-le cubre la mesa, y después le sirve los manjares, es Solita; Solita,
-que le saluda regocijada y más sandunguera que nunca; Solita, que le
-cuenta lo poco afortunada que ha sido en amos desde que, bien á su
-pesar, tuvo que salir de casa de su señorito; Solita, que cuando ya no
-tiene nada que referir á éste con la lengua, parece decirle con los
-incitantes ojos, á cada plato que le sirve:--«Vamos, hombre, atrévete
-conmigo, que aquí no corres los riesgos que en tu casa; aquí soy la
-criada de tu pupilera; somos dos transeuntes que hacemos juntos un
-alto y nos arreglamos con lo que tenemos; ahora todo te es lícito sin
-desautorizarte... ¡Mira que de estas gangas no las encuentra cada día,
-ni tan á mano, un solterón medio aburrido y desalentado como tú, y que
-sólo vive, como perro achacoso, de lo que le cae en la boca!»
-
-No es fácil calcular con exactitud si es Solita quien tal dice con los
-ojos, ó si es Gedeón quien se lo imagina, _ex abundantia cordis_; pero
-es indudable que éste lo lee así; y como es hombre que no desperdicia
-las buenas ocasiones, sin que lleguen los principios de su comida ya ha
-puesto sus voluptuosos fines en evidencia. Mas no es Solita juez que
-sentencia en arduos litigios sin maduras reflexiones. Antes da muestras
-de sutil ingenio y experta travesura; y resistencias hace, aunque sin
-enojos, que ponen á Gedeón fuera de quicio.
-
-De todas maneras, esta peripecia viene á interrumpir sabrosísimamente
-la abrumadora monotonía de la vida de nuestro solterón, y á hacerle
-llevadera la existencia en aquella posada que empezaba ya á parecerle
-presidio. En adelante, verá llegar con alegría las horas de comer y
-todas las de volver á su albergue...
-
-Una advertencia, por lo que valga, y suponiendo que alguien que esto
-lea piense que el encuentro de Gedeón con Solita no es rigorosamente
-necesario: no he conocido un Gedeón tamaño, sin una Solita semejante.
-El de mi cuento se encuentra con ella en una posada, después de haberla
-conocido en su propia casa, como otros las vuelven á ver en medio de la
-calle, ó en sitio peor, después de haberlas tratado sabe Dios en qué
-parajes.
-
-Mas no por esto que digo de la necesidad de las Solitas para
-determinados _solitarios_, y de su mancomunidad de debilidades, se
-hagan juicios temerarios sobre la fortaleza de la Solita en cuestión;
-pues en Dios y en mi ánima aseguro, á más de lo que ya tengo dicho,
-que va poniendo á Gedeón de muy mal temple el obstinado crecer de los
-obstáculos.
-
-Y cuidado que no pierde ripio el solicitante. Sus comidas se eternizan;
-sus vueltas á casa no tienen número, y no le tienen tampoco las veces
-que se le ocurre ponerse malo á las altas horas de la noche, para que
-Solita le lleve el vaso de agua ó la taza de te.
-
-Y tan obcecado está en menudear todo lo posible sus entrevistas con la
-doncella fuerte; hasta tal punto le preocupa esta heróica tarea, que
-no se fija en que doña Ambrosia está ya en autos, y anda por alcobas
-y pasillos murmurando no sé qué letanías en que todo se canta menos
-alabanzas á su huésped, cuando él está departiendo con la doncella.
-
-La cual, sufre después, y no lo cuenta, los refunfuños y desabrimientos
-de su ama, como en otro tiempo sufrió los de la señora Braulia por
-idénticos, aunque no tan notorios motivos.
-
---¡Si piensan _algunos_ que mi casa es un cuartel, chasco se
-llevan!--grita una noche la pupilera, al salir la joven de servir el
-chocolate á Gedeón, y mientras éste se desnuda para acostarse. (Gedeón
-toma chocolate todas las noches desde que Solita vino á la casa; y
-rescoldo tomara, para hacer una comida más, si ella se lo sirviera.)
-
-Y cátate que apenas ha dicho esas palabras doña Ambrosia, cuando
-se oyen en la sala el arrastrar de un sable, el charrasqueo de las
-espuelas y los taconazos correspondientes; mas cuando Gedeón piensa
-que á este rumor bélico aludía la enojada patrona, advierte que se
-equivoca, pues que la oye decir en seguida, con acento meloso, y á la
-parte de allá de las vidrieras del gabinete:
-
---En esta habitación estará usted como en la suya propia; precisamente
-la tengo destinada para estos lances... porque mi casa no es,
-propiamente hablando, casa de huéspedes. Á Dios gracias, no los
-necesito para vivir. Los tomo, como quien dice, para tener familia, y
-cuando me los recomiendan personas de suponer y de carácter como la que
-á usted le envía.
-
-La misma ó parecida relación que le hizo á él.
-
---Pues mire usted, patrona--contesta en la sala una voz sonora y
-retumbante,--la persona que aquí me manda tendrá todo el carácter y
-todo el suponer que usted quiera; pero decente no es el alma de perro
-que debía alojarme en su casa y me echa á una mala posada.
-
---En cuanto á eso, caballero militar--replica doña Ambrosia
-notoriamente sulfurada,--entienda usted que esta casa ni es posada
-ni es mala; y por lo que hace á quien le envía á usted á ella, no
-necesita aprender de nadie á ser decente, ni tampoco tiene obligación
-de hospedarle á usted á su lado.
-
---¡Ni yo de aguantar con paciencia que á estas horas se me vaya _á la
-empinada_ la hija de su madre!
-
---¡Caballero!
-
---Lo dicho; y, por último, yo no le he buscado á usted la lengua.
-
---Ni yo le he faltado á usted...
-
---Á ver si hay en este palacio, si le parece poco posada, quien me
-dé de cenar. Eso es lo que pido, y para después, una cama. ¿Lo tiene
-usted, señora? ¿Sí ó no?
-
---¡Eso es injuriarme!
-
---¿Lo tiene usted? ¿Sí ó no?
-
---¡Pues no he de tenerlo? ¿Con quién se le figura á usted que está
-tratando?
-
---Pues venga cuanto antes, y no se meta usted en más honduras.
-
---¡Es que tiene usted unas cosas!...
-
---¡Yo tengo todo lo que necesito, señora!
-
---¡Y unas demasías!...
-
---En cuanto usted se largue de aquí, no me sobrará nada.
-
-Dicho esto, se oye un pisar menudito y fuerte, y un zumbido sibilante,
-como de mujer que se marcha renegando; y, acto continuo, vuelve á oirse
-la voz del hombre de la sala, que grita:
-
---¡Ruiz!... ¡Ruiz!
-
---¡Presente, mi capitán!--responde desde el pasadizo otra voz de
-hombre, cuyos pasos, acompañados también de ruido de espuelas y de
-sable, indican que acude al llamamiento.
-
---¿Y el maletín? ¿Y el galápago? ¿Y las bridas?
-
---Ahí quedan, mi capitán.
-
---Traételos.
-
-Un instante después, vuelve á decir el llamado Ruiz:
-
---Aquí está el maletín.
-
---¿Y lo demás?
-
---¿Lo demás, mi capitán?...
-
---¡Lo demás, sí!
-
---Pues lo demás, con permiso... digo que se quedará aquí afuera...
-
---¡Gaznápiro! ¿Te lo he mandado sacar de la cuadra para que lo dejes en
-la cocina?
-
---No, señor; pero ¿dónde lo pongo si no?
-
---Ahí, en el _arzón trasero_ de la cama. Ya sabes que yo nunca duermo
-lejos de las monturas.
-
---Pero hay casos, mi capitán... digo, con permiso... ¡Como están los
-_bastos_ tan sudaos... y es tan blanco ese bullarengue que cae por
-encima!...
-
---¿Á que te rompo la grupa de un puntapié?...
-
---Es que, mi capitán, como he conocío el genio de la patrona por lo que
-rezaba cuando salío de aquí... Vamos, temí que... Y por eso advertí á
-mi capitán...
-
---Pues precisamente estoy yo deseando dar unas vueltas de picadero á
-esa jaca bravía... ¡Conque figúrate tú!
-
---Siempre á la orden, mi capitán.
-
-Y por el ruido que sigue á esta despedida, conoce Gedeón que la montura
-del cuadrúpedo del capitán pasa, conducida por Ruiz, á colocarse en
-la cama _de respeto_ de la _sala de recreo_ de los huéspedes de doña
-Ambrosia.
-
-Jamás se vió una embustera desmentida más pronto ni más al caso.
-
-Gedeón (que nunca puso en duda que su pupilera admitía cuanto se le
-presentaba) no sabe si sentir ó celebrar el lance. Lo siente por el
-riesgo que corren, y pueden correr en adelante, su comodidad y su
-reposo; pero se alegra por lo que tiene de respuesta á la indirecta
-_cuartelera_ que le echó la rígida doña Ambrosia, si es que á él iba
-enderezada, como lo va sospechando.
-
-Entre tanto, el capitán no cesa de llamar á Ruiz, ni Ruiz cesa de pasar
-y repasar el pasadizo; hasta que, acostado el primero y marchándose el
-segundo á _zagalear_ las bestias y á dormir á su lado, reina el sosiego
-en la casa y ronca Gedeón.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-VII
-
-VARIAS CATÁSTROFES
-
-
-Tres días con tres noches duran las marimorenas que arman el capitán y
-su asistente.
-
-¡Ruiz! por acá; ¡Ruiz! por allá; ¡mi capitán! por allí; ¡mi capitán!
-por el otro lado; que la cebada, que el maletín, que los alcances, que
-el caballo, que ¡vete!, que ¡estate!, que ¡bruto!, que ¡por vida!, que
-la patrona, que el libramiento, que las raciones, que la herradura...
-Y todo esto á gritos, al medio día, á media noche, al amanecer, y
-comiendo y almorzando.
-
-Gedeón no sosiega; y, además, todo le huele á cuadra y le sabe á rancho
-y le suena á cuartel.
-
-Doña Ambrosia está en ascuas, tiene calambres, riñe con el capitán y se
-disculpa con Gedeón.
-
---Ya usted ve, no es culpa mía. ¡Cómo podía yo pensar!... Para
-algunas gentes todo es lo mismo... No tienen educación, carecen de
-principios... ¡Pero yo haré!... ¡Yo le aseguro!... Usted dispensará...
-Á cualquiera le sucede... Como una juzga á los demás por sus propios
-sentimientos...
-
-Y no dura la brega más que tres días, porque doña Ambrosia, con la
-disculpa de que tiene comprometida la habitación, despide al capitán
-cuando vence su boleta; disculpa que éste no admite como de buena ley,
-por lo cual, antes de marcharse, pone á la pupilera como trapo de
-fregar, y á la casa, que no hay por dónde mirarla.
-
-Aquella noche descansa Gedeón y hasta reanuda sus casi interrumpidos
-coloquios con Solita; pero con esto vuelven á arder las apagadas
-iras de doña Ambrosia, y á estallar sobre su doncella, y á oirse sus
-letanías acostumbradas cada vez que pasa por delante de la puerta falsa
-del gabinete.
-
-En esto, toman posesión de la sala dos nuevos huéspedes. Son dos
-cómicos, que vienen á casa á la una de la mañana, y se acuestan á las
-dos, y se levantan á las once, y comen á deshora, y estudian á voces
-sus papeles, y cantan á grito pelado coplas indecentes, y se pasean en
-calzoncillos por toda la casa desde que salen de la cama hasta que se
-van al ensayo, y dicen chicoleos desde el balcón á todas las mujeres
-que se asoman á los de enfrente, y tiran bolitas de pan y huesos de
-aceituna á los hombres que pasan por la calle.
-
-De vez en cuando los visitan otros camaradas del oficio, y entonces se
-hunde la tierra.
-
-Gedeón, condenado desde mucho tiempo hace á ir de mal en peor en esto
-de _establecerse á su gusto_, suspira por el capitán, que le parece un
-ángel de Dios, comparado con aquellos demonios del estrépito.
-
-Un día convidan éstos á comer á media docena de sus amigos; y como
-la comida es solemne, tiene lugar en la sala. Antes que lleguen los
-postres, Gedeón se ahoga de ira y de ruido, y tiene que largarse á la
-calle para buscar un poco de aire menos corrompido, y una algarabía más
-tolerable.
-
-Dos horas le dura la _arrancada_, como dicen los marinos, ó la
-_velocidad inicial_, según la culta jerga científica; dos horas que
-invierte Gedeón en meterse, como los huracanes, por todas las rendijas
-que halla á su paso en la ciudad. Cuando se ve rendido y desfogado,
-vuélvese á casa, en la creencia de que, si no la policía, el cansancio
-habrá puesto en orden y en silencio á los cómicos de la sala.
-
-Pocos pasos antes de llegar al portal, observa que sale de él Solita,
-con un lío de ropa debajo del brazo. Este detalle le parece grave.
-
-En efecto, Solita se echa á llorar en cuanto se encara con Gedeón.
-
---¡Ay, señorito!--le dice entre sollozos,--¡qué mala estrella es usted
-para mí!
-
---Pues ¿qué sucede, hija mía?--pregúntala Gedeón hecho unas mieles.
-
---Que por usted salgo de esta casa, como por usted salí de la otra.
-
---¡Por mí, alma de Dios!
-
---Sí, señor, por usted.
-
---¿Pero qué la he hecho yo á usted? vamos á ver.
-
---Ya usted me comprende.
-
---Pues no comprendo una palabra.
-
---¿Qué me había hecho usted cuando la señora Braulia me difamaba?
-
---Absolutamente nada, Solita; absolutamente nada... y bien á mi pesar,
-créalo usted.
-
---Gracias por la intención... Pues eso mismo me ha hecho usted ahora;
-y, sin embargo, la señora me ha dicho... bastante más que la otra.
-
---¿De mí?
-
---Y de mí: de los dos.
-
---¡Ah, grosera, incivil y menguada!
-
---¡También usted!
-
---Me refiero á la pupilera, hija mía. ¡Yo denostar á quien es la
-cultura, la suavidad y la...!
-
---Mil gracias, señorito... Pues verá usted. Desde que entré en su casa,
-venía martirizándome con palabras de muy mal sentido, cada vez que yo
-salía del gabinete, de servirle á usted.
-
---¡Y no me ha dicho usted nada!
-
---¿Para qué?
-
---Para que yo estrangulara á esa tarasca.
-
---Pero hoy y como no quise servir á los de la sala, porque al ponerles
-la mesa me dijeron muchas groserías, tomó pie de aquí en cuanto usted
-se fué á la calle; y sobre si no me gustaba servir á otro huésped que
-al del gabinete, y si usted y yo nos entendíamos, y sobre si esto era
-inmoral y escandaloso, y sobre no sé qué perrerías más por el estilo,
-díjome tales cosas, que me obligaron á cantarla cuatro verdades al oído
-y á despedirme en seguida.
-
---¡Bien, Solita! ¡Eso es tener dignidad y carácter! Lo que siento yo
-es no haber estado cerca para remachar el clavo encima de su cabeza...
-Pero vamos á ver: ¿adónde va usted ahora?
-
-Aquí Solita baja los ojos, recoge una punta de su delantal con la mano
-libre, y responde con voz lenta y no muy firme:
-
---Por de pronto... á casa de una amiga.
-
---¿Y después?
-
---Después... adonde me quieran.
-
---Entonces, no se mueva usted de aquí.
-
---Ya sabe usted en qué sentido hablo.
-
---También usted en el que yo la replico.
-
---La necesidad me obliga á servir.
-
---Porque usted quiere.
-
---¡Qué bromas gasta usted!
-
---No en este momento.
-
---Me parece que más claras...
-
---Si quisiera usted tomar en serio lo que yo le dijera...
-
---¿Más aún de lo que me tiene ya dicho?
-
---¡Muchísimo más!
-
---¡Pues tendrá que oir!
-
---¡Cosa buena, Solita!
-
---Como de usted.
-
---Ya se ve que sí.
-
---Pues si usted lo asegura...
-
---Ha de saber usted, Solita, que tengo un plan.
-
---¿Ahora, de repente?
-
---Hace días.
-
---¿Y qué?
-
---Que si quisiera usted conocerle...
-
---Si me interesa en algo...
-
---De punta á cabo.
-
---Pues usted dirá.
-
---Es algo extenso... ¿Va usted muy lejos?
-
---Bastante.
-
---En ese caso, andando hablaremos.
-
---Como usted guste.
-
---Pues vamos andando.
-
-Y á andar echan los dos, calle adelante, paso á paso, medio á obscuras
-cuando pasan cerca de un farol, y á obscuras por completo cuando de él
-se alejan, juntos, juntitos, y muy encorvado el uno sobre la otra, como
-la _f_ sobre la _i_.
-
- * * * * *
-
-Una hora más tarde vuelve Gedeón á su posada, de la cual falta ya el
-único atractivo que para él tenía. ¡Considérese con qué ojos mirará
-ahora aquella guarida en que la necesidad le metió!
-
-Cuando entra en su gabinete, reina el silencio en la sala, aunque algún
-débil rayo de luz y tal cual carraspeo le indican muy pronto que hay
-gente en ella. La curiosidad le mueve á separar un poco una cortinilla
-de las vidrieras y á mirar lo que hay al otro lado. Alrededor de la
-mesa en que han comido, ve á los dos huéspedes y á sus amigos, con
-las cabezas en grupo y los cuerpos descoyuntados sobre las sillas. La
-luz está en medio de todos, y debajo de ella algo que Gedeón no puede
-ver; pero muy pronto llegan á su oído varias palabras, como _juego_,
-_cargo_, _me retiro_, _entrés_, etc., etc.
-
---Vamos--piensa Gedeón,--lo que faltaba.
-
-Mas apenas lo ha pensado, cuando el grupo se deshace y se arma en la
-sala un vocerío tremendo; y sobre si _muerto_ ó si vivo; sobre si _el
-salto_ ó si el quiebro, en un instante suenan diez bofetones, tres
-botellazos y cincuenta blasfemias.
-
-Acude doña Ambrosia, llega Malambruno y viene el ingeniero en
-calzoncillos ¡que ya tiene que ver!; y mientras encarnizan más el
-combate queriendo apaciguarle, Gedeón recoge sus dispersos vestidos,
-empaqueta sus cachivaches, y sale después en busca de dos mozos de
-cordel.
-
-Cuando vuelve con ellos, déjalos á la puerta de la escalera; y notando
-que la tormenta ya no ruge, llama á doña Ambrosia.
-
---¡Señora!--le dice.--¡Ésta es la casa de _Tócame-Roque_!
-
---¡Más honrada y más decente que la que merece el muy
-descortés!--respóndele la pupilera, trémula de ira y con los ojos
-inyectados de sangre.
-
---¡Esto es un burdel!--añade Gedeón, mirándola con una seriedad y una
-firmeza que la desesperan más.
-
---¡Eso hubiera usted hecho de ella, á no ser yo quien soy, y á no
-velar, como velo, por la buena moral!
-
---Que lo digan los de la sala.
-
---¡Yo no puedo preverlo todo!
-
---Pero debía usted no engañar á nadie, como me ha engañado á mí.
-
---¡Cómo!...
-
---Negándome que aquí se admite al primero que llega.
-
---¡Y lo niego todavía! ¡Y sostengo que ésta no es casa de huéspedes!
-
---En eso no miente usted, porque es cosa algo peor.
-
---¡Caballero!
-
---Porque lo soy me marcho... Ahí va lo que debo, y en paz.
-
---Cuando usted guste.
-
---Ahora mismo.
-
---Naturalmente. Como se largó _ella_...
-
---¡Señora!...
-
---Bernabé y la ciega... No podía ser otra cosa... Estaban ustedes de
-acuerdo.
-
-Aquí Gedeón, temiendo dar un escándalo semejante al que acaba de
-presenciar, entre echar el telón abajo como dirían los de la sala, ó
-por el balcón á la pupilera, opta por lo primero, como lo más prudente,
-y manda entrar á las dos acémilas para que carguen con su equipaje.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-VIII
-
-DE MAL EN PEOR
-
-
-¿Adónde vamos con esto?--le preguntan.
-
---Á la fonda.
-
---¿Á cuál de ellas?
-
---Á la más cara,--responde Gedeón, decidido á ahogar sus desventuras en
-dinero.
-
-Y anda, anda, llegan los tres á un ancho portal muy charolado y
-resplandeciente; y sube, sube, por una escalera muy lustrosa,
-detiénense en un vestíbulo medio lujoso, medio limpio y medio obstruído
-por baúles amontonados y camareros sin educación.
-
---¿Adónde vamos?--pregunta á éstos la acémila delantera.
-
---Adentro se lo dirán á ustedes,--responde el menos soez de los
-preguntados.
-
-Y los tres penetran en un largo corredor; y hallan á un hombre gordo
-que, al verlos, empuña la manezuela de una de las puertas de la
-ringlera, y les dice:
-
---Aquí.
-
-Mas apenas ha metido Gedeón las narices dentro, dan sus ojos con un
-hombre en calzoncillos, esparrancado, en chancletas, y como haciendo
-equilibrios delante de un espejillo colgado en la pared, y detrás de
-una bujía colocada entre uno y otro.
-
---Perdón,--exclama el hombre gordo, mientras el de adentro se vuelve á
-mirarle, navaja de afeitar en mano, y con media cara rapada y la otra
-media cubierta de jabón.
-
-Treinta pasos más adelante, vuelve á decir el que guía, abriendo otra
-puerta:
-
---Aquí es.
-
-Y cuando los que van detrás se disponen á seguirle, una mujer en
-enaguas lanza un grito, y abalanzándose á la puerta, ciérrala con ira,
-mientras la voz de un hombre suelta una blasfemia en francés desde el
-fondo de aquel misterio inexplorado.
-
-Á vueltas de otras tres equivocaciones por el estilo, el hombre gordo,
-ya sulfurado, pónese á gritar desde el centro de una encrucijada á que
-han llegado los cuatro:
-
---¡M’siu Cotelet!... ¡M’siu Cotelet!
-
---¡Boum!--le contesta una voz desde allá lejos, muy lejos.
-
---¿Quiere usted decirme, con mil demonios, qué número es el que está
-desocupado?
-
---¡El _dusiantos trantiunoooo_!...--vuelve á responderle la voz.
-
---Es en el otro piso, caballero--dice el hombre gordo á Gedeón.--Es
-enteramente igual á éste: sólo tiene de más algunas escaleras.
-
-Súbenlas los cuatro, tres de ellos jadeando ya y con amagos de jadeo el
-hombre gordo; y vuelven á recorrer nuevos pasadizos. Al fin de uno de
-ellos hay una puerta con el número 231. Allí es. El hombre gordo entra
-y enciende una vela. Á su luz se ve el suelo lleno de papeles rotos y
-puntas de cigarro, la cama revuelta, la palangana hecha una basura, y
-la pared con lamparones.
-
-Mientras Gedeón paga y despide á los mozos de cordel, llega un camarero
-silbando unas habaneras; y de dos trastazos da por arreglada la cama,
-dejando al nuevo huésped en la duda de si mudó las sábanas ó aprovecha
-las que tenía; vierte las inmundicias de la jofaina en un cubo de
-latón; saca á puntapiés los papeles al corredor; sacude dos manotadas
-y da un restregón con la sempiterna rodilla al tocador; cuelga encima
-de éste una tohalla; y, sin dejar de silbar las habaneras, sale del
-cuarto, despidiéndose con un portazo que hace temblar los tabiques.
-
-Mustio se queda Gedeón por largo rato, maquinalmente sentado sobre uno
-de sus baúles y midiendo con la vista el menguado perímetro de aquella
-estancia. Después se levanta, y, maquinalmente también, procede á hacer
-el inventario de cuanto en ella le pertenece para su uso.
-
-Además de la cama y del tocador ya mencionados, hay un ropero con
-puerta que no ajusta, de espejo desazogado y llave que no cierra; una
-percha de fleje con seis colgadores, tres de ellos á medio arrancar,
-dos arrancados ya y uno partido por el medio; una mesa de noche
-(cuyo entreabierto cajón permite ver, en su obscuro fondo, media
-liga vieja, un cabo de vela, tres palillos de dientes muy usados, un
-parche de trementina á medio uso, y seis tachuelas amarillas); una
-jarra de latón, como el cubo, llena de agua; sobre la mesa de noche
-una botellita blanca, con un vaso boca abajo por tapadera; un velador
-cabizbajo y alicaído, no por la carga liviana de un tinterillo sin
-entrañas y una pluma roñosa que no puede calzar más que punto y medio,
-por mucho que se presume, sino por sus achaques naturales y frutos
-de su arrastrada vida; por último, dos sillas de mala muerte y una
-butaca cuya anatomía de astillas y de alambre pugna, y al fin ha de
-conseguirlo, por romper la mezquina envoltura que aún la impide,
-aunque sólo á trechos, protestar en debida forma contra la opresora
-poltronería de los huéspedes.
-
-De manera que allí todo está previsto para la comodidad de éstos y para
-sus más apremiantes necesidades, y nada falta más que el aseo, el orden
-y el desahogo. Todo parece decirle á Gedeón: «No te molestes en llamar,
-porque no acudirá nadie al llamamiento, en la confianza de que tienes
-aquí cuanto necesitas. Para lo demás, ya te llamarán á tí.»
-
-No ignora Gedeón lo que son las fondas; pero entre _pasar_ por ellas,
-como él ha pasado algunas veces, y _vivir_ en ellas, como ahora vive,
-hay muchísima distancia; y mucho mayor para un hombre siempre cebadito
-y mimado en su casa, en la cual todo era suyo y para su regalo.
-
-Decididamente no es en aquel angosto y desaliñado recinto donde ha de
-llenar el vacío de que se queja desde que nosotros le conocemos.
-
-Con éstas y otras cavilaciones en la mollera, y mirando con repugnancia
-cuanto le rodea, vase desnudando poco á poco; y sin pizca de ilusiones
-para el día siguiente, métese en la cama como pudiera tirarse al pozo,
-apagando de un soplo la bujía y encendiendo en su memoria el recuerdo
-de Solita, que, por de pronto, le alegra un poco la imaginación,
-aunque no le llena, ni con mucho, el abismo de su alma.
-
- * * * * *
-
-Una semana, quince días, dos meses... un año... lo que el lector
-quiera, lleva Gedeón de residencia en aquel agujero, ó en otro
-idéntico, de la misma fonda ó de otra quizá peor que habrá encontrado,
-en su afán de mejorar de vivienda y de _establecerse á su gusto_.
-
-Le ocupa lo menos que puede, y vuelve á él á las horas de comer y de
-acostarse, como el colegial á cátedra después de las vacaciones.
-
-Para colmo de desdichas, tiene un destacamento reumático en una
-rodilla, y un manantial en un oído; le va engordando la panza y se
-le insinúa un catarro de pecho que, cuando el tiempo refresca, le da
-bastante que hacer.
-
-Pero más que estas plagas, que al cabo le dejan en paz muy á menudo,
-le abate un aburrimiento desconsolador. Verdaderamente no sabe qué
-hacer de su cuerpo, ni en su celda ni en la calle. En la una todo
-es angostura y soledad. En la otra no tiene ya con quién departir;
-pues sus tres camaradas, únicos seres cuyo trato ha cultivado con
-frecuencia, le van inspirando una invencible antipatía, y huye de ellos
-como de la peste.
-
-En cuanto _á lo demás_, tanto le cansa como le deleita, si es que algo
-de ello no le remuerde; reducido, en suma, á insubstanciales despojos
-de las sobras de otros tiempos, ó á _similores_ del presente, que
-no valen el trabajo que le cuestan, ni el riesgo en que le ponen su
-libertad.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-IX
-
-POR LAS NUBES
-
-
-Ahora podemos suponer, por suponer un poco de todo, que Gedeón, libre
-una semana de sus dolencias físicas, hace un esfuerzo supremo para
-sacudirse las morales, y se lanza, fraque en ristre, á regiones en que
-jamás ha penetrado, para estudiar aquellas razas y la manera más cómoda
-de explotarlas en beneficio de sus deseos y en concordancia con sus
-imaginaciones.
-
-Por de pronto, sus pies, hechos á pisar los suelos de cabretón, han de
-enredársele no poco en el fino vellón de las alfombras. Brujuleará por
-salas y rincones; hará como que refiere al conocido que haya hecho su
-presentación cosas muy graves é importantes, para estudiar con disimulo
-maneras y actitudes en los que pasan á su lado; para tantear estilos de
-conversación amena y por lo fino, y, sobre todo, para tomar lenguas de
-todas y cada una de las damas que adornan los contornos del salón: se
-fijará primero en las más bellas; después en las más frágiles, y, por
-último, en las más accesibles, según el criterio de su acompañante.
-
-Verá que no faltan entre los hombres que entretienen y acompañan á las
-más jóvenes y más hermosas, galanes antediluvianos que tapan la carcoma
-de sus muchos años con afeites y postizos.
-
-Diránle que, así y todo, los hay entre ellos que no pierden siempre
-que juegan; lo cual animará mucho á Gedeón cada vez que, al pasar por
-delante de un espejo, vea reflejarse en él sus canas, sus arrugas y su
-pestorejo de veterano; pero luégo sabrá que aquellos tipos, además de
-haber envejecido allí, lo cual ahorra el mal efecto de una aparición
-con flemas y _pata de gallo_, y de poseer algún atractivo especial para
-las mujeres, aunque sólo sea éste el saber desempeñar con donaire el
-papel de comparsa en tales fiestas, no son solterones como él, sino
-hombres que no se han casado todavía, porque quizá picaron muy alto al
-intentarlo, pues lo han intentado muchas veces.
-
-¡Pero Gedeón!... He aquí lo que, á lo sumo, se dirá de él, si algo se
-dice, después que se muestre en semejantes alturas:
-
---Pues es _un señor_ que se llama Gedeón, que está bien por su casa, y
-que tiene horror al matrimonio.
-
-No puede decirse menos de un hombre que es, además, vulgar y adocenado
-de figura.
-
-Hay ejemplos de que una pecadora lo haya sido con el caritativo fin
-de sacar á un calavera de los malos pasos en que también Gedeón se ha
-encontrado, y elevarle hasta ella, acaso para corromperle más; pero
-ese redimido era hermoso, ó, cuando menos, notable, ya que no célebre,
-en algún concepto; y Gedeón no es célebre, ni notable, ni hermoso por
-ninguna parte que se le mire.
-
-Con tales desventajas encima, ¿qué puede prometerse el mal aconsejado
-solterón si se echa á herborizar en el campo en que le suponemos
-colocado?
-
-Le rechazarán las solteras, porque no es negocio ni buen modelo para
-marido, aun cuando él se prestara á serlo; y _las demás_, suponiendo
-que existan (yo siempre lo niego), pensarán, y muy cuerdamente, que ya
-que el diablo las lleve, que las lleve en coche.
-
-Tentará á probar fortuna, eso sí, que para eso fué allá, y además es
-terco; y no se dirigirá á la más fea ni á la menos joven, que para
-eso es solterón y frisa en viejo; y se meterá en floreos de lenguaje
-y en retóricas trasnochadas; y preguntará por la _gavota_ y el _baile
-inglés_, y por la música del _Tancredo_, cuando hace setenta años que
-ni aquéllos se bailan ni ésta se canta; y por sandio que sea, caerá en
-la cuenta de que cuanto más sublime se hace, se pone más en ridículo.
-
-Y recordará entonces que en las capas inferiores, como ahora se dice,
-de la sociedad, entre modistillas y gentes de medio pelo, está él como
-el pez en el agua; recuerdo que, enfrente de las dificultades que
-traban su lengua y turban sus ideas, le excitará el deseo de vencerlas,
-y tal vez sus manos se atrevan á cometer demasías de tacto, ó su
-lengua se desborde, ó sus piernas desmazaladas, y á la sazón revueltas
-entre vecinas faldas de sedas y crespones, hagan una barbaridad que
-escandalice al concurso.
-
-De todas maneras, Gedeón perderá el tiempo; porque aun concediéndole
-algún fruto en sus exploraciones, bien apreciado no valdrá la violencia
-en que le pondrían los medios para alcanzarle. Violencia digo, porque
-sin ella no puede él vivir en un terreno tan extraño á sus hábitos é
-inclinaciones.
-
-Y si le frecuentara más para hacerle placentero, acabaría por salir de
-él marido de la mujer más pobre y fea; y no _convertido_, sino _domado_
-como una bestia; en el cual caso sería una variedad vulgarísima entre
-los célibes remolones, y no un perfecto modelo de la especie solterona
-_impenitente_, como el lector y yo hemos convenido en que sea Gedeón.
-
-En substancia, este capítulo es pura y simplemente una respuesta
-anticipada al candoroso lector que, olvidado de la naturaleza especial
-de nuestro personaje, me salga al encuentro con esta observación, que,
-en su concepto, lo resolvería todo, y hasta me excusara el trabajo de
-escribir lo que me falta de este libro.
-
---Pues, hombre, si Gedeón se aburre, ¿por qué no se divierte como yo?
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-X
-
-LO QUE NO HABÍA PREVISTO GEDEÓN
-
-
-Pero lo verosímil es que, á pesar de sus propósitos, si los tiene
-todavía, no se resuelva á salir de sus merodeos de _escalera abajo_;
-porque lo que entra con el capillo, sale con la mortaja.
-
-Á la edad en que Gedeón ha pensado en elevar su vuelo hasta las águilas
-rapaces, ya pesa mucho el cuerpo; y si, aunque con trabajos, se sube,
-faltan los ojos para resistir el sol mirándole cara á cara. La tierra
-llama á lo suyo; y aunque sueñe ser águila, se queda el atrevido tan
-milano como sus hábitos le han hecho ó su madre le parió.
-
-Lo innegable, por de pronto, es que una noche se retira á su albergue
-triste y dolorido; que la cama, aunque fementida, le llama á sí, y que
-él se arroja en ella sediento y quebrantado.
-
-Como el sueño no acude á sus párpados, entretiénese en apreciar la
-cantidad y la calidad de la dolencia que le postra; pero cuanto más
-se examina, menos comprende si sus dolores proceden del cuerpo ó del
-espíritu.
-
-Le asaltan serios temores de que la enfermedad pueda complicarse, y se
-estremece al pensar en la asistencia que le aguarda.
-
-Entonces cae en la cuenta de que jamás ha entrado en sus previsiones un
-contratiempo semejante.
-
---He aquí un caso--se dice,--en que la familia no es tan abominable
-como nos la pintan. La más mala de las mujeres, el más ingrato de
-los hijos, pudieran prestarme ahora un auxilio, aunque sólo fuera el
-de su presencia, que para mí no ha de haber, ni pagándole. Mas yo no
-tengo esposa, ni hijos... ni siquiera un amigo, ni un allegado... Me
-faltará el consuelo de que no carecerá el último zapatero que se muera
-de hambre en un desván... Pero esto tenía que suceder; es lógico tal
-desamparo... Es una de las quiebras de mi oficio.
-
-Después se va con la imaginación adonde le llevan los objetos que le
-rodean y los rumores que perciben sus oídos; y así, por esta senda,
-llega á antojársele que en toda fonda _bien montada_ hay algo de
-manicomio, de cárcel y hasta de hospital: de todo, menos de casa y
-hogar.--Aquellas celdas en fila, con los números sobre la puerta;
-aquella uniformidad de camas, de colchas, de sillas y jergones;
-aquel hormigueo de gentes en los interminables corredores, gentes de
-todas edades, procedencias y cataduras; gentes que no se conocen ni
-se hablan; aquellos camareros brutales, impasibles, con el eterno
-mandil ceñido y el sucio lienzo en la mano, como verdasca de loquero ó
-tohalla de _practicante_; aquel gemir en un cuarto, reir en el otro y
-cantar en el de más allá; ó hablar aquí en francés, en griego allí, y
-en un rincón de negocios, en otro de literatura, y de amor en el más
-obscuro; aquella campana que recorre patios y pasadizos, llamando á
-comer cosas que el huésped no ha pedido y no sabe si le gustarán, en
-una mesa muy larga y entre gentes que se enfilan en ella como mulos en
-pesebrera, y como éstos, sin chistar ni sonreir, engullen; el rechinar
-de las cerraduras por la noche al meterse cada cual en su madriguera;
-el ruido acompasado del huésped que se va, ó del que llega á las dos
-de la mañana, como el ruido de los pasos del centinela en el patio
-de un presidio, ó de los hombres que sacan un cadáver de la cama de
-un hospital para llevarle al cementerio; y, por último, el marcharse
-uno sin despedirse como entró sin saludar, porque el _amo_ es allí
-una entidad, como el Municipio ó el Estado en los hospitales, en los
-manicomios y en las cárceles, detalles son, con otros muchos más, en
-concepto de Gedeón, tan aplicables á la fisonomía de una fonda como á
-las de esos lugares aborrecibles y aborrecidos.
-
-Lo único en que no se parecen la una y los otros es que en los
-hospitales, en los manicomios y en las cárceles tiene la caridad
-socorros y consuelos para los acogidos, para los locos y para los
-criminales enfermos, al paso que los huéspedes de las fondas pueden,
-como Gedeón mismo, irse al otro mundo sin que lo sepa nadie más que
-Dios que se los lleva.
-
-En éstas y otras visiones, la noche avanza, el sueño no viene y la sed
-le atormenta. Como se ha bebido ya el agua de la botella, ase el cordón
-de la campanilla, tira de él con ansia, y espera.
-
-Los minutos corren y nadie viene.
-
-Al fin oye pasos en el corredor.
-
---¡Ese es!--piensa.
-
-Pero el ruido se aleja. Oye otra vez rumor de pisadas junto á su
-cuarto, y vuelve á llamar creyendo que le oirá el que pasa; mas no
-reflexiona que la campanilla á la cual corresponde el cordón de que él
-tira, quizá esté zarandeándose en el otro piso, y que se necesita que
-se halle cerca de ella una persona para que pueda saberse que _número_
-es el que llama.
-
-Convencido de que tirar de aquel cordón es clamar en desierto, se
-arroja de la cama y apaga su sed con el agua de la jarra de latón. No
-es fresca ni está limpia; pero es abundante.
-
-Vuelve á acostarse, y tampoco puede dormir; y van pasando las horas y
-mermándose los ruidos, por calmarse el movimiento; y cuando sólo se
-oye, de vez en cuando, el roncar de los que duermen á los lados, ó el
-lento taconeo del que trasnocha ó se va, ó el lastimero mayar del gato
-enamorado, en el desván cercano ó en el tejado vecino, el cansancio le
-rinde y le proporciona un sueño reparador, durante el cual se imagina
-que vela á su lado una esposa solícita y amante que le toca la frente y
-se la refresca con besos amorosos y con paños de nieve, no más blanca
-que sus manos, mientras un niño de angelical sonrisa le acaricia el
-enardecido rostro con sus rizos de querube.
-
-¡Cómo le consuela todo esto! Pero en seguida se le ponen delante sus
-tres camaradas y consejeros, furibundas las miradas y mostrando en sus
-espumantes bocas víboras por lenguas; ante el cual aspecto, repulsivo
-é infernal, la visión consoladora desaparece, quedando en su lugar un
-hombre de blanco mandil, que le pide por cada gota de agua una moneda.
-
-Después no sueña nada; se queda como un tronco. Al despertar por la
-mañana, se encuentra sin fiebre, pero muy abatido y con horror á la
-soledad.
-
-No se cansa en reñir al mozo que le sirve, cuando, cerca del mediodía,
-entra en su cuarto: perdería el tiempo y las palabras; pero le
-_suplica_ que mande venir un médico.
-
-Á todo trance quiere comunicar con alguno; y no teniendo amigos ni
-parientes, ha calculado que nadie como un hombre de aquella profesión
-puede ayudarle á pelear contra el enemigo que le asedia.
-
-Hará que le visite á cada hora, si tanto se necesita; le costará el
-auxilio caro, pero tendrá, á lo menos, quien le ayude á morirse en toda
-regla, si decretada está su muerte, ó le tienda una mano para salir del
-lecho.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-XI
-
-LO QUE LE DUELE Á GEDEÓN, Y POR QUÉ LE DUELE
-
-
-Al cabo de dos horas se presenta el médico. Se ha necesitado una para
-que el camarero, después de olvidar el encargo, le recuerde, y cerca de
-otra para decidirse á llevarle á su destino.
-
-Es el Doctor hombre de medio siglo, de rostro sereno y de mirada firme,
-pero sin dureza; pulcro en el vestir y culto en sus maneras.
-
-Gedeón, en cuanto le tiene al lado, le hace una pintura de sus
-recientes dolores.
-
-El Doctor le mira, como si sus ojos leyeran mucho más adentro de la
-fisonomía; le toma el pulso, sin dejar de mirarle, y no dice una
-palabra.
-
-El enfermo, tras una corta pausa, continúa enumerando detalles y
-acumulando fenómenos, sin ocultar lo que soñó por la noche.
-
-El médico palpa, observa y no despliega sus labios.
-
-El paciente cierra los suyos, mira á los ojos del médico, y parece
-pedirle su dictamen.
-
---¿Quiere usted darme algunos antecedentes?--dice al cabo el Doctor,
-dejando de palpar, pero no de mirar á Gedeón, como si le pareciera poco
-la enfermedad explicada para causa de tanto y tan visible decaimiento.
-
-Gedeón, que siempre tuvo una salud de bronce, no halla medio de
-satisfacer la pregunta del Doctor.
-
---No se fije usted solamente en los dolores del cuerpo--añade éste
-al notar la perplejidad del enfermo;--examine usted también las
-vicisitudes del espíritu; pues con frecuencia es éste la causa mediata
-de muchas dolencias de aquél.
-
-Gedeón narra sus últimas desazones, aunque achacándolas á las prosáicas
-contrariedades que el lector conoce.
-
---Un poco más atrás...--replica el médico, como si hubiera dado con el
-rastro de lo que busca.
-
-Gedeón retrocede con su relato hasta la catástrofe de la señora Braulia.
-
---¡Más atrás todavía!--insiste el Doctor, animando al enfermo con
-expresiva mímica.
-
-Gedeón se atreve á contar hasta _por qué_ se decidió á establecerse
-como _mozo de casa abierta_; apunta algunas consideraciones sobre su
-aversión al matrimonio; algo también sobre los consejos que le dieron,
-y no poco sobre el carácter de los consejeros; y así, apuntando el uno
-y excitándole el otro á revolver más los fondos de la historia, llega
-el Doctor á conocerla casi tan al pormenor como nosotros, siendo de
-notar que Gedeón la desenvuelve con tanta complacencia, como si fuera
-lienzo ceñido á sus carnes, y buscara quien estirase las arrugas que se
-las desuellan.
-
-Cuando concluye, le dice el Doctor, con rostro afable:
-
---Lo que usted me ha referido no es otra cosa que la confirmación de
-una sospecha que adquirí desde que comparé su estado actual con las,
-según usted creía, causas inmediatas de él.
-
---¿Luego no son esas las que?...
-
---El mal que, en apariencia, le ha postrado á usted en el lecho, se
-cura con dos cuartos de ungüento; pero no le diría á usted la verdad el
-médico que le dijera que estaba usted curado porque ya no le dolía la
-rodilla.
-
---¿Cree usted que podrá repetirse el dolor, según eso?
-
---Creo que no es ese el mal que usted padece.
-
---¿Otro más grave, acaso?
-
---¿Me autoriza usted para decirle todo mi leal sentir?
-
---No sólo le autorizo á usted, Doctor; se lo ruego.
-
---Pues haciendo uso de esa licencia, empiezo por decir que le ha hecho
-usted muy malo de su vida.
-
---¿Por qué?
-
---Porque ha mirado usted del revés todas sus conveniencias.
-
---¡Vea usted: yo creía todo lo contrario!
-
---No me sorprende. Viéndose usted joven, robusto, mimado y consentido,
-dejóse arrastrar de los estímulos de todas esas aparentes ventajas, sin
-tener en cuenta que son muy efímeras, ni, lo que más importa, aunque el
-corazón debió advertírselo, que el hombre necesita, en cada edad, hacer
-(si es lícita la metáfora) sus provisiones para la inmediata; porque
-sabido es que en lo moral, y á las veces en lo físico, lo que en las
-unas nutre, en las otras envenena.
-
---Por ejemplo...
-
---Por ejemplo: la absoluta emancipación de las pasiones, la ruptura de
-todos los vínculos divinos y humanos...
-
---¿Y eso nutre alguna vez?
-
---Eso, durante el hervor de la juventud, es el fuego que más le
-sostiene; el huracán que le empuja; el imán que la atrae.
-
---¿Y después?
-
---Después es el hielo de los páramos en el invierno de la vida.
-
---Es muy bonito eso... para dicho, Doctor; pero...
-
---¿Duda usted que sea cierto?
-
---Acaso.
-
---Pues de que lo es, tengo un ejemplo delante.
-
---¡Yo!
-
---Me ha confesado usted hace poco que la soledad le mata.
-
---Es verdad.
-
---Luego no me equivoco.
-
---Pero eso le sucede á cualquiera.
-
---Lo niego: de esa clase de soledades únicamente se quejan los que
-han vivido divorciados de todo afecto generoso; los que han hollado
-en la juventud las leyes de Dios y las de la naturaleza; los que han
-llegado á las puertas de la vejez sin un abrigo para el corazón, sin un
-consuelo para el alma.
-
---Hombre, en eso de consuelos, cada uno puede tenerlos á su manera.
-
---No el alma, que los tiene bien determinados; el alma, como de origen
-divino, no puede satisfacerse con los goces brutales de la materia. Su
-destino en el mundo es mucho más elevado.
-
---¿Cuál es, según usted, ese destino sublime?
-
---El amor.
-
---Entonces estamos de acuerdo.
-
---El amor, sí; pero no ese amor carnal que sólo dura lo que la pasión
-grosera que le enciende; el amor del padre al hijo, del hijo al padre,
-del hermano al hermano, del hombre á su prójimo; el amor que infunde
-en una criatura el heroísmo de arrojarse al fuego por sacar de él á su
-enemigo; el placer inefable de aliviar los dolores que padece otro sér;
-el ansia de ser útil á sus semejantes... Este es el amor sublime; éste
-es el amor del alma, si el alma ha de ser digna de Dios.
-
---Y ¿cuál es, en opinión de usted también, la fuente en que se bebe ese
-néctar?
-
---La familia.
-
---Y ¿por qué no ha de beberse fuera de ella?
-
---Fuera de ella puede también sentirse ese amor; sólo que quien así le
-sienta, no odiará, como usted, el matrimonio, base y fundamento de la
-familia.
-
---Y ¿por qué odiando el matrimonio no he de poder yo amar de esa manera?
-
---¿Por qué no brotan flores en el Sahara?
-
---Porque es un desierto.
-
---¿Y cree usted que es otra cosa el corazón de un egoísta? ¿Cómo ha de
-ser capaz de partir su capa con el pobre quien renuncia á los hijos
-por el temor de que le turben el sueño con sus juegos? ¿Qué ha de ser
-el corazón que sólo palpita al impulso de los groseros deleites, más
-que una víscera, como el de una bestia?... y digo mucho, porque las
-bestias tienen el instinto de asociarse y de amar á sus semejantes,
-cumpliendo de este modo la ley que Dios les impuso; ley contra la que
-nada ni nadie se rebela en la tierra, más que el hombre egoísta.
-
---¡Ja, ja, ja!... ¡qué Doctor éste!
-
---¿Se ríe usted?
-
---¿Pues no he de reirme?
-
---¿Por qué no se reía usted anoche?
-
---Hombre... porque estaba enfermo.
-
---Y ¿por qué lo estaba usted?
-
---¡Toma!... Porque... porque no estaba sano.
-
---Eso es responder de mala fe: usted me ha confesado que lo que más le
-dolía entonces era... _el desamparo_.
-
---Llámelo usted _hache_.
-
---Precisamente hay que llamarlo _equis_, porque es la incógnita de este
-problema.
-
---Pues concedido que lo sea. ¿No podía yo estar acompañado y
-asistido... hasta con amor, y sin embargo?...
-
---Y sin embargo, pensar usted como piensa, y ser usted lo que es. ¿No
-es esto lo que usted quería decir?
-
---Cabalmente.
-
---Y ¿á título de qué, señor mío, había de gozar usted ese privilegio?
-¿Quién le ha dicho á usted que el amor del prójimo se enciende como
-una pajuela cuando necesitamos su luz, y se apaga cuando nos estorba?
-¿Qué da usted al prójimo en cambio de eso que le pide?... Ó ¿cree usted
-que el mundo es un mueble de lujo para recreo de cuatro solterones
-aburridos, ó de otros tantos egoístas desalmados?
-
---Está usted cruel conmigo, Doctor.
-
---Como lo estoy siempre que trato de salvar una vida extirpando el
-cáncer que la compromete. Cumplo con mi deber.
-
---Es verdad.
-
---Y no dude usted que le hablo con ella en los labios.
-
---No lo dudo, y hasta agradezco la intención. Pero pongámonos en todos
-los casos. Suponga usted que esas teorías me parecen muy saludables,
-y que las aplaudo; pero suponga usted también que mi corazón se
-resiste á aceptarlas. ¿Cómo he de adoptar yo un partido que, sin poder
-remediarlo, me repugna?
-
---El corazón se educa como la inteligencia, señor mío; y la prueba es
-que el corazón de usted está dando hoy el fruto de la educación que
-recibió ayer.
-
---Árbol, como dicen los moralistas, que se torció de joven.
-
---Cabalmente.
-
---Luego debo renunciar á enderezarle, hoy que es ya viejo.
-
---Esa segunda parte es la que no se ajusta rigurosamente al caso actual.
-
---¿Por qué?
-
---Hay en la enfermedad que usted padece, un síntoma del cual huye usted
-tomándole por enemigo de su reposo. Pues precisamente ese síntoma es
-el que á mí me revela que el árbol, aunque robusto, puede enderezarse
-todavía. Aludo á esa ansia de algo que usted busca y no halla, desde
-que se vió solo en el hogar doméstico.
-
---Y ¿qué viene á ser ese síntoma?
-
---El grito de la naturaleza que reclama sus derechos; el ¡ay! de un
-alma solitaria.
-
---Y ¿cómo he de responder yo á esos gritos y á esos ayes?
-
---Dándole al alma su natural refugio.
-
---¿Dónde existe ese refugio? ¿Cómo se llama?
-
---Existe en todas partes; se llama familia.
-
---¡Familia! Olvida usted que no la tengo.
-
---Sé que no trató usted de adquirirla cuando perdió la que tenía; y á
-esa falta de previsión aludí al principio.
-
---Pues, amigo Doctor, ya es tarde para reparar esa falta.
-
---Yo insisto en que aún es tiempo.
-
---¿Y así, de repente, como quien cambia de vestido, quiere usted que
-cambie yo de sistema, ó de estado?
-
---De ningún modo. Quiero que, ya que hasta hoy ha venido usted
-envenenándose el alma con quimeras de la imaginación, empiece usted á
-tomar el antídoto, estimulando un poco el sentimiento, ó lo que es lo
-mismo, dejándose llevar de esa ansia que le _persigue_, hasta donde esa
-ansia le lleve. El punto de parada será el puerto de salvación.
-
-Dicho esto, cállase el médico y Gedeón no replica, y quédanse los dos
-mirándose mutuamente; pero la mirada del Doctor es la que ataca, por
-decirlo así; la del enfermo la que se defiende, y no con mucho valor.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-XII
-
-OPINIÓN DE UN MÉDICO SOBRE UN FISIÓLOGO Y OTRAS MISERIAS
-
-
-Transcurridos así breves momentos, Gedeón pregunta, en crudo, al Doctor:
-
---¿Es usted casado?
-
---No, por desgracia.
-
---¿Luego no me predica usted con el ejemplo?
-
---Le predico á usted con el sentido común, y además con la experiencia.
-
---¿Con qué experiencia?
-
---¿Le parece á usted poca la de mi profesión? Todas las de mis enfermos
-son otras tantas familias con quienes comparto sus penas y sus
-alegrías. ¡Y si viera usted cuánto se aprende en esos libros tan viejos
-como el mundo!
-
---No lo dudo; pero mientras en su lectura no se interese el corazón...
-
---¿Luego cree usted que el mío no se interesa en ella? ¿Luego es usted
-de los que piensan que la condición de médico excluye toda sensibilidad
-moral?
-
---No tanto como eso; pero creo que la costumbre de ver padecer á otros,
-embota, hasta cierto punto, esa sensibilidad.
-
---La costumbre, amigo mío, enseña á sufrir, pero no á matar el
-sentimiento; la costumbre enseña á cortar un miembro sin que la mano
-vacile, pero no á que el corazón deje de sentir el ¡ay! que el dolor
-arranca al amputado; la costumbre enseña á penetrar en el hogar ajeno,
-donde todo es lágrimas y desconsuelo, sin que las nuestras broten de
-los párpados, pero no evita que el alma se anegue en ellas... Créame
-usted, no hay nada más terrible que la situación de un médico á la
-cabecera de un moribundo. Á los ojos de la madre, de la esposa, de los
-hijos, asomadas sus almas, y esas almas mirando á nuestros ojos para
-leer en ellos un consuelo y pedir á nuestra ciencia una esperanza; y,
-entre tanto, nuestra ciencia no sabe calmar uno solo de los dolores
-que van matando poco á poco al desgraciado, que acaso es nuestro mejor
-amigo ó nuestro hermano.
-
---¡Menguada ciencia, por cierto!
-
---La ciencia no puede borrar lo que está escrito. Allí donde Dios pone
-su mano; allí donde el Hacedor dice: «esta vida se acaba,» es inútil
-el esfuerzo del hombre.
-
---Luego es inútil la ciencia.
-
---La ciencia sirve para hacer de un cuerpo inválido un cuerpo vigoroso.
-Éstos son nuestros grandes consuelos, aunque no alcanzan á compensar
-las otras amarguras. Pues bien: el que tiene saturada de ellas el
-alma; el que á combatir sus causas se consagra, sin hora cierta para
-el reposo ni el sosiego, ¿cómo ha de gozar las dulzuras de la familia
-propia? ¿No la expondría á cada instante, si la tuviera, al contagio
-de sus melancolías? Por eso no la tengo yo, amigo mío; es decir, por
-amarla, por venerarla demasiado; por eso se la recomiendo á usted, que
-es libre, para hacerla feliz y serlo, á la vez, con ella.
-
---Pero repare usted, Doctor, que la pintura que usted me ha hecho del
-interior, llamémoslo así, de una familia, no tiene gran atractivo que
-digamos.
-
---¿Y piensa usted que por huir de la familia ha de verse libre de
-dolores ni de la muerte?
-
---No; pero entre sentir los míos solos, y cargar con la molestia de los
-ajenos, hay alguna diferencia.
-
---No tan grande, seguramente, como la que hay entre verse usted como se
-ha visto anoche, aun sin grave dolencia, y asistido y consolado como,
-según usted mismo me ha dicho, se creyó, por un instante, en su delirio.
-
---Delirio al cabo, Doctor.
-
---Delirio que yo veo todos los días convertido en realidad.
-
---¿En dónde?
-
---Á la cabecera de mis enfermos; allí, por cada vez que hallo el vacío
-y el desamparo, como los he hallado en este cuarto, hallo mil todas las
-virtudes de que es susceptible el corazón humano, formado á tiempo por
-el santo calor de la familia cristiana, á cuyo abrigo tuvimos usted
-y yo la dicha de nacer; allí, entre la prosa, como ustedes dicen, de
-los jaropes y de los ayes, es donde yo veo el amor desinteresado,
-la abnegación y el heroísmo, lucir como las estrellas en el cielo,
-brotar como las flores en la primavera. Allí, en presencia de aquellos
-modelos, es como debieran escribirse las _fisiologías del matrimonio_;
-no á las puertas del gran mundo, ni en los bailes de la Ópera, ni en
-las carreras de Long-champs; en esos libros debieran buscar los hombres
-como usted la resolución de sus dudas, y no en las páginas de los
-libelos, ni en el dictamen de tres egoístas de la peor especie.
-
---¿Conoce usted á Balzac, Doctor?
-
---Conozco á Balzac y á cuantos han llevado su contingente de burlas á
-ese cúmulo de dislates sobre la familia, que le han extraviado á usted
-el criterio.
-
---¡Dislates Balzac!
-
---Precisamente han sido los grandes hombres quienes han dicho los
-mayores desatinos.
-
---¡Doctor!...
-
---No se fije usted en mi pequeñez para desautorizar el aserto. Otro
-grande hombre, más viejo que Balzac, y aun de más talla, Cicerón, lo ha
-dicho: _Nihil tan absurdum quod_...
-
---Perdone usted, Doctor; estoy algo flojillo en esa lengua.
-
---Pues quiere decir, en romance, _que no hay absurdo corriente_, _por
-enorme que sea_, _que no proceda de algún filósofo_.
-
---Pues con la venia de Cicerón, ya que quiere usted que no acepte yo
-sus palabras como un dicho más, paréceme á mí que tratándose de hechos
-como los que analizan esos grandes pensadores, no tiene mucho valor ese
-dictamen.
-
---¿Á qué hechos se refiere usted?
-
---Al matrimonio, por ejemplo.
-
---¿Y le analiza alguno de ellos?
-
---Con pinzas y microscopio... Pero ¿no me ha dicho usted que conoce á
-Balzac?
-
---Y lo repito; y por eso declaro que yo no he visto jamás en los libros
-de ese autor cosa que se parezca al matrimonio.
-
---¡Pues me gusta, hombre!... ¡Cuando no tratan de otro asunto sus
-dos obras más famosas!... Á millares danzan allí los maridos y las
-mujeres... y lo demás.
-
---Efectivamente, se habla mucho en esos libros de matrimonios que,
-después de arañarse por resentimientos apenas verosímiles en imberbe
-enamorado, se reconcilian con un vestido de baile, con una comida
-_au Rocher de Cancal_, ó con una cena en el _Café Inglés_; hay allí
-mujeres que «se aterran» porque dice la modista, al probarles un corsé,
-que les ha crecido el perímetro de la cintura media pulgada; maridos
-que se amoscan porque sus mujeres aluden con demasiada frecuencia al
-reciente desarrollo de sus estómagos; esposas que se arrepienten de
-serlo porque sus maridos tienen un diente postizo, pero que, al cabo,
-se consuelan sabiendo que hay esposos de sus amigas que toman rapé. Á
-todas estas cosas y otras infinitas no tan _transcendentales_, pero sí
-inherentes al matrimonio, se les llama _miserias de la vida conyugal_,
-y se discurre largamente sobre ellas, en palabras de doble sentido,
-y dando á todas las frases un aire de «¡pobres _predestinados_!;» se
-dice, bajo el rótulo de _axioma_, y como un aviso en bien de la paz de
-un matrimonio, «que se guarde mucho el marido de dormirse antes y de
-despertarse después que su mujer;» porque ¡figúrense ustedes lo que
-sucedería oyéndole ésta roncar, ó contemplándole en posición poco
-_elegante_!; se diserta con este motivo sobre las condiciones que debe
-reunir la cámara nupcial, y se califica de _imbécil_ al marido que se
-atreve á colarse en el tocador de su esposa... Aquello, amigo mío,
-de punta á cabo, no es más que una pura decepción de los sentidos, y
-una ociosa gimnasia del raciocinio para indicar el modo de que duren
-algo más las _ilusiones_; lo propio que si se tratara de un acaudalado
-sensual y de una cortesana corrompida, que se _ajustasen_ para vivir
-matrimonialmente una temporada.
-
-¿Le parece á usted que es esto analizar el matrimonio? ¿Le parece á
-usted que éste no tiene otros fines que cumplir ni otros aspectos por
-los cuales deba estudiársele? ¿No es un desatino, más que desatino,
-sandez, excitar al lector á que crea que la esposa que se arroja de
-su lecho para salvar de las llamas á su hijo, sin reparar en que su
-marido la está viendo descalza y en camisa, es una mujer prosáica, cuyo
-ejemplo debe presentarse para _escarmiento_ de los hombres de _buen
-gusto_ aspirantes á casarse?
-
---Amigo mío, llevando las conjeturas al extremo á que usted las lleva...
-
---No hay tal extremo; son deducciones lógicas de los principios
-manoseados por Balzac. Y yo pregunto ahora: ¿qué se propone este
-sediciente fisiólogo? ¿Demostrarnos que la _ilusión_ del novio
-desaparece en breve dentro del matrimonio? Pues para semejante
-vulgaridad no había para qué emborronar tantos papeles. El marido
-más ramplón de los _míos_ sabe que todo lo que en la vida conyugal
-se refiere á los sentidos, apenas resiste la segunda prueba. ¿Quiere
-decirnos también que el matrimonio más enamorado al formarse, tiene
-que deshacerse pronto por la fuerza incontrastable de las miserias
-de sus propios _desencantos_? Pues á esto puede preguntar el mismo
-_pobre_ marido á ese grande hombre: «¿Qué haces tú de los cónyuges de
-tus libros cuando pierden las ilusiones ó se las quitan los años con la
-prosa de las arrugas y del histérico? ¿Se devoran unos á otros? ¿Los
-recoge la caridad pública? ¿Ó hay algún infierno especial adonde van
-estos seres, aun en vida, á purgar el delito de haberse casado, ó la
-afrenta de haber envejecido? ¿Y son esos los matrimonios que han de
-producir hombres útiles á la patria, y mujeres que lleguen á ser madres
-honradas, como la mía? Pues yo, que peino canas y tengo á mi lado una
-esposa con arrugas, no trocara por aquellas ilusiones que duraron un
-día, como todo lo carnal y voluptuoso, el inefable placer que siente
-mi alma desde el instante en que se fundió en la de mi _compañera_,
-como la de ésta se fundió en la mía; el sublime consuelo de venir
-atravesando juntos el desierto de la vida, prestándole yo mis fuerzas
-y ella auxiliándome con las suyas; y, por último, la dicha de verme
-revivir en mis hijos, de verlos crecer y de dirigir sus corazones para
-que sus virtudes puedan llegar á ser un día corona de mis canas, y
-acaso, más allá, la gloria de mi nombre ó de su patria, con el cual fin
-les pongo, como perenne juez de sus actos, á Dios de quien proceden y
-á quien irán, si á su ley no faltan mientras acá abajo lidian, que á
-eso venimos á este campo de batalla, contra las propias pasiones y el
-rudo acometer de las ajenas. Así pensando y así sintiendo, ni yo veo
-sus arrugas, ni ella en mis canas repara; y cuanto más el cuerpo se
-encorva hacia la tierra que le llama, más risueño y más ufano se eleva
-mi espíritu hacia Dios, que es su dueño y su destino.»
-
-Esto le diría á Balzac, dándole en ello bien resuelto su mal planteado
-problema, el último de los maridos que no han aprendido á serlo en
-los _gabinetes reservados_ de los _restaurants_ de París, ni en el
-_foyer_ de sus teatros, ni en las aceras de sus _boulevards_, ni en las
-_exposiciones_ de sus _loretas_ y _cocodés_. ¿Se dice algo parecido á
-ello en los matrimonios á que aluden esos libros?
-
---Pero, Doctor, el que Balzac hable de lo que sucede en sus
-matrimonios, no quiere decir que se burle de _los de usted_.
-
---Precisamente es á propósito de eso cuando la desfachatez del grande
-hombre, francés y todo, raya en lo inimitable. Recuerdo que subiéndose,
-como de costumbre, á la trípode (y por esa modestia me gustan á mí
-todos los escritores de su tierra), lanza á los cuatro vientos este
-_axioma_... entre dos anchos espacios, como aconseja Beaumarchais que
-se haga para que un dicho huela á sentencia de sabio: «Para ser feliz
-en el matrimonio, se necesita que los cónyuges sean hombre de superior
-talento _él_, y tierna y sublime _ella_, ó los dos rematadamente
-bestias.»
-
---¡Pues cátalo ahí!
-
---¿Cuál?
-
---Un caso... dos casos.
-
---¿De qué?
-
---De matrimonios posibles.
-
---Cabalmente son de los pocos que tacha el sentido común.
-
---¡Qué demonio de Doctor éste! ¿Pues cuáles son los que el sentido
-común acepta?
-
---Todos los que excomulga Balzac en el axioma: todos los que caben
-entre sus dos extremos: todos aquéllos á quienes el vulgo llama, en
-su lenguaje expresivo y adecuado, «matrimonios _como Dios manda_;» es
-decir, las mujeres que cosen, los hombres que trabajan, las madres
-que viven para sus hijos, los padres que cumplen con sus deberes.
-Para todo esto y mucho más que es la moneda corriente en todas las
-familias honradas y en toda sociedad bien regida, son un estorbo serio
-la sublimidad del ingenio y la sensiblería pedantesca ó la falta
-de sentido común en los esposos... Conque ¡vaya usted admirando la
-competencia ó la buena fe de su grande hombre para entender en achaques
-matrimoniales!
-
-Entre tanto, y prescindiendo yo de estas razones que tantas ventajas
-me dan en la cuestión que ventilamos, tómola en el punto en que usted
-me la puso hace un momento, y concedo que Balzac, al burlarse de _sus_
-matrimonios, respeta los _míos_. En tal caso, ¿por qué acepta usted
-todo lo que él dice, como razones contra _todos_ los matrimonios?
-
---Porque está de acuerdo con mi manera de pensar y de sentir.
-
---¡Y con esa ligereza se resuelven asuntos tan graves para la vida!...
-Porque todavía comprendo yo que Balzac, por lucir su ingenio, se
-entretenga en escribir esas lindezas contra el matrimonio; pero que
-haya hombres que se las traguen como artículo de fe, y las acepten
-por regla de conducta, sacrificando á ellas hasta los impulsos de su
-corazón, le juro á usted que no me lo explico.
-
---Pues yo sí, Doctor, y muy fácilmente.
-
---¿Conoce usted _los otros_ matrimonios?
-
---Nada más que por lo que usted me ha dicho de ellos.
-
---De manera, que tiene usted, de una parte, los matrimonios _á la
-francesa_, llamémoslos así, ridiculizados por algunos escritores de
-chispa y por la grosería de tres solterones impudentes; y de la otra,
-los matrimonios _á la buena de Dios_, que le son desconocidos; y cuando
-su corazón le grita que es ya llegada la hora de decidirse, renuncia
-usted á casarse por lo que ha leído y le han contado de los malos,
-sin tomarse la molestia de ver lo que hay oculto entre los buenos.
-Concédame usted que esto es discurrir con poca lógica, y conspirar
-contra sus propios intereses.
-
---Pero ¿de qué deduce usted que yo he sentido esos impulsos del corazón
-hacia el matrimonio?
-
---De sus tristezas pasadas y de sus soledades de hoy; de todo cuanto
-usted me ha referido, y de lo demás que voy _traduciendo_ yo.
-
---De modo que insiste usted en prescribirme por remedio...
-
---Justamente: que se deje usted llevar de esos impulsos hasta donde
-ellos le conduzcan... Y creo que, dicho esto, basta de amonestaciones
-por hoy. ¿No es cierto?
-
---Le aseguro á usted, Doctor, que estoy oyéndole con grandísima
-complacencia.
-
---¿Por lo que le distraigo, ó por lo que le _ilumino_ á usted?
-
---Por ambas cosas.
-
---Permítame usted que le diga que no habla mucho en pro de la segunda
-el laconismo de sus réplicas.
-
---Cortedad de alcances, Doctor.
-
---Ó impenitencia obcecada, señor modesto... De todas maneras, no olvide
-usted, para perdonarme, que cuanto le he dicho ha sido como médico
-en combate con su enfermedad, para lo cual me ha llamado usted á la
-cabecera de su cama. La misma salvedad hago para cuanto pueda decirle
-en adelante.
-
---Y á propósito, ¿qué me dispone usted?
-
---Ya he dispuesto lo esencial.
-
---Digo para el momento.
-
---Para el momento, es decir, para cuando pueda usted salir á la calle,
-y con el fin de estimular un poco esos impulsos, pensaba disponerle
-á usted, y le dispongo, la misma casa que abandonó por dar demasiada
-importancia á las cosas de la señora Braulia. No tome usted criada
-joven y guapa.
-
---Procuraré, precavido Doctor, cumplir la prescripción en todas sus
-partes.
-
---No crea usted que es la segunda menos importante que la primera, si
-el efecto del remedio ha de corresponder al carácter de la enfermedad.
-
---Conformes; pero es el caso que al pedirle á usted algo para este
-momento, no me acordaba del espíritu, sino del cuerpo.
-
---Su cuerpo de usted, que ya no tiene dolores, no necesita más que
-salir de este agujero cuanto antes, y tener en la convalecencia mejor
-compañía que la que tuvo durante la enfermedad. De lo primero cuidará
-usted; de lo segundo me encargo yo.
-
---Es usted la bondad misma, Doctor.
-
---Cumplo con un deber sagrado, amigo mío. Y pues nada me queda que
-hacer á su lado en esta primera visita, deme usted su permiso para
-despedirme hasta la segunda... si usted la desea.
-
---Pensaba rogarle á usted que no la retardara muchas horas. ¡Estoy tan
-solo!
-
---Entonces, hasta la vista.
-
---Hasta luego, Doctor.
-
-Pero al decir esto Gedeón, deja leer en su cara algo como apremiante
-deseo.
-
-El Doctor lo conoce, sonríe y pregunta:
-
---¿Qué más tiene usted que decirme?
-
---Si en ello no cometiera una indiscreción...
-
---Hable usted sin ese recelo.
-
---Pues, con su permiso, declaro que me deja usted muy sorprendido.
-
---¿De qué?
-
---De su modo de pensar... tan...
-
---Adelante.
-
---Tan... inverosímil en un médico.
-
---Es decir, que para la profesión que ejerzo, no me halla usted
-bastante _espíritu fuerte_: ó más claro, no me encuentra usted parecido
-á los médicos que la fama pregona en comedias y gacetillas.
-
---Cabales.
-
---Esperaba ese reparo; y para contestar á él guardo un argumento
-irrebatible, que no quise emplear en nuestra porfía. Sepa usted, amigo
-mío, que después de todo lo dicho, Balzac y yo somos, en cuanto al
-matrimonio, del mismo parecer.
-
---¡Cáspita!... Luego no me ha dicho usted lo que siente, ó se pasa
-usted á su bando.
-
---Nada de eso: se pasa él al mío.
-
---¡Oiga!
-
---Así como suena. Veinte años después de escribir el grande hombre su
-famosa _Fisiología_, decía, textualmente, al comienzo de otro libro
-suyo: «Quizá no ha trazado mi pluma cuadro que evidencie como éste
-«_cuán indispensable es el matrimonio indisoluble en las sociedades
-europeas_.»
-
---¡Canastos!
-
---Y después de lamentarse de que se rigiera el mundo civilizado por
-un sistema, hijo del egoísmo de los hombres, que deificaba el buen
-éxito y aceptaba por lícitos todos los medios conducentes á lograrle,
-exclamaba: «_¡Quiera Dios que se acoja pronto_ (la sociedad) _al
-catolicismo, para purificar las masas por medio del sentimiento
-religioso y de una educación muy distinta de la que hoy reciben_
-(¡asómbrese usted!) _en las universidades láicas!_»
-
---¡Demonio!... ¿Eso dice Balzac?
-
---Eso mismo; y sin el recelo de que me engañe la memoria, pues conservo
-en ella bien grabada esta preciosa confesión.
-
---¡Pero eso es ultramontano puro!
-
---Lo que usted quiera: el caso es que al lado de su ídolo de usted, soy
-un niño de teta en punto á _preocupaciones rancias_.
-
---De modo que si tomamos los dichos al pie de la letra... Pero Balzac
-diría eso en broma, ó cuando ya chocheaba.
-
---Ni lo uno ni lo otro. Díjolo, muy serio, dedicando á su amigo Carlos
-Nodier, famoso escritor, una de sus mejores novelas, cuyo título es _Un
-ménage de garçon_. Al frente de ella puede usted verlo cuando guste; y
-de paso, léala usted, pues es la refutación más elocuente que existe de
-la _Fisiología del matrimonio_, y de las _Pequeñas miserias de la vida
-conyugal_; sin contar con que el autor de _La Comedia humana_ acabó por
-casarse también, como el más simple mortal.
-
---¿Y cómo se ajustan esas medidas?
-
---Eso pregúnteselo usted á Balzac y á cuantos han tenido la debilidad,
-en alguna época de su vida, de sacrificar á la tentación de decir
-un chiste, el buen sentido y las eternas leyes de la moral y de la
-justicia.
-
-Dicho esto, sale el Doctor de la estancia, y quédase en ella Gedeón, en
-la situación de ánimo que puede suponer el pío lector que ya le conoce;
-es decir, creyendo que no se le da una higa por todo lo que el médico
-le ha predicado, y al mismo tiempo deseando que le predique más.
-
-Verdad es que el Doctor le ha parecido tan cariñoso como discreto.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-XIII
-
-OTRO CAMBIO DE POSTURA
-
-
-Gedeón está ya en su propia casa.
-
-Nada más que dos días necesitó para convalecer. ¡Tal era el afán que
-sentía de salir de aquel mezquino pudridero, y, por sí solo, mortal
-enfermedad!
-
-Durante dos días le visitó el Doctor muchas veces, y otras tantas
-le embelesó con sus vehementes y sinceras condenaciones del estado
-celibatario.
-
-Le _embelesó_ digo, y no lo borro. Gedeón oía al médico echar pestes
-contra los egoístas y contra los célibes, y hasta aplaudía sus
-chistes y sus razones, como el usurero ó la adúltera, asistiendo á la
-representación de un drama en que se condena la usura ó el adulterio,
-aplauden con frenesí un período retumbante en que se pulveriza _á los
-del oficio_, y hasta lloran enternecidos con la víctima esquilmada, ó
-con el marido ultrajado.
-
---Eso no va conmigo,--dicen, á lo sumo, mientras se limpian las
-lágrimas, si por casualidad ellos son cetrino el uno y rubia la otra,
-y los de telón adentro morena la pecadora y bermejo el de la usura; ó,
-cuando más:
-
---Razón tiene ese poeta; pero mientras no acabe de redondear este
-negocillo que traigo entre manos; ínterin Adolfo no me dé un motivo
-serio para ello, yo _no puedo_ abandonar mi honrado tráfico, yo _no
-debo_ pensar en volver á la senda de mis deberes conyugales.
-
-El corazón humano es así algunas veces.
-
-Gedeón oía á su consejero, y acaso decía para sus adentros:
-
---¡Qué razón tienes!--Y sólo contestaba, cuando contestación se le
-pedía:
-
---Ya es tarde, Doctor.
-
-Y si por este flaco se le atacaba, deslizábase de la cuestión con un
-«allá veremos,» frío y desanimado, como el invierno de los pobres. Y
-es que Gedeón era presa de sus vicios y resabios; y sus resabios y
-sus vicios contaban con el auxilio de aquel corpazo, fuerte todavía y
-regalón, para defenderse contra los asaltos del alma desesperada.
-
-No fué necesario, ciertamente, que el Doctor insistiera en la necesidad
-que tenía el convaleciente de volver á su hogar abandonado, porque
-jamás se le dió consejo que mejor se acomodase al rumbo de sus
-pensamientos.
-
-En cuanto le pone en práctica, parece niño con zapatos nuevos. Todo lo
-mira, todo lo soba y con todo se sonríe.
-
---Yo puedo salir de este gabinete--dice para sí,--y pasearme en esta
-sala... y sentarme en este sillón... y, si me acomoda, tirar este otro
-á la calle... y poner los candelabros donde está el reló, y el reló
-donde está la escupidera... y abrir esta alcoba... y tumbarme en esta
-cama... y correr por este pasadizo... y entrar en el comedor... y ver
-qué se guisa en la cocina... y pedir lo que me acomode... y comer á la
-hora que me plazca... y beber agua, cuando lo pida; y, si oigo ruido,
-mandar que cese, y despedir á quien me desobedezca... Porque todo esto
-es mío, y yo soy aquí el amo y hago lo que se me antoja. ¿Hay algún
-fondista inhumano, ó alguna pupilera casquilucia que lo niegue?
-
-Y según lo va pensando, va haciendo todo cuanto de ello es factible sin
-que pueda tomársele por loco.
-
-Á la memoria se le vienen casos y cosas ocurridos bajo aquellas
-mismas paredes, que no son el más elocuente testimonio de la absoluta
-soberanía de que se ufana; pero ¿qué valen esos casos ni esas cosas,
-puestos enfrente de las angustias que él ha pasado viviendo fuera de
-allí?
-
-Después de las soledades y las tristezas en que se ha visto, parécele
-cuanto le rodea un paraíso; y cada mueble y cada objeto de _los suyos_,
-tiene una fisonomía y un lenguaje; y con la una le sonríen y con el
-otro le saludan cada vez que pasa por delante de ellos.
-
-En éstas y otras puerilidades entretenido, deja correr muchos días,
-encomendando el avío de su ajuar y de su mesa á servidores temporeros,
-mientras provee el importante cargo definitivo en persona de su gusto.
-Y lo logra al cabo.
-
-Como precaución muy cuerda contra rencillas y desavenencias mujeriles,
-ha resuelto acumular todas las atribuciones de su servidumbre en una
-sola persona. Que ésta, si las necesita, busque las demás á su antojo,
-ó que se arregle sin ayuda de nadie, si así lo prefiere. El sólo aspira
-á vivir en paz en su casa.
-
-La mujer que escoge para tan delicado cargo, entre las varias que le
-pretenden, es, á primera vista, el tipo de lo insignificante. Tiene
-regular estatura, color regular, regulares carnes, regular fisonomía,
-regular edad; y viste, habla y se presenta, regularmente. Para que todo
-sea regular en ella, se llama Regla, sin más aditamentos ni afinaduras
-en su nombre.
-
-No se agita, ni se desazona, ni hace ruido, ni se mancha; y, sin
-embargo, todo lo gobierna pronto y bien.
-
-Aquella casa es el oro por lo limpia, y un reló por lo arreglada.
-
-Gedeón no sabe todavía quién le prepara sus comidas, tan sazonadas como
-servidas á punto, ni piensa preguntarlo. Lo importante para él es que
-nada le falta ni nada le molesta, porque Regla tiene la gracia, entre
-otras, de saber ser atenta, y aun afectuosa, sin pecar de impertinente.
-
-Una noche observa Gedeón que andan ratones por su gabinete; y
-almorzando, al otro día, se lo dice á Regla. Aquella misma tarde le
-proporciona ésta un perro ratonero, feo como casi todos los de su
-oficio, corto de patas, tan grande la cabeza como todo el cuerpo, y
-para cubrirle de cabo á rabo y con muchas sobras, una melena de color
-de esparto sucio.
-
---¡Qué horrible animal!--exclama Gedeón al verle.
-
-Y, en son de escarnio, le pone _Adonis_ por nombre. Pues vean ustedes
-lo que son debilidades humanas: á los pocos días de esta exclamación,
-tiene Adonis, para su descanso, un colchoncito muy mullido en el mismo
-gabinete de su amo, y éste se pasa las horas muertas atusándole las
-greñas y hasta matándole las pulgas; no almuerza ni come sin tener á
-su lado el ratonero, ni de casa sale ni á ella vuelve sin hacerle una
-caricia.
-
---¡Que pueda un hombre de mis años y de mi temple hallar un verdadero
-placer en manosear una bestia semejante y de tan bajo oficio, no lo
-creyera jamás á no palparlo!--piensa Gedeón algunas veces; y suele
-concluir diciendo en voz alta algo por el estilo:
-
---¡Chucho... hermosura de la casa! Esta mañana no fuiste á darme los
-buenos días á mi cama. Si vuelve á sucederte, te quedas sin postre al
-mediodía. ¿Lo entiendes? ¡Cuidado con que me seas ingrato! ¡Mira que la
-ingratitud es un vicio muy feo en todo perro que se estime en algo!
-
-Á lo cual contesta Adonis atusándose los bigotes con la lengua,
-piafando sobre las rodillas de su amo, y enviándole dos centellas de
-sus ojuelos por debajo de los mechones de sus greñas.
-
-Volviendo á Regla, digo que hasta su condición de viuda es una garantía
-de arraigo en casa de Gedeón. Por lo común, en la esfera social de esta
-sirvienta no se reincide en el pecado de casarse.
-
-Y cuidado que Regla, de quien dije que, _á primera vista_, es una mujer
-insignificante, después de bien mirada y observada, todavía es muy
-digna de aspirar á los requiebros de un buen mozo.
-
-Según Gedeón va notando de día en día, tiene hermosos ojos, dientes
-blanquísimos y menudos, manos rollizas, cuello redondo, y pelo tan
-negro como fino y abundante, á juzgar por lo que asoma por debajo de
-una graciosa toquilla con que cubre la mitad de su cabeza.
-
---¡Lástima--piensa Gedeón fijándose en ello,--que tan hermosa cabellera
-esté siempre tapada!
-
-Y como si Regla le adivinara los pensamientos, al otro día se presenta
-á servir la mesa sin toquilla en el pelo, y éste graciosamente peinado.
-
-Entonces observa Gedeón que han ganado mucho los demás atractivos
-visibles de Regla, y que el conjunto de su cabeza es en alto grado
-interesante.
-
---¡Lástima de anguarina--dice para sí,--que le envuelve el torso! Esa
-cabeza merece mejor pedestal.
-
-Y hete aquí que, por otra casualidad bien rara, al día siguiente
-aparece la cabeza de Regla sobre un tronco vigorosamente delineado
-por valientes curvas, adornado con un leve y jacarandoso pañuelo de
-espumilla gris, prendido apenas sobre el robusto seno, y dejando ver
-hasta los arranques de un cuello blanco y mórbido.
-
-Gedeón tiene la boca abierta para decir á su sirvienta «muchas
-gracias,» ni más ni menos que si él hubiera manifestado algún deseo y
-ella se lo hubiera cumplido; pero como una amarga experiencia le ha
-enseñado los peligros á que arrastran esas demasías del temperamento,
-suspira y calla, en la muy firme creencia de que Regla es mujer de
-bizarra arquitectura, y condoliéndose de que otra _coincidencia_ como
-las que le han dado á conocer lo que ya conoce, no pueda demostrarle
-que no se equivoca en sus presunciones sobre lo que le es desconocido.
-
-No es de omitir la noticia de que Gedeón sale muy poco de casa desde
-que la habita nuevamente, y que, so pretexto de que son suyos y pueden
-necesitar reparaciones, visita á menudo los demás pisos, y habla
-con sus inquilinos, y ya los conoce á todos, desde el portal á las
-buhardillas. Jamás hizo otro tanto.
-
-Si son la causa primordial de éste y otros fenómenos los dictámenes
-psicológicos del doctor, ó lo es el bienestar relativo que disfruta en
-su casa, yo no lo sé; pero es indudable que en el carácter de nuestro
-personaje se ha operado una reacción (así se dice ahora) saludable y
-benéfica. No parece sino que ha puesto su planta en la senda por la
-cual se llega, andando mucho y con prudencia, á la prometida tierra
-donde se llenan los vacíos del corazón, como el que sigue notando él en
-el suyo.
-
-Alguien creyera que lleno le tiene ya, ó que le va llenando poco á
-poco, al ver cómo se le pasan hasta días enteros sin salir á la calle,
-y noches que comparte entre _conversar_ con Adonis, hojear á Balzac, no
-sé con qué objeto, y revolver los cachivaches de su gabinete. Pero ¡ay!
-creer tanto como esto, sería tomar el efecto por la causa, las hojas
-por el rábano.
-
-¡No se curan tan fácilmente dolencias tan arraigadas y añejas como las
-de Gedeón!
-
-Ya nos ha dicho una vez que no puede descansar teniendo pulgas en la
-cama; y yo le aseguro al lector que todavía no ha logrado sacudírselas;
-que aún le quedan algunas que, cuando le muerden, le levantan en vilo;
-y que á ellas alude al decir para sus adentros, precisamente cuando más
-risueño se le muestra el hogar:
-
---Estoy establecido casi á mi gusto, y me hallo en camino de llenar
-este vacío sempiterno... Yo podía ser ahora punto menos que feliz. Y
-¿por qué no lo soy?... Por este condenado temperamento que ha de ser mi
-perdición. ¡No me saca de una, sin que me deje metido en otra hasta el
-cogote!... ¡Por vida de las fragilidades humanas!...
-
-Por lo que se ve, Gedeón no ha conseguido con su última mudanza más que
-volcar la tortilla de sus contrariedades.
-
-Antes buscaba en la calle el alivio de sus males domésticos.
-
-Ahora se agazapa en su gabinete, para que no le cojan las pesadumbres
-que le acechan desde la calle.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-XIV
-
-LAS PULGAS DE GEDEÓN
-
-
-Por ella adelante camina una noche, con la cabeza caída sobre el pecho
-y las manos metidas en los bolsillos, como quien anda de mala gana, ó
-teme llegar demasiado pronto. Dobla una esquina, y otra más adelante,
-y penetra en una callejuela, y sale por ésta á un callejón, y tuerce
-á la derecha, y anda cincuenta pasos, y vuelve hacia la izquierda, y
-desemboca en un crucero de calles medio á obscuras, y entra, por fin,
-en el portal de una casa de angosta fachada, aunque limpia; sube dos
-tramos de la escalera; abre la puerta del primer piso con un llavín
-que saca de su bolsillo; atraviesa después un corredor, escasamente
-alumbrado por un reverbero de aceite, y se detiene en una salita, no
-muy adornada, pero sí muy pulcra. Y esto se ve, porque, á la vez que él
-por la puerta del pasadizo, entra por la del gabinete en la sala otra
-persona con una luz en la mano.
-
---¡Hola!--dice Gedeón por todo saludo, dejándose caer en una butaca.
-
---Buenas noches,--contesta la persona de la luz, poniéndola sobre un
-velador y sentándose en la butaca de enfrente, separada de la de Gedeón
-por toda la longitud de un sofá...
-
-¿Se sorprenderá el lector si le digo, así, de pronto, que esta persona
-que sale del gabinete con la luz en la mano, es Solita?
-
-Pues Solita es, aunque, en verdad, no lo parece; y no por lo que
-ha ascendido en categoría, á juzgar por el corte presuntuoso de
-su vestido, sino porque ya no tiene aquella redondez de formas,
-aquel provocativo contoneo y aquella viveza de fisonomía con que la
-conocimos. Ahora está ojerosa, descarnada, pálida y como decaída de
-ánimo.
-
-Minutos pasan sin que se cruce una palabra entre ella y Gedeón; minutos
-que éste invierte en carraspear, en poner una pierna sobre la otra y
-viceversa, en ver cómo se eleva el humo de su cigarro, por lo cual
-tiene el cogote apoyado en el respaldo de la butaca y la vista enfilada
-al techo; y, por último, en silbar el himno de Riego.
-
-Solita, entre tanto, parece la imagen de la melancolía, con los brazos
-cruzados sobre la cintura y mirándose las puntas de los pies, que
-maquinalmente llevan el compás de la sonata de Gedeón.
-
---Conque... ¿qué me cuentas?--pregunta éste cuando ya no tiene colilla
-que apurar y ha repetido setenta veces el aire patriotero.
-
---Que hace seis días hoy que no he tenido el gusto de verte.
-
---¿Seis, dices?... Acaso tengas razón; pero los condenados negocios...
-
---Te vas cargando mucho de ellos.
-
---Como siempre.
-
---No por cierto. Al principio te permitían venir á verme todos los
-días; después, cuatro ó cinco cada semana; más tarde, dos, y, por
-último, de seis en seis; por lo que yo presumo que, andando un poco el
-tiempo, cobraré tus visitas por mensualidades, como pago la renta de la
-casa.
-
---¿También zumbona, Solita?
-
---¡Ojalá pudiera serlo!
-
---Pues cualquiera lo diría.
-
---No quien, como tú, debe saber lo que padezco.
-
---¿Ya empezamos?
-
---Al contrario: por mi desgracia, va ya muy larga la historia.
-
---¿La historia de qué?
-
---De mis pesadumbres.
-
---¡De tus pesadumbres!... ¿De qué demonios te quejas? ¿Qué te falta?
-
---¡Qué me falta!... Tienes razón: no me falta nada. Yo era una pobre
-sirvienta, hija de un miserable remendón... hoy vivo en una casa
-bonita; tengo criada á quien mandar, vestidos regulares que ponerme...
-todo lo tengo, menos libertad y la estimación de las personas honradas.
-
---También me has cantado esa letanía más de cien veces.
-
---Señal de que no te corriges.
-
---Yo no tengo de qué corregirme, Solita. Te hice una proposición y la
-aceptaste. En buena justicia, no puedes reclamarme nada.
-
---Es verdad: nada me debes... ni siquiera compasión.
-
-Aquí, como presumirá el lector, hay unos cuantos sollozos de Solita, y
-otros tantos bufidos y revolcones de Gedeón en la butaca.
-
---Cuando presté oídos en mal hora á tus palabras--continúa Solita
-limpiándose los ojos,--no podía yo esperar que llegara un día en que tu
-abandono me hiciera arrepentirme de aquella debilidad.
-
---(Melodrama puro.) Adelante.
-
---Me propusiste que me estableciera en este barrio apartado, donde
-no se me conocería; y que, para mayor disimulo, admitiera algunos
-trabajos de costura.
-
---Proposición muy cuerda, Solita.
-
---Por tal la tuve yo, y por eso la acepté; pero yo no podía contar con
-que el disfraz no me bastaría, ni con que la farsa no había de tener
-fin.
-
---Y, á propósito de farsas: supongo que tu augusto padre seguirá
-creyendo que estás en Puerto Rico, sirviendo á unos señores á quienes
-conociste en la posada aquélla, y recibiendo tus socorros por el mismo
-conducto.
-
---Nada se ha descubierto en ese punto todavía; pero en el otro, Gedeón,
-¡si vieras qué caras me ponen estos vecinos cuando los hallo en la
-escalera! ¡Si vieras qué vestidos me cortan! ¡Si vieras cómo anda en
-sus bocas mi honra... y la tuya!
-
---¡La mía!
-
---¿Piensas que no te han visto entrar y salir?
-
---Pero como no me conocen...
-
---¿Y eso te tranquiliza?
-
---De todas maneras, este inconveniente tiene facilísimo remedio.
-
---¿Cuál es?
-
---Mudarte de casa y de barrio.
-
---¡Conque ese remedio es el único que se te ocurre para salvar
-_nuestra_ situación!
-
---La _tuya_, Solita, que la mía sin cuidado me tiene.
-
---¡Sin cuidado!... ¡Egoísta!
-
---¿Volvemos á las lagrimitas!
-
---¿Y qué quieres que suceda al oirte esas palabras de hielo?
-
---¿Por qué me pones tú en semejantes apreturas?
-
---¡Y qué he de hacer, si ya no puedo más!... Porque tú no sabes,
-Gedeón, qué tristes y qué largas se me hacen las horas en este barrio,
-donde no conozco á nadie y del que no salgo nunca, para que no me
-conozcan á mí fuera de él.
-
---(¡Pobrecilla!) Ya me hago cargo de todo, Solita; pero las cosas han
-de ir por sus pasos contados.
-
---¡Si te parece que yo las llevo de prisa!... ¡Si te parece que esto es
-vivir! Tú andas por el mundo, y te diviertes ¡sabe Dios cómo! y gozas
-y olvidas; pero yo, que sólo con tu presencia podría olvidarme de esta
-cruz que arrastro, y aun arrastrarla con gusto, ¿qué he de hacer si
-hasta de tu presencia me privas ya?
-
---Te he dicho que los negocios...
-
---¡Los negocios!... ¿Crees que no leo yo en tu cara, Gedeón? ¿piensas
-que no sé dar á tus palabras el sentido que merecen?
-
---¿Y qué te dicen, vamos á ver, mi semblante y mis palabras?
-
---Que si alguna vez me quisiste... ó me deseaste, lo que mejor te
-parezca, hoy acaso soy para tí... una carga pesada.
-
---¡Solita!
-
---¿Crees que me equivoco?
-
---¿No he de creerlo?
-
---Pues dame pruebas de ello.
-
---Ya te las estoy dando.
-
---Alejándote cada vez más.
-
---¿No me tienes ahora á tu lado?
-
---Después de seis días de ausencia.
-
---Mira, Solita, no se acredita mucho el bien querer con los mimos y los
-arrumacos del primer día: esos son el huracán que pasa en breves horas;
-lo otro es el... el... vamos, el... ambiente que dura, y se respira y
-conforta.
-
---¿Y cuál es lo _otro_?
-
---Lo otro es... esto que yo hago: venir á verte de vez en cuando,
-interesarme por tí... y créelo, Solita, muchas cosas más que yo haría
-si me dejaras en paz y en gracia de Dios, libre de refunfuños y
-sermones; si tuvieras fe en mí; si jamás te acordaras de preguntarme
-dónde he estado, de dónde vengo y adónde _vamos_; porque soy de un
-temperamento tan especial, que los mejores propósitos se me evaporan si
-me preguntan por ellos antes de realizarlos; y en fin, Solita, porque
-mucha de la estimación en que tenemos á una persona, consiste en el
-buen concepto que ella forma de nosotros.
-
---No se pueden formar buenos conceptos sobre malas obras.
-
---Lo cual es decir que yo no las hago buenas.
-
---Ya me has oído.
-
---También tú á mí lo que acabo de decirte; pero, según las trazas, como
-quien oye llover.
-
---Palabras, Gedeón.
-
---Pues mira, Solita, por tí lo deploro.
-
---Sobre que el mismo pago me has de dar, ¿por qué no he de decirte lo
-que siento?
-
---¿De modo que me engañaras si mejor pago te diera?
-
---Evitarte un disgusto nunca sería engañarte.
-
---Noto, Solita, que te vas elevando hasta en estilo.
-
---¡Ay, Gedeón... los desengaños son grandes maestros!
-
---Lo dicho; y te declaro que, si bien te tuve siempre por discreta,
-jamás soñé que tan pronto pudieras hacerte culta.
-
---Pues hasta eso te debo á tí... ¡Mira si te voy debiendo!
-
---Pues á ser zumbona no te he enseñado yo.
-
---¿Tampoco á ser desgraciada?
-
---¡Solita!... Con doscientos mil de á caballo, ¿quieres decirme de una
-vez, y claro, qué es lo que deseas, qué es lo que pretendes?
-
---Que pongas fin, y pronto, á esta situación en que me consumo.
-
---Pero ¿cómo he de ponerle?
-
---¿Cómo?... Haciendo que yo pueda salir de este presidio; pero con la
-cara descubierta, como la llevan las mujeres honradas... al lado de su
-marido.
-
---¡Solita!
-
---¡Gedeón!
-
---¡Esas tenemos!
-
---Pues ¿qué pensabas, desalmado?
-
---¡Canastos!... Conque... Pues hombre, ¡me gusta la salida!... ¡Y yo
-que venía esta noche más tierno que unas mantequillas!
-
---¡Bien se te conoce!
-
---¡Tales caricias me haces tú!
-
---¿Dónde están mis agravios?
-
---¡Pues digo!...
-
---¿Lo son, acaso, el quejarme de tus desvíos y pedirte la reparación
-del daño que me has hecho?... ¿Te parece poco la hija del remendón para
-señora de un hombre como tú?... Entonces, ¿por qué la encontraste buena
-para manceba?
-
---Lo que á mí me parece, Solita, es que esas distinciones no cuadran
-aquí enteramente.
-
---Pero cuadran mucho, y has de oirme; que por altos que vayan tus
-humos, valía tanto la honra de la hija del zapatero, como la tuya,
-cuando se la robaste con engaños.
-
---Yo nunca te prometí...
-
---¡Ni siquiera tienes la delicadeza de disimular un poco!
-
---En eso, casi tienes razón.
-
---Y tú, en cambio, no la tienes en nada... ¡porque eres un egoísta sin
-entrañas!
-
---¡Zambomba! digo yo; y que te aguante la madre que ha de volver á
-parirte.
-
-Imagínese aquí el pío lector un hombre que se cala el sombrero hasta
-las narices y sale echando centellas de la sala á la calle; y una mujer
-que, anegada en llanto, se desploma sobre una cama, y tendrá una idea
-completa del final del diálogo referido.
-
-Pero no acaba aquí el lance, ni debe acabar; porque es muy lógico que
-Gedeón, después de considerar lo que hay de chusco en que la hija de
-un remendón miserable y borracho se crea con títulos bastantes para
-reclamar la mitad del lecho de un hombre á quien asusta el matrimonio,
-aun contraído con todas las ventajas imaginables, y lo que hay de
-prosáico y digno de las burlas de un fisiólogo como el de marras, en la
-escena en que acaba él de figurar con el papel de galán, y aun después
-de ocurrírsele tomar por motivo aquellas indignidades para cortar por
-lo sano y sacudirse de una vez las pulgas que le incomodan mucho tiempo
-há, considere asimismo que, en parte, no le falta razón á Solita para
-quejarse del destierro en que vive y él la ha puesto; lógico es también
-que, andando, andando, la compadezca; lógico, por ende, que disculpe
-sus declamaciones y sus quejas; y siendo lógico todo esto, y cierto que
-en la refriega fué Solita quien más tuvo que decir, y no menos evidente
-que Gedeón conserva siempre _cierta inclinación_ á Solita, por más
-que le duela verse cogido por ella por _tan arriba_, lógico y natural
-es que Gedeón retroceda desde medio camino para hacer las paces con
-Solita, dándole las debidas satisfacciones.
-
-Con lo cual consigue Gedeón dos cosas: que Solita, por buscada,
-gane, por esta vez, no poco ascendiente sobre él; y que él, al
-advertirlo, hechas ya las paces, salga de casa de Solita arrepentido
-y melancólico... es decir, rascándose las pulgas y sin fuerzas para
-sacudírselas.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-XV
-
-EL DIABLO, EL FUEGO Y LA ESTOPA
-
-
-Ponga el lector entre este cuadro y el que antecede todo el tiempo que
-más le plazca, que por mucho que sea, holgado le viene el sitio; y
-llénele de tristezas, cansancios, desalientos y fastidios para Gedeón,
-agobiado ya por el peso de Solita, huyendo de su presencia como el
-diablo de la cruz, y sin hallar dentro de su casa ocupación que le
-distraiga, ni fuera de ella espectáculo que le seduzca.
-
-Cuando un hombre cualquiera pierde una afición racional, adquiere otra
-que le entretiene lo mismo, eligiendo, conforme á su gusto, en el
-inmenso campo de las cosas lícitas y honradas; pero cuando un egoísta
-solitario se harta de lo único que apetece, es hombre perdido; es la
-bestia que se tumba á dirigir lo devorado, ó que brama á la puerta del
-establo ajeno porque en él olfatea lo que no hay en el suyo. Fuera de
-aquello, nada desea ni le distrae... Y tenga el lector muy en cuenta
-esta condición esencial de carácter, para lo que queda dicho y lo que
-falta decir de nuestro personaje.
-
-Para los hombres como Gedeón, el arte no tiene bellezas, ni la
-naturaleza aromas, luz, ecos, armonías ni colores; la misma impresión
-les causa el nubarrón que obscurece el horizonte, que los arreboles
-de una aurora; lo mismo hiere sus oídos la inspirada melodía, que el
-chirrido de las carretas; la propia aversión tienen á la prosa de
-Cervantes, que á las coplas de Calainos. Pasear en el campo no es
-para ellos recrear la vista y el olfato, ni sumir el alma en plácidas
-contemplaciones: es simplemente estirar las piernas, bracear á su
-antojo, eructar recio, aflojar la corbata, remangar la pernera y soltar
-la liga para cazar la pulga debajo de la media... porque estos hombres
-gastan medias altas todavía.
-
-Por eso no hay términos hábiles de levantar un espíritu semejante,
-esclavo de un corpanchón atiborrado del único manjar que le sustenta,
-hasta que la hartura pase y el apetito vuelva.
-
-En un estado idéntico de espíritu y de cuerpo retorna Gedeón á su casa,
-cabizbajo y perezoso, á las altas horas de una noche.
-
-Á sus pesadumbres _de carácter_, hay que añadir que le duele bastante
-el destacamento de la rodilla; que al peinarse en la barbería, donde
-también le afeitaron, le ha hecho notar el peluquero que se le va
-corriendo la calva hasta la frente; que las canas le invaden el poco
-pelo que le queda, como el _pan de cuco_ las heredades; y, por último
-(esto no se lo dijo el peluquero), que se le menean, desde por la
-mañana, tres dientes incisivos, de los seis que le quedan en la boca,
-aunque negros y desconcertados.
-
-Que toda esta carga le pese y le preocupe, se concibe sin dificultad.
-
-Lo que no se concibe fácilmente es por qué Gedeón, en el momento
-de pisar los umbrales de su puerta, se pone á meditar sobre las
-fragilidades humanas, sobre lo pequeñas que suelen ser las causas
-que producen los más descomunales efectos, y sobre lo fatal de la
-disposición en que vienen preparadas las cosas cuando el demonio está
-resuelto á meter la pata entre ellas.
-
-Tan absorto está en estas meditaciones, que al llegar á su gabinete
-ni siquiera se fija en que Regla, después de colocar una luz sobre
-la mesa, le pregunta qué se le ofrece y le da las buenas noches de
-despedida.
-
-Y como no tiene sueño, quiere dedicar una hora, antes de acostarse, á
-despachar algunos asuntos económicos que tiene desarreglados. Así se
-distraerá un poco.
-
-Al dar por terminada su tarea, oye á su lado quejidos lastimeros.
-Vuélvese, y ve á Adonis que se revuelca en su colchón, y tan pronto
-se pone panza arriba como cabeza abajo. Es indudable que el pobre
-animal siente dolores agudos: Gedeón tira del cordón de la campanilla,
-casi con tanta fuerza como en la fonda de triste recuerdo; pero, más
-afortunado el perro que él, al segundo campanillazo tiene el socorro á
-la puerta.
-
-Regla aparece en ella, aunque sin dejarse ver por entero.
-
---Perdone el señor--dice recatándose mucho;--creyéndole acostado, me
-acosté yo también y me dormí.
-
---¿Qué he de perdonar?--responde Gedeón mientras fija su mirada
-devoradora en lo que se ve de su criada.
-
---Que no haya acudido á la primera llamada que oí entre sueños... y que
-me presente así... Porque como el señor no acostumbra á llamar á estas
-horas, he creído que estuviera malo... De modo que, si no hay urgencia,
-iré á vestirme...
-
---¡De ninguna manera!--exclama Gedeón, condolido sin duda de la
-situación angustiosa del perro, pero sin apartar su vista de la
-criada.--Llamaba porque Adonis está muy malo... Vea usted...
-
-Entonces avanza Regla un paso, haciendo heróicos esfuerzos para cubrir
-el busto rollizo con un menguado chal tirado sobre los hombros.
-
-Toma la luz que Gedeón pone en su mano, y los dos se acercan al rincón
-en que se halla Adonis dando volteretas y exhalando gritos lastimeros.
-
---Es un cólico--dice Regla.--¡Pobrecito!
-
-Y extiende el brazo libre y desnudo hacia la bestia. Pero la
-casualidad, la taimada casualidad que ha infundido el mismo pensamiento
-en Gedeón, guía la mano de éste con igual rumbo; y como el camino es
-estrecho, la mano choca con el brazo, y el brazo, temeroso ó deferente,
-por ser de quien es, se repliega y retrocede; en virtud del cual
-movimiento, el mezquino chal de la azorada Regla se desliza por los
-hombros abajo.
-
---¡Lo mismo que yo me había figurado!--exclama entonces Gedeón, con el
-entusiasmo de un doctor que ve cumplidos sus pronósticos, aludiendo
-seguramente á la enfermedad del perro, mientras la criada, lanzando
-un ¡ay! entre risueña y ruborosa, quédase en la actitud de la bíblica
-Susana al verse sorprendida en el baño por los viejos.
-
---¡Alumbre usted más!--dícela anheloso Gedeón, quizás creyendo que no
-ve bastante todavía.
-
-Pero, como si en concepto de Regla se viera hasta demasiado, sopla en
-la bujía y deja el cuarto á obscuras para desesperación de Adonis,
-cuyos lamentos crecen desde aquel instante, y son los únicos ruidos que
-turban el silencio de la casa,
-
- mientras el mundo sin cesar navega
- por el piélago inmenso del vacío,
-
-como dijo el poeta y han repetido otros mil que quieren serlo, y repito
-yo ahora, sin saber por qué ni para qué.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-XVI
-
-UN INTRUSO
-
-
-Al siguiente, ó pocos días después, Regla le dice á Gedeón, mientras le
-sirve el almuerzo:
-
---Yo quisiera pedirle á usted un favor... digo, si no molesto.
-
---¡Ya empezamos!--piensa Gedeón; y en voz alta añade:--¿Nada más que
-uno?
-
---Por ahora...
-
---Y ¿de qué se trata?
-
---Ya sabe usted que yo soy viuda hace siete años.
-
---Así me lo ha dicho usted.
-
---Porque es la verdad. Y es el caso que mi difunto me dejó un hijo.
-
---¿De él solo?
-
---De los dos, señor.
-
---Bien, ¿y qué?
-
---Que cuando la necesidad me obligó á ponerme á servir, tuve que dejar
-ese niño en casa de unos parientes, que por un tanto me le cuidan.
-
---Nada más natural.
-
---Pero, á decir verdad, no me gusta la educación que están dándole; y
-con ése cuidado, no vivo tranquila.
-
---Se comprende.
-
---Y me he dicho á mis solas muy á menudo: «si yo pudiera tener á mi
-lado á ese inocente, ¡con qué facilidad le educaría como es debido,
-y con cuánto más gusto cumpliría yo todas mis obligaciones!» Porque,
-créalo usted, señor, si á esa edad dan en torcerse las criaturas, luégo
-que crecen ya no las endereza una estaca.
-
---También es cierto.
-
---¡Hay tantos ejemplos de ello!
-
---No dejan de abundar, según dicen.
-
---Muchísimo, créalo usted. Decía mi madre, que en paz descanse, que
-todos los hombres malos han sido niños mal educados.
-
---Tampoco lo niego, Regla.
-
---Pues eso es lo que no quisiera yo que se dijera mañana de mi hijo,
-por culpa de su madre.
-
---Muy bien pensado; pero ¿qué tengo yo que ver en todo eso?
-
---Bastante, señor.
-
---Pues usted dirá...
-
---Digo, con su venia, y si en ello no ofendo, que si usted, que es tan
-bueno y tan generoso...
-
---Muchas gracias.
-
---Me permitiera traerle á mi lado...
-
---¿Á quién?
-
---Al hijo.
-
---¿Sabe usted que por verme libre de ellos no me he casado yo?
-
---Eso no quita; porque yo me comprometo á que el mío no le moleste á
-usted... ni le vea siquiera.
-
---¿Qué edad tiene?
-
---Cumplirá siete años por San Juan.
-
---¿Es guapo?
-
---Ya sabe usted que á ninguna madre le parecen feos sus hijos. Por lo
-demás, es el vivo retrato de su padre.
-
---No tuve el gusto de conocerte.
-
---Un real mozo, sin agravio de lo presente.
-
---Muchas gracias. ¿Es limpio?
-
---Como los mismos oros de la Arabia.
-
---¿Tiene mal genio?
-
---Un borregote á la buena de Dios. Basta mirarle para que se le ponga
-la cara como un tomate.
-
---En fin... que venga.
-
---Tantísimas gracias, señor... aunque no esperaba yo menos de su buen
-corazón.
-
---Ni de mis fragilidades,--concluye Gedeón para sus adentros.
-
-Pocas horas después viene el niño al lado de su madre, y ésta se le
-presenta á su amo inmediatamente, acaso porque en ello cree cumplir
-un deber de respeto y cortesía; acaso porque intenta que los ojos de
-aquél le acrediten los elogios que ella le hizo de su hijo: intento,
-si tal la mueve, mal ideado; pues el niño, con perdón de su madre, es
-feo subido, zaino, y tiene mocos, ó huellas, debajo de la nariz, de
-tenerlos colgando muy á menudo.
-
---¿Cómo te llamas, hombre?--le pregunta Gedeón.
-
---Respóndele, hijo,--le dice su madre al ver cómo el rapaz, medio
-oculto entre sus faldas, se chupa un dedo, baja la cabeza y se balancea
-sobre un pie. Al cabo de un rato se oye como un gruñido intraducibie.
-
---¿Cómo has dicho?--pregunta Gedeón.
-
---Mmmeeeeto,--gruñe otra vez el chico.
-
---Dice que Merto--añade su madre.--Le llamamos así, porque su nombre es
-Mamerto.
-
---¿Cuántos años tienes?--vuelve á preguntarle Gedeón.
-
-El chico sigue balanceándose, sin dejar de chuparse el dedo, y no
-contesta.
-
---Que cuántos años tienes... ¿No oyes lo que te pregunta este señor?...
-Pero saca esos dedos de la boca, inocente, y ponte derecho... ¡Así!
-
-Y Merto, puesto como su madre desea, ó mejor dicho, como su madre le
-pone, al quedarse mirando á Gedeón, que también le mira á él, frunce la
-jeta y échase á llorar.
-
-Adonis (y aprovecho la ocasión para decir al lector que la alimaña
-ratonera no murió aquella noche, sin duda porque también hay una
-providencia que vela por los perros, cuyas desdichas no hallan
-compasión en el egoísmo de los hombres); Adonis, repito, que roncaba
-en un colchón tranquila y descuidadamente, al oir los berridos de
-Merto despiértase despavorido y lánzase sobre el intruso, como pudiera
-hacerlo sobre un rival que le disputara los mimos de cierta perra
-carlina de la calle.
-
-Envuélvese el acometido en la saya de su madre, sobrecogido de espanto;
-crecen sus gritos y lamentos, y ni unos ni otros cesan hasta que, á
-instancias de Gedeón, sale Merto del gabinete y se vuelve Adonis á su
-lecho murmurando no sé qué perrerías y enseñando los afilados dientes.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-XVII
-
-LOS SOBRINOS DEL DEMONIO
-
-
-Poco á poco va perdiendo el hijo de Regla el miedo y el encogimiento
-que la casa y su amo le infundieron al entrar en ella.
-
-Regla cuida de que Merto abra la puerta siempre que Gedeón sale ó
-entra, y también le permite que haga algunas excursiones por salas y
-pasadizos. Así familiariza á su hijo con la cara de su amo, y á éste
-con la catadura del rapaz.
-
-Después, ya llega Merto alguna vez hasta el gabinete para recoger botas
-que hay que limpiar, ó poner al alcance de Gedeón las que ya están
-limpias.
-
-Cuando esto sucede, Gedeón cuida de que Adonis no se mueva ni Merto le
-provoque aunque no alcanza á impedir que el uno gruña y el otro, á la
-disimulada, le haga una mueca.
-
-Más adelante, el chico se atreve á sonreírse siempre que se encara con
-el amo de su madre, y entonces es de rigor que éste le dé un coquetazo,
-ó le tire de las orejas, en son de caricia, con lo cual Merto adquiere
-otras tantas alas con que aprender á volar á su gusto en aquel espacio.
-
-Días y meses andando, si mientras Gedeón está comiendo pasa el chico
-cerca de la mesa, le llama; y por el gusto de ver qué cara pone cuando
-la muerde, le da una aceituna; y por el placer de contemplar cómo se
-relame saboreándole, le regala un dulce.
-
-De este modo el carácter de Merto se va desenvolviendo por completo; y
-como ya nunca se halla bajo la impresión del miedo ni del sobresalto,
-llega á haber en su fisonomía esa expresión de sinceridad atractiva,
-tan propia de los niños, por feos que sean, como á Merto le sucede.
