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-The Project Gutenberg EBook of Miau, by Benito Pérez Galdós
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Miau
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: June 22, 2016 [EBook #52392]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MIAU ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images available at The Internet Archive)
-
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- MIAU
-
- Es propiedad. Queda hecho
- el depósito que marca la ley.
- Serán furtivos los ejemplares
- que no lleven el sello del autor.
-
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- MIAU
-
- POR
-
- B. PÉREZ GALDÓS
-
- 14.000
-
- MADRID
-
- LIBRERÍA DE PERLADO, PÁEZ Y C.^{A}
- (Sucesores de Hernando)
- Arenal, núm, 11.
-
- 1907
-
- Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.
-
-
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-
-MIAU
-
-
-
-
-I
-
-
-Á las cuatro de la tarde, la chiquillería de la escuela pública de la
-plazuela del Limón salió atropelladamente de clase, con algazara de mil
-demonios. Ningún himno á la libertad, entre los muchos que se han
-compuesto en las diferentes naciones, es tan hermoso como el que entonan
-los oprimidos de la enseñanza elemental al soltar el grillete de la
-disciplina escolar y _echarse á la calle_ piando y saltando. La furia
-insana con que se lanzan á los más arriesgados ejercicios de
-volatinería, los estropicios que suelen causar á algún pacífico
-transeunte, el delirio de la autonomía individual que á veces acaba en
-porrazos, lágrimas y cardenales, parecen bosquejo de los triunfos
-revolucionarios que en edad menos dichosa han de celebrar los hombres...
-Salieron, como digo, en tropel; el último quería ser el primero, y los
-pequeños chillaban más que los grandes. Entre ellos había uno de
-menguada estatura, que se apartó de la bandada para emprender solo y
-calladito camino de su casa. Y apenas notado por sus compañeros aquel
-apartamiento que más bien parecía huida, fueron tras él y le acosaron
-con burlas y cuchufletas, no del mejor gusto. Uno lo cogía del brazo,
-otro le refregaba la cara con sus manos inocentes, que eran un dechado
-completo de cuantas porquerías hay en el mundo; pero él logró desasirse
-y... pies, para qué os quiero. Entonces dos ó tres de los más
-desvergonzados le tiraron piedras, gritando _Miau_; y toda la partida
-repitió con infernal zipizape: _Miau, Miau_.
-
-El pobre chico de este modo burlado se llamaba Luisito Cadalso, y era
-bastante mezquino de talla, corto de alientos, descolorido, como de ocho
-años, quizás de diez, tan tímido que esquivaba la amistad de sus
-compañeros, temeroso de las bromas de algunos, y sintiéndose sin bríos
-para devolverlas. Siempre fué el menos arrojado en las travesuras, el
-más soso y torpe en los juegos, y el más formalito en clase, aunque uno
-de los menos aventajados, quizás porque su propio encogimiento le
-impidiera decir bien lo que sabía ó disimular lo que ignoraba. Al doblar
-la esquina de las Comendadoras de Santiago para ir á su casa, que estaba
-en la calle de Quiñones, frente á la Cárcel de Mujeres, uniósele uno de
-sus condiscípulos, muy cargado de libros, la pizarra á la espalda, el
-pantalón hecho una pura rodillera, el calzado con tragaluces, boina azul
-en la pelona, y el hocico muy parecido al de un ratón. Llamaban al tal
-Silvestre Murillo, y era el chico más aplicado de la escuela y el amigo
-mejor que Cadalso tenía en ella. Su padre, sacristán de la iglesia de
-Monserrat, le destinaba á seguir la carrera de Derecho, porque se le
-había metido en la cabeza que el mocoso aquél llegaría á ser personaje,
-quizás orador célebre, ¿por qué no ministro? La futura celebridad habló
-así á su compañero:
-
---Mia tú, _Caarso_, si á mí me dieran esas chanzas, de la galleta que
-les pegaba les ponía la cara verde. Pero tú no tienes coraje. Yo digo
-que no se deben poner motes á las presonas. ¿Sabes tú quién tié la
-culpa? Pues _Posturitas_, el de la casa de empréstamos. Ayer fué
-contando que su mamá había dicho que á tu abuela y á tus tías las llaman
-las _Miaus_, porque tienen la fisonomía de las caras, es á saber, como
-las de los gatos. Dijo que en el paraíso del Teatro Real les pusieron
-este mal nombre, y que siempre se sientan en el mismo sitio, y que
-cuando las ven entrar, dice toda la gente del público: «Ahí están ya las
-_Miaus_».
-
-Luisito Cadalso se puso muy encarnado. La indignación, la vergüenza y el
-estupor que sentía, no le permitieron defender la ultrajada dignidad de
-su familia.
-
---_Posturitas_ es un ordinario y un disinificante--añadió Silvestre,--y
-eso de poner motes es de tíos. Su padre es un tío, su madre una tía, y
-sus tías unas tías. Viven de chuparle la sangre al pobre, y ¿qué te
-crees? al que no desempresta la capa, le despluman, es á saber, que se
-la venden y le dejan que se muera de frío. Mi mamá las llama _las
-arpidas_. ¿No las has visto tú cuando están en el balcón colgando las
-capas para que les dé el aire? Son más feas que un túmulo, y dice mi
-papá que con las narices que tienen se podrían hacer las patas de una
-mesa y sobraba maera... Pues también. _Posturitas_ es un buen mico;
-siempre pintándola y haciendo gestos como los _clos_ del Circo. Claro,
-como á él le han puesto mote, quiere vengarse, encajándotelo á ti. Lo
-que es á mí no me lo pone, ¡contro!, porque sabe que tengo yo mu malas
-pulgas, pero mu malas... Como tú eres así tan poquita cosa, es á saber,
-que no achuchas cuando te dicen algo, vele ahí por qué no te guarda el
-rispeto.
-
-Cadalsito, deteniéndose en la puerta de su casa, miró á su amigo con
-tristeza. El otro, arreándole un fuerte codazo, le dijo: «Yo no te llamo
-_Miau_, ¡contro!, no tengas cuidado que yo te llame _Miau_;» y partió á
-escape hacia Monserrat.
-
-En el portal de la casa en que Cadalso habitaba, había un memorialista.
-El biombo ó bastidor, forrado de papel imitando jaspes de variadas
-vetas y colores, ocultaba el hueco del escritorio ó agencia donde
-asuntos de tanta monta se despachaban de continuo. La multiplicidad de
-ellos se declaraba en manuscrito cartel, que en la puerta de la casa
-colgaba. Tenía forma de índice, y decía de esta manera:
-
-_Casamientos_.--Se andan los pasos de la Vicaría con prontitud y
-economía.
-
-_Doncellas_.--Se proporcionan.
-
-_Mozos de comedor_.--Se facilitan.
-
-_Cocineras_.--Se procuran.
-
-_Profesor de acordeón_.--Se recomienda.
-
-_Nota_.--Hay escritorio reservado para señoras.
-
-Abstraído en sus pensamientos, pasaba el buen Cadalso junto al biombo,
-cuando por el hueco que éste tenía hacia el interior del portal,
-salieron estas palabras: «Luisín, bobillo, estoy aquí». Acercóse el
-muchacho, y una mujerona muy grandona echó los brazos fuera del biombo
-para cogerle en ellos y acariciarlo: «¡Qué tontín! Pasas sin decirme
-nada. Aquí te tengo la merienda. Mendizábal fué á las diligencias. Estoy
-sola, cuidando la _oficina_, por si viene alguien. ¿Me harás compañía?»
-
-La señora de Mendizábal era de tal corpulencia, que cuando estaba dentro
-del escritorio parecía que había entrado en él una vaca, acomodando los
-cuartos traseros en el banquillo y ocupando todo el espacio restante con
-el desmedido volumen de sus carnes delanteras. No tenía hijos, y se
-encariñaba con todos los chicos de la vecindad, singularmente con
-Luisito, merecedor de lástima y mimos por su dulzura humilde, y más que
-por esto _por las hambres que en su casa pasaba_, al decir de ella.
-Todos los días le reservaba una golosina para dársela al volver de la
-escuela. La de aquella tarde era un bollo (de los que llaman _del
-Santo_) que estaba puesto sobre la salbadera, y tenía muchas arenillas
-pegadas en la costra de azúcar. Pero Cadalsito no reparó en esto al
-hincarle su diente con gana. «Súbete ahora--le dijo la portera
-memorialista, mientras él devoraba el bollo con grajea de polvo de
-escribir;--súbete, cielo, no sea que tu abuela te riña; dejas los
-libritos, y bajas á hacerme compañía y á jugar con _Canelo_».
-
-El chiquillo subió con presteza. Abrióle la puerta una señora cuya cara
-podía dar motivo á controversias numismáticas, como la antigüedad de
-ciertas monedas que tienen borrada la inscripción, pues unas veces,
-mirada de perfil y á cierta luz, daban ganas de echarle los sesenta, y
-otras el observador entendido se contenía en la apreciación de los
-cuarenta y ocho ó los cincuenta bien conservaditos.
-
-Tenía las facciones menudas y graciosas, del tipo que llaman aniñado, la
-tez rosada todavía, la cabellera rubia cenicienta, de un color que
-parecía de alquimia, con cierta efusión extravagante de los mechones
-próximos á la frente. Veintitantos años antes de lo que aquí se refiere,
-un periodistín que escribía la cotización de las harinas y las revistas
-de sociedad, anunciaba de este modo la aparición de aquella dama en los
-salones del Gobernador de una provincia de tercera clase: «¿Quién es
-aquella figura arrancada de un cuadro del Beato Angélico, y que viene
-envuelta en nubes vaporosas y ataviada con el nimbo de oro de la
-iconografía del siglo XIV?» Las vaporosas nubes eran el vestidillo de
-gasa que la señora de Villaamil encargó á Madrid por aquellos días, y el
-áureo nimbo, el demonio me lleve si no era la efusión de la cabellera,
-que entonces debía de ser rubia, y por tanto cotizable á la par,
-literariamente, con el oro de Arabia.
-
-Cuatro ó cinco lustros después de estos éxitos de elegancia en aquella
-ciudad provinciana, cuyo nombre no hace al caso, doña Pura, que así se
-llamaba la dama, en el momento aquel de abrir la puerta á su nietecillo,
-llevaba peinador no muy limpio, zapatillas de fieltro no muy nuevas, y
-bata floja de tartán verde.
-
---¡Ah!, eres tú, Luisín--le dijo.--Yo creí que era Ponce con los
-billetes del Real. ¡Y nos prometió venir á las dos! ¡Qué formalidades
-las de estos jóvenes del día!
-
-En este punto apareció otra señora muy parecida á la anterior en la
-corta estatura, en lo aniñado de las facciones y en la expresión
-enigmática de la edad. Vestía chaquetón degenerado, descendiente de un
-gabán de hombre, y un mandil largo de arpillera, prenda de cocina en
-todas partes. Era la hermana de doña Pura, y se llamaba Milagros. En el
-comedor, á donde fué Luis para dejar sus libros, estaba una joven
-cosiendo, pegada á la ventana para aprovechar la última luz del día,
-breve como día de Febrero. También aquella hembra se parecía algo á las
-otras dos, salvo la diferencia de edad. Era Abelarda, hija de doña Pura,
-y tía de Luisito Cadalso. La madre de éste, Luisa Villaamil, había
-muerto cuando el pequeñuelo contaba apenas dos años de edad. Del padre
-de éste, Víctor Cadalso, se hablará más adelante.
-
-Reunidas las tres, picotearon sobre el caso inaudito de que Ponce (novio
-titular de Abelarda, que obsequiaba á la familia con billetes del Teatro
-Real) no hubiese parecido á las cuatro y media de la tarde, cuando
-generalmente llevaba los billetes á las dos. «Así, con estas
-incertidumbres, no sabiendo una si va ó no va al teatro, no puede
-determinar nada ni hacer cálculo ninguno para la noche. ¡Qué cachaza de
-hombre!» Díjolo doña Pura con marcado desprecio del novio de su hija, y
-ésta le contestó: «Mamá, todavía no es tarde. Hay tiempo de sobra. Verás
-cómo no falta ése con las entradas».
-
-«Sí; pero en funciones como la de esta noche, cuando los billetes andan
-tan escasos que hasta influencias se necesitan para hacerse con ellos,
-es una contracaridad tenernos en este sobresalto».
-
-En tanto, Luisito miraba á su abuela, á su tía mayor, á su tía menor, y
-comparando la fisonomía de las tres con la del micho que en el comedor
-estaba, durmiendo á los pies de Abelarda, halló perfecta semejanza entre
-ellas. Su imaginación viva le sugirió al punto la idea de que las tres
-mujeres eran gatos en _dos pies y vestidos de gente_, como los que hay
-en la obra _Los animales pintados por sí mismos_; y esta alucinación le
-llevó á pensar si sería él también gato _derecho_ y si mayaría cuando
-hablaba. De aquí pasó rápidamente á hacer la observación de que el mote
-puesto á su abuela y tías en el paraíso del Real, era la cosa más
-acertada y razonable del mundo. Todo esto germinó en su mente en menos
-que se dice, con el resplandor inseguro y la volubilidad de un cerebro
-que se ensaya en la observación y en el raciocinio. No siguió adelante
-en sus gatescas presunciones, porque su abuelita, poniéndole la mano en
-la cabeza, le dijo: «¿Pero la Paca no te ha dado esta tarde merienda?»
-
---Sí, mamá... y ya me la comí. Me dijo que subiera á dejar los libros y
-que bajara después á jugar con _Canelo_.
-
---Pues ve, hijo, ve corriendito, y te estás abajo un rato, si quieres.
-Pero ahora me acuerdo... vento para arriba pronto, que tu abuelo te
-necesita para que le hagas un recado.
-
-Despedía la señora en la puerta al chiquillo, cuando de un aposento
-próximo á la entrada de la casa salió una voz cavernosa y sepulcral, que
-decía: «Puuura, Puuura».
-
-Abrió ésta una puerta que á la izquierda del pasillo de entrada había, y
-penetró en el llamado despacho, pieza de poco más de tres varas en
-cuadro, con ventana á un patio lóbrego. Como la luz del día era ya tan
-escasa, apenas se veía dentro del aposento más que el cuadro luminoso de
-la ventana. Sobre él se destacó un sombrajo larguirucho, que al parecer
-se levantaba de un sillón como si se desdoblase, y se estiró
-desperezándose, á punto que la temerosa y empañada voz decía: «Pero,
-mujer, no se te ocurre traerme una luz. Sabes que estoy escribiendo, que
-anochece más pronto que uno quisiera, y me tienes aquí secándome la
-vista sobre el condenado papel».
-
-Doña Pura fué hacia el comedor, donde ya su hermana estaba encendiendo
-una lámpara de petróleo. No tardó en aparecer la señora ante su marido
-con la luz en la mano. La reducida estancia y su habitante salieron de
-la obscuridad, como algo que se crea surgiendo de la nada.
-
---Me he quedado helado--dijo D. Ramón Villaamil, esposo de doña Pura;
-el cual era un hombre alto y seco, los ojos grandes y terroríficos, la
-piel amarilla, toda ella surcada por pliegues enormes en los cuales las
-rayas de sombra parecían manchas; las orejas transparentes, largas y
-pegadas al cráneo; la barba corta, rala y cerdosa, con las canas
-distribuidas caprichosamente, formando ráfagas blancas entre lo negro;
-el cráneo liso y de color de hueso desenterrado, como si acabara de
-recogerlo de un osario para taparse con él los sesos. La robustez de la
-mandíbula, el grandor de la boca, la combinación de los tres colores
-negro, blanco y amarillo, dispuestos en rayas, la ferocidad de los ojos
-negros, inducían á comparar tal cara con la de un tigre viejo y tísico,
-que después de haberse lucido en las exhibiciones ambulantes de fieras,
-no conserva ya de su antigua belleza más que la pintorreada piel.
-
---Á ver, ¿á quién has escrito?--dijo la señora, acortando la llama que
-sacaba su lengua humeante por fuera del tubo.
-
---Pues al jefe del Personal, al señor de Pez, á Sánchez Botín y á todos
-los que puedan sacarme de esta situación. Para el ahogo del día (dando
-un gran suspiro), me he decidido á volver á molestar al amigo
-Cucúrbitas. Es la única persona verdaderamente cristiana entre todos mis
-amigos, un caballero, un hombre de bien, que se hace cargo de las
-necesidades... ¡Qué diferencia de otros! Ya ves la que me hizo ayer ese
-badulaque de Rubín. Le pinto nuestra necesidad; pongo mi cara en
-vergüenza suplicándole... nada, un pequeño anticipo, y... Sabe Dios la
-hiel que uno traga antes de decidirse... y lo que padece la dignidad...
-Pues ese ingrato, ese olvidadizo, á quien tuve de escribiente en mi
-oficina siendo yo jefe de negociado de cuarta, ese desvergonzado que por
-su audacia ha pasado por delante de mí, llegando nada menos que a
-gobernador, tiene la poca delicadeza de mandarme medio duro.
-
-Villaamil se sentó, dando sobre la mesa un puñetazo que hizo saltar las
-cartas, como si quisieran huir atemorizadas. Al oir suspirar á su
-esposa, irguió la amarilla frente, y con voz dolorida, prosiguió así:
-
---En este mundo no hay más que egoísmo, ingratitud, y mientras más
-infamias se ven, más quedan por ver... Como ese bigardón de Montes, que
-me debe su carrera, pues yo le propuse para el ascenso en la Contaduría
-Central. ¿Creerás tú que ya ni siquiera me saluda? Se da una
-importancia, que ni el Ministro... Y va siempre adelante. Acaban de
-darle catorce mil. Cada año su ascensito, y ole morena... Este es el
-premio de la adulación y la bajeza. No sabe palotada de administración;
-no sabe más que hablar de caza con el Director, y de la galga y del
-pájaro y qué sé yo qué... Tiene peor ortografía que un perro, y escribe
-_hacha_ sin _h_ y _echar_ con ella... Pero en fin, dejemos á un lado
-estas miserias. Como te decía, he determinado acudir otra vez al amigo
-Cucúrbitas. Cierto que con éste van ya cuatro ó cinco envites; pero no
-sé ya á qué santo volverme. Cucúrbitas comprende al desgraciado y le
-compadece, porque él también ha sido desgraciado. Yo le he conocido con
-los calzones rotos y en el sombrero dos dedos de grasa... Él sabe que
-soy agradecido... ¿Crees tú que se le agotará la bondad?... Dios tenga
-piedad de nosotros, pues si este amigo nos desampara iremos todos á
-tirarnos por el Viaducto.
-
-Dió Villaamil un gran suspiro, clavando los ojos en el techo. El tigre
-inválido se transfiguraba. Tenía la expresión sublime de un apóstol en
-el momento en que le están martirizando por la fe, algo del San
-Bartolomé de Ribera cuando le suspenden del árbol y le descueran
-aquellos tunantes de gentiles, como si fuera un cabrito. Falta decir que
-este Villaamil era el que en ciertas tertulias de café recibió el apodo
-de Ramsés II[A].
-
- [A] _Fortunata y Jacinta_. Tomo III.
-
---Bueno, dame la carta para Cucúrbitas--dijo doña Pura, que acostumbrada
-á tales jeremíadas, las miraba como cosa natural y corriente.--Irá el
-niño volando á llevarla. Y ten confianza en la Providencia, hombre,
-como la tengo yo. No hay que amilanarse (con risueño optimismo). Me ha
-dado la corazonada... ya sabes tú que rara vez me equivoco... la
-corazonada de que en lo que resta de mes te colocan.
-
-
-
-
-II
-
-
---¡Colocarme!--exclamó Villaamil poniendo toda su alma en una palabra.
-Sus manos, después de andar un rato por encima de la cabeza, cayeron
-desplomadas sobre los brazos del sillón. Cuando esto se verificó, ya
-doña Pura no estaba allí, pues había salido con la carta, y llamó desde
-la escalera á su nieto, que estaba en la portería.
-
-Ya eran cerca de la seis cuando Luis salió con el encargo, no sin volver
-á hacer escala breve en el escritorio de los memorialistas. «Adiós, rico
-mío--le dijo Paca besándole.--Ve prontito para que vuelvas á la hora de
-comer. (Leyendo el sobre.) Pues digo... no es floja caminata, de aquí á
-la calle del Amor de Dios. ¿Sabes bien el camino? ¿No te perderás?»
-
-¡Qué se había de perder, ¡contro!, si más de veinte veces había ido á la
-casa del señor de Cucúrbitas y á las de otros caballeros con recados
-verbales ó escritos! Era el mensajero de las terribles ansiedades,
-tristezas é impaciencias de su abuelo; era el que repartía por uno y
-otro distrito las solicitudes del infeliz cesante, implorando una
-recomendación ó un auxilio. Y en este oficio de peatón adquirió tan
-completo saber topográfico, que recorría todos los barrios de la Villa
-sin perderse; y aunque sabía ir á su destino por el camino más corto,
-empleaba comúnmente el más largo, por costumbre y vicio de paseante ó
-por instintos de observador, gustando mucho de examinar escaparates, de
-oir, sin perder sílaba, discursos de charlatanes que venden elixires ó
-hacen ejercicios de prestidigitación. Á lo mejor, topaba con un mono
-cabalgando sobre un perro ó manejando el molinillo de la chocolatera lo
-mismito que una _persona natural;_ otras veces era un infeliz oso
-encadenado y flaco, ó italianos, turcos, moros falsificados que piden
-limosna haciendo cualquiera habilidad. También le entretenían los
-entierros muy lucidos, el riego de las calles, la tropa marchando con
-música, el ver subir la piedra sillar de un edificio en construcción, el
-Viático con muchas velas, los encuartes de los tranvías, el trasplantar
-árboles y cuantos accidentes ofrece la vía pública.
-
---Abrígate bien--le dijo Paca besándole otra vez y envolviéndole la
-bufanda en el cuello.--Ya podrían comprarte unos guantes de lana. Tienes
-las manos heladitas, y con sabañones, ¡Ah, cuánto mejor estarías con tu
-tía Quintina! ¡Vaya, un beso á Mendizábal, y hala! _Canelo_ irá
-contigo.
-
-De debajo de la mesa salió un perro de bonita cabeza, las patas cortas,
-la cola enroscada, el color como de barquillo, y echó á andar gozoso
-delante de Luis. Paca salió tras ellos á la puerta, les miró alejarse, y
-al volver á la estrecha oficina, se puso á hacer calceta, diciendo á su
-marido: «¡Pobre hijo! Me le traen todo el santo día hecho un carterito.
-El sablazo de esta tarde va contra el mismo sujeto de estos días. ¡La
-que le ha caído al buen señor! Te digo que estos Villaamiles son peores
-que la filoxera. Y de seguro que esta noche las tres _lambionas_ se irán
-también de pindongueo al teatro y vendrán á las tantas de la noche.
-
---Ya no hay cristiandad en las familias--dijo Mendizábal grave y
-sentenciosamente.--Ya no hay más que suposición.
-
---Y que no deben nada en gracia de Dios (meneando con furor las agujas).
-El carnicero dice que ya no les fía más aunque le ahorquen; el frutero
-se ha plantado, y el del pan lo mismo... Pues si esas muñeconas supieran
-arreglarse y pusieran todos los días, si á mano viene, una cazuela de
-patatas... Pero, Dios nos libre... ¡Patatas ellas! ¡pobrecitas! El día
-que les cae algo, aunque sea de limosna, ya las tienes dándose la gran
-vida y echando la casa por la ventana. Eso sí, en arreglar los trapitos
-para suponer no hay quien les gane. La doña Pura se pasa toda la mañana
-de Dios enroscándose las greñas de la frente, y la doña Milagros le ha
-dado ya cuatro vueltas á la tela de aquella eternidad de vestido, color
-de mostaza para sinapismos. Pues digo, la antipática de la niña no para
-de echar medias suelas al sombrero, poniéndole cintas viejas, ó alguna
-pluma de gallina ó un clavo de cabeza dorada de los que sirven para
-colgar láminas.
-
---Suposición de suposiciones... Consecuencias funestas del
-materialismo--dijo Mendizábal, que solía repetir las frases del
-periódico á que estaba suscrito.--Ya no hay modestia, ya no hay
-sencillez de costumbres. ¿Qué se hizo de aquella pobreza honrada de
-nuestros padres, de aquella... (no recordando lo demás) de aquella,
-pues... como quien dice?...
-
---Pues el pobre D. Ramón, cuando cierre el ojo, se irá derecho al cielo.
-Es un santo y un mártir. Créete que si yo le pudiera colocar, le
-colocaba ¡Me da una lástima! Con aquellas miradas que echa parece que se
-va á comer á la gente, ¡pobre señor!, y se la comería á una, no por
-maldad, sino por puras hambres (clavándose en el pelo la cuarta aguja).
-Da miedo verle. Yo no sé cómo el señor Ministro, cuando le ve entrar en
-las oficinas, no se muere de miedo y le coloca por perderle de vista.
-
---Villaamil--dijo Mendizábal con suficiencia--es un hombre honrado, y
-el Gobierno de ahora es todo de pillos. Ya no hay honradez, ya no hay
-cristiandad, ya no hay justicia. ¿Qué os lo que hay? Ladronicio,
-irreligiosidad, desvergüenza. Por eso no le colocan, ni le colocarán
-mientras no venga el único que puede traer la justicia. Yo se lo digo
-siempre que pasa por aquí y se para en el portal á echar un párrafo
-conmigo: «No le dé usted vueltas, D. Ramón, no le dé usted vueltas. De
-todo tiene la culpa la libertad de cultos. Porque ínterin tengamos
-racionalismo, mi señor don Ramón, ínterin no sea aplastada la cabeza de
-la serpiente, y... (perdiendo el hilo de la frase y no sabiendo ya por
-dónde andaba) y en tanto que... precisamente... quiero decir, digo...
-(cortando por lo sano). ¡Ya no hay cristiandad!
-
-Entretanto, Luisito y Canelo recorrían parte de la calle Ancha y
-entraban por la del Pez, siguiendo su itinerario. El perro, cuando se
-separaba demasiado, deteníase mirando hacia atrás, la lengua de fuera.
-Luis se paraba á ver escaparates, y á veces decía á su compañero esto ó
-cosa parecida: «_Canelo_, mira qué trompetas tan bonitas». El animal se
-ponía en dos patas, apoyando las delanteras en el borde del escaparate;
-pero no debían de ser para él muy interesantes las tales trompetas,
-porque no tardaba en seguir andando. Por fin llegaron á la calle del
-Amor de Dios. Desde cierta ocasión en que _Canelo_ tuvo unos ladridos
-con otro perro, inquilino en la casa de Cucúrbitas, adoptó el
-temperamento prudente de no subir y esperar en la calle á su amigo. Éste
-subió al segundo, donde el incansable protector de su abuelo vivía; y el
-criado que le abrió la puerta púsole aquella noche muy mala cara. «El
-señor no está». Pero Luisito, que tenía instrucciones de su abuelo para
-el caso de hallarse ausente la víctima, dijo que esperaría. Ya sabía que
-á las siete, infaliblemente, iba á comer el señor D. Francisco
-Cucúrbitas. Sentóse el chico en el banco del recibimiento. Los pies no
-le llegaban al suelo, y los balanceaba como para hacer algo con qué
-distraer el fastidio de aquel largo plantón. El perchero, de pino
-imitando roble viejo, con ganchos dorados para los sombreros, su espejo
-y los huecos para los paraguas, le había producido en otro tiempo gran
-admiración; pero ya le era indiferente. No así el gato, que de la parte
-interior de la casa solía venir á enredar con él. Aquella noche debía de
-estar ocupado el micho, porque no aportó por el recibimiento; pero en
-cambio vió Luis á las niñas de Cucúrbitas, que eran simpáticas y
-graciosas. Solían acercarse á él, mirándole con lástima ó con desdén,
-pero nunca le habían dicho una palabra halagüeña. La señora de
-Cucúrbitas, que á Luis le parecía, por lo gruesa y redonda, una
-imitación humana del elefante _Pizarro_, tan popular entonces entre los
-niños de Madrid, solía también dejarse rodar por allí, y ya conocía bien
-Cadalsito sus pasos lentos y pesados. La señora llegaba al ángulo que el
-pasillo de la derecha formaba con el recibimiento, y desde aquel punto
-miraba con recelo al mensajero. Después se internaba sin decirle una
-palabra. Desde que el chico la sentía venir se levantaba rígido, como un
-muñeco de resortes, recordando las lecciones de urbanidad que le había
-dado su abuelo. «¿Cómo está usted?... ¿Cómo lo pasa usted?» Pero la mole
-aquélla, rival en corpulencia de Paca la memorialista, no se dignaba
-contestarle, y se alejaba haciendo estremecer el suelo, como la máquina
-de apisonar que Luis había visto en las calles de Madrid.
-
-Aquella noche fué muy tarde á comer el respetable Cucúrbitas. Observó el
-nieto de Villaamil que las niñas estaban impacientes. La causa era que
-tenían que ir al teatro y deseaban comer pronto. Por fin sonó la
-campanilla, y el criado fué presuroso á abrir la puerta, mientras las
-pollas, que conocían los pasos del papá y su manera de llamar, corrían
-por los pasillos dando voces para que se sirviera la comida. Al entrar
-el señor y ver á Luisín, dió á entender con ligera mueca su desagrado.
-El niño se puso en pie, soltando el saludo como un tiro á boca de jarro,
-y Cucúrbitas, sin contestarle, metióse en el despacho. Cadalsito,
-aguardando á que el señor le mandara pasar, como otras veces, vió que
-entraron las hijas dando prisa á su papá, y oyó á éste decir: «Al
-momento voy... que saquen la sopa», y no pudo menos de considerar cuán
-rica sopa sería aquella que á sacar iban. Esto pensaba, cuando una de
-las señoritas salió del despacho y le dijo: «Pasa tú». Entró gorra en
-mano, repitiendo su saludo, al cual se dignó al fin contestar D.
-Francisco con paternal acento. Era un señor muy bueno, según opinión de
-Luis, el cual, no entendiendo la expresión ligeramente ceñuda que tenía
-en su cara lustrosa el próvido funcionario, se figuró que haría aquella
-noche lo mismo que las demás. Cadalsito recordaba muy bien el trámite:
-el señor de Cucúrbitas, después de leer la carta de Villaamil, escribía
-otra ó, sin escribir nada, sacaba de su cartera un billetito verde ó
-encarnado, y metiéndolo en un sobre se lo daba y decía: «Anda, hijo; ya
-estás despachado». También era cosa corriente sacar del bolsillo duros ó
-pesetas, hacer un lío y dárselo, acompañando su acción de las mismas
-palabras de siempre, con esta añadidura: «Ten cuidado, no lo pierdas ó
-no te lo robe algún tomador. Mételo en el bolsillo del pantalón...
-Así... guapo mozo. Anda con Dios».
-
-Aquella noche, ¡ay!, en pie, delante de la mesa _de ministro_, observó
-Luis que D. Francisco escribía una carta, frunciendo las peludas cejas,
-y que la cerraba sin meter dentro billete ni moneda alguna. Notó también
-el niño que al echar la firma, daba mi hombre un gran suspiro, y que
-después le miraba á él con profundísima compasión.
-
---Que usted lo pase bien--dijo Cadalsito cogiendo la carta; y el buen
-señor le puso la mano en la cabeza. Al despedirle, le dió dos perros
-grandes, añadiendo á su acción generosa estas magnánimas palabras: «Para
-que compres pasteles». Salió el chico tan agradecido... Pero por la
-escalera abajo le asaltó una idea triste: «Hoy no lleva nada la carta».
-Era, en efecto, la primera vez que salía de allí con la carta vacía. Era
-la primera vez que D. Francisco le daba perros á él, para su bolsillo
-privado y fomentar el vicio de comer bollos. En todo esto se fijó con la
-penetración que le daba la precoz experiencia de aquellos mensajes.
-«Pero ¡quién sabe!--dijo después con ideas sugeridas por su
-inocencia;--puede que le diga que le colocan mañana...»
-
-_Canelo_, que ya estaba impaciente, se le unió en la puerta. Se pusieron
-ambos en camino, y en una pastelería de la calle de las Huertas compró
-Luis dos bollos de á diez céntimos. El perro se comió uno y Cadalsito el
-otro. Después, relamiéndose, apresuraron el paso, buscando la dirección
-más corta por el mismo laberinto de calles y plazuelas, desigualmente
-iluminadas y concurridas. Aquí mucho gas, allí tinieblas; acá mucha
-gente; después soledad, figuras errantes. Pasaron por calles en que la
-gente, presurosa, apenas cabía; por otras en que vieron más mujeres que
-luces; por otras en que había más perros que personas.
-
-
-
-
-III
-
-
-Al entrar en la calle de la Puebla, iba ya Cadalsito tan fatigado que,
-para recobrar las fuerzas, se sentó en el escalón de una de las tres
-puertas con rejas que tiene en dicha calle el convento de Don Juan de
-Alarcón. Y lo mismo fué sentarse sobre la fría piedra, que sentirse
-acometido de un profundo sueño... Más bien era aquello como un
-desvanecimiento, no desconocido para el chiquillo, y que no se
-verificaba sin que él tuviera conciencia de los extraños síntomas
-precursores. «¡Contro!--pensó muy asustado,--me va á dar aquello... me
-va á dar, me da...» En efecto, á Cadalsito _le daba_ de tiempo en tiempo
-una desazón singularísima, que empezaba con pesadez de cabeza, sopor,
-frío en el espinazo, y concluía con la pérdida de toda sensación y
-conocimiento. Aquella noche, en el breve tiempo transcurrido desde que
-se sintió desfallecer hasta que se le nublaron los sentidos, se acordó
-de un pobre que solía pedir limosna en aquel mismo escalón en que él
-estaba. Era un ciego muy viejo, con la barba cana, larga y amarillenta,
-envuelto en parda capa de luengos pliegues, remendada y sucia, la cabeza
-blanca, descubierta, y el sombrero en la mano, pidiendo sólo con la
-actitud y sin mover los labios. Á Luis le infundía respeto la venerable
-figura del mendigo, y solía echarle en el sombrero algún céntimo, cuando
-lo tenía de sobra, lo que sucedía muy contadas veces.
-
-Pues como iba diciendo, cayó el pequeño en su letargo, inclinando la
-cabeza sobre el pecho, y entonces vió que no estaba solo. Á su lado se
-sentaba una persona mayor. ¿Era el ciego? Por un instante creyó Luis que
-sí, porque tenía barba espesa y blanca, y cubría su cuerpo con una capa
-ó manto... Aquí empezó Cadalso á observar las diferencias y semejanzas
-entre el pobre y la persona mayor, pues ésta veía y miraba y sus ojos
-eran como estrellas, al paso que la nariz, la boca y frente eran
-idénticas á las del mendigo, la barba del mismo tamaño, aunque más
-blanca, muchísimo más blanca. Pues la capa era igual y también
-diferente; se parecía en los anchos pliegues, en la manera de estar el
-sujeto envuelto en ella; discrepaba en el color, que Cadalsito no podía
-definir. ¿Era blanco, azul ó qué demonches de color era aquél? Tenía
-sombras muy suaves, por entre las cuales se deslizaban reflejos
-luminosos como los que se filtran por los huecos de las nubes. Luis
-pensó que nunca había visto tela tan bonita como aquélla. De entre los
-pliegues sacó el sujeto una mano blanca, preciosísima. Tampoco había
-visto nunca Luis mano semejante, fuerte y membruda como la de los
-hombres, blanca y fina como la de las señoras... El sujeto aquél,
-mirándole con paternal benevolencia, le dijo:--¿No me conoces? ¿No sabes
-quién soy?
-
-Luisito le miró mucho. Su cortedad de genio le impedía responder.
-Entonces el señor misterioso, sonriendo como los obispos cuando
-bendicen, le dijo:--Yo soy Dios. ¿No me habías conocido?
-
-Cadalsito sintió entonces, además de la cortedad, miedo, y apenas podía
-respirar. Quiso envalentonarse mostrándose incrédulo, y con gran
-esfuerzo de voz pudo decir:--¿Usted Dios, usted?... Ya quisiera...
-
-Y la aparición, pues tal nombre se le debe dar, indulgente con la
-incredulidad del buen Cadalso, acentuó más la sonrisa cariñosa,
-insistiendo en lo dicho:--Sí, soy Dios. Parece que estás asustado. No me
-tengas miedo. Si yo te quiero, te quiero mucho...
-
-Luis empezó á perder el miedo. Se sentía conmovido y con ganas de
-llorar.
-
---Ya sé de dónde vienes--prosiguió la aparición.--El señor de Cucúrbitas
-no os ha dado nada esta noche. Hijo, no siempre se puede. Lo que él
-dice, ¡hay tantas necesidades que remediar!...
-
-Cadalsito dió un gran suspiro para activar su respiración, y contemplaba
-al hermoso anciano, el cual, sentado, apoyando el codo en la rodilla y
-la barba resplandeciente en la mano, ladeaba la cabeza para mirar al
-chiquitín, dando, al parecer, mucha importancia á la conversación que
-con él sostenía:--Es preciso que tú y los tuyos tengáis paciencia, amigo
-Cadalsito, mucha paciencia.
-
-Luis suspiró con más fuerza, y sintiendo su alma libre de miedo y al
-propio tiempo llena de iniciativas, se arrancó á decir esto:--¿Y cuándo
-colocan á mi abuelo?
-
-La excelsa persona que con Luisito hablaba dejó un momento de mirar á
-éste, y fijando sus ojos en el suelo, parecía meditar. Después volvió á
-encararse con el pequeño, y suspirando, ¡también él suspiraba!,
-pronunció estas graves palabras:--Hazte cargo de las cosas. Para cada
-vacante hay doscientos pretendientes. Los Ministros se vuelven locos y
-no saben á quién contentar. Tienen tantos compromisos, que no sé yo cómo
-viven los pobres. Paciencia, hijo, paciencia, que ya os caerá la
-credencial cuando salte una ocasión favorable... Por mi parte, haré
-también algo por tu abuelo... ¡Qué triste se va á poner esta noche
-cuando reciba esa carta! Cuidado no la pierdas. Tú eres un buen chico.
-Pero es preciso que estudies algo más. Hoy no te supiste la lección de
-Gramática. Dijiste tantos disparates, que la clase toda se reía, y con
-muchísima razón. ¿Qué vena te dió de decir que el _participio expresa la
-idea del verbo en abstracto_? Lo confundiste con el _gerundio_, y luego
-hiciste una ensalada de los _modos_ con los _tiempos_. Es que no te
-fijas, y cuando estudias estás pensando en las musarañas...
-
-Cadalsito se puso muy colorado, y metiendo sus dos manos entre las
-rodillas, se las apretó.
-
---No basta que seas formal en clase; es menester que estudies, que te
-fijes en lo que lees y lo retengas bien. Si no, andamos mal; me enfado
-contigo, y no vengas luego diciéndome que por qué no colocan á tu
-abuelo... Y así como te digo esto, te digo también que tienes razón en
-quejarte de _Posturitas_. Es un ordinario, un mal criado, y ya le
-restregaré yo una guindilla en la lengua cuando vuelva á decirte _Miau_.
-Por supuesto que esto de los motes debe llevarse con paciencia; y cuando
-te digan _Miau_, tú te callas y aguantas. Cosas peores te pudieran
-decir.
-
-Cadalsito estaba muy agradecido, y aunque sabía que Dios está en todas
-partes, se admiraba de que estuviese tan bien enterado de lo que en la
-escuela ocurría. Después se lanzó á decir:
-
---¡Contro, si yo le cojo!...
-
---Mira, amigo Cadalso--le dijo su interlocutor con paternal
-severidad,--no te las eches de matón, que tú no sirves para pelearte
-con tus compañeros. Son ellos muy brutos. ¿Sabes lo que haces? Cuando te
-digan _Miau_, se lo cuentas al maestro, y verás como éste pone á
-_Posturitas_ en cruz media hora.
-
---Vaya que si lo pone... y aunque sea una hora.
-
---Ese nombre de _Miau_ de lo encajaron á tu abuela y tías en el paraíso
-del Real, es á saber, porque parecen propiamente tres gatitos. Es que
-son ellas muy relamidas. El mote tiene gracia.
-
-Sintió Luis herida su dignidad; pero no dijo nada.
-
---Ya sé que esta noche van también al Real--añadió la aparición.--Hace
-un rato les ha llevado ese Ponce los billetes. ¿Por qué no les dices tú
-que te lleven? Te gustaría mucho la ópera. ¡Si vieras qué bonita es!
-
---No me quieren llevar... ¡bah!... (desconsoladísimo). Dígaselo usted.
-
-Aun cuando á Dios se le dice _tú_ en los rezos, á Luis le parecía
-irreverente, _cara á cara_, tratamiento tan familiar.
-
---¿Yo? No quiero meterme en eso. Además, esta noche han de estar todos
-de muy mal temple. ¡Pobre abuelito tuyo! Cuando abra la carta... ¿La has
-perdido?
-
---No, señor, la tengo aquí--dijo Cadalso, sacándola.--¿La quiere usted
-leer?
-
---No, tontín. Si ya sé lo que dice... Tu abuelo pasará un mal rato; pero
-que se conforme. Están los tiempos muy malos, muy malos...
-
-La excelsa imagen repitió dos ó tres veces el _muy malos_, moviendo la
-cabeza con expresión de tristeza; y desvaneciéndose en un instante,
-desapareció. Luis se restregaba los ojos, se reconocía despierto y
-reconocía la calle. Enfrente vió la tienda de cestas en cuya muestra
-había dos cabezas de toro, con jeta y cuernos de mimbre; juguete
-predilecto de los chicos de Madrid. Reconoció también la tienda de
-vinos, el escaparate con botellas; vió en los transeúntes _personas
-naturales_, y á _Canelo_, que á su lado seguía, le tuvo por verídico
-perro. Volvió á mirar á su lado buscando un rastro de la maravillosa
-visión, pero no había nada. «Es que me dió _aquéllo_--pensó Cadalsito,
-no sabiendo definir lo que le daba;--pero me ha dado de otra manera».
-Cuando se levantó tenía las piernas tan débiles, que apenas se podía
-sostener sobre ellas. Se palpó la ropa, temiendo haber perdido la carta;
-pero la carta seguía en su sitio. ¡Contro!, otras veces le había dado
-aquel desmayo, pero nunca había visto personajes tan... tan... no sabía
-cómo decirlo. Y que le vió y le habló, no tenía duda. ¡Vaya con el
-_Señorón_ aquél!... ¡Si sería el Padre Eterno en _vida natural!_... ¡Si
-sería el anciano ciego que le quería dar un bromazo!...
-
-Pensando de este modo, dirigióse Luis á su casa con toda la prisa que
-la flojedad de sus piernas le permitía. La cabeza se le iba, y el frío
-del espinazo no se le quitaba andando. _Canelo_ parecía muy
-preocupado... ¡Si habría visto también algo!... ¡Lástima que no pudiese
-hablar para que atestiguara la verdad de la visión maravillosa! Porque
-Luis recordaba que, durante el coloquio, Dios acarició dos ó tres veces
-la cabeza de _Canelo_, y que éste le miraba sacando mucho la lengua...
-Luego _Canelo_ podría dar fe...
-
-Llegó por fin á su casa, y como le sintieran subir, Abelarda le abrió la
-puerta antes de que llamara. Su abuelo salió ansioso á recibirle, y el
-niño, sin decir una palabra, puso en sus manos la carta. Don Ramón fué
-hacia el despacho, palpándola antes de abrirla, y en el mismo instante
-doña Para llamó á Luis para que fuera á comer, pues la familia estaba ya
-concluyendo. No le habían esperado porque tardaba mucho, y las señoras
-tenían que irse al teatro de prisa y corriendo, para coger un buen
-puesto en el paraíso antes de que se agolpara la gente. En dos platos
-tapados, uno sobre otro, le habían guardado al nieto su sopa y cocido,
-que estaban ya fríos cuando llegó á catarlos; mas como su hambre era
-tanta, no reparó en la temperatura.
-
-Estaba doña Pura atando al pescuezo de su nieto la servilleta de tres
-semanas, cuando entró Villaamil á comer el postre. Su cara tomaba
-expresión de ferocidad sanguinaria en las ocasiones aflictivas, y aquel
-bendito, incapaz de matar una mosca, cuando le amargaba una pesadumbre
-parecía tener entre los dientes carne humana cruda, sazonada con acíbar
-en vez de sal. Sólo con mirarle comprendió doña Pura que la carta había
-venido _in albis_. El infeliz hombre empezó á quitar maquinalmente las
-cáscaras á dos nueces resecas que en el plato tenía. Su cuñada y su hija
-le miraban también, leyendo en su cara de tigre caduco y veterano la
-pena que interiormente le devoraba. Por poner una nota alegre en cuadro
-tan triste, Abelarda soltó esta frase:--Ha dicho Ponce que la ovación de
-esta noche será para la Pellegrini.
-
---Me parece una injusticia--afirmó doña Pura con sus cinco sentidos--que
-se quiera humillar á la Scolpi Rolla, que canta su parte de Amneris muy
-á conciencia. Verdad que sus éxitos los debe más al buen palmito y á que
-enseña las piernas. Pero la Pellegrini con tantos humos no es ninguna
-cosa del otro jueves.
-
---Calla, mujer--indicó Milagros doctoralmente.--Mira que la otra noche
-_dijo_ el _fuggi fuggi, tu sei perdutto_ como no lo hemos oído desde los
-tiempos de Rossina Penco. No tiene más sino que bracea demasiado, y,
-francamente, la ópera es para cantar bien, no para hacer gestos.
-
---Pero no nos descuidemos--dijo Pura.--En noches así, el que se
-descuida se queda en la escalera.
-
---¡Quiá!... ¿Pero no creéis que Guillén ó los chicos de Medicina nos
-guardarán los asientos?
-
---No hay que fiar... Vámonos, no nos pase lo de la otra noche, ¡Dios
-mío!, que si no es por aquellos muchachos tan finos, los de Farmacia,
-¿sabes?, nos quedamos en la puerta como unas pasmarotas.
-
-Villaamil, que nada de esto oía, se comió un higo pasado, creo que
-tragándolo entero, y fué hacia su despacho con paso decidido, como quien
-va á hacer una atrocidad. Su mujer le siguió, y cariñosa le dijo:--¿Qué
-hay? ¿Es que esa nulidad no te ha mandado nada?
-
---Cero--replicó Villaamil con voz que parecía salir del centro de la
-tierra.--Lo que yo te decía, se ha cansado. No se puede abusar un día y
-otro día... Me ha hecho tantos favores, tantos, que pedir más es
-temeridad. ¡Cuánto siento haberle escrito hoy!
-
---¡Bandido!--exclamó iracunda la señora, que solía dar esta denominación
-y otras peores á los amigos que se ladeaban para evitar el sablazo.
-
---Bandido no--declaró Villaamil, que ni en los momentos de mayor
-tribulación se permitía ultrajar al _contribuyente_.--Es que no siempre
-se está en disposición de socorrer al prójimo. Bandido, no. Lo que es
-ideas no las tiene ni las ha tenido nunca; pero eso no quita que sea
-uno de los hombres más honrados que hay en la Administración.
-
---Pues no será tanto (con enfado impertinente), cuando le luce el pelo
-como le luce. Acuérdate de cuando fué compañero tuyo en la Contaduría
-Central. Era el más bruto de la oficina. Ya se sabía; descubierta una
-barbaridad, todos decían: «Cucúrbitas». Después, ni un día cesante, y
-siempre para arriba. ¿Qué quiere decir esto? Que será muy bruto, pero
-que entiende mejor que tú la aguja de marear. ¿Y crees que no se hace
-pagar á tocateja el despacho de los expedientes?
-
---Cállate, mujer.
-
---¡Inocente!... Ahí tienes por lo que estás como estás, olvidado y en la
-miseria; por no tener ni pizca de trastienda y ser tan devoto de _San
-Escrúpulo bendito_. Créeme, eso ya no es honradez, es sosería y necedad.
-Mírate en el espejo de Cucúrbitas; él será todo lo melón que se quiera,
-pero verás cómo llega á Director, quizás á Ministro. Tú no serás nunca
-nada, y si te colocan, te darán un pedazo de pan, y siempre estaremos lo
-mismo (acalorándose). Todo por tus gazmoñerías, porque no te haces
-valer, porque _fray modesto_ ya sabes que no llegó nunca á ser guardián.
-Yo que tú, me iría á un periódico y empezaría á vomitar todas las
-picardías que sé de la Administración, los enjuagues que han hecho
-muchos que hoy están en candelero. Eso, cantar claro, y caiga el que
-caiga... desenmascarar á tanto pillo... Ahí duele. ¡Ah! entonces verías
-cómo les faltaba tiempo para colocarte; verías cómo el Director mismo
-entraba aquí, sombrero en mano, á suplicarte que aceptaras la
-credencial.
-
---Mamá, que es tarde--dijo Abelarda desde la puerta, poniéndose la
-toquilla.
-
---Ya voy. Con tantos remilgos, con tantos miramientos como tú tienes,
-con eso de llamarles á todos _dignísimos_, y ser tan delicado y tan de
-ley que estás siempre montado al aire como los brillantes, lo que
-consigues es que te tengan por un cualquiera. Pues sí (alzando el
-grito), tú debías ser ya Director, como esa es luz, y no lo eres por
-mandria, por apocado, porque no sirves para nada, vamos, y no sabes
-vivir. No; si con lamentos y con suspiros no te van á dar lo que
-pretendes. Las credenciales, señor mío, son para los que se las ganan
-enseñando los colmillos. Eres inofensivo, no muerdes, ni siquiera
-ladras, y todos se ríen de ti. Dicen: «¡Ah, Villaamil, qué honradísimo
-es! ¡Oh! el empleado _probo_...» Yo, cuando me enseñan un _probo_, le
-miro á ver si tiene los codos de fuera. En fin, que te caes de honrado.
-Decir honrado, á veces es como decir ñoño. Y no es eso, no es eso. Se
-puede tener toda la integridad que Dios manda, y ser un hombre que mire
-por sí y por su familia...
-
---Déjame en paz--murmuró Villaamil desalentado, sentándose en una silla
-y derrengándola.
-
---Mamá--repetía la señorita, impaciente.
-
---Ya voy, ya voy.
-
---Yo no puedo ser sino como Dios me ha hecho--declaró el infeliz
-cesante.--Pero ahora no se trata de que yo sea así ó asado; trátase del
-pan de cada día, del pan de mañana. Estamos como queremos, sí... Tenemos
-cerrado el horizonte por todas partes. Mañana...
-
---Dios no nos abandonará--dijo Pura intentando robustecer su ánimo con
-esfuerzos de esperanza, que parecían pataleos de náufrago.--Estoy tan
-acostumbrada á la escasez, que la abundancia me sorprendería y hasta me
-asustaría... Mañana...
-
-No acabó la frase ni aun con el pensamiento. Su hija y su hermana le
-daban tanta prisa, que se arregló apresuradamente. Al envolverse en la
-cabeza la toquilla azul, dió esta orden á su marido: «Acuesta al niño.
-Si no quiere estudiar, que no estudie. Bastante tiene que hacer el
-pobrecito, porque mañana supongo que saldrá á repartirte dos arrobas de
-cartas».
-
-El buen Villaamil sintió un gran alivio en su alma cuando las vió salir.
-Mejor que su familia le acompañaba su propia pena, y se entretenía y
-consolaba con ella mejor que con las palabras de su mujer, porque su
-pena, si le oprimía el corazón, no le arañaba la cara, y doña Pura, al
-cuestionar con él, era toda pico y uñas toda.
-
-
-
-
-IV
-
-
-Cadalsito estaba en el comedor, sentado á la mesa, los codos sobre ella,
-los libros delante. Éstos eran tantos, que el escolar se sentía
-orgulloso de ponerlos en fila, y parecía que les pasaba revista, como un
-general á sus unidades tácticas. Estaban los infelices tan estropeados,
-cual si hubieran servido de proyectiles en furioso combate; las hojas
-retorcidas, los picos de las cubiertas doblados ó rotos, la pasta con
-pegajosa mugre. Pero no faltaba á ninguno, en la primera hoja, una
-inscripción en letra vacilante que declaraba la propiedad de la finca,
-pues sería en verdad muy sensible que no se supiera que pertenecían
-exclusivamente á Luis Cadalso y Villaamil. Éste cogía uno cualquiera, á
-la suerte, á ver lo que salía. ¡Contro, siempre salía la condenada
-Gramática!... Abríala con prevención y veía las letras hormiguear sobre
-el papel iluminado por la luz de la lámpara colgante. Parecían mosquitos
-revoloteando en un rayo de sol. Cadalso leía algunos renglones. «¿Qué es
-adverbio?» Las letras de la respuesta eran las que se habían propuesto
-no dejarse leer, corriendo y saltando de una margen á otra. Total, que
-el adverbio debía de ser una cosa muy buena; pero Cadalsito no lograba
-enterarse de ello claramente. Después leía páginas enteras, sin que el
-sentido de ellas penetrara en su espíritu, que no se había desprendido
-aún del asombro de la visión; ni se le había quitado el malestar del
-cuerpo, á pesar de haber comido con tanta gana; y como notase que al
-fijar la atención en el libro se ponía peor, tuvo por buen remedio el ir
-doblando una á una las puntas de las hojas de la Gramática, hasta dejar
-el pobre libro rizado como una escarola.
-
-En esto estaba cuando sintió que su abuelo salía del despacho. Se le
-había apagado la luz por falta de petróleo, y aunque no escribía, la
-obscuridad le lanzó de su guarida hacia el comedor. En éste y en el
-pasillo se paseó un rato el infeliz hombre, excitadísimo, hablando solo
-y dando algunos tropezones, porque la desigual y en algunos puntos
-agujereada estera no permitía el paso franco por aquellas regiones.
-
-Otras noches que se quedaban solos abuelo y nieto, aquél le tomaba las
-lecciones, repitiéndoselas y fijándoselas en la memoria. Aquella noche,
-Villaamil no estaba para lecciones, lo que agradeció mucho el pequeño,
-quien por el bien parecer empezó á desdoblar las hojas del martirizado
-texto, planchándolas con la palma de la mano. Poco después, el mismo
-libro fué blando cojín para su cabeza, fatigada de estudios y visiones,
-y dejándola caer se quedó dormido sobre la definición del adverbio.
-
-Villaamil decía: «Esto ya es demasiado. Señor Todopoderoso. ¿Qué he
-hecho yo para que me trates así? ¿Por qué no me colocan? ¿Por qué me
-abandonan hasta los amigos en quienes más confiaba?» Tan pronto se
-abatía el ánimo del cesante sin ventura, como se inflamaba, suponiéndose
-perseguido por ocultos enemigos que le habían jurado rencor eterno.
-«¿Quién será, pero quién será el danzante que me hace la guerra? Algún
-ingrato, quizás, que me debe su carrera». Para mayor desconsuelo, se le
-representaba entonces toda su vida administrativa, carrera lenta y
-honrosa en la Península y Ultramar, desde que entró á servir allá por el
-año 41 y cuando tenía veinticuatro de edad (siendo Ministro de Hacienda
-el Sr. Surrá). Poco tiempo había estado cesante antes de la terrible
-crujía en que le encontramos: cuatro meses en tiempo de Bertrán de Lis,
-once durante el bienio, tres y medio en tiempo de Salaverría. Después de
-la Revolución pasó á Cuba y luego á Filipinas, de donde le echó la
-disentería. En fin, que había cumplido sesenta años, y los de servicio,
-bien sumados, eran treinta y cuatro y diez meses. Le faltaban dos para
-jubilarse con los cuatro quintos del sueldo regulador, que era el de su
-destino más alto, Jefe de Administración de tercera. «¡Qué mundo éste!
-¡Cuánta injusticia! ¡Y luego no quieren que haya revoluciones!... No
-pido más que los dos meses, para jubilarme con los cuatro quintos, sí,
-señor...» En lo más vivo de su soliloquio, vaciló y fué á chocar contra
-la puerta, repercutiendo al punto para dar con su cuerpo en el borde de
-la mesa, que se estremeció toda. Despertando sobresaltado, oyó Luis á su
-abuelo pronunciar claramente al incorporarse estas palabras, que le
-parecieron lo más terrorífico que había oído en su vida: «...¡con
-arreglo á la ley de Presupuestos del 35, modificada el 65 y el 68!»
-
---¿Qué, papá?--dijo espantado.
-
---Nada, hijo; esto no va contigo. Duérmete. ¿No tienes ganas de
-estudiar? Haces bien. ¿Para qué sirve el estudio? Mientras más burro sea
-el hombre, mientras más pillo, mejor carrera hace... Vamos, á la cama,
-que es tarde.
-
-Villaamil buscó y halló una palmatoria, mas no le fué tan fácil
-encontrar vela que encender en ella. Por fin, revolviendo mucho,
-descubrió unos cabos en la mesa de noche de Pura, y encendido uno de
-ellos, se dispuso á acostar al niño. Éste dormía en la alcoba de
-Milagros, que estaba en el mismo comedor. Había en aquella pieza un
-tocador del tiempo de _vivan las caenas_, una cómoda jubilada con los
-cuatro quintos de su cajonería, varios baúles y las dos camas. En toda
-la casa, á excepción de la sala, que estaba puesta con relativa
-elegancia, se revelaba la escasez, el abandono y esa ruina lenta que
-resulta del no reparar lo que el tiempo desluce y estraga.
