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-The Project Gutenberg EBook of Azul..., by Rubén Darío
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
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-
-Title: Azul...
- Obras Completas Vol. IV
-
-Author: Rubén Darío
-
-Illustrator: Enrique Ochoa
-
-Release Date: August 25, 2016 [EBook #52894]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK AZUL... ***
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-
-Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-file was produced from images generously made available
-by The Internet Archive/Canadian Libraries)
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- AZUL...
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- [Illustration:
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- AZUL...
-
- POR
-
- RUBÉN DARÍO
-
- ILUSTRACIONES
-
- DE
-
- ENRIQUE OCHOA
-
- Volumen IV de las obras completas.
- Administración: Editorial
- MUNDO LATINO
-
- MADRID]
-
-[Illustration: ES PROPIEDAD]
-
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-
-A D. Rubén Darío.
-
-_Madrid, 22 de Octubre de 1888._
-
-
-I
-
-Todo libro, que desde América llega a mis manos, excita mi interés y
-despierta mi curiosidad; pero ninguno hasta hoy la ha despertado tan
-viva como el de usted, no bien comencé a leerlo.
-
-Confieso que al principio, a pesar de la amable dedicatoria con que
-usted me envía un ejemplar, miré el libro con indiferencia... casi con
-desvío. El título _Azul..._ tuvo la culpa.
-
-Víctor Hugo dice: _L’art c’est l’azur_; pero yo no me conformo ni me
-resigno con que tal dicho sea muy profundo y hermoso. Para mí, tanto
-vale decir que el arte es lo azul, como decir que es lo verde, lo
-amarillo o lo rojo. ¿Por qué, en este caso, lo azul (aunque en francés
-no sea _bleu_, sino _azur_, que es más poético) ha de ser cifra, símbolo
-y superior predicamento que abarque lo ideal, lo etéreo, lo infinito,
-la serenidad del cielo sin nubes, la luz difusa, la amplitud vaga y sin
-límites, donde nacen, viven, brillan y se mueven los astros? Pero aunque
-todo esto y más surja del fondo de nuestro ser y aparezca a los ojos del
-espíritu, evocado por la palabra _azul_, ¿qué novedad hay en decir que
-el arte es todo esto? Lo mismo es decir que el arte es imitación de la
-Naturaleza, como lo definió Aristóteles: la percepción de todo lo
-existente y de todo lo posible, y su reaparición o representación por el
-hombre en signos, letras, sonidos, colores o líneas. En suma: yo, por
-más vueltas que le doy, no veo en eso de que _el arte es lo azul_ sino
-una frase enfática y vacía.
-
-Sea, no obstante, el arte _azul_, o del color que se quiera. Como sea
-bueno, el color es lo que menos importa. Lo que a mí me dió mala espina
-fué la frase de Víctor Hugo, y el que usted hubiese dado por título a su
-libro la palabra fundamental de la frase. ¿Si será éste, me dije, uno de
-tantos y tantos como por todas partes, y sobre todo en Portugal y en la
-América española, han sido inficionados por Víctor Hugo? La manía de
-imitarle ha hecho verdaderos estragos, porque la atrevida juventud
-exagera sus defectos, y porque eso que se llama _genio_, y que hace que
-los defectos se perdonen y tal vez se aplaudan, no se imita cuando no se
-tiene. En resolución yo sospeché que era usted un Víctor Huguito y
-estuve más de una semana sin leer el libro de usted.
-
-No bien le he leído, he formado muy diferente concepto. Usted es usted
-con gran fondo de originalidad y de originalidad muy extraña. Si el
-libro, impreso en Valparaíso este año de 1888, no estuviese en muy buen
-castellano, lo mismo podría ser de un autor francés, que de un italiano,
-que de un turco o de un griego. El libro está impregnado de espíritu
-cosmopolita. Hasta el nombre y apellido del autor, verdaderos o
-contrahechos y fingidos, hacen que el cosmopolitismo resalte más. Rubén
-es judaico, y persa es Darío; de suerte que por los nombres no parece
-sino que usted quiere ser o es de todos los países, castas y tribus.
-
-El libro _Azul..._ no es en realidad un libro; es un folleto de 132
-páginas; pero tan lleno de cosas y escrito por estilo tan conciso, que
-da no poco en qué pensar y tiene bastante que leer. Desde luego se
-conoce que el autor es muy joven: que no puede tener más de veinticinco
-años, pero que los ha aprovechado maravillosamente. Ha aprendido
-muchísimo, y en todo lo que sabe y expresa muestra singular talento
-artístico y poético.
-
-Sabe con amor la antigua literatura griega; sabe de todo lo moderno
-europeo. Se entrevé, aunque no hace gala de ello, que tiene el concepto
-cabal del mundo visible y del espíritu humano, tal como este concepto ha
-venido a formarse por el conjunto de observaciones, experiencias,
-hipótesis y teorías más recientes. Y se entrevé también que todo esto ha
-penetrado en la mente del autor, no diré exclusivamente, pero sí
-principalmente, a través de libros franceses. Es más: en los perfiles,
-en los refinamientos, en las exquisiteces del pensar y del sentir del
-autor hay tanto de francés, que yo forjé una historia a mi antojo para
-explicármela. Supuse que el autor, nacido en Nicaragua, había ido a
-París a estudiar para médico o para ingeniero, o para otra profesión;
-que en París había vivido seis o siete años, con artistas, literatos,
-sabios y mujeres alegres de por allá; y que mucho de lo que sabe lo
-había aprendido de viva voz, y empíricamente, con el trato y roce de
-aquellas personas. Imposible me parecía que de tal manera se hubiese
-impregnado el autor del espíritu parisiense novísimo sin haber vivido en
-París durante años.
-
-Extraordinaria ha sido mi sorpresa cuando he sabido que usted, según me
-aseguran sujetos bien informados, no ha salido de Nicaragua sino para ir
-a Chile en donde reside desde hace dos años a lo más. ¿Cómo, sin el
-influjo del medio ambiente, ha podido usted asimilarse todos los
-elementos del espíritu francés, si bien conservando española la forma
-que auna y organiza estos elementos, convirtiéndolos en substancia
-propia?
-
-Yo no creo que se ha dado jamás caso parecido con ningún español
-peninsular. Todos tenemos un fondo de españolismo que nadie nos arranca
-ni a veinticinco tirones. En el famoso abate Marchena, con haber
-residido tanto tiempo en Francia, se ve el español; en Cienfuegos es
-postizo el sentimentalismo empalagoso a lo Rousseau, y el español está
-por bajo. Burgos y Reinoso son afrancesados y no franceses. La cultura
-de Francia, buena o mala, no pasa nunca de la superficie. No es más que
-un barniz transparente, detrás del cual se descubre la condición
-española.
-
-Ninguno de los hombres de letras de la Península, que he conocido yo,
-con más espíritu cosmopolita, y que más largo tiempo han residido en
-Francia y que han hablado mejor el francés y otras lenguas extranjeras,
-me ha parecido nunca tan compenetrado del espíritu de Francia como usted
-me parece: ni Galiano, ni don Eugenio de Ochoa, ni Miguel de los Santos
-Alvarez. En Galiano habla como una mezcla de anglicismo y de filosofismo
-francés del siglo pasado; pero todo sobrepuesto y no combinado con el
-ser de su espíritu, que era castizo. Ochoa era y siguió siendo siempre
-archi y ultraespañol, a pesar de sus entusiasmos por las cosas de
-Francia. Y en Alvarez, en cuya mente bullen las ideas de nuestro siglo,
-y que ha vivido años en París, está arraigado el ser del hombre de
-Castilla, y en su prosa recuerda el lector a Cervantes y a Quevedo, y en
-sus versos a Garcilaso y a León, aunque así en versos como en prosa,
-emita él siempre ideas más propias de nuestro siglo que de los que
-pasaron. Su chiste no es el _esprit_ francés, sino el _humor_ español de
-las novelas picarescas y de los autores cómicos de nuestra peculiar
-literatura.
-
-Veo, pues, que no hay autor en castellano más francés que usted, y lo
-digo para afirmar un hecho sin elogio y sin censura. En todo caso, más
-bien lo digo como elogio. Yo no quiero que los autores no tengan
-carácter nacional; pero yo no puedo exigir de usted que sea
-nicaragüense, porque ni hay ni puede haber aún historia literaria,
-escuela y tradiciones literarias en Nicaragua. Ni puedo exigir de usted
-que sea literariamente español, pues ya no lo es políticamente, y está
-además separado de la madre patria por el Atlántico, y más lejos en la
-república donde ha nacido, de la influencia española que en otras
-repúblicas hispanoamericanas. Estando así disculpado el galicismo de la
-mente, es fuerza dar a usted alabanzas a manos llenas por lo perfecto y
-profundo de ese galicismo; porque el lenguaje persiste español, legítimo
-y de buena ley, y porque si no tiene usted carácter nacional, posee
-carácter individual.
-
-En mi sentir hay en usted una poderosa individualidad de escritor, ya
-bien marcada, y que, si Dios da a usted la salud que yo le deseo y larga
-vida, ha de desenvolverse y señalarse más con el tiempo en obras que
-sean gloria de las letras hispanoamericanas.
-
-Leídas las 132 páginas de _Azul..._ lo primero que se nota es que está
-usted saturado de toda la más flamante literatura francesa: Hugo,
-Lamartine, Musset, Baudelaire, Leconte de Lisle, Gautier, Bourget,
-Sully-Prouhomme, Daudet, Zola, Barbey d’Aurevilly, Catulle Mendes,
-Rollinat, Goncourt, Flaubert y todos los demás poetas y novelistas han
-sido por usted bien estudiados y mejor comprendidos. Y usted no imita a
-ninguno: ni es usted romántico, ni naturalista, ni _neurótico_, ni
-decadente, ni simbólico, ni parnasiano. Usted lo ha revuelto todo: lo ha
-puesto a cocer en el alambique de su cerebro, y ha sacado de ello una
-rara quinta esencia.
-
-Resulta de aquí un autor nicaragüense, que jamás salió de Nicaragua sino
-para ir a Chile, y que es autor tan a la moda de París y con tanto
-_chic_ y distinción, que se adelanta a la moda y pudiera modificarla e
-imponerla.
-
-En el libro hay _Cuentos en prosa_ y seis composiciones en verso. En los
-cuentos y en las poesías todo está cincelado, burilado, hecho para que
-dure, con primor y esmero, como pudiera haberlo hecho Flaubert, o el
-parnasiano más atildado. Y, sin embargo, no se nota el esfuerzo, ni el
-trabajo de la lima, ni la fatiga del rebuscar: todo parece espontáneo y
-fácil y escrito al correr de la pluma, sin mengua de la concisión, de la
-precisión y de la extremada elegancia. Hasta las rarezas extravagantes y
-salidas de tono, que a mí me chocan, pero que acaso agraden en general,
-están hechas adrede. Todo en el librito está meditado y criticado por el
-autor, sin que su crítica previa o simultánea de la creación perjudique
-al brío apasionado y a la inspiración del que crea.
-
-Si se me preguntase qué enseña su libro de usted y de qué trata,
-respondería yo sin vacilar: no enseña nada, y trata de nada y de todo.
-Es obra de artista, obra de pasatiempo, de mera imaginación. ¿Qué enseña
-o de qué trata un dije, un camafeo, un esmalte, una pintura o una linda
-copa esculpida?
-
-Hay, sin embargo, notable diferencia en toda escultura, pintura, dije y
-hasta música, y cualquier objeto de arte cuyo _material_ es la palabra.
-El mármol, el bronce y el sonido no diré yo que sutilizando mucho no
-puedan significar algo de por sí; pero la palabra, no sólo puede
-significar, sino que forzosamente significa ideas, sentimientos,
-creencias, doctrinas y todo el pensamiento humano. Nada más factible, a
-mi ver (acaso porque soy poco agudo), que una bella estatua, un lindo
-dije, un cuadro primoroso, sin transcendencia o sin símbolos; pero ¿cómo
-escribir un cuento o unas coplas sin que deje ver el autor lo que niega,
-lo que afirma, lo que piensa y lo que siente? El pensamiento en todas
-las artes pasa con la forma desde la mente del artista a la substancia o
-materia del arte; pero en el arte de la palabra, además del pensamiento
-que pose el arte en la forma, la substancia o materia del artista es
-pensamiento también y pensamiento de artista. La única materia extraña
-al artista es el Diccionario, con las reglas gramaticales que siguen las
-voces en su combinación; pero como ni palabras ni combinaciones de
-palabras pueden darse sin sentido, de aquí que materia y forma sean en
-poesía y en prosa creación del escritor o del poeta: sólo quedan fuera
-de él, digámoslo así, los signos hueros, o sea abstrayendo lo
-significado.
-
-De esta suerte se explica cómo, con ser su libro de usted de pasatiempo,
-y sin propósito de enseñar nada, en él se ven patentes las tendencias y
-los pensamientos del autor sobre las cuestiones más trascendentales. Y
-justo es que confesemos que los dichos pensamientos no son ni muy
-edificantes ni muy consoladores.
-
-La ciencia de experiencia y de observación ha clasificado cuanto hay, y
-ha hecho de ello hábil inventario. La crítica histórica, la lingüística
-y el estudio de las capas que forman la corteza del globo han
-descubierto bastante de los pasados hechos humanos que antes se
-ignoraban; de los astros que brillan en la extensión del éter se sabe
-muchísimo; el mundo de lo imperceptiblemente pequeño se nos ha revelado
-merced al microscopio; hemos averiguado cuántos ojos tiene tal insecto y
-cuántas patitas tiene tal otro: sabemos ya de qué elementos se componen
-los tejidos orgánicos, la sangre de los animales y el jugo de las
-plantas: nos hemos aprovechado de agentes que antes se substraían al
-poder humano, como la electricidad; y gracias a la estadística, llevamos
-minuciosa cuenta de cuánto se engendra y de cuánto se devora; y si ya no
-se sabe, es de esperar que pronto se sepa la cifra exacta de los
-panecillos, del vino y de la carne que se come y se bebe la humanidad de
-diario.
-
-No es menester acudir a sabios profundos: cualquier sabio adocenado y
-medianejo de nuestra edad conoce hoy, clasifica y ordena los fenómenos
-que hieren los sentidos corporales, auxiliados estos sentidos por
-instrumentos poderosos que aumentan su capacidad de percepción. Además
-se han descubierto, a fuerza de paciencia y de agudeza y por virtud de
-la dialéctica y de las matemáticas, gran número de leyes que dichos
-fenómenos siguen.
-
-Natural es que el linaje humano se haya ensoberbecido con tamaños
-descubrimientos e invenciones; pero, no sólo en torno y fuera de la
-esfera de lo conocido y circunscribiéndola, sino también llenándola en
-lo esencial y substancial, queda un infinito inexplorado, una densa e
-impenetrable obscuridad, que parece más tenebrosa por la misma
-contraposición de la luz con que ha bañado la ciencia la pequeña suma de
-cosas que conoce. Antes, ya las religiones con sus dogmas, que aceptaba
-la fe, ya la especulación metafísica con la gigante máquina de sus
-brillantes sistemas, encubrían esa inmensidad incognoscible, o la
-explicaban y la daban a conocer a su modo. Hoy priva el empeño de que no
-haya ni metafísica ni religión. El abismo de lo incognoscible queda así
-descubierto y abierto, y nos atrae y nos da vértigo, y nos comunica el
-impulso, a veces irresistible, de arrojarnos en él.
-
-La situación, no obstante, no es incómoda para la gente sensata de
-cierta ilustración y fuste. Prescinden de lo transcendente y de lo
-sobrenatural para no calentarse la cabeza ni perder el tiempo en balde.
-Esta inclinación les quita no pocas aprensiones y cierto miedo, aunque a
-veces les infunde otro miedo y sobresalto fastidiosos. ¿Cómo contener a
-la plebe, a los menesterosos, hambrientos e ignorantes, sin ese freno
-que ellos han desechado con tanto placer? Fuera de este miedo que
-experimentan algunos sensatos, en todo lo demás no ven sino motivo de
-satisfacción y parabienes.
-
-Los insensatos, en cambio, no se aquietan con el goce del mundo,
-hermoseado por la industria e inventiva humanas, ni con lo que se sabe,
-ni con lo que se fabrica, y anhelan averiguar y gozar más.
-
-El conjunto de los seres, el Universo, todo cuanto alcanza a percibir la
-vista y el oído, ha sido, como idea, coordinado metódicamente en una
-anaquelería o casillero para que se comprenda mejor; pero ni este orden
-científico, ni el orden natural, tal como los insensatos le ven, les
-satisface. La molicie y el regalo de la vida moderna los han hecho muy
-descontentadizos.
-
-Y así ni del mundo tal como es, ni del mundo tal como lo concebimos, se
-forman idea muy aventajada. Se ve en todo faltas, y no se dice lo que
-dicen que dijo Dios: _Que todo era bueno_. La gente se lanza con más
-frecuencia que nunca a decir que todo es malo; y en vez de atribuir la
-obra a un artífice inteligentísimo y supremo, la supone obra de un
-puritano inconsciente de fabricar cosas que hay _ab eterno_ en los
-átomos, los cuales tampoco se sabe a punto fijo lo que sean.
-
-Los dos resultados principales de todo ello en la literatura de última
-moda son:
-
-1.º Que se suprima a Dios o que no se le miente sino para insolentarse
-con él, ya con reniegos y maldiciones, ya con burlas y sarcasmos.
-
-Y 2.º Que en este infinito tenebroso e incognoscible perciba la
-imaginación, así como en el éter, nebulosas o semilleros de astros,
-fragmentos y escombros de religiones muertas, con los cuales procura
-formar algo como ensayo de nuevas creencias y de renovadas mitologías.
-
-Estos dos rasgos van impresos en su librito de usted: El pesimismo, como
-remate de toda descripción de lo que conocemos, y la poderosa y lozana
-producción de seres fantásticos, evocados o sacados de las tinieblas de
-lo incognoscible, donde vagan las ruinas de las destrozadas creencias y
-supersticiones vetustas.
-
-Ahora será bien que yo cite muestras y pruebe que hay en su libro de
-usted, con notable elegancia, todo lo que afirmo; pero esto requiere
-segunda carta.
-
-
-II
-
-En la cubierta del libro que me ha enviado usted veo que ha publicado
-usted ya, o anuncia la publicación de otros varios, cuyos títulos son:
-_Epístolas y poemas_, _Rimas_, _Abrojos_, _Estudios críticos_, _Albumes
-y abanicos_, _Mis conocidos_ y _Dos años en Chile_. Anuncia también
-dicha cubierta que prepara usted una novela, cuyo título nos da en las
-narices del alma (pues si hay ojos del alma o tiene el alma ojos, bien
-puede tener narices) con un tufillo a pornografía. La novela se titula:
-_La carne_.
-
-Nada de esto, con todo, me sirve hoy para juzgar a usted, pues yo nada
-de esto conozco. Tengo que contraerme al libro _Azul_.
-
-En este libro no sé qué debo preferir: si la prosa o los versos. Casi me
-inclino a ver mérito igual en ambos modos de expresión del pensamiento
-de usted. En la prosa hay más riqueza de ideas; pero es más afrancesada
-la forma. En los versos la forma es más castiza. Los versos de usted se
-parecen a los versos españoles de otros autores, y no por eso dejan de
-ser originales; no recuerdan a ningún poeta español, ni antiguo, ni de
-nuestros días.
-
-El sentimiento de la Naturaleza raya en usted en adoración panteística.
-Hay en las cuatro composiciones a (_a_ o más bien _en_) las cuatro
-estaciones del año, la más gentílica exuberancia de amor sensual, y, en
-este amor, algo de religioso.
-
-Cada composición parece un himno sagrado a Eros, himno que, a las veces,
-en la mayor explosión de entusiasmo, el pesimismo viene a turbar con la
-disonancia, ya de un ay de dolor, ya de una carcajada sarcástica. Aquel
-sabor amargo, que brota del centro mismo de todo deleite, y que tan bien
-experimentó y expresó el ateo Lucrecio,
-
- _...medio de frute leporum_
- _Surgit amari aliquid, quod im ipsis floribus angat_
-
-acude a menudo a interrumpir lo que usted llama
-
- «La música triunfante de mis rimas.»
-
-Pero, como en usted hay de todo, noto en los versos, además del ansia
-del deleite y además de la amargura de que habla Lucrecio, la sed de lo
-eterno, esa aspiración profunda e insaciable de las edades cristianas,
-que el poeta pagano quizá no hubiera comprendido.
-
-Usted pide siempre más al hada, y...
-
- «El hada entonces me llevó hasta el velo
- que nos cubre las ansias infinitas,
- la inspiración profunda
- y el alma de las liras.
- Y lo rasgó. Y allí todo era aurora.»
-
-Pero aun así, no se satisface el poeta, y pide más al hada.
-
-Tiene usted otra composición, la que lleva por título la palabra griega
-_Anagke_, donde el cántico de amor acaba en un infortunio y en una
-blasfemia. Suprimiendo la blasfemia final, que es burla contra Dios, voy
-a poner aquí el cántico casi completo.
-
- «Y dijo la paloma:
- --Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo,
- en el árbol en flor, junto a la Poma
- llena de miel, junto al retoño suave
- y húmedo por las gotas de rocío,
- tengo mi hogar. Y vuelo
- con mis anhelos de ave,
- del amado árbol mío
- hasta el bosque lejano,
- cuando al himno jocundo
- del despertar de Oriente,
- sale el alba desnuda y muestra al mundo
- el pudor de la luz sobre su frente.
- Mi ala es blanca y sedosa;
- la luz la dora y baña
- y céfiro la peina
- son mis pies como pétalos de rosa.
- Yo soy la dulce reina
- que arrulla a su palomo en la montaña.
- En el fondo del bosque pintoresco
- está el alerce en que formé mi nido;
- y tengo allí bajo el follaje fresco
- un polluelo sin par, recién nacido.
- Soy la promesa alada,
- el juramento vivo;
- soy quien lleva el recuerdo de la amada
- para el enamorado pensativo;
- yo soy la mensajera
- de los tristes y ardientes soñadores,
- que va a revolotear diciendo amores
- junto a una perfumada cabellera.
- Soy el lirio del viento.
- Bajo el azul del hondo firmamento
- muestro de mi tesoro bello y rico
- las preseas y galas:
- el arrullo en el pico,
- la caricia en las alas.
- Yo despierto a los pájaros parleros
- y entonan sus melódicos cantares;
- me poso en los floridos limoneros
- y derramo una lluvia de azahares.
- Yo soy toda inocente, toda pura.
- Yo me esponjo en las alas del deseo.
- Y me estremezco en la íntima ternura
- de un roce, de un rumor, de un aleteo.
- ¡Oh inmenso azul! Yo te amo. Porque a Flora
- das la lluvia y el sol siempre encendido:
- porque siendo el palacio de la aurora,
- también eres el techo de mi nido.
- ¡Oh inmenso azul! Yo adoro
- tus celajes risueños,
- y esa niebla sutil de polvo de oro
- donde van los perfumes y los sueños.
- Amo los velos, tenues, vagarosos,
- de las flotantes brumas,
- donde tiendo a los aires cariñosos
- el sedeño abanico de mis plumas.
- ¡Soy feliz! Porque es mía la floresta
- donde el misterio de los aires se halla;
- porque el alba es mi fiesta
- y el amor mi ejercicio y mi batalla.
- Feliz, porque de dulces ansias llena,
- calentar mis polluelos es mi orgullo;
- porque en las selvas vírgenes resuena
- la música celeste de mi arrullo;
- porque no hay una rosa que no me ame,
- ni pájaro gentil que no me escuche,
- ni garrido cantor que no me llame!
- --¿Sí?--dijo entonces un gavilán infame,
- y con furor se la metió en el buche.»
-
-Suprimo, como dije ya, los versos que siguen y que no pasan de ocho,
-donde se habla de la risa que le dió a Satanás de resultas del lance y
-de lo pensativo que se quedó el Señor en su trono.
-
-Entre las cuatro composiciones en las estaciones del año, todas bellas y
-raras, sobresale la del verano. Es un cuadro simbólico de los dos polos
-sobre los que rueda el eje de la vida: el amor y la lucha; el prurito de
-destrucción y el de reproducción. La tigre virgen en celo está
-magistralmente pintada, y mejor aún acaso el tigre galán y robusto que
-llega y la enamora.
-
- «Al caminar se veía
- su cuerpo ondear con garbo y bizarría.
- Se miraban los músculos hinchados
- debajo de la piel. Y se diría
- ser aquella alimaña
- un rudo gladiador de la montaña.
-
- Los pelos erizados
- del labio relamía. Cuando andaba
- con su peso chafaba
- la yerva verde y muelle,
- y el ruido de su aliento semejaba
- el resollar de un fuelle.»
-
-Síguense la declaración de amor, el _sí_ en lenguaje de tigres, y los
-primeros halagos y caricias. Después... el amor en su plenitud, sin los
-poco decentes pormenores en que entran Rollinat y otros en casos
-semejantes.
-
- «Después el misterioso
- tacto, las impulsivas
- fuerzas que arrastran con poder pasmoso,
- y ¡oh gran Pan! el idilio monstruoso
- bajo las vastas selvas primitivas.»
-
-El príncipe de Gales, que andaba de caza por allí con gran séquito de
-monteros y jauría de perros, viene a poner trágico fin al idilio.
-
-El príncipe mata a la tigre de un escopetazo. El tigre se salva, y luego
-en su gruta tiene un extraño sueño:
-
- «Que enterraba las garras y los dientes
- en vientres sonrosados
- y pechos de mujer; y que engullía
- por postres delicados
- de comidas y cenas,
- como tigre goloso entre golosos,
- unas cuantas docenas
- de niños tiernos, rubios y sabrosos.»
