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-The Project Gutenberg eBook, El doncel de don Enrique el doliente, Tomo IV
-(de 4), by Mariano José de Larra
-
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
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-
-
-
-
-Title: El doncel de don Enrique el doliente, Tomo IV (de 4)
- Historia caballeresca del siglo quince
-
-
-Author: Mariano José de Larra
-
-
-
-Release Date: November 26, 2016 [eBook #53590]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-
-***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL
-DOLIENTE, TOMO IV (DE 4)***
-
-
-E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online
-Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images
-generously made available by Internet Archive (https://archive.org)
-
-
-
-Note: Images of the original pages are available through
- Internet Archive. See
- https://archive.org/details/eldonceldedonenr04larr
-
-
- Project Gutenberg has the other three volumes of this work.
- Volume I: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53587
- Volume II: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53588
- Volume III: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53589
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
- versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
-
-
-
-
-
-EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE:
-
-HISTORIA CABALLERESCA
-DEL SIGLO QUINCE
-
-por
-
-D. MARIANO JOSÉ DE LARRA.
-
-SEGUNDA EDICION.
-
-TOMO IV.
-
-
-
-
-
-
-
-Madrid:
-IMPRENTA DE I. SANCHA,
-1838.
-
-
-
-
-EL DONCEL DE _Don Enrique el Doliente_.
-
-
-
-
-CAPITULO XXXII.
-
- En Castilla está un castillo
- que se llama Rocafrida;
- tanto relumbra de noche
- como el sol al medio dia.
-
- _Rom. de Montesinos._
-
-
-Existe á cinco leguas de Jaen una poblacion pequeña ahora, y pequeña
-en los tiempos á que se refiere nuestra narracion, que tiene por
-nombre Arjonilla, ora por haber sido fundacion de algunos habitantes
-salidos de Arjona; ora por su inmediacion á esta ó por las relaciones
-que con ella pudo tener en lo antiguo. Pertenecia esta villa al
-maestrazgo de Calatrava, y era una de las primeras que se habian
-declarado por don Enrique de Villena, á causa de la influencia que le
-daban á este en aquel punto varias posesiones que en su territorio
-tenia. En el siglo XV presentaba el aspecto, que aun en el dia suelen
-presentar muchos pueblos de nuestra patria. Algunas casas que, mas
-que viviendas de hombres, parecian cuevas de animales, esparcidas
-aqui y alli, formaban irregulares callejones. No era sin embargo
-tan pequeña su importancia, que tuviesen que acudir sus habitantes
-á algun pueblo vecino de mayor cuantía para cumplir con sus deberes
-espirituales. Poseía una iglesia parroquial, no muy grande en verdad,
-pero que no dejaba por eso de bastar para su reducido vecindario; y
-que se hallaba bajo la proteccion y advocacion de Santa Catalina.
-En el dia será todo lo mas si puede traslucirse su antigua grandeza
-en los restos míseros que la constituyen en la humilde gerarquía de
-ermita, pero en el reinado de Enrique III, nos dice Jimena en sus
-anales eclesiásticos de Jaen, no solo era la iglesia parroquial, sino
-que era una obra moderna que no tenia mas fecha que los años que
-hacia que habia sido reconquistado aquel pais á los moros.
-
-A cosa de un cuarto de legua del pueblo rivalizaba en grandeza con la
-iglesia parroquial un castillo sombrío y viejo, que si no era de los
-mas fuertes y afamados de Castilla, no dejaba por eso de ser sólido,
-y una de las posiciones militares mas ventajosas de la comarca.
-Edificado como todos los de aquel tiempo en una eminencia, mejor
-diremos en la punta de una peña, podia servir de reducto á un tercio
-militar en retirada, ó de baluarte á un destacamento avanzado de un
-ejército invasor. Tenia su doble muralla almenada, torres, foso,
-contrafoso, puente levadizo, en una palabra, cuanto hacia necesario
-en semejantes edificios la táctica militar de ataque y defensa de
-aquella época belicosa, y de perpetuo temor y desconfianza. Crecia
-la yerba tranquilamente en derredor de las almenas, prueba evidente
-de que hacia mucho tiempo que no oponian obstáculos los artes de
-la guerra á su abundante vegetacion. Un largo litigio que sobre
-la pertenencia del tal castillo habia sostenido contra la corona
-de Castilla la orden de Calatrava habia sido ocasion de hallarse
-inhabitado algunos años, y se habian adherido á él, como en aquellos
-tiempos de ignorancia solia frecuentemente suceder, mil vagas
-tradiciones, mil supersticiones fabulosas que habian consolidado
-algunos malhechores, cobijándose en él secretamente y haciéndole
-cuartel general y centro de sus operaciones. Era fama por el pais que
-en tiempos anteriores un moro, mago, si jamas los hubo, habia sido
-fundador del castillo, cuya construccion se perdia en los tiempos
-remotos de la conquista y reconquista; opinion á que no daba poco
-realce el color negruzco de la piedra, y el aspecto todo venerable
-y misterioso de sus antiquísimas murallas. El mago habia construido
-el castillo, segun la mas recibida opinion, para satisfaccion de
-odios y rencores propios suyos: en él habia atormentado durante su
-vida á muchas hermosas doncellas que no habian querido rendirse á
-sus brutales deseos, pues todas las tradiciones convenian en que
-este habia sido el flaco del moro encantador y descomunal. Añadíase
-á esto que no le habia faltado razon para ello, pues se referia
-de él la siguiente historia. El moro habia amado en sus lucidos
-abriles á una mora llamada Zelindaja, hija de un reyezuelo de
-Andalucía; la cual habia correspondido primero á su pasion, pero
-le habia dejado despues sin verdadero motivo por otro y otros
-moros succesivamente con la natural facilidad y ligereza de su sexo
-leal y encantador. El moro, que debia de haber sido hombre de suyo
-sentado y poco aficionado á mudanzas, habia tomado la cosa muy á
-mal y el desaire muy á pechos, y en vez de volver los ojos á otra
-Zelindaja mejor que la primera, lo cual hubiera sido determinacion
-de hombre prudente, habia jurado vengarse castigando en el sexo todo
-la culpa de uno de sus individuos. Hé aqui la causa de su odio á
-las mugeres: para lograr sus fines habíase dado á la mágia y á la
-confeccion de bebidas y filtros amorosos. Con ellos enquillotrava á
-las doncellas, las cuales, al punto que apuraban á poder de engaños
-la pócima, asi quedaban del moro enamoradas como si en el mundo no
-hubiera habido otro hombre ni moro ni cristiano. Entonces entraba la
-parte de su venganza; entonces el pícaro moro hacíase de pencas y
-dejábalas llorar y suplicar, suspirar y gemir por los sus encantos,
-con lo cual íbanse consumiendo y acabando las enquillotradas
-doncellas, como bugía que se apaga. Conforme las iba el bribonazo
-del encantador seduciendo, íbalas encerrando en el castillo, y era
-todo su placer, cuando veía á una ya tan madura y encaprichada de él
-como juzgaba necesario, hacerla testigo de los enamorados motetes y
-de las apasionadas caricias que á otra fingia, usando despues con
-esta y con todas las succesivas de igual odioso manejo. Mesábanse
-los cabellos las infelices, y decíanle injurias y ternezas; pero
-el moro habia aprendido tan bien de su Zelindaja, que hacia oidos
-de mercader, y no parecia sino que habia nacido hembra y mora mas
-bien que varon y moro. Todo lo mas que solia decirlas cuando las
-veía presas en las redes de su pérfido amor era contestarlas como
-le habia contestado á él Zelindaja:—Mi honor, les decia, no lo
-consiente.—Cede, bien mio, replicaban ellas.—Imposible, reponia él
-con grave remilgamiento y afectado pudor y compostura. ¡Mi honor
-es lo primero!—¿Y los juramentos, ingrato, y las promesas, falso?
-solian responderle.—¿Yo juré nunca, prometí yo acaso? añadia el moro
-haciendo el olvidadizo.—¿Y los placeres que gozamos?—¡Insolente, qué
-osadía! ¿cuándo, en dónde?—Ved que mi muerte, moro mio, será obra
-de tu rigor, acababan ellas.—Podeis hacer lo que gusteis, concluia
-entonces el redomado moro cogiendo un abanico, é imitando con él y
-con el desvio de sus ojos el antiguo sistema de su pérfida Zelindaja.
-Con lo cual tenia á las perdidas doncellas en un infierno perpetuo,
-muy parecido al que pasan voluntariamente en esta vida los incautos
-que dan en creerse de palabras y juramentos, de prendas, en fin, y de
-ternezas de moras pérfidas y veleidosas.
-
-No habia parado aqui el rencor del bribon del encantador.
-Efectivamente, incompleta hubiera sido su venganza si no hubiese
-caido en sus lazos la misma Zelindaja. Tuvo modo el mágico de engañar
-á una de sus doncellas, la cual le hizo beber, no se sabe á punto
-fijo con qué sutil arbitrio, una buena pieza del filtro ponzoñoso: no
-bien se le hubo echado á pechos Zelindaja, cuando sintió renovarse
-en sus venas el fuego antiguo en que habia ardido por el moro:
-desde entonces no perdonó medio alguno de anudar de nuevo sus rotas
-relaciones. Hízolo tambien el vengativo, que la obligó á que se
-decidiese á venir á hacer vida comun con él á su castillo, donde
-decia los esperaban delicias sin fin, y una vida entera de amor y
-fidelidad. Cayó en el lazo la incauta cuanto enamorada Zelindaja;
-pero no bien hubo pasado el rastrillo de la encantada fortaleza,
-cuando llamándose andana el astuto moro, dió dos zapateadas en el
-aire, como potro que sale, roto el freno, á gozar al campo de la
-conquistada libertad, sacudió el amor y comenzó á dar tal cual
-leccion de sufrimiento á la desvanecida hermosa, quien aprendió
-entonces lo que habrian sufrido sus amantes. Lloraba ella y gemía, y
-volvia siempre al moro, pero decíala él:—¡Ay! mora mia, es tarde.—¡Ay
-moro! le decia Zelindaja.—Es tarde, ¡ay! es tarde, contestaba el
-moro, afectando dolor y sentimiento. Tal era la esplicacion que se
-daba á un gran rótulo, labrada en la misma piedra sobre la puerta
-principal del interior del castillo, que decia efectivamente en
-letras gordas arábigas, y en árabe dialecto: _es tarde_.
-
-No habia querido el moro que Zelindaja muriese como las demas á poder
-de sus desprecios: habia decidido por el contrario que Zelindaja
-viviese mas que todas, y que á su muerte, la cual el no podia evitar
-que sucediese algun dia, quedase á lo menos su sombra recorriendo
-perpetuamente los cláustros y galerías del castillo, pidiendo á las
-piedras la fidelidad que tanta falta le habia hecho en vida, y á los
-ecos su esposo, como llamaba en su delirio al rencoroso moro.
-
-De aqui la tradicion misteriosa de que se oía en el castillo, sobre
-todo en las crudas noches del invierno, ó en épocas de tormentas, una
-voz de muger que pedia á los elementos todos su esposo; y no faltaba
-quien añadia haber visto con sus propios ojos, que habian de comer
-la tierra por mas señas, una sombra blanca, recorriendo, toda pálida
-y desmelenada, con una antorcha en la mano, las altas bóvedas, como
-quien busca efectivamente alguna cosa que no encuentra.
-
-Escusado es, pues, decir que no tendria el castillo muchos
-aficionados, porque era comun opinion que el que llegaba á poner el
-pie en él, hallándose enamorado, ya nunca habia de oir mas consuelo
-ni esperanza amorosa que aquel fatal _es tarde_, que á la fundacion y
-suerte del castillo presidia.
-
-Era igualmente aborrecido el moro, y maldecidos su nombre y su
-memoria en la comarca, porque no habia amante desairado que no
-creyese deberle aquel singular favor á la influencia que ejercia
-todavia en muchas leguas á la redonda, aun despues de su muerte. No
-habia padre que no creyese deberle la palidez de su hija, esposo que
-no imaginase obra suya el despego de su esposa, y zagal enamorado
-que no le pidiese mas de una vez, en sus secretas oraciones, la
-revocacion de la terrible suerte que habia dejado en herencia al pais
-en que habia vivido.
-
-Nosotros, sin embargo, habremos de abogar por el moro, en primer
-lugar porque no creemos que tenga en el dia influencia alguna el
-tal mago sobre nuestras mugeres, y sin embargo ni dejan de estar
-pálidas las incautas jovencillas, ni dejan de dar su amor á todos los
-diablos los enamorados zagales, ni se ha acabado el despego entre los
-esposos, ni deja de suceder con las Zelindajas, de que se compone
-el bello sexo, lo que con los hilos de las sábanas de angeo de la
-venta de Puerto Lapice; de los cuales decia Cide Hamete, que si se
-quisieran contar no se perderia uno solo de la cuenta.
-
-Si no tenia efectivamente otro delito el moro que engañar á sus
-amantes, enamorar primero para despreciar despues, y variar de amor
-como de camisa, mal haya si encontramos porque reconvenirle, en
-unos tiempos, sobre todo, en que cualquiera muger no necesita ser
-muy mora, ni muy hechicera por cierto, para hacer otro tanto cada
-y cuando le ocurre, que suele ocurrirles siempre. Somos demasiado
-defensores y amigos del bello sexo para hacer por ello inculpacion
-alguna al inocente moro.
-
-Enfrente del castillo, pero á mas que respetable distancia, se veía
-el tercer edificio notable, la tercera maravilla de Arjonilla. Era
-esta una casa no muy grande, comparada con las mas pequeñas de las
-que adornan en el dia la capital de todas las Españas posibles, pero
-verdaderamente régia, puesta en parangon con la mas espaciosa de
-Arjonilla.
-
-Una anchísima puerta, cuyo dintel presentaba al espectador la
-huella antigua y honda de la rueda, y un espacioso corral, mitad
-con cobertizo, mitad con el cielo por techo, hubieran indicado al
-caminante muy suficientemente que aquella era la posada, ó parador, ó
-venta, ó como se quiera, de la importante villa por donde transitaba,
-aun sin necesidad de reparar en un empolvado ramo que de una reja
-baja salia, inclinando sus secas y marchitadas hojas sobre el camino.
-
-Entrábase dentro del tal ventorrillo, y siguiendo un callejon, en el
-cual servia la oscuridad de encubrir la poca limpieza, se llegaba
-á una cuadra, pasábase de esta á otra peor que la primera, y de
-alli á la gloria, como suele comunmente decirse, es decir, á la
-cocina, pieza principal de la casa. Un mal hogar, coronado de una
-alta y piramidal chimenea era todo el mueblage, si se esceptúan dos
-fementidas mesas, digámoslo asi, que comparáramos de buena gana en lo
-largas y estrechas con el alma de un vizcaino, si nosotros hubieramos
-visto alguna; estaban clavadas y arraigadas casi ya en el suelo, como
-todas las cosas malas en el pais. Dos bancos, remedos asaz perfectos
-en su instabilidad de las cosas de esta vida, y que en lo poco firmes
-mas que bancos parecian mugeres, tenian cogida en medio á cada mesa,
-y hacia cada mesa con sus dos bancos la misma figura precisamente
-que haria un galgo grande entre dos galgos chicos. La superficie de
-cada mesa era tan desigual, como la superficie del mar en un dia de
-tormenta: se tambaleaba ademas, y cedia al menor impulso con la misma
-flexibilidad que un periódico ministerial del dia. La construccion
-de los bancos era un tanto cuanto picaresca y maliciosa, porque
-cuando se sentaba una persona sola en una estremidad levantábase la
-otra irritada de la presion como si fuera á hablar con su huésped, y
-era preciso sujetar al rebelde si no queria dar consigo en tierra el
-recien sentado, cualidad en que parecia cada banco una balanza.
-
-La llama del hogar, oscilante, y tan indecisa como un gobierno del
-justo medio, alumbraba á relámpagos los barbados rostros de unos
-cuantos arrieros y tragineros que secaban en la brasa sus húmedas
-alpargatas, ó disponian su cena en bollas y sartenes, asaineteando su
-rústica conversacion con mas votos y por vidas que palabras.
-
-Pero como no podia bastar el resplandor intermitente de la leña
-para iluminar debidamente á los que ya en las mesas cenaban, el
-inteligente dueño del establecimiento, lleno de prevision, habia
-provisto á esta necesidad con un magnífico candil, cuya materia no
-era facil adivinar al través del ollin y grasa que le enmascaraba, el
-cual daba de sí mas aceite que luz. Pendíase unas veces de la misma
-pared, asegurando su gancho en un agujero practicado sencillamente
-al efecto, colgábase otras en una cuerdecita embreada de manchas de
-moscas: en el segundo caso columpiábase el luminar aquel de la noche
-de tal suerte que de buena gana le hubiera comparado un poeta del
-siglo XVI con el aura meciéndose blandamente en las ondeantes hebras
-de oro de Belisa, de Filis, ó de otra cualquiera no menos bella
-inspiradora. Habia ademas en la misma cocina, y como si digéramos
-ocupando el estrado y sirviendo de divan, un corpulento arcon que asi
-era de paja como de cebada, y adonde acudia no pocas veces el mozo de
-la posada, con detrimento notable de las ropas de los concurrentes,
-á los cuales no podia favorecer gran cosa el polvillo que, al cerner
-la cebada, del horadado harnero se desprendia. En dias de viento
-tenia la cocina la singular ventaja de parecerse al olimpo, mansion
-de los dioses, en las densas y misteriosas nubes que formaba el humo
-oprimido y rechazado en el cañon de la chimenea por las corrientes de
-aire que en la region atmosférica discurrian.
-
-Cenaban á un lado dos paisanos que parecian, si no del pueblo, por
-lo menos de la tierra, y á otra parte solo, enteramente solo, un
-individuo muy conocido nuestro y de nuestros lectores, á quien
-parecia dedicar mil atenciones el dueño de la posada. Servíale
-primeramente en persona, mientras que servia á los demas, ó no
-los servia, una robusta Maritornes, que nada tenia que envidiar á
-la de Cervantes sino es la pluma de su historiador y cronista. En
-segundo lugar quitábasele la montera cada vez que aquel le dirigia
-la palabra; lo cual hacia este siempre, preciso es decirlo todo,
-con aire imperioso, y hablando como superior á inferior. En tercer
-lugar reíase á la menor palabra que decia el forastero. Y en cuarto
-le habia sacado de las provisiones reservadas de su hostalería unas
-aceitunas algo aventajadas, y cierto vino, no precisamente puro, pero
-en fin, del que tenia menos agua en su bodega.
-
-El forastero cenaba mas bien como un gañan que como un señor; pero,
-fuera de esto, era preciso confesar que entre todos los que formaban
-aquella escogida reunion no habia nadie que tuviese un esterior tan
-cortesano, ni que mas se apartase del tipo primordial del hombre
-de la naturaleza, al cual estaban demasiado cerca en honor de la
-verdad aquellos sencillos arjonillanos. De todo el comportamiento
-del huésped para con el forastero no era preciso ser un lince
-para inferir que este era hombre que disponia de mas que medianas
-facultades, y que aquel se prometia una lucida paga de sus esmeradas
-y particulares atenciones.
-
-—Traedme mas vino, dijo el forastero apurando la primera vasija que á
-su derecha habia puesto el posadero.
-
-—Como gusteis, dijo éste riéndose, y no tardó un minuto en estar
-servido el huésped. No se bebe mejor, señor caballero, dijo aquel, en
-toda la tierra.
-
-—El pan es el que es malo, dijo el viajero.
-
-—¡Ah! sí señor, como gusteis, muy malo repuso riéndose
-obsequiosamente el hostalero. ¡Ya veis! añadió acercándosele al oido.
-Esta semana no se ha cocido en casa todavia, y ha cargado tanta gente
-que he tenido que recurrir á un vecino...
-
-—Bien: basta, dijo con tono imperante el huésped.
-
-—¡Eh! ¡eh! como gusteis, repuso el hostalero.
-
-—Parece que el tiempo está bueno, dijo de alli á un rato el que
-cenaba.
-
-—¡Ah! ¡ah! sí, como gusteis, señor caballero, respondió con una
-sonrisa agradable el amo.
-
-—¿Teneis mucha familia?
-
-—¡Eh! sí ¡eh! ¡eh! como gusteis, señor caballero; como gusteis, dijo
-el flexible.
-
-—El hombre es categórico, dijo para sí el pregunton; no gusta por lo
-visto de quimeras ni de indisponerse con nadie; y volvió á sepultarse
-en su distraido cuanto importante y misterioso silencio.
-
-—¿Y vendrá el señor huésped por mucho tiempo? se atrevió á preguntar
-el hostalero de alli á un momento, viendo que habia caido la
-conversacion, y creyendo hacer un obsequio á su huésped en renovarla.
-
-—Como gusteis, le contestó secamente el forastero, encargándose á su
-vez de que no se diese de baja en el diálogo la muletilla del ventero.
-
-—Yo lo creo, repuso el amo. Vuestra señoría fue de los que llegaron
-ayer... prosiguió luchando entre el temor de parecer demasiado
-pregunton é indiscreto, y la curiosidad natural de su oficio; de los
-que... es decir, de la casa del señor maestre de Calatrava...
-
-—Como gusteis, respondió mas secamente aun nuestro hombre,
-levantándose y soltando en la mesa con desenfado una moneda de oro.
-Esta noche dormiré aqui. Me haréis disponer la cama.
-
-—Como gusteis, señor; pero cama, eso no habrá, porque vuesa merced...
-
-—¿No habrá, bellaco? ¿Cómo diablo tengo de gustar entonces...?
-
-—Como gusteis, señor caballero; pero es decir que vuesa merced sabe
-que en estas casas...
-
-—En estas casas... ¡voto va! Quereis cenar, y os dicen: Se guisará
-lo que traigais de vuestro repuesto. ¿Quereis dormir? Traeréis cama.
-¿Qué hay, pues, posadero que Dios maldiga, en una posada?
-
-—Lo que gusteis, señor, lo que gusteis... no siendo cosa de comer, ni
-de cama, ni cuarto, ni...
-
-—Ni diablos que te lleven.
-
-—Como gusteis, señor: ¡eh! ¡eh! repuso el hostalero sopesando en la
-mano la moneda de oro. Lo mas, señor caballero, que puedo hacer por
-vos si urge...
-
-—¿No me ha de urgir, pícaro...? Mañana por cierto no dormiré aqui;
-pero en el castillo parece que estan tan provistos como si fuera una
-posada. No esperaban á nadie, y hasta mañana... Vamos, hablad: ¿no
-veis que escucho? ¡Voto va!
-
-—Como gusteis... podeis dormir en la cama de mi muger.
-
-—¡Por Santiago! herege... ¿es tu muger esa vieja?
-
-—Es decir, señor, que la cama de mi muger es la misma que la mia:
-llámola asi porque la trajo ella en dote, y gusto de dar á cada uno
-lo que es suyo.
-
-—¡Ah! de ese modo... porque de otro...
-
-—Como gusteis; y nosotros dormiremos como podamos.
-
-—Ea, pues, guiad, que he menester madrugar, y voto va que estoy
-cansado.
-
-—Como gusteis, señor caballero. Señores, con perdon de ustedes,
-añadió el hostalero echando mano del candil que alumbraba á los que
-cenaban en la otra mesa, y atizándole con los dedos: bien pueden
-vuesas mercedes cenar á oscuras, porque hoy no hay mas que un candil
-en la casa, contando con este.
-
-Dicho esto, echó á andar delante del viajero con su risita y su
-natural sumision, cuidándose poco de lo que quedaban diciendo las
-gentes de baja ralea que hospedaba aquella noche en su casa, y á
-quienes con tan poco comedimiento habia devuelto al caos y á las
-tinieblas de que el Hacedor Supremo los habia sacado al criarlos.
-
-—¿Habeis visto, Peransurez? dijo al otro uno de los que cenaban.
-
-—He visto, he visto, repuso su comensal; y pluguiera al cielo que
-siguiera viendo.
-
-—Decís bien, porque el bueno de Nuño, atraido sin duda por el color
-de oro del pelo ensortijado del forastero, nos ha dejado ¡vive
-Dios! como solemos quedarnos al fin de los sermones de nuestro buen
-párroco, es decir, á oscuras.
-
-—¿Y sabeis quién sea el forastero?
-
-—Nadie nos lo podrá decir mejor que el mismo Nuño, si es que él ve
-mas claro en ese asunto que nosotros en nuestra cena.
-
-Volvia á este tiempo Nuño, que asi se llamaba el hostalero: despues
-de restituido el candil á su primitivo lugar, y haberse escusado lo
-mejor que supo con sus huéspedes, comenzó á restregarse las manos con
-aire importante y misterioso, como de hombre que sabe raros secretos.
-
-—Ya que habeis tenido por conveniente, señor Nuño, dijo Peransurez,
-llevarnos la luz, que supongo no nos pondreis en cuenta, ¿no nos
-podriais dar algunas luces, en cambio de la que nos correspondia,
-acerca de ese misterioso personaje que albergais en vuestro bien
-alhajado establecimiento?
-
-—Alhajado, ó no, señores, como gusteis; es el mejor que de esta
-especie se conoce, voto á Dios, en muchas leguas á la redonda. Con
-respecto al forastero, no acostumbro á revelar...
-
-—Vaya, señor Nuño, eche un trago de lo bueno, y siéntese y hable, que
-no nos dió el Señor en su sabiduría la lengua para callar las cosas
-que sabemos, dijo el mas arriscado: harto trabajo tenemos con haber
-de callar por fuerza las que no sabemos. Ese será algun pícaro...
-
-—¡Chiton! dijo el hostalero apurando un vaso. ¡Chiton!
-
-—Dígolo porque en estos tiempos anda el dinero por las nubes, y no se
-cogen truchas...
-
-—Como gusteis; ¡pero Dios me libre de que se quite en mi casa la
-honra á nadie! Ademas, yo no suelo tratar de pícaro á un hombre que
-se ha cenado en menos de un cuarto de hora media despensa, y que
-paga... y que pagará...
-
-—En hora buena, señor Nuño. ¿Y qué nuevas trae de la corte el hombre
-honrado que ha cenado media despensa...?
-
-—Que á la hora esta estará ya la corte en Otordesillas, adonde se
-traslada porque nos ha nacido un príncipe...
-
-—¡Oiga! Tendrémos mercedes.
-
-—Sí, algun impuesto nuevo para sufragar á los gastos de las
-funciones, dijo uno de los huéspedes. ¡Voto va! que para nosotros
-pecheros...
-
-—Como gusteis, señores; pero mirad que mi casa...
-
-—Voto á la casa, señor Nuño, que hemos de hablar, y no nos habeis de
-quitar la conversacion como la luz. A oscuras vemos aqui mas claro
-que todos los hostaleros encandilados y por encandilar de Castilla y
-Andalucía. Vaya, ¿qué mas dice el forastero? Echad otro trago, que
-aun queda luz en nuestros bolsillos para aclarar mas de un punto.
-
-—Parece que su alteza ha decidido que en cuanto llegue á Otordesillas
-se reuna el capítulo de Calatrava y elijan maestre.
-
-—¡Voto va! Buena estará la eleccion, cuando ha elegido ya su alteza.
-¿Y á quién, señor, á quién? A un hechicero mas nigromántico que el
-mismo moro del castillo. ¿Y qué se le ha perdido al señor _pelo
-rojo_ en Arjonilla?
-
-—Mas bajo, señores, dijo el pobre hostalero, que necesitaba vivir con
-todo el mundo.
-
-—Será de la pandilla que llegó ayer, y que esperó fuera del pueblo á
-que anocheciera, sin duda por no enseñar algun punto que traerian en
-las medias.
-
-—Como gusteis, repuso el hostalero. Lo cierto es que llegaron al
-castillo, que pertenece en el dia al de Villena; que les fueron
-abiertas las puertas; que el maldecido alcaide que le guardaba ha
-cedido las llaves al señor _pelo rojo_ como le llamais, y que ha
-venido á hospedarse aqui, dejando en el castillo á su gente. Con
-respecto á ese punto que decís, hay quien asegura que han traido un
-prisionero...
-
-—¿Un prisionero?
-
-—¡Chiton!
-
-—Vendrá á hacer compañía á la mora Zelindaja, que anda pidiendo su
-esposo á las paredes del castillo desde el tiempo de Abderramen...
-
-—¡Ba! dijo el otro comensal: ¿vos os creeis tambien de moros
-encantados?
-
-—¡Chiton, señores, chiton! repuso el hostalero; lo que yo sé deciros
-es, que no pasaria ni una hora despues de media noche, en el
-castillo. Mirad: yo habia oido contar á mi abuela muchas veces la
-historia del moro mago, y de la mora Zelindaja, y del letrero árabe
-del castillo; y lo que sé decir es, que nunca le dí un noven á mi
-abuela porque me lo contase, ni sus padres de ella le dieron una
-blanca porque lo creyese; lo cual digo para probar que nada se echaba
-de ella en el bolsillo por la mayor ó menor certeza del caso. Pero
-como al hombre le tienta el diablo muchas veces para que dude de las
-cosas que ve, cuanto mas de las que no ve, ni ha visto ni verá, yo
-me temia mis dudas, pesia á mí. Y era cierto que hacia algun tiempo
-ni se oían ruidos de noche en el castillo, ni voz de mora, ni de
-cristiana, ni...
-
-—Adelante, Nuño, adelante.
-
-—Como gusteis. Pero hace cosa de meses comenzó á decirse por el
-pueblo que se habia oido una noche á deshora rumor de gentes que
-habian entrado en el castillo, las cuales gentes no se han visto
-salir; quién sabe si serian gentes de estas que se usan: ello es que
-nadie los vió: desde entonces ha tornado el run run de las cadenas
-y de las voces, y de los espantosos nocturnos; y lo que sé decir es,
-que yo me pasaba una noche, no hace muchas, por el castillo, porque
-venia de trabajar la huerta que tengo mas allá: bien sabe Dios ó el
-diablo que yo me traía conmigo todas mis dudas; era tarde ya, y oí
-efectivamente yo mismo una voz lamentable que decia á grandes gritos:
-“Esposo, esposo mio.” Mirad, aun se me hiela la sangre en las venas:
-levanté los ojos, y en una de las ventanas mas altas de la torre, de
-donde parecian salir las voces, se veía una luz, pero una luz pálida
-y blanquecina que andaba de una parte á otra, y de cuando en cuando
-parecia ponérsele por delante una sombra, mas larga que una esperanza
-que no se cumple.
-
-—¿Vos lo visteis? dijo Peransurez.
-
-—¿No lo creeis? preguntó el hostalero mas espantado de la
-incredulidad de su huésped que del mismo caso que referia.
-
-—Mirad, contestó Peransurez, toda mi vida tuve grandes deseos de
-conocer á un encantado, y nunca pude verle la cara á ninguno: desde
-que fuí monacillo, y sacristan despues de la Almudena, tengo ese pio.
-¿Sois hombre, compañero, para apurar esta aventura y ver de hacer
-una visita á ese moro y á esa señora Zelindaja...?
-
-—¿Qué decís? interrumpió Nuño. Como gusteis, pero os suplico que
-mireis...
-
-—¡Quite allá, señor hostalero! ¿Qué decís vos, comensal?
-
-—La verdad, seor Peransurez, contestó su compañero, que en esas
-materias... bueno es mirar dos veces...
-
-—Vaya, ya veo yo que vos no servís para caballero andante y
-aventurero. ¡Voto va! ¡que no tuviera yo aqui en Arjonilla á mi amigo
-Hernando, el montero de su alteza!
-
-—¿Para qué, señor monacillo, y sacristan despues de la Almudena,
-ahora montero y guardabosques? preguntó Nuño con aire socarron.
-
-—¿Para qué, voto á tal? Desde que me hicieron guarda de los montes
-de esta comarca por su alteza, no he vuelto á emprender una sola
-aventura de las que soliamos acometer y vencer en nuestros abriles.
-Con Hernando al lado, ya me curaria yo de moros y malandrines,
-de encantadas moras y cristianas. Yo entraria en el castillo; ó
-quedariamos en él entrambos encantados, ó desencantariamos con la
-punta de un venablo al mago, y á cuantos magos nos fuesen echando á
-las barbas...
-
-—¿Entrar en el castillo decís, eh? preguntó sonriéndose el hostalero.
-
-—¿Y por qué no?
-
-—Mas facil seria entrar en vida en el purgatorio, señor monacillo y
-sacristan, montero y guardabosques.
-
-—Eso no, ¡voto va! que para entrar en el castillo no he menester yo á
-Hernando, ni á nadie.
-
-—¿Vos? preguntó de nuevo el hostalero, soltando la carcajada; aunque
-supierais mas latin que todos los sacristanes juntos de Andalucía.
-
-—Yo: apostemos, repuso Peransurez, picado de la risa del amo y de sus
-frecuentes alusiones á su sacristanía de la Almudena.
-
-—De buena gana, contestó Nuño.
-
-—Una cántara de vino y media docena de embuchados de jabalí para
-todos los presentes, gritó Peransurez dando una puñada en la mesa,
-que estuvo por ella largo rato á pique de zozobrar.
-
-Al llegar aqui la conversacion acalorada del montero Peransurez
-acercáronse todos los que en el hogar estaban.
-
-—Señores, sean vuesas mercedes testigos, clamó Peransurez; Nuño y
-yo...
-
-—¡Peransurez! dijo en voz baja al oido del montero exaltado un hombre
-de no muy buena apariencia que habia entrado no hacia mucho en el
-meson, y en quien nadie habia reparado, tanto por su silencio, como
-por hallarse el amo de la venta entretenido en la referida discusion;
-¡Peransurez!
-
-—¿Quién me interrumpe? gritó Peransurez, volviéndose precipitadamente
-al forastero.
-
-—Oid, contestó éste apartándole una buena pieza de los circunstantes,
-que quedaron chichisbeando por lo bajo acerca de la apuesta, y de la
-posibilidad de llevarla á cabo, y del valor de Peransurez, y de la
-interrupcion del recien venido. ¿Hablais seriamente, seor Peransurez?
-dijo éste tapando todavia su rostro con su capotillo pardo.
-
-—¿Cómo si hablo seriamente? gritó Peransurez.
-
-—Mas bajo, que importa. ¿Insistís en lo que habeis dicho de aquel
-montero vuestro amigo...?
-
-—¡Si insisto, voto va! Cuando yo he dicho una cosa... una vez...
-
-—¡Bueno! ¿Quereis montear con un amigo?
-
-—¿Pero á qué viene...?
-
-—Mirad... dijo el recien llegado desembozándose parte de su cara.
-
-—¿Qué veo? esclamó Peransurez: ¿es posible? ¿vos?
-
-—¡Chiton! me importa no ser conocido.
-
-—Dejad, pues, que cierre mi apuesta... y esperadme...
-
-—No: ciad en la apuesta. El buen montero ha de saber perder una pieza
-mediana cuando le importa alcanzar otra mayor. Si quereis entrar en
-el castillo y desencantar á esa mora, nos importa el silencio.
-
-—Pero, ¡y mi honor!
-
-—¡Voto va! por el Real de Manzanares, algun dia quedará bien puesto
-el honor de vuestro pabellon. En el ínterin ved que nos ojean, y si
-no nos hemos de dejar montear, bueno será que no escatimen nuestro
-rastro. Os espero fuera y hablaremos largo.
-
-—En buena hora, repuso Peransurez. Señor Nuño, añadió volviéndose en
-seguida á los circunstantes, un negocio urgente me llama. Mañana, si
-os parece, cerraremos la apuesta. Dijo, y salió.
-
-—¿No decia yo? repuso triunfante Nuño; ¿no decia yo? ¡entrar en
-el castillo! ¿entrar? Como gusteis, añadió volviéndose hácia la
-puerta por donde ya habia salido Peransurez con el desconocido, como
-gusteis, seor guardabosques; pero paréceme que haríais mejor en
-guardar vuestra lengua para contar esos propósitos á un muñeco de
-seis años, y vuestro valor para los raposos del monte.
-
-Una larga carcajada de la concurrencia acogió benévolamente el
-chistoso destello de ingenio del triunfante posadero: en vano quiso
-el comensal de Peransurez defender á su amigo citando hechos de
-valor, y atrevimientos suyos de bulto y calibre. Quedó por entonces
-convenido que el que quisiera beber vino y comer embuchados no debia
-aguardar á que entrase Peransurez en el castillo, cosa reputada tan
-imposible realmente, como entrar en vida en el purgatorio, segun la
-feliz espresion del hostalero, que se repitió de boca en boca, y que
-hizo reir á todos á costa del montero, que habia abandonado el campo
-de la apuesta al enemigo con notable descrédito de su honor y de su
-buena fama y reputacion.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XXXIII.
-
- Bien sabedes, vos, señora,
- que soy cazador real;
- caza que tengo en la mano
- nunca la puedo dejar.
- Tomárala por la mano
- y para un verjel se van.
-
- _Rom. del conde Claros._
-
-
-—¿Vos, Hernando, en Arjonilla? dijo Peransurez en cuanto se vieron
-apartados del ventorrillo todo lo que hubieron menester para no ser
-de nadie entendidos. ¿Podeis esplicarme cómo habeis dejado el lado
-del doncel Macías, á quien serviais no ha mucho, si mal no me acuerdo?
-
-—Largo es de contar, amigo Peransurez, repuso Hernando deteniéndose
-en un ribazo enfrente del castillo, desde el cual se descubria todo
-él perfectamente. Pero si no teneis prisa en este instante, si podeis
-atender á la llamada de mi vocina, os referiré cosas que os admiren,
-y vereis si tenemos monte y venado en abundancia, lo cual haré con
-tanto mas gusto, cuanto que me habeis prometido ayudarme en la
-montería que me trae á este bendito lugar.
-
-Refirió en seguida el montero Hernando, lo mejor que pudo y supo,
-cuanto dejamos en nuestros tres tomos anteriores relatado, ó á lo
-menos toda la parte que él sabia, que era lo muy bastante para poner
-al corriente á cualquiera de los negocios del doncel. Al llegar al
-punto donde dejamos nosotros á nuestros héroes al fin de nuestro
-capítulo 31, prosiguió Hernando en la forma siguiente:
-
-—Habeis de saber, Peransurez, que desde el ojeo que dieron á mi amo
-en el soto de Manzanares aquellos desalmados siervos del conde,
-recelábame yo de cuanto nos rodeaba, y habíame propuesto no soltar
-la oreja de mi amo, el doncel Macías. Cuando llegó, sin embargo, la
-nueva del alumbramiento de nuestra señora la reina doña Catalina,
-un maldecido sarao hubo de darse. Ni podia entrar yo alli, ni mi
-leal Bravonel. Viendo con todo que tardaba ya el doncel en demasía,
-salí á esplorar el monte, y á ojear los alrededores del alcázar.
-En ese tiempo ¡voto va! debió de volver mi amo á nuestra cámara,
-porque cuando yo regresé faltaba un tabardo de velarte que primero
-no llevara y su espada. Volví á salir, y cansado de no hallarle,
-ocurrióme que acaso fuera de la villa y debajo de las ventanas de
-Elvira, que dan sobre la plataforma, podria estar el melancólico
-caballero tañendo su laud, y cantando alguna balada á la señora de
-sus pensamientos. Dirigí hacia allá, Peransurez, mi jauría, y al
-llegar ¡voto á san Marcos! hallé rastro. Un ruido estraño me habia
-llamado la atencion á alguna distancia: conforme nos acercábamos
-Bravonel y yo, habiamos oido algunas voces confusas, y pasos luego de
-caballos. Llegamos, y veíase abierta la reja de la cámara de Elvira.
-Dos ó tres piedras enormes, y colocadas una sobre otra, parecian
-indicar que acababan de servir de escala á algun atrevido caballero
-para alcanzar á la reja. A poco rato de observacion parecióme que
-andaba alguien en la habitacion con una luz en la mano: ocultéme
-debajo de la reja lo mas arrimado que pude á la pared: el que era
-se asomó efectivamente, y al resplandor de la luz que llevaba en la
-mano ví relucir en el suelo dos trozos de una espada rota. ¡Esta es
-la osera! dije para mí: no bien se hubo apartado el de la luz, que
-no pude ver quién fuese, reconocí los trozos; era la espada de mi
-señor. ¿Lo habrian muerto? No, porque estuviera alli su cuerpo, y
-porque le hubiera olfateado mi leal Bravonel, y hubiera puesto en los
-cielos el ahullido. ¿No es verdad, Bravonel? preguntó Hernando á su
-hermoso alano, que echado á su izquierda parecia escuchar atentamente
-la relacion del montero. Al oir esta pregunta, alzóse Bravonel en las
-cuatro patas, lamió la mano que lo acariciaba, como si quisiese dar á
-entender á su dueño que no se equivocaba en el buen juicio que acerca
-de su fidelidad acababa de emitir, dió una vuelta en derredor sobre
-sí mismo, y volvió á colocarse, poco mas ó menos, como estaba antes
-de la estraña interpelacion. ¡Bravonel! dije entonces á mi alano, el
-rastro, el rastro del doncel.
-
-Entendióme el animal, Peransurez; ¡admirable Bravonel! No bien le
-hube dicho aquella breve exhortacion, comenzó á olfatear la tierra,
-y antes de dos minutos ya se habia decidido por una senda. Quise
-probar, sin embargo, la certeza de la huella, y aparenté ir por otra,
-gritando siempre: “¡El doncel, el doncel!” Viéraisle entonces correr
-á mí, echar por la otra, ladrar, ahullar, tirarme, en fin, de la ropa
-con los dientes. ¡Ah! ¡Bravonel, Bravonel, luz de mis ojos! añadió
-el montero abarcando con la mano el hocico del animal, é imprimiendo
-en él un beso, mas lleno de amor y de cariño que el primero que da
-un amante al tierno objeto de su pasion. ¡Bravonel! el que no ha
-tenido un perro, no sabe lo que es querer, y ser querido. ¿Qué sirve
-la muger? la muger equivoca siempre la senda, la muger empieza por
-montear al venado de casa, y el perro no engaña nunca como lo muger.
-¡Bravonel, juntos hemos vivido, y juntos moriremos!
-
-—¿Y seguísteis la huella? preguntó Peransurez impaciente por saber el
-fin del cuento, que Hernando habia interrumpido con tanto placer por
-acariciar al animal.
-
-—¿Cómo si la seguí? á pasos precipitados, con toda confianza ya: dos
-leguas anduvimos. Alli encontramos un pueblo: tomamos lenguas: el
-herrador nos dijo que acababa de pasar una partida de ginetes; que
-habian hablado pocas palabras, pero que habian tenido que detenerse
-á herrar un caballo desherrado; que caminaban de prisa; que debian
-llevar un preso, segun las señas, y que habian pronunciado en medio
-de su misterio la villa de Arjonilla. ¡Mia es la pieza! dije yo
-entonces. Até cabos y dije: “El preso es el doncel, y el que lo
-prende el conde de Villena.” Efectivamente, el mismo dia se habia
-servido su alteza señalar el dia quinceno para el combate que debia
-tener con el doncel Macías. ¿Mas claro, Peransurez? Era fuerza, sin
-embargo, asegurar mis dudas. ¿Qué hacia yo hasta entonces? y luego
-quise mas fiar de mi brazo y de mi venablo el logro de mi intento.
-Volví á Madrid, y supe que la corte salia al otro dia; sabedor de
-que don Luis Guzman era el que, por su posicion con Villena, debia
-interesarse mas por mi amo, víme con él y espúsele mis dudas:
-declaréle mi intento; aprobó mi idea, y yo le confié el cuidado de
-llevar con su menage á Otordesillas las prendas de mi amo y mias;
-entre otras la armadura mejor de Castilla, que si se perdiera, nunca
-de ello me consolara; es, al fin, la que tiene mi amo destinada
-por su buen temple para el aplazado combate. Armado despues de mi
-ballesta y dos aguzados venablos, seguido de mi leal Bravonel, y
-disfrazado lo mejor que pude, púseme la misma noche en camino.
-
-Ayer parece llegaron ellos. Hoy he llegado yo. Hé aqui Peransurez la
-causa de mi venida. En aquel castillo, no hay duda, está el doncel.
-Hé aqui la presa que habemos menester rastrear. ¿Os acordais, amigo
-mio de un juglar de don Enrique de Villena que Dios maldiga, hombre
-de pelo crespo y rojo...?
-
-—¡Ferrus! Recuerdo su nombre; pero él...
-
-—Ferrus, pues, está aqui, y ese es el guardian de mi amo. Le he visto
-subir á un camaranchon de arriba, cuando yo entraba en la venta. Por
-qué duerme en esta encrucijada y no en su osera, eso no lo alcanzo.
-Lo que entiendo solo, Peransurez, es que ese es el oso que hemos de
-montear. ¿Insistís en vuestro ofrecimiento, ahora que sabeis cuánto
-motivo puedo tener de guardar silencio y sigilo, y cuán peligrosa sea
-la empresa?
-
-—¿Cómo si insisto? Hernando, dijo Peransurez levantándose del suelo
-en que estaban sentados, no es esta la primera montería en que hemos
-andado juntos. Amo el peligro como buen montero, y osos mayores
-que ese, amigo mio, me ha prestado amistosamente piel para mas de
-una zamarra. Examinemos, si os parece, la posicion del castillo,
-discurramos el medio mas prudente...
-
-—El medio, Peransurez, ¡voto va! es esperar aqui á ese perro de
-juglar, á esa raposa cobarde y rapaz, y clavarle en tierra con un
-venablo, como quien bohorda, mas bien que como quien caza. ¿Merece
-siquiera los honores de ser comparado con una fiera noble y denodada?
-
-—Guardaos, amigo Hernando, de ejecutar tan descabellado propósito.
-Bien veo que seguís necesitando un consejero prudente que temple el
-ardor de vuestra imaginacion. Matareis á Ferrus; pero ¿y luego?
-
-—Luego, voto va, luego... Dirigidme, pues, en hora buena. Bravonel
-y yo estaremos atentos al ruido de vuestra vocina. Soy yo mejor
-en verdad para obedecer que para mandar. Pero voto á Dios que os
-despacheis pronto, y nos digais cuanto antes contra quién he de
-disparar el venablo, que se me escapa él solo de las manos, y estan
-ya los dientes de Bravonel deseando hacer presa en el animal.
-
-—Ea, pues, venid: demos disimuladamente la vuelta al castillo: en
-seguida volveremos á Arjonilla: vendreis á tomar un bocado conmigo,
-que _el buen montero, riñon cubierto_, y mañana amanecerá Dios, y con
-su dedo omnipotente nos señalará el rastro de los malvados.
-
-—A la buena de Dios, replicó Hernando: ¡Bravonel, Bravonel, vamos!
-Guiad vos, Peransurez, que conoceis la tierra.
-
-Dichas estas palabras comenzaron los dos amigos su esploracion, hecha
-la cual se retiraron á concertar los medios de introducirse en el
-castillo por mas guardado que estuviera, y de salvar al doncel, que
-presumian hallarse dentro, con no pocos visos y fundamentos de verdad.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XXXIV.
-
- En una torre fue puesto
- con cadenas á recado.
- . . . . . . . . . . .
- La condesa entrára dentro
- do está el conde aprisionado.
- . . . . . . . . . . .
- Ambos hablan en secreto,
- y conciertan en celado;
- que por librar tal persona
- á mas que esto era obligado.
-
- _Rom. de Sepúlveda._
-
-
-Cuando Ferrus, encargado por el conde de Cangas y el astrólogo de
-la prision del enamorado Macías, pensó albergarse en la hostalería
-del complaciente Nuño, no fue ciertamente porque no hubiese en el
-castillo albergue digno de él.
-
-Es fuerza remontarnos mas al origen de las cosas para esplicar de un
-modo satisfactorio esta singularidad.
-
-Facilmente comprenderá el lector, impuesto ya en los diversos
-caractéres sobre que gira nuestra narracion, que necesitando los
-dos autores de esta intriga el mayor secreto, solo podian fiar tan
-importante comision al que ya estaba forzosamente en él: el reparo
-de la falta de valor no podia tener en este caso mucho peso, porque
-habian de acompañarle otros, los cuales solo sabian que debian
-prender á un hombre, sin saber quién fuese; y para mandar á estos y
-aprisionar con ellos á un caballero que salia descuidado de una cita
-amorosa no se necesitaba un gran fondo de arrojo y determinacion.
-Por otra parte, Ferrus era hombre friamente malo y cruel: ¿quién
-podia, pues, desempeñar mejor que él la inexorable comision que se
-le confiaba? Lográbase ademas de este modo la ventaja de apartar de
-la corte al único hombre que podria en un caso adverso comprometer
-al conde, y la de tener en el castillo un ente capaz de cualquier
-accion determinada si llegaba ocasion apurada en que estorbase la
-existencia del preso. Combinadas estas diversas circunstancias, solo
-quedaba que pensar en ligar el interes de Ferrus al feliz éxito de
-la espedicion de una manera que hiciese imposible toda traicion.
-El conde para esto creyó que no podria haber medios mejores que la
-gratitud por una parte y la esperanza del premio por otra; asi,
-decidió hacer libre á su siervo y loco favorito. Quitóle el collar
-de metal que en seña de servidumbre llevaba, é hízolo de su siervo
-su vasallo. Con estraordinario placer renunció Ferrus á su bonete de
-sonajas de juglar, y al molesto oficio de divertir con bufonadas á
-sus superiores; y sus sentimientos de fidelidad llegaron á tocar en
-un acendramiento dificil de esplicar, ni menos de igualar, cuando
-el conde le manifestó que le hacia libre entonces para confiarle la
-alcaidía del castillo de Arjonilla; añadiéndole, que si desempeñaba
-fielmente este importante cargo, no pararia en esto solo su favor.
