diff options
Diffstat (limited to 'old/52894-0.txt')
| -rw-r--r-- | old/52894-0.txt | 5048 |
1 files changed, 0 insertions, 5048 deletions
diff --git a/old/52894-0.txt b/old/52894-0.txt deleted file mode 100644 index afb54c7..0000000 --- a/old/52894-0.txt +++ /dev/null @@ -1,5048 +0,0 @@ -The Project Gutenberg EBook of Azul..., by Rubén Darío - -This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with -almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Azul... - Obras Completas Vol. IV - -Author: Rubén Darío - -Illustrator: Enrique Ochoa - -Release Date: August 25, 2016 [EBook #52894] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK AZUL... *** - - - - -Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - - - - - - - AZUL... - - [Illustration: - - AZUL... - - POR - - RUBÉN DARÍO - - ILUSTRACIONES - - DE - - ENRIQUE OCHOA - - Volumen IV de las obras completas. - Administración: Editorial - MUNDO LATINO - - MADRID] - -[Illustration: ES PROPIEDAD] - - - - -A D. Rubén Darío. - -_Madrid, 22 de Octubre de 1888._ - - -I - -Todo libro, que desde América llega a mis manos, excita mi interés y -despierta mi curiosidad; pero ninguno hasta hoy la ha despertado tan -viva como el de usted, no bien comencé a leerlo. - -Confieso que al principio, a pesar de la amable dedicatoria con que -usted me envía un ejemplar, miré el libro con indiferencia... casi con -desvío. El título _Azul..._ tuvo la culpa. - -Víctor Hugo dice: _L’art c’est l’azur_; pero yo no me conformo ni me -resigno con que tal dicho sea muy profundo y hermoso. Para mí, tanto -vale decir que el arte es lo azul, como decir que es lo verde, lo -amarillo o lo rojo. ¿Por qué, en este caso, lo azul (aunque en francés -no sea _bleu_, sino _azur_, que es más poético) ha de ser cifra, símbolo -y superior predicamento que abarque lo ideal, lo etéreo, lo infinito, -la serenidad del cielo sin nubes, la luz difusa, la amplitud vaga y sin -límites, donde nacen, viven, brillan y se mueven los astros? Pero aunque -todo esto y más surja del fondo de nuestro ser y aparezca a los ojos del -espíritu, evocado por la palabra _azul_, ¿qué novedad hay en decir que -el arte es todo esto? Lo mismo es decir que el arte es imitación de la -Naturaleza, como lo definió Aristóteles: la percepción de todo lo -existente y de todo lo posible, y su reaparición o representación por el -hombre en signos, letras, sonidos, colores o líneas. En suma: yo, por -más vueltas que le doy, no veo en eso de que _el arte es lo azul_ sino -una frase enfática y vacía. - -Sea, no obstante, el arte _azul_, o del color que se quiera. Como sea -bueno, el color es lo que menos importa. Lo que a mí me dió mala espina -fué la frase de Víctor Hugo, y el que usted hubiese dado por título a su -libro la palabra fundamental de la frase. ¿Si será éste, me dije, uno de -tantos y tantos como por todas partes, y sobre todo en Portugal y en la -América española, han sido inficionados por Víctor Hugo? La manía de -imitarle ha hecho verdaderos estragos, porque la atrevida juventud -exagera sus defectos, y porque eso que se llama _genio_, y que hace que -los defectos se perdonen y tal vez se aplaudan, no se imita cuando no se -tiene. En resolución yo sospeché que era usted un Víctor Huguito y -estuve más de una semana sin leer el libro de usted. - -No bien le he leído, he formado muy diferente concepto. Usted es usted -con gran fondo de originalidad y de originalidad muy extraña. Si el -libro, impreso en Valparaíso este año de 1888, no estuviese en muy buen -castellano, lo mismo podría ser de un autor francés, que de un italiano, -que de un turco o de un griego. El libro está impregnado de espíritu -cosmopolita. Hasta el nombre y apellido del autor, verdaderos o -contrahechos y fingidos, hacen que el cosmopolitismo resalte más. Rubén -es judaico, y persa es Darío; de suerte que por los nombres no parece -sino que usted quiere ser o es de todos los países, castas y tribus. - -El libro _Azul..._ no es en realidad un libro; es un folleto de 132 -páginas; pero tan lleno de cosas y escrito por estilo tan conciso, que -da no poco en qué pensar y tiene bastante que leer. Desde luego se -conoce que el autor es muy joven: que no puede tener más de veinticinco -años, pero que los ha aprovechado maravillosamente. Ha aprendido -muchísimo, y en todo lo que sabe y expresa muestra singular talento -artístico y poético. - -Sabe con amor la antigua literatura griega; sabe de todo lo moderno -europeo. Se entrevé, aunque no hace gala de ello, que tiene el concepto -cabal del mundo visible y del espíritu humano, tal como este concepto ha -venido a formarse por el conjunto de observaciones, experiencias, -hipótesis y teorías más recientes. Y se entrevé también que todo esto ha -penetrado en la mente del autor, no diré exclusivamente, pero sí -principalmente, a través de libros franceses. Es más: en los perfiles, -en los refinamientos, en las exquisiteces del pensar y del sentir del -autor hay tanto de francés, que yo forjé una historia a mi antojo para -explicármela. Supuse que el autor, nacido en Nicaragua, había ido a -París a estudiar para médico o para ingeniero, o para otra profesión; -que en París había vivido seis o siete años, con artistas, literatos, -sabios y mujeres alegres de por allá; y que mucho de lo que sabe lo -había aprendido de viva voz, y empíricamente, con el trato y roce de -aquellas personas. Imposible me parecía que de tal manera se hubiese -impregnado el autor del espíritu parisiense novísimo sin haber vivido en -París durante años. - -Extraordinaria ha sido mi sorpresa cuando he sabido que usted, según me -aseguran sujetos bien informados, no ha salido de Nicaragua sino para ir -a Chile en donde reside desde hace dos años a lo más. ¿Cómo, sin el -influjo del medio ambiente, ha podido usted asimilarse todos los -elementos del espíritu francés, si bien conservando española la forma -que auna y organiza estos elementos, convirtiéndolos en substancia -propia? - -Yo no creo que se ha dado jamás caso parecido con ningún español -peninsular. Todos tenemos un fondo de españolismo que nadie nos arranca -ni a veinticinco tirones. En el famoso abate Marchena, con haber -residido tanto tiempo en Francia, se ve el español; en Cienfuegos es -postizo el sentimentalismo empalagoso a lo Rousseau, y el español está -por bajo. Burgos y Reinoso son afrancesados y no franceses. La cultura -de Francia, buena o mala, no pasa nunca de la superficie. No es más que -un barniz transparente, detrás del cual se descubre la condición -española. - -Ninguno de los hombres de letras de la Península, que he conocido yo, -con más espíritu cosmopolita, y que más largo tiempo han residido en -Francia y que han hablado mejor el francés y otras lenguas extranjeras, -me ha parecido nunca tan compenetrado del espíritu de Francia como usted -me parece: ni Galiano, ni don Eugenio de Ochoa, ni Miguel de los Santos -Alvarez. En Galiano habla como una mezcla de anglicismo y de filosofismo -francés del siglo pasado; pero todo sobrepuesto y no combinado con el -ser de su espíritu, que era castizo. Ochoa era y siguió siendo siempre -archi y ultraespañol, a pesar de sus entusiasmos por las cosas de -Francia. Y en Alvarez, en cuya mente bullen las ideas de nuestro siglo, -y que ha vivido años en París, está arraigado el ser del hombre de -Castilla, y en su prosa recuerda el lector a Cervantes y a Quevedo, y en -sus versos a Garcilaso y a León, aunque así en versos como en prosa, -emita él siempre ideas más propias de nuestro siglo que de los que -pasaron. Su chiste no es el _esprit_ francés, sino el _humor_ español de -las novelas picarescas y de los autores cómicos de nuestra peculiar -literatura. - -Veo, pues, que no hay autor en castellano más francés que usted, y lo -digo para afirmar un hecho sin elogio y sin censura. En todo caso, más -bien lo digo como elogio. Yo no quiero que los autores no tengan -carácter nacional; pero yo no puedo exigir de usted que sea -nicaragüense, porque ni hay ni puede haber aún historia literaria, -escuela y tradiciones literarias en Nicaragua. Ni puedo exigir de usted -que sea literariamente español, pues ya no lo es políticamente, y está -además separado de la madre patria por el Atlántico, y más lejos en la -república donde ha nacido, de la influencia española que en otras -repúblicas hispanoamericanas. Estando así disculpado el galicismo de la -mente, es fuerza dar a usted alabanzas a manos llenas por lo perfecto y -profundo de ese galicismo; porque el lenguaje persiste español, legítimo -y de buena ley, y porque si no tiene usted carácter nacional, posee -carácter individual. - -En mi sentir hay en usted una poderosa individualidad de escritor, ya -bien marcada, y que, si Dios da a usted la salud que yo le deseo y larga -vida, ha de desenvolverse y señalarse más con el tiempo en obras que -sean gloria de las letras hispanoamericanas. - -Leídas las 132 páginas de _Azul..._ lo primero que se nota es que está -usted saturado de toda la más flamante literatura francesa: Hugo, -Lamartine, Musset, Baudelaire, Leconte de Lisle, Gautier, Bourget, -Sully-Prouhomme, Daudet, Zola, Barbey d’Aurevilly, Catulle Mendes, -Rollinat, Goncourt, Flaubert y todos los demás poetas y novelistas han -sido por usted bien estudiados y mejor comprendidos. Y usted no imita a -ninguno: ni es usted romántico, ni naturalista, ni _neurótico_, ni -decadente, ni simbólico, ni parnasiano. Usted lo ha revuelto todo: lo ha -puesto a cocer en el alambique de su cerebro, y ha sacado de ello una -rara quinta esencia. - -Resulta de aquí un autor nicaragüense, que jamás salió de Nicaragua sino -para ir a Chile, y que es autor tan a la moda de París y con tanto -_chic_ y distinción, que se adelanta a la moda y pudiera modificarla e -imponerla. - -En el libro hay _Cuentos en prosa_ y seis composiciones en verso. En los -cuentos y en las poesías todo está cincelado, burilado, hecho para que -dure, con primor y esmero, como pudiera haberlo hecho Flaubert, o el -parnasiano más atildado. Y, sin embargo, no se nota el esfuerzo, ni el -trabajo de la lima, ni la fatiga del rebuscar: todo parece espontáneo y -fácil y escrito al correr de la pluma, sin mengua de la concisión, de la -precisión y de la extremada elegancia. Hasta las rarezas extravagantes y -salidas de tono, que a mí me chocan, pero que acaso agraden en general, -están hechas adrede. Todo en el librito está meditado y criticado por el -autor, sin que su crítica previa o simultánea de la creación perjudique -al brío apasionado y a la inspiración del que crea. - -Si se me preguntase qué enseña su libro de usted y de qué trata, -respondería yo sin vacilar: no enseña nada, y trata de nada y de todo. -Es obra de artista, obra de pasatiempo, de mera imaginación. ¿Qué enseña -o de qué trata un dije, un camafeo, un esmalte, una pintura o una linda -copa esculpida? - -Hay, sin embargo, notable diferencia en toda escultura, pintura, dije y -hasta música, y cualquier objeto de arte cuyo _material_ es la palabra. -El mármol, el bronce y el sonido no diré yo que sutilizando mucho no -puedan significar algo de por sí; pero la palabra, no sólo puede -significar, sino que forzosamente significa ideas, sentimientos, -creencias, doctrinas y todo el pensamiento humano. Nada más factible, a -mi ver (acaso porque soy poco agudo), que una bella estatua, un lindo -dije, un cuadro primoroso, sin transcendencia o sin símbolos; pero ¿cómo -escribir un cuento o unas coplas sin que deje ver el autor lo que niega, -lo que afirma, lo que piensa y lo que siente? El pensamiento en todas -las artes pasa con la forma desde la mente del artista a la substancia o -materia del arte; pero en el arte de la palabra, además del pensamiento -que pose el arte en la forma, la substancia o materia del artista es -pensamiento también y pensamiento de artista. La única materia extraña -al artista es el Diccionario, con las reglas gramaticales que siguen las -voces en su combinación; pero como ni palabras ni combinaciones de -palabras pueden darse sin sentido, de aquí que materia y forma sean en -poesía y en prosa creación del escritor o del poeta: sólo quedan fuera -de él, digámoslo así, los signos hueros, o sea abstrayendo lo -significado. - -De esta suerte se explica cómo, con ser su libro de usted de pasatiempo, -y sin propósito de enseñar nada, en él se ven patentes las tendencias y -los pensamientos del autor sobre las cuestiones más trascendentales. Y -justo es que confesemos que los dichos pensamientos no son ni muy -edificantes ni muy consoladores. - -La ciencia de experiencia y de observación ha clasificado cuanto hay, y -ha hecho de ello hábil inventario. La crítica histórica, la lingüística -y el estudio de las capas que forman la corteza del globo han -descubierto bastante de los pasados hechos humanos que antes se -ignoraban; de los astros que brillan en la extensión del éter se sabe -muchísimo; el mundo de lo imperceptiblemente pequeño se nos ha revelado -merced al microscopio; hemos averiguado cuántos ojos tiene tal insecto y -cuántas patitas tiene tal otro: sabemos ya de qué elementos se componen -los tejidos orgánicos, la sangre de los animales y el jugo de las -plantas: nos hemos aprovechado de agentes que antes se substraían al -poder humano, como la electricidad; y gracias a la estadística, llevamos -minuciosa cuenta de cuánto se engendra y de cuánto se devora; y si ya no -se sabe, es de esperar que pronto se sepa la cifra exacta de los -panecillos, del vino y de la carne que se come y se bebe la humanidad de -diario. - -No es menester acudir a sabios profundos: cualquier sabio adocenado y -medianejo de nuestra edad conoce hoy, clasifica y ordena los fenómenos -que hieren los sentidos corporales, auxiliados estos sentidos por -instrumentos poderosos que aumentan su capacidad de percepción. Además -se han descubierto, a fuerza de paciencia y de agudeza y por virtud de -la dialéctica y de las matemáticas, gran número de leyes que dichos -fenómenos siguen. - -Natural es que el linaje humano se haya ensoberbecido con tamaños -descubrimientos e invenciones; pero, no sólo en torno y fuera de la -esfera de lo conocido y circunscribiéndola, sino también llenándola en -lo esencial y substancial, queda un infinito inexplorado, una densa e -impenetrable obscuridad, que parece más tenebrosa por la misma -contraposición de la luz con que ha bañado la ciencia la pequeña suma de -cosas que conoce. Antes, ya las religiones con sus dogmas, que aceptaba -la fe, ya la especulación metafísica con la gigante máquina de sus -brillantes sistemas, encubrían esa inmensidad incognoscible, o la -explicaban y la daban a conocer a su modo. Hoy priva el empeño de que no -haya ni metafísica ni religión. El abismo de lo incognoscible queda así -descubierto y abierto, y nos atrae y nos da vértigo, y nos comunica el -impulso, a veces irresistible, de arrojarnos en él. - -La situación, no obstante, no es incómoda para la gente sensata de -cierta ilustración y fuste. Prescinden de lo transcendente y de lo -sobrenatural para no calentarse la cabeza ni perder el tiempo en balde. -Esta inclinación les quita no pocas aprensiones y cierto miedo, aunque a -veces les infunde otro miedo y sobresalto fastidiosos. ¿Cómo contener a -la plebe, a los menesterosos, hambrientos e ignorantes, sin ese freno -que ellos han desechado con tanto placer? Fuera de este miedo que -experimentan algunos sensatos, en todo lo demás no ven sino motivo de -satisfacción y parabienes. - -Los insensatos, en cambio, no se aquietan con el goce del mundo, -hermoseado por la industria e inventiva humanas, ni con lo que se sabe, -ni con lo que se fabrica, y anhelan averiguar y gozar más. - -El conjunto de los seres, el Universo, todo cuanto alcanza a percibir la -vista y el oído, ha sido, como idea, coordinado metódicamente en una -anaquelería o casillero para que se comprenda mejor; pero ni este orden -científico, ni el orden natural, tal como los insensatos le ven, les -satisface. La molicie y el regalo de la vida moderna los han hecho muy -descontentadizos. - -Y así ni del mundo tal como es, ni del mundo tal como lo concebimos, se -forman idea muy aventajada. Se ve en todo faltas, y no se dice lo que -dicen que dijo Dios: _Que todo era bueno_. La gente se lanza con más -frecuencia que nunca a decir que todo es malo; y en vez de atribuir la -obra a un artífice inteligentísimo y supremo, la supone obra de un -puritano inconsciente de fabricar cosas que hay _ab eterno_ en los -átomos, los cuales tampoco se sabe a punto fijo lo que sean. - -Los dos resultados principales de todo ello en la literatura de última -moda son: - -1.º Que se suprima a Dios o que no se le miente sino para insolentarse -con él, ya con reniegos y maldiciones, ya con burlas y sarcasmos. - -Y 2.º Que en este infinito tenebroso e incognoscible perciba la -imaginación, así como en el éter, nebulosas o semilleros de astros, -fragmentos y escombros de religiones muertas, con los cuales procura -formar algo como ensayo de nuevas creencias y de renovadas mitologías. - -Estos dos rasgos van impresos en su librito de usted: El pesimismo, como -remate de toda descripción de lo que conocemos, y la poderosa y lozana -producción de seres fantásticos, evocados o sacados de las tinieblas de -lo incognoscible, donde vagan las ruinas de las destrozadas creencias y -supersticiones vetustas. - -Ahora será bien que yo cite muestras y pruebe que hay en su libro de -usted, con notable elegancia, todo lo que afirmo; pero esto requiere -segunda carta. - - -II - -En la cubierta del libro que me ha enviado usted veo que ha publicado -usted ya, o anuncia la publicación de otros varios, cuyos títulos son: -_Epístolas y poemas_, _Rimas_, _Abrojos_, _Estudios críticos_, _Albumes -y abanicos_, _Mis conocidos_ y _Dos años en Chile_. Anuncia también -dicha cubierta que prepara usted una novela, cuyo título nos da en las -narices del alma (pues si hay ojos del alma o tiene el alma ojos, bien -puede tener narices) con un tufillo a pornografía. La novela se titula: -_La carne_. - -Nada de esto, con todo, me sirve hoy para juzgar a usted, pues yo nada -de esto conozco. Tengo que contraerme al libro _Azul_. - -En este libro no sé qué debo preferir: si la prosa o los versos. Casi me -inclino a ver mérito igual en ambos modos de expresión del pensamiento -de usted. En la prosa hay más riqueza de ideas; pero es más afrancesada -la forma. En los versos la forma es más castiza. Los versos de usted se -parecen a los versos españoles de otros autores, y no por eso dejan de -ser originales; no recuerdan a ningún poeta español, ni antiguo, ni de -nuestros días. - -El sentimiento de la Naturaleza raya en usted en adoración panteística. -Hay en las cuatro composiciones a (_a_ o más bien _en_) las cuatro -estaciones del año, la más gentílica exuberancia de amor sensual, y, en -este amor, algo de religioso. - -Cada composición parece un himno sagrado a Eros, himno que, a las veces, -en la mayor explosión de entusiasmo, el pesimismo viene a turbar con la -disonancia, ya de un ay de dolor, ya de una carcajada sarcástica. Aquel -sabor amargo, que brota del centro mismo de todo deleite, y que tan bien -experimentó y expresó el ateo Lucrecio, - - _...medio de frute leporum_ - _Surgit amari aliquid, quod im ipsis floribus angat_ - -acude a menudo a interrumpir lo que usted llama - - «La música triunfante de mis rimas.» - -Pero, como en usted hay de todo, noto en los versos, además del ansia -del deleite y además de la amargura de que habla Lucrecio, la sed de lo -eterno, esa aspiración profunda e insaciable de las edades cristianas, -que el poeta pagano quizá no hubiera comprendido. - -Usted pide siempre más al hada, y... - - «El hada entonces me llevó hasta el velo - que nos cubre las ansias infinitas, - la inspiración profunda - y el alma de las liras. - Y lo rasgó. Y allí todo era aurora.» - -Pero aun así, no se satisface el poeta, y pide más al hada. - -Tiene usted otra composición, la que lleva por título la palabra griega -_Anagke_, donde el cántico de amor acaba en un infortunio y en una -blasfemia. Suprimiendo la blasfemia final, que es burla contra Dios, voy -a poner aquí el cántico casi completo. - - «Y dijo la paloma: - --Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo, - en el árbol en flor, junto a la Poma - llena de miel, junto al retoño suave - y húmedo por las gotas de rocío, - tengo mi hogar. Y vuelo - con mis anhelos de ave, - del amado árbol mío - hasta el bosque lejano, - cuando al himno jocundo - del despertar de Oriente, - sale el alba desnuda y muestra al mundo - el pudor de la luz sobre su frente. - Mi ala es blanca y sedosa; - la luz la dora y baña - y céfiro la peina - son mis pies como pétalos de rosa. - Yo soy la dulce reina - que arrulla a su palomo en la montaña. - En el fondo del bosque pintoresco - está el alerce en que formé mi nido; - y tengo allí bajo el follaje fresco - un polluelo sin par, recién nacido. - Soy la promesa alada, - el juramento vivo; - soy quien lleva el recuerdo de la amada - para el enamorado pensativo; - yo soy la mensajera - de los tristes y ardientes soñadores, - que va a revolotear diciendo amores - junto a una perfumada cabellera. - Soy el lirio del viento. - Bajo el azul del hondo firmamento - muestro de mi tesoro bello y rico - las preseas y galas: - el arrullo en el pico, - la caricia en las alas. - Yo despierto a los pájaros parleros - y entonan sus melódicos cantares; - me poso en los floridos limoneros - y derramo una lluvia de azahares. - Yo soy toda inocente, toda pura. - Yo me esponjo en las alas del deseo. - Y me estremezco en la íntima ternura - de un roce, de un rumor, de un aleteo. - ¡Oh inmenso azul! Yo te amo. Porque a Flora - das la lluvia y el sol siempre encendido: - porque siendo el palacio de la aurora, - también eres el techo de mi nido. - ¡Oh inmenso azul! Yo adoro - tus celajes risueños, - y esa niebla sutil de polvo de oro - donde van los perfumes y los sueños. - Amo los velos, tenues, vagarosos, - de las flotantes brumas, - donde tiendo a los aires cariñosos - el sedeño abanico de mis plumas. - ¡Soy feliz! Porque es mía la floresta - donde el misterio de los aires se halla; - porque el alba es mi fiesta - y el amor mi ejercicio y mi batalla. - Feliz, porque de dulces ansias llena, - calentar mis polluelos es mi orgullo; - porque en las selvas vírgenes resuena - la música celeste de mi arrullo; - porque no hay una rosa que no me ame, - ni pájaro gentil que no me escuche, - ni garrido cantor que no me llame! - --¿Sí?