-
-No parece sino que, en sentir del poeta, tendría menos culpa el tigre,
-aunque fuese ser responsable, devorando mujeres y niños, que el príncipe
-matando tigres. El afecto del poeta se extiende casi por igual sobre
-tigres y sobre príncipes, a quienes un determinismo fatal mueve a
-matarse _recíprocamente_, como el ratón y el gato de la fábula de
-Alvarez.
-
-Los cuentos en prosa son más singulares aún. Parecen escritos en París,
-y no en Nicaragua ni en Chile. Todos son brevísimos. Usted hace gala de
-laconismo. _La Ninfa_ es quizá el que más me gusta. La cena en la quinta
-de la cortesana está bien descrita. El discurso del sabio prepara el
-ánimo del lector. Los límites, que tal vez no existan, pero que todos
-imaginamos, trazamos y ponemos entre lo natural y sobrenatural, se
-esfuman y desaparecen. San Antonio vió en el yermo un hipocentauro y un
-sátiro. Alberto Magno habla también de sátiros que hubo en su tiempo.
-¿Por qué ha de ser esto falso? ¿Por qué no ha de haber sátiros, faunos y
-ninfas? La cortesana anhela ver un sátiro vivo; el poeta, una ninfa. La
-aparición de la ninfa desnuda al poeta, en el parque de la quinta, a la
-mañana siguiente, en la umbría apartada y silenciosa, entre los blancos
-cisnes del estanque, está pintada con tal arte que parece verdad.
-
-La ninfa huye y queda burlado el poeta; pero en el almuerzo, dice luego
-la cortesana:
-
- «--El poeta ha visto ninfas.»
-
- «Todos la contemplaron asombrados, y ella me miraba como una gata,
- y se reía, se reía como una chicuela a quien se le hiciesen
- cosquillas.»
-
-_El velo de la reina Mab_ es precioso. Empieza así:
-
- «La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla tirado por
- cuatro coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando
- sobre un rayo de sol, se coló un día por la ventana de una
- boardilla, donde estaban cuatro hombres flacos, barbudos e
- impertinentes, lamentándose como unos desdichados.»
-
-Eran un pintor, un escultor, un músico y un poeta. Cada cual hace su
-lastimoso discurso, exponiendo aspiraciones y desengaños. Todos terminan
-en la desesperación.
-
- «Entonces la reina Mab, del fondo de su carro, hecho de una sola
- perla, tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros
- o miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo
- de los sueños, de los dulces sueños que hacen ver la vida de color
- de rosa. Y con él envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e
- impertinentes. Los cuales cesaron de estar tristes, porque penetró
- en ellos la esperanza, y en su cabeza el sol alegre, con el
- diablillo de la vanidad, que consuela en sus profundas decepciones
- a los pobres artistas.»
-
-Hay en el libro otros varios cuentos, delicados y graciosos, donde se
-notan las mismas calidades. Todos estos cuentos parecen escritos en
-París.
-
-Voy a terminar hablando de los más transcendentales: _El rubí y la
-canción del oro_. El químico Fremy ha descubierto, o se jacta de haber
-descubierto, la manera de hacer rubíes. Uno de los gnomos roba uno de
-esos rubíes artificiales del medallón que pende del cuello de cierta
-cortesana, y le lleva a la extensa y profunda caverna donde los gnomos
-se reúnen en conciliábulo. Las fuerzas vivas y creadoras de la
-Naturaleza, la infatigable inexhausta fecundidad del alma tierra, están
-simbolizadas en aquellos activos y poderosos enanillos que se burlan del
-sabio y demuestran la falsedad de su obra. «La piedra es falsa, dicen
-todos: obra de hombre, o de sabio, que es peor.»
-
-Luego cuenta el gnomo más viejo la creación del verdadero primer rubí.
-Es un hermoso mito, que redunda en alabanza de Amor y de la madre
-Tierra, «de cuyo vientre moreno brota la savia de los troncos robustos,
-y el oro y el agua diamantina y la casta flor de lis: lo puro, lo
-fuerte, lo infalsificable. Y los gnomos tejen una danza frenética y
-celebran una orgía sagrada, ensalzando a la mujer, de quien suelen
-enamorarse, porque es espíritu de carne: toda amor.»
-
-_La canción del oro_, sería el mejor de los cuentos de usted si fuera
-cuento, y sería el más elocuente de todos si no emplease en él demasiado
-una _ficelle_, de que se usa y de que se abusa muchísimo en el día.
-
-En la calle de los palacios, donde todo es esplendor y opulencia, donde
-se ven llegar a sus moradas, de vuelta de festines y bailes, a las
-hermosas mujeres y a los hombres ricos, hay un mendigo extraño,
-hambriento, tiritando de frío, mal cubierto de harapos. Este mendigo
-tira un mordisco a un pequeño mendrugo de pan bazo: se inspira y canta
-la canción del oro.
-
-Todo el sarcasmo, todo el furor, toda la codicia, todo el amor
-desdeñado, todos los amargos celos, toda la envidia que el oro engendra
-en los corazones de los hambrientos, de los menesterosos y de los
-descamisados y perdidos, están expresados en aquel himno en prosa.
-
-Por esto afirmo que sería admirable la canción del oro si se viese menos
-la _ficelle_: el método o traza de la composición, que tanto siguen
-ahora los prosistas, los poetas y los oradores.
-
-El método es crear algo por superposición o aglutinación, y no por
-organismo.
-
-El símil es la base de este método. Sencillo es no mentar nada sin
-símil; todo es como algo. Luego se ha visto que salen de esta manera
-muchísimos _comos_, y en vez de los _comos_ se han empleado los _eses_ y
-las _esas_. Ejemplo: la tierra: esa madre fecunda de todos los
-vivientes; el aire, ese manto azul que envuelve el seno de la tierra, y
-cuyos flecos son las nubes; el cielo, ese campo sin límites por donde
-giran las estrellas, etcétera. De este modo es fácil llenar mucho papel.
-A veces los _eses_ y las _esas_ se suprimen, aunque es menos enfático y
-menos francés, y sólo se dice el pájaro, flor del aire; la luna, lámpara
-nocturna, hostia que se eleva en el templo del espacio, etc.
-
-Y por último, para dar al discurso más animación y movimiento, se ha
-discurrido hacer enumeración de todo aquello que se semeja en algo al
-objeto de que queremos hablar. Y terminada la enumeración, o cansado el
-autor de enumerar, pues no hay otra razón para que termine, dice: eso
-soy yo; eso es la poesía; eso es la crítica; eso es la mujer, etc. Puede
-también el autor, para prestar mayor variedad y complicación a su obra,
-decir lo que no es el objeto que describe antes de decir lo que es. Y
-puede decir lo que no es como quien pregunta. Fórmula: ¿Será esto, será
-aquello, será lo de más allá? No; no es nada de eso. Luego... la
-retahila de cosas que se ocurran. Y por remate: eso es.
-
-Este género de retórica es natural, y todos la empleamos. No se critica
-aquí el uso, sino el abuso. En el abuso hay algo parecido al juego
-infantil de apurar una letra. «Ha venido un barco cargado de...» Y se va
-diciendo (si, v. gr., la letra es b) de baños, de buzos, de bolos, de
-berros, de bromas.
-
-Las composiciones escritas según este método retórico tienen la ventaja
-de que se pueden acortar y alargar _ad libitum_, y de que se pueden leer
-al revés lo mismo que al derecho, sin que a penas varíe el sentido.
-
-En mis peregrinaciones por países extranjeros, y harto lejos de aquí,
-conocí yo y traté a una señora muy entendida, cuyo marido era poeta; y
-ella había descubierto en los versos de su marido que todos se leían y
-hacían sentido empezando por el último verso y acabando por el primero.
-Querían decir algunos maldicientes que ella había hecho el
-descubrimiento para burlarse de los versos de la cosecha de casa; pero
-yo siempre tuve por seguro que ella, cegada por el amor conyugal, ponía
-en este sentido indestructible, léanse las composiciones como quiera que
-se lean, un primor raro que realzaba el mérito de ellas.
-
-Me ha corroborado en esta opinión un reciente escrito de don Adolfo de
-Castro, quien descubre y aplaude en algunos versos de Santa Teresa,
-casi como don celeste o gracia divina, esa prenda de que se lean al
-revés y al derecho, resultando idéntico sentido.
-
-La verdad del caso, considerado y ponderado todo con imparcial
-circunspección, es que tal modo retórico es ridículo cuando se toma por
-muletilla, o sirve de pauta para escribir; pero si es espontáneo, está
-muy bien: es el lenguaje propio de la pasión.
-
-Figurémonos a una madre, joven, linda y apasionada, con un niño rubito y
-gordito y sonrosado, de dos años, que está en sus brazos. Mientras ella
-le brinca y él le sonríe, ella le dirá natural y sencillamente
-interminable lista de nombres, de objetos, algunos de ellos
-disparatados. Le llamará ángel, diablillo, mono, gatito, chuchumeco,
-corazón, alma, vida, hechizo, regalo, rey, príncipe y mil cosas más. Y
-todo estará bien, y nos parecerá encantador, sea el que sea el orden en
-que se ponga. Pues lo mismo puede ser toda composición, en prosa o en
-verso, por el estilo con tal que no sea buscado ni frecuente este modo
-de componer.
-
-El modelo más egregio del género, el ejemplar arquetipo, es la letanía.
-La virgen es puerta del cielo, estrella de la mañana, torre de David,
-arca de la alianza, casa de oro, y mil cosas más en el orden que se nos
-antoje decirlas.
-
-_La canción del oro_ es así: es una letanía, sólo que es infernal en vez
-de ser célica. Es por el gusto de la letanía que Baudelaire compuso al
-demonio; pero, conviniendo ya en que _La canción del oro_ es letanía, y
-letanía infernal, yo me complazco en sostener que es de las más
-poéticas, ricas y enérgicas que he leído. Aquello es un diluvio de
-imágenes, un desfilar tumultuoso de cuanto hay, para que encomie el oro
-y predique sus excelencias.
-
-Citar algo es destruir el efecto que está en la abundancia de cosas que
-en desorden se citan y acuden a cantar el oro, «misterioso y callado en
-las entrañas de la tierra, y bullicioso cuando brota a pleno sol y a
-toda vida; sonante como coro de tímpanos, feto de astros, residuo de
-luz, encarnación de éter; hecho de sol, se enamora de la noche, y, al
-darle el último beso, riega su túnica con estrellas como con gran
-muchedumbre de libras esterlinas. Despreciado por Jerónimo, arrojado por
-Antonio, vilipendiado por Macario, humillado por Hilarión, es carne de
-ídolo, dios becerro, tela de que Fidias hace el traje de Minerva. De él
-son las cuerdas de la lira, las cabelleras de las más tiernas amadas,
-los granos de la espiga, y el peplo que al levantarse viste la olímpica
-aurora.»
-
-Me había propuesto no citar nada, y he citado algo, aunque poco. La
-composición es una letanía inorgánica, y, sin embargo, ni la ironía, ni
-el amor y el odio, ni el deseo y el desprecio simultáneos que el oro
-inspira al poeta en la inopia (achaque crónico y epidémico de los
-poetas), resaltan bien sino de la plenitud de cosas que dice del oro, y
-que se suprimen aquí por amor a la brevedad.
-
-En resolución, su librito de usted, titulado _Azul..._ nos revela en
-usted a un prosista y a un poeta de talento.
-
-Con el _galicismo mental_ de usted no he sido sólo indulgente, sino que
-le he aplaudido por lo perfecto. Con todo, yo aplaudiría muchísimo más,
-si con esa ilustración francesa que en usted hay, se combinasen la
-inglesa, la alemana, la italiana, y ¿por qué no la española también? Al
-cabo el árbol de nuestra ciencia no ha envejecido tanto que aun no pueda
-prestar jugo, ni sus ramas son tan cortas ni están tan secas que no
-puedan retoñar como mugrones del otro lado del Atlántico. De todos
-modos, con la superior riqueza y con la mayor variedad de elementos,
-saldría de su cerebro de usted algo menos exclusivo y con más altos,
-puros y serenos ideales: algo más _azul_ que el azul de su libro de
-usted; algo que tirase menos a lo _verde_ y a lo _negro_. Y por cima de
-todo, se mostrarían más claras y más marcadas la originalidad de usted y
-su individualidad de escritor.
-
-JUAN VALERA
-
-(_De la Real Academia Española_).
-
-[Illustration: y se quedó muerto, pensando en que nacería el sol del día
-venidero, y con él el ideal...]
-
-
-
-
-EL REY BURGUÉS
-
-(CANTO ALEGRE)
-
-
-¡Amigo! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Un cuento
-alegre.., así como para distraer las hermosas y grises melancolías, helo
-aquí:
-
- * * * * *
-
-Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tenía
-trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras,
-caballos de largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos y
-monteros con cuernos de bronce, que llenaban el viento con sus
-fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No, amigo mío: era el Rey Burgués.
-
- * * * * *
-
-Era muy aficionado a las artes el soberano, y favorecía con gran
-largueza a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores,
-escultores, boticarios, barberos y maestros de esgrima.
-
-Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento,
-hacía improvisar a sus profesores de retórica canciones alusivas; los
-criados llenaban las copas de vino de oro que hierve, y las mujeres
-batían palmas con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en
-su Babilonia llena de músicas, de carcajadas y de ruido de festín.
-Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba de caza atronando el
-bosque con sus tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves
-asustadas, y el vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas.
-Los perros de patas elásticas iban rompiendo la maleza en la carrera, y
-los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían
-ondear los mantos purpúreos y llevaban las caras encendidas y las
-cabelleras al viento.
-
- * * * * *
-
-El rey tenía un palacio soberbio donde había acumulado riquezas y
-objetos de arte maravillosos. Llegaba a él por entre grupos de lilas y
-extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos,
-antes que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera
-llena de columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados
-leones de mármol, como los de los troncos salomónicos. Refinamiento. A
-más de los cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía,
-del arrullo, del trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu,
-leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones
-gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí: defensor acérrimo de la
-corrección académica en letras, y del modo lamido en artes; alma sublime
-amante de la lija y de la ortografía.
-
- * * * * *
-
-¡Japonerías! ¡Chinerías! por lujo y nada más.
-
-Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt y
-de los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas
-y las colas enroscadas, en grupos fantásticos y maravillosos; lacas de
-Kioto con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y
-animales de una fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a
-las paredes, peces y gallos de colores; máscaras de gestos infernales y
-con ojos como si fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y
-empuñaduras con dragones devorando flores de loto; y en conchas de
-huevo, túnicas de seda amarilla, como tejidas con hilos de araña,
-sembrada de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y tibores,
-porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros tártaros
-con una piel que les cubre hasta los riñones, y que llevan arcos
-estirados y manojos de flechas.
-
-Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas,
-ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes, con cuadros del gran
-Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¡cuántos salones!
-
-Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad,
-el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe.
-
- * * * * *
-
-Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se
-hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación
-y de baile.
-
---¿Qué es eso?--preguntó.
-
---Señor, es un poeta.
-
-El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, senzontes en la
-pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño.
-
---Dejadle aquí.
-
-Y el poeta:
-
---Señor, no he comido.
-
-Y el rey:
-
---Habla y comerás.
-
-Comenzó:
-
- * * * * *
-
-Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis alas
-al huracán, he nacido en el tiempo de la aurora: busco la raza escogida
-que debe esperar, con el himno en la boca y la lira en la mano, la
-salida del gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana,
-la alcoba llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma de
-pequeñez y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las
-cuerdas débiles, contra las copas de Bohemia y las jarras donde espumea
-el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que me
-hacía parecer histrión, o mujer, y he vestido de modo salvaje y
-espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la selva donde he quedado
-vigoroso y ahito de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera
-del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad,
-como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he ensayado el
-yambo dando al olvido el madrigal.
-
-He acariciado a la gran Naturaleza, y he buscado el calor del ideal, el
-verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está en la
-perla en lo profundo del Océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene
-el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo
-agitación y potencia, y es preciso recibir su espíritu con el poema que
-sea arco triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas
-de amor.
-
-¡Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los
-cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor! el arte no
-viste pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las
-íes. Él es augusto, tiene mantos de oro, o de llamas, o anda desnudo, y
-amasa la greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes
-de ala como las águilas o _zarpazos_ como los leones. Señor, entre un
-Apolo y un ganso, preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida
-y el otro de marfil.
-
-¡Oh, la poesía!
-
-¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las mujeres
-y se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis
-endecasilabos, y el señor profesor de farmacia pone puntos y comas a mi
-inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto...! El ideal, el
-ideal...
-
-El rey interrumpió:
-
---Ya habéis oído. ¿Qué hacer?
-
-Y un filósofo al uso:
-
---Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música;
-podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando os
-paseéis.
-
---Sí--dijo el rey; y dirigiéndose al poeta:--Daréis vueltas a un
-manubrio: Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca
-valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre.
-Pieza de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas, ni de ideales.
-Id.
-
-Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes, al
-poeta hambriento que daba vueltas al manubrio; tiririrín, tiririrín...
-¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las
-cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín...! ¿Había que llenar el estómago?
-¡Tiririrín! Todo entre las burlas de los pájaros libres que llegaban a
-beber rocío en las lilas floridas; entre el zumbido de las abejas que le
-picaban el rostro y le llenaban los ojos de lágrimas... ¡lágrimas
-amargas que rodaban por sus mejillas y que caían a la tierra negra!
-
-Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y
-su cerebro estaba como petrificado, y los grandes himnos estaban en el
-olvido, y el poeta de la montaña coronada de águilas, no era sino un
-pobre diablo que daba vueltas al manubrio: tiririrín.
-
-Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él el rey y sus vasallos; a los
-pájaros se les abrigó, y a él se le dejó el aire glacial que le mordía
-las carnes y le azotaba el rostro.
-
-Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas
-cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las arañas reía
-alegre sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los
-mandarines de las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los
-brindis del señor profesor de retórica, cuajados de dáctilos, de
-anapestos y de pirriquios, mientras en las copas cristalinas hervía el
-champaña con su burbujeo luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de
-fiesta! Y el infeliz, cubierto de nieve, cerca del estanque, daba
-vueltas al manubrio para calentarse, tembloroso y aterido, insultado por
-el cierzo, bajo la blancura implacable y helada, en la noche sombría,
-haciendo resonar entre los árboles sin hojas la música loca de las
-galopas y cuadrillas; y se quedó muerto, pensando en que nacería el sol
-del día venidero, y con él el ideal... y en que el arte no vestiría
-pantalones sino manto de llamas o de oro... Hasta que al día siguiente
-lo hallaron el rey y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como
-gorrión que mata el hielo, con una sonrisa amarga en los labios, y
-todavía con la mano en el manubrio.
-
- * * * * *
-
-¡Oh, mi amigo! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Flotan
-brumosas y grises melancolías...
-
-Pero ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo!
-Hasta la vista.
-
-[Illustration: Cantó los senos de nieve tibia y las copas de oro
-labrado, y el buche del pájaro y la gloria del sol.]
-
-
-
-
-EL SÁTIRO SORDO
-
-(CUENTO GRIEGO)
-
-
-Habitaba cerca del Olimpo un sátiro, y era el viejo rey de su selva. Los
-dioses le habían dicho: «Goza, el bosque es tuyo; sé un feliz bribón,
-persigue ninfas y suena tu flauta». El sátiro se divertía.
-
- * * * * *
-
-Un día que el padre Apolo estaba tañendo la divina lira, el sátiro salió
-de sus dominios y fué osado a subir el sacro monte y sorprender al dios
-crinado. Éste le castigó tornándole sordo como una roca. En balde de las
-espesuras de la selva llena de pájaros, se derramaban los trinos y
-emergían los arrullos. El sátiro no oía nada. Filomela llegaba a
-cantarle sobre su cabeza enmarañada y coronada de pámpanos, canciones
-que hacían detenerse los arroyos, y enrojecerse las rosas pálidas. Él
-permanecía impasible, o lanzaba sus carcajadas salvajes y saltaba
-lascivo y alegre cuando percibía por el ramaje lleno de brechas alguna
-cadera blanca y rotunda que acariciaba el sol con su luz rubia. Todos
-los animales le rodeaban como a un amo a quien se obedece.
-
-A su vista, para distraerle, danzaban coros de bacantes encendidas en su
-fiebre loca, y acompañaban la armonía, cerca de él, faunos adolescentes,
-como hermosos efebos, que le acariciaban reverentemente con su sonrisa;
-y aunque no escuchaba ninguna voz, ni el ruido de los clótalos, gozaba
-de distintas maneras. Así pasaba la vida este rey barbudo, que tenía
-patas de cabra.
-
- * * * * *
-
-Era sátiro caprichoso.
-
-Tenía dos consejeros áulicos: una alondra y un asno. La primera perdió
-su prestigio cuando el sátiro se volvió sordo. Antes, si cansado de su
-lascivia soplaba su flauta dulcemente, la alondra le acompañaba.
-
-Después en su gran bosque, donde no oía ni la voz del olímpico trueno,
-el paciente animal de las largas orejas le servía para cabalgar, en
-tanto que la alondra, en los apogeos del alba, se le iba de las manos,
-cantando camino de los cielos.
-
-La selva era enorme. De ella tocaba a la alondra la cumbre; al asno, el
-pasto. La alondra era saludada por los primeros rayos de la aurora;
-bebía rocío en los retoños; despertaba al roble diciéndole: «Viejo
-roble, despiértate». Se deleitaba con un beso del sol: era amada por el
-lucero de la mañana. Y el hondo azul, tan grande, sabía que ella, tan
-chica, existía bajo su inmensidad. El asno (aunque entonces no había
-conversado con Kant) era experto en filosofía, según el decir común. El
-sátiro, que le veía ramonear en la pastura, moviendo las orejas con aire
-grave, tenía alta idea de tal pensador. En aquellos días el asno no
-tenía como hoy tan larga fama. Moviendo sus mandíbulas, no se habría
-imaginado que escribiesen en su loa Daniel Heinsins, en latín; Passerat,
-Buffón y el gran Hugo, en francés; Posada y Valderrama, en español.
-
-Él, pacienzudo, si le picaban las moscas, las espantaba con el rabo,
-daba coces de cuando en cuando y lanzaba bajo la bóveda del bosque el
-acorde extraño de su garganta. Y era mimado allí. Al dormir su siesta
-sobre la tierra negra y amable, le daban su olor las hierbas y las
-flores. Y los grandes árboles inclinaban sus follajes para hacerle
-sombra.
-
-Por aquellos días, Orfeo, poeta, espantado de la miseria de los hombres,
-pensó huir a los bosques, donde los troncos y las piedras le
-comprenderían y escucharían con éxtasis, y donde él podría temblar de
-armonía y fuego de amor y de vida al sonar de su instrumento.
-
-Cuando Orfeo tañía su lira había sonrisa en el rostro apolíneo. Demeter
-sentía gozo. Las palmeras derramaban su polen, las semillas reventaban,
-los leones movían blandamente su crin. Una vez voló un clavel de su
-tallo hecho mariposa roja, y una estrella descendió fascinada y se tornó
-flor de lis.
-
-¿Qué selva mejor que la del sátiro, a quien él encantaría, donde sería
-tenido como un semidios; selva toda alegría, y danza y belleza y
-lujuria; donde ninfas y bacantes eran siempre acariciadas y siempre
-vírgenes; donde había uvas y rosas y ruido de sistros, y donde el rey
-caprípede bailaba delante de sus faunos beodo y haciendo gestos como
-Sileno?
-
- * * * * *
-
-Fué con su corona de laurel, su lira, su frente de poeta orgulloso,
-erguido y radiante.
-
-Llegó hasta donde estaba el sátiro velludo y montaraz, y para pedirle
-hospitalidad, cantó. Cantó del gran Jove, de Eros y de Afrodita, de los
-centauros gallardos y de las bacantes ardientes: cantó la copa de
-Dionisio, y el tirso que hiere el aire alegre, y a Pan, Emperador de las
-montañas, Soberano de los bosques, dios-sátiro que también sabía cantar.
-Cantó de las intimidades del aire y de la tierra, gran madre. Así
-explicó la melodía de un arpa eolia, el susurro de una arboleda, el
-ruido ronco de un caracol y las notas armónicas que brotan de una
-siringa. Cantó del verso, que baja del cielo y place a los dioses, del
-que acompaña el bárbitos en la oda y el tiempo en el peán. Cantó los
-senos de nieve tibia y las copas del oro labrado, y el buche del pájaro
-y la gloria del sol.
-
-Y desde el principio del cántico brilló la luz con más fulgores. Los
-enormes troncos se conmovieron, y hubo rosas que se deshojaron y lirios
-que se inclinaron lánguidamente como en un dulce desmayo. Porque Orfeo
-hacía gemir los leones y llorar los guijarros con la música de su lira
-rítmica. Las bacantes más furiosas habían callado y le oían como en un
-sueño. Una náyade virgen a quien nunca ni una sola mirada del sátiro
-había profanado, se acercó tímida al cantor y le dijo: «Yo te amo».
-Filomela había volado a posarse en la lira como la paloma anacreóntica.
-No hubo más eco que la voz de Orfeo. Naturaleza sentía el himno. Venus,
-que pasaba por las cercanías, preguntó de lejos con su divina voz:
-«¿Está aquí acaso Apolo?»
-
-Y en toda aquella inmensidad de maravillosa armonía, el único que no oía
-nada era el sátiro sordo.
-
-Cuando el poeta concluyó, dijo a éste:--¿Os place mi canto? Si es así,
-me quedaré con vos en la selva.
-
-El sátiro dirigió una mirada a sus dos consejeros. Era preciso que ellos
-resolviesen lo que no podía comprender él. Aquella mirada pedía una
-opinión.