-Además es algo bizco, torpe de lengua, y, en cuanto se enfada un poco,
-echa cada terno que saca lumbres.
-
-Todas estas cualidades hacen suma gracia á Gedeón, que no oculta el
-placer que tiene en que muy á menudo, y cuando ya está él aburrido
-de atusar las greñas al ratonero, entre el chico en el gabinete
-_mandándole_ que le enseñe _los santos_, ó la máquina del reló.
-
---Pues límpiate los mocos--le dice Gedeón.
-
---Puez amalda tú el peldo,--le contesta Merto.
-
-Porque Merto y Adonis, para entonces, ya no se pueden ver.
-
-Empezando por darle algunas golosinas de la mesa, acaba por sentarle
-á ella casi todos los días, mientras á Adonis, acurrucado en el suelo
-entre los dos, se le indigestan los mendrugos que le regala su amo,
-considerando la altura á que ha elevado su privanza aquel intruso.
-Algunas veces tiene Gedeón el capricho de tirar á Merto, que ocupa el
-extremo opuesto de la mesa, una rosquilla; y entonces Adonis, creyendo
-que es para él, ó fingiendo que lo cree, da un salto increíble; y
-después de atrapar en el aire la rosquilla, cae sobre la mesa, metiendo
-las patas en una dulcera, cuando no el rabo y algo más en el plato del
-intruso, ó en el de su amo. En estos casos, no siempre que Merto quiere
-castigar el atrevimiento de Adonis tirándole con un panecillo ó con el
-tenedor, lo consigue sin que Gedeón reciba el proyectil de rebote en
-el estómago, ó en las narices; lances que (¡vean ustedes lo que son
-algunos _ogros_!) hacen desternillarse de risa al solterón.
-
-Es lo más curioso que éste cree todavía que Merto es un chiquillo
-antipático é insoportable, por feo, por díscolo y por mal educado; y
-no bien oye un porrazo hacia la cocina, ya sale despavorido á preguntar
-_quién_ se cayó, recordando _casualmente_, en aquel instante, que el
-hijo de su criada es travieso y aficionado á encaramarse en sillas y
-vasares.
-
-Un día toma Merto una indigestión de bizcochos y agua de limón, y se
-pone á morir; y _casualmente_ en ese día no tiene Gedeón ganas de
-salir de casa; y por no aburrirse en ella, entra doscientas veces
-en el cuarto del enfermo; y porque no diga su madre que se le ha
-desatendido la asistencia, obliga al médico á hacer diez visitas más de
-las precisas; y ¡cosa más rara aún! en el momento en que el chico sale
-del peligro, se encuentra él más animado y hasta con ganas de salir á
-la calle; y ¡coincidencia todavía más extraña! hasta se le ocurre, al
-pararse, _por casualidad_, delante de una tienda de juguetes, comprar
-para el convaleciente un tren de artillería, por lo mismo que nunca le
-ha regalado cosa que valga media peseta.
-
-Otra vez rompe Merto una chuchería de las varias que tiene Gedeón sobre
-la mesa; y al volver éste de la calle y coger al rapaz con el delito
-entre las manos, reniega de él y hasta de la hora en que le permitió
-entrar en su casa. Óyelo su madre, y parte furiosa á castigar á su
-hijo. Mas apenas le ha sacudido el primer soplamocos, ya está Gedeón
-amparando al delincuente.
-
---¿Á qué vienen esas violencias?--dice con mal gesto á Regla, mientras
-coloca á Merto detrás de él.
-
---Á enseñarle lo que no sabe; á quitarle los condenados resabios que
-trajo de la otra casa. ¡Te he de desollar vivo, tunante!
-
---Pues no lo conseguirá usted dándole golpes. Bueno que se le reprenda
-y se le amoneste; pero...
-
---Como si predicara usted en desierto...
-
---Si los niños tuvieran la reflexión de los hombres...
-
---¡El loco con la pena es cuerdo!
-
---Pues por hoy se acabó el castigo, porque yo, que soy el agraviado,
-perdono el agravio por esta vez... Por esta vez no más... ¿lo oyes,
-Merto?
-
-Pero Merto, con gran sorpresa de Gedeón que le creía llorando
-arrepentido, está haciendo gestos provocativos á Adonis, que, á su vez,
-le enseña los dientes; después alumbra un pisotón al ratonero, y se
-oyen á un tiempo un aullido terrible y un terno feroz, mientras Adonis
-enrosca el rabo dolorido y Merto se lleva ambas manos á una pantorrilla.
-
---¡Ve usted lo que es interceder por el demonio?--exclama Regla,
-buscando iracunda á su hijo entre los faldones de la levita de su amo
-y las patas de la mesa.
-
---Déjele usted, que el pisotón ha sido casual...
-
---¿Y también lo _otro_?--grita Regla.--¿Eso te han enseñado en esa
-casa, groserote? No aprenderás los consejos que yo te doy, tan bien
-como esas indecencias, ¡Satanás!
-
-Y atrapando al fin á su hijo, arrástrale hasta la cocina,
-administrándole por el camino media docena de sopapos.
-
---No estoy yo por el sistema de los cachetes para educar á los
-chicos,--murmura Gedeón en tanto, como si en su vida se hubiera ocupado
-muchas veces en cuestión tan transcendental.
-
-Y para comprobar la teoría, arrima dos castañetazos al pobre perro,
-por la parte que ha tenido en la media docena de ellos de que Merto va
-rascándose.
-
-Al verse tratado así, no el dolor, el asombro parece pintarse en la
-hirsuta faz del ratonero. ¿Qué castañetazos son aquéllos? ¿Desde cuándo
-y por qué su amo se permite hacerle tales ultrajes? ¿Es por el mordisco
-que él dió á Merto en la pantorrilla? Pues Merto le pisó á él primero
-el rabo, después de haberle provocado con gestos y ademanes injuriosos.
-¿Es que le han dolido á su amo los cachetes de su criada, más que
-á Merto que los recibió, y busca un inicuo desahogo en el inocente
-Adonis? Esto es lo más triste para él, porque es lo más verosímil.
-
-Todas estas consideraciones, ó algo por el estilo, se leen en la cara
-del compungido Adonis; y esto que se le ocurre á un miserable ratonero,
-no se le alcanza á Gedeón, que todavía insiste en que le es antipático
-Merto por feo, por sucio, por díscolo y por hijo de su madre.
-
-Pero ésta, que caza, por lo menos, tan largo como el perro, no ignora
-que, á cierta edad, la naturaleza humana siente la necesidad de amar, y
-que cuando no puede amar á sus propios frutos, porque no los ha dado,
-ama á lo primero que le ponen por delante; y que no es otra la causa
-de que ame Gedeón á su retoño, como antes de conocerle amaba al perro
-ratonero.
-
-Que esto iba á suceder, lo sabía ella antes de traer á Merto á su lado,
-aunque no aseguraré que por eso, y no más que para eso, le trajera.
-
-Pero ya que sus presunciones se han cumplido, nada se pierde con dejar
-que rueden los acontecimientos, ni con trabajar para prepararlos del
-mejor modo posible. Gedeón es rico; ya no ha de casarse, y no tiene
-herederos forzosos: ¿qué mal hay, ni á quién se ofende, en que un
-pobre le conquiste una parte de su corazón, y con ella un pedazo de su
-caudal?
-
-Digo todo esto porque no se tome á comedia la ira que le causan á Regla
-los desafueros de su hijo, cuando más cerca le ve de conquistar el
-corazón de su amo.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-XVIII
-
-LA GRAN BATALLA
-
-
-Así las cosas, va rodando el tiempo.
-
-Merto sigue haciendo barbaridades; su madre reprendiéndolas; Gedeón
-disculpándolas, y Adonis, con un ojo al rapaz y con el otro á su amo,
-temiendo las asechanzas de aquél y estudiando los grados que él va
-perdiendo en el cariño de éste.
-
-Adonis odia á Merto como se odia á un rival que es además un tirano.
-
-Merto sólo discurre para inventar modos de atormentar á Adonis. Á ello
-le inclinan su instinto de muchacho revoltoso, y el recuerdo de la
-dentellada que le dejó cicatrices en la pantorrilla.
-
-Pero Gedeón, cuando está en casa, no se separa del ratonero; y cuando
-sale de ella, queda Regla que no pierde de vista un momento á la
-alimaña.
-
-Por lo demás, ya sabe él que hay en el cuarto de la ropa sucia una vara
-de fresno, muy larga, que usa su madre para despolvorear los colchones.
-Aquella vara es toda su ambición. Con aquella vara se le puede dar al
-ratonero una mano de leña, como no la ha llevado en el mundo perro
-alguno; y se le puede dar desde lejos, es decir, impunemente, ó, lo que
-es lo mismo, sin el riesgo de que devuelva dentellada por varazo.
-
-Saboreando tales propósitos, aguarda el rapaz, con una perseverancia
-impropia de sus años, á que se le meta por los ojos una ocasión á su
-gusto.
-
-Y la ocasión, al fin, se le presenta.
-
-Gedeón no volverá á casa en toda la tarde, y Regla ha salido á la calle
-por largo rato, sin poder llevarse consigo á Merto, porque éste tiene
-los zapatos á componer. Temiendo que durante su ausencia haga su hijo
-alguna barbaridad, le ha amenazado con todos los castigos imaginables
-si se mueve del sitio en que ella le deja, entretenido en pegar con
-engrudo varios remiendos á una cometa. Merto ha prometido no menearse
-de allí.
-
-Pero al quedarse solo, la sangre le hierve, los brazos le bailan, sus
-piernas brincan solas; y, para colmo de tentaciones, está enfrente de
-él, y abierto, el cuarto de la vara, y la vara delante de sus ojos
-cimbreándose sola, como diciéndole: «empúñame, y ¡á él!»
-
-Además, hay en la casa muchísimos objetos que Merto no ha visto todavía
-_por dentro_, y tiene que verlos alguna vez; y esa vez no puede ser
-otra que aquélla, por lo mismo que, á la sazón, no hay nadie que le
-impida desarmar lo que le acomode y meter los dedos donde más le
-convenga.
-
-Si sabe distribuir bien el tiempo, tiénele sobrado para hacer estas
-investigaciones y dar á Adonis la tremenda paliza.
-
-¡La paliza sobre todo!
-
-En la sala hay un reló de sobremesa, cuya péndola figura un niño
-columpiándose en una cuerda. Este columpio es la curiosidad que más
-preocupa á Merto desde que le vió por primera vez. ¿Por qué se mueve
-así? ¿Quién le da el empuje necesario? ¿Por qué se bambolea de atrás
-á adelante, y no de un lado á otro, como todas las péndolas que él ha
-visto?
-
-Hay que aclarar este misterio á todo trance.
-
-Y después de empuñar la vara y de cerciorarse de que no se oye ruido de
-pasos en la escalera, y de ver, con mucho sigilo, que Adonis tiene para
-rato con el sueño que está echando en su colchón del gabinete, acércase
-al reló, dejando para después de la batalla, si el estado de las cosas
-lo permite, el desarmar el barómetro y el filtro del comedor, la
-maquinilla del café, un calendario mecánico, una caja de música y otras
-maravillas que hay en el gabinete.
-
-El temor de que su madre se vuelva á casa antes de lo que _debe_,
-obliga á Merto á hacer sus pesquisiciones sin el reposo que él desea;
-por lo cual le falta el tino que, en otro caso, tendría para manejarse
-con desembarazo.
-
-Por de pronto, hay que quitar el fanal al reló; y brega de aquí, brega
-de allá para conseguirlo, hácele tres pedazos. Contrariedad es ésta que
-le desconcierta y desanima; pero uno de los pedazos es muy grande, y
-acaso pueda servir todavía: esto le consuela bastante y le devuelve el
-ánimo para continuar la tarea.
-
-Ya está descubierto el reló. En el espejo que refleja su parte
-posterior, se ven cosas que se mueven, amarillas y relucientes como el
-oro. Allí está el misterio. Invierte la posición del aparato. Hay otro
-cristal delante de las ruedas... ¡Por vida de los inconvenientes! Pero
-el cristal tiene un resorte. La casualidad guía el dedo de Merto hasta
-el punto conveniente para que, apretando allí, el resorte cumpla su
-cometido. El cristal se separa, de un brinco, por sí solo. ¡Oh delicia!
-_allá dentro_ hay una como hebillita que se menea á un lado y á otro.
-Es preciso ver qué resistencia opone á su mano... ¡Rich! Algo se ha
-roto, y el columpio cae sobre la consola. El tictac, que antes se oía
-lento y acompasado, ahora es un redoble continuo; las agujas vuelan
-sobre la esfera, y el timbre parece que toca á rebato. Merto jurara que
-hay en aquella máquina algún demonio oculto que quiere denunciar su
-fechoría con tanto ruido y campaneo; y presa de esta idea, tapa aquí,
-oprime allá y mete sus dedos y la punta de la vara donde quiera que sus
-ojos ven movimiento y sus oídos perciben sones. Al cabo oye Merto un
-chasquido metálico; luego un _rischssss_ interminable, como ruido de
-puchero que _se va_ sobre las brasas; y después, nada: todo ruido calla
-y todo movimiento cesa; parece que se ha muerto el reló, y que su mal
-espíritu se ha hundido en el averno. Merto se tranquiliza por lo que
-respecta al estrépito acusador que antes le asustaba; pero, en cambio,
-siente delante de aquel aparato algo del miedo que infunden siempre los
-cadáveres.
-
-Con ánimo, sin duda, de borrar las huellas de su crimen, vuelve el
-reló á su primera postura; arrima el columpio á la pared, á fin de que
-se vea desde enfrente cual si estuviera colgado en su sitio, aunque
-inmóvil; amontona los pedazos del fanal como su ingenio y su zozobra se
-lo permiten; y después de echar al conjunto una mirada desde la puerta,
-como supone él que podrán echarla su madre ó su amo cuando vuelvan, y
-de tranquilizarse no poco con la prueba, empuña de nuevo la verdasca, y
-se acerca de puntillas al gabinete.
-
-Gedeón, hombre de poco gusto artístico, pero muy aficionado á rodearse
-de cosas que le recreen la vista y le deleiten los sentidos, tiene su
-cuarto atestado de esos objetos mal llamados de arte, que la industria
-ha derramado por el mundo.
-
-Así se ven allí, en brillantes colores sobre variedad de pastas, todas
-las desnudeces más estimulantes de la mitología griega, en ménsulas
-y rinconeras, sin que les falten, como salsa ó acompañamiento, los
-estuches de carey, el barquito, ó _junco_ filipino, de especias
-ensartadas; los caracoles de China y la tabaquera de coco. Sobre la
-mesa de escribir hay un tintero de cristal esmerilado, que es una
-maravilla, y una salvadera de porcelana, prodigio de transparencia y de
-color; y presidiéndolo todo, como santo en botica vieja, el busto de
-Balzac, de tamaño natural, encima de una elegante papelera y entre dos
-candelabros de alabastro y metal dorado.
-
-Cuando á este vedado recinto se acerca Merto, abre con mucho pulso la
-puerta, y mira por la rendijilla resultante. Adonis sigue durmiendo.
-Puede, impunemente, partirle de un varazo.
-
-Entra y cierra la vidriera.
-
-El ratonero no se mueve.
-
-El tirano elige el sitio que más conviene á sus propósitos, y toma sus
-medidas para que la vara, antes de caer zumbando sobre el perro, pueda
-describir sin tropiezo el arco necesario.
-
-La empuña por un extremo con las dos manos, después de escupírselas;
-afírmase á su gusto sobre los pies; levanta los brazos hasta más atrás
-del cogote, y... ¡zás!
-
-Pero el ansia misma que tiene el granuja de deslomar al perro, le hace
-perder el tino, y sólo le alcanza con la vara en la punta del rabo.
-
-Al recibir el golpe, lanza Adonis un aullido de angustia, de furor y
-de sorpresa juntamente, y da un salto nervioso é inconsciente que le
-eleva dos codos sobre el lecho en que acaso soñaba con la perra de sus
-pensamientos; después se encara con Merto, encorvado el lomo, la mirada
-ardiente y rechinantes los colmillos.
-
-Merto, que no contaba con errar el golpe, ni, por consiguiente, con
-aquella actitud amenazante de su enemigo, desconciértase no poco, y
-comienza á sacudir palos de ciego; es decir, veinte en la alfombra y
-uno en Adonis.
-
-Cuando éste parece convencido de que no puede meterse por debajo de la
-vara y hacer presa en las pantorrillas de Merto, porque la vara no
-cesa un punto de cimbrearse, acude al recurso de ocultarse debajo de
-cada mueble; pero allí le punzan y acribillan, si afuera le vapuleaban;
-y no sabe cuál es peor. Después salta sobre las sillas y sobre la cama;
-y la vara siempre detrás, ó encima de él; pero la vara nunca pierde
-viaje, pues cuando no alcanza á Adonis, tumba cuanto halla al paso en
-rincones y paredes. Desde la cama, y no de un salto ni sin llevar más
-de un varazo en el camino, huye el desventurado perro á refugiarse en
-la mesa de escribir; pero allá va también la vara, con la cual parte
-Merto la salvadera, creyendo partir á Adonis, que, á su vez, tumba el
-tintero, que se despedaza en el suelo, y pringa la alfombra después de
-haber pringado arriba libros y papeles.
-
-Este estropicio aplaca un instante las iras del muchacho, y le hace
-prorrumpir en una interjección brutal.
-
-Adonis, aprovechando aquel respiro, quiere estudiar con algún sosiego
-un plan de defensa; y desde la mesa en que se halla abroquelado con
-un montón de libros, dirige en derredor miradas angustiosas, como
-preguntándose: «¿En dónde mil demonios me guareceré cuando este
-bárbaro me eche de aquí?» Pero no ha habido tiempo ni para pensar la
-respuesta que se pide, cuando ya tiene encima otro varazo. Entonces,
-desatentado, arrójase á la papelera, y se encarama en ella, delante
-de Balzac, porque detrás no cabe, cual si buscara el sagrado del
-arte y del ingenio por refugio. Pero aquel genízaro que le persigue,
-no se para en sensiblerías semejantes; y viéndole tan perfectamente
-destacado, le larga un verdascazo á la media vuelta, que no solamente
-alcanza á Adonis á todo lo largo, sino que todavía le sobra otro tanto
-para Balzac y para los candelabros, que vienen al suelo con el perro,
-aquél desnucándose, y los candelabros haciéndose añicos.
-
-El estrépito es horrible, y el desastre arranca al cerril muchacho, no
-ya una interjección, sino una blasfemia.
-
-Entonces parece fijarse por primera vez en las ruínas de que está
-cubierto aquel campo de batalla; apodérase de pronto el susto de su
-ánimo, y, soltando la vara, abre la puerta y huye á esconderse en su
-cuarto; en el cual, después de larga meditación, no se le ocurre otra
-salida para el conflicto en que se halla, que meterse en la cama,
-hacerse el enfermo y echar la culpa de todo lo sucedido á Adonis, que,
-entre tanto, se rasca las contusiones, se relame los hocicos y gime
-tembloroso, como niño después de una azotina.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-XIX
-
-POST NÚBILA PHŒBUS
-
-
-Qué le sucede á Regla cuando vuelve á casa, y después de hallar en la
-cama á su hijo y de verle temblar en su presencia, y de deducir de sus
-desatinadas respuestas parte de la catástrofe, llega á conocer el resto
-por los cascos del gabinete, por la vara olvidada en él y hasta por los
-quejidos de Adonis, puede el lector presumirlo; y también suponer, y no
-errará en el supuesto, que después de comparar á Merto con todos y cada
-uno de los demonios más conocidos y de llamar sobre su cabeza todas las
-maldiciones imaginables, le contunde el cuerpo con la vara misma, que
-nunca trabajó tanto como aquel día, y le acribilla á pellizcos, y le
-jaspea la cara á bofetones, y le estira medio palmo las orejas, entre
-varazo y denuesto.
-
-Puede igualmente alcanzársele al propio lector, que Regla, tras
-este desahogo feroz, echa á Merto de casa, antes de que á ella torne
-su amo y la acuse, con el diablejo delante, de haber correspondido
-indignamente á sus condescendencias; pero lo que no se le alcanzará si
-yo no se lo digo, es que Regla, al proceder así, ha calculado que se
-anticipa á cumplir los propósitos que le manifestaría Gedeón, si al
-conocer la catástrofe estuviera aún á su lado el autor de ella; que
-su amo ha de agradecerle este rasgo de previsión; que el olvido del
-pecado será tanto más pronto cuanto más lejos se halle del ofendido
-el pecador, y que hasta puede llegar el día en que el mismo Gedeón
-solicite la vuelta del hijo revoltoso al lado de su madre.
-
-Merto, pues, sin tiempo para secarse las lágrimas ni limpiarse los
-mocos, vuelve á casa de los parientes con quienes antes vivió; y vuelve
-á escape y á empellones de su madre, que no quiere encontrarse con su
-amo en el camino, por las calles más extraviadas.
-
-Regla deja á Merto entre sus parientes, hasta nueva orden, no sin
-exigirles la promesa de que en los primeros quince días le han de
-quitar el hambre á palos; y sin perder un solo instante en ociosas
-amonestaciones á su hijo, vuela, más bien que corre, hacia su casa.
-
-Pero su amo llega antes que ella.
-
-Atónito se queda al entrar en su cuarto y contemplar los despedazados
-cachivaches que apenas le dejan sitio donde poner la planta; y
-más se sorprende todavía cuando, al llamar á Regla para que le dé
-explicaciones sobre aquel desastre, no halla quien le responda, si no
-es Adonis que gime y llora á su modo, y le abraza las piernas, y le
-lame las manos, y hace como si quisiera enseñarle las cordilleras de
-ronchas que le abruman el cuerpo debajo de las lanas.
-
---¡Merto!... ¿no es verdad?--exclama al fin Gedeón, entre iracundo y
-triste, fijando su vista en la de Adonis.
-
-Y Adonis, cual si comprendiera la pregunta, alza más la cabeza; muévela
-arriba y abajo, ladrando al mismo compás, como si quisiera decir:
-
---Sí, señor; ¡ese bribonazo ha sido quien me dió la paliza y rompió
-todo esto!
-
---¡Preciso es convenir--exclama Gedeón, dándose por enterado,--en que
-no se habrían atrevido á tanto mis propios hijos, si yo los tuviera!
-
-En esto entra Regla en el gabinete, desencajada y compungida. Refiere á
-su amo lo que sabe del caso y lo que ha hecho con el causante, llorando
-cuando debe llorar y lamentándose cuando debe y como debe lamentarse;
-y como todo lo dice ella, y cuanto hay que hacer con el delincuente
-está ya hecho, Gedeón sólo despliega los labios para implorar un poco
-de misericordia para Merto, y reducir á su madre á que renuncie á sus
-manifestados propósitos de marcharse de la casa, en castigo que ella
-misma se impone, de su mala correspondencia á los favores recibidos de
-un amo tan generoso y tan bueno.
-
-Y con esto, y no sé si con algo más, pariente de ello, se da por
-terminado un incidente (como dicen en los Parlamentos), que, en buena
-lógica, debía tumbar de espaldas á un hombre como Gedeón, que se pone
-malo solamente con acordarse de los desafueros y tropelías que cometen
-en las casas los hijos de familia, cuando son de la edad de Merto.
-
-Al otro día cuida mucho el complaciente amo de no apurar las fuerzas ni
-el espíritu de su criada con órdenes excesivas ó con palabras secas.
-¡Demasiado acongojada está la pobre mujer con lo que le ha sucedido!
-¡Ella que es tan atenta! ¡Ella que es tan delicada!... ¡y tan comedida!
-
-Y como, al cabo, es madre de Merto, y por malo que éste sea debe de
-quererle mucho, también le pregunta por Merto.
-
-Y como nada sabe Regla de él en los tres primeros días, al cuarto la
-_ruega_ Gedeón que trate de saberlo, porque cabe en lo posible que el
-chico haya _tomado sentimiento_ por lo que se le ha castigado, y llegue
-á adquirir una enfermedad peligrosa. Después de todo, ¡qué diablo! por
-malo que sea un chico, vale su vida... para su madre, se entiende,
-bastante más que los cuatro monigotes destrozados en su gabinete.
-
-Merto, entre tanto, se halla en casa de sus parientes tan sereno y
-despreocupado como si jamás hubiera roto una cazuela; pero su madre se
-guarda mucho de contárselo á su amo; antes le dice, por toda noticia de
-su hijo, que sigue éste llorando el bien que ha perdido por su culpa, y
-cumpliendo la pena merecida que ella le ha impuesto.
-
---Pues si está arrepentido--dice Gedeón á Regla, antes de la
-semana,--perdonémosle, con mil santos, y que se vuelva otra vez acá.
-¿Quién sabe si con lo que ha pasado y algo que yo le diga, poniéndome
-serio, acabará de hacerse un modelo de chicos agradecidos y juiciosos?
-
-Pero Regla sigue implacable.
-
---Nadie sabe como yo--responde, con todas las necesarias salvedades de
-respeto,--lo que á ese chico le conviene.
-
-Probablemente estará Regla en lo cierto.
-
-Todas estas conversaciones tienen lugar durante la comida ó el
-almuerzo de Gedeón, y, por consiguiente, á las barbas de Adonis. ¡Y
-es de ver qué gestos hace el ratonero cada vez que el nombre del
-aborrecido rival llega á sus orejas! ¡Y es de admirar cómo gime y se
-abate cuando la cara de su dueño no se frunce ni amontona al hablar del
-pícaro que á él le deslomó!
-
-Cualquiera pensaría que Adonis va leyendo en la fisonomía de Gedeón sus
-propósitos de perdonar al atrevido y sus deseos de volver á traerle á
-su lado.
-
---¡La morcilla antes que eso!--debe de pensar el ratonero, si tal lee.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-XX
-
-UN INCIDENTE
-
-
-La escena representa otra vez el gabinete de Gedeón.
-
-Éste se halla repantigado en la butaca contigua á la mesa de escribir,
-y atusa las greñas de Adonis; el cual parece dormirse, de gusto que le
-da el suave manoseo de su amo.
-
-Si es lícito meternos donde no hacemos falta, conste también que Gedeón
-está pensando en la cada vez más obstinada insistencia de su criada en
-no traer todavía á Merto á su lado.
-
-Transcurre largo rato así.
-
-Entra Regla con una carta en la mano; pónela en las de Gedeón; dícele
-que la ha subido la portera, y se va.
-
-Gedeón se fija en el sobre; frunce el entrecejo; apea de un revés á
-Adonis, que exhala un débil gemido de sentimiento, como diría un
-novelista _elegante_; abre la carta, y lee para sí lo siguiente, pero
-con la más desastrosa ortografía, que yo no quiero copiar:
-
- «Querido Gedeón: Como hace semana y media que no te veo, te
- escribo para decirte que en cuanto recibas ésta, vengas á verme,
- pues hay dos casos muy graves de que tengo que enterarte.
-
- Tuya de corazón, más que nunca,
-
- SOLITA.»
-
-Graves deben de ser, en efecto, los casos á que la firmante se refiere,
-cuando se atreve á molestarle con aquella misiva. Por largas que
-hayan sido sus ausencias, jamás se ha permitido Solita quebrantar las
-prevenciones que Gedeón la tiene hechas de no buscarle en su casa con
-esquelas ni con avisos, y mucho menos con su persona.
-
-Y entre lo de «¿qué será?» y lo de «¿qué no será?» vuelve á entrar
-Regla diciendo á su amo que hay á la puerta un hombre que desea
-hablarle.
-
-Mas no bien lo ha dicho, ya está el hombre detrás de ella haciendo
-reverencias á Gedeón.
-
-Es el tal un andrajoso, en chancletas; con las barbas á medio crecer,
-y las greñas, rudas y entrecanas, desgajándose de la cabeza, como si
-quisieran enredarse con las barbas que, en demostración de que no huyen
-del enemigo invasor, crecen rígidas cara arriba.
-
-No es alto ni bajo, ni adusto ni risueño: tiene el cuerpo y la
-fisonomía y hasta el olor que tienen siempre los vicios inveterados y
-la falta absoluta de vergüenza.
-
-En el momento de encararse con Gedeón guarda en un agujero, de los mil
-de su chaleco, una punta de cigarro que retira de sus labios cárdenos,
-mientras derriba de su cabeza con la otra mano algo como gorra ó cosa
-que lo parece después de haber sido sombrero.
-
---¿Qué busca usted aquí?--le pregunta Gedeón en tono duro y ademán
-airado.
-
---Entendí que esta señora al abrirme la puerta me mandaba pasar
-adelante; y eso he hecho,--responde el hombre con voz cavernosa.
-
-Siguen algunas réplicas y contrarréplicas entre los dos hombres, y
-algunas disculpas y protestas de la mujer, de escasa importancia para
-el lector y de mucha para mí si tuviera que escribirlas y comentarlas,
-por lo cual las suprimo con su venia; retírase al fin Regla, y quédanse
-frente á frente los otros dos personajes de esta escena.
-
---¡Conque es usted don Gedeón?--pregunta el haraposo.
-
---Lo soy, ¿y qué?--responde el preguntado, con voz y gesto de
-repugnancia.
-
---¡Pues vengan esos cinco!--exclama el hombre de los andrajos. Y avanza
-resuelto hacia Gedeón; y, que quieras que no, le coge una mano y se la
-estruja y resoba entre las dos suyas; y arrima á su cara, contraída por
-el asco, todo el bardal de su cabeza y todas las cavernas hediondas
-ocultas por el bardal.
-
-Gedeón consigue, á duras penas, librar su mano de aquella tenaza sucia;
-y huye luego dos varas atrás con la butaca en que está sentado.
-
-El hombre, al mismo tiempo, toma una silla, la arrima á la butaca y se
-sienta también.
-
---Pues yo soy, para lo que usted guste mandarme, Judas Cerote,--dice
-al sentarse. Y mientras aguarda la respuesta, escupe en la alfombra y
-se limpia los hocicos con un pingajo que saca de otro pingajo de su
-chaqueta.
-
---¡Como si fuera usted Pentapolín de los Garamantas!--grita Gedeón
-hecho una lumbre y poniéndose de pie.--¿Qué es lo que viene usted
-buscando aquí? ¡Pronto!
-
---¡Calma, amigo mío, calma!--replica el otro con mucha sorna,--que
-no es oro todo lo que reluce, ni en mi corporalidad son remiendos
-solamente lo que hay que ver. El asunto que me aproxima á esta
-casa, no se manipula ni especifica echándome á mí á la calle sin
-oirme... Hágame usted la cortesía de tomar asiento otra vez, con toda
-franqueza... y permítame usted que amargure, digásmolo así, este primer
-detrimento de las honradas hidalguías de mi corazón que aquí me traen.
-
-Y el llamado Judas, al decir esto, hace como si se conmoviera.
-
---Mire usted, hombre--replica Gedeón dejándose caer en la butaca:--si
-me promete usted concluir pronto lo que tiene que comunicarme, soy
-capaz hasta de escucharle sentado.
-
---De usted dependerá que yo finiquite en dos minutos.
-
---Pues vaya usted cumpliendo su promesa.
-
---Con tal que no sea usted el que desee que se alargue la platicación.
-
---Fácil es eso.
-
---Pues ha de saber usted, don Gedeón, que yo soy un artista
-verdaderamente desgraciado; porque desgracia es para mí haber venido á
-luz en unos tiempos, digásmolo así, de menosprecio para el arte... ¡el
-arte que yo cultivaba con el entusiasmo de los juveniles años!...
-
---Siga usted, pero sin comentarios.
-
---No pude seguir, mi señor don Gedeón, por lo mismo que yo era un
-verdadero artista: no se me correspondía al tenor de mi trabajo; y
-antes que consentir yo en humillar el arte... ¡el arte que yo cultivaba
-con el entusiasmo de los juveniles años! á la tiranía de los iznorantes
-y pusilámines, envolví la venerable herramienta de mis glorias en el
-honrado mandil, para que no la menospreciara el siglo, y me dediqué á
-la contemplación, digásmolo así, de la Naturaleza en sus manificencias
-y esplendores, único trabajo á que podía dedicarme, fuera del arte...
-¡del arte que yo cultivaba con el entusiasmo!...
-
---«De mis juveniles años.» Adelante.
-
---Esa es la palabra. ¡Cómo nos entendemos y hasta nos adivinamos los
-pensamientos! Estaba escrito, don Gedeón.
-
---¿Cuál?
-
---Lo que pasa. Nacimos el uno para el otro. ¡Tenía que suceder!
-
---¿Quiere usted proseguir, señor... artista?
-
---Gracias, mi respetable don Gedeón, por ese sufragio, digásmolo
-así, conmovedor, que rinde usted á mis sentimientos. Prosigo. Este
-amor descomensurable que guardo en mi pecho á la patria Naturaleza,
-llévame á menudo á plazas y paseos para contemplar séase el firmamento
-estrellado, séase las estrellas del firmamento, séase el sol del
-mediodía, séase el amanecer de la mañana. ¡Qué quiere usted! parece
-que el alma se me congratula en estas contemplaciones, maísimen si me
-hallo en la amena y dilatada compañía de otros artistas infortunados,
-que también renunciaron al arte... ¡al arte que cultivaban!...
-
---«Con el entusiasmo de sus juveniles años.» ¿No es esto?
-
---Cabalmente, señor don Gedeón, cabalmente... ¡Es admirable cómo se
-corresponden nuestras concomitancias respectivas!
-
---Menos en un punto, señor Judas.
-
---¿En qué punto, mi adorado don Gedeón?
-
---En que mi... «concomitancia» está deseando que acabe usted de hablar,
-y la de usted se empeña en todo lo contrario.
-
---Es el carácter, don Gedeón, y este sentimiento de mis entrañas, que
-parece desgarrarse de alegría cuando se halla en la ilustre sociedad
-de un hombre tan campechano como usted. Y ahora prosigo. Días hace que
-contemplaba yo la estrella polar desde un rincón de una plazuela, fuera
-de lo que podemos llamar casco de la ciudad... porque la ciudad, amigo
-mío, de por sí no es quién para que en ella se explaye un espíritu,
-contemplando séase el firmamento estrellado...
-
---«Séase las estrellas del firmamento...»
-
---Séase el sol del mediodía.
-
---«Ó séase el amanecer de la mañana.»
-
---Pero, señor don Gedeón, me deslumbra ya tanta concupiscencia de
-pensamientos, digásmolo así, entre los dos.
-
---Es para ayudarle á usted á llegar pronto al fin de su discurso.
-Conque no me desaire usted en tan humanitarios propósitos, señor Judas.
-
---Muy señor mío y dueño: rendido á ese sentimiento, especifico así lo
-que me falta. Y digo, que hallándome en la contemplación de la estrella
-polar hace dos noches, porque de noche era cuando yo la contemplaba
-embriagado, digásmolo así, de ansias naturales del alma, y, á la
-misma vez, presuimpuestando el tiempo en que, á un buen volar por los
-aires, podría yo avecindarme con el astro, y aun, si á mano viene,
-preguntándome por qué esa luz recalcitrante se apaga por el día y se
-enciende no más que por la noche, cuando sépase usted, mi querido don
-Gedeón, que pasa ella por delante de mí.
-
---¿La estrella polar?
-
---No, señor... aunque bien pudiera serlo, y lo ha sido ya para algún
-navegante desafligido. Por una parte era su misma personalidad; por
-otra no lo parecía. Pero ¡dónde verá el corazón paterno un pedazo
-de sus propias entrañas, que no clame por él y le abra su pecho
-enternecido? Entre si es no es ella, invoco su nombre con ese acento,
-digásmolo así, de la eternidad de una ausencia contada por años y
-determinada por la profundidad de los mares caudalosos. Entonces volvió
-su fisonomía la inocente paloma; y al conocer á su tierno padre... huyó
-con la mujer que la acompañaba. Pero yo la había conocido bien. Era
-ella; el pedazo de mi corazón; el sostén de mi ancianidad y el amparo
-de mis necesidades... ¡mi idolatrada Solita!
-
-Al oir este nombre, da Gedeón un salto en la butaca. Ni remotamente
-había sospechado, el muy bolonio, que semejante fin tuviera el
-laberíntico discurso del artista Judas.
-
-Desconcertado como niño goloso á quien su madre sorprende robando los
-bizcochos, no sabe qué cara poner al zapatero para disimular mejor la
-violencia en que se halla su ánimo.
-
---De manera que usted es...--dice, sin saber lo que se dice, pero con
-la cara muy hosca, creyendo que con aquello sale mejor del compromiso.
-
---¡El padre de Solita!... es decir, _tu_ padre político, que _te_ abre
-sus tiernos brazos para estrecharte en ellos.
-
-Y el elocuente artista, al responder así, se levanta de la silla, y
-presenta á Gedeón todo el fardo de sus andrajos para que se arroje en
-ellos.
-
-Pero Gedeón huye aterrado hasta la pared.
-
-Entre tanto, añade el remendón, sin bajar sus brazos entreabiertos:
-
---Y perdóname, hijo mío, si he estado llamándote hasta aquí con la
-circunflexión de _usted_. Yo te conocía; pero tú no tenías el honor de
-conocerme. No podía comportarse de otra manera mi natural, digásmolo
-así, respetivo y atento.
-
-Gedeón ya no oye, ni ve, ni entiende. Sobresaltado al saber que tenía
-delante al padre de Solita, cuando oye á éste llamarle hijo, cree que
-le muerden ratones y que le besan sapos y cucarachas. Aquello es un
-asco, y además una ignominia. ¿Quién habrá puesto en manos del remendón
-el pico de la manta para que, tirando de él, haya llegado á descubrir
-el miserable lo que estaba oculto, y, sobre todo, lo que no estaba? Hay
-que averiguar eso á todo trance.
-
-Á este fin, refrena Gedeón sus iras; y, con un esfuerzo supremo de la
-voluntad, disimula también sus repugnancias; finge que toma á risa los
-extremos afectuosos del zapatero; ruégale que se siente, y le pregunta
-qué es lo que le ha inducido á creer en el parentesco á que se refiere.
-
-El remendón se sienta y continúa hablando así:
-
---Viendo que Solita me negaba la paternidad, ó que no la conocía,
-seguí sus pasos, determinado á que no se escapara ya de mis
-visuales. Creyéndola yo en Puerto Rico, ¡cómo había de negar á mi
-corazón aquella voluntad de contemplarla de cerca? No sé las calles
-que corrí siguiéndola; y como sospeché que no quería declararme su
-domicilio, hice, digásmolo así, de vez en cuando, recatación de mi
-persona: de este modo descubrí casa y piso. Llamé á la puerta. Clamar
-en desierto, Gedeón. Pero yo no podía, paternalmente, volver atrás.
-Y repetí el llamamiento. Ya los vecinos de la escalera me habían
-oído todos, y hasta se apiadaban de mí, rogándome que callara, y
-todavía á la infeliz no había llegado el amoroso machaqueo de su
-padre. Pero ¡qué hija es sorda á la voz enternecida del anciano que
-la ha dado el sér corporal?... Solita me recibió en sus brazos á la
-media hora de llamarla yo á los míos. Pero la había dejado sirvienta
-puramente, y me la encontraba dueña y señora de su casa. Era esto ¿no
-es verdad, Gedeón? motivo de una plática, digásmolo así, aclaratoria
-y explicativa. En esa plática supe de sus tiernos labios que había
-contraído nupcias mayores en Puerto Rico, pero que había prometido á
-su adorado esposo guardar el secreto de ellas hasta que fuera día de
-clarificarse á la luz del sol. Cumplió después con su anciano padre en
-cuanto á finezas generosas de presente; pero su padre no cumplía con
-su augusto deber sólo con eso. Ocurrióseme ir á tomar luces de todo á
-la casa en que conoció á la familia que la llevó á Puerto Rico... ¡Ay,
-qué señora aquélla, Gedeón! ¡Qué virtud la suya tan boyante, digásmolo
-así, y tan concluyente! ¡Y qué claridez la de su sentido! Media palabra
-no más la declaró mi fineza, y en el acto me plantó sobre la pista...
-Y como yo tampoco menosprecio las buenas protecciones que se me dan,
-siguiendo los apuntes de tan refulgente señora, he llegado hasta aquí
-sin tropiezo...
-
---Y ¿qué más?--pregunta Gedeón, á punto ya de estallar como una bomba.
-
---Que no contrincándose el dictamen de esa señora más que en lo del
-viaje á Puerto Rico, viaje que resulta, digásmolo así, fracasado, con
-lo dicho por Solita, sucede que tú eres el enlazado en secreto con
-ella, y que yo soy vuestro padre que os bendice, y viene á estrecharte
-entre sus brazos...
-
---¡Y qué más?
-
---Y al mismo tiempo, á decirte: Gedeón, el brillo y el buen ver entra
-por mucho en la longanimidad de las familias; mira tú, hombre opíparo,
-á tu padre político ultrajado por los años y las ingratitudes del
-siglo; si has de regocijarte en él y en sus ancianos cabellos, vístele
-y agasájale con qué se alimente y dé á sus arrugas venerables el
-resplandor, digásmolo así, de los hombres acomodados y eminentes.
-
---¿Nada más? Con franqueza... ¡dígamelo usted!
-
---¡Oh, hijo descomunal y esplendoroso! ¡Bien decía yo que se adivinaban
-nuestras concupiscencias! Pues ya que no se harta tu corazón de
-desocuparse en el mío, sábete que no me vendría mal otro auxilio para
-finiquitar algunas deudas que hoy me cierran las puertas del sustento
-corporal, y hasta las del necesario descanso.
-
---Y ¿nada más?
-
---Por ahora...
-
---Pues escucha, ¡zapatero vil, remendón indecente!--grita Gedeón con
-los ojos fuera de sus órbitas y los puños crispados;--ni yo te he
-parido, ni conozco á tu hija, ni quiero conocer á esa otra bribona que
-aquí te envía; ni me he casado nunca, ni me casaré en mi vida; ni tengo
-obligación de escucharte lo que me has contado, ni paciencia para oirte
-otra palabra más.
-
---Pues si usted no me conoce, ni conoce á Solita--dice Judas entre
-admirado y malicioso,--¿de qué sabe usted que yo soy zapatero, si yo
-no se lo he dicho?
-
---Lo sé--replica Gedeón algo desconcertado, pero no menos
-furioso,--porque... ¡porque lo huelo! ¡porque tú no puedes ser otra
-cosa!
-
-Al mismo tiempo saca de su bolsillo unas monedas de plata, y,
-arrojándolas sobre la mesa, añade:
-
---Si es eso lo que venías buscando para emborracharte, tómalo, con tal
-que te largues; y cuida de no probar en otra parte este sistema de
-sacar dinero, pues no todos tendrán la paciencia que he tenido yo.
-
-El zapatero se abalanza con mal disimulada avidez á las monedas;
-y mientras las hunde en uno de los abismos de su chaleco, dice
-fingiéndose conmovido:
-
---Las recojo, no por lo que valen en su prosapia metálica, sino por
-la mano generosa que me las ofrece como prenda de un fino genial de
-estimación. Pero créeme, hijo de mis entrañas, llevo clavado en ellas,
-como un puñal inclemente, la rigurosidad de tus palabras á un padre
-tierno que, al darte sus brazos amorosos, quería decirte: «arrójate en
-ellos con la frente muy alta, que son el apoyo de una familia ilustre,
-perseguida, digásmolo así, por la hediondez de la miseria...»
-
-Mientras el zapatero se enreda en estas nuevas declamaciones, Gedeón
-llama á Regla; y cuando la tiene delante, la dice en tono firme y con
-ademán resuelto:
-
---Enseñe usted la puerta á este hombre.
-
---¡Son cuentas de familia, señora!--dice Judas á Regla cuando la ve á
-su lado, y mirándola con cierto desdén.
-
-En seguida se vuelve á Gedeón y le dice á media voz, pero trémulo é
-iracundo:
-
---¡Te perdono, hijo ingrato... y nos veremos!
-
-Después sale detrás de Regla, chancleteando con los pies y requiriendo
-los pingajos de su vestido.
-
-Cuando Regla cierra la puerta de la escalera, Gedeón, que se ha
-colocado á dos pasos de ella, la dice:
-
---¿Has visto á ese hombre?... ¿Le recuerdas bien?... Pues el día en que
-él vuelva á entrar por ahí, sales tú por el balcón.
-
-En seguida se encierra en su gabinete, y bufa y patea.
-
-En su concepto, la historia contada por el zapatero ha sido compuesta
-por su hija, ó de acuerdo con ella.
-
-Quiere amenazarle con aquella afrenta constante, para reducirle mejor
-á los propósitos que ha tenido el atrevimiento de manifestarle muchas
-veces. ¡Insensata! ¡Y á tanto se atreve cuando ya no le queda un solo
-atractivo con qué justificar el oprobio que se le quiere imponer!
-¡Cuando está deseando él una disculpa para deshacerse de ese grillete
-que le amarra y le desuella! Pero, bien mirado, ¿qué mejor ocasión que
-ésta para sacudirse las pulgas? Ahora ó nunca... No la dejará en la
-calle abandonada: cumplirá, en tan grave trance, como quien es; pero
-romperá toda conexión con ella, y quedará tan libre de su peso como
-estaba antes de conocerla.
-
-Y así pensando, vístese acelerado y sale hacia la calle, abotonándose
-el chaleco en la escalera y haciendo en el portal el nudo de la corbata.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-XXI
-
-DE ESCALERA ABAJO
-
-
-No habrá dado muchos pasos Gedeón fuera de su casa, cuando Regla está
-bajando al portal.
-
-Tiénela muy sobresaltada algo que pasa bien cerca de ella, desde que
-tomó de manos de la portera la carta que puso en las de Gedeón. Aunque
-no es gran pendolista, sóbranla ojos para distinguir á una mujer en la
-letra de un sobrescrito; y mujer es, en su concepto, quien trazó los
-garabatos de aquel sobre.
-
-En cuanto al hombre que se coló tras ella en el gabinete, también le
-parece que es bastante más que un andrajoso vulgar que se mete por la
-primera puerta que halla á medio cerrar. Á éstos se les da una limosna
-ó un bufido, y se les planta en la escalera, acto continuo; pero el
-andrajoso que acaba de salir es cosa muy distinta. Hablaba recio al
-despedirse, después de haber hablado largo rato con su amo; y el furor
-de éste, al arrojarle del gabinete, no se parece en nada al que produce
-en una persona decente un hombre entremetido y sin educación. Qué hay
-en la carta y qué en el haraposo, no lo sabe ella; pero hay algo grave;
-tan grave, que ha sido causa de que su amo salga á la calle hecho un
-basilisco. Y ¿quién trajo la carta y se la entregó á la portera? ¿Por
-qué ésta, ó su marido, dejó subir al haraposo? ¿Qué les dijo para
-conseguirlo? Hay que averiguar todo esto, por de pronto.
-
-Con tal intento baja la escalera, aunque quizá se figura que no le
-mueve otro que endosar al portero la amenaza que le dirigió á ella su
-amo al despedir al hombre de los andrajos.
-
-El portero es otro remendón, pero que no se llama artista; y por eso
-saca del oficio un mendrugo cada día. No es muy hablador, porque en
-nada es vehemente; y lo prueba que menea la herramienta al compás del
-_¡Triste Chactas!_ desde que se ciñe el mandil hasta que se le quita;
-lo cual es tanto como decir que de sol á sol dura la sonata.
-
-Pero, en cambio, su mujer, aguadora y recadista de toda la vecindad, es
-un argadillo y una cotorra.
-
-Como los unos bracea y como las otras charla delante de su marido
-cuando llega Regla al portal.
-
---¡Ay, señora Regla--la dice encarándose con ella,--qué hombres tan
-dejados de la mano de Dios y tan comprometedores de las familias de
-bien!
-
---¿Qué pasa, señora Rita?
-
---Las iniquidades del alma, como quien dice.
-
---Pues ¡cómo ha de ser!
-
---De otra manera muy diferente, señora Regla... Por algo los dedos
-de la mano no son iguales. El hombre de bien, á sus quehaceres; el
-malhechor, á la cárcel. Cada uno en su casa y Dios en la de todos.
-
---Y así debiera ser, señora Rita; pero si no lo es, ¿qué vamos á
-hacerle?
-
---Pues al tenor de ello hablaba yo ahora mismo con este bendito de
-Simón, que es un palomo sin hiel y no se escandaliza de nada.
-
---Pues más vale así, señora Rita.
-
---Pero con su cuenta y razón, señora Regla... No me digan á mí que
-cuando las osadías andan por el mundo sin trabas ni bozal, deben los
-hombres honrados ponerlas puente de plata y cubierto á la mesa... ¿No
-fuera mejor echarlas solimán de lo fino?
-
---También es verdad eso... ¿no le parece á usted así, tío Simón?
-
---_¡Cuán raaa... apida ha sido!_...--canturrea éste al oir la pregunta,
-mientras da los dos últimos estirones de cabo á una puntada. Y no dice
-más.
-
---Este bendito de Dios--añade su mujer,--con la sinfonía de siempre.
-Ni Cristo pasó de la cruz, ni él pasará de la sonata en los días de
-la vida... Bien que mejor quiero verle emperrado en ella, que dado á
-Barrabás, como el otro desalmado que acaba de salir.
-
---Pues de ese hombre venía yo á hablar con ustedes.
-
---Hable usted, señora Regla, hable usted, que todo será poco para lo
-que merece, por lo que echa por aquella boca de Satanás.
-
---Yo, señora Rita, sólo tengo que decir que por ningún motivo le dejen
-ustedes entrar por esa puerta. Así me lo ha encargado el señor.
-
---Y será medida su palabra. Bien sabe Dios que si una vez pisó esas
-escaleras, no fué sin que yo se lo reprendiera á mi marido. «¡Mira,
-Simón, que ese hombre es un puro embrollo y una pura desvergüenza! Mira
-que te va á comprometer... bien conocido le tienes ya...» Porque Simón
-le conoce, señora Regla... ¡como que aprendieron juntos el oficio! Pero
-Simón, en buena hora lo diga, es un hombre trabajador y de su casa, y
-al otro no tiene el diablo por dónde desecharle.
-
-Á todo esto, el tío Simón continúa refunfuñando su canción sempiterna,
-y bregando con la bigotera que está echando á un borceguí.
-
---Pero ¿qué pasó con ese hombre, al fin y al cabo?--pregunta Regla.
-
---Primeramente--responde la señora Rita,--ese hombre es un borracho
-que mató á su infeliz mujer á palos y á pesadumbres, y dejó el oficio
-para vivir... yo no sé de qué... Él dice que de lo que le pasa una
-hija que huyó de su casa siendo una criatura... ¡vaya usted á saberlo,
-señora Regla! El caso es que hace una hora se presentó aquí con su
-poca vergüenza, y preguntó por el amo, con un aquel y un qué sé yo,
-como si toda la vida hubieran comido juntos. Dijímosle que no estaba
-en casa, y que, aunque estuviera, sería lo mismo para él, porque no
-le recibiría... ¡Ay, señora Regla, en mala hora yo tal dije! ¡Qué
-ponerme de cosazas y menosprecios el deslenguado!... Como que yo estaba
-viendo cuándo era el instante en que Simón se quitaba el tirapié...
-Porque, aquí donde usted lo ve, señora Regla, cuando se enfada hay
-que conjurarle como á las tormentas... Pues ¡no se atrevió, el
-sinvergüenza, á decirme que mirara mucho lo que hablaba con él, porque
-podía hacerme y acontecerme, motivado á que don Gedeón era... (¡el
-Señor no se ofenda de lo que voy á decir!)... pariente, señora Regla,
-pariente muy cercano suyo? ¡ha visto usted!... y que le había mandado
-llamar por persona que podía hacerlo; y que por eso venía, y que si lo
-dudábamos le acompañaría quién que mandaba aquí más que todos nosotros,
-y... ¡san Crispín unigénito no me oiga!... más que el amo, señora
-Regla... más que el amo?... Y, amiga de Dios, tanto dijo y fachendeó,
-y tanto nos rompió la cabeza con fanfarrias, que Simón dijo «allá te
-arregles y con él te veas...» Y entre que «esto no me parece bien,» y
-lo otro de «puede que tenga razón,» y yo que «no puede tenerla nunca un
-hombre como ese,» y este otro que «más gordas se han visto,» el pícaro
-fué subiendo; y cuando quisimos reparar en él, ya estaba arriba, si es
-que no adentro... ¡Pero al bajar fué ella! ¿No es verdad, Simón? ¡Qué
-humos, qué pomposidades y qué sonar dinero en las faltriqueras! ¡Qué
-querer convidar á este inocente nada menos que á la fonda, y ofrecerme
-á mí un mantón de ocho puntas y una cofia con encajes!... Mire usted,
-señora Regla, esto me incomodó mucho, porque parecía burla... Luégo
-bajó el amo, hace un instante, y se descubrió el pastel. ¡Qué cara
-traía el bendito señor, y con qué rejo nos encargó que perniquebráramos
-al insolente antes que dejarle entrar aquí! Para mi cuenta, y Dios
-me lo perdone si me equivoco, aquel dinero que sonaba lo robó en el
-piso...
-
-Regla, que de todo este fárrago no pierde palabra que sea utilizable á
-sus propósitos, interrumpe á la señora Rita para preguntarla:
-
---¿Y dice usted que tiene una hija?
-
---¿Quién... el amo?
-
---No, mujer, ese perdido.
-
---¡Ah! sí... Lo decía antes de darse tanto lustre. Ahora, Dios sabe lo
-que dirá.
-
---¿Luego usted no la conoce?
-
---Como al día en que me he de morir.
-
---¿Ni usted tampoco, tío Simón?
-
---¡... _de mi diiiii... cha_!
-
---¡Digo si conoce usted á la hija de ese hombre!
-
---Yo no conozco más que mi obligación, señora Regla.
-
---Antes que él--continúa ésta,--creo que vino una carta...
-
---Pues por eso decía yo á Simón--replica la señora Rita,--antes de
-bajar usted, que hay días que ni buscados con un candil... Vino una
-carta, sí, señora.
-
---¿Quién la trajo?
-
---Una jovenzuela. «¿Vive aquí don Gedeón?» preguntó muy relamida. «Aquí
-vive, en el primero,» la respondí muy atenta. «¿Se le ofrece á usted
-algo?» «Dele usted esta carta,» me replicó con el hocico muy plegado,
-como si fuéramos aquí gente de chanfaina. «¿Tiene contestación?»
-volví á preguntar al tomarla... porque me parece á mí que esto es de
-cortesía, para, si acaso, decirla: «Pase usted adelante, tome usted
-asiento mientras bajo.» Pues nada, señora Regla: me volvió la espalda
-sin decir «por ahí te pudras,» y se largó, la muy descortés.
-
---Y esa joven--pregunta Regla con evidente curiosidad,--¿qué aire
-tenía? ¿Era, como quien dice, persona decente?
-
---¡Calle usted, por el amor de Dios! una atropella-platos como otra
-cualquiera.
-
---¿Y nada más la dijo á usted?
-
---¡Y qué más había de decirme? ¡Podía haberse atrevido á mayores, la
-muy remilgada! ¡No, por vida mía! Pobre sí; pero á saber guardar mi
-puesto, me ganan pocas.
-
---De manera, señora Rita, que, como usted dice, el día ha sido
-aprovechado: primero, una joven con una carta para el amo, y después,
-un andrajoso que dice que es pariente de él; que sube á hablarle, y que
-baja de la visita sonando mucho dinero en el bolsillo.
-
---Cabales.
-
---Pues eso se ve todos los días, señora Rita.
-
---No en los míos, señora Regla; y eso que los arrastro bien por el
-mundo y sobre buenas alfombras, aunque me esté mal el decirlo; que
-para eso sirvo á muchos... Pero aunque se viera, yo digo que no debía
-verse nunca de eso.
-
---Pues para que no se vea aquí más, he dado yo á ustedes el encargo que
-también acaba de darles el amo, según me dicen... Y con esto, me vuelvo
-arriba...
-
---Vuélvase usted, señora Regla, y vuélvase usted en la cuenta de que
-ese hombre no pisará más este portal... Y diga usted, si viene otra
-carta ¿tampoco la recibo?
-
---Esa sí--contesta Regla con vehemencia.--Reciba usted cuantas vengan,
-y entréguemelas á mí.
-
---¿Aunque sean para el amo?
-
---Para dárselas yo á él, alma de Dios.
-
---Eso es otra cosa.
-
---Adiós, señora Rita.
-
---Adiós, señora Regla.
-
-Cuando ésta pone el pie sobre el primer escalón, llámala el filarmónico
-zapatero.
-
---Señora Regla--la dice con mucha parsimonia, quitándose las gafas y
-volviendo la cara hacia ella.--Yo hablo poco, ¿está usted?... y cuando
-con lo poco que hablo no me entiende ¿está usted?... el que se empeña
-en meterse ¿está usted?... donde no le llaman... y contra mi gusto,
-agarro el tirapié ¿estamos?... y en seguida me hago respetar ¿está
-usted?... De modo que pisar ese hombre las escaleras que usted pisa
-ahora ¿está usted?... es tanto como decir que Simón ha muerto ¿está
-usted?... Pues no digo más.
-
---Y es bastante, tío Simón.
-
---Y como lo dice lo hace el inocente, créalo usted.
-
---Hasta luégo, señora Rita.
-
---Hasta luégo, señora Regla.
-
-Volando sube ésta al piso, y de dos voleos se echa el manto sobre la
-cabeza.
-
---¡Se me va de entre las manos!--murmura mientras se le arregla y
-anda.--Hay que atarle con cuanto esté al alcance de las mías.
-
-Y echa escalera abajo.
-
-Deja á los porteros la llave del piso, como acostumbra en ausencias de
-su amo, por si éste vuelve antes que ella; y sale del portal sin hacer
-caso de la señora Rita, que quiere detenerla para hablar un rato.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-XXII
-
-OTRO INCIDENTE MÁS GRAVE
-
-
-Solita no cesa de mirar á la calle por las vidrieras del balcón, como
-hace quien espera con ansia á una persona, ó quien teme que llegue otra
-que no debe llegar.
-
-No puede ser de las últimas la que, al cabo, columbra, según la prisa
-que se da á salir á la sala, tumbarse con languidez en una butaca y dar
-á los pliegues de su falda y á cuanto cuelga en su doméstico arreo,
-la caída y el _aire_ que corresponden á la palidez de su semblante...
-porque es de advertir que su semblante está mucho más pálido y ojeroso
-que de costumbre.
-
-Cuando oye abrir la puerta de la escalera, deja caer la cabeza sobre
-una mano, y el otro brazo fuera del correspondiente de la butaca.
-
-En esta guisa la halla Gedeón, que era, á no dudar, la persona esperada
-y vista por Solita.
-
-Pero lo que Solita no esperaba y ve ahora por las rendijas de su mano,
-es que Gedeón viene echando lumbre y veneno por todos los agujeros de
-su cara.
-
-Aquel hombre es una botica que arde.
-
-No se sienta, se derrumba delante de Solita; y al derrumbarse, rechina
-la butaca y cruje el pavimento; el sombrero que se arranca de la
-cabeza, no le coloca, le estrella en el sofá; y al cruzar sus piernas,
-parece que trata de romper la una contra la otra.
-
---¿Recibiste mi carta?--le pregunta Solita, sin levantar la cabeza, con
-voz lánguida, muy lánguida, después que observa que el recién venido,
-aunque bufa mucho, no rompe á hablar.
-
---¡Sí!--responde Gedeón con un bramido huracanado.--Recibí tu carta...
-¡y algo más que tu carta!
-
---Me atreví á escribirte porque hace tres semanas que no te veo; y el
-caso era urgente.
-
-Después de decir esto con la misma voz lánguida y apagada, llévase una
-mano á la garganta, como si se le atravesara allí algo que le produjera
-bascas; mira á Gedeón con ojos tiernos, y reclina todo su busto en el
-respaldo de la butaca.
-
---¿Conque es urgente el caso?--exclama Gedeón con la sorna de un mastín
-cuando enseña los dientes.--Y ¿cuál es el caso?
-
---Uno de ellos, el que yo me temía, Gedeón. Anteanoche, saliendo á
-tomar el aire, porque _ahora_ necesito tomar el aire muy á menudo, me
-encontré con... mi padre.
-
---¡Adelante!
-
---Me extraña la poca sorpresa que te causa la noticia...
-
---¡Adelante!
-
---¡Jesús., qué suave te vas volviendo!
-
---¡Adelante, Solita! ¡Adelante, y déjame á mí en paz!
-
---Como tú quieras... Híceme la desconocida cuando me llamó por mi
-nombre, y hasta quise desorientarle metiéndome por las calles más
-extraviadas; pero debió de seguirme los pasos, porque cuando me creía
-libre de él en mi casa, comenzó á llamar á la puerta, y con tanta
-furia al ver que no le respondían, que los vecinos salieron asustados
-á la escalera. Entonces, por evitar un escándalo, abrí. Entró; y como
-no le podía decir que estaba yo sirviendo en esta casa, pues desde
-mi vestido hasta la soledad que reina en ella le probaban todo lo
-contrario, ocurrióseme decir que me había casado en Puerto Rico, pero
-en secreto, y que había venido á España en el último vapor á esperar
-á mi marido, que llegaría tan pronto como las cosas le permitieran
-publicar el casamiento... ¡qué sé yo lo que inventé por el estilo! y á
-mayor abundamiento, le dí cuanto dinero podía darle en aquel instante.
-Parecióle bien la dádiva, pero no la historia; y prometiéndome
-enterarse de ella más á fondo y hacerme otras visitas, se marchó. No he
-vuelto á verle, y esto quería decirte para tu gobierno.
-
---¿Has concluído?--pregúntala Gedeón, enronquecido por la ira y el
-despecho.
-
---No tengo más que decirte sobre este asunto,--responde Solita, cada
-vez más lánguida y sentimental.
-
---Pues bien--exclama el otro como estallan los pellejos muy inflados,
-á poco que se los apriete,--yo, en cambio, tengo que contarte á tí que
-el zapatero inmundo, que el remendón miserable, que el sinvergüenza
-de tu padre, ha estado en mi casa... ¡y ha querido abrazarme! ¡y
-me ha llamado hijo suyo!... ¿lo oyes bien? ¡hijo suyo!... ¡y me ha
-tuteado!... ¡y he tenido también que darle dinero para taparle la boca,
-ya que no podía taparle el resuello con pólvora y solimán!
-
---¡Mi padre en tu casa! Pero, ¿quién le guió allá?--dijo Solita dejando
-los dengues y dando á su voz y á su fisonomía tal aire de sinceridad,
-que el mismo Gedeón no se atreve á dudar de ella.
-
---Por lo visto, la víbora de doña Ambrosia, á quien el condenado fué,
-con infeliz ocurrencia para mí, á pedir _antecedentes_ del caso.
-¡Figúrate si se habrá regodeado la pícara buscándonos las huellas!
-
---¡Pero es una infamia eso!
-
---Será lo que tú quieras... De cualquier modo, hay que tomar sobre ello
-una resolución heróica. ¡Yo no puedo quedar ligado á la ignominia de
-ese hombre!...
-
---Ciérrale la puerta... hazte el desconocido.
-
---Me he hecho el desconocido y le he cerrado la puerta; pero volverá á
-llamar á ella, y me perseguirá, y será mi sombra de día y mi pesadilla
-de noche. ¡Qué horror!
-
---¡No es para tanto, hombre! ¡En qué poca agua te ahogas!
-
---¡Poca... cuando me cubre con más de un palmo, no el agua, sino la
-pringue de la zapatería!
-
---¡Y vuelta al zapatero! Pues, qué caramba, ya sabías que lo era cuando
-te acercaste á su hija.
-
---¡Sólo falta ya que tú le defiendas!
-
---No le defiendo; pero al cabo es mi padre...
-
---Es decir, que siendo yo el descalabrado, tratas de ponerte tú la
-venda.
-
---Yo trato de poner las cosas en su punto, y nada más.
-
---Pues precisamente vengo yo á eso: á poner las cosas en su punto, y á
-ponerlas en seguida.
-
---Pues tú dirás...
-
---Antes tienes tú que decirme, por si también es de las partidas que
-deben figurar en la liquidación, cuál es el otro caso grave de que
-tienes que hablarme.
-
-Aquí languidece de nuevo Solita; y como si de pronto olvidara todos los
-puntillos que tiene pendientes con Gedeón, mírale con los ojos casi en
-blanco; sonríele medio ruborosa, y exclama, á vueltas de algunos toques
-de mímica sentimental:
-
---¡Ay, Gedeón! ¡qué ocasión más providencial para dar al olvido
-resentimientos de vicio y quejas de tres al cuarto!
-
---Pues qué, ¿nos ha tocado la lotería?
-
---¡Sí, amado Gedeón; y el premio gordo!...
-
---¿Quieres hacer el favor de no bromearte, Solita, y acabar pronto de
-responderme?
-
---¿Tan de prisa estás?
-
---¡Muy de prisa!
-
---¡Ingrato!
-
---¡Solita!... déjame de sensiblerías ridículas, y piensa que es de muy
-distinto género lo que tienes que oir, después que me respondas á lo
-que te he preguntado.
-
---No temo la amenaza, Gedeón; porque después que yo te diga dos
-palabras, trocaránse en mieles tus amarguras, y en mansedumbre tus
-furores.
-
---Ya tardas en decírmelas; pero dímelas en crudo y sin esos jarabes que
-me empalagan.
-
---Voy á decírtelas, ¡ingrato!... pero al oído: quiero que ni el aire se
-entere de ellas antes que tu corazón.
-
-Dicho esto, se levanta Solita hecha un caramelo, pero un caramelo
-blando que se cimbrea y se escurre; acércase á Gedeón, enlázale con sus
-brazos, arrima á su oído la boca, y permanece así dos segundos.
-
-De repente da Gedeón un salto y lanza un rugido espantoso; y al caer en
-el suelo, después de haber tenido cerca del techo la cabeza, oprímesela
-con las manos crispadas, y comienza á exclamar con voz rabiosa:
-
---¡Ábrete, tierra, y trágame... una vez!... ¡dos veces!... ¡diez
-veces!... ¡mil veces!... ¡y vuelve á escupirme á la luz!... ¡y vuelve
-á tragarme!... ¡por sandio!... ¡por estúpido!... ¡por ridículo!... ¡Yo
-debí preverlo!... ¡y no lo he previsto!... ¡yo debí... no haber nacido,
-para no verme en estos trances afrentosos!
-
-Y esto dicho, y algo más que no copio, y mientras Solita lo oye con la
-boca abierta después de haber estado á pique de caer de espaldas al
-saltar de la butaca Gedeón, toma éste el sombrero; hunde en él casi
-toda la cabeza, y sale, ó más bien, huye de la casa como si llevara un
-incendio debajo de la levita.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-XXIII
-
-EL TERCER INCIDENTE
-
-
-Cuando baja la escalera, parece un peñón que se desgaja y rueda al
-abismo: tal salta de tres en tres los peldaños; y aquí tropieza, y
-allí vacila, y más allá resbala; y á sus golpes crujen los tablones y
-tiembla la balaustrada.
-
-Así llega al portal; y, sin pisarle más que una vez, quiere avanzar
-hasta la acera; y para conseguirlo, ha sacado ya la pierna fuera del
-batiente; pero otro hombre va á meter la suya al mismo tiempo y por el
-mismo lado de la puerta, de modo que el que entra y el que sale chocan
-como dos carneros; y con tal ímpetu, que el uno retrocede hasta la
-escalera, y el otro hasta el medio de la calle.
-
---¡Bruto!--ruge el de adentro.
-
---¡Animal!--exclama el de afuera.
-
-Y cada uno se tapa y oprime la cara con las manos para mitigar un poco
-el dolor del testerazo que le ha correspondido.
-
-El primero que se descubre es Gedeón, que, al fijar su vista en el de
-la calle, todavía tanteándose cabizbajo los chichones, conoce en él á
-su amigo Herodes.
-
---¡Conque eras tú!--exclama admirado.
-
---¡Gedeón!--responde Herodes al oir la voz de su camarada, mirándole
-á hurtadillas y con señales de sobresalto, á causa, sin duda, de la
-impresión que hace la luz en sus ojos, aún doloridos por el golpe.--¿De
-dónde diablos bajabas tan de prisa?
-
---¡De arriba!--contesta Gedeón, palpándose la frente.--Y á tí, ¿qué
-demonios se te pierde en esta casa? ¿Qué casualidad nos reúne aquí?
-
---Iba á subir.
-
---¡Ya! pero ¿á qué?
-
---Á... hacer una visita.
-
---¡Visitas tú, y en una casa tan extraviada!
-
---¿No las haces tú también en ella?
-
---Es verdad, hombre.
-
---¡Menudo coscorrón me has dado!
-
---¡No le recibí yo más flojo!... Ya habrás notado, por el que te dí,
-que voy algo de prisa.
-
---En efecto.
-
---Pues excúsame de cumplimientos; alíviate, y adiós.
-
---Lo mismo digo. Hasta la vista.
-
-Y Gedeón echa calle abajo, como alma que lleva el diablo, y acaso no
-sea exagerada la comparación.
-
-Herodes, después de permanecer unos instantes en el portal, saca con
-cautela su cabeza fuera de la puerta, y sigue con la vista al que se
-aleja: y ¡extraña curiosidad! cuando éste ha doblado la esquina, llega
-hasta ella el otro, y con las mismas precauciones de antes, mírale
-desde allí cómo se interna en otra callejuela; y ¡capricho más pueril
-todavía! se va tras él, como si quisiera contarle los pasos. Así le
-escolta hasta verle salir del barrio, y sólo entonces se resuelve á
-volver atrás. Llega de nuevo al portal de Solita; y como si ya no se
-acordara del testerazo, arréglase un poco la corbata y echa escalera
-arriba con aire tranquilo y reposado.
-
-Entre tanto, Gedeón llega también á su casa; se encierra en su gabinete
-y comienza á dar vueltas en él, como tigre en jaula.
-
-Su cabeza es un volcán en que hierven, y se oprimen, y se mezclan y se
-revuelven las ideas; ideas que le escaldan y le confunden el cerebro;
-porque, á la vez que lava abrasadora, son marea que avanza y retrocede,
-y muge y aporrea.
-
-Lo que Solita ha confiado á su oído no son palabras, es una cadena
-de presidiario que le amarra á él, por toda la vida, á la hija del
-remendón... Ya no es libre; ya no puede tener ni la esperanza de serlo,
-como la tenía pocas horas antes, cuando iba resuelto á liquidar las
-cuentas de sus debilidades con Solita. ¡Qué adelantaría ya con realizar
-estos propósitos... si le quedaba _lo otro_ por liquidar? Y _lo otro_
-es todo lo más abominable que puede proceder de Solita, y además,
-Solita entera y verdadera, y además, el zapatero con más hondas raíces
-á la puerta de su casa, amenazándole con sus harapos y su parentesco.
-Y de esto puede alejarse, pero no desprenderse; porque ¿adónde irá
-que no lo vea, ó que no lo oiga, á lo menos? Y verlo ú oirlo, ¿no es
-estar ligado á ello? Será la cadena más ó menos larga; pero siempre
-será cadena, á cuyo extremo estará amarrado él, girando, como bestia en
-hipódromo, alrededor de un centro de mamarrachos y de ignominias.
-
-Cuando éstas y otras y otras ideas, no más risueñas ni sosegadas,
-han batido con furia todos los rincones de su cráneo; después que
-de aquella tempestad bravía sólo queda la espuma de sus amarguras
-sobrenadando, señal de que las ideas han vuelto á su nivel
-acostumbrado, la razón comienza á ver alguna claridad por las rendijas
-de la bruma que se rasga y va desapareciendo en jirones por el
-horizonte. Entonces, y sólo entonces, advierte que en el encuentro que
-tuvo con Herodes puede haber de curioso algo más que el mutuo coscorrón
-que ambos se dieron. ¿Qué buscaba allí aquel hombre, precisamente
-á la hora en que Gedeón nunca había entrado en aquella casa hasta
-ese día? ¿Y qué buscaba en un barrio tan extraviado, y en una casa
-cuyos vecinos todos, según confesión de Solita, la miran á ella con
-menosprecio, señal evidente de que todos son honrados? Y siendo todos
-honrados, ¿cómo puede tratarse con ninguno de ellos un hombre que no
-comunica con la humanidad más que por el lado de las mujeres que sean
-livianas y corrompidas? ¿Y en qué mujer de las de aquella vecindad se
-pueden sospechar, con algún fundamento, conexiones con el impudente
-solterón?... ¡Será posible que el hombre que más esfuerzos ha hecho
-para separarle á él de la buena senda, se atreva á tanto?... Y ¿por
-qué no? Quien se burla de los afectos más puros y de los sentimientos
-más honrados, ¿por qué no ha de burlarse de un camarada de vicios
-y liviandades?... Pero aunque él llegara á intentarlo, Solita le
-rechazaría... Y ¿por qué ha de rechazarle Solita? Si la mujer propia,
-si la mujer unida á un hombre ante los altares de Dios, según las
-doctrinas del mismo Gedeón, falta á sus juramentos, y quebranta sus
-deberes, y mancilla el honor de su marido, ¿por qué no ha de sucumbir
-la obra de las tinieblas y del vicio? Quien ha sucumbido á las ofertas
-de un amante, ¿por qué ha de resistirse á las dádivas de otro? ¿Qué
-más da Gedeón que cualquiera de sus amigos? Además, Solita se queja,
-no sin fundamento, de que Gedeón la tiene medio abandonada; pues así
-como él busca lejos de ella remedio para el hastío que le mata, lejos
-de él buscará ella el consuelo para la soledad en que vive. Cierto
-es que Solita debe á Gedeón lo que le cuesta, en dinero, su vida de
-«señora de su casa;» pero ¿no le debe nada Gedeón á Solita? ¿Nada
-valen en el mercado del mundo la honra y la libertad de una mujer,
-única hacienda que Solita poseía y ha sacrificado á Gedeón? Por este
-lado pagados están ambos también. ¡Pero por _el otro_!... ¡Vamos, eso
-sería inicuo!... ¡En semejantes circunstancias!... ¡Hacerle á él cargar
-con!... ¡Horror, mil veces!...
-
-Pero, después de todo, ¿qué ha sucedido para tales imaginaciones?...
-Nada, ó poco menos: un encuentro de dos hombres en el portal de una
-casa. ¿No se ve esto cada día y en cada calle?...
-
-Mas aunque se vea y nada grave haya que temer con fundamento, ¿no
-es bastante lo que ya está sucediendo? ¿No es hasta demasiado que
-él, un hombre como él, libre como él, emancipado como él de todas
-las «miserias del hogar,» de todas las «inmundicias del matrimonio,»
-esté en aquel instante... celoso... ¡sí, señor, celoso!... y por una
-fregatriz, hija de un remendón borracho y sin vergüenza; por una mujer
-á quien no ama y de cuya compañía huye delante de la gente, como se
-huye de lo que mancha y desdora?
-
-¡Oh, qué razón tenía el médico! No basta romper los lazos de la familia
-para verse un hombre exento de los pesares que teme en ella, y de otros
-muchos más.
-
-Y así batallando, quiere volver á casa de Solita por si aún está en
-ella el inicuo amigo; pero luégo reflexiona que no será éste tan necio
-que habiéndole hallado á él en el portal, permanezca al lado de la
-infame tan largo rato.
-
-Después torna á encontrar descabellados sus recelos, y se tranquiliza
-encomendando al tiempo y á una prudente vigilancia la solución de sus
-dudas...
-
---Porque ¡tendría que ver--concluye,--que un hombre como yo diera una
-campanada de esas, y la diera en falso!
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-XXIV
-
-LO QUE ERA DE ESPERAR
-
-
-En esto se despierta Adonis, que dormía en su rincón acostumbrado, y
-comienza á husmear el aire y á exhalar gruñidos, y á revolverse sobre
-el colchón, como si le amenazara una invasión de pulgas.
-
-Un momento después aparece á la puerta del gabinete Regla con el manto
-sobre los hombros, recién destocada su cabeza, y detrás de Regla,
-Merto, asido de las faldas de su madre y tapándose con ellas. Al
-sentirle Adonis tan cerca, deja de gruñir y comienza á entonar una
-salmodia entre lúgubre y desesperada.
-
-Gedeón, con la frente entre las manos y los codos sobre la mesa, ni
-advierte la presencia de los recién llegados, ni la inquietud del perro.
-
-Regla avanza dos pasos más; Merto la sigue, y Adonis, al verse á
-tres varas de su odiado enemigo, concluye la salmodia con un trino
-convulsivo, y de un salto se coloca junto á su amo.
-
-Entonces se fija éste en lo que sucede.
-
---¿Qué hay?--pregunta á Regla, alzando la cabeza.
-
---Pues hay, señorito--contesta Regla, torciendo y estirando entre los
-dedos un pico de su manto,--que he ido á buscarle y que... aquí está.
-
---¿Quién?
-
---Merto.
-
---¡Merto?
-
-Al oir este nombre execrado, vuelve á trinar Adonis, pero muy recio.
-
---¡Calla, condenado animal!--exclama Gedeón con gesto avinagrado y
-largando un castañetazo al ratonero.
-
---¡Guaaayyy!--late el infeliz. Y se esconde debajo de la butaca de su
-amo, como si ya tuviera encima los varazos que huele en lo porvenir.
-
-Á Merto se le hinca en el alma aquel ladrido. ¡Cuántos como él y del
-mismo gaznate escuchó insensible el día de la batalla, mientras caían
-en pedazos, de muebles y paredes, los más preciados adornos de aquel
-recinto! Este recuerdo le hace temblar; pero no le impide lanzar una
-mirada con el ojo más bizco, y bien cubierto de las de su amo con el
-vestido de su madre, á cuanto le rodea. Parécele, en número, menos de
-lo que él vió allí mismo en el funesto día; pero no halla escombros ni
-derrengaduras al alcance de su ojo, y esto le tranquiliza bastante.
-
-¡Y el reló?... ¿Estará descubierto y perdonado este delito, ó podrán
-pedirle cuentas de él el día menos pensado?
-
-Mientras en esto se entretiene el chico, su madre, respondiendo á
-Gedeón, dice:
-
---Merto, sí, señor. Yo no pensaba traerle todavía; pero de pronto
-cavilé que podía usted tomar á mal el empeño mío en castigarle más...
-¡Como usted le tiene tan grande en que le perdone!
-
---¡Yo!--exclama Gedeón, cual si en su vida se hubiera acordado de
-semejante criatura.
-
---Me parece...
-
---Tienes razón... Estaba distraído... ¿Y dices que vas á traerle?
-
---Le he traído ya.
-
---¡Hola!... ¿De modo que ya está en casa?
-
---Eso he querido decir á usted.
-
---Ya me hago cargo... Pues nada, si está en casa ¿qué le hemos de
-hacer?... Prevenle que á la menor diablura que cometa le rompo la
-crisma, como Dios está en los cielos... y nada más.
-
---¿Lo oyes?--dice Regla, volviendo su cara ceñuda atrás, y poniendo á
-su hijo enfrente de Gedeón.
-
-Merto aparece tiritando, con una mano en el bolsillo correspondiente de
-sus bombachos recosidos, y con la otra hundida en la boca hasta cerca
-de las fauces.
-
---¡Conque estabas tan cerca?--dícele Gedeón con sequedad al
-verle.--Pues me alegro: así excuso repetirte lo que le he dicho á tu
-madre.
-
---Se escondía--replica ésta,--porque está muy avergonzado de lo que ha
-hecho...
-
-Y en vano espera que Gedeón se manifieste complacido de ver á Merto
-á su lado, con el cual propósito tantas instancias le ha hecho hasta
-aquel día. Ni una palabra, ni un gesto de halago tiene para el rapaz
-que antes le dominaba y entretenía. Más bien parece contrariado con su
-vuelta. Al ver tanta frialdad en su amo,
-
---¡Largo de aquí!--dice con desgarro, dirigiéndose á Merto y dándole un
-empellón hacia la puerta, como pudiera dársele á quien tiene la culpa
-de aquel cambio tan súbito en el corazón de su amo y en el porvenir de
-su hijo.
-
-Y empujando á éste sin cesar, sale del gabinete, donde queda Gedeón
-revolviendo con los dedos el poco pelo de su cabeza, y Adonis
-refunfuñando, aunque no tan afligido como á la llegada de Merto.
-
---¡Habrá destino más perro que el mío?--exclama de repente Gedeón,
-levantándose y dando un furibundo puñetazo sobre la mesa.--¿No es una
-burla de la suerte obligar á un hombre á recoger en su casa los hijos
-ajenos, cuando está pensando si echará... los propios á la Inclusa?
-¡Esto es insufrible, y además infame, y además ridículo!
-
-Y no cabiéndole en casa la desazón, toma el sombrero, y sale de ella
-vomitando maldiciones.
-
-Al llegar al portal, le dice la portera que ha vuelto el remendón y que
-ha costado un triunfo impedirle que suba.
-
---¡Haberle roto el bautismo!--ruge Gedeón marchando hacia la calle.
-
-Mas apenas la ha pisado, retrocede como si se le hubiera puesto
-delante un toro de Colmenar. Es que ha visto, en el hueco de la
-puerta inmediata á la suya, muy tranquilamente recostado, al execrado
-zapatero. ¿Por dónde tomará la calle que el andrajoso no le vea y no le
-siga? Apuradamente, con las zancadas que dió por la mañana, se le ha
-resentido la rodilla y no puede correr.
-
-Vuélvese á casa renegando de la hora en que el diablo le hizo conocer á
-Solita, y de nuevo se encierra en su cuarto.
-
-Pero los pensamientos abrumadores le asaltan en la soledad y en el
-silencio; y no pudiendo buscar la distracción en la calle ni resistir
-el asalto de aquel enemigo formidable que ya le va escalando las
-murallas del cerebro, pide la comida aunque no son las cuatro de la
-tarde. Sírvesela Regla; pero mal sazonada, no por falta de tiempo,
-sino de cuidado. Lo cocido es engrudo; lo frito, carbón; frío y amargo
-lo que debiera ser caliente y dulce. Desde que está Regla en casa no
-ha sucedido otro tanto. Mírala á la cara, y observa que está como la
-comida. La dulzura de sus ojos se ha trocado en acíbar, y la suavidad
-de su sonrisa en aspereza y rigor.
-
-Gedeón empieza á pensar en los motivos que podrá tener su criada para
-estar así y portarse como se porta. ¡No le faltaba ya más desdicha que
-perder el relativo bienestar que Regla le proporciona en su casa!
-
-Esto le lleva á pensar en el zapatero, causa de la dureza con que él la
-trató al despedirle; del zapatero va con sus pensamientos á su hija; de
-ésta, á _lo otro_; de _lo otro_, á Herodes; de Herodes, á él; de él,
-á lo de más allá; y de esto, otra vez á Herodes; y si será, y si no
-será, zúmbale de nuevo la mollera, asáltanle las sospechas con todo el
-aparato de la verdad; antójasele que tal vez en aquel instante pudiera
-él, por lo mismo que es hora en que no se le espera, caer como una
-bomba entre Venus y Marte, ya que no tiene la red de Vulcano; y con
-esta preocupación, atragántase por acabar primero; tarda, por lo mismo,
-algo más que si comiera despacio, y resuelto á ahogar al zapatero, si
-se halla con él á la puerta todavía, lánzase á la calle.
-
-Felizmente no está en ella el remendón.
-
-¡Hala! ¡hala! renqueando y como su reumatismo se lo permite, llega, por
-calles excusadas, á casa de Solita, y casi se arrepiente de su empresa
-al meter el llavín en la cerradura de la puerta. Pero su alucinación
-puede más que el horror que le causa la idea de tener que hablar
-con Solita de lo _otro_, y hasta la del riesgo que corre de dar una
-campanada en falso, temor que ya le ha hecho refrenar sus ímpetus pocas
-horas há; y entra.
-
-Toma por asalto el gabinete, por la puerta de escape, y nadie en él; en
-la sala, tampoco; en el comedor, la misma soledad. Entonces, acometido
-de las más estrafalarias aprensiones, llama con voz de trueno, y
-aparece Solita con una jícara en la mano.
-
---¿Dónde estabas?--la pregunta azorado.
-
---Sacando los garbanzos para mañana,--responde Solita muy serena.
-
---¿Á ver?--añade Gedeón, como si dudara, avanzando hasta la despensa.
-
-Allí está la criada con un plato en la mano, arrimada á un cajón
-abierto y á medio llenar de aquella patriarcal legumbre.
-
-Y como si todavía no estuviera tranquilo, mira detrás de la puerta,
-y da un vistazo á la cocina, y hasta mete la cabeza en el inmediato
-departamento.
-
---Pero ¿qué diablos buscas?--le pregunta Solita, que va siguiendo todos
-sus pasos.
-
---Busco--responde el preguntado, algo arrepentido ya,--la... petaca que
-se me perdió esta mañana.
-
---¿En la despensa?... ¿y en la cocina?... ¿y en?...
-
---¡En el infierno!
-
-Y sin decir más, vuélvese á la calle, dejando á Solita en la duda de si
-aquello es la continuación del arrebato que le dió horas antes, ó el
-efecto de alguna sospecha que se le ha metido entre los cascos.
-
-De todas maneras, no le parece mal síntoma el que haya vuelto y se haya
-conformado con tan poco ruido. Los relámpagos de la mañana prometían
-mucho más.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-XXV
-
-EL ALMA DE JUDAS
-
-
-¡Al fin, dí la campanada!--exclama en la calle.--Fortuna que Solita no
-me ha visto desde el otro estampido, y acaso crea que aún está ardiendo
-la pólvora... Pero si no está arriba el infame, puede que ronde por las
-inmediaciones. Rondemos también: al cabo, tanto me da pasear por estas
-calles como por las de mi barrio.
-
-Y pónese á recorrerlas una tras otra, haciendo de vez en cuando salidas
-rápidas á la confluencia de las principales, donde está la casa de
-Solita, como si intentara jugar la vuelta á algún descuidado.
-
-Así se le va pasando la fiebre poco á poco. En cuanto se ve libre de
-ella se arrepiente de lo que ha hecho y se avergüenza de lo que está
-haciendo.
-
---Esto es--dice para sí,--ni más ni menos que una explosión de
-celos, pero celos de marido, y de marido grotesco... Y ¿á tal
-extremo has venido á parar, Gedeón, después de tantas precauciones y
-miramientos!... Y es lo más curioso que cuanto menos me fío de Solita,
-más amarrado me siento á ella; no porque sus gracias pasadas hayan
-renacido para seducirme, ni porque me seduzca tal cual está, sino
-porque ahora quisiera yo verla esclava hasta de mis pensamientos. Así
-no me costaría trabajo desprenderme de ella, ni viéndola _después_ loca
-por otro, me apuraría... De todo lo cual deduzco yo que cuanto se dice
-de la pasión de los celos queda reducido á una simple cuestión de amor
-propio. No nos duele la _pérdida_ de la mujer poseída; nos duele que se
-vaya con otro; es decir, que se le haya preferido á nosotros, en señal
-de que valemos menos que él. ¡Estas sí que son verdaderas miserias,
-no de la vida conyugal, sino de toda clase de vidas, incluso la muy
-arrastrada que yo traigo!
-
-Y así pensando, toma el rumbo de su casa á paso no muy largo, porque la
-rodilla le va doliendo cada vez más.
-
-Al atravesar una bocacalle siente en las narices un huracán de
-aguardiente, y casi está á punto de sucederle con un transeunte lo que
-por la mañana con Herodes en el portal de Solita.
-
-El transeunte es el sempiterno tío Judas.
-
-Gedeón se estremece al conocerle.
-
---¡Hijo de mis entrañas!--exclama el zapatero al encontrarse con él.
-
---¡Mal rayo te parta!--contesta el otro.
-
---Iba á ver á tu oculta esposa, y cátate que doy, digásmolo así, de
-bóbilis bóbilis, con su marido... ¿Adónde vas, cachorrote?...
-
---¡Al infierno, remendón infame!
-
-Y tras esto, Gedeón trata de apretar el paso; pero, como si estuviera
-de acuerdo con el zapatero, su pierna se niega obstinadamente á
-complacerle.
-
-El zapatero se le pone al costado.
-
-Gedeón diera la mitad de su vida porque en la calle no hubiera más
-gente que ellos dos, ó el sol alumbrara ya á los antípodas. En
-cualquiera de estos casos, cogería al remendón por las barbas, le
-metería en un portal, y allí le molería los huesos á bastonazos; pero
-aún es de día, y el tránsito, lejos de disminuir, va aumentando, porque
-la gente de la ciudad tiene del murciélago y la lechuza la propiedad
-de revolotear de noche y arrimarse mucho á la luz de los reverberos.
-No hay modo de apalear al pegajoso artista sin armar un escándalo, con
-gravísimo riesgo para el apaleador.
-
-El zapatero, como si oliera estas dificultades ó las leyera en la cara
-de su _pariente_, que reluce de ira, muéstrase muy ufano y risotón, y
-continúa diciéndole:
-
---Aporté segunda vez á tu casa, mi muy amado hijo político, porque dos
-razones me lo aconsejaron. Primera y finalmente, que no me quisieron
-pasar una moneda de las que me dió tu esplendoroso corazón. No pensé
-pedirte otra mejor, porque no soy de esos mozambiques sin educación de
-principios, digásmolo así; pero justo es que el hombre sepa ¿eh? lo que
-vale aquello con que buenamente agasaja á otro... digo, me parece á
-mí... Segunda y en principalidad... ¿Sudas, mi tierno hijo?... Daréte
-ventilación... ¿Quieres descanso? Párate con toda confianza: yo no
-llevo prisa...
-
-Y suda en efecto, Gedeón, y hasta le duelen callos que jamás ha tenido.
-Aquel hombre le asfixia. Malo si le responde, peor si le contradice...
-malo también si calla; huir, no le es dado; buscar travesías y
-callejones por más solitarios, es prolongar el camino, y él no puede
-andar mucho. Tiene que optar por el que sigue, que es el más recto;
-pero, en cambio, el más concurrido. ¿Qué dirá la gente si él se enfada
-y denuesta al zapatero, y éste insiste en publicar el parentesco?
-Muchos habrá que no lo crean; pero ¡cuántos lo creerán! De todas
-maneras, es un escándalo en medio de la calle. ¡Qué horror! No hay otro
-remedio que oir, devorando la ira; callar, y, poco á poco, acercarse á
-casa; y allí ¡oh! allí hacer jigote al infame zapatero; embutirle en la
-pared á mojicones, y arrancarle las barbas y freirle en aceite.
-
-Así medita Gedeón, y calla y anda, mientras el padre de Solita,
-contoneándose mucho á su lado, prosigue diciendo:
-
---Segundamente, fui á tu casa porque en la primera barrunté que no te
-dejaba muy contrito del parentesco. Dudabas, ¿no es cierto, amado hijo?
-Es natural, hombre; el sabio dudó seis veces, ¡qué diablo!... Pues en
-contingencia de esta reflexión, iba yo á manipularte el caso, digásmolo
-así, hasta que cayeras en mis brazos amorosos, para llegar á ser lo que
-debemos: el uno para el otro... y en una sola mesa y sin «lo tuyo» ni
-«lo mío,» como los pajaritos del aire. ¡Qué vida, Gedeón! ¡Qué vida la
-que nos esperaba!
-
-En esto, acierta á pasar un camarada del zapatero.
-
---¡Adiós!--le dice éste á gritos.--Dispensa que no te acompañe... voy
-con mi hijo político.
-
-El aludido jurara, cuando tal oye, que le meten un espadín por el
-estómago.
-
-Algunos transeuntes le miran, y el desvergonzado continúa:
-
---Tú y Solita, los emperadores de aquellas ínfulas; yo, el rey
-consorte; quiero decir, el padre putativo que os dió el sér... Pero
-dime algo, hijo adorado; muéstrame tu hermosa voz, aunque sea en una
-desvergüenza...
-
-Gedeón carraspea y quiere silbar y reirse, y hasta que le trague
-la tierra; y anda calle adelante, volviendo la cara á todas partes
-y tanteando actitudes que mejor expresen su intención de decir al
-público:--«Nada de esto va conmigo; es un borracho que se me ha pegado,
-como pudo pegarse á ustedes.»
-
-Pero el tal no se despega, y sigue apostrofándole, ora tierno, ora
-vehemente, ora chancero, y alzando la voz á medida que el silencio del
-atribulado se prolonga.
-
-En un sitio en que la calle está libre de transeuntes, Gedeón se atreve
-á decir á media voz al zapatero:
-
---¡He de verte las entrañas, miserable!
-
---¡Echa aunque sea las hieles, hijo del alma; échalas, con tal que
-te desahogues en tu desgraciado padre! ¡Angel de Dios, y cómo te
-consolarán esas desaguaduras!
-
-Luégo, cambiando de tono, y entre compungido é iracundo, añade á gritos:
-
---¡Éstos son los hijos políticos de las clases más opíparas de la
-sociedad! Deles usted la hija de sus entrañas; y porque usted es
-artista menesteroso y desgraciado, ya no le conocen; y le niegan
-tres veces, como Sansón negó á Pedro; y le cierran la puerta; y sus
-indomésticos le menosprecian... ¡Esto es astringente y deshumano!
-
-Gedeón suda escarchas y respira cohetes. La gente le mira ya, y no
-faltan curiosos que se detienen para oir al zapatero. El infeliz
-perseguido no sabe qué partido adoptar, privado como se halla del
-único recurso que podía, si no salvarle, abreviar su martirio: las
-piernas para correr. En aquel angustioso trance y mientras camina con
-la velocidad mayor que le es permitido, quisiera ser guardia civil ó
-polizonte, para meter en la cárcel al escandaloso; mejor que esto,
-rayo que le tendiera sin vida; y mucho mejor, huracán que le barriera
-de allí sin dejar ni siquiera huellas del inicuo. Pero no es guardia
-civil, ni rayo, ni huracán; es un desdichado que arrastra una cadena y
-sufre azotes y bofetadas: aquello es una agonía sin el descanso de la
-muerte.
-
-Meteríase en un portal y hasta llamaría á la puerta de un vecino; pero
-el perseguidor iría detrás y llamaría también, y el escándalo de la
-calle se repetiría en las escaleras. ¡No tiene más recursos que llegar
-á la suya cuanto antes, si es que la explosión de su paciencia no le
-mata en el camino!
-
-En tanto, continúa vociferando el otro:
-
---¿Qué ves en tu padre que te avergüence, don fanfarrias? ¿Qué afrentas
-te hizo? ¿qué reales te pidió? ¿qué casa te ha quemado?... Artista soy,
-sí, y á soflama y requilorio debieras tenerlo tú... ¡Pero soy insánime
-de dinero, y eso te abichorna, similón pomposo!... Pues al tomar la
-hija de mi corazón en consorcio oculto, ya lo sabías, ¡tunante!
-
-Á esto, no sólo se detiene la gente y mira, sino que frunce el
-entrecejo encarándose con Gedeón. Para que un andrajoso se atreva en
-público con un señor de levita, motivos gordos debe de tener para ello.
-Esto se lee en aquellas caras; y con esa lógica se han barrido las
-calles con más de cuatro inocentes.
-
-Gedeón no teme que las barran con su cogote, pero padece más que si tal
-sucediera.
-
-Arrastrando sus piernas, como se arrastran soñando que nos persigue un
-toro, llega á columbrar su casa; pero aún le falta medir, paso á paso,
-aquel sendero, adoquinado y reluciente para otros, para él espinoso y
-áspero, y sobre el cual hormiguea la gente, que le conocerá de vista,
-porque es la gente de su barrio.
-
-Cierra los ojos y avanza en él cuanto le permiten sus dolores y su
-desesperación.
-
-El zapatero no calla, y la gente sigue mirándole. Parécele que son
-verdes y amarillas y tornasoladas las caras de los transeuntes; que
-las piedras echan chispas bajo sus pies, y que le ha invadido las
-manos y el rostro un hormiguero que ya le asalta la boca, los oídos y
-las narices. Tose, estornuda, se limpia el sudor con el pañuelo y da
-fuertes golpes en la acera con el bastón, creyendo que así se oirán
-menos los apostrofes y bufonadas del zapatero; pero sólo consigue poner
-más en evidencia sus angustias.
-
-Algunos de los que pasan se ríen de ellas; no faltan pilluelos que se
-arriman al insolente y le aplauden para que diga más, y silban cuando
-lo ha dicho. La indignación y la vergüenza, comprimidas hasta allí
-por un heroico esfuerzo de la voluntad, van á estallar y á matarle;
-las piernas se niegan á arrastrar aquel cuerpo tan derrengado por las
-angustias del espíritu. No importa: preferible le parece morir de un
-estampido, á vivir un instante más en semejante tortura.
-
-Felizmente, el zapatero va quedándose rezagado á medida que Gedeón se
-aproxima á su casa. Esto le envalentona un poco; y cuando al fin llega
-al portal; cuando ya puede soltar todas las válvulas de sus pulmones
-y todos los frenos de su lengua, sus nervios le parecen cables, y sus
-manos, tenazas. Se siente capaz de convertir entre ellas en jigote al
-mismo exterminador de los filisteos.
-
-Desde el umbral de la puerta mira calle arriba, y ve al zapatero
-detenido en ella y rodeado de granujas y holgazanes.
-
---¡Vamos, hombre!--le vocea trémulo y como si tratara de animarle con
-una sonrisa que más parece gesto de agonizante,--¿por qué te quedas
-ahí?... Ven acá... acércate y hablaremos.
-
---_¡Nequanquis!_--responde el zapatero, haciendo un ademán picaresco,
-señal de que huele la madera desde allí.
-
---¡Con franqueza!
-
---Ya lo supongo, hijo mío... para eso soy tu padre; pero otro día
-será... ¡Hemos de codearnos tantas veces en la calle!... Se conoce que
-te gustó la platicación.
-
---¡Mucho!
-
---Pues la repetiremos, amado hijo, la repetiremos; que yo soy muy
-agradecido... ¡Conque hasta la primera, hermosote!
-
---¡Hasta un rayo que te parta, inmundo zapatero!... ¡borracho
-infame!... ¡holgazán inicuo!... ¡ladrón!
-
-Y dicho esto, blandiendo el bastón y echando espumarajos por la boca,
-vuélvese Gedeón rugiendo al ver que el zapatero se larga calle arriba,
-y comienza á subir la escalera con tantas dificultades como deseos de
-vencerlas.
-
-Al llegar á la puerta de su habitación, se encuentra con el médico de
-marras, que baja. Hace mucho que no se han visto.
-
---¡Feliz hallazgo!
-
---¡Calle!... ¡Mi buen Doctor!
-
---El mismo, amigo mío... Y ¿cómo va con esa vida?
-
---¡Tan guapamente!
-
---¡Cuánto lo celebro!... ¿Es decir, que se divierte usted mucho?
-
---¡Muchísimo, Doctor!... ¡No puede usted imaginárselo!
-
---Ni lo intento, amigo mío... Basta verle á usted la cara.
-
---¿Tan risueña la traigo?
-
---Como unas castañuelas.
-
---Yo soy así.
-
---De modo que va usted llenando aquel vacío...
-
---Hasta los bordes, Doctor.
-
---Luego no hay que temer vacilaciones ya, ni arrepentimientos...
-
---¡Eso, jamás!
-
---¡Bravo, amigo mío!... y adelante con la cruz, que poco debe de pesar
-la de usted, según lo ufano que la lleva.
-
---Mucho que sí.
-
---Adiós, amigo mío.
-
---Agur, mi buen Doctor.
-
-Y mientras éste continúa bajando, el otro se mete en casa, donde le
-esperan Merto á la puerta y Adonis en el gabinete: el uno mirándole
-torcido, y el otro barriendo el suelo con el rabo.
-
-Sin fijarse en el uno ni en el otro, déjase caer en su poltrona; llama
-á Regla, que se presenta hosca y desabrida; mándala que le prepare la
-cama, unas unturas para la rodilla y una taza de tila; y mientras las
-dos últimas órdenes se cumplen, vase desnudando poco á poco.
-
---¡Y dicen que _el buey suelto bien se lame_!--exclama después que
-ha hecho en la mente un brevísimo resumen de sus tribulaciones de
-soltero.--¡Lo que se lame son las ronchas de las palizas que le cuesta
-su libertad!... ¡El tesón condenado me impedirá decirlo donde me oigan;
-pero la verdad es, pese á quien pese, que no me viera en estos trances
-ignominiosos y otro gallo me cantara, _si yo me hubiera casado á
-tiempo_!
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-ÚLTIMA JORNADA
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-I
-
-SALDO DE CUENTAS ATRASADAS
-
-
-Por más que de algunos seres privilegiados se diga que por ellos no
-pasan los años, los años pasan, sin que haya afeite ni fuerza de
-voluntad que alcancen á borrar sus huellas. Ó el cuerpo ó el alma
-han de gemir bajo su peso, si es que no gimen á la vez el uno y la
-otra. Ocioso es que la materia, oronda y esponjada todavía, aspire á
-los solaces de otros tiempos, si el espíritu que ha de estimularla
-está seco y abatido; tan ocioso como que éste, retozón y bullanguero,
-pretenda los deleites de la juventud si está preso y encogido en un
-cuerpo caduco y achacoso.
-
-Fuerte era el de Gedeón, y bien nutrido; holgado estaba y hecho á mimos
-y regalos; defendióse contra el tiempo como gato uñas arriba; pero
-lloviéronle pesadumbres; abatiósele el espíritu, y cayó vencida su
-materia mal cebada, como tronco roído por gusanos.
-
-Aquél á quien vimos hecho una furia, combatido por tantas
-contrariedades en un solo día, está diez años después arrastrándose,
-más bien que caminando, en el último tramo de la senda que le lleva á
-las puertas de la eternidad.
-
-Los achaques le invaden por todas partes; lo que antes fué reúma
-tolerable y catarro frecuente, es ya gota declarada y asma legítima;
-gasta franelas en las piernas y en el pecho, y zapatones de paño en los
-hinchados pies; los cambios atmosféricos le crucifican; por la noche la
-tos le roba el sueño; y cada vez que tose parécele que la gota le cose
-á puñaladas. Tiene mucha barriga, ancho pescuezo, grandes ojeras, y la
-mirada triste, más que triste, angustiosa y desconsolada.
-
-Sale muy poco de casa, y cuando el aire no apaga una cerilla, y no hace
-frío ni calor, ni hay humedad en el suelo.
-
-Da, con mucho trabajo, un par de vueltas en el paseo más solitario y
-abrigado, ó solamente llega á la tienda de la esquina, donde se sienta
-á oir, cuando no á insultar, á media docena de tipos, tertulianos
-impertérritos de aquélla.
-
-Ha perdido por completo la poca afabilidad que le distinguía de todos
-sus _congéneres_. Ahora es taciturno, irritable, áspero y hasta
-grosero en su trato con los demás.
-
-Regla continúa cuidándole; pero desde que adquirió la certeza de que
-no es ella sola la que impera en aquel montón de ruínas, falta en
-sus cuidados el primor; cumple con su deber, pero no se afana como
-antes por anticiparse á los deseos de su amo. Antes existía cierta
-inteligencia misteriosa entre ambos, hasta el punto de decirse el
-uno:--«Esta mujer nació cortada para servirme;» mientras pensaba la
-otra:--«Parece este hombre nacido para mandarme.» Ahora es Gedeón, para
-su criada, «un amo como todos,» y Regla, para Gedeón, «una criada como
-las demás.»
-
-Ya he dicho cuál es la causa de la tibieza de Regla: el desafecto de
-Gedeón data de la pérdida de aquellos bríos bestiales que fueron su
-único afán. Lo que es hijo de la carne, con la carne se va, como la luz
-con la mecha consumida.
-
-También en el cuerpo de Regla han hecho mella los años transcurridos
-desde que no la vemos. Ya no tiene aquella morbidez de formas, ni
-aquellos dientes tan blancos y tan completos, ni aquella mirada
-insinuante con que la conocimos: dejó de ser _todavía joven_, y ha
-entrado en la categoría de _mujer de edad_, aunque de las que templan
-la pesadumbre de esta condición con el consuelo de _bien conservada_.
-
-Adonis vive aún en el rincón de siempre; pero debajo de una manta,
-encogido, jadeante y con un estertor perenne; el pelo se le cae á
-mechones á cada vuelta que se da en la cama; y de aquel rabo ondulante
-de profusas crines, sólo queda el núcleo escueto y encorvado, que ni
-siquiera responde con un lento balanceo á las muestras de cariño que de
-tarde en tarde le consagra Gedeón.
-
-Aquel cuerpo entumecido y espirante, sólo con la presencia de Merto
-reviviera, como cadáver galvanizado, aunque quizá para morir más
-pronto. Porque Merto precipitó su vejez robándole el sosiego del
-espíritu y martirizándole la carne durante lo más florido de la
-juventud. Desde que el díscolo muchacho volvió á casa, se acabaron para
-el infeliz ratonero los mendrugos sabrosos y los huesos regalados;
-despierto de día, necesitábale para vigilar y huir de las asechanzas
-del enemigo; durmiendo de noche, todo su sueño era un continuo varazo y
-un incesante puntapié.
-
-Es de saberse que á los pocos días de volver Merto al lado de su madre,
-comenzó á hacer de las suyas, aunque no en la escala en que las hizo
-el día de la gran batalla; pero es indudable que Adonis tenía para
-él un atractivo irresistible, pues, contra todos sus propósitos, le
-largaba un puntapié donde quiera que se hallaba con él, si su amo no le
-veía. Ni los bofetones ni los castigos más duros de su madre bastaban á
-detenerle en esos momentos.
-
-Dos años pasó así; dos años durante los cuales martirizó al ratonero,
-rompió mucha vajilla y descompuso setenta veces el reló del comedor,
-é hizo cincuenta mil fechorías, aparte de las que no pudo su madre
-ocultar á su amo.
-
-Viéndole éste incorregible, le metió en un colegio con el doble fin
-de verse libre de sus travesuras y de sacar algún partido de él, si
-era posible. Entonces volvió Adonis á dormir tranquilo y á vivir
-descuidado. Pero ya venía tarde la bonanza, porque la tempestad
-había durado mucho. El pobre animal había pasado lo mejor de su vida
-sufriendo sus embates, y no había en su cuerpo un solo hueso que no
-hubiera servido de yunque á aquel martillo implacable. Vióse cargado
-de humores; acometióle una tristeza abrumadora; declaróse enfermo
-crónico; metióse en la cama, en la que tiritaba de frío aun en el rigor
-del verano, y llegó su desaliento hasta el punto de consentir que los
-ratones se revolcaran encima de él impunemente. Entonces dispuso Gedeón
-que se le cubriera con una manta, contra el parecer de Regla, que
-pretendía tirarle á la calle con la barredura. Lo demás ya lo sabe el
-lector.
-
-Merto en el colegio, fué como toro en plaza; vió desde el primer día
-un enemigo mortal en cada maestro y en cada vigilante; y comenzando
-por mirarlos con recelo, acabó por embestirlos. Á los pocos meses fué
-expulsado, no sin haber dejado señales indelebles de su barbarie hasta
-en la cara del director, ni sin sacarlas él de las pulgas de maestros y
-condiscípulos, en muchos parajes de su cuerpo.
-
-Del colegio pasó á un taller de carpintería; de éste, á una fragua;
-de la fragua, á una taberna, y, por último, á la cárcel. Porque ya en
-esto era grandullón de diez y siete años, y lo que había empezado en
-el colegio por cachetes y arañazos, acabó en la taberna por amagos de
-navajadas y por sospechas vehementísimas de robo.
-
-Lo que esto dió que hacer y que meditar y que decir á Gedeón, y al
-dinero que le costó, excuso yo referirlo.
-
-Cuando Merto se vió libre, al cabo de muchos meses de reclusión, halló
-cerradas todas las puertas, incluso la de su madre; y, por no volverse
-á la cárcel, arrimóse al primer perdido que encontró en la calle;
-contóle su desamparo, aceptó su consejo, y vendióse por un puñado de
-pesetas para soldado de Ultramar.
-
-Por esta razón poderosísima no figura Merto _de cuerpo presente_ en el
-inventario que hice más atrás de los personajes de la casa de Gedeón.
-
-En cambio, en el que voy á hacer de los desengaños y las penas de éste
-desde que le perdimos de vista en el cuadro anterior, puede figurar
-como una de ellas la que se desprende del compendiadísimo relato que
-precede de la vida y milagros del implacable enemigo de Adonis.
-
-La sospecha adquirida en su encuentro con Herodes á la puerta de
-Solita, continuó atormentándole mucho tiempo; y aunque ningún
-testimonio nuevo volvió á robustecerla á sus ojos, el afán de
-encontrarlos le llevaba á cada instante á las callejuelas de aquel
-barrio, y hacíale ver en cada sombra y en cada bulto al odiado enemigo,
-y obligábale á continuar el trato de la hija del remendón, con una
-frecuencia tan opuesta á sus propósitos anteriores, como extraña á los
-ojos de Solita; siendo de advertir, como prueba de la violencia de
-sus celos, que no bastaba á resistirla el horror que le causaban sus
-encuentros con el tío Judas, bastante repetidos, en el camino.
-
-Para librarse de ellos sin escándalo, ideó, después del que
-presenciamos en el cuadro anterior, de acuerdo con Solita, triplicar la
-pensión que hasta allí había dado á su padre, á condición de que éste
-no se le presentara jamás delante. Produjo buen resultado el acuerdo
-durante algunos meses; pero creciendo las necesidades del zapatero á
-medida que aumentaban los recursos, y calculando el sinvergüenza que
-más se le daría cuanto mayor fuera su insistencia en perseguir á quien
-lo daba, Gedeón volvió á ser asaltado en la calle muchas veces, tantas
-como los aumentos que hizo á la pensión. Viendo que ésta subía como la
-espuma, y conociendo la intención del zapatero, resolvióse á poner el
-caso bajo la protección de las leyes; y el tío Judas fué encerrado en
-la cárcel como vago.
-
-Pero salió de ella, y volvió á las andadas, y tornó la justicia á
-prenderle; y en este juego pasaron dos años, torturado Gedeón entre sus
-celos, que le sacaban de casa, y el temor al zapatero, que le asustaba
-en la calle; el odio que sentía hacia Solita, y el amor propio que cada
-vez le arrimaba más á ella; el asco que le producía el remendón, y el
-dinero que le costaba verse libre de él por algunas semanas; el reúma
-y el catarro que iban desarrollándose en sus piernas y en su pecho,
-como hiedra en pared vieja, y el zumbar en su cerebro, sin tregua ni
-descanso, de aquella tempestad de desencantos y remordimientos, cada
-día más deshecha.
-
-En uno de ellos quiso lanzarse á la calle antes que la visitara el
-sol, porque durante la noche no había podido conseguir un instante de
-reposo. Judas, borracho como un cuero, le había _acompañado_ á casa por
-la tarde, y la medida de su sufrimiento se colmó. Acostóse sin cenar,
-y la cama le pareció un tormento. La tos le ahogaba, y el recuerdo del
-infame descamisado, poniéndole nervioso, se la estimulaba. En cuanto
-vió un rayo de luz penetrar por la vidriera del balcón, vistióse y se
-lanzó á la calle á respirar el aire libre.