--dijo entonces un gavilán infame, - y con furor se la metió en el buche.» - -Suprimo, como dije ya, los versos que siguen y que no pasan de ocho, -donde se habla de la risa que le dió a Satanás de resultas del lance y -de lo pensativo que se quedó el Señor en su trono. - -Entre las cuatro composiciones en las estaciones del año, todas bellas y -raras, sobresale la del verano. Es un cuadro simbólico de los dos polos -sobre los que rueda el eje de la vida: el amor y la lucha; el prurito de -destrucción y el de reproducción. La tigre virgen en celo está -magistralmente pintada, y mejor aún acaso el tigre galán y robusto que -llega y la enamora. - - «Al caminar se veía - su cuerpo ondear con garbo y bizarría. - Se miraban los músculos hinchados - debajo de la piel. Y se diría - ser aquella alimaña - un rudo gladiador de la montaña. - - Los pelos erizados - del labio relamía. Cuando andaba - con su peso chafaba - la yerva verde y muelle, - y el ruido de su aliento semejaba - el resollar de un fuelle.» - -Síguense la declaración de amor, el _sí_ en lenguaje de tigres, y los -primeros halagos y caricias. Después... el amor en su plenitud, sin los -poco decentes pormenores en que entran Rollinat y otros en casos -semejantes. - - «Después el misterioso - tacto, las impulsivas - fuerzas que arrastran con poder pasmoso, - y ¡oh gran Pan! el idilio monstruoso - bajo las vastas selvas primitivas.» - -El príncipe de Gales, que andaba de caza por allí con gran séquito de -monteros y jauría de perros, viene a poner trágico fin al idilio. - -El príncipe mata a la tigre de un escopetazo. El tigre se salva, y luego -en su gruta tiene un extraño sueño: - - «Que enterraba las garras y los dientes - en vientres sonrosados - y pechos de mujer; y que engullía - por postres delicados - de comidas y cenas, - como tigre goloso entre golosos, - unas cuantas docenas - de niños tiernos, rubios y sabrosos.» - -No parece sino que, en sentir del poeta, tendría menos culpa el tigre, -aunque fuese ser responsable, devorando mujeres y niños, que el príncipe -matando tigres. El afecto del poeta se extiende casi por igual sobre -tigres y sobre príncipes, a quienes un determinismo fatal mueve a -matarse _recíprocamente_, como el ratón y el gato de la fábula de -Alvarez. - -Los cuentos en prosa son más singulares aún. Parecen escritos en París, -y no en Nicaragua ni en Chile. Todos son brevísimos. Usted hace gala de -laconismo. _La Ninfa_ es quizá el que más me gusta. La cena en la quinta -de la cortesana está bien descrita. El discurso del sabio prepara el -ánimo del lector. Los límites, que tal vez no existan, pero que todos -imaginamos, trazamos y ponemos entre lo natural y sobrenatural, se -esfuman y desaparecen. San Antonio vió en el yermo un hipocentauro y un -sátiro. Alberto Magno habla también de sátiros que hubo en su tiempo. -¿Por qué ha de ser esto falso? ¿Por qué no ha de haber sátiros, faunos y -ninfas? La cortesana anhela ver un sátiro vivo; el poeta, una ninfa. La -aparición de la ninfa desnuda al poeta, en el parque de la quinta, a la -mañana siguiente, en la umbría apartada y silenciosa, entre los blancos -cisnes del estanque, está pintada con tal arte que parece verdad. - -La ninfa huye y queda burlado el poeta; pero en el almuerzo, dice luego -la cortesana: - - «--El poeta ha visto ninfas.» - - «Todos la contemplaron asombrados, y ella me miraba como una gata, - y se reía, se reía como una chicuela a quien se le hiciesen - cosquillas.» - -_El velo de la reina Mab_ es precioso. Empieza así: - - «La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla tirado por - cuatro coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando - sobre un rayo de sol, se coló un día por la ventana de una - boardilla, donde estaban cuatro hombres flacos, barbudos e - impertinentes, lamentándose como unos desdichados.» - -Eran un pintor, un escultor, un músico y un poeta. Cada cual hace su -lastimoso discurso, exponiendo aspiraciones y desengaños. Todos terminan -en la desesperación. - - «Entonces la reina Mab, del fondo de su carro, hecho de una sola - perla, tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros - o miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo - de los sueños, de los dulces sueños que hacen ver la vida de color - de rosa. Y con él envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e - impertinentes. Los cuales cesaron de estar tristes, porque penetró - en ellos la esperanza, y en su cabeza el sol alegre, con el - diablillo de la vanidad, que consuela en sus profundas decepciones - a los pobres artistas.» - -Hay en el libro otros varios cuentos, delicados y graciosos, donde se -notan las mismas calidades. Todos estos cuentos parecen escritos en -París. - -Voy a terminar hablando de los más transcendentales: _El rubí y la -canción del oro_. El químico Fremy ha descubierto, o se jacta de haber -descubierto, la manera de hacer rubíes. Uno de los gnomos roba uno de -esos rubíes artificiales del medallón que pende del cuello de cierta -cortesana, y le lleva a la extensa y profunda caverna donde los gnomos -se reúnen en conciliábulo. Las fuerzas vivas y creadoras de la -Naturaleza, la infatigable inexhausta fecundidad del alma tierra, están -simbolizadas en aquellos activos y poderosos enanillos que se burlan del -sabio y demuestran la falsedad de su obra. «La piedra es falsa, dicen -todos: obra de hombre, o de sabio, que es peor.» - -Luego cuenta el gnomo más viejo la creación del verdadero primer rubí. -Es un hermoso mito, que redunda en alabanza de Amor y de la madre -Tierra, «de cuyo vientre moreno brota la savia de los troncos robustos, -y el oro y el agua diamantina y la casta flor de lis: lo puro, lo -fuerte, lo infalsificable. Y los gnomos tejen una danza frenética y -celebran una orgía sagrada, ensalzando a la mujer, de quien suelen -enamorarse, porque es espíritu de carne: toda amor.» - -_La canción del oro_, sería el mejor de los cuentos de usted si fuera -cuento, y sería el más elocuente de todos si no emplease en él demasiado -una _ficelle_, de que se usa y de que se abusa muchísimo en el día. - -En la calle de los palacios, donde todo es esplendor y opulencia, donde -se ven llegar a sus moradas, de vuelta de festines y bailes, a las -hermosas mujeres y a los hombres ricos, hay un mendigo extraño, -hambriento, tiritando de frío, mal cubierto de harapos. Este mendigo -tira un mordisco a un pequeño mendrugo de pan bazo: se inspira y canta -la canción del oro. - -Todo el sarcasmo, todo el furor, toda la codicia, todo el amor -desdeñado, todos los amargos celos, toda la envidia que el oro engendra -en los corazones de los hambrientos, de los menesterosos y de los -descamisados y perdidos, están expresados en aquel himno en prosa. - -Por esto afirmo que sería admirable la canción del oro si se viese menos -la _ficelle_: el método o traza de la composición, que tanto siguen -ahora los prosistas, los poetas y los oradores. - -El método es crear algo por superposición o aglutinación, y no por -organismo. - -El símil es la base de este método. Sencillo es no mentar nada sin -símil; todo es como algo. Luego se ha visto que salen de esta manera -muchísimos _comos_, y en vez de los _comos_ se han empleado los _eses_ y -las _esas_. Ejemplo: la tierra: esa madre fecunda de todos los -vivientes; el aire, ese manto azul que envuelve el seno de la tierra, y -cuyos flecos son las nubes; el cielo, ese campo sin límites por donde -giran las estrellas, etcétera. De este modo es fácil llenar mucho papel. -A veces los _eses_ y las _esas_ se suprimen, aunque es menos enfático y -menos francés, y sólo se dice el pájaro, flor del aire; la luna, lámpara -nocturna, hostia que se eleva en el templo del espacio, etc. - -Y por último, para dar al discurso más animación y movimiento, se ha -discurrido hacer enumeración de todo aquello que se semeja en algo al -objeto de que queremos hablar. Y terminada la enumeración, o cansado el -autor de enumerar, pues no hay otra razón para que termine, dice: eso -soy yo; eso es la poesía; eso es la crítica; eso es la mujer, etc. Puede -también el autor, para prestar mayor variedad y complicación a su obra, -decir lo que no es el objeto que describe antes de decir lo que es. Y -puede decir lo que no es como quien pregunta. Fórmula: ¿Será esto, será -aquello, será lo de más allá? No; no es nada de eso. Luego... la -retahila de cosas que se ocurran. Y por remate: eso es. - -Este género de retórica es natural, y todos la empleamos. No se critica -aquí el uso, sino el abuso. En el abuso hay algo parecido al juego -infantil de apurar una letra. «Ha venido un barco cargado de...» Y se va -diciendo (si, v. gr., la letra es b) de baños, de buzos, de bolos, de -berros, de bromas. - -Las composiciones escritas según este método retórico tienen la ventaja -de que se pueden acortar y alargar _ad libitum_, y de que se pueden leer -al revés lo mismo que al derecho, sin que a penas varíe el sentido. - -En mis peregrinaciones por países extranjeros, y harto lejos de aquí, -conocí yo y traté a una señora muy entendida, cuyo marido era poeta; y -ella había descubierto en los versos de su marido que todos se leían y -hacían sentido empezando por el último verso y acabando por el primero. -Querían decir algunos maldicientes que ella había hecho el -descubrimiento para burlarse de los versos de la cosecha de casa; pero -yo siempre tuve por seguro que ella, cegada por el amor conyugal, ponía -en este sentido indestructible, léanse las composiciones como quiera que -se lean, un primor raro que realzaba el mérito de ellas. - -Me ha corroborado en esta opinión un reciente escrito de don Adolfo de -Castro, quien descubre y aplaude en algunos versos de Santa Teresa, -casi como don celeste o gracia divina, esa prenda de que se lean al -revés y al derecho, resultando idéntico sentido. - -La verdad del caso, considerado y ponderado todo con imparcial -circunspección, es que tal modo retórico es ridículo cuando se toma por -muletilla, o sirve de pauta para escribir; pero si es espontáneo, está -muy bien: es el lenguaje propio de la pasión. - -Figurémonos a una madre, joven, linda y apasionada, con un niño rubito y -gordito y sonrosado, de dos años, que está en sus brazos. Mientras ella -le brinca y él le sonríe, ella le dirá natural y sencillamente -interminable lista de nombres, de objetos, algunos de ellos -disparatados. Le llamará ángel, diablillo, mono, gatito, chuchumeco, -corazón, alma, vida, hechizo, regalo, rey, príncipe y mil cosas más. Y -todo estará bien, y nos parecerá encantador, sea el que sea el orden en -que se ponga. Pues lo mismo puede ser toda composición, en prosa o en -verso, por el estilo con tal que no sea buscado ni frecuente este modo -de componer. - -El modelo más egregio del género, el ejemplar arquetipo, es la letanía. -La virgen es puerta del cielo, estrella de la mañana, torre de David, -arca de la alianza, casa de oro, y mil cosas más en el orden que se nos -antoje decirlas. - -_La canción del oro_ es así: es una letanía, sólo que es infernal en vez -de ser célica. Es por el gusto de la letanía que Baudelaire compuso al -demonio; pero, conviniendo ya en que _La canción del oro_ es letanía, y -letanía infernal, yo me complazco en sostener que es de las más -poéticas, ricas y enérgicas que he leído. Aquello es un diluvio de -imágenes, un desfilar tumultuoso de cuanto hay, para que encomie el oro -y predique sus excelencias. - -Citar algo es destruir el efecto que está en la abundancia de cosas que -en desorden se citan y acuden a cantar el oro, «misterioso y callado en -las entrañas de la tierra, y bullicioso cuando brota a pleno sol y a -toda vida; sonante como coro de tímpanos, feto de astros, residuo de -luz, encarnación de éter; hecho de sol, se enamora de la noche, y, al -darle el último beso, riega su túnica con estrellas como con gran -muchedumbre de libras esterlinas. Despreciado por Jerónimo, arrojado por -Antonio, vilipendiado por Macario, humillado por Hilarión, es carne de -ídolo, dios becerro, tela de que Fidias hace el traje de Minerva. De él -son las cuerdas de la lira, las cabelleras de las más tiernas amadas, -los granos de la espiga, y el peplo que al levantarse viste la olímpica -aurora.» - -Me había propuesto no citar nada, y he citado algo, aunque poco. La -composición es una letanía inorgánica, y, sin embargo, ni la ironía, ni -el amor y el odio, ni el deseo y el desprecio simultáneos que el oro -inspira al poeta en la inopia (achaque crónico y epidémico de los -poetas), resaltan bien sino de la plenitud de cosas que dice del oro, y -que se suprimen aquí por amor a la brevedad. - -En resolución, su librito de usted, titulado _Azul..._ nos revela en -usted a un prosista y a un poeta de talento. - -Con el _galicismo mental_ de usted no he sido sólo indulgente, sino que -le he aplaudido por lo perfecto. Con todo, yo aplaudiría muchísimo más, -si con esa ilustración francesa que en usted hay, se combinasen la -inglesa, la alemana, la italiana, y ¿por qué no la española también? Al -cabo el árbol de nuestra ciencia no ha envejecido tanto que aun no pueda -prestar jugo, ni sus ramas son tan cortas ni están tan secas que no -puedan retoñar como mugrones del otro lado del Atlántico. De todos -modos, con la superior riqueza y con la mayor variedad de elementos, -saldría de su cerebro de usted algo menos exclusivo y con más altos, -puros y serenos ideales: algo más _azul_ que el azul de su libro de -usted; algo que tirase menos a lo _verde_ y a lo _negro_. Y por cima de -todo, se mostrarían más claras y más marcadas la originalidad de usted y -su individualidad de escritor. - -JUAN VALERA - -(_De la Real Academia Española_). - -[Illustration: y se quedó muerto, pensando en que nacería el sol del día -venidero, y con él el ideal...] - - - - -EL REY BURGUÉS - -(CANTO ALEGRE) - - -¡Amigo! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Un cuento -alegre.., así como para distraer las hermosas y grises melancolías, helo -aquí: - - * * * * * - -Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tenía -trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras, -caballos de largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos y -monteros con cuernos de bronce, que llenaban el viento con sus -fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No, amigo mío: era el Rey Burgués. - - * * * * * - -Era muy aficionado a las artes el soberano, y favorecía con gran -largueza a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, -escultores, boticarios, barberos y maestros de esgrima. - -Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento, -hacía improvisar a sus profesores de retórica canciones alusivas; los -criados llenaban las copas de vino de oro que hierve, y las mujeres -batían palmas con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en -su Babilonia llena de músicas, de carcajadas y de ruido de festín. -Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba de caza atronando el -bosque con sus tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves -asustadas, y el vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas. -Los perros de patas elásticas iban rompiendo la maleza en la carrera, y -los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían -ondear los mantos purpúreos y llevaban las caras encendidas y las -cabelleras al viento. - - * * * * * - -El rey tenía un palacio soberbio donde había acumulado riquezas y -objetos de arte maravillosos. Llegaba a él por entre grupos de lilas y -extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos, -antes que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera -llena de columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados -leones de mármol, como los de los troncos salomónicos. Refinamiento. A -más de los cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía, -del arrullo, del trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu, -leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones -gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí: defensor acérrimo de la -corrección académica en letras, y del modo lamido en artes; alma sublime -amante de la lija y de la ortografía. - - * * * * * - -¡Japonerías! ¡Chinerías! por lujo y nada más. - -Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt y -de los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas -y las colas enroscadas, en grupos fantásticos y maravillosos; lacas de -Kioto con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y -animales de una fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a -las paredes, peces y gallos de colores; máscaras de gestos infernales y -con ojos como si fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y -empuñaduras con dragones devorando flores de loto; y en conchas de -huevo, túnicas de seda amarilla, como tejidas con hilos de araña, -sembrada de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y tibores, -porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros tártaros -con una piel que les cubre hasta los riñones, y que llevan arcos -estirados y manojos de flechas. - -Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas, -ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes, con cuadros del gran -Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¡cuántos salones! - -Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad, -el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe. - - * * * * * - -Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se -hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación -y de baile. - ---¿Qué es eso?--preguntó. - ---Señor, es un poeta. - -El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, senzontes en la -pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño. - ---Dejadle aquí. - -Y el poeta: - ---Señor, no he comido. - -Y el rey: - ---Habla y comerás. - -Comenzó: - - * * * * * - -Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis alas -al huracán, he nacido en el tiempo de la aurora: busco la raza escogida -que debe esperar, con el himno en la boca y la lira en la mano, la -salida del gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana, -la alcoba llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma de -pequeñez y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las -cuerdas débiles, contra las copas de Bohemia y las jarras donde espumea -el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que me -hacía parecer histrión, o mujer, y he vestido de modo salvaje y -espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la selva donde he quedado -vigoroso y ahito de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera -del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad, -como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he ensayado el -yambo dando al olvido el madrigal. - -He acariciado a la gran Naturaleza, y he buscado el calor del ideal, el -verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está en la -perla en lo profundo del Océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene -el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo -agitación y potencia, y es preciso recibir su espíritu con el poema que -sea arco triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas -de amor. - -¡Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los -cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor! el arte no -viste pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las -íes. Él es augusto, tiene mantos de oro, o de llamas, o anda desnudo, y -amasa la greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes -de ala como las águilas o _zarpazos_ como los leones. Señor, entre un -Apolo y un ganso, preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida -y el otro de marfil. - -¡Oh, la poesía! - -¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las mujeres -y se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis -endecasilabos, y el señor profesor de farmacia pone puntos y comas a mi -inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto...! El ideal, el -ideal... - -El rey interrumpió: - ---Ya habéis oído. ¿Qué hacer? - -Y un filósofo al uso: - ---Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música; -podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando os -paseéis. - ---Sí--dijo el rey; y dirigiéndose al poeta:--Daréis vueltas a un -manubrio: Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca -valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre. -Pieza de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas, ni de ideales. -Id. - -Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes, al -poeta hambriento que daba vueltas al manubrio; tiririrín, tiririrín... -¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las -cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín...! ¿Había que llenar el estómago? -¡Tiririrín! Todo entre las burlas de los pájaros libres que llegaban a -beber rocío en las lilas floridas; entre el zumbido de las abejas que le -picaban el rostro y le llenaban los ojos de lágrimas... ¡lágrimas -amargas que rodaban por sus mejillas y que caían a la tierra negra! - -Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y -su cerebro estaba como petrificado, y los grandes himnos estaban en el -olvido, y el poeta de la montaña coronada de águilas, no era sino un -pobre diablo que daba vueltas al manubrio: tiririrín. - -Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él el rey y sus vasallos; a los -pájaros se les abrigó, y a él se le dejó el aire glacial que le mordía -las carnes y le azotaba el rostro. - -Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas -cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las arañas reía -alegre sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los -mandarines de las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los -brindis del señor profesor de retórica, cuajados de dáctilos, de -anapestos y de pirriquios, mientras en las copas cristalinas hervía el -champaña con su burbujeo luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de -fiesta! Y el infeliz, cubierto de nieve, cerca del estanque, daba -vueltas al manubrio para calentarse, tembloroso y aterido, insultado por -el cierzo, bajo la blancura implacable y helada, en la noche sombría, -haciendo resonar entre los árboles sin hojas la música loca de las -galopas y cuadrillas; y se quedó muerto, pensando en que nacería el sol -del día venidero, y con él el ideal... y en que el arte no vestiría -pantalones sino manto de llamas o de oro... Hasta que al día siguiente -lo hallaron el rey y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como -gorrión que mata el hielo, con una sonrisa amarga en los labios, y -todavía con la mano en el manubrio. - - * * * * * - -¡Oh, mi amigo! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Flotan -brumosas y grises melancolías... - -Pero ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo! -Hasta la vista. - -[Illustration: Cantó los senos de nieve tibia y las copas de oro -labrado, y el buche del pájaro y la gloria del sol.] - - - - -EL SÁTIRO SORDO - -(CUENTO GRIEGO) - - -Habitaba cerca del Olimpo un sátiro, y era el viejo rey de su selva. Los -dioses le habían dicho: «Goza, el bosque es tuyo; sé un feliz bribón, -persigue ninfas y suena tu flauta». El sátiro se divertía. - - * * * * * - -Un día que el padre Apolo estaba tañendo la divina lira, el sátiro salió -de sus dominios y fué osado a subir el sacro monte y sorprender al dios -crinado. Éste le castigó tornándole sordo como una roca. En balde de las -espesuras de la selva llena de pájaros, se derramaban los trinos y -emergían los arrullos. El sátiro no oía nada. Filomela llegaba a -cantarle sobre su cabeza enmarañada y coronada de pámpanos, canciones -que hacían detenerse los arroyos, y enrojecerse las rosas pálidas. Él -permanecía impasible, o lanzaba sus carcajadas salvajes y saltaba -lascivo y alegre cuando percibía por el ramaje lleno de brechas alguna -cadera blanca y rotunda que acariciaba el sol con su luz rubia. Todos -los animales le rodeaban como a un amo a quien se obedece. - -A su vista, para distraerle, danzaban coros de bacantes encendidas en su -fiebre loca, y acompañaban la armonía, cerca de él, faunos adolescentes, -como hermosos efebos, que le acariciaban reverentemente con su sonrisa; -y aunque no escuchaba ninguna voz, ni el ruido de los clótalos, gozaba -de distintas maneras. Así pasaba la vida este rey barbudo, que tenía -patas de cabra. - - * * * * * - -Era sátiro caprichoso. - -Tenía dos consejeros áulicos: una alondra y un asno. La primera perdió -su prestigio cuando el sátiro se volvió sordo. Antes, si cansado de su -lascivia soplaba su flauta dulcemente, la alondra le acompañaba. - -Después en su gran bosque, donde no oía ni la voz del olímpico trueno, -el paciente animal de las largas orejas le servía para cabalgar, en -tanto que la alondra, en los apogeos del alba, se le iba de las manos, -cantando camino de los cielos. - -La selva era enorme. De ella tocaba a la alondra la cumbre; al asno, el -pasto. La alondra era saludada por los primeros rayos de la aurora; -bebía rocío en los retoños; despertaba al roble diciéndole: «Viejo -roble, despiértate». Se deleitaba con un beso del sol: era amada por el -lucero de la mañana. Y el hondo azul, tan grande, sabía que ella, tan -chica, existía bajo su inmensidad. El asno (aunque entonces no había -conversado con Kant) era experto en filosofía, según el decir común. El -sátiro, que le veía ramonear en la pastura, moviendo las orejas con aire -grave, tenía alta idea de tal pensador. En aquellos días el asno no -tenía como hoy tan larga fama. Moviendo sus mandíbulas, no se habría -imaginado que escribiesen en su loa Daniel Heinsins, en latín; Passerat, -Buffón y el gran Hugo, en francés; Posada y Valderrama, en español. - -Él, pacienzudo, si le picaban las moscas, las espantaba con el rabo, -daba coces de cuando en cuando y lanzaba bajo la bóveda del bosque el -acorde extraño de su garganta. Y era mimado allí. Al dormir su siesta -sobre la tierra negra y amable, le daban su olor las hierbas y las -flores. Y los grandes árboles inclinaban sus follajes para hacerle -sombra. - -Por aquellos días, Orfeo, poeta, espantado de la miseria de los hombres, -pensó huir a los bosques, donde los troncos y las piedras le -comprenderían y escucharían con éxtasis, y donde él podría temblar de -armonía y fuego de amor y de vida al sonar de su instrumento. - -Cuando Orfeo tañía su lira había sonrisa en el rostro apolíneo. Demeter -sentía gozo. Las palmeras derramaban su polen, las semillas reventaban, -los leones movían blandamente su crin. Una vez voló un clavel de su -tallo hecho mariposa roja, y una estrella descendió fascinada y se tornó -flor de lis. - -¿Qué selva mejor que la del sátiro, a quien él encantaría, donde sería -tenido como un semidios; selva toda alegría, y danza y belleza y -lujuria; donde ninfas y bacantes eran siempre acariciadas y siempre -vírgenes; donde había uvas y rosas y ruido de sistros, y donde el rey -caprípede bailaba delante de sus faunos beodo y haciendo gestos como -Sileno? - - * * * * * - -Fué con su corona de laurel, su lira, su frente de poeta orgulloso, -erguido y radiante. - -Llegó hasta donde estaba el sátiro velludo y montaraz, y para pedirle -hospitalidad, cantó. Cantó del gran Jove, de Eros y de Afrodita, de los -centauros gallardos y de las bacantes ardientes: cantó la copa de -Dionisio, y el tirso que hiere el aire alegre, y a Pan, Emperador de las -montañas, Soberano de los bosques, dios-sátiro que también sabía cantar. -Cantó de las intimidades del aire y de la tierra, gran madre. Así -explicó la melodía de un arpa eolia, el susurro de una arboleda, el -ruido ronco de un caracol y las notas armónicas que brotan de