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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - - -Title: El doncel de don Enrique el doliente, Tomo IV (de 4) - Historia caballeresca del siglo quince - - -Author: Mariano José de Larra - - - -Release Date: November 26, 2016 [eBook #53590] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - - -***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL -DOLIENTE, TOMO IV (DE 4)*** - - -E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online -Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images -generously made available by Internet Archive (https://archive.org) - - - -Note: Images of the original pages are available through - Internet Archive. See - https://archive.org/details/eldonceldedonenr04larr - - - Project Gutenberg has the other three volumes of this work. - Volume I: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53587 - Volume II: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53588 - Volume III: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53589 - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las - versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. - - - - - -EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE: - -HISTORIA CABALLERESCA -DEL SIGLO QUINCE - -por - -D. MARIANO JOSÉ DE LARRA. - -SEGUNDA EDICION. - -TOMO IV. - - - - - - - -Madrid: -IMPRENTA DE I. SANCHA, -1838. - - - - -EL DONCEL DE _Don Enrique el Doliente_. - - - - -CAPITULO XXXII. - - En Castilla está un castillo - que se llama Rocafrida; - tanto relumbra de noche - como el sol al medio dia. - - _Rom. de Montesinos._ - - -Existe á cinco leguas de Jaen una poblacion pequeña ahora, y pequeña -en los tiempos á que se refiere nuestra narracion, que tiene por -nombre Arjonilla, ora por haber sido fundacion de algunos habitantes -salidos de Arjona; ora por su inmediacion á esta ó por las relaciones -que con ella pudo tener en lo antiguo. Pertenecia esta villa al -maestrazgo de Calatrava, y era una de las primeras que se habian -declarado por don Enrique de Villena, á causa de la influencia que le -daban á este en aquel punto varias posesiones que en su territorio -tenia. En el siglo XV presentaba el aspecto, que aun en el dia suelen -presentar muchos pueblos de nuestra patria. Algunas casas que, mas -que viviendas de hombres, parecian cuevas de animales, esparcidas -aqui y alli, formaban irregulares callejones. No era sin embargo -tan pequeña su importancia, que tuviesen que acudir sus habitantes -á algun pueblo vecino de mayor cuantía para cumplir con sus deberes -espirituales. Poseía una iglesia parroquial, no muy grande en verdad, -pero que no dejaba por eso de bastar para su reducido vecindario; y -que se hallaba bajo la proteccion y advocacion de Santa Catalina. -En el dia será todo lo mas si puede traslucirse su antigua grandeza -en los restos míseros que la constituyen en la humilde gerarquía de -ermita, pero en el reinado de Enrique III, nos dice Jimena en sus -anales eclesiásticos de Jaen, no solo era la iglesia parroquial, sino -que era una obra moderna que no tenia mas fecha que los años que -hacia que habia sido reconquistado aquel pais á los moros. - -A cosa de un cuarto de legua del pueblo rivalizaba en grandeza con la -iglesia parroquial un castillo sombrío y viejo, que si no era de los -mas fuertes y afamados de Castilla, no dejaba por eso de ser sólido, -y una de las posiciones militares mas ventajosas de la comarca. -Edificado como todos los de aquel tiempo en una eminencia, mejor -diremos en la punta de una peña, podia servir de reducto á un tercio -militar en retirada, ó de baluarte á un destacamento avanzado de un -ejército invasor. Tenia su doble muralla almenada, torres, foso, -contrafoso, puente levadizo, en una palabra, cuanto hacia necesario -en semejantes edificios la táctica militar de ataque y defensa de -aquella época belicosa, y de perpetuo temor y desconfianza. Crecia -la yerba tranquilamente en derredor de las almenas, prueba evidente -de que hacia mucho tiempo que no oponian obstáculos los artes de -la guerra á su abundante vegetacion. Un largo litigio que sobre -la pertenencia del tal castillo habia sostenido contra la corona -de Castilla la orden de Calatrava habia sido ocasion de hallarse -inhabitado algunos años, y se habian adherido á él, como en aquellos -tiempos de ignorancia solia frecuentemente suceder, mil vagas -tradiciones, mil supersticiones fabulosas que habian consolidado -algunos malhechores, cobijándose en él secretamente y haciéndole -cuartel general y centro de sus operaciones. Era fama por el pais que -en tiempos anteriores un moro, mago, si jamas los hubo, habia sido -fundador del castillo, cuya construccion se perdia en los tiempos -remotos de la conquista y reconquista; opinion á que no daba poco -realce el color negruzco de la piedra, y el aspecto todo venerable -y misterioso de sus antiquísimas murallas. El mago habia construido -el castillo, segun la mas recibida opinion, para satisfaccion de -odios y rencores propios suyos: en él habia atormentado durante su -vida á muchas hermosas doncellas que no habian querido rendirse á -sus brutales deseos, pues todas las tradiciones convenian en que -este habia sido el flaco del moro encantador y descomunal. Añadíase -á esto que no le habia faltado razon para ello, pues se referia -de él la siguiente historia. El moro habia amado en sus lucidos -abriles á una mora llamada Zelindaja, hija de un reyezuelo de -Andalucía; la cual habia correspondido primero á su pasion, pero -le habia dejado despues sin verdadero motivo por otro y otros -moros succesivamente con la natural facilidad y ligereza de su sexo -leal y encantador. El moro, que debia de haber sido hombre de suyo -sentado y poco aficionado á mudanzas, habia tomado la cosa muy á -mal y el desaire muy á pechos, y en vez de volver los ojos á otra -Zelindaja mejor que la primera, lo cual hubiera sido determinacion -de hombre prudente, habia jurado vengarse castigando en el sexo todo -la culpa de uno de sus individuos. Hé aqui la causa de su odio á -las mugeres: para lograr sus fines habíase dado á la mágia y á la -confeccion de bebidas y filtros amorosos. Con ellos enquillotrava á -las doncellas, las cuales, al punto que apuraban á poder de engaños -la pócima, asi quedaban del moro enamoradas como si en el mundo no -hubiera habido otro hombre ni moro ni cristiano. Entonces entraba la -parte de su venganza; entonces el pícaro moro hacíase de pencas y -dejábalas llorar y suplicar, suspirar y gemir por los sus encantos, -con lo cual íbanse consumiendo y acabando las enquillotradas -doncellas, como bugía que se apaga. Conforme las iba el bribonazo -del encantador seduciendo, íbalas encerrando en el castillo, y era -todo su placer, cuando veía á una ya tan madura y encaprichada de él -como juzgaba necesario, hacerla testigo de los enamorados motetes y -de las apasionadas caricias que á otra fingia, usando despues con -esta y con todas las succesivas de igual odioso manejo. Mesábanse -los cabellos las infelices, y decíanle injurias y ternezas; pero -el moro habia aprendido tan bien de su Zelindaja, que hacia oidos -de mercader, y no parecia sino que habia nacido hembra y mora mas -bien que varon y moro. Todo lo mas que solia decirlas cuando las -veía presas en las redes de su pérfido amor era contestarlas como -le habia contestado á él Zelindaja:—Mi honor, les decia, no lo -consiente.—Cede, bien mio, replicaban ellas.—Imposible, reponia él -con grave remilgamiento y afectado pudor y compostura. ¡Mi honor -es lo primero!—¿Y los juramentos, ingrato, y las promesas, falso? -solian responderle.—¿Yo juré nunca, prometí yo acaso? añadia el moro -haciendo el olvidadizo.—¿Y los placeres que gozamos?—¡Insolente, qué -osadía! ¿cuándo, en dónde?—Ved que mi muerte, moro mio, será obra -de tu rigor, acababan ellas.—Podeis hacer lo que gusteis, concluia -entonces el redomado moro cogiendo un abanico, é imitando con él y -con el desvio de sus ojos el antiguo sistema de su pérfida Zelindaja. -Con lo cual tenia á las perdidas doncellas en un infierno perpetuo, -muy parecido al que pasan voluntariamente en esta vida los incautos -que dan en creerse de palabras y juramentos, de prendas, en fin, y de -ternezas de moras pérfidas y veleidosas. - -No habia parado aqui el rencor del bribon del encantador. -Efectivamente, incompleta hubiera sido su venganza si no hubiese -caido en sus lazos la misma Zelindaja. Tuvo modo el mágico de engañar -á una de sus doncellas, la cual le hizo beber, no se sabe á punto -fijo con qué sutil arbitrio, una buena pieza del filtro ponzoñoso: no -bien se le hubo echado á pechos Zelindaja, cuando sintió renovarse -en sus venas el fuego antiguo en que habia ardido por el moro: -desde entonces no perdonó medio alguno de anudar de nuevo sus rotas -relaciones. Hízolo tambien el vengativo, que la obligó á que se -decidiese á venir á hacer vida comun con él á su castillo, donde -decia los esperaban delicias sin fin, y una vida entera de amor y -fidelidad. Cayó en el lazo la incauta cuanto enamorada Zelindaja; -pero no bien hubo pasado el rastrillo de la encantada fortaleza, -cuando llamándose andana el astuto moro, dió dos zapateadas en el -aire, como potro que sale, roto el freno, á gozar al campo de la -conquistada libertad, sacudió el amor y comenzó á dar tal cual -leccion de sufrimiento á la desvanecida hermosa, quien aprendió -entonces lo que habrian sufrido sus amantes. Lloraba ella y gemía, y -volvia siempre al moro, pero decíala él:—¡Ay! mora mia, es tarde.—¡Ay -moro! le decia Zelindaja.—Es tarde, ¡ay! es tarde, contestaba el -moro, afectando dolor y sentimiento. Tal era la esplicacion que se -daba á un gran rótulo, labrada en la misma piedra sobre la puerta -principal del interior del castillo, que decia efectivamente en -letras gordas arábigas, y en árabe dialecto: _es tarde_. - -No habia querido el moro que Zelindaja muriese como las demas á poder -de sus desprecios: habia decidido por el contrario que Zelindaja -viviese mas que todas, y que á su muerte, la cual el no podia evitar -que sucediese algun dia, quedase á lo menos su sombra recorriendo -perpetuamente los cláustros y galerías del castillo, pidiendo á las -piedras la fidelidad que tanta falta le habia hecho en vida, y á los -ecos su esposo, como llamaba en su delirio al rencoroso moro. - -De aqui la tradicion misteriosa de que se oía en el castillo, sobre -todo en las crudas noches del invierno, ó en épocas de tormentas, una -voz de muger que pedia á los elementos todos su esposo; y no faltaba -quien añadia haber visto con sus propios ojos, que habian de comer -la tierra por mas señas, una sombra blanca, recorriendo, toda pálida -y desmelenada, con una antorcha en la mano, las altas bóvedas, como -quien busca efectivamente alguna cosa que no encuentra. - -Escusado es, pues, decir que no tendria el castillo muchos -aficionados, porque era comun opinion que el que llegaba á poner el -pie en él, hallándose enamorado, ya nunca habia de oir mas consuelo -ni esperanza amorosa que aquel fatal _es tarde_, que á la fundacion y -suerte del castillo presidia. - -Era igualmente aborrecido el moro, y maldecidos su nombre y su -memoria en la comarca, porque no habia amante desairado que no -creyese deberle aquel singular favor á la influencia que ejercia -todavia en muchas leguas á la redonda, aun despues de su muerte. No -habia padre que no creyese deberle la palidez de su hija, esposo que -no imaginase obra suya el despego de su esposa, y zagal enamorado -que no le pidiese mas de una vez, en sus secretas oraciones, la -revocacion de la terrible suerte que habia dejado en herencia al pais -en que habia vivido. - -Nosotros, sin embargo, habremos de abogar por el moro, en primer -lugar porque no creemos que tenga en el dia influencia alguna el -tal mago sobre nuestras mugeres, y sin embargo ni dejan de estar -pálidas las incautas jovencillas, ni dejan de dar su amor á todos los -diablos los enamorados zagales, ni se ha acabado el despego entre los -esposos, ni deja de suceder con las Zelindajas, de que se compone -el bello sexo, lo que con los hilos de las sábanas de angeo de la -venta de Puerto Lapice; de los cuales decia Cide Hamete, que si se -quisieran contar no se perderia uno solo de la cuenta. - -Si no tenia efectivamente otro delito el moro que engañar á sus -amantes, enamorar primero para despreciar despues, y variar de amor -como de camisa, mal haya si encontramos porque reconvenirle, en -unos tiempos, sobre todo, en que cualquiera muger no necesita ser -muy mora, ni muy hechicera por cierto, para hacer otro tanto cada -y cuando le ocurre, que suele ocurrirles siempre. Somos demasiado -defensores y amigos del bello sexo para hacer por ello inculpacion -alguna al inocente moro. - -Enfrente del castillo, pero á mas que respetable distancia, se veía -el tercer edificio notable, la tercera maravilla de Arjonilla. Era -esta una casa no muy grande, comparada con las mas pequeñas de las -que adornan en el dia la capital de todas las Españas posibles, pero -verdaderamente régia, puesta en parangon con la mas espaciosa de -Arjonilla. - -Una anchísima puerta, cuyo dintel presentaba al espectador la -huella antigua y honda de la rueda, y un espacioso corral, mitad -con cobertizo, mitad con el cielo por techo, hubieran indicado al -caminante muy suficientemente que aquella era la posada, ó parador, ó -venta, ó como se quiera, de la importante villa por donde transitaba, -aun sin necesidad de reparar en un empolvado ramo que de una reja -baja salia, inclinando sus secas y marchitadas hojas sobre el camino. - -Entrábase dentro del tal ventorrillo, y siguiendo un callejon, en el -cual servia la oscuridad de encubrir la poca limpieza, se llegaba -á una cuadra, pasábase de esta á otra peor que la primera, y de -alli á la gloria, como suele comunmente decirse, es decir, á la -cocina, pieza principal de la casa. Un mal hogar, coronado de una -alta y piramidal chimenea era todo el mueblage, si se esceptúan dos -fementidas mesas, digámoslo asi, que comparáramos de buena gana en lo -largas y estrechas con el alma de un vizcaino, si nosotros hubieramos -visto alguna; estaban clavadas y arraigadas casi ya en el suelo, como -todas las cosas malas en el pais. Dos bancos, remedos asaz perfectos -en su instabilidad de las cosas de esta vida, y que en lo poco firmes -mas que bancos parecian mugeres, tenian cogida en medio á cada mesa, -y hacia cada mesa con sus dos bancos la misma figura precisamente -que haria un galgo grande entre dos galgos chicos. La superficie de -cada mesa era tan desigual, como la superficie del mar en un dia de -tormenta: se tambaleaba ademas, y cedia al menor impulso con la misma -flexibilidad que un periódico ministerial del dia. La construccion -de los bancos era un tanto cuanto picaresca y maliciosa, porque -cuando se sentaba una persona sola en una estremidad levantábase la -otra irritada de la presion como si fuera á hablar con su huésped, y -era preciso sujetar al rebelde si no queria dar consigo en tierra el -recien sentado, cualidad en que parecia cada banco una balanza. - -La llama del hogar, oscilante, y tan indecisa como un gobierno del -justo medio, alumbraba á relámpagos los barbados rostros de unos -cuantos arrieros y tragineros que secaban en la brasa sus húmedas -alpargatas, ó disponian su cena en bollas y sartenes, asaineteando su -rústica conversacion con mas votos y por vidas que palabras. - -Pero como no podia bastar el resplandor intermitente de la leña -para iluminar debidamente á los que ya en las mesas cenaban, el -inteligente dueño del establecimiento, lleno de prevision, habia -provisto á esta necesidad con un magnífico candil, cuya materia no -era facil adivinar al través del ollin y grasa que le enmascaraba, el -cual daba de sí mas aceite que luz. Pendíase unas veces de la misma -pared, asegurando su gancho en un agujero practicado sencillamente -al efecto, colgábase otras en una cuerdecita embreada de manchas de -moscas: en el segundo caso columpiábase el luminar aquel de la noche -de tal suerte que de buena gana le hubiera comparado un poeta del -siglo XVI con el aura meciéndose blandamente en las ondeantes hebras -de oro de Belisa, de Filis, ó de otra cualquiera no menos bella -inspiradora. Habia ademas en la misma cocina, y como si digéramos -ocupando el estrado y sirviendo de divan, un corpulento arcon que asi -era de paja como de cebada, y adonde acudia no pocas veces el mozo de -la posada, con detrimento notable de las ropas de los concurrentes, -á los cuales no podia favorecer gran cosa el polvillo que, al cerner -la cebada, del horadado harnero se desprendia. En dias de viento -tenia la cocina la singular ventaja de parecerse al olimpo, mansion -de los dioses, en las densas y misteriosas nubes que formaba el humo -oprimido y rechazado en el cañon de la chimenea por las corrientes de -aire que en la region atmosférica discurrian. - -Cenaban á un lado dos paisanos que parecian, si no del pueblo, por -lo menos de la tierra, y á otra parte solo, enteramente solo, un -individuo muy conocido nuestro y de nuestros lectores, á quien -parecia dedicar mil atenciones el dueño de la posada. Servíale -primeramente en persona, mientras que servia á los demas, ó no -los servia, una robusta Maritornes, que nada tenia que envidiar á -la de Cervantes sino es la pluma de su historiador y cronista. En -segundo lugar quitábasele la montera cada vez que aquel le dirigia -la palabra; lo cual hacia este siempre, preciso es decirlo todo, -con aire imperioso, y hablando como superior á inferior. En tercer -lugar reíase á la menor palabra que decia el forastero. Y en cuarto -le habia sacado de las provisiones reservadas de su hostalería unas -aceitunas algo aventajadas, y cierto vino, no precisamente puro, pero -en fin, del que tenia menos agua en su bodega. - -El forastero cenaba mas bien como un gañan que como un señor; pero, -fuera de esto, era preciso confesar que entre todos los que formaban -aquella escogida reunion no habia nadie que tuviese un esterior tan -cortesano, ni que mas se apartase del tipo primordial del hombre -de la naturaleza, al cual estaban demasiado cerca en honor de la -verdad aquellos sencillos arjonillanos. De todo el comportamiento -del huésped para con el forastero no era preciso ser un lince -para inferir que este era hombre que disponia de mas que medianas -facultades, y que aquel se prometia una lucida paga de sus esmeradas -y particulares atenciones. - -—Traedme mas vino, dijo el forastero apurando la primera vasija que á -su derecha habia puesto el posadero. - -—Como gusteis, dijo éste riéndose, y no tardó un minuto en estar -servido el huésped. No se bebe mejor, señor caballero, dijo aquel, en -toda la tierra. - -—El pan es el que es malo, dijo el viajero. - -—¡Ah! sí señor, como gusteis, muy malo repuso riéndose -obsequiosamente el hostalero. ¡Ya veis! añadió acercándosele al oido. -Esta semana no se ha cocido en casa todavia, y ha cargado tanta gente -que he tenido que recurrir á un vecino... - -—Bien: basta, dijo con tono imperante el huésped. - -—¡Eh! ¡eh! como gusteis, repuso el hostalero. - -—Parece que el tiempo está bueno, dijo de alli á un rato el que -cenaba. - -—¡Ah! ¡ah! sí, como gusteis, señor caballero, respondió con una -sonrisa agradable el amo. - -—¿Teneis mucha familia? - -—¡Eh! sí ¡eh! ¡eh! como gusteis, señor caballero; como gusteis, dijo -el flexible. - -—El hombre es categórico, dijo para sí el pregunton; no gusta por lo -visto de quimeras ni de indisponerse con nadie; y volvió á sepultarse -en su distraido cuanto importante y misterioso silencio. - -—¿Y vendrá el señor huésped por mucho tiempo? se atrevió á preguntar -el hostalero de alli á un momento, viendo que habia caido la -conversacion, y creyendo hacer un obsequio á su huésped en renovarla. - -—Como gusteis, le contestó secamente el forastero, encargándose á su -vez de que no se diese de baja en el diálogo la muletilla del ventero. - -—Yo lo creo, repuso el amo. Vuestra señoría fue de los que llegaron -ayer... prosiguió luchando entre el temor de parecer demasiado -pregunton é indiscreto, y la curiosidad natural de su oficio; de los -que... es decir, de la casa del señor maestre de Calatrava... - -—Como gusteis, respondió mas secamente aun nuestro hombre, -levantándose y soltando en la mesa con desenfado una moneda de oro. -Esta noche dormiré aqui. Me haréis disponer la cama. - -—Como gusteis, señor; pero cama, eso no habrá, porque vuesa merced... - -—¿No habrá, bellaco? ¿Cómo diablo tengo de gustar entonces...? - -—Como gusteis, señor caballero; pero es decir que vuesa merced sabe -que en estas casas... - -—En estas casas... ¡voto va! Quereis cenar, y os dicen: Se guisará -lo que traigais de vuestro repuesto. ¿Quereis dormir? Traeréis cama. -¿Qué hay, pues, posadero que Dios maldiga, en una posada? - -—Lo que gusteis, señor, lo que gusteis... no siendo cosa de comer, ni -de cama, ni cuarto, ni... - -—Ni diablos que te lleven. - -—Como gusteis, señor: ¡eh! ¡eh! repuso el hostalero sopesando en la -mano la moneda de oro. Lo mas, señor caballero, que puedo hacer por -vos si urge... - -—¿No me ha de urgir, pícaro...? Mañana por cierto no dormiré aqui; -pero en el castillo parece que estan tan provistos como si fuera una -posada. No esperaban á nadie, y hasta mañana... Vamos, hablad: ¿no -veis que escucho? ¡Voto va! - -—Como gusteis... podeis dormir en la cama de mi muger. - -—¡Por Santiago! herege... ¿es tu muger esa vieja? - -—Es decir, señor, que la cama de mi muger es la misma que la mia: -llámola asi porque la trajo ella en dote, y gusto de dar á cada uno -lo que es suyo. - -—¡Ah! de ese modo... porque de otro... - -—Como gusteis; y nosotros dormiremos como podamos. - -—Ea, pues, guiad, que he menester madrugar, y voto va que estoy -cansado. - -—Como gusteis, señor caballero. Señores, con perdon de ustedes, -añadió el hostalero echando mano del candil que alumbraba á los que -cenaban en la otra mesa, y atizándole con los dedos: bien pueden -vuesas mercedes cenar á oscuras, porque hoy no hay mas que un candil -en la casa, contando con este. - -Dicho esto, echó á andar delante del viajero con su risita y su -natural sumision, cuidándose poco de lo que quedaban diciendo las -gentes de baja ralea que hospedaba aquella noche en su casa, y á -quienes con tan poco comedimiento habia devuelto al caos y á las -tinieblas de que el Hacedor Supremo los habia sacado al criarlos. - -—¿Habeis visto, Peransurez? dijo al otro uno de los que cenaban. - -—He visto, he visto, repuso su comensal; y pluguiera al cielo que -siguiera viendo. - -—Decís bien, porque el bueno de Nuño, atraido sin duda por el color -de oro del pelo ensortijado del forastero, nos ha dejado ¡vive -Dios! como solemos quedarnos al fin de los sermones de nuestro buen -párroco, es decir, á oscuras. - -—¿Y sabeis quién sea el forastero? - -—Nadie nos lo podrá decir mejor que el mismo Nuño, si es que él ve -mas claro en ese asunto que nosotros en nuestra cena. - -Volvia á este tiempo Nuño, que asi se llamaba el hostalero: despues -de restituido el candil á su primitivo lugar, y haberse escusado lo -mejor que supo con sus huéspedes, comenzó á restregarse las manos con -aire importante y misterioso, como de hombre que sabe raros secretos. - -—Ya que habeis tenido por conveniente, señor Nuño, dijo Peransurez, -llevarnos la luz, que supongo no nos pondreis en cuenta, ¿no nos -podriais dar algunas luces, en cambio de la que nos correspondia, -acerca de ese misterioso personaje que albergais en vuestro bien -alhajado establecimiento? - -—Alhajado, ó no, señores, como gusteis; es el mejor que de esta -especie se conoce, voto á Dios, en muchas leguas á la redonda. Con -respecto al forastero, no acostumbro á revelar... - -—Vaya, señor Nuño, eche un trago de lo bueno, y siéntese y hable, que -no nos dió el Señor en su sabiduría la lengua para callar las cosas -que sabemos, dijo el mas arriscado: harto trabajo tenemos con haber -de callar por fuerza las que no sabemos. Ese será algun pícaro... - -—¡Chiton! dijo el hostalero apurando un vaso. ¡Chiton! - -—Dígolo porque en estos tiempos anda el dinero por las nubes, y no se -cogen truchas... - -—Como gusteis; ¡pero Dios me libre de que se quite en mi casa la -honra á nadie! Ademas, yo no suelo tratar de pícaro á un hombre que -se ha cenado en menos de un cuarto de hora media despensa, y que -paga... y que pagará... - -—En hora buena, señor Nuño. ¿Y qué nuevas trae de la corte el hombre -honrado que ha cenado media despensa...? - -—Que á la hora esta estará ya la corte en Otordesillas, adonde se -traslada porque nos ha nacido un príncipe... - -—¡Oiga! Tendrémos mercedes. - -—Sí, algun impuesto nuevo para sufragar á los gastos de las -funciones, dijo uno de los huéspedes. ¡Voto va! que para nosotros -pecheros... - -—Como gusteis, señores; pero mirad que mi casa... - -—Voto á la casa, señor Nuño, que hemos de hablar, y no nos habeis de -quitar la conversacion como la luz. A oscuras vemos aqui mas claro -que todos los hostaleros encandilados y por encandilar de Castilla y -Andalucía. Vaya, ¿qué mas dice el forastero? Echad otro trago, que -aun queda luz en nuestros bolsillos para aclarar mas de un punto. - -—Parece que su alteza ha decidido que en cuanto llegue á Otordesillas -se reuna el capítulo de Calatrava y elijan maestre. - -—¡Voto va! Buena estará la eleccion, cuando ha elegido ya su alteza. -¿Y á quién, señor, á quién? A un hechicero mas nigromántico que el -mismo moro del castillo. ¿Y qué se le ha perdido al señor _pelo -rojo_ en Arjonilla? - -—Mas bajo, señores, dijo el pobre hostalero, que necesitaba vivir con -todo el mundo. - -—Será de la pandilla que llegó ayer, y que esperó fuera del pueblo á -que anocheciera, sin duda por no enseñar algun punto que traerian en -las medias. - -—Como gusteis, repuso el hostalero. Lo cierto es que llegaron al -castillo, que pertenece en el dia al de Villena; que les fueron -abiertas las puertas; que el maldecido alcaide que le guardaba ha -cedido las llaves al señor _pelo rojo_ como le llamais, y que ha -venido á hospedarse aqui, dejando en el castillo á su gente. Con -respecto á ese punto que decís, hay quien asegura que han traido un -prisionero... - -—¿Un prisionero? - -—¡Chiton! - -—Vendrá á hacer compañía á la mora Zelindaja, que anda pidiendo su -esposo á las paredes del castillo desde el tiempo de Abderramen... - -—¡Ba! dijo el otro comensal: ¿vos os creeis tambien de moros -encantados? - -—¡Chiton, señores, chiton! repuso el hostalero; lo que yo sé deciros -es, que no pasaria ni una hora despues de media noche, en el -castillo. Mirad: yo habia oido contar á mi abuela muchas veces la -historia del moro mago, y de la mora Zelindaja, y del letrero árabe -del castillo; y lo que sé decir es, que nunca le dí un noven á mi -abuela porque me lo contase, ni sus padres de ella le dieron una -blanca porque lo creyese; lo cual digo para probar que nada se echaba -de ella en el bolsillo por la mayor ó menor certeza del caso. Pero -como al hombre le tienta el diablo muchas veces para que dude de las -cosas que ve, cuanto mas de las que no ve, ni ha visto ni verá, yo -me temia mis dudas, pesia á mí. Y era cierto que hacia algun tiempo -ni se oían ruidos de noche en el castillo, ni voz de mora, ni de -cristiana, ni... - -—Adelante, Nuño, adelante. - -—Como gusteis. Pero hace cosa de meses comenzó á decirse por el -pueblo que se habia oido una noche á deshora rumor de gentes que -habian entrado en el castillo, las cuales gentes no se han visto -salir; quién sabe si serian gentes de estas que se usan: ello es que -nadie los vió: desde entonces ha tornado el run run de las cadenas -y de las voces, y de los espantosos nocturnos; y lo que sé decir es, -que yo me pasaba una noche, no hace muchas, por el castillo, porque -venia de trabajar la huerta que tengo mas allá: bien sabe Dios ó el -diablo que yo me traía conmigo todas mis dudas; era tarde ya, y oí -efectivamente yo mismo una voz lamentable que decia á grandes gritos: -“Esposo, esposo mio.” Mirad, aun se me hiela la sangre en las venas: -levanté los ojos, y en una de las ventanas mas altas de la torre, de -donde parecian salir las voces, se veía una luz, pero una luz pálida -y blanquecina que andaba de una parte á otra, y de cuando en cuando -parecia ponérsele por delante una sombra, mas larga que una esperanza -que no se cumple. - -—¿Vos lo visteis? dijo Peransurez. - -—¿No lo creeis? preguntó el hostalero mas espantado de la -incredulidad de su huésped que del mismo caso que referia. - -—Mirad, contestó Peransurez, toda mi vida tuve grandes deseos de -conocer á un encantado, y nunca pude verle la cara á ninguno: desde -que fuí monacillo, y sacristan despues de la Almudena, tengo ese pio. -¿Sois hombre, compañero, para apurar esta aventura y ver de hacer -una visita á ese moro y á esa señora Zelindaja...? - -—¿Qué decís? interrumpió Nuño. Como gusteis, pero os suplico que -mireis... - -—¡Quite allá, señor hostalero! ¿Qué decís vos, comensal? - -—La verdad, seor Peransurez, contestó su compañero, que en esas -materias... bueno es mirar dos veces... - -—Vaya, ya veo yo que vos no servís para caballero andante y -aventurero. ¡Voto va! ¡que no tuviera yo aqui en Arjonilla á mi amigo -Hernando, el montero de su alteza! - -—¿Para qué, señor monacillo, y sacristan despues de la Almudena, -ahora montero y guardabosques? preguntó Nuño con aire socarron. - -—¿Para qué, voto á tal? Desde que me hicieron guarda de los montes -de esta comarca por su alteza, no he vuelto á emprender una sola -aventura de las que soliamos acometer y vencer en nuestros abriles. -Con Hernando al lado, ya me curaria yo de moros y malandrines, -de encantadas moras y cristianas. Yo entraria en el castillo; ó -quedariamos en él entrambos encantados, ó desencantariamos con la -punta de un venablo al mago, y á cuantos magos nos fuesen echando á -las barbas... - -—¿Entrar en el castillo decís, eh? preguntó sonriéndose el hostalero. - -—¿Y por qué no? - -—Mas facil seria entrar en vida en el purgatorio, señor monacillo y -sacristan, montero y guardabosques. - -—Eso no, ¡voto va! que para entrar en el castillo no he menester yo á -Hernando, ni á nadie. - -—¿Vos? preguntó de nuevo el hostalero, soltando la carcajada; aunque -supierais mas latin que todos los sacristanes juntos de Andalucía. - -—Yo: apostemos, repuso Peransurez, picado de la risa del amo y de sus -frecuentes alusiones á su sacristanía de la Almudena. - -—De buena gana, contestó Nuño. - -—Una cántara de vino y media docena de embuchados de jabalí para -todos los presentes, gritó Peransurez dando una puñada en la mesa, -que estuvo por ella largo rato á pique de zozobrar. - -Al llegar aqui la conversacion acalorada del montero Peransurez -acercáronse todos los que en el hogar estaban. - -—Señores, sean vuesas mercedes testigos, clamó Peransurez; Nuño y -yo... - -—¡Peransurez! dijo en voz baja al oido del montero exaltado un hombre -de no muy buena apariencia que habia entrado no hacia mucho en el -meson, y en quien nadie habia reparado, tanto por su silencio, como -por hallarse el amo de la venta entretenido en la referida discusion; -¡Peransurez! - -—¿Quién me interrumpe? gritó Peransurez, volviéndose precipitadamente -al forastero. - -—Oid, contestó éste apartándole una buena pieza de los circunstantes, -que quedaron chichisbeando por lo bajo acerca de la apuesta, y de la -posibilidad de llevarla á cabo, y del valor de Peransurez, y de la -interrupcion del recien venido. ¿Hablais seriamente, seor Peransurez? -dijo éste tapando todavia su rostro con su capotillo pardo. - -—¿Cómo si hablo seriamente? gritó Peransurez. - -—Mas bajo, que importa. ¿Insistís en lo que habeis dicho de aquel -montero vuestro amigo...? - -—¡Si insisto, voto va! Cuando yo he dicho una cosa... una vez... - -—¡Bueno! ¿Quereis montear con un amigo? - -—¿Pero á qué viene...? - -—Mirad... dijo el recien llegado desembozándose parte de su cara. - -—¿Qué veo? esclamó Peransurez: ¿es posible? ¿vos? - -—¡Chiton! me importa no ser conocido. - -—Dejad, pues, que cierre mi apuesta... y esperadme... - -—No: ciad en la apuesta. El buen montero ha de saber perder una pieza -mediana cuando le importa alcanzar otra mayor. Si quereis entrar en -el castillo y desencantar á esa mora, nos importa el silencio. - -—Pero, ¡y mi honor! - -—¡Voto va! por el Real de Manzanares, algun dia quedará bien puesto -el honor de vuestro pabellon. En el ínterin ved que nos ojean, y si -no nos hemos de dejar montear, bueno será que no escatimen nuestro -rastro. Os espero fuera y hablaremos largo. - -—En buena hora, repuso Peransurez. Señor Nuño, añadió volviéndose en -seguida á los circunstantes, un negocio urgente me llama. Mañana, si -os parece, cerraremos la apuesta. Dijo, y salió. - -—¿No decia yo? repuso triunfante Nuño; ¿no decia yo? ¡entrar en -el castillo! ¿entrar? Como gusteis, añadió volviéndose hácia la -puerta por donde ya habia salido Peransurez con el desconocido, como -gusteis, seor guardabosques; pero paréceme que haríais mejor en -guardar vuestra lengua para contar esos propósitos á un muñeco de -seis años, y vuestro valor para los raposos del monte. - -Una larga carcajada de la concurrencia acogió benévolamente el -chistoso destello de ingenio del triunfante posadero: en vano quiso -el comensal de Peransurez defender á su amigo citando hechos de -valor, y atrevimientos suyos de bulto y calibre. Quedó por entonces -convenido que el que quisiera beber vino y comer embuchados no debia -aguardar á que entrase Peransurez en el castillo, cosa reputada tan -imposible realmente, como entrar en vida en el purgatorio, segun la -feliz espresion del hostalero, que se repitió de boca en boca, y que -hizo reir á todos á costa del montero, que habia abandonado el campo -de la apuesta al enemigo con notable descrédito de su honor y de su -buena fama y reputacion. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XXXIII. - - Bien sabedes, vos, señora, - que soy cazador real; - caza que tengo en la mano - nunca la puedo dejar. - Tomárala por la mano - y para un verjel se van. - - _Rom. del conde Claros._ - - -—¿Vos, Hernando, en Arjonilla? dijo Peransurez en cuanto se vieron -apartados del ventorrillo todo lo que hubieron menester para no ser -de nadie entendidos. ¿Podeis esplicarme cómo habeis dejado el lado -del doncel Macías, á quien serviais no ha mucho, si mal no me acuerdo? - -—Largo es de contar, amigo Peransurez, repuso Hernando deteniéndose -en un ribazo enfrente del castillo, desde el cual se descubria todo -él perfectamente. Pero si no teneis prisa en este instante, si podeis -atender á la llamada de mi vocina, os referiré cosas que os admiren, -y vereis si tenemos monte y venado en abundancia, lo cual haré con -tanto mas gusto, cuanto que me habeis prometido ayudarme en la -montería que me trae á este bendito lugar. - -Refirió en seguida el montero Hernando, lo mejor que pudo y supo, -cuanto dejamos en nuestros tres tomos anteriores relatado, ó á lo -menos toda la parte que él sabia, que era lo muy bastante para poner -al corriente á cualquiera de los negocios del doncel. Al llegar al -punto donde dejamos nosotros á nuestros héroes al fin de nuestro -capítulo 31, prosiguió Hernando en la forma siguiente: - -—Habeis de saber, Peransurez, que desde el ojeo que dieron á mi amo -en el soto de Manzanares aquellos desalmados siervos del conde, -recelábame yo de cuanto nos rodeaba, y habíame propuesto no soltar -la oreja de mi amo, el doncel Macías. Cuando llegó, sin embargo, la -nueva del alumbramiento de nuestra señora la reina doña Catalina, -un maldecido sarao hubo de darse. Ni podia entrar yo alli, ni mi -leal Bravonel. Viendo con todo que tardaba ya el doncel en demasía, -salí á esplorar el monte, y á ojear los alrededores del alcázar. -En ese tiempo ¡voto va! debió de volver mi amo á nuestra cámara, -porque cuando yo regresé faltaba un tabardo de velarte que primero -no llevara y su espada. Volví á salir, y cansado de no hallarle, -ocurrióme que acaso fuera de la villa y debajo de las ventanas de -Elvira, que dan sobre la plataforma, podria estar el melancólico -caballero tañendo su laud, y cantando alguna balada á la señora de -sus pensamientos. Dirigí hacia allá, Peransurez, mi jauría, y al -llegar ¡voto á san Marcos! hallé rastro. Un ruido estraño me habia -llamado la atencion á alguna distancia: conforme nos acercábamos -Bravonel y yo, habiamos oido algunas voces confusas, y pasos luego de -caballos. Llegamos, y veíase abierta la reja de la cámara de Elvira. -Dos ó tres piedras enormes, y colocadas una sobre otra, parecian -indicar que acababan de servir de escala á algun atrevido caballero -para alcanzar á la reja. A poco rato de observacion parecióme que -andaba alguien en la habitacion con una luz en la mano: ocultéme -debajo de la reja lo mas arrimado que pude á la pared: el que era -se asomó efectivamente, y al resplandor de la luz que llevaba en la -mano ví relucir en el suelo dos trozos de una espada rota. ¡Esta es -la osera! dije para mí: no bien se hubo apartado el de la luz, que -no pude ver quién fuese, reconocí los trozos; era la espada de mi -señor. ¿Lo habrian muerto? No, porque estuviera alli su cuerpo, y -porque le hubiera olfateado mi leal Bravonel, y hubiera puesto en los -cielos el ahullido. ¿No es verdad, Bravonel? preguntó Hernando á su -hermoso alano, que echado á su izquierda parecia escuchar atentamente -la relacion del montero. Al oir esta pregunta, alzóse Bravonel en las -cuatro patas, lamió la mano que lo acariciaba, como si quisiese dar á -entender á su dueño que no se equivocaba en el buen juicio que acerca -de su fidelidad acababa de emitir, dió una vuelta en derredor sobre -sí mismo, y volvió á colocarse, poco mas ó menos, como estaba antes -de la estraña interpelacion. ¡Bravonel! dije entonces á mi alano, el -rastro, el rastro del doncel. - -Entendióme el animal, Peransurez; ¡admirable Bravonel! No bien le -hube dicho aquella breve exhortacion, comenzó á olfatear la tierra, -y antes de dos minutos ya se habia decidido por una senda. Quise -probar, sin embargo, la certeza de la huella, y aparenté ir por otra, -gritando siempre: “¡El doncel, el doncel!” Viéraisle entonces correr -á mí, echar por la otra, ladrar, ahullar, tirarme, en fin, de la ropa -con los dientes. ¡Ah! ¡Bravonel, Bravonel, luz de mis ojos! añadió -el montero abarcando con la mano el hocico del animal, é imprimiendo -en él un beso, mas lleno de amor y de cariño que el primero que da -un amante al tierno objeto de su pasion. ¡Bravonel! el que no ha -tenido un perro, no sabe lo que es querer, y ser querido. ¿Qué sirve -la muger? la muger equivoca siempre la senda, la muger empieza por -montear al venado de casa, y el perro no engaña nunca como lo muger. -¡Bravonel, juntos hemos vivido, y juntos moriremos! - -—¿Y seguísteis la huella? preguntó Peransurez impaciente por saber el -fin del cuento, que Hernando habia interrumpido con tanto placer por -acariciar al animal. - -—¿Cómo si la seguí? á pasos precipitados, con toda confianza ya: dos -leguas anduvimos. Alli encontramos un pueblo: tomamos lenguas: el -herrador nos dijo que acababa de pasar una partida de ginetes; que -habian hablado pocas palabras, pero que habian tenido que detenerse -á herrar un caballo desherrado; que caminaban de prisa; que debian -llevar un preso, segun las señas, y que habian pronunciado en medio -de su misterio la villa de Arjonilla. ¡Mia es la pieza! dije yo -entonces. Até cabos y dije: “El preso es el doncel, y el que lo -prende el conde de Villena.” Efectivamente, el mismo dia se habia -servido su alteza señalar el dia quinceno para el combate que debia -tener con el doncel Macías. ¿Mas claro, Peransurez? Era fuerza, sin -embargo, asegurar mis dudas. ¿Qué hacia yo hasta entonces? y luego -quise mas fiar de mi brazo y de mi venablo el logro de mi intento. -Volví á Madrid, y supe que la corte salia al otro dia; sabedor de -que don Luis Guzman era el que, por su posicion con Villena, debia -interesarse mas por mi amo, víme con él y espúsele mis dudas: -declaréle mi intento; aprobó mi idea, y yo le confié el cuidado de -llevar con su menage á Otordesillas las prendas de mi amo y mias; -entre otras la armadura mejor de Castilla, que si se perdiera, nunca -de ello me consolara; es, al fin, la que tiene mi amo destinada -por su buen temple para el aplazado combate. Armado despues de mi -ballesta y dos aguzados venablos, seguido de mi leal Bravonel, y -disfrazado lo mejor que pude, púseme la misma noche en camino. - -Ayer parece llegaron ellos. Hoy he llegado yo. Hé aqui Peransurez la -causa de mi venida. En aquel castillo, no hay duda, está el doncel. -Hé aqui la presa que habemos menester rastrear. ¿Os acordais, amigo -mio de un juglar de don Enrique de Villena que Dios maldiga, hombre -de pelo crespo y rojo...? - -—¡Ferrus! Recuerdo su nombre; pero él... - -—Ferrus, pues, está aqui, y ese es el guardian de mi amo. Le he visto -subir á un camaranchon de arriba, cuando yo entraba en la venta. Por -qué duerme en esta encrucijada y no en su osera, eso no lo alcanzo. -Lo que entiendo solo, Peransurez, es que ese es el oso que hemos de -montear. ¿Insistís en vuestro ofrecimiento, ahora que sabeis cuánto -motivo puedo tener de guardar silencio y sigilo, y cuán peligrosa sea -la empresa? - -—¿Cómo si insisto? Hernando, dijo Peransurez levantándose del suelo -en que estaban sentados, no es esta la primera montería en que hemos -andado juntos. Amo el peligro como buen montero, y osos mayores -que ese, amigo mio, me ha prestado amistosamente piel para mas de -una zamarra. Examinemos, si os parece, la posicion del castillo, -discurramos el medio mas prudente... - -—El medio, Peransurez, ¡voto va! es esperar aqui á ese perro de -juglar, á esa raposa cobarde y rapaz, y clavarle en tierra con un -venablo, como quien bohorda, mas bien que como quien caza. ¿Merece -siquiera los honores de ser comparado con una fiera noble y denodada? - -—Guardaos, amigo Hernando, de ejecutar tan descabellado propósito. -Bien veo que seguís necesitando un consejero prudente que temple el -ardor de vuestra imaginacion. Matareis á Ferrus; pero ¿y luego? - -—Luego, voto va, luego... Dirigidme, pues, en hora buena. Bravonel -y yo estaremos atentos al ruido de vuestra vocina. Soy yo mejor -en verdad para obedecer que para mandar. Pero voto á Dios que os -despacheis pronto, y nos digais cuanto antes contra quién he de -disparar el venablo, que se me escapa él solo de las manos, y estan -ya los dientes de Bravonel deseando hacer presa en el animal. - -—Ea, pues, venid: demos disimuladamente la vuelta al castillo: en -seguida volveremos á Arjonilla: vendreis á tomar un bocado conmigo, -que _el buen montero, riñon cubierto_, y mañana amanecerá Dios, y con -su dedo omnipotente nos señalará el rastro de los malvados. - -—A la buena de Dios, replicó Hernando: ¡Bravonel, Bravonel, vamos! -Guiad vos, Peransurez, que conoceis la tierra. - -Dichas estas palabras comenzaron los dos amigos su esploracion, hecha -la cual se retiraron á concertar los medios de introducirse en el -castillo por mas guardado que estuviera, y de salvar al doncel, que -presumian hallarse dentro, con no pocos visos y fundamentos de verdad. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XXXIV. - - En una torre fue puesto - con cadenas á recado. - . . . . . . . . . . . - La condesa entrára dentro - do está el conde aprisionado. - . . . . . . . . . . . - Ambos hablan en secreto, - y conciertan en celado; - que por librar tal persona - á mas que esto era obligado. - - _Rom. de Sepúlveda._ - - -Cuando Ferrus, encargado por el conde de Cangas y el astrólogo de -la prision del enamorado Macías, pensó albergarse en la hostalería -del complaciente Nuño, no fue ciertamente porque no hubiese en el -castillo albergue digno de él. - -Es fuerza remontarnos mas al origen de las cosas para esplicar de un -modo satisfactorio esta singularidad. - -Facilmente comprenderá el lector, impuesto ya en los diversos -caractéres sobre que gira nuestra narracion, que necesitando los -dos autores de esta intriga el mayor secreto, solo podian fiar tan -importante comision al que ya estaba forzosamente en él: el reparo -de la falta de valor no podia tener en este caso mucho peso, porque -habian de acompañarle otros, los cuales solo sabian que debian -prender á un hombre, sin saber quién fuese; y para mandar á estos y -aprisionar con ellos á un caballero que salia descuidado de una cita -amorosa no se necesitaba un gran fondo de arrojo y determinacion. -Por otra parte, Ferrus era hombre friamente malo y cruel: ¿quién -podia, pues, desempeñar mejor que él la inexorable comision que se -le confiaba? Lográbase ademas de este modo la ventaja de apartar de -la corte al único hombre que podria en un caso adverso comprometer -al conde, y la de tener en el castillo un ente capaz de cualquier -accion determinada si llegaba ocasion apurada en que estorbase la -existencia del preso. Combinadas estas diversas circunstancias, solo -quedaba que pensar en ligar el interes de Ferrus al feliz éxito de -la espedicion de una manera que hiciese imposible toda traicion. -El conde para esto creyó que no podria haber medios mejores que la -gratitud por una parte y la esperanza del premio por otra; asi, -decidió hacer libre á su siervo y loco favorito. Quitóle el collar -de metal que en seña de servidumbre llevaba, é hízolo de su siervo -su vasallo. Con estraordinario placer renunció Ferrus á su bonete de -sonajas de juglar, y al molesto oficio de divertir con bufonadas á -sus superiores; y sus sentimientos de fidelidad llegaron á tocar en -un acendramiento dificil de esplicar, ni menos de igualar, cuando -el conde le manifestó que le hacia libre entonces para confiarle la -alcaidía del castillo de Arjonilla; añadiéndole, que si desempeñaba -fielmente este importante cargo, no pararia en esto solo su favor. -Bien entrevió Ferrus, por consiguiente, que toda su prosperidad -futura dependia de que Villena saliese con el maestrazgo, y siendo -esto imposible si se llegaba á probar algun dia que don Enrique -habia muerto á su esposa, hizo firme propósito Ferrus de consentir -primero en que le hiciesen pedazos que en dejar la menor esperanza -de salvacion al asegurado doncel. Su muerte en último caso hubiera -sido para él una grandísima friolera puesta en balanza con su futura -grandeza. - -El lector sabe que, merced á la tenacidad de Elvira, se habia logrado -la industria del astrólogo con mas felicidad aun que lo que él podia -nunca haber esperado, si bien habia contado siempre con la ventaja -que le ofrecia el haber de bajar el doncel de la reja alta de una -manera que impedia toda defensa. Llevó á Arjonilla unas instrucciones -del conde, severas sí, pero no sanguinarias, y otras del judío -aplicables á todas las circunstancias que pudieran ocurrir, y un -tanto menos escrupulosas, porque éste se hallaba tan interesado como -Ferrus en la grandeza del conde, y sumamente ligado á sus intrigas -por el peligro que corria si llegaba á descubrirse algun dia la -horrible maquinacion en que no habia tenido él la menor parte. - -No se habia previsto, empero, una circunstancia bien temible. -El conde, que habia tenido grande interes en que su castillo de -Arjonilla estuviese de algun tiempo á aquella parte bajo la custodia -de alguno de sus mas allegados servidores por razones que él se -sabia, y que algun dia sabrán nuestros lectores, habia confiado su -alcaidía á su camarero Rui Pero, de quien no hemos vuelto á hablar -por esta causa. Este era hombre duro y fiel; por lo tanto suspicaz -é irascible. No pudo, pues, sentarle bien la orden que le intimó -Ferrus en nombre del conde, su comun señor, ni menos el imperio y -mal entendida arrogancia con que se la oía prescribir á un hombre -que acababa de salir de la nada; á un siervo cuyo collar de metal -acababa de romper su amo, y cuyas sonajas de azofar y bonete de loco -estaban todavia demasiado recientes en la memoria del noble camarero -para que le pudiese inspirar respeto ni estimacion el que venia á -ocupar su mismo destino, con desdoro de su clase y prerogativas. -Mandábale á decir el conde que siendo necesaria su asistencia á su -lado, solo tardase en ponerse en camino para Otordesillas, donde -debia encontrarle con la corte, el tiempo indispensable para hacer -entrega del castillo al nuevo alcaide, y enterarle de cuanto él se -figurase que conducia á su mejor servicio. Rui Pero, llevado de -su mal humor, no perdonó medio alguno de inspirar terror á Ferrus -acerca de la responsabilidad que sobre sí acababa de tomar; y de las -dificultades que ofrecia la conservacion del secreto en un castillo -tan inmediato á poblacion, y en que si era facil impedir la entrada -á los estraños, no lo era tanto estorbar que tuvieran los de dentro -alguna comunicacion con los de fuera: insistió bastante ademas en la -fama que de encantado tenia el castillo, y en lo que de él contaban -los habitantes, cosa que no contribuyó en nada á tranquilizar el -ánimo de Ferrus, ya de suyo naturalmente enemigo de encantos y -prodigios. Deseoso de averiguar si deberia temer ó no cuanto en el -particular Rui Pero le referia, determinó dormir una noche en la -hostalería del pueblo, asi para averiguar á punto fijo el fundamento -que podrian tener aquellas tradiciones, que cual telas de araña se -adhieren siempre á los edificios viejos, como para escudriñar si se -habia traslucido algo entre los habitantes de Arjonilla acerca de los -misteriosos secretos que encerraba á la sazon la antigua hechura del -amante de Zelindaja, y acerca del objeto de su propio viage. Esta era -la verdadera causa de aquella estravagancia. - -No bien se habia dispertado Ferrus, cuando tenia ya á la cabecera -de su cama al complaciente Nuño con la montera en la mano, y con un -_como gusteis_ siempre asomado á los labios para salir á la menor -indicacion del huésped. Entablóse entre ambos mientras que Ferrus se -vestia un diálogo, que por lo largo, é inútil á nuestro propósito, -perdonamos á nuestros lectores con el interesado objeto de que nos -perdonen ellos á nosotros cosas de mayor monta y trascendencia. Baste -decir que por él pudo Ferrus formar una exacta idea de su verdadera -posicion, y no le hubo de parecer tan mala como Rui Pero se la habia -pintado, porque decidió volver inmediatamente á su castillo, y aun -hizo propósito de darse por encargado y enterado de todo lo mas -pronto posible; pues bien se le alcanzaba que el disgusto y mal humor -del camarero solo podia resultar en daño de la intriga de su amo. - -Tuvo el hostalero, prevenido por Peransurez en la madrugada del -mismo dia, el buen talento de no hablar á Ferrus de la imprudente -conversacion tenida en público la noche anterior en su cocina -despues de haberse él recojido, y Hernando, á quien importaba no ser -conocido, de Ferrus sobre todo, se mantuvo oculto hasta que supo que -habia regresado al castillo el ex-juglar, pagada ya la cuenta de su -gasto, aunque no tan opíparamente como el hostalero esperaba, cosa -que se supo porque al despedirse Ferrus de él díjole: - -—Dios os prospere, y os dé, buen Nuño, lo que mas os convenga. Y se -notó que Nuño no le habia respondido el _como gusteis_ de ordenanza. -Esta observacion de los historiadores del tiempo, que hablan con -toda profundidad del lance, es tan justa, que cuando Nuño habló con -Peransurez despues de la partida de Ferrus no solo no insistió en -la apuesta, sino que se inclinó ya, por cierta antipatía que habia -nacido en su corazon repentinamente contra Ferrus, á la parte del -emprendedor montero; diciéndole entre otras cosas que tendria un -placer singular en que se jugase una pasada que metiese ruido al -señor alcaide nuevo del castillo del moro, por su arrogancia y su -petulante continente. - -No echó Peransurez en saco roto esta buena predisposicion al mal del -hostalero, y reuniéndose á toda prisa con Hernando, procedieron á -dar el paso que en su deliberacion de la noche anterior les habia -parecido mas conducente y atinado para el logro de su arrojado -intento. - -Entre tanto era varia la posicion de los habitantes del castillo. -En los patios interiores divertian sus ocios tirando al blanco ó -bohordando hombres de armas, á quienes estaba confiada su defensa y -custodia; algun grupo de ballesteros ó archeros pacíficos discurrian -mas apartados acerca de la singular reserva que reinaba en todas las -operaciones de aquel edificio verdaderamente mágico, porque no eran -todos sabedores de lo que encerraban sus altas murallas. Algunos sí -sabian que habian traido ellos mismos un prisionero por ejemplo, pero -ni sabian quién era, ni le habian vuelto á ver. Tales habian sido -y eran las precauciones observadas sabiamente por los principales -emisarios del conde. - -Habia sido colocado el nuevo huésped en una sala baja incrustada, -digámoslo asi, en el corazon de una mole de piedra, que esto y no -otra cosa era cada paredon del castillo. No tenia mas adornos que -el que le proporcionaban algunas telas de araña, indicio de la poca -consideracion con que al caballero se trataba, y varios informes -lamparones que dibujaba la humedad con caprichosa desigualdad en las -desnudas paredes de aquel calabozo. Hacia mas horrorosa la prision -un rumor monotono y profundísimo, muy semejante al que produce el -brazo de agua que sale de la presa de un molino, que rompe por entre -las guijas de una cascada, ó que se desprende de un batan. El que -haya tenido alguna vez la desgracia de verse privado de su libertad -en una oscura prision, oyendo dia y noche el acompasado golpeo de -un reloj de péndola, será el único que pueda apreciar la situacion -del doncel, condenado á aquel tristísimo son. No recibia mas luz -aquel cavernoso nicho que la que le prestaba en los dias mas claros -del año un agujero redondo y cerrado con cuatro hierros cruzados, -y practicado en la parte mas alta del muro. Hallábase situado á -orilla de una zanja, hecha á lo largo de la muralla interior: por la -zanja corria, produciendo el rumor que hemos descrito un resíduo del -torrente, que llenaba con sus aguas el foso esterior del edificio, -y entre la zanja y la muralla interior habia una ancha y espaciosa -plataforma. Era preciso, pues, pasar la zanja desde la plataforma -para entrar en la prision destinada al doncel; pero esto solo se -podia verificar bajando el rastrillo que la cerraba sirviéndole de -puerta. La rara colocacion de aquella cueva indicaba que habia sido -construida desde luego para encerrar presos de importancia, y á -quienes se quisiese quitar la vida prontamente, como represalia, en -caso de hallarse ya tomado el castillo por el enemigo. La situacion -por otra parte, su hondura, y el ruido del torrente, impedian que -pudiese ser oida en ningun caso la voz del prisionero que en aquella -caverna se encerrase. Casi enfrente de ella venia á caer entre las -dos murallas la torre principal de la fortaleza. Mirando oblicuamente -por el agujero conductor de la luz, que dejamos descrito, divisábanse -con trabajo algunas altas ventanas. Nada se podia ver de dia de lo -que dentro de ellas pasaba; pero de noche, cuando reinaba la mas -completa oscuridad, veía el doncel una luz arder en lo interior -de una habitacion, moverse á ratos, mudar de sitio, desaparecer, -y aun producir sombras de diversos tamaños y figuras, bastantes -á atemorizar en aquel tiempo de supersticion un corazon menos -determinado que el del doncel; sobre todo en un castillo que hacian -encantado las tradiciones mas remotas del pais, y cuyo destino -parecia ser realmente el de pertenecer siempre á seres nigrománticos, -como le sucedia á la sazon, que era dueño de él el conde de Cangas, é -quien nadie tenia por menos mago que al amante de Zelindaja. De noche -tambien, y cuando se columbraban las temerosas sombras, era cuando -solia mezclarse con el silbido del viento, y el ruido de la lluvia, -ó el estruendo de la tempestad, una voz aguda y dolorosa, que era -la que tenia espantada la comarca, y la que nuestro buen Nuño habia -oido la noche que se retiraba de su labor, como en nuestro capítulo -anterior dejamos dicho. - -Finalmente, otra entrada tenia la prision del doncel. Una escalerilla -de caracol la ponia en comunicacion con una larga galería interior -del castillo; pero una puerta de hierro sumamente pequeña y cerrada -por defuera con pesados cerrojos y candados, cuyas llaves poseía -solo el alcaide, imposibilitaban por esta parte toda esperanza de -evasion. Un mal lecho habia sido dispuesto á ruegos del prisionero en -la caverna, y habia conseguido por favor singular que le dejasen el -pequeño laud que á la espalda como trovador llevaba cuando su cita -amorosa. Con él divertia su amarga posicion pulsándole blandamente, -y regándole con sus acerbas lágrimas, los ratos que no escribia en -las paredes con un punzon alguna tristísima endecha, dirigida á la -ingrata señora de sus pensamientos, cuyo rigor le habia puesto en tan -lastimero trance. - -La habitacion que por ser la mejor y la mas espaciosa se habia -reservado el alcaide, y que se habian repartido á la sazon Rui Pero y -Ferrus, se hallaba en el piso bajo de la torre de que hemos hablado. -Un salon anchuroso, adornado con varios trofeos y armas suspendidas -en las paredes, era el departamento principal. Una larga mesa estaba -clavada en medio: el hogar ardia en la cabecera de la sala, y en el -estremo opuesto un aparador ó bufete encerraba la vajilla estilada en -aquel tiempo para el servicio de la mesa. - -Al anochecer del dia en que nos encuentra nuestra historia, dos -hombres arrellanados en dos grandes poltronas de baqueta española, -la mas apreciada entonces en Europa, conversaban tranquilamente uno -enfrente de otro, y separados por la mesa como si hubieran necesitado -de un cuerpo intermedio para no reñir. Asi parecia indicarlo su gesto -displicente. El uno era Ferrus. En su rostro brillaba la satisfaccion -petulante de un hombre que ha llegado á ocupar un destino superior á -sus méritos y esperanzas. El otro era Rui Pero. Su continente era el -de un hombre por el contrario herido en lo mas delicado de su amor -propio por un disfavor no merecido, y habíaselas con el emancipado -juglar, como podria habérselas un general acreditado por sus -servicios y conocimientos con un guerrillero á quien hubiese igualado -con él la fortuna. - -Una lámpara suspendida del techo iluminaba los rostros de entrambos, -y los iluminaba mejor una alta vasija, cuyo preñado vientre vaciaba -de cuando en cuando en dos anchas copas cierto jugo vivificador que -embaulaban nuestros dos interlocutores á tragos repetidos en su -cuerpo como en un cubo desfondado. - -—¿Cuando pensais partir, señor Rui Pero? preguntó Ferrus despues de -uno de estos tragos, paladeando todavia el licor de Baco. - -—¿Habeis tomado ya, señor juglar, repuso Rui Pero, es decir, señor -Ferrus, alcaide del castillo de Arjonilla, las instrucciones que -habiais menester? - -—Estoy tan apto, señor Rui Pero, para desempeñar la alcaidía de este -famoso castillo, como el mejor camarero de Castilla, contestó Ferrus -picado. - -—En ese caso, señor tal alcaide, pasado mañana al lucir el alba -me pondré en camino para la corte, si no manda otra cosa vuestra -señoría. - -—Gracias, señor Rui Pero. - -—¿Habeis mandado relevar las centinelas esteriores de la muralla, y -las dos de las torres, y de la galería interior del preso? - -—Bien sabeis, contestó Ferrus, que no es ese cargo mio mientras -esteis vos en el castillo. Y espero que no me comprometereis con mi -amo el señor conde, ni querreis faltar al deber... - -—No acostumbro á faltar á mis deberes, señor Ferrus; yo voy por lo -tanto á disponer... - -—Esperad. Supongo que seguís con el cuidado de emplear en el servicio -de centinelas los ballesteros que ignoran completamente la calidad de -los prisioneros. De otra suerte... - -—No habeis menester suponerlo, dijo apurando su copa Rui Pero; -bastará con que lo creais á pies juntillas. Ademas, ya habreis -conocido que necesita habilidad para escaparse el preso que tal -intente hallándose encerrado en la prision de la zanja. - -—Sí, segun me habeis dicho, no conociendo el secreto del rastrillo, -solo la muerte seria el resultado de la menor tentativa de evasion. -Admirable construccion la de este calabozo. ¿Y quién construyó...? - -—¡Silencio! dijo Rui Pero al ver entrar un tercero en la sala, y -gozoso de poder dar una leccion de prudencia al inesperto Ferrus. -¿Qué quereis vos? añadió dirigiéndose al estraño. - -—Señor alcaide, respondió el faccionario que acababa de entrar, han -llamado al castillo dos caminantes fatigados... - -—A nadie se da hospedage, repuso Rui Pero mal humorado. - -—Lo sé, señor alcaide. Pero advierta vuestra merced que no son -caballeros ni hombres de guerra. Son dos reverendos padres, que piden -albergue por esta noche. - -—¿Y por qué no lo buscan en Arjonilla? - -—Parece, señor, que van estraviados, y pasan á estas horas por el -castillo ignorantes del camino que guia á la poblacion. La copiosa -lluvia que ha engruesado el torrente les obliga á pedir albergue. - -—¡Voto va! dijo Rui Pero. Lo mas que por ellos podemos hacer es que -les enseñe el camino un hombre del castillo. - -—Pero ese, señor, no los pasará en hombros á través del torrente, -repuso el ballestero, temeroso de ser él elegido para aquella -comision. - -—Por otra parte, añadió Ferrus, á quien los vapores del vino daban -confianza y determinacion, ¿qué peligro hay en albergar dos frailes? -Dios sabe de dónde serán. Esos padres suelen venir de lejos é ir de -paso; muy forasteros deben de ser, pues ignoran que el castillo es -encantado y nada hospitalario. Van de paso. - -—Sin embargo, si pudiesen pasar el arroyo... replicó Rui Pero. - -—¿Y quereis, dijo Ferrus acercándose al oido del camarero, que nos -espongamos á que pase un hombre del castillo la noche fuera de él, y -suelte la lengua mas de lo preciso? Eso es peor... - -—Peor, peor... refunfuñó entre dientes el camarero. - -—Si gustais, señor alcaide, dijo el ballestero, se les contestará que -vayan á buscar albergue á otra parte. Ello la noche es terrible. - -—¿Terrible decís? repuso Rui Pero asomándose á una ventana. Sí; -parece que el cielo se derrite en agua. Seria una inhumanidad por -cierto. - -—No podemos consentir, añadió Ferrus, que dos ministros del Altísimo -queden á la intemperie en una noche... - -—En buena hora; que entren, dijo Rui Pero al ballestero, quien se fue -á cumplir la orden. - -—¡Voto va! añadió Ferrus; eramos dos y seremos cuatro. Aun queda -vino en esa vasija para otros tantos, y los padres no se desdeñarán -de hacernos un rato de compañía, yendo sobre todo de camino. Todo el -peligro que podemos recelar de los santos varones, señor camarero es -que nos echen algun sermon en latin que no entendamos: y asi como -asi, dentro de un rato ya no nos íbamos á entender nosotros dos segun -la faena que damos á nuestras copas. - -Una carcajada de Ferrus al concluir estas palabras probó que todavia -no habia perdido la costumbre, que se habia hecho en él naturaleza, -de decir bufonadas á todo trance, á pesar de su nueva dignidad. - -De alli á poco entraron humildemente en el salon dos reverendísimos -padres, cuyos hábitos derramaban á hilos el agua, como un paraguas -espuesto por gran rato á la lluvia, y que se arrima á un rincon á -medio cerrar. - -Saludáronlos cortesmente nuestros dos amigos, y despues de los -primeros cumplimientos los invitaron á que se acercasen para secar -sus hábitos al hogar, donde quedaron mirándose unos á otros largo -espacio los dos opuestos alcaides y los dos bien avenidos frailes. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XXXV. - - Mentides, fraile, mentides, - que no decís la verdad. - . . . . . . . . . . . - Mató el fraile al caballero, - á la infanta va á librar: - en ancas de su caballo - consigo la fué á llevar. - - _Rom. del conde Claros._ - - -Al entrar los dos modestos frailes en la sala, no habia dejado de -llamar su atencion el agradable pasatiempo en que entretenian sus -ratos perdidos el antiguo y el nuevo alcaide. Habíanse mirado uno á -otro como inspirados de la misma idea, y este movimiento hubiera sido -notado de los defensores del castillo, á no ser porque no habiendo -creido estos que tendrian ya visitas con quien guardar ceremonia, -habian menudeado en realidad del tinto mas de lo que á su prudencia -convenia; su misma posicion les habia escitado á beber, y aun hay -cronistas que aseguran que deseosos uno y otro de no tener compañero -en el mando, y demasiado confiado cada cual en su propia resistencia, -se habian animado recíprocamente á beber por ver si conseguian privar -al cólega; plan que, merced á la igualdad de sus fuerzas, habia -resultado en detrimento de la razon de entrambos. - -—¡Por San Francisco! perdonen vuestras reverencias, dijo Ferrus, si -les han hecho esperar á la intemperie mas de lo que ese hábito que -visten merece. Pero sepan que á él solo deben esta acogida, porque el -castillo á que han llamado no es en realidad de los mas hospitalarios -que pudieran haber encontrado en su camino. - -—_Pax vobiscum_, dijo el menos corpulento de los padres con voz grave. - -—Como gusteis, padres, repuso Ferrus, segun el estribillo de mi -huésped de ayer; porque han de saber sus reverencias que de dos -dignos alcaides que tienen en su presencia ahora, ninguno sabe latin. - -—En ese caso, _Te Deum laudamus_, repuso el padre respirando como -aquel á quien le quitasen de encima una montaña. - -—Gracias contestó de nuevo Ferrus, no queriendo ser tachado de poco -político por dejar sin respuesta una lengua que no entendia. Dos -cosas debemos suplicar á vuestras reverencias, prosiguió; primera, -que se quiten esos hábitos que traen tan mojados... - -—_Et super flumina Babilonis_, dice el salmista: _vetat regula_, la -regla nos lo impide. - -—Sea en buen hora; pero la regla no impedirá á vuestras reverencias -que hagan lo que vieren adonde quiera que fueren; primera regla -de hospitalidad entre caballeros, añadió Ferrus derramando vino -nuevamente en las copas, y ofreciendo una al padre que habia llevado -hasta entonces la palabra. - -Miráronse los padres uno á otro como para consultar entre sí lo que -deberian hacer. - -—¡Voto va! aqui se ofrece de buena voluntad, añadió Ferrus viendo su -indecision: ¿no es cierto, señor camarero? - -—Vos lo habeis dicho, repuso el camarero tomando una copa. Pero si -sus reverencias no se atreven por respetos al cielo, nosotros, viles -gusanos de la tierra... - -—_Vinum lætificat cor hominis_, interrumpió el padre. Nosotros -agradecemos á vuestras mercedes la buena voluntad; pero solo -beberemos en la refaccion, si teneis por bien hacérnosla servir: -vuestras mercedes beban, y mientras, nosotros _exultemus_, _et -lætemur_. - -—A la buena de Dios, dijo Ferrus vaciando su copa. ¿Y este padre que -nada dice, es que no sabe latin, como si fuera alcaide? - -Miraban los dos frailes á Ferrus, como buscando en sus ojos si -encerraria alguna intencion ó sospecha aquella pregunta hecha de -aquel modo, ó si seria meramente casual é hija de la poca aprension -del que la hacia. Parecióles en conclusion, que no se podia leer -en los ojos de Ferrus sino la espresion del mosto, y no dudó en -responder con cierta serenidad el mismo padre. - -—Mi superior está achacoso; es sordo ademas _tanquam tabula_... - -—Sí, que es gran sordera, repuso Ferrus, presumiendo que asi se -llamaba la enfermedad del padre. - -—Y un tanto tierno de ojos, que es la razon de verle la capucha tan -sobre ellos como notarán vuesas mercedes. La humedad, sobre todo, de -esta noche debe de haberle perjudicado mucho. _Benedictus qui venit._ -Venga ó no venga, añadió para sí el padre. - -Efectivamente, no se le veía apenas rostro al padre que habia -permanecido callado. Ocultábale el medio de abajo una larga barba -blanca, y su capucha le envolvia todo el medio de arriba. - -—¿Y viajan siempre vuesas reverencias con esos mozos de estribo? -preguntó Ferrus, reparando en un hermoso alano que casi detras del -padre silencioso reposaba, y que habia entrado sin ser antes de ellos -sentido. - -—¡Ah! repuso el padre. Dios nos perdone esos medios mundanos de -defensa. Aunque _manet nobiscum dominus_, bueno es llevar ademas -un amigo consigo. Es el perro del convento: nuestro reverendo abad -no quiso que en estos tiempos de salteadores, ni el padre Juan, ni -yo, padre Modesto, como me llaman, para servir á Dios y á vuesas -mercedes, nos viniesemos sin ese corto ausilio siquiera para nuestra -seguridad, si bien _Deus vigilat_. - -—¿Y de dónde, bueno padre mio? preguntó Ferrus con audaz curiosidad. - -—De Jaen, hijo, repuso con estremada serenidad el padre; sí, hijo, de -Jaen. Llevamos una comision secreta, que bajo la fé de la obediencia -no podemos revelar, para el reverendo prior del convento de Andujar -de nuestra misma orden, que es como veis de San Francisco, hijos -mios; pensábamos haber caminado toda la noche, y haber llegado alli -antes de la mañana; empero Dios que nos ha enviado esta agua, y -los achaques de mi compañero, nos han obligado á pedir hospedage. -_Introibo_, dijimos, _ad altare_. - -—Y bien dicho, habló por fin el camarero, que habia estado hasta -entonces observando al silencioso fraile, muy bien dicho, aunque -nosotros no lo entendamos. Pero lo dijo vuestra reverencia, y basta: -si les parece á sus reverencias, que vendrán cansados, prosiguió -el cortesano camarero, harémosles servir la refaccion para que se -retiren, señor Ferrus. - -—_Amen_, repuso el padre: tanto mas cuanto que mañana hemos de -salir á la madrugada, si dais orden de que nos abran temprano en el -castillo. - -—Daránse las órdenes todas que fueren necesarias, repuso Ferrus, -apartándose y hablando al oido al camarero. Pero ved que las -centinelas no se han relevado aun. - -—Pudierais vos mudarlas, le contestó Rui Pero, mientras yo hago -disponer la cena; estos buenos padres nos dispensarán si los dejamos -solos un instante por su propio servicio. - -—_Ite, misa est_, replicó el padre echando una bendicion gravísima á -entrambos alcaides, que se dieron el brazo mutuamente á pesar de sus -interiores rencillas, sin duda olvidándolo todo en momentos en que -necesitaban tanto de recíproco apoyo, y salieron de la sala. - -—¡Cuerpo de Cristo! Por vida de Diego Gil y Martin Bravo, los mas -famosos monteros de Castilla, que Dios perdone, esclamó el padre -silencioso soltando una carcajada algo reprimida por la prudencia. -¡Voto va! que nunca hubiera dicho, fray Juan ó fray Peransurez, -que tañeseis de ladradura con tal primor. Por mi venablo que se os -entiende de cazar en latin á las mil maravillas. - -—¡Prudencia, Hernando! Sepamos lo que nos hacemos, ya que yo no sé -lo que me digo. ¿No os previne de que fuí monacillo y sacristan en -cierto tiempo, durante el cual, si mucho escatimé el rastro de las -vinagreras de la Almudena, no por eso dejé de oir las vocinas de los -padres en el coro? aprendí á tañer la mia en latin como habeis visto, -y alguna palabra entiendo voto á tal de cada ciento que digo. - -—Pobre venado es este, Peransurez: es nuestro, dijo Hernando. -Hace la señal del pezuño chica, y va en la reduña, ¡voto á tal! No -tardarémos en tañer de oscisa. ¿Pondrémosle canes? - -—Ved no nos obliguen á tañer de traspuesta: mirad que se levanta ya -el venado á la ceba. Yo os avisaré el momento. - -—Los tiempos nos dirán, conforme vengan... - -—Sí; pero ved, Hernando, que no es lo dificil la entrada; mirad por -la salida... - -—Dios proveera, y mi venablo, repuso Hernando componiendo sus -hábitos, y echando de nuevo su capucha. Ya vienen hácia el buitron. - -Volvian en esto ya los dos alcaides. No tardó mucho tiempo en -cubrirse la mesa, á la cual se sentaron los cuatro con la mayor -armonía y fraternidad. Poco tiempo hacia que cenaban, con imprudente -abandono Rui Pero y Ferrus, con mas reserva y comedimiento los dos -frailes, cuando llamó á las puertas del castillo un espreso que -enviaba el conde de Cangas y Tineo. Abriéronle inmediatamente, é -introducido en la sala echóse de ver en su traza que habia corrido -mucho, y que debia de ser en gran manera interesante su mensage. -Tomó Rui Pero el pliego cerrado que para él traía, y apartándose un -poco leyóle rápidamente, manifestando bien á las claras en su rostro -cuánta sorpresa le infundia. - -—Señor Ferrus, grandes novedades, dijo despues de haberle recorrido. - -—¿Qué decís? preguntó Ferrus tartamudeando. - -—Nuestro señor el ilustre conde de Cangas y Tineo, maestre de -Calatrava, se halla á pocas leguas de aqui... - -—¿Cómo? esclamó Ferrus levantándose. - -—Sí, parece que el dia despues de vuestra salida de Madrid llegó -á la corte la nueva de los disturbios de Sevilla. Las cartas y -pesquisidores que envió su alteza á esa ciudad el mes pasado -para poner en paz los bandos que han estallado entre el conde de -Niebla, su primo, y el conde don Pedro Ponce y otros caballeros -y veinticuatros, no surtieron efecto, y el mal se acrecienta por -momentos. Temeroso su alteza de los resultados de tan grave daño, -hizo suspender su viage á Otordesillas: háse contentado con espedir -pliegos anunciando á la reyna doña Catalina que irá allá desde -Sevilla, y mandando disponer para entonces las funciones reales y -torneos que se preparaban en solemnidad del nacimiento del príncipe -don Juan. Háse traido consigo á los principales señores de la corte, -y esta noche debe dormir en Andujar. - -—Gran novedad, por cierto, dijo Ferrus. - -—Añádeme su señoría que en ese pueblo permanecerán tres dias, por -hallarse señalada para mañana la prueba del combate. Encárganos con -este motivo, añadió Rui Pero al oido de Ferrus, la mayor vigilancia. - -—¡Voto á tal! no hay cuidado, dijo Ferrus dando una carcajada. No -vencerá el doncel. ¿Y piensa venir su grandeza por aqui? - -—Parece que no, pues de Andujar pasa su alteza á Córdoba; desde -alli irá en la barca grande, el Guadalquivir abajo, á Sevilla, pues -que está su alteza muy doliente, y no le deja caminar á caballo su -físico Abenzarsal. Pero en atencion á todo esto, yo partiré mañana de -madrugada. - -—Sea en buen hora, como gusteis, repuso Ferrus. Esto entre tanto -no altera el orden de nuestra cena. Podeis retiraros, buen hombre, -añadió Ferrus al emisario. - -—Que os den de cenar, dijo Rui Pero al mismo, y disponeos mañana á -venir conmigo á la corte. - -Retiróse el emisario, y siguieron cenando nuestros cuatro paladines, -y conversando acerca de la determinacion del rey, y del singular -acaecimiento que los habia acercado tanto á la corte. - -—Bueno fuera, señor alcaide, dijo Peransurez dirigiéndose á Ferrus, -que era el mas afectado del licor, bueno fuera que hubieseis de -hospedar en este castillo á la corte... - -—¡Ba! dijo Ferrus; no pasa por aqui, y ademas en un castillo -encantado... - -—¡Encantado! Dios nos perdone, dijo con afectado escrúpulo el padre. - -—¿No ha oido hablar nunca el padre de la mora Zelindaja, Zelindaja la -mora...? siguió Ferrus con dificultad, y riéndose á cada palabra con -la estúpida espresion de la embriaguez. - -—¡Hola! - -—¡Voto va! pues la mora... rico vino es este, padre; ¿no bebeis? - -—Proseguid, dijo el padre haciendo con su mano un ademan de agradecer -el ofrecimiento. - -—La mora, pues... vaya otro trago, señor Rui Pero. - -—¿Y la mora? preguntó el padre. - -—La mora... Zelindaja quereis decir, la que está encantada en la -torre... - -—¿En la torre? - -—Sí; aqui arriba sobre nosotros. ¡Pero qué vino! ¡qué paladar! ¿os -dormís, señor Rui Pero? ¡voto va! - -—¿Con que arriba? preguntó el padre. - -—Por ahí la llaman la mora, y dicen que aparece, y que... ¡ah! -¡ah! ¡ah! añadió Ferrus soltando una carcajada, y mirando el vino -que contenia aun la copa. ¿Qué haceis vos ahí, prosiguió vuelto en -seguida á los que le servian la mesa, escuchando, espiando, á ver -si se me escapa alguna imprudencia? Belitres. Si esperais á que yo -os diga donde está el preso... larga la llevais. Fuera de aqui; -llamaremos cuando os hayamos menester. - -Diciendo y haciendo, se levantó Ferrus con trabajo, y cerró la -puerta despues que hubieron salido los sirvientes, espantados de las -palabras del alcaide. - -—¿Con que el preso...? señor alcaide de... prosiguió Peransurez, que -asi como su compañero no perdia una palabra ni una accion de las que -se le escapaban al imprudente mancebo. - -—El preso no se escapará mientras pendan de mi cintura las llaves -todas del alcázar. ¡Ah! ¡ah! ¡ah! notad, padres mios, la figura que -hace un camarero dormido, prosiguió Ferrus riéndose á carcajadas, y -señalando con el dedo la boca abierta del buen Rui Pero, á quien la -hora, el sueño, el vino y el cansancio tenian cabeceando sobre su -poltrona. ¡Ah! ¡ah! ¡ah! - -Al llegar aqui tocó Peransurez por bajo de la mesa el pie de -Hernando, que de puro impaciente no hacia ya mas que moverse habia -gran rato. Levantándose á un tiempo los dos, precipitóse cada uno -sobre el que tenia al lado. Tocóle á Peransurez el dormido Rui -Pero, que se halló ya maniatado y tapada la boca antes de acabar de -despertar: á Hernando Ferrus, cuyo asombro fue tal al ver levantarse -de repente, y en aquella tan inesperada forma, á los dos reverendos, -que no fue dueño de gritar ni de oponer la menor resistencia al -montero, el cual asi lo fajaba con sus poderosas manos como si fuese -un niño. Pusieron nuestros dos amigos á cada uno de los alcaides -un palo de hogar atravesado en la boca, y sugeto con cordel que -preparado llevaban, á manera de mordaza, y atáronlos en seguida -fuertemente de pies y manos á sus mismas poltronas, dejándolos -conforme se hallaban colocados, es decir, uno enfrente de otro con -la mesa en medio y sus copas delante. Era cosa de ver la figura -que hacian sin poderse mover ni remover ambos con la boca abierta, -y mirándose con ojos aun mas abiertos, sin acabar de comprender -si estaban encantados por el moro del castillo, ó si habrian dado -hospedage á dos diablos del otro mundo que venian á castigar su -descompuesta vida. - -Hecho esto por nuestros dos reverendos, y apoderados ya del manojo -de llaves que pendian del cinto de Ferrus, fue su primer cuidado -recapacitar lo que acababan de oir al ébrio alcaide. - -Parecia por el misterio de sus palabras que la torre era el lugar -del castillo destinado al prisionero. Estaban en ella, pero era -indispensable hallar una subida, y si habia dos, aquella en que -estuviesen menos espuestos á ser notados, ó á encontrar importunas -centinelas. En punto á esto convinieron que era preciso ponerse -en manos de Dios, que veía sus intenciones, y no dejaria de -favorecerlas; y echáronse á buscar una subida, que no tardaron en -encontrar. Probando llaves lograron abrir una puertecita encubierta -detras del hogar por un tapiz viejo: empujáronla, y una escalera -oscura les probó que habian dado con lo que necesitaban. Armado cada -uno de un agudo venablo, y llevando en la mano izquierda Hernando, -que iba delante, una linterna sorda de metal, diéronse á subir con la -mayor confianza en Dios, donde los dejaremos, ora trepando escaleras, -ora recorriendo largas y oscuras galerías, ora, en fin, probando -llaves en cada puerta que encontraban, todo con el mayor silencio -posible por no dar la alarma en el castillo. - -Hallábase colocado el cuarto, donde se divisaba la misteriosa luz -desde los alrededores de la fortaleza, en el estremo de una galería, -y como quiera que las puertas fuesen todas de la mayor seguridad, -no se creía prudente establecer centinelas demasiado inmediatas. Al -único que hácia aquella parte se ponia, preveníasele de antemano -que no se separase del estremo de la galería mas distante de la -prision. El que se hallaba á la sazon en aquel punto era un mancebo -profundamente ignorante acerca de las circunstancias de los presos -que parecian custodiarse con tanto interes en la fortaleza, pero que -habia oido hablar lo bastante del encantamiento del castillo, y de -la voz nocturna, para no tenerlas todas consigo en aquella incómoda -faccion. - -—Por Santiago, decia apoyándose en su partesana, que no entré yo al -servicio del señor conde para habérmelas con brujas y hechiceros; -este instrumento que bastaria para matar millones de moros, unos -despues de otros se entiende, acaso no seria suficiente á hacer un -ligero rasguño en la mano del moro que fundó este maldito castillo. -Dicen que la señal de la cruz es grande arma contra las artes del -demonio, añadia en otro paseo de los que daba, sin apartarse mucho de -su puesto como el que tiene miedo ó frio; y siendo esto cierto, ¿cómo -es que hay cristianos hechizados? Cuerpo de Cristo, si me hechizasen -tengo para mí que lo que mas habia de sentir habia de ser aquello del -no comer y del no dormir; ¡voto va! - -En estas y otras reflexiones cogió entretenido al mancebo cierto -profundo gemido que salió del estremo opuesto de la galería. - -—¡Santa María! esclamó dando diente con diente el faccionario. -Asunto concluido. ¿Si será la mora que viene á pedirme su esposo, -segun dicen las gentes que lo pide todas las noches á los ecos? -Sin embargo, yo no soy eco, añadió lastimeramente como si quisiese -conjurar el encanto con esta lógica observacion. - -Otro gemido mas prolongado resonó de alli á poco, y el ruido de una -cadena arrastrada por el suelo se prolongó hasta el infinito en el -oido del infeliz. - -—¡Santo Dios! decia el soldado, y persignábase tan de prisa como -si fuese la última vez que habia de persignarse en su vida, y sin -apartar los ojos del punto de donde él se figuraba que salia el ruido. - -En esto estaba á la orilla de la escalera, y vuelto de espaldas á -ella, cuando dos manos de hierro, apoderándose de sus piernas, le -levantaron en alto. - -—¡Perdon, señora Zelindaja, perdon! clamó con voz medio ahogada el -miserable, y pasando por encima de la cabeza de un padre Francisco, á -quien no tuvo siquiera tiempo de observar, cayó rodando de espaldas -por la escalera, hasta una puerta que habian cerrado tras sí nuestros -aventureros, donde quedó casi exánime y sin sentido. - -—¿Hay mas? dijo Peransurez mirando á todas partes. - -—No, repuso Hernando: aquella debe ser su prision: ¿no oís una cadena? - -—Él es; apresurémonos. Sacando en seguida el manojo y llegando á la -puerta comenzaron á probar llaves en la cerradura. Abrió, por fin, -una de las mas gruesas, y entrambos se precipitaron dentro de la -prision, igualmente impacientes de dar libertad al encadenado doncel. - -Una lámpara mortecina lucia siniestramente sobre un pedestal. - -—¡Basta, crueles, basta ya! esclamó una voz penetrante, arrojándose -á sus pies al mismo tiempo, con todo el desorden del dolor y de la -desesperacion, una figura cadavérica vestida de negras ropas. - -Dificil fuera pintar el asombro de nuestros dos reverendos al ver -venir sobre ellos aquella estraña sombra, que no era otra cosa lo que -á su vista se ofrecia, y el sobrecogimiento de la víctima luego que -paró la atencion en sus nuevos huéspedes; de tan distinta especie que -los dos hombres que hasta entonces habian solido visitar su encierro -para traerla el alimento. - -—Religiosos, Santo Dios, religiosos, esclamó ésta. Habeis oido, -señor, por fin mis oraciones, y el bárbaro me envia estos emisarios -de vuestra palabra divina para ausiliarme en los últimos momentos de -esta vida miserable. Lo acepto, señor, lo acepto. - -Un mar de lágrimas corrió de los ojos hundidos de la encarcelada, -que abrazaba con religioso fervor el hábito de Hernando: éste, -inmóvil en su puesto no sabia qué interpretacion dar á aquella -horrible escena. Todo el valor de Peransurez le habia abandonado; -creíase efectivamente delante de la encantadora mora, y estaba ya -á dos líneas de maldecir en su corazon su osadía y su malhadada -incredulidad. - -Repuesto algun tanto Hernando de su primera sorpresa, hízose atras -cuanto pudo, desviando su hábito del contacto de la infeliz. Ésta, -levantando entonces la cabeza, y sacudiendo sobre los hombros una -larga cabellera, único resto de su antigua hermosura, quedó mirando -largo rato á nuestros amigos sin atreverse á proferir una palabra. - -—Quien quiera que seais, dijo por fin animándose Hernando, y -descubriendo su rostro, ser de este mundo ó del otro, mora ó -cristiana, hablad: ¿qué nos quereis? - -—Hernando, ¿sois vos? esclamó la víctima levantándose, despues de -haber mirado largo rato con la mayor duda y agitacion al montero -espantado. ¡Ah! no, continuó, ¡Hernando era montero! y volvió á caer -en el mismo estupor. - -No pudo menos Hernando al oirse nombrar por la fantasma, como un -antiguo conocido, de fijar mas en ella la atencion; y agarrando -con una mano á Peransurez, que á su derecha y un poco detras de él -estaba,—¡Cielos! esclamó sin apartar los ojos de la figura negra. -Dejadme; ¿seria posible? - -—¡Ah! conocedme, sí, gritó levantándose y asiendo la lámpara la -infeliz, conocedme si me habeis visto alguno vez; hé aqui en mi -rostro los efectos de su barbarie; no soy la misma ya: no soy -hermosa... el llanto, el dolor me han afeado. Miradme bien, miradme, -prosiguió acercando la luz á su semblante. - -—¡Ella, ella es! Peransurez, salvemonos, gritó Hernando retrocediendo. - -—¿Adónde? no: ¿adónde? Deteneos. Yo saldré tambien con vosotros. - -—¡Vivís aun, señora! esclamó Hernando al sentirse detenido por la -víctima ¿vivís? - -—Vivo; sí, vivo para llorar y padecer: tocadme aun si lo dudais. - -—¿Es falsa vuestra muerte? ¿Sois vos, señora? - -—¿Mi muerte decís? preguntó la desdichada. El bárbaro la ha -propalado. ¡Justicia, señor; misericordia! añadió levantando los ojos -al cielo. Por piedad continuó, ¿quién sois el que tanto os pareceis -al montero de don Enrique? ¿Qué os trae á esta prision? - -Hernando, sumido en el mas profundo letargo, apenas reconocia debajo -de aquella palidez y cadavérico aspecto á la hermosa que tantas veces -habia visto triunfante en el mundo de lujo y de belleza. - -—¡Monstruo! dijo por fin para sí: ¡monstruo abominable! - -—¿Quién sois? acabad; y ¿qué quereis? tornó á preguntar la encerrada: -¿venís á prolongar mis males, á remediarlos por ventura? - -—A salvaros, señora, repuso Hernando. Conocedme ¡voto va! El montero -Hernando, señora, os ha de sacar de esta maleza. - -—¿Con que no me habia engañado? ¡Ah! Decidme, ¿por qué feliz azar os -veo, y cómo en ese trage? - -—El montero de ley, señora, no caza siempre del mismo modo: dejemos -para mejor ocasion ese punto. Ved que necesitamos salir del monte. -¡Ea! Venid con nosotros. - -—¿Con vosotros? Adónde: ¡ah! no me engañeis. Mas facil es que me -mateis aqui. ¿Qué resistencia puedo oponeros? Si sois tan crueles -como todos los que hasta ahora he visto en este castillo... - -—¿Qué hablais, señora? no veniamos á salvaros: no presumiamos -siquiera que vivieseis: el bárbaro que ha osado reduciros á este -estremo no se ha contentado con una presa. Sin embargo en el momento -actual vuestra presencia nos hace mas falta de todas suertes que -un ojo avezado al cazador. Vuestra presencia va á confundir la -iniquidad, y á atajar acaso un torrente de sangre. - -Mucho tardaron Hernando y Peransurez en determinar á la desdichada á -que los siguiese; sus preguntas exigian larguísimas esplicaciones, -que no podian darse en aquel momento sin comprometer la suerte de una -espedicion tan incierta y azarosa ya por sí. A poder de ruegos en -fin y de observaciones logróse de ella que dejase el satisfacer sus -dudas para mejor ocasion; el tiempo urgía: nuestros dos reverendos -habian pasado ya gran parte de la noche en dar con la prision, y -despues de tantos afanes faltábales aun desempeñar la verdadera -mision que en tal peligro les habia puesto. - -Resolvióse unánimemente que Hernando se despojaria del hábito que -sobre su trage traía, y que lo vestiria lo mejor que pudiese la -recien libre cautiva, porque si bien su estatura era muy diversa, -tambien era de advertir que habian entrado de noche, que iban á salir -al rayar el alba, y que probablemente no estarian á su salida de -faccion los mismos que lo habian estado á su entrada. Dos frailes -habian entrado: dos frailes salian: nada habia que decir, si durante -la noche no se descubria su accion, cosa dificil, pues habian quedado -cerrados por dentro y amordazados Ferrus y Rui Pero. A la salida -ningun ostáculo podrian encontrar dos frailes, pues durante la cena -se habia dado la orden de abrirles el rastrillo en cuanto se dejasen -ver á la puerta al amanecer. - -Cortó, pues, Hernando el hábito con su cuchillo de monte, y dejólo -mas adaptado á la estatura de la hermosa. Hecho lo cual trataron -de buscar por la parte, que no habian recorrido aun, la prision del -doncel, dejando para despues de encontrarla el determinar la forma -de sacarle y salir el mismo Hernando del castillo, cosa que á éste -le parecia sencillísima; pues todo se lo parecia cuando era hecho en -obsequio de su señor, y cuando tenia en la mano su venablo y al lado -su fiel Bravonel; el cual los seguia silenciosamente toda la noche -como si estuviera penetrado de lo mucho que convenia el sigilo en -aquella peligrosa tentativa. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XXXVI. - - Ya la gran noche pasaba - é la luna sestendia: - la clara lumbre del dia - radiante se mostraba; - al tiempo que reposaba - de mis trabajos é pena - oí triste cantilena - que tal cancion pronunciaba. - - _Don Enr. de Vill. Querella de amor de Mac._ - - -No bien hubieron tomado la determinacion que dejamos referida, -echáronse á buscar otra salida, dispuestos siempre á hacer callar -con sus venablos á cualquier centinela imprudente que hubiese podido -comprometer su existencia. Felizmente no encontraron ninguno en dos -escaleras que bajaron. Al fin de ellas una tronera les permitió -reconocer la parte de la torre en que se hallaban: estarian como á -diez varas del pie de la muralla interior. - -Fatigados de la faena que la ignorancia de las llaves les acarreaba, -y aun mas del silencio y cuidado con que les era indispensable -proceder, tomaron alli algun descanso. La cautiva, que acababa -de esperimentar una emocion tan inesperada, y que en medio de su -debilidad se hallaba abrumada bajo el peso del hábito desusado, -y combatido su ánimo de mil dudas y esperanzas, por desgracia -harto inseguras todavia, no pudiendo resistir á tantos afectos -encontrados, hubo de apoyarse un momento en un trozo roto de columna, -que felizmente encontró en la pieza en que á la sazon se hallaban. -Perdian ya nuestros paladines la esperanza de dar con la prision -del doncel. Asegurábales sin embargo su compañera que en la noche -anterior y á deshoras habia creido oir un laud débilmente pulsado, -cosa que no le habia acaecido nunca desde su llegada al castillo; -este dato convenia con la fecha de la prision de Macías; y hubiera -jurado, les añadió, que salia el eco del pie de la torre. Esta -advertencia solo podia animar á los generosos amigos del prisionero. -Sacando, pues, nuevas fuerzas de flaqueza, trataron de examinar qué -hora podria ser. Sacó entonces Hernando la cabeza por la angosta -tronera, y pudo distinguir que el cielo se habia serenado; un viento -fuerte de norte lanzaba hácia las playas africanas algunas nubes -dispersas, restos de la pasada tormenta, y el pálido resplandor de -la luna en su ocaso advirtió á Hernando, asi como la posicion de -algunas estrellas que acertó á ver, que podria faltar una hora todo -lo mas para el alba. Al mismo tiempo que hizo esta observacion nada -favorable, el ruido acompasado de los pasos de un hombre le hizo -sospechar que debajo de ellos debia de haber al pie de la muralla -un soldado de faccion. Esta precaucion le confirmó en la idea de -que debia caer hácia aquella parte del castillo la buscada prision. -Resolviéronse, pues, á probar la aventura y poniendo el éxito en -manos de Dios, á quién fervorosamente se encomendaron. Hernando hizo -voto á la Vírgen de la Almudena de una ofrenda proporcionada á sus -cortos medios, y la cautiva prometió edificarle un santuario suntuoso -si la sacaba con bien de tan peligroso trance. Iban ya á probar una -nueva llave en la puerta que debia conducirlos, segun todas las -probabilidades, al pie de la muralla, cuando el rumor de un laud, que -al pronto reconocieron la hermosa y Hernando, los dejaron suspensos. - -—¡Él es! dijeron á un tiempo los dos, apoyándose con esperanza la -blanda mano de la bella en la tosca y curtida del montero. Escuchemos. - -Un ligero preludio del trovador se siguió á su suspension, y de alli -á un momento una voz, harto conocida para ellos, entonó con lánguido -acento una cantica, de la cual pudieron percibir los fragmentos -siguientes, en medio de los sollozos que de cuando en cuando la -interrumpian, y del monotono rumor del torrente, que á los pies de la -torre por la honda zanja se desprendia. - - ¿Será que en mi muerte te goces, impía, - ó pérfida hermosa, muy mas aun ingrata? - ¿Asi al tierno amante, mas fino, se trata? - ¿Cabrá en tal belleza tan grande falsía? - ¡Llorad ¡ay! mis ojos, llorad noche y dia! - Mis tristes gemidos levántense al cielo, - pues ya en mi tristura no alcanzo consuelo. - Dolor hoy se vuelva lo que era alegría. - . . . . . . . . . . . . . . . . . - - La copa alevosa, que amor nos colmó, - tambien heces cria, señora, en mi daño. - Sus heces son ¡ay! fatal desengaño. - La copa y las heces mi labio apuró. - ¡Ay triste el que al mundo sensible nació! - ¡Ay triste el que muere por pérfida ingrata! - ¡Ay mísero aquel, que asi amor maltrata! - ¡Ay triste el que nunca su dicha olvidó! - - ¿Por qué, justos cielos, en pecho amador - tiranos me disteis una alma de fuego? - ¿Por qué sed nos disteis, si en tósigo luego, - bebido, en el pecho, se torna el licor? - Contempla, señora, mi acerbo dolor. - ¡Ay! torna á mis brazos, ven presto, mi Elvira; - ingrata; aunque sea, como antes, mentira, - la dicha me vuelve, me vuelve tu amor. - - No mas á mis ruegos te muestres impía, - ó pérfida hermosa, muy mas aun ingrata. - No asi al tierno amante, mas fino, se trata. - No quepa en tu pecho tan grande falsía. - Dolor no se vuelva lo que era alegría. - Mas ¡ay! si en mi pena no alcanzo consuelo, - si en vano mis quejas se elevan al cielo, - ¡llorad ¡ay! mis ojos, llorad noche y dia! - -Callaron al llegar aqui los lúgubres acentos de la cantilena, que -habia arrancado lágrimas de los ojos de aquellos que silenciosamente -la habian oido. - -Seguros de que habian llegado al término de sus esperanzas, diéronse -prisa á abrir la puerta que les faltaba traspasar, y en pocos minutos -se hallaron al pie de la torre. El primero que salió fue el terrible -alano, el cual no bien salió al aire libre cuando comenzó á ladrar -dirigiéndose á un objeto que se hallaba arrimado á la pared. - -—¡Bravonel! dijo Hernando, ¡Bravonel! vamos, silencio. - -—¿Quién va? preguntó con voz ronca el centinela, enderezando su -ballesta contra el montero, que salió el primero á contener á su -perro. - -No tuvo lugar de preguntar segunda vez el centinela. - -—¡Ese es quien va! respondió Hernando lanzando su venablo, el -cual fue recto á clavarse, silbando por el aire, en el pecho del -faccionario, que cayó por tierra sin voz y sin aliento. - -—¡Ay! gritó la compañera de nuestros aventureros apartando -rápidamente los ojos del que acababa de caer. - -—Silencio, señora, silencio, dijo Peransurez: dejad la piedad para -despues. Plegue al cielo que no hayamos alarmado ya algun otro -centinela con este intempestivo ruido. - -—Vengan en hora buena, dijo Hernando, caliente ya con el feliz -éxito de su tiro certero. Inclinándose en seguida sobre el cuerpo -del caido, púsole un pie en el pecho, y sacó de él su venablo -ensangrentado con la diestra mano. El venablo al salir del cuerpo -dejó libre el paso á un surtidor de sangre que salpicó á Hernando; y -á poco el infeliz habia ya espirado. - -Vencida esta primera dificultad, examinaron la posicion, y no les -quedó duda de que el rastrillo que enfrente veían servia de puerta -á la prision del doncel; pero ¿cómo pasar la zanja? ¿cómo soltar el -rastrillo? Perplejo Hernando miraba á una parte y á otra, mordíase -los dedos, y daba al diablo todas las fatigas de la noche. Pensar -en tomar el opuesto lado del castillo, volviendo por donde habian -venido para probar la otra entrada que deberia tener forzosamente la -prision, era caso imposible, en vista sobre todo de la hora avanzada. - -—¡Voto va! dijo por fin Hernando. Dénme á mi la fiera en el campo; -pero ¿encerrada? ¡Cuerpo de Cristo! ¿Y hemos de quedarnos aqui, para -ser presa de esos perros judíos, que quedan en el castillo, en cuanto -amanezca? - -Su posicion tenia mas dificultades de las que á primera vista habian -creido encontrar. Sin embargo, fue preciso deliberar; y por último, -Hernando decidió que lo mas acertado seria probar á salir Peransurez -y la bella á favor de su disfraz, quedando él con su alano en -aquella posicion. Oponíanse los otros á esta generosa determinacion; -pero Hernando los convenció, probándoles que si á la mañana no habia -logrado ponerse en comunicacion con el doncel y salvarle, ó saltaria -la muralla y pasaria el foso á nado con su perro, ó retrocediendo al -salon de la torre se haria rehenes y prenda de seguridad al mismo -Ferrus, que probablemente deberia permanecer en el mismo estado, pues -no se habia dado la alarma en el castillo en toda la noche. Fueron -tales, por último, sus ruegos y sus amenazas, que fue preciso ceder -á ellas. Importaba mucho en verdad que saliese alguien del castillo; -fuera ellos, nada les seria mas facil que volver con socorro; y la -presencia sobre todo de la ilustre prisionera en la corte debia -hacer variar completamente la posicion del doncel y de Hernando, -aun dado caso que quedase preso. Este, en fin, se aferró en decir -que él no saldria del castillo sino muerto ó con su amo; lo mas -que pudo conseguir de él Peransurez fue que quitándose su trage de -montero vistiese la ropa del muerto centinela, y que quedase en su -lugar. Si se le relevaba antes del alba, como era de pensar, acaso -no seria reconocido y entre tanto tenia aquella probabilidad mas de -salvacion. Hízolo asi Hernando, y arrojando sus vestidos y el cuerpo -del vencido en la zanja con un pie, dió algunas instrucciones á -Peransurez acerca de lo que deberia hacer en saliendo del castillo y -en llegando á la corte. - -Despidiéronse en seguida, como aquellos que acaso no habian de volver -á verse. Peransurez y su compañera, ocultando su rostro bajo su -capucha, siguieron la senda que debia conducirlos forzosamente á lo -largo de la muralla hasta la puerta principal y puente del castillo, -donde era mas que probable que no hallasen obstáculos á su salida, -siendo como era ya la hora que habia dejado advertido Ferrus la -noche anterior que se abriese á los padres descaminados; y donde los -dejarémos para acudir adonde nos llaman otros personages, no menos -interesantes de nuestra historia. - -Solo podemos añadir para sacar algun tanto á nuestros lectores de -la incertidumbre en que los dejamos, bien á nuestro pesar, que -hácia aquellas horas, pero sin que hayamos podido averiguar si -antes ó despues, el gefe del destacamento, que guardaba la puerta -principal del castillo, creyó deber tomar órdenes del alcaide, de -cuya ausencia total durante la noche estaba no poco admirado. Subió, -pues, al salon que se habian reservado Rui Pero y Ferrus, y en vano -llamó repetidas veces. Asombrado de esta circunstancia, no dudó en -reunir algunos hombres, los cuales quebrantaron con sus hachas de -armas la cerradura, y les dieron entrada en el salon. Alli fueron -encontrados amordazados, en la misma forma singular que los dejamos, -Ferrus y Rui Pero mirándose todavia, y sin dar otra respuesta á las -preguntas del gefe que un sonido desigual ronco y desapacible, muy -semejante al ruido gutural que produce un sordo-mudo para mover la -pública conmiseracion. Desatóse á los alcaides, dióse la alarma, y en -pocos minutos era el castillo todo un teatro de actividad dificil de -pintar: corrian unos sin saber adónde, ni de qué enemigos se habian -de guardar; tocaban algunos vocinas en son de guerra; preparaban -otros sus armas; recorríanse las escaleras y galerías; oíanse votos y -juramentos, pésames y proyectos de venganza, abríanse unas puertas, -derribábanse aquellas cuyas llaves habian echado por dentro nuestros -atrevidos paladines... en una palabra, era el castillo todo desorden -y confusion. Nuestras leyendas, empero, tan prolijas por lo regular -en todos los pormenores de sus relatos, parecen haberse descuidado -sobremanera en esta ocasion; pues ni una sola palabra dicen por la -cual podamos inferir, sospechar ó barruntar siquiera si cuando se dió -esta alarma en el castillo habian salido ya al campo los fugitivos, ó -si fue ocasion de que su intento se malograse. Lo cual prueba, ademas -de otras muchas cosas que no son de este lugar, que no es tan facil -el oficio de historiador y cronista como generalmente se cree, sobre -todo si no ha de dejarse olvidada ninguna de las circunstancias que -pueda anhelar saber el impaciente lector. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XXXVII. - - El rey moro de Granada - mas quisiera la su fin; - la su seña muy preciada - entrególa á don Ozmin. - El poder le dió sin falla - á don Ozmin su vasallo, - y escusóse de batalla - con cinco mil de caballo. - - _Historia de Alonso XI, escrita en coplas redondillas._ - - Dos mil vidas diera juntas - por ser el desafiado. - - _Batalla de Rugero y Rodamonte._ - - -Curiosos estarán nuestros lectores, si es que hemos sabido hacerles -interesantes los personages de nuestra desaliñada narracion, de saber -el estado de la desdichada Elvira, á quien dejamos con la reja de su -cámara abierta, ella desvanecida en tierra, y abriéndose su puerta -para dar entrada al pagecillo, ó á su mismo esposo, únicos poseedores -de la llave. Mucho sentimos que la complicacion de sucesos, que -bajo nuestra pluma se aglomeran, no nos haya permitido sacarlos -antes de tan incómoda duda; pero todavia sentimos mas que el tiempo, -que todo lo devora, nos prive aun ahora del placer de satisfacerlos -completamente. Recordarán, sin embargo, en disculpa nuestra, que -cuando se abrió la puerta de la cámara, Elvira estaba desmayada, y -nada por consiguiente pudo ver de lo que en torno suyo pasaba: el -que entró nada contó nunca, razon que tenemos para sospechar que -fue Hernan Perez, á quien no le podia convenir que nada de ello se -supiese; y el cronista de aquellos tiempos, el famoso Pero Lopez de -Ayala, se hallaba en el sarao, y nada trae tampoco por consiguiente -en sus escritos de semejante escena. Por los resultados que esta -tuvo, volvemos á repetir que debió de ser Hernan Perez. Hubo quien -aseguró que habia visto hablar al astrólogo con él mucho despues de -haber vuelto á entrar éste en el alcázar y como ya conocemos la mala -intencion del judío; y es de presumir que alarmase al marido acerca -de lo que en su cámara pasaba; la reja abierta, la puerta cerrada y -el estado de Elvira debieron acabar de abrir los ojos á Hernan Perez -acerca de lo que alli podia haber ocurrido. - -Lo único que podremos afirmar es que Hernan Perez de Vadillo, de -resultas sin duda de la violenta escena que debió tener con su -esposa, decidió aquella noche misma su separacion; buscó á su alteza, -y le espuso con voz trémula y agitada como sabia que su esposa era la -acusadora de don Enrique de Villena. Añadióle que él habia recibido -del conde de Cangas la rara prueba de confianza de que pudiese en -su nombre defender su parte en el combate; suplicóle en vista de -ello que tomase á su cargo la acusadora; y por mas que se hizo para -averiguar la causa de tan extraña conducta, solo se pudo sacar en -limpio de las cortadas razones de Hernan Perez que éste habia tenido -un rompimiento con su esposa; advirtióse desde entonces que cuanto -hablaba eran palabras de aborrecimiento y execracion, y dirigidas á -adelantar el plazo del combate, de resultas del cual debia él morir ó -morir Elvira. El odio mas reconcentrado y profundo habia succedido en -su corazon al amor conyugal. No se pudo negar don Enrique el Doliente -á la justa demanda del ofendido Hernan, y en consecuencia encargó -al judío Abenzarsal de la custodia de Elvira, la cual pasó á poder -de éste con su inseparable pagecillo aquella misma noche. Decidióse -al mismo tiempo que se verificaria el combate, donde quiera que -estuviese la corte, al quinceno dia, por cumplirse entonces el plazo -que habia dado su alteza al justicia mayor Diego Lopez de Stúñiga -para presentarle el reo de la muerte de doña María de Albornoz. Si -éste le presentaba con las pruebas legales del delito, escusaríase -la prueba del combate. De lo contrario, no quedando otro medio que -recurrir al juicio de Dios, seria aquel inevitable. - -Con respecto á Elvira, solo diremos que desde aquella funesta noche -en valde intentó tener con su esposo una esplicacion: negóse éste á -todas sus demandas, y la infeliz, sumida en la mayor desesperacion, -esperó en un continuo llanto y congoja el dia en que habia de -desenlazarse tan terrible drama, y en que habia de verse espuesta -á los riesgos de un combate por causa suya, y por una imprudente -generosidad, que no era ya tiempo de remediar; la vida de su -desdichado amante, si es que éste no habia perecido ya, como tenia -motivos para creerlo, en la funesta noche de su última entrevista. - -Puesta á recaudo como estaba, y no permitiéndosele comunicacion -alguna sino con el page, solo pudo saber en el particular lo que todo -el mundo sabia, esto es, que el doncel habia desaparecido, cosa que -no daba poco que decir en la corte. No se le podia ocultar á Elvira -que cualquiera que hubiera sido la suerte del doncel, su tenacidad, y -el empeño con que á todo trance habia querido defender su moribunda -virtud, habian tenido gran parte en ella. No le podia pesar de ello; -pero era bien triste reflexionar cuán horrible premio daba el cielo á -su conducta. Ora pensando en su esposo, ora en su crítica situacion, -ora en un amor desdichado que en vano habia pretendido lanzar de -su pecho por todos los medios posibles, pasábase la desgraciada -Elvira los dias y las noches de claro en claro sin dar reposo á la -lucha de encontrados sentimientos, que tenian dividida su deplorable -existencia. - -La nueva que llegó á la corte el dia mismo que debia haberse -trasladado á Otordesillas, hizo variar de determinacion á don Enrique -el Doliente, como ya saben nuestros lectores, y el dia del combate la -cogió por tanto en Andujar. - -Amaneció este dia, y nadie en la corte pudo dar razon al rey, -cuidadoso é impaciente, del ignorado paradero del doncel: don Luis -Guzman fue el único que pudo esponer sencillamente como Hernando, -fiel criado del doncel, le habia visitado en la noche del sarao, -manifestándole sus dudas y temores, y encargándole el equipage de su -amo mientras él se dedicaba á averiguar su paradero, de que tenia -vagas sospechas. Pero afirmó en seguida que desde entonces no habia -vuelto á tener noticia alguna ni del doncel ni de Hernando. Todos -los que conocian, sin embargo, el pundonor caballeresco de Macías, -no dudaban un punto que se presentaria en la lid el dia emplazado, -tanto mas cuanto que se habian publicado los convenientes edictos -y pregones; á no ser que hubiese muerto, acontecimiento que nadie -tenia motivos de sospechar. Muchos achacaron la ausencia del doncel -á alguna hechicería de don Enrique de Villena y del judío, pero de -sospecharlo á saberlo habia tanta distancia como hay de la mentira á -la verdad. - -Regocijábanse en tanto secretamente aquellos dos intrigantes del -feliz éxito de su manejo; sobre todo Villena, que habia conseguido -llevar á cabo su proyecto sin necesidad de cargar su conciencia -con el peso de sangre agena, descansando en la vigilancia de su -emancipado juglar y en la fortaleza de su castillo, lleno todo de -gentes de su devocion, curábase poco ya del combate, que mal podia -verificarse sin la presencia del doncel. Verdad es que debia quedar -condenada Elvira como calumniadora, pero esperaba que su mucho -valimiento, y el que debia aumentársele sobre todo con el triunfo -que el cielo le preparaba aquel dia, le bastaria para salvar la vida -de la infeliz Elvira; cosa que intentaba pedir inmediatamente á su -alteza, proponiendo la conmutacion de la pena que imponia la ley en -un encierro perpetuo. De esta manera conciliaba el buen don Enrique, -con el triunfo de sus intrigas, la tranquilidad de su conciencia, -haciendo por una y otra parte transacciones con su ambicion, y con la -voz secreta que le gritaba en el fondo de su corazon, que no dejaba -de ser culpable por haber evitado la muerte de Elvira y del doncel. - -A pesar de la ausencia de éste, anunciaron los farautes el aplazado -combate, y reunida la pequeña corte que llevaba consiga don Enrique -el Doliente, éste se constituyó en audiencia sentándose debajo del -dosel régio preparado para la ceremonia que debia verificarse. - -Sentado su alteza, y rodeado del buen condestable Rui Lopez Dávalos, -de su físico Abenzarsal, de su camarero mayor, y de las demas -dignidades de palacio; compareció ante el trono, llamado por un -faraute, el ilustre don Enrique de Villena, conde de Cangas y Tineo, -precediéndole dos farautes suyos, y un escudero con el estandarte en -que se veía lucir su escudo de armas ricamente recamado; seguíanle -numerosos caballeros y escuderos de su casa, vasallos suyos. -Requerido por el faraute de su alteza, espuso brevemente la demanda -que de justicia habia hecho en otra ocasion sobre la muerte de su -esposa la condesa doña María de Albornoz. Concluida esta ceremonia, -pidió cuenta su alteza á su canciller mayor del sello de la puridad -de lo que en el asunto habia determinado: recordó éste el cargo -que habia dado su alteza de averiguar el hecho al justicia mayor -cometiéndole el cuidado del castigo. Adelantóse entonces Diego Lopez -de Stúñiga, é hizo breve relacion de los pasos que habia dado para -la averiguacion de aquel horrendo crímen, el cual sin embargo habia -permanecido oculto; sin duda, añadió, por los incomprensibles juicios -de Dios, que se reservaba el castigo de tan gran maldad. Oido el -justicia mayor, prosiguió el canciller relatando como en ese tiempo -se habia presentado una acusadora del mismo don Enrique de Villena, -achacándole aquel propio crímen del que él habia pedido satisfaccion, -y lo demas ocurrido en el caso. - -Hizo entonces su alteza comparecer á la acusadora, la cual, guiada -de Abenzarsal, á cuya custodia estaba confiada, pareció y espuso de -nuevo en la misma forma que la habia hecho la funesta acusacion, no -sin acompañarla de abundosas lágrimas, que manifestaban bien á las -claras el estado en que se hallaba. - -Tomósele de ella juramento, asi como á don Enrique de la denegacion -del delito, el cual prestaron ambos sobre los santos Evangelios. - -Pidiéronse pruebas en seguida á la acusadora; no pudiendo la cual -presentarlas, recordó el canciller que fundado en esto mismo se habia -dignado su alteza ordenar la prueba del combate. - -Alzóse en seguida un faraute de su alteza y en voz alta repitió que -era llegado el dia en que aquel debia verificarse; lo cual hizo por -medio de largas fórmulas, de que nos dispensarán nuestros lectores. - -El canciller en seguida pidió los gages al acusado y acusadora, -que le entregaron, aquel el guante arrojado por Macías el dia de -la acusacion, ésta el anillo que en prenda de su persona habia -entregado al rey en el propio dia. Recojidos ambos por el canciller, -fuéles preguntado á los dos si se hallaban prontos para la prueba -del combate que su alteza habia ordenado: esta pregunta estremeció -á Elvira, que se vió sola en el mundo en aquel tremendo instante; -pero Villena respondió á ella con insolente sonrisa de triunfo -y de satisfaccion. Requeridos á presentarse ante su alteza los -combatientes ó sus campeones representantes, adelantóse el hidalgo -Hernan Perez de Vadillo, que se habia mantenido oculto hasta entonces -en el grupo de caballeros de la comitiva de don Enrique de Villena; -Elvira al verle no fue dueña de sí por mas tiempo, lanzó un agudo -chillido, y ocultó su cabeza entre los brazos de una dueña que la -seguia. No se alteró el implacable Vadillo; hincándose por el -contrario de hinojos ante su señor natural, pidióle la venia, dada la -cual anuncióse como el campeon de don Enrique. - -Este golpe inesperado, y que pocos en la corte sabian, hizo todo el -efecto que el lector puede imaginar, reflexionando como reflexionaron -los presentes que iba á presentarse un caso singular en semejantes -combates. La muger acusadora por una parte, y el marido campeon del -acusado por otra. Elvira al recibir tan terrible golpe se precipitó -á los pies del trono esclamando:—¡Santo Dios! ¡Rey justiciero, no lo -permitirás, señor...! - -Era tarde ya, empero, para deshacer lo hecho, y el faraute impuso -silencio á la acusadora, con duro gesto y ademan, separándola del -trono. - -Requirióse entonces á Elvira de que presentase su campeon, y á -este requerimiento se succedió el mas profundo silencio. Leíase en -los ojos de Elvira la ansiedad con que esperaba el fin de aquella -ceremonia. En aquel momento hubiera dado su existencia porque no -compareciese el doncel. Temblaba á cada ruido que se oía; todo era -para ella preferible al espantoso espectáculo de ver pelear por su -causa á su esposo y á su amante. - -Por último, vino á sacarla de su mortal angustia el tercer -requerimiento del faraute. - -Apenas habia acabado éste de pronunciarle, cuando prosternándose -Elvira, y elevando al cielo las manos y los ojos,—Nadie, esclamó con -loca alegría, nadie. ¡Yo os doy gracias, Dios mio! Señor, continuó -dirigiéndose al rey, no tengo campeon: soy, pues, calumniadora; ¡la -muerte presto, la muerte! - -—Señor, se adelantó á decir el canciller al rey, que se levantaba -para decidir en tan arduo caso, debo hacer presente á tu alteza que -antes de declarar infame al doncel tu favorito es fuerza esperarle en -el palenque todo el dia de hoy; si entonces no compareciere, á pesar -de los pregones que habrán de repetirse en ese tiempo tres veces, la -acusadora será ejecutada. - -—Ya lo oís, señora, continuó su alteza; dentro de una hora concurrirá -la corte al sitio del combate. - -Una nube de tristeza profundísima enturbió la frente pálida de -Elvira, que quedó sumergida en el silencio de la desesperacion. Don -Enrique de Villena triunfaba, y una mal reprimida sonrisa se dibujaba -en sus labios. Hernan Perez de Vadillo parecia desesperado de no -tener contrario, y de la inopinada tardanza. - -—Señora, dijo don Luis Guzman, que veía con despecho triunfar á su -enemigo, llegándose al oido de la infeliz acusadora; si mi brazo -puede seros útil ved que diera mil vidas por ser el acusador. - -—¡Ah! señor, repuso Elvira dirigiendo al caballero una mirada de -agradecimiento, dejad morir á una desdichada. Levantó entonces los -ojos al cielo, y añadió para si con dolorosa espresion. ¡Él ha muerto -tambien! ¡Y mi esposo me desprecia! Bajó en seguida los ojos, y dos -farautes, notando el pequeñísimo diálogo que quisiera prolongar don -Luis Guzman, la separaron, advirtiendo á éste que la ley prevenia -toda incomunicacion con la acusadora. - -Bajó entre tanto su alteza del trono, y preparóse la corte á asistir -al sitio del combate, donde debia esperarse al campeon de Elvira. - -Don Luis Guzman vió salir á todos con despecho reconcentrado. Su -silencio y su gesto manifestaban cuánto destrozaba su alma impetuosa -el próximo triunfo que esperaba á su rival, y que él habia tratado en -vano de impedir con su intempestiva y no aceptada generosidad. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XXXVIII. - - Traidor sois, Payo Rodriguez, - el mayor que ser podia. - Yo vos haré conocer - ser verdad lo que decia. - Entraré con vos en lid - y en ella vos venceria. - —Mentides, Rui Paez Viedma, - Pai Rodriguez respondia. - Por eso sois vos reptado, - no yo que nada debia. - Diéronse luego sus gages, - y en el campo entrado habian. - Procuran de se matar - muy cruel batalla habian. - - _Sepúlveda_, _Rom._ - - -—¿Pararemos aqui, si os parece? decia deteniendo su mula á la puerta -de la hospedería de Andujar un hombre de quien ya hemos dado una -pequeña muestra en la cena á oscuras que describimos en capítulos -anteriores. - -—Como gusteis, repuso su compañero de viaje, á quien solo por su -muletilla favorita habrán conocido ya nuestros lectores. - -—¡Ah, de la hospedería! ¡Buena gente! - -—¿Quién es la buena gente? replicó una voz agria y descompasada, -semejante al desapacible chirrido de una chicharra, la cual salia del -endeble cuerpo de una vieja mal humorada que acababa de asomarse á -una fenestra. No hay posada. - -—Como gusteis, replicó apeándose Nuño; pero reparad, buena Beatriz, -que somos, es decir, que soy vuestro compadre el de Arjonilla... - -—¡Si digo que está llena la casa! no hay posada, compadre, tornó á -decir la vieja. - -—Como gusteis, Beatriz; pero ved que no la pido para mí, sino para -esta mi bestia, que es como sabeis la niña de mis ojos; no hay mula -mejor en la comarca: miradla despacio; es compra que le hice al prior -del convento de Arjonilla; miradla, y compadeceos y hacedla un lugar -en la cuadra. - -—Os digo, replicó la vieja, que como no querais meterla conmigo -en mi camaranchon, no hay donde. Y no canseis, Nuño, concluyó la -vieja; cerró despues de golpe la ventana, y se alejó con un gruñido -prolongado, como se aleja tronando la tempestad. - -—¡Buenas noches! dijo soltando una carcajada el compañero de viaje de -Nuño. - -—¡Maldita vieja! dijo Nuño. ¡Cuerpo de Cristo! - -—Vaya, Nuño, no os desespereis. Está visto que ha venido media -Andalucía á la fama del juicio de Dios que se celebra por la prueba -del combate en este pueblo, que Dios bendiga. - -—¿Y qué hacemos, señor montero? ¿Os parece que nos recibirá en su -audiencia el señor justicia mayor con mulas y todo? - -—Paréceme que no; pero pudieran quedar las bestias con el mozo en las -afueras del pueblo. - -—Como gusteis, repuso el buen Nuño. - -Apeáronse nuestros viajeros, y dejadas las caballerías al mozo, -dirigiéronse hácia el palacio, donde se hallaba la corte hospedada. - -—Hé aqui lo que yo digo, iba refunfuñando el montero. Dad el pie, -y os tomarán la mano. Ofrecíme á hacer un servicio á Peransurez, -y exigióme ciento. ¿No era bastante andar un dia entero tras unos -hábitos viejos de nuestro padre San Francisco, que no fue poca -fortuna encontrar, merced á las muchas liebres que regala uno al -padre sacristan? No, sino veníos despues con letras para el señor -justicia mayor de no sé qué dueña ó qué doncella encantada... ¡Voto -va! ¡Muchacho! añadió el montero deteniendo á uno que corria hácia la -plaza del pueblo, ¿nos daréis razon del señor justicia mayor? - -—¡Ah señor! en mala hora venís, repuso el muchacho; ya no dejan -pasar los archeros y ballesteros hácia palacio; la corte va á salir -al palenque... ¿no veis cómo corre todo el mundo? Si venís á ver el -duelo, mejor haréis en llegaros á la plaza. Acaso podréis acercaros -al señor justicia mayor, que ha de estar alli, dijo el muchacho, y -siguió corriendo. Agrupábase la gente cada vez mas por todas partes, -y bien vieron nuestros viajeros que no les quedaba mas recurso que -seguir el consejo del muchacho. - -—¡Ea! vamos, dijo Nuño; si alli le podemos dar alcance, sea en buen -hora; sino tenga Peransurez paciencia, y acabada la fiesta haréis su -comision: ¿ha de correr tanta prisa? - -—Mucho me dijo que urgía, pero á la buena de Dios. El hombre -propone... - -—Y Dios dispone, concluyó el buen Nuño. Siguieron en seguida el -curso de la gente, y no tardaron en llegar á la plaza. - -Habíase construido un palenque de ochenta pasos de ancho y de -cuarenta de largo; en una estremidad un cadalso se hallaba levantado, -y ricamente entapizado de paños negros; en él debian sentarse los -jueces del campo. Hácia el comedio de uno de los lados un balconcillo -de madera, forrado de paño color de grana bordado de oro, debia -servir para el rey y su comitiva. Al uno y otro lado del palenque -dos garitas, semejantes á las que se construyen en el dia para los -centinelas, estaban destinadas para dos hombres, que debian dar desde -ellas lanzas y armas nuevas á los combatientes, en el caso de romper -las suyas en los primeros encuentros sin acabarse el duelo. - -Al rededor del palenque, y donde habian dejado lugar para ello las -bocas calles, habian arrimado los habitantes carros y carretas para -ver mas cómodamente el tremendo combate. Coronaba ya la concurrencia -los puntos mas altos de la plaza, y empujábanse las gentes unas á -otras en los mas bajos para alcanzar puesto cuando llegaron Nuño y su -compañero. - -—¿Habeis oido decir por qué es el duelo? preguntaban unos. - -—Sí; respondian otros. El nigromante de don Enrique de Villena, que -hechizó á su muger, es acusado por ello. - -—Bien hecho: no, sino que nos hechicen cada y cuando quieran esas -gentes que tienen pacto con el diablo. - -—Callad, maldicientes, gritaba una vieja ¿Qué sabeis vosotros de lo -que decís? No la hechizó, sino que la condesa desapareció, y aseguran -que fue muerta por unos bribones pagados, á causa de unos amores, lo -cual se supo porque noches antes le habian dado una serenata... - -—¡Ah! ¡ah! ¡ah! mirad la madre Susana con lo que nos viene, esclamaba -otro. Matóla su marido, si señor, y hay quien sabe el por qué. -¿Hubiera si no, una dama tan discreta y hermosa como la señora -Elvira, muy amiga por cierto de la condesa y que estaba en sus -secretos, cometido la ligereza de...? - -—Eso no, ¡pesia mí! maese Pedro, interrumpió un mozalvete mal -encarado; ¡que no ha menester una muger muchos motivos para cometer -una ligereza! - -—¡Calle el deslenguado! gritaba una doncella bien apuesta, y ataviada -para el combate como para una funcion; ¿qué sabe él lo que son -mugeres? Deje crecer sus barbas y hable de tirar piedras. - -—En hora buena, replicó el mozo; pero lo que yo digo es, que el -combate no se verificará... - -—¿No, eh? - -—No señor; porque el campeon de la acusadora no parece. - -—Sí parecerá, repuso un recien llegado. En alguna redoma. - -—¡Oh! y qué bien decís, ¡voto á tal! hay quien asegura que entre el -judío... maldiga Dios á los judíos. - -—Amen. - -—Amen. - -—Amen. - -—Pues sí; hay quien dice que entre el judío y el de Villena han -echado un conjuro al señor doncel, aquel caballero tan cumplido, y le -tienen en una redoma mas larga que la cigüeña de la torre, donde ha -de estar cuarenta dias para convertirse luego en cuervo como el rey -Artus. - -—¡Otra tenemos! gritó soltando la carcajada un petrimetre incrédulo -de aquel tiempo. ¡Buena está la invencion de la redoma! El hecho de -verdad es que ese caballero tan cumplido andaba enredado en amores -con la dama acusadora; hálos sorprendido el marido, y... - -—¡Jesus! ¡Jesus! Dios nos perdone, y qué cosas oye uno á los -barbilampiños de estos tiempos, esclamó una dueña quintañona, -hincando el codo para pasar, y mirando con ojos zainos á un mancebito -que parecia mas reservado que el que tenia la palabra. ¡Hé aqui por -tierra en un instante el honor de una dueña! - -—Vaya, madre, no se enfade, repuso el que habia recibido la repasata, -y cuide de su honra, sin andar enderezando la de nadie, que todos -habemos menester... - -—¿Qué irá á decir el desvergonzado? interrumpió toda azorada y -encendida la quisquillosa mogigata. - -—¡Ea! ¡ea! dijo Nuño; dejen esas cuestiones, y miren á los -trompeteros que se entran ya en el palenque. Seor montero, veníos -hácia acá; continuó, y veamos de dar la vuelta á la plaza, por si -podemos llegar á dar esas letras que traeis al señor justicia mayor. - -Acababan de entrar efectivamente en el palenque dos trompeteros -anunciando con fúnebre sonido el principio de la ceremonia del -combate. Venia detras de las trompetas un rey de armas y dos -farautes. Seguian ministriles con instrumentos músicos, y varios -ministros del justicia mayor; dos notarios para testimoniar y dar -fé de lo que acaeciese; los dos jueces del campo elegidos por su -alteza, que fueron el muy buen condestable don Rui Lopez Dávalos y -el juicioso y entendido en armas y letras don Pedro Lopez de Ayala. -Detras el justicia mayor Diego Lopez de Stúñiga, vestido como los -demas de gala y ceremonia cerraba la comitiva. Subió toda al cadalso -revestido de paño negro, en el cual se colocó segun la preeminencia -de puestos debida al empleo de cada uno, y á ella se agregaron dos -persevantes. Entró en seguida en su balconcillo, ó mirador, su alteza -acompañado de su físico Abenzarsal, del arzobispo de Toledo, de su -confesor fray Juan Enriquez, y de varias dignidades de palacio que á -semejantes oficios debian seguirle. - -Proveyeron los jueces la liza de gente de armas que asegurase el -campo, y fueron treinta buenos escuderos con mas ballesteros y -piqueros; de los cuales colocáronse unos en ala bajo el balconcillo -de su alteza, y otros en varios puntos estremos de la liza. - -Entró en seguida un eclesiástico, y dirigiéndose hácia el estremo -enfrente de los jueces, donde habian hecho levantar estos un altar -con preciosas reliquias y ricos ornamentos, y en el cual debia -celebrarse el santo sacrificio de la misa. - -Enfrente del balconcillo de su alteza habíanse levantado, bastante -apartados entre sí, dos pequeños cadalsos de tablazon revestidos -de paños negros bordados de oro; hasta el uno entró conducida y -custodiada por cuatro archeros una muger jóven cubierta de un velo -negro que la tapaba toda: ocultaba su blanca espalda y torneada -garganta su cabellera brillante como el ébano. No era ya aquella -perfecta hermosura fresca y lozana que habia deslumbrado tantas -veces á la corte toda de don Enrique el Doliente. Su rostro pálido y -prolongado por la contínua afliccion; sus ojos hundidos y rodeados de -un cerco oscuro; su frente mancillada por la adusta mano del dolor; -su mano descarnada y trémula; su paso vacilante y sus ardientes -lágrimas manifestaban cuán grande era su pesar. Seguíala al lado, -vestido de gala, el pagecillo Jaime, que de ver llorar á su prima -lloraba tambien, y que la dirigia de cuando en cuando palabras de -consuelo, de las cuales no eran contestadas unas, y otras ni siquiera -oidas. - -Hasta el otro cadalso ó tablado entró el ilustre conde de Cangas y -Tineo, ricamente vestido, alta la cabeza y arrogante el paso. Llevaba -rico jubon de raso negro columbino; calzas justas; un bohemio de paño -negro guarnecido del mismo color; manga larga y angosta, con capilla -de buitron; una jaqueta de raja recamada de oro le cubria apenas el -jubon; cinto tachonado de que pendia una rica limosnera; zapatos de -seda negros abiertos y acuchillados; un camison riquísimo de holanda, -labrado, le volvia sobre el pecho y hombros, y un riquísimo collar de -piedras y oro, de que pendia un San Miguel de este precioso metal, -deslumbraba en su pecho al lado de la cruz roja de Calatrava. El -manto de la orden encima completaba su magnífico arreo. - -Precedíanle farautes suyos, su estandarte con el escudo de sus armas, -y la caldera de rico-home, y le seguian escuderos, donceles pages, -caballeros y gentiles homes de su casa, vasallos suyos, vestidos -todos de ceremonia y paz como su señor. - -Un alto crucifijo de plata reflejaba los rayos del sol á igual -distancia de uno y otro cadalso, enfrente mismo del balconcillo de -su alteza, y detras de él se veía sentado sobre un banco contiguo ya -al palenque un hombre vestido con un capoton de seda encarnada, y -cubierta la cabeza de una gorra de lo mismo. Un tajo á su lado, y una -afilada cuchilla declaraban aun á los que mas de lejos le veían que -era Mateo Sanchez, verdugo de su alteza, pronto á ejecutar á aquel de -los dos que quedase por el combate convencido ó de calumniador, ó de -reo. - -Dispuesta ya la liza en esta forma, que hemos procurado describir -todo lo mas fielmente que nos ha sido posible, mandaron los jueces al -rey de armas y farautes dar una grida ó pregon anunciando el combate, -que iba á verificarse en comprobacion del juicio de Dios á falta de -otras pruebas, y mandando comparecer á las partes ó á sus campeones. - -Presentóse en seguida á la puerta del palenque un caballero, alzada -la visera, que todos reconocieron ser el hidalgo Hernan Perez de -Vadillo: seguíanle dos pages con las libreas de Villena, llevando -el uno la lanza y el otro un caballo de respeto. Venia ginete en un -soberbio alazan encubertado con paramentos negros que le llegaban -hasta los corbejones, con cortapisa de martas cebellinas, y bordados -de muy gruesos rollos de argentería á manera de chapertas de celada, -y por divisa las armas de don Enrique de Villena. Traia Hernan Perez -vestido sobre su arnés blanco, como de caballero novel, sin empresa -ni mote, un falso peto de aceituní vellud bellotado, verde brocado, -con una uza de brocado aceituní vellud bellotado azul, calzas de -grana italianas, una caperuza alta de grana, y espuelas de rodete -italianas: llevaba sus arneses de piernas y brazales con hermosa -continencia. Su rostro era el único que estaba en contradiccion con -la galana apostura de su arreo. Encendido como la lumbre, lanzaba -rayos de sus ojos, y parecia medir con la vista el espacio del -palenque, como si viniera estrecho á su cólera y su corage. Tres -vueltas dió en derredor con gracia y gentileza, saludando á cada -vuelta él y su caballo al mirador de su alteza y al conde su señor; -dirigiendo, empero, una mirada de desprecio y de ira, sentimientos -que se confundian en la espresion de su semblante, hácia la víctima -infeliz de su propia virtud y generosidad. - -Presente ya en la liza el defensor del acusado, requirieron -los farautes por pregon al campeon del acusador por tres veces -consecutivas, el cual no pareciendo, comenzó el oficio de la misa. - -Concluida ésta, requirieron de nuevo al acusador; igual silencio -succedió, sin embargo, al segundo y tercer pregon. - -Elvira alzaba de cuando en cuando los ojos al cielo: no se podia -distinguir si le daba las gracias por la ausencia de su campeon, que -de ninguna manera hubiera deseado ver entonces alli, ó si lloraba -la ya probable muerte del doncel. Sin creer en ésta, ¿cómo concebir -que caballero tan generoso y enamorado pudiese dejarla en tan amargo -trance desamparada, donde la cuchilla del verdugo esperaba su cabeza -si su campeon no venia? - -Dos largas horas pasaron en tan cruel espectativa. Impacientábase ya -el concurso como si hubiera pagado el dinero por su asiento, y como -si fuese aquella una funcion que estuviese ya su alteza obligado -á darle, solo por el hecho de haber él concebido esperanzas de -presenciarla. Circunstancia que prueba que el público de Andujar en -el siglo XV se parecia á los públicos de todas las épocas y paises. -Habia consentido en recrearse con los furibundos mandobles y reveses -del combate: habia contado con una diversion, porque generalmente las -calamidades particulares son diversiones públicas, y la diversion no -llegaba. Comenzaba á levantarse ya un sordo murmullo de descontento -y desaprobacion; quien hablaba contra Macías, caballero aleve y -descortés que se habia ofrecido al socorro de una dama para faltar -despues á su palabra y su fé; quien se indignaba contra Villena -achacando á sus cobardes maleficios la desaparicion del pundonoroso -doncel. - -Habian ganado terreno en este tiempo Nuño y su compañero, portador -de las letras, que segun sus propias espresiones le habia confiado -Peransurez para el justicia mayor: ora sirviéndose de la persuasion, -ora de sus codos, habíanse abierto paso poco á poco hasta llegar -á colocarse cerca del tablado de los jueces, dando la vuelta al -palenque. Atraido un faraute á las voces de Nuño, no pudo menos -de acudir á ver qué pretendia aquel palurdo; espúsole entonces -el montero como tenia dos palabras que comunicar á su señoría al -justicia mayor. - -Miróle de alto abajo el faraute, y como le vió tan mal parado,—No -es ocasion, villano, le dijo, de pedir justicia. Id mañana á la -audiencia. - -—Ved que no es justicia lo que á pedirle vengo, ni son asuntos mios -los que tengo que comunicarle. - -—¡Calle el villano! repuso el faraute con enojo. ¿Qué asuntos traerá -él con su señoría, sino es alguna querella contra el tabernero de la -taberna del rincon? - -—¡Voto va, señor faraute! replicó el montero al verse tan -injustamente maltratado, que le enseñe yo á hablar antes de mucho... - -—¡Favor al rey! gritó el faraute. - -—¿Favor al rey? pícaro, contestó el montero montado en cólera, ¿sabes -tú, jabalí del soto mas que faraute, que lo que tengo que hablar á su -señoría interesa acaso al mismo combate que debia hoy verificarse, y -vale de seguro mas que tú, y todas las bestias feroces de tu especie? - -Una carcajada del faraute, y un golpe que con la vara de su insignia -dió al montero, acabaron de indignar á éste, é iba á precipitarse -ya sobre su antagonista, cuando un grandísimo rumor de voces y de -aplausos resonó por toda la plaza. - -—¡Dejadnos ver, dejadnos oir! clamaron á un tiempo mas de veinte -curiosos de los que hasta entonces se habian entretenido con la -disputa del faraute y del montero. A esta interrupcion inesperada se -volvieron las cabezas de todos hácia el parage donde sonaba el mayor -alboroto. - -Un caballero bien montado y armado de todas armas acaba de entrar en -la liza, y dirigiéndose hácia el mariscal del campo, que preguntaba -ya á su alteza si habia de procederse á la ejecucion de la acusadora, -le hablaba con voz agitada y resuelto continente. - -Traia el caballero echada la visera; sus armas negras, el penacho -negro que sobre su reluciente almete ondeaba á la merced del viento, -y mas que todo una divisa que en el brazo derecho llevaba ricamente -obrada, y que decia en letras de plata _imposible_, _venganza_, -llamaron la atencion general.—¡Él es! gritó una voz penetrante que se -elevó hasta las nubes desde el cadalso de la acusadora.—¡Él es! ¡él -es! respondieron en el acto mil y mil voces confusas y repetidas. - -—¿Habráse salido Hernando con la suya? dijo el montero á Nuño. ¡Háse -salvado el doncel! - -Proseguia, sin embargo, el altercado del caballero y del mariscal: -llegó éste al tablado de los jueces, y despues de una corta -esplicacion, pareció que éstos habian decidido acerca de la duda que -tenia el mariscal. - -Grande fue el asombro de don Enrique de Villena, y mayor aun su -indignacion. - -¿Era posible que Ferrus hubiese dado suelta al encerrado doncel? -Conocióse su turbacion en toda la plaza, y hubo de parecer buen -agüero á los que se inclinaban á la parte de la acusadora. - -El rostro de Hernan Perez por el contrario brilló de un resplandor -singular. Afirmóse en los estribos, registró con su vista relumbrante -á su contrario, y dando con el cuento de la lanza en el suelo, -“¡Venganza, sí! clamó: ¡venganza!” Dió en seguida media vuelta á -su caballo, y ocupó el lado izquierdo del palenque en la terrible -actitud ya de acometer. - -Otro tanto hizo el recien venido, y tomó de mano de uno de sus dos -pages una ponderosa lanza. - -El rey de armas, acompañado de dos farautes, descendió entonces del -tablado; midieron en seguida el suelo, dividieron el sol, é indicaron -su debido puesto á ambos combatientes. - -Dirigiéndose en seguida Hernan Perez de Vadillo, conducido por el rey -de armas, hácia el crucifijo, y tocándole con la diestra mano, juró -á fé de cristiano y de caballero, por su alma y por la vida que iba -á perder acaso en aquel trance, que su demanda era justa y buena, y -que no traía sobre sí ni sobre su caballo armas ocultas, ni yerbas, -ni hechizos, ni piastron, ni ventaja alguna de las reprobadas por la -orden de caballería; vuelto á su puesto, igual juramento repitió, y -en la misma forma, el caballero de las armas negras, colocándose de -nuevo en seguida al frente de su adversario. - -Al ver tan próximos al último trance á entrambos combatientes, no -pudo contenerse por mas tiempo Elvira. - -—¡Señor! clamó prosternándose con los brazos abiertos y dirigidos en -actitud suplicante hácia el mirador de su alteza, ¡basta! quiero ser -antes calumniadora. ¡Lo soy, señor, lo soy! - -Pero en aquel momento la atencion de todos se bailaba fijada en los -gallardos combatientes, y una confusa gritería de aplauso y de temor -al mismo tiempo sofocó la débil voz de la acusadora. Desanimada -Elvira enteramente, dejó caer su cabeza sobre el pecho, y enagenada -desde entonces apenas vió y oyó lo que en torno suyo pasaba. - -Al punto los jueces del campo mandaron al rey de armas y al faraute -dar una grida ó pregon que ninguno fuese osado por cosa que sucediese -á ningun caballero á dar voces ó aviso, ó menear mano ni hacer seña, -so pena de que por hablar le cortarian la lengua, y por hacer seña le -cortarian la mano. Succedióse á este pregon el mas profundo silencio, -interrumpido solo por un ligero murmullo que producia el montero -irritado todavia, profiriendo entre dientes algunos juramentos contra -el faraute; ni atendió el pregon, ni pensaba sino en llevar á cabo la -entrega de sus letras, mas bien por terquedad ya que por otra razon -cualquiera. Aplacáronle, sin embargo, algun tanto los que le rodeaban. - -Al mismo tiempo mandaron los jueces sonar toda la música de -ministriles con grande estruendo, y en tono rasgado de romper la -batalla; reconoció el rey de armas, acompañado del mariscal, las -armas de los desafiados, y hecha la señal soltaron los farautes la -brida del bocado de los combatientes que tenian cogida gritando á una -voz: “_Legeres aller, legeres aller, é fair son deber_”, segun la -fórmula provenzal introducida en duelos singulares, justas y torneos. - -Arrancaron al punto los caballeros con las lanzas en los ristres, -arremetiendo uno contra otro con singular furia y denuedo. General -fue la espectativa y el ansia al choque de los combatientes, que se -encontraron entre nubes de polvo en medio de su carrera. Rompieron -entrambos sus lanzas. Hernan Perez encontró al caballero de las armas -negras en el arandela, desguarneciéndole el guardabrazo derecho, y -éste encontró á Hernan en la bavera del almete. Vacilaron entrambos -caballos de la sacudida, pero repuestos en el mismo instante del -súbito golpe, concluyeron su carrera airosamente. Tomaron los -caballeros lanzas nuevas, y en tres carreras succesivas no se decidió -la ventaja por ninguna parte. Al fin de la tercera, furioso Hernan -Perez del poco efecto de las lanzas, quebró la suya contra el suelo, -y revolvió desnudando la espada sobre su contrario, que vista la -accion adoptó igual determinacion. No daba Elvira, sumergida en el -mas profundo estupor, señal de vida, y mudaba de colores don Enrique -de Villena á cada encuentro, como aquel cuya fortuna dependia del -éxito del combate. A pesar de las buenas muestras que daba el novel -caballero, ponian todos por el de lo negro, cuyos altos hechos de -armas anteriores eran demasiado conocidos para osar poner en duda su -ventaja. - -El que mas animado parecia era nuestro montero, á quien el corage -habia acabado de acalorar; pero cuando no pudo reprimirse fue cuando -despues de un largo rato de incierta lucha rompió Hernan Perez su -espada en el almete del caballero de las armas negras, quedando -desarmado. “¡A él! ¡á él!” gritó fuera de sí al aventajado de lo -negro, que descargando su acero sobre el indefenso desguarnecióle -el brazo, haciéndole una profunda herida á lo largo de él. Apartó -Vadillo su caballo como buscando una arma nueva, y tratando de evitar -el segundo golpe con que su contrario le amenazaba ya; accion que -puso una pequeña suspension en el combate, merced á la habilidad con -que logró, manejando su bridon, burlar repetidas veces la intencion -del enemigo. - -Un faraute entre tanto se apoderó del montero, y llevado ante los -jueces del campo, íbasele á imponer la pena, que hubiera sufrido á -no haber hecho presente que traía letras para el justicia mayor. -Abriólas éste, y recorriólas rápidamente. No bien las hubo leido, -cuando se alzó en pie para mandar la suspension del combate. Era -tarde ya, sin embargo. Convencido Vadillo de que podia durar muy -poco lucha tan desigual, decidióse á echar el resto, y asiendo de -su hacha de armas detuvo su caballo y esperó resuelto al contrario, -que le acometió, causándole de nuevo otra herida en un costado. -Aprovechándose Vadillo entonces del momento, soltó la brida del -caballo, y alzando con ambas manos el hacha y clamando, “¡Venganza! -¡venganza!” descargó tan furioso golpe sobre el caballero de las -negras armas, sin darle tiempo de revolver su caballo, que faltándole -el almete hízole dar con la cabeza en el cuello del animal: aturdido -de ambos golpes, el caballero abrió los brazos, separáronse sus -piernas del vientre del caballo, y perdiendo ambos estribos vino al -suelo mal parado. “¡Victoria! ¡Victoria!” clamaron á un tiempo los -circunstantes, succediendo á la aclamacion el mas profundo silencio. -A este tiempo Vadillo, habiendo echado ya pie á tierra, se precipitó -sobre el caido con ánimo de cortarle la cabeza, idea que llevara á -cabo á no detenerle un faraute que de orden de los jueces dió por -concluido el combate. Miró Vadillo al cielo despechado, y descansó -en seguida sobre su hacha de armas, sin separarse empero de la -víctima, y en la misma actitud en que nos pintan á Hércules sobre -su maza. Elvira al oir el grito de victoria alzó los ojos, vió el -éxito del combate, y cerrándolos horrorizada se lanzó en los brazos -de Jaime, ocultando en ellos su cabeza. Don Enrique de Villena entre -tanto ostentaba en su semblante la alegría del triunfo, que no habia -esperado conseguir. - -Mientras que el justicia mayor habia llegado á su alteza seguido -del montero, y le hablaba cosas sin duda del mayor interes, el rey -de armas se adelantó hasta el vencido, y poniéndole un pie sobre el -pecho, y tocándole con su maza: “¡_Hé aqui_, clamó en voz alta, _hé -aqui el juicio de Dios_!” Don Enrique de Villena es inocente. Elvira -es calumniadora. _Hé aqui el juicio de Dios._ - -Un grito de horror resonó por toda la concurrencia, que sabia bien -la suerte que esperaba á Elvira. Efectivamente, segun las leyes de -semejantes juicios, la acusadora debia ser en el acto degollada: el -campeon vencido, si habia quedado con vida, debia ser desarmado y -desnudado; las diversas piezas de sus armas esparcidas aqui y alli en -el campo de batalla, y permanecer él en tierra hasta que su alteza -declarase si queria ajusticiarlo ó perdonarlo. Sus bienes habian de -ser ademas confiscados en favor del erario, despues de reintegrado el -vencedor de sus costas y perjuicios; y si quedaba muerto debia ser -entregado al mariscal del campo para ser suspendido por los pies en -un patíbulo. - -Disponíanse los archeros á conducir á Elvira al suplicio, estaba ya -en pie el impasible verdugo, y repetia por tercera vez el rey de -armas su grida de ¡_hé aqui el juicio de Dios_! cuando se notó que -su alteza hacia señal de suspension con el pañuelo. Alzado en pie -entonces el justicia mayor, “El combate nada puede probar ni decidir, -clamó en alta voz. La condesa doña María de Albornoz vive, y don -Enrique de Villena es, sin embargo, culpado de felonía, si no de su -muerte.” - -Estas terribles palabras, que repetian los que estaban mas cerca á -los que no las habian oido, estendiéndolas como se estienden á lo -lejos las ondas de un estanque donde ha caido una piedra, produjeron -la mayor espectativa en la asamblea, y fueron un rayo para don -Enrique.