-
-Empezó el abuelo á desnudar á su nieto, y le decía: «Sí, hijo mío,
-bienaventurados los brutos, porque de ellos es el reino... de la
-Administración». Y le desabrochaba la chaqueta, y le tiraba de las
-mangas con tanta fuerza, que á poco más se cae el chico al suelo. «Hijo
-mío, ve aprendiendo, ve aprendiendo para cuando seas hombre. Del que
-está caído nadie se acuerda, y lo que hacen es patearle y destrozarle
-para que no se pueda levantar... Figúrate tú que yo debiera ser Jefe de
-Administración de segunda, pues ahora me tocaría ascender con arreglo á
-la ley de Cánovas del 76, y aquí me tienes pereciendo... Llueven
-recomendaciones sobre el Ministro, y nada... Se le dice: «Vea usted los
-antecedentes», y nada. ¿Tú crees que él se cuida de examinar mis
-antecedentes? Pues si lo hiciera... Todo se vuelve promesas,
-aplazamientos; que espera una ocasión favorable; que ha tomado nota
-preferente... En fin, las pamplinas que usan para salir del paso... Yo,
-que he servido siempre lealmente, que he trabajado como un negro; yo que
-no he dado el más ligero disgusto á mis jefes...; yo, que estando en la
-Secretaría, allá por el 52, le caí en gracia á don Juan Bravo Murillo,
-que me llamó un día á su despacho y me dijo... lo que callo por
-modestia... ¡Ah! si aquel grande hombre levantara la cabeza y me viera
-cesante... Yo, que el 55 hice un plan de presupuestos que mereció los
-elogios del Sr. D. Pascual Madoz y del Sr. D. Juan Bruil, plan que en
-veinte años de meditaciones he rehecho después, explanándolo en cuatro
-memorias que ahí tengo! Y no es cosa de broma. Supresión de todas las
-contribuciones actuales, substituyéndolas con el _income tax_... ¡Ah, el
-_income tax_! Es el sueño de toda mi vida, el objeto de tantísimos
-estudios y el resultado de una larga experiencia... No lo quieren
-comprender y así está el país... cada día más perdido, más pobre, y
-todas las fuentes de riqueza secándose que es un dolor... Yo lo
-sostengo: el impuesto único, basado en la buena fe, en la emulación y en
-el amor propio del contribuyente, es el remedio mejor de la miseria
-pública. Luego, la renta de Aduanas, bien reforzada, con los derechos
-muy altos para proteger la industria nacional... Y por último, la
-unificación de las Deudas, reduciéndolas á un tipo de emisión y á un
-tipo de interés...» Al llegar aquí, tiró Villaamil con tanta fuerza de
-los pantalones de Luis, que el niño lanzó un ¡ay! diciendo: «Abuelo, que
-me arrancas las piernas». Á lo que el irritado viejo contestó secamente:
-«Por fuerza tiene que haber un enemigo oculto, algún trasto que se ha
-propuesto hundirme, deshonrarme...»
-
-Por fin quedó Luis acostado. Había costumbre de no apagarle la luz hasta
-mucho después de dormido, porque le daban pesadillas, y despertándose
-con sobresalto se espantaba de la obscuridad. En vista de que el primer
-cabo de vela se apagaba, encendió otro el abuelo, y sentándose junto á
-la cómoda, se puso á leer _La Correspondencia_, que acababan de echar
-por debajo de la puerta. En su febril trastorno, el desventurado buscaba
-ansioso las noticias de personal, y por una fatal puntería de su
-espíritu, encontraba al instante las noticias malas. «Ha sido nombrado
-oficial primero en la Dirección de Impuestos el Sr. Montes... Real
-decreto concediendo á D. Basilio Andrés de la Caña los honores de Jefe
-superior de Administración». «Esto es escandaloso, esto es el _delírium
-tremens_ del polaquismo. Ni en las kabilas de África pasa esto. ¡Pobre
-país, pobre España!... Se ponen los pelos de punta pensando lo que va á
-venir aquí con este desbarajuste administrativo... Es buena persona
-Basilio; ¡pero si ayer, como quien dice, le tuve de oficial cuarto á mis
-órdenes!...» Tras de la pena venía la esperanza. «Pronto se hará la
-combinación de personal con arreglo á la nueva plantilla de la Dirección
-de Contribuciones. Dícese que serán colocados varios funcionarios
-inteligentes que hoy se hallan cesantes».
-
-Las miradas de Villaamil bailaron un instante sobre el papel, de letra
-en letra. Los ojos se le humedecieron. ¿Iría él en aquella combinación?
-Cabalmente, los amigos que le recomendaban al Ministro en aquella
-campaña fatigosa, proponíanle para la próxima hornada. «¡Dios mío, si
-iré en esa bendita combinación! ¿Y cuándo será? Me dijo Pantoja que
-sería cosa de tres ó cuatro días».
-
-Y como la esperanza reanimaba todo su ser dándole un inquieto hormigueo,
-lanzóse al dédalo obscuro de los pasillos. «La combinación... la
-plantilla nueva... dar entrada á los funcionarios inteligentes, y además
-de inteligentes, digo yo, identificados con... ¡Dios mío! inspírales,
-mete todas tus luces dentro de esas molleras... que vean claro... que se
-fijen en mí; que se enteren de mis antecedentes. Si se enteran de ellos,
-no hay cuestión; me nombran... ¿Me nombrarán? No sé qué voz secreta me
-dice que sí. Tengo esperanza. No, no quiero consentirme ni
-entusiasmarme. Vale más que seamos pesimistas, muy pesimistas, para que
-luego resulte lo contrario de lo que se teme. Observo yo que cuando uno
-espera confiado, ¡pum! viene el batacazo. Ello es que siempre nos
-equivocamos. Lo mejor es no esperar nada, verlo todo negro, negro como
-boca de lobo, y entonces, de repente, ¡pum!... la luz... Sí, Ramón,
-figúrate que no te dan nada, que no hay para ti esperanza, á ver si
-creyéndolo así, viene la contraria... Porque yo he observado que siempre
-sale la contraria... Y en tanto, mañana moveré todas mis teclas, y
-escribiré á unos amigos y veré á otros, y el Ministro... ante tantas
-recomendaciones... ¡Dios mío! ¡qué idea! ¿no sería bueno que yo mismo
-escribiese al Ministro?...»
-
-Al decir esto, volvió maquinalmente á donde Cadalsito dormía, y,
-contemplándole, pensó en las caminatas que tenía que dar al día
-siguiente para repartir la correspondencia. Cómo se encadenó esto con
-las imágenes que en el cerebro del niño determinaba el sueño, no puede
-saberse; pero ello es que mientras su abuelo le miraba, Luis, ya
-profundamente dormido, estaba viendo al mismo sujeto de barba blanca; y
-lo más particular es que le veía sentado delante de un pupitre en el
-cual había tantas, tantísimas cartas, que no bajaban, según Cadalsito,
-de un par de cuatrillones. El Señor escribía con una letra que á Luis le
-parecía la más perfecta cursiva que se pudiera imaginar. Ni don
-Celedonio, el maestro de su escuela, la haría mejor. Concluída cada
-carta, la metía el Padre Eterno en un sobre más blanco que la nieve, lo
-acercaba á su boca, sacaba de ésta un buen pedazo de lengua fina y
-rosada, para humedecer con rápido pase la goma; cerraba, y volviendo á
-coger la pluma, que era, ¡cosa más rara!, la de Mendizábal, y mojada,
-por más señas, en el mismo tintero, se disponía á escribir la dirección.
-Mirando por encima del hombro, Luisito creyó ver que aquella mano
-inmortal trazaba sobre el papel lo siguiente:
-
- B. L. M.
-
- _Al Excmo. Sr. Ministro de Hacienda,
-
- cualisquiera que sea,
-
- seguro servidor,_
-
- =_Dios_=.
-
-
-
-
-V
-
-
-Aquella noche no durmió Villaamil ni un cuarto de hora seguido. Se
-aletargaba un instante; pero la idea de la combinación próxima, el
-criterio pesimista que se había impuesto, poniéndose en lo peor y
-esperando lo malo para que viniese lo bueno, le sembraban de espinas el
-lecho, desvelándole apenas cerraba los ojos. Cuando su mujer volvió del
-teatro, Villaamil habló con ella algunas palabras extraordinariamente
-desconsoladoras. Ello fué algo referente á la dificultad de allegar
-provisiones para el día siguiente, pues no había en la casa ninguna
-especie de moneda ni tampoco materia hipotecable; el crédito estaba
-agotado, y apuradas también la generosidad y paciencia de los amigos.
-
-Aunque afectaba serenidad y esperanza, doña Pura estaba muy intranquila,
-y también pasó la noche en claro, haciendo cálculos para el día
-siguiente, que tan pavoroso y adusto se anunciaba. Ya no se atrevía á
-mandar traer géneros á crédito de ningún establecimiento, porque todo
-era malas caras, grosería, desconsideración, y no pasaba día sin que un
-tendero exigente y descortés armase un cisco en la misma puerta del
-cuarto segundo. ¡Empeñar! La mente de la señora hizo rápida síntesis de
-todas las prendas útiles que estaban condenadas al ostracismo: alhajas,
-capas, mantas, abrigos. Se había llegado al máximum de emisión,
-digámoslo así, en esta materia, y no había forma humana de desabrigarse
-más de lo que ya lo estaba toda la familia. Una pignoración en grande
-escala se había verificado el mes anterior (Enero del 78) el mismo día
-del casamiento de D. Alfonso con la reina Mercedes. Y sin embargo, las
-tres _Miaus_ no perdieron ninguna de las fiestas públicas que con aquel
-motivo se celebraron en Madrid. Iluminaciones, retretas, el paso de la
-comitiva hacia Atocha; todo lo vieron perfectamente, y de todo gozaron
-en los sitios mejores, abriéndose paso á codazo limpio entre las
-multitudes.
-
-¡La sala, hipotecar algo de la sala! Esta idea causaba siempre terror y
-escalofríos á doña Pura, porque la sala era la parte del menaje que á su
-corazón interesaba más, la verdadera expresión simbólica del hogar
-doméstico. Poseía muebles bonitos, aunque algo anticuados, testigos del
-pasado esplendor de la familia Villaamil; dos entredoses negros con
-filetes de oro y lacas, y cubiertas de mármol; sillería de damasco,
-alfombra de moqueta y unas cortinas de seda que habían comprado al
-Regente de la audiencia de Cáceres, cuando levantó la casa por
-traslación. Tenía doña Pura á las tales cortinas en tanta estima como á
-las telas de su corazón. Y cuando el espectro de la necesidad se le
-aparecía y susurraba en su oído con terrible cifra el conflicto
-económico del día siguiente, doña Pura se estremecía de pavor, diciendo:
-«No, no; antes las camisas que las cortinas». Desnudar los cuerpos le
-parecía sacrificio tolerable; pero desnudar la sala... ¡eso nunca! Los
-de Villaamil, á pesar de la cesantía con su grave disminución social,
-tenían bastantes visitas. ¡Qué dirían éstas si vieran que faltaban las
-cortinas de seda, admiradas y envidiadas por cuantos las veían! Doña
-Pura cerró los ojos queriendo desechar la fatídica idea y dormirse; pero
-la sala se había metido dentro de su entrecejo y la estuvo viendo toda
-la noche, tan limpia, tan elegante... Ninguna de sus amigas tenía una
-sala igual. La alfombra estaba tan bien conservada, que parecía que
-humanos pies no la pisaban, y era que de día la defendían con pasos de
-quita y pon, cuidando de limpiarla á menudo. El piano vertical,
-desafinado, sí, desafinadísimo, tenía el palisandro de su caja
-resplandeciente. En la sillería no se veía una mota. Los entredoses
-relumbraban, y lo que sobre ellos había, aquel reloj dorado y sin hora,
-los candelabros dentro de fanales, todo estaba cuidado exquisitamente.
-Pues las mil baratijas que completaban la decoración, fotografías en
-marcos de papel cañamazo, cajas que fueron de dulces, perritos de
-porcelana y una licorera de imitación de Bohemia, también lucían sin
-pizca de polvo. Abelarda se pasaba las horas muertas limpiando estos
-cachivaches y otros que no he mencionado todavía. Eran objetos de
-frágiles tablillas caladas, de esos que sirven de entretenimiento á los
-aficionados á la marquetería doméstica. Un vecino de la casa tenía
-maquinilla de trepar y hacía mil primores que regalaba á los amigos.
-Había cestos, estantillos, muebles diminutos, capillas góticas y
-chinescas pagodas, todo muy mono, muy frágil, de _mírame y no me
-toques_, y muy difícil de limpiar.
-
-Doña Pura dió una vuelta en la cama, como queriendo variar sus lúgubres
-ideas con un cambio de postura. Pero entonces vió en su mente con mayor
-claridad las suntuosas cortinas, color de amaranto, de seda riquísima,
-de esa seda _que no se ve ya en ninguna parte_. Todas las señoras que
-iban de visita habían de coger y palpar la incomparable tela, y frotarla
-entre los dedos para apreciar la clase. ¡Pero había que tomarle el peso
-para saber lo que era aquello!... En fin, doña Pura consideraba que
-mandar las cortinas al Monte ó la casa de préstamos, era trance tan
-doloroso como embarcar un hijo para América.
-
-En tanto que la _figura de Fra Angélico_ se agitaba en su angosto
-colchón (dormía en la alcobita de la sala, y su marido, desde que vino
-de Filipinas, ocupaba solo la alcoba del gabinete), proponíase distraer
-y engañar su pena recordando las emociones de la ópera y lo bien que
-dijo el barítono aquello de _rivedrai le foreste imbalsamate_...
-
-Villaamil, solo, insomne y calenturiento, se revolcaba en el gran
-camastro matrimonial, cuyo colchón de muelles tenía los _ídem_ en
-lastimoso estado, los unos quebrados y hundidos, los otros estirados y
-en erección. El de lana, que encima estaba, no le iba en zaga, pues todo
-era pelmazos por aquí, vaciedades por allá, de modo que la cama habría
-podido figurar dignamente en las mazmorras de la Inquisición para
-escarmiento de herejes. El pobre cesante tenía en su lecho la expresión
-externa ó el molde de las torturas de su alma, y así, cuando la
-hormiguilla del insomnio le hacía dar una vuelta, caía en profunda sima,
-del centro de la cual surgía como la joroba de un demonio, enorme
-espolón que se le clavaba en los riñones; y cuando salía de la sima, un
-amasijo de lana, duro y fuerte como el puño, le estropeaba las
-costillas.
-
-Algunas voces dormía tal cual en medio de estos accidentes; pero aquella
-noche, la exaltación de su cerebro le agrandaba en la obscuridad las
-desigualdades del terreno: ya creía que se despeñaba, quedándose con los
-pies en alto, ya que se balanceaba en el vértice de una eminencia ó que
-iba navegando hacia Filipinas con un tifón de mil demonios. «Seamos
-pesimistas--era su tema;--pensemos, con todo el vigor del pensamiento,
-que no me van á incluir en la combinación, á ver si me sorprende la
-felicidad del nombramiento. No esperaré el hecho feliz, no, no lo
-espero, para que suceda. Siempre pasa lo que no se espera. Póngome en lo
-peor. No te colocan, no te colocan, pobre Ramón; verás cómo ahora
-también se burlan de ti. Pero aunque estoy convencido de que no consigo
-nada, convencidísimo, sí, y no hay quien me apee de esto; aunque sé que
-mis enemigos no se apiadarán de mí, pondré en juego todas las
-influencias y haré que hasta el lucero del alba le hable al Ministro.
-Por supuesto, amigo Ramón, todo inútil. Verás cómo no te hacen maldito
-caso; tú lo has de ver. Yo estoy tan convencido de ello, como de que
-ahora es de noche. Y bien puedes desechar hasta el último vislumbre de
-credulidad. Nada de melindres de esperanza; nada de _si será ó no
-será_; nada de debilidades optimistas. No lo catas, no lo catas, aunque
-revientes».
-
-
-
-
-VI
-
-
-Doña Pura durmió al fin profundamente toda la madrugada y parte de la
-mañana. Villaamil se levantó á las ocho sin haber pegado los ojos.
-Cuando salió de su alcoba, entre ocho y nueve, después de haberse
-refregado el hocico con un poco de agua fría y de pasarse el peine por
-la rala cabellera, nadie se había levantado aún. La estrechez en que
-estaban no les permitía tener criada, y entre las tres mujeres hacían
-desordenadamente los menesteres de la casa. Milagros era la que guisaba;
-solía madrugar más que las otras dos; pero la noche anterior se había
-acostado muy tarde, y cuando Villaamil salió de su habitación
-dirigiéndose á la cocina, la cocinera no estaba aún allí. Examinó el
-fogón sin lumbre, la carbonera exhausta; y en la alacena que hacía de
-despensa vió mendrugos de pan, un envoltorio de papeles manchados de
-grasa, que debía de contener algún resto de jamón, carne fiambre ó cosa
-así, un plato con pocos garbanzos, un pedazo de salchicha, un huevo y
-medio limón... El tigre dió un suspiro y pasó al comedor para registrar
-el cajón del aparador, en el cual, entre los cuchillos y las
-servilletas, había también pedazos de pan duro. En esto oyó rebullicio,
-después rumor de agua, y he aquí que aparece Milagros con su cara
-gatesca muy lavada, bata suelta, el pelo en sortijillas enroscadas con
-papeles, y un pañuelo blanco por la cabeza.
-
---¿Hay chocolate?--le preguntó su cuñado sin más saludo.
-
---Hay media onza nada más--replicó la señora, corriendo á abrir el cajón
-de la mesa de la cocina donde estaba.--Te lo haré en seguida.
-
---No, á mí no. Lo haces para el niño. Yo no necesito chocolate. No tengo
-gana. Tomaré un pedazo de pan seco y beberé encima un poco de agua.
-
---Bueno. Busca por ahí. Pan no falta. También hay en la alacena un
-trocito de jamón. El huevo ése es para mí hermana, si te parece. Voy á
-encender lumbre. Haz el favor de partirme unas astillas mientras yo voy
-á ver si encuentro fósforos.
-
-Don Ramón, después de morder el pan, cogió el hacha y empezó a partir un
-madero, que era la pata de una silla vieja, dando un suspiro á cada
-golpe. Los estallidos de la fibra leñosa al desgarrarse parecían tan
-inherentes á la persona de Villaamil, como si éste se arrancase tiras
-palpitantes de sus secas carnes y astillas de sus pobres huesos. En
-tanto, Milagros armaba el templete de carbones y palitroques.
-
---Y hoy, ¿se pone cocido?--preguntó á su cuñado con cierto misterio.
-
-Villaamil meditó sobre aquel problema tan descarnadamente
-planteado.--Tal vez... ¡quién sabe!--replicó, lanzando su imaginación á
-lo desconocido.--Esperemos á que se levante Pura.
-
-Ésta era la que resolvía todos los conflictos, como persona de
-iniciativa, de inesperados golpes y de prontas resoluciones. Milagros
-era toda pasividad, modestia y obediencia. No alzaba nunca la voz, no
-hacía observaciones á lo que su hermana ordenaba. Trabajaba para los
-demás por impulso de su conciencia humilde y por hábito de
-subordinación. Unida fatalmente durante toda su vida al mísero destino
-de aquella familia, y partícipe de las vicisitudes de ésta, jamás se
-quejó ni se la oyó protestar de su malhadada suerte. Considerábase una
-gran artista malograda en flor, por falta de ambiente; y al verse
-perdida para el arte, la tristeza de esta situación ahogaba todas las
-demás tristezas. Hay que decir aquí que Milagros había nacido con
-excelentes dotes de cantante de ópera. Á los veinticinco años tenía una
-voz preciosísima, regular escuela y loca afición á la música. Pero la
-fatalidad no le permitió nunca lanzarse á la verdadera vida de artista.
-Amores desgraciados, cuestiones de familia aplazaron de día en día la
-deseada presentación al público, y cuando los obstáculos
-desaparecieron, ya Milagros no estaba para fiestas; había perdido la
-voz. Ni ella misma se dió cuenta de la suave gradación por donde sus
-esperanzas de artista vinieron á parar en la precaria situación en que
-se nos aparece; por dónde el soñado escenario y los triunfos del arte se
-convirtieron en la cocina de Villaamil, sin provisiones. Cuando pensaba
-ella en el contraste duro entre sus esperanzas y su destino, no acertaba
-á medir los escalones de aquel lento descender desde las cumbres de la
-poesía á los sótanos de la vulgaridad.
-
-Milagros tenía un tipo fino, delicado, propio para los papeles de
-_Margarita_, de _Dinorah_, de _Gilda_, de la _Traviatta_, y voz aguda de
-soprano. Todo esto se convirtió en hojarasca, sin que nunca llegara á
-ser admiración del público. Sólo una vez cantó en el Real la parte de
-_Adalgisa_, por condescendencia de la empresa, como alumna del
-Conservatorio. Estuvo muy feliz, y los periódicos le auguraron un
-porvenir brillante. En el Liceo Jover, ante un público invitado y poco
-exigente, cantó _Saffo_ y _Los Capuletos_ de Bellini con el tercer acto
-de Vacai. Entonces se trató de que fuera á Italia; pero se atravesó una
-pasión, la esperanza de un gran partido para casarse, enredándose mucho
-el asunto entre el novio y la familia. Pasó tiempo, y la cantatriz hubo
-de malograrse, pues ni fué á Italia, ni se contrató en el Real, ni se
-casó.
-
-Doña Pura y Milagros eran hijas de un médico militar, de apellido
-Escobios, y sobrinas del músico mayor del Inmemorial del Rey. Su madre
-era Muñoz, y tenían ellas pretensiones de parentesco con el marqués de
-Casa-Muñoz. Por cierto que cuando trataron de que Milagros fuera
-cantante de ópera, se pensó en italianizarle el apellido, llamándola la
-_Escobini_; pero como la carrera artística se malogró en ciernes, el
-mote italiano no llegó nunca á verse en los carteles.
-
-Antes de que la vida de la señorita de Escobios se truncara, tuvo una
-época de fugaz éxito y brillo en una capital de provincia de tercera
-clase, á donde fué con su hermana, esposa de Villaamil. Éste era Jefe
-económico, y su familia intimó, como era natural, con la de los
-Gobernadores civil y militar, que daban reuniones, á que asistía lo más
-granadito del pueblo. Milagros, cantando en los conciertos de la
-brigadiera, enloquecía y electrizaba. Salíanle novios por docenas, y
-envidias de mujeres que la inquietaban en medio de sus triunfos. Un
-joven de la localidad, poeta y periodista, se enamoró frenéticamente de
-ella. Era el mismo que en la reseña de los saraos llamaba á doña Pura,
-con exaltado estilo, _figura arrancada á un cuadro de Fra Angélico_. Á
-Milagros la ensalzaba en términos tan hiperbólicos que causaban risa, y
-aun recuerdan los naturales algunas frases describiendo á la joven en
-el momento de presentarse en el salón, de acercarse al piano para
-cantar, y en el acto mismo del cantorrio: «_Es la pudorosa Ofelia
-llorando sus amores marchitos y cantando con gorjeo celestial la endecha
-de la muerte_». Y ¡cosa extraña! el mismo que escribía estas cosas en la
-segunda plana del periódico, tenía la misión, y por eso cobraba, de
-hacer la revista comercial en la primera. Suya era también esta endecha:
-«_Harinas. Toda la semana acusa marcada calma en este polvo. Sólo han
-salido para el canal mil doscientos sacos que se hicieron á 22 y tres
-cuartillos. No hay compradores, y ayer se ofrecían dos mil sacos á 22 y
-medio, sin que nadie se animara_». Al día siguiente, vuelta otra vez con
-_la pudorosa Ofelia_, ó _el ángel que nos traía á la tierra las
-celestiales melodías_. Ya se comprende que esto no podía acabar en bien.
-En efecto; mi hombre, inflamándose y desvariando cada día más con su
-amor no correspondido, llegó á ponerse tan malo, pero tan malo, que un
-día se tiró de cabeza en la presa de una fábrica de harina, y por pronto
-que acudieron en su auxilio, cuando le sacaron era cadáver. Poco después
-de este desagradable suceso, que impresionó mucho á Milagros, ésta
-volvió á Madrid; verificóse entonces el _début_ en el Real, luego las
-funciones en el Liceo Jover, y todo lo demás que brevemente referido
-queda. Echemos sobre aquellos tristes sucesos un montón de años
-tristes, de rápido envejecimiento y decadencia, y nos encontramos á _la
-pudorosa Ofelia_ en la cocina de Villaamil, con la lumbre encendida y
-sin saber qué poner en ella.
-
-De un cuartucho obscuro que en el pasillo interior había, salió Abelarda
-restregándose los ojos, desgreñada, arrastrando la cola sucia de una
-bata mayor que ella, la cual fué usada por su madre en tiempos más
-felices, y se dirigió también á la cocina, á punto que salía de ella
-Villaamil para ir á despertar y vestir al nieto. Abelarda preguntó á su
-tía si venía el panadero, á lo que Milagros no supo qué responder, por
-no poder ella formar juicio acerca de problema tan grave sin oir antes á
-su hermana. «Haz que tu madre se levante pronto--le dijo consternada,--á
-ver qué determina».
-
-Poco después de esto, oyóse fuerte carraspeo allá en la alcoba de la
-sala, donde Pura dormía. Por la puertecilla que dicha alcoba tenía al
-recibimiento, frente al despacho, apareció la señora de la casa,
-radiante de displicencia, embutido el cuerpo en una americana vieja de
-Villaamil, el pelo en sortijillas, el hocico amoratado del agua fría con
-que acababa de lavarse, una toquilla rota cruzada sobre el pecho, en los
-pies voluminosas zapatillas. «Qué, ¿no os podéis desenvolver sin mí?
-Estáis las dos atontadas. Pues no es para tanto. ¿Habéis hecho el
-chocolate del niño?» Milagros salió de la cocina con la jícara,
-mientras Abelarda sentaba al pequeñuelo y le colgaba del pescuezo la
-servilleta. Villaamil fué á su despacho, y a poco salió con el tintero
-en la mano, diciendo: «No hay tinta, y hoy tengo que escribir más de
-cuarenta cartas. Mira, Luisín, en cuanto acabes, te vas abajo y le dices
-al amigo Mendizábal que me haga el favor de un poquito de tinta».
-
---Yo iré--dijo Abelarda cogiendo el tintero y bajando en la misma facha
-en que estaba.
-
-Las dos hermanas, en tanto, cuchicheaban en la cocina. ¿Sobre qué? Es
-presumible que fuera sobre la imposibilidad de dar de comer á la familia
-con un huevo, pan duro y algunos restos de carne que no bastaban para el
-gato. Pura fruncía las cejas y hacía con los labios un mohín muy
-extraño, juntándolo con la nariz, que parecía alargarse. _La pudorosa
-Ofelia_ repetía este signo de perplejidad, resultando las dos tan
-semejantes, que parecían una misma. De sus meditaciones las distrajo
-Villaamil, el cual apareció en la cocina diciendo que tenía que ir al
-Ministerio y necesitaba una camisa limpia. «¡Todo sea por Dios!--exclamó
-Pura con desaliento.--La única camisa lavada está en tan mal estado, que
-necesita un recorrido general». Pero Abelarda se comprometió á tenerla
-lista para el mediodía, y además planchada, siempre que hubiera lumbre.
-También hizo don Ramón á su hija sentidas observaciones sobre ciertos
-flecos y desgarraduras que ostentaba la solapa de su gabán, rogándola
-que pasara por allí sus hábiles agujas. La joven le tranquilizó, y el
-buen hombre metióse en su despacho. El conciliábulo que las _Miaus_
-tenían en la cocina terminó con un repentino sobresalto de Pura, que
-corrió á su alcoba para vestirse y largarse á la calle. Había estallado
-una idea inmensa en aquel cerebro cargado de pólvora, como si en él
-penetrase una chispa del fulminante que de los ojos brotara. «Enciende
-bien la lumbre y pon agua en los pucheros», dijo á su hermana al salir,
-y se escabulló fuera con diligencia y velocidad de ardilla. Al ver esta
-determinación, Abelarda y Milagros, que conocían bien á la directora de
-la familia, se tranquilizaron respecto al problema de subsistencias de
-aquel día, y se pusieron á cantar, la una en la cocina, la otra desde su
-cuarto, el dúo de Norma: _in mia mano al fin tu sei_.
-
-
-
-
-VII
-
-
-Á eso de las once entró doña Pura bastante sofocada, seguida de un
-muchacho recadista de la plazuela de los Mostenses, el cual venía
-echando los bofes con el peso de una cesta llena de víveres. Milagros,
-que á la puerta salió, hízose multitud de cruces de hombro á hombro y de
-la frente á la cintura. Había visto á su hermana salir avante en
-ocasiones muy difíciles, con su enérgica iniciativa; pero el golpe
-maestro de aquella mañana le parecía superior á cuanto de mujer tan
-dispuesta se podía esperar. Examinando rápidamente el cesto, vió
-diferentes especies de comestibles, vegetales y animales, todo muy
-bueno, y más adecuado á la mesa de un Director general que á la de un
-mísero pretendiente. Pero doña Pura las hacía así. Las bromas, ó pesadas
-ó no darlas. Para mayor asombro, Milagros vió en manos de su hermana el
-portamonedas, casi reventando de puro lleno.
-
---Hija--le dijo la señora de la casa, secreteándose con ella en el
-recibimiento, después que despidió al mandadero,--no he tenido más
-remedio que dirigirme á Carolina Lantigua, la de Pez. He pasado una
-vergüenza horrible. Hube de cerrar los ojos y lanzarme, como quien se
-tira al agua. ¡Ay, qué trago! Le pinté nuestra situación de una manera
-tal, que la hice llorar. Es muy buena. Me dió diez duros, que prometí
-devolverle pronto; y lo haré, sí, lo haré; porque de esta hecha le
-colocan. Es imposible que dejen de meterle en la combinación. Yo tengo
-ahora una confianza absoluta... En fin, lleva esto para dentro. Voy allá
-en seguida. ¿Está el agua cociendo?
-
-Entró en el despacho para decir á su marido que por aquel día estaba
-salvada la tremenda crisis, sin añadir cómo ni cómo no. Algo debieron
-hablar también de las probabilidades de colocación, pues se oyó desde
-fuera la voz iracunda de Villaamil gritando: «No me vengas á mí con
-optimismos de engañifa. Te digo y te redigo que no entraré en la
-combinación. No tengo ninguna esperanza, pero ninguna, me lo puedes
-creer. Tú, con esas ilusiones tontas y esa manía de verlo todo color de
-rosa, me haces un daño horrible, porque viene luego el trancazo de la
-realidad, y todo se vuelve negro». Tan empapado estaba el santo varón en
-sus cavilaciones pesimistas, que cuando le llamaron al comedor y le
-pusieron delante un lucido almuerzo, no se le ocurrió inquirir, ni
-siquiera considerar, de dónde habían salido abundancias tan desconformes
-con su situación económica. Después de almorzar rápidamente, se vistió
-para salir. Abelarda le había zurcido las solapas del gabán con
-increíble perfección, imitando la urdimbre del tejido desgarrado; y
-dándole en el cuello una soba de bencina, la pieza quedó como si la
-hubieran rejuvenecido cinco años. Antes de salir, encargó á Luis la
-distribución de las cartas que escrito había, indicándole un plan
-topográfico para hacer el reparto con método y en el menor tiempo
-posible. No le podían dar al chico faena más de su gusto, porque con
-ella se le relevaba de asistir á la escuela, y se estaría toda la
-santísima tarde como un caballero, paseando con su amigo _Canelo_. Era
-éste muy listo para conocer dónde había buen trato. Al cuarto segundo
-subía pocas veces, sin duda por no serle simpática la pobreza que allí
-reinaba comúnmente; pero con finísimo instinto se enteraba de los
-extraordinarios de la casa, tanto más espléndidos cuanto mayor era la
-escasez de los días normales. Estuviera el can de centinela en la
-portería ó en el interior de la casa, ó bien durmiendo bajo la mesa del
-memorialista, no se le escapaba el hecho de que entraran provisiones
-para los de Villaamil. Cómo lo averiguaba, nadie puede saberlo; pero es
-lo cierto que el más astuto vigilante de Consumos no tendría nada que
-enseñarle. Por supuesto, la aplicación práctica de sus estudios era
-subir á la casa abundante y estarse allí todo un día y á veces dos; pero
-en cuanto le daba en la nariz olor de quema, decía... «hasta otra», y ya
-no le veían más el pelo. Aquel día subió poco después de ver entrar á
-doña Pura con el mandadero; y como las tres _Miaus_ eran siempre muy
-buenas con él y le daban golosinas, á Cadalsito le costó trabajo
-llevárselo á su excursión por las calles. _Canelo_ salió de mala gana,
-por cumplir un deber social y porque no dijeran.
-
-Las tres _Miaus_ estuvieron aquella tarde muy animadas. Tenían el don
-felicísimo de vivir siempre en la hora presente y de no pensar en el día
-de mañana. Es una hechura espiritual como otra cualquiera, y una
-filosofía práctica que, por más que digan, no ha caído en descrédito,
-aunque se ha despotricado mucho contra ella. Pura y Milagros estaban en
-la cocina, preparando la comida, que debía ser buena, copiosa y
-dispuesta con todos los sacramentos, como desquite de los estómagos
-desconsolados. Sin cesar en el trabajo, la una espumando pucheros ó
-disponiendo un frito, la otra machacando en el almirez al ritmo de un
-_andante con esprezione_ ó de un _allegro con brío_, charlaban sobre la
-probable ó más bien segura colocación del jefe de la familia. Pura habló
-de pagar todas las deudas, y de traer á casa los diversos objetos útiles
-que andaban por esos mundos de Dios en los cautiverios de la usura.
-
-Abelarda estaba en el comedor con su caja de costura delante, arreglando
-sobre el maniquí un vestidillo color de pasa. No llamaba la atención por
-bonita ni por fea, y en un certamen de caras insignificantes se habría
-llevado el premio de honor. El cutis era malo, los ojos obscuros, el
-conjunto bastante parecido á su madre y tía, formando con ellas cierta
-armonía, de la cual se derivaba el mote que les pusieron. Quiero decir
-que si, considerada aisladamente, la similitud del cariz de la joven con
-el morro de un gato no era muy marcada, al juntarse con las otras dos
-parecía tomar de ellas ciertos rasgos fisiognómicos, que venían á ser
-como un sello de raza ó familia, y entonces resultaban en el grupo las
-tres bocas chiquitas y relamidas, la unión entre el pico de la nariz y
-la boca por una raya indefinible, los ojos redondos y vivos, y la
-efusión característica del cabello, que era como si las tres hubieran
-estado rodando por el suelo en persecución de una bola de papel ó de un
-ovillo.
-
-Aquella tarde todo fué dichas, porque entraron visitas, lo que á Pura
-agradaba mucho. Dejó rápidamente los menesteres culinarios para echarse
-una bata y componerse el pelo, y entró satisfecha en la sala. Eran los
-visitantes Federico Ruiz y su esposa Pepita Ballester. El insigne
-_pensador_ estaba también sin empleo, pasando una crujía espantosa, de
-la cual había más señales en su ropa que en la de su mujer; pero llevaba
-con tranquilidad su cesantía, mejor dicho, tan optimista era su
-temperamento, que la llevaba hasta con cierto gozo. Siempre era el mismo
-hombre, el métome-en-todo infatigable, fraguando planes de bullanguería
-literaria y científica, premeditando veladas ó centenarios de
-celebridades, discurriendo algún género de ocupación que á ningún nacido
-se le hubiera pasado por el magín. Aquel bendito hacía pensar que hay
-una _Milicia Nacional_ en las letras.
-
-Escribía artículos sobre lo que debe hacerse para que prospere la
-Agricultura, sobre las ventajas de la cremación de los cadáveres, ó
-bien reseñando puntualmente lo que pasó en la Edad de Piedra, que es,
-como si dijéramos, hablar de ayer por la mañana. Su situación económica
-era bastante precaria, pues vivía de la pluma. De higos á brevas lograba
-que en Fomento le tomasen cierto número de ejemplares de ediciones
-viejas y de libros tan maulas como el _Comunismo ante la razón_, ó el
-_Servicio de incendios en todas las naciones de Europa_, ó la _Reseña
-pintoresca de los Castillos_. Pero tenía en su alma caudal tan pingüe de
-consuelo, que no necesitaba la resignación cristiana para conformarse
-con su desdicha. El estar satisfecho venía á ser en él una cuestión de
-amor propio, y por no dar su brazo á torcer se encariñaba, á fuerza de
-imaginación, con la idea de la pobreza, llegando hasta el absurdo de
-pensar que la mayor delicia del mundo es no tener un real ni de dónde
-sacarlo. Buscarse la vida, salir por la mañana discurriendo á qué editor
-de revista enferma ó periódico moribundo llevar el artículo hecho la
-noche anterior, constituía una serie de emociones que no pueden saborear
-los ricos. Trabajaba como un negro, eso sí, y el Tostado era un niño de
-teta al lado de él, en el correr de la pluma. Verdaderamente, ganarse
-así el cocido tenía mucho de placer, casi de voluptuosidad. Y el cocido
-no le había faltado nunca. Su mujer era una alhaja y le ayudaba á
-sortear aquella situación. Pero la eficaz Providencia suya era su
-carácter, aquella predisposición optimista, aquel procedimiento ideal
-para convertir los males en bienes y la escasez adusta en risueña
-abundancia. Habiendo conformidad no hay penas. La pobreza es el
-principio de la sabiduría, y no ha de buscarse la felicidad en las
-clases privilegiadas. El _pensador_ recordaba la comedia de Eguílaz, en
-la cual el protagonista, para ponderar lo divertido que es ser pobre,
-dice con mucho calor:
-
- Yo tenía cinco duros
- el día que me casé.
-
-Y recordaba también que la cazuela se venía abajo con el estruendo de
-los aplausos y las patadas de entusiasmo, prueba de lo popular que es en
-esta raza la escasez de dinero. También Ruiz había hecho en sus tiempos
-una comedia en que se probaba que para ser honrado y justo es
-indispensable andar con los codos de fuera, y que todos los ricos acaban
-siempre malamente. Por supuesto, á pesar de esta idealidad con que sabía
-dorar el cobre de su crisis económica, pasando la calderilla por oro,
-Ruiz no cedía en sus pretensiones de ser nuevamente colocado. No dejaba
-vivir al Ministro de Fomento, y las Direcciones de Instrucción pública y
-de Agricultura se echaban á temblar en cuanto él traspasaba la mampara.
-Á falta de empleo, pretendía una comisioncita para estudiar cualquier
-cosa; lo mismo le daba la Legislación de propiedad literaria en todos
-los países, que los Depósitos de sementales en España.
-
-
-
-
-VIII
-
-
-En la visita se habló primero de la ópera, á la que Ruiz iba con
-frecuencia, lo mismo que las Miaus, con entradas de _alabarda_. Después
-recayó la conversación en el tema de destinos. «A D. Ramón--dijo
-Ruiz--no le harán esperar ya mucho».
-
---Va en la combinación que se hará estos días--dijo Pura radiante.--Y no
-ha ido ya, porque Ramón no quiso aceptar plaza fuera de Madrid. El
-Ministro tenía gran empeño en mandarle á una provincia, donde hacen
-falta hombres como mi esposo. Pero Ramón no está ya para viajes. Yo, si
-he de decir verdad, deseo que le coloquen porque esté ocupado; nada más
-que porque esté ocupado. No puede usted figurarse, Federico, lo mal que
-le sienta á mi marido la ociosidad... vamos, que no vive. ¡Ya se ve,
-acostumbrado á trabajar desde mozo!... Y que le conviene también
-colocarse para los derechos pasivos. Figúrese usted, á Ramón no le
-faltan más que dos meses para poderse jubilar con los cuatro quintos. Si
-no fuera por esto, mejor se estaría en su casa. Yo lo digo: «No te
-apures, hijo, que, gracias á Dios, para vivir modestamente no nos
-falta»; pero él no se conforma, le gusta el calor de la oficina, y hasta
-el cigarro no le sabe si no se lo fuma entre dos expedientes.
-
---Lo creo... ¡Qué santo varón! ¿Y cómo está de salud?
-
---Delicadillo del estómago. Todos los días tengo que inventar algo nuevo
-para sostenerle el apetito. Mi hermana y yo nos dedicamos ahora á la
-cocina, por entretenimiento, y por vernos libres de criadas, que son una
-calamidad. Le hacemos cada día un platito distinto... caprichos y
-frioleras suculentas. Á veces tengo que irme á la plazuela del Carmen en
-busca de cosas que no se encuentran en los Mostenses.
-
---Pues vea usted--dijo la señora de Ruiz,--ese es un trabajo que yo no
-conozco, porque éste tiene un estómago que no se lo merece, y un apetito
-tan famoso, que no se necesitan melindres para sostenérselo.
-
---Gracias á Dios--indicó el _publicista_ con jovialidad.--De ahí viene
-esta buena pasta mía y la confianza que tengo en mi suerte. Créame
-usted, doña Pura, no hay nada que valga lo que un buen estómago. Aquí me
-tiene usted tan conforme siempre: si me colocan, bien; si no, dos
-cuartos de lo mismo. Hablando con verdad, no me gusta ser empleado, y
-preferiría lo que me ofreció ayer el Ministro: una comisión para
-estudiar los Montes de Piedad de Alemania. Es cuestión muy importante.
-
---Ya lo creo que es importante. ¡Figúrese usted!--exclamó la señora de
-Villaamil arqueando las cejas.
-
-En esto entró otra visita. Era un amigo de Villaamil, que vivía en la
-calle del Acuerdo, un tal Guillén, cojo por más señas, empleado en la
-Dirección de Contribuciones. Dijo el tal, después de los saludos, que un
-compañero suyo, que estaba en el Personal, le había asegurado aquella
-misma tarde que Villaamil iba en la próxima combinación. Doña Pura lo
-dió por cierto, y Ruiz y su señora apoyaron esta apreciación lisonjera.
-Se fueron enzarzando de tal modo en la conversación los plácemes, que
-doña Pura, al fin, se arrancó á ofrecer á sus buenos amigos una copita y
-pastas. Entre las provisiones de aquel fausto día, se contaba una
-botella de moscatel de á tres pesetas, licor con que Pura solía
-obsequiar á su marido á los postres. Ruiz y Guillén chocaron las copas,
-expresando con igual calor su afecto á la simpática familia. La
-sobriedad del _pensador_ contrastaba con la incontinencia un tanto
-grosera del empleado cojo, quien rogó á doña Pura no se llevase la
-botella, y escanciando que te escanciarás, pronto se vió que quedaba el
-líquido en menos de la mitad.
-
-Ya encendidas las luces, y cuando se habían ido las visitas, entró
-Villaamil. Pura corrió á su encuentro, viendo con satisfacción que el
-ferocísimo semblante tigresco tenía cierto matiz de complacencia. «¿Qué
-hay? ¿Qué noticias traes?»
-
---Nada, mujer--dijo Villaamil, que se encastillaba en el pesimismo y no
-había quien le sacara de él.--Todavía nada; las palabritas sandungueras
-de siempre.
-
---¿Y el Ministro... le has visto?
-
---Sí, y me recibió tan bien--se dejó decir Villaamil haciendo traición,
-por descuido, á su afectada misantropía,--me recibió tan bien, que... no
-sé... parece que Dios le ha tocado al corazón, que le ha dicho algo de
-mí. Estuvo amabilísimo... encantado de verme por allí... sintiendo mucho
-no tenerme á su lado... decidido á llevarme...
-
---Vamos; no dirás ahora que no tienes esperanza.
-
---Ninguna, mujer, absolutamente ninguna (recobrando su papel). Veras
-cómo todo se queda en jarabe de pico. Si sabré yo... ¡Tenlo por cierto!
-¡No me colocan hasta el día del juicio por la tarde!
-
---¡Ay, qué hombre! Eso también es ponerle á Dios cara de palo. Se podría
-enojar y con muchísima razón.
-
---Déjate de tonterías, y si tú esperas, buen chasco te llevarás. Yo no
-quiero llevármelo; por eso no espero nada, ¿sabes? Y cuando venga el
-golpe me quedaré tan tranquilo.
-
-Luisito llegó cuando sus abuelos discutían acaloradamente si debían
-abrigar ó no esperanza, y dió cuenta de la puntual entrega de todas las
-cartas. Tenía hambre, frío, y le dolía un poco la cabeza. Al regreso de
-la excursión se había sentado en el pórtico de las Alarconas; pero no le
-_dió aquéllo_, ni la visión tuvo á bien presentarse en ninguna forma.
-_Canelo_ no se apartaba de doña Pura, siguiéndola del despacho á la
-cocina, y de ésta al comedor, y cuando llamaron á comer al dueño de la
-casa, como éste tardara un poco en salir, fué el entendido perro á
-buscarle y con meneos de cola le decía: «Si usted no tiene gana, dígalo;
-pero no nos tenga tanto tiempo espera que te espera».
-
-Comieron con regular apetito y bastante buen humor, y de sobremesa
-Villaamil se fumó, saboreándolo mucho, un habano que el señor de Pez le
-había dado aquella tarde. Era muy grande, y al tomarlo, el cesante dijo
-á su amigo que lo guardaría para después. Aquel cigarro le recordaba sus
-tiempos prósperos. ¿Sería tal vez anuncio de que los tales tiempos
-volverían? Dijérase que el buen Villaamil leía en las espirales de humo
-azul su buena ventura, porque se quedaba alelado mirándolas subir en
-graciosas curvas hacia el techo del comedor, nublando vagamente la
-lámpara.
-
-Por la noche tuvieron gente (Ruiz, Guillén, Ponce, los de Cuevas,
-Pantoja y su familia, de quien se hablará después), y se formalizó el
-proyecto iniciado el mes anterior, de representar una piececita, pues
-algunos amigos de la casa tenían aptitudes no comunes para el teatro,
-sobre todo en el género cómico. Federico Ruiz se encargó de escoger la
-pieza, de distribuir los papeles y dirigir los ensayos. Se convino en
-que Abelarda haría uno de los principales personajes, y Ponce otro; pero
-éste, reconociendo con laudable modestia que no tenía maldita gracia y
-que haría llorar al público en los papeles más jocosos, reservó para sí
-la parte de _padre_, si en la comedia le hubiera.
-
-Cansado de tales majaderías, D. Ramón huyó de la sala buscando en el
-interior obscuro de la casa las tinieblas que convenían á su pesimismo.
-Maquinalmente entró en el cuarto de Milagros, donde ésta desnudaba á
-Luis para acostarle. El pobre niño había hecho tentativas para estudiar,
-que fueron completamente inútiles. Le dolía la cabeza, y sentía como el
-presagio y el temor de la visión, pues ésta, al par que le daba mucho
-gusto, causábale cierta ansiedad. Se fué á acostar con la idea de que le
-entraría la desazón y de que iba á ver cosas muy extrañas. Cuando su
-abuelo entró, ya estaba metido en la cama, y su tía le hacía rezar las
-oraciones de costumbre: _Con Dios me acuesto, con Dios me levanto_,
-etc... que él recitaba de carretilla. Con brusca interrupción se volvió
-hacia Villaamil para decirle: «Abuelito, ¿verdad que el Ministro te
-recibió muy bien?»
-
---Sí, hijo mío--replicó el anciano, estupefacto de esta salida y del
-tono con que fué dicha.--¿Y tú por dónde lo sabes?
-
---¿Yo?... yo lo sé.
-
-Miraba Cadalsito á su abuelo con una expresión tan extraña, que el pobre
-señor no sabía qué pensar. Parecióle expresión de Niño-Dios, la cual no
-es otra cosa que la seriedad del hombre armonizada con la gracia de la
-niñez.
-
---Yo lo sé... lo sé--repitió Luis sin sonreir, clavando en su abuelo una
-mirada que le dejó inmóvil.--Y el Ministro te quiere mucho... porque le
-escribieron...
-
---¿Quién le escribió?--dijo con ansiedad el cesante, dando un paso hacia
-el lecho, los ojos llenos de claridad.
-
---Le escribieron de ti--afirmó Cadalsito sintiendo que el miedo le
-invadía y no le dejaba continuar. En el mismo instante pensó Villaamil
-que todo aquello era una tontería, y dando media vuelta se llevó la mano
-á la cabeza, y dijo: «¡Pero qué cosas tiene este chiquillo!...»
-
-
-
-
-IX
-
-
-¡Cosa rara! nada le pasó á Cadalsito aquella noche, ni sintió ni vió
-cosa alguna, pues á poco acostarse hubo de caer en sueño profundísimo.
-Al día siguiente costó trabajo levantarle. Sentíase quebrantado, y como
-si hubiese andado largo trecho por sitio desconocido y lejano, que no
-podía recordar. Fue á la escuela, y no se supo la lección. Encontrábase
-tan torpe aquel día, que el maestro le hizo burla y ajó su dignidad ante
-los demás chicos. Pocas veces se había visto en la escuela carrera en
-pelo como la que aguantó Cadalsito al ser confinado al último puesto de
-la clase en señal de ignorancia y desaplicación. Á las once, cuando se
-pusieron á escribir, Cadalso tenía junto á sí al famoso _Posturitas_,
-chiquillo travieso y graciosísimo, flexible como una lombriz, y tan
-inquieto, que donde él estuviese no podía haber paz. Llamábase Paquito
-Ramos y Guillén, y sus padres eran los dueños de la casa de préstamos de
-la calle del Acuerdo. Aquel Guillén, cojo y empleado, que hemos visto en
-casa de Villaamil celebrando con copiosas libaciones de moscatel la
-próxima colocación de su amigo, era tío materno de _Posturitas_, el cual
-debía este apodo á la viveza ratonil de sus movimientos, á la gracia con
-que remedaba las actitudes y gestos de los _clowns_ y dislocados del
-Circo. Todo se le volvía hacer garatusas, sacar la lengua, volver del
-revés los párpados; y como pudiera, metía el dedo en el tintero para
-pintarse rayas negras en la cara.
-
-Aquella mañana, cuando el maestro no le veía, _Posturitas_ abría la
-carpeta, y él y su amigo Cadalso hundían la pelona en ella para ver las
-cosas diversas que encerraba. Lo más notable era una colección de
-sortijas, en las cuales brillaban el oro y los rubíes. No se vaya á
-creer que eran de metal, sino de papel, anillos de esos con que los
-fabricantes adornan los puros medianos para hacerlos pasar por buenos.
-Aquel tesoro había venido á manos de Paquito Ramos mediante un
-cambalache. Perteneció la colección á otro chico llamado Polidura, cuyo
-padre, mozo de café ó restaurant, solía recoger los aros de cigarro que
-los fumadores dejaban caer al suelo, y obsequiar con ellos á su hijo á
-falta de mejores juguetes. Había llegado á reunir Polidura más de
-cincuenta sortijas de diversos calibres. En unas decía _Flor fina_, en
-otras _Selectos de Julián Álvarez_. Cansado al fin de la colección, se
-la cambió á _Posturas_ por un trompo en buen uso, mediante contrato
-solemne ante testigos. Cadalso regaló al nuevo propietario el anillo de
-la tagarnina dada por el señor de Pez á Villaamil, y que éste se fumó
-majestuosamente después de la comida.
-
-La travesura de _Posturitas_, fielmente reproducida por el bueno de
-Cadalso, consistía en llenarse ambos los dedos de aquellas sorprendentes
-joyas, y cuando el maestro no les veía, alzar la mano y mostrarla á los
-otros granujas con dos ó tres anillos en cada dedo. Si el maestro venía,
-se los quitaban á toda prisa, y a escribir como si tal cosa. Pero en una
-vuelta brusca, sorprendió el dómine á Cadalsito con la mano en alto,
-distrayendo á toda la clase. Verle, y ponerse hecho un león, fué todo
-uno. Pronto se descubrió que el principal delincuente era el maligno
-_Posturitas_, que tenía en su carpeta un depósito de aros de papel; y en
-un santiamén el maestro, después que arrancó de los dedos las pedrerías
-de que estaban cuajados, agarró todo el depósito y lo deshizo,
-terminando con una mano de coscorrones aplicados á una y otra cabeza.
-Ramos rompió á llorar, diciendo: «Yo no he sido... _Miau_ tiene la
-culpa». Y _Miau_, no menos lastimado de esta calumnia que del mote,
-clamó con severa dignidad: «Él es el que los tenía. Yo no traje más que
-uno...» «Mentira...» «El mentiroso es él».
-
---_Miau_ es un hipócrita--dijo el maestro, y Cadalso no supo contener su
-aflicción oyendo en boca de D. Celedonio el injurioso apodo. Soltó el
-llanto sin consuelo, y toda la clase coreaba sus gemidos, repitiendo
-_Miau_, hasta que el maestro ¡pim, pam! repartió una zurribanda
-general, recorriendo espaldas y mofletes, como el fiero cómitre entre
-las filas de galeotes, vapulando á todos sin misericordia.
-
---Se lo voy á decir á mi abuelo--exclamó Cadalso con un arranque de
-dignidad,--y no vengo más á esta escuela.
-
---Silencio... silencio todos--gritó el verdugo, amenazándoles con una
-regla, que tenía los ángulos como filos de cuchillo.--Sin vergüenzas, á
-escribir; y al que me chiste le abro la cabeza.
-
-Al salir, Cadalso seguía indignado contra su amigo _Posturitas_. Éste,
-que era procaz, de una frescura y audacia sin límites, dió un empujón á
-Luis, diciéndole: «Tú tienes la culpa, tonto... panoli... cara de gato.
-Si te cojo por mi cuenta...»
-
-Cadalso se revolvió iracundo, acometido de nerviosa rabia, que le puso
-pálido y con los ojos relumbrones. «¿Sabes lo que te digo? Que no tiés
-que ponerme motes, ¡contro!, mal criado... ordinario... cualisquiera».
-
---_¡Miau!_--mayó el otro con desprecio, sacando media cuarta de lengua y
-crispando los dedos.--Ole... _Miau..._ morrongo... fu, fu, fu...
-
-Por primera vez en su vida percibió Luis que las circunstancias le
-hacían valiente. Ciego de ira se lanzó sobre su contrario, y lo mismo se
-lanzaría si éste fuese un hombre. Chillido de salvaje alegría infantil
-resonó en toda la banda, y viendo el desusado embestir de Cadalso,
-muchos le gritaron: «Éntrale, éntrale...» _Miau_ peleándose con
-_Posturas_ era espectáculo nuevo, de trágicas y nunca sentidas
-emociones, algo como ver la liebre revolviéndose contra el hurón, ó la
-perdiz emprendiéndola á picotazos con el perro. Y fué muy hermosa la
-actitud insolente de _Posturitas_, al recibir el primer achuchón,
-espatarrándose para aplomarse mejor, soltando libros y pizarra para
-tener los brazos libres... Al mismo tiempo rezongaba con orgullo insano:
-«Verás, verás... ¡recontro!... me caso con la biblia...»
-
-Trabóse una de esas luchas homéricas, primitivas y cuerpo á cuerpo, más
-interesantes por la ausencia de toda arma, y que consisten en encepar
-brazos con brazos y empujar, empujar, sacudiendo topetadas con la
-cabeza, á lo carneril, esforzándose cada cual en derribar á su
-contrario. Si pujante estaba _Posturas_, no lo parecía menos Cadalso.
-Murillito, Polidura y los demás, miraban y aplaudían, danzando en torno
-con feroz entusiasmo de pueblo pagano, sediento de sangre. Pero acertó á
-salir de la casa en aquel punto y ocasión la hija del maestro, señorita
-algo hombruna, y les separó de un par de manotadas, diciendo: «Sin
-vergüenzas, á casa, ó llamo á la pareja para que os lleve á la
-prevención». Ambos tenían la cara como lumbre, respiraban como fuelles,
-y echaban por aquellas bocas injurias tabernarias, sobre todo Paco
-Ramos, que era consumado hablista en el idioma de los carreteros.
-
---Vamos, _hombres_--decía Murillito, el hijo del sacristán de Monserrat,
-en la actitud más conciliadora;--no es para tanto... vaya... Quítate
-tú... Miá que te... verás. Sacabaron las quistiones.
-
-Mostrábase el mediador decidido á arrearle un buen lapo á cualquiera de
-los dos que intentase reanudar la contienda. Un policía que por allí
-andaba les dispersó, y se alejaron chillando y saltando, algunos
-haciéndose lenguas del arranque de Cadalsito. Éste tomó silencioso el
-camino de su casa. Su ira se calmaba lentamente, aunque por nada del
-mundo le perdonaba á _Posturas_ el apodo, y sentía en su alma los
-primeros rebullicios de la vanidad heroica, la conciencia de su
-capacidad para la vida, ó sea de su aptitud para ofender al prójimo, ya
-probada en la tienta de aquel día.
-
-Aquella tarde no había escuela, por ser jueves. Luisito se fué á su
-casa, y durante el almuerzo, ninguna persona de la familia reparó en lo
-sofocado que estaba. Bajó luego á pasar un ratito en compañía de sus
-amigos los memorialistas, que sin duda le tenían guardada alguna
-friolera. «Parece que arriba andamos muy divertidos--le dijo Paca.--Oye,
-¿han colocado ya á tu abuelo? Porque debe de ser ya lo menos ministro ó
-tan siquiera embajador. ¡Vaya con la cesta de compra que trajeron ayer!
-Y botellas de moscatel como quien no dice nada. ¡Anda, anda, qué rumbo!
-Estamos como queremos. Así no hay quien haga bajar á _Canelo_ de tu
-casa...»