-Bien entrevió Ferrus, por consiguiente, que toda su prosperidad
-futura dependia de que Villena saliese con el maestrazgo, y siendo
-esto imposible si se llegaba á probar algun dia que don Enrique
-habia muerto á su esposa, hizo firme propósito Ferrus de consentir
-primero en que le hiciesen pedazos que en dejar la menor esperanza
-de salvacion al asegurado doncel. Su muerte en último caso hubiera
-sido para él una grandísima friolera puesta en balanza con su futura
-grandeza.
-
-El lector sabe que, merced á la tenacidad de Elvira, se habia logrado
-la industria del astrólogo con mas felicidad aun que lo que él podia
-nunca haber esperado, si bien habia contado siempre con la ventaja
-que le ofrecia el haber de bajar el doncel de la reja alta de una
-manera que impedia toda defensa. Llevó á Arjonilla unas instrucciones
-del conde, severas sí, pero no sanguinarias, y otras del judío
-aplicables á todas las circunstancias que pudieran ocurrir, y un
-tanto menos escrupulosas, porque éste se hallaba tan interesado como
-Ferrus en la grandeza del conde, y sumamente ligado á sus intrigas
-por el peligro que corria si llegaba á descubrirse algun dia la
-horrible maquinacion en que no habia tenido él la menor parte.
-
-No se habia previsto, empero, una circunstancia bien temible.
-El conde, que habia tenido grande interes en que su castillo de
-Arjonilla estuviese de algun tiempo á aquella parte bajo la custodia
-de alguno de sus mas allegados servidores por razones que él se
-sabia, y que algun dia sabrán nuestros lectores, habia confiado su
-alcaidía á su camarero Rui Pero, de quien no hemos vuelto á hablar
-por esta causa. Este era hombre duro y fiel; por lo tanto suspicaz
-é irascible. No pudo, pues, sentarle bien la orden que le intimó
-Ferrus en nombre del conde, su comun señor, ni menos el imperio y
-mal entendida arrogancia con que se la oía prescribir á un hombre
-que acababa de salir de la nada; á un siervo cuyo collar de metal
-acababa de romper su amo, y cuyas sonajas de azofar y bonete de loco
-estaban todavia demasiado recientes en la memoria del noble camarero
-para que le pudiese inspirar respeto ni estimacion el que venia á
-ocupar su mismo destino, con desdoro de su clase y prerogativas.
-Mandábale á decir el conde que siendo necesaria su asistencia á su
-lado, solo tardase en ponerse en camino para Otordesillas, donde
-debia encontrarle con la corte, el tiempo indispensable para hacer
-entrega del castillo al nuevo alcaide, y enterarle de cuanto él se
-figurase que conducia á su mejor servicio. Rui Pero, llevado de
-su mal humor, no perdonó medio alguno de inspirar terror á Ferrus
-acerca de la responsabilidad que sobre sí acababa de tomar; y de las
-dificultades que ofrecia la conservacion del secreto en un castillo
-tan inmediato á poblacion, y en que si era facil impedir la entrada
-á los estraños, no lo era tanto estorbar que tuvieran los de dentro
-alguna comunicacion con los de fuera: insistió bastante ademas en la
-fama que de encantado tenia el castillo, y en lo que de él contaban
-los habitantes, cosa que no contribuyó en nada á tranquilizar el
-ánimo de Ferrus, ya de suyo naturalmente enemigo de encantos y
-prodigios. Deseoso de averiguar si deberia temer ó no cuanto en el
-particular Rui Pero le referia, determinó dormir una noche en la
-hostalería del pueblo, asi para averiguar á punto fijo el fundamento
-que podrian tener aquellas tradiciones, que cual telas de araña se
-adhieren siempre á los edificios viejos, como para escudriñar si se
-habia traslucido algo entre los habitantes de Arjonilla acerca de los
-misteriosos secretos que encerraba á la sazon la antigua hechura del
-amante de Zelindaja, y acerca del objeto de su propio viage. Esta era
-la verdadera causa de aquella estravagancia.
-
-No bien se habia dispertado Ferrus, cuando tenia ya á la cabecera
-de su cama al complaciente Nuño con la montera en la mano, y con un
-_como gusteis_ siempre asomado á los labios para salir á la menor
-indicacion del huésped. Entablóse entre ambos mientras que Ferrus se
-vestia un diálogo, que por lo largo, é inútil á nuestro propósito,
-perdonamos á nuestros lectores con el interesado objeto de que nos
-perdonen ellos á nosotros cosas de mayor monta y trascendencia. Baste
-decir que por él pudo Ferrus formar una exacta idea de su verdadera
-posicion, y no le hubo de parecer tan mala como Rui Pero se la habia
-pintado, porque decidió volver inmediatamente á su castillo, y aun
-hizo propósito de darse por encargado y enterado de todo lo mas
-pronto posible; pues bien se le alcanzaba que el disgusto y mal humor
-del camarero solo podia resultar en daño de la intriga de su amo.
-
-Tuvo el hostalero, prevenido por Peransurez en la madrugada del
-mismo dia, el buen talento de no hablar á Ferrus de la imprudente
-conversacion tenida en público la noche anterior en su cocina
-despues de haberse él recojido, y Hernando, á quien importaba no ser
-conocido, de Ferrus sobre todo, se mantuvo oculto hasta que supo que
-habia regresado al castillo el ex-juglar, pagada ya la cuenta de su
-gasto, aunque no tan opíparamente como el hostalero esperaba, cosa
-que se supo porque al despedirse Ferrus de él díjole:
-
-—Dios os prospere, y os dé, buen Nuño, lo que mas os convenga. Y se
-notó que Nuño no le habia respondido el _como gusteis_ de ordenanza.
-Esta observacion de los historiadores del tiempo, que hablan con
-toda profundidad del lance, es tan justa, que cuando Nuño habló con
-Peransurez despues de la partida de Ferrus no solo no insistió en
-la apuesta, sino que se inclinó ya, por cierta antipatía que habia
-nacido en su corazon repentinamente contra Ferrus, á la parte del
-emprendedor montero; diciéndole entre otras cosas que tendria un
-placer singular en que se jugase una pasada que metiese ruido al
-señor alcaide nuevo del castillo del moro, por su arrogancia y su
-petulante continente.
-
-No echó Peransurez en saco roto esta buena predisposicion al mal del
-hostalero, y reuniéndose á toda prisa con Hernando, procedieron á
-dar el paso que en su deliberacion de la noche anterior les habia
-parecido mas conducente y atinado para el logro de su arrojado
-intento.
-
-Entre tanto era varia la posicion de los habitantes del castillo.
-En los patios interiores divertian sus ocios tirando al blanco ó
-bohordando hombres de armas, á quienes estaba confiada su defensa y
-custodia; algun grupo de ballesteros ó archeros pacíficos discurrian
-mas apartados acerca de la singular reserva que reinaba en todas las
-operaciones de aquel edificio verdaderamente mágico, porque no eran
-todos sabedores de lo que encerraban sus altas murallas. Algunos sí
-sabian que habian traido ellos mismos un prisionero por ejemplo, pero
-ni sabian quién era, ni le habian vuelto á ver. Tales habian sido
-y eran las precauciones observadas sabiamente por los principales
-emisarios del conde.
-
-Habia sido colocado el nuevo huésped en una sala baja incrustada,
-digámoslo asi, en el corazon de una mole de piedra, que esto y no
-otra cosa era cada paredon del castillo. No tenia mas adornos que
-el que le proporcionaban algunas telas de araña, indicio de la poca
-consideracion con que al caballero se trataba, y varios informes
-lamparones que dibujaba la humedad con caprichosa desigualdad en las
-desnudas paredes de aquel calabozo. Hacia mas horrorosa la prision
-un rumor monotono y profundísimo, muy semejante al que produce el
-brazo de agua que sale de la presa de un molino, que rompe por entre
-las guijas de una cascada, ó que se desprende de un batan. El que
-haya tenido alguna vez la desgracia de verse privado de su libertad
-en una oscura prision, oyendo dia y noche el acompasado golpeo de
-un reloj de péndola, será el único que pueda apreciar la situacion
-del doncel, condenado á aquel tristísimo son. No recibia mas luz
-aquel cavernoso nicho que la que le prestaba en los dias mas claros
-del año un agujero redondo y cerrado con cuatro hierros cruzados,
-y practicado en la parte mas alta del muro. Hallábase situado á
-orilla de una zanja, hecha á lo largo de la muralla interior: por la
-zanja corria, produciendo el rumor que hemos descrito un resíduo del
-torrente, que llenaba con sus aguas el foso esterior del edificio,
-y entre la zanja y la muralla interior habia una ancha y espaciosa
-plataforma. Era preciso, pues, pasar la zanja desde la plataforma
-para entrar en la prision destinada al doncel; pero esto solo se
-podia verificar bajando el rastrillo que la cerraba sirviéndole de
-puerta. La rara colocacion de aquella cueva indicaba que habia sido
-construida desde luego para encerrar presos de importancia, y á
-quienes se quisiese quitar la vida prontamente, como represalia, en
-caso de hallarse ya tomado el castillo por el enemigo. La situacion
-por otra parte, su hondura, y el ruido del torrente, impedian que
-pudiese ser oida en ningun caso la voz del prisionero que en aquella
-caverna se encerrase. Casi enfrente de ella venia á caer entre las
-dos murallas la torre principal de la fortaleza. Mirando oblicuamente
-por el agujero conductor de la luz, que dejamos descrito, divisábanse
-con trabajo algunas altas ventanas. Nada se podia ver de dia de lo
-que dentro de ellas pasaba; pero de noche, cuando reinaba la mas
-completa oscuridad, veía el doncel una luz arder en lo interior
-de una habitacion, moverse á ratos, mudar de sitio, desaparecer,
-y aun producir sombras de diversos tamaños y figuras, bastantes
-á atemorizar en aquel tiempo de supersticion un corazon menos
-determinado que el del doncel; sobre todo en un castillo que hacian
-encantado las tradiciones mas remotas del pais, y cuyo destino
-parecia ser realmente el de pertenecer siempre á seres nigrománticos,
-como le sucedia á la sazon, que era dueño de él el conde de Cangas, é
-quien nadie tenia por menos mago que al amante de Zelindaja. De noche
-tambien, y cuando se columbraban las temerosas sombras, era cuando
-solia mezclarse con el silbido del viento, y el ruido de la lluvia,
-ó el estruendo de la tempestad, una voz aguda y dolorosa, que era
-la que tenia espantada la comarca, y la que nuestro buen Nuño habia
-oido la noche que se retiraba de su labor, como en nuestro capítulo
-anterior dejamos dicho.
-
-Finalmente, otra entrada tenia la prision del doncel. Una escalerilla
-de caracol la ponia en comunicacion con una larga galería interior
-del castillo; pero una puerta de hierro sumamente pequeña y cerrada
-por defuera con pesados cerrojos y candados, cuyas llaves poseía
-solo el alcaide, imposibilitaban por esta parte toda esperanza de
-evasion. Un mal lecho habia sido dispuesto á ruegos del prisionero en
-la caverna, y habia conseguido por favor singular que le dejasen el
-pequeño laud que á la espalda como trovador llevaba cuando su cita
-amorosa. Con él divertia su amarga posicion pulsándole blandamente,
-y regándole con sus acerbas lágrimas, los ratos que no escribia en
-las paredes con un punzon alguna tristísima endecha, dirigida á la
-ingrata señora de sus pensamientos, cuyo rigor le habia puesto en tan
-lastimero trance.
-
-La habitacion que por ser la mejor y la mas espaciosa se habia
-reservado el alcaide, y que se habian repartido á la sazon Rui Pero y
-Ferrus, se hallaba en el piso bajo de la torre de que hemos hablado.
-Un salon anchuroso, adornado con varios trofeos y armas suspendidas
-en las paredes, era el departamento principal. Una larga mesa estaba
-clavada en medio: el hogar ardia en la cabecera de la sala, y en el
-estremo opuesto un aparador ó bufete encerraba la vajilla estilada en
-aquel tiempo para el servicio de la mesa.
-
-Al anochecer del dia en que nos encuentra nuestra historia, dos
-hombres arrellanados en dos grandes poltronas de baqueta española,
-la mas apreciada entonces en Europa, conversaban tranquilamente uno
-enfrente de otro, y separados por la mesa como si hubieran necesitado
-de un cuerpo intermedio para no reñir. Asi parecia indicarlo su gesto
-displicente. El uno era Ferrus. En su rostro brillaba la satisfaccion
-petulante de un hombre que ha llegado á ocupar un destino superior á
-sus méritos y esperanzas. El otro era Rui Pero. Su continente era el
-de un hombre por el contrario herido en lo mas delicado de su amor
-propio por un disfavor no merecido, y habíaselas con el emancipado
-juglar, como podria habérselas un general acreditado por sus
-servicios y conocimientos con un guerrillero á quien hubiese igualado
-con él la fortuna.
-
-Una lámpara suspendida del techo iluminaba los rostros de entrambos,
-y los iluminaba mejor una alta vasija, cuyo preñado vientre vaciaba
-de cuando en cuando en dos anchas copas cierto jugo vivificador que
-embaulaban nuestros dos interlocutores á tragos repetidos en su
-cuerpo como en un cubo desfondado.
-
-—¿Cuando pensais partir, señor Rui Pero? preguntó Ferrus despues de
-uno de estos tragos, paladeando todavia el licor de Baco.
-
-—¿Habeis tomado ya, señor juglar, repuso Rui Pero, es decir, señor
-Ferrus, alcaide del castillo de Arjonilla, las instrucciones que
-habiais menester?
-
-—Estoy tan apto, señor Rui Pero, para desempeñar la alcaidía de este
-famoso castillo, como el mejor camarero de Castilla, contestó Ferrus
-picado.
-
-—En ese caso, señor tal alcaide, pasado mañana al lucir el alba
-me pondré en camino para la corte, si no manda otra cosa vuestra
-señoría.
-
-—Gracias, señor Rui Pero.
-
-—¿Habeis mandado relevar las centinelas esteriores de la muralla, y
-las dos de las torres, y de la galería interior del preso?
-
-—Bien sabeis, contestó Ferrus, que no es ese cargo mio mientras
-esteis vos en el castillo. Y espero que no me comprometereis con mi
-amo el señor conde, ni querreis faltar al deber...
-
-—No acostumbro á faltar á mis deberes, señor Ferrus; yo voy por lo
-tanto á disponer...
-
-—Esperad. Supongo que seguís con el cuidado de emplear en el servicio
-de centinelas los ballesteros que ignoran completamente la calidad de
-los prisioneros. De otra suerte...
-
-—No habeis menester suponerlo, dijo apurando su copa Rui Pero;
-bastará con que lo creais á pies juntillas. Ademas, ya habreis
-conocido que necesita habilidad para escaparse el preso que tal
-intente hallándose encerrado en la prision de la zanja.
-
-—Sí, segun me habeis dicho, no conociendo el secreto del rastrillo,
-solo la muerte seria el resultado de la menor tentativa de evasion.
-Admirable construccion la de este calabozo. ¿Y quién construyó...?
-
-—¡Silencio! dijo Rui Pero al ver entrar un tercero en la sala, y
-gozoso de poder dar una leccion de prudencia al inesperto Ferrus.
-¿Qué quereis vos? añadió dirigiéndose al estraño.
-
-—Señor alcaide, respondió el faccionario que acababa de entrar, han
-llamado al castillo dos caminantes fatigados...
-
-—A nadie se da hospedage, repuso Rui Pero mal humorado.
-
-—Lo sé, señor alcaide. Pero advierta vuestra merced que no son
-caballeros ni hombres de guerra. Son dos reverendos padres, que piden
-albergue por esta noche.
-
-—¿Y por qué no lo buscan en Arjonilla?
-
-—Parece, señor, que van estraviados, y pasan á estas horas por el
-castillo ignorantes del camino que guia á la poblacion. La copiosa
-lluvia que ha engruesado el torrente les obliga á pedir albergue.
-
-—¡Voto va! dijo Rui Pero. Lo mas que por ellos podemos hacer es que
-les enseñe el camino un hombre del castillo.
-
-—Pero ese, señor, no los pasará en hombros á través del torrente,
-repuso el ballestero, temeroso de ser él elegido para aquella
-comision.
-
-—Por otra parte, añadió Ferrus, á quien los vapores del vino daban
-confianza y determinacion, ¿qué peligro hay en albergar dos frailes?
-Dios sabe de dónde serán. Esos padres suelen venir de lejos é ir de
-paso; muy forasteros deben de ser, pues ignoran que el castillo es
-encantado y nada hospitalario. Van de paso.
-
-—Sin embargo, si pudiesen pasar el arroyo... replicó Rui Pero.
-
-—¿Y quereis, dijo Ferrus acercándose al oido del camarero, que nos
-espongamos á que pase un hombre del castillo la noche fuera de él, y
-suelte la lengua mas de lo preciso? Eso es peor...
-
-—Peor, peor... refunfuñó entre dientes el camarero.
-
-—Si gustais, señor alcaide, dijo el ballestero, se les contestará que
-vayan á buscar albergue á otra parte. Ello la noche es terrible.
-
-—¿Terrible decís? repuso Rui Pero asomándose á una ventana. Sí;
-parece que el cielo se derrite en agua. Seria una inhumanidad por
-cierto.
-
-—No podemos consentir, añadió Ferrus, que dos ministros del Altísimo
-queden á la intemperie en una noche...
-
-—En buena hora; que entren, dijo Rui Pero al ballestero, quien se fue
-á cumplir la orden.
-
-—¡Voto va! añadió Ferrus; eramos dos y seremos cuatro. Aun queda
-vino en esa vasija para otros tantos, y los padres no se desdeñarán
-de hacernos un rato de compañía, yendo sobre todo de camino. Todo el
-peligro que podemos recelar de los santos varones, señor camarero es
-que nos echen algun sermon en latin que no entendamos: y asi como
-asi, dentro de un rato ya no nos íbamos á entender nosotros dos segun
-la faena que damos á nuestras copas.
-
-Una carcajada de Ferrus al concluir estas palabras probó que todavia
-no habia perdido la costumbre, que se habia hecho en él naturaleza,
-de decir bufonadas á todo trance, á pesar de su nueva dignidad.
-
-De alli á poco entraron humildemente en el salon dos reverendísimos
-padres, cuyos hábitos derramaban á hilos el agua, como un paraguas
-espuesto por gran rato á la lluvia, y que se arrima á un rincon á
-medio cerrar.
-
-Saludáronlos cortesmente nuestros dos amigos, y despues de los
-primeros cumplimientos los invitaron á que se acercasen para secar
-sus hábitos al hogar, donde quedaron mirándose unos á otros largo
-espacio los dos opuestos alcaides y los dos bien avenidos frailes.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XXXV.
-
- Mentides, fraile, mentides,
- que no decís la verdad.
- . . . . . . . . . . .
- Mató el fraile al caballero,
- á la infanta va á librar:
- en ancas de su caballo
- consigo la fué á llevar.
-
- _Rom. del conde Claros._
-
-
-Al entrar los dos modestos frailes en la sala, no habia dejado de
-llamar su atencion el agradable pasatiempo en que entretenian sus
-ratos perdidos el antiguo y el nuevo alcaide. Habíanse mirado uno á
-otro como inspirados de la misma idea, y este movimiento hubiera sido
-notado de los defensores del castillo, á no ser porque no habiendo
-creido estos que tendrian ya visitas con quien guardar ceremonia,
-habian menudeado en realidad del tinto mas de lo que á su prudencia
-convenia; su misma posicion les habia escitado á beber, y aun hay
-cronistas que aseguran que deseosos uno y otro de no tener compañero
-en el mando, y demasiado confiado cada cual en su propia resistencia,
-se habian animado recíprocamente á beber por ver si conseguian privar
-al cólega; plan que, merced á la igualdad de sus fuerzas, habia
-resultado en detrimento de la razon de entrambos.
-
-—¡Por San Francisco! perdonen vuestras reverencias, dijo Ferrus, si
-les han hecho esperar á la intemperie mas de lo que ese hábito que
-visten merece. Pero sepan que á él solo deben esta acogida, porque el
-castillo á que han llamado no es en realidad de los mas hospitalarios
-que pudieran haber encontrado en su camino.
-
-—_Pax vobiscum_, dijo el menos corpulento de los padres con voz grave.
-
-—Como gusteis, padres, repuso Ferrus, segun el estribillo de mi
-huésped de ayer; porque han de saber sus reverencias que de dos
-dignos alcaides que tienen en su presencia ahora, ninguno sabe latin.
-
-—En ese caso, _Te Deum laudamus_, repuso el padre respirando como
-aquel á quien le quitasen de encima una montaña.
-
-—Gracias contestó de nuevo Ferrus, no queriendo ser tachado de poco
-político por dejar sin respuesta una lengua que no entendia. Dos
-cosas debemos suplicar á vuestras reverencias, prosiguió; primera,
-que se quiten esos hábitos que traen tan mojados...
-
-—_Et super flumina Babilonis_, dice el salmista: _vetat regula_, la
-regla nos lo impide.
-
-—Sea en buen hora; pero la regla no impedirá á vuestras reverencias
-que hagan lo que vieren adonde quiera que fueren; primera regla
-de hospitalidad entre caballeros, añadió Ferrus derramando vino
-nuevamente en las copas, y ofreciendo una al padre que habia llevado
-hasta entonces la palabra.
-
-Miráronse los padres uno á otro como para consultar entre sí lo que
-deberian hacer.
-
-—¡Voto va! aqui se ofrece de buena voluntad, añadió Ferrus viendo su
-indecision: ¿no es cierto, señor camarero?
-
-—Vos lo habeis dicho, repuso el camarero tomando una copa. Pero si
-sus reverencias no se atreven por respetos al cielo, nosotros, viles
-gusanos de la tierra...
-
-—_Vinum lætificat cor hominis_, interrumpió el padre. Nosotros
-agradecemos á vuestras mercedes la buena voluntad; pero solo
-beberemos en la refaccion, si teneis por bien hacérnosla servir:
-vuestras mercedes beban, y mientras, nosotros _exultemus_, _et
-lætemur_.
-
-—A la buena de Dios, dijo Ferrus vaciando su copa. ¿Y este padre que
-nada dice, es que no sabe latin, como si fuera alcaide?
-
-Miraban los dos frailes á Ferrus, como buscando en sus ojos si
-encerraria alguna intencion ó sospecha aquella pregunta hecha de
-aquel modo, ó si seria meramente casual é hija de la poca aprension
-del que la hacia. Parecióles en conclusion, que no se podia leer
-en los ojos de Ferrus sino la espresion del mosto, y no dudó en
-responder con cierta serenidad el mismo padre.
-
-—Mi superior está achacoso; es sordo ademas _tanquam tabula_...
-
-—Sí, que es gran sordera, repuso Ferrus, presumiendo que asi se
-llamaba la enfermedad del padre.
-
-—Y un tanto tierno de ojos, que es la razon de verle la capucha tan
-sobre ellos como notarán vuesas mercedes. La humedad, sobre todo, de
-esta noche debe de haberle perjudicado mucho. _Benedictus qui venit._
-Venga ó no venga, añadió para sí el padre.
-
-Efectivamente, no se le veía apenas rostro al padre que habia
-permanecido callado. Ocultábale el medio de abajo una larga barba
-blanca, y su capucha le envolvia todo el medio de arriba.
-
-—¿Y viajan siempre vuesas reverencias con esos mozos de estribo?
-preguntó Ferrus, reparando en un hermoso alano que casi detras del
-padre silencioso reposaba, y que habia entrado sin ser antes de ellos
-sentido.
-
-—¡Ah! repuso el padre. Dios nos perdone esos medios mundanos de
-defensa. Aunque _manet nobiscum dominus_, bueno es llevar ademas
-un amigo consigo. Es el perro del convento: nuestro reverendo abad
-no quiso que en estos tiempos de salteadores, ni el padre Juan, ni
-yo, padre Modesto, como me llaman, para servir á Dios y á vuesas
-mercedes, nos viniesemos sin ese corto ausilio siquiera para nuestra
-seguridad, si bien _Deus vigilat_.
-
-—¿Y de dónde, bueno padre mio? preguntó Ferrus con audaz curiosidad.
-
-—De Jaen, hijo, repuso con estremada serenidad el padre; sí, hijo, de
-Jaen. Llevamos una comision secreta, que bajo la fé de la obediencia
-no podemos revelar, para el reverendo prior del convento de Andujar
-de nuestra misma orden, que es como veis de San Francisco, hijos
-mios; pensábamos haber caminado toda la noche, y haber llegado alli
-antes de la mañana; empero Dios que nos ha enviado esta agua, y
-los achaques de mi compañero, nos han obligado á pedir hospedage.
-_Introibo_, dijimos, _ad altare_.
-
-—Y bien dicho, habló por fin el camarero, que habia estado hasta
-entonces observando al silencioso fraile, muy bien dicho, aunque
-nosotros no lo entendamos. Pero lo dijo vuestra reverencia, y basta:
-si les parece á sus reverencias, que vendrán cansados, prosiguió
-el cortesano camarero, harémosles servir la refaccion para que se
-retiren, señor Ferrus.
-
-—_Amen_, repuso el padre: tanto mas cuanto que mañana hemos de
-salir á la madrugada, si dais orden de que nos abran temprano en el
-castillo.
-
-—Daránse las órdenes todas que fueren necesarias, repuso Ferrus,
-apartándose y hablando al oido al camarero. Pero ved que las
-centinelas no se han relevado aun.
-
-—Pudierais vos mudarlas, le contestó Rui Pero, mientras yo hago
-disponer la cena; estos buenos padres nos dispensarán si los dejamos
-solos un instante por su propio servicio.
-
-—_Ite, misa est_, replicó el padre echando una bendicion gravísima á
-entrambos alcaides, que se dieron el brazo mutuamente á pesar de sus
-interiores rencillas, sin duda olvidándolo todo en momentos en que
-necesitaban tanto de recíproco apoyo, y salieron de la sala.
-
-—¡Cuerpo de Cristo! Por vida de Diego Gil y Martin Bravo, los mas
-famosos monteros de Castilla, que Dios perdone, esclamó el padre
-silencioso soltando una carcajada algo reprimida por la prudencia.
-¡Voto va! que nunca hubiera dicho, fray Juan ó fray Peransurez,
-que tañeseis de ladradura con tal primor. Por mi venablo que se os
-entiende de cazar en latin á las mil maravillas.
-
-—¡Prudencia, Hernando! Sepamos lo que nos hacemos, ya que yo no sé
-lo que me digo. ¿No os previne de que fuí monacillo y sacristan en
-cierto tiempo, durante el cual, si mucho escatimé el rastro de las
-vinagreras de la Almudena, no por eso dejé de oir las vocinas de los
-padres en el coro? aprendí á tañer la mia en latin como habeis visto,
-y alguna palabra entiendo voto á tal de cada ciento que digo.
-
-—Pobre venado es este, Peransurez: es nuestro, dijo Hernando.
-Hace la señal del pezuño chica, y va en la reduña, ¡voto á tal! No
-tardarémos en tañer de oscisa. ¿Pondrémosle canes?
-
-—Ved no nos obliguen á tañer de traspuesta: mirad que se levanta ya
-el venado á la ceba. Yo os avisaré el momento.
-
-—Los tiempos nos dirán, conforme vengan...
-
-—Sí; pero ved, Hernando, que no es lo dificil la entrada; mirad por
-la salida...
-
-—Dios proveera, y mi venablo, repuso Hernando componiendo sus
-hábitos, y echando de nuevo su capucha. Ya vienen hácia el buitron.
-
-Volvian en esto ya los dos alcaides. No tardó mucho tiempo en
-cubrirse la mesa, á la cual se sentaron los cuatro con la mayor
-armonía y fraternidad. Poco tiempo hacia que cenaban, con imprudente
-abandono Rui Pero y Ferrus, con mas reserva y comedimiento los dos
-frailes, cuando llamó á las puertas del castillo un espreso que
-enviaba el conde de Cangas y Tineo. Abriéronle inmediatamente, é
-introducido en la sala echóse de ver en su traza que habia corrido
-mucho, y que debia de ser en gran manera interesante su mensage.
-Tomó Rui Pero el pliego cerrado que para él traía, y apartándose un
-poco leyóle rápidamente, manifestando bien á las claras en su rostro
-cuánta sorpresa le infundia.
-
-—Señor Ferrus, grandes novedades, dijo despues de haberle recorrido.
-
-—¿Qué decís? preguntó Ferrus tartamudeando.
-
-—Nuestro señor el ilustre conde de Cangas y Tineo, maestre de
-Calatrava, se halla á pocas leguas de aqui...
-
-—¿Cómo? esclamó Ferrus levantándose.
-
-—Sí, parece que el dia despues de vuestra salida de Madrid llegó
-á la corte la nueva de los disturbios de Sevilla. Las cartas y
-pesquisidores que envió su alteza á esa ciudad el mes pasado
-para poner en paz los bandos que han estallado entre el conde de
-Niebla, su primo, y el conde don Pedro Ponce y otros caballeros
-y veinticuatros, no surtieron efecto, y el mal se acrecienta por
-momentos. Temeroso su alteza de los resultados de tan grave daño,
-hizo suspender su viage á Otordesillas: háse contentado con espedir
-pliegos anunciando á la reyna doña Catalina que irá allá desde
-Sevilla, y mandando disponer para entonces las funciones reales y
-torneos que se preparaban en solemnidad del nacimiento del príncipe
-don Juan. Háse traido consigo á los principales señores de la corte,
-y esta noche debe dormir en Andujar.
-
-—Gran novedad, por cierto, dijo Ferrus.
-
-—Añádeme su señoría que en ese pueblo permanecerán tres dias, por
-hallarse señalada para mañana la prueba del combate. Encárganos con
-este motivo, añadió Rui Pero al oido de Ferrus, la mayor vigilancia.
-
-—¡Voto á tal! no hay cuidado, dijo Ferrus dando una carcajada. No
-vencerá el doncel. ¿Y piensa venir su grandeza por aqui?
-
-—Parece que no, pues de Andujar pasa su alteza á Córdoba; desde
-alli irá en la barca grande, el Guadalquivir abajo, á Sevilla, pues
-que está su alteza muy doliente, y no le deja caminar á caballo su
-físico Abenzarsal. Pero en atencion á todo esto, yo partiré mañana de
-madrugada.
-
-—Sea en buen hora, como gusteis, repuso Ferrus. Esto entre tanto
-no altera el orden de nuestra cena. Podeis retiraros, buen hombre,
-añadió Ferrus al emisario.
-
-—Que os den de cenar, dijo Rui Pero al mismo, y disponeos mañana á
-venir conmigo á la corte.
-
-Retiróse el emisario, y siguieron cenando nuestros cuatro paladines,
-y conversando acerca de la determinacion del rey, y del singular
-acaecimiento que los habia acercado tanto á la corte.
-
-—Bueno fuera, señor alcaide, dijo Peransurez dirigiéndose á Ferrus,
-que era el mas afectado del licor, bueno fuera que hubieseis de
-hospedar en este castillo á la corte...
-
-—¡Ba! dijo Ferrus; no pasa por aqui, y ademas en un castillo
-encantado...
-
-—¡Encantado! Dios nos perdone, dijo con afectado escrúpulo el padre.
-
-—¿No ha oido hablar nunca el padre de la mora Zelindaja, Zelindaja la
-mora...? siguió Ferrus con dificultad, y riéndose á cada palabra con
-la estúpida espresion de la embriaguez.
-
-—¡Hola!
-
-—¡Voto va! pues la mora... rico vino es este, padre; ¿no bebeis?
-
-—Proseguid, dijo el padre haciendo con su mano un ademan de agradecer
-el ofrecimiento.
-
-—La mora, pues... vaya otro trago, señor Rui Pero.
-
-—¿Y la mora? preguntó el padre.
-
-—La mora... Zelindaja quereis decir, la que está encantada en la
-torre...
-
-—¿En la torre?
-
-—Sí; aqui arriba sobre nosotros. ¡Pero qué vino! ¡qué paladar! ¿os
-dormís, señor Rui Pero? ¡voto va!
-
-—¿Con que arriba? preguntó el padre.
-
-—Por ahí la llaman la mora, y dicen que aparece, y que... ¡ah!
-¡ah! ¡ah! añadió Ferrus soltando una carcajada, y mirando el vino
-que contenia aun la copa. ¿Qué haceis vos ahí, prosiguió vuelto en
-seguida á los que le servian la mesa, escuchando, espiando, á ver
-si se me escapa alguna imprudencia? Belitres. Si esperais á que yo
-os diga donde está el preso... larga la llevais. Fuera de aqui;
-llamaremos cuando os hayamos menester.
-
-Diciendo y haciendo, se levantó Ferrus con trabajo, y cerró la
-puerta despues que hubieron salido los sirvientes, espantados de las
-palabras del alcaide.
-
-—¿Con que el preso...? señor alcaide de... prosiguió Peransurez, que
-asi como su compañero no perdia una palabra ni una accion de las que
-se le escapaban al imprudente mancebo.
-
-—El preso no se escapará mientras pendan de mi cintura las llaves
-todas del alcázar. ¡Ah! ¡ah! ¡ah! notad, padres mios, la figura que
-hace un camarero dormido, prosiguió Ferrus riéndose á carcajadas, y
-señalando con el dedo la boca abierta del buen Rui Pero, á quien la
-hora, el sueño, el vino y el cansancio tenian cabeceando sobre su
-poltrona. ¡Ah! ¡ah! ¡ah!
-
-Al llegar aqui tocó Peransurez por bajo de la mesa el pie de
-Hernando, que de puro impaciente no hacia ya mas que moverse habia
-gran rato. Levantándose á un tiempo los dos, precipitóse cada uno
-sobre el que tenia al lado. Tocóle á Peransurez el dormido Rui
-Pero, que se halló ya maniatado y tapada la boca antes de acabar de
-despertar: á Hernando Ferrus, cuyo asombro fue tal al ver levantarse
-de repente, y en aquella tan inesperada forma, á los dos reverendos,
-que no fue dueño de gritar ni de oponer la menor resistencia al
-montero, el cual asi lo fajaba con sus poderosas manos como si fuese
-un niño. Pusieron nuestros dos amigos á cada uno de los alcaides
-un palo de hogar atravesado en la boca, y sugeto con cordel que
-preparado llevaban, á manera de mordaza, y atáronlos en seguida
-fuertemente de pies y manos á sus mismas poltronas, dejándolos
-conforme se hallaban colocados, es decir, uno enfrente de otro con
-la mesa en medio y sus copas delante. Era cosa de ver la figura
-que hacian sin poderse mover ni remover ambos con la boca abierta,
-y mirándose con ojos aun mas abiertos, sin acabar de comprender
-si estaban encantados por el moro del castillo, ó si habrian dado
-hospedage á dos diablos del otro mundo que venian á castigar su
-descompuesta vida.
-
-Hecho esto por nuestros dos reverendos, y apoderados ya del manojo
-de llaves que pendian del cinto de Ferrus, fue su primer cuidado
-recapacitar lo que acababan de oir al ébrio alcaide.
-
-Parecia por el misterio de sus palabras que la torre era el lugar
-del castillo destinado al prisionero. Estaban en ella, pero era
-indispensable hallar una subida, y si habia dos, aquella en que
-estuviesen menos espuestos á ser notados, ó á encontrar importunas
-centinelas. En punto á esto convinieron que era preciso ponerse
-en manos de Dios, que veía sus intenciones, y no dejaria de
-favorecerlas; y echáronse á buscar una subida, que no tardaron en
-encontrar. Probando llaves lograron abrir una puertecita encubierta
-detras del hogar por un tapiz viejo: empujáronla, y una escalera
-oscura les probó que habian dado con lo que necesitaban. Armado cada
-uno de un agudo venablo, y llevando en la mano izquierda Hernando,
-que iba delante, una linterna sorda de metal, diéronse á subir con la
-mayor confianza en Dios, donde los dejaremos, ora trepando escaleras,
-ora recorriendo largas y oscuras galerías, ora, en fin, probando
-llaves en cada puerta que encontraban, todo con el mayor silencio
-posible por no dar la alarma en el castillo.
-
-Hallábase colocado el cuarto, donde se divisaba la misteriosa luz
-desde los alrededores de la fortaleza, en el estremo de una galería,
-y como quiera que las puertas fuesen todas de la mayor seguridad,
-no se creía prudente establecer centinelas demasiado inmediatas. Al
-único que hácia aquella parte se ponia, preveníasele de antemano
-que no se separase del estremo de la galería mas distante de la
-prision. El que se hallaba á la sazon en aquel punto era un mancebo
-profundamente ignorante acerca de las circunstancias de los presos
-que parecian custodiarse con tanto interes en la fortaleza, pero que
-habia oido hablar lo bastante del encantamiento del castillo, y de
-la voz nocturna, para no tenerlas todas consigo en aquella incómoda
-faccion.
-
-—Por Santiago, decia apoyándose en su partesana, que no entré yo al
-servicio del señor conde para habérmelas con brujas y hechiceros;
-este instrumento que bastaria para matar millones de moros, unos
-despues de otros se entiende, acaso no seria suficiente á hacer un
-ligero rasguño en la mano del moro que fundó este maldito castillo.
-Dicen que la señal de la cruz es grande arma contra las artes del
-demonio, añadia en otro paseo de los que daba, sin apartarse mucho de
-su puesto como el que tiene miedo ó frio; y siendo esto cierto, ¿cómo
-es que hay cristianos hechizados? Cuerpo de Cristo, si me hechizasen
-tengo para mí que lo que mas habia de sentir habia de ser aquello del
-no comer y del no dormir; ¡voto va!
-
-En estas y otras reflexiones cogió entretenido al mancebo cierto
-profundo gemido que salió del estremo opuesto de la galería.
-
-—¡Santa María! esclamó dando diente con diente el faccionario.
-Asunto concluido. ¿Si será la mora que viene á pedirme su esposo,
-segun dicen las gentes que lo pide todas las noches á los ecos?
-Sin embargo, yo no soy eco, añadió lastimeramente como si quisiese
-conjurar el encanto con esta lógica observacion.
-
-Otro gemido mas prolongado resonó de alli á poco, y el ruido de una
-cadena arrastrada por el suelo se prolongó hasta el infinito en el
-oido del infeliz.
-
-—¡Santo Dios! decia el soldado, y persignábase tan de prisa como
-si fuese la última vez que habia de persignarse en su vida, y sin
-apartar los ojos del punto de donde él se figuraba que salia el ruido.
-
-En esto estaba á la orilla de la escalera, y vuelto de espaldas á
-ella, cuando dos manos de hierro, apoderándose de sus piernas, le
-levantaron en alto.
-
-—¡Perdon, señora Zelindaja, perdon! clamó con voz medio ahogada el
-miserable, y pasando por encima de la cabeza de un padre Francisco, á
-quien no tuvo siquiera tiempo de observar, cayó rodando de espaldas
-por la escalera, hasta una puerta que habian cerrado tras sí nuestros
-aventureros, donde quedó casi exánime y sin sentido.
-
-—¿Hay mas? dijo Peransurez mirando á todas partes.
-
-—No, repuso Hernando: aquella debe ser su prision: ¿no oís una cadena?
-
-—Él es; apresurémonos. Sacando en seguida el manojo y llegando á la
-puerta comenzaron á probar llaves en la cerradura. Abrió, por fin,
-una de las mas gruesas, y entrambos se precipitaron dentro de la
-prision, igualmente impacientes de dar libertad al encadenado doncel.
-
-Una lámpara mortecina lucia siniestramente sobre un pedestal.
-
-—¡Basta, crueles, basta ya! esclamó una voz penetrante, arrojándose
-á sus pies al mismo tiempo, con todo el desorden del dolor y de la
-desesperacion, una figura cadavérica vestida de negras ropas.
-
-Dificil fuera pintar el asombro de nuestros dos reverendos al ver
-venir sobre ellos aquella estraña sombra, que no era otra cosa lo que
-á su vista se ofrecia, y el sobrecogimiento de la víctima luego que
-paró la atencion en sus nuevos huéspedes; de tan distinta especie que
-los dos hombres que hasta entonces habian solido visitar su encierro
-para traerla el alimento.
-
-—Religiosos, Santo Dios, religiosos, esclamó ésta. Habeis oido,
-señor, por fin mis oraciones, y el bárbaro me envia estos emisarios
-de vuestra palabra divina para ausiliarme en los últimos momentos de
-esta vida miserable. Lo acepto, señor, lo acepto.
-
-Un mar de lágrimas corrió de los ojos hundidos de la encarcelada,
-que abrazaba con religioso fervor el hábito de Hernando: éste,
-inmóvil en su puesto no sabia qué interpretacion dar á aquella
-horrible escena. Todo el valor de Peransurez le habia abandonado;
-creíase efectivamente delante de la encantadora mora, y estaba ya
-á dos líneas de maldecir en su corazon su osadía y su malhadada
-incredulidad.
-
-Repuesto algun tanto Hernando de su primera sorpresa, hízose atras
-cuanto pudo, desviando su hábito del contacto de la infeliz. Ésta,
-levantando entonces la cabeza, y sacudiendo sobre los hombros una
-larga cabellera, único resto de su antigua hermosura, quedó mirando
-largo rato á nuestros amigos sin atreverse á proferir una palabra.
-
-—Quien quiera que seais, dijo por fin animándose Hernando, y
-descubriendo su rostro, ser de este mundo ó del otro, mora ó
-cristiana, hablad: ¿qué nos quereis?
-
-—Hernando, ¿sois vos? esclamó la víctima levantándose, despues de
-haber mirado largo rato con la mayor duda y agitacion al montero
-espantado. ¡Ah! no, continuó, ¡Hernando era montero! y volvió á caer
-en el mismo estupor.
-
-No pudo menos Hernando al oirse nombrar por la fantasma, como un
-antiguo conocido, de fijar mas en ella la atencion; y agarrando
-con una mano á Peransurez, que á su derecha y un poco detras de él
-estaba,—¡Cielos! esclamó sin apartar los ojos de la figura negra.
-Dejadme; ¿seria posible?
-
-—¡Ah! conocedme, sí, gritó levantándose y asiendo la lámpara la
-infeliz, conocedme si me habeis visto alguno vez; hé aqui en mi
-rostro los efectos de su barbarie; no soy la misma ya: no soy
-hermosa... el llanto, el dolor me han afeado. Miradme bien, miradme,
-prosiguió acercando la luz á su semblante.
-
-—¡Ella, ella es! Peransurez, salvemonos, gritó Hernando retrocediendo.
-
-—¿Adónde? no: ¿adónde? Deteneos. Yo saldré tambien con vosotros.
-
-—¡Vivís aun, señora! esclamó Hernando al sentirse detenido por la
-víctima ¿vivís?
-
-—Vivo; sí, vivo para llorar y padecer: tocadme aun si lo dudais.
-
-—¿Es falsa vuestra muerte? ¿Sois vos, señora?
-
-—¿Mi muerte decís? preguntó la desdichada. El bárbaro la ha
-propalado. ¡Justicia, señor; misericordia! añadió levantando los ojos
-al cielo. Por piedad continuó, ¿quién sois el que tanto os pareceis
-al montero de don Enrique? ¿Qué os trae á esta prision?
-
-Hernando, sumido en el mas profundo letargo, apenas reconocia debajo
-de aquella palidez y cadavérico aspecto á la hermosa que tantas veces
-habia visto triunfante en el mundo de lujo y de belleza.
-
-—¡Monstruo! dijo por fin para sí: ¡monstruo abominable!
-
-—¿Quién sois? acabad; y ¿qué quereis? tornó á preguntar la encerrada:
-¿venís á prolongar mis males, á remediarlos por ventura?
-
-—A salvaros, señora, repuso Hernando. Conocedme ¡voto va! El montero
-Hernando, señora, os ha de sacar de esta maleza.
-
-—¿Con que no me habia engañado? ¡Ah! Decidme, ¿por qué feliz azar os
-veo, y cómo en ese trage?
-
-—El montero de ley, señora, no caza siempre del mismo modo: dejemos
-para mejor ocasion ese punto. Ved que necesitamos salir del monte.
-¡Ea! Venid con nosotros.
-
-—¿Con vosotros? Adónde: ¡ah! no me engañeis. Mas facil es que me
-mateis aqui. ¿Qué resistencia puedo oponeros? Si sois tan crueles
-como todos los que hasta ahora he visto en este castillo...
-
-—¿Qué hablais, señora? no veniamos á salvaros: no presumiamos
-siquiera que vivieseis: el bárbaro que ha osado reduciros á este
-estremo no se ha contentado con una presa. Sin embargo en el momento
-actual vuestra presencia nos hace mas falta de todas suertes que
-un ojo avezado al cazador. Vuestra presencia va á confundir la
-iniquidad, y á atajar acaso un torrente de sangre.
-
-Mucho tardaron Hernando y Peransurez en determinar á la desdichada á
-que los siguiese; sus preguntas exigian larguísimas esplicaciones,
-que no podian darse en aquel momento sin comprometer la suerte de una
-espedicion tan incierta y azarosa ya por sí. A poder de ruegos en
-fin y de observaciones logróse de ella que dejase el satisfacer sus
-dudas para mejor ocasion; el tiempo urgía: nuestros dos reverendos
-habian pasado ya gran parte de la noche en dar con la prision, y
-despues de tantos afanes faltábales aun desempeñar la verdadera
-mision que en tal peligro les habia puesto.
-
-Resolvióse unánimemente que Hernando se despojaria del hábito que
-sobre su trage traía, y que lo vestiria lo mejor que pudiese la
-recien libre cautiva, porque si bien su estatura era muy diversa,
-tambien era de advertir que habian entrado de noche, que iban á salir
-al rayar el alba, y que probablemente no estarian á su salida de
-faccion los mismos que lo habian estado á su entrada. Dos frailes
-habian entrado: dos frailes salian: nada habia que decir, si durante
-la noche no se descubria su accion, cosa dificil, pues habian quedado
-cerrados por dentro y amordazados Ferrus y Rui Pero. A la salida
-ningun ostáculo podrian encontrar dos frailes, pues durante la cena
-se habia dado la orden de abrirles el rastrillo en cuanto se dejasen
-ver á la puerta al amanecer.
-
-Cortó, pues, Hernando el hábito con su cuchillo de monte, y dejólo
-mas adaptado á la estatura de la hermosa. Hecho lo cual trataron
-de buscar por la parte, que no habian recorrido aun, la prision del
-doncel, dejando para despues de encontrarla el determinar la forma
-de sacarle y salir el mismo Hernando del castillo, cosa que á éste
-le parecia sencillísima; pues todo se lo parecia cuando era hecho en
-obsequio de su señor, y cuando tenia en la mano su venablo y al lado
-su fiel Bravonel; el cual los seguia silenciosamente toda la noche
-como si estuviera penetrado de lo mucho que convenia el sigilo en
-aquella peligrosa tentativa.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XXXVI.
-
- Ya la gran noche pasaba
- é la luna sestendia:
- la clara lumbre del dia
- radiante se mostraba;
- al tiempo que reposaba
- de mis trabajos é pena
- oí triste cantilena
- que tal cancion pronunciaba.
-
- _Don Enr. de Vill. Querella de amor de Mac._
-
-
-No bien hubieron tomado la determinacion que dejamos referida,
-echáronse á buscar otra salida, dispuestos siempre á hacer callar
-con sus venablos á cualquier centinela imprudente que hubiese podido
-comprometer su existencia. Felizmente no encontraron ninguno en dos
-escaleras que bajaron. Al fin de ellas una tronera les permitió
-reconocer la parte de la torre en que se hallaban: estarian como á
-diez varas del pie de la muralla interior.
-
-Fatigados de la faena que la ignorancia de las llaves les acarreaba,
-y aun mas del silencio y cuidado con que les era indispensable
-proceder, tomaron alli algun descanso. La cautiva, que acababa
-de esperimentar una emocion tan inesperada, y que en medio de su
-debilidad se hallaba abrumada bajo el peso del hábito desusado,
-y combatido su ánimo de mil dudas y esperanzas, por desgracia
-harto inseguras todavia, no pudiendo resistir á tantos afectos
-encontrados, hubo de apoyarse un momento en un trozo roto de columna,
-que felizmente encontró en la pieza en que á la sazon se hallaban.
-Perdian ya nuestros paladines la esperanza de dar con la prision
-del doncel. Asegurábales sin embargo su compañera que en la noche
-anterior y á deshoras habia creido oir un laud débilmente pulsado,
-cosa que no le habia acaecido nunca desde su llegada al castillo;
-este dato convenia con la fecha de la prision de Macías; y hubiera
-jurado, les añadió, que salia el eco del pie de la torre. Esta
-advertencia solo podia animar á los generosos amigos del prisionero.
-Sacando, pues, nuevas fuerzas de flaqueza, trataron de examinar qué
-hora podria ser. Sacó entonces Hernando la cabeza por la angosta
-tronera, y pudo distinguir que el cielo se habia serenado; un viento
-fuerte de norte lanzaba hácia las playas africanas algunas nubes
-dispersas, restos de la pasada tormenta, y el pálido resplandor de
-la luna en su ocaso advirtió á Hernando, asi como la posicion de
-algunas estrellas que acertó á ver, que podria faltar una hora todo
-lo mas para el alba. Al mismo tiempo que hizo esta observacion nada
-favorable, el ruido acompasado de los pasos de un hombre le hizo
-sospechar que debajo de ellos debia de haber al pie de la muralla
-un soldado de faccion. Esta precaucion le confirmó en la idea de
-que debia caer hácia aquella parte del castillo la buscada prision.
-Resolviéronse, pues, á probar la aventura y poniendo el éxito en
-manos de Dios, á quién fervorosamente se encomendaron. Hernando hizo
-voto á la Vírgen de la Almudena de una ofrenda proporcionada á sus
-cortos medios, y la cautiva prometió edificarle un santuario suntuoso
-si la sacaba con bien de tan peligroso trance. Iban ya á probar una
-nueva llave en la puerta que debia conducirlos, segun todas las
-probabilidades, al pie de la muralla, cuando el rumor de un laud, que
-al pronto reconocieron la hermosa y Hernando, los dejaron suspensos.