-
-Al extremo de ella había un grupo de cuatro personas que contemplaban
-un bulto tendido en el suelo. Acercóse á contemplarle también. Aquel
-bulto era el cadáver de Judas. ¡Jamás le pareció la muerte más
-justiciera, ni la calle más ancha, ni el aire más puro!
-
---Es un borracho--le dijo un hombre de los del grupo,--que dormía á la
-intemperie la mayor parte del año. Sin duda el frío de la noche le ha
-matado.
-
---Ó la justicia de Dios,--contestó Gedeón disimulando mal su alegría,
-continuando su paseo y complaciéndose con pueril afán en irse por los
-sitios que más frecuentaba el zapatero cuando le perseguía.
-
-Un año después de este suceso, hallóse con el Doctor en la calle.
-
---Me alegro mucho de encontrarle á usted--díjole éste--tan á tiempo y
-tan á mano. Seis meses hace que no nos vemos.
-
---En efecto--respondió Gedeón.--¿Y por qué dice usted que me halla muy
-á tiempo?
-
---Porque mañana quizá sea tarde para proponerle á usted lo que voy á
-proponerle ahora.
-
---Pues usted dirá, Doctor.
-
---Quiero que suba usted conmigo á ver á un enfermo en esa casa de
-enfrente.
-
---¡Yo! ¿Por ventura soy médico sin saberlo?
-
---¿Y por precisión han de ser médicos cuantos hombres visiten á un
-enfermo?
-
---Es que no atino...
-
---Ya atinará usted después. ¡Vamos arriba!
-
-Colgóse el Doctor de su brazo sin hacer caso de sus protestas, é
-introdújole en el portal de enfrente. Llegaron al tercer piso; abrió
-el Doctor la puerta sin llamar; atravesaron el vestíbulo y luégo un
-pasadizo, todo á media luz, silencioso y mal barrido, y entraron en un
-gabinete contiguo á la sala. Abrió el Doctor un postigo de la vidriera
-del balcón, y á la luz que se derramó por la estancia vió Gedeón en
-el fondo de ella un lecho, á cuya cabecera estaba sentado uno de esos
-ángeles de la caridad que la religión católica ha hecho brotar del
-polvo de la tierra con el nombre de _Siervas de María_.
-
---¿Qué tal, hermana?--preguntóla el Doctor.
-
---Muy postrado desde anoche,--respondió la Sierva.
-
-Acercóse el médico al lecho, é hizo señas á Gedeón para que se acercara
-también. Gedeón, que estaba tiritando desde que entró en la estancia
-y vió aquel cuadro lúgubre, porque su alma no estaba acostumbrada á
-semejantes impresiones, obedeció fascinado y se aproximó al lecho.
-
-Bajo sus ropas se notaba el bulto de una persona, y sobre las almohadas
-se veía una cabeza, cuya cara, vuelta á la pared, tenía la mitad, hacia
-el cuello, cubierta con vendajes. Sus ojos entreabiertos lanzaban una
-mirada yerta y vidriosa, que iba á clavarse en un Crucifijo colocado de
-intento en la pared. Diríase que aquel cuerpo no respiraba, si no se
-vieran los movimientos de la ropa marcando las anhelantes inspiraciones
-de su pecho.
-
---Mírele usted bien,--dijo el Doctor á Gedeón.
-
-Este buscó, á los pies de la cama, un punto desde el cual pudiera
-ver lo que verse podía de la cara del enfermo; pero no le conoció:
-parecióle aquella cara la de todos los cadáveres que él había visto.
-
-El Doctor, en tanto, hacía algunas experiencias para cerciorarse del
-estado mental del paciente.
-
---Es ya un tronco--dijo.--Que no tarden en administrarle el último
-Sacramento.
-
---Debe de llegar dentro de un instante el sacerdote con ese
-objeto,--respondió la hermana.
-
-Dispuso el médico lo que juzgó de su deber; y, despidiéndose de la
-Sierva, salió de la habitación después de invitar á su amigo á que
-hiciera otro tanto.
-
-Nada podía ordenar á Gedeón que más le complaciera. Se sofocaba en
-aquella atmósfera infecta, y le atormentaba la contemplación de tan
-triste espectáculo.
-
-Cuando los dos estuvieron en la calle, dijo el médico:
-
---Eso que usted ha visto en el lecho, fué un hombre egoísta. Jamás
-latió su corazón á impulsos de un sentimiento honrado, ni su lengua se
-movió más que para difamar al género humano. «Esposa» é «hijos» eran,
-en su concepto, la expresión condensada de todas las esclavitudes, de
-todas las ignominias y de todos los estorbos. Resuelto á vivir sin
-ellos y para sí propio, maldijo de la familia y huyó de todo cuanto se
-le parecía, como se huye de la peste. Mientras fué robusto, tuvo quien
-le complaciera, porque pagaba con largueza sus caprichos; pero un día
-le atacó una enfermedad tan grave como repugnante, y sus sirvientes le
-abandonaron después de saquearle la casa. En ella hubiera muerto como
-tigre en su caverna, si la caridad de Dios no anduviera por la tierra
-detrás del egoísmo de los hombres.
-
---¿Y qué enfermedad le acometió?--preguntó al médico Gedeón, presa de
-un sobresalto que pudiera creerse supersticioso, si lo que de nuestro
-personaje sabemos no nos permitiera creer que bien podía temblar de
-miedo.
-
---Un cáncer en la lengua,--respondió el médico.
-
---¿Y eso le mata?
-
---«Por do más pecado había.»
-
---¡Casualidad extraña!
-
---¡Ó providencial castigo!
-
---¿Lo cree usted así?
-
---Yo nunca dudo, amigo mío, de la justicia divina.
-
---¿Y tan abandonado dice usted que se ha visto?
-
---De todos menos de Dios. Ya vió usted un ángel á la cabecera de su
-cama cuidando de su cuerpo; pues otro, en forma de sacerdote, cuida de
-su alma.
-
---¡Buena estaría su alma también!
-
---Sin noción alguna de su destino dentro de aquel cuerpo miserable.
-
---¿Y tan á obscuras seguirá hasta que de su cárcel se desprenda?
-
---No tal, amigo mío. El alma volvió á la luz, y el egoísta empedernido
-empleó las últimas palabras que pudo pronunciar su lengua para jurar
-ante Dios que aceptaba su soledad y sus tormentos como castigo justo de
-su pecado. Después acá, lo que no ha podido decir su boca en testimonio
-de su conversión, lo han dicho sus ojos, que, mientras han estado
-abiertos, no se han separado un instante de aquel Crucifijo que usted
-vió colgado en la pared.
-
---Más vale así, Doctor. Pero todavía no me ha dicho usted por qué tuvo
-empeño en que yo visitara á ese enfermo.
-
---Túvele suponiendo que se alegraría usted de despedirse de él
-antes de que se muera; porque, sin un milagro de Dios, se muere hoy
-indefectiblemente.
-
---¿Y qué puede importarme á mí la muerte de ese desgraciado?
-
---Siempre interesa la marcha de un amigo á un viaje tan largo.
-
---¡De un amigo!
-
---Por de usted le tuve siempre.
-
---¿Quién es, entonces? ¿Cómo se llama?
-
---Ignoro su nombre verdadero: la gente le conocía con el de _Herodes_.
-
---¡Santa Bárbara!
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-II
-
-CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR
-
-
-Dos días bastaron á Gedeón para salir del aturdimiento que le
-produjeron la visita que hizo á su amigo espirante, y la noticia que
-le dió de su muerte el Doctor aquella misma noche. ¡Herodes! el hombre
-que más le había empujado á él hacia el abismo en que se hallaba; el
-azote del hogar, la sátira de la familia, el prototipo de los _bueyes
-sueltos_, espirando en brazos de la caridad, abandonado de los hombres,
-devorado su cuerpo por un cáncer y su alma por los remordimientos! ¡Qué
-lección para él si desde muy atrás no se hallara convencido de que ese
-es el fin lógico y merecido de cuantos se colocan, por su propio gusto,
-fuera de la ley!
-
-Pero había en la muerte de Herodes un lado asaz risueño para Gedeón; y
-por este lado se apresuró á considerarla: el pavoroso problema de sus
-celos estaba resuelto ya del mejor modo posible: el fantasma que le
-quitaba el sueño, ya no existía.
-
-Pensando así, en el acto se sintió capaz de no volver á acercarse á
-Solita. ¡Hasta se atrevió á soñar en nuevas aventuras, para borrar por
-completo de su memoria el recuerdo de aquella infeliz que tanto le
-había hecho padecer en su vanidad y en su soberbia!
-
-Pero bien pronto, asomándose su razón al cristal del espejo, supo
-decirle:--¿Adónde vas, iluso, con esa panza grosera, y esa calva
-refulgente, y esa sobarba con pliegues, y ese reúma que te balda, y esa
-tos que te ahoga? ¿Quién ha de escuchar tus ternezas, que no las tome á
-risa, ni quién podrá aceptarlas que no tosa más que tú?
-
-¡Olvidar á Solita cuando estaba amarrado á su recuerdo con una cadena
-más!
-
-¡Pensar en nuevos amoríos cuando no puede ya con los calzones, y las
-penas y los desengaños le han hecho renegar de todo su pasado!
-
-El único bien que le produjo la muerte de Herodes fué el poder vivir
-menos intranquilo con respecto á Solita. Entera confianza no la tuvo
-jamás en ella, y hasta me atrevo á creer que, no por otra razón, cuando
-él se vió con las piernas entumecidas por la gota, llevó á Solita á
-vivir al centro de la población, y no muy lejos de su casa. Disculpaba
-Gedeón esta medida diciendo que, pues había pasado Solita fuera de la
-ciudad tantos años, y muerto su padre que, vivo, hubiera publicado lo
-contrario, bien podía aparecer en ella como viuda forastera. Yo tengo
-para mí que trataba de ponerla al alcance de su corto andar.
-
-El hecho es que así la puso, y que á duras penas la visitaba una vez
-cada mes, de noche y con grandes precauciones.
-
-En cada una de estas visitas la entregaba el dinero necesario para
-sus gastos, y para _lo demás_ que andaba por el mundo y era causa de
-que cada entrevista terminara con un escándalo, exigiendo la una y
-resistiendo el otro.
-
---¡Déjame siquiera acercarme á tu casa cuando tú no puedas llegar á la
-mía!--clamaba ella después de pintarle los riesgos en que la ponía el
-método á que la sujetaba él.
-
---¡Nunca!--respondía Gedeón inexorable.
-
---¿Y qué _hemos_ de comer cuando tus achaques no te dejen salir de la
-cama?
-
---¡Moríos de hambre! ¡Ojalá fuera mañana!
-
---¡Fiera! ¡Maldita sea la hora en que te conocí!
-
---¡Eso digo yo todos los días del momento en que te hallé á mi paso!
-
---¿Quién es la infame que te obliga á ser tan bárbaro?
-
---¡Mi corazón que te detesta!
-
-Así, ó por el estilo, concluían las entrevistas amorosas de Gedeón y de
-Solita.
-
-Ya para entonces había ésta perdido hasta las huellas de lo que fué
-en mejores tiempos. Lacia, escurrida, angulosa, desdentada, á medio
-encanecer y medio calva, no podía hallarse una figura menos á propósito
-que la suya para mover á un hombre, del temple que había tenido Gedeón,
-á cumplir con los deberes que á cada instante arrojaba ella á la cara
-del solterón atribulado.
-
-Sin el recelo de que algún perdido de buen estómago se regodeara con lo
-que á él le costaba tanto dinero, ni aun la visita mensual la dedicara,
-y mucho menos rondara su casa, como la rondaba algunas veces, con el
-pretexto de darse un paseo por las calles.
-
-De ese modo iban corriendo los años para Gedeón desde la muerte de
-Herodes.
-
-Más de dos habían pasado sin que viera, ni de lejos, á Anás y á Caifás,
-y uno bien cumplido desde que supo que habían andado á bastonazos en
-medio de la Plaza Mayor, cuando la casualidad le puso delante de Caifás.
-
-Parecióle éste muy envejecido, triste y caído de cerviz.
-
-Saludáronse como dos mastines, más bien gruñendo que hablando; y
-maquinalmente llegó Gedeón á preguntar á su viejo camarada por Anás.
-
---¡No me hables de ese cerdo!--exclamó trémulo de ira Caifás.
-
---Efectivamente... No me acordaba de que habíais tenido un disgusto:
-perdona la distracción.
-
---¡Si no me lo quitan entonces de las manos!...
-
---Más vale que te le quitaran.
-
---¡Yo digo que no, porque debí matarle allí!
-
---¿Tan grave fué el motivo de la riña?
-
---Gravísimo. Disputamos primeramente sobre si eran mejor las cintas que
-los botones para sujetar los calzoncillos encima de las medias...
-
---¡Por eso nada más?
-
---Y por lo otro, Gedeón; por lo otro que teníamos en el cuerpo desde
-muy atrás. Lo de los calzoncillos fué la mecha que prendió la pólvora.
-
---Entonces no digo nada.
-
---¡Pues yo te digo á tí que ese hombre es un sinvergüenza!
-
---Lo será si te empeñas.
-
---Y tú debieras decir otro tanto, sabiendo cómo vive.
-
---Te juro que no lo sé.
-
---Pues debieras saberlo.
-
---Jamás lo he intentado; y cree que me iré á la sepultura en mi
-ignorancia, si tú no me sacas de ella.
-
---Ya sabes que es muy avaro y le da por decir á todo el mundo que él no
-se casa porque cree que nadie, ni los hijos, tienen derecho al caudal
-de su padre. Pues bueno: cuando á tí te decía eso mismo, aconsejándote
-que no te casaras, vivía de posada en casa de una buena moza, mujer
-de un sargento de carabineros: el cual sargento pasaba de cada tres
-semanas, una al lado de su mujer, porque estuvo de punto muchos años
-cerca de la ciudad. Esta mujer fué teniendo familia, hasta tres hijos,
-y consiguió hacer creer á ese bestia que los chicos se le parecían, á
-medida que iban naciendo; y le obligaba á pasearlos, y á dormirlos, ¡y
-hasta limpiarlos!... En fin, hombre, y pásmate: le exigió que hiciera
-testamento á favor de ellos, porque estaba en ese deber.
-
---Á eso ya se resistiría.
-
---Como si callara: amenazóle la pícara con decírselo _todo_ al
-sargento; él es un cobardón, y además se le caía la baba delante de
-aquella prole, como si fuera suya, y testó, Gedeón, ¡testó como quería
-la carabinera!
-
---¡Qué me cuentas?
-
---La verdad, la verdad pura; y ahí le tienes hoy viviendo en la misma
-casa; dejándose llamar _padrino_ por tres hombrachones ya casados,
-que comen á sus expensas; manteniendo al sargento que se licenció,
-y aguantando la tiranía brutal de aquella mujer sin educación, sin
-entrañas y sin vergüenza... Porque yo te garantizo ¿lo entiendes? yo te
-garantizo que no la tiene.
-
---¿Y sospecha él que tú puedes garantizarlo?
-
---Témome que sí.
-
---Entonces ya voy cayendo en la cuenta de los palos.
-
---Témome que no del todo... Como yo le dije un día, muchos años
-há, cuando me vino con indirectas, á causa de sus recelos y
-aprensiones:--«Pedazo de bruto, mientras vivas como vives, ¿que derecho
-tienes tú para quejarte? Bueno que cada hombre tenga los líos que le dé
-la gana; pero que los tenga con decencia y con cierto decoro... ¿Por
-qué no haces lo que Gedeón?...»
-
---¿Eso le dijiste?
-
---Eso le dije.
-
---¿Y con qué derecho?
-
---Me parece que diciendo la verdad...
-
---¡Yo no tengo líos, ni los he tenido nunca!
-
---¡Oiga! Parece que te amoscas...
-
---Y me amosco con razón.
-
---Pues ya que tan por lo alto lo tomas, sábete que lo que entonces
-sospechaba yo por ciertos indicios, se hizo público años después por
-boca de tu ilustre padre político.
-
---¡Falso!
-
---_Hijo_ te llamaba él en calles y plazuelas... Todo el barrio lo sabe.
-
---¡Mientes!
-
---¡Gedeón!...
-
---Y no te rompo la crisma, porque necesito el bastón para sostenerme de
-pie...
-
---Eso te salva de que no casque yo el mío encima de tus costillas,
-¡grosero!
-
---¡Calumniador!... Si yo no te hubiera conocido nunca... ¡otro gallo me
-cantara!
-
-Así acabó aquel encuentro, cuando ya empezaba la gente á formar
-corrillo alrededor de los dos _amigos_.
-
-El grandísimo disgusto que produjo á Gedeón lo que Caifás le dijo
-acerca de sus _ocultos_ enredos, no le quitó el deseo de saber algo
-sobre la vida del mismo Caifás, deseo nacido de las primeras palabras
-de éste al encontrarse con él. Si también este juez de su antiguo
-pleito había prevaricado, ¡morrocotudo tribunal fué aquél _de los tres_
-que le sentenció! Para averiguar ese algo, ninguna fuente como el mismo
-Anás, primero amigo y después enemigo feroz de quien tan ferozmente
-acababa de biografiarle á él.
-
-Buscóle con cachaza, y le halló al cabo, también en medio de la calle,
-como se había propuesto Gedeón para no darle que sospechar buscándole
-en su casa.
-
-También le pareció su antiguo consejero muy acabado, y, además, mal
-vestido y poco limpio.
-
-Á las pocas palabras, después de un saludo frío y desaliñado, Gedeón le
-preguntó por Caifás.
-
---¡Mal rayo le parta!--gritó Anás transformando su sombrío decaimiento
-en furor salvaje.
-
---Perdóname, hombre: no me acordaba ya de que habías tenido un disgusto.
-
---Si la gente no se interpone, le destrozo, y libro á la humanidad de
-ese infame.
-
---Entonces, más vale que se interpusiera la gente.
-
---¡Yo digo que no, porque debí hacerle polvo!
-
---Según eso, fué muy grave el motivo de la querella.
-
---No valía dos cominos, Gedeón; pero había mucha pólvora en mi cuerpo,
-y esa futesa la inflamó.
-
---De lamentar es el caso, de todas maneras.
-
---¡Ese hombre es una bestia, Gedeón, y además un canalla!
-
---Será si tú lo dices; pero como no estoy en antecedentes...
-
---Pues qué, ¿no sabes cómo vive?
-
---Ni he intentado saberlo... Como no me trato con nadie...
-
---Recordarás que esa fiera siempre fué tan vehemente como celoso, y que
-por no fiarse de ninguna mujer, detesta del matrimonio y de los que le
-contraen. Pues bueno: puso casa muchos años hace, y tomó un ama bien
-parecida. La muy lagarta conoció pronto de qué pie cojeaba el animal de
-su amo, y se complacía en dar pábulo á sus accesos bestiales para tener
-el gusto, contrariándole, de verle pidiéndola misericordia. En uno de
-estos trances, impúsole la condición de casarse con ella, después de
-dotarla rumbosamente.
-
-Resistióse el bruto á lo del matrimonio, aunque asintió á lo de la
-dote; pero la astuta supo aguardar ocasión conveniente, y al fin
-convino el asno en la otra cláusula también, aunque á condición de que
-el casamiento fuera secreto. Hízose así con todas las garantías legales
-exigidas por la serpiente; y ahí le tienes desde entonces devorando en
-silencio cuantas afrentas puede una mujer echar á la cara de un hombre.
-
---Y ¿por qué las aguanta?
-
---Porque le amenaza ella con publicar el casamiento.
-
---¿Y estás seguro de que le afrenta esa mujer?
-
---Te lo garantizo, ¿lo entiendes bien? te lo garantizo yo.
-
---¿Y sabe él que puedes tú garantizarlo?
-
---Lo sospecha, como de tantos otros.
-
---¿Quiere decir que por eso fueron los palos?
-
---Por eso unos pocos, y otros tantos por ciertas demasías suyas.--«Pero
-pedazo de bruto,» le dije yo en una ocasión, hablándome él de esas
-aprensiones, «¿basta que se le meta á un hombre una majadería en la
-cabeza para que sin ton ni son vaya á dar un escándalo en la vecindad?
-Bueno que vigiles y quieras conservar tu puesto, pero con decoro;
-porque figúrate que te equivocas... Y por último, antes de dar contra
-los amigos, echa de casa á los extraños;» porque créelo, Gedeón,
-¡esa infame se los pone á la mesa con él, á título de amigos y de
-parientes!... ¡y el sinvergüenza lo sufre! ¿Quieres más?
-
---¡No es poco que digamos!
-
---Y también le dije: ¿á que no daba un paso como ese nuestro amigo
-Gedeón?
-
---¡Yo! Y ¿por qué había de darle?
-
---Gajes del oficio son los motivos de esa clase.
-
---Yo no sé qué oficio es ese, ni conozco esos motivos...
-
---Vamos, Gedeón, echemos tierra á los motivos, pero en cuanto al
-oficio...
-
---¿Qué quieres decir con eso de «echar tierra?» ¿Á qué aludes?
-
---¿Por qué te quemas?
-
---Porque me insultas.
-
---¿Porque te digo que tienes líos tapados?
-
---¡Yo no tengo líos tapados ni descubiertos!
-
---Como cada hijo de vecino.
-
---¡Falso!
-
---¡Gedeón!
-
---¡Te repito que yo no tengo líos!
-
---Pues cuéntaselo á tu augusto suegro que los publicaba. ¡Lástima que
-ya no viva!
-
---¿Y á ese entierro aludías antes?
-
---¡Ó á otro, canastos!
-
---¿Á cuál, víbora, á cuál?... ¡dilo!
-
---¡No me da la gana, soberbio!
-
---¡Yo haría que te diera, si tuviera los miembros sanos!
-
---¿Qué harías entonces?
-
---Molerte á bastonazos.
-
---Ya tendrías tú media docena de ellos encima de tu alma si no mirara...
-
---¡Difamador!
-
---¡Hipócrita!
-
---¡Bárbaro!
-
-También esta entrevista acabó rodeada de transeuntes y hasta silbada de
-granujas.
-
-No sé á punto fijo cuánto profundizó en el espíritu de Gedeón el
-que éste juzgó dardo lanzado á su pecho por Anás desde la sepultura
-de Herodes; pero me consta que al encerrarse en su cuarto, exclamó,
-poniendo todo su corazón en sus palabras:
-
---¡Señor, entre qué gentes he pasado lo mejor de mi vida!
-
-Después volvió á encerrarse en su concha; y ningún acontecimiento
-notable alteró la triste monotonía de su existencia, hasta el instante
-en que se le presento á mis lectores al comenzar la historia de esta
-tercera y última jornada de su vida.
-
-Pero heme referido allí únicamente al aspecto exterior de nuestro
-personaje; y ahora necesito decir dos palabras acerca de sus
-interioridades.
-
-Mientras á un enfermo le dura la fiebre, no cabe en la cama y sueña que
-es emperador que manda ejércitos, y que ni la muerte se atreve contra
-él; pero pasa el acceso, y sus brazos, antes de acero, truécanse en
-débiles cañas; la luz vence á sus ojos, y el más blando lecho parécele
-dura roca para descanso de su cuerpo aniquilado: la razón, ya en su
-quicio, no le alumbra quimeras, sino la verdad de su estado y lo que le
-falta para llegar á ser un cuerpo sano como los demás.
-
-Lo mismo le ha sucedido á Gedeón. Mientras le duró la fiebre de
-las pasiones groseras sostenidas por el vigor de su naturaleza y
-estimuladas por el veneno de su educación, ya sabemos lo que fué; pero
-asaltáronle plagas, lloviéronle pesadumbres y desengaños; y á medida
-que el cuerpo fué cayendo, fué su espíritu levantándose. Cada ilusión
-apagada en su fantasía, renació como luz en su razón; y cada flaqueza
-vencida en su materia, rompió un eslabón de la cadena de su alma. Así
-llegó ésta á enseñorearse de aquel cuerpo, cuando el cuerpo no fué más
-que una carga de dolores.
-
-Ya no hay brumas ante la mirada de Gedeón; y desde la alteza de sus
-desdichas, todo lo ve claro; ya no duda que de los senderos que tuvo
-delante de los ojos al dar el primer paso de la vida, eligió el peor
-creyendo lo contrario; y también ve, para su tormento, que ya no es
-hora de retroceder para buscar otro más placentero. Á sus pies está el
-abismo, y en él caerá con su cruz de tristezas, y allí será crucificado
-por el verdugo de sus remordimientos.
-
-Para otros la luz y los consuelos; para él, la obscuridad y el
-desamparo.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-III
-
-LOS VECINOS DE GEDEÓN
-
-
-Sucédele muy de continuo á nuestro personaje lo que al envidioso: todo
-se le vuelve fijarse en lo que él no posee y tienen los que pasan á su
-lado.
-
-Con el cuerpo hundido en el sillón de su gabinete, y en el pecho
-la barbilla, deja correr las horas, perdida la imaginación en
-investigaciones que le seducen y en cálculos que le fascinan.
-
-«Lo que soy, lo que he sido y lo que pude ser.»
-
-Estos son los tres puntos sobre los cuales divaga su fantasía años há,
-y el único tema de las meditaciones que le entretienen.
-
-En la ocasión en que ahora le hallamos, con el cuarto á media luz, la
-atmósfera saturada de olores de _bálsamo tranquilo_, sin otro rumor que
-altere aquel silencio sepulcral que le rodea que el crónico estertor
-del ratonero que dormita debajo de la manta, por un lógico y no largo
-encadenamiento de ideas que acaso arranca de aquel cuadro mustio y
-desconsolador, vase con la mente á examinar el que ofrece cada familia
-de las que habitan aquella misma casa, y le son bien conocidas.
-
-Vive en el cabrete del portal el matrimonio de que dimos cuenta más
-atrás; el cual matrimonio tiene un hijo de veinte años, que gana en
-una carpintería un jornal de dos pesetas. Al mediodía y por la noche,
-los tres se reúnen, y comen y cenan _en familia_. Alguna vez que otra,
-asoma entre ellos la discordia; pero lo ordinario es que reine la paz y
-hasta la alegría en aquel hogar angosto y miserable.
-
-En el segundo piso habita un abogado de _cierta edad_, esposo de una
-mujer bella, padres ambos de tres niños. Rara es la semana en que
-el médico no tenga que visitar á alguno de éstos. Mientras dura la
-enfermedad, no se oye una mosca en la casa; pero, en cambio, tan pronto
-como el enfermo se restablece, aquello es una pajarera.--«¡Hijo mío,
-yo te como á besos!... ¡Toma, toma... toma!... ¡Válgame el Señor, qué
-gitana de criatura!... ¿Qué quieres tú, resaladísima?... ¿Que te haga
-un nene con el pañuelo?... Tómale, prenda. Á ver cómo le cantas: ¡oba,
-oba, oba!... Duérmele tú, morena... ¡Ajá!... ¡Bendito sea Dios, si no
-parece que los ángeles enseñan á esta chiquilla tanta monada!--¿Tienes
-celos tú, renacuajo mío? ¡Ay, qué pucheros hace el muy remonísimo!...
-No, pimpollo de la casa, que te quiero también á tí... Ven acá, hijo
-mío, á este otro brazo, junto á tu hermanita. Así... dale tú un beso,
-pichona. ¡Bien! Dale tú otro á ella, gitano... ¡Eso es! ¿Ve usted
-cómo se quieren los niños?... Ven tú ahora, cachorrón, y abraza á tus
-hermanitos... aprieta más... así... Ahora, yo un beso á cada uno...
-¡Toma, toma, y toma... que valéis un imperio entre los tres!»
-
-Tales son los entretenimientos de aquella madre, siempre que sus faenas
-domésticas la dejan un rato libre.
-
-En cuanto al padre, trabaja en su bufete largas horas; pero nunca le
-falta una para dedicársela á sus hijos, jugando con ellos como si
-fuera un niño más en la casa; y si algún cliente no le ha sorprendido,
-como el embajador español á Enrique IV, haciendo de la estancia
-picadero, puesto en cuatro pies y llevando montado en sus espaldas á
-un chiquillo, hale hallado muchas veces con la carga encima de los
-hombros, á modo de San Cristóbal.
-
-Á pesar de tan _prosáicos_ pormenores, la casa está limpia como el oro,
-la mujer es hasta elegante, el marido no es _raro_ y se cree feliz, y
-los niños no rompen la vasija ni comen las sopas á puñados. Para eso
-está la madre que se lo prohibe, como todo lo malo, y les amenaza con
-el enojo de Papá-Dios, y hasta con la venida de Pateta y del Cancón,
-si es necesario; y los inocentes se conforman con mirar á hurtadillas
-los _santos_ de algún libro, con ver lo que hay dentro del estuche de
-costura de su madre, alguna vez que ésta le deja abierto, y con jugar
-á los soldados con el bastón y un chaleco viejo de su padre, ó á los
-cocheros, con cuatro sillas del comedor y las disciplinas de sacudir la
-ropa.
-
-Vive en el piso tercero, si padecer es vivir, un coronel retirado á
-quien la gota y algunas reliquias de la guerra tienen postrado en el
-lecho la mayor parte del año, y el resto encogido en un sillón. Para
-asistirle y consolarle y sufrirle con la heróica resignación de una
-hermana de la Caridad, está constantemente á su lado su hija, joven
-y bella, aunque su belleza tiene no escasa semejanza con las flores
-sin sol. Un hermano de ésta ayuda á levantar las cargas del hogar,
-desempeñando un empleo que no le produce tanto lucro como sudores.
-Cuando los tres se hallan juntos á ciertas horas del día y casi todas
-las de la noche, el afán de los hijos se consagra á endulzar las
-amarguras del inválido, cuya paciencia no es tan grande como el amor y
-la gratitud que siente hacia aquellos pedazos de su corazón.
-
-En el piso cuarto habita un matrimonio que demuestra no ocuparse ni
-pensar en otra cosa que en reñir cruda batalla con la muerte, que
-tiempo há reclama la vida del único fruto que le han dado veinticinco
-años de unión pacífica y armoniosa. Rico el marido y no pobre la mujer,
-cuanto los dos reúnen, y sus vidas además, dieran sin vacilaciones por
-devolver el color de las rosas y los bríos de la juventud á la faz
-macilenta y al cuerpo entumecido y descarnado de aquel sér á quien una
-lenta, pero invencible consunción, va acercando al borde del sepulcro.
-Para aquellos padres el día no tiene sol, ni la noche descanso: sus
-almas están en el cuerpo de aquel hijo que padece y se acaba, sin que
-poder humano alcance á conjurar tal desventura. Algunas veces un pobre
-sacerdote, sentado á la cabecera del enfermo, le alivia los dolores
-del cuerpo con sabias advertencias para el alma, dando á la vez grato
-consuelo á los que ninguno esperan de los halagos del mundo cuando de
-él falte quien tan próximo se halla á las puertas de la eternidad.
-
-Por último, habita la buhardilla una costurera que sostiene con su
-trabajo á su madre anciana y viuda, y á un hermano memo. Aunque no cesa
-de trabajar, y lo que gana cada veinticuatro horas puede meterse en un
-dedal, esta criatura canta de día y canta de noche, hasta en las horas
-que roba al sueño y al descanso.
-
-Hecha esta mental exploración por su vecindad, Gedeón, que nunca
-olvida las lecciones del Doctor, juzga que aquella casa es un remedo
-del mundo. Hay en ella un poco de todo: diversidad de caracteres, de
-caudales, de infortunios y de alegrías.
-
-Hay padres que trabajan y se sacrifican por sus hijos; hijos que
-trabajan y se sacrifican por sus padres; hermanos que cuidan de sus
-hermanos; padres é hijos que mutuamente se auxilian y conllevan. En
-una ó en otra forma, siempre hay un sér identificado con otro sér; un
-sentimiento honrado respondiendo á otro sentimiento, ó inclinando el
-corazón á trocar por los dolores ajenos las propias alegrías; vidas
-que se reflejan en otras vidas y en ellas se funden y se gozan, como
-la luz, y las flores, y el rocío; conjunto maravilloso de colores, de
-aromas y de frescura; ambientes embalsamados que regala el valle á la
-montaña, en pago de la brisa, de la lluvia y del amparo que la montaña
-presta al valle; misteriosa cadena de afectos que elevando el alma
-sobre las miserias de la tierra, convierte los dolores y la abnegación
-y el heroísmo en necesario y grato deber.
-
---¡Esto es la familia!--piensa Gedeón, interrumpiendo sus
-exploraciones;--algo que se siente, se ve y no se explica; algo que se
-encuentra en todas partes... menos en mi casa y en los libros que yo
-he devorado. Esto lo que en ella me llamaba en otros tiempos, y lo que
-yo no quería oir; esto lo que me recomendaba el Doctor como remedio de
-todos mis males... ¡Qué necio, qué fatuo, qué estúpido he sido!
-
-Volviendo otra vez con la mente á la vecindad, ¡cuán rebajado se
-encuentra comparándose con ella!
-
-Cuantos seres la componen tienen un destino que cumplir, ó le han
-cumplido ya; parecen venidos al mundo con un fin benéfico y para ocupar
-un puesto que les estaba señalado, y son como rueda de artefacto, que,
-por pequeña que sea, colocada entre otras, ayuda al movimiento á la vez
-que le recibe.
-
-Todos aquellos vecinos pueden abrir sus puertas y mostrar al público
-sus hogares, porque nada hay en éstos que no sea útil, lícito y honrado.
-
-Pero él... ¡cielo santo! En su casa el desamparo, el silencio, la
-soledad, la desconfianza, el misterio, el engaño; en su corazón, el
-odio á quien debiera amar y poner sobre su cabeza; en su conciencia, el
-remordimiento y el desencanto de los vicios.
-
-¡Pero en cambio es _libre_!... ¡Qué mofa!...
-
-¿De qué le sirve la libertad? Si le faltara aquel dinero, por amor
-al cual halla quien le dé de comer y le guarde la casa, ¿quién se
-acercaría á ella, ni con paciencia aguantara sus desabrimientos, hijos
-de sus amarguras y dolores? ¿Á quién arrancará una lágrima su muerte?
-
-No hay duda: él solo es en aquella vecindad, reflejo del mundo, la
-rueda inútil, y por inútil arrojada al basurero; allí irá hundiéndose
-poco á poco, comida por la roña y azotada por los vientos y la lluvia,
-mientras la van formando una corona digna de su tumba de inmundicias y
-de escombros, las zarzas y las ortigas.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-IV
-
-CASTILLOS EN EL AIRE
-
-
-Pues supongamos ahora--continúa llevando sus meditaciones á otra región
-de más luz y de mejor aire,--que yo me hubiera casado á tiempo. Podría
-haberme cabido en suerte algo de lo malo que hay en la vecindad, es
-cierto, pero ¿y qué? Lo peor de ello ¿no es mucho mejor que lo que
-yo poseo? Más probable es que tuviera un poco de cada cosa: hoy una
-pena, mañana una alegría, ahora un dolor, más tarde un placer... Tal
-es el mundo, y tal la humanidad; porque no puede ser de otra manera...
-Pero el conjunto de todos estos dulces y de estos amargos, de estos
-goces y de estas pesadumbres; el no sé qué que lo envuelve y rodea, y
-lo da color y luz y vida; eso que un pintor llamaría _ambiente de la
-familia_, y otros, con mejor acuerdo, el _reflejo de Dios_; eso que
-no se disipa con ninguna pena, ni se adquiere con ningún dinero, ni se
-sustituye con nada, pero que existe en todas las familias, ¿por qué
-no había de existir en la mía? ¡Si me parece que lo ven mis ojos y lo
-palpan mis manos!... Y no es extraño: soy de los necios que viéndose
-ahitos, arrojaron las provisiones por la ventana, sin hacerse cargo
-de que se quedaban con el hambre, aunque dormida y acallada. Ahora se
-despierta la mía y se entretiene en pintar manjares... como ella sabe
-pintárselos á quien no los puede saborear.
-
-Pero vaya una suposición racional, aplicable á este momento de mi vida.
-
-Si yo me hubiera casado á tiempo, mi mujer estaría ahora á mi lado...
-Tendría, próximamente, cincuenta años: quince menos que yo; pero bien
-conservada, afable... hasta fresca y rozagante. Y digo que se hallaría
-á mi lado, porque estoy achacoso; y para entretenerme y consolarme,
-me daría conversación. Hablaríamos de cuando fuimos jóvenes y de las
-inocentadas que nos decíamos cuando novios. Pareceríanos imposible que
-entonces nos conformáramos con aquel amor vehemente y apasionado que
-luégo vimos trocarse, para dicha mutua, en otro afecto más apacible y
-desinteresado, y á la vez más profundo, cordial y permanente, como si
-nuestras vidas se hubiesen compenetrado, ó fuéramos _ella_ y yo dos
-cuerpos con un alma sola...
-
-Pero á cierta edad deben entretener poco estas metafísicas. De ellas
-habríamos hablado en ocasión oportuna... Lo seguro es que en la
-presente estaríamos tratando de nuestros hijos, ó acompañados de alguno
-de ellos.
-
-El mayor sería ya... ¡bah!... ¡yo lo creo! oficial de artillería...
-Aunque, bien mirado, no me agradan mucho los militares. Siempre están
-lejos de sus familias, y se expone uno á perder algo de su cariño.
-Después la guerra. ¡Es tan fácil que una bala, un pedacito de plomo
-como un guisante, arrebate en un segundo una vida llena de alegrías y
-de esperanzas! Verdad es que así se cumple con un deber sagrado, porque
-se muere por la patria... ¡Pero vaya usted á decirle al corazón de un
-padre que se consuele con eso, cuando llora la pérdida de un pedazo
-suyo!... ¡Cómo debe de sentirse la muerte de un hijo!... Por eso no es
-conveniente exponerlos mucho... Por otra parte, como el nuestro sería
-buen mozo, por la vanidad de verle lucir el uniforme... ¡qué sé yo! se
-me figura á mí que hubiéramos consentido en que se hiciera militar...
-Nada: resueltamente lo sería.
-
-Habría recibido yo carta suya avisándome en ella que le destinaban,
-por ejemplo... á Sevilla. Sevilla es una gran ciudad, en la cual no
-puede vivir mi hijo, que pertenece á un cuerpo tan distinguido como
-el de artillería, como en Segovia ó en Santoña. Tendrá su uniforme
-estropeado, si no viejo; necesitará hacerse otro nuevo, y acomodarse
-en buena posada; estar, en fin, como debe estar un joven de sus
-condiciones: bien vestido y bien alojado. ¿Qué menos? Nada de eso me
-diría él en la carta, porque, como prudente, sabe que su padre con
-media palabra entiende á sus hijos; el caso es que yo trataría de
-enviarle dinero. Sobre el cuánto, consultaría con su madre. Pero,
-¿qué sabe una pobre señora de su casa lo que necesita un caballero
-oficial del real cuerpo de artillería? Por eso me dirá que con dos
-mil reales tiene nuestro hijo hasta de sobra; pero yo, que sé lo que
-cuesta, ó debe costar, un uniforme como el suyo, con tanto ringorrango
-de oro fino, y lo caros que andan los guantes de primera y el tabaco
-regular, sin que su madre lo sepa le mando cuatro mil: la mitad para el
-uniforme, y el resto... ¡qué diablo!... el resto para dos mil cosas que
-pueden ocurrírsele á un buen mozo, caballero oficial del real cuerpo de
-artillería. ¿Le he de decir yo también en qué lo ha de gastar? Lo que
-sí le diré, que aquella cantidad se la enviamos su madre y yo: dos mil
-reales cada uno; pero que no la diga nada cuando la escriba, porque
-quiere ella guardar el secreto. Creo yo que de este modo agradecerá él
-más el supuesto regalo de su madre, y la tendrá más presente y hasta la
-querrá más, si cabe; y queriéndola él así, le querré yo también mucho
-más. ¡Como si fuera poco lo que le quiero!...
-
-Despachado así el asunto del militar, empezaríamos con el abogado,
-el menor de nuestros hijos varones. Ese estaría preparándose para
-graduarse de doctor. Pero ¡qué tunante!: sabiendo que con esas cosas
-se le cae la baba á su padre, me ha dedicado el discurso... El de
-licenciado se le dedicó á su madre, que le tiene encuadernado con
-lujo y le guarda entre sus más estimados libros de devoción. Y ¿qué
-he de hacer yo sabiendo, como sé, que es un chico que se ha lucido en
-toda la carrera?... Pero no: se habrá graduado ya, y yo habré leído
-su discurso, ¡bien charlado!... No se lo diría así; pero le tiraría
-de la lengua é iría metiéndole en materia para oirle... Le habría
-regalado un reló de oro con su cifra. ¡Qué demonio de chico! ¡Cómo él
-se despacha en círculos y tertulias! Lo mismo dirige un rigodón que
-diserta sobre el Digesto. Por de contado, fumará delante de mí. Siempre
-me ha parecido una ridiculez ese rigor de los padres con el vicio menos
-indecente de la humanidad. Bueno que cuando son niños no fumen, por
-muchas razones; pero después, ¿por qué no han de fumar si les gusta?...
-¡Cuánto me entretiene con sus humoradas y espontaneidades de muchacho!
-¡Cómo anima y revuelve á toda la familia en los muchos ratos que pasa
-con ella! Cuando falta él de la mesa, parece que la comida está sin
-sazonar... También hace coplas, pero buenas; no de esas vulgaridades
-que escriben todos los jóvenes entre tontos é inocentes. Por de pronto,
-se ejercita en la profesión con un abogado de nota, que me ha dicho en
-confianza que antes de dos años valdrá el pasante más que él. ¡Si me
-pondría yo hueco al oir tal elogio! De todas maneras, este chico será
-el que se encargue de todos mis asuntos en los últimos años de mi vida,
-y el que á mi muerte ocupe mi puesto al frente de la familia; porque
-nada de esto se opone á que se case en tiempo oportuno con una mujer
-digna de él. ¡Antes muerto que solterón! Por eso me tiene siempre con
-cuidado el artillero. Temo que, como á otros muchos de su profesión,
-se le pase lo mejor de la vida mariposeando; y cuando quiera fijarse
-definitivamente, no pueda ya con las bragas y tenga que morir solo y
-desesperado.
-
-Pero el ojo derecho mío... (no lo podría remediar) sería nuestra hija.
-¡Qué cálculos haríamos sobre ella su madre y yo! Veinte años tendría,
-y como otros tantos soles que la hermosearan. Ahí enfrente, en la sala,
-habría un piano; y en ocasiones como ésta, en que el tedio... (el tedio
-no, porque no conocería yo esa dolencia) ó el peso de mis achaques me
-entristeciera, tocaría ella las piezas de música que más me gustaran
-á mí... Me animaría después á salir de casa; haría que la acompañara
-á dar un paseo por las afueras, y yo iría hecho un bobo entre ella y
-su madre; y más de dos jovenzuelos pasarían á su lado haciéndose los
-buenos mozos... Esto me cargaría bastante, porque me haría pensar
-en el día en que otros deberes que los de hija me la arrebataran de
-casa. ¡Mire usted que es dura y terrible para un padre esta ley de
-la naturaleza! Y no hay modo de eludirla. Cierto es que el deseo de
-verlas felices, y hasta la idea, á menudo equivocada, de que casando á
-una hija se adquiere un hijo más, debe de animar mucho en esos trances
-tan serios; pero así y todo, yo no me daría prisa por casarla. De esto
-precisamente hablaría yo ahora con su madre; y cuando ella pasara por
-ahí enfrente ó se asomara á la puerta para hacernos alguna pregunta,
-cambiaríamos de conversación... Yo tendría pañuelos bordados por ella;
-y de obras de sus manos estaría llena la casa; y las interioridades de
-ésta correrían ya de su cuenta, para descanso y satisfacción de su
-madre.
-
-¡Pues y cuándo el artillero estuviera en casa con licencia? ¡_Toda la
-familia reunida_ entonces! ¡Qué cenas, qué comidas, qué sobremesas!
-¡Dios mío, aquello sería el colmo de la felicidad! ¡Qué me importarían
-á mí entonces el reúma, ni la tos... ni todos los dolores juntos del
-cuerpo? El militar referiría sus aventuras _lícitas_ del oficio; el
-abogado sus travesuras de universidad; uno y otro elegirían las más
-ingeniosas para regocijo de su hermana y deleite de su madre; y en
-cuanto á mí, ¡cielo santo! solamente sabiendo lo que ahora padezco se
-podría calcular lo que entonces gozaría. ¡Qué vejez aquélla! ¡Cuán
-diferente de esta vejez! En tan placentera compañía, ¡con qué valor
-debe de mirarse cómo avanzan hacia uno, disfrazados de _achaques de la
-vida_, estos mensajeros de la muerte!... Dicen que para morir con ánimo
-sereno son un estorbo los hijos y la familia. ¡Qué error! Sin ella todo
-es tristeza y dudas y desaliento; y con estos males por escolta, podrá
-morir un hombre desesperado; pero sereno y valeroso... ¡nunca!
-
-Tras estas cavilaciones, y después de permanecer Gedeón largo rato
-saboreándolas, alza la cabeza, y vuelve á reflejarse en su fisonomía
-aquella burla de otros tiempos, que era la salsa de sus meditaciones
-sobre parecido tema.
-
---¡Qué demonio!--torna á pensar;--¡lo que somos los hombres! Cuando yo
-era joven, me pasaba las horas muertas haciendo castillos sobre las
-voluptuosidades matrimoniales; ahora, que soy viejo, los hago como un
-tonto sobre lo que entonces me parecían miserias de la vida conyugal.
-¿Estaré tan equivocado ahora como lo estuve en aquel tiempo?... ¡No,
-no, no y no! Por de pronto, aquello me inflamaba la sangre; era fuego
-que corría por mis venas; huracán que me arrastraba lejos de todo
-deber, y me ponía fuera de la comunión humana.
-
-Esto es como bálsamo que se derrama en mi corazón y purifica y
-refrigera todo mi sér; brazo misterioso que se enlaza con el mío, y,
-sacándome de la sima tenebrosa, me acerca á los demás hombres, y hasta
-parece que me eleva hacia Dios... No cabe duda, ¡hasta por egoísmo debí
-yo haberme casado á tiempo!... ¡He sido un bestia! ¡mil veces sandio!
-¡un millón de veces estúpido!
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-V
-
-LA POESÍA DE UN SOLTERÓN
-
-
---¡Regla!... ¡Regla!
-
---¡Señor!
-
---¿Dónde mil demonios estás metida?
-
---¿Cuántas veces me ha llamado usted?
-
---Más de mil.
-
---No han llegado á tres.
-
---Tanto me da.
-
---Pero no es lo mismo.
-
---¡No me repliques!
-
---Cuando se dice lo que no es...
-
---¿Te rebelas?
-
---Me disculpo como debo.
-
---Tu deber es complacerme, y nada más.
-
---Eso he hecho siempre.
-
---¡Pero no lo haces ya!
-
---¡Así paga el diablo á quien mejor le sirve!
-
---¡Regla... no me provoques!
-
---Si usted no me maltratara...
-
---Yo no maltrato á nadie. Yo no hago más que padecer y pudrirme, y
-acabarme aquí, solo y abandonado.
-
---¿Para qué me llamaba usted, señor?
-
---Para que me traigas los chirimbolos.
-
-Sale Regla; y mientras vuelve, Gedeón se desciñe la bata, dejando al
-descubierto sus piernas liadas y reliadas en lienzos y franelas, desde
-la punta del pie hasta medio muslo.
-
-Aparece Regla de nuevo en el gabinete con media docena de frascos en
-una bandeja, y con enormes rollos de vendajes limpios debajo del brazo.
-
-Arrodíllase á los pies de su amo, apoyados sobre un taburete; coloca en
-el suelo los frascos y los vendajes, y comienza á soltar las ataduras
-de los que Gedeón tiene puestos.
-
---¡Con tiento, Regla!... ¡con mucho tiento, por Dios, cuando llegues
-á la rodilla! Una mosca que la roce con las alas, me hace ver las
-estrellas...
-
---No tenga usted cuidado.
-
---¿No, eh?... Si tú lo pasaras, condenada... ¡Poco á poco... poco á
-poco! Así... ¡Ay!...
-
---¡Si no le he tocado á usted!
-
---No importa: el miedo solamente me hace tiritar. Arrolla esa tira para
-dar la vuelta por debajo de la corva. Bueno. Ahora sin miedo hasta los
-pies... ¡Alto! arrolla toda la venda suelta.
-
---Saque usted el pie más afuera...
-
---Allí va... ¡Cosa más rara que esta dolencia!... Me permite
-andar, aunque con trabajos, y el peso de una hormiga la irrita y
-ensoberbece... ¿Acabaste con la venda? Ahora la franela... ¡Eche
-usted tira! El diablo me lleve si no hay para alfombrar con ella la
-escalera... ¿Qué tal encuentras la rodilla?
-
---Algo más deshinchada me parece...
-
---Eso me dices todos los días... ¡Cuidado ahora con el pie!...
-
---Levántele usted un poco... Un poco más... Ya está.
-
---¿Cómo le hallas?
-
---Lo mismo.
-
---Pues á mí se me figura que cada vez se van dislocando más los
-dedos... Parecen garfios, ¿no es verdad, Regla?... Vamos ahora á
-preparar la batería de los betunes... No los confundas, ¿eh? Éste es
-para los pies; éste para el pecho; éste para las rodillas; éste para
-mezclarle con este otro...
-
---Ya sé yo mejor que usted para qué es cada uno.
-
---¡Dios ponga tiento en tus manos!
-
-Hechos los necesarios preparativos, comienza Regla á destapar frascos,
-á mezclar las pestilencias de uno con las hediondeces de otro sobre
-la palma de su mano izquierda, y á frotar con las dos, con toda
-la suavidad posible, las partes doloridas de Gedeón, que á cada
-instante grita y reniega y maldice, ya porque Regla aprieta más de lo
-conveniente, ó porque teme que así lo haga. Después envuelve la pierna
-en franelas, y las franelas en lienzo, sin que dejen de oirse los
-propios conjuros y las mismas interjecciones del paciente.
-
---¿Acabaste con ésta?
-
---En cuanto anude las cintas... Ya están.
-
---Pues vamos ahora con la otra... Pero recoge antes toda esa
-trapajería, ó ponla donde yo no la vea... ¡Qué peste más
-endemoniada!... Parece castigo de Dios, ¿no es verdad?
-
---¿Por qué, señor?
-
---¡Mucho cuidado ahí!... ¡Mira que tengo que ver en esta guisa! Cuando
-yo era joven, me burlaba de los maridos que pudieran verse precisados
-á hacer con sus mujeres algo de lo que tú haces ahora conmigo... ¡No
-aprietes tanto!... ¡Como si yo fuera de otra materia más fuerte y
-asegurada de achaques! ¡Como si solamente las mujeres casadas tuvieran
-humores y necesitaran untos y cataplasmas!... Cada vez me convenzo
-más de que entre un joven abandonado á sus propias inclinaciones y
-una bestia, no hay dos pulgadas de distancia... Dele usted cuerda
-á sus pasiones; satisfágale usted sus apetitos; téngale usted gordo
-y retozón, y ya cree poseerlo todo y asegurada su vida de penas y
-dolores... Está mejor esta pierna que la otra. ¿No te parece á tí?
-
---Allá se van.
-
---¡Vaya un consuelo de tripas!...
-
---Pues si es la verdad...
-
---¡Ó no lo es!... Y aunque lo sea, no debe decirse de ese modo...
-
---¿De qué modo lo he dicho yo?
-
---Como lo has dicho. ¡Ea! no me rompas la cabeza.
-
---Jesús me dé paciencia, ¡qué genio!
-
---¡Quisiera yo ver en mi situación al hombre de más cachaza!
-
---Pero yo no le tengo á usted la culpa de sus trabajos...
-
---¡No aprietes tanto ahí, recondenadísima!
-
---¡Si llevo la mano al aire, señor!
-
---Al aire te echaría yo de un puntapié, si pudiera dártele.
-
---Muchas gracias... Pero crea usted que, sin puntapié y todo, habría
-pocas personas capaces de hacer con paciencia todos los días esto que
-yo estoy haciendo...
-
---¡Espera un poco, no untes más!... ¡retira la mano! ¡Ay, qué dolor
-más terrible!... ¡parece que me exprimen los huesos en una prensa!...
-¡Ufff... qué barbaridad!... Debo de tener la cara como luz de pajuela.
-
---Algo pálida está... ¿quiere usted un poco de agua?...
-
---No... Ya se va pasando... Estos dolores son así, cortos, pero
-buenos... Sigue ahora la operación, y dispensa los disparates que haya
-dicho contra tí. ¿He dicho alguno?
-
---No ha dejado usted de decirlos...
-
---No me extraña; porque cuando me ataca el dolor, me pongo fuera de mí,
-y no sé lo que digo.
-
---Gracias á eso no los tomo yo muy á pechos.
-
---Vamos á ver, y ¿qué harías si á pechos los tomaras?
-
---Ya puede usted presumirlo.
-
---¿Es decir que serías capaz de abandonarme?...
-
---Póngase usted en mi caso.
-
---¡Ingrata! No correría yo tales riesgos si me hubiera casado á tiempo.
-
---¿Tan mal le ha ido á usted conmigo?
-
---¿Y de qué me serviría cuanto por mí has hecho, si en lo más apurado
-de la vida me abandonabas? ¡Las mujeres propias no hacen eso, Regla!
-
---También tienen otros privilegios que no tengo yo... y otro
-porvenir...
-
---Ya pareció aquello. ¿Temes que te falte el pan algún día?
-
---Mientras tenga los miembros sanos, no; pero bien pudiera suceder.
-
---¿Por tan desalmado me tienes?
-
---Cayéndose usted de generoso, puedo quedarme á puertas mañana.
-
---Eso es decir que temes que yo me muera de repente.
-
---Ó por sus pasos contados; pero como la voluntad de usted no consta
-más que en sus palabras...
-
---Ya te tengo dicho lo que pienso hacer para que mi voluntad sea
-conocida y respetada.
-
---Pero, entre tanto, puedo morirme yo, y ese hijo que anda por esos
-mundos, sabe Dios cómo, no recogerá de su madre ni las tristes soldadas
-que tiene ganadas en más de quince años, sirviéndole á usted.
-
---Luego ¿desconfías de mí?
-
---No, señor; pero, á decir verdad, quisiera tener bien arreglada esa
-cuenta, por lo que pudiera tronar.
-
---Lo que tú temes es que yo truene á la hora menos pensada... no me
-andes con andróminas; y lo que debes hacer es pedirme lo que te debo;
-ir á darte buena vida con ello, y dejarme á mí solo y abandonado,
-pudriéndome en este rincón...
-
---Yo no pretendo semejante cosa.
-
---¡No me pasaran á mí estos lances si yo me hubiera casado á tiempo!
-
---¡Otra vez el casorio! Y ¿por qué no se casó usted?
-
---¡Porque fui un mentecato, como tantos otros!
-
---Todavía puede usted hacerlo.
-
---¡Tendría que ver!
-
---No creo que se opusiera nadie.
-
---¡Ahí me duele!
-
---¿En lo que le digo á usted?
-
---¡En la rodilla, chapucera!... ¡Pasa con cuidado la venda!... Y ¿quién
-se había de oponer á que yo me casara todavía, si se me antojara?
-
---Pues eso decía yo... ¡Cuántos á la edad de usted tienen compromisos
-viejos!...
-
---Yo no tengo compromisos, Regla; yo soy libre como el humo, como el
-aire. Puedo hacer lo que me acomode de mi cuerpo y de mi caudal. ¿Lo
-entiendes?
-
---No lo dudo, señor.
-
---Es que á mí no me vengas con pullas, porque las tengo yo para tí y
-para todo el universo, ¡zambomba!... ¿Acabaste?
-
---Sí, señor.
-
---Pues al pecho ahora... Á bien que, para lo que adelanto con la
-untura... ¡Qué toser anoche! ¡En vilo me la pasé toda! Tú, en cambio,
-dormirías como una marmota.
-
---Como usted no me llamó...
-
---¡Bien hecho! ¡ahógate ahí, consúmete y púdrete solo, vejancón
-miserable! ¡Consuélate si quieres con el acompañamiento que hace á tus
-quejidos el asma del ratonero!...
-
---Á esa bestia la voy á tirar yo por la ventana...
-
---Pues en seguida vas tú tras ella.
-
---Pero ¿no ve usted que está hecha un asco, y que apesta toda la
-habitación?
-
---Esa no es cuenta tuya... No me manches la bata con ese menjurge...
-Ese pobre perro ha sido el compañero fiel de mis tristezas, y tiene
-derecho á mis cuidados... y á los tuyos también, Regla, ya que me haces
-hablar.
-
---¡Para él estaba!
-
---¡No seas ingrata, Regla!
-
---Más me debe él á mí, que le traje á casa.
-
---También es cierto; y volvamos la hoja... Colócame la franela de modo
-que no me queden arrugas... Eso es... Abróchame la almilla...
-
---Ya está usted despachado por hoy... digo, hasta la noche.
-
---Tráeme ahora una camisa limpia.
-
---¿Va usted á salir?
-
---¿Qué tal está el día?
-
---Regular.
-
---¿Hace viento?
-
---No, señor.
-
---¿Hay humedad?
-
---Tampoco.
-
---Entonces saldré un rato, aunque sea para sentarme en la tienda de la
-esquina, mientras tú ventilas la habitación, que buena falta le hace.
-
-Dicho esto, recoge Regla frascos y trapajos sucios, y sale del
-gabinete, en el cual queda Gedeón haciendo pinitos y probaduras de
-paseo, ora arrugando la cara y apretando los dientes, ora soltando un
-reniego, ora admirándose del volumen que presentan sus piernas con
-tantos envoltorios y ataduras.
-
-Después se viste con ímprobos trabajos unos pantalones descomunales y
-se lava las manos y la cara, no sin bautizar el agua con tres ó cuatro
-esencias de botica.
-
-Por último, vuelve Regla trayéndole una camisola limpia, y le calza los
-entrapajados pies con holgados zapatones de flexible paño.
-
-Puesta ya la camisa limpia, hácele Regla el lazo en la corbata; ayúdale
-á vestirse un chaleco de punto inglés; sobre éste, otro de paño; sobre
-éste una levita, y sobre la levita, un gabán; pone en sus manos el
-bastón y el sombrero; cerciórase de que no le faltan pañuelo en el
-bolsillo ni cigarros en la petaca; y sale, dejando abiertas todas las
-puertas, por las cuales va pasando, hasta la de la escalera, junto á la
-que aguarda á su amo cruzada de brazos.
-
-Antes de salir Gedeón de su gabinete, levanta con el regatón de su
-cachava la manta, bajo la cual dormita y ronca Adonis. El achacoso
-ratonero abre los ojos; y sin mover la cabeza, vuélvelos á su amo, como
-si quisiera darle las gracias por su cortesía, ó decirle: «¡Buen par de
-alhajas estamos!»
-
-Gedeón le contempla un instante, vuelve á cubrirle con el bastón; y,
-bien apoyado en él, sale renqueando hacia la escalera, murmurando para
-sus envolturas:
-
---No sé quién de los dos largará primero la pelleja; pero el diablo me
-lleve si no estoy yo en el mundo tan de sobra como tú. ¡Tan llorada ha
-de ser tu muerte como la mía!
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-VI
-
-LA TIENDA DE LA ESQUINA
-
-
-Regéntala, como dueño de ella, un buen hombre que jamás se enfada ni se
-apresura.
-
-Vive de lo que vende, que es tanto como decir que vive de milagro; pues
-allí nunca se vende nada, y siempre se ven, en tablas y escaparates,
-los mismos objetos, descoloridos y ajados por el tiempo; siendo muy
-de notar, como fenómeno curioso, que rara vez un comprador pide cosa
-que en la tienda exista, pero que debiera existir, á juzgar por la
-índole de las mercancías que están á la vista, y con las cuales cree el
-tendero, sin duda alguna, que hay hasta de sobra para satisfacer todos
-los antojos del público.
-
-Así se dan muy á menudo casos como el siguiente:
-
---¿Tiene usted tachuelas?--pregunta un marchante acercándose al
-empolvado mostrador.
-
---¿Tachuelas?--repite el tendero poniéndose á meditar.--_Precisamente_
-tachuelas, no; pero tengo otra cosa que puede convenirle á usted más.
-
---¿Clavillos, quizá?
-
---No, señor: clavos romanos.
-
-¿Y qué es eso?
-
---Hombre, clavos romanos... son éstos. Vea usted, para sujetar las
-cortinas y formar pabellones. Un palmo tienen de cabeza, ¡qué hermosos!
-
---¡Pero si yo quiero tachuelas!
-
---Pues de eso no tengo ahora.
-
-Y así hasta el infinito.
-
-Alguna vez, muy rara, hay en la tienda lo que pide el comprador; pero
-precisamente en tales casos se halla el tendero entretenido en oir lo
-que cuentan ó discuten sus tertulianos; y por no perder una sílaba del
-relato ó de la disputa,
-
---¡No tengo!--responde con desabrimiento y sin volver la cara.
-
-Por eso digo yo que no sé _cómo_ vive este buen hombre, que sólo vive
-_de lo que vende_.
-
-En esta tienda hay tertulia al mediodía y después del paseo por la
-tarde; en verano, hasta que cierra la noche, y en invierno, hasta que
-se cierra la tienda.
-
-Una banqueta derrengada, dos banquillos de cabretón y una silla
-achacosa, sirven para sentarse los tertulianos entre los dos huecos de
-la fachada.
-
-Componen la tertulia, comúnmente:
-
-Un señor pequeñito, septuagenario ya, pero muy conservado, limpio y
-risueño. Guarda, como una reliquia que piensa legar á sus herederos,
-si el Estado no solicita la preferencia, el _Diario_ de su larga vida,
-comenzando en el instante mismo en que supo escribir de corrido. Todos
-los años, al solemnizar él el cumplimiento de uno más, reúne en su mesa
-las cuatro generaciones que de él arrancan, y por remate del banquete
-les lee de punta á cabo el curioso mamotreto.
-
-En concepto del autor, hay en sus folios grandes enseñanzas para todas
-las edades de la vida. Allí constan los sudores del entonces impúber,
-para aprender de memoria el «_peritus_, sabio, _juris_,» bajo la férula
-sangrienta de un dómine inhumano; allí los seis maravedís que le daba
-su padre cada domingo, si durante la semana anterior no había habido
-azotina en el aula; allí los dos reales y medio que le asignaron de
-jornal, después de tres años de méritos, en la casa de comercio en
-que se colocó y pasó cuarenta años de su vida, sin haber rebasado
-jamás de veinticuatro reales cada día _laborable_; allí los zapatos
-que le compraban, y si eran de lienzo ó de vaqueta; allí los vestidos
-que estrenaba, y el día en que por primera vez se puso calzoncillos;
-allí el efecto que causaba y la revolución que producía en el pueblo
-cada moda nueva; allí, entre mil prolijidades de su vida social y
-privada, los fríos notables, las nevadas de más duración, las lluvias
-más copiosas, la legión inglesa, la biografía de Bonnet; y si su amigo
-Pedro se casó, y con quién, y con qué dote; si falleció el _notable_
-señor don Pedro, y cuántos curas asistieron á sus funerales, y hasta la
-lista nominal de los _particulares_ que le acompañaron al cementerio.
-
-Con este cronicón en la memoria y esparcido por ella otro tanto más,
-excuso decir cuál es el papel que desempeña este apreciable sujeto en
-la tertulia. Fechas dudosas, casos _análogos_, estadística antigua...
-Sobretodo esto y mucho más que salte en la conversación, se abalanza
-para resolverlo, comentarlo y diluirlo.
-
-Apóyale en todos sus asertos y comentarios, con la muletilla de «¡mucho
-que sí!,» un joven de medio siglo, que tapa la sesera, _tanquam tábula
-rasa_, con dos pabellones de pelo engomado que ha podido conservar en
-los respectivos parietales. Tiene este amable sujeto la inocente manía
-de conocer íntima y particularmente á cada personaje político, militar
-ó científico que en la conversación salga á cuento. Según él, todos los
-ministros, en cuanto llegan á serlo, le ofrecen honores y destinos,
-y todas las chicas guapas le quieren y le miman. Por lo demás, es
-sumamente risueño y complaciente, y no tiene pizca de sentido común.
-
-Forma contraste con él un indianete que alardea de no creer en Dios,
-porque estuvo seis días en los Estados Unidos; y anda tan escaso de
-caudal como de ganas de gastarle. Siempre, y aunque no venga á peso,
-tiene estas frases en los labios, entre las hebras de un cigarro infame
-del estanco:
-
---¡Como á mí me pidieran dinero prestado, á puñaladas había de
-contestar al muy sinvergüenza!
-
-Y es fama que á puñalada limpia ganó él lo que tiene.
-
-Deben citarse también, aunque no describirse, dos especieros retirados
-que arman entre sí muchas camorras, porque ambos toman por lo serio los
-discursos de las Cortes, que leen en _La Correspondencia_; siendo el
-uno impertérrito esparterista, y el otro clerical denodado.
-
-Pero la salsa de aquel condumio es un don Acisclo Berruguete, que ha
-resuelto el problema de vivir de señor con cinco reales y medio al día.
-Y verán ustedes cómo. En el barrio más sucio de la población, y en la
-calle más miserable del barrio, y en la casa más fementida de la calle,
-tiene alquilada una cama en el cuarto más infame de la casa, lujo
-que le cuesta dos reales diarios. La misma pupilera le da un potaje
-al mediodía, por catorce cuartos; y por tres, una taza de cascarilla
-por la mañana. Con el real y medio que le queda, compra pan, y fuma y
-ahorra para luz é imprevistos.
-
-Explicaremos este milagro. Come una libra al día, que le cuesta cinco
-cuartos y medio; pero temiendo que con las provisiones á la vista se le
-deslizasen los dientes, compraba media para la comida y otra media para
-cenar y desayunarse. Esta ventaja indudable tuvo un inconveniente de
-gravedad para él, porque costando cada media libra dos cuartos y medio,
-más un maravedí, y siendo imaginaria esta moneda, el panadero habría de
-cobrarle tres cuartos, es decir, un maravedí más de lo justo: de modo
-que le saldría la libra á seis cuartos. El caso era de meditarse, y don
-Acisclo meditó larga y reposadamente, y venció al cabo la dificultad,
-comprando él mismo el pan á un panadero conocido, y pagando, con
-la segunda media libra, la primera que se llevaba fiada. Así vivió
-algunos meses; pero advirtió la trampa el panadero, y obligó á don
-Acisclo á pagar al contado. Lo propio le sucedió en cuantas panaderías
-fué recorriendo, hasta que se vió precisado á comprar la libra entera y
-á poner á prueba las tentaciones de su apetito. No se ha dado todavía
-el caso de que sus dientes se claven en la media libra de reserva
-después de haber molido la otra media; pero el peligro no más de la
-caída le trae desazonado y en perpetua meditación.
-
-De los seis cuartos y medio que le quedan, invierte dos, cada tres
-días, en higos pasos, con un par de los cuales y un cuarterón de pan,
-cena, añadiendo, de vez en cuando, algo que rebaña en las mesas de los
-cafés, mientras, de intento, da conversación á los conocidos que las
-ocupan.
-
-Un tabernero de la calle le hace media docena de velillas de sebo
-pestilente, por un real, con las cuales tiene para alumbrarse medio
-año; porque es de saber que no gasta luz más que para orientarse en su
-cuarto, al entrar en él para meterse en la cama. Todo lo demás lo hace
-á obscuras. No fuma tabaco si no lo araña en petaca ajena; fuma todo
-lo que arda envuelto en un papel y huela, aunque huela á demonios. Por
-eso, tan pronto fuma laurel seco, como yerbaluisa, como anís silvestre,
-como menta de perro... lo que abunde en la mies cercana ó en el bardal
-más próximo.
-
-De este modo, ahorra cinco ó seis reales cada mes; y entonces
-se permite echar una cana al aire con media docena de amigos,
-acompañándolos á comer _de campo_.
-
-Ya sabe él, por la experiencia, lo que aquel regodeo cuesta por barba;
-y como las suyas no alcanzan tan allá como las otras, al llegar la
-comida á los potajes,--«¡raya!»--dice al tabernero,--«y venga la
-cuenta.» Y paga los dos ó tres reales que le corresponden por lo
-consumido hasta allí; sin impedirle esto, que mientras sus compañeros
-toman el indispensable estofado, ó el infalible arroz con leche,
-pellizque de lo uno y de lo otro, so pretexto de que está duro, ó
-parece soso á la vista, y sin importarle un bledo que le pongan de
-gorrón y pegote que no hay por dónde cogerle.
-
-Quédanos por explicar el misterio del vestido.--¿Con qué se
-viste?--preguntará el lector.--Con nada; porque uno de los grandes
-problemas que ha sabido resolver este prodigio de la economía, es el
-del _vestido eterno_.
-
-Cuando dejó el empleo de conserje ó de no sé qué, que desempeñó mucho
-tiempo en un establecimiento de enseñanza, después de separar de sus
-ahorros lo necesario para crearse una renta de cinco reales y medio,
-se vistió de pies á cabeza, tan completamente como quien no piensa
-volver á hacerlo en toda su vida. Hízose, por de pronto, un gabán-saco
-de dos caras: una parda y otra escocesa; dobles pantalones, dos pares
-de botas, dos chalecos y un sombrero de copa alta. Medias no las gastó
-nunca; y en cuanto á ropa interior... precisamente es esta ropa la
-especialidad del especialísimo don Acisclo Berruguete. Siendo conserje
-del mencionado establecimiento, engalanóse éste, en una ocasión de
-festejos patrióticos, con banderas y gallardetes en cada hueco de
-sus fachadas; y como los huecos eran muchos, las banderas no tenían
-número. Pasaron las fiestas y con ellas el entusiasmo; y no quedando
-de éste ni el necesario para pagar á un granuja por que descolgara las
-banderas, diéronselas á don Acisclo por el trabajo de descolgarlas.
-Desde entonces (y cuenta que esto sucedió cuando la Mayoría de doña
-Isabel II) gasta don Acisclo camisas y calzoncillos de percalina con
-los colores nacionales, aunque con la precaución de hacer la pechera y
-el cuello de las primeras con las tiras blancas, ó azules pálidas, que
-sirvieron de gallardetes. Por eso dicen que es todo lo que hay que ver,
-ver á don Acisclo en ropas menores.
-
-Las botas.--¿Quién sabe lo que puede durar un par de ellas, no
-mojándolas ni manchándolas, ni paseándolas mucho? Después, unas
-puntadas á tiempo; al año, medias suelas y tapas; al otro, el
-remiendito en la grieta; al otro, la puntera...
-
-Es incalculable lo que dura así el calzado, cuando el que le usa es
-cuidadoso y ahorrativo; y don Acisclo compró dos pares en sus buenos
-tiempos. ¡Figúrese el lector si necesitará más en los días de su vida!
-
-El gabán.--Del primer tirón le gastó diez años por la cara parda, y
-lleva servidos más de seis por la escocesa. Por supuesto que allí todo
-es hilaza ya; pero como cubre, aprovecha como el mejor, y seguirá
-aprovechando á don Acisclo hasta que le sirva de mortaja.
-
-Con los primeros pantalones que desechó á los seis años, repara las
-debilidades traseras de los otros; único sitio por donde éstos flaquean
-á menudo, sin que importen un bledo las remontas y los costurones, pues
-con objeto de taparlos llega el gabán más abajo de las corvas.
-
-El sombrero es la única prenda que no pudo pasar, en buen estado, del
-tiempo usual y corriente; pero cuando otro mortal cualquiera le hubiera
-arrojado á la calle por descolorido, ajado y alicaído, inventó el
-ingenioso don Acisclo una untura con la cual le volvió á la vida más
-duro que una peña. Todavía le gasta, y con ánimo de seguir gastándole
-hasta que se muera. Mucho brillo tiene, eso sí, y á todo se parece
-menos al de la seda; pero es impermeable, hasta el extremo de que ni
-los rayos parten aquella cúpula atrevida.
-
-Tal es don Acisclo Berruguete, el tertuliano más importante, aunque no
-sea el más _curioso_, de _la tienda de la esquina_.
-
-Qué placer halla Gedeón en la compañía de éste y de los demás
-tertulianos descritos, no es fácil saberlo. Pero es evidente que desde
-algunos años atrás, no falta un solo día á la tertulia, si la salud le
-permite salir de casa.
-
-También es cierto que sólo toma parte en los insulsos debates que
-allí se sustentan, para llamar _cabra_ á don Acisclo; _melones_ á los
-especieros; _estúpido_ al indianete; _simple_ al joven de medio siglo;
-_momia_ al septuagenario, y _alcornoque_ al amo de la tienda.
-
-Y como estas flores las echa con el ceño fruncido y la voz retumbante,
-sin meterse en más honduras ni razonamientos, recíbenlas los floreados
-á título de _cosas de don Gedeón_, y danle el puesto de preferencia en
-la tertulia.
-
-Ocúpale él con la conciencia de que le merece; y siempre le abandona
-con el propósito de no volver á meterse entre aquella «reata de
-bestias.» Pero vuelve.
-
-Acaso le mueve á ello una necesidad de su temperamento, que se
-desahoga llenando de improperios á la reata aquélla; acaso la fuerza
-misma de su aburrimiento le hace dar por las paredes; acaso es su
-destino que se cumple así... Lo que el lector quiera. El hecho es que
-Gedeón no falta nunca á la tertulia de la tienda, y que todos los
-Gedeones que yo conozco de la misma edad que el de esta historia,
-tienen por único recreo otra tienda por el estilo para reñir con el
-lucero del alba que se presente, servir de estorbo á los marchantes y
-ocasionar la ruína del tendero; sin que, en rigor de verdad, puedan
-decir que, al precio de tanto mal como han causado, se han divertido
-una vez siquiera.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-VII
-
-LA VANGUARDIA DE LA MUERTE
-
-
-Así las cosas, ó porque el invierno se anticipa, ó porque es húmedo,
-ó porque... ¡vayan ustedes á averiguarlo! un día la gota se encrespa,
-hácese río caudaloso; y subiendo, subiendo desde la punta de los
-pies, llega hasta las puertas del estómago de Gedeón; con lo cual el
-asma, como si temiera ver inundada su vivienda, échase pecho arriba y
-comienza á bregar en las estrecheces de la garganta, buscando más ancho
-espacio y un aire que ya no encuentra en aquellas profundidades.
-
-Gedeón, por ende, no sale de casa, y empieza á echársele de menos en la
-tienda y en los paseos que frecuentaba. En la tienda, á los pocos días;
-en los paseos, á los dos meses.
-
---_Debe_ de estar enfermo,--dicen sus contertulios una vez sola, sin
-mostrar otro interés por su vida, ni cansarse en enviar un triste
-recado á su casa.
-
---Hombre, ¿qué habrá sido de ese señor gordo que tomaba el sol en este
-banco todos los días?--pregunta un observador en el paseo.
-
---Hace más de dos meses que falta de aquí.
-
---¿Qué señor?--se le responde.
-
---Pues uno de estas señas y de las otras.
-
---¡Ah! Don Gedeón... Creo que está hecho una carraca. Ya no sale de
-casa... si es que no se ha muerto...
-
---¡Para la falta que hace en el mundo!...
-
-Tal es el responso que ordinariamente reza el vulgo por los hombres
-como nuestro personaje.
-
-Como á los muros ruinosos y á los árboles viejos, se les echa de menos,
-no por lo que valían, sino por el sol que quitaban y el espacio que, al
-desaparecer, dejan libre y desembarazado.
-
-Entre tanto, el infeliz no halla momento de reposo, por más que le
-busca en holgado sillón ó en mullido lecho. Del uno al otro pasa á cada
-hora, forjándole el deseo posturas que, al tomarlas, son prensas que
-más le oprimen y extreman en su cuerpo los dolores y las ansias.
-
-Así pasa el día, y después viene la noche. ¡Qué noche, gran Dios!
-Jurara en su febril desasosiego, que los muebles bailan; que las
-figuras de adorno disputan y pelean; que la mortecina luz, reverberando
-en opaca porcelana, refleja en puertas y paredes danzas de demonios
-y de brujas; y que oye hasta el ruido crepitante de sus miembros
-descarnados, y las carcajadas de sus bocas desgarradas y burlonas.
-Parécele el cuarto un cementerio, y su cama una tumba abierta, en cuyo
-fondo yace su propio cadáver, pero cadáver que siente y recuerda;
-porque por un fenómeno producido por la índole de sus tormentos, todo
-lo ha perdido menos la sensibilidad y la memoria.
-
-Con ella recorre el dilatado campo de su vida; y por más que cierra
-los ojos y los oprime con sus manos, una luz vivísima, que á la vez le
-abrasa, le pone de manifiesto todo el sendero recorrido. Pero aquel
-campo es una estepa, en que ni huellas quedan de su paso. Allí todo es
-desolación y muerte. Tras él no viene nadie, porque nada deja en aquel
-árido desierto que preste abrigo y sombra al caminante. Por allí no
-pasan sino los pocos insensatos como él, que van huyendo.
-
-Y cuando el sol reaparece, y la fiebre y los dolores le dejan sosegado
-unos instantes, abre los ojos y mira en su derredor. ¡Qué cuadro! Cerca
-de su lecho, la inmunda bestia, siendo, con su estertor continuo, reló
-de su agonía, y á la vez, con su presencia en aquel sitio, testimonio
-abominable de los mal colocados afectos del iluso; en otro rincón, la
-mercenaria Regla dormitando; Regla, cuyo cariño sigue las oscilaciones
-de sus dádivas y las alternativas de sus promesas; en sí mismo, los
-dolores del cuerpo y los gritos de la conciencia que le acusa.
-
-El cansancio le rinde al cabo, y va á reposar durmiendo, ¡Vana
-esperanza! Regla, que parecía dormitar, meditaba también. Meditaba
-que su amo podía morirse en uno de aquellos paroxismos; que ella
-había pasado muchos años sirviéndole; que por esto, y quizá por algo
-más, tenía derecho á una buena recompensa, y que estaba á punto de
-perderla, porque el moribundo no había hecho disposición alguna en
-debida forma, que así lo declarase; y sabía también que desde que su
-amo se había agravado, todos los días preguntaba por él al portero una
-mujer sospechosa. Este indicio la excusaba, en su concepto, de toda
-consideración con el enfermo.
-
-Mientras le ve luchar con el delirio de la fiebre, limítase á
-observarle, y ¡sabe Dios lo que entonces pasa por sus mientes! Pero en
-cuanto le ve dueño de su razón y sosegado, se levanta de la silla en
-que velaba, y se acerca de puntillas al lecho.
-
---¡Señor!--dice al oído del enfermo, con hipócrita suavidad.
-
---¿Quién me llama?--balbuce Gedeón, cuyos párpados empiezan á cerrar el
-sueño.
-
---Yo... Regla...
-
---¡Maldita seas, que me robas el único consuelo que me queda!
-
---Yo no creí... Como es hora de tomar la medicina...
-
---Déjame... ¡vete!
-
---Además, tenía que hablarle á usted...
-
---¿Tienes sueño que ofrecerme?... Pues si no le tienes, déjame... ¡yo
-no ansío más que dormir!
-
---También hay otras cosas en qué pensar...
-
---¡Déjame!
-
---¡Y muy sagradas!
-
---¡Vete!
-
---Me parece que estoy en mi derecho...
-
-Y Regla, al hablar así, comienza á sollozar.
-
-Tal es la necesidad de descanso que tiene el desgraciado, que, á pesar
-de la cruel insistencia de Regla, vuelve el sueño á apoderarse de él.
-
-Al verle dormido, vacila la criada entre el temor de empeorar su causa
-enfureciendo á su amo despertándole, y el recelo de que se muera sin
-testar en el primer acceso que le acometa.
-
-En esto, aparece en la sala, atropellándolo todo, una mujer, cubierta
-la cara con el velo de su mantilla. Pregunta por el enfermo á Regla,
-y ésta se le muestra maquinalmente con la mano, desde la puerta del
-gabinete.
-
-Penetra en él la desconocida, y avanza hasta la cabecera de la cama.
-
---¡Gedeón! ¡Gedeón!--dice en voz no muy alta, pero anhelosa, al oído de
-éste.
-
---¡Otra vez, infame, inicua?... ¡Otra vez me despiertas?--responde á
-los pocos instantes Gedeón, entre angustiado y colérico.
-
-Regla, que ha seguido con la vista azorada á la entremetida, cuando
-la oye llamar á su amo con tanta familiaridad, saca chispas con los
-dientes y lanza saetas por los ojos.
-
---¡Soy yo, Gedeón!--continúa diciendo la encubierta.--¡Mírame!
-
-Y recoge el velo sobre su cabeza, dejando al descubierto la faz
-rechupada y angulosa de Solita.
-
-El enfermo hunde su cabeza en la almohada, como si tratara de hacerse
-más invisible, para dormir impunemente.
-
---¿No me conoces?--añade Solita sacudiendo los hombros de Gedeón.
-
---¡Ya la justicia de Dios no tiene rayos para matarte?--grita iracundo
-y trémulo el infeliz, al verse tratado con tal inclemencia.
-
---Pero ¿no ve usted que descansa?--ruge entonces Regla, dirigiéndose á
-Solita con la indignación pintada en su semblante. ¡Como si ella misma
-no acabara de cometer el mismo delito!
-
---Y á usted ¿qué se le importa?--ruge á su vez Solita encarándose con
-Regla, de quien há mucho sospecha lo que el lector y yo sospechamos
-también.
-
---¡Me importa, porque le cuido... porque le velo... porque sé lo que
-padece!--contesta Regla devorando con los ojos á aquella mujer en quien
-ha descubierto á su invisible rival en la privanza de su amo.
-
---¡Mentira!... Tú no sabes lo que yo padezco... ó no tienes entrañas si
-lo sabes, cuando también me has despertado,--exclama Gedeón.
-
---¿Lo oye usted?--dice á Regla Solita, balbuciente de rabia.
-
---¿Quién es el otro verdugo que te acompaña, Regla?--pregunta el
-enfermo.--Quiero saber su nombre para maldecirle.
-
---Soy yo: Solita...
-
---¡Solita! ¡Tú también!... ¡Pues maldita seas!
-
---¡Ingrato!... ¡Te pesa que esté á tu lado!...
-
---No, si me traes lo que necesito--exclama el desventurado, aspirando
-con ansia un poco de aire;--pero si no me lo traes, ¡maldita seas!
-
---Si con la vida puedo dártelo, tuya es, Gedeón.
-
---Para nada la necesito. Pero ¿me traes compasión? ¿Me traes caridad
-para mis tormentos?
-
---Sí.
-
---Pues demuéstramelo marchándote de aquí y dejándome descansar... No
-anhelo otra cosa; no le pido más á los hombres... ¡Ya ves con qué poco
-me conformo! ¡Cuán poco te pido!
-
---Sí, pobre Gedeón, poco me pides.
-
---¡Pues ni eso han querido darme!
-
---Porque no saben comprender...
-
---Tampoco tú lo has sabido cuando también me despertaste.
-
---Para que durmieras luégo más descansado.
-
---Lo estaré, si tú te marchas.
-
---Del cuerpo, pero no del espíritu.
-
---¿Qué quieres decir?
-
---Que pienses _en lo que debes_ pensar, antes de entregarte al sueño.
-
---¡Infame! ¿Temes que sea el último que duerma?
-
---No, pero...
-
---¡Víbora! ¿Esa agonía me preparas? ¿Ese es el consuelo que me traes?
-
-Y cuando dice esto, Gedeón no encuentra ya postura cómoda en la cama;
-su respiración comienza á ser fatigosa; los dolores le punzan de nuevo,
-y los ojos se le inyectan de sangre.
-
---Señora--exclama Regla, trémula de coraje, más que por el estado de
-su amo, por lo que ha descubierto en el diálogo que éste ha sostenido
-con Solita,--yo asisto á ese enfermo; yo soy responsable de lo que le
-suceda por falta de cuidado... ya está usted viendo cómo se ha puesto
-con lo que le ha dicho...
-
---¿Y qué?--la pregunta Solita volviéndose á ella como serpiente que
-levanta su cabeza para lanzarse sobre su presa.
-
---Que no consentiré que usted continúe atormentándole.
-
---¡Bien, Regla, bien!... ¡Échala, mátala!... ¡Yo respondo de todo!
-
---¿Lo oye usted, _mala mujer_?
-
---¡Mala mujer yo!--brama Solita arrojando espuma por la boca.--¡Y eso
-me lo llamas... tú, fregona miserable!... ¡tú que le apartas de su
-deber! ¡tú que eres causa de que un padre reniegue de sus hijos!
-
---Silencio... maldecidas!--grita Gedeón ahogándose.
-
---¿No oye usted lo que me dice?--responde Regla, á punto de coger del
-moño á Solita.
-
---¿Estábais de acuerdo para echarme de aquí?--continúa ésta.--Pues
-bueno: yo saldré al balcón y lo publicaré todo; y lo que tú,
-desalmado, no quieres declarar en debida forma, lo sabrá la gente por
-mi boca.
-
---¡No, por caridad, Solita!--exclama Gedeón, viéndola dispuesta á
-cumplir en el acto su amenaza.--Vete de aquí... déjame descansar...
-y yo te prometo que sabré cumplir con mi deber... pero vete luégo...
-ahora mismo; porque si tardas un poco... me ahogo... ¡Regla!... ¡la
-cucharada!... ¡Ay! yo me muero... ¡La cucharada... Regla!
-
---¡El demonio que le lleve á usted!--le contesta Regla por todo
-consuelo, indignada al ver á la intrusa triunfante en aquella inhumana
-pelea.
-
---He aquí el pago. Gedeón... ¡sacrifícame otra vez por ella!...
-
---¡Socorro! ¡Vecinos! ¡Estas fieras me asesinan!...
-
-Y como si las palabras del angustiado Gedeón hubieran llegado á su
-destino, se oyen pasos hacia la sala; y un instante después entra una
-persona en el gabinete.
-
-Es el Doctor, que viene á hacer al enfermo la visita de la mañana.
-
-Á su vista se enmudecen las dos mujeres, y hasta quieren disfrazar la
-ira de que están dominadas, con sonrisa y actitudes tan violentas como
-ociosas.
-
-Gedeón, por el contrario, tan pronto como ve al médico, comienza á
-implorar de éste la autoridad que á él le falta para hacerse respetar.
-
-Algo ha oído el Doctor al entrar en la casa, y no poco le dicen
-aquellas dos mujeres en quienes su presencia causa tan notorio
-desconcierto. Las palabras de Gedeón nada le descubren que él no haya
-sospechado.
-
-Por de pronto, manda que le dejen solo con el enfermo. Solita y Regla
-cumplen el mandato; y la primera, cubriéndose la cara con el velo, y
-después de lanzar una mirada rencorosa á la segunda, sale de la casa
-hecha una furia, fulminando no sé qué tempestades y propósitos en
-respuesta á otras amenazas sordas con que va Regla escarbándole los
-oídos.
-
-Solos, el Doctor y el enfermo, éste continúa lamentándose de su
-infortunio sin consuelo, y entona tristes endechas sobre lo que acaba
-de sucederle, tras una noche como la que ha pasado.
-
---He visto aquí una cara que me es desconocida,--dícele el Doctor
-después de haberle dado el calmante que le negó Regla, y de verle más
-sosegado y en reposo.
-
---Esa es la serpiente, Doctor; ¡la serpiente de mi paraíso!
-
---¿La serpiente, ó la manzana?
-
---Lo que usted quiera. La verdad es que esa mujer ha sido obstáculo
-perenne en el camino de mi vida desde que usted y yo nos conocimos; la
-hiel de todas mis amarguras...
-
---¿Y no ha habido manera de separar ese obstáculo, al parecer tan leve?
-
---No, Doctor; porque á la vez ha sido... ¿á qué ocultárselo á usted?
-gusano de mi conciencia.
-
---¡Hola!... ¿Luego es decir que no sin derecho le ha perseguido á usted?
-
---Hasta cierto punto, Doctor.
-
---Acaso con la exigencia de que se le cumplan determinadas promesas...
-
---Cabalmente.
-
---Y quizá exponiendo _razones_ de esas que, por lo mismo que son hijas
-de una _debilidad_, son las más fuertes.
-
---Razones... sí; hijas de una debilidad mía, también; pero en cuanto á
-fuertes, no, señor.
-
---Pues no lo entiendo.
-
---Va usted á entenderlo al punto, porque yo no quiero tener secretos
-para el único hombre que en el mundo me ha querido bien y no me ha
-disfrazado la verdad.
-
---Mil gracias por la deferencia; pero cuide usted de no revelarme
-_demasiado_, para no sentir después un nuevo remordimiento.
-
---No, Doctor: ¡hasta por egoísmo necesito desahogarme con alguien de
-estas pesadumbres!
-
---Adelante, pues, con la historia.
-
---Me encontré con esa mujer, de humilde cuna, cuando aún tenía ella
-gracias y donaires, y yo buena salud y ciertas ideas de moral... Sin
-gran esfuerzo, acomodóse á mis propósitos. Pero dió en la gracia de
-mostrarme los suyos, por demás extremados y opuestos á los míos,
-precisamente cuando ya el desencanto me hacía mirarla como carga
-superior á mis fuerzas y deseos. Entonces le conocí á usted; y sin
-decir que sus teorías, para mí tan nuevas como interesantes, sobre
-el matrimonio y la familia, me convencieran, la verdad es que fueron
-causa de que yo sintiera un irresistible deseo de verme colocado en un
-terreno completamente despejado, para elegir la senda más de mi gusto,
-si en ocasión de elegir volvían á ponerme las circunstancias. Entonces
-pensé muy seriamente en desembarazarme del estorbo de esa mujer:
-intentélo varias veces; mas cuando ya iba á conseguirlo, venciendo
-miramientos pueriles que hasta allí me habían detenido, halléme unido á
-ella por un vínculo nuevo; de esos que amarran y doman al hombre de más
-bríos, mientras le quede un rastro siquiera de honra en el pecho... ¿Me
-entiende usted, Doctor?
-
---Perfectamente.
-
---No sé qué pensamientos me asaltaron cuando preso me ví de esta
-manera; porque antes de llegar á examinarlos, ya me atormentaban
-indicios... de cierto género... ¿Me entiende usted?
-
---Sospecho que sí.
-
---Pero no pasaron de indicios, ni pasar pude yo de la incertidumbre en
-que me sumieron, ni adquirir me fué dado una prueba que me autorizara
-para quejarme, ó me extirpara los recelos. Así corrieron los años;
-crecieron los vínculos con ellos... ¡_crecieron_, Doctor!... que á
-tales demencias arrastra el amor propio resentido... y así he llegado
-hasta hoy: ella reclamando lo que en conciencia dice que la debo,
-é invocando _testimonios_ que yo no quiero ver, ni jamás he visto
-ni veré; y yo aborreciéndola más cada día y alejándome cuanto me es
-posible de ese padrón de ignominia, infierno de mi existencia, testigo
-de mis debilidades y torpezas. Hoy ha venido á robarme mi único bien,
-el sueño, para amenazarme con publicarlo todo si continúo resistiéndome
-á sus exigencias... En eso estaba cuando usted entró.
-
---Graves son, en efecto, las razones de esa mujer--dice el Doctor
-después de permanecer unos instantes silencioso.--Pero, ¿y la otra?
-¿por qué se quejaba de usted?
-
---¿La otra?--responde Gedeón muy contrariado.--La otra... Ya sabe usted
-lo que son amas de llaves muy antiguas en las casas... Resabios del
-oficio... La costumbre de mandar en todo...
-
---¡Ya!--replica el médico sonriéndose, acaso sin malicia.
-
---Y ahora que está usted impuesto de todo, Doctor amigo; ahora que de
-mis labios ha oído usted lo que á nadie en el mundo he confesado; ahora
-que conoce usted el infierno en que me abraso, no me niegue usted su
-auxilio para salir de él, si salir puedo, ó para tomar una postura
-compatible con el descanso.
-
---Ante todo, amigo don Gedeón, ¿qué opina sobre el caso su conciencia
-de usted?
-
---Mi conciencia, Doctor... mi conciencia no sabe á qué atenerse. En
-ocasiones concede derecho á esa mujer para quejarse; otras veces se le
-niega, puesto que sin violencia aceptó la situación en que se puso.
-
---Y sobre los _vínculos_ posteriores á esa primera situación, ¿cómo
-piensa?
-
---Piensa cuando se fija en los _indicios_ aquéllos, que yo tengo
-perfecto derecho para romper esos vínculos; y cuando no, que éstos son
-un castigo palpable de mi insensatez.
-
---¿Y qué aconseja, por fin, esa señora?
-
---Nada, Doctor: quimeras, delirios que me deslumbran y me aturden y me
-martirizan.
-
---¿Está usted seguro de que es la conciencia de usted la que así piensa
-y la que así aconseja?
-
---¿Y qué otra cosa puede ser?
-
---La vanidad, la soberbia...
-
---¿Es posible?
-
---Se trata de un hombre que ha hecho del celibato una bandera, y
-de una mujer de obscuro linaje que quiere obligarle á caer, en las
-peores condiciones imaginables, en el extremo de que él huía, aun
-considerándole con todas las ventajas posibles. Concédame usted que
-esta prueba es de las más terribles á que puede someterse el amor
-propio.
-
---Concedido.
-
---Es, por tanto, muy fácil que lo que usted toma por dictámenes de la
-conciencia, no pasen de ser rebeliones del despecho.
-
---Sea lo que fuere, Doctor, yo necesito que usted no me abandone en tan
-horrible trance; que me defienda contra esta conjuración que me amenaza.
-
---_¡Defenderle!_ ¡Ahí está el egoísmo otra vez! ¿Y si, en buena
-justicia, no es defendible su causa de usted?...
-
---¡Que no!
-
---Me parece que cuando su propia conciencia duda, bien puedo yo dudar.
-
---¡Es decir que usted me abandona; que me deja entregado á la
-inclemencia de estas mujeres, para que me asesinen?
-
---Tanto como eso, no; pero distinga usted entre el médico y el
-moralista. Con el primero cuente usted siempre, porque eso soy, y nada
-más, aunque alguna vez me haya metido á filósofo _de afición_. En
-cuanto al segundo... busque usted y hallará.
-
---¿En dónde, si estoy solo en el mundo!... ¡Solo, Doctor, y agonizando!
-
---Llame usted á todas las puertas que su razón le muestre.
-
---Todas están cerradas para mí.
-
---Lo creo; pero hay una que no se cierra para nadie. Llame usted á esa.
-
---¿Qué puerta es?
-
---La de Dios.
-
---¡Luego me cree usted en peligro inmediato de muerte?
-
---No por cierto; antes me atrevo á prometerle á usted que hemos de
-saludarnos en la calle dentro de pocos días. La intensidad del mal ha
-cedido mucho; los accesos van siendo cada vez más benignos, ó menos
-crueles.
-
---Entonces ¿por qué ese consejo?
-
---Venía dispuesto á dársele á usted hoy, en la persuasión de que si
-le aceptaba en cuanto vale, me debería el mayor beneficio que puede
-hacérsele á un hombre. Con doble motivo se le doy ahora que conozco la
-historia que acaba usted de confiarme.
-
---Y ¿dónde está esa puerta, Doctor?
-
---¿Es usted tan desventurado que no la ve?
-
---He olvidado el camino. ¡Hace tantos años que no le frecuento!
-
---¿Se ha olvidado usted también de que existe ese camino?
-
---Creo que no.
-
---Algo es eso.
-
---Pero estoy á obscuras para volver á hallarle.
-
---No importa, si queda fuego con qué hacer luz.
-
---Chispas entre cenizas, Doctor; nada más.
-
---¿Está usted seguro de ello?... Examínese usted bien.
-
---Seguro estoy.
-
---Pues con esas chispas se puede producir un incendio. ¡Ay de la fe
-cuyas cenizas se enfriaron! Reúna usted esas chispas; agréguelas usted
-combustibles, y la luz se hará y verá usted la puerta. Cuando usted la
-vea, llame.
-
---¿Y después?
-
---Después... no necesitará usted preguntarme á mí qué debe hacer en el
-conflicto que me ha confiado, ni cómo se lucha y se vence contra las
-miserias del mundo: la conciencia, iluminada por la religión, le dirá
-á usted todas esas cosas y otras muchas.
-
---¿Lo cree usted como me lo dice, Doctor?
-
---¡He visto tantos milagros de esa especie! Acuérdese usted de Herodes.
-
---¡Herodes!...
-
---¿Qué le admira?
-
---En verdad que milagro fuera en mí semejante resurrección... Si usted
-me ayudara á dar los primeros pasos...
-
---Desde hoy mismo, si usted quiere.
-
---Precisamente hoy... Pero mañana... mañana, sí.
-
---Mal síntoma es ese «mañana,» amigo mío; pero, en fin, también mañana
-estaré á sus órdenes.
-
---Gracias, Doctor; y por de pronto, eche usted una buena reprimenda
-á esa pícara criada, á fin de que me cuide mejor. Á mí ya no me hace
-caso... me conceptúa muerto. ¡Muerto, créalo usted!
-
-Y tras éstas y otras palabras por el estilo, cumple el Doctor, como
-puede y como debe, el encargo del enfermo, y vase dudando mucho que
-aquella alma acongojada salga de las tinieblas en que yace.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-VIII
-
-LOS PARIENTES DE GEDEÓN
-
-
-Los pronósticos del médico se cumplen en todas sus partes. El enfermo
-sale de las apreturas en que le hemos visto; y á medida que va
-adquiriendo fuerzas y esperanzas, va dejando, no ya «para mañana,» sino
-«para otra ocasión,» el proyecto de llamar á la puerta consabida.
-
-Ya puede gritar y revolverse, y hasta sacudir un bastonazo á la
-atrevida que le provocase al alcance de su brazo. ¿Para qué necesita
-apelar á ciertos _extremos_ alarmantes? Hasta se arrepiente de haber
-sido tan explícito con el Doctor. Tal es la condición humana, aun sin
-tratarse de egoístas como Gedeón. Las muletas que suplen el miembro
-entumecido, se arrojan al fuego tan pronto como aquél recobra sus
-fuerzas y movimiento.
-
-Al cabo de los días, el convaleciente se encuentra en aptitud de salir
-á la calle á tomar el sol. Ya tiene el sombrero puesto, y se afirma
-en su cachava para mover sus pies entrapajados y embutidos en sendos
-zapatones de paño, cuando Regla le anuncia la visita de un caballero y
-de una señora.
-
-Tratándose de un hombre cualquiera, un anuncio semejante y en semejante
-ocasión, nunca se recibe sin contestar con mal gesto: «No estoy en
-casa; que vuelvan otro día.»
-
-Mas para Gedeón, que no se trata con nadie, fuera de las personas que
-conocemos, el anuncio de una visita es un acontecimiento extraordinario
-que excita en gran manera su curiosidad; y así, movido de ella,
-
---Que pasen adelante,--dice.
-
-Y los anunciados pasan á la sala.
-
-Dos son, como dijo Regla.
-
-El caballero es hombre maduro, con buena ropa, pero mal hecha y peor
-colocada. Sus ademanes y su aire corresponden á la ropa. Luce en sus
-manos holgados guantes de color de ladrillo, y con una de ellas ase
-barnizado bastón por más abajo del puño, que es de oro, ó lo remeda.
-
-La señora parece cortada por el mismo patrón que su acompañante, así en
-el modo de ser como en el de vestir.
-
-Los dos personajes son á cual más risueño y expresivo.
-
---¿El señor don Gedeón?--pregunta desde la puerta de la sala el
-caballero descoyuntándose á cortesías, encarado ya con aquél.
-
---Servidor de ustedes,--responde Gedeón haciendo su poco de encorvadura
-en los riñones, por no permitirle más fuerzas de gimnasia sus miembros
-doloridos.
-
---Beso á usted su mano,--dice por su parte la señora, abanicándose el
-rostro y retorciéndose mucho.
-
---Pues yo tengo grande honor en conocer á usted y ofrecerle mis
-respetos,--añade el visitante, avanzando hasta Gedeón y tendiéndole la
-diestra.
-
---Lo mismo digo, caballero,--responde Gedeón, dejándose estrechar la
-mano.
-
---Mi señora...--continúa el otro, señalando á la que le acompaña y
-mirando á Gedeón.
-
---Mi marido...--dice la señora haciendo una exagerada cortesía á
-Gedeón, y apuntando á su acompañante.
-
-En otros tiempos Gedeón se hubiera dado á todos los demonios al verse
-figurar como actor en una escena semejante; pero ahora, y merced á la
-apatía en que le han hecho caer sus dolencias y sus pesadumbres, casi
-se riera de lo que tiene delante, si de reir no se hubiera olvidado en
-tantos años como ha pasado sin reirse.
-
-Así es que con una calma y una serenidad de rostro que parecen reñidas
-con sus antecedentes, brinda á los visitantes con el sofá, y sentándose
-él en la butaca contigua, ruégales que le expongan la razón de su
-visita.
-
---Va usted á saberla--responde el caballero, estirando las manoplas
-y colocando el bastón entre las piernas.--Pues, señor, yo soy, para
-cuanto usted guste mandarme, Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera,
-natural y vecino de Cascaruca, pueblo á muy pocas leguas de esta
-ciudad, y en el cual tiene usted una hacienda morrocotuda.
-
---Muy señor mío...
-
---Para servir á usted... Soy hombre de algunos posibles, aunque no
-muchos, y allí casé con ésta mi señora...
-
---Beso á usted su mano,--vuelve á decir la aludida.
-
---Diónos el cielo un heredero--continúa su marido,--uno no más, don
-Gedeón; el cual, al ser muchacho, cursó latinidades con el párroco del
-pueblo (hombre docto, eso sí, y virtuoso también), con ánimo de que, ya
-mozo, se elevara á facultad mayor. No pudo ser esto por razones largas
-de exponer; y al cumplir los veinte años casó con una joven de su
-elección particular, aunque no de su linaje, ni, en verdad hablando,
-de nuestro gusto. Hoy vive también en Cascaruca con cinco de familia y
-al amparo nuestro y de un destino de secretario del Ayuntamiento, que
-pudimos obtener para él. Por lo demás, es mozo trabajador y honrado.
-Y dicho esto, hágase usted cuenta, mi señor Don Gedeón, de que conoce
-usted á toda la familia de mi casa.
-
---Sin contar--añade la señora, mirando muy de cerca el paisaje de su
-abanico,--seis alumbramientos desgraciados que tuvo una servidora de
-usted.
-
---Cierto es eso--repone su marido;--pero como dijo el otro, «con agua
-pasada no muele el molino; oveja muerta no hace rebaño.» ¿No es verdad,
-don Gedeón? Aquí se trata de los que somos, no de los que pudimos ser;
-pues sin eso y sin lo otro y sin lo de más allá, sabe Dios los que nos
-sentaríamos hoy á la mesa en nuestra casa de Cascaruca. ¿No es verdad,
-don Gedeón?
-
---Cierto es, en efecto,--responde éste mirando al uno y á la otra, como
-pidiendo á cualquiera de ellos la prometida razón de la visita, que aún
-no sospecha entre el fárrago de aquel prólogo estrafalario.
-
---Pero vamos al asunto--continúa el don Ruperto, volviendo á estirarse
-las manoplas;--y el asunto es, señor don Gedeón, que nosotros somos
-parientes, y que habiendo sabido mi señora y yo, por el colono de
-usted, que ha estado usted enfermo de alguna gravedad, por si otra
-vez ocurre, lo que Dios no quiera, hemos venido á ofrecerle nuestros
-cariñosos y desinteresados servicios, de los que puede usted disponer
-también en sana salud.
-
-Algo como sospecha de mal género cruza por las mientes del visitado;
-pero resuelto como está á seguir hasta donde le sea posible el humor de
-aquellos originales, sonríese y contesta:
-
---¿Parientes míos dice usted?
-
---Sí, señor... y bastante cercanos.
-
---¿Por qué parte?
-
---Por los Gazapones.
-
---Ahora lo entiendo menos. ¿No me ha dicho usted que se llama Gazapín?
-
---Sí, señor; pero el tercer apellido de su abuelo materno de usted era
-Gazapón.
-
---Luego no somos parientes.
-
---Déjeme usted concluir. Los Gazapones son primos carnales de los
-Gazapines por la tercera rama: así es que mi padre se llamaba Gazapón,
-de segundo apellido.
-
---Podrá ser, cuando usted lo asegura.
-
---Como que es la verdad... Y es tal el entronque y enlace que hay de
-unos con otros, que yo no pude casarme con ésta sin dispensa.
-
---¿También es Gazapín?
-
---No, señor: ésta es de los Gazaperas.
-
---¡Demonio!
-
---Sí, señor; familia que viene á ser, por lo que entonces se supo, el
-tronco de los Gazapones y de los Gazapines, que son las ramas.
-
---Hombre, es muy interesante todo eso.
-
---Yo lo creo... Puede usted gloriarse de pertenecer á una familia de
-las más ilustres, dilatadas, y, al mismo tiempo, unidas; quiero decir,
-sin mezclas extrañas. Tan unida, que las tres ramas tienen el mismo
-escudo en la ejecutoria.
-
---¡También eso! ¡Conque tenemos ejecutoria y armas!
-
---¡Yo lo creo!... ¡y bien bonitas! ¿No las conoce usted?
-
---No por cierto; y ahora me pesa.
-
---Pues yo le diré á usted: representan dos gazapos, uno grande y otro
-chico, en campo de legumbres tiernas; y á lo lejos la gazapera con un
-farol á la entrada, y un letrero, por luz, que dice: «_Os alumbro el
-camino_;» como si dijéramos, «no acelerarse, y firmes con ello, que yo
-os muestro la retirada, si viene el amo.»
-
---Es curioso el lema...
-
---Así explican el escudo los que lo entienden. La verdad es que la
-nuestra fué siempre familia muy aprovechada.
-
---Ya se conoce.
-
---Y atento á ello, yo no sé qué rey de la antigüedad le dió esas armas,
-por no sé qué préstamo que le hizo.
-
---No era rana Su Majestad, á juzgar por la muestra.
-
---Pues sí, señor, todo eso hay.
-
---Y no es poco.
-
---Y hablando de otra cosa, ¡Vaya una finca que tiene usted en Cascaruca!
-
---No es mala.
-
---¡Y qué partido podía sacarse de ella, bien administrada!
-
---¿Tan mal lo está?
-
---Tan mal, tan mal... no digamos; pero ya lo sabe usted, «hacienda, tu
-amo te vea,» y yo jurara que usted no la ha visto en su vida.
-
---Verdad es.
-
---Naturalmente. ¡Tendrá usted tantas cosas que valdrán más! Á
-Radegundis se lo he dicho yo muchas veces: «He aquí una finca que es
-una alhaja para un hombre hacendoso; y el diablo me lleve si su amo,
-nuestro pariente, se acuerda de ella; y para no acordarse de ella,
-¡cuánto no tendrá ese hombre!»
-
---Y ¿por qué se tomaba usted esa molestia?
-
---Pues ¡qué sé yo! porque caía la pesa, como dicen, y porque también
-el interés de familia mueve mucho, ¿está usted? Y cuando no hay ofensa
-para nadie... Por eso, cuando me respondía Radegundis que ya daría
-para un buen rato el contar lo que usted tiene, no podía yo menos de
-decir: «¡Válgame Dios! ahí está nuestro pariente lleno de caudales y
-sin un hijo que se los herede, ni una obligación que tenga derecho para
-arrancárselos, ni un triste allegado á su vera, para que mañana ú otro
-día le cierre los ojos, ó le asista en sus desconsuelos. ¿Adónde irá
-á parar ese dinero el día en que don Gedeón fallezca, porque mortales
-somos todos?» Y entonces me decía Radegundis: «¿Quién sabe lo que
-pensará nuestro pariente?... Si tiene un millón, como dicen, entre
-rústicas y urbanas (yo creo que ha de ser bastante más), ya habrá él
-echado sus cuentas, y tomado sus disposiciones para que cada uno lleve
-su merecido... ó para tirarlo por el balcón... Nosotros, quietecitos en
-nuestra casa y atenidos á nuestra medianía, que á la fortuna no hay que
-salir á buscarla: ella sola se mete por la puerta, si de Dios está que
-han de alcanzarle á uno sus favores.» Me parece que esto es hablar en
-ley y sin ofensa de nadie, ¿no es verdad, don Gedeón?
-
---Mucho que sí; y es una lástima que mi señora doña Radegundis, que
-tan cuerda es en hablar, no lo sea tanto en sus obras.
-
---¡Ay, don Gedeón! por la espina de Santa Lucía--exclama aquí la
-señora de don Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera,--¿á qué obra
-mía le falta la cordura? ¿En qué he faltado á las conveniencias de mi
-educación y de nuestro parentesco?
-
---Justo--añade su marido,--¿en qué ha podido esta infeliz faltar á todo
-eso?
-
---En dejarle á usted venir... á lo que ha venido á esta casa, y en
-acompañarle á ella.
-
---¡En eso, mi buen pariente!--exclama don Ruperto.--¡Es posible que una
-persona cometa una falta en ofrecer sus respetos á otra persona?...
-Porque á eso, y sólo á eso, hemos venido: créanos usted. ¿No es cierto,
-Radegundis?
-
---Señor don Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera, natural y vecino de
-Cascaruca; señora doña Radegundis Gazapín... de no sé cuántos: cumplí
-ya los sesenta y cinco, y apenas me quedan en la boca otros dientes que
-los colmillos; ¡figúrense ustedes si los tendré retorcidos!
-
---No comprendo...
-
---No caigo...
-
---Ni hay para qué comprendan ni caigan; en cambio, yo les comprendí
-á ustedes á poco de haberlos oído, y esto baste. Conque estimando
-la visita en cuanto vale, denla por terminada; procuren ser en otra
-que les ocurra, no en mi casa, menos explícitos y más afortunados, y
-déjenme ir á tomar el sol, que para tiempo perdido basta el que les he
-consagrado.
-
---¡Pero don Gedeón!...
-
---¡Pero pariente!...
-
---¡Ni una palabra más!
-
---Para explicarle á usted...
-
---Para que no crea...
-
---¡Zambomba, que se me acaba la paciencia! ¿Les parece poca la que he
-tenido?
-
---Pues saludo á usted, caballero, que, después de todo, de hombre
-á hombre no va un palmo... Vamos, Radegundis, que, por lo visto,
-estorbamos aquí.
-
---Bien te dije yo, Ruperto, que te miraras mucho antes de venir... Beso
-á usted su mano...
-
-Y el apreciable matrimonio, hecha esta despedida, vuélvese por donde
-vino, entre mustio é indignado. El lance no es para menos, tómense sus
-propósitos por donde al lector pluguiere.
-
-En tanto, Gedeón, no poco amostazado, recibe de mano de Regla una carta
-que acaba de llegar por el correo, caso también de los más raros en
-aquel hogar.
-
-Ábrela sin tardanza. Está fechada en Taconucos, pueblo de aquella
-provincia, y no lejano, y dice así:
-
-«Muy respetable señor: Sé que los Gazapines de Cascaruca han ido ha
-ofrecerle á usted sus respetos, bajo pretexto de que son sus parientes
-cercanos. No los crea usted, y sírvale de gobierno que acostumbraban
-á hacer lo mismo con todos los pudientes de la provincia que están á
-pique de morir sin herederos forzosos. Dichos Gazapines son gente de
-mucha bambolla y de poco trigo; y en cuanto al vástago de que le habrán
-hablado á usted, es un perdido que ya ha estado seis veces en la cárcel.