-
-Luis dijo que todavía no habían colocado á su abuelo; pero que era cosa
-_de entre hoy y mañana_. El día estaba hermosísimo, y Paca propuso á su
-amiguito ir á tomar el sol en la explanada del Conde-Duque, á dos pasos
-de la calle de Quiñones. Púsose la enorme memorialista su mantón,
-mientras Luisito subía á pedir permiso, y echaron á andar. Eran las
-tres, y el vasto terraplén comprendido entre el paseo de Areneros y el
-cuartel de Guardias estaba inundado de sol, y muy concurrido de vecinos
-que iban allí á desentumecerse. Gran parte de este terreno se veía
-entonces, y se ve hoy, ocupado por sillares, baldosas, adoquines, restos
-ó preparativos de obras municipales, y entre la cantería, las vecinas
-suelen poner colgaderos para secar ropa lavada. La parte libre de
-obstáculos la emplea la tropa para los ejercicios de instrucción, y
-aquella tarde vió Cadalsito á los reclutas de Caballería aprendiendo á
-marchar, dirigidos por un oficial que, sable al puño y dando gritos, les
-enseñaba á medir el paso. Entretúvose el pequeñuelo en contemplar las
-evoluciones, y oía la cadencia con que los soldados pisaban
-unísonamente, diciendo: _una, dos, tres, cuatro_. Era un mugido que se
-confundía con la vibración del suelo al ser golpeado á compás, cual
-inmenso tambor batido por un gigante. Entre la sociedad que allí se
-congregaba á gozar del sol, discurrían vendedores de cacahuet y
-avellanas, pregonándolos con un grito dejoso. Paca le compró á Cadalso
-algunas de estas golosinas, y se sentó en una piedra á chismorrear con
-varias comadres amigas suyas. El chiquillo corrió detrás de la tropa,
-evolucionando con ella; fué y vino durante una hora en aquella militar
-diversión, marcando también el _uno, dos, tres, cuatro_, hasta que,
-sintiendo fatiga, se sentó en un rimero de baldosas. Entonces se le fué
-un poco la cabeza; vió que la mole pesada del cuartel se corría de
-derecha á izquierda, y que en la misma dirección iba el palacio de
-Liria, sepultado entre el ramaje de su jardín, cuyos árboles parecen
-estirarse para respirar mejor fuera de la tumba inmensa en que están
-plantados. Empezóle á Cadalsito la consabida desazón; se le iba el
-conocimiento de las cosas presentes, se mareaba, se desvanecía, le
-entraba el misterioso sobresalto, que era en realidad pavor de lo
-desconocido; y apoyando la frente en una enorme piedra que próxima
-tenía, se durmió como un ángel. Desde el primer instante, la visión de
-las Alarconas se le presentó clara, palpable, como un ser vivo, sentado
-frente á él, sin que pudiese decir dónde. El fantástico cuadro no tenía
-fondo ni lontananza. Lo constituía la excelsa figura sola. Era el mismo
-personaje de luenga y blanca barba, vestido de indefinibles ropas, la
-mano izquierda escondida entre los pliegues del manto, la derecha fuera,
-mano de persona que se dispone á hablar. Pero lo más sorprendente fué
-que antes de pronunciar la primer palabra, el Señor alargó hacia él la
-diestra, y entonces se fijó en ella Cadalsito y vió que tenía los dedos
-cuajados de aquellas mismas sortijas que formaban la rica colección de
-_Posturas_. Sólo que en los dedos soberanos, que habían fabricado el
-mundo en siete días, los anillos relumbraban cual si fueran de oro y
-piedras preciosas. Cadalsito estaba absorto, y el Padre le dijo: «Mira,
-Luis, lo que os quitó el maestro. Ve aquí los bonitos anillos. Los
-recogí del suelo, y los compuse al instante sin ningún trabajo. El
-maestro es un bruto, y ya le enseñaré yo á no daros coscorrones tan
-fuertes. Y por lo que hace á _Posturitas_, te diré que es un pillo,
-aunque sin mala intención. Está mal educado. Los niños decentes no ponen
-motes. Tuviste razón en enfadarte, y te portaste bien. Veo que eres un
-valiente y que sabes volver por tu honor».
-
-Luis quedó muy satisfecho de oirse llamar valiente por persona de tanta
-autoridad. El respeto que sentía no le permitió dar las gracias; pero
-algo iba á decir, cuando el Señor, moviendo con insinuación de castigo
-la mano aquella cuajada de sortijas, le dijo severamente: «Pero, hijo
-mío, si por ese lado estoy contento de ti, por otro me veo en el caso de
-reprenderte. Hoy no te has sabido la lección. Ni por casualidad
-acertaste una sola vez. Bien claro se vió que no habías abierto un libro
-en todo el santo día... (Luisín, acongojadísimo, mueve los labios
-queriendo disculparse.) Ya, ya sé lo que me vas á decir. Estuviste hasta
-muy tarde repartiendo cartas; volviste á casa de noche. Pero luego
-pudiste leer algo; no me vengas con enredos. Y esta mañana, ¿por qué no
-echaste un vistazo á la lección de Geografía? ¡Cuidado con los desatinos
-que has dicho hoy! ¿De dónde sacas tú que Francia está limitada al Norte
-por el Danubio y que el Po pasa por Pau? ¡Vaya unas barbaridades! ¿Te
-parece á ti que he hecho yo el mundo para que tú y otros mocosos como tú
-me lo estéis deshaciendo á cada paso?»
-
-Enmudeció la augusta persona, quedándose con los ojos fijos en Cadalso,
-al cual un color se le iba y otro se le venía, y estaba silencioso,
-agobiado, sin poder mirar ni dejar de mirar á su interlocutor.
-
-«Es preciso que te hagas cargo de las cosas--añadió por fin el Padre,
-accionando con la mano cuajada de sortijas.--¿Cómo quieres que yo
-coloque á tu abuelo si tú no estudias? Ya ves cuán abatido está el pobre
-señor, esperando como pan bendito su credencial. Se le puede ahogar con
-un cabello. Pues tú tienes la culpa, porque si estudiaras...»
-
-Al oir esto, la congoja de Cadalsito fué tan grande, que creyó le
-apretaban la garganta con una soga y le estaban dando garrote. Quiso
-exhalar un suspiro y no pudo.
-
-«Tú no eres tonto y comprenderás esto--agregó Dios.--Ponte tú en mi
-lugar; ponte tú en mi lugar, y verás que tengo razón».
-
-Luis meditó sobre aquéllo. Su razón hubo de admitir el argumento
-creyéndolo de una lógica irrebatible. Era claro como el agua: mientras
-él no estudiase, ¡contro! ¿cómo habían de colocar á su abuelo? Parecióle
-esto la verdad misma, y las lágrimas se le saltaron. Intentó hablar,
-quizás prometer solemnemente que estudiaría, que trabajaría como una
-fiera, cuando se sintió cogido por el pescuezo.
-
---Hijo mío--le dijo Paca sacudiéndole,--no te duermas aquí, que te vas á
-enfriar.
-
-Luis la miró aturdido, y en su retina se confundieron un momento las
-líneas de la visión con las del mundo real. Pronto se aclararon las
-imágenes, aunque no las ideas; vió el cuartel del Conde-Duque, y oyó el
-_uno, dos, tres, cuatro_, como si saliese de debajo de tierra. La
-visión, no obstante, permanecía estampada en su alma de una manera
-indeleble. No podía dudar de ella, recordando la mano ensortijada, la
-voz inefable del Padre y Autor de todas las cosas. Paca le hizo
-levantar y le llevó consigo. Después, quitándole del bolsillo los
-cacahuets que antes le diera, díjole: «No comas mucho de esto, que se te
-ensucia el estómago. Yo te los guardaré. Vámonos ya, que principia á
-caer relente...» Pero él tenía ganas de seguir durmiendo; su cerebro
-estaba embotado, como si acabase de pasar por un acceso de embriaguez;
-le temblaban las piernas, y sentía frío intensísimo en la espalda.
-Andando hacia su casa, le entraron dudas respecto á la autenticidad y
-naturaleza divina de la aparición. «¿Será Dios ó no será
-Dios?--pensaba.--Parece que es, porque lo sabe todito... Parece que no
-es, porque no tiene ángeles».
-
-De vuelta del paseo, hizo compañía á sus buenos amigos. Mendizábal,
-concluída su tarea, y después de recoger los papeles y de limpiar las
-diligentes plumas, se dispuso á alumbrar la escalera. Paca limpió los
-cristales del farol, encendiendo dentro de él la lamparilla de petróleo.
-El _secretario del público_ lo cogió entonces, y con ademán tan solemne
-como si alumbrara al Viático, fué á colgarlo en su sitio, entre el
-primero y segundo piso. En esto subía Villaamil, y se detuvo, como de
-costumbre, para echar un párrafo con el memorialista.
-
---Sea enhorabuena, D. Ramón--le dijo éste.
-
---Calle usted, hombre...--replicó Villaamil, afectando el humor que
-suele acompañar á un terrible dolor de muelas.--Si todavía no hay nada,
-ni lo habrá...
-
---¡Ah! pues yo creí.. Es que son muy perros, D. Ramón. ¡Vaya unos
-birrias de Ministros! Lo que yo le digo á usted: mientras no venga la
-escoba grande...
-
---¡Oh! amigo mío--exclamó Villaamil con cierto aire de templanza
-gubernamental,--ya sabe usted que no me gustan exageraciones. Sus ideas
-son distintas de las mías... ¿Qué es lo que usted quiere? ¿Más religión?
-Pues venga religión, venga; pero no osbcurantismo... Desengañémonos.
-Aquí lo que hace falta es administración, moralidad...
-
---Ahí duele, ahí duele (con expresión de triunfo). Precisamente lo que
-no habrá mientras no haya fe. Lo primero es la fe, ¿sí ó no?
-
---Corriente; pero... No, amigo Mendizábal; no exageremos.
-
---Y las sociedades que la pierden (en tono triunfal), corren derechitas,
-como quien dice, al abismo...
-
---Todo eso está muy bien; pero... Haya moralidad, moralidad; que el que
-la hace la pague, y allá los curas se entiendan con las conciencias. No
-me cambalache los poderes, amigo Mendizábal.
-
---No, si yo no cambalacho nada... En fin, usted lo verá (bajando un
-escalón mientras Villaamil subía otro). Ínterin domine el libre
-pensamiento, espere usted sentado. Como que no hay justicia ni nadie se
-acuerda del mérito. Buenas noches.
-
-Desapareció por la escalera abajo aquel hombre feísimo, de semblante
-extraño, por tener los ojos tan poco separados que parecían juntarse y
-ser uno solo cuando fijamente miraban. La nariz le salía de la frente, y
-después bajaba chafada y recta, esparranclando sus dos ventanillas en el
-nacimiento del labio superior, dilatado, tirante y tan extenso en todas
-direcciones que ocupaba casi la mitad del rostro. La boca era larga,
-terminada en dos arrugas que dividían la barba en tres compartimientos
-flácidos, de pelambre ralo y gris; la frente estrecha, las manos enormes
-y velludas, el cogote recio, el cuerpo corto, inclinado hacia adelante,
-como resabio de una raza que hasta hace poco ha andado á cuatro pies. Al
-descender la escalera, parecía que la bajaba con las manos, agarrándose
-al barandal. Con esta filiación de _gorilla_, Mendizábal era un buen
-hombre, sin más tacha que su furiosa inquina contra el libre
-pensamiento. Había sido traficante en piedras de chispa durante la
-primera guerra civil, espía faccioso y cocinero del padre Cirilo.
-«¡Ah!--mil veces lo decía él,--¡si yo escribiera mi historia!» Último
-detalle biográfico: le compuso una rueda á la célebre tartana de San
-Carlos de la Rápita.
-
-
-
-
-X
-
-
-Poco después de anochecido, al subir á su casa, Cadalsito sintió pasos
-detrás de sí; pero no volvió la cara. Mas cuando faltaban pocos
-escalones para llegar al piso segando, manos desconocidas le cogieron la
-cabeza y se la apretaron, no dejándole mirar hacia atrás. Tuvo miedo,
-creyéndose en poder de algún ladrón barbudo y feo, que iba á robar la
-casa y empezaba por asegurarle á él. Pero antes que tuviera tiempo de
-chillar, el intruso le levantó en peso y le besó. Luis pudo verle
-entonces la cara, y al reconocerle, su intranquilidad no disminuyó.
-Había visto aquella cara por última vez algún tiempo antes, sin poder
-apreciar cuándo, en una noche de escándalo y reyerta, en la cual todos
-chillaban en su casa, Abelarda caía con una pataleta, y la abuelita
-gritaba pidiendo el auxilio de los vecinos. La dramática escena
-doméstica había dejado indeleble impresión en Luis, que ignoraba por qué
-se habían puesto sus tías y abuela tan furiosas.
-
-En aquel tiempo estaba el abuelito en Cuba, y no vivía la familia en la
-calle de Quiñones. Recordó también que las iras de las _Miaus_ recaían
-sobre una persona que entonces desapareció de la casa, para no volver á
-ella hasta la ocasión que ahora se refiere. Aquel hombre era su padre.
-No se atrevió Luis á pronunciar el cariñoso nombre; de mal humor dijo:
-«Suéltame». Y el sujeto aquél llamó.
-
-Cuando doña Pura, al abrir la puerta, vió al que llamaba, acompañado de
-su hijo, quedóse un instante como quien no da crédito á sus ojos. La
-sorpresa y el terror se pintaban en su semblante... después
-contrariedad. Por fin murmuró: «¿Víctor... tú?»
-
-Entró saludando á su suegra con cierta emoción, de una manera cortés y
-expresiva. Villaamil, que tenía el oído muy fino, se estremeció al
-reconocer desde su despacho la voz aquélla. «¡Víctor aquí... Víctor otra
-vez en casa! Este hombre nos trae alguna calamidad». Y cuando su yerno
-entraba á saludarle, el rostro tigresco de D. Ramón se volvió espantoso,
-y le temblaba la mandíbula carnicera, indicando como un prurito de
-ejercitarla contra la primera res que se le pusiera delante. «¿Pero cómo
-estás aquí? ¿Has venido con licencia?», fué lo único que dijo.
-
-Víctor Cadalso sentóse frente á su suegro. El quinqué les separaba, y su
-luz, iluminando los dos rostros, hacía resaltar el vivo contraste entre
-una y otra persona. Era Víctor acabado tipo de hermosura varonil, un
-ejemplar de los que parecen destinados á conservar y transmitir la
-elegancia de formas en la raza humana, desfigurada por los cruzamientos,
-y que por los cruzamientos, reflujo incesante, viene de vez en cuando á
-reproducir el gallardo modelo, como para mirarse y recrearse en el
-espejo de sí misma, y convencerse de la permanencia de los arquetipos de
-hermosura, á pesar de las infinitas derivaciones de la fealdad. El
-claro-obscuro producido por la luz de la lámpara modelaba las facciones
-del guapo mozo. Tenía nariz de contorno puro, ojos negros, de ancha
-pupila, cuya expresión variaba desde el matiz más tierno hasta el más
-grave, á voluntad. La frente pálida tenía el corte y el bruñido que en
-escultura sirve para expresar nobleza.--Esta nobleza es el resultado del
-equilibrio de piezas cranianas y de la perfecta armonía de líneas.--El
-cuello robusto, el pelo algo desordenado y de azabache, la barba obscura
-también y corta, completaban la hermosa lámina de aquel busto, más
-italiano que español. La talla era mediana, el cuerpo tan bien
-proporcionado y airoso como la cabeza; la edad debía de andar entre los
-treinta y tres ó los treinta y cinco. No supo responder terminantemente
-á la pregunta de su suegro, y después de titubear un instante, se aplomó
-y dijo:
-
---Con licencia no... es decir... he tenido un disgusto con el jefe. Salí
-sin dar cuenta á nadie. Ya conoce usted mi carácter. No me gusta que
-nadie juegue conmigo... Ya le contaré. Ahora vamos á otra cosa. Llegué
-esta mañana en el tren de las ocho, y me metí en una casa de huéspedes
-de la calle del Fúcar. Allí pensaba quedarme. Pero estoy tan mal, que si
-ustedes (doña Pura se hallaba todavía presente) no se incomodan, me
-vendré aquí por unos días, nada más que por unos días.
-
-Doña Pura se echó á temblar, y corrió á transmitir la fatal nueva á su
-hermana y á su hija. «¡Se nos mete aquí! ¡Qué horror de hombre! Nos ha
-caído que hacer».
-
---Aquí estamos muy estrechos--objetó Villaamil con cara cada vez más
-fiera y tenebrosa.--¿Por qué no te vas á casa de tu hermana Quintina?
-
---Ya sabe usted--replicó--que mi cuñado Ildefonso y yo estamos así... un
-poco de punta. Con ustedes me arreglo mejor. Yo les prometo ser pacífico
-y razonable, y olvidar ciertas cosillas.
-
---Pero, en resumidas cuentas, ¿sigues ó no en tu destino de Valencia?
-
---Le diré á usted... (mascando las primeras palabras, pero discurriendo
-al fin una respuesta que disimulase su perplejidad). Aquel Jefe
-Económico es un trapisonda... Se empeñó en echarme de allí, y ha
-intentado formarme expediente. No conseguirá nada; tengo yo más conchas
-que él.
-
-Villaamil dió un suspiro, tratando de descifrar por la fisonomía de su
-yerno el misterio de su intempestiva llegada. Pero sabía por
-experiencia que la cara de Víctor era impenetrable y que, histrión
-consumado, expresaba con ella lo que mas convenía a sus fines.
-
---¿Y qué te parece tu hijo?--le preguntó al ver entrar á Pura con
-Luisín.--Está crecido, y le vamos defendiendo la salud, Delicadillo
-siempre, por lo cual no queremos apretarle para que estudie.
-
---Tiempo tiene--dijo Cadalso, abrazando y besando al niño.--Cada día se
-parece más á su madre, á mi pobre Luisa. ¿Verdad?
-
-Al anciano se le humedecieron los ojos. Aquella hija malograda en la
-flor de la edad, fué todo su amor. El día de su temprana muerte,
-Villaamil envejeció de un golpe diez años. Siempre que alguien la
-nombraba en la casa, el pobre hombre sentía renovada su aflicción
-inmensa, y si quien la nombraba era Víctor, al pesar se mezclaba la
-repugnancia que inspira el asesino condoliéndose de su víctima después
-de inmolada. Á doña Pura también se le abatieron los espíritus al ver y
-oir al que fué esposo de su querida hija. Luis se entristeció, más bien
-por rutina, pues había notado que cuando alguien pronunciaba en la casa
-el nombre de su mamá, todos suspiraban y se ponían muy serios.
-
-Víctor, llevando á su hijo, pasó á saludar á Milagros y á Abelarda.
-Aquélla le aborrecía de todo corazón, y respondió á su saludo con
-desdeñosa frialdad. La cuñadita se metió en su cuarto al sentirle;
-luego salió, y su color, siempre malo, era como el color de una muerta.
-Le temblaba la voz; quiso afectar el mismo desdén de su tía hacia
-Víctor; éste la apretaba la mano. «¿Ya estás aquí otra vez, perdido?»,
-balbuceó ella, y sin sabor qué hacer se volvió á meter en el aposento.
-
-Entretanto Villaamil, aprensivo y sobresaltado, se desperezaba en su
-asiento como si quisiera crucificarse, y decía á su mujer:
-
---Este hombre traerá hoy la desgracia á nuestra casa como la ha traído
-siempre. Y si no, tú lo has de ver. Cuando le sentí la voz, creí que el
-infierno se nos metía por las puertas. Maldita sea la hora (exaltándose
-y dejando caer con ruidosa pesadumbre las palmas de las manos sobre la
-mesa) en que este hombre entró en mi casa por vez primera; maldita la
-hora en que nuestra querida hija se prendó de él, y maldito el día en
-que les casamos... porque ya no tenía remedio. ¡Ojalá viviera mi hija
-deshonrada, ojalá!... ¡Qué estúpido afán de casar á las hijas sin saber
-con quién! ¡Ah! Pura, mucho cuidado con ese danzante; no te fíes. Tiene
-el arte de adornar su perversidad con palabras que, al pronto, emboban y
-seducen. Á mí no me la da, no; á mí me engañó una vez sola. Pero pronto
-le calé, y ahora me pongo en guardia, porque es el hombre más malo que
-Dios ha echado al mnundo.
-
---¿Pero no ha dicho á qué viene? ¿Le han dejado cesante? De seguro ha
-hecho alguna pillada y viene á que tú se la tapes.
-
---¡Yo! (espantado y echando los ojos fuera del casco). ¡Como no se la
-tape el moro Muza! Á buena parte viene...
-
-Llegada la hora de comer, Víctor, sentándose á la mesa con la mayor
-frescura, hubo de permitirse ciertos alardes de conversación jocosa.
-Todos le miraban con hostilidad, esquivando los temas joviales que
-quería sacar á relucir. Á ratos se ponía ceñudo y receloso; pero á la
-manera de un actor que recobra su papel momentáneamente olvidado, tomaba
-la estudiada actitud bonachona y festiva. Luego reapareció la dificultad
-grave. ¿Dónde le ponían? Y doña Pura, sofocada ante la imposibilidad de
-alojar al intruso, se plantó diciéndole:--No, no puede ser, Víctor; ya
-ves que no hay medio de tenerte en casa.
-
---No se apure usted, mamá--replicó él, acentuando con cariño el
-tratamiento.--Me quedaré aquí, en el sofá del comedor. Déme usted una
-manta, y dormiré como un canónigo.
-
-Nada pudieron oponer á esta conformidad doña Pura y las otras _Miaus_.
-Cuando empezaron á llegar las personas que iban á la tertulia, Víctor
-dijo á su suegra:--Mire usted, mamá, yo no me presento. No tengo
-malditas ganas de ver gente, al menos en algunos días. Me parece que he
-oído la voz de Pantoja. No le diga usted que estoy aquí.
-
---Pues no sé á qué vienen esos incógnitos--replicóle amoscada su
-suegra.--¿Te vas á estar de plantón en el comedor? Pues sabrás que voy á
-poner en esta mesa los vasos de agua, para que salgan á beber todos los
-que tengan sed. Y te advierto que Pantoja es hombre que me bebe media
-cuba todas las noches.
-
---Pues me meteré en el cuarto de Luis, si no pone usted el abrevadero en
-otra parte.
-
---¿Pero dónde?
-
---Nada, nada, mamá; por mi parte no altere usted sus costumbres. Váyase
-usted á la sala, donde ya tiene toda la _crème_ reunida. No olvide
-ponerme aquí la manta. Mañana temprano traeré mi equipaje.
-
-Cuando doña Pura transmitió á su marido el recelo de ser visto que en
-Cadalso notara, el buen señor se intranquilizó más, y echó nuevas pestes
-contra el intruso. Puesta sobre la mesa del comedor la bandeja con los
-vasos de agua, único refrigerio que los Villaamil podían ofrecer á sus
-amigos, Cadalso se quedó un rato solo con su hijo, el cual mostraba
-aquella noche aplicación desusada. «¿Estudias mucho?», preguntó su padre
-acariciándole. Y él contestó que sí con la cabeza, cohibido y
-vergonzoso, como si el estudiar fuese delito. Su padre era para él como
-un extraño, y al intentar hablarle, la timidez le ataba la lengua. El
-sentimiento que al pobre niño inspiraba aquel hombre era mezcla
-singularísima de respeto y temor. Lo respetaba por el concepto de padre,
-que en su alma tierna tenía ya el natural valor; lo temía, porque en su
-casa había oído mil veces hablar de él en términos harto desfavorables.
-Era Cadalso el papá malo, como Villaamil era el papá bueno.
-
-Al sentir los pasos de algún tertulio sediento que venía al abrevadero,
-Víctor se colaba en el cuarto de Milagros. Conoció por la voz á Ponce,
-que amén de crítico era novio de Abelarda; reconoció también á Pantoja,
-empleado en Contribuciones, amigo de Villaamil y aun del propio Cadalso,
-quien le tenía por la máquina humana más inútil y roñosa que en oficinas
-existiera. No puedo dejar de notar que una de las personas que más sed
-tuvieron aquella noche fué Abelarda. Salió dos ó tres veces á beber, y
-además quiso substituir á su tía Milagros en la obligación de acostar al
-pequeño. Estando en ello, se metió Víctor en la alcoba, huyendo de otro
-tertulio sofocado que iba á refrescarse.
-
---Papá está muy inquieto con esta aparición tuya--le dijo Abelarda sin
-mirarle.--Has entrado en casa como Mefistófeles, por escotillón, y todos
-nos alteramos al verte.
-
---¿Me como yo la gente?--respondió Víctor sentándose en la misma cama de
-Luis.--Por lo demás, en mi venida no hay misterio; hay algo, sí, que no
-comprenderán tu padre y tu madre; poro tú lo comprenderás cuando te lo
-explique, porque tú eres buena para mí, Abelarda; tú no me aborreces
-como los demás, sabes mis desgracias, conoces mis faltas y me tienes
-compasión.
-
-Insinuó esto con mucha dulzura, contemplando á su hijo, ya medio
-desnudo. Abelarda evitaba el mirarle. No así Luisito, que había clavado
-los ojos en su padre, como queriendo descifrar el sentido de sus
-palabras.
-
---¡Lástima yo de ti!--repuso al fin la insignificante con voz
-trémula.--¿De dónde sacas eso?... ¿Si pensarás que creo algo de lo que
-dices? Á otras engañarás, pero á la hija de mi madre...!
-
-Y como Víctor empezase á replicarle con cierta vehemencia, Abelarda le
-mandó callar con un gesto expresivo. Temía que alguien viniese ó que
-Luis se enterase, y aquel gesto señaló una nueva etapa en el diálogo.
-
---No quiero saber nada--dijo, determinándose al fin á mirarle cara á
-cara.
-
---¿Pues á quién he de confiarme yo si no me confío á ti... la única
-persona que me comprende?
-
---Vete á la iglesia, arrodíllate ante el confesonario...
-
---La antorcha de la fe se me apagó hace tiempo. Estoy á
-obscuras--declaró Víctor mirando al chiquillo, ya con las manos cruzadas
-para empezar sus oraciones.
-
-Y cuando el niño hubo terminado, Abelarda se volvió hacia el padre,
-diciéndole con emoción:--Eres muy malo, muy malo. Conviértete á Dios,
-encomiéndate á él, y...
-
---No creo en Dios--replicó Víctor con sequedad;--á á Dios se le ve
-soñando, y yo hace tiempo que desperté.
-
-Luisito escondió su faz entre las almohadas, sintiendo un frío terrible,
-malestar grande y todos los síntomas precursores de aquel estado en que
-se le presentaba su misterioso amigo.
-
-
-
-
-XI
-
-
-Á las doce; cuando los tertulios desfilaron, Cadalso se acomodó en el
-sofá del comedor, cubriéndose con la manta que Abelarda le diera.
-Ignoraba él que su cuñada se acostaría vestida aquella noche por carecer
-de abrigo. Retiráronse todos, menos Villaamil, que no quiso recogerse
-sin tener una explicación con su yerno. La lámpara del comedor había
-quedado encendida, y el abuelo, al entrar, vió á Víctor incorporado en
-su duro lecho, con la manta liada de medio cuerpo abajo. Comprendió al
-punto el yerno que su padre político quería palique, y se preparó, cosa
-fácil para él, pues era hombre de imaginación pronta, de afluente
-palabra, de salidas ágiles y oportunas, á fuer de meridional de pura
-sangre, nacido en aquella costa granadina que tiene detrás la Alpujarra
-y enfrente á Marruecos. «Este tío--pensó--me quiere embestir. Á buena
-parte viene... Empiece la brega. Le trastearemos con gracia».
-
---Ahora que estamos solos--dijo Villaamil con aquella gravedad que
-imponía miedo,--decídete á ser franco conmigo. Tú has hecho algún
-disparate, Víctor. Te lo conozco en la cara, aunque tu cara pocas veces
-dice lo que piensas. Confiésame la verdad, y no trates de marearme con
-tus pases de palabras ni con esas ideas raras de que sacas tanto
-partido.
-
---Yo no tengo ideas raras, querido D. Ramón; las ideas raras son las de
-mi señor suegro. Debemos juzgar las ideas de las personas por el pelo
-que éstas echan. ¿Le han colocado á usted ya? Se me figura que no. Y
-usted sigue tan fresco, esperando su remedio de la justicia, que es lo
-mismo que esperarlo de la luna. Mil veces le he dicho á usted que el
-mismo Estado es quien nos enseña el derecho a la vida. Si el Estado no
-muere nunca, el funcionario no debe perecer tampoco administrativamente.
-Y ahora le voy á decir otra cosa: mientras no cambie usted de papeles,
-no le colocarán; se pasará los meses y los años viviendo de ilusiones,
-fiándose de palabras zalameras y de la sonrisa traidora de los que se
-dan importancia con los tontos, haciendo que les protegen.
-
---Pero tú, necio--dijo Villaamil enojadísimo,--¿has llegado á figurarte
-que yo tengo esperanzas? ¿De dónde sacas, majadero, que yo me forje ni
-la milésima parte de una condenada ilusión? ¡Colocarme á mí! No se me
-pasa por la imaginación semejante cosa, no espero nada, nada, y digo
-más: hasta me ofende el que me supone pendiente de formulillas y de
-palabras cucas.
-
---Como siempre le he conocido á usted así, tan confiado, tan
-optimista...
-
---¡Optimista yo! (muy contrariado). Vamos, Víctor, no te burles de estas
-canas. Y sobre todo, no desvíes la cuestión. Ahora no se trata de mí,
-sino de ti. Vuelvo á mi pregunta: ¿Qué has hecho? ¿Por qué estas aquí, y
-por qué te escondes de la gente?
-
---Es que las tertulias de esta casa me cargan. Ya sabe usted que soy muy
-extremado en mis antipatías. Yo no me escondo; es que no quiero ver la
-cara de Ponce con sus ojos pitañosos, ni que me hable Pantoja, el cual
-tiene un aliento que da el _quién vive_.
-
---No se trata del aliento de Pantoja, sino de que tú no has dejado tu
-destino con la frente alta.
-
---Tan alta que si mi jefe dice algo contra mí, tengo medios de mandarle
-á presidio (acalorándose). Sepa usted que he prestado servicios tales,
-que si el Estado fuera agradecido, ya sería yo jefe de Administración.
-Pero el Estado es esencialmente ingrato, bien lo sabe usted, y no sabe
-premiar. Si el funcionario inteligente no se recompensa á sí propio,
-está perdido. Para que usted se entere: cuando fuí á Valencia á
-encargarme de Propiedades é Impuestos, el Negociado estaba por los
-suelos. Mi antecesor era un cómico sin voz, que recibió el empleo como
-jubilación de la escena. El infeliz no sabía por dónde andaba. Llegué
-yo, y _¡arsa!_ á trabajar. ¡Qué lío! Las cédulas personales no se
-cobraban ni á tiros. En Consumos había descubiertos horribles. Llamé á
-los alcaldes, les apremié, les metí el resuello en el cuerpo. Total, que
-saqué una millonada para el Tesoro, millonada que se habría perdido sin
-mí... Entonces reflexioné, y dije: «¿Cuál es la consecuencia natural del
-inmenso servicio que he prestado á la Nación? Pues la consecuencia
-natural, lógica, ineludible de defender al Estado contra el
-contribuyente es la ingratitud del Estado. Abramos, pues, el paraguas
-para resguardarnos de la ingratitud, que nos ha de traer la miseria».
-
---No se puede decir más claro que tus manos no están muy limpias.
-
---No hay tal, no, señor (incorporándose y accionando con mucha energía);
-porque mediador entre el contribuyente y el Estado, debo impedir que
-ambos se devoren, y no quedarían más que los rabos si yo no los pusiera
-en paz. Yo formo parte de la entidad contribuyente, que es la Nación;
-yo formo parte del Estado, como funcionario. Con esta doble naturaleza,
-yo, mediador, tengo que asegurar mi vida para seguir impidiendo el
-choque mortal entre el contribuyente y el Estado...
-
---Ni te entiendo, ni te entenderá nadie (con gesto de ira y desprecio).
-El mismo de siempre. Con esas chuscadas de tu ingenio quieres ocultar
-tus trapisondas. ¿Pues sabes lo que te digo? que en mi casa no puedes
-estar.
-
---No se acalore mi querido suegro. Entre paréntesis, no he pretendido
-que me tengan aquí por mi linda cara. Pagaré mi pupilaje... Será por
-pocos días, porque en cuanto me asciendan...
-
---¡Ascenderte! ¿qué dices? (como si le hubiera picado un escorpión).
-
---¡Ay! ¿pues usted qué se creía? ¡Qué inocente! Siempre el mismo D.
-Ramón, la virginal doncella. Que le traigan tila. Ya... ¿qué creía
-usted? ¿que yo no soy de Dios y no debo ascender? ¿Sabe que llevo dos
-años de oficial primero y me corresponde el ascenso á Jefe de Negociado
-de tercera, por la ley de Cánovas? Y usted, que tan optimista es en lo
-propio y tan pesimista en lo ajeno, creerá que me voy á pasar la vida
-escribiendo cartas, espiando la sonrisa de un Director general ó
-quitándole motas á Cucúrbitas! No, señor mío, yo no voy al trapo rojo,
-sino al bulto.
-
---Sí, sí, lo que es a descarado no te gana nadie; y digo más... por lo
-mismo que no tienes vergüenza (lívido de ira y tragándose su propia
-amargura), consigues todo lo que quieres... El mundo es tuyo... Vengan
-ascensos, y ole morena.
-
---En cambio usted (con cruel sarcasmo), siga meciéndose en esos dulces
-éeextasis, siga creyendo que las mariposillas le traen la credencial, y
-despiértese todos los días diciendo: «hoy, hoy será», y lea _La
-Correspondencia_ por las noches con la esperanza de ver su nombre en
-ella.
-
---Te repito de una vez para siempre (deseando tener á mano una botella,
-tintero ó palmatoria que tirarle á la cabeza), que yo no espero nada, ni
-pienso que me colocarán jamás. En cambio estoy convencido de que tú, tú,
-que acabas de defraudar al Tesoro, tendrás el premio de tu gracia,
-porque así es el mundo, y así está la cochina Administración... ¡Dios
-mío! ¡que viva yo para ver estas cosas! (levantándose y llevándose las
-manos á la cabeza).
-
---Lo que tiene usted que hacer (con cierta fatuidad) es aprender de mí.
-
---¡Bonito modelo! No quiero oirte, no quiero verte ni en pintura...
-Adiós (marchándose y volviendo desde la puerta). Y ten entendido que yo
-no espero ni esto; que estoy conforme, que llevo con paciencia mi
-desgracia, y que no se me ocurre que me puedan colocar ahora, ni
-mañana, ni el siglo que viene... aunque buena falta nos hace. Pero...
-
---¿Pero qué?... (echándose á reir malignamente). Vamos, ¿á que le coloco
-yo á usted si me atufo?
-
---¡Tú... tú! ¡deberte yo á ti...!
-
-Y fué tal su indignación, que no quiso hablar más, temeroso de hacer un
-disparate, y pegando un portazo que estremeció la casa, huyó á su alcoba
-y arrojóse en la inquieta superficie de su camastro, como un desesperado
-al mar.
-
-Víctor se arrebujó en la manta, tratando de dormir; poro hallábase
-excitadísimo, más que por el altercado con su suegro, por la memoria de
-sucesos recientes, y no podía conciliar el sueño, no siendo tampoco
-extraña á esto fenómeno la dureza del banco en que reposaba. La luz
-menguó de tal manera después de media noche, que apenas alumbraba con
-incierto resplandor la estancia; y en el cerebro insomne y febril de
-Víctor, esta penumbra y el olor á comida fiambre que flotaba en la
-atmósfera, se confundían en una sola impresión desagradable. Examinó
-punto por punto el comedor, las paredes vestidas de papel, á trozos
-desgarrado, á trozos sucio. En algunos sitios, particularmente junto á
-las puertas, la crasitud marcaba el roce de las personas; en otros se
-veían impresas las manos de Luisito y aun los trazos de su artístico
-lápiz. El techo, ahumado en la proyección de la lámpara, tenía dos ó
-tres grietas, dibujando una inmensa M y quizás otras letras menos
-claras. En la pared, agujeros de clavos, de los cuales colgaron en otros
-tiempos láminas. Víctor recordaba haber visto allí un reloj, que nunca
-había dicho _esta campana es mía_, y señalaba siempre una hora
-inverosímil; también hubo antaño bodegones al cromo con sandías y
-melones despanzurrados. Láminas y reloj habían desaparecido, como carga
-que se arroja al mar para que el barco no zozobre. El aparador
-subsistía; pero ¡qué viejo y qué aburrido estaba, con sus vivos negros
-despintados, un cristal roto, caído el copete! Dentro de él se veían
-algunas copas boca abajo, vinagreras con frascos desiguales, un limón
-muy arrugado, un molinillo de café, latas mugrientas y algunas piezas de
-loza. La puerta que conducía al pasillo de la cocina estaba cubierta por
-un pesado portier de abacá, mugriento por el borde en que lo sobaban las
-manos, y con una claraboya en medio, que bien pudiera servir de torno.
-
-Cansado de mudar posturas, Víctor se incorporó en su lecho, que parecía
-un potro, y su desasosiego paró en desvarío mental. Le entraron ganas de
-explicarse consigo mismo, de deshacer con recriminaciones el nublado de
-su alma, y en voz no muy alta, pero perceptible, se expresó de este
-modo: «Esto es mío, estúpidos. Ratas de oficina, idos á roer
-expedientes. Yo valgo más que vosotros; en un día sé despabilar yo todo
-el trabajo del Negociado, correspondiente á un mes.
-
-Después se echó, asustado de su propio acento. Y al poco rato, los ojos
-cerrados, el ceño fruncido, reprodujo en su cerebro, como ciertos
-sonámbulos, el caso cuya reminiscencia no podía echar de sí.
-
-«Los consumos... ¡ah! los consumos. Son la más ingeniosa de las
-invenciones. ¡Pícaros pueblos! Por no pagar, son ellos capaces de
-venderse al diablo... ¡Y cómo les sabe á cuerno quemado la cuenta
-corriente que se los lleva! Y que á mí no me joraban. Al que me cerdee,
-le abraso vivo. ¡Ah! en la expedición de los apremios está el _quid_. Y
-como nunca falta un roto para un descosido, nada más fácil que ponerse
-de acuerdo con el interventor para formar la relación de apremios.
-¡Feliz el pueblo que se escabulle de la relación, aunque tenga dos
-semestres en descubierto!... Señor Alcalde, entendámonos. ¿Ustedes
-quieren respirar? Pues yo también necesito oxígeno. Todos somos hijos de
-Dios... Y tú, Hacienda, ¿por qué te amontonas? ¿No te salvé yo más de
-seis millones que mi antecesor dió por perdidos? Pues entonces, ¿á qué
-ese lloriqueo de mujer arratrada? Quien presta tan grandes servicios,
-¿no merece premio? ¿No hemos de ponernos á cubierto de la ingratitud del
-Estado, agradeciéndonos nosotros mismos nuestros leales servicios? La
-recompensa es el principio de la moralidad, es la aplicación de la
-justicia, del derecho, del _Jus_ á la Administración. Un Estado ingrato,
-indiferente al mérito, es un Estado salvaje... Lo que yo digo:
-dondequiera que hay el _haber_ de un servicio, hay el _debe_ de una
-comisión. Partida por partida, esto es elemental. Yo doy al Estado con
-una mano seis millones que andaban trasconejados, y alargo la otra para
-que me suelte mi comisión... ¡Ah! perro Estado, ladrón, indecente; ¿qué
-querías tú? ¿mamarte los millones y después dejarme asperges? ¡Ah!
-infame, eso habrías hecho si yo me descuido. Pues te juro que por listo
-que tú seas, más lo soy yo. Vamos de pillo á pillo. Y tú, contribuyente,
-¿por qué me pones hocico? ¿No ves que te defiendo? Pero para que tú
-respires es preciso que respire yo también. Si yo me ahogo, vendrá otro
-que te sacará el redaño.
-
-»¡Y ese estúpido Jefe, ese animal, ese bandido que en Pontevedra se
-merendó la suscripción para los náufragos y en Cáceres dejó en cueros á
-las viudas de los mineros muertos; ese que sería capaz de tragarse la
-Necrópolis con todos sus difuntos, quiere formarme expediente! Pero la
-comprobación es muy difícil, tunante, y si me pinchas, te denunciaré, te
-sacaré los trapitos á la calle, con datos, con fechas, con números. Yo
-tengo buenos amigos, y manos blancas que me defiendan... Eso es lo que
-tú no me perdonas... Te come la envidia. Y por eso te revuelves contra
-mí ahora, tomador, que no sirviendo para afanar relojes, te metiste á
-empleado».
-
-Y al cabo de un cuarto de hora, cuando parecía que había encontrado el
-sueño, soltó de improviso la risa, diciendo: «No me pueden probar nada.
-Pero aunque me lo probaran...» Por fin se durmió, y tuvo una pesadilla,
-semejante á otras que en los casos de agitación moral turbaban su
-descanso. Soñó que iba por una galería muy larga, inacabable, con
-paredes de espejos, que hasta lo infinito repetían su gallarda persona.
-Iba por aquel inmenso callejón persiguiendo á una mujer, á una dama
-elegante, la cual corría agitando con el rápido mover de sus pies la
-falda de crujiente seda. Cadalso le veía los tacones de las botas, que
-eran... ¡cascarones de huevo! Quién podía ser la dama, lo ignoraba; era
-la misma con quien soñara otra noche, y al seguirla, se decía que todo
-aquello era sueño, asombrándose de correr tras un fantasma, pero
-corriendo siempre. Por fin ponía la mano en olla, la dama se paraba y se
-volvía, diciéndole con voz muy ronca: «¿Por qué te empeñas en quitarme
-esta cómoda que llevo aquí?» En efecto, la dama llevaba en la mano una
-cómoda ¡de tamaño natural!, y la llevaba tan desahogadamente como si
-fuera un portamonedas. Entonces Víctor despertaba sintiendo sobre sí un
-peso tal que no podía moverse, y un terror supersticioso que no sabía
-relacionar ni con la cómoda, ni con la dama, ni con los espejos. Todo
-ello era estúpido y sin ningún sentido.
-
-Despierto, tenían más miga los sueños de Cadalso, porque toda la vida se
-la llevaba pensando en riquezas que no tenía, en honores y poder que
-deseaba, en mujeres hermosas, cuyas seducciones no le eran desconocidas,
-en damas elegantes y de alta alcurnia que con ardentísima curiosidad
-anhelaba tratar y poseer, y esta aspiración á los supremos goces de la
-vida le traía siempre intranquilo, vigilante y en acecho. Devorado por
-el ansia de introducirse en las clases superiores de la sociedad, creía
-tener ya en las manos un cabo y el primer nudo de la cuerda por donde
-otros menos audaces habían logrado subir. ¿Cuál era este nudo? Ved aquí
-un secreto que por nada del mundo revelaría Cadalso á sus vulgarísimos y
-apocados parientes los de Villaamil.
-
-
-
-
-XII
-
-
-Apareciósele muy temprano _la figura arrancada á un cuadro de Fra
-Angélico_, por otro nombre doña Pura, quien le acometió con el arma
-cortante de su displicencia, agravada por la mala noche que un
-dolorcillo de muelas le hizo pasar. «Ea, despejarme el comedor. Ve á
-lavarte á mi cuarto, que tenemos precisión de barrer aquí. Lárgate
-pronto si no quieres que te llenemos de polvo». Apoyaba esta admonición,
-de una manera más persuasiva, la segunda _Miau_, que se presentó escoba
-en mano.
-
---No se enfade usted, mamá. (Á doña Pura le cargaba mucho que su yerno
-la llamase _mamá_.) Desde que está usted hecha una potentada, no se la
-puede aguantar. ¡Qué manera de tratar á este infeliz!
-
---Eso es, búrlate... Es lo que te faltaba para acabar de conquistarnos.
-¡Y que tienes el don de la oportunidad! Siempre te descuelgas por aquí
-cuando estamos con el agua al cuello.
-
---¿Y si dijera que precisamente he venido creyendo ser muy oportuno? Á
-ver... ¿qué respondería usted á esto? Porque no conviene despreciar á
-nadie, querida mamá, y se dan casos de que el huésped molesto nos
-resulte Providencia de la noche á la mañana.
-
---Buena Providencia nos dé Dios (siguiéndole hacia el cuarto donde
-Víctor pensaba lavarse). ¿Qué quieres decir? ¿que vas á apretar la
-cuerda que nos ahorca?
-
---Tanto como está usted chillando ahí (con zalamería), y todavía soy
-hombre para convidarla á usted á palcos por asiento.
-
---Ninguna falta nos hacen tus palcos... ¡Ni qué has de convidar tú, si
-siempre te he conocido más arrancado que el Gobierno!
-
---Mamá, mamá, por Dios, no rebaje usted tanto mi dignidad. Y sobre todo,
-el que yo sea pobre no es motivo para que se dude de mi buen corazón.
-
---Déjame en paz. Ahí te quedas. Despacha pronto.
-
---Prefiero ver delante de mí el puñal del asesino á ver malas caras.
-(Deteniéndola por un brazo.) Un momento. ¿Quiere usted que pague mi
-hospedaje?
-
-Sacó su cartera en el mismo instante, y á doña Pura se le encandilaron
-los ojos viendo que abultaba y que el bulto lo hacía un grueso manojo de
-billetes de Banco.
-
---No quiero ser gravoso (dándole un billete de 100 pesetas). Tome usted,
-querida mamá, y no juzgue mis intenciones por la insuficiencia de mis
-medios.
-
---Pues no creas... (echando la zarpa al billete como si éste fuera un
-ratón), no creas que voy á llevar mi delicadeza hasta lo increíble,
-rechazando con indignación tu dinero, á estilo de teatro. No estamos
-ahora para escrúpulos ni para indignaciones cursis. Lo tomo, sí, lo
-tomo, y voy á pagar con él una deuda sagrada, y además, nos viene bien
-para...
-
---¿Para qué?
-
---Déjame á mí. ¿Quién no tiene sus secretillos?
-
---Y un hijo, un hijo cariñoso, ¿no merece ser depositario de esos
-secretos? Gracias por la confianza que merezco. Yo creí que me
-apreciaban más. Querida mamá, aunque usted no me considere de la
-familia, yo no puedo desprenderme de ella. Mándeme usted que no los
-quiera, y no obedeceré... En otra parte puedo entrar con indiferencia,
-poro en esta casa no; y cuando en ella noto síntomas de estrechez,
-aunque usted me lo prohiba, me tengo que afligir... (poniéndole
-cariñosamente la mano en el hombro). Simpática suegra, no me gusta que
-papá ande sin capa.
-
---¡Pobrecito!... y ¡qué le hemos de hacer!... Su situación viene siendo
-muy triste hace tiempo. La cesantía va estirando más de lo que creíamos.
-Sólo Dios y nosotras sabemos las amarguras que en esta casa se pasan.
-
---Menos mal si el remedio viene, aunque sea de la persona á quien no se
-estima (dándole otro billete de igual cantidad, que doña Pura se
-apresura á recoger).
-
---Gracias... No es que no te estimemos; es que tú...
-
---He sido malo, lo confieso (patéticamente); reconocerlo es señal de que
-ya no lo soy tanto. Tengo mis defectos como cada _quisque_; pero no soy
-empedernido, no está mi corazón cerrado á la sensibilidad, ni mi
-entendimiento á la experiencia. Yo seré todo lo malo que usted quiera;
-pero, en medio de mi perversidad, tengo una manía, vea usted... no
-tolero que esta familia, á quien tanto debo, pase necesidades. Me da por
-ahí... llámelo usted debilidad ó como quiera (dándole un tercer billete
-con gallardía generosa, sin mirar la mano que lo daba). Mientras yo gane
-un real, no consiento que el padre de mi pobre Luisa vista
-indecorosamente, ni que mi hijo ande desabrigado.
-
---Gracias, Víctor, gracias (entre conmovida y recelosa).
-
---No tiene usted por qué darme las gracias. No hay mérito ninguno en
-cumplir un deber sagrado. Se me ocurre que podría usted tomar hasta dos
-mil reales, porque no serán una ni dos las cosas que se han ido á
-Peñaranda.
-
---Rico estás... (con escama de si serían falsos los billetes).
-
---Rico, no... Ahorrillos. En Valencia se gasta poco. Se encuentra uno
-con economías sin notarlo. Y repito que si usted me habla de
-agradecimiento, me incomodo. Yo soy así. ¡He variado tanto! Nadie sabe
-la pena que siento al recordar los malos ratos que he dado á ustedes, y
-sobre todo á mi pobre Luisa (con emoción falsa ó verdadera, pero tan
-bien expresada, que á doña Pura se le humedecieron los ojos). ¡Pobre
-alma mía! ¡Que no pueda yo reparar los agravios que aquella santa
-recibió de mí! ¡Que no pueda yo resucitarla para que vea mi corazón
-mudado, aunque luego nos muriéramos los dos! (Dando un gran suspiro.)
-Cuando la muerte se interpone entro la culpa y el arrepentimiento, no
-tiene uno ni el amargo consuelo de pedir perdón á quien ha ofendido.
-
---¡Cómo ha de ser! No pienses ahora en cosas tristes. ¿Quieres otra
-toalla? Aguarda. Y si necesitas agua caliente, te la traeré volando.
-
---No; nada de molestarse por mí. Pronto despacho, y en seguida iré á
-traer mi equipaje.
-
---Pues si se te ocurre algo, llamas... La campanilla no hay quien la
-haga sonar. Te asomas á la puerta y me das una voz.
-
-Aquel hombre, que sabía desplegar tan variados recursos de palabra y de
-ingenio cuando se proponía mortificar á alguien, ya con feroz sarcasmo,
-ya hiriendo con delicada crueldad las fibras más irritables del corazón,
-entendía maravillosamente el arte de agradar, cuando entraba en sus
-miras. Á doña Pura no la cogían de nuevas las demostraciones insinuantes
-de su yerno; pero esta vez, sea porque fuesen acompañadas de la donación
-en metálico, sea porque Víctor extremara sus zalamerías, la pobre señora
-le tuvo por moralmente reformado ó en camino de ello siquiera. Corridas
-algunas horas, no pudo la _Miau_ ocultar á su cónyuge que tenía dinero,
-pues el disimular las riquezas era cosa enteramente incompatible con el
-carácter y los hábitos de doña Pura. Interrogóla Villaamil sobre la
-procedencia de aquellos que modestamente llamaba _recursos_, y ella
-confesó que se los había dado Víctor, por lo cual se puso D. Ramón muy
-sobresaltado, y empezó á mover la mandíbula con saña, soltando de su
-feroz boca algunos vocablos que asustarían á quien no le conociera.
-
---¡Pero qué simple eres!... Si no me ha dado más que una miseria. ¿Pues
-qué querías tú, que le mantenga yo el pico? Bonitos estamos para eso. Le
-he acusado las cuarenta... clarito, clarito. Si se empeña en estar aquí,
-que contribuya á los gastos de la casa. ¡Bah! ¡qué cosas dices! Que ha
-defraudado al Tesoro. Falta probarlo... serán cavilaciones tuyas. ¡Vaya
-usted á saber! Y en último caso, ¿es eso motivo para que viva á costa
-nuestra?
-
-Villaamil calló. Tiempo hacía que estaba resignado á que su señora
-llevase los pantalones. Era ya achaque antiguo que cuando Pura alzaba el
-gallo, bajase él la cabeza fiando al silencio la armonía matrimonial.
-Recomendáronle, cuando se casó, este sistema, que cuadraba
-admirablemente á su condición bondadosa y pacífica. Por la tarde volvió
-doña Pura á la carga, diciéndole: «Con este poco de barro hemos de tapar
-algunos agujeros. Ve pensando en hacerte ropa. Es imposible que consiga
-nada el que se presenta en los Ministerios hecho un mendigo, los tacones
-torcidos, el sombrero del año del hambre, y el gabán con grasa y flecos.
-Desengáñate: á los que van así nadie les hace caso, y lo más á que
-pueden aspirar es á una plaza en San Bernardino. Y como ahora te han de
-colocar, también necesitas ropa para presentarte en la oficina.
-
---Mujer, no me marees... No sabes el daño que me haces con esa confianza
-de que no participo; al contrario, yo nada espero.
-
---Pues sea lo que sea; si te colocan, porque sí, y si no, porque no,
-necesitas ropa. El traje es casi casi la persona, y si no te presentas
-como Dios manda, te mirarán con desprecio, y eres hombre perdido. Hoy
-mismo llamo al sastre para que te haga un gabán. Y el gabán nuevo pide
-sombrero, y el sombrero botas.
-
-Villaamil se asustó de tanto lujo; pero cuando Pura adoptaba el énfasis
-gubernamental, no había medio de contradecirla. Ni se le ocultaba lo
-bien fundado de aquellas razones, y el valor social y político de las
-prendas de vestir; y harto sabía que los pretendientes bien trajeados
-llevan ya ganada la mitad de la partida. Vino, pues, el sastre llamado
-con urgencia, y Villaamil se dejó tomar las medidas, taciturno y fosco,
-como si más que de gabán fuesen medidas de mortaja.
-
-Con la entrada del sastre, tuvieron Paca y su marido comidilla para todo
-el resto del día y parte de la noche.--¿No sabes, Mendizábal? Ha entrado
-también un sombrero nuevo. Desde que estamos en esta casa, y va para
-quince años, no he visto entrar más chisteras nuevas que la de hoy y la
-que estrenó D. Basilio Andrés de la Caña, el que vivió en el tercero, á
-los pocos días de venir Alfonso. ¿Será que va á haber revolución?
-
---No me extrañaría--dijo Mendizábal,--porque ese Cánovas ha perdido los
-papeles. El periódico dice que hay crisis.
-
---Debe de haberla, y será que van á subir los de D. Ramón. Tú, ¿quiénes
-son los del señor Villaamil?
-
---Los del Sr. Villaamil son las ánimas benditas... (echándose á reir).
-¿Conque cobertera nueva y ropa maja? Pues mira, mujer, en vista de ese
-lujo... asiático, voy á subir ahorita mismo con los recibos atrasados,
-por si pagan todo ó parte de lo que deben. Á esta gente es menester
-acecharla, para cogerla en el momento económico, ¿me entiendes?, en el
-ínterin, como quien dice, de tener dinero, que es ni visto ni oído.
-
-Miraba el memorialista á su perro, el cual parecía decirle con su
-expresiva geta: «Arriba, mi amo, y no se descuide, que ahora tienen
-guita. Vengo de allí y están como unas pascuas. Por más señas, que han
-traído un salchichón italiano, gordo como mi cabeza, y que huele á
-gloria divina».
-
-Subió, pues, Mendizábal, precedido del can. Casi siempre, cuando el
-portero se aparecía con aquellos fatídicos papeles en la mano, Villaamil
-temblaba sintiendo herida su dignidad en lo más vivo, y á doña Pura se
-le ponía la boca amarga, los labios descoloridos y el corazón rebosando
-congoja y despecho. Ambos, cada cual en la forma propia de su
-temperamento, alegaban razones mil para convencer á Mendizábal de lo
-bueno que sería esperar al mes siguiente. Por dicha suya, el hombre
-_gorilla_, aquel monstruo cuyas enormes manos tocarían el suelo á poco
-que la cintura se doblase; aquel tipo de transición zoológica en cuyo
-cráneo parecían verse demostradas las audaces hipótesis de Darwin, no
-ejercía con malos modos los poderes conferidos por el casero. Era, en
-suma, Mendizábal, con su fealdad digna de la vitrina de cualquier museo
-antropológico, hombre benévolo, indulgente, compasivo, que se hacía
-cargo de las cosas. Sentía lástima de la familia y verdadero afecto
-hacia Villaamil. No apremiaba sino en términos comedidos y amistosos, y
-al rendir cuentas al casero echaba por aquella boca horrenda, rascándose
-la oreja corta y chata, frases de intercesión misericordiosa en pro del
-inquilino atrasado _por mor_ de la cesantía. Y gracias á esto, el
-propietario, que no era de los más déspotas, aguardaba con triste y
-filosófica resignación.
-
-Cuando Villaamil y doña Pura no estaban en disposición de pagar, añadían
-á sus excusas algún oficioso párrafo con el memorialista, lisonjeándole
-y cayéndose del lado de sus aficiones. Decíale Villaamil: «¡Pero cuánto
-ha visto usted en este mundo, amigo Mendizábal, y qué de cosas habrá
-presenciado tan trágicas, tan interesantes, tan...!» Y el _gorilla_,
-abarquillando los recibos, contestaba: «La historia de España no se ha
-escrito todavía, amigo D. Ramón. Si yo plumeara mis memorias, vería
-usted...» Doña Pura extremaba aún más la adulación: «El mundo anda
-perdido. Mendizábal está en lo cierto: mientras haya libertad de cultos
-y eso que llaman el racionalismo...!» Total, que el portero se guardaba
-los recibos, y á la señora se le alegraban las pajarillas. Ya teníamos
-otro mes de respiro.
-
-Pero aquel día en que, por merced de la Providencia, les era dado pagar
-dos meses de los tres vencidos, ambos esposos rectificaron con cierta
-arrogancia aquel criterio de asentimiento. Villaamil habló con discreta
-autoridad de los ideales modernos, y doña Para, al verle embolsar los
-billetes, dijo: «Pero venga acá, Mendizábal, ¿para que tiene esas ideas?
-¿Y usted cree de buena fe que va á venir aquí D. Carlos con la
-Inquisición y todas esas barbaridades? Vamos, que es preciso estar
-(apuntando á la sien) de la jícara para creer eso...»
-
-Mendizábal les contestó con frases truncadas, mal aprendidas del
-periódico que solía leer, y se alejó refunfuñando. Contraste increíble:
-se iba de mal humor siempre que llevaba dinero.
-
-
-
-
-XIII
-
-
-Antes de proseguir, evoquemos la doliente imagen de Luisa Villaamil,
-muerta aunque no olvidada, en los días de esta humana crónica. Pero
-retrocediendo algunos años, la cogeremos viva. Vámonos, pues, al 68, que
-marca el mayor trastorno político de España en el siglo presente, y
-señaló además graves sucesos en los azarosos anales de la familia
-Villaamil.