—¡Todo es perdido, clamó, todo! - -—Sí, continuó Diego Stúñiga. La providencia es justa; ella ha salvado -á la condesa; hé aqui sus letras, y presto acaso su llegada á Andujar -confirmará tan alegre nueva. - -No bien habia acabado de hablar el justicia mayor, se hendió la -multitud, que rodeaba una puerta de la liza, y se vió llegar á rienda -suelta una cabalgata que no tardó en entrar en el palenque. - -—¿Es posible? se preguntaban unas á otras mil voces confusas y -atropelladas; ¿es posible? ¡La condesa! ¡la condesa! - -Doña María de Albornoz, pálida como la muerte, revestida aun del -negro cendal con que habia salido de su prision, y seguida de -Peransurez y de varios armados, se dirigió á apearse ante su -alteza, que la recibió en sus brazos. Don Enrique, confundido, se -ocultó entre sus caballeros, y Elvira, luchando entre la duda y la -esperanza, permaneció inmóvil, ora clavando los ojos con estúpido -terror en el cuerpo del vencido, que yacía en tierra todavia, ora -queriendo descifrar si era efectivamente su antigua amiga la que -venia á librarla de la muerte que tanto habia deseado. - -Informada la condesa anteriormente por Peransurez de cuanto habia -ocurrido durante su prision, corrió en seguida á los brazos de -Elvira, que la recibió en ellos con la insensibilidad de una estátua -para quien nada tenia ya interes en el mundo. - -Entre tanto, llegando los jueces y el rey de armas al caido, -desenlazáronle el almete: al respirar el aire libre pareció dar -señales de vida, volviendo en sí lentamente. Su alteza, que habia -bajado de su balconcillo, se encaminó con toda la corte hácia el -sitio que habia sido teatro de la batalla, lleno del mas vivo interes -por su doncel. La condesa, no menos animada del celo por su defensor, -arrastró á Elvira hácia el mismo parage. La sangre que habia vertido -el caballero por los oidos y las narices al recibir el golpe de -Vadillo, juntamente con el sudor y el polvo, impedian reconocer sus -facciones. - -—¿Es muerto? gritó don Enrique el Doliente á los que le -reconocian.—¿Es muerto? preguntó la condesa.—¡Macías! gritó Elvira, -devorando con sus ojos las facciones del caido. _¡Ah, no es él!_ -esclamó con frenética alegría, despues de un momento de duda. _¡No -es él!_ y se dejó caer en los brazos de la condesa, que la cubria de -cariñosos besos. - -Efectivamente, limpióse el rostro del vencido: era el generoso don -Luis Guzman. Poseyendo la armadura del doncel, que Hernando le habia -dejado, se habia lanzado á la palestra en contra de Villena, logrando -persuadir al mariscal del campo y á los jueces de la identidad de su -persona, sin quitarse la visera. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XXXIX. - - Yo malo que obré el pecado, - merecia haber la paga. - Mis ojos sean malditos - que su hermosura miraran, - que á no mirarla ellos - todo este mal se escusaba. - No mireis, justo señor, - su pecado; pues le paga - el cuerpo que lo tal hizo - á ella haced librada. - - _Rom. del rey Rod._ - - -Luego que Fernan Perez se hubo repuesto algun tanto de su primer -asombro volvió los ojos hácia su señor, y viendo lo mal parado que -estaba entre los suyos, llegóse á él con aire resuello. - -—¿Qué es esto, señor? le dijo. ¿La condesa aqui? ¿y el doncel? - -—¿Qué ha de ser, Vadillo? repuso Villena: el infierno todo, que anda -mezclado en mis asuntos. Mi castillo está en manos de traidores. La -fuga es nuestra salvacion. - -Dichas estas palabras, aprovechóse el conde de Cangas de la -confusion general, y salió del palenque con Vadillo, y sus caballeros -y vasallos, antes que pensara nadie en impedírselo; armándose en -seguida y montando precipitadamente á caballo, tomaron á rienda -suelta el camino de Arjonilla, donde le pareció al conde que debia -hacerse fuerte, y esperar el sesgo contrario ó favorable que -quisiesen tomar las cosas. En el camino hubo de confesar toda su -conducta el intruso maestre á Fernan Perez. A pesar de su nunca -desmentida fidelidad, no pudo disimular éste un gesto de desprecio, -hijo de la consideracion del carácter de aquel hombre, imperfecta -mezcla de ambicion y pusilanimidad. No creyó, sin embargo, oportuno -abrumarle con reconvenciones en la hora de su desgracia; desesperado -de no haber acabado como creía con el hombre que le habia ofendido -en lo mas delicado de su honor, y cuya muerte habia jurado, suplicó -al conde le permitiese adelantarse en su escelente caballo, para -advertir su llegada al castillo y tomar disposiciones de defensa, -segun le dijo, pero en realidad con ánimo de que no se escapase por -esta vez á su furor el doncel, si estaba todavia aprisionado, como -debia presumirse de su ausencia en el combate. - -Advertida de alli á poco en el palenque la fuga del conde y de -los suyos, fue tal la indignacion de su alteza al verse de esta -manera burlado por su mismo pariente, á quien tantos favores habia -dispensado, que á pesar de los ruegos de doña María de Albornoz y -de Elvira, pudieron mas con él las sugestiones del pérfido judío -Abenzarsal. Este, para salvarse y no verse arrastrado en la ruina del -conde, no halló otro recurso que cortar el cable que unia su suerte -á la del caido maestre, y como buen palaciego, fue el primero que -manifestó la mayor indignacion contra Villena. Despachó, pues, el -rey en seguimiento del conde al justicia mayor con numerosa comitiva -de caballeros y hombres de armas, dándole orden de traerle á su -presencia vivo ó muerto, y de salvar á toda costa al doncel de su -venganza si existia en su poder todavia, como debia sospecharse de -las informaciones que dió sobre el caso Peransurez. - -Deseosa, sin embargo, la generosa condesa de endulzar el rigor -de la ley por una parte, y por otra de cooperar á la libertad -del doncel, que tan noblemente habia abrazado su causa desde un -principio, y que por ello se veía en eminente peligro, se decidió á -seguir al justicia mayor á Arjonilla, acompañándola Elvira, Jaime y -Peransurez; aturdida todavia aquella con los singulares y opuestos -acontecimientos que por ella habian pasado en aquel dia, y fieles los -otros dos como siempre á la generosa empresa que habian abrazado. La -impaciencia que á los cuatro animaba no les permitió esperar á la -partida mas lenta del justicia mayor y de su tropa. Llevando ademas -mejores caballos, ganáronles prontamente la delantera. - -En el castillo se habia aplacado entre tanto el desorden y la -confusion, producidos por la fuga de la condesa, Ferrus y Rui Pero se -habian cerciorado con satisfaccion, que solo uno de los prisioneros -se habia escapado. Era, en verdad, el mas importante; pero Rui Pero -se puso á la cabeza de unos cuantos hombres armados con no pocas -esperanzas de recobrar á los frailes fugitivos, que habiendo salido -á pie no podian haber andado mucho. Hubieran logrado su intento á no -haber tenido tiempo Peransurez para llegar á la venta de Nuño; pero -una vez alli, desnudáronse su disfraz, tomaron consigo unos cuantos -monteros cólegas de Peransurez, y rodeando por el monte y sonando -sus vocinas en son de caza, lograron burlar la vigilancia de los -emisarios de Rui Pero, que buscaban dos frailes franciscanos, y no -una compañía de cazadores. La condesa creyó oportuno avisar de su -situacion á su alteza por medio del mismo Nuño, y de su compañero -de viaje, por si se frustraba su fuga, ó por si no podia llegar -á Andujar tan presto como era su intencion, á pesar de la poca -distancia que hasta alli habia. Nuestros lectores han visto cómo -desempeñó Nuño su comision, y pueden figurarse que Rui Pero y los -suyos recorrian todavia inútilmente los alrededores de Arjonilla. -Ferrus poco militar todavia y aturdido con cuanto le pasaba no habia -pensado en relevar las centinelas; y habiéndose convencido por una -rejilla interior de la prision del doncel de que existia en su poder, -permanecia Hernando en su puesto con su alano, bien decidido á vender -cara su vida si no podia salvar á su señor; viendo que nadie se -acordaba de él, se determinó por último á abandonar su guardia, y á -buscar alguna otra manera de salvar á Macías. Echó á andar para esto -á lo largo de la muralla, calada la visera de la mala celada que -habia robado al difunto, y no le costó dificultad introducirse en lo -interior del castillo, que por lo desmantelado servia de cuartel á -los hombres de armas. No osaba preguntar por no delatarse á sí mismo; -pero calculando la forma del edificio, anduvo con aire resuelto -como si fuese á cosa hecha ó llevase alguna orden, y se acercó á un -corredor ancho adonde caía efectivamente la escalerilla que daba -entrada á la prision del doncel. Felizmente conservaba todavia las -llaves en su poder, y Ferrus con la mayor parte de su fuerza se -ocupaba en distribuir atalayas en las murallas, y en examinar de -continuo el campo por ver de divisar á Rui Pero, de quien no dudaba -que volviese con su presa. - -Quedábale que vencer á Hernando una dificultad. En lo alto de la -escalera habia un centinela, á quien Ferrus habia encargado la -vigilancia. - -—¿Quién va? preguntó éste á Hernando luego que le vió acercarse. - -—Compañero, repuso Hernando, tratando de ganarle por buenas, y aun de -relevarle si podia, ¿cae hácia esta parte la prision? - -—Atras. Parece que es nuevo el compañero segun la pregunta. Aqui cae; -pero atras. - -—Ved que os vengo á relevar. ¡Voto va! podeis iros ya á descansar. - -—¿A descansar, y hace un cuarto de hora que estoy en esta faccion? - -—Malo, dijo para sí Hernando. - -—No conozco yo la voz de ese compañero, dijo entre dientes el -centinela armando su ballesta. ¡Ea! atras digo. - -—¡Cuerpo de Cristo! esclamó furioso Hernando, viendo que su astucia -no habia surtido efecto; si no conoces mi voz, javalí, conocerás -mi mano. Dijo, y se abalanzó sobre el contrario. Retrocedió éste -gritando, “¡traicion! ¡traicion!” y disparó su ballesta: recibió -Hernando la saeta en el brazo izquierdo; pero no haciendo mas caso -de ella que de la picadura de un insecto, levantó su mano de hierro, -y asiendo del centinela por la garganta, alzóle del suelo, dióle -dos vueltas en el aire con la misma facilidad y desembarazo que da -vueltas un muchacho á su honda, y despidiólo contra la pared del -corredor, donde produjo el infeliz un chasquido hueco, semejante al -de una inmensa vejiga que revienta, cayendo despues al suelo sin mas -accion que un costal ó un haz de fagina. Arrancóse en seguida la -saeta del brazo Hernando, y pasándola por los talones del vencido, -colgólo en la pared de una fuerte escarpia que servia para suspender -de noche una lámpara, donde le dejó cabeza abajo en la misma forma -que hubiera hecho con un venado. Sin reparar en la sangre que de -su herida corria, abalanzóse despues Hernando con las llaves á la -escalera, la cual bajó con la misma prisa y ansiedad y latiéndole el -corazon con la misma fuerza que si le esperase abajo una querida que -fuese á ver solo por primera vez. - -El desdichado doncel, que ningun ruido habia vuelto á oir desde -su encierro en aquel subterráneo, si no era el monotono rumor del -torrente, que casi debajo de sus pies corria, paseaba entre tanto su -estancia con paso largo y precipitado, indicio de la agitacion de su -alma. - -—¡Elvira, decia hablando con su señora, Elvira, hé aqui el estado -infeliz á que ha reducido tu obstinacion á tu amante desdichado! ¡Te -lo predige! ¡No oiste mi voz! ¡No creiste mis palabras! Goza ahora, -goza tranquila en los brazos de tu esposo esa felicidad maldecida -que yo solo perturbaba. ¡Ah! ¡Traidor Villena! ¡Ah fementido Hernan -Perez! ¡De esta suerte me vencereis! ¡Yo siento su mano aun dentro -de la mia! ¡Siento su corazon latir fuertemente contra el mio; la -veo, la oigo; sus lágrimas ardientes corren aun á lo largo de mis -mejillas! Su voz trémula y agitada, su voz ronca de pasion, abogada -por el amor, pidiendo piedad y misericordia, resuena aun en mis -oidos. La estrecho entre mis brazos. Dia y noche desde entonces -siento sobre mis labios la opresion dulcísima, el calor inmenso de -los suyos, ¿No lo sientes, Elvira, tu tambien? ¡Nunca se apagará este -ardor y esta memoria! ¡Es fuego, es fuego, es el amor entero, es el -infierno todo sobre mis labios desde entonces! - -El mayor abatimiento succedió á este corto estravío de la razon del -doncel. Una llave sonó de repente en la cerradura de su prision, y un -momento despues se hallaba en los brazos de Hernando. No acababa el -prisionero de creer á sus ojos. - -—Ea, señor, dijo Hernando despues de una breve pausa, conoce á -tu montero. Toma esta espada. No es la tuya, señor; es la de un -villano; pero en tus manos será la del Cid. A mi me basta un venablo. -Salgamos. - -—¿Adónde, Hernando? ¿Quién te trajo? ¿dónde estoy? - -—Despues, despues, repuso Hernando mirando á todas partes con la -mayor inquietud. El grito del centinela puede haber dado la alarma y -urge el tiempo. - -—No, Hernando; déjame morir en esta soledad, repuso el doncel con -dolor. No la veré aqui al menos acariciando á otro. - -—Te ciega tu pasion, Macías, contestó el montero. Huyamos. Ven de -grado, si no quieres venir á tu pesar. - -Disponíase el montero á cumplir su amenaza apoderándose á viva fuerza -del doncel, proyecto que hubiera llevado á cabo facilmente, ayudado -de su robusto brazo, cuando un sordo estruendo de armas se dejó oir -en el corredor. - -—¡Voto á tal! esclamó Hernando aplicando el oido. Me han descubierto -los traidores; vendámosles caras nuestras vidas. - -Dichas estas palabras asió el montero de un brazo del doncel, y -obligóle á subir con él la escalera. - -—¡Traicion! ¡Traicion! gritaban en lo alto de ella varios soldados -que se preparaban á impedir la evasion de los fugitivos. De alli -á poco se trabó un combate encarnizado en el corredor. Cargaba mas -gente por momentos, y Ferrus, que habia reconocido al montero, -animaba á los suyos con promesas y amenazas. - -—Ven, villano, gritaba Hernando á Ferrus, ven juglar infame: yo soy -el que ha librado á la condesa, yo el que habia de librar á mi señor. -Llega, y probarás mi venablo. - -—A él, amigos, á él, gritaba Ferrus sin dar reposo á los suyos: él es -el traidor; ¡muera Hernando, muera! - -Macías, animado con la pelea, se defendia valientemente haciendo -prodigios de valor, y derribando cuanto se ponia á su paso; pero era -evidente que hallándose como se hallaba desarmado, no podria resistir -por mucho tiempo al número de sus contrarios. Él y Hernando se vieron -precisados despues de haber derribado inútilmente á algunos de sus -enemigos á refugiarse hácia la prision. Acababa de entrar Macías en -ella, cuando se abrió paso por entre los que le acosaban un caballero -gritando con la espada desnuda: - -—¡Ténganse todos! ¡fuera villanos! ¡A mí! ¡dejádmele á mí! El doncel -me pertenece. - -—¡Fernan Perez! gritó fuera de sí el doncel cobrando nuevo valor, y -dirigiéndose hácia el enemigo que acababa de llegar. - -Suspendiéronse á la voz de entrambos los combatientes, y Hernan Perez -solo se precipitó tras Macías en la prision. No pudo evitar esto -Hernando, ni menos que Fernan Perez, dentro ya con su rival, corriese -un enorme cerrojo que por dentro la cerraba. Agoviado por el número -de los que le rodeaban y querian rendirle, quedó en la escalera -jurando y blasfemando de su mala suerte, que le impedia ayudar á su -señor. Haciendo entonces el último esfuerzo, atravesó con el venablo -á dos de los que mas cerca tenia, y abrióse paso por entre los demas, -aterrados de la muerte de sus compañeros. Precipitóse en seguida -sobre Ferrus, que huía despavorido por el corredor seguido de su -alano, el cual amenazaba con los dientes hacer presa en el primero -que tocase á su amo; y asiendo al juglar de la garganta, - -—Villano, le gritó, condúceme á las cadenas del rastrillo de la -prision, ó eres muerto. - -No osaba llegar á Hernando ninguno de los del castillo, temerosos de -que clavase el venablo en su alcaide á la menor contradiccion; Ferrus -entre tanto aterrado,—¡Ah, señor! clamó, si me perdonais la vida, -yo os llevaré donde gusteis.—Ea, pues, vamos, replicó Hernando, y -llevándole siempre asido de la garganta le siguió adonde Ferrus todo -trémulo le guiaba. - -Entre tanto luchaban animados de igual furor Hernan Perez y Macías, -cerrados en la prision. Pocos golpes habrian dado y recibido, cuando -resonó por todo el castillo el rumor de varias trompetas, y el -estruendo de muchas gentes de armas que llegaban nuevamente. Don -Enrique de Villena y los suyos acababan de entrar en él. Casi al -mismo tiempo llegó doña María de Albornoz y Elvira, y al nombre de la -condesa fuéles abierto el puente. - -Dirigiéronse los primeros, informados de cuanto ocurria, hácia la -prision del doncel, y hallándola cerrada por dentro, mandó el conde -que se forzase la puerta, operacion á que se dió principio con la -mayor actividad. - -Doña María de Albornoz y Peransurez, no conociendo mas camino á la -prision del doncel que aquel que ellos habian andado antes de la -fuga, se dirigieron por el contrario entre la muralla y la zanja, -llegaron al frente de la prision, oyeron el ruido de las armas de -los combatientes, y el estruendo de los que por el opuesto lado -forzaban la puerta que habia cerrado Vadillo; pero cuál fue su -sorpresa cuando vieron el espectáculo que se ofreció á sus ojos. -Hernando asomado á una galería sobre la prision, desde donde se -soltaban las cadenas del rastrillo, tenia asido aun al juglar y lo -ahogaba casi con su mano intimándole que le ayudase á soltarlas. -Ferrus, sin embargo que sabia el horrible secreto del rastrillo, por -el cual no podia pasar nadie sin caer en la zanja y hacerse pedazos -en los muchos pinchos de hierro de que estaba erizada, lleno de pavor -queria esplicarse, porque no tomase luego Hernando mayor venganza -de la catástrofe que debia seguirse á la bajada del rastrillo. -No concediéndole, empero, Hernando parlamento, y viéndose Ferrus -ahogar hubo de ceder, y ayudó á Hernando como pudo á soltar las -cadenas.—¡Sálvate, Macías, sálvate! gritó desde arriba Hernando con -voz que retumbó en todo el castillo, y entonces se ofreció á los ojos -de doña María y de Elvira el horroroso combate. - -—¡Cielos! esclamó Elvira. ¡Bárbaros, teneos! ¡Tomad mi vida, -tomadla! Precipitóse Elvira hácia la prision, y puesta en el borde -del abismo,—¡Macías! clamó sin podérselo nadie impedir. ¡Hernan -Perez! ¡Cesad, bárbaros, en tan cruel combate, ó este precipicio será -mi tumba! - -No volvió siquiera Hernan Perez la cabeza; antes mas encarnizado -que nunca al oir la que causaba su implacable rencor, redobló sus -golpes. No sucedió asi al doncel; volvió la cabeza rápidamente, y al -ver á orillas de la zanja á Elvira, pronta á precipitarse en ella, -desasióse del hidalgo, á tiempo que caía hecha pedazos la puerta de -la prision con horrible fragor, y que se entraban dentro don Enrique -y los suyos. - -—¡Elvira! gritó Macías saliendo de la prision. ¡Elvira! Lanzóse en -seguida al rastrillo.—¡Perdon! gritó con voz desesperada Ferrus á -Hernando, y al mismo tiempo, cediendo la trampa del rastrillo al peso -del caballero que la oprimia, hundióse el doncel súbitamente, y su -cuerpo destrozado llegó á lo profundo de la sima, dando de hierro en -hierro, y profiriendo sordamente _¡es tarde! ¡es tarde!_ - -Un chillido agudo y desgarrador, lanzado del pecho de Elvira resonó -hasta el mismo corazon de los espectadores espantados. Un momento de -pausa y de terror se siguió. - -—¡Malvado! ¿lo sabias? gritó únicamente Hernando desesperado, y -se precipitó sobre Ferrus, que exánime no le ofrecia resistencia -alguna. Asiéndole entonces de su cabellera roja... ¡Bravonel! -gritó, ¡Bravonel! ¡al oso! ¡al oso! y lanzó en medio de la galería -al juglar, que corrió un momento huyendo del animal. Pero Bravonel -furioso se arrojó sobre él, y haciendo presa en su garganta, -destrozólo en minutos, al mismo tiempo que Hernando le animaba -gritando: ¡Pieza! ¡pieza! No era digno el infame de morir por mi -mano. ¡Pieza! ¡pieza! - -Quedó Hernan Perez mirando cruzado de brazos á la profunda sima, -envidioso de que le hubiese robado la dicha de acabar con el doncel. -Furioso como aquel que no habia satisfecho toda su ira, lanzóse por -el borde que habia quedado en el rastrillo á uno y otro lado de la -trampa hundida, bastante ancho todavia para andar por él una persona. -Elvira en tanto miraba la sima con ojos vidriados, en que se veía la -fijacion del estupor y el estravío de la demencia. Habíase secado ya -para siempre el manantial de sus lágrimas. - -—¡Héle ahí! le gritó Hernan Perez señalando la zanja: ¡héle ahí! - -—¡Es tarde, es tarde! repuso Elvira dando una horrorosa carcajada. - -—¡Bárbaro! gritó el pagecillo echándose al paso de Hernan Perez: -¡Bárbaro! y se dispuso á defender á su prima con un denuedo ageno de -su edad. En aquel momento pareció Elvira volver en sí para reconocer -á su esposo, y sobrecogida de terror, huyó despidiendo del pecho -agudos alaridos. - -Precipitáronse los circunstantes sobre el hidalgo; no pudiendo éste -llegar á Elvira,—¡Maldicion sobre tí, y desprecio! la gritó; ¡y entre -nosotros eterna separacion! - -Al mismo tiempo se oyeron por el castillo voces de ¡arma! ¡arma! -¡Santiago! - -De alli á poco las murallas eran el teatro de un sangriento combate. -Despues de una hora de refriega, y de muy entrada la noche, -replegáronse por fin las gentes de Villena, acaudilladas por el -hidalgo, que habia peleado con desesperacion, y el justicia mayor -clavó el pendon real en una almena. - -Hernando, que habia tomado á su cargo dañar á los sitiados en -compañía de Peransurez, para facilitar la entrada á las tropas -reales y defender á la condesa, peleó como aquel que acababa de -perder el único interes que le ligaba á la sociedad, y logró mantener -ilesa á doña María hasta el momento de la victoria. Restituida -aquella al justicia mayor, no se volvió á ver á Hernando ni á su -alano. Se presume que privado de su amo, que era el único que podia -hacerle soportable la existencia en la corte, se hundió para siempre -en los montes, y hay cronista que afirma que años adelante murió á -manos de un oso mas feroz que él. - -Don Enrique de Villena fue llevado ante el rey Doliente, y el -impudente medio de que se valió para conservar, aun despues de lo -ocurrido, su maestrazgo; diciéndose en público impotente, solo -contribuyó á dar á todos una idea mas clara de su baja ambicion. Los -ruegos, sin embargo, de la generosa condesa, que se retiró á sus -estados á llorar su desdichada boda y la suerte de Elvira, salvaron -la vida al conde, quien desde entonces vivió en retiro filosófico -entregado á las letras, para las cuales habia nacido, mas bien que -para las armas ó la corte. Es cosa sabida que despues de su muerte -quedó hecho trozos en una redoma, como hechicero que habia sido. - -Don Luis de Guzman, restablecido de sus heridas, fue elegido maestre -de Calatrava por el capítulo de la orden. - -Nadie entre tanto habia visto á Elvira desde el momento en que empezó -el combate y la confusion. Buscósela de orden de la condesa muchos -dias, porque el rencoroso Fernan habia jurado no volver á recordar -nunca su nombre; fue imposible, empero, dar jamas con ella; tanto, -que el fiel pagecillo, desesperado de la pérdida de su hermosa prima, -no pudo resistir á su dolor, y tomó de alli á poco el hábito en una -orden religiosa. - -Es fama únicamente que durante el combate se vió en diversos -puntos de la muralla, sin temor alguno ni á las armas, ni á los -combatientes, ni á las llamas, que consumieron aquella noche -el castillo sin saberse quien las hubiese prendido, una muger -desmelenada, agitando con ademan frenético una antorcha en medio de -las tinieblas, y gritando con feroz espresion ¡es tarde! ¡es tarde! -lema antiguo del fatal castillo. - -No faltó en la comarca quien creyó que solo podia ser la mora -encantada la que parecia triunfar con bárbaro regocijo de la -destruccion de su antigua cárcel, repitiendo el fatídico ¡es tarde! - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XL. - - ¡Tarde acordaste!!!... - - _Rom. del conde Claros._ - - -Algunos años habian pasado ya desde los sucesos que dejamos -referidos. Ocupaba el trono de Castilla el señor don Juan II, hijo -del muy ínclito y poderoso rey don Enrique el Doliente, y ocupábale -en su menor edad, regido y dominado por unos y otros bandos y -parcialidades. - -Dos caballeros, ricamente ataviados y montados, pasaban una tarde por -la plaza de Arjonilla. Brillaba en el semblante del mas lujosamente -vestido la satisfaccion que da el poder y la riqueza; distinguíase en -el ceño y en la oscura frente del otro la huella de antiguos pesares. - -—Si no fuese detenernos mucho, dijo el primero al segundo, veria de -buena gana qué turba es aquella que se agita en el estremo de la -plaza. ¿Llegamos? - -—Como gusteis, señor don Luis de Guzman, repuso secamente su -compañero; si bien yo no puedo parar mucho en este pueblo maldito -sin agravarse mis males. - -Llegáronse, efectivamente, al grupo. Una infinidad de muchachos le -formaban, y algunos habitantes de Arjonilla con ellos. Una muger -en medio parecia querer huir de la importuna concurrencia. Sus -vestiduras se hallaban manchadas y rotas por diversas partes; su pelo -suelto y descuidado parecia haber sido hermoso; sus facciones flacas -y descompuestas debian haber tenido en su juventud proporciones -agradables. Esto era todo lo mas que se podia decir. Sus ojos -hundidos en el cráneo, brillaban con un fuego estraordinario, y -parecian querer devorar al que la miraba; sus ojeras negras; sus -mejillas descarnadas; su frente surcada de arrugas, y sus manos de -esqueleto, manifestaban que alguna enfermedad crónica y terrible -consumia su existencia. - -Arrojábanla pellas de barro los muchachos y corrian tras ella.—¡La -loca! ¡la loca! gritaban. ¿Cómo te llamas? ¿Nos dices la hora que es? -¡La loca! ¡la loca! - -A toda esta algazara respondia la desdichada con una feroz y -estraviada sonrisa; parábase, escuchaba un momento, y soltando una -estúpida y horrible carcajada,—¡Es tarde! gritaba con voz ronca; ¡es -tarde! despedazábase al mismo tiempo las manos, y dábase golpes en el -pecho. - -—¿Qué es eso? preguntó don Luis á un muchacho. - -—¡Ah! señor maestre, contestó el muchacho, que parecia conocer al -caballero, ¡es la loca! - -—¿Y quién es la loca? - -—Aqui, repuso el muchacho, solo por ese nombre la conocemos; de -temporada en temporada se aparece por el pueblo: otras veces vive -por el monte, y dicen los pastores que gusta mucho de pasar los dias -enteros mirando á los barrancos. No habla mas que dos palabras. No -llora nunca: ¿oís esa carcajada? Eso es lo que hace; aqui siempre -estamos deseando que venga, porque es para todo el pueblo una -diversion. - -—¡Infeliz! dijo don Luis: ¿no quereis verla, señor Hernan Perez? - -—No; esos espectáculos me ponen de mal humor. ¡Miserable! será acaso -alguna madre que haya perdido á su hija. Vamos de aqui, señor don -Luis. - -—O alguna amante desdichada, señor Hernan Perez, dijo riéndose con -indiferencia don Luis, y picando espuelas á su caballo. De alli á -poco ambos caballeros desaparecieron, apartándose de la turba que -seguia ostigando á la demente, la cual solo respondia de cuando en -cuando con su acostumbrada carcajada y su desdichado estribillo: ¡es -tarde! ¡es tarde! - -Pocos años despues entró una madrugada el sacristan de la parroquia -de santa Catalina de Arjonilla en la iglesia, y parecióle ver un -bulto estraordinario al lado de un sepulcro. Efectivamente, era la -loca. - -—Loca, le dijo dándole con el pie. ¡Pues está bueno! Esta se quedaria -aqui ayer en la iglesia cuando la cerré. Vamos, buena muger ¡Estará -borracha! - -Dábale con el pie, pero el bulto no se movia. Acercóse el sacristan, -y vió que la loca tenia un hierro en la mano, con el cual habia medio -escrito sobre la piedra; _¡es tarde! ¡es tarde!_ Pero ella estaba -muerta. Sus labios frios oprimian la fria piedra del sepulcro. Un -epitafio decia en letras gordas sobre la losa: - -AQUI YACE MACÍAS EL ENAMORADO. - -[Ilustración] - - - - -ÍNDICE DEL TOMO CUARTO - - CAPITULO XXXII 1 - CAPITULO XXXIII 31 - CAPITULO XXXIV 40 - CAPITULO XXXV 59 - CAPITULO XXXVI 83 - CAPITULO XXXVII 94 - CAPITULO XXXVIII 108 - CAPITULO XXXIX 136 - CAPITULO XL 155 - - - - - * * * * * * - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la utilizada - actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han normalizado a - la grafía de mayor frecuencia. - - * Se ha completado el emparejamiento de los puntos de admiración y de - interrogación. Los puntos suspensivos se han normalizado a tres - puntos. - - * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar. - - * Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos - que, en el original impreso, carecen de ellas. - - * Se ha añadido al final un índice de capítulos que no existe en el - original impreso. - - - -***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL -DOLIENTE, TOMO IV (DE 4)*** - - -******* This file should be named 53590-0.txt or 53590-0.zip ******* - - -This and all associated files of various formats will be found in: -http://www.gutenberg.org/dirs/5/3/5/9/53590 - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the -trademark license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org - -Section 3. 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You may copy it, give it away or re-use it -under the terms of the Project Gutenberg License included with this -eBook or online at <a -href="http://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you are not -located in the United States, you'll have to check the laws of the -country where you are located before using this ebook.</p> -<p>Title: El doncel de don Enrique el doliente, Tomo IV (de 4)</p> -<p> Historia caballeresca del siglo quince</p> -<p>Author: Mariano José de Larra</p> -<p>Release Date: November 26, 2016 [eBook #53590]</p> -<p>Language: Spanish</p> -<p>Character set encoding: UTF-8</p> -<p>***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE, TOMO IV (DE 4)***</p> -<p> </p> -<h4>E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box,<br /> - and the Online Distributed Proofreading Team<br /> - (<a href="http://www.pgdp.net">http://www.pgdp.net</a>)<br /> - from page images generously made available by<br /> - Internet Archive<br /> - (<a href="https://archive.org">https://archive.org</a>)</h4> -<p> </p> -<table border="0" style="background-color: #ccccff;margin: 0 auto;" cellpadding="10"> - <tr> - <td valign="top"> - Note: - </td> - <td> - Images of the original pages are available through - Internet Archive. See - <a href="https://archive.org/details/eldonceldedonenr04larr"> - https://archive.org/details/eldonceldedonenr04larr</a><br /> - <br /> - Project Gutenberg has the other three volumes of this work.<br /> - <a href="http://www.gutenberg.org/files/53587/53587-h/53587-h.htm">Volume I</a>: see http://www.gutenberg.org/files/53587/53587-h/53587-h.htm<br /> - <a href="http://www.gutenberg.org/files/53588/53588-h/53588-h.htm">Volume II</a>: see http://www.gutenberg.org/files/53588/53588-h/53588-h.htm<br /> - <a href="http://www.gutenberg.org/files/53589/53589-h/53589-h.htm">Volume III</a>: see http://www.gutenberg.org/files/53589/53589-h/53589-h.htm - </td> - </tr> -</table> -<div class="body"> -<div class="front"> - <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p> - <p><a href="#ToC">Índice</a></p> - <h1 class="faux">El doncel de Don Enrique el Doliente</h1> -</div> - -</div> -<p> </p> -<hr class="pg" /> -<div class="body"> -<p> </p> -<p> </p> -<p> </p> -<p> </p> -<p> </p> - -<div class="screenonly"> - <div class="figcenter"> - <img src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="tit pt3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_i">[p. i]</span></p> - <p class="xxl"><b>EL DONCEL</b></p> - <p class="small mt15"><b>DE</b></p> - <p class="xxl mt05"><b>Don Enrique el Doliente:</b></p> - - <p class="small mt2">HISTORIA CABALLERESCA</p> - <p class="large g2 mt05">DEL SIGLO QUINCE</p> - - <p class="small mt15">POR</p> - <p class="xl mt05">D. MARIANO JOSÉ DE LARRA.</p> - - <p class="large mt2"><b>SEGUNDA EDICION.</b></p> - - <div class="mt3"> - <hr class="sep2" /> - <p class="tomo">TOMO IV.</p> - <hr class="sep2" /> - </div> - - <p class="large g1 mt3">MADRID:<br /> - <span class="smcap">Imprenta de I. Sancha,</span><br /> - 1838.</p> -</div> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_32"> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">[p. 1]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/illus-b001.jpg" - alt="El doncel de Don Enrique el Doliente" - title="El doncel de Don Enrique el Doliente" /> - </div> - <h2 class="nobreak">CAPITULO XXXII.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">En Castilla está un castillo</p> - <p class="i0">que se llama Rocafrida;</p> - <p class="i0">tanto relumbra de noche</p> - <p class="i0">como el sol al medio dia.</p> - <p class="i6"><i>Rom. de Montesinos.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">E</span><span -class="smcap">xiste</span> á cinco leguas de Jaen una poblacion -pequeña ahora, y pequeña en los tiempos á que se refiere nuestra -narracion, que tiene por nombre Arjonilla, ora por haber sido -fundacion de algunos habitantes salidos de Arjona; ora por su -inmediacion á esta ó por las relaciones que con ella pudo tener en -lo antiguo. Pertenecia esta villa al maestrazgo de Calatrava, y era -una de las primeras<span class="pagenum" id="Page_2">[p. 2]</span> -que se habian declarado por don Enrique de Villena, á causa de la -influencia que le daban á este en aquel punto varias posesiones que -en su territorio tenia. En el siglo <small>XV</small> presentaba el -aspecto, que aun en el dia suelen presentar muchos pueblos de nuestra -patria. Algunas casas que, mas que viviendas de hombres, parecian -cuevas de animales, esparcidas aqui y alli, formaban irregulares -callejones. No era sin embargo tan pequeña su importancia, que -tuviesen que acudir sus habitantes á algun pueblo vecino de mayor -cuantía para cumplir con sus deberes espirituales. Poseía una iglesia -parroquial, no muy grande en verdad, pero que no dejaba por eso -de bastar para su reducido vecindario; y que se hallaba bajo la -proteccion y advocacion de Santa Catalina. En el dia será todo lo mas -si puede traslucirse su antigua grandeza en los restos míseros que la -constituyen en la humilde gerarquía de ermita, pero en el reinado de -Enrique III, nos dice Jimena en sus anales eclesiásticos de Jaen, no -solo era la iglesia parroquial, sino que era una obra moderna que no -tenia mas fecha que los años que hacia que habia sido reconquistado -aquel pais á los moros.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span></p> - -<p>A cosa de un cuarto de legua del pueblo rivalizaba en grandeza -con la iglesia parroquial un castillo sombrío y viejo, que si no -era de los mas fuertes y afamados de Castilla, no dejaba por eso de -ser sólido, y una de las posiciones militares mas ventajosas de la -comarca. Edificado como todos los de aquel tiempo en una eminencia, -mejor diremos en la punta de una peña, podia servir de reducto á -un tercio militar en retirada, ó de baluarte á un destacamento -avanzado de un ejército invasor. Tenia su doble muralla almenada, -torres, foso, contrafoso, puente levadizo, en una palabra, cuanto -hacia necesario en semejantes edificios la táctica militar de -ataque y defensa de aquella época belicosa, y de perpetuo temor y -desconfianza. Crecia la yerba tranquilamente en derredor de las -almenas, prueba evidente de que hacia mucho tiempo que no oponian -obstáculos los artes de la guerra á su abundante vegetacion. Un largo -litigio que sobre la pertenencia del tal castillo habia sostenido -contra la corona de Castilla la orden de Calatrava habia sido ocasion -de hallarse inhabitado algunos años, y se habian adherido á él, -como en aquellos tiempos de ignorancia solia frecuentemente<span -class="pagenum" id="Page_4">[p. 4]</span> suceder, mil vagas -tradiciones, mil supersticiones fabulosas que habian consolidado -algunos malhechores, cobijándose en él secretamente y haciéndole -cuartel general y centro de sus operaciones. Era fama por el pais que -en tiempos anteriores un moro, mago, si jamas los hubo, habia sido -fundador del castillo, cuya construccion se perdia en los tiempos -remotos de la conquista y reconquista; opinion á que no daba poco -realce el color negruzco de la piedra, y el aspecto todo venerable -y misterioso de sus antiquísimas murallas. El mago habia construido -el castillo, segun la mas recibida opinion, para satisfaccion de -odios y rencores propios suyos: en él habia atormentado durante su -vida á muchas hermosas doncellas que no habian querido rendirse á -sus brutales deseos, pues todas las tradiciones convenian en que -este habia sido el flaco del moro encantador y descomunal. Añadíase -á esto que no le habia faltado razon para ello, pues se referia de -él la siguiente historia. El moro habia amado en sus lucidos abriles -á una mora llamada Zelindaja, hija de un reyezuelo de Andalucía; -la cual habia correspondido primero á su pasion, pero le habia -dejado despues sin<span class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span> -verdadero motivo por otro y otros moros succesivamente con la natural -facilidad y ligereza de su sexo leal y encantador. El moro, que debia -de haber sido hombre de suyo sentado y poco aficionado á mudanzas, -habia tomado la cosa muy á mal y el desaire muy á pechos, y en vez -de volver los ojos á otra Zelindaja mejor que la primera, lo cual -hubiera sido determinacion de hombre prudente, habia jurado vengarse -castigando en el sexo todo la culpa de uno de sus individuos. Hé aqui -la causa de su odio á las mugeres: para lograr sus fines habíase dado -á la mágia y á la confeccion de bebidas y filtros amorosos. Con ellos -enquillotrava á las doncellas, las cuales, al punto que apuraban á -poder de engaños la pócima, asi quedaban del moro enamoradas como -si en el mundo no hubiera habido otro hombre ni moro ni cristiano. -Entonces entraba la parte de su venganza; entonces el pícaro moro -hacíase de pencas y dejábalas llorar y suplicar, suspirar y gemir -por los sus encantos, con lo cual íbanse consumiendo y acabando las -enquillotradas doncellas, como bugía que se apaga. Conforme las -iba el bribonazo del encantador seduciendo, íbalas encerrando en -el castillo, y era<span class="pagenum" id="Page_6">[p. 6]</span> -todo su placer, cuando veía á una ya tan madura y encaprichada de él -como juzgaba necesario, hacerla testigo de los enamorados motetes y -de las apasionadas caricias que á otra fingia, usando despues con -esta y con todas las succesivas de igual odioso manejo. Mesábanse -los cabellos las infelices, y decíanle injurias y ternezas; pero -el moro habia aprendido tan bien de su Zelindaja, que hacia oidos -de mercader, y no parecia sino que habia nacido hembra y mora mas -bien que varon y moro. Todo lo mas que solia decirlas cuando las -veía presas en las redes de su pérfido amor era contestarlas como -le habia contestado á él Zelindaja:—Mi honor, les decia, no lo -consiente.—Cede, bien mio, replicaban ellas.—Imposible, reponia él -con grave remilgamiento y afectado pudor y compostura. ¡Mi honor -es lo primero!—¿Y los juramentos, ingrato, y las promesas, falso? -solian responderle.—¿Yo juré nunca, prometí yo acaso? añadia el moro -haciendo el olvidadizo.—¿Y los placeres que gozamos?—¡Insolente, qué -osadía! ¿cuándo, en dónde?—Ved que mi muerte, moro mio, será obra -de tu rigor, acababan ellas.—Podeis hacer lo que gusteis, concluia -entonces<span class="pagenum" id="Page_7">[p. 7]</span> el redomado -moro cogiendo un abanico, é imitando con él y con el desvio de sus -ojos el antiguo sistema de su pérfida Zelindaja. Con lo cual tenia á -las perdidas doncellas en un infierno perpetuo, muy parecido al que -pasan voluntariamente en esta vida los incautos que dan en creerse -de palabras y juramentos, de prendas, en fin, y de ternezas de moras -pérfidas y veleidosas.</p> - -<p>No habia parado aqui el rencor del bribon del encantador. -Efectivamente, incompleta hubiera sido su venganza si no hubiese -caido en sus lazos la misma Zelindaja. Tuvo modo el mágico de engañar -á una de sus doncellas, la cual le hizo beber, no se sabe á punto -fijo con qué sutil arbitrio, una buena pieza del filtro ponzoñoso: -no bien se le hubo echado á pechos Zelindaja, cuando sintió -renovarse en sus venas el fuego antiguo en que habia ardido por el -moro: desde entonces no perdonó medio alguno de anudar de nuevo -sus rotas relaciones. Hízolo tambien el vengativo, que la obligó á -que se decidiese á venir á hacer vida comun con él á su castillo, -donde decia los esperaban delicias sin fin, y una vida entera de -amor y fidelidad. Cayó en el lazo la incauta cuanto enamorada -Zelindaja;<span class="pagenum" id="Page_8">[p. 8]</span> pero no -bien hubo pasado el rastrillo de la encantada fortaleza, cuando -llamándose andana el astuto moro, dió dos zapateadas en el aire, como -potro que sale, roto el freno, á gozar al campo de la conquistada -libertad, sacudió el amor y comenzó á dar tal cual leccion de -sufrimiento á la desvanecida hermosa, quien aprendió entonces lo -que habrian sufrido sus amantes. Lloraba ella y gemía, y volvia -siempre al moro, pero decíala él:—¡Ay! mora mia, es tarde.—¡Ay moro! -le decia Zelindaja.—Es tarde, ¡ay! es tarde, contestaba el moro, -afectando dolor y sentimiento. Tal era la esplicacion que se daba á -un gran rótulo, labrada en la misma piedra sobre la puerta principal -del interior del castillo, que decia efectivamente en letras gordas -arábigas, y en árabe dialecto: <i>es tarde</i>.