una -siringa. Cantó del verso, que baja del cielo y place a los dioses, del -que acompaña el bárbitos en la oda y el tiempo en el peán. Cantó los -senos de nieve tibia y las copas del oro labrado, y el buche del pájaro -y la gloria del sol. - -Y desde el principio del cántico brilló la luz con más fulgores. Los -enormes troncos se conmovieron, y hubo rosas que se deshojaron y lirios -que se inclinaron lánguidamente como en un dulce desmayo. Porque Orfeo -hacía gemir los leones y llorar los guijarros con la música de su lira -rítmica. Las bacantes más furiosas habían callado y le oían como en un -sueño. Una náyade virgen a quien nunca ni una sola mirada del sátiro -había profanado, se acercó tímida al cantor y le dijo: «Yo te amo». -Filomela había volado a posarse en la lira como la paloma anacreóntica. -No hubo más eco que la voz de Orfeo. Naturaleza sentía el himno. Venus, -que pasaba por las cercanías, preguntó de lejos con su divina voz: -«¿Está aquí acaso Apolo?» - -Y en toda aquella inmensidad de maravillosa armonía, el único que no oía -nada era el sátiro sordo. - -Cuando el poeta concluyó, dijo a éste:--¿Os place mi canto? Si es así, -me quedaré con vos en la selva. - -El sátiro dirigió una mirada a sus dos consejeros. Era preciso que ellos -resolviesen lo que no podía comprender él. Aquella mirada pedía una -opinión. - - * * * * * - ---Señor--dijo la alondra, esforzándose en producir la voz más fuerte de -su buche--, quédese quien así ha cantado con nosotros. He aquí que su -lira es bella y potente. Te ha ofrecido la grandeza y la luz rara que -hoy has visto en tu selva. Te ha dado su armonía. Señor, yo sé de estas -cosas. Cuando viene el alba desnuda y se despierta el mundo, yo me -remonto a los profundos cielos y vierto desde la altura las perlas -invisibles de mis trinos, y entre las claridades matutinas mi melodía -inunda el aire, y es el regocijo del espacio. Pues yo te digo que Orfeo -ha cantado bien, y es un elegido de los dioses. Su música embriagó el -bosque entero. Las águilas se han acercado a revolar sobre nuestras -cabezas, los arbustos floridos han agitado suavemente sus incensarios -misteriosos, las abejas han dejado sus celdillas para venir a escuchar. -En cuanto a mí, ¡oh señor! si yo estuviese en lugar tuyo le daría mi -guirnalda de pámpanos y mi tirso. Existen dos potencias: la real y la -ideal. Lo que Hércules haría con sus muñecas, Orfeo lo hace con su -inspiración. El dios robusto despedazaría de un puñetazo al mismo Athos. -Orfeo les amansaría con la eficacia de su voz triunfante, a Nemea su -león y a Erimanto su jabalí. De los hombres unos han nacido para forjar -los metales, otros para arrancar del suelo fértil las espigas del -trigal, otros para combatir en las sangrientas guerras, y otros para -enseñar, glorificar y cantar. Si soy tu copero y te doy vino, goza tu -paladar; si te ofrezco un himno, goza tu alma. - - * * * * * - -Mientras cantaba la alondra, Orfeo le acompañaba con su instrumento, y -un vasto y dominante soplo lírico se escapaba del bosque verde y -fragante. El sátiro sordo comenzaba a impacientarse. ¿Quién era aquel -extraño visitante? ¿Por qué ante él había cesado la danza loca y -voluptuosa? ¿Qué decían sus dos consejeros? - -¡Ah! ¡la alondra había cantado, pero el sátiro no oía! Por fin, dirigió -su vista al asno. - -¿Faltaba su opinión? Pues bien, ante la selva enorme y sonora, bajo el -azul sagrado, el asno movió la cabeza de un lado a otro, grave, terco, -silencioso, como el sabio que medita. - -Entonces, con su pie hendido, hirió el sátiro el suelo, arrugó su frente -con enojo, y sin darse cuenta de nada, exclamó, señalando a Orfeo la -salida de la selva: - ---¡No...! - -Al vecino Olimpo llegó el eco, y resonó allá, donde los dioses estaban -de broma, un coro de carcajadas formidables que después se llamaron -homéricas. - -Orfeo salió triste de la selva del sátiro sordo y casi dispuesto a -ahorcarse del primer laurel que hallase en su camino. - -No se ahorcó, pero se casó con Eurídice. - -[Illustration] - -[Illustration: ¡El poeta ha visto ninfas!] - - - - -LA NINFA - -(CUENTO PARISIENSE) - - -En el castillo que últimamente acaba de adquirir Lesbia, esta actriz -caprichosa y endiablada que tanto ha dado que decir al mundo por sus -extravagancias, nos hallábamos a la mesa hasta seis amigos. Presidía -nuestra Aspasia, quien a la sazón se entretenía en chupar, como niña -golosa, un terrón de azúcar húmedo, blanco, entre las yemas sonrosadas. -Era la hora del chartreuse. Se veía en los cristales de la mesa como una -disolución de piedras preciosas, y la luz de los candelabros se -descomponía en las copas medio vacías, donde quedaba algo de la púrpura -del borgoña, del oro hirviente del champaña, de las líquidas esmeraldas -de la menta. - -Se hablaba con el entusiasmo de artistas de buena pasta, tras una buena -comida. Eramos todos artistas, quien más, quien menos; y aun había un -sabio obeso que ostentaba en la albura de una pechera inmaculada, el -gran nudo de una corbata monstruosa. - -Alguien dijo:--¡Ah, sí, Fremiet!--Y de Fremiet, se pasó a sus animales, -a su cincel maestro, a dos perros de bronce que, cerca de nosotros, uno -buscaba la pista de la pieza, y otro, como mirando al cazador, alzaba el -pescuezo y arbolaba la delgadez de su cola tiesa y erecta. ¿Quién habló -de Mirón? El sabio, que recitó en griego el epigrama de Anacreonte: -«Pastor, lleva a pastar más lejos tu boyada, no sea que creyendo que -respira la vaca de Mirón, las quieras llevar contigo». - -Lesbia acabó de chupar su azúcar, y con una carcajada argentina: - ---¡Bah! Para mí los sátiros. Yo quisiera dar vida a mis bronces, y si -esto fuese posible, mi amante sería uno de esos velludos semidioses. Os -advierto que más que a los sátiros adoro a los centauros; y que me -dejaría robar por uno de esos monstruos robustos, sólo por oir las -quejas del engañado, que tocaría su flauta lleno de tristeza. - -El sabio interrumpió: - ---Los sátiros y los faunos, los hipocentauros y las sirenas, han -existido como las salamandras y el ave Fénix. - -Todos reímos; pero entre el coro de carcajadas, se oía irresistible, -encantadora, la de Lesbia, cuyo rostro encendido, de mujer hermosa, -estaba como resplandeciente de placer. - ---Sí--continuó el sabio:--¿con qué derecho negamos los modernos, hechos -que afirman los antiguos? El perro gigantesco que vió Alejandro, alto -como un hombre, es tan real como la araña Kraken que vive en el fondo de -los mares. San Antonio Abad, de edad de noventa años, fué en busca del -viejo ermitaño Pablo, que vivía en una cueva. Lesbia, no te rías. Iba el -santo por el yermo, apoyado en su báculo, sin saber dónde encontrar a -quien buscaba. A mucho andar, ¿sabéis quién le dió las señas del camino -que debía seguir? Un centauro; «medio hombre y medio caballo»--dice un -autor.--Hablaba como enojado; huyó tan velozmente, que pronto le perdió -de vista el santo; así iba galopando el monstruo, cabellos al aire y -vientre a tierra. - -En ese mismo viaje, San Antonio vió un sátiro, «hombrecillo de extraña -figura, estaba junto a un arroyuelo, tenía las narices corvas, frente -áspera y arrugada, y la última parte de su contrahecho cuerpo remataba -con pies de cabra». - ---Ni más ni menos--dijo Lesbia.--¡M. de Cocureau, futuro miembro del -instituto! - -Siguió el sabio: - ---Afirma San Jerónimo que en tiempo de Constantino Magno se condujo a -Alejandría un sátiro vivo, siendo conservado su cuerpo cuando murió. - -Además, vióle el emperador de Antioquía. - -Lesbia había vuelto a llenar su copa de menta, y humedecía su lengua en -el licor verde como lo haría un animal felino. - ---Dice Alberto Magno, que en su tiempo cogieron a dos sátiros en los -montes de Sajonia. Eurico Zormano asegura que en tierras de Tartaria -había hombres con sólo un pie, y sólo un brazo en el pecho. Vicencio vió -en su época un monstruo que trajeron al rey de Francia; tenía cabeza de -perro (Lesbia reía). Los muslos, brazos y manos tan sin vello como los -nuestros (Lesbia se agitaba como una chicuela a quien hiciesen -cosquillas); comía carne cocida y bebía vino con todas ganas. - ---¡Colombine!--gritó Lesbia. Y llegó Colombine; una falderilla que -parecía un copo de algodón. Tomóla su ama, y entre las explosiones de -risa de todos:--¡Toma, el monstruo que tenía tu cara! - -Y le dió un beso en la boca, mientras el animal se estremecía e inflaba -las narices como lleno de voluptuosidad. - ---Y Filegón Traliano--concluyó el sabio elegantemente--afirma la -existencia de dos clases de hipocentauros: una de ellas como elefantes. - ---Basta de sabiduría--dijo Lesbia. Y acabó de beber menta. - ---Yo estaba feliz. No había desplegado mis labios--¡Oh!--exclamé,--¡para -mí las ninfas! Yo desearía contemplar esas desnudeces de los bosques y -de las fuentes, aunque, como Acteón, fuese despedazado por los perros. -¡Pero las ninfas no existen! - -Concluyó aquel concierto alegre con una gran fuga de risas, y de -personas. - ---¡Y qué!--me dijo Lesbia, quemándome con sus ojos de faunesa y con voz -callada para que sólo yo la oyera--, ¡las ninfas existen, tú las verás! - - * * * * * - -Era un día primaveral. Yo vagaba por el parque del castillo, con el aire -de un soñador empedernido. Los gorriones chillaban sobre las lilas -nuevas, y atacaban a los escarabajos que se defendían de los picotazos -con sus corazas de esmeralda, con sus petos de oro y acero. En las rosas -el carmín, el bermellón, la onda penetrante de perfumes dulces; más allá -las violetas, en grandes grupos, con su color apacible y su olor a -virgen. Después, los altos árboles, los ramajes tupidos llenos de mil -abejeos, las estatuas en la penumbra, los discóbolos de bronce, los -gladiadores musculosos en sus soberbias posturas gímnicas, las glorietas -perfumadas cubiertas de enredaderas, los pórticos, bellas imitaciones -jónicas, cariátides todas blancas y lascivas, y vigorosos telamones del -orden atlántico, con anchas espaldas y muslos gigantescos. Vagaba por el -laberinto de tales encantos cuando oí un ruido, allá en lo obscuro de la -arboleda, en el estanque donde hay cisenes blancos como cincelados en -alabastro, y otros que tienen la mitad del cuello del color del ébano, -como una pierna alba con media negra. - -Llegué más cerca. ¿Soñaba? ¡Oh, nunca! Yo sentí lo que tú, cuando viste -en su gruta por primera vez a Egeria. - -Estaba en el centro del estanque, entre la inquietud de los cisnes -espantados, una ninfa, una verdadera ninfa, que hundía su carne de rosa -en el agua cristalina. La cadera a flor de espuma parecía a veces como -dorada por la luz opaca que alcanzaba a llegar por las brechas de las -hojas. ¡Ah! yo ví lirios, rosas, nieve, oro; ví un ideal con vida y -forma y oí entre el burbujeo sonoro de la ninfa herida, como una risa -burlesca y armoniosa que me encendía la sangre. - -De pronto huyó la visión, surgió la ninfa del estanque, semejante a -Citerea en su onda, y recogiendo sus cabellos, que goteaban brillantes, -corrió por los rosales, tras las lilas y violetas, más allá de los -tupidos arbolares, hasta perderse ¡ay!, por un recodo; y quedé yo, poeta -lírico, fauno burlado, viendo a las grandes aves alabastrinas como -mofándose de mí, tendiéndome sus largos cuellos en cuyo extremo brillaba -bruñida el ágata de sus picos. - - * * * * * - -Después almorzábamos juntos aquellos amigos de la noche pasada; entre -todos, triunfante, con su pechera y su gran corbata obscura, el sabio -obeso, futuro miembro del Instituto. - -Y de repente, mientras todos charlaban de la última obra de Fremiet en -el salón, exclamó Lesbia con su alegre voz parisiense: - ---¡Té! como dice Tartarín: ¡el poeta ha visto ninfas...!--La -contemplaron todos asombrados, y ella me miraba, me miraba como una -gata, y se reía, como una chiquilla a quien se le hiciesen cosquillas. - -[Illustration] - -[Illustration: entre el siglo de la lancha y el gran bulto quedó con los -riñones rotos, el espinazo desencajado...] - - - - -EL FARDO - - -Allá lejos, en la línea como trazada con un lápiz azul, que separa las -aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus polvos de oro y sus -torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de hierro cadente. -Ya el muelle fiscal iba quedando en quietud; los guardas pasaban de un -punto a otro, las gorras metidas hasta las cejas, dando aquí y allá sus -vistazos. Inmóvil el enorme brazo de los pescantes, los jornaleros se -encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo del muelle, y el -húmedo viento salado, que sopla de mar afuera a la hora en que la noche -sube, mantenía las lanchas cercanas en un continuo cabeceo. - - * * * * * - -Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el viejo tío Lucas, que -por la mañana se estropeara un pie al subir una barrica a un carretón, -y que, aunque cojín cojeando había trabajado todo el día, estaba sentado -en una piedra, y, con la pipa en la boca, veía triste el mar. - ---¡Eh, tío Lucas! ¿se descansa? - ---Sí, pues, patroncito. - -Y empezó la charla, esa charla agradable y suelta que me place entablar -con los bravos hombres toscos que viven la vida del trabajo -fortificante, la que da la buena salud y la fuerza del músculo, y se -nutre con el grano del poroto y la sangre hirviente de la viña. - -Yo veía con cariño a aquel rudo viejo, y le oía con interés sus -relaciones, así, todas cortadas, todas como de hombre basto, pero de -pecho ingenuo. ¡Ah, conque fué militar! ¡Conque de mozo fué soldado de -Bulnes! ¡Conque todavía tuvo resistencias para ir con su rifle hasta -Miraflores! Y es casado, y tuvo un hijo, y... - -Y aquí el tío Lucas: - ---Sí, patrón, ¡hace dos años que se me murió! - -Aquellos ojos, chicos y relumbrantes bajo las cejas grises y peludas, se -humedecieron entonces. - ---¿Que cómo se murió? En el oficio, por darnos de comer a todos, a mi -mujer, a los chiquitos y a mí, patrón, que entonces me hallaba enfermo. - -Y todo me lo refirió, al comenzar aquella noche, mientras las olas se -cubrían de brumas y la ciudad encendía sus luces; él, en la piedra que -le servía de asiento, después de apagar su negra pipa y de colocársela -en la oreja, y de estirar y cruzar sus piernas flacas y musculosas, -cubiertas por los sucios pantalones arremangados hasta el tobillo. - - * * * * * - -El muchacho era muy honrado y muy de trabajo. Se quiso ponerlo a la -escuela desde grandecito; ¡pero los miserables no deben aprender a leer -cuando se llora de hambre en el cuartucho! - -El tío Lucas era casado, tenía muchos hijos. - -Su mujer llevaba la maldición del vientre de los pobres: la fecundidad. -Había, pues, mucha boca abierta que pedía pan, mucho chico sucio que se -revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que temblaba de frío; era -preciso ir a llevar qué comer, a buscar harapos, y para eso, quedar sin -alientos y trabajar como un buey. - -Cuando el hijo creció ayudó al padre. Un vecino, el herrero, quiso -enseñarle su industria; pero como entonces era tan débil, casi un -armazón de huesos, y en el fuelle tenía que echar el bofe, se puso -enfermo y volvió al conventillo. ¡Ah, estuvo muy enfermo! Pero no murió. -¡No murió! Y eso que vivían en uno de esos hacinamientos humanos, entre -cuatro paredes destartaladas, viejas, feas, en la callejuela inmunda de -las mujeres perdidas, hedionda a todas horas, alumbrada de noche por -escasos faroles, y donde resuenan en perpetua llamada a las zambras de -echacorvería, las arpas y los acordeones, y el ruido de los marineros -que llegan al burdel, desesperados con la castidad de las largas -travesías, a emborracharse como cubas y a gritar y patalear como -condenados. ¡Sí! entre la podredumbre, al estrépito de las fiestas -tunantescas, el chico vivió, y pronto estuvo sano y en pie. - -Luego llegaron sus quince años. - - * * * * * - -El tío Lucas había logrado, tras mil privaciones, comprar una canoa. Se -hizo pescador. - -Al venir el alba, iba con su mocetón al agua, llevando los enseres de la -pesca. El uno remaba, el otro ponía en los anzuelos la carnada. Volvían -a la costa con buena esperanza de vender lo hallado, entre la brisa fría -y las opacidades de la neblina, cantando en baja voz algún «triste» y -enhiesto el remo triunfante que chorreaba espuma. - -Si había buena venta, otra salida por la tarde. - -Una de invierno había temporal. Padre e hijo, en la pequeña embarcación, -sufrían en el mar la locura de la ola y del viento. Difícil era llegar a -tierra. Pesca y todo se fué al agua, y se pensó en librar el pellejo. -Luchaban como desesperados por ganar la playa. Cerca de ella estaban; -pero una racha maldita les empujó contra una roca, y la canoa se hizo -astillas. Ellos salieron sólo magullados, ¡gracias a Dios! como decía -el tío Lucas al narrarlo. Después, ya son ambos lancheros. - -Sí, lancheros; sobre las grandes embarcaciones chatas y negras; -colgándose de la cadena que rechina pendiente como una sierpe de hierro -del macizo pescante que semeja una horca; remando de pie y a compás; -yendo con la lancha del muelle al vapor y del vapor al muelle; gritando, -¡biiooeep! cuando se empujan los pesados bultos para engancharlos en la -uña potente que los levanta balanceándolos como un péndulo, ¡sí! -lancheros; el viejo y el muchacho, el padre y el hijo; ambos a -horcajadas sobre un cajón, ambos forcejeando, ambos ganando su jornal, -para ellos y para sus queridas sanguijuelas del conventillo. - -Íbanse todos los días al trabajo, vestidos de viejo, fajadas las -cinturas con sendas bandas coloradas, y haciendo sonar a una sus zapatos -groseros y pesados que se quitaban al comenzar la tarea, tirándolos a un -rincón de la lancha. - -Empezaba el trajín, el cargar y descargar. El padre era -cuidadoso:--¡Muchacho, que te rompes la cabeza! ¡Que te coge la mano el -chicote! ¡Que vas a perder una canilla!--Y enseñaba, adiestraba, dirigía -al hijo, con su modo, con sus bruscas palabras de obrero viejo y de -padre encariñado. - - * * * * * - -Hasta que un día el tío Lucas no pudo moverse de la cama, porque el -reumatismo le hinchaba las coyunturas y le taladraba los huesos. - -¡Oh! Y había que comprar medicinas y alimentos; eso sí. - ---Hijo, al trabajo, a buscar plata; hoy es sábado. - -Y se fué el hijo, solo, casi corriendo, sin desayunarse, a la faena -diaria. - -Era un bello día de luz clara, de sol de oro. En el muelle rodaban los -carros sobre sus rieles, crujían las poleas, chocaban las cadenas. Era -la gran confusión del trabajo que da vértigo, el son del hierro, -traqueteos por doquiera, y el viento pasando por el bosque de árboles y -jarcias de los navíos en grupo. - -Debajo de uno de los pescantes del muelle estaba el hijo del tío Lucas -con otros lancheros, descargando a toda prisa. Había que vaciar la -lancha repleta de fardos. De tiempo en tiempo bajaba la larga cadena que -remata en un garfio, sonando como una matraca al correr con la roldana; -los mozos amarraban los bultos con una cuerda doblada en dos, los -enganchaban en el garfio, y entonces éstos subían a la manera de un pez -en un anzuelo, o del plomo de una sonda, ya quietos, ya agitándose de un -lado a otro, como un badajo, en el vacío. - -La carga estaba amontonada. La ola movía pausadamente de cuando en -cuando la embarcación colmada de fardos. Estos formaban una a modo de -pirámide en el centro. Había uno muy pesado, muy pesado. Era el más -grande de todos, ancho, gordo y oloroso a brea. Venía en el fondo de la -lancha. Un hombre de pie sobre él, era pequeña figura para el grueso -zócalo. - -Era algo como todos los prosaísmos de la importación, envueltos en lona -y fajados con correas de hierro. Sobre sus costados, en medio de líneas -y de triángulos negros, había letras que miraban como ojos.--Letras en -«diamante»--decía el tío Lucas. Sus cintas de hierro estaban apretadas -con clavos cabezudos y ásperos; y en las entrañas tendría el monstruo, -cuando menos, linones y percales. - - * * * * * - -Sólo él faltaba. - ---¡Se va el bruto!--dijo uno de los lancheros. - ---El Barrigón--agregó otro. - -El hijo del tío Lucas, que estaba ansioso de acabar pronto, se alistaba -para ir a cobrar y desayunarse, anudándose un pañuelo de cuadros al -pescuezo. - -Bajó la cadena danzando en el aire. Se amarró un gran lazo en el fardo, -se probó si estaba bien seguro, y se gritó: ¡Iza! mientras la cadena -tiraba de la masa chirriando y levantándola en vilo. - -Los lancheros, de pie, miraban subir el enorme peso, y se preparaban -para ir a tierra, cuando se vió una cosa horrible. El fardo, el grueso -fardo, se zafó del lazo, como de un collar holgado saca un perro la -cabeza; y cayó sobre el hijo del tío Lucas, que entre el filo de la -lancha y el gran bulto quedó con los riñones rotos, el espinazo -desencajado y echando sangre negra por la boca. - -Aquel día no hubo pan ni medicinas en casa del tío Lucas, sino el -muchacho destrozado, al que se abrazaba llorando el reumático, entre la -gritería de la mujer y de los chicos, cuando llevaban el cadáver al -cementerio. - - * * * * * - -Me despedí del viejo lanchero, y a pasos elásticos dejé el muelle, -tomando el camino de la casa y haciendo filosofía con toda la cachaza de -un poeta, en tanto que una brisa glacial, que venía de mar afuera, -pellizcaba tenazmente las narices y las orejas. - -[Illustration] - -[Illustration: Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en -suerte una cantera, al otro el iris, al otro el ritmo, al otro el cielo -azul.] - - - - -EL VELO DE LA REINA MAB - - -La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por cuatro -coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando sobre un rayo -de sol, se coló por la ventana de una boardilla donde estaban cuatro -hombres flacos, barbudos e impertinentes, lamentándose como unos -desdichados. - -Por aquel tiempo, las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A -unos habían dado las varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas -cajas del comercio; a otros unas espigas maravillosas que al -desgranarlas colmaban las trojes de riqueza; a otros unos cristales que -hacían ver en el riñón de la madre tierra, oro y piedras preciosas; a -quiénes, cabelleras espesas y músculos de Goliat, y mazas enormes para -machacar el hierro encendido; y a quiénes, talones fuertes y piernas -ágiles para montar en las rápidas caballerías que se beben el viento y -que tienden las crines en la carrera. - -Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en suerte una -cantera, al otro el iris, al otro el ritmo, al otro el cielo azul. - - * * * * * - -La reina Mab oyó sus palabras: Decía el primero:--¡Y bien! ¡Heme aquí en -la gran lucha de mis sueños de mármol! Yo he arrancado el bloque y tengo -el cincel. Todos tenéis, unos el oro, otros la armonía, otros la luz; yo -pienso en la blanca y divina Venus, que muestra su desnudez bajo el -plafón color del cielo. Yo quiero dar a la masa la línea y la hermosura -plástica; y que circule por las venas de la estatua una sangre incolora -como la de los dioses. Yo tengo el espíritu de Grecia en el cerebro, y -amo los desnudos en que la ninfa huye y el fauno tiende los brazos. ¡Oh, -Fidias! Tú eres para mí soberbio y augusto como un semidiós, en el -recinto de la eterna belleza, rey ante un ejército de hermosuras que a -tus ojos arrojan el magnífico Kiton, mostrando la esplendidez de la -forma en sus cuerpos de rosa y de nieve. - -Tú golpeas, hieres y domas al mármol, y suena el golpe armónico como en -verso, y te adula la cigarra, amante del sol, oculta entre los pámpanos -de la viña virgen. Para ti son los Apolos rubios y luminosos, las -Minervas severas y soberanas. Tú, como un mago, conviertes la roca en -simulacro y el colmillo del elefante en copa del festín. Y al ver tu -grandeza siento el martirio de mi pequeñez. Porque pasaron los tiempos -gloriosos. Porque tiemblo ante las miradas de hoy. Porque contemplo el -ideal inmenso y las fuerzas exhaustas. Porque a medida que cincelo el -bloque me ataraza el desaliento. - - * * * * * - -Y decía el otro:--Lo que es hoy romperé mis pinceles. ¿Para qué quiero -el iris y esta gran paleta de campo florido, si a la postre mi cuadro no -será admitido en el salón? ¿Qué abordaré? He recorrido todas las -escuelas, todas las inspiraciones artísticas. He pintado el torso de -Diana y el rostro de la Madona. He pedido a las campiñas sus colores, -sus matices; he adulado a la luz como a una amada, y la he abrazado como -a una querida. He sido adorador del desnudo, con sus magnificencias, con -los tonos de sus carnaciones y con sus fugaces medias tintas. He trazado -en mis lienzos los nimbos de los santos y las alas de los querubines. -¡Ah, pero siempre el terrible desencanto! ¡el porvenir! ¡Vender una -Cleopatra en dos pesetas para poder almorzar! - -Y yo, ¡que podría en el estremecimiento de mi inspiración, trazar el -gran cuadro que tengo aquí adentro! - - * * * * * - -Y decía el otro:--Perdida mi alma en la gran ilusión de mis sinfonías, -temo todas las decepciones. Yo escucho todas las armonías, desde la lira -de Terpandro hasta las fantasías orquestales de Wagner. Mis ideales -brillan en medio de mis audacias de inspirado. Yo tengo la percepción -del filósofo que oyó la