-
- * * * * *
-
---Señor--dijo la alondra, esforzándose en producir la voz más fuerte de
-su buche--, quédese quien así ha cantado con nosotros. He aquí que su
-lira es bella y potente. Te ha ofrecido la grandeza y la luz rara que
-hoy has visto en tu selva. Te ha dado su armonía. Señor, yo sé de estas
-cosas. Cuando viene el alba desnuda y se despierta el mundo, yo me
-remonto a los profundos cielos y vierto desde la altura las perlas
-invisibles de mis trinos, y entre las claridades matutinas mi melodía
-inunda el aire, y es el regocijo del espacio. Pues yo te digo que Orfeo
-ha cantado bien, y es un elegido de los dioses. Su música embriagó el
-bosque entero. Las águilas se han acercado a revolar sobre nuestras
-cabezas, los arbustos floridos han agitado suavemente sus incensarios
-misteriosos, las abejas han dejado sus celdillas para venir a escuchar.
-En cuanto a mí, ¡oh señor! si yo estuviese en lugar tuyo le daría mi
-guirnalda de pámpanos y mi tirso. Existen dos potencias: la real y la
-ideal. Lo que Hércules haría con sus muñecas, Orfeo lo hace con su
-inspiración. El dios robusto despedazaría de un puñetazo al mismo Athos.
-Orfeo les amansaría con la eficacia de su voz triunfante, a Nemea su
-león y a Erimanto su jabalí. De los hombres unos han nacido para forjar
-los metales, otros para arrancar del suelo fértil las espigas del
-trigal, otros para combatir en las sangrientas guerras, y otros para
-enseñar, glorificar y cantar. Si soy tu copero y te doy vino, goza tu
-paladar; si te ofrezco un himno, goza tu alma.
-
- * * * * *
-
-Mientras cantaba la alondra, Orfeo le acompañaba con su instrumento, y
-un vasto y dominante soplo lírico se escapaba del bosque verde y
-fragante. El sátiro sordo comenzaba a impacientarse. ¿Quién era aquel
-extraño visitante? ¿Por qué ante él había cesado la danza loca y
-voluptuosa? ¿Qué decían sus dos consejeros?
-
-¡Ah! ¡la alondra había cantado, pero el sátiro no oía! Por fin, dirigió
-su vista al asno.
-
-¿Faltaba su opinión? Pues bien, ante la selva enorme y sonora, bajo el
-azul sagrado, el asno movió la cabeza de un lado a otro, grave, terco,
-silencioso, como el sabio que medita.
-
-Entonces, con su pie hendido, hirió el sátiro el suelo, arrugó su frente
-con enojo, y sin darse cuenta de nada, exclamó, señalando a Orfeo la
-salida de la selva:
-
---¡No...!
-
-Al vecino Olimpo llegó el eco, y resonó allá, donde los dioses estaban
-de broma, un coro de carcajadas formidables que después se llamaron
-homéricas.
-
-Orfeo salió triste de la selva del sátiro sordo y casi dispuesto a
-ahorcarse del primer laurel que hallase en su camino.
-
-No se ahorcó, pero se casó con Eurídice.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration: ¡El poeta ha visto ninfas!]
-
-
-
-
-LA NINFA
-
-(CUENTO PARISIENSE)
-
-
-En el castillo que últimamente acaba de adquirir Lesbia, esta actriz
-caprichosa y endiablada que tanto ha dado que decir al mundo por sus
-extravagancias, nos hallábamos a la mesa hasta seis amigos. Presidía
-nuestra Aspasia, quien a la sazón se entretenía en chupar, como niña
-golosa, un terrón de azúcar húmedo, blanco, entre las yemas sonrosadas.
-Era la hora del chartreuse. Se veía en los cristales de la mesa como una
-disolución de piedras preciosas, y la luz de los candelabros se
-descomponía en las copas medio vacías, donde quedaba algo de la púrpura
-del borgoña, del oro hirviente del champaña, de las líquidas esmeraldas
-de la menta.
-
-Se hablaba con el entusiasmo de artistas de buena pasta, tras una buena
-comida. Eramos todos artistas, quien más, quien menos; y aun había un
-sabio obeso que ostentaba en la albura de una pechera inmaculada, el
-gran nudo de una corbata monstruosa.
-
-Alguien dijo:--¡Ah, sí, Fremiet!--Y de Fremiet, se pasó a sus animales,
-a su cincel maestro, a dos perros de bronce que, cerca de nosotros, uno
-buscaba la pista de la pieza, y otro, como mirando al cazador, alzaba el
-pescuezo y arbolaba la delgadez de su cola tiesa y erecta. ¿Quién habló
-de Mirón? El sabio, que recitó en griego el epigrama de Anacreonte:
-«Pastor, lleva a pastar más lejos tu boyada, no sea que creyendo que
-respira la vaca de Mirón, las quieras llevar contigo».
-
-Lesbia acabó de chupar su azúcar, y con una carcajada argentina:
-
---¡Bah! Para mí los sátiros. Yo quisiera dar vida a mis bronces, y si
-esto fuese posible, mi amante sería uno de esos velludos semidioses. Os
-advierto que más que a los sátiros adoro a los centauros; y que me
-dejaría robar por uno de esos monstruos robustos, sólo por oir las
-quejas del engañado, que tocaría su flauta lleno de tristeza.
-
-El sabio interrumpió:
-
---Los sátiros y los faunos, los hipocentauros y las sirenas, han
-existido como las salamandras y el ave Fénix.
-
-Todos reímos; pero entre el coro de carcajadas, se oía irresistible,
-encantadora, la de Lesbia, cuyo rostro encendido, de mujer hermosa,
-estaba como resplandeciente de placer.
-
---Sí--continuó el sabio:--¿con qué derecho negamos los modernos, hechos
-que afirman los antiguos? El perro gigantesco que vió Alejandro, alto
-como un hombre, es tan real como la araña Kraken que vive en el fondo de
-los mares. San Antonio Abad, de edad de noventa años, fué en busca del
-viejo ermitaño Pablo, que vivía en una cueva. Lesbia, no te rías. Iba el
-santo por el yermo, apoyado en su báculo, sin saber dónde encontrar a
-quien buscaba. A mucho andar, ¿sabéis quién le dió las señas del camino
-que debía seguir? Un centauro; «medio hombre y medio caballo»--dice un
-autor.--Hablaba como enojado; huyó tan velozmente, que pronto le perdió
-de vista el santo; así iba galopando el monstruo, cabellos al aire y
-vientre a tierra.
-
-En ese mismo viaje, San Antonio vió un sátiro, «hombrecillo de extraña
-figura, estaba junto a un arroyuelo, tenía las narices corvas, frente
-áspera y arrugada, y la última parte de su contrahecho cuerpo remataba
-con pies de cabra».
-
---Ni más ni menos--dijo Lesbia.--¡M. de Cocureau, futuro miembro del
-instituto!
-
-Siguió el sabio:
-
---Afirma San Jerónimo que en tiempo de Constantino Magno se condujo a
-Alejandría un sátiro vivo, siendo conservado su cuerpo cuando murió.
-
-Además, vióle el emperador de Antioquía.
-
-Lesbia había vuelto a llenar su copa de menta, y humedecía su lengua en
-el licor verde como lo haría un animal felino.
-
---Dice Alberto Magno, que en su tiempo cogieron a dos sátiros en los
-montes de Sajonia. Eurico Zormano asegura que en tierras de Tartaria
-había hombres con sólo un pie, y sólo un brazo en el pecho. Vicencio vió
-en su época un monstruo que trajeron al rey de Francia; tenía cabeza de
-perro (Lesbia reía). Los muslos, brazos y manos tan sin vello como los
-nuestros (Lesbia se agitaba como una chicuela a quien hiciesen
-cosquillas); comía carne cocida y bebía vino con todas ganas.
-
---¡Colombine!--gritó Lesbia. Y llegó Colombine; una falderilla que
-parecía un copo de algodón. Tomóla su ama, y entre las explosiones de
-risa de todos:--¡Toma, el monstruo que tenía tu cara!
-
-Y le dió un beso en la boca, mientras el animal se estremecía e inflaba
-las narices como lleno de voluptuosidad.
-
---Y Filegón Traliano--concluyó el sabio elegantemente--afirma la
-existencia de dos clases de hipocentauros: una de ellas como elefantes.
-
---Basta de sabiduría--dijo Lesbia. Y acabó de beber menta.
-
---Yo estaba feliz. No había desplegado mis labios--¡Oh!--exclamé,--¡para
-mí las ninfas! Yo desearía contemplar esas desnudeces de los bosques y
-de las fuentes, aunque, como Acteón, fuese despedazado por los perros.
-¡Pero las ninfas no existen!
-
-Concluyó aquel concierto alegre con una gran fuga de risas, y de
-personas.
-
---¡Y qué!--me dijo Lesbia, quemándome con sus ojos de faunesa y con voz
-callada para que sólo yo la oyera--, ¡las ninfas existen, tú las verás!
-
- * * * * *
-
-Era un día primaveral. Yo vagaba por el parque del castillo, con el aire
-de un soñador empedernido. Los gorriones chillaban sobre las lilas
-nuevas, y atacaban a los escarabajos que se defendían de los picotazos
-con sus corazas de esmeralda, con sus petos de oro y acero. En las rosas
-el carmín, el bermellón, la onda penetrante de perfumes dulces; más allá
-las violetas, en grandes grupos, con su color apacible y su olor a
-virgen. Después, los altos árboles, los ramajes tupidos llenos de mil
-abejeos, las estatuas en la penumbra, los discóbolos de bronce, los
-gladiadores musculosos en sus soberbias posturas gímnicas, las glorietas
-perfumadas cubiertas de enredaderas, los pórticos, bellas imitaciones
-jónicas, cariátides todas blancas y lascivas, y vigorosos telamones del
-orden atlántico, con anchas espaldas y muslos gigantescos. Vagaba por el
-laberinto de tales encantos cuando oí un ruido, allá en lo obscuro de la
-arboleda, en el estanque donde hay cisenes blancos como cincelados en
-alabastro, y otros que tienen la mitad del cuello del color del ébano,
-como una pierna alba con media negra.
-
-Llegué más cerca. ¿Soñaba? ¡Oh, nunca! Yo sentí lo que tú, cuando viste
-en su gruta por primera vez a Egeria.
-
-Estaba en el centro del estanque, entre la inquietud de los cisnes
-espantados, una ninfa, una verdadera ninfa, que hundía su carne de rosa
-en el agua cristalina. La cadera a flor de espuma parecía a veces como
-dorada por la luz opaca que alcanzaba a llegar por las brechas de las
-hojas. ¡Ah! yo ví lirios, rosas, nieve, oro; ví un ideal con vida y
-forma y oí entre el burbujeo sonoro de la ninfa herida, como una risa
-burlesca y armoniosa que me encendía la sangre.
-
-De pronto huyó la visión, surgió la ninfa del estanque, semejante a
-Citerea en su onda, y recogiendo sus cabellos, que goteaban brillantes,
-corrió por los rosales, tras las lilas y violetas, más allá de los
-tupidos arbolares, hasta perderse ¡ay!, por un recodo; y quedé yo, poeta
-lírico, fauno burlado, viendo a las grandes aves alabastrinas como
-mofándose de mí, tendiéndome sus largos cuellos en cuyo extremo brillaba
-bruñida el ágata de sus picos.
-
- * * * * *
-
-Después almorzábamos juntos aquellos amigos de la noche pasada; entre
-todos, triunfante, con su pechera y su gran corbata obscura, el sabio
-obeso, futuro miembro del Instituto.
-
-Y de repente, mientras todos charlaban de la última obra de Fremiet en
-el salón, exclamó Lesbia con su alegre voz parisiense:
-
---¡Té! como dice Tartarín: ¡el poeta ha visto ninfas...!--La
-contemplaron todos asombrados, y ella me miraba, me miraba como una
-gata, y se reía, como una chiquilla a quien se le hiciesen cosquillas.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration: entre el siglo de la lancha y el gran bulto quedó con los
-riñones rotos, el espinazo desencajado...]
-
-
-
-
-EL FARDO
-
-
-Allá lejos, en la línea como trazada con un lápiz azul, que separa las
-aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus polvos de oro y sus
-torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de hierro cadente.
-Ya el muelle fiscal iba quedando en quietud; los guardas pasaban de un
-punto a otro, las gorras metidas hasta las cejas, dando aquí y allá sus
-vistazos. Inmóvil el enorme brazo de los pescantes, los jornaleros se
-encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo del muelle, y el
-húmedo viento salado, que sopla de mar afuera a la hora en que la noche
-sube, mantenía las lanchas cercanas en un continuo cabeceo.
-
- * * * * *
-
-Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el viejo tío Lucas, que
-por la mañana se estropeara un pie al subir una barrica a un carretón,
-y que, aunque cojín cojeando había trabajado todo el día, estaba sentado
-en una piedra, y, con la pipa en la boca, veía triste el mar.
-
---¡Eh, tío Lucas! ¿se descansa?
-
---Sí, pues, patroncito.
-
-Y empezó la charla, esa charla agradable y suelta que me place entablar
-con los bravos hombres toscos que viven la vida del trabajo
-fortificante, la que da la buena salud y la fuerza del músculo, y se
-nutre con el grano del poroto y la sangre hirviente de la viña.
-
-Yo veía con cariño a aquel rudo viejo, y le oía con interés sus
-relaciones, así, todas cortadas, todas como de hombre basto, pero de
-pecho ingenuo. ¡Ah, conque fué militar! ¡Conque de mozo fué soldado de
-Bulnes! ¡Conque todavía tuvo resistencias para ir con su rifle hasta
-Miraflores! Y es casado, y tuvo un hijo, y...
-
-Y aquí el tío Lucas:
-
---Sí, patrón, ¡hace dos años que se me murió!
-
-Aquellos ojos, chicos y relumbrantes bajo las cejas grises y peludas, se
-humedecieron entonces.
-
---¿Que cómo se murió? En el oficio, por darnos de comer a todos, a mi
-mujer, a los chiquitos y a mí, patrón, que entonces me hallaba enfermo.
-
-Y todo me lo refirió, al comenzar aquella noche, mientras las olas se
-cubrían de brumas y la ciudad encendía sus luces; él, en la piedra que
-le servía de asiento, después de apagar su negra pipa y de colocársela
-en la oreja, y de estirar y cruzar sus piernas flacas y musculosas,
-cubiertas por los sucios pantalones arremangados hasta el tobillo.
-
- * * * * *
-
-El muchacho era muy honrado y muy de trabajo. Se quiso ponerlo a la
-escuela desde grandecito; ¡pero los miserables no deben aprender a leer
-cuando se llora de hambre en el cuartucho!
-
-El tío Lucas era casado, tenía muchos hijos.
-
-Su mujer llevaba la maldición del vientre de los pobres: la fecundidad.
-Había, pues, mucha boca abierta que pedía pan, mucho chico sucio que se
-revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que temblaba de frío; era
-preciso ir a llevar qué comer, a buscar harapos, y para eso, quedar sin
-alientos y trabajar como un buey.
-
-Cuando el hijo creció ayudó al padre. Un vecino, el herrero, quiso
-enseñarle su industria; pero como entonces era tan débil, casi un
-armazón de huesos, y en el fuelle tenía que echar el bofe, se puso
-enfermo y volvió al conventillo. ¡Ah, estuvo muy enfermo! Pero no murió.
-¡No murió! Y eso que vivían en uno de esos hacinamientos humanos, entre
-cuatro paredes destartaladas, viejas, feas, en la callejuela inmunda de
-las mujeres perdidas, hedionda a todas horas, alumbrada de noche por
-escasos faroles, y donde resuenan en perpetua llamada a las zambras de
-echacorvería, las arpas y los acordeones, y el ruido de los marineros
-que llegan al burdel, desesperados con la castidad de las largas
-travesías, a emborracharse como cubas y a gritar y patalear como
-condenados. ¡Sí! entre la podredumbre, al estrépito de las fiestas
-tunantescas, el chico vivió, y pronto estuvo sano y en pie.
-
-Luego llegaron sus quince años.
-
- * * * * *
-
-El tío Lucas había logrado, tras mil privaciones, comprar una canoa. Se
-hizo pescador.
-
-Al venir el alba, iba con su mocetón al agua, llevando los enseres de la
-pesca. El uno remaba, el otro ponía en los anzuelos la carnada. Volvían
-a la costa con buena esperanza de vender lo hallado, entre la brisa fría
-y las opacidades de la neblina, cantando en baja voz algún «triste» y
-enhiesto el remo triunfante que chorreaba espuma.
-
-Si había buena venta, otra salida por la tarde.
-
-Una de invierno había temporal. Padre e hijo, en la pequeña embarcación,
-sufrían en el mar la locura de la ola y del viento. Difícil era llegar a
-tierra. Pesca y todo se fué al agua, y se pensó en librar el pellejo.
-Luchaban como desesperados por ganar la playa. Cerca de ella estaban;
-pero una racha maldita les empujó contra una roca, y la canoa se hizo
-astillas. Ellos salieron sólo magullados, ¡gracias a Dios! como decía
-el tío Lucas al narrarlo. Después, ya son ambos lancheros.
-
-Sí, lancheros; sobre las grandes embarcaciones chatas y negras;
-colgándose de la cadena que rechina pendiente como una sierpe de hierro
-del macizo pescante que semeja una horca; remando de pie y a compás;
-yendo con la lancha del muelle al vapor y del vapor al muelle; gritando,
-¡biiooeep! cuando se empujan los pesados bultos para engancharlos en la
-uña potente que los levanta balanceándolos como un péndulo, ¡sí!
-lancheros; el viejo y el muchacho, el padre y el hijo; ambos a
-horcajadas sobre un cajón, ambos forcejeando, ambos ganando su jornal,
-para ellos y para sus queridas sanguijuelas del conventillo.
-
-Íbanse todos los días al trabajo, vestidos de viejo, fajadas las
-cinturas con sendas bandas coloradas, y haciendo sonar a una sus zapatos
-groseros y pesados que se quitaban al comenzar la tarea, tirándolos a un
-rincón de la lancha.
-
-Empezaba el trajín, el cargar y descargar. El padre era
-cuidadoso:--¡Muchacho, que te rompes la cabeza! ¡Que te coge la mano el
-chicote! ¡Que vas a perder una canilla!--Y enseñaba, adiestraba, dirigía
-al hijo, con su modo, con sus bruscas palabras de obrero viejo y de
-padre encariñado.
-
- * * * * *
-
-Hasta que un día el tío Lucas no pudo moverse de la cama, porque el
-reumatismo le hinchaba las coyunturas y le taladraba los huesos.
-
-¡Oh! Y había que comprar medicinas y alimentos; eso sí.
-
---Hijo, al trabajo, a buscar plata; hoy es sábado.
-
-Y se fué el hijo, solo, casi corriendo, sin desayunarse, a la faena
-diaria.
-
-Era un bello día de luz clara, de sol de oro. En el muelle rodaban los
-carros sobre sus rieles, crujían las poleas, chocaban las cadenas. Era
-la gran confusión del trabajo que da vértigo, el son del hierro,
-traqueteos por doquiera, y el viento pasando por el bosque de árboles y
-jarcias de los navíos en grupo.
-
-Debajo de uno de los pescantes del muelle estaba el hijo del tío Lucas
-con otros lancheros, descargando a toda prisa. Había que vaciar la
-lancha repleta de fardos. De tiempo en tiempo bajaba la larga cadena que
-remata en un garfio, sonando como una matraca al correr con la roldana;
-los mozos amarraban los bultos con una cuerda doblada en dos, los
-enganchaban en el garfio, y entonces éstos subían a la manera de un pez
-en un anzuelo, o del plomo de una sonda, ya quietos, ya agitándose de un
-lado a otro, como un badajo, en el vacío.
-
-La carga estaba amontonada. La ola movía pausadamente de cuando en
-cuando la embarcación colmada de fardos. Estos formaban una a modo de
-pirámide en el centro. Había uno muy pesado, muy pesado. Era el más
-grande de todos, ancho, gordo y oloroso a brea. Venía en el fondo de la
-lancha. Un hombre de pie sobre él, era pequeña figura para el grueso
-zócalo.
-
-Era algo como todos los prosaísmos de la importación, envueltos en lona
-y fajados con correas de hierro. Sobre sus costados, en medio de líneas
-y de triángulos negros, había letras que miraban como ojos.--Letras en
-«diamante»--decía el tío Lucas. Sus cintas de hierro estaban apretadas
-con clavos cabezudos y ásperos; y en las entrañas tendría el monstruo,
-cuando menos, linones y percales.
-
- * * * * *
-
-Sólo él faltaba.
-
---¡Se va el bruto!--dijo uno de los lancheros.
-
---El Barrigón--agregó otro.
-
-El hijo del tío Lucas, que estaba ansioso de acabar pronto, se alistaba
-para ir a cobrar y desayunarse, anudándose un pañuelo de cuadros al
-pescuezo.
-
-Bajó la cadena danzando en el aire. Se amarró un gran lazo en el fardo,
-se probó si estaba bien seguro, y se gritó: ¡Iza! mientras la cadena
-tiraba de la masa chirriando y levantándola en vilo.
-
-Los lancheros, de pie, miraban subir el enorme peso, y se preparaban
-para ir a tierra, cuando se vió una cosa horrible. El fardo, el grueso
-fardo, se zafó del lazo, como de un collar holgado saca un perro la
-cabeza; y cayó sobre el hijo del tío Lucas, que entre el filo de la
-lancha y el gran bulto quedó con los riñones rotos, el espinazo
-desencajado y echando sangre negra por la boca.
-
-Aquel día no hubo pan ni medicinas en casa del tío Lucas, sino el
-muchacho destrozado, al que se abrazaba llorando el reumático, entre la
-gritería de la mujer y de los chicos, cuando llevaban el cadáver al
-cementerio.
-
- * * * * *
-
-Me despedí del viejo lanchero, y a pasos elásticos dejé el muelle,
-tomando el camino de la casa y haciendo filosofía con toda la cachaza de
-un poeta, en tanto que una brisa glacial, que venía de mar afuera,
-pellizcaba tenazmente las narices y las orejas.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration: Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en
-suerte una cantera, al otro el iris, al otro el ritmo, al otro el cielo
-azul.]
-
-
-
-
-EL VELO DE LA REINA MAB
-
-
-La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por cuatro
-coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando sobre un rayo
-de sol, se coló por la ventana de una boardilla donde estaban cuatro
-hombres flacos, barbudos e impertinentes, lamentándose como unos
-desdichados.
-
-Por aquel tiempo, las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A
-unos habían dado las varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas
-cajas del comercio; a otros unas espigas maravillosas que al
-desgranarlas colmaban las trojes de riqueza; a otros unos cristales que
-hacían ver en el riñón de la madre tierra, oro y piedras preciosas; a
-quiénes, cabelleras espesas y músculos de Goliat, y mazas enormes para
-machacar el hierro encendido; y a quiénes, talones fuertes y piernas
-ágiles para montar en las rápidas caballerías que se beben el viento y
-que tienden las crines en la carrera.
-
-Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en suerte una
-cantera, al otro el iris, al otro el ritmo, al otro el cielo azul.
-
- * * * * *
-
-La reina Mab oyó sus palabras: Decía el primero:--¡Y bien! ¡Heme aquí en
-la gran lucha de mis sueños de mármol! Yo he arrancado el bloque y tengo
-el cincel. Todos tenéis, unos el oro, otros la armonía, otros la luz; yo
-pienso en la blanca y divina Venus, que muestra su desnudez bajo el
-plafón color del cielo. Yo quiero dar a la masa la línea y la hermosura
-plástica; y que circule por las venas de la estatua una sangre incolora
-como la de los dioses. Yo tengo el espíritu de Grecia en el cerebro, y
-amo los desnudos en que la ninfa huye y el fauno tiende los brazos. ¡Oh,
-Fidias! Tú eres para mí soberbio y augusto como un semidiós, en el
-recinto de la eterna belleza, rey ante un ejército de hermosuras que a
-tus ojos arrojan el magnífico Kiton, mostrando la esplendidez de la
-forma en sus cuerpos de rosa y de nieve.
-
-Tú golpeas, hieres y domas al mármol, y suena el golpe armónico como en
-verso, y te adula la cigarra, amante del sol, oculta entre los pámpanos
-de la viña virgen. Para ti son los Apolos rubios y luminosos, las
-Minervas severas y soberanas. Tú, como un mago, conviertes la roca en
-simulacro y el colmillo del elefante en copa del festín. Y al ver tu
-grandeza siento el martirio de mi pequeñez. Porque pasaron los tiempos
-gloriosos. Porque tiemblo ante las miradas de hoy. Porque contemplo el
-ideal inmenso y las fuerzas exhaustas. Porque a medida que cincelo el
-bloque me ataraza el desaliento.
-
- * * * * *
-
-Y decía el otro:--Lo que es hoy romperé mis pinceles. ¿Para qué quiero
-el iris y esta gran paleta de campo florido, si a la postre mi cuadro no
-será admitido en el salón? ¿Qué abordaré? He recorrido todas las
-escuelas, todas las inspiraciones artísticas. He pintado el torso de
-Diana y el rostro de la Madona. He pedido a las campiñas sus colores,
-sus matices; he adulado a la luz como a una amada, y la he abrazado como
-a una querida. He sido adorador del desnudo, con sus magnificencias, con
-los tonos de sus carnaciones y con sus fugaces medias tintas. He trazado
-en mis lienzos los nimbos de los santos y las alas de los querubines.
-¡Ah, pero siempre el terrible desencanto! ¡el porvenir! ¡Vender una
-Cleopatra en dos pesetas para poder almorzar!
-
-Y yo, ¡que podría en el estremecimiento de mi inspiración, trazar el
-gran cuadro que tengo aquí adentro!