</p> - -<p>No habia querido el moro que Zelindaja muriese como las demas -á poder de sus desprecios: habia decidido por el contrario que -Zelindaja viviese mas que todas, y que á su muerte, la cual el no -podia evitar que sucediese algun dia, quedase á lo menos su sombra -recorriendo perpetuamente los cláustros y galerías del castillo, -pidiendo á las piedras la fidelidad que tanta falta le habia hecho -en<span class="pagenum" id="Page_9">[p. 9]</span> vida, y á los ecos -su esposo, como llamaba en su delirio al rencoroso moro.</p> - -<p>De aqui la tradicion misteriosa de que se oía en el castillo, -sobre todo en las crudas noches del invierno, ó en épocas de -tormentas, una voz de muger que pedia á los elementos todos su -esposo; y no faltaba quien añadia haber visto con sus propios ojos, -que habian de comer la tierra por mas señas, una sombra blanca, -recorriendo, toda pálida y desmelenada, con una antorcha en la mano, -las altas bóvedas, como quien busca efectivamente alguna cosa que no -encuentra.</p> - -<p>Escusado es, pues, decir que no tendria el castillo muchos -aficionados, porque era comun opinion que el que llegaba á poner el -pie en él, hallándose enamorado, ya nunca habia de oir mas consuelo -ni esperanza amorosa que aquel fatal <i>es tarde</i>, que á la fundacion y -suerte del castillo presidia.</p> - -<p>Era igualmente aborrecido el moro, y maldecidos su nombre y su -memoria en la comarca, porque no habia amante desairado que no -creyese deberle aquel singular favor á la influencia que ejercia -todavia en muchas leguas á la redonda, aun despues de su muerte. -No habia padre que no creyese deberle la<span class="pagenum" -id="Page_10">[p. 10]</span> palidez de su hija, esposo que no -imaginase obra suya el despego de su esposa, y zagal enamorado que no -le pidiese mas de una vez, en sus secretas oraciones, la revocacion -de la terrible suerte que habia dejado en herencia al pais en que -habia vivido.</p> - -<p>Nosotros, sin embargo, habremos de abogar por el moro, en primer -lugar porque no creemos que tenga en el dia influencia alguna el -tal mago sobre nuestras mugeres, y sin embargo ni dejan de estar -pálidas las incautas jovencillas, ni dejan de dar su amor á todos los -diablos los enamorados zagales, ni se ha acabado el despego entre los -esposos, ni deja de suceder con las Zelindajas, de que se compone -el bello sexo, lo que con los hilos de las sábanas de angeo de la -venta de Puerto Lapice; de los cuales decia Cide Hamete, que si se -quisieran contar no se perderia uno solo de la cuenta.</p> - -<p>Si no tenia efectivamente otro delito el moro que engañar á sus -amantes, enamorar primero para despreciar despues, y variar de amor -como de camisa, mal haya si encontramos porque reconvenirle, en unos -tiempos, sobre todo, en que cualquiera muger no necesita ser muy -mora, ni muy hechicera por<span class="pagenum" id="Page_11">[p. -11]</span> cierto, para hacer otro tanto cada y cuando le ocurre, -que suele ocurrirles siempre. Somos demasiado defensores y amigos -del bello sexo para hacer por ello inculpacion alguna al inocente -moro.</p> - -<p>Enfrente del castillo, pero á mas que respetable distancia, se -veía el tercer edificio notable, la tercera maravilla de Arjonilla. -Era esta una casa no muy grande, comparada con las mas pequeñas de -las que adornan en el dia la capital de todas las Españas posibles, -pero verdaderamente régia, puesta en parangon con la mas espaciosa de -Arjonilla.</p> - -<p>Una anchísima puerta, cuyo dintel presentaba al espectador la -huella antigua y honda de la rueda, y un espacioso corral, mitad -con cobertizo, mitad con el cielo por techo, hubieran indicado al -caminante muy suficientemente que aquella era la posada, ó parador, ó -venta, ó como se quiera, de la importante villa por donde transitaba, -aun sin necesidad de reparar en un empolvado ramo que de una reja -baja salia, inclinando sus secas y marchitadas hojas sobre el -camino.</p> - -<p>Entrábase dentro del tal ventorrillo, y siguiendo un callejon, en -el cual servia la<span class="pagenum" id="Page_12">[p. 12]</span> -oscuridad de encubrir la poca limpieza, se llegaba á una cuadra, -pasábase de esta á otra peor que la primera, y de alli á la gloria, -como suele comunmente decirse, es decir, á la cocina, pieza principal -de la casa. Un mal hogar, coronado de una alta y piramidal chimenea -era todo el mueblage, si se esceptúan dos fementidas mesas, digámoslo -asi, que comparáramos de buena gana en lo largas y estrechas con el -alma de un vizcaino, si nosotros hubieramos visto alguna; estaban -clavadas y arraigadas casi ya en el suelo, como todas las cosas malas -en el pais. Dos bancos, remedos asaz perfectos en su instabilidad -de las cosas de esta vida, y que en lo poco firmes mas que bancos -parecian mugeres, tenian cogida en medio á cada mesa, y hacia cada -mesa con sus dos bancos la misma figura precisamente que haria un -galgo grande entre dos galgos chicos. La superficie de cada mesa era -tan desigual, como la superficie del mar en un dia de tormenta: se -tambaleaba ademas, y cedia al menor impulso con la misma flexibilidad -que un periódico ministerial del dia. La construccion de los -bancos era un tanto cuanto picaresca y maliciosa, porque cuando -se sentaba una persona sola en una estremi<span class="pagenum" -id="Page_13">[p. 13]</span>dad levantábase la otra irritada de la -presion como si fuera á hablar con su huésped, y era preciso sujetar -al rebelde si no queria dar consigo en tierra el recien sentado, -cualidad en que parecia cada banco una balanza.</p> - -<p>La llama del hogar, oscilante, y tan indecisa como un gobierno -del justo medio, alumbraba á relámpagos los barbados rostros de unos -cuantos arrieros y tragineros que secaban en la brasa sus húmedas -alpargatas, ó disponian su cena en bollas y sartenes, asaineteando su -rústica conversacion con mas votos y por vidas que palabras.</p> - -<p>Pero como no podia bastar el resplandor intermitente de la leña -para iluminar debidamente á los que ya en las mesas cenaban, el -inteligente dueño del establecimiento, lleno de prevision, habia -provisto á esta necesidad con un magnífico candil, cuya materia no -era facil adivinar al través del ollin y grasa que le enmascaraba, el -cual daba de sí mas aceite que luz. Pendíase unas veces de la misma -pared, asegurando su gancho en un agujero practicado sencillamente -al efecto, colgábase otras en una cuerdecita embreada de manchas -de moscas: en el segundo caso columpiábase el luminar aquel de la -noche de<span class="pagenum" id="Page_14">[p. 14]</span> tal -suerte que de buena gana le hubiera comparado un poeta del siglo -<small>XVI</small> con el aura meciéndose blandamente en las -ondeantes hebras de oro de Belisa, de Filis, ó de otra cualquiera -no menos bella inspiradora. Habia ademas en la misma cocina, y -como si digéramos ocupando el estrado y sirviendo de divan, un -corpulento arcon que asi era de paja como de cebada, y adonde acudia -no pocas veces el mozo de la posada, con detrimento notable de las -ropas de los concurrentes, á los cuales no podia favorecer gran -cosa el polvillo que, al cerner la cebada, del horadado harnero se -desprendia. En dias de viento tenia la cocina la singular ventaja -de parecerse al olimpo, mansion de los dioses, en las densas y -misteriosas nubes que formaba el humo oprimido y rechazado en el -cañon de la chimenea por las corrientes de aire que en la region -atmosférica discurrian.</p> - -<p>Cenaban á un lado dos paisanos que parecian, si no del pueblo, -por lo menos de la tierra, y á otra parte solo, enteramente solo, -un individuo muy conocido nuestro y de nuestros lectores, á quien -parecia dedicar mil atenciones el dueño de la posada. Servíale -primeramente en persona, mientras que ser<span class="pagenum" -id="Page_15">[p. 15]</span>via á los demas, ó no los servia, una -robusta Maritornes, que nada tenia que envidiar á la de Cervantes -sino es la pluma de su historiador y cronista. En segundo lugar -quitábasele la montera cada vez que aquel le dirigia la palabra; lo -cual hacia este siempre, preciso es decirlo todo, con aire imperioso, -y hablando como superior á inferior. En tercer lugar reíase á la -menor palabra que decia el forastero. Y en cuarto le habia sacado -de las provisiones reservadas de su hostalería unas aceitunas algo -aventajadas, y cierto vino, no precisamente puro, pero en fin, del -que tenia menos agua en su bodega.</p> - -<p>El forastero cenaba mas bien como un gañan que como un señor; -pero, fuera de esto, era preciso confesar que entre todos los que -formaban aquella escogida reunion no habia nadie que tuviese un -esterior tan cortesano, ni que mas se apartase del tipo primordial -del hombre de la naturaleza, al cual estaban demasiado cerca en -honor de la verdad aquellos sencillos arjonillanos. De todo el -comportamiento del huésped para con el forastero no era preciso -ser un lince para inferir que este era hombre que disponia de mas -que medianas facultades, y que aquel se<span class="pagenum" -id="Page_16">[p. 16]</span> prometia una lucida paga de sus esmeradas -y particulares atenciones.</p> - -<p>—Traedme mas vino, dijo el forastero apurando la primera vasija -que á su derecha habia puesto el posadero.</p> - -<p>—Como gusteis, dijo éste riéndose, y no tardó un minuto en estar -servido el huésped. No se bebe mejor, señor caballero, dijo aquel, en -toda la tierra.</p> - -<p>—El pan es el que es malo, dijo el viajero.</p> - -<p>—¡Ah! sí señor, como gusteis, muy malo repuso riéndose -obsequiosamente el hostalero. ¡Ya veis! añadió acercándosele al oido. -Esta semana no se ha cocido en casa todavia, y ha cargado tanta gente -que he tenido que recurrir á un vecino...</p> - -<p>—Bien: basta, dijo con tono imperante el huésped.</p> - -<p>—¡Eh! ¡eh! como gusteis, repuso el hostalero.</p> - -<p>—Parece que el tiempo está bueno, dijo de alli á un rato el que -cenaba.</p> - -<p>—¡Ah! ¡ah! sí, como gusteis, señor caballero, respondió con una -sonrisa agradable el amo.</p> - -<p>—¿Teneis mucha familia?</p> - -<p>—¡Eh! sí ¡eh! ¡eh! como gusteis, se<span class="pagenum" -id="Page_17">[p. 17]</span>ñor caballero; como gusteis, dijo el -flexible.</p> - -<p>—El hombre es categórico, dijo para sí el pregunton; no gusta -por lo visto de quimeras ni de indisponerse con nadie; y volvió -á sepultarse en su distraido cuanto importante y misterioso -silencio.</p> - -<p>—¿Y vendrá el señor huésped por mucho tiempo? se atrevió á -preguntar el hostalero de alli á un momento, viendo que habia caido -la conversacion, y creyendo hacer un obsequio á su huésped en -renovarla.</p> - -<p>—Como gusteis, le contestó secamente el forastero, encargándose -á su vez de que no se diese de baja en el diálogo la muletilla del -ventero.</p> - -<p>—Yo lo creo, repuso el amo. Vuestra señoría fue de los que -llegaron ayer... prosiguió luchando entre el temor de parecer -demasiado pregunton é indiscreto, y la curiosidad natural de su -oficio; de los que... es decir, de la casa del señor maestre de -Calatrava...</p> - -<p>—Como gusteis, respondió mas secamente aun nuestro hombre, -levantándose y soltando en la mesa con desenfado una moneda de oro. -Esta noche dormiré aqui. Me haréis disponer la cama.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_18">[p. 18]</span></p> - -<p>—Como gusteis, señor; pero cama, eso no habrá, porque vuesa -merced...</p> - -<p>—¿No habrá, bellaco? ¿Cómo diablo tengo de gustar entonces...?</p> - -<p>—Como gusteis, señor caballero; pero es decir que vuesa merced -sabe que en estas casas...</p> - -<p>—En estas casas... ¡voto va! Quereis cenar, y os dicen: Se guisará -lo que traigais de vuestro repuesto. ¿Quereis dormir? Traeréis cama. -¿Qué hay, pues, posadero que Dios maldiga, en una posada?</p> - -<p>—Lo que gusteis, señor, lo que gusteis... no siendo cosa de comer, -ni de cama, ni cuarto, ni...</p> - -<p>—Ni diablos que te lleven.</p> - -<p>—Como gusteis, señor: ¡eh! ¡eh! repuso el hostalero sopesando en -la mano la moneda de oro. Lo mas, señor caballero, que puedo hacer -por vos si urge...</p> - -<p>—¿No me ha de urgir, pícaro...? Mañana por cierto no dormiré aqui; -pero en el castillo parece que estan tan provistos como si fuera una -posada. No esperaban á nadie, y hasta mañana... Vamos, hablad: ¿no -veis que escucho? ¡Voto va!</p> - -<p>—Como gusteis... podeis dormir en la cama de mi muger.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_19">[p. 19]</span></p> - -<p>—¡Por Santiago! herege... ¿es tu muger esa vieja?</p> - -<p>—Es decir, señor, que la cama de mi muger es la misma que la mia: -llámola asi porque la trajo ella en dote, y gusto de dar á cada uno -lo que es suyo.</p> - -<p>—¡Ah! de ese modo... porque de otro...</p> - -<p>—Como gusteis; y nosotros dormiremos como podamos.</p> - -<p>—Ea, pues, guiad, que he menester madrugar, y voto va que estoy -cansado.</p> - -<p>—Como gusteis, señor caballero. Señores, con perdon de ustedes, -añadió el hostalero echando mano del candil que alumbraba á los que -cenaban en la otra mesa, y atizándole con los dedos: bien pueden -vuesas mercedes cenar á oscuras, porque hoy no hay mas que un candil -en la casa, contando con este.</p> - -<p>Dicho esto, echó á andar delante del viajero con su risita y su -natural sumision, cuidándose poco de lo que quedaban diciendo las -gentes de baja ralea que hospedaba aquella noche en su casa, y á -quienes con tan poco comedimiento habia devuelto al caos y á las -tinieblas de que el Hacedor Supremo los habia sacado al criarlos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_20">[p. 20]</span></p> - -<p>—¿Habeis visto, Peransurez? dijo al otro uno de los que -cenaban.</p> - -<p>—He visto, he visto, repuso su comensal; y pluguiera al cielo que -siguiera viendo.</p> - -<p>—Decís bien, porque el bueno de Nuño, atraido sin duda por el -color de oro del pelo ensortijado del forastero, nos ha dejado ¡vive -Dios! como solemos quedarnos al fin de los sermones de nuestro buen -párroco, es decir, á oscuras.</p> - -<p>—¿Y sabeis quién sea el forastero?</p> - -<p>—Nadie nos lo podrá decir mejor que el mismo Nuño, si es que él ve -mas claro en ese asunto que nosotros en nuestra cena.</p> - -<p>Volvia á este tiempo Nuño, que asi se llamaba el hostalero: -despues de restituido el candil á su primitivo lugar, y haberse -escusado lo mejor que supo con sus huéspedes, comenzó á restregarse -las manos con aire importante y misterioso, como de hombre que sabe -raros secretos.</p> - -<p>—Ya que habeis tenido por conveniente, señor Nuño, dijo -Peransurez, llevarnos la luz, que supongo no nos pondreis en -cuenta, ¿no nos podriais dar algunas luces, en cambio de la que -nos correspondia, acerca de<span class="pagenum" id="Page_21">[p. -21]</span> ese misterioso personaje que albergais en vuestro bien -alhajado establecimiento?</p> - -<p>—Alhajado, ó no, señores, como gusteis; es el mejor que de esta -especie se conoce, voto á Dios, en muchas leguas á la redonda. Con -respecto al forastero, no acostumbro á revelar...</p> - -<p>—Vaya, señor Nuño, eche un trago de lo bueno, y siéntese y hable, -que no nos dió el Señor en su sabiduría la lengua para callar las -cosas que sabemos, dijo el mas arriscado: harto trabajo tenemos -con haber de callar por fuerza las que no sabemos. Ese será algun -pícaro...</p> - -<p>—¡Chiton! dijo el hostalero apurando un vaso. ¡Chiton!</p> - -<p>—Dígolo porque en estos tiempos anda el dinero por las nubes, y no -se cogen truchas...</p> - -<p>—Como gusteis; ¡pero Dios me libre de que se quite en mi casa la -honra á nadie! Ademas, yo no suelo tratar de pícaro á un hombre que -se ha cenado en menos de un cuarto de hora media despensa, y que -paga... y que pagará...</p> - -<p>—En hora buena, señor Nuño. ¿Y qué nuevas trae de la corte el -hombre honra<span class="pagenum" id="Page_22">[p. 22]</span>do que -ha cenado media despensa...?</p> - -<p>—Que á la hora esta estará ya la corte en Otordesillas, adonde se -traslada porque nos ha nacido un príncipe...</p> - -<p>—¡Oiga! Tendrémos mercedes.</p> - -<p>—Sí, algun impuesto nuevo para sufragar á los gastos de las -funciones, dijo uno de los huéspedes. ¡Voto va! que para nosotros -pecheros...</p> - -<p>—Como gusteis, señores; pero mirad que mi casa...</p> - -<p>—Voto á la casa, señor Nuño, que hemos de hablar, y no nos habeis -de quitar la conversacion como la luz. A oscuras vemos aqui mas claro -que todos los hostaleros encandilados y por encandilar de Castilla y -Andalucía. Vaya, ¿qué mas dice el forastero? Echad otro trago, que -aun queda luz en nuestros bolsillos para aclarar mas de un punto.</p> - -<p>—Parece que su alteza ha decidido que en cuanto llegue á -Otordesillas se reuna el capítulo de Calatrava y elijan maestre.</p> - -<p>—¡Voto va! Buena estará la eleccion, cuando ha elegido ya su -alteza. ¿Y á quién, señor, á quién? A un hechicero mas nigromántico -que el mismo moro del castillo. ¿Y<span class="pagenum" -id="Page_23">[p. 23]</span> qué se le ha perdido al señor <i>pelo rojo</i> -en Arjonilla?</p> - -<p>—Mas bajo, señores, dijo el pobre hostalero, que necesitaba vivir -con todo el mundo.</p> - -<p>—Será de la pandilla que llegó ayer, y que esperó fuera del pueblo -á que anocheciera, sin duda por no enseñar algun punto que traerian -en las medias.</p> - -<p>—Como gusteis, repuso el hostalero. Lo cierto es que llegaron -al castillo, que pertenece en el dia al de Villena; que les fueron -abiertas las puertas; que el maldecido alcaide que le guardaba ha -cedido las llaves al señor <i>pelo rojo</i> como le llamais, y que ha -venido á hospedarse aqui, dejando en el castillo á su gente. Con -respecto á ese punto que decís, hay quien asegura que han traido un -prisionero...</p> - -<p>—¿Un prisionero?</p> - -<p>—¡Chiton!</p> - -<p>—Vendrá á hacer compañía á la mora Zelindaja, que anda pidiendo su -esposo á las paredes del castillo desde el tiempo de Abderramen...</p> - -<p>—¡Ba! dijo el otro comensal: ¿vos os creeis tambien de moros -encantados?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_24">[p. 24]</span></p> - -<p>—¡Chiton, señores, chiton! repuso el hostalero; lo que yo sé -deciros es, que no pasaria ni una hora despues de media noche, en el -castillo. Mirad: yo habia oido contar á mi abuela muchas veces la -historia del moro mago, y de la mora Zelindaja, y del letrero árabe -del castillo; y lo que sé decir es, que nunca le dí un noven á mi -abuela porque me lo contase, ni sus padres de ella le dieron una -blanca porque lo creyese; lo cual digo para probar que nada se echaba -de ella en el bolsillo por la mayor ó menor certeza del caso. Pero -como al hombre le tienta el diablo muchas veces para que dude de las -cosas que ve, cuanto mas de las que no ve, ni ha visto ni verá, yo -me temia mis dudas, pesia á mí. Y era cierto que hacia algun tiempo -ni se oían ruidos de noche en el castillo, ni voz de mora, ni de -cristiana, ni...</p> - -<p>—Adelante, Nuño, adelante.</p> - -<p>—Como gusteis. Pero hace cosa de meses comenzó á decirse por el -pueblo que se habia oido una noche á deshora rumor de gentes que -habian entrado en el castillo, las cuales gentes no se han visto -salir; quién sabe si serian gentes de estas que se usan: ello es -que nadie los vió: desde entonces ha tornado<span class="pagenum" -id="Page_25">[p. 25]</span> el run run de las cadenas y de las voces, -y de los espantosos nocturnos; y lo que sé decir es, que yo me pasaba -una noche, no hace muchas, por el castillo, porque venia de trabajar -la huerta que tengo mas allá: bien sabe Dios ó el diablo que yo me -traía conmigo todas mis dudas; era tarde ya, y oí efectivamente -yo mismo una voz lamentable que decia á grandes gritos: “Esposo, -esposo mio.” Mirad, aun se me hiela la sangre en las venas: levanté -los ojos, y en una de las ventanas mas altas de la torre, de donde -parecian salir las voces, se veía una luz, pero una luz pálida y -blanquecina que andaba de una parte á otra, y de cuando en cuando -parecia ponérsele por delante una sombra, mas larga que una esperanza -que no se cumple.</p> - -<p>—¿Vos lo visteis? dijo Peransurez.</p> - -<p>—¿No lo creeis? preguntó el hostalero mas espantado de la -incredulidad de su huésped que del mismo caso que referia.</p> - -<p>—Mirad, contestó Peransurez, toda mi vida tuve grandes deseos de -conocer á un encantado, y nunca pude verle la cara á ninguno: desde -que fuí monacillo, y sacristan despues de la Almudena, tengo ese pio. -¿Sois hombre, compañero, para apurar esta aven<span class="pagenum" -id="Page_26">[p. 26]</span>tura y ver de hacer una visita á ese moro -y á esa señora Zelindaja...?</p> - -<p>—¿Qué decís? interrumpió Nuño. Como gusteis, pero os suplico que -mireis...</p> - -<p>—¡Quite allá, señor hostalero! ¿Qué decís vos, comensal?</p> - -<p>—La verdad, seor Peransurez, contestó su compañero, que en esas -materias... bueno es mirar dos veces...</p> - -<p>—Vaya, ya veo yo que vos no servís para caballero andante y -aventurero. ¡Voto va! ¡que no tuviera yo aqui en Arjonilla á mi amigo -Hernando, el montero de su alteza!</p> - -<p>—¿Para qué, señor monacillo, y sacristan despues de la Almudena, -ahora montero y guardabosques? preguntó Nuño con aire socarron.</p> - -<p>—¿Para qué, voto á tal? Desde que me hicieron guarda de los montes -de esta comarca por su alteza, no he vuelto á emprender una sola -aventura de las que soliamos acometer y vencer en nuestros abriles. -Con Hernando al lado, ya me curaria yo de moros y malandrines, -de encantadas moras y cristianas. Yo entraria en el castillo; ó -quedariamos en él entrambos encantados, ó desencantariamos con la -punta de un venablo<span class="pagenum" id="Page_27">[p. 27]</span> -al mago, y á cuantos magos nos fuesen echando á las barbas...</p> - -<p>—¿Entrar en el castillo decís, eh? preguntó sonriéndose el -hostalero.</p> - -<p>—¿Y por qué no?</p> - -<p>—Mas facil seria entrar en vida en el purgatorio, señor monacillo -y sacristan, montero y guardabosques.</p> - -<p>—Eso no, ¡voto va! que para entrar en el castillo no he menester -yo á Hernando, ni á nadie.</p> - -<p>—¿Vos? preguntó de nuevo el hostalero, soltando la carcajada; -aunque supierais mas latin que todos los sacristanes juntos de -Andalucía.</p> - -<p>—Yo: apostemos, repuso Peransurez, picado de la risa del amo y de -sus frecuentes alusiones á su sacristanía de la Almudena.</p> - -<p>—De buena gana, contestó Nuño.</p> - -<p>—Una cántara de vino y media docena de embuchados de jabalí para -todos los presentes, gritó Peransurez dando una puñada en la mesa, -que estuvo por ella largo rato á pique de zozobrar.</p> - -<p>Al llegar aqui la conversacion acalorada del montero Peransurez -acercáronse todos los que en el hogar estaban.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_28">[p. 28]</span></p> - -<p>—Señores, sean vuesas mercedes testigos, clamó Peransurez; Nuño y -yo...</p> - -<p>—¡Peransurez! dijo en voz baja al oido del montero exaltado un -hombre de no muy buena apariencia que habia entrado no hacia mucho -en el meson, y en quien nadie habia reparado, tanto por su silencio, -como por hallarse el amo de la venta entretenido en la referida -discusion; ¡Peransurez!</p> - -<p>—¿Quién me interrumpe? gritó Peransurez, volviéndose -precipitadamente al forastero.</p> - -<p>—Oid, contestó éste apartándole una buena pieza de los -circunstantes, que quedaron chichisbeando por lo bajo acerca de -la apuesta, y de la posibilidad de llevarla á cabo, y del valor -de Peransurez, y de la interrupcion del recien venido. ¿Hablais -seriamente, seor Peransurez? dijo éste tapando todavia su rostro con -su capotillo pardo.</p> - -<p>—¿Cómo si hablo seriamente? gritó Peransurez.</p> - -<p>—Mas bajo, que importa. ¿Insistís en lo que habeis dicho de aquel -montero vuestro amigo...?</p> - -<p>—¡Si insisto, voto va! Cuando yo he dicho una cosa... una -vez...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_29">[p. 29]</span></p> - -<p>—¡Bueno! ¿Quereis montear con un amigo?</p> - -<p>—¿Pero á qué viene...?</p> - -<p>—Mirad... dijo el recien llegado desembozándose parte de su -cara.</p> - -<p>—¿Qué veo? esclamó Peransurez: ¿es posible? ¿vos?</p> - -<p>—¡Chiton! me importa no ser conocido.</p> - -<p>—Dejad, pues, que cierre mi apuesta... y esperadme...</p> - -<p>—No: ciad en la apuesta. El buen montero ha de saber perder una -pieza mediana cuando le importa alcanzar otra mayor. Si quereis -entrar en el castillo y desencantar á esa mora, nos importa el -silencio.</p> - -<p>—Pero, ¡y mi honor!</p> - -<p>—¡Voto va! por el Real de Manzanares, algun dia quedará bien -puesto el honor de vuestro pabellon. En el ínterin ved que nos ojean, -y si no nos hemos de dejar montear, bueno será que no escatimen -nuestro rastro. Os espero fuera y hablaremos largo.</p> - -<p>—En buena hora, repuso Peransurez. Señor Nuño, añadió volviéndose -en seguida á los circunstantes, un negocio urgente me llama. Mañana, -si os parece, cerraremos la apuesta. Dijo, y salió.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_30">[p. 30]</span></p> - -<p>—¿No decia yo? repuso triunfante Nuño; ¿no decia yo? ¡entrar en -el castillo! ¿entrar? Como gusteis, añadió volviéndose hácia la -puerta por donde ya habia salido Peransurez con el desconocido, como -gusteis, seor guardabosques; pero paréceme que haríais mejor en -guardar vuestra lengua para contar esos propósitos á un muñeco de -seis años, y vuestro valor para los raposos del monte.</p> - -<p>Una larga carcajada de la concurrencia acogió benévolamente el -chistoso destello de ingenio del triunfante posadero: en vano quiso -el comensal de Peransurez defender á su amigo citando hechos de -valor, y atrevimientos suyos de bulto y calibre. Quedó por entonces -convenido que el que quisiera beber vino y comer embuchados no debia -aguardar á que entrase Peransurez en el castillo, cosa reputada tan -imposible realmente, como entrar en vida en el purgatorio, segun la -feliz espresion del hostalero, que se repitió de boca en boca, y que -hizo reir á todos á costa del montero, que habia abandonado el campo -de la apuesta al enemigo con notable descrédito de su honor y de su -buena fama y reputacion.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b030.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_33"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XXXIII."><span class="pagenum" - id="Page_31">[p. 31]</span>CAPITULO XXXIII.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">Bien sabedes, vos, señora,</p> - <p class="i0">que soy cazador real;</p> - <p class="i0">caza que tengo en la mano</p> - <p class="i0">nunca la puedo dejar.</p> - <p class="i0">Tomárala por la mano</p> - <p class="i0">y para un verjel se van.</p> - <p class="i4"><i>Rom. del conde Claros.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">¿V</span><span -class="smcap">os</span>, Hernando, en Arjonilla? dijo Peransurez -en cuanto se vieron apartados del ventorrillo todo lo que hubieron -menester para no ser de nadie entendidos. ¿Podeis esplicarme cómo -habeis dejado el lado del doncel Macías, á quien serviais no ha -mucho, si mal no me acuerdo?</p> - -<p>—Largo es de contar, amigo Peransurez, repuso Hernando -deteniéndose en un ribazo enfrente del castillo, desde el cual -se descubria todo él perfectamente. Pero si no teneis prisa en -este instante, si podeis atender á la llamada de mi vocina, os -referiré cosas que os admiren, y vereis si tenemos monte y venado en -abundancia, lo cual haré con tanto mas gusto, cuanto que me habeis -prometido<span class="pagenum" id="Page_32">[p. 32]</span> ayudarme -en la montería que me trae á este bendito lugar.</p> - -<p>Refirió en seguida el montero Hernando, lo mejor que pudo y supo, -cuanto dejamos en nuestros tres tomos anteriores relatado, ó á lo -menos toda la parte que él sabia, que era lo muy bastante para poner -al corriente á cualquiera de los negocios del doncel. Al llegar al -punto donde dejamos nosotros á nuestros héroes al fin de nuestro -capítulo 31, prosiguió Hernando en la forma siguiente:</p> - -<p>—Habeis de saber, Peransurez, que desde el ojeo que dieron á mi -amo en el soto de Manzanares aquellos desalmados siervos del conde, -recelábame yo de cuanto nos rodeaba, y habíame propuesto no soltar -la oreja de mi amo, el doncel Macías. Cuando llegó, sin embargo, la -nueva del alumbramiento de nuestra señora la reina doña Catalina, -un maldecido sarao hubo de darse. Ni podia entrar yo alli, ni mi -leal Bravonel. Viendo con todo que tardaba ya el doncel en demasía, -salí á esplorar el monte, y á ojear los alrededores del alcázar. -En ese tiempo ¡voto va! debió de volver mi amo á nuestra cámara, -porque cuando yo regresé faltaba un tabardo de velarte que primero -no llevara y su espada.<span class="pagenum" id="Page_33">[p. -33]</span> Volví á salir, y cansado de no hallarle, ocurrióme que -acaso fuera de la villa y debajo de las ventanas de Elvira, que dan -sobre la plataforma, podria estar el melancólico caballero tañendo -su laud, y cantando alguna balada á la señora de sus pensamientos. -Dirigí hacia allá, Peransurez, mi jauría, y al llegar ¡voto á san -Marcos! hallé rastro. Un ruido estraño me habia llamado la atencion -á alguna distancia: conforme nos acercábamos Bravonel y yo, habiamos -oido algunas voces confusas, y pasos luego de caballos. Llegamos, y -veíase abierta la reja de la cámara de Elvira. Dos ó tres piedras -enormes, y colocadas una sobre otra, parecian indicar que acababan -de servir de escala á algun atrevido caballero para alcanzar á la -reja. A poco rato de observacion parecióme que andaba alguien en la -habitacion con una luz en la mano: ocultéme debajo de la reja lo mas -arrimado que pude á la pared: el que era se asomó efectivamente, -y al resplandor de la luz que llevaba en la mano ví relucir en el -suelo dos trozos de una espada rota. ¡Esta es la osera! dije para -mí: no bien se hubo apartado el de la luz, que no pude ver quién -fuese, reconocí los trozos; era la espada de mi señor. ¿Lo habrian -muerto?<span class="pagenum" id="Page_34">[p. 34]</span> No, porque -estuviera alli su cuerpo, y porque le hubiera olfateado mi leal -Bravonel, y hubiera puesto en los cielos el ahullido. ¿No es verdad, -Bravonel? preguntó Hernando á su hermoso alano, que echado á su -izquierda parecia escuchar atentamente la relacion del montero. Al -oir esta pregunta, alzóse Bravonel en las cuatro patas, lamió la -mano que lo acariciaba, como si quisiese dar á entender á su dueño -que no se equivocaba en el buen juicio que acerca de su fidelidad -acababa de emitir, dió una vuelta en derredor sobre sí mismo, y -volvió á colocarse, poco mas ó menos, como estaba antes de la estraña -interpelacion. ¡Bravonel! dije entonces á mi alano, el rastro, el -rastro del doncel.</p> - -<p>Entendióme el animal, Peransurez; ¡admirable Bravonel! No bien le -hube dicho aquella breve exhortacion, comenzó á olfatear la tierra, -y antes de dos minutos ya se habia decidido por una senda. Quise -probar, sin embargo, la certeza de la huella, y aparenté ir por -otra, gritando siempre: “¡El doncel, el doncel!” Viéraisle entonces -correr á mí, echar por la otra, ladrar, ahullar, tirarme, en fin, de -la ropa con los dientes. ¡Ah! ¡Bravonel, Bravonel, luz de mis ojos! -añadió el<span class="pagenum" id="Page_35">[p. 35]</span> montero -abarcando con la mano el hocico del animal, é imprimiendo en él un -beso, mas lleno de amor y de cariño que el primero que da un amante -al tierno objeto de su pasion. ¡Bravonel! el que no ha tenido un -perro, no sabe lo que es querer, y ser querido. ¿Qué sirve la muger? -la muger equivoca siempre la senda, la muger empieza por montear al -venado de casa, y el perro no engaña nunca como lo muger. ¡Bravonel, -juntos hemos vivido, y juntos moriremos!</p> - -<p>—¿Y seguísteis la huella? preguntó Peransurez impaciente por saber -el fin del cuento, que Hernando habia interrumpido con tanto placer -por acariciar al animal.</p> - -<p>—¿Cómo si la seguí? á pasos precipitados, con toda confianza ya: -dos leguas anduvimos. Alli encontramos un pueblo: tomamos lenguas: -el herrador nos dijo que acababa de pasar una partida de ginetes; -que habian hablado pocas palabras, pero que habian tenido que -detenerse á herrar un caballo desherrado; que caminaban de prisa; que -debian llevar un preso, segun las señas, y que habian pronunciado -en medio de su misterio la villa de Arjonilla. ¡Mia es la pieza! -dije yo entonces. Até cabos y dije: “El preso es el doncel, y<span -class="pagenum" id="Page_36">[p. 36]</span> el que lo prende el conde -de Villena.” Efectivamente, el mismo dia se habia servido su alteza -señalar el dia quinceno para el combate que debia tener con el doncel -Macías. ¿Mas claro, Peransurez? Era fuerza, sin embargo, asegurar -mis dudas. ¿Qué hacia yo hasta entonces? y luego quise mas fiar de -mi brazo y de mi venablo el logro de mi intento. Volví á Madrid, y -supe que la corte salia al otro dia; sabedor de que don Luis Guzman -era el que, por su posicion con Villena, debia interesarse mas por -mi amo, víme con él y espúsele mis dudas: declaréle mi intento; -aprobó mi idea, y yo le confié el cuidado de llevar con su menage á -Otordesillas las prendas de mi amo y mias; entre otras la armadura -mejor de Castilla, que si se perdiera, nunca de ello me consolara; -es, al fin, la que tiene mi amo destinada por su buen temple para -el aplazado combate. Armado despues de mi ballesta y dos aguzados -venablos, seguido de mi leal Bravonel, y disfrazado lo mejor que -pude, púseme la misma noche en camino.</p> - -<p>Ayer parece llegaron ellos. Hoy he llegado yo. Hé aqui Peransurez -la causa de mi venida. En aquel castillo, no hay duda, está el -doncel. Hé aqui la presa que habemos me<span class="pagenum" -id="Page_37">[p. 37]</span>nester rastrear. ¿Os acordais, amigo mio -de un juglar de don Enrique de Villena que Dios maldiga, hombre de -pelo crespo y rojo...?</p> - -<p>—¡Ferrus! Recuerdo su nombre; pero él...</p> - -<p>—Ferrus, pues, está aqui, y ese es el guardian de mi amo. Le he -visto subir á un camaranchon de arriba, cuando yo entraba en la -venta. Por qué duerme en esta encrucijada y no en su osera, eso no -lo alcanzo. Lo que entiendo solo, Peransurez, es que ese es el oso -que hemos de montear. ¿Insistís en vuestro ofrecimiento, ahora que -sabeis cuánto motivo puedo tener de guardar silencio y sigilo, y cuán -peligrosa sea la empresa?</p> - -<p>—¿Cómo si insisto? Hernando, dijo Peransurez levantándose del -suelo en que estaban sentados, no es esta la primera montería en que -hemos andado juntos. Amo el peligro como buen montero, y osos mayores -que ese, amigo mio, me ha prestado amistosamente piel para mas de -una zamarra. Examinemos, si os parece, la posicion del castillo, -discurramos el medio mas prudente...</p> - -<p>—El medio, Peransurez, ¡voto va! es esperar aqui á ese perro -de juglar, á esa ra<span class="pagenum" id="Page_38">[p. -38]</span>posa cobarde y rapaz, y clavarle en tierra con un venablo, -como quien bohorda, mas bien que como quien caza. ¿Merece siquiera -los honores de ser comparado con una fiera noble y denodada?</p> - -<p>—Guardaos, amigo Hernando, de ejecutar tan descabellado propósito. -Bien veo que seguís necesitando un consejero prudente que temple el -ardor de vuestra imaginacion. Matareis á Ferrus; pero ¿y luego?</p> - -<p>—Luego, voto va, luego... Dirigidme, pues, en hora buena. Bravonel -y yo estaremos atentos al ruido de vuestra vocina. Soy yo mejor -en verdad para obedecer que para mandar. Pero voto á Dios que os -despacheis pronto, y nos digais cuanto antes contra quién he de -disparar el venablo, que se me escapa él solo de las manos, y estan -ya los dientes de Bravonel deseando hacer presa en el animal.</p> - -<p>—Ea, pues, venid: demos disimuladamente la vuelta al castillo: en -seguida volveremos á Arjonilla: vendreis á tomar un bocado conmigo, -que <i>el buen montero, riñon cubierto</i>, y mañana amanecerá Dios, y con -su dedo omnipotente nos señalará el rastro de los malvados.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span></p> - -<p>—A la buena de Dios, replicó Hernando: ¡Bravonel, Bravonel, vamos! -Guiad vos, Peransurez, que conoceis la tierra.</p> - -<p>Dichas estas palabras comenzaron los dos amigos su esploracion, -hecha la cual se retiraron á concertar los medios de introducirse en -el castillo por mas guardado que estuviera, y de salvar al doncel, -que presumian hallarse dentro, con no pocos visos y fundamentos de -verdad.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b039.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_34"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XXXIV."><span class="pagenum" - id="Page_40">[p. 40]</span>CAPITULO XXXIV.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">En una torre fue puesto</p> - <p class="i0">con cadenas á recado.</p> - <p class="g4">. . . . . . . . . . .</p> - <p class="i0">La condesa entrára dentro</p> - <p class="i0">do está el conde aprisionado.</p> - <p class="g4">. . . . . . . . . . .</p> - <p class="i0">Ambos hablan en secreto,</p> - <p class="i0">y conciertan en celado;</p> - <p class="i0">que por librar tal persona</p> - <p class="i0">á mas que esto era obligado.</p> - <p class="i6"><i>Rom. de Sepúlveda.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">C</span><span -class="smcap">uando</span> Ferrus, encargado por el conde de Cangas -y el astrólogo de la prision del enamorado Macías, pensó albergarse -en la hostalería del complaciente Nuño, no fue ciertamente porque no -hubiese en el castillo albergue digno de él.</p> - -<p>Es fuerza remontarnos mas al origen de las cosas para esplicar de -un modo satisfactorio esta singularidad.</p> - -<p>Facilmente comprenderá el lector, impuesto ya en los diversos -caractéres sobre que gira nuestra narracion, que necesitando<span -class="pagenum" id="Page_41">[p. 41]</span> los dos autores de esta -intriga el mayor secreto, solo podian fiar tan importante comision -al que ya estaba forzosamente en él: el reparo de la falta de valor -no podia tener en este caso mucho peso, porque habian de acompañarle -otros, los cuales solo sabian que debian prender á un hombre, sin -saber quién fuese; y para mandar á estos y aprisionar con ellos á un -caballero que salia descuidado de una cita amorosa no se necesitaba -un gran fondo de arrojo y determinacion. Por otra parte, Ferrus era -hombre friamente malo y cruel: ¿quién podia, pues, desempeñar mejor -que él la inexorable comision que se le confiaba? Lográbase ademas -de este modo la ventaja de apartar de la corte al único hombre -que podria en un caso adverso comprometer al conde, y la de tener -en el castillo un ente capaz de cualquier accion determinada si -llegaba ocasion apurada en que estorbase la existencia del preso. -Combinadas estas diversas circunstancias, solo quedaba que pensar en -ligar el interes de Ferrus al feliz éxito de la espedicion de una -manera que hiciese imposible toda traicion. El conde para esto creyó -que no podria haber medios mejores que la gratitud por una parte -y la esperanza<span class="pagenum" id="Page_42">[p. 42]</span> -del premio por otra; asi, decidió hacer libre á su siervo y loco -favorito. Quitóle el collar de metal que en seña de servidumbre -llevaba, é hízolo de su siervo su vasallo. Con estraordinario placer -renunció Ferrus á su bonete de sonajas de juglar, y al molesto oficio -de divertir con bufonadas á sus superiores; y sus sentimientos -de fidelidad llegaron á tocar en un acendramiento dificil de -esplicar, ni menos de igualar, cuando el conde le manifestó que le -hacia libre entonces para confiarle la alcaidía del castillo de -Arjonilla; añadiéndole, que si desempeñaba fielmente este importante -cargo, no pararia en esto solo su favor. Bien entrevió Ferrus, por -consiguiente, que toda su prosperidad futura dependia de que Villena -saliese con el maestrazgo, y siendo esto imposible si se llegaba á -probar algun dia que don Enrique habia muerto á su esposa, hizo firme -propósito Ferrus de consentir primero en que le hiciesen pedazos que -en dejar la menor esperanza de salvacion al asegurado doncel. Su -muerte en último caso hubiera sido para él una grandísima friolera -puesta en balanza con su futura grandeza.</p> - -<p>El lector sabe que, merced á la tenacidad de Elvira, se habia -logrado la industria del<span class="pagenum" id="Page_43">[p. -43]</span> astrólogo con mas felicidad aun que lo que él podia nunca -haber esperado, si bien habia contado siempre con la ventaja que le -ofrecia el haber de bajar el doncel de la reja alta de una manera -que impedia toda defensa. Llevó á Arjonilla unas instrucciones del -conde, severas sí, pero no sanguinarias, y otras del judío aplicables -á todas las circunstancias que pudieran ocurrir, y un tanto menos -escrupulosas, porque éste se hallaba tan interesado como Ferrus en la -grandeza del conde, y sumamente ligado á sus intrigas por el peligro -que corria si llegaba á descubrirse algun dia la horrible maquinacion -en que no habia tenido él la menor parte.</p> - -<p>No se habia previsto, empero, una circunstancia bien temible. -El conde, que habia tenido grande interes en que su castillo de -Arjonilla estuviese de algun tiempo á aquella parte bajo la custodia -de alguno de sus mas allegados servidores por razones que él se -sabia, y que algun dia sabrán nuestros lectores, habia confiado su -alcaidía á su camarero Rui Pero, de quien no hemos vuelto á hablar -por esta causa. Este era hombre duro y fiel; por lo tanto suspicaz -é irascible. No pudo, pues, sentarle bien la orden que le in<span -class="pagenum" id="Page_44">[p. 44]</span>timó Ferrus en nombre -del conde, su comun señor, ni menos el imperio y mal entendida -arrogancia con que se la oía prescribir á un hombre que acababa de -salir de la nada; á un siervo cuyo collar de metal acababa de romper -su amo, y cuyas sonajas de azofar y bonete de loco estaban todavia -demasiado recientes en la memoria del noble camarero para que le -pudiese inspirar respeto ni estimacion el que venia á ocupar su mismo -destino, con desdoro de su clase y prerogativas. Mandábale á decir -el conde que siendo necesaria su asistencia á su lado, solo tardase -en ponerse en camino para Otordesillas, donde debia encontrarle con -la corte, el tiempo indispensable para hacer entrega del castillo -al nuevo alcaide, y enterarle de cuanto él se figurase que conducia -á su mejor servicio. Rui Pero, llevado de su mal humor, no perdonó -medio alguno de inspirar terror á Ferrus acerca de la responsabilidad -que sobre sí acababa de tomar; y de las dificultades que ofrecia la -conservacion del secreto en un castillo tan inmediato á poblacion, -y en que si era facil impedir la entrada á los estraños, no lo era -tanto estorbar que tuvieran los de dentro alguna comunicacion con los -de fuera:<span class="pagenum" id="Page_45">[p. 45]</span> insistió -bastante ademas en la fama que de encantado tenia el castillo, y en -lo que de él contaban los habitantes, cosa que no contribuyó en nada -á tranquilizar el ánimo de Ferrus, ya de suyo naturalmente enemigo -de encantos y prodigios. Deseoso de averiguar si deberia temer ó -no cuanto en el particular Rui Pero le referia, determinó dormir -una noche en la hostalería del pueblo, asi para averiguar á punto -fijo el fundamento que podrian tener aquellas tradiciones, que cual -telas de araña se adhieren siempre á los edificios viejos, como -para escudriñar si se habia traslucido algo entre los habitantes -de Arjonilla acerca de los misteriosos secretos que encerraba á -la sazon la antigua hechura del amante de Zelindaja, y acerca del -objeto de su propio viage. Esta era la verdadera causa de aquella -estravagancia.</p> - -<p>No bien se habia dispertado Ferrus, cuando tenia ya á la cabecera -de su cama al complaciente Nuño con la montera en la mano, y con -un <i>como gusteis</i> siempre asomado á los labios para salir á la -menor indicacion del huésped. Entablóse entre ambos mientras que -Ferrus se vestia un diálogo, que por lo largo, é inútil á nuestro -propósito,<span class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span> -perdonamos á nuestros lectores con el interesado objeto de que nos -perdonen ellos á nosotros cosas de mayor monta y trascendencia. Baste -decir que por él pudo Ferrus formar una exacta idea de su verdadera -posicion, y no le hubo de parecer tan mala como Rui Pero se la habia -pintado, porque decidió volver inmediatamente á su castillo, y aun -hizo propósito de darse por encargado y enterado de todo lo mas -pronto posible; pues bien se le alcanzaba que el disgusto y mal humor -del camarero solo podia resultar en daño de la intriga de su amo.</p> - -<p>Tuvo el hostalero, prevenido por Peransurez en la madrugada del -mismo dia, el buen talento de no hablar á Ferrus de la imprudente -conversacion tenida en público la noche anterior en su cocina -despues de haberse él recojido, y Hernando, á quien importaba no ser -conocido, de Ferrus sobre todo, se mantuvo oculto hasta que supo que -habia regresado al castillo el ex-juglar, pagada ya la cuenta de su -gasto, aunque no tan opíparamente como el hostalero esperaba, cosa -que se supo porque al despedirse Ferrus de él díjole:</p> - -<p>—Dios os prospere, y os dé, buen Nuño,<span class="pagenum" -id="Page_47">[p. 47]</span> lo que mas os convenga. Y se notó que -Nuño no le habia respondido el <i>como gusteis</i> de ordenanza. Esta -observacion de los historiadores del tiempo, que hablan con toda -profundidad del lance, es tan justa, que cuando Nuño habló con -Peransurez despues de la partida de Ferrus no solo no insistió en -la apuesta, sino que se inclinó ya, por cierta antipatía que habia -nacido en su corazon repentinamente contra Ferrus, á la parte del -emprendedor montero; diciéndole entre otras cosas que tendria un -placer singular en que se jugase una pasada que metiese ruido al -señor alcaide nuevo del castillo del moro, por su arrogancia y su -petulante continente.</p> - -<p>No echó Peransurez en saco roto esta buena predisposicion al mal -del hostalero, y reuniéndose á toda prisa con Hernando, procedieron -á dar el paso que en su deliberacion de la noche anterior les habia -parecido mas conducente y atinado para el logro de su arrojado -intento.</p> - -<p>Entre tanto era varia la posicion de los habitantes del castillo. -En los patios interiores divertian sus ocios tirando al blanco ó -bohordando hombres de armas, á quienes estaba confiada su defensa y -custodia; algun<span class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span> -grupo de ballesteros ó archeros pacíficos discurrian mas apartados -acerca de la singular reserva que reinaba en todas las operaciones de -aquel edificio verdaderamente mágico, porque no eran todos sabedores -de lo que encerraban sus altas murallas. Algunos sí sabian que -habian traido ellos mismos un prisionero por ejemplo, pero ni sabian -quién era, ni le habian vuelto á ver. Tales habian sido y eran las -precauciones observadas sabiamente por los principales emisarios del -conde.