-
-Contaba Luisa cuatro años más que su hermana Abelarda, y era algo menos
-insignificante que ella. Ninguna de las dos se podía llamar bonita; pero
-la mayor tenía en su mirada algo de _ángel_, un poco más de gracia, la
-boca más fresca, el cuello y hombros más llenos, y por fin, la
-aventajaba ligeramente en la voz, acento y manera de expresarse. Las
-escasas seducciones de entrambas no las realzaba una selecta educación.
-Se habían instruído en tres ó cuatro provincias distintas, cambiando de
-colegio á cada triquitraque, y sus conocimientos, aun en lo elemental,
-eran imperfectísimos. Luisa llegó á saber un francés macarrónico que
-apenas le consentía interpretar, sobando mucho el Diccionario, la primer
-página del _Telémaco_, y Abelarda llegó a farfullar dos ó tres polcas,
-martirizando las teclas del piano. De cuatro niñas y un varón, frutos
-del vientre de doña Pura, sólo se lograron aquellas dos; las demás crías
-perecieron á poco de nacer. Á principios de 1868, desempeñaba Villaamil
-el cargo de Jefe Económico en una capital de provincia de tercera clase,
-ciudad arqueológica, de corto y no muy brillante vecindario, famosa por
-su catedral, y por la abundante cosecha de desportillados pucheros é
-informes pedruscos romanos que al primer azadonazo salían del terruño.
-En aquel _pueblo de pesca_ pasó la familia de Villaamil la temporada
-triunfal de su vida, porque allí doña Pura y su hermana daban el tono á
-las costumbres elegantes y hacían lucidísimo papel, figurando en primera
-línea en el escalafón social. Cayó entonces en la oficina de Villaamil
-un empleadillo joven y guapo, de la clase de aspirantes con cinco mil
-reales, engendro reciente del caciquismo. Cómo fué á parar allí Víctor
-Cadalso, es cosa que no nos importa saber. Era andaluz, había estudiado
-parte de la carrera en Granada, se vino á Madrid sin blanca, y aquí,
-después de mil alternativas, encontró un padrinazgo de momio, que lo
-lanzó de un manotazo á la vida burocrática, como se puede lanzar una
-pelota. Á poco de entrar en las oficinas de aquella provincia, hízose
-muy de notar, y como tenía atractivos personales, lenguaje vivo y
-gracioso, buenas trazas para vestirse y desenvueltos modales, no tardó
-en obtener la simpatía y agasajo de la familia del jefe, en cuya sala
-(no hay manera de decir _salones_), bastante concurrida los domingos y
-fiestas de guardar, fué desde la primera noche astro refulgente. Nadie
-le igualaba en el donaire, generalmente equívoco, de la conversación, en
-improvisar pasatiempos ingeniosos, en dar sesiones de magnetismo,
-prestidigitación ó nigromancia casera. Recitaba versos imitando á los
-actores más célebres, bailaba bien, contaba todos los cuentos de
-Manolito Gázquez, y sabía, como nadie, entretener á las señoras y
-embobar á las niñas. Era el _lión_ de la ciudad, el número uno de los
-chicos elegantes, espejo de todos en finura, garbo y ropa. La alta
-sociedad se reunía alternativamente en la casa de Villaamil, en la del
-Brigadier gobernador militar, cuya esposa era una jamona de muchas
-campanillas, en la de cierto personaje, que era el cacique, agente
-electoral y déspota de la comarca; pero la casa en que había más
-refinamientos sociales era la de Villaamil, y las señoras de Villaamil
-las más encumbradas y vanagloriosas. La esposa del cacique tenía hijas
-casaderas, la Brigadiera no las tenía de ninguna edad, el Gobernador era
-célibe; de modo que las del Jefe Económico, las _cacicas_, la
-Gobernadora militar y la Alcaldesa, boticaria por añadidura, componían
-todo el mujerío distinguido de la localidad. Eran las dueñas del cotarro
-elegante, las que recibían incienso de aquella espiritada juventud
-masculina, con _chaquet_ y hongo, las que asombraban al pueblo
-presentándose en los Toros (dos veces al año) con mantilla blanca, las
-que pedían para los pobres en la catedral el Jueves Santo, las que
-visitaban al Obispo, las que daban el tono y recibían constantemente el
-homenaje tácito de la imitación. En aquellos tiempos le quedaban aún á
-Milagros algunos vestigios de su hermosa voz, mucha afinación y todo el
-compás. Todavía, haciéndose muy de rogar, casi casi á la fuerza, se
-acercaba al piano, y soltando las rebañaduras de su arte, les largaba
-allí un par de cavatinas que hacían furor. Los palmoteos se oían desde
-la cercana plaza de la Constitución, y las alabanzas duraban toda la
-noche, amenizando el baile y los juegos de prendas.
-
-Ornamento de esta sociedad fué, desde que en ella se introdujo, Víctor
-Cadalso, artista social digno de teatro mejor, y no con las facultades
-marchitas como las de Milagros, sino en la plenitud de su poder y
-lozanía. Por esto sucedió lo que debía suceder, que Luisa se prendó del
-aspirante repentina y locamente, desde la primera noche que se vieron,
-con ese amor explosivo en que los corazones parece que están llenos de
-pólvora cuando los traspasa la inflamada flecha. Esto suele ocurrir en
-las clases populares y en las sociedades primitivas, y pasa también
-alguna vez en el seno del vulgo infatuado y sin malicia, cuando cae en
-él, como rayo enviado del cielo, un ser revestido de apariencias de
-superioridad. La pasión súbita de Luisa Villaamil fué tan semejante á la
-de Julieta, que al día siguiente de hablarle por primera vez, no habría
-vacilado en huir con Víctor de la casa paterna, si él se lo hubiera
-propuesto. Siguieron al flechazo unos amoríos furibundos. Luisa perdió
-el sueño y el apetito. Había carteo dos ó tres veces al día y telégrafos
-á todas horas. Por la noche espiaban la coyuntura de verse á solas,
-aunque fuese breves momentos. La enamorada chica contaba sus tristezas y
-sus alegrones á la luna, á las estrellas, al gato, al jilguero, á Dios y
-á la Virgen. Hallábase dispuesta, si la ley de su amor se lo exigía, á
-cualquier género de heroicidad, al martirio. Doña Pura no tardó en
-contrariar aquellos amores, porque soñaba con el ayudante del Brigadier
-para yerno; y Villaamil, que empezó á columbrar en el carácter de Víctor
-algo que no le agradaba, hubo de gestionar con el cacique para que le
-trasladasen á otra provincia. Los amantes, guiados por la perspicacia
-defensiva que el amor, como todo gran sentimiento, lleva en sí,
-olfatearon el peligro, y ante el enemigo se juraron fidelidad eterna,
-resolviendo ser dos en uno, y antes morir que separarse, con todo lo
-demás que en estos apretados lances se acostumbra. El delirio les
-extraviaba, y la oposición les precipitó á estrechar de tal modo sus
-lazos, que nadie fuera poderoso á desatarlos. En resolución, que el amor
-se salió con la suya, como suele. Trinaron los señores de Villaamil;
-pero, pensándolo bien, ¿qué remedio quedaba más que arreglar aquel
-desavío como se pudiese?
-
-Luisa era toda sensibilidad, afecto y mimo; un ser desequilibrado,
-incapaz de apreciar con sentido real las cosas de la vida. Vibraban en
-ella el dolor y la alegría con morbosa intensidad. Tenía á Víctor por el
-más cabal de los hombres, se extasiaba en su guapeza y era completamente
-ciega para ver las jorobas de su carácter. Los seres y las acciones eran
-como hechuras de su propia imaginación, y de aquí su fama de escaso
-mundo y discernimiento. Fue padrino del bodorrio el cacique, y su regalo
-sacarle á Víctor una credencial de ocho mil, lo que agradecieron mucho
-D. Ramón y su mujer, pues una vez incorporado Cadalso á la familia, no
-había más remedio que empujarle y hacer de él un hombre. Á poco estalló
-la Revolución, y Villaamil, por deber aquel destino á un íntimo de
-González Brabo, quedó cesante. Víctor tuvo aldabas y atrapó un ascenso
-en Madrid. Toda la familia se vino por acá, y entonces empezaron de
-nuevo las escaseces, porque Pura había tenido siempre el arte de no
-ahorrar un céntimo, y una gracia especial para que la paga de primero de
-mes hallase la bolsa más limpia que una patena.
-
-Volviendo á Luisa, sépase que, comido el pan de la boda, seguía
-embelesada con su marido, y que éste no era un modelo. La infeliz niña
-vivía en ascuas, agrandando cavilosamente los motivos de su pena; le
-vigilaba sin descanso, temerosa de que él partiese en dos su cariño ó se
-lo llevase todo entero fuera de casa. Entonces empezaron las
-desavenencias entre suegros y yerno, enconadas por enojosas cuestiones
-de interés. Luisa pasaba las horas devorada por ansias y sobresaltos sin
-fin, espiando á su marido, siguiéndole y contándole los pasos de noche.
-Y el truhán, con aquella labia que Dios le dió, sabía desarmarla con una
-palabrita de miel. Bastaba una sonrisa suya para que la esposa se
-creyese feliz, y un monosílabo adusto para que se tuviera por
-inconsolable. En Marzo del 69 vino al mundo Luisito, quedando la madre
-tan desmejorada y endeble, que desde entonces pudieron, los que
-constantemente la veían, augurar su cercano fin. El niño nació
-raquítico, expresión viva de las ansias y aniquilamiento de su madre.
-Pusiéronle ama, sin ninguna esperanza de que viviera, y estuvo todo el
-primer año si se va ó no se va. Y por cierto que trajo suerte á la
-familia, pues á los seis días de nacido, dieron al abuelo un destino con
-ascenso, en Madrid, y de este modo pudo doña Pura bandearse en aquel
-golfo de trampas, imprevisión y despilfarro. Víctor se enmendó algo.
-Cuando ya su mujer no tenía remedio, mostróse con ella cariñoso y
-solícito. Padecía la infeliz accesos de angustiosa tristeza ó de alegría
-febril, cuyo término era siempre un ataque de hemoptisis. En el último
-período de su enfermedad, el cariño á su marido se le recrudeció en
-términos que parecía haber perdido la razón, y cuando él no estaba
-presente, llamábale á gritos. Por una de esas perversiones del
-sentimiento que no se explican sin un desorden cerebral, su hijo llegó á
-serle indiferente; trataba á sus padres y á su hermana con esquiva
-sequedad. Toda la atención de su alma era para el ingrato, para él todos
-sus acentos de amor, y sus ojos habían eliminado cuantas hermosuras
-existen en el mundo moral y físico, quedándose tan sólo con las que su
-exaltada pasión fantaseaba en él.
-
-Villaamil, que conocía la incorrecta vida de su yerno fuera de casa,
-empezó á tomarle aborrecimiento; Pura, más conciliadora, dejábase
-engatusar por las traidoras palabras de Cadalso, y á condición de que
-éste tratara con piedad y buenos modos á la pobre enferma, se daba por
-satisfecha y perdonaba lo demás. Por fin, la demencia, que no otro
-nombre merece, de la infortunada Luisa tuvo fatal término en una noche
-de San Juan. Murió llorando de gratitud porque su marido la besaba
-ardientemente y le decía palabras amorosas. Aquella mañana había sufrido
-un ataque de perturbación mental más fuerte que los anteriores, y se
-arrojó del lecho pidiendo un cuchillo para matar á Luis. Juraba que no
-era hijo suyo, y que Víctor le había traído á la casa en una cesta,
-debajo de la capa. Fué aquel día de acerbo dolor para toda la familia,
-singularmente para el buen Villaamil que, sin ruidoso duelo exterior,
-mudo y con los ojos casi secos, se desquició y desplomó interiormente,
-quedándose como ruina lamentable, sin esperanza, sin ilusión ninguna de
-la vida; y desde entonces se le secó el cuerpo hasta momificarse, y fué
-tomando su cara aquel aspecto de ferocidad famélica que le asemejaba á
-un tigre anciano é inútil.
-
-La necesidad de un sueldo que permitiese economías, le lanzó á colocarse
-en Ultramar. Fué con un regular destino, de los que proporcionan buenas
-obvenciones, y regresó á los dos años con algunos ahorros, que se
-deshicieron pronto como granos de sal en la mar sin fondo de la
-administración de doña Pura. Emprendió segundo viaje con mejor empleo;
-pero tuvo no sé qué cuestiones con el Intendente, y volvió para acá en
-los aciagos días de los cantonales. El Gobierno presidido por Serrano
-después del 3 de Enero del 74 le mandó á Filipinas, donde se las
-prometía muy felices; pero una cruel disentería le obligó á embarcarse
-para España sin ahorros, y con el propósito firme de desempeñar la
-portería de un Ministerio antes que pasar otra vez el charco. No le fué
-difícil volver á Hacienda, y vivió tres años tranquilo, con poco sueldo,
-siendo respetado por la Restauración, hasta que en hora fatídica le
-atizaron un _cese_ como una casa. Y el tremendo anatema cayó sobre él
-cuando sólo le faltaban dos meses para jubilarse con los cuatro quintos
-del sueldo regulador, que era el de Jefe de Administración de tercera.
-Acudió al Ministro, llamó á distintas puertas; todas las intercesiones
-fueron solicitadas sin éxito. Poco á poco sucedió á la molesta escasez
-la indigencia descarnada y aterradora; los recursos se concluían, y se
-agotaron también los medios extraordinarios y arbitristas de sostener á
-la familia.
-
-Llegó por último la etapa dolorosísima para un hombre delicado como
-Villaamil, de tener que llamar á la puerta de la amistad implorando
-socorro ó anticipo. Había él prestado en mejor tiempo servicios de tal
-naturaleza á algunos que se los agradecieron y á otros que no. ¿Por qué
-no había de apelar al mismo sistema? Sobre todo, no podía discutirse si
-estas postulaciones eran ó no decorosas. El que se quema no se pone á
-considerar si es conveniente ó no sacudir los dedos. El decoro era ya
-nombre vano, como la inscripción impresa en la etiqueta de una botella
-vacía. Poco á poco se gasta la vergüenza, como se gasta el diente de una
-lima, y las mejillas pierden la costumbre de colorearse. El desgraciado
-cesante llegó á adquirir maestría terrible en el arte de escribir cartas
-invocando á la amistad. Las redactaba con amplificaciones patéticas, y
-en un estilo que parecía oficial, algo parecido á los preámbulos de las
-leyes en que se anuncia al país aumento de contribución, verbigracia:
-«Es muy sensible para el Gobierno tener que pedir nuevos sacrificios al
-contribuyente...» Tal era el patrón, aunque el texto fuera otro.
-
-
-
-
-XIV
-
-
-Para completar las noticias biográficas de Víctor, importa añadir que
-tenía una hermana llamada Quintina, esposa de un tal Ildefonso Cabrera,
-empleado en el ferrocarril del Norte, buenas personas ambos, aunque algo
-extravagantes. Faltándoles hijos, Quintina deseaba que su hermano le
-encomendase la crianza de Luis, y quizás lo habría conseguido sin las
-desavenencias graves que surgieron entre Víctor y su hermano político,
-por cuestiones relacionadas con la mezquina herencia de los hermanos
-Cadalso. Tratábase de una casa ruinosa y sin techo en el peor arrabal de
-Vélez-Málaga, y sobre si el tal edificio correspondía á Quintina ó á
-Víctor, hubo ruidosísimas querellas. La cosa era clara, según Cabrera,
-y para probar su diafanidad, no inferior á la del agua, puso el asunto
-en manos de la curia, la cual, en poco tiempo, formó sobre él un mediano
-monte de papel sellado. Todo para demostrar que Víctor era un pillo, que
-se había adjudicado indebidamente la valiosa finca, vendiéndola y
-guardándose su importe. El otro lo echaba á broma, diciendo que el
-producto de su fraude no le había alcanzado para un par de botas. Á lo
-que respondía Ildefonso que no era por el huevo, sino por el fuero; que
-no le incomodaba la pérdida material, sino la frescura de su cuñado; y
-por esta y otras razones le llegó á cobrar odio tan profundo, que
-Quintina temblaba por Víctor cuando éste iba á la casa. Cabrera tenía el
-genio tan atropellado, que un día por poco descarga sobre Víctor los
-seis tiros de su revólver. La hermana de Cadalso deseaba que el pleito
-se transigiera y concluyesen aquellas enojosas cuestiones; y cuando su
-hermano fué á verla, á los pocos días de llegar de Valencia
-(aprovechando la ocasión en que la fiera de Ildefonso recorría el trozo
-de línea de que era inspector), le propuso esto: «Mira, si me das á tu
-Luis, yo te prometo desarmar á mi marido, que desea tanto como yo tener
-al niño en casa». Trato inaceptable para Víctor, que aunque hombre de
-entrañas duras, no osaba arrancar al chiquillo del poder y amparo de sus
-abuelos. Quintina, firme en su pretensión, argumentaba: «¿Pero no ves
-que esa gente te lo va á criar muy mal? Lo de menos serían los resabios
-que ha de adquirir; pero es que le hacen pasar hambres al ángel de Dios.
-Ellas no saben cuidar criaturas ni en su vida las han visto más gordas.
-No saben más que suponer y pintar la mona; ni se ocupan más que de si
-tal artista cantó ó no cantó como Dios manda, y su casa parece un
-herradero».
-
-Aunque se trataban las _Miaus_ y Quintina, no se podían ver ni en
-pintura, porque la de Cadalso, que era una buena mujer (con lo cual
-dicho se está que no se parecía á su hermano), tenía el defecto de ser
-excesivamente curiosa, refistolera, entrometida, olfateadora. Al visitar
-á las Villaamil, no entraba en la sala, sino que se iba de rondón al
-comedor, y más de una vez hubo de colarse en la cocina y destapar los
-pucheros para ver lo que en ellos se guisaba. Á Milagros, con esto, se
-la llevaban los demonios. Todo lo preguntaba Quintina, todo lo quería
-averiguar y en todo meter sus ávidas narices. Daba consejos que no le
-pedían, inspeccionaba la costura de Abelarda, hacía preguntas capciosas,
-y en medio de su cháchara impertinente, se dejaba caer con alguna
-reticencia burlona, como quien no dice nada.
-
-Á Cadalsito le quería con pasión. Nunca se iba de casa sin verle, y
-siempre le llevaba algún regalillo, juguete ó prenda de vestir. Á
-veces, se plantaba en la escuela y mareaba al maestro preguntándole por
-los adelantos del rapaz, á quien solía decir: «No estudies, corazón, que
-lo que quieren es secarte los sesitos. No hagas caso; tiempo tienes de
-echar talento. Ahora come, come mucho, engorda y juega, corre y
-diviértete todo lo que te pida el cuerpo». En cierta ocasión, observando
-á las _Miaus_ bastante tronadas, les propuso que le dieran el chico;
-pero doña Pura se indignó tanto de la propuesta, que Quintina no hubo de
-plantearla más sino en broma. Al bajar de la visita, echaba siempre una
-parrafada con los memorialistas á fin de sonsacarles mil menudencias
-sobre los del cuarto segundo; si pagaban ó no la casa, si debían mucho
-en la tienda (aunque este conocimiento lo solía beber en más limpias
-fuentes), si volvían tarde del teatro, si la _sosa_ se casaba al fin con
-el _gilí_ de Ponce, si había entrado el zapatero con calzado nuevo... En
-fin, que era una moscona insufrible, un fiscal pegajoso y un espía
-siempre alerta.
-
-Eran sus costumbres absolutamente distintas de las de sus víctimas. No
-frecuentaba el teatro, vivía con orden admirable, y su casa de la calle
-de los Reyes era lo que se dice una tacita de plata. Físicamente, valía
-Quintina menos que su hermano, que se llevó toda la guapeza de la
-familia; era graciosa, mas no bella; bizcaba de un ojo, y la boca pecaba
-de grande y deslucida, aunque la adornase perfecta dentadura. Vivía el
-matrimonio Cabrera pacíficamente y con desahogo, pues además del sueldo
-de inspector, disfrutaba Ildefonso las ganancias de un tráfico hasta
-cierto punto clandestino, que consistía en traer de Francia objetos para
-el culto y venderlos en Madrid á los curas de los pueblos vecinos y aun
-al clero de la Corte. Todo ello era género barato, de cargazón, producto
-de la industria moderna que no pierde ripio, y sabe explotar la penuria
-de la Iglesia en los difíciles tiempos actuales. Cabrera tenía sus
-socios en Hendaya y entendíase con ellos, llevándoles telas,
-cornucopias, plata de ley, algún cuadro y otras antiguallas substraídas
-á las fábricas de los templos de Castilla, un día opulentos y hoy
-pobrísimos. El toque de este comercio estaba, según indicaciones
-maliciosas, en que al ir y venir pasaban las mercancías la frontera
-francas de derechos; pero esto no se ha comprobado. De ordinario, la
-quincalla eclesiástica que Cabrera introducía (objetos de latón dorado,
-todo falso, frágil, pobre y de mal gusto) era tan barata en los centros
-de producción y se vendía tan bien aquí, que soportaba sin dificultad el
-sobreprecio arancelario. En otras épocas, cuando empezaba este negocio,
-solía Quintina introducirse en la sacristía de cualquier parroquia con
-un bulto bajo el mantón, como quien va á pasar matute, y susurrar al
-oído del ecónomo: «¿Quieren ustedes ver un cáliz que da la hora? Y se
-pasmarán los señores del precio. La mitad que el género Meneses...» Pero
-en breve la señora renunció al papel de chalana, y recibió en su casa á
-los clérigos de Madrid y pueblos inmediatos. Últimamente importaba
-Cabrera enormes partidas de estampitas para premios ó primera comunión,
-grandes cromos de los dos Sagrados Corazones, y por fin, agrandando y
-extendiendo el negocio, trajo surtidos de imágenes vulgarísimas, los San
-Josés por gruesas, los niños Jesús y las Dolorosas á granel y en
-variados tamaños, todo al estilo devoto francés, muy relamido y
-charolado, doraditas las telas á la bizantina, y las caras con chapas de
-rosicler, como si en el cielo se usara ponerse colorete. No sé si
-consistía en el trato familiar con las cosas santas ó en una disposición
-de carácter el que Quintina fuera radicalmente escéptica. Lo cierto es
-que cumplía yendo á misa de Pascuas á Ramos y rezando un poco, por añeja
-rutina, al acostarse. Y nada de hociqueos con sacerdotes, como no fuera
-para encajarles el _artículo_ ó sonsacarles alguna casulla vieja de
-brocado, hecha un puro jirón.
-
-Cadalsito iba de tiempo en tiempo á casa de la de Cabrera y se
-embelesaba contemplando las estampas. Cierto día vió un Padre Eterno, de
-luenga y blanca barba, en la mano un mundo azul, imagen que le
-impresionó mucho. ¿Se derivaba de esto el fenómeno extrañísimo de sus
-visiones? Nadie lo sabe; nadie quizás lo sabrá nunca. Pero, á lo mejor,
-prohibióle su abuela volver á la casa aquella repleta de santos,
-diciéndole: «Quintina es una picarona que te nos quiere robar para
-venderte á los franceses». Cadalsito cogió miedo, y no volvió á parecer
-por la calle de los Reyes.
-
-Tampoco Villaamil tragaba á Ildefonso, que era atrozmente sincero en la
-emisión de sus opiniones, desconsiderado y á veces groserote. En otro
-tiempo iban á la misma tertulia de café; pero desde que Cabrera dijo que
-el planteamiento del _income tax_ en España era un desatino, y que tal
-cosa no se le ocurría á nadie que tuviera sesos, Villaamil le tomó
-ojeriza. Se encontraban... saludo al canto, y hasta otra. Doña Pura
-reservaba para Cabrera motivos de odio más graves que aquel criterio
-despiadado sobre el _income tax_. En jamás de los jamases les había
-obsequiado aquel _tío_ con billetes á mitad de precio para una
-excursioncita veraniega. Víctor hablaba perrerías de su cuñado,
-vengándose de los malos ratos que el otro le hacía pasar con exhortos,
-notificaciones y comparecencias. Para Víctor era de rúbrica que Cabrera
-burlaba el rigor de la Aduana en sus traídas de material eclesiástico y
-exportaciones de guiñapos artísticos. Y no sólo robaba al Estado, sino á
-la empresa, porque en los comienzos del negocio confiaba sus paquetes á
-los conductores, y después, cuando aquéllos se trocaron en voluminosas
-cajas y no quiso exponerse á un réspice de los jefes, facturaba, sí,
-pero aplicando á sus mercancías de lujo la tarifa de _envases de
-retorno_ ó maderas de construcción. En sus declaraciones de Aduanas
-había cosas muy chuscas. «¿Cómo creen ustedes que declaró una caja llena
-de San Josés?--decía Víctor.--Pues la declaró _piedras de chispa_». Como
-él hacía favores á los vistas, éstos le pasaban aquellos manifiestos
-incongruentes; y los incensarios de bronce, ¿qué eran?... _ferretería
-ordinaria_; ¿y los ternos de tela barata?... _paraguas sin armar y
-corsés en bruto_.
-
-
-
-
-XV
-
-
-En los días subsiguientes, Pura saldó algunas cuentas de las que más la
-agobiaban; trajo á casa diversas prendas de ropa de las más
-indispensables, y en la mesa restableció el trato de los días felices.
-La _pudorosa Ofelia_ se pasaba las horas muertas en la cocina, pues
-insensiblemente iba tomando afición al arte de Vatel, tan distinto
-¡María Santísima! del de Rossini, y sentía verdadero goce espiritual en
-perfeccionarse en él, lanzándose á inventar ó componer algún plato.
-Cuando había provisiones, ó, si se quiere, asunto artístico, la
-inspiración se encendía en ella, y trabajaba con ahinco, entonando á
-media voz por añeja costumbre y con afinación perfecta, algún tiernísimo
-fragmento, como el _moriamo insieme, ah! sí, moriamo_...
-
-Todas las noches que las _Miaus_ no iban á la ópera, la sala llenábase
-de gente. _Aliquando_, la espléndida doña Pura obsequiaba á los actores
-con dulces y pastas, lo que hacía creer á la tertulia que Villaamil
-estaba ya colocado ó al menos con un pie dentro de la oficina. La
-combinación, sin embargo, no acababa de salir, porque el Ministro, harto
-de recomendaciones y compromisos, no se resolvía á darle la última mano.
-Crecía, pues, en la familia la incertidumbre y Villaamil hundíase más y
-más en su estudiado pesimismo, llegando al extremo de decir: «Antes
-veremos salir el sol por Occidente que á mí entrar en la oficina».
-
-Desde el segundo día de su llegada, Víctor no se recataba de nadie.
-Entraba y salía con libertad; pasaba á la sala á las horas de tertulia,
-pero sin echar raíces en ella, porque tal sociedad le era atrozmente
-antipática. Desarmada Pura por la generosidad de su hijo político, se
-compadeció de verle dormir en el duro sofá del comedor, y por fin
-convinieron las tres _Miaus_ en ponerle en la habitación de Abelarda,
-previa la traslación de ésta á la de su tía Milagros, que era la de
-Luisito. La _pudorosa Ofelia_ se fué á dormir á la alcoba de su hermana,
-en angostísimo catre. Á D. Ramón no le supieron bien estos arreglos,
-porque lo que él desearía era ver salir á su yerno á cajas destempladas.
-En la Dirección de Contribuciones, su amigo Pantoja le había dicho que
-Víctor pretendía el ascenso, y que tenía un expediente cuya resolución
-podía serlo funesta si algún padrino no arrimaba el hombro. Era cosa de
-la Administración de Consumos, ó irregularidades descubiertas en la
-cuenta corriente que Cadalso llevaba con los pueblos de la provincia.
-Parecía que en la relación de apremios no figuraban algunos pueblos de
-los más alcanzados, y se creía que Cadalso obraba en connivencia con los
-alcaldes morosos. También dijeron á Villaamil que el reparto de
-consumos, propuesto en el último semestre por Víctor, estaba hecho de
-tal modo que _saltaba á la vista_ el chanchullo y que el jefe no había
-querido aprobarlo.
-
-De estas cosas no habló Villaamil ni una palabra con su yerno. En la
-mesa, el primero estaba siempre taciturno y Cadalso muy decidor, sin
-conseguir interesar vivamente en lo que decía á ninguno de la familia.
-Con Abelarda echaba largos parlamentos, si por acaso se encontraban
-solos ó en el acto interesante de acostar á Luis. Gustaba el padre de
-observar el desarrollo del niño y vigilar su endeble salud, y una de las
-cosas en que principalmente ponía cuidado era en que le abrigaran bien
-por las noches y en vestirle con decencia. Mandó que se le hiciera
-ropa, lo compró una capita muy mona y traje completo azul con medias del
-mismo color. Cadalsito, que era algo presumido, no podía menos de
-agradecer á su papá que le pusiera tan majo. Pero en lo tocante a ropa
-nueva, nada es comparable al lujo que desplegó en su persona el mismo
-Víctor al poco tiempo de llegar á Madrid. Cada día traíale el sastre una
-prenda flamante, y no era ciertamente su sastre como el de Villaamil, un
-_artista_ de poco más ó menos, casi de portal, sino de los más afamados
-de Madrid. ¡Y que no lucía poco la gallarda figura de Víctor con aquel
-vestir correcto y airoso, no exento de severidad, que es el punto y filo
-de la verdadera elegancia, sin cortes ni colores llamativos! Abelarda le
-observaba con disimulo, solapadamente, admirando y reconociendo en él al
-mismo hombre excepcional que algunos años antes le sorbió el seso á su
-desgraciada hermana, y sentía en su alma depósito inmenso de indulgencia
-hacia el joven tan vivamente denigrado por toda la familia. Aquel
-depósito parecía pequeño mientras no se veía de él sino la mal explorada
-superficie; pero luego, cavando, cavando, se veía que era inagotable,
-quizás infinito, como grande y riquísima cantera. ¡Y qué vetas purpúreas
-se encontraban en la masa; qué ráfagas brillantes; algo como venas
-henchidas de sangre ó como el material de las piedras preciosas
-derretido y consolidado por los siglos en el seno de la tierra! La
-indulgencia se le subía del corazón al pensamiento en esta forma: «No,
-no puede ser tan malo como dicen. Es que no le comprenden, no le
-comprenden».
-
-La idea de no ser comprendido la había expresado Víctor muchas veces, no
-sólo en aquella temporada, sino en otra más antigua, dos años antes,
-cuando pasó algunos meses con la familia. ¿Cómo habían de comprender las
-pobres cursis á un ser de esfera ó casta superior á la de ellas por la
-figura, los modales, las ideas, las aspiraciones y hasta por los
-defectos? Abelarda retrocedía con la imaginación á los tiempos pasados,
-y estudiando sus sentimientos con respecto á Víctor, se reconocía
-poseedora de ellos aun en vida de la pobre Luisa. Cuando todos en la
-casa hablaban pestes de él, Abelarda consolaba á su hermana con
-especiosas defensas del pérfido ó volviendo por pasiva sus faltas. «No
-tiene Víctor la culpa de que todas las mujeres le quieran», solía decir.
-
-Muerta su hermana, Abelarda siguió admirando en silencio al viudo.
-Cierto que había dado disgustos y jaquecas sin fin á la difunta; pero
-ello consistía en la fatalidad de su buena figura. Sin saber cómo, á
-veces por delicadeza, se veía cogido en lazos amorosos ó en trampas que
-le tendían las picaras mujeres. Pero tenía buen fondo; con la edad
-sentaría un poco la cabeza, y sólo necesitaba una mujer de corazón y de
-temple que le sujetase, combinando el cariño con la severidad. La
-desdichada Luisa no servía para el caso. ¿Cómo había de practicar este
-difícil régimen una mujer que por cualquier motivo fútil se echaba á
-llorar; una mujer que en cierta ocasión cayó con un síncope porque su
-marido, al entrar en casa, traía el lazo de la corbata hecho de manera
-muy distinta de como ella se lo hiciera al salir?
-
-En los días de este relato, costábale á la insignificante gran esfuerzo
-el disimular la turbación que su cuñado producía en ella al dirigirle la
-palabra. Á veces un gozo íntimo y bullicioso, con inflexiones de
-travesura, le retozaba en el corazón, como insectillo parásito que
-anidase en él y tuviera crías; á veces era una pena gravativa que la
-agobiaba. En toda ocasión sus respuestas eran vacilantes, desentonadas,
-sin gracia ninguna.
-
---¿Pero es de veras que te casas con ese pájaro frito de Ponce?--le dijo
-él una noche, cuando apostaba al pequeño.--Buena boda, hija. ¡Qué
-envidia te tendrán tus amigas! No á todas les cae esa breva.
-
---Déjame á mí... tonto, mala persona.
-
-Otra noche, demostrando vivo interés por la familia, Víctor le indicó:
-«Mira, Abelarda, no esperes que coloquen á tu papá. La combinación está
-hecha, pero no se publica todavía. No va en ella. Me lo han dicho
-reservadamente. Ya comprenderás cuánto lo deploro. ¡El pobre señor tan
-lleno de ilusiones!... porque, aunque él diga que no espera nada, no
-hace otra cosa el infeliz. Cuando se desengañe recibirá un golpe
-tremendo. Pero no tengas cuidado; mi ascenso es seguro, tengo mejor
-arrimo que tu padre, y como he de quedarme en Madrid, no os abandonaré;
-ten por cierto que no. Os he dado muchos disgustos, y mi conciencia
-necesita descargarse. Por mucho que haga en beneficio vuestro, no
-acabaré de quitarme este peso.
-
---No, no es malo--pensaba Abelarda reconcentrándose en sus
-cavilaciones.--Y todo eso que dice de que no cree en Dios es música,
-guasa, por divertirse conmigo y hacerme rabiar. Porque eso sí; echa por
-aquella boca cosas muy extrañas, que no se le ocurren á nadie. No es
-malo, no; es travieso, y tiene mucho talento, pero mucho. Sólo que no le
-sabemos entender.
-
-En lo de no ser entendido insistía Víctor siempre que venía á pelo.
-«Mira tú, Abelarda, esto que te digo no debiera parecerte á ti una
-barbaridad, porque tú me comprendes algo; tú no eres vulgo, ó al menos
-no lo eres del todo, ó vas dejando de serlo».
-
-Á solas se descorazonaba la pobre joven, achicándose con implacable
-modestia. «Sí, por más que él diga que no, vulgo soy, y ¡qué vulgo Dios
-mío! De cara... psh; soy insignificante; de cuerpo no digamos; y aunque
-algo valiera, ¿cómo había de lucir mal vestida, con pingos aprovechados,
-compuestos y vueltos del revés? Luego soy ignorantísima; no sé nada, no
-hablo más que tonterías y vaciedades, no tengo salero ninguno. Soy una
-calabaza con boca, ojos y manos. ¡Qué pánfila soy, Dios mío, y qué
-sosaina! ¿Para qué nací así?»
-
-
-
-
-XVI
-
-
-Siempre que Víctor entraba en la casa, mirábale Abelarda cual si llegase
-de regiones sociales muy superiores. En su andar lo mismo que en sus
-modales, en su ropa lo mismo que en su cabellera, traía Víctor algo que
-se despegaba de la pobre vivienda de las _Miaus_, algo que reñía con
-aquel hogar destartalado y pedestre. Y las entradas y salidas de Cadalso
-eran muy irregulares. Á menudo comía de fonda con sus amigos; iba al
-teatro un día sí y otro también; y hasta se dió el caso de pasarse toda
-la noche fuera. No siempre estaba de buen talante; tenía rachas de
-tristeza, durante las cuales no se le sacaba palabra en todo el día.
-Pero otros estaba muy parlanchín, y como sus suegros no le hacían
-maldito caso, despachábase con su hermana política. Los ratos de plática
-á solas, no eran muchos; pero él sabía aprovecharlos, conociendo el
-dinamismo de su persona y de su conversación sobre el turbado espíritu
-de la insignificante.
-
-Luisito andaba malucho, llegando su desazón al punto de guardar cama:
-doña Pura y Milagros fueron aquella noche al Real, Villaamil al café, en
-busca de noticias de la combinación, y Abelarda se quedó cuidando al
-chiquillo. Cuando menos lo pensaba, llaman á la puerta. Era Víctor, que
-entró muy gozoso, tarareando un tango zarzuelero. Enteróse de la
-enfermedad de su hijo, que ya estaba durmiendo, le oyó respirar,
-reconoció que la fiebre, caso de haberla, era levísima, y después se
-puso á escribir cartas en la mesa del comedor. Su cuñada le vigilaba con
-disimulo; dos ó tres veces pasó por detrás de él fingiendo tener que
-trastear algo en el aparador, y echando furtiva ojeada sobre lo que
-escribía. Carta de amores era sin duda por lo larga, por lo metido de la
-letra y por la febril facilidad con que Víctor plumeaba. Pero no pudo
-sorprender ni una frase ni una sílaba. Concluida la misiva, Cadalso
-trabó conversación con la joven, que salió á coser al comedor.
-
---Oye una cosa--le dijo, apoyando el codo en la mesa y la cara en la
-palma de la mano.--Hoy he visto á tu Ponce. ¿Sabes que he variado de
-opinión? Te conviene; es buen muchacho, y será rico cuando se muera su
-tío el notario, de quien dicen va á ser único heredero... Porque no
-hemos de atendernos al criterio del amigo Ruiz según el cual no hay
-felicidad como estar á la cuarta pregunta... Si Federico tuviera razón,
-y yo me dejara llevar de mis sentimientos, te diría que Ponce no te
-conviene, que te convendría más otro; yo, por ejemplo...
-
-Abelarda se puso pálida, desconcertándose de tal modo, que sus esfuerzos
-por reir no le dieron resultado alguno.
-
---¡Qué tonterías dices!... ¡Jesús, siempre has de estar de broma!
-
---Bien sabes tú que esto no lo es (poniéndose muy serio). Hace dos años,
-una noche, cuando vivíais en Chamberí, te dije: «Abelardilla, me gustas.
-Siento que el alma se me desmigaja cuando te veo...» ¿Á que no te
-acuerdas? Tú me contestaste que... No sé cómo fué la contestación; pero
-venía á significar que si yo te quería, tú... también.
-
---¡Ay, qué embustero!... ¡Quita allá! Yo no dije tal cosa.
-
---Entonces, ¿lo soñé yo?... Como quiera que sea, después te enamoraste
-locamente de esa preciosidad de Ponce.
-
---Yo... enamorarme... Tú estás malo.. Pues sí, pongamos que me enamoré.
-¿Y á ti qué te importa?
-
---Me importa, porque en cuanto yo me enteré de que tenía un rival, volví
-mi corazón hacia otra parte. Para que veas lo que es el destino de las
-personas: hace dos años estuvimos casi á punto de entendernos; hoy la
-desviación es un hecho. Yo me fuí, tú te fuiste, nosotros nos fuimos. Y
-al encontrarnos otra vez, ¿qué pasa? Yo estoy en una situación muy rara
-con respecto á ti. El corazón me dice: «enamórala», y en el mismo
-momento sale, no sé de dónde, otra voz que me grita: «mírala y no la
-toques».
-
---¿Qué me importa á mí nada de eso (ahogándose), si yo no te quiero á ti
-ni pizca ni te puedo querer?
-
---Lo sé, lo sé... No necesitas jurármelo. Hemos convenido en que no
-tiene el diablo por dónde desecharme. Me aborreces, como es lógico y
-natural. Pues mira tú lo que son las cosas. Cuando una persona me
-aborrece, á mí me dan ganas de quererla, y á ti te quiero, porque me da
-la gana, ya lo sabes, ea... y ole morena, como dice tu papá.
-
---¡Qué cosas tienes!... ¡Ay, qué tonto! (proponiéndose estar seria, y
-echándose á reir).
-
---No, si yo no te engaño ni te engañaré nunca. Créasla ó no la creas,
-allá va la verdad. Te quiero y no debo quererte, porque eres demasiado
-angelical para mí. No puedes ser mía sino por el matrimonio, y el
-matrimonio, esa máquina absurda que sólo funciona bien para las personas
-vulgares, no nos sirve en estos momentos. Bueno ó malo, como tú quieras
-suponerme, tengo, aunque parezca inmodestia, una misión que cumplir:
-aspiro á algo peligroso y difícil, para lo cual necesito ante todo
-libertad; corro desalado hacia un fin, al cual no llegaría si no fuera
-solo. Acompañado me quedaré á la mitad del camino. Adelante, adelante
-siempre (con afectación teatral). ¿Qué impulso me arrastra? La
-fatalidad, fuerza superior á mis deseos. Vale más estrellarse que
-retroceder. No puedo volver atrás ni llevarte conmigo. Temo envilecerte.
-Y si tuvieras la inmensa desgracia de ser mujer de este miserable...
-(cerrando los ojos y extendiendo la mano como para apartar una sombra).
-No, rechacemos con energía semejante idea... Te quiero lo bastante para
-no traerte jamás á mi lado. Si algún día... (con sonsonete
-declamatorio), si algún día me alucino y cometo la torpeza insigne de
-decirte que te amo, de pedirte tu amor, despréciame; no te dejes llevar
-de tu inmensa bondad; arrójame de ti como á un animal dañino, porque más
-te valiera morir que ser mía.
-
---Pero di, ¿te has propuesto marearme? (trémula y disimulando su
-turbación con la tentativa frustrada de enhebrar una aguja). ¿Qué
-disparates son esos que me dices? Si yo no he de... hacerte caso... ¿Á
-qué viene eso de que me mate ó que me muera ó que me lleven los
-demonios?
-
---Ya sé que no me quieres. Lo único que te pido, y te lo pido como un
-favor muy grande, es que no me aborrezcas, que me tengas compasión.
-Déjame á mí, que yo me entiendo solo, guardando con avaricia estas
-ideas para consolarme con ellas. En medio de mis desgracias, que tú no
-conoces, tengo un alivio, y es saber vivir en lo ideal y fortificar mi
-alma con ello. Tu destino es muy diferente al mío, Abelarda. Sigue tu
-senda, que yo voy por la mía, llevado de mi fiebre y de la rapidez
-adquirida. No contrariemos la fatalidad que todo lo rige. Quizás no
-volvamos á encontrarnos. Antes de que nos separemos, te voy á dar un
-consejo: si Ponce no te es desagradable, cásate con él. Basta con que no
-te sea desagradable. Si no te gusta, si no encuentras otro que tenga los
-ojos menos húmedos, renuncia al matrimonio... Es el consejo de quien te
-quiere más de lo que tú piensas... Renuncia al mundo, entra en un
-convento, conságrate á un ideal y á la vida contemplativa. Yo no tengo
-la virtud de la resignación, y si no consigo llegar á donde pienso, si
-mi sueño se convierte en humo, me pegaré un tiro.
-
-Lo dijo con tanta energía y tal acento de verdad, que Abelarda se lo
-creyó, más impresionada por aquel disparate que por los otros que
-acababa de oir.
-
---No harás tal. ¡Matarte! Eso sí que no me haría gracia... (cazando al
-vuelo una idea). Pero ¡quiá! todo eso de la desesperación y el tirito es
-porque tienes por ahí algún amor desgraciado. Alguien habrá que te
-atormenta. Bien merecido lo tienes, y yo me alegro.
-
---Pues mira, hija (variando de registro), lo has dicho en broma, y
-quizás, quizás aciertes...
-
---¿Tienes novia? (fingiendo indiferencia).
-
---Novia, lo que se dice novia... no.
-
---Vamos, algún amor.
-
---Llámalo fatalidad, martirio...
-
---Dale con la dichosa fatalidad... Di que estás enamorado.
-
---No sé qué responderte (afectando una confusión bonita y muy del caso).
-Si te digo que sí, miento; y si te digo que no, miento también. Y
-habiéndote asegurado que te quiero á ti, ¿en qué juicio cabe la
-posibilidad de interesarme por otra? Todo ello se explicará
-distinguiendo entre un amor y otro amor. Hay un cariño santo, puro y
-tranquilo, que nace del corazón, que se apodera del alma y llega á ser
-el alma misma. No confundamos este sentimiento con las ebulliciones
-enfermizas de la imaginación, culto pagano de la belleza, anhelo de los
-sentidos, en el cual entra también por mucho la vanidad, fundada en la
-jerarquía de quien nos ama. ¿Qué tiene que ver esta desazón, accidente y
-pasatiempo de la vida, con aquella ternura inefable que inspira al alma
-deseo de fundirse con otra alma, y á la voluntad el ansia del
-sacrificio...?
-
-No siguió, porque con sutil instinto comprendía que la excesiva sutileza
-le llevaba á la ridiculez. Para la pobre Abelarda, estos conceptos
-ardorosos, pronunciados con cierta mímica elegante por aquel hombre
-guapísimo que, al decirlos, ponía en sus ojos negros expresión tan dulce
-y patética, eran lo más elocuente que había oído en su vida, y el alma
-se le desgarraba al escucharlos. Comprendiendo el efecto, Víctor buscaba
-en su mente discursiva nuevos arbitrios para seguir sorbiendo el seso á
-la cuitada joven. Allí le soltó algunas frases más, paradójicas y
-acaloradas, en contradicción con las anteriores; pero Abelarda no se
-fijaba en lo contradictorio. La honda impresión de los últimos conceptos
-borraba en su mente la de los primeros, y se dejaba arrastrar por aquel
-torbellino, entre un hervidero de sentimientos encontrados, curiosidad,
-amor, celos, gozo y rabia. Víctor doraba sus mentiras con metáforas y
-antítesis de un romanticismo pesimista que está ya mandado recoger. Mas
-para la señorita Villaamil, la quincalla deslucida y sin valor era oro
-de ley, pues su escasa instrucción no le permitía quilatar los textos
-olvidados de que Víctor tomaba aquella monserga de la fatalidad. El
-volvió á la carga, diciéndole en tono un tanto lúgubre:
-
---No puedo seguir hablando de esto. Lo que no debe ser, no es. Comprendo
-que convendría más entregarme á ti... quizás me salvarías. Pero no, no
-me quiero salvar. Debo perderme, y llevarme conmigo este sentimiento que
-no merecí, este rayo celestial que guardo con susto como si lo hubiera
-robado.. En mí tienes un trasunto del Prometeo de la fábula. He
-arrebatado el fuego celeste, y en castigo de esto, un buitre me roe las
-entrañas.
-
-Abelarda, que no sabía nada de Prometeo, se asustó con aquello del
-buitre; y el otro, satisfecho de su triunfo, prosiguió así:
-
---Soy un condenado, un réprobo... No puedo pedirte que me salves, porque
-la fatalidad lo impediría. Por tanto, si ves que me llego á ti y te digo
-que te quiero, no me creas... es mentira, es un lazo infame que te
-tiendo; despréciame, arrójame de tu lado; no merezco tu cariño, ni tu
-compasión siquiera...
-
-La insignificante, con inmensa pena y desaprobación de sí misma, pensó:
-«Soy tan pava y tan vulgar, que no se me ocurre nada qué responder á
-estas cosas tan remontadas y tan sentidas que me está diciendo». Dió un
-gran suspiro y le miró, con vivos deseos de echarle los brazos al cuello
-exclamando: «Te quiero yo á ti más de lo que tú puedes suponer. Pero no
-hagas casos de mí, no merezco nada, ni valgo lo que tú. Quiero gozarme
-en la amargura de quererte sin esperanza».
-
-Víctor, sosteniéndose la cabeza con ambas manos, espaciaba sus
-distraídos ojos por el hule de la mesa, ceñudo y suspirón, haciéndose el
-romántico, el no comprendido, algo de ese tipo de Manfredo, adaptado á
-la personalidad de mancebos de botica y oficiales de la clase de
-quintos. Después la miró con extraordinaria dulzura, y tocándole el
-brazo, le dijo: «¡Ah! ¡cuánto te hago sufrir con estas horribles
-misantropías que no pueden interesarte! Perdóname; te ruego que me
-perdones. No estoy tranquilo si no dices que sí. Eres un ángel, no soy
-digno de ti, lo reconozco. Ni siquiera aspiro á merecerte; sería
-insensato atrevimiento. Sólo pretendo por ahora que me comprendas... ¿Me
-comprenderás?»
-
-Abelarda llegaba ya al límite de sus esfuerzos por disimular el ansia y
-la turbación. Pero su dignidad podía mucho. No quería entregar el
-secreto de su alma, sin defenderlo hasta morir; y al cabo, con supremo
-heroísmo, soltó una risa que más bien parecía la hilaridad espasmódica
-que precede á un ataque de nervios, diciendo á Cadalso:
-
---Vaya si te comprendo... Te haces el pillo, te haces el malo... sin
-serlo, para engañarme. Pero á mí no me la pegas... Tonto de capirote...
-yo sé más que tú. Te he calado. ¿Qué manía de que te aborrezcan, si no
-lo has de conseguir?...
-
-
-
-
-XVII
-
-
-Luisito empeoró. Tratábase de un catarro gástrico, achaque propio de la
-infancia, y que no tendría consecuencias, atendido á tiempo. Víctor,
-intranquilo, trajo al médico, y aunque su vigilancia no era necesaria
-porque las tres _Miaus_ cuidaban con mucho cariño al enfermito, y hasta
-se privaron durante varias noches de ir á la ópera, no cesaba de
-recomendar la esmerada asistencia, observando á todas horas á su hijo,
-arropándole para que no se enfriara y tomándole el pulso. Á fin de
-entretenerle y alegrar su ánimo, cosa muy necesaria en las enfermedades
-de los niños, le llevó algunos juguetes, y su tía Quintina también
-acudió con las manos llenas de cromos y estampas de santos, el
-entretenimiento favorito de Luis. Debajo de las almohadas llegó á reunir
-un sinnúmero de baratijas y embelecos, que sacaba á ciertas horas para
-pasarles revista. En aquellas noches de fiebre y de mal dormir,
-Cadalsito se había imaginado estar en el pórtico de las Alarconas ó en
-el sillar de la explanada del Conde-Duque; pero no veía á Dios, ó, mejor
-dicho, sólo le veía á medias. Presentábasele el cuerpo, el ropaje
-flotante y de incomparable blancura; á veces distinguía confusamente las
-manos, pero la cara no. ¿Por qué no se dejaba ver la cara? Cadalsito
-llegó á sentir gran aflicción, sospechando que el Señor estaba enfadado
-con él. ¿Y por qué causa?... En una de las estampitas que su padre le
-había traído, estaba Dios representado en el acto de fabricar el mundo.
-¡Cosa más fácil!... Levantaba un dedo, y salían el cielo, el mar, las
-montañas... Volvía á levantar el dedo, y salían los leones, los
-cocodrilos, las culebras enroscadas y el ligero ratón... Pero la lámina
-aquélla no satisfacía al chicuelo. Cierto que el Señor estaba muy bien
-pintado; pero no era, no, tan guapo y respetuoso como su amigo.
-
-Una mañana, hallándose ya Luis limpio de calentura, entró su abuelo á
-visitarle. Parecióle al chico que Villaamil sufría en silencio una gran
-pena. Ya, antes de llegar el viejo, había oído Luis un run-run entre las
-_Miaus_, que le pareció de mal agüero. Se susurraba que no había sitio
-en la combinación. ¿Cómo se sabía? Cadalsito recordaba que por la mañana
-temprano, en el momento de despertar, había oído á doña Pura diciendo á
-su hermana: «Nada por ahora... Valiente mico nos han dado. Y no hay duda
-ya; me lo ha dicho Víctor, que lo averiguó anoche en el Ministerio».
-
-Estas palabras, impresas en la mente del chiquillo, las relacionó luego
-con la cara de ajusticiado del abuelo cuando entró á verle. Luis, como
-niño, asociaba las ideas imperfectamente, pero las asociaba, poniendo
-siempre entre ellas afinidades extrañas sugeridas por su inocencia. Si
-no hubiera conocido á su abuelo como le conocía, le habría tenido miedo
-en aquella ocasión, porque en verdad su cara era cual la de los ogros
-que se zampan á las criaturas... «No le colocan», pensó Luisito, y al
-decirlo juntaba otras dos ideas en su mente aún turbada por la mal
-extinguida calentura. La dialéctica infantil es á voces de una precisión
-aterradora, y lo prueba esto razonamiento de Cadalsito: «Pues si no le
-quiere colocar, no sé por qué se enfada Dios conmigo y no me enseña la
-cara. Más bien debiera yo estar enfadado con él».
-
-Villaamil se puso á dar paseos por la habitación, con las manos en los
-bolsillos. Nadie se atrevía á hablarle. Luis sintió entonces congojosa
-pena que le abatía el ánimo: «No le colocan--pensaba,--porque yo no
-estudio, ¡contro! porque no me sé las condenadas lecciones». Pero al
-punto la dialéctica infantil resurgió para acudir á la defensa del amor
-propio: «¿Pero cómo he de estudiar si estoy malo?... Que me ponga bueno
-él, y verá si estudio»»
-
-Entró Víctor, que venía de la calle, y lo primero que hizo fué darle un
-abrazo á Villaamil, cortando sus pasos de fiera enjaulada. Doña Pura y
-Abelarda hallábanse presentes.
-
---No hay que abatirse ante la desgracia--dijo Víctor al hacer la
-demostración afectuosa, que Villaamil, por más señas, recibió de
-malísimo temple.--Los hombres de corazón, los hombres de fibra, tienen
-en sí mismos la fuerza necesaria para hacer frente á la adversidad... El
-Ministro ha faltado una vez más á su palabra, y han faltado también
-cuantos prometieron apoyarle á usted. Que Dios les perdone, y que sus
-conciencias negras les acusen con martirio horrible del mal que han
-hecho.
-
---Déjame, déjame--replicó Villaamil, que estaba como si le fueran á dar
-garrote.
-
---Bien sé que el varón fuerte no necesita consuelos de un hombre vulgar
-como yo. ¿Qué ha sucedido aquí? Lo natural, lo lógico en estas
-sociedades corrompidas por el favoritismo. ¿Qué ha pasado? Que al padre
-de familia, al hombre probo, al funcionario de mérito, envejecido en la
-Administración, al servidor leal del Estado que podría enseñar al
-Ministro la manera de salvar la Hacienda, se le posterga, se le
-desatiende y se le barre de las oficinas como si fuera polvo. Otra cosa
-me sorprendería; esto no. Pero hay más. Mientras se comete tal
-injusticia, los osados, los ineptos, los que no tienen conciencia ni
-título alguno, apandan la plaza en premio de su inutilidad. Contra esto
-no queda más recurso que retirarse al santuario de la conciencia y
-decir: «Bien. Me basta mi propia aprobación».
-
-Víctor, al expresarse con tanta filosofía, miraba á doña Pura y á
-Abelarda, que estaban muy conmovidas y á dos dedos de llorar. Villaamil
-no decía palabra, y con la cara lívida y la mandíbula temblorosa había
-vuelto á sus paseos.
-
---Nada me sorprende--añadió Víctor, desbordándose en sacrosanta
-indignación.--Esto está tan podrido, que va á resultar la cosa más
-chocante del mundo: mientras á este hombre, que debiera ser Director
-general, lo menos, se le desatiende y se le manda á paseo, yo, que ni
-valgo nado, ni soy nada y tengo tan cortos servicios, yo... créanlo
-ustedes, yo, cuando esté más descuidado, me encontraré con el ascenso
-que he pedido. Así es el mundo, así es España y así nos vamos educando
-todos en el desprecio del Estado, y atizando en nuestra alma el rescoldo
-de las revoluciones. Al que merece, desengaños; al que no, confites.
-Esta es la lógica española. Todo al revés; _el país de los
-viceversas_... Y yo, que estoy tranquilo, que no me apuro, que no tengo
-tampoco necesidades, que desprecio la credencial y á quien me la ofrece,
-seré colocado, mientras el padre de familia, cargado de obligaciones, el
-que por su respetabilidad, por sus servicios, se hacía tan fundadamente
-la ilusión de que...
-
---Yo no me hacía ilusiones, ni ese es el camino--dijo bruscamente y con
-arrebato de ira don Ramón, elevando las manos hasta muy cerca del
-techo.--Yo no tuve nunca esperanzas... yo no creí que me colocasen, ni
-lo volveré á creer jamás. ¡Vaya, que es tema el de esta gente! Si yo no
-esperé nada... ¿Cómo se ha de decir? De veras parece que entre todos os
-proponéis freirme la sangre.
-
---Hijo, cualquiera diría que es crimen tener esperanzas--observó doña
-Pura.--Pues las tengo, y ahora más que nunca. Habrá otra combinación. Te
-lo han prometido, y á la fuerza te lo han de cumplir.
-
---¡Claro!--dijo Víctor, contemplando á Villaamil con filial interés.--Y,
-sobre todo, no conviene apurarse. Venga lo que viniere, puesto que todo
-es injusticia y sinrazón, si á mí me ascienden, como espero, mi suerte
-compensará la desgracia de la familia. Yo soy deudor á la familia de
-grandes favores. Por mucho que haga, no los podré pagar. He sido malo;
-pero ahora me da, no diré que por ser bueno, pues lo veo difícil, pero
-sí porque se vayan olvidando mis errores... La familia no carecerá de
-nada mientras yo tenga un pedazo de pan.
-
-Agobiado por sentimientos de humillación, que caían sobre su alma como
-un techo que se desploma, Villaamil dió un resoplido y salió del cuarto.
-Siguióle su mujer, y Abelarda, dominada por impresiones muy distintas de
-las de su padre, se volvió hacia la cama de Luis, fingiendo arroparle,
-para esconder su emoción, mientras discurría: «No, lo que es de malo no
-tiene nada. No lo creeré, dígalo quien lo diga».