-
- * * * * *
-
-Y decía el otro:--Perdida mi alma en la gran ilusión de mis sinfonías,
-temo todas las decepciones. Yo escucho todas las armonías, desde la lira
-de Terpandro hasta las fantasías orquestales de Wagner. Mis ideales
-brillan en medio de mis audacias de inspirado. Yo tengo la percepción
-del filósofo que oyó la música de los astros. Todos los ruidos pueden
-aprisionarse, todos los ecos son susceptibles de combinaciones. Todo
-cabe en la línea de mis escalas cromáticas.
-
-La luz vibrante es himno, y la melodía de la selva halla un eco en mi
-corazón. Desde el ruido de la tempestad hasta el canto del pájaro, todo
-se confunde y enlaza en la infinita cadencia.
-
-Entre tanto, no diviso sino la muchedumbre que befa, y la celda del
-manicomio.
-
- * * * * *
-
-Y el último:--Todos bebemos del agua clara de la fuente de Jonia. Pero
-el ideal flota en el azul; y para que los espíritus gocen de la luz
-suprema es preciso que asciendan. Yo tengo el verso que es de miel y el
-que es de oro, y el que es de hierro candente. Yo soy el ánfora del
-celeste perfume: tengo el amor. Paloma, estrella, nido, lirio, vosotros
-conocéis mi morada. Para los vuelos inconmensurables tengo alas de
-águila que parten a golpes mágicos el huracán. Y para hallar
-consonantes, los busco en dos bocas que se juntan; y estalla el beso, y
-escribo la estrofa, y entonces, si véis mi alma, conoceréis a mi musa.
-Amo las epopeyas, porque de ellas brota el soplo heroico que agita las
-banderas que ondean sobre las lanzas y los penachos que tiemblan sobre
-los cascos; los cantos líricos, porque hablan de las diosas y de los
-amores; y las églogas, porque son olorosas a verbena y a tomillo, y al
-santo aliento del buey coronado de rosas. Yo escribiría algo inmortal;
-mas me abruma un porvenir de miseria y de hambre.
-
- * * * * *
-
-Entonces la reina Mab, del fondo de su carro hecho de una sola perla,
-tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros, o de
-miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo de los
-sueños, de los dulces sueños, que hacen ver la vida del color de rosa. Y
-con él envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes.
-Los cuales cesaron de estar tristes, porque penetró en su pecho la
-esperanza, y en su cabeza el sol alegre, con el diablillo de la vanidad,
-que consuela en sus profundas decepciones a los pobres artistas.
-
-Y desde entonces, en las boardillas de los brillantes infelices, donde
-flota el sueño azul, se piensa en el porvenir como en la aurora, y se
-oyen risas que quitan la tristeza, y se bailan extrañas farándulas
-alrededor de un blanco Apolo, de un lindo paisaje, de un violín viejo,
-de un amarillento manuscrito.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration: Aquel día, un harapiento, por las trazas un mendigo, tal
-vez un peregrino, quizá un poeta...]
-
-
-
-
-LA CANCIÓN DEL ORO
-
-
-Aquel día, un harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un
-peregrino, quizá un poeta, llegó, bajo la sombra de los altos álamos, a
-la gran calle de los palacios, donde hay desafíos de soberbia entre el
-ónix y el pórfido, el ágata y el mármol; en donde las altas columnas,
-los hermosos frisos, las cópulas doradas, reciben la caricia pálida del
-sol moribundo.
-
-Había tras los vidrios de las ventanas, en los vastos edificios de la
-riqueza, rostros de mujeres gallardas o de niños encantadores. Tras las
-rejas se adivinaban extensos jardines, grandes verdores salpicados de
-rosas y ramas que se balanceaban acompasada y blandamente como bajo la
-ley de un ritmo. Y allá en los grandes salones, debía de estar el tapiz
-purpurado y lleno de oro, la blanca estatua, el bronce chino, el tibor
-cubierto de campos azules y de arrozales tupidos, la gran cortina
-recogida como una falda, ornada de flores opulentas, donde el ocre
-oriental hace vibrar la luz en la seda que resplandece. Luego, las
-lunas venecianas, los palisándros y los cedros, los nácares y los
-ébanos, y el piano negro y abierto, que ríe mostrando sus teclas como
-una linda dentadura; y las arañas cristalinas, donde alzan las velas
-profusas la aristocracia de su blanca cera. ¡Oh, y más allá! Más allá el
-cuadro valioso, dorado por el tiempo, el retrato que firma Durand o
-Bounat, y las preciosas acuarelas en que el tono rosado parece que
-emerge de un cielo puro y envuelve en una onda dulce desde el lejano
-horizonte hasta la hiedra trémula y humilde. Y más allá...
-
- * * * * *
-
-_(Muere la tarde._
-
-_Llega a las puertas del palacio un carruaje flamante y charolado. Baja
-una pareja y entra con tal soberbia en la mansión, que el mendigo
-piensa, decididamente, el aguilucho y su hembra van al nido. El tronco,
-ruidoso y azogado, a un golpe de látigo, arrastra el carruaje haciendo
-relampaguear las piedras. Noche.)_
-
- * * * * *
-
-Entonces en aquel cerebro de loco, que ocultaba un sombrero raído, brotó
-como un germen de una idea que pasó al pecho, y fué opresión, y llegó a
-la boca hecho himno que le encendía la lengua y hacía entrechocar los
-dientes. Fué la visión de todos los mendigos, de todos los suicidas, de
-todos los borrachos, del harapo y de la llaga, de todos los que
-viven--¡Dios mío!--en perpetua noche, tanteando la sombra, cayendo al
-abismo, por no tener un mendrugo para llenar el estómago. Y después la
-turba feliz, el lecho blando, la trufa y el áureo vino que hierve, el
-raso y muaré que con su roce ríen; el novio rubio y la novia morena
-cubierta de pedrería y blonda; y el gran reloj que la suerte tiene para
-medir la vida de los felices opulentos, que, en vez de granos de arena,
-deja caer escudos de oro.
-
- * * * * *
-
-Aquella especie de poeta sonrió; pero su faz tenía aire dantesco. Sacó
-de su bolsillo un pan moreno, comió y dió al viento su himno. Nada más
-cruel que aquel canto tras el mordisco.
-
- * * * * *
-
-¡Cantemos el oro!
-
-Cantemos el oro, rey del mundo, que lleva dicha y luz por donde va, como
-los fragmentos de un sol despedazado.
-
-Cantemos el oro, que nace del vientre fecundo de la madre tierra;
-inmenso tesoro, leche rubia de esa ubre gigantesca.
-
-Cantemos el oro, río caudaloso, fuente de la vida, que hace jóvenes y
-bellos a los que se bañan en sus corrientes maravillosas, y envejece a
-aquellos que no gozan de sus raudales.
-
-Cantemos el oro, porque de él se hacen las tiaras de los pontífices, las
-coronas de los reyes y los cetros imperiales; y porque se derrama por
-los mantos como un fuego sólido, e inunda las capas de los arzobispos, y
-refulge en los altares y sostiene al Dios eterno en las custodias
-radiantes.
-
-Cantemos el oro, porque podemos ser unos perdidos, y él nos pone
-mamparas para cubrir las locuras abyectas de la taberna y las vergüenzas
-de las alcobas adúlteras.
-
-Cantemos el oro, porque al saltar del cuño lleva en su disco el perfil
-soberbio de los césares; y va a repletar las cajas de sus vastos
-templos, los bancos, y mueve las máquinas, y da la vida, y hace engordar
-los tocinos privilegiados.
-
-Cantemos el oro, porque él da los palacios y los carruajes, los vestidos
-a la moda, y los frescos senos de las mujeres garridas; y las
-genuflexiones de espinazos aduladores y las muecas de los labios
-eternamente sonrientes.
-
-Cantemos el oro, padre del pan.
-
-Cantemos el oro, porque es en las orejas de las lindas damas, sostenedor
-del rocío del diamante, al extremo de tan sonrosado y bello caracol;
-porque en los pechos siente el latido de los corazones, y en las manos a
-veces es símbolo de amor y de santa promesa.
-
-Cantemos el oro, porque tapa las bocas que nos insultan; detiene las
-manos que nos amenazan, y pone vendas a los pillos que nos sirven.
-
-Cantemos el oro, porque su voz es música encantada; porque es heroico y
-luce en las corazas de los héroes homéricos, y en las sandalias de las
-diosas y en los coturnos trágicos y en las manzanas del Jardín de las
-Hespérides.
-
-Cantemos el oro, porque de él son las cuerdas de las grandes liras, la
-cabellera de las más tiernas amadas, los granos de la espiga y el peplo
-que al levantarse viste la olímpica aurora.
-
-Cantemos el oro, premio y gloria del trabajador y pasto del bandido.
-
-Cantemos el oro, que cruza por el carnaval del mundo, disfrazado de
-papel, de plata, de cobre y hasta de plomo.
-
-Cantemos el oro, amarillo como la muerte.
-
-Cantemos el oro, calificado de vil por los hambrientos; hermano del
-carbón, oro negro que incuba el diamante; rey de la mina, donde el
-hombre lucha y la roca se desgarra; poderoso en el poniente, donde se
-tiñe en sangre; carne de ídolo, tela de que Fidias hace el traje de
-Minerva.
-
-Cantemos el oro, en el arnés del caballo, en el carro de guerra, en el
-puño de la espada, en el lauro que ciñe cabezas luminosas, en la copa
-del festín dionisíaco, en el alfiler que hiere el seno de la esclava, en
-el rayo del astro y en el champaña que burbujea como una disolución de
-topacios hirvientes.
-
-Cantemos el oro, porque nos hace gentiles, educados y pulcros.
-
-Cantemos el oro, porque es la piedra de toque de toda amistad.
-
-Cantemos el oro, purificado por el fuego, como el hombre por el
-sufrimiento; mordido por la lima como el hombre por la envidia; golpeado
-por el martillo, como el hombre por la necesidad; realzado por el
-estuche de seda como el hombre por el palacio de mármol.
-
-Cantemos el oro, esclavo, despreciado por Jerónimo, arrojado por
-Antonio, vilipendiado por Macario, humillado por Hilarión, maldecido por
-Pablo el Ermitaño, quien tenía por alcázar una cueva bronca, y por
-amigos las estrellas de la noche, los pájaros del alba y las fieras
-hirsutas y salvajes del yermo.
-
-Cantemos el oro, dios becerro, tuétano de roca misterioso y callado en
-su entraña, y bullicioso cuando brota a pleno sol y a toda vida, sonante
-como un coro de tímpanos; feto de astros, residuo de luz, encarnación de
-éter.
-
-Cantemos el oro, hecho sol, enamorado de la noche, cuya camisa de
-crespón riega de estrellas brillantes, después del último beso como con
-una gran muchedumbre de libras esterlinas.
-
-¡Eh, miserables beodos, pobres de solemnidad, prostitutas, mendigos,
-vagos, rateros, bandidos, pordioseros peregrinos, y vosotros los
-desterrados, y vosotros los holgazanes, y sobre todo, vosotros, oh
-poetas!
-
-¡Unámonos a los felices, a los poderosos, a los banqueros, a los
-semidioses de la tierra!
-
-¡Cantemos el oro!
-
- * * * * *
-
-Y el eco se llevó aquel himno, mezcla de gemido, ditirambo y carcajada;
-y como ya la noche obscura y fría había entrado, el eco resonaba en las
-tinieblas.
-
-Pasó una vieja y pidió limosna.
-
-Y aquella especie de harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un
-peregrino, quizá un poeta, le dió su último mendrugo de pan petrificado,
-y se marchó por la terrible sombra, rezongando entre dientes.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration:... queriendo huir por el agujero abierto por mi maza de
-granito, desnuda y bella, destrozó su cuerpo blanco y suave como de
-azahar y mármol y rosa...]
-
-
-
-
-EL RUBÍ
-
-
-¡Ah! ¡Con que es cierto! ¡Con que ese sabio parisiense ha logrado sacar
-del fondo de sus retortas, de sus matraces, la púrpura cristalina de que
-están incrustados los muros de mi palacio! Y al decir esto el pequeño
-gnomo iba y venía, de un lugar a otro, a cortos saltos, por la honda
-cueva que les servía de morada; y hacía temblar su larga barba y el
-cascabel de su gorro azul y puntiagudo.
-
-En efecto, un amigo del centenario Chevreul--cuasi Althotas--el químico
-Fremy, acababa de descubrir la manera de hacer rubíes y zafiros.
-
-Agitado, conmovido, el gnomo--que era sabidor y de genio harto
-vivaz--seguía monologando.
-
---¡Ah, sabios de la Edad Media! ¡Ah, Alberto el Grande, Averroes,
-Raimundo Lulio! ¡Vosotros no pudisteis ver brillar el gran sol de la
-piedra filosofal, y he aquí que sin estudiar las fórmulas aristotélicas,
-sin saber cábala y nigromancia, llega un hombre del siglo décimonono a
-formar a la luz del día lo que nosotros fabricamos en nuestros
-subterráneos! ¡Pues el conjuro! fusión por veinte días, de una mezcla de
-sílice y de aluminado de plomo; coloración con bicromata de potasa o con
-óxido de cobalto. Palabras en verdad que parecen lengua diabólica.
-
-Risa.
-
-Luego se detuvo.
-
- * * * * *
-
-El cuerpo del delito estaba allí, en el centro de la gruta, sobre una
-gran roca de oro; un pequeño rubí, redondo, un tanto reluciente, como un
-grano de granada al sol.
-
-El gnomo tocó un cuerno, el que llevaba a su cintura, y el eco resonó
-por las vastas concavidades. Al rato, un bullicio, un tropel, una
-algazara. Todos los gnomos habían llegado.
-
-Era la cueva ancha, y había en ella una claridad extraña y blanca. Era
-la claridad de los carbunclos que en el techo de piedra centelleaban,
-incrustados, hundidos, apiñados, en focos múltiples; una dulce luz lo
-ilumina todo.
-
-A aquellos resplandores podía verse la maravillosa mansión en todo su
-esplendor. En los muros, sobre pedazos de plata y oro, entre venas de
-lapizlázuli, formaban caprichosos dibujos, como los arabescos de una
-mezquita, gran muchedumbre de piedras preciosas. Los diamantes blancos y
-limpios como gotas de agua, emergían los iris de sus cristalizaciones;
-cerca de calcedonias colgantes en estalactitas, las esmeraldas esparcían
-sus resplandores verdes, y los zafiros, en amontonamientos raros, en
-ramilletes que pendían del cuarzo, semejaban grandes flores azules y
-temblorosas.
-
-Los topacios dorados, las amatistas, circundaban en franjas el recinto;
-y en el pavimento, cuajado de ópalos, sobre la pulida crisofásia y el
-ágata, brotaba de trecho en trecho un hilo de agua que caía con una
-dulzura musical, a gotas armónicas, como las de una flauta metálica
-soplada muy levemente.
-
-¡Puck se había entrometido en el asunto, el pícaro Puck! Él había
-llevado el cuerpo del delito, el rubí falsificado, el que estaba ahí,
-sobre la roca de oro como una profanación entre el centelleo de todo
-aquel encanto.
-
-Cuando los gnomos estuvieron juntos, unos con sus martillos y cortas
-hachas en las manos, otros de gala, con caperuzas flamantes y
-encarnadas, llenas de pedrería, todos furiosos, Puck dijo así:
-
---Me habéis pedido que os trajese una muestra de la nueva falsificación
-humana, y he satisfecho esos deseos.
-
-Los gnomos, sentados a la turca, se tiraban de los bigotes; daban las
-gracias a Puck con una pausada inclinación de cabeza, y los más cercanos
-a él examinaban con gesto de asombro las lindas alas, semejantes a los
-de un hipsipilo.
-
-Continuó:
-
---¡Oh, Tierra! ¡Oh, Mujer! Desde el tiempo en que veía a Titania no he
-sido sino un esclavo de la una, un adorador casi místico de la otra.
-
-Y luego, como si hablase en el placer de un sueño:
-
---¡Esos rubíes! En la gran ciudad de París, volando invisible, los vi
-por todas partes. Brillaban en los collares de las cortesanas, en las
-condecoraciones exóticas de los rastacueros, en los anillos de los
-príncipes italianos y en los brazaletes de las primadonas.
-
-Y con pícara sonrisa siempre:
-
---Yo me colé hasta cierto gabinete rosado muy en boga... Había una
-hermosa mujer dormida. Del cuello le arranqué un medallón y del medallón
-el rubí. Ahí lo tenéis.
-
-Todos soltaron la carcajada. ¡Qué cascabeleo!
-
---¡Eh, amigo Puck!
-
-¡Y dieron su opinión después, acerca de aquella piedra falsa, obra de
-hombre, o de sabio, que es peor!
-
---¡Vidrio!
-
---¡Maleficio!
-
---¡Ponzoña y cábala!
-
---¡Química!
-
---¡Pretender imitar un fragmento del iris!
-
---¡El tesoro rubicundo de lo hondo del globo!
-
---¡Hecho de rayos del poniente solidificados!
-
-El gnomo más viejo, andando con sus piernas torcidas, su gran barba
-nevada, su aspecto de patriarca, su cara llena de arrugas:
-
---¡Señores!--dijo,--¡no sabéislo que habláis!
-
-Todos escucharon.
-
---Yo, yo que soy el más viejo de vosotros, puesto que apenas sirvo ya
-para martillar las facetas de los diamantes; yo, que he visto formarse
-estos hondos alcázares que he cincelado los huesos de la tierra, que he
-amasado el oro, que he dado un día un puñetazo a un muro de piedra, y
-caí a un lago donde violé a una ninfa; yo, el viejo, os referiré cómo se
-hizo el rubí.
-
-Oid.
-
- * * * * *
-
-Puck sonreía curioso. Todos los gnomos rodearon al anciano cuyas canas
-palidecían a los resplandores de la pedrería, y cuyas manos extendían su
-movible sombra en los muros, cubiertos de piedras preciosas, como un
-lienzo lleno de miel donde se arrojasen granos de arroz.
-
---Un día, nosotros, los escuadrones que tenemos a nuestro cargo las
-minas de diamantes, tuvimos una huelga que conmovió toda la tierra, y
-salimos en fuga por los cráteres de los volcanes.
-
-El mundo estaba alegre, todo era vigor y juventud; y las rosas, y las
-hojas verdes y frescas, y los pájaros en cuyos buches entra el grano y
-brota el gorjeo, y el campo todo, saludaban al sol y a la primavera
-fragante.
-
-Estaba el monte armónico y florido; lleno de trinos y de abejas; era una
-grande y santa nupcia la que quebraba la luz, y en el árbol la savia
-ardía profundamente, y en el animal todo era estremecimiento o balido de
-cántico, y en el gnomo había risa y placer.
-
-Yo había salido por un cráter apagado. Ante mis ojos había un campo
-extenso. De un salto me puse sobre un gran árbol, una encina vieja.
-Luego bajé al tronco, y me hallé cerca de un arroyo, un río pequeño y
-claro donde las aguas charlaban diciéndose bromas cristalinas. Yo tenía
-sed. Quise beber ahí... Ahora, oid mejor.
-
-Brazos, espaldas, senos desnudos, azucenas, rosas, panecillos de marfil
-coronados de cerezas; ecos de risas áureas festivas; y allá entre las
-espumas, entre las linfas rotas, bajo las verdes ramas...
-
---¿Ninfas?
-
---No, mujeres.
-
- * * * * *
-
---Yo sabía cuál era mi gruta. Con dar un golpe en el suelo, abría la
-arena negra y llegaba a mi dominio. ¡Vosotros, pobrecillos, gnomos
-jóvenes, tenéis mucho que aprender!
-
-Bajo los retoños de unos helechos nuevos me escurrí sobre unas piedras
-deslavadas por la corriente espumosa y parlante; y a ella, a la hermosa,
-a la mujer, la así de la cintura, con este brazo antes tan musculoso;
-gritó, golpeé el suelo, descendimos. Arriba quedó el asombro, abajo el
-gnomo soberbio y vencedor.
-
-Un día yo martillaba un trozo de diamante inmenso, que brillaba como un
-astro y que al golpe de mi maza se hacía pedazos.
-
-El pavimiento de mi taller se asemejaba a los restos de un sol hecho
-trizas. La mujer amada descansaba a un lado, rosa de carne entre
-maceteros de zafir, emperatriz del oro, en un lecho de cristal de roca,
-toda desnuda y espléndida como una diosa.
-
-Pero en el fondo de mis dominios, mi reina, mi querida, mi belleza, me
-engañaba. Cuando el hombre ama de veras, su pasión lo penetra todo y es
-capaz de traspasar la tierra.
-
-Ella amaba a un hombre, y desde su prisión le enviaba sus suspiros.
-Estos pasaban los poros de la corteza terrestre y llegaban a él; y él,
-amándola también, besaba las rosas de cierto jardín; y ella, la
-enamorada, tenía--yo lo notaba--convulsiones súbitas en que estiraba sus
-labios rosados y frescos como pétalos de centifolia. ¿Cómo ambos así se
-sentían? Con ser quien soy, no lo sé.
-
- * * * * *
-
-Había acabado yo mi trabajo: un gran montón de diamantes hechos en un
-día; la tierra abría sus grietas de granito como los labios con sed,
-esperando el brillante despedazamiento del rico cristal. Al fin de la
-faena, cansado, dí un martillazo que rompió una roca y me dormí.
-
-Desperté al rato al oir algo como un gemido.
-
-De su lecho, de su mansión más luminosa y rica que las de todas las
-reinas de Oriente, había volado fugitiva, desesperada, la amada mía, la
-mujer robada. ¡Ay! y queriendo huir por el agujero abierto por mi maza
-de granito, desnuda y bella, destrozó su cuerpo blanco y suave como de
-azahar y mármol y rosa, en los filos de los diamantes rotos. Heridos sus
-costados, chorreaba la sangre; los quejidos eran conmovedores hasta las
-lágrimas. ¡Oh, dolor!
-
-Yo desperté, la tomé en mis brazos, la dí mis besos más ardientes; mas
-la sangre corría inundando el recinto, y la gran masa diamantina se
-teñía de grana. Me pareció que sentía, al darla un beso, un perfume
-salido de aquella boca encendida: el alma; el cuerpo quedó inerte.
-
-Cuando el gran patriarca nuestro, el centenario semidiós de las
-entrañas terrestres, pasó por allí, encontró aquella muchedumbre de
-diamantes rojos.
-
- * * * * *
-
-Pausa.
-
---¿Habéis comprendido?
-
-Los gnomos, muy graves, se levantaron.
-
-Examinaron más de cerca la piedra falsa, hechura del sabio.
-
---¡Mirad, no tiene facetas!
-
---Brilla pálidamente.
-
---¡Impostura!
-
---¡Es redonda como la coraza de un escarabajo!
-
-Y en ronda, uno por aquí, otro por allá, fueron a arrancar de los muros
-pedazos de arabesco, rubíes grandes como una naranja, rojos y
-chispeantes como un diamante hecho sangre; y decían:
-
---He aquí lo nuestro, ¡oh, madre tierra!
-
-Aquello era una orgía de brillo y de color.
-
-Y lanzaban al aire las gigantescas piedras luminosas y reían.
-
-De pronto, con toda la dignidad de un gnomo:
-
---¡Y bien! el desprecio.
-
-Se comprendieron todos. Tomaron el rubí falso, lo despedazaron y
-arrojaron los fragmentos--con desdén terrible--a un hoyo que abajo daba
-a antiquísima selva carbonizada.
-
-Después, sobre sus rubíes, sobre sus ópalos, entre aquellas paredes
-resplandecientes empezaron a bailar asidos de las manos una farándula
-loco y sonora.
-
-Y celebraron con risas, el verse grandes en la sombra.
-
- * * * * *
-
-Ya Puck volaba afuera, en el abejeo del alba recién nacida, camino de
-una pradera en flor. Y murmuraba--siempre con su sonrisa
-sonrosada:--Tierra... Mujer...
-
-Porque tú ¡oh, madre Tierra! eres grande, fecunda, de seno inextinguible
-y sacro; y de tu vientre moreno brota la savia de los troncos robustos,
-y el oro y el agua diamantina, y la casta flor de lis. ¡Lo puro, lo
-fuerte, lo infalsificable! ¡Y tú, mujer, eres espíritu y carne, toda
-amor!
-
-[Illustration]
-
-[Illustration: Berta empezó a entristecerse en tanto que sus ojos
-llameantes se rodeaban de ojeras melancólicas.]
-
-
-
-
-EL PALACIO DEL SOL
-
-
-A vosotras, madres de las muchachas anémicas, va esta historia, la
-historia de Berta, la niña de los ojos color de aceituna, fresca como
-una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la
-princesa de un cuento azul.
-
-Ya veréis, sanas y respetables señoras, que hay algo mejor que el
-arsénico y el hierro para encender la púrpura de las lindas mejillas
-virginales; y que es preciso abrir la puerta de su jaula a vuestras
-avecitas encantadoras, sobre todo, cuando llega el tiempo de la
-primavera y hay ardor en las venas y en las savias, y mil átomos de sol
-abejean en los jardines, como un enjambre de oro sobre las rosas
-entreabiertas.
-
-Cumplidos sus quince años, Berta empezó a entristecerse en tanto que sus
-ojos llameantes se rodeaban de ojeras melancólicas.--Berta, te he
-comprado dos muñecas...--No las quiero, mamá...--He hecho traer los
-_Nocturnos_...--Me duelen los dedos, mamá...--Entonces...--Estoy
-triste, mamá...--Pues que se llame al doctor.
-
-Y llegaron las antiparras de arcos de carey, los guantes negros, la
-calva ilustre y el cruzado levitón.