-
-»En punto á parentesco, yo no sé que tenga usted en este lado de la
-provincia, otros que con mi familia, por parte de los _Lupianes_, que
-casaron con los _Lupinos_, provenientes en línea recta de los _Loberas_
-primitivos, y por eso el quinto apellido de su señor bisabuelo paterno
-es _Lupián_, igual al tercero de mi señora madre (que en paz descanse),
-como puede verse en nuestras ejecutorias; por lo cual en las armas de
-esta casa hay, entre otros animales dañinos, un _lobato_ que también
-debe de hallarse en las de usted.
-
-»No saco á plaza esto del parentesco por llamarme, como el otro que
-dice, á la parte en cosa alguna de usted, ni hacer méritos de ninguna
-clase; sino para que se vea la diferencia que va de parientes á
-parientes, ó séase de los _Lupianes_ de Taconucos á los _Gazapines_ de
-Cascaruca.
-
-»Por lo demás, testigo es el arrendador de su hacienda en este pueblo,
-de lo que yo respondí al darme él la noticia de que se hallaba usted á
-las puertas de la muerte, y sin un sér de su propia sangre á su lado á
-quien dejar sus caudales opulentos.--«Pobre soy (esto dije); cargado de
-familia y de necesidades me hallo; pero así me iré á la sepultura antes
-que darle á sospechar que le visito con miras interesadas. Si él quiere
-acordarse de mí, aquí estoy dispuesto á servirle en cuanto yo pueda, y
-agradecerle los beneficios que tenga á bien dispensarme.»
-
-»Tal dije entonces y tal repito ahora, aprovechando tan favorable
-oportunidad.
-
-»Y pues ya lo sabe usted, vea en qué puedo serle útil, y mande con
-franqueza á éste su atento servidor y pariente cercano,
-
- LUPERCIO LUPIÁN DE LA LOBERA.»
-
---Todo esto que hoy me sucede con mis parientes--piensa Gedeón en
-cuanto acaba de leer la carta,--me haría muchísima gracia si no lo
-viera yo más que por la superficie; pero es el caso que tiene un fondo
-endemoniado. Por lo visto, huelo ya á carne muerta, y éstos mis
-parientes vienen á ser los buitres que revolotean á mi lado esperando
-el regodeo que van á darse. Éste es el hecho innegable.
-
-En cuanto á los comentarios que pudiera hacer sobre él un hombre como
-yo, que en su juventud no se casó por no verse en el riesgo de que sus
-hijos y su esposa _desearan_ heredarle... vale más no hacerlos. ¡Qué
-gran libro es la vejez! ¡Lástima que el hombre tenga que morirse cuando
-empieza á leerle con provecho!
-
-Luego rasga la carta en cien pedazos; requiere su bastón y sus gabanes,
-y rompe á andar hacia la escalera paso á paso, con la cerviz caída y
-marcando el lento compás de su andadura con quejidos y carraspeos.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-IX
-
-IN ARTÍCULO MORTIS
-
-
-Estamos otra vez en el gabinete de nuestro personaje. Los entornados
-postigos del balcón apenas dejan entrar la necesaria luz para que ojos
-acostumbrados á ella puedan distinguir lo que es sombra y lo que es
-cuerpo.
-
-Así puede verse el de Gedeón sobre la cama, no tendido, sino
-recostado en un rimero de almohadas, alta la cabeza, abierta la boca,
-desencajados los ojos, y aspirando, jadeante y anheloso, el aire
-infecto de aquella triste habitación.
-
-Un poco de humedad en los pies, un rayo de sol demasiado fuerte en la
-cabeza, si no se prefiere creer que así estaba decretado por quien es
-dueño y señor de vidas y almas, bastó para derribar de nuevo aquella
-balumba de humores y desengaños, y hacerla rodar hasta el borde del
-sepulcro.
-
-En esta recaída no se detuvo la invasión del mal en los límites del
-estómago, como en el ataque anterior: á la primera embestida rebasó de
-la línea, y sitió al corazón por todas partes.
-
-Harto claro lo vió el médico en las ansias del paciente, y sin andarse
-en remilgos ni en contemplaciones, díjole:
-
---Amigo mío, esto es muy grave; y es preciso que sean heróicos los
-esfuerzos que hagamos para combatir, siquiera con gloria, contra
-enemigos de tanto empuje.
-
---Pues ¿cuántos son los enemigos?--preguntó Gedeón ahogándose.
-
---Los temibles, dos: la gota que ataca á la vida, y el desconsuelo que
-la embravece atacando al espíritu. Yo me encargo de lidiar contra la
-una hasta donde mis fuerzas alcancen; pero es preciso que alguien se
-encargue de lidiar con el otro al mismo tiempo: _dividir es vencer_,
-decía el guerrero. ¡Quién sabe si venceremos nosotros con esa táctica?
-
---Haga usted cuanto guste--respondió Gedeón,--y tenga entendido, para
-su gobierno, que en este instante sólo aspiro á morir con la menor suma
-posible de tormentos.
-
-Dos horas después entraba en el gabinete, acompañado del Doctor, el
-mismo sacerdote que había asistido á Herodes en su enfermedad.
-
-No era Gedeón un hombre combatido por las dudas ni fatigado por el
-examen: era simplemente un haragán de la fe; no había perdido sus
-creencias: se había olvidado de ellas por desuso. Mientras anduvo por
-el mundo, esclavo de todas las concupiscencias de la carne, maldito si
-se le ocurrió una vez siquiera pensar en que poseía un alma, cuanto más
-en el destino que ésta tendría cuando dejara la cárcel de su cuerpo.
-
-No le costó, pues, mucho trabajo al piadoso varón reunir las chispas
-esparcidas, y producir con ellas, si no un incendio, por lo menos una
-luz á cuyos resplandores no tardó Gedeón en ver todos los senos y
-repliegues de su conciencia como en la palma de la mano.
-
-En uno de ellos encontró á Solita agazapada y llorosa. No le pareció
-la hija del zapatero tan fea ni tan antipática como antes, ni halló
-fuera de toda justicia la demanda que en otros tiempos le expuso; mas
-en cuanto á los vínculos nuevos con que pretendía amarrarle, sólo los
-aceptaba, como razón de derecho, secundum quid.
-
---Pero bien mirado--exclamó á poco rato, y después de oir las piadosas
-y discretas reflexiones de su confesor,--¿qué más me da ya? ¿De qué
-me sirve ese derecho, ni otros como él, ni cuantos bienes poseo,
-si todo ello junto no me arrancará de las garras de la muerte, ni
-siquiera me aliviará uno solo de los tormentos que ahora me empujan
-hacia ella?... Dice usted muy bien, santo hombre: en lo falible de la
-justicia humana, preferible es la duda de beneficiar á un extraño al
-recelo de perjudicar al propio. Esos vínculos, aunque no tan santos
-como yo quisiera, son, al cabo, el único derecho que dejaré en el mundo
-para vivir en la memoria de los hombres. Quédese con ellos cuanto en
-el mundo me ha pertenecido, y esa pesadumbre menos impedirá á mi alma
-elevarse á la región de la Verdad y de la Misericordia.
-
-En esta situación de ánimo se halla Gedeón cuando aparece á la vista
-del lector al principio de este cuadro.
-
-Regla entra y sale y se aproxima á la cabecera del lecho, ora con un
-medicamento, ora para arreglar las almohadas ó la ropa.
-
-El enfermo ya no riñe ni vocea: su único deseo parece limitado á salir
-cuanto antes de aquellas ansias que le ahogan. Esto le pide á Dios á
-cada instante, resignado y contrito, desde que el sacerdote le volvió á
-la santa Ley y le absolvió en su nombre.
-
-Aún le falta llenar en el mundo otro deber, y está dispuesto á llenarle
-sin tardanza; y á eso espera impaciente.
-
-Regla lo sabe, y no deja asomar á su semblante ni el más tenue reflejo
-del estado de su espíritu. Acaso la impone la tremenda solemnidad de
-aquella agonía terrible; acaso la luz que penetró en la conciencia
-de su amo la ha hecho pensar en las obscuridades de la suya; quizá
-la fuerza misma de la astucia la sostiene impávida en aquel trance
-de prueba. Lo cierto es que asiste al enfermo con más diligencia que
-nunca, y que al verla quien la vió días atrás á la cabecera de la misma
-cama y enfrente de Solita, jurara que el moribundo ha saldado todas sus
-cuentas con ella, derramando sobre la falda de su vestido el bolsón de
-sus caudales.
-
-Para que ningún detalle de carácter se nos olvide al inventariar por
-última vez la estancia en que tantas veces nos hemos hallado con
-la fantasía el lector y yo, sépase que Adonis sigue en su rincón
-acostumbrado, gastando los menguados restos que le quedan de vida en
-buscar una postura que no halla, para que la fatiga no le ahogue.
-Parece que se ha propuesto estirar el hilo de su existencia hasta donde
-alcance el de la de su amo. Ni un punto más, ni un punto menos.
-
---¿Acaba de llegar esa gente?--pregunta Gedeón á Regla con voz apagada
-y fatigosa.
-
---No puede tardar mucho ya,--responde Regla.
-
---Es que si no se dan prisa, témome que sea excusado su viaje. Y el
-otro recado ¿han vuelto á hacerle?
-
---Como usted mandó; pero tampoco estaba en casa... _esa señora_.
-
-Un momento después de oir Gedeón estas palabras, entra en el gabinete
-Solita, jadeante y acompañada de dos gaznápiros, como de doce años el
-uno y de diez el otro, feos, toscos de ademanes, burdos sus vestidos,
-crespos de pelo, angostos de frente, y como curtidas sus caras por la
-intemperie; de todo se asombran, y casi á empellones de Solita entran
-en el cuarto.
-
-Ésta, que ignora que se la anda buscando para lo mismo que ella viene
-á pretender, arroja contra la cama aquel par de memoriales agrestes,
-diciendo con desgarro al propio tiempo:
-
---Ahí los tienes. ¡Niega ahora tu sangre!
-
-Y acercándose en seguida á los motilones, encáralos con el enfermo, y
-les dice en tono melodramático:
-
---¡Hijos míos: ese es vuestro padre!
-
-Á lo cual los rapaces, después de mirar al aludido por Solita, míranse
-uno á otro, como preguntándose mutuamente «¿qué te parece de esto que
-nos cuentan?» y acaban por echarse á reir, tapándose la boca y las
-narices con las manos, por todo disimulo.
-
-Mientras Solita y sus hijos representan esta escena grotesca, el
-sacerdote, el Doctor, un escribano y dos personas más, ayudantes de
-éste, han llegado al gabinete y detenídose á la entrada por respeto
-á lo que ocurría junto al lecho. Para los dos primeros, que estaban
-impuestos en ciertos pormenores, las últimas palabras de Solita no
-tienen desperdicio.
-
-En cuanto á Regla, desapareció de la escena tan pronto como en ella
-apareció _la otra_.
-
---Señor cura, Doctor...--exclama el enfermo al distinguirlos en la
-estancia.--Ustedes han visto y oído todo esto... ¿no es verdad?... Pues
-bien--continúa después de obtener sus respuestas afirmativas,--_así
-y todo_, no vacilo siquiera en mis propósitos... Señor cura, no hay
-tiempo que perder, y yo estoy pronto á cumplir lo prometido. ¡Que Dios
-me lo tome en descargo de mis culpas!
-
-Prepárase el sacerdote; hácese salir de la estancia á los cerriles
-muchachos; requiérese en debida forma á Solita; asómbrase ésta al
-conocer los nuevos propósitos del moribundo; acúsase de la ligereza
-con que ha procedido con él escudándose con la pasada resistencia, y
-disimulando mal el gozo que le causa la noticia, colócase, por mandato
-del sacerdote, á la cabecera de la cama... Y allí Gedeón _in artículo
-mortis_, y con la bendición de Dios, la recibe por esposa y reconoce
-_á todo trance_, por hijos suyos, á los nietos del zapatero Judas, con
-encargo expreso de que su madre los eduque un poco mejor de lo que
-están.
-
---Ahora usted, señor notario--dice á éste, terminada la otra
-ceremonia,--y pronto, porque esta luz se apaga.
-
-En efecto: sus ansias crecen por instantes, y el Doctor halla en el
-pulso del enfermo síntomas de mal agüero.
-
-Quédanse solos el notario y Gedeón; y testa éste en muy pocas
-cláusulas, legando á Regla, por una de ellas, y como en pago de
-antiguos y buenos servicios, mucho más de lo que la ambiciosa sirviente
-pudo prometerse nunca; á menos que alguna vez no le pasara por las
-mientes alzarse con el santo y la limosna, punto que, á mi entender,
-jamás se pondrá en claro.
-
-Por otra, separa del cuerpo de bienes una suma de importancia para
-premiar el mejor libro que se escriba en el plazo de dos años, á contar
-desde aquel día, sobre las _Miserias de la vida del solterón_, siendo
-los jueces del certamen que se abra al efecto, el Doctor y el señor
-cura allí presentes, y en caso de empate, el célibe más viejo que haya
-en la población.
-
-También es su voluntad que se doble la recompensa si la obra llega á
-ser declarada de texto en las escuelas de la nación.
-
-El resto de sus bienes, deducidas algunas mandas piadosas, queda en
-beneficio de su viuda.
-
-Mientras se lee el testamento y le firman los testigos, Solita frunce
-en vano la afilada jeta, y en vano tira de sus párpados para arrancar
-de la fuente de sus ojos una lágrima siquiera: pesan más en su fantasía
-los risueños cuadros de lo porvenir, que se forja, y en su memoria
-el recuerdo de tantos años de esclavitud y de aislamiento, que en su
-corazón la pena que le causa la agonía de su antiguo amante.
-
-Regla, entre tanto, impasible y con el ceño ligeramente fruncido,
-parece la estatua de Némesis inexorable. Sólo le falta la espada en su
-diestra, y para bien de Solita, vale más que le falte.
-
-Los dos gaznápiros, metiéndose los dedos en las narices, atisban la
-escena desde la puerta del gabinete.
-
-Terminada la ceremonia, el enfermo ruega al Doctor que se acerque á él.
-Su rostro tiene la palidez del lirio, su vista una fijeza imponente.
-
---Me muero, Doctor--le dice con voz lenta y apagada.--La poca vida que
-tenía la he gastado en el cumplimiento de estos últimos deberes...
-
-El Doctor le pulsa, le observa, y llama con una seña al sacerdote para
-que se aproxime. El médico del cuerpo no tiene nada que hacer allí ya.
-
-El del alma le administra el último Sacramento, y de nuevo le bendice y
-le consuela.
-
---Acercaos todos--dice luégo el moribundo,--ya que Dios ha permitido
-que yo no muera solo y desesperado, y recoged mi último pensamiento...
-fruto sazonado de mis desengaños... ¡Qué patentes los ven ahora
-mis ojos... á la luz de la Verdad... que alumbra el tránsito de mi
-espíritu!... Pasé lo mejor de la existencia huyendo de los soñados
-males del matrimonio... y muero abrumado... por cuantas pesadumbres
-caben... en la peor de las familias... sin haber gustado una sola de
-las ventajas... de la vida conyugal... ¡Castigo justo de mi egoísmo
-grosero!... Locura es digna de la soberbia humana... buscar un camino
-sin cruz... en el Calvario de la vida... Elegir la de Cristo...
-para que pese menos... es lo cuerdo y lo acertado... Yo tomé la de
-Barrabás... y quebrantóme su peso... No está la dicha en eludir la
-ley, sino en el bien que reporta el trabajo... de cumplir con sus
-preceptos... Por huir de ellos, me alejé de Dios y de los hombres...
-y merecí, como otros muchos insensatos, hundirme en las sombras de la
-muerte... como el ave triste de los páramos... entre el frío de la
-soledad... y sin huellas de mi paso por el mundo.
-
-Por la bondad de Dios... le hallé á usted en mi camino, Doctor... Á
-usted debo la dicha de espirar... reconciliado con los hombres...
-fortalecido con la fe, y alentado por la esperanza... ¡Cuántos
-desgraciados le deberán... el mismo beneficio!... ¡Admirable
-destino!... Consolar al triste... redimir al esclavo... Para usted...
-toda la gratitud... de mi corazón... Mi alma inmortal... ¡Dios mío!...
-tuya es... y te la entrego... si no limpia... de culpa, lavada... en el
-arrepentimiento... ¡Ampárela... tu infinita... misericordia!...
-
-Dice, besa un Crucifijo, y espira.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-X
-
-CABOS SUELTOS
-
-
-Este libro debiera concluir en la última palabra del capítulo anterior;
-pero hay lectores nimios que quieren apurar la materia hasta las heces.
-
-Por complacerlos añado estos renglones.
-
-Para que todos los cálculos que Gedeón hizo en vida fuesen errados, su
-muerte arrancó lágrimas á cuantas personas la presenciaron... excepto á
-Regla, á Solita y á sus hijos; es decir, á todos menos á los que tenían
-_obligación_ de llorar en aquel trance.
-
-No deben despreciar este dato los ingenios que aspiren á merecer el
-premio legado por Gedeón.
-
-Al exhalar éste el último aliento, oyóse un quejido angustioso hacia el
-rincón en que yacía el ratonero. La honrada bestezuela acababa de morir
-también; y á juzgar por la actitud airada en que quedó su cadáver,
-creeríase que la visión de Merto, esgrimiendo la verdasca, le atormentó
-en los últimos instantes de su vida.
-
-Tan pronto como el sacerdote cubrió con la sábana la faz del que entre
-los vivos se llamó Gedeón, Regla, que había estado contemplando su
-agonía con rostro impasible y los brazos cruzados, salió del gabinete y
-se puso á hacer su equipaje.
-
-Concluída su tarea, entregó al Doctor, como testamentario, las
-llaves de que por tantos años había sido depositaría; y sin querer
-dar explicaciones acerca de su conducta, despidióse de aquél y del
-sacerdote, sacó el baúl á la escalera, y llamó á la señora Rita para
-que se le condujera á donde ella le diría.
-
---¡Qué le parece á usted, señora Regla!--díjole la incorregible
-portera.--No le faltaba del todo la razón al desalmado tío Judas,
-cuando nos decía que había quién que mandaba en esta casa más que
-nosotros y que el amo. ¡Vivir para ver, señora Regla!... Y todo bien
-mirado, buen provecho les haga; que á tanto precio, sale muy caro el
-señorío... La mujer honrada, la pierna quebrada; y zapatero, á tus
-zapatos...
-
-Y así charlando la señora Rita, y callada como un muerto Regla,
-llegaron al portal en que, por respeto al triste acontecimiento, se
-paseaba el tío Simón con la ropa de los domingos.
-
---Quédese usted con Dios, tío Simón,--díjóle Regla al pasar por delante
-de él.
-
---Vaya usted muy enhorabuena, señora Regla--respondió el zapatero, sin
-preguntarla siquiera si se marchaba para no volver.
-
---¿Usted tan satisfecho siempre?
-
---Siempre cumpliendo con mi deber, señora Regla.
-
---Bueno es eso; pero sírvale de gobierno que en ocasiones no alcanza, y
-hasta perjudica.
-
---Vivir para ver, como dice Rita.
-
---Pues por lo que he vivido y llevo visto lo digo yo, tío Simón.
-
-Al poner Regla los pies en la calle, un cuerpo pesado y negruzco cayó,
-como llovido, delante de ella, envuelto en un retal de manta sucia. Era
-el cadáver de Adonis, arrojado por Solita.
-
-Detúvose Regla un instante, sorprendida por el suceso; y como si
-conociera la mano inclemente que tal había hecho, no pudo menos de
-murmurar entre dientes, contemplando los restos del ratonero:
-
---Entre algodón cardado te metieron los propios por la puerta, y ahora
-te arrojan los extraños en cueros por la ventana... No te duela el mal
-pago, que no es mucho mejor el que á mí me dan, siendo mayores mis
-servicios.
-
-Solita no volvió á dejar la casa, de que ya era dueña; y tan pronto
-como salió de ella el cadáver de Gedeón, echóse con avidez á registrar
-alacenas y cajones, en tanto sus hijos, atracados ya de cuanto
-rapiñaron en los estantes de la despensa, metían la cabeza en los
-armarios, hojeaban los libros que tenían láminas, y olían y manoseaban
-todos los cachivaches de la casa.
-
-El resto se adivina.
-
-De Anás y Caifás, tengo pocas noticias.
-
-Sé que el primero, después de estar medio desplumado por la familia de
-la carabinera, se casó con ésta tan pronto como falleció el sargento
-licenciado, y que, poco más allá, desplumado por entero, no hallaba en
-casa quien quisiera darle de comer.
-
-Sé que Caifás tuvo que publicar su casamiento para ver si conseguía
-domar á su mujer, quitando el motivo á sus amenazas; sé que no logró su
-objeto, pues los _parientes_ que, oculto el casamiento, se limitaban
-á sentarse á la mesa uno á uno, después de publicado acudían por
-docenas á casa de Caifás para comerle el pan y hacerle la tertulia
-por la noche; y aun me consta que, por complacer en ello á su mujer,
-muchas veces alumbraba hasta la puerta de la calle á los que entraban y
-salían.
-
-Sé, por último, que llegadas las cosas á estos extremos, Anás y Caifás
-volvieron á encontrarse tope á tope en una acera; y que, sobre si pasas
-tú por la derecha ó paso yo, se dieron otra mano de leña como la de
-marras, hasta que los separó la gente y los rechiflaron los granujas.
-
-Y no sé más, lector. Por tanto, aquí lo dejo si me das licencia; pues
-en Dios y en mi ánima te juro que, al llegar á este punto con la
-historia, me duele ya la mano, de escribirla de corrido y sin vacantes.
-
- POLANCO, Septiembre de 1877.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
- Páginas.
-
- Al Sr. D. M. Menéndez y Pelayo. 5
-
-
- JORNADA PRIMERA
-
- I.--El hombre. 11
-
- II.--El caso. 17
-
- III.--Los jueces. 25
-
- IV.--El juicio. 33
-
-
- JORNADA SEGUNDA
-
- I.--El primer paso. 55
-
- II.--La primera catástrofe. 63
-
- III.--Una hombrada. 75
-
- IV.--El demonio consejero. 81
-
- V.--No es casa de huéspedes. 87
-
- VI.--Entre Venus y Marte. 95
-
- VII.--Varias catástrofes. 103
-
- VIII.--De mal en peor. 113
-
- IX.--Por las nubes. 121
-
- X.--Lo que no había previsto Gedeón. 127
-
- XI.--Lo que le duele á Gedeón, y por qué le duele. 133
-
- XII.--Opinión de un médico sobre un fisiólogo
- y otras miserias. 143
-
- XIII.--Otro cambio de postura. 161
-
- XIV.--Las pulgas de Gedeón. 171
-
- XV.--El diablo, el fuego y la estopa. 183
-
- XVI.--Un intruso. 189
-
- XVII.--Los sobrinos del demonio. 195
-
- XVIII.--La gran batalla. 203
-
- XIX.--Post núbila Phœbus. 213
-
- XX.--Un incidente. 219
-
- XXI.--De escalera abajo. 235
-
- XXII.--Otro incidente más grave. 245
-
- XXIII.--El tercer incidente. 253
-
- XXIV.--Lo que era de esperar. 261
-
- XXV.--El alma de Judas. 269
-
-
- ÚLTIMA JORNADA
-
- I.--Saldo de cuentas atrasadas. 283
-
- II.--Continuación del anterior. 297
-
- III.--Los vecinos de Gedeón. 311
-
- IV.--Castillos en el aire. 319
-
- V.--La poesía de un solterón. 329
-
- VI.--La tienda de la esquina. 341
-
- VII.--La vanguardia de la muerte. 353
-
- VIII.--Los parientes de Gedeón. 373
-
- IX.--In artículo mortis. 387
-
- X.--Cabos sueltos. 399
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-
-
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-
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-
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-
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-
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- El buey suelto..., by José María de Pereda—A Project Gutenberg eBook
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- </head>
- <body>
-
-
-<pre>
-
-The Project Gutenberg EBook of El buey suelto.., by José María de Pereda
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: El buey suelto..
- Cuadros edificantes de la vida de un solterón
-
-Author: José María de Pereda
-
-Release Date: February 24, 2017 [EBook #54228]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL BUEY SUELTO.. ***
-
-
-
-
-Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box and the
-Distributed Proofreading team at DP-test Italia.
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-
-<div class="front">
- <hr class="full" />
- <h1 class="faux">EL BUEY SUELTO...</h1>
- <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p>
- <p><a href="#ToC">Índice</a></p>
-</div>
-
-<div class="screenonly">
- <hr class="chap0" />
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cover.jpg"
- alt="Cubierta del libro" />
- </div>
-</div>
-
-
-<div class="aftit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p class="large"><span class="pagenum" id="Page_1">[p. 1]</span>OBRAS COMPLETAS</p>
- <p class="small mt1">DE</p>
- <p class="xl mt05">D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="tit pt3">
- <p class="xl"><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span>OBRAS COMPLETAS</p>
- <p class="medium mt1">DE</p>
- <p class="xxl red mt05">D. JOSÉ M. DE PEREDA</p>
- <p class="medium smcap mt1">de la Real Academia Española</p>
-
- <hr class="sep" />
-
- <p class="smcap g2 large">Tomo II</p>
- <p class="xl red mt1">EL BUEY SUELTO...</p>
- <p class="small mt1">CUADROS EDIFICANTES DE LA VIDA DE UN SOLTERÓN</p>
- <p class="small g1 mt2">TERCERA EDICIÓN</p>
-
- <hr class="sep" />
-
- <p class="large">MADRID</p>
- <p class="medium">VIUDA É HIJOS DE MANUEL TELLO</p>
- <p class="large">1899</p>
-</div>
-
-
-<div class="aftit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p class="f large"><span class="pagenum" id="Page_4">[p. 4]</span><i>Es propiedad
- del autor.</i></p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_0">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-005.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h2 class="nobreak lh150"><small>AL SEÑOR</small><br />
- D. M. MENÉNDEZ Y PELAYO<br />
- <span class="medium">DOCTOR EN FILOSOFÍA Y LETRAS</span></h2>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-a.jpg" alt="A" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap lh150"><span class="smcap">Aunque</span>
-<i>tú nos has dicho, y has dicho muy bien, que</i> «el que lanza al
-mundo un libro con sus tachas buenas ó malas, debe responder de
-todas, confiéselas ó no<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1"
-class="fnanchor">[1]</a>,» <i>quiero, á buena cuenta y por lo que valga,
-invocarte por testigo de que al borrajear estos cuadros, casi á tu
-presencia, no me guió el propósito de resolver en ellos problema
-alguno, sino el de fantasear sobre un tema determinado, con el mismo
-derecho que han tenido otros escritores para fantasear con opuesta
-tendencia; y acusarte después, como te acuso, de haber creído y de
-seguir creyendo que en este rimero de cuar<span class="pagenum"
-id="Page_6">[p. 6]</span>tillas, escritas sin plan meditado y
-verdaderamente á vuelapluma, hay un libro que debe publicarse, porque,
-bien leído, no carece de útiles enseñanzas</i>.</p>
-
-<div class="footnotes">
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_1"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_1">[1]</a></span> <i>Horacio en España.</i> Prólogo.</p>
-
-</div>
-</div>
-
-<p class="lh150"><i>Esto dicho sin temor de que me desmientas, declaro
-que, no obstante lo mucho que pesan tus dictámenes sobre mis pareceres,
-por esta vez, ateniéndome al mío, diametralmente opuesto al tuyo
-denunciado, quedáranse estos cuadros, como algunos de sus hermanos
-mayores, sin ver la luz de la imprenta, á no animarme á publicarlos la
-esperanza de que el lector ha de perdonar las tachas de la obra, en
-gracia de lo virgen del terreno en que penetra.</i></p>
-
-<p class="lh150"><i>La verdad es que no se explica fácilmente cómo en
-un país en que tantas agudezas y tantas necedades se han escrito y
-traducido contra la vida conyugal, ni más ni menos que si esto de
-casarse los hombres con las mujeres y de proceder los hijos de sus
-padres fuera moda flamante, sujeta á las humanas veleidades, como
-el capote ruso ó el tupé engomado, no existe un libro en que se
-narre y puntualice escrupulosa<span class="pagenum" id="Page_7">[p.
-7]</span>mente lo que se divierte un hombre esclavo de las teorías de
-esos caballeros sublimes, que abominan de las suegras y sueñan con las
-demasías de los chiquillos, y se pasan la vida haciendo que se ríen
-de ciertas prosas (sin dejar por eso de aceptar un buen acomodo si se
-pone á sus alcances), cual si fueran cuerpos santos los suyos, ó no
-hubieran sido antes cuerpos de mocosos, é hijos de sus madres («muy
-queridas, santas y veneradas» siempre que las dedican sonetos), á la
-vez esposas y primero hijas; de la cual madera, á mi entender, se hacen
-las suegras, y continuarán haciéndose mientras siga de moda la familia
-honrada.</i></p>
-
-<p class="lh150"><i>Pues bien: que al lector se le ocurra alguna
-reflexión por el estilo después de pasar la vista por este mal ensayo
-de</i> fisiología celibataria <i>(sigo el tecnicismo al uso), es el único
-fin á que aspira</i> <span class="smcap">El buey suelto</span>... <i>al
-aparecer en las mieses de la república literaria</i>.</p>
-
-<p class="lh150"><i>Lo serio, lo ingenioso, lo transcendental, el libro,
-en fin, que se necesita, escríbale quien haya nacido para tan alta
-empresa.</i></p>
-
-<p class="lh150"><span class="pagenum" id="Page_8">[p. 8]</span><i>Entre
-tanto, hazme la merced de contar estas cosas á quien te diga que
-valiera más no tocar las castañuelas que tocarlas como yo las he tocado
-en la presente ocasión, y de aceptar estas páginas como ofrenda que
-tributa á la gloria más radiante de la Montaña, tu admirador sincero y
-apasionado amigo</i></p>
-
-<p class="firma mt1"><big><span class="smcap">José María de Pereda.</span></big></p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-008.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-
-<div class="aftit pt3" id="Ch_1">
- <hr class="chap0" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_9">[p. 9]</span></p>
- <h2 class="nobreak mt0">JORNADA PRIMERA</h2>
- <hr class="chap0" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_1_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_11">[p. 11]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-075.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="I. EL HOMBRE">I</h3>
- <p class="subh3">EL HOMBRE</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-c.jpg" alt="C" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Concédame</span> el lector,
-si mal no le parece, que cuando un hombre ha visto, desde que empezó
-á serlo, satisfechas como por ensalmo las más comunes y perentorias
-necesidades de la vida, tiene mucho adelantado para ser egoísta. Lo
-cual no se opone á que también lo sea el que ha ganado el bien que
-disfruta, en guerra encarnizada con la suerte.</p>
-
-<p>Querrá decir esto que los egoístas abundan, y que sus especies
-varían en cada ejemplar. Enhorabuena; pero conviene distinguir de casos
-para el objeto de estos apuntes.</p>
-
-<p>El que es egoísta porque así le hizo el desdén de la fortuna; el que
-se consagra al propio regalo como en recompensa de pasadas fatigas,
-tiene en éstas la disculpa, y perenne deleite en la comparación
-del presente risueño con el<span class="pagenum" id="Page_12">[p.
-12]</span> ayer angustioso. De este modo, ni la imaginación le
-seduce, ni las vacilaciones le marean, ni <i>el vicio le mata</i>, como el
-vulgo dice de los indecisos que lloran soñados males por exceso de
-bienes. Lleva su rumbo bien trazado y camina con pie firme, sin el
-riesgo de tropezar en desengaños, por lo mismo que no se alumbra con
-ilusiones.</p>
-
-<p>Otra cosa muy distinta es Gedeón, tipo en que se resumen todas
-las especies de egoístas que no debieran serlo, hasta por razones de
-egoísmo.</p>
-
-<p>Á estos señores enderezo mi cuento; con vosotros hablo; con
-vosotros, los que afanados en evitarle desazones á la materia, huís de
-los más legítimos goces del espíritu; con vosotros los que, pródigos de
-la hacienda cuando se trata de regalar al cuerpo, sois avaros de ella
-si el alma os pide un óbolo para adquirir un regocijo; con vosotros, en
-fin, los que pasáis lo mejor de la vida renegando del matrimonio por
-molesto y caro, y el resto de ella lamentándoos de no haberos casado <i>á
-tiempo</i>.</p>
-
-<p>Séame lícito traeros al banquillo y revolver un poco el saco
-de vuestras culpas; y aquí, donde nadie nos oye, cantaros al oído
-media docena de verdades; parte mínima de tantas perrerías como
-venís soltando á cada triquitraque contra la <i>diabólica</i> suegra, la
-<i>fementida esposa</i>,<span class="pagenum" id="Page_13">[p. 13]</span>
-el <i>crucificado</i> marido, y hasta los <i>mocosos</i> rapazuelos.</p>
-
-<p>Permitidme, pues, este inofensivo desahogo, y oidme la historia del
-bueno de Gedeón, que si no es la historia de cada uno de vosotros,
-andará á dos dedos de serlo, y á todos os vendrá como repique en
-pascua.</p>
-
-<p>Gedeón siguió media carrera en la Universidad, ó no pasó del
-Instituto de segunda enseñanza, ó no tuvo otra que la que recibió, muy
-á la fuerza, de un dómine casero. Importa poco este detalle para el
-punto que se esclarece. Fué hijo único, ó tuvo hermanos: como el lector
-quiera. Lo cierto es que en su casa reinaba la abundancia, y que él, si
-no era niño mimado, pecaba con exceso de <i>consentido</i>.</p>
-
-<p>Sabía que al despertarse, á la hora que más le cuadraba, le esperaba
-el desayuno calentito, al alcance de su mano; que los vestidos que le
-hacía el sastre, á su capricho, habían de ser pagados, no por él, á
-la presentación de la cuenta; que si el frío arreciaba, se elevaría
-convenientemente la temperatura de su gabinete; que si le cansaban las
-truchas, le darían perdices, y que si tosía más de tres veces, iría
-á buscarle entre las coberturas de su lecho la azucarada y humeante
-pócima; sabía, en fin, que dentro del hogar eran sus deseos antes
-satisfechos que manifestados.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_14">[p. 14]</span></p>
-
-<p>En esta pendiente colocado, en breve llegó á estimar cosas y
-personas no más que en cuanto podían servir á sus deleites; y si no
-creyó al mundo hecho para su uso particular, juzgóse venido á él para
-merecer todas sus comodidades y ninguna de sus molestias... Si no os
-ofendiérais, célibes de mis entrañas, os diría que era Gedeón el más
-perfecto modelo de aquellos hombres á quienes llamaba Horacio <i>cerdos
-de las piaras de Epicuro</i>.</p>
-
-<p>Que era sensual, no hay que decirlo, ni tampoco qué gusanillo le
-roía con más frecuencia la imaginación. Soñó con el amor perdurable de
-las mujeres (nótese que no digo de la <i>mujer</i>); y creyendo hacer de
-su corazón un nido al más puro y noble de los sentimientos, labró en
-su cabeza templo en que daba culto á los más torpes estímulos de la
-materia.</p>
-
-<p>Que para alimentar este fuego elegía los combustibles más adecuados
-á su actividad, también se comprende sin afirmarlo; por lo cual excuso
-decir que, en punto á literatura, tomaba á pasto cuanto se ha escrito
-en el género desde la <i>Celestina</i> hasta <i>Mi tío Tomás</i>. Pero algo
-filósofo también, para contener la imaginación, que pudiera llevarle
-más allá de lo conveniente, acogíase al llamado eclecticismo de Balzac,
-y sabía de memoria la <i>Physiologie du mariage</i>, y las <i>Petites misères
-de la vie conjugale</i>.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_15">[p. 15]</span></p>
-
-<p>Porque es de advertir que Gedeón, á las veces, creía posible
-realizar sus ilusiones dentro del matrimonio, tomándole, por supuesto,
-como una fase más de su sibaritismo; como refugio lícito, pero siempre
-sensual y voluptuoso, de su vida hastiada ya del <i>amor libre</i>. Pensaba
-en el matrimonio, considerándole sólo como un conjunto de todo <i>lo
-bueno</i> de él y de fuera de él; es decir, el incentivo constante de
-la concubina, y la adhesión fiel y desinteresada de la esposa que le
-tuviera en perpetuo arrullo, sin dudas ni remordimientos.</p>
-
-<p>Como hombre de vehementes caprichos, sentíase arrastrado con
-violencia hacia ese punto desconocido; pero, egoísta impenitente, huía
-de él temiendo equivocarse; temor que le aterraba al considerar que en
-ese terreno, una vez dado el avance, es imposible la retirada.</p>
-
-<p>En tales ocasiones era cuando acudía con más ansia á sus filósofos
-preferidos, que si no le convencían por completo, dejábanle, por lo
-menos, sumido en grandes dudas acerca de eso que se llama entre los
-solterones licenciosos y egoístas, <i>prosa de la vida matrimonial</i>.</p>
-
-<p>En este perpetuo examen de lo conocido y lo desconocido; pasando con
-su imaginación á cada instante del uno al otro término, como cambia el
-enfermo de posturas para aliviar sus dolores, no del todo satisfecho
-de lo que palpaba,<span class="pagenum" id="Page_16">[p. 16]</span> y
-dando un aspecto pavoroso á lo que desconocía, apuntáronle las canas,
-quizá más que por el peso de los años (aunque ya los contaba por pares
-de decenas) por la fuerza de sus cavilaciones.</p>
-
-<p>Y en esto, aquel sér que en el mundo era su providencia, y á cuya
-sombra vivía él regalón y descuidado, desapareció de la haz de la
-tierra.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-016.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_1_2">
- <p><span class="pagenum" id="Page_17">[p. 17]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-017.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="II. EL CASO">II</h3>
- <p class="subh3">EL CASO</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-m.jpg" alt="M" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Momento</span> solemne fué
-para Gedeón el en que, por primera vez, se vió solo en el recinto de su
-hogar; pues aunque en él quedaba siempre la abundancia, ¡era tan duro,
-tan molesto, tan prosáico eso de administrarla y de atender con ella á
-las mil necesidades ordinarias de la existencia!...</p>
-
-<p>Por cierto que en aquellos mismos días hizo varias observaciones
-que no dejaron de asombrarle. Cada vez que se sentaba á la mesa
-experimentaba dentro de sí algo que no podía explicar bien su egoísmo;
-algo que pesaba sobre su alma y se la oprimía; y al contemplar vacío el
-puesto que antes ocupaba la persona en quien apenas se había fijado él
-por la misma frecuencia con que la veía, parecíale un páramo desierto,
-con sus fríos y hasta con el silencio pa<span class="pagenum"
-id="Page_18">[p. 18]</span>voroso de las grandes soledades. Observaba
-que cuando no vivía solo en aquel mismo albergue, no reparó jamás en
-que, al tornar á él después de sus francachelas y regodeos, sentía un
-placer tranquilo y consolador; veía la faz del anciano envuelta en
-serena y misteriosa luz, y hasta el vulgar condumio, servido por tosca
-cocinera, le gustaba más que los refinados manjares de la fonda; venía
-á ser, en fin, el hogar doméstico, para él, cuando le buscaba después
-de las borrascas de sus pasiones, lo que el seguro puerto para la nave
-batida en el mar por los huracanes.</p>
-
-<p>Al caer en la cuenta de estos fenómenos que había sentido sin
-fijarse en ellos, en vano trataba Gedeón de explicárselos por causas
-rigorosamente lógicas.</p>
-
-<p>—«El paladar—pensaba,—se estraga con los mejores guisos, si se los
-dan muy á menudo; y el espíritu necesita también la variedad en los
-goces para no hastiarse de ellos. La modesta prosa de mi albergue es
-todo lo contrario de lo que yo saboreo fuera de él. Por eso, por el
-contraste, me gustaba el hogar doméstico y cuanto en él hallaba después
-de las tempestades de mi vida.»</p>
-
-<p>Pero ¿por qué en su nueva situación no le sucedía eso mismo?
-¿Por qué hallaba insípidos los manjares de su casa, y en lugar de
-dilatár<span class="pagenum" id="Page_19">[p. 19]</span>sele el pecho
-al atravesar los umbrales de su puerta, se le oprimía el corazón, y
-el desierto de la mesa se extendía á su gabinete, y notaba la falta
-de aquella persona hasta en los sitios donde jamás la viera? ¿Qué era
-y en qué consistía <i>aquello</i>? ¿Existía algo fuera de su sér, que,
-sin embargo, formaba parte de él; algo indispensable para expansión
-legítima de su alma? ¿Era acaso que los cuidados domésticos que á la
-sazón preocupaban al huérfano, le proporcionaban molestias que antes
-no conocía? ¿Serían estas molestias la causa de su desaliento en el
-hogar? Y, en este caso, ¿era la falta de un celoso <i>proveedor</i> lo que
-únicamente le apesadumbraba? Pero entonces, ¿por qué le echaba de
-menos aun donde nunca le necesitó? ¿Por qué antes le molestaban por
-<i>impertinentes</i> sus preguntas, aunque se encaminasen á satisfacerle un
-gusto más, y ahora diera parte de su vida por volver á oir una sola
-de ellas, aunque fuera para echarle en cara su egoísta ingratitud?
-¿Sería cierto que en ese <i>presidio</i> llamado familia por los hombres
-<i>vulgares</i>, es donde únicamente se encuentra lo que no puede adquirirse
-con todo el poder de las riquezas, ni entre el vértigo de todos los
-placeres?</p>
-
-<p>Así, ó por el estilo, le hacía discurrir la elocuencia de los
-hechos, como en respuesta á la explicación <i>lógica</i> que él se empeñaba
-en dar á<span class="pagenum" id="Page_20">[p. 20]</span> su nuevo y
-<i>raro</i> modo de sentir; el cual hallazgo, dentro de la casa, le produjo,
-como dicho queda, no poco asombro, pues jamás se había permitido
-semejantes <i>debilidades</i>.</p>
-
-<p>Pero tenía hondas raíces en su pecho el amor inconmensurable á
-la materia; y no pasó la crisis de obligarle á insistir con doble
-empeño, más bien por distraerse que por decidirse, en sus cavilaciones
-de costumbre; las cuales, como el lector sabe ya, se reducían á
-comparar estado con estado, y hacer con la imaginación voluptuosas
-exploraciones en el campo matrimonial, en su afán de conocerle, por si
-las circunstancias le llevaban un día á refugiarse en él.</p>
-
-<p>Merece saberse, al pormenor, de qué especie eran esas exploraciones.
-Comenzaba Gedeón por hacer un recuento de sus haberes; y suponiendo
-que, aun echando corto, habían de darle, amén de mujer, doble por
-sencillo, multiplicaba su caudal por 3, y apuntaba el producto como
-capital de su pertenencia para sostener las cargas de su nuevo
-estado.</p>
-
-<p>En seguida pensaba en el tipo de la mujer que debía elegir; punto
-siempre muy grave para él, porque unas por rubias y otras por morenas,
-unas por rosas y otras por capullos, todas le gustaban, supuesto que
-todas habían de tener el pie pequeño, el cuello torneado, los<span
-class="pagenum" id="Page_21">[p. 21]</span> ojos lúbricos, el talle
-flexible... y, además, habían de amarle <i>con delirio</i>.</p>
-
-<p>Sin estas condiciones arquitectónicas y hasta de temperatura, no
-había que pensar en que Gedeón se decidiera por ninguna; y con ellas,
-todas le convenían.</p>
-
-<p>Vacilaba largo rato, con los ojos cerrados y la mente perdida en
-un cúmulo de hipótesis verosímiles, y concluía decidiéndose... por
-<i>el grupo</i>, por de pronto, y aplazando el <i>cuál de ellas</i> para <i>en su
-día</i>.</p>
-
-<p>Tenía ya mujer y buena renta: faltábale el nido en que había de
-pasar la vida como una aurora sin nubes, como un suspiro de amor, sin
-término ni fatiga.</p>
-
-<p>Por de pronto, entre disfrutar la luna de miel con su paloma bajo
-los aleros de un <i>hotel</i> fuera de la patria, ó á la sombra del tejado
-paterno, elegía un término medio que le satisfacía en todos conceptos:
-para esa ocasión tan solemne tendría él preparado el voluptuoso
-albergue conyugal.</p>
-
-<p>Y ¿cómo sería ese albergue?</p>
-
-<p>Aquí entraba el lápiz á resolver el problema, no sólo con cifras,
-sino con dibujos; y comenzaba Gedeón por trazar el plano geométrico de
-su futura morada. Pero le asaltaba al punto la batallona y compleja
-cuestión de Balzac: ¿dos gabinetes para los esposos; uno solo con<span
-class="pagenum" id="Page_22">[p. 22]</span> dos camas, ó una cama
-sola y un solo gabinete?... Nuevas meditaciones, nuevas dudas, y al
-fin un punto más entre los varios que se quedaban sin resolver por el
-momento.</p>
-
-<p>Entre tanto, aceptaba los dos gabinetes; pero ¿muy separados ó muy
-juntos? Lo primero tenía sus ventajas; mas había en contra de ellas
-ciertos reparos de estética y hasta de higiene y policía doméstica,
-por razón de distancia y horas intempestivas, muy atendibles... Á
-todas luces era preferible la contigüidad; y así se trazaban los
-gabinetes.</p>
-
-<p>Después pensaba en la ornamentación, y calculaba el número de
-sillones, y la clase y el color de la tapicería; y si el lecho nupcial
-sería de bronce ó de madera; si las cortinas de éste ó del otro modo;
-si la luz por la derecha ó por la izquierda; si la alfombra de Persia ó
-de Cataluña; si en la antecámara pondría, durante la noche, opaco disco
-ó resplandeciente fanal; si es de más ilusión la media luz que la luz
-entera, ó si es preferible la obscuridad absoluta.</p>
-
-<p>Después, el tocador de <i>ella</i>: sus mil objetos, untos y perfumes;
-y el vestíbulo y el estrado... ¡hasta la cocina! todo se apuntaba en
-minuciosa lista, á todo se le daba precio y para todo alcanzaban las
-rentas.</p>
-
-<p>Por los pasadizos de aquel plano, realzado con el fuego de la
-imaginación del dibujante,<span class="pagenum" id="Page_23">[p.
-23]</span> veía éste pasar la esbelta figura de su mujer, y oía el
-crujir de la seda de la bata, y por debajo de los pliegues desmayados,
-distinguía la punta del diminuto pie calzado con artística, leve
-babucha, y aspiraba el aroma de los rizos cayendo sobre el lascivo
-cuello... y ¡qué sé yo cuántas cosas más!</p>
-
-<p>Después pensaba en la servidumbre, y formaba el presupuesto de sus
-gastos domésticos, que nunca excedían á los ingresos.</p>
-
-<p>Establecido ya, trataba de metodizar su vida: qué horas destinaría
-á los placeres dentro de su casa, y en qué forma; y cuáles para volver
-á ella, donde le esperarían los brazos de su hermosa compañera, que no
-podría vivir un instante separada de él; el almuerzo y la comida serían
-la comida y el almuerzo de dos tórtolas; y la sobremesa y el reposo, un
-incesante arrullo.</p>
-
-<p>Si él enfermaba (en que enfermase ella no había que pensar) su
-médico sería el amor, y su medicina, mimos y agasajos... Por supuesto
-que su enfermedad no pasaría de cierta languidez interesante: nada de
-secreciones nasales ni otras hediondeces por el estilo...</p>
-
-<p>Así un día, y otro y otro; y los meses y los años: <i>ella</i> cada vez
-más hermosa y enamorada, y <i>él</i>, que ya tenía canas al hacer este
-presu<span class="pagenum" id="Page_24">[p. 24]</span>puesto, sin una
-sola arruga, ni un triste <i>destacamento</i>, ni un mal retortijón.</p>
-
-<p>También vislumbraba, entre la penumbra de sus ensueños, algo como
-la rizada y blonda cabellera, los húmedos y rosados labios, los ojos
-serenos y el leve talle de una hermosa criatura; pero este sér siempre
-sonreía, jamás había llorado, ni estado en mantillas, ni alborotado
-la casa durante lo más acerbo de la dentición; ni su madre le había
-parido, ni el comadrón la había visitado...</p>
-
-<p>Era, en suma, el cuadro que Gedeón se imaginaba, una primavera
-perpetua, sin lluvias ni ventiscas.</p>
-
-<p>—¡Si esto fuera posible!—exclamaba, despidiendo centellas por los
-ojos.—Pero... ¿y la <i>prosa</i>?... ¿y mi libertad perdida?</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-008.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_1_3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_25">[p. 25]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-025.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="III. LOS JUECES">III</h3>
- <p class="subh3">LOS JUECES</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-e.jpg" alt="E" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">En dos</span> épocas de la
-vida sienten los hombres, con respecto al matrimonio, eso que los
-célibes recalcitrantes llaman <i>malas tentaciones</i>: la primera, cuando
-la imaginación, salida apenas del horizonte de la pubertad, lo ve todo
-de color de rosa. Entonces nos casaríamos todos los hombres si fuéramos
-dueños de nuestra voluntad y de algunos maravedíes. La segunda, después
-de trasmontar la cúspide de este sendero espinoso; cuando todavía nos
-atrevemos á dudar si vamos dando el primer paso del descenso, ó el
-último de la subida.</p>
-
-<p>Por estas latitudes navegaba la edad de Gedeón cuando notó que le
-era insoportable la soledad de su casa, y con tanto empeño se entregaba
-á sus exploraciones por los desconocidos mares del matrimonio.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_26">[p. 26]</span></p>
-
-<p>No diré que se insinuara en él con tanta fuerza como en otro
-mortal menos egoísta la inclinación al indisoluble vínculo; pero es
-indudable que el coincidir en ese mismo grado la natural tendencia,
-su, digámoslo así, <i>punto de sazón</i>, y el repentino cambio en un
-tan largo como inalterado método de vida, era más que suficiente
-motivo para obligarle, como le obligó al cabo, á hacer un esfuerzo de
-raciocinio.</p>
-
-<p>Ni su edad ni sus circunstancias del momento, daban ya espera.
-Entonces ó nunca. Era preciso examinar con el microscopio de sus
-conveniencias hasta el último repliegue de sus adentros, para ver,
-en definitiva, qué había <i>allí</i> que temer ó que esperar. Como buen
-egoísta, no quería dejar para mañana ni el recelo de haber elegido lo
-peor por falta de reposado consejo.</p>
-
-<p>Ya se ha visto que en el que á sí propio se pedía, llevaba preparada
-más de la mitad de su postrera resolución. Y digo que ya se ha
-visto, porque tomando el punto de vista donde él le tomaba siempre,
-el resultado no podía variar jamás. Desde aquel punto lo veía todo,
-todo... menos el matrimonio. ¿Cómo diablos había de llegar á conocerle?
-Y no conociéndole, ¿cómo había de estudiarle <i>á fondo</i>, según él
-deseaba?</p>
-
-<p>Por eso no fué larga su meditación; mas co<span class="pagenum"
-id="Page_27">[p. 27]</span>mo el resultado de ella no le satisfizo por
-completo, aunque le agradaba no poco, quiso encomendar el resto al
-dictamen de acreditados peritos en la materia. En desacuerdo con ellos,
-lícito le era apelar á otros pareceres; en perfecta concordancia, ya no
-cabían escrúpulos.</p>
-
-<p>Veamos ahora quiénes eran los jueces que iban á entender en tan
-delicado litigio.</p>
-
-<p>Cada generación que viene al mundo trae un poco de todo, como
-ustedes saben. De cien muchachos que van juntos á la escuela, hay
-siquiera diez que entran al mismo tiempo en la Universidad; otros diez
-que se dispersan por la tierra á correr las aventuras de la suerte;
-veinte que ahorcaron los libros para meterse, como Fray Gerundio,
-á predicadores, es decir, á todo aquello para lo cual no sirven;
-cincuenta que van dejando, uno tras otro, este pícaro destierro; y,
-finalmente, otros diez que se quedan, en la época crítica de decidirse,
-como estorninos atolondrados, mirando cómo se dispersa el resto de
-la banda. De estos diez era Gedeón, y de los mismos, otros tres
-contemporáneos suyos, ociosos como él, egoístas como él y solterones
-aún más que él, pues todos le excedían en edad, y particularmente en
-aversión al matrimonio.</p>
-
-<p>Como contemporáneos, como egoístas y como solterones, los cuatro
-eran amigos...<span class="pagenum" id="Page_28">[p. 28]</span>
-Entendámonos: paseaban juntos, murmuraban juntos, y juntos estaban
-siempre en rebelión contra la sociedad entera. Por lo demás, ninguno
-de ellos hiciera por la vida de los restantes el sacrificio de un
-cuarto de hora de su reposo. Paseando en ala, como acostumbraban, no se
-toleraban mutuamente el casual pisotón, ni el choque un tanto violento.
-Por todo gruñían y á cada instante alborotaban el paseo. Ninguno de
-los cuatro sabía el modo de vivir de los otros tres; lo único que no
-ignoraban todos era el pie de que cojeaba cada uno de los demás, porque
-esto aun en la calle se veía: era el carácter.</p>
-
-<p>Uno era avaro; y el matiz más sobresaliente de los muchos que tenía
-su odio el matrimonio, se compartía entre lo caro que costaba y el
-riesgo de llegar á tener herederos <i>forzosos</i>.</p>
-
-<p>Acaso hubiera aceptado la esposa como sirvienta fiel y desinteresada
-en todo género de faenas; pero la quería joven y de buena estampa,
-con lo cual no estaba garantido contra el riesgo que temía. De las
-aseguradas de él por edad, no había que hablarle. De todas maneras,
-no podía avenirse con el derecho de la mujer á la mitad de los bienes
-gananciales. El caudal era suyo, y lo suyo lo quería para hacer de ello
-lo que le diera la gana.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_29">[p. 29]</span></p>
-
-<p>Otro era pulcro, reglamentado y económico. No toleraba en su
-habitación un mueble fuera de su sitio, ni una hilacha en el suelo, ni
-una mancha en su vestido; la ventilación era su tema y el cepillo su
-manía. Apuraba la ropa hasta desecharla por transparente, pero jamás
-por sucia. Se sentaba ocupando la menor cantidad posible de silla; y
-para escribir, así sentado, aún encogía las piernas y los dedos de la
-mano; <i>metía</i> los renglones de su piojosa letra hasta amontonarlos, y
-todavía cercenaba media pata á cada <i>m</i> y los puntos á las <i>ii</i>. Comía,
-paseaba y dormía á horas inalterables é inalteradas. No concebía de
-otro modo la existencia; y como, en su concepto, el matrimonio era el
-desorden, el despilfarro, el desaseo y una caverna de aires impuros,
-detestaba el matrimonio con un rencor inconcebible en su aspecto
-acicalado y hasta risueño... Verdad es que su sonrisa no lo era; más
-bien lo parecía por la especial disposición de su boca, muy semejante á
-la de las culebras.</p>
-
-<p>El tercero era celoso, como una bestia en sus períodos <i>álgidos</i>;
-y porque la humanidad no le mimaba como él creía necesitarlo para
-sus regodeos brutales, detestaba á la humanidad entera. Bajo siete
-cerrojos y amarrada á una estaca, y él á su lado con otra en la mano,
-sospechara de la fidelidad de su mujer, si capaz<span class="pagenum"
-id="Page_30">[p. 30]</span> hubiera sido de atreverse á elegir una, ó
-el cielo se lo hubiera permitido.</p>
-
-<p>Ya se deja comprender que estas cualidades enumeradas eran el sello
-distintivo de sus respectivos poseedores, pero nada más: en el fondo
-del carácter los tres parecían formados en un mismo troquel. Cada
-uno de ellos creía odiar al matrimonio por distinto lado; pero estas
-fases de sus odios no pasaban de ser otras tantas manías, ó productos
-diversos y raquíticos de un mismo suelo árido y estéril.</p>
-
-<p>Los tres carecían de familia ó habían prescindido de ella; los tres
-ignoraban lo que era el trabajo y la ocupación seria; los tres eran
-ricos, y cada uno de ellos vivía solo; quién como huésped, quién en
-casa propia.</p>
-
-<p>No era Gedeón, seguramente, el peor de los cuatro; pues, á lo
-menos, sentía ciertos deseos, aunque mal entendidos, de explorar otras
-regiones para variar de clima, señal de que el insano en que habitaba
-no le satisfacía; era en sus vicios algún tanto <i>artista</i>, y bastante
-pródigo de su caudal. Con otra educación, acaso hubiera sido hombre de
-provecho. Los resabios de sus amigos procedían de la madera misma, que
-se torcía, como se tuerce el roble, porque es roble, aun con la polilla
-de los tiempos.</p>
-
-<p>Tales eran los jueces á cuyos dictámenes y<span class="pagenum"
-id="Page_31">[p. 31]</span> consejos sometió Gedeón el atisbo de
-escrúpulo que le quedó, de resultas de sus cavilaciones matrimoniales
-al entregarse <i>por última vez</i> á ellas.</p>
-
-<p>Olvidábaseme decir que en el pueblo se llamaba á estos cuatro
-solterones <i>Anás</i>, <i>Caifás</i>, <i>Herodes</i> y <i>Pilatos</i>, aplicándose los
-nombres al avaro, al celoso, al pulcro y á Gedeón, respectivamente, y
-no sé por qué.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-031.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_1_4">
- <p><span class="pagenum" id="Page_33">[p. 33]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-235.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="IV. EL JUICIO">IV</h3>
- <p class="subh3">EL JUICIO</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-s.jpg" alt="S" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Sereno</span> era, y hasta
-chancero y zumbón; pero no sin tartamudear más de tres veces, ni sin
-hacer por cada palabra una salvedad, llegó Gedeón á exponer su tesis
-al asombrado y adusto tribunal. Verdad es que no pueden escribirse ni
-pintarse los carraspeos, las interjecciones y los gestos con que, á
-manera de ortografía, iban los jueces puntualizando los períodos del
-exponente. Ya no eran caras; era vinagre y rescoldo aquello que le
-miraba cuando acabó de hablar en éstos ó semejantes términos:</p>
-
-<p>—Tal es el caso, caballeros; y para ponerle á su verdadera luz,
-acudo á vuestro autorizadísimo dictamen. Necesito que hablemos una
-vez en serio de eso que se llama matrimonio, con el piadoso fin
-de ver hasta qué punto le es lícito á un hombre... como nosotros,
-el pensamiento de casarse. Suponed, pues, ilustres ju<span
-class="pagenum" id="Page_34">[p. 34]</span>rados, que habiendo hallado
-una mujer rica, hermosa, con todas las seducciones imaginables, y
-educada á mi gusto, me caso mañana con ella...</p>
-
-<p>Aquí fué la explosión de asco, de ira y de horror, todo junto; aquí
-fué el ponerse aquellas caras como dicen que se pone la del demonio
-cuando la rocían con una hisopada de agua bendita.</p>
-
-<p>—Supongamos—recalcó el exponente, después de abrir un paréntesis
-de silencio para que pasara lo más recio de la tempestad;—supongamos,
-repito, que aprovechando todas esas ventajas, me caso mañana yo: ¿qué
-me sucederá?</p>
-
-<p>—¡Tu ruína!</p>
-
-<p>—¡Tu muerte!</p>
-
-<p>—¡Tu ignominia!</p>
-
-<p>—Eso no es responder—dijo Gedeón, replicando de una sola vez á las
-tres feroces respuestas de sus amigos.—Quiero detalles; quiero que
-discurramos un poco sobre esa prosa y esas cadenas matrimoniales; sobre
-todo ese conjunto de miserias que, según fama, son inherentes á la vida
-conyugal. Y esto entendido, vuelvo á preguntaros: ¿qué me sucederá si
-me caso?</p>
-
-<p>—¿Y qué demonios quieres que te respondamos á una pregunta
-tan vaga y tan <span class="pagenum" id="Page_35">[p.
-35]</span>compleja?—contestó el pulcro, rasgando mucho la boca para
-enseñar todos los dientes.</p>
-
-<p>—Lo que sepáis.</p>
-
-<p>—¡Lo que sepamos! ¿Pues no lo sabes tú como nosotros? ¿No lo sabe
-todo el mundo de corrido? ¿Hay tema que haya sido más resobado ni más
-discutido? Pero aunque lo ignorases, ¿cómo narrarte en tan breve tiempo
-lo que no cabe en libros ni en la memoria humana?</p>
-
-<p>—Si te concretaras á un punto determinado...—añadió el celoso.</p>
-
-<p>—Concretaos vosotros; dividid, por ejemplo, en períodos la epopeya,
-é id diciéndome, no todo lo que hay, sino lo que más abunda en cada uno
-de ellos: yo deduciré el resto.</p>
-
-<p>—Y vendremos á repetir lo que, en fuerza de haberse repetido tanto,
-pasa en el mundo por <i>catálogo de vulgaridades</i>.</p>
-
-<p>—Pues ese catálogo es, precisamente, lo que yo vengo buscando.
-Diréisme que en la memoria debo tenerle; pero recordad los expuestos
-motivos de mi consulta, y comprenderéis por qué necesito que ese
-resumen pintoresco de vulgaridades aceptadas como razones serias
-contra</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<p class="i0">«esa grotesca fusión</p>
-<p class="i0">que se llama matrimonio,»</p>
-</div></div>
-
-<p class="ti0 mt1">sea hecho por vosotros y no por mí; por qué, no
-debiendo fiarme de la memoria ni de la luz<span class="pagenum"
-id="Page_36">[p. 36]</span> con que habría de guiarla para buscar los
-hechos vitandos, es indispensable que me los expongáis vosotros, en
-forma, como quien dice, de ramillete, para que pueda yo olerlos todos
-de un solo aliento y probar en la intensidad de su veneno el vigor de
-mi naturaleza y los bríos de mi necesidad. Y con el laudable fin de
-evitar divagaciones metafísicas y retorceduras de conceptos, vuelvo á
-presentaros en crudo mi pregunta, que ya lleva marcado el prosáico son
-de la respuesta: «¿Qué me sucederá si me caso mañana?»</p>
-
-<p>—¡Y dale con el tema! ¿Quieres, con mil demonios, saber lo que te
-sucederá, por ejemplo, en los primeros días?—dijo echando chispas
-el acicalado que, según parece, llevaba la voz cantante en aquel
-estrafalario desconcierto.</p>
-
-<p>—Muchos cantos va á tener la epopeya, á lo que veo,—exclamó
-sonriendo Gedeón.</p>
-
-<p>—¿Por qué lo dices?</p>
-
-<p>—Por la pequeñez de las partes en que la divides, si he de juzgar
-por la muestra de «los primeros días.»</p>
-
-<p>—Pues esos días son un período completo, y aun colmado... Los demás
-ya serán más largos, para desgracia del marido.</p>
-
-<p>—Vaya, pues, por «los primeros días,» y sepamos, por fin, qué me
-sucederá en ellos.</p>
-
-<p>—Nada que no sea envidiable: sorpresas <span class="pagenum"
-id="Page_37">[p. 37]</span>encantadoras, dulzuras, mimos, arrebatos
-sublimes... ¡lo más voluptuoso y embriagador que puedas imaginarte!</p>
-
-<p>—Y ¿cuánto dura?—preguntó Gedeón relamiéndose.</p>
-
-<p>—Cuarenta y ocho horas,—respondió secamente el interpelado.</p>
-
-<p>—Me parece mucho,—gruñeron los otros dos jueces.</p>
-
-<p>—¿No me concedéis siquiera una semana?</p>
-
-<p>—Vaya la semana—dijo el atildado,—pues días más ó menos, poco
-suponen en la eternidad del martirio subsiguiente. Durante esa semana,
-no existen los suegros ni los cuñados; tu nueva familia es un coro de
-ángeles que no cesa de cantar tus alabanzas. No hay hombre como tú,
-ni más amable, ni más ingenioso, ni más bello, ni más digno de ser
-adorado; y esto, que te lo dice tu mujer á solas entre explosiones de
-amor, te lo repiten en la casa hasta el gato y el perro, adivinando tus
-deseos y hartándote de preferencias y mimos. Como no has de vivir con
-tus suegros eternamente, en estos primeros días empezarás á tratar,
-si no de separarte, de cuando te separes; y ten por seguro que por
-diferencias sobre calle, ó piso, ó colores de las tapicerías, ha de
-asomar la oreja la primera nubecilla en el arrebolado horizonte de tu
-felicidad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_38">[p. 38]</span></p>
-
-<p>—Eso suponiendo—añadió el usurero,—que en los pormenores de la dote
-no haya habido serios altercados.</p>
-
-<p>—Ó que la recién casada—expuso el celoso,—no deje, en la vecindad
-que abandona, <i>su primer amor</i>.</p>
-
-<p>—Todo es posible—continuó el pulcro;—pero hemos de prescindir de
-lo eventual y contingente, que no tiene medida, para fijarnos sólo en
-lo rigorosamente lógico; en lo necesario, en lo infalible. Con esto
-nos sobra para ganar el pleito. Y prosigo. He supuesto que pasabas la
-primera semana con la familia de tu mujer, por elegir un motivo, entre
-los cien mil que existen, para el primer desacuerdo. De todas maneras,
-en tu casa ó en la ajena, al acabarse esos días, las intimidades
-matrimoniales han llegado á su grado máximo, y comienzan á caer en
-desuso ciertas contemplaciones de pura galantería, hasta allí guardadas
-entre los cónyuges. Nada más natural entonces que la elección de un
-criado, ó la compra de un mueble, ó la distribución de las horas del
-día, ú otra pequeñez cualquiera, produzca en tu mujer un serio enojo
-y en tí un disgusto. Los de esta índole son los que traen á las casas
-las intervenciones extranjeras, aunque con ramo de oliva; pues la
-esposa, poco acostumbrada todavía á sufrir contrariedades, ne<span
-class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span>cesita murmurar con alguien
-de las rarezas de su marido, y murmura con su madre, si la tiene, y si
-no, con sus amigas. Oirás de éstas ó de aquélla tal cual disertación
-sobre el tema de la tolerancia que deben tener los caballeros con las
-señoras; verás que en estos conflictos <i>internacionales</i> jamás se te
-da á tí la razón; te llevarán los demonios cuando consideres que cosas
-tan fútiles y remediables en casa, son ya del dominio público, y en
-centuplicado tamaño, por la insensatez de tu mujer; que están tu reposo
-y la paz de tu casa á merced de la menor divergencia de pareceres entre
-vosotros dos, y sobre todo, cuando veas que tu esposa se va mostrando
-tan dispuesta á desechar los tuyos más sensatos, como á aceptar los
-ajenos más absurdos.</p>
-
-<p>Pasó, pues, el período breve del éxtasis amoroso, y estás de patitas
-en el primero del martirio. Comparando lo que eres con lo que fuiste
-poco antes, y temiendo avanzar en el horrible é interminable sendero
-en que te hallas colocado, haces heróicos esfuerzos en favor de la
-paz doméstica; te acusas aun de faltas que no has cometido; disculpas
-todos los resabios de tu mujer, y corriges hasta los más inofensivos
-de tu carácter. Todavía, y mediante este sistema, disfrutas, de
-vez en cuando, los breves momentos de placer que dan de sí<span
-class="pagenum" id="Page_40">[p. 40]</span> las <i>reconciliaciones
-vehementes</i>; y quizá insistiendo en el procedimiento adoptado, y sin
-más mujeres en el mundo que la tuya, llegaras al fin de la carrera, no
-sin cruz, pero sin espinas. Mas, en esto, asoman los primeros barruntos
-de sucesión; y á los tiquis-miquis de todos los días, tienes que añadir
-las impertinencias propias del <i>estado</i>.</p>
-
-<p>El olor del tabaco la ofende, y no puedes fumar delante de ella; si
-por no dejar de verla fumas lejos de su presencia, cuando te acercas
-huele que has fumado, y te rechaza; por evitar este inconveniente dejas
-de fumar; pero has salido á la calle, has ido al café, has estado, en
-fin, donde se fuma, y tu ropa huele á tabaco, razón por la cual tampoco
-puedes aproximarte á su gabinete. Te resignas á no salir de casa por no
-ahumarte; pero si usas esencias, le repugnan, y si no las usas, hueles
-<i>á hombre</i>: tampoco entras así.</p>
-
-<p>Entre tanto, la casa está patas arriba, y tu autoridad como la
-casa, porque la señora come á horas intempestivas las cosas más
-extravagantes, y tiene ascos y náuseas, y todo lo escupe.—Cuando
-concluye este período, que es muy largo, empieza otro mucho más
-divertido: el período de la pesadez, del bamboleo, del malestar, del
-paseo nocturno entre calles, colgada de tu brazo; del abultamiento
-de los<span class="pagenum" id="Page_41">[p. 41]</span> labios y
-de las manchas en la cara; de los pies hinchados; el prólogo, en
-fin, de la nueva y más tremenda etapa, durante la cual no dormirás
-sueño tranquilo, ni comerás cosa en sazón, ni te pondrás camisa bien
-planchada; pues todo lo que es orden, paz y sosiego, lo extermina, lo
-barre la gran catástrofe: con sus preparativos, antes, y hasta mucho
-después, con su cortejo de horrores y hediondeces. Antes, el hatillo,
-y la cuna, y los tanteos y probaduras de nodriza, y la novena á San
-Ramón, y los falsos síntomas siempre á media noche, ó á otras horas
-tan intempestivas. Después, los jipidos, y la casa á obscuras y en
-silencio, y el aire corrompido, y el andar en ella todos de puntillas,
-y el comadrón, y la nodriza, y los pañales, y los recados á la puerta,
-y la obligación de contestarlos, y la colineta para el cura, y los
-padrinos, y la comitiva del bautizo, y tú presidiéndola, y los chicos
-de la calle cantando el ¡<i>pelón</i>!... y hasta el consonante, que es
-harto más grave, pues no faltará quien te le aplique, aunque la copla
-se refiera al padrino; y luego las enhorabuenas, y el refresco... ¡y
-el demonio desencadenado en tu casa!—Después, la cuarentena, y los
-retortijones de barriga en la criatura, y los vagidos consiguientes,
-y el cólico de la pasiega, y el riesgo de buscar otra, y las cuentas
-á puñados, y el dinero tras<span class="pagenum" id="Page_42">[p.
-42]</span> ellas á carretadas... Por último, el restablecimiento...</p>
-
-<p>—Y, por fin—interrumpió Gedeón, respirando con ansia,—volvemos á
-aquellos ocho días...</p>
-
-<p>—¡Quiá!—dijo el otro con el gesto y el tono que usarían las víboras,
-si las víboras hablaran del matrimonio;—aquellos días se fueron para no
-volver. El primer cuidado de tu esposa al salir de su habitación, es
-residenciarte por el tiempo en que ella no ha mandado en jefe. Nada se
-ha hecho á su gusto: el refresco fué mezquino; se quedaron sin dulces
-esta amiga y el otro pariente; el ruido constante que tú no supiste
-impedir, no la dejó descansar á su gusto una sola vez; están los suelos
-mal barridos y los muebles echados á perder; eres un Juan Lanas, y
-además roñoso y desatento. Por supuesto que tú no has intervenido en
-nada de lo censurado: desde el momento supremo se apoderó de las llaves
-y del mando la amiga, ó la vecina de más confianza, si no hay por medio
-una madre ó una hermana; pero esto no impide que el responsable de todo
-lo malo, inventado ó cierto, se te haga á tí. Habrá hocico también, y
-acaso moquiteo, porque no se te vió el pelo cuando ella más gritaba
-durante el apuro gordo; y si se te vió, porque no te alegras, como
-debes, al contemplarte reproduci<span class="pagenum" id="Page_43">[p.
-43]</span>do; has estado hasta soez con las visitas, ó has pecado de
-expresivo con <i>algunas que ella sabe</i>; y luego, porque su mamá, ó su
-modista, ó su doncella... ó el Peñón de Gibraltar; pues hasta lo más
-extraño es un motivo serio para darte guerra. Cuando ésta se acaba
-por cansancio, comienza la criatura á tomar fisonomía y á entretener
-á su madre con gorgoritos, sin dejar por eso de alborotar la casa con
-sus lloros. Ahora porque se ríe, después porque tose, luégo porque no
-mama, y más tarde porque vuelve la leche, allí no se habla más que del
-muñeco, ni en otra cosa se piensa, así te entre un torozón y te pongas
-á la muerte...</p>
-
-<p>—Bueno; pero... después...</p>
-
-<p>—Después, volvemos á los ascos del principio, y á los síntomas de
-marras, y á todas las enumeradas peripecias... Y pasan otra vez, y
-vuelven de nuevo, y tornan á repetirse, salpimentadas, por supuesto,
-con un sinnúmero de impertinencias y de contrariedades nuevas, hijas
-legítimas del cúmulo de necesidades que se van creando en tu casa con
-cada vástago, y de los resabios que va adquiriendo tu mujer en cada
-alumbramiento.</p>
-
-<p>—¿Pues no dice la fama que nunca está un hogar más alegre que cuando
-está lleno de chiquillos?</p>
-
-<p>—¡Oh, es encantador uno de esos cuadros<span class="pagenum"
-id="Page_44">[p. 44]</span> de familia! Aquí una silla rota; allá media
-vajilla en polvo; el tintero encima de la cama, y las almohadas debajo
-de la mesa; las botas en la sombrerera, y el sombrero en la cocina;
-en el ropero la zaga de un coche y la cabeza de Carlo Magno, y medio
-tambor y un pedazo de corneta; en el cajón de la basura, la estampa
-que más aprecias cubierta de lamparones y de garabatos; y los papeles
-importantes de tu cartera, hechos una pelota, y la máquina del reló de
-tu mujer, en la escalera del desván. Te sientas á la mesa, y empieza
-lo conmovedor. Antoñito no quiere la sopa si tú no se la das; Pablito,
-mientras cebas á su hermano, te mete un tenedor por los ojos; Adelita
-quiere cerezas, y está corriendo el mes de enero; Elisina, después
-de haber comido las natillas con los dedos, hunde las manos en los
-bolsillos de tu chaleco blanco; y todos cuatro rompen á llorar poco
-después, formando el coro más armonioso que hayas oído, sobre el cual
-se destaca la voz de tu mujer, poniéndote como hoja de perejil, so
-pretexto de que no sabes hacerte querer ni respetar de tus hijos; tu
-mujer, que andará ya en <i>meses mayores</i>; de modo, que cuando el último
-retoño va domesticándose, y se larga la nodriza y se le añade al montón
-de sus predecesores, viene el nuevo con los consabidos trastornos y las
-enumeradas desazones.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_45">[p. 45]</span></p>
-
-<p>—Pero, hombre, ¿cuándo concluye... <i>eso</i>?</p>
-
-<p>—Cuando concluyan las gracias y los atractivos de tu mujer; cuando
-no le queden ojos para mirarte, ni labios para sonreirte, ni dientes
-para devorarte; cuando no sea más que un catálogo de achaques, envuelto
-en un retal de pergamino; cuando esté á tu cargo la fatiga de cuidarla,
-y á las doce de la noche te pida desde su cama el antiespasmódico para
-el histérico, ó el algodón para los oídos, ó los parches para las
-sienes; ó se despierte á las tres de la mañana para que le des las
-friegas en la espalda, ó le pongas las franelas en los riñones; cuando
-tus hijos crezcan y necesiten el látigo y el colegio, y el uno resulte
-estúpido, y el otro holgazán, y el tercero un perdido, y la cuarta una
-tontuela, y te roben y te esquilmen el sastre, y el zapatero, y la
-modista, y el maestro de música, y el vecino de enfrente, y la vecina
-de al lado... Y así vas tirando y haciéndote viejo, y notando poco á
-poco que estorbas en todas partes á tus hijos y á tu mujer, y que tu
-mujer y tus hijos comienzan á preguntarte cuánto tienes, y á hablarte
-mucho de <i>cuando tú faltes</i>... ¡á desear que te mueras, hombre, ya que
-no pueden heredarte en vida!</p>
-
-<p>—¡Pero eso es feroz!</p>
-
-<p>—Pues eso es, amigo, como si dijéramos, lo más llano del camino: los
-inconvenientes de<span class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span>
-un matrimonio hecho á pedir del deseo y con el dinero de sobra;
-¡imagínate, si puedes, lo que será el matrimonio en peores condiciones;
-sin las rentas necesarias para cubrir las indispensables exigencias del
-estado!</p>
-
-<p>—¡Ni el infierno es comparable con ello!—exclamó aquí el avaro.—El
-escaso caudal se evapora al calor de tantas obligaciones; se va, se va,
-se va... y se extingue al fin, como la última oscilación de una luz
-que ha devorado su mecha; y un día, al despertar la familia, quiere
-comer y no tiene qué, ni con qué comprarlo; pídelo prestado, entre
-congojas de vergüenza, y se lo dan; pero como no lo devuelve, otro día
-se lo niegan, por lo cual vende una alhaja, y después los muebles,
-y, por último, la camisa. Entre tantas angustias y privaciones, las
-pocas virtudes se avinagran, el pudor se corrompe, los respetos se
-atropellan; y aquel sentimiento, que antes se llamaba amor entre los
-cónyuges, no impide ya que el látigo zumbe en la casa, y alboroten
-el barrio los gemidos, porque es cosa harto sabida que <i>cuando el
-hambre entra por la puerta, sale el amor por la ventana</i>. Después, la
-horrible consideración que se hará el marido, entre paliza y moquiteo,
-de que tenía un caudal con el que, soltero, pudo haber vivido hecho
-un patriarca, y que cediendo á una falsa vocación de su naturaleza,
-le<span class="pagenum" id="Page_47">[p. 47]</span> partió con una
-mujer que le llenó de hijos en pago de su generosidad; hijos que fueron
-otros tantos lobos que ayudaron á su madre á comer en pocos días
-hasta la piel del incauto borrego; que vió éste desaparecer su propia
-hacienda sin haberse procurado á cuenta de ella un miserable regodeo,
-porque toda la necesitaba, y mucho más que hubiera, para tapar aquellas
-bocas insaciables; para sacrificarlo en aras de esa ridícula debilidad
-que se llama familia; la misma que, si no lo hubiera comido ayer, lo
-heredaría mañana, ó lo empleara la mujer, viuda, como cebo para coger
-otro marido con quien lo gastara escarneciendo la memoria del primero;
-vivo éste, para que el más bribón de sus hijos lo jugara en tres
-montones á una sota, ó la madre se lo fuera regalando á su vecino, si
-le convenía para amante...</p>
-
-<p>—¡Esa es la fija!—gritó entonces el celoso.—Pero tú supones viuda,
-cuando cae, á la mujer de Gedeón. Yo quiero, y debo, suponerle vivo
-al ocurrir esa caída, y no acosado el matrimonio por el hambre del
-segundo ejemplo, sino nadando en la abundancia del primero; porque la
-mujer peca de vicio, casi siempre, y en las demás ocasiones... porque
-es mujer... ¡Y en qué condiciones cae la esposa, dioses inmortales! Por
-de pronto, apenas hay ejemplo de un amante que no valga mucho menos
-que<span class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span> el marido.—Esto
-prueba lo que empequeñece y desprestigia al hombre, á los ojos de su
-mujer, el oficio de casado.—El marido paga, el marido provee, el marido
-atesta el ropero y abarrota el tocador y colma el bolsillo... pues
-para el marido las chancletas, la bata sucia, la papalina y el pelo
-desgreñado; para el amante los perfumes, las batistas, los voluptuosos
-rizos, la turgente seda, la ceñida bota, la estirada media; para el
-dueño, toda la prosa, todos los desdenes, todas las frialdades; para
-el ladrón, todos los encantos de la coquetería y todo el fuego de una
-pasión tan vehemente como infame. Al marido, á quien se despluma á
-cada instante, se le tiene por avaro, por incivil y por grosero; el
-amante, que acaso vive á expensas de las larguezas del marido á quien
-deshonra, es, en concepto de la esposa, el generoso, el <i>caballero</i>...
-¿No es esto infame? ¿No es inicuo? ¿Y no es todavía más inicuo y más
-infame emplear el propio dinero en adquirir una ignominia semejante?
-Pues comprar esta ignominia es casarse, Gedeón. Porque todas, todas son
-iguales... menos las que no sirven para el oficio, por haberles negado
-sus favores la naturaleza, con ninguna de las cuales has de casarte,
-pues eres mozo de buen gusto. No tengo más que decirte.</p>
-
-<p>—Ya lo oyes, Gedeón—añadió el atildado<span class="pagenum"
-id="Page_49">[p. 49]</span> célibe, rasgando su boca hasta los oídos,
-como si tras el gesto se dispusiera á dar el salto alevoso sobre su
-amigo para hincar en él el diente emponzoñado;—todos, aunque por
-diferente senda, hemos venido á parar al mismo punto: al presidio
-del matrimonio, en el cual lo menos que se pierde es la libertad del
-soltero; esa que nos permite vivir como el ave en el espacio, como
-el pez en el agua; tener por patria el mundo entero, y por soberano
-la voluntad; contemplar, en fin, el de la vida, con ojos serenos,
-sin que nos amarguen aquellos instantes supremos las lágrimas de los
-que dejamos si nos necesitan en el mundo, ó el regocijo de los que
-nos heredan; esos <i>tiernísimos</i> pedazos de nuestro corazón, llamados
-hijos.</p>
-
-<p>—¡Adelante!</p>
-
-<p>—Y ¿para qué?</p>
-
-<p>—¿No tenéis, víboras, más veneno que echar por esas bocas?</p>
-
-<p>—¿Pues no hemos de tener?—respondió el pulcro:—á toneladas te lo
-diéramos si fuera necesario, y aún no se concluyera; pero nos has
-pedido muestras de ello, y muestras te hemos dado, y en forma de
-ramillete, como deseabas. Ahora, huele y revienta.</p>
-
-<p>—Oliéndole estoy, rato hace.</p>
-
-<p>—Y ¿á qué huele?</p>
-
-<p>—¡Á demonios corrompidos!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_50">[p. 50]</span></p>
-
-<p>—Entonces ¿á qué vino la consulta?</p>
-
-<p>—Ya os lo dije: á que me confirmaseis en mis creencias, algún
-tanto insubordinadas estos días por <i>la loca de la casa</i>, llamada
-imaginación. Sí, amigos míos y denodados solterones, soy de los
-vuestros, creo cuanto creéis y detesto cuanto detestáis; el matrimonio
-es un presidio para el hombre; un presidio completo, pues que le
-esclaviza y le infama. Niego la paz del hogar, niego el amor, y, sobre
-todo, la necesidad de los hijos: el uno y las otras no son más que
-ficciones de la fantasía, cuando no cebos de los maridos para seducir
-incautos. El hombre, abrumado constantemente por las cargas de la
-familia, pierde hasta la libertad de ser honrado y el derecho de ser
-feliz; cuando menos, la ineludible prosa del matrimonio le corrompe,
-le enerva, le desnaturaliza, le empequeñece. Para cuanto concibe y
-cuanto emprende fuera del miserable recinto de su hogar, son trabas que
-le amarran y cortan el vuelo á sus más levantados pensamientos, los
-hijos y la esposa, que no le quieren más que en cuanto le necesitan. El
-hombre, pues, para cumplir su verdadero destino, para dar á su cuerpo
-el regalo que necesita y á su alma la elevación que anhela, tiene que
-desprenderse de los mezquinos, pero opresores lazos de la familia; ser
-libre, libre como el pájaro y el<span class="pagenum" id="Page_51">[p.
-51]</span> viento; y pues, como dice el adagio, <span class="smcap">el
-buey suelto bien se lame</span>, suelto quiero morir como he vivido,
-ya que vuestras sabias advertencias, coincidiendo exactamente con
-mis doctrinas, me han demostrado que es imposible hallar dentro del
-matrimonio el voluptuoso edén con que alguna vez soñó mi acalorada
-fantasía...</p>
-
-<p>Oídas estas palabras, los tres jurados solterones se encogieron
-de hombros, cual si tuvieran por locura hasta haber puesto el caso
-en tela de juicio; dióles Gedeón unas palmaditas en la espalda, y se
-dispersaron los cuatro, tan satisfechos y campantes, como si realmente
-hubieran tratado la cuestión <i>en serio</i>, y el mundo no fuera otra cosa
-que un vasto ejido para revolcarse y hozar en él á sus anchas los
-cerdos de las consabidas piaras.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-051.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-
-<div class="aftit pt3" id="Ch_2">
- <hr class="chap0" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_53">[p. 53]</span></p>
- <h2 class="nobreak mt0">JORNADA SEGUNDA</h2>
- <hr class="chap0" />
-</div>
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_55">[p. 55]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-055.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="I. EL PRIMER PASO">I</h3>
- <p class="subh3">EL PRIMER PASO</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-y.jpg" alt="Y" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Ya sabe</span> el lector de
-quién se trata, de dónde viene, de qué madera es y adónde se propone ir
-el héroe de esta historia que, en rigor, empieza en esta página, y dice
-así:</p>
-
-<p>Libre Gedeón de <i>malas tentaciones</i>, es decir, exento de los
-cuidados en que á las veces le ponían, sólo tiene ya que pensar en
-<i>orientarse</i> y en <i>establecerse</i>.</p>
-
-<p>Por orientarse entiende él hacer con la memoria una excursión por
-lo pasado, y otra con la fantasía por lo porvenir. Precisamente se
-halla tomando un respiro en la cumbre del sendero de su vida, y desde
-ese punto domina lo recorrido con igual facilidad que columbra lo
-que le queda por andar. Gedeón, en suma, quiere y cree que necesita
-entrar en cuentas consigo, antes de dar el primer paso confor<span
-class="pagenum" id="Page_56">[p. 56]</span>me al derrotero inalterable
-que se ha trazado.</p>
-
-<p>Volviendo la vista al dilatado panorama que va dejando atrás,
-y marcando con la mente los sitios en que ha puesto su planta,
-¡qué pobre, qué mezquino le parece lo explorado, comparándolo con
-lo que tiene sin explorar!... Bien mirado todo, ¿qué ha hecho él
-hasta entonces más que retozar en mies abierta; herborizar, como si
-dijéramos, en <i>campo libre</i>?... Si alguna vez saltó cercado ajeno, no
-pecó el seto de espinoso ni de elevado. Verdad es que las altas cercas
-que guardaban el regalado fruto, aunque aguzaron su apetito, jamás le
-movieron el intento del asalto, pues era <i>caballo de buena boca</i>, y
-todo lo hallaba sabroso siempre que fuera asequible y abundante, y todo
-le sentaba bien, porque era el <i>hijo de familia</i>, holgado y disoluto y
-sin pizca de responsabilidad.</p>
-
-<p>¡Pero ahora!... Ahora no le es lícito ni siquiera el pensamiento de
-que corran los años de su vida, como antes corrieron, en la obscuridad
-de los portales y en la lobreguez de los callejones extraviados: porque
-ahora es el <i>amo de su casa</i>, el <i>hombre formal</i>, independiente, rico,
-y hasta de buen solar, que no solamente puede, sino que <i>debe</i> dar
-á sus empresas largo vuelo, tan largo como se lo permite el inmenso
-horizonte que tiene á la vista; y con este fin exornará sus actos con
-cierta solemnidad y<span class="pagenum" id="Page_57">[p. 57]</span>
-compostura atractivas y de <i>buen tono</i>... ¡Qué vida le espera!</p>
-
-<p>Por lo visto, Gedeón es de los que creen, no sin fundamento, que
-á los hombres no los hacen los años, sino las circunstancias. Desde
-el grado de doctor hasta el primer paso que da el doctorado en el
-ejercicio de su profesión, pueden mediar muy pocas horas; y sin
-embargo, ¿quién es capaz de conocer, bajo el luengo gabán, el estirado
-chaleco y las rígidas tirillas del médico ó del jurisconsulto de hoy,
-al aturdido y desaliñado estudiante de ayer?</p>
-
-<p>La misma razón social que á tanto obliga, impone á Gedeón, que ya
-se juzga doctorado en la Universidad en que por tantos años cursó la
-<i>vida airada</i>, el deber de adoptar hábitos de <i>carácter</i>, como otro
-doctor cualquiera, para ejercer su profesión con fruto y en toda
-regla... cuando la ejerza; pues, por de pronto, y en atención á que
-el luto riguroso que viste, si bien le permite divertirse según sus
-inclinaciones naturales, le prohibe acercarse á los ruidos y á los
-grandes espectáculos del mundo, tiene que limitarse á un sencillo
-merodeo alrededor de su casa, como quien dice, y dejar para más
-adelante las campañas de prueba.</p>
-
-<p>Así se cumple con otro de los deberes que son anejos al derecho de
-vivir entre gentes civilizadas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_58">[p. 58]</span></p>
-
-<p>Y hay que convenir en que el tal deber está bien fundado. Bueno que
-los lutos se arrastren por todas las deshonestidades sociales, porque
-con ellos no puede uno <i>ir á ninguna parte</i>; pero exponerlos en teatros
-y tertulias, donde la gente guarda compostura y decoro... ¡no faltaba
-más! ¡Bonita cara pondría esa señora que se llama <i>sociedad culta</i>, y
-marca lo que se ha de sentir y lo que se ha de llorar, con centímetros
-de crespón en el sombrero, ó con varas de velillo delante de los
-ojos!</p>
-
-<p>Volviendo á Gedeón, digo que discurre, al tenor de lo indicado,
-larga y detenidamente, acerca de lo que ha sido antes y lo que puede
-y le toca ser en lo sucesivo, libre de toda vacilación y resuelto á
-pasar la vida con la mayor suma posible de comodidades y deleites...
-porque es indudable que eso que él sigue notando todavía dentro de sí
-y en cuanto le rodea, y que algún inocente predestinado se atrevería
-á llamar <i>nostalgia de la familia</i>, es un efecto lógico de su nueva
-situación, y desaparecerá tan pronto como el huérfano se <i>establezca á
-su gusto</i>, metodice su vida y <i>llene</i> el desierto hogar.</p>
-
-<p>Esta es, por consiguiente, su tarea más perentoria. Afortunadamente,
-no es difícil.</p>
-
-<p>Por de pronto, y á reserva de cambiar de sistema cuando las
-circunstancias se lo recla<span class="pagenum" id="Page_59">[p.
-59]</span>men, necesita una persona que se encargue de las menudencias
-domésticas; una mujer <i>de edad</i>, en quien el juicio corra parejas con
-los años. Pero esta mujer, cuyo destino exclusivo ha de ser el de
-administradora, no puede ni debe, hasta por razones de estética, estar
-á su servicio inmediato. Con este último objeto tomará una joven de
-<i>buen ver</i> y adecuada al caso. En cuanto al prosáico cargo de cocinera,
-está provisto muchos años há, y no mal del todo, en una buena mujer que
-continuará desempeñándole.</p>
-
-<p>No hay plazas más solicitadas ni apetecidas que las de sirvientes de
-un solterón. Las amas de llaves todo lo esperan de él; las jóvenes todo
-lo creen posible; y ni las unas ni las otras tienen que lidiar con la
-fiscalización intransigente de la señora de la casa.</p>
-
-<p>Así es que Gedeón recibe las solicitudes á puñados y las
-recomendaciones por docenas. Puede elegir á su gusto, y así lo hace.</p>
-
-<p>Desde aquel instante, una mujer que ya no ha de cumplir el medio
-siglo, aseada, enjuta de carnes, á medio encanecer y empezándose á
-arrugar, y muy hacendosa y previsora, según informes, se encarga de las
-llaves y recibe con ellas una cantidad de dinero para el gasto menudo
-durante quince días, concluído lo cual recibirá otro tanto; porque
-Gedeón no quiere,<span class="pagenum" id="Page_60">[p. 60]</span> ni
-debe, ni sabe ocuparse en todas esas prosáicas menudencias.</p>
-
-<p>El nombre no es enteramente simpático: se llama <i>la señora</i> Braulia;
-pero ¿qué más da? En cambio, al nacer, fué envuelta en finos pañales:
-su padre era mayordomo del marqués de las Pesadumbres. Las que le
-dieron (al mayordomo) una naturaleza enfermiza y una familia demasiado
-numerosa, trajéronle á menos; y á la muerte del marqués, habiendo
-suprimido aquella plaza sus herederos, acabóse la vida del mayordomo
-con esta última pesadumbre. Braulia, entonces, como cada uno de sus
-hermanos, tuvo que buscarse la vida como mejor pudo: hoy zagaleando
-criaturas, mañana fregando vasijas y arrimando pucheros á la lumbre,
-y otro día ascendiendo á doncella de labor y camarera de confianza;
-pasando, en fin, por todas las fases de la servidumbre doméstica, pero
-siempre muy honrada y muy querida de sus amos. Túvolos de alto coturno;
-y al ingresar en casa de Gedeón, desdeñó las ofertas de un banquero de
-nota. Cree que todas estas vicisitudes le han dado á conocer el mundo
-palmo á palmo, y á los hombres pelo á pelo.</p>
-
-<p>Aunque á él no venga nunca, así refiere su historia la buena de la
-señora Braulia.</p>
-
-<p>Menos puntos calza en prosapia, pero nombre más bonito lleva la otra
-sirvienta. Lláma<span class="pagenum" id="Page_61">[p. 61]</span>se
-Solita, y es hija de un remendón con quien no ha vivido desde que supo
-andar lo bastante para escaparse de casa, en la cual no era posible la
-existencia con aquel hombre que concluía con todo: con la familia, á
-palos, y con lo que ganaban, él remendando y su mujer cosiendo, en la
-taberna.</p>
-
-<p>Huérfana de madre á los pocos años de ponerse á servir, sólo ha
-logrado verse libre de la tiranía del zapatero, dándole las tres
-cuartas partes de lo que gana. Á pesar de estos contratiempos, ha
-llegado á ser una de las doncellas militantes, ó sirvientes, de mejores
-informes.</p>
-
-<p>Es menudita, limpia como el oro, picaresca de sonrisa, algo
-remangada de nariz y gruesa de labios; muy negros el pelo y los ojos,
-aquél abundante y éstos no muy grandes ni rasgados; pequeños los pies,
-los dientes, las manos y las orejas, y rollizos los brazos, el cuello y
-las inmediaciones.</p>
-
-<p>En todas estas menudencias repara Gedeón, mientas Solita le cuenta
-las otras referentes á su historia; porque es natural que un señor bien
-educado, al recibir en su casa á una muchacha, le pregunte por <i>las
-generales de la ley</i>, siquiera por preguntar algo; y como Solita es
-ingenua casualmente, responde cuanto sabe y no la deshonra, porque no
-la hay en decir la<span class="pagenum" id="Page_62">[p. 62]</span>
-verdad; sobre todo, como ella la dice, fruncidos los ojuelos,
-entreabiertos los labios, como si quisieran sonreir y enseñar los
-dientes á un mismo tiempo, una mano en la cintura, la otra doblando y
-desdoblando un pico del delantal, y la mitad del pie derecho fuera de
-los pliegues de la falda, llevando el compás del suave balanceo de las
-redondas caderas.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-062.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_2">
- <p><span class="pagenum" id="Page_63">[p. 63]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-075.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="II. LA PRIMERA CATÁSTROFE">II</h3>
- <p class="subh3">LA PRIMERA CATÁSTROFE</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-y.jpg" alt="Y" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Ya tiene</span> Gedeón cuanto
-necesita: es decir, quien le administre, quien le sirva y quien le
-aderece el ordinario sustento.</p>
-
-<p>Ya no reina el vacío en su casa; ya hay ruido y movimiento en
-ella.</p>
-
-<p>La señora Braulia, como mujer precavida, estudia sin cesar la manera
-de que en su jurisdicción ande todo conforme con los gustos y deseos de
-su amo; la cocinera trata de cumplir las órdenes de la señora Braulia,
-en lo que respecta á su importante ministerio; y en cuanto á Solita,
-arregla el gabinete como si tuviera hadas en las manos, y es una
-mariposa alrededor de la mesa: lo mismo maneja platos y cristalería,
-que un prestidigitador los cubiletes... Alguna vez tropieza con el
-codo al «señorito,» al mudarle el cubierto, ó le retira el<span
-class="pagenum" id="Page_64">[p. 64]</span> plato sin estar desocupado;
-pero ¿quién diablos ha de atreverse á reprender tales descuidos, al ver
-cómo la delincuente ofrece sus disculpas en memoriales de sonrisas que,
-aun á los ojos del más diestro en semejantes lecturas, tanto picaran en
-malicia como en rubor?</p>
-
-<p>Es tal el esmero con que se le sirve y se le adivinan los deseos,
-que en ocasiones creería que algún genio invisible cuida de su casa.
-No bien hace por ella una breve excursión, ya está arreglado cuanto él
-desarregló al moverse, sin que se vea la mano que colocó la silla en su
-sitio, el gabán en el ropero ó el libro en el estante.</p>
-
-<p>Cuando por la noche se retira á descansar, encuentra la luz en su
-cuarto, el vaso de agua sobre la mesa, y abierta y preparada la cama...
-Ni un motivo siquiera para romper la monotonía de aquel ordenado
-silencio con un campanillazo; silencio sólo alterado por la voz de la
-señora Braulia que, antes de cerrar él la puerta del gabinete, asoma
-por ella la cabeza para pedirle sus órdenes para el día siguiente y
-darle las buenas noches.</p>
-
-<p>Por un lado no le desagrada el sistema; pero ¡tiene tanto de
-uniforme y de misterioso!... Parece que se le ceba, no que se le
-sirve.</p>
-
-<p>Un hombre como él, que por no poder ir todavía <i>á ninguna parte</i>,
-vuelve á casa, las más de<span class="pagenum" id="Page_65">[p.
-65]</span> las noches, hastiado, rendido y de muy mal humor, recibiría
-como un consuelo media palabra discretamente afectuosa, y un par de
-sonrisas elocuentes al llegar á su cuarto... Pues no, señor: nadie á la
-puerta de la escalera, que, al abrirse, cubre á quien le alumbra; nadie
-en el pasadizo; nadie en el gabinete, y un poco después, menos que
-nadie, la señora Braulia con su jaculatoria de costumbre. Así es que se
-acuesta bufando, y sueña con la voz, y con la cara, y con las arrugas
-de su ama de gobierno.</p>
-
-<p>Y arrancando de aquí el motivo, llega un día en que ésta le parece
-gazmoña, fisgona y antipática en esencia y presencia.</p>
-
-<p>Entre tanto, apenas conoce el metal de voz de Solita, ni sabe qué
-color tiene á la luz artificial la única cara decente que hay en la
-casa.</p>
-
-<p>Así pensando una noche, después de haber despachado con un bufido á
-la señora Braulia, exclama de repente:</p>
-
-<p>—Y ¿por qué no ha de venir Solita? ¿No mando yo aquí? ¿No ha de
-tenerse en cuenta mi gusto para todo?</p>
-
-<p>Y cediendo á los ímpetus de su carácter irreflexivo, sacude furioso
-el cordón de la campanilla, que repiquetea junto á la cocina con
-estrépito desusado.</p>
-
-<p>—¿Llamaba el señorito?—dice al instante la voz de la señora
-Braulia, cuya silueta se dibu<span class="pagenum" id="Page_66">[p.
-66]</span>ja confusamente en el angosto hueco de la entreabierta
-vidriera.</p>
-
-<p>Con lo que Gedeón cae en la cuenta de que ha cometido una majadería;
-la cual trata de disculpar con otra mayor, mal zurcida y peor
-hablada.</p>
-
-<p>Al quedarse solo otra vez, reniega de la vieja impertinente, y
-desea con ansia que llegue el nuevo día para que Solita le sirva el
-almuerzo: no porque el hambre le atormente ni Solita le preocupe,
-sino por contemplar otra cara que no sea la sempiterna de la señora
-Braulia...</p>
-
-<p>Y precisamente ese almuerzo es el elegido por el ama de llaves para
-acompañar á «su señorito,» puesta de pie á respetable distancia de la
-mesa, con los brazos cruzados y la vista escudriñadora, tan pronto en
-los platos, tan pronto en Gedeón, tan pronto en Solita, y cumplir,
-en la siguiente forma, con lo que ella cree un deber de su cargo de
-inspectora de la casa, y fiel intérprete de los deseos de su amo:</p>
-
-<p>—¿Le gusta esa salsa al señorito?... Se le puede rebajar un poco la
-cebolla... ¿Le parece mejor la merluza que el rodaballo?... Esta semana
-se le ha puesto tres veces lengua estofada, porque ¡hay tan poco en qué
-elegir!... El solomillo le parecerá á usted algo duro á la vista, pero
-está tierno como un requesón... Ya le tengo prevenido á la cocinera
-cómo ha<span class="pagenum" id="Page_67">[p. 67]</span> de ponerlo
-para que se penetre bien... porque no se las puede dejar de la mano...
-¡Nada se les ocurre!... ¿Quién le dirá á usted que unos casquitos de
-porcelana, echados á tiempo en la tartera, reblandecen la misma suela
-de un zapato?... Ese postre se quemó un poco por debajo, pero no tiene
-la culpa la cocinera; la tengo yo que le hice y no cargué bastante de
-manteca las paredes del molde... y puede dispensar el señorito por esta
-vez... Solita, mude usted ese plato...</p>
-
-<p>Gedeón, que no solamente no se ve libre de la presencia de la
-abominada dueña, sino que la halla más pegajosa y más impertinente que
-nunca, cuando no responde con un gruñido á cada uno de estos períodos,
-da una orden ó hace una pregunta, ó lanza una blandísima mirada á
-Solita.</p>
-
-<p>En el cual proceder hay para la señora Braulia dos motivos
-gravísimos de despecho: el desaire notorio que se le hace delante de
-una inferior jerárquica, y la confirmación de las sospechas que há
-tiempo la vienen inquietando.</p>
-
-<p>No duda ya que hay en la casa quien priva más que ella con su
-amo, y que es la razón de la privanza algo <i>físico</i> que la señora
-Braulia no posee desde muchos años atrás; algo que no se adquiere
-esmerándose en el cumplimiento<span class="pagenum" id="Page_68">[p.
-68]</span> del cargo que se desempeña, sino con las gracias que da la
-naturaleza y roban los tiempos, como á ella se lo robaron para nunca
-más devolvérselo. Y á la edad de la enjuta ama de llaves se perdona
-hasta el martirio en cruz, y el tormento de la sed y del frío; pero no
-se perdona á otra mujer el crimen de que nos venza y nos derrote, y nos
-desautorice con armas como las de Solita.</p>
-
-<p>Y no perdonar, en tales casos, es pensar en la venganza, si vengarse
-puede la ofendida, como puede vengarse la señora Braulia.</p>
-
-<p>Es el jefe de la servidumbre de Gedeón, y puede y quiere hacer
-sentir á «la canalla» todo el peso de su autoridad irritada.</p>
-
-<p>Desde aquel instante ya no vive para servir bien á su amo, sino para
-desahogar el despecho que la ciega.</p>
-
-<p>Solita, que no ignora el motivo de las flamantes destemplanzas del
-ama de llaves, sufre las que le alcanzan á ella, hasta con delectación;
-pues tan grande como el tormento de la derrota en tales lides, es la
-satisfacción del vencimiento. Pero la aparente insensibilidad, ó el
-notorio desdén de la doncella, encienden más el fuego de la ira en el
-pecho de la señora Braulia, que á todo trance quiere víctimas; por lo
-cual entra con sus huracanes haciendo <i>raccia</i> en la cocina.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_69">[p. 69]</span></p>
-
-<p>De este modo, aquella casa, antes tan tranquila y sosegada, no bien
-la abandona cada día Gedeón, es una perrera.</p>
-
-<p>—¡Hoy no se han limpiado los polvos!...—¡Esta butaca no está en su
-sitio!...—Son las once, y falta media casa por arreglar; pero ¡ya se
-ve! levantándose á las ocho y tardando hora y media en emperijilar
-un moño postizo y cuatro pingos de moco... ¡Válgame Dios!... ¡Como
-si fuéramos unas señoras de copete y lo trajéramos desde las
-envolturas!... ¡Pero no tiene usted la culpa, sino quien alas presta á
-ciertas mariposas para que tan alto vuelen!... ¡Pues, anda! el gabán
-del señorito sin cepillar, y las camisolas empolvándose sobre la
-cama... Deles usted el pie, que ellas se tomarán la mano...—También por
-este otro lado van las cosas en su punto, gracias á Dios: media hora
-hace que me está dando la ternera en la nariz. ¿Por qué ha batido usted
-los huevos antes de que esté hervida la leche?... ¿No ve usted, alma de
-Lucifer, cómo se está pegando esta compota?... ¡Claro está! como no son
-ustedes quienes pagan todos estos pecados... ¡Pero desde mañana ha de
-cumplir en esta casa cada uno con su obligación, ó he de faltar yo á la
-mía!</p>
-
-<p>Y así por el estilo, zumba y gime la voz de la señora Braulia en
-salas, pasillos y cocina, como cierzo regañón en casa mal cerrada,
-sin<span class="pagenum" id="Page_70">[p. 70]</span> que le falten por
-acompañamiento y armonía las cáusticas respuestas de la doncella, ni
-los descargos irrespetuosos de la cocinera.</p>
-
-<p>Con la cual música los ánimos se enconan de veras, las respectivas
-obligaciones se descuidan; y al cabo halla Gedeón un día requemada la
-sopa, cruda la carne, y los postres en salmuera.</p>
-
-<p>Nada dice á Solita, que le sirve; pero llama á la señora Braulia,
-que no está presente la única vez que debiera estarlo.</p>
-
-<p>—¡Señora—exclama con mal gesto y áspera voz al tenerla delante,—esto
-no se puede comer!</p>
-
-<p>—Pues crea el señorito que no es culpa mía,—responde el ama de
-llaves, temblándole la barbilla puntiaguda, pálido el marchito rostro y
-mirando á Solita con ojos de basilisco.</p>
-
-<p>—Ni yo trato de averiguarlo—replica Gedeón:—lo que me importa es
-señalar la falta para que la corrija quien debe corregirla.</p>
-
-<p>—¡No es eso tan fácil como al señorito se le figura!</p>
-
-<p>—¡Cómo que no! ¿No basta un poco de vigilancia?</p>
-
-<p>—Ya esperaba yo que el señorito había de echar sobre mí todas
-las culpas; porque ¡ya se ve!... una no es onza de oro, al paso que
-<i>otras</i>, con menos méritos... ¡Virgen Santísima!</p>
-
-<p>Y la señora Braulia, después de hacer unos<span class="pagenum"
-id="Page_71">[p. 71]</span> cuantos pucheros, rompe á llorar como si el
-alma se le escapara por la boca.</p>
-
-<p>Solita entonces, habiéndola contemplado un instante con la boca
-entreabierta y las cejas fruncidas, suelta los platos que tiene en la
-mano, llévase á los ojos la servilleta que, á modo de banda, tiene
-cruzada sobre el pecho, y sale del comedor como un cohete, lanzando el
-sollozo que pudiera oirse desde la calle.</p>
-
-<p>Momentos después aparece en escena la cocinera con el mandil
-recogido sobre la cintura, los brazos descubiertos, encendido y
-reluciente el rostro, como solomillo á medio asar.</p>
-
-<p>—El señorito me hará el favor de decir si en catorce años que llevo
-en la casa se me ha oído una queja, ni he dejado yo de cumplir con mi
-deber.</p>
-
-<p>Gedeón está como paleto en comedia de magia, al ver aquellos
-aspavientos y aquellas apariciones y desapariciones.</p>
-
-<p>—Pero ¿qué es esto?—exclama al fin.</p>
-
-<p>—Que me haga usted el favor de dar la cuenta,—dice la cocinera,
-rompiendo también á llorar, y arrojando el mandil sobre una silla, como
-rey que depone su corona.</p>
-
-<p>—Que aquí todas son señoras, y que todas mandan en la casa, menos
-el amo y yo,—añade la señora Braulia, dejando caer sus huesos sobre la
-silla inmediata, y llorando á más y mejor.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_72">[p. 72]</span></p>
-
-<p>—Lo que pasa aquí—dice Solita entrando en escena, en ademán
-airado,—es que no se pueden aguantar los humos de esta señora; y
-como yo no he venido para servirla á ella, ni para que me quite la
-salud...</p>
-
-<p>—¡Quéjese usted de mí, relamida! ¡casquivana!</p>
-
-<p>—¿Lo oye usted, señorito? ¡Pues eso no es nada en comparación de lo
-que suele decirme cuando usted no está delante!</p>
-
-<p>—¡Ni de lo que me dice á mí cada vez que entra en la cocina! ¡No se
-la puede aguantar!</p>
-
-<p>—¡Mienten ustedes como quienes son, impostoras, mal nacidas!</p>
-
-<p>—¡La mal nacida y la deslenguada será ella!</p>
-
-<p>—¡Y la muy retevieja, desesperada y envidiosa!</p>
-
-<p>—¡Silencio!—grita Gedeón asiendo una ensaladera, dispuesto á
-estrellarla sobre la más próxima de sus sirvientas.</p>
-
-<p>Pero sólo después de haberse desahogado á sus anchas las tres
-mujeres, y estado á pique de tirarse de las greñas, y cuando ya el
-escándalo debe de haberse oído desde el ayuntamiento, logra Gedeón
-restablecer el silencio en su casa, y la promesa de que, por aquella
-vez, que es la primera, se olvidarán los mutuos agravios, y volverá
-cada mochuelo á su olivo, siquiera en obsequio á él, que no tiene
-otro<span class="pagenum" id="Page_73">[p. 73]</span> destino en el
-mundo que estudiar la manera de pasar la vida sin contrariedades ni
-desazones.</p>
-
-<p>Pero <i>alea jacta est</i>: aquellas mujeres que se resolvieron á
-pasar una vez los límites del respeto con sus pertrechos de odios y
-de antipatías, no pueden retroceder ya; y si no al día siguiente,
-al otro ó á los pocos más, dan la gran batalla, á cuyo fragor
-quiébranse cristales y vasijas, y renquean los muebles, y salen
-asustados á la escalera los vecinos de la casa; y cuando á ella
-vuelve Gedeón, no tiene otro remedio que licenciar aquella tropa que,
-como los pretorianos de Roma, ha tomado por oficio la sedición y la
-indisciplina, y puede, como éstos, llegar á atreverse con el César
-mismo.</p>
-
-<p>En el alma le duele tener que privarse también de los buenos oficios
-de Solita; pero Solita no cabe á las órdenes de ninguna quintañona;
-y, sin esta pantalla, son sus atractivos demasiado peligrosos para
-un hombre que no quiere sacrificar su independencia á nada ni por
-nadie.</p>
-
-<p>Lo que fuera de su casa puede ser hasta una ganga para él, dentro de
-ella sería un enemigo terrible.</p>
-
-<p>Por eso, al pagar con rumbo á su doncella, ni por cumplido la dice
-que no se marche; lo<span class="pagenum" id="Page_74">[p. 74]</span>
-único á que se atreve es á despedirse de ella «hasta la vista.»</p>
-
-<p>—El mal está—dice al quedarse solo,—en que estas cosas me sucedan
-ahora; es decir, cuando podía dar comienzo á mis tareas, si estuviera
-yo establecido á mi gusto. ¡Por vida de las <i>casualidades</i>!...</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-074.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_75">[p. 75]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-075.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="III. UNA HOMBRADA">III</h3>
- <p class="subh3">UNA HOMBRADA</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-p.jpg" alt="P" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Pero</span> las casualidades
-se repiten tanto como las combinaciones; y las combinaciones que hace
-Gedeón con su servidumbre no tienen número.</p>
-
-<p>Que ponga arriba lo más viejo, y abajo lo más joven, ó al revés; que
-todo sea rozagante, ó todo marchito y arrugado; que dé sus preferencias
-á la más quisquillosa, aunque las merezca menos; que no se las muestre
-á ninguna; que no se queje aunque halle tachuelas en la sopa y cables
-en el estofado; que en pro de la paz, en fin, renuncie á todos sus
-derechos de amo y señor, y dome los naturales ímpetus de su carácter...