-
---Abelarda--insinuó él melosamente, después de un rato de estar solos
-con el pequeño.--Yo bien sé que á ti no necesito repetirte lo que he
-manifestado á tus padres. Tú me conoces algo, me comprendes algo; tú
-sabes que míentras yo tenga un mendrugo de pan, vosotros no habéis de
-carecer de sustento; poro á tus padres he de decírselo y aun probárselo
-para que lo crean. Tienen muy triste idea de mí. Verdad que no se pierde
-en dos días una mala reputación. ¿Y cómo no había de brindar á ustedes
-ayuda, á no ser un monstruo? Si no lo hiciera por los mayores, tendría
-que hacerlo por mi hijo, criado en esta casa, por este ángel, que más os
-quiere á vosotros que á mí... y con muchísima razón.
-
-Abelarda acariciaba á Luis, tratando de ocultar las lágrimas que se le
-agolpaban á los ojos, y el pequeñuelo, viéndose tan besuqueado y oyendo
-aquellas cosas que papá decía y que le sonaban á sermón ó parrafada de
-libro religioso, se enterneció tanto, que rompió á llorar como una
-Magdalena. Ambos se esforzaron en distraer su espíritu, riendo,
-diciéndole chuscadas festivas ó inventando cuentos.
-
-Por la tarde, el muchacho pidió sus libros, lo que admiró á todos, pues
-no comprendían que quien tan poco estudiaba estando bueno, quisiese
-hacerlo hallándose encamado. Tanto se impacientó él, que le dieron la
-Gramática y la Aritmética, y las hojeaba, cavilando así: «Ahora no,
-porque se me va la vista; pero en cuanto yo pueda, ¡contro! me lo
-aprendo enterito... y veremos entonces... ¡veremos!»
-
-
-
-
-XVIII
-
-
-La mísera Abelarda andaba tan desmejoradilla, que su madre y su tía la
-creyeron enferma y hablaron de llamar al médico. No obstante, continuaba
-haciendo la vida ordinaria, trabajando, durante muchas horas del día, en
-transformaciones y arreglos de vestidos. Usaba un maniquí de mimbres,
-trashumante del gabinete al comedor, y que al anochecer parecía una
-persona, la cuarta _Miau_, ó el espectro de alguno de la familia que
-venía del otro mundo á visitar á su progenie. Sobre aquel molde probaba
-la insignificante sus cortes y hechuras, que eran bastante graciosas. Á
-la sazón traía entre manos un vestido con retazos de cachemir que
-prestaron ya dos servicios y había sido vuelto del revés y lo de arriba
-abajo. Se les añadía, para combinar, una telucha de á peseta. Semejantes
-componendas eran familiares á Pura, y si una tela no podía lavarse ni
-volverse, la mandaba al tinte, y... como acabada de estrenar. Con tal
-sistema, hubo vestido que salió por veinticuatro reales. Pero en lo que
-Abelarda lucía sorprendentes facultades era en la metamorfosis de
-sombreros. La capota de doña Pura había pasado por una serie de vidas
-diferentes, que al modo de encarnaciones la hacían siempre nueva y
-siempre vieja. Para invierno, forrábanla de terciopelo, y para verano la
-cubrían con el encaje de una _visita_ desechada: las flores ó prendidos
-eran regalo de las vecinas del principal. La martirizada armadura del
-sombrero de Abelarda había tomado ya, durante la época de la cesantía,
-formas y estilos diferentes, según las pragmáticas de la moda, y con
-este exquisito arte de disimular la indigencia, salían las Villaamil á
-la calle hechas unos brazos de mar.
-
-Las noches que no iban las _Miaus_ á rendir culto á Euterpe, tenía que
-aguantar Abelarda, por dos ó tres horas, la jaqueca de Ponce, ó bien
-ensayaba su papel en la pieza. Mucho disgustaba á doña Pura tener que
-dar función dramática habiendo fracasado las esperanzas de próxima
-colocación; pero como estaba anunciada á son de trompeta, distribuídos
-los papeles y tan adelantados los ensayos, no había más remedio que
-sacrificarse en aras de la tiránica sociedad. De propósito había
-escogido Abelarda un papel incoloro, el de criada, que al alzarse el
-telón salía plumero en mano, lamentándose de que sus amos no le pagaban
-el salario, y revelando al público que la casa en que servía era la más
-tronada de Madrid. La pieza pertenecía al género predilecto de los
-ingenios de esta Corte, y se reducía á presentar una familia cursi, con
-menos dinero que vanidad; una señora hombruna que trataba á zapatazos á
-su marido, un noviazgo, un enredo fundado en equivocaciones de nombres,
-con gran mareo de entradas y salidas, hasta que, cuando aquello parecía
-una casa de Orates, salía el padre memo diciendo: _Ahora lo comprendo
-todo_, y se acababa el entremés con boda y una décima pidiendo al
-público aplausos. Ponce hacía el papel de padre tonto; y el de un pollo
-calavera y achulado, que era autor del lío y la sal y pimienta de la
-pieza, tocó á un tal Cuevas, hijo del vecino del principal, D. Isidoro
-Cuevas, viudo con mucha familia, empleado en la Alcaidía de la vecina
-Cárcel de Mujeres, y comúnmente llamado en la vecindad _el señor de la
-Galera_. El Cuevas hijo era chistoso, de buena sombra; contaba cuentos
-de borrachos con tal gracia, que era morirse de risa; imitaba el
-lenguaje chulo, se cantaba flamenco por todo lo alto, amén de otras
-muchas habilidades, por las cuales se lo rifaban en las tertulias del
-jaez de la de Villaamil. El papel de señorita de la casa corría á cargo
-de la chica de Pantoja (D. Buenaventura Pantoja, empleado en el
-Ministerio de Hacienda, amigo íntimo de Villaamil); y el de mamá
-impertinente, ordinaria, lenguaraz, sargentona, papel del tipo Valverde,
-correspondió á una de las chicas de Cuevas (eran cuatro y se ayudaban
-con la modistería de sombreros, por cierto muy bien). Otros papeles, un
-lacayo, un viejo prestamista, un marqués tronado y de filfa, que
-resultaba ser _lipendi_ de marca mayor, fueron repartidos entre
-diferentes chicos de la tertulia. El cojo Guillén se avino á ser
-apuntador. Federico Ruiz oficiaba de director de escena, y habría
-deseado que tal función tuviera carteles en las esquinas, para poner en
-ellos con letras muy gordas: _bajo la dirección del reputado
-publicista_, etc., etc.
-
-Poseía Abelarda memoria felicísima, y se aprendió el papel muy pronto.
-Asistía á los ensayos como un autómata, prestándose dócilmente á la vida
-de aquel mundo, para ella secundario y artificial; como si su casa, su
-familia, su tertulia, Ponce, fuesen la verdadera comedia, de fáciles y
-rutinarios papeles... y permaneciese libre el espíritu, empapado en su
-vida interior, verdadera y real, en el drama exclusivamente suyo,
-palpitante de interés, que no tenía más que un actor, ella, y un solo
-espectador, Dios.
-
-Monólogo desordenado y sin fin. Una mañana, mientras la joven se
-peinaba, el espectador habría podido oir lo siguiente: «¡Qué fea soy,
-Dios mío; qué poco valgo! Más que fea, sosa, insignificante; no tengo ni
-un grano de sal. ¡Si al menos tuviera talento!; pero ni eso... ¿Cómo me
-ha de querer á mí, habiendo en el mundo tanta mujer hermosa y siendo él
-un hombre de mérito superior, de porvenir, elegante, guapo y con
-muchísimo entendimiento, digan lo que quieran?... (Pausa.) Anoche me
-contó Bibiana Cuevas que en el paraíso del Real nos han puesto un mote;
-nos llaman las de _Miau_ ó las _Miaus_, porque dicen que parecemos tres
-gatitos, sí, gatitos de porcelana, de esos con que se adornan ahora las
-rinconeras. Y Bibiana creía que yo me iba á incomodar por el apodo. ¡Qué
-tonta es! Ya no me incomodo por nada. ¿Parecemos gatos? ¿Sí? Mejor.
-¿Somos la risa de la gente? Mejor que mejor. ¿Qué me importa á mí? Somos
-unas pobres cursis. Las cursis nacen, y no hay fuerza humana que les
-quite el sello. Nací de esta manera y así moriré. Seré mujer de otro
-cursi y tendré hijos cursis, á quienes el mundo llamará los
-_michitos_... (Pausa.) ¿Y cuándo colocarán á papá? Si lo miro bien, no
-me importa; lo mismo da. Con destino y sin destino, siempre estamos
-igual. Poco más ó menos, mi casa ha estado toda la vida como está ahora.
-Mamá no tiene gobierno; ni lo tiene mi tía, ni lo tengo yo. Si colocan á
-papá, me alegraré por él, para que tenga en qué ocuparse y se distraiga;
-pero por la cuestión de bienestar, me figuro que nunca saldremos de
-ahogos, farsas y pingajos... ¡Pobres _Miaus_! Es gracioso el nombre.
-Mamá se pondrá furiosa si lo sabe; yo no; ya no tengo amor propio. Se
-acabó todo, como el dinero de la familia... si es que la familia ha
-tenido dinero alguna vez. Le voy á decir á Ponce esto de las _Miaus_, á
-ver si lo toma á risa ó por la tremenda. Quiero que se encrespe un día
-para encresparme yo también. Francamente, me gustaría pegarle ó algo
-así... (Pausa.) ¡Vaya que soy desaborida y sin gracia! Mi hermana Luisa
-valía más; aunque, la verdad, tampoco era cosa del otro jueves. Mis ojos
-no expresan nada; cuando más, expresan que estoy triste, pero sin decir
-por qué. Parece mentira que detrás de estas pupilas haya... lo que hay.
-Parece mentira que este entrecejo y esta frente angosta oculten lo que
-ocultan. ¡Qué difícil para mí figurarme cómo es el cielo; no acierto, no
-veo nada! ¡Y qué fácil imaginarme el infierno! Me lo represento como si
-hubiera estado en él... Y tienen razón; el parecido con la cara de un
-gato salta a la vista... La boca es lo peor; esta boca de esquina que
-tenemos las tres... Sí; pero la de mamá es la más característica. La
-mía, tal cual; y cuando me río, no resulta maleja. Una idea se me
-ocurre: si yo me pintara, ¿valdría un poco más? ¡Ah! no; Víctor se
-reiría de mí. Él podrá desdeñarme; pero no me considera mujer ridícula y
-antipática. ¡Jesús! ¿Seré antipática? Esta idea sí que no la puedo
-sufrir. Antipática, no, Dios mío. Si me convenciera de que soy
-antipática, me mataría... (Pausa.) Anoche entró y se metió en su cuarto
-sin decir oxte ni moxte. Más vale así. Cuando me habla me estruja el
-corazón. Porque me quisiera, sería yo capaz de cometer un crimen. ¿Qué
-crimen? Cualquiera... todos. Pero no me querrá nunca, y me quedaré con
-mi crimen en proyecto y desgraciada para siempre».
-
---Hija--indicó doña Pura, sacándola impensadamente de su
-abstracción.--Cuando venga Ponce, le dices que le matamos si no nos trae
-los billetes para el beneficio de la Pellegrini. Si no los tiene, que
-los busque. Ella ha de dar billetes á los periódicos y á toda la
-dignísima alabarda. Créelo; si Ponce va á pedírselos, ella es muy fina y
-no se los negará. Nos enojaremos de veras si no los trae.
-
---Los traerá--dijo Abelarda, que había acabado de edificar su
-moño.--Como no los traiga, no le vuelvo á dirigir la palabra.
-
-Ponce entraba allí como Pedro por su casa, dirigiéndose al comedor,
-donde comúnmente encontraba á su novia. Llegó aquella tarde á eso de las
-cuatro, y pasó, atusándose el pelo, después de haber colgado la capa y
-hongo en la percha del recibimiento. Era un joven raquítico y linfático,
-de esos que tienen novia como podrían tener un paraguas, con ribetes de
-escritor, crítico gratuito, siempre atareado, quejoso de que no le leía
-nadie (aquí no se lee), abogadillo, buen muchacho, orejas grandes,
-lentes sin cordón, bizcando un poco los ojos, mucha rodillera en los
-pantalones, poca sal en la mollera, y en el bolsillo obra de seis
-reales, cuando más. Gozaba un destinillo en el Gobierno de provincia, de
-seis mil, y estaba hipando por los ocho que le habían prometido desde el
-año anterior... que hoy, que mañana. Cuando los tuviera, boda al canto.
-Estas esperanzas no habrían bastado á que los Villaamil aceptasen su
-candidatura á yerno; pero tenía un tío rico, notario, sin hijos, enfermo
-de cáncer, y como se había de morir antes de un año, quizás de un mes, y
-Ponce era su heredero, la familia _Miau_ vió en el aspirante una
-chiripa. El desgraciado tío, según los cálculos de Pantoja, que era su
-amigo y testamentario, dejaría dos casas, algunos miles y la notaría...
-
-Lo mismo fué entrar Ponce en el comedor, que soltarle Abelarda esta
-indirecta:
-
---Si no trae usted las entradas para el beneficio de la Pellegrini, no
-vuelve usted á poner los pies aquí.
-
---Calma, hija, calma; déjame sentar, tornar aliento... He venido á
-escape. Me pasan cosas muy gordas, pero muy gordas.
-
---¿Qué lo pasa á usted, hombre de Dios?--preguntó doña Pura, que
-acostumbraba reprenderle como á un hijo.--Siempre viene con apuros, y
-total, nada.
-
---Óigame usted, doña Pura, y tú, Abelarda, óyeme también. Mi tío está
-muy malo, pero muy malo.
-
---¡Ave María Purísima!--exclamó doña Pura, sintiendo que le daba un
-vuelco el corazón.
-
-Y brincando como un cervatillo, fué á la cocina á dar la noticia á su
-hermana.
-
---Está expirando...
-
---¿Quién?
-
---El tío, mujer, el tío... ¿no te enteras?... Pero dígame usted, Ponce
-(volviendo al comedor con rapidez gatuna), ¿va de veras?... Estará usted
-muy contento, muy... triste quiero decir.
-
---Se harán ustedes cargo de que no puedo ir al teatro, ni visitar á la
-Pellegrini... Como ustedes conocen... Muy malo, muy malito... Dicen los
-médicos que no dura dos días...
-
---¡Pobre señor!... ¿Y qué hace usted que no se planta en casa del
-difunto... digo, del enfermo?
-
---De allí vengo... Esta noche, á las siete, le llevaremos el Viático.
-
-Corrió doña Pura al despacho, donde estaba Villaamil.
-
---El Viático... ¿no te enteras?
-
---¿Qué?... ¿quién?
-
---El tío, hombre, el tío de Ponce, que está dando las boqueadas...
-(Deslizándose otra vez hacia el comedor). Amigo Ponce, ¿quiere usted
-tomar una copita de vino con bizcochos? Estará usted muy afectado... Y
-no hay que pensar en teatros... No faltaba más. Nosotras tampoco iremos.
-Ya ve usted, el luto... guardaremos luto riguroso... ¿De veras no quiere
-usted una copita de vino con bizcochos?... ¡Ah! ¡qué cabeza!... ¡si se
-ha acabado el vino!... Pero lo traeremos... Con formalidad: ¿no quiere
-usted?
-
---Gracias; ya sabe usted que el vino se me sube á la cabeza.
-
-Abelarda y Ponce pegaron la hebra, sin más testigo que Luis, que andaba
-enredando en el comedor, y á veces se paraba ante los novios, mirándoles
-con estupor infantil. Hablaban á media voz... ¿Qué dirían? Las
-trivialidades de siempre. Abelarda hacía su papel con aquella indolente
-pasividad que demostraba en los lances comunes de la vida. Era ya rutina
-en ella charlotear con aquel tonto, decirle que le quería, anticipar
-alguna idea sobre la boda. Había contraído hábito de responder
-afirmativamente á las preguntas de Ponce, siempre comedidas y correctas.
-El albedrío no tomaba parte alguna en semejantes confidencias; la mujer
-exterior y visible realizaba una serie de actos inconscientes, á manera
-de sonámbula, quedando desligada la mujer interna para obrar conforme á
-sentimientos más humanos. Antes de la aparición súbita de Víctor en la
-casa, Abelarda consideraba á Ponce como un recurso y apoyo probable en
-las vicisitudes de la suerte. Se casaría con él por colocarse, por tener
-posición y nombre y salir de aquella estrechez insoportable de su hogar.
-Desde que vino _el otro_, dejábase llevar de estas mismas ideas, pero
-como el patinador, que una vez lanzado, sigue y sigue girando y
-resbalando sin caer sobre el hielo. No se le ocurría á la joven
-desdecirse ni renegar del matrimonio con Ponce; porque tener aquel
-marido equivalía á tener un abanico, un imperdible ú otro objeto
-cualquiera de los más usuales á la vez que indiferentes. El pegajoso
-crítico se creyó obligado á mostrarse aquel día más tierno que los
-demás, atreviéndose á fijar el de las bendiciones y á proponer,
-desmintiendo su timidez, algunos particulares de su futura existencia
-matrimonial. Oíale la insignificante como quien oye llover, y en virtud
-de la velocidad adquirida, se mostraba conforme con semejantes proyectos
-y los apoyaba con palabras glaciales y descoloridas, á la manera de
-quien repite paternóster y avemarías de un rosario rezado á bostezos sin
-devoción alguna.
-
-Sonó la campanilla y Abelarda se sobresaltó por dentro, sin perder su
-continente frío. Le conocía en el modo de llamar, conocía su taconeo al
-subir la escalera, y si desde la puerta de la casa hasta el comedor
-pronunciaba alguna frase, hablando con doña Pura ó con Villaamil,
-discernía por la inflexión lejana del acento si llegaba bien ó mal
-humorado. Doña Pura, al abrir á Víctor, le embocó la noticia de la
-inminente muerte del tío de Ponce. Incapaz de contenerse la buena
-señora, se espontaneó hasta con el _maestro de baile_ (vulgo aguador).
-Víctor entró sonriendo, y, por inadvertencia ó malicia, hubo de dar la
-enhorabuena á Ponce, el cual se quedó turulato.
-
-
-
-
-XIX
-
-
---¡Ah! no... dispense usted. Me confundí... Es que á mi señora suegra lo
-bailaban los ojos cuando me lo dijo. Efectos del cariño que le tiene á
-usted, ínclito Ponce. El cariño ciega á las personas... Usted es ya de
-casa; le queremos mucho, y como no tenemos el gusto de conocer, ni aun
-de vista, á su señor tío...
-
-Acarició á Luis sobándole la cara y repujándole los carrillos para
-besárselos, y después le mostró el regalo que le traía. Era un álbum
-para sellos, prometido el día que el niño tomó la purga, y además del
-álbum una porción de sellos de diferentes colores, algunos extranjeros,
-españoles los más, para que se entretuviera pegándolos en las hojas
-correspondientes. Lo que agradeció Cadalsito este obsequio, no puede
-ponderarse. Estaba en la edad en que empieza á desarrollarse el sentido
-de la clasificación y en que relacionamos los juguetes con los
-conocimientos serios de la vida. Víctor le explicó la distribución de
-las hojas del álbum, enseñándole á reconocer la nacionalidad de los
-sellos. «Mira, esta tía frescachona es la República francesa. Esta
-señora con corona y _bandós_ es la Reina de Inglaterra, y esta águila
-con dos cabezas, Alemania. Los vas poniendo en su sitio, y ahora lo que
-has de hacer es reunir muchos para llenar los huecos todos». El
-pequeñuelo estaba encantado; sólo sentía que la cantidad de sellos no
-fuera suficiente á inundar la mesa. Pronto se enteró del procedimiento,
-y en su interior hizo voto de conservar el álbum y de cuidarlo mientras
-le durase la vida.
-
-Víctor, entretanto, metió cucharada en la conversación hocicante que se
-traían Abelarda y Ponce. Casi estaban morro con morro, tejiendo un
-secreto, una conspiración de soserías, para él amorosas y para ella
-indiferentes y cansadas. Víctor encajó la cuchara entre boca y boca,
-diciéndoles:
-
---Amiguitos, los gorros á quien los tolere; yo protesto. ¿Y no podrían
-aguardar á la luna de miel para hacer los tortolitos? Francamente, eso
-es insultar á la desgracia. La felicidad debe disimularse ante los
-desdichados, como la riqueza ante el pobre. La caridad lo manda así.
-
---¿Pero á ti qué te importa que nosotros nos queramos ó dejemos de
-querernos--dijo Abelarda,--ni que nos casemos ó dejemos de casarnos?
-Seremos felices ó no, según nos dé la gana. Eso, acá nosotros. Tú nada
-tienes que ver.
-
---Don Víctor--indicó Ponce con su habitual insipidez,--si está usted
-envidioso, con su pan se lo coma.
-
---¿Envidioso? No negaré que lo estoy. Mentiría si otra cosa dijese.
-
---Pues rabia, pues rabia.
-
---Papá, papá--chilló Luisito, empeñado en que Víctor volviera la cabeza
-hacia donde él estaba, y poniéndole la mano en la cara para obligarlo á
-que lo mirase.--¿De qué parte es este que tiene un señor con bigotes muy
-largos?
-
---¿Pero no lo vos, hijo? Es de Italia... Pues sí que estoy envidioso.
-Ésta me dice que rabie, y no tongo inconveniente en rabiar y aun en
-morder. Porque cuando veo dos que se quieren bien, dos que resuelven el
-problema del amor y allanan todas las dificultades, y caminito, caminito
-de la dicha, llegan hasta el matrimonio, me muero de envidia. Para mí,
-créanlo ó no lo crean, ustedes han resuelto el problema. Yo miro en esta
-parejita lo que nunca podré alcanzar. Ustedes no tienen ambición,
-ustedes se contentan con una vida pacífica y modesta, estimándose y
-queriéndose sin fiebre ni locuras de esas... Ustedes no tendrán mucho
-_parné_, pero no carecerán del puchero; ustedes, sin ser santos, reúnen
-bastante virtud para recrearse el uno en el otro... ¿Qué más se puede
-desear?... ¡Ah! ínclito Ponce, usted la ha sabido entender; ha sabido
-elegir... y ella también, esta pícara, que parece que no rompe un plato,
-ha metido la mano en el cesto y ha sacado la fruta mejor. Yo me
-felicito, ¿pues no me he de felicitar? Pero eso no quita que tenga mi
-_pelusa_, como cualquier hijo de vecino, porque me contemplo en
-situación tan distinta, ay! tan distinta... Daría todo cuanto tengo,
-cuanto espero, por una cosa. ¿Á que no lo adivinan?
-
-Con repentina intuición, Abelarda le vió venir y temblaba.
-
---Pues yo daría todo por ser el ínclito Ponce. Créanlo ustedes ó no lo
-crean, esta es la verdad. ¿Quiere usted cambiarse, Ponce amigo?
-
---Francamente, si en el cambio me quedo con la dama, no hay
-inconveniente ninguno.
-
---¡Oh! eso no, porque cabalmente ahí está la tostada. Yo daría sangre de
-las venas por echar mi anzuelo en el mar de la vida con el cebo de una
-declaración amorosa y pescar una Abelarda. Es una ambición que me
-curaría de las demás.
-
---Papá, papá (tirándole de la nariz para que volviera la cara hacia él).
-¿Y esto que tiene una cotorra?
-
---Guatemala... Déjame, hijo... No aspiro á más. Una Abelardita que me
-mime, y con tal compañía lo arrostro todo. Con una como ésta me casaría
-yo por puertas, es decir, sin una mota. No faltaría el garbanzo.
-Prefiero con ella un pedazo de pan solo, á todas las riquezas del mundo.
-Porque ¿dónde se encuentra un carácter tan dulce, un corazón tan tierno,
-una mujer tan hacendosita, tan...
-
---Don Víctor, que se corre usted mucho (con tentativas de humorismo,
-enteramente frustradas). Que es mi novia, y tantos piropos me van á dar
-celos...
-
---Aquí no se traía de celos... Á buena parte viene usted... ¿Ésta,
-ésta?... Ésta es segura, amigo; lo quiere á usted con el alma y con la
-vida. Ya podían acudir todos los reyes y príncipes del orbe á
-disputársela á su Ponce adorado. ¿Pues se figura usted que si no lo
-creyera yo así no lo habría puesto los puntos? La caridad bien ordenada
-empieza por uno mismo. Si yo llego á concebir tanto así de esperanzas,
-¿piensa que no me alzo con el santo y la limosna? Pero, ¡quiá!, á otra
-puerta... Mírela usted: al que le hablo de cambiar á su Poncecito por
-otro, le tira los trastos á la cabeza... Véala usted con esa cara que
-parece un enigma, con esa sonrisita que parece postiza; cualquiera se
-atreve á decirle algo.
-
---Vamos, D. Víctor--objetó Ponce con mucha saliva en la boca,--que
-cuando usted habla así, es porque ha tenido sus pretensiones... y ha
-sacado lo que el negro del sermón.
-
---No hagas caso, tontín--dijo Abelarda muy inquieta, sonriendo
-violentamente, y con más gana de llanto que de broma.--¿No ves que se
-está quedando contigo?
-
---Que se quede. Lo que hay es que Abelarda es formal, y una vez dada su
-palabra, no hay quien la apee. Nosotros nos comprendimos en cuanto nos
-tratamos; nuestros caracteres ajustan perfectamente, y si yo estoy
-cortado para ella, ella está cortadita para mí.
-
---Poco á poco, caballero Ponce (poniéndose muy serio, como siempre que
-elevaba al grado heroico sus crueles bromas), usted estará cortado para
-quien guste, no me meto en eso. Pero lo que es Abelarda, lo que es
-Abelarda...
-
-Ponce le miró serio también, esperando el final de la frase, y la
-insignificante bajó la vista hacia su labor de costura.
-
---Digo que lo que es ella no está, cortada para usted. Y lo sostendré
-contra todo el que opine lo contrario. La verdad por delante. Ella le
-quiere á usted, lo reconozco; pero en cuanto al corte... Es mucho corte
-el suyo; hablo del corte moral y también del físico, sí, señor, también
-del físico. ¿Quiere usted que lo diga claro? Pues para quien está
-cortada Abelarda es para mí... Para mí; y no hay que tomarlo á ofensa.
-Para mí, aunque á usted le parezca un disparate. ¡Si usted no puede
-juzgarla como yo, que la conocí siendo una muñeca todavía!... Y, además,
-usted no me ha tratado á mí lo bastante para saber si congeniamos ó
-no... Ya sé que estoy hablando de una cosa imposible; ya sé que tengo la
-culpa de haber llegado tarde; ya sé que usted me cogió la delantera, y
-no hemos de reñir... Pero en cuanto á conocer el mérito de quien lo
-tiene; en cuanto á deplorar que tantas dotes no sean para mí, lo que es
-en eso (marcando la frase con la mayor formalidad y en tono oratorio),
-¡ah! lo que es en eso, no cedo ni puedo ceder.
-
---No le hagas caso, déjale--indicó Abelarda á su novio, que empezaba á
-enfurruñarse.
-
---Amigo D. Víctor, todo eso podrá ser verdad, poro no viene muy al caso.
-
---Parece que se amostaza usted, ínclito Ponce. Sépase que yo soy muy
-leal. Reconozco que se ha ganado usted lo que á mi parecer debió ser
-mío. (Patéticamente.) Bien ganado está. Ha sido en buena lid. Lo que he
-perdido, lo he perdido por mi culpa. No me quejo. Seremos amigos,
-siempre amigos. Vengan esos cinco.
-
---¡Ah, este D. Víctor, qué cosas tiene! (dejándose apretar la mano).
-
-Con otro que no fuera Ponce, bien se libraría Cadalso de emplear
-lenguaje tan impertinente; pero ya sabía él con quién trataba. El novio
-estaba amoscadillo, y Abelarda no sabía qué pensar. Para burla, le
-parecía demasiado cruel; para verdad, harto expresiva. Mucho le pesó á
-Ponce tener que marcharse: presumía que Víctor continuaría hablando á la
-chica en el mismo tono, y, francamente, Abelarda era su novia, su
-prometida, y aquel cuñadito hospedado bajo el propio techo principiaba á
-inquietarle. El pillete de Cadalso, conociendo la turbación del crítico,
-en el momento de despedirse le sacudió mucho la diestra, repitiendo:
-
---Leal, soy muy leal... Nada hay que temer de mí.
-
-Y cuando volvió al lado de la joven, que lo miraba consternada:
-
---Perdóname, hija; se me escapó aquella idea, que yo quería esconder a
-todos... Espontaneidades que uno tiene cuando menos piensa, y que el más
-ducho en disimular no puede contener á veces. Yo no quería hablar de
-esto; pero no sé qué me entró. ¡Me dió tal envidia de veros como dos
-tórtolos!... ¡me asusté tanto de la soledad en que me encontraba, nada
-más que por llegar tarde, sí, por llegar tarde!... Dispénsame, no te
-diré una palabra más. Sé que este capítulo te aburre y te molesta. Seré
-discreto.
-
-Abelarda no podía reprimirse. Levantóse, sintiendo pavor, deseo de huir
-y de esconderse, para ocultar algo que impetuosamente al demudado rostro
-le salía.
-
---Víctor--exclamó descompuesta y temblando,--ó eres el hombre más malo
-que hay en el mundo, ó no sé lo que eres.
-
-Corrió á su habitación y rompió á llorar, desplomándose de cara sobre
-las almohadas de su lecho. Víctor se quedó en el comedor, y Luis, que en
-su inocencia comprendía que pasaba algo extraño, no se atrevió durante
-un rato á molestar á papá con aquel teje-maneje de los sellos. El padre
-fué quien afectó entonces interesarse en el juego inteligente, y se puso
-á explicar á su hijo los símbolos de nacionalidades que éste no
-comprendía: «Este rey barbudo es Bélgica, y esta cruz la República
-helvética, es decir, Suiza».
-
-Doña Pura entró de la calle, y como no viese á su hija en el comedor ni
-en la cocina, buscóla en el dormitorio. Abelarda salía ya, con los ojos
-muy colorados, sin dar á su madre explicación satisfactoria de aquellos
-signos de dolor. Víctor, interrogado por doña Pura sobre el particular,
-lo dijo con socarronería:
-
---Parece usted tonta, mamá. Llora por el tío de Ponce.
-
-
-
-
-XX
-
-
-Acostaron temprano á Luis, que metió consigo en la cama el álbum de
-sellos y se durmió teniéndole muy abrazadito. No sufrió aquella noche el
-acceso espasmódico que precedía á la singular visión del anciano
-celestial. Pero soñó que lo sufría, y, por consiguiente, que deseaba y
-esperaba la fantástica visita. El misterioso personaje hizo novillos, y
-así lo expresaba con desconsuelo Cadalsito, deseando enseñarle su álbum.
-Esperó, esperó mucho tiempo, sin poder determinar el sitio donde estaba,
-pues lo mismo podía ser la escuela que el comedor de su casa ó el
-escritorio del memorialista. Y al hilo del sueño, donde todo era
-sinrazón y desvarío, descargó el rapaz un golpe de lógica admirable:
-«¡Pero qué tonto soy!--pensó.--¿Cómo ha de venir, si le han llevado
-esta noche á casa del tío de Ponce?»
-
-El día siguiente le dieron de alta; pero se determinó que no fuese á la
-escuela en lo que restaba de semana, lo que él agradeció mucho,
-determinando estudiar algo por las noches, nada más que una miaja, y
-reservando los grandes esfuerzos de aplicación para cuando volviera á
-sus tareas escolares. Le permitieron bajar á la portería, y cargó con el
-álbum para enseñárselo á Paca y á _Canelo_. Bien quisiera llevarlo á
-casa de su tía Quintina; mas para esto no hubo permiso. En la portería
-se estuvo hasta el anochecer, hora en que le llamaron, temiendo que se
-pasmase con el aire del portal. Al subir llevaba una idea que en sus
-conversaciones con Mendizábal y Paca había adquirido; una idea que le
-pareció al principio algo rara, pero que luego tuvo por la más natural
-del mundo. Hallábase solo con Abelarda, pues su abuela y Milagros
-zascandileaban por la cocina, cuando se determinó Cadalsito á comunicar
-á su tía la famosa idea. Esta le acariciaba con extremada vehemencia, le
-daba besos, le prometía regalarle un álbum mayor, y de repente Luis,
-respondiendo á tantos cariños con otros no menos tiernos, le dijo:
-
---Tía, ¿por qué no te casas tú con mi papá?
-
-Quedóse la chica como lela, fluctuando entre la risa y el enojo.
-
---¿De dónde has sacado tú eso, Luis?--le dijo, asustándole con la
-fiereza de su semblante.--Tú no lo has inventado. Alguien te lo ha
-dicho.
-
---Me lo dijo Paca--afirmó Luis, no queriendo cargar con
-responsabilidades ajenas.--Dice que Ponce es más tonto que quiere y que
-no te conviene; que mi papá es listo y guapo y que va á hacer una
-carrera muy grande, muy grande.
-
---Dile á Paca que no se meta en lo que no le importa... ¿Y qué más, qué
-más te dijo?
-
---Pues... (escarbando en su memoria). ¡Ah! que mi papá os un caballero
-muy decente... como que le da pesetas á la Paca siempre que le lleva
-algún recado... Y que tú debías casarte con mi papá, para que todo
-quedase en casa.
-
---¿Le lleva recados?... ¿Cartas? ¿Y á quién? ¿No sabes?
-
---Debe ser al Ministro... Es que son muy amigos.
-
---Pues todo eso que te ha contado Paca del pobre Ponce, es un
-disparate--afirmó Abelarda sonriendo.--¿Á ti no te gusta Ponce? Dime la
-verdad, dime lo que pienses.
-
-Luis vaciló un rato en dar contestación. Habían extinguido la prevención
-medrosa que su padre le inspiraba, no sólo los regalos recibidos de él,
-sino la observación de que Víctor se llevaba muy bien con toda la
-familia. En cuanto á Ponce, bueno será decir que Cadalsito no había
-formado opinión ninguna acerca de este sujeto, por lo cual aceptó, sin
-discutirla, la de Paca.
-
---Ponce no sirve para nada, desengáñate. Va por la calle que parece que
-se le caen los calzones. Y lo que es talento... Mira, más talento tiene
-Cuevas. ¿No te parece á ti?
-
-Abelarda se reía con tales ocurrencias. Aun hubiera seguido charlando
-con Luis de aquel asunto; pero la llamó su padre para que le pegara
-algunos botones al chaleco, y en esto se entretuvo hasta la hora de
-comer. Doña Pura dijo que Víctor no comía en casa, sino en la de un
-amigo suyo, diputado y jefe de un grupito parlamentario. Sobre esto hizo
-Villaamil algunos comentarios acres, que Abelarda oyó en silencio, con
-grandísima pena. Discutióse si irían ó no al teatro aquella noche,
-resolviéndose en afirmativa, porque Luis estaba ya bien. Abelarda
-solicitó quedarse, y su madre le dió una arremetida á solas, asestándole
-varias preguntas:
-
---¿Por qué no comes? ¿Qué tienes? ¿Qué cara es esa de carnero á medio
-morir? ¿Por qué no quieres venir al Real? No me tientes la paciencia.
-Vístete, que nos vamos en seguida.
-
-Y fueron las tres _Miaus_, dejando á Villaamil con su nieto y sus
-fúnebres soledades. Después de acostar al niño se puso á leer _La
-Correspondencia_, que hablaba de una nueva combinación.
-
-Cuando las _Miaus_ regresaron, ya Víctor estaba allí, escribiendo cartas
-en la mesa del comedor. Don Ramón seguía royendo el periódico, y suegro
-y yerno no se decían media palabra. Retiráronse todos, monos Abelarda,
-que tenía que mojar ropa para planchar al día siguiente, y al verla
-metida en esta faena, Víctor, sin soltar la pluma, le dijo:
-
---He pensado en ti todo el día. Temí que te enojaras por lo de ayer. Yo
-había hecho el propósito de no revelarte nunca mis sentimientos. Aun no
-te he dicho toda la verdad, ni te la diré, Dios mediante. Cuando uno
-llega tarde, debe resignarse y callar. ¿Y tú no me respondes nada? ¿No
-hablas ni siquiera para reñirme?
-
-La insignificante tenía los ojos fijos en la mesa, y sus labios se
-agitaban como si la palabra retozara en ellos. Por fin no chistó.
-
---Te hablaré como hermano (con aquella gravedad bondadosa que tan bien
-sabía fingir), ya que de otra manera no me es lícito. Soy muy
-desgraciado... no lo sabes tú bien. Aquí me tienes arrastrado por un
-vértigo de pasiones insanas; aquí me tienes bajo el peso de relaciones
-que solicité con aturdimiento, que mantuve por rutina y por pereza, y
-que ahora deseo romper. Contaba yo para este fin con el auxilio de un
-ser angelical a quien pensaba encomendarme primero y entregarme por fin
-en cuerpo y alma. Pero ya no puede ser. ¿Qué hago yo en este trance?
-Seguir y seguir encenagado, perderme más y más en el laberinto sin
-salida. Ya no hay salvación para mí. La fatalidad me arrastra... Tú no
-comprendes esto, Abelarda; pero ¡quién sabe!... quizás lo comprendas,
-porque tienes mucha penetración. ¡Oh! ¡pues si yo te hubiera encontrado
-libre...! Mil veces me he propuesto no decirte nada. Sólo que las
-palabras se me salen de la boca... Basta, basta; no me hagas caso. Esto
-te lo vengo diciendo desde un principio. No hagas caso de este infeliz;
-despréciame. Yo no te merezco. Estoy expiando los enormes disparates que
-cometí desde que me faltó mi pobre Luisa, aquel ángel... ángel del
-cielo, pero inferior á ti, tan inferior, que no hay punto de comparación
-entre ambas. Yo, francamente (levantándose con exaltación), cuando veo
-qué tesoro tan grande va á ser para un Ponce; cuando pienso que tal
-conjunto de cualidades cae en manos de...
-
-Abelarda estaba tan sofocada, que si no desahoga, si no abre al menos
-una valvulita, revienta de seguro.
-
---¿Y si yo te dijera... vamos á ver (palideciendo), si yo te dijera que
-no quiero á Ponce?...
-
---¿Tú?... ¿y es verdad?...
-
---¿Si yo te dijera que ni le quise jamás, ni le querré nunca?... á ver.
-
-Víctor no contaba con esta salida, y se desorientó.
-
---Ahí tienes tú una cosa... vamos... (balbuciendo) una cosa que me
-produce el efecto de un porrazo en la cabeza... ¿Pero es verdad? Cuando
-lo dices, verdad debe de ser. Abelarda, Abelarda, no juegues conmigo;
-no juegues con fuego... Estas bromas, si bromas son, suelen traer
-catástrofes. Porque cuando se aborrece á un hombre, como me aborreces tú
-á mí... (confuso y sin saber á qué santo encomendarse) no se le dice
-nada que pueda extraviarlo respecto á... quiero decir, respecto á los
-sentimientos de la persona que le aborrece, porque podría suceder que el
-aborrecido... No, no atino á explicarte lo que siento. Si no quieres á
-Ponce, es que quieres á otro, y esto es lo que no debes decirme á mí...
-¿Para qué? ¿Para que me confunda más de lo que estoy? (Columbrando un
-postigo y aguzando su ingenio para escurrirse por él.) Y no quiero
-interrogarte sobre este particular, porque me volvería loco. Guárdate tu
-secreto y respeta mi situación. Si yo no te inspiro más que odio, si no
-llegas á la repugnancia, te ruego que me dejes solo, que te retires y no
-añadas una palabra más. No te ofrezco mis consejos, porque no los
-aceptarías; pero si te encontraras en alguna situación difícil, y mis
-consejos te pudieran servir de algo, ya sabes que soy para ti lo que tú
-quieras que sea; hermano, si como hermano me tratas...
-
---¿Y si los necesitara, si necesitara tus consejos?--insinuó Abelarda,
-que buscaba no una salida, sino la entrada, sin poder descubrirla.
-
---Pues dispón de mí (otra vez desconcertado). Si quieres á un hombre y
-temes la oposición de tus padres; si la ruptura con Ponce te parece
-difícil y necesitas auxilio, aquí estoy dispuesto á prestártelo, por
-penoso que el caso sea para mí (acercándose más á ella). Dímelo, dímelo,
-no tengas miedo. ¿Quieres á un hombre que no es tu novio?
-
---Es mucho pedir que confiese yo... así... de tenazón (recurriendo á la
-coquetería para salir del paso). ¿Y á ti quién te da vela en este
-entierro?...
-
---Soy de la familia... soy tu amigo. Podría ser algo más si tú
-quisieras. Pero he llegado tarde; no hay que hablar de mi persona. Estoy
-fuera de juego. Si no quieres confiarme tu secreto, mejor para mí. Así
-no padeceré tanto. Respóndeme á una pregunta: el hombre á quien tú
-quieres, ¿te quiere á ti también?
-
---Yo no he dicho que quiera á nadie... me parece que no lo he dicho...
-Pero pongamos que lo dijese. Eso no es cuenta tuya. Eres muy
-entrometido... Claro que yo no iba á querer á nadie que no me
-correspondiese. ¡Pues lucida estaba!
-
---De modo que hay reciprocidad (con fingida cólera). ¡Y estas cosas me
-las dices en mi propia cara!
-
---¡Yo!... si yo no he chistado.
-
---Pero lo das á entender... No quiero ser tu confidente, vamos... ¿De
-modo que el otro te ama?...
-
---No lo sé... (dejándose llevar de su espontaneidad, ya irresistible).
-Es lo que no he podido averiguar todavía.
-
---Y vienes sin duda á que yo te lo averigüe (con sarcasmo). Abelarda,
-esa clase de papeles no los hago yo. No, no me digas quién es; no
-necesito saberlo. ¿Es quizás persona que yo conozco? Pues cállate el
-nombre, cállatelo si no quieres que perdamos las amistades. Esto te lo
-dice un hombre que siente hacia ti un afecto... pero un afecto que ahora
-no quiero definir; un hombre que vive bajo el peso de su destino fatal
-(estas filosofías y otras semejantes las tomaba Cadalso de ciertas
-novelas que había leído), un hombre á quien está vedado referirte sus
-padecimientos; y pues yo no debo quererte ni puedo ser tuyo ni tú mía,
-no debo atormentarme ni dejar que me atormentes tú. Guárdate tu secreto,
-y yo reservaré la parte de él que he adivinado. Si la fatalidad no se
-hubiera interpuesto entre nosotros dos, yo intentaría aún tu remedio,
-procurando arrancarte ese amor, reemplazándolo con el mío. Pero no soy
-dueño de mi voluntad. El sentimiento éste (golpeándose el pecho) jamás
-pasará del corazón á la realidad de la vida. ¿Por qué me incitas á
-descubrirlo? Déjalo en mí, mudo, sepultado, pero siempre vivo. No me
-tientes, no me irrites. ¿Quieres á otro? Pues que yo no lo sepa. ¿Á qué
-enconar una herida incurable?... Y para impedir mayores conflictos,
-mañana mismo me voy de esta casa, y no vuelvo á entrar aquí.
-
-Abelarda sintió tan viva aflicción al oir esto, que no pudo encubrirla.
-No tenía ella en su pobre caletre armas de razonamiento para combatir
-con aquel monstruo de infinitos recursos ó ingenio inagotable, avezado á
-jugar con los sentimientos serios y profundos. Aturdida y atontada, iba
-á entregar su secreto, ofreciéndose indefensa y cubierta de ridiculez al
-brutal sarcasmo de Víctor; pero pudo serenarse un poco, recobrar algún
-equilibrio, y con afectada calma le dijo:
-
---No, no, no hay motivo para que te vayas. ¿Es que hiciste las paces con
-Quintina?
-
---¿Yo? ¡Qué disparate! Ayer Cabrera por poco me pega un tiro. Es un
-animal. Me iré á vivir á cualquier rincón.
-
---No, eso no. Puedes seguir aquí.
-
---Pues prométeme no hablar de esto una palabra más.
-
---Si yo no he hablado. Eres tú el que se lo dice todo. Que me quieres,
-que no me puedes querer. ¿Cómo se entiende?
-
---Y la última prueba de que te quiero y no te debo querer (con agudeza),
-te la voy á dar ahora con este consejo: vuelve los ojos á Ponce...
-
---Gracias.
-
---Vuelve los ojos al ínclito Ponce. Cásate con él. Ten espíritu
-práctico, ¿Que no le quieres? No importa.
-
---Tú estás loco (aturrulladísima). ¿Acaso he dicho yo que no le quería?
-
---Lo has dicho, sí.
-
---Pues me vuelvo atrás. ¡Qué disparate! Si lo dije, fué broma, por oírte
-y darte tela.
-
---Eres mala, muy mala. Yo pensaba otra cosa de ti.
-
---¿Pues sabes lo que digo? (levantándose con violento arrebato de ira y
-despecho). Que estás de lo más cargante y de lo más inaguantable con
-tus... con tus enigmas; y que no te puedo ver, no te puedo ver. La culpa
-la tengo yo, que oigo tus necedades. Abur... Voy á dormir... Y dormiré
-tan ricamente, ¿qué te crees?
-
---El odio muy vivo, como el amor, quita el sueño.
-
---Á mí no... perverso... tonto...
-
---Tú á dormir, y yo á velar pensando en ti... Adiós, Abelarda... Hasta
-mañana.
-
-Y cuando se retiró el impío, un minuto después de la desaparición de la
-víctima (que se metió en su cuarto y atrancó la puerta como quien huye
-de un asesino), llevaba en los labios risilla diabólica y este monólogo
-amargo y cruel: «Si me descuido, me espeta la declaración con toda
-desvergüenza. ¡Y cuidado que es antipática y levantadita de cascos la
-niña!... Y cursi hasta dejárselo de sobra, y sosita... Todo se le
-podría perdonar si fuera guapa... ¡Ah! Ponce, ¡qué ganga te ha
-caído!... Es una plepa que no hay por dónde cogerla para echarla á la
-basura.
-
-
-
-
-XXI
-
-
-Aunque las esperanzas de los Villaamil, apenas segadas en flor, volvían
-á retoñar con nueva lozanía, el atribulado cesante las daba siempre por
-definitivamente muertas, fiel al sistema de esperar desesperando. Sólo
-que su pesimismo se avenía mal con el furor de escribir cartas y de
-mover cuantas teclas pudiesen comunicar vibración á la desmayada
-voluntad del Ministro. «Todo eso de esperar vacante, es
-música--decía.--Yo sé que cuando quieren hacer las cosas, las hacen
-saltando por cima de las vacantes y hasta por cima de las leyes. Ni que
-fuéramos tontos. He visto mil veces el caso de entrar un prohombre en el
-Ministerio, navaja en mano, pedir una credencial de las gordas; el
-Ministro ¡zas! llama al Jefe del personal... «No hay vacante...» «Pues
-hacerla». ¡Pataplún! allá te va, caiga el que caiga... ¿Pero dónde está
-mi prohombre? ¿Qué personaje de campanillas entrará en el despacho del
-Ministro con cara _feroce_ diciendo: «De aquí no me muevo hasta que me
-den... eso?» ¡Ay, Dios mío, qué desgraciado soy y cómo me voy quedando
-fuera de juego!... Con esta Restauración maldita, epílogo de una
-condenada Revolución, ha salido tanta gente nueva, que ya se vuelve uno
-á todos lados sin ver una cara conocida. Cuando un D. Claudio Moyano, un
-D. Antonio Benavides ó un Marqués de Novaliches le dicen á uno: «Amigo
-Villaamil, ya estamos mandados recoger», es que el mundo se acaba. Bien
-dice Mendizábal, que la política ha caído en manos de mequetrefes».
-
-Para distraer su pena y olfatear nombramientos ajenos, ya que en el suyo
-afectaba no creer, ó realmente no creía, iba por las tardes al
-Ministerio de Hacienda, en cuyas oficinas tenía muchos amigos de
-categorías diversas. Allí se pasaba largas horas, charlando, enterándose
-del expedienteo, fumando algún cigarrillo, y sirviendo de asesor á los
-empleados noveles ó inexpertos que le consultaban sobre cualquier punto
-obscuro de la enrevesada Administración.
-
-Profesaba Villaamil entrañable cariño á la mole colosal del Ministerio;
-la amaba como el criado fiel ama la casa y familia cuyo pan ha comido
-durante luengos años; y en aquella época funesta de su cesantía,
-visitábala él con respeto y tristeza, como sirviente despedido que ronda
-la morada de donde le expulsaron, soñando en volver á ella, Atravesaba
-el pórtico, la inmensa crujía que separa los dos patios, y subía
-despacio la monumental escalera, encajonada entre gruesos muros, que
-tiene algo de feudal y de carcelario á la vez. Casi siempre encontraba
-por aquellos tramos á algún empleado amigote que subía ó bajaba. «Hola,
-Villaamil, ¿qué tal?»--«Vamos tirando». Al llegar al principal titubeaba
-antes de decidir si entraría en Aduanas ó en el Tesoro, pues en ambas
-Direcciones le sobraban conocidos; pero en el segundo prefería siempre
-Contribuciones á Propiedades. Los porteros le saludaban; y como
-Villaamil era tan afable, siempre echaba un párrafo con ellos. Si era
-tarde, les encontraba con la paletada de brasas, resto de las chimeneas,
-cuyo último fuego sirve para alimentar los braseros de las porterías; si
-temprano, llevando papeles de una oficina á otra ó transportando
-bandejas con vasos de agua y azucarillos. «Hola, Bermejo, ¿cómo
-va?»--«Tal cual, D. Ramón, y sintiendo mucho no verle á usted todos los
-días por aquí».--«Dígame, ¿y Ceferino?»--«Ha pasado á Impuestos. El
-pobre Cruz fué el que _cascó_».--«¿Qué me cuenta usted? Hombre, ¡si le
-vi el otro día tan bueno y tan sano!... ¡Qué mundo éste! Vamos quedando
-pocos de aquella fecha. Cuando yo entré aquí en tiempos de D. Juan Bravo
-Murillo, ya estaba Cruz _en la casa_... Mire usted si ha llovido...
-Pobre Cruz, lo siento».
-
-El mejor amigo entre los muchos buenos que Villaamil tenía en aquella
-casa era D. Buenaventura Pantoja, de quien algo sabemos ya, padre de
-Virginia Pantoja, una de las actrices del coliseo doméstico de las
-_Miaus_. Visitaba con preferencia D. Ramón la oficina de tan excelente y
-antiguo compañero (Contribuciones), del cual había sido jefe: tomaba
-asiento en la silla más próxima á la mesa; le revolvía los papeles si no
-estaba allí, y si estaba, trabábase entre los dos sabroso coloquio de
-chismografía burocrática.
-
-«--¿Sabes...?--decía Pantoja.--Hoy salieron calentitos dos oficiales
-primeros y un jefe de Administración. Ayer estuvo ese fantoche (aquí el
-nombre de cualquier célebre político), y claro, á rajatabla. Lo que yo
-te digo: cuando quieren hacer las cosas, saltan por cima de todo.
-
---Sea por amor de Dios--respondía Villaamil, dando un doliente suspiro
-que ponía trémulas las hojas de papel más cercanas».
-
-Aquel día tardó mucho el buen hombre en fondear ante la mesa de Pantoja.
-Á cada paso saltaban conocidos. Uno salía por aquí, aferrando legajos
-atados con balduque; otro entraba presuroso por allá, retrasado y
-temiendo un regaño del jefe. «¿Cuánto bueno?... ¿Qué tal,
-Villaamil?»--«Hijo, defendiéndonos». La oficina de Pantoja formaba parte
-de un vastísimo salón, dividido por tabiques como de dos metros de alto.
-El techo era común á los distintos departamentos, y en la vasta
-capacidad se veían los tubos de las estufas, largos y negros, quebrados
-en ángulo recto para tomar la horizontal, horadando las paredes. Llenaba
-aquel recinto el estridor sonoro de los timbres, voz lejana de los
-jefes, llamando sin cesar á sus subalternos. Como era la hora en que
-entran los rezagados, en que los madrugadores almuerzan, en que otros
-toman café, que mandan traer de la calle, no reinaba allí el silencio
-propicio al trabajo mental; antes, todo se volvía cierres de puertas,
-risas, traqueteo de loza y cafeteras, gritos y voces impacientes.
-
-Villaamil entró en la sección, saludando á diestro y siniestro. Allí
-estaba de oficial tercero el cojo Guillén, muy amigo de la familia
-Villaamil, tertuliano asiduo, apuntador en la pieza que se iba á
-representar. Era, por más señas, tío del famoso _Posturitas_, amigo y
-émulo de Luisito Cadalso, y vivía con sus hermanas, dueñas de la casa de
-_empréstamos_. Tenía fama Guillén de mordaz y maleante, capaz de tomarle
-el pelo al lucero del alba. En la oficina escribía juguetes cómicos
-groseros y verdes, algún dramón espeluznante, que nunca llegaría á
-arrostrar las candilejas; dibujaba caricaturas y rimaba sátiras contra
-la mucha gente ridícula de la casa. También había por allí un
-aspirantillo, hijo del Director del Tesoro, que apenas frisaba en los
-diez y seis y cobraba sus cinco mil reales, listo como una pólvora, apto
-para traer y llevar recados de oficina en oficina. Oficial segundo era
-un tal Espinosa, señorito elegante, de carrera improvisada y raya en el
-polo, con mucho requilorio en el vestir y bastantes gazapos en la
-ortografía; buen muchacho, que no se formalizaba nunca por las cargantes
-bromas de Guillén. Pero el más característico de todos era un tal
-Argüelles y Mora, oficial segundo, perfecta parodia de un caballero del
-tiempo de Felipe IV: pequeño, genuino _gato_ de Madrid, rostro enjuto y
-color de cera, bigote y perilla teñidos de negro, melenas largas y bien
-atusadas. Para que el tipo resultase más cabal, usaba cierta capita
-corta y negra, que parecía un desecho del guardarropa de Quevedo. El
-sombrero era hongo chato, achambergado, con un dedo de grasa. Lástima
-que no llevara golilla; mas aun sin ella, era un acabado tipo de
-alguacil. En sus tiempos tuvo pretensiones de guapeza, originalidad y
-elegancia; pero ya sus espaldas tiraban á corcovarse, y su rostro, con
-los pelos pintados, tenía un sello de vigilia forzoso que daba
-compasión. Tocaba la trompa en un teatro. Llamábanle sus compañeros el
-_padre de familia_, porque en todas las conversaciones burocráticas
-traía á colación la multitud de bocas que tenía que mantener con el
-mezquino y descontado sueldo de doce mil reales. Había tres ó cuatro
-empleados más, algunos taciturnos y atentos á su obligación, repartidos
-en varias mesas, á distancia respetuosa de la del jefe, próxima á la
-ventana que daba al patio.
-
-Cerca de las mesas veíanse las perchas donde los funcionarios colgaban
-capas y sombreros. Guillén tenía las muletas junto á sí. Entre mesa y
-mesa, estantes y papeleras, trastos de forma y aspecto que sólo se ven
-en las oficinas, viejos los unos, con no sé qué olor y color de _Paja y
-Utensilios_, de donde tal vez procedían; los otros nuevos, pero no
-semejantes á ningún mueble usado fuera de las regiones burocráticas.
-Sobre todos los pupitres abundaban legajos atados con cintas rojas, los
-unos amarillentos y polvorosos, papel que tiene algo de cinerario y
-encierra las esperanzas de varias generaciones; los otros de hojas
-flamantes y reciente escritura, con notas marginales y firmas
-ininteligibles. Eran las piezas más modernas del pleito inmenso entre el
-pueblo y el fisco.
-
-Pantoja no estaba: le había llamado el Director.
-
---Tome usted asiento, D. Ramón. ¿Quiere un cigarrito?
-
---¿Y tú qué te traes entre manos? (acercándose á la mesa del cojo y
-apoderándose de un papel). ¿Á ver, á ver...? _Drama original y en
-verso._ ¿Título? _La hijastra de su hermanastra._ Muy bien, zánganos;
-así perdéis las horas.
-
---Don Ramón, D. Ramón--dijo el elegante, que acababa de paladear su
-café.--¿No sabe? Á Cañizares, ¿se acuerda usted, el que estaba en
-Propiedades, aquel á quien llamábamos don Simplicio?, le han dado los
-doce mil. ¿Ha visto usted _polacada_ mayor?
-
---Lo tuve yo en mi oficina con cinco mil hace catorce años--dijo el
-_padre de familia_, esgrimiendo su puño cerrado y revelando toda la
-aflicción del mundo en su cara alguacilesca.--Era tan asno, que le
-ocupábamos en traer leña para la estufa. Ni para eso servía. ¡Cáscaras,
-qué hombre más animal! Yo cobraba entonces doce mil, lo mismo que ahora.
-Vean ustedes si esto es justicia ó qué. ¿Tengo ó no tengo razón cuando
-digo que vale más recoger boñiga en las calles que servir al gran
-pindongo del Estado? Convengamos en que se acabó la vergüenza.
-
---Amigo Argüelles--suspiró Villaamil con tristeza estoica,--no hay más
-remedio que tragar bilis. Dígamelo usted á mí, que he tenido á mis
-órdenes, en provincias, con seis mil, al propio Director del ramo...
-Estaba la criatura en Estancadas... y no valía ni para pegar precintos
-en las cajas de cigarros.
-
---Dame, paloma mía, de lo que comes... ¡Cuando me acuerdo, ¡cascarones!,
-de que mi padre quería colocarme de hortera en una tienda, y yo me
-remonté creyendo que esto no era cosa fina!... ¡Vamos, cuando me acuerdo
-de esto, me dan ganas de arrancarme á puñados estos condenados mechones
-que á uno le quedan!... Era allá por el 51. Pues no sólo no quise oir
-hablar de mostrador, sino que me metí á empleado por aquello de ser
-caballero; y para acabar de ensuciarla, me casé. ¡Si sería yo pillín!...