música de los astros. Todos los ruidos pueden -aprisionarse, todos los ecos son susceptibles de combinaciones. Todo -cabe en la línea de mis escalas cromáticas. - -La luz vibrante es himno, y la melodía de la selva halla un eco en mi -corazón. Desde el ruido de la tempestad hasta el canto del pájaro, todo -se confunde y enlaza en la infinita cadencia. - -Entre tanto, no diviso sino la muchedumbre que befa, y la celda del -manicomio. - - * * * * * - -Y el último:--Todos bebemos del agua clara de la fuente de Jonia. Pero -el ideal flota en el azul; y para que los espíritus gocen de la luz -suprema es preciso que asciendan. Yo tengo el verso que es de miel y el -que es de oro, y el que es de hierro candente. Yo soy el ánfora del -celeste perfume: tengo el amor. Paloma, estrella, nido, lirio, vosotros -conocéis mi morada. Para los vuelos inconmensurables tengo alas de -águila que parten a golpes mágicos el huracán. Y para hallar -consonantes, los busco en dos bocas que se juntan; y estalla el beso, y -escribo la estrofa, y entonces, si véis mi alma, conoceréis a mi musa. -Amo las epopeyas, porque de ellas brota el soplo heroico que agita las -banderas que ondean sobre las lanzas y los penachos que tiemblan sobre -los cascos; los cantos líricos, porque hablan de las diosas y de los -amores; y las églogas, porque son olorosas a verbena y a tomillo, y al -santo aliento del buey coronado de rosas. Yo escribiría algo inmortal; -mas me abruma un porvenir de miseria y de hambre. - - * * * * * - -Entonces la reina Mab, del fondo de su carro hecho de una sola perla, -tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros, o de -miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo de los -sueños, de los dulces sueños, que hacen ver la vida del color de rosa. Y -con él envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes. -Los cuales cesaron de estar tristes, porque penetró en su pecho la -esperanza, y en su cabeza el sol alegre, con el diablillo de la vanidad, -que consuela en sus profundas decepciones a los pobres artistas. - -Y desde entonces, en las boardillas de los brillantes infelices, donde -flota el sueño azul, se piensa en el porvenir como en la aurora, y se -oyen risas que quitan la tristeza, y se bailan extrañas farándulas -alrededor de un blanco Apolo, de un lindo paisaje, de un violín viejo, -de un amarillento manuscrito. - -[Illustration] - -[Illustration: Aquel día, un harapiento, por las trazas un mendigo, tal -vez un peregrino, quizá un poeta...] - - - - -LA CANCIÓN DEL ORO - - -Aquel día, un harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un -peregrino, quizá un poeta, llegó, bajo la sombra de los altos álamos, a -la gran calle de los palacios, donde hay desafíos de soberbia entre el -ónix y el pórfido, el ágata y el mármol; en donde las altas columnas, -los hermosos frisos, las cópulas doradas, reciben la caricia pálida del -sol moribundo. - -Había tras los vidrios de las ventanas, en los vastos edificios de la -riqueza, rostros de mujeres gallardas o de niños encantadores. Tras las -rejas se adivinaban extensos jardines, grandes verdores salpicados de -rosas y ramas que se balanceaban acompasada y blandamente como bajo la -ley de un ritmo. Y allá en los grandes salones, debía de estar el tapiz -purpurado y lleno de oro, la blanca estatua, el bronce chino, el tibor -cubierto de campos azules y de arrozales tupidos, la gran cortina -recogida como una falda, ornada de flores opulentas, donde el ocre -oriental hace vibrar la luz en la seda que resplandece. Luego, las -lunas venecianas, los palisándros y los cedros, los nácares y los -ébanos, y el piano negro y abierto, que ríe mostrando sus teclas como -una linda dentadura; y las arañas cristalinas, donde alzan las velas -profusas la aristocracia de su blanca cera. ¡Oh, y más allá! Más allá el -cuadro valioso, dorado por el tiempo, el retrato que firma Durand o -Bounat, y las preciosas acuarelas en que el tono rosado parece que -emerge de un cielo puro y envuelve en una onda dulce desde el lejano -horizonte hasta la hiedra trémula y humilde. Y más allá... - - * * * * * - -_(Muere la tarde._ - -_Llega a las puertas del palacio un carruaje flamante y charolado. Baja -una pareja y entra con tal soberbia en la mansión, que el mendigo -piensa, decididamente, el aguilucho y su hembra van al nido. El tronco, -ruidoso y azogado, a un golpe de látigo, arrastra el carruaje haciendo -relampaguear las piedras. Noche.)_ - - * * * * * - -Entonces en aquel cerebro de loco, que ocultaba un sombrero raído, brotó -como un germen de una idea que pasó al pecho, y fué opresión, y llegó a -la boca hecho himno que le encendía la lengua y hacía entrechocar los -dientes. Fué la visión de todos los mendigos, de todos los suicidas, de -todos los borrachos, del harapo y de la llaga, de todos los que -viven--¡Dios mío!--en perpetua noche, tanteando la sombra, cayendo al -abismo, por no tener un mendrugo para llenar el estómago. Y después la -turba feliz, el lecho blando, la trufa y el áureo vino que hierve, el -raso y muaré que con su roce ríen; el novio rubio y la novia morena -cubierta de pedrería y blonda; y el gran reloj que la suerte tiene para -medir la vida de los felices opulentos, que, en vez de granos de arena, -deja caer escudos de oro. - - * * * * * - -Aquella especie de poeta sonrió; pero su faz tenía aire dantesco. Sacó -de su bolsillo un pan moreno, comió y dió al viento su himno. Nada más -cruel que aquel canto tras el mordisco. - - * * * * * - -¡Cantemos el oro! - -Cantemos el oro, rey del mundo, que lleva dicha y luz por donde va, como -los fragmentos de un sol despedazado. - -Cantemos el oro, que nace del vientre fecundo de la madre tierra; -inmenso tesoro, leche rubia de esa ubre gigantesca. - -Cantemos el oro, río caudaloso, fuente de la vida, que hace jóvenes y -bellos a los que se bañan en sus corrientes maravillosas, y envejece a -aquellos que no gozan de sus raudales. - -Cantemos el oro, porque de él se hacen las tiaras de los pontífices, las -coronas de los reyes y los cetros imperiales; y porque se derrama por -los mantos como un fuego sólido, e inunda las capas de los arzobispos, y -refulge en los altares y sostiene al Dios eterno en las custodias -radiantes. - -Cantemos el oro, porque podemos ser unos perdidos, y él nos pone -mamparas para cubrir las locuras abyectas de la taberna y las vergüenzas -de las alcobas adúlteras. - -Cantemos el oro, porque al saltar del cuño lleva en su disco el perfil -soberbio de los césares; y va a repletar las cajas de sus vastos -templos, los bancos, y mueve las máquinas, y da la vida, y hace engordar -los tocinos privilegiados. - -Cantemos el oro, porque él da los palacios y los carruajes, los vestidos -a la moda, y los frescos senos de las mujeres garridas; y las -genuflexiones de espinazos aduladores y las muecas de los labios -eternamente sonrientes. - -Cantemos el oro, padre del pan. - -Cantemos el oro, porque es en las orejas de las lindas damas, sostenedor -del rocío del diamante, al extremo de tan sonrosado y bello caracol; -porque en los pechos siente el latido de los corazones, y en las manos a -veces es símbolo de amor y de santa promesa. - -Cantemos el oro, porque tapa las bocas que nos insultan; detiene las -manos que nos amenazan, y pone vendas a los pillos que nos sirven. - -Cantemos el oro, porque su voz es música encantada; porque es heroico y -luce en las corazas de los héroes homéricos, y en las sandalias de las -diosas y en los coturnos trágicos y en las manzanas del Jardín de las -Hespérides. - -Cantemos el oro, porque de él son las cuerdas de las grandes liras, la -cabellera de las más tiernas amadas, los granos de la espiga y el peplo -que al levantarse viste la olímpica aurora. - -Cantemos el oro, premio y gloria del trabajador y pasto del bandido. - -Cantemos el oro, que cruza por el carnaval del mundo, disfrazado de -papel, de plata, de cobre y hasta de plomo. - -Cantemos el oro, amarillo como la muerte. - -Cantemos el oro, calificado de vil por los hambrientos; hermano del -carbón, oro negro que incuba el diamante; rey de la mina, donde el -hombre lucha y la roca se desgarra; poderoso en el poniente, donde se -tiñe en sangre; carne de ídolo, tela de que Fidias hace el traje de -Minerva. - -Cantemos el oro, en el arnés del caballo, en el carro de guerra, en el -puño de la espada, en el lauro que ciñe cabezas luminosas, en la copa -del festín dionisíaco, en el alfiler que hiere el seno de la esclava, en -el rayo del astro y en el champaña que burbujea como una disolución de -topacios hirvientes. - -Cantemos el oro, porque nos hace gentiles, educados y pulcros. - -Cantemos el oro, porque es la piedra de toque de toda amistad. - -Cantemos el oro, purificado por el fuego, como el hombre por el -sufrimiento; mordido por la lima como el hombre por la envidia; golpeado -por el martillo, como el hombre por la necesidad; realzado por el -estuche de seda como el hombre por el palacio de mármol. - -Cantemos el oro, esclavo, despreciado por Jerónimo, arrojado por -Antonio, vilipendiado por Macario, humillado por Hilarión, maldecido por -Pablo el Ermitaño, quien tenía por alcázar una cueva bronca, y por -amigos las estrellas de la noche, los pájaros del alba y las fieras -hirsutas y salvajes del yermo. - -Cantemos el oro, dios becerro, tuétano de roca misterioso y callado en -su entraña, y bullicioso cuando brota a pleno sol y a toda vida, sonante -como un coro de tímpanos; feto de astros, residuo de luz, encarnación de -éter. - -Cantemos el oro, hecho sol, enamorado de la noche, cuya camisa de -crespón riega de estrellas brillantes, después del último beso como con -una gran muchedumbre de libras esterlinas. - -¡Eh, miserables beodos, pobres de solemnidad, prostitutas, mendigos, -vagos, rateros, bandidos, pordioseros peregrinos, y vosotros los -desterrados, y vosotros los holgazanes, y sobre todo, vosotros, oh -poetas! - -¡Unámonos a los felices, a los poderosos, a los banqueros, a los -semidioses de la tierra! - -¡Cantemos el oro! - - * * * * * - -Y el eco se llevó aquel himno, mezcla de gemido, ditirambo y carcajada; -y como ya la noche obscura y fría había entrado, el eco resonaba en las -tinieblas. - -Pasó una vieja y pidió limosna. - -Y aquella especie de harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un -peregrino, quizá un poeta, le dió su último mendrugo de pan petrificado, -y se marchó por la terrible sombra, rezongando entre dientes. - -[Illustration] - -[Illustration:... queriendo huir por el agujero abierto por mi maza de -granito, desnuda y bella, destrozó su cuerpo blanco y suave como de -azahar y mármol y rosa...] - - - - -EL RUBÍ - - -¡Ah! ¡Con que es cierto! ¡Con que ese sabio parisiense ha logrado sacar -del fondo de sus retortas, de sus matraces, la púrpura cristalina de que -están incrustados los muros de mi palacio! Y al decir esto el pequeño -gnomo iba y venía, de un lugar a otro, a cortos saltos, por la honda -cueva que les servía de morada; y hacía temblar su larga barba y el -cascabel de su gorro azul y puntiagudo. - -En efecto, un amigo del centenario Chevreul--cuasi Althotas--el químico -Fremy, acababa de descubrir la manera de hacer rubíes y zafiros. - -Agitado, conmovido, el gnomo--que era sabidor y de genio harto -vivaz--seguía monologando. - ---¡Ah, sabios de la Edad Media! ¡Ah, Alberto el Grande, Averroes, -Raimundo Lulio! ¡Vosotros no pudisteis ver brillar el gran sol de la -piedra filosofal, y he aquí que sin estudiar las fórmulas aristotélicas, -sin saber cábala y nigromancia, llega un hombre del siglo décimonono a -formar a la luz del día lo que nosotros fabricamos en nuestros -subterráneos! ¡Pues el conjuro! fusión por veinte días, de una mezcla de -sílice y de aluminado de plomo; coloración con bicromata de potasa o con -óxido de cobalto. Palabras en verdad que parecen lengua diabólica. - -Risa. - -Luego se detuvo. - - * * * * * - -El cuerpo del delito estaba allí, en el centro de la gruta, sobre una -gran roca de oro; un pequeño rubí, redondo, un tanto reluciente, como un -grano de granada al sol. - -El gnomo tocó un cuerno, el que llevaba a su cintura, y el eco resonó -por las vastas concavidades. Al rato, un bullicio, un tropel, una -algazara. Todos los gnomos habían llegado. - -Era la cueva ancha, y había en ella una claridad extraña y blanca. Era -la claridad de los carbunclos que en el techo de piedra centelleaban, -incrustados, hundidos, apiñados, en focos múltiples; una dulce luz lo -ilumina todo. - -A aquellos resplandores podía verse la maravillosa mansión en todo su -esplendor. En los muros, sobre pedazos de plata y oro, entre venas de -lapizlázuli, formaban caprichosos dibujos, como los arabescos de una -mezquita, gran muchedumbre de piedras preciosas. Los diamantes blancos y -limpios como gotas de agua, emergían los iris de sus cristalizaciones; -cerca de calcedonias colgantes en estalactitas, las esmeraldas esparcían -sus resplandores verdes, y los zafiros, en amontonamientos raros, en -ramilletes que pendían del cuarzo, semejaban grandes flores azules y -temblorosas. - -Los topacios dorados, las amatistas, circundaban en franjas el recinto; -y en el pavimento, cuajado de ópalos, sobre la pulida crisofásia y el -ágata, brotaba de trecho en trecho un hilo de agua que caía con una -dulzura musical, a gotas armónicas, como las de una flauta metálica -soplada muy levemente. - -¡Puck se había entrometido en el asunto, el pícaro Puck! Él había -llevado el cuerpo del delito, el rubí falsificado, el que estaba ahí, -sobre la roca de oro como una profanación entre el centelleo de todo -aquel encanto. - -Cuando los gnomos estuvieron juntos, unos con sus martillos y cortas -hachas en las manos, otros de gala, con caperuzas flamantes y -encarnadas, llenas de pedrería, todos furiosos, Puck dijo así: - ---Me habéis pedido que os trajese una muestra de la nueva falsificación -humana, y he satisfecho esos deseos. - -Los gnomos, sentados a la turca, se tiraban de los bigotes; daban las -gracias a Puck con una pausada inclinación de cabeza, y los más cercanos -a él examinaban con gesto de asombro las lindas alas, semejantes a los -de un hipsipilo. - -Continuó: - ---¡Oh, Tierra! ¡Oh, Mujer! Desde el tiempo en que veía a Titania no he -sido sino un esclavo de la una, un adorador casi místico de la otra. - -Y luego, como si hablase en el placer de un sueño: - ---¡Esos rubíes! En la gran ciudad de París, volando invisible, los vi -por todas partes. Brillaban en los collares de las cortesanas, en las -condecoraciones exóticas de los rastacueros, en los anillos de los -príncipes italianos y en los brazaletes de las primadonas. - -Y con pícara sonrisa siempre: - ---Yo me colé hasta cierto gabinete rosado muy en boga... Había una -hermosa mujer dormida. Del cuello le arranqué un medallón y del medallón -el rubí. Ahí lo tenéis. - -Todos soltaron la carcajada. ¡Qué cascabeleo! - ---¡Eh, amigo Puck! - -¡Y dieron su opinión después, acerca de aquella piedra falsa, obra de -hombre, o de sabio, que es peor! - ---¡Vidrio! - ---¡Maleficio! - ---¡Ponzoña y cábala! - ---¡Química! - ---¡Pretender imitar un fragmento del iris! - ---¡El tesoro rubicundo de lo hondo del globo! - ---¡Hecho de rayos del poniente solidificados! - -El gnomo más viejo, andando con sus piernas torcidas, su gran barba -nevada, su aspecto de patriarca, su cara llena de arrugas: - ---¡Señores!--dijo,--¡no sabéislo que habláis! - -Todos escucharon. - ---Yo, yo que soy el más viejo de vosotros, puesto que apenas sirvo ya -para martillar las facetas de los diamantes; yo, que he visto formarse -estos hondos alcázares que he cincelado los huesos de la tierra, que he -amasado el oro, que he dado un día un puñetazo a un muro de piedra, y -caí a un lago donde violé a una ninfa; yo, el viejo, os referiré cómo se -hizo el rubí. - -Oid. - - * * * * * - -Puck sonreía curioso. Todos los gnomos rodearon al anciano cuyas canas -palidecían a los resplandores de la pedrería, y cuyas manos extendían su -movible sombra en los muros, cubiertos de piedras preciosas, como un -lienzo lleno de miel donde se arrojasen granos de arroz. - ---Un día, nosotros, los escuadrones que tenemos a nuestro cargo las -minas de diamantes, tuvimos una huelga que conmovió toda la tierra, y -salimos en fuga por los cráteres de los volcanes. - -El mundo estaba alegre, todo era vigor y juventud; y las rosas, y las -hojas verdes y frescas, y los pájaros en cuyos buches entra el grano y -brota el gorjeo, y el campo todo, saludaban al sol y a la primavera -fragante. - -Estaba el monte armónico y florido; lleno de trinos y de abejas; era una -grande y santa nupcia la que quebraba la luz, y en el árbol la savia -ardía profundamente, y en el animal todo era estremecimiento o balido de -cántico, y en el gnomo había risa y placer. - -Yo había salido por un cráter apagado. Ante mis ojos había un campo -extenso. De un salto me puse sobre un gran árbol, una encina vieja. -Luego bajé al tronco, y me hallé cerca de un arroyo, un río pequeño y -claro donde las aguas charlaban diciéndose bromas cristalinas. Yo tenía -sed. Quise beber ahí... Ahora, oid mejor. - -Brazos, espaldas, senos desnudos, azucenas, rosas, panecillos de marfil -coronados de cerezas; ecos de risas áureas festivas; y allá entre las -espumas, entre las linfas rotas, bajo las verdes ramas... - ---¿Ninfas? - ---No, mujeres. - - * * * * * - ---Yo sabía cuál era mi gruta. Con dar un golpe en el suelo, abría la -arena negra y llegaba a mi dominio. ¡Vosotros, pobrecillos, gnomos -jóvenes, tenéis mucho que aprender! - -Bajo los retoños de unos helechos nuevos me escurrí sobre unas piedras -deslavadas por la corriente espumosa y parlante; y a ella, a la hermosa, -a la mujer, la así de la cintura, con este brazo antes tan musculoso; -gritó, golpeé el suelo, descendimos. Arriba quedó el asombro, abajo el -gnomo soberbio y vencedor. - -Un día yo martillaba un trozo de diamante inmenso, que brillaba como un -astro y que al golpe de mi maza se hacía pedazos. - -El pavimiento de mi taller se asemejaba a los restos de un sol hecho -trizas. La mujer amada descansaba a un lado, rosa de carne entre -maceteros de zafir, emperatriz del oro, en un lecho de cristal de roca, -toda desnuda y espléndida como una diosa. - -Pero en el fondo de mis dominios, mi reina, mi querida, mi belleza, me -engañaba. Cuando el hombre ama de veras, su pasión lo penetra todo y es -capaz de traspasar la tierra. - -Ella amaba a un hombre, y desde su prisión le enviaba sus suspiros. -Estos pasaban los poros de la corteza terrestre y llegaban a él; y él, -amándola también, besaba las rosas de cierto jardín; y ella, la -enamorada, tenía--yo lo notaba--convulsiones súbitas en que estiraba sus -labios rosados y frescos como pétalos de centifolia. ¿Cómo ambos así se -sentían? Con ser quien soy, no lo sé. - - * * * * * - -Había acabado yo mi trabajo: un gran montón de diamantes hechos en un -día; la tierra abría sus grietas de granito como los labios con sed, -esperando el brillante despedazamiento del rico cristal. Al fin de la -faena, cansado, dí un martillazo que rompió una roca y me dormí. - -Desperté al rato al oir algo como un gemido. - -De su lecho, de su mansión más luminosa y rica que las de todas las -reinas de Oriente, había volado fugitiva, desesperada, la amada mía, la -mujer robada. ¡Ay! y queriendo huir por el agujero abierto por mi maza -de granito, desnuda y bella, destrozó su cuerpo blanco y suave como de -azahar y mármol y rosa, en los filos de los diamantes rotos. Heridos sus -costados, chorreaba la sangre; los quejidos eran conmovedores hasta las -lágrimas. ¡Oh, dolor! - -Yo desperté, la tomé en mis brazos, la dí mis besos más ardientes; mas -la sangre corría inundando el recinto, y la gran masa diamantina se -teñía de grana. Me pareció que sentía, al darla un beso, un perfume -salido de aquella boca encendida: el alma; el cuerpo quedó inerte. - -Cuando el gran patriarca nuestro, el centenario semidiós de las -entrañas terrestres, pasó por allí, encontró aquella muchedumbre de -diamantes rojos. - - * * * * * - -Pausa. - ---¿Habéis comprendido? - -Los gnomos, muy graves, se levantaron. - -Examinaron más de cerca la piedra falsa, hechura del sabio. - ---¡Mirad, no tiene facetas! - ---Brilla pálidamente. - ---¡Impostura! - ---¡Es redonda como la coraza de un escarabajo! - -Y en ronda, uno por aquí, otro por allá, fueron a arrancar de los muros -pedazos de arabesco, rubíes grandes como una naranja, rojos y -chispeantes como un diamante hecho sangre; y decían: - ---He aquí lo nuestro, ¡oh, madre tierra! - -Aquello era una orgía de brillo y de color. - -Y lanzaban al aire las gigantescas piedras luminosas y reían. - -De pronto, con toda la dignidad de un gnomo: - ---¡Y bien! el desprecio. - -Se comprendieron todos. Tomaron el rubí falso, lo despedazaron y -arrojaron los fragmentos--con desdén terrible--a un hoyo que abajo daba -a antiquísima selva carbonizada. - -Después, sobre sus rubíes, sobre sus ópalos, entre aquellas paredes -resplandecientes empezaron a bailar asidos de las manos una farándula -loco y sonora. - -Y celebraron con risas, el verse grandes en la sombra. - - * * * * * - -Ya Puck volaba afuera, en el abejeo del alba recién nacida, camino de -una pradera en flor. Y murmuraba--siempre con su sonrisa -sonrosada:--Tierra... Mujer... - -Porque tú ¡oh, madre Tierra! eres grande, fecunda, de seno inextinguible -y sacro; y de tu vientre moreno brota la savia de los troncos robustos, -y el oro y el agua diamantina, y la casta flor de lis. ¡Lo puro, lo -fuerte, lo infalsificable! ¡Y tú, mujer, eres espíritu y carne, toda -amor! - -[Illustration] - -[Illustration: Berta empezó a entristecerse en tanto que sus ojos -llameantes se rodeaban de ojeras melancólicas.] - - - - -EL PALACIO DEL SOL - - -A vosotras, madres de las muchachas anémicas, va esta historia, la -historia de Berta, la niña de los ojos color de aceituna, fresca como -una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la -princesa de un cuento azul. - -Ya veréis, sanas y respetables señoras, que hay algo mejor que el -arsénico y el hierro para encender la púrpura de las lindas mejillas -virginales; y que es preciso abrir la puerta de su jaula a vuestras -avecitas encantadoras, sobre todo, cuando llega el tiempo de la -primavera y hay ardor en las venas y en las savias, y mil átomos de sol -abejean en los jardines, como un enjambre de oro sobre las rosas -entreabiertas. - -Cumplidos sus quince años, Berta empezó a entristecerse en tanto que sus -ojos llameantes se rodeaban de ojeras melancólicas.--Berta, te he -comprado dos muñecas...--No las quiero, mamá...--He hecho traer los -_Nocturnos_...--Me duelen los dedos, mamá...--Entonces...--Estoy -triste, mamá...--Pues que se llame al doctor. - -Y llegaron las antiparras de arcos de carey, los guantes negros, la -calva ilustre y el cruzado levitón. - -Ello era natural... El desarrollo... la edad... Síntomas claros, falta -de apetito, algo como una opresión en el pecho, tristeza, punzadas a -veces en las sienes, palpitación... Ya sabéis; dad a vuestra niña -glóbulos de ácido arsenioso, luego duchas. El tratamiento... Y empezó a -curar su melancolía, con glóbulos y duchas, al comenzar la primavera, -Berta, la niña de los ojos color de aceituna, que llegó a estar fresca -como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la -princesa de un cuento azul. - - * * * * * - -A pesar de todo, las ojeras persistieron, la tristeza continuó, y Berta, -pálida como un precioso marfil, llegó un día a las puertas de la muerte. - -Todos lloraban por ella en el palacio, y la sana y sentimental mamá hubo -de pensar en las palmas blancas del ataúd de las doncellas. Hasta que -una mañana la lánguida anémica bajó al jardín, sola, y siempre con su -vaga atonía melancólica, a la hora en que el alba ríe. Suspirando erraba -sin rumbo, aquí, allá; y las flores estaban tristes de verla. Se apoyó -en el zócalo de un fauno soberbio y bizarro, que húmedos de rocío sus -cabellos de mármol, bañaba en luz su torso espléndido y desnudo. Vió un -lirio que erguía al azul la pureza de su cáliz blanco, y estiró la mano -para cogerlo. No bien había...--Sí, un cuento de hadas, señoras mías, -pero ya veréis sus aplicaciones en una querida realidad;--no bien había -tocado el cáliz de la flor, cuando de él surgió de súbito un hada, en su -carro áureo y diminuto, vestida de hilos brillantísimos e impalpables, -con su aderezo de rocío, su diadema de perlas y su varita de plata. - -¿Creéis que Berta se amedrantó? Nada de eso. Batió palmas alegre, se -reanimó como por encanto, y dijo al hada:--¿Tú eres la que me quieres -tanto en sueños?