-
-—¡Él es! dijeron á un tiempo los dos, apoyándose con esperanza la
-blanda mano de la bella en la tosca y curtida del montero. Escuchemos.
-
-Un ligero preludio del trovador se siguió á su suspension, y de alli
-á un momento una voz, harto conocida para ellos, entonó con lánguido
-acento una cantica, de la cual pudieron percibir los fragmentos
-siguientes, en medio de los sollozos que de cuando en cuando la
-interrumpian, y del monotono rumor del torrente, que á los pies de la
-torre por la honda zanja se desprendia.
-
- ¿Será que en mi muerte te goces, impía,
- ó pérfida hermosa, muy mas aun ingrata?
- ¿Asi al tierno amante, mas fino, se trata?
- ¿Cabrá en tal belleza tan grande falsía?
- ¡Llorad ¡ay! mis ojos, llorad noche y dia!
- Mis tristes gemidos levántense al cielo,
- pues ya en mi tristura no alcanzo consuelo.
- Dolor hoy se vuelva lo que era alegría.
- . . . . . . . . . . . . . . . . .
-
- La copa alevosa, que amor nos colmó,
- tambien heces cria, señora, en mi daño.
- Sus heces son ¡ay! fatal desengaño.
- La copa y las heces mi labio apuró.
- ¡Ay triste el que al mundo sensible nació!
- ¡Ay triste el que muere por pérfida ingrata!
- ¡Ay mísero aquel, que asi amor maltrata!
- ¡Ay triste el que nunca su dicha olvidó!
-
- ¿Por qué, justos cielos, en pecho amador
- tiranos me disteis una alma de fuego?
- ¿Por qué sed nos disteis, si en tósigo luego,
- bebido, en el pecho, se torna el licor?
- Contempla, señora, mi acerbo dolor.
- ¡Ay! torna á mis brazos, ven presto, mi Elvira;
- ingrata; aunque sea, como antes, mentira,
- la dicha me vuelve, me vuelve tu amor.
-
- No mas á mis ruegos te muestres impía,
- ó pérfida hermosa, muy mas aun ingrata.
- No asi al tierno amante, mas fino, se trata.
- No quepa en tu pecho tan grande falsía.
- Dolor no se vuelva lo que era alegría.
- Mas ¡ay! si en mi pena no alcanzo consuelo,
- si en vano mis quejas se elevan al cielo,
- ¡llorad ¡ay! mis ojos, llorad noche y dia!
-
-Callaron al llegar aqui los lúgubres acentos de la cantilena, que
-habia arrancado lágrimas de los ojos de aquellos que silenciosamente
-la habian oido.
-
-Seguros de que habian llegado al término de sus esperanzas, diéronse
-prisa á abrir la puerta que les faltaba traspasar, y en pocos minutos
-se hallaron al pie de la torre. El primero que salió fue el terrible
-alano, el cual no bien salió al aire libre cuando comenzó á ladrar
-dirigiéndose á un objeto que se hallaba arrimado á la pared.
-
-—¡Bravonel! dijo Hernando, ¡Bravonel! vamos, silencio.
-
-—¿Quién va? preguntó con voz ronca el centinela, enderezando su
-ballesta contra el montero, que salió el primero á contener á su
-perro.
-
-No tuvo lugar de preguntar segunda vez el centinela.
-
-—¡Ese es quien va! respondió Hernando lanzando su venablo, el
-cual fue recto á clavarse, silbando por el aire, en el pecho del
-faccionario, que cayó por tierra sin voz y sin aliento.
-
-—¡Ay! gritó la compañera de nuestros aventureros apartando
-rápidamente los ojos del que acababa de caer.
-
-—Silencio, señora, silencio, dijo Peransurez: dejad la piedad para
-despues. Plegue al cielo que no hayamos alarmado ya algun otro
-centinela con este intempestivo ruido.
-
-—Vengan en hora buena, dijo Hernando, caliente ya con el feliz
-éxito de su tiro certero. Inclinándose en seguida sobre el cuerpo
-del caido, púsole un pie en el pecho, y sacó de él su venablo
-ensangrentado con la diestra mano. El venablo al salir del cuerpo
-dejó libre el paso á un surtidor de sangre que salpicó á Hernando; y
-á poco el infeliz habia ya espirado.
-
-Vencida esta primera dificultad, examinaron la posicion, y no les
-quedó duda de que el rastrillo que enfrente veían servia de puerta
-á la prision del doncel; pero ¿cómo pasar la zanja? ¿cómo soltar el
-rastrillo? Perplejo Hernando miraba á una parte y á otra, mordíase
-los dedos, y daba al diablo todas las fatigas de la noche. Pensar
-en tomar el opuesto lado del castillo, volviendo por donde habian
-venido para probar la otra entrada que deberia tener forzosamente la
-prision, era caso imposible, en vista sobre todo de la hora avanzada.
-
-—¡Voto va! dijo por fin Hernando. Dénme á mi la fiera en el campo;
-pero ¿encerrada? ¡Cuerpo de Cristo! ¿Y hemos de quedarnos aqui, para
-ser presa de esos perros judíos, que quedan en el castillo, en cuanto
-amanezca?
-
-Su posicion tenia mas dificultades de las que á primera vista habian
-creido encontrar. Sin embargo, fue preciso deliberar; y por último,
-Hernando decidió que lo mas acertado seria probar á salir Peransurez
-y la bella á favor de su disfraz, quedando él con su alano en
-aquella posicion. Oponíanse los otros á esta generosa determinacion;
-pero Hernando los convenció, probándoles que si á la mañana no habia
-logrado ponerse en comunicacion con el doncel y salvarle, ó saltaria
-la muralla y pasaria el foso á nado con su perro, ó retrocediendo al
-salon de la torre se haria rehenes y prenda de seguridad al mismo
-Ferrus, que probablemente deberia permanecer en el mismo estado, pues
-no se habia dado la alarma en el castillo en toda la noche. Fueron
-tales, por último, sus ruegos y sus amenazas, que fue preciso ceder
-á ellas. Importaba mucho en verdad que saliese alguien del castillo;
-fuera ellos, nada les seria mas facil que volver con socorro; y la
-presencia sobre todo de la ilustre prisionera en la corte debia
-hacer variar completamente la posicion del doncel y de Hernando,
-aun dado caso que quedase preso. Este, en fin, se aferró en decir
-que él no saldria del castillo sino muerto ó con su amo; lo mas
-que pudo conseguir de él Peransurez fue que quitándose su trage de
-montero vistiese la ropa del muerto centinela, y que quedase en su
-lugar. Si se le relevaba antes del alba, como era de pensar, acaso
-no seria reconocido y entre tanto tenia aquella probabilidad mas de
-salvacion. Hízolo asi Hernando, y arrojando sus vestidos y el cuerpo
-del vencido en la zanja con un pie, dió algunas instrucciones á
-Peransurez acerca de lo que deberia hacer en saliendo del castillo y
-en llegando á la corte.
-
-Despidiéronse en seguida, como aquellos que acaso no habian de volver
-á verse. Peransurez y su compañera, ocultando su rostro bajo su
-capucha, siguieron la senda que debia conducirlos forzosamente á lo
-largo de la muralla hasta la puerta principal y puente del castillo,
-donde era mas que probable que no hallasen obstáculos á su salida,
-siendo como era ya la hora que habia dejado advertido Ferrus la
-noche anterior que se abriese á los padres descaminados; y donde los
-dejarémos para acudir adonde nos llaman otros personages, no menos
-interesantes de nuestra historia.
-
-Solo podemos añadir para sacar algun tanto á nuestros lectores de
-la incertidumbre en que los dejamos, bien á nuestro pesar, que
-hácia aquellas horas, pero sin que hayamos podido averiguar si
-antes ó despues, el gefe del destacamento, que guardaba la puerta
-principal del castillo, creyó deber tomar órdenes del alcaide, de
-cuya ausencia total durante la noche estaba no poco admirado. Subió,
-pues, al salon que se habian reservado Rui Pero y Ferrus, y en vano
-llamó repetidas veces. Asombrado de esta circunstancia, no dudó en
-reunir algunos hombres, los cuales quebrantaron con sus hachas de
-armas la cerradura, y les dieron entrada en el salon. Alli fueron
-encontrados amordazados, en la misma forma singular que los dejamos,
-Ferrus y Rui Pero mirándose todavia, y sin dar otra respuesta á las
-preguntas del gefe que un sonido desigual ronco y desapacible, muy
-semejante al ruido gutural que produce un sordo-mudo para mover la
-pública conmiseracion. Desatóse á los alcaides, dióse la alarma, y en
-pocos minutos era el castillo todo un teatro de actividad dificil de
-pintar: corrian unos sin saber adónde, ni de qué enemigos se habian
-de guardar; tocaban algunos vocinas en son de guerra; preparaban
-otros sus armas; recorríanse las escaleras y galerías; oíanse votos y
-juramentos, pésames y proyectos de venganza, abríanse unas puertas,
-derribábanse aquellas cuyas llaves habian echado por dentro nuestros
-atrevidos paladines... en una palabra, era el castillo todo desorden
-y confusion. Nuestras leyendas, empero, tan prolijas por lo regular
-en todos los pormenores de sus relatos, parecen haberse descuidado
-sobremanera en esta ocasion; pues ni una sola palabra dicen por la
-cual podamos inferir, sospechar ó barruntar siquiera si cuando se dió
-esta alarma en el castillo habian salido ya al campo los fugitivos, ó
-si fue ocasion de que su intento se malograse. Lo cual prueba, ademas
-de otras muchas cosas que no son de este lugar, que no es tan facil
-el oficio de historiador y cronista como generalmente se cree, sobre
-todo si no ha de dejarse olvidada ninguna de las circunstancias que
-pueda anhelar saber el impaciente lector.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XXXVII.
-
- El rey moro de Granada
- mas quisiera la su fin;
- la su seña muy preciada
- entrególa á don Ozmin.
- El poder le dió sin falla
- á don Ozmin su vasallo,
- y escusóse de batalla
- con cinco mil de caballo.
-
- _Historia de Alonso XI, escrita en coplas redondillas._
-
- Dos mil vidas diera juntas
- por ser el desafiado.
-
- _Batalla de Rugero y Rodamonte._
-
-
-Curiosos estarán nuestros lectores, si es que hemos sabido hacerles
-interesantes los personages de nuestra desaliñada narracion, de saber
-el estado de la desdichada Elvira, á quien dejamos con la reja de su
-cámara abierta, ella desvanecida en tierra, y abriéndose su puerta
-para dar entrada al pagecillo, ó á su mismo esposo, únicos poseedores
-de la llave. Mucho sentimos que la complicacion de sucesos, que
-bajo nuestra pluma se aglomeran, no nos haya permitido sacarlos
-antes de tan incómoda duda; pero todavia sentimos mas que el tiempo,
-que todo lo devora, nos prive aun ahora del placer de satisfacerlos
-completamente. Recordarán, sin embargo, en disculpa nuestra, que
-cuando se abrió la puerta de la cámara, Elvira estaba desmayada, y
-nada por consiguiente pudo ver de lo que en torno suyo pasaba: el
-que entró nada contó nunca, razon que tenemos para sospechar que
-fue Hernan Perez, á quien no le podia convenir que nada de ello se
-supiese; y el cronista de aquellos tiempos, el famoso Pero Lopez de
-Ayala, se hallaba en el sarao, y nada trae tampoco por consiguiente
-en sus escritos de semejante escena. Por los resultados que esta
-tuvo, volvemos á repetir que debió de ser Hernan Perez. Hubo quien
-aseguró que habia visto hablar al astrólogo con él mucho despues de
-haber vuelto á entrar éste en el alcázar y como ya conocemos la mala
-intencion del judío; y es de presumir que alarmase al marido acerca
-de lo que en su cámara pasaba; la reja abierta, la puerta cerrada y
-el estado de Elvira debieron acabar de abrir los ojos á Hernan Perez
-acerca de lo que alli podia haber ocurrido.
-
-Lo único que podremos afirmar es que Hernan Perez de Vadillo, de
-resultas sin duda de la violenta escena que debió tener con su
-esposa, decidió aquella noche misma su separacion; buscó á su alteza,
-y le espuso con voz trémula y agitada como sabia que su esposa era la
-acusadora de don Enrique de Villena. Añadióle que él habia recibido
-del conde de Cangas la rara prueba de confianza de que pudiese en
-su nombre defender su parte en el combate; suplicóle en vista de
-ello que tomase á su cargo la acusadora; y por mas que se hizo para
-averiguar la causa de tan extraña conducta, solo se pudo sacar en
-limpio de las cortadas razones de Hernan Perez que éste habia tenido
-un rompimiento con su esposa; advirtióse desde entonces que cuanto
-hablaba eran palabras de aborrecimiento y execracion, y dirigidas á
-adelantar el plazo del combate, de resultas del cual debia él morir ó
-morir Elvira. El odio mas reconcentrado y profundo habia succedido en
-su corazon al amor conyugal. No se pudo negar don Enrique el Doliente
-á la justa demanda del ofendido Hernan, y en consecuencia encargó
-al judío Abenzarsal de la custodia de Elvira, la cual pasó á poder
-de éste con su inseparable pagecillo aquella misma noche. Decidióse
-al mismo tiempo que se verificaria el combate, donde quiera que
-estuviese la corte, al quinceno dia, por cumplirse entonces el plazo
-que habia dado su alteza al justicia mayor Diego Lopez de Stúñiga
-para presentarle el reo de la muerte de doña María de Albornoz. Si
-éste le presentaba con las pruebas legales del delito, escusaríase
-la prueba del combate. De lo contrario, no quedando otro medio que
-recurrir al juicio de Dios, seria aquel inevitable.
-
-Con respecto á Elvira, solo diremos que desde aquella funesta noche
-en valde intentó tener con su esposo una esplicacion: negóse éste á
-todas sus demandas, y la infeliz, sumida en la mayor desesperacion,
-esperó en un continuo llanto y congoja el dia en que habia de
-desenlazarse tan terrible drama, y en que habia de verse espuesta
-á los riesgos de un combate por causa suya, y por una imprudente
-generosidad, que no era ya tiempo de remediar; la vida de su
-desdichado amante, si es que éste no habia perecido ya, como tenia
-motivos para creerlo, en la funesta noche de su última entrevista.
-
-Puesta á recaudo como estaba, y no permitiéndosele comunicacion
-alguna sino con el page, solo pudo saber en el particular lo que todo
-el mundo sabia, esto es, que el doncel habia desaparecido, cosa que
-no daba poco que decir en la corte. No se le podia ocultar á Elvira
-que cualquiera que hubiera sido la suerte del doncel, su tenacidad, y
-el empeño con que á todo trance habia querido defender su moribunda
-virtud, habian tenido gran parte en ella. No le podia pesar de ello;
-pero era bien triste reflexionar cuán horrible premio daba el cielo á
-su conducta. Ora pensando en su esposo, ora en su crítica situacion,
-ora en un amor desdichado que en vano habia pretendido lanzar de
-su pecho por todos los medios posibles, pasábase la desgraciada
-Elvira los dias y las noches de claro en claro sin dar reposo á la
-lucha de encontrados sentimientos, que tenian dividida su deplorable
-existencia.
-
-La nueva que llegó á la corte el dia mismo que debia haberse
-trasladado á Otordesillas, hizo variar de determinacion á don Enrique
-el Doliente, como ya saben nuestros lectores, y el dia del combate la
-cogió por tanto en Andujar.
-
-Amaneció este dia, y nadie en la corte pudo dar razon al rey,
-cuidadoso é impaciente, del ignorado paradero del doncel: don Luis
-Guzman fue el único que pudo esponer sencillamente como Hernando,
-fiel criado del doncel, le habia visitado en la noche del sarao,
-manifestándole sus dudas y temores, y encargándole el equipage de su
-amo mientras él se dedicaba á averiguar su paradero, de que tenia
-vagas sospechas. Pero afirmó en seguida que desde entonces no habia
-vuelto á tener noticia alguna ni del doncel ni de Hernando. Todos
-los que conocian, sin embargo, el pundonor caballeresco de Macías,
-no dudaban un punto que se presentaria en la lid el dia emplazado,
-tanto mas cuanto que se habian publicado los convenientes edictos
-y pregones; á no ser que hubiese muerto, acontecimiento que nadie
-tenia motivos de sospechar. Muchos achacaron la ausencia del doncel
-á alguna hechicería de don Enrique de Villena y del judío, pero de
-sospecharlo á saberlo habia tanta distancia como hay de la mentira á
-la verdad.
-
-Regocijábanse en tanto secretamente aquellos dos intrigantes del
-feliz éxito de su manejo; sobre todo Villena, que habia conseguido
-llevar á cabo su proyecto sin necesidad de cargar su conciencia
-con el peso de sangre agena, descansando en la vigilancia de su
-emancipado juglar y en la fortaleza de su castillo, lleno todo de
-gentes de su devocion, curábase poco ya del combate, que mal podia
-verificarse sin la presencia del doncel. Verdad es que debia quedar
-condenada Elvira como calumniadora, pero esperaba que su mucho
-valimiento, y el que debia aumentársele sobre todo con el triunfo
-que el cielo le preparaba aquel dia, le bastaria para salvar la vida
-de la infeliz Elvira; cosa que intentaba pedir inmediatamente á su
-alteza, proponiendo la conmutacion de la pena que imponia la ley en
-un encierro perpetuo. De esta manera conciliaba el buen don Enrique,
-con el triunfo de sus intrigas, la tranquilidad de su conciencia,
-haciendo por una y otra parte transacciones con su ambicion, y con la
-voz secreta que le gritaba en el fondo de su corazon, que no dejaba
-de ser culpable por haber evitado la muerte de Elvira y del doncel.
-
-A pesar de la ausencia de éste, anunciaron los farautes el aplazado
-combate, y reunida la pequeña corte que llevaba consiga don Enrique
-el Doliente, éste se constituyó en audiencia sentándose debajo del
-dosel régio preparado para la ceremonia que debia verificarse.
-
-Sentado su alteza, y rodeado del buen condestable Rui Lopez Dávalos,
-de su físico Abenzarsal, de su camarero mayor, y de las demas
-dignidades de palacio; compareció ante el trono, llamado por un
-faraute, el ilustre don Enrique de Villena, conde de Cangas y Tineo,
-precediéndole dos farautes suyos, y un escudero con el estandarte en
-que se veía lucir su escudo de armas ricamente recamado; seguíanle
-numerosos caballeros y escuderos de su casa, vasallos suyos.
-Requerido por el faraute de su alteza, espuso brevemente la demanda
-que de justicia habia hecho en otra ocasion sobre la muerte de su
-esposa la condesa doña María de Albornoz. Concluida esta ceremonia,
-pidió cuenta su alteza á su canciller mayor del sello de la puridad
-de lo que en el asunto habia determinado: recordó éste el cargo
-que habia dado su alteza de averiguar el hecho al justicia mayor
-cometiéndole el cuidado del castigo. Adelantóse entonces Diego Lopez
-de Stúñiga, é hizo breve relacion de los pasos que habia dado para
-la averiguacion de aquel horrendo crímen, el cual sin embargo habia
-permanecido oculto; sin duda, añadió, por los incomprensibles juicios
-de Dios, que se reservaba el castigo de tan gran maldad. Oido el
-justicia mayor, prosiguió el canciller relatando como en ese tiempo
-se habia presentado una acusadora del mismo don Enrique de Villena,
-achacándole aquel propio crímen del que él habia pedido satisfaccion,
-y lo demas ocurrido en el caso.
-
-Hizo entonces su alteza comparecer á la acusadora, la cual, guiada
-de Abenzarsal, á cuya custodia estaba confiada, pareció y espuso de
-nuevo en la misma forma que la habia hecho la funesta acusacion, no
-sin acompañarla de abundosas lágrimas, que manifestaban bien á las
-claras el estado en que se hallaba.
-
-Tomósele de ella juramento, asi como á don Enrique de la denegacion
-del delito, el cual prestaron ambos sobre los santos Evangelios.
-
-Pidiéronse pruebas en seguida á la acusadora; no pudiendo la cual
-presentarlas, recordó el canciller que fundado en esto mismo se habia
-dignado su alteza ordenar la prueba del combate.
-
-Alzóse en seguida un faraute de su alteza y en voz alta repitió que
-era llegado el dia en que aquel debia verificarse; lo cual hizo por
-medio de largas fórmulas, de que nos dispensarán nuestros lectores.
-
-El canciller en seguida pidió los gages al acusado y acusadora,
-que le entregaron, aquel el guante arrojado por Macías el dia de
-la acusacion, ésta el anillo que en prenda de su persona habia
-entregado al rey en el propio dia. Recojidos ambos por el canciller,
-fuéles preguntado á los dos si se hallaban prontos para la prueba
-del combate que su alteza habia ordenado: esta pregunta estremeció
-á Elvira, que se vió sola en el mundo en aquel tremendo instante;
-pero Villena respondió á ella con insolente sonrisa de triunfo
-y de satisfaccion. Requeridos á presentarse ante su alteza los
-combatientes ó sus campeones representantes, adelantóse el hidalgo
-Hernan Perez de Vadillo, que se habia mantenido oculto hasta entonces
-en el grupo de caballeros de la comitiva de don Enrique de Villena;
-Elvira al verle no fue dueña de sí por mas tiempo, lanzó un agudo
-chillido, y ocultó su cabeza entre los brazos de una dueña que la
-seguia. No se alteró el implacable Vadillo; hincándose por el
-contrario de hinojos ante su señor natural, pidióle la venia, dada la
-cual anuncióse como el campeon de don Enrique.
-
-Este golpe inesperado, y que pocos en la corte sabian, hizo todo el
-efecto que el lector puede imaginar, reflexionando como reflexionaron
-los presentes que iba á presentarse un caso singular en semejantes
-combates. La muger acusadora por una parte, y el marido campeon del
-acusado por otra. Elvira al recibir tan terrible golpe se precipitó
-á los pies del trono esclamando:—¡Santo Dios! ¡Rey justiciero, no lo
-permitirás, señor...!
-
-Era tarde ya, empero, para deshacer lo hecho, y el faraute impuso
-silencio á la acusadora, con duro gesto y ademan, separándola del
-trono.
-
-Requirióse entonces á Elvira de que presentase su campeon, y á
-este requerimiento se succedió el mas profundo silencio. Leíase en
-los ojos de Elvira la ansiedad con que esperaba el fin de aquella
-ceremonia. En aquel momento hubiera dado su existencia porque no
-compareciese el doncel. Temblaba á cada ruido que se oía; todo era
-para ella preferible al espantoso espectáculo de ver pelear por su
-causa á su esposo y á su amante.
-
-Por último, vino á sacarla de su mortal angustia el tercer
-requerimiento del faraute.
-
-Apenas habia acabado éste de pronunciarle, cuando prosternándose
-Elvira, y elevando al cielo las manos y los ojos,—Nadie, esclamó con
-loca alegría, nadie. ¡Yo os doy gracias, Dios mio! Señor, continuó
-dirigiéndose al rey, no tengo campeon: soy, pues, calumniadora; ¡la
-muerte presto, la muerte!
-
-—Señor, se adelantó á decir el canciller al rey, que se levantaba
-para decidir en tan arduo caso, debo hacer presente á tu alteza que
-antes de declarar infame al doncel tu favorito es fuerza esperarle en
-el palenque todo el dia de hoy; si entonces no compareciere, á pesar
-de los pregones que habrán de repetirse en ese tiempo tres veces, la
-acusadora será ejecutada.
-
-—Ya lo oís, señora, continuó su alteza; dentro de una hora concurrirá
-la corte al sitio del combate.
-
-Una nube de tristeza profundísima enturbió la frente pálida de
-Elvira, que quedó sumergida en el silencio de la desesperacion. Don
-Enrique de Villena triunfaba, y una mal reprimida sonrisa se dibujaba
-en sus labios. Hernan Perez de Vadillo parecia desesperado de no
-tener contrario, y de la inopinada tardanza.
-
-—Señora, dijo don Luis Guzman, que veía con despecho triunfar á su
-enemigo, llegándose al oido de la infeliz acusadora; si mi brazo
-puede seros útil ved que diera mil vidas por ser el acusador.
-
-—¡Ah! señor, repuso Elvira dirigiendo al caballero una mirada de
-agradecimiento, dejad morir á una desdichada. Levantó entonces los
-ojos al cielo, y añadió para si con dolorosa espresion. ¡Él ha muerto
-tambien! ¡Y mi esposo me desprecia! Bajó en seguida los ojos, y dos
-farautes, notando el pequeñísimo diálogo que quisiera prolongar don
-Luis Guzman, la separaron, advirtiendo á éste que la ley prevenia
-toda incomunicacion con la acusadora.
-
-Bajó entre tanto su alteza del trono, y preparóse la corte á asistir
-al sitio del combate, donde debia esperarse al campeon de Elvira.
-
-Don Luis Guzman vió salir á todos con despecho reconcentrado. Su
-silencio y su gesto manifestaban cuánto destrozaba su alma impetuosa
-el próximo triunfo que esperaba á su rival, y que él habia tratado en
-vano de impedir con su intempestiva y no aceptada generosidad.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XXXVIII.
-
- Traidor sois, Payo Rodriguez,
- el mayor que ser podia.
- Yo vos haré conocer
- ser verdad lo que decia.
- Entraré con vos en lid
- y en ella vos venceria.
- —Mentides, Rui Paez Viedma,
- Pai Rodriguez respondia.
- Por eso sois vos reptado,
- no yo que nada debia.
- Diéronse luego sus gages,
- y en el campo entrado habian.
- Procuran de se matar
- muy cruel batalla habian.
-
- _Sepúlveda_, _Rom._
-
-
-—¿Pararemos aqui, si os parece? decia deteniendo su mula á la puerta
-de la hospedería de Andujar un hombre de quien ya hemos dado una
-pequeña muestra en la cena á oscuras que describimos en capítulos
-anteriores.
-
-—Como gusteis, repuso su compañero de viaje, á quien solo por su
-muletilla favorita habrán conocido ya nuestros lectores.
-
-—¡Ah, de la hospedería! ¡Buena gente!
-
-—¿Quién es la buena gente? replicó una voz agria y descompasada,
-semejante al desapacible chirrido de una chicharra, la cual salia del
-endeble cuerpo de una vieja mal humorada que acababa de asomarse á
-una fenestra. No hay posada.
-
-—Como gusteis, replicó apeándose Nuño; pero reparad, buena Beatriz,
-que somos, es decir, que soy vuestro compadre el de Arjonilla...
-
-—¡Si digo que está llena la casa! no hay posada, compadre, tornó á
-decir la vieja.
-
-—Como gusteis, Beatriz; pero ved que no la pido para mí, sino para
-esta mi bestia, que es como sabeis la niña de mis ojos; no hay mula
-mejor en la comarca: miradla despacio; es compra que le hice al prior
-del convento de Arjonilla; miradla, y compadeceos y hacedla un lugar
-en la cuadra.
-
-—Os digo, replicó la vieja, que como no querais meterla conmigo
-en mi camaranchon, no hay donde. Y no canseis, Nuño, concluyó la
-vieja; cerró despues de golpe la ventana, y se alejó con un gruñido
-prolongado, como se aleja tronando la tempestad.
-
-—¡Buenas noches! dijo soltando una carcajada el compañero de viaje de
-Nuño.
-
-—¡Maldita vieja! dijo Nuño. ¡Cuerpo de Cristo!
-
-—Vaya, Nuño, no os desespereis. Está visto que ha venido media
-Andalucía á la fama del juicio de Dios que se celebra por la prueba
-del combate en este pueblo, que Dios bendiga.
-
-—¿Y qué hacemos, señor montero? ¿Os parece que nos recibirá en su
-audiencia el señor justicia mayor con mulas y todo?
-
-—Paréceme que no; pero pudieran quedar las bestias con el mozo en las
-afueras del pueblo.
-
-—Como gusteis, repuso el buen Nuño.
-
-Apeáronse nuestros viajeros, y dejadas las caballerías al mozo,
-dirigiéronse hácia el palacio, donde se hallaba la corte hospedada.
-
-—Hé aqui lo que yo digo, iba refunfuñando el montero. Dad el pie,
-y os tomarán la mano. Ofrecíme á hacer un servicio á Peransurez,
-y exigióme ciento. ¿No era bastante andar un dia entero tras unos
-hábitos viejos de nuestro padre San Francisco, que no fue poca
-fortuna encontrar, merced á las muchas liebres que regala uno al
-padre sacristan? No, sino veníos despues con letras para el señor
-justicia mayor de no sé qué dueña ó qué doncella encantada... ¡Voto
-va! ¡Muchacho! añadió el montero deteniendo á uno que corria hácia la
-plaza del pueblo, ¿nos daréis razon del señor justicia mayor?
-
-—¡Ah señor! en mala hora venís, repuso el muchacho; ya no dejan
-pasar los archeros y ballesteros hácia palacio; la corte va á salir
-al palenque... ¿no veis cómo corre todo el mundo? Si venís á ver el
-duelo, mejor haréis en llegaros á la plaza. Acaso podréis acercaros
-al señor justicia mayor, que ha de estar alli, dijo el muchacho, y
-siguió corriendo. Agrupábase la gente cada vez mas por todas partes,
-y bien vieron nuestros viajeros que no les quedaba mas recurso que
-seguir el consejo del muchacho.
-
-—¡Ea! vamos, dijo Nuño; si alli le podemos dar alcance, sea en buen
-hora; sino tenga Peransurez paciencia, y acabada la fiesta haréis su
-comision: ¿ha de correr tanta prisa?
-
-—Mucho me dijo que urgía, pero á la buena de Dios. El hombre
-propone...
-
-—Y Dios dispone, concluyó el buen Nuño. Siguieron en seguida el
-curso de la gente, y no tardaron en llegar á la plaza.
-
-Habíase construido un palenque de ochenta pasos de ancho y de
-cuarenta de largo; en una estremidad un cadalso se hallaba levantado,
-y ricamente entapizado de paños negros; en él debian sentarse los
-jueces del campo. Hácia el comedio de uno de los lados un balconcillo
-de madera, forrado de paño color de grana bordado de oro, debia
-servir para el rey y su comitiva. Al uno y otro lado del palenque
-dos garitas, semejantes á las que se construyen en el dia para los
-centinelas, estaban destinadas para dos hombres, que debian dar desde
-ellas lanzas y armas nuevas á los combatientes, en el caso de romper
-las suyas en los primeros encuentros sin acabarse el duelo.
-
-Al rededor del palenque, y donde habian dejado lugar para ello las
-bocas calles, habian arrimado los habitantes carros y carretas para
-ver mas cómodamente el tremendo combate. Coronaba ya la concurrencia
-los puntos mas altos de la plaza, y empujábanse las gentes unas á
-otras en los mas bajos para alcanzar puesto cuando llegaron Nuño y su
-compañero.
-
-—¿Habeis oido decir por qué es el duelo? preguntaban unos.
-
-—Sí; respondian otros. El nigromante de don Enrique de Villena, que
-hechizó á su muger, es acusado por ello.
-
-—Bien hecho: no, sino que nos hechicen cada y cuando quieran esas
-gentes que tienen pacto con el diablo.
-
-—Callad, maldicientes, gritaba una vieja ¿Qué sabeis vosotros de lo
-que decís? No la hechizó, sino que la condesa desapareció, y aseguran
-que fue muerta por unos bribones pagados, á causa de unos amores, lo
-cual se supo porque noches antes le habian dado una serenata...
-
-—¡Ah! ¡ah! ¡ah! mirad la madre Susana con lo que nos viene, esclamaba
-otro. Matóla su marido, si señor, y hay quien sabe el por qué.
-¿Hubiera si no, una dama tan discreta y hermosa como la señora
-Elvira, muy amiga por cierto de la condesa y que estaba en sus
-secretos, cometido la ligereza de...?
-
-—Eso no, ¡pesia mí! maese Pedro, interrumpió un mozalvete mal
-encarado; ¡que no ha menester una muger muchos motivos para cometer
-una ligereza!
-
-—¡Calle el deslenguado! gritaba una doncella bien apuesta, y ataviada
-para el combate como para una funcion; ¿qué sabe él lo que son
-mugeres? Deje crecer sus barbas y hable de tirar piedras.
-
-—En hora buena, replicó el mozo; pero lo que yo digo es, que el
-combate no se verificará...
-
-—¿No, eh?
-
-—No señor; porque el campeon de la acusadora no parece.
-
-—Sí parecerá, repuso un recien llegado. En alguna redoma.
-
-—¡Oh! y qué bien decís, ¡voto á tal! hay quien asegura que entre el
-judío... maldiga Dios á los judíos.
-
-—Amen.
-
-—Amen.
-
-—Amen.
-
-—Pues sí; hay quien dice que entre el judío y el de Villena han
-echado un conjuro al señor doncel, aquel caballero tan cumplido, y le
-tienen en una redoma mas larga que la cigüeña de la torre, donde ha
-de estar cuarenta dias para convertirse luego en cuervo como el rey
-Artus.
-
-—¡Otra tenemos! gritó soltando la carcajada un petrimetre incrédulo
-de aquel tiempo. ¡Buena está la invencion de la redoma! El hecho de
-verdad es que ese caballero tan cumplido andaba enredado en amores
-con la dama acusadora; hálos sorprendido el marido, y...
-
-—¡Jesus! ¡Jesus! Dios nos perdone, y qué cosas oye uno á los
-barbilampiños de estos tiempos, esclamó una dueña quintañona,
-hincando el codo para pasar, y mirando con ojos zainos á un mancebito
-que parecia mas reservado que el que tenia la palabra. ¡Hé aqui por
-tierra en un instante el honor de una dueña!
-
-—Vaya, madre, no se enfade, repuso el que habia recibido la repasata,
-y cuide de su honra, sin andar enderezando la de nadie, que todos
-habemos menester...
-
-—¿Qué irá á decir el desvergonzado? interrumpió toda azorada y
-encendida la quisquillosa mogigata.
-
-—¡Ea! ¡ea! dijo Nuño; dejen esas cuestiones, y miren á los
-trompeteros que se entran ya en el palenque. Seor montero, veníos
-hácia acá; continuó, y veamos de dar la vuelta á la plaza, por si
-podemos llegar á dar esas letras que traeis al señor justicia mayor.
-
-Acababan de entrar efectivamente en el palenque dos trompeteros
-anunciando con fúnebre sonido el principio de la ceremonia del
-combate. Venia detras de las trompetas un rey de armas y dos
-farautes. Seguian ministriles con instrumentos músicos, y varios
-ministros del justicia mayor; dos notarios para testimoniar y dar
-fé de lo que acaeciese; los dos jueces del campo elegidos por su
-alteza, que fueron el muy buen condestable don Rui Lopez Dávalos y
-el juicioso y entendido en armas y letras don Pedro Lopez de Ayala.
-Detras el justicia mayor Diego Lopez de Stúñiga, vestido como los
-demas de gala y ceremonia cerraba la comitiva. Subió toda al cadalso
-revestido de paño negro, en el cual se colocó segun la preeminencia
-de puestos debida al empleo de cada uno, y á ella se agregaron dos
-persevantes. Entró en seguida en su balconcillo, ó mirador, su alteza
-acompañado de su físico Abenzarsal, del arzobispo de Toledo, de su
-confesor fray Juan Enriquez, y de varias dignidades de palacio que á
-semejantes oficios debian seguirle.
-
-Proveyeron los jueces la liza de gente de armas que asegurase el
-campo, y fueron treinta buenos escuderos con mas ballesteros y
-piqueros; de los cuales colocáronse unos en ala bajo el balconcillo
-de su alteza, y otros en varios puntos estremos de la liza.
-
-Entró en seguida un eclesiástico, y dirigiéndose hácia el estremo
-enfrente de los jueces, donde habian hecho levantar estos un altar
-con preciosas reliquias y ricos ornamentos, y en el cual debia
-celebrarse el santo sacrificio de la misa.
-
-Enfrente del balconcillo de su alteza habíanse levantado, bastante
-apartados entre sí, dos pequeños cadalsos de tablazon revestidos
-de paños negros bordados de oro; hasta el uno entró conducida y
-custodiada por cuatro archeros una muger jóven cubierta de un velo
-negro que la tapaba toda: ocultaba su blanca espalda y torneada
-garganta su cabellera brillante como el ébano. No era ya aquella
-perfecta hermosura fresca y lozana que habia deslumbrado tantas
-veces á la corte toda de don Enrique el Doliente. Su rostro pálido y
-prolongado por la contínua afliccion; sus ojos hundidos y rodeados de
-un cerco oscuro; su frente mancillada por la adusta mano del dolor;
-su mano descarnada y trémula; su paso vacilante y sus ardientes
-lágrimas manifestaban cuán grande era su pesar. Seguíala al lado,
-vestido de gala, el pagecillo Jaime, que de ver llorar á su prima
-lloraba tambien, y que la dirigia de cuando en cuando palabras de
-consuelo, de las cuales no eran contestadas unas, y otras ni siquiera
-oidas.
-
-Hasta el otro cadalso ó tablado entró el ilustre conde de Cangas y
-Tineo, ricamente vestido, alta la cabeza y arrogante el paso. Llevaba
-rico jubon de raso negro columbino; calzas justas; un bohemio de paño
-negro guarnecido del mismo color; manga larga y angosta, con capilla
-de buitron; una jaqueta de raja recamada de oro le cubria apenas el
-jubon; cinto tachonado de que pendia una rica limosnera; zapatos de
-seda negros abiertos y acuchillados; un camison riquísimo de holanda,
-labrado, le volvia sobre el pecho y hombros, y un riquísimo collar de
-piedras y oro, de que pendia un San Miguel de este precioso metal,
-deslumbraba en su pecho al lado de la cruz roja de Calatrava. El
-manto de la orden encima completaba su magnífico arreo.
-
-Precedíanle farautes suyos, su estandarte con el escudo de sus armas,
-y la caldera de rico-home, y le seguian escuderos, donceles pages,
-caballeros y gentiles homes de su casa, vasallos suyos, vestidos
-todos de ceremonia y paz como su señor.
-
-Un alto crucifijo de plata reflejaba los rayos del sol á igual
-distancia de uno y otro cadalso, enfrente mismo del balconcillo de
-su alteza, y detras de él se veía sentado sobre un banco contiguo ya
-al palenque un hombre vestido con un capoton de seda encarnada, y
-cubierta la cabeza de una gorra de lo mismo. Un tajo á su lado, y una
-afilada cuchilla declaraban aun á los que mas de lejos le veían que
-era Mateo Sanchez, verdugo de su alteza, pronto á ejecutar á aquel de
-los dos que quedase por el combate convencido ó de calumniador, ó de
-reo.
-
-Dispuesta ya la liza en esta forma, que hemos procurado describir
-todo lo mas fielmente que nos ha sido posible, mandaron los jueces al
-rey de armas y farautes dar una grida ó pregon anunciando el combate,
-que iba á verificarse en comprobacion del juicio de Dios á falta de
-otras pruebas, y mandando comparecer á las partes ó á sus campeones.
-
-Presentóse en seguida á la puerta del palenque un caballero, alzada
-la visera, que todos reconocieron ser el hidalgo Hernan Perez de
-Vadillo: seguíanle dos pages con las libreas de Villena, llevando
-el uno la lanza y el otro un caballo de respeto. Venia ginete en un
-soberbio alazan encubertado con paramentos negros que le llegaban
-hasta los corbejones, con cortapisa de martas cebellinas, y bordados
-de muy gruesos rollos de argentería á manera de chapertas de celada,
-y por divisa las armas de don Enrique de Villena. Traia Hernan Perez
-vestido sobre su arnés blanco, como de caballero novel, sin empresa
-ni mote, un falso peto de aceituní vellud bellotado, verde brocado,
-con una uza de brocado aceituní vellud bellotado azul, calzas de
-grana italianas, una caperuza alta de grana, y espuelas de rodete
-italianas: llevaba sus arneses de piernas y brazales con hermosa
-continencia. Su rostro era el único que estaba en contradiccion con
-la galana apostura de su arreo. Encendido como la lumbre, lanzaba
-rayos de sus ojos, y parecia medir con la vista el espacio del
-palenque, como si viniera estrecho á su cólera y su corage. Tres
-vueltas dió en derredor con gracia y gentileza, saludando á cada
-vuelta él y su caballo al mirador de su alteza y al conde su señor;
-dirigiendo, empero, una mirada de desprecio y de ira, sentimientos
-que se confundian en la espresion de su semblante, hácia la víctima
-infeliz de su propia virtud y generosidad.
-
-Presente ya en la liza el defensor del acusado, requirieron
-los farautes por pregon al campeon del acusador por tres veces
-consecutivas, el cual no pareciendo, comenzó el oficio de la misa.
-
-Concluida ésta, requirieron de nuevo al acusador; igual silencio
-succedió, sin embargo, al segundo y tercer pregon.
-
-Elvira alzaba de cuando en cuando los ojos al cielo: no se podia
-distinguir si le daba las gracias por la ausencia de su campeon, que
-de ninguna manera hubiera deseado ver entonces alli, ó si lloraba
-la ya probable muerte del doncel. Sin creer en ésta, ¿cómo concebir
-que caballero tan generoso y enamorado pudiese dejarla en tan amargo
-trance desamparada, donde la cuchilla del verdugo esperaba su cabeza
-si su campeon no venia?
-
-Dos largas horas pasaron en tan cruel espectativa. Impacientábase ya
-el concurso como si hubiera pagado el dinero por su asiento, y como
-si fuese aquella una funcion que estuviese ya su alteza obligado
-á darle, solo por el hecho de haber él concebido esperanzas de
-presenciarla. Circunstancia que prueba que el público de Andujar en
-el siglo XV se parecia á los públicos de todas las épocas y paises.
-Habia consentido en recrearse con los furibundos mandobles y reveses
-del combate: habia contado con una diversion, porque generalmente las
-calamidades particulares son diversiones públicas, y la diversion no
-llegaba. Comenzaba á levantarse ya un sordo murmullo de descontento
-y desaprobacion; quien hablaba contra Macías, caballero aleve y
-descortés que se habia ofrecido al socorro de una dama para faltar
-despues á su palabra y su fé; quien se indignaba contra Villena
-achacando á sus cobardes maleficios la desaparicion del pundonoroso
-doncel.
-
-Habian ganado terreno en este tiempo Nuño y su compañero, portador
-de las letras, que segun sus propias espresiones le habia confiado
-Peransurez para el justicia mayor: ora sirviéndose de la persuasion,
-ora de sus codos, habíanse abierto paso poco á poco hasta llegar
-á colocarse cerca del tablado de los jueces, dando la vuelta al
-palenque. Atraido un faraute á las voces de Nuño, no pudo menos
-de acudir á ver qué pretendia aquel palurdo; espúsole entonces
-el montero como tenia dos palabras que comunicar á su señoría al
-justicia mayor.
-
-Miróle de alto abajo el faraute, y como le vió tan mal parado,—No
-es ocasion, villano, le dijo, de pedir justicia. Id mañana á la
-audiencia.
-
-—Ved que no es justicia lo que á pedirle vengo, ni son asuntos mios
-los que tengo que comunicarle.
-
-—¡Calle el villano! repuso el faraute con enojo. ¿Qué asuntos traerá
-él con su señoría, sino es alguna querella contra el tabernero de la
-taberna del rincon?
-
-—¡Voto va, señor faraute! replicó el montero al verse tan
-injustamente maltratado, que le enseñe yo á hablar antes de mucho...
-
-—¡Favor al rey! gritó el faraute.
-
-—¿Favor al rey? pícaro, contestó el montero montado en cólera, ¿sabes
-tú, jabalí del soto mas que faraute, que lo que tengo que hablar á su
-señoría interesa acaso al mismo combate que debia hoy verificarse, y
-vale de seguro mas que tú, y todas las bestias feroces de tu especie?
-
-Una carcajada del faraute, y un golpe que con la vara de su insignia
-dió al montero, acabaron de indignar á éste, é iba á precipitarse
-ya sobre su antagonista, cuando un grandísimo rumor de voces y de
-aplausos resonó por toda la plaza.
-
-—¡Dejadnos ver, dejadnos oir! clamaron á un tiempo mas de veinte
-curiosos de los que hasta entonces se habian entretenido con la
-disputa del faraute y del montero. A esta interrupcion inesperada se
-volvieron las cabezas de todos hácia el parage donde sonaba el mayor
-alboroto.
-
-Un caballero bien montado y armado de todas armas acaba de entrar en
-la liza, y dirigiéndose hácia el mariscal del campo, que preguntaba
-ya á su alteza si habia de procederse á la ejecucion de la acusadora,
-le hablaba con voz agitada y resuelto continente.
-
-Traia el caballero echada la visera; sus armas negras, el penacho
-negro que sobre su reluciente almete ondeaba á la merced del viento,
-y mas que todo una divisa que en el brazo derecho llevaba ricamente
-obrada, y que decia en letras de plata _imposible_, _venganza_,
-llamaron la atencion general.—¡Él es! gritó una voz penetrante que se
-elevó hasta las nubes desde el cadalso de la acusadora.—¡Él es! ¡él
-es! respondieron en el acto mil y mil voces confusas y repetidas.
-
-—¿Habráse salido Hernando con la suya? dijo el montero á Nuño. ¡Háse
-salvado el doncel!
-
-Proseguia, sin embargo, el altercado del caballero y del mariscal:
-llegó éste al tablado de los jueces, y despues de una corta
-esplicacion, pareció que éstos habian decidido acerca de la duda que
-tenia el mariscal.
-
-Grande fue el asombro de don Enrique de Villena, y mayor aun su
-indignacion.
-
-¿Era posible que Ferrus hubiese dado suelta al encerrado doncel?
-Conocióse su turbacion en toda la plaza, y hubo de parecer buen
-agüero á los que se inclinaban á la parte de la acusadora.
-
-El rostro de Hernan Perez por el contrario brilló de un resplandor
-singular. Afirmóse en los estribos, registró con su vista relumbrante
-á su contrario, y dando con el cuento de la lanza en el suelo,
-“¡Venganza, sí! clamó: ¡venganza!” Dió en seguida media vuelta á
-su caballo, y ocupó el lado izquierdo del palenque en la terrible
-actitud ya de acometer.
-
-Otro tanto hizo el recien venido, y tomó de mano de uno de sus dos
-pages una ponderosa lanza.
-
-El rey de armas, acompañado de dos farautes, descendió entonces del
-tablado; midieron en seguida el suelo, dividieron el sol, é indicaron
-su debido puesto á ambos combatientes.
-
-Dirigiéndose en seguida Hernan Perez de Vadillo, conducido por el rey
-de armas, hácia el crucifijo, y tocándole con la diestra mano, juró
-á fé de cristiano y de caballero, por su alma y por la vida que iba
-á perder acaso en aquel trance, que su demanda era justa y buena, y
-que no traía sobre sí ni sobre su caballo armas ocultas, ni yerbas,
-ni hechizos, ni piastron, ni ventaja alguna de las reprobadas por la
-orden de caballería; vuelto á su puesto, igual juramento repitió, y
-en la misma forma, el caballero de las armas negras, colocándose de
-nuevo en seguida al frente de su adversario.
-
-Al ver tan próximos al último trance á entrambos combatientes, no
-pudo contenerse por mas tiempo Elvira.
-
-—¡Señor! clamó prosternándose con los brazos abiertos y dirigidos en
-actitud suplicante hácia el mirador de su alteza, ¡basta! quiero ser
-antes calumniadora. ¡Lo soy, señor, lo soy!
-
-Pero en aquel momento la atencion de todos se bailaba fijada en los
-gallardos combatientes, y una confusa gritería de aplauso y de temor
-al mismo tiempo sofocó la débil voz de la acusadora. Desanimada
-Elvira enteramente, dejó caer su cabeza sobre el pecho, y enagenada
-desde entonces apenas vió y oyó lo que en torno suyo pasaba.
-
-Al punto los jueces del campo mandaron al rey de armas y al faraute
-dar una grida ó pregon que ninguno fuese osado por cosa que sucediese
-á ningun caballero á dar voces ó aviso, ó menear mano ni hacer seña,
-so pena de que por hablar le cortarian la lengua, y por hacer seña le
-cortarian la mano. Succedióse á este pregon el mas profundo silencio,
-interrumpido solo por un ligero murmullo que producia el montero
-irritado todavia, profiriendo entre dientes algunos juramentos contra
-el faraute; ni atendió el pregon, ni pensaba sino en llevar á cabo la
-entrega de sus letras, mas bien por terquedad ya que por otra razon
-cualquiera. Aplacáronle, sin embargo, algun tanto los que le rodeaban.
-
-Al mismo tiempo mandaron los jueces sonar toda la música de
-ministriles con grande estruendo, y en tono rasgado de romper la
-batalla; reconoció el rey de armas, acompañado del mariscal, las
-armas de los desafiados, y hecha la señal soltaron los farautes la
-brida del bocado de los combatientes que tenian cogida gritando á una
-voz: “_Legeres aller, legeres aller, é fair son deber_”, segun la
-fórmula provenzal introducida en duelos singulares, justas y torneos.