-lo mismo adelanta: más tarde ó más temprano, la guerra civil estalla
-en su casa, y vuelan los cacharros en la cocina y los pelos en cada
-rincón; primero en sus ausencias, después á sus propias barbas; porque
-de<span class="pagenum" id="Page_76">[p. 76]</span>mostrado está por
-la experiencia, y al buen sentido se le alcanza sin esfuerzo, que
-no hay criada de solterón que aguante con paciencia á su lado otra
-sirvienta.</p>
-
-<p>Lo que á Gedeón sacan de quicio tantas y tan parecidas
-<i>casualidades</i>, presúmalo el lector.</p>
-
-<p>¡Cómo él, idólatra de la holganza y del regalo, pudo imaginarse,
-ni en sueños, que tendría que habérselas mano á mano con dueñas y
-fregatrices á cada hora, ni que habían de correr tiempos en que sólo le
-dieran, por salsa de su pesebre, alaridos y repelones?</p>
-
-<p>Pero sabrá cortar por lo sano y poner remedio á la plaga, que para
-eso es libre y soltero.</p>
-
-<p>Bien examinado todo, ¡qué necesidad tiene él de llenar su casa de
-mujerzuelas frívolas y quisquillosas? ¡Cómo no se le ha ocurrido hasta
-entonces hacer <i>una hombrada</i>, es decir, barrer de faldas su cocina, y
-buscar en el otro sexo quien le sirva en paz y bien?</p>
-
-<p>Apuradamente lo que él desea es harto fácil de conseguirse: orden,
-puntualidad y respeto á su persona. Ya transige con los manjares mal
-sazonados, con la cama á medio hacer y con las botas deslustradas;
-pero que se lo tengan todo á punto; que no se invierta en ventilar
-rencillas miserables el tiempo destinado á servirle, y sobre todo, que
-no se le complique á él en escandalosas griterías de plazuela. ¡Á<span
-class="pagenum" id="Page_77">[p. 77]</span> qué menos ha de aspirar una
-persona decente, «libre como el ave en el espacio, como el pez en el
-agua;» una persona que huye del matrimonio para hacer en todo su gusto
-y vivir como le dé la gana?</p>
-
-<p>Con tan santos propósitos, échase Gedeón un cocinero y un ayuda de
-cámara, mozo listo y bien adiestrado en el oficio.</p>
-
-<p><i>Pero</i> el cocinero, <i>por casualidad</i>, es borracho y goloso y nada
-limpio, y no conoce cuenta ni razón; roba si le dan mucho dinero; y si
-se lo tasan, también; compra lo que á él le gusta, y lo guisa como más
-le agrada: los gustos de su amo no se tienen en cuenta para nada en
-aquella cocina.</p>
-
-<p>Así y todo, Gedeón come, no cuando tiene ganas, sino cuando ya no
-las tiene su cocinero.</p>
-
-<p>El cual cobra por mensualidades adelantadas, que es tanto como decir
-que ahoga toda reprensión en los labios de su amo con anunciarle que se
-marcha.</p>
-
-<p>El ayuda de cámara no es tan borracho como el cocinero; pero, en
-cambio, tiene moza, y necesita dos horas cada noche para visitarla, por
-lo cual hay ocasiones en que se retira á casa más tarde que su amo; y
-se dan también en las cuales tiene éste que abrirle la puerta, porque
-el cocinero está roncando ya, ó no quiere levantarse; y gracias si en
-esos casos no apare<span class="pagenum" id="Page_78">[p. 78]</span>ce
-el criado envuelto en la capa ó en el gabán de Gedeón, pues para ambos
-sirven sus trajes y su calzado.</p>
-
-<p>Lo que sólo sirve para el criado es el dinero que halla en los
-bolsillos del chaleco de su amo cuando le cepilla la ropa, y los
-cigarros <i>sobrantes</i> de la petaca olvidada en una levita ó encima de la
-mesa.</p>
-
-<p>De vez en cuando, tienen mozo y cocinero sus francachelas mientras
-Gedeón anda soñando con las suyas fuera de casa; pues la verdad es
-que desde que tales contrariedades domésticas le persiguen, no tiene
-instante de sosiego ni punto de reposo, y todo lo aplaza para cuando se
-vea <i>establecido á su gusto</i>.</p>
-
-<p>Entre tanto, si á media noche necesita una taza de te, se la llevan
-á las dos de la mañana, y el te le sabe á caldo frío, y la taza huele á
-basura.</p>
-
-<p>Si de caldo la pide al mediodía, el caldo le sabe á aguardiente, y
-la cuchara á tabaco.</p>
-
-<p>Toda su ropa está sin botones y con los forros descosidos; le faltan
-las mejores corbatas, y no sabe qué vientos le llevan los pañuelos de
-batista.</p>
-
-<p>Si por joven despide al ayuda de cámara y toma hombre de más
-edad, éste tendrá de huraño ó de sucio ó de perezoso lo que el otro
-tenía de presumido ó de mocero, si es que no<span class="pagenum"
-id="Page_79">[p. 79]</span> peca por esto y por aquello. Y lo que digo
-del criado digo del cocinero.</p>
-
-<p>De todas maneras, llega un día en que Gedeón, después de haber
-perdido la paciencia, y con ella el paladar y el estómago y mucho más
-que no se gusta ni se digiere, pero que se pone ó se vende; después
-de ver su casa saqueada, y lo que en ella queda sucio, desconcertado
-y descolorido; después de convencerse de que los últimos criados que
-toma son los peores y los que más caros le salen, plántalos en la calle
-y lánzase él más tarde á la misma, dándose á todos los demonios y
-maldiciendo de la suerte que le hace elegir, en uno y otro sexo, lo más
-malo que existe en el ramo de sirvientes.</p>
-
-<p>Y así se le va pasando lo mejor de aquel tiempo, que él tenía á
-sabrosos empeños destinado, como hacienda que se echa á los perros.</p>
-
-<p>¡Qué empresas ha de acometer con bríos ni con gusto, si los unos y
-el otro se le gastan y corrompen entre las inesperadas miserias de su
-vida doméstica?</p>
-
-<p>Asómbrase de que tan mezquinas causas le produzcan tan desastrosos
-efectos; no acierta á explicarse cómo ese poco de roña puede entorpecer
-todos los ejes de la máquina de sus ideas; y con el ansia febril de
-conjurar el cúmulo de <i>casualidades</i> que le persigue, para llegar
-alguna<span class="pagenum" id="Page_80">[p. 80]</span> vez á
-<i>establecerse á su gusto</i>, medita, calcula, y todo lo supone menos que
-puede ser él uno de los infinitos hombres de quienes dijo La Bruyère
-que emplean la mayor parte de la vida en hacer miserable el resto de
-ella.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-080.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_4">
- <p><span class="pagenum" id="Page_81">[p. 81]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-203.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="IV. EL DEMONIO CONSEJERO">IV</h3>
- <p class="subh3">EL DEMONIO CONSEJERO</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-a.jpg" alt="A" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Aspirando</span> con ansia
-bocanadas de aire, cual si con ellas quisiera aventar sus pesadumbres,
-y caminando á largos pasos, encuéntrase en una de estas ocasiones con
-su camarada, aquel acicalado solterón de quien tanto hemos hablado, y á
-quien no ha visto mucho tiempo hace; y como si Gedeón llevara letreros
-en la cara, que revelasen las desazones de su espíritu,</p>
-
-<p>—¿Cómo vas con tu nueva vida?—le pregunta en crudo el recién
-hallado.</p>
-
-<p>—Pues, así, así,—responde Gedeón haciendo rechinar sus dientes.</p>
-
-<p>—Al principio se extraña un poco.</p>
-
-<p>—Efectivamente, algo se extraña.</p>
-
-<p>—Pero ya habrás palpado ciertas ventajas...</p>
-
-<p>—He sido poco afortunado en mi casa, si he de decirte la verdad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_82">[p. 82]</span></p>
-
-<p>Aquí resume en breves, pero pintorescas palabras, cuanto el lector
-sabe de sus amarguras domésticas.</p>
-
-<p>—Mal anda, en efecto, ese ramo—dice el otro;—pero todo consiste en
-acostumbrarse.</p>
-
-<p>—Ya.</p>
-
-<p>—En cambio, irás llenando aquel romántico vacío y aquellas... ¿eh?
-de que tanto nos hablaste en la ocasión de marras...</p>
-
-<p>—Pshe...</p>
-
-<p>—Vamos, sé franco.</p>
-
-<p>—Pues con franqueza, amigo: cuantos más criados meto en mi casa y
-más alboroto me arman en ella, más vacía la encuentro. ¡Yo no sé qué
-demonios me escarabajea aquí adentro y me dice, á cada innovación
-que hago en mi vida, «no es eso,» como si yo deseara algo que no
-encuentro!</p>
-
-<p>—Vamos, eres incorregible, y has de morirte al fin creyendo en
-brujas. Porque unas fregatrices te hayan dado tal cual disgustillo,
-de esos que tiene á cada momento cualquiera mujerzuela casada, ya te
-ahogas.</p>
-
-<p>—Pero recuerda que por huir de ese y otros disgustillos semejantes,
-estamos tú y yo fuera de la ley, en el estado honesto <i>á perpetuidad</i>,
-como las sepulturas de los ricos.</p>
-
-<p>—No exageres, Gedeón, y no lleves tus profanaciones hasta el extremo
-de hacer compa<span class="pagenum" id="Page_83">[p. 83]</span>rable,
-ni aun en esa pequeñez, nuestra noble independencia con la ignominiosa
-servidumbre de los casados. ¡Por Dios que es cosa chusca ver á un
-hombre que va á matar leones, detenerse porque halla en medio del
-camino una sabandija! ¿Para qué demonios quieres esa fachada que
-tienes?... Lo primero que has de hacer, Gedeón, es echarte el alma á la
-espalda.</p>
-
-<p>—Me parece que más echada...</p>
-
-<p>—Y después, dar cierto ensanche á tus empresas. ¿Á que no lo has
-hecho?</p>
-
-<p>—Efectivamente.</p>
-
-<p>—De modo que vives, como quien dice, de los huesos de aquellas
-pechugas...</p>
-
-<p>—Esa es la verdad... ¡y gracias si tengo, en un apuro, esos huesos
-que roer!</p>
-
-<p>—¡Tú á huesos, Gedeón?</p>
-
-<p>—Fíjate en mis circunstancias de hoy, en mis disgustos...</p>
-
-<p>—¡Tú á huesos, con la carne que hay por el mundo, y las ventajas que
-tienes para aspirar á la más delicada!</p>
-
-<p>—Hombre, no te diré que esté eso fuera de mis propósitos; pero
-tampoco he de ocultarte que no fío mucho en mi destreza de cazador;
-porque después que llega uno <i>á cierta edad</i>, fatigan mucho las cuestas
-arriba: parece que cada día que pasa es un año de otros tiempos,
-y<span class="pagenum" id="Page_84">[p. 84]</span> la picara razón se
-hace una charlatana inaguantable. Dice unas cosas tan á punto y tan
-bien dichas, que no hay modo de que la fantasía meta su cuchara en la
-conversación.</p>
-
-<p>—Es decir que te vas haciendo filósofo.</p>
-
-<p>—No; pero sospecho que me voy haciendo viejo.</p>
-
-<p>—De todos modos, rindes las armas.</p>
-
-<p>—Tampoco; las cuelgo, mientras estudio el campo y <i>me establezco á
-mi gusto</i> en él.</p>
-
-<p>—Por lo visto, esa es tu manía.</p>
-
-<p>—¿Cuál?</p>
-
-<p>—Establecerte á tu gusto.</p>
-
-<p>—Exigencia de carácter: no sé dormir ni descansar con pulgas en la
-cama.</p>
-
-<p>—Pues, amigo, yo soy tan viejo como tú, y nada me dice la razón
-que se oponga á mis inclinaciones, ni dejo de entregarme á ellas por
-molestia más ó menos.</p>
-
-<p>—No las tendrás.</p>
-
-<p>—¿Quién está sin alguna? «El saberlas vencer es ser valiente.»</p>
-
-<p>—Pues cree que te admiro y te envidio.</p>
-
-<p>—Resueltamente te ahogas en poca agua.</p>
-
-<p>—Podrá ser.</p>
-
-<p>—Y de todas las contrariedades de que te quejas tienes tú la
-culpa.</p>
-
-<p>—No te diré que no.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_85">[p. 85]</span></p>
-
-<p>—¿Serás también capaz de arrepentirte de no haber entrado en el
-gremio cuando el diablo te tentó?</p>
-
-<p>—No por cierto; nada veo en esa región que me la haga desear; pero
-no he de ocultarte que voy concibiendo recelos de que tampoco en la
-nuestra he de hallar lo que años há me imaginaba.</p>
-
-<p>—Y ¿cómo has de hallarlo sin la fe que te falta y con esos
-resabios de sensiblería patriarcal, que te enervan? ¡Ay, Gedeón!
-siento decírtelo; pero si has de salvarte, necesitas tutela por algún
-tiempo.</p>
-
-<p>—¿Para qué?</p>
-
-<p>—Para librarte del mayor enemigo que te persigue.</p>
-
-<p>—¿Y cuál es?</p>
-
-<p>—La manía del hogar doméstico.</p>
-
-<p>—¡Bah!</p>
-
-<p>—Créeme; es más fuerte que tú.</p>
-
-<p>—¿Y qué debo hacer, en tu opinión?</p>
-
-<p>—Si admites mi tutela por un instante...</p>
-
-<p>—Si con ella me das paz y sosiego...</p>
-
-<p>—Te lo prometo.</p>
-
-<p>—Ya te escucho.</p>
-
-<p>—Huye del enemigo.</p>
-
-<p>—¿De mi casa, en la cual nací?...</p>
-
-<p>—De tu casa, en la cual naciste y de la que, si no me engaño, eres
-propietario.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span></p>
-
-<p>—Razón de más para que la mire con tanto cariño.</p>
-
-<p>—Razón de más, digo yo, para que te animes á abandonarla. Ponla á
-renta, como los demás pisos; sácale el jugo.</p>
-
-<p>—¿Y mis recuerdos?</p>
-
-<p>—También á ellos, por lo mismo que son tu enemigo. Eso te consolará
-de la pena de no haber podido vencerle cara á cara. Desengáñate,
-Gedeón: ni tú ni yo hemos nacido para lidiar con la prosa de la vida
-doméstica, ni tenemos necesidad de intentarlo siquiera.</p>
-
-<p>—¿Qué crees que debo hacer?</p>
-
-<p>—Una cosa muy sencilla: ponte á pupilo con cuantas ventajas y
-comodidades puedas hallar, y deja á tu patrona el cuidado de lidiar con
-dueñas y fregatrices. Si tal hicieres, pronto me darás las gracias; y
-si desechas mi consejo, allá te las hayas con tus desventuras; pero no
-te quejes de ellas... ¿Dudas?</p>
-
-<p>—De dudar es el caso.</p>
-
-<p>—Medítalo bien.</p>
-
-<p>—Pienso hacerlo.</p>
-
-<p>—Pues adiós te queda, ya que estás advertido.</p>
-
-<p>Y se va, dejando á Gedeón muy pensativo y no del todo
-desconsolado.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-296.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_5">
- <p><span class="pagenum" id="Page_87">[p. 87]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-017.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="V. NO ES CASA DE HUÉSPEDES">V</h3>
- <p class="subh3">NO ES CASA DE HUÉSPEDES</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-e.jpg" alt="E" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">El consejo</span> de su amigo
-prevalece, al cabo, en el ánimo de Gedeón. Doloroso es para éste
-abandonar aquella casa en la que nació y ha vivido siempre; pero no hay
-otro remedio que cortar por lo sano.</p>
-
-<p><i>Levanta</i> la casa, ó la cierra, temiendo un arrepentimiento el día
-menos pensado; pero el hecho es que se pone á pupilo; lo cual le ha
-dado bastante que hacer, porque el <i>gremio</i> tiene mucho que explorar si
-se ha de elegir lo menos malo.</p>
-
-<p>En sus pesquisiciones para hallar un albergue, como el otro una
-posición social, ha recorrido medio pueblo y ha oído con paciencia
-el completo catálogo de las humanas vicisitudes, de boca de las
-innumerables pupileras que le han solicitado para huésped. Ninguna
-de<span class="pagenum" id="Page_88">[p. 88]</span> ellas ejercía la
-industria por ascenso: todas habían bajado hasta ella desde los puestos
-más encumbrados en armas, en nobleza y en dinero: siendo de notar
-que cuantos más humos revelaba una señora de esta clase, menos fuego
-calentaba su cocina.</p>
-
-<p>Al fin se establece en la casa que más se aproxima á sus deseos.</p>
-
-<p>Su dueña, doña Ambrosia de nombre, se conforma con blasonar de
-rígida en los más severos principios de moral, y de haber <i>dado golpe</i>,
-en los albores de su juventud, en calles y paseos. Dos veces viuda, no
-se ha puesto en peligro de serlo la tercera, porque no ha querido, no
-por falta de pretendientes, pues á pares los ha tenido que aspiraban al
-honor de sacarla de pupilera, y á la dicha de poseer los conservados
-restos de sus juveniles encantos.</p>
-
-<p>Á creerla, tiene casa de huéspedes porque, acostumbrada en vida de
-<i>sus papás</i>, y más tarde de sus maridos, á un trato escogido y ameno,
-la soledad la mata. Para ella, son familia sus pupilos; por lo cual
-admite pocos, y esos de arraigo, de formalidad y de educación: á Dios
-gracias, no necesita el tráfico para comer.</p>
-
-<p>Gedeón ocupa un gabinete con puerta falsa al corredor, y otra
-de vidrieras con cortinillas á una sala que, según advertencia
-de doña Ambrosia, es para recreo de los huéspedes, ó para<span
-class="pagenum" id="Page_89">[p. 89]</span> que éstos tengan donde
-recibir decorosamente sus visitas, En la sala hay una alcoba con cama
-<i>de respeto</i>, también al decir de la pupilera.</p>
-
-<p>Como los huéspedes son pocos y buenos, si ha de creer á doña
-Ambrosia, Gedeón consiente en comer á la mesa con ellos, ínterin llega
-una doncella que se espera y podrá servirle la comida en su cuarto con
-la puntualidad y esmero que ahora le faltarían, por estar incompleta
-«la servidumbre de la casa.»</p>
-
-<p>Durante los primeros días tiene por compañeros de mesa á un señor
-muy flaco y muy nervioso, que no habla una palabra, del cual ha dicho
-la pupilera que es un marqués muy rico, que viene á tomar aires; cuya
-marquesa es la señora oronda y colorada que se sienta á su izquierda,
-y le trincha la carne, le parte el pan en bocaditos y le escancia
-el vino.—Tampoco despliega los labios.—Ni el marqués ni la marquesa
-tienen el pelaje ni el aire de tales: pero ¡hay tantos marqueses que
-no lo parecen! Gedeón tomara á éstos por ex-tenderos de refino, que
-se retiran al pueblo natal á comerse las ganancias de treinta años de
-mostrador.</p>
-
-<p>Sigue por la derecha un hombrecillo de crespo y recortado bigote,
-de frente angosta y cabeza plana, con gabán de ropería, que sorbe las
-salsas en el plato y bebe con la boca llena, sin dejar de hablar, por
-eso, de la influencia<span class="pagenum" id="Page_90">[p. 90]</span>
-que ejercen los cuartos de luna en el corte de las uñas y del pelo, y
-de las recetas infalibles que él tiene para exterminar las chinches
-y las cucarachas.—En opinión de doña Ambrosia, este huésped es un
-ingeniero sapientísimo que estudia, por recreo, dos años hace, el
-suelo de la provincia para establecer en sitio conveniente, y á sus
-expensas, una fábrica de patatas artificiales para los pobres.—Gedeón
-le clasifica, en su padrón particular, como escribanillo de aldea.</p>
-
-<p>Llévale la contraria en sus asertos científicos, una señora muy
-peripuesta y retocada, con voz de bajo cantante. Habla mucho de
-<i>la antigua Grecia</i> y de <i>las sales áticas</i>, lo cual no sorprende
-tanto oyéndola decir á cada triquitraque que es viuda de un oidor de
-Filipinas, que dejó setenta volúmenes de comentarios á la <i>Casandra</i>
-de Licofrón, y otros cinco de notas á las <i>Dionisiacas</i> de Nonno
-Pannopolitano. El gobierno ofrece á la viuda cuarenta y ocho mil duros
-por la propiedad de estas luminosas obras; pero ella quiere el millón
-cabal, y tras él anda con la esperanza de conseguirle. Cree Gedeón que
-con que la pagaran sin descuento la viudedad que debe corresponderle
-desde la muerte del mayor de plaza (pues no otra cosa pudo tener por
-marido), se diera la erudita matrona por satisfecha.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_91">[p. 91]</span></p>
-
-<p>Algunos días después aparecen en la mesa dos huéspedes más: un
-gigantón, hosco de mirada, cerdoso de bigotes, rasgado y muy abierto
-de boca, purpúreo de color y muy largo de brazos; y su señora, el tipo
-opuesto: aguileña, oscilante, lánguida y sentimental. Malambruno, como
-desde luégo llama Gedeón al gigante, se queja del <i>fuego herpético</i> que
-le devora; por lo cual anda recorriendo climas hasta dar con uno que le
-apague el incendio.</p>
-
-<p>Por lo demás, cuando no habla de su dolencia, echando candelas por
-los ojos, brasas por las mejillas y rociadas de saliva por entre las
-cerdas de sus bigotes, aturde á los circunstantes con la estadística de
-sus caudales. En la Mancha, porque la erudita citó á don Quijote, tiene
-él tres haciendas que le produjeron el año pasado, y sólo en renta,
-doce mil fanegas de trigo. Porque se habla de dormir la siesta, ó de
-si es sana ó dañosa esta costumbre, niega él, sin que nadie lo haya
-afirmado en la mesa, que los extremeños hagan siete comidas y duerman
-cinco siestas al día. Precisamente conoce á palmos la provincia de
-Extremadura... ¡como que tiene en ella seis dehesas y más de veinte mil
-cerdos!</p>
-
-<p>Por análogos procedimientos trae á colación sus cortijos de Jerez
-y sus posesiones de Salamanca, siendo de notar que en cada de<span
-class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span>hesa, y en cada cortijo,
-y en cada hacienda, tiene, no solamente palacio con la necesaria
-servidumbre de criados para él y de doncellas para su señora, sino
-hasta <i>templo</i>, pues <i>capilla</i> se la permite cualquier zarramplín de
-aldea.</p>
-
-<p>Porque se cita el escamoteo de un reló ó el de los calzoncillos
-que llevaba puestos el vecino de al lado, cualquiera ratería de esas
-tan usuales, impunes y corrientes en la hidalga patria de Candelas y
-José María, cuenta él que en una ocasión le robaron su casa de Madrid,
-estando con su señora recibiendo á los duques de Montpensier en su
-palacio de la Serranía de Ronda; siendo lo admirable del caso, en su
-concepto, que los ladrones abrieron la puerta del <i>gabinete de raso
-azul</i>, del cual pasaron á la <i>galería de esculturas</i>; de ésta á la
-<i>sala de los tapices flamencos</i>, y de aquí á su despacho, cuajado de
-primores de arte y de objetos de lujo. Sin señales de titubear para
-encontrarla, abrieron una puerta oculta detrás de una librería de palo
-santo con columnitas de oro macizo, y entraron en un retrete, en el
-cual había hasta tres cofres llenos de alhajas de incalculable valor;
-pero no pudiendo abrirlos, á causa del secreto de sus cerraduras, ni
-cargar con ellos, por lo mucho que pesaban, se conformaron con robar
-unas botitas usadas de su señora, dos libros de<span class="pagenum"
-id="Page_93">[p. 93]</span> genealogías, y como tres cuarterones de
-azucarillos.</p>
-
-<p>Mientras Malambruno cuenta estas cosas y otras tan estupendas como
-ellas, con voz estentórea y lento diapasón, su señora no deja oir
-la suya más que para rectificar algún error de cantidad en que haya
-incurrido su esposo.</p>
-
-<p>—Eran trece mil—dice, verbigracia, al asegurar éste que eran doce
-mil solamente las fanegas de trigo cosechadas por rentas en la Mancha;
-ó—creo que eran cuatro,—aludiendo á los cofres llenos de alhajas.</p>
-
-<p>Entre tanto, Malambruno está vestido de paño de Munilla, y parte
-por la mitad los trabucos del estanco, para fumarlos en dos veces;
-su señora viste con más aparato que riqueza; no trae consigo una
-sola doncella de tantas como deja holgando en cada palacio, y todo
-el equipaje del pomposo matrimonio viene metido en un baúl de tres
-celemines.</p>
-
-<p>Fáltame decir que doña Ambrosia asiste á casi todas las exhibiciones
-retumbantes del caudal de Malambruno, y que á cada rociada de millones
-que éste suelta, mira ella á sus huéspedes y parece decirles con los
-ojos, mientras se revuelve nerviosa en su silla:</p>
-
-<p>—¿Qué tal, caballeros y señoras? ¿Tengo yo pelones en mi casa?</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/fin_lm.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_6">
- <p><span class="pagenum" id="Page_95">[p. 95]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-025.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="VI. ENTRE VENUS Y MARTE">VI</h3>
- <p class="subh3">ENTRE VENUS Y MARTE</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-d.jpg" alt="D" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Durante</span> la primera
-semana, halla Gedeón hasta cierto deleite en las originalidades de sus
-compañeros de mesa; pero á la segunda ya no puede con ellas. Asústale
-el temor de que aquello dure indefinidamente; y comparándolos con tan
-grotesco cuadro, le parecen de color de rosa los que á él le echaron de
-su casa.</p>
-
-<p>Felizmente, no tarda la pupilera en anunciarle que desde el día
-siguiente comerá en su gabinete; porque para entonces habrá llegado la
-doncella que esperaba.</p>
-
-<p>Y como lo ofrece lo cumple. Gedeón come en su cuarto al otro día; y
-¡oh sorpresa embriagadora y confortativa! la doncella que ya vino, y
-le cubre la mesa, y después le sirve los manjares, es Solita; Solita,
-que le saluda regocijada y más sandunguera que nunca; Solita,<span
-class="pagenum" id="Page_96">[p. 96]</span> que le cuenta lo poco
-afortunada que ha sido en amos desde que, bien á su pesar, tuvo que
-salir de casa de su señorito; Solita, que cuando ya no tiene nada que
-referir á éste con la lengua, parece decirle con los incitantes ojos, á
-cada plato que le sirve:—«Vamos, hombre, atrévete conmigo, que aquí no
-corres los riesgos que en tu casa; aquí soy la criada de tu pupilera;
-somos dos transeuntes que hacemos juntos un alto y nos arreglamos con
-lo que tenemos; ahora todo te es lícito sin desautorizarte... ¡Mira que
-de estas gangas no las encuentra cada día, ni tan á mano, un solterón
-medio aburrido y desalentado como tú, y que sólo vive, como perro
-achacoso, de lo que le cae en la boca!»</p>
-
-<p>No es fácil calcular con exactitud si es Solita quien tal dice
-con los ojos, ó si es Gedeón quien se lo imagina, <i>ex abundantia
-cordis</i>; pero es indudable que éste lo lee así; y como es hombre que
-no desperdicia las buenas ocasiones, sin que lleguen los principios de
-su comida ya ha puesto sus voluptuosos fines en evidencia. Mas no es
-Solita juez que sentencia en arduos litigios sin maduras reflexiones.
-Antes da muestras de sutil ingenio y experta travesura; y resistencias
-hace, aunque sin enojos, que ponen á Gedeón fuera de quicio.</p>
-
-<p>De todas maneras, esta peripecia viene á<span class="pagenum"
-id="Page_97">[p. 97]</span> interrumpir sabrosísimamente la abrumadora
-monotonía de la vida de nuestro solterón, y á hacerle llevadera la
-existencia en aquella posada que empezaba ya á parecerle presidio. En
-adelante, verá llegar con alegría las horas de comer y todas las de
-volver á su albergue...</p>
-
-<p>Una advertencia, por lo que valga, y suponiendo que alguien que esto
-lea piense que el encuentro de Gedeón con Solita no es rigorosamente
-necesario: no he conocido un Gedeón tamaño, sin una Solita semejante.
-El de mi cuento se encuentra con ella en una posada, después de haberla
-conocido en su propia casa, como otros las vuelven á ver en medio de la
-calle, ó en sitio peor, después de haberlas tratado sabe Dios en qué
-parajes.</p>
-
-<p>Mas no por esto que digo de la necesidad de las Solitas para
-determinados <i>solitarios</i>, y de su mancomunidad de debilidades, se
-hagan juicios temerarios sobre la fortaleza de la Solita en cuestión;
-pues en Dios y en mi ánima aseguro, á más de lo que ya tengo dicho,
-que va poniendo á Gedeón de muy mal temple el obstinado crecer de los
-obstáculos.</p>
-
-<p>Y cuidado que no pierde ripio el solicitante. Sus comidas se
-eternizan; sus vueltas á casa no tienen número, y no le tienen
-tampoco las veces que se le ocurre ponerse malo á las altas<span
-class="pagenum" id="Page_98">[p. 98]</span> horas de la noche, para que
-Solita le lleve el vaso de agua ó la taza de te.</p>
-
-<p>Y tan obcecado está en menudear todo lo posible sus entrevistas con
-la doncella fuerte; hasta tal punto le preocupa esta heróica tarea, que
-no se fija en que doña Ambrosia está ya en autos, y anda por alcobas
-y pasillos murmurando no sé qué letanías en que todo se canta menos
-alabanzas á su huésped, cuando él está departiendo con la doncella.</p>
-
-<p>La cual, sufre después, y no lo cuenta, los refunfuños y
-desabrimientos de su ama, como en otro tiempo sufrió los de la señora
-Braulia por idénticos, aunque no tan notorios motivos.</p>
-
-<p>—¡Si piensan <i>algunos</i> que mi casa es un cuartel, chasco se
-llevan!—grita una noche la pupilera, al salir la joven de servir el
-chocolate á Gedeón, y mientras éste se desnuda para acostarse. (Gedeón
-toma chocolate todas las noches desde que Solita vino á la casa; y
-rescoldo tomara, para hacer una comida más, si ella se lo sirviera.)</p>
-
-<p>Y cátate que apenas ha dicho esas palabras doña Ambrosia, cuando
-se oyen en la sala el arrastrar de un sable, el charrasqueo de las
-espuelas y los taconazos correspondientes; mas cuando Gedeón piensa
-que á este rumor bélico aludía la enojada patrona, advierte que se
-equivoca, pues que la oye decir en seguida, con<span class="pagenum"
-id="Page_99">[p. 99]</span> acento meloso, y á la parte de allá de las
-vidrieras del gabinete:</p>
-
-<p>—En esta habitación estará usted como en la suya propia;
-precisamente la tengo destinada para estos lances... porque mi casa no
-es, propiamente hablando, casa de huéspedes. Á Dios gracias, no los
-necesito para vivir. Los tomo, como quien dice, para tener familia, y
-cuando me los recomiendan personas de suponer y de carácter como la que
-á usted le envía.</p>
-
-<p>La misma ó parecida relación que le hizo á él.</p>
-
-<p>—Pues mire usted, patrona—contesta en la sala una voz sonora y
-retumbante,—la persona que aquí me manda tendrá todo el carácter y todo
-el suponer que usted quiera; pero decente no es el alma de perro que
-debía alojarme en su casa y me echa á una mala posada.</p>
-
-<p>—En cuanto á eso, caballero militar—replica doña Ambrosia
-notoriamente sulfurada,—entienda usted que esta casa ni es posada ni es
-mala; y por lo que hace á quien le envía á usted á ella, no necesita
-aprender de nadie á ser decente, ni tampoco tiene obligación de
-hospedarle á usted á su lado.</p>
-
-<p>—¡Ni yo de aguantar con paciencia que á estas horas se me vaya <i>á la
-empinada</i> la hija de su madre!</p>
-
-<p>—¡Caballero!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_100">[p. 100]</span></p>
-
-<p>—Lo dicho; y, por último, yo no le he buscado á usted la lengua.</p>
-
-<p>—Ni yo le he faltado á usted...</p>
-
-<p>—Á ver si hay en este palacio, si le parece poco posada, quien me
-dé de cenar. Eso es lo que pido, y para después, una cama. ¿Lo tiene
-usted, señora? ¿Sí ó no?</p>
-
-<p>—¡Eso es injuriarme!</p>
-
-<p>—¿Lo tiene usted? ¿Sí ó no?</p>
-
-<p>—¡Pues no he de tenerlo? ¿Con quién se le figura á usted que está
-tratando?</p>
-
-<p>—Pues venga cuanto antes, y no se meta usted en más honduras.</p>
-
-<p>—¡Es que tiene usted unas cosas!...</p>
-
-<p>—¡Yo tengo todo lo que necesito, señora!</p>
-
-<p>—¡Y unas demasías!...</p>
-
-<p>—En cuanto usted se largue de aquí, no me sobrará nada.</p>
-
-<p>Dicho esto, se oye un pisar menudito y fuerte, y un zumbido
-sibilante, como de mujer que se marcha renegando; y, acto continuo,
-vuelve á oirse la voz del hombre de la sala, que grita:</p>
-
-<p>—¡Ruiz!... ¡Ruiz!</p>
-
-<p>—¡Presente, mi capitán!—responde desde el pasadizo otra voz de
-hombre, cuyos pasos, acompañados también de ruido de espuelas y de
-sable, indican que acude al llamamiento.</p>
-
-<p>—¿Y el maletín? ¿Y el galápago? ¿Y las bridas?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_101">[p. 101]</span></p>
-
-<p>—Ahí quedan, mi capitán.</p>
-
-<p>—Traételos.</p>
-
-<p>Un instante después, vuelve á decir el llamado Ruiz:</p>
-
-<p>—Aquí está el maletín.</p>
-
-<p>—¿Y lo demás?</p>
-
-<p>—¿Lo demás, mi capitán?...</p>
-
-<p>—¡Lo demás, sí!</p>
-
-<p>—Pues lo demás, con permiso... digo que se quedará aquí afuera...</p>
-
-<p>—¡Gaznápiro! ¿Te lo he mandado sacar de la cuadra para que lo dejes
-en la cocina?</p>
-
-<p>—No, señor; pero ¿dónde lo pongo si no?</p>
-
-<p>—Ahí, en el <i>arzón trasero</i> de la cama. Ya sabes que yo nunca duermo
-lejos de las monturas.</p>
-
-<p>—Pero hay casos, mi capitán... digo, con permiso... ¡Como están los
-<i>bastos</i> tan sudaos... y es tan blanco ese bullarengue que cae por
-encima!...</p>
-
-<p>—¿Á que te rompo la grupa de un puntapié?...</p>
-
-<p>—Es que, mi capitán, como he conocío el genio de la patrona por lo
-que rezaba cuando salío de aquí... Vamos, temí que... Y por eso advertí
-á mi capitán...</p>
-
-<p>—Pues precisamente estoy yo deseando dar unas vueltas de picadero á
-esa jaca bravía... ¡Conque figúrate tú!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_102">[p. 102]</span></p>
-
-<p>—Siempre á la orden, mi capitán.</p>
-
-<p>Y por el ruido que sigue á esta despedida, conoce Gedeón que
-la montura del cuadrúpedo del capitán pasa, conducida por Ruiz, á
-colocarse en la cama <i>de respeto</i> de la <i>sala de recreo</i> de los
-huéspedes de doña Ambrosia.</p>
-
-<p>Jamás se vió una embustera desmentida más pronto ni más al caso.</p>
-
-<p>Gedeón (que nunca puso en duda que su pupilera admitía cuanto se
-le presentaba) no sabe si sentir ó celebrar el lance. Lo siente por
-el riesgo que corren, y pueden correr en adelante, su comodidad y su
-reposo; pero se alegra por lo que tiene de respuesta á la indirecta
-<i>cuartelera</i> que le echó la rígida doña Ambrosia, si es que á él iba
-enderezada, como lo va sospechando.</p>
-
-<p>Entre tanto, el capitán no cesa de llamar á Ruiz, ni Ruiz cesa
-de pasar y repasar el pasadizo; hasta que, acostado el primero y
-marchándose el segundo á <i>zagalear</i> las bestias y á dormir á su lado,
-reina el sosiego en la casa y ronca Gedeón.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-296.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_7">
- <p><span class="pagenum" id="Page_103">[p. 103]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-235.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="VII. VARIAS CATÁSTROFES">VII</h3>
- <p class="subh3">VARIAS CATÁSTROFES</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-t.jpg" alt="T" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Tres</span> días con tres
-noches duran las marimorenas que arman el capitán y su asistente.</p>
-
-<p>¡Ruiz! por acá; ¡Ruiz! por allá; ¡mi capitán! por allí; ¡mi capitán!
-por el otro lado; que la cebada, que el maletín, que los alcances, que
-el caballo, que ¡vete!, que ¡estate!, que ¡bruto!, que ¡por vida!, que
-la patrona, que el libramiento, que las raciones, que la herradura...
-Y todo esto á gritos, al medio día, á media noche, al amanecer, y
-comiendo y almorzando.</p>
-
-<p>Gedeón no sosiega; y, además, todo le huele á cuadra y le sabe á
-rancho y le suena á cuartel.</p>
-
-<p>Doña Ambrosia está en ascuas, tiene calambres, riñe con el capitán y
-se disculpa con Gedeón.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_104">[p. 104]</span></p>
-
-<p>—Ya usted ve, no es culpa mía. ¡Cómo podía yo pensar!... Para
-algunas gentes todo es lo mismo... No tienen educación, carecen de
-principios... ¡Pero yo haré!... ¡Yo le aseguro!... Usted dispensará...
-Á cualquiera le sucede... Como una juzga á los demás por sus propios
-sentimientos...</p>
-
-<p>Y no dura la brega más que tres días, porque doña Ambrosia, con la
-disculpa de que tiene comprometida la habitación, despide al capitán
-cuando vence su boleta; disculpa que éste no admite como de buena ley,
-por lo cual, antes de marcharse, pone á la pupilera como trapo de
-fregar, y á la casa, que no hay por dónde mirarla.</p>
-
-<p>Aquella noche descansa Gedeón y hasta reanuda sus casi interrumpidos
-coloquios con Solita; pero con esto vuelven á arder las apagadas
-iras de doña Ambrosia, y á estallar sobre su doncella, y á oirse sus
-letanías acostumbradas cada vez que pasa por delante de la puerta falsa
-del gabinete.</p>
-
-<p>En esto, toman posesión de la sala dos nuevos huéspedes. Son dos
-cómicos, que vienen á casa á la una de la mañana, y se acuestan á las
-dos, y se levantan á las once, y comen á deshora, y estudian á voces
-sus papeles, y cantan á grito pelado coplas indecentes, y se pasean
-en calzoncillos por toda la casa desde que sa<span class="pagenum"
-id="Page_105">[p. 105]</span>len de la cama hasta que se van al ensayo,
-y dicen chicoleos desde el balcón á todas las mujeres que se asoman
-á los de enfrente, y tiran bolitas de pan y huesos de aceituna á los
-hombres que pasan por la calle.</p>
-
-<p>De vez en cuando los visitan otros camaradas del oficio, y entonces
-se hunde la tierra.</p>
-
-<p>Gedeón, condenado desde mucho tiempo hace á ir de mal en peor
-en esto de <i>establecerse á su gusto</i>, suspira por el capitán, que
-le parece un ángel de Dios, comparado con aquellos demonios del
-estrépito.</p>
-
-<p>Un día convidan éstos á comer á media docena de sus amigos; y como
-la comida es solemne, tiene lugar en la sala. Antes que lleguen los
-postres, Gedeón se ahoga de ira y de ruido, y tiene que largarse á la
-calle para buscar un poco de aire menos corrompido, y una algarabía más
-tolerable.</p>
-
-<p>Dos horas le dura la <i>arrancada</i>, como dicen los marinos, ó la
-<i>velocidad inicial</i>, según la culta jerga científica; dos horas que
-invierte Gedeón en meterse, como los huracanes, por todas las rendijas
-que halla á su paso en la ciudad. Cuando se ve rendido y desfogado,
-vuélvese á casa, en la creencia de que, si no la policía, el cansancio
-habrá puesto en orden y en silencio á los cómicos de la sala.</p>
-
-<p>Pocos pasos antes de llegar al portal, obser<span class="pagenum"
-id="Page_106">[p. 106]</span>va que sale de él Solita, con un lío de
-ropa debajo del brazo. Este detalle le parece grave.</p>
-
-<p>En efecto, Solita se echa á llorar en cuanto se encara con
-Gedeón.</p>
-
-<p>—¡Ay, señorito!—le dice entre sollozos,—¡qué mala estrella es usted
-para mí!</p>
-
-<p>—Pues ¿qué sucede, hija mía?—pregúntala Gedeón hecho unas mieles.</p>
-
-<p>—Que por usted salgo de esta casa, como por usted salí de la
-otra.</p>
-
-<p>—¡Por mí, alma de Dios!</p>
-
-<p>—Sí, señor, por usted.</p>
-
-<p>—¿Pero qué la he hecho yo á usted? vamos á ver.</p>
-
-<p>—Ya usted me comprende.</p>
-
-<p>—Pues no comprendo una palabra.</p>
-
-<p>—¿Qué me había hecho usted cuando la señora Braulia me difamaba?</p>
-
-<p>—Absolutamente nada, Solita; absolutamente nada... y bien á mi
-pesar, créalo usted.</p>
-
-<p>—Gracias por la intención... Pues eso mismo me ha hecho usted ahora;
-y, sin embargo, la señora me ha dicho... bastante más que la otra.</p>
-
-<p>—¿De mí?</p>
-
-<p>—Y de mí: de los dos.</p>
-
-<p>—¡Ah, grosera, incivil y menguada!</p>
-
-<p>—¡También usted!</p>
-
-<p>—Me refiero á la pupilera, hija mía. ¡Yo denostar á quien es la
-cultura, la suavidad y la...!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_107">[p. 107]</span></p>
-
-<p>—Mil gracias, señorito... Pues verá usted. Desde que entré en su
-casa, venía martirizándome con palabras de muy mal sentido, cada vez
-que yo salía del gabinete, de servirle á usted.</p>
-
-<p>—¡Y no me ha dicho usted nada!</p>
-
-<p>—¿Para qué?</p>
-
-<p>—Para que yo estrangulara á esa tarasca.</p>
-
-<p>—Pero hoy y como no quise servir á los de la sala, porque al
-ponerles la mesa me dijeron muchas groserías, tomó pie de aquí en
-cuanto usted se fué á la calle; y sobre si no me gustaba servir á otro
-huésped que al del gabinete, y si usted y yo nos entendíamos, y sobre
-si esto era inmoral y escandaloso, y sobre no sé qué perrerías más
-por el estilo, díjome tales cosas, que me obligaron á cantarla cuatro
-verdades al oído y á despedirme en seguida.</p>
-
-<p>—¡Bien, Solita! ¡Eso es tener dignidad y carácter! Lo que siento yo
-es no haber estado cerca para remachar el clavo encima de su cabeza...
-Pero vamos á ver: ¿adónde va usted ahora?</p>
-
-<p>Aquí Solita baja los ojos, recoge una punta de su delantal con la
-mano libre, y responde con voz lenta y no muy firme:</p>
-
-<p>—Por de pronto... á casa de una amiga.</p>
-
-<p>—¿Y después?</p>
-
-<p>—Después... adonde me quieran.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_108">[p. 108]</span></p>
-
-<p>—Entonces, no se mueva usted de aquí.</p>
-
-<p>—Ya sabe usted en qué sentido hablo.</p>
-
-<p>—También usted en el que yo la replico.</p>
-
-<p>—La necesidad me obliga á servir.</p>
-
-<p>—Porque usted quiere.</p>
-
-<p>—¡Qué bromas gasta usted!</p>
-
-<p>—No en este momento.</p>
-
-<p>—Me parece que más claras...</p>
-
-<p>—Si quisiera usted tomar en serio lo que yo le dijera...</p>
-
-<p>—¿Más aún de lo que me tiene ya dicho?</p>
-
-<p>—¡Muchísimo más!</p>
-
-<p>—¡Pues tendrá que oir!</p>
-
-<p>—¡Cosa buena, Solita!</p>
-
-<p>—Como de usted.</p>
-
-<p>—Ya se ve que sí.</p>
-
-<p>—Pues si usted lo asegura...</p>
-
-<p>—Ha de saber usted, Solita, que tengo un plan.</p>
-
-<p>—¿Ahora, de repente?</p>
-
-<p>—Hace días.</p>
-
-<p>—¿Y qué?</p>
-
-<p>—Que si quisiera usted conocerle...</p>
-
-<p>—Si me interesa en algo...</p>
-
-<p>—De punta á cabo.</p>
-
-<p>—Pues usted dirá.</p>
-
-<p>—Es algo extenso... ¿Va usted muy lejos?</p>
-
-<p>—Bastante.</p>
-
-<p>—En ese caso, andando hablaremos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_109">[p. 109]</span></p>
-
-<p>—Como usted guste.</p>
-
-<p>—Pues vamos andando.</p>
-
-<p>Y á andar echan los dos, calle adelante, paso á paso, medio á
-obscuras cuando pasan cerca de un farol, y á obscuras por completo
-cuando de él se alejan, juntos, juntitos, y muy encorvado el uno sobre
-la otra, como la&nbsp;<i>f</i> sobre la&nbsp;<i>i</i>.</p>
-
-<p class="centra g3 mt1"><sup><b>. . . . . . . . . . . . . . .</b></sup></p>
-
-<p class="mt1">Una hora más tarde vuelve Gedeón á su posada, de la cual
-falta ya el único atractivo que para él tenía. ¡Considérese con qué
-ojos mirará ahora aquella guarida en que la necesidad le metió!</p>
-
-<p>Cuando entra en su gabinete, reina el silencio en la sala, aunque
-algún débil rayo de luz y tal cual carraspeo le indican muy pronto
-que hay gente en ella. La curiosidad le mueve á separar un poco
-una cortinilla de las vidrieras y á mirar lo que hay al otro lado.
-Alrededor de la mesa en que han comido, ve á los dos huéspedes y á sus
-amigos, con las cabezas en grupo y los cuerpos descoyuntados sobre las
-sillas. La luz está en medio de todos, y debajo de ella algo que Gedeón
-no puede ver; pero muy pronto llegan á su oído varias palabras, como
-<i>juego</i>, <i>cargo</i>, <i>me retiro</i>, <i>entrés</i>, etc., etc.</p>
-
-<p>—Vamos—piensa Gedeón,—lo que faltaba.</p>
-
-<p>Mas apenas lo ha pensado, cuando el grupo se deshace y se arma en
-la sala un vocerío<span class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span>
-tremendo; y sobre si <i>muerto</i> ó si vivo; sobre si <i>el salto</i> ó si
-el quiebro, en un instante suenan diez bofetones, tres botellazos y
-cincuenta blasfemias.</p>
-
-<p>Acude doña Ambrosia, llega Malambruno y viene el ingeniero en
-calzoncillos ¡que ya tiene que ver!; y mientras encarnizan más el
-combate queriendo apaciguarle, Gedeón recoge sus dispersos vestidos,
-empaqueta sus cachivaches, y sale después en busca de dos mozos de
-cordel.</p>
-
-<p>Cuando vuelve con ellos, déjalos á la puerta de la escalera; y
-notando que la tormenta ya no ruge, llama á doña Ambrosia.</p>
-
-<p>—¡Señora!—le dice.—¡Ésta es la casa de <i>Tócame-Roque</i>!</p>
-
-<p>—¡Más honrada y más decente que la que merece el muy
-descortés!—respóndele la pupilera, trémula de ira y con los ojos
-inyectados de sangre.</p>
-
-<p>—¡Esto es un burdel!—añade Gedeón, mirándola con una seriedad y una
-firmeza que la desesperan más.</p>
-
-<p>—¡Eso hubiera usted hecho de ella, á no ser yo quien soy, y á no
-velar, como velo, por la buena moral!</p>
-
-<p>—Que lo digan los de la sala.</p>
-
-<p>—¡Yo no puedo preverlo todo!</p>
-
-<p>—Pero debía usted no engañar á nadie, como me ha engañado á mí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_111">[p. 111]</span></p>
-
-<p>—¡Cómo!...</p>
-
-<p>—Negándome que aquí se admite al primero que llega.</p>
-
-<p>—¡Y lo niego todavía! ¡Y sostengo que ésta no es casa de
-huéspedes!</p>
-
-<p>—En eso no miente usted, porque es cosa algo peor.</p>
-
-<p>—¡Caballero!</p>
-
-<p>—Porque lo soy me marcho... Ahí va lo que debo, y en paz.</p>
-
-<p>—Cuando usted guste.</p>
-
-<p>—Ahora mismo.</p>
-
-<p>—Naturalmente. Como se largó <i>ella</i>...</p>
-
-<p>—¡Señora!...</p>
-
-<p>—Bernabé y la ciega... No podía ser otra cosa... Estaban ustedes de
-acuerdo.</p>
-
-<p>Aquí Gedeón, temiendo dar un escándalo semejante al que acaba de
-presenciar, entre echar el telón abajo como dirían los de la sala, ó
-por el balcón á la pupilera, opta por lo primero, como lo más prudente,
-y manda entrar á las dos acémilas para que carguen con su equipaje.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-111.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_8">
- <p><span class="pagenum" id="Page_113">[p. 113]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-055.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="VIII. DE MAL EN PEOR">VIII</h3>
- <p class="subh3">DE MAL EN PEOR</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-a.jpg" alt="A" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">¿Adónde</span> vamos con
-esto?—le preguntan.</p>
-
-<p>—Á la fonda.</p>
-
-<p>—¿Á cuál de ellas?</p>
-
-<p>—Á la más cara,—responde Gedeón, decidido á ahogar sus desventuras
-en dinero.</p>
-
-<p>Y anda, anda, llegan los tres á un ancho portal muy charolado
-y resplandeciente; y sube, sube, por una escalera muy lustrosa,
-detiénense en un vestíbulo medio lujoso, medio limpio y medio obstruído
-por baúles amontonados y camareros sin educación.</p>
-
-<p>—¿Adónde vamos?—pregunta á éstos la acémila delantera.</p>
-
-<p>—Adentro se lo dirán á ustedes,—responde el menos soez de los
-preguntados.</p>
-
-<p>Y los tres penetran en un largo corredor; y hallan á un hombre
-gordo que, al verlos, em<span class="pagenum" id="Page_114">[p.
-114]</span>puña la manezuela de una de las puertas de la ringlera, y
-les dice:</p>
-
-<p>—Aquí.</p>
-
-<p>Mas apenas ha metido Gedeón las narices dentro, dan sus ojos con un
-hombre en calzoncillos, esparrancado, en chancletas, y como haciendo
-equilibrios delante de un espejillo colgado en la pared, y detrás de
-una bujía colocada entre uno y otro.</p>
-
-<p>—Perdón,—exclama el hombre gordo, mientras el de adentro se vuelve á
-mirarle, navaja de afeitar en mano, y con media cara rapada y la otra
-media cubierta de jabón.</p>
-
-<p>Treinta pasos más adelante, vuelve á decir el que guía, abriendo
-otra puerta:</p>
-
-<p>—Aquí es.</p>
-
-<p>Y cuando los que van detrás se disponen á seguirle, una mujer en
-enaguas lanza un grito, y abalanzándose á la puerta, ciérrala con ira,
-mientras la voz de un hombre suelta una blasfemia en francés desde el
-fondo de aquel misterio inexplorado.</p>
-
-<p>Á vueltas de otras tres equivocaciones por el estilo, el hombre
-gordo, ya sulfurado, pónese á gritar desde el centro de una encrucijada
-á que han llegado los cuatro:</p>
-
-<p>—¡M’siu Cotelet!... ¡M’siu Cotelet!</p>
-
-<p>—¡Boum!—le contesta una voz desde allá lejos, muy lejos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_115">[p. 115]</span></p>
-
-<p>—¿Quiere usted decirme, con mil demonios, qué número es el que está
-desocupado?</p>
-
-<p>—¡El <i>dusiantos trantiunoooo</i>!...—vuelve á responderle la voz.</p>
-
-<p>—Es en el otro piso, caballero—dice el hombre gordo á Gedeón.—Es
-enteramente igual á éste: sólo tiene de más algunas escaleras.</p>
-
-<p>Súbenlas los cuatro, tres de ellos jadeando ya y con amagos de jadeo
-el hombre gordo; y vuelven á recorrer nuevos pasadizos. Al fin de uno
-de ellos hay una puerta con el número 231. Allí es. El hombre gordo
-entra y enciende una vela. Á su luz se ve el suelo lleno de papeles
-rotos y puntas de cigarro, la cama revuelta, la palangana hecha una
-basura, y la pared con lamparones.</p>
-
-<p>Mientras Gedeón paga y despide á los mozos de cordel, llega un
-camarero silbando unas habaneras; y de dos trastazos da por arreglada
-la cama, dejando al nuevo huésped en la duda de si mudó las sábanas
-ó aprovecha las que tenía; vierte las inmundicias de la jofaina en
-un cubo de latón; saca á puntapiés los papeles al corredor; sacude
-dos manotadas y da un restregón con la sempiterna rodilla al tocador;
-cuelga encima de éste una tohalla; y, sin dejar de silbar las
-habaneras, sale del cuarto, despidiéndose con un portazo que hace
-temblar los tabiques.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_116">[p. 116]</span></p>
-
-<p>Mustio se queda Gedeón por largo rato, maquinalmente sentado sobre
-uno de sus baúles y midiendo con la vista el menguado perímetro de
-aquella estancia. Después se levanta, y, maquinalmente también, procede
-á hacer el inventario de cuanto en ella le pertenece para su uso.</p>
-
-<p>Además de la cama y del tocador ya mencionados, hay un ropero con
-puerta que no ajusta, de espejo desazogado y llave que no cierra; una
-percha de fleje con seis colgadores, tres de ellos á medio arrancar,
-dos arrancados ya y uno partido por el medio; una mesa de noche
-(cuyo entreabierto cajón permite ver, en su obscuro fondo, media
-liga vieja, un cabo de vela, tres palillos de dientes muy usados,
-un parche de trementina á medio uso, y seis tachuelas amarillas);
-una jarra de latón, como el cubo, llena de agua; sobre la mesa de
-noche una botellita blanca, con un vaso boca abajo por tapadera; un
-velador cabizbajo y alicaído, no por la carga liviana de un tinterillo
-sin entrañas y una pluma roñosa que no puede calzar más que punto y
-medio, por mucho que se presume, sino por sus achaques naturales y
-frutos de su arrastrada vida; por último, dos sillas de mala muerte
-y una butaca cuya anatomía de astillas y de alambre pugna, y al fin
-ha de conseguirlo, por romper<span class="pagenum" id="Page_117">[p.
-117]</span> la mezquina envoltura que aún la impide, aunque sólo á
-trechos, protestar en debida forma contra la opresora poltronería de
-los huéspedes.</p>
-
-<p>De manera que allí todo está previsto para la comodidad de éstos y
-para sus más apremiantes necesidades, y nada falta más que el aseo, el
-orden y el desahogo. Todo parece decirle á Gedeón: «No te molestes en
-llamar, porque no acudirá nadie al llamamiento, en la confianza de que
-tienes aquí cuanto necesitas. Para lo demás, ya te llamarán á tí.»</p>
-
-<p>No ignora Gedeón lo que son las fondas; pero entre <i>pasar</i> por
-ellas, como él ha pasado algunas veces, y <i>vivir</i> en ellas, como ahora
-vive, hay muchísima distancia; y mucho mayor para un hombre siempre
-cebadito y mimado en su casa, en la cual todo era suyo y para su
-regalo.</p>
-
-<p>Decididamente no es en aquel angosto y desaliñado recinto donde ha
-de llenar el vacío de que se queja desde que nosotros le conocemos.</p>
-
-<p>Con éstas y otras cavilaciones en la mollera, y mirando con
-repugnancia cuanto le rodea, vase desnudando poco á poco; y sin pizca
-de ilusiones para el día siguiente, métese en la cama como pudiera
-tirarse al pozo, apagando de un soplo la bujía y encendiendo en su
-memoria el recuerdo de Solita, que, por de pron<span class="pagenum"
-id="Page_118">[p. 118]</span>to, le alegra un poco la imaginación,
-aunque no le llena, ni con mucho, el abismo de su alma.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Una semana, quince días, dos meses... un año... lo que el lector
-quiera, lleva Gedeón de residencia en aquel agujero, ó en otro
-idéntico, de la misma fonda ó de otra quizá peor que habrá encontrado,
-en su afán de mejorar de vivienda y de <i>establecerse á su gusto</i>.</p>
-
-<p>Le ocupa lo menos que puede, y vuelve á él á las horas de comer y de
-acostarse, como el colegial á cátedra después de las vacaciones.</p>
-
-<p>Para colmo de desdichas, tiene un destacamento reumático en una
-rodilla, y un manantial en un oído; le va engordando la panza y se
-le insinúa un catarro de pecho que, cuando el tiempo refresca, le da
-bastante que hacer.</p>
-
-<p>Pero más que estas plagas, que al cabo le dejan en paz muy á menudo,
-le abate un aburrimiento desconsolador. Verdaderamente no sabe qué
-hacer de su cuerpo, ni en su celda ni en la calle. En la una todo
-es angostura y soledad. En la otra no tiene ya con quién departir;
-pues sus tres camaradas, únicos seres cuyo trato ha cultivado con
-frecuencia, le van inspirando una invencible antipatía, y huye de ellos
-como de la peste.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_119">[p. 119]</span></p>
-
-<p>En cuanto <i>á lo demás</i>, tanto le cansa como le deleita, si es que
-algo de ello no le remuerde; reducido, en suma, á insubstanciales
-despojos de las sobras de otros tiempos, ó á <i>similores</i> del presente,
-que no valen el trabajo que le cuestan, ni el riesgo en que le ponen su
-libertad.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-031.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_9">
- <p><span class="pagenum" id="Page_121">[p. 121]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-063.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="IX. POR LAS NUBES">IX</h3>
- <p class="subh3">POR LAS NUBES</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-a.jpg" alt="A" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Ahora</span> podemos suponer,
-por suponer un poco de todo, que Gedeón, libre una semana de sus
-dolencias físicas, hace un esfuerzo supremo para sacudirse las morales,
-y se lanza, fraque en ristre, á regiones en que jamás ha penetrado,
-para estudiar aquellas razas y la manera más cómoda de explotarlas en
-beneficio de sus deseos y en concordancia con sus imaginaciones.</p>
-
-<p>Por de pronto, sus pies, hechos á pisar los suelos de cabretón, han
-de enredársele no poco en el fino vellón de las alfombras. Brujuleará
-por salas y rincones; hará como que refiere al conocido que haya
-hecho su presentación cosas muy graves é importantes, para estudiar
-con disimulo maneras y actitudes en los que pasan á su lado; para
-tantear estilos de conversación amena y por lo fino, y, sobre to<span
-class="pagenum" id="Page_122">[p. 122]</span>do, para tomar lenguas de
-todas y cada una de las damas que adornan los contornos del salón: se
-fijará primero en las más bellas; después en las más frágiles, y, por
-último, en las más accesibles, según el criterio de su acompañante.</p>
-
-<p>Verá que no faltan entre los hombres que entretienen y acompañan á
-las más jóvenes y más hermosas, galanes antediluvianos que tapan la
-carcoma de sus muchos años con afeites y postizos.</p>
-
-<p>Diránle que, así y todo, los hay entre ellos que no pierden siempre
-que juegan; lo cual animará mucho á Gedeón cada vez que, al pasar por
-delante de un espejo, vea reflejarse en él sus canas, sus arrugas y su
-pestorejo de veterano; pero luégo sabrá que aquellos tipos, además de
-haber envejecido allí, lo cual ahorra el mal efecto de una aparición
-con flemas y <i>pata de gallo</i>, y de poseer algún atractivo especial para
-las mujeres, aunque sólo sea éste el saber desempeñar con donaire el
-papel de comparsa en tales fiestas, no son solterones como él, sino
-hombres que no se han casado todavía, porque quizá picaron muy alto al
-intentarlo, pues lo han intentado muchas veces.</p>
-
-<p>¡Pero Gedeón!... He aquí lo que, á lo sumo, se dirá de él, si algo
-se dice, después que se muestre en semejantes alturas:</p>
-
-<p>—Pues es <i>un señor</i> que se llama Gedeón, que<span class="pagenum"
-id="Page_123">[p. 123]</span> está bien por su casa, y que tiene horror
-al matrimonio.</p>
-
-<p>No puede decirse menos de un hombre que es, además, vulgar y
-adocenado de figura.</p>
-
-<p>Hay ejemplos de que una pecadora lo haya sido con el caritativo fin
-de sacar á un calavera de los malos pasos en que también Gedeón se ha
-encontrado, y elevarle hasta ella, acaso para corromperle más; pero
-ese redimido era hermoso, ó, cuando menos, notable, ya que no célebre,
-en algún concepto; y Gedeón no es célebre, ni notable, ni hermoso por
-ninguna parte que se le mire.</p>
-
-<p>Con tales desventajas encima, ¿qué puede prometerse el mal
-aconsejado solterón si se echa á herborizar en el campo en que le
-suponemos colocado?</p>
-
-<p>Le rechazarán las solteras, porque no es negocio ni buen modelo para
-marido, aun cuando él se prestara á serlo; y <i>las demás</i>, suponiendo
-que existan (yo siempre lo niego), pensarán, y muy cuerdamente, que ya
-que el diablo las lleve, que las lleve en coche.</p>
-
-<p>Tentará á probar fortuna, eso sí, que para eso fué allá, y además
-es terco; y no se dirigirá á la más fea ni á la menos joven, que para
-eso es solterón y frisa en viejo; y se meterá en floreos de lenguaje
-y en retóricas trasnochadas; y preguntará por la <i>gavota</i> y el <i>baile
-inglés</i>, y<span class="pagenum" id="Page_124">[p. 124]</span> por la
-música del <i>Tancredo</i>, cuando hace setenta años que ni aquéllos se
-bailan ni ésta se canta; y por sandio que sea, caerá en la cuenta de
-que cuanto más sublime se hace, se pone más en ridículo.</p>
-
-<p>Y recordará entonces que en las capas inferiores, como ahora se
-dice, de la sociedad, entre modistillas y gentes de medio pelo, está él
-como el pez en el agua; recuerdo que, enfrente de las dificultades que
-traban su lengua y turban sus ideas, le excitará el deseo de vencerlas,
-y tal vez sus manos se atrevan á cometer demasías de tacto, ó su
-lengua se desborde, ó sus piernas desmazaladas, y á la sazón revueltas
-entre vecinas faldas de sedas y crespones, hagan una barbaridad que
-escandalice al concurso.</p>
-
-<p>De todas maneras, Gedeón perderá el tiempo; porque aun concediéndole
-algún fruto en sus exploraciones, bien apreciado no valdrá la violencia
-en que le pondrían los medios para alcanzarle. Violencia digo, porque
-sin ella no puede él vivir en un terreno tan extraño á sus hábitos é
-inclinaciones.</p>
-
-<p>Y si le frecuentara más para hacerle placentero, acabaría por
-salir de él marido de la mujer más pobre y fea; y no <i>convertido</i>,
-sino <i>domado</i> como una bestia; en el cual caso sería una variedad
-vulgarísima entre los célibes remolones, y no un perfecto modelo de la
-especie sol<span class="pagenum" id="Page_125">[p. 125]</span>terona
-<i>impenitente</i>, como el lector y yo hemos convenido en que sea
-Gedeón.</p>
-
-<p>En substancia, este capítulo es pura y simplemente una respuesta
-anticipada al candoroso lector que, olvidado de la naturaleza especial
-de nuestro personaje, me salga al encuentro con esta observación, que,
-en su concepto, lo resolvería todo, y hasta me excusara el trabajo de
-escribir lo que me falta de este libro.</p>
-
-<p>—Pues, hombre, si Gedeón se aburre, ¿por qué no se divierte como
-yo?</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-008.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_10">
- <p><span class="pagenum" id="Page_127">[p. 127]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-075.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="X. LO QUE NO HABÍA PREVISTO GEDEÓN">X</h3>
- <p class="subh3">LO QUE NO HABÍA PREVISTO GEDEÓN</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-p.jpg" alt="P" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Pero</span> lo verosímil es
-que, á pesar de sus propósitos, si los tiene todavía, no se resuelva á
-salir de sus merodeos de <i>escalera abajo</i>; porque lo que entra con el
-capillo, sale con la mortaja.</p>
-
-<p>Á la edad en que Gedeón ha pensado en elevar su vuelo hasta las
-águilas rapaces, ya pesa mucho el cuerpo; y si, aunque con trabajos, se
-sube, faltan los ojos para resistir el sol mirándole cara á cara. La
-tierra llama á lo suyo; y aunque sueñe ser águila, se queda el atrevido
-tan milano como sus hábitos le han hecho ó su madre le parió.</p>
-
-<p>Lo innegable, por de pronto, es que una noche se retira á su
-albergue triste y dolorido; que la cama, aunque fementida, le llama á
-sí, y que él se arroja en ella sediento y quebrantado.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_128">[p. 128]</span></p>
-
-<p>Como el sueño no acude á sus párpados, entretiénese en apreciar la
-cantidad y la calidad de la dolencia que le postra; pero cuanto más
-se examina, menos comprende si sus dolores proceden del cuerpo ó del
-espíritu.</p>
-
-<p>Le asaltan serios temores de que la enfermedad pueda complicarse, y
-se estremece al pensar en la asistencia que le aguarda.</p>
-
-<p>Entonces cae en la cuenta de que jamás ha entrado en sus previsiones
-un contratiempo semejante.</p>
-
-<p>—He aquí un caso—se dice,—en que la familia no es tan abominable
-como nos la pintan. La más mala de las mujeres, el más ingrato de
-los hijos, pudieran prestarme ahora un auxilio, aunque sólo fuera el
-de su presencia, que para mí no ha de haber, ni pagándole. Mas yo no
-tengo esposa, ni hijos... ni siquiera un amigo, ni un allegado... Me
-faltará el consuelo de que no carecerá el último zapatero que se muera
-de hambre en un desván... Pero esto tenía que suceder; es lógico tal
-desamparo... Es una de las quiebras de mi oficio.</p>
-
-<p>Después se va con la imaginación adonde le llevan los objetos
-que le rodean y los rumores que perciben sus oídos; y así, por esta
-senda, llega á antojársele que en toda fonda <i>bien montada</i> hay algo
-de manicomio, de cárcel y hasta de hospital: de todo, menos de casa y
-hogar.—Aquellas<span class="pagenum" id="Page_129">[p. 129]</span>
-celdas en fila, con los números sobre la puerta; aquella uniformidad
-de camas, de colchas, de sillas y jergones; aquel hormigueo de gentes
-en los interminables corredores, gentes de todas edades, procedencias
-y cataduras; gentes que no se conocen ni se hablan; aquellos camareros
-brutales, impasibles, con el eterno mandil ceñido y el sucio lienzo en
-la mano, como verdasca de loquero ó tohalla de <i>practicante</i>; aquel
-gemir en un cuarto, reir en el otro y cantar en el de más allá; ó
-hablar aquí en francés, en griego allí, y en un rincón de negocios,
-en otro de literatura, y de amor en el más obscuro; aquella campana
-que recorre patios y pasadizos, llamando á comer cosas que el huésped
-no ha pedido y no sabe si le gustarán, en una mesa muy larga y entre
-gentes que se enfilan en ella como mulos en pesebrera, y como éstos,
-sin chistar ni sonreir, engullen; el rechinar de las cerraduras por
-la noche al meterse cada cual en su madriguera; el ruido acompasado
-del huésped que se va, ó del que llega á las dos de la mañana, como el
-ruido de los pasos del centinela en el patio de un presidio, ó de los
-hombres que sacan un cadáver de la cama de un hospital para llevarle al
-cementerio; y, por último, el marcharse uno sin despedirse como entró
-sin saludar, porque el <i>amo</i> es allí una entidad, como el Municipio ó
-el Es<span class="pagenum" id="Page_130">[p. 130]</span>tado en los
-hospitales, en los manicomios y en las cárceles, detalles son, con
-otros muchos más, en concepto de Gedeón, tan aplicables á la fisonomía
-de una fonda como á las de esos lugares aborrecibles y aborrecidos.</p>
-
-<p>Lo único en que no se parecen la una y los otros es que en los
-hospitales, en los manicomios y en las cárceles tiene la caridad
-socorros y consuelos para los acogidos, para los locos y para los
-criminales enfermos, al paso que los huéspedes de las fondas pueden,
-como Gedeón mismo, irse al otro mundo sin que lo sepa nadie más que
-Dios que se los lleva.</p>
-
-<p>En éstas y otras visiones, la noche avanza, el sueño no viene y la
-sed le atormenta. Como se ha bebido ya el agua de la botella, ase el
-cordón de la campanilla, tira de él con ansia, y espera.</p>
-
-<p>Los minutos corren y nadie viene.</p>
-
-<p>Al fin oye pasos en el corredor.</p>
-
-<p>—¡Ese es!—piensa.</p>
-
-<p>Pero el ruido se aleja. Oye otra vez rumor de pisadas junto á su
-cuarto, y vuelve á llamar creyendo que le oirá el que pasa; mas no
-reflexiona que la campanilla á la cual corresponde el cordón de que
-él tira, quizá esté zarandeándose en el otro piso, y que se necesita
-que se halle cerca de ella una persona para<span class="pagenum"
-id="Page_131">[p. 131]</span> que pueda saberse que <i>número</i> es el que
-llama.</p>
-
-<p>Convencido de que tirar de aquel cordón es clamar en desierto, se
-arroja de la cama y apaga su sed con el agua de la jarra de latón. No
-es fresca ni está limpia; pero es abundante.</p>
-
-<p>Vuelve á acostarse, y tampoco puede dormir; y van pasando las horas
-y mermándose los ruidos, por calmarse el movimiento; y cuando sólo se
-oye, de vez en cuando, el roncar de los que duermen á los lados, ó el
-lento taconeo del que trasnocha ó se va, ó el lastimero mayar del gato
-enamorado, en el desván cercano ó en el tejado vecino, el cansancio le
-rinde y le proporciona un sueño reparador, durante el cual se imagina
-que vela á su lado una esposa solícita y amante que le toca la frente y
-se la refresca con besos amorosos y con paños de nieve, no más blanca
-que sus manos, mientras un niño de angelical sonrisa le acaricia el
-enardecido rostro con sus rizos de querube.</p>
-
-<p>¡Cómo le consuela todo esto! Pero en seguida se le ponen delante
-sus tres camaradas y consejeros, furibundas las miradas y mostrando
-en sus espumantes bocas víboras por lenguas; ante el cual aspecto,
-repulsivo é infernal, la visión consoladora desaparece, quedando en su
-lugar un hombre de blanco mandil, que le pide por cada gota de agua una
-moneda.</p>
-
-<p>Después no sueña nada; se queda como un<span class="pagenum"
-id="Page_132">[p. 132]</span> tronco. Al despertar por la mañana, se
-encuentra sin fiebre, pero muy abatido y con horror á la soledad.</p>
-
-<p>No se cansa en reñir al mozo que le sirve, cuando, cerca del
-mediodía, entra en su cuarto: perdería el tiempo y las palabras; pero
-le <i>suplica</i> que mande venir un médico.</p>
-
-<p>Á todo trance quiere comunicar con alguno; y no teniendo amigos ni
-parientes, ha calculado que nadie como un hombre de aquella profesión
-puede ayudarle á pelear contra el enemigo que le asedia.</p>
-
-<p>Hará que le visite á cada hora, si tanto se necesita; le costará el
-auxilio caro, pero tendrá, á lo menos, quien le ayude á morirse en toda
-regla, si decretada está su muerte, ó le tienda una mano para salir del
-lecho.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-132.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_11">
- <p><span class="pagenum" id="Page_133">[p. 133]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-203.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="XI. LO QUE LE DUELE Á GEDEÓN">XI</h3>
- <p class="subh3">LO QUE LE DUELE Á GEDEÓN, Y POR QUÉ LE DUELE</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-a.jpg" alt="A" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Al cabo</span> de dos horas se
-presenta el médico. Se ha necesitado una para que el camarero, después
-de olvidar el encargo, le recuerde, y cerca de otra para decidirse á
-llevarle á su destino.</p>
-
-<p>Es el Doctor hombre de medio siglo, de rostro sereno y de mirada
-firme, pero sin dureza; pulcro en el vestir y culto en sus maneras.</p>
-
-<p>Gedeón, en cuanto le tiene al lado, le hace una pintura de sus
-recientes dolores.</p>
-
-<p>El Doctor le mira, como si sus ojos leyeran mucho más adentro de
-la fisonomía; le toma el pulso, sin dejar de mirarle, y no dice una
-palabra.</p>
-
-<p>El enfermo, tras una corta pausa, continúa enumerando detalles y
-acumulando fenómenos, sin ocultar lo que soñó por la noche.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_134">[p. 134]</span></p>
-
-<p>El médico palpa, observa y no despliega sus labios.</p>
-
-<p>El paciente cierra los suyos, mira á los ojos del médico, y parece
-pedirle su dictamen.</p>
-
-<p>—¿Quiere usted darme algunos antecedentes?—dice al cabo el Doctor,
-dejando de palpar, pero no de mirar á Gedeón, como si le pareciera
-poco la enfermedad explicada para causa de tanto y tan visible
-decaimiento.</p>
-
-<p>Gedeón, que siempre tuvo una salud de bronce, no halla medio de
-satisfacer la pregunta del Doctor.</p>
-
-<p>—No se fije usted solamente en los dolores del cuerpo—añade éste al
-notar la perplejidad del enfermo;—examine usted también las vicisitudes
-del espíritu; pues con frecuencia es éste la causa mediata de muchas
-dolencias de aquél.</p>
-
-<p>Gedeón narra sus últimas desazones, aunque achacándolas á las
-prosáicas contrariedades que el lector conoce.</p>
-
-<p>—Un poco más atrás...—replica el médico, como si hubiera dado con el
-rastro de lo que busca.</p>
-
-<p>Gedeón retrocede con su relato hasta la catástrofe de la señora
-Braulia.</p>
-
-<p>—¡Más atrás todavía!—insiste el Doctor, animando al enfermo con
-expresiva mímica.</p>
-
-<p>Gedeón se atreve á contar hasta <i>por qué</i> se decidió á establecerse
-como <i>mozo de casa abier<span class="pagenum" id="Page_135">[p.
-135]</span>ta</i>; apunta algunas consideraciones sobre su aversión
-al matrimonio; algo también sobre los consejos que le dieron, y no
-poco sobre el carácter de los consejeros; y así, apuntando el uno y
-excitándole el otro á revolver más los fondos de la historia, llega el
-Doctor á conocerla casi tan al pormenor como nosotros, siendo de notar
-que Gedeón la desenvuelve con tanta complacencia, como si fuera lienzo
-ceñido á sus carnes, y buscara quien estirase las arrugas que se las
-desuellan.</p>
-
-<p>Cuando concluye, le dice el Doctor, con rostro afable:</p>
-
-<p>—Lo que usted me ha referido no es otra cosa que la confirmación de
-una sospecha que adquirí desde que comparé su estado actual con las,
-según usted creía, causas inmediatas de él.</p>
-
-<p>—¿Luego no son esas las que?...</p>
-
-<p>—El mal que, en apariencia, le ha postrado á usted en el lecho, se
-cura con dos cuartos de ungüento; pero no le diría á usted la verdad el
-médico que le dijera que estaba usted curado porque ya no le dolía la
-rodilla.</p>
-
-<p>—¿Cree usted que podrá repetirse el dolor, según eso?</p>
-
-<p>—Creo que no es ese el mal que usted padece.</p>
-
-<p>—¿Otro más grave, acaso?</p>
-
-<p>—¿Me autoriza usted para decirle todo mi leal sentir?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_136">[p. 136]</span></p>
-
-<p>—No sólo le autorizo á usted, Doctor; se lo ruego.</p>
-
-<p>—Pues haciendo uso de esa licencia, empiezo por decir que le ha
-hecho usted muy malo de su vida.</p>
-
-<p>—¿Por qué?</p>
-
-<p>—Porque ha mirado usted del revés todas sus conveniencias.</p>
-
-<p>—¡Vea usted: yo creía todo lo contrario!</p>
-
-<p>—No me sorprende. Viéndose usted joven, robusto, mimado y
-consentido, dejóse arrastrar de los estímulos de todas esas aparentes
-ventajas, sin tener en cuenta que son muy efímeras, ni, lo que más
-importa, aunque el corazón debió advertírselo, que el hombre necesita,
-en cada edad, hacer (si es lícita la metáfora) sus provisiones para
-la inmediata; porque sabido es que en lo moral, y á las veces en lo
-físico, lo que en las unas nutre, en las otras envenena.</p>
-
-<p>—Por ejemplo...</p>
-
-<p>—Por ejemplo: la absoluta emancipación de las pasiones, la ruptura
-de todos los vínculos divinos y humanos...</p>
-
-<p>—¿Y eso nutre alguna vez?</p>
-
-<p>—Eso, durante el hervor de la juventud, es el fuego que más le
-sostiene; el huracán que le empuja; el imán que la atrae.</p>
-
-<p>—¿Y después?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_137">[p. 137]</span></p>
-
-<p>—Después es el hielo de los páramos en el invierno de la vida.</p>
-
-<p>—Es muy bonito eso... para dicho, Doctor; pero...</p>
-
-<p>—¿Duda usted que sea cierto?</p>
-
-<p>—Acaso.</p>
-
-<p>—Pues de que lo es, tengo un ejemplo delante.</p>
-
-<p>—¡Yo!</p>
-
-<p>—Me ha confesado usted hace poco que la soledad le mata.</p>
-
-<p>—Es verdad.</p>
-
-<p>—Luego no me equivoco.</p>
-
-<p>—Pero eso le sucede á cualquiera.</p>
-
-<p>—Lo niego: de esa clase de soledades únicamente se quejan los que
-han vivido divorciados de todo afecto generoso; los que han hollado
-en la juventud las leyes de Dios y las de la naturaleza; los que han
-llegado á las puertas de la vejez sin un abrigo para el corazón, sin un
-consuelo para el alma.</p>
-
-<p>—Hombre, en eso de consuelos, cada uno puede tenerlos á su
-manera.</p>
-
-<p>—No el alma, que los tiene bien determinados; el alma, como de
-origen divino, no puede satisfacerse con los goces brutales de la
-materia. Su destino en el mundo es mucho más elevado.</p>
-
-<p>—¿Cuál es, según usted, ese destino sublime?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_138">[p. 138]</span></p>
-
-<p>—El amor.</p>
-
-<p>—Entonces estamos de acuerdo.</p>
-
-<p>—El amor, sí; pero no ese amor carnal que sólo dura lo que la pasión
-grosera que le enciende; el amor del padre al hijo, del hijo al padre,
-del hermano al hermano, del hombre á su prójimo; el amor que infunde
-en una criatura el heroísmo de arrojarse al fuego por sacar de él á su
-enemigo; el placer inefable de aliviar los dolores que padece otro sér;
-el ansia de ser útil á sus semejantes... Este es el amor sublime; éste
-es el amor del alma, si el alma ha de ser digna de Dios.</p>
-
-<p>—Y ¿cuál es, en opinión de usted también, la fuente en que se bebe
-ese néctar?</p>
-
-<p>—La familia.</p>
-
-<p>—Y ¿por qué no ha de beberse fuera de ella?</p>
-
-<p>—Fuera de ella puede también sentirse ese amor; sólo que quien así
-le sienta, no odiará, como usted, el matrimonio, base y fundamento de
-la familia.</p>
-
-<p>—Y ¿por qué odiando el matrimonio no he de poder yo amar de esa
-manera?</p>
-
-<p>—¿Por qué no brotan flores en el Sahara?</p>
-
-<p>—Porque es un desierto.</p>
-
-<p>—¿Y cree usted que es otra cosa el corazón de un egoísta? ¿Cómo ha
-de ser capaz de partir su capa con el pobre quien renuncia á los<span
-class="pagenum" id="Page_139">[p. 139]</span> hijos por el temor de
-que le turben el sueño con sus juegos? ¿Qué ha de ser el corazón que
-sólo palpita al impulso de los groseros deleites, más que una víscera,
-como el de una bestia?... y digo mucho, porque las bestias tienen el
-instinto de asociarse y de amar á sus semejantes, cumpliendo de este
-modo la ley que Dios les impuso; ley contra la que nada ni nadie se
-rebela en la tierra, más que el hombre egoísta.</p>
-
-<p>—¡Ja, ja, ja!... ¡qué Doctor éste!</p>
-
-<p>—¿Se ríe usted?</p>
-
-<p>—¿Pues no he de reirme?</p>
-
-<p>—¿Por qué no se reía usted anoche?</p>
-
-<p>—Hombre... porque estaba enfermo.</p>
-
-<p>—Y ¿por qué lo estaba usted?</p>
-
-<p>—¡Toma!... Porque... porque no estaba sano.</p>
-
-<p>—Eso es responder de mala fe: usted me ha confesado que lo que más
-le dolía entonces era... <i>el desamparo</i>.</p>
-
-<p>—Llámelo usted <i>hache</i>.</p>
-
-<p>—Precisamente hay que llamarlo <i>equis</i>, porque es la incógnita de
-este problema.</p>
-
-<p>—Pues concedido que lo sea. ¿No podía yo estar acompañado y
-asistido... hasta con amor, y sin embargo?...</p>
-
-<p>—Y sin embargo, pensar usted como piensa, y ser usted lo que es. ¿No
-es esto lo que usted quería decir?</p>
-
-<p>—Cabalmente.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_140">[p. 140]</span></p>
-
-<p>—Y ¿á título de qué, señor mío, había de gozar usted ese privilegio?
-¿Quién le ha dicho á usted que el amor del prójimo se enciende como
-una pajuela cuando necesitamos su luz, y se apaga cuando nos estorba?
-¿Qué da usted al prójimo en cambio de eso que le pide?... Ó ¿cree usted
-que el mundo es un mueble de lujo para recreo de cuatro solterones
-aburridos, ó de otros tantos egoístas desalmados?</p>
-
-<p>—Está usted cruel conmigo, Doctor.</p>
-
-<p>—Como lo estoy siempre que trato de salvar una vida extirpando el
-cáncer que la compromete. Cumplo con mi deber.</p>
-
-<p>—Es verdad.</p>
-
-<p>—Y no dude usted que le hablo con ella en los labios.</p>
-
-<p>—No lo dudo, y hasta agradezco la intención. Pero pongámonos
-en todos los casos. Suponga usted que esas teorías me parecen muy
-saludables, y que las aplaudo; pero suponga usted también que mi
-corazón se resiste á aceptarlas. ¿Cómo he de adoptar yo un partido que,
-sin poder remediarlo, me repugna?</p>
-
-<p>—El corazón se educa como la inteligencia, señor mío; y la prueba
-es que el corazón de usted está dando hoy el fruto de la educación que
-recibió ayer.</p>
-
-<p>—Árbol, como dicen los moralistas, que se torció de joven.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_141">[p. 141]</span></p>
-
-<p>—Cabalmente.</p>
-
-<p>—Luego debo renunciar á enderezarle, hoy que es ya viejo.</p>
-
-<p>—Esa segunda parte es la que no se ajusta rigurosamente al caso
-actual.</p>
-
-<p>—¿Por qué?</p>
-
-<p>—Hay en la enfermedad que usted padece, un síntoma del cual huye
-usted tomándole por enemigo de su reposo. Pues precisamente ese
-síntoma es el que á mí me revela que el árbol, aunque robusto, puede
-enderezarse todavía. Aludo á esa ansia de algo que usted busca y no
-halla, desde que se vió solo en el hogar doméstico.</p>
-
-<p>—Y ¿qué viene á ser ese síntoma?</p>
-
-<p>—El grito de la naturaleza que reclama sus derechos; el ¡ay! de un
-alma solitaria.</p>
-
-<p>—Y ¿cómo he de responder yo á esos gritos y á esos ayes?</p>
-
-<p>—Dándole al alma su natural refugio.</p>
-
-<p>—¿Dónde existe ese refugio? ¿Cómo se llama?</p>
-
-<p>—Existe en todas partes; se llama familia.</p>
-
-<p>—¡Familia! Olvida usted que no la tengo.</p>
-
-<p>—Sé que no trató usted de adquirirla cuando perdió la que tenía; y á
-esa falta de previsión aludí al principio.</p>
-
-<p>—Pues, amigo Doctor, ya es tarde para reparar esa falta.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_142">[p. 142]</span></p>
-
-<p>—Yo insisto en que aún es tiempo.</p>
-
-<p>—¿Y así, de repente, como quien cambia de vestido, quiere usted que
-cambie yo de sistema, ó de estado?</p>
-
-<p>—De ningún modo. Quiero que, ya que hasta hoy ha venido usted
-envenenándose el alma con quimeras de la imaginación, empiece usted á
-tomar el antídoto, estimulando un poco el sentimiento, ó lo que es lo
-mismo, dejándose llevar de esa ansia que le <i>persigue</i>, hasta donde esa
-ansia le lleve. El punto de parada será el puerto de salvación.</p>
-
-<p>Dicho esto, cállase el médico y Gedeón no replica, y quédanse los
-dos mirándose mutuamente; pero la mirada del Doctor es la que ataca,
-por decirlo así; la del enfermo la que se defiende, y no con mucho
-valor.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-074.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_12">
- <p><span class="pagenum" id="Page_143">[p. 143]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-017.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="XII. OPINIÓN DE UN MÉDICO">XII</h3>
- <p class="subh3">OPINIÓN DE UN MÉDICO SOBRE UN FISIÓLOGO Y&nbsp;OTRAS MISERIAS</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-t.jpg" alt="T" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Transcurridos</span> así
-breves momentos, Gedeón pregunta, en crudo, al Doctor:</p>
-
-<p>—¿Es usted casado?</p>
-
-<p>—No, por desgracia.</p>
-
-<p>—¿Luego no me predica usted con el ejemplo?</p>
-
-<p>—Le predico á usted con el sentido común, y además con la
-experiencia.</p>
-
-<p>—¿Con qué experiencia?</p>
-
-<p>—¿Le parece á usted poca la de mi profesión? Todas las de mis
-enfermos son otras tantas familias con quienes comparto sus penas y sus
-alegrías. ¡Y si viera usted cuánto se aprende en esos libros tan viejos
-como el mundo!</p>
-
-<p>—No lo dudo; pero mientras en su lectura no se interese el
-corazón...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_144">[p. 144]</span></p>
-
-<p>—¿Luego cree usted que el mío no se interesa en ella? ¿Luego es
-usted de los que piensan que la condición de médico excluye toda
-sensibilidad moral?</p>
-
-<p>—No tanto como eso; pero creo que la costumbre de ver padecer á
-otros, embota, hasta cierto punto, esa sensibilidad.</p>
-
-<p>—La costumbre, amigo mío, enseña á sufrir, pero no á matar el
-sentimiento; la costumbre enseña á cortar un miembro sin que la mano
-vacile, pero no á que el corazón deje de sentir el ¡ay! que el dolor
-arranca al amputado; la costumbre enseña á penetrar en el hogar ajeno,
-donde todo es lágrimas y desconsuelo, sin que las nuestras broten de
-los párpados, pero no evita que el alma se anegue en ellas... Créame
-usted, no hay nada más terrible que la situación de un médico á la
-cabecera de un moribundo. Á los ojos de la madre, de la esposa, de los
-hijos, asomadas sus almas, y esas almas mirando á nuestros ojos para
-leer en ellos un consuelo y pedir á nuestra ciencia una esperanza; y,
-entre tanto, nuestra ciencia no sabe calmar uno solo de los dolores
-que van matando poco á poco al desgraciado, que acaso es nuestro mejor
-amigo ó nuestro hermano.</p>
-
-<p>—¡Menguada ciencia, por cierto!</p>
-
-<p>—La ciencia no puede borrar lo que está escrito. Allí donde Dios
-pone su mano; allí don<span class="pagenum" id="Page_145">[p.
-145]</span>de el Hacedor dice: «esta vida se acaba,» es inútil el
-esfuerzo del hombre.</p>
-
-<p>—Luego es inútil la ciencia.</p>
-
-<p>—La ciencia sirve para hacer de un cuerpo inválido un cuerpo
-vigoroso. Éstos son nuestros grandes consuelos, aunque no alcanzan á
-compensar las otras amarguras. Pues bien: el que tiene saturada de
-ellas el alma; el que á combatir sus causas se consagra, sin hora
-cierta para el reposo ni el sosiego, ¿cómo ha de gozar las dulzuras de
-la familia propia? ¿No la expondría á cada instante, si la tuviera,
-al contagio de sus melancolías? Por eso no la tengo yo, amigo mío; es
-decir, por amarla, por venerarla demasiado; por eso se la recomiendo á
-usted, que es libre, para hacerla feliz y serlo, á la vez, con ella.</p>
-
-<p>—Pero repare usted, Doctor, que la pintura que usted me ha hecho del
-interior, llamémoslo así, de una familia, no tiene gran atractivo que
-digamos.</p>
-
-<p>—¿Y piensa usted que por huir de la familia ha de verse libre de
-dolores ni de la muerte?</p>
-
-<p>—No; pero entre sentir los míos solos, y cargar con la molestia de
-los ajenos, hay alguna diferencia.</p>
-
-<p>—No tan grande, seguramente, como la que hay entre verse usted
-como se ha visto anoche, aun sin grave dolencia, y asistido y
-consolado<span class="pagenum" id="Page_146">[p. 146]</span> como,
-según usted mismo me ha dicho, se creyó, por un instante, en su
-delirio.</p>
-
-<p>—Delirio al cabo, Doctor.</p>
-
-<p>—Delirio que yo veo todos los días convertido en realidad.</p>
-
-<p>—¿En dónde?</p>
-
-<p>—Á la cabecera de mis enfermos; allí, por cada vez que hallo el
-vacío y el desamparo, como los he hallado en este cuarto, hallo mil
-todas las virtudes de que es susceptible el corazón humano, formado
-á tiempo por el santo calor de la familia cristiana, á cuyo abrigo
-tuvimos usted y yo la dicha de nacer; allí, entre la prosa, como
-ustedes dicen, de los jaropes y de los ayes, es donde yo veo el amor
-desinteresado, la abnegación y el heroísmo, lucir como las estrellas en
-el cielo, brotar como las flores en la primavera. Allí, en presencia
-de aquellos modelos, es como debieran escribirse las <i>fisiologías del
-matrimonio</i>; no á las puertas del gran mundo, ni en los bailes de la
-Ópera, ni en las carreras de Long-champs; en esos libros debieran
-buscar los hombres como usted la resolución de sus dudas, y no en las
-páginas de los libelos, ni en el dictamen de tres egoístas de la peor
-especie.</p>
-
-<p>—¿Conoce usted á Balzac, Doctor?</p>
-
-<p>—Conozco á Balzac y á cuantos han llevado su contingente de
-burlas á ese cúmulo de dis<span class="pagenum" id="Page_147">[p.
-147]</span>lates sobre la familia, que le han extraviado á usted el
-criterio.</p>
-
-<p>—¡Dislates Balzac!</p>
-
-<p>—Precisamente han sido los grandes hombres quienes han dicho los
-mayores desatinos.</p>
-
-<p>—¡Doctor!...</p>
-
-<p>—No se fije usted en mi pequeñez para desautorizar el aserto. Otro
-grande hombre, más viejo que Balzac, y aun de más talla, Cicerón, lo ha
-dicho: <i>Nihil tan absurdum quod</i>...</p>
-
-<p>—Perdone usted, Doctor; estoy algo flojillo en esa lengua.</p>
-
-<p>—Pues quiere decir, en romance, <i>que no hay absurdo corriente</i>, <i>por
-enorme que sea</i>, <i>que no proceda de algún filósofo</i>.</p>
-
-<p>—Pues con la venia de Cicerón, ya que quiere usted que no acepte yo
-sus palabras como un dicho más, paréceme á mí que tratándose de hechos
-como los que analizan esos grandes pensadores, no tiene mucho valor ese
-dictamen.</p>
-
-<p>—¿Á qué hechos se refiere usted?</p>
-
-<p>—Al matrimonio, por ejemplo.</p>
-
-<p>—¿Y le analiza alguno de ellos?</p>
-
-<p>—Con pinzas y microscopio... Pero ¿no me ha dicho usted que conoce á
-Balzac?</p>
-
-<p>—Y lo repito; y por eso declaro que yo no he visto jamás en los
-libros de ese autor cosa que se parezca al matrimonio.</p>
-
-<p>—¡Pues me gusta, hombre!... ¡Cuando no<span class="pagenum"
-id="Page_148">[p. 148]</span> tratan de otro asunto sus dos obras más
-famosas!... Á millares danzan allí los maridos y las mujeres... y lo
-demás.</p>
-
-<p>—Efectivamente, se habla mucho en esos libros de matrimonios que,
-después de arañarse por resentimientos apenas verosímiles en imberbe
-enamorado, se reconcilian con un vestido de baile, con una comida
-<i>au Rocher de Cancal</i>, ó con una cena en el <i>Café Inglés</i>; hay allí
-mujeres que «se aterran» porque dice la modista, al probarles un corsé,
-que les ha crecido el perímetro de la cintura media pulgada; maridos
-que se amoscan porque sus mujeres aluden con demasiada frecuencia al
-reciente desarrollo de sus estómagos; esposas que se arrepienten de
-serlo porque sus maridos tienen un diente postizo, pero que, al cabo,
-se consuelan sabiendo que hay esposos de sus amigas que toman rapé. Á
-todas estas cosas y otras infinitas no tan <i>transcendentales</i>, pero sí
-inherentes al matrimonio, se les llama <i>miserias de la vida conyugal</i>,
-y se discurre largamente sobre ellas, en palabras de doble sentido,
-y dando á todas las frases un aire de «¡pobres <i>predestinados</i>!;»
-se dice, bajo el rótulo de <i>axioma</i>, y como un aviso en bien de la
-paz de un matrimonio, «que se guarde mucho el marido de dormirse
-antes y de despertarse después que su mujer;» porque ¡figúrense
-ustedes lo que sucedería oyéndole ésta roncar,<span class="pagenum"
-id="Page_149">[p. 149]</span> ó contemplándole en posición poco
-<i>elegante</i>!; se diserta con este motivo sobre las condiciones que debe
-reunir la cámara nupcial, y se califica de <i>imbécil</i> al marido que se
-atreve á colarse en el tocador de su esposa... Aquello, amigo mío,
-de punta á cabo, no es más que una pura decepción de los sentidos, y
-una ociosa gimnasia del raciocinio para indicar el modo de que duren
-algo más las <i>ilusiones</i>; lo propio que si se tratara de un acaudalado
-sensual y de una cortesana corrompida, que se <i>ajustasen</i> para vivir
-matrimonialmente una temporada.</p>
-
-<p>¿Le parece á usted que es esto analizar el matrimonio? ¿Le parece á
-usted que éste no tiene otros fines que cumplir ni otros aspectos por
-los cuales deba estudiársele? ¿No es un desatino, más que desatino,
-sandez, excitar al lector á que crea que la esposa que se arroja de
-su lecho para salvar de las llamas á su hijo, sin reparar en que su
-marido la está viendo descalza y en camisa, es una mujer prosáica, cuyo
-ejemplo debe presentarse para <i>escarmiento</i> de los hombres de <i>buen
-gusto</i> aspirantes á casarse?</p>
-
-<p>—Amigo mío, llevando las conjeturas al extremo á que usted las
-lleva...</p>
-
-<p>—No hay tal extremo; son deducciones lógicas de los principios
-manoseados por Balzac. Y yo pregunto ahora: ¿qué se propone este
-se<span class="pagenum" id="Page_150">[p. 150]</span>diciente
-fisiólogo? ¿Demostrarnos que la <i>ilusión</i> del novio desaparece en breve
-dentro del matrimonio? Pues para semejante vulgaridad no había para qué
-emborronar tantos papeles. El marido más ramplón de los <i>míos</i> sabe
-que todo lo que en la vida conyugal se refiere á los sentidos, apenas
-resiste la segunda prueba. ¿Quiere decirnos también que el matrimonio
-más enamorado al formarse, tiene que deshacerse pronto por la fuerza
-incontrastable de las miserias de sus propios <i>desencantos</i>? Pues á
-esto puede preguntar el mismo <i>pobre</i> marido á ese grande hombre: «¿Qué
-haces tú de los cónyuges de tus libros cuando pierden las ilusiones ó
-se las quitan los años con la prosa de las arrugas y del histérico?
-¿Se devoran unos á otros? ¿Los recoge la caridad pública? ¿Ó hay algún
-infierno especial adonde van estos seres, aun en vida, á purgar el
-delito de haberse casado, ó la afrenta de haber envejecido? ¿Y son
-esos los matrimonios que han de producir hombres útiles á la patria,
-y mujeres que lleguen á ser madres honradas, como la mía? Pues yo,
-que peino canas y tengo á mi lado una esposa con arrugas, no trocara
-por aquellas ilusiones que duraron un día, como todo lo carnal y
-voluptuoso, el inefable placer que siente mi alma desde el instante
-en que se fundió en la de mi <i>compañera</i>, como la de ésta se fundió
-en la mía;<span class="pagenum" id="Page_151">[p. 151]</span> el
-sublime consuelo de venir atravesando juntos el desierto de la vida,
-prestándole yo mis fuerzas y ella auxiliándome con las suyas; y, por
-último, la dicha de verme revivir en mis hijos, de verlos crecer y de
-dirigir sus corazones para que sus virtudes puedan llegar á ser un día
-corona de mis canas, y acaso, más allá, la gloria de mi nombre ó de su
-patria, con el cual fin les pongo, como perenne juez de sus actos, á
-Dios de quien proceden y á quien irán, si á su ley no faltan mientras
-acá abajo lidian, que á eso venimos á este campo de batalla, contra
-las propias pasiones y el rudo acometer de las ajenas. Así pensando
-y así sintiendo, ni yo veo sus arrugas, ni ella en mis canas repara;
-y cuanto más el cuerpo se encorva hacia la tierra que le llama, más
-risueño y más ufano se eleva mi espíritu hacia Dios, que es su dueño y
-su destino.»</p>
-
-<p>Esto le diría á Balzac, dándole en ello bien resuelto su mal
-planteado problema, el último de los maridos que no han aprendido á
-serlo en los <i>gabinetes reservados</i> de los <i>restaurants</i> de París, ni
-en el <i>foyer</i> de sus teatros, ni en las aceras de sus <i>boulevards</i>,
-ni en las <i>exposiciones</i> de sus <i>loretas</i> y <i>cocodés</i>. ¿Se dice algo
-parecido á ello en los matrimonios á que aluden esos libros?</p>
-
-<p>—Pero, Doctor, el que Balzac hable de lo<span class="pagenum"
-id="Page_152">[p. 152]</span> que sucede en sus matrimonios, no quiere
-decir que se burle de <i>los de usted</i>.</p>
-
-<p>—Precisamente es á propósito de eso cuando la desfachatez del grande
-hombre, francés y todo, raya en lo inimitable. Recuerdo que subiéndose,
-como de costumbre, á la trípode (y por esa modestia me gustan á mí
-todos los escritores de su tierra), lanza á los cuatro vientos este
-<i>axioma</i>... entre dos anchos espacios, como aconseja Beaumarchais que
-se haga para que un dicho huela á sentencia de sabio: «Para ser feliz
-en el matrimonio, se necesita que los cónyuges sean hombre de superior
-talento <i>él</i>, y tierna y sublime <i>ella</i>, ó los dos rematadamente
-bestias.»</p>
-
-<p>—¡Pues cátalo ahí!</p>
-
-<p>—¿Cuál?</p>
-
-<p>—Un caso... dos casos.</p>
-
-<p>—¿De qué?</p>
-
-<p>—De matrimonios posibles.</p>
-
-<p>—Cabalmente son de los pocos que tacha el sentido común.</p>
-
-<p>—¡Qué demonio de Doctor éste! ¿Pues cuáles son los que el sentido
-común acepta?</p>
-
-<p>—Todos los que excomulga Balzac en el axioma: todos los que caben
-entre sus dos extremos: todos aquéllos á quienes el vulgo llama, en
-su lenguaje expresivo y adecuado, «matrimonios <i>como Dios manda</i>;» es
-decir, las muje<span class="pagenum" id="Page_153">[p. 153]</span>res
-que cosen, los hombres que trabajan, las madres que viven para sus
-hijos, los padres que cumplen con sus deberes. Para todo esto y mucho
-más que es la moneda corriente en todas las familias honradas y en toda
-sociedad bien regida, son un estorbo serio la sublimidad del ingenio y
-la sensiblería pedantesca ó la falta de sentido común en los esposos...
-Conque ¡vaya usted admirando la competencia ó la buena fe de su grande
-hombre para entender en achaques matrimoniales!</p>
-
-<p>Entre tanto, y prescindiendo yo de estas razones que tantas ventajas
-me dan en la cuestión que ventilamos, tómola en el punto en que usted
-me la puso hace un momento, y concedo que Balzac, al burlarse de <i>sus</i>
-matrimonios, respeta los <i>míos</i>. En tal caso, ¿por qué acepta usted
-todo lo que él dice, como razones contra <i>todos</i> los matrimonios?</p>
-
-<p>—Porque está de acuerdo con mi manera de pensar y de sentir.</p>
-
-<p>—¡Y con esa ligereza se resuelven asuntos tan graves para la
-vida!... Porque todavía comprendo yo que Balzac, por lucir su ingenio,
-se entretenga en escribir esas lindezas contra el matrimonio; pero que
-haya hombres que se las traguen como artículo de fe, y las acepten
-por regla de conducta, sacrificando á ellas hasta los impulsos de su
-cora<span class="pagenum" id="Page_154">[p. 154]</span>zón, le juro á
-usted que no me lo explico.</p>
-
-<p>—Pues yo sí, Doctor, y muy fácilmente.</p>
-
-<p>—¿Conoce usted <i>los otros</i> matrimonios?</p>
-
-<p>—Nada más que por lo que usted me ha dicho de ellos.</p>
-
-<p>—De manera, que tiene usted, de una parte, los matrimonios <i>á la
-francesa</i>, llamémoslos así, ridiculizados por algunos escritores de
-chispa y por la grosería de tres solterones impudentes; y de la otra,
-los matrimonios <i>á la buena de Dios</i>, que le son desconocidos; y cuando
-su corazón le grita que es ya llegada la hora de decidirse, renuncia
-usted á casarse por lo que ha leído y le han contado de los malos,
-sin tomarse la molestia de ver lo que hay oculto entre los buenos.
-Concédame usted que esto es discurrir con poca lógica, y conspirar
-contra sus propios intereses.</p>
-
-<p>—Pero ¿de qué deduce usted que yo he sentido esos impulsos del
-corazón hacia el matrimonio?</p>
-
-<p>—De sus tristezas pasadas y de sus soledades de hoy; de todo cuanto
-usted me ha referido, y de lo demás que voy <i>traduciendo</i> yo.</p>
-
-<p>—De modo que insiste usted en prescribirme por remedio...</p>
-
-<p>—Justamente: que se deje usted llevar de esos impulsos hasta
-donde ellos le conduz<span class="pagenum" id="Page_155">[p.
-155]</span>can... Y creo que, dicho esto, basta de amonestaciones por
-hoy. ¿No es cierto?</p>
-
-<p>—Le aseguro á usted, Doctor, que estoy oyéndole con grandísima
-complacencia.</p>
-
-<p>—¿Por lo que le distraigo, ó por lo que le <i>ilumino</i> á usted?</p>
-
-<p>—Por ambas cosas.</p>
-
-<p>—Permítame usted que le diga que no habla mucho en pro de la segunda
-el laconismo de sus réplicas.</p>
-
-<p>—Cortedad de alcances, Doctor.</p>
-
-<p>—Ó impenitencia obcecada, señor modesto... De todas maneras, no
-olvide usted, para perdonarme, que cuanto le he dicho ha sido como
-médico en combate con su enfermedad, para lo cual me ha llamado usted
-á la cabecera de su cama. La misma salvedad hago para cuanto pueda
-decirle en adelante.</p>
-
-<p>—Y á propósito, ¿qué me dispone usted?</p>
-
-<p>—Ya he dispuesto lo esencial.</p>
-
-<p>—Digo para el momento.</p>
-
-<p>—Para el momento, es decir, para cuando pueda usted salir á la
-calle, y con el fin de estimular un poco esos impulsos, pensaba
-disponerle á usted, y le dispongo, la misma casa que abandonó por dar
-demasiada importancia á las cosas de la señora Braulia. No tome usted
-criada joven y guapa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_156">[p. 156]</span></p>
-
-<p>—Procuraré, precavido Doctor, cumplir la prescripción en todas sus
-partes.</p>
-
-<p>—No crea usted que es la segunda menos importante que la primera,
-si el efecto del remedio ha de corresponder al carácter de la
-enfermedad.</p>
-
-<p>—Conformes; pero es el caso que al pedirle á usted algo para este
-momento, no me acordaba del espíritu, sino del cuerpo.</p>
-
-<p>—Su cuerpo de usted, que ya no tiene dolores, no necesita más que
-salir de este agujero cuanto antes, y tener en la convalecencia mejor
-compañía que la que tuvo durante la enfermedad. De lo primero cuidará
-usted; de lo segundo me encargo yo.</p>
-
-<p>—Es usted la bondad misma, Doctor.</p>
-
-<p>—Cumplo con un deber sagrado, amigo mío. Y pues nada me queda que
-hacer á su lado en esta primera visita, deme usted su permiso para
-despedirme hasta la segunda... si usted la desea.</p>
-
-<p>—Pensaba rogarle á usted que no la retardara muchas horas. ¡Estoy
-tan solo!</p>
-
-<p>—Entonces, hasta la vista.</p>
-
-<p>—Hasta luego, Doctor.</p>
-
-<p>Pero al decir esto Gedeón, deja leer en su cara algo como apremiante
-deseo.</p>
-
-<p>El Doctor lo conoce, sonríe y pregunta:</p>
-
-<p>—¿Qué más tiene usted que decirme?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_157">[p. 157]</span></p>
-
-<p>—Si en ello no cometiera una indiscreción...</p>
-
-<p>—Hable usted sin ese recelo.</p>
-
-<p>—Pues, con su permiso, declaro que me deja usted muy sorprendido.</p>
-
-<p>—¿De qué?</p>
-
-<p>—De su modo de pensar... tan...</p>
-
-<p>—Adelante.</p>
-
-<p>—Tan... inverosímil en un médico.</p>
-
-<p>—Es decir, que para la profesión que ejerzo, no me halla usted
-bastante <i>espíritu fuerte</i>: ó más claro, no me encuentra usted parecido
-á los médicos que la fama pregona en comedias y gacetillas.</p>
-
-<p>—Cabales.</p>
-
-<p>—Esperaba ese reparo; y para contestar á él guardo un argumento
-irrebatible, que no quise emplear en nuestra porfía. Sepa usted, amigo
-mío, que después de todo lo dicho, Balzac y yo somos, en cuanto al
-matrimonio, del mismo parecer.</p>
-
-<p>—¡Cáspita!... Luego no me ha dicho usted lo que siente, ó se pasa
-usted á su bando.</p>
-
-<p>—Nada de eso: se pasa él al mío.</p>
-
-<p>—¡Oiga!</p>
-
-<p>—Así como suena. Veinte años después de escribir el grande hombre
-su famosa <i>Fisiología</i>, decía, textualmente, al comienzo de otro
-libro suyo: «Quizá no ha trazado mi pluma<span class="pagenum"
-id="Page_158">[p. 158]</span> cuadro que evidencie como éste «<i>cuán
-indispensable es el matrimonio indisoluble en las sociedades
-europeas</i>.»</p>
-
-<p>—¡Canastos!</p>
-
-<p>—Y después de lamentarse de que se rigiera el mundo civilizado
-por un sistema, hijo del egoísmo de los hombres, que deificaba el
-buen éxito y aceptaba por lícitos todos los medios conducentes á
-lograrle, exclamaba: «<i>¡Quiera Dios que se acoja pronto</i> (la sociedad)
-<i>al catolicismo, para purificar las masas por medio del sentimiento
-religioso y de una educación muy distinta de la que hoy reciben</i>
-(¡asómbrese usted!) <i>en las universidades láicas!</i>»</p>
-
-<p>—¡Demonio!... ¿Eso dice Balzac?</p>
-
-<p>—Eso mismo; y sin el recelo de que me engañe la memoria, pues
-conservo en ella bien grabada esta preciosa confesión.</p>
-
-<p>—¡Pero eso es ultramontano puro!</p>
-
-<p>—Lo que usted quiera: el caso es que al lado de su ídolo de usted,
-soy un niño de teta en punto á <i>preocupaciones rancias</i>.</p>
-
-<p>—De modo que si tomamos los dichos al pie de la letra... Pero Balzac
-diría eso en broma, ó cuando ya chocheaba.</p>
-
-<p>—Ni lo uno ni lo otro. Díjolo, muy serio, dedicando á su amigo
-Carlos Nodier, famoso escritor, una de sus mejores novelas, cuyo título
-es <i>Un ménage de garçon</i>. Al frente de ella<span class="pagenum"
-id="Page_159">[p. 159]</span> puede usted verlo cuando guste; y de
-paso, léala usted, pues es la refutación más elocuente que existe de
-la <i>Fisiología del matrimonio</i>, y de las <i>Pequeñas miserias de la vida
-conyugal</i>; sin contar con que el autor de <i>La Comedia humana</i> acabó por
-casarse también, como el más simple mortal.</p>
-
-<p>—¿Y cómo se ajustan esas medidas?</p>
-
-<p>—Eso pregúnteselo usted á Balzac y á cuantos han tenido la
-debilidad, en alguna época de su vida, de sacrificar á la tentación de
-decir un chiste, el buen sentido y las eternas leyes de la moral y de
-la justicia.</p>
-
-<p>Dicho esto, sale el Doctor de la estancia, y quédase en ella Gedeón,
-en la situación de ánimo que puede suponer el pío lector que ya le
-conoce; es decir, creyendo que no se le da una higa por todo lo que
-el médico le ha predicado, y al mismo tiempo deseando que le predique
-más.</p>
-
-<p>Verdad es que el Doctor le ha parecido tan cariñoso como
-discreto.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-051.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_13">
- <p><span class="pagenum" id="Page_161">[p. 161]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-025.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="XIII. OTRO CAMBIO DE POSTURA">XIII</h3>
- <p class="subh3">OTRO CAMBIO DE POSTURA</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-g.jpg" alt="G" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Gedeón</span> está ya en su
-propia casa.</p>
-
-<p>Nada más que dos días necesitó para convalecer. ¡Tal era el afán que
-sentía de salir de aquel mezquino pudridero, y, por sí solo, mortal
-enfermedad!</p>
-
-<p>Durante dos días le visitó el Doctor muchas veces, y otras tantas
-le embelesó con sus vehementes y sinceras condenaciones del estado
-celibatario.</p>
-
-<p>Le <i>embelesó</i> digo, y no lo borro. Gedeón oía al médico echar
-pestes contra los egoístas y contra los célibes, y hasta aplaudía sus
-chistes y sus razones, como el usurero ó la adúltera, asistiendo á la
-representación de un drama en que se condena la usura ó el adulterio,
-aplauden con frenesí un período retumbante en que se pulveriza <i>á
-los del oficio</i>, y hasta llo<span class="pagenum" id="Page_162">[p.