</p> - -<p>Habia sido colocado el nuevo huésped en una sala baja incrustada, -digámoslo asi, en el corazon de una mole de piedra, que esto y no -otra cosa era cada paredon del castillo. No tenia mas adornos que -el que le proporcionaban algunas telas de araña, indicio de la poca -consideracion con que al caballero se trataba, y varios informes -lamparones que dibujaba la humedad con caprichosa desigualdad en las -desnudas paredes de aquel calabozo. Hacia mas horrorosa la prision un -rumor monotono y profundísimo, muy semejante al que produce el brazo -de agua que sale de la presa de un molino, que rompe por entre las -guijas de una cascada, ó que se desprende de un batan. El que haya -tenido al<span class="pagenum" id="Page_49">[p. 49]</span>guna vez -la desgracia de verse privado de su libertad en una oscura prision, -oyendo dia y noche el acompasado golpeo de un reloj de péndola, será -el único que pueda apreciar la situacion del doncel, condenado á -aquel tristísimo son. No recibia mas luz aquel cavernoso nicho que -la que le prestaba en los dias mas claros del año un agujero redondo -y cerrado con cuatro hierros cruzados, y practicado en la parte mas -alta del muro. Hallábase situado á orilla de una zanja, hecha á -lo largo de la muralla interior: por la zanja corria, produciendo -el rumor que hemos descrito un resíduo del torrente, que llenaba -con sus aguas el foso esterior del edificio, y entre la zanja y -la muralla interior habia una ancha y espaciosa plataforma. Era -preciso, pues, pasar la zanja desde la plataforma para entrar en -la prision destinada al doncel; pero esto solo se podia verificar -bajando el rastrillo que la cerraba sirviéndole de puerta. La rara -colocacion de aquella cueva indicaba que habia sido construida desde -luego para encerrar presos de importancia, y á quienes se quisiese -quitar la vida prontamente, como represalia, en caso de hallarse ya -tomado el castillo por el enemigo. La situa<span class="pagenum" -id="Page_50">[p. 50]</span>cion por otra parte, su hondura, y el -ruido del torrente, impedian que pudiese ser oida en ningun caso la -voz del prisionero que en aquella caverna se encerrase. Casi enfrente -de ella venia á caer entre las dos murallas la torre principal de la -fortaleza. Mirando oblicuamente por el agujero conductor de la luz, -que dejamos descrito, divisábanse con trabajo algunas altas ventanas. -Nada se podia ver de dia de lo que dentro de ellas pasaba; pero de -noche, cuando reinaba la mas completa oscuridad, veía el doncel una -luz arder en lo interior de una habitacion, moverse á ratos, mudar -de sitio, desaparecer, y aun producir sombras de diversos tamaños -y figuras, bastantes á atemorizar en aquel tiempo de supersticion -un corazon menos determinado que el del doncel; sobre todo en un -castillo que hacian encantado las tradiciones mas remotas del pais, -y cuyo destino parecia ser realmente el de pertenecer siempre á -seres nigrománticos, como le sucedia á la sazon, que era dueño de -él el conde de Cangas, é quien nadie tenia por menos mago que al -amante de Zelindaja. De noche tambien, y cuando se columbraban las -temerosas sombras, era cuando solia mezclarse con el silbi<span -class="pagenum" id="Page_51">[p. 51]</span>do del viento, y el -ruido de la lluvia, ó el estruendo de la tempestad, una voz aguda y -dolorosa, que era la que tenia espantada la comarca, y la que nuestro -buen Nuño habia oido la noche que se retiraba de su labor, como en -nuestro capítulo anterior dejamos dicho.</p> - -<p>Finalmente, otra entrada tenia la prision del doncel. Una -escalerilla de caracol la ponia en comunicacion con una larga galería -interior del castillo; pero una puerta de hierro sumamente pequeña -y cerrada por defuera con pesados cerrojos y candados, cuyas llaves -poseía solo el alcaide, imposibilitaban por esta parte toda esperanza -de evasion. Un mal lecho habia sido dispuesto á ruegos del prisionero -en la caverna, y habia conseguido por favor singular que le dejasen -el pequeño laud que á la espalda como trovador llevaba cuando su cita -amorosa. Con él divertia su amarga posicion pulsándole blandamente, -y regándole con sus acerbas lágrimas, los ratos que no escribia en -las paredes con un punzon alguna tristísima endecha, dirigida á la -ingrata señora de sus pensamientos, cuyo rigor le habia puesto en tan -lastimero trance.</p> - -<p>La habitacion que por ser la mejor y la<span class="pagenum" -id="Page_52">[p. 52]</span> mas espaciosa se habia reservado el -alcaide, y que se habian repartido á la sazon Rui Pero y Ferrus, se -hallaba en el piso bajo de la torre de que hemos hablado. Un salon -anchuroso, adornado con varios trofeos y armas suspendidas en las -paredes, era el departamento principal. Una larga mesa estaba clavada -en medio: el hogar ardia en la cabecera de la sala, y en el estremo -opuesto un aparador ó bufete encerraba la vajilla estilada en aquel -tiempo para el servicio de la mesa.</p> - -<p>Al anochecer del dia en que nos encuentra nuestra historia, dos -hombres arrellanados en dos grandes poltronas de baqueta española, -la mas apreciada entonces en Europa, conversaban tranquilamente uno -enfrente de otro, y separados por la mesa como si hubieran necesitado -de un cuerpo intermedio para no reñir. Asi parecia indicarlo su gesto -displicente. El uno era Ferrus. En su rostro brillaba la satisfaccion -petulante de un hombre que ha llegado á ocupar un destino superior -á sus méritos y esperanzas. El otro era Rui Pero. Su continente era -el de un hombre por el contrario herido en lo mas delicado de su -amor<span class="pagenum" id="Page_53">[p. 53]</span> propio por -un disfavor no merecido, y habíaselas con el emancipado juglar, -como podria habérselas un general acreditado por sus servicios y -conocimientos con un guerrillero á quien hubiese igualado con él la -fortuna.</p> - -<p>Una lámpara suspendida del techo iluminaba los rostros de -entrambos, y los iluminaba mejor una alta vasija, cuyo preñado -vientre vaciaba de cuando en cuando en dos anchas copas cierto jugo -vivificador que embaulaban nuestros dos interlocutores á tragos -repetidos en su cuerpo como en un cubo desfondado.</p> - -<p>—¿Cuando pensais partir, señor Rui Pero? preguntó Ferrus despues -de uno de estos tragos, paladeando todavia el licor de Baco.</p> - -<p>—¿Habeis tomado ya, señor juglar, repuso Rui Pero, es decir, señor -Ferrus, alcaide del castillo de Arjonilla, las instrucciones que -habiais menester?</p> - -<p>—Estoy tan apto, señor Rui Pero, para desempeñar la alcaidía de -este famoso castillo, como el mejor camarero de Castilla, contestó -Ferrus picado.</p> - -<p>—En ese caso, señor tal alcaide, pasado mañana al lucir el alba me -pondré en cami<span class="pagenum" id="Page_54">[p. 54]</span>no -para la corte, si no manda otra cosa vuestra señoría.</p> - -<p>—Gracias, señor Rui Pero.</p> - -<p>—¿Habeis mandado relevar las centinelas esteriores de la muralla, -y las dos de las torres, y de la galería interior del preso?</p> - -<p>—Bien sabeis, contestó Ferrus, que no es ese cargo mio mientras -esteis vos en el castillo. Y espero que no me comprometereis con mi -amo el señor conde, ni querreis faltar al deber...</p> - -<p>—No acostumbro á faltar á mis deberes, señor Ferrus; yo voy por lo -tanto á disponer...</p> - -<p>—Esperad. Supongo que seguís con el cuidado de emplear en el -servicio de centinelas los ballesteros que ignoran completamente la -calidad de los prisioneros. De otra suerte...</p> - -<p>—No habeis menester suponerlo, dijo apurando su copa Rui Pero; -bastará con que lo creais á pies juntillas. Ademas, ya habreis -conocido que necesita habilidad para escaparse el preso que tal -intente hallándose encerrado en la prision de la zanja.</p> - -<p>—Sí, segun me habeis dicho, no conociendo el secreto del -rastrillo, solo la muer<span class="pagenum" id="Page_55">[p. -55]</span>te seria el resultado de la menor tentativa de evasion. -Admirable construccion la de este calabozo. ¿Y quién construyó...?</p> - -<p>—¡Silencio! dijo Rui Pero al ver entrar un tercero en la sala, y -gozoso de poder dar una leccion de prudencia al inesperto Ferrus. -¿Qué quereis vos? añadió dirigiéndose al estraño.</p> - -<p>—Señor alcaide, respondió el faccionario que acababa de entrar, -han llamado al castillo dos caminantes fatigados...</p> - -<p>—A nadie se da hospedage, repuso Rui Pero mal humorado.</p> - -<p>—Lo sé, señor alcaide. Pero advierta vuestra merced que no son -caballeros ni hombres de guerra. Son dos reverendos padres, que piden -albergue por esta noche.</p> - -<p>—¿Y por qué no lo buscan en Arjonilla?</p> - -<p>—Parece, señor, que van estraviados, y pasan á estas horas por el -castillo ignorantes del camino que guia á la poblacion. La copiosa -lluvia que ha engruesado el torrente les obliga á pedir albergue.</p> - -<p>—¡Voto va! dijo Rui Pero. Lo mas que por ellos podemos hacer es -que les enseñe el camino un hombre del castillo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_56">[p. 56]</span></p> - -<p>—Pero ese, señor, no los pasará en hombros á través del torrente, -repuso el ballestero, temeroso de ser él elegido para aquella -comision.</p> - -<p>—Por otra parte, añadió Ferrus, á quien los vapores del vino daban -confianza y determinacion, ¿qué peligro hay en albergar dos frailes? -Dios sabe de dónde serán. Esos padres suelen venir de lejos é ir de -paso; muy forasteros deben de ser, pues ignoran que el castillo es -encantado y nada hospitalario. Van de paso.</p> - -<p>—Sin embargo, si pudiesen pasar el arroyo... replicó Rui Pero.</p> - -<p>—¿Y quereis, dijo Ferrus acercándose al oido del camarero, que nos -espongamos á que pase un hombre del castillo la noche fuera de él, y -suelte la lengua mas de lo preciso? Eso es peor...</p> - -<p>—Peor, peor... refunfuñó entre dientes el camarero.</p> - -<p>—Si gustais, señor alcaide, dijo el ballestero, se les contestará -que vayan á buscar albergue á otra parte. Ello la noche es -terrible.</p> - -<p>—¿Terrible decís? repuso Rui Pero asomándose á una ventana. Sí; -parece que el cielo<span class="pagenum" id="Page_57">[p. 57]</span> -se derrite en agua. Seria una inhumanidad por cierto.</p> - -<p>—No podemos consentir, añadió Ferrus, que dos ministros del -Altísimo queden á la intemperie en una noche...</p> - -<p>—En buena hora; que entren, dijo Rui Pero al ballestero, quien se -fue á cumplir la orden.</p> - -<p>—¡Voto va! añadió Ferrus; eramos dos y seremos cuatro. Aun queda -vino en esa vasija para otros tantos, y los padres no se desdeñarán -de hacernos un rato de compañía, yendo sobre todo de camino. Todo el -peligro que podemos recelar de los santos varones, señor camarero es -que nos echen algun sermon en latin que no entendamos: y asi como -asi, dentro de un rato ya no nos íbamos á entender nosotros dos segun -la faena que damos á nuestras copas.</p> - -<p>Una carcajada de Ferrus al concluir estas palabras probó que -todavia no habia perdido la costumbre, que se habia hecho en él -naturaleza, de decir bufonadas á todo trance, á pesar de su nueva -dignidad.</p> - -<p>De alli á poco entraron humildemente en el salon dos -reverendísimos padres, cuyos hábitos derramaban á hilos el agua, -como<span class="pagenum" id="Page_58">[p. 58]</span> un paraguas -espuesto por gran rato á la lluvia, y que se arrima á un rincon á -medio cerrar.</p> - -<p>Saludáronlos cortesmente nuestros dos amigos, y despues de los -primeros cumplimientos los invitaron á que se acercasen para secar -sus hábitos al hogar, donde quedaron mirándose unos á otros largo -espacio los dos opuestos alcaides y los dos bien avenidos frailes.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b058.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_35"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XXXV."><span class="pagenum" - id="Page_59">[p. 59]</span>CAPITULO XXXV.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">Mentides, fraile, mentides,</p> - <p class="i0">que no decís la verdad.</p> - <p class="g4">. . . . . . . . . . .</p> - <p class="i0">Mató el fraile al caballero,</p> - <p class="i0">á la infanta va á librar:</p> - <p class="i0">en ancas de su caballo</p> - <p class="i0">consigo la fué á llevar.</p> - <p class="i4"><i>Rom. del conde Claros.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">A</span><span class="smcap">l -entrar</span> los dos modestos frailes en la sala, no habia dejado -de llamar su atencion el agradable pasatiempo en que entretenian -sus ratos perdidos el antiguo y el nuevo alcaide. Habíanse mirado -uno á otro como inspirados de la misma idea, y este movimiento -hubiera sido notado de los defensores del castillo, á no ser porque -no habiendo creido estos que tendrian ya visitas con quien guardar -ceremonia, habian menudeado en realidad del tinto mas de lo que á su -prudencia convenia; su misma posicion les habia escitado á beber, -y aun hay cronistas que aseguran que deseosos uno y otro de no -tener<span class="pagenum" id="Page_60">[p. 60]</span> compañero en -el mando, y demasiado confiado cada cual en su propia resistencia, se -habian animado recíprocamente á beber por ver si conseguian privar -al cólega; plan que, merced á la igualdad de sus fuerzas, habia -resultado en detrimento de la razon de entrambos.</p> - -<p>—¡Por San Francisco! perdonen vuestras reverencias, dijo Ferrus, -si les han hecho esperar á la intemperie mas de lo que ese hábito que -visten merece. Pero sepan que á él solo deben esta acogida, porque el -castillo á que han llamado no es en realidad de los mas hospitalarios -que pudieran haber encontrado en su camino.</p> - -<p>—<i>Pax vobiscum</i>, dijo el menos corpulento de los padres con voz -grave.</p> - -<p>—Como gusteis, padres, repuso Ferrus, segun el estribillo de mi -huésped de ayer; porque han de saber sus reverencias que de dos -dignos alcaides que tienen en su presencia ahora, ninguno sabe -latin.</p> - -<p>—En ese caso, <i>Te Deum laudamus</i>, repuso el padre respirando como -aquel á quien le quitasen de encima una montaña.</p> - -<p>—Gracias contestó de nuevo Ferrus, no queriendo ser tachado de -poco político por<span class="pagenum" id="Page_61">[p. 61]</span> -dejar sin respuesta una lengua que no entendia. Dos cosas debemos -suplicar á vuestras reverencias, prosiguió; primera, que se quiten -esos hábitos que traen tan mojados...</p> - -<p>—<i>Et super flumina Babilonis</i>, dice el salmista: <i>vetat regula</i>, -la regla nos lo impide.</p> - -<p>—Sea en buen hora; pero la regla no impedirá á vuestras -reverencias que hagan lo que vieren adonde quiera que fueren; primera -regla de hospitalidad entre caballeros, añadió Ferrus derramando vino -nuevamente en las copas, y ofreciendo una al padre que habia llevado -hasta entonces la palabra.</p> - -<p>Miráronse los padres uno á otro como para consultar entre sí lo -que deberian hacer.</p> - -<p>—¡Voto va! aqui se ofrece de buena voluntad, añadió Ferrus viendo -su indecision: ¿no es cierto, señor camarero?</p> - -<p>—Vos lo habeis dicho, repuso el camarero tomando una copa. Pero si -sus reverencias no se atreven por respetos al cielo, nosotros, viles -gusanos de la tierra...</p> - -<p>—<i>Vinum lætificat cor hominis</i>, interrumpió el padre. Nosotros -agradecemos á vuestras mercedes la buena voluntad; pero solo -beberemos en la refaccion, si teneis por bien hacérnosla servir: -vuestras mercedes<span class="pagenum" id="Page_62">[p. 62]</span> -beban, y mientras, nosotros <i>exultemus</i>, <i>et lætemur</i>.</p> - -<p>—A la buena de Dios, dijo Ferrus vaciando su copa. ¿Y este padre -que nada dice, es que no sabe latin, como si fuera alcaide?</p> - -<p>Miraban los dos frailes á Ferrus, como buscando en sus ojos si -encerraria alguna intencion ó sospecha aquella pregunta hecha de -aquel modo, ó si seria meramente casual é hija de la poca aprension -del que la hacia. Parecióles en conclusion, que no se podia leer -en los ojos de Ferrus sino la espresion del mosto, y no dudó en -responder con cierta serenidad el mismo padre.</p> - -<p>—Mi superior está achacoso; es sordo ademas <i>tanquam tabula</i>...</p> - -<p>—Sí, que es gran sordera, repuso Ferrus, presumiendo que asi se -llamaba la enfermedad del padre.</p> - -<p>—Y un tanto tierno de ojos, que es la razon de verle la capucha -tan sobre ellos como notarán vuesas mercedes. La humedad, sobre todo, -de esta noche debe de haberle perjudicado mucho. <i>Benedictus qui -venit.</i> Venga ó no venga, añadió para sí el padre.</p> - -<p>Efectivamente, no se le veía apenas rostro al padre que habia -permanecido callado.<span class="pagenum" id="Page_63">[p. -63]</span> Ocultábale el medio de abajo una larga barba blanca, y su -capucha le envolvia todo el medio de arriba.</p> - -<p>—¿Y viajan siempre vuesas reverencias con esos mozos de estribo? -preguntó Ferrus, reparando en un hermoso alano que casi detras del -padre silencioso reposaba, y que habia entrado sin ser antes de ellos -sentido.</p> - -<p>—¡Ah! repuso el padre. Dios nos perdone esos medios mundanos de -defensa. Aunque <i>manet nobiscum dominus</i>, bueno es llevar ademas -un amigo consigo. Es el perro del convento: nuestro reverendo abad -no quiso que en estos tiempos de salteadores, ni el padre Juan, ni -yo, padre Modesto, como me llaman, para servir á Dios y á vuesas -mercedes, nos viniesemos sin ese corto ausilio siquiera para nuestra -seguridad, si bien <i>Deus vigilat</i>.</p> - -<p>—¿Y de dónde, bueno padre mio? preguntó Ferrus con audaz -curiosidad.</p> - -<p>—De Jaen, hijo, repuso con estremada serenidad el padre; sí, -hijo, de Jaen. Llevamos una comision secreta, que bajo la fé de la -obediencia no podemos revelar, para el reverendo prior del convento -de Andujar de nuestra misma orden, que es como veis de<span -class="pagenum" id="Page_64">[p. 64]</span> San Francisco, hijos -mios; pensábamos haber caminado toda la noche, y haber llegado alli -antes de la mañana; empero Dios que nos ha enviado esta agua, y -los achaques de mi compañero, nos han obligado á pedir hospedage. -<i>Introibo</i>, dijimos, <i>ad altare</i>.</p> - -<p>—Y bien dicho, habló por fin el camarero, que habia estado hasta -entonces observando al silencioso fraile, muy bien dicho, aunque -nosotros no lo entendamos. Pero lo dijo vuestra reverencia, y basta: -si les parece á sus reverencias, que vendrán cansados, prosiguió -el cortesano camarero, harémosles servir la refaccion para que se -retiren, señor Ferrus.</p> - -<p>—<i>Amen</i>, repuso el padre: tanto mas cuanto que mañana hemos de -salir á la madrugada, si dais orden de que nos abran temprano en el -castillo.</p> - -<p>—Daránse las órdenes todas que fueren necesarias, repuso Ferrus, -apartándose y hablando al oido al camarero. Pero ved que las -centinelas no se han relevado aun.</p> - -<p>—Pudierais vos mudarlas, le contestó Rui Pero, mientras yo hago -disponer la cena; estos buenos padres nos dispensarán si los dejamos -solos un instante por su propio servicio.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_65">[p. 65]</span></p> - -<p>—<i>Ite, misa est</i>, replicó el padre echando una bendicion gravísima -á entrambos alcaides, que se dieron el brazo mutuamente á pesar de -sus interiores rencillas, sin duda olvidándolo todo en momentos en -que necesitaban tanto de recíproco apoyo, y salieron de la sala.</p> - -<p>—¡Cuerpo de Cristo! Por vida de Diego Gil y Martin Bravo, los mas -famosos monteros de Castilla, que Dios perdone, esclamó el padre -silencioso soltando una carcajada algo reprimida por la prudencia. -¡Voto va! que nunca hubiera dicho, fray Juan ó fray Peransurez, -que tañeseis de ladradura con tal primor. Por mi venablo que se os -entiende de cazar en latin á las mil maravillas.</p> - -<p>—¡Prudencia, Hernando! Sepamos lo que nos hacemos, ya que yo no sé -lo que me digo. ¿No os previne de que fuí monacillo y sacristan en -cierto tiempo, durante el cual, si mucho escatimé el rastro de las -vinagreras de la Almudena, no por eso dejé de oir las vocinas de los -padres en el coro? aprendí á tañer la mia en latin como habeis visto, -y alguna palabra entiendo voto á tal de cada ciento que digo.</p> - -<p>—Pobre venado es este, Peransurez: es<span class="pagenum" -id="Page_66">[p. 66]</span> nuestro, dijo Hernando. Hace la señal del -pezuño chica, y va en la reduña, ¡voto á tal! No tardarémos en tañer -de oscisa. ¿Pondrémosle canes?</p> - -<p>—Ved no nos obliguen á tañer de traspuesta: mirad que se levanta -ya el venado á la ceba. Yo os avisaré el momento.</p> - -<p>—Los tiempos nos dirán, conforme vengan...</p> - -<p>—Sí; pero ved, Hernando, que no es lo dificil la entrada; mirad -por la salida...</p> - -<p>—Dios proveera, y mi venablo, repuso Hernando componiendo -sus hábitos, y echando de nuevo su capucha. Ya vienen hácia el -buitron.</p> - -<p>Volvian en esto ya los dos alcaides. No tardó mucho tiempo en -cubrirse la mesa, á la cual se sentaron los cuatro con la mayor -armonía y fraternidad. Poco tiempo hacia que cenaban, con imprudente -abandono Rui Pero y Ferrus, con mas reserva y comedimiento los dos -frailes, cuando llamó á las puertas del castillo un espreso que -enviaba el conde de Cangas y Tineo. Abriéronle inmediatamente, -é introducido en la sala echóse de ver en su traza que habia -corrido mucho, y que debia de ser en gran manera interesan<span -class="pagenum" id="Page_67">[p. 67]</span>te su mensage. Tomó Rui -Pero el pliego cerrado que para él traía, y apartándose un poco -leyóle rápidamente, manifestando bien á las claras en su rostro -cuánta sorpresa le infundia.</p> - -<p>—Señor Ferrus, grandes novedades, dijo despues de haberle -recorrido.</p> - -<p>—¿Qué decís? preguntó Ferrus tartamudeando.</p> - -<p>—Nuestro señor el ilustre conde de Cangas y Tineo, maestre de -Calatrava, se halla á pocas leguas de aqui...</p> - -<p>—¿Cómo? esclamó Ferrus levantándose.</p> - -<p>—Sí, parece que el dia despues de vuestra salida de Madrid -llegó á la corte la nueva de los disturbios de Sevilla. Las cartas -y pesquisidores que envió su alteza á esa ciudad el mes pasado -para poner en paz los bandos que han estallado entre el conde de -Niebla, su primo, y el conde don Pedro Ponce y otros caballeros -y veinticuatros, no surtieron efecto, y el mal se acrecienta por -momentos. Temeroso su alteza de los resultados de tan grave daño, -hizo suspender su viage á Otordesillas: háse contentado con espedir -pliegos anunciando á la reyna doña Catalina que irá allá desde -Sevilla, y mandando disponer para entonces las funciones<span -class="pagenum" id="Page_68">[p. 68]</span> reales y torneos que se -preparaban en solemnidad del nacimiento del príncipe don Juan. Háse -traido consigo á los principales señores de la corte, y esta noche -debe dormir en Andujar.</p> - -<p>—Gran novedad, por cierto, dijo Ferrus.</p> - -<p>—Añádeme su señoría que en ese pueblo permanecerán tres dias, -por hallarse señalada para mañana la prueba del combate. Encárganos -con este motivo, añadió Rui Pero al oido de Ferrus, la mayor -vigilancia.</p> - -<p>—¡Voto á tal! no hay cuidado, dijo Ferrus dando una carcajada. No -vencerá el doncel. ¿Y piensa venir su grandeza por aqui?</p> - -<p>—Parece que no, pues de Andujar pasa su alteza á Córdoba; desde -alli irá en la barca grande, el Guadalquivir abajo, á Sevilla, pues -que está su alteza muy doliente, y no le deja caminar á caballo su -físico Abenzarsal. Pero en atencion á todo esto, yo partiré mañana de -madrugada.</p> - -<p>—Sea en buen hora, como gusteis, repuso Ferrus. Esto entre tanto -no altera el orden de nuestra cena. Podeis retiraros, buen hombre, -añadió Ferrus al emisario.</p> - -<p>—Que os den de cenar, dijo Rui Pero al mismo, y disponeos mañana á -venir conmigo á la corte.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_69">[p. 69]</span></p> - -<p>Retiróse el emisario, y siguieron cenando nuestros cuatro -paladines, y conversando acerca de la determinacion del rey, y del -singular acaecimiento que los habia acercado tanto á la corte.</p> - -<p>—Bueno fuera, señor alcaide, dijo Peransurez dirigiéndose á -Ferrus, que era el mas afectado del licor, bueno fuera que hubieseis -de hospedar en este castillo á la corte...</p> - -<p>—¡Ba! dijo Ferrus; no pasa por aqui, y ademas en un castillo -encantado...</p> - -<p>—¡Encantado! Dios nos perdone, dijo con afectado escrúpulo el -padre.</p> - -<p>—¿No ha oido hablar nunca el padre de la mora Zelindaja, Zelindaja -la mora...? siguió Ferrus con dificultad, y riéndose á cada palabra -con la estúpida espresion de la embriaguez.</p> - -<p>—¡Hola!</p> - -<p>—¡Voto va! pues la mora... rico vino es este, padre; ¿no -bebeis?</p> - -<p>—Proseguid, dijo el padre haciendo con su mano un ademan de -agradecer el ofrecimiento.</p> - -<p>—La mora, pues... vaya otro trago, señor Rui Pero.</p> - -<p>—¿Y la mora? preguntó el padre.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_70">[p. 70]</span></p> - -<p>—La mora... Zelindaja quereis decir, la que está encantada en la -torre...</p> - -<p>—¿En la torre?</p> - -<p>—Sí; aqui arriba sobre nosotros. ¡Pero qué vino! ¡qué paladar! ¿os -dormís, señor Rui Pero? ¡voto va!</p> - -<p>—¿Con que arriba? preguntó el padre.</p> - -<p>—Por ahí la llaman la mora, y dicen que aparece, y que... ¡ah! -¡ah! ¡ah! añadió Ferrus soltando una carcajada, y mirando el vino -que contenia aun la copa. ¿Qué haceis vos ahí, prosiguió vuelto en -seguida á los que le servian la mesa, escuchando, espiando, á ver -si se me escapa alguna imprudencia? Belitres. Si esperais á que yo -os diga donde está el preso... larga la llevais. Fuera de aqui; -llamaremos cuando os hayamos menester.</p> - -<p>Diciendo y haciendo, se levantó Ferrus con trabajo, y cerró la -puerta despues que hubieron salido los sirvientes, espantados de las -palabras del alcaide.</p> - -<p>—¿Con que el preso...? señor alcaide de... prosiguió Peransurez, -que asi como su compañero no perdia una palabra ni una accion de las -que se le escapaban al imprudente mancebo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_71">[p. 71]</span></p> - -<p>—El preso no se escapará mientras pendan de mi cintura las llaves -todas del alcázar. ¡Ah! ¡ah! ¡ah! notad, padres mios, la figura que -hace un camarero dormido, prosiguió Ferrus riéndose á carcajadas, y -señalando con el dedo la boca abierta del buen Rui Pero, á quien la -hora, el sueño, el vino y el cansancio tenian cabeceando sobre su -poltrona. ¡Ah! ¡ah! ¡ah!</p> - -<p>Al llegar aqui tocó Peransurez por bajo de la mesa el pie de -Hernando, que de puro impaciente no hacia ya mas que moverse habia -gran rato. Levantándose á un tiempo los dos, precipitóse cada uno -sobre el que tenia al lado. Tocóle á Peransurez el dormido Rui -Pero, que se halló ya maniatado y tapada la boca antes de acabar de -despertar: á Hernando Ferrus, cuyo asombro fue tal al ver levantarse -de repente, y en aquella tan inesperada forma, á los dos reverendos, -que no fue dueño de gritar ni de oponer la menor resistencia al -montero, el cual asi lo fajaba con sus poderosas manos como si fuese -un niño. Pusieron nuestros dos amigos á cada uno de los alcaides -un palo de hogar atravesado en la boca, y sugeto con cordel que -preparado llevaban, á manera de mordaza, y<span class="pagenum" -id="Page_72">[p. 72]</span> atáronlos en seguida fuertemente de pies -y manos á sus mismas poltronas, dejándolos conforme se hallaban -colocados, es decir, uno enfrente de otro con la mesa en medio y -sus copas delante. Era cosa de ver la figura que hacian sin poderse -mover ni remover ambos con la boca abierta, y mirándose con ojos aun -mas abiertos, sin acabar de comprender si estaban encantados por el -moro del castillo, ó si habrian dado hospedage á dos diablos del otro -mundo que venian á castigar su descompuesta vida.</p> - -<p>Hecho esto por nuestros dos reverendos, y apoderados ya del manojo -de llaves que pendian del cinto de Ferrus, fue su primer cuidado -recapacitar lo que acababan de oir al ébrio alcaide.</p> - -<p>Parecia por el misterio de sus palabras que la torre era el -lugar del castillo destinado al prisionero. Estaban en ella, pero -era indispensable hallar una subida, y si habia dos, aquella -en que estuviesen menos espuestos á ser notados, ó á encontrar -importunas centinelas. En punto á esto convinieron que era preciso -ponerse en manos de Dios, que veía sus intenciones, y no dejaria -de favorecerlas; y echáronse á buscar una subida, que<span -class="pagenum" id="Page_73">[p. 73]</span> no tardaron en encontrar. -Probando llaves lograron abrir una puertecita encubierta detras del -hogar por un tapiz viejo: empujáronla, y una escalera oscura les -probó que habian dado con lo que necesitaban. Armado cada uno de un -agudo venablo, y llevando en la mano izquierda Hernando, que iba -delante, una linterna sorda de metal, diéronse á subir con la mayor -confianza en Dios, donde los dejaremos, ora trepando escaleras, ora -recorriendo largas y oscuras galerías, ora, en fin, probando llaves -en cada puerta que encontraban, todo con el mayor silencio posible -por no dar la alarma en el castillo.</p> - -<p>Hallábase colocado el cuarto, donde se divisaba la misteriosa -luz desde los alrededores de la fortaleza, en el estremo de una -galería, y como quiera que las puertas fuesen todas de la mayor -seguridad, no se creía prudente establecer centinelas demasiado -inmediatas. Al único que hácia aquella parte se ponia, preveníasele -de antemano que no se separase del estremo de la galería mas distante -de la prision. El que se hallaba á la sazon en aquel punto era un -mancebo profundamente ignorante acerca de las circunstancias de -los pre<span class="pagenum" id="Page_74">[p. 74]</span>sos que -parecian custodiarse con tanto interes en la fortaleza, pero que -habia oido hablar lo bastante del encantamiento del castillo, y de -la voz nocturna, para no tenerlas todas consigo en aquella incómoda -faccion.</p> - -<p>—Por Santiago, decia apoyándose en su partesana, que no entré yo -al servicio del señor conde para habérmelas con brujas y hechiceros; -este instrumento que bastaria para matar millones de moros, unos -despues de otros se entiende, acaso no seria suficiente á hacer un -ligero rasguño en la mano del moro que fundó este maldito castillo. -Dicen que la señal de la cruz es grande arma contra las artes del -demonio, añadia en otro paseo de los que daba, sin apartarse mucho de -su puesto como el que tiene miedo ó frio; y siendo esto cierto, ¿cómo -es que hay cristianos hechizados? Cuerpo de Cristo, si me hechizasen -tengo para mí que lo que mas habia de sentir habia de ser aquello del -no comer y del no dormir; ¡voto va!</p> - -<p>En estas y otras reflexiones cogió entretenido al mancebo cierto -profundo gemido que salió del estremo opuesto de la galería.</p> - -<p>—¡Santa María! esclamó dando diente con diente el faccionario. -Asunto concluido.<span class="pagenum" id="Page_75">[p. 75]</span> -¿Si será la mora que viene á pedirme su esposo, segun dicen las -gentes que lo pide todas las noches á los ecos? Sin embargo, yo no -soy eco, añadió lastimeramente como si quisiese conjurar el encanto -con esta lógica observacion.</p> - -<p>Otro gemido mas prolongado resonó de alli á poco, y el ruido de -una cadena arrastrada por el suelo se prolongó hasta el infinito en -el oido del infeliz.</p> - -<p>—¡Santo Dios! decia el soldado, y persignábase tan de prisa como -si fuese la última vez que habia de persignarse en su vida, y sin -apartar los ojos del punto de donde él se figuraba que salia el -ruido.</p> - -<p>En esto estaba á la orilla de la escalera, y vuelto de espaldas -á ella, cuando dos manos de hierro, apoderándose de sus piernas, le -levantaron en alto.</p> - -<p>—¡Perdon, señora Zelindaja, perdon! clamó con voz medio ahogada el -miserable, y pasando por encima de la cabeza de un padre Francisco, á -quien no tuvo siquiera tiempo de observar, cayó rodando de espaldas -por la escalera, hasta una puerta que habian cerrado tras sí nuestros -aventureros, donde quedó casi exánime y sin sentido.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_76">[p. 76]</span></p> - -<p>—¿Hay mas? dijo Peransurez mirando á todas partes.</p> - -<p>—No, repuso Hernando: aquella debe ser su prision: ¿no oís una -cadena?</p> - -<p>—Él es; apresurémonos. Sacando en seguida el manojo y llegando -á la puerta comenzaron á probar llaves en la cerradura. Abrió, por -fin, una de las mas gruesas, y entrambos se precipitaron dentro de -la prision, igualmente impacientes de dar libertad al encadenado -doncel.</p> - -<p>Una lámpara mortecina lucia siniestramente sobre un pedestal.</p> - -<p>—¡Basta, crueles, basta ya! esclamó una voz penetrante, -arrojándose á sus pies al mismo tiempo, con todo el desorden del -dolor y de la desesperacion, una figura cadavérica vestida de negras -ropas.</p> - -<p>Dificil fuera pintar el asombro de nuestros dos reverendos al ver -venir sobre ellos aquella estraña sombra, que no era otra cosa lo que -á su vista se ofrecia, y el sobrecogimiento de la víctima luego que -paró la atencion en sus nuevos huéspedes; de tan distinta especie que -los dos hombres que hasta entonces habian solido visitar su encierro -para traerla el alimento.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_77">[p. 77]</span></p> - -<p>—Religiosos, Santo Dios, religiosos, esclamó ésta. Habeis oido, -señor, por fin mis oraciones, y el bárbaro me envia estos emisarios -de vuestra palabra divina para ausiliarme en los últimos momentos de -esta vida miserable. Lo acepto, señor, lo acepto.</p> - -<p>Un mar de lágrimas corrió de los ojos hundidos de la encarcelada, -que abrazaba con religioso fervor el hábito de Hernando: éste, -inmóvil en su puesto no sabia qué interpretacion dar á aquella -horrible escena. Todo el valor de Peransurez le habia abandonado; -creíase efectivamente delante de la encantadora mora, y estaba ya -á dos líneas de maldecir en su corazon su osadía y su malhadada -incredulidad.</p> - -<p>Repuesto algun tanto Hernando de su primera sorpresa, hízose atras -cuanto pudo, desviando su hábito del contacto de la infeliz. Ésta, -levantando entonces la cabeza, y sacudiendo sobre los hombros una -larga cabellera, único resto de su antigua hermosura, quedó mirando -largo rato á nuestros amigos sin atreverse á proferir una palabra.</p> - -<p>—Quien quiera que seais, dijo por fin animándose Hernando, y -descubriendo su rostro, ser de este mundo ó del otro, mo<span -class="pagenum" id="Page_78">[p. 78]</span>ra ó cristiana, hablad: -¿qué nos quereis?</p> - -<p>—Hernando, ¿sois vos? esclamó la víctima levantándose, despues -de haber mirado largo rato con la mayor duda y agitacion al montero -espantado. ¡Ah! no, continuó, ¡Hernando era montero! y volvió á caer -en el mismo estupor.</p> - -<p>No pudo menos Hernando al oirse nombrar por la fantasma, como -un antiguo conocido, de fijar mas en ella la atencion; y agarrando -con una mano á Peransurez, que á su derecha y un poco detras de él -estaba,—¡Cielos! esclamó sin apartar los ojos de la figura negra. -Dejadme; ¿seria posible?</p> - -<p>—¡Ah! conocedme, sí, gritó levantándose y asiendo la lámpara -la infeliz, conocedme si me habeis visto alguno vez; hé aqui en -mi rostro los efectos de su barbarie; no soy la misma ya: no soy -hermosa... el llanto, el dolor me han afeado. Miradme bien, miradme, -prosiguió acercando la luz á su semblante.</p> - -<p>—¡Ella, ella es! Peransurez, salvemonos, gritó Hernando -retrocediendo.</p> - -<p>—¿Adónde? no: ¿adónde? Deteneos. Yo saldré tambien con -vosotros.</p> - -<p>—¡Vivís aun, señora! esclamó Hernan<span class="pagenum" -id="Page_79">[p. 79]</span>do al sentirse detenido por la víctima -¿vivís?</p> - -<p>—Vivo; sí, vivo para llorar y padecer: tocadme aun si lo -dudais.</p> - -<p>—¿Es falsa vuestra muerte? ¿Sois vos, señora?</p> - -<p>—¿Mi muerte decís? preguntó la desdichada. El bárbaro la ha -propalado. ¡Justicia, señor; misericordia! añadió levantando los ojos -al cielo. Por piedad continuó, ¿quién sois el que tanto os pareceis -al montero de don Enrique? ¿Qué os trae á esta prision?</p> - -<p>Hernando, sumido en el mas profundo letargo, apenas reconocia -debajo de aquella palidez y cadavérico aspecto á la hermosa que -tantas veces habia visto triunfante en el mundo de lujo y de -belleza.</p> - -<p>—¡Monstruo! dijo por fin para sí: ¡monstruo abominable!</p> - -<p>—¿Quién sois? acabad; y ¿qué quereis? tornó á preguntar la -encerrada: ¿venís á prolongar mis males, á remediarlos por -ventura?</p> - -<p>—A salvaros, señora, repuso Hernando. Conocedme ¡voto va! El -montero Hernando, señora, os ha de sacar de esta maleza.</p> - -<p>—¿Con que no me habia engañado? ¡Ah!<span class="pagenum" -id="Page_80">[p. 80]</span> Decidme, ¿por qué feliz azar os veo, y -cómo en ese trage?</p> - -<p>—El montero de ley, señora, no caza siempre del mismo modo: -dejemos para mejor ocasion ese punto. Ved que necesitamos salir del -monte. ¡Ea! Venid con nosotros.</p> - -<p>—¿Con vosotros? Adónde: ¡ah! no me engañeis. Mas facil es que me -mateis aqui. ¿Qué resistencia puedo oponeros? Si sois tan crueles -como todos los que hasta ahora he visto en este castillo...</p> - -<p>—¿Qué hablais, señora? no veniamos á salvaros: no presumiamos -siquiera que vivieseis: el bárbaro que ha osado reduciros á este -estremo no se ha contentado con una presa. Sin embargo en el momento -actual vuestra presencia nos hace mas falta de todas suertes que -un ojo avezado al cazador. Vuestra presencia va á confundir la -iniquidad, y á atajar acaso un torrente de sangre.</p> - -<p>Mucho tardaron Hernando y Peransurez en determinar á la desdichada -á que los siguiese; sus preguntas exigian larguísimas esplicaciones, -que no podian darse en aquel momento sin comprometer la suerte de -una espedicion tan incierta y azarosa ya por sí. A poder de ruegos -en fin y de observaciones<span class="pagenum" id="Page_81">[p. -81]</span> logróse de ella que dejase el satisfacer sus dudas para -mejor ocasion; el tiempo urgía: nuestros dos reverendos habian pasado -ya gran parte de la noche en dar con la prision, y despues de tantos -afanes faltábales aun desempeñar la verdadera mision que en tal -peligro les habia puesto.</p> - -<p>Resolvióse unánimemente que Hernando se despojaria del hábito -que sobre su trage traía, y que lo vestiria lo mejor que pudiese la -recien libre cautiva, porque si bien su estatura era muy diversa, -tambien era de advertir que habian entrado de noche, que iban á salir -al rayar el alba, y que probablemente no estarian á su salida de -faccion los mismos que lo habian estado á su entrada. Dos frailes -habian entrado: dos frailes salian: nada habia que decir, si durante -la noche no se descubria su accion, cosa dificil, pues habian quedado -cerrados por dentro y amordazados Ferrus y Rui Pero. A la salida -ningun ostáculo podrian encontrar dos frailes, pues durante la cena -se habia dado la orden de abrirles el rastrillo en cuanto se dejasen -ver á la puerta al amanecer.</p> - -<p>Cortó, pues, Hernando el hábito con su cuchillo de monte, y dejólo -mas adaptado á<span class="pagenum" id="Page_82">[p. 82]</span> -la estatura de la hermosa. Hecho lo cual trataron de buscar por la -parte, que no habian recorrido aun, la prision del doncel, dejando -para despues de encontrarla el determinar la forma de sacarle y -salir el mismo Hernando del castillo, cosa que á éste le parecia -sencillísima; pues todo se lo parecia cuando era hecho en obsequio -de su señor, y cuando tenia en la mano su venablo y al lado su fiel -Bravonel; el cual los seguia silenciosamente toda la noche como si -estuviera penetrado de lo mucho que convenia el sigilo en aquella -peligrosa tentativa.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b082.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_36"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XXXVI."><span class="pagenum" - id="Page_83">[p. 83]</span>CAPITULO XXXVI.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">Ya la gran noche pasaba</p> - <p class="i0">é la luna sestendia:</p> - <p class="i0">la clara lumbre del dia</p> - <p class="i0">radiante se mostraba;</p> - <p class="i0">al tiempo que reposaba</p> - <p class="i0">de mis trabajos é pena</p> - <p class="i0">oí triste cantilena</p> - <p class="i0">que tal cancion pronunciaba.</p> - <p class="i2"><i>Don Enr. de Vill. Querella de amor de Mac.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">N</span><span class="smcap">o -bien</span> hubieron tomado la determinacion que dejamos referida, -echáronse á buscar otra salida, dispuestos siempre á hacer callar -con sus venablos á cualquier centinela imprudente que hubiese podido -comprometer su existencia. Felizmente no encontraron ninguno en dos -escaleras que bajaron. Al fin de ellas una tronera les permitió -reconocer la parte de la torre en que se hallaban: estarian como á -diez varas del pie de la muralla interior.</p> - -<p>Fatigados de la faena que la ignorancia<span class="pagenum" -id="Page_84">[p. 84]</span> de las llaves les acarreaba, y aun mas -del silencio y cuidado con que les era indispensable proceder, -tomaron alli algun descanso. La cautiva, que acababa de esperimentar -una emocion tan inesperada, y que en medio de su debilidad se hallaba -abrumada bajo el peso del hábito desusado, y combatido su ánimo de -mil dudas y esperanzas, por desgracia harto inseguras todavia, no -pudiendo resistir á tantos afectos encontrados, hubo de apoyarse un -momento en un trozo roto de columna, que felizmente encontró en la -pieza en que á la sazon se hallaban. Perdian ya nuestros paladines la -esperanza de dar con la prision del doncel. Asegurábales sin embargo -su compañera que en la noche anterior y á deshoras habia creido oir -un laud débilmente pulsado, cosa que no le habia acaecido nunca -desde su llegada al castillo; este dato convenia con la fecha de la -prision de Macías; y hubiera jurado, les añadió, que salia el eco del -pie de la torre. Esta advertencia solo podia animar á los generosos -amigos del prisionero. Sacando, pues, nuevas fuerzas de flaqueza, -trataron de examinar qué hora podria ser. Sacó entonces Hernando -la cabeza por la angosta tronera, y pudo distinguir que el cielo -se<span class="pagenum" id="Page_85">[p. 85]</span> habia serenado; -un viento fuerte de norte lanzaba hácia las playas africanas algunas -nubes dispersas, restos de la pasada tormenta, y el pálido resplandor -de la luna en su ocaso advirtió á Hernando, asi como la posicion de -algunas estrellas que acertó á ver, que podria faltar una hora todo -lo mas para el alba. Al mismo tiempo que hizo esta observacion nada -favorable, el ruido acompasado de los pasos de un hombre le hizo -sospechar que debajo de ellos debia de haber al pie de la muralla -un soldado de faccion. Esta precaucion le confirmó en la idea de -que debia caer hácia aquella parte del castillo la buscada prision. -Resolviéronse, pues, á probar la aventura y poniendo el éxito en -manos de Dios, á quién fervorosamente se encomendaron. Hernando -hizo voto á la Vírgen de la Almudena de una ofrenda proporcionada -á sus cortos medios, y la cautiva prometió edificarle un santuario -suntuoso si la sacaba con bien de tan peligroso trance. Iban ya á -probar una nueva llave en la puerta que debia conducirlos, segun -todas las probabilidades, al pie de la muralla, cuando el rumor de un -laud, que al pronto reconocieron la hermosa y Hernando, los dejaron -suspensos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span></p> - -<p>—¡Él es! dijeron á un tiempo los dos, apoyándose con esperanza -la blanda mano de la bella en la tosca y curtida del montero. -Escuchemos.</p> - -<p>Un ligero preludio del trovador se siguió á su suspension, y -de alli á un momento una voz, harto conocida para ellos, entonó -con lánguido acento una cantica, de la cual pudieron percibir los -fragmentos siguientes, en medio de los sollozos que de cuando en -cuando la interrumpian, y del monotono rumor del torrente, que á los -pies de la torre por la honda zanja se desprendia.</p> - -<div class="poem ml20"><div class="stanza"> -<p class="i2">¿Será que en mi muerte te goces, impía,</p> -<p class="i0">ó pérfida hermosa, muy mas aun ingrata?</p> -<p class="i0">¿Asi al tierno amante, mas fino, se trata?</p> -<p class="i0">¿Cabrá en tal belleza tan grande falsía?</p> -<p class="i0">¡Llorad ¡ay! mis ojos, llorad noche y dia!</p> -<p class="i0">Mis tristes gemidos levántense al cielo,</p> -<p class="i0">pues ya en mi tristura no alcanzo consuelo.</p> -<p class="i0">Dolor hoy se vuelva lo que era alegría.</p> -<p class="g4">. . . . . . . . . . . . . . . . .</p> -</div><div class="stanza"> -<p class="i2">La copa alevosa, que amor nos colmó,</p> -<p class="i0">tambien heces cria, señora, en mi daño.</p> -<p class="i0">Sus heces son ¡ay! fatal desengaño.</p> -<p class="i0">La copa y las heces mi labio apuró.</p> -<p class="i0">¡Ay triste el que al mundo sensible nació!</p> -<p class="i0">¡Ay triste el que muere por pérfida ingrata!</p> -<p class="i0">¡Ay mísero aquel, que asi amor maltrata!</p> -<p class="i0">¡Ay triste el que nunca su dicha olvidó!</p> -</div><div class="stanza"> -<p class="i2"><span class="pagenum" id="Page_87">[p. 87]</span>¿Por qué, justos cielos, en pecho amador</p> -<p class="i0">tiranos me disteis una alma de fuego?</p> -<p class="i0">¿Por qué sed nos disteis, si en tósigo luego,</p> -<p class="i0">bebido, en el pecho, se torna el licor?</p> -<p class="i0">Contempla, señora, mi acerbo dolor.</p> -<p class="i0">¡Ay! torna á mis brazos, ven presto, mi Elvira;</p> -<p class="i0">ingrata; aunque sea, como antes, mentira,</p> -<p class="i0">la dicha me vuelve, me vuelve tu amor.</p> -</div><div class="stanza"> -<p class="i2">No mas á mis ruegos te muestres impía,</p> -<p class="i0">ó pérfida hermosa, muy mas aun ingrata.</p> -<p class="i0">No asi al tierno amante, mas fino, se trata.</p> -<p class="i0">No quepa en tu pecho tan grande falsía.</p> -<p class="i0">Dolor no se vuelva lo que era alegría.</p> -<p class="i0">Mas ¡ay! si en mi pena no alcanzo consuelo,</p> -<p class="i0">si en vano mis quejas se elevan al cielo,</p> -<p class="i0">¡llorad ¡ay! mis ojos, llorad noche y dia!