--Sube--respondió el hada. Y como si Berta se hubiese -empequeñecido, de tal modo cupo en la concha del carro de oro, que -hubiera estado holgada sobre el ala corva de un cisne a flor de agua. Y -las flores, el fauno orgulloso, la luz del día, vieron cómo en el carro -del hada iba por el viento, plácida y sonriendo al sol, Berta, la niña -de los ojos de color de aceituna, fresca como un alba, gentil como la -princesa de un cuento azul. - - * * * * * - -Cuando Berta, ya alto el divino cochero, subió a los salones por las -gradas del jardín que imitaban esmaragdina, todos, la mamá, la prima, -los criados, pusieron la boca en forma de O. Venía ella saltando como -un pájaro, con el rostro lleno de vida y de púrpura, el seno hermoso y -henchido, recibiendo las caricias de una crencha castaña, libre y al -desgaire, los brazos desnudos hasta el codo, medio mostrando la malla de -sus casi imperceptibles venas azules, los labios entreabiertos por la -sonrisa, como para emitir una canción. - -Todos exclamaron:--¡Aleluya! ¡Gloria! ¡Hosanna al rey de los Esculapios! -¡Fama eterna a los glóbulos de ácido arsenioso y a las duchas -triunfales! Y mientras Berta corrió a su retrete a vestir sus más ricos -brocados, se enviaron presentes al viejo de las antiparras de aros de -carey, de los guantes negros, de la calva ilustre y del cruzado levitón. -Y ahora, oid vosotras, madres de las muchachas anémicas, cómo hay algo -mejor que el arsénico y el hierro para eso de encender la púrpura de las -lindas mejillas virginales. Y sabréis cómo no, no fueron los glóbulos; -no, no fueron las duchas; no, no fué el farmacéutico quien devolvió -salud y vida a Berta, la niña de los ojos de color de aceituna, alegre y -fresca como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil -como la princesa de un cuento azul. - - * * * * * - -Así que Berta se vió en el carro del hada, la preguntó:--¿Y adónde me -llevas?--Al palacio del Sol.--Y desde luego sintió la niña que sus -manos se tornaban ardientes, y que su corazoncito le saltaba como -henchido de sangre impetuosa.--Oye--siguió el hada:--Yo soy la buena -hada de los sueños de las niñas adolescentes: yo soy la que curo a las -cloróticas, con sólo llevarlas en mi carro de oro al palacio del Sol, -adonde vas tú. Cuida de no beber tanto el néctar de la danza, y de no -desvanecerte en las primeras rápidas alegrías. Ya llegamos. Pronto -volverás a tu morada. Un minuto en el palacio del Sol deja en los -cuerpos y en las almas años de fuego, niña mía. - -En verdad, estaba en un lindo palacio encantado, donde parecía sentirse -el sol en el ambiente. ¡Oh, qué luz, qué incendios! sintió Berta que se -le llenaban los pulmones de aire de campo y de mar, y las venas de -fuego; sintió en el cerebro esparcimientos de armonía, y cómo el alma se -le ensanchaba, y cómo se ponía más elástica y tersa su delicada carne de -mujer. Luego oyó sueños reales, y oyó músicas embriagantes. En vastas -galerías deslumbradoras, llenas de claridades y de aromas, de sederías y -de mármoles, vió un torbellino de parejas arrebatadas por las ondas -invisibles y dominantes de un vals. Vió que otras tantas anémicas como -ella, llegaban pálidas y entristecidas, respiraban aquel aire y luego se -arrojaban en brazos de jóvenes vigorosos y esbeltos cuyos bozos de oro y -finos cabellos brillaban a la luz; y danzaban, y danzaban con ellos, en -una ardiente estrechez, oyendo requiebros misteriosos que iban al alma, -respirando de tanto en tanto como hálitos impregnados de vainilla, de -haba de Tonka, de violeta, de canela, hasta que con fiebre, jadeantes, -rendidas, como palomas fatigadas de un largo vuelo, caían sobre cojines -de seda, los senos palpitantes, las gargantas sonrosadas, y así, -soñando, soñando en cosas embriagadoras... ¡Y ella también! cayó al -remolino, al maelstrom atrayente, y bailó, y gritó, pasó entre los -espasmos de un placer agitado; y recordaba entonces que no debía de -embriagarse tanto con el vino de la danza, aunque no cesaba de mirar al -hermoso compañero, con sus grandes ojos de mirada primaveral. Y él la -arrastraba por las vastas galerías, ciñendo su talle y hablándola al -oído en la lengua amorosa y rítmica de los vocablos apacibles, de las -frases irisadas y olorosas, de los períodos cristalinos y orientales. - -Y entonces ella sintió que su cuerpo y su alma se llenaban de sol, de -efluvios poderosos y de vida. ¡No, no esperéis más! - - * * * * * - -El hada la volvió al jardín de su palacio, al jardín donde cortaba -flores envuelta en una oleada de perfumes, que subía místicamente a las -ramas trémulas para flotar como el alma errante de los cálices muertos. - - * * * * * - -¡Madres de las muchachas anémicas! os felicito por la victoria de los -arseniatos e hipofosfitos del señor doctor. Pero en verdad os digo: es -preciso, en provecho de las lindas mejillas virginales, abrir la puerta -de su jaula a vuestras avecitas encantadoras, sobre todo en el tiempo de -primavera, cuando hay ardor en las venas y en las savias, y mil átomos -de sol abejean en los jardines como un enjambre de oro sobre las losas -entreabiertas. Para vuestras cloróticas, el sol en los cuerpos y en las -almas. Sí, al palacio del Sol, de donde vuelven las niñas como Berta, la -de los ojos color de aceituna, frescas como una rama de durazno en flor, -luminosas como un alba, gentiles como la princesa de un cuento azul. - -[Illustration] - -[Illustration: Hoy en plena primavera, dejo abierta la puerta de la -jaula al pájaro azul...] - - - - -EL PÁJARO AZUL - - -París es teatro divertido y terrible. Entre los concurrentes al Cafe -Plombier, buenos y decididos muchachos--pintores, escultores, -escritores, poetas; sí, ¡todos buscando el viejo laurel verde!--ninguno -más querido que aquel pobre Garcín, triste casi siempre, buen bebedor de -ajenjo, soñador que nunca se emborrachaba y, como bohemio intachable, -bravo improvisador. - -En el cuartucho destartalado de nuestras alegres reuniones, guardaba el -yeso de las paredes, entre los esbozos y rasgos de futuros Delacroix, -versos, estrofas enteras escritas en la letra echada y gruesa de nuestro -_pájaro azul_. - -El pájaro azul era el pobre Garcín. ¿No sabéis por qué se llamaba así? -Nosotros le bautizamos con ese nombre. - -Ello no fué un simple capricho. Aquel excelente muchacho tenía el vino -triste. Cuando le preguntábamos por qué, cuando todos reíamos como -insensatos o como chicuelos, él arrugaba el ceño y miraba fijamente el -cielo raso, y nos respondía sonriendo con cierta amargura: - ---Camaradas: habéis de saber que tengo un pájaro azul en el cerebro; por -consiguiente... - - * * * * * - -Sucedió también que gustaba de ir a las campiñas nuevas, al entrar la -primavera. El aire del bosque hacía bien a sus pulmones, según nos decía -el poeta. - -De sus excursiones solía traer ramos de violetas y gruesos cuadernillos -de madrigales, escritos al ruido de las hojas y bajo el ancho cielo sin -nubes. Las violetas eran para Niní, su vecina, una muchacha fresca y -rosada, que tenía los ojos muy azules. - -Los versos eran para nosotros. Nosotros los leíamos y los aplaudíamos. -Todos teníamos una alabanza para Garcín. Era un ingenio que debía -brillar. El tiempo vendría. ¡Oh, el pájaro azul volaría muy alto! -¡Bravo! ¡bien! ¡Eh, mozo, más ajenjo! - - * * * * * - -Principios de Garcín: - -De las flores, las lindas campánulas. - -Entre las piedras preciosas, el zafiro. - -De las inmensidades, el cielo y el amor; es decir, las pupilas de Niní. - -Y repetía el poeta: Creo que siempre es preferible la neurosis a la -estupidez. - - * * * * * - -A veces Garcín estaba más triste que de costumbre. - -Andaba por los bulevares; veía pasar indiferente los lujosos carruajes, -los elegantes, las hermosas mujeres. Frente al escaparate de un joyero -sonreía; pero cuando pasaba cerca de un almacén de libros, se llegaba a -las vidrieras, husmeaba y, al ver las lujosas ediciones, se declaraba -decididamente envidioso, arrugaba la frente; para desahogarse, volvía el -rostro hacia el cielo y suspiraba. Corría al café en busca de nosotros, -conmovido, exaltado, pedía su vaso de ajenjo, y nos decía: - ---Sí, dentro de la jaula de mi cerebro, está preso un pájaro azul que -quiere su libertad... - - * * * * * - -Hubo algunos que llegaron a creer en un descalabro de razón. - -Un alienista a quien se le dió noticia de lo que pasaba, calificó el -caso como una monomanía especial. Sus estudios patológicos no dejaban -lugar a duda. - -Decididamente, el desgraciado Garcín estaba loco. - -Un día recibió de su padre, un viejo provinciano de Normandía, -comerciante en trapos, una carta que decía lo siguiente, poco más o -menos: - -«Sé tus locuras en París. Mientras permanezcas de ese modo, no tendrás -de mí un solo _sou_. Ven a llevar los libros de mi almacén, y cuando -hayas quemado, gandul, tus manuscritos de tonterías, tendrás mi dinero.» - -Esta carta se leyó en el Café Plombier. - ---¿Y te irás? - ---¿No te irás? - ---¿Aceptas? - ---¿Desdeñas? - -¡Bravo Garcín! Rompió la carta, y soltando el trapo a la ventana, -improvisó unas cuantas estrofas, que acababan, si mal no recuerdo: - - ¡Sí, seré siempre un gandul, - lo cual aplaudo y celebro, - mientras sea mi cerebro - jaula del pájaro azul! - - * * * * * - -Desde entonces Garcín cambió de carácter. Se volvió charlador, se dió un -baño de alegría, compró levita nueva y comenzó un poema en tercetos, -titulado: _El pájaro azul_. - -Cada noche se leía en nuestra tertulia algo nuevo de la obra. Aquello -era excelente, sublime, disparatado. - -Allí había un cielo muy hermoso, una campiña muy fresca, países brotados -como por la magia del pincel de Corot, rostros de niños asomados entre -flores, los ojos de Niní húmedos y grandes; y por añadidura, el buen -Dios que envía volando, volando, sobre todo aquello un pájaro azul que -sin saber cómo ni cuándo, anida dentro del cerebro del poeta, en donde -queda aprisionado. Cuando el pájaro quiere volar y abre las alas y se da -contra las paredes del cráneo, se alzan los ojos al cielo, se arruga la -frente y se bebe ajenjo con poca agua, fumando además, por remate, un -cigarrillo de papel. - -He aquí el poema. - - * * * * * - -Una noche llegó Garcín riendo mucho, y, sin embargo, muy triste. - -La bella vecina había sido conducida al cementerio. - ---¡Una noticia! ¡una noticia! Canto último de mi poema. Niní ha muerto. -Viene la primavera y Niní se va. Ahorro de violetas para la campiña. -Ahora falta el epílogo del poema. Los editores no se dignan siquiera -leer mis versos. Vosotros muy pronto tendréis que dispersaros. Ley del -tiempo. El epílogo se debe titular así: _De cómo el pájaro azul alza el -vuelo al cielo azul_. - - * * * * * - -¡Plena primavera! ¡Los árboles florecidos, las nubes rosadas en el alba -y pálidas por la tarde; el aire suave que mueve las hojas y hace aletear -las cintas de los sombreros de paja con especial ruido! Garcín no ha ido -al campo. - -Hele aquí, viene con traje nuevo, a nuestro amado Café Plombier, pálido -con una sonrisa triste. - ---¡Amigos míos, un abrazo! Abrazadme todos, así, fuerte; decidme adiós, -con todo el corazón, con toda el alma... El pájaro azul vuela... - -Y el pobre Garcín lloró, nos estrechó, nos apretó las manos con todas -sus fuerzas y se fué. - -Todos dijimos: Garcín, el hijo pródigo, busca a su padre, el viejo -normando.--Musas, adiós; adiós. Gracias. ¡Nuestro poeta se decidió a -medir trapos! ¡Eh! ¡Una copa por Garcín! - -Pálidos, asustados, entristecidos, al día siguiente todos los -parroquianos del Café Plombier, que metíamos tanta bulla en aquel -cuartucho destartalado, nos hallábamos en la habitación de Garcín. Él -estaba en su lecho, sobre las sábanas ensangrentadas, con el cráneo roto -de un balazo. Sobre la almohada había fragmentos de masa cerebral... -¡Horrible! - -Cuando, repuestos de la impresión, pudimos llorar ante el cadáver de -nuestro amigo, encontramos que tenía consigo el famoso poema. En la -última página había escritas estas palabras: - -_Hoy, en plena primavera, dejo abierta la puerta de la jaula al pájaro -azul._ - - * * * * * - -¡Ay, Garcín, cuántos llevan en el cerebro tu misma enfermedad! - -[Illustration] - -[Illustration:--¿...? - -Y estábamos solos, a la luz de una luna argentina, dulce, ¡una bella -luna de aquellas del país de Nicaragua!] - - - - -PALOMAS BLANCAS Y GARZAS MORENAS - - -Mi prima Inés era rubia como una alemana. Fuimos criados juntos, desde -muy niños, en casa de la buena abuelita que nos amaba mucho y nos hacía -vernos como hermanos, vigilándonos cuidadosamente, viendo que no -riñésemos. ¡Adorable, la viejecita, con sus trajes a grandes flores, y -sus cabellos crespos y recogidos, como una vieja marquesa de Bouchez! - - * * * * * - -Inés era un poco mayor que yo. No obstante, yo aprendí a leer antes que -ella; y comprendía--lo recuerdo muy bien--lo que ella recitaba de -memoria, maquinalmente, en una pastorela, donde bailaba y cantaba -delante del niño Jesús, la hermosa María y el señor San José; todo con -el gozo de las sencillas personas mayores de la familia, que reían con -risa de miel, alabando el talento de la actrizuela. - -Inés crecía. Yo también; pero no tanto como ella. Yo debía entrar a un -colegio, en internado terrible y triste, a dedicarme a los áridos -estudios del bachillerato, a comer los platos clásicos de los -estudiantes, a no ver el mundo--¡mi mundo de mozo!--y mi casa, mi -abuela; mi prima, mi gato,--un excelente romano que se restregaba -cariñosamente en mis piernas y me llenaba los trajes negros de pelos -blancos. - -Partí. - -Allá en el colegio mi adolescencia se despertó por completo. Mi voz tomó -timbres aflautados y roncos; llegué al período ridículo del niño que -pasa a joven. Entonces, por un fenómeno especial, en vez de preocuparme -de mi profesor de matemáticas, que no logró nunca hacer que yo -comprendiese el binomio de Newton, pensé--todavía vaga y -misteriosamente--en mi prima Inés. - -Luego tuve revelaciones profundas. Supe muchas cosas. Entre ellas, que -los besos eran un placer exquisito. - -Tiempo. - -Leí _Pablo y Virginia_. Llegó un fin de año escolar y salí en -vacaciones, rápido como una saeta, camino de mi casa. ¡Libertad! - - * * * * * - ---Mi prima--¡pero Dios santo, en tan poco tiempo!--se había hecho una -mujer completa. Yo delante de ella me hallaba como avergonzado, un -tanto serio. Cuando me dirigía la palabra, me ponía a sonreirle con una -sonrisa simple. - -Ya tenía quince años y medio Inés. La cabellera dorada y luminosa al -sol, era un tesoro. Blanca y levemente amapolada, su cara era una -creación murillesca, si se veía de frente. A veces, contemplando su -perfil, pensaba en una soberbia medalla siracusana, en un rostro de -princesa. El traje, corto antes, había descendido. El seno, firme y -esponjado, era un ensueño oculto y supremo; la voz clara y vibrante, las -pupilas azules, inefables la boca llena de fragancia de vida y de color -de púrpura. ¡Sana y virginal primavera! - -La abuelita me recibió con los brazos abiertos. Inés se negó a -abrazarme, me tendió la mano. Después no me atreví a invitarla a los -juegos de antes. Me sentía tímido. ¡Y qué! ella debía sentir algo de lo -que yo. - -¡Yo amaba a mi prima! - -Inés, los domingos iba con la abuela a misa, muy de mañana. - -Mi dormitorio estaba vecino al de ella. Cuando cantaban los campanarios -su sonora llamada matinal, ya estaba yo despierto. - -Oía, oreja atenta, el ruido de las ropas. Por la puerta entreabierta -veía salir la pareja que hablaba en voz alta. Cerca de mí pasaba el -frufú de las polleras antiguas de mi abuela y del traje de Inés, -coqueto, ajustado, para mí siempre revelador. - -¡Oh, Eros! - - * * * * * - ---Inés... - ---¿...? - -Y estábamos solos, a la luz de una luna argentina, dulce, ¡una bella -luna de aquellas del país de Nicaragua! - -La dije todo lo que sentía, suplicante, balbuciente, echando las -palabras, ya rápidas, ya contenidas, febril y temeroso. Sí, se lo dije -todo; las agitaciones sordas y extrañas que en mí experimentaba cerca de -ella, el amor, el ansia, los tristes insomnios del deseo, mis ideas -fijas en ella allá en mis meditaciones del colegio; y repetía como una -oración sagrada la gran palabra: amor. ¡Oh, ella debía recibir gozosa mi -adoración! Creceríamos más. Seríamos marido y mujer... - -Esperé. - -La pálida claridad celeste nos iluminaba. El ambiente nos llevaba -perfumes tibios que a mí se me imaginaban propicios para los fogosos -amores. ¡Cabellos aúreos, ojos paradisíacos, labios encendidos y -entreabiertos! - -De repente, y con un mohín: - ---¡Ve! la tontería... - -Y corrió como una gata alegre adonde se hallaba la buena abuela, rezando -a las calladas sus rosarios y responsos. - -Con risa descocada de educanda maliciosa, con aire de locuela: - ---¡Eh, abuelita, ya me dijo...! - -¡Ellas, pues, sabían que yo «debía decir...»! - -Con su reir interrumpía el rezo de la anciana que se quedó pensativa -acariciando las cuentas de su camándula. ¡Y yo que todo lo veía a la -husma, de lejos, lloraba, sí, lloraba lágrimas amargas, las primeras de -mis desengaños de hombres! - - * * * * * - -Los cambios fisiológicos que en mi se sucedían y las agitaciones de mi -espíritu, me conmovían hondamente. ¡Dios mío! Soñador, un pequeño poeta -como me creía, al comenzarme el bozo, sentía llenos de ilusiones la -cabeza, de versos los labios, y mi alma y mi cuerpo de púber tenían sed -de amor. ¿Cuándo llegaría el momento soberano en que alumbraría una -celeste mirada el fondo de mi ser, y aquel en que se rasgaría el velo -del enigma atrayente? - -Un día, a pleno sol, Inés estaba en el jardín regando trigo, entre los -arbustos y las flores, a las que llamaba sus amigas: unas palomas albas, -arrulladoras, con sus buches níveos y amorosamente musicales. Llevaba -un traje--siempre que con ella he soñado la he visto con el mismo--gris, -azulado, de anchas mangas, que dejaban ver casi por entero los satinados -brazos alabastrinos; los cabellos los tenía recogidos y húmedos, y el -vello alborotado de su nuca blanca y rosa, era para mí como luz crespa. -Las aves andaban a su alrededor, e imprimían en el suelo obscuro la -estrella carminada de sus patas. - -Hacía calor. Yo estaba oculto tras los ramajes de unos jazmineros. La -devoraba con los ojos. ¡Por fin se acercó por mi escondite, la prima -gentil! Me vió trémulo, enrojecida la faz, en mis ojos una llama viva y -rara y acariciante, y se puso a reir cruelmente, terriblemente. ¡Y bien! -¡Oh, aquello no era posible! me lancé con rapidez frente a ella. Audaz, -formidable debía de estar, cuando ella retrocedió como asustada un paso. - ---¡Te amo! - -Entonces tornó a reir. Una paloma voló a uno de sus brazos. Ella la mimó -dándole granos de trigo entre las perlas de su boca fresca y sensual. Me -acerqué más. Mi rostro estaba junto al suyo. Los cándidos animales nos -rodeaban. Me turbaba el cerebro una onda invisible y fuerte de aroma -femenil. ¡Se me antojaba Inés una paloma hermosa y humana, blanca y -sublime; y al propio tiempo llena de fuego, de ardor, un tesoro de -dichas! No dije más. La tomé la cabeza y la dí un beso en una mejilla, -un beso rápido, quemante de pasión furiosa. Ella, un tanto enojada, -salió en fuga. Las palomas se asustaron y alzaron el vuelo formando un -opaco ruido de alas sobre los arbustos temblorosos. Yo, abrumado, quedé -inmóvil. - - * * * * * - -Al poco tiempo partía a otra ciudad. La paloma blanca y rubia no había -¡ay! mostrado a mis ojos el soñado paraíso del misterioso deleite. - - * * * * * - -¡Musa ardiente y sacra para mi alma, el día había de llegar! Elena, la -graciosa, la alegre, ella fué el nuevo amor. ¡Bendita sea aquella boca, -que murmuró por primera vez cerca de mí las inefables palabras! - -Era allá, en una ciudad que está a la orilla de un lago de mi tierra, un -lago encantador, lleno de islas floridas, con pájaros de colores. - -Los dos solos estábamos cogidos de las manos, sentados en el viejo -muelle, debajo del cual el agua glauca y obscura chapoteaba -musicalmente. Había un crepúsculo acariciador, de aquellos que son la -delicia de los enamorados tropicales. En el cielo opalino se veía una -diafanidad apacible que disminuía hasta cambiarse en tonos de violeta -obscuro, por la parte del oriente, y aumentaba convirtiéndose en oro -sonrosado en el horizonte profundo, donde vibraban oblicuos, rojos y -desfallecientes los últimos rayos solares. Arrastrada por el deseo, me -miraba la adorada mía y nuestros ojos se decían cosas ardorosas y -extrañas. En el fondo de nuestras almas cantaban un unísono embriagador -como dos invisibles y divinas filomelas. - -Yo, extasiado, veía a la mujer tierna y ardiente; con su cabellera -castaña que acariciaba con mis manos, su rostro color de canela y rosa, -su boca cleopatrina, su cuerpo gallardo y virginal; y oía su voz queda, -muy queda, que me decía frases cariñosas, tan bajo, como que sólo eran -para mí, temerosa quizá de que se las llevase el viento vespertino. Fija -en mí, me inundaban de felicidad sus ojos de Minerva, ojos verdes, ojos -que deben siempre gustar a los poetas. Luego erraban nuestras miradas -por el lago, todavía lleno de vaga claridad. Cerca de la orilla se -detuvo un gran grupo de garzas. Garzas blancas, garzas morenas, de esas -que cuando el día calienta, llegan a las riberas a espantar a los -cocodrilos, que con las anchas mandíbulas abiertas beben sol sobre las -rocas negras. ¡Bellas garzas! Algunas ocultaban los largos cuellos en la -onda, o abajo el ala, y semejaban grandes manchas de flores vivas y -sonrosadas, móviles y apacibles. A veces una, sobre una pata, se alisaba -con el pico las plumas, o permanecía inmóvil, escultural y -hieráticamente, o varias daban un corto vuelo, formando en el fondo de -la ribera llena de verde, o en el cielo, caprichosos dibujos, como las -bandadas de grullas de un parasol chino. - -Me imaginaba junto a mi amada, que de aquel país de la altura, me -traerían las garzas muchos versos desconocidos y soñadores. Las garzas -blancas las encontraba más puras y más voluptuosas, con la pureza de la -paloma y la voluptuosidad del cisne; garridas, con sus cuellos reales, -parecidos a los de las damas inglesas que junto a los pajecillos rizados -se ven en aquel cuadro en que Shakespeare recita en la corte de Londres. -Sus alas, delicadas y albas, hacen pensar en desfallecientes sueños -nupciales; todas--bien dice un poeta--como cinceladas en jaspe. - -¡Ah, pero las otras tenían algo de más encantador para mí! Mi Elena se -me antojaba como semejante a ellas, con su color de canela y de rosa, -gallarda y gentil. - -Ya el sol desaperecía arrastrando toda su púrpura opulenta de rey -oriental. Yo había halagado a la amada tiernamente con mis juramentos y -frases melifluas y cálidas, y juntos seguíamos en un lánguido dúo de -pasión inmensa. Habíamos sido hasta ahí dos amantes soñadores, -consagrados místicamente uno a otro. - -De pronto, y como atraídos por una fuerza secreta, en un momento -inexplicable, nos besamos la boca, todos trémulos, con un beso para mí -sacratísimo y supremo: el primer beso recibido de labios de mujer. ¡Oh, -Salomón, bíblico y real poeta, tú lo dijiste como nadie: _¡Mel et lac -sub lingua tua!