-
-Arrancaron al punto los caballeros con las lanzas en los ristres,
-arremetiendo uno contra otro con singular furia y denuedo. General
-fue la espectativa y el ansia al choque de los combatientes, que se
-encontraron entre nubes de polvo en medio de su carrera. Rompieron
-entrambos sus lanzas. Hernan Perez encontró al caballero de las armas
-negras en el arandela, desguarneciéndole el guardabrazo derecho, y
-éste encontró á Hernan en la bavera del almete. Vacilaron entrambos
-caballos de la sacudida, pero repuestos en el mismo instante del
-súbito golpe, concluyeron su carrera airosamente. Tomaron los
-caballeros lanzas nuevas, y en tres carreras succesivas no se decidió
-la ventaja por ninguna parte. Al fin de la tercera, furioso Hernan
-Perez del poco efecto de las lanzas, quebró la suya contra el suelo,
-y revolvió desnudando la espada sobre su contrario, que vista la
-accion adoptó igual determinacion. No daba Elvira, sumergida en el
-mas profundo estupor, señal de vida, y mudaba de colores don Enrique
-de Villena á cada encuentro, como aquel cuya fortuna dependia del
-éxito del combate. A pesar de las buenas muestras que daba el novel
-caballero, ponian todos por el de lo negro, cuyos altos hechos de
-armas anteriores eran demasiado conocidos para osar poner en duda su
-ventaja.
-
-El que mas animado parecia era nuestro montero, á quien el corage
-habia acabado de acalorar; pero cuando no pudo reprimirse fue cuando
-despues de un largo rato de incierta lucha rompió Hernan Perez su
-espada en el almete del caballero de las armas negras, quedando
-desarmado. “¡A él! ¡á él!” gritó fuera de sí al aventajado de lo
-negro, que descargando su acero sobre el indefenso desguarnecióle
-el brazo, haciéndole una profunda herida á lo largo de él. Apartó
-Vadillo su caballo como buscando una arma nueva, y tratando de evitar
-el segundo golpe con que su contrario le amenazaba ya; accion que
-puso una pequeña suspension en el combate, merced á la habilidad con
-que logró, manejando su bridon, burlar repetidas veces la intencion
-del enemigo.
-
-Un faraute entre tanto se apoderó del montero, y llevado ante los
-jueces del campo, íbasele á imponer la pena, que hubiera sufrido á
-no haber hecho presente que traía letras para el justicia mayor.
-Abriólas éste, y recorriólas rápidamente. No bien las hubo leido,
-cuando se alzó en pie para mandar la suspension del combate. Era
-tarde ya, sin embargo. Convencido Vadillo de que podia durar muy
-poco lucha tan desigual, decidióse á echar el resto, y asiendo de
-su hacha de armas detuvo su caballo y esperó resuelto al contrario,
-que le acometió, causándole de nuevo otra herida en un costado.
-Aprovechándose Vadillo entonces del momento, soltó la brida del
-caballo, y alzando con ambas manos el hacha y clamando, “¡Venganza!
-¡venganza!” descargó tan furioso golpe sobre el caballero de las
-negras armas, sin darle tiempo de revolver su caballo, que faltándole
-el almete hízole dar con la cabeza en el cuello del animal: aturdido
-de ambos golpes, el caballero abrió los brazos, separáronse sus
-piernas del vientre del caballo, y perdiendo ambos estribos vino al
-suelo mal parado. “¡Victoria! ¡Victoria!” clamaron á un tiempo los
-circunstantes, succediendo á la aclamacion el mas profundo silencio.
-A este tiempo Vadillo, habiendo echado ya pie á tierra, se precipitó
-sobre el caido con ánimo de cortarle la cabeza, idea que llevara á
-cabo á no detenerle un faraute que de orden de los jueces dió por
-concluido el combate. Miró Vadillo al cielo despechado, y descansó
-en seguida sobre su hacha de armas, sin separarse empero de la
-víctima, y en la misma actitud en que nos pintan á Hércules sobre
-su maza. Elvira al oir el grito de victoria alzó los ojos, vió el
-éxito del combate, y cerrándolos horrorizada se lanzó en los brazos
-de Jaime, ocultando en ellos su cabeza. Don Enrique de Villena entre
-tanto ostentaba en su semblante la alegría del triunfo, que no habia
-esperado conseguir.
-
-Mientras que el justicia mayor habia llegado á su alteza seguido
-del montero, y le hablaba cosas sin duda del mayor interes, el rey
-de armas se adelantó hasta el vencido, y poniéndole un pie sobre el
-pecho, y tocándole con su maza: “¡_Hé aqui_, clamó en voz alta, _hé
-aqui el juicio de Dios_!” Don Enrique de Villena es inocente. Elvira
-es calumniadora. _Hé aqui el juicio de Dios._
-
-Un grito de horror resonó por toda la concurrencia, que sabia bien
-la suerte que esperaba á Elvira. Efectivamente, segun las leyes de
-semejantes juicios, la acusadora debia ser en el acto degollada: el
-campeon vencido, si habia quedado con vida, debia ser desarmado y
-desnudado; las diversas piezas de sus armas esparcidas aqui y alli en
-el campo de batalla, y permanecer él en tierra hasta que su alteza
-declarase si queria ajusticiarlo ó perdonarlo. Sus bienes habian de
-ser ademas confiscados en favor del erario, despues de reintegrado el
-vencedor de sus costas y perjuicios; y si quedaba muerto debia ser
-entregado al mariscal del campo para ser suspendido por los pies en
-un patíbulo.
-
-Disponíanse los archeros á conducir á Elvira al suplicio, estaba ya
-en pie el impasible verdugo, y repetia por tercera vez el rey de
-armas su grida de ¡_hé aqui el juicio de Dios_! cuando se notó que
-su alteza hacia señal de suspension con el pañuelo. Alzado en pie
-entonces el justicia mayor, “El combate nada puede probar ni decidir,
-clamó en alta voz. La condesa doña María de Albornoz vive, y don
-Enrique de Villena es, sin embargo, culpado de felonía, si no de su
-muerte.”
-
-Estas terribles palabras, que repetian los que estaban mas cerca á
-los que no las habian oido, estendiéndolas como se estienden á lo
-lejos las ondas de un estanque donde ha caido una piedra, produjeron
-la mayor espectativa en la asamblea, y fueron un rayo para don
-Enrique.—¡Todo es perdido, clamó, todo!
-
-—Sí, continuó Diego Stúñiga. La providencia es justa; ella ha salvado
-á la condesa; hé aqui sus letras, y presto acaso su llegada á Andujar
-confirmará tan alegre nueva.
-
-No bien habia acabado de hablar el justicia mayor, se hendió la
-multitud, que rodeaba una puerta de la liza, y se vió llegar á rienda
-suelta una cabalgata que no tardó en entrar en el palenque.
-
-—¿Es posible? se preguntaban unas á otras mil voces confusas y
-atropelladas; ¿es posible? ¡La condesa! ¡la condesa!
-
-Doña María de Albornoz, pálida como la muerte, revestida aun del
-negro cendal con que habia salido de su prision, y seguida de
-Peransurez y de varios armados, se dirigió á apearse ante su
-alteza, que la recibió en sus brazos. Don Enrique, confundido, se
-ocultó entre sus caballeros, y Elvira, luchando entre la duda y la
-esperanza, permaneció inmóvil, ora clavando los ojos con estúpido
-terror en el cuerpo del vencido, que yacía en tierra todavia, ora
-queriendo descifrar si era efectivamente su antigua amiga la que
-venia á librarla de la muerte que tanto habia deseado.
-
-Informada la condesa anteriormente por Peransurez de cuanto habia
-ocurrido durante su prision, corrió en seguida á los brazos de
-Elvira, que la recibió en ellos con la insensibilidad de una estátua
-para quien nada tenia ya interes en el mundo.
-
-Entre tanto, llegando los jueces y el rey de armas al caido,
-desenlazáronle el almete: al respirar el aire libre pareció dar
-señales de vida, volviendo en sí lentamente. Su alteza, que habia
-bajado de su balconcillo, se encaminó con toda la corte hácia el
-sitio que habia sido teatro de la batalla, lleno del mas vivo interes
-por su doncel. La condesa, no menos animada del celo por su defensor,
-arrastró á Elvira hácia el mismo parage. La sangre que habia vertido
-el caballero por los oidos y las narices al recibir el golpe de
-Vadillo, juntamente con el sudor y el polvo, impedian reconocer sus
-facciones.
-
-—¿Es muerto? gritó don Enrique el Doliente á los que le
-reconocian.—¿Es muerto? preguntó la condesa.—¡Macías! gritó Elvira,
-devorando con sus ojos las facciones del caido. _¡Ah, no es él!_
-esclamó con frenética alegría, despues de un momento de duda. _¡No
-es él!_ y se dejó caer en los brazos de la condesa, que la cubria de
-cariñosos besos.
-
-Efectivamente, limpióse el rostro del vencido: era el generoso don
-Luis Guzman. Poseyendo la armadura del doncel, que Hernando le habia
-dejado, se habia lanzado á la palestra en contra de Villena, logrando
-persuadir al mariscal del campo y á los jueces de la identidad de su
-persona, sin quitarse la visera.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XXXIX.
-
- Yo malo que obré el pecado,
- merecia haber la paga.
- Mis ojos sean malditos
- que su hermosura miraran,
- que á no mirarla ellos
- todo este mal se escusaba.
- No mireis, justo señor,
- su pecado; pues le paga
- el cuerpo que lo tal hizo
- á ella haced librada.
-
- _Rom. del rey Rod._
-
-
-Luego que Fernan Perez se hubo repuesto algun tanto de su primer
-asombro volvió los ojos hácia su señor, y viendo lo mal parado que
-estaba entre los suyos, llegóse á él con aire resuello.
-
-—¿Qué es esto, señor? le dijo. ¿La condesa aqui? ¿y el doncel?
-
-—¿Qué ha de ser, Vadillo? repuso Villena: el infierno todo, que anda
-mezclado en mis asuntos. Mi castillo está en manos de traidores. La
-fuga es nuestra salvacion.
-
-Dichas estas palabras, aprovechóse el conde de Cangas de la
-confusion general, y salió del palenque con Vadillo, y sus caballeros
-y vasallos, antes que pensara nadie en impedírselo; armándose en
-seguida y montando precipitadamente á caballo, tomaron á rienda
-suelta el camino de Arjonilla, donde le pareció al conde que debia
-hacerse fuerte, y esperar el sesgo contrario ó favorable que
-quisiesen tomar las cosas. En el camino hubo de confesar toda su
-conducta el intruso maestre á Fernan Perez. A pesar de su nunca
-desmentida fidelidad, no pudo disimular éste un gesto de desprecio,
-hijo de la consideracion del carácter de aquel hombre, imperfecta
-mezcla de ambicion y pusilanimidad. No creyó, sin embargo, oportuno
-abrumarle con reconvenciones en la hora de su desgracia; desesperado
-de no haber acabado como creía con el hombre que le habia ofendido
-en lo mas delicado de su honor, y cuya muerte habia jurado, suplicó
-al conde le permitiese adelantarse en su escelente caballo, para
-advertir su llegada al castillo y tomar disposiciones de defensa,
-segun le dijo, pero en realidad con ánimo de que no se escapase por
-esta vez á su furor el doncel, si estaba todavia aprisionado, como
-debia presumirse de su ausencia en el combate.
-
-Advertida de alli á poco en el palenque la fuga del conde y de
-los suyos, fue tal la indignacion de su alteza al verse de esta
-manera burlado por su mismo pariente, á quien tantos favores habia
-dispensado, que á pesar de los ruegos de doña María de Albornoz y
-de Elvira, pudieron mas con él las sugestiones del pérfido judío
-Abenzarsal. Este, para salvarse y no verse arrastrado en la ruina del
-conde, no halló otro recurso que cortar el cable que unia su suerte
-á la del caido maestre, y como buen palaciego, fue el primero que
-manifestó la mayor indignacion contra Villena. Despachó, pues, el
-rey en seguimiento del conde al justicia mayor con numerosa comitiva
-de caballeros y hombres de armas, dándole orden de traerle á su
-presencia vivo ó muerto, y de salvar á toda costa al doncel de su
-venganza si existia en su poder todavia, como debia sospecharse de
-las informaciones que dió sobre el caso Peransurez.
-
-Deseosa, sin embargo, la generosa condesa de endulzar el rigor
-de la ley por una parte, y por otra de cooperar á la libertad
-del doncel, que tan noblemente habia abrazado su causa desde un
-principio, y que por ello se veía en eminente peligro, se decidió á
-seguir al justicia mayor á Arjonilla, acompañándola Elvira, Jaime y
-Peransurez; aturdida todavia aquella con los singulares y opuestos
-acontecimientos que por ella habian pasado en aquel dia, y fieles los
-otros dos como siempre á la generosa empresa que habian abrazado. La
-impaciencia que á los cuatro animaba no les permitió esperar á la
-partida mas lenta del justicia mayor y de su tropa. Llevando ademas
-mejores caballos, ganáronles prontamente la delantera.
-
-En el castillo se habia aplacado entre tanto el desorden y la
-confusion, producidos por la fuga de la condesa, Ferrus y Rui Pero se
-habian cerciorado con satisfaccion, que solo uno de los prisioneros
-se habia escapado. Era, en verdad, el mas importante; pero Rui Pero
-se puso á la cabeza de unos cuantos hombres armados con no pocas
-esperanzas de recobrar á los frailes fugitivos, que habiendo salido
-á pie no podian haber andado mucho. Hubieran logrado su intento á no
-haber tenido tiempo Peransurez para llegar á la venta de Nuño; pero
-una vez alli, desnudáronse su disfraz, tomaron consigo unos cuantos
-monteros cólegas de Peransurez, y rodeando por el monte y sonando
-sus vocinas en son de caza, lograron burlar la vigilancia de los
-emisarios de Rui Pero, que buscaban dos frailes franciscanos, y no
-una compañía de cazadores. La condesa creyó oportuno avisar de su
-situacion á su alteza por medio del mismo Nuño, y de su compañero
-de viaje, por si se frustraba su fuga, ó por si no podia llegar
-á Andujar tan presto como era su intencion, á pesar de la poca
-distancia que hasta alli habia. Nuestros lectores han visto cómo
-desempeñó Nuño su comision, y pueden figurarse que Rui Pero y los
-suyos recorrian todavia inútilmente los alrededores de Arjonilla.
-Ferrus poco militar todavia y aturdido con cuanto le pasaba no habia
-pensado en relevar las centinelas; y habiéndose convencido por una
-rejilla interior de la prision del doncel de que existia en su poder,
-permanecia Hernando en su puesto con su alano, bien decidido á vender
-cara su vida si no podia salvar á su señor; viendo que nadie se
-acordaba de él, se determinó por último á abandonar su guardia, y á
-buscar alguna otra manera de salvar á Macías. Echó á andar para esto
-á lo largo de la muralla, calada la visera de la mala celada que
-habia robado al difunto, y no le costó dificultad introducirse en lo
-interior del castillo, que por lo desmantelado servia de cuartel á
-los hombres de armas. No osaba preguntar por no delatarse á sí mismo;
-pero calculando la forma del edificio, anduvo con aire resuelto
-como si fuese á cosa hecha ó llevase alguna orden, y se acercó á un
-corredor ancho adonde caía efectivamente la escalerilla que daba
-entrada á la prision del doncel. Felizmente conservaba todavia las
-llaves en su poder, y Ferrus con la mayor parte de su fuerza se
-ocupaba en distribuir atalayas en las murallas, y en examinar de
-continuo el campo por ver de divisar á Rui Pero, de quien no dudaba
-que volviese con su presa.
-
-Quedábale que vencer á Hernando una dificultad. En lo alto de la
-escalera habia un centinela, á quien Ferrus habia encargado la
-vigilancia.
-
-—¿Quién va? preguntó éste á Hernando luego que le vió acercarse.
-
-—Compañero, repuso Hernando, tratando de ganarle por buenas, y aun de
-relevarle si podia, ¿cae hácia esta parte la prision?
-
-—Atras. Parece que es nuevo el compañero segun la pregunta. Aqui cae;
-pero atras.
-
-—Ved que os vengo á relevar. ¡Voto va! podeis iros ya á descansar.
-
-—¿A descansar, y hace un cuarto de hora que estoy en esta faccion?
-
-—Malo, dijo para sí Hernando.
-
-—No conozco yo la voz de ese compañero, dijo entre dientes el
-centinela armando su ballesta. ¡Ea! atras digo.
-
-—¡Cuerpo de Cristo! esclamó furioso Hernando, viendo que su astucia
-no habia surtido efecto; si no conoces mi voz, javalí, conocerás
-mi mano. Dijo, y se abalanzó sobre el contrario. Retrocedió éste
-gritando, “¡traicion! ¡traicion!” y disparó su ballesta: recibió
-Hernando la saeta en el brazo izquierdo; pero no haciendo mas caso
-de ella que de la picadura de un insecto, levantó su mano de hierro,
-y asiendo del centinela por la garganta, alzóle del suelo, dióle
-dos vueltas en el aire con la misma facilidad y desembarazo que da
-vueltas un muchacho á su honda, y despidiólo contra la pared del
-corredor, donde produjo el infeliz un chasquido hueco, semejante al
-de una inmensa vejiga que revienta, cayendo despues al suelo sin mas
-accion que un costal ó un haz de fagina. Arrancóse en seguida la
-saeta del brazo Hernando, y pasándola por los talones del vencido,
-colgólo en la pared de una fuerte escarpia que servia para suspender
-de noche una lámpara, donde le dejó cabeza abajo en la misma forma
-que hubiera hecho con un venado. Sin reparar en la sangre que de
-su herida corria, abalanzóse despues Hernando con las llaves á la
-escalera, la cual bajó con la misma prisa y ansiedad y latiéndole el
-corazon con la misma fuerza que si le esperase abajo una querida que
-fuese á ver solo por primera vez.
-
-El desdichado doncel, que ningun ruido habia vuelto á oir desde
-su encierro en aquel subterráneo, si no era el monotono rumor del
-torrente, que casi debajo de sus pies corria, paseaba entre tanto su
-estancia con paso largo y precipitado, indicio de la agitacion de su
-alma.
-
-—¡Elvira, decia hablando con su señora, Elvira, hé aqui el estado
-infeliz á que ha reducido tu obstinacion á tu amante desdichado! ¡Te
-lo predige! ¡No oiste mi voz! ¡No creiste mis palabras! Goza ahora,
-goza tranquila en los brazos de tu esposo esa felicidad maldecida
-que yo solo perturbaba. ¡Ah! ¡Traidor Villena! ¡Ah fementido Hernan
-Perez! ¡De esta suerte me vencereis! ¡Yo siento su mano aun dentro
-de la mia! ¡Siento su corazon latir fuertemente contra el mio; la
-veo, la oigo; sus lágrimas ardientes corren aun á lo largo de mis
-mejillas! Su voz trémula y agitada, su voz ronca de pasion, abogada
-por el amor, pidiendo piedad y misericordia, resuena aun en mis
-oidos. La estrecho entre mis brazos. Dia y noche desde entonces
-siento sobre mis labios la opresion dulcísima, el calor inmenso de
-los suyos, ¿No lo sientes, Elvira, tu tambien? ¡Nunca se apagará este
-ardor y esta memoria! ¡Es fuego, es fuego, es el amor entero, es el
-infierno todo sobre mis labios desde entonces!
-
-El mayor abatimiento succedió á este corto estravío de la razon del
-doncel. Una llave sonó de repente en la cerradura de su prision, y un
-momento despues se hallaba en los brazos de Hernando. No acababa el
-prisionero de creer á sus ojos.
-
-—Ea, señor, dijo Hernando despues de una breve pausa, conoce á
-tu montero. Toma esta espada. No es la tuya, señor; es la de un
-villano; pero en tus manos será la del Cid. A mi me basta un venablo.
-Salgamos.
-
-—¿Adónde, Hernando? ¿Quién te trajo? ¿dónde estoy?
-
-—Despues, despues, repuso Hernando mirando á todas partes con la
-mayor inquietud. El grito del centinela puede haber dado la alarma y
-urge el tiempo.
-
-—No, Hernando; déjame morir en esta soledad, repuso el doncel con
-dolor. No la veré aqui al menos acariciando á otro.
-
-—Te ciega tu pasion, Macías, contestó el montero. Huyamos. Ven de
-grado, si no quieres venir á tu pesar.
-
-Disponíase el montero á cumplir su amenaza apoderándose á viva fuerza
-del doncel, proyecto que hubiera llevado á cabo facilmente, ayudado
-de su robusto brazo, cuando un sordo estruendo de armas se dejó oir
-en el corredor.
-
-—¡Voto á tal! esclamó Hernando aplicando el oido. Me han descubierto
-los traidores; vendámosles caras nuestras vidas.
-
-Dichas estas palabras asió el montero de un brazo del doncel, y
-obligóle á subir con él la escalera.
-
-—¡Traicion! ¡Traicion! gritaban en lo alto de ella varios soldados
-que se preparaban á impedir la evasion de los fugitivos. De alli
-á poco se trabó un combate encarnizado en el corredor. Cargaba mas
-gente por momentos, y Ferrus, que habia reconocido al montero,
-animaba á los suyos con promesas y amenazas.
-
-—Ven, villano, gritaba Hernando á Ferrus, ven juglar infame: yo soy
-el que ha librado á la condesa, yo el que habia de librar á mi señor.
-Llega, y probarás mi venablo.
-
-—A él, amigos, á él, gritaba Ferrus sin dar reposo á los suyos: él es
-el traidor; ¡muera Hernando, muera!
-
-Macías, animado con la pelea, se defendia valientemente haciendo
-prodigios de valor, y derribando cuanto se ponia á su paso; pero era
-evidente que hallándose como se hallaba desarmado, no podria resistir
-por mucho tiempo al número de sus contrarios. Él y Hernando se vieron
-precisados despues de haber derribado inútilmente á algunos de sus
-enemigos á refugiarse hácia la prision. Acababa de entrar Macías en
-ella, cuando se abrió paso por entre los que le acosaban un caballero
-gritando con la espada desnuda:
-
-—¡Ténganse todos! ¡fuera villanos! ¡A mí! ¡dejádmele á mí! El doncel
-me pertenece.
-
-—¡Fernan Perez! gritó fuera de sí el doncel cobrando nuevo valor, y
-dirigiéndose hácia el enemigo que acababa de llegar.
-
-Suspendiéronse á la voz de entrambos los combatientes, y Hernan Perez
-solo se precipitó tras Macías en la prision. No pudo evitar esto
-Hernando, ni menos que Fernan Perez, dentro ya con su rival, corriese
-un enorme cerrojo que por dentro la cerraba. Agoviado por el número
-de los que le rodeaban y querian rendirle, quedó en la escalera
-jurando y blasfemando de su mala suerte, que le impedia ayudar á su
-señor. Haciendo entonces el último esfuerzo, atravesó con el venablo
-á dos de los que mas cerca tenia, y abrióse paso por entre los demas,
-aterrados de la muerte de sus compañeros. Precipitóse en seguida
-sobre Ferrus, que huía despavorido por el corredor seguido de su
-alano, el cual amenazaba con los dientes hacer presa en el primero
-que tocase á su amo; y asiendo al juglar de la garganta,
-
-—Villano, le gritó, condúceme á las cadenas del rastrillo de la
-prision, ó eres muerto.
-
-No osaba llegar á Hernando ninguno de los del castillo, temerosos de
-que clavase el venablo en su alcaide á la menor contradiccion; Ferrus
-entre tanto aterrado,—¡Ah, señor! clamó, si me perdonais la vida,
-yo os llevaré donde gusteis.—Ea, pues, vamos, replicó Hernando, y
-llevándole siempre asido de la garganta le siguió adonde Ferrus todo
-trémulo le guiaba.
-
-Entre tanto luchaban animados de igual furor Hernan Perez y Macías,
-cerrados en la prision. Pocos golpes habrian dado y recibido, cuando
-resonó por todo el castillo el rumor de varias trompetas, y el
-estruendo de muchas gentes de armas que llegaban nuevamente. Don
-Enrique de Villena y los suyos acababan de entrar en él. Casi al
-mismo tiempo llegó doña María de Albornoz y Elvira, y al nombre de la
-condesa fuéles abierto el puente.
-
-Dirigiéronse los primeros, informados de cuanto ocurria, hácia la
-prision del doncel, y hallándola cerrada por dentro, mandó el conde
-que se forzase la puerta, operacion á que se dió principio con la
-mayor actividad.
-
-Doña María de Albornoz y Peransurez, no conociendo mas camino á la
-prision del doncel que aquel que ellos habian andado antes de la
-fuga, se dirigieron por el contrario entre la muralla y la zanja,
-llegaron al frente de la prision, oyeron el ruido de las armas de
-los combatientes, y el estruendo de los que por el opuesto lado
-forzaban la puerta que habia cerrado Vadillo; pero cuál fue su
-sorpresa cuando vieron el espectáculo que se ofreció á sus ojos.
-Hernando asomado á una galería sobre la prision, desde donde se
-soltaban las cadenas del rastrillo, tenia asido aun al juglar y lo
-ahogaba casi con su mano intimándole que le ayudase á soltarlas.
-Ferrus, sin embargo que sabia el horrible secreto del rastrillo, por
-el cual no podia pasar nadie sin caer en la zanja y hacerse pedazos
-en los muchos pinchos de hierro de que estaba erizada, lleno de pavor
-queria esplicarse, porque no tomase luego Hernando mayor venganza
-de la catástrofe que debia seguirse á la bajada del rastrillo.
-No concediéndole, empero, Hernando parlamento, y viéndose Ferrus
-ahogar hubo de ceder, y ayudó á Hernando como pudo á soltar las
-cadenas.—¡Sálvate, Macías, sálvate! gritó desde arriba Hernando con
-voz que retumbó en todo el castillo, y entonces se ofreció á los ojos
-de doña María y de Elvira el horroroso combate.
-
-—¡Cielos! esclamó Elvira. ¡Bárbaros, teneos! ¡Tomad mi vida,
-tomadla! Precipitóse Elvira hácia la prision, y puesta en el borde
-del abismo,—¡Macías! clamó sin podérselo nadie impedir. ¡Hernan
-Perez! ¡Cesad, bárbaros, en tan cruel combate, ó este precipicio será
-mi tumba!
-
-No volvió siquiera Hernan Perez la cabeza; antes mas encarnizado
-que nunca al oir la que causaba su implacable rencor, redobló sus
-golpes. No sucedió asi al doncel; volvió la cabeza rápidamente, y al
-ver á orillas de la zanja á Elvira, pronta á precipitarse en ella,
-desasióse del hidalgo, á tiempo que caía hecha pedazos la puerta de
-la prision con horrible fragor, y que se entraban dentro don Enrique
-y los suyos.
-
-—¡Elvira! gritó Macías saliendo de la prision. ¡Elvira! Lanzóse en
-seguida al rastrillo.—¡Perdon! gritó con voz desesperada Ferrus á
-Hernando, y al mismo tiempo, cediendo la trampa del rastrillo al peso
-del caballero que la oprimia, hundióse el doncel súbitamente, y su
-cuerpo destrozado llegó á lo profundo de la sima, dando de hierro en
-hierro, y profiriendo sordamente _¡es tarde! ¡es tarde!_
-
-Un chillido agudo y desgarrador, lanzado del pecho de Elvira resonó
-hasta el mismo corazon de los espectadores espantados. Un momento de
-pausa y de terror se siguió.
-
-—¡Malvado! ¿lo sabias? gritó únicamente Hernando desesperado, y
-se precipitó sobre Ferrus, que exánime no le ofrecia resistencia
-alguna. Asiéndole entonces de su cabellera roja... ¡Bravonel!
-gritó, ¡Bravonel! ¡al oso! ¡al oso! y lanzó en medio de la galería
-al juglar, que corrió un momento huyendo del animal. Pero Bravonel
-furioso se arrojó sobre él, y haciendo presa en su garganta,
-destrozólo en minutos, al mismo tiempo que Hernando le animaba
-gritando: ¡Pieza! ¡pieza! No era digno el infame de morir por mi
-mano. ¡Pieza! ¡pieza!
-
-Quedó Hernan Perez mirando cruzado de brazos á la profunda sima,
-envidioso de que le hubiese robado la dicha de acabar con el doncel.
-Furioso como aquel que no habia satisfecho toda su ira, lanzóse por
-el borde que habia quedado en el rastrillo á uno y otro lado de la
-trampa hundida, bastante ancho todavia para andar por él una persona.
-Elvira en tanto miraba la sima con ojos vidriados, en que se veía la
-fijacion del estupor y el estravío de la demencia. Habíase secado ya
-para siempre el manantial de sus lágrimas.
-
-—¡Héle ahí! le gritó Hernan Perez señalando la zanja: ¡héle ahí!
-
-—¡Es tarde, es tarde! repuso Elvira dando una horrorosa carcajada.
-
-—¡Bárbaro! gritó el pagecillo echándose al paso de Hernan Perez:
-¡Bárbaro! y se dispuso á defender á su prima con un denuedo ageno de
-su edad. En aquel momento pareció Elvira volver en sí para reconocer
-á su esposo, y sobrecogida de terror, huyó despidiendo del pecho
-agudos alaridos.
-
-Precipitáronse los circunstantes sobre el hidalgo; no pudiendo éste
-llegar á Elvira,—¡Maldicion sobre tí, y desprecio! la gritó; ¡y entre
-nosotros eterna separacion!
-
-Al mismo tiempo se oyeron por el castillo voces de ¡arma! ¡arma!
-¡Santiago!
-
-De alli á poco las murallas eran el teatro de un sangriento combate.
-Despues de una hora de refriega, y de muy entrada la noche,
-replegáronse por fin las gentes de Villena, acaudilladas por el
-hidalgo, que habia peleado con desesperacion, y el justicia mayor
-clavó el pendon real en una almena.
-
-Hernando, que habia tomado á su cargo dañar á los sitiados en
-compañía de Peransurez, para facilitar la entrada á las tropas
-reales y defender á la condesa, peleó como aquel que acababa de
-perder el único interes que le ligaba á la sociedad, y logró mantener
-ilesa á doña María hasta el momento de la victoria. Restituida
-aquella al justicia mayor, no se volvió á ver á Hernando ni á su
-alano. Se presume que privado de su amo, que era el único que podia
-hacerle soportable la existencia en la corte, se hundió para siempre
-en los montes, y hay cronista que afirma que años adelante murió á
-manos de un oso mas feroz que él.
-
-Don Enrique de Villena fue llevado ante el rey Doliente, y el
-impudente medio de que se valió para conservar, aun despues de lo
-ocurrido, su maestrazgo; diciéndose en público impotente, solo
-contribuyó á dar á todos una idea mas clara de su baja ambicion. Los
-ruegos, sin embargo, de la generosa condesa, que se retiró á sus
-estados á llorar su desdichada boda y la suerte de Elvira, salvaron
-la vida al conde, quien desde entonces vivió en retiro filosófico
-entregado á las letras, para las cuales habia nacido, mas bien que
-para las armas ó la corte. Es cosa sabida que despues de su muerte
-quedó hecho trozos en una redoma, como hechicero que habia sido.
-
-Don Luis de Guzman, restablecido de sus heridas, fue elegido maestre
-de Calatrava por el capítulo de la orden.
-
-Nadie entre tanto habia visto á Elvira desde el momento en que empezó
-el combate y la confusion. Buscósela de orden de la condesa muchos
-dias, porque el rencoroso Fernan habia jurado no volver á recordar
-nunca su nombre; fue imposible, empero, dar jamas con ella; tanto,
-que el fiel pagecillo, desesperado de la pérdida de su hermosa prima,
-no pudo resistir á su dolor, y tomó de alli á poco el hábito en una
-orden religiosa.
-
-Es fama únicamente que durante el combate se vió en diversos
-puntos de la muralla, sin temor alguno ni á las armas, ni á los
-combatientes, ni á las llamas, que consumieron aquella noche
-el castillo sin saberse quien las hubiese prendido, una muger
-desmelenada, agitando con ademan frenético una antorcha en medio de
-las tinieblas, y gritando con feroz espresion ¡es tarde! ¡es tarde!
-lema antiguo del fatal castillo.
-
-No faltó en la comarca quien creyó que solo podia ser la mora
-encantada la que parecia triunfar con bárbaro regocijo de la
-destruccion de su antigua cárcel, repitiendo el fatídico ¡es tarde!
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XL.
-
- ¡Tarde acordaste!!!...
-
- _Rom. del conde Claros._
-
-
-Algunos años habian pasado ya desde los sucesos que dejamos
-referidos. Ocupaba el trono de Castilla el señor don Juan II, hijo
-del muy ínclito y poderoso rey don Enrique el Doliente, y ocupábale
-en su menor edad, regido y dominado por unos y otros bandos y
-parcialidades.
-
-Dos caballeros, ricamente ataviados y montados, pasaban una tarde por
-la plaza de Arjonilla. Brillaba en el semblante del mas lujosamente
-vestido la satisfaccion que da el poder y la riqueza; distinguíase en
-el ceño y en la oscura frente del otro la huella de antiguos pesares.
-
-—Si no fuese detenernos mucho, dijo el primero al segundo, veria de
-buena gana qué turba es aquella que se agita en el estremo de la
-plaza. ¿Llegamos?
-
-—Como gusteis, señor don Luis de Guzman, repuso secamente su
-compañero; si bien yo no puedo parar mucho en este pueblo maldito
-sin agravarse mis males.
-
-Llegáronse, efectivamente, al grupo. Una infinidad de muchachos le
-formaban, y algunos habitantes de Arjonilla con ellos. Una muger
-en medio parecia querer huir de la importuna concurrencia. Sus
-vestiduras se hallaban manchadas y rotas por diversas partes; su pelo
-suelto y descuidado parecia haber sido hermoso; sus facciones flacas
-y descompuestas debian haber tenido en su juventud proporciones
-agradables. Esto era todo lo mas que se podia decir. Sus ojos
-hundidos en el cráneo, brillaban con un fuego estraordinario, y
-parecian querer devorar al que la miraba; sus ojeras negras; sus
-mejillas descarnadas; su frente surcada de arrugas, y sus manos de
-esqueleto, manifestaban que alguna enfermedad crónica y terrible
-consumia su existencia.
-
-Arrojábanla pellas de barro los muchachos y corrian tras ella.—¡La
-loca! ¡la loca! gritaban. ¿Cómo te llamas? ¿Nos dices la hora que es?
-¡La loca! ¡la loca!
-
-A toda esta algazara respondia la desdichada con una feroz y
-estraviada sonrisa; parábase, escuchaba un momento, y soltando una
-estúpida y horrible carcajada,—¡Es tarde! gritaba con voz ronca; ¡es
-tarde! despedazábase al mismo tiempo las manos, y dábase golpes en el
-pecho.
-
-—¿Qué es eso? preguntó don Luis á un muchacho.
-
-—¡Ah! señor maestre, contestó el muchacho, que parecia conocer al
-caballero, ¡es la loca!
-
-—¿Y quién es la loca?
-
-—Aqui, repuso el muchacho, solo por ese nombre la conocemos; de
-temporada en temporada se aparece por el pueblo: otras veces vive
-por el monte, y dicen los pastores que gusta mucho de pasar los dias
-enteros mirando á los barrancos. No habla mas que dos palabras. No
-llora nunca: ¿oís esa carcajada? Eso es lo que hace; aqui siempre
-estamos deseando que venga, porque es para todo el pueblo una
-diversion.
-
-—¡Infeliz! dijo don Luis: ¿no quereis verla, señor Hernan Perez?
-
-—No; esos espectáculos me ponen de mal humor. ¡Miserable! será acaso
-alguna madre que haya perdido á su hija. Vamos de aqui, señor don
-Luis.
-
-—O alguna amante desdichada, señor Hernan Perez, dijo riéndose con
-indiferencia don Luis, y picando espuelas á su caballo. De alli á
-poco ambos caballeros desaparecieron, apartándose de la turba que
-seguia ostigando á la demente, la cual solo respondia de cuando en
-cuando con su acostumbrada carcajada y su desdichado estribillo: ¡es
-tarde! ¡es tarde!
-
-Pocos años despues entró una madrugada el sacristan de la parroquia
-de santa Catalina de Arjonilla en la iglesia, y parecióle ver un
-bulto estraordinario al lado de un sepulcro. Efectivamente, era la
-loca.
-
-—Loca, le dijo dándole con el pie. ¡Pues está bueno! Esta se quedaria
-aqui ayer en la iglesia cuando la cerré. Vamos, buena muger ¡Estará
-borracha!
-
-Dábale con el pie, pero el bulto no se movia. Acercóse el sacristan,
-y vió que la loca tenia un hierro en la mano, con el cual habia medio
-escrito sobre la piedra; _¡es tarde! ¡es tarde!_ Pero ella estaba
-muerta. Sus labios frios oprimian la fria piedra del sepulcro. Un
-epitafio decia en letras gordas sobre la losa:
-
-AQUI YACE MACÍAS EL ENAMORADO.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-ÍNDICE DEL TOMO CUARTO
-
- CAPITULO XXXII 1
- CAPITULO XXXIII 31
- CAPITULO XXXIV 40
- CAPITULO XXXV 59
- CAPITULO XXXVI 83
- CAPITULO XXXVII 94
- CAPITULO XXXVIII 108
- CAPITULO XXXIX 136
- CAPITULO XL 155
-
-
-
-
- * * * * * *
-
-
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la utilizada
- actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han normalizado a
- la grafía de mayor frecuencia.
-
- * Se ha completado el emparejamiento de los puntos de admiración y de
- interrogación. Los puntos suspensivos se han normalizado a tres
- puntos.
-
- * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
-
- * Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos
- que, en el original impreso, carecen de ellas.
-
- * Se ha añadido al final un índice de capítulos que no existe en el
- original impreso.
-
-
-
-***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL
-DOLIENTE, TOMO IV (DE 4)***
-
-
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-</head>
-<body>
-<h1 class="pg">The Project Gutenberg eBook, El doncel de don Enrique el doliente, Tomo IV
-(de 4), by Mariano José de Larra</h1>
-<p>This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States
-and most other parts of the world at no cost and with almost no
-restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
-under the terms of the Project Gutenberg License included with this
-eBook or online at <a
-href="http://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you are not
-located in the United States, you'll have to check the laws of the
-country where you are located before using this ebook.</p>
-<p>Title: El doncel de don Enrique el doliente, Tomo IV (de 4)</p>
-<p> Historia caballeresca del siglo quince</p>
-<p>Author: Mariano José de Larra</p>
-<p>Release Date: November 26, 2016 [eBook #53590]</p>
-<p>Language: Spanish</p>
-<p>Character set encoding: UTF-8</p>
-<p>***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE, TOMO IV (DE 4)***</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<h4>E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box,<br />
- and the Online Distributed Proofreading Team<br />
- (<a href="http://www.pgdp.net">http://www.pgdp.net</a>)<br />
- from page images generously made available by<br />
- Internet Archive<br />
- (<a href="https://archive.org">https://archive.org</a>)</h4>
-<p>&nbsp;</p>
-<table border="0" style="background-color: #ccccff;margin: 0 auto;" cellpadding="10">
- <tr>
- <td valign="top">
- Note:
- </td>
- <td>
- Images of the original pages are available through
- Internet Archive. See
- <a href="https://archive.org/details/eldonceldedonenr04larr">
- https://archive.org/details/eldonceldedonenr04larr</a><br />
- <br />
- Project Gutenberg has the other three volumes of this work.<br />
- <a href="http://www.gutenberg.org/files/53587/53587-h/53587-h.htm">Volume I</a>: see http://www.gutenberg.org/files/53587/53587-h/53587-h.htm<br />
- <a href="http://www.gutenberg.org/files/53588/53588-h/53588-h.htm">Volume II</a>: see http://www.gutenberg.org/files/53588/53588-h/53588-h.htm<br />
- <a href="http://www.gutenberg.org/files/53589/53589-h/53589-h.htm">Volume III</a>: see http://www.gutenberg.org/files/53589/53589-h/53589-h.htm
- </td>
- </tr>
-</table>
-<div class="body">
-<div class="front">
- <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p>
- <p><a href="#ToC">Índice</a></p>
- <h1 class="faux">El doncel de Don Enrique el Doliente</h1>
-</div>
-
-</div>
-<p>&nbsp;</p>
-<hr class="pg" />
-<div class="body">
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-
-<div class="screenonly">
- <div class="figcenter">
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- alt="Cubierta del libro" />
- </div>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="tit pt3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_i">[p. i]</span></p>
- <p class="xxl"><b>EL DONCEL</b></p>
- <p class="small mt15"><b>DE</b></p>
- <p class="xxl mt05"><b>Don Enrique el Doliente:</b></p>
-
- <p class="small mt2">HISTORIA CABALLERESCA</p>
- <p class="large g2 mt05">DEL SIGLO QUINCE</p>
-
- <p class="small mt15">POR</p>
- <p class="xl mt05">D. MARIANO JOSÉ DE LARRA.</p>
-
- <p class="large mt2"><b>SEGUNDA EDICION.</b></p>
-
- <div class="mt3">
- <hr class="sep2" />
- <p class="tomo">TOMO IV.</p>
- <hr class="sep2" />
- </div>
-
- <p class="large g1 mt3">MADRID:<br />
- <span class="smcap">Imprenta de I. Sancha,</span><br />
- 1838.</p>
-</div>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_32">
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">[p. 1]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/illus-b001.jpg"
- alt="El doncel de Don Enrique el Doliente"
- title="El doncel de Don Enrique el Doliente" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">CAPITULO XXXII.</h2>
- <hr class="sep" />
- <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza">
- <p class="i2">En Castilla está un castillo</p>
- <p class="i0">que se llama Rocafrida;</p>
- <p class="i0">tanto relumbra de noche</p>
- <p class="i0">como el sol al medio dia.</p>
- <p class="i6"><i>Rom. de Montesinos.</i></p>
- </div></div>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="capitular">E</span><span
-class="smcap">xiste</span> á cinco leguas de Jaen una poblacion
-pequeña ahora, y pequeña en los tiempos á que se refiere nuestra
-narracion, que tiene por nombre Arjonilla, ora por haber sido
-fundacion de algunos habitantes salidos de Arjona; ora por su
-inmediacion á esta ó por las relaciones que con ella pudo tener en
-lo antiguo. Pertenecia esta villa al maestrazgo de Calatrava, y era
-una de las primeras<span class="pagenum" id="Page_2">[p. 2]</span>
-que se habian declarado por don Enrique de Villena, á causa de la
-influencia que le daban á este en aquel punto varias posesiones que
-en su territorio tenia. En el siglo <small>XV</small> presentaba el
-aspecto, que aun en el dia suelen presentar muchos pueblos de nuestra
-patria. Algunas casas que, mas que viviendas de hombres, parecian
-cuevas de animales, esparcidas aqui y alli, formaban irregulares
-callejones. No era sin embargo tan pequeña su importancia, que
-tuviesen que acudir sus habitantes á algun pueblo vecino de mayor
-cuantía para cumplir con sus deberes espirituales. Poseía una iglesia
-parroquial, no muy grande en verdad, pero que no dejaba por eso
-de bastar para su reducido vecindario; y que se hallaba bajo la
-proteccion y advocacion de Santa Catalina. En el dia será todo lo mas
-si puede traslucirse su antigua grandeza en los restos míseros que la
-constituyen en la humilde gerarquía de ermita, pero en el reinado de
-Enrique III, nos dice Jimena en sus anales eclesiásticos de Jaen, no
-solo era la iglesia parroquial, sino que era una obra moderna que no
-tenia mas fecha que los años que hacia que habia sido reconquistado
-aquel pais á los moros.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span></p>
-
-<p>A cosa de un cuarto de legua del pueblo rivalizaba en grandeza
-con la iglesia parroquial un castillo sombrío y viejo, que si no
-era de los mas fuertes y afamados de Castilla, no dejaba por eso de
-ser sólido, y una de las posiciones militares mas ventajosas de la
-comarca. Edificado como todos los de aquel tiempo en una eminencia,
-mejor diremos en la punta de una peña, podia servir de reducto á
-un tercio militar en retirada, ó de baluarte á un destacamento
-avanzado de un ejército invasor. Tenia su doble muralla almenada,
-torres, foso, contrafoso, puente levadizo, en una palabra, cuanto
-hacia necesario en semejantes edificios la táctica militar de
-ataque y defensa de aquella época belicosa, y de perpetuo temor y
-desconfianza. Crecia la yerba tranquilamente en derredor de las
-almenas, prueba evidente de que hacia mucho tiempo que no oponian
-obstáculos los artes de la guerra á su abundante vegetacion. Un largo
-litigio que sobre la pertenencia del tal castillo habia sostenido
-contra la corona de Castilla la orden de Calatrava habia sido ocasion
-de hallarse inhabitado algunos años, y se habian adherido á él,
-como en aquellos tiempos de ignorancia solia frecuentemente<span
-class="pagenum" id="Page_4">[p. 4]</span> suceder, mil vagas
-tradiciones, mil supersticiones fabulosas que habian consolidado
-algunos malhechores, cobijándose en él secretamente y haciéndole
-cuartel general y centro de sus operaciones. Era fama por el pais que
-en tiempos anteriores un moro, mago, si jamas los hubo, habia sido
-fundador del castillo, cuya construccion se perdia en los tiempos
-remotos de la conquista y reconquista; opinion á que no daba poco
-realce el color negruzco de la piedra, y el aspecto todo venerable
-y misterioso de sus antiquísimas murallas. El mago habia construido
-el castillo, segun la mas recibida opinion, para satisfaccion de
-odios y rencores propios suyos: en él habia atormentado durante su
-vida á muchas hermosas doncellas que no habian querido rendirse á
-sus brutales deseos, pues todas las tradiciones convenian en que
-este habia sido el flaco del moro encantador y descomunal. Añadíase
-á esto que no le habia faltado razon para ello, pues se referia de
-él la siguiente historia. El moro habia amado en sus lucidos abriles
-á una mora llamada Zelindaja, hija de un reyezuelo de Andalucía;
-la cual habia correspondido primero á su pasion, pero le habia
-dejado despues sin<span class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span>
-verdadero motivo por otro y otros moros succesivamente con la natural
-facilidad y ligereza de su sexo leal y encantador. El moro, que debia
-de haber sido hombre de suyo sentado y poco aficionado á mudanzas,
-habia tomado la cosa muy á mal y el desaire muy á pechos, y en vez
-de volver los ojos á otra Zelindaja mejor que la primera, lo cual
-hubiera sido determinacion de hombre prudente, habia jurado vengarse
-castigando en el sexo todo la culpa de uno de sus individuos. Hé aqui
-la causa de su odio á las mugeres: para lograr sus fines habíase dado
-á la mágia y á la confeccion de bebidas y filtros amorosos. Con ellos
-enquillotrava á las doncellas, las cuales, al punto que apuraban á
-poder de engaños la pócima, asi quedaban del moro enamoradas como
-si en el mundo no hubiera habido otro hombre ni moro ni cristiano.
-Entonces entraba la parte de su venganza; entonces el pícaro moro
-hacíase de pencas y dejábalas llorar y suplicar, suspirar y gemir
-por los sus encantos, con lo cual íbanse consumiendo y acabando las
-enquillotradas doncellas, como bugía que se apaga. Conforme las
-iba el bribonazo del encantador seduciendo, íbalas encerrando en
-el castillo, y era<span class="pagenum" id="Page_6">[p. 6]</span>
-todo su placer, cuando veía á una ya tan madura y encaprichada de él
-como juzgaba necesario, hacerla testigo de los enamorados motetes y
-de las apasionadas caricias que á otra fingia, usando despues con
-esta y con todas las succesivas de igual odioso manejo. Mesábanse
-los cabellos las infelices, y decíanle injurias y ternezas; pero
-el moro habia aprendido tan bien de su Zelindaja, que hacia oidos
-de mercader, y no parecia sino que habia nacido hembra y mora mas
-bien que varon y moro. Todo lo mas que solia decirlas cuando las
-veía presas en las redes de su pérfido amor era contestarlas como
-le habia contestado á él Zelindaja:—Mi honor, les decia, no lo
-consiente.—Cede, bien mio, replicaban ellas.—Imposible, reponia él
-con grave remilgamiento y afectado pudor y compostura. ¡Mi honor
-es lo primero!—¿Y los juramentos, ingrato, y las promesas, falso?
-solian responderle.—¿Yo juré nunca, prometí yo acaso? añadia el moro
-haciendo el olvidadizo.—¿Y los placeres que gozamos?—¡Insolente, qué
-osadía! ¿cuándo, en dónde?—Ved que mi muerte, moro mio, será obra
-de tu rigor, acababan ellas.—Podeis hacer lo que gusteis, concluia
-entonces<span class="pagenum" id="Page_7">[p. 7]</span> el redomado
-moro cogiendo un abanico, é imitando con él y con el desvio de sus
-ojos el antiguo sistema de su pérfida Zelindaja. Con lo cual tenia á
-las perdidas doncellas en un infierno perpetuo, muy parecido al que
-pasan voluntariamente en esta vida los incautos que dan en creerse
-de palabras y juramentos, de prendas, en fin, y de ternezas de moras
-pérfidas y veleidosas.</p>
-
-<p>No habia parado aqui el rencor del bribon del encantador.
-Efectivamente, incompleta hubiera sido su venganza si no hubiese
-caido en sus lazos la misma Zelindaja. Tuvo modo el mágico de engañar
-á una de sus doncellas, la cual le hizo beber, no se sabe á punto
-fijo con qué sutil arbitrio, una buena pieza del filtro ponzoñoso:
-no bien se le hubo echado á pechos Zelindaja, cuando sintió
-renovarse en sus venas el fuego antiguo en que habia ardido por el
-moro: desde entonces no perdonó medio alguno de anudar de nuevo
-sus rotas relaciones. Hízolo tambien el vengativo, que la obligó á
-que se decidiese á venir á hacer vida comun con él á su castillo,
-donde decia los esperaban delicias sin fin, y una vida entera de
-amor y fidelidad. Cayó en el lazo la incauta cuanto enamorada
-Zelindaja;<span class="pagenum" id="Page_8">[p. 8]</span> pero no
-bien hubo pasado el rastrillo de la encantada fortaleza, cuando
-llamándose andana el astuto moro, dió dos zapateadas en el aire, como
-potro que sale, roto el freno, á gozar al campo de la conquistada
-libertad, sacudió el amor y comenzó á dar tal cual leccion de
-sufrimiento á la desvanecida hermosa, quien aprendió entonces lo
-que habrian sufrido sus amantes. Lloraba ella y gemía, y volvia
-siempre al moro, pero decíala él:—¡Ay! mora mia, es tarde.—¡Ay moro!