-Después, _pian pianino_, nueve de familia, suegra y dos sobrinos
-huérfanos. Y defienda usted el garbanzo de tanta gente... Y gracias que
-la trompa ayuda, señores. El 64 llegué á los doce mil reales, y allí me
-planté. ¿Saben ustedes quién me sacó los doce mil? Julián Romea. No me
-veré en otra. Catorce años llevo en esta plaza. Ya ni siquiera pido el
-ascenso. ¿Para qué? Como no lo pida á tiros...
-
-Las lamentaciones del trompista _padre de familia_ eran oídas siempre
-con deleite. Entró en aquel punto Pantoja, y _conticuere omnes_. Cubría
-la cabeza del jefe de la sección un gorrete encarnado, con unas al modo
-de alcachofas bordadas de oro, y borla deshilachada que caía con gracia.
-Vestía gabán pardo y muy traído, pantalón con rodilleras, rabicorto,
-dejando ver la caña de las botas recién estrenadas, sin lustre aún.
-Después de saludar al amigo, ocupó su asiento. Arrimóse Villaamil, y
-charlaron. Pantoja no olvidaba por el palique los deberes, y á cada
-instante daba órdenes á su tropa. «Oiga usted, Argüelles, haga el favor
-de ponerme una orden á la Administración Económica de la Provincia
-pidiendo tal cosa... Usted, Espinosa, sáqueme en seguida el estado de
-débitos por Industrial». Y deshacía con mano experta el lazo de
-balduque para destripar un legajo y sacarle el mondongo. En atarlos
-también mostraba singular destreza, y parecía que los acariciaba al
-mudarlos de sitio en la mesa ó al ponerlos en el estante.
-
-El tipo fisiognómico de este hombre consistía en cierta inercia
-espiritual que en sus facciones se pintaba. Su frente era ancha, lisa, y
-tan sin sentido como el lomo de uno de esos libros rayados para cuentas,
-donde no se lee rótulo alguno. La nariz era gruesa en el arranque,
-resultando tan separados los ojos, que parecían estar reñidos y mirar
-cada uno por su cuenta y riesgo, sin hacer caso del otro. Su gran boca
-no se sabía dónde acababa. Las orejas lo sabrían. Sus labios fruncidos
-parecía que se violentaban al desplegarse para hablar, cual si fuesen
-expresamente creados para la discreción.
-
-Moralmente, era Pantoja el prototipo del integrismo administrativo. Lo
-de _probo funcionario_ iba tan adscrito á su persona como el nombre de
-pila. Se le citaba de tenazón y por muletilla, y decir _Pantoja_ era
-como evocar la propia imagen de la moralidad. Hombre de pocas
-necesidades, vivía obscuramente y sin ambición, contentándose con su
-ascenso cada seis ó siete años, ni ávido de ventajas, ni temeroso de
-cesantía, pues era de esos pocos á quienes, por su conocimiento
-práctico, cominero y minucioso de los asuntos oficinescos, no se les
-limpia nunca el comedero. Había llegado á considerar su inmanencia
-burocrática como tributo pagado á su honradez, y esta idea se
-transformaba en sentimiento exaltado ó superstición. Era un alma
-ingenuamente honrada, una conciencia tan angosta, que se asustaba si oía
-hablar de millones que no fuesen los de la Hacienda. Las cifras muy
-altas, no siendo las del presupuesto del Estado, le producían un
-estremecimiento convulsivo; y si en el Ministerio se preparaba algún
-proyecto relacionado con fuertes empresas industriales ó bancarias, se
-le subía á la boca, sin poderlo remediar, la palabra _chanchullo_. Nunca
-iba á la Tesorería Central sin experimentar sensación de espanto, como
-en presencia de un abismo ó sima pavorosa donde anidan el peligro y la
-muerte; y cuando veía entrar en la Dirección del Tesoro ó en la
-Secretaría á los altos personajes de la Banca, temblaba por la riqueza
-del Erario, de quien se creía perro de presa. Según Pantoja, no debía
-ser verdaderamente rico nadie más que el Estado. Todos los demás
-caudales eran producto del fraude y del cohecho. Siempre había servido
-en Contribuciones, y durante su larga y laboriosa carrera fué cultivando
-en su alma el insano goce de perseguir al contribuyente moroso ó
-maligno, placer que tiene algo del cruel entusiasmo de la caza: para él
-era deleite inefable ver á la grande y á la pequeña propiedad
-defenderse, pataleando, de la persecución del Fisco, y sucumbir siempre
-ante la superioridad del cazador. En todos los conflictos entre la
-Hacienda y el contribuyente, la Hacienda tenía siempre razón, según el
-dictamen inflexible de Pantoja, y este criterio se mostraba en sus
-notas, que jamás reconocieron el derecho de ningún particular contra el
-Estado. Para él la Propiedad, la Industria, el consumo mismo, eran
-organismos ó instrumentos de defraudación, algo de disolvente y
-revolucionario, que tenía por objeto disputar sus inmortales derechos á
-la única entidad dueña y propietaria de todo: la Nación. Pantoja no
-poseyó nunca más que su ropa y sus muebles; era hijo de un portero de la
-Sala de _Mil y Quinientas_; se había criado en un desván de los
-Consejos, sin salir nunca de Madrid; no conocía más mundo que las
-oficinas, y para él la vida era una sucesión no interrumpida de menudos
-servicios al Estado, recibiendo de éste, en recompensa, el garbanzo y la
-santa rosca de cada día.
-
-
-
-
-XXII
-
-
-¡Ah! ¡Cielos! ¿Qué sería del mundo sin cocido? ¿Y qué de la mísera
-humanidad sin pagas? La paga era la única forma de bienes terrestres en
-conformidad con los principios morales, pues para todas las demás
-clases de bienestar archivaba Pantoja en el fondo de su alma un altivo
-desprecio. Difícilmente concedía que en la clase de ricos hubiera alguno
-que fuese propiamente honrado, y á las grandes empresas y á los audaces
-contratistas les miraba con religioso horror. Labrar en pocos años
-pingüe fortuna, pasar de la pobreza á la opulencia... era imposible por
-medios lícitos. Para que tal cosa suceda, es indispensable _ensuciarse_,
-quitándole lo suyo á la víctima eterna, al propietario elemental, al
-Estado. Al millonario que había heredado su fortuna y no hacía más que
-gastarla, le perdonaba el buen Pantoja; pero aun así no le tenía en olor
-de santidad, diciendo que si él no robaba, lo habían hecho sus padres, y
-la responsabilidad, como el dinero, se transmitía de generación en
-generación.
-
-Cuando veía entrar en el Ministerio y pasar al despacho del Ministro al
-representante de Rothschild ó de otra opulenta casa española ó
-extranjera, pensaba cuan útil sería ahorcar á todos aquellos señores que
-no iban allí sino á tramar algún enjuague. Estas ideas y otras
-semejantes las vertía Pantoja en el círculo del café adonde concurría,
-siendo objeto de punzantes burlas por su estrechez de miras; pero él no
-se daba á partido. ¿Hablábase de Hacienda? Pues en el acto tremolaba
-Pantoja su banderín con este sencillo y convincente lema: _Mucha
-administración y poca ó ninguna política_. Guerra á los grandes
-negocios, guerra al agio y guerra también á los extranjeros, que no
-vienen aquí más que á explotarnos y á llevarse el _cumquibus_,
-dejándonos más pobres que las ratas. Tampoco ocultaba Pantoja sus
-simpatías por el rigor arancelario, pues el libre cambio es la
-protección á la industria de extranjis.
-
-Al propio tiempo sostenía que los propietarios se quejan de vicio, que
-en ninguna parte se pagan menos contribuciones que en España, que el
-país es esencialmente defraudador, y la política el arte de cohonestar
-las defraudaciones y el turno pacífico ó violento en el saqueo de la
-Hacienda. En suma, las ideas de Pantoja eran tres ó cuatro, pero
-profundamente incrustadas en su _intellectus_, como si se las hubieran
-metido á mazo y escoplo. Su conversación en el círculo de amigos
-languidecía, porque nunca hablaba mal de sus jefes, ni censuraba los
-planes del Ministro; no se metía en honduras, ni revelaba ningún secreto
-de entre bastidores. En el fondo de su cerebro dormía cierto comunismo
-de que él no se daba cuenta. De este tipo de funcionario, que la
-política vertiginosa de los últimos tiempos se ha encargado de
-extinguir, quedan aún, aunque escasos, algunos ejemplares.
-
-En su trabajo era Pantoja puntualísimo, celoso, incorruptible y enemigo
-implacable de lo que él llamaba _el particular_. Jamás emitió dictamen
-contrario á la Hacienda; la Hacienda le pagaba, era su ama, y no estaba
-él allí para servir á los enemigos _de la casa_. En cuanto á los asuntos
-obscuros, de una antigüedad telarañosa y de resolución difícil, su
-sistema era que no debían resolverse nunca; y cuando llegaba
-forzosamente el último trámite impuesto por las leyes, buscaba en la ley
-misma la triquiñuela necesaria para enredarlos de nuevo. Escribir la
-última palabra de uno de estos pleitos equivalía á una fragilidad de la
-Administración, á declararse vencida y casi deshonrada. En cuanto á su
-probidad, no hay que decir sino que recibía á cajas destempladas á los
-agentes que iban á ofrecerle recompensa por despachar bien y pronto tal
-ó cual negocio. Conocíanle ya, y no se atrevían con aquel puerco-espín,
-que erizaba sus púas todas al sentir la aproximación del _particular_, ó
-sea del contribuyente.
-
-En su vida privada, era Pantoja el modelo de los modelos. No había casa
-más metódica que la suya, ni hormiga comparable á su mujer. Eran el
-reverso de la medalla de los Villaamil, que se gastaban la paga entera
-en los tiempos bonancibles, y luego quedaban pereciendo. La señora de
-Pantoja no tenía, como doña Pura, aquel ruinoso prurito de suponer,
-aquellos humos de persona superior á sus medios y posición social. La
-señora de Pantoja había sido criada de servir (creo que de D. Claudio
-Antón de Luzuriaga, al cual debió Pantoja su credencial primera), y lo
-humilde de su origen la inclinaba á la obscuridad y al vivir modesto y
-esquivo. Nunca gastaron más que los dos tercios de la paga, y sus hijos
-iban adoctrinados en el amor de Dios y en el supersticioso miedo al
-fausto y pompas mundanales. Á pesar de la amistad íntima que entre
-Villaamil y Pantoja reinaba, nunca se atrevió el primero á recurrir al
-segundo en sus frecuentes ahogos; le conocía como si le hubiese parido;
-sabía perfectamente que el _honrado_ ni pedía ni daba, que la
-postulación y la munificencia eran igualmente incompatibles con su
-carácter, arcas cuyas puertas jamás se abrían ni para dentro ni para
-fuera.
-
-Sentados los dos, el uno ante un pupitre, el otro en la silla más
-próxima, Pantoja se ladeó el gorro, que resbalaba sobre su cabeza
-lustrosa al menor impulso de la mano, y dijo á su amigo:
-
---Me alegro que hayas venido hoy. Ha llegado el expediente contra tu
-yerno. No le he podido echar un vistazo. Parece que no es nada limpio.
-Dejó de incluir dos ó tres pueblos en la nota de apremios, y en los
-repartos del último semestre hay sapos y culebras.
-
---Ventura, mi yerno es un pillo; demasiado lo sabes. Habrá hecho
-cualquier barrabasada.
-
---Y me enteró ayer el Director de que anda por ahí dándose la gran vida,
-convidando á los amigachos y gastando un lujo estrepitoso, con un
-surtidito de sombreros y corbatas que es un asco, y hecho un figurín el
-muy puerco. Dime una cosa: ¿vive contigo?
-
---Sí--respondió secamente Villaamil, que sentía la ola de la vergüenza
-en las mejillas, al considerar que también su ropa, por flaqueza de
-Pura, procedía de los dineros de Cadalso.--Pero estoy deseando que se
-largue de mi casa. De su mano, ni la hostia.
-
---Porque... verás, me alegro de tener esta ocasión de decírtelo: eso te
-perjudica, y basta que sea yerno tuyo y que viva bajo tu techo, para que
-algunos crean que vas á la parte con él.
-
---¡Yo... con él! (horrorizado). Ventura, no me digas tal cosa...
-
---No; si yo no soy quien lo dice, ni me pasa por el magín. Pero la gente
-de esta casa... Ya ves, ¡hay tanto pillo! Y cuando tocan á pensar mal,
-los más pillos son los que descueran al inocente.
-
---Pues aunque Víctor es mi yerno, tan ajeno soy á sus trapacerías, que
-si en mi mano estuviera el impedirle ir á presidio, no lo impediría...
-Figúrate.
-
---¡Ah! No irá, no irá; no te dé cuidado. No irá por lo mismo que lo
-merece. Tiene pararrayos y paracaídas. Se están poniendo los tiempos tan
-corruptos, que estos granujas como tu yerno son los que cobran el
-barato. Verás cómo le echan tierra al expediente, aprueban su conducta y
-le dan el jeringado ascenso. Por cierto que es de lo más atrevido que
-conozco. Ayer estuvo aquí; luego bajó á ver al Subsecretario, y como
-tiene aquella labia y aquel buen ver, el Subsecretario... (me lo ha
-dicho quien estaba presente) le recibió con palmas, y allí estuvieron
-los dos de cháchara más de media hora.
-
---¿Y el señor Ministro le ha visto? (con grandísimo desconsuelo).
-
---No te lo puedo decir; pero me consta que ha venido á recomendárselo un
-diputado de la provincia en que servía la alhajita de tu yerno. Es de
-estos que mientras más le dan más quieren. No sale de aquí nunca el tal
-sin apandar dos ó tres credenciales gordas, pero gordas, y eso que es
-disidente; pero por lo mismo, por la disidencia, le atienden más.
-
---¿Crees tú que le darán el ascenso á Víctor? (con ansiedad profunda).
-
---Yo no puedo asegurarte nada.
-
---Y de lo mío, ¿qué sabes? (con ansiedad mayor aún).
-
---El Jefe del Personal no suelta prenda. Cuando le hablo de ti, me echa
-un _veremos_, y un _yo haré lo que pueda_, que es tanto como no decir
-nada. ¡Ah! entre paréntesis: ayer, después de hablar con el
-Subsecretario, se coló Víctor en el Personal. Vino á contármelo el
-hermano de Espinosa. El Jefe le enseñó las vacantes de provincias, y tu
-yernito se dejó decir con arrogancia que á provincias no iba ni atado.
-
---Amigo Ventura--indicó Villaamil con dolorosa consternación,--acuérdate
-de lo que te anuncio. Tú lo has de ver, y si lo dudas, apostemos algo...
-¿Á que ascienden á Víctor y á mí no me colocan? Otra cosa sería justicia
-y razón, y la razón y la justicia andan ahora de paseo por las nubes.
-
-Pantoja volvió á ladear el gorro. Era una manera especial suya de
-rascarse la cabeza. Dando un gran suspiro, que salió muy oprimido de la
-boca, porque ésta no se abría sino con cierta solemnidad, trató de
-consolar á su amigo en la forma siguiente:
-
---No sabemos si podrán arreglar lo del expediente de Víctor, á pesar de
-las ganas que parece tienen de ello sus protectores. Y por lo que hace á
-ti, yo que tú, sin dejar de machacar en el Director, el Subsecretario y
-el Ministro, me buscaría un buen faldón entre la gente que manda.
-
---Pero si me cojo y tiro, y... como si no.
-
---Pues sigue tirando, hombre, hasta que te quedes con el faldón en la
-mano. Arrímate á los pájaros gordos, sean ó no ministeriales; dirígete á
-Sagasta, á Cánovas, á D. Venancio, á Castelar, á los Silvelas; no
-repares si son blancos, negros ó amarillos, pues al paso que vas, tal
-como se han puesto las cosas, no conseguirás nada. Ni Pez ni Cucúrbitas
-te servirán: están abrumados de compromisos, y no colocan más que á su
-pandilla, á sus paniaguados, á sus ayudas de cámara, y hasta á los
-barberos que les afeitan. Esa gente que sirvió á la Gloriosa primero y
-después á la Restauración, está con el agua al cuello, porque tiene que
-atender á los de ahora, sin desamparar á los de antes, que andan
-ladrando de hambre. Pez ha metido aquí á alguien que estuvo en la
-facción y á otros que retozaron con la cantonal. ¿Cómo puede olvidar Pez
-que los del gorro colorado le sostuvieron en la Dirección de Rentas, y
-que los amadeístas casi casi le hacen Ministro, y que los moderados del
-tiempo de Sor Patrocinio le dieron la gran cruz?
-
-Villaamil oía estos sabios consejos, los ojos bajos, la expresión
-lúgubre, y sin desconocer cuán razonables eran. Mientras que los dos
-amigos departían de este modo, totalmente abstraídos de lo que en la
-oficina pasaba, el maldito cojo Salvador Guillén trazaba en una
-cuartilla de papel, con humorísticos rasgos de pluma, la caricatura de
-Villaamil, y una vez terminada, y habiendo visto que era buena, puso por
-debajo: _El señor de Miau, meditando sus planes de Hacienda_. Pasaba el
-papel á sus compañeros para que se riesen, y el monigote iba de pupitre
-en pupitre, consolando de su aburrimiento á los infelices condenados á
-la esclavitud perpetua de las oficinas.
-
-Cuando Pantoja y Villaamil hablaban de generalidades tocantes al ramo,
-no sonaban con armonioso acuerdo sus dos voces. Es que discrepaban
-atrozmente en ideas, porque el criterio del honrado era estrecho y
-exclusivo, mientras Villaamil tenía concepciones amplias, un plan
-sistemático, resultado de sus estudios y experiencia. Lo que sacaba de
-quicio á Pantoja era que su amigo preconizara el _income tax_, haciendo
-tabla rasa de la Territorial, la Industrial y Consumos. El impuesto
-sobre la renta, basado en la declaración, teniendo por auxiliares el
-amor propio y la buena fe, resultaba un disparate aquí donde casi casi
-es preciso poner al contribuyente delante de una horca para que pague.
-La simplificación, en general, era contraria al espíritu del _probo
-funcionario_, que gustaba de mucho personal, mucho lío y muchísimo mete
-y saca de papeles. Y por último, algo había de recelo personal en
-Pantoja, pues aquella manía de suprimir las contribuciones era como si
-quisiesen suprimirle á él. Sobre esto discutían acaloradamente hasta que
-á los dos se les agotaba la saliva. Y cuando Pantoja tenía que salir
-porque le llamaba el Director, y se quedaba Villaamil solo con los
-subalternos, éstos se distraían y solazaban un rato á cuenta de él,
-distinguiéndose el cojo Guillén por su intención maligna.
-
---Dígame, D. Ramón, ¿por qué no publica usted su plan para que lo
-conozca el país?
-
---Déjame á mí de publicar planes (paseándose agitadamente por la
-oficina). ¡Sí; buen caso me haría ese puerco de país! El Ministro los ha
-leído y les ha dado un vistazo el Director de Contribuciones. Como si
-no... Y no es la dificultad de enterarse pronto, porque en las Memorias
-que he escrito he atendido: primero, á la sencillez; segundo, á la
-claridad; tercero, á la brevedad.
-
---Yo creí que eran muy largas, pero muy largas--dijo Espinosa con
-gravedad.--Como abrazan tantos puntos...
-
---¿Quién le ha dicho á usted semejante cosa? (enfadándose). Si cada una
-no abraza más que un punto, y son cuatro. Y basta y sobra. ¡Ojalá no me
-hubiera ocupado de escribirlas! Bienaventurados los brutos...
-
---Porque de ellos es la nómina de los cielos... Bien dicho, señor don
-Ramón--observó Argüelles, mirando con ojeriza á Guillén, á quien
-detestaba.--Á mí también se me ocurrió un plan; pero no quise darlo á
-luz. Más cuenta me tenía componer el solo de trompa.
-
---Eso, toque usted la trompa, y déjese de arreglar la Hacienda, que al
-paso que va, pronto, ni los rabos. Mire usted, amigo Argüelles
-(parándose ante la mesa del caballero de Felipe IV, la capa terciada, la
-mano derecha muy expresiva). Yo he consagrado á esto mi experiencia de
-tantos años. Podré acertar ó no; pero que aquí hay algo, que aquí hay
-una idea, no puede dudarse. (Todos le oían con gran atención.) Mi
-trabajo consta de cuatro Memorias ó tratados, que llevan su título para
-más fácil inteligencia. Primer punto: _Moralidad_.
-
---Muy bien. Rompe plaza la moralidad, que es lo primero.
-
---Es el fundamento del orden administrativo. Moralidad arriba, moralidad
-abajo, á izquierda y a derecha. Segundo punto: _Income tax_.
-
---Que es la madre del cordero.
-
---Fuera Territorial, Subsidio y Consumos. Lo substituyo con el impuesto
-sobre la renta, con su recarguito municipal, todo muy sencillo, muy
-práctico, muy claro; y expongo mis ideas sobre el método de cobranza,
-apremios, investigación, multas, etc... Tercer punto: _Aduanas_. Porque,
-fíjense ustedes, las Aduanas no son sólo un arbitrio, son un método de
-protección al trabajo nacional. Establezco un arancel bien remontadito,
-para que prosperen las fábricas y nos vistamos todos con telas
-españolas.
-
---_Superior de Holanda_... Don Ramón, Bravo Murillo era un niño de
-teta... Siga usted...
-
---Cuarto punto: _Unificación de la Deuda_. Recojo todo el papel que anda
-por ahí con diferentes nombres: _Tres_ consolidado, Diferido, Bonos,
-Banco y Tesoro, Billetes hipotecarios, y lo canjeo por un 4 por 100,
-emitido al tipo que convenga... Se acabaron los quebraderos de
-cabeza...
-
---Sabe usted más, D. Ramón, que el muy marrano que inventó la Hacienda.
-
-(Coro de plácemes. El único que callaba era Argüelles, que no gustaba de
-reírle mucho las gracias á Guillén.)
-
---No es que sepa mucho (con modestia), es que miro las cosas _de la
-casa_ como mías propias, y quisiera ver á este país entrar de lleno por
-la senda del orden. Esto no es ciencia, es buen deseo, aplicación,
-trabajo. Ahora bien: ¿ustedes me hicieron caso? Pues ellos tampoco. Allá
-se las hayan. Llegará día en que los españoles tengan que andar
-descalzos y los más ricos pedir para ayuda de un panecillo... digo, no
-pedirán limosna, porque no habrá quien la dé. Á eso vamos. Yo les
-pregunto á ustedes: ¿tendría algo de particular que me restituyesen á mi
-plaza de Jefe de Administración? Nada, ¿verdad? Pues ustedes verán todo
-lo que quieran, pero eso no lo han de ver. Vaya, con Dios.
-
-Salía encorvado, como si no pudiera soportar el peso de la cabeza. Todos
-le tenían lástima; pero el despiadado Guillén siempre inventaba algún
-sambenito que colgarle á la espalda después que se iba.
-
---Aquí he copiado los cuatro puntos conforme los decía: señores, oro
-molido. Vengan acá. ¡Qué risa, Dios! Vean, vean los cuatro títulos,
-escritos uno bajo el otro.
-
-_Moralidad_.
-
-_Income tax_.
-
-_Aduanas_.
-
-_Unificación de la Deuda_.
-
-Juntadas las cuatro iniciales, resulta la palabra _M I A U»_.
-
-Una explosión de carcajadas retumbó en la oficina, poniéndola tan alegre
-como si fuera un teatro.
-
-
-
-
-XXIII
-
-
-Desconcertada para muchos días quedó Abelarda después del largo diálogo
-aquel con Víctor; pero ponía la infeliz tal arte en evitar que su madre
-y su tía comprendieran el estado de su ánimo, que lo lograba al fin.
-Desde el día posterior á las incomprensibles declaraciones de Víctor,
-notó á éste taciturno. Evitaba encontrarse solo con su cuñada; apenas la
-miraba, y ni por incidencia le dirigía palabra alguna. Creyérase que un
-delicado asunto personal le traía caviloso. Transcurrido poco tiempo,
-observó Abelarda que estaba de mejor temple y que le echaba miradas
-amorosas y lánguidas, á las que ella, sin poderlo remediar, respondía
-con otras inflamadas aunque rapidísimas. Delante de la familia le
-hablaba Víctor; pero á solas ni jota. Estaban, pues, como los que se
-aman y no se atreven á decírselo: mas ella esperaba ese estallido
-impensado y súbito de la ocasión que no falta nunca, como si las leyes
-del tiempo y del espacio tuvieran marcado el necesario instante en que
-se junten las órbitas de los seres compelidos á ello por la voluntad. En
-aquella temporada le dió á la insignificante por ir á la iglesia
-bastante á menudo. Las prácticas religiosas de los Villaamil se
-concretaban á la misa dominguera en las Comendadoras, y esto no con
-rigurosa puntualidad. Don Ramón faltaba rara vez; pero doña Pura y su
-hermana, por aquello de no estar vestidas, por quehaceres ó por otra
-causa, quebrantaban algunos domingos el precepto. Abelarda se sentía
-ansiosa de corroborar su espíritu en la religión y meditar en la
-iglesia; se consolaba mirando los altares, el sagrario donde el propio
-Dios está guardado, oyendo devotamente la misa, contemplando los santos
-y vírgenes con sus ahuecadas vestiduras. Estos inocentes consuelos le
-sugirieron pronto la idea de otro más dulce y eficaz, el confesarse;
-porque sentía la necesidad imperiosa y punzante de confiar á alguien un
-secreto que no le cabía en el corazón. Temía que si no lo confiaba, _se
-le escaparía_ á lo mejor con espontaneidad indiscreta delante de sus
-padres, y esto le aterraba, porque sus padres se habrían de enfadar
-cuando tal supieran. ¿Á quién confiarlo? ¿Á Luis? Era muy niño. Hasta se
-le pasaba por las mientes el disparate increíble de revelar su secreto
-al buenazo de Ponce. Por último, el mismo sentimiento religioso que se
-amparaba de su alma le inspiró la solución, y á la mañana siguiente de
-pensarla acercóse al confesonario y le contó al cura lo que le pasaba,
-añadiendo pormenores que al sacerdote no le importaba saber. Después de
-la confesión se quedó la insignificante muy aliviada y con el espíritu
-bien dispuesto para lo que pudiera sobrevenir.
-
-Como era tiempo de Cuaresma, había ejercicios todas las tardes en las
-Comendadoras y los viernes en Monserrat y en las Salesas Nuevas. Algo
-chocaba á la familia la asiduidad con que Abelarda iba á la iglesia, y á
-doña Pura no se le pudrió en el cuerpo esta observación impertinente:
-«¡Vaya, hija, á buenas horas mangas verdes!»
-
-La circunstancia de que Ponce estaba complacidísimo y un si es no es
-entusiasmado con las devociones de su novia, por ser él uno de los
-chicos más católicos de la generación presente (aunque más de pico que
-de obras, como suele suceder), acalló las susceptibilidades de doña
-Pura. El ínclito joven acompañaba á su novia algunas tardes á la
-iglesia, á pesar de las reiteradas instancias de ella para que la dejara
-sola. Comúnmente la esperaba al salir, y juntos iban hasta la casa,
-hablando del predicador, como la noche antes, en la tertulia, hablaban
-de los cantantes del Real. Si Abelarda iba temprano á la iglesia, la
-acompañaba Luis, que á poco de probar estas excursiones tomó grandísima
-afición á ellas. El buen Cadalsito pasaba un rato con devoción y
-compostura; pero luego se cansaba y se ponía á dar vueltas por la
-iglesia, mirando los estandartes de la Orden de Santiago que hay en las
-Comendadoras, acercándose á la reja grande para atisbar á las monjas,
-inspeccionando los altares recargados de ex-votos de cera. En Monserrat,
-iglesia perteneciente al antiguo convento que es hoy Cárcel de Mujeres,
-no se encontraba Luis tan á gusto como en las Comendadoras, que es uno
-de los templos más despejados y más bonitos de Madrid. Á Monserrat
-encontrábalo frío y desnudo; los santos estaban mal trajeados; el culto
-le parecía pobre, y, además de esto, había en la capilla de la derecha,
-conforme entramos, un Cristo grande, moreno, lleno de manchurrones de
-sangre, con enaguas y una melena natural tan larga como el pelo de una
-mujer, la cual efigie le causaba tanto miedo, que nunca se atrevía á
-mirarla sino á distancia, y ni que le dieran lo que le dieran entraba en
-su capilla.
-
-Sucedió más de una vez que Cadalsito, en su inquieta vagancia dentro de
-la iglesia, se sentaba en algún banco solitario, sintiéndose acometido
-del mal precursor de la extraña visión. Más de una vez se dijo que en
-tal sitio, á poco que se adormilase, había de ver al _Señor de la barba
-blanca_, por ser aquélla una de sus casas. Pero cerraba los ojos,
-haciendo como una mental evocación de la extraordinaria visita, y ésta
-no se presentaba. En alguna ocasión, no obstante, creyó ver al augusto
-anciano saliendo por una puerta de la sacristía y perdiéndose en el
-altar, como si se introdujera por invisible hueco. También le pareció
-que el mismo Señor salía revestido de la sacerdotal túnica y casulla
-bordada, á decir misa, _á decirse á sí mismo la misa_, cosa que á
-Cadalsito le pareció por demás extraña. Pero no estaba muy seguro de que
-esto fuera así, y bien podía ser que se engañase; al menos, grandes
-dudas tenía sobre el particular. Una tarde, oyendo en Monserrat el
-rosario que rezaba el cura, al cual contestaban en la iglesia unas dos
-docenas de mujeres y en el coro las presas, que debían ser más de ciento
-por el murmullo intensísimo que sus voces hacían, Luisito se sintió con
-los síntomas de somnolencia. En la iglesia había muy poca luz, y todo en
-ella era misterio, sombras que la cadencia tétrica del rezo hacía más
-cerradas y tenebrosas. Desde donde Cadalsito estaba, veía un brazo del
-Cristo aquel, y la lamparilla que junto al brazo colgaba del techo. Le
-entró tal pánico, que se habría marchado á la calle si hubiera podido;
-pero no se pudo levantar. Hizo propósito de vencer el sopor, y se
-pellizcó los brazos diciendo: «¡Ay! ¡contro! Si me duermo y se me pone
-al lado el Cristo de las melenas, del miedo me caigo muerto». Y el
-miedo y los esfuerzos por despabilarse vencían al fin su insano sopor.
-
-En cambio de estos malos ratos, Monserrat se los proporcionaba buenos,
-cuando se aparecía por allí su amigo y condiscípulo Silvestre Murillo,
-hijo del sacristán. Silvestre inició á Luis en algunos misterios
-eclesiásticos, explicándole mil cosas que éste no comprendía; por
-ejemplo: qué era la Reserva del Santísimo, qué diferencia hay entre el
-Evangelio y la Epístola, por qué tiene San Roque un perro y San Pedro
-llaves, metiéndose en unas erudiciones litúrgicas que tenían que oir.
-«La hostia, verbigracia, lleva dentro á Dios, y por eso los curas, antes
-de cogerla, se lavan las manos para no ensuciarla; y _dominus vobisco_
-es lo mismo que decir: _cuidado, que seáis buenos_». Metidos los dos en
-la sacristía, Silvestre le enseñaba las vestiduras, las hostias sin
-consagrar, que Cadalso miraba con respeto supersticioso, las piezas del
-monumento que pronto se armaría, el palio y la manga-cruz, revelando en
-el desenfado con que lo enseñaba y en sus explicaciones un cierto
-escepticismo del cual no participaba el otro. Pero no pudo Murillito
-hacerle entrar en la capilla del Cristo de las melenas, ni aun
-asegurándole que él las había tenido en la mano cuando su madre se las
-peinaba, y que aquel Señor era muy bueno y hacía la mar de milagros.
-
-Como la mente de los chicos se impresiona con todo, y á esta impresión
-se amolda con energía y prontitud su naciente voluntad, aquellas visitas
-á la iglesia despertaron en Cadalsito el deseo y propósito de ser cura,
-y así lo manifestaba á sus abuelos una y otra vez. Todos se reían de
-esta precoz vocación, y al mismo Víctor le hizo mucha gracia. Sí,
-Luisito aseguraba que ó no sería nada ó cantaría misa, pues le
-entusiasmaban todas las funciones sacerdotales, incluso el predicar,
-incluso el meterse en el confesonario para _oir los pecados de las
-mujeres_. Díjolo con ingenuidad tan graciosa, que todos se partieron de
-risa, y de ello tomó pie Víctor para romper á hablar á solas con la
-insignificante por primera vez después de la conferencia de marras. No
-estaba presente ninguna persona mayor, y el único que podía oir era
-Luis, y estaba engolfado en su álbum filatélico.
-
---Yo no diré, como mi hijo, que quiero ordenarme; ¡pero ello es que de
-algún tiempo á esta parte siento en mí una necesidad tan viva de
-creer!... Este sentimiento, júzgalo como quieras, me viene de ti,
-Abelarda (aquí una mirada amplia, sostenida, tiernísima), de ti, y de la
-influencia que tu alma tiene sobre la mía.
-
---Pues cree, ¿quién te lo impide?--repuso la joven, que se sentía
-aquella tarde con facilidades para hablar, y esperaba mayor claridad en
-él.
-
---Me lo impiden las rutinas de mi pensamiento, las falsas ideas
-adquiridas en el trato social, que forman una broza difícil de extirpar.
-Me convendría un maestro angélico, un ser que me amase y que se
-interesara por mi salvación. ¿Pero dónde está ese ángel? Si existe, no
-es para mí. Soy muy desgraciado. Veo el bien muy próximo, y no me puedo
-acercar á él. Dichosa tú si no comprendes esto.
-
-Encontrábase la señorita de Villaamil con fuerzas para tratar aquel
-asunto, porque la religión se las diera hasta para confesar su secreto á
-quien no debía oírlo de sus labios.
-
---Yo quise creer, y creí--dijo.--Yo busqué un alivio en Dios, y lo
-encontré. ¿Quieres que te cuente cómo?
-
-Víctor, que, sentado junto á la mesa, se oprimía la cabeza entre las
-manos, levantóse de pronto, diciendo con el tono y gesto de un consumado
-histrión:
-
---No hables: me atormentarías sin consolarme. Soy un réprobo, un
-condenado...
-
-Estas frases de relumbrón, espigadas sin criterio en diferentes libros,
-las traía muy preparaditas para espetarlas en la primera ocasión. Apenas
-dichas, acordóse de que había quedado en juntarse en el café con varios
-amigos, y buscó la fórmula para cortar la hebra que su cuñada había
-empezado á tender entre boca y boca.
-
---Abelarda, necesito alejarme, porque si estoy aquí un minuto más... yo
-me conozco: te diré lo que no debo decirte... al menos todavía... Dame
-tu permiso para retirarme. Voy á dar vueltas por las calles, sin
-dirección fija, errante, calenturiento, pensando en lo que no puede ser
-para mí... al menos todavía...
-
-Dió un suspiro, y hasta otra... Dejó á la insignificante confusa y con
-un palmo de morros, procurando desentrañar el significado de aquel _al
-menos todavía_, frase de risueños horizontes.
-
-Por la noche, antes de comer, Víctor entró muy gozoso y dió un abrazo á
-su suegro, al cual no le hicieron gracia tales confianzas, y estuvo por
-decirle: «¿En qué pícaro bodegón hemos comido juntos?» No tardó el otro
-en explicar los móviles de su enhorabuena. Había estado en el Ministerio
-aquella tarde, y el Jefe del Personal le dijo que Villaamil iba en la
-primera hornada.
-
---¡Otra vez el mismo cuento!--exclamó don Ramón furioso.--¿De cuándo acá
-es permitido que te burles de mí?
-
---No es burla, hombre--manifestó doña Pura, alentada por dulces
-esperanzas.--Cuando él te lo dice es porque lo sabe.
-
---Créalo usted ó no lo crea, es verdad.
-
---Pues yo lo niego, yo lo niego--declaró Villaamil, rayando el aire con
-el dedo índice de la mano derecha.--Y de mí no se ríe nadie, ¿estamos?
-¿Cuándo y por dónde te has ocupado tú de mí en el Ministerio? Tú vas
-allá por tus asuntos propios, por trabajar tu ascenso, que te darán...
-¡Ah! Yo estoy cierto de que te lo dan... Bueno fuera que no.
-
---Pues yo lo digo á usted (con gran energía) que podré haber ido otras
-veces con ese objeto; pero hoy por hoy fuí, y por cierto en compañía de
-dos diputados de muchísima influencia, exclusivamente á interceder por
-usted, á hablarle gordo al Jefe del Personal, después de teclear al
-Ministro. Si no se lo digo á usted porque me lo agradezca; si esto no
-tiene mérito ninguno... Y tan cierto como es luz esa que nos alumbra
-(con solemne acento), lo es que yo dije á los amigos que me apoyan:
-«Señores, antes que mi ascenso, pídase la colocación de mi suegro».
-Repito que no lo digo para que me lo agradezca nadie. Vaya un puñado de
-anís...
-
-Doña Pura estaba radiante, y Villaamil, desconcertado en su pesimismo,
-parecía un combatiente á quien le destruyen de improviso las defensas
-que le amparan, dejándole inerme y desnudo ante las balas enemigas.
-Esforzábase en recobrar su aplomo pesimista... «Historias... Bueno, y
-aunque fuese verdad que Juan, Pedro y Diego me recomendaran, ¿de eso se
-sigue que me coloquen? Déjame en paz, y pide para ti, pues sin abrir la
-boca te lo han de dar, mientras que yo, aunque vuelva loco al género
-humano, nada alcanzaré».
-
-Abelarda, aunque no desplegó los labios, sentía su pecho inundado de
-gratitud hacia Víctor y se congratulaba de amarle, declarándose que
-ninguna duda podía existir de la bondad de sus sentimientos. Imposible
-que aquel acento noble y hermoso no fuera el acento de la verdad.
-Mientras comían, se discutió lo mismo: Villaamil opinando tercamente que
-jamás habría piedad para él en las esferas ministeriales, y la familia
-entera sosteniendo con denuedo lo contrario. Entonces soltó Luisito
-aquella frase que fué célebre en la familia durante una semana y se
-comentó y repitió hasta la saciedad, celebrándola como gracia
-inapreciable, ó como uno de esos rasgos de sabiduría que de la mente
-divina pueden descender á la de los seres cuyo estado de gracia les
-comunica directamente con aquélla. Lo dijo Cadalsito con ingenuidad
-encantadora y cierto aplomo petulante que aumentaba el hechizo de sus
-palabras. «Pero abuelito, parece que eres tonto. ¿Por qué estás pidiendo
-y pidiendo á esos tíos de los Ministerios, que son unos cualisquieras y
-no te hacen caso? Pídeselo á Dios, ve á la iglesia, reza mucho, y verás
-cómo Dios te da el destino».
-
-Todos se echaron á reir; pero en el ánimo de Villaamil hizo efecto muy
-distinto la salida del inspirado niño. Por poco se le saltan al buen
-viejo las lágrimas, y dando un golpe en la mesa con el cabo del tenedor,
-decía: «Ese demonches de chiquillo sabe más que todos nosotros y que el
-mundo entero».
-
-
-
-
-XXIV
-
-
-Marchóse Víctor, apenas tomado el postre, que era, por más señas, miel
-de la Alcarria, y de sobremesa, doña Pura echó en cara á su marido la
-incredulidad y desabrimiento con que éste había oído lo expresado por el
-yerno.
-
---¿Por qué no ha de ser cierto que se interesa por ti? No debemos
-ponernos siempre en la mala. Es más: Víctor, si no lo ha hecho, estaba
-en la obligación de hacerlo.
-
---Pues es claro...--observó Abelarda, dispuesta á hacer panegírico
-ardiente de su cuñado, á quien no entendía en la cuestión de amores,
-pero cuya cacareada maldad estimaba calumniosa.
-
---¿Pero vosotras--dijo Villaamil sulfurándose--sois tan cándidas que
-creéis lo que dice ese embustero trapalón?... Apuesto lo que queráis á
-que, en vez de recomendarme, lo que ha hecho es llevarle al Jefe del
-Personal algún cuento para que se le quiten las pocas ganas que tiene de
-servirme...
-
---¡Jesús, Ramón!
-
---¡Papá, por Dios!... también usted tiene unas cosas...
-
---Parece mentira que en tantos años no hayáis aprendido á conocer á ese
-hombre (exaltándose), el más malo y más traicionero que hay bajo la capa
-del sol. Para hacerle más temible, Dios, que ha hecho tan hermosos á
-algunos animales dañinos, le dió á éste el mirar dulce, el sonreir
-tierno y aquella parla con que engaña á los que no le conocen, para
-atontarles, fascinarles y comérseles después... Es el monstruo más...
-
-Detúvose Villaamil al reparar que estaba presente Luisito, quien no
-debía oir semejante apología. Al fin era su padre. Y por cierto que el
-pobre niño clavaba en el abuelo sus ojos con expresión de terror.
-Abelarda, como si le arrancaran el corazón á tenazazos, sentía impulsos
-de echarse á llorar, seguidos de un brutal anhelo de contradecir á su
-padre, de taparle la boca, de disparar algún denuesto contra su cabeza
-venerable. Levantóse y se fué á su cuarto, aparentando que entraba á
-buscar algo, y desde allí oyó aún el murmullo de la conversación... Doña
-Pura denegaba tímidamente lo dicho por su esposo, y éste, después que se
-retiró Luisito, llamado por Milagros para lavarle en la cocina boca y
-manos, reiteró su bárbaro, implacable y sangriento anatema contra
-Víctor, añadiendo que con él no iba ni á recoger monedas de cinco duros.
-Era tan hondo el acento del buen Villaamil, y tan lleno de sinceridad y
-convicción, que Abelarda creyó volverse loca en aquel mismo instante,
-soñando como único alivio á su desatada pena salir de la casa, correr
-hacia el Viaducto de la calle de Segovia y tirarse por él. Figurábase el
-momento breve de desplomarse al abismo, con las enaguas sobre la cabeza,
-la frente disparada hacia los adoquines. ¡Qué gusto! Después la
-sensación de convertirse en tortilla, y nada más. Se acabaron todas las
-fatigas.
-
-Á poco de esto, empezó á llegar la escogida sociedad que frecuentaba en
-determinadas noches aquella elegante mansión. Milagros, terminada su
-faena en la cocina, preparó la luz de petróleo para iluminar la sala. Se
-arregló, dejando en la cocina á la vieja que iba á fregar, pues la
-_pudorosa Ofelia_, si se adaptaba con gusto a todos los ramos de la
-culinaria, no entraba con aquel rudo trajín del fregado, y á poco
-penetró en _sus salones_ tan bien apañadita que daba gusto verla.
-Abelarda tardó más en presentarse, y apareció al fin con tan fuerte mano
-de polvos en la cara, que parecía una molinera. Y aun no bastaba tanto
-afeite á disimular el tono cadavérico de su faz ni el cerco violado de
-sus ojos. Virginia Pantoja, su madre y otras señoras la observaron y
-callaban, guardando sus comentarios para postdata de la tertulia.
-Ninguna de las amigas dejó de decir para sí: «¡Ajadilla está!» Fue
-también aquella noche Salvador Guillén, el cual presentó á su compañero
-de oficina, el elegante Espinosa. Villaamil, desde que empezaba á
-entrar gente, se iba á la calle, renegando de la tal tertulia, y se
-pasaba en el café un par de horitas oyendo hablar de crisis ó probando,
-como dos y tres son cinco, que debía haberla. Solía Pantoja acompañarle,
-volviendo después con él para recoger á la familia, y por el camino
-seguían glosando el tema eterno, sin agotarlo nunca ni encontrar jamás
-la última variación. Conocedor sagaz de la vida burocrática y de las
-misteriosas energías psicológicas que determinan la elevación y caída de
-funcionarios, Pantoja trazaba á su amigo un nuevo plan de campaña.
-Primero, sin perjuicio de buscarse entre la gente política de influencia
-algún padrinazgo de empuje, convenía no dejar vivir al Ministro, ni al
-Jefe del Personal; convertirse en su sombra, espiarles las entradas y
-salidas, acometerles cuando más descuidados estuvieran, ponerles en el
-terrible dilema de _la credencial_ ó _la vida_, imponerse por el terror.
-De esta manera se sacaba siempre tajada, pues al fin, Ministros,
-Subsecretarios y Jefes del Personal eran hombres, y para poder respirar
-y vivir daban al moscón lo que pedía, por quitárselo de encima de su
-alma y perderlo de vista. Reconociendo el profundo sentido humano y
-político de estos consejos, Villaamil deploraba sinceramente haber
-llegado al extremo de ser él lo que tantas veces había censurado en
-otros; acosador importuno y pordiosero inaguantable.
-
-Víctor no solía concurrir a las tertulias; pero aquella noche entró más
-temprano que de costumbre y pasó á la sala, produciendo la admiración de
-Virginia Pantoja y de las chicas de Cuevas. ¡Era tan superior por todos
-conceptos á los tipos que allí se veían! Guillén le tenía ojeriza, y
-como Víctor le pagaba en la misma moneda, se tirotearon con frases de
-doble sentido, haciendo reir á la concurrencia.
-
-Al día siguiente, antes de almorzar, hallándose en el comedor Víctor, su
-suegra, Abelarda y Luisito, que acababa de llegar de la escuela, dijo
-Cadalso á doña Pura:
-
---¿Pero cómo reciben ustedes en su casa á ese cojo inmundo? ¿No
-comprenden que viene por divertirse observando y contar luego en la
-oficina lo que ve?
-
---¿Pero acaso tenemos monos pintados en la cara--dijo Pura con
-desenfado,--para que ese cojitranco venga aquí nada más que á reirse?
-
---Es un sapo venenoso que en cuanto ve algo que no es sucio como él, se
-irrita y suelta toda la baba. Cuando papá va á la oficina de Pantoja,
-¿en qué creen ustedes que se ocupa Guillén? En hacerle la caricatura.
-Tiene ya una colección que anda de mano en mano entre aquellos gandules.
-Ayer, sin ir más lejos, vi una con un letrero al pie que dice: _El señor
-de Miau, meditando su plan de Hacienda_. Había ido corriendo de oficina
-en oficina, hasta que Urbanito Cucúrbitas la llevó al Personal, donde
-el majadero de Espinosa, hermano de ese cursilón que estuvo aquí anoche,
-la pegó en la pared con cuatro obleas para que sirviera de chacota á
-todo el que entraba. Cuando vi aquello me sulfuré, y por poco se arma
-allí la de San Quintín.
-
-Doña Pura se indignó tanto, que el coraje le cortaba la respiración y la
-palabra.
-
---Pues yo le diré á ese galápago que no vuelva á poner los pies en mi
-casa... ¿Y cómo dices que llaman á mi marido? ¿Habrá desvergüenza?...
-
---Es que le quieren aplicar ahora el mote que le pusieron á la familia
-en el Real--dijo Víctor dulcificando su crueldad con una sonrisa;--mote
-que no tiene maldita gracia.
-
---¡Á nosotras, á nosotras!--exclamaron á un tiempo, rojas de ira, las
-dos hermanas.
-
---Tomémoslo á risa, pues no merece otra cosa. Es público y notorio que
-cuando toman ustedes posesión de su sitio en el Paraíso, todo el mundo
-dice: «Ya están ahí las _Miaus_...» ¡qué tontería!
-
---¡Y el muy mamarracho se ríe de la gracia!--exclamó doña Pura cogiendo
-lo primero que encontró á mano, que fué un pan, y apuntando con él á la
-cabeza de su yerno.
-
---No, no la emprenda usted conmigo, señora, que no soy yo autor del
-apodo... Pues si yo las acompañara á ustedes alguna vez y un cursi de
-aquéllos se atreviera á mayar delante de mí, de la primera boletada
-todas sus muelas salían á tomar el aire.
-
---No estás tú mal fantasmón (devorando su ira). Pico, y nada más que
-pico. ¡Si no tuviéramos nosotras más defensa que tú!...
-
-La ira de las dos hermanas era nada en comparación de la que agitaba el
-ánimo de Luisito Cadalso, al oir que el cojo Guillén motejaba á su
-abuelo y le ponía en solfa; y para sí decía: «De todo esto tiene la
-culpa _Posturitas_, y le he de dar pa el pelo, porque la ordinariota de
-su mamá, que es hermana de Guillén, fué la que puso el mote, ¡contro!, y
-luego se lo dijo al cojo, que es un sapo venenoso, y el muy canalla se
-lo ha dicho á los de la oficina».
-
-Tan rabioso se puso, que al ir á la escuela cerraba los puños y apretaba
-los dientes. De seguro que si encuentra á _Posturitas_ en la calle la
-emprende con él dándole una morrada buena en _mitá la cara_. Tocóle
-después estar á su lado en la clase y le pegó con el codo, diciéndole:
-«No _quio na_ contigo, sinvergüenza. Tú no eres caballero, ni tu familia
-tampoco son caballeros». El otro no le contestó, y dejando caer la
-cabeza sobre el brazo, cerró los ojos como vencido de un profundo sueño.
-Hubo de notar entonces Cadalso que su amigo tenía la cara muy encendida,
-los párpados hinchados, la boca abierta, respirando por ella, y á ratos
-soplando fuertemente por la nariz, como si quisiera desobstruirla.
-Nuevos y más fuertes codazos de Luisito no le hicieron salir de aquel
-pesado sopor. «¿Qué tienes, recontro?... ¿estás malo?» La cara de
-_Posturitas_ echaba fuego. El maestro llegó por allí, y viéndole en tal
-estado y que no había medio de enderezarle, le observó, le pulsó, le
-puso la mano en la cara. «Chiquillo, tú estás malo; vete corriendo á tu
-casa y que te acuesten y te abriguen bien para que sudes». Levantóse
-entonces el rapaz tambaleándose, y con cara y gesto de malísimo humor,
-atravesó la sala de la escuela. Algunos compañeros le miraron con
-envidia porque se iba á su casa antes que los demás. Otros, Cadalsito
-entre ellos, creían que la enfermedad era farsa, pura comedia para irse
-de pingo y estarse brincando toda la tarde en el Retiro con los peores
-gateras de Madrid. Porque era muy pillo, muy embustero, y en poniéndose
-á inventar y á hacer pamemas, no había quien le ganara.
-
-Al día siguiente, Murillito trajo la noticia de que Paco Ramos estaba
-enfermo de tabardillo, y que le había entrado tan fuerte, pero tan
-fuerte, que si no bajaba la calentura aquella noche, se moriría. Hubo
-discusión á la salida sobre ir ó no á verle. «Que eso se pega,
-_hombre_».--«Que no se pega... ¡bah, tú!»--«Morral».--«Morral él». Por
-fin, Murillito, otro que llamaban Pando y Cadalso con ellos, fueron á
-verle. Era á dos pasos de la escuela, en la casa que tiene farol y
-muestra de prestamista. Subieron los tres muy ternes, discutiendo
-todavía si se pegaba ó no se pegaba la _tifusidea_, y Murillito, el más
-farfantón de la partida, les animaba escupiendo por el colmillo. «No
-seáis gallinas. ¡Si creeréis que por entrar vus vais á morir!...»
-Llamaron, y les abrió una mujer, quien al ver la talla y fuste de los
-visitantes, no les hizo maldito caso y les dejó plantados, sin dignarse
-responder á la pregunta que hizo Murillito. Otra mujer pasó por el
-recibimiento y dijo: «¿Qué buscan aquí estos monos? ¡Ah! ¿Venís á saber
-de Paquito? Más animado está esta tarde...» «Que pasen, que pasen--gritó
-dentro otra voz femenil,--á ver si mi niño les conoce». Vieron, al
-entrar, el despacho de los préstamos, donde estaba un señor de gorro y
-espejuelos que _parecía un ministro_ (según pensó Cadalso), y
-atravesaron luego un cuarto grande donde había ropa, golfos de ropa, la
-mar de ropa, y por fin, en una habitación toda llena de capas dobladas,
-cada una con su cartón numerado, yacía el enfermo y á su lado dos
-enfermeras, la una sentada en el suelo, la otra junto al lecho.
-_Posturitas_ había delirado atrozmente toda la noche y parte de la
-mañana. En aquel momento estaba más tranquilo, sin que el recargo se
-iniciara aún. «Rico--le dijo la mujer ó señora instalada á la cabecera,
-y que debía de ser la mamá,--aquí están tus amiguitos, que vienen á
-preguntar por ti. ¿Quieres verles?» El pobre niño exhaló una queja,
-como si quisiera romper á llorar, lenguaje con que indican las criaturas
-enfermas lo que les desagrada y molesta, que suele ser todo lo
-imaginable. «Mírales, mírales. Te quieren mucho». Paquito dió una vuelta
-en la cama, é incorporándose sobre un codo, echó á sus amigos una mirada
-atónita y vidriosa. Tenía los ojos, aunque inflamados, mortecinos, los
-labios tan cárdenos que parecían negros, y en los pómulos manchas de
-color de vino. Cadalso sentía lástima y también terror instintivo que le
-mantuvo desviado de la cama. La mirada fija y sin luz de su compañero de
-escuela le hacía temblar. Paco Ramos sin duda no conoció de los tres más
-que á Luisito, porque sólo dijo _Miau, Miau_, después de lo cual su
-cabeza se derrumbó sobre la almohada. La madre hizo una seña á los
-chicos para que despejaran, y ellos obedecieron como unos santos. En la
-habitación próxima tropezaron con dos hermanillos de _Posturitas_, más
-chicos que él, carisucios y culirrotos, los zapatos agujereados y los
-mandiles hechos una sentina. El uno arrastraba un muñeco de trapo
-amarrado por el pescuezo, y el otro un caballo sin patas, gritando como
-un desesperado _¡arre!_ Al ver gente menuda, se fueron detrás, deseando
-hacer migas con ella; pero Murillo, echándoselas de persona, les
-reprendió por la bulla que armaban, estando el hermanito malo. Ellos se
-miraron estupefactos. No comprendían jota. El más pequeño sacó del
-bolsillo del delantal un pedazo de pan ya muy lamido, todo lleno de
-babas, y le metió el diente con fe. Al pasar por la sala, el señor aquel
-que parecía un ministro estaba examinando dos mantones de Manila que lo
-presentaba una mujer. Los tres amigos lo saludaron con exquisita
-cortesía, pero él no les contestó.
-
-
-
-
-XXV
-
-
-Muy pensativo se fué Cadalsito á su casa aquella tarde. El sentimiento
-de piedad hacia su compañero no era tan vivo como debiera, porque el
-mameluco de Ramos le había insultado, arrojándole á la cara el infamante
-apodo, delante de gente. La infancia es implacable en sus
-resentimientos, y la amistad no tiene raíces en ella. Con todo, y aunque
-no perdonaba á su mal educado compañero, pensó pedir por él en esta
-forma: «Ponga usted bueno á _Posturitas_. Á bien que poco le cuesta. Con
-decir _levántate, Posturas_, ya está». Acordándose después de que la
-mamá de su amigo, aquella misma señora que estaba junto al lecho tan
-afligida, era la inventora del ridículo bromazo, renovóse en él la
-inquina que le tenía. «Pero no es _señora_--pensó.--No es más que
-_mujer_, y ahora Dios la castiga de firme por poner motes».
-
-Aquella noche estuvo muy intranquilo; dormía mal, se despertaba á cada
-instante, y su cerebro luchaba angustiosamente con un fenómeno muy
-singular. Habíase acostado con el deseo de ver á su benévolo amigo el de
-la barba blanca; los síntomas precursores se habían presentado, pero la
-aparición no. Lo doloroso para Cadalsito era que soñaba que la veía, lo
-que no era lo mismo que verla. Al menos no estaba satisfecho, y su mente
-forcejeaba en un razonar penoso y absurdo, diciendo: «No es éste, no es
-éste... porque yo no le veo, sino sueño que le veo, y no me habla, sino
-sueño que me habla». De aquella febril cavilación pasaba á estotra: «Y
-no podrá decir ya que no estudio, porque hoy sí que me supe la lección,
-¡contro! El maestro me dijo: «Bien, bien, Cadalso». Y la clase toda
-estaba turulata. Largué de corrido lo del adverbio, y no me comí más que
-una palabra. Y cuando dije lo de que caía el maná en el desierto,
-también _me lo supe_, y sólo me trabuqué después en aquello de los
-Mandamientos, por decir que los trajo encima de un tablero, en vez de
-una tabla». Luis exageraba el éxito de su lección de aquel día. La dijo
-mejor que otras veces, pero no había motivo fundado para tanto bombo.
-
-Mala noche fué aquélla para los dos habitantes del estrecho cuarto, pues
-Abelarda no hacía más que dar vueltas en su catre, rebelde al sueño,
-conciliándolo breves minutos, sintiéndose acometida por bruscos
-estremecimientos, que la hacían pronunciar algunas palabras, de cuyo
-sonido se asombraba ella propia. Una vez dijo: «Huiré con él». Y al
-punto le respondió un acento suspirón: «Con el que tenía los anillos de
-puros». Al oir esto, dió un salto aterrada. ¿Quién le respondía? Todo
-era silencio en la alcoba; pero al poco rato la voz volvió á sonar,
-diciendo: «Le castiga usted por malo, por poner motes». Al fin, la mente
-de Abelarda se esclarecía, pudiendo apreciar la realidad y reconocer la
-vocecilla de su sobrino. Volvióse del otro lado y se durmió. Luis
-murmuraba gimiendo, como si quisiera llorar y no pudiese. «Que sí me
-supe la lección... que sí». Y al cabo de un rato: «No me mojes el sello
-con tu boca negra... ¿Ves? Eso te pasa por malo. Tu mamá no es señora,
-sino mujer...» Á lo que contestó Abelarda: «Esa elegantona que te
-escribe cartas no es dama, sino una tía _feróstica_... Tonto, y me
-desprecias á mí por ella, á mí, que me dejaría matar por...! Mamá, mamá,
-yo quiero ser monja». «No...--decía Luis,--ya sé que no le dió usted al
-Sr. de Moisés los Mandamientos en un tablero, sino en una tabla...