</p> -</div></div> - -<p>Callaron al llegar aqui los lúgubres acentos de la cantilena, que -habia arrancado lágrimas de los ojos de aquellos que silenciosamente -la habian oido.</p> - -<p>Seguros de que habian llegado al término de sus esperanzas, -diéronse prisa á abrir la puerta que les faltaba traspasar, y en -pocos minutos se hallaron al pie de la torre. El primero que salió -fue el terrible alano, el cual no bien salió al aire libre cuando -comenzó á ladrar dirigiéndose á un objeto que se hallaba arrimado á -la pared.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_88">[p. 88]</span></p> - -<p>—¡Bravonel! dijo Hernando, ¡Bravonel! vamos, silencio.</p> - -<p>—¿Quién va? preguntó con voz ronca el centinela, enderezando su -ballesta contra el montero, que salió el primero á contener á su -perro.</p> - -<p>No tuvo lugar de preguntar segunda vez el centinela.</p> - -<p>—¡Ese es quien va! respondió Hernando lanzando su venablo, el -cual fue recto á clavarse, silbando por el aire, en el pecho del -faccionario, que cayó por tierra sin voz y sin aliento.</p> - -<p>—¡Ay! gritó la compañera de nuestros aventureros apartando -rápidamente los ojos del que acababa de caer.</p> - -<p>—Silencio, señora, silencio, dijo Peransurez: dejad la piedad -para despues. Plegue al cielo que no hayamos alarmado ya algun otro -centinela con este intempestivo ruido.</p> - -<p>—Vengan en hora buena, dijo Hernando, caliente ya con el -feliz éxito de su tiro certero. Inclinándose en seguida sobre -el cuerpo del caido, púsole un pie en el pecho, y sacó de él su -venablo ensangrentado con la diestra mano. El venablo al salir del -cuerpo dejó libre el paso á un surtidor de sangre que sal<span -class="pagenum" id="Page_89">[p. 89]</span>picó á Hernando; y á poco -el infeliz habia ya espirado.</p> - -<p>Vencida esta primera dificultad, examinaron la posicion, y no les -quedó duda de que el rastrillo que enfrente veían servia de puerta -á la prision del doncel; pero ¿cómo pasar la zanja? ¿cómo soltar el -rastrillo? Perplejo Hernando miraba á una parte y á otra, mordíase -los dedos, y daba al diablo todas las fatigas de la noche. Pensar -en tomar el opuesto lado del castillo, volviendo por donde habian -venido para probar la otra entrada que deberia tener forzosamente -la prision, era caso imposible, en vista sobre todo de la hora -avanzada.</p> - -<p>—¡Voto va! dijo por fin Hernando. Dénme á mi la fiera en el campo; -pero ¿encerrada? ¡Cuerpo de Cristo! ¿Y hemos de quedarnos aqui, para -ser presa de esos perros judíos, que quedan en el castillo, en cuanto -amanezca?</p> - -<p>Su posicion tenia mas dificultades de las que á primera vista -habian creido encontrar. Sin embargo, fue preciso deliberar; y por -último, Hernando decidió que lo mas acertado seria probar á salir -Peransurez y la bella á favor de su disfraz, quedando él con<span -class="pagenum" id="Page_90">[p. 90]</span> su alano en aquella -posicion. Oponíanse los otros á esta generosa determinacion; pero -Hernando los convenció, probándoles que si á la mañana no habia -logrado ponerse en comunicacion con el doncel y salvarle, ó saltaria -la muralla y pasaria el foso á nado con su perro, ó retrocediendo al -salon de la torre se haria rehenes y prenda de seguridad al mismo -Ferrus, que probablemente deberia permanecer en el mismo estado, pues -no se habia dado la alarma en el castillo en toda la noche. Fueron -tales, por último, sus ruegos y sus amenazas, que fue preciso ceder -á ellas. Importaba mucho en verdad que saliese alguien del castillo; -fuera ellos, nada les seria mas facil que volver con socorro; y la -presencia sobre todo de la ilustre prisionera en la corte debia -hacer variar completamente la posicion del doncel y de Hernando, -aun dado caso que quedase preso. Este, en fin, se aferró en decir -que él no saldria del castillo sino muerto ó con su amo; lo mas -que pudo conseguir de él Peransurez fue que quitándose su trage de -montero vistiese la ropa del muerto centinela, y que quedase en su -lugar. Si se le relevaba antes del alba, como era de pensar, acaso no -seria reconocido<span class="pagenum" id="Page_91">[p. 91]</span> -y entre tanto tenia aquella probabilidad mas de salvacion. Hízolo -asi Hernando, y arrojando sus vestidos y el cuerpo del vencido en -la zanja con un pie, dió algunas instrucciones á Peransurez acerca -de lo que deberia hacer en saliendo del castillo y en llegando á la -corte.</p> - -<p>Despidiéronse en seguida, como aquellos que acaso no habian de -volver á verse. Peransurez y su compañera, ocultando su rostro bajo -su capucha, siguieron la senda que debia conducirlos forzosamente -á lo largo de la muralla hasta la puerta principal y puente del -castillo, donde era mas que probable que no hallasen obstáculos á su -salida, siendo como era ya la hora que habia dejado advertido Ferrus -la noche anterior que se abriese á los padres descaminados; y donde -los dejarémos para acudir adonde nos llaman otros personages, no -menos interesantes de nuestra historia.</p> - -<p>Solo podemos añadir para sacar algun tanto á nuestros lectores -de la incertidumbre en que los dejamos, bien á nuestro pesar, -que hácia aquellas horas, pero sin que hayamos podido averiguar -si antes ó despues, el gefe del destacamento, que guardaba la -puer<span class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span>ta principal -del castillo, creyó deber tomar órdenes del alcaide, de cuya -ausencia total durante la noche estaba no poco admirado. Subió, -pues, al salon que se habian reservado Rui Pero y Ferrus, y en vano -llamó repetidas veces. Asombrado de esta circunstancia, no dudó en -reunir algunos hombres, los cuales quebrantaron con sus hachas de -armas la cerradura, y les dieron entrada en el salon. Alli fueron -encontrados amordazados, en la misma forma singular que los dejamos, -Ferrus y Rui Pero mirándose todavia, y sin dar otra respuesta á las -preguntas del gefe que un sonido desigual ronco y desapacible, muy -semejante al ruido gutural que produce un sordo-mudo para mover la -pública conmiseracion. Desatóse á los alcaides, dióse la alarma, -y en pocos minutos era el castillo todo un teatro de actividad -dificil de pintar: corrian unos sin saber adónde, ni de qué enemigos -se habian de guardar; tocaban algunos vocinas en son de guerra; -preparaban otros sus armas; recorríanse las escaleras y galerías; -oíanse votos y juramentos, pésames y proyectos de venganza, abríanse -unas puertas, derribábanse aquellas cuyas llaves habian echado por -dentro nuestros atrevidos<span class="pagenum" id="Page_93">[p. -93]</span> paladines... en una palabra, era el castillo todo desorden -y confusion. Nuestras leyendas, empero, tan prolijas por lo regular -en todos los pormenores de sus relatos, parecen haberse descuidado -sobremanera en esta ocasion; pues ni una sola palabra dicen por la -cual podamos inferir, sospechar ó barruntar siquiera si cuando se dió -esta alarma en el castillo habian salido ya al campo los fugitivos, ó -si fue ocasion de que su intento se malograse. Lo cual prueba, ademas -de otras muchas cosas que no son de este lugar, que no es tan facil -el oficio de historiador y cronista como generalmente se cree, sobre -todo si no ha de dejarse olvidada ninguna de las circunstancias que -pueda anhelar saber el impaciente lector.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b093.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_37"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XXXVII."><span class="pagenum" - id="Page_94">[p. 94]</span>CAPITULO XXXVII.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">El rey moro de Granada</p> - <p class="i0">mas quisiera la su fin;</p> - <p class="i0">la su seña muy preciada</p> - <p class="i0">entrególa á don Ozmin.</p> - <p class="i2">El poder le dió sin falla</p> - <p class="i0">á don Ozmin su vasallo,</p> - <p class="i0">y escusóse de batalla</p> - <p class="i0">con cinco mil de caballo.</p> - <p class="i2"><i>Historia de Alonso XI, escrita en coplas redondillas.</i></p> - </div><div class="stanza"> - <p class="i2">Dos mil vidas diera juntas</p> - <p class="i0">por ser el desafiado.</p> - <p class="i2"><i>Batalla de Rugero y Rodamonte.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">C</span><span -class="smcap">uriosos</span> estarán nuestros lectores, si es -que hemos sabido hacerles interesantes los personages de nuestra -desaliñada narracion, de saber el estado de la desdichada Elvira, á -quien dejamos con la reja de su cámara abierta, ella desvanecida en -tierra, y abriéndose su puerta para dar entrada al pagecillo, ó á su -mismo esposo, únicos poseedores de la llave. Mucho sentimos que la -complicacion<span class="pagenum" id="Page_95">[p. 95]</span> de -sucesos, que bajo nuestra pluma se aglomeran, no nos haya permitido -sacarlos antes de tan incómoda duda; pero todavia sentimos mas que -el tiempo, que todo lo devora, nos prive aun ahora del placer de -satisfacerlos completamente. Recordarán, sin embargo, en disculpa -nuestra, que cuando se abrió la puerta de la cámara, Elvira estaba -desmayada, y nada por consiguiente pudo ver de lo que en torno -suyo pasaba: el que entró nada contó nunca, razon que tenemos para -sospechar que fue Hernan Perez, á quien no le podia convenir que -nada de ello se supiese; y el cronista de aquellos tiempos, el -famoso Pero Lopez de Ayala, se hallaba en el sarao, y nada trae -tampoco por consiguiente en sus escritos de semejante escena. Por los -resultados que esta tuvo, volvemos á repetir que debió de ser Hernan -Perez. Hubo quien aseguró que habia visto hablar al astrólogo con él -mucho despues de haber vuelto á entrar éste en el alcázar y como ya -conocemos la mala intencion del judío; y es de presumir que alarmase -al marido acerca de lo que en su cámara pasaba; la reja abierta, la -puerta cerrada y el estado de Elvira debieron acabar de abrir los -ojos á Hernan Perez<span class="pagenum" id="Page_96">[p. 96]</span> -acerca de lo que alli podia haber ocurrido.</p> - -<p>Lo único que podremos afirmar es que Hernan Perez de Vadillo, -de resultas sin duda de la violenta escena que debió tener con su -esposa, decidió aquella noche misma su separacion; buscó á su alteza, -y le espuso con voz trémula y agitada como sabia que su esposa era la -acusadora de don Enrique de Villena. Añadióle que él habia recibido -del conde de Cangas la rara prueba de confianza de que pudiese en -su nombre defender su parte en el combate; suplicóle en vista de -ello que tomase á su cargo la acusadora; y por mas que se hizo para -averiguar la causa de tan extraña conducta, solo se pudo sacar en -limpio de las cortadas razones de Hernan Perez que éste habia tenido -un rompimiento con su esposa; advirtióse desde entonces que cuanto -hablaba eran palabras de aborrecimiento y execracion, y dirigidas á -adelantar el plazo del combate, de resultas del cual debia él morir -ó morir Elvira. El odio mas reconcentrado y profundo habia succedido -en su corazon al amor conyugal. No se pudo negar don Enrique el -Doliente á la justa demanda del ofendido Hernan, y en consecuencia -encargó al judío Abenzarsal de<span class="pagenum" id="Page_97">[p. -97]</span> la custodia de Elvira, la cual pasó á poder de éste con su -inseparable pagecillo aquella misma noche. Decidióse al mismo tiempo -que se verificaria el combate, donde quiera que estuviese la corte, -al quinceno dia, por cumplirse entonces el plazo que habia dado su -alteza al justicia mayor Diego Lopez de Stúñiga para presentarle el -reo de la muerte de doña María de Albornoz. Si éste le presentaba con -las pruebas legales del delito, escusaríase la prueba del combate. De -lo contrario, no quedando otro medio que recurrir al juicio de Dios, -seria aquel inevitable.</p> - -<p>Con respecto á Elvira, solo diremos que desde aquella funesta -noche en valde intentó tener con su esposo una esplicacion: negóse -éste á todas sus demandas, y la infeliz, sumida en la mayor -desesperacion, esperó en un continuo llanto y congoja el dia en -que habia de desenlazarse tan terrible drama, y en que habia de -verse espuesta á los riesgos de un combate por causa suya, y por -una imprudente generosidad, que no era ya tiempo de remediar; la -vida de su desdichado amante, si es que éste no habia perecido ya, -como tenia motivos para creerlo, en la funesta noche de su última -entrevista.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_98">[p. 98]</span></p> - -<p>Puesta á recaudo como estaba, y no permitiéndosele comunicacion -alguna sino con el page, solo pudo saber en el particular lo que todo -el mundo sabia, esto es, que el doncel habia desaparecido, cosa que -no daba poco que decir en la corte. No se le podia ocultar á Elvira -que cualquiera que hubiera sido la suerte del doncel, su tenacidad, y -el empeño con que á todo trance habia querido defender su moribunda -virtud, habian tenido gran parte en ella. No le podia pesar de ello; -pero era bien triste reflexionar cuán horrible premio daba el cielo á -su conducta. Ora pensando en su esposo, ora en su crítica situacion, -ora en un amor desdichado que en vano habia pretendido lanzar de -su pecho por todos los medios posibles, pasábase la desgraciada -Elvira los dias y las noches de claro en claro sin dar reposo á la -lucha de encontrados sentimientos, que tenian dividida su deplorable -existencia.</p> - -<p>La nueva que llegó á la corte el dia mismo que debia haberse -trasladado á Otordesillas, hizo variar de determinacion á don Enrique -el Doliente, como ya saben nuestros lectores, y el dia del combate la -cogió por tanto en Andujar.</p> - -<p>Amaneció este dia, y nadie en la corte<span class="pagenum" -id="Page_99">[p. 99]</span> pudo dar razon al rey, cuidadoso é -impaciente, del ignorado paradero del doncel: don Luis Guzman fue el -único que pudo esponer sencillamente como Hernando, fiel criado del -doncel, le habia visitado en la noche del sarao, manifestándole sus -dudas y temores, y encargándole el equipage de su amo mientras él se -dedicaba á averiguar su paradero, de que tenia vagas sospechas. Pero -afirmó en seguida que desde entonces no habia vuelto á tener noticia -alguna ni del doncel ni de Hernando. Todos los que conocian, sin -embargo, el pundonor caballeresco de Macías, no dudaban un punto que -se presentaria en la lid el dia emplazado, tanto mas cuanto que se -habian publicado los convenientes edictos y pregones; á no ser que -hubiese muerto, acontecimiento que nadie tenia motivos de sospechar. -Muchos achacaron la ausencia del doncel á alguna hechicería de don -Enrique de Villena y del judío, pero de sospecharlo á saberlo habia -tanta distancia como hay de la mentira á la verdad.</p> - -<p>Regocijábanse en tanto secretamente aquellos dos intrigantes del -feliz éxito de su manejo; sobre todo Villena, que habia conseguido -llevar á cabo su proyecto sin necesidad<span class="pagenum" -id="Page_100">[p. 100]</span> de cargar su conciencia con el peso -de sangre agena, descansando en la vigilancia de su emancipado -juglar y en la fortaleza de su castillo, lleno todo de gentes de su -devocion, curábase poco ya del combate, que mal podia verificarse -sin la presencia del doncel. Verdad es que debia quedar condenada -Elvira como calumniadora, pero esperaba que su mucho valimiento, y -el que debia aumentársele sobre todo con el triunfo que el cielo -le preparaba aquel dia, le bastaria para salvar la vida de la -infeliz Elvira; cosa que intentaba pedir inmediatamente á su alteza, -proponiendo la conmutacion de la pena que imponia la ley en un -encierro perpetuo. De esta manera conciliaba el buen don Enrique, -con el triunfo de sus intrigas, la tranquilidad de su conciencia, -haciendo por una y otra parte transacciones con su ambicion, y con -la voz secreta que le gritaba en el fondo de su corazon, que no -dejaba de ser culpable por haber evitado la muerte de Elvira y del -doncel.</p> - -<p>A pesar de la ausencia de éste, anunciaron los farautes el -aplazado combate, y reunida la pequeña corte que llevaba consiga -don Enrique el Doliente, éste se constituyó<span class="pagenum" -id="Page_101">[p. 101]</span> en audiencia sentándose debajo del -dosel régio preparado para la ceremonia que debia verificarse.</p> - -<p>Sentado su alteza, y rodeado del buen condestable Rui Lopez -Dávalos, de su físico Abenzarsal, de su camarero mayor, y de las -demas dignidades de palacio; compareció ante el trono, llamado por un -faraute, el ilustre don Enrique de Villena, conde de Cangas y Tineo, -precediéndole dos farautes suyos, y un escudero con el estandarte en -que se veía lucir su escudo de armas ricamente recamado; seguíanle -numerosos caballeros y escuderos de su casa, vasallos suyos. -Requerido por el faraute de su alteza, espuso brevemente la demanda -que de justicia habia hecho en otra ocasion sobre la muerte de su -esposa la condesa doña María de Albornoz. Concluida esta ceremonia, -pidió cuenta su alteza á su canciller mayor del sello de la puridad -de lo que en el asunto habia determinado: recordó éste el cargo -que habia dado su alteza de averiguar el hecho al justicia mayor -cometiéndole el cuidado del castigo. Adelantóse entonces Diego -Lopez de Stúñiga, é hizo breve relacion de los pasos que habia dado -para la averiguacion de aquel horrendo crí<span class="pagenum" -id="Page_102">[p. 102]</span>men, el cual sin embargo habia -permanecido oculto; sin duda, añadió, por los incomprensibles juicios -de Dios, que se reservaba el castigo de tan gran maldad. Oido el -justicia mayor, prosiguió el canciller relatando como en ese tiempo -se habia presentado una acusadora del mismo don Enrique de Villena, -achacándole aquel propio crímen del que él habia pedido satisfaccion, -y lo demas ocurrido en el caso.</p> - -<p>Hizo entonces su alteza comparecer á la acusadora, la cual, guiada -de Abenzarsal, á cuya custodia estaba confiada, pareció y espuso de -nuevo en la misma forma que la habia hecho la funesta acusacion, no -sin acompañarla de abundosas lágrimas, que manifestaban bien á las -claras el estado en que se hallaba.</p> - -<p>Tomósele de ella juramento, asi como á don Enrique de la -denegacion del delito, el cual prestaron ambos sobre los santos -Evangelios.</p> - -<p>Pidiéronse pruebas en seguida á la acusadora; no pudiendo la cual -presentarlas, recordó el canciller que fundado en esto mismo se habia -dignado su alteza ordenar la prueba del combate.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_103">[p. 103]</span></p> - -<p>Alzóse en seguida un faraute de su alteza y en voz alta repitió -que era llegado el dia en que aquel debia verificarse; lo cual -hizo por medio de largas fórmulas, de que nos dispensarán nuestros -lectores.</p> - -<p>El canciller en seguida pidió los gages al acusado y acusadora, -que le entregaron, aquel el guante arrojado por Macías el dia de -la acusacion, ésta el anillo que en prenda de su persona habia -entregado al rey en el propio dia. Recojidos ambos por el canciller, -fuéles preguntado á los dos si se hallaban prontos para la prueba -del combate que su alteza habia ordenado: esta pregunta estremeció -á Elvira, que se vió sola en el mundo en aquel tremendo instante; -pero Villena respondió á ella con insolente sonrisa de triunfo -y de satisfaccion. Requeridos á presentarse ante su alteza los -combatientes ó sus campeones representantes, adelantóse el hidalgo -Hernan Perez de Vadillo, que se habia mantenido oculto hasta -entonces en el grupo de caballeros de la comitiva de don Enrique de -Villena; Elvira al verle no fue dueña de sí por mas tiempo, lanzó -un agudo chillido, y ocultó su cabeza entre los brazos de una dueña -que la seguia. No se alteró el implacable<span class="pagenum" -id="Page_104">[p. 104]</span> Vadillo; hincándose por el contrario -de hinojos ante su señor natural, pidióle la venia, dada la cual -anuncióse como el campeon de don Enrique.</p> - -<p>Este golpe inesperado, y que pocos en la corte sabian, hizo -todo el efecto que el lector puede imaginar, reflexionando como -reflexionaron los presentes que iba á presentarse un caso singular en -semejantes combates. La muger acusadora por una parte, y el marido -campeon del acusado por otra. Elvira al recibir tan terrible golpe -se precipitó á los pies del trono esclamando:—¡Santo Dios! ¡Rey -justiciero, no lo permitirás, señor...!</p> - -<p>Era tarde ya, empero, para deshacer lo hecho, y el faraute impuso -silencio á la acusadora, con duro gesto y ademan, separándola del -trono.</p> - -<p>Requirióse entonces á Elvira de que presentase su campeon, y á -este requerimiento se succedió el mas profundo silencio. Leíase en -los ojos de Elvira la ansiedad con que esperaba el fin de aquella -ceremonia. En aquel momento hubiera dado su existencia porque no -compareciese el doncel. Temblaba á cada ruido que se oía; todo -era para ella preferi<span class="pagenum" id="Page_105">[p. -105]</span>ble al espantoso espectáculo de ver pelear por su causa á -su esposo y á su amante.</p> - -<p>Por último, vino á sacarla de su mortal angustia el tercer -requerimiento del faraute.</p> - -<p>Apenas habia acabado éste de pronunciarle, cuando prosternándose -Elvira, y elevando al cielo las manos y los ojos,—Nadie, esclamó con -loca alegría, nadie. ¡Yo os doy gracias, Dios mio! Señor, continuó -dirigiéndose al rey, no tengo campeon: soy, pues, calumniadora; ¡la -muerte presto, la muerte!</p> - -<p>—Señor, se adelantó á decir el canciller al rey, que se levantaba -para decidir en tan arduo caso, debo hacer presente á tu alteza que -antes de declarar infame al doncel tu favorito es fuerza esperarle en -el palenque todo el dia de hoy; si entonces no compareciere, á pesar -de los pregones que habrán de repetirse en ese tiempo tres veces, la -acusadora será ejecutada.</p> - -<p>—Ya lo oís, señora, continuó su alteza; dentro de una hora -concurrirá la corte al sitio del combate.</p> - -<p>Una nube de tristeza profundísima enturbió la frente pálida de -Elvira, que quedó<span class="pagenum" id="Page_106">[p. 106]</span> -sumergida en el silencio de la desesperacion. Don Enrique de Villena -triunfaba, y una mal reprimida sonrisa se dibujaba en sus labios. -Hernan Perez de Vadillo parecia desesperado de no tener contrario, y -de la inopinada tardanza.</p> - -<p>—Señora, dijo don Luis Guzman, que veía con despecho triunfar á -su enemigo, llegándose al oido de la infeliz acusadora; si mi brazo -puede seros útil ved que diera mil vidas por ser el acusador.</p> - -<p>—¡Ah! señor, repuso Elvira dirigiendo al caballero una mirada de -agradecimiento, dejad morir á una desdichada. Levantó entonces los -ojos al cielo, y añadió para si con dolorosa espresion. ¡Él ha muerto -tambien! ¡Y mi esposo me desprecia! Bajó en seguida los ojos, y dos -farautes, notando el pequeñísimo diálogo que quisiera prolongar don -Luis Guzman, la separaron, advirtiendo á éste que la ley prevenia -toda incomunicacion con la acusadora.</p> - -<p>Bajó entre tanto su alteza del trono, y preparóse la corte á -asistir al sitio del combate, donde debia esperarse al campeon de -Elvira.</p> - -<p>Don Luis Guzman vió salir á todos con<span class="pagenum" -id="Page_107">[p. 107]</span> despecho reconcentrado. Su silencio y -su gesto manifestaban cuánto destrozaba su alma impetuosa el próximo -triunfo que esperaba á su rival, y que él habia tratado en vano de -impedir con su intempestiva y no aceptada generosidad.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b107.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_38"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XXXVIII."><span class="pagenum" - id="Page_108">[p. 108]</span>CAPITULO XXXVIII.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">Traidor sois, Payo Rodriguez,</p> - <p class="i0">el mayor que ser podia.</p> - <p class="i0">Yo vos haré conocer</p> - <p class="i0">ser verdad lo que decia.</p> - <p class="i0">Entraré con vos en lid</p> - <p class="i0">y en ella vos venceria.</p> - <p class="i2">—Mentides, Rui Paez Viedma,</p> - <p class="i0">Pai Rodriguez respondia.</p> - <p class="i0">Por eso sois vos reptado,</p> - <p class="i0">no yo que nada debia.</p> - <p class="i0">Diéronse luego sus gages,</p> - <p class="i0">y en el campo entrado habian.</p> - <p class="i0">Procuran de se matar</p> - <p class="i0">muy cruel batalla habian.</p> - <p class="i8"><i>Sepúlveda</i>, <i>Rom.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">¿P</span><span -class="smcap">araremos</span> aqui, si os parece? decia deteniendo su -mula á la puerta de la hospedería de Andujar un hombre de quien ya -hemos dado una pequeña muestra en la cena á oscuras que describimos -en capítulos anteriores.</p> - -<p>—Como gusteis, repuso su compañero de viaje, á quien solo por su -muletilla favorita habrán conocido ya nuestros lectores.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_109">[p. 109]</span></p> - -<p>—¡Ah, de la hospedería! ¡Buena gente!</p> - -<p>—¿Quién es la buena gente? replicó una voz agria y descompasada, -semejante al desapacible chirrido de una chicharra, la cual salia del -endeble cuerpo de una vieja mal humorada que acababa de asomarse á -una fenestra. No hay posada.</p> - -<p>—Como gusteis, replicó apeándose Nuño; pero reparad, buena -Beatriz, que somos, es decir, que soy vuestro compadre el de -Arjonilla...</p> - -<p>—¡Si digo que está llena la casa! no hay posada, compadre, tornó á -decir la vieja.</p> - -<p>—Como gusteis, Beatriz; pero ved que no la pido para mí, sino para -esta mi bestia, que es como sabeis la niña de mis ojos; no hay mula -mejor en la comarca: miradla despacio; es compra que le hice al prior -del convento de Arjonilla; miradla, y compadeceos y hacedla un lugar -en la cuadra.</p> - -<p>—Os digo, replicó la vieja, que como no querais meterla conmigo -en mi camaranchon, no hay donde. Y no canseis, Nuño, concluyó la -vieja; cerró despues de golpe la ventana, y se alejó con un gruñido -prolongado, como se aleja tronando la tempestad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span></p> - -<p>—¡Buenas noches! dijo soltando una carcajada el compañero de viaje -de Nuño.</p> - -<p>—¡Maldita vieja! dijo Nuño. ¡Cuerpo de Cristo!</p> - -<p>—Vaya, Nuño, no os desespereis. Está visto que ha venido media -Andalucía á la fama del juicio de Dios que se celebra por la prueba -del combate en este pueblo, que Dios bendiga.</p> - -<p>—¿Y qué hacemos, señor montero? ¿Os parece que nos recibirá en su -audiencia el señor justicia mayor con mulas y todo?</p> - -<p>—Paréceme que no; pero pudieran quedar las bestias con el mozo en -las afueras del pueblo.</p> - -<p>—Como gusteis, repuso el buen Nuño.</p> - -<p>Apeáronse nuestros viajeros, y dejadas las caballerías al -mozo, dirigiéronse hácia el palacio, donde se hallaba la corte -hospedada.</p> - -<p>—Hé aqui lo que yo digo, iba refunfuñando el montero. Dad el pie, -y os tomarán la mano. Ofrecíme á hacer un servicio á Peransurez, -y exigióme ciento. ¿No era bastante andar un dia entero tras unos -hábitos viejos de nuestro padre San Francisco, que no fue poca -fortuna encontrar, merced á las muchas liebres que regala uno al -padre<span class="pagenum" id="Page_111">[p. 111]</span> sacristan? -No, sino veníos despues con letras para el señor justicia mayor de no -sé qué dueña ó qué doncella encantada... ¡Voto va! ¡Muchacho! añadió -el montero deteniendo á uno que corria hácia la plaza del pueblo, -¿nos daréis razon del señor justicia mayor?</p> - -<p>—¡Ah señor! en mala hora venís, repuso el muchacho; ya no dejan -pasar los archeros y ballesteros hácia palacio; la corte va á salir -al palenque... ¿no veis cómo corre todo el mundo? Si venís á ver el -duelo, mejor haréis en llegaros á la plaza. Acaso podréis acercaros -al señor justicia mayor, que ha de estar alli, dijo el muchacho, y -siguió corriendo. Agrupábase la gente cada vez mas por todas partes, -y bien vieron nuestros viajeros que no les quedaba mas recurso que -seguir el consejo del muchacho.</p> - -<p>—¡Ea! vamos, dijo Nuño; si alli le podemos dar alcance, sea en -buen hora; sino tenga Peransurez paciencia, y acabada la fiesta -haréis su comision: ¿ha de correr tanta prisa?</p> - -<p>—Mucho me dijo que urgía, pero á la buena de Dios. El hombre -propone...</p> - -<p>—Y Dios dispone, concluyó el buen Nuño.<span class="pagenum" -id="Page_112">[p. 112]</span> Siguieron en seguida el curso de la -gente, y no tardaron en llegar á la plaza.</p> - -<p>Habíase construido un palenque de ochenta pasos de ancho y de -cuarenta de largo; en una estremidad un cadalso se hallaba levantado, -y ricamente entapizado de paños negros; en él debian sentarse los -jueces del campo. Hácia el comedio de uno de los lados un balconcillo -de madera, forrado de paño color de grana bordado de oro, debia -servir para el rey y su comitiva. Al uno y otro lado del palenque -dos garitas, semejantes á las que se construyen en el dia para los -centinelas, estaban destinadas para dos hombres, que debian dar desde -ellas lanzas y armas nuevas á los combatientes, en el caso de romper -las suyas en los primeros encuentros sin acabarse el duelo.</p> - -<p>Al rededor del palenque, y donde habian dejado lugar para ello las -bocas calles, habian arrimado los habitantes carros y carretas para -ver mas cómodamente el tremendo combate. Coronaba ya la concurrencia -los puntos mas altos de la plaza, y empujábanse las gentes unas á -otras en los mas bajos para alcanzar puesto cuando llegaron Nuño y su -compañero.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_113">[p. 113]</span></p> - -<p>—¿Habeis oido decir por qué es el duelo? preguntaban unos.</p> - -<p>—Sí; respondian otros. El nigromante de don Enrique de Villena, -que hechizó á su muger, es acusado por ello.</p> - -<p>—Bien hecho: no, sino que nos hechicen cada y cuando quieran esas -gentes que tienen pacto con el diablo.</p> - -<p>—Callad, maldicientes, gritaba una vieja ¿Qué sabeis vosotros -de lo que decís? No la hechizó, sino que la condesa desapareció, -y aseguran que fue muerta por unos bribones pagados, á causa de -unos amores, lo cual se supo porque noches antes le habian dado una -serenata...</p> - -<p>—¡Ah! ¡ah! ¡ah! mirad la madre Susana con lo que nos viene, -esclamaba otro. Matóla su marido, si señor, y hay quien sabe el por -qué. ¿Hubiera si no, una dama tan discreta y hermosa como la señora -Elvira, muy amiga por cierto de la condesa y que estaba en sus -secretos, cometido la ligereza de...?</p> - -<p>—Eso no, ¡pesia mí! maese Pedro, interrumpió un mozalvete mal -encarado; ¡que no ha menester una muger muchos motivos para cometer -una ligereza!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_114">[p. 114]</span></p> - -<p>—¡Calle el deslenguado! gritaba una doncella bien apuesta, y -ataviada para el combate como para una funcion; ¿qué sabe él lo que -son mugeres? Deje crecer sus barbas y hable de tirar piedras.</p> - -<p>—En hora buena, replicó el mozo; pero lo que yo digo es, que el -combate no se verificará...</p> - -<p>—¿No, eh?</p> - -<p>—No señor; porque el campeon de la acusadora no parece.</p> - -<p>—Sí parecerá, repuso un recien llegado. En alguna redoma.</p> - -<p>—¡Oh! y qué bien decís, ¡voto á tal! hay quien asegura que entre -el judío... maldiga Dios á los judíos.</p> - -<p>—Amen.</p> - -<p>—Amen.</p> - -<p>—Amen.</p> - -<p>—Pues sí; hay quien dice que entre el judío y el de Villena han -echado un conjuro al señor doncel, aquel caballero tan cumplido, y le -tienen en una redoma mas larga que la cigüeña de la torre, donde ha -de estar cuarenta dias para convertirse luego en cuervo como el rey -Artus.</p> - -<p>—¡Otra tenemos! gritó soltando la carca<span class="pagenum" -id="Page_115">[p. 115]</span>jada un petrimetre incrédulo de aquel -tiempo. ¡Buena está la invencion de la redoma! El hecho de verdad es -que ese caballero tan cumplido andaba enredado en amores con la dama -acusadora; hálos sorprendido el marido, y...</p> - -<p>—¡Jesus! ¡Jesus! Dios nos perdone, y qué cosas oye uno á los -barbilampiños de estos tiempos, esclamó una dueña quintañona, -hincando el codo para pasar, y mirando con ojos zainos á un mancebito -que parecia mas reservado que el que tenia la palabra. ¡Hé aqui por -tierra en un instante el honor de una dueña!</p> - -<p>—Vaya, madre, no se enfade, repuso el que habia recibido la -repasata, y cuide de su honra, sin andar enderezando la de nadie, que -todos habemos menester...</p> - -<p>—¿Qué irá á decir el desvergonzado? interrumpió toda azorada y -encendida la quisquillosa mogigata.</p> - -<p>—¡Ea! ¡ea! dijo Nuño; dejen esas cuestiones, y miren á los -trompeteros que se entran ya en el palenque. Seor montero, veníos -hácia acá; continuó, y veamos de dar la vuelta á la plaza, por -si podemos llegar á dar esas letras que traeis al señor justicia -mayor.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_116">[p. 116]</span></p> - -<p>Acababan de entrar efectivamente en el palenque dos trompeteros -anunciando con fúnebre sonido el principio de la ceremonia del -combate. Venia detras de las trompetas un rey de armas y dos -farautes. Seguian ministriles con instrumentos músicos, y varios -ministros del justicia mayor; dos notarios para testimoniar y dar -fé de lo que acaeciese; los dos jueces del campo elegidos por su -alteza, que fueron el muy buen condestable don Rui Lopez Dávalos y -el juicioso y entendido en armas y letras don Pedro Lopez de Ayala. -Detras el justicia mayor Diego Lopez de Stúñiga, vestido como los -demas de gala y ceremonia cerraba la comitiva. Subió toda al cadalso -revestido de paño negro, en el cual se colocó segun la preeminencia -de puestos debida al empleo de cada uno, y á ella se agregaron dos -persevantes. Entró en seguida en su balconcillo, ó mirador, su alteza -acompañado de su físico Abenzarsal, del arzobispo de Toledo, de su -confesor fray Juan Enriquez, y de varias dignidades de palacio que á -semejantes oficios debian seguirle.</p> - -<p>Proveyeron los jueces la liza de gente de armas que asegurase -el campo, y fueron treinta buenos escuderos con mas ballesteros y -pi<span class="pagenum" id="Page_117">[p. 117]</span>queros; de los -cuales colocáronse unos en ala bajo el balconcillo de su alteza, y -otros en varios puntos estremos de la liza.</p> - -<p>Entró en seguida un eclesiástico, y dirigiéndose hácia el estremo -enfrente de los jueces, donde habian hecho levantar estos un altar -con preciosas reliquias y ricos ornamentos, y en el cual debia -celebrarse el santo sacrificio de la misa.</p> - -<p>Enfrente del balconcillo de su alteza habíanse levantado, bastante -apartados entre sí, dos pequeños cadalsos de tablazon revestidos -de paños negros bordados de oro; hasta el uno entró conducida y -custodiada por cuatro archeros una muger jóven cubierta de un velo -negro que la tapaba toda: ocultaba su blanca espalda y torneada -garganta su cabellera brillante como el ébano. No era ya aquella -perfecta hermosura fresca y lozana que habia deslumbrado tantas -veces á la corte toda de don Enrique el Doliente. Su rostro pálido y -prolongado por la contínua afliccion; sus ojos hundidos y rodeados de -un cerco oscuro; su frente mancillada por la adusta mano del dolor; -su mano descarnada y trémula; su paso vacilante y sus ardientes -lágrimas manifestaban cuán grande era su pesar. Seguíala al<span -class="pagenum" id="Page_118">[p. 118]</span> lado, vestido de gala, -el pagecillo Jaime, que de ver llorar á su prima lloraba tambien, -y que la dirigia de cuando en cuando palabras de consuelo, de las -cuales no eran contestadas unas, y otras ni siquiera oidas.</p> - -<p>Hasta el otro cadalso ó tablado entró el ilustre conde de Cangas y -Tineo, ricamente vestido, alta la cabeza y arrogante el paso. Llevaba -rico jubon de raso negro columbino; calzas justas; un bohemio de paño -negro guarnecido del mismo color; manga larga y angosta, con capilla -de buitron; una jaqueta de raja recamada de oro le cubria apenas el -jubon; cinto tachonado de que pendia una rica limosnera; zapatos de -seda negros abiertos y acuchillados; un camison riquísimo de holanda, -labrado, le volvia sobre el pecho y hombros, y un riquísimo collar de -piedras y oro, de que pendia un San Miguel de este precioso metal, -deslumbraba en su pecho al lado de la cruz roja de Calatrava. El -manto de la orden encima completaba su magnífico arreo.</p> - -<p>Precedíanle farautes suyos, su estandarte con el escudo de sus -armas, y la caldera de rico-home, y le seguian escuderos, donceles -pages, caballeros y gentiles homes de su casa,<span class="pagenum" -id="Page_119">[p. 119]</span> vasallos suyos, vestidos todos de -ceremonia y paz como su señor.</p> - -<p>Un alto crucifijo de plata reflejaba los rayos del sol á igual -distancia de uno y otro cadalso, enfrente mismo del balconcillo de -su alteza, y detras de él se veía sentado sobre un banco contiguo ya -al palenque un hombre vestido con un capoton de seda encarnada, y -cubierta la cabeza de una gorra de lo mismo. Un tajo á su lado, y una -afilada cuchilla declaraban aun á los que mas de lejos le veían que -era Mateo Sanchez, verdugo de su alteza, pronto á ejecutar á aquel de -los dos que quedase por el combate convencido ó de calumniador, ó de -reo.</p> - -<p>Dispuesta ya la liza en esta forma, que hemos procurado describir -todo lo mas fielmente que nos ha sido posible, mandaron los jueces -al rey de armas y farautes dar una grida ó pregon anunciando el -combate, que iba á verificarse en comprobacion del juicio de Dios á -falta de otras pruebas, y mandando comparecer á las partes ó á sus -campeones.</p> - -<p>Presentóse en seguida á la puerta del palenque un caballero, -alzada la visera, que todos reconocieron ser el hidalgo Hernan -Pe<span class="pagenum" id="Page_120">[p. 120]</span>rez de Vadillo: -seguíanle dos pages con las libreas de Villena, llevando el uno la -lanza y el otro un caballo de respeto. Venia ginete en un soberbio -alazan encubertado con paramentos negros que le llegaban hasta los -corbejones, con cortapisa de martas cebellinas, y bordados de muy -gruesos rollos de argentería á manera de chapertas de celada, y -por divisa las armas de don Enrique de Villena. Traia Hernan Perez -vestido sobre su arnés blanco, como de caballero novel, sin empresa -ni mote, un falso peto de aceituní vellud bellotado, verde brocado, -con una uza de brocado aceituní vellud bellotado azul, calzas de -grana italianas, una caperuza alta de grana, y espuelas de rodete -italianas: llevaba sus arneses de piernas y brazales con hermosa -continencia. Su rostro era el único que estaba en contradiccion -con la galana apostura de su arreo. Encendido como la lumbre, -lanzaba rayos de sus ojos, y parecia medir con la vista el espacio -del palenque, como si viniera estrecho á su cólera y su corage. -Tres vueltas dió en derredor con gracia y gentileza, saludando á -cada vuelta él y su caballo al mirador de su alteza y al conde -su señor; dirigiendo, empero, una mirada<span class="pagenum" -id="Page_121">[p. 121]</span> de desprecio y de ira, sentimientos -que se confundian en la espresion de su semblante, hácia la víctima -infeliz de su propia virtud y generosidad.</p> - -<p>Presente ya en la liza el defensor del acusado, requirieron -los farautes por pregon al campeon del acusador por tres veces -consecutivas, el cual no pareciendo, comenzó el oficio de la misa.</p> - -<p>Concluida ésta, requirieron de nuevo al acusador; igual silencio -succedió, sin embargo, al segundo y tercer pregon.</p> - -<p>Elvira alzaba de cuando en cuando los ojos al cielo: no se podia -distinguir si le daba las gracias por la ausencia de su campeon, que -de ninguna manera hubiera deseado ver entonces alli, ó si lloraba -la ya probable muerte del doncel. Sin creer en ésta, ¿cómo concebir -que caballero tan generoso y enamorado pudiese dejarla en tan amargo -trance desamparada, donde la cuchilla del verdugo esperaba su cabeza -si su campeon no venia?</p> - -<p>Dos largas horas pasaron en tan cruel espectativa. Impacientábase -ya el concurso como si hubiera pagado el dinero por su asiento, y -como si fuese aquella una funcion que estuviese ya su alteza obligado -á darle, solo<span class="pagenum" id="Page_122">[p. 122]</span> -por el hecho de haber él concebido esperanzas de presenciarla. -Circunstancia que prueba que el público de Andujar en el siglo -<small>XV</small> se parecia á los públicos de todas las épocas y -paises. Habia consentido en recrearse con los furibundos mandobles -y reveses del combate: habia contado con una diversion, porque -generalmente las calamidades particulares son diversiones públicas, -y la diversion no llegaba. Comenzaba á levantarse ya un sordo -murmullo de descontento y desaprobacion; quien hablaba contra Macías, -caballero aleve y descortés que se habia ofrecido al socorro de una -dama para faltar despues á su palabra y su fé; quien se indignaba -contra Villena achacando á sus cobardes maleficios la desaparicion -del pundonoroso doncel.</p> - -<p>Habian ganado terreno en este tiempo Nuño y su compañero, portador -de las letras, que segun sus propias espresiones le habia confiado -Peransurez para el justicia mayor: ora sirviéndose de la persuasion, -ora de sus codos, habíanse abierto paso poco á poco hasta llegar -á colocarse cerca del tablado de los jueces, dando la vuelta al -palenque. Atraido un faraute á las voces de Nuño, no pudo menos de -acudir á ver qué preten<span class="pagenum" id="Page_123">[p. -123]</span>dia aquel palurdo; espúsole entonces el montero como tenia -dos palabras que comunicar á su señoría al justicia mayor.</p> - -<p>Miróle de alto abajo el faraute, y como le vió tan mal parado,—No -es ocasion, villano, le dijo, de pedir justicia. Id mañana á la -audiencia.</p> - -<p>—Ved que no es justicia lo que á pedirle vengo, ni son asuntos -mios los que tengo que comunicarle.</p> - -<p>—¡Calle el villano! repuso el faraute con enojo. ¿Qué asuntos -traerá él con su señoría, sino es alguna querella contra el tabernero -de la taberna del rincon?</p> - -<p>—¡Voto va, señor faraute! replicó el montero al verse tan -injustamente maltratado, que le enseñe yo á hablar antes de -mucho...</p> - -<p>—¡Favor al rey! gritó el faraute.</p> - -<p>—¿Favor al rey? pícaro, contestó el montero montado en cólera, -¿sabes tú, jabalí del soto mas que faraute, que lo que tengo que -hablar á su señoría interesa acaso al mismo combate que debia hoy -verificarse, y vale de seguro mas que tú, y todas las bestias feroces -de tu especie?</p> - -<p>Una carcajada del faraute, y un golpe<span class="pagenum" -id="Page_124">[p. 124]</span> que con la vara de su insignia dió al -montero, acabaron de indignar á éste, é iba á precipitarse ya sobre -su antagonista, cuando un grandísimo rumor de voces y de aplausos -resonó por toda la plaza.</p> - -<p>—¡Dejadnos ver, dejadnos oir! clamaron á un tiempo mas de veinte -curiosos de los que hasta entonces se habian entretenido con la -disputa del faraute y del montero. A esta interrupcion inesperada se -volvieron las cabezas de todos hácia el parage donde sonaba el mayor -alboroto.</p> - -<p>Un caballero bien montado y armado de todas armas acaba de -entrar en la liza, y dirigiéndose hácia el mariscal del campo, que -preguntaba ya á su alteza si habia de procederse á la ejecucion de la -acusadora, le hablaba con voz agitada y resuelto continente.</p> - -<p>Traia el caballero echada la visera; sus armas negras, el penacho -negro que sobre su reluciente almete ondeaba á la merced del viento, -y mas que todo una divisa que en el brazo derecho llevaba ricamente -obrada, y que decia en letras de plata <i>imposible</i>, <i>venganza</i>, -llamaron la atencion general.—¡Él es! gritó una voz penetrante que -se elevó hasta las nubes desde el cadalso de la acusadora.<span -class="pagenum" id="Page_125">[p. 125]</span>—¡Él es! ¡él es! -respondieron en el acto mil y mil voces confusas y repetidas.</p> - -<p>—¿Habráse salido Hernando con la suya? dijo el montero á Nuño. -¡Háse salvado el doncel!</p> - -<p>Proseguia, sin embargo, el altercado del caballero y del mariscal: -llegó éste al tablado de los jueces, y despues de una corta -esplicacion, pareció que éstos habian decidido acerca de la duda que -tenia el mariscal.</p> - -<p>Grande fue el asombro de don Enrique de Villena, y mayor aun su -indignacion.</p> - -<p>¿Era posible que Ferrus hubiese dado suelta al encerrado doncel? -Conocióse su turbacion en toda la plaza, y hubo de parecer buen -agüero á los que se inclinaban á la parte de la acusadora.</p> - -<p>El rostro de Hernan Perez por el contrario brilló de un resplandor -singular. Afirmóse en los estribos, registró con su vista relumbrante -á su contrario, y dando con el cuento de la lanza en el suelo, -“¡Venganza, sí! clamó: ¡venganza!” Dió en seguida media vuelta á -su caballo, y ocupó el lado izquierdo del palenque en la terrible -actitud ya de acometer.</p> - -<p>Otro tanto hizo el recien venido, y tomó<span class="pagenum" -id="Page_126">[p. 126]</span> de mano de uno de sus dos pages una -ponderosa lanza.</p> - -<p>El rey de armas, acompañado de dos farautes, descendió entonces -del tablado; midieron en seguida el suelo, dividieron el sol, é -indicaron su debido puesto á ambos combatientes.</p> - -<p>Dirigiéndose en seguida Hernan Perez de Vadillo, conducido por el -rey de armas, hácia el crucifijo, y tocándole con la diestra mano, -juró á fé de cristiano y de caballero, por su alma y por la vida que -iba á perder acaso en aquel trance, que su demanda era justa y buena, -y que no traía sobre sí ni sobre su caballo armas ocultas, ni yerbas, -ni hechizos, ni piastron, ni ventaja alguna de las reprobadas por la -orden de caballería; vuelto á su puesto, igual juramento repitió, y -en la misma forma, el caballero de las armas negras, colocándose de -nuevo en seguida al frente de su adversario.</p> - -<p>Al ver tan próximos al último trance á entrambos combatientes, no -pudo contenerse por mas tiempo Elvira.</p> - -<p>—¡Señor! clamó prosternándose con los brazos abiertos y dirigidos -en actitud suplicante hácia el mirador de su alteza, ¡basta!<span -class="pagenum" id="Page_127">[p. 127]</span> quiero ser antes -calumniadora. ¡Lo soy, señor, lo soy!</p> - -<p>Pero en aquel momento la atencion de todos se bailaba fijada en -los gallardos combatientes, y una confusa gritería de aplauso y de -temor al mismo tiempo sofocó la débil voz de la acusadora. Desanimada -Elvira enteramente, dejó caer su cabeza sobre el pecho, y enagenada -desde entonces apenas vió y oyó lo que en torno suyo pasaba.