-162]</span>ran enternecidos con la víctima esquilmada, ó con el marido
-ultrajado.</p>
-
-<p>—Eso no va conmigo,—dicen, á lo sumo, mientras se limpian las
-lágrimas, si por casualidad ellos son cetrino el uno y rubia la otra,
-y los de telón adentro morena la pecadora y bermejo el de la usura; ó,
-cuando más:</p>
-
-<p>—Razón tiene ese poeta; pero mientras no acabe de redondear este
-negocillo que traigo entre manos; ínterin Adolfo no me dé un motivo
-serio para ello, yo <i>no puedo</i> abandonar mi honrado tráfico, yo <i>no
-debo</i> pensar en volver á la senda de mis deberes conyugales.</p>
-
-<p>El corazón humano es así algunas veces.</p>
-
-<p>Gedeón oía á su consejero, y acaso decía para sus adentros:</p>
-
-<p>—¡Qué razón tienes!—Y sólo contestaba, cuando contestación se le
-pedía:</p>
-
-<p>—Ya es tarde, Doctor.</p>
-
-<p>Y si por este flaco se le atacaba, deslizábase de la cuestión con
-un «allá veremos,» frío y desanimado, como el invierno de los pobres.
-Y es que Gedeón era presa de sus vicios y resabios; y sus resabios y
-sus vicios contaban con el auxilio de aquel corpazo, fuerte todavía y
-regalón, para defenderse contra los asaltos del alma desesperada.</p>
-
-<p>No fué necesario, ciertamente, que el Doctor insistiera en la
-necesidad que tenía el con<span class="pagenum" id="Page_163">[p.
-163]</span>valeciente de volver á su hogar abandonado, porque jamás se
-le dió consejo que mejor se acomodase al rumbo de sus pensamientos.</p>
-
-<p>En cuanto le pone en práctica, parece niño con zapatos nuevos. Todo
-lo mira, todo lo soba y con todo se sonríe.</p>
-
-<p>—Yo puedo salir de este gabinete—dice para sí,—y pasearme en esta
-sala... y sentarme en este sillón... y, si me acomoda, tirar este otro
-á la calle... y poner los candelabros donde está el reló, y el reló
-donde está la escupidera... y abrir esta alcoba... y tumbarme en esta
-cama... y correr por este pasadizo... y entrar en el comedor... y ver
-qué se guisa en la cocina... y pedir lo que me acomode... y comer á la
-hora que me plazca... y beber agua, cuando lo pida; y, si oigo ruido,
-mandar que cese, y despedir á quien me desobedezca... Porque todo esto
-es mío, y yo soy aquí el amo y hago lo que se me antoja. ¿Hay algún
-fondista inhumano, ó alguna pupilera casquilucia que lo niegue?</p>
-
-<p>Y según lo va pensando, va haciendo todo cuanto de ello es factible
-sin que pueda tomársele por loco.</p>
-
-<p>Á la memoria se le vienen casos y cosas ocurridos bajo aquellas
-mismas paredes, que no son el más elocuente testimonio de la absoluta
-soberanía de que se ufana; pero ¿qué va<span class="pagenum"
-id="Page_164">[p. 164]</span>len esos casos ni esas cosas, puestos
-enfrente de las angustias que él ha pasado viviendo fuera de allí?</p>
-
-<p>Después de las soledades y las tristezas en que se ha visto,
-parécele cuanto le rodea un paraíso; y cada mueble y cada objeto de
-<i>los suyos</i>, tiene una fisonomía y un lenguaje; y con la una le sonríen
-y con el otro le saludan cada vez que pasa por delante de ellos.</p>
-
-<p>En éstas y otras puerilidades entretenido, deja correr muchos días,
-encomendando el avío de su ajuar y de su mesa á servidores temporeros,
-mientras provee el importante cargo definitivo en persona de su gusto.
-Y lo logra al cabo.</p>
-
-<p>Como precaución muy cuerda contra rencillas y desavenencias
-mujeriles, ha resuelto acumular todas las atribuciones de su
-servidumbre en una sola persona. Que ésta, si las necesita, busque
-las demás á su antojo, ó que se arregle sin ayuda de nadie, si así lo
-prefiere. El sólo aspira á vivir en paz en su casa.</p>
-
-<p>La mujer que escoge para tan delicado cargo, entre las varias que
-le pretenden, es, á primera vista, el tipo de lo insignificante. Tiene
-regular estatura, color regular, regulares carnes, regular fisonomía,
-regular edad; y viste, habla y se presenta, regularmente. Para que
-todo sea regular en ella, se llama Regla, sin<span class="pagenum"
-id="Page_165">[p. 165]</span> más aditamentos ni afinaduras en su
-nombre.</p>
-
-<p>No se agita, ni se desazona, ni hace ruido, ni se mancha; y, sin
-embargo, todo lo gobierna pronto y bien.</p>
-
-<p>Aquella casa es el oro por lo limpia, y un reló por lo arreglada.</p>
-
-<p>Gedeón no sabe todavía quién le prepara sus comidas, tan sazonadas
-como servidas á punto, ni piensa preguntarlo. Lo importante para él es
-que nada le falta ni nada le molesta, porque Regla tiene la gracia,
-entre otras, de saber ser atenta, y aun afectuosa, sin pecar de
-impertinente.</p>
-
-<p>Una noche observa Gedeón que andan ratones por su gabinete; y
-almorzando, al otro día, se lo dice á Regla. Aquella misma tarde le
-proporciona ésta un perro ratonero, feo como casi todos los de su
-oficio, corto de patas, tan grande la cabeza como todo el cuerpo, y
-para cubrirle de cabo á rabo y con muchas sobras, una melena de color
-de esparto sucio.</p>
-
-<p>—¡Qué horrible animal!—exclama Gedeón al verle.</p>
-
-<p>Y, en son de escarnio, le pone <i>Adonis</i> por nombre. Pues vean
-ustedes lo que son debilidades humanas: á los pocos días de esta
-exclamación, tiene Adonis, para su descanso, un colchoncito muy mullido
-en el mismo gabinete de su amo, y éste se pasa las horas muertas<span
-class="pagenum" id="Page_166">[p. 166]</span> atusándole las greñas y
-hasta matándole las pulgas; no almuerza ni come sin tener á su lado el
-ratonero, ni de casa sale ni á ella vuelve sin hacerle una caricia.</p>
-
-<p>—¡Que pueda un hombre de mis años y de mi temple hallar un verdadero
-placer en manosear una bestia semejante y de tan bajo oficio, no lo
-creyera jamás á no palparlo!—piensa Gedeón algunas veces; y suele
-concluir diciendo en voz alta algo por el estilo:</p>
-
-<p>—¡Chucho... hermosura de la casa! Esta mañana no fuiste á darme los
-buenos días á mi cama. Si vuelve á sucederte, te quedas sin postre al
-mediodía. ¿Lo entiendes? ¡Cuidado con que me seas ingrato! ¡Mira que la
-ingratitud es un vicio muy feo en todo perro que se estime en algo!</p>
-
-<p>Á lo cual contesta Adonis atusándose los bigotes con la lengua,
-piafando sobre las rodillas de su amo, y enviándole dos centellas de
-sus ojuelos por debajo de los mechones de sus greñas.</p>
-
-<p>Volviendo á Regla, digo que hasta su condición de viuda es una
-garantía de arraigo en casa de Gedeón. Por lo común, en la esfera
-social de esta sirvienta no se reincide en el pecado de casarse.</p>
-
-<p>Y cuidado que Regla, de quien dije que, <i>á primera vista</i>, es una
-mujer insignificante, des<span class="pagenum" id="Page_167">[p.
-167]</span>pués de bien mirada y observada, todavía es muy digna de
-aspirar á los requiebros de un buen mozo.</p>
-
-<p>Según Gedeón va notando de día en día, tiene hermosos ojos, dientes
-blanquísimos y menudos, manos rollizas, cuello redondo, y pelo tan
-negro como fino y abundante, á juzgar por lo que asoma por debajo de
-una graciosa toquilla con que cubre la mitad de su cabeza.</p>
-
-<p>—¡Lástima—piensa Gedeón fijándose en ello,—que tan hermosa cabellera
-esté siempre tapada!</p>
-
-<p>Y como si Regla le adivinara los pensamientos, al otro día se
-presenta á servir la mesa sin toquilla en el pelo, y éste graciosamente
-peinado.</p>
-
-<p>Entonces observa Gedeón que han ganado mucho los demás atractivos
-visibles de Regla, y que el conjunto de su cabeza es en alto grado
-interesante.</p>
-
-<p>—¡Lástima de anguarina—dice para sí,—que le envuelve el torso! Esa
-cabeza merece mejor pedestal.</p>
-
-<p>Y hete aquí que, por otra casualidad bien rara, al día siguiente
-aparece la cabeza de Regla sobre un tronco vigorosamente delineado
-por valientes curvas, adornado con un leve y jacarandoso pañuelo
-de espumilla gris, pren<span class="pagenum" id="Page_168">[p.
-168]</span>dido apenas sobre el robusto seno, y dejando ver hasta los
-arranques de un cuello blanco y mórbido.</p>
-
-<p>Gedeón tiene la boca abierta para decir á su sirvienta «muchas
-gracias,» ni más ni menos que si él hubiera manifestado algún deseo y
-ella se lo hubiera cumplido; pero como una amarga experiencia le ha
-enseñado los peligros á que arrastran esas demasías del temperamento,
-suspira y calla, en la muy firme creencia de que Regla es mujer de
-bizarra arquitectura, y condoliéndose de que otra <i>coincidencia</i>
-como las que le han dado á conocer lo que ya conoce, no pueda
-demostrarle que no se equivoca en sus presunciones sobre lo que le es
-desconocido.</p>
-
-<p>No es de omitir la noticia de que Gedeón sale muy poco de casa
-desde que la habita nuevamente, y que, so pretexto de que son suyos y
-pueden necesitar reparaciones, visita á menudo los demás pisos, y habla
-con sus inquilinos, y ya los conoce á todos, desde el portal á las
-buhardillas. Jamás hizo otro tanto.</p>
-
-<p>Si son la causa primordial de éste y otros fenómenos los dictámenes
-psicológicos del doctor, ó lo es el bienestar relativo que disfruta
-en su casa, yo no lo sé; pero es indudable que en el carácter de
-nuestro personaje se ha operado una reacción (así se dice ahora)
-saludable<span class="pagenum" id="Page_169">[p. 169]</span> y
-benéfica. No parece sino que ha puesto su planta en la senda por la
-cual se llega, andando mucho y con prudencia, á la prometida tierra
-donde se llenan los vacíos del corazón, como el que sigue notando él en
-el suyo.</p>
-
-<p>Alguien creyera que lleno le tiene ya, ó que le va llenando poco á
-poco, al ver cómo se le pasan hasta días enteros sin salir á la calle,
-y noches que comparte entre <i>conversar</i> con Adonis, hojear á Balzac, no
-sé con qué objeto, y revolver los cachivaches de su gabinete. Pero ¡ay!
-creer tanto como esto, sería tomar el efecto por la causa, las hojas
-por el rábano.</p>
-
-<p>¡No se curan tan fácilmente dolencias tan arraigadas y añejas como
-las de Gedeón!</p>
-
-<p>Ya nos ha dicho una vez que no puede descansar teniendo pulgas en la
-cama; y yo le aseguro al lector que todavía no ha logrado sacudírselas;
-que aún le quedan algunas que, cuando le muerden, le levantan en vilo;
-y que á ellas alude al decir para sus adentros, precisamente cuando más
-risueño se le muestra el hogar:</p>
-
-<p>—Estoy establecido casi á mi gusto, y me hallo en camino de llenar
-este vacío sempiterno... Yo podía ser ahora punto menos que feliz.
-Y ¿por qué no lo soy?... Por este condenado temperamento que ha de
-ser mi perdición. ¡No me saca de una, sin que me deje metido<span
-class="pagenum" id="Page_170">[p. 170]</span> en otra hasta el
-cogote!... ¡Por vida de las fragilidades humanas!...</p>
-
-<p>Por lo que se ve, Gedeón no ha conseguido con su última mudanza más
-que volcar la tortilla de sus contrariedades.</p>
-
-<p>Antes buscaba en la calle el alivio de sus males domésticos.</p>
-
-<p>Ahora se agazapa en su gabinete, para que no le cojan las
-pesadumbres que le acechan desde la calle.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-062.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_14">
- <p><span class="pagenum" id="Page_171">[p. 171]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-235.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="XIV. LAS PULGAS DE GEDEÓN">XIV</h3>
- <p class="subh3">LAS PULGAS DE GEDEÓN</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-p.jpg" alt="P" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Por ella</span> adelante
-camina una noche, con la cabeza caída sobre el pecho y las manos
-metidas en los bolsillos, como quien anda de mala gana, ó teme llegar
-demasiado pronto. Dobla una esquina, y otra más adelante, y penetra en
-una callejuela, y sale por ésta á un callejón, y tuerce á la derecha,
-y anda cincuenta pasos, y vuelve hacia la izquierda, y desemboca en
-un crucero de calles medio á obscuras, y entra, por fin, en el portal
-de una casa de angosta fachada, aunque limpia; sube dos tramos de la
-escalera; abre la puerta del primer piso con un llavín que saca de su
-bolsillo; atraviesa después un corredor, escasamente alumbrado por
-un reverbero de aceite, y se detiene en una salita, no muy adornada,
-pero sí muy pulcra. Y esto se ve, porque, á la vez que él por la<span
-class="pagenum" id="Page_172">[p. 172]</span> puerta del pasadizo,
-entra por la del gabinete en la sala otra persona con una luz en la
-mano.</p>
-
-<p>—¡Hola!—dice Gedeón por todo saludo, dejándose caer en una
-butaca.</p>
-
-<p>—Buenas noches,—contesta la persona de la luz, poniéndola sobre un
-velador y sentándose en la butaca de enfrente, separada de la de Gedeón
-por toda la longitud de un sofá...</p>
-
-<p>¿Se sorprenderá el lector si le digo, así, de pronto, que esta
-persona que sale del gabinete con la luz en la mano, es Solita?</p>
-
-<p>Pues Solita es, aunque, en verdad, no lo parece; y no por lo
-que ha ascendido en categoría, á juzgar por el corte presuntuoso
-de su vestido, sino porque ya no tiene aquella redondez de formas,
-aquel provocativo contoneo y aquella viveza de fisonomía con que la
-conocimos. Ahora está ojerosa, descarnada, pálida y como decaída de
-ánimo.</p>
-
-<p>Minutos pasan sin que se cruce una palabra entre ella y Gedeón;
-minutos que éste invierte en carraspear, en poner una pierna sobre la
-otra y viceversa, en ver cómo se eleva el humo de su cigarro, por lo
-cual tiene el cogote apoyado en el respaldo de la butaca y la vista
-enfilada al techo; y, por último, en silbar el himno de Riego.</p>
-
-<p>Solita, entre tanto, parece la imagen de la<span class="pagenum"
-id="Page_173">[p. 173]</span> melancolía, con los brazos cruzados sobre
-la cintura y mirándose las puntas de los pies, que maquinalmente llevan
-el compás de la sonata de Gedeón.</p>
-
-<p>—Conque... ¿qué me cuentas?—pregunta éste cuando ya no tiene colilla
-que apurar y ha repetido setenta veces el aire patriotero.</p>
-
-<p>—Que hace seis días hoy que no he tenido el gusto de verte.</p>
-
-<p>—¿Seis, dices?... Acaso tengas razón; pero los condenados
-negocios...</p>
-
-<p>—Te vas cargando mucho de ellos.</p>
-
-<p>—Como siempre.</p>
-
-<p>—No por cierto. Al principio te permitían venir á verme todos los
-días; después, cuatro ó cinco cada semana; más tarde, dos, y, por
-último, de seis en seis; por lo que yo presumo que, andando un poco el
-tiempo, cobraré tus visitas por mensualidades, como pago la renta de la
-casa.</p>
-
-<p>—¿También zumbona, Solita?</p>
-
-<p>—¡Ojalá pudiera serlo!</p>
-
-<p>—Pues cualquiera lo diría.</p>
-
-<p>—No quien, como tú, debe saber lo que padezco.</p>
-
-<p>—¿Ya empezamos?</p>
-
-<p>—Al contrario: por mi desgracia, va ya muy larga la historia.</p>
-
-<p>—¿La historia de qué?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_174">[p. 174]</span></p>
-
-<p>—De mis pesadumbres.</p>
-
-<p>—¡De tus pesadumbres!... ¿De qué demonios te quejas? ¿Qué te
-falta?</p>
-
-<p>—¡Qué me falta!... Tienes razón: no me falta nada. Yo era una pobre
-sirvienta, hija de un miserable remendón... hoy vivo en una casa
-bonita; tengo criada á quien mandar, vestidos regulares que ponerme...
-todo lo tengo, menos libertad y la estimación de las personas
-honradas.</p>
-
-<p>—También me has cantado esa letanía más de cien veces.</p>
-
-<p>—Señal de que no te corriges.</p>
-
-<p>—Yo no tengo de qué corregirme, Solita. Te hice una proposición y la
-aceptaste. En buena justicia, no puedes reclamarme nada.</p>
-
-<p>—Es verdad: nada me debes... ni siquiera compasión.</p>
-
-<p>Aquí, como presumirá el lector, hay unos cuantos sollozos de Solita,
-y otros tantos bufidos y revolcones de Gedeón en la butaca.</p>
-
-<p>—Cuando presté oídos en mal hora á tus palabras—continúa Solita
-limpiándose los ojos,—no podía yo esperar que llegara un día en que tu
-abandono me hiciera arrepentirme de aquella debilidad.</p>
-
-<p>—(Melodrama puro.) Adelante.</p>
-
-<p>—Me propusiste que me estableciera en este barrio apartado, donde no
-se me conocería; y<span class="pagenum" id="Page_175">[p. 175]</span>
-que, para mayor disimulo, admitiera algunos trabajos de costura.</p>
-
-<p>—Proposición muy cuerda, Solita.</p>
-
-<p>—Por tal la tuve yo, y por eso la acepté; pero yo no podía contar
-con que el disfraz no me bastaría, ni con que la farsa no había de
-tener fin.</p>
-
-<p>—Y, á propósito de farsas: supongo que tu augusto padre seguirá
-creyendo que estás en Puerto Rico, sirviendo á unos señores á quienes
-conociste en la posada aquélla, y recibiendo tus socorros por el mismo
-conducto.</p>
-
-<p>—Nada se ha descubierto en ese punto todavía; pero en el otro,
-Gedeón, ¡si vieras qué caras me ponen estos vecinos cuando los hallo en
-la escalera! ¡Si vieras qué vestidos me cortan! ¡Si vieras cómo anda en
-sus bocas mi honra... y la tuya!</p>
-
-<p>—¡La mía!</p>
-
-<p>—¿Piensas que no te han visto entrar y salir?</p>
-
-<p>—Pero como no me conocen...</p>
-
-<p>—¿Y eso te tranquiliza?</p>
-
-<p>—De todas maneras, este inconveniente tiene facilísimo remedio.</p>
-
-<p>—¿Cuál es?</p>
-
-<p>—Mudarte de casa y de barrio.</p>
-
-<p>—¡Conque ese remedio es el único que se te ocurre para salvar
-<i>nuestra</i> situación!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_176">[p. 176]</span></p>
-
-<p>—La <i>tuya</i>, Solita, que la mía sin cuidado me tiene.</p>
-
-<p>—¡Sin cuidado!... ¡Egoísta!</p>
-
-<p>—¿Volvemos á las lagrimitas!</p>
-
-<p>—¿Y qué quieres que suceda al oirte esas palabras de hielo?</p>
-
-<p>—¿Por qué me pones tú en semejantes apreturas?</p>
-
-<p>—¡Y qué he de hacer, si ya no puedo más!... Porque tú no sabes,
-Gedeón, qué tristes y qué largas se me hacen las horas en este barrio,
-donde no conozco á nadie y del que no salgo nunca, para que no me
-conozcan á mí fuera de él.</p>
-
-<p>—(¡Pobrecilla!) Ya me hago cargo de todo, Solita; pero las cosas han
-de ir por sus pasos contados.</p>
-
-<p>—¡Si te parece que yo las llevo de prisa!... ¡Si te parece que esto
-es vivir! Tú andas por el mundo, y te diviertes ¡sabe Dios cómo! y
-gozas y olvidas; pero yo, que sólo con tu presencia podría olvidarme de
-esta cruz que arrastro, y aun arrastrarla con gusto, ¿qué he de hacer
-si hasta de tu presencia me privas ya?</p>
-
-<p>—Te he dicho que los negocios...</p>
-
-<p>—¡Los negocios!... ¿Crees que no leo yo en tu cara, Gedeón? ¿piensas
-que no sé dar á tus palabras el sentido que merecen?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_177">[p. 177]</span></p>
-
-<p>—¿Y qué te dicen, vamos á ver, mi semblante y mis palabras?</p>
-
-<p>—Que si alguna vez me quisiste... ó me deseaste, lo que mejor te
-parezca, hoy acaso soy para tí... una carga pesada.</p>
-
-<p>—¡Solita!</p>
-
-<p>—¿Crees que me equivoco?</p>
-
-<p>—¿No he de creerlo?</p>
-
-<p>—Pues dame pruebas de ello.</p>
-
-<p>—Ya te las estoy dando.</p>
-
-<p>—Alejándote cada vez más.</p>
-
-<p>—¿No me tienes ahora á tu lado?</p>
-
-<p>—Después de seis días de ausencia.</p>
-
-<p>—Mira, Solita, no se acredita mucho el bien querer con los mimos y
-los arrumacos del primer día: esos son el huracán que pasa en breves
-horas; lo otro es el... el... vamos, el... ambiente que dura, y se
-respira y conforta.</p>
-
-<p>—¿Y cuál es lo <i>otro</i>?</p>
-
-<p>—Lo otro es... esto que yo hago: venir á verte de vez en cuando,
-interesarme por tí... y créelo, Solita, muchas cosas más que yo haría
-si me dejaras en paz y en gracia de Dios, libre de refunfuños y
-sermones; si tuvieras fe en mí; si jamás te acordaras de preguntarme
-dónde he estado, de dónde vengo y adónde <i>vamos</i>; porque soy de un
-temperamento tan especial, que los mejores propósitos se me evaporan si
-me preguntan por ellos antes de<span class="pagenum" id="Page_178">[p.
-178]</span> realizarlos; y en fin, Solita, porque mucha de la
-estimación en que tenemos á una persona, consiste en el buen concepto
-que ella forma de nosotros.</p>
-
-<p>—No se pueden formar buenos conceptos sobre malas obras.</p>
-
-<p>—Lo cual es decir que yo no las hago buenas.</p>
-
-<p>—Ya me has oído.</p>
-
-<p>—También tú á mí lo que acabo de decirte; pero, según las trazas,
-como quien oye llover.</p>
-
-<p>—Palabras, Gedeón.</p>
-
-<p>—Pues mira, Solita, por tí lo deploro.</p>
-
-<p>—Sobre que el mismo pago me has de dar, ¿por qué no he de decirte lo
-que siento?</p>
-
-<p>—¿De modo que me engañaras si mejor pago te diera?</p>
-
-<p>—Evitarte un disgusto nunca sería engañarte.</p>
-
-<p>—Noto, Solita, que te vas elevando hasta en estilo.</p>
-
-<p>—¡Ay, Gedeón... los desengaños son grandes maestros!</p>
-
-<p>—Lo dicho; y te declaro que, si bien te tuve siempre por discreta,
-jamás soñé que tan pronto pudieras hacerte culta.</p>
-
-<p>—Pues hasta eso te debo á tí... ¡Mira si te voy debiendo!</p>
-
-<p>—Pues á ser zumbona no te he enseñado yo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_179">[p. 179]</span></p>
-
-<p>—¿Tampoco á ser desgraciada?</p>
-
-<p>—¡Solita!... Con doscientos mil de á caballo, ¿quieres decirme de
-una vez, y claro, qué es lo que deseas, qué es lo que pretendes?</p>
-
-<p>—Que pongas fin, y pronto, á esta situación en que me consumo.</p>
-
-<p>—Pero ¿cómo he de ponerle?</p>
-
-<p>—¿Cómo?... Haciendo que yo pueda salir de este presidio; pero con la
-cara descubierta, como la llevan las mujeres honradas... al lado de su
-marido.</p>
-
-<p>—¡Solita!</p>
-
-<p>—¡Gedeón!</p>
-
-<p>—¡Esas tenemos!</p>
-
-<p>—Pues ¿qué pensabas, desalmado?</p>
-
-<p>—¡Canastos!... Conque... Pues hombre, ¡me gusta la salida!... ¡Y yo
-que venía esta noche más tierno que unas mantequillas!</p>
-
-<p>—¡Bien se te conoce!</p>
-
-<p>—¡Tales caricias me haces tú!</p>
-
-<p>—¿Dónde están mis agravios?</p>
-
-<p>—¡Pues digo!...</p>
-
-<p>—¿Lo son, acaso, el quejarme de tus desvíos y pedirte la reparación
-del daño que me has hecho?... ¿Te parece poco la hija del remendón para
-señora de un hombre como tú?... Entonces, ¿por qué la encontraste buena
-para manceba?</p>
-
-<p>—Lo que á mí me parece, Solita, es que<span class="pagenum"
-id="Page_180">[p. 180]</span> esas distinciones no cuadran aquí
-enteramente.</p>
-
-<p>—Pero cuadran mucho, y has de oirme; que por altos que vayan tus
-humos, valía tanto la honra de la hija del zapatero, como la tuya,
-cuando se la robaste con engaños.</p>
-
-<p>—Yo nunca te prometí...</p>
-
-<p>—¡Ni siquiera tienes la delicadeza de disimular un poco!</p>
-
-<p>—En eso, casi tienes razón.</p>
-
-<p>—Y tú, en cambio, no la tienes en nada... ¡porque eres un egoísta
-sin entrañas!</p>
-
-<p>—¡Zambomba! digo yo; y que te aguante la madre que ha de volver á
-parirte.</p>
-
-<p>Imagínese aquí el pío lector un hombre que se cala el sombrero hasta
-las narices y sale echando centellas de la sala á la calle; y una mujer
-que, anegada en llanto, se desploma sobre una cama, y tendrá una idea
-completa del final del diálogo referido.</p>
-
-<p>Pero no acaba aquí el lance, ni debe acabar; porque es muy lógico
-que Gedeón, después de considerar lo que hay de chusco en que la hija
-de un remendón miserable y borracho se crea con títulos bastantes
-para reclamar la mitad del lecho de un hombre á quien asusta el
-matrimonio, aun contraído con todas las ventajas imaginables, y lo
-que hay de prosáico y digno de las burlas de un fisiólogo como el de
-marras, en la escena en que acaba él de figurar<span class="pagenum"
-id="Page_181">[p. 181]</span> con el papel de galán, y aun después de
-ocurrírsele tomar por motivo aquellas indignidades para cortar por lo
-sano y sacudirse de una vez las pulgas que le incomodan mucho tiempo
-há, considere asimismo que, en parte, no le falta razón á Solita para
-quejarse del destierro en que vive y él la ha puesto; lógico es también
-que, andando, andando, la compadezca; lógico, por ende, que disculpe
-sus declamaciones y sus quejas; y siendo lógico todo esto, y cierto que
-en la refriega fué Solita quien más tuvo que decir, y no menos evidente
-que Gedeón conserva siempre <i>cierta inclinación</i> á Solita, por más
-que le duela verse cogido por ella por <i>tan arriba</i>, lógico y natural
-es que Gedeón retroceda desde medio camino para hacer las paces con
-Solita, dándole las debidas satisfacciones.</p>
-
-<p>Con lo cual consigue Gedeón dos cosas: que Solita, por buscada,
-gane, por esta vez, no poco ascendiente sobre él; y que él, al
-advertirlo, hechas ya las paces, salga de casa de Solita arrepentido
-y melancólico... es decir, rascándose las pulgas y sin fuerzas para
-sacudírselas.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-296.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_15">
- <p><span class="pagenum" id="Page_183">[p. 183]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-055.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="XV. EL DIABLO, EL FUEGO Y LA ESTOPA">XV</h3>
- <p class="subh3">EL DIABLO, EL FUEGO Y LA ESTOPA</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-p.jpg" alt="P" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Ponga</span> el lector entre
-este cuadro y el que antecede todo el tiempo que más le plazca, que
-por mucho que sea, holgado le viene el sitio; y llénele de tristezas,
-cansancios, desalientos y fastidios para Gedeón, agobiado ya por el
-peso de Solita, huyendo de su presencia como el diablo de la cruz, y
-sin hallar dentro de su casa ocupación que le distraiga, ni fuera de
-ella espectáculo que le seduzca.</p>
-
-<p>Cuando un hombre cualquiera pierde una afición racional, adquiere
-otra que le entretiene lo mismo, eligiendo, conforme á su gusto, en
-el inmenso campo de las cosas lícitas y honradas; pero cuando un
-egoísta solitario se harta de lo único que apetece, es hombre perdido;
-es la bestia que se tumba á dirigir lo devorado, ó que brama á la
-puerta del establo ajeno por<span class="pagenum" id="Page_184">[p.
-184]</span>que en él olfatea lo que no hay en el suyo. Fuera de
-aquello, nada desea ni le distrae... Y tenga el lector muy en cuenta
-esta condición esencial de carácter, para lo que queda dicho y lo que
-falta decir de nuestro personaje.</p>
-
-<p>Para los hombres como Gedeón, el arte no tiene bellezas, ni la
-naturaleza aromas, luz, ecos, armonías ni colores; la misma impresión
-les causa el nubarrón que obscurece el horizonte, que los arreboles
-de una aurora; lo mismo hiere sus oídos la inspirada melodía, que el
-chirrido de las carretas; la propia aversión tienen á la prosa de
-Cervantes, que á las coplas de Calainos. Pasear en el campo no es
-para ellos recrear la vista y el olfato, ni sumir el alma en plácidas
-contemplaciones: es simplemente estirar las piernas, bracear á su
-antojo, eructar recio, aflojar la corbata, remangar la pernera y soltar
-la liga para cazar la pulga debajo de la media... porque estos hombres
-gastan medias altas todavía.</p>
-
-<p>Por eso no hay términos hábiles de levantar un espíritu semejante,
-esclavo de un corpanchón atiborrado del único manjar que le sustenta,
-hasta que la hartura pase y el apetito vuelva.</p>
-
-<p>En un estado idéntico de espíritu y de cuerpo retorna Gedeón á su
-casa, cabizbajo y perezoso, á las altas horas de una noche.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_185">[p. 185]</span></p>
-
-<p>Á sus pesadumbres <i>de carácter</i>, hay que añadir que le duele
-bastante el destacamento de la rodilla; que al peinarse en la barbería,
-donde también le afeitaron, le ha hecho notar el peluquero que se le va
-corriendo la calva hasta la frente; que las canas le invaden el poco
-pelo que le queda, como el <i>pan de cuco</i> las heredades; y, por último
-(esto no se lo dijo el peluquero), que se le menean, desde por la
-mañana, tres dientes incisivos, de los seis que le quedan en la boca,
-aunque negros y desconcertados.</p>
-
-<p>Que toda esta carga le pese y le preocupe, se concibe sin
-dificultad.</p>
-
-<p>Lo que no se concibe fácilmente es por qué Gedeón, en el momento
-de pisar los umbrales de su puerta, se pone á meditar sobre las
-fragilidades humanas, sobre lo pequeñas que suelen ser las causas
-que producen los más descomunales efectos, y sobre lo fatal de la
-disposición en que vienen preparadas las cosas cuando el demonio está
-resuelto á meter la pata entre ellas.</p>
-
-<p>Tan absorto está en estas meditaciones, que al llegar á su gabinete
-ni siquiera se fija en que Regla, después de colocar una luz sobre
-la mesa, le pregunta qué se le ofrece y le da las buenas noches de
-despedida.</p>
-
-<p>Y como no tiene sueño, quiere dedicar una<span class="pagenum"
-id="Page_186">[p. 186]</span> hora, antes de acostarse, á despachar
-algunos asuntos económicos que tiene desarreglados. Así se distraerá un
-poco.</p>
-
-<p>Al dar por terminada su tarea, oye á su lado quejidos lastimeros.
-Vuélvese, y ve á Adonis que se revuelca en su colchón, y tan pronto
-se pone panza arriba como cabeza abajo. Es indudable que el pobre
-animal siente dolores agudos: Gedeón tira del cordón de la campanilla,
-casi con tanta fuerza como en la fonda de triste recuerdo; pero, más
-afortunado el perro que él, al segundo campanillazo tiene el socorro á
-la puerta.</p>
-
-<p>Regla aparece en ella, aunque sin dejarse ver por entero.</p>
-
-<p>—Perdone el señor—dice recatándose mucho;—creyéndole acostado, me
-acosté yo también y me dormí.</p>
-
-<p>—¿Qué he de perdonar?—responde Gedeón mientras fija su mirada
-devoradora en lo que se ve de su criada.</p>
-
-<p>—Que no haya acudido á la primera llamada que oí entre sueños... y
-que me presente así... Porque como el señor no acostumbra á llamar á
-estas horas, he creído que estuviera malo... De modo que, si no hay
-urgencia, iré á vestirme...</p>
-
-<p>—¡De ninguna manera!—exclama Gedeón, condolido sin duda de
-la situación angustiosa<span class="pagenum" id="Page_187">[p.
-187]</span> del perro, pero sin apartar su vista de la criada.—Llamaba
-porque Adonis está muy malo... Vea usted...</p>
-
-<p>Entonces avanza Regla un paso, haciendo heróicos esfuerzos para
-cubrir el busto rollizo con un menguado chal tirado sobre los
-hombros.</p>
-
-<p>Toma la luz que Gedeón pone en su mano, y los dos se acercan al
-rincón en que se halla Adonis dando volteretas y exhalando gritos
-lastimeros.</p>
-
-<p>—Es un cólico—dice Regla.—¡Pobrecito!</p>
-
-<p>Y extiende el brazo libre y desnudo hacia la bestia. Pero la
-casualidad, la taimada casualidad que ha infundido el mismo pensamiento
-en Gedeón, guía la mano de éste con igual rumbo; y como el camino es
-estrecho, la mano choca con el brazo, y el brazo, temeroso ó deferente,
-por ser de quien es, se repliega y retrocede; en virtud del cual
-movimiento, el mezquino chal de la azorada Regla se desliza por los
-hombros abajo.</p>
-
-<p>—¡Lo mismo que yo me había figurado!—exclama entonces Gedeón, con
-el entusiasmo de un doctor que ve cumplidos sus pronósticos, aludiendo
-seguramente á la enfermedad del perro, mientras la criada, lanzando
-un ¡ay! entre risueña y ruborosa, quédase en la actitud de la bíblica
-Susana al verse sorprendida en el baño por los viejos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_188">[p. 188]</span></p>
-
-<p>—¡Alumbre usted más!—dícela anheloso Gedeón, quizás creyendo que no
-ve bastante todavía.</p>
-
-<p>Pero, como si en concepto de Regla se viera hasta demasiado, sopla
-en la bujía y deja el cuarto á obscuras para desesperación de Adonis,
-cuyos lamentos crecen desde aquel instante, y son los únicos ruidos que
-turban el silencio de la casa,</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<p class="i0">mientras el mundo sin cesar navega</p>
-<p class="i0">por el piélago inmenso del vacío,</p>
-</div></div>
-
-<p class="ti0 mt1">como dijo el poeta y han repetido otros mil que
-quieren serlo, y repito yo ahora, sin saber por qué ni para qué.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-031.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_16">
- <p><span class="pagenum" id="Page_189">[p. 189]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-063.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="XVI. UN INTRUSO">XVI</h3>
- <p class="subh3">UN INTRUSO</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-a.jpg" alt="A" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Al siguiente</span>, ó pocos
-días después, Regla le dice á Gedeón, mientras le sirve el almuerzo:</p>
-
-<p>—Yo quisiera pedirle á usted un favor... digo, si no molesto.</p>
-
-<p>—¡Ya empezamos!—piensa Gedeón; y en voz alta añade:—¿Nada más que
-uno?</p>
-
-<p>—Por ahora...</p>
-
-<p>—Y ¿de qué se trata?</p>
-
-<p>—Ya sabe usted que yo soy viuda hace siete años.</p>
-
-<p>—Así me lo ha dicho usted.</p>
-
-<p>—Porque es la verdad. Y es el caso que mi difunto me dejó un
-hijo.</p>
-
-<p>—¿De él solo?</p>
-
-<p>—De los dos, señor.</p>
-
-<p>—Bien, ¿y qué?</p>
-
-<p>—Que cuando la necesidad me obligó á po<span class="pagenum"
-id="Page_190">[p. 190]</span>nerme á servir, tuve que dejar ese niño en
-casa de unos parientes, que por un tanto me le cuidan.</p>
-
-<p>—Nada más natural.</p>
-
-<p>—Pero, á decir verdad, no me gusta la educación que están dándole; y
-con ése cuidado, no vivo tranquila.</p>
-
-<p>—Se comprende.</p>
-
-<p>—Y me he dicho á mis solas muy á menudo: «si yo pudiera tener á mi
-lado á ese inocente, ¡con qué facilidad le educaría como es debido,
-y con cuánto más gusto cumpliría yo todas mis obligaciones!» Porque,
-créalo usted, señor, si á esa edad dan en torcerse las criaturas, luégo
-que crecen ya no las endereza una estaca.</p>
-
-<p>—También es cierto.</p>
-
-<p>—¡Hay tantos ejemplos de ello!</p>
-
-<p>—No dejan de abundar, según dicen.</p>
-
-<p>—Muchísimo, créalo usted. Decía mi madre, que en paz descanse, que
-todos los hombres malos han sido niños mal educados.</p>
-
-<p>—Tampoco lo niego, Regla.</p>
-
-<p>—Pues eso es lo que no quisiera yo que se dijera mañana de mi hijo,
-por culpa de su madre.</p>
-
-<p>—Muy bien pensado; pero ¿qué tengo yo que ver en todo eso?</p>
-
-<p>—Bastante, señor.</p>
-
-<p>—Pues usted dirá...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_191">[p. 191]</span></p>
-
-<p>—Digo, con su venia, y si en ello no ofendo, que si usted, que es
-tan bueno y tan generoso...</p>
-
-<p>—Muchas gracias.</p>
-
-<p>—Me permitiera traerle á mi lado...</p>
-
-<p>—¿Á quién?</p>
-
-<p>—Al hijo.</p>
-
-<p>—¿Sabe usted que por verme libre de ellos no me he casado yo?</p>
-
-<p>—Eso no quita; porque yo me comprometo á que el mío no le moleste á
-usted... ni le vea siquiera.</p>
-
-<p>—¿Qué edad tiene?</p>
-
-<p>—Cumplirá siete años por San Juan.</p>
-
-<p>—¿Es guapo?</p>
-
-<p>—Ya sabe usted que á ninguna madre le parecen feos sus hijos. Por lo
-demás, es el vivo retrato de su padre.</p>
-
-<p>—No tuve el gusto de conocerte.</p>
-
-<p>—Un real mozo, sin agravio de lo presente.</p>
-
-<p>—Muchas gracias. ¿Es limpio?</p>
-
-<p>—Como los mismos oros de la Arabia.</p>
-
-<p>—¿Tiene mal genio?</p>
-
-<p>—Un borregote á la buena de Dios. Basta mirarle para que se le ponga
-la cara como un tomate.</p>
-
-<p>—En fin... que venga.</p>
-
-<p>—Tantísimas gracias, señor... aunque no esperaba yo menos de su buen
-corazón.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_192">[p. 192]</span></p>
-
-<p>—Ni de mis fragilidades,—concluye Gedeón para sus adentros.</p>
-
-<p>Pocas horas después viene el niño al lado de su madre, y ésta se le
-presenta á su amo inmediatamente, acaso porque en ello cree cumplir
-un deber de respeto y cortesía; acaso porque intenta que los ojos de
-aquél le acrediten los elogios que ella le hizo de su hijo: intento,
-si tal la mueve, mal ideado; pues el niño, con perdón de su madre, es
-feo subido, zaino, y tiene mocos, ó huellas, debajo de la nariz, de
-tenerlos colgando muy á menudo.</p>
-
-<p>—¿Cómo te llamas, hombre?—le pregunta Gedeón.</p>
-
-<p>—Respóndele, hijo,—le dice su madre al ver cómo el rapaz, medio
-oculto entre sus faldas, se chupa un dedo, baja la cabeza y se
-balancea sobre un pie. Al cabo de un rato se oye como un gruñido
-intraducibie.</p>
-
-<p>—¿Cómo has dicho?—pregunta Gedeón.</p>
-
-<p>—Mmmeeeeto,—gruñe otra vez el chico.</p>
-
-<p>—Dice que Merto—añade su madre.—Le llamamos así, porque su nombre es
-Mamerto.</p>
-
-<p>—¿Cuántos años tienes?—vuelve á preguntarle Gedeón.</p>
-
-<p>El chico sigue balanceándose, sin dejar de chuparse el dedo, y no
-contesta.</p>
-
-<p>—Que cuántos años tienes... ¿No oyes lo que te pregunta este
-señor?... Pero saca esos<span class="pagenum" id="Page_193">[p.
-193]</span> dedos de la boca, inocente, y ponte derecho... ¡Así!</p>
-
-<p>Y Merto, puesto como su madre desea, ó mejor dicho, como su madre le
-pone, al quedarse mirando á Gedeón, que también le mira á él, frunce la
-jeta y échase á llorar.</p>
-
-<p>Adonis (y aprovecho la ocasión para decir al lector que la alimaña
-ratonera no murió aquella noche, sin duda porque también hay una
-providencia que vela por los perros, cuyas desdichas no hallan
-compasión en el egoísmo de los hombres); Adonis, repito, que roncaba
-en un colchón tranquila y descuidadamente, al oir los berridos de
-Merto despiértase despavorido y lánzase sobre el intruso, como pudiera
-hacerlo sobre un rival que le disputara los mimos de cierta perra
-carlina de la calle.</p>
-
-<p>Envuélvese el acometido en la saya de su madre, sobrecogido de
-espanto; crecen sus gritos y lamentos, y ni unos ni otros cesan hasta
-que, á instancias de Gedeón, sale Merto del gabinete y se vuelve Adonis
-á su lecho murmurando no sé qué perrerías y enseñando los afilados
-dientes.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-193.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_17">
- <p><span class="pagenum" id="Page_195">[p. 195]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-075.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="XVII. LOS SOBRINOS DEL DEMONIO">XVII</h3>
- <p class="subh3">LOS SOBRINOS DEL DEMONIO</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-p.jpg" alt="P" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Poco</span> á poco va
-perdiendo el hijo de Regla el miedo y el encogimiento que la casa y su
-amo le infundieron al entrar en ella.</p>
-
-<p>Regla cuida de que Merto abra la puerta siempre que Gedeón sale ó
-entra, y también le permite que haga algunas excursiones por salas y
-pasadizos. Así familiariza á su hijo con la cara de su amo, y á éste
-con la catadura del rapaz.</p>
-
-<p>Después, ya llega Merto alguna vez hasta el gabinete para recoger
-botas que hay que limpiar, ó poner al alcance de Gedeón las que ya
-están limpias.</p>
-
-<p>Cuando esto sucede, Gedeón cuida de que Adonis no se mueva ni Merto
-le provoque aunque no alcanza á impedir que el uno gruña y el otro, á
-la disimulada, le haga una mueca.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_196">[p. 196]</span></p>
-
-<p>Más adelante, el chico se atreve á sonreírse siempre que se encara
-con el amo de su madre, y entonces es de rigor que éste le dé un
-coquetazo, ó le tire de las orejas, en son de caricia, con lo cual
-Merto adquiere otras tantas alas con que aprender á volar á su gusto en
-aquel espacio.</p>
-
-<p>Días y meses andando, si mientras Gedeón está comiendo pasa el chico
-cerca de la mesa, le llama; y por el gusto de ver qué cara pone cuando
-la muerde, le da una aceituna; y por el placer de contemplar cómo se
-relame saboreándole, le regala un dulce.</p>
-
-<p>De este modo el carácter de Merto se va desenvolviendo por completo;
-y como ya nunca se halla bajo la impresión del miedo ni del sobresalto,
-llega á haber en su fisonomía esa expresión de sinceridad atractiva,
-tan propia de los niños, por feos que sean, como á Merto le sucede.
-Además es algo bizco, torpe de lengua, y, en cuanto se enfada un poco,
-echa cada terno que saca lumbres.</p>
-
-<p>Todas estas cualidades hacen suma gracia á Gedeón, que no oculta
-el placer que tiene en que muy á menudo, y cuando ya está él aburrido
-de atusar las greñas al ratonero, entre el chico en el gabinete
-<i>mandándole</i> que le enseñe <i>los santos</i>, ó la máquina del reló.</p>
-
-<p>—Pues límpiate los mocos—le dice Gedeón.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_197">[p. 197]</span></p>
-
-<p>—Puez amalda tú el peldo,—le contesta Merto.</p>
-
-<p>Porque Merto y Adonis, para entonces, ya no se pueden ver.</p>
-
-<p>Empezando por darle algunas golosinas de la mesa, acaba por sentarle
-á ella casi todos los días, mientras á Adonis, acurrucado en el suelo
-entre los dos, se le indigestan los mendrugos que le regala su amo,
-considerando la altura á que ha elevado su privanza aquel intruso.
-Algunas veces tiene Gedeón el capricho de tirar á Merto, que ocupa el
-extremo opuesto de la mesa, una rosquilla; y entonces Adonis, creyendo
-que es para él, ó fingiendo que lo cree, da un salto increíble; y
-después de atrapar en el aire la rosquilla, cae sobre la mesa, metiendo
-las patas en una dulcera, cuando no el rabo y algo más en el plato del
-intruso, ó en el de su amo. En estos casos, no siempre que Merto quiere
-castigar el atrevimiento de Adonis tirándole con un panecillo ó con el
-tenedor, lo consigue sin que Gedeón reciba el proyectil de rebote en
-el estómago, ó en las narices; lances que (¡vean ustedes lo que son
-algunos <i>ogros</i>!) hacen desternillarse de risa al solterón.</p>
-
-<p>Es lo más curioso que éste cree todavía que Merto es un
-chiquillo antipático é insoportable, por feo, por díscolo y por mal
-educado;<span class="pagenum" id="Page_198">[p. 198]</span> y no bien
-oye un porrazo hacia la cocina, ya sale despavorido á preguntar <i>quién</i>
-se cayó, recordando <i>casualmente</i>, en aquel instante, que el hijo de su
-criada es travieso y aficionado á encaramarse en sillas y vasares.</p>
-
-<p>Un día toma Merto una indigestión de bizcochos y agua de limón,
-y se pone á morir; y <i>casualmente</i> en ese día no tiene Gedeón ganas
-de salir de casa; y por no aburrirse en ella, entra doscientas veces
-en el cuarto del enfermo; y porque no diga su madre que se le ha
-desatendido la asistencia, obliga al médico á hacer diez visitas más de
-las precisas; y ¡cosa más rara aún! en el momento en que el chico sale
-del peligro, se encuentra él más animado y hasta con ganas de salir á
-la calle; y ¡coincidencia todavía más extraña! hasta se le ocurre, al
-pararse, <i>por casualidad</i>, delante de una tienda de juguetes, comprar
-para el convaleciente un tren de artillería, por lo mismo que nunca le
-ha regalado cosa que valga media peseta.</p>
-
-<p>Otra vez rompe Merto una chuchería de las varias que tiene Gedeón
-sobre la mesa; y al volver éste de la calle y coger al rapaz con el
-delito entre las manos, reniega de él y hasta de la hora en que le
-permitió entrar en su casa. Óyelo su madre, y parte furiosa á castigar
-á su hijo. Mas apenas le ha sacudido el primer<span class="pagenum"
-id="Page_199">[p. 199]</span> soplamocos, ya está Gedeón amparando al
-delincuente.</p>
-
-<p>—¿Á qué vienen esas violencias?—dice con mal gesto á Regla, mientras
-coloca á Merto detrás de él.</p>
-
-<p>—Á enseñarle lo que no sabe; á quitarle los condenados resabios que
-trajo de la otra casa. ¡Te he de desollar vivo, tunante!</p>
-
-<p>—Pues no lo conseguirá usted dándole golpes. Bueno que se le
-reprenda y se le amoneste; pero...</p>
-
-<p>—Como si predicara usted en desierto...</p>
-
-<p>—Si los niños tuvieran la reflexión de los hombres...</p>
-
-<p>—¡El loco con la pena es cuerdo!</p>
-
-<p>—Pues por hoy se acabó el castigo, porque yo, que soy el agraviado,
-perdono el agravio por esta vez... Por esta vez no más... ¿lo oyes,
-Merto?</p>
-
-<p>Pero Merto, con gran sorpresa de Gedeón que le creía llorando
-arrepentido, está haciendo gestos provocativos á Adonis, que, á su
-vez, le enseña los dientes; después alumbra un pisotón al ratonero,
-y se oyen á un tiempo un aullido terrible y un terno feroz, mientras
-Adonis enrosca el rabo dolorido y Merto se lleva ambas manos á una
-pantorrilla.</p>
-
-<p>—¡Ve usted lo que es interceder por el demonio?—exclama Regla,
-buscando iracunda á<span class="pagenum" id="Page_200">[p. 200]</span>
-su hijo entre los faldones de la levita de su amo y las patas de la
-mesa.</p>
-
-<p>—Déjele usted, que el pisotón ha sido casual...</p>
-
-<p>—¿Y también lo <i>otro</i>?—grita Regla.—¿Eso te han enseñado en esa
-casa, groserote? No aprenderás los consejos que yo te doy, tan bien
-como esas indecencias, ¡Satanás!</p>
-
-<p>Y atrapando al fin á su hijo, arrástrale hasta la cocina,
-administrándole por el camino media docena de sopapos.</p>
-
-<p>—No estoy yo por el sistema de los cachetes para educar á los
-chicos,—murmura Gedeón en tanto, como si en su vida se hubiera ocupado
-muchas veces en cuestión tan transcendental.</p>
-
-<p>Y para comprobar la teoría, arrima dos castañetazos al pobre perro,
-por la parte que ha tenido en la media docena de ellos de que Merto va
-rascándose.</p>
-
-<p>Al verse tratado así, no el dolor, el asombro parece pintarse en la
-hirsuta faz del ratonero. ¿Qué castañetazos son aquéllos? ¿Desde cuándo
-y por qué su amo se permite hacerle tales ultrajes? ¿Es por el mordisco
-que él dió á Merto en la pantorrilla? Pues Merto le pisó á él primero
-el rabo, después de haberle provocado con gestos y ademanes injuriosos.
-¿Es que le han dolido á su amo los cachetes de su cria<span
-class="pagenum" id="Page_201">[p. 201]</span>da, más que á Merto que
-los recibió, y busca un inicuo desahogo en el inocente Adonis? Esto es
-lo más triste para él, porque es lo más verosímil.</p>
-
-<p>Todas estas consideraciones, ó algo por el estilo, se leen en la
-cara del compungido Adonis; y esto que se le ocurre á un miserable
-ratonero, no se le alcanza á Gedeón, que todavía insiste en que le
-es antipático Merto por feo, por sucio, por díscolo y por hijo de su
-madre.</p>
-
-<p>Pero ésta, que caza, por lo menos, tan largo como el perro, no
-ignora que, á cierta edad, la naturaleza humana siente la necesidad de
-amar, y que cuando no puede amar á sus propios frutos, porque no los ha
-dado, ama á lo primero que le ponen por delante; y que no es otra la
-causa de que ame Gedeón á su retoño, como antes de conocerle amaba al
-perro ratonero.</p>
-
-<p>Que esto iba á suceder, lo sabía ella antes de traer á Merto á
-su lado, aunque no aseguraré que por eso, y no más que para eso, le
-trajera.</p>
-
-<p>Pero ya que sus presunciones se han cumplido, nada se pierde con
-dejar que rueden los acontecimientos, ni con trabajar para prepararlos
-del mejor modo posible. Gedeón es rico; ya no ha de casarse, y no tiene
-herederos<span class="pagenum" id="Page_202">[p. 202]</span> forzosos:
-¿qué mal hay, ni á quién se ofende, en que un pobre le conquiste una
-parte de su corazón, y con ella un pedazo de su caudal?</p>
-
-<p>Digo todo esto porque no se tome á comedia la ira que le causan á
-Regla los desafueros de su hijo, cuando más cerca le ve de conquistar
-el corazón de su amo.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-074.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_18">
- <p><span class="pagenum" id="Page_203">[p. 203]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-203.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="XVIII. LA GRAN BATALLA">XVIII</h3>
- <p class="subh3">LA GRAN BATALLA</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-a.jpg" alt="A" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Así</span> las cosas, va
-rodando el tiempo.</p>
-
-<p>Merto sigue haciendo barbaridades; su madre reprendiéndolas; Gedeón
-disculpándolas, y Adonis, con un ojo al rapaz y con el otro á su amo,
-temiendo las asechanzas de aquél y estudiando los grados que él va
-perdiendo en el cariño de éste.</p>
-
-<p>Adonis odia á Merto como se odia á un rival que es además un
-tirano.</p>
-
-<p>Merto sólo discurre para inventar modos de atormentar á Adonis. Á
-ello le inclinan su instinto de muchacho revoltoso, y el recuerdo de la
-dentellada que le dejó cicatrices en la pantorrilla.</p>
-
-<p>Pero Gedeón, cuando está en casa, no se separa del ratonero; y
-cuando sale de ella, queda Regla que no pierde de vista un momento á la
-alimaña.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_204">[p. 204]</span></p>
-
-<p>Por lo demás, ya sabe él que hay en el cuarto de la ropa sucia
-una vara de fresno, muy larga, que usa su madre para despolvorear
-los colchones. Aquella vara es toda su ambición. Con aquella vara
-se le puede dar al ratonero una mano de leña, como no la ha llevado
-en el mundo perro alguno; y se le puede dar desde lejos, es decir,
-impunemente, ó, lo que es lo mismo, sin el riesgo de que devuelva
-dentellada por varazo.</p>
-
-<p>Saboreando tales propósitos, aguarda el rapaz, con una perseverancia
-impropia de sus años, á que se le meta por los ojos una ocasión á su
-gusto.</p>
-
-<p>Y la ocasión, al fin, se le presenta.</p>
-
-<p>Gedeón no volverá á casa en toda la tarde, y Regla ha salido á la
-calle por largo rato, sin poder llevarse consigo á Merto, porque éste
-tiene los zapatos á componer. Temiendo que durante su ausencia haga
-su hijo alguna barbaridad, le ha amenazado con todos los castigos
-imaginables si se mueve del sitio en que ella le deja, entretenido en
-pegar con engrudo varios remiendos á una cometa. Merto ha prometido no
-menearse de allí.</p>
-
-<p>Pero al quedarse solo, la sangre le hierve, los brazos le bailan,
-sus piernas brincan solas; y, para colmo de tentaciones, está
-enfrente de él, y abierto, el cuarto de la vara, y la vara de<span
-class="pagenum" id="Page_205">[p. 205]</span>lante de sus ojos
-cimbreándose sola, como diciéndole: «empúñame, y ¡á él!»</p>
-
-<p>Además, hay en la casa muchísimos objetos que Merto no ha visto
-todavía <i>por dentro</i>, y tiene que verlos alguna vez; y esa vez no puede
-ser otra que aquélla, por lo mismo que, á la sazón, no hay nadie que
-le impida desarmar lo que le acomode y meter los dedos donde más le
-convenga.</p>
-
-<p>Si sabe distribuir bien el tiempo, tiénele sobrado para hacer estas
-investigaciones y dar á Adonis la tremenda paliza.</p>
-
-<p>¡La paliza sobre todo!</p>
-
-<p>En la sala hay un reló de sobremesa, cuya péndola figura un niño
-columpiándose en una cuerda. Este columpio es la curiosidad que más
-preocupa á Merto desde que le vió por primera vez. ¿Por qué se mueve
-así? ¿Quién le da el empuje necesario? ¿Por qué se bambolea de atrás
-á adelante, y no de un lado á otro, como todas las péndolas que él ha
-visto?</p>
-
-<p>Hay que aclarar este misterio á todo trance.</p>
-
-<p>Y después de empuñar la vara y de cerciorarse de que no se oye
-ruido de pasos en la escalera, y de ver, con mucho sigilo, que Adonis
-tiene para rato con el sueño que está echando en su colchón del
-gabinete, acércase al reló, dejando para después de la batalla, si el
-estado de las cosas lo permite, el desarmar el<span class="pagenum"
-id="Page_206">[p. 206]</span> barómetro y el filtro del comedor, la
-maquinilla del café, un calendario mecánico, una caja de música y otras
-maravillas que hay en el gabinete.</p>
-
-<p>El temor de que su madre se vuelva á casa antes de lo que <i>debe</i>,
-obliga á Merto á hacer sus pesquisiciones sin el reposo que él desea;
-por lo cual le falta el tino que, en otro caso, tendría para manejarse
-con desembarazo.</p>
-
-<p>Por de pronto, hay que quitar el fanal al reló; y brega de aquí,
-brega de allá para conseguirlo, hácele tres pedazos. Contrariedad es
-ésta que le desconcierta y desanima; pero uno de los pedazos es muy
-grande, y acaso pueda servir todavía: esto le consuela bastante y le
-devuelve el ánimo para continuar la tarea.</p>
-
-<p>Ya está descubierto el reló. En el espejo que refleja su parte
-posterior, se ven cosas que se mueven, amarillas y relucientes como
-el oro. Allí está el misterio. Invierte la posición del aparato. Hay
-otro cristal delante de las ruedas... ¡Por vida de los inconvenientes!
-Pero el cristal tiene un resorte. La casualidad guía el dedo de Merto
-hasta el punto conveniente para que, apretando allí, el resorte cumpla
-su cometido. El cristal se separa, de un brinco, por sí solo. ¡Oh
-delicia! <i>allá dentro</i> hay una como hebillita que se menea á un lado y
-á otro. Es preciso ver qué resistencia opone á su<span class="pagenum"
-id="Page_207">[p. 207]</span> mano... ¡Rich! Algo se ha roto, y el
-columpio cae sobre la consola. El tictac, que antes se oía lento y
-acompasado, ahora es un redoble continuo; las agujas vuelan sobre la
-esfera, y el timbre parece que toca á rebato. Merto jurara que hay en
-aquella máquina algún demonio oculto que quiere denunciar su fechoría
-con tanto ruido y campaneo; y presa de esta idea, tapa aquí, oprime
-allá y mete sus dedos y la punta de la vara donde quiera que sus
-ojos ven movimiento y sus oídos perciben sones. Al cabo oye Merto un
-chasquido metálico; luego un <i>rischssss</i> interminable, como ruido de
-puchero que <i>se va</i> sobre las brasas; y después, nada: todo ruido calla
-y todo movimiento cesa; parece que se ha muerto el reló, y que su mal
-espíritu se ha hundido en el averno. Merto se tranquiliza por lo que
-respecta al estrépito acusador que antes le asustaba; pero, en cambio,
-siente delante de aquel aparato algo del miedo que infunden siempre los
-cadáveres.</p>
-
-<p>Con ánimo, sin duda, de borrar las huellas de su crimen, vuelve el
-reló á su primera postura; arrima el columpio á la pared, á fin de que
-se vea desde enfrente cual si estuviera colgado en su sitio, aunque
-inmóvil; amontona los pedazos del fanal como su ingenio y su zozobra se
-lo permiten; y después de echar al conjunto una mirada desde la puerta,
-como<span class="pagenum" id="Page_208">[p. 208]</span> supone él que
-podrán echarla su madre ó su amo cuando vuelvan, y de tranquilizarse
-no poco con la prueba, empuña de nuevo la verdasca, y se acerca de
-puntillas al gabinete.</p>
-
-<p>Gedeón, hombre de poco gusto artístico, pero muy aficionado á
-rodearse de cosas que le recreen la vista y le deleiten los sentidos,
-tiene su cuarto atestado de esos objetos mal llamados de arte, que la
-industria ha derramado por el mundo.</p>
-
-<p>Así se ven allí, en brillantes colores sobre variedad de pastas,
-todas las desnudeces más estimulantes de la mitología griega, en
-ménsulas y rinconeras, sin que les falten, como salsa ó acompañamiento,
-los estuches de carey, el barquito, ó <i>junco</i> filipino, de especias
-ensartadas; los caracoles de China y la tabaquera de coco. Sobre la
-mesa de escribir hay un tintero de cristal esmerilado, que es una
-maravilla, y una salvadera de porcelana, prodigio de transparencia y de
-color; y presidiéndolo todo, como santo en botica vieja, el busto de
-Balzac, de tamaño natural, encima de una elegante papelera y entre dos
-candelabros de alabastro y metal dorado.</p>
-
-<p>Cuando á este vedado recinto se acerca Merto, abre con mucho pulso
-la puerta, y mira por la rendijilla resultante. Adonis sigue durmiendo.
-Puede, impunemente, partirle de un varazo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_209">[p. 209]</span></p>
-
-<p>Entra y cierra la vidriera.</p>
-
-<p>El ratonero no se mueve.</p>
-
-<p>El tirano elige el sitio que más conviene á sus propósitos, y toma
-sus medidas para que la vara, antes de caer zumbando sobre el perro,
-pueda describir sin tropiezo el arco necesario.</p>
-
-<p>La empuña por un extremo con las dos manos, después de escupírselas;
-afírmase á su gusto sobre los pies; levanta los brazos hasta más atrás
-del cogote, y... ¡zás!</p>
-
-<p>Pero el ansia misma que tiene el granuja de deslomar al perro, le
-hace perder el tino, y sólo le alcanza con la vara en la punta del
-rabo.</p>
-
-<p>Al recibir el golpe, lanza Adonis un aullido de angustia, de furor
-y de sorpresa juntamente, y da un salto nervioso é inconsciente que le
-eleva dos codos sobre el lecho en que acaso soñaba con la perra de sus
-pensamientos; después se encara con Merto, encorvado el lomo, la mirada
-ardiente y rechinantes los colmillos.</p>
-
-<p>Merto, que no contaba con errar el golpe, ni, por consiguiente, con
-aquella actitud amenazante de su enemigo, desconciértase no poco, y
-comienza á sacudir palos de ciego; es decir, veinte en la alfombra y
-uno en Adonis.</p>
-
-<p>Cuando éste parece convencido de que no puede meterse por debajo de
-la vara y hacer<span class="pagenum" id="Page_210">[p. 210]</span>
-presa en las pantorrillas de Merto, porque la vara no cesa un punto de
-cimbrearse, acude al recurso de ocultarse debajo de cada mueble; pero
-allí le punzan y acribillan, si afuera le vapuleaban; y no sabe cuál es
-peor. Después salta sobre las sillas y sobre la cama; y la vara siempre
-detrás, ó encima de él; pero la vara nunca pierde viaje, pues cuando
-no alcanza á Adonis, tumba cuanto halla al paso en rincones y paredes.
-Desde la cama, y no de un salto ni sin llevar más de un varazo en el
-camino, huye el desventurado perro á refugiarse en la mesa de escribir;
-pero allá va también la vara, con la cual parte Merto la salvadera,
-creyendo partir á Adonis, que, á su vez, tumba el tintero, que se
-despedaza en el suelo, y pringa la alfombra después de haber pringado
-arriba libros y papeles.</p>
-
-<p>Este estropicio aplaca un instante las iras del muchacho, y le hace
-prorrumpir en una interjección brutal.</p>
-
-<p>Adonis, aprovechando aquel respiro, quiere estudiar con algún
-sosiego un plan de defensa; y desde la mesa en que se halla abroquelado
-con un montón de libros, dirige en derredor miradas angustiosas, como
-preguntándose: «¿En dónde mil demonios me guareceré cuando este bárbaro
-me eche de aquí?» Pero no ha habido tiempo ni para pensar la respuesta
-que<span class="pagenum" id="Page_211">[p. 211]</span> se pide, cuando
-ya tiene encima otro varazo. Entonces, desatentado, arrójase á la
-papelera, y se encarama en ella, delante de Balzac, porque detrás no
-cabe, cual si buscara el sagrado del arte y del ingenio por refugio.
-Pero aquel genízaro que le persigue, no se para en sensiblerías
-semejantes; y viéndole tan perfectamente destacado, le larga un
-verdascazo á la media vuelta, que no solamente alcanza á Adonis á todo
-lo largo, sino que todavía le sobra otro tanto para Balzac y para los
-candelabros, que vienen al suelo con el perro, aquél desnucándose, y
-los candelabros haciéndose añicos.</p>
-
-<p>El estrépito es horrible, y el desastre arranca al cerril muchacho,
-no ya una interjección, sino una blasfemia.</p>
-
-<p>Entonces parece fijarse por primera vez en las ruínas de que está
-cubierto aquel campo de batalla; apodérase de pronto el susto de su
-ánimo, y, soltando la vara, abre la puerta y huye á esconderse en su
-cuarto; en el cual, después de larga meditación, no se le ocurre otra
-salida para el conflicto en que se halla, que meterse en la cama,
-hacerse el enfermo y echar la culpa de todo lo sucedido á Adonis, que,
-entre tanto, se rasca las contusiones, se relame los hocicos y gime
-tembloroso, como niño después de una azotina.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/fin_lm.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_19">
- <p><span class="pagenum" id="Page_213">[p. 213]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-017.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="XIX. POST NÚBILA PHŒBUS">XIX</h3>
- <p class="subh3">POST NÚBILA PHŒBUS</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-q.jpg" alt="Q" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Qué</span> le sucede á Regla
-cuando vuelve á casa, y después de hallar en la cama á su hijo y
-de verle temblar en su presencia, y de deducir de sus desatinadas
-respuestas parte de la catástrofe, llega á conocer el resto por los
-cascos del gabinete, por la vara olvidada en él y hasta por los
-quejidos de Adonis, puede el lector presumirlo; y también suponer, y no
-errará en el supuesto, que después de comparar á Merto con todos y cada
-uno de los demonios más conocidos y de llamar sobre su cabeza todas las
-maldiciones imaginables, le contunde el cuerpo con la vara misma, que
-nunca trabajó tanto como aquel día, y le acribilla á pellizcos, y le
-jaspea la cara á bofetones, y le estira medio palmo las orejas, entre
-varazo y denuesto.</p>
-
-<p>Puede igualmente alcanzársele al propio lec<span class="pagenum"
-id="Page_214">[p. 214]</span>tor, que Regla, tras este desahogo feroz,
-echa á Merto de casa, antes de que á ella torne su amo y la acuse,
-con el diablejo delante, de haber correspondido indignamente á sus
-condescendencias; pero lo que no se le alcanzará si yo no se lo digo,
-es que Regla, al proceder así, ha calculado que se anticipa á cumplir
-los propósitos que le manifestaría Gedeón, si al conocer la catástrofe
-estuviera aún á su lado el autor de ella; que su amo ha de agradecerle
-este rasgo de previsión; que el olvido del pecado será tanto más
-pronto cuanto más lejos se halle del ofendido el pecador, y que hasta
-puede llegar el día en que el mismo Gedeón solicite la vuelta del hijo
-revoltoso al lado de su madre.</p>
-
-<p>Merto, pues, sin tiempo para secarse las lágrimas ni limpiarse los
-mocos, vuelve á casa de los parientes con quienes antes vivió; y vuelve
-á escape y á empellones de su madre, que no quiere encontrarse con su
-amo en el camino, por las calles más extraviadas.</p>
-
-<p>Regla deja á Merto entre sus parientes, hasta nueva orden, no sin
-exigirles la promesa de que en los primeros quince días le han de
-quitar el hambre á palos; y sin perder un solo instante en ociosas
-amonestaciones á su hijo, vuela, más bien que corre, hacia su casa.</p>
-
-<p>Pero su amo llega antes que ella.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_215">[p. 215]</span></p>
-
-<p>Atónito se queda al entrar en su cuarto y contemplar los
-despedazados cachivaches que apenas le dejan sitio donde poner la
-planta; y más se sorprende todavía cuando, al llamar á Regla para que
-le dé explicaciones sobre aquel desastre, no halla quien le responda,
-si no es Adonis que gime y llora á su modo, y le abraza las piernas, y
-le lame las manos, y hace como si quisiera enseñarle las cordilleras de
-ronchas que le abruman el cuerpo debajo de las lanas.</p>
-
-<p>—¡Merto!... ¿no es verdad?—exclama al fin Gedeón, entre iracundo y
-triste, fijando su vista en la de Adonis.</p>
-
-<p>Y Adonis, cual si comprendiera la pregunta, alza más la cabeza;
-muévela arriba y abajo, ladrando al mismo compás, como si quisiera
-decir:</p>
-
-<p>—Sí, señor; ¡ese bribonazo ha sido quien me dió la paliza y rompió
-todo esto!</p>
-
-<p>—¡Preciso es convenir—exclama Gedeón, dándose por enterado,—en que
-no se habrían atrevido á tanto mis propios hijos, si yo los tuviera!</p>
-
-<p>En esto entra Regla en el gabinete, desencajada y compungida.
-Refiere á su amo lo que sabe del caso y lo que ha hecho con el
-causante, llorando cuando debe llorar y lamentándose cuando debe y
-como debe lamentarse; y como<span class="pagenum" id="Page_216">[p.
-216]</span> todo lo dice ella, y cuanto hay que hacer con el
-delincuente está ya hecho, Gedeón sólo despliega los labios para
-implorar un poco de misericordia para Merto, y reducir á su madre á
-que renuncie á sus manifestados propósitos de marcharse de la casa,
-en castigo que ella misma se impone, de su mala correspondencia á los
-favores recibidos de un amo tan generoso y tan bueno.</p>
-
-<p>Y con esto, y no sé si con algo más, pariente de ello, se da por
-terminado un incidente (como dicen en los Parlamentos), que, en buena
-lógica, debía tumbar de espaldas á un hombre como Gedeón, que se pone
-malo solamente con acordarse de los desafueros y tropelías que cometen
-en las casas los hijos de familia, cuando son de la edad de Merto.</p>
-
-<p>Al otro día cuida mucho el complaciente amo de no apurar las fuerzas
-ni el espíritu de su criada con órdenes excesivas ó con palabras
-secas. ¡Demasiado acongojada está la pobre mujer con lo que le ha
-sucedido! ¡Ella que es tan atenta! ¡Ella que es tan delicada!... ¡y tan
-comedida!</p>
-
-<p>Y como, al cabo, es madre de Merto, y por malo que éste sea debe de
-quererle mucho, también le pregunta por Merto.</p>
-
-<p>Y como nada sabe Regla de él en los tres primeros días, al cuarto la
-<i>ruega</i> Gedeón que<span class="pagenum" id="Page_217">[p. 217]</span>
-trate de saberlo, porque cabe en lo posible que el chico haya <i>tomado
-sentimiento</i> por lo que se le ha castigado, y llegue á adquirir una
-enfermedad peligrosa. Después de todo, ¡qué diablo! por malo que sea un
-chico, vale su vida... para su madre, se entiende, bastante más que los
-cuatro monigotes destrozados en su gabinete.</p>
-
-<p>Merto, entre tanto, se halla en casa de sus parientes tan sereno y
-despreocupado como si jamás hubiera roto una cazuela; pero su madre se
-guarda mucho de contárselo á su amo; antes le dice, por toda noticia de
-su hijo, que sigue éste llorando el bien que ha perdido por su culpa, y
-cumpliendo la pena merecida que ella le ha impuesto.</p>
-
-<p>—Pues si está arrepentido—dice Gedeón á Regla, antes de la
-semana,—perdonémosle, con mil santos, y que se vuelva otra vez
-acá. ¿Quién sabe si con lo que ha pasado y algo que yo le diga,
-poniéndome serio, acabará de hacerse un modelo de chicos agradecidos y
-juiciosos?</p>
-
-<p>Pero Regla sigue implacable.</p>
-
-<p>—Nadie sabe como yo—responde, con todas las necesarias salvedades de
-respeto,—lo que á ese chico le conviene.</p>
-
-<p>Probablemente estará Regla en lo cierto.</p>
-
-<p>Todas estas conversaciones tienen lugar du<span class="pagenum"
-id="Page_218">[p. 218]</span>rante la comida ó el almuerzo de Gedeón,
-y, por consiguiente, á las barbas de Adonis. ¡Y es de ver qué gestos
-hace el ratonero cada vez que el nombre del aborrecido rival llega á
-sus orejas! ¡Y es de admirar cómo gime y se abate cuando la cara de
-su dueño no se frunce ni amontona al hablar del pícaro que á él le
-deslomó!</p>
-
-<p>Cualquiera pensaría que Adonis va leyendo en la fisonomía de Gedeón
-sus propósitos de perdonar al atrevido y sus deseos de volver á traerle
-á su lado.</p>
-
-<p>—¡La morcilla antes que eso!—debe de pensar el ratonero, si tal
-lee.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-016.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_20">
- <p><span class="pagenum" id="Page_219">[p. 219]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-025.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="XX. UN INCIDENTE">XX</h3>
- <p class="subh3">UN INCIDENTE</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-l.jpg" alt="L" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">La escena</span> representa
-otra vez el gabinete de Gedeón.</p>
-
-<p>Éste se halla repantigado en la butaca contigua á la mesa de
-escribir, y atusa las greñas de Adonis; el cual parece dormirse, de
-gusto que le da el suave manoseo de su amo.</p>
-
-<p>Si es lícito meternos donde no hacemos falta, conste también que
-Gedeón está pensando en la cada vez más obstinada insistencia de su
-criada en no traer todavía á Merto á su lado.</p>
-
-<p>Transcurre largo rato así.</p>
-
-<p>Entra Regla con una carta en la mano; pónela en las de Gedeón;
-dícele que la ha subido la portera, y se va.</p>
-
-<p>Gedeón se fija en el sobre; frunce el entrecejo; apea de un revés á
-Adonis, que exhala un débil gemido de sentimiento, como diría un<span
-class="pagenum" id="Page_220">[p. 220]</span> novelista <i>elegante</i>;
-abre la carta, y lee para sí lo siguiente, pero con la más desastrosa
-ortografía, que yo no quiero copiar:</p>
-
-<p class="mt1">«Querido Gedeón: Como hace semana y media que no te veo,
-te escribo para decirte que en cuanto recibas ésta, vengas á verme,
-pues hay dos casos muy graves de que tengo que enterarte.</p>
-
-<p>Tuya de corazón, más que nunca,</p>
-
-<p class="firma smcap">Solita.»</p>
-
-<p class="mt1">Graves deben de ser, en efecto, los casos á que la
-firmante se refiere, cuando se atreve á molestarle con aquella misiva.
-Por largas que hayan sido sus ausencias, jamás se ha permitido Solita
-quebrantar las prevenciones que Gedeón la tiene hechas de no buscarle
-en su casa con esquelas ni con avisos, y mucho menos con su persona.</p>
-
-<p>Y entre lo de «¿qué será?» y lo de «¿qué no será?» vuelve á entrar
-Regla diciendo á su amo que hay á la puerta un hombre que desea
-hablarle.</p>
-
-<p>Mas no bien lo ha dicho, ya está el hombre detrás de ella haciendo
-reverencias á Gedeón.</p>
-
-<p>Es el tal un andrajoso, en chancletas; con las barbas á medio
-crecer, y las greñas, rudas y entrecanas, desgajándose de la cabeza,
-como<span class="pagenum" id="Page_221">[p. 221]</span> si quisieran
-enredarse con las barbas que, en demostración de que no huyen del
-enemigo invasor, crecen rígidas cara arriba.</p>
-
-<p>No es alto ni bajo, ni adusto ni risueño: tiene el cuerpo y la
-fisonomía y hasta el olor que tienen siempre los vicios inveterados y
-la falta absoluta de vergüenza.</p>
-
-<p>En el momento de encararse con Gedeón guarda en un agujero, de
-los mil de su chaleco, una punta de cigarro que retira de sus labios
-cárdenos, mientras derriba de su cabeza con la otra mano algo como
-gorra ó cosa que lo parece después de haber sido sombrero.</p>
-
-<p>—¿Qué busca usted aquí?—le pregunta Gedeón en tono duro y ademán
-airado.</p>
-
-<p>—Entendí que esta señora al abrirme la puerta me mandaba pasar
-adelante; y eso he hecho,—responde el hombre con voz cavernosa.</p>
-
-<p>Siguen algunas réplicas y contrarréplicas entre los dos hombres, y
-algunas disculpas y protestas de la mujer, de escasa importancia para
-el lector y de mucha para mí si tuviera que escribirlas y comentarlas,
-por lo cual las suprimo con su venia; retírase al fin Regla, y quédanse
-frente á frente los otros dos personajes de esta escena.</p>
-
-<p>—¡Conque es usted don Gedeón?—pregunta el haraposo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_222">[p. 222]</span></p>
-
-<p>—Lo soy, ¿y qué?—responde el preguntado, con voz y gesto de
-repugnancia.</p>
-
-<p>—¡Pues vengan esos cinco!—exclama el hombre de los andrajos. Y
-avanza resuelto hacia Gedeón; y, que quieras que no, le coge una mano
-y se la estruja y resoba entre las dos suyas; y arrima á su cara,
-contraída por el asco, todo el bardal de su cabeza y todas las cavernas
-hediondas ocultas por el bardal.</p>
-
-<p>Gedeón consigue, á duras penas, librar su mano de aquella tenaza
-sucia; y huye luego dos varas atrás con la butaca en que está
-sentado.</p>
-
-<p>El hombre, al mismo tiempo, toma una silla, la arrima á la butaca y
-se sienta también.</p>
-
-<p>—Pues yo soy, para lo que usted guste mandarme, Judas Cerote,—dice
-al sentarse. Y mientras aguarda la respuesta, escupe en la alfombra y
-se limpia los hocicos con un pingajo que saca de otro pingajo de su
-chaqueta.</p>
-
-<p>—¡Como si fuera usted Pentapolín de los Garamantas!—grita Gedeón
-hecho una lumbre y poniéndose de pie.—¿Qué es lo que viene usted
-buscando aquí? ¡Pronto!</p>
-
-<p>—¡Calma, amigo mío, calma!—replica el otro con mucha sorna,—que
-no es oro todo lo que reluce, ni en mi corporalidad son remiendos
-solamente lo que hay que ver. El asunto<span class="pagenum"
-id="Page_223">[p. 223]</span> que me aproxima á esta casa, no se
-manipula ni especifica echándome á mí á la calle sin oirme... Hágame
-usted la cortesía de tomar asiento otra vez, con toda franqueza... y
-permítame usted que amargure, digásmolo así, este primer detrimento de
-las honradas hidalguías de mi corazón que aquí me traen.</p>
-
-<p>Y el llamado Judas, al decir esto, hace como si se conmoviera.</p>
-
-<p>—Mire usted, hombre—replica Gedeón dejándose caer en la butaca:—si
-me promete usted concluir pronto lo que tiene que comunicarme, soy
-capaz hasta de escucharle sentado.</p>
-
-<p>—De usted dependerá que yo finiquite en dos minutos.</p>
-
-<p>—Pues vaya usted cumpliendo su promesa.</p>
-
-<p>—Con tal que no sea usted el que desee que se alargue la
-platicación.</p>
-
-<p>—Fácil es eso.</p>
-
-<p>—Pues ha de saber usted, don Gedeón, que yo soy un artista
-verdaderamente desgraciado; porque desgracia es para mí haber venido á
-luz en unos tiempos, digásmolo así, de menosprecio para el arte... ¡el
-arte que yo cultivaba con el entusiasmo de los juveniles años!...</p>
-
-<p>—Siga usted, pero sin comentarios.</p>
-
-<p>—No pude seguir, mi señor don Gedeón, por lo mismo que yo era un
-verdadero artista: no se me correspondía al tenor de mi trabajo;
-y<span class="pagenum" id="Page_224">[p. 224]</span> antes que
-consentir yo en humillar el arte... ¡el arte que yo cultivaba con el
-entusiasmo de los juveniles años! á la tiranía de los iznorantes y
-pusilámines, envolví la venerable herramienta de mis glorias en el
-honrado mandil, para que no la menospreciara el siglo, y me dediqué á
-la contemplación, digásmolo así, de la Naturaleza en sus manificencias
-y esplendores, único trabajo á que podía dedicarme, fuera del arte...
-¡del arte que yo cultivaba con el entusiasmo!...</p>
-
-<p>—«De mis juveniles años.» Adelante.</p>
-
-<p>—Esa es la palabra. ¡Cómo nos entendemos y hasta nos adivinamos los
-pensamientos! Estaba escrito, don Gedeón.</p>
-
-<p>—¿Cuál?</p>
-
-<p>—Lo que pasa. Nacimos el uno para el otro. ¡Tenía que suceder!</p>
-
-<p>—¿Quiere usted proseguir, señor... artista?</p>
-
-<p>—Gracias, mi respetable don Gedeón, por ese sufragio, digásmolo
-así, conmovedor, que rinde usted á mis sentimientos. Prosigo. Este
-amor descomensurable que guardo en mi pecho á la patria Naturaleza,
-llévame á menudo á plazas y paseos para contemplar séase el
-firmamento estrellado, séase las estrellas del firmamento, séase el
-sol del mediodía, séase el amanecer de la mañana. ¡Qué quiere usted!
-parece que el alma se me congratula en estas<span class="pagenum"
-id="Page_225">[p. 225]</span> contemplaciones, maísimen si me hallo
-en la amena y dilatada compañía de otros artistas infortunados, que
-también renunciaron al arte... ¡al arte que cultivaban!...</p>
-
-<p>—«Con el entusiasmo de sus juveniles años.» ¿No es esto?</p>
-
-<p>—Cabalmente, señor don Gedeón, cabalmente... ¡Es admirable cómo se
-corresponden nuestras concomitancias respectivas!</p>
-
-<p>—Menos en un punto, señor Judas.</p>
-
-<p>—¿En qué punto, mi adorado don Gedeón?</p>
-
-<p>—En que mi... «concomitancia» está deseando que acabe usted de
-hablar, y la de usted se empeña en todo lo contrario.</p>
-
-<p>—Es el carácter, don Gedeón, y este sentimiento de mis entrañas, que
-parece desgarrarse de alegría cuando se halla en la ilustre sociedad
-de un hombre tan campechano como usted. Y ahora prosigo. Días hace que
-contemplaba yo la estrella polar desde un rincón de una plazuela, fuera
-de lo que podemos llamar casco de la ciudad... porque la ciudad, amigo
-mío, de por sí no es quién para que en ella se explaye un espíritu,
-contemplando séase el firmamento estrellado...</p>
-
-<p>—«Séase las estrellas del firmamento...»</p>
-
-<p>—Séase el sol del mediodía.</p>
-
-<p>—«Ó séase el amanecer de la mañana.»</p>
-
-<p>—Pero, señor don Gedeón, me deslumbra ya<span class="pagenum"
-id="Page_226">[p. 226]</span> tanta concupiscencia de pensamientos,
-digásmolo así, entre los dos.</p>
-
-<p>—Es para ayudarle á usted á llegar pronto al fin de su discurso.
-Conque no me desaire usted en tan humanitarios propósitos, señor
-Judas.</p>
-
-<p>—Muy señor mío y dueño: rendido á ese sentimiento, especifico
-así lo que me falta. Y digo, que hallándome en la contemplación de
-la estrella polar hace dos noches, porque de noche era cuando yo la
-contemplaba embriagado, digásmolo así, de ansias naturales del alma, y,
-á la misma vez, presuimpuestando el tiempo en que, á un buen volar por
-los aires, podría yo avecindarme con el astro, y aun, si á mano viene,
-preguntándome por qué esa luz recalcitrante se apaga por el día y se
-enciende no más que por la noche, cuando sépase usted, mi querido don
-Gedeón, que pasa ella por delante de mí.</p>
-
-<p>—¿La estrella polar?</p>
-
-<p>—No, señor... aunque bien pudiera serlo, y lo ha sido ya para
-algún navegante desafligido. Por una parte era su misma personalidad;
-por otra no lo parecía. Pero ¡dónde verá el corazón paterno un
-pedazo de sus propias entrañas, que no clame por él y le abra su
-pecho enternecido? Entre si es no es ella, invoco su nombre con ese
-acento, digásmolo así, de la<span class="pagenum" id="Page_227">[p.
-227]</span> eternidad de una ausencia contada por años y determinada
-por la profundidad de los mares caudalosos. Entonces volvió su
-fisonomía la inocente paloma; y al conocer á su tierno padre... huyó
-con la mujer que la acompañaba. Pero yo la había conocido bien. Era
-ella; el pedazo de mi corazón; el sostén de mi ancianidad y el amparo
-de mis necesidades... ¡mi idolatrada Solita!</p>
-
-<p>Al oir este nombre, da Gedeón un salto en la butaca. Ni remotamente
-había sospechado, el muy bolonio, que semejante fin tuviera el
-laberíntico discurso del artista Judas.</p>
-
-<p>Desconcertado como niño goloso á quien su madre sorprende robando
-los bizcochos, no sabe qué cara poner al zapatero para disimular mejor
-la violencia en que se halla su ánimo.</p>
-
-<p>—De manera que usted es...—dice, sin saber lo que se dice, pero
-con la cara muy hosca, creyendo que con aquello sale mejor del
-compromiso.</p>
-
-<p>—¡El padre de Solita!... es decir, <i>tu</i> padre político, que <i>te</i>
-abre sus tiernos brazos para estrecharte en ellos.</p>
-
-<p>Y el elocuente artista, al responder así, se levanta de la silla, y
-presenta á Gedeón todo el fardo de sus andrajos para que se arroje en
-ellos.</p>
-
-<p>Pero Gedeón huye aterrado hasta la pared.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_228">[p. 228]</span></p>
-
-<p>Entre tanto, añade el remendón, sin bajar sus brazos
-entreabiertos:</p>
-
-<p>—Y perdóname, hijo mío, si he estado llamándote hasta aquí con la
-circunflexión de <i>usted</i>. Yo te conocía; pero tú no tenías el honor de
-conocerme. No podía comportarse de otra manera mi natural, digásmolo
-así, respetivo y atento.</p>
-
-<p>Gedeón ya no oye, ni ve, ni entiende. Sobresaltado al saber que
-tenía delante al padre de Solita, cuando oye á éste llamarle hijo, cree
-que le muerden ratones y que le besan sapos y cucarachas. Aquello es un
-asco, y además una ignominia. ¿Quién habrá puesto en manos del remendón
-el pico de la manta para que, tirando de él, haya llegado á descubrir
-el miserable lo que estaba oculto, y, sobre todo, lo que no estaba? Hay
-que averiguar eso á todo trance.</p>
-
-<p>Á este fin, refrena Gedeón sus iras; y, con un esfuerzo supremo
-de la voluntad, disimula también sus repugnancias; finge que toma á
-risa los extremos afectuosos del zapatero; ruégale que se siente, y le
-pregunta qué es lo que le ha inducido á creer en el parentesco á que se
-refiere.</p>
-
-<p>El remendón se sienta y continúa hablando así:</p>
-
-<p>—Viendo que Solita me negaba la paternidad, ó que no la conocía,
-seguí sus pasos, de<span class="pagenum" id="Page_229">[p.
-229]</span>terminado á que no se escapara ya de mis visuales.
-Creyéndola yo en Puerto Rico, ¡cómo había de negar á mi corazón
-aquella voluntad de contemplarla de cerca? No sé las calles que corrí
-siguiéndola; y como sospeché que no quería declararme su domicilio,
-hice, digásmolo así, de vez en cuando, recatación de mi persona:
-de este modo descubrí casa y piso. Llamé á la puerta. Clamar en
-desierto, Gedeón. Pero yo no podía, paternalmente, volver atrás.
-Y repetí el llamamiento. Ya los vecinos de la escalera me habían
-oído todos, y hasta se apiadaban de mí, rogándome que callara, y
-todavía á la infeliz no había llegado el amoroso machaqueo de su
-padre. Pero ¡qué hija es sorda á la voz enternecida del anciano que
-la ha dado el sér corporal?... Solita me recibió en sus brazos á la
-media hora de llamarla yo á los míos. Pero la había dejado sirvienta
-puramente, y me la encontraba dueña y señora de su casa. Era esto ¿no
-es verdad, Gedeón? motivo de una plática, digásmolo así, aclaratoria
-y explicativa. En esa plática supe de sus tiernos labios que había
-contraído nupcias mayores en Puerto Rico, pero que había prometido á
-su adorado esposo guardar el secreto de ellas hasta que fuera día de
-clarificarse á la luz del sol. Cumplió después con su anciano padre
-en cuanto á finezas generosas de presente; pe<span class="pagenum"
-id="Page_230">[p. 230]</span>ro su padre no cumplía con su augusto
-deber sólo con eso. Ocurrióseme ir á tomar luces de todo á la casa en
-que conoció á la familia que la llevó á Puerto Rico... ¡Ay, qué señora
-aquélla, Gedeón! ¡Qué virtud la suya tan boyante, digásmolo así, y
-tan concluyente! ¡Y qué claridez la de su sentido! Media palabra no
-más la declaró mi fineza, y en el acto me plantó sobre la pista... Y
-como yo tampoco menosprecio las buenas protecciones que se me dan,
-siguiendo los apuntes de tan refulgente señora, he llegado hasta aquí
-sin tropiezo...</p>
-
-<p>—Y ¿qué más?—pregunta Gedeón, á punto ya de estallar como una
-bomba.</p>
-
-<p>—Que no contrincándose el dictamen de esa señora más que en lo del
-viaje á Puerto Rico, viaje que resulta, digásmolo así, fracasado, con
-lo dicho por Solita, sucede que tú eres el enlazado en secreto con
-ella, y que yo soy vuestro padre que os bendice, y viene á estrecharte
-entre sus brazos...</p>
-
-<p>—¡Y qué más?</p>
-
-<p>—Y al mismo tiempo, á decirte: Gedeón, el brillo y el buen ver entra
-por mucho en la longanimidad de las familias; mira tú, hombre opíparo,
-á tu padre político ultrajado por los años y las ingratitudes del
-siglo; si has de regocijarte en él y en sus ancianos cabellos, vístele
-y agasájale con qué se alimente y dé á sus<span class="pagenum"
-id="Page_231">[p. 231]</span> arrugas venerables el resplandor,
-digásmolo así, de los hombres acomodados y eminentes.</p>
-
-<p>—¿Nada más? Con franqueza... ¡dígamelo usted!</p>
-
-<p>—¡Oh, hijo descomunal y esplendoroso! ¡Bien decía yo que se
-adivinaban nuestras concupiscencias! Pues ya que no se harta tu corazón
-de desocuparse en el mío, sábete que no me vendría mal otro auxilio
-para finiquitar algunas deudas que hoy me cierran las puertas del
-sustento corporal, y hasta las del necesario descanso.</p>
-
-<p>—Y ¿nada más?</p>
-
-<p>—Por ahora...</p>
-
-<p>—Pues escucha, ¡zapatero vil, remendón indecente!—grita Gedeón
-con los ojos fuera de sus órbitas y los puños crispados;—ni yo te he
-parido, ni conozco á tu hija, ni quiero conocer á esa otra bribona que
-aquí te envía; ni me he casado nunca, ni me casaré en mi vida; ni tengo
-obligación de escucharte lo que me has contado, ni paciencia para oirte
-otra palabra más.</p>
-
-<p>—Pues si usted no me conoce, ni conoce á Solita—dice Judas entre
-admirado y malicioso,—¿de qué sabe usted que yo soy zapatero, si yo no
-se lo he dicho?</p>
-
-<p>—Lo sé—replica Gedeón algo desconcertado, pero no menos
-furioso,—porque... ¡porque<span class="pagenum" id="Page_232">[p.
-232]</span> lo huelo! ¡porque tú no puedes ser otra cosa!</p>
-
-<p>Al mismo tiempo saca de su bolsillo unas monedas de plata, y,
-arrojándolas sobre la mesa, añade:</p>
-
-<p>—Si es eso lo que venías buscando para emborracharte, tómalo, con
-tal que te largues; y cuida de no probar en otra parte este sistema de
-sacar dinero, pues no todos tendrán la paciencia que he tenido yo.</p>
-
-<p>El zapatero se abalanza con mal disimulada avidez á las monedas;
-y mientras las hunde en uno de los abismos de su chaleco, dice
-fingiéndose conmovido:</p>
-
-<p>—Las recojo, no por lo que valen en su prosapia metálica, sino por
-la mano generosa que me las ofrece como prenda de un fino genial de
-estimación. Pero créeme, hijo de mis entrañas, llevo clavado en ellas,
-como un puñal inclemente, la rigurosidad de tus palabras á un padre
-tierno que, al darte sus brazos amorosos, quería decirte: «arrójate en
-ellos con la frente muy alta, que son el apoyo de una familia ilustre,
-perseguida, digásmolo así, por la hediondez de la miseria...»</p>
-
-<p>Mientras el zapatero se enreda en estas nuevas declamaciones, Gedeón
-llama á Regla; y cuando la tiene delante, la dice en tono firme y con
-ademán resuelto:</p>
-
-<p>—Enseñe usted la puerta á este hombre.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_233">[p. 233]</span></p>
-
-<p>—¡Son cuentas de familia, señora!—dice Judas á Regla cuando la ve á
-su lado, y mirándola con cierto desdén.</p>
-
-<p>En seguida se vuelve á Gedeón y le dice á media voz, pero trémulo é
-iracundo:</p>
-
-<p>—¡Te perdono, hijo ingrato... y nos veremos!</p>
-
-<p>Después sale detrás de Regla, chancleteando con los pies y
-requiriendo los pingajos de su vestido.</p>
-
-<p>Cuando Regla cierra la puerta de la escalera, Gedeón, que se ha
-colocado á dos pasos de ella, la dice:</p>
-
-<p>—¿Has visto á ese hombre?... ¿Le recuerdas bien?... Pues el día en
-que él vuelva á entrar por ahí, sales tú por el balcón.</p>
-
-<p>En seguida se encierra en su gabinete, y bufa y patea.</p>
-
-<p>En su concepto, la historia contada por el zapatero ha sido
-compuesta por su hija, ó de acuerdo con ella.</p>
-
-<p>Quiere amenazarle con aquella afrenta constante, para reducirle
-mejor á los propósitos que ha tenido el atrevimiento de manifestarle
-muchas veces. ¡Insensata! ¡Y á tanto se atreve cuando ya no le queda un
-solo atractivo con qué justificar el oprobio que se le quiere imponer!
-¡Cuando está deseando él una disculpa para deshacerse de ese grillete
-que le amarra y<span class="pagenum" id="Page_234">[p. 234]</span> le
-desuella! Pero, bien mirado, ¿qué mejor ocasión que ésta para sacudirse
-las pulgas? Ahora ó nunca... No la dejará en la calle abandonada:
-cumplirá, en tan grave trance, como quien es; pero romperá toda
-conexión con ella, y quedará tan libre de su peso como estaba antes de
-conocerla.</p>
-
-<p>Y así pensando, vístese acelerado y sale hacia la calle,
-abotonándose el chaleco en la escalera y haciendo en el portal el nudo
-de la corbata.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-062.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_21">
- <p><span class="pagenum" id="Page_235">[p. 235]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-235.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="XXI. DE ESCALERA ABAJO">XXI</h3>
- <p class="subh3">DE ESCALERA ABAJO</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-n.jpg" alt="N" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">No habrá</span> dado muchos
-pasos Gedeón fuera de su casa, cuando Regla está bajando al portal.</p>
-
-<p>Tiénela muy sobresaltada algo que pasa bien cerca de ella, desde que
-tomó de manos de la portera la carta que puso en las de Gedeón. Aunque
-no es gran pendolista, sóbranla ojos para distinguir á una mujer en la
-letra de un sobrescrito; y mujer es, en su concepto, quien trazó los
-garabatos de aquel sobre.</p>
-
-<p>En cuanto al hombre que se coló tras ella en el gabinete, también le
-parece que es bastante más que un andrajoso vulgar que se mete por la
-primera puerta que halla á medio cerrar. Á éstos se les da una limosna
-ó un bufido, y se les planta en la escalera, acto continuo; pero el
-andrajoso que acaba de salir es<span class="pagenum" id="Page_236">[p.
-236]</span> cosa muy distinta. Hablaba recio al despedirse, después de
-haber hablado largo rato con su amo; y el furor de éste, al arrojarle
-del gabinete, no se parece en nada al que produce en una persona
-decente un hombre entremetido y sin educación. Qué hay en la carta y
-qué en el haraposo, no lo sabe ella; pero hay algo grave; tan grave,
-que ha sido causa de que su amo salga á la calle hecho un basilisco. Y
-¿quién trajo la carta y se la entregó á la portera? ¿Por qué ésta, ó su
-marido, dejó subir al haraposo? ¿Qué les dijo para conseguirlo? Hay que
-averiguar todo esto, por de pronto.</p>
-
-<p>Con tal intento baja la escalera, aunque quizá se figura que no le
-mueve otro que endosar al portero la amenaza que le dirigió á ella su
-amo al despedir al hombre de los andrajos.</p>
-
-<p>El portero es otro remendón, pero que no se llama artista; y por eso
-saca del oficio un mendrugo cada día. No es muy hablador, porque en
-nada es vehemente; y lo prueba que menea la herramienta al compás del
-<i>¡Triste Chactas!</i> desde que se ciñe el mandil hasta que se le quita;
-lo cual es tanto como decir que de sol á sol dura la sonata.</p>
-
-<p>Pero, en cambio, su mujer, aguadora y recadista de toda la vecindad,
-es un argadillo y una cotorra.</p>
-
-<p>Como los unos bracea y como las otras char<span class="pagenum"
-id="Page_237">[p. 237]</span>la delante de su marido cuando llega Regla
-al portal.</p>
-
-<p>—¡Ay, señora Regla—la dice encarándose con ella,—qué hombres tan
-dejados de la mano de Dios y tan comprometedores de las familias de
-bien!</p>
-
-<p>—¿Qué pasa, señora Rita?</p>
-
-<p>—Las iniquidades del alma, como quien dice.</p>
-
-<p>—Pues ¡cómo ha de ser!</p>
-
-<p>—De otra manera muy diferente, señora Regla... Por algo los dedos
-de la mano no son iguales. El hombre de bien, á sus quehaceres; el
-malhechor, á la cárcel. Cada uno en su casa y Dios en la de todos.</p>
-
-<p>—Y así debiera ser, señora Rita; pero si no lo es, ¿qué vamos á
-hacerle?</p>
-
-<p>—Pues al tenor de ello hablaba yo ahora mismo con este bendito de
-Simón, que es un palomo sin hiel y no se escandaliza de nada.</p>
-
-<p>—Pues más vale así, señora Rita.</p>
-
-<p>—Pero con su cuenta y razón, señora Regla... No me digan á mí que
-cuando las osadías andan por el mundo sin trabas ni bozal, deben los
-hombres honrados ponerlas puente de plata y cubierto á la mesa... ¿No
-fuera mejor echarlas solimán de lo fino?</p>
-
-<p>—También es verdad eso... ¿no le parece á usted así, tío Simón?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_238">[p. 238]</span></p>
-
-<p>—<i>¡Cuán raaa... apida ha sido!</i>...—canturrea éste al oir la
-pregunta, mientras da los dos últimos estirones de cabo á una puntada.
-Y no dice más.</p>
-
-<p>—Este bendito de Dios—añade su mujer,—con la sinfonía de siempre.
-Ni Cristo pasó de la cruz, ni él pasará de la sonata en los días de
-la vida... Bien que mejor quiero verle emperrado en ella, que dado á
-Barrabás, como el otro desalmado que acaba de salir.</p>
-
-<p>—Pues de ese hombre venía yo á hablar con ustedes.</p>
-
-<p>—Hable usted, señora Regla, hable usted, que todo será poco para lo
-que merece, por lo que echa por aquella boca de Satanás.</p>
-
-<p>—Yo, señora Rita, sólo tengo que decir que por ningún motivo
-le dejen ustedes entrar por esa puerta. Así me lo ha encargado el
-señor.</p>
-
-<p>—Y será medida su palabra. Bien sabe Dios que si una vez pisó esas
-escaleras, no fué sin que yo se lo reprendiera á mi marido. «¡Mira,
-Simón, que ese hombre es un puro embrollo y una pura desvergüenza! Mira
-que te va á comprometer... bien conocido le tienes ya...» Porque Simón
-le conoce, señora Regla... ¡como que aprendieron juntos el oficio! Pero
-Simón, en buena hora lo diga, es un hombre trabajador y de su casa, y
-al otro no tiene el diablo por dónde desecharle.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_239">[p. 239]</span></p>
-
-<p>Á todo esto, el tío Simón continúa refunfuñando su canción
-sempiterna, y bregando con la bigotera que está echando á un
-borceguí.</p>
-
-<p>—Pero ¿qué pasó con ese hombre, al fin y al cabo?—pregunta Regla.</p>
-
-<p>—Primeramente—responde la señora Rita,—ese hombre es un borracho
-que mató á su infeliz mujer á palos y á pesadumbres, y dejó el oficio
-para vivir... yo no sé de qué... Él dice que de lo que le pasa una
-hija que huyó de su casa siendo una criatura... ¡vaya usted á saberlo,
-señora Regla! El caso es que hace una hora se presentó aquí con su
-poca vergüenza, y preguntó por el amo, con un aquel y un qué sé yo,
-como si toda la vida hubieran comido juntos. Dijímosle que no estaba
-en casa, y que, aunque estuviera, sería lo mismo para él, porque
-no le recibiría... ¡Ay, señora Regla, en mala hora yo tal dije!
-¡Qué ponerme de cosazas y menosprecios el deslenguado!... Como que
-yo estaba viendo cuándo era el instante en que Simón se quitaba el
-tirapié... Porque, aquí donde usted lo ve, señora Regla, cuando se
-enfada hay que conjurarle como á las tormentas... Pues ¡no se atrevió,
-el sinvergüenza, á decirme que mirara mucho lo que hablaba con él,
-porque podía hacerme y acontecerme, motivado á que don Gedeón era...
-(¡el Señor no se ofenda de lo que voy á decir!)... pariente,<span
-class="pagenum" id="Page_240">[p. 240]</span> señora Regla, pariente
-muy cercano suyo? ¡ha visto usted!... y que le había mandado llamar por
-persona que podía hacerlo; y que por eso venía, y que si lo dudábamos
-le acompañaría quién que mandaba aquí más que todos nosotros, y...
-¡san Crispín unigénito no me oiga!... más que el amo, señora Regla...
-más que el amo?... Y, amiga de Dios, tanto dijo y fachendeó, y tanto
-nos rompió la cabeza con fanfarrias, que Simón dijo «allá te arregles
-y con él te veas...» Y entre que «esto no me parece bien,» y lo otro
-de «puede que tenga razón,» y yo que «no puede tenerla nunca un hombre
-como ese,» y este otro que «más gordas se han visto,» el pícaro fué
-subiendo; y cuando quisimos reparar en él, ya estaba arriba, si es
-que no adentro... ¡Pero al bajar fué ella! ¿No es verdad, Simón? ¡Qué
-humos, qué pomposidades y qué sonar dinero en las faltriqueras! ¡Qué
-querer convidar á este inocente nada menos que á la fonda, y ofrecerme
-á mí un mantón de ocho puntas y una cofia con encajes!... Mire usted,
-señora Regla, esto me incomodó mucho, porque parecía burla... Luégo
-bajó el amo, hace un instante, y se descubrió el pastel. ¡Qué cara
-traía el bendito señor, y con qué rejo nos encargó que perniquebráramos
-al insolente antes que dejarle entrar aquí! Para mi cuenta, y Dios
-me lo perdone si me equivo<span class="pagenum" id="Page_241">[p.
-241]</span>co, aquel dinero que sonaba lo robó en el piso...</p>
-
-<p>Regla, que de todo este fárrago no pierde palabra que sea utilizable
-á sus propósitos, interrumpe á la señora Rita para preguntarla:</p>
-
-<p>—¿Y dice usted que tiene una hija?</p>
-
-<p>—¿Quién... el amo?</p>
-
-<p>—No, mujer, ese perdido.</p>
-
-<p>—¡Ah! sí... Lo decía antes de darse tanto lustre. Ahora, Dios sabe
-lo que dirá.</p>
-
-<p>—¿Luego usted no la conoce?</p>
-
-<p>—Como al día en que me he de morir.</p>
-
-<p>—¿Ni usted tampoco, tío Simón?</p>
-
-<p>—¡... <i>de mi diiiii... cha</i>!</p>
-
-<p>—¡Digo si conoce usted á la hija de ese hombre!</p>
-
-<p>—Yo no conozco más que mi obligación, señora Regla.</p>
-
-<p>—Antes que él—continúa ésta,—creo que vino una carta...</p>
-
-<p>—Pues por eso decía yo á Simón—replica la señora Rita,—antes de
-bajar usted, que hay días que ni buscados con un candil... Vino una
-carta, sí, señora.</p>
-
-<p>—¿Quién la trajo?</p>
-
-<p>—Una jovenzuela. «¿Vive aquí don Gedeón?» preguntó muy relamida.
-«Aquí vive, en el primero,» la respondí muy atenta. «¿Se le ofrece
-á usted algo?» «Dele usted esta carta,» me replicó con el hocico
-muy plegado, como si fué<span class="pagenum" id="Page_242">[p.
-242]</span>ramos aquí gente de chanfaina. «¿Tiene contestación?»
-volví á preguntar al tomarla... porque me parece á mí que esto es de
-cortesía, para, si acaso, decirla: «Pase usted adelante, tome usted
-asiento mientras bajo.» Pues nada, señora Regla: me volvió la espalda
-sin decir «por ahí te pudras,» y se largó, la muy descortés.</p>
-
-<p>—Y esa joven—pregunta Regla con evidente curiosidad,—¿qué aire
-tenía? ¿Era, como quien dice, persona decente?</p>
-
-<p>—¡Calle usted, por el amor de Dios! una atropella-platos como otra
-cualquiera.</p>
-
-<p>—¿Y nada más la dijo á usted?</p>
-
-<p>—¡Y qué más había de decirme? ¡Podía haberse atrevido á mayores, la
-muy remilgada! ¡No, por vida mía! Pobre sí; pero á saber guardar mi
-puesto, me ganan pocas.</p>
-
-<p>—De manera, señora Rita, que, como usted dice, el día ha sido
-aprovechado: primero, una joven con una carta para el amo, y después,
-un andrajoso que dice que es pariente de él; que sube á hablarle, y que
-baja de la visita sonando mucho dinero en el bolsillo.</p>
-
-<p>—Cabales.</p>
-
-<p>—Pues eso se ve todos los días, señora Rita.</p>
-
-<p>—No en los míos, señora Regla; y eso que los arrastro bien por
-el mundo y sobre buenas alfombras, aunque me esté mal el decirlo;
-que<span class="pagenum" id="Page_243">[p. 243]</span> para eso sirvo
-á muchos... Pero aunque se viera, yo digo que no debía verse nunca de
-eso.</p>
-
-<p>—Pues para que no se vea aquí más, he dado yo á ustedes el encargo
-que también acaba de darles el amo, según me dicen... Y con esto, me
-vuelvo arriba...</p>
-
-<p>—Vuélvase usted, señora Regla, y vuélvase usted en la cuenta de que
-ese hombre no pisará más este portal... Y diga usted, si viene otra
-carta ¿tampoco la recibo?</p>
-
-<p>—Esa sí—contesta Regla con vehemencia.—Reciba usted cuantas vengan,
-y entréguemelas á mí.</p>
-
-<p>—¿Aunque sean para el amo?</p>
-
-<p>—Para dárselas yo á él, alma de Dios.</p>
-
-<p>—Eso es otra cosa.</p>
-
-<p>—Adiós, señora Rita.</p>
-
-<p>—Adiós, señora Regla.</p>
-
-<p>Cuando ésta pone el pie sobre el primer escalón, llámala el
-filarmónico zapatero.</p>
-
-<p>—Señora Regla—la dice con mucha parsimonia, quitándose las gafas
-y volviendo la cara hacia ella.—Yo hablo poco, ¿está usted?... y
-cuando con lo poco que hablo no me entiende ¿está usted?... el que se
-empeña en meterse ¿está usted?... donde no le llaman... y contra mi
-gusto, agarro el tirapié ¿estamos?... y en seguida me hago respetar
-¿está usted?... De modo que pisar ese hombre las escaleras que<span
-class="pagenum" id="Page_244">[p. 244]</span> usted pisa ahora ¿está
-usted?... es tanto como decir que Simón ha muerto ¿está usted?... Pues
-no digo más.</p>
-
-<p>—Y es bastante, tío Simón.</p>
-
-<p>—Y como lo dice lo hace el inocente, créalo usted.</p>
-
-<p>—Hasta luégo, señora Rita.</p>
-
-<p>—Hasta luégo, señora Regla.</p>
-
-<p>Volando sube ésta al piso, y de dos voleos se echa el manto sobre la
-cabeza.</p>
-
-<p>—¡Se me va de entre las manos!—murmura mientras se le arregla y
-anda.—Hay que atarle con cuanto esté al alcance de las mías.</p>
-
-<p>Y echa escalera abajo.</p>
-
-<p>Deja á los porteros la llave del piso, como acostumbra en ausencias
-de su amo, por si éste vuelve antes que ella; y sale del portal sin
-hacer caso de la señora Rita, que quiere detenerla para hablar un
-rato.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-080.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_22">
- <p><span class="pagenum" id="Page_245">[p. 245]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-055.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="XXII. OTRO INCIDENTE MÁS GRAVE">XXII</h3>
- <p class="subh3">OTRO INCIDENTE MÁS GRAVE</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-s.jpg" alt="S" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Solita</span> no cesa de
-mirar á la calle por las vidrieras del balcón, como hace quien espera
-con ansia á una persona, ó quien teme que llegue otra que no debe
-llegar.</p>
-
-<p>No puede ser de las últimas la que, al cabo, columbra, según la
-prisa que se da á salir á la sala, tumbarse con languidez en una butaca
-y dar á los pliegues de su falda y á cuanto cuelga en su doméstico
-arreo, la caída y el <i>aire</i> que corresponden á la palidez de su
-semblante... porque es de advertir que su semblante está mucho más
-pálido y ojeroso que de costumbre.</p>
-
-<p>Cuando oye abrir la puerta de la escalera, deja caer la cabeza sobre
-una mano, y el otro brazo fuera del correspondiente de la butaca.</p>
-
-<p>En esta guisa la halla Gedeón, que era, á no dudar, la persona
-esperada y vista por Solita.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_246">[p. 246]</span></p>
-
-<p>Pero lo que Solita no esperaba y ve ahora por las rendijas de
-su mano, es que Gedeón viene echando lumbre y veneno por todos los
-agujeros de su cara.</p>
-
-<p>Aquel hombre es una botica que arde.</p>
-
-<p>No se sienta, se derrumba delante de Solita; y al derrumbarse,
-rechina la butaca y cruje el pavimento; el sombrero que se arranca
-de la cabeza, no le coloca, le estrella en el sofá; y al cruzar sus
-piernas, parece que trata de romper la una contra la otra.</p>
-
-<p>—¿Recibiste mi carta?—le pregunta Solita, sin levantar la cabeza,
-con voz lánguida, muy lánguida, después que observa que el recién
-venido, aunque bufa mucho, no rompe á hablar.</p>
-
-<p>—¡Sí!—responde Gedeón con un bramido huracanado.—Recibí tu carta...