-le decia Zelindaja.—Es tarde, ¡ay! es tarde, contestaba el moro,
-afectando dolor y sentimiento. Tal era la esplicacion que se daba á
-un gran rótulo, labrada en la misma piedra sobre la puerta principal
-del interior del castillo, que decia efectivamente en letras gordas
-arábigas, y en árabe dialecto: <i>es tarde</i>.</p>
-
-<p>No habia querido el moro que Zelindaja muriese como las demas
-á poder de sus desprecios: habia decidido por el contrario que
-Zelindaja viviese mas que todas, y que á su muerte, la cual el no
-podia evitar que sucediese algun dia, quedase á lo menos su sombra
-recorriendo perpetuamente los cláustros y galerías del castillo,
-pidiendo á las piedras la fidelidad que tanta falta le habia hecho
-en<span class="pagenum" id="Page_9">[p. 9]</span> vida, y á los ecos
-su esposo, como llamaba en su delirio al rencoroso moro.</p>
-
-<p>De aqui la tradicion misteriosa de que se oía en el castillo,
-sobre todo en las crudas noches del invierno, ó en épocas de
-tormentas, una voz de muger que pedia á los elementos todos su
-esposo; y no faltaba quien añadia haber visto con sus propios ojos,
-que habian de comer la tierra por mas señas, una sombra blanca,
-recorriendo, toda pálida y desmelenada, con una antorcha en la mano,
-las altas bóvedas, como quien busca efectivamente alguna cosa que no
-encuentra.</p>
-
-<p>Escusado es, pues, decir que no tendria el castillo muchos
-aficionados, porque era comun opinion que el que llegaba á poner el
-pie en él, hallándose enamorado, ya nunca habia de oir mas consuelo
-ni esperanza amorosa que aquel fatal <i>es tarde</i>, que á la fundacion y
-suerte del castillo presidia.</p>
-
-<p>Era igualmente aborrecido el moro, y maldecidos su nombre y su
-memoria en la comarca, porque no habia amante desairado que no
-creyese deberle aquel singular favor á la influencia que ejercia
-todavia en muchas leguas á la redonda, aun despues de su muerte.
-No habia padre que no creyese deberle la<span class="pagenum"
-id="Page_10">[p. 10]</span> palidez de su hija, esposo que no
-imaginase obra suya el despego de su esposa, y zagal enamorado que no
-le pidiese mas de una vez, en sus secretas oraciones, la revocacion
-de la terrible suerte que habia dejado en herencia al pais en que
-habia vivido.</p>
-
-<p>Nosotros, sin embargo, habremos de abogar por el moro, en primer
-lugar porque no creemos que tenga en el dia influencia alguna el
-tal mago sobre nuestras mugeres, y sin embargo ni dejan de estar
-pálidas las incautas jovencillas, ni dejan de dar su amor á todos los
-diablos los enamorados zagales, ni se ha acabado el despego entre los
-esposos, ni deja de suceder con las Zelindajas, de que se compone
-el bello sexo, lo que con los hilos de las sábanas de angeo de la
-venta de Puerto Lapice; de los cuales decia Cide Hamete, que si se
-quisieran contar no se perderia uno solo de la cuenta.</p>
-
-<p>Si no tenia efectivamente otro delito el moro que engañar á sus
-amantes, enamorar primero para despreciar despues, y variar de amor
-como de camisa, mal haya si encontramos porque reconvenirle, en unos
-tiempos, sobre todo, en que cualquiera muger no necesita ser muy
-mora, ni muy hechicera por<span class="pagenum" id="Page_11">[p.
-11]</span> cierto, para hacer otro tanto cada y cuando le ocurre,
-que suele ocurrirles siempre. Somos demasiado defensores y amigos
-del bello sexo para hacer por ello inculpacion alguna al inocente
-moro.</p>
-
-<p>Enfrente del castillo, pero á mas que respetable distancia, se
-veía el tercer edificio notable, la tercera maravilla de Arjonilla.
-Era esta una casa no muy grande, comparada con las mas pequeñas de
-las que adornan en el dia la capital de todas las Españas posibles,
-pero verdaderamente régia, puesta en parangon con la mas espaciosa de
-Arjonilla.</p>
-
-<p>Una anchísima puerta, cuyo dintel presentaba al espectador la
-huella antigua y honda de la rueda, y un espacioso corral, mitad
-con cobertizo, mitad con el cielo por techo, hubieran indicado al
-caminante muy suficientemente que aquella era la posada, ó parador, ó
-venta, ó como se quiera, de la importante villa por donde transitaba,
-aun sin necesidad de reparar en un empolvado ramo que de una reja
-baja salia, inclinando sus secas y marchitadas hojas sobre el
-camino.</p>
-
-<p>Entrábase dentro del tal ventorrillo, y siguiendo un callejon, en
-el cual servia la<span class="pagenum" id="Page_12">[p. 12]</span>
-oscuridad de encubrir la poca limpieza, se llegaba á una cuadra,
-pasábase de esta á otra peor que la primera, y de alli á la gloria,
-como suele comunmente decirse, es decir, á la cocina, pieza principal
-de la casa. Un mal hogar, coronado de una alta y piramidal chimenea
-era todo el mueblage, si se esceptúan dos fementidas mesas, digámoslo
-asi, que comparáramos de buena gana en lo largas y estrechas con el
-alma de un vizcaino, si nosotros hubieramos visto alguna; estaban
-clavadas y arraigadas casi ya en el suelo, como todas las cosas malas
-en el pais. Dos bancos, remedos asaz perfectos en su instabilidad
-de las cosas de esta vida, y que en lo poco firmes mas que bancos
-parecian mugeres, tenian cogida en medio á cada mesa, y hacia cada
-mesa con sus dos bancos la misma figura precisamente que haria un
-galgo grande entre dos galgos chicos. La superficie de cada mesa era
-tan desigual, como la superficie del mar en un dia de tormenta: se
-tambaleaba ademas, y cedia al menor impulso con la misma flexibilidad
-que un periódico ministerial del dia. La construccion de los
-bancos era un tanto cuanto picaresca y maliciosa, porque cuando
-se sentaba una persona sola en una estremi<span class="pagenum"
-id="Page_13">[p. 13]</span>dad levantábase la otra irritada de la
-presion como si fuera á hablar con su huésped, y era preciso sujetar
-al rebelde si no queria dar consigo en tierra el recien sentado,
-cualidad en que parecia cada banco una balanza.</p>
-
-<p>La llama del hogar, oscilante, y tan indecisa como un gobierno
-del justo medio, alumbraba á relámpagos los barbados rostros de unos
-cuantos arrieros y tragineros que secaban en la brasa sus húmedas
-alpargatas, ó disponian su cena en bollas y sartenes, asaineteando su
-rústica conversacion con mas votos y por vidas que palabras.</p>
-
-<p>Pero como no podia bastar el resplandor intermitente de la leña
-para iluminar debidamente á los que ya en las mesas cenaban, el
-inteligente dueño del establecimiento, lleno de prevision, habia
-provisto á esta necesidad con un magnífico candil, cuya materia no
-era facil adivinar al través del ollin y grasa que le enmascaraba, el
-cual daba de sí mas aceite que luz. Pendíase unas veces de la misma
-pared, asegurando su gancho en un agujero practicado sencillamente
-al efecto, colgábase otras en una cuerdecita embreada de manchas
-de moscas: en el segundo caso columpiábase el luminar aquel de la
-noche de<span class="pagenum" id="Page_14">[p. 14]</span> tal
-suerte que de buena gana le hubiera comparado un poeta del siglo
-<small>XVI</small> con el aura meciéndose blandamente en las
-ondeantes hebras de oro de Belisa, de Filis, ó de otra cualquiera
-no menos bella inspiradora. Habia ademas en la misma cocina, y
-como si digéramos ocupando el estrado y sirviendo de divan, un
-corpulento arcon que asi era de paja como de cebada, y adonde acudia
-no pocas veces el mozo de la posada, con detrimento notable de las
-ropas de los concurrentes, á los cuales no podia favorecer gran
-cosa el polvillo que, al cerner la cebada, del horadado harnero se
-desprendia. En dias de viento tenia la cocina la singular ventaja
-de parecerse al olimpo, mansion de los dioses, en las densas y
-misteriosas nubes que formaba el humo oprimido y rechazado en el
-cañon de la chimenea por las corrientes de aire que en la region
-atmosférica discurrian.</p>
-
-<p>Cenaban á un lado dos paisanos que parecian, si no del pueblo,
-por lo menos de la tierra, y á otra parte solo, enteramente solo,
-un individuo muy conocido nuestro y de nuestros lectores, á quien
-parecia dedicar mil atenciones el dueño de la posada. Servíale
-primeramente en persona, mientras que ser<span class="pagenum"
-id="Page_15">[p. 15]</span>via á los demas, ó no los servia, una
-robusta Maritornes, que nada tenia que envidiar á la de Cervantes
-sino es la pluma de su historiador y cronista. En segundo lugar
-quitábasele la montera cada vez que aquel le dirigia la palabra; lo
-cual hacia este siempre, preciso es decirlo todo, con aire imperioso,
-y hablando como superior á inferior. En tercer lugar reíase á la
-menor palabra que decia el forastero. Y en cuarto le habia sacado
-de las provisiones reservadas de su hostalería unas aceitunas algo
-aventajadas, y cierto vino, no precisamente puro, pero en fin, del
-que tenia menos agua en su bodega.</p>
-
-<p>El forastero cenaba mas bien como un gañan que como un señor;
-pero, fuera de esto, era preciso confesar que entre todos los que
-formaban aquella escogida reunion no habia nadie que tuviese un
-esterior tan cortesano, ni que mas se apartase del tipo primordial
-del hombre de la naturaleza, al cual estaban demasiado cerca en
-honor de la verdad aquellos sencillos arjonillanos. De todo el
-comportamiento del huésped para con el forastero no era preciso
-ser un lince para inferir que este era hombre que disponia de mas
-que medianas facultades, y que aquel se<span class="pagenum"
-id="Page_16">[p. 16]</span> prometia una lucida paga de sus esmeradas
-y particulares atenciones.</p>
-
-<p>—Traedme mas vino, dijo el forastero apurando la primera vasija
-que á su derecha habia puesto el posadero.</p>
-
-<p>—Como gusteis, dijo éste riéndose, y no tardó un minuto en estar
-servido el huésped. No se bebe mejor, señor caballero, dijo aquel, en
-toda la tierra.</p>
-
-<p>—El pan es el que es malo, dijo el viajero.</p>
-
-<p>—¡Ah! sí señor, como gusteis, muy malo repuso riéndose
-obsequiosamente el hostalero. ¡Ya veis! añadió acercándosele al oido.
-Esta semana no se ha cocido en casa todavia, y ha cargado tanta gente
-que he tenido que recurrir á un vecino...</p>
-
-<p>—Bien: basta, dijo con tono imperante el huésped.</p>
-
-<p>—¡Eh! ¡eh! como gusteis, repuso el hostalero.</p>
-
-<p>—Parece que el tiempo está bueno, dijo de alli á un rato el que
-cenaba.</p>
-
-<p>—¡Ah! ¡ah! sí, como gusteis, señor caballero, respondió con una
-sonrisa agradable el amo.</p>
-
-<p>—¿Teneis mucha familia?</p>
-
-<p>—¡Eh! sí ¡eh! ¡eh! como gusteis, se<span class="pagenum"
-id="Page_17">[p. 17]</span>ñor caballero; como gusteis, dijo el
-flexible.</p>
-
-<p>—El hombre es categórico, dijo para sí el pregunton; no gusta
-por lo visto de quimeras ni de indisponerse con nadie; y volvió
-á sepultarse en su distraido cuanto importante y misterioso
-silencio.</p>
-
-<p>—¿Y vendrá el señor huésped por mucho tiempo? se atrevió á
-preguntar el hostalero de alli á un momento, viendo que habia caido
-la conversacion, y creyendo hacer un obsequio á su huésped en
-renovarla.</p>
-
-<p>—Como gusteis, le contestó secamente el forastero, encargándose
-á su vez de que no se diese de baja en el diálogo la muletilla del
-ventero.</p>
-
-<p>—Yo lo creo, repuso el amo. Vuestra señoría fue de los que
-llegaron ayer... prosiguió luchando entre el temor de parecer
-demasiado pregunton é indiscreto, y la curiosidad natural de su
-oficio; de los que... es decir, de la casa del señor maestre de
-Calatrava...</p>
-
-<p>—Como gusteis, respondió mas secamente aun nuestro hombre,
-levantándose y soltando en la mesa con desenfado una moneda de oro.
-Esta noche dormiré aqui. Me haréis disponer la cama.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_18">[p. 18]</span></p>
-
-<p>—Como gusteis, señor; pero cama, eso no habrá, porque vuesa
-merced...</p>
-
-<p>—¿No habrá, bellaco? ¿Cómo diablo tengo de gustar entonces...?</p>
-
-<p>—Como gusteis, señor caballero; pero es decir que vuesa merced
-sabe que en estas casas...</p>
-
-<p>—En estas casas... ¡voto va! Quereis cenar, y os dicen: Se guisará
-lo que traigais de vuestro repuesto. ¿Quereis dormir? Traeréis cama.
-¿Qué hay, pues, posadero que Dios maldiga, en una posada?</p>
-
-<p>—Lo que gusteis, señor, lo que gusteis... no siendo cosa de comer,
-ni de cama, ni cuarto, ni...</p>
-
-<p>—Ni diablos que te lleven.</p>
-
-<p>—Como gusteis, señor: ¡eh! ¡eh! repuso el hostalero sopesando en
-la mano la moneda de oro. Lo mas, señor caballero, que puedo hacer
-por vos si urge...</p>
-
-<p>—¿No me ha de urgir, pícaro...? Mañana por cierto no dormiré aqui;
-pero en el castillo parece que estan tan provistos como si fuera una
-posada. No esperaban á nadie, y hasta mañana... Vamos, hablad: ¿no
-veis que escucho? ¡Voto va!</p>
-
-<p>—Como gusteis... podeis dormir en la cama de mi muger.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_19">[p. 19]</span></p>
-
-<p>—¡Por Santiago! herege... ¿es tu muger esa vieja?</p>
-
-<p>—Es decir, señor, que la cama de mi muger es la misma que la mia:
-llámola asi porque la trajo ella en dote, y gusto de dar á cada uno
-lo que es suyo.</p>
-
-<p>—¡Ah! de ese modo... porque de otro...</p>
-
-<p>—Como gusteis; y nosotros dormiremos como podamos.</p>
-
-<p>—Ea, pues, guiad, que he menester madrugar, y voto va que estoy
-cansado.</p>
-
-<p>—Como gusteis, señor caballero. Señores, con perdon de ustedes,
-añadió el hostalero echando mano del candil que alumbraba á los que
-cenaban en la otra mesa, y atizándole con los dedos: bien pueden
-vuesas mercedes cenar á oscuras, porque hoy no hay mas que un candil
-en la casa, contando con este.</p>
-
-<p>Dicho esto, echó á andar delante del viajero con su risita y su
-natural sumision, cuidándose poco de lo que quedaban diciendo las
-gentes de baja ralea que hospedaba aquella noche en su casa, y á
-quienes con tan poco comedimiento habia devuelto al caos y á las
-tinieblas de que el Hacedor Supremo los habia sacado al criarlos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_20">[p. 20]</span></p>
-
-<p>—¿Habeis visto, Peransurez? dijo al otro uno de los que
-cenaban.</p>
-
-<p>—He visto, he visto, repuso su comensal; y pluguiera al cielo que
-siguiera viendo.</p>
-
-<p>—Decís bien, porque el bueno de Nuño, atraido sin duda por el
-color de oro del pelo ensortijado del forastero, nos ha dejado ¡vive
-Dios! como solemos quedarnos al fin de los sermones de nuestro buen
-párroco, es decir, á oscuras.</p>
-
-<p>—¿Y sabeis quién sea el forastero?</p>
-
-<p>—Nadie nos lo podrá decir mejor que el mismo Nuño, si es que él ve
-mas claro en ese asunto que nosotros en nuestra cena.</p>
-
-<p>Volvia á este tiempo Nuño, que asi se llamaba el hostalero:
-despues de restituido el candil á su primitivo lugar, y haberse
-escusado lo mejor que supo con sus huéspedes, comenzó á restregarse
-las manos con aire importante y misterioso, como de hombre que sabe
-raros secretos.</p>
-
-<p>—Ya que habeis tenido por conveniente, señor Nuño, dijo
-Peransurez, llevarnos la luz, que supongo no nos pondreis en
-cuenta, ¿no nos podriais dar algunas luces, en cambio de la que
-nos correspondia, acerca de<span class="pagenum" id="Page_21">[p.
-21]</span> ese misterioso personaje que albergais en vuestro bien
-alhajado establecimiento?</p>
-
-<p>—Alhajado, ó no, señores, como gusteis; es el mejor que de esta
-especie se conoce, voto á Dios, en muchas leguas á la redonda. Con
-respecto al forastero, no acostumbro á revelar...</p>
-
-<p>—Vaya, señor Nuño, eche un trago de lo bueno, y siéntese y hable,
-que no nos dió el Señor en su sabiduría la lengua para callar las
-cosas que sabemos, dijo el mas arriscado: harto trabajo tenemos
-con haber de callar por fuerza las que no sabemos. Ese será algun
-pícaro...</p>
-
-<p>—¡Chiton! dijo el hostalero apurando un vaso. ¡Chiton!</p>
-
-<p>—Dígolo porque en estos tiempos anda el dinero por las nubes, y no
-se cogen truchas...</p>
-
-<p>—Como gusteis; ¡pero Dios me libre de que se quite en mi casa la
-honra á nadie! Ademas, yo no suelo tratar de pícaro á un hombre que
-se ha cenado en menos de un cuarto de hora media despensa, y que
-paga... y que pagará...</p>
-
-<p>—En hora buena, señor Nuño. ¿Y qué nuevas trae de la corte el
-hombre honra<span class="pagenum" id="Page_22">[p. 22]</span>do que
-ha cenado media despensa...?</p>
-
-<p>—Que á la hora esta estará ya la corte en Otordesillas, adonde se
-traslada porque nos ha nacido un príncipe...</p>
-
-<p>—¡Oiga! Tendrémos mercedes.</p>
-
-<p>—Sí, algun impuesto nuevo para sufragar á los gastos de las
-funciones, dijo uno de los huéspedes. ¡Voto va! que para nosotros
-pecheros...</p>
-
-<p>—Como gusteis, señores; pero mirad que mi casa...</p>
-
-<p>—Voto á la casa, señor Nuño, que hemos de hablar, y no nos habeis
-de quitar la conversacion como la luz. A oscuras vemos aqui mas claro
-que todos los hostaleros encandilados y por encandilar de Castilla y
-Andalucía. Vaya, ¿qué mas dice el forastero? Echad otro trago, que
-aun queda luz en nuestros bolsillos para aclarar mas de un punto.</p>
-
-<p>—Parece que su alteza ha decidido que en cuanto llegue á
-Otordesillas se reuna el capítulo de Calatrava y elijan maestre.</p>
-
-<p>—¡Voto va! Buena estará la eleccion, cuando ha elegido ya su
-alteza. ¿Y á quién, señor, á quién? A un hechicero mas nigromántico
-que el mismo moro del castillo. ¿Y<span class="pagenum"
-id="Page_23">[p. 23]</span> qué se le ha perdido al señor <i>pelo rojo</i>
-en Arjonilla?</p>
-
-<p>—Mas bajo, señores, dijo el pobre hostalero, que necesitaba vivir
-con todo el mundo.</p>
-
-<p>—Será de la pandilla que llegó ayer, y que esperó fuera del pueblo
-á que anocheciera, sin duda por no enseñar algun punto que traerian
-en las medias.</p>
-
-<p>—Como gusteis, repuso el hostalero. Lo cierto es que llegaron
-al castillo, que pertenece en el dia al de Villena; que les fueron
-abiertas las puertas; que el maldecido alcaide que le guardaba ha
-cedido las llaves al señor <i>pelo rojo</i> como le llamais, y que ha
-venido á hospedarse aqui, dejando en el castillo á su gente. Con
-respecto á ese punto que decís, hay quien asegura que han traido un
-prisionero...</p>
-
-<p>—¿Un prisionero?</p>
-
-<p>—¡Chiton!</p>
-
-<p>—Vendrá á hacer compañía á la mora Zelindaja, que anda pidiendo su
-esposo á las paredes del castillo desde el tiempo de Abderramen...</p>
-
-<p>—¡Ba! dijo el otro comensal: ¿vos os creeis tambien de moros
-encantados?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_24">[p. 24]</span></p>
-
-<p>—¡Chiton, señores, chiton! repuso el hostalero; lo que yo sé
-deciros es, que no pasaria ni una hora despues de media noche, en el
-castillo. Mirad: yo habia oido contar á mi abuela muchas veces la
-historia del moro mago, y de la mora Zelindaja, y del letrero árabe
-del castillo; y lo que sé decir es, que nunca le dí un noven á mi
-abuela porque me lo contase, ni sus padres de ella le dieron una
-blanca porque lo creyese; lo cual digo para probar que nada se echaba
-de ella en el bolsillo por la mayor ó menor certeza del caso. Pero
-como al hombre le tienta el diablo muchas veces para que dude de las
-cosas que ve, cuanto mas de las que no ve, ni ha visto ni verá, yo
-me temia mis dudas, pesia á mí. Y era cierto que hacia algun tiempo
-ni se oían ruidos de noche en el castillo, ni voz de mora, ni de
-cristiana, ni...</p>
-
-<p>—Adelante, Nuño, adelante.</p>
-
-<p>—Como gusteis. Pero hace cosa de meses comenzó á decirse por el
-pueblo que se habia oido una noche á deshora rumor de gentes que
-habian entrado en el castillo, las cuales gentes no se han visto
-salir; quién sabe si serian gentes de estas que se usan: ello es
-que nadie los vió: desde entonces ha tornado<span class="pagenum"
-id="Page_25">[p. 25]</span> el run run de las cadenas y de las voces,
-y de los espantosos nocturnos; y lo que sé decir es, que yo me pasaba
-una noche, no hace muchas, por el castillo, porque venia de trabajar
-la huerta que tengo mas allá: bien sabe Dios ó el diablo que yo me
-traía conmigo todas mis dudas; era tarde ya, y oí efectivamente
-yo mismo una voz lamentable que decia á grandes gritos: “Esposo,
-esposo mio.” Mirad, aun se me hiela la sangre en las venas: levanté
-los ojos, y en una de las ventanas mas altas de la torre, de donde
-parecian salir las voces, se veía una luz, pero una luz pálida y
-blanquecina que andaba de una parte á otra, y de cuando en cuando
-parecia ponérsele por delante una sombra, mas larga que una esperanza
-que no se cumple.</p>
-
-<p>—¿Vos lo visteis? dijo Peransurez.</p>
-
-<p>—¿No lo creeis? preguntó el hostalero mas espantado de la
-incredulidad de su huésped que del mismo caso que referia.</p>
-
-<p>—Mirad, contestó Peransurez, toda mi vida tuve grandes deseos de
-conocer á un encantado, y nunca pude verle la cara á ninguno: desde
-que fuí monacillo, y sacristan despues de la Almudena, tengo ese pio.
-¿Sois hombre, compañero, para apurar esta aven<span class="pagenum"
-id="Page_26">[p. 26]</span>tura y ver de hacer una visita á ese moro
-y á esa señora Zelindaja...?</p>
-
-<p>—¿Qué decís? interrumpió Nuño. Como gusteis, pero os suplico que
-mireis...</p>
-
-<p>—¡Quite allá, señor hostalero! ¿Qué decís vos, comensal?</p>
-
-<p>—La verdad, seor Peransurez, contestó su compañero, que en esas
-materias... bueno es mirar dos veces...</p>
-
-<p>—Vaya, ya veo yo que vos no servís para caballero andante y
-aventurero. ¡Voto va! ¡que no tuviera yo aqui en Arjonilla á mi amigo
-Hernando, el montero de su alteza!</p>
-
-<p>—¿Para qué, señor monacillo, y sacristan despues de la Almudena,
-ahora montero y guardabosques? preguntó Nuño con aire socarron.</p>
-
-<p>—¿Para qué, voto á tal? Desde que me hicieron guarda de los montes
-de esta comarca por su alteza, no he vuelto á emprender una sola
-aventura de las que soliamos acometer y vencer en nuestros abriles.
-Con Hernando al lado, ya me curaria yo de moros y malandrines,
-de encantadas moras y cristianas. Yo entraria en el castillo; ó
-quedariamos en él entrambos encantados, ó desencantariamos con la
-punta de un venablo<span class="pagenum" id="Page_27">[p. 27]</span>
-al mago, y á cuantos magos nos fuesen echando á las barbas...</p>
-
-<p>—¿Entrar en el castillo decís, eh? preguntó sonriéndose el
-hostalero.</p>
-
-<p>—¿Y por qué no?</p>
-
-<p>—Mas facil seria entrar en vida en el purgatorio, señor monacillo
-y sacristan, montero y guardabosques.</p>
-
-<p>—Eso no, ¡voto va! que para entrar en el castillo no he menester
-yo á Hernando, ni á nadie.</p>
-
-<p>—¿Vos? preguntó de nuevo el hostalero, soltando la carcajada;
-aunque supierais mas latin que todos los sacristanes juntos de
-Andalucía.</p>
-
-<p>—Yo: apostemos, repuso Peransurez, picado de la risa del amo y de
-sus frecuentes alusiones á su sacristanía de la Almudena.</p>
-
-<p>—De buena gana, contestó Nuño.</p>
-
-<p>—Una cántara de vino y media docena de embuchados de jabalí para
-todos los presentes, gritó Peransurez dando una puñada en la mesa,
-que estuvo por ella largo rato á pique de zozobrar.</p>
-
-<p>Al llegar aqui la conversacion acalorada del montero Peransurez
-acercáronse todos los que en el hogar estaban.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_28">[p. 28]</span></p>
-
-<p>—Señores, sean vuesas mercedes testigos, clamó Peransurez; Nuño y
-yo...</p>
-
-<p>—¡Peransurez! dijo en voz baja al oido del montero exaltado un
-hombre de no muy buena apariencia que habia entrado no hacia mucho
-en el meson, y en quien nadie habia reparado, tanto por su silencio,
-como por hallarse el amo de la venta entretenido en la referida
-discusion; ¡Peransurez!</p>
-
-<p>—¿Quién me interrumpe? gritó Peransurez, volviéndose
-precipitadamente al forastero.</p>
-
-<p>—Oid, contestó éste apartándole una buena pieza de los
-circunstantes, que quedaron chichisbeando por lo bajo acerca de
-la apuesta, y de la posibilidad de llevarla á cabo, y del valor
-de Peransurez, y de la interrupcion del recien venido. ¿Hablais
-seriamente, seor Peransurez? dijo éste tapando todavia su rostro con
-su capotillo pardo.</p>
-
-<p>—¿Cómo si hablo seriamente? gritó Peransurez.</p>
-
-<p>—Mas bajo, que importa. ¿Insistís en lo que habeis dicho de aquel
-montero vuestro amigo...?</p>
-
-<p>—¡Si insisto, voto va! Cuando yo he dicho una cosa... una
-vez...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_29">[p. 29]</span></p>
-
-<p>—¡Bueno! ¿Quereis montear con un amigo?</p>
-
-<p>—¿Pero á qué viene...?</p>
-
-<p>—Mirad... dijo el recien llegado desembozándose parte de su
-cara.</p>
-
-<p>—¿Qué veo? esclamó Peransurez: ¿es posible? ¿vos?</p>
-
-<p>—¡Chiton! me importa no ser conocido.</p>
-
-<p>—Dejad, pues, que cierre mi apuesta... y esperadme...</p>
-
-<p>—No: ciad en la apuesta. El buen montero ha de saber perder una
-pieza mediana cuando le importa alcanzar otra mayor. Si quereis
-entrar en el castillo y desencantar á esa mora, nos importa el
-silencio.</p>
-
-<p>—Pero, ¡y mi honor!</p>
-
-<p>—¡Voto va! por el Real de Manzanares, algun dia quedará bien
-puesto el honor de vuestro pabellon. En el ínterin ved que nos ojean,
-y si no nos hemos de dejar montear, bueno será que no escatimen
-nuestro rastro. Os espero fuera y hablaremos largo.</p>
-
-<p>—En buena hora, repuso Peransurez. Señor Nuño, añadió volviéndose
-en seguida á los circunstantes, un negocio urgente me llama. Mañana,
-si os parece, cerraremos la apuesta. Dijo, y salió.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_30">[p. 30]</span></p>
-
-<p>—¿No decia yo? repuso triunfante Nuño; ¿no decia yo? ¡entrar en
-el castillo! ¿entrar? Como gusteis, añadió volviéndose hácia la
-puerta por donde ya habia salido Peransurez con el desconocido, como
-gusteis, seor guardabosques; pero paréceme que haríais mejor en
-guardar vuestra lengua para contar esos propósitos á un muñeco de
-seis años, y vuestro valor para los raposos del monte.</p>
-
-<p>Una larga carcajada de la concurrencia acogió benévolamente el
-chistoso destello de ingenio del triunfante posadero: en vano quiso
-el comensal de Peransurez defender á su amigo citando hechos de
-valor, y atrevimientos suyos de bulto y calibre. Quedó por entonces
-convenido que el que quisiera beber vino y comer embuchados no debia
-aguardar á que entrase Peransurez en el castillo, cosa reputada tan
-imposible realmente, como entrar en vida en el purgatorio, segun la
-feliz espresion del hostalero, que se repitió de boca en boca, y que
-hizo reir á todos á costa del montero, que habia abandonado el campo
-de la apuesta al enemigo con notable descrédito de su honor y de su
-buena fama y reputacion.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-b030.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_33">
- <hr class="doble" />
- <hr class="doble" />
- <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XXXIII."><span class="pagenum"
- id="Page_31">[p. 31]</span>CAPITULO XXXIII.</h2>
- <hr class="sep" />
- <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza">
- <p class="i2">Bien sabedes, vos, señora,</p>
- <p class="i0">que soy cazador real;</p>
- <p class="i0">caza que tengo en la mano</p>
- <p class="i0">nunca la puedo dejar.</p>
- <p class="i0">Tomárala por la mano</p>
- <p class="i0">y para un verjel se van.</p>
- <p class="i4"><i>Rom. del conde Claros.</i></p>
- </div></div>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="capitular">¿V</span><span
-class="smcap">os</span>, Hernando, en Arjonilla? dijo Peransurez
-en cuanto se vieron apartados del ventorrillo todo lo que hubieron
-menester para no ser de nadie entendidos. ¿Podeis esplicarme cómo
-habeis dejado el lado del doncel Macías, á quien serviais no ha
-mucho, si mal no me acuerdo?</p>
-
-<p>—Largo es de contar, amigo Peransurez, repuso Hernando
-deteniéndose en un ribazo enfrente del castillo, desde el cual
-se descubria todo él perfectamente. Pero si no teneis prisa en
-este instante, si podeis atender á la llamada de mi vocina, os
-referiré cosas que os admiren, y vereis si tenemos monte y venado en
-abundancia, lo cual haré con tanto mas gusto, cuanto que me habeis
-prometido<span class="pagenum" id="Page_32">[p. 32]</span> ayudarme
-en la montería que me trae á este bendito lugar.</p>
-
-<p>Refirió en seguida el montero Hernando, lo mejor que pudo y supo,
-cuanto dejamos en nuestros tres tomos anteriores relatado, ó á lo
-menos toda la parte que él sabia, que era lo muy bastante para poner
-al corriente á cualquiera de los negocios del doncel. Al llegar al
-punto donde dejamos nosotros á nuestros héroes al fin de nuestro
-capítulo 31, prosiguió Hernando en la forma siguiente:</p>
-
-<p>—Habeis de saber, Peransurez, que desde el ojeo que dieron á mi
-amo en el soto de Manzanares aquellos desalmados siervos del conde,
-recelábame yo de cuanto nos rodeaba, y habíame propuesto no soltar
-la oreja de mi amo, el doncel Macías. Cuando llegó, sin embargo, la
-nueva del alumbramiento de nuestra señora la reina doña Catalina,
-un maldecido sarao hubo de darse. Ni podia entrar yo alli, ni mi
-leal Bravonel. Viendo con todo que tardaba ya el doncel en demasía,
-salí á esplorar el monte, y á ojear los alrededores del alcázar.
-En ese tiempo ¡voto va! debió de volver mi amo á nuestra cámara,
-porque cuando yo regresé faltaba un tabardo de velarte que primero
-no llevara y su espada.<span class="pagenum" id="Page_33">[p.
-33]</span> Volví á salir, y cansado de no hallarle, ocurrióme que
-acaso fuera de la villa y debajo de las ventanas de Elvira, que dan
-sobre la plataforma, podria estar el melancólico caballero tañendo
-su laud, y cantando alguna balada á la señora de sus pensamientos.
-Dirigí hacia allá, Peransurez, mi jauría, y al llegar ¡voto á san
-Marcos! hallé rastro. Un ruido estraño me habia llamado la atencion
-á alguna distancia: conforme nos acercábamos Bravonel y yo, habiamos
-oido algunas voces confusas, y pasos luego de caballos. Llegamos, y
-veíase abierta la reja de la cámara de Elvira. Dos ó tres piedras
-enormes, y colocadas una sobre otra, parecian indicar que acababan
-de servir de escala á algun atrevido caballero para alcanzar á la
-reja. A poco rato de observacion parecióme que andaba alguien en la
-habitacion con una luz en la mano: ocultéme debajo de la reja lo mas
-arrimado que pude á la pared: el que era se asomó efectivamente,
-y al resplandor de la luz que llevaba en la mano ví relucir en el
-suelo dos trozos de una espada rota. ¡Esta es la osera! dije para
-mí: no bien se hubo apartado el de la luz, que no pude ver quién
-fuese, reconocí los trozos; era la espada de mi señor. ¿Lo habrian
-muerto?<span class="pagenum" id="Page_34">[p. 34]</span> No, porque
-estuviera alli su cuerpo, y porque le hubiera olfateado mi leal
-Bravonel, y hubiera puesto en los cielos el ahullido. ¿No es verdad,
-Bravonel? preguntó Hernando á su hermoso alano, que echado á su
-izquierda parecia escuchar atentamente la relacion del montero. Al
-oir esta pregunta, alzóse Bravonel en las cuatro patas, lamió la
-mano que lo acariciaba, como si quisiese dar á entender á su dueño
-que no se equivocaba en el buen juicio que acerca de su fidelidad
-acababa de emitir, dió una vuelta en derredor sobre sí mismo, y
-volvió á colocarse, poco mas ó menos, como estaba antes de la estraña
-interpelacion. ¡Bravonel! dije entonces á mi alano, el rastro, el
-rastro del doncel.</p>
-
-<p>Entendióme el animal, Peransurez; ¡admirable Bravonel! No bien le
-hube dicho aquella breve exhortacion, comenzó á olfatear la tierra,
-y antes de dos minutos ya se habia decidido por una senda. Quise
-probar, sin embargo, la certeza de la huella, y aparenté ir por
-otra, gritando siempre: “¡El doncel, el doncel!” Viéraisle entonces
-correr á mí, echar por la otra, ladrar, ahullar, tirarme, en fin, de
-la ropa con los dientes. ¡Ah! ¡Bravonel, Bravonel, luz de mis ojos!
-añadió el<span class="pagenum" id="Page_35">[p. 35]</span> montero
-abarcando con la mano el hocico del animal, é imprimiendo en él un
-beso, mas lleno de amor y de cariño que el primero que da un amante
-al tierno objeto de su pasion. ¡Bravonel! el que no ha tenido un
-perro, no sabe lo que es querer, y ser querido. ¿Qué sirve la muger?
-la muger equivoca siempre la senda, la muger empieza por montear al
-venado de casa, y el perro no engaña nunca como lo muger. ¡Bravonel,
-juntos hemos vivido, y juntos moriremos!</p>
-
-<p>—¿Y seguísteis la huella? preguntó Peransurez impaciente por saber
-el fin del cuento, que Hernando habia interrumpido con tanto placer
-por acariciar al animal.</p>
-
-<p>—¿Cómo si la seguí? á pasos precipitados, con toda confianza ya:
-dos leguas anduvimos. Alli encontramos un pueblo: tomamos lenguas:
-el herrador nos dijo que acababa de pasar una partida de ginetes;
-que habian hablado pocas palabras, pero que habian tenido que
-detenerse á herrar un caballo desherrado; que caminaban de prisa; que
-debian llevar un preso, segun las señas, y que habian pronunciado
-en medio de su misterio la villa de Arjonilla. ¡Mia es la pieza!
-dije yo entonces. Até cabos y dije: “El preso es el doncel, y<span
-class="pagenum" id="Page_36">[p. 36]</span> el que lo prende el conde
-de Villena.” Efectivamente, el mismo dia se habia servido su alteza
-señalar el dia quinceno para el combate que debia tener con el doncel
-Macías. ¿Mas claro, Peransurez? Era fuerza, sin embargo, asegurar
-mis dudas. ¿Qué hacia yo hasta entonces? y luego quise mas fiar de
-mi brazo y de mi venablo el logro de mi intento. Volví á Madrid, y
-supe que la corte salia al otro dia; sabedor de que don Luis Guzman
-era el que, por su posicion con Villena, debia interesarse mas por
-mi amo, víme con él y espúsele mis dudas: declaréle mi intento;
-aprobó mi idea, y yo le confié el cuidado de llevar con su menage á
-Otordesillas las prendas de mi amo y mias; entre otras la armadura
-mejor de Castilla, que si se perdiera, nunca de ello me consolara;
-es, al fin, la que tiene mi amo destinada por su buen temple para
-el aplazado combate. Armado despues de mi ballesta y dos aguzados
-venablos, seguido de mi leal Bravonel, y disfrazado lo mejor que
-pude, púseme la misma noche en camino.</p>
-
-<p>Ayer parece llegaron ellos. Hoy he llegado yo. Hé aqui Peransurez
-la causa de mi venida. En aquel castillo, no hay duda, está el
-doncel. Hé aqui la presa que habemos me<span class="pagenum"
-id="Page_37">[p. 37]</span>nester rastrear. ¿Os acordais, amigo mio
-de un juglar de don Enrique de Villena que Dios maldiga, hombre de
-pelo crespo y rojo...?</p>
-
-<p>—¡Ferrus! Recuerdo su nombre; pero él...</p>
-
-<p>—Ferrus, pues, está aqui, y ese es el guardian de mi amo. Le he
-visto subir á un camaranchon de arriba, cuando yo entraba en la
-venta. Por qué duerme en esta encrucijada y no en su osera, eso no
-lo alcanzo. Lo que entiendo solo, Peransurez, es que ese es el oso
-que hemos de montear. ¿Insistís en vuestro ofrecimiento, ahora que
-sabeis cuánto motivo puedo tener de guardar silencio y sigilo, y cuán
-peligrosa sea la empresa?</p>
-
-<p>—¿Cómo si insisto? Hernando, dijo Peransurez levantándose del
-suelo en que estaban sentados, no es esta la primera montería en que
-hemos andado juntos. Amo el peligro como buen montero, y osos mayores
-que ese, amigo mio, me ha prestado amistosamente piel para mas de
-una zamarra. Examinemos, si os parece, la posicion del castillo,
-discurramos el medio mas prudente...</p>
-
-<p>—El medio, Peransurez, ¡voto va! es esperar aqui á ese perro
-de juglar, á esa ra<span class="pagenum" id="Page_38">[p.
-38]</span>posa cobarde y rapaz, y clavarle en tierra con un venablo,
-como quien bohorda, mas bien que como quien caza. ¿Merece siquiera
-los honores de ser comparado con una fiera noble y denodada?</p>
-
-<p>—Guardaos, amigo Hernando, de ejecutar tan descabellado propósito.
-Bien veo que seguís necesitando un consejero prudente que temple el
-ardor de vuestra imaginacion. Matareis á Ferrus; pero ¿y luego?</p>
-
-<p>—Luego, voto va, luego... Dirigidme, pues, en hora buena. Bravonel
-y yo estaremos atentos al ruido de vuestra vocina. Soy yo mejor
-en verdad para obedecer que para mandar. Pero voto á Dios que os
-despacheis pronto, y nos digais cuanto antes contra quién he de
-disparar el venablo, que se me escapa él solo de las manos, y estan
-ya los dientes de Bravonel deseando hacer presa en el animal.</p>
-
-<p>—Ea, pues, venid: demos disimuladamente la vuelta al castillo: en
-seguida volveremos á Arjonilla: vendreis á tomar un bocado conmigo,
-que <i>el buen montero, riñon cubierto</i>, y mañana amanecerá Dios, y con
-su dedo omnipotente nos señalará el rastro de los malvados.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span></p>
-
-<p>—A la buena de Dios, replicó Hernando: ¡Bravonel, Bravonel, vamos!
-Guiad vos, Peransurez, que conoceis la tierra.</p>
-
-<p>Dichas estas palabras comenzaron los dos amigos su esploracion,
-hecha la cual se retiraron á concertar los medios de introducirse en
-el castillo por mas guardado que estuviera, y de salvar al doncel,
-que presumian hallarse dentro, con no pocos visos y fundamentos de
-verdad.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-b039.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_34">
- <hr class="doble" />
- <hr class="doble" />
- <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XXXIV."><span class="pagenum"
- id="Page_40">[p. 40]</span>CAPITULO XXXIV.</h2>
- <hr class="sep" />
- <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza">
- <p class="i2">En una torre fue puesto</p>
- <p class="i0">con cadenas á recado.</p>
- <p class="g4">. . . . . . . . . . .</p>
- <p class="i0">La condesa entrára dentro</p>
- <p class="i0">do está el conde aprisionado.</p>
- <p class="g4">. . . . . . . . . . .</p>
- <p class="i0">Ambos hablan en secreto,</p>
- <p class="i0">y conciertan en celado;</p>
- <p class="i0">que por librar tal persona</p>
- <p class="i0">á mas que esto era obligado.</p>
- <p class="i6"><i>Rom. de Sepúlveda.</i></p>
- </div></div>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="capitular">C</span><span
-class="smcap">uando</span> Ferrus, encargado por el conde de Cangas
-y el astrólogo de la prision del enamorado Macías, pensó albergarse
-en la hostalería del complaciente Nuño, no fue ciertamente porque no
-hubiese en el castillo albergue digno de él.</p>
-
-<p>Es fuerza remontarnos mas al origen de las cosas para esplicar de
-un modo satisfactorio esta singularidad.</p>
-
-<p>Facilmente comprenderá el lector, impuesto ya en los diversos
-caractéres sobre que gira nuestra narracion, que necesitando<span
-class="pagenum" id="Page_41">[p. 41]</span> los dos autores de esta
-intriga el mayor secreto, solo podian fiar tan importante comision
-al que ya estaba forzosamente en él: el reparo de la falta de valor
-no podia tener en este caso mucho peso, porque habian de acompañarle
-otros, los cuales solo sabian que debian prender á un hombre, sin
-saber quién fuese; y para mandar á estos y aprisionar con ellos á un
-caballero que salia descuidado de una cita amorosa no se necesitaba
-un gran fondo de arrojo y determinacion. Por otra parte, Ferrus era
-hombre friamente malo y cruel: ¿quién podia, pues, desempeñar mejor
-que él la inexorable comision que se le confiaba? Lográbase ademas
-de este modo la ventaja de apartar de la corte al único hombre
-que podria en un caso adverso comprometer al conde, y la de tener
-en el castillo un ente capaz de cualquier accion determinada si
-llegaba ocasion apurada en que estorbase la existencia del preso.
-Combinadas estas diversas circunstancias, solo quedaba que pensar en
-ligar el interes de Ferrus al feliz éxito de la espedicion de una
-manera que hiciese imposible toda traicion. El conde para esto creyó
-que no podria haber medios mejores que la gratitud por una parte
-y la esperanza<span class="pagenum" id="Page_42">[p. 42]</span>
-del premio por otra; asi, decidió hacer libre á su siervo y loco
-favorito. Quitóle el collar de metal que en seña de servidumbre
-llevaba, é hízolo de su siervo su vasallo. Con estraordinario placer
-renunció Ferrus á su bonete de sonajas de juglar, y al molesto oficio
-de divertir con bufonadas á sus superiores; y sus sentimientos
-de fidelidad llegaron á tocar en un acendramiento dificil de
-esplicar, ni menos de igualar, cuando el conde le manifestó que le
-hacia libre entonces para confiarle la alcaidía del castillo de
-Arjonilla; añadiéndole, que si desempeñaba fielmente este importante
-cargo, no pararia en esto solo su favor. Bien entrevió Ferrus, por
-consiguiente, que toda su prosperidad futura dependia de que Villena
-saliese con el maestrazgo, y siendo esto imposible si se llegaba á
-probar algun dia que don Enrique habia muerto á su esposa, hizo firme
-propósito Ferrus de consentir primero en que le hiciesen pedazos que
-en dejar la menor esperanza de salvacion al asegurado doncel. Su
-muerte en último caso hubiera sido para él una grandísima friolera
-puesta en balanza con su futura grandeza.</p>
-
-<p>El lector sabe que, merced á la tenacidad de Elvira, se habia
-logrado la industria del<span class="pagenum" id="Page_43">[p.
-43]</span> astrólogo con mas felicidad aun que lo que él podia nunca
-haber esperado, si bien habia contado siempre con la ventaja que le
-ofrecia el haber de bajar el doncel de la reja alta de una manera
-que impedia toda defensa. Llevó á Arjonilla unas instrucciones del
-conde, severas sí, pero no sanguinarias, y otras del judío aplicables
-á todas las circunstancias que pudieran ocurrir, y un tanto menos
-escrupulosas, porque éste se hallaba tan interesado como Ferrus en la
-grandeza del conde, y sumamente ligado á sus intrigas por el peligro
-que corria si llegaba á descubrirse algun dia la horrible maquinacion
-en que no habia tenido él la menor parte.</p>
-
-<p>No se habia previsto, empero, una circunstancia bien temible.
-El conde, que habia tenido grande interes en que su castillo de
-Arjonilla estuviese de algun tiempo á aquella parte bajo la custodia
-de alguno de sus mas allegados servidores por razones que él se
-sabia, y que algun dia sabrán nuestros lectores, habia confiado su
-alcaidía á su camarero Rui Pero, de quien no hemos vuelto á hablar
-por esta causa. Este era hombre duro y fiel; por lo tanto suspicaz
-é irascible. No pudo, pues, sentarle bien la orden que le in<span
-class="pagenum" id="Page_44">[p. 44]</span>timó Ferrus en nombre
-del conde, su comun señor, ni menos el imperio y mal entendida
-arrogancia con que se la oía prescribir á un hombre que acababa de
-salir de la nada; á un siervo cuyo collar de metal acababa de romper
-su amo, y cuyas sonajas de azofar y bonete de loco estaban todavia
-demasiado recientes en la memoria del noble camarero para que le
-pudiese inspirar respeto ni estimacion el que venia á ocupar su mismo
-destino, con desdoro de su clase y prerogativas. Mandábale á decir
-el conde que siendo necesaria su asistencia á su lado, solo tardase
-en ponerse en camino para Otordesillas, donde debia encontrarle con
-la corte, el tiempo indispensable para hacer entrega del castillo
-al nuevo alcaide, y enterarle de cuanto él se figurase que conducia
-á su mejor servicio. Rui Pero, llevado de su mal humor, no perdonó
-medio alguno de inspirar terror á Ferrus acerca de la responsabilidad
-que sobre sí acababa de tomar; y de las dificultades que ofrecia la
-conservacion del secreto en un castillo tan inmediato á poblacion,
-y en que si era facil impedir la entrada á los estraños, no lo era
-tanto estorbar que tuvieran los de dentro alguna comunicacion con los
-de fuera:<span class="pagenum" id="Page_45">[p. 45]</span> insistió
-bastante ademas en la fama que de encantado tenia el castillo, y en
-lo que de él contaban los habitantes, cosa que no contribuyó en nada
-á tranquilizar el ánimo de Ferrus, ya de suyo naturalmente enemigo
-de encantos y prodigios. Deseoso de averiguar si deberia temer ó
-no cuanto en el particular Rui Pero le referia, determinó dormir
-una noche en la hostalería del pueblo, asi para averiguar á punto
-fijo el fundamento que podrian tener aquellas tradiciones, que cual
-telas de araña se adhieren siempre á los edificios viejos, como
-para escudriñar si se habia traslucido algo entre los habitantes
-de Arjonilla acerca de los misteriosos secretos que encerraba á
-la sazon la antigua hechura del amante de Zelindaja, y acerca del
-objeto de su propio viage. Esta era la verdadera causa de aquella
-estravagancia.</p>
-
-<p>No bien se habia dispertado Ferrus, cuando tenia ya á la cabecera
-de su cama al complaciente Nuño con la montera en la mano, y con
-un <i>como gusteis</i> siempre asomado á los labios para salir á la
-menor indicacion del huésped. Entablóse entre ambos mientras que
-Ferrus se vestia un diálogo, que por lo largo, é inútil á nuestro
-propósito,<span class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span>
-perdonamos á nuestros lectores con el interesado objeto de que nos
-perdonen ellos á nosotros cosas de mayor monta y trascendencia. Baste
-decir que por él pudo Ferrus formar una exacta idea de su verdadera
-posicion, y no le hubo de parecer tan mala como Rui Pero se la habia
-pintado, porque decidió volver inmediatamente á su castillo, y aun
-hizo propósito de darse por encargado y enterado de todo lo mas
-pronto posible; pues bien se le alcanzaba que el disgusto y mal humor
-del camarero solo podia resultar en daño de la intriga de su amo.</p>
-
-<p>Tuvo el hostalero, prevenido por Peransurez en la madrugada del
-mismo dia, el buen talento de no hablar á Ferrus de la imprudente
-conversacion tenida en público la noche anterior en su cocina
-despues de haberse él recojido, y Hernando, á quien importaba no ser
-conocido, de Ferrus sobre todo, se mantuvo oculto hasta que supo que
-habia regresado al castillo el ex-juglar, pagada ya la cuenta de su
-gasto, aunque no tan opíparamente como el hostalero esperaba, cosa
-que se supo porque al despedirse Ferrus de él díjole:</p>
-
-<p>—Dios os prospere, y os dé, buen Nuño,<span class="pagenum"
-id="Page_47">[p. 47]</span> lo que mas os convenga. Y se notó que
-Nuño no le habia respondido el <i>como gusteis</i> de ordenanza. Esta
-observacion de los historiadores del tiempo, que hablan con toda
-profundidad del lance, es tan justa, que cuando Nuño habló con
-Peransurez despues de la partida de Ferrus no solo no insistió en
-la apuesta, sino que se inclinó ya, por cierta antipatía que habia
-nacido en su corazon repentinamente contra Ferrus, á la parte del
-emprendedor montero; diciéndole entre otras cosas que tendria un
-placer singular en que se jugase una pasada que metiese ruido al
-señor alcaide nuevo del castillo del moro, por su arrogancia y su
-petulante continente.</p>
-
-<p>No echó Peransurez en saco roto esta buena predisposicion al mal
-del hostalero, y reuniéndose á toda prisa con Hernando, procedieron
-á dar el paso que en su deliberacion de la noche anterior les habia
-parecido mas conducente y atinado para el logro de su arrojado
-intento.</p>
-
-<p>Entre tanto era varia la posicion de los habitantes del castillo.