-Bueno, en dos tablas... _Posturas_ se va á morir. Su padre le envolverá
-en aquel mantón de Manila... Usted no es Dios, porque no tiene
-ángeles... ¿En dónde están los ángeles?»
-
-Y Abelarda: «Ya pesqué la llave de la puerta. Quiero escapar. ¡Con el
-frío que hace, esperándome en la calle!... ¡Vaya un llover!»
-
-Luis: «Es un ratón lo que _Posturas_ echa por la boca, un ratón negro y
-con el rabo mu largo. Me escondo debajo de la mesa. ¡Papá!»
-
-Abelarda en voz alta: «Qué... ¿qué es eso, Luis? ¿qué tienes?
-Pobrecito... esas pesadillas que le dan. Despierta, hijo, que estás
-diciendo disparates. ¿Por qué llamas á tu papá?»
-
-Despierto también Luis, aunque no con el sentido muy claro: «Tiíta, no
-duermo. Es que... un ratón. Pero mi papá lo ha cogido. ¿No ves á mi
-papá?
-
---Tu papá no está aquí, tontín; duérmete.
-
---Sí que está... Mírale, mírale... Estoy despierto, tiíta. ¿Y tú?
-
---Despéjate, hijo... ¿Quieres que encienda luz?
-
---No... Tengo sueño. Es que todo es muy grande, todas las cosas grandes,
-y mi papá estaba acostado contigo, y cuando yo le llamé vino á cogerme.
-
---Prenda, acuéstate de ladito y no tendrás malos sueños. ¿De qué lado
-estás acostado?
-
---Del lado de la mano izquierda... ¿Por qué es todo grandísimo, del
-tamaño de las cosas mayores?
-
---Acuéstate del lado derecho, alma mía.
-
---Estoy del lado de la mano izquierda y del pie derecho... ¿Ves? éste es
-el pie derecho, ¡tan grande! Por eso la mamá de Posturas no es señora.
-Tiíta...
-
---¿Qué?
-
---¿Estás dormida?... Yo me duermo ahora. ¿Verdad que no se muere
-_Posturas_?
-
---¡Qué se ha de morir, hombre! No pienses en eso.
-
---Díme otra cosa. ¿Y mi papá se va á casar contigo?
-
-En la excitación cerebral que producen la obscuridad y el insomnio,
-Abelarda no pudo responder lo que habría respondido á la luz del día con
-la cabeza serena; por cuya razón se dejó decir: «No sé todavía...
-verdaderamente no sé nada... Puede...»
-
-Poco después murmuró Luis «bueno» en tono de conformidad, y se quedó
-dormido. Abelarda no pegó los ojos en el resto de la noche, y al día
-siguiente se levantó muy temprano, la cabeza pesadísima, los párpados
-encendidos y el humor destemplado, deseando hacer algo extraordinario y
-nuevo, reñir con alguien, así fuese el mismísimo cura cuya misa pensaba
-oir pronto, ó el monago que había de ayudarla. Se fué á la iglesia, y en
-ella tuvo muy malos pensamientos, tales como escabullirse de la casa sin
-saber para qué, casarse con Ponce y pegársela después, meterse monja y
-amotinar el convento, hacerle una declaración burlesca de amor al cojo
-Guillén, empezar la representación de la comedia y retirarse á la
-mitad, dejándoles á todos plantados; envenenar á Federico Ruiz, tirarse
-del paraíso del Real á las butacas en lo mejor de la ópera... y otros
-disparates por el estilo. Pero la permanencia en el templo, silencioso y
-plácido, las tres misas que oyó, sosegaron poco á poco sus nervios,
-estableciendo en su cerebro la normalidad de las ideas. Al salir se
-asustaba y aun se reía de aquellas extravagancias sin sentido. Pasara lo
-de tirarse del paraíso á las butacas en un momento de desesperación;
-pero envenenar al pobre Federico Ruiz, ¿á qué santo?
-
-Al llegar á su casa, lo primero que hizo, según costumbre, fué enterarse
-de si Víctor había salido ó no. Resultó que sí, y doña Pura dijo con
-alegría no disimulada que su yerno almorzaba fuera. Los recursos se le
-habían ido agotando á la señora con la rapidez solutiva de esa sal
-puesta en agua que se llama dinero. ¡Cosa más rara! Lo mismo era cambiar
-un duro que desleírsele pieza á pieza. Y ya veía próximo el aterrador
-lindero que separa la escasez de la carencia absoluta. Detrás de aquel
-lindero se alzaban los espectros familiares mirando á doña Pura y
-haciéndole muecas. Eran sus terribles compañeros de toda la vida, el
-deber, el pedir y el empeñar, resueltos á acompañarla hasta la tumba. Ya
-estaba la señora tirando sus líneas á ver si Víctor le daba medios de
-zafarse de aquellos socios insufribles. Pero Víctor, á las primeras
-indirectas, se había hecho el mal entendedor, señal de que no encerraba
-ya su cartera los tesoros de mejores días. Además, pudo observar doña
-Pura que por dos ó tres veces habían venido á cobrarle á su yerno
-cuentas de zapateros ó sastres, y que Víctor no había pagado, diciendo
-que volvieran ó que él pasaría por allá. Este olor á chamusquina puso á
-la señora sobre ascuas.
-
-Fueron aquella tarde doña Pura y su hermana á visitar unas amigas.
-Milagros encargó á Abelarda que diese una vuelta por la cocina; pero la
-exaltada joven, al quedarse sola, pues Villaamil había ido al Ministerio
-y Luis á la escuela, echó al olvido cacerolas y sartenes, y metióse en
-el cuarto de Víctor, con el fin de revolver, de escudriñar, de ponerse
-en íntimo contacto con su ropa y los objetos de su uso. Sentía la
-insignificante, en esta inspección vedada, los estímulos de la
-curiosidad mezclados con un goce espiritual de los más profundos. El
-examen de la indumentaria, la exploración de todos los bolsillos, aunque
-en ellos no encontrara cosa de verdadero interés, era un gusto que no
-cambiaría ella por otros más positivos é indiscutibles. Porque
-manoseando las camisas se suponía por momentos en una intimidad á la
-cual su viva imaginación daba apariencias reales. Soñaba actos de los
-más nobles, como el cuidar la ropa de su hombre, fuera marido ó no,
-deseando algo que arreglar en ella, botón suelto ó forro descosido; y
-en tanto reconocía en el olor la persona, por más señas limpia y
-elegante, gozando en olfatearla á menor distancia que en familia y ante
-el mundo. Las pocas veces que Abelarda podía darse estos atracones de
-idealidad y sensaciones rebuscadas, sus registros de bolsillos no
-arrojaban ninguna luz sobre el misterio que á su parecer envolvía la
-existencia de Cadalso. Á veces, encontraba en el bolsillo del pantalón
-perros grandes ó chicos, billetes de tranvía y butacas de teatro; en los
-de la americana ó levita, alguna nota del Ministerio, alguna carta
-indiferente. Al concluir, cuidaba de volver todo á su sitio para que no
-fuera notado el escrutinio, y se sentaba sobre el baúl á meditar. No
-había sido posible poner en el cuarto de Víctor cómoda ni armario
-ropero, de modo que tenía su equipo en la misma maleta de viaje, como si
-estuviera por pocos días en una fonda. Lo que desesperaba á la
-insignificante, era encontrar el baúl siempre cerrado. Allí sí que
-habría querido ella meter manos y ojos. ¡Qué de secretos guardaría
-aquella cavidad misteriosa! Varias veces había probado á abrirla con
-llaves diferentes, pero en vano.
-
-Pues señor, aquel día, al sentarse en el baúl, ¡tlin!, un rumorcillo
-metálico. Miró, y... ¡las llaves estaban puestas! Víctor se había
-olvidado de quitarlas, faltando á sus hábitos cautelosos y previsores.
-Ver las llaves, abrir y levantar la tapa casi fueron actos simultáneos.
-Gran desorden en la parte superior del contenido. Había allí un
-sombrero chafado, de los que llaman _livianillos_, cuellos y puños
-sueltos, cigarros, una caja de papel y sobres, ropa blanca y de punto,
-periódicos doblados, corbatas ajadas y otras nuevecitas. Abelarda
-observó todo un buen rato sin tocar, enterándose bien, como es uso de
-curiosos y ladrones, de la colocación de los objetos para volver á
-ponerlos lo mismo. Luego deslizó la mano por un lado, explorando la
-segunda capa. No sabía por dónde empezar. Al propio tiempo, la
-presunción de que Víctor andaba en líos con alguna señora de mucho
-lustre y empinadísimo copete, se imponía y destacaba sobre las ideas
-restantes. Pronto se descubriría todo; allí se encontraban de fijo las
-pruebas irrecusables. De tal modo dominaba este prejuicio la mente de
-Abelarda, que antes de descubrir el cuerpo del delito ya creía
-olfatearlo, porque el olfato era quizás su sentido más despierto en
-aquellas pesquisas. «¡Ah! ¿no lo dije? ¿Qué es esto? Un ramito de
-violetas». En efecto, al levantar con cuidado una pieza de ropa,
-encontró el ramo ajado y oloroso. Siguió explorando. Su instinto, su
-intuición ó corazonada, que tenía la fuerza de una luz precursora ó de
-indicador misterioso, la guiaba por aquellas revueltas honduras. Sacó
-varias cosas cuidadosamente, las puso en el suelo, y adelante; busca de
-aquí, busca de allí, su mano convulsa dió con un paquete de cartas. ¡Ah!
-por fin había parecido la clave del secreto. ¡Si no podía ser de otro
-modo! Cogió el paquete, y al sentirlo entre sus dedos infundióle terror
-su propio hallazgo.
-
-Sin quitar la goma leyó algo ya, pues las cartas no tenían envoltura que
-las cubriese. Lo primero que se echó á la cara fué una coronita
-estampada en el membrete de la carta superior; y como no era fuerte en
-heráldica, no supo si la corona era de marquesa ó de condesa... Pensó
-entonces la insignificante en su mucho acierto y sagacidad. No, no podía
-ella equivocarse al suponer que la misteriosa persona con quien _él_
-estaba en relaciones era de alta categoría. Había nacido Víctor para las
-esferas superiores de la vida, como el águila para remontarse á las
-alturas. Pensar que hombre de tales condiciones descendiese á las
-esferas de cursilería y pobreza en que ella vivía... ¡absurdo! y
-raciocinando así, persuadíase también de que lo incomprensible y
-tenebroso de la conducta y del lenguaje de Víctor no era falta de él,
-sino de ella, por no alcanzar con sus cortas luces y su apreciación
-vulgar de la vida á la superioridad de semejante hombre.
-
-Á leer tocan. No sabía la joven por dónde empezar. Hubiera querido
-echarse al coleto en un santiamén todas las cartas de cruz á fecha. El
-tiempo apremiaba; su madre y su tía no tardarían en entrar. Leyó
-rápidamente una, y cada frase fué una cuchillada para la lectora. Allí
-se trataba de negativa de rompimiento, se daban descargos como
-respondiendo á una acusación celosa: allí se prodigaban los términos
-azucarados que Abelarda no había leído nunca más que en las novelas;
-allí todo era finezas y protestas de amor eterno, planes de ventura,
-anuncios de entrevistas venideras, y recuerdos dulces de las pasadas,
-refinamientos de precaución para evitar sospechas, y al fin derrames de
-ternezas en forma más ó menos velada. Pero el nombre, el nombre de la
-sinvergüenzona aquélla, por más que la lectora lo buscaba con ansia, no
-parecía en ninguna parte. La firma no rompía el anónimo; á veces una
-expresión convencional, _tu chacha, tu nenita_; á veces un simple
-garabato... Pero lo que es nombre, ni rastros de él. Leyendo todo, todo
-cuidadosamente, se habría podido sacar en limpio, por referencias, quién
-era la _chacha_; pero Abelarda no podía detenerse; ya era tarde,
-llamaban á la puerta... Había que colocar todo en su sitio de modo que
-no se conociese la mano revoltijera. Hízolo rápidamente, y fué á abrir.
-Ya no se borró más de su mente, en aquel día ni en los que le siguieron,
-la fingida imagen de la odiada señora. ¿Quién sería? La insignificante
-se la figuraba hermosota, muy _chic_, mujer caprichosa y desenfadada,
-como á su parecer lo eran todas las de las altas clases. «¡Qué guapa
-debe de ser!... ¡qué perfumes tan finos usará!--se decía á todas horas
-con palabras de fuego que del cerebro le salían para estampársele en el
-corazón.--¡Y cuántos vestidos tendrá, cuántos sombreros, cuántos
-coches!...»
-
-
-
-
-XXVI
-
-
-Allá va otra vez el amigo D. Ramón á la oficina de Pantoja. Él no quiere
-hablar de su pleito, de su cuita inmensa y desgarradora, pero sin
-quererlo habla; y cuanto dice va á parar insensiblemente al eterno tema.
-Le pasa lo que á los amantes muy exaltados, que cuanto hablan ó escriben
-se convierte en substancia de amor. Aquel día encontró en la oficina de
-su amigo á cierto sujeto que discutía ardorosamente. Era un señor de
-provincia, uno de aquellos enemigos de la Administración á quienes _el
-honrado_ designaba con el desdeñoso nombre de _particulares_;
-comerciante de vinos al por mayor, con establecimiento abierto, y la
-Hacienda le había cogido por banda, haciéndole pagar contribución por
-dos conceptos. Protestó él alegando que renunciaba á detallar,
-quedándose sólo con el almacén. El asunto pasó á informe de Pantoja.
-Quejábase el _particular_ de que se le hiciera pagar por dos conceptos,
-y va Pantoja ¿y qué hace? Pues informar que pagara por tres. De suerte
-que mi hombre, hecho un basilisco, dijo allí tales picardías de la
-Administración, que por poco le echan á la calle. Villaamil comprendía
-que tenía razón. Nunca había sido él verdugo del _particular_, como su
-amigo Pantoja; pero no se atrevió á intervenir por no malquistarse con
-_el honrado_. Su flaqueza le llevó hasta apoyar la providencia del
-Dracón administrativo, diciendo:
-
---Claro, por tres conceptos: por el de detallista, por el de almacenista
-y por el de fabricante de vinos.
-
-En fin, que el desgraciado _particular_ se largó trinando como ruiseñor
-en la época del celo, y cuando se quedaron solos Villaamil y Pantoja, al
-primero le faltó tiempo para decir:
-
---¿Ha vuelto Víctor por aquí? ¿Cómo va su expediente?
-
-Pantoja tardó en responder; tenía la boca lo mismo que si se la hubieran
-cosido. Se ocupaba en abrir pliegos, dentro de los cuales, al ser
-abiertos, sonaba la arenilla pegada á la tinta seca, y _el honrado_
-cuidaba de que los tales polvos no se cayeran ¡lástima de desperdicio! y
-prolijamente los vertía en la salbadera. Era en él costumbre antigua
-este aprovechamiento de los polvos empleados ya en otra oficina, y lo
-hacía con nimio celo, cual si mirase por los intereses de su ama, la
-señora Hacienda.
-
---Créeme á mí--replicó al fin, dando permiso á la boca y poniendo la
-mano por pantalla á fin de que sus oficiales no oyeran.--No le harán
-nada á tu yerno. El expediente es música. Créeme á mí que conozco el
-paño.
-
---Ventura, las influencias lo pueden todo--observó Villaamil con inmensa
-pena;--absolver á los delincuentes, y aun premiarlos, mientras los
-leales perecen.
-
---Y las influencias que vuelven el mundo patas arriba y hacen escarnio
-de la justicia, no son las políticas... quiero decir que estas
-influencias no revuelven el cotarro tanto como otras.
-
---¿Cuáles?--preguntó Villaamil.
-
---Las faldas--replicó Pantoja tan á media voz, que Villaamil no lo oyó,
-y tuvo que hacerse repetir el concepto.
-
---¡Ah!... Noticia fresca... Pero dime. ¿Crees tú que Víctor, por ese
-lado...?
-
---Me ha dado en la nariz (con malicia, llevándose el dedo á la punta de
-aquella facción). No aseguro nada; es que yo, con mi experiencia de esta
-casa, lo huelo, lo huelo, Ramón... no sé... puede que me equivoque. Al
-tiempo. Anoche en el café, Ildefonso Cabrera, el cuñado de tu yerno,
-contó de éste ciertos lances...
-
---¡Dios, qué cosas ve uno!--dijo Villaamil llevándose las manos á la
-cabeza. Y en medio de su catoniana indignación, pensando en aquella
-ignominia de las faldas corruptoras, se preguntaba por qué no habría
-también faldas benéficas que, favoreciendo á los buenos, como él,
-sirvieran á la Administración y al país.
-
---Eso tuno sabe por dónde anda. Acuérdate de lo que te digo: le echarán
-tierra al expediente...
-
---Y venga el ascenso... y ole morena.
-
-Sonó el timbre, y Pantoja fué al despacho del Director, que le llamaba.
-En cuanto salió, los subalternos la emprendieron con el cesante.
-
---Amigo Villaamil, ni usted ni yo echaremos buen pelo hasta que no suban
-los nuestros; y los nuestros son los del petróleo.
-
---Así subieran mañana--dijo D. Ramón agitando las quijadas y poniendo en
-sus ojos toda la ferocidad de su expresión carnívora.
-
---No lo diga usted de broma, que esto está muy malo. Hay crisis.
-
---¿Qué broma? ¡Sí, para bromitas está el tiempo! Así saltara esta noche
-el cantón de Madrid y la _Commune_ inclusive, y tocaran á pegar fuego...
-Les digo á ustedes que el amigo Job era un niño mimado y se quejaba de
-vicio... Que venga el santo petróleo, que venga. Más de lo que nos han
-quitado no nos han de quitar... Peor que esta gente no lo han de hacer.
-
---¿Sabe usted la que corre hoy? Que van á ceder las Islas Baleares á
-Alemania... Y que quieren arrendar las Aduanas á no sé qué empresa
-belga, recibiendo el primer plazo en unos puentes viejos para
-ferrocarriles.
-
---Como si lo viera, hombre, como si lo viera... Todo lo que sea un
-disparate tiene aquí su fundamento. Francamente, el D. Antonio tendrá
-mucho pesquis, pero no se le conoce... Digo, cualquiera que estuviese en
-su puesto, me parece á mí que lo había de hacer mejor.
-
---¡Pues claro!--dijo el _caballero de Felipe IV_ atusándose el bigotillo
-embetunado.--Y si no, figúrese usted que los que estamos aquí formamos
-un Ministerio. Villaamil, Presidencia; Espinosa, por la buena lámina,
-iría á Estado á poner varas á las diplomáticas.
-
---Y que las hay de _buten_. Á Guillén le encajamos en Guerra.
-
---¡Madre de Dios! ¡Un cojo en Guerra! Mejor es en Marina.
-
---Sí, para que reme con las muletas.
-
---Ó por lo que tiene de tortuga--dijo Argüelles, que no perdonaba
-ocasión de tirar una china al cojo.--Y para mí, venga la carterita de
-Gobernación.
-
---Clavado. Para que pueda colocar de temporeros á su cáfila de hijos,
-los de teta inclusive.
-
---Y para que expida una Real orden mandando que se toque la trompa en
-todos los entierros. ¿Y Hacienda, señores?
-
---Hacienda, Villaamil, con la Presidencia.
-
---¿Y qué le damos al _insine_ Pantoja?
-
---Hacienda, Ventura, ¿qué duda tiene?--apuntó Villaamil, que no tomaba
-aquello en serio, pero dejaba correr la broma para prestar un poco de
-esparcimiento á su angustiado espíritu.
-
---Sí, ¡buena se iba á armar!... ¿Y el _income tax_?
-
---Lo que es eso...--observó Villaamil sonriendo triste y
-descorazonado--no me lo pasaba.
-
---No; fuera Pantoja, que es capaz de imponer una contribución sobre las
-pulgas que lleva cada _quisque_. Viva el _income tax_, dogma del nuevo
-Gabinete, y la unificación de la Deuda.
-
---Eso... (con seriedad, bostezando) es fácil que me lo admitiera
-Ventura... Vaya, caballeros (como quien vuelve en sí, levantándose con
-ademán diligente), ustedes tienen que hacer, y yo _ídem_. Á trabajar se
-ha dicho.
-
-Y pasó á Propiedades (el mismo piso á la derecha), donde era segundo
-Jefe D. Francisco Cucúrbitas, y de allí bajó para caer como una bomba en
-el Personal, donde tenía varios conocidos, entre ellos un tal Sevillano,
-que á veces le informaba de las vacantes efectivas ó presuntas. Después
-bajaba á Tesorería, dando una vuelta por el Giro Mutuo, previo el
-consabido palique de los porteros al entrar en cada oficina. En algunas
-partes le recibían con cordialidad un tanto helada; en otras, la
-constancia de sus visitas empezaba á ser molesta. No sabían ya qué
-decirle para darle esperanzas, y los que le habían aconsejado que
-machacase sin tregua, se arrepentían ya, viendo que sobre ellos se ponía
-en práctica el socorrido consejo. En el Personal era donde Villaamil se
-mostraba más tenaz y jaquecoso. El Jefe de aquel departamento, sobrino
-de Pez y sujeto de mucha escama, le conocía, aunque no lo bastante para
-apreciar y distinguir las excelentes prendas del hombre, bajo las
-importunidades del pretendiente. Así, cuando las visitas arreciaron, el
-Jefe no ocultaba su desabrimiento ni sus pocas ganas de conversación.
-Villaamil era delicado, y sufría lo indecible con tales desaires; pero
-la imperiosa necesidad le obligaba á sacar fuerzas de flaqueza y á
-forrar de vaqueta su cara. Con todo, á veces se retiraba consternado,
-diciendo para su capote: «¡No puedo, Señor, no puedo! El papel de
-mendigo porfiado no es para mí». Y la consecuencia de este abatimiento
-era no parecer unos días por el Personal. Luego volvía la ley tiránica
-de la necesidad á imponerse brutalmente; el amor propio se sublevaba
-contra el olvido, y á la manera del lobo en ayunas, que sin reparar en
-el peligro de muerte se echa al campo y se aproxima impávido al caserío
-en busca de una res ó de un hombre, así D. Ramón se lanzaba otra vez,
-hambriento de justicia, á la oficina del Personal, arrostrando desaires,
-malas caras y peores respuestas. Quien mejor le recibía y más le
-alentaba, ofreciéndole cordialmente su ayuda, era D. Basilio Andrés de
-la Caña (Impuestos). Terminada la excursión, Villaamil volvía á su rasa
-rendido de cuerpo y espíritu. Su mujer le interrogaba con arte; pero él,
-firme en su dignidad estudiada, sostenía no haber ido al Ministerio más
-que á fumar un cigarro con los amigos: que no esperando nada, no
-formulaba pretensiones, y que la familia no debía edificar castillos en
-el aire, sino irse preparando para un viaje de recreo á San Bernardino.
-Replicaba á esto Pura que si él no hacía por colocarse, entraría ella á
-funcionar, apelando á la intercesión de la señora de Pez, Carolina de
-Lantigua, pues hasta los gatos saben que donde acaba la eficacia de las
-recomendaciones políticas, empieza la de las _faldas_.
-
---¡Ah! No es esa _faldamenta_ la que hace y deshace la
-fortuna--respondía Villaamil con profundo escepticismo, hijo de su
-conocimiento del mundo burocrático.--Carolina Pez es una señora honrada,
-es decir, para el caso, la carabina de Ambrosio. Además... hazte cargo:
-los _Peces_ no privan ahora; se defienden, y nada más. Ya hay quien
-habla de dejarles en seco. Figúrate una gente que ha mamado en todas las
-ubres y que ha sabido empalmar la Gloriosa con Alfonsito... Pues el
-turrón que ellos comen es el que corresponde á tantos leales como
-estamos mirando á la luna. Ya principia á levantarse un runrún contra
-ellos. Y digo más: la Administración necesita de servidores fieles,
-identificados, fíjate bien, identificados con la política monárquica; es
-preciso que no se vinculen los destinos; es menester que hay a turno. Si
-no, ¿adónde vamos á parar? Y ahí tienes al Jefe del Personal, sobrino de
-Pez, vendiendo protección á los que, por no servir á la jeringada
-República, sacrificaron sus destinos. Esto es escandaloso y no se ha
-visto nunca. De esta manera no se puede evitar que haya trifulcas, y que
-á España se la lleve Pateta. ¿Conque te vas enterando? Por el lado de
-Pez, ya se trate de Peces con faldas ó con pantalones, no esperes tanto
-así. Por supuesto (volviendo á su tema, del cual se había olvidado en el
-calor del discurso), con Peces y sin Peces, para mí no habrá nada. La
-Caña es el único que se interesa ahora por mí. Algo haría si pudiera.
-Pero tengo enemigos ocultos, que en la sombra trabajan por hundirme.
-Alguien me ha jurado guerra á muerte. Quién podrá ser, no lo sé; pero el
-traidor existe, no lo dudes.
-
-Por aquellos días, que eran ya primeros de Marzo, volvió la infortunada
-familia á notar los pródromos de la _sindineritis_. Hubo una semana de
-horrible penuria, mal disimulada ante los íntimos, sobrellevada por
-Villaamil con estoica entereza y por doña Pura con aquella ecuanimidad
-valerosa que la salvaba de la desesperación. Pero el remedio vino
-inopinadamente y por el mismo conducto que en otra ocasión no menos
-aflictiva. Víctor volvió a estar boyante. Su suegra fué sorprendida
-cuando menos lo pensaba por nuevos ofrecimientos de metálico, que no
-vaciló en aceptar, sin meterse en la filosofía de inquirir la
-procedencia. Ni creyó discreto contarle á su marido que había visto la
-cartera de Víctor reventando de billetes. ¡Como que se le habían
-encandilado los ojos! Embolsó los cuartos recibidos y las
-consideraciones que el caso le sugería. Si aun no le habían colocado,
-¿de dónde sacaba tanto dinero? Y aunque le hubieran colocado... Por
-fuerza había mano oculta... En fin, ¿á qué escarbar en el temido enigma?
-No gustaba ella de averiguar vidas ajenas.
-
-Víctor andaba otra vez muy fachendoso. Se había encargado más ropa,
-tenía butaca una y otra noche en diferentes teatros, y en el mismo Real;
-hacía frecuentes regalitos á toda la familia, y su esplendidez llegó
-hasta convidar á las tres _Miaus_ á la ópera, á butaca nada menos.
-
-Lo que produjo en Villaamil verdadera indignación, pues era un escarnio
-de su pobreza y un insulto á la moral pública. Pura y su hermana se
-rieron del ofrecimiento, pues aunque rabiaban por ir, carecían de los
-perendengues necesarios á semejante exhibición. Abelarda se negó
-resueltamente. Armóse gran disputa sobre esto, y la mamá sugirió algunas
-ideas para obviar las grandes dificultades con que el pensamiento de su
-yerno tropezaba en la práctica. Véase lo que discurrió el cacumen
-arbitrista de la _figura de Fra Angélico_. Sus amigas y vecinas las de
-Cuevas se ayudaban, como se ha dicho antes, con la confección de
-sombreros. En cierta ocasión que las _Miaus_ pescaron tres butacas de
-periódico para el Español, Abelarda, doña Pura y Bibiana Cuevas se
-encasquetaron los mejores modelos que aquellas amigas tenían en su
-taller, después de arreglarlos cada cual á su gusto. ¿Por qué no hacer
-lo mismo en la ocasión que se discutía? Bibiana no se había de oponer. Y
-por cierto que tenía en aquel entonces tres ó cuatro _prendas_, una de
-la marquesa A, otra de la condesa B, á cual más bonitas y elegantes. Se
-las disfrazaba, pues para eso había en el taller cantidad de alfileres,
-hebillas, cintas y plumas, y aunque sus dueñas estuvieran en el teatro,
-no habían de conocer las mascaritas. En cuanto á los vestidos, ellas lo
-arreglarían, con ayuda de las amigas, procurándose además algún abrigo,
-traído de la tienda para probarlo, y como Víctor se había brindado á
-regalarles también los guantes, no era un arco de iglesia el ir á
-butacas, ¡Cuántos no irían disimulando con menos gracia la _tronitis_!
-
-
-
-
-XXVII
-
-
-Abelarda se resistió á esta trapisonda, asegurando que ni en pedazos la
-llevarían á butacas de aquella manera, y así quedó la cuestión. Todo se
-redujo á ir á delantera de paraíso una noche que dieron _La Africana_, y
-al punto de sentarse las tres cundió por la concurrencia de aquellas
-alturas el comentario propio de tan desusado acontecimiento. «¡Las
-_Miaus_ en delantera!» En diez años no se había visto un caso igual. La
-vasta gradería del centro y las laterales estaban llenas de bote en
-bote. Las _Miaus_ eran conocidas de todo aquel público como puntos fijos
-del paraíso, siempre en la última fila lateral de la derecha junto á la
-salida. La noche que faltaban notábase un vacío, como si desaparecieran
-los frescos de la techumbre. No eran ellas las únicas _abonadas á
-paraíso_, pues innumerables personas y aun familias se eternizan en
-aquellos bancos, sucediéndose de generación en generación. Estos
-beneméritos y tenaces _dilettanti_ constituyen la masa del entendido
-público que otorga y niega el éxito musical, y es archivo crítico de las
-óperas cantadas desde hace treinta años y de los artistas que en las
-gloriosas tablas se suceden. Hay allí círculos, grupos, peñas y
-tertulias más ó menos íntimas; allí se traban y conciertan relaciones;
-de allí han salido infinitas bodas, y los tortoleos y los telégrafos
-tienen, entre romanza y dúo, atmósfera y ocasión muy propicias. Desde su
-delantera, las _Miaus_ saludaron con sonrisas á los amigos que en la
-banda de la derecha y en el centro tenían, y de una y otra parte las
-saetaron con miradas y frasecitas del tenor siguiente: «Mira qué sílfide
-está doña Pura. Se ha traído toda la caja de polvos». «Pues ¿y la
-hermana con su cinta de terciopelo al cuello? Si las tres traen cinta
-negra, no les faltará el cascabelito para estar en carácter». «Mira,
-mira con los gemelos á la _Miau_ chica; tiene que ver. Aquel traje café
-y leche es el que llevaba el año pasado la mamá. Le ha puesto unas
-cintas coloradas, que parecen de caja de cigarros». «Sí, sí, son de
-mazos de cigarros». «Pues la otra, la cantante averiada, trae el vestido
-que debió de sacar en el Liceo Jover cuando hizo la parte de Adalgisa».
-«Sí, mira, mira; es una túnica romana con grecas y todo. ¡Qué clásica
-está!»
-
---Diga usted, Guillén--murmuraban en otro círculo, donde hacía el gasto
-el maldecido cojo.
-
---¿Han colocado á ese pobre _Miau_, el padre de sus amigas de usted?
-Porque ese lujo asiático de delantera significa que _han subido los
-nuestros_.
-
---Como no le coloquen en Leganés... Viven ahora del _sable_. El buen
-señor da unas estocadas... de maestro.
-
-Abelarda, más que en la ópera, que había visto cien veces, fijó su
-atención en la concurrencia, recorriendo con ansiosa mirada palcos y
-butacas, reparando en todas las señoras que entraban por la calle del
-centro con lujosos abrigos, arrastrando la cola é introduciéndose
-después con todo aquel falderío por las filas ya ocupadas. Poco á poco
-se iba poblando el patio. Los palcos no aparecían poblados hasta el fin
-del primer acto, cuando Vasco, incomodado con aquellos fantasmones del
-Consejo tan retrógrados, les canta cuatro frescas. En el palco regio
-apareció la reina Mercedes, detrás D. Alfonso. Las señoras inevitables,
-conocidas del público, aparecieron en el segundo acto, conservando el
-abrigo hasta el tercero, y aplaudían maquinalmente siempre que había por
-qué. Las _Miaus_, conocedoras de toda la sociedad elegante, _abonada_
-también, la comentaba como ellas fueron comentadas al ocupar sus
-asientos. Viéndola una y otra noche, habían llegado á tomarse tanta
-confianza, que se creería que trataban íntimamente á damas y caballeros.
-«Ahí está ya la Duquesa. Pero Rosario no ha venido todavía... María
-Buschental no puede tardar. Ya empiezan á llegar al _tranvía_ sus
-amigos... Mira, mira, ahora viene María Heredia... ¡Pero qué pálida está
-Mercedes; pero qué pálida!... Ahí tienes á D. Antonio en el palco de los
-Ministros, y á ese Cos-Gayón... así le fusilaran».
-
-Después de mucho rebuscar, descubrió la insignificante á su cuñadito en
-la segunda fila de butacas. Estaba de frac, tan elegante como el
-primero. ¡Qué cosas hay en la vida! ¿Quién había de decir que aquel
-hombre parecido á un duque, aquel apuesto joven que charlaba
-desenfadadamente con su vecino de butaca, el Ministro de Italia, era un
-empleado obscuro y cesante, alojado en la casa de la pobreza, en
-cuartucho humilde, guardando su ropa en un baúl! «¿No es aquél
-Víctor?--dijo Pura, echándole los gemelos.--¡Buen charol se está
-dando!... ¡Si le conocieran!... ¡Parece un potentado! ¡Cuánto hay de
-esto en Madrid! Yo no sé cómo se las compone. Él buena ropa, él butacas
-en todos los teatros, él cigarros magníficos. Mira, mira con qué
-desparpajo habla. ¡Pobre señor, qué papas le estará encajando! Y esos
-extranjeros son tan inocentes, que todo se lo creerá».
-
-Abelarda no le quitaba los ojos, y cuando le veía mirar para algún
-palco, seguía la dirección de sus miradas, creyendo que ellas venderían
-el amoroso secreto. «¿Cuál de éstas que aquí están será?--pensaba la
-insignificante.--Porque alguna de éstas tiene que ser. ¿Será aquella
-vestida de blanco? ¡Ah! Puede. Parece que le mira. Pero no; él mira á
-otro lado. ¿Será alguna cantante? ¡Quiá!, no, cantante no. Es de éstas,
-de estas elegantonas de los palcos, y yo la he de descubrir». Fijábase
-en alguna, sin saber por qué, por mera indicación de su avizor
-instinto; pero luego, desechando la hipótesis, se fijaba en otra, y en
-otra, y en otra más, concluyendo por asegurar que no era ninguna de las
-presentes. Víctor no manifestaba preferencias en sus ojeadas á butacas y
-palcos. Podría ser que hubieran concertado no mirarse de una manera
-descarada y delatora. También echó el joven una visual hacia la
-delantera de paraíso, é hizo un saludito á la familia. Doña Pura estuvo
-un cuarto de hora dando cabezadas, en respuesta á la salutación que del
-noble fondo del teatro subía hasta las pobres _Miaus_.
-
-En los entreactos, algunos amigos, _abonados_ como ellas á paraíso
-limpio, se acercaron á saludarlas, abriéndose paso por entre la apretada
-muchedumbre. Federico Ruiz era uno de ellos, y él y todos querían oir la
-opinión crítica de Milagros sobre la soprano que se estrenaba aquella
-noche en el papel de Selika. Cuando ésta espichó bajo el manzanillo,
-retiráronse las _Miaus_, que nunca perdonaban nota, y no se marchaban
-sino después de la última llamada á la escena. Durante el penoso
-descenso por las anchas escaleras invadidas del público, se les
-aproximaron varios íntimos, entre ellos el cojo Guillén, y algunas
-amigas de las que tan acerbamente pusieron en solfa su aparición en
-delantera.
-
-Al regresar á su casa, encontraron á Villaamil en vela; Víctor no había
-entrado aún ni lo hizo hasta muy tarde, cuando todos dormían menos
-Abelarda, que sintió el ruido del llavín, y echándose de la cama y
-mirando por un resquicio de la puerta, le vió entrar en el comedor y
-meterse en su alcoba, después de beber un vaso de agua. Venía de buen
-humor, tarareando, el cuello del gabán alzado, pañuelo de seda al
-cuello, anudado con negligencia, y la felpa del sombrero ajadísima y con
-chafaduras. Era la viva imagen del perfecto perdis de buen tono.
-
-Al día siguiente molestó bastante á la familia solicitando pequeños
-servicios de aguja, ya pegadura de botón, ya un delicado zurcido, ó bien
-algo referente á las camisas. Pero Abelarda supo atender á todo con gran
-diligencia. Á la hora de almorzar, entró doña Pura diciendo que se había
-muerto el chico de la casa de préstamos, noticia que confirmó Luis con
-más acento de novelería que de pena, condición propia de la dichosa edad
-sin entrañas. Villaamil entonó al difuntito la oración fúnebre de
-gloria, declarando que es una dicha morirse en la infancia para librarse
-de los sufrimientos de esta perra vida. Los dignos de compasión son los
-padres, que se quedan aquí pasando la tremenda crujía, mientras el niño
-vuela al cielo á formar en el glorioso batallón de los ángeles. Todos
-apoyaron estas ideas, menos Víctor, que las acogía con sonrisa burlona,
-y cuando su suegro se retiró y Milagros se fué á su cocina y doña Pura
-empezó á entrar y salir, encaróse con Abelarda, que continuaba de
-sobremesa, y le dijo:
-
---¡Felices los que creen! No sé qué daría por ser como tú, que te vas á
-la iglesia y te estás allí horas y horas, ilusionada con el aparato
-escénico que encubre la mentira eterna. La religión, entiendo yo, es el
-ropaje magnífico con que visten la nada para que no nos horrorice... ¿No
-crees tú lo mismo?
-
---¿Cómo he de creer eso?--clamó Abelarda, ofendida de la tenacidad
-artera con que el otro hería sus sentimientos religiosos siempre que
-encontraba coyuntura favorable.--Si lo creyera no iría á la iglesia, ó
-sería una farsante hipócrita. Á mí no tienes que salirme por ese
-registro. Si no crees, buen provecho te haga.
-
---Es que yo no me alegro de ser incrédulo, fíjate bien; yo lo deploro, y
-me harías un favor si me convencieras de que estoy equivocado.
-
---¿Yo? No soy catedrática ni predicadora. El creer nace de dentro. ¿Á ti
-no se te pasa por la cabeza alguna vez que puede haber Dios?
-
---Antes sí; hace mucho tiempo que semejante idea voló.
-
---Pues entonces... ¿qué quieres que yo te diga? (Tomándolo en serio.) ¿Y
-piensas tú que cuando nos morimos no nos piden cuenta de nuestras
-acciones?
-
---¿Y quién nos la va á pedir? ¿Los gusanitos? Cuando llega la de
-_vámonos_, nos recibe en sus brazos la señora _Materia_, persona muy
-decente, pero que no tiene cara, ni pensamiento, ni intención, ni
-conciencia, ni nada. En ella desaparecemos, en ella nos diluímos
-totalmente. Yo no admito términos medios. Si creyese lo que tú crees, es
-decir, que existe allá por los aires, no sé dónde, un Magistrado de
-barba blanca que perdona ó condena y extiende pasaportes para la Gloria
-ó el Infierno, me metería en un convento y me pasaría todo el resto de
-mi vida rezando.
-
---Y es lo mejor que podías hacer, tonto. (Quitándole la servilleta á
-Luis, que tenía fijos en su padre los atónitos ojuelos.)
-
---¿Por qué no lo haces tú?
-
---¿Y qué sabes si lo haré hoy ó mañana? Estáte con cuidado. Dios te va á
-castigar por no creer en él; te va á sentar la mano, y una mano muy
-dura; verás.
-
-En este momento, Luisito, muy incomodado con los dicharachos de su
-padre, no se pudo contener, y con infantil determinación agarró un
-pedazo de pan y se lo arrojó á la cara al autor de sus días, gritando:
-«¡Bruto!»
-
-Todos se echaron á reir de aquella salida, y doña Pura dió muchos besos
-á su nieto, azuzándole de este modo: «Dale, hijo, dale, que es un pillo.
-Dice que no cree para hacernos rabiar. ¿Pero veis qué chico? Si vale más
-que pesa. Si sabe más que cien doctores. ¿Verdad que mi niño va á ser
-eclesiástico, para subir al púlpito y echar sus sermoncitos y decir sus
-misitas? Entonces estaremos todos hechos unos carcamales, y el día que
-Luisín cante misa, nos pondremos allí de rodillas para que el cleriguito
-nuevo nos eche la bendición. Y el que estará más humilde y cayéndosele
-la baba será este zángano, ¿verdad? Y tú le dirás: «Papá, ya ves como al
-fin has llegado á creer».
-
---¡Qué guapo es este hijo y qué talento tiene!--dijo Víctor,
-levantándose gozoso y besando al pequeño, que escondía la cara para
-rehuir el halago.--¡Si le quiero yo más!... Te voy á comprar un
-velocípedo para que pasees en la plazuela de enfrente. Verás qué envidia
-te van á tener tus compañeros.
-
-La promesa del velocípedo trastornó por un momento las ideas del
-pequeño, quien calculó con rudo egoísmo que sus deseos de ser cura y de
-servir á Dios y aun de llegar á santo no estaban reñidos con tener un
-velocípedo precioso, montarse en él y pasárselo por los hocicos á sus
-compañeros, muertos de dentera.
-
-
-
-
-XXVIII
-
-
-Á la mañana siguiente, Villaamil celebró con su mujer, cuando ésta
-volvió de la compra, una conferencia interesante. Estaba él en su
-despacho escribiendo cartas, y al sentir entrar á su costilla, siseó
-con misterio, y encerrándose con ella, le dijo: «De esto, ni una palabra
-á Víctor, que es muy perro y me puede parar el golpe. Aunque yo nada
-espero, he dado ayer algunos pasos. Me apoya un diputado de mucho
-empuje... Hablamos anoche largamente. Te diré, para que lo sepas todo,
-que me presentó á él mi amigo La Caña. Le relaté mis antecedentes, y se
-admiró de que me tuvieran cesante. Así como quien no quiere la cosa, le
-expuse mis ideas sobre Hacienda, y mira tú qué casualidad: son las
-mismas que tiene él. Piensa igualito que yo. Que deben ensayarse nuevas
-maneras de tributación, tirando á simplificar, apoyándose en la buena fe
-del contribuyente y tendiendo á la baratura de la cobranza. Pues
-prometió apoyarme á rajatabla. Es hombre que vale mucho y parece que no
-le niegan nada.
-
---¿Es de oposición?
-
---No; ministerialísimo, pero disidente, ahí está el chiste, y cada día
-le da una desazón al Gobierno. Vale, vale. Y es de estos que no se
-ocupan más que del bien del país. Cuando se levanta á hablar, el banco
-azul tiembla. Como que les prueba, _ce_ por _be_, que el país corre á la
-perdición si siguen las cosas como van, y que la agricultura está
-arruinada, la industria muerta y la nación toda en la más espantosa
-miseria. Esto salta á los ojos. Pues el Gobierno, que ve en él su
-acusador, le tiene un miedo, hija, un canguelo tal, que cosa que él pida
-es otorgada. Saca las credenciales á espuertas... Bueno; hemos quedado
-en que yo le avisaría si se hace hoy una vacante que me indicaron
-Sevillano y Pantoja. Voy al Ministerio en cuanto almuerce, me entero de
-si hay ó no la vacante, y como la haya, le escribo á su casa ó al
-Congreso, según la hora. Me ha dado palabra de hablar esta tarde al
-Ministro, el cual le está agradecidísimo, por haber renunciado á
-explanar una interpelación sobre cierta contrata en que hay sapos y
-culebras. Ya se ve, el Ministro le daría hoy el arpa de David si se la
-pidiera. ¿Te vas enterando?
-
---Sí, hombre, sí (radiante de satisfacción); y me parece que lo que es
-ahora, no hay quien nos quite el bollo.
-
---¡Oh! lo que es confianza, lo que se llama confianza, yo no la tengo.
-Ya sabes que me pongo siempre en lo peor. Pero vamos á hacer nuestro
-plan: Yo al Ministerio. Que Luis no vaya á la escuela esta tarde, y que
-espere aquí, porque con él le tengo que mandar la carta. No le veré yo
-mismo, porque Víctor se ha empeñado en que visitemos juntos esta tarde
-al Jefe del Personal. Quiero ir con él para despistarle. ¿Entiendes?
-Cuidado como le dejas entender á ese pillo de dónde sopla ahora el
-viento.
-
-Levantándose excitadísimo, se puso á dar paseos por el angosto aposento.
-Su mujer, gozosa, le dejó solo, y á pesar de la reserva que se impuso,
-su hija y hermana le conocieron en la cara las buenas nuevas. Era de
-esas personas que atesoran en sí mismas un arsenal de armas espirituales
-contra las penas de la vida y poseen el arte de transformar los hechos,
-reduciéndolos y asimilándoselos en virtud de la facultad dulcificante
-que en sus entrañas llevan, como la abeja, que cuanto chupa lo convierte
-en miel.
-
-Para Cadalsito fué aquel día de huelga, pues por la mañana, según
-disposición del maestro, debían ir todos al sepelio del malogrado
-_Posturitas_. Y uno de los designados para llevar las cintas del féretro
-era Luis, á causa de ser tal vez el que mejor ropa tenía, gracias á su
-papá Víctor. Su abuela le puso los trapitos de cristianar, con guantes y
-todo, y salió muy compuesto y emperejilado, gozoso de verse tan guapo,
-sin que atenuara su contento el triste fin de tales composturas. La
-mujer del memorialista le hizo mil caricias encareciendo lo majo que
-estaba, y el niño se dirigió hacia la casa de préstamos, seguido de
-_Canelillo_, que también quiso meter su hocico en el entierro, aunque no
-era fácil le dieran vela en él. Al entrar en la calle del Acuerdo, se
-encontró Cadalso á su tía Quintina, que le llenó de besos, ensalzó mucho
-su elegancia, le estiró el cuerpo de la chaqueta y las mangas, y le
-arregló el cuello para que resultara más guapo todavía. «Esto me lo
-debes á mí, pues le dije á tu padre que te comprara ropita. Á él no se
-le hubiera ocurrido nunca tal cosa; anda muy distraído. Por cierto,
-corazón, que estoy bregando ahora más que nunca con tu papá para que te
-lleve á vivir conmigo. ¿Qué es eso? ¿qué cara me pones? Estarás conmigo
-mucho mejor que con esas remilgadas _Miaus_... ¡Si vieras qué cosas tan
-bonitas tengo en casa! ¡Ay, si las vieras!... Unos niños Jesús que se
-parecen á ti, con el mundito en la mano; unos nacimientos tan preciosos,
-pero tan preciosos... tienes que verlos. Y ahora estamos esperando
-cálices chiquititos, custodias que son una una monada, casullas así...
-para que los niños buenos jueguen á las misas; santos de este tamaño,
-así, mira, como los soldados de plomo, y la mar de candeleritos y
-arañitas que se encienden en los altares de juguete. Todo lo tienes que
-ver, y si vas á casa, puedes hacer con ello lo que quieras, pues es para
-tu diversión. ¿Irás, rico mío?»
-
-Cadalsito, abriendo cada ojo con aquellas descripciones de juguetes
-sacros, decía que sí con la cabeza, aunque afligido por la dificultad de
-ver y gozar tales cosas, pues abuelita no le dejaba poner los pies allá.
-En esto llegaron á la puerta de la casa mortuoria, donde Quintina,
-después de besuquearle otra vez refregándole la cara, le dejó en
-compañía de los demás chicos, que ya estaban allí, alborotando más de lo
-que permitían las tristes circunstancias. Unos por envidia, otros
-porque eran en toda ocasión muy guasones, empezaron á tomarle el pelo al
-amigo Cadalso por la ropa flamante que llevaba, por las medias azules y
-más aún por los guantes del mismo color, que, dicho sea entre
-paréntesis, le entorpecían las manos. No dejaba él que le tocasen,
-resuelto á defender contra todo ataque de envidiosos y granujas la
-limpieza de sus mangas. Tratóse luego de si subían ó no á ver á Paco
-Ramos muerto, y entre los que votaron por la afirmativa, se coló también
-Luis, movido de la curiosidad. Nunca tal hiciera.
-
-Porque le impresionó tan vivamente la vista del chiquillo difunto, que á
-poco se cae al suelo. Le entró una pena en la boca del estómago, como si
-le arrancasen algo. El pobre _Posturistas_ parecía más largo de lo que
-era. Estaba vestido con sus mejores ropas; tenía las manos cruzadas, con
-un ramo en ellas: la cara muy amarilla, con manchas moradas, la boca
-entreabierta y de un tono casi negro, viéndose los dos dientes de en
-medio, blancos y grandes, mayores que cuando estaba vivo... Tuvo que
-apartarse Luisín de aquel espectáculo aterrador. ¡Pobre _Posturas_!...
-¡Tan quieto el que era la misma viveza, tan callado el que no cesaba de
-alborotar un punto, riendo y hablando á la vez! ¡Tan grave el que era la
-misma travesura y á toda la clase la traía siempre al retortero! En
-medio de aquel inmenso trastorno de su alma, que Luis no podía definir,
-ignorando si ora pena ó temor, hizo el chico una observación que se
-abría paso por entre sus sentimientos, como voz del egoísmo, más
-categórico en la infancia que la piedad. «Ahora--pensó--no me llamará
-_Miau_». Y al deducir esto, parecía quitársele un peso de encima, como
-quien resuelve un arduo problema ó ve conjurado un peligro. Al descender
-la escalera, procuraba consolarse de aquel malestar que sentía,
-afirmando mentalmente: «Ya no me dirá _Miau_... Que me diga ahora
-_Miau_».
-
-Poco tardó en bajar la caja azul para ser puesta en el carro. En todos
-los balcones de la casa, sin exceptuar los del establecimiento de
-préstamos, se asomaron no pocas mujeres para ver salir el entierro. El
-cojo Guillén apareció con los ojos encendidos de llorar y la cara tan
-seria, que no se parecía á sí mismo. Él fué quien dispuso todo y
-distribuyó las cintas, confiándole una á Cadalso. Después se metió en el
-coche, donde iba también el maestro, con su bastón roten y su chistera
-lacia; el tendero vecino, con limpia camisa de cuello corto sin corbata,
-y un señor viejo á quien no conocía Cadalso. En marcha, pues, Luis pensó
-que su ropa daba golpe, y no fué insensible á las satisfacciones del
-amor propio. Iba muy consentido en su papel de portador de cinta,
-pensando que si él no la llevase, el entierro no sería, ni con mucho,
-tan lucido. Buscó á _Canelo_ con la mirada; pero el sabio perro de
-Mendizábal, en cuanto entendió que se trataba de enterrar, cosa poco
-divertida y que sugiere ideas misantrópicas, dió media vuelta y tomó
-otra dirección, pensando que le tenía más cuenta ver si se parecía
-alguna perra elegante y sensible por aquellos barrios.
-
-En el cementerio, la curiosidad, más poderosa que el miedo, impulsó á
-Cadalso á ver todo... Bajaron del carro el cadáver, le entraron entre
-dos, abrieron la caja... No comprendía Luis para qué, después de taparle
-la cara con un pañuelo, le echaban cal encima aquellos brutos... Pero un
-amigo se lo explicó. Cadalsito sentía, al ver tales operaciones, como si
-le apretasen la garganta. Metía su cabeza por entre las piernas de las
-personas mayores, para ver, para ver más. Lo particular era que
-_Posturitas_ se estuviese tan callado y tan quieto mientras le hacían
-aquella herejía de llenarle la cara de cal. Luego cerraron la tapa...
-¡Qué horror quedarse dentro! Le daban la llave al cojo, y después metían
-la caja en un agujero, allá, en el fondo, allá... Un albañil empezó á
-tapar el hueco con yeso y ladrillos. Cadalso no apartaba los ojos de
-aquella faena... Cuando la vió concluida, soltó un suspiro muy grande,
-explosión del respirar contenido largo tiempo. ¡Pobre _Posturitas_!
-«Pues señor, á mí me dirán _Miau_ todos los que quieran; pero lo que es
-éste no me lo vuelve á decir».
-
-Cuando salieron, los amigos le embromaron a vez por su esmerado atavío.
-Alguno dejó entrever la intención malévola de hacerle caer en una zanja,
-de la cual habría salido hecho una compasión. Varias manos muy puercas
-le tocaron con propósitos que es fácil suponer, y ya Cadalso no sabía
-qué hacerse de las suyas, aprisionadas en los guantes, entumecidas é
-incapaces de movimiento. Por fin se libró de aquella apretura,
-quitándose los guantes y guardándolos en el bolsillo. Antes de llegar á
-la calle Ancha, los chicos se dispersaron y Luisito siguió con el
-maestro, que le dejó á la puerta de su casa. Ya estaba allí _Canelo_ de
-vuelta de sus depravadas excursiones, y subieron juntos á almorzar, pues
-el can no ignoraba que había repuesto fresco de víveres arriba.
-
---¿Y los guantes?--preguntó doña Pura á su nieto cuando le vió entrar
-con las manos desnudas.
-
---Aquí están... No los he perdido.
-
-Villaamil, á eso de las tres, entró de la calle, afanadísimo, y
-metiéndose en su despacho, escribió una carta delante de su esposa, que
-veía con gusto en él la excitación saludable, síntoma de que la cosa iba
-de veras.
-
---Bueno. Que Luis lleve esta carta y espere la contestación. Me ha dicho
-Sevillano que tenemos vacante, y quiero saber si el diputado la pide
-para mí ó no. De la oportunidad depende el éxito. Yo estoy citado con
-Víctor, y para desorientarle no quiero faltar... Es labor fina la que
-traigo entre manos, y hay que andar con muchísimo tiento. Dame mi
-sombrero... mi bastón, que ya estoy otra vez en la calle. Dios nos
-favorezca. Á Luis que no se venga sin la respuesta. Que dé la carta á un
-portero y se aguarde en el cuarto aquél, á la derecha conforme se entra.
-Yo no espero nada; pero es preciso, es preciso echar todos los
-registros, todos...
-
-Salió Cadalsito á eso de las cuatro con la epístola y sin guantes,
-seguido de _Canelo_ y conservando la ropita del entierro, pues su abuela
-pensó que ninguna ocasión más propicia para lucirla. No fué preciso
-indicarle hacia dónde caía el Congreso, pues había ido ya otra vez con
-comisión semejante. En veinte minutos se plantó allá. La calle de
-Florida-Blanca estaba invadida de coches que, después de soltar en la
-puerta á sus dueños, se iban situando en fila. Los cocheros de chistera
-galonada y esclavina charlaban de pescante á pescante, y la hilera
-llegaba hasta el teatro de Jovellanos. Junto á las puertas del edificio,
-por la calle del Sordo, había filas de personas formando cola, que los
-de Orden público vigilaban, cuidando de que no se enroscase mucho.
-Examinado todo esto, el observador Cadalsito se metió por aquella puerta
-coronada de un techo de cristales. Un portero con casaca le apartó
-suavemente para que entrasen unos señorones con gabán de pieles, ante
-los cuales abría la mampara roja. Cadalsito se encaró después con el
-sujeto aquel de la casaca, y quitándose la gorra (pues él, siempre
-cortés en viendo galones, no distinguía de jerarquías), le dió la carta,
-diciendo con timidez: «Aguardo contestación». El portero, leyendo el
-sobre: «No sé si ha venido. Se pasará». Y poniendo la carta en una
-taquilla, dijo á Luis que entrase en la estancia á mano derecha.
-
-Había allí bastante gente, la mayor parte en pie junto á la puerta,
-hombres de distintas cataduras, algunos muy mal de ropa, la bufanda
-enroscada al cuello, con trazas de pedigüeños; mujeres de velo por la
-cara, y en la mano enrollado papelito que á instancia trascendía.
-Algunos acechaban con airado rostro á los señores entrantes, dispuestos
-á darles el alto. Otros, de mejor pelo, no pedían más que papeletas para
-las tribunas, y se iban sin ellas por haberse acabado. Cadalsito se
-dedicó también á mirar á los caballeros que entraban en grupos de dos ó
-de tres, hablando acaloradamente. «Muy grande debe de ser esta
-casona--pensó Luis,--cuando cabe tanto señorío». Y cansado al fin de
-estar en pie, se metió para dentro y se sentó en un banco de los que
-guarnecen la sala de espera. Allí vió una mesa donde algunos escribían
-tarjetas ó volantes, que luego confiaban á los porteros, y aguardaban
-sin disimular su impaciencia. Había hombre que llevaba tres horas, y
-aun tenía para otras tres. Las mujeres suspiraban inmóviles en el
-asiento, soñando una respuesta que no venía. De tiempo en tiempo abríase
-la mampara que comunicaba con otra pieza; un portero llamaba: «El señor
-Tal», y el señor Tal se erguía muy contento.
-
-Transcurrió una hora, y el niño bostezaba aburridísimo en aquel duro
-banco. Para distraerse, levantábase á ratos y se ponía en la puerta á
-ver entrar personajes, no sin discurrir sobre el intríngulis de aquella
-casa y lo que irían á guisar en ella tantos y tantos caballerotes.