-¡y algo más que tu carta!</p>
-
-<p>—Me atreví á escribirte porque hace tres semanas que no te veo; y el
-caso era urgente.</p>
-
-<p>Después de decir esto con la misma voz lánguida y apagada, llévase
-una mano á la garganta, como si se le atravesara allí algo que le
-produjera bascas; mira á Gedeón con ojos tiernos, y reclina todo su
-busto en el respaldo de la butaca.</p>
-
-<p>—¿Conque es urgente el caso?—exclama Gedeón con la sorna de un
-mastín cuando enseña los dientes.—Y ¿cuál es el caso?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_247">[p. 247]</span></p>
-
-<p>—Uno de ellos, el que yo me temía, Gedeón. Anteanoche, saliendo á
-tomar el aire, porque <i>ahora</i> necesito tomar el aire muy á menudo, me
-encontré con... mi padre.</p>
-
-<p>—¡Adelante!</p>
-
-<p>—Me extraña la poca sorpresa que te causa la noticia...</p>
-
-<p>—¡Adelante!</p>
-
-<p>—¡Jesús., qué suave te vas volviendo!</p>
-
-<p>—¡Adelante, Solita! ¡Adelante, y déjame á mí en paz!</p>
-
-<p>—Como tú quieras... Híceme la desconocida cuando me llamó por mi
-nombre, y hasta quise desorientarle metiéndome por las calles más
-extraviadas; pero debió de seguirme los pasos, porque cuando me creía
-libre de él en mi casa, comenzó á llamar á la puerta, y con tanta furia
-al ver que no le respondían, que los vecinos salieron asustados á la
-escalera. Entonces, por evitar un escándalo, abrí. Entró; y como no le
-podía decir que estaba yo sirviendo en esta casa, pues desde mi vestido
-hasta la soledad que reina en ella le probaban todo lo contrario,
-ocurrióseme decir que me había casado en Puerto Rico, pero en secreto,
-y que había venido á España en el último vapor á esperar á mi marido,
-que llegaría tan pronto como las cosas le permitieran publicar el
-casamiento... ¡qué sé yo lo que inventé por el estilo! y<span
-class="pagenum" id="Page_248">[p. 248]</span> á mayor abundamiento,
-le dí cuanto dinero podía darle en aquel instante. Parecióle bien la
-dádiva, pero no la historia; y prometiéndome enterarse de ella más á
-fondo y hacerme otras visitas, se marchó. No he vuelto á verle, y esto
-quería decirte para tu gobierno.</p>
-
-<p>—¿Has concluído?—pregúntala Gedeón, enronquecido por la ira y el
-despecho.</p>
-
-<p>—No tengo más que decirte sobre este asunto,—responde Solita, cada
-vez más lánguida y sentimental.</p>
-
-<p>—Pues bien—exclama el otro como estallan los pellejos muy inflados,
-á poco que se los apriete,—yo, en cambio, tengo que contarte á tí que
-el zapatero inmundo, que el remendón miserable, que el sinvergüenza
-de tu padre, ha estado en mi casa... ¡y ha querido abrazarme! ¡y
-me ha llamado hijo suyo!... ¿lo oyes bien? ¡hijo suyo!... ¡y me ha
-tuteado!... ¡y he tenido también que darle dinero para taparle la boca,
-ya que no podía taparle el resuello con pólvora y solimán!</p>
-
-<p>—¡Mi padre en tu casa! Pero, ¿quién le guió allá?—dijo Solita
-dejando los dengues y dando á su voz y á su fisonomía tal aire de
-sinceridad, que el mismo Gedeón no se atreve á dudar de ella.</p>
-
-<p>—Por lo visto, la víbora de doña Ambrosia, á quien el condenado
-fué, con infeliz ocurren<span class="pagenum" id="Page_249">[p.
-249]</span>cia para mí, á pedir <i>antecedentes</i> del caso. ¡Figúrate si
-se habrá regodeado la pícara buscándonos las huellas!</p>
-
-<p>—¡Pero es una infamia eso!</p>
-
-<p>—Será lo que tú quieras... De cualquier modo, hay que tomar sobre
-ello una resolución heróica. ¡Yo no puedo quedar ligado á la ignominia
-de ese hombre!...</p>
-
-<p>—Ciérrale la puerta... hazte el desconocido.</p>
-
-<p>—Me he hecho el desconocido y le he cerrado la puerta; pero volverá
-á llamar á ella, y me perseguirá, y será mi sombra de día y mi
-pesadilla de noche. ¡Qué horror!</p>
-
-<p>—¡No es para tanto, hombre! ¡En qué poca agua te ahogas!</p>
-
-<p>—¡Poca... cuando me cubre con más de un palmo, no el agua, sino la
-pringue de la zapatería!</p>
-
-<p>—¡Y vuelta al zapatero! Pues, qué caramba, ya sabías que lo era
-cuando te acercaste á su hija.</p>
-
-<p>—¡Sólo falta ya que tú le defiendas!</p>
-
-<p>—No le defiendo; pero al cabo es mi padre...</p>
-
-<p>—Es decir, que siendo yo el descalabrado, tratas de ponerte tú la
-venda.</p>
-
-<p>—Yo trato de poner las cosas en su punto, y nada más.</p>
-
-<p>—Pues precisamente vengo yo á eso: á poner las cosas en su punto, y
-á ponerlas en seguida.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_250">[p. 250]</span></p>
-
-<p>—Pues tú dirás...</p>
-
-<p>—Antes tienes tú que decirme, por si también es de las partidas que
-deben figurar en la liquidación, cuál es el otro caso grave de que
-tienes que hablarme.</p>
-
-<p>Aquí languidece de nuevo Solita; y como si de pronto olvidara todos
-los puntillos que tiene pendientes con Gedeón, mírale con los ojos casi
-en blanco; sonríele medio ruborosa, y exclama, á vueltas de algunos
-toques de mímica sentimental:</p>
-
-<p>—¡Ay, Gedeón! ¡qué ocasión más providencial para dar al olvido
-resentimientos de vicio y quejas de tres al cuarto!</p>
-
-<p>—Pues qué, ¿nos ha tocado la lotería?</p>
-
-<p>—¡Sí, amado Gedeón; y el premio gordo!...</p>
-
-<p>—¿Quieres hacer el favor de no bromearte, Solita, y acabar pronto de
-responderme?</p>
-
-<p>—¿Tan de prisa estás?</p>
-
-<p>—¡Muy de prisa!</p>
-
-<p>—¡Ingrato!</p>
-
-<p>—¡Solita!... déjame de sensiblerías ridículas, y piensa que es de
-muy distinto género lo que tienes que oir, después que me respondas á
-lo que te he preguntado.</p>
-
-<p>—No temo la amenaza, Gedeón; porque después que yo te diga dos
-palabras, trocaránse en mieles tus amarguras, y en mansedumbre tus
-furores.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_251">[p. 251]</span></p>
-
-<p>—Ya tardas en decírmelas; pero dímelas en crudo y sin esos jarabes
-que me empalagan.</p>
-
-<p>—Voy á decírtelas, ¡ingrato!... pero al oído: quiero que ni el aire
-se entere de ellas antes que tu corazón.</p>
-
-<p>Dicho esto, se levanta Solita hecha un caramelo, pero un caramelo
-blando que se cimbrea y se escurre; acércase á Gedeón, enlázale con sus
-brazos, arrima á su oído la boca, y permanece así dos segundos.</p>
-
-<p>De repente da Gedeón un salto y lanza un rugido espantoso; y al
-caer en el suelo, después de haber tenido cerca del techo la cabeza,
-oprímesela con las manos crispadas, y comienza á exclamar con voz
-rabiosa:</p>
-
-<p>—¡Ábrete, tierra, y trágame... una vez!... ¡dos veces!... ¡diez
-veces!... ¡mil veces!... ¡y vuelve á escupirme á la luz!... ¡y vuelve
-á tragarme!... ¡por sandio!... ¡por estúpido!... ¡por ridículo!... ¡Yo
-debí preverlo!... ¡y no lo he previsto!... ¡yo debí... no haber nacido,
-para no verme en estos trances afrentosos!</p>
-
-<p>Y esto dicho, y algo más que no copio, y mientras Solita lo oye con
-la boca abierta después de haber estado á pique de caer de espaldas al
-saltar de la butaca Gedeón, toma éste el sombrero; hunde en él casi
-toda la cabeza, y sale, ó más bien, huye de la casa como si llevara un
-incendio debajo de la levita.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-268.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_23">
- <p><span class="pagenum" id="Page_253">[p. 253]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-063.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="XXIII. EL TERCER INCIDENTE">XXIII</h3>
- <p class="subh3">EL TERCER INCIDENTE</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-c.jpg" alt="C" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Cuando</span> baja la
-escalera, parece un peñón que se desgaja y rueda al abismo: tal
-salta de tres en tres los peldaños; y aquí tropieza, y allí vacila,
-y más allá resbala; y á sus golpes crujen los tablones y tiembla la
-balaustrada.</p>
-
-<p>Así llega al portal; y, sin pisarle más que una vez, quiere avanzar
-hasta la acera; y para conseguirlo, ha sacado ya la pierna fuera del
-batiente; pero otro hombre va á meter la suya al mismo tiempo y por el
-mismo lado de la puerta, de modo que el que entra y el que sale chocan
-como dos carneros; y con tal ímpetu, que el uno retrocede hasta la
-escalera, y el otro hasta el medio de la calle.</p>
-
-<p>—¡Bruto!—ruge el de adentro.</p>
-
-<p>—¡Animal!—exclama el de afuera.</p>
-
-<p>Y cada uno se tapa y oprime la cara con las<span class="pagenum"
-id="Page_254">[p. 254]</span> manos para mitigar un poco el dolor del
-testerazo que le ha correspondido.</p>
-
-<p>El primero que se descubre es Gedeón, que, al fijar su vista en el
-de la calle, todavía tanteándose cabizbajo los chichones, conoce en él
-á su amigo Herodes.</p>
-
-<p>—¡Conque eras tú!—exclama admirado.</p>
-
-<p>—¡Gedeón!—responde Herodes al oir la voz de su camarada, mirándole
-á hurtadillas y con señales de sobresalto, á causa, sin duda, de la
-impresión que hace la luz en sus ojos, aún doloridos por el golpe.—¿De
-dónde diablos bajabas tan de prisa?</p>
-
-<p>—¡De arriba!—contesta Gedeón, palpándose la frente.—Y á tí, ¿qué
-demonios se te pierde en esta casa? ¿Qué casualidad nos reúne aquí?</p>
-
-<p>—Iba á subir.</p>
-
-<p>—¡Ya! pero ¿á qué?</p>
-
-<p>—Á... hacer una visita.</p>
-
-<p>—¡Visitas tú, y en una casa tan extraviada!</p>
-
-<p>—¿No las haces tú también en ella?</p>
-
-<p>—Es verdad, hombre.</p>
-
-<p>—¡Menudo coscorrón me has dado!</p>
-
-<p>—¡No le recibí yo más flojo!... Ya habrás notado, por el que te dí,
-que voy algo de prisa.</p>
-
-<p>—En efecto.</p>
-
-<p>—Pues excúsame de cumplimientos; alíviate, y adiós.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_255">[p. 255]</span></p>
-
-<p>—Lo mismo digo. Hasta la vista.</p>
-
-<p>Y Gedeón echa calle abajo, como alma que lleva el diablo, y acaso no
-sea exagerada la comparación.</p>
-
-<p>Herodes, después de permanecer unos instantes en el portal, saca con
-cautela su cabeza fuera de la puerta, y sigue con la vista al que se
-aleja: y ¡extraña curiosidad! cuando éste ha doblado la esquina, llega
-hasta ella el otro, y con las mismas precauciones de antes, mírale
-desde allí cómo se interna en otra callejuela; y ¡capricho más pueril
-todavía! se va tras él, como si quisiera contarle los pasos. Así le
-escolta hasta verle salir del barrio, y sólo entonces se resuelve á
-volver atrás. Llega de nuevo al portal de Solita; y como si ya no se
-acordara del testerazo, arréglase un poco la corbata y echa escalera
-arriba con aire tranquilo y reposado.</p>
-
-<p>Entre tanto, Gedeón llega también á su casa; se encierra en su
-gabinete y comienza á dar vueltas en él, como tigre en jaula.</p>
-
-<p>Su cabeza es un volcán en que hierven, y se oprimen, y se mezclan
-y se revuelven las ideas; ideas que le escaldan y le confunden el
-cerebro; porque, á la vez que lava abrasadora, son marea que avanza y
-retrocede, y muge y aporrea.</p>
-
-<p>Lo que Solita ha confiado á su oído no son<span class="pagenum"
-id="Page_256">[p. 256]</span> palabras, es una cadena de presidiario
-que le amarra á él, por toda la vida, á la hija del remendón... Ya no
-es libre; ya no puede tener ni la esperanza de serlo, como la tenía
-pocas horas antes, cuando iba resuelto á liquidar las cuentas de
-sus debilidades con Solita. ¡Qué adelantaría ya con realizar estos
-propósitos... si le quedaba <i>lo otro</i> por liquidar? Y <i>lo otro</i> es
-todo lo más abominable que puede proceder de Solita, y además, Solita
-entera y verdadera, y además, el zapatero con más hondas raíces á la
-puerta de su casa, amenazándole con sus harapos y su parentesco. Y de
-esto puede alejarse, pero no desprenderse; porque ¿adónde irá que no lo
-vea, ó que no lo oiga, á lo menos? Y verlo ú oirlo, ¿no es estar ligado
-á ello? Será la cadena más ó menos larga; pero siempre será cadena, á
-cuyo extremo estará amarrado él, girando, como bestia en hipódromo,
-alrededor de un centro de mamarrachos y de ignominias.</p>
-
-<p>Cuando éstas y otras y otras ideas, no más risueñas ni sosegadas,
-han batido con furia todos los rincones de su cráneo; después que
-de aquella tempestad bravía sólo queda la espuma de sus amarguras
-sobrenadando, señal de que las ideas han vuelto á su nivel
-acostumbrado, la razón comienza á ver alguna claridad por las rendijas
-de la bruma que se rasga<span class="pagenum" id="Page_257">[p.
-257]</span> y va desapareciendo en jirones por el horizonte. Entonces,
-y sólo entonces, advierte que en el encuentro que tuvo con Herodes
-puede haber de curioso algo más que el mutuo coscorrón que ambos se
-dieron. ¿Qué buscaba allí aquel hombre, precisamente á la hora en
-que Gedeón nunca había entrado en aquella casa hasta ese día? ¿Y qué
-buscaba en un barrio tan extraviado, y en una casa cuyos vecinos
-todos, según confesión de Solita, la miran á ella con menosprecio,
-señal evidente de que todos son honrados? Y siendo todos honrados,
-¿cómo puede tratarse con ninguno de ellos un hombre que no comunica
-con la humanidad más que por el lado de las mujeres que sean livianas
-y corrompidas? ¿Y en qué mujer de las de aquella vecindad se pueden
-sospechar, con algún fundamento, conexiones con el impudente
-solterón?... ¡Será posible que el hombre que más esfuerzos ha hecho
-para separarle á él de la buena senda, se atreva á tanto?... Y ¿por
-qué no? Quien se burla de los afectos más puros y de los sentimientos
-más honrados, ¿por qué no ha de burlarse de un camarada de vicios
-y liviandades?... Pero aunque él llegara á intentarlo, Solita le
-rechazaría... Y ¿por qué ha de rechazarle Solita? Si la mujer propia,
-si la mujer unida á un hombre ante los altares de Dios, según las
-doctrinas del mismo Gedeón,<span class="pagenum" id="Page_258">[p.
-258]</span> falta á sus juramentos, y quebranta sus deberes, y mancilla
-el honor de su marido, ¿por qué no ha de sucumbir la obra de las
-tinieblas y del vicio? Quien ha sucumbido á las ofertas de un amante,
-¿por qué ha de resistirse á las dádivas de otro? ¿Qué más da Gedeón que
-cualquiera de sus amigos? Además, Solita se queja, no sin fundamento,
-de que Gedeón la tiene medio abandonada; pues así como él busca lejos
-de ella remedio para el hastío que le mata, lejos de él buscará ella
-el consuelo para la soledad en que vive. Cierto es que Solita debe á
-Gedeón lo que le cuesta, en dinero, su vida de «señora de su casa;»
-pero ¿no le debe nada Gedeón á Solita? ¿Nada valen en el mercado del
-mundo la honra y la libertad de una mujer, única hacienda que Solita
-poseía y ha sacrificado á Gedeón? Por este lado pagados están ambos
-también. ¡Pero por <i>el otro</i>!... ¡Vamos, eso sería inicuo!... ¡En
-semejantes circunstancias!... ¡Hacerle á él cargar con!... ¡Horror, mil
-veces!...</p>
-
-<p>Pero, después de todo, ¿qué ha sucedido para tales imaginaciones?...
-Nada, ó poco menos: un encuentro de dos hombres en el portal de una
-casa. ¿No se ve esto cada día y en cada calle?...</p>
-
-<p>Mas aunque se vea y nada grave haya que temer con fundamento, ¿no
-es bastante lo que<span class="pagenum" id="Page_259">[p. 259]</span>
-ya está sucediendo? ¿No es hasta demasiado que él, un hombre como él,
-libre como él, emancipado como él de todas las «miserias del hogar,»
-de todas las «inmundicias del matrimonio,» esté en aquel instante...
-celoso... ¡sí, señor, celoso!... y por una fregatriz, hija de un
-remendón borracho y sin vergüenza; por una mujer á quien no ama y de
-cuya compañía huye delante de la gente, como se huye de lo que mancha y
-desdora?</p>
-
-<p>¡Oh, qué razón tenía el médico! No basta romper los lazos de la
-familia para verse un hombre exento de los pesares que teme en ella, y
-de otros muchos más.</p>
-
-<p>Y así batallando, quiere volver á casa de Solita por si aún está en
-ella el inicuo amigo; pero luégo reflexiona que no será éste tan necio
-que habiéndole hallado á él en el portal, permanezca al lado de la
-infame tan largo rato.</p>
-
-<p>Después torna á encontrar descabellados sus recelos, y se
-tranquiliza encomendando al tiempo y á una prudente vigilancia la
-solución de sus dudas...</p>
-
-<p>—Porque ¡tendría que ver—concluye,—que un hombre como yo diera una
-campanada de esas, y la diera en falso!</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-111.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_24">
- <p><span class="pagenum" id="Page_261">[p. 261]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-075.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="XXIV. LO QUE ERA DE ESPERAR">XXIV</h3>
- <p class="subh3">LO QUE ERA DE ESPERAR</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-e.jpg" alt="E" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">En esto</span> se despierta
-Adonis, que dormía en su rincón acostumbrado, y comienza á husmear el
-aire y á exhalar gruñidos, y á revolverse sobre el colchón, como si le
-amenazara una invasión de pulgas.</p>
-
-<p>Un momento después aparece á la puerta del gabinete Regla con el
-manto sobre los hombros, recién destocada su cabeza, y detrás de
-Regla, Merto, asido de las faldas de su madre y tapándose con ellas.
-Al sentirle Adonis tan cerca, deja de gruñir y comienza á entonar una
-salmodia entre lúgubre y desesperada.</p>
-
-<p>Gedeón, con la frente entre las manos y los codos sobre la mesa,
-ni advierte la presencia de los recién llegados, ni la inquietud del
-perro.</p>
-
-<p>Regla avanza dos pasos más; Merto la sigue,<span class="pagenum"
-id="Page_262">[p. 262]</span> y Adonis, al verse á tres varas de su
-odiado enemigo, concluye la salmodia con un trino convulsivo, y de un
-salto se coloca junto á su amo.</p>
-
-<p>Entonces se fija éste en lo que sucede.</p>
-
-<p>—¿Qué hay?—pregunta á Regla, alzando la cabeza.</p>
-
-<p>—Pues hay, señorito—contesta Regla, torciendo y estirando entre los
-dedos un pico de su manto,—que he ido á buscarle y que... aquí está.</p>
-
-<p>—¿Quién?</p>
-
-<p>—Merto.</p>
-
-<p>—¡Merto?</p>
-
-<p>Al oir este nombre execrado, vuelve á trinar Adonis, pero muy
-recio.</p>
-
-<p>—¡Calla, condenado animal!—exclama Gedeón con gesto avinagrado y
-largando un castañetazo al ratonero.</p>
-
-<p>—¡Guaaayyy!—late el infeliz. Y se esconde debajo de la butaca de su
-amo, como si ya tuviera encima los varazos que huele en lo porvenir.</p>
-
-<p>Á Merto se le hinca en el alma aquel ladrido. ¡Cuántos como él y
-del mismo gaznate escuchó insensible el día de la batalla, mientras
-caían en pedazos, de muebles y paredes, los más preciados adornos de
-aquel recinto! Este recuerdo le hace temblar; pero no le impide<span
-class="pagenum" id="Page_263">[p. 263]</span> lanzar una mirada con el
-ojo más bizco, y bien cubierto de las de su amo con el vestido de su
-madre, á cuanto le rodea. Parécele, en número, menos de lo que él vió
-allí mismo en el funesto día; pero no halla escombros ni derrengaduras
-al alcance de su ojo, y esto le tranquiliza bastante.</p>
-
-<p>¡Y el reló?... ¿Estará descubierto y perdonado este delito, ó podrán
-pedirle cuentas de él el día menos pensado?</p>
-
-<p>Mientras en esto se entretiene el chico, su madre, respondiendo á
-Gedeón, dice:</p>
-
-<p>—Merto, sí, señor. Yo no pensaba traerle todavía; pero de pronto
-cavilé que podía usted tomar á mal el empeño mío en castigarle más...
-¡Como usted le tiene tan grande en que le perdone!</p>
-
-<p>—¡Yo!—exclama Gedeón, cual si en su vida se hubiera acordado de
-semejante criatura.</p>
-
-<p>—Me parece...</p>
-
-<p>—Tienes razón... Estaba distraído... ¿Y dices que vas á traerle?</p>
-
-<p>—Le he traído ya.</p>
-
-<p>—¡Hola!... ¿De modo que ya está en casa?</p>
-
-<p>—Eso he querido decir á usted.</p>
-
-<p>—Ya me hago cargo... Pues nada, si está en casa ¿qué le hemos de
-hacer?... Prevenle que á la menor diablura que cometa le rompo la
-crisma, como Dios está en los cielos... y nada más.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_264">[p. 264]</span></p>
-
-<p>—¿Lo oyes?—dice Regla, volviendo su cara ceñuda atrás, y poniendo á
-su hijo enfrente de Gedeón.</p>
-
-<p>Merto aparece tiritando, con una mano en el bolsillo correspondiente
-de sus bombachos recosidos, y con la otra hundida en la boca hasta
-cerca de las fauces.</p>
-
-<p>—¡Conque estabas tan cerca?—dícele Gedeón con sequedad al
-verle.—Pues me alegro: así excuso repetirte lo que le he dicho á tu
-madre.</p>
-
-<p>—Se escondía—replica ésta,—porque está muy avergonzado de lo que ha
-hecho...</p>
-
-<p>Y en vano espera que Gedeón se manifieste complacido de ver á Merto
-á su lado, con el cual propósito tantas instancias le ha hecho hasta
-aquel día. Ni una palabra, ni un gesto de halago tiene para el rapaz
-que antes le dominaba y entretenía. Más bien parece contrariado con su
-vuelta. Al ver tanta frialdad en su amo,</p>
-
-<p>—¡Largo de aquí!—dice con desgarro, dirigiéndose á Merto y dándole
-un empellón hacia la puerta, como pudiera dársele á quien tiene la
-culpa de aquel cambio tan súbito en el corazón de su amo y en el
-porvenir de su hijo.</p>
-
-<p>Y empujando á éste sin cesar, sale del gabinete, donde queda Gedeón
-revolviendo con los dedos el poco pelo de su cabeza, y Adonis re<span
-class="pagenum" id="Page_265">[p. 265]</span>funfuñando, aunque no tan
-afligido como á la llegada de Merto.</p>
-
-<p>—¡Habrá destino más perro que el mío?—exclama de repente Gedeón,
-levantándose y dando un furibundo puñetazo sobre la mesa.—¿No es una
-burla de la suerte obligar á un hombre á recoger en su casa los hijos
-ajenos, cuando está pensando si echará... los propios á la Inclusa?
-¡Esto es insufrible, y además infame, y además ridículo!</p>
-
-<p>Y no cabiéndole en casa la desazón, toma el sombrero, y sale de ella
-vomitando maldiciones.</p>
-
-<p>Al llegar al portal, le dice la portera que ha vuelto el remendón y
-que ha costado un triunfo impedirle que suba.</p>
-
-<p>—¡Haberle roto el bautismo!—ruge Gedeón marchando hacia la calle.</p>
-
-<p>Mas apenas la ha pisado, retrocede como si se le hubiera puesto
-delante un toro de Colmenar. Es que ha visto, en el hueco de la
-puerta inmediata á la suya, muy tranquilamente recostado, al execrado
-zapatero. ¿Por dónde tomará la calle que el andrajoso no le vea y no le
-siga? Apuradamente, con las zancadas que dió por la mañana, se le ha
-resentido la rodilla y no puede correr.</p>
-
-<p>Vuélvese á casa renegando de la hora en que el diablo le hizo
-conocer á Solita, y de nuevo se encierra en su cuarto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_266">[p. 266]</span></p>
-
-<p>Pero los pensamientos abrumadores le asaltan en la soledad y en el
-silencio; y no pudiendo buscar la distracción en la calle ni resistir
-el asalto de aquel enemigo formidable que ya le va escalando las
-murallas del cerebro, pide la comida aunque no son las cuatro de la
-tarde. Sírvesela Regla; pero mal sazonada, no por falta de tiempo,
-sino de cuidado. Lo cocido es engrudo; lo frito, carbón; frío y amargo
-lo que debiera ser caliente y dulce. Desde que está Regla en casa no
-ha sucedido otro tanto. Mírala á la cara, y observa que está como la
-comida. La dulzura de sus ojos se ha trocado en acíbar, y la suavidad
-de su sonrisa en aspereza y rigor.</p>
-
-<p>Gedeón empieza á pensar en los motivos que podrá tener su criada
-para estar así y portarse como se porta. ¡No le faltaba ya más desdicha
-que perder el relativo bienestar que Regla le proporciona en su
-casa!</p>
-
-<p>Esto le lleva á pensar en el zapatero, causa de la dureza con que él
-la trató al despedirle; del zapatero va con sus pensamientos á su hija;
-de ésta, á <i>lo otro</i>; de <i>lo otro</i>, á Herodes; de Herodes, á él; de él,
-á lo de más allá; y de esto, otra vez á Herodes; y si será, y si no
-será, zúmbale de nuevo la mollera, asáltanle las sospechas con todo el
-aparato de la verdad; antójasele que tal vez en aquel instante pudiera
-él, por<span class="pagenum" id="Page_267">[p. 267]</span> lo mismo
-que es hora en que no se le espera, caer como una bomba entre Venus
-y Marte, ya que no tiene la red de Vulcano; y con esta preocupación,
-atragántase por acabar primero; tarda, por lo mismo, algo más que si
-comiera despacio, y resuelto á ahogar al zapatero, si se halla con él á
-la puerta todavía, lánzase á la calle.</p>
-
-<p>Felizmente no está en ella el remendón.</p>
-
-<p>¡Hala! ¡hala! renqueando y como su reumatismo se lo permite, llega,
-por calles excusadas, á casa de Solita, y casi se arrepiente de su
-empresa al meter el llavín en la cerradura de la puerta. Pero su
-alucinación puede más que el horror que le causa la idea de tener que
-hablar con Solita de lo <i>otro</i>, y hasta la del riesgo que corre de dar
-una campanada en falso, temor que ya le ha hecho refrenar sus ímpetus
-pocas horas há; y entra.</p>
-
-<p>Toma por asalto el gabinete, por la puerta de escape, y nadie en
-él; en la sala, tampoco; en el comedor, la misma soledad. Entonces,
-acometido de las más estrafalarias aprensiones, llama con voz de
-trueno, y aparece Solita con una jícara en la mano.</p>
-
-<p>—¿Dónde estabas?—la pregunta azorado.</p>
-
-<p>—Sacando los garbanzos para mañana,—responde Solita muy serena.</p>
-
-<p>—¿Á ver?—añade Gedeón, como si dudara, avanzando hasta la
-despensa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_268">[p. 268]</span></p>
-
-<p>Allí está la criada con un plato en la mano, arrimada á un cajón
-abierto y á medio llenar de aquella patriarcal legumbre.</p>
-
-<p>Y como si todavía no estuviera tranquilo, mira detrás de la puerta,
-y da un vistazo á la cocina, y hasta mete la cabeza en el inmediato
-departamento.</p>
-
-<p>—Pero ¿qué diablos buscas?—le pregunta Solita, que va siguiendo
-todos sus pasos.</p>
-
-<p>—Busco—responde el preguntado, algo arrepentido ya,—la... petaca que
-se me perdió esta mañana.</p>
-
-<p>—¿En la despensa?... ¿y en la cocina?... ¿y en?...</p>
-
-<p>—¡En el infierno!</p>
-
-<p>Y sin decir más, vuélvese á la calle, dejando á Solita en la duda de
-si aquello es la continuación del arrebato que le dió horas antes, ó el
-efecto de alguna sospecha que se le ha metido entre los cascos.</p>
-
-<p>De todas maneras, no le parece mal síntoma el que haya vuelto y
-se haya conformado con tan poco ruido. Los relámpagos de la mañana
-prometían mucho más.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-268.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_25">
- <p><span class="pagenum" id="Page_269">[p. 269]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-203.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="XXV. EL ALMA DE JUDAS">XXV</h3>
- <p class="subh3">EL ALMA DE JUDAS</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-a.jpg" alt="A" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">¡Al fin</span>, dí la
-campanada!—exclama en la calle.—Fortuna que Solita no me ha visto
-desde el otro estampido, y acaso crea que aún está ardiendo la
-pólvora... Pero si no está arriba el infame, puede que ronde por las
-inmediaciones. Rondemos también: al cabo, tanto me da pasear por estas
-calles como por las de mi barrio.</p>
-
-<p>Y pónese á recorrerlas una tras otra, haciendo de vez en cuando
-salidas rápidas á la confluencia de las principales, donde está la casa
-de Solita, como si intentara jugar la vuelta á algún descuidado.</p>
-
-<p>Así se le va pasando la fiebre poco á poco. En cuanto se ve libre de
-ella se arrepiente de lo que ha hecho y se avergüenza de lo que está
-haciendo.</p>
-
-<p>—Esto es—dice para sí,—ni más ni menos<span class="pagenum"
-id="Page_270">[p. 270]</span> que una explosión de celos, pero celos
-de marido, y de marido grotesco... Y ¿á tal extremo has venido á
-parar, Gedeón, después de tantas precauciones y miramientos!... Y
-es lo más curioso que cuanto menos me fío de Solita, más amarrado
-me siento á ella; no porque sus gracias pasadas hayan renacido para
-seducirme, ni porque me seduzca tal cual está, sino porque ahora
-quisiera yo verla esclava hasta de mis pensamientos. Así no me costaría
-trabajo desprenderme de ella, ni viéndola <i>después</i> loca por otro, me
-apuraría... De todo lo cual deduzco yo que cuanto se dice de la pasión
-de los celos queda reducido á una simple cuestión de amor propio. No
-nos duele la <i>pérdida</i> de la mujer poseída; nos duele que se vaya con
-otro; es decir, que se le haya preferido á nosotros, en señal de que
-valemos menos que él. ¡Estas sí que son verdaderas miserias, no de la
-vida conyugal, sino de toda clase de vidas, incluso la muy arrastrada
-que yo traigo!</p>
-
-<p>Y así pensando, toma el rumbo de su casa á paso no muy largo, porque
-la rodilla le va doliendo cada vez más.</p>
-
-<p>Al atravesar una bocacalle siente en las narices un huracán de
-aguardiente, y casi está á punto de sucederle con un transeunte lo que
-por la mañana con Herodes en el portal de Solita.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_271">[p. 271]</span></p>
-
-<p>El transeunte es el sempiterno tío Judas.</p>
-
-<p>Gedeón se estremece al conocerle.</p>
-
-<p>—¡Hijo de mis entrañas!—exclama el zapatero al encontrarse con
-él.</p>
-
-<p>—¡Mal rayo te parta!—contesta el otro.</p>
-
-<p>—Iba á ver á tu oculta esposa, y cátate que doy, digásmolo así, de
-bóbilis bóbilis, con su marido... ¿Adónde vas, cachorrote?...</p>
-
-<p>—¡Al infierno, remendón infame!</p>
-
-<p>Y tras esto, Gedeón trata de apretar el paso; pero, como si
-estuviera de acuerdo con el zapatero, su pierna se niega obstinadamente
-á complacerle.</p>
-
-<p>El zapatero se le pone al costado.</p>
-
-<p>Gedeón diera la mitad de su vida porque en la calle no hubiera
-más gente que ellos dos, ó el sol alumbrara ya á los antípodas. En
-cualquiera de estos casos, cogería al remendón por las barbas, le
-metería en un portal, y allí le molería los huesos á bastonazos; pero
-aún es de día, y el tránsito, lejos de disminuir, va aumentando, porque
-la gente de la ciudad tiene del murciélago y la lechuza la propiedad
-de revolotear de noche y arrimarse mucho á la luz de los reverberos.
-No hay modo de apalear al pegajoso artista sin armar un escándalo, con
-gravísimo riesgo para el apaleador.</p>
-
-<p>El zapatero, como si oliera estas dificultades ó las leyera en la
-cara de su <i>pariente</i>, que<span class="pagenum" id="Page_272">[p.
-272]</span> reluce de ira, muéstrase muy ufano y risotón, y continúa
-diciéndole:</p>
-
-<p>—Aporté segunda vez á tu casa, mi muy amado hijo político, porque
-dos razones me lo aconsejaron. Primera y finalmente, que no me
-quisieron pasar una moneda de las que me dió tu esplendoroso corazón.
-No pensé pedirte otra mejor, porque no soy de esos mozambiques sin
-educación de principios, digásmolo así; pero justo es que el hombre
-sepa ¿eh? lo que vale aquello con que buenamente agasaja á otro...
-digo, me parece á mí... Segunda y en principalidad... ¿Sudas, mi tierno
-hijo?... Daréte ventilación... ¿Quieres descanso? Párate con toda
-confianza: yo no llevo prisa...</p>
-
-<p>Y suda en efecto, Gedeón, y hasta le duelen callos que jamás ha
-tenido. Aquel hombre le asfixia. Malo si le responde, peor si le
-contradice... malo también si calla; huir, no le es dado; buscar
-travesías y callejones por más solitarios, es prolongar el camino, y
-él no puede andar mucho. Tiene que optar por el que sigue, que es el
-más recto; pero, en cambio, el más concurrido. ¿Qué dirá la gente si
-él se enfada y denuesta al zapatero, y éste insiste en publicar el
-parentesco? Muchos habrá que no lo crean; pero ¡cuántos lo creerán!
-De todas maneras, es un escándalo en medio de la calle. ¡Qué horror!
-No hay otro remedio que oir,<span class="pagenum" id="Page_273">[p.
-273]</span> devorando la ira; callar, y, poco á poco, acercarse á casa;
-y allí ¡oh! allí hacer jigote al infame zapatero; embutirle en la pared
-á mojicones, y arrancarle las barbas y freirle en aceite.</p>
-
-<p>Así medita Gedeón, y calla y anda, mientras el padre de Solita,
-contoneándose mucho á su lado, prosigue diciendo:</p>
-
-<p>—Segundamente, fui á tu casa porque en la primera barrunté que no te
-dejaba muy contrito del parentesco. Dudabas, ¿no es cierto, amado hijo?
-Es natural, hombre; el sabio dudó seis veces, ¡qué diablo!... Pues en
-contingencia de esta reflexión, iba yo á manipularte el caso, digásmolo
-así, hasta que cayeras en mis brazos amorosos, para llegar á ser lo que
-debemos: el uno para el otro... y en una sola mesa y sin «lo tuyo» ni
-«lo mío,» como los pajaritos del aire. ¡Qué vida, Gedeón! ¡Qué vida la
-que nos esperaba!</p>
-
-<p>En esto, acierta á pasar un camarada del zapatero.</p>
-
-<p>—¡Adiós!—le dice éste á gritos.—Dispensa que no te acompañe... voy
-con mi hijo político.</p>
-
-<p>El aludido jurara, cuando tal oye, que le meten un espadín por el
-estómago.</p>
-
-<p>Algunos transeuntes le miran, y el desvergonzado continúa:</p>
-
-<p>—Tú y Solita, los emperadores de aquellas<span class="pagenum"
-id="Page_274">[p. 274]</span> ínfulas; yo, el rey consorte; quiero
-decir, el padre putativo que os dió el sér... Pero dime algo, hijo
-adorado; muéstrame tu hermosa voz, aunque sea en una desvergüenza...</p>
-
-<p>Gedeón carraspea y quiere silbar y reirse, y hasta que le trague
-la tierra; y anda calle adelante, volviendo la cara á todas partes
-y tanteando actitudes que mejor expresen su intención de decir al
-público:—«Nada de esto va conmigo; es un borracho que se me ha pegado,
-como pudo pegarse á ustedes.»</p>
-
-<p>Pero el tal no se despega, y sigue apostrofándole, ora tierno, ora
-vehemente, ora chancero, y alzando la voz á medida que el silencio del
-atribulado se prolonga.</p>
-
-<p>En un sitio en que la calle está libre de transeuntes, Gedeón se
-atreve á decir á media voz al zapatero:</p>
-
-<p>—¡He de verte las entrañas, miserable!</p>
-
-<p>—¡Echa aunque sea las hieles, hijo del alma; échalas, con tal que
-te desahogues en tu desgraciado padre! ¡Angel de Dios, y cómo te
-consolarán esas desaguaduras!</p>
-
-<p>Luégo, cambiando de tono, y entre compungido é iracundo, añade á
-gritos:</p>
-
-<p>—¡Éstos son los hijos políticos de las clases más opíparas de
-la sociedad! Deles usted la hija de sus entrañas; y porque usted
-es artista menesteroso y desgraciado, ya no le conocen;<span
-class="pagenum" id="Page_275">[p. 275]</span> y le niegan tres veces,
-como Sansón negó á Pedro; y le cierran la puerta; y sus indomésticos le
-menosprecian... ¡Esto es astringente y deshumano!</p>
-
-<p>Gedeón suda escarchas y respira cohetes. La gente le mira ya, y
-no faltan curiosos que se detienen para oir al zapatero. El infeliz
-perseguido no sabe qué partido adoptar, privado como se halla del
-único recurso que podía, si no salvarle, abreviar su martirio: las
-piernas para correr. En aquel angustioso trance y mientras camina con
-la velocidad mayor que le es permitido, quisiera ser guardia civil ó
-polizonte, para meter en la cárcel al escandaloso; mejor que esto,
-rayo que le tendiera sin vida; y mucho mejor, huracán que le barriera
-de allí sin dejar ni siquiera huellas del inicuo. Pero no es guardia
-civil, ni rayo, ni huracán; es un desdichado que arrastra una cadena y
-sufre azotes y bofetadas: aquello es una agonía sin el descanso de la
-muerte.</p>
-
-<p>Meteríase en un portal y hasta llamaría á la puerta de un vecino;
-pero el perseguidor iría detrás y llamaría también, y el escándalo de
-la calle se repetiría en las escaleras. ¡No tiene más recursos que
-llegar á la suya cuanto antes, si es que la explosión de su paciencia
-no le mata en el camino!</p>
-
-<p>En tanto, continúa vociferando el otro:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_276">[p. 276]</span></p>
-
-<p>—¿Qué ves en tu padre que te avergüence, don fanfarrias? ¿Qué
-afrentas te hizo? ¿qué reales te pidió? ¿qué casa te ha quemado?...
-Artista soy, sí, y á soflama y requilorio debieras tenerlo tú... ¡Pero
-soy insánime de dinero, y eso te abichorna, similón pomposo!... Pues
-al tomar la hija de mi corazón en consorcio oculto, ya lo sabías,
-¡tunante!</p>
-
-<p>Á esto, no sólo se detiene la gente y mira, sino que frunce el
-entrecejo encarándose con Gedeón. Para que un andrajoso se atreva en
-público con un señor de levita, motivos gordos debe de tener para ello.
-Esto se lee en aquellas caras; y con esa lógica se han barrido las
-calles con más de cuatro inocentes.</p>
-
-<p>Gedeón no teme que las barran con su cogote, pero padece más que si
-tal sucediera.</p>
-
-<p>Arrastrando sus piernas, como se arrastran soñando que nos persigue
-un toro, llega á columbrar su casa; pero aún le falta medir, paso
-á paso, aquel sendero, adoquinado y reluciente para otros, para él
-espinoso y áspero, y sobre el cual hormiguea la gente, que le conocerá
-de vista, porque es la gente de su barrio.</p>
-
-<p>Cierra los ojos y avanza en él cuanto le permiten sus dolores y su
-desesperación.</p>
-
-<p>El zapatero no calla, y la gente sigue mirándole. Parécele que
-son verdes y amarillas y tornasoladas las caras de los transeuntes;
-que<span class="pagenum" id="Page_277">[p. 277]</span> las piedras
-echan chispas bajo sus pies, y que le ha invadido las manos y el rostro
-un hormiguero que ya le asalta la boca, los oídos y las narices. Tose,
-estornuda, se limpia el sudor con el pañuelo y da fuertes golpes en la
-acera con el bastón, creyendo que así se oirán menos los apostrofes y
-bufonadas del zapatero; pero sólo consigue poner más en evidencia sus
-angustias.</p>
-
-<p>Algunos de los que pasan se ríen de ellas; no faltan pilluelos que
-se arriman al insolente y le aplauden para que diga más, y silban
-cuando lo ha dicho. La indignación y la vergüenza, comprimidas hasta
-allí por un heroico esfuerzo de la voluntad, van á estallar y á
-matarle; las piernas se niegan á arrastrar aquel cuerpo tan derrengado
-por las angustias del espíritu. No importa: preferible le parece morir
-de un estampido, á vivir un instante más en semejante tortura.</p>
-
-<p>Felizmente, el zapatero va quedándose rezagado á medida que Gedeón
-se aproxima á su casa. Esto le envalentona un poco; y cuando al fin
-llega al portal; cuando ya puede soltar todas las válvulas de sus
-pulmones y todos los frenos de su lengua, sus nervios le parecen
-cables, y sus manos, tenazas. Se siente capaz de convertir entre ellas
-en jigote al mismo exterminador de los filisteos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_278">[p. 278]</span></p>
-
-<p>Desde el umbral de la puerta mira calle arriba, y ve al zapatero
-detenido en ella y rodeado de granujas y holgazanes.</p>
-
-<p>—¡Vamos, hombre!—le vocea trémulo y como si tratara de animarle con
-una sonrisa que más parece gesto de agonizante,—¿por qué te quedas
-ahí?... Ven acá... acércate y hablaremos.</p>
-
-<p>—<i>¡Nequanquis!</i>—responde el zapatero, haciendo un ademán picaresco,
-señal de que huele la madera desde allí.</p>
-
-<p>—¡Con franqueza!</p>
-
-<p>—Ya lo supongo, hijo mío... para eso soy tu padre; pero otro día
-será... ¡Hemos de codearnos tantas veces en la calle!... Se conoce que
-te gustó la platicación.</p>
-
-<p>—¡Mucho!</p>
-
-<p>—Pues la repetiremos, amado hijo, la repetiremos; que yo soy muy
-agradecido... ¡Conque hasta la primera, hermosote!</p>
-
-<p>—¡Hasta un rayo que te parta, inmundo zapatero!... ¡borracho
-infame!... ¡holgazán inicuo!... ¡ladrón!</p>
-
-<p>Y dicho esto, blandiendo el bastón y echando espumarajos por la
-boca, vuélvese Gedeón rugiendo al ver que el zapatero se larga calle
-arriba, y comienza á subir la escalera con tantas dificultades como
-deseos de vencerlas.</p>
-
-<p>Al llegar á la puerta de su habitación, se<span class="pagenum"
-id="Page_279">[p. 279]</span> encuentra con el médico de marras, que
-baja. Hace mucho que no se han visto.</p>
-
-<p>—¡Feliz hallazgo!</p>
-
-<p>—¡Calle!... ¡Mi buen Doctor!</p>
-
-<p>—El mismo, amigo mío... Y ¿cómo va con esa vida?</p>
-
-<p>—¡Tan guapamente!</p>
-
-<p>—¡Cuánto lo celebro!... ¿Es decir, que se divierte usted mucho?</p>
-
-<p>—¡Muchísimo, Doctor!... ¡No puede usted imaginárselo!</p>
-
-<p>—Ni lo intento, amigo mío... Basta verle á usted la cara.</p>
-
-<p>—¿Tan risueña la traigo?</p>
-
-<p>—Como unas castañuelas.</p>
-
-<p>—Yo soy así.</p>
-
-<p>—De modo que va usted llenando aquel vacío...</p>
-
-<p>—Hasta los bordes, Doctor.</p>
-
-<p>—Luego no hay que temer vacilaciones ya, ni arrepentimientos...</p>
-
-<p>—¡Eso, jamás!</p>
-
-<p>—¡Bravo, amigo mío!... y adelante con la cruz, que poco debe de
-pesar la de usted, según lo ufano que la lleva.</p>
-
-<p>—Mucho que sí.</p>
-
-<p>—Adiós, amigo mío.</p>
-
-<p>—Agur, mi buen Doctor.</p>
-
-<p>Y mientras éste continúa bajando, el otro se<span class="pagenum"
-id="Page_280">[p. 280]</span> mete en casa, donde le esperan Merto á
-la puerta y Adonis en el gabinete: el uno mirándole torcido, y el otro
-barriendo el suelo con el rabo.</p>
-
-<p>Sin fijarse en el uno ni en el otro, déjase caer en su poltrona;
-llama á Regla, que se presenta hosca y desabrida; mándala que le
-prepare la cama, unas unturas para la rodilla y una taza de tila; y
-mientras las dos últimas órdenes se cumplen, vase desnudando poco á
-poco.</p>
-
-<p>—¡Y dicen que <i>el buey suelto bien se lame</i>!—exclama después que
-ha hecho en la mente un brevísimo resumen de sus tribulaciones de
-soltero.—¡Lo que se lame son las ronchas de las palizas que le cuesta
-su libertad!... ¡El tesón condenado me impedirá decirlo donde me oigan;
-pero la verdad es, pese á quien pese, que no me viera en estos trances
-ignominiosos y otro gallo me cantara, <i>si yo me hubiera casado á
-tiempo</i>!</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-008.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<div class="aftit pt3" id="Ch_3">
- <hr class="chap0" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_281">[p. 281]</span></p>
- <h2 class="nobreak mt0">ÚLTIMA JORNADA</h2>
- <hr class="chap0" />
-</div>
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_283">[p. 283]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-017.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="I. SALDO DE CUENTAS ATRASADAS">I</h3>
- <p class="subh3">SALDO DE CUENTAS ATRASADAS</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-p.jpg" alt="P" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Por más</span> que de algunos
-seres privilegiados se diga que por ellos no pasan los años, los años
-pasan, sin que haya afeite ni fuerza de voluntad que alcancen á borrar
-sus huellas. Ó el cuerpo ó el alma han de gemir bajo su peso, si es que
-no gimen á la vez el uno y la otra. Ocioso es que la materia, oronda
-y esponjada todavía, aspire á los solaces de otros tiempos, si el
-espíritu que ha de estimularla está seco y abatido; tan ocioso como que
-éste, retozón y bullanguero, pretenda los deleites de la juventud si
-está preso y encogido en un cuerpo caduco y achacoso.</p>
-
-<p>Fuerte era el de Gedeón, y bien nutrido; holgado estaba y hecho á
-mimos y regalos; defendióse contra el tiempo como gato uñas arriba;
-pero lloviéronle pesadumbres; abatiósele el<span class="pagenum"
-id="Page_284">[p. 284]</span> espíritu, y cayó vencida su materia mal
-cebada, como tronco roído por gusanos.</p>
-
-<p>Aquél á quien vimos hecho una furia, combatido por tantas
-contrariedades en un solo día, está diez años después arrastrándose,
-más bien que caminando, en el último tramo de la senda que le lleva á
-las puertas de la eternidad.</p>
-
-<p>Los achaques le invaden por todas partes; lo que antes fué reúma
-tolerable y catarro frecuente, es ya gota declarada y asma legítima;
-gasta franelas en las piernas y en el pecho, y zapatones de paño en los
-hinchados pies; los cambios atmosféricos le crucifican; por la noche la
-tos le roba el sueño; y cada vez que tose parécele que la gota le cose
-á puñaladas. Tiene mucha barriga, ancho pescuezo, grandes ojeras, y la
-mirada triste, más que triste, angustiosa y desconsolada.</p>
-
-<p>Sale muy poco de casa, y cuando el aire no apaga una cerilla, y no
-hace frío ni calor, ni hay humedad en el suelo.</p>
-
-<p>Da, con mucho trabajo, un par de vueltas en el paseo más solitario y
-abrigado, ó solamente llega á la tienda de la esquina, donde se sienta
-á oir, cuando no á insultar, á media docena de tipos, tertulianos
-impertérritos de aquélla.</p>
-
-<p>Ha perdido por completo la poca afabilidad que le distinguía de
-todos sus <i>congéneres</i>. Aho<span class="pagenum" id="Page_285">[p.
-285]</span>ra es taciturno, irritable, áspero y hasta grosero en su
-trato con los demás.</p>
-
-<p>Regla continúa cuidándole; pero desde que adquirió la certeza de
-que no es ella sola la que impera en aquel montón de ruínas, falta en
-sus cuidados el primor; cumple con su deber, pero no se afana como
-antes por anticiparse á los deseos de su amo. Antes existía cierta
-inteligencia misteriosa entre ambos, hasta el punto de decirse el
-uno:—«Esta mujer nació cortada para servirme;» mientras pensaba la
-otra:—«Parece este hombre nacido para mandarme.» Ahora es Gedeón, para
-su criada, «un amo como todos,» y Regla, para Gedeón, «una criada como
-las demás.»</p>
-
-<p>Ya he dicho cuál es la causa de la tibieza de Regla: el desafecto
-de Gedeón data de la pérdida de aquellos bríos bestiales que fueron su
-único afán. Lo que es hijo de la carne, con la carne se va, como la luz
-con la mecha consumida.</p>
-
-<p>También en el cuerpo de Regla han hecho mella los años transcurridos
-desde que no la vemos. Ya no tiene aquella morbidez de formas, ni
-aquellos dientes tan blancos y tan completos, ni aquella mirada
-insinuante con que la conocimos: dejó de ser <i>todavía joven</i>, y ha
-entrado en la categoría de <i>mujer de edad</i>, aunque de las que templan
-la pesadumbre de<span class="pagenum" id="Page_286">[p. 286]</span>
-esta condición con el consuelo de <i>bien conservada</i>.</p>
-
-<p>Adonis vive aún en el rincón de siempre; pero debajo de una manta,
-encogido, jadeante y con un estertor perenne; el pelo se le cae á
-mechones á cada vuelta que se da en la cama; y de aquel rabo ondulante
-de profusas crines, sólo queda el núcleo escueto y encorvado, que ni
-siquiera responde con un lento balanceo á las muestras de cariño que de
-tarde en tarde le consagra Gedeón.</p>
-
-<p>Aquel cuerpo entumecido y espirante, sólo con la presencia de
-Merto reviviera, como cadáver galvanizado, aunque quizá para morir
-más pronto. Porque Merto precipitó su vejez robándole el sosiego
-del espíritu y martirizándole la carne durante lo más florido de la
-juventud. Desde que el díscolo muchacho volvió á casa, se acabaron para
-el infeliz ratonero los mendrugos sabrosos y los huesos regalados;
-despierto de día, necesitábale para vigilar y huir de las asechanzas
-del enemigo; durmiendo de noche, todo su sueño era un continuo varazo y
-un incesante puntapié.</p>
-
-<p>Es de saberse que á los pocos días de volver Merto al lado de su
-madre, comenzó á hacer de las suyas, aunque no en la escala en que las
-hizo el día de la gran batalla; pero es indudable que Adonis tenía para
-él un atractivo<span class="pagenum" id="Page_287">[p. 287]</span>
-irresistible, pues, contra todos sus propósitos, le largaba un puntapié
-donde quiera que se hallaba con él, si su amo no le veía. Ni los
-bofetones ni los castigos más duros de su madre bastaban á detenerle en
-esos momentos.</p>
-
-<p>Dos años pasó así; dos años durante los cuales martirizó al
-ratonero, rompió mucha vajilla y descompuso setenta veces el reló del
-comedor, é hizo cincuenta mil fechorías, aparte de las que no pudo su
-madre ocultar á su amo.</p>
-
-<p>Viéndole éste incorregible, le metió en un colegio con el doble
-fin de verse libre de sus travesuras y de sacar algún partido de él,
-si era posible. Entonces volvió Adonis á dormir tranquilo y á vivir
-descuidado. Pero ya venía tarde la bonanza, porque la tempestad
-había durado mucho. El pobre animal había pasado lo mejor de su vida
-sufriendo sus embates, y no había en su cuerpo un solo hueso que no
-hubiera servido de yunque á aquel martillo implacable. Vióse cargado
-de humores; acometióle una tristeza abrumadora; declaróse enfermo
-crónico; metióse en la cama, en la que tiritaba de frío aun en el rigor
-del verano, y llegó su desaliento hasta el punto de consentir que
-los ratones se revolcaran encima de él impunemente. Entonces dispuso
-Gedeón que se le cubriera con una manta, contra el parecer<span
-class="pagenum" id="Page_288">[p. 288]</span> de Regla, que pretendía
-tirarle á la calle con la barredura. Lo demás ya lo sabe el lector.</p>
-
-<p>Merto en el colegio, fué como toro en plaza; vió desde el primer día
-un enemigo mortal en cada maestro y en cada vigilante; y comenzando
-por mirarlos con recelo, acabó por embestirlos. Á los pocos meses fué
-expulsado, no sin haber dejado señales indelebles de su barbarie hasta
-en la cara del director, ni sin sacarlas él de las pulgas de maestros y
-condiscípulos, en muchos parajes de su cuerpo.</p>
-
-<p>Del colegio pasó á un taller de carpintería; de éste, á una fragua;
-de la fragua, á una taberna, y, por último, á la cárcel. Porque ya en
-esto era grandullón de diez y siete años, y lo que había empezado en
-el colegio por cachetes y arañazos, acabó en la taberna por amagos de
-navajadas y por sospechas vehementísimas de robo.</p>
-
-<p>Lo que esto dió que hacer y que meditar y que decir á Gedeón, y al
-dinero que le costó, excuso yo referirlo.</p>
-
-<p>Cuando Merto se vió libre, al cabo de muchos meses de reclusión,
-halló cerradas todas las puertas, incluso la de su madre; y, por no
-volverse á la cárcel, arrimóse al primer perdido que encontró en la
-calle; contóle su desamparo, aceptó su consejo, y vendióse por un
-puñado de pesetas para soldado de Ultramar.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_289">[p. 289]</span></p>
-
-<p>Por esta razón poderosísima no figura Merto <i>de cuerpo presente</i>
-en el inventario que hice más atrás de los personajes de la casa de
-Gedeón.</p>
-
-<p>En cambio, en el que voy á hacer de los desengaños y las penas
-de éste desde que le perdimos de vista en el cuadro anterior, puede
-figurar como una de ellas la que se desprende del compendiadísimo
-relato que precede de la vida y milagros del implacable enemigo de
-Adonis.</p>
-
-<p>La sospecha adquirida en su encuentro con Herodes á la puerta
-de Solita, continuó atormentándole mucho tiempo; y aunque ningún
-testimonio nuevo volvió á robustecerla á sus ojos, el afán de
-encontrarlos le llevaba á cada instante á las callejuelas de aquel
-barrio, y hacíale ver en cada sombra y en cada bulto al odiado enemigo,
-y obligábale á continuar el trato de la hija del remendón, con una
-frecuencia tan opuesta á sus propósitos anteriores, como extraña á los
-ojos de Solita; siendo de advertir, como prueba de la violencia de
-sus celos, que no bastaba á resistirla el horror que le causaban sus
-encuentros con el tío Judas, bastante repetidos, en el camino.</p>
-
-<p>Para librarse de ellos sin escándalo, ideó, después del que
-presenciamos en el cuadro anterior, de acuerdo con Solita, triplicar la
-pensión que hasta allí había dado á su padre, á<span class="pagenum"
-id="Page_290">[p. 290]</span> condición de que éste no se le presentara
-jamás delante. Produjo buen resultado el acuerdo durante algunos meses;
-pero creciendo las necesidades del zapatero á medida que aumentaban
-los recursos, y calculando el sinvergüenza que más se le daría cuanto
-mayor fuera su insistencia en perseguir á quien lo daba, Gedeón volvió
-á ser asaltado en la calle muchas veces, tantas como los aumentos que
-hizo á la pensión. Viendo que ésta subía como la espuma, y conociendo
-la intención del zapatero, resolvióse á poner el caso bajo la
-protección de las leyes; y el tío Judas fué encerrado en la cárcel como
-vago.</p>
-
-<p>Pero salió de ella, y volvió á las andadas, y tornó la justicia á
-prenderle; y en este juego pasaron dos años, torturado Gedeón entre sus
-celos, que le sacaban de casa, y el temor al zapatero, que le asustaba
-en la calle; el odio que sentía hacia Solita, y el amor propio que cada
-vez le arrimaba más á ella; el asco que le producía el remendón, y el
-dinero que le costaba verse libre de él por algunas semanas; el reúma
-y el catarro que iban desarrollándose en sus piernas y en su pecho,
-como hiedra en pared vieja, y el zumbar en su cerebro, sin tregua ni
-descanso, de aquella tempestad de desencantos y remordimientos, cada
-día más deshecha.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_291">[p. 291]</span></p>
-
-<p>En uno de ellos quiso lanzarse á la calle antes que la visitara el
-sol, porque durante la noche no había podido conseguir un instante de
-reposo. Judas, borracho como un cuero, le había <i>acompañado</i> á casa por
-la tarde, y la medida de su sufrimiento se colmó. Acostóse sin cenar,
-y la cama le pareció un tormento. La tos le ahogaba, y el recuerdo del
-infame descamisado, poniéndole nervioso, se la estimulaba. En cuanto
-vió un rayo de luz penetrar por la vidriera del balcón, vistióse y se
-lanzó á la calle á respirar el aire libre.</p>
-
-<p>Al extremo de ella había un grupo de cuatro personas que
-contemplaban un bulto tendido en el suelo. Acercóse á contemplarle
-también. Aquel bulto era el cadáver de Judas. ¡Jamás le pareció la
-muerte más justiciera, ni la calle más ancha, ni el aire más puro!</p>
-
-<p>—Es un borracho—le dijo un hombre de los del grupo,—que dormía á la
-intemperie la mayor parte del año. Sin duda el frío de la noche le ha
-matado.</p>
-
-<p>—Ó la justicia de Dios,—contestó Gedeón disimulando mal su alegría,
-continuando su paseo y complaciéndose con pueril afán en irse por los
-sitios que más frecuentaba el zapatero cuando le perseguía.</p>
-
-<p>Un año después de este suceso, hallóse con el Doctor en la
-calle.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_292">[p. 292]</span></p>
-
-<p>—Me alegro mucho de encontrarle á usted—díjole éste—tan á tiempo y
-tan á mano. Seis meses hace que no nos vemos.</p>
-
-<p>—En efecto—respondió Gedeón.—¿Y por qué dice usted que me halla muy
-á tiempo?</p>
-
-<p>—Porque mañana quizá sea tarde para proponerle á usted lo que voy á
-proponerle ahora.</p>
-
-<p>—Pues usted dirá, Doctor.</p>
-
-<p>—Quiero que suba usted conmigo á ver á un enfermo en esa casa de
-enfrente.</p>
-
-<p>—¡Yo! ¿Por ventura soy médico sin saberlo?</p>
-
-<p>—¿Y por precisión han de ser médicos cuantos hombres visiten á un
-enfermo?</p>
-
-<p>—Es que no atino...</p>
-
-<p>—Ya atinará usted después. ¡Vamos arriba!</p>
-
-<p>Colgóse el Doctor de su brazo sin hacer caso de sus protestas, é
-introdújole en el portal de enfrente. Llegaron al tercer piso; abrió
-el Doctor la puerta sin llamar; atravesaron el vestíbulo y luégo un
-pasadizo, todo á media luz, silencioso y mal barrido, y entraron en un
-gabinete contiguo á la sala. Abrió el Doctor un postigo de la vidriera
-del balcón, y á la luz que se derramó por la estancia vió Gedeón en
-el fondo de ella un lecho, á cuya cabecera estaba sentado uno de esos
-ángeles de la caridad que la religión católica ha hecho brotar del
-polvo de la tierra con el nombre de <i>Siervas de María</i>.</p>
-
-<p>—¿Qué tal, hermana?—preguntóla el Doctor.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_293">[p. 293]</span></p>
-
-<p>—Muy postrado desde anoche,—respondió la Sierva.</p>
-
-<p>Acercóse el médico al lecho, é hizo señas á Gedeón para que se
-acercara también. Gedeón, que estaba tiritando desde que entró en
-la estancia y vió aquel cuadro lúgubre, porque su alma no estaba
-acostumbrada á semejantes impresiones, obedeció fascinado y se aproximó
-al lecho.</p>
-
-<p>Bajo sus ropas se notaba el bulto de una persona, y sobre las
-almohadas se veía una cabeza, cuya cara, vuelta á la pared, tenía la
-mitad, hacia el cuello, cubierta con vendajes. Sus ojos entreabiertos
-lanzaban una mirada yerta y vidriosa, que iba á clavarse en un
-Crucifijo colocado de intento en la pared. Diríase que aquel cuerpo
-no respiraba, si no se vieran los movimientos de la ropa marcando las
-anhelantes inspiraciones de su pecho.</p>
-
-<p>—Mírele usted bien,—dijo el Doctor á Gedeón.</p>
-
-<p>Este buscó, á los pies de la cama, un punto desde el cual pudiera
-ver lo que verse podía de la cara del enfermo; pero no le conoció:
-parecióle aquella cara la de todos los cadáveres que él había visto.</p>
-
-<p>El Doctor, en tanto, hacía algunas experiencias para cerciorarse del
-estado mental del paciente.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_294">[p. 294]</span></p>
-
-<p>—Es ya un tronco—dijo.—Que no tarden en administrarle el último
-Sacramento.</p>
-
-<p>—Debe de llegar dentro de un instante el sacerdote con ese
-objeto,—respondió la hermana.</p>
-
-<p>Dispuso el médico lo que juzgó de su deber; y, despidiéndose de la
-Sierva, salió de la habitación después de invitar á su amigo á que
-hiciera otro tanto.</p>
-
-<p>Nada podía ordenar á Gedeón que más le complaciera. Se sofocaba en
-aquella atmósfera infecta, y le atormentaba la contemplación de tan
-triste espectáculo.</p>
-
-<p>Cuando los dos estuvieron en la calle, dijo el médico:</p>
-
-<p>—Eso que usted ha visto en el lecho, fué un hombre egoísta. Jamás
-latió su corazón á impulsos de un sentimiento honrado, ni su lengua se
-movió más que para difamar al género humano. «Esposa» é «hijos» eran,
-en su concepto, la expresión condensada de todas las esclavitudes, de
-todas las ignominias y de todos los estorbos. Resuelto á vivir sin
-ellos y para sí propio, maldijo de la familia y huyó de todo cuanto se
-le parecía, como se huye de la peste. Mientras fué robusto, tuvo quien
-le complaciera, porque pagaba con largueza sus caprichos; pero un día
-le atacó una enfermedad tan grave como repugnante, y sus sirvientes
-le abandonaron después de saquearle la casa. En<span class="pagenum"
-id="Page_295">[p. 295]</span> ella hubiera muerto como tigre en su
-caverna, si la caridad de Dios no anduviera por la tierra detrás del
-egoísmo de los hombres.</p>
-
-<p>—¿Y qué enfermedad le acometió?—preguntó al médico Gedeón, presa de
-un sobresalto que pudiera creerse supersticioso, si lo que de nuestro
-personaje sabemos no nos permitiera creer que bien podía temblar de
-miedo.</p>
-
-<p>—Un cáncer en la lengua,—respondió el médico.</p>
-
-<p>—¿Y eso le mata?</p>
-
-<p>—«Por do más pecado había.»</p>
-
-<p>—¡Casualidad extraña!</p>
-
-<p>—¡Ó providencial castigo!</p>
-
-<p>—¿Lo cree usted así?</p>
-
-<p>—Yo nunca dudo, amigo mío, de la justicia divina.</p>
-
-<p>—¿Y tan abandonado dice usted que se ha visto?</p>
-
-<p>—De todos menos de Dios. Ya vió usted un ángel á la cabecera de su
-cama cuidando de su cuerpo; pues otro, en forma de sacerdote, cuida de
-su alma.</p>
-
-<p>—¡Buena estaría su alma también!</p>
-
-<p>—Sin noción alguna de su destino dentro de aquel cuerpo
-miserable.</p>
-
-<p>—¿Y tan á obscuras seguirá hasta que de su cárcel se desprenda?</p>
-
-<p>—No tal, amigo mío. El alma volvió á la<span class="pagenum"
-id="Page_296">[p. 296]</span> luz, y el egoísta empedernido empleó las
-últimas palabras que pudo pronunciar su lengua para jurar ante Dios que
-aceptaba su soledad y sus tormentos como castigo justo de su pecado.
-Después acá, lo que no ha podido decir su boca en testimonio de su
-conversión, lo han dicho sus ojos, que, mientras han estado abiertos,
-no se han separado un instante de aquel Crucifijo que usted vió colgado
-en la pared.</p>
-
-<p>—Más vale así, Doctor. Pero todavía no me ha dicho usted por qué
-tuvo empeño en que yo visitara á ese enfermo.</p>
-
-<p>—Túvele suponiendo que se alegraría usted de despedirse de él
-antes de que se muera; porque, sin un milagro de Dios, se muere hoy
-indefectiblemente.</p>
-
-<p>—¿Y qué puede importarme á mí la muerte de ese desgraciado?</p>
-
-<p>—Siempre interesa la marcha de un amigo á un viaje tan largo.</p>
-
-<p>—¡De un amigo!</p>
-
-<p>—Por de usted le tuve siempre.</p>
-
-<p>—¿Quién es, entonces? ¿Cómo se llama?</p>
-
-<p>—Ignoro su nombre verdadero: la gente le conocía con el de
-<i>Herodes</i>.</p>
-
-<p>—¡Santa Bárbara!</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-296.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_2">
- <p><span class="pagenum" id="Page_297">[p. 297]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-025.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="II. CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR">II</h3>
- <p class="subh3">CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-d.jpg" alt="D" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Dos días</span> bastaron á
-Gedeón para salir del aturdimiento que le produjeron la visita que hizo
-á su amigo espirante, y la noticia que le dió de su muerte el Doctor
-aquella misma noche. ¡Herodes! el hombre que más le había empujado á él
-hacia el abismo en que se hallaba; el azote del hogar, la sátira de la
-familia, el prototipo de los <i>bueyes sueltos</i>, espirando en brazos de
-la caridad, abandonado de los hombres, devorado su cuerpo por un cáncer
-y su alma por los remordimientos! ¡Qué lección para él si desde muy
-atrás no se hallara convencido de que ese es el fin lógico y merecido
-de cuantos se colocan, por su propio gusto, fuera de la ley!</p>
-
-<p>Pero había en la muerte de Herodes un lado asaz risueño para Gedeón;
-y por este lado se apresuró á considerarla: el pavoroso problema<span
-class="pagenum" id="Page_298">[p. 298]</span> de sus celos estaba
-resuelto ya del mejor modo posible: el fantasma que le quitaba el
-sueño, ya no existía.</p>
-
-<p>Pensando así, en el acto se sintió capaz de no volver á acercarse
-á Solita. ¡Hasta se atrevió á soñar en nuevas aventuras, para borrar
-por completo de su memoria el recuerdo de aquella infeliz que tanto le
-había hecho padecer en su vanidad y en su soberbia!</p>
-
-<p>Pero bien pronto, asomándose su razón al cristal del espejo, supo
-decirle:—¿Adónde vas, iluso, con esa panza grosera, y esa calva
-refulgente, y esa sobarba con pliegues, y ese reúma que te balda, y esa
-tos que te ahoga? ¿Quién ha de escuchar tus ternezas, que no las tome á
-risa, ni quién podrá aceptarlas que no tosa más que tú?</p>
-
-<p>¡Olvidar á Solita cuando estaba amarrado á su recuerdo con una
-cadena más!</p>
-
-<p>¡Pensar en nuevos amoríos cuando no puede ya con los calzones, y las
-penas y los desengaños le han hecho renegar de todo su pasado!</p>
-
-<p>El único bien que le produjo la muerte de Herodes fué el poder
-vivir menos intranquilo con respecto á Solita. Entera confianza no la
-tuvo jamás en ella, y hasta me atrevo á creer que, no por otra razón,
-cuando él se vió con las piernas entumecidas por la gota, llevó á<span
-class="pagenum" id="Page_299">[p. 299]</span> Solita á vivir al centro
-de la población, y no muy lejos de su casa. Disculpaba Gedeón esta
-medida diciendo que, pues había pasado Solita fuera de la ciudad tantos
-años, y muerto su padre que, vivo, hubiera publicado lo contrario,
-bien podía aparecer en ella como viuda forastera. Yo tengo para mí que
-trataba de ponerla al alcance de su corto andar.</p>
-
-<p>El hecho es que así la puso, y que á duras penas la visitaba una vez
-cada mes, de noche y con grandes precauciones.</p>
-
-<p>En cada una de estas visitas la entregaba el dinero necesario para
-sus gastos, y para <i>lo demás</i> que andaba por el mundo y era causa de
-que cada entrevista terminara con un escándalo, exigiendo la una y
-resistiendo el otro.</p>
-
-<p>—¡Déjame siquiera acercarme á tu casa cuando tú no puedas llegar á
-la mía!—clamaba ella después de pintarle los riesgos en que la ponía el
-método á que la sujetaba él.</p>
-
-<p>—¡Nunca!—respondía Gedeón inexorable.</p>
-
-<p>—¿Y qué <i>hemos</i> de comer cuando tus achaques no te dejen salir de la
-cama?</p>
-
-<p>—¡Moríos de hambre! ¡Ojalá fuera mañana!</p>
-
-<p>—¡Fiera! ¡Maldita sea la hora en que te conocí!</p>
-
-<p>—¡Eso digo yo todos los días del momento en que te hallé á mi
-paso!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_300">[p. 300]</span></p>
-
-<p>—¿Quién es la infame que te obliga á ser tan bárbaro?</p>
-
-<p>—¡Mi corazón que te detesta!</p>
-
-<p>Así, ó por el estilo, concluían las entrevistas amorosas de Gedeón y
-de Solita.</p>
-
-<p>Ya para entonces había ésta perdido hasta las huellas de lo que fué
-en mejores tiempos. Lacia, escurrida, angulosa, desdentada, á medio
-encanecer y medio calva, no podía hallarse una figura menos á propósito
-que la suya para mover á un hombre, del temple que había tenido Gedeón,
-á cumplir con los deberes que á cada instante arrojaba ella á la cara
-del solterón atribulado.</p>
-
-<p>Sin el recelo de que algún perdido de buen estómago se regodeara
-con lo que á él le costaba tanto dinero, ni aun la visita mensual la
-dedicara, y mucho menos rondara su casa, como la rondaba algunas veces,
-con el pretexto de darse un paseo por las calles.</p>
-
-<p>De ese modo iban corriendo los años para Gedeón desde la muerte de
-Herodes.</p>
-
-<p>Más de dos habían pasado sin que viera, ni de lejos, á Anás y
-á Caifás, y uno bien cumplido desde que supo que habían andado á
-bastonazos en medio de la Plaza Mayor, cuando la casualidad le puso
-delante de Caifás.</p>
-
-<p>Parecióle éste muy envejecido, triste y caído de cerviz.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_301">[p. 301]</span></p>
-
-<p>Saludáronse como dos mastines, más bien gruñendo que hablando; y
-maquinalmente llegó Gedeón á preguntar á su viejo camarada por Anás.</p>
-
-<p>—¡No me hables de ese cerdo!—exclamó trémulo de ira Caifás.</p>
-
-<p>—Efectivamente... No me acordaba de que habíais tenido un disgusto:
-perdona la distracción.</p>
-
-<p>—¡Si no me lo quitan entonces de las manos!...</p>
-
-<p>—Más vale que te le quitaran.</p>
-
-<p>—¡Yo digo que no, porque debí matarle allí!</p>
-
-<p>—¿Tan grave fué el motivo de la riña?</p>
-
-<p>—Gravísimo. Disputamos primeramente sobre si eran mejor las
-cintas que los botones para sujetar los calzoncillos encima de las
-medias...</p>
-
-<p>—¡Por eso nada más?</p>
-
-<p>—Y por lo otro, Gedeón; por lo otro que teníamos en el cuerpo
-desde muy atrás. Lo de los calzoncillos fué la mecha que prendió la
-pólvora.</p>
-
-<p>—Entonces no digo nada.</p>
-
-<p>—¡Pues yo te digo á tí que ese hombre es un sinvergüenza!</p>
-
-<p>—Lo será si te empeñas.</p>
-
-<p>—Y tú debieras decir otro tanto, sabiendo cómo vive.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_302">[p. 302]</span></p>
-
-<p>—Te juro que no lo sé.</p>
-
-<p>—Pues debieras saberlo.</p>
-
-<p>—Jamás lo he intentado; y cree que me iré á la sepultura en mi
-ignorancia, si tú no me sacas de ella.</p>
-
-<p>—Ya sabes que es muy avaro y le da por decir á todo el mundo que
-él no se casa porque cree que nadie, ni los hijos, tienen derecho
-al caudal de su padre. Pues bueno: cuando á tí te decía eso mismo,
-aconsejándote que no te casaras, vivía de posada en casa de una buena
-moza, mujer de un sargento de carabineros: el cual sargento pasaba de
-cada tres semanas, una al lado de su mujer, porque estuvo de punto
-muchos años cerca de la ciudad. Esta mujer fué teniendo familia, hasta
-tres hijos, y consiguió hacer creer á ese bestia que los chicos se le
-parecían, á medida que iban naciendo; y le obligaba á pasearlos, y á
-dormirlos, ¡y hasta limpiarlos!... En fin, hombre, y pásmate: le exigió
-que hiciera testamento á favor de ellos, porque estaba en ese deber.</p>
-
-<p>—Á eso ya se resistiría.</p>
-
-<p>—Como si callara: amenazóle la pícara con decírselo <i>todo</i> al
-sargento; él es un cobardón, y además se le caía la baba delante de
-aquella prole, como si fuera suya, y testó, Gedeón, ¡testó como quería
-la carabinera!</p>
-
-<p>—¡Qué me cuentas?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_303">[p. 303]</span></p>
-
-<p>—La verdad, la verdad pura; y ahí le tienes hoy viviendo en la misma
-casa; dejándose llamar <i>padrino</i> por tres hombrachones ya casados,
-que comen á sus expensas; manteniendo al sargento que se licenció,
-y aguantando la tiranía brutal de aquella mujer sin educación, sin
-entrañas y sin vergüenza... Porque yo te garantizo ¿lo entiendes? yo te
-garantizo que no la tiene.</p>
-
-<p>—¿Y sospecha él que tú puedes garantizarlo?</p>
-
-<p>—Témome que sí.</p>
-
-<p>—Entonces ya voy cayendo en la cuenta de los palos.</p>
-
-<p>—Témome que no del todo... Como yo le dije un día, muchos
-años há, cuando me vino con indirectas, á causa de sus recelos y
-aprensiones:—«Pedazo de bruto, mientras vivas como vives, ¿que derecho
-tienes tú para quejarte? Bueno que cada hombre tenga los líos que le dé
-la gana; pero que los tenga con decencia y con cierto decoro... ¿Por
-qué no haces lo que Gedeón?...»</p>
-
-<p>—¿Eso le dijiste?</p>
-
-<p>—Eso le dije.</p>
-
-<p>—¿Y con qué derecho?</p>
-
-<p>—Me parece que diciendo la verdad...</p>
-
-<p>—¡Yo no tengo líos, ni los he tenido nunca!</p>
-
-<p>—¡Oiga! Parece que te amoscas...</p>
-
-<p>—Y me amosco con razón.</p>
-
-<p>—Pues ya que tan por lo alto lo tomas, sábe<span class="pagenum"
-id="Page_304">[p. 304]</span>te que lo que entonces sospechaba yo por
-ciertos indicios, se hizo público años después por boca de tu ilustre
-padre político.</p>
-
-<p>—¡Falso!</p>
-
-<p>—<i>Hijo</i> te llamaba él en calles y plazuelas... Todo el barrio lo
-sabe.</p>
-
-<p>—¡Mientes!</p>
-
-<p>—¡Gedeón!...</p>
-
-<p>—Y no te rompo la crisma, porque necesito el bastón para sostenerme
-de pie...</p>
-
-<p>—Eso te salva de que no casque yo el mío encima de tus costillas,
-¡grosero!</p>
-
-<p>—¡Calumniador!... Si yo no te hubiera conocido nunca... ¡otro gallo
-me cantara!</p>
-
-<p>Así acabó aquel encuentro, cuando ya empezaba la gente á formar
-corrillo alrededor de los dos <i>amigos</i>.</p>
-
-<p>El grandísimo disgusto que produjo á Gedeón lo que Caifás le dijo
-acerca de sus <i>ocultos</i> enredos, no le quitó el deseo de saber algo
-sobre la vida del mismo Caifás, deseo nacido de las primeras palabras
-de éste al encontrarse con él. Si también este juez de su antiguo
-pleito había prevaricado, ¡morrocotudo tribunal fué aquél <i>de los tres</i>
-que le sentenció! Para averiguar ese algo, ninguna fuente como el mismo
-Anás, primero amigo y después enemigo feroz de quien tan ferozmente
-acababa de biografiarle á él.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_305">[p. 305]</span></p>
-
-<p>Buscóle con cachaza, y le halló al cabo, también en medio de la
-calle, como se había propuesto Gedeón para no darle que sospechar
-buscándole en su casa.</p>
-
-<p>También le pareció su antiguo consejero muy acabado, y, además, mal
-vestido y poco limpio.</p>
-
-<p>Á las pocas palabras, después de un saludo frío y desaliñado, Gedeón
-le preguntó por Caifás.</p>
-
-<p>—¡Mal rayo le parta!—gritó Anás transformando su sombrío decaimiento
-en furor salvaje.</p>
-
-<p>—Perdóname, hombre: no me acordaba ya de que habías tenido un
-disgusto.</p>
-
-<p>—Si la gente no se interpone, le destrozo, y libro á la humanidad de
-ese infame.</p>
-
-<p>—Entonces, más vale que se interpusiera la gente.</p>
-
-<p>—¡Yo digo que no, porque debí hacerle polvo!</p>
-
-<p>—Según eso, fué muy grave el motivo de la querella.</p>
-
-<p>—No valía dos cominos, Gedeón; pero había mucha pólvora en mi
-cuerpo, y esa futesa la inflamó.</p>
-
-<p>—De lamentar es el caso, de todas maneras.</p>
-
-<p>—¡Ese hombre es una bestia, Gedeón, y además un canalla!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_306">[p. 306]</span></p>
-
-<p>—Será si tú lo dices; pero como no estoy en antecedentes...</p>
-
-<p>—Pues qué, ¿no sabes cómo vive?</p>
-
-<p>—Ni he intentado saberlo... Como no me trato con nadie...</p>
-
-<p>—Recordarás que esa fiera siempre fué tan vehemente como celoso, y
-que por no fiarse de ninguna mujer, detesta del matrimonio y de los que
-le contraen. Pues bueno: puso casa muchos años hace, y tomó un ama bien
-parecida. La muy lagarta conoció pronto de qué pie cojeaba el animal de
-su amo, y se complacía en dar pábulo á sus accesos bestiales para tener
-el gusto, contrariándole, de verle pidiéndola misericordia. En uno de
-estos trances, impúsole la condición de casarse con ella, después de
-dotarla rumbosamente.</p>
-
-<p>Resistióse el bruto á lo del matrimonio, aunque asintió á lo de
-la dote; pero la astuta supo aguardar ocasión conveniente, y al fin
-convino el asno en la otra cláusula también, aunque á condición de que
-el casamiento fuera secreto. Hízose así con todas las garantías legales
-exigidas por la serpiente; y ahí le tienes desde entonces devorando
-en silencio cuantas afrentas puede una mujer echar á la cara de un
-hombre.</p>
-
-<p>—Y ¿por qué las aguanta?</p>
-
-<p>—Porque le amenaza ella con publicar el casamiento.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_307">[p. 307]</span></p>
-
-<p>—¿Y estás seguro de que le afrenta esa mujer?</p>
-
-<p>—Te lo garantizo, ¿lo entiendes bien? te lo garantizo yo.</p>
-
-<p>—¿Y sabe él que puedes tú garantizarlo?</p>
-
-<p>—Lo sospecha, como de tantos otros.</p>
-
-<p>—¿Quiere decir que por eso fueron los palos?</p>
-
-<p>—Por eso unos pocos, y otros tantos por ciertas demasías
-suyas.—«Pero pedazo de bruto,» le dije yo en una ocasión, hablándome él
-de esas aprensiones, «¿basta que se le meta á un hombre una majadería
-en la cabeza para que sin ton ni son vaya á dar un escándalo en la
-vecindad? Bueno que vigiles y quieras conservar tu puesto, pero con
-decoro; porque figúrate que te equivocas... Y por último, antes de dar
-contra los amigos, echa de casa á los extraños;» porque créelo, Gedeón,
-¡esa infame se los pone á la mesa con él, á título de amigos y de
-parientes!... ¡y el sinvergüenza lo sufre! ¿Quieres más?</p>
-
-<p>—¡No es poco que digamos!</p>
-
-<p>—Y también le dije: ¿á que no daba un paso como ese nuestro amigo
-Gedeón?</p>
-
-<p>—¡Yo! Y ¿por qué había de darle?</p>
-
-<p>—Gajes del oficio son los motivos de esa clase.</p>
-
-<p>—Yo no sé qué oficio es ese, ni conozco esos motivos...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_308">[p. 308]</span></p>
-
-<p>—Vamos, Gedeón, echemos tierra á los motivos, pero en cuanto al
-oficio...</p>
-
-<p>—¿Qué quieres decir con eso de «echar tierra?» ¿Á qué aludes?</p>
-
-<p>—¿Por qué te quemas?</p>
-
-<p>—Porque me insultas.</p>
-
-<p>—¿Porque te digo que tienes líos tapados?</p>
-
-<p>—¡Yo no tengo líos tapados ni descubiertos!</p>
-
-<p>—Como cada hijo de vecino.</p>
-
-<p>—¡Falso!</p>
-
-<p>—¡Gedeón!</p>
-
-<p>—¡Te repito que yo no tengo líos!</p>
-
-<p>—Pues cuéntaselo á tu augusto suegro que los publicaba. ¡Lástima que
-ya no viva!</p>
-
-<p>—¿Y á ese entierro aludías antes?</p>
-
-<p>—¡Ó á otro, canastos!</p>
-
-<p>—¿Á cuál, víbora, á cuál?... ¡dilo!</p>
-
-<p>—¡No me da la gana, soberbio!</p>
-
-<p>—¡Yo haría que te diera, si tuviera los miembros sanos!</p>
-
-<p>—¿Qué harías entonces?</p>
-
-<p>—Molerte á bastonazos.</p>
-
-<p>—Ya tendrías tú media docena de ellos encima de tu alma si no
-mirara...</p>
-
-<p>—¡Difamador!</p>
-
-<p>—¡Hipócrita!</p>
-
-<p>—¡Bárbaro!</p>
-
-<p>También esta entrevista acabó rodeada de transeuntes y hasta silbada
-de granujas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_309">[p. 309]</span></p>
-
-<p>No sé á punto fijo cuánto profundizó en el espíritu de Gedeón el
-que éste juzgó dardo lanzado á su pecho por Anás desde la sepultura
-de Herodes; pero me consta que al encerrarse en su cuarto, exclamó,
-poniendo todo su corazón en sus palabras:</p>
-
-<p>—¡Señor, entre qué gentes he pasado lo mejor de mi vida!</p>
-
-<p>Después volvió á encerrarse en su concha; y ningún acontecimiento
-notable alteró la triste monotonía de su existencia, hasta el instante
-en que se le presento á mis lectores al comenzar la historia de esta
-tercera y última jornada de su vida.</p>
-
-<p>Pero heme referido allí únicamente al aspecto exterior de nuestro
-personaje; y ahora necesito decir dos palabras acerca de sus
-interioridades.</p>
-
-<p>Mientras á un enfermo le dura la fiebre, no cabe en la cama y sueña
-que es emperador que manda ejércitos, y que ni la muerte se atreve
-contra él; pero pasa el acceso, y sus brazos, antes de acero, truécanse
-en débiles cañas; la luz vence á sus ojos, y el más blando lecho
-parécele dura roca para descanso de su cuerpo aniquilado: la razón, ya
-en su quicio, no le alumbra quimeras, sino la verdad de su estado y lo
-que le falta para llegar á ser un cuerpo sano como los demás.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_310">[p. 310]</span></p>
-
-<p>Lo mismo le ha sucedido á Gedeón. Mientras le duró la fiebre de
-las pasiones groseras sostenidas por el vigor de su naturaleza y
-estimuladas por el veneno de su educación, ya sabemos lo que fué; pero
-asaltáronle plagas, lloviéronle pesadumbres y desengaños; y á medida
-que el cuerpo fué cayendo, fué su espíritu levantándose. Cada ilusión
-apagada en su fantasía, renació como luz en su razón; y cada flaqueza
-vencida en su materia, rompió un eslabón de la cadena de su alma. Así
-llegó ésta á enseñorearse de aquel cuerpo, cuando el cuerpo no fué más
-que una carga de dolores.</p>
-
-<p>Ya no hay brumas ante la mirada de Gedeón; y desde la alteza de sus
-desdichas, todo lo ve claro; ya no duda que de los senderos que tuvo
-delante de los ojos al dar el primer paso de la vida, eligió el peor
-creyendo lo contrario; y también ve, para su tormento, que ya no es
-hora de retroceder para buscar otro más placentero. Á sus pies está el
-abismo, y en él caerá con su cruz de tristezas, y allí será crucificado
-por el verdugo de sus remordimientos.</p>
-
-<p>Para otros la luz y los consuelos; para él, la obscuridad y el
-desamparo.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-193.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_311">[p. 311]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-235.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="III. LOS VECINOS DE GEDEÓN">III</h3>
- <p class="subh3">LOS VECINOS DE GEDEÓN</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-s.jpg" alt="S" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Sucédele</span> muy de
-continuo á nuestro personaje lo que al envidioso: todo se le vuelve
-fijarse en lo que él no posee y tienen los que pasan á su lado.</p>
-
-<p>Con el cuerpo hundido en el sillón de su gabinete, y en el pecho
-la barbilla, deja correr las horas, perdida la imaginación en
-investigaciones que le seducen y en cálculos que le fascinan.</p>
-
-<p>«Lo que soy, lo que he sido y lo que pude ser.»</p>
-
-<p>Estos son los tres puntos sobre los cuales divaga su fantasía años
-há, y el único tema de las meditaciones que le entretienen.</p>
-
-<p>En la ocasión en que ahora le hallamos, con el cuarto á media luz,
-la atmósfera saturada de olores de <i>bálsamo tranquilo</i>, sin otro rumor
-que altere aquel silencio sepulcral que le ro<span class="pagenum"
-id="Page_312">[p. 312]</span>dea que el crónico estertor del ratonero
-que dormita debajo de la manta, por un lógico y no largo encadenamiento
-de ideas que acaso arranca de aquel cuadro mustio y desconsolador, vase
-con la mente á examinar el que ofrece cada familia de las que habitan
-aquella misma casa, y le son bien conocidas.</p>
-
-<p>Vive en el cabrete del portal el matrimonio de que dimos cuenta más
-atrás; el cual matrimonio tiene un hijo de veinte años, que gana en
-una carpintería un jornal de dos pesetas. Al mediodía y por la noche,
-los tres se reúnen, y comen y cenan <i>en familia</i>. Alguna vez que otra,
-asoma entre ellos la discordia; pero lo ordinario es que reine la paz y
-hasta la alegría en aquel hogar angosto y miserable.</p>
-
-<p>En el segundo piso habita un abogado de <i>cierta edad</i>, esposo de
-una mujer bella, padres ambos de tres niños. Rara es la semana en
-que el médico no tenga que visitar á alguno de éstos. Mientras dura
-la enfermedad, no se oye una mosca en la casa; pero, en cambio, tan
-pronto como el enfermo se restablece, aquello es una pajarera.—«¡Hijo
-mío, yo te como á besos!... ¡Toma, toma... toma!... ¡Válgame el
-Señor, qué gitana de criatura!... ¿Qué quieres tú, resaladísima?...
-¿Que te haga un nene con el pañuelo?... Tómale, prenda. Á ver cómo le
-cantas: ¡oba, oba, oba!... Duérmele tú, more<span class="pagenum"
-id="Page_313">[p. 313]</span>na... ¡Ajá!... ¡Bendito sea Dios, si no
-parece que los ángeles enseñan á esta chiquilla tanta monada!—¿Tienes
-celos tú, renacuajo mío? ¡Ay, qué pucheros hace el muy remonísimo!...
-No, pimpollo de la casa, que te quiero también á tí... Ven acá, hijo
-mío, á este otro brazo, junto á tu hermanita. Así... dale tú un beso,
-pichona. ¡Bien! Dale tú otro á ella, gitano... ¡Eso es! ¿Ve usted
-cómo se quieren los niños?... Ven tú ahora, cachorrón, y abraza á tus
-hermanitos... aprieta más... así... Ahora, yo un beso á cada uno...
-¡Toma, toma, y toma... que valéis un imperio entre los tres!»</p>
-
-<p>Tales son los entretenimientos de aquella madre, siempre que sus
-faenas domésticas la dejan un rato libre.</p>
-
-<p>En cuanto al padre, trabaja en su bufete largas horas; pero nunca
-le falta una para dedicársela á sus hijos, jugando con ellos como si
-fuera un niño más en la casa; y si algún cliente no le ha sorprendido,
-como el embajador español á Enrique IV, haciendo de la estancia
-picadero, puesto en cuatro pies y llevando montado en sus espaldas á
-un chiquillo, hale hallado muchas veces con la carga encima de los
-hombros, á modo de San Cristóbal.</p>
-
-<p>Á pesar de tan <i>prosáicos</i> pormenores, la casa está limpia como
-el oro, la mujer es hasta elegante, el marido no es <i>raro</i> y se cree
-feliz, y<span class="pagenum" id="Page_314">[p. 314]</span> los
-niños no rompen la vasija ni comen las sopas á puñados. Para eso está
-la madre que se lo prohibe, como todo lo malo, y les amenaza con el
-enojo de Papá-Dios, y hasta con la venida de Pateta y del Cancón, si
-es necesario; y los inocentes se conforman con mirar á hurtadillas
-los <i>santos</i> de algún libro, con ver lo que hay dentro del estuche de
-costura de su madre, alguna vez que ésta le deja abierto, y con jugar
-á los soldados con el bastón y un chaleco viejo de su padre, ó á los
-cocheros, con cuatro sillas del comedor y las disciplinas de sacudir la
-ropa.</p>
-
-<p>Vive en el piso tercero, si padecer es vivir, un coronel retirado á
-quien la gota y algunas reliquias de la guerra tienen postrado en el
-lecho la mayor parte del año, y el resto encogido en un sillón. Para
-asistirle y consolarle y sufrirle con la heróica resignación de una
-hermana de la Caridad, está constantemente á su lado su hija, joven
-y bella, aunque su belleza tiene no escasa semejanza con las flores
-sin sol. Un hermano de ésta ayuda á levantar las cargas del hogar,
-desempeñando un empleo que no le produce tanto lucro como sudores.
-Cuando los tres se hallan juntos á ciertas horas del día y casi todas
-las de la noche, el afán de los hijos se consagra á endulzar las
-amarguras del inválido, cuya paciencia no es tan<span class="pagenum"
-id="Page_315">[p. 315]</span> grande como el amor y la gratitud que
-siente hacia aquellos pedazos de su corazón.</p>
-
-<p>En el piso cuarto habita un matrimonio que demuestra no ocuparse
-ni pensar en otra cosa que en reñir cruda batalla con la muerte, que
-tiempo há reclama la vida del único fruto que le han dado veinticinco
-años de unión pacífica y armoniosa. Rico el marido y no pobre la mujer,
-cuanto los dos reúnen, y sus vidas además, dieran sin vacilaciones por
-devolver el color de las rosas y los bríos de la juventud á la faz
-macilenta y al cuerpo entumecido y descarnado de aquel sér á quien una
-lenta, pero invencible consunción, va acercando al borde del sepulcro.
-Para aquellos padres el día no tiene sol, ni la noche descanso: sus
-almas están en el cuerpo de aquel hijo que padece y se acaba, sin que
-poder humano alcance á conjurar tal desventura. Algunas veces un pobre
-sacerdote, sentado á la cabecera del enfermo, le alivia los dolores
-del cuerpo con sabias advertencias para el alma, dando á la vez grato
-consuelo á los que ninguno esperan de los halagos del mundo cuando de
-él falte quien tan próximo se halla á las puertas de la eternidad.</p>
-
-<p>Por último, habita la buhardilla una costurera que sostiene con
-su trabajo á su madre anciana y viuda, y á un hermano memo. Aunque
-no cesa de trabajar, y lo que gana cada veinti<span class="pagenum"
-id="Page_316">[p. 316]</span>cuatro horas puede meterse en un dedal,
-esta criatura canta de día y canta de noche, hasta en las horas que
-roba al sueño y al descanso.</p>
-
-<p>Hecha esta mental exploración por su vecindad, Gedeón, que nunca
-olvida las lecciones del Doctor, juzga que aquella casa es un remedo
-del mundo. Hay en ella un poco de todo: diversidad de caracteres, de
-caudales, de infortunios y de alegrías.</p>
-
-<p>Hay padres que trabajan y se sacrifican por sus hijos; hijos que
-trabajan y se sacrifican por sus padres; hermanos que cuidan de sus
-hermanos; padres é hijos que mutuamente se auxilian y conllevan. En
-una ó en otra forma, siempre hay un sér identificado con otro sér; un
-sentimiento honrado respondiendo á otro sentimiento, ó inclinando el
-corazón á trocar por los dolores ajenos las propias alegrías; vidas
-que se reflejan en otras vidas y en ellas se funden y se gozan, como
-la luz, y las flores, y el rocío; conjunto maravilloso de colores, de
-aromas y de frescura; ambientes embalsamados que regala el valle á la
-montaña, en pago de la brisa, de la lluvia y del amparo que la montaña
-presta al valle; misteriosa cadena de afectos que elevando el alma
-sobre las miserias de la tierra, convierte los dolores y la abnegación
-y el heroísmo en necesario y grato deber.</p>
-
-<p>—¡Esto es la familia!—piensa Gedeón, in<span class="pagenum"
-id="Page_317">[p. 317]</span>terrumpiendo sus exploraciones;—algo
-que se siente, se ve y no se explica; algo que se encuentra en todas
-partes... menos en mi casa y en los libros que yo he devorado. Esto lo
-que en ella me llamaba en otros tiempos, y lo que yo no quería oir;
-esto lo que me recomendaba el Doctor como remedio de todos mis males...
-¡Qué necio, qué fatuo, qué estúpido he sido!</p>
-
-<p>Volviendo otra vez con la mente á la vecindad, ¡cuán rebajado se
-encuentra comparándose con ella!</p>
-
-<p>Cuantos seres la componen tienen un destino que cumplir, ó le han
-cumplido ya; parecen venidos al mundo con un fin benéfico y para ocupar
-un puesto que les estaba señalado, y son como rueda de artefacto, que,
-por pequeña que sea, colocada entre otras, ayuda al movimiento á la vez
-que le recibe.</p>
-
-<p>Todos aquellos vecinos pueden abrir sus puertas y mostrar al público
-sus hogares, porque nada hay en éstos que no sea útil, lícito y
-honrado.</p>
-
-<p>Pero él... ¡cielo santo! En su casa el desamparo, el silencio, la
-soledad, la desconfianza, el misterio, el engaño; en su corazón, el
-odio á quien debiera amar y poner sobre su cabeza; en su conciencia, el
-remordimiento y el desencanto de los vicios.</p>
-
-<p>¡Pero en cambio es <i>libre</i>!... ¡Qué mofa!...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_318">[p. 318]</span></p>
-
-<p>¿De qué le sirve la libertad? Si le faltara aquel dinero, por
-amor al cual halla quien le dé de comer y le guarde la casa, ¿quién
-se acercaría á ella, ni con paciencia aguantara sus desabrimientos,
-hijos de sus amarguras y dolores? ¿Á quién arrancará una lágrima su
-muerte?</p>
-
-<p>No hay duda: él solo es en aquella vecindad, reflejo del mundo, la
-rueda inútil, y por inútil arrojada al basurero; allí irá hundiéndose
-poco á poco, comida por la roña y azotada por los vientos y la lluvia,
-mientras la van formando una corona digna de su tumba de inmundicias y
-de escombros, las zarzas y las ortigas.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-031.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_4">
- <p><span class="pagenum" id="Page_319">[p. 319]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-055.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="IV. CASTILLOS EN EL AIRE">IV</h3>
- <p class="subh3">CASTILLOS EN EL AIRE</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-p.jpg" alt="P" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Pues</span> supongamos
-ahora—continúa llevando sus meditaciones á otra región de más luz y de
-mejor aire,—que yo me hubiera casado á tiempo. Podría haberme cabido
-en suerte algo de lo malo que hay en la vecindad, es cierto, pero
-¿y qué? Lo peor de ello ¿no es mucho mejor que lo que yo poseo? Más
-probable es que tuviera un poco de cada cosa: hoy una pena, mañana una
-alegría, ahora un dolor, más tarde un placer... Tal es el mundo, y tal
-la humanidad; porque no puede ser de otra manera... Pero el conjunto
-de todos estos dulces y de estos amargos, de estos goces y de estas
-pesadumbres; el no sé qué que lo envuelve y rodea, y lo da color y luz
-y vida; eso que un pintor llamaría <i>ambiente de la familia</i>, y otros,
-con mejor acuerdo, el <i>reflejo de Dios</i>; eso que<span class="pagenum"
-id="Page_320">[p. 320]</span> no se disipa con ninguna pena, ni se
-adquiere con ningún dinero, ni se sustituye con nada, pero que existe
-en todas las familias, ¿por qué no había de existir en la mía? ¡Si me
-parece que lo ven mis ojos y lo palpan mis manos!... Y no es extraño:
-soy de los necios que viéndose ahitos, arrojaron las provisiones
-por la ventana, sin hacerse cargo de que se quedaban con el hambre,
-aunque dormida y acallada. Ahora se despierta la mía y se entretiene
-en pintar manjares... como ella sabe pintárselos á quien no los puede
-saborear.</p>
-
-<p>Pero vaya una suposición racional, aplicable á este momento de mi
-vida.</p>
-
-<p>Si yo me hubiera casado á tiempo, mi mujer estaría ahora á mi
-lado... Tendría, próximamente, cincuenta años: quince menos que yo;
-pero bien conservada, afable... hasta fresca y rozagante. Y digo que
-se hallaría á mi lado, porque estoy achacoso; y para entretenerme y
-consolarme, me daría conversación. Hablaríamos de cuando fuimos jóvenes
-y de las inocentadas que nos decíamos cuando novios. Pareceríanos
-imposible que entonces nos conformáramos con aquel amor vehemente y
-apasionado que luégo vimos trocarse, para dicha mutua, en otro afecto
-más apacible y desinteresado, y á la vez más profundo, cordial y
-permanente, como si nuestras vidas se hubiesen<span class="pagenum"
-id="Page_321">[p. 321]</span> compenetrado, ó fuéramos <i>ella</i> y yo dos
-cuerpos con un alma sola...</p>
-
-<p>Pero á cierta edad deben entretener poco estas metafísicas. De
-ellas habríamos hablado en ocasión oportuna... Lo seguro es que en la
-presente estaríamos tratando de nuestros hijos, ó acompañados de alguno
-de ellos.</p>
-
-<p>El mayor sería ya... ¡bah!... ¡yo lo creo! oficial de artillería...
-Aunque, bien mirado, no me agradan mucho los militares. Siempre están
-lejos de sus familias, y se expone uno á perder algo de su cariño.
-Después la guerra. ¡Es tan fácil que una bala, un pedacito de plomo
-como un guisante, arrebate en un segundo una vida llena de alegrías y
-de esperanzas! Verdad es que así se cumple con un deber sagrado, porque
-se muere por la patria... ¡Pero vaya usted á decirle al corazón de un
-padre que se consuele con eso, cuando llora la pérdida de un pedazo
-suyo!... ¡Cómo debe de sentirse la muerte de un hijo!... Por eso no es
-conveniente exponerlos mucho... Por otra parte, como el nuestro sería
-buen mozo, por la vanidad de verle lucir el uniforme... ¡qué sé yo! se
-me figura á mí que hubiéramos consentido en que se hiciera militar...
-Nada: resueltamente lo sería.</p>
-
-<p>Habría recibido yo carta suya avisándome en ella que le destinaban,
-por ejemplo... á Se<span class="pagenum" id="Page_322">[p.
-322]</span>villa. Sevilla es una gran ciudad, en la cual no puede
-vivir mi hijo, que pertenece á un cuerpo tan distinguido como el
-de artillería, como en Segovia ó en Santoña. Tendrá su uniforme
-estropeado, si no viejo; necesitará hacerse otro nuevo, y acomodarse
-en buena posada; estar, en fin, como debe estar un joven de sus
-condiciones: bien vestido y bien alojado. ¿Qué menos? Nada de eso me
-diría él en la carta, porque, como prudente, sabe que su padre con
-media palabra entiende á sus hijos; el caso es que yo trataría de
-enviarle dinero. Sobre el cuánto, consultaría con su madre. Pero,
-¿qué sabe una pobre señora de su casa lo que necesita un caballero
-oficial del real cuerpo de artillería? Por eso me dirá que con dos
-mil reales tiene nuestro hijo hasta de sobra; pero yo, que sé lo que
-cuesta, ó debe costar, un uniforme como el suyo, con tanto ringorrango
-de oro fino, y lo caros que andan los guantes de primera y el tabaco
-regular, sin que su madre lo sepa le mando cuatro mil: la mitad para el
-uniforme, y el resto... ¡qué diablo!... el resto para dos mil cosas que
-pueden ocurrírsele á un buen mozo, caballero oficial del real cuerpo
-de artillería. ¿Le he de decir yo también en qué lo ha de gastar? Lo
-que sí le diré, que aquella cantidad se la enviamos su madre y yo: dos
-mil reales cada uno; pero que no la diga nada<span class="pagenum"
-id="Page_323">[p. 323]</span> cuando la escriba, porque quiere ella
-guardar el secreto. Creo yo que de este modo agradecerá él más el
-supuesto regalo de su madre, y la tendrá más presente y hasta la querrá
-más, si cabe; y queriéndola él así, le querré yo también mucho más.
-¡Como si fuera poco lo que le quiero!...</p>
-
-<p>Despachado así el asunto del militar, empezaríamos con el abogado,
-el menor de nuestros hijos varones. Ese estaría preparándose para
-graduarse de doctor. Pero ¡qué tunante!: sabiendo que con esas cosas
-se le cae la baba á su padre, me ha dedicado el discurso... El de
-licenciado se le dedicó á su madre, que le tiene encuadernado con
-lujo y le guarda entre sus más estimados libros de devoción. Y ¿qué
-he de hacer yo sabiendo, como sé, que es un chico que se ha lucido en
-toda la carrera?... Pero no: se habrá graduado ya, y yo habré leído
-su discurso, ¡bien charlado!... No se lo diría así; pero le tiraría
-de la lengua é iría metiéndole en materia para oirle... Le habría
-regalado un reló de oro con su cifra. ¡Qué demonio de chico! ¡Cómo
-él se despacha en círculos y tertulias! Lo mismo dirige un rigodón
-que diserta sobre el Digesto. Por de contado, fumará delante de mí.
-Siempre me ha parecido una ridiculez ese rigor de los padres con el
-vicio menos indecente de la humanidad. Bueno<span class="pagenum"
-id="Page_324">[p. 324]</span> que cuando son niños no fumen, por muchas
-razones; pero después, ¿por qué no han de fumar si les gusta?...
-¡Cuánto me entretiene con sus humoradas y espontaneidades de muchacho!
-¡Cómo anima y revuelve á toda la familia en los muchos ratos que pasa
-con ella! Cuando falta él de la mesa, parece que la comida está sin
-sazonar... También hace coplas, pero buenas; no de esas vulgaridades
-que escriben todos los jóvenes entre tontos é inocentes. Por de pronto,
-se ejercita en la profesión con un abogado de nota, que me ha dicho en
-confianza que antes de dos años valdrá el pasante más que él. ¡Si me
-pondría yo hueco al oir tal elogio! De todas maneras, este chico será
-el que se encargue de todos mis asuntos en los últimos años de mi vida,
-y el que á mi muerte ocupe mi puesto al frente de la familia; porque
-nada de esto se opone á que se case en tiempo oportuno con una mujer
-digna de él. ¡Antes muerto que solterón! Por eso me tiene siempre con
-cuidado el artillero. Temo que, como á otros muchos de su profesión,
-se le pase lo mejor de la vida mariposeando; y cuando quiera fijarse
-definitivamente, no pueda ya con las bragas y tenga que morir solo y
-desesperado.</p>
-
-<p>Pero el ojo derecho mío... (no lo podría remediar) sería nuestra
-hija. ¡Qué cálculos ha<span class="pagenum" id="Page_325">[p.
-325]</span>ríamos sobre ella su madre y yo! Veinte años tendría, y
-como otros tantos soles que la hermosearan. Ahí enfrente, en la sala,
-habría un piano; y en ocasiones como ésta, en que el tedio... (el tedio
-no, porque no conocería yo esa dolencia) ó el peso de mis achaques me
-entristeciera, tocaría ella las piezas de música que más me gustaran
-á mí... Me animaría después á salir de casa; haría que la acompañara
-á dar un paseo por las afueras, y yo iría hecho un bobo entre ella y
-su madre; y más de dos jovenzuelos pasarían á su lado haciéndose los
-buenos mozos... Esto me cargaría bastante, porque me haría pensar
-en el día en que otros deberes que los de hija me la arrebataran de
-casa. ¡Mire usted que es dura y terrible para un padre esta ley de
-la naturaleza! Y no hay modo de eludirla. Cierto es que el deseo de
-verlas felices, y hasta la idea, á menudo equivocada, de que casando á
-una hija se adquiere un hijo más, debe de animar mucho en esos trances
-tan serios; pero así y todo, yo no me daría prisa por casarla. De esto
-precisamente hablaría yo ahora con su madre; y cuando ella pasara por
-ahí enfrente ó se asomara á la puerta para hacernos alguna pregunta,
-cambiaríamos de conversación... Yo tendría pañuelos bordados por ella;
-y de obras de sus manos estaría llena la casa; y las interioridades de
-ésta co<span class="pagenum" id="Page_326">[p. 326]</span>rrerían ya
-de su cuenta, para descanso y satisfacción de su madre.</p>
-
-<p>¡Pues y cuándo el artillero estuviera en casa con licencia? ¡<i>Toda
-la familia reunida</i> entonces! ¡Qué cenas, qué comidas, qué sobremesas!
-¡Dios mío, aquello sería el colmo de la felicidad! ¡Qué me importarían
-á mí entonces el reúma, ni la tos... ni todos los dolores juntos del
-cuerpo? El militar referiría sus aventuras <i>lícitas</i> del oficio; el
-abogado sus travesuras de universidad; uno y otro elegirían las más
-ingeniosas para regocijo de su hermana y deleite de su madre; y en
-cuanto á mí, ¡cielo santo! solamente sabiendo lo que ahora padezco se
-podría calcular lo que entonces gozaría. ¡Qué vejez aquélla! ¡Cuán
-diferente de esta vejez! En tan placentera compañía, ¡con qué valor
-debe de mirarse cómo avanzan hacia uno, disfrazados de <i>achaques de la
-vida</i>, estos mensajeros de la muerte!... Dicen que para morir con ánimo
-sereno son un estorbo los hijos y la familia. ¡Qué error! Sin ella todo
-es tristeza y dudas y desaliento; y con estos males por escolta, podrá
-morir un hombre desesperado; pero sereno y valeroso... ¡nunca!</p>
-
-<p>Tras estas cavilaciones, y después de permanecer Gedeón largo rato
-saboreándolas, alza la cabeza, y vuelve á reflejarse en su fisonomía
-aquella burla de otros tiempos, que era la<span class="pagenum"
-id="Page_327">[p. 327]</span> salsa de sus meditaciones sobre parecido
-tema.</p>
-
-<p>—¡Qué demonio!—torna á pensar;—¡lo que somos los hombres! Cuando yo
-era joven, me pasaba las horas muertas haciendo castillos sobre las
-voluptuosidades matrimoniales; ahora, que soy viejo, los hago como un
-tonto sobre lo que entonces me parecían miserias de la vida conyugal.
-¿Estaré tan equivocado ahora como lo estuve en aquel tiempo?... ¡No,
-no, no y no! Por de pronto, aquello me inflamaba la sangre; era fuego
-que corría por mis venas; huracán que me arrastraba lejos de todo
-deber, y me ponía fuera de la comunión humana.</p>
-
-<p>Esto es como bálsamo que se derrama en mi corazón y purifica y
-refrigera todo mi sér; brazo misterioso que se enlaza con el mío, y,
-sacándome de la sima tenebrosa, me acerca á los demás hombres, y hasta
-parece que me eleva hacia Dios... No cabe duda, ¡hasta por egoísmo debí
-yo haberme casado á tiempo!... ¡He sido un bestia! ¡mil veces sandio!