-En los patios interiores divertian sus ocios tirando al blanco ó
-bohordando hombres de armas, á quienes estaba confiada su defensa y
-custodia; algun<span class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span>
-grupo de ballesteros ó archeros pacíficos discurrian mas apartados
-acerca de la singular reserva que reinaba en todas las operaciones de
-aquel edificio verdaderamente mágico, porque no eran todos sabedores
-de lo que encerraban sus altas murallas. Algunos sí sabian que
-habian traido ellos mismos un prisionero por ejemplo, pero ni sabian
-quién era, ni le habian vuelto á ver. Tales habian sido y eran las
-precauciones observadas sabiamente por los principales emisarios del
-conde.</p>
-
-<p>Habia sido colocado el nuevo huésped en una sala baja incrustada,
-digámoslo asi, en el corazon de una mole de piedra, que esto y no
-otra cosa era cada paredon del castillo. No tenia mas adornos que
-el que le proporcionaban algunas telas de araña, indicio de la poca
-consideracion con que al caballero se trataba, y varios informes
-lamparones que dibujaba la humedad con caprichosa desigualdad en las
-desnudas paredes de aquel calabozo. Hacia mas horrorosa la prision un
-rumor monotono y profundísimo, muy semejante al que produce el brazo
-de agua que sale de la presa de un molino, que rompe por entre las
-guijas de una cascada, ó que se desprende de un batan. El que haya
-tenido al<span class="pagenum" id="Page_49">[p. 49]</span>guna vez
-la desgracia de verse privado de su libertad en una oscura prision,
-oyendo dia y noche el acompasado golpeo de un reloj de péndola, será
-el único que pueda apreciar la situacion del doncel, condenado á
-aquel tristísimo son. No recibia mas luz aquel cavernoso nicho que
-la que le prestaba en los dias mas claros del año un agujero redondo
-y cerrado con cuatro hierros cruzados, y practicado en la parte mas
-alta del muro. Hallábase situado á orilla de una zanja, hecha á
-lo largo de la muralla interior: por la zanja corria, produciendo
-el rumor que hemos descrito un resíduo del torrente, que llenaba
-con sus aguas el foso esterior del edificio, y entre la zanja y
-la muralla interior habia una ancha y espaciosa plataforma. Era
-preciso, pues, pasar la zanja desde la plataforma para entrar en
-la prision destinada al doncel; pero esto solo se podia verificar
-bajando el rastrillo que la cerraba sirviéndole de puerta. La rara
-colocacion de aquella cueva indicaba que habia sido construida desde
-luego para encerrar presos de importancia, y á quienes se quisiese
-quitar la vida prontamente, como represalia, en caso de hallarse ya
-tomado el castillo por el enemigo. La situa<span class="pagenum"
-id="Page_50">[p. 50]</span>cion por otra parte, su hondura, y el
-ruido del torrente, impedian que pudiese ser oida en ningun caso la
-voz del prisionero que en aquella caverna se encerrase. Casi enfrente
-de ella venia á caer entre las dos murallas la torre principal de la
-fortaleza. Mirando oblicuamente por el agujero conductor de la luz,
-que dejamos descrito, divisábanse con trabajo algunas altas ventanas.
-Nada se podia ver de dia de lo que dentro de ellas pasaba; pero de
-noche, cuando reinaba la mas completa oscuridad, veía el doncel una
-luz arder en lo interior de una habitacion, moverse á ratos, mudar
-de sitio, desaparecer, y aun producir sombras de diversos tamaños
-y figuras, bastantes á atemorizar en aquel tiempo de supersticion
-un corazon menos determinado que el del doncel; sobre todo en un
-castillo que hacian encantado las tradiciones mas remotas del pais,
-y cuyo destino parecia ser realmente el de pertenecer siempre á
-seres nigrománticos, como le sucedia á la sazon, que era dueño de
-él el conde de Cangas, é quien nadie tenia por menos mago que al
-amante de Zelindaja. De noche tambien, y cuando se columbraban las
-temerosas sombras, era cuando solia mezclarse con el silbi<span
-class="pagenum" id="Page_51">[p. 51]</span>do del viento, y el
-ruido de la lluvia, ó el estruendo de la tempestad, una voz aguda y
-dolorosa, que era la que tenia espantada la comarca, y la que nuestro
-buen Nuño habia oido la noche que se retiraba de su labor, como en
-nuestro capítulo anterior dejamos dicho.</p>
-
-<p>Finalmente, otra entrada tenia la prision del doncel. Una
-escalerilla de caracol la ponia en comunicacion con una larga galería
-interior del castillo; pero una puerta de hierro sumamente pequeña
-y cerrada por defuera con pesados cerrojos y candados, cuyas llaves
-poseía solo el alcaide, imposibilitaban por esta parte toda esperanza
-de evasion. Un mal lecho habia sido dispuesto á ruegos del prisionero
-en la caverna, y habia conseguido por favor singular que le dejasen
-el pequeño laud que á la espalda como trovador llevaba cuando su cita
-amorosa. Con él divertia su amarga posicion pulsándole blandamente,
-y regándole con sus acerbas lágrimas, los ratos que no escribia en
-las paredes con un punzon alguna tristísima endecha, dirigida á la
-ingrata señora de sus pensamientos, cuyo rigor le habia puesto en tan
-lastimero trance.</p>
-
-<p>La habitacion que por ser la mejor y la<span class="pagenum"
-id="Page_52">[p. 52]</span> mas espaciosa se habia reservado el
-alcaide, y que se habian repartido á la sazon Rui Pero y Ferrus, se
-hallaba en el piso bajo de la torre de que hemos hablado. Un salon
-anchuroso, adornado con varios trofeos y armas suspendidas en las
-paredes, era el departamento principal. Una larga mesa estaba clavada
-en medio: el hogar ardia en la cabecera de la sala, y en el estremo
-opuesto un aparador ó bufete encerraba la vajilla estilada en aquel
-tiempo para el servicio de la mesa.</p>
-
-<p>Al anochecer del dia en que nos encuentra nuestra historia, dos
-hombres arrellanados en dos grandes poltronas de baqueta española,
-la mas apreciada entonces en Europa, conversaban tranquilamente uno
-enfrente de otro, y separados por la mesa como si hubieran necesitado
-de un cuerpo intermedio para no reñir. Asi parecia indicarlo su gesto
-displicente. El uno era Ferrus. En su rostro brillaba la satisfaccion
-petulante de un hombre que ha llegado á ocupar un destino superior
-á sus méritos y esperanzas. El otro era Rui Pero. Su continente era
-el de un hombre por el contrario herido en lo mas delicado de su
-amor<span class="pagenum" id="Page_53">[p. 53]</span> propio por
-un disfavor no merecido, y habíaselas con el emancipado juglar,
-como podria habérselas un general acreditado por sus servicios y
-conocimientos con un guerrillero á quien hubiese igualado con él la
-fortuna.</p>
-
-<p>Una lámpara suspendida del techo iluminaba los rostros de
-entrambos, y los iluminaba mejor una alta vasija, cuyo preñado
-vientre vaciaba de cuando en cuando en dos anchas copas cierto jugo
-vivificador que embaulaban nuestros dos interlocutores á tragos
-repetidos en su cuerpo como en un cubo desfondado.</p>
-
-<p>—¿Cuando pensais partir, señor Rui Pero? preguntó Ferrus despues
-de uno de estos tragos, paladeando todavia el licor de Baco.</p>
-
-<p>—¿Habeis tomado ya, señor juglar, repuso Rui Pero, es decir, señor
-Ferrus, alcaide del castillo de Arjonilla, las instrucciones que
-habiais menester?</p>
-
-<p>—Estoy tan apto, señor Rui Pero, para desempeñar la alcaidía de
-este famoso castillo, como el mejor camarero de Castilla, contestó
-Ferrus picado.</p>
-
-<p>—En ese caso, señor tal alcaide, pasado mañana al lucir el alba me
-pondré en cami<span class="pagenum" id="Page_54">[p. 54]</span>no
-para la corte, si no manda otra cosa vuestra señoría.</p>
-
-<p>—Gracias, señor Rui Pero.</p>
-
-<p>—¿Habeis mandado relevar las centinelas esteriores de la muralla,
-y las dos de las torres, y de la galería interior del preso?</p>
-
-<p>—Bien sabeis, contestó Ferrus, que no es ese cargo mio mientras
-esteis vos en el castillo. Y espero que no me comprometereis con mi
-amo el señor conde, ni querreis faltar al deber...</p>
-
-<p>—No acostumbro á faltar á mis deberes, señor Ferrus; yo voy por lo
-tanto á disponer...</p>
-
-<p>—Esperad. Supongo que seguís con el cuidado de emplear en el
-servicio de centinelas los ballesteros que ignoran completamente la
-calidad de los prisioneros. De otra suerte...</p>
-
-<p>—No habeis menester suponerlo, dijo apurando su copa Rui Pero;
-bastará con que lo creais á pies juntillas. Ademas, ya habreis
-conocido que necesita habilidad para escaparse el preso que tal
-intente hallándose encerrado en la prision de la zanja.</p>
-
-<p>—Sí, segun me habeis dicho, no conociendo el secreto del
-rastrillo, solo la muer<span class="pagenum" id="Page_55">[p.
-55]</span>te seria el resultado de la menor tentativa de evasion.
-Admirable construccion la de este calabozo. ¿Y quién construyó...?</p>
-
-<p>—¡Silencio! dijo Rui Pero al ver entrar un tercero en la sala, y
-gozoso de poder dar una leccion de prudencia al inesperto Ferrus.
-¿Qué quereis vos? añadió dirigiéndose al estraño.</p>
-
-<p>—Señor alcaide, respondió el faccionario que acababa de entrar,
-han llamado al castillo dos caminantes fatigados...</p>
-
-<p>—A nadie se da hospedage, repuso Rui Pero mal humorado.</p>
-
-<p>—Lo sé, señor alcaide. Pero advierta vuestra merced que no son
-caballeros ni hombres de guerra. Son dos reverendos padres, que piden
-albergue por esta noche.</p>
-
-<p>—¿Y por qué no lo buscan en Arjonilla?</p>
-
-<p>—Parece, señor, que van estraviados, y pasan á estas horas por el
-castillo ignorantes del camino que guia á la poblacion. La copiosa
-lluvia que ha engruesado el torrente les obliga á pedir albergue.</p>
-
-<p>—¡Voto va! dijo Rui Pero. Lo mas que por ellos podemos hacer es
-que les enseñe el camino un hombre del castillo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_56">[p. 56]</span></p>
-
-<p>—Pero ese, señor, no los pasará en hombros á través del torrente,
-repuso el ballestero, temeroso de ser él elegido para aquella
-comision.</p>
-
-<p>—Por otra parte, añadió Ferrus, á quien los vapores del vino daban
-confianza y determinacion, ¿qué peligro hay en albergar dos frailes?
-Dios sabe de dónde serán. Esos padres suelen venir de lejos é ir de
-paso; muy forasteros deben de ser, pues ignoran que el castillo es
-encantado y nada hospitalario. Van de paso.</p>
-
-<p>—Sin embargo, si pudiesen pasar el arroyo... replicó Rui Pero.</p>
-
-<p>—¿Y quereis, dijo Ferrus acercándose al oido del camarero, que nos
-espongamos á que pase un hombre del castillo la noche fuera de él, y
-suelte la lengua mas de lo preciso? Eso es peor...</p>
-
-<p>—Peor, peor... refunfuñó entre dientes el camarero.</p>
-
-<p>—Si gustais, señor alcaide, dijo el ballestero, se les contestará
-que vayan á buscar albergue á otra parte. Ello la noche es
-terrible.</p>
-
-<p>—¿Terrible decís? repuso Rui Pero asomándose á una ventana. Sí;
-parece que el cielo<span class="pagenum" id="Page_57">[p. 57]</span>
-se derrite en agua. Seria una inhumanidad por cierto.</p>
-
-<p>—No podemos consentir, añadió Ferrus, que dos ministros del
-Altísimo queden á la intemperie en una noche...</p>
-
-<p>—En buena hora; que entren, dijo Rui Pero al ballestero, quien se
-fue á cumplir la orden.</p>
-
-<p>—¡Voto va! añadió Ferrus; eramos dos y seremos cuatro. Aun queda
-vino en esa vasija para otros tantos, y los padres no se desdeñarán
-de hacernos un rato de compañía, yendo sobre todo de camino. Todo el
-peligro que podemos recelar de los santos varones, señor camarero es
-que nos echen algun sermon en latin que no entendamos: y asi como
-asi, dentro de un rato ya no nos íbamos á entender nosotros dos segun
-la faena que damos á nuestras copas.</p>
-
-<p>Una carcajada de Ferrus al concluir estas palabras probó que
-todavia no habia perdido la costumbre, que se habia hecho en él
-naturaleza, de decir bufonadas á todo trance, á pesar de su nueva
-dignidad.</p>
-
-<p>De alli á poco entraron humildemente en el salon dos
-reverendísimos padres, cuyos hábitos derramaban á hilos el agua,
-como<span class="pagenum" id="Page_58">[p. 58]</span> un paraguas
-espuesto por gran rato á la lluvia, y que se arrima á un rincon á
-medio cerrar.</p>
-
-<p>Saludáronlos cortesmente nuestros dos amigos, y despues de los
-primeros cumplimientos los invitaron á que se acercasen para secar
-sus hábitos al hogar, donde quedaron mirándose unos á otros largo
-espacio los dos opuestos alcaides y los dos bien avenidos frailes.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-b058.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_35">
- <hr class="doble" />
- <hr class="doble" />
- <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XXXV."><span class="pagenum"
- id="Page_59">[p. 59]</span>CAPITULO XXXV.</h2>
- <hr class="sep" />
- <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza">
- <p class="i2">Mentides, fraile, mentides,</p>
- <p class="i0">que no decís la verdad.</p>
- <p class="g4">. . . . . . . . . . .</p>
- <p class="i0">Mató el fraile al caballero,</p>
- <p class="i0">á la infanta va á librar:</p>
- <p class="i0">en ancas de su caballo</p>
- <p class="i0">consigo la fué á llevar.</p>
- <p class="i4"><i>Rom. del conde Claros.</i></p>
- </div></div>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="capitular">A</span><span class="smcap">l
-entrar</span> los dos modestos frailes en la sala, no habia dejado
-de llamar su atencion el agradable pasatiempo en que entretenian
-sus ratos perdidos el antiguo y el nuevo alcaide. Habíanse mirado
-uno á otro como inspirados de la misma idea, y este movimiento
-hubiera sido notado de los defensores del castillo, á no ser porque
-no habiendo creido estos que tendrian ya visitas con quien guardar
-ceremonia, habian menudeado en realidad del tinto mas de lo que á su
-prudencia convenia; su misma posicion les habia escitado á beber,
-y aun hay cronistas que aseguran que deseosos uno y otro de no
-tener<span class="pagenum" id="Page_60">[p. 60]</span> compañero en
-el mando, y demasiado confiado cada cual en su propia resistencia, se
-habian animado recíprocamente á beber por ver si conseguian privar
-al cólega; plan que, merced á la igualdad de sus fuerzas, habia
-resultado en detrimento de la razon de entrambos.</p>
-
-<p>—¡Por San Francisco! perdonen vuestras reverencias, dijo Ferrus,
-si les han hecho esperar á la intemperie mas de lo que ese hábito que
-visten merece. Pero sepan que á él solo deben esta acogida, porque el
-castillo á que han llamado no es en realidad de los mas hospitalarios
-que pudieran haber encontrado en su camino.</p>
-
-<p>—<i>Pax vobiscum</i>, dijo el menos corpulento de los padres con voz
-grave.</p>
-
-<p>—Como gusteis, padres, repuso Ferrus, segun el estribillo de mi
-huésped de ayer; porque han de saber sus reverencias que de dos
-dignos alcaides que tienen en su presencia ahora, ninguno sabe
-latin.</p>
-
-<p>—En ese caso, <i>Te Deum laudamus</i>, repuso el padre respirando como
-aquel á quien le quitasen de encima una montaña.</p>
-
-<p>—Gracias contestó de nuevo Ferrus, no queriendo ser tachado de
-poco político por<span class="pagenum" id="Page_61">[p. 61]</span>
-dejar sin respuesta una lengua que no entendia. Dos cosas debemos
-suplicar á vuestras reverencias, prosiguió; primera, que se quiten
-esos hábitos que traen tan mojados...</p>
-
-<p>—<i>Et super flumina Babilonis</i>, dice el salmista: <i>vetat regula</i>,
-la regla nos lo impide.</p>
-
-<p>—Sea en buen hora; pero la regla no impedirá á vuestras
-reverencias que hagan lo que vieren adonde quiera que fueren; primera
-regla de hospitalidad entre caballeros, añadió Ferrus derramando vino
-nuevamente en las copas, y ofreciendo una al padre que habia llevado
-hasta entonces la palabra.</p>
-
-<p>Miráronse los padres uno á otro como para consultar entre sí lo
-que deberian hacer.</p>
-
-<p>—¡Voto va! aqui se ofrece de buena voluntad, añadió Ferrus viendo
-su indecision: ¿no es cierto, señor camarero?</p>
-
-<p>—Vos lo habeis dicho, repuso el camarero tomando una copa. Pero si
-sus reverencias no se atreven por respetos al cielo, nosotros, viles
-gusanos de la tierra...</p>
-
-<p>—<i>Vinum lætificat cor hominis</i>, interrumpió el padre. Nosotros
-agradecemos á vuestras mercedes la buena voluntad; pero solo
-beberemos en la refaccion, si teneis por bien hacérnosla servir:
-vuestras mercedes<span class="pagenum" id="Page_62">[p. 62]</span>
-beban, y mientras, nosotros <i>exultemus</i>, <i>et lætemur</i>.</p>
-
-<p>—A la buena de Dios, dijo Ferrus vaciando su copa. ¿Y este padre
-que nada dice, es que no sabe latin, como si fuera alcaide?</p>
-
-<p>Miraban los dos frailes á Ferrus, como buscando en sus ojos si
-encerraria alguna intencion ó sospecha aquella pregunta hecha de
-aquel modo, ó si seria meramente casual é hija de la poca aprension
-del que la hacia. Parecióles en conclusion, que no se podia leer
-en los ojos de Ferrus sino la espresion del mosto, y no dudó en
-responder con cierta serenidad el mismo padre.</p>
-
-<p>—Mi superior está achacoso; es sordo ademas <i>tanquam tabula</i>...</p>
-
-<p>—Sí, que es gran sordera, repuso Ferrus, presumiendo que asi se
-llamaba la enfermedad del padre.</p>
-
-<p>—Y un tanto tierno de ojos, que es la razon de verle la capucha
-tan sobre ellos como notarán vuesas mercedes. La humedad, sobre todo,
-de esta noche debe de haberle perjudicado mucho. <i>Benedictus qui
-venit.</i> Venga ó no venga, añadió para sí el padre.</p>
-
-<p>Efectivamente, no se le veía apenas rostro al padre que habia
-permanecido callado.<span class="pagenum" id="Page_63">[p.
-63]</span> Ocultábale el medio de abajo una larga barba blanca, y su
-capucha le envolvia todo el medio de arriba.</p>
-
-<p>—¿Y viajan siempre vuesas reverencias con esos mozos de estribo?
-preguntó Ferrus, reparando en un hermoso alano que casi detras del
-padre silencioso reposaba, y que habia entrado sin ser antes de ellos
-sentido.</p>
-
-<p>—¡Ah! repuso el padre. Dios nos perdone esos medios mundanos de
-defensa. Aunque <i>manet nobiscum dominus</i>, bueno es llevar ademas
-un amigo consigo. Es el perro del convento: nuestro reverendo abad
-no quiso que en estos tiempos de salteadores, ni el padre Juan, ni
-yo, padre Modesto, como me llaman, para servir á Dios y á vuesas
-mercedes, nos viniesemos sin ese corto ausilio siquiera para nuestra
-seguridad, si bien <i>Deus vigilat</i>.</p>
-
-<p>—¿Y de dónde, bueno padre mio? preguntó Ferrus con audaz
-curiosidad.</p>
-
-<p>—De Jaen, hijo, repuso con estremada serenidad el padre; sí,
-hijo, de Jaen. Llevamos una comision secreta, que bajo la fé de la
-obediencia no podemos revelar, para el reverendo prior del convento
-de Andujar de nuestra misma orden, que es como veis de<span
-class="pagenum" id="Page_64">[p. 64]</span> San Francisco, hijos
-mios; pensábamos haber caminado toda la noche, y haber llegado alli
-antes de la mañana; empero Dios que nos ha enviado esta agua, y
-los achaques de mi compañero, nos han obligado á pedir hospedage.
-<i>Introibo</i>, dijimos, <i>ad altare</i>.</p>
-
-<p>—Y bien dicho, habló por fin el camarero, que habia estado hasta
-entonces observando al silencioso fraile, muy bien dicho, aunque
-nosotros no lo entendamos. Pero lo dijo vuestra reverencia, y basta:
-si les parece á sus reverencias, que vendrán cansados, prosiguió
-el cortesano camarero, harémosles servir la refaccion para que se
-retiren, señor Ferrus.</p>
-
-<p>—<i>Amen</i>, repuso el padre: tanto mas cuanto que mañana hemos de
-salir á la madrugada, si dais orden de que nos abran temprano en el
-castillo.</p>
-
-<p>—Daránse las órdenes todas que fueren necesarias, repuso Ferrus,
-apartándose y hablando al oido al camarero. Pero ved que las
-centinelas no se han relevado aun.</p>
-
-<p>—Pudierais vos mudarlas, le contestó Rui Pero, mientras yo hago
-disponer la cena; estos buenos padres nos dispensarán si los dejamos
-solos un instante por su propio servicio.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_65">[p. 65]</span></p>
-
-<p>—<i>Ite, misa est</i>, replicó el padre echando una bendicion gravísima
-á entrambos alcaides, que se dieron el brazo mutuamente á pesar de
-sus interiores rencillas, sin duda olvidándolo todo en momentos en
-que necesitaban tanto de recíproco apoyo, y salieron de la sala.</p>
-
-<p>—¡Cuerpo de Cristo! Por vida de Diego Gil y Martin Bravo, los mas
-famosos monteros de Castilla, que Dios perdone, esclamó el padre
-silencioso soltando una carcajada algo reprimida por la prudencia.
-¡Voto va! que nunca hubiera dicho, fray Juan ó fray Peransurez,
-que tañeseis de ladradura con tal primor. Por mi venablo que se os
-entiende de cazar en latin á las mil maravillas.</p>
-
-<p>—¡Prudencia, Hernando! Sepamos lo que nos hacemos, ya que yo no sé
-lo que me digo. ¿No os previne de que fuí monacillo y sacristan en
-cierto tiempo, durante el cual, si mucho escatimé el rastro de las
-vinagreras de la Almudena, no por eso dejé de oir las vocinas de los
-padres en el coro? aprendí á tañer la mia en latin como habeis visto,
-y alguna palabra entiendo voto á tal de cada ciento que digo.</p>
-
-<p>—Pobre venado es este, Peransurez: es<span class="pagenum"
-id="Page_66">[p. 66]</span> nuestro, dijo Hernando. Hace la señal del
-pezuño chica, y va en la reduña, ¡voto á tal! No tardarémos en tañer
-de oscisa. ¿Pondrémosle canes?</p>
-
-<p>—Ved no nos obliguen á tañer de traspuesta: mirad que se levanta
-ya el venado á la ceba. Yo os avisaré el momento.</p>
-
-<p>—Los tiempos nos dirán, conforme vengan...</p>
-
-<p>—Sí; pero ved, Hernando, que no es lo dificil la entrada; mirad
-por la salida...</p>
-
-<p>—Dios proveera, y mi venablo, repuso Hernando componiendo
-sus hábitos, y echando de nuevo su capucha. Ya vienen hácia el
-buitron.</p>
-
-<p>Volvian en esto ya los dos alcaides. No tardó mucho tiempo en
-cubrirse la mesa, á la cual se sentaron los cuatro con la mayor
-armonía y fraternidad. Poco tiempo hacia que cenaban, con imprudente
-abandono Rui Pero y Ferrus, con mas reserva y comedimiento los dos
-frailes, cuando llamó á las puertas del castillo un espreso que
-enviaba el conde de Cangas y Tineo. Abriéronle inmediatamente,
-é introducido en la sala echóse de ver en su traza que habia
-corrido mucho, y que debia de ser en gran manera interesan<span
-class="pagenum" id="Page_67">[p. 67]</span>te su mensage. Tomó Rui
-Pero el pliego cerrado que para él traía, y apartándose un poco
-leyóle rápidamente, manifestando bien á las claras en su rostro
-cuánta sorpresa le infundia.</p>
-
-<p>—Señor Ferrus, grandes novedades, dijo despues de haberle
-recorrido.</p>
-
-<p>—¿Qué decís? preguntó Ferrus tartamudeando.</p>
-
-<p>—Nuestro señor el ilustre conde de Cangas y Tineo, maestre de
-Calatrava, se halla á pocas leguas de aqui...</p>
-
-<p>—¿Cómo? esclamó Ferrus levantándose.</p>
-
-<p>—Sí, parece que el dia despues de vuestra salida de Madrid
-llegó á la corte la nueva de los disturbios de Sevilla. Las cartas
-y pesquisidores que envió su alteza á esa ciudad el mes pasado
-para poner en paz los bandos que han estallado entre el conde de
-Niebla, su primo, y el conde don Pedro Ponce y otros caballeros
-y veinticuatros, no surtieron efecto, y el mal se acrecienta por
-momentos. Temeroso su alteza de los resultados de tan grave daño,
-hizo suspender su viage á Otordesillas: háse contentado con espedir
-pliegos anunciando á la reyna doña Catalina que irá allá desde
-Sevilla, y mandando disponer para entonces las funciones<span
-class="pagenum" id="Page_68">[p. 68]</span> reales y torneos que se
-preparaban en solemnidad del nacimiento del príncipe don Juan. Háse
-traido consigo á los principales señores de la corte, y esta noche
-debe dormir en Andujar.</p>
-
-<p>—Gran novedad, por cierto, dijo Ferrus.</p>
-
-<p>—Añádeme su señoría que en ese pueblo permanecerán tres dias,
-por hallarse señalada para mañana la prueba del combate. Encárganos
-con este motivo, añadió Rui Pero al oido de Ferrus, la mayor
-vigilancia.</p>
-
-<p>—¡Voto á tal! no hay cuidado, dijo Ferrus dando una carcajada. No
-vencerá el doncel. ¿Y piensa venir su grandeza por aqui?</p>
-
-<p>—Parece que no, pues de Andujar pasa su alteza á Córdoba; desde
-alli irá en la barca grande, el Guadalquivir abajo, á Sevilla, pues
-que está su alteza muy doliente, y no le deja caminar á caballo su
-físico Abenzarsal. Pero en atencion á todo esto, yo partiré mañana de
-madrugada.</p>
-
-<p>—Sea en buen hora, como gusteis, repuso Ferrus. Esto entre tanto
-no altera el orden de nuestra cena. Podeis retiraros, buen hombre,
-añadió Ferrus al emisario.</p>
-
-<p>—Que os den de cenar, dijo Rui Pero al mismo, y disponeos mañana á
-venir conmigo á la corte.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_69">[p. 69]</span></p>
-
-<p>Retiróse el emisario, y siguieron cenando nuestros cuatro
-paladines, y conversando acerca de la determinacion del rey, y del
-singular acaecimiento que los habia acercado tanto á la corte.</p>
-
-<p>—Bueno fuera, señor alcaide, dijo Peransurez dirigiéndose á
-Ferrus, que era el mas afectado del licor, bueno fuera que hubieseis
-de hospedar en este castillo á la corte...</p>
-
-<p>—¡Ba! dijo Ferrus; no pasa por aqui, y ademas en un castillo
-encantado...</p>
-
-<p>—¡Encantado! Dios nos perdone, dijo con afectado escrúpulo el
-padre.</p>
-
-<p>—¿No ha oido hablar nunca el padre de la mora Zelindaja, Zelindaja
-la mora...? siguió Ferrus con dificultad, y riéndose á cada palabra
-con la estúpida espresion de la embriaguez.</p>
-
-<p>—¡Hola!</p>
-
-<p>—¡Voto va! pues la mora... rico vino es este, padre; ¿no
-bebeis?</p>
-
-<p>—Proseguid, dijo el padre haciendo con su mano un ademan de
-agradecer el ofrecimiento.</p>
-
-<p>—La mora, pues... vaya otro trago, señor Rui Pero.</p>
-
-<p>—¿Y la mora? preguntó el padre.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_70">[p. 70]</span></p>
-
-<p>—La mora... Zelindaja quereis decir, la que está encantada en la
-torre...</p>
-
-<p>—¿En la torre?</p>
-
-<p>—Sí; aqui arriba sobre nosotros. ¡Pero qué vino! ¡qué paladar! ¿os
-dormís, señor Rui Pero? ¡voto va!</p>
-
-<p>—¿Con que arriba? preguntó el padre.</p>
-
-<p>—Por ahí la llaman la mora, y dicen que aparece, y que... ¡ah!
-¡ah! ¡ah! añadió Ferrus soltando una carcajada, y mirando el vino
-que contenia aun la copa. ¿Qué haceis vos ahí, prosiguió vuelto en
-seguida á los que le servian la mesa, escuchando, espiando, á ver
-si se me escapa alguna imprudencia? Belitres. Si esperais á que yo
-os diga donde está el preso... larga la llevais. Fuera de aqui;
-llamaremos cuando os hayamos menester.</p>
-
-<p>Diciendo y haciendo, se levantó Ferrus con trabajo, y cerró la
-puerta despues que hubieron salido los sirvientes, espantados de las
-palabras del alcaide.</p>
-
-<p>—¿Con que el preso...? señor alcaide de... prosiguió Peransurez,
-que asi como su compañero no perdia una palabra ni una accion de las
-que se le escapaban al imprudente mancebo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_71">[p. 71]</span></p>
-
-<p>—El preso no se escapará mientras pendan de mi cintura las llaves
-todas del alcázar. ¡Ah! ¡ah! ¡ah! notad, padres mios, la figura que
-hace un camarero dormido, prosiguió Ferrus riéndose á carcajadas, y
-señalando con el dedo la boca abierta del buen Rui Pero, á quien la
-hora, el sueño, el vino y el cansancio tenian cabeceando sobre su
-poltrona. ¡Ah! ¡ah! ¡ah!</p>
-
-<p>Al llegar aqui tocó Peransurez por bajo de la mesa el pie de
-Hernando, que de puro impaciente no hacia ya mas que moverse habia
-gran rato. Levantándose á un tiempo los dos, precipitóse cada uno
-sobre el que tenia al lado. Tocóle á Peransurez el dormido Rui
-Pero, que se halló ya maniatado y tapada la boca antes de acabar de
-despertar: á Hernando Ferrus, cuyo asombro fue tal al ver levantarse
-de repente, y en aquella tan inesperada forma, á los dos reverendos,
-que no fue dueño de gritar ni de oponer la menor resistencia al
-montero, el cual asi lo fajaba con sus poderosas manos como si fuese
-un niño. Pusieron nuestros dos amigos á cada uno de los alcaides
-un palo de hogar atravesado en la boca, y sugeto con cordel que
-preparado llevaban, á manera de mordaza, y<span class="pagenum"
-id="Page_72">[p. 72]</span> atáronlos en seguida fuertemente de pies
-y manos á sus mismas poltronas, dejándolos conforme se hallaban
-colocados, es decir, uno enfrente de otro con la mesa en medio y
-sus copas delante. Era cosa de ver la figura que hacian sin poderse
-mover ni remover ambos con la boca abierta, y mirándose con ojos aun
-mas abiertos, sin acabar de comprender si estaban encantados por el
-moro del castillo, ó si habrian dado hospedage á dos diablos del otro
-mundo que venian á castigar su descompuesta vida.</p>
-
-<p>Hecho esto por nuestros dos reverendos, y apoderados ya del manojo
-de llaves que pendian del cinto de Ferrus, fue su primer cuidado
-recapacitar lo que acababan de oir al ébrio alcaide.</p>
-
-<p>Parecia por el misterio de sus palabras que la torre era el
-lugar del castillo destinado al prisionero. Estaban en ella, pero
-era indispensable hallar una subida, y si habia dos, aquella
-en que estuviesen menos espuestos á ser notados, ó á encontrar
-importunas centinelas. En punto á esto convinieron que era preciso
-ponerse en manos de Dios, que veía sus intenciones, y no dejaria
-de favorecerlas; y echáronse á buscar una subida, que<span
-class="pagenum" id="Page_73">[p. 73]</span> no tardaron en encontrar.
-Probando llaves lograron abrir una puertecita encubierta detras del
-hogar por un tapiz viejo: empujáronla, y una escalera oscura les
-probó que habian dado con lo que necesitaban. Armado cada uno de un
-agudo venablo, y llevando en la mano izquierda Hernando, que iba
-delante, una linterna sorda de metal, diéronse á subir con la mayor
-confianza en Dios, donde los dejaremos, ora trepando escaleras, ora
-recorriendo largas y oscuras galerías, ora, en fin, probando llaves
-en cada puerta que encontraban, todo con el mayor silencio posible
-por no dar la alarma en el castillo.</p>
-
-<p>Hallábase colocado el cuarto, donde se divisaba la misteriosa
-luz desde los alrededores de la fortaleza, en el estremo de una
-galería, y como quiera que las puertas fuesen todas de la mayor
-seguridad, no se creía prudente establecer centinelas demasiado
-inmediatas. Al único que hácia aquella parte se ponia, preveníasele
-de antemano que no se separase del estremo de la galería mas distante
-de la prision. El que se hallaba á la sazon en aquel punto era un
-mancebo profundamente ignorante acerca de las circunstancias de
-los pre<span class="pagenum" id="Page_74">[p. 74]</span>sos que
-parecian custodiarse con tanto interes en la fortaleza, pero que
-habia oido hablar lo bastante del encantamiento del castillo, y de
-la voz nocturna, para no tenerlas todas consigo en aquella incómoda
-faccion.</p>
-
-<p>—Por Santiago, decia apoyándose en su partesana, que no entré yo
-al servicio del señor conde para habérmelas con brujas y hechiceros;
-este instrumento que bastaria para matar millones de moros, unos
-despues de otros se entiende, acaso no seria suficiente á hacer un
-ligero rasguño en la mano del moro que fundó este maldito castillo.
-Dicen que la señal de la cruz es grande arma contra las artes del
-demonio, añadia en otro paseo de los que daba, sin apartarse mucho de
-su puesto como el que tiene miedo ó frio; y siendo esto cierto, ¿cómo
-es que hay cristianos hechizados? Cuerpo de Cristo, si me hechizasen
-tengo para mí que lo que mas habia de sentir habia de ser aquello del
-no comer y del no dormir; ¡voto va!</p>
-
-<p>En estas y otras reflexiones cogió entretenido al mancebo cierto
-profundo gemido que salió del estremo opuesto de la galería.</p>
-
-<p>—¡Santa María! esclamó dando diente con diente el faccionario.
-Asunto concluido.<span class="pagenum" id="Page_75">[p. 75]</span>
-¿Si será la mora que viene á pedirme su esposo, segun dicen las
-gentes que lo pide todas las noches á los ecos? Sin embargo, yo no
-soy eco, añadió lastimeramente como si quisiese conjurar el encanto
-con esta lógica observacion.</p>
-
-<p>Otro gemido mas prolongado resonó de alli á poco, y el ruido de
-una cadena arrastrada por el suelo se prolongó hasta el infinito en
-el oido del infeliz.</p>
-
-<p>—¡Santo Dios! decia el soldado, y persignábase tan de prisa como
-si fuese la última vez que habia de persignarse en su vida, y sin
-apartar los ojos del punto de donde él se figuraba que salia el
-ruido.</p>
-
-<p>En esto estaba á la orilla de la escalera, y vuelto de espaldas
-á ella, cuando dos manos de hierro, apoderándose de sus piernas, le
-levantaron en alto.</p>
-
-<p>—¡Perdon, señora Zelindaja, perdon! clamó con voz medio ahogada el
-miserable, y pasando por encima de la cabeza de un padre Francisco, á
-quien no tuvo siquiera tiempo de observar, cayó rodando de espaldas
-por la escalera, hasta una puerta que habian cerrado tras sí nuestros
-aventureros, donde quedó casi exánime y sin sentido.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_76">[p. 76]</span></p>
-
-<p>—¿Hay mas? dijo Peransurez mirando á todas partes.</p>
-
-<p>—No, repuso Hernando: aquella debe ser su prision: ¿no oís una
-cadena?</p>
-
-<p>—Él es; apresurémonos. Sacando en seguida el manojo y llegando
-á la puerta comenzaron á probar llaves en la cerradura. Abrió, por
-fin, una de las mas gruesas, y entrambos se precipitaron dentro de
-la prision, igualmente impacientes de dar libertad al encadenado
-doncel.</p>
-
-<p>Una lámpara mortecina lucia siniestramente sobre un pedestal.</p>
-
-<p>—¡Basta, crueles, basta ya! esclamó una voz penetrante,
-arrojándose á sus pies al mismo tiempo, con todo el desorden del
-dolor y de la desesperacion, una figura cadavérica vestida de negras
-ropas.</p>
-
-<p>Dificil fuera pintar el asombro de nuestros dos reverendos al ver
-venir sobre ellos aquella estraña sombra, que no era otra cosa lo que
-á su vista se ofrecia, y el sobrecogimiento de la víctima luego que
-paró la atencion en sus nuevos huéspedes; de tan distinta especie que
-los dos hombres que hasta entonces habian solido visitar su encierro
-para traerla el alimento.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_77">[p. 77]</span></p>
-
-<p>—Religiosos, Santo Dios, religiosos, esclamó ésta. Habeis oido,
-señor, por fin mis oraciones, y el bárbaro me envia estos emisarios
-de vuestra palabra divina para ausiliarme en los últimos momentos de
-esta vida miserable. Lo acepto, señor, lo acepto.</p>
-
-<p>Un mar de lágrimas corrió de los ojos hundidos de la encarcelada,
-que abrazaba con religioso fervor el hábito de Hernando: éste,
-inmóvil en su puesto no sabia qué interpretacion dar á aquella
-horrible escena. Todo el valor de Peransurez le habia abandonado;
-creíase efectivamente delante de la encantadora mora, y estaba ya
-á dos líneas de maldecir en su corazon su osadía y su malhadada
-incredulidad.</p>
-
-<p>Repuesto algun tanto Hernando de su primera sorpresa, hízose atras
-cuanto pudo, desviando su hábito del contacto de la infeliz. Ésta,
-levantando entonces la cabeza, y sacudiendo sobre los hombros una
-larga cabellera, único resto de su antigua hermosura, quedó mirando
-largo rato á nuestros amigos sin atreverse á proferir una palabra.</p>
-
-<p>—Quien quiera que seais, dijo por fin animándose Hernando, y
-descubriendo su rostro, ser de este mundo ó del otro, mo<span
-class="pagenum" id="Page_78">[p. 78]</span>ra ó cristiana, hablad:
-¿qué nos quereis?</p>
-
-<p>—Hernando, ¿sois vos? esclamó la víctima levantándose, despues
-de haber mirado largo rato con la mayor duda y agitacion al montero
-espantado. ¡Ah! no, continuó, ¡Hernando era montero! y volvió á caer
-en el mismo estupor.</p>
-
-<p>No pudo menos Hernando al oirse nombrar por la fantasma, como
-un antiguo conocido, de fijar mas en ella la atencion; y agarrando
-con una mano á Peransurez, que á su derecha y un poco detras de él
-estaba,—¡Cielos! esclamó sin apartar los ojos de la figura negra.
-Dejadme; ¿seria posible?</p>
-
-<p>—¡Ah! conocedme, sí, gritó levantándose y asiendo la lámpara
-la infeliz, conocedme si me habeis visto alguno vez; hé aqui en
-mi rostro los efectos de su barbarie; no soy la misma ya: no soy
-hermosa... el llanto, el dolor me han afeado. Miradme bien, miradme,
-prosiguió acercando la luz á su semblante.</p>
-
-<p>—¡Ella, ella es! Peransurez, salvemonos, gritó Hernando
-retrocediendo.</p>
-
-<p>—¿Adónde? no: ¿adónde? Deteneos. Yo saldré tambien con
-vosotros.</p>
-
-<p>—¡Vivís aun, señora! esclamó Hernan<span class="pagenum"
-id="Page_79">[p. 79]</span>do al sentirse detenido por la víctima
-¿vivís?</p>
-
-<p>—Vivo; sí, vivo para llorar y padecer: tocadme aun si lo
-dudais.</p>
-
-<p>—¿Es falsa vuestra muerte? ¿Sois vos, señora?</p>
-
-<p>—¿Mi muerte decís? preguntó la desdichada. El bárbaro la ha
-propalado. ¡Justicia, señor; misericordia! añadió levantando los ojos
-al cielo. Por piedad continuó, ¿quién sois el que tanto os pareceis
-al montero de don Enrique? ¿Qué os trae á esta prision?</p>
-
-<p>Hernando, sumido en el mas profundo letargo, apenas reconocia
-debajo de aquella palidez y cadavérico aspecto á la hermosa que
-tantas veces habia visto triunfante en el mundo de lujo y de
-belleza.</p>
-
-<p>—¡Monstruo! dijo por fin para sí: ¡monstruo abominable!</p>
-
-<p>—¿Quién sois? acabad; y ¿qué quereis? tornó á preguntar la
-encerrada: ¿venís á prolongar mis males, á remediarlos por
-ventura?</p>
-
-<p>—A salvaros, señora, repuso Hernando. Conocedme ¡voto va! El
-montero Hernando, señora, os ha de sacar de esta maleza.</p>
-
-<p>—¿Con que no me habia engañado? ¡Ah!<span class="pagenum"
-id="Page_80">[p. 80]</span> Decidme, ¿por qué feliz azar os veo, y
-cómo en ese trage?</p>
-
-<p>—El montero de ley, señora, no caza siempre del mismo modo:
-dejemos para mejor ocasion ese punto. Ved que necesitamos salir del
-monte. ¡Ea! Venid con nosotros.</p>
-
-<p>—¿Con vosotros? Adónde: ¡ah! no me engañeis. Mas facil es que me
-mateis aqui. ¿Qué resistencia puedo oponeros? Si sois tan crueles
-como todos los que hasta ahora he visto en este castillo...</p>
-
-<p>—¿Qué hablais, señora? no veniamos á salvaros: no presumiamos
-siquiera que vivieseis: el bárbaro que ha osado reduciros á este
-estremo no se ha contentado con una presa. Sin embargo en el momento
-actual vuestra presencia nos hace mas falta de todas suertes que
-un ojo avezado al cazador. Vuestra presencia va á confundir la
-iniquidad, y á atajar acaso un torrente de sangre.</p>
-
-<p>Mucho tardaron Hernando y Peransurez en determinar á la desdichada
-á que los siguiese; sus preguntas exigian larguísimas esplicaciones,
-que no podian darse en aquel momento sin comprometer la suerte de
-una espedicion tan incierta y azarosa ya por sí. A poder de ruegos
-en fin y de observaciones<span class="pagenum" id="Page_81">[p.
-81]</span> logróse de ella que dejase el satisfacer sus dudas para
-mejor ocasion; el tiempo urgía: nuestros dos reverendos habian pasado
-ya gran parte de la noche en dar con la prision, y despues de tantos
-afanes faltábales aun desempeñar la verdadera mision que en tal
-peligro les habia puesto.</p>
-
-<p>Resolvióse unánimemente que Hernando se despojaria del hábito
-que sobre su trage traía, y que lo vestiria lo mejor que pudiese la
-recien libre cautiva, porque si bien su estatura era muy diversa,
-tambien era de advertir que habian entrado de noche, que iban á salir
-al rayar el alba, y que probablemente no estarian á su salida de
-faccion los mismos que lo habian estado á su entrada. Dos frailes
-habian entrado: dos frailes salian: nada habia que decir, si durante
-la noche no se descubria su accion, cosa dificil, pues habian quedado
-cerrados por dentro y amordazados Ferrus y Rui Pero. A la salida
-ningun ostáculo podrian encontrar dos frailes, pues durante la cena
-se habia dado la orden de abrirles el rastrillo en cuanto se dejasen
-ver á la puerta al amanecer.</p>
-
-<p>Cortó, pues, Hernando el hábito con su cuchillo de monte, y dejólo
-mas adaptado á<span class="pagenum" id="Page_82">[p. 82]</span>
-la estatura de la hermosa. Hecho lo cual trataron de buscar por la
-parte, que no habian recorrido aun, la prision del doncel, dejando
-para despues de encontrarla el determinar la forma de sacarle y
-salir el mismo Hernando del castillo, cosa que á éste le parecia
-sencillísima; pues todo se lo parecia cuando era hecho en obsequio
-de su señor, y cuando tenia en la mano su venablo y al lado su fiel
-Bravonel; el cual los seguia silenciosamente toda la noche como si
-estuviera penetrado de lo mucho que convenia el sigilo en aquella
-peligrosa tentativa.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-b082.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_36">
- <hr class="doble" />
- <hr class="doble" />
- <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XXXVI."><span class="pagenum"
- id="Page_83">[p. 83]</span>CAPITULO XXXVI.</h2>
- <hr class="sep" />
- <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza">
- <p class="i2">Ya la gran noche pasaba</p>
- <p class="i0">é la luna sestendia:</p>
- <p class="i0">la clara lumbre del dia</p>
- <p class="i0">radiante se mostraba;</p>
- <p class="i0">al tiempo que reposaba</p>
- <p class="i0">de mis trabajos é pena</p>
- <p class="i0">oí triste cantilena</p>
- <p class="i0">que tal cancion pronunciaba.</p>
- <p class="i2"><i>Don Enr. de Vill. Querella de amor de Mac.</i></p>
- </div></div>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="capitular">N</span><span class="smcap">o
-bien</span> hubieron tomado la determinacion que dejamos referida,
-echáronse á buscar otra salida, dispuestos siempre á hacer callar
-con sus venablos á cualquier centinela imprudente que hubiese podido
-comprometer su existencia. Felizmente no encontraron ninguno en dos
-escaleras que bajaron. Al fin de ellas una tronera les permitió
-reconocer la parte de la torre en que se hallaban: estarian como á
-diez varas del pie de la muralla interior.</p>
-
-<p>Fatigados de la faena que la ignorancia<span class="pagenum"
-id="Page_84">[p. 84]</span> de las llaves les acarreaba, y aun mas
-del silencio y cuidado con que les era indispensable proceder,
-tomaron alli algun descanso. La cautiva, que acababa de esperimentar
-una emocion tan inesperada, y que en medio de su debilidad se hallaba
-abrumada bajo el peso del hábito desusado, y combatido su ánimo de
-mil dudas y esperanzas, por desgracia harto inseguras todavia, no
-pudiendo resistir á tantos afectos encontrados, hubo de apoyarse un
-momento en un trozo roto de columna, que felizmente encontró en la
-pieza en que á la sazon se hallaban. Perdian ya nuestros paladines la
-esperanza de dar con la prision del doncel. Asegurábales sin embargo
-su compañera que en la noche anterior y á deshoras habia creido oir
-un laud débilmente pulsado, cosa que no le habia acaecido nunca
-desde su llegada al castillo; este dato convenia con la fecha de la
-prision de Macías; y hubiera jurado, les añadió, que salia el eco del
-pie de la torre. Esta advertencia solo podia animar á los generosos
-amigos del prisionero. Sacando, pues, nuevas fuerzas de flaqueza,
-trataron de examinar qué hora podria ser. Sacó entonces Hernando
-la cabeza por la angosta tronera, y pudo distinguir que el cielo
-se<span class="pagenum" id="Page_85">[p. 85]</span> habia serenado;
-un viento fuerte de norte lanzaba hácia las playas africanas algunas
-nubes dispersas, restos de la pasada tormenta, y el pálido resplandor
-de la luna en su ocaso advirtió á Hernando, asi como la posicion de
-algunas estrellas que acertó á ver, que podria faltar una hora todo
-lo mas para el alba. Al mismo tiempo que hizo esta observacion nada
-favorable, el ruido acompasado de los pasos de un hombre le hizo
-sospechar que debajo de ellos debia de haber al pie de la muralla
-un soldado de faccion. Esta precaucion le confirmó en la idea de
-que debia caer hácia aquella parte del castillo la buscada prision.