-
-Ello era natural... El desarrollo... la edad... Síntomas claros, falta
-de apetito, algo como una opresión en el pecho, tristeza, punzadas a
-veces en las sienes, palpitación... Ya sabéis; dad a vuestra niña
-glóbulos de ácido arsenioso, luego duchas. El tratamiento... Y empezó a
-curar su melancolía, con glóbulos y duchas, al comenzar la primavera,
-Berta, la niña de los ojos color de aceituna, que llegó a estar fresca
-como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la
-princesa de un cuento azul.
-
- * * * * *
-
-A pesar de todo, las ojeras persistieron, la tristeza continuó, y Berta,
-pálida como un precioso marfil, llegó un día a las puertas de la muerte.
-
-Todos lloraban por ella en el palacio, y la sana y sentimental mamá hubo
-de pensar en las palmas blancas del ataúd de las doncellas. Hasta que
-una mañana la lánguida anémica bajó al jardín, sola, y siempre con su
-vaga atonía melancólica, a la hora en que el alba ríe. Suspirando erraba
-sin rumbo, aquí, allá; y las flores estaban tristes de verla. Se apoyó
-en el zócalo de un fauno soberbio y bizarro, que húmedos de rocío sus
-cabellos de mármol, bañaba en luz su torso espléndido y desnudo. Vió un
-lirio que erguía al azul la pureza de su cáliz blanco, y estiró la mano
-para cogerlo. No bien había...--Sí, un cuento de hadas, señoras mías,
-pero ya veréis sus aplicaciones en una querida realidad;--no bien había
-tocado el cáliz de la flor, cuando de él surgió de súbito un hada, en su
-carro áureo y diminuto, vestida de hilos brillantísimos e impalpables,
-con su aderezo de rocío, su diadema de perlas y su varita de plata.
-
-¿Creéis que Berta se amedrantó? Nada de eso. Batió palmas alegre, se
-reanimó como por encanto, y dijo al hada:--¿Tú eres la que me quieres
-tanto en sueños?--Sube--respondió el hada. Y como si Berta se hubiese
-empequeñecido, de tal modo cupo en la concha del carro de oro, que
-hubiera estado holgada sobre el ala corva de un cisne a flor de agua. Y
-las flores, el fauno orgulloso, la luz del día, vieron cómo en el carro
-del hada iba por el viento, plácida y sonriendo al sol, Berta, la niña
-de los ojos de color de aceituna, fresca como un alba, gentil como la
-princesa de un cuento azul.
-
- * * * * *
-
-Cuando Berta, ya alto el divino cochero, subió a los salones por las
-gradas del jardín que imitaban esmaragdina, todos, la mamá, la prima,
-los criados, pusieron la boca en forma de O. Venía ella saltando como
-un pájaro, con el rostro lleno de vida y de púrpura, el seno hermoso y
-henchido, recibiendo las caricias de una crencha castaña, libre y al
-desgaire, los brazos desnudos hasta el codo, medio mostrando la malla de
-sus casi imperceptibles venas azules, los labios entreabiertos por la
-sonrisa, como para emitir una canción.
-
-Todos exclamaron:--¡Aleluya! ¡Gloria! ¡Hosanna al rey de los Esculapios!
-¡Fama eterna a los glóbulos de ácido arsenioso y a las duchas
-triunfales! Y mientras Berta corrió a su retrete a vestir sus más ricos
-brocados, se enviaron presentes al viejo de las antiparras de aros de
-carey, de los guantes negros, de la calva ilustre y del cruzado levitón.
-Y ahora, oid vosotras, madres de las muchachas anémicas, cómo hay algo
-mejor que el arsénico y el hierro para eso de encender la púrpura de las
-lindas mejillas virginales. Y sabréis cómo no, no fueron los glóbulos;
-no, no fueron las duchas; no, no fué el farmacéutico quien devolvió
-salud y vida a Berta, la niña de los ojos de color de aceituna, alegre y
-fresca como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil
-como la princesa de un cuento azul.
-
- * * * * *
-
-Así que Berta se vió en el carro del hada, la preguntó:--¿Y adónde me
-llevas?--Al palacio del Sol.--Y desde luego sintió la niña que sus
-manos se tornaban ardientes, y que su corazoncito le saltaba como
-henchido de sangre impetuosa.--Oye--siguió el hada:--Yo soy la buena
-hada de los sueños de las niñas adolescentes: yo soy la que curo a las
-cloróticas, con sólo llevarlas en mi carro de oro al palacio del Sol,
-adonde vas tú. Cuida de no beber tanto el néctar de la danza, y de no
-desvanecerte en las primeras rápidas alegrías. Ya llegamos. Pronto
-volverás a tu morada. Un minuto en el palacio del Sol deja en los
-cuerpos y en las almas años de fuego, niña mía.
-
-En verdad, estaba en un lindo palacio encantado, donde parecía sentirse
-el sol en el ambiente. ¡Oh, qué luz, qué incendios! sintió Berta que se
-le llenaban los pulmones de aire de campo y de mar, y las venas de
-fuego; sintió en el cerebro esparcimientos de armonía, y cómo el alma se
-le ensanchaba, y cómo se ponía más elástica y tersa su delicada carne de
-mujer. Luego oyó sueños reales, y oyó músicas embriagantes. En vastas
-galerías deslumbradoras, llenas de claridades y de aromas, de sederías y
-de mármoles, vió un torbellino de parejas arrebatadas por las ondas
-invisibles y dominantes de un vals. Vió que otras tantas anémicas como
-ella, llegaban pálidas y entristecidas, respiraban aquel aire y luego se
-arrojaban en brazos de jóvenes vigorosos y esbeltos cuyos bozos de oro y
-finos cabellos brillaban a la luz; y danzaban, y danzaban con ellos, en
-una ardiente estrechez, oyendo requiebros misteriosos que iban al alma,
-respirando de tanto en tanto como hálitos impregnados de vainilla, de
-haba de Tonka, de violeta, de canela, hasta que con fiebre, jadeantes,
-rendidas, como palomas fatigadas de un largo vuelo, caían sobre cojines
-de seda, los senos palpitantes, las gargantas sonrosadas, y así,
-soñando, soñando en cosas embriagadoras... ¡Y ella también! cayó al
-remolino, al maelstrom atrayente, y bailó, y gritó, pasó entre los
-espasmos de un placer agitado; y recordaba entonces que no debía de
-embriagarse tanto con el vino de la danza, aunque no cesaba de mirar al
-hermoso compañero, con sus grandes ojos de mirada primaveral. Y él la
-arrastraba por las vastas galerías, ciñendo su talle y hablándola al
-oído en la lengua amorosa y rítmica de los vocablos apacibles, de las
-frases irisadas y olorosas, de los períodos cristalinos y orientales.
-
-Y entonces ella sintió que su cuerpo y su alma se llenaban de sol, de
-efluvios poderosos y de vida. ¡No, no esperéis más!
-
- * * * * *
-
-El hada la volvió al jardín de su palacio, al jardín donde cortaba
-flores envuelta en una oleada de perfumes, que subía místicamente a las
-ramas trémulas para flotar como el alma errante de los cálices muertos.
-
- * * * * *
-
-¡Madres de las muchachas anémicas! os felicito por la victoria de los
-arseniatos e hipofosfitos del señor doctor. Pero en verdad os digo: es
-preciso, en provecho de las lindas mejillas virginales, abrir la puerta
-de su jaula a vuestras avecitas encantadoras, sobre todo en el tiempo de
-primavera, cuando hay ardor en las venas y en las savias, y mil átomos
-de sol abejean en los jardines como un enjambre de oro sobre las losas
-entreabiertas. Para vuestras cloróticas, el sol en los cuerpos y en las
-almas. Sí, al palacio del Sol, de donde vuelven las niñas como Berta, la
-de los ojos color de aceituna, frescas como una rama de durazno en flor,
-luminosas como un alba, gentiles como la princesa de un cuento azul.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration: Hoy en plena primavera, dejo abierta la puerta de la
-jaula al pájaro azul...]
-
-
-
-
-EL PÁJARO AZUL
-
-
-París es teatro divertido y terrible. Entre los concurrentes al Cafe
-Plombier, buenos y decididos muchachos--pintores, escultores,
-escritores, poetas; sí, ¡todos buscando el viejo laurel verde!--ninguno
-más querido que aquel pobre Garcín, triste casi siempre, buen bebedor de
-ajenjo, soñador que nunca se emborrachaba y, como bohemio intachable,
-bravo improvisador.
-
-En el cuartucho destartalado de nuestras alegres reuniones, guardaba el
-yeso de las paredes, entre los esbozos y rasgos de futuros Delacroix,
-versos, estrofas enteras escritas en la letra echada y gruesa de nuestro
-_pájaro azul_.
-
-El pájaro azul era el pobre Garcín. ¿No sabéis por qué se llamaba así?
-Nosotros le bautizamos con ese nombre.
-
-Ello no fué un simple capricho. Aquel excelente muchacho tenía el vino
-triste. Cuando le preguntábamos por qué, cuando todos reíamos como
-insensatos o como chicuelos, él arrugaba el ceño y miraba fijamente el
-cielo raso, y nos respondía sonriendo con cierta amargura:
-
---Camaradas: habéis de saber que tengo un pájaro azul en el cerebro; por
-consiguiente...
-
- * * * * *
-
-Sucedió también que gustaba de ir a las campiñas nuevas, al entrar la
-primavera. El aire del bosque hacía bien a sus pulmones, según nos decía
-el poeta.
-
-De sus excursiones solía traer ramos de violetas y gruesos cuadernillos
-de madrigales, escritos al ruido de las hojas y bajo el ancho cielo sin
-nubes. Las violetas eran para Niní, su vecina, una muchacha fresca y
-rosada, que tenía los ojos muy azules.
-
-Los versos eran para nosotros. Nosotros los leíamos y los aplaudíamos.
-Todos teníamos una alabanza para Garcín. Era un ingenio que debía
-brillar. El tiempo vendría. ¡Oh, el pájaro azul volaría muy alto!
-¡Bravo! ¡bien! ¡Eh, mozo, más ajenjo!
-
- * * * * *
-
-Principios de Garcín:
-
-De las flores, las lindas campánulas.
-
-Entre las piedras preciosas, el zafiro.
-
-De las inmensidades, el cielo y el amor; es decir, las pupilas de Niní.
-
-Y repetía el poeta: Creo que siempre es preferible la neurosis a la
-estupidez.
-
- * * * * *
-
-A veces Garcín estaba más triste que de costumbre.
-
-Andaba por los bulevares; veía pasar indiferente los lujosos carruajes,
-los elegantes, las hermosas mujeres. Frente al escaparate de un joyero
-sonreía; pero cuando pasaba cerca de un almacén de libros, se llegaba a
-las vidrieras, husmeaba y, al ver las lujosas ediciones, se declaraba
-decididamente envidioso, arrugaba la frente; para desahogarse, volvía el
-rostro hacia el cielo y suspiraba. Corría al café en busca de nosotros,
-conmovido, exaltado, pedía su vaso de ajenjo, y nos decía:
-
---Sí, dentro de la jaula de mi cerebro, está preso un pájaro azul que
-quiere su libertad...
-
- * * * * *
-
-Hubo algunos que llegaron a creer en un descalabro de razón.
-
-Un alienista a quien se le dió noticia de lo que pasaba, calificó el
-caso como una monomanía especial. Sus estudios patológicos no dejaban
-lugar a duda.
-
-Decididamente, el desgraciado Garcín estaba loco.
-
-Un día recibió de su padre, un viejo provinciano de Normandía,
-comerciante en trapos, una carta que decía lo siguiente, poco más o
-menos:
-
-«Sé tus locuras en París. Mientras permanezcas de ese modo, no tendrás
-de mí un solo _sou_. Ven a llevar los libros de mi almacén, y cuando
-hayas quemado, gandul, tus manuscritos de tonterías, tendrás mi dinero.»
-
-Esta carta se leyó en el Café Plombier.
-
---¿Y te irás?
-
---¿No te irás?
-
---¿Aceptas?
-
---¿Desdeñas?
-
-¡Bravo Garcín! Rompió la carta, y soltando el trapo a la ventana,
-improvisó unas cuantas estrofas, que acababan, si mal no recuerdo:
-
- ¡Sí, seré siempre un gandul,
- lo cual aplaudo y celebro,
- mientras sea mi cerebro
- jaula del pájaro azul!
-
- * * * * *
-
-Desde entonces Garcín cambió de carácter. Se volvió charlador, se dió un
-baño de alegría, compró levita nueva y comenzó un poema en tercetos,
-titulado: _El pájaro azul_.
-
-Cada noche se leía en nuestra tertulia algo nuevo de la obra. Aquello
-era excelente, sublime, disparatado.
-
-Allí había un cielo muy hermoso, una campiña muy fresca, países brotados
-como por la magia del pincel de Corot, rostros de niños asomados entre
-flores, los ojos de Niní húmedos y grandes; y por añadidura, el buen
-Dios que envía volando, volando, sobre todo aquello un pájaro azul que
-sin saber cómo ni cuándo, anida dentro del cerebro del poeta, en donde
-queda aprisionado. Cuando el pájaro quiere volar y abre las alas y se da
-contra las paredes del cráneo, se alzan los ojos al cielo, se arruga la
-frente y se bebe ajenjo con poca agua, fumando además, por remate, un
-cigarrillo de papel.
-
-He aquí el poema.
-
- * * * * *
-
-Una noche llegó Garcín riendo mucho, y, sin embargo, muy triste.
-
-La bella vecina había sido conducida al cementerio.
-
---¡Una noticia! ¡una noticia! Canto último de mi poema. Niní ha muerto.
-Viene la primavera y Niní se va. Ahorro de violetas para la campiña.
-Ahora falta el epílogo del poema. Los editores no se dignan siquiera
-leer mis versos. Vosotros muy pronto tendréis que dispersaros. Ley del
-tiempo. El epílogo se debe titular así: _De cómo el pájaro azul alza el
-vuelo al cielo azul_.
-
- * * * * *
-
-¡Plena primavera! ¡Los árboles florecidos, las nubes rosadas en el alba
-y pálidas por la tarde; el aire suave que mueve las hojas y hace aletear
-las cintas de los sombreros de paja con especial ruido! Garcín no ha ido
-al campo.
-
-Hele aquí, viene con traje nuevo, a nuestro amado Café Plombier, pálido
-con una sonrisa triste.
-
---¡Amigos míos, un abrazo! Abrazadme todos, así, fuerte; decidme adiós,
-con todo el corazón, con toda el alma... El pájaro azul vuela...
-
-Y el pobre Garcín lloró, nos estrechó, nos apretó las manos con todas
-sus fuerzas y se fué.
-
-Todos dijimos: Garcín, el hijo pródigo, busca a su padre, el viejo
-normando.--Musas, adiós; adiós. Gracias. ¡Nuestro poeta se decidió a
-medir trapos! ¡Eh! ¡Una copa por Garcín!
-
-Pálidos, asustados, entristecidos, al día siguiente todos los
-parroquianos del Café Plombier, que metíamos tanta bulla en aquel
-cuartucho destartalado, nos hallábamos en la habitación de Garcín. Él
-estaba en su lecho, sobre las sábanas ensangrentadas, con el cráneo roto
-de un balazo. Sobre la almohada había fragmentos de masa cerebral...
-¡Horrible!
-
-Cuando, repuestos de la impresión, pudimos llorar ante el cadáver de
-nuestro amigo, encontramos que tenía consigo el famoso poema. En la
-última página había escritas estas palabras:
-
-_Hoy, en plena primavera, dejo abierta la puerta de la jaula al pájaro
-azul._
-
- * * * * *
-
-¡Ay, Garcín, cuántos llevan en el cerebro tu misma enfermedad!
-
-[Illustration]
-
-[Illustration:--¿...?
-
-Y estábamos solos, a la luz de una luna argentina, dulce, ¡una bella
-luna de aquellas del país de Nicaragua!]
-
-
-
-
-PALOMAS BLANCAS Y GARZAS MORENAS
-
-
-Mi prima Inés era rubia como una alemana. Fuimos criados juntos, desde
-muy niños, en casa de la buena abuelita que nos amaba mucho y nos hacía
-vernos como hermanos, vigilándonos cuidadosamente, viendo que no
-riñésemos. ¡Adorable, la viejecita, con sus trajes a grandes flores, y
-sus cabellos crespos y recogidos, como una vieja marquesa de Bouchez!
-
- * * * * *
-
-Inés era un poco mayor que yo. No obstante, yo aprendí a leer antes que
-ella; y comprendía--lo recuerdo muy bien--lo que ella recitaba de
-memoria, maquinalmente, en una pastorela, donde bailaba y cantaba
-delante del niño Jesús, la hermosa María y el señor San José; todo con
-el gozo de las sencillas personas mayores de la familia, que reían con
-risa de miel, alabando el talento de la actrizuela.
-
-Inés crecía. Yo también; pero no tanto como ella. Yo debía entrar a un
-colegio, en internado terrible y triste, a dedicarme a los áridos
-estudios del bachillerato, a comer los platos clásicos de los
-estudiantes, a no ver el mundo--¡mi mundo de mozo!--y mi casa, mi
-abuela; mi prima, mi gato,--un excelente romano que se restregaba
-cariñosamente en mis piernas y me llenaba los trajes negros de pelos
-blancos.
-
-Partí.
-
-Allá en el colegio mi adolescencia se despertó por completo. Mi voz tomó
-timbres aflautados y roncos; llegué al período ridículo del niño que
-pasa a joven. Entonces, por un fenómeno especial, en vez de preocuparme
-de mi profesor de matemáticas, que no logró nunca hacer que yo
-comprendiese el binomio de Newton, pensé--todavía vaga y
-misteriosamente--en mi prima Inés.
-
-Luego tuve revelaciones profundas. Supe muchas cosas. Entre ellas, que
-los besos eran un placer exquisito.
-
-Tiempo.
-
-Leí _Pablo y Virginia_. Llegó un fin de año escolar y salí en
-vacaciones, rápido como una saeta, camino de mi casa. ¡Libertad!
-
- * * * * *
-
---Mi prima--¡pero Dios santo, en tan poco tiempo!--se había hecho una
-mujer completa. Yo delante de ella me hallaba como avergonzado, un
-tanto serio. Cuando me dirigía la palabra, me ponía a sonreirle con una
-sonrisa simple.
-
-Ya tenía quince años y medio Inés. La cabellera dorada y luminosa al
-sol, era un tesoro. Blanca y levemente amapolada, su cara era una
-creación murillesca, si se veía de frente. A veces, contemplando su
-perfil, pensaba en una soberbia medalla siracusana, en un rostro de
-princesa. El traje, corto antes, había descendido. El seno, firme y
-esponjado, era un ensueño oculto y supremo; la voz clara y vibrante, las
-pupilas azules, inefables la boca llena de fragancia de vida y de color
-de púrpura. ¡Sana y virginal primavera!
-
-La abuelita me recibió con los brazos abiertos. Inés se negó a
-abrazarme, me tendió la mano. Después no me atreví a invitarla a los
-juegos de antes. Me sentía tímido. ¡Y qué! ella debía sentir algo de lo
-que yo.
-
-¡Yo amaba a mi prima!
-
-Inés, los domingos iba con la abuela a misa, muy de mañana.
-
-Mi dormitorio estaba vecino al de ella. Cuando cantaban los campanarios
-su sonora llamada matinal, ya estaba yo despierto.
-
-Oía, oreja atenta, el ruido de las ropas. Por la puerta entreabierta
-veía salir la pareja que hablaba en voz alta. Cerca de mí pasaba el
-frufú de las polleras antiguas de mi abuela y del traje de Inés,
-coqueto, ajustado, para mí siempre revelador.
-
-¡Oh, Eros!
-
- * * * * *
-
---Inés...
-
---¿...?
-
-Y estábamos solos, a la luz de una luna argentina, dulce, ¡una bella
-luna de aquellas del país de Nicaragua!
-
-La dije todo lo que sentía, suplicante, balbuciente, echando las
-palabras, ya rápidas, ya contenidas, febril y temeroso. Sí, se lo dije
-todo; las agitaciones sordas y extrañas que en mí experimentaba cerca de
-ella, el amor, el ansia, los tristes insomnios del deseo, mis ideas
-fijas en ella allá en mis meditaciones del colegio; y repetía como una
-oración sagrada la gran palabra: amor. ¡Oh, ella debía recibir gozosa mi
-adoración! Creceríamos más. Seríamos marido y mujer...
-
-Esperé.
-
-La pálida claridad celeste nos iluminaba. El ambiente nos llevaba
-perfumes tibios que a mí se me imaginaban propicios para los fogosos
-amores. ¡Cabellos aúreos, ojos paradisíacos, labios encendidos y
-entreabiertos!
-
-De repente, y con un mohín:
-
---¡Ve! la tontería...
-
-Y corrió como una gata alegre adonde se hallaba la buena abuela, rezando
-a las calladas sus rosarios y responsos.
-
-Con risa descocada de educanda maliciosa, con aire de locuela:
-
---¡Eh, abuelita, ya me dijo...!
-
-¡Ellas, pues, sabían que yo «debía decir...»!
-
-Con su reir interrumpía el rezo de la anciana que se quedó pensativa
-acariciando las cuentas de su camándula. ¡Y yo que todo lo veía a la
-husma, de lejos, lloraba, sí, lloraba lágrimas amargas, las primeras de
-mis desengaños de hombres!
-
- * * * * *
-
-Los cambios fisiológicos que en mi se sucedían y las agitaciones de mi
-espíritu, me conmovían hondamente. ¡Dios mío! Soñador, un pequeño poeta
-como me creía, al comenzarme el bozo, sentía llenos de ilusiones la
-cabeza, de versos los labios, y mi alma y mi cuerpo de púber tenían sed
-de amor. ¿Cuándo llegaría el momento soberano en que alumbraría una
-celeste mirada el fondo de mi ser, y aquel en que se rasgaría el velo
-del enigma atrayente?
-
-Un día, a pleno sol, Inés estaba en el jardín regando trigo, entre los
-arbustos y las flores, a las que llamaba sus amigas: unas palomas albas,
-arrulladoras, con sus buches níveos y amorosamente musicales. Llevaba
-un traje--siempre que con ella he soñado la he visto con el mismo--gris,
-azulado, de anchas mangas, que dejaban ver casi por entero los satinados
-brazos alabastrinos; los cabellos los tenía recogidos y húmedos, y el
-vello alborotado de su nuca blanca y rosa, era para mí como luz crespa.
-Las aves andaban a su alrededor, e imprimían en el suelo obscuro la
-estrella carminada de sus patas.
-
-Hacía calor. Yo estaba oculto tras los ramajes de unos jazmineros. La
-devoraba con los ojos. ¡Por fin se acercó por mi escondite, la prima
-gentil! Me vió trémulo, enrojecida la faz, en mis ojos una llama viva y
-rara y acariciante, y se puso a reir cruelmente, terriblemente. ¡Y bien!
-¡Oh, aquello no era posible! me lancé con rapidez frente a ella. Audaz,
-formidable debía de estar, cuando ella retrocedió como asustada un paso.
-
---¡Te amo!
-
-Entonces tornó a reir. Una paloma voló a uno de sus brazos. Ella la mimó
-dándole granos de trigo entre las perlas de su boca fresca y sensual. Me
-acerqué más. Mi rostro estaba junto al suyo. Los cándidos animales nos
-rodeaban. Me turbaba el cerebro una onda invisible y fuerte de aroma
-femenil. ¡Se me antojaba Inés una paloma hermosa y humana, blanca y
-sublime; y al propio tiempo llena de fuego, de ardor, un tesoro de
-dichas! No dije más. La tomé la cabeza y la dí un beso en una mejilla,
-un beso rápido, quemante de pasión furiosa. Ella, un tanto enojada,
-salió en fuga. Las palomas se asustaron y alzaron el vuelo formando un
-opaco ruido de alas sobre los arbustos temblorosos. Yo, abrumado, quedé
-inmóvil.
-
- * * * * *
-
-Al poco tiempo partía a otra ciudad. La paloma blanca y rubia no había
-¡ay! mostrado a mis ojos el soñado paraíso del misterioso deleite.
-
- * * * * *
-
-¡Musa ardiente y sacra para mi alma, el día había de llegar! Elena, la
-graciosa, la alegre, ella fué el nuevo amor. ¡Bendita sea aquella boca,
-que murmuró por primera vez cerca de mí las inefables palabras!
-
-Era allá, en una ciudad que está a la orilla de un lago de mi tierra, un
-lago encantador, lleno de islas floridas, con pájaros de colores.
-
-Los dos solos estábamos cogidos de las manos, sentados en el viejo
-muelle, debajo del cual el agua glauca y obscura chapoteaba
-musicalmente. Había un crepúsculo acariciador, de aquellos que son la
-delicia de los enamorados tropicales. En el cielo opalino se veía una
-diafanidad apacible que disminuía hasta cambiarse en tonos de violeta
-obscuro, por la parte del oriente, y aumentaba convirtiéndose en oro
-sonrosado en el horizonte profundo, donde vibraban oblicuos, rojos y
-desfallecientes los últimos rayos solares. Arrastrada por el deseo, me
-miraba la adorada mía y nuestros ojos se decían cosas ardorosas y
-extrañas. En el fondo de nuestras almas cantaban un unísono embriagador
-como dos invisibles y divinas filomelas.