-¡un millón de veces estúpido!</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-051.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_5">
- <p><span class="pagenum" id="Page_329">[p. 329]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-063.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="V. LA POESÍA DE UN SOLTERÓN">V</h3>
- <p class="subh3">LA POESÍA DE UN SOLTERÓN</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-r.jpg" alt="R" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">¡Regla!</span>... ¡Regla!</p>
-
-<p>—¡Señor!</p>
-
-<p>—¿Dónde mil demonios estás metida?</p>
-
-<p>—¿Cuántas veces me ha llamado usted?</p>
-
-<p>—Más de mil.</p>
-
-<p>—No han llegado á tres.</p>
-
-<p>—Tanto me da.</p>
-
-<p>—Pero no es lo mismo.</p>
-
-<p>—¡No me repliques!</p>
-
-<p>—Cuando se dice lo que no es...</p>
-
-<p>—¿Te rebelas?</p>
-
-<p>—Me disculpo como debo.</p>
-
-<p>—Tu deber es complacerme, y nada más.</p>
-
-<p>—Eso he hecho siempre.</p>
-
-<p>—¡Pero no lo haces ya!</p>
-
-<p>—¡Así paga el diablo á quien mejor le sirve!</p>
-
-<p>—¡Regla... no me provoques!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_330">[p. 330]</span></p>
-
-<p>—Si usted no me maltratara...</p>
-
-<p>—Yo no maltrato á nadie. Yo no hago más que padecer y pudrirme, y
-acabarme aquí, solo y abandonado.</p>
-
-<p>—¿Para qué me llamaba usted, señor?</p>
-
-<p>—Para que me traigas los chirimbolos.</p>
-
-<p>Sale Regla; y mientras vuelve, Gedeón se desciñe la bata, dejando al
-descubierto sus piernas liadas y reliadas en lienzos y franelas, desde
-la punta del pie hasta medio muslo.</p>
-
-<p>Aparece Regla de nuevo en el gabinete con media docena de frascos
-en una bandeja, y con enormes rollos de vendajes limpios debajo del
-brazo.</p>
-
-<p>Arrodíllase á los pies de su amo, apoyados sobre un taburete;
-coloca en el suelo los frascos y los vendajes, y comienza á soltar las
-ataduras de los que Gedeón tiene puestos.</p>
-
-<p>—¡Con tiento, Regla!... ¡con mucho tiento, por Dios, cuando llegues
-á la rodilla! Una mosca que la roce con las alas, me hace ver las
-estrellas...</p>
-
-<p>—No tenga usted cuidado.</p>
-
-<p>—¿No, eh?... Si tú lo pasaras, condenada... ¡Poco á poco... poco á
-poco! Así... ¡Ay!...</p>
-
-<p>—¡Si no le he tocado á usted!</p>
-
-<p>—No importa: el miedo solamente me hace tiritar. Arrolla esa tira
-para dar la vuelta por debajo de la corva. Bueno. Ahora sin miedo<span
-class="pagenum" id="Page_331">[p. 331]</span> hasta los pies... ¡Alto!
-arrolla toda la venda suelta.</p>
-
-<p>—Saque usted el pie más afuera...</p>
-
-<p>—Allí va... ¡Cosa más rara que esta dolencia!... Me permite
-andar, aunque con trabajos, y el peso de una hormiga la irrita y
-ensoberbece... ¿Acabaste con la venda? Ahora la franela... ¡Eche
-usted tira! El diablo me lleve si no hay para alfombrar con ella la
-escalera... ¿Qué tal encuentras la rodilla?</p>
-
-<p>—Algo más deshinchada me parece...</p>
-
-<p>—Eso me dices todos los días... ¡Cuidado ahora con el pie!...</p>
-
-<p>—Levántele usted un poco... Un poco más... Ya está.</p>
-
-<p>—¿Cómo le hallas?</p>
-
-<p>—Lo mismo.</p>
-
-<p>—Pues á mí se me figura que cada vez se van dislocando más los
-dedos... Parecen garfios, ¿no es verdad, Regla?... Vamos ahora á
-preparar la batería de los betunes... No los confundas, ¿eh? Éste es
-para los pies; éste para el pecho; éste para las rodillas; éste para
-mezclarle con este otro...</p>
-
-<p>—Ya sé yo mejor que usted para qué es cada uno.</p>
-
-<p>—¡Dios ponga tiento en tus manos!</p>
-
-<p>Hechos los necesarios preparativos, comienza Regla á destapar
-frascos, á mezclar las pes<span class="pagenum" id="Page_332">[p.
-332]</span>tilencias de uno con las hediondeces de otro sobre la palma
-de su mano izquierda, y á frotar con las dos, con toda la suavidad
-posible, las partes doloridas de Gedeón, que á cada instante grita y
-reniega y maldice, ya porque Regla aprieta más de lo conveniente, ó
-porque teme que así lo haga. Después envuelve la pierna en franelas, y
-las franelas en lienzo, sin que dejen de oirse los propios conjuros y
-las mismas interjecciones del paciente.</p>
-
-<p>—¿Acabaste con ésta?</p>
-
-<p>—En cuanto anude las cintas... Ya están.</p>
-
-<p>—Pues vamos ahora con la otra... Pero recoge antes toda
-esa trapajería, ó ponla donde yo no la vea... ¡Qué peste más
-endemoniada!... Parece castigo de Dios, ¿no es verdad?</p>
-
-<p>—¿Por qué, señor?</p>
-
-<p>—¡Mucho cuidado ahí!... ¡Mira que tengo que ver en esta guisa!
-Cuando yo era joven, me burlaba de los maridos que pudieran verse
-precisados á hacer con sus mujeres algo de lo que tú haces ahora
-conmigo... ¡No aprietes tanto!... ¡Como si yo fuera de otra materia
-más fuerte y asegurada de achaques! ¡Como si solamente las mujeres
-casadas tuvieran humores y necesitaran untos y cataplasmas!... Cada
-vez me convenzo más de que entre un joven abandonado á sus propias
-inclinaciones y una bestia, no hay dos pulgadas de distancia...
-Dele<span class="pagenum" id="Page_333">[p. 333]</span> usted cuerda
-á sus pasiones; satisfágale usted sus apetitos; téngale usted gordo
-y retozón, y ya cree poseerlo todo y asegurada su vida de penas y
-dolores... Está mejor esta pierna que la otra. ¿No te parece á tí?</p>
-
-<p>—Allá se van.</p>
-
-<p>—¡Vaya un consuelo de tripas!...</p>
-
-<p>—Pues si es la verdad...</p>
-
-<p>—¡Ó no lo es!... Y aunque lo sea, no debe decirse de ese modo...</p>
-
-<p>—¿De qué modo lo he dicho yo?</p>
-
-<p>—Como lo has dicho. ¡Ea! no me rompas la cabeza.</p>
-
-<p>—Jesús me dé paciencia, ¡qué genio!</p>
-
-<p>—¡Quisiera yo ver en mi situación al hombre de más cachaza!</p>
-
-<p>—Pero yo no le tengo á usted la culpa de sus trabajos...</p>
-
-<p>—¡No aprietes tanto ahí, recondenadísima!</p>
-
-<p>—¡Si llevo la mano al aire, señor!</p>
-
-<p>—Al aire te echaría yo de un puntapié, si pudiera dártele.</p>
-
-<p>—Muchas gracias... Pero crea usted que, sin puntapié y todo, habría
-pocas personas capaces de hacer con paciencia todos los días esto que
-yo estoy haciendo...</p>
-
-<p>—¡Espera un poco, no untes más!... ¡retira la mano! ¡Ay, qué
-dolor más terrible!... ¡parece que me exprimen los huesos en una
-prensa!...<span class="pagenum" id="Page_334">[p. 334]</span> ¡Ufff...
-qué barbaridad!... Debo de tener la cara como luz de pajuela.</p>
-
-<p>—Algo pálida está... ¿quiere usted un poco de agua?...</p>
-
-<p>—No... Ya se va pasando... Estos dolores son así, cortos, pero
-buenos... Sigue ahora la operación, y dispensa los disparates que haya
-dicho contra tí. ¿He dicho alguno?</p>
-
-<p>—No ha dejado usted de decirlos...</p>
-
-<p>—No me extraña; porque cuando me ataca el dolor, me pongo fuera de
-mí, y no sé lo que digo.</p>
-
-<p>—Gracias á eso no los tomo yo muy á pechos.</p>
-
-<p>—Vamos á ver, y ¿qué harías si á pechos los tomaras?</p>
-
-<p>—Ya puede usted presumirlo.</p>
-
-<p>—¿Es decir que serías capaz de abandonarme?...</p>
-
-<p>—Póngase usted en mi caso.</p>
-
-<p>—¡Ingrata! No correría yo tales riesgos si me hubiera casado á
-tiempo.</p>
-
-<p>—¿Tan mal le ha ido á usted conmigo?</p>
-
-<p>—¿Y de qué me serviría cuanto por mí has hecho, si en lo más apurado
-de la vida me abandonabas? ¡Las mujeres propias no hacen eso, Regla!</p>
-
-<p>—También tienen otros privilegios que no tengo yo... y otro
-porvenir...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_335">[p. 335]</span></p>
-
-<p>—Ya pareció aquello. ¿Temes que te falte el pan algún día?</p>
-
-<p>—Mientras tenga los miembros sanos, no; pero bien pudiera
-suceder.</p>
-
-<p>—¿Por tan desalmado me tienes?</p>
-
-<p>—Cayéndose usted de generoso, puedo quedarme á puertas mañana.</p>
-
-<p>—Eso es decir que temes que yo me muera de repente.</p>
-
-<p>—Ó por sus pasos contados; pero como la voluntad de usted no consta
-más que en sus palabras...</p>
-
-<p>—Ya te tengo dicho lo que pienso hacer para que mi voluntad sea
-conocida y respetada.</p>
-
-<p>—Pero, entre tanto, puedo morirme yo, y ese hijo que anda por esos
-mundos, sabe Dios cómo, no recogerá de su madre ni las tristes soldadas
-que tiene ganadas en más de quince años, sirviéndole á usted.</p>
-
-<p>—Luego ¿desconfías de mí?</p>
-
-<p>—No, señor; pero, á decir verdad, quisiera tener bien arreglada esa
-cuenta, por lo que pudiera tronar.</p>
-
-<p>—Lo que tú temes es que yo truene á la hora menos pensada... no me
-andes con andróminas; y lo que debes hacer es pedirme lo que te debo;
-ir á darte buena vida con ello, y dejarme á mí solo y abandonado,
-pudriéndome en este rincón...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_336">[p. 336]</span></p>
-
-<p>—Yo no pretendo semejante cosa.</p>
-
-<p>—¡No me pasaran á mí estos lances si yo me hubiera casado á
-tiempo!</p>
-
-<p>—¡Otra vez el casorio! Y ¿por qué no se casó usted?</p>
-
-<p>—¡Porque fui un mentecato, como tantos otros!</p>
-
-<p>—Todavía puede usted hacerlo.</p>
-
-<p>—¡Tendría que ver!</p>
-
-<p>—No creo que se opusiera nadie.</p>
-
-<p>—¡Ahí me duele!</p>
-
-<p>—¿En lo que le digo á usted?</p>
-
-<p>—¡En la rodilla, chapucera!... ¡Pasa con cuidado la venda!...
-Y ¿quién se había de oponer á que yo me casara todavía, si se me
-antojara?</p>
-
-<p>—Pues eso decía yo... ¡Cuántos á la edad de usted tienen compromisos
-viejos!...</p>
-
-<p>—Yo no tengo compromisos, Regla; yo soy libre como el humo, como el
-aire. Puedo hacer lo que me acomode de mi cuerpo y de mi caudal. ¿Lo
-entiendes?</p>
-
-<p>—No lo dudo, señor.</p>
-
-<p>—Es que á mí no me vengas con pullas, porque las tengo yo para tí y
-para todo el universo, ¡zambomba!... ¿Acabaste?</p>
-
-<p>—Sí, señor.</p>
-
-<p>—Pues al pecho ahora... Á bien que, para lo que adelanto con
-la untura... ¡Qué toser<span class="pagenum" id="Page_337">[p.
-337]</span> anoche! ¡En vilo me la pasé toda! Tú, en cambio, dormirías
-como una marmota.</p>
-
-<p>—Como usted no me llamó...</p>
-
-<p>—¡Bien hecho! ¡ahógate ahí, consúmete y púdrete solo, vejancón
-miserable! ¡Consuélate si quieres con el acompañamiento que hace á tus
-quejidos el asma del ratonero!...</p>
-
-<p>—Á esa bestia la voy á tirar yo por la ventana...</p>
-
-<p>—Pues en seguida vas tú tras ella.</p>
-
-<p>—Pero ¿no ve usted que está hecha un asco, y que apesta toda la
-habitación?</p>
-
-<p>—Esa no es cuenta tuya... No me manches la bata con ese menjurge...
-Ese pobre perro ha sido el compañero fiel de mis tristezas, y tiene
-derecho á mis cuidados... y á los tuyos también, Regla, ya que me haces
-hablar.</p>
-
-<p>—¡Para él estaba!</p>
-
-<p>—¡No seas ingrata, Regla!</p>
-
-<p>—Más me debe él á mí, que le traje á casa.</p>
-
-<p>—También es cierto; y volvamos la hoja... Colócame la franela de
-modo que no me queden arrugas... Eso es... Abróchame la almilla...</p>
-
-<p>—Ya está usted despachado por hoy... digo, hasta la noche.</p>
-
-<p>—Tráeme ahora una camisa limpia.</p>
-
-<p>—¿Va usted á salir?</p>
-
-<p>—¿Qué tal está el día?</p>
-
-<p>—Regular.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_338">[p. 338]</span></p>
-
-<p>—¿Hace viento?</p>
-
-<p>—No, señor.</p>
-
-<p>—¿Hay humedad?</p>
-
-<p>—Tampoco.</p>
-
-<p>—Entonces saldré un rato, aunque sea para sentarme en la tienda de
-la esquina, mientras tú ventilas la habitación, que buena falta le
-hace.</p>
-
-<p>Dicho esto, recoge Regla frascos y trapajos sucios, y sale del
-gabinete, en el cual queda Gedeón haciendo pinitos y probaduras de
-paseo, ora arrugando la cara y apretando los dientes, ora soltando un
-reniego, ora admirándose del volumen que presentan sus piernas con
-tantos envoltorios y ataduras.</p>
-
-<p>Después se viste con ímprobos trabajos unos pantalones descomunales
-y se lava las manos y la cara, no sin bautizar el agua con tres ó
-cuatro esencias de botica.</p>
-
-<p>Por último, vuelve Regla trayéndole una camisola limpia, y le calza
-los entrapajados pies con holgados zapatones de flexible paño.</p>
-
-<p>Puesta ya la camisa limpia, hácele Regla el lazo en la corbata;
-ayúdale á vestirse un chaleco de punto inglés; sobre éste, otro de
-paño; sobre éste una levita, y sobre la levita, un gabán; pone en
-sus manos el bastón y el sombrero; cerciórase de que no le faltan
-pañuelo en el bolsillo ni cigarros en la petaca; y sale, de<span
-class="pagenum" id="Page_339">[p. 339]</span>jando abiertas todas las
-puertas, por las cuales va pasando, hasta la de la escalera, junto á la
-que aguarda á su amo cruzada de brazos.</p>
-
-<p>Antes de salir Gedeón de su gabinete, levanta con el regatón de su
-cachava la manta, bajo la cual dormita y ronca Adonis. El achacoso
-ratonero abre los ojos; y sin mover la cabeza, vuélvelos á su amo, como
-si quisiera darle las gracias por su cortesía, ó decirle: «¡Buen par de
-alhajas estamos!»</p>
-
-<p>Gedeón le contempla un instante, vuelve á cubrirle con el bastón; y,
-bien apoyado en él, sale renqueando hacia la escalera, murmurando para
-sus envolturas:</p>
-
-<p>—No sé quién de los dos largará primero la pelleja; pero el diablo
-me lleve si no estoy yo en el mundo tan de sobra como tú. ¡Tan llorada
-ha de ser tu muerte como la mía!</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-062.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_6">
- <p><span class="pagenum" id="Page_341">[p. 341]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-075.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="VI. LA TIENDA DE LA ESQUINA">VI</h3>
- <p class="subh3">LA TIENDA DE LA ESQUINA</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-r.jpg" alt="R" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Regéntala</span>, como dueño
-de ella, un buen hombre que jamás se enfada ni se apresura.</p>
-
-<p>Vive de lo que vende, que es tanto como decir que vive de milagro;
-pues allí nunca se vende nada, y siempre se ven, en tablas y
-escaparates, los mismos objetos, descoloridos y ajados por el tiempo;
-siendo muy de notar, como fenómeno curioso, que rara vez un comprador
-pide cosa que en la tienda exista, pero que debiera existir, á juzgar
-por la índole de las mercancías que están á la vista, y con las
-cuales cree el tendero, sin duda alguna, que hay hasta de sobra para
-satisfacer todos los antojos del público.</p>
-
-<p>Así se dan muy á menudo casos como el siguiente:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_342">[p. 342]</span></p>
-
-<p>—¿Tiene usted tachuelas?—pregunta un marchante acercándose al
-empolvado mostrador.</p>
-
-<p>—¿Tachuelas?—repite el tendero poniéndose á meditar.—<i>Precisamente</i>
-tachuelas, no; pero tengo otra cosa que puede convenirle á usted
-más.</p>
-
-<p>—¿Clavillos, quizá?</p>
-
-<p>—No, señor: clavos romanos.</p>
-
-<p>¿Y qué es eso?</p>
-
-<p>—Hombre, clavos romanos... son éstos. Vea usted, para sujetar
-las cortinas y formar pabellones. Un palmo tienen de cabeza, ¡qué
-hermosos!</p>
-
-<p>—¡Pero si yo quiero tachuelas!</p>
-
-<p>—Pues de eso no tengo ahora.</p>
-
-<p>Y así hasta el infinito.</p>
-
-<p>Alguna vez, muy rara, hay en la tienda lo que pide el comprador;
-pero precisamente en tales casos se halla el tendero entretenido en oir
-lo que cuentan ó discuten sus tertulianos; y por no perder una sílaba
-del relato ó de la disputa,</p>
-
-<p>—¡No tengo!—responde con desabrimiento y sin volver la cara.</p>
-
-<p>Por eso digo yo que no sé <i>cómo</i> vive este buen hombre, que sólo
-vive <i>de lo que vende</i>.</p>
-
-<p>En esta tienda hay tertulia al mediodía y después del paseo por
-la tarde; en verano, has<span class="pagenum" id="Page_343">[p.
-343]</span>ta que cierra la noche, y en invierno, hasta que se cierra
-la tienda.</p>
-
-<p>Una banqueta derrengada, dos banquillos de cabretón y una silla
-achacosa, sirven para sentarse los tertulianos entre los dos huecos de
-la fachada.</p>
-
-<p>Componen la tertulia, comúnmente:</p>
-
-<p>Un señor pequeñito, septuagenario ya, pero muy conservado, limpio y
-risueño. Guarda, como una reliquia que piensa legar á sus herederos,
-si el Estado no solicita la preferencia, el <i>Diario</i> de su larga vida,
-comenzando en el instante mismo en que supo escribir de corrido. Todos
-los años, al solemnizar él el cumplimiento de uno más, reúne en su mesa
-las cuatro generaciones que de él arrancan, y por remate del banquete
-les lee de punta á cabo el curioso mamotreto.</p>
-
-<p>En concepto del autor, hay en sus folios grandes enseñanzas para
-todas las edades de la vida. Allí constan los sudores del entonces
-impúber, para aprender de memoria el «<i>peritus</i>, sabio, <i>juris</i>,» bajo
-la férula sangrienta de un dómine inhumano; allí los seis maravedís que
-le daba su padre cada domingo, si durante la semana anterior no había
-habido azotina en el aula; allí los dos reales y medio que le asignaron
-de jornal, después de tres años de méritos, en la casa de comercio en
-que se colo<span class="pagenum" id="Page_344">[p. 344]</span>có y
-pasó cuarenta años de su vida, sin haber rebasado jamás de veinticuatro
-reales cada día <i>laborable</i>; allí los zapatos que le compraban, y si
-eran de lienzo ó de vaqueta; allí los vestidos que estrenaba, y el día
-en que por primera vez se puso calzoncillos; allí el efecto que causaba
-y la revolución que producía en el pueblo cada moda nueva; allí, entre
-mil prolijidades de su vida social y privada, los fríos notables, las
-nevadas de más duración, las lluvias más copiosas, la legión inglesa,
-la biografía de Bonnet; y si su amigo Pedro se casó, y con quién, y
-con qué dote; si falleció el <i>notable</i> señor don Pedro, y cuántos
-curas asistieron á sus funerales, y hasta la lista nominal de los
-<i>particulares</i> que le acompañaron al cementerio.</p>
-
-<p>Con este cronicón en la memoria y esparcido por ella otro tanto más,
-excuso decir cuál es el papel que desempeña este apreciable sujeto en
-la tertulia. Fechas dudosas, casos <i>análogos</i>, estadística antigua...
-Sobretodo esto y mucho más que salte en la conversación, se abalanza
-para resolverlo, comentarlo y diluirlo.</p>
-
-<p>Apóyale en todos sus asertos y comentarios, con la muletilla
-de «¡mucho que sí!,» un joven de medio siglo, que tapa la sesera,
-<i>tanquam tábula rasa</i>, con dos pabellones de pelo engomado que ha
-podido conservar en los respec<span class="pagenum" id="Page_345">[p.
-345]</span>tivos parietales. Tiene este amable sujeto la inocente manía
-de conocer íntima y particularmente á cada personaje político, militar
-ó científico que en la conversación salga á cuento. Según él, todos los
-ministros, en cuanto llegan á serlo, le ofrecen honores y destinos,
-y todas las chicas guapas le quieren y le miman. Por lo demás, es
-sumamente risueño y complaciente, y no tiene pizca de sentido común.</p>
-
-<p>Forma contraste con él un indianete que alardea de no creer en Dios,
-porque estuvo seis días en los Estados Unidos; y anda tan escaso de
-caudal como de ganas de gastarle. Siempre, y aunque no venga á peso,
-tiene estas frases en los labios, entre las hebras de un cigarro infame
-del estanco:</p>
-
-<p>—¡Como á mí me pidieran dinero prestado, á puñaladas había de
-contestar al muy sinvergüenza!</p>
-
-<p>Y es fama que á puñalada limpia ganó él lo que tiene.</p>
-
-<p>Deben citarse también, aunque no describirse, dos especieros
-retirados que arman entre sí muchas camorras, porque ambos toman por lo
-serio los discursos de las Cortes, que leen en <i>La Correspondencia</i>;
-siendo el uno impertérrito esparterista, y el otro clerical
-denodado.</p>
-
-<p>Pero la salsa de aquel condumio es un don<span class="pagenum"
-id="Page_346">[p. 346]</span> Acisclo Berruguete, que ha resuelto el
-problema de vivir de señor con cinco reales y medio al día. Y verán
-ustedes cómo. En el barrio más sucio de la población, y en la calle
-más miserable del barrio, y en la casa más fementida de la calle,
-tiene alquilada una cama en el cuarto más infame de la casa, lujo
-que le cuesta dos reales diarios. La misma pupilera le da un potaje
-al mediodía, por catorce cuartos; y por tres, una taza de cascarilla
-por la mañana. Con el real y medio que le queda, compra pan, y fuma y
-ahorra para luz é imprevistos.</p>
-
-<p>Explicaremos este milagro. Come una libra al día, que le cuesta
-cinco cuartos y medio; pero temiendo que con las provisiones á la
-vista se le deslizasen los dientes, compraba media para la comida y
-otra media para cenar y desayunarse. Esta ventaja indudable tuvo un
-inconveniente de gravedad para él, porque costando cada media libra dos
-cuartos y medio, más un maravedí, y siendo imaginaria esta moneda, el
-panadero habría de cobrarle tres cuartos, es decir, un maravedí más de
-lo justo: de modo que le saldría la libra á seis cuartos. El caso era
-de meditarse, y don Acisclo meditó larga y reposadamente, y venció al
-cabo la dificultad, comprando él mismo el pan á un panadero conocido, y
-pagando, con la segunda media libra, la primera que se llevaba fiada.
-Así vivió al<span class="pagenum" id="Page_347">[p. 347]</span>gunos
-meses; pero advirtió la trampa el panadero, y obligó á don Acisclo
-á pagar al contado. Lo propio le sucedió en cuantas panaderías fué
-recorriendo, hasta que se vió precisado á comprar la libra entera y á
-poner á prueba las tentaciones de su apetito. No se ha dado todavía el
-caso de que sus dientes se claven en la media libra de reserva después
-de haber molido la otra media; pero el peligro no más de la caída le
-trae desazonado y en perpetua meditación.</p>
-
-<p>De los seis cuartos y medio que le quedan, invierte dos, cada tres
-días, en higos pasos, con un par de los cuales y un cuarterón de pan,
-cena, añadiendo, de vez en cuando, algo que rebaña en las mesas de los
-cafés, mientras, de intento, da conversación á los conocidos que las
-ocupan.</p>
-
-<p>Un tabernero de la calle le hace media docena de velillas de sebo
-pestilente, por un real, con las cuales tiene para alumbrarse medio
-año; porque es de saber que no gasta luz más que para orientarse en
-su cuarto, al entrar en él para meterse en la cama. Todo lo demás lo
-hace á obscuras. No fuma tabaco si no lo araña en petaca ajena; fuma
-todo lo que arda envuelto en un papel y huela, aunque huela á demonios.
-Por eso, tan pronto fuma laurel seco, como yerbaluisa, como anís
-silvestre, como<span class="pagenum" id="Page_348">[p. 348]</span>
-menta de perro... lo que abunde en la mies cercana ó en el bardal más
-próximo.</p>
-
-<p>De este modo, ahorra cinco ó seis reales cada mes; y entonces
-se permite echar una cana al aire con media docena de amigos,
-acompañándolos á comer <i>de campo</i>.</p>
-
-<p>Ya sabe él, por la experiencia, lo que aquel regodeo cuesta por
-barba; y como las suyas no alcanzan tan allá como las otras, al
-llegar la comida á los potajes,—«¡raya!»—dice al tabernero,—«y venga
-la cuenta.» Y paga los dos ó tres reales que le corresponden por lo
-consumido hasta allí; sin impedirle esto, que mientras sus compañeros
-toman el indispensable estofado, ó el infalible arroz con leche,
-pellizque de lo uno y de lo otro, so pretexto de que está duro, ó
-parece soso á la vista, y sin importarle un bledo que le pongan de
-gorrón y pegote que no hay por dónde cogerle.</p>
-
-<p>Quédanos por explicar el misterio del vestido.—¿Con qué se
-viste?—preguntará el lector.—Con nada; porque uno de los grandes
-problemas que ha sabido resolver este prodigio de la economía, es el
-del <i>vestido eterno</i>.</p>
-
-<p>Cuando dejó el empleo de conserje ó de no sé qué, que desempeñó
-mucho tiempo en un establecimiento de enseñanza, después de separar
-de sus ahorros lo necesario para crearse una renta de cinco reales y
-medio, se vistió de<span class="pagenum" id="Page_349">[p. 349]</span>
-pies á cabeza, tan completamente como quien no piensa volver á
-hacerlo en toda su vida. Hízose, por de pronto, un gabán-saco de dos
-caras: una parda y otra escocesa; dobles pantalones, dos pares de
-botas, dos chalecos y un sombrero de copa alta. Medias no las gastó
-nunca; y en cuanto á ropa interior... precisamente es esta ropa la
-especialidad del especialísimo don Acisclo Berruguete. Siendo conserje
-del mencionado establecimiento, engalanóse éste, en una ocasión de
-festejos patrióticos, con banderas y gallardetes en cada hueco de
-sus fachadas; y como los huecos eran muchos, las banderas no tenían
-número. Pasaron las fiestas y con ellas el entusiasmo; y no quedando
-de éste ni el necesario para pagar á un granuja por que descolgara las
-banderas, diéronselas á don Acisclo por el trabajo de descolgarlas.
-Desde entonces (y cuenta que esto sucedió cuando la Mayoría de doña
-Isabel II) gasta don Acisclo camisas y calzoncillos de percalina con
-los colores nacionales, aunque con la precaución de hacer la pechera y
-el cuello de las primeras con las tiras blancas, ó azules pálidas, que
-sirvieron de gallardetes. Por eso dicen que es todo lo que hay que ver,
-ver á don Acisclo en ropas menores.</p>
-
-<p>Las botas.—¿Quién sabe lo que puede durar un par de ellas, no
-mojándolas ni manchán<span class="pagenum" id="Page_350">[p.
-350]</span>dolas, ni paseándolas mucho? Después, unas puntadas á
-tiempo; al año, medias suelas y tapas; al otro, el remiendito en la
-grieta; al otro, la puntera...</p>
-
-<p>Es incalculable lo que dura así el calzado, cuando el que le usa es
-cuidadoso y ahorrativo; y don Acisclo compró dos pares en sus buenos
-tiempos. ¡Figúrese el lector si necesitará más en los días de su
-vida!</p>
-
-<p>El gabán.—Del primer tirón le gastó diez años por la cara parda,
-y lleva servidos más de seis por la escocesa. Por supuesto que allí
-todo es hilaza ya; pero como cubre, aprovecha como el mejor, y seguirá
-aprovechando á don Acisclo hasta que le sirva de mortaja.</p>
-
-<p>Con los primeros pantalones que desechó á los seis años, repara las
-debilidades traseras de los otros; único sitio por donde éstos flaquean
-á menudo, sin que importen un bledo las remontas y los costurones, pues
-con objeto de taparlos llega el gabán más abajo de las corvas.</p>
-
-<p>El sombrero es la única prenda que no pudo pasar, en buen estado,
-del tiempo usual y corriente; pero cuando otro mortal cualquiera
-le hubiera arrojado á la calle por descolorido, ajado y alicaído,
-inventó el ingenioso don Acisclo una untura con la cual le volvió á
-la vida más duro que una peña. Todavía le gas<span class="pagenum"
-id="Page_351">[p. 351]</span>ta, y con ánimo de seguir gastándole hasta
-que se muera. Mucho brillo tiene, eso sí, y á todo se parece menos al
-de la seda; pero es impermeable, hasta el extremo de que ni los rayos
-parten aquella cúpula atrevida.</p>
-
-<p>Tal es don Acisclo Berruguete, el tertuliano más importante, aunque
-no sea el más <i>curioso</i>, de <i>la tienda de la esquina</i>.</p>
-
-<p>Qué placer halla Gedeón en la compañía de éste y de los demás
-tertulianos descritos, no es fácil saberlo. Pero es evidente que desde
-algunos años atrás, no falta un solo día á la tertulia, si la salud le
-permite salir de casa.</p>
-
-<p>También es cierto que sólo toma parte en los insulsos debates que
-allí se sustentan, para llamar <i>cabra</i> á don Acisclo; <i>melones</i> á los
-especieros; <i>estúpido</i> al indianete; <i>simple</i> al joven de medio siglo;
-<i>momia</i> al septuagenario, y <i>alcornoque</i> al amo de la tienda.</p>
-
-<p>Y como estas flores las echa con el ceño fruncido y la voz
-retumbante, sin meterse en más honduras ni razonamientos, recíbenlas
-los floreados á título de <i>cosas de don Gedeón</i>, y danle el puesto de
-preferencia en la tertulia.</p>
-
-<p>Ocúpale él con la conciencia de que le merece; y siempre le abandona
-con el propósito de no volver á meterse entre aquella «reata de
-bestias.» Pero vuelve.</p>
-
-<p>Acaso le mueve á ello una necesidad de su<span class="pagenum"
-id="Page_352">[p. 352]</span> temperamento, que se desahoga llenando
-de improperios á la reata aquélla; acaso la fuerza misma de su
-aburrimiento le hace dar por las paredes; acaso es su destino que
-se cumple así... Lo que el lector quiera. El hecho es que Gedeón no
-falta nunca á la tertulia de la tienda, y que todos los Gedeones que
-yo conozco de la misma edad que el de esta historia, tienen por único
-recreo otra tienda por el estilo para reñir con el lucero del alba que
-se presente, servir de estorbo á los marchantes y ocasionar la ruína
-del tendero; sin que, en rigor de verdad, puedan decir que, al precio
-de tanto mal como han causado, se han divertido una vez siquiera.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-074.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_7">
- <p><span class="pagenum" id="Page_353">[p. 353]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-203.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="VII. LA VANGUARDIA DE LA MUERTE">VII</h3>
- <p class="subh3">LA VANGUARDIA DE LA MUERTE</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-a.jpg" alt="A" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Así</span> las cosas, ó porque
-el invierno se anticipa, ó porque es húmedo, ó porque... ¡vayan ustedes
-á averiguarlo! un día la gota se encrespa, hácese río caudaloso; y
-subiendo, subiendo desde la punta de los pies, llega hasta las puertas
-del estómago de Gedeón; con lo cual el asma, como si temiera ver
-inundada su vivienda, échase pecho arriba y comienza á bregar en las
-estrecheces de la garganta, buscando más ancho espacio y un aire que ya
-no encuentra en aquellas profundidades.</p>
-
-<p>Gedeón, por ende, no sale de casa, y empieza á echársele de menos en
-la tienda y en los paseos que frecuentaba. En la tienda, á los pocos
-días; en los paseos, á los dos meses.</p>
-
-<p>—<i>Debe</i> de estar enfermo,—dicen sus contertulios una vez sola,
-sin mostrar otro interés por<span class="pagenum" id="Page_354">[p.
-354]</span> su vida, ni cansarse en enviar un triste recado á su
-casa.</p>
-
-<p>—Hombre, ¿qué habrá sido de ese señor gordo que tomaba el sol en
-este banco todos los días?—pregunta un observador en el paseo.</p>
-
-<p>—Hace más de dos meses que falta de aquí.</p>
-
-<p>—¿Qué señor?—se le responde.</p>
-
-<p>—Pues uno de estas señas y de las otras.</p>
-
-<p>—¡Ah! Don Gedeón... Creo que está hecho una carraca. Ya no sale de
-casa... si es que no se ha muerto...</p>
-
-<p>—¡Para la falta que hace en el mundo!...</p>
-
-<p>Tal es el responso que ordinariamente reza el vulgo por los hombres
-como nuestro personaje.</p>
-
-<p>Como á los muros ruinosos y á los árboles viejos, se les echa de
-menos, no por lo que valían, sino por el sol que quitaban y el espacio
-que, al desaparecer, dejan libre y desembarazado.</p>
-
-<p>Entre tanto, el infeliz no halla momento de reposo, por más que le
-busca en holgado sillón ó en mullido lecho. Del uno al otro pasa á cada
-hora, forjándole el deseo posturas que, al tomarlas, son prensas que
-más le oprimen y extreman en su cuerpo los dolores y las ansias.</p>
-
-<p>Así pasa el día, y después viene la noche. ¡Qué noche, gran Dios!
-Jurara en su febril<span class="pagenum" id="Page_355">[p. 355]</span>
-desasosiego, que los muebles bailan; que las figuras de adorno disputan
-y pelean; que la mortecina luz, reverberando en opaca porcelana,
-refleja en puertas y paredes danzas de demonios y de brujas; y que oye
-hasta el ruido crepitante de sus miembros descarnados, y las carcajadas
-de sus bocas desgarradas y burlonas. Parécele el cuarto un cementerio,
-y su cama una tumba abierta, en cuyo fondo yace su propio cadáver, pero
-cadáver que siente y recuerda; porque por un fenómeno producido por la
-índole de sus tormentos, todo lo ha perdido menos la sensibilidad y la
-memoria.</p>
-
-<p>Con ella recorre el dilatado campo de su vida; y por más que cierra
-los ojos y los oprime con sus manos, una luz vivísima, que á la vez le
-abrasa, le pone de manifiesto todo el sendero recorrido. Pero aquel
-campo es una estepa, en que ni huellas quedan de su paso. Allí todo es
-desolación y muerte. Tras él no viene nadie, porque nada deja en aquel
-árido desierto que preste abrigo y sombra al caminante. Por allí no
-pasan sino los pocos insensatos como él, que van huyendo.</p>
-
-<p>Y cuando el sol reaparece, y la fiebre y los dolores le dejan
-sosegado unos instantes, abre los ojos y mira en su derredor. ¡Qué
-cuadro! Cerca de su lecho, la inmunda bestia, siendo, con su estertor
-continuo, reló de su agonía, y<span class="pagenum" id="Page_356">[p.
-356]</span> á la vez, con su presencia en aquel sitio, testimonio
-abominable de los mal colocados afectos del iluso; en otro rincón, la
-mercenaria Regla dormitando; Regla, cuyo cariño sigue las oscilaciones
-de sus dádivas y las alternativas de sus promesas; en sí mismo, los
-dolores del cuerpo y los gritos de la conciencia que le acusa.</p>
-
-<p>El cansancio le rinde al cabo, y va á reposar durmiendo, ¡Vana
-esperanza! Regla, que parecía dormitar, meditaba también. Meditaba
-que su amo podía morirse en uno de aquellos paroxismos; que ella
-había pasado muchos años sirviéndole; que por esto, y quizá por algo
-más, tenía derecho á una buena recompensa, y que estaba á punto de
-perderla, porque el moribundo no había hecho disposición alguna en
-debida forma, que así lo declarase; y sabía también que desde que su
-amo se había agravado, todos los días preguntaba por él al portero una
-mujer sospechosa. Este indicio la excusaba, en su concepto, de toda
-consideración con el enfermo.</p>
-
-<p>Mientras le ve luchar con el delirio de la fiebre, limítase á
-observarle, y ¡sabe Dios lo que entonces pasa por sus mientes! Pero en
-cuanto le ve dueño de su razón y sosegado, se levanta de la silla en
-que velaba, y se acerca de puntillas al lecho.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_357">[p. 357]</span></p>
-
-<p>—¡Señor!—dice al oído del enfermo, con hipócrita suavidad.</p>
-
-<p>—¿Quién me llama?—balbuce Gedeón, cuyos párpados empiezan á cerrar
-el sueño.</p>
-
-<p>—Yo... Regla...</p>
-
-<p>—¡Maldita seas, que me robas el único consuelo que me queda!</p>
-
-<p>—Yo no creí... Como es hora de tomar la medicina...</p>
-
-<p>—Déjame... ¡vete!</p>
-
-<p>—Además, tenía que hablarle á usted...</p>
-
-<p>—¿Tienes sueño que ofrecerme?... Pues si no le tienes, déjame... ¡yo
-no ansío más que dormir!</p>
-
-<p>—También hay otras cosas en qué pensar...</p>
-
-<p>—¡Déjame!</p>
-
-<p>—¡Y muy sagradas!</p>
-
-<p>—¡Vete!</p>
-
-<p>—Me parece que estoy en mi derecho...</p>
-
-<p>Y Regla, al hablar así, comienza á sollozar.</p>
-
-<p>Tal es la necesidad de descanso que tiene el desgraciado, que, á
-pesar de la cruel insistencia de Regla, vuelve el sueño á apoderarse de
-él.</p>
-
-<p>Al verle dormido, vacila la criada entre el temor de empeorar su
-causa enfureciendo á su amo despertándole, y el recelo de que se muera
-sin testar en el primer acceso que le acometa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_358">[p. 358]</span></p>
-
-<p>En esto, aparece en la sala, atropellándolo todo, una mujer,
-cubierta la cara con el velo de su mantilla. Pregunta por el enfermo á
-Regla, y ésta se le muestra maquinalmente con la mano, desde la puerta
-del gabinete.</p>
-
-<p>Penetra en él la desconocida, y avanza hasta la cabecera de la
-cama.</p>
-
-<p>—¡Gedeón! ¡Gedeón!—dice en voz no muy alta, pero anhelosa, al oído
-de éste.</p>
-
-<p>—¡Otra vez, infame, inicua?... ¡Otra vez me despiertas?—responde á
-los pocos instantes Gedeón, entre angustiado y colérico.</p>
-
-<p>Regla, que ha seguido con la vista azorada á la entremetida, cuando
-la oye llamar á su amo con tanta familiaridad, saca chispas con los
-dientes y lanza saetas por los ojos.</p>
-
-<p>—¡Soy yo, Gedeón!—continúa diciendo la encubierta.—¡Mírame!</p>
-
-<p>Y recoge el velo sobre su cabeza, dejando al descubierto la faz
-rechupada y angulosa de Solita.</p>
-
-<p>El enfermo hunde su cabeza en la almohada, como si tratara de
-hacerse más invisible, para dormir impunemente.</p>
-
-<p>—¿No me conoces?—añade Solita sacudiendo los hombros de Gedeón.</p>
-
-<p>—¡Ya la justicia de Dios no tiene rayos para matarte?—grita iracundo
-y trémulo el infeliz, al verse tratado con tal inclemencia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_359">[p. 359]</span></p>
-
-<p>—Pero ¿no ve usted que descansa?—ruge entonces Regla, dirigiéndose á
-Solita con la indignación pintada en su semblante. ¡Como si ella misma
-no acabara de cometer el mismo delito!</p>
-
-<p>—Y á usted ¿qué se le importa?—ruge á su vez Solita encarándose con
-Regla, de quien há mucho sospecha lo que el lector y yo sospechamos
-también.</p>
-
-<p>—¡Me importa, porque le cuido... porque le velo... porque sé lo que
-padece!—contesta Regla devorando con los ojos á aquella mujer en quien
-ha descubierto á su invisible rival en la privanza de su amo.</p>
-
-<p>—¡Mentira!... Tú no sabes lo que yo padezco... ó no tienes entrañas
-si lo sabes, cuando también me has despertado,—exclama Gedeón.</p>
-
-<p>—¿Lo oye usted?—dice á Regla Solita, balbuciente de rabia.</p>
-
-<p>—¿Quién es el otro verdugo que te acompaña, Regla?—pregunta el
-enfermo.—Quiero saber su nombre para maldecirle.</p>
-
-<p>—Soy yo: Solita...</p>
-
-<p>—¡Solita! ¡Tú también!... ¡Pues maldita seas!</p>
-
-<p>—¡Ingrato!... ¡Te pesa que esté á tu lado!...</p>
-
-<p>—No, si me traes lo que necesito—exclama el desventurado, aspirando
-con ansia un poco<span class="pagenum" id="Page_360">[p. 360]</span>
-de aire;—pero si no me lo traes, ¡maldita seas!</p>
-
-<p>—Si con la vida puedo dártelo, tuya es, Gedeón.</p>
-
-<p>—Para nada la necesito. Pero ¿me traes compasión? ¿Me traes caridad
-para mis tormentos?</p>
-
-<p>—Sí.</p>
-
-<p>—Pues demuéstramelo marchándote de aquí y dejándome descansar... No
-anhelo otra cosa; no le pido más á los hombres... ¡Ya ves con qué poco
-me conformo! ¡Cuán poco te pido!</p>
-
-<p>—Sí, pobre Gedeón, poco me pides.</p>
-
-<p>—¡Pues ni eso han querido darme!</p>
-
-<p>—Porque no saben comprender...</p>
-
-<p>—Tampoco tú lo has sabido cuando también me despertaste.</p>
-
-<p>—Para que durmieras luégo más descansado.</p>
-
-<p>—Lo estaré, si tú te marchas.</p>
-
-<p>—Del cuerpo, pero no del espíritu.</p>
-
-<p>—¿Qué quieres decir?</p>
-
-<p>—Que pienses <i>en lo que debes</i> pensar, antes de entregarte al
-sueño.</p>
-
-<p>—¡Infame! ¿Temes que sea el último que duerma?</p>
-
-<p>—No, pero...</p>
-
-<p>—¡Víbora! ¿Esa agonía me preparas? ¿Ese es el consuelo que me
-traes?</p>
-
-<p>Y cuando dice esto, Gedeón no encuentra<span class="pagenum"
-id="Page_361">[p. 361]</span> ya postura cómoda en la cama; su
-respiración comienza á ser fatigosa; los dolores le punzan de nuevo, y
-los ojos se le inyectan de sangre.</p>
-
-<p>—Señora—exclama Regla, trémula de coraje, más que por el estado de
-su amo, por lo que ha descubierto en el diálogo que éste ha sostenido
-con Solita,—yo asisto á ese enfermo; yo soy responsable de lo que le
-suceda por falta de cuidado... ya está usted viendo cómo se ha puesto
-con lo que le ha dicho...</p>
-
-<p>—¿Y qué?—la pregunta Solita volviéndose á ella como serpiente que
-levanta su cabeza para lanzarse sobre su presa.</p>
-
-<p>—Que no consentiré que usted continúe atormentándole.</p>
-
-<p>—¡Bien, Regla, bien!... ¡Échala, mátala!... ¡Yo respondo de todo!</p>
-
-<p>—¿Lo oye usted, <i>mala mujer</i>?</p>
-
-<p>—¡Mala mujer yo!—brama Solita arrojando espuma por la boca.—¡Y eso
-me lo llamas... tú, fregona miserable!... ¡tú que le apartas de su
-deber! ¡tú que eres causa de que un padre reniegue de sus hijos!</p>
-
-<p>—Silencio... maldecidas!—grita Gedeón ahogándose.</p>
-
-<p>—¿No oye usted lo que me dice?—responde Regla, á punto de coger del
-moño á Solita.</p>
-
-<p>—¿Estábais de acuerdo para echarme de aquí?—continúa ésta.—Pues
-bueno: yo saldré<span class="pagenum" id="Page_362">[p. 362]</span> al
-balcón y lo publicaré todo; y lo que tú, desalmado, no quieres declarar
-en debida forma, lo sabrá la gente por mi boca.</p>
-
-<p>—¡No, por caridad, Solita!—exclama Gedeón, viéndola dispuesta á
-cumplir en el acto su amenaza.—Vete de aquí... déjame descansar... y
-yo te prometo que sabré cumplir con mi deber... pero vete luégo...
-ahora mismo; porque si tardas un poco... me ahogo... ¡Regla!... ¡la
-cucharada!... ¡Ay! yo me muero... ¡La cucharada... Regla!</p>
-
-<p>—¡El demonio que le lleve á usted!—le contesta Regla por todo
-consuelo, indignada al ver á la intrusa triunfante en aquella inhumana
-pelea.</p>
-
-<p>—He aquí el pago. Gedeón... ¡sacrifícame otra vez por ella!...</p>
-
-<p>—¡Socorro! ¡Vecinos! ¡Estas fieras me asesinan!...</p>
-
-<p>Y como si las palabras del angustiado Gedeón hubieran llegado á su
-destino, se oyen pasos hacia la sala; y un instante después entra una
-persona en el gabinete.</p>
-
-<p>Es el Doctor, que viene á hacer al enfermo la visita de la
-mañana.</p>
-
-<p>Á su vista se enmudecen las dos mujeres, y hasta quieren disfrazar
-la ira de que están dominadas, con sonrisa y actitudes tan violentas
-como ociosas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_363">[p. 363]</span></p>
-
-<p>Gedeón, por el contrario, tan pronto como ve al médico, comienza
-á implorar de éste la autoridad que á él le falta para hacerse
-respetar.</p>
-
-<p>Algo ha oído el Doctor al entrar en la casa, y no poco le dicen
-aquellas dos mujeres en quienes su presencia causa tan notorio
-desconcierto. Las palabras de Gedeón nada le descubren que él no haya
-sospechado.</p>
-
-<p>Por de pronto, manda que le dejen solo con el enfermo. Solita y
-Regla cumplen el mandato; y la primera, cubriéndose la cara con el
-velo, y después de lanzar una mirada rencorosa á la segunda, sale de
-la casa hecha una furia, fulminando no sé qué tempestades y propósitos
-en respuesta á otras amenazas sordas con que va Regla escarbándole los
-oídos.</p>
-
-<p>Solos, el Doctor y el enfermo, éste continúa lamentándose de su
-infortunio sin consuelo, y entona tristes endechas sobre lo que acaba
-de sucederle, tras una noche como la que ha pasado.</p>
-
-<p>—He visto aquí una cara que me es desconocida,—dícele el Doctor
-después de haberle dado el calmante que le negó Regla, y de verle más
-sosegado y en reposo.</p>
-
-<p>—Esa es la serpiente, Doctor; ¡la serpiente de mi paraíso!</p>
-
-<p>—¿La serpiente, ó la manzana?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_364">[p. 364]</span></p>
-
-<p>—Lo que usted quiera. La verdad es que esa mujer ha sido obstáculo
-perenne en el camino de mi vida desde que usted y yo nos conocimos; la
-hiel de todas mis amarguras...</p>
-
-<p>—¿Y no ha habido manera de separar ese obstáculo, al parecer tan
-leve?</p>
-
-<p>—No, Doctor; porque á la vez ha sido... ¿á qué ocultárselo á usted?
-gusano de mi conciencia.</p>
-
-<p>—¡Hola!... ¿Luego es decir que no sin derecho le ha perseguido á
-usted?</p>
-
-<p>—Hasta cierto punto, Doctor.</p>
-
-<p>—Acaso con la exigencia de que se le cumplan determinadas
-promesas...</p>
-
-<p>—Cabalmente.</p>
-
-<p>—Y quizá exponiendo <i>razones</i> de esas que, por lo mismo que son
-hijas de una <i>debilidad</i>, son las más fuertes.</p>
-
-<p>—Razones... sí; hijas de una debilidad mía, también; pero en cuanto
-á fuertes, no, señor.</p>
-
-<p>—Pues no lo entiendo.</p>
-
-<p>—Va usted á entenderlo al punto, porque yo no quiero tener secretos
-para el único hombre que en el mundo me ha querido bien y no me ha
-disfrazado la verdad.</p>
-
-<p>—Mil gracias por la deferencia; pero cuide usted de no revelarme
-<i>demasiado</i>, para no sentir después un nuevo remordimiento.</p>
-
-<p>—No, Doctor: ¡hasta por egoísmo necesito<span class="pagenum"
-id="Page_365">[p. 365]</span> desahogarme con alguien de estas
-pesadumbres!</p>
-
-<p>—Adelante, pues, con la historia.</p>
-
-<p>—Me encontré con esa mujer, de humilde cuna, cuando aún tenía ella
-gracias y donaires, y yo buena salud y ciertas ideas de moral... Sin
-gran esfuerzo, acomodóse á mis propósitos. Pero dió en la gracia de
-mostrarme los suyos, por demás extremados y opuestos á los míos,
-precisamente cuando ya el desencanto me hacía mirarla como carga
-superior á mis fuerzas y deseos. Entonces le conocí á usted; y sin
-decir que sus teorías, para mí tan nuevas como interesantes, sobre
-el matrimonio y la familia, me convencieran, la verdad es que fueron
-causa de que yo sintiera un irresistible deseo de verme colocado en un
-terreno completamente despejado, para elegir la senda más de mi gusto,
-si en ocasión de elegir volvían á ponerme las circunstancias. Entonces
-pensé muy seriamente en desembarazarme del estorbo de esa mujer:
-intentélo varias veces; mas cuando ya iba á conseguirlo, venciendo
-miramientos pueriles que hasta allí me habían detenido, halléme unido á
-ella por un vínculo nuevo; de esos que amarran y doman al hombre de más
-bríos, mientras le quede un rastro siquiera de honra en el pecho... ¿Me
-entiende usted, Doctor?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_366">[p. 366]</span></p>
-
-<p>—Perfectamente.</p>
-
-<p>—No sé qué pensamientos me asaltaron cuando preso me ví de esta
-manera; porque antes de llegar á examinarlos, ya me atormentaban
-indicios... de cierto género... ¿Me entiende usted?</p>
-
-<p>—Sospecho que sí.</p>
-
-<p>—Pero no pasaron de indicios, ni pasar pude yo de la incertidumbre
-en que me sumieron, ni adquirir me fué dado una prueba que me
-autorizara para quejarme, ó me extirpara los recelos. Así corrieron
-los años; crecieron los vínculos con ellos... ¡<i>crecieron</i>, Doctor!...
-que á tales demencias arrastra el amor propio resentido... y así he
-llegado hasta hoy: ella reclamando lo que en conciencia dice que la
-debo, é invocando <i>testimonios</i> que yo no quiero ver, ni jamás he visto
-ni veré; y yo aborreciéndola más cada día y alejándome cuanto me es
-posible de ese padrón de ignominia, infierno de mi existencia, testigo
-de mis debilidades y torpezas. Hoy ha venido á robarme mi único bien,
-el sueño, para amenazarme con publicarlo todo si continúo resistiéndome
-á sus exigencias... En eso estaba cuando usted entró.</p>
-
-<p>—Graves son, en efecto, las razones de esa mujer—dice el Doctor
-después de permanecer unos instantes silencioso.—Pero, ¿y la otra? ¿por
-qué se quejaba de usted?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_367">[p. 367]</span></p>
-
-<p>—¿La otra?—responde Gedeón muy contrariado.—La otra... Ya sabe usted
-lo que son amas de llaves muy antiguas en las casas... Resabios del
-oficio... La costumbre de mandar en todo...</p>
-
-<p>—¡Ya!—replica el médico sonriéndose, acaso sin malicia.</p>
-
-<p>—Y ahora que está usted impuesto de todo, Doctor amigo; ahora que
-de mis labios ha oído usted lo que á nadie en el mundo he confesado;
-ahora que conoce usted el infierno en que me abraso, no me niegue usted
-su auxilio para salir de él, si salir puedo, ó para tomar una postura
-compatible con el descanso.</p>
-
-<p>—Ante todo, amigo don Gedeón, ¿qué opina sobre el caso su conciencia
-de usted?</p>
-
-<p>—Mi conciencia, Doctor... mi conciencia no sabe á qué atenerse. En
-ocasiones concede derecho á esa mujer para quejarse; otras veces se le
-niega, puesto que sin violencia aceptó la situación en que se puso.</p>
-
-<p>—Y sobre los <i>vínculos</i> posteriores á esa primera situación, ¿cómo
-piensa?</p>
-
-<p>—Piensa cuando se fija en los <i>indicios</i> aquéllos, que yo tengo
-perfecto derecho para romper esos vínculos; y cuando no, que éstos son
-un castigo palpable de mi insensatez.</p>
-
-<p>—¿Y qué aconseja, por fin, esa señora?</p>
-
-<p>—Nada, Doctor: quimeras, delirios que me<span class="pagenum"
-id="Page_368">[p. 368]</span> deslumbran y me aturden y me
-martirizan.</p>
-
-<p>—¿Está usted seguro de que es la conciencia de usted la que así
-piensa y la que así aconseja?</p>
-
-<p>—¿Y qué otra cosa puede ser?</p>
-
-<p>—La vanidad, la soberbia...</p>
-
-<p>—¿Es posible?</p>
-
-<p>—Se trata de un hombre que ha hecho del celibato una bandera, y
-de una mujer de obscuro linaje que quiere obligarle á caer, en las
-peores condiciones imaginables, en el extremo de que él huía, aun
-considerándole con todas las ventajas posibles. Concédame usted que
-esta prueba es de las más terribles á que puede someterse el amor
-propio.</p>
-
-<p>—Concedido.</p>
-
-<p>—Es, por tanto, muy fácil que lo que usted toma por dictámenes de la
-conciencia, no pasen de ser rebeliones del despecho.</p>
-
-<p>—Sea lo que fuere, Doctor, yo necesito que usted no me abandone en
-tan horrible trance; que me defienda contra esta conjuración que me
-amenaza.</p>
-
-<p>—<i>¡Defenderle!</i> ¡Ahí está el egoísmo otra vez! ¿Y si, en buena
-justicia, no es defendible su causa de usted?...</p>
-
-<p>—¡Que no!</p>
-
-<p>—Me parece que cuando su propia conciencia duda, bien puedo yo
-dudar.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_369">[p. 369]</span></p>
-
-<p>—¡Es decir que usted me abandona; que me deja entregado á la
-inclemencia de estas mujeres, para que me asesinen?</p>
-
-<p>—Tanto como eso, no; pero distinga usted entre el médico y el
-moralista. Con el primero cuente usted siempre, porque eso soy, y nada
-más, aunque alguna vez me haya metido á filósofo <i>de afición</i>. En
-cuanto al segundo... busque usted y hallará.</p>
-
-<p>—¿En dónde, si estoy solo en el mundo!... ¡Solo, Doctor, y
-agonizando!</p>
-
-<p>—Llame usted á todas las puertas que su razón le muestre.</p>
-
-<p>—Todas están cerradas para mí.</p>
-
-<p>—Lo creo; pero hay una que no se cierra para nadie. Llame usted á
-esa.</p>
-
-<p>—¿Qué puerta es?</p>
-
-<p>—La de Dios.</p>
-
-<p>—¡Luego me cree usted en peligro inmediato de muerte?</p>
-
-<p>—No por cierto; antes me atrevo á prometerle á usted que hemos de
-saludarnos en la calle dentro de pocos días. La intensidad del mal ha
-cedido mucho; los accesos van siendo cada vez más benignos, ó menos
-crueles.</p>
-
-<p>—Entonces ¿por qué ese consejo?</p>
-
-<p>—Venía dispuesto á dársele á usted hoy, en la persuasión de que
-si le aceptaba en cuanto vale, me debería el mayor beneficio que
-puede<span class="pagenum" id="Page_370">[p. 370]</span> hacérsele á
-un hombre. Con doble motivo se le doy ahora que conozco la historia que
-acaba usted de confiarme.</p>
-
-<p>—Y ¿dónde está esa puerta, Doctor?</p>
-
-<p>—¿Es usted tan desventurado que no la ve?</p>
-
-<p>—He olvidado el camino. ¡Hace tantos años que no le frecuento!</p>
-
-<p>—¿Se ha olvidado usted también de que existe ese camino?</p>
-
-<p>—Creo que no.</p>
-
-<p>—Algo es eso.</p>
-
-<p>—Pero estoy á obscuras para volver á hallarle.</p>
-
-<p>—No importa, si queda fuego con qué hacer luz.</p>
-
-<p>—Chispas entre cenizas, Doctor; nada más.</p>
-
-<p>—¿Está usted seguro de ello?... Examínese usted bien.</p>
-
-<p>—Seguro estoy.</p>
-
-<p>—Pues con esas chispas se puede producir un incendio. ¡Ay de la fe
-cuyas cenizas se enfriaron! Reúna usted esas chispas; agréguelas usted
-combustibles, y la luz se hará y verá usted la puerta. Cuando usted la
-vea, llame.</p>
-
-<p>—¿Y después?</p>
-
-<p>—Después... no necesitará usted preguntarme á mí qué debe hacer en
-el conflicto que me ha confiado, ni cómo se lucha y se vence contra
-las miserias del mundo: la conciencia, ilu<span class="pagenum"
-id="Page_371">[p. 371]</span>minada por la religión, le dirá á usted
-todas esas cosas y otras muchas.</p>
-
-<p>—¿Lo cree usted como me lo dice, Doctor?</p>
-
-<p>—¡He visto tantos milagros de esa especie! Acuérdese usted de
-Herodes.</p>
-
-<p>—¡Herodes!...</p>
-
-<p>—¿Qué le admira?</p>
-
-<p>—En verdad que milagro fuera en mí semejante resurrección... Si
-usted me ayudara á dar los primeros pasos...</p>
-
-<p>—Desde hoy mismo, si usted quiere.</p>
-
-<p>—Precisamente hoy... Pero mañana... mañana, sí.</p>
-
-<p>—Mal síntoma es ese «mañana,» amigo mío; pero, en fin, también
-mañana estaré á sus órdenes.</p>
-
-<p>—Gracias, Doctor; y por de pronto, eche usted una buena reprimenda
-á esa pícara criada, á fin de que me cuide mejor. Á mí ya no me hace
-caso... me conceptúa muerto. ¡Muerto, créalo usted!</p>
-
-<p>Y tras éstas y otras palabras por el estilo, cumple el Doctor, como
-puede y como debe, el encargo del enfermo, y vase dudando mucho que
-aquella alma acongojada salga de las tinieblas en que yace.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-193.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_8">
- <p><span class="pagenum" id="Page_373">[p. 373]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-017.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="VIII. LOS PARIENTES DE GEDEÓN">VIII</h3>
- <p class="subh3">LOS PARIENTES DE GEDEÓN</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-l.jpg" alt="L" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Los</span> pronósticos del
-médico se cumplen en todas sus partes. El enfermo sale de las apreturas
-en que le hemos visto; y á medida que va adquiriendo fuerzas y
-esperanzas, va dejando, no ya «para mañana,» sino «para otra ocasión,»
-el proyecto de llamar á la puerta consabida.</p>
-
-<p>Ya puede gritar y revolverse, y hasta sacudir un bastonazo á la
-atrevida que le provocase al alcance de su brazo. ¿Para qué necesita
-apelar á ciertos <i>extremos</i> alarmantes? Hasta se arrepiente de haber
-sido tan explícito con el Doctor. Tal es la condición humana, aun sin
-tratarse de egoístas como Gedeón. Las muletas que suplen el miembro
-entumecido, se arrojan al fuego tan pronto como aquél recobra sus
-fuerzas y movimiento.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_374">[p. 374]</span></p>
-
-<p>Al cabo de los días, el convaleciente se encuentra en aptitud de
-salir á la calle á tomar el sol. Ya tiene el sombrero puesto, y se
-afirma en su cachava para mover sus pies entrapajados y embutidos en
-sendos zapatones de paño, cuando Regla le anuncia la visita de un
-caballero y de una señora.</p>
-
-<p>Tratándose de un hombre cualquiera, un anuncio semejante y en
-semejante ocasión, nunca se recibe sin contestar con mal gesto: «No
-estoy en casa; que vuelvan otro día.»</p>
-
-<p>Mas para Gedeón, que no se trata con nadie, fuera de las personas
-que conocemos, el anuncio de una visita es un acontecimiento
-extraordinario que excita en gran manera su curiosidad; y así, movido
-de ella,</p>
-
-<p>—Que pasen adelante,—dice.</p>
-
-<p>Y los anunciados pasan á la sala.</p>
-
-<p>Dos son, como dijo Regla.</p>
-
-<p>El caballero es hombre maduro, con buena ropa, pero mal hecha y peor
-colocada. Sus ademanes y su aire corresponden á la ropa. Luce en sus
-manos holgados guantes de color de ladrillo, y con una de ellas ase
-barnizado bastón por más abajo del puño, que es de oro, ó lo remeda.</p>
-
-<p>La señora parece cortada por el mismo patrón que su acompañante, así
-en el modo de ser como en el de vestir.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_375">[p. 375]</span></p>
-
-<p>Los dos personajes son á cual más risueño y expresivo.</p>
-
-<p>—¿El señor don Gedeón?—pregunta desde la puerta de la sala el
-caballero descoyuntándose á cortesías, encarado ya con aquél.</p>
-
-<p>—Servidor de ustedes,—responde Gedeón haciendo su poco de
-encorvadura en los riñones, por no permitirle más fuerzas de gimnasia
-sus miembros doloridos.</p>
-
-<p>—Beso á usted su mano,—dice por su parte la señora, abanicándose el
-rostro y retorciéndose mucho.</p>
-
-<p>—Pues yo tengo grande honor en conocer á usted y ofrecerle mis
-respetos,—añade el visitante, avanzando hasta Gedeón y tendiéndole la
-diestra.</p>
-
-<p>—Lo mismo digo, caballero,—responde Gedeón, dejándose estrechar la
-mano.</p>
-
-<p>—Mi señora...—continúa el otro, señalando á la que le acompaña y
-mirando á Gedeón.</p>
-
-<p>—Mi marido...—dice la señora haciendo una exagerada cortesía á
-Gedeón, y apuntando á su acompañante.</p>
-
-<p>En otros tiempos Gedeón se hubiera dado á todos los demonios al
-verse figurar como actor en una escena semejante; pero ahora, y merced
-á la apatía en que le han hecho caer sus dolencias y sus pesadumbres,
-casi se riera de lo que tiene delante, si de reir no se hubiera<span
-class="pagenum" id="Page_376">[p. 376]</span> olvidado en tantos años
-como ha pasado sin reirse.</p>
-
-<p>Así es que con una calma y una serenidad de rostro que parecen
-reñidas con sus antecedentes, brinda á los visitantes con el sofá, y
-sentándose él en la butaca contigua, ruégales que le expongan la razón
-de su visita.</p>
-
-<p>—Va usted á saberla—responde el caballero, estirando las manoplas y
-colocando el bastón entre las piernas.—Pues, señor, yo soy, para cuanto
-usted guste mandarme, Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera, natural y
-vecino de Cascaruca, pueblo á muy pocas leguas de esta ciudad, y en el
-cual tiene usted una hacienda morrocotuda.</p>
-
-<p>—Muy señor mío...</p>
-
-<p>—Para servir á usted... Soy hombre de algunos posibles, aunque no
-muchos, y allí casé con ésta mi señora...</p>
-
-<p>—Beso á usted su mano,—vuelve á decir la aludida.</p>
-
-<p>—Diónos el cielo un heredero—continúa su marido,—uno no más, don
-Gedeón; el cual, al ser muchacho, cursó latinidades con el párroco del
-pueblo (hombre docto, eso sí, y virtuoso también), con ánimo de que,
-ya mozo, se elevara á facultad mayor. No pudo ser esto por razones
-largas de exponer; y al cumplir los veinte años casó con una joven
-de su elección<span class="pagenum" id="Page_377">[p. 377]</span>
-particular, aunque no de su linaje, ni, en verdad hablando, de nuestro
-gusto. Hoy vive también en Cascaruca con cinco de familia y al amparo
-nuestro y de un destino de secretario del Ayuntamiento, que pudimos
-obtener para él. Por lo demás, es mozo trabajador y honrado. Y dicho
-esto, hágase usted cuenta, mi señor Don Gedeón, de que conoce usted á
-toda la familia de mi casa.</p>
-
-<p>—Sin contar—añade la señora, mirando muy de cerca el paisaje de su
-abanico,—seis alumbramientos desgraciados que tuvo una servidora de
-usted.</p>
-
-<p>—Cierto es eso—repone su marido;—pero como dijo el otro, «con agua
-pasada no muele el molino; oveja muerta no hace rebaño.» ¿No es verdad,
-don Gedeón? Aquí se trata de los que somos, no de los que pudimos ser;
-pues sin eso y sin lo otro y sin lo de más allá, sabe Dios los que nos
-sentaríamos hoy á la mesa en nuestra casa de Cascaruca. ¿No es verdad,
-don Gedeón?</p>
-
-<p>—Cierto es, en efecto,—responde éste mirando al uno y á la otra,
-como pidiendo á cualquiera de ellos la prometida razón de la visita,
-que aún no sospecha entre el fárrago de aquel prólogo estrafalario.</p>
-
-<p>—Pero vamos al asunto—continúa el don Ruperto, volviendo á estirarse
-las manoplas;—y<span class="pagenum" id="Page_378">[p. 378]</span>
-el asunto es, señor don Gedeón, que nosotros somos parientes, y que
-habiendo sabido mi señora y yo, por el colono de usted, que ha estado
-usted enfermo de alguna gravedad, por si otra vez ocurre, lo que Dios
-no quiera, hemos venido á ofrecerle nuestros cariñosos y desinteresados
-servicios, de los que puede usted disponer también en sana salud.</p>
-
-<p>Algo como sospecha de mal género cruza por las mientes del visitado;
-pero resuelto como está á seguir hasta donde le sea posible el humor de
-aquellos originales, sonríese y contesta:</p>
-
-<p>—¿Parientes míos dice usted?</p>
-
-<p>—Sí, señor... y bastante cercanos.</p>
-
-<p>—¿Por qué parte?</p>
-
-<p>—Por los Gazapones.</p>
-
-<p>—Ahora lo entiendo menos. ¿No me ha dicho usted que se llama
-Gazapín?</p>
-
-<p>—Sí, señor; pero el tercer apellido de su abuelo materno de usted
-era Gazapón.</p>
-
-<p>—Luego no somos parientes.</p>
-
-<p>—Déjeme usted concluir. Los Gazapones son primos carnales de los
-Gazapines por la tercera rama: así es que mi padre se llamaba Gazapón,
-de segundo apellido.</p>
-
-<p>—Podrá ser, cuando usted lo asegura.</p>
-
-<p>—Como que es la verdad... Y es tal el entronque y enlace que hay de
-unos con otros,<span class="pagenum" id="Page_379">[p. 379]</span> que
-yo no pude casarme con ésta sin dispensa.</p>
-
-<p>—¿También es Gazapín?</p>
-
-<p>—No, señor: ésta es de los Gazaperas.</p>
-
-<p>—¡Demonio!</p>
-
-<p>—Sí, señor; familia que viene á ser, por lo que entonces se supo, el
-tronco de los Gazapones y de los Gazapines, que son las ramas.</p>
-
-<p>—Hombre, es muy interesante todo eso.</p>
-
-<p>—Yo lo creo... Puede usted gloriarse de pertenecer á una familia de
-las más ilustres, dilatadas, y, al mismo tiempo, unidas; quiero decir,
-sin mezclas extrañas. Tan unida, que las tres ramas tienen el mismo
-escudo en la ejecutoria.</p>
-
-<p>—¡También eso! ¡Conque tenemos ejecutoria y armas!</p>
-
-<p>—¡Yo lo creo!... ¡y bien bonitas! ¿No las conoce usted?</p>
-
-<p>—No por cierto; y ahora me pesa.</p>
-
-<p>—Pues yo le diré á usted: representan dos gazapos, uno grande y otro
-chico, en campo de legumbres tiernas; y á lo lejos la gazapera con un
-farol á la entrada, y un letrero, por luz, que dice: «<i>Os alumbro el
-camino</i>;» como si dijéramos, «no acelerarse, y firmes con ello, que yo
-os muestro la retirada, si viene el amo.»</p>
-
-<p>—Es curioso el lema...</p>
-
-<p>—Así explican el escudo los que lo entien<span class="pagenum"
-id="Page_380">[p. 380]</span>den. La verdad es que la nuestra fué
-siempre familia muy aprovechada.</p>
-
-<p>—Ya se conoce.</p>
-
-<p>—Y atento á ello, yo no sé qué rey de la antigüedad le dió esas
-armas, por no sé qué préstamo que le hizo.</p>
-
-<p>—No era rana Su Majestad, á juzgar por la muestra.</p>
-
-<p>—Pues sí, señor, todo eso hay.</p>
-
-<p>—Y no es poco.</p>
-
-<p>—Y hablando de otra cosa, ¡Vaya una finca que tiene usted en
-Cascaruca!</p>
-
-<p>—No es mala.</p>
-
-<p>—¡Y qué partido podía sacarse de ella, bien administrada!</p>
-
-<p>—¿Tan mal lo está?</p>
-
-<p>—Tan mal, tan mal... no digamos; pero ya lo sabe usted, «hacienda,
-tu amo te vea,» y yo jurara que usted no la ha visto en su vida.</p>
-
-<p>—Verdad es.</p>
-
-<p>—Naturalmente. ¡Tendrá usted tantas cosas que valdrán más! Á
-Radegundis se lo he dicho yo muchas veces: «He aquí una finca que es
-una alhaja para un hombre hacendoso; y el diablo me lleve si su amo,
-nuestro pariente, se acuerda de ella; y para no acordarse de ella,
-¡cuánto no tendrá ese hombre!»</p>
-
-<p>—Y ¿por qué se tomaba usted esa molestia?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_381">[p. 381]</span></p>
-
-<p>—Pues ¡qué sé yo! porque caía la pesa, como dicen, y porque también
-el interés de familia mueve mucho, ¿está usted? Y cuando no hay ofensa
-para nadie... Por eso, cuando me respondía Radegundis que ya daría
-para un buen rato el contar lo que usted tiene, no podía yo menos de
-decir: «¡Válgame Dios! ahí está nuestro pariente lleno de caudales y
-sin un hijo que se los herede, ni una obligación que tenga derecho para
-arrancárselos, ni un triste allegado á su vera, para que mañana ú otro
-día le cierre los ojos, ó le asista en sus desconsuelos. ¿Adónde irá
-á parar ese dinero el día en que don Gedeón fallezca, porque mortales
-somos todos?» Y entonces me decía Radegundis: «¿Quién sabe lo que
-pensará nuestro pariente?... Si tiene un millón, como dicen, entre
-rústicas y urbanas (yo creo que ha de ser bastante más), ya habrá él
-echado sus cuentas, y tomado sus disposiciones para que cada uno lleve
-su merecido... ó para tirarlo por el balcón... Nosotros, quietecitos en
-nuestra casa y atenidos á nuestra medianía, que á la fortuna no hay que
-salir á buscarla: ella sola se mete por la puerta, si de Dios está que
-han de alcanzarle á uno sus favores.» Me parece que esto es hablar en
-ley y sin ofensa de nadie, ¿no es verdad, don Gedeón?</p>
-
-<p>—Mucho que sí; y es una lástima que mi<span class="pagenum"
-id="Page_382">[p. 382]</span> señora doña Radegundis, que tan cuerda es
-en hablar, no lo sea tanto en sus obras.</p>
-
-<p>—¡Ay, don Gedeón! por la espina de Santa Lucía—exclama aquí la
-señora de don Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera,—¿á qué obra mía
-le falta la cordura? ¿En qué he faltado á las conveniencias de mi
-educación y de nuestro parentesco?</p>
-
-<p>—Justo—añade su marido,—¿en qué ha podido esta infeliz faltar á todo
-eso?</p>
-
-<p>—En dejarle á usted venir... á lo que ha venido á esta casa, y en
-acompañarle á ella.</p>
-
-<p>—¡En eso, mi buen pariente!—exclama don Ruperto.—¡Es posible que una
-persona cometa una falta en ofrecer sus respetos á otra persona?...
-Porque á eso, y sólo á eso, hemos venido: créanos usted. ¿No es cierto,
-Radegundis?</p>
-
-<p>—Señor don Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera, natural y
-vecino de Cascaruca; señora doña Radegundis Gazapín... de no sé
-cuántos: cumplí ya los sesenta y cinco, y apenas me quedan en la boca
-otros dientes que los colmillos; ¡figúrense ustedes si los tendré
-retorcidos!</p>
-
-<p>—No comprendo...</p>
-
-<p>—No caigo...</p>
-
-<p>—Ni hay para qué comprendan ni caigan; en cambio, yo les comprendí á
-ustedes á poco<span class="pagenum" id="Page_383">[p. 383]</span> de
-haberlos oído, y esto baste. Conque estimando la visita en cuanto vale,
-denla por terminada; procuren ser en otra que les ocurra, no en mi
-casa, menos explícitos y más afortunados, y déjenme ir á tomar el sol,
-que para tiempo perdido basta el que les he consagrado.</p>
-
-<p>—¡Pero don Gedeón!...</p>
-
-<p>—¡Pero pariente!...</p>
-
-<p>—¡Ni una palabra más!</p>
-
-<p>—Para explicarle á usted...</p>
-
-<p>—Para que no crea...</p>
-
-<p>—¡Zambomba, que se me acaba la paciencia! ¿Les parece poca la que he
-tenido?</p>
-
-<p>—Pues saludo á usted, caballero, que, después de todo, de hombre
-á hombre no va un palmo... Vamos, Radegundis, que, por lo visto,
-estorbamos aquí.</p>
-
-<p>—Bien te dije yo, Ruperto, que te miraras mucho antes de venir...
-Beso á usted su mano...</p>
-
-<p>Y el apreciable matrimonio, hecha esta despedida, vuélvese por donde
-vino, entre mustio é indignado. El lance no es para menos, tómense sus
-propósitos por donde al lector pluguiere.</p>
-
-<p>En tanto, Gedeón, no poco amostazado, recibe de mano de Regla una
-carta que acaba de llegar por el correo, caso también de los más raros
-en aquel hogar.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_384">[p. 384]</span></p>
-
-<p>Ábrela sin tardanza. Está fechada en Taconucos, pueblo de aquella
-provincia, y no lejano, y dice así:</p>
-
-<p class="mt1">«Muy respetable señor: Sé que los Gazapines de Cascaruca
-han ido ha ofrecerle á usted sus respetos, bajo pretexto de que son
-sus parientes cercanos. No los crea usted, y sírvale de gobierno que
-acostumbraban á hacer lo mismo con todos los pudientes de la provincia
-que están á pique de morir sin herederos forzosos. Dichos Gazapines son
-gente de mucha bambolla y de poco trigo; y en cuanto al vástago de que
-le habrán hablado á usted, es un perdido que ya ha estado seis veces en
-la cárcel.</p>
-
-<p>»En punto á parentesco, yo no sé que tenga usted en este lado de la
-provincia, otros que con mi familia, por parte de los <i>Lupianes</i>, que
-casaron con los <i>Lupinos</i>, provenientes en línea recta de los <i>Loberas</i>
-primitivos, y por eso el quinto apellido de su señor bisabuelo paterno
-es <i>Lupián</i>, igual al tercero de mi señora madre (que en paz descanse),
-como puede verse en nuestras ejecutorias; por lo cual en las armas de
-esta casa hay, entre otros animales dañinos, un <i>lobato</i> que también
-debe de hallarse en las de usted.</p>
-
-<p>»No saco á plaza esto del parentesco por llamarme, como el otro que
-dice, á la parte en cosa alguna de usted, ni hacer méritos de nin<span
-class="pagenum" id="Page_385">[p. 385]</span>guna clase; sino para que
-se vea la diferencia que va de parientes á parientes, ó séase de los
-<i>Lupianes</i> de Taconucos á los <i>Gazapines</i> de Cascaruca.</p>
-
-<p>»Por lo demás, testigo es el arrendador de su hacienda en este
-pueblo, de lo que yo respondí al darme él la noticia de que se hallaba
-usted á las puertas de la muerte, y sin un sér de su propia sangre
-á su lado á quien dejar sus caudales opulentos.—«Pobre soy (esto
-dije); cargado de familia y de necesidades me hallo; pero así me iré
-á la sepultura antes que darle á sospechar que le visito con miras
-interesadas. Si él quiere acordarse de mí, aquí estoy dispuesto á
-servirle en cuanto yo pueda, y agradecerle los beneficios que tenga á
-bien dispensarme.»</p>
-
-<p>»Tal dije entonces y tal repito ahora, aprovechando tan favorable
-oportunidad.</p>
-
-<p>»Y pues ya lo sabe usted, vea en qué puedo serle útil, y mande con
-franqueza á éste su atento servidor y pariente cercano,</p>
-
-<p class="firma mt1 smcap">Lupercio Lupián de la Lobera.»</p>
-
-<p class="mt1">—Todo esto que hoy me sucede con mis parientes—piensa
-Gedeón en cuanto acaba de leer la carta,—me haría muchísima gracia si
-no lo viera yo más que por la superficie; pero es el caso que tiene un
-fondo endemoniado.<span class="pagenum" id="Page_386">[p. 386]</span>
-Por lo visto, huelo ya á carne muerta, y éstos mis parientes vienen á
-ser los buitres que revolotean á mi lado esperando el regodeo que van á
-darse. Éste es el hecho innegable.</p>
-
-<p>En cuanto á los comentarios que pudiera hacer sobre él un hombre
-como yo, que en su juventud no se casó por no verse en el riesgo de que
-sus hijos y su esposa <i>desearan</i> heredarle... vale más no hacerlos.
-¡Qué gran libro es la vejez! ¡Lástima que el hombre tenga que morirse
-cuando empieza á leerle con provecho!</p>
-
-<p>Luego rasga la carta en cien pedazos; requiere su bastón y sus
-gabanes, y rompe á andar hacia la escalera paso á paso, con la cerviz
-caída y marcando el lento compás de su andadura con quejidos y
-carraspeos.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-016.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_9">
- <p><span class="pagenum" id="Page_387">[p. 387]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-025.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="IX. IN ARTÍCULO MORTIS">IX</h3>
- <p class="subh3">IN ARTÍCULO MORTIS</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-e.jpg" alt="E" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Estamos</span> otra vez en
-el gabinete de nuestro personaje. Los entornados postigos del balcón
-apenas dejan entrar la necesaria luz para que ojos acostumbrados á ella
-puedan distinguir lo que es sombra y lo que es cuerpo.</p>
-
-<p>Así puede verse el de Gedeón sobre la cama, no tendido, sino
-recostado en un rimero de almohadas, alta la cabeza, abierta la boca,
-desencajados los ojos, y aspirando, jadeante y anheloso, el aire
-infecto de aquella triste habitación.</p>
-
-<p>Un poco de humedad en los pies, un rayo de sol demasiado fuerte en
-la cabeza, si no se prefiere creer que así estaba decretado por quien
-es dueño y señor de vidas y almas, bastó para derribar de nuevo aquella
-balumba de<span class="pagenum" id="Page_388">[p. 388]</span> humores
-y desengaños, y hacerla rodar hasta el borde del sepulcro.</p>
-
-<p>En esta recaída no se detuvo la invasión del mal en los límites del
-estómago, como en el ataque anterior: á la primera embestida rebasó de
-la línea, y sitió al corazón por todas partes.</p>
-
-<p>Harto claro lo vió el médico en las ansias del paciente, y sin
-andarse en remilgos ni en contemplaciones, díjole:</p>
-
-<p>—Amigo mío, esto es muy grave; y es preciso que sean heróicos los
-esfuerzos que hagamos para combatir, siquiera con gloria, contra
-enemigos de tanto empuje.</p>
-
-<p>—Pues ¿cuántos son los enemigos?—preguntó Gedeón ahogándose.</p>
-
-<p>—Los temibles, dos: la gota que ataca á la vida, y el desconsuelo
-que la embravece atacando al espíritu. Yo me encargo de lidiar contra
-la una hasta donde mis fuerzas alcancen; pero es preciso que alguien
-se encargue de lidiar con el otro al mismo tiempo: <i>dividir es
-vencer</i>, decía el guerrero. ¡Quién sabe si venceremos nosotros con esa
-táctica?</p>
-
-<p>—Haga usted cuanto guste—respondió Gedeón,—y tenga entendido, para
-su gobierno, que en este instante sólo aspiro á morir con la menor suma
-posible de tormentos.</p>
-
-<p>Dos horas después entraba en el gabinete,<span class="pagenum"
-id="Page_389">[p. 389]</span> acompañado del Doctor, el mismo sacerdote
-que había asistido á Herodes en su enfermedad.</p>
-
-<p>No era Gedeón un hombre combatido por las dudas ni fatigado por
-el examen: era simplemente un haragán de la fe; no había perdido sus
-creencias: se había olvidado de ellas por desuso. Mientras anduvo por
-el mundo, esclavo de todas las concupiscencias de la carne, maldito si
-se le ocurrió una vez siquiera pensar en que poseía un alma, cuanto más
-en el destino que ésta tendría cuando dejara la cárcel de su cuerpo.</p>
-
-<p>No le costó, pues, mucho trabajo al piadoso varón reunir las chispas
-esparcidas, y producir con ellas, si no un incendio, por lo menos una
-luz á cuyos resplandores no tardó Gedeón en ver todos los senos y
-repliegues de su conciencia como en la palma de la mano.</p>
-
-<p>En uno de ellos encontró á Solita agazapada y llorosa. No le pareció
-la hija del zapatero tan fea ni tan antipática como antes, ni halló
-fuera de toda justicia la demanda que en otros tiempos le expuso; mas
-en cuanto á los vínculos nuevos con que pretendía amarrarle, sólo los
-aceptaba, como razón de derecho, secundum quid.</p>
-
-<p>—Pero bien mirado—exclamó á poco rato, y después de oir las
-piadosas y discretas re<span class="pagenum" id="Page_390">[p.
-390]</span>flexiones de su confesor,—¿qué más me da ya? ¿De qué me
-sirve ese derecho, ni otros como él, ni cuantos bienes poseo, si todo
-ello junto no me arrancará de las garras de la muerte, ni siquiera me
-aliviará uno solo de los tormentos que ahora me empujan hacia ella?...
-Dice usted muy bien, santo hombre: en lo falible de la justicia
-humana, preferible es la duda de beneficiar á un extraño al recelo
-de perjudicar al propio. Esos vínculos, aunque no tan santos como yo
-quisiera, son, al cabo, el único derecho que dejaré en el mundo para
-vivir en la memoria de los hombres. Quédese con ellos cuanto en el
-mundo me ha pertenecido, y esa pesadumbre menos impedirá á mi alma
-elevarse á la región de la Verdad y de la Misericordia.</p>
-
-<p>En esta situación de ánimo se halla Gedeón cuando aparece á la vista
-del lector al principio de este cuadro.</p>
-
-<p>Regla entra y sale y se aproxima á la cabecera del lecho, ora con un
-medicamento, ora para arreglar las almohadas ó la ropa.</p>
-
-<p>El enfermo ya no riñe ni vocea: su único deseo parece limitado á
-salir cuanto antes de aquellas ansias que le ahogan. Esto le pide á
-Dios á cada instante, resignado y contrito, desde que el sacerdote le
-volvió á la santa Ley y le absolvió en su nombre.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_391">[p. 391]</span></p>
-
-<p>Aún le falta llenar en el mundo otro deber, y está dispuesto á
-llenarle sin tardanza; y á eso espera impaciente.</p>
-
-<p>Regla lo sabe, y no deja asomar á su semblante ni el más tenue
-reflejo del estado de su espíritu. Acaso la impone la tremenda
-solemnidad de aquella agonía terrible; acaso la luz que penetró en
-la conciencia de su amo la ha hecho pensar en las obscuridades de la
-suya; quizá la fuerza misma de la astucia la sostiene impávida en aquel
-trance de prueba. Lo cierto es que asiste al enfermo con más diligencia
-que nunca, y que al verla quien la vió días atrás á la cabecera de la
-misma cama y enfrente de Solita, jurara que el moribundo ha saldado
-todas sus cuentas con ella, derramando sobre la falda de su vestido el
-bolsón de sus caudales.</p>
-
-<p>Para que ningún detalle de carácter se nos olvide al inventariar
-por última vez la estancia en que tantas veces nos hemos hallado con
-la fantasía el lector y yo, sépase que Adonis sigue en su rincón
-acostumbrado, gastando los menguados restos que le quedan de vida en
-buscar una postura que no halla, para que la fatiga no le ahogue.
-Parece que se ha propuesto estirar el hilo de su existencia hasta donde
-alcance el de la de su amo. Ni un punto más, ni un punto menos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_392">[p. 392]</span></p>
-
-<p>—¿Acaba de llegar esa gente?—pregunta Gedeón á Regla con voz apagada
-y fatigosa.</p>
-
-<p>—No puede tardar mucho ya,—responde Regla.</p>
-
-<p>—Es que si no se dan prisa, témome que sea excusado su viaje. Y el
-otro recado ¿han vuelto á hacerle?</p>
-
-<p>—Como usted mandó; pero tampoco estaba en casa... <i>esa señora</i>.</p>
-
-<p>Un momento después de oir Gedeón estas palabras, entra en el
-gabinete Solita, jadeante y acompañada de dos gaznápiros, como de doce
-años el uno y de diez el otro, feos, toscos de ademanes, burdos sus
-vestidos, crespos de pelo, angostos de frente, y como curtidas sus
-caras por la intemperie; de todo se asombran, y casi á empellones de
-Solita entran en el cuarto.</p>
-
-<p>Ésta, que ignora que se la anda buscando para lo mismo que ella
-viene á pretender, arroja contra la cama aquel par de memoriales
-agrestes, diciendo con desgarro al propio tiempo:</p>
-
-<p>—Ahí los tienes. ¡Niega ahora tu sangre!</p>
-
-<p>Y acercándose en seguida á los motilones, encáralos con el enfermo,
-y les dice en tono melodramático:</p>
-
-<p>—¡Hijos míos: ese es vuestro padre!</p>
-
-<p>Á lo cual los rapaces, después de mirar al<span class="pagenum"
-id="Page_393">[p. 393]</span> aludido por Solita, míranse uno á otro,
-como preguntándose mutuamente «¿qué te parece de esto que nos cuentan?»
-y acaban por echarse á reir, tapándose la boca y las narices con las
-manos, por todo disimulo.</p>
-
-<p>Mientras Solita y sus hijos representan esta escena grotesca, el
-sacerdote, el Doctor, un escribano y dos personas más, ayudantes de
-éste, han llegado al gabinete y detenídose á la entrada por respeto
-á lo que ocurría junto al lecho. Para los dos primeros, que estaban
-impuestos en ciertos pormenores, las últimas palabras de Solita no
-tienen desperdicio.</p>
-
-<p>En cuanto á Regla, desapareció de la escena tan pronto como en ella
-apareció <i>la otra</i>.</p>
-
-<p>—Señor cura, Doctor...—exclama el enfermo al distinguirlos en la
-estancia.—Ustedes han visto y oído todo esto... ¿no es verdad?... Pues
-bien—continúa después de obtener sus respuestas afirmativas,—<i>así y
-todo</i>, no vacilo siquiera en mis propósitos... Señor cura, no hay
-tiempo que perder, y yo estoy pronto á cumplir lo prometido. ¡Que Dios
-me lo tome en descargo de mis culpas!</p>
-
-<p>Prepárase el sacerdote; hácese salir de la estancia á los cerriles
-muchachos; requiérese en debida forma á Solita; asómbrase ésta al
-conocer los nuevos propósitos del moribundo; acúsase de la ligereza
-con que ha procedido con él<span class="pagenum" id="Page_394">[p.
-394]</span> escudándose con la pasada resistencia, y disimulando mal el
-gozo que le causa la noticia, colócase, por mandato del sacerdote, á
-la cabecera de la cama... Y allí Gedeón <i>in artículo mortis</i>, y con la
-bendición de Dios, la recibe por esposa y reconoce <i>á todo trance</i>, por
-hijos suyos, á los nietos del zapatero Judas, con encargo expreso de
-que su madre los eduque un poco mejor de lo que están.</p>
-
-<p>—Ahora usted, señor notario—dice á éste, terminada la otra
-ceremonia,—y pronto, porque esta luz se apaga.</p>
-
-<p>En efecto: sus ansias crecen por instantes, y el Doctor halla en el
-pulso del enfermo síntomas de mal agüero.</p>
-
-<p>Quédanse solos el notario y Gedeón; y testa éste en muy pocas
-cláusulas, legando á Regla, por una de ellas, y como en pago de
-antiguos y buenos servicios, mucho más de lo que la ambiciosa sirviente
-pudo prometerse nunca; á menos que alguna vez no le pasara por las
-mientes alzarse con el santo y la limosna, punto que, á mi entender,
-jamás se pondrá en claro.</p>
-
-<p>Por otra, separa del cuerpo de bienes una suma de importancia para
-premiar el mejor libro que se escriba en el plazo de dos años, á
-contar desde aquel día, sobre las <i>Miserias de la vida del solterón</i>,
-siendo los jueces del certamen<span class="pagenum" id="Page_395">[p.
-395]</span> que se abra al efecto, el Doctor y el señor cura allí
-presentes, y en caso de empate, el célibe más viejo que haya en la
-población.</p>
-
-<p>También es su voluntad que se doble la recompensa si la obra llega á
-ser declarada de texto en las escuelas de la nación.</p>
-
-<p>El resto de sus bienes, deducidas algunas mandas piadosas, queda en
-beneficio de su viuda.</p>
-
-<p>Mientras se lee el testamento y le firman los testigos, Solita
-frunce en vano la afilada jeta, y en vano tira de sus párpados para
-arrancar de la fuente de sus ojos una lágrima siquiera: pesan más en
-su fantasía los risueños cuadros de lo porvenir, que se forja, y en su
-memoria el recuerdo de tantos años de esclavitud y de aislamiento, que
-en su corazón la pena que le causa la agonía de su antiguo amante.</p>
-
-<p>Regla, entre tanto, impasible y con el ceño ligeramente fruncido,
-parece la estatua de Némesis inexorable. Sólo le falta la espada en su
-diestra, y para bien de Solita, vale más que le falte.</p>
-
-<p>Los dos gaznápiros, metiéndose los dedos en las narices, atisban la
-escena desde la puerta del gabinete.</p>
-
-<p>Terminada la ceremonia, el enfermo ruega al Doctor que se acerque
-á él. Su rostro tiene la palidez del lirio, su vista una fijeza
-imponente.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_396">[p. 396]</span></p>
-
-<p>—Me muero, Doctor—le dice con voz lenta y apagada.—La poca vida que
-tenía la he gastado en el cumplimiento de estos últimos deberes...</p>
-
-<p>El Doctor le pulsa, le observa, y llama con una seña al sacerdote
-para que se aproxime. El médico del cuerpo no tiene nada que hacer allí
-ya.</p>
-
-<p>El del alma le administra el último Sacramento, y de nuevo le
-bendice y le consuela.</p>
-
-<p>—Acercaos todos—dice luégo el moribundo,—ya que Dios ha permitido
-que yo no muera solo y desesperado, y recoged mi último pensamiento...
-fruto sazonado de mis desengaños... ¡Qué patentes los ven ahora
-mis ojos... á la luz de la Verdad... que alumbra el tránsito de mi
-espíritu!... Pasé lo mejor de la existencia huyendo de los soñados
-males del matrimonio... y muero abrumado... por cuantas pesadumbres
-caben... en la peor de las familias... sin haber gustado una sola de
-las ventajas... de la vida conyugal... ¡Castigo justo de mi egoísmo
-grosero!... Locura es digna de la soberbia humana... buscar un camino
-sin cruz... en el Calvario de la vida... Elegir la de Cristo...
-para que pese menos... es lo cuerdo y lo acertado... Yo tomé la de
-Barrabás... y quebrantóme su peso... No está la dicha en eludir la ley,
-sino en el bien que reporta el<span class="pagenum" id="Page_397">[p.
-397]</span> trabajo... de cumplir con sus preceptos... Por huir de
-ellos, me alejé de Dios y de los hombres... y merecí, como otros muchos
-insensatos, hundirme en las sombras de la muerte... como el ave triste
-de los páramos... entre el frío de la soledad... y sin huellas de mi
-paso por el mundo.</p>
-
-<p>Por la bondad de Dios... le hallé á usted en mi camino, Doctor...
-Á usted debo la dicha de espirar... reconciliado con los hombres...
-fortalecido con la fe, y alentado por la esperanza... ¡Cuántos
-desgraciados le deberán... el mismo beneficio!... ¡Admirable
-destino!... Consolar al triste... redimir al esclavo... Para usted...
-toda la gratitud... de mi corazón... Mi alma inmortal... ¡Dios mío!...
-tuya es... y te la entrego... si no limpia... de culpa, lavada... en el
-arrepentimiento... ¡Ampárela... tu infinita... misericordia!...</p>
-
-<p>Dice, besa un Crucifijo, y espira.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-008.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_10">
- <p><span class="pagenum" id="Page_399">[p. 399]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-235.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h3 title="X. CABOS SUELTOS">X</h3>
- <p class="subh3">CABOS SUELTOS</p>
-</div>
-
-<div class="drop-cap">
- <img src="images/drop-e.jpg" alt="E" />
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Este</span> libro debiera
-concluir en la última palabra del capítulo anterior; pero hay lectores
-nimios que quieren apurar la materia hasta las heces.</p>
-
-<p>Por complacerlos añado estos renglones.</p>
-
-<p>Para que todos los cálculos que Gedeón hizo en vida fuesen errados,
-su muerte arrancó lágrimas á cuantas personas la presenciaron...
-excepto á Regla, á Solita y á sus hijos; es decir, á todos menos á los
-que tenían <i>obligación</i> de llorar en aquel trance.</p>
-
-<p>No deben despreciar este dato los ingenios que aspiren á merecer el
-premio legado por Gedeón.</p>
-
-<p>Al exhalar éste el último aliento, oyóse un quejido angustioso hacia
-el rincón en que yacía el ratonero. La honrada bestezuela acababa
-de morir también; y á juzgar por la actitud<span class="pagenum"
-id="Page_400">[p. 400]</span> airada en que quedó su cadáver, creeríase
-que la visión de Merto, esgrimiendo la verdasca, le atormentó en los
-últimos instantes de su vida.</p>
-
-<p>Tan pronto como el sacerdote cubrió con la sábana la faz del que
-entre los vivos se llamó Gedeón, Regla, que había estado contemplando
-su agonía con rostro impasible y los brazos cruzados, salió del
-gabinete y se puso á hacer su equipaje.</p>
-
-<p>Concluída su tarea, entregó al Doctor, como testamentario, las
-llaves de que por tantos años había sido depositaría; y sin querer
-dar explicaciones acerca de su conducta, despidióse de aquél y del
-sacerdote, sacó el baúl á la escalera, y llamó á la señora Rita para
-que se le condujera á donde ella le diría.</p>
-
-<p>—¡Qué le parece á usted, señora Regla!—díjole la incorregible
-portera.—No le faltaba del todo la razón al desalmado tío Judas, cuando
-nos decía que había quién que mandaba en esta casa más que nosotros y
-que el amo. ¡Vivir para ver, señora Regla!... Y todo bien mirado, buen
-provecho les haga; que á tanto precio, sale muy caro el señorío... La
-mujer honrada, la pierna quebrada; y zapatero, á tus zapatos...</p>
-
-<p>Y así charlando la señora Rita, y callada como un muerto Regla,
-llegaron al portal en que, por respeto al triste acontecimiento,
-se<span class="pagenum" id="Page_401">[p. 401]</span> paseaba el tío
-Simón con la ropa de los domingos.</p>
-
-<p>—Quédese usted con Dios, tío Simón,—díjóle Regla al pasar por
-delante de él.</p>
-
-<p>—Vaya usted muy enhorabuena, señora Regla—respondió el zapatero, sin
-preguntarla siquiera si se marchaba para no volver.</p>
-
-<p>—¿Usted tan satisfecho siempre?</p>
-
-<p>—Siempre cumpliendo con mi deber, señora Regla.</p>
-
-<p>—Bueno es eso; pero sírvale de gobierno que en ocasiones no alcanza,
-y hasta perjudica.</p>
-
-<p>—Vivir para ver, como dice Rita.</p>
-
-<p>—Pues por lo que he vivido y llevo visto lo digo yo, tío Simón.</p>
-
-<p>Al poner Regla los pies en la calle, un cuerpo pesado y negruzco
-cayó, como llovido, delante de ella, envuelto en un retal de manta
-sucia. Era el cadáver de Adonis, arrojado por Solita.</p>
-
-<p>Detúvose Regla un instante, sorprendida por el suceso; y como si
-conociera la mano inclemente que tal había hecho, no pudo menos de
-murmurar entre dientes, contemplando los restos del ratonero:</p>
-
-<p>—Entre algodón cardado te metieron los propios por la puerta,
-y ahora te arrojan los extraños en cueros por la ventana... No te
-duela el mal pago, que no es mucho mejor el<span class="pagenum"
-id="Page_402">[p. 402]</span> que á mí me dan, siendo mayores mis
-servicios.</p>
-
-<p>Solita no volvió á dejar la casa, de que ya era dueña; y tan pronto
-como salió de ella el cadáver de Gedeón, echóse con avidez á registrar
-alacenas y cajones, en tanto sus hijos, atracados ya de cuanto
-rapiñaron en los estantes de la despensa, metían la cabeza en los
-armarios, hojeaban los libros que tenían láminas, y olían y manoseaban
-todos los cachivaches de la casa.</p>
-
-<p>El resto se adivina.</p>
-
-<p>De Anás y Caifás, tengo pocas noticias.</p>
-
-<p>Sé que el primero, después de estar medio desplumado por la familia
-de la carabinera, se casó con ésta tan pronto como falleció el sargento
-licenciado, y que, poco más allá, desplumado por entero, no hallaba en
-casa quien quisiera darle de comer.</p>
-
-<p>Sé que Caifás tuvo que publicar su casamiento para ver si conseguía
-domar á su mujer, quitando el motivo á sus amenazas; sé que no logró su
-objeto, pues los <i>parientes</i> que, oculto el casamiento, se limitaban
-á sentarse á la mesa uno á uno, después de publicado acudían por
-docenas á casa de Caifás para comerle el pan y hacerle la tertulia
-por la noche; y aun me consta que, por complacer en ello á su mujer,
-muchas veces alumbraba hasta la puerta de la calle á los que entraban y
-salían.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_403">[p. 403]</span></p>
-
-<p>Sé, por último, que llegadas las cosas á estos extremos, Anás y
-Caifás volvieron á encontrarse tope á tope en una acera; y que, sobre
-si pasas tú por la derecha ó paso yo, se dieron otra mano de leña como
-la de marras, hasta que los separó la gente y los rechiflaron los
-granujas.</p>
-
-<p>Y no sé más, lector. Por tanto, aquí lo dejo si me das licencia;
-pues en Dios y en mi ánima te juro que, al llegar á este punto con
-la historia, me duele ya la mano, de escribirla de corrido y sin
-vacantes.</p>
-
-<p class="small mt2"><span class="smcap">Polanco</span>, Septiembre de
-1877.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-080.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-<div class="chapter pt3" id="ToC">
- <p><span class="pagenum" id="Page_405">[p. 405]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-055.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">ÍNDICE</h2>
-</div>
-
-<table summary="Índice de contenidos">
- <tr>
- <td colspan="2">&nbsp;</td>
- <td class="tdr">Páginas.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="2" class="tdl"><a href="#Ch_0">Al Sr. D. M. Menéndez y Pelayo</a>.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_0">5</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="3" class="tdc pt1">JORNADA PRIMERA</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl pt05"><a href="#Ch_1_1">I.</a></td>
- <td class="tdl pt05">—El hombre.</td>
- <td class="tdr pt05"><a href="#Ch_1_1">11</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_1_2">II.</a></td>
- <td class="tdl">—El caso.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_1_2">17</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_1_3">III.</a></td>
- <td class="tdl">—Los jueces.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_1_3">25</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_1_4">IV.</a></td>
- <td class="tdl">—El juicio.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_1_4">33</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="3" class="tdc pt1">JORNADA SEGUNDA</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl pt05"><a href="#Ch_2_1">I.</a></td>
- <td class="tdl pt05">—El primer paso.</td>
- <td class="tdr pt05"><a href="#Ch_2_1">55</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_2">II.</a></td>
- <td class="tdl">—La primera catástrofe.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_2">63</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_3">III.</a></td>
- <td class="tdl">—Una hombrada.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_3">75</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_4">IV.</a></td>
- <td class="tdl">—El demonio consejero.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_4">81</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_5">V.</a></td>
- <td class="tdl">—No es casa de huéspedes.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_5">87</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_6">VI.</a></td>
- <td class="tdl">—Entre Venus y Marte.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_6">95</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_7">VII.</a></td>
- <td class="tdl">—Varias catástrofes.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_7">103</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_8">VIII.</a></td>
- <td class="tdl">—De mal en peor.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_8">113</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_9">IX.</a></td>
- <td class="tdl">—Por las nubes.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_9">121</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_10">X.</a></td>
- <td class="tdl">—Lo que no había previsto Gedeón.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_10">127</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_11">XI.</a></td>
- <td class="tdl">—Lo que le duele á Gedeón, y por qué le duele.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_11">133</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_12">XII.</a></td>
- <td class="tdl">—Opinión de un médico sobre un fisiólogo y otras miserias.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_12">143</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_13">XIII.</a></td>
- <td class="tdl">—Otro cambio de postura.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_13">161</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_14">XIV.</a></td>
- <td class="tdl">—Las pulgas de Gedeón.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_14">171</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_15">XV.</a></td>
- <td class="tdl">—El diablo, el fuego y la estopa.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_15">183</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_16">XVI.</a></td>
- <td class="tdl">—Un intruso.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_16">189</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_17">XVII.</a></td>
- <td class="tdl">—Los sobrinos del demonio.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_17">195</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><span class="pagenum" id="Page_406">[p. 406]</span><a href="#Ch_2_18">XVIII.</a></td>
- <td class="tdl">—La gran batalla.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_18">203</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_19">XIX.</a></td>
- <td class="tdl">—Post núbila Phœbus.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_19">213</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_20">XX.</a></td>
- <td class="tdl">—Un incidente.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_20">219</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_21">XXI.</a></td>
- <td class="tdl">—De escalera abajo.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_21">235</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_22">XXII.</a></td>
- <td class="tdl">—Otro incidente más grave.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_22">245</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_23">XXIII.</a></td>
- <td class="tdl">—El tercer incidente.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_23">253</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_24">XXIV.</a></td>
- <td class="tdl">—Lo que era de esperar.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_24">261</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_2_25">XXV.</a></td>
- <td class="tdl">—El alma de Judas.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2_25">269</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="3" class="tdc pt1">ÚLTIMA JORNADA</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl pt05"><a href="#Ch_3_1">I.</a></td>
- <td class="tdl pt05">—Saldo de cuentas atrasadas.</td>
- <td class="tdr pt05"><a href="#Ch_3_1">283</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_3_2">II.</a></td>
- <td class="tdl">—Continuación del anterior.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_3_2">297</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_3_3">III.</a></td>
- <td class="tdl">—Los vecinos de Gedeón.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_3_3">311</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_3_4">IV.</a></td>
- <td class="tdl">—Castillos en el aire.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_3_4">319</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_3_5">V.</a></td>
- <td class="tdl">—La poesía de un solterón.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_3_5">329</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_3_6">VI.</a></td>
- <td class="tdl">—La tienda de la esquina.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_3_6">341</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_3_7">VII.</a></td>
- <td class="tdl">—La vanguardia de la muerte.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_3_7">353</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_3_8">VIII.</a></td>
- <td class="tdl">—Los parientes de Gedeón.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_3_8">373</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_3_9">IX.</a></td>
- <td class="tdl">—In artículo mortis.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_3_9">387</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_3_10">X.</a></td>
- <td class="tdl">—Cabos sueltos.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_3_10">399</a></td>
- </tr>
-</table>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-406.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3">
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
-
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su
- detección se ha tenido en cuenta una edición posterior de esta obra.</li>
-
- <li>Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la
- utilizada actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han
- normalizado a la grafía de mayor frecuencia.</li>
-
- <li>Se ha respetado la falta de emparejamiento de los signos de
- admiración e interrogación, por ser un rasgo de estilo del autor.</li>
-
- <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li>
-
- <li>Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos
- que, en el original impreso, carecen de ellas.</li>
-
- <li>El transcriptor ha creado la imagen de la cubierta y la sitúa
- en el dominio público.</li>
- </ul>
-</div>
-</div>
-
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's El buey suelto.., by José María de Pereda
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL BUEY SUELTO.. ***
-
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-1.E.9.
-
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-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
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-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
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-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
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-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
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Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/drop-e.jpg b/old/54228-h/images/drop-e.jpg
deleted file mode 100644
index 321cd8d..0000000
--- a/old/54228-h/images/drop-e.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/drop-g.jpg b/old/54228-h/images/drop-g.jpg
deleted file mode 100644
index 15de0a5..0000000
--- a/old/54228-h/images/drop-g.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/drop-l.jpg b/old/54228-h/images/drop-l.jpg
deleted file mode 100644
index 496f668..0000000
--- a/old/54228-h/images/drop-l.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/drop-m.jpg b/old/54228-h/images/drop-m.jpg
deleted file mode 100644
index a9af768..0000000
--- a/old/54228-h/images/drop-m.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/drop-n.jpg b/old/54228-h/images/drop-n.jpg
deleted file mode 100644
index 8c8c019..0000000
--- a/old/54228-h/images/drop-n.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/drop-p.jpg b/old/54228-h/images/drop-p.jpg
deleted file mode 100644
index 7a1bcdb..0000000
--- a/old/54228-h/images/drop-p.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/drop-q.jpg b/old/54228-h/images/drop-q.jpg
deleted file mode 100644
index 17a3ccd..0000000
--- a/old/54228-h/images/drop-q.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/drop-r.jpg b/old/54228-h/images/drop-r.jpg
deleted file mode 100644
index b150df0..0000000
--- a/old/54228-h/images/drop-r.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/drop-s.jpg b/old/54228-h/images/drop-s.jpg
deleted file mode 100644
index 2cbc4a2..0000000
--- a/old/54228-h/images/drop-s.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/drop-t.jpg b/old/54228-h/images/drop-t.jpg
deleted file mode 100644
index 525af69..0000000
--- a/old/54228-h/images/drop-t.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/drop-y.jpg b/old/54228-h/images/drop-y.jpg
deleted file mode 100644
index 57893b2..0000000
--- a/old/54228-h/images/drop-y.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/fin_lm.jpg b/old/54228-h/images/fin_lm.jpg
deleted file mode 100644
index 8fe6cf8..0000000
--- a/old/54228-h/images/fin_lm.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-005.jpg b/old/54228-h/images/illus-005.jpg
deleted file mode 100644
index 1815a68..0000000
--- a/old/54228-h/images/illus-005.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-008.jpg b/old/54228-h/images/illus-008.jpg
deleted file mode 100644
index 0ed9bf8..0000000
--- a/old/54228-h/images/illus-008.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-016.jpg b/old/54228-h/images/illus-016.jpg
deleted file mode 100644
index d42ab4d..0000000
--- a/old/54228-h/images/illus-016.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-017.jpg b/old/54228-h/images/illus-017.jpg
deleted file mode 100644
index 10e2c7e..0000000
--- a/old/54228-h/images/illus-017.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-025.jpg b/old/54228-h/images/illus-025.jpg
deleted file mode 100644
index f58df4c..0000000
--- a/old/54228-h/images/illus-025.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-031.jpg b/old/54228-h/images/illus-031.jpg
deleted file mode 100644
index 8e35121..0000000
--- a/old/54228-h/images/illus-031.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-051.jpg b/old/54228-h/images/illus-051.jpg
deleted file mode 100644
index 424b778..0000000
--- a/old/54228-h/images/illus-051.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-055.jpg b/old/54228-h/images/illus-055.jpg
deleted file mode 100644
index fb82d8e..0000000
--- a/old/54228-h/images/illus-055.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-062.jpg b/old/54228-h/images/illus-062.jpg
deleted file mode 100644
index 50ba429..0000000
--- a/old/54228-h/images/illus-062.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-063.jpg b/old/54228-h/images/illus-063.jpg
deleted file mode 100644
index 0b4488a..0000000
--- a/old/54228-h/images/illus-063.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-074.jpg b/old/54228-h/images/illus-074.jpg
deleted file mode 100644
index 1279f04..0000000
--- a/old/54228-h/images/illus-074.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-075.jpg b/old/54228-h/images/illus-075.jpg
deleted file mode 100644
index 1c5af98..0000000
--- a/old/54228-h/images/illus-075.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-080.jpg b/old/54228-h/images/illus-080.jpg
deleted file mode 100644
index d1fdcdf..0000000
--- a/old/54228-h/images/illus-080.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-111.jpg b/old/54228-h/images/illus-111.jpg
deleted file mode 100644
index a9b6108..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-132.jpg b/old/54228-h/images/illus-132.jpg
deleted file mode 100644
index 660f19a..0000000
--- a/old/54228-h/images/illus-132.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-193.jpg b/old/54228-h/images/illus-193.jpg
deleted file mode 100644
index c0e0b48..0000000
--- a/old/54228-h/images/illus-193.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-203.jpg b/old/54228-h/images/illus-203.jpg
deleted file mode 100644
index a754a66..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-235.jpg b/old/54228-h/images/illus-235.jpg
deleted file mode 100644
index 9f87de0..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-268.jpg b/old/54228-h/images/illus-268.jpg
deleted file mode 100644
index 7cdcc0c..0000000
--- a/old/54228-h/images/illus-268.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-296.jpg b/old/54228-h/images/illus-296.jpg
deleted file mode 100644
index 730330c..0000000
--- a/old/54228-h/images/illus-296.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/54228-h/images/illus-406.jpg b/old/54228-h/images/illus-406.jpg
deleted file mode 100644
index b585911..0000000
--- a/old/54228-h/images/illus-406.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