-Resolviéronse, pues, á probar la aventura y poniendo el éxito en
-manos de Dios, á quién fervorosamente se encomendaron. Hernando
-hizo voto á la Vírgen de la Almudena de una ofrenda proporcionada
-á sus cortos medios, y la cautiva prometió edificarle un santuario
-suntuoso si la sacaba con bien de tan peligroso trance. Iban ya á
-probar una nueva llave en la puerta que debia conducirlos, segun
-todas las probabilidades, al pie de la muralla, cuando el rumor de un
-laud, que al pronto reconocieron la hermosa y Hernando, los dejaron
-suspensos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span></p>
-
-<p>—¡Él es! dijeron á un tiempo los dos, apoyándose con esperanza
-la blanda mano de la bella en la tosca y curtida del montero.
-Escuchemos.</p>
-
-<p>Un ligero preludio del trovador se siguió á su suspension, y
-de alli á un momento una voz, harto conocida para ellos, entonó
-con lánguido acento una cantica, de la cual pudieron percibir los
-fragmentos siguientes, en medio de los sollozos que de cuando en
-cuando la interrumpian, y del monotono rumor del torrente, que á los
-pies de la torre por la honda zanja se desprendia.</p>
-
-<div class="poem ml20"><div class="stanza">
-<p class="i2">¿Será que en mi muerte te goces, impía,</p>
-<p class="i0">ó pérfida hermosa, muy mas aun ingrata?</p>
-<p class="i0">¿Asi al tierno amante, mas fino, se trata?</p>
-<p class="i0">¿Cabrá en tal belleza tan grande falsía?</p>
-<p class="i0">¡Llorad ¡ay! mis ojos, llorad noche y dia!</p>
-<p class="i0">Mis tristes gemidos levántense al cielo,</p>
-<p class="i0">pues ya en mi tristura no alcanzo consuelo.</p>
-<p class="i0">Dolor hoy se vuelva lo que era alegría.</p>
-<p class="g4">. . . . . . . . . . . . . . . . .</p>
-</div><div class="stanza">
-<p class="i2">La copa alevosa, que amor nos colmó,</p>
-<p class="i0">tambien heces cria, señora, en mi daño.</p>
-<p class="i0">Sus heces son ¡ay! fatal desengaño.</p>
-<p class="i0">La copa y las heces mi labio apuró.</p>
-<p class="i0">¡Ay triste el que al mundo sensible nació!</p>
-<p class="i0">¡Ay triste el que muere por pérfida ingrata!</p>
-<p class="i0">¡Ay mísero aquel, que asi amor maltrata!</p>
-<p class="i0">¡Ay triste el que nunca su dicha olvidó!</p>
-</div><div class="stanza">
-<p class="i2"><span class="pagenum" id="Page_87">[p. 87]</span>¿Por qué, justos cielos, en pecho amador</p>
-<p class="i0">tiranos me disteis una alma de fuego?</p>
-<p class="i0">¿Por qué sed nos disteis, si en tósigo luego,</p>
-<p class="i0">bebido, en el pecho, se torna el licor?</p>
-<p class="i0">Contempla, señora, mi acerbo dolor.</p>
-<p class="i0">¡Ay! torna á mis brazos, ven presto, mi Elvira;</p>
-<p class="i0">ingrata; aunque sea, como antes, mentira,</p>
-<p class="i0">la dicha me vuelve, me vuelve tu amor.</p>
-</div><div class="stanza">
-<p class="i2">No mas á mis ruegos te muestres impía,</p>
-<p class="i0">ó pérfida hermosa, muy mas aun ingrata.</p>
-<p class="i0">No asi al tierno amante, mas fino, se trata.</p>
-<p class="i0">No quepa en tu pecho tan grande falsía.</p>
-<p class="i0">Dolor no se vuelva lo que era alegría.</p>
-<p class="i0">Mas ¡ay! si en mi pena no alcanzo consuelo,</p>
-<p class="i0">si en vano mis quejas se elevan al cielo,</p>
-<p class="i0">¡llorad ¡ay! mis ojos, llorad noche y dia!</p>
-</div></div>
-
-<p>Callaron al llegar aqui los lúgubres acentos de la cantilena, que
-habia arrancado lágrimas de los ojos de aquellos que silenciosamente
-la habian oido.</p>
-
-<p>Seguros de que habian llegado al término de sus esperanzas,
-diéronse prisa á abrir la puerta que les faltaba traspasar, y en
-pocos minutos se hallaron al pie de la torre. El primero que salió
-fue el terrible alano, el cual no bien salió al aire libre cuando
-comenzó á ladrar dirigiéndose á un objeto que se hallaba arrimado á
-la pared.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_88">[p. 88]</span></p>
-
-<p>—¡Bravonel! dijo Hernando, ¡Bravonel! vamos, silencio.</p>
-
-<p>—¿Quién va? preguntó con voz ronca el centinela, enderezando su
-ballesta contra el montero, que salió el primero á contener á su
-perro.</p>
-
-<p>No tuvo lugar de preguntar segunda vez el centinela.</p>
-
-<p>—¡Ese es quien va! respondió Hernando lanzando su venablo, el
-cual fue recto á clavarse, silbando por el aire, en el pecho del
-faccionario, que cayó por tierra sin voz y sin aliento.</p>
-
-<p>—¡Ay! gritó la compañera de nuestros aventureros apartando
-rápidamente los ojos del que acababa de caer.</p>
-
-<p>—Silencio, señora, silencio, dijo Peransurez: dejad la piedad
-para despues. Plegue al cielo que no hayamos alarmado ya algun otro
-centinela con este intempestivo ruido.</p>
-
-<p>—Vengan en hora buena, dijo Hernando, caliente ya con el
-feliz éxito de su tiro certero. Inclinándose en seguida sobre
-el cuerpo del caido, púsole un pie en el pecho, y sacó de él su
-venablo ensangrentado con la diestra mano. El venablo al salir del
-cuerpo dejó libre el paso á un surtidor de sangre que sal<span
-class="pagenum" id="Page_89">[p. 89]</span>picó á Hernando; y á poco
-el infeliz habia ya espirado.</p>
-
-<p>Vencida esta primera dificultad, examinaron la posicion, y no les
-quedó duda de que el rastrillo que enfrente veían servia de puerta
-á la prision del doncel; pero ¿cómo pasar la zanja? ¿cómo soltar el
-rastrillo? Perplejo Hernando miraba á una parte y á otra, mordíase
-los dedos, y daba al diablo todas las fatigas de la noche. Pensar
-en tomar el opuesto lado del castillo, volviendo por donde habian
-venido para probar la otra entrada que deberia tener forzosamente
-la prision, era caso imposible, en vista sobre todo de la hora
-avanzada.</p>
-
-<p>—¡Voto va! dijo por fin Hernando. Dénme á mi la fiera en el campo;
-pero ¿encerrada? ¡Cuerpo de Cristo! ¿Y hemos de quedarnos aqui, para
-ser presa de esos perros judíos, que quedan en el castillo, en cuanto
-amanezca?</p>
-
-<p>Su posicion tenia mas dificultades de las que á primera vista
-habian creido encontrar. Sin embargo, fue preciso deliberar; y por
-último, Hernando decidió que lo mas acertado seria probar á salir
-Peransurez y la bella á favor de su disfraz, quedando él con<span
-class="pagenum" id="Page_90">[p. 90]</span> su alano en aquella
-posicion. Oponíanse los otros á esta generosa determinacion; pero
-Hernando los convenció, probándoles que si á la mañana no habia
-logrado ponerse en comunicacion con el doncel y salvarle, ó saltaria
-la muralla y pasaria el foso á nado con su perro, ó retrocediendo al
-salon de la torre se haria rehenes y prenda de seguridad al mismo
-Ferrus, que probablemente deberia permanecer en el mismo estado, pues
-no se habia dado la alarma en el castillo en toda la noche. Fueron
-tales, por último, sus ruegos y sus amenazas, que fue preciso ceder
-á ellas. Importaba mucho en verdad que saliese alguien del castillo;
-fuera ellos, nada les seria mas facil que volver con socorro; y la
-presencia sobre todo de la ilustre prisionera en la corte debia
-hacer variar completamente la posicion del doncel y de Hernando,
-aun dado caso que quedase preso. Este, en fin, se aferró en decir
-que él no saldria del castillo sino muerto ó con su amo; lo mas
-que pudo conseguir de él Peransurez fue que quitándose su trage de
-montero vistiese la ropa del muerto centinela, y que quedase en su
-lugar. Si se le relevaba antes del alba, como era de pensar, acaso no
-seria reconocido<span class="pagenum" id="Page_91">[p. 91]</span>
-y entre tanto tenia aquella probabilidad mas de salvacion. Hízolo
-asi Hernando, y arrojando sus vestidos y el cuerpo del vencido en
-la zanja con un pie, dió algunas instrucciones á Peransurez acerca
-de lo que deberia hacer en saliendo del castillo y en llegando á la
-corte.</p>
-
-<p>Despidiéronse en seguida, como aquellos que acaso no habian de
-volver á verse. Peransurez y su compañera, ocultando su rostro bajo
-su capucha, siguieron la senda que debia conducirlos forzosamente
-á lo largo de la muralla hasta la puerta principal y puente del
-castillo, donde era mas que probable que no hallasen obstáculos á su
-salida, siendo como era ya la hora que habia dejado advertido Ferrus
-la noche anterior que se abriese á los padres descaminados; y donde
-los dejarémos para acudir adonde nos llaman otros personages, no
-menos interesantes de nuestra historia.</p>
-
-<p>Solo podemos añadir para sacar algun tanto á nuestros lectores
-de la incertidumbre en que los dejamos, bien á nuestro pesar,
-que hácia aquellas horas, pero sin que hayamos podido averiguar
-si antes ó despues, el gefe del destacamento, que guardaba la
-puer<span class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span>ta principal
-del castillo, creyó deber tomar órdenes del alcaide, de cuya
-ausencia total durante la noche estaba no poco admirado. Subió,
-pues, al salon que se habian reservado Rui Pero y Ferrus, y en vano
-llamó repetidas veces. Asombrado de esta circunstancia, no dudó en
-reunir algunos hombres, los cuales quebrantaron con sus hachas de
-armas la cerradura, y les dieron entrada en el salon. Alli fueron
-encontrados amordazados, en la misma forma singular que los dejamos,
-Ferrus y Rui Pero mirándose todavia, y sin dar otra respuesta á las
-preguntas del gefe que un sonido desigual ronco y desapacible, muy
-semejante al ruido gutural que produce un sordo-mudo para mover la
-pública conmiseracion. Desatóse á los alcaides, dióse la alarma,
-y en pocos minutos era el castillo todo un teatro de actividad
-dificil de pintar: corrian unos sin saber adónde, ni de qué enemigos
-se habian de guardar; tocaban algunos vocinas en son de guerra;
-preparaban otros sus armas; recorríanse las escaleras y galerías;
-oíanse votos y juramentos, pésames y proyectos de venganza, abríanse
-unas puertas, derribábanse aquellas cuyas llaves habian echado por
-dentro nuestros atrevidos<span class="pagenum" id="Page_93">[p.
-93]</span> paladines... en una palabra, era el castillo todo desorden
-y confusion. Nuestras leyendas, empero, tan prolijas por lo regular
-en todos los pormenores de sus relatos, parecen haberse descuidado
-sobremanera en esta ocasion; pues ni una sola palabra dicen por la
-cual podamos inferir, sospechar ó barruntar siquiera si cuando se dió
-esta alarma en el castillo habian salido ya al campo los fugitivos, ó
-si fue ocasion de que su intento se malograse. Lo cual prueba, ademas
-de otras muchas cosas que no son de este lugar, que no es tan facil
-el oficio de historiador y cronista como generalmente se cree, sobre
-todo si no ha de dejarse olvidada ninguna de las circunstancias que
-pueda anhelar saber el impaciente lector.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-b093.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_37">
- <hr class="doble" />
- <hr class="doble" />
- <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XXXVII."><span class="pagenum"
- id="Page_94">[p. 94]</span>CAPITULO XXXVII.</h2>
- <hr class="sep" />
- <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza">
- <p class="i2">El rey moro de Granada</p>
- <p class="i0">mas quisiera la su fin;</p>
- <p class="i0">la su seña muy preciada</p>
- <p class="i0">entrególa á don Ozmin.</p>
- <p class="i2">El poder le dió sin falla</p>
- <p class="i0">á don Ozmin su vasallo,</p>
- <p class="i0">y escusóse de batalla</p>
- <p class="i0">con cinco mil de caballo.</p>
- <p class="i2"><i>Historia de Alonso XI, escrita en coplas redondillas.</i></p>
- </div><div class="stanza">
- <p class="i2">Dos mil vidas diera juntas</p>
- <p class="i0">por ser el desafiado.</p>
- <p class="i2"><i>Batalla de Rugero y Rodamonte.</i></p>
- </div></div>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="capitular">C</span><span
-class="smcap">uriosos</span> estarán nuestros lectores, si es
-que hemos sabido hacerles interesantes los personages de nuestra
-desaliñada narracion, de saber el estado de la desdichada Elvira, á
-quien dejamos con la reja de su cámara abierta, ella desvanecida en
-tierra, y abriéndose su puerta para dar entrada al pagecillo, ó á su
-mismo esposo, únicos poseedores de la llave. Mucho sentimos que la
-complicacion<span class="pagenum" id="Page_95">[p. 95]</span> de
-sucesos, que bajo nuestra pluma se aglomeran, no nos haya permitido
-sacarlos antes de tan incómoda duda; pero todavia sentimos mas que
-el tiempo, que todo lo devora, nos prive aun ahora del placer de
-satisfacerlos completamente. Recordarán, sin embargo, en disculpa
-nuestra, que cuando se abrió la puerta de la cámara, Elvira estaba
-desmayada, y nada por consiguiente pudo ver de lo que en torno
-suyo pasaba: el que entró nada contó nunca, razon que tenemos para
-sospechar que fue Hernan Perez, á quien no le podia convenir que
-nada de ello se supiese; y el cronista de aquellos tiempos, el
-famoso Pero Lopez de Ayala, se hallaba en el sarao, y nada trae
-tampoco por consiguiente en sus escritos de semejante escena. Por los
-resultados que esta tuvo, volvemos á repetir que debió de ser Hernan
-Perez. Hubo quien aseguró que habia visto hablar al astrólogo con él
-mucho despues de haber vuelto á entrar éste en el alcázar y como ya
-conocemos la mala intencion del judío; y es de presumir que alarmase
-al marido acerca de lo que en su cámara pasaba; la reja abierta, la
-puerta cerrada y el estado de Elvira debieron acabar de abrir los
-ojos á Hernan Perez<span class="pagenum" id="Page_96">[p. 96]</span>
-acerca de lo que alli podia haber ocurrido.</p>
-
-<p>Lo único que podremos afirmar es que Hernan Perez de Vadillo,
-de resultas sin duda de la violenta escena que debió tener con su
-esposa, decidió aquella noche misma su separacion; buscó á su alteza,
-y le espuso con voz trémula y agitada como sabia que su esposa era la
-acusadora de don Enrique de Villena. Añadióle que él habia recibido
-del conde de Cangas la rara prueba de confianza de que pudiese en
-su nombre defender su parte en el combate; suplicóle en vista de
-ello que tomase á su cargo la acusadora; y por mas que se hizo para
-averiguar la causa de tan extraña conducta, solo se pudo sacar en
-limpio de las cortadas razones de Hernan Perez que éste habia tenido
-un rompimiento con su esposa; advirtióse desde entonces que cuanto
-hablaba eran palabras de aborrecimiento y execracion, y dirigidas á
-adelantar el plazo del combate, de resultas del cual debia él morir
-ó morir Elvira. El odio mas reconcentrado y profundo habia succedido
-en su corazon al amor conyugal. No se pudo negar don Enrique el
-Doliente á la justa demanda del ofendido Hernan, y en consecuencia
-encargó al judío Abenzarsal de<span class="pagenum" id="Page_97">[p.
-97]</span> la custodia de Elvira, la cual pasó á poder de éste con su
-inseparable pagecillo aquella misma noche. Decidióse al mismo tiempo
-que se verificaria el combate, donde quiera que estuviese la corte,
-al quinceno dia, por cumplirse entonces el plazo que habia dado su
-alteza al justicia mayor Diego Lopez de Stúñiga para presentarle el
-reo de la muerte de doña María de Albornoz. Si éste le presentaba con
-las pruebas legales del delito, escusaríase la prueba del combate. De
-lo contrario, no quedando otro medio que recurrir al juicio de Dios,
-seria aquel inevitable.</p>
-
-<p>Con respecto á Elvira, solo diremos que desde aquella funesta
-noche en valde intentó tener con su esposo una esplicacion: negóse
-éste á todas sus demandas, y la infeliz, sumida en la mayor
-desesperacion, esperó en un continuo llanto y congoja el dia en
-que habia de desenlazarse tan terrible drama, y en que habia de
-verse espuesta á los riesgos de un combate por causa suya, y por
-una imprudente generosidad, que no era ya tiempo de remediar; la
-vida de su desdichado amante, si es que éste no habia perecido ya,
-como tenia motivos para creerlo, en la funesta noche de su última
-entrevista.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_98">[p. 98]</span></p>
-
-<p>Puesta á recaudo como estaba, y no permitiéndosele comunicacion
-alguna sino con el page, solo pudo saber en el particular lo que todo
-el mundo sabia, esto es, que el doncel habia desaparecido, cosa que
-no daba poco que decir en la corte. No se le podia ocultar á Elvira
-que cualquiera que hubiera sido la suerte del doncel, su tenacidad, y
-el empeño con que á todo trance habia querido defender su moribunda
-virtud, habian tenido gran parte en ella. No le podia pesar de ello;
-pero era bien triste reflexionar cuán horrible premio daba el cielo á
-su conducta. Ora pensando en su esposo, ora en su crítica situacion,
-ora en un amor desdichado que en vano habia pretendido lanzar de
-su pecho por todos los medios posibles, pasábase la desgraciada
-Elvira los dias y las noches de claro en claro sin dar reposo á la
-lucha de encontrados sentimientos, que tenian dividida su deplorable
-existencia.</p>
-
-<p>La nueva que llegó á la corte el dia mismo que debia haberse
-trasladado á Otordesillas, hizo variar de determinacion á don Enrique
-el Doliente, como ya saben nuestros lectores, y el dia del combate la
-cogió por tanto en Andujar.</p>
-
-<p>Amaneció este dia, y nadie en la corte<span class="pagenum"
-id="Page_99">[p. 99]</span> pudo dar razon al rey, cuidadoso é
-impaciente, del ignorado paradero del doncel: don Luis Guzman fue el
-único que pudo esponer sencillamente como Hernando, fiel criado del
-doncel, le habia visitado en la noche del sarao, manifestándole sus
-dudas y temores, y encargándole el equipage de su amo mientras él se
-dedicaba á averiguar su paradero, de que tenia vagas sospechas. Pero
-afirmó en seguida que desde entonces no habia vuelto á tener noticia
-alguna ni del doncel ni de Hernando. Todos los que conocian, sin
-embargo, el pundonor caballeresco de Macías, no dudaban un punto que
-se presentaria en la lid el dia emplazado, tanto mas cuanto que se
-habian publicado los convenientes edictos y pregones; á no ser que
-hubiese muerto, acontecimiento que nadie tenia motivos de sospechar.
-Muchos achacaron la ausencia del doncel á alguna hechicería de don
-Enrique de Villena y del judío, pero de sospecharlo á saberlo habia
-tanta distancia como hay de la mentira á la verdad.</p>
-
-<p>Regocijábanse en tanto secretamente aquellos dos intrigantes del
-feliz éxito de su manejo; sobre todo Villena, que habia conseguido
-llevar á cabo su proyecto sin necesidad<span class="pagenum"
-id="Page_100">[p. 100]</span> de cargar su conciencia con el peso
-de sangre agena, descansando en la vigilancia de su emancipado
-juglar y en la fortaleza de su castillo, lleno todo de gentes de su
-devocion, curábase poco ya del combate, que mal podia verificarse
-sin la presencia del doncel. Verdad es que debia quedar condenada
-Elvira como calumniadora, pero esperaba que su mucho valimiento, y
-el que debia aumentársele sobre todo con el triunfo que el cielo
-le preparaba aquel dia, le bastaria para salvar la vida de la
-infeliz Elvira; cosa que intentaba pedir inmediatamente á su alteza,
-proponiendo la conmutacion de la pena que imponia la ley en un
-encierro perpetuo. De esta manera conciliaba el buen don Enrique,
-con el triunfo de sus intrigas, la tranquilidad de su conciencia,
-haciendo por una y otra parte transacciones con su ambicion, y con
-la voz secreta que le gritaba en el fondo de su corazon, que no
-dejaba de ser culpable por haber evitado la muerte de Elvira y del
-doncel.</p>
-
-<p>A pesar de la ausencia de éste, anunciaron los farautes el
-aplazado combate, y reunida la pequeña corte que llevaba consiga
-don Enrique el Doliente, éste se constituyó<span class="pagenum"
-id="Page_101">[p. 101]</span> en audiencia sentándose debajo del
-dosel régio preparado para la ceremonia que debia verificarse.</p>
-
-<p>Sentado su alteza, y rodeado del buen condestable Rui Lopez
-Dávalos, de su físico Abenzarsal, de su camarero mayor, y de las
-demas dignidades de palacio; compareció ante el trono, llamado por un
-faraute, el ilustre don Enrique de Villena, conde de Cangas y Tineo,
-precediéndole dos farautes suyos, y un escudero con el estandarte en
-que se veía lucir su escudo de armas ricamente recamado; seguíanle
-numerosos caballeros y escuderos de su casa, vasallos suyos.
-Requerido por el faraute de su alteza, espuso brevemente la demanda
-que de justicia habia hecho en otra ocasion sobre la muerte de su
-esposa la condesa doña María de Albornoz. Concluida esta ceremonia,
-pidió cuenta su alteza á su canciller mayor del sello de la puridad
-de lo que en el asunto habia determinado: recordó éste el cargo
-que habia dado su alteza de averiguar el hecho al justicia mayor
-cometiéndole el cuidado del castigo. Adelantóse entonces Diego
-Lopez de Stúñiga, é hizo breve relacion de los pasos que habia dado
-para la averiguacion de aquel horrendo crí<span class="pagenum"
-id="Page_102">[p. 102]</span>men, el cual sin embargo habia
-permanecido oculto; sin duda, añadió, por los incomprensibles juicios
-de Dios, que se reservaba el castigo de tan gran maldad. Oido el
-justicia mayor, prosiguió el canciller relatando como en ese tiempo
-se habia presentado una acusadora del mismo don Enrique de Villena,
-achacándole aquel propio crímen del que él habia pedido satisfaccion,
-y lo demas ocurrido en el caso.</p>
-
-<p>Hizo entonces su alteza comparecer á la acusadora, la cual, guiada
-de Abenzarsal, á cuya custodia estaba confiada, pareció y espuso de
-nuevo en la misma forma que la habia hecho la funesta acusacion, no
-sin acompañarla de abundosas lágrimas, que manifestaban bien á las
-claras el estado en que se hallaba.</p>
-
-<p>Tomósele de ella juramento, asi como á don Enrique de la
-denegacion del delito, el cual prestaron ambos sobre los santos
-Evangelios.</p>
-
-<p>Pidiéronse pruebas en seguida á la acusadora; no pudiendo la cual
-presentarlas, recordó el canciller que fundado en esto mismo se habia
-dignado su alteza ordenar la prueba del combate.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_103">[p. 103]</span></p>
-
-<p>Alzóse en seguida un faraute de su alteza y en voz alta repitió
-que era llegado el dia en que aquel debia verificarse; lo cual
-hizo por medio de largas fórmulas, de que nos dispensarán nuestros
-lectores.</p>
-
-<p>El canciller en seguida pidió los gages al acusado y acusadora,
-que le entregaron, aquel el guante arrojado por Macías el dia de
-la acusacion, ésta el anillo que en prenda de su persona habia
-entregado al rey en el propio dia. Recojidos ambos por el canciller,
-fuéles preguntado á los dos si se hallaban prontos para la prueba
-del combate que su alteza habia ordenado: esta pregunta estremeció
-á Elvira, que se vió sola en el mundo en aquel tremendo instante;
-pero Villena respondió á ella con insolente sonrisa de triunfo
-y de satisfaccion. Requeridos á presentarse ante su alteza los
-combatientes ó sus campeones representantes, adelantóse el hidalgo
-Hernan Perez de Vadillo, que se habia mantenido oculto hasta
-entonces en el grupo de caballeros de la comitiva de don Enrique de
-Villena; Elvira al verle no fue dueña de sí por mas tiempo, lanzó
-un agudo chillido, y ocultó su cabeza entre los brazos de una dueña
-que la seguia. No se alteró el implacable<span class="pagenum"
-id="Page_104">[p. 104]</span> Vadillo; hincándose por el contrario
-de hinojos ante su señor natural, pidióle la venia, dada la cual
-anuncióse como el campeon de don Enrique.</p>
-
-<p>Este golpe inesperado, y que pocos en la corte sabian, hizo
-todo el efecto que el lector puede imaginar, reflexionando como
-reflexionaron los presentes que iba á presentarse un caso singular en
-semejantes combates. La muger acusadora por una parte, y el marido
-campeon del acusado por otra. Elvira al recibir tan terrible golpe
-se precipitó á los pies del trono esclamando:—¡Santo Dios! ¡Rey
-justiciero, no lo permitirás, señor...!</p>
-
-<p>Era tarde ya, empero, para deshacer lo hecho, y el faraute impuso
-silencio á la acusadora, con duro gesto y ademan, separándola del
-trono.</p>
-
-<p>Requirióse entonces á Elvira de que presentase su campeon, y á
-este requerimiento se succedió el mas profundo silencio. Leíase en
-los ojos de Elvira la ansiedad con que esperaba el fin de aquella
-ceremonia. En aquel momento hubiera dado su existencia porque no
-compareciese el doncel. Temblaba á cada ruido que se oía; todo
-era para ella preferi<span class="pagenum" id="Page_105">[p.
-105]</span>ble al espantoso espectáculo de ver pelear por su causa á
-su esposo y á su amante.</p>
-
-<p>Por último, vino á sacarla de su mortal angustia el tercer
-requerimiento del faraute.</p>
-
-<p>Apenas habia acabado éste de pronunciarle, cuando prosternándose
-Elvira, y elevando al cielo las manos y los ojos,—Nadie, esclamó con
-loca alegría, nadie. ¡Yo os doy gracias, Dios mio! Señor, continuó
-dirigiéndose al rey, no tengo campeon: soy, pues, calumniadora; ¡la
-muerte presto, la muerte!</p>
-
-<p>—Señor, se adelantó á decir el canciller al rey, que se levantaba
-para decidir en tan arduo caso, debo hacer presente á tu alteza que
-antes de declarar infame al doncel tu favorito es fuerza esperarle en
-el palenque todo el dia de hoy; si entonces no compareciere, á pesar
-de los pregones que habrán de repetirse en ese tiempo tres veces, la
-acusadora será ejecutada.</p>
-
-<p>—Ya lo oís, señora, continuó su alteza; dentro de una hora
-concurrirá la corte al sitio del combate.</p>
-
-<p>Una nube de tristeza profundísima enturbió la frente pálida de
-Elvira, que quedó<span class="pagenum" id="Page_106">[p. 106]</span>
-sumergida en el silencio de la desesperacion. Don Enrique de Villena
-triunfaba, y una mal reprimida sonrisa se dibujaba en sus labios.
-Hernan Perez de Vadillo parecia desesperado de no tener contrario, y
-de la inopinada tardanza.</p>
-
-<p>—Señora, dijo don Luis Guzman, que veía con despecho triunfar á
-su enemigo, llegándose al oido de la infeliz acusadora; si mi brazo
-puede seros útil ved que diera mil vidas por ser el acusador.</p>
-
-<p>—¡Ah! señor, repuso Elvira dirigiendo al caballero una mirada de
-agradecimiento, dejad morir á una desdichada. Levantó entonces los
-ojos al cielo, y añadió para si con dolorosa espresion. ¡Él ha muerto
-tambien! ¡Y mi esposo me desprecia! Bajó en seguida los ojos, y dos
-farautes, notando el pequeñísimo diálogo que quisiera prolongar don
-Luis Guzman, la separaron, advirtiendo á éste que la ley prevenia
-toda incomunicacion con la acusadora.</p>
-
-<p>Bajó entre tanto su alteza del trono, y preparóse la corte á
-asistir al sitio del combate, donde debia esperarse al campeon de
-Elvira.</p>
-
-<p>Don Luis Guzman vió salir á todos con<span class="pagenum"
-id="Page_107">[p. 107]</span> despecho reconcentrado. Su silencio y
-su gesto manifestaban cuánto destrozaba su alma impetuosa el próximo
-triunfo que esperaba á su rival, y que él habia tratado en vano de
-impedir con su intempestiva y no aceptada generosidad.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-b107.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_38">
- <hr class="doble" />
- <hr class="doble" />
- <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XXXVIII."><span class="pagenum"
- id="Page_108">[p. 108]</span>CAPITULO XXXVIII.</h2>
- <hr class="sep" />
- <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza">
- <p class="i2">Traidor sois, Payo Rodriguez,</p>
- <p class="i0">el mayor que ser podia.</p>
- <p class="i0">Yo vos haré conocer</p>
- <p class="i0">ser verdad lo que decia.</p>
- <p class="i0">Entraré con vos en lid</p>
- <p class="i0">y en ella vos venceria.</p>
- <p class="i2">—Mentides, Rui Paez Viedma,</p>
- <p class="i0">Pai Rodriguez respondia.</p>
- <p class="i0">Por eso sois vos reptado,</p>
- <p class="i0">no yo que nada debia.</p>
- <p class="i0">Diéronse luego sus gages,</p>
- <p class="i0">y en el campo entrado habian.</p>
- <p class="i0">Procuran de se matar</p>
- <p class="i0">muy cruel batalla habian.</p>
- <p class="i8"><i>Sepúlveda</i>, <i>Rom.</i></p>
- </div></div>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="capitular">¿P</span><span
-class="smcap">araremos</span> aqui, si os parece? decia deteniendo su
-mula á la puerta de la hospedería de Andujar un hombre de quien ya
-hemos dado una pequeña muestra en la cena á oscuras que describimos
-en capítulos anteriores.</p>
-
-<p>—Como gusteis, repuso su compañero de viaje, á quien solo por su
-muletilla favorita habrán conocido ya nuestros lectores.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_109">[p. 109]</span></p>
-
-<p>—¡Ah, de la hospedería! ¡Buena gente!</p>
-
-<p>—¿Quién es la buena gente? replicó una voz agria y descompasada,
-semejante al desapacible chirrido de una chicharra, la cual salia del
-endeble cuerpo de una vieja mal humorada que acababa de asomarse á
-una fenestra. No hay posada.</p>
-
-<p>—Como gusteis, replicó apeándose Nuño; pero reparad, buena
-Beatriz, que somos, es decir, que soy vuestro compadre el de
-Arjonilla...</p>
-
-<p>—¡Si digo que está llena la casa! no hay posada, compadre, tornó á
-decir la vieja.</p>
-
-<p>—Como gusteis, Beatriz; pero ved que no la pido para mí, sino para
-esta mi bestia, que es como sabeis la niña de mis ojos; no hay mula
-mejor en la comarca: miradla despacio; es compra que le hice al prior
-del convento de Arjonilla; miradla, y compadeceos y hacedla un lugar
-en la cuadra.</p>
-
-<p>—Os digo, replicó la vieja, que como no querais meterla conmigo
-en mi camaranchon, no hay donde. Y no canseis, Nuño, concluyó la
-vieja; cerró despues de golpe la ventana, y se alejó con un gruñido
-prolongado, como se aleja tronando la tempestad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span></p>
-
-<p>—¡Buenas noches! dijo soltando una carcajada el compañero de viaje
-de Nuño.</p>
-
-<p>—¡Maldita vieja! dijo Nuño. ¡Cuerpo de Cristo!</p>
-
-<p>—Vaya, Nuño, no os desespereis. Está visto que ha venido media
-Andalucía á la fama del juicio de Dios que se celebra por la prueba
-del combate en este pueblo, que Dios bendiga.</p>
-
-<p>—¿Y qué hacemos, señor montero? ¿Os parece que nos recibirá en su
-audiencia el señor justicia mayor con mulas y todo?</p>
-
-<p>—Paréceme que no; pero pudieran quedar las bestias con el mozo en
-las afueras del pueblo.</p>
-
-<p>—Como gusteis, repuso el buen Nuño.</p>
-
-<p>Apeáronse nuestros viajeros, y dejadas las caballerías al
-mozo, dirigiéronse hácia el palacio, donde se hallaba la corte
-hospedada.</p>
-
-<p>—Hé aqui lo que yo digo, iba refunfuñando el montero. Dad el pie,
-y os tomarán la mano. Ofrecíme á hacer un servicio á Peransurez,
-y exigióme ciento. ¿No era bastante andar un dia entero tras unos
-hábitos viejos de nuestro padre San Francisco, que no fue poca
-fortuna encontrar, merced á las muchas liebres que regala uno al
-padre<span class="pagenum" id="Page_111">[p. 111]</span> sacristan?
-No, sino veníos despues con letras para el señor justicia mayor de no
-sé qué dueña ó qué doncella encantada... ¡Voto va! ¡Muchacho! añadió
-el montero deteniendo á uno que corria hácia la plaza del pueblo,
-¿nos daréis razon del señor justicia mayor?</p>
-
-<p>—¡Ah señor! en mala hora venís, repuso el muchacho; ya no dejan
-pasar los archeros y ballesteros hácia palacio; la corte va á salir
-al palenque... ¿no veis cómo corre todo el mundo? Si venís á ver el
-duelo, mejor haréis en llegaros á la plaza. Acaso podréis acercaros
-al señor justicia mayor, que ha de estar alli, dijo el muchacho, y
-siguió corriendo. Agrupábase la gente cada vez mas por todas partes,
-y bien vieron nuestros viajeros que no les quedaba mas recurso que
-seguir el consejo del muchacho.</p>
-
-<p>—¡Ea! vamos, dijo Nuño; si alli le podemos dar alcance, sea en
-buen hora; sino tenga Peransurez paciencia, y acabada la fiesta
-haréis su comision: ¿ha de correr tanta prisa?</p>
-
-<p>—Mucho me dijo que urgía, pero á la buena de Dios. El hombre
-propone...</p>
-
-<p>—Y Dios dispone, concluyó el buen Nuño.<span class="pagenum"
-id="Page_112">[p. 112]</span> Siguieron en seguida el curso de la
-gente, y no tardaron en llegar á la plaza.</p>
-
-<p>Habíase construido un palenque de ochenta pasos de ancho y de
-cuarenta de largo; en una estremidad un cadalso se hallaba levantado,
-y ricamente entapizado de paños negros; en él debian sentarse los
-jueces del campo. Hácia el comedio de uno de los lados un balconcillo
-de madera, forrado de paño color de grana bordado de oro, debia
-servir para el rey y su comitiva. Al uno y otro lado del palenque
-dos garitas, semejantes á las que se construyen en el dia para los
-centinelas, estaban destinadas para dos hombres, que debian dar desde
-ellas lanzas y armas nuevas á los combatientes, en el caso de romper
-las suyas en los primeros encuentros sin acabarse el duelo.</p>
-
-<p>Al rededor del palenque, y donde habian dejado lugar para ello las
-bocas calles, habian arrimado los habitantes carros y carretas para
-ver mas cómodamente el tremendo combate. Coronaba ya la concurrencia
-los puntos mas altos de la plaza, y empujábanse las gentes unas á
-otras en los mas bajos para alcanzar puesto cuando llegaron Nuño y su
-compañero.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_113">[p. 113]</span></p>
-
-<p>—¿Habeis oido decir por qué es el duelo? preguntaban unos.</p>
-
-<p>—Sí; respondian otros. El nigromante de don Enrique de Villena,
-que hechizó á su muger, es acusado por ello.</p>
-
-<p>—Bien hecho: no, sino que nos hechicen cada y cuando quieran esas
-gentes que tienen pacto con el diablo.</p>
-
-<p>—Callad, maldicientes, gritaba una vieja ¿Qué sabeis vosotros
-de lo que decís? No la hechizó, sino que la condesa desapareció,
-y aseguran que fue muerta por unos bribones pagados, á causa de
-unos amores, lo cual se supo porque noches antes le habian dado una
-serenata...</p>
-
-<p>—¡Ah! ¡ah! ¡ah! mirad la madre Susana con lo que nos viene,
-esclamaba otro. Matóla su marido, si señor, y hay quien sabe el por
-qué. ¿Hubiera si no, una dama tan discreta y hermosa como la señora
-Elvira, muy amiga por cierto de la condesa y que estaba en sus
-secretos, cometido la ligereza de...?</p>
-
-<p>—Eso no, ¡pesia mí! maese Pedro, interrumpió un mozalvete mal
-encarado; ¡que no ha menester una muger muchos motivos para cometer
-una ligereza!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_114">[p. 114]</span></p>
-
-<p>—¡Calle el deslenguado! gritaba una doncella bien apuesta, y
-ataviada para el combate como para una funcion; ¿qué sabe él lo que
-son mugeres? Deje crecer sus barbas y hable de tirar piedras.</p>
-
-<p>—En hora buena, replicó el mozo; pero lo que yo digo es, que el
-combate no se verificará...</p>
-
-<p>—¿No, eh?</p>
-
-<p>—No señor; porque el campeon de la acusadora no parece.</p>
-
-<p>—Sí parecerá, repuso un recien llegado. En alguna redoma.</p>
-
-<p>—¡Oh! y qué bien decís, ¡voto á tal! hay quien asegura que entre
-el judío... maldiga Dios á los judíos.</p>
-
-<p>—Amen.</p>
-
-<p>—Amen.</p>
-
-<p>—Amen.</p>
-
-<p>—Pues sí; hay quien dice que entre el judío y el de Villena han
-echado un conjuro al señor doncel, aquel caballero tan cumplido, y le
-tienen en una redoma mas larga que la cigüeña de la torre, donde ha
-de estar cuarenta dias para convertirse luego en cuervo como el rey
-Artus.</p>
-
-<p>—¡Otra tenemos! gritó soltando la carca<span class="pagenum"
-id="Page_115">[p. 115]</span>jada un petrimetre incrédulo de aquel
-tiempo. ¡Buena está la invencion de la redoma! El hecho de verdad es
-que ese caballero tan cumplido andaba enredado en amores con la dama
-acusadora; hálos sorprendido el marido, y...</p>
-
-<p>—¡Jesus! ¡Jesus! Dios nos perdone, y qué cosas oye uno á los
-barbilampiños de estos tiempos, esclamó una dueña quintañona,
-hincando el codo para pasar, y mirando con ojos zainos á un mancebito
-que parecia mas reservado que el que tenia la palabra. ¡Hé aqui por
-tierra en un instante el honor de una dueña!</p>
-
-<p>—Vaya, madre, no se enfade, repuso el que habia recibido la
-repasata, y cuide de su honra, sin andar enderezando la de nadie, que
-todos habemos menester...</p>
-
-<p>—¿Qué irá á decir el desvergonzado? interrumpió toda azorada y
-encendida la quisquillosa mogigata.</p>
-
-<p>—¡Ea! ¡ea! dijo Nuño; dejen esas cuestiones, y miren á los
-trompeteros que se entran ya en el palenque. Seor montero, veníos
-hácia acá; continuó, y veamos de dar la vuelta á la plaza, por
-si podemos llegar á dar esas letras que traeis al señor justicia
-mayor.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_116">[p. 116]</span></p>
-
-<p>Acababan de entrar efectivamente en el palenque dos trompeteros
-anunciando con fúnebre sonido el principio de la ceremonia del
-combate. Venia detras de las trompetas un rey de armas y dos
-farautes. Seguian ministriles con instrumentos músicos, y varios
-ministros del justicia mayor; dos notarios para testimoniar y dar
-fé de lo que acaeciese; los dos jueces del campo elegidos por su
-alteza, que fueron el muy buen condestable don Rui Lopez Dávalos y
-el juicioso y entendido en armas y letras don Pedro Lopez de Ayala.
-Detras el justicia mayor Diego Lopez de Stúñiga, vestido como los
-demas de gala y ceremonia cerraba la comitiva. Subió toda al cadalso
-revestido de paño negro, en el cual se colocó segun la preeminencia
-de puestos debida al empleo de cada uno, y á ella se agregaron dos
-persevantes. Entró en seguida en su balconcillo, ó mirador, su alteza
-acompañado de su físico Abenzarsal, del arzobispo de Toledo, de su
-confesor fray Juan Enriquez, y de varias dignidades de palacio que á
-semejantes oficios debian seguirle.</p>
-
-<p>Proveyeron los jueces la liza de gente de armas que asegurase
-el campo, y fueron treinta buenos escuderos con mas ballesteros y
-pi<span class="pagenum" id="Page_117">[p. 117]</span>queros; de los
-cuales colocáronse unos en ala bajo el balconcillo de su alteza, y
-otros en varios puntos estremos de la liza.</p>
-
-<p>Entró en seguida un eclesiástico, y dirigiéndose hácia el estremo
-enfrente de los jueces, donde habian hecho levantar estos un altar
-con preciosas reliquias y ricos ornamentos, y en el cual debia
-celebrarse el santo sacrificio de la misa.</p>
-
-<p>Enfrente del balconcillo de su alteza habíanse levantado, bastante
-apartados entre sí, dos pequeños cadalsos de tablazon revestidos
-de paños negros bordados de oro; hasta el uno entró conducida y
-custodiada por cuatro archeros una muger jóven cubierta de un velo
-negro que la tapaba toda: ocultaba su blanca espalda y torneada
-garganta su cabellera brillante como el ébano. No era ya aquella
-perfecta hermosura fresca y lozana que habia deslumbrado tantas
-veces á la corte toda de don Enrique el Doliente. Su rostro pálido y
-prolongado por la contínua afliccion; sus ojos hundidos y rodeados de
-un cerco oscuro; su frente mancillada por la adusta mano del dolor;
-su mano descarnada y trémula; su paso vacilante y sus ardientes
-lágrimas manifestaban cuán grande era su pesar. Seguíala al<span
-class="pagenum" id="Page_118">[p. 118]</span> lado, vestido de gala,
-el pagecillo Jaime, que de ver llorar á su prima lloraba tambien,
-y que la dirigia de cuando en cuando palabras de consuelo, de las
-cuales no eran contestadas unas, y otras ni siquiera oidas.</p>
-
-<p>Hasta el otro cadalso ó tablado entró el ilustre conde de Cangas y
-Tineo, ricamente vestido, alta la cabeza y arrogante el paso. Llevaba
-rico jubon de raso negro columbino; calzas justas; un bohemio de paño
-negro guarnecido del mismo color; manga larga y angosta, con capilla
-de buitron; una jaqueta de raja recamada de oro le cubria apenas el
-jubon; cinto tachonado de que pendia una rica limosnera; zapatos de
-seda negros abiertos y acuchillados; un camison riquísimo de holanda,
-labrado, le volvia sobre el pecho y hombros, y un riquísimo collar de
-piedras y oro, de que pendia un San Miguel de este precioso metal,
-deslumbraba en su pecho al lado de la cruz roja de Calatrava. El
-manto de la orden encima completaba su magnífico arreo.</p>
-
-<p>Precedíanle farautes suyos, su estandarte con el escudo de sus
-armas, y la caldera de rico-home, y le seguian escuderos, donceles
-pages, caballeros y gentiles homes de su casa,<span class="pagenum"
-id="Page_119">[p. 119]</span> vasallos suyos, vestidos todos de
-ceremonia y paz como su señor.</p>
-
-<p>Un alto crucifijo de plata reflejaba los rayos del sol á igual
-distancia de uno y otro cadalso, enfrente mismo del balconcillo de
-su alteza, y detras de él se veía sentado sobre un banco contiguo ya
-al palenque un hombre vestido con un capoton de seda encarnada, y
-cubierta la cabeza de una gorra de lo mismo. Un tajo á su lado, y una
-afilada cuchilla declaraban aun á los que mas de lejos le veían que
-era Mateo Sanchez, verdugo de su alteza, pronto á ejecutar á aquel de
-los dos que quedase por el combate convencido ó de calumniador, ó de
-reo.</p>
-
-<p>Dispuesta ya la liza en esta forma, que hemos procurado describir
-todo lo mas fielmente que nos ha sido posible, mandaron los jueces
-al rey de armas y farautes dar una grida ó pregon anunciando el
-combate, que iba á verificarse en comprobacion del juicio de Dios á
-falta de otras pruebas, y mandando comparecer á las partes ó á sus
-campeones.</p>
-
-<p>Presentóse en seguida á la puerta del palenque un caballero,
-alzada la visera, que todos reconocieron ser el hidalgo Hernan
-Pe<span class="pagenum" id="Page_120">[p. 120]</span>rez de Vadillo:
-seguíanle dos pages con las libreas de Villena, llevando el uno la
-lanza y el otro un caballo de respeto. Venia ginete en un soberbio
-alazan encubertado con paramentos negros que le llegaban hasta los
-corbejones, con cortapisa de martas cebellinas, y bordados de muy
-gruesos rollos de argentería á manera de chapertas de celada, y
-por divisa las armas de don Enrique de Villena. Traia Hernan Perez
-vestido sobre su arnés blanco, como de caballero novel, sin empresa
-ni mote, un falso peto de aceituní vellud bellotado, verde brocado,
-con una uza de brocado aceituní vellud bellotado azul, calzas de
-grana italianas, una caperuza alta de grana, y espuelas de rodete
-italianas: llevaba sus arneses de piernas y brazales con hermosa
-continencia. Su rostro era el único que estaba en contradiccion
-con la galana apostura de su arreo. Encendido como la lumbre,
-lanzaba rayos de sus ojos, y parecia medir con la vista el espacio
-del palenque, como si viniera estrecho á su cólera y su corage.
-Tres vueltas dió en derredor con gracia y gentileza, saludando á
-cada vuelta él y su caballo al mirador de su alteza y al conde
-su señor; dirigiendo, empero, una mirada<span class="pagenum"
-id="Page_121">[p. 121]</span> de desprecio y de ira, sentimientos
-que se confundian en la espresion de su semblante, hácia la víctima
-infeliz de su propia virtud y generosidad.</p>
-
-<p>Presente ya en la liza el defensor del acusado, requirieron
-los farautes por pregon al campeon del acusador por tres veces
-consecutivas, el cual no pareciendo, comenzó el oficio de la misa.</p>
-
-<p>Concluida ésta, requirieron de nuevo al acusador; igual silencio
-succedió, sin embargo, al segundo y tercer pregon.</p>
-
-<p>Elvira alzaba de cuando en cuando los ojos al cielo: no se podia
-distinguir si le daba las gracias por la ausencia de su campeon, que
-de ninguna manera hubiera deseado ver entonces alli, ó si lloraba
-la ya probable muerte del doncel. Sin creer en ésta, ¿cómo concebir
-que caballero tan generoso y enamorado pudiese dejarla en tan amargo
-trance desamparada, donde la cuchilla del verdugo esperaba su cabeza
-si su campeon no venia?</p>
-
-<p>Dos largas horas pasaron en tan cruel espectativa. Impacientábase
-ya el concurso como si hubiera pagado el dinero por su asiento, y
-como si fuese aquella una funcion que estuviese ya su alteza obligado
-á darle, solo<span class="pagenum" id="Page_122">[p. 122]</span>
-por el hecho de haber él concebido esperanzas de presenciarla.
-Circunstancia que prueba que el público de Andujar en el siglo
-<small>XV</small> se parecia á los públicos de todas las épocas y
-paises. Habia consentido en recrearse con los furibundos mandobles
-y reveses del combate: habia contado con una diversion, porque
-generalmente las calamidades particulares son diversiones públicas,
-y la diversion no llegaba. Comenzaba á levantarse ya un sordo
-murmullo de descontento y desaprobacion; quien hablaba contra Macías,
-caballero aleve y descortés que se habia ofrecido al socorro de una
-dama para faltar despues á su palabra y su fé; quien se indignaba
-contra Villena achacando á sus cobardes maleficios la desaparicion
-del pundonoroso doncel.</p>
-
-<p>Habian ganado terreno en este tiempo Nuño y su compañero, portador
-de las letras, que segun sus propias espresiones le habia confiado
-Peransurez para el justicia mayor: ora sirviéndose de la persuasion,
-ora de sus codos, habíanse abierto paso poco á poco hasta llegar
-á colocarse cerca del tablado de los jueces, dando la vuelta al
-palenque. Atraido un faraute á las voces de Nuño, no pudo menos de
-acudir á ver qué preten<span class="pagenum" id="Page_123">[p.