-
-Yo, extasiado, veía a la mujer tierna y ardiente; con su cabellera
-castaña que acariciaba con mis manos, su rostro color de canela y rosa,
-su boca cleopatrina, su cuerpo gallardo y virginal; y oía su voz queda,
-muy queda, que me decía frases cariñosas, tan bajo, como que sólo eran
-para mí, temerosa quizá de que se las llevase el viento vespertino. Fija
-en mí, me inundaban de felicidad sus ojos de Minerva, ojos verdes, ojos
-que deben siempre gustar a los poetas. Luego erraban nuestras miradas
-por el lago, todavía lleno de vaga claridad. Cerca de la orilla se
-detuvo un gran grupo de garzas. Garzas blancas, garzas morenas, de esas
-que cuando el día calienta, llegan a las riberas a espantar a los
-cocodrilos, que con las anchas mandíbulas abiertas beben sol sobre las
-rocas negras. ¡Bellas garzas! Algunas ocultaban los largos cuellos en la
-onda, o abajo el ala, y semejaban grandes manchas de flores vivas y
-sonrosadas, móviles y apacibles. A veces una, sobre una pata, se alisaba
-con el pico las plumas, o permanecía inmóvil, escultural y
-hieráticamente, o varias daban un corto vuelo, formando en el fondo de
-la ribera llena de verde, o en el cielo, caprichosos dibujos, como las
-bandadas de grullas de un parasol chino.
-
-Me imaginaba junto a mi amada, que de aquel país de la altura, me
-traerían las garzas muchos versos desconocidos y soñadores. Las garzas
-blancas las encontraba más puras y más voluptuosas, con la pureza de la
-paloma y la voluptuosidad del cisne; garridas, con sus cuellos reales,
-parecidos a los de las damas inglesas que junto a los pajecillos rizados
-se ven en aquel cuadro en que Shakespeare recita en la corte de Londres.
-Sus alas, delicadas y albas, hacen pensar en desfallecientes sueños
-nupciales; todas--bien dice un poeta--como cinceladas en jaspe.
-
-¡Ah, pero las otras tenían algo de más encantador para mí! Mi Elena se
-me antojaba como semejante a ellas, con su color de canela y de rosa,
-gallarda y gentil.
-
-Ya el sol desaperecía arrastrando toda su púrpura opulenta de rey
-oriental. Yo había halagado a la amada tiernamente con mis juramentos y
-frases melifluas y cálidas, y juntos seguíamos en un lánguido dúo de
-pasión inmensa. Habíamos sido hasta ahí dos amantes soñadores,
-consagrados místicamente uno a otro.
-
-De pronto, y como atraídos por una fuerza secreta, en un momento
-inexplicable, nos besamos la boca, todos trémulos, con un beso para mí
-sacratísimo y supremo: el primer beso recibido de labios de mujer. ¡Oh,
-Salomón, bíblico y real poeta, tú lo dijiste como nadie: _¡Mel et lac
-sub lingua tua!_
-
- * * * * *
-
-¡Ah, mi adorable, mi bella, mi querida garza morena! Tú tienes en los
-recuerdos que en mi alma forman lo más alto y sublime, una luz inmortal.
-
-Porque tú me revelaste el secreto de las delicias divinas en el inefable
-primer instante de amor.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration: EN CHILE]
-
-
-
-
-I
-
-EN BUSCA DE CUADROS
-
-
-Sin pinceles, sin paleta, sin papel, sin lápiz, Ricardo, poeta lírico
-incorregible, huyendo de las agitaciones y turbulencias, de las máquinas
-y de los fardos, del ruido monótono de los tranvías y el chocar de los
-caballos con su repiqueteo de caracoles sobre las piedras; del tropel de
-los comerciantes; del grito de los vendedores de diarios; del incesante
-bullicio e inacabable hervor de este puerto; en busca de impresiones y
-de cuadros, subió al cerro Alegre, que, gallardo como una gran roca
-florecida, luce sus flancos verdes, sus montículos coronados de casas
-risueñas escalonadas en la altura, rodeadas de jardines, con ondeantes
-cortinas de enredaderas, jaulas de pájaros, jarros de flores, rejas
-vistosas y niños rubios de caras angélicas.
-
-Abajo estaban las techumbres del Valparaíso que hace transacciones, que
-anda a pie como una ráfaga, que puebla los almacenes e invade los
-bancos, que viste por la mañana terno crema o plomizo, a cuadros, con
-sombreros de paño, y por la noche bulle en la calle del Cabo con
-lustroso sombrero de copa, abrigo al brazo y guantes amarillos, viendo a
-la luz que brota de las vidrieras los lindos rostros de las mujeres que
-pasan.
-
-Mas allá, el mar, acerado, brumoso, los barcos en grupo, el horizonte
-azul y lejano. Arriba, entre opacidades, el sol. Donde estaba el soñador
-empedernido, casi casi en lo más alto del cerro, apenas si se sentían
-los estremecimientos de abajo. Erraba él a lo largo del camino de
-Cintura, e iba pensando en idilios, con toda la augusta desfachatez de
-un poeta que fuera millonario.
-
-Había allí aire fresco para sus pulmones, casas sobre cumbres, como
-nidos al viento, donde bien podía darse el gusto de colocar parejas
-enamoradas, y tenía además el inmenso espacio azul, del cual--él lo
-sabía perfectamente--los que hacen los salmos y los himnos pueden
-disponer como les venga en antojo.
-
-De pronto escuchó:--«¡Mary! ¡Mary!». Y él, que andaba a caza de
-impresiones y en busca de cuadros, volvió la vista.
-
-
-
-
-II
-
-ACUARELA
-
-
-Había cerca un bello jardín, con más rosas que azaleas y más violetas
-que rosas. Un bello y pequeño jardín con jarrones, pero sin estatuas;
-con una pila blanca, pero sin surtidores, cerca de una casita como hecha
-para un cuento dulce y feliz.
-
-En la pila un cisne chapuzaba revolviendo el agua, sacudiendo las alas
-de un blancor de nieve, enarcando el cuello en la forma del brazo de una
-lira ó del asa de una ánfora, y moviendo el pico húmedo y con tal lustre
-como si fuese labrado en una ágata de color de rosa.
-
-En la puerta de la casa, como extraída de una novela de Dickens, estaba
-una de esas viejas inglesas, únicas, solas, clásicas, con la cofia
-encintada, los anteojos sobre la nariz, el cuerpo encorvado, las
-mejillas arrugadas; mas con color de manzana madura y salud rica. Sobre
-la saya obscura, el delantal.
-
-Llamaba:
-
---¡Mary!
-
-El poeta vió llegar una joven de un rincón del jardín, hermosa,
-triunfal, sonriente; y no quiso tener tiempo sino para meditar en que
-son adorables los cabellos dorados cuando flotan sobre las nucas
-marmóreas y en que hay rostros que valen bien por un alba.
-
-Luego todo era delicioso. Aquellos quince años entre las rosas--; quince
-años, sí, los estaban pregonando unas pupilas serenas de niña, un seno
-apenas erguido, una frescura primaveral, y una falda hasta el tobillo,
-que dejaba ver el comienzo turbador de una media de color de carne--;
-aquellos rosales temblorosos que hacían ondular sus arcos verdes;
-aquellos durazneros con sus ramilletes alegres donde se detenían al paso
-las mariposas errantes llenas de polvo de oro, y las libélulas de alas
-cristalinas e irisadas; aquel cisne en la ancha taza, esponjado el
-alabastro de sus plumas, y zambulléndose entre espumajeos y burbujas,
-con voluptuosidad, en la transparencia del agua; la casita limpia,
-pintada, apacible, de donde emergía como una onda de felicidad; y en la
-puerta la anciana, un invierno, en medio de toda aquella vida, cerca de
-Mary, una virginidad en flor.
-
-Ricardo, poeta lírico que andaba a caza de cuadros, estaba allí con la
-satisfacción de un goloso que paladea cosas exquisitas.
-
-Y la anciana y la joven:
-
---¿Qué traes?
-
---Flores.
-
-Mostraba Mary su falda llena como de iris hechos trizas, que revolvía
-con una de sus manos gráciles de ninfa, mientras sonriendo su linda boca
-purpurada, sus ojos abiertos en redondo dejaban ver un color de
-lapizlázuli y una humedad radiosa. El poeta siguió adelante.
-
-
-
-
-III
-
-PAISAJE
-
-
-A poco andar se detuvo.
-
-El sol había roto el velo opaco de las nubes y bañaba de claridad áurea
-y perlada un recodo del camino. Allí unos cuantos sauces inclinaban sus
-cabelleras verdes hasta rozar el césped. En el fondo se divisaban altos
-barrancos y en ellos tierra negra, tierra roja, pedruscos brillantes
-como vidrios. Bajo los sauces agobiados ramoneaban sacudiendo sus testas
-filosóficas--¡oh, gran maestro Hugo!--unos asnos; y cerca de ellos un
-buey gordo, con sus grandes ojos melancólicos y pensativos donde ruedan
-miradas y ternuras de éxtasis supremos y desconocidos, mascaba
-despacioso y con cierta pereza la pastura. Sobre todo flotaba un vaho
-cálido, y el grato olor campestre de las yerbas chafadas. Veíase en lo
-profundo un trozo de azul. Un huaso robusto, uno de esos fuertes
-campesinos, toscos hércules que detienen un toro, apareció de pronto en
-lo más alto de los barrancos. Tenía tras de sí el vasto cielo. Las
-piernas, todas músculos, las llevaba desnudas. En uno de sus brazos
-traía una cuerda gruesa y arrollada. Sobre su cabeza, como un gorro de
-nutria, sus cabellos enmarañados, tupidos, salvajes.
-
-Llegóse al buey en seguida y le echó el lazo a los cuernos. Cerca de él,
-un perro con la lengua fuera acezando, movía el rabo y daba brincos.
-
-
-
-
-IV
-
-AGUA FUERTE
-
-
-De una casa cercana salía un ruido metálico y acompasado.
-
-En un recinto estrecho, entre paredes llenas de hollín, negras, muy
-negras, trabajaban unos hombres en la forja. Uno movía el fuelle que
-resoplaba, haciendo crepitar el carbón, lanzando torbellinos de chispas
-y llamas como lenguas pálidas, áureas, azulejas, resplandecientes. Al
-brillo del fuego en que se enrojecían largas barras de hierro, se
-miraban los rostros de los obreros con un reflejo trémulo. Tres yunques
-ensamblados en toscas armazones resistían el batir de los machos que
-aplastaban el metal candente, haciendo saltar una lluvia enrojecida. Los
-forjadores vestían camisas de lana de cuellos abiertos, y largos
-delantales de cuero. Alcanzábaseles a ver el pescuezo gordo y el
-principio del pecho velludo; y salían de las mangas holgadas los brazos
-gigantescos, donde, como en los de Amico, parecían los músculos
-redondos piedras de las que deslavan y pulen los torrentes. En aquella
-negrura de caverna, al resplandor de las llamaradas, tenían tallas de
-cíclopes. A un lado, una ventanilla dejaba pasar apenas un haz de rayos
-de sol. A la entrada de la forja, como en un marco obscuro, una muchacha
-blanca comía uvas. Y sobre aquel fondo de hollín y de carbón, sus
-hombros delicados y tersos que estaban desnudos, hacían resaltar su
-bello color de lis, con un casi imperceptible tono dorado.
-
-
-
-
-V
-
-LA VIRGEN DE LA PALOMA
-
-
-Anduvo, anduvo.
-
-Volvía ya a su morada. Dirigíase al ascensor cuando oyó una risa
-infantil, armónica, y él, poeta incorregible, buscó los labios de donde
-brotaba aquella risa.
-
-Bajo un cortinaje de madreselvas, entre plantas olorosas y maceteros
-floridos, estaba una mujer pálida, augusta, madre, con un niño tierno y
-risueño. Sosteníale en uno de sus brazos, el otro lo tenía en alto, y en
-la mano una paloma, una de esas palomas albísimas que arrullan a sus
-pichones de alas tornasoladas, inflando el buche como un seno de virgen,
-y abriendo el pico de donde brota la dulce música de su caricia.
-
-La madre mostraba al niño la paloma, y el niño en su afán de cogerla,
-abría los ojos, estiraba los bracitos, reía gozoso; y su rostro al sol
-tenía como un nimbo; y la madre con la tierna beatitud de sus miradas,
-con su esbeltez solemne y gentil, con la aurora en las pupilas y la
-bendición y el beso en los labios, era como una azucena sagrada, como
-una María llena de gracia, irradiando la luz de un candor inefable. El
-niño Jesús, real como un Dios infante, precioso como un querubín
-paradisíaco, quería asir aquella paloma blanca, bajo la cúpula inmensa
-del cielo azul.
-
-Ricardo descendió, y tomó el camino de su casa.
-
-
-
-
-VI
-
-LA CABEZA
-
-
-Por la noche, soñando aún en sus oídos la música del Odeón y los
-parlamentos de Astol; de vuelta de las calles donde escuchara el ruido
-de los coches y la triste melopea de los «tortilleros», aquel soñador se
-encontraba en su mesa de trabajo, donde las cuartillas inmaculadas
-estaban esperando las silvas y los sonetos de costumbre, a las mujeres
-de los ojos ardientes.
-
-¡Qué silvas! ¡Qué sonetos! La cabeza del poeta lírico era una orgía de
-colores y de sonidos. Resonaban en las concavidades de aquel cerebro
-martilleos de cíclope, himnos al son de tímpanos sonoros, fanfarrias
-bárbaras, risas cristalinas, gorjeos de pájaros, batir de alas y
-estallar de besos, todo como en ritmos locos y revueltos. Y los colores
-agrupados, estaban como pétalos de capullos distintos confundidos en una
-bandeja, o como la endiablada mezcla de tintas que llena la paleta de un
-pintor...
-
-
-
-
-VII
-
-ACUARELA
-
-
-Primavera. Ya las azucenas floridas y llenas de miel han abierto sus
-cálices pálidos bajo el oro del sol. Ya los gorriones tornasolados, esos
-amantes acariciadores, adulan a las rosas frescas, esas opulentas y
-purpuradas emperatrices; ya el jazmín, flor sencilla, tachona los
-tupidos ramajes como una blanca estrella sobre un cielo verde. Ya las
-damas elegantes visten sus trajes claros, dando al olvido las pieles y
-los abrigos invernales.
-
-Y mientras el sol se pone, sonrosando las nieves con una claridad suave,
-junto a los árboles de la Alameda que lucen sus cumbres
-resplandecientes, su esbeltez solemne y sus hojas nuevas, en un polvo de
-luz, bulle un enjambre humano, en un ruido de música, cuchicheos vagos
-y palabras fugaces.
-
-He aquí el cuadro. En primer término está la negrura de los coches que
-esplende y quiebra los últimos reflejos solares; los caballos orgullosos
-con el brillo de sus arneses, con sus cuellos estirados e inmóviles de
-brutos heráldicos; los cocheros taciturnos, en su quietud de diferentes,
-luciendo sobre las largas libreas los botones metálicos flamantes; y en
-el fondo de los carruajes, reclinadas como odaliscas, erguidas como
-reinas, las mujeres rubias de los ojos soñadores, las que tienen
-cabelleras negras y rostros pálidos, las rosadas adolescentes que ríen
-con alegría de pájaro primaveral; bellezas lánguidas, hermosuras
-audaces, castos lirios albos y tentaciones ardientes.
-
-En esa portezuela está un rostro apareciendo de modo que semeja el de un
-querubín; por aquélla ha salido una mano enguantada que se dijera de
-niño, y es de morena tal que llama los corazones; más allá se alcanza a
-ver un pie de Cenicienta con zapatito obscuro y media lila, y acullá,
-gentil con sus gestos de diosa, bella con su color de marfil amapolado,
-su cuello real y la corona de su cabellera, está la Venus de Milo, no
-manca, sino con dos brazos, gruesos como los músculos de un querubín de
-Murillo, y vestida a la última moda de París.
-
-Más allá está el oleaje de los que van y vienen: parejas de enamorados,
-hermanos y hermanas, grupos de caballeritos irreprochables: todo en la
-confusión, de los rostros, de las miradas, de los colorines, de los
-vestidos, de las capotas, resaltando a veces en el fondo negro y
-aceitoso de los elegantes sombreros de copa, una cara blanca de mujer,
-un sombrero de paja adornado de colorines, de cintas o de plumas, o el
-inflado globo rojo, de goma, que pendiente de un hilo lleva un niño
-risueño, de medias azules, zapatos charolados y holgado cuello a la
-marinera.
-
-En el fondo, los palacios elevan al azul la soberbia de sus fachadas, en
-las que los álamos erguidos rayan columnas hojosas entre el abejeo
-trémulo y desfalleciente de la tarde fugitiva.
-
-
-
-
-VIII
-
-UN RETRATO DE WATEU
-
-
-Estáis en los misterios de un tocador. Estáis viendo ese brazo de ninfa,
-esas manos diminutas que empolvan el haz de rizos rubios de la cabellera
-espléndida. La araña de luces opacas derrama la languidez de su
-girándula por todo el recinto. Y he aquí que al volverse ese rostro,
-soñamos en los buenos tiempos pasados. Una marquesa contemporánea de la
-dama de Maintenón, solitaria en su gabinete, da las últimas manos a su
-tocado.
-
-Todo está correcto; los cabellos que tienen todo el Oriente en sus
-hebeas, empolvados y crespos; el cuello del corpiño, ancho y en forma de
-corazón hasta dejar ver el principio del seno firme y pulido; las mangas
-abiertas que muestran blancuras incitantes, el tallo ceñido que se
-balancea, y el rico faldellín de largos vuelos, y el pie pequeño en el
-zapato de tacones rojos.
-
-Mirad las pupilas azules y húmedas, la boca de dibujo maravilloso, con
-una sonrisa enigmática de esfinge, quizá un recuerdo del amor galante,
-del madrigal recitado junto al tapiz de figuras pastoriles o
-mitológicas, o del beso a furto, tras la estatua de algún silvano, en la
-penumbra.
-
-Vése la dama de pies a cabeza, entre dos grandes espejos; calcula el
-efecto de la mirada, del andar, de la sonrisa, del vello casi impalpable
-que agitara el viento de la danza en su nuca fragante y sonrosada. Y
-piensa, y suspira; y flota aquel suspiro en ese aire impregnado de aroma
-femenino que hay en un tocador de mujer.
-
-Entre tanto, la contempla con sus ojos de mármol una Diana que se alza
-irresistible y desnuda sobre su plinto; y le ríe con audacia un sátiro
-de bronce que sostiene entre los pámpanos de su cabeza un candelabro; y
-en el ansa de un jarrón de Rouen lleno de agua perfumada, le tiende los
-brazos y los pechos una sirena con la cola corva y brillante de escamas
-argentinas, mientras en el plafón en forma de óvalo, va por el fondo
-inmenso y azulado sobre el lomo de un toro robusto y divino, la bella
-Europa, entre los delfines áureos y tritones corpulentos, que sobre el
-vasto ruido de las ondas hacen vibrar el ronco estrépito de sus
-resonantes caracoles.
-
-La hermosa está satisfecha; ya pone perlas en la garganta y calza las
-manos en seda; ya rápida se dirige a la puerta donde el carruaje espera
-y el tronco piafa. Y hela ahí, vanidosa y gentil, a esa aristocrática
-santiaguesa, que se dirige a un baile de fantasía de manera que el gran
-Watteau le dedicaría sus pinceles.
-
-
-
-
-IX
-
-NATURALEZA MUERTA
-
-
-He visto ayer por una ventana un tiesto lleno de lilas y de rosas
-pálidas, sobre un trípode. Por fondo tenía uno de esos cortinajes
-amarillos y opulentos, que hacen pensar en los mantos de los príncipes
-orientales. Las lilas recién cortadas resaltaban con su lindo color
-apacible, junto a los pétalos esponjados de las rosas té.
-
-Junto al tiesto, en una copa de laca ornada con ibis de oro incrustados,
-incitaban a la gula manzanas frescas, medio coloradas, con la pelusilla
-de la fruta nueva y la sabrosa carne hinchada que toca el deseo; pero
-doradas y apetitosas, que daban indicios de ser todas jugo y como
-esperando el cuchillo de plata que debía rebanar la pulpa almibarada; y
-un ramillete de uvas negras, hasta con el polvillo ceniciento de los
-racimos acabados de arrancar de la viña.
-
-Acerquéme, vilo de cerca todo. Las lilas y las rosas eran de cera, las
-manzanas y las peras de mármol pintado y las uvas de cristal.
-
-
-
-
-X
-
-AL CARBÓN
-
-
-Vibraba el órgano con sus voces trémulas, vibraba acompañando la
-antífona, llenando la nave con su armonía gloriosa. Los cirios ardían
-goteando sus lágrimas de cera entre la nube de incienso que inundaba los
-ámbitos del templo con su aroma sagrado; y allá en el altar, el
-sacerdote, todo resplandeciente de oro, alzaba la custodia cubierta de
-pedrería, bendiciendo a la muchedumbre arrodillada.
-
-De pronto, volví la vista cerca de mí, al lado de un ángulo de sombra.
-Había una mujer que oraba. Vestida de negro, envuelta en un manto, su
-rostro se destacaba severo, sublime, teniendo por fondo la vaga
-obscuridad de un confesonario. Era una bella faz de ángel, con la
-plegaria en los ojos y en los labios. Había en su frente una palidez de
-flor de lis, y en la negrura de su manto resaltaban juntas, pequeñas,
-las manos blancas y adorables. Las luces se iban extinguiendo, y a cada
-momento aumentaba lo obscuro del fondo, y entonces por un ofuscamiento
-me parecía ver aquella faz iluminarse con una luz blanca misteriosa,
-como la que debe de haber en la región de los coros prosternados y de
-los querubines ardientes; luz alba, polvo de nieve, claridad celeste,
-onda santa que baña los ramos de lirio de bienaventurados.
-
-Y aquel pálido rostro de virgen, envuelta ella en el manto y en la
-noche, en aquel rincón de sombra, habría sido un tema admirable para un
-estudio al carbón.
-
-
-
-
-XI
-
-PAISAJE
-
-
-Hay allá, en las orillas de la laguna de la Quinta, un sauce melancólico
-que moja de continuo su cabellera verde en el agua que refleja el cielo
-y los ramajes, como si tuviese en su fondo un país encantado.
-
-Al viejo sauce llegan aparejados los pájaros y los amantes. Allí es
-donde escuché una tarde--cuando del sol quedaba apenas en el cielo un
-tinte violeta que se esfumaba por ondas, y sobre el gran Andes nevado
-un decreciente color de rosa que era como tímida caricia de la luz
-enamorada--, un rumor de besos cerca del tronco agobiado y un aleteo en
-la cumbre.
-
-Estaban los dos, la amada y el amado, en un banco rústico, bajo el toldo
-del sauce. Al frente se extendía la laguna tranquila, con su puente
-enarcado y los árboles temblorosos de la ribera; y más allá se alzaba
-entre el verdor de las hojas, la fachada del palacio de la Exposición,
-con sus cóndores de bronce en actitud de volar.
-
-La dama era hermosa; él un gentil muchacho, que le acariciaba con los
-dedos y los labios los cabellos negros y las manos gráciles de ninfa.
-
-Y sobre las dos almas ardientes y sobre los dos cuerpos juntos,
-cuchicheaban en lengua rítmica y alada las dos aves. Y arriba el cielo
-con su inmensidad y con su fiesta de nubes, plumas de oro, alas de
-fuego, vellones de púrpura, fondos azules flordelisados de ópalo,
-derramaba la magnificencia de su pompa, la soberbia de su grandeza
-augusta.
-
-Bajo las aguas se agitaban, como en un remolino de sangre viva, los
-peces veloces de aletas doradas.
-
-Al resplandor crepuscular, todo el paisaje se veía como envuelto en una
-polvareda de sol tamizado, y eran el alma del cuadro aquellos dos
-amantes: él moreno, gallardo, vigoroso, con una barba fina y sedosa, de
-esas que gustan de tocar las mujeres; ella rubia--¡un verso de
-Gœth!--vestida con un traje gris, lustroso, y en el pecho una rosa
-fresca, como su boca roja que pedía el beso.
-
-
-
-
-XII
-
-EL IDEAL
-
-
-Y luego, una torre de marfil, una flor mística, una estrella a quien
-enamorar... Pasó, la ví como quien viera un alba, huyente, rápida,
-implacable.
-
-Era una estatua antigua como un alma que se asomaba a los ojos, ojos
-angelicales, todos ternura, todos cielo azul, todos enigma.
-
-Sintió que la besaba con mis miradas y me castigó con la majestad de su
-belleza, y me vió como una reina y como una paloma. Pero pasó
-arrebatadora, triunfante, como una visión que deslumbra. Y yo, el pobre
-pintor de la Naturaleza y de Psyquis, hacedor de ritmos y de castillos
-aéreos, ví el vestido luminoso de la hada, la estrella de su diadema, y
-pensé en la promesa ansiada del amor hermoso. Mas de aquel rayo supremo
-y fatal, sólo quedó en el fondo de mi cerebro un rostro de mujer, un
-sueño azul.
-
-[Illustration: En un extremo del taller, formó un gabinete minúsculo,
-con biombos cubiertos de arrozales y de grullas.]
-
-
-
-
-LA MUERTE DE LA EMPERATRIZ DE LA CHINA
-
-
-Delicada y fina como una joya humana, vivía aquella muchachita de carne
-rosada, en la pequeña casa que tenía un saloncito con los tapices de
-color azul desfalleciente. Era su estuche.
-
-¿Quién era el dueño de aquel delicioso pájaro alegre, de ojos negros y
-boca roja? ¿Para quién cantaba su canción divina, cuando la señorita
-Primavera mostraba en el triunfo del sol su bello rostro riente, y abría
-las flores del campo, y alborotaba la nidada? Suzette se llamaba la
-avecita que había puesto en jaula de seda, peluches y encajes, un
-soñador artista cazador, que la había cazado una mañana de Mayo en que
-había mucha luz en el aire y muchas rosas abiertas.
-
-Recaredo--¡capricho paternal! ¡él no tenía la culpa de llamarse
-Recaredo!--se había casado hacía año y medio.--¿Me amas?--Te amo. ¿Y
-tú?--Con toda el alma.
-
-Hermoso el día dorado, después de lo del cura. Habían ido luego al campo
-nuevo; a gozar libres del gozo del amor. Murmuraban allá en sus
-ventanas de hojas verdes, las campanillas y las violetas silvestres que
-olían cerca del riachuelo, cuando pasaban los dos amantes, el brazo de
-él en la cintura de ella, el brazo de ella en la cintura de él, los
-rojos labios en flor dejando escapar los besos. Después, fué la vuelta a
-la gran ciudad, al nido lleno de perfume, de juventud y de calor
-dichoso.
-
-¿Dije ya que Recaredo era escultor? Pues, si no lo he dicho, sabedlo.
-
- * * * * *
-
-Era escultor. En la pequeña casa tenía su taller, con profusión de
-mármoles, yesos, bronces y terracotas. A veces, los que pasaban oían a
-través de las rejas y persianas una voz que cantaba y un martilleo
-vibrante y metálico. Suzette, Recaredo; la boca que emergía el cántico,
-y el golpe del cincel.
-
-Luego el incesante idilio nupcial. En puntillas, llegar donde él
-trabajaba, e inundándole de cabellos la nuca, besarle rápidamente.
-Quieto, quietecito, llegar donde ella duerme en su _chaise-longue_, los
-piececitos calzados y con medias negras, uno sobre otro, el libro
-abierto sobre el regazo, medio dormida; y allí el beso es en los labios,
-beso que sorbe el aliento y hace que se abran los ojos, inefablemente
-luminosos. Y a todo esto, las carcajadas del mirlo, un mirlo enjaulado
-que cuando Suzette toca de Chopin, se pone triste y no canta. ¡Las
-carcajadas del mirlo! No era poca cosa.--¿Me quieres?--¿No lo
-sabes?--¿Me amas?--¡Te adoro! Ya estaba el animalucho echando toda la
-risa del pico. Se le sacaba de la jaula, revolaba por el saloncito
-azulado, se detenía en la cabeza de un Apolo de yeso, o en la frámea de
-un viejo germano de bronce obscuro. Tiiiiiirit... rrrrrrtch fiii...
-¡Vaya que a veces era mal criado e insolente en su algarabía! Pero era
-lindo sobre la mano de Suzette que le mimaba, le apretaba el pico entre
-sus dientes hasta hacerlo desesperar, y le decía a veces con una voz
-severa que temblaba de terneza: ¡Señor Mirlo, es usted un picarón!
-
-Cuando los dos amados estaban juntos, se arreglaban uno a otro el
-cabello. «Canta», decía él. Y ella cantaba lentamente; y aunque no eran
-sino pobres muchachos enamorados, se veían hermosos, gloriosos y reales;
-él la miraba como a una Elsa y ella le miraba como a un Lohengrin.
-Porque el Amor, ¡oh jóvenes llenos de sangre y de sueños!, pone un azul
-de cristal ante los ojos, y da las infinitas alegrías.
-
-¡Cómo se amaban! Él la contemplaba sobre las estrellas de Dios; su amor
-recorría toda la escala de la pasión, y era ya contenido, ya tempestuoso
-en su querer, a veces casi místico. En ocasiones dijérase aquel artista
-un teósofo que veía en la amada mujer algo supremo y extra-humano, como
-la Ayesha de Rider Hagard; la aspiraba como una flor, le sonreía como a
-un astro y se sentía soberbiamente vencedor al estrechar contra su pecho
-aquella adorable cabeza, que cuando estaba pensativa y quieta, era
-comparable al perfil hierático de la medalla de una emperatriz
-bizantina.
-
- * * * * *
-
-Recaredo amaba su arte. Tenía la pasión de la forma; hacía brotar del
-mármol gallardas diosas desnudas de ojos blancos, serenos y sin pupilas;
-su taller estaba poblado de un pueblo de estatuas silenciosas, animales
-de metal, gárgolas terroríficas, grifos de largas colas vegetales,
-creaciones góticas quizá inspiradas por el ocultismo. ¡Y sobre todo, la
-gran afición! japonerías y chinerías. Recaredo era en esto un original.
-No sé qué habría dado por hablar chino o japonés. Conocía los mejores
-álbumes; había leído buenos exotistas, adoraba a Loti y a Judith
-Gautier, y hacía sacrificios por adquirir trabajos legítimos, de
-Yokoama, de Nagasaki, de Kioto o de Nankin o Pekín: los cuchillos, las
-pipas, las máscaras feas y misteriosas como las caras de los sueños
-hípnicos, los mandarinitos enanos con panzas de cucurbitáceos y ojos
-circunflejos, los monstruos de grandes bocas de batracios, abiertas y
-dentadas y diminutos soldados de Tartaria, con faces foscas.
-
---¡Oh--le decía Suzette:--aborrezco tu casa de brujo, ese terrible
-taller, arca extraña que te roba a mis caricias! Él sonreía, dejaba su
-lugar de labor, su templo de raras chucherías y corría al pequeño salón
-azul, a ver y mimar su gracioso dije vivo, y oir cantar y reir al loco
-mirlo jovial.
-
-Aquella mañana, cuando entró, vió que estaba su dulce Suzette,
-soñolienta y tendida, cerca de un tazón de rosas que sostenía un
-trípode. ¿Era la Bella del bosque durmiente? Medio dormida, el delicado
-cuerpo modelado bajo una bata blanca, la cabellera castaña apelotonada
-sobre uno de los hombros, toda ella exhalando un suave olor femenino,
-era como una deliciosa figura de los amables cuentos que empiezan: «Este
-era un rey...»
-
-La despertó:
-
---¡Suzette; mi bella!
-
-Traía la cara alegre; le brillaban los ojos negros bajo su fez rojo de
-labor; llevaba una carta en la mano.
-
---Carta de Robert, Suzette. ¡El bribonazo está en China! «Hong Kong, 18
-de Enero...»
-
-Suzette, un tanto amodorrada, se había sentado y le había quitado el
-papel. ¡Conque aquel andariego había llegado tan lejos! «Hong Kon», 18
-de Enero...» Era gracioso. ¡Un excelente muchacho el tal Robert, con la
-manía de viajar! Llegaría al fin del mundo. ¡Robert, un grande amigo! Se
-veían como de la familia. Había partido hacía dos años para San
-Francisco de California. ¡Habríase visto loco igual!
-
-Comenzó a leer.
-
- * * * * *
-
-«Hong Kong, 18 de Enero de 1888.
-
-«Mi buen Recaredo:
-
- «Vine y vi. No he vencido aún.
-
- «En San Francisco supe vuestro matrimonio y me alegré. Di un salto
- y caí en la China. He venido como agente de una casa californiana,
- importadora de sedas, lacas, marfiles y demás chinerías. Junto con
- esta carta debes recibir un regalo mío que, dada tu afición por las
- cosas de este país amarillo, te llegará de perlas. Ponme a los pies
- de Suzette, y conserva el obsequio en memoria de tu
-
-_Robert_.»
-
-
-
-Ni más, ni menos. Ambos soltaron la carcajada. El mirlo a su vez hizo
-estallar la jaula en una explosión de gritos musicales.
-
-La caja había llegado, una caja de regular tamaño, llena de marchamos,
-de números y de letras negras que decían y daban a entender que el
-contenido era muy frágil. Cuando la caja se abrió apareció el misterio.
-Era un fino busto de porcelana, un admirable busto de mujer sonriente,
-pálido y encantador. En la base tenía tres inscripciones, una en
-caracteres chinescos, otra en inglés y otra en francés: _La emperatriz
-de la China_, ¡La emperatriz de la China! ¿Qué manos de artista asiático
-habían modelado aquellas formas atrayentes de misterio? Era una
-cabellera recogida y apretada, una faz enigmática, ojos bajos y
-extraños, de princesa celeste, sonrisa de esfinge, cuello erguido sobre
-los hombros columbinos, cubiertos por una honda de seda bordada de
-dragones, todo dando magia a la porcelana blanca, con tonos de cera,
-inmaculada y cándida. ¡La emperatriz de la China! Suzette pasaba sus
-dedos de rosa sobre los ojos de aquella graciosa soberana, un tanto
-inclinados, con sus curvos epicantus bajo los puros y nobles arcos de
-las cejas. Estaba contenta. Y Recaredo sentía orgullo de poseer su
-porcelana.--Le haría un gabinete especial, para que viviese y reinase
-sola, como en el Louvre la Venus de Milo, triunfadora, cobijada
-imperialmente por el plafón de su recinto sagrado.
-
-Así lo hizo. En un extremo del taller, formó un gabinete minúsculo, con
-biombos cubiertos de arrozales y de grullas. Predominaba la nota
-amarilla. Toda la gama, oro, fuego, ocre de oriente, hoja de otoño,
-hasta el pálido que agoniza fundido en la blancura. En el centro, sobre
-un pedestal dorado y negro, se alzaba riendo la exótica imperial.
-Alrededor de ella había colocado Recaredo todas sus japonerías y
-curiosidades chinas. La cubría un gran quitasol nipón, pintado de
-camelias y de anchas rosas sangrientas. Era cosa de risa, cuando el
-artista soñador, después de dejar la pipa y los cinceles, llegaba frente
-a la emperatriz, con las manos cruzadas sobre el pecho, a hacer zalemas.
-Una, dos, diez, veinte veces la visitaba. Era una pasión. En un plato de
-laca yokoamesa le ponía flores frescas todos los días. Tenía en
-momentos, verdaderos arrobos delante del busto asiático que le conmovía
-en su deleitable e inmóvil majestad. Estudiaba sus menores detalles, el
-caracol de la oreja, el arco del labio, la nariz pulida, el epicantus
-del párpado. ¡Un ídolo, la famosa emperatriz! Suzette le llamaba de
-lejos:--¡Recaredo!
-
---¡Voy!--Y seguía en la contemplación de su obra de arte. Hasta que
-Suzette llegaba a llevárselo a rastras y a besos.
-
-Un día, las flores del plato de laca desaparecieron como por encanto.
-
---¿Quién ha quitado las flores?--gritó el artista desde el taller.
-
---Yo--dijo una voz vibradora.
-
-Era Suzette que entreabría una cortina, toda sonrosada y haciendo
-relampaguear sus ojos negros.
-
- * * * * *
-
-Allá en lo hondo de su cerebro se decía el señor Recaredo, artista
-escultor:--¿Qué tendrá mi mujercita? No comía casi. Aquellos buenos
-libros desflorados por su espátula de marfil, estaban en el pequeño
-estante negro, con sus hojas cerradas sufriendo la nostalgia de las
-blandas manos de rosa, y del tibio regazo perfumado. El señor Recaredo
-la veía triste. ¿Qué tendrá mi mujercita? En la mesa no quería comer.
-Estaba seria: ¡qué seria! La miraba a veces con el rabo del ojo, y el
-marido veía aquellas pupilas obscuras, húmedas, como si quisieran
-llorar. Y ella al responder, hablaba como los niños a quienes se ha
-negado un dulce. ¿Qué tendrá mi mujercita? ¡Nada! Aquel «nada» lo decía
-ella con voz de queja, y entre sílaba y sílaba había lágrimas.
-
-¡Oh, señor Recaredo! lo que tiene vuestra mujercita es que sois un
-hombre abominable. ¿No habéis notado que desde que esa buena de la
-emperatriz de la China ha llegado a vuestra casa, el saloncito azul se
-ha entristecido, y el mirlo no canta ni ríe con su risa perlada? Suzette
-despierta a Chopin, y lentamente, hace brotar la melodía enferma y
-melancólica del negro piano sonoro. ¡Tiene celos, señor Recaredo! Tiene
-el mal de los celos, ahogador y quemante, como una serpiente encendida
-que aprieta el alma. ¡Celos! Quizá él lo comprendía, porque una tarde
-dijo a la muchachita de su corazón estas palabras, frente a frente, a
-través del humo de una taza de café:--Eres demasiado injusta. ¿Acaso no
-te amo con toda mi alma; acaso no sabes leer en mis ojos lo que hay
-dentro de mi corazón?
-
-Suzette rompió a llorar. ¡Que la amaba! No, ya no la amaba. Habían huído
-las buenas y radiantes horas, y los besos que chasqueaban también eran
-idos, como pájaros en fuga. Ya no la quería. Y a ella, a la que él veía
-su religión, su delicia, su sueño, su rey, a ella, a Suzette, la había
-dejado por la otra.
-
-¡La otra! Recaredo dió un salto. Estaba engañada. ¿Lo diría por la rubia
-Eulogia, a quien en un tiempo había dirigido madrigales?
-
-Ella movió la cabeza:--No. ¿Por la ricachona Gabriela, de largos
-cabellos negros, blanca como un alabastro y cuyo busto había hecho? ¿O
-por aquella Luisa, la danzarina, que tenía una cintura de avispa, un
-seno de buena nodriza y unos ojos incendiarios? ¿O por la viudita
-Andrea, que al reir sacaba la punta de la lengua, roja y felina, entre
-sus dientes brillantes y amarfilados?
-
-No, no era ninguna de esas. Recaredo se quedó con gran asombro.--Mira,
-chiquilla, dime la verdad. ¿Quién es ella? Sabes cuánto te adoro, mi
-Elsa, mi Julieta, amor mío...
-
-Temblaba tanta verdad de amor en aquellas palabras entrecortadas y
-trémulas, que Suzette, con los ojos enrojecidos, secos ya de lágrimas,
-se levantó irguiendo su linda cabeza heráldica.
-
---¿Me amas?
-
---¡Bien lo sabes!
-
---Deja, pues, que me vengue de mi rival. Ella o yo, escoge. Si es cierto
-que me adoras, ¿querrás permitir que la aparte para siempre de tu
-camino, que quede yo sola, confiada en tu pasión?
-
---Sea--dijo Recaredo--. Y viendo irse a su avecita celosa y terca,
-prosiguió sorbiendo el café, tan negro como la tinta.
-
-No había tomado tres sorbos, cuando oyó un gran ruido de fracaso en el
-recinto de su taller.
-
-Fué: ¿Qué miraron sus ojos? El busto había desaparecido del pedestal de
-negro y oro, y entre minúsculos mandarines caídos y descolgados
-abanicos, se veían por el suelo pedazos de porcelana que crujían bajo
-los pequeños zapatos de Suzette, quien toda encendida y con el cabello
-suelto, aguardando los besos, decía entre carcajadas argentinas al
-maridito asustado:--Estoy vengada. ¡Ha muerto ya para ti la emperatriz
-de la China!
-
-Y cuando comenzó la ardiente reconciliación de los labios, en el
-saloncito azul, todo lleno de regocijo, el mirlo, en su jaula, se moría
-de risa.
-
-[Illustration: ¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus
-labios luminosos!]
-
-
-
-
-A UNA ESTRELLA
-
-(ROMANZA EN PROSA)
-
-
-¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus labios luminosos!
-
-¡Yo soy el enamorado estático que soñando mi sueño de amor, estoy de
-rodillas, con los ojos fijos en tu inefable claridad, estrella mía, que
-estás tan lejos! ¡Oh, cómo ardo en celos, cómo tiembla mi alma cuando
-pienso que tú, cándida hija de la Aurora, puedes fijar tus miradas en el
-hermoso Príncipe Sol que viene de Oriente, gallardo y bello en su carro
-de oro, celeste flechero triunfador, de coraza adamantina, que trae a la
-espalda el carcaj brillante lleno de flechas de fuego! Pero no, tú me
-has sonreído bajo tu palio, y tu sonrisa era dulce como la esperanza.
-¡Cuántas veces mi espíritu quiso volar hacia ti y quedó desalentado!
-¡Está tan lejano tu alcázar! He cantado en mis sonetos y en mis
-madrigales tu místico florecimiento, tus cabellos de luz, tu alba
-vestidura. Te he visto como una pálida Beatriz del firmamento, lírica y
-amorosa en tu sublime resplandor. ¡Princesa del divino imperio azul,
-quién besara tus labios luminosos!
-
- * * * * *
-
-Recuerdo aquella negra noche ¡oh genio Desaliento! en que visitaste mi
-cuarto de trabajo para darme tortura, para dejarme casi desolado el
-pobre jardín de mi ilusión, donde me segaste tantos frescos ideales en
-flor. Tu voz me sonó a hierro y te escuché temblando, porque tu palabra
-era cortante y fría y caía como un hacha. Me hablaste del camino de la
-Gloria, donde hay que andar descalzo sobre cambroneras y abrojos; y
-desnudo, bajo una eterna granizada; y a obscuras, cerca de hondos
-abismos, llenos de sombra como la muerte. Me hablaste del vergel Amor,
-donde es casi imposible cortar una rosa sin morir, porque es rara la
-flor en que no anida un áspid. Y me dijiste de la terrible y muda
-esfinge de bronce que está a la entrada de la tumba. Y yo estaba
-espantado, porque la gloria me había atraído, con su hermosa palma en la
-mano, y el Amor me llenaba con su embriaguez, y la vida era para mí
-encantadora y alegre como la ven las flores y los pájaros. Y ya presa de
-mi desesperanza, esclavo tuyo, obscuro genio Desaliento, huí de mi
-triste lugar de labor--donde entre una corte de bardos antiguos y de
-poetas modernos, resplandecía el dios Hugo, en la edición de Hetzel--y
-busqué el aire libre bajo el cielo de la noche. Entonces fué, adorable y
-blanca princesa, cuando tuviste compasión de aquel pobre poeta, y le
-miraste con tu mirada inefable y le sonreiste, y de tu sonrisa emergía
-el divino verso de la esperanza! ¡Estrella mía que estás tan lejos,
-quién besara tus labios luminosos!
-
- * * * * *
-
-Quería contarte un poema sideral que tú pudieras oir, quería ser tu
-amante ruiseñor, y darte mi apasionado ritornelo, mi etérea y rubia
-soñadora. Y así desde la tierra donde caminamos sobre el limo, enviarte
-mi ofrenda de armonía a tu región en que deslumbra la apoteosis y reina
-sin cesar el prodigio.
-
-Tu diadema asombra a los astros y tu luz hace cantar a los poetas, perla
-en el Océano infinito, flor de lis del oriflama inmenso del gran Dios.
-
-Te he visto una noche aparecer en el horizonte sobre el mar, y el
-gigantesco viejo, ebrio de sal, te saludó con las salvas de sus olas
-sonantes y roncas. Tú caminabas con un manto tenue y dorado; tus
-reflejos alegraban las vastas aguas palpitantes.
-
-Otra vez era en una selva obscura, donde poblaban el aire los grillos
-monótonos, con las notas chillonas de sus nocturnos y rudos violines. A
-través de un ramaje te contemplé en tu deleitable serenidad, y vi sobre
-los árboles negros, trémulos hilos de luz como si hubiesen caído de la
-altura, hebras de tu cabellera. Princesa del divino imperio azul, ¡quién
-besara tus labios luminosos!
-
- * * * * *
-
-Te canta y vuela a ti la alondra matinal en el alba de la primavera, en
-que el viento lleva vibraciones de liras eólicas, y el eco de los
-tímpanos de plata que suenan los silfos. Desde tu región derrama las
-perlas armónicas y cristalinas de su buche, que caen y se juntan a la
-universal y grandiosa sinfonía que llena la despierta tierra.
-
-¡Y en esa hora pienso en ti, porque es la hora de supremas citas en el
-profundo cielo y de ocultos y ardorosos oarystis en los tibios parajes
-del bosque donde florece el citiso que alegra la égogla! ¡Estrella mía,
-que estás tan lejos, quién besara tus labios luminosos!
-
-
-
-
-[Illustration: EL AÑO LÍRICO]
-
-
-
-
-PRIMAVERAL
-
-
- Mes de rosas. Van mis rimas
- en ronda, a la vasta selva,
- a recoger miel y aromas
- en las flores entreabiertas.
- Amada, ven. El gran bosque
- es nuestro templo; allí ondea
- y flota un santo perfume
- de amor. El pájaro vuela
- de un árbol a otro y saluda
- tu frente rosada y bella
- como a un alba; y las encinas
- robustas, altas, soberbias,
- cuando tú pasas agitan
- sus hojas verdes y trémulas,
- y enarcan sus ramas como
- para que pase una reina.
- ¡Oh, amada mía! Es el dulce
- tiempo de la primavera.
-
- * * * * *
-
- Mira: en tus ojos los míos:
- da al viento la cabellera,
- y que bañe el sol ese aro
- de luz salvaje y espléndida.
- Dame que aprieten mis manos
- las tuyas de rosa y seda,
- y ríe, y muestren tus labios
- su púrpura húmeda y fresca.
- Yo voy a decirte rimas,
- tú vas a escuchar risueña;
- si acaso algún ruiseñor
- viniese a posarse cerca
- y a contar alguna historia
- de ninfa, rosas o estrellas,
- tú no oirás notas ni trinos,
- sino enamorada y regia,
- escucharás mis canciones
- fija en mis labios que tiemblan.
- ¡Oh, amada mía! Es el dulce
- tiempo de la primavera.
-
- * * * * *
-
- Allá hay una clara fuente
- que brota de una caverna,
- donde se bañan desnudas
- las blancas ninfas que juegan.
- Ríen al son de la espuma,
- hienden la linfa serena;
- entre polvo cristalino
- esponjan sus cabelleras;
- y saben himnos de amores
- en hermosa lengua griega,
- que en glorioso tiempo antiguo
- Pan inventó en las florestas.
- Amada, pondré en mis rimas
- la palabra más soberbia
- de las frases de los versos
- de los himnos de esa lengua;
- y te diré esa palabra
- empapada en miel hiblea...
- ¡oh, amada mía! en el dulce
- tiempo de la primavera.
-
- * * * * *
-
- Van en sus grupos vibrantes
- revolando las abejas
- como un áureo torbellino
- que la blanca luz alegra;
- y sobre el agua sonora
- pasan radiantes, ligeras,
- con sus alas cristalinas
- las irisadas libélulas.
- Oye: canta la cigarra
- porque ama al sol, que en la selva
- su polvo de oro tamiza,
- entre las hojas espesas.
- Su aliento nos da en un soplo
- fecundo la madre tierra,
- con el alma de los cálices
- y el aroma de las yerbas.
-
- * * * * *
-
- ¿Ves aquel nido? Hay un ave.
- Son dos: el macho y la hembra.
- Ella tiene el buche blanco,
- él tiene las plumas negras.
- En la garganta el gorjeo,
- las alas blancas y trémulas;
- y los picos que se chocan
- como labios que se besan.
- El nido es cántico. El ave
- incuba el trino, ¡oh, poetas!
- de la lira universal
- el ave pulsa una cuerda.
- Bendito el calor sagrado
- que hizo reventar las yemas,
- ¡oh, amada mía, en el dulce
- tiempo de la primavera!
-
- * * * * *
-
- Mi dulce musa Delicia
- me trajo un ánfora griega
- cincelada en alabastro,
- de vino de Naxos llena;
- y una hermosa copa de oro,
- la base henchida de perlas,
- para que bebiese el vino
- que es propicio a los poetas.
- En la ánfora está Diana,
- real, orgullosa y esbelta,
- con su desnudez divina
- y en su actitud cinegética.
- Y en la copa luminosa
- está Venus Citerea
- tendida cerca de Adonis
- que sus caricias desdeña.
- No quiero el vino de Naxos
- ni el ánfora de ansas bellas,
- ni la copa donde Cipria
- al gallardo Adonis ruega.
- Quiero beber del amor
- sólo en tu boca bermeja,
- ¡oh, amada mía, en el dulce
- tiempo de la primavera!
-
-
-
-
-ESTIVAL
-
-
-I
-
- La tigre de Bengala,
- con su lustrosa piel manchada a trechos,
- está alegre y gentil, está de gala.
- Salta de los repechos
- de un ribazo, al tupido
- carrizal de un bambú; luego a la roca
- que se yergue a la entrada de su gruta.
- Allí lanza un rugido,
- se agita como loca
- y eriza de placer su piel hirsuta.
-
- * * * * *
-
- La fiera virgen ama.
- Es el mes del ardor. Parece el suelo
- rescoldo; y en el cielo
- el sol inmensa llama.
- Por el ramaje obscuro
- salta huyendo el kanguro.
- El boa se infla, duerme, se calienta
- a la tórrida lumbre;
- el pájaro se sienta
- a reposar sobre la verde cumbre.
-
- * * * * *
-
- Siéntense vahos de horno;
- y la selva indiana
- en alas del bochorno,
- lanza, bajo el sereno
- cielo, un soplo de sí. La tigre ufana
- respira a pulmón lleno,
- y al verse hermosa, altiva, soberana,
- le late el corazón, se le hincha el seno.
-
- * * * * *
-
- Contempla su gran zarpa, en ella la uña
- de marfil; luego toca
- el filo de una roca,
- y prueba y lo rasguña.
- Mírase luego el flanco
- que azota con el rabo puntiagudo
- de color negro y blanco,
- y móvil y felpudo;
- luego el vientre. En seguida
- abre las anchas fauces, altanera
- como reina que exige vasallaje;
- después husmea, busca, va. La fiera
- exhala algo a manera
- de un suspiro salvaje.
- Un rugido callado
- escuchó. Con presteza
- volvió la vista de uno a otro lado.
- Y chispeó su ojo verde y dilatado
- cuando miró de un tigre la cabeza
- surgir sobre la cima de un collado.
- El tigre se acercaba.
-
- * * * * *
-
- Era muy bello.
- Gigantesca la talla, el pelo fino,
- apretado el ijar, robusto el cuello,
- era un don Juan felino
- en el bosque. Anda a trancos
- callados; ve a la tigre inquieta, sola,
- y le muestra los blancos
- dientes; y luego arbolada
- con donaire la cola.
- Al caminar se veía
- su cuerpo ondear, con garbo y bizarría.