_ - - * * * * * - -¡Ah, mi adorable, mi bella, mi querida garza morena! Tú tienes en los -recuerdos que en mi alma forman lo más alto y sublime, una luz inmortal. - -Porque tú me revelaste el secreto de las delicias divinas en el inefable -primer instante de amor. - -[Illustration] - - - - -[Illustration: EN CHILE] - - - - -I - -EN BUSCA DE CUADROS - - -Sin pinceles, sin paleta, sin papel, sin lápiz, Ricardo, poeta lírico -incorregible, huyendo de las agitaciones y turbulencias, de las máquinas -y de los fardos, del ruido monótono de los tranvías y el chocar de los -caballos con su repiqueteo de caracoles sobre las piedras; del tropel de -los comerciantes; del grito de los vendedores de diarios; del incesante -bullicio e inacabable hervor de este puerto; en busca de impresiones y -de cuadros, subió al cerro Alegre, que, gallardo como una gran roca -florecida, luce sus flancos verdes, sus montículos coronados de casas -risueñas escalonadas en la altura, rodeadas de jardines, con ondeantes -cortinas de enredaderas, jaulas de pájaros, jarros de flores, rejas -vistosas y niños rubios de caras angélicas. - -Abajo estaban las techumbres del Valparaíso que hace transacciones, que -anda a pie como una ráfaga, que puebla los almacenes e invade los -bancos, que viste por la mañana terno crema o plomizo, a cuadros, con -sombreros de paño, y por la noche bulle en la calle del Cabo con -lustroso sombrero de copa, abrigo al brazo y guantes amarillos, viendo a -la luz que brota de las vidrieras los lindos rostros de las mujeres que -pasan. - -Mas allá, el mar, acerado, brumoso, los barcos en grupo, el horizonte -azul y lejano. Arriba, entre opacidades, el sol. Donde estaba el soñador -empedernido, casi casi en lo más alto del cerro, apenas si se sentían -los estremecimientos de abajo. Erraba él a lo largo del camino de -Cintura, e iba pensando en idilios, con toda la augusta desfachatez de -un poeta que fuera millonario. - -Había allí aire fresco para sus pulmones, casas sobre cumbres, como -nidos al viento, donde bien podía darse el gusto de colocar parejas -enamoradas, y tenía además el inmenso espacio azul, del cual--él lo -sabía perfectamente--los que hacen los salmos y los himnos pueden -disponer como les venga en antojo. - -De pronto escuchó:--«¡Mary! ¡Mary!». Y él, que andaba a caza de -impresiones y en busca de cuadros, volvió la vista. - - - - -II - -ACUARELA - - -Había cerca un bello jardín, con más rosas que azaleas y más violetas -que rosas. Un bello y pequeño jardín con jarrones, pero sin estatuas; -con una pila blanca, pero sin surtidores, cerca de una casita como hecha -para un cuento dulce y feliz. - -En la pila un cisne chapuzaba revolviendo el agua, sacudiendo las alas -de un blancor de nieve, enarcando el cuello en la forma del brazo de una -lira ó del asa de una ánfora, y moviendo el pico húmedo y con tal lustre -como si fuese labrado en una ágata de color de rosa. - -En la puerta de la casa, como extraída de una novela de Dickens, estaba -una de esas viejas inglesas, únicas, solas, clásicas, con la cofia -encintada, los anteojos sobre la nariz, el cuerpo encorvado, las -mejillas arrugadas; mas con color de manzana madura y salud rica. Sobre -la saya obscura, el delantal. - -Llamaba: - ---¡Mary! - -El poeta vió llegar una joven de un rincón del jardín, hermosa, -triunfal, sonriente; y no quiso tener tiempo sino para meditar en que -son adorables los cabellos dorados cuando flotan sobre las nucas -marmóreas y en que hay rostros que valen bien por un alba. - -Luego todo era delicioso. Aquellos quince años entre las rosas--; quince -años, sí, los estaban pregonando unas pupilas serenas de niña, un seno -apenas erguido, una frescura primaveral, y una falda hasta el tobillo, -que dejaba ver el comienzo turbador de una media de color de carne--; -aquellos rosales temblorosos que hacían ondular sus arcos verdes; -aquellos durazneros con sus ramilletes alegres donde se detenían al paso -las mariposas errantes llenas de polvo de oro, y las libélulas de alas -cristalinas e irisadas; aquel cisne en la ancha taza, esponjado el -alabastro de sus plumas, y zambulléndose entre espumajeos y burbujas, -con voluptuosidad, en la transparencia del agua; la casita limpia, -pintada, apacible, de donde emergía como una onda de felicidad; y en la -puerta la anciana, un invierno, en medio de toda aquella vida, cerca de -Mary, una virginidad en flor. - -Ricardo, poeta lírico que andaba a caza de cuadros, estaba allí con la -satisfacción de un goloso que paladea cosas exquisitas. - -Y la anciana y la joven: - ---¿Qué traes? - ---Flores. - -Mostraba Mary su falda llena como de iris hechos trizas, que revolvía -con una de sus manos gráciles de ninfa, mientras sonriendo su linda boca -purpurada, sus ojos abiertos en redondo dejaban ver un color de -lapizlázuli y una humedad radiosa. El poeta siguió adelante. - - - - -III - -PAISAJE - - -A poco andar se detuvo. - -El sol había roto el velo opaco de las nubes y bañaba de claridad áurea -y perlada un recodo del camino. Allí unos cuantos sauces inclinaban sus -cabelleras verdes hasta rozar el césped. En el fondo se divisaban altos -barrancos y en ellos tierra negra, tierra roja, pedruscos brillantes -como vidrios. Bajo los sauces agobiados ramoneaban sacudiendo sus testas -filosóficas--¡oh, gran maestro Hugo!--unos asnos; y cerca de ellos un -buey gordo, con sus grandes ojos melancólicos y pensativos donde ruedan -miradas y ternuras de éxtasis supremos y desconocidos, mascaba -despacioso y con cierta pereza la pastura. Sobre todo flotaba un vaho -cálido, y el grato olor campestre de las yerbas chafadas. Veíase en lo -profundo un trozo de azul. Un huaso robusto, uno de esos fuertes -campesinos, toscos hércules que detienen un toro, apareció de pronto en -lo más alto de los barrancos. Tenía tras de sí el vasto cielo. Las -piernas, todas músculos, las llevaba desnudas. En uno de sus brazos -traía una cuerda gruesa y arrollada. Sobre su cabeza, como un gorro de -nutria, sus cabellos enmarañados, tupidos, salvajes. - -Llegóse al buey en seguida y le echó el lazo a los cuernos. Cerca de él, -un perro con la lengua fuera acezando, movía el rabo y daba brincos. - - - - -IV - -AGUA FUERTE - - -De una casa cercana salía un ruido metálico y acompasado. - -En un recinto estrecho, entre paredes llenas de hollín, negras, muy -negras, trabajaban unos hombres en la forja. Uno movía el fuelle que -resoplaba, haciendo crepitar el carbón, lanzando torbellinos de chispas -y llamas como lenguas pálidas, áureas, azulejas, resplandecientes. Al -brillo del fuego en que se enrojecían largas barras de hierro, se -miraban los rostros de los obreros con un reflejo trémulo. Tres yunques -ensamblados en toscas armazones resistían el batir de los machos que -aplastaban el metal candente, haciendo saltar una lluvia enrojecida. Los -forjadores vestían camisas de lana de cuellos abiertos, y largos -delantales de cuero. Alcanzábaseles a ver el pescuezo gordo y el -principio del pecho velludo; y salían de las mangas holgadas los brazos -gigantescos, donde, como en los de Amico, parecían los músculos -redondos piedras de las que deslavan y pulen los torrentes. En aquella -negrura de caverna, al resplandor de las llamaradas, tenían tallas de -cíclopes. A un lado, una ventanilla dejaba pasar apenas un haz de rayos -de sol. A la entrada de la forja, como en un marco obscuro, una muchacha -blanca comía uvas. Y sobre aquel fondo de hollín y de carbón, sus -hombros delicados y tersos que estaban desnudos, hacían resaltar su -bello color de lis, con un casi imperceptible tono dorado. - - - - -V - -LA VIRGEN DE LA PALOMA - - -Anduvo, anduvo. - -Volvía ya a su morada. Dirigíase al ascensor cuando oyó una risa -infantil, armónica, y él, poeta incorregible, buscó los labios de donde -brotaba aquella risa. - -Bajo un cortinaje de madreselvas, entre plantas olorosas y maceteros -floridos, estaba una mujer pálida, augusta, madre, con un niño tierno y -risueño. Sosteníale en uno de sus brazos, el otro lo tenía en alto, y en -la mano una paloma, una de esas palomas albísimas que arrullan a sus -pichones de alas tornasoladas, inflando el buche como un seno de virgen, -y abriendo el pico de donde brota la dulce música de su caricia. - -La madre mostraba al niño la paloma, y el niño en su afán de cogerla, -abría los ojos, estiraba los bracitos, reía gozoso; y su rostro al sol -tenía como un nimbo; y la madre con la tierna beatitud de sus miradas, -con su esbeltez solemne y gentil, con la aurora en las pupilas y la -bendición y el beso en los labios, era como una azucena sagrada, como -una María llena de gracia, irradiando la luz de un candor inefable. El -niño Jesús, real como un Dios infante, precioso como un querubín -paradisíaco, quería asir aquella paloma blanca, bajo la cúpula inmensa -del cielo azul. - -Ricardo descendió, y tomó el camino de su casa. - - - - -VI - -LA CABEZA - - -Por la noche, soñando aún en sus oídos la música del Odeón y los -parlamentos de Astol; de vuelta de las calles donde escuchara el ruido -de los coches y la triste melopea de los «tortilleros», aquel soñador se -encontraba en su mesa de trabajo, donde las cuartillas inmaculadas -estaban esperando las silvas y los sonetos de costumbre, a las mujeres -de los ojos ardientes. - -¡Qué silvas! ¡Qué sonetos! La cabeza del poeta lírico era una orgía de -colores y de sonidos. Resonaban en las concavidades de aquel cerebro -martilleos de cíclope, himnos al son de tímpanos sonoros, fanfarrias -bárbaras, risas cristalinas, gorjeos de pájaros, batir de alas y -estallar de besos, todo como en ritmos locos y revueltos. Y los colores -agrupados, estaban como pétalos de capullos distintos confundidos en una -bandeja, o como la endiablada mezcla de tintas que llena la paleta de un -pintor... - - - - -VII - -ACUARELA - - -Primavera. Ya las azucenas floridas y llenas de miel han abierto sus -cálices pálidos bajo el oro del sol. Ya los gorriones tornasolados, esos -amantes acariciadores, adulan a las rosas frescas, esas opulentas y -purpuradas emperatrices; ya el jazmín, flor sencilla, tachona los -tupidos ramajes como una blanca estrella sobre un cielo verde. Ya las -damas elegantes visten sus trajes claros, dando al olvido las pieles y -los abrigos invernales. - -Y mientras el sol se pone, sonrosando las nieves con una claridad suave, -junto a los árboles de la Alameda que lucen sus cumbres -resplandecientes, su esbeltez solemne y sus hojas nuevas, en un polvo de -luz, bulle un enjambre humano, en un ruido de música, cuchicheos vagos -y palabras fugaces. - -He aquí el cuadro. En primer término está la negrura de los coches que -esplende y quiebra los últimos reflejos solares; los caballos orgullosos -con el brillo de sus arneses, con sus cuellos estirados e inmóviles de -brutos heráldicos; los cocheros taciturnos, en su quietud de diferentes, -luciendo sobre las largas libreas los botones metálicos flamantes; y en -el fondo de los carruajes, reclinadas como odaliscas, erguidas como -reinas, las mujeres rubias de los ojos soñadores, las que tienen -cabelleras negras y rostros pálidos, las rosadas adolescentes que ríen -con alegría de pájaro primaveral; bellezas lánguidas, hermosuras -audaces, castos lirios albos y tentaciones ardientes. - -En esa portezuela está un rostro apareciendo de modo que semeja el de un -querubín; por aquélla ha salido una mano enguantada que se dijera de -niño, y es de morena tal que llama los corazones; más allá se alcanza a -ver un pie de Cenicienta con zapatito obscuro y media lila, y acullá, -gentil con sus gestos de diosa, bella con su color de marfil amapolado, -su cuello real y la corona de su cabellera, está la Venus de Milo, no -manca, sino con dos brazos, gruesos como los músculos de un querubín de -Murillo, y vestida a la última moda de París. - -Más allá está el oleaje de los que van y vienen: parejas de enamorados, -hermanos y hermanas, grupos de caballeritos irreprochables: todo en la -confusión, de los rostros, de las miradas, de los colorines, de los -vestidos, de las capotas, resaltando a veces en el fondo negro y -aceitoso de los elegantes sombreros de copa, una cara blanca de mujer, -un sombrero de paja adornado de colorines, de cintas o de plumas, o el -inflado globo rojo, de goma, que pendiente de un hilo lleva un niño -risueño, de medias azules, zapatos charolados y holgado cuello a la -marinera. - -En el fondo, los palacios elevan al azul la soberbia de sus fachadas, en -las que los álamos erguidos rayan columnas hojosas entre el abejeo -trémulo y desfalleciente de la tarde fugitiva. - - - - -VIII - -UN RETRATO DE WATEU - - -Estáis en los misterios de un tocador. Estáis viendo ese brazo de ninfa, -esas manos diminutas que empolvan el haz de rizos rubios de la cabellera -espléndida. La araña de luces opacas derrama la languidez de su -girándula por todo el recinto. Y he aquí que al volverse ese rostro, -soñamos en los buenos tiempos pasados. Una marquesa contemporánea de la -dama de Maintenón, solitaria en su gabinete, da las últimas manos a su -tocado. - -Todo está correcto; los cabellos que tienen todo el Oriente en sus -hebeas, empolvados y crespos; el cuello del corpiño, ancho y en forma de -corazón hasta dejar ver el principio del seno firme y pulido; las mangas -abiertas que muestran blancuras incitantes, el tallo ceñido que se -balancea, y el rico faldellín de largos vuelos, y el pie pequeño en el -zapato de tacones rojos. - -Mirad las pupilas azules y húmedas, la boca de dibujo maravilloso, con -una sonrisa enigmática de esfinge, quizá un recuerdo del amor galante, -del madrigal recitado junto al tapiz de figuras pastoriles o -mitológicas, o del beso a furto, tras la estatua de algún silvano, en la -penumbra. - -Vése la dama de pies a cabeza, entre dos grandes espejos; calcula el -efecto de la mirada, del andar, de la sonrisa, del vello casi impalpable -que agitara el viento de la danza en su nuca fragante y sonrosada. Y -piensa, y suspira; y flota aquel suspiro en ese aire impregnado de aroma -femenino que hay en un tocador de mujer. - -Entre tanto, la contempla con sus ojos de mármol una Diana que se alza -irresistible y desnuda sobre su plinto; y le ríe con audacia un sátiro -de bronce que sostiene entre los pámpanos de su cabeza un candelabro; y -en el ansa de un jarrón de Rouen lleno de agua perfumada, le tiende los -brazos y los pechos una sirena con la cola corva y brillante de escamas -argentinas, mientras en el plafón en forma de óvalo, va por el fondo -inmenso y azulado sobre el lomo de un toro robusto y divino, la bella -Europa, entre los delfines áureos y tritones corpulentos, que sobre el -vasto ruido de las ondas hacen vibrar el ronco estrépito de sus -resonantes caracoles. - -La hermosa está satisfecha; ya pone perlas en la garganta y calza las -manos en seda; ya rápida se dirige a la puerta donde el carruaje espera -y el tronco piafa. Y hela ahí, vanidosa y gentil, a esa aristocrática -santiaguesa, que se dirige a un baile de fantasía de manera que el gran -Watteau le dedicaría sus pinceles. - - - - -IX - -NATURALEZA MUERTA - - -He visto ayer por una ventana un tiesto lleno de lilas y de rosas -pálidas, sobre un trípode. Por fondo tenía uno de esos cortinajes -amarillos y opulentos, que hacen pensar en los mantos de los príncipes -orientales. Las lilas recién cortadas resaltaban con su lindo color -apacible, junto a los pétalos esponjados de las rosas té. - -Junto al tiesto, en una copa de laca ornada con ibis de oro incrustados, -incitaban a la gula manzanas frescas, medio coloradas, con la pelusilla -de la fruta nueva y la sabrosa carne hinchada que toca el deseo; pero -doradas y apetitosas, que daban indicios de ser todas jugo y como -esperando el cuchillo de plata que debía rebanar la pulpa almibarada; y -un ramillete de uvas negras, hasta con el polvillo ceniciento de los -racimos acabados de arrancar de la viña. - -Acerquéme, vilo de cerca todo. Las lilas y las rosas eran de cera, las -manzanas y las peras de mármol pintado y las uvas de cristal. - - - - -X - -AL CARBÓN - - -Vibraba el órgano con sus voces trémulas, vibraba acompañando la -antífona, llenando la nave con su armonía gloriosa. Los cirios ardían -goteando sus lágrimas de cera entre la nube de incienso que inundaba los -ámbitos del templo con su aroma sagrado; y allá en el altar, el -sacerdote, todo resplandeciente de oro, alzaba la custodia cubierta de -pedrería, bendiciendo a la muchedumbre arrodillada. - -De pronto, volví la vista cerca de mí, al lado de un ángulo de sombra. -Había una mujer que oraba. Vestida de negro, envuelta en un manto, su -rostro se destacaba severo, sublime, teniendo por fondo la vaga -obscuridad de un confesonario. Era una bella faz de ángel, con la -plegaria en los ojos y en los labios. Había en su frente una palidez de -flor de lis, y en la negrura de su manto resaltaban juntas, pequeñas, -las manos blancas y adorables. Las luces se iban extinguiendo, y a cada -momento aumentaba lo obscuro del fondo, y entonces por un ofuscamiento -me parecía ver aquella faz iluminarse con una luz blanca misteriosa, -como la que debe de haber en la región de los coros prosternados y de -los querubines ardientes; luz alba, polvo de nieve, claridad celeste, -onda santa que baña los ramos de lirio de bienaventurados. - -Y aquel pálido rostro de virgen, envuelta ella en el manto y en la -noche, en aquel rincón de sombra, habría sido un tema admirable para un -estudio al carbón. - - - - -XI - -PAISAJE - - -Hay allá, en las orillas de la laguna de la Quinta, un sauce melancólico -que moja de continuo su cabellera verde en el agua que refleja el cielo -y los ramajes, como si tuviese en su fondo un país encantado. - -Al viejo sauce llegan aparejados los pájaros y los amantes. Allí es -donde escuché una tarde--cuando del sol quedaba apenas en el cielo un -tinte violeta que se esfumaba por ondas, y sobre el gran Andes nevado -un decreciente color de rosa que era como tímida caricia de la luz -enamorada--, un rumor de besos cerca del tronco agobiado y un aleteo en -la cumbre. - -Estaban los dos, la amada y el amado, en un banco rústico, bajo el toldo -del sauce. Al frente se extendía la laguna tranquila, con su puente -enarcado y los árboles temblorosos de la ribera; y más allá se alzaba -entre el verdor de las hojas, la fachada del palacio de la Exposición, -con sus cóndores de bronce en actitud de volar. - -La dama era hermosa; él un gentil muchacho, que le acariciaba con los -dedos y los labios los cabellos negros y las manos gráciles de ninfa. - -Y sobre las dos almas ardientes y sobre los dos cuerpos juntos, -cuchicheaban en lengua rítmica y alada las dos aves. Y arriba el cielo -con su inmensidad y con su fiesta de nubes, plumas de oro, alas de -fuego, vellones de púrpura, fondos azules flordelisados de ópalo, -derramaba la magnificencia de su pompa, la soberbia de su grandeza -augusta. - -Bajo las aguas se agitaban, como en un remolino de sangre viva, los -peces veloces de aletas doradas. - -Al resplandor crepuscular, todo el paisaje se veía como envuelto en una -polvareda de sol tamizado, y eran el alma del cuadro aquellos dos -amantes: él moreno, gallardo, vigoroso, con una barba fina y sedosa, de -esas que gustan de tocar las mujeres; ella rubia--¡un verso de -Gœth!--vestida con un traje gris, lustroso, y en el pecho una rosa -fresca, como su boca roja que pedía el beso. - - - - -XII - -EL IDEAL - - -Y luego, una torre de marfil, una flor mística, una estrella a quien -enamorar... Pasó, la ví como quien viera un alba, huyente, rápida, -implacable. - -Era una estatua antigua como un alma que se asomaba a los ojos, ojos -angelicales, todos ternura, todos cielo azul, todos enigma. - -Sintió que la besaba con mis miradas y me castigó con la majestad de su -belleza, y me vió como una reina y como una paloma. Pero pasó -arrebatadora, triunfante, como una visión que deslumbra. Y yo, el pobre -pintor de la Naturaleza y de Psyquis, hacedor de ritmos y de castillos -aéreos, ví el vestido luminoso de la hada, la estrella de su diadema, y -pensé en la promesa ansiada del amor hermoso. Mas de aquel rayo supremo -y fatal, sólo quedó en el fondo de mi cerebro un rostro de mujer, un -sueño azul. - -[Illustration: En un extremo del taller, formó un gabinete minúsculo, -con biombos cubiertos de arrozales y de grullas.] - - - - -LA MUERTE DE LA EMPERATRIZ DE LA CHINA - - -Delicada y fina como una joya humana, vivía aquella muchachita de carne -rosada, en la pequeña casa que tenía un saloncito con los tapices de -color azul desfalleciente. Era su estuche. - -¿Quién era el dueño de aquel delicioso pájaro alegre, de ojos negros y -boca roja? ¿Para quién cantaba su canción divina, cuando la señorita -Primavera mostraba en el triunfo del sol su bello rostro riente, y abría -las flores del campo, y alborotaba la nidada? Suzette se llamaba la -avecita que había puesto en jaula de seda, peluches y encajes, un -soñador artista cazador, que la había cazado una mañana de Mayo en que -había mucha luz en el aire y muchas rosas abiertas. - -Recaredo--¡capricho paternal! ¡él no tenía la culpa de llamarse -Recaredo!--se había casado hacía año y medio.--¿Me amas?--Te amo. ¿Y -tú?--Con toda el alma. - -Hermoso el día dorado, después de lo del cura. Habían ido luego al campo -nuevo; a gozar libres del gozo del amor. Murmuraban allá en sus -ventanas de hojas verdes, las campanillas y las violetas silvestres que -olían cerca del riachuelo, cuando pasaban los dos amantes, el brazo de -él en la cintura de ella, el brazo de ella en la cintura de él, los -rojos labios en flor dejando escapar los besos. Después, fué la vuelta a -la gran ciudad, al nido lleno de perfume, de juventud y de calor -dichoso. - -¿Dije ya que Recaredo era escultor? Pues, si no lo he dicho, sabedlo. - - * * * * * - -Era escultor. En la pequeña casa tenía su taller, con profusión de -mármoles, yesos, bronces y terracotas. A veces, los que pasaban oían a -través de las rejas y persianas una voz que cantaba y un martilleo -vibrante y metálico. Suzette, Recaredo; la boca que emergía el cántico, -y el golpe del cincel. - -Luego el incesante idilio nupcial. En puntillas, llegar donde él -trabajaba, e inundándole de cabellos la nuca, besarle rápidamente. -Quieto, quietecito, llegar donde ella duerme en su _chaise-longue_, los -piececitos calzados y con medias negras, uno sobre otro, el libro -abierto sobre el regazo, medio dormida; y allí el beso es en los labios, -beso que sorbe el aliento y hace que se abran los ojos, inefablemente -luminosos. Y a todo esto, las carcajadas del mirlo, un mirlo enjaulado -que cuando Suzette toca de Chopin, se pone triste y no canta. ¡Las -carcajadas del mirlo! No era poca cosa.--¿Me quieres?--¿No lo -sabes?--¿Me amas?--¡Te adoro! Ya estaba el animalucho echando toda la -risa del pico. Se le sacaba de la jaula, revolaba por el saloncito -azulado, se detenía en la cabeza de un Apolo de yeso, o en la frámea de -un viejo germano de bronce obscuro. Tiiiiiirit... rrrrrrtch fiii... -¡Vaya que a veces era mal criado e insolente en su algarabía! Pero era -lindo sobre la mano de Suzette que le mimaba, le apretaba el pico entre -sus dientes hasta hacerlo desesperar, y le decía a veces con una voz -severa que temblaba de terneza: ¡Señor Mirlo, es usted un picarón! - -Cuando los dos amados estaban juntos, se arreglaban uno a otro el -cabello. «Canta», decía él. Y ella cantaba lentamente; y aunque no eran -sino pobres muchachos enamorados, se veían hermosos, gloriosos y reales; -él la miraba como a una Elsa y ella le miraba como a un Lohengrin. -Porque el Amor, ¡oh jóvenes llenos de sangre y de sueños!, pone un azul -de cristal ante los ojos, y da las infinitas alegrías. - -¡Cómo se amaban! Él la contemplaba sobre las estrellas de Dios; su amor -recorría toda la escala de la pasión, y era ya contenido, ya tempestuoso -en su querer, a veces casi místico. En ocasiones dijérase aquel artista -un teósofo que veía en la amada mujer algo supremo y extra-humano, como -la Ayesha de Rider Hagard; la aspiraba como una flor, le sonreía como a -un astro y se sentía soberbiamente vencedor al estrechar contra su pecho -aquella adorable cabeza, que cuando estaba pensativa y quieta, era -comparable al perfil hierático de la medalla de una emperatriz -bizantina. - - * * * * * - -Recaredo amaba su arte. Tenía la pasión de la forma; hacía brotar del -mármol gallardas diosas desnudas de ojos blancos, serenos y sin pupilas; -su taller estaba poblado de un pueblo de estatuas silenciosas, animales -de metal, gárgolas terroríficas, grifos de largas colas vegetales, -creaciones góticas quizá inspiradas por el ocultismo. ¡Y sobre todo, la -gran afición! japonerías y chinerías. Recaredo era en esto un original. -No sé qué habría dado por hablar chino o japonés. Conocía los mejores -álbumes; había leído buenos exotistas, adoraba a Loti y a Judith -Gautier, y hacía sacrificios por adquirir trabajos legítimos, de -Yokoama, de Nagasaki, de Kioto o de Nankin o Pekín: los cuchillos, las -pipas, las máscaras feas y misteriosas como las caras de los sueños -hípnicos, los mandarinitos enanos con panzas de cucurbitáceos y ojos -circunflejos, los monstruos de grandes bocas de batracios, abiertas y -dentadas y diminutos soldados de Tartaria, con faces foscas. - ---¡Oh--le decía Suzette:--aborrezco tu casa de brujo, ese terrible -taller, arca extraña que te roba a mis caricias! Él sonreía, dejaba su -lugar de labor, su templo de raras chucherías y corría al pequeño salón -azul, a ver y mimar su gracioso dije vivo, y oir cantar y reir al loco -mirlo jovial. - -Aquella mañana, cuando entró, vió que estaba su dulce Suzette, -soñolienta y tendida, cerca de un tazón de rosas que sostenía un -trípode. ¿Era la Bella del bosque durmiente? Medio dormida, el delicado -cuerpo modelado bajo una bata blanca, la cabellera castaña apelotonada -sobre uno de los hombros, toda ella exhalando un suave olor femenino, -era como una deliciosa figura de los amables cuentos que empiezan: «Este -era un rey...» - -La despertó: - ---¡Suzette; mi bella! - -Traía la cara alegre; le brillaban los ojos negros bajo su fez rojo de -labor; llevaba una carta en la mano. - ---Carta de Robert, Suzette. ¡El bribonazo está en China! «Hong Kong, 18 -de Enero...» - -Suzette, un tanto amodorrada, se había sentado y le había quitado el -papel. ¡Conque aquel andariego había llegado tan lejos! «Hong Kon», 18 -de Enero...» Era gracioso. ¡Un excelente muchacho el tal Robert, con la -manía de viajar! Llegaría al fin del mundo. ¡Robert, un grande amigo! Se -veían como de la familia. Había partido hacía dos años para San -Francisco de California. ¡Habríase visto loco igual! - -Comenzó a leer. - - * * * * * - -«Hong Kong, 18 de Enero de 1888. - -«Mi buen Recaredo: - - «Vine y vi. No he vencido aún. - - «En San Francisco supe vuestro matrimonio y me alegré. Di un salto - y caí en la China. He venido como agente de una casa californiana, - importadora de sedas, lacas, marfiles y demás chinerías. Junto con - esta carta debes recibir un regalo mío que, dada tu afición por las - cosas de este país amarillo, te llegará de perlas. Ponme a los pies - de Suzette, y conserva el obsequio en memoria de tu - -_Robert_.» - - - -Ni más, ni menos. Ambos soltaron la carcajada. El mirlo a su vez hizo -estallar la jaula en una explosión de gritos musicales. - -La caja había llegado, una caja de regular tamaño, llena de marchamos, -de números y de letras negras que decían y daban a entender que el -contenido era muy frágil. Cuando la caja se abrió apareció el misterio. -Era un fino busto de porcelana, un admirable busto de mujer sonriente, -pálido y encantador. En la base tenía tres inscripciones, una en -caracteres chinescos, otra en inglés y otra en francés: _La emperatriz -de la China_, ¡La emperatriz de la China! ¿Qué manos de artista asiático -habían modelado aquellas formas atrayentes de misterio? Era una -cabellera recogida y apretada, una faz enigmática, ojos bajos y -extraños, de princesa celeste, sonrisa de esfinge, cuello erguido sobre -los hombros columbinos, cubiertos por una honda de seda bordada de -dragones, todo dando magia a la porcelana blanca, con tonos de cera, -inmaculada y cándida. ¡La emperatriz de la China! Suzette pasaba sus -dedos de rosa sobre los ojos de aquella graciosa soberana, un tanto -inclinados, con sus curvos epicantus bajo los puros y nobles arcos de -las cejas. Estaba contenta. Y Recaredo sentía orgullo de poseer su -porcelana.