-
-El Congreso (bien lo sabía él) era un sitio donde se hablaba. ¡Cuántas
-veces había oído á su abuelo y á su padre: «Hoy habló Fulano ó Mengano,
-y dijeron esto, lo otro y lo de más allá. ¿Y cómo sería la casa por
-dentro? Gran curiosidad. ¿Cómo sería? ¿Dónde hablaban? Ello debía de ser
-una casa grandona como la iglesia, con la mar de bancos, donde se
-sentaban para charlar todos á un tiempo. ¿Y á qué era tanta habladuría?
-Pues también entraban allí los Ministros. ¿Y quiénes eran los Ministros?
-Los que gobernaban y daban los destinos. Igualmente recordó haber oído á
-su abuelo, en frecuentes ratos de mal humor, que las Cortes eran una
-farsa y que allí no se hacía más que perder el tiempo. Pero otras veces
-se entusiasmaba el buen viejo, elogiando un discurso de alboroto.
-Total, que Luisín no podía formar juicio exacto, y su mente era toda
-confusión.
-
-Volvió al banco, y desde él vió entrar á uno que se le figuró su padre.
-«¡Mi papá también aquí!» Y le franquearon la mampara como á los demás.
-Por poco sale tras él gritando: «Papá, papá», pero no hubo tiempo, y
-donde estaba se quedó. «¿Y será mi papá de los que hablan? Quien debía
-venir aquí á explicarse es Mendizábal, que sabe tanto, y dice unas cosas
-tan buenas...» En esto sintió que se le nublaba la vista, y le entraba
-el intenso frío al espinazo. Fué tan brusca y violenta la acometida del
-mal, que sólo tuvo tiempo de decirse: _que me da, que me da_; y dejando
-caer la cabeza sobre el hombro, y reclinando el cuerpo en la esquina
-próxima, se quedó profundamente dormido.
-
-
-
-
-XXIX
-
-
-Por un instante, Cadalsito no vió ante sí cosa alguna. Todo tinieblas,
-vacío, silencio. Al poco rato aparecióse enfrente el Señor, sentado,
-¿pero dónde? Tras de él había algo como nubes, una masa blanca,
-luminosa, que oscilaba con ondulaciones semejantes á las del humo. El
-Señor estaba serio. Miró á Luis, y Luis á él en espera de que le dijese
-algo. Había pasado mucho tiempo desde que le vió por última vez, y el
-respeto era mayor que nunca.
-
---El caballero para quien trajiste la carta--dijo el Padre,--no te ha
-contestado todavía. La leyó y se la guardó en el bolsillo. Luego te
-contestará. Le he dicho que te dé un _sí_ como una casa. Pero no sé si
-se acordará. Ahora está hablando por los codos.
-
---Hablando--repitió Luis;--¿y qué dice?
-
---Muchas cosas, hombre, muchas que tú no entiendes--replicó el Señor,
-sonriendo con bondad.--¿Te gustaría á ti oir todo eso?
-
---Sí que me gustaría.
-
---Hoy están muy enfurruñados. Acabarán por armar un gran rebumbio.
-
---Y usted--preguntó Cadalso tímidamente, no decidiéndose nunca á llamar
-á Dios de _tú_,--¿usted no habla?
-
---¿Dónde, aquí? Hombre... yo... te diré... alguna vez puede que diga
-algo... Pero casi siempre lo que yo hago es escuchar.
-
---¿Y no se cansa?
-
---Un poquitín; ¡pero qué remedio!...
-
---¿El caballero de la carta contestará que sí? ¿Colocarán á mi abuelo?
-
---No te lo puedo asegurar. Yo le he mandado que lo haga. Se lo he
-mandado la friolera de tres veces.
-
---Pues lo que es ahora (con desembarazo), bien que estudio.
-
---No te remontes mucho. Algo más aplicado estás. Aquí, entre nosotros,
-no vale exagerar las cosas. Si no te distrajeras tanto con el álbum de
-sellos, más aprovecharías.
-
---Ayer me supe la lección.
-
---Para lo que tú acostumbras, no estuvo mal. Pero no basta, hijo, no
-basta. Sobre todo, si te empeñas en ser cura, hay que apretar. Porque
-figúrate tú, para decirme una misa has de aprender latín, y para
-predicar tienes que estudiar un sin fin de cosas.
-
---Cuando sea mayor lo aprenderé todito... Pero mi papá no quiere verme
-cura, y dice que él no cree nada de usted, ni aunque lo maten. Dígame,
-¿es malo mi papá?
-
---No es muy católico que digamos.
-
---Y la Quintina, ¿es buena?
-
---La tía Quintina sí. ¡Si vieras qué cosas tan bonitas tiene en su casa!
-Debías ir á verlas.
-
---Abuelita no me deja (desconsolado). Es que á la tía Quintina se le ha
-metido en la cabeza que me vaya á vivir con ella, y los de casa... que
-nones.
-
---Es natural. Pero tú, ¿qué piensas de esto? ¿Te gustaría seguir donde
-estás y que te dejaran ir á casa de la tía para ver los santos?
-
---¡Vaya si me gustaría!... Dígame, ¿y mi papá está aquí dentro?
-
---Sí, por ahí anda.
-
---¿Y también él hablará?
-
---También. ¡Pues no faltaba más!...
-
---Usted perdone. El otro día dijo mi papá que las mujeres son muy malas.
-Por eso yo no quiero casarme nunca.
-
---Muy bien pensado (conteniendo la risa). Nada de casorios. Tú vas á ser
-curita.
-
---Y obispo, si usted no manda otra cosa...
-
-En esto vió que el Señor se volvía hacia atrás como para apartar de sí
-algo que le molestaba... El chico estiró el cuello para ver qué era, y
-el Padre dijo: «¡Largo!; idos de aquí y dejadme en paz». Entonces vió
-Luisito que por entre los pliegues del manto de su celestial amigo
-asomaban varias cabecitas de granujas. El Señor recogió su ropa, y
-quedaron al descubierto tres ó cuatro chiquillos en cueros vivos y con
-alas. Era la primera vez que Cadalso les veía, y ya no pudo dudar que
-aquel era verdaderamente Dios, puesto que tenía ángeles. Empezaron á
-aparecerse por entre aquellas nubes algunos más, y alborotaban y reían,
-haciendo mil cabriolas. El Padre Eterno les ordenó segunda vez que se
-largaran, sacudiéndoles con la punta de su manto, como si fuesen moscas.
-Los más chicos revoloteaban, subiéndose hasta el techo (pues había techo
-allí) y los mayores le tiraban de la túnica al buen abuelo para que se
-fuera con ellos. El anciano se levantó al fin, algo contrariado,
-diciendo: «Bien; ya voy, ya voy... ¡Qué machacones sois! No os puedo
-aguantar». Pero esto lo decía con acento bonachón y tolerante.
-Cadalsito estaba embobado ante tan hermosa escena, y entonces vió que de
-entre los alados granujas se destacaba uno...
-
-¡Contro! era _Posturitas_, el mismo _Posturas_, no tieso y lívido como
-le vió en la caja, sino vivo, alegre y tan guapote. Lo que llenó de
-admiración á Cadalso fué que su condiscípulo se le puso delante y con el
-mayor descaro del mundo le dijo: «_Miau_, fu, fu...» El respeto que
-debía á Dios y á su séquito no impidió á Luis incomodarse con aquella
-salida, y aun se aventuró á responder: «¡Pillo, ordinario... eso te lo
-enseñaron la puerca de tu madre y tus tías, que se llaman _las
-arpidas_!» El Señor habló así, sonriendo: «Callar, á callar todos...
-Andando...» Y se alejó pausadamente, llevándoselos por delante, y
-hostigándoles con su mano como á una bandada de pollos. Pero el
-recondenado de _Posturitas_, desde gran distancia, y cuando ya el Padre
-celestial se desvanecía entre celajes, se volvió atrás, y plantándose
-frente al que fué su camarada, con las patas abiertas, el hocico
-risueño, le hizo mil garatusas, y le sacó un gran pedazo de lenguaza,
-diciendo otra vez: «_Miau_, _Miau_, fu, fu...» Cadalsito alzó la mano...
-Si llega á tener en ella libro, vaso ó tintero, le descalabra. El otro
-se fué dando brincos, y desde lejos, haciendo trompeta con ambas manos,
-soltó un _Miau_ tan fuerte y tan prolongado, que el Congreso entero,
-repercutiendo el inmenso mayido, parecía venirse abajo...
-
-Un portero con una carta en la mano despertó al chiquillo, que tardaba
-mucho en volver en sí. «Niño, niño, ¿eres tú el que ha traído la carta
-para ese señor? Aquí está la respuesta. Sr. D. Ramón Villaamil».
-
---Sí, yo soy... digo, es mi abuelo--contestó al fin Luisito, y
-restregándose los ojos salió. El fresco de la calle despejóle un poco la
-cabeza. Estaba lloviendo, y su primera idea fué para considerar que se
-le iba á poner la ropa perdida. _Canelo_, á todas estas, había matado el
-tiempo en la Carrera de San Jerónimo, calle arriba, calle abajo, viendo
-las _muchachas_ bonitas que pasaban, algunas en coche, con sus collares
-de lujo; y cuando Luis salió del Congreso, ya estaba de vuelta de su
-correría, esperando al amigo. Unióse á éste, esperando que comprase
-bollos; pero el pequeño no tenía cuartos, y aunque los tuviera, no
-estaba él de humor para comistrajos después de las cosas que había visto
-y con el gran trastorno que en todo su cuerpo le quedara.
-
-¿Y la carta?... ¿qué decía la carta? Con trémula mano abrióla Villaamil
-(mientras doña Pura se llevaba adentro al chiquillo para mudarle la
-ropa), y al leerla se le cayeron las alas del corazón. Era una de esas
-cartas de estampilla, como las que á centenares se escriben diariamente
-en el Congreso y en los Ministerios. Mucha fórmula de cortesía, mucho
-trasteo de promesas vagas sin afirmar ni negar nada. Cuando su mujer
-acudió á enterarse, Villaamil ofrecía un aspecto trágico, mostrando la
-epístola abierta, arrojada sobre la mesa.
-
---¡Ya!--dijo la _Miau_, después de leerla;--las pamplinas de siempre.
-Pero no te apures, hombre. Vete mañana á verle, y...
-
---Cuando te digo (con atroz desaliento) que entre unos y otros me están
-jorobando...
-
-Pasó la noche sumido en negra tristeza, y á la mañana inmediata, cambio
-completo de decoración. En la afanosa vida del pretendiente ocurren
-estos rudos contrastes que les hacen pasar del desconsuelo á la
-esperanza. Recibió Villaamil una esquela del prohombre citándole para su
-casa, de doce á una. Con la prisa y el anhelo que le entró á mi hombre,
-no acertaba á ponerse el gabán. «Me llamará para decirme alguna
-tontería--pensaba, arrimándose siempre á lo peor.--Vamos, vamos allá». Y
-salió, dejando á su mujer excitadísima con la ilusión de un próximo
-triunfo. Por el camino procuraba compenetrarse bien de su fatalismo
-pesimista. Según su teoría, siempre sucede lo contrario de lo que uno
-piensa. Véase por qué no nos sacamos nunca la lotería; bien claro está:
-porque compra uno el billete con el intento firme de que le ha de caer
-el premio gordo. Lo previsto no ocurre jamás, sobre todo en España,
-pues por histórica ley, los españoles viven al día, sorprendidos de los
-sucesos y sin ningún dominio sobre ellos. Conforme á esta teoría del
-fracaso de toda previsión, ¿qué debe hacerse para que suceda una cosa?
-Prever la contraria, compenetrarse bien de la idea opuesta á su
-realización. ¿Y para que una cosa no pase? Figurarse que pasará, llegar
-á convencerse, en virtud de una sostenida obstinación espiritual, de la
-evidencia de aquel supuesto. Villaamil había experimentado siempre con
-éxito este sistema, y recordaba multitud de ejemplos demostrativos. En
-uno de sus viajes á Cuba, corriendo furioso temporal, se compenetró
-absolutamente de la idea de morir, arrancó de su espíritu toda
-esperanza, y el vapor hubo de salvarse. Otra vez, hallándose amenazado
-de una cesantía, se empapó de la persuasión de su desgracia; no pensaba
-más que en el fatídico _cese_; lo veía delante de sí día y noche,
-manifestándose con brutal laconismo. ¿Y qué sucedió? Pues sucedió que me
-le ascendieron.
-
-En resumidas cuentas, al ir á casa del padre de la patria, Villaamil se
-impregnó bien en el convencimiento de un desastre, y pensaba así: «Como
-si lo viera; este señor me va á dar ahora la puntilla, diciéndome:
-«Amigo, lo siento mucho; el Ministro y yo no nos entendemos, y me es
-imposible hacer nada por usted».
-
-Pero las palabras del aprovechado personaje fueron muy distintas, y
-jamás habría podido barruntar D. Ramón que el otro saliese por este
-registro: «Pues ayer tarde, después de escribir á usted, hablé con su
-yerno, el cual me manifestó que á usted le convendría más servir en
-provincias. Eso ya varía de especie, porque en provincias es mucho más
-fácil. Hoy mismo me ocuparé del asunto».
-
-En medio de la sorpresa grata que tan expresivas razones le causaron,
-sintió mi hombre el disgusto de la ingerencia de Víctor en aquel
-negocio. Retiróse á su casa intranquilo; pues le hacía muy poca gracia
-ver mezcladas la persona y recomendaciones de Cadalso con las suyas. No
-participó doña Pura de estos recelos, y el sol de su regocijo brilló sin
-nubes. Cierto que les contrariaba tener que hacer el hatillo; pero no
-estaban en situación de escoger lo mejor, sino de apechugar con lo
-posible, dando gracias á Dios.
-
-Desde aquel día, Villaamil frecuentaba la iglesia de un modo
-vergonzante. Al salir de casa, si las Comendadoras estaban abiertas, se
-colaba un rato allí, y oía misa si era hora de ello, y si no, se estaba
-un ratito de rodillas, tratando sin duda de armonizar su fatalismo con
-la idea cristiana. ¿Lo conseguiría? ¡Quién sabe! El cristianismo nos
-dice: _Pedid y se os dará_; nos manda que fiemos en Dios y esperemos de
-su mano el remedio de nuestros males; pero la experiencia de una larga
-vida de ansiedad sugería al buen Villaamil estas ideas: _No esperes y
-tendrás_; _desconfía del éxito para que el éxito llegue_. Allá se las
-compondría en su conciencia. Quizás abdicaba de su diabólica teoría,
-volviendo al dogma consolador; tal vez se entregaba con toda la efusión
-de su espíritu al Dios misericordioso, poniéndose en sus manos para que
-le diera lo que más le convenía, la muerte ó la vida, la credencial ó el
-eterno _cese_, el bienestar modesto ó la miseria horrible, la paz
-dichosa del servidor del Estado ó la desesperación famélica del
-pretendiente. Quizás anticipaba su acalorada gratitud para el primer
-caso ó su resignación para el segundo, y se proponía aguardar con ánimo
-estoico el divino fallo, renunciando á la previsión de los
-acontecimientos, resabio pecador del orgullo del hombre.
-
-
-
-
-XXX
-
-
-Una tarde, ya cerca de anochecido, al volver á su casa, vió á Monserrat
-abierto, y allá se entró. La iglesia estaba muy obscura. Casi á tientas
-pudo llegar á un banco de los de la nave central y se hincó juntó á él,
-mirando hacia el altar, alumbrado por una sola luz. Pisadas de algún
-devoto que entraba ó salía y silabeo tenue de rezos eran los únicos
-rumores que turbaban el silencio, en cuyo seno profundo arrojó el
-cesante su plegaria melancólica, mezcla absurda de piedad y
-burocracia... «Porque por más que revuelvo en mi conciencia no encuentro
-ningún pecado gordo que me haga merecer este cruel castigo... Yo he
-procurado siempre el bien del Estado, y he atendido á defender en todo
-caso la Administración contra sus defraudadores. Jamás hice ni consentí
-un chanchullo, jamás, Señor, jamás. Eso bien lo sabes tú, Señor... Ahí
-están mis libros cuando fuí tenedor de la Intervención... Ni un asiento
-mal hecho, ni una raspadura... ¿Por qué tanta injusticia en estos
-jeringados Gobiernos? Si es verdad que á todos nos das el pan de cada
-día, ¿por qué á mí me lo niegas? Y digo más: si el Estado debe favorecer
-á todos por igual, ¿por qué á mí me abandona?... ¡Á mí, que le he
-servido con tanta lealtad! Señor, que no me engañe ahora... Yo te
-prometo no dudar de tu misericordia como he dudado otras veces; yo te
-prometo no ser pesimista, y esperar, esperar en ti. Ahora, Padre
-Nuestro, tócale en el corazón á ese cansado Ministro, que es una buena
-persona: sólo que me le marean con tantas cartas y recomendaciones».
-
-Transcurrido un rato se sentó, porque el estar de rodillas le fatigaba,
-y sus ojos, acostumbrándose á la penumbra, empezaron á distinguir
-vagamente los altares, las imágenes, los confesonarios y las personas,
-dos ó tres viejas que rezongaban acurrucadas en ruedos al pie de los
-confesonarios. No esperaba él el buen encuentro que tuvo á la media hora
-de estar allí. Deslizándose sobre el banco ó andando con las asentaderas
-sobre la tabla, se le apareció su nieto.
-
---Hijo, no te había visto. ¿Con quién vienes?
-
---Con tía Abelarda, que está en aquella capilla... Aquí la estaba
-esperando y me quedé dormido. No le vi entrar á usted.
-
---Pues aquí llegué hace un ratito--le dijo el abuelo, oprimiéndole
-contra sí.--¿Y tú, vienes aquí á dormir la siesta? No me gusta eso; te
-puedes enfriar y coger un catarro. Tienes las manos heladitas. Dámelas
-que te las caliente.
-
---Abuelo--le preguntó Luis cogiéndole la cara y ladeándosela,--¿estaba
-usted rezando para que le coloquen?
-
-Tan turbado se encontraba el ánimo del cesante, que al oir á su nieto
-pasó de la risa al lloro en menos de un segundo. Pero Luis no advirtió
-que los ojos del anciano se humedecían, y suspiró con toda su alma al
-oir esta respuesta:
-
---Sí, hijo mío. Ya sabes tú que á Dios se le debe pedir todo lo que
-necesitamos.
-
---Pues yo--replicó el chicuelo saltando por donde menos se podía
-esperar--se lo estoy diciendo todos los días, y nada.
-
---¿Tú... pero tú también pides?... ¡Qué rico eres! El Señor nos da
-cuanto nos conviene. Pero os preciso que seamos buenos, porque si no, no
-hay caso.
-
-Luis lanzó otro suspiro hondísimo que quería decir: «Esa es la
-dificultad, ¡contro!, que uno sea bueno». Después de una gran pausa, el
-chiquillo, manoseando otra vez la cara del abuelo para obligarle á mirar
-para él, murmuró:
-
---Abuelo, hoy me he sabido la lección.
-
---¿Sí? Eso me gusta.
-
---¿Y cuándo me ponen en latín? Yo quiero aprenderlo para cantar misa...
-Pero mire usted, lo que es esta iglesia no me hace feliz. ¿Sabe usted
-por qué? Hay en aquella capilla un Señor con pelos largos que me da
-mucho miedo. No entro allí aunque me maten. Cuando yo sea cura, lo que
-es allí no digo misa...
-
-Don Ramón se echó á reir.
-
---Ya se te irá quitando el temor, y verás cómo también al Cristo
-melenudo le dices tus misitas.
-
---Y que ya estoy aprendiendo á echarlas. Murillo sabe todo el latinaje
-de la misa, y cuando se toca la campanilla y cuando se le levanta el
-faldón al cura.
-
---Mira--le dijo su abuelo sin enterarse,--ve y avisa á la tía que estoy
-aquí. No me habrá visto. Ya es hora de que nos vayamos á casa.
-
-Fué Luis á llevar el recado, y el taconeo de sus pisadas resonó en el
-suelo de la iglesia como alegre nota en tan lúgubre silencio. Abelarda,
-sentada á la turca en el suelo, miró hacia atrás, después se levantó, y
-vino á situarse junto á su padre.
-
---¿Has acabado?--le preguntó éste.
-
---Aun me falta un poquito.--Y siguió silabeando, fijos los ojos en el
-altar.
-
-Confiaba mucho Villaamil en las oraciones de su hija, que creía fuesen
-por él, y así le dijo:
-
---No te apresures; reza con calma y cuanto quieras, que hay tiempo
-todavía. ¿Verdad que el corazón parece que se descarga de un gran peso
-cuando le contamos nuestras penas al único que las puede consolar?
-
-Esto brotó con espontaneidad nacida del fondo del alma. El sitio y la
-ocasión eran propicios al dulcísimo acto de abrir de par en par las
-puertas del espíritu y dar salida á todos los secretos. Abelarda se
-hallaba en estado psicológico semejante; pero sentía con más fuerza que
-su padre la necesidad de desahogo. No era dueña de callar en aquel
-instante, y á poco que se descuidara, le rebosarían de la boca
-confidencias que en otro lugar y momento por nada del mundo dejaría
-asomar á sus labios.
-
---¡Ay, papá!--se dejó decir.--Soy muy desgraciada... Usted no lo sabe
-bien.
-
-Asombróse Villaamil de tal salida, porque para él no había en la
-familia más que una desgracia, la cesantía y angustiosa tardanza de la
-credencial.
-
---Es verdad--dijo soturnamente;--pero ahora... ahora debemos confiar...
-Dios no nos abandonará.
-
---Lo que es á mí--confirmó Abelarda,--bien abandonada me tiene... Es que
-le pasan á una cosas muy terribles. Dios hace á veces unos disparates...
-
---¿Qué dices, hija? (alarmadísimo). ¡Disparates Dios...!
-
---Quiero decir que á veces le infunde á una sentimientos que la hacen
-infeliz; porque, ¿á qué viene querer, si no van las cosas por buen
-camino?
-
-Villaamil no comprendía. La miró por ver si la expresión del rostro
-aclaraba el enigma de la palabra. Pero la menguada luz no permitía al
-anciano descifrar el rostro de su hija. Y Luisito, en pie ante los dos,
-no entendía ni jota del diálogo.
-
---Pues si te he de decir verdad--añadió Villaamil buscando luz en
-aquella confusión,--no te entiendo. ¿Qué disgusto tienes? ¿Has reñido
-con Ponce? No lo creo. El pobre chico, anoche en el café, me habló tan
-natural de la prisa que le corre casarse. No quiere esperar á que se
-muera su tío, el cual, entre paréntesis, es hombre acabado.
-
---No es eso, no es eso--dijo la _Miau_ con el corazón en prensa.--Ponce
-no me ha dado rabieta ninguna.
-
---Pues entonces...
-
-Callaron ambos, y á poco Abelarda miró á su padre. Le retozaba en el
-alma un sentimiento maligno, un ansia de mortificar al bondadoso viejo
-diciéndole algo muy desagradable. ¿Cómo se explica esto? Únicamente por
-el rechazo de la efusión de piedad en aquel turbado espíritu, que
-buscando en vano el bien, rebotaba en dirección del mal, y en él
-momentáneamente se complacía. Algo hubo en ella de ese estado cerebral
-(relacionado con desórdenes nerviosos, familiares al organismo femenil),
-que sugiere los actos de infanticidio; y en aquel caso, el misterioso
-flúido de ira descargó sobre el mísero padre á quien tanto amaba.
-
---¿No sabes una cosa?--le dijo.--Ya han colocado á Víctor. Hoy al
-mediodía... á poco de salir tú, llamaron á la puerta: era la credencial.
-Él estaba en casa. Le han dado el ascenso y le nombran... no sé qué en
-la Administración Económica de Madrid.
-
-Villaamil se quedó atontadísimo, como si le hubieran descargado un
-fuerte golpe de maza en la cabeza. Le zumbaron los oídos... creyó
-delirar, se hizo repetir la noticia, y Abelarda la repitió con acento en
-que vibraba la saña del parricida.
-
---Un gran destino--añadió.--El está muy contento, y dijo que si á ti te
-dejan fuera, puede, por de pronto y para que no estés desocupado, darte
-un destinillo subalterno en su oficina.
-
-Creyó por un momento el anciano sin ventura que la iglesia se le caía
-encima. Y en verdad, un peso enorme se le sentaba sobre el corazón no
-dejándole respirar. En el mismo instante, Abelarda, volviendo en sí de
-aquella perturbación cerebral que nublara su razón y sus sentimientos
-filiales, se arrepintió de la puñalada que acababa de asestar á su
-padre, y quiso ponerle bálsamo sin pérdida de tiempo.
-
---También á ti te colocarán pronto. Yo se lo he pedido á Dios.
-
---¡Á mí! ¡colocarme á mí! (con furor pesimista). Dios no protege más que
-á los pillos... ¿Crees que espero algo ni del Ministro ni de Dios? Todos
-son lo mismo... ¡Arriba y abajo farsa, favoritismo, polaquería! Ya ves
-lo que sacamos de tanta humillación y de tanto rezo. Aquí me tienes
-desairado siempre y sin que nadie me haga caso, mientras que ese
-pasmarote, embustero y trapisondista...
-
-Se dió con la palma de la mano un golpe tan recio en el cráneo, que
-Luisito se asustó, mirando consternado á su abuelo. Entonces volvió á
-sentir Abelarda la malignidad parricida, uniéndola á un cierto instinto
-defensivo de la pasión que llenaba su alma. Los grandes errores de la
-vida, como los sentimientos hondos, aunque sean extraviados, tienden á
-conservarse y no quieren en modo alguno perecer. Abelarda salió á la
-defensa de sí misma defendiendo al otro.
-
---No, papá, malo no es (con mucho calor), malo no. ¡En qué error tan
-grande están usted y mamá! Todo consiste en que le juzgan de ligero, en
-que no le comprenden.
-
---¿Tú qué sabes, tonta?
-
---¿Pues no he de saberlo? Los demás no le comprenden, yo sí.
-
---¡Tú, hija...!--y al decirlo, una sospecha terrible cruzó por su mente,
-atontándole más de lo que estaba. Pronto se rehizo, diciéndose: «No
-puede ser; ¡qué absurdo!» Pero como notara la excitación de su hija, el
-extravío de su mirar, volvió á sentirse acometido de la cruel sospecha.
-
---¡Tú... dices que le comprendes tú!
-
-Resistiéndose á penetrar el misterio, éste, al modo de negra sima, más
-profunda y temerosa cuanto más mirada, le atraía con vértigo insano.
-Comparó rápidamente ciertas actitudes de su hija, antes inexplicables,
-con lo que en aquel momento oía; ató cabos, recordó palabras, gestos,
-incidentes, y concluyó por declararse que estaba en presencia de un
-hecho muy grave. Tan grave era y tan contrario á sus sentimientos, que
-le daba terror cerciorarse de él. Más bien quería olvidarlo ó fingirse
-que era vana cavilación sin fundamento razonable.
-
---Vámonos--murmuró.--Es tarde, y yo tengo que hacer antes de ir á casa.
-
-Abelarda se arrodilló para decir sus últimas oraciones, y el abuelo,
-cogiendo á Luisito de la mano, se dirigió lentamente hacia la puerta,
-sin hacer genuflexión alguna, sin mirar para el altar ni acordarse de
-que estaba en lugar sagrado. Pasaron junto á la capilla del Cristo
-melenudo, y como Cadalsito tirase del brazo de su abuelo para alejarle
-lo más posible de la efigie que tanto miedo le daba, Villaamil se
-incomodó y le dijo con cruel aspereza:
-
---Que te come... Tonto...
-
-Salieron los tres, y en la esquina de la calle de Quiñones se
-encontraron á Pantoja, que detuvo á D. Ramón para hablarle del inaudito
-ascenso de Cadalso. Abelarda siguió hacia la casa. Al subir por la mal
-alumbrada escalera, sintió pasos descendentes. Era él... Su andar con
-ningún otro podía confundirse. Habría deseado esconderse para que no la
-viera, impulso de vergüenza y sobresalto que obedecía á misterioso
-presentimiento. El corazón le anunciaba algo inusitado, desarrollo y
-resultante natural de los hechos, y aquel encuentro la hacía temblar.
-Víctor la miró y se detuvo tres ó cuatro escalones más arriba del
-rellano en que la chica de Villaamil se paró, viéndole venir.
-
---¿Vuelves de la iglesia?--le dijo.--Yo no como hoy en casa. Estoy de
-convite.
-
---Bueno--replicó ella, y no se le ocurrió nada más ingenioso y oportuno.
-
-De un salto bajó Víctor los cuatro escalones, y sin decir nada, cogió á
-la insignificante por el talle y la oprimió contra sí, apoyándose en la
-pared. Abelarda dejóse abrazar sin la menor resistencia, y cuando él la
-besó con fingida exaltación en la frente y mejillas, cerró los ojos,
-descansando su cabeza sobre el pecho del guapo monstruo, en actitud de
-quien saborea un descanso muy deseado, después de larga fatiga.
-
---Tenía que ser--dijo Víctor con la emoción que tan bien sabía
-simular.--No hemos hablado con claridad, y al fin nos entendemos. Vida
-mía, todo lo sacrifico por ti. ¿Estás dispuesta á hacer lo mismo por
-este desdichado?
-
-Abelarda respondió que sí con voz que sólo fué un simple despegar de
-labios.
-
---¿Abandonarías casa, padres, todo, por seguirme?--dijo él en un rapto
-de infernal inspiración.
-
-Volvió la sosa á responder afirmativamente, ya con voz más clara y con
-acentuado movimiento de cabeza.
-
---¿Por seguirme para no separarnos jamás?
-
---Te sigo como una tonta, sin reparar...
-
---¿Y pronto?
-
---Cuando quieras... Ahora mismo.
-
-Víctor meditó un rato.
-
---Alma mía, todo puede hacerse sin escándalo. Separémonos ahora... Me
-parece que viene alguien. Es tu padre... Súbete. Hablaremos.
-
-Al sentir los pasos de su padre, Abelarda despertó de aquel breve sueño.
-Subió azorada, trémula, sin mirar hacia atrás. Víctor siguió bajando
-lentamente, y al cruzarse con su suegro y el niño, ni les dijo nada, ni
-ellos le hablaron tampoco. Cuando Villaamil llegaba al segundo, ya la
-joven había llamado presurosa, deseando entrar antes de que su padre
-pudiera sorprender la turbación de criminal que desencajaba su rostro.
-
-
-
-
-XXXI
-
-
-Toda aquella noche estuvo la insignificante en un estado próximo á la
-demencia, dividido su espíritu entre la alegría loca y una tristeza
-sepulcral. Á ratos sentíase acometida de punzante suspicacia. Había
-entregado su voluntad sin condiciones, sin exigir en cambio la rendición
-del albedrío del otro y el término de aquellos amores con mujer
-desconocida, amores de compromiso sin duda, difíciles de romper. ¿Los
-rompía y liquidaba todas sus atrasadas cuentas de amor? Así tenía que
-ser. Y francamente, no estaba de más haberlo dicho. ¡Pero si no había
-habido tiempo para nada, ni pudieron darse y pedirse las explicaciones
-propias del caso!... Fué como un relámpago aquel trueque y abandono
-mutuo de ambas voluntades. Convenía, pues, en la primera coyuntura,
-despejar la situación, alejando todo temor de duplicidad, y poner para
-siempre á un lado á la señora aquella de las cartas. Hecho esto,
-Abelarda se entregaría sin ningún trámite al hombre que le había
-absorbido el alma; renunciaba á toda libertad, era suya, de él, en la
-forma y condiciones que él quisiese, con escándalo ó sin escándalo, con
-honra ó sin honra.
-
-Mientras comían, Villaamil observaba á su hija, poniendo en su rostro
-los rasgos más enérgicos de aquella ferocidad tigresca que le
-caracterizaba. Comía sin apetito, y creeríase que devoraba una pieza
-palpitante y medio viva, que gemía y temblaba con dolores horribles,
-clavada en su tenedor. Doña Pura y Milagros no osaron hablarle de la
-colocación de Víctor. Ambas estaban mohínas, lúgubres y con cara de
-responso, y la misma Abelarda concluyó por formar parte de aquel
-silencioso coro de sepulcrales figuras. Aquella noche no había Real. El
-cesante se metió en su despacho, y las tres _Miaus_ fueron á la sala,
-donde se reunieron el ínclito Ponce y las de Cuevas. Abelarda tuvo
-momentos de febril locuacidad, y otros de meditación taciturna.
-
-Á las doce se acabó la tertulia, y á dormir... La casa en silencio,
-Abelarda en vela, esperando á Víctor para decirse lo que por decir
-estaba, y vaciar de lleno alma en alma, cambiando los vasos su
-contenido. Pero dió la una, la una y media, y el galán no parecía. Entre
-dos y tres, la infeliz muchacha se hallaba en estado febril, que
-encendía en su mente los más peregrinos disparates. Le habían matado...
-También podía ser que el abrazo, el besuqueo y la declaración de la
-escalera fueran una burla infame... Esta idea la rechazaba por ser
-demasiado absurda y no caber, según ella, dentro de los moldes de la
-humana maldad. Luego pensaba (y eran ya las tres y media) que la
-elegantona de las cartas coronadas, al enterarse aquella misma noche de
-que el amante se le iba, ó al oir de su propio labio tristes acentos de
-ruptura, tramaba contra él horrible venganza, le convidaba á cenar y le
-envenenaba, echándole en una copa de Jerez el veneno de los Borgias. Con
-las extrañas cavilaciones mezclaba la sosa mil lances que había visto en
-las óperas, las conjuraciones que arma la mezzo-soprano contra el tenor,
-porque éste la desprecia por la tiple; las perrerías del barítono para
-deshacerse de su aborrecido rival, la constancia sublime del tenor (y
-eran ya las cuatro), que sucumbiendo á las combinadas artimañas del bajo
-y la contralto, revienta en brazos de la tiple, y concluyen ambos
-diciéndose que se amarán en el otro mundo.
-
-Las cinco, y Víctor sin parecer. El cerebro de Abelarda era un volcán,
-que desfogaba por los ojos en destellos de calentura, por los labios en
-monosílabos de despecho, de amor, de cólera. Sólo dos veces, en la
-temporada aquélla, había pasado el _hombre superior_ toda la noche fuera
-de casa; y la primera vez que esto sucediera, entró á eso de las diez de
-la mañana en un desorden lamentable, denunciando con su actitud, con sus
-palabras y hasta con su ropa, los excesos de una noche de festín entre
-personas de vida poco regular. ¡Si sucedería lo mismo aquella segunda
-vez!... Pero no; algo había ocurrido. Entre el tiernísimo paso de la
-escalera y aquella ausencia inexplicable, había un enigma, algo
-misterioso, quizás una desgracia ó una monstruosidad que la pobre
-muchacha, en la ofuscación de su inteligencia, no acertaba á comprender.
-Las seis, y nada. Rompió á llorar, y tan pronto reclinaba su cabeza
-sobre la almohada, como se sentaba en un baúl ó iba de una parte á otra
-de la habitación, cual pájaro saltando en su jaula de palito en palito.
-
-Llegó el día, y nada. El primero á quien Abelarda sintió levantarse fué
-su padre, que pasó camino de la cocina y después del despacho. Las ocho.
-Doña Pura no tardaría en abandonar las ociosas plumas. Como ya, aunque
-Víctor entrase, no era posible hablar á solas con él, la dolorida se
-acostó, no para dormir ni descansar, sino para que su madre no cayese en
-la cuenta de la noche toledana. Más de las nueve eran ya cuando entró el
-trasnochador con muy mal cariz. Doña Pura le abrió la puerta sin decirle
-una sola palabra. Metióse en su cuarto, y Abelarda, que salía del suyo,
-le sintió revolviéndose en el estrecho recinto, donde apenas cabían la
-cama, una silla y el baúl. «Si vas á la iglesia--díjole Pura, sacando
-unos cuartos del portamonedas,--te traes cuatro huevos... Que te
-acompañe Luis. Yo no salgo. Me duele la cabeza. Tu padre está
-disgustadísimo, y con razón. ¡Mira que colocar á este perdulario y
-dejarle á él en la calle, á él, tan honrado y que sabe más de
-Administración que todo el Ministerio junto! ¡Qué Gobiernos, Señor, qué
-Gobiernos! ¡Y se espantan luego de que haya revolución! Te traes cuatro
-huevos. ¡No sé cómo saldremos del día!... ¡Ah! tráete también el cordón
-negro para mi vestido y los corchetes».
-
-Abelarda fué á la iglesia, y al volver con los encargos de su madre,
-halló á ésta, su tía y Víctor en el comedor, enzarzados en furiosa
-disputa. La voz de Cadalso sobresalía, diciendo:
-
---Pero, señoras mías, ¿yo qué culpa tengo de que me hayan colocado á mí
-antes que á papá? ¿Es esto razón bastante para que todos en esta casa me
-pongan cara de cuerno? Pues ganas me dan, como hay Dios, de tirar la
-credencial á la calle. Antes que nada, la paz de la familia. Yo
-desviviéndome porque me quieran, yo tratando de hacer olvidar los
-disgustos que les he causado, y ahora, ¡válgame Dios!, porque al
-Ministro se le antoja colocarme, ya falta poco para que mi suegra y la
-hermana de mi suegra me saquen los ojos! Bueno, señoras; arañen, peguen
-todo lo que gusten; yo no he de quejarme. Mientras más perrerías me
-digan, más he de quererles yo á todos.
-
---¡Como si no supiéramos--objetó doña Pura hecha un áspid--que tú tienes
-vara alta en el Ministerio, y que si hubieras querido, ya Ramón tendría
-plaza...!
-
---¡Por Dios, mamá, por Dios!--replicó Víctor revelando verdadera
-consternación.--Eso es del género inocente... No puedo creer que usted
-lo diga con formalidad. ¡Que yo...! vamos; ¡tengo entre la familia una
-reputacioncita...! ¿Y si yo jurase que he gestionado por papá más que
-por mí? ¿Si yo lo jurase? Claro, no me creerían. Pero, créanlo ó no, lo
-digo y lo sostengo.
-
-Abelarda no intervino en la reyerta, pero mentalmente se ponía de parte
-de su hermano político. En esto entró Villaamil, y Víctor se fué
-resueltamente á él: «Usted que es un hombre razonable, dígame si cree,
-como estas señoras, que yo he gestionado ó trabajado ó intrigado porque
-me colocaran á mí y á usted no. Porque aquí me están calentando las
-orejas con esa historia, y francamente, me aflige oirme tratar como un
-Judas sin conciencia. (Con noble acento.) Yo, Sr. D. Ramón, me he
-portado lealmente. Si he tenido la desgracia de ir por delante de otros,
-no es culpa mía. ¿Sabe usted lo que yo haría ahora?... y que me muera si
-no digo verdad. Pues cederle á usted mi plaza.»
-
---Si nadie habla del asunto--replicó Villaamil con serenidad, que
-obtenía violentándose cruelmente.--¡Colocarme á mí! ¿Crees que alguien
-piensa en tal cosa? Ha pasado lo natural y lógico. Tú tienes allá... no
-sé dónde... buenos padrinos ó madrinas... Yo no tengo á nadie... Que te
-aproveche.
-
-Cerró la puerta de su despacho, dejando en el pasillo á Víctor, algo
-confuso y con una respuesta entre labio y labio, que no se atrevió á
-soltar. Aun quiso engatusar á doña Pura en el comedor, tratando de
-rendir su ánimo con expresiones servilmente cariñosas. «¡Qué desgracia
-tan grande, Dios mío, no ser comprendido! Me consumo por esta familia,
-me sacrifico por ella, hago mías sus desgracias y suyos mis escasos
-posibles, y como si nada. Soy y seré siempre aquí un huésped molesto y
-un pariente maldito. Paciencia, paciencia».
-
-Dijo esto con afectación hábil, en el momento de sacar papel y
-disponerse á escribir sobre la mesa del comedor. Ausentarse vió ante sí
-á su cuñada, de pié y mirándole, sosteniendo la barba entre los dedos
-de la mano derecha, actitud atenta, pensativa y cariñosa semejante,
-salva la belleza, á la de la célebre estatua de Polimnia en el grupo
-antiguo de las Musas. No era preciso ser lince para leer en las pupilas
-y expresión de la insignificante estas ó parecidas reconvenciones:
-«¿Pero qué haces ahí sin atenderme? ¿No sabes que soy la única persona
-que te ha comprendido? Vuélvete hacia mí, y no hagas caso de los
-demás,.. Estoy aguardándote desde anoche, ¡ingrato!, y tú tan distraído.
-¿Qué se hicieron tus planes de escapatoria? Estoy pronta... Me iré con
-lo puesto».
-
-Al verla en tal actitud y al leer en sus ojos la reconvención, cayó
-Víctor en la cuenta de que estaba en descubierto con ella. Maldito si
-desde la noche anterior se había vuelto á acordar del paso de la
-escalera, y si lo recordaba era como un hecho baladí, cual humorada
-estudiantil sin consecuencias para la vida. Su primera impresión, al
-despertarse la memoria, fué de disgusto, cual si recordase la precisión
-impertinente de pagar una visita de puro cumplido. Pero al instante
-compuso la fisonomía, que para cada situación tenía una hermosa máscara
-en el variado repertorio de su histrionismo moral; y cerciorándose de
-que no andaba por allí su suegra, puso una cara muy tierna, miró al
-techo, después á su cuñada, y entre ambos se cruzaron estas breves
-cláusulas:
-
---Vida mía, tengo que hablarte... ¿dónde y cuándo?
-
---Esta tarde... en las Comendadoras... á las seis.
-
-Y nada más. Abelarda se escapó á arreglar la sala, y Víctor se puso á
-escribir, arrojando con desdén la careta y pensando de este modo: «La
-chiflada ésta quiere saber cuándo tocan á perderse... ¡Ah!... pues si tú
-lo cataras... Pero no lo catarás».
-
-
-
-
-XXXII
-
-
-Puntual, como la hora misma, entró Abelarda, á la de la cita, en las
-Comendadoras. La iglesia, callada y obscura, estaba que ni de encargo
-para el misterioso objeto de una cita. Quien hubiera visto entrar á la
-chica de Villaamil, se habría pasmado de notar en ella su mejor ropa,
-los verdaderos trapitos de cristianar. Se los puso sin que lo advirtiera
-su madre, que había salido á las cinco. Sentóse en un banco, rezando
-distraída y febril, y al cuarto de hora entró Víctor, que al pronto no
-veía gota, y dudaba á qué parte de la iglesia encaminarse. Fué ella á
-servirle de guía, y le tocó el brazo. Diéronse las manos y se sentaron
-cerca de la puerta, en un lugar bastante recogido y el más tenebroso de
-la iglesia, á la entrada de la capilla de los Dolores.
-
-Á pesar de su pericia y del desparpajo con que solía afrontar las
-situaciones más difíciles, Víctor, no sabiendo cómo desflorar el asunto,
-estuvo mascando un rato las primeras palabras. Por fin, resuelto á
-abreviar, encomendándose mentalmente al demonio de su guarda, dijo:
-
---Empiezo por pedirte perdón, vida mía; perdón, sí, lo necesito, por mi
-conducta... imprudente... El amor que te tengo es tan hondo, tan
-avasallador, que anoche, sin saber lo que hacía, quise lanzarte por
-las... escabrosidades de mi destino. Estarás enojadísima conmigo, lo
-comprendo, porque á una mujer de tu calidad, proponer yo como
-propuse...! Pero estaba ciego, demente, y no supe lo que me dije. ¡Qué
-idea habrás formado de mí! Merezco tu desprecio. Proponerte que
-abandonaras tus padres, tu casa, por seguirme á mí, á mí, cometa errante
-(recordando frases que había leído en otros tiempos y enjaretándolas con
-la mayor frescura), á mí que corro por los espacios, sin dirección fija,
-sin saber de dónde he recibido el impulso ni adónde me lleva mi carrera
-loca...! Me estrellaré; de fijo me estrellaré. Pero sería un infame,
-Abelarda (tomándole una mano), sería el último de los monstruos si
-permitiera que te estrellaras conmigo... tú, que eres un ángel: tú, que
-eres el encanto de tu familia... ¡Oh! te pido perdón, y me pondría de
-rodillas para alcanzarlo. Cometí gravísimo atentado contra tu dignidad,
-ultrajé tu candor, proponiéndote aquella atrocidad nacida en este
-cerebro calenturiento... en fin, perdóname, y admite mis honradas
-excusas. Te amo, te amo, y te amaré siempre, sin esperanza, porque no
-puedo aspirar á poseer tan... rica joya. Insultaría á Dios si tal
-aspiración tuviese...
-
-No acortaba la _Miau_ á comprender bien aquella palabrería, de sentido
-tan opuesto á lo que esperaba escuchar. Mirábale á él, y después á la
-imagen más próxima, un San Juan con cordero y banderola, y le preguntaba
-al santo si aquello era verdad ó sueño.
-
---Estás, estás perdonado--murmuró respirando muy fuerte.
-
---No extrañes, amor mío--prosiguió él, dueño ya de la situación,--que en
-tu presencia me vuelva tímido y no sepa expresarme bien. Me fascinas, me
-anonadas, haciéndome ver mi pequeñez. Perdóname el atrevimiento de
-anoche. Quiero ahora ser digno de ti, quiero imitar esa serenidad
-sublime. Tú me marcas el camino que debo seguir, el camino de la vida
-ideal, de las acciones perfectamente ajustadas á la ley divina. Te
-imitaré; haré por imitarte. Es preciso que nos separemos, mujer
-incomparable. Si nos juntamos, tu vida corre peligro y la mía también.
-Estamos cercados de enemigos que nos acechan, que nos vigilan... ¿Qué
-debemos hacer?... Separarnos en la tierra, unirnos en las esferas
-ideales. Piensa en mí, que yo ni un instante te apartaré de mi
-pensamiento...
-
-Abelarda, inquietísima, se movía en el banco como si éste se hallara
-erizado de púas.
-
---¿Cómo olvidar que cuando toda la familia me despreciaba, tú sola me
-comprendías y me consolabas? ¡Ah! no se olvida eso en mil años. Te
-aseguro que eres sublime. Soy un miserable. Déjame abandonado á mi
-triste suerte. Sé que has de pedir á Dios por mí, y esto me consuela. Si
-yo creyera, si yo pudiera prosternarme ante ese altar ó ante otro
-semejante, si yo rezar pudiese, rezaría por ti... Adiós, amor mío.
-
-Quiso cogerle una mano, pero Abelarda la retiró, volviendo la cara hacia
-el opuesto lado.
-
---Tu esquivez me mata. Bien sé que la merezco... Anoche estuve contigo
-irrespetuoso, grosero, indelicado. Pero ya has dicho que me perdonabas.
-¿Á qué ese gesto? Ya, ya sé... Es que te estorbo, es que te soy
-aborrecible... Lo merezco; sé que lo merezco. Adiós. Estoy expiando mis
-culpas, porque ahora quiero separarme de ti, y ya ves, no puedo...
-¡Clavado en este banco!... (impaciente, y atropellándose por concluir
-pronto). ¿Te acordarás de mí en tu vida futura?... Oye un consejo:
-cásate con Ponce, y si no te casas, entra en un convento, y reza por él
-y por mí, por este pecador... Tú has nacido para la vida espiritual.
-Eres muy grande, y no cabes en la estrechez del matrimonio ni en la...
-prosaica vida de familia... No puedo seguir, mujer, porque pierdo la
-razón... deliro y... Valor... un supremo esfuerzo... Adiós, adiós.
-
-Y como alma que lleva Satanás, salió de la iglesia, refunfuñando. Tenía
-prisa, y se felicitaba de haber saldado una fastidiosa cuentecilla.
-«¡Qué demonio!--dijo, mirando su reloj y avivando el paso.--Pensé
-despachar en diez minutos y he empleado veinte. ¡Y _aquélla_ esperándome
-desde las seis!... Vamos, que sin poderlo remediar me da lástima de esta
-inefable cursi. Van á tener que ponerte camisa... ó corsé de fuerza».
-
-Y Abelarda, ¿qué hacía y qué pensaba? Pues si hubiera visto que al
-púlpito de la iglesia subía el Diablo en persona y echaba un sermón
-acusando á los fieles de que no pecaban bastante, y diciéndoles que si
-seguían así no ganarían el infierno; si Abelarda hubiera visto esto, no
-se habría pasmado como se pasmó. La palabra del monstruo y su salida
-fugaz dejáronla yerta, incapaz de movimiento, el cerebro cuajado en las
-ideas y en las impresiones de aquella entrevista, como substancia echada
-en molde frío y que prontamente se endurece. Ni le pasó por la cabeza
-rezar, ¿para qué? Ni marcharse, ¿adónde? Mejor estaba allí, quieta y
-muda, rivalizando en inmovilidad con el San Juan del gallardete y con la
-Dolorosa. Ésta se hallaba al pie de la cruz, rígida en su enjuto vestido
-negro y en sus tocas de viuda, acribillado el pecho de espaditas de
-plata, las manos cruzadas con tanta fuerza, que los dedos se confundían
-formando un haz apretadísimo. El Cristo, mucho mayor que la imagen de su
-madre, extendíase por el muro arriba, tocando al techo del templete con
-su corona de abrojos, y estirando los brazos á increíble distancia.
-Abajo velas, los atributos de la Pasión, exvotos de cera, un cepillo con
-los bordes de la hendidura mugrientos, y el hierro del candado muy
-roñoso; el paño del altar goteado de cera; la repisa pintada imitando
-jaspe. Todo lo miraba la señorita de Villaamil, no viendo el conjunto,
-sino los detalles más ínfimos, clavando sus ojos aquí y allí como aguja
-que picotea sin penetrar, mientras su alma se apretaba contra la esponja
-henchida de amargor, absorbiéndolo todo.
-
-Vinieron á coincidir en el tiempo dos gravísimos actos, cada uno de los
-cuales pudo decidir por sí solo la vida ulterior de la insignificante y
-trastornada joven. Con diferencia de dos horas y media, se realizaron el
-suceso que acabo de referir y otro no menos importante. Ponce,
-conferenciando con doña Pura en la sala de ésta, sin testigos, se mostró
-enojado porque los padres de su prometida no habían fijado aún el día de
-la boda.
-
---Pues por fijado, hijo, por fijado. Ramón y yo no deseamos otra cosa.
-¿Le parece á usted que á principios de Mayo? ¿el día de la Cruz?
-
-Poco antes doña Pura había explicado la ausencia de su hija en la
-tertulia por el grandísimo enfriamiento que aquella tarde cogiera en las
-Comendadoras. Entró en casa castañeteando los dientes, y con un
-calenturón tan fuerte, que su madre la mandó acostarse al momento. Era
-esto verdad; mas no toda la verdad, y la señora se calló el asombro de
-verla entrar á horas desusadas y con un vestido que no acostumbraba
-ponerse para ir de tarde á la iglesia mas próxima. «Eso es, lo mejorcito
-que tienes; estropéalo donde no lo puedes lucir, y dedícate á refregar
-con ese casimir tan rico de catorce reales los bancos de la iglesia,
-llenos de mugre, de polvo y de cuanta porquería hay». También se calló
-que su hija no contestaba acorde á nada de cuanto le decía. Esto, el
-chasquido de dientes y la repugnancia á comer movieron á doña Pura á
-meterla en la cama. No las tenía la señora todas consigo, y estaba
-cavilosa buscando el sentido de ciertas rarezas que en la niña notaba.
-«Sea lo que quiera--pensó,--cuanto más pronto la casemos, mejor». Sobre
-esto dijo algo á su marido; pero Villaamil no se había dignado contestar
-sílaba; tan tétrico y cabizbajo andaba.
-
-Abelarda, que se hacía la dormida para que no la molestase nadie, vió á
-Milagros acostando á Luisito, el cual no se durmió pronto aquella
-noche, sino que daba vueltas y más vueltas. Cuando ambos se quedaron
-solos, Abelarda le mandó estarse callado. No tenía ella ganas de jarana;
-era tarde y necesitaba descanso.
-
---Tiíta, no puedo dormirme. Cuéntame cuentos.
-
---Sí, para cuentos estoy yo. Déjame en paz ó verás...
-
-Otras veces, al sentir á su sobrino desvelado, la insignificante, que le
-amaba entrañablemente, procuraba calmar su inquietud con afectuosas
-palabras; y si esto no era bastante, se iba á su cama, y arrullándole y
-agasajándole, conseguía que conciliara el sueño. Pero aquella noche,
-excitada y fuera de sí, sentía tremenda inquina contra el pobre
-muchacho; su voz la molestaba y hería, y por primera vez en su vida
-pensó de él lo siguiente: «¿Qué me importa á mí que duermas ó no, ni que
-estés bueno ni que estés malo, ni que te lleven los demonios?»
-
-Luisito, hecho á ver á su tía muy cariñosa, no se resignaba á callar.
-Quería palique á todo trance, y con voz de mimo, dijo á su compañera de
-habitación:
-
---Tía, ¿viste tu por casualidad á Dios alguna vez?
-
---¿Qué hablas ahí, tonto?... Si no te callas, me levanto y...
-
---No te enfades... pues yo, ¿qué culpa tengo? Yo veo á Dios, lo veo
-cuando me da la gana; para que lo sepas... Pero esta noche no le veo más
-que los pies... los pies con mucha sangre, clavaditos y con un lazo
-blanco, como los del Cristo de las melenas que está en Monserrat... y me
-da mucho miedo. No quiero cerrar los ojos, porque... te diré... yo nunca
-le he visto los pies, sino la cara y las manos... y esto me pasa...
-¿sabes por qué me pasa?... porque hice un pecado grande... porque le
-dije á mi papá una mentira, le dije que quería ir con la tía Quintina á
-su casa. Y fué mentira. Yo no quiero ir más que un ratito para ver los
-santos. Vivir con ella no. Porque irme con ella y dejaros á vosotros es
-pecado, ¿verdad?
-
---Cállate, cállate, que no estoy yo para oir tus sandeces... ¿Pues no
-dice que ve á Dios el muy borrico?... Sí, ahí está Dios para que tú le
-veas, bobo...
-
-Abelarda oyó al poco rato los sollozos de Cadalsito, y en vez de piedad,
-sintió, ¡cosa más rara!, una antipatía tal contra su sobrino, que mejor
-pudiera llamarse odio sañudo. El tal mocoso era un necio, un farsante
-que embaucaba á la familia con aquellas simplezas de ver á Dios
-y de querer hacerse curita; un hipócrita, un embustero, un
-mátalas-callando... y feo, y enclenque, y consentido además...
-
-Esta hostilidad hacia la pobre criatura era semejante á la que se inició
-la víspera en el corazón de Abelarda contra su propio padre, hostilidad
-contraria á la naturaleza, fruto sin duda de una de esas auras
-epileptiformes que subvierten los sentimientos primarios en el alma de
-la mujer. No supo ella darse cuenta de cómo tal monstruosidad germinara
-en su espíritu, y la veía crecer, crecer á cada instante, sintiendo
-cierta complacencia insana en apreciar su magnitud. Aborrecía á Luis, le
-aborrecía con todo su corazón. La voz del chiquillo le encalabrinaba los
-nervios, poniéndola frenética.
-
-Cadalsito, sollozando, insistió: «Le veo las piernas negras con
-manchurrones de sangre, le veo las rodillas con unos cardenales muy
-negros, tiíta... tengo mucho miedo... ¡Ven, ven!»
-
-La _Miau_ crispó los puños, mordió las sábanas. Aquella voz quejumbrosa
-removía todo su ser, levantando en él una ola rojiza, ola de sangre que
-subía hasta nublarle los ojos. El chiquillo era un cómico, fingido y
-trapalón, bajado al mundo para martirizarla á ella y á toda su casta...
-Pero aun quedaba en Abelarda algo de hábito de ternura que contenía la
-expansión de su furor. Hacía un movimiento para echarse de la cama y
-correr á la de Luis con ánimo de darle azotes, y se reprimía luego. ¡Ah!
-como pusiera las manos en él, no se contentaría con la azotaina... le
-ahogaría, sí. ¡Tal furia le abrasaba el alma y tal sed de destrucción
-tenían sus ardientes manos!
-
---Tiíta, ahora le veo el faldellín todo lleno de sangre, mucha sangre...
-Ven, enciende luz, ó me muero de susto; quítamele, dile que se vaya. El
-otro Dios es el que á mí me gusta, el abuelo guapo, el que no tiene
-sangre, sino un manto muy fino y unas barbas blanquísimas...
-
-Ya no pudo ella dominarse, y saltó del lecho... Quedóse á su orilla
-inmovilizada, no por la piedad, sino por un recuerdo que hirió su mente
-con vívida luz. Lo mismo que ella hacía en aquel instante, lo había
-hecho su difunta hermana en una noche triste. Sí, Luisa padecía también
-aquellas horribles corazonadas de aborrecer á su progenitura, y cierta
-noche que le oyó quejarse, echóse de la cama y fué contra él, con las
-manos amenazantes, trocada de madre en fiera. Gracias que la sujetaron,
-pues si no, sabe Dios lo que habría pasado. Y Abelarda repetía las
-mismas palabras de la muerta, diciendo que el pobre niño era un
-monstruo, un aborto del infierno, venido á la tierra para castigo y
-condenación de la familia.
-
-Llevóla este recuerdo á comparar la semejanza de causas con la semejanza
-de efectos, y pensó angustiadísima: «¿Estaré yo loca, como mi
-hermana?... ¿Es locura, Dios mío?»
-
-Volvió á meterse entre sábanas, prestando atención á los sollozos de
-Luis, que parecían atenuarse, como si al fin le venciera el sueño.
-Transcurrió un largo rato, durante el cual la tiíta se aletargó á su
-vez; pero de improviso despertó sintiendo el mismo furor hostil en su
-mayor grado de intensidad. No la detuvo entonces el recuerdo de su
-hermana; no había en su espíritu nada que corrigiese la idea, ó mejor
-dicho