-123]</span>dia aquel palurdo; espúsole entonces el montero como tenia
-dos palabras que comunicar á su señoría al justicia mayor.</p>
-
-<p>Miróle de alto abajo el faraute, y como le vió tan mal parado,—No
-es ocasion, villano, le dijo, de pedir justicia. Id mañana á la
-audiencia.</p>
-
-<p>—Ved que no es justicia lo que á pedirle vengo, ni son asuntos
-mios los que tengo que comunicarle.</p>
-
-<p>—¡Calle el villano! repuso el faraute con enojo. ¿Qué asuntos
-traerá él con su señoría, sino es alguna querella contra el tabernero
-de la taberna del rincon?</p>
-
-<p>—¡Voto va, señor faraute! replicó el montero al verse tan
-injustamente maltratado, que le enseñe yo á hablar antes de
-mucho...</p>
-
-<p>—¡Favor al rey! gritó el faraute.</p>
-
-<p>—¿Favor al rey? pícaro, contestó el montero montado en cólera,
-¿sabes tú, jabalí del soto mas que faraute, que lo que tengo que
-hablar á su señoría interesa acaso al mismo combate que debia hoy
-verificarse, y vale de seguro mas que tú, y todas las bestias feroces
-de tu especie?</p>
-
-<p>Una carcajada del faraute, y un golpe<span class="pagenum"
-id="Page_124">[p. 124]</span> que con la vara de su insignia dió al
-montero, acabaron de indignar á éste, é iba á precipitarse ya sobre
-su antagonista, cuando un grandísimo rumor de voces y de aplausos
-resonó por toda la plaza.</p>
-
-<p>—¡Dejadnos ver, dejadnos oir! clamaron á un tiempo mas de veinte
-curiosos de los que hasta entonces se habian entretenido con la
-disputa del faraute y del montero. A esta interrupcion inesperada se
-volvieron las cabezas de todos hácia el parage donde sonaba el mayor
-alboroto.</p>
-
-<p>Un caballero bien montado y armado de todas armas acaba de
-entrar en la liza, y dirigiéndose hácia el mariscal del campo, que
-preguntaba ya á su alteza si habia de procederse á la ejecucion de la
-acusadora, le hablaba con voz agitada y resuelto continente.</p>
-
-<p>Traia el caballero echada la visera; sus armas negras, el penacho
-negro que sobre su reluciente almete ondeaba á la merced del viento,
-y mas que todo una divisa que en el brazo derecho llevaba ricamente
-obrada, y que decia en letras de plata <i>imposible</i>, <i>venganza</i>,
-llamaron la atencion general.—¡Él es! gritó una voz penetrante que
-se elevó hasta las nubes desde el cadalso de la acusadora.<span
-class="pagenum" id="Page_125">[p. 125]</span>—¡Él es! ¡él es!
-respondieron en el acto mil y mil voces confusas y repetidas.</p>
-
-<p>—¿Habráse salido Hernando con la suya? dijo el montero á Nuño.
-¡Háse salvado el doncel!</p>
-
-<p>Proseguia, sin embargo, el altercado del caballero y del mariscal:
-llegó éste al tablado de los jueces, y despues de una corta
-esplicacion, pareció que éstos habian decidido acerca de la duda que
-tenia el mariscal.</p>
-
-<p>Grande fue el asombro de don Enrique de Villena, y mayor aun su
-indignacion.</p>
-
-<p>¿Era posible que Ferrus hubiese dado suelta al encerrado doncel?
-Conocióse su turbacion en toda la plaza, y hubo de parecer buen
-agüero á los que se inclinaban á la parte de la acusadora.</p>
-
-<p>El rostro de Hernan Perez por el contrario brilló de un resplandor
-singular. Afirmóse en los estribos, registró con su vista relumbrante
-á su contrario, y dando con el cuento de la lanza en el suelo,
-“¡Venganza, sí! clamó: ¡venganza!” Dió en seguida media vuelta á
-su caballo, y ocupó el lado izquierdo del palenque en la terrible
-actitud ya de acometer.</p>
-
-<p>Otro tanto hizo el recien venido, y tomó<span class="pagenum"
-id="Page_126">[p. 126]</span> de mano de uno de sus dos pages una
-ponderosa lanza.</p>
-
-<p>El rey de armas, acompañado de dos farautes, descendió entonces
-del tablado; midieron en seguida el suelo, dividieron el sol, é
-indicaron su debido puesto á ambos combatientes.</p>
-
-<p>Dirigiéndose en seguida Hernan Perez de Vadillo, conducido por el
-rey de armas, hácia el crucifijo, y tocándole con la diestra mano,
-juró á fé de cristiano y de caballero, por su alma y por la vida que
-iba á perder acaso en aquel trance, que su demanda era justa y buena,
-y que no traía sobre sí ni sobre su caballo armas ocultas, ni yerbas,
-ni hechizos, ni piastron, ni ventaja alguna de las reprobadas por la
-orden de caballería; vuelto á su puesto, igual juramento repitió, y
-en la misma forma, el caballero de las armas negras, colocándose de
-nuevo en seguida al frente de su adversario.</p>
-
-<p>Al ver tan próximos al último trance á entrambos combatientes, no
-pudo contenerse por mas tiempo Elvira.</p>
-
-<p>—¡Señor! clamó prosternándose con los brazos abiertos y dirigidos
-en actitud suplicante hácia el mirador de su alteza, ¡basta!<span
-class="pagenum" id="Page_127">[p. 127]</span> quiero ser antes
-calumniadora. ¡Lo soy, señor, lo soy!</p>
-
-<p>Pero en aquel momento la atencion de todos se bailaba fijada en
-los gallardos combatientes, y una confusa gritería de aplauso y de
-temor al mismo tiempo sofocó la débil voz de la acusadora. Desanimada
-Elvira enteramente, dejó caer su cabeza sobre el pecho, y enagenada
-desde entonces apenas vió y oyó lo que en torno suyo pasaba.</p>
-
-<p>Al punto los jueces del campo mandaron al rey de armas y al
-faraute dar una grida ó pregon que ninguno fuese osado por cosa que
-sucediese á ningun caballero á dar voces ó aviso, ó menear mano ni
-hacer seña, so pena de que por hablar le cortarian la lengua, y por
-hacer seña le cortarian la mano. Succedióse á este pregon el mas
-profundo silencio, interrumpido solo por un ligero murmullo que
-producia el montero irritado todavia, profiriendo entre dientes
-algunos juramentos contra el faraute; ni atendió el pregon, ni
-pensaba sino en llevar á cabo la entrega de sus letras, mas bien por
-terquedad ya que por otra razon cualquiera. Aplacáronle, sin embargo,
-algun tanto los que le rodeaban.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo mandaron los jueces so<span class="pagenum"
-id="Page_128">[p. 128]</span>nar toda la música de ministriles
-con grande estruendo, y en tono rasgado de romper la batalla;
-reconoció el rey de armas, acompañado del mariscal, las armas de
-los desafiados, y hecha la señal soltaron los farautes la brida del
-bocado de los combatientes que tenian cogida gritando á una voz:
-“<i>Legeres aller, legeres aller, é fair son deber</i>”, segun la fórmula
-provenzal introducida en duelos singulares, justas y torneos.</p>
-
-<p>Arrancaron al punto los caballeros con las lanzas en los ristres,
-arremetiendo uno contra otro con singular furia y denuedo. General
-fue la espectativa y el ansia al choque de los combatientes, que se
-encontraron entre nubes de polvo en medio de su carrera. Rompieron
-entrambos sus lanzas. Hernan Perez encontró al caballero de las armas
-negras en el arandela, desguarneciéndole el guardabrazo derecho, y
-éste encontró á Hernan en la bavera del almete. Vacilaron entrambos
-caballos de la sacudida, pero repuestos en el mismo instante del
-súbito golpe, concluyeron su carrera airosamente. Tomaron los
-caballeros lanzas nuevas, y en tres carreras succesivas no se
-decidió la ventaja por ninguna parte. Al fin de la tercera, furioso
-Hernan Pe<span class="pagenum" id="Page_129">[p. 129]</span>rez
-del poco efecto de las lanzas, quebró la suya contra el suelo, y
-revolvió desnudando la espada sobre su contrario, que vista la
-accion adoptó igual determinacion. No daba Elvira, sumergida en el
-mas profundo estupor, señal de vida, y mudaba de colores don Enrique
-de Villena á cada encuentro, como aquel cuya fortuna dependia del
-éxito del combate. A pesar de las buenas muestras que daba el novel
-caballero, ponian todos por el de lo negro, cuyos altos hechos de
-armas anteriores eran demasiado conocidos para osar poner en duda su
-ventaja.</p>
-
-<p>El que mas animado parecia era nuestro montero, á quien el corage
-habia acabado de acalorar; pero cuando no pudo reprimirse fue cuando
-despues de un largo rato de incierta lucha rompió Hernan Perez su
-espada en el almete del caballero de las armas negras, quedando
-desarmado. “¡A él! ¡á él!” gritó fuera de sí al aventajado de lo
-negro, que descargando su acero sobre el indefenso desguarnecióle
-el brazo, haciéndole una profunda herida á lo largo de él. Apartó
-Vadillo su caballo como buscando una arma nueva, y tratando de
-evitar el segundo golpe con que su contrario le amenazaba ya;
-accion<span class="pagenum" id="Page_130">[p. 130]</span> que puso
-una pequeña suspension en el combate, merced á la habilidad con que
-logró, manejando su bridon, burlar repetidas veces la intencion del
-enemigo.</p>
-
-<p>Un faraute entre tanto se apoderó del montero, y llevado ante los
-jueces del campo, íbasele á imponer la pena, que hubiera sufrido á
-no haber hecho presente que traía letras para el justicia mayor.
-Abriólas éste, y recorriólas rápidamente. No bien las hubo leido,
-cuando se alzó en pie para mandar la suspension del combate. Era
-tarde ya, sin embargo. Convencido Vadillo de que podia durar muy
-poco lucha tan desigual, decidióse á echar el resto, y asiendo de
-su hacha de armas detuvo su caballo y esperó resuelto al contrario,
-que le acometió, causándole de nuevo otra herida en un costado.
-Aprovechándose Vadillo entonces del momento, soltó la brida del
-caballo, y alzando con ambas manos el hacha y clamando, “¡Venganza!
-¡venganza!” descargó tan furioso golpe sobre el caballero de
-las negras armas, sin darle tiempo de revolver su caballo, que
-faltándole el almete hízole dar con la cabeza en el cuello del
-animal: aturdido de ambos golpes, el caballero abrió los brazos,
-separáron<span class="pagenum" id="Page_131">[p. 131]</span>se sus
-piernas del vientre del caballo, y perdiendo ambos estribos vino al
-suelo mal parado. “¡Victoria! ¡Victoria!” clamaron á un tiempo los
-circunstantes, succediendo á la aclamacion el mas profundo silencio.
-A este tiempo Vadillo, habiendo echado ya pie á tierra, se precipitó
-sobre el caido con ánimo de cortarle la cabeza, idea que llevara á
-cabo á no detenerle un faraute que de orden de los jueces dió por
-concluido el combate. Miró Vadillo al cielo despechado, y descansó
-en seguida sobre su hacha de armas, sin separarse empero de la
-víctima, y en la misma actitud en que nos pintan á Hércules sobre
-su maza. Elvira al oir el grito de victoria alzó los ojos, vió el
-éxito del combate, y cerrándolos horrorizada se lanzó en los brazos
-de Jaime, ocultando en ellos su cabeza. Don Enrique de Villena entre
-tanto ostentaba en su semblante la alegría del triunfo, que no habia
-esperado conseguir.</p>
-
-<p>Mientras que el justicia mayor habia llegado á su alteza seguido
-del montero, y le hablaba cosas sin duda del mayor interes, el rey
-de armas se adelantó hasta el vencido, y poniéndole un pie sobre
-el pecho, y tocándole con su maza: “¡<i>Hé aqui</i>, clamó en voz<span
-class="pagenum" id="Page_132">[p. 132]</span> alta, <i>hé aqui el
-juicio de Dios</i>!” Don Enrique de Villena es inocente. Elvira es
-calumniadora. <i>Hé aqui el juicio de Dios.</i></p>
-
-<p>Un grito de horror resonó por toda la concurrencia, que sabia bien
-la suerte que esperaba á Elvira. Efectivamente, segun las leyes de
-semejantes juicios, la acusadora debia ser en el acto degollada: el
-campeon vencido, si habia quedado con vida, debia ser desarmado y
-desnudado; las diversas piezas de sus armas esparcidas aqui y alli en
-el campo de batalla, y permanecer él en tierra hasta que su alteza
-declarase si queria ajusticiarlo ó perdonarlo. Sus bienes habian de
-ser ademas confiscados en favor del erario, despues de reintegrado el
-vencedor de sus costas y perjuicios; y si quedaba muerto debia ser
-entregado al mariscal del campo para ser suspendido por los pies en
-un patíbulo.</p>
-
-<p>Disponíanse los archeros á conducir á Elvira al suplicio, estaba
-ya en pie el impasible verdugo, y repetia por tercera vez el rey de
-armas su grida de ¡<i>hé aqui el juicio de Dios</i>! cuando se notó que
-su alteza hacia señal de suspension con el pañuelo. Alzado en pie
-entonces el justicia mayor, “El combate nada puede probar ni decidir,
-clamó en alta<span class="pagenum" id="Page_133">[p. 133]</span>
-voz. La condesa doña María de Albornoz vive, y don Enrique de Villena
-es, sin embargo, culpado de felonía, si no de su muerte.”</p>
-
-<p>Estas terribles palabras, que repetian los que estaban mas cerca
-á los que no las habian oido, estendiéndolas como se estienden á lo
-lejos las ondas de un estanque donde ha caido una piedra, produjeron
-la mayor espectativa en la asamblea, y fueron un rayo para don
-Enrique.—¡Todo es perdido, clamó, todo!</p>
-
-<p>—Sí, continuó Diego Stúñiga. La providencia es justa; ella ha
-salvado á la condesa; hé aqui sus letras, y presto acaso su llegada á
-Andujar confirmará tan alegre nueva.</p>
-
-<p>No bien habia acabado de hablar el justicia mayor, se hendió la
-multitud, que rodeaba una puerta de la liza, y se vió llegar á rienda
-suelta una cabalgata que no tardó en entrar en el palenque.</p>
-
-<p>—¿Es posible? se preguntaban unas á otras mil voces confusas y
-atropelladas; ¿es posible? ¡La condesa! ¡la condesa!</p>
-
-<p>Doña María de Albornoz, pálida como la muerte, revestida aun
-del negro cendal con que habia salido de su prision, y seguida
-de Peransurez y de varios armados, se<span class="pagenum"
-id="Page_134">[p. 134]</span> dirigió á apearse ante su alteza, que
-la recibió en sus brazos. Don Enrique, confundido, se ocultó entre
-sus caballeros, y Elvira, luchando entre la duda y la esperanza,
-permaneció inmóvil, ora clavando los ojos con estúpido terror en
-el cuerpo del vencido, que yacía en tierra todavia, ora queriendo
-descifrar si era efectivamente su antigua amiga la que venia á
-librarla de la muerte que tanto habia deseado.</p>
-
-<p>Informada la condesa anteriormente por Peransurez de cuanto habia
-ocurrido durante su prision, corrió en seguida á los brazos de
-Elvira, que la recibió en ellos con la insensibilidad de una estátua
-para quien nada tenia ya interes en el mundo.</p>
-
-<p>Entre tanto, llegando los jueces y el rey de armas al caido,
-desenlazáronle el almete: al respirar el aire libre pareció dar
-señales de vida, volviendo en sí lentamente. Su alteza, que habia
-bajado de su balconcillo, se encaminó con toda la corte hácia el
-sitio que habia sido teatro de la batalla, lleno del mas vivo
-interes por su doncel. La condesa, no menos animada del celo por
-su defensor, arrastró á Elvira hácia el mismo parage. La sangre
-que habia vertido el caballero por los<span class="pagenum"
-id="Page_135">[p. 135]</span> oidos y las narices al recibir el golpe
-de Vadillo, juntamente con el sudor y el polvo, impedian reconocer
-sus facciones.</p>
-
-<p>—¿Es muerto? gritó don Enrique el Doliente á los que le
-reconocian.—¿Es muerto? preguntó la condesa.—¡Macías! gritó Elvira,
-devorando con sus ojos las facciones del caido. <i>¡Ah, no es él!</i>
-esclamó con frenética alegría, despues de un momento de duda. <i>¡No
-es él!</i> y se dejó caer en los brazos de la condesa, que la cubria de
-cariñosos besos.</p>
-
-<p>Efectivamente, limpióse el rostro del vencido: era el generoso don
-Luis Guzman. Poseyendo la armadura del doncel, que Hernando le habia
-dejado, se habia lanzado á la palestra en contra de Villena, logrando
-persuadir al mariscal del campo y á los jueces de la identidad de su
-persona, sin quitarse la visera.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-b135.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_39">
- <hr class="doble" />
- <hr class="doble" />
- <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XXXIX."><span class="pagenum"
- id="Page_136">[p. 136]</span>CAPITULO XXXIX.</h2>
- <hr class="sep" />
- <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza">
- <p class="i2">Yo malo que obré el pecado,</p>
- <p class="i0">merecia haber la paga.</p>
- <p class="i0">Mis ojos sean malditos</p>
- <p class="i0">que su hermosura miraran,</p>
- <p class="i0">que á no mirarla ellos</p>
- <p class="i0">todo este mal se escusaba.</p>
- <p class="i0">No mireis, justo señor,</p>
- <p class="i0">su pecado; pues le paga</p>
- <p class="i0">el cuerpo que lo tal hizo</p>
- <p class="i0">á ella haced librada.</p>
- <p class="i8"><i>Rom. del rey Rod.</i></p>
- </div></div>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="capitular">L</span><span
-class="smcap">uego</span> que Fernan Perez se hubo repuesto algun
-tanto de su primer asombro volvió los ojos hácia su señor, y viendo
-lo mal parado que estaba entre los suyos, llegóse á él con aire
-resuello.</p>
-
-<p>—¿Qué es esto, señor? le dijo. ¿La condesa aqui? ¿y el doncel?</p>
-
-<p>—¿Qué ha de ser, Vadillo? repuso Villena: el infierno todo, que
-anda mezclado en mis asuntos. Mi castillo está en manos de traidores.
-La fuga es nuestra salvacion.</p>
-
-<p>Dichas estas palabras, aprovechóse el con<span class="pagenum"
-id="Page_137">[p. 137]</span>de de Cangas de la confusion general, y
-salió del palenque con Vadillo, y sus caballeros y vasallos, antes
-que pensara nadie en impedírselo; armándose en seguida y montando
-precipitadamente á caballo, tomaron á rienda suelta el camino de
-Arjonilla, donde le pareció al conde que debia hacerse fuerte, y
-esperar el sesgo contrario ó favorable que quisiesen tomar las
-cosas. En el camino hubo de confesar toda su conducta el intruso
-maestre á Fernan Perez. A pesar de su nunca desmentida fidelidad, no
-pudo disimular éste un gesto de desprecio, hijo de la consideracion
-del carácter de aquel hombre, imperfecta mezcla de ambicion y
-pusilanimidad. No creyó, sin embargo, oportuno abrumarle con
-reconvenciones en la hora de su desgracia; desesperado de no haber
-acabado como creía con el hombre que le habia ofendido en lo mas
-delicado de su honor, y cuya muerte habia jurado, suplicó al conde
-le permitiese adelantarse en su escelente caballo, para advertir su
-llegada al castillo y tomar disposiciones de defensa, segun le dijo,
-pero en realidad con ánimo de que no se escapase por esta vez á su
-furor el doncel, si estaba todavia aprisionado, como debia presumirse
-de su ausencia en el combate.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_138">[p. 138]</span></p>
-
-<p>Advertida de alli á poco en el palenque la fuga del conde y de
-los suyos, fue tal la indignacion de su alteza al verse de esta
-manera burlado por su mismo pariente, á quien tantos favores habia
-dispensado, que á pesar de los ruegos de doña María de Albornoz y
-de Elvira, pudieron mas con él las sugestiones del pérfido judío
-Abenzarsal. Este, para salvarse y no verse arrastrado en la ruina del
-conde, no halló otro recurso que cortar el cable que unia su suerte
-á la del caido maestre, y como buen palaciego, fue el primero que
-manifestó la mayor indignacion contra Villena. Despachó, pues, el
-rey en seguimiento del conde al justicia mayor con numerosa comitiva
-de caballeros y hombres de armas, dándole orden de traerle á su
-presencia vivo ó muerto, y de salvar á toda costa al doncel de su
-venganza si existia en su poder todavia, como debia sospecharse de
-las informaciones que dió sobre el caso Peransurez.</p>
-
-<p>Deseosa, sin embargo, la generosa condesa de endulzar el rigor
-de la ley por una parte, y por otra de cooperar á la libertad
-del doncel, que tan noblemente habia abrazado su causa desde
-un principio, y que por ello se veía en eminente peligro, se
-decidió<span class="pagenum" id="Page_139">[p. 139]</span> á
-seguir al justicia mayor á Arjonilla, acompañándola Elvira, Jaime y
-Peransurez; aturdida todavia aquella con los singulares y opuestos
-acontecimientos que por ella habian pasado en aquel dia, y fieles los
-otros dos como siempre á la generosa empresa que habian abrazado. La
-impaciencia que á los cuatro animaba no les permitió esperar á la
-partida mas lenta del justicia mayor y de su tropa. Llevando ademas
-mejores caballos, ganáronles prontamente la delantera.</p>
-
-<p>En el castillo se habia aplacado entre tanto el desorden y la
-confusion, producidos por la fuga de la condesa, Ferrus y Rui Pero se
-habian cerciorado con satisfaccion, que solo uno de los prisioneros
-se habia escapado. Era, en verdad, el mas importante; pero Rui Pero
-se puso á la cabeza de unos cuantos hombres armados con no pocas
-esperanzas de recobrar á los frailes fugitivos, que habiendo salido
-á pie no podian haber andado mucho. Hubieran logrado su intento á no
-haber tenido tiempo Peransurez para llegar á la venta de Nuño; pero
-una vez alli, desnudáronse su disfraz, tomaron consigo unos cuantos
-monteros cólegas de Peransurez, y rodeando por el monte y sonando
-sus vo<span class="pagenum" id="Page_140">[p. 140]</span>cinas en
-son de caza, lograron burlar la vigilancia de los emisarios de Rui
-Pero, que buscaban dos frailes franciscanos, y no una compañía de
-cazadores. La condesa creyó oportuno avisar de su situacion á su
-alteza por medio del mismo Nuño, y de su compañero de viaje, por si
-se frustraba su fuga, ó por si no podia llegar á Andujar tan presto
-como era su intencion, á pesar de la poca distancia que hasta alli
-habia. Nuestros lectores han visto cómo desempeñó Nuño su comision,
-y pueden figurarse que Rui Pero y los suyos recorrian todavia
-inútilmente los alrededores de Arjonilla. Ferrus poco militar todavia
-y aturdido con cuanto le pasaba no habia pensado en relevar las
-centinelas; y habiéndose convencido por una rejilla interior de la
-prision del doncel de que existia en su poder, permanecia Hernando
-en su puesto con su alano, bien decidido á vender cara su vida si
-no podia salvar á su señor; viendo que nadie se acordaba de él,
-se determinó por último á abandonar su guardia, y á buscar alguna
-otra manera de salvar á Macías. Echó á andar para esto á lo largo
-de la muralla, calada la visera de la mala celada que habia robado
-al difunto, y<span class="pagenum" id="Page_141">[p. 141]</span>
-no le costó dificultad introducirse en lo interior del castillo,
-que por lo desmantelado servia de cuartel á los hombres de armas.
-No osaba preguntar por no delatarse á sí mismo; pero calculando la
-forma del edificio, anduvo con aire resuelto como si fuese á cosa
-hecha ó llevase alguna orden, y se acercó á un corredor ancho adonde
-caía efectivamente la escalerilla que daba entrada á la prision
-del doncel. Felizmente conservaba todavia las llaves en su poder,
-y Ferrus con la mayor parte de su fuerza se ocupaba en distribuir
-atalayas en las murallas, y en examinar de continuo el campo por
-ver de divisar á Rui Pero, de quien no dudaba que volviese con su
-presa.</p>
-
-<p>Quedábale que vencer á Hernando una dificultad. En lo alto de
-la escalera habia un centinela, á quien Ferrus habia encargado la
-vigilancia.</p>
-
-<p>—¿Quién va? preguntó éste á Hernando luego que le vió
-acercarse.</p>
-
-<p>—Compañero, repuso Hernando, tratando de ganarle por buenas, y aun
-de relevarle si podia, ¿cae hácia esta parte la prision?</p>
-
-<p>—Atras. Parece que es nuevo el compañero segun la pregunta. Aqui
-cae; pero atras.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_142">[p. 142]</span></p>
-
-<p>—Ved que os vengo á relevar. ¡Voto va! podeis iros ya á
-descansar.</p>
-
-<p>—¿A descansar, y hace un cuarto de hora que estoy en esta
-faccion?</p>
-
-<p>—Malo, dijo para sí Hernando.</p>
-
-<p>—No conozco yo la voz de ese compañero, dijo entre dientes el
-centinela armando su ballesta. ¡Ea! atras digo.</p>
-
-<p>—¡Cuerpo de Cristo! esclamó furioso Hernando, viendo que su
-astucia no habia surtido efecto; si no conoces mi voz, javalí,
-conocerás mi mano. Dijo, y se abalanzó sobre el contrario. Retrocedió
-éste gritando, “¡traicion! ¡traicion!” y disparó su ballesta: recibió
-Hernando la saeta en el brazo izquierdo; pero no haciendo mas caso
-de ella que de la picadura de un insecto, levantó su mano de hierro,
-y asiendo del centinela por la garganta, alzóle del suelo, dióle
-dos vueltas en el aire con la misma facilidad y desembarazo que da
-vueltas un muchacho á su honda, y despidiólo contra la pared del
-corredor, donde produjo el infeliz un chasquido hueco, semejante al
-de una inmensa vejiga que revienta, cayendo despues al suelo sin
-mas accion que un costal ó un haz de fagina. Arrancóse en seguida
-la saeta del brazo Her<span class="pagenum" id="Page_143">[p.
-143]</span>nando, y pasándola por los talones del vencido, colgólo en
-la pared de una fuerte escarpia que servia para suspender de noche
-una lámpara, donde le dejó cabeza abajo en la misma forma que hubiera
-hecho con un venado. Sin reparar en la sangre que de su herida
-corria, abalanzóse despues Hernando con las llaves á la escalera, la
-cual bajó con la misma prisa y ansiedad y latiéndole el corazon con
-la misma fuerza que si le esperase abajo una querida que fuese á ver
-solo por primera vez.</p>
-
-<p>El desdichado doncel, que ningun ruido habia vuelto á oir desde
-su encierro en aquel subterráneo, si no era el monotono rumor del
-torrente, que casi debajo de sus pies corria, paseaba entre tanto su
-estancia con paso largo y precipitado, indicio de la agitacion de su
-alma.</p>
-
-<p>—¡Elvira, decia hablando con su señora, Elvira, hé aqui el estado
-infeliz á que ha reducido tu obstinacion á tu amante desdichado! ¡Te
-lo predige! ¡No oiste mi voz! ¡No creiste mis palabras! Goza ahora,
-goza tranquila en los brazos de tu esposo esa felicidad maldecida que
-yo solo perturbaba. ¡Ah! ¡Traidor Villena! ¡Ah fementido Her<span
-class="pagenum" id="Page_144">[p. 144]</span>nan Perez! ¡De esta
-suerte me vencereis! ¡Yo siento su mano aun dentro de la mia! ¡Siento
-su corazon latir fuertemente contra el mio; la veo, la oigo; sus
-lágrimas ardientes corren aun á lo largo de mis mejillas! Su voz
-trémula y agitada, su voz ronca de pasion, abogada por el amor,
-pidiendo piedad y misericordia, resuena aun en mis oidos. La estrecho
-entre mis brazos. Dia y noche desde entonces siento sobre mis labios
-la opresion dulcísima, el calor inmenso de los suyos, ¿No lo sientes,
-Elvira, tu tambien? ¡Nunca se apagará este ardor y esta memoria! ¡Es
-fuego, es fuego, es el amor entero, es el infierno todo sobre mis
-labios desde entonces!</p>
-
-<p>El mayor abatimiento succedió á este corto estravío de la razon
-del doncel. Una llave sonó de repente en la cerradura de su prision,
-y un momento despues se hallaba en los brazos de Hernando. No acababa
-el prisionero de creer á sus ojos.</p>
-
-<p>—Ea, señor, dijo Hernando despues de una breve pausa, conoce á
-tu montero. Toma esta espada. No es la tuya, señor; es la de un
-villano; pero en tus manos será la del Cid. A mi me basta un venablo.
-Salgamos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_145">[p. 145]</span></p>
-
-<p>—¿Adónde, Hernando? ¿Quién te trajo? ¿dónde estoy?</p>
-
-<p>—Despues, despues, repuso Hernando mirando á todas partes con la
-mayor inquietud. El grito del centinela puede haber dado la alarma y
-urge el tiempo.</p>
-
-<p>—No, Hernando; déjame morir en esta soledad, repuso el doncel con
-dolor. No la veré aqui al menos acariciando á otro.</p>
-
-<p>—Te ciega tu pasion, Macías, contestó el montero. Huyamos. Ven de
-grado, si no quieres venir á tu pesar.</p>
-
-<p>Disponíase el montero á cumplir su amenaza apoderándose á viva
-fuerza del doncel, proyecto que hubiera llevado á cabo facilmente,
-ayudado de su robusto brazo, cuando un sordo estruendo de armas se
-dejó oir en el corredor.</p>
-
-<p>—¡Voto á tal! esclamó Hernando aplicando el oido. Me han
-descubierto los traidores; vendámosles caras nuestras vidas.</p>
-
-<p>Dichas estas palabras asió el montero de un brazo del doncel, y
-obligóle á subir con él la escalera.</p>
-
-<p>—¡Traicion! ¡Traicion! gritaban en lo alto de ella varios
-soldados que se preparaban á impedir la evasion de los fugitivos. De
-alli<span class="pagenum" id="Page_146">[p. 146]</span> á poco se
-trabó un combate encarnizado en el corredor. Cargaba mas gente por
-momentos, y Ferrus, que habia reconocido al montero, animaba á los
-suyos con promesas y amenazas.</p>
-
-<p>—Ven, villano, gritaba Hernando á Ferrus, ven juglar infame: yo
-soy el que ha librado á la condesa, yo el que habia de librar á mi
-señor. Llega, y probarás mi venablo.</p>
-
-<p>—A él, amigos, á él, gritaba Ferrus sin dar reposo á los suyos: él
-es el traidor; ¡muera Hernando, muera!</p>
-
-<p>Macías, animado con la pelea, se defendia valientemente haciendo
-prodigios de valor, y derribando cuanto se ponia á su paso; pero era
-evidente que hallándose como se hallaba desarmado, no podria resistir
-por mucho tiempo al número de sus contrarios. Él y Hernando se vieron
-precisados despues de haber derribado inútilmente á algunos de sus
-enemigos á refugiarse hácia la prision. Acababa de entrar Macías en
-ella, cuando se abrió paso por entre los que le acosaban un caballero
-gritando con la espada desnuda:</p>
-
-<p>—¡Ténganse todos! ¡fuera villanos! ¡A mí! ¡dejádmele á mí! El
-doncel me pertenece.</p>
-
-<p>—¡Fernan Perez! gritó fuera de sí el<span class="pagenum"
-id="Page_147">[p. 147]</span> doncel cobrando nuevo valor, y
-dirigiéndose hácia el enemigo que acababa de llegar.</p>
-
-<p>Suspendiéronse á la voz de entrambos los combatientes, y Hernan
-Perez solo se precipitó tras Macías en la prision. No pudo evitar
-esto Hernando, ni menos que Fernan Perez, dentro ya con su rival,
-corriese un enorme cerrojo que por dentro la cerraba. Agoviado por
-el número de los que le rodeaban y querian rendirle, quedó en la
-escalera jurando y blasfemando de su mala suerte, que le impedia
-ayudar á su señor. Haciendo entonces el último esfuerzo, atravesó con
-el venablo á dos de los que mas cerca tenia, y abrióse paso por entre
-los demas, aterrados de la muerte de sus compañeros. Precipitóse en
-seguida sobre Ferrus, que huía despavorido por el corredor seguido de
-su alano, el cual amenazaba con los dientes hacer presa en el primero
-que tocase á su amo; y asiendo al juglar de la garganta,</p>
-
-<p>—Villano, le gritó, condúceme á las cadenas del rastrillo de la
-prision, ó eres muerto.</p>
-
-<p>No osaba llegar á Hernando ninguno de los del castillo, temerosos
-de que clavase el venablo en su alcaide á la menor contradiccion;
-Ferrus entre tanto aterrado,<span class="pagenum" id="Page_148">[p.
-148]</span>—¡Ah, señor! clamó, si me perdonais la vida, yo os llevaré
-donde gusteis.—Ea, pues, vamos, replicó Hernando, y llevándole
-siempre asido de la garganta le siguió adonde Ferrus todo trémulo le
-guiaba.</p>
-
-<p>Entre tanto luchaban animados de igual furor Hernan Perez y
-Macías, cerrados en la prision. Pocos golpes habrian dado y recibido,
-cuando resonó por todo el castillo el rumor de varias trompetas, y
-el estruendo de muchas gentes de armas que llegaban nuevamente. Don
-Enrique de Villena y los suyos acababan de entrar en él. Casi al
-mismo tiempo llegó doña María de Albornoz y Elvira, y al nombre de la
-condesa fuéles abierto el puente.</p>
-
-<p>Dirigiéronse los primeros, informados de cuanto ocurria, hácia la
-prision del doncel, y hallándola cerrada por dentro, mandó el conde
-que se forzase la puerta, operacion á que se dió principio con la
-mayor actividad.</p>
-
-<p>Doña María de Albornoz y Peransurez, no conociendo mas camino
-á la prision del doncel que aquel que ellos habian andado antes
-de la fuga, se dirigieron por el contrario entre la muralla y la
-zanja, llegaron<span class="pagenum" id="Page_149">[p. 149]</span>
-al frente de la prision, oyeron el ruido de las armas de los
-combatientes, y el estruendo de los que por el opuesto lado forzaban
-la puerta que habia cerrado Vadillo; pero cuál fue su sorpresa cuando
-vieron el espectáculo que se ofreció á sus ojos. Hernando asomado á
-una galería sobre la prision, desde donde se soltaban las cadenas
-del rastrillo, tenia asido aun al juglar y lo ahogaba casi con su
-mano intimándole que le ayudase á soltarlas. Ferrus, sin embargo que
-sabia el horrible secreto del rastrillo, por el cual no podia pasar
-nadie sin caer en la zanja y hacerse pedazos en los muchos pinchos
-de hierro de que estaba erizada, lleno de pavor queria esplicarse,
-porque no tomase luego Hernando mayor venganza de la catástrofe que
-debia seguirse á la bajada del rastrillo. No concediéndole, empero,
-Hernando parlamento, y viéndose Ferrus ahogar hubo de ceder, y
-ayudó á Hernando como pudo á soltar las cadenas.—¡Sálvate, Macías,
-sálvate! gritó desde arriba Hernando con voz que retumbó en todo el
-castillo, y entonces se ofreció á los ojos de doña María y de Elvira
-el horroroso combate.</p>
-
-<p>—¡Cielos! esclamó Elvira. ¡Bárbaros,<span class="pagenum"
-id="Page_150">[p. 150]</span> teneos! ¡Tomad mi vida, tomadla!
-Precipitóse Elvira hácia la prision, y puesta en el borde del
-abismo,—¡Macías! clamó sin podérselo nadie impedir. ¡Hernan Perez!
-¡Cesad, bárbaros, en tan cruel combate, ó este precipicio será mi
-tumba!</p>
-
-<p>No volvió siquiera Hernan Perez la cabeza; antes mas encarnizado
-que nunca al oir la que causaba su implacable rencor, redobló sus
-golpes. No sucedió asi al doncel; volvió la cabeza rápidamente, y al
-ver á orillas de la zanja á Elvira, pronta á precipitarse en ella,
-desasióse del hidalgo, á tiempo que caía hecha pedazos la puerta de
-la prision con horrible fragor, y que se entraban dentro don Enrique
-y los suyos.</p>
-
-<p>—¡Elvira! gritó Macías saliendo de la prision. ¡Elvira! Lanzóse
-en seguida al rastrillo.—¡Perdon! gritó con voz desesperada Ferrus á
-Hernando, y al mismo tiempo, cediendo la trampa del rastrillo al peso
-del caballero que la oprimia, hundióse el doncel súbitamente, y su
-cuerpo destrozado llegó á lo profundo de la sima, dando de hierro en
-hierro, y profiriendo sordamente <i>¡es tarde! ¡es tarde!</i></p>
-
-<p>Un chillido agudo y desgarrador, lanza<span class="pagenum"
-id="Page_151">[p. 151]</span>do del pecho de Elvira resonó hasta el
-mismo corazon de los espectadores espantados. Un momento de pausa y
-de terror se siguió.</p>
-
-<p>—¡Malvado! ¿lo sabias? gritó únicamente Hernando desesperado, y
-se precipitó sobre Ferrus, que exánime no le ofrecia resistencia
-alguna. Asiéndole entonces de su cabellera roja... ¡Bravonel!
-gritó, ¡Bravonel! ¡al oso! ¡al oso! y lanzó en medio de la galería
-al juglar, que corrió un momento huyendo del animal. Pero Bravonel
-furioso se arrojó sobre él, y haciendo presa en su garganta,
-destrozólo en minutos, al mismo tiempo que Hernando le animaba
-gritando: ¡Pieza! ¡pieza! No era digno el infame de morir por mi
-mano. ¡Pieza! ¡pieza!</p>
-
-<p>Quedó Hernan Perez mirando cruzado de brazos á la profunda sima,
-envidioso de que le hubiese robado la dicha de acabar con el doncel.
-Furioso como aquel que no habia satisfecho toda su ira, lanzóse por
-el borde que habia quedado en el rastrillo á uno y otro lado de la
-trampa hundida, bastante ancho todavia para andar por él una persona.
-Elvira en tanto miraba la sima con ojos vidriados, en que se veía la
-fijacion del estupor y el estravío de la demencia. Habíase secado ya
-para siempre el manantial de sus lágrimas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_152">[p. 152]</span></p>
-
-<p>—¡Héle ahí! le gritó Hernan Perez señalando la zanja: ¡héle
-ahí!</p>
-
-<p>—¡Es tarde, es tarde! repuso Elvira dando una horrorosa
-carcajada.</p>
-
-<p>—¡Bárbaro! gritó el pagecillo echándose al paso de Hernan Perez:
-¡Bárbaro! y se dispuso á defender á su prima con un denuedo ageno de
-su edad. En aquel momento pareció Elvira volver en sí para reconocer
-á su esposo, y sobrecogida de terror, huyó despidiendo del pecho
-agudos alaridos.</p>
-
-<p>Precipitáronse los circunstantes sobre el hidalgo; no pudiendo
-éste llegar á Elvira,—¡Maldicion sobre tí, y desprecio! la gritó; ¡y
-entre nosotros eterna separacion!</p>
-
-<p>Al mismo tiempo se oyeron por el castillo voces de ¡arma! ¡arma!
-¡Santiago!</p>
-
-<p>De alli á poco las murallas eran el teatro de un sangriento
-combate. Despues de una hora de refriega, y de muy entrada la noche,
-replegáronse por fin las gentes de Villena, acaudilladas por el
-hidalgo, que habia peleado con desesperacion, y el justicia mayor
-clavó el pendon real en una almena.</p>
-
-<p>Hernando, que habia tomado á su cargo dañar á los sitiados en
-compañía de Peransurez, para facilitar la entrada á las tropas<span
-class="pagenum" id="Page_153">[p. 153]</span> reales y defender á la
-condesa, peleó como aquel que acababa de perder el único interes que
-le ligaba á la sociedad, y logró mantener ilesa á doña María hasta el
-momento de la victoria. Restituida aquella al justicia mayor, no se
-volvió á ver á Hernando ni á su alano. Se presume que privado de su
-amo, que era el único que podia hacerle soportable la existencia en
-la corte, se hundió para siempre en los montes, y hay cronista que
-afirma que años adelante murió á manos de un oso mas feroz que él.</p>
-
-<p>Don Enrique de Villena fue llevado ante el rey Doliente, y el
-impudente medio de que se valió para conservar, aun despues de lo
-ocurrido, su maestrazgo; diciéndose en público impotente, solo
-contribuyó á dar á todos una idea mas clara de su baja ambicion. Los
-ruegos, sin embargo, de la generosa condesa, que se retiró á sus
-estados á llorar su desdichada boda y la suerte de Elvira, salvaron
-la vida al conde, quien desde entonces vivió en retiro filosófico
-entregado á las letras, para las cuales habia nacido, mas bien que
-para las armas ó la corte. Es cosa sabida que despues de su muerte
-quedó hecho trozos en una redoma, como hechicero que habia sido.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_154">[p. 154]</span></p>
-
-<p>Don Luis de Guzman, restablecido de sus heridas, fue elegido
-maestre de Calatrava por el capítulo de la orden.</p>
-
-<p>Nadie entre tanto habia visto á Elvira desde el momento en que
-empezó el combate y la confusion. Buscósela de orden de la condesa
-muchos dias, porque el rencoroso Fernan habia jurado no volver á
-recordar nunca su nombre; fue imposible, empero, dar jamas con ella;
-tanto, que el fiel pagecillo, desesperado de la pérdida de su hermosa
-prima, no pudo resistir á su dolor, y tomó de alli á poco el hábito
-en una orden religiosa.</p>
-
-<p>Es fama únicamente que durante el combate se vió en diversos
-puntos de la muralla, sin temor alguno ni á las armas, ni á los
-combatientes, ni á las llamas, que consumieron aquella noche
-el castillo sin saberse quien las hubiese prendido, una muger
-desmelenada, agitando con ademan frenético una antorcha en medio de
-las tinieblas, y gritando con feroz espresion ¡es tarde! ¡es tarde!
-lema antiguo del fatal castillo.</p>
-
-<p>No faltó en la comarca quien creyó que solo podia ser la
-mora encantada la que parecia triunfar con bárbaro regocijo de
-la destruccion de su antigua cárcel, repitiendo el fatídico ¡es
-tarde!</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-b154.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_40">
- <hr class="doble" />
- <hr class="doble" />
- <h2 class="nobreak" title="CAPITULO XL."><span class="pagenum"
- id="Page_155">[p. 155]</span>CAPITULO XL.</h2>
- <hr class="sep" />
- <div class="poem mt2 ml40"><div class="stanza">
- <p class="i0">¡Tarde acordaste!!!...</p>
- <p class="i4"><i>Rom. del conde Claros.</i></p>
- </div></div>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="capitular">A</span><span
-class="smcap">lgunos</span> años habian pasado ya desde los sucesos
-que dejamos referidos. Ocupaba el trono de Castilla el señor don Juan
-II, hijo del muy ínclito y poderoso rey don Enrique el Doliente, y
-ocupábale en su menor edad, regido y dominado por unos y otros bandos
-y parcialidades.</p>
-
-<p>Dos caballeros, ricamente ataviados y montados, pasaban una
-tarde por la plaza de Arjonilla. Brillaba en el semblante del mas
-lujosamente vestido la satisfaccion que da el poder y la riqueza;
-distinguíase en el ceño y en la oscura frente del otro la huella de
-antiguos pesares.</p>
-
-<p>—Si no fuese detenernos mucho, dijo el primero al segundo, veria
-de buena gana qué turba es aquella que se agita en el estremo de la
-plaza. ¿Llegamos?</p>
-
-<p>—Como gusteis, señor don Luis de Guzman, repuso secamente su
-compañero; si<span class="pagenum" id="Page_156">[p. 156]</span>
-bien yo no puedo parar mucho en este pueblo maldito sin agravarse mis
-males.</p>
-
-<p>Llegáronse, efectivamente, al grupo. Una infinidad de muchachos
-le formaban, y algunos habitantes de Arjonilla con ellos. Una muger
-en medio parecia querer huir de la importuna concurrencia. Sus
-vestiduras se hallaban manchadas y rotas por diversas partes; su pelo
-suelto y descuidado parecia haber sido hermoso; sus facciones flacas
-y descompuestas debian haber tenido en su juventud proporciones
-agradables. Esto era todo lo mas que se podia decir. Sus ojos
-hundidos en el cráneo, brillaban con un fuego estraordinario, y
-parecian querer devorar al que la miraba; sus ojeras negras; sus
-mejillas descarnadas; su frente surcada de arrugas, y sus manos de
-esqueleto, manifestaban que alguna enfermedad crónica y terrible
-consumia su existencia.</p>
-
-<p>Arrojábanla pellas de barro los muchachos y corrian tras ella.—¡La
-loca! ¡la loca! gritaban. ¿Cómo te llamas? ¿Nos dices la hora que es?
-¡La loca! ¡la loca!</p>
-
-<p>A toda esta algazara respondia la desdichada con una feroz y
-estraviada sonrisa; parábase, escuchaba un momento, y soltando<span
-class="pagenum" id="Page_157">[p. 157]</span> una estúpida y horrible
-carcajada,—¡Es tarde! gritaba con voz ronca; ¡es tarde! despedazábase
-al mismo tiempo las manos, y dábase golpes en el pecho.</p>
-
-<p>—¿Qué es eso? preguntó don Luis á un muchacho.</p>
-
-<p>—¡Ah! señor maestre, contestó el muchacho, que parecia conocer al
-caballero, ¡es la loca!</p>
-
-<p>—¿Y quién es la loca?</p>
-
-<p>—Aqui, repuso el muchacho, solo por ese nombre la conocemos; de
-temporada en temporada se aparece por el pueblo: otras veces vive
-por el monte, y dicen los pastores que gusta mucho de pasar los dias
-enteros mirando á los barrancos. No habla mas que dos palabras. No
-llora nunca: ¿oís esa carcajada? Eso es lo que hace; aqui siempre
-estamos deseando que venga, porque es para todo el pueblo una
-diversion.</p>
-
-<p>—¡Infeliz! dijo don Luis: ¿no quereis verla, señor Hernan
-Perez?</p>
-
-<p>—No; esos espectáculos me ponen de mal humor. ¡Miserable! será
-acaso alguna madre que haya perdido á su hija. Vamos de aqui, señor
-don Luis.</p>
-
-<p>—O alguna amante desdichada, señor<span class="pagenum"
-id="Page_158">[p. 158]</span> Hernan Perez, dijo riéndose con
-indiferencia don Luis, y picando espuelas á su caballo. De alli á
-poco ambos caballeros desaparecieron, apartándose de la turba que
-seguia ostigando á la demente, la cual solo respondia de cuando en
-cuando con su acostumbrada carcajada y su desdichado estribillo: ¡es
-tarde! ¡es tarde!</p>
-
-<p>Pocos años despues entró una madrugada el sacristan de la
-parroquia de santa Catalina de Arjonilla en la iglesia, y parecióle
-ver un bulto estraordinario al lado de un sepulcro. Efectivamente,
-era la loca.</p>
-
-<p>—Loca, le dijo dándole con el pie. ¡Pues está bueno! Esta se
-quedaria aqui ayer en la iglesia cuando la cerré. Vamos, buena muger
-¡Estará borracha!</p>
-
-<p>Dábale con el pie, pero el bulto no se movia. Acercóse el
-sacristan, y vió que la loca tenia un hierro en la mano, con el cual
-habia medio escrito sobre la piedra; <i>¡es tarde! ¡es tarde!</i> Pero
-ella estaba muerta. Sus labios frios oprimian la fria piedra del
-sepulcro. Un epitafio decia en letras gordas sobre la losa:</p>
-
-<p class="centra mt2"><small>AQUI YACE MACÍAS EL ENAMORADO.</small></p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/illus-b158.jpg"
- alt="Ilustración de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="ToC">
- <hr class="doble" />
- <hr class="doble" />
- <h2 class="nobreak" title="ÍNDICE DEL TOMO IV">ÍNDICE</h2>
- <p class="subh2">DEL TOMO CUARTO</p>
- <hr class="sep" />
-</div>
-
-<table class="mt2" summary="Índice y tabla de contenidos">
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_32">CAPITULO XXXII</a></td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_32">1</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_33">CAPITULO XXXIII</a></td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_33">31</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_34">CAPITULO XXXIV</a></td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_34">40</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_35">CAPITULO XXXV</a></td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_35">59</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_36">CAPITULO XXXVI</a></td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_36">83</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_37">CAPITULO XXXVII</a></td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_37">94</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_38">CAPITULO XXXVIII</a></td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_38">108</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_39">CAPITULO XXXIX</a></td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_39">136</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Ch_40">CAPITULO XL</a></td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_40">155</a></td>
- </tr>
-</table>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter pt3">
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
-
- <ul>
- <li>Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la
- utilizada actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han
- normalizado a la grafía de mayor frecuencia.</li>
-
- <li>Se ha completado el emparejamiento de los puntos de admiración y de
- interrogación. Los puntos suspensivos se han normalizado a tres
- puntos.</li>
-
- <li>Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.</li>
-
- <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li>
-
- <li>Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos
- que, en el original impreso, carecen de ellas.</li>
-
- <li>Se ha añadido al final un índice de capítulos que no existe en el
- original impreso.</li>
-
- <li>El transcriptor ha creado la imagen de la cubierta y la sitúa
- en el dominio público.</li>
- </ul>
-</div>
-</div>
-</div>
-
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<hr class="pg" />
-<p>***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE, TOMO IV (DE 4)***</p>
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-<p>For additional contact information:</p>
-
-<p> Dr. Gregory B. Newby<br />
- Chief Executive and Director<br />
- gbnewby@pglaf.org</p>
-
-<h3>Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation</h3>
-
-<p>Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.</p>
-
-<p>The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
-state visit <a href="http://www.gutenberg.org/donate">www.gutenberg.org/donate</a>.</p>
-
-<p>While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.</p>
-
-<p>International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.</p>
-
-<p>Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate</p>
-
-<h3>Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.</h3>
-
-<p>Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.</p>
-
-<p>Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.</p>
-
-<p>Most people start at our Web site which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org</p>
-
-<p>This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.</p>
-
-</body>
-</html>
-
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