--Le haría un gabinete especial, para que viviese y reinase -sola, como en el Louvre la Venus de Milo, triunfadora, cobijada -imperialmente por el plafón de su recinto sagrado. - -Así lo hizo. En un extremo del taller, formó un gabinete minúsculo, con -biombos cubiertos de arrozales y de grullas. Predominaba la nota -amarilla. Toda la gama, oro, fuego, ocre de oriente, hoja de otoño, -hasta el pálido que agoniza fundido en la blancura. En el centro, sobre -un pedestal dorado y negro, se alzaba riendo la exótica imperial. -Alrededor de ella había colocado Recaredo todas sus japonerías y -curiosidades chinas. La cubría un gran quitasol nipón, pintado de -camelias y de anchas rosas sangrientas. Era cosa de risa, cuando el -artista soñador, después de dejar la pipa y los cinceles, llegaba frente -a la emperatriz, con las manos cruzadas sobre el pecho, a hacer zalemas. -Una, dos, diez, veinte veces la visitaba. Era una pasión. En un plato de -laca yokoamesa le ponía flores frescas todos los días. Tenía en -momentos, verdaderos arrobos delante del busto asiático que le conmovía -en su deleitable e inmóvil majestad. Estudiaba sus menores detalles, el -caracol de la oreja, el arco del labio, la nariz pulida, el epicantus -del párpado. ¡Un ídolo, la famosa emperatriz! Suzette le llamaba de -lejos:--¡Recaredo! - ---¡Voy!--Y seguía en la contemplación de su obra de arte. Hasta que -Suzette llegaba a llevárselo a rastras y a besos. - -Un día, las flores del plato de laca desaparecieron como por encanto. - ---¿Quién ha quitado las flores?--gritó el artista desde el taller. - ---Yo--dijo una voz vibradora. - -Era Suzette que entreabría una cortina, toda sonrosada y haciendo -relampaguear sus ojos negros. - - * * * * * - -Allá en lo hondo de su cerebro se decía el señor Recaredo, artista -escultor:--¿Qué tendrá mi mujercita? No comía casi. Aquellos buenos -libros desflorados por su espátula de marfil, estaban en el pequeño -estante negro, con sus hojas cerradas sufriendo la nostalgia de las -blandas manos de rosa, y del tibio regazo perfumado. El señor Recaredo -la veía triste. ¿Qué tendrá mi mujercita? En la mesa no quería comer. -Estaba seria: ¡qué seria! La miraba a veces con el rabo del ojo, y el -marido veía aquellas pupilas obscuras, húmedas, como si quisieran -llorar. Y ella al responder, hablaba como los niños a quienes se ha -negado un dulce. ¿Qué tendrá mi mujercita? ¡Nada! Aquel «nada» lo decía -ella con voz de queja, y entre sílaba y sílaba había lágrimas. - -¡Oh, señor Recaredo! lo que tiene vuestra mujercita es que sois un -hombre abominable. ¿No habéis notado que desde que esa buena de la -emperatriz de la China ha llegado a vuestra casa, el saloncito azul se -ha entristecido, y el mirlo no canta ni ríe con su risa perlada? Suzette -despierta a Chopin, y lentamente, hace brotar la melodía enferma y -melancólica del negro piano sonoro. ¡Tiene celos, señor Recaredo! Tiene -el mal de los celos, ahogador y quemante, como una serpiente encendida -que aprieta el alma. ¡Celos! Quizá él lo comprendía, porque una tarde -dijo a la muchachita de su corazón estas palabras, frente a frente, a -través del humo de una taza de café:--Eres demasiado injusta. ¿Acaso no -te amo con toda mi alma; acaso no sabes leer en mis ojos lo que hay -dentro de mi corazón? - -Suzette rompió a llorar. ¡Que la amaba! No, ya no la amaba. Habían huído -las buenas y radiantes horas, y los besos que chasqueaban también eran -idos, como pájaros en fuga. Ya no la quería. Y a ella, a la que él veía -su religión, su delicia, su sueño, su rey, a ella, a Suzette, la había -dejado por la otra. - -¡La otra! Recaredo dió un salto. Estaba engañada. ¿Lo diría por la rubia -Eulogia, a quien en un tiempo había dirigido madrigales? - -Ella movió la cabeza:--No. ¿Por la ricachona Gabriela, de largos -cabellos negros, blanca como un alabastro y cuyo busto había hecho? ¿O -por aquella Luisa, la danzarina, que tenía una cintura de avispa, un -seno de buena nodriza y unos ojos incendiarios? ¿O por la viudita -Andrea, que al reir sacaba la punta de la lengua, roja y felina, entre -sus dientes brillantes y amarfilados? - -No, no era ninguna de esas. Recaredo se quedó con gran asombro.--Mira, -chiquilla, dime la verdad. ¿Quién es ella? Sabes cuánto te adoro, mi -Elsa, mi Julieta, amor mío... - -Temblaba tanta verdad de amor en aquellas palabras entrecortadas y -trémulas, que Suzette, con los ojos enrojecidos, secos ya de lágrimas, -se levantó irguiendo su linda cabeza heráldica. - ---¿Me amas? - ---¡Bien lo sabes! - ---Deja, pues, que me vengue de mi rival. Ella o yo, escoge. Si es cierto -que me adoras, ¿querrás permitir que la aparte para siempre de tu -camino, que quede yo sola, confiada en tu pasión? - ---Sea--dijo Recaredo--. Y viendo irse a su avecita celosa y terca, -prosiguió sorbiendo el café, tan negro como la tinta. - -No había tomado tres sorbos, cuando oyó un gran ruido de fracaso en el -recinto de su taller. - -Fué: ¿Qué miraron sus ojos? El busto había desaparecido del pedestal de -negro y oro, y entre minúsculos mandarines caídos y descolgados -abanicos, se veían por el suelo pedazos de porcelana que crujían bajo -los pequeños zapatos de Suzette, quien toda encendida y con el cabello -suelto, aguardando los besos, decía entre carcajadas argentinas al -maridito asustado:--Estoy vengada. ¡Ha muerto ya para ti la emperatriz -de la China! - -Y cuando comenzó la ardiente reconciliación de los labios, en el -saloncito azul, todo lleno de regocijo, el mirlo, en su jaula, se moría -de risa. - -[Illustration: ¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus -labios luminosos!] - - - - -A UNA ESTRELLA - -(ROMANZA EN PROSA) - - -¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus labios luminosos! - -¡Yo soy el enamorado estático que soñando mi sueño de amor, estoy de -rodillas, con los ojos fijos en tu inefable claridad, estrella mía, que -estás tan lejos! ¡Oh, cómo ardo en celos, cómo tiembla mi alma cuando -pienso que tú, cándida hija de la Aurora, puedes fijar tus miradas en el -hermoso Príncipe Sol que viene de Oriente, gallardo y bello en su carro -de oro, celeste flechero triunfador, de coraza adamantina, que trae a la -espalda el carcaj brillante lleno de flechas de fuego! Pero no, tú me -has sonreído bajo tu palio, y tu sonrisa era dulce como la esperanza. -¡Cuántas veces mi espíritu quiso volar hacia ti y quedó desalentado! -¡Está tan lejano tu alcázar! He cantado en mis sonetos y en mis -madrigales tu místico florecimiento, tus cabellos de luz, tu alba -vestidura. Te he visto como una pálida Beatriz del firmamento, lírica y -amorosa en tu sublime resplandor. ¡Princesa del divino imperio azul, -quién besara tus labios luminosos! - - * * * * * - -Recuerdo aquella negra noche ¡oh genio Desaliento! en que visitaste mi -cuarto de trabajo para darme tortura, para dejarme casi desolado el -pobre jardín de mi ilusión, donde me segaste tantos frescos ideales en -flor. Tu voz me sonó a hierro y te escuché temblando, porque tu palabra -era cortante y fría y caía como un hacha. Me hablaste del camino de la -Gloria, donde hay que andar descalzo sobre cambroneras y abrojos; y -desnudo, bajo una eterna granizada; y a obscuras, cerca de hondos -abismos, llenos de sombra como la muerte. Me hablaste del vergel Amor, -donde es casi imposible cortar una rosa sin morir, porque es rara la -flor en que no anida un áspid. Y me dijiste de la terrible y muda -esfinge de bronce que está a la entrada de la tumba. Y yo estaba -espantado, porque la gloria me había atraído, con su hermosa palma en la -mano, y el Amor me llenaba con su embriaguez, y la vida era para mí -encantadora y alegre como la ven las flores y los pájaros. Y ya presa de -mi desesperanza, esclavo tuyo, obscuro genio Desaliento, huí de mi -triste lugar de labor--donde entre una corte de bardos antiguos y de -poetas modernos, resplandecía el dios Hugo, en la edición de Hetzel--y -busqué el aire libre bajo el cielo de la noche. Entonces fué, adorable y -blanca princesa, cuando tuviste compasión de aquel pobre poeta, y le -miraste con tu mirada inefable y le sonreiste, y de tu sonrisa emergía -el divino verso de la esperanza! ¡Estrella mía que estás tan lejos, -quién besara tus labios luminosos! - - * * * * * - -Quería contarte un poema sideral que tú pudieras oir, quería ser tu -amante ruiseñor, y darte mi apasionado ritornelo, mi etérea y rubia -soñadora. Y así desde la tierra donde caminamos sobre el limo, enviarte -mi ofrenda de armonía a tu región en que deslumbra la apoteosis y reina -sin cesar el prodigio. - -Tu diadema asombra a los astros y tu luz hace cantar a los poetas, perla -en el Océano infinito, flor de lis del oriflama inmenso del gran Dios. - -Te he visto una noche aparecer en el horizonte sobre el mar, y el -gigantesco viejo, ebrio de sal, te saludó con las salvas de sus olas -sonantes y roncas. Tú caminabas con un manto tenue y dorado; tus -reflejos alegraban las vastas aguas palpitantes. - -Otra vez era en una selva obscura, donde poblaban el aire los grillos -monótonos, con las notas chillonas de sus nocturnos y rudos violines. A -través de un ramaje te contemplé en tu deleitable serenidad, y vi sobre -los árboles negros, trémulos hilos de luz como si hubiesen caído de la -altura, hebras de tu cabellera. Princesa del divino imperio azul, ¡quién -besara tus labios luminosos! - - * * * * * - -Te canta y vuela a ti la alondra matinal en el alba de la primavera, en -que el viento lleva vibraciones de liras eólicas, y el eco de los -tímpanos de plata que suenan los silfos. Desde tu región derrama las -perlas armónicas y cristalinas de su buche, que caen y se juntan a la -universal y grandiosa sinfonía que llena la despierta tierra. - -¡Y en esa hora pienso en ti, porque es la hora de supremas citas en el -profundo cielo y de ocultos y ardorosos oarystis en los tibios parajes -del bosque donde florece el citiso que alegra la égogla! ¡Estrella mía, -que estás tan lejos, quién besara tus labios luminosos! - - - - -[Illustration: EL AÑO LÍRICO] - - - - -PRIMAVERAL - - - Mes de rosas. Van mis rimas - en ronda, a la vasta selva, - a recoger miel y aromas - en las flores entreabiertas. - Amada, ven. El gran bosque - es nuestro templo; allí ondea - y flota un santo perfume - de amor. El pájaro vuela - de un árbol a otro y saluda - tu frente rosada y bella - como a un alba; y las encinas - robustas, altas, soberbias, - cuando tú pasas agitan - sus hojas verdes y trémulas, - y enarcan sus ramas como - para que pase una reina. - ¡Oh, amada mía! Es el dulce - tiempo de la primavera. - - * * * * * - - Mira: en tus ojos los míos: - da al viento la cabellera, - y que bañe el sol ese aro - de luz salvaje y espléndida. - Dame que aprieten mis manos - las tuyas de rosa y seda, - y ríe, y muestren tus labios - su púrpura húmeda y fresca. - Yo voy a decirte rimas, - tú vas a escuchar risueña; - si acaso algún ruiseñor - viniese a posarse cerca - y a contar alguna historia - de ninfa, rosas o estrellas, - tú no oirás notas ni trinos, - sino enamorada y regia, - escucharás mis canciones - fija en mis labios que tiemblan. - ¡Oh, amada mía! Es el dulce - tiempo de la primavera. - - * * * * * - - Allá hay una clara fuente - que brota de una caverna, - donde se bañan desnudas - las blancas ninfas que juegan. - Ríen al son de la espuma, - hienden la linfa serena; - entre polvo cristalino - esponjan sus cabelleras; - y saben himnos de amores - en hermosa lengua griega, - que en glorioso tiempo antiguo - Pan inventó en las florestas. - Amada, pondré en mis rimas - la palabra más soberbia - de las frases de los versos - de los himnos de esa lengua; - y te diré esa palabra - empapada en miel hiblea... - ¡oh, amada mía! en el dulce - tiempo de la primavera. - - * * * * * - - Van en sus grupos vibrantes - revolando las abejas - como un áureo torbellino - que la blanca luz alegra; - y sobre el agua sonora - pasan radiantes, ligeras, - con sus alas cristalinas - las irisadas libélulas. - Oye: canta la cigarra - porque ama al sol, que en la selva - su polvo de oro tamiza, - entre las hojas espesas. - Su aliento nos da en un soplo - fecundo la madre tierra, - con el alma de los cálices - y el aroma de las yerbas. - - * * * * * - - ¿Ves aquel nido? Hay un ave. - Son dos: el macho y la hembra. - Ella tiene el buche blanco, - él tiene las plumas negras. - En la garganta el gorjeo, - las alas blancas y trémulas; - y los picos que se chocan - como labios que se besan. - El nido es cántico. El ave - incuba el trino, ¡oh, poetas! - de la lira universal - el ave pulsa una cuerda. - Bendito el calor sagrado - que hizo reventar las yemas, - ¡oh, amada mía, en el dulce - tiempo de la primavera! - - * * * * * - - Mi dulce musa Delicia - me trajo un ánfora griega - cincelada en alabastro, - de vino de Naxos llena; - y una hermosa copa de oro, - la base henchida de perlas, - para que bebiese el vino - que es propicio a los poetas. - En la ánfora está Diana, - real, orgullosa y esbelta, - con su desnudez divina - y en su actitud cinegética. - Y en la copa luminosa - está Venus Citerea - tendida cerca de Adonis - que sus caricias desdeña. - No quiero el vino de Naxos - ni el ánfora de ansas bellas, - ni la copa donde Cipria - al gallardo Adonis ruega. - Quiero beber del amor - sólo en tu boca bermeja, - ¡oh, amada mía, en el dulce - tiempo de la primavera! - - - - -ESTIVAL - - -I - - La tigre de Bengala, - con su lustrosa piel manchada a trechos, - está alegre y gentil, está de gala. - Salta de los repechos - de un ribazo, al tupido - carrizal de un bambú; luego a la roca - que se yergue a la entrada de su gruta. - Allí lanza un rugido, - se agita como loca - y eriza de placer su piel hirsuta. - - * * * * * - - La fiera virgen ama. - Es el mes del ardor. Parece el suelo - rescoldo; y en el cielo - el sol inmensa llama. - Por el ramaje obscuro - salta huyendo el kanguro. - El boa se infla, duerme, se calienta - a la tórrida lumbre; - el pájaro se sienta - a reposar sobre la verde cumbre. - - * * * * * - - Siéntense vahos de horno; - y la selva indiana - en alas del bochorno, - lanza, bajo el sereno - cielo, un soplo de sí. La tigre ufana - respira a pulmón lleno, - y al verse hermosa, altiva, soberana, - le late el corazón, se le hincha el seno. - - * * * * * - - Contempla su gran zarpa, en ella la uña - de marfil; luego toca - el filo de una roca, - y prueba y lo rasguña. - Mírase luego el flanco - que azota con el rabo puntiagudo - de color negro y blanco, - y móvil y felpudo; - luego el vientre. En seguida - abre las anchas fauces, altanera - como reina que exige vasallaje; - después husmea, busca, va. La fiera - exhala algo a manera - de un suspiro salvaje. - Un rugido callado - escuchó. Con presteza - volvió la vista de uno a otro lado. - Y chispeó su ojo verde y dilatado - cuando miró de un tigre la cabeza - surgir sobre la cima de un collado. - El tigre se acercaba. - - * * * * * - - Era muy bello. - Gigantesca la talla, el pelo fino, - apretado el ijar, robusto el cuello, - era un don Juan felino - en el bosque. Anda a trancos - callados; ve a la tigre inquieta, sola, - y le muestra los blancos - dientes; y luego arbolada - con donaire la cola. - Al caminar se veía - su cuerpo ondear, con garbo y bizarría. - Se miraban los músculos hinchados - debajo de la piel. Y se diría - ser aquella alimaña - un rudo gladiador de la montaña. - Los pelos erizados - del labio relamía. Cuando andaba, - con su peso chafaba - la yerba verde y muelle; - y el ruido de su aliento semejaba - el resollar de un fuelle. - Él es, él es el rey. Cetro de oro - no, sino la ancha garra - que se hinca recia en el testuz del toro - y las carnes desgarra. - La negra águila enorme, de pupilas - de fuego y corvo pico relumbrante, - tiene a Aquilón; las ondas y tranquilas - aguas, el gran caimán; el elefante, - la cañada y la estepa; - la víbora, los juncos por do trepa; - y su caliente nido - del árbol suspendido, - el ave dulce y tierna - que ama la primer luz. - Él la caverna. - - * * * * * - - No envidian al león la crin, ni al potro rudo - el casco, ni al membrudo - hipopótamo el lomo corpulento - quien bajo los ramajes de copudo - baobab, ruge al viento. - - * * * * * - - Así va el orgulloso, llega, halaga; - corresponde la tigre que le espera, - y con caricias las caricias paga - en su salvaje ardor, la carnicera. - - * * * * * - - Después, el misterioso - tacto, las impulsivas - fuerzas que arrastran con poder pasmoso; - y ¡oh gran Pan! el idilio monstruoso - bajo las vastas selvas primitivas. - No el de las musas de las blandas horas - suaves, expresivas, - las rientes auroras - y las azules noches pensativas; - sino el que todo enciende, anima, exalta, - polen, savia, calor, nervio, corteza, - y en torrentes de vida brota y salta - del seno de la gran Naturaleza. - - -II - - El príncipe de Gales va de caza - por bosques y por cerros, - con su gran servidumbre y con sus perros - de la más fina raza. - - * * * * * - - Acallando el tropel de los vasallos, - deteniendo traíllas y caballos, - con la mirada inquieta, - contempla a los dos tigres, de la gruta - a la entrada. Requiere la escopeta, - y avanza, y no se inmuta. - - * * * * * - - Las fieras se acarician. No han oído - tropel de cazadores. - A esos terribles seres, - embriagados de amores, - con cadenas de flores - se les hubiera uncido - a la nevada concha de Citeres - o al carro de Cupido. - - * * * * * - - El príncipe atrevido, - adelanta, se acerca, ya se para; - ya apunta y cierra un ojo; ya dispara; - ya del arma el estruendo - por el espeso bosque ha resonado. - El tigre sale huyendo - y la hembra queda, el vientre desgarrado. - ¡Oh, va a morir!... Pero antes, débil, yerta, - chorreando sangre por la herida abierta, - con ojo dolorido - miró a aquel cazador, lanzó un gemido - como un ¡ay! de mujer... y cayó muerta. - - -III - - Aquel macho que huyó, bravo y zahareño - a los rayos ardientes - del sol, en su cubil después dormía. - Entonces tuvo un sueño - que enterraba las garras y los dientes - en vientres sonrosados - y pechos de mujer; y que engullía - por postres delicados - de comidas y cenas, - como tigre goloso entre golosos, - unas cuantas docenas - de niños tiernos, rubios y sabrosos. - - - - -AUTUMNAL - -_Eros, Vita, Lumen._ - - - En las pálidas tardes - yerran nubes tranquilas - en el azul; en las ardientes manos - se posan las cabezas pensativas. - ¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños! - ¡Ah las tristezas íntimas! - ¡Ah el polvo de oro que en el aire flota, - tras cuyas ondas trémulas se miran - los ojos tiernos y húmedos, - las bocas inundadas de sonrisas, - las crespas cabelleras - y los dedos de rosa que acarician! - - * * * * * - - En las pálidas tardes - me cuenta un hada amiga - las historias secretas - llenas de poesía; - lo que cantan los pájaros, - lo que llevan las brisas, - lo que vaga en las nieblas - lo que sueñan las niñas. - - * * * * * - - Una vez sentí el ansia - de una sed infinita. - Dije al hada amorosa: - --Quiero en el alma mía - tener la inspiración honda, profunda, - inmensa: luz, calor, aroma, vida. - Ella me dijo:--¡Ven! con el acento - con que me hablaría un arpa. En él había - un divino idioma de esperanza. - ¡Oh sed del ideal! - - * * * * * - - Sobre la cima - de un monte, a media noche, - me mostró las estrellas encendidas. - Era un jardín de oro - con pétalos de llamas que titilan. - Exclamé:--Más... - - * * * * * - - La aurora - vino después. La aurora sonreía, - con la luz en la frente, - como la joven tímida - que abre la reja, y la sorprenden luego - ciertas curiosas, mágicas pupilas. - Y dije:--Más...--Sonriendo - la celeste hada amiga - prorrumpió:--¡Y bien! ¡Las flores! - - * * * * * - - Y las flores - estaban frescas, lindas, - empapadas de olor: la rosa virgen, - la blanca margarita, - la azucena gentil y las volúbiles - que cuelgan de la rama estremecida. - Y dije:-Más... - - * * * * * - - El viento - arrastraba rumores, ecos, risas, - murmullos misteriosos, aleteos, - músicas nunca oídas. - «El hada entonces me llevó hasta el velo - que nos cubre las ansias infinitas, - la inspiración profunda - y el alma de las liras. - Y lo rasgó. Y allí todo era aurora.» - En el fondo se veía - un bello rostro de mujer. - - * * * * * - - ¡Oh; nunca, - Piérides, diréis las sacras dichas - que en el alma sintiera! - Con su vaga sonrisa: - --¿Más?...--dijo el hada.--Y yo tenía entonces - clavadas las pupilas - en el azul; y en mis ardientes manos - se posó mi cabeza pensativa... - - - - -INVERNAL - - - Noche. Este viento vagabundo lleva - las alas entumidas - y heladas. El gran Andes - yergue al inmenso azul su blanca cima. - La nieve cae en copos, - sus rosas transparentes cristaliza; - en la ciudad, los delicados hombros - y gargantas se abrigan; - ruedan y van los coches, - suenan alegres pianos, el gas brilla; - y, si no hay un fogón que le caliente, - el que es pobre tirita. - - * * * * * - - Yo estoy con mis radiantes ilusiones - y mis nostalgias íntimas, - junto a la chimenea - bien harta de tizones que crepitan. - Y me pongo a pensar: ¡Oh! ¡si estuviese - ella, la de mis ansias infinitas, - la de mis sueños locos, - y mis azules noches pensativas! - ¿Cómo? Mirad: - De la apacible estancia - en la extensión tranquila - vertía la lámpara reflejos - de luces opalinas. - Dentro, el amor que abrasa; - fuera, la noche fría; - el golpe de la lluvia en los cristales, - y el vendedor que grita - su monótona y triste melopea - a las glaciales brisas. - Dentro, la ronda de mis mil delirios, - las canciones de notas cristalinas, - unas manos que toquen mis cabellos, - un aliento que roce mis mejillas, - un perfume de amor, mil conmociones, - mil ardientes caricias; - ella y yo: los dos juntos, los dos solos - la amada y el amado, ¡oh, Poesía! - los besos de sus labios, - la música triunfante de mis rimas - y en la negra y cercana chimenea - el tuero brillador que estalla en chispas. - - * * * * * - - ¡Oh! ¡bien haya el brasero - lleno de pedrería! - Topacios y carbunclos, - rubíes y amatistas - en la ancha copa etrusca - repleta de ceniza. - Los lechos abrigados, - las almohadas mullidas, - las pieles de Astrakán, los besos cálidos - que dan las bocas húmedas y tibias. - ¡Oh, viejo Invierno, salve! - puesto que traes con las nieves frígidas - el amor embriagante - y el vino del placer en tu mochila. - - * * * * * - - Sí, estaría a mi lado, - dándome sus sonrisas, - ella, la que hace falta a mis estrofas, - esa que mi cerebro se imagina; - la que, si estoy en sueños, - se acerca y me visita; - ella que, hermosa, tiene - una carne ideal, grandes pupilas, - algo del mármol, blanca luz de estrella; - nerviosa sensitiva, - muestra el cuello gentil y delicado - de las Hebes antiguas; - bellos gestos de diosa, - tersos brazos de ninfa, - lustrosa cabellera - en la nuca encrespada y recogida - y ojeras que denuncian - ansias profundas y pasiones vivas. - ¡Ah, por verla encarnada, - por gozar sus caricias, - por sentir en mis labios, - los besos de su amor, diera la vida! - Entre tanto hace frío. - Yo contemplo las llamas que se agitan, - cantando alegres con sus lenguas de oro, - móviles, caprichosas e intranquilas, - en la negra y cercana chimenea - do el tuero brillador estalla en chispas. - - * * * * * - - Luego pienso en el coro - de las alegres liras. - En la copa labrada, el vino negro, - la copa hirviente cuyos bordes brillan - con iris temblorosos y cambiantes - como un collar de prismas; - el vino negro que la sangre enciende, - y pone el corazón con alegría, - y hace escribir a los poetas locos - sonetos áureos y flamantes silvas. - El Invierno es beodo. - Cuando soplan sus brisas, - brotan las viejas cubas - la sangre de las viñas. - Sí, yo pintara su cabeza cana - con corona de pámpanos guarnida. - El invierno es galeoto, - porque en las noches frías - Paolo besa a Francesca - en la boca encendida, - mientras su sangre como fuego corre - y el corazón ardiendo le palpita. - ¡Oh, crudo Invierno, salve! - puesto que traes con las nieves frígidas - el amor embriagante - y el vino del placer en tu mochila. - - * * * * * - - Ardor adolescente, - miradas y caricias; - cómo estaría trémula en mis brazos - la dulce amada mía, - dándome con sus ojos luz sagrada, - con su aroma de flor, savia divina. - En la alcoba la lámpara - derramando sus luces opalinas; - oyéndose tan sólo - suspiros, ecos, risas; - el