- Se miraban los músculos hinchados
- debajo de la piel. Y se diría
- ser aquella alimaña
- un rudo gladiador de la montaña.
- Los pelos erizados
- del labio relamía. Cuando andaba,
- con su peso chafaba
- la yerba verde y muelle;
- y el ruido de su aliento semejaba
- el resollar de un fuelle.
- Él es, él es el rey. Cetro de oro
- no, sino la ancha garra
- que se hinca recia en el testuz del toro
- y las carnes desgarra.
- La negra águila enorme, de pupilas
- de fuego y corvo pico relumbrante,
- tiene a Aquilón; las ondas y tranquilas
- aguas, el gran caimán; el elefante,
- la cañada y la estepa;
- la víbora, los juncos por do trepa;
- y su caliente nido
- del árbol suspendido,
- el ave dulce y tierna
- que ama la primer luz.
- Él la caverna.
-
- * * * * *
-
- No envidian al león la crin, ni al potro rudo
- el casco, ni al membrudo
- hipopótamo el lomo corpulento
- quien bajo los ramajes de copudo
- baobab, ruge al viento.
-
- * * * * *
-
- Así va el orgulloso, llega, halaga;
- corresponde la tigre que le espera,
- y con caricias las caricias paga
- en su salvaje ardor, la carnicera.
-
- * * * * *
-
- Después, el misterioso
- tacto, las impulsivas
- fuerzas que arrastran con poder pasmoso;
- y ¡oh gran Pan! el idilio monstruoso
- bajo las vastas selvas primitivas.
- No el de las musas de las blandas horas
- suaves, expresivas,
- las rientes auroras
- y las azules noches pensativas;
- sino el que todo enciende, anima, exalta,
- polen, savia, calor, nervio, corteza,
- y en torrentes de vida brota y salta
- del seno de la gran Naturaleza.
-
-
-II
-
- El príncipe de Gales va de caza
- por bosques y por cerros,
- con su gran servidumbre y con sus perros
- de la más fina raza.
-
- * * * * *
-
- Acallando el tropel de los vasallos,
- deteniendo traíllas y caballos,
- con la mirada inquieta,
- contempla a los dos tigres, de la gruta
- a la entrada. Requiere la escopeta,
- y avanza, y no se inmuta.
-
- * * * * *
-
- Las fieras se acarician. No han oído
- tropel de cazadores.
- A esos terribles seres,
- embriagados de amores,
- con cadenas de flores
- se les hubiera uncido
- a la nevada concha de Citeres
- o al carro de Cupido.
-
- * * * * *
-
- El príncipe atrevido,
- adelanta, se acerca, ya se para;
- ya apunta y cierra un ojo; ya dispara;
- ya del arma el estruendo
- por el espeso bosque ha resonado.
- El tigre sale huyendo
- y la hembra queda, el vientre desgarrado.
- ¡Oh, va a morir!... Pero antes, débil, yerta,
- chorreando sangre por la herida abierta,
- con ojo dolorido
- miró a aquel cazador, lanzó un gemido
- como un ¡ay! de mujer... y cayó muerta.
-
-
-III
-
- Aquel macho que huyó, bravo y zahareño
- a los rayos ardientes
- del sol, en su cubil después dormía.
- Entonces tuvo un sueño
- que enterraba las garras y los dientes
- en vientres sonrosados
- y pechos de mujer; y que engullía
- por postres delicados
- de comidas y cenas,
- como tigre goloso entre golosos,
- unas cuantas docenas
- de niños tiernos, rubios y sabrosos.
-
-
-
-
-AUTUMNAL
-
-_Eros, Vita, Lumen._
-
-
- En las pálidas tardes
- yerran nubes tranquilas
- en el azul; en las ardientes manos
- se posan las cabezas pensativas.
- ¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños!
- ¡Ah las tristezas íntimas!
- ¡Ah el polvo de oro que en el aire flota,
- tras cuyas ondas trémulas se miran
- los ojos tiernos y húmedos,
- las bocas inundadas de sonrisas,
- las crespas cabelleras
- y los dedos de rosa que acarician!
-
- * * * * *
-
- En las pálidas tardes
- me cuenta un hada amiga
- las historias secretas
- llenas de poesía;
- lo que cantan los pájaros,
- lo que llevan las brisas,
- lo que vaga en las nieblas
- lo que sueñan las niñas.
-
- * * * * *
-
- Una vez sentí el ansia
- de una sed infinita.
- Dije al hada amorosa:
- --Quiero en el alma mía
- tener la inspiración honda, profunda,
- inmensa: luz, calor, aroma, vida.
- Ella me dijo:--¡Ven! con el acento
- con que me hablaría un arpa. En él había
- un divino idioma de esperanza.
- ¡Oh sed del ideal!
-
- * * * * *
-
- Sobre la cima
- de un monte, a media noche,
- me mostró las estrellas encendidas.
- Era un jardín de oro
- con pétalos de llamas que titilan.
- Exclamé:--Más...
-
- * * * * *
-
- La aurora
- vino después. La aurora sonreía,
- con la luz en la frente,
- como la joven tímida
- que abre la reja, y la sorprenden luego
- ciertas curiosas, mágicas pupilas.
- Y dije:--Más...--Sonriendo
- la celeste hada amiga
- prorrumpió:--¡Y bien! ¡Las flores!
-
- * * * * *
-
- Y las flores
- estaban frescas, lindas,
- empapadas de olor: la rosa virgen,
- la blanca margarita,
- la azucena gentil y las volúbiles
- que cuelgan de la rama estremecida.
- Y dije:-Más...
-
- * * * * *
-
- El viento
- arrastraba rumores, ecos, risas,
- murmullos misteriosos, aleteos,
- músicas nunca oídas.
- «El hada entonces me llevó hasta el velo
- que nos cubre las ansias infinitas,
- la inspiración profunda
- y el alma de las liras.
- Y lo rasgó. Y allí todo era aurora.»
- En el fondo se veía
- un bello rostro de mujer.
-
- * * * * *
-
- ¡Oh; nunca,
- Piérides, diréis las sacras dichas
- que en el alma sintiera!
- Con su vaga sonrisa:
- --¿Más?...--dijo el hada.--Y yo tenía entonces
- clavadas las pupilas
- en el azul; y en mis ardientes manos
- se posó mi cabeza pensativa...
-
-
-
-
-INVERNAL
-
-
- Noche. Este viento vagabundo lleva
- las alas entumidas
- y heladas. El gran Andes
- yergue al inmenso azul su blanca cima.
- La nieve cae en copos,
- sus rosas transparentes cristaliza;
- en la ciudad, los delicados hombros
- y gargantas se abrigan;
- ruedan y van los coches,
- suenan alegres pianos, el gas brilla;
- y, si no hay un fogón que le caliente,
- el que es pobre tirita.
-
- * * * * *
-
- Yo estoy con mis radiantes ilusiones
- y mis nostalgias íntimas,
- junto a la chimenea
- bien harta de tizones que crepitan.
- Y me pongo a pensar: ¡Oh! ¡si estuviese
- ella, la de mis ansias infinitas,
- la de mis sueños locos,
- y mis azules noches pensativas!
- ¿Cómo? Mirad:
- De la apacible estancia
- en la extensión tranquila
- vertía la lámpara reflejos
- de luces opalinas.
- Dentro, el amor que abrasa;
- fuera, la noche fría;
- el golpe de la lluvia en los cristales,
- y el vendedor que grita
- su monótona y triste melopea
- a las glaciales brisas.
- Dentro, la ronda de mis mil delirios,
- las canciones de notas cristalinas,
- unas manos que toquen mis cabellos,
- un aliento que roce mis mejillas,
- un perfume de amor, mil conmociones,
- mil ardientes caricias;
- ella y yo: los dos juntos, los dos solos
- la amada y el amado, ¡oh, Poesía!
- los besos de sus labios,
- la música triunfante de mis rimas
- y en la negra y cercana chimenea
- el tuero brillador que estalla en chispas.
-
- * * * * *
-
- ¡Oh! ¡bien haya el brasero
- lleno de pedrería!
- Topacios y carbunclos,
- rubíes y amatistas
- en la ancha copa etrusca
- repleta de ceniza.
- Los lechos abrigados,
- las almohadas mullidas,
- las pieles de Astrakán, los besos cálidos
- que dan las bocas húmedas y tibias.
- ¡Oh, viejo Invierno, salve!
- puesto que traes con las nieves frígidas
- el amor embriagante
- y el vino del placer en tu mochila.
-
- * * * * *
-
- Sí, estaría a mi lado,
- dándome sus sonrisas,
- ella, la que hace falta a mis estrofas,
- esa que mi cerebro se imagina;
- la que, si estoy en sueños,
- se acerca y me visita;
- ella que, hermosa, tiene
- una carne ideal, grandes pupilas,
- algo del mármol, blanca luz de estrella;
- nerviosa sensitiva,
- muestra el cuello gentil y delicado
- de las Hebes antiguas;
- bellos gestos de diosa,
- tersos brazos de ninfa,
- lustrosa cabellera
- en la nuca encrespada y recogida
- y ojeras que denuncian
- ansias profundas y pasiones vivas.
- ¡Ah, por verla encarnada,
- por gozar sus caricias,
- por sentir en mis labios,
- los besos de su amor, diera la vida!
- Entre tanto hace frío.
- Yo contemplo las llamas que se agitan,
- cantando alegres con sus lenguas de oro,
- móviles, caprichosas e intranquilas,
- en la negra y cercana chimenea
- do el tuero brillador estalla en chispas.
-
- * * * * *
-
- Luego pienso en el coro
- de las alegres liras.
- En la copa labrada, el vino negro,
- la copa hirviente cuyos bordes brillan
- con iris temblorosos y cambiantes
- como un collar de prismas;
- el vino negro que la sangre enciende,
- y pone el corazón con alegría,
- y hace escribir a los poetas locos
- sonetos áureos y flamantes silvas.
- El Invierno es beodo.
- Cuando soplan sus brisas,
- brotan las viejas cubas
- la sangre de las viñas.
- Sí, yo pintara su cabeza cana
- con corona de pámpanos guarnida.
- El invierno es galeoto,
- porque en las noches frías
- Paolo besa a Francesca
- en la boca encendida,
- mientras su sangre como fuego corre
- y el corazón ardiendo le palpita.
- ¡Oh, crudo Invierno, salve!
- puesto que traes con las nieves frígidas
- el amor embriagante
- y el vino del placer en tu mochila.
-
- * * * * *
-
- Ardor adolescente,
- miradas y caricias;
- cómo estaría trémula en mis brazos
- la dulce amada mía,
- dándome con sus ojos luz sagrada,
- con su aroma de flor, savia divina.
- En la alcoba la lámpara
- derramando sus luces opalinas;
- oyéndose tan sólo
- suspiros, ecos, risas;
- el ruido de los besos;
- la música triunfante de mis rimas,
- y en la negra y cercana chimenea
- el tuero brillador que estalla en chispas.
- Dentro, el amor que abrasa;
- fuera, la noche fría.
-
-
-
-
-PENSAMIENTOS DE OTOÑO
-
-(_De Armand Silvestre._)
-
-
- Huye el año a su término
- como arroyo que pasa,
- llevando del Poniente
- luz fugitiva y pálida.
- Y así como el del pájaro
- que triste tiende el ala,
- el vuelo del recuerdo
- que al espacio se lanza
- languidece en lo inmenso
- del azul por do vaga.
- Huye el año a su término
- como arroyo que pasa.
-
- * * * * *
-
- Un algo de alma aun yerra
- por los cálices muertos
- de las tardes volúbiles
- y los rosales trémulos.
- Y de luces lejanas
- al hondo firmamento,
- en alas del perfume
- aun se remonta un sueño.
- Un algo de alma aun yerra
- por los cálices muertos.
-
- * * * * *
-
- Canción de despedida
- fingen las fuentes turbias.
- Si te place, amor mío,
- volvamos a la ruta
- que allá en la primavera
- ambos, las manos juntas,
- seguimos, embriagados
- de amor y de ternura,
- por los gratos senderos
- do sus ramas columpian
- olientes avenidas
- que las flores perfuman.
- Canción de despedida
- fingen las fuentes turbias.
-
- * * * * *
-
- Un cántico de amores
- brota mi pecho ardiente
- que eterno abril fecundo
- de juventud florece.
- ¡Que mueran, en buena hora
- los bellos días! Llegue
- otra vez el invierno;
- renazca áspero y fuerte.
- Del viento entre el quejido,
- cual mágico himno alegre,
- un cántico de amores
- brota mi pecho ardiente.
-
- * * * * *
-
- Un cántico de amores
- a tu sacra beldad,
- ¡mujer, eterno estío,
- primavera inmortal!
- Hermana del ígneo astro
- que por la inmensidad
- en toda estación vierte
- fecundo sin cesar,
- de su luz esplendente
- el dorado raudal.
- Un cántico de amores
- a tu sacra beldad,
- ¡mujer, eterno estío,
- primavera inmortal!
-
-
-
-
-A UN POETA
-
-
- Nada más triste que un titán que llora,
- hombre-montaña encadenado a un lirio,
- que gime, fuerte, que pujante, implora:
- víctima propia en su fatal martirio.
-
- Hércules loco que a los pies de Onfalia
- la clava deja y el luchar rehúsa,
- héroe que calza femenil sandalia,
- vate que olvida la vibrante musa.
-
- ¡Quien desquijaba los robustos leones,
- hilando esclavo con la débil rueca;
- sin labor, sin empuje, sin acciones:
- puños de fierro y áspera muñeca!
-
- No es tal poeta para hollar alfombras
- por donde triunfan femeniles danzas:
- que vibre rayos para herir las sombras,
- que escriba versos que parezcan lanzas.
-
- Relampagueando la soberbia estrofa,
- su surco deje de esplendente lumbre,
- y el pantano de escándalo y de mofa
- que no lo vea el águila en su cumbre.
-
- Bravo soldado con su casco de oro
- lance el dardo que quema y que desgarra,
- que embista rudo como embiste el toro,
- que clave firme, como el león, la garra.
-
- Cante valiente y al cantar trabaje;
- que ofrezca robles si se juzga monte;
- que su idea, en el mal rompa y desgaje
- como en la selva virgen el bisonte.
-
- Que lo que diga la inspirada boca
- suene en el pueblo con palabra extraña;
- ruido de oleaje al azotar la roca,
- voz de caverna y soplo de montaña.
-
- Deje Sansón de Dálila el regazo:
- Dálila engaña y corta los cabellos.
- No pierda el fuerte el rayo de su brazo
- por ser esclavo de unos ojos bellos.
-
-
-
-
-ANAGKE
-
-
- Y dijo la paloma:
- --Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo,
- en el árbol en flor, junto a la poma,
- llena de miel, junto al retoño suave
- y húmedo por las gotas de rocío,
- tengo mi hogar. Y vuelo
- con mis anhelos de ave,
- del amado árbol mío
- hasta el bosque lejano,
- cuando al himno jocundo
- del despertar de Oriente,
- sale el alba desnuda, y muestra al mundo
- el pudor de la luz sobre su frente.
- Mi ala es blanca y sedosa;
- la luz la dora y baña
- y céfiro la peina.
- Son mis pies como pétalos de rosa.
- Yo soy la dulce reina
- que arrulla a su palomo en la montaña.
- En el fondo del bosque pintoresco
- está el alerce en que formé mi nido;
- y tengo allí, bajo el follaje fresco,
- un polluelo sin par, recién nacido.
- Soy la promesa alada,
- el juramento vivo;
- soy quien lleva el recuerdo de la amada
- para el enamorado pensativo;
- yo soy la mensajera
- de los tristes y ardientes soñadores,
- que va a revolotear diciendo amores
- junto a una perfumada cabellera.
- Soy el lirio del viento.
- Bajo el azul del hondo firmamento
- muestro de mi tesoro bello y rico
- las preseas y galas:
- el arrullo en el pico,
- la acaricia en las alas.
- Yo despierto a los pájaros parleros
- y entonan sus melódicos cantares:
- me poso en los floridos limoneros
- y derramo una lluvia de azahares.
- Yo soy toda inocente, toda pura.
- Yo me esponjo en las ansias del deseo,
- y me estremezco en la íntima ternura
- de un roce, de un rumor, de un aleteo.
- ¡Oh, inmenso azul! Yo te amo. Porque a Flora
- das la lluvia y el sol siempre encendido:
- porque, siendo el palacio de la aurora,
- también eres el techo de mi nido.
- ¡Oh, inmenso azul! Yo adoro
- tus celajes risueños,
- y esa niebla sutil de polvos de oro
- donde van los perfumes y los sueños.
- Amo los velos tenues, vagarosos,
- de las flotantes brumas,
- donde tiendo a los aires cariñosos
- el sedeño abanico de mis plumas.
- ¡Soy feliz! porque es mía la floresta,
- donde el misterio de los nidos se halla;
- porque el alba es mi fiesta
- y el amor mi ejercicio y mi batalla.
- Feliz, porque de dulces ansias llena
- calentar mis polluelos es mi orgullo,
- porque en las selvas vírgenes resuena
- la música celeste de mi arrullo,
- porque no hay una rosa que no me ame,
- ni pájaro gentil que no me escuche,
- ni garrido cantor que no me llame.
- --¿Sí?--dijo entonces un gavilán infame,
- y con furor se la metió en el buche.
- Entonces el buen Dios, allá en su trono,
- (mientras Satán, por distraer su encono
- aplaudía a aquel pájaro zahareño)
- se puso a meditar. Arrugó el ceño,
- y pensó, al recordar sus vastos planes,
- y recorrer sus puntos y sus comas,
- que cuando creó palomas
- no debía haber creado gavilanes.
-
-[Illustration]
-
- como una rosa roja que fuera flor de lis;
- abre los ojos; mírame, con su mirar risueño,
- y en tanto cae la nieve del cielo de París.
-
-
-
-
-SONETOS
-
-
-
-
-CAUPOLICÁN
-
-A Enrique Hernández Miyares.
-
-
- Es algo formidable que vió la vieja raza:
- robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
- salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
- blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.
-
- Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,
- pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
- lancero de los bosques, Nenrod que todo caza,
- desjarretar un toro, o estrangular un león.
-
- Anduvo, anduvo, anduvo. Le vió la luz del día,
- le vió la tarde pálida, le vió la noche fría,
- y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.
-
- «¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta.
- Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: «Basta»,
- e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.
-
-
-
-
-VENUS
-
-
- En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría.
- En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín.
- En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía,
- como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.
-
- A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,
- que esperaba a su amante, bajo el techo de su camarín,
- o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría,
- triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.
-
- «¡Oh, reina rubia!--díjele,--mi alma quiere dejar su crisálida
- y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar;
- y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,
-
- y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar.»
- El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.
- Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.
-
-
-
-
-DE INVIERNO
-
-
- En invernales horas, mirad a Carolina.
- Medio apelotonada, descansa en el sillón,
- envuelta con su abrigo de marta cibelina
- y no lejos del fuego que brilla en el salón.
-
- El fino angora blanco, junto a ella se reclina,
- rozando con su hocico la falda de Alençón,
- no lejos de las jarras de porcelana china
- que medio oculta un biombo de seda del Japón.
-
- Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño;
- entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris;
- voy a besar su rostro, rosado y halagüeño
-
- como una rosa roja que fuera flor de lis;
- abre los ojos; mírame, con su mirar risueño
- y en tanto cae la nieve del cielo de París.
-
-[Illustration]
-
- Su ave es la venusina, la tímida paloma.
- Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma,
- en todos los combates del arte o del amor.
-
-
-
-
-MEDALLONES
-
-
-
-
-I
-
-LECONTE DE LISLE
-
-
- De las eternas musas el reino soberano
- recorres, bajo un soplo de vasta inspiración,
- como un rajah soberbio que en su elefante indiano
- por sus dominios pasa de rudo viento al son.
-
- Tú tienes en tu canto como ecos de Océano;
- se ve en tu poesía la selva y el león;
- salvaje luz irradia la lira que en tu mano
- derrama su sonora, robusta vibración.
-
- Tú del fakir conoces secretos y avatares;
- a tu alma dió el Oriente misterios seculares,
- visiones legendarias y espíritu oriental.
-
- Tu verso está nutrido con sabia de la tierra;
- fulgor de Ramayanas tu viva estrofa encierra,
- y cantas en la lengua del bosque colosal.
-
-
-
-
-II
-
-CATULLE MENDES
-
-
- Puede ajustarse al pecho coraza férrea y dura;
- puede regir la lanza, la rienda del corcel;
- sus músculos de atleta soportan la armadura...
- pero él busca en las bocas rosadas, leche y miel.
-
- Artista, hijo de Capua, que adora la hermosura,
- la carne femenina prefiere su pincel;
- y en el recinto oculto de tibia alcoba obscura,
- agrega mirto y rosas a su triunfal laurel.
-
- Canta de los oarystis el delicioso instante,
- los besos y el delirio de la mujer amante;
- y en sus palabras tiene perfume, alma, color.
-
- Su ave es la venusina, la tímida paloma.
- Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma,
- en todos los combates del arte o del amor.
-
-
-
-
-III
-
-WALT WHITMAN
-
-
- En su país de hierro vive el gran viejo,
- bello como un patriarca, sereno y santo.
- Tiene en la arruga olímpica de su entrecejo,
- algo que impera y vence con noble encanto.
-
- Su alma del infinito parece espejo;
- son sus cansados hombros dignos del manto;
- y con arpa labrada de un roble añejo,
- como un profeta nuevo canta su canto.
-
- Sacerdote, que alienta soplo divino,
- anuncia en el futuro tiempo mejor.
- Dice al águila: «¡Vuela!» «¡Boga!» al marino,
-
- y «¡Trabaja!» al robusto trabajador.
- ¡Así va ese poeta por su camino
- con su soberbio rostro de emperador!
-
-
-
-
-IV
-
-J. J. PALMA
-
-
- Ya de un corintio templo cincela una metopa,
- ya de un morisco alcázar el capitel sutil,
- ya como Benvenuto, del oro de una copa
- forma un joyel artístico, prodigio del buril.
-
- Pinta las dulces Gracias, o la desnuda Europa,
- en el pulido borde de un vaso de marfil,
- o a Diana; diosa virgen de desceñida ropa,
- con aire cinegético, o en grupo pastoril.
-
- La musa que al poeta sus cánticos inspira
- no lleva la vibrante trompeta de metal,
- ni es la bacante loca que canta y que delira,
-
- es el amor fogoso, y en el placer triunfal:
- ella al cantor ofrece la septicorde lira,
- o, rítmica y sonora, la flauta de cristal.
-
-
-
-
-V
-
-SALVADOR DÍAZ MIRON
-
-
- Tu cuarteto es cuadriga de águilas bravas
- que aman las tempestades, los Océanos;
- las pesadas tizonas, las férreas clavas,
- son las armas forjadas para tus manos.
-
- Tu idea tiene cráteres y vierte lavas;
- del Arte recorriendo montes y llanos,
- van tus rudas estrofas jamás esclavas,
- como un tropel de búfalos americanos.
-
- Lo que suena en tu lira lejos resuena,
- como cuando habla el bóreas, o cuando truena.
- ¡Hijo del Nuevo Mundo! la humanidad
-
- oiga, sobre la frente de las naciones,
- la hímnica pompa lírica de tus canciones
- que saludan triunfantes la Libertad.
-
-
-
-
-INDICE
-
-
- Págs.
-
-A don Rubén Darío 5
-
-El Rey Burgués 35
-
-El sátiro sordo 45
-
-La ninfa 55
-
-El fardo 65
-
-El velo de la reina Mab 75
-
-La canción del oro 83
-
-El rubí 93
-
-El palacio del Sol 105
-
-El pájaro azul 115
-
-Palomas blancas y garzas morenas 125
-
-
-EN CHILE
-
-En busca de cuadros 137
-
-Acuarela 139
-
-Paisaje 141
-
-Agua fuerte 142
-
-La Virgen de la Paloma 143
-
-La cabeza 144
-
-Acuarela 145
-
-Un retrato de Watteu 147
-
-Naturaleza muerta 149
-
-Al carbón 150
-
-Paisaje 151
-
-El ideal 152
-
-La muerte de la emperatriz de la China 157
-
-A una estrella 171
-
-
-EL AÑO LÍRICO
-
-Primaveral 177
-
-Estival 182
-
-Autumnal 189
-
-Invernal 193
-
-Pensamiento de Otoño 199
-
-A un poeta 203
-
-Anagke 205
-
-
-SONETOS
-
-Caupolicán 209
-
-Venus 210
-
-De invierno 211
-
-
-MEDALLONES
-
-Leconte de Lisle 215
-
-Catulle Mendes 216
-
-Walt Whitman 217
-
-J. J. Palma 218
-
-Salvador Díaz Mirón 219
-
-[Illustration:
-
- ACABÓSE
- DE IMPRIMIR
- ESTE LIBRO EN
- MADRID, EN EL ESTABLECIMIENTO
- TIPOGRÁFICO
- DE JOSÉ YAGÜES
- SANZ, EL DÍA XX
- DE OCTUBRE
- DEL AÑO
- MCMXVII]
-
-
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Azul..., by Rubén Darío
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK AZUL... ***
-
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-
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-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of computers
-including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
-because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
-people in all walks of life.
-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
-http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
-permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
-Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
-throughout numerous locations. Its business office is located at
-809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
-business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
-information can be found at the Foundation's web site and official
-page at http://pglaf.org
-
-For additional contact information:
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
-
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To
-SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
-particular state visit http://pglaf.org
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-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations.
-To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
-
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
-works.
-
-Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
-concept of a library of electronic works that could be freely shared
-with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
-Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
-
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
-unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
-keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
-
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-Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
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- http://www.gutenberg.org
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-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
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