</p> - -<p>Al punto los jueces del campo mandaron al rey de armas y al -faraute dar una grida ó pregon que ninguno fuese osado por cosa que -sucediese á ningun caballero á dar voces ó aviso, ó menear mano ni -hacer seña, so pena de que por hablar le cortarian la lengua, y por -hacer seña le cortarian la mano. Succedióse á este pregon el mas -profundo silencio, interrumpido solo por un ligero murmullo que -producia el montero irritado todavia, profiriendo entre dientes -algunos juramentos contra el faraute; ni atendió el pregon, ni -pensaba sino en llevar á cabo la entrega de sus letras, mas bien por -terquedad ya que por otra razon cualquiera. Aplacáronle, sin embargo, -algun tanto los que le rodeaban.</p> - -<p>Al mismo tiempo mandaron los jueces so<span class="pagenum" -id="Page_128">[p. 128]</span>nar toda la música de ministriles -con grande estruendo, y en tono rasgado de romper la batalla; -reconoció el rey de armas, acompañado del mariscal, las armas de -los desafiados, y hecha la señal soltaron los farautes la brida del -bocado de los combatientes que tenian cogida gritando á una voz: -“<i>Legeres aller, legeres aller, é fair son deber</i>”, segun la fórmula -provenzal introducida en duelos singulares, justas y torneos.</p> - -<p>Arrancaron al punto los caballeros con las lanzas en los ristres, -arremetiendo uno contra otro con singular furia y denuedo. General -fue la espectativa y el ansia al choque de los combatientes, que se -encontraron entre nubes de polvo en medio de su carrera. Rompieron -entrambos sus lanzas. Hernan Perez encontró al caballero de las armas -negras en el arandela, desguarneciéndole el guardabrazo derecho, y -éste encontró á Hernan en la bavera del almete. Vacilaron entrambos -caballos de la sacudida, pero repuestos en el mismo instante del -súbito golpe, concluyeron su carrera airosamente. Tomaron los -caballeros lanzas nuevas, y en tres carreras succesivas no se -decidió la ventaja por ninguna parte. Al fin de la tercera, furioso -Hernan Pe<span class="pagenum" id="Page_129">[p. 129]</span>rez -del poco efecto de las lanzas, quebró la suya contra el suelo, y -revolvió desnudando la espada sobre su contrario, que vista la -accion adoptó igual determinacion. No daba Elvira, sumergida en el -mas profundo estupor, señal de vida, y mudaba de colores don Enrique -de Villena á cada encuentro, como aquel cuya fortuna dependia del -éxito del combate. A pesar de las buenas muestras que daba el novel -caballero, ponian todos por el de lo negro, cuyos altos hechos de -armas anteriores eran demasiado conocidos para osar poner en duda su -ventaja.</p> - -<p>El que mas animado parecia era nuestro montero, á quien el corage -habia acabado de acalorar; pero cuando no pudo reprimirse fue cuando -despues de un largo rato de incierta lucha rompió Hernan Perez su -espada en el almete del caballero de las armas negras, quedando -desarmado. “¡A él! ¡á él!” gritó fuera de sí al aventajado de lo -negro, que descargando su acero sobre el indefenso desguarnecióle -el brazo, haciéndole una profunda herida á lo largo de él. Apartó -Vadillo su caballo como buscando una arma nueva, y tratando de -evitar el segundo golpe con que su contrario le amenazaba ya; -accion<span class="pagenum" id="Page_130">[p. 130]</span> que puso -una pequeña suspension en el combate, merced á la habilidad con que -logró, manejando su bridon, burlar repetidas veces la intencion del -enemigo.</p> - -<p>Un faraute entre tanto se apoderó del montero, y llevado ante los -jueces del campo, íbasele á imponer la pena, que hubiera sufrido á -no haber hecho presente que traía letras para el justicia mayor. -Abriólas éste, y recorriólas rápidamente. No bien las hubo leido, -cuando se alzó en pie para mandar la suspension del combate. Era -tarde ya, sin embargo. Convencido Vadillo de que podia durar muy -poco lucha tan desigual, decidióse á echar el resto, y asiendo de -su hacha de armas detuvo su caballo y esperó resuelto al contrario, -que le acometió, causándole de nuevo otra herida en un costado. -Aprovechándose Vadillo entonces del momento, soltó la brida del -caballo, y alzando con ambas manos el hacha y clamando, “¡Venganza! -¡venganza!” descargó tan furioso golpe sobre el caballero de -las negras armas, sin darle tiempo de revolver su caballo, que -faltándole el almete hízole dar con la cabeza en el cuello del -animal: aturdido de ambos golpes, el caballero abrió los brazos, -separáron<span class="pagenum" id="Page_131">[p. 131]</span>se sus -piernas del vientre del caballo, y perdiendo ambos estribos vino al -suelo mal parado. “¡Victoria! ¡Victoria!” clamaron á un tiempo los -circunstantes, succediendo á la aclamacion el mas profundo silencio. -A este tiempo Vadillo, habiendo echado ya pie á tierra, se precipitó -sobre el caido con ánimo de cortarle la cabeza, idea que llevara á -cabo á no detenerle un faraute que de orden de los jueces dió por -concluido el combate. Miró Vadillo al cielo despechado, y descansó -en seguida sobre su hacha de armas, sin separarse empero de la -víctima, y en la misma actitud en que nos pintan á Hércules sobre -su maza. Elvira al oir el grito de victoria alzó los ojos, vió el -éxito del combate, y cerrándolos horrorizada se lanzó en los brazos -de Jaime, ocultando en ellos su cabeza. Don Enrique de Villena entre -tanto ostentaba en su semblante la alegría del triunfo, que no habia -esperado conseguir.</p> - -<p>Mientras que el justicia mayor habia llegado á su alteza seguido -del montero, y le hablaba cosas sin duda del mayor interes, el rey -de armas se adelantó hasta el vencido, y poniéndole un pie sobre -el pecho, y tocándole con su maza: “¡<i>Hé aqui</i>, clamó en voz<span -class="pagenum" id="Page_132">[p. 132]</span> alta, <i>hé aqui el -juicio de Dios</i>!” Don Enrique de Villena es inocente. Elvira es -calumniadora. <i>Hé aqui el juicio de Dios.</i></p> - -<p>Un grito de horror resonó por toda la concurrencia, que sabia bien -la suerte que esperaba á Elvira. Efectivamente, segun las leyes de -semejantes juicios, la acusadora debia ser en el acto degollada: el -campeon vencido, si habia quedado con vida, debia ser desarmado y -desnudado; las diversas piezas de sus armas esparcidas aqui y alli en -el campo de batalla, y permanecer él en tierra hasta que su alteza -declarase si queria ajusticiarlo ó perdonarlo. Sus bienes habian de -ser ademas confiscados en favor del erario, despues de reintegrado el -vencedor de sus costas y perjuicios; y si quedaba muerto debia ser -entregado al mariscal del campo para ser suspendido por los pies en -un patíbulo.</p> - -<p>Disponíanse los archeros á conducir á Elvira al suplicio, estaba -ya en pie el impasible verdugo, y repetia por tercera vez el rey de -armas su grida de ¡<i>hé aqui el juicio de Dios</i>! cuando se notó que -su alteza hacia señal de suspension con el pañuelo. Alzado en pie -entonces el justicia mayor, “El combate nada puede probar ni decidir, -clamó en alta<span class="pagenum" id="Page_133">[p. 133]</span> -voz. La condesa doña María de Albornoz vive, y don Enrique de Villena -es, sin embargo, culpado de felonía, si no de su muerte.”</p> - -<p>Estas terribles palabras, que repetian los que estaban mas cerca -á los que no las habian oido, estendiéndolas como se estienden á lo -lejos las ondas de un estanque donde ha caido una piedra, produjeron -la mayor espectativa en la asamblea, y fueron un rayo para don -Enrique.—¡Todo es perdido, clamó, todo!</p> - -<p>—Sí, continuó Diego Stúñiga. La providencia es justa; ella ha -salvado á la condesa; hé aqui sus letras, y presto acaso su llegada á -Andujar confirmará tan alegre nueva.</p> - -<p>No bien habia acabado de hablar el justicia mayor, se hendió la -multitud, que rodeaba una puerta de la liza, y se vió llegar á rienda -suelta una cabalgata que no tardó en entrar en el palenque.</p> - -<p>—¿Es posible? se preguntaban unas á otras mil voces confusas y -atropelladas; ¿es posible? ¡La condesa! ¡la condesa!</p> - -<p>Doña María de Albornoz, pálida como la muerte, revestida aun -del negro cendal con que habia salido de su prision, y seguida -de Peransurez y de varios armados, se<span class="pagenum" -id="Page_134">[p. 134]</span> dirigió á apearse ante su alteza, que -la recibió en sus brazos. Don Enrique, confundido, se ocultó entre -sus caballeros, y Elvira, luchando entre la duda y la esperanza, -permaneció inmóvil, ora clavando los ojos con estúpido terror en -el cuerpo del vencido, que yacía en tierra todavia, ora queriendo -descifrar si era efectivamente su antigua amiga la que venia á -librarla de la muerte que tanto habia deseado.</p> - -<p>Informada la condesa anteriormente por Peransurez de cuanto habia -ocurrido durante su prision, corrió en seguida á los brazos de -Elvira, que la recibió en ellos con la insensibilidad de una estátua -para quien nada tenia ya interes en el mundo.</p> - -<p>Entre tanto, llegando los jueces y el rey de armas al caido, -desenlazáronle el almete: al respirar el aire libre pareció dar -señales de vida, volviendo en sí lentamente. Su alteza, que habia -bajado de su balconcillo, se encaminó con toda la corte hácia el -sitio que habia sido teatro de la batalla, lleno del mas vivo -interes por su doncel. La condesa, no menos animada del celo por -su defensor, arrastró á Elvira hácia el mismo parage. La sangre -que habia vertido el caballero por los<span class="pagenum" -id="Page_135">[p. 135]</span> oidos y las narices al recibir el golpe -de Vadillo, juntamente con el sudor y el polvo, impedian reconocer -sus facciones.</p> - -<p>—¿Es muerto? gritó don Enrique el Doliente á los que le -reconocian.—¿Es muerto? preguntó la condesa.—¡Macías! gritó Elvira, -devorando con sus ojos las facciones del caido. <i>¡Ah, no es él!</i> -esclamó con frenética alegría, despues de un momento de duda. <i>¡No -es él!</i> y se dejó caer en los brazos de la condesa, que la cubria de -cariñosos besos.</p> - -<p>Efectivamente, limpióse el rostro del vencido: era el generoso don -Luis Guzman. Poseyendo la armadura del doncel, que Hernando le habia -dejado, se habia lanzado á la palestra en contra de Villena, logrando -persuadir al mariscal del campo y á los jueces de la identidad de su -persona, sin quitarse la visera.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b135.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_39"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XXXIX."><span class="pagenum" - id="Page_136">[p. 136]</span>CAPITULO XXXIX.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i2">Yo malo que obré el pecado,</p> - <p class="i0">merecia haber la paga.</p> - <p class="i0">Mis ojos sean malditos</p> - <p class="i0">que su hermosura miraran,</p> - <p class="i0">que á no mirarla ellos</p> - <p class="i0">todo este mal se escusaba.</p> - <p class="i0">No mireis, justo señor,</p> - <p class="i0">su pecado; pues le paga</p> - <p class="i0">el cuerpo que lo tal hizo</p> - <p class="i0">á ella haced librada.</p> - <p class="i8"><i>Rom. del rey Rod.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">L</span><span -class="smcap">uego</span> que Fernan Perez se hubo repuesto algun -tanto de su primer asombro volvió los ojos hácia su señor, y viendo -lo mal parado que estaba entre los suyos, llegóse á él con aire -resuello.</p> - -<p>—¿Qué es esto, señor? le dijo. ¿La condesa aqui? ¿y el doncel?</p> - -<p>—¿Qué ha de ser, Vadillo? repuso Villena: el infierno todo, que -anda mezclado en mis asuntos. Mi castillo está en manos de traidores. -La fuga es nuestra salvacion.</p> - -<p>Dichas estas palabras, aprovechóse el con<span class="pagenum" -id="Page_137">[p. 137]</span>de de Cangas de la confusion general, y -salió del palenque con Vadillo, y sus caballeros y vasallos, antes -que pensara nadie en impedírselo; armándose en seguida y montando -precipitadamente á caballo, tomaron á rienda suelta el camino de -Arjonilla, donde le pareció al conde que debia hacerse fuerte, y -esperar el sesgo contrario ó favorable que quisiesen tomar las -cosas. En el camino hubo de confesar toda su conducta el intruso -maestre á Fernan Perez. A pesar de su nunca desmentida fidelidad, no -pudo disimular éste un gesto de desprecio, hijo de la consideracion -del carácter de aquel hombre, imperfecta mezcla de ambicion y -pusilanimidad. No creyó, sin embargo, oportuno abrumarle con -reconvenciones en la hora de su desgracia; desesperado de no haber -acabado como creía con el hombre que le habia ofendido en lo mas -delicado de su honor, y cuya muerte habia jurado, suplicó al conde -le permitiese adelantarse en su escelente caballo, para advertir su -llegada al castillo y tomar disposiciones de defensa, segun le dijo, -pero en realidad con ánimo de que no se escapase por esta vez á su -furor el doncel, si estaba todavia aprisionado, como debia presumirse -de su ausencia en el combate.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_138">[p. 138]</span></p> - -<p>Advertida de alli á poco en el palenque la fuga del conde y de -los suyos, fue tal la indignacion de su alteza al verse de esta -manera burlado por su mismo pariente, á quien tantos favores habia -dispensado, que á pesar de los ruegos de doña María de Albornoz y -de Elvira, pudieron mas con él las sugestiones del pérfido judío -Abenzarsal. Este, para salvarse y no verse arrastrado en la ruina del -conde, no halló otro recurso que cortar el cable que unia su suerte -á la del caido maestre, y como buen palaciego, fue el primero que -manifestó la mayor indignacion contra Villena. Despachó, pues, el -rey en seguimiento del conde al justicia mayor con numerosa comitiva -de caballeros y hombres de armas, dándole orden de traerle á su -presencia vivo ó muerto, y de salvar á toda costa al doncel de su -venganza si existia en su poder todavia, como debia sospecharse de -las informaciones que dió sobre el caso Peransurez.</p> - -<p>Deseosa, sin embargo, la generosa condesa de endulzar el rigor -de la ley por una parte, y por otra de cooperar á la libertad -del doncel, que tan noblemente habia abrazado su causa desde -un principio, y que por ello se veía en eminente peligro, se -decidió<span class="pagenum" id="Page_139">[p. 139]</span> á -seguir al justicia mayor á Arjonilla, acompañándola Elvira, Jaime y -Peransurez; aturdida todavia aquella con los singulares y opuestos -acontecimientos que por ella habian pasado en aquel dia, y fieles los -otros dos como siempre á la generosa empresa que habian abrazado. La -impaciencia que á los cuatro animaba no les permitió esperar á la -partida mas lenta del justicia mayor y de su tropa. Llevando ademas -mejores caballos, ganáronles prontamente la delantera.</p> - -<p>En el castillo se habia aplacado entre tanto el desorden y la -confusion, producidos por la fuga de la condesa, Ferrus y Rui Pero se -habian cerciorado con satisfaccion, que solo uno de los prisioneros -se habia escapado. Era, en verdad, el mas importante; pero Rui Pero -se puso á la cabeza de unos cuantos hombres armados con no pocas -esperanzas de recobrar á los frailes fugitivos, que habiendo salido -á pie no podian haber andado mucho. Hubieran logrado su intento á no -haber tenido tiempo Peransurez para llegar á la venta de Nuño; pero -una vez alli, desnudáronse su disfraz, tomaron consigo unos cuantos -monteros cólegas de Peransurez, y rodeando por el monte y sonando -sus vo<span class="pagenum" id="Page_140">[p. 140]</span>cinas en -son de caza, lograron burlar la vigilancia de los emisarios de Rui -Pero, que buscaban dos frailes franciscanos, y no una compañía de -cazadores. La condesa creyó oportuno avisar de su situacion á su -alteza por medio del mismo Nuño, y de su compañero de viaje, por si -se frustraba su fuga, ó por si no podia llegar á Andujar tan presto -como era su intencion, á pesar de la poca distancia que hasta alli -habia. Nuestros lectores han visto cómo desempeñó Nuño su comision, -y pueden figurarse que Rui Pero y los suyos recorrian todavia -inútilmente los alrededores de Arjonilla. Ferrus poco militar todavia -y aturdido con cuanto le pasaba no habia pensado en relevar las -centinelas; y habiéndose convencido por una rejilla interior de la -prision del doncel de que existia en su poder, permanecia Hernando -en su puesto con su alano, bien decidido á vender cara su vida si -no podia salvar á su señor; viendo que nadie se acordaba de él, -se determinó por último á abandonar su guardia, y á buscar alguna -otra manera de salvar á Macías. Echó á andar para esto á lo largo -de la muralla, calada la visera de la mala celada que habia robado -al difunto, y<span class="pagenum" id="Page_141">[p. 141]</span> -no le costó dificultad introducirse en lo interior del castillo, -que por lo desmantelado servia de cuartel á los hombres de armas. -No osaba preguntar por no delatarse á sí mismo; pero calculando la -forma del edificio, anduvo con aire resuelto como si fuese á cosa -hecha ó llevase alguna orden, y se acercó á un corredor ancho adonde -caía efectivamente la escalerilla que daba entrada á la prision -del doncel. Felizmente conservaba todavia las llaves en su poder, -y Ferrus con la mayor parte de su fuerza se ocupaba en distribuir -atalayas en las murallas, y en examinar de continuo el campo por -ver de divisar á Rui Pero, de quien no dudaba que volviese con su -presa.</p> - -<p>Quedábale que vencer á Hernando una dificultad. En lo alto de -la escalera habia un centinela, á quien Ferrus habia encargado la -vigilancia.</p> - -<p>—¿Quién va? preguntó éste á Hernando luego que le vió -acercarse.</p> - -<p>—Compañero, repuso Hernando, tratando de ganarle por buenas, y aun -de relevarle si podia, ¿cae hácia esta parte la prision?</p> - -<p>—Atras. Parece que es nuevo el compañero segun la pregunta. Aqui -cae; pero atras.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_142">[p. 142]</span></p> - -<p>—Ved que os vengo á relevar. ¡Voto va! podeis iros ya á -descansar.</p> - -<p>—¿A descansar, y hace un cuarto de hora que estoy en esta -faccion?</p> - -<p>—Malo, dijo para sí Hernando.</p> - -<p>—No conozco yo la voz de ese compañero, dijo entre dientes el -centinela armando su ballesta. ¡Ea! atras digo.</p> - -<p>—¡Cuerpo de Cristo! esclamó furioso Hernando, viendo que su -astucia no habia surtido efecto; si no conoces mi voz, javalí, -conocerás mi mano. Dijo, y se abalanzó sobre el contrario. Retrocedió -éste gritando, “¡traicion! ¡traicion!” y disparó su ballesta: recibió -Hernando la saeta en el brazo izquierdo; pero no haciendo mas caso -de ella que de la picadura de un insecto, levantó su mano de hierro, -y asiendo del centinela por la garganta, alzóle del suelo, dióle -dos vueltas en el aire con la misma facilidad y desembarazo que da -vueltas un muchacho á su honda, y despidiólo contra la pared del -corredor, donde produjo el infeliz un chasquido hueco, semejante al -de una inmensa vejiga que revienta, cayendo despues al suelo sin -mas accion que un costal ó un haz de fagina. Arrancóse en seguida -la saeta del brazo Her<span class="pagenum" id="Page_143">[p. -143]</span>nando, y pasándola por los talones del vencido, colgólo en -la pared de una fuerte escarpia que servia para suspender de noche -una lámpara, donde le dejó cabeza abajo en la misma forma que hubiera -hecho con un venado. Sin reparar en la sangre que de su herida -corria, abalanzóse despues Hernando con las llaves á la escalera, la -cual bajó con la misma prisa y ansiedad y latiéndole el corazon con -la misma fuerza que si le esperase abajo una querida que fuese á ver -solo por primera vez.</p> - -<p>El desdichado doncel, que ningun ruido habia vuelto á oir desde -su encierro en aquel subterráneo, si no era el monotono rumor del -torrente, que casi debajo de sus pies corria, paseaba entre tanto su -estancia con paso largo y precipitado, indicio de la agitacion de su -alma.</p> - -<p>—¡Elvira, decia hablando con su señora, Elvira, hé aqui el estado -infeliz á que ha reducido tu obstinacion á tu amante desdichado! ¡Te -lo predige! ¡No oiste mi voz! ¡No creiste mis palabras! Goza ahora, -goza tranquila en los brazos de tu esposo esa felicidad maldecida que -yo solo perturbaba. ¡Ah! ¡Traidor Villena! ¡Ah fementido Her<span -class="pagenum" id="Page_144">[p. 144]</span>nan Perez! ¡De esta -suerte me vencereis! ¡Yo siento su mano aun dentro de la mia! ¡Siento -su corazon latir fuertemente contra el mio; la veo, la oigo; sus -lágrimas ardientes corren aun á lo largo de mis mejillas! Su voz -trémula y agitada, su voz ronca de pasion, abogada por el amor, -pidiendo piedad y misericordia, resuena aun en mis oidos. La estrecho -entre mis brazos. Dia y noche desde entonces siento sobre mis labios -la opresion dulcísima, el calor inmenso de los suyos, ¿No lo sientes, -Elvira, tu tambien? ¡Nunca se apagará este ardor y esta memoria! ¡Es -fuego, es fuego, es el amor entero, es el infierno todo sobre mis -labios desde entonces!</p> - -<p>El mayor abatimiento succedió á este corto estravío de la razon -del doncel. Una llave sonó de repente en la cerradura de su prision, -y un momento despues se hallaba en los brazos de Hernando. No acababa -el prisionero de creer á sus ojos.</p> - -<p>—Ea, señor, dijo Hernando despues de una breve pausa, conoce á -tu montero. Toma esta espada. No es la tuya, señor; es la de un -villano; pero en tus manos será la del Cid. A mi me basta un venablo. -Salgamos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_145">[p. 145]</span></p> - -<p>—¿Adónde, Hernando? ¿Quién te trajo? ¿dónde estoy?</p> - -<p>—Despues, despues, repuso Hernando mirando á todas partes con la -mayor inquietud. El grito del centinela puede haber dado la alarma y -urge el tiempo.</p> - -<p>—No, Hernando; déjame morir en esta soledad, repuso el doncel con -dolor. No la veré aqui al menos acariciando á otro.</p> - -<p>—Te ciega tu pasion, Macías, contestó el montero. Huyamos. Ven de -grado, si no quieres venir á tu pesar.</p> - -<p>Disponíase el montero á cumplir su amenaza apoderándose á viva -fuerza del doncel, proyecto que hubiera llevado á cabo facilmente, -ayudado de su robusto brazo, cuando un sordo estruendo de armas se -dejó oir en el corredor.</p> - -<p>—¡Voto á tal! esclamó Hernando aplicando el oido. Me han -descubierto los traidores; vendámosles caras nuestras vidas.</p> - -<p>Dichas estas palabras asió el montero de un brazo del doncel, y -obligóle á subir con él la escalera.</p> - -<p>—¡Traicion! ¡Traicion! gritaban en lo alto de ella varios -soldados que se preparaban á impedir la evasion de los fugitivos. De -alli<span class="pagenum" id="Page_146">[p. 146]</span> á poco se -trabó un combate encarnizado en el corredor. Cargaba mas gente por -momentos, y Ferrus, que habia reconocido al montero, animaba á los -suyos con promesas y amenazas.</p> - -<p>—Ven, villano, gritaba Hernando á Ferrus, ven juglar infame: yo -soy el que ha librado á la condesa, yo el que habia de librar á mi -señor. Llega, y probarás mi venablo.</p> - -<p>—A él, amigos, á él, gritaba Ferrus sin dar reposo á los suyos: él -es el traidor; ¡muera Hernando, muera!</p> - -<p>Macías, animado con la pelea, se defendia valientemente haciendo -prodigios de valor, y derribando cuanto se ponia á su paso; pero era -evidente que hallándose como se hallaba desarmado, no podria resistir -por mucho tiempo al número de sus contrarios. Él y Hernando se vieron -precisados despues de haber derribado inútilmente á algunos de sus -enemigos á refugiarse hácia la prision. Acababa de entrar Macías en -ella, cuando se abrió paso por entre los que le acosaban un caballero -gritando con la espada desnuda:</p> - -<p>—¡Ténganse todos! ¡fuera villanos! ¡A mí! ¡dejádmele á mí! El -doncel me pertenece.</p> - -<p>—¡Fernan Perez! gritó fuera de sí el<span class="pagenum" -id="Page_147">[p. 147]</span> doncel cobrando nuevo valor, y -dirigiéndose hácia el enemigo que acababa de llegar.</p> - -<p>Suspendiéronse á la voz de entrambos los combatientes, y Hernan -Perez solo se precipitó tras Macías en la prision. No pudo evitar -esto Hernando, ni menos que Fernan Perez, dentro ya con su rival, -corriese un enorme cerrojo que por dentro la cerraba. Agoviado por -el número de los que le rodeaban y querian rendirle, quedó en la -escalera jurando y blasfemando de su mala suerte, que le impedia -ayudar á su señor. Haciendo entonces el último esfuerzo, atravesó con -el venablo á dos de los que mas cerca tenia, y abrióse paso por entre -los demas, aterrados de la muerte de sus compañeros. Precipitóse en -seguida sobre Ferrus, que huía despavorido por el corredor seguido de -su alano, el cual amenazaba con los dientes hacer presa en el primero -que tocase á su amo; y asiendo al juglar de la garganta,</p> - -<p>—Villano, le gritó, condúceme á las cadenas del rastrillo de la -prision, ó eres muerto.</p> - -<p>No osaba llegar á Hernando ninguno de los del castillo, temerosos -de que clavase el venablo en su alcaide á la menor contradiccion; -Ferrus entre tanto aterrado,<span class="pagenum" id="Page_148">[p. -148]</span>—¡Ah, señor! clamó, si me perdonais la vida, yo os llevaré -donde gusteis.—Ea, pues, vamos, replicó Hernando, y llevándole -siempre asido de la garganta le siguió adonde Ferrus todo trémulo le -guiaba.</p> - -<p>Entre tanto luchaban animados de igual furor Hernan Perez y -Macías, cerrados en la prision. Pocos golpes habrian dado y recibido, -cuando resonó por todo el castillo el rumor de varias trompetas, y -el estruendo de muchas gentes de armas que llegaban nuevamente. Don -Enrique de Villena y los suyos acababan de entrar en él. Casi al -mismo tiempo llegó doña María de Albornoz y Elvira, y al nombre de la -condesa fuéles abierto el puente.</p> - -<p>Dirigiéronse los primeros, informados de cuanto ocurria, hácia la -prision del doncel, y hallándola cerrada por dentro, mandó el conde -que se forzase la puerta, operacion á que se dió principio con la -mayor actividad.</p> - -<p>Doña María de Albornoz y Peransurez, no conociendo mas camino -á la prision del doncel que aquel que ellos habian andado antes -de la fuga, se dirigieron por el contrario entre la muralla y la -zanja, llegaron<span class="pagenum" id="Page_149">[p. 149]</span> -al frente de la prision, oyeron el ruido de las armas de los -combatientes, y el estruendo de los que por el opuesto lado forzaban -la puerta que habia cerrado Vadillo; pero cuál fue su sorpresa cuando -vieron el espectáculo que se ofreció á sus ojos. Hernando asomado á -una galería sobre la prision, desde donde se soltaban las cadenas -del rastrillo, tenia asido aun al juglar y lo ahogaba casi con su -mano intimándole que le ayudase á soltarlas. Ferrus, sin embargo que -sabia el horrible secreto del rastrillo, por el cual no podia pasar -nadie sin caer en la zanja y hacerse pedazos en los muchos pinchos -de hierro de que estaba erizada, lleno de pavor queria esplicarse, -porque no tomase luego Hernando mayor venganza de la catástrofe que -debia seguirse á la bajada del rastrillo. No concediéndole, empero, -Hernando parlamento, y viéndose Ferrus ahogar hubo de ceder, y -ayudó á Hernando como pudo á soltar las cadenas.—¡Sálvate, Macías, -sálvate! gritó desde arriba Hernando con voz que retumbó en todo el -castillo, y entonces se ofreció á los ojos de doña María y de Elvira -el horroroso combate.</p> - -<p>—¡Cielos! esclamó Elvira. ¡Bárbaros,<span class="pagenum" -id="Page_150">[p. 150]</span> teneos! ¡Tomad mi vida, tomadla! -Precipitóse Elvira hácia la prision, y puesta en el borde del -abismo,—¡Macías! clamó sin podérselo nadie impedir. ¡Hernan Perez! -¡Cesad, bárbaros, en tan cruel combate, ó este precipicio será mi -tumba!</p> - -<p>No volvió siquiera Hernan Perez la cabeza; antes mas encarnizado -que nunca al oir la que causaba su implacable rencor, redobló sus -golpes. No sucedió asi al doncel; volvió la cabeza rápidamente, y al -ver á orillas de la zanja á Elvira, pronta á precipitarse en ella, -desasióse del hidalgo, á tiempo que caía hecha pedazos la puerta de -la prision con horrible fragor, y que se entraban dentro don Enrique -y los suyos.</p> - -<p>—¡Elvira! gritó Macías saliendo de la prision. ¡Elvira! Lanzóse -en seguida al rastrillo.—¡Perdon! gritó con voz desesperada Ferrus á -Hernando, y al mismo tiempo, cediendo la trampa del rastrillo al peso -del caballero que la oprimia, hundióse el doncel súbitamente, y su -cuerpo destrozado llegó á lo profundo de la sima, dando de hierro en -hierro, y profiriendo sordamente <i>¡es tarde! ¡es tarde!</i></p> - -<p>Un chillido agudo y desgarrador, lanza<span class="pagenum" -id="Page_151">[p. 151]</span>do del pecho de Elvira resonó hasta el -mismo corazon de los espectadores espantados. Un momento de pausa y -de terror se siguió.</p> - -<p>—¡Malvado! ¿lo sabias? gritó únicamente Hernando desesperado, y -se precipitó sobre Ferrus, que exánime no le ofrecia resistencia -alguna. Asiéndole entonces de su cabellera roja... ¡Bravonel! -gritó, ¡Bravonel! ¡al oso! ¡al oso! y lanzó en medio de la galería -al juglar, que corrió un momento huyendo del animal. Pero Bravonel -furioso se arrojó sobre él, y haciendo presa en su garganta, -destrozólo en minutos, al mismo tiempo que Hernando le animaba -gritando: ¡Pieza! ¡pieza! No era digno el infame de morir por mi -mano. ¡Pieza! ¡pieza!</p> - -<p>Quedó Hernan Perez mirando cruzado de brazos á la profunda sima, -envidioso de que le hubiese robado la dicha de acabar con el doncel. -Furioso como aquel que no habia satisfecho toda su ira, lanzóse por -el borde que habia quedado en el rastrillo á uno y otro lado de la -trampa hundida, bastante ancho todavia para andar por él una persona. -Elvira en tanto miraba la sima con ojos vidriados, en que se veía la -fijacion del estupor y el estravío de la demencia. Habíase secado ya -para siempre el manantial de sus lágrimas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_152">[p. 152]</span></p> - -<p>—¡Héle ahí! le gritó Hernan Perez señalando la zanja: ¡héle -ahí!</p> - -<p>—¡Es tarde, es tarde! repuso Elvira dando una horrorosa -carcajada.</p> - -<p>—¡Bárbaro! gritó el pagecillo echándose al paso de Hernan Perez: -¡Bárbaro! y se dispuso á defender á su prima con un denuedo ageno de -su edad. En aquel momento pareció Elvira volver en sí para reconocer -á su esposo, y sobrecogida de terror, huyó despidiendo del pecho -agudos alaridos.</p> - -<p>Precipitáronse los circunstantes sobre el hidalgo; no pudiendo -éste llegar á Elvira,—¡Maldicion sobre tí, y desprecio! la gritó; ¡y -entre nosotros eterna separacion!</p> - -<p>Al mismo tiempo se oyeron por el castillo voces de ¡arma! ¡arma! -¡Santiago!</p> - -<p>De alli á poco las murallas eran el teatro de un sangriento -combate. Despues de una hora de refriega, y de muy entrada la noche, -replegáronse por fin las gentes de Villena, acaudilladas por el -hidalgo, que habia peleado con desesperacion, y el justicia mayor -clavó el pendon real en una almena.</p> - -<p>Hernando, que habia tomado á su cargo dañar á los sitiados en -compañía de Peransurez, para facilitar la entrada á las tropas<span -class="pagenum" id="Page_153">[p. 153]</span> reales y defender á la -condesa, peleó como aquel que acababa de perder el único interes que -le ligaba á la sociedad, y logró mantener ilesa á doña María hasta el -momento de la victoria. Restituida aquella al justicia mayor, no se -volvió á ver á Hernando ni á su alano. Se presume que privado de su -amo, que era el único que podia hacerle soportable la existencia en -la corte, se hundió para siempre en los montes, y hay cronista que -afirma que años adelante murió á manos de un oso mas feroz que él.</p> - -<p>Don Enrique de Villena fue llevado ante el rey Doliente, y el -impudente medio de que se valió para conservar, aun despues de lo -ocurrido, su maestrazgo; diciéndose en público impotente, solo -contribuyó á dar á todos una idea mas clara de su baja ambicion. Los -ruegos, sin embargo, de la generosa condesa, que se retiró á sus -estados á llorar su desdichada boda y la suerte de Elvira, salvaron -la vida al conde, quien desde entonces vivió en retiro filosófico -entregado á las letras, para las cuales habia nacido, mas bien que -para las armas ó la corte. Es cosa sabida que despues de su muerte -quedó hecho trozos en una redoma, como hechicero que habia sido.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_154">[p. 154]</span></p> - -<p>Don Luis de Guzman, restablecido de sus heridas, fue elegido -maestre de Calatrava por el capítulo de la orden.</p> - -<p>Nadie entre tanto habia visto á Elvira desde el momento en que -empezó el combate y la confusion. Buscósela de orden de la condesa -muchos dias, porque el rencoroso Fernan habia jurado no volver á -recordar nunca su nombre; fue imposible, empero, dar jamas con ella; -tanto, que el fiel pagecillo, desesperado de la pérdida de su hermosa -prima, no pudo resistir á su dolor, y tomó de alli á poco el hábito -en una orden religiosa.</p> - -<p>Es fama únicamente que durante el combate se vió en diversos -puntos de la muralla, sin temor alguno ni á las armas, ni á los -combatientes, ni á las llamas, que consumieron aquella noche -el castillo sin saberse quien las hubiese prendido, una muger -desmelenada, agitando con ademan frenético una antorcha en medio de -las tinieblas, y gritando con feroz espresion ¡es tarde! ¡es tarde! -lema antiguo del fatal castillo.</p> - -<p>No faltó en la comarca quien creyó que solo podia ser la -mora encantada la que parecia triunfar con bárbaro regocijo de -la destruccion de su antigua cárcel, repitiendo el fatídico ¡es -tarde!</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b154.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_40"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XL."><span class="pagenum" - id="Page_155">[p. 155]</span>CAPITULO XL.</h2> - <hr class="sep" /> - <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza"> - <p class="i0">¡Tarde acordaste!!!...</p> - <p class="i4"><i>Rom. del conde Claros.</i></p> - </div></div> -</div> - -<p class="ti0"><span class="capitular">A</span><span -class="smcap">lgunos</span> años habian pasado ya desde los sucesos -que dejamos referidos. Ocupaba el trono de Castilla el señor don Juan -II, hijo del muy ínclito y poderoso rey don Enrique el Doliente, y -ocupábale en su menor edad, regido y dominado por unos y otros bandos -y parcialidades.</p> - -<p>Dos caballeros, ricamente ataviados y montados, pasaban una -tarde por la plaza de Arjonilla. Brillaba en el semblante del mas -lujosamente vestido la satisfaccion que da el poder y la riqueza; -distinguíase en el ceño y en la oscura frente del otro la huella de -antiguos pesares.</p> - -<p>—Si no fuese detenernos mucho, dijo el primero al segundo, veria -de buena gana qué turba es aquella que se agita en el estremo de la -plaza. ¿Llegamos?</p> - -<p>—Como gusteis, señor don Luis de Guzman, repuso secamente su -compañero; si<span class="pagenum" id="Page_156">[p. 156]</span> -bien yo no puedo parar mucho en este pueblo maldito sin agravarse mis -males.</p> - -<p>Llegáronse, efectivamente, al grupo. Una infinidad de muchachos -le formaban, y algunos habitantes de Arjonilla con ellos. Una muger -en medio parecia querer huir de la importuna concurrencia. Sus -vestiduras se hallaban manchadas y rotas por diversas partes; su pelo -suelto y descuidado parecia haber sido hermoso; sus facciones flacas -y descompuestas debian haber tenido en su juventud proporciones -agradables. Esto era todo lo mas que se podia decir. Sus ojos -hundidos en el cráneo, brillaban con un fuego estraordinario, y -parecian querer devorar al que la miraba; sus ojeras negras; sus -mejillas descarnadas; su frente surcada de arrugas, y sus manos de -esqueleto, manifestaban que alguna enfermedad crónica y terrible -consumia su existencia.</p> - -<p>Arrojábanla pellas de barro los muchachos y corrian tras ella.—¡La -loca! ¡la loca! gritaban. ¿Cómo te llamas? ¿Nos dices la hora que es? -¡La loca! ¡la loca!</p> - -<p>A toda esta algazara respondia la desdichada con una feroz y -estraviada sonrisa; parábase, escuchaba un momento, y soltando<span -class="pagenum" id="Page_157">[p. 157]</span> una estúpida y horrible -carcajada,—¡Es tarde! gritaba con voz ronca; ¡es tarde! despedazábase -al mismo tiempo las manos, y dábase golpes en el pecho.</p> - -<p>—¿Qué es eso? preguntó don Luis á un muchacho.</p> - -<p>—¡Ah! señor maestre, contestó el muchacho, que parecia conocer al -caballero, ¡es la loca!</p> - -<p>—¿Y quién es la loca?</p> - -<p>—Aqui, repuso el muchacho, solo por ese nombre la conocemos; de -temporada en temporada se aparece por el pueblo: otras veces vive -por el monte, y dicen los pastores que gusta mucho de pasar los dias -enteros mirando á los barrancos. No habla mas que dos palabras. No -llora nunca: ¿oís esa carcajada? Eso es lo que hace; aqui siempre -estamos deseando que venga, porque es para todo el pueblo una -diversion.</p> - -<p>—¡Infeliz! dijo don Luis: ¿no quereis verla, señor Hernan -Perez?</p> - -<p>—No; esos espectáculos me ponen de mal humor. ¡Miserable! será -acaso alguna madre que haya perdido á su hija. Vamos de aqui, señor -don Luis.</p> - -<p>—O alguna amante desdichada, señor<span class="pagenum" -id="Page_158">[p. 158]</span> Hernan Perez, dijo riéndose con -indiferencia don Luis, y picando espuelas á su caballo. De alli á -poco ambos caballeros desaparecieron, apartándose de la turba que -seguia ostigando á la demente, la cual solo respondia de cuando en -cuando con su acostumbrada carcajada y su desdichado estribillo: ¡es -tarde! ¡es tarde!</p> - -<p>Pocos años despues entró una madrugada el sacristan de la -parroquia de santa Catalina de Arjonilla en la iglesia, y parecióle -ver un bulto estraordinario al lado de un sepulcro. Efectivamente, -era la loca.</p> - -<p>—Loca, le dijo dándole con el pie. ¡Pues está bueno! Esta se -quedaria aqui ayer en la iglesia cuando la cerré. Vamos, buena muger -¡Estará borracha!</p> - -<p>Dábale con el pie, pero el bulto no se movia. Acercóse el -sacristan, y vió que la loca tenia un hierro en la mano, con el cual -habia medio escrito sobre la piedra; <i>¡es tarde! ¡es tarde!</i> Pero -ella estaba muerta. Sus labios frios oprimian la fria piedra del -sepulcro. Un epitafio decia en letras gordas sobre la losa:</p> - -<p class="centra mt2"><small>AQUI YACE MACÍAS EL ENAMORADO.</small></p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/illus-b158.jpg" - alt="Ilustración de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="ToC"> - <hr class="doble" /> - <hr class="doble" /> - <h2 class="nobreak" title="ÍNDICE DEL TOMO IV">ÍNDICE</h2> - <p class="subh2">DEL TOMO CUARTO</p> - <hr class="sep" /> -</div> - -<table class="mt2" summary="Índice y tabla de contenidos"> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_32">CAPITULO XXXII</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_32">1</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_33">CAPITULO XXXIII</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_33">31</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_34">CAPITULO XXXIV</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_34">40</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_35">CAPITULO XXXV</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_35">59</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_36">CAPITULO XXXVI</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_36">83</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_37">CAPITULO XXXVII</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_37">94</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_38">CAPITULO XXXVIII</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_38">108</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_39">CAPITULO XXXIX</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_39">136</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Ch_40">CAPITULO XL</a></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_40">155</a></td> - </tr> -</table> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter pt3"> -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - - <ul> - <li>Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la - utilizada actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han - normalizado a la grafía de mayor frecuencia.</li> - - <li>Se ha completado el emparejamiento de los puntos de admiración y de - interrogación. Los puntos suspensivos se han normalizado a tres - puntos.</li> - - <li>Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.</li> - - <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li> - - <li>Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos - que, en el original impreso, carecen de ellas.</li> - - <li>Se ha añadido al final un índice de capítulos que no existe en el - original impreso.</li> - - <li>El transcriptor ha creado la imagen de la cubierta y la sitúa - en el dominio público.</li> - </ul> -</div> -</div> -</div> - -<p> </p> -<p> </p> -<hr class="pg" /> -<p>***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE, TOMO IV (DE 4)***</p> -<p>******* This file should be named 53590-h.htm or 53590-h.zip *******</p> -<p>This and all associated files of various formats will be found in:<br /> -<a href="http://www.gutenberg.org/dirs/5/3/5/9/53590">http://www.gutenberg.org/5/3/5/9/53590</a></p> -<p> -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed.</p> - -<p>Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the -trademark license, especially commercial redistribution. -</p> - -<h2 class="pg">START: FULL LICENSE<br /> -<br /> -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE<br /> -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</h2> - -<p>To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license.</p> - -<h3>Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works</h3> - -<p>1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in -accordance with this agreement, and any volunteers associated with the -production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm -electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, -including legal fees, that arise directly or indirectly from any of -the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this -or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or -additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any -Defect you cause. </p> - -<h3>Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm</h3> - -<p>Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life.</p> - -<p>Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org.</p> - -<h3>Section 3. Information about the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation</h3> - -<p>The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws.</p> - -<p>The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the -mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its -volunteers and employees are scattered throughout numerous -locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt -Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact</p> - -<p>For additional contact information:</p> - -<p> Dr. Gregory B. Newby<br /> - Chief Executive and Director<br /> - gbnewby@pglaf.org</p> - -<h3>Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation</h3> - -<p>Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS.</p> - -<p>The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular -state visit <a href="http://www.gutenberg.org/donate">www.gutenberg.org/donate</a>.</p> - -<p>While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate.</p> - -<p>International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.</p> - -<p>Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. 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Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition.</p> - -<p>Most people start at our Web site which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org</p> - -<p>This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.</p> - -</body> -</html> - diff --git a/old/53590-h/images/cover.jpg b/old/53590-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 5d483a6..0000000 --- a/old/53590-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53590-h/images/illus-b001.jpg b/old/53590-h/images/illus-b001.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 48b9d25..0000000 --- a/old/53590-h/images/illus-b001.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53590-h/images/illus-b030.jpg b/old/53590-h/images/illus-b030.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 101a244..0000000 --- a/old/53590-h/images/illus-b030.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53590-h/images/illus-b039.jpg b/old/53590-h/images/illus-b039.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index a0ea572..0000000 --- a/old/53590-h/images/illus-b039.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53590-h/images/illus-b058.jpg b/old/53590-h/images/illus-b058.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 4a2a868..0000000 --- a/old/53590-h/images/illus-b058.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53590-h/images/illus-b082.jpg b/old/53590-h/images/illus-b082.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 0e9aacc..0000000 --- a/old/53590-h/images/illus-b082.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53590-h/images/illus-b093.jpg b/old/53590-h/images/illus-b093.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index ad9b129..0000000 --- a/old/53590-h/images/illus-b093.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53590-h/images/illus-b107.jpg b/old/53590-h/images/illus-b107.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index f10c6aa..0000000 --- a/old/53590-h/images/illus-b107.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53590-h/images/illus-b135.jpg b/old/53590-h/images/illus-b135.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index da500b9..0000000 --- a/old/53590-h/images/illus-b135.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53590-h/images/illus-b154.jpg b/old/53590-h/images/illus-b154.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 0e1b50e..0000000 --- a/old/53590-h/images/illus-b154.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53590-h/images/illus-b158.jpg b/old/53590-h/images/illus-b158.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index e1bf304..0000000 --- a/old/53590-h/images/illus-b158.jpg +++ /dev/null |