ruido de los besos; - la música triunfante de mis rimas, - y en la negra y cercana chimenea - el tuero brillador que estalla en chispas. - Dentro, el amor que abrasa; - fuera, la noche fría. - - - - -PENSAMIENTOS DE OTOÑO - -(_De Armand Silvestre._) - - - Huye el año a su término - como arroyo que pasa, - llevando del Poniente - luz fugitiva y pálida. - Y así como el del pájaro - que triste tiende el ala, - el vuelo del recuerdo - que al espacio se lanza - languidece en lo inmenso - del azul por do vaga. - Huye el año a su término - como arroyo que pasa. - - * * * * * - - Un algo de alma aun yerra - por los cálices muertos - de las tardes volúbiles - y los rosales trémulos. - Y de luces lejanas - al hondo firmamento, - en alas del perfume - aun se remonta un sueño. - Un algo de alma aun yerra - por los cálices muertos. - - * * * * * - - Canción de despedida - fingen las fuentes turbias. - Si te place, amor mío, - volvamos a la ruta - que allá en la primavera - ambos, las manos juntas, - seguimos, embriagados - de amor y de ternura, - por los gratos senderos - do sus ramas columpian - olientes avenidas - que las flores perfuman. - Canción de despedida - fingen las fuentes turbias. - - * * * * * - - Un cántico de amores - brota mi pecho ardiente - que eterno abril fecundo - de juventud florece. - ¡Que mueran, en buena hora - los bellos días! Llegue - otra vez el invierno; - renazca áspero y fuerte. - Del viento entre el quejido, - cual mágico himno alegre, - un cántico de amores - brota mi pecho ardiente. - - * * * * * - - Un cántico de amores - a tu sacra beldad, - ¡mujer, eterno estío, - primavera inmortal! - Hermana del ígneo astro - que por la inmensidad - en toda estación vierte - fecundo sin cesar, - de su luz esplendente - el dorado raudal. - Un cántico de amores - a tu sacra beldad, - ¡mujer, eterno estío, - primavera inmortal! - - - - -A UN POETA - - - Nada más triste que un titán que llora, - hombre-montaña encadenado a un lirio, - que gime, fuerte, que pujante, implora: - víctima propia en su fatal martirio. - - Hércules loco que a los pies de Onfalia - la clava deja y el luchar rehúsa, - héroe que calza femenil sandalia, - vate que olvida la vibrante musa. - - ¡Quien desquijaba los robustos leones, - hilando esclavo con la débil rueca; - sin labor, sin empuje, sin acciones: - puños de fierro y áspera muñeca! - - No es tal poeta para hollar alfombras - por donde triunfan femeniles danzas: - que vibre rayos para herir las sombras, - que escriba versos que parezcan lanzas. - - Relampagueando la soberbia estrofa, - su surco deje de esplendente lumbre, - y el pantano de escándalo y de mofa - que no lo vea el águila en su cumbre. - - Bravo soldado con su casco de oro - lance el dardo que quema y que desgarra, - que embista rudo como embiste el toro, - que clave firme, como el león, la garra. - - Cante valiente y al cantar trabaje; - que ofrezca robles si se juzga monte; - que su idea, en el mal rompa y desgaje - como en la selva virgen el bisonte. - - Que lo que diga la inspirada boca - suene en el pueblo con palabra extraña; - ruido de oleaje al azotar la roca, - voz de caverna y soplo de montaña. - - Deje Sansón de Dálila el regazo: - Dálila engaña y corta los cabellos. - No pierda el fuerte el rayo de su brazo - por ser esclavo de unos ojos bellos. - - - - -ANAGKE - - - Y dijo la paloma: - --Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo, - en el árbol en flor, junto a la poma, - llena de miel, junto al retoño suave - y húmedo por las gotas de rocío, - tengo mi hogar. Y vuelo - con mis anhelos de ave, - del amado árbol mío - hasta el bosque lejano, - cuando al himno jocundo - del despertar de Oriente, - sale el alba desnuda, y muestra al mundo - el pudor de la luz sobre su frente. - Mi ala es blanca y sedosa; - la luz la dora y baña - y céfiro la peina. - Son mis pies como pétalos de rosa. - Yo soy la dulce reina - que arrulla a su palomo en la montaña. - En el fondo del bosque pintoresco - está el alerce en que formé mi nido; - y tengo allí, bajo el follaje fresco, - un polluelo sin par, recién nacido. - Soy la promesa alada, - el juramento vivo; - soy quien lleva el recuerdo de la amada - para el enamorado pensativo; - yo soy la mensajera - de los tristes y ardientes soñadores, - que va a revolotear diciendo amores - junto a una perfumada cabellera. - Soy el lirio del viento. - Bajo el azul del hondo firmamento - muestro de mi tesoro bello y rico - las preseas y galas: - el arrullo en el pico, - la acaricia en las alas. - Yo despierto a los pájaros parleros - y entonan sus melódicos cantares: - me poso en los floridos limoneros - y derramo una lluvia de azahares. - Yo soy toda inocente, toda pura. - Yo me esponjo en las ansias del deseo, - y me estremezco en la íntima ternura - de un roce, de un rumor, de un aleteo. - ¡Oh, inmenso azul! Yo te amo. Porque a Flora - das la lluvia y el sol siempre encendido: - porque, siendo el palacio de la aurora, - también eres el techo de mi nido. - ¡Oh, inmenso azul! Yo adoro - tus celajes risueños, - y esa niebla sutil de polvos de oro - donde van los perfumes y los sueños. - Amo los velos tenues, vagarosos, - de las flotantes brumas, - donde tiendo a los aires cariñosos - el sedeño abanico de mis plumas. - ¡Soy feliz! porque es mía la floresta, - donde el misterio de los nidos se halla; - porque el alba es mi fiesta - y el amor mi ejercicio y mi batalla. - Feliz, porque de dulces ansias llena - calentar mis polluelos es mi orgullo, - porque en las selvas vírgenes resuena - la música celeste de mi arrullo, - porque no hay una rosa que no me ame, - ni pájaro gentil que no me escuche, - ni garrido cantor que no me llame. - --¿Sí?--dijo entonces un gavilán infame, - y con furor se la metió en el buche. - Entonces el buen Dios, allá en su trono, - (mientras Satán, por distraer su encono - aplaudía a aquel pájaro zahareño) - se puso a meditar. Arrugó el ceño, - y pensó, al recordar sus vastos planes, - y recorrer sus puntos y sus comas, - que cuando creó palomas - no debía haber creado gavilanes. - -[Illustration] - - como una rosa roja que fuera flor de lis; - abre los ojos; mírame, con su mirar risueño, - y en tanto cae la nieve del cielo de París. - - - - -SONETOS - - - - -CAUPOLICÁN - -A Enrique Hernández Miyares. - - - Es algo formidable que vió la vieja raza: - robusto tronco de árbol al hombro de un campeón - salvaje y aguerrido, cuya fornida maza - blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón. - - Por casco sus cabellos, su pecho por coraza, - pudiera tal guerrero, de Arauco en la región, - lancero de los bosques, Nenrod que todo caza, - desjarretar un toro, o estrangular un león. - - Anduvo, anduvo, anduvo. Le vió la luz del día, - le vió la tarde pálida, le vió la noche fría, - y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán. - - «¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta. - Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: «Basta», - e irguióse la alta frente del gran Caupolicán. - - - - -VENUS - - - En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría. - En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín. - En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía, - como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín. - - A mi alma enamorada, una reina oriental parecía, - que esperaba a su amante, bajo el techo de su camarín, - o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría, - triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín. - - «¡Oh, reina rubia!--díjele,--mi alma quiere dejar su crisálida - y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar; - y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida, - - y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar.» - El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida. - Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar. - - - - -DE INVIERNO - - - En invernales horas, mirad a Carolina. - Medio apelotonada, descansa en el sillón, - envuelta con su abrigo de marta cibelina - y no lejos del fuego que brilla en el salón. - - El fino angora blanco, junto a ella se reclina, - rozando con su hocico la falda de Alençón, - no lejos de las jarras de porcelana china - que medio oculta un biombo de seda del Japón. - - Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño; - entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris; - voy a besar su rostro, rosado y halagüeño - - como una rosa roja que fuera flor de lis; - abre los ojos; mírame, con su mirar risueño - y en tanto cae la nieve del cielo de París. - -[Illustration] - - Su ave es la venusina, la tímida paloma. - Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma, - en todos los combates del arte o del amor. - - - - -MEDALLONES - - - - -I - -LECONTE DE LISLE - - - De las eternas musas el reino soberano - recorres, bajo un soplo de vasta inspiración, - como un rajah soberbio que en su elefante indiano - por sus dominios pasa de rudo viento al son. - - Tú tienes en tu canto como ecos de Océano; - se ve en tu poesía la selva y el león; - salvaje luz irradia la lira que en tu mano - derrama su sonora, robusta vibración. - - Tú del fakir conoces secretos y avatares; - a tu alma dió el Oriente misterios seculares, - visiones legendarias y espíritu oriental. - - Tu verso está nutrido con sabia de la tierra; - fulgor de Ramayanas tu viva estrofa encierra, - y cantas en la lengua del bosque colosal. - - - - -II - -CATULLE MENDES - - - Puede ajustarse al pecho coraza férrea y dura; - puede regir la lanza, la rienda del corcel; - sus músculos de atleta soportan la armadura... - pero él busca en las bocas rosadas, leche y miel. - - Artista, hijo de Capua, que adora la hermosura, - la carne femenina prefiere su pincel; - y en el recinto oculto de tibia alcoba obscura, - agrega mirto y rosas a su triunfal laurel. - - Canta de los oarystis el delicioso instante, - los besos y el delirio de la mujer amante; - y en sus palabras tiene perfume, alma, color. - - Su ave es la venusina, la tímida paloma. - Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma, - en todos los combates del arte o del amor. - - - - -III - -WALT WHITMAN - - - En su país de hierro vive el gran viejo, - bello como un patriarca, sereno y santo. - Tiene en la arruga olímpica de su entrecejo, - algo que impera y vence con noble encanto. - - Su alma del infinito parece espejo; - son sus cansados hombros dignos del manto; - y con arpa labrada de un roble añejo, - como un profeta nuevo canta su canto. - - Sacerdote, que alienta soplo divino, - anuncia en el futuro tiempo mejor. - Dice al águila: «¡Vuela!» «¡Boga!» al marino, - - y «¡Trabaja!» al robusto trabajador. - ¡Así va ese poeta por su camino - con su soberbio rostro de emperador! - - - - -IV - -J. J. PALMA - - - Ya de un corintio templo cincela una metopa, - ya de un morisco alcázar el capitel sutil, - ya como Benvenuto, del oro de una copa - forma un joyel artístico, prodigio del buril. - - Pinta las dulces Gracias, o la desnuda Europa, - en el pulido borde de un vaso de marfil, - o a Diana; diosa virgen de desceñida ropa, - con aire cinegético, o en grupo pastoril. - - La musa que al poeta sus cánticos inspira - no lleva la vibrante trompeta de metal, - ni es la bacante loca que canta y que delira, - - es el amor fogoso, y en el placer triunfal: - ella al cantor ofrece la septicorde lira, - o, rítmica y sonora, la flauta de cristal. - - - - -V - -SALVADOR DÍAZ MIRON - - - Tu cuarteto es cuadriga de águilas bravas - que aman las tempestades, los Océanos; - las pesadas tizonas, las férreas clavas, - son las armas forjadas para tus manos. - - Tu idea tiene cráteres y vierte lavas; - del Arte recorriendo montes y llanos, - van tus rudas estrofas jamás esclavas, - como un tropel de búfalos americanos. - - Lo que suena en tu lira lejos resuena, - como cuando habla el bóreas, o cuando truena. - ¡Hijo del Nuevo Mundo! la humanidad - - oiga, sobre la frente de las naciones, - la hímnica pompa lírica de tus canciones - que saludan triunfantes la Libertad. - - - - -INDICE - - - Págs. - -A don Rubén Darío 5 - -El Rey Burgués 35 - -El sátiro sordo 45 - -La ninfa 55 - -El fardo 65 - -El velo de la reina Mab 75 - -La canción del oro 83 - -El rubí 93 - -El palacio del Sol 105 - -El pájaro azul 115 - -Palomas blancas y garzas morenas 125 - - -EN CHILE - -En busca de cuadros 137 - -Acuarela 139 - -Paisaje 141 - -Agua fuerte 142 - -La Virgen de la Paloma 143 - -La cabeza 144 - -Acuarela 145 - -Un retrato de Watteu 147 - -Naturaleza muerta 149 - -Al carbón 150 - -Paisaje 151 - -El ideal 152 - -La muerte de la emperatriz de la China 157 - -A una estrella 171 - - -EL AÑO LÍRICO - -Primaveral 177 - -Estival 182 - -Autumnal 189 - -Invernal 193 - -Pensamiento de Otoño 199 - -A un poeta 203 - -Anagke 205 - - -SONETOS - -Caupolicán 209 - -Venus 210 - -De invierno 211 - - -MEDALLONES - -Leconte de Lisle 215 - -Catulle Mendes 216 - -Walt Whitman 217 - -J. J. Palma 218 - -Salvador Díaz Mirón 219 - -[Illustration: - - ACABÓSE - DE IMPRIMIR - ESTE LIBRO EN - MADRID, EN EL ESTABLECIMIENTO - TIPOGRÁFICO - DE JOSÉ YAGÜES - SANZ, EL DÍA XX - DE OCTUBRE - DEL AÑO - MCMXVII] - - - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Azul..., by Rubén Darío - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK AZUL... *** - -***** This file should be named 52894-0.txt or 52894-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/2/8/9/52894/ - -Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. Special rules, -set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to -copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to -protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project -Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you -charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you -do not charge anything for copies of this eBook, complying with the -rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose -such as creation of derivative works, reports, performances and -research. They may be modified and printed and given away--you may do -practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy -all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession. -If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project -Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the -terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or -entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8. - -1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few -things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works -even without complying with the full terms of this agreement. See -paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project -Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement -and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic -works. See paragraph 1.E below. - -1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation" -or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project -Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the -collection are in the public domain in the United States. If an -individual work is in the public domain in the United States and you are -located in the United States, we do not claim a right to prevent you from -copying, distributing, performing, displaying or creating derivative -works based on the work as long as all references to Project Gutenberg -are removed. Of course, we hope that you will support the Project -Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by -freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of -this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with -the work. You can easily comply with the terms of this agreement by -keeping this work in the same format with its attached full Project -Gutenberg-tm License when you share it without charge with others. - -1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern -what you can do with this work. Copyright laws in most countries are in -a constant state of change. If you are outside the United States, check -the laws of your country in addition to the terms of this agreement -before downloading, copying, displaying, performing, distributing or -creating derivative works based on this work or any other Project -Gutenberg-tm work. The Foundation makes no representations concerning -the copyright status of any work in any country outside the United -States. - -1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg: - -1.E.1. The following sentence, with active links to, or other immediate -access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently -whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the -phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project -Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed, -copied or distributed: - -This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with -almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - -1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived -from the public domain (does not contain a notice indicating that it is -posted with permission of the copyright holder), the work can be copied -and distributed to anyone in the United States without paying any fees -or charges. If you are redistributing or providing access to a work -with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the -work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1 -through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the -Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or -1.E.9. - -1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted -with the permission of the copyright holder, your use and distribution -must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional -terms imposed by the copyright holder. Additional terms will be linked -to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the -permission of the copyright holder found at the beginning of this work. - -1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm -License terms from this work, or any files containing a part of this -work or any other work associated with Project Gutenberg-tm. - -1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this -electronic work, or any part of this electronic work, without -prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with -active links or immediate access to the full terms of the Project -Gutenberg-tm License. - -1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary, -compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any -word processing or hypertext form. However, if you provide access to or -distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than -"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version -posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org), -you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a -copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon -request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other -form. Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm -License as specified in paragraph 1.E.1. - -1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying, -performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works -unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9. - -1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing -access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided -that - -- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from - the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method - you already use to calculate your applicable taxes. The fee is - owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he - has agreed to donate royalties under this paragraph to the - Project Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments - must be paid within 60 days following each date on which you - prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax - returns. Royalty payments should be clearly marked as such and - sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the - address specified in Section 4, "Information about donations to - the Project Gutenberg Literary Archive Foundation." - -- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies - you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he - does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm - License. You must require such a user to return or - destroy all copies of the works possessed in a physical medium - and discontinue all use of and all access to other copies of - Project Gutenberg-tm works. - -- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any - money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the - electronic work is discovered and reported to you within 90 days - of receipt of the work. - -- You comply with all other terms of this agreement for free - distribution of Project Gutenberg-tm works. - -1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm -electronic work or group of works on different terms than are set -forth in this agreement, you must obtain permission in writing from -both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael -Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the -Foundation as set forth in Section 3 below. - -1.F. - -1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable -effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread -public domain works in creating the Project Gutenberg-tm -collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic -works, and the medium on which they may be stored, may contain -"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or -corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual -property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a -computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by -your equipment. - -1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right -of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project -Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project -Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all -liability to you for damages, costs and expenses, including legal -fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT -LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE -PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE -TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE -LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR -INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH -DAMAGE. - -1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a -defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can -receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a -written explanation to the person you received the work from. If you -received the work on a physical medium, you must return the medium with -your written explanation. The person or entity that provided you with -the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a -refund. If you received the work electronically, the person or entity -providing it to you may choose to give you a second opportunity to -receive the work electronically in lieu of a refund. If the second copy -is also defective, you may demand a refund in writing without further -opportunities to fix the problem. - -1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth -in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER -WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO -WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE. - -1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied -warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages. -If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the -law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be -interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by -the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any -provision of this agreement shall not void the remaining provisions. - -1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance -with this agreement, and any volunteers associated with the production, -promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works, -harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees, -that arise directly or indirectly from any of the following which you do -or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm -work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any -Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause. - - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of computers -including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To -SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any -particular state visit http://pglaf.org - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. -To donate, please visit: http://pglaf.org/donate - - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic -works. - -Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm -concept of a library of electronic works that could be freely shared -with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project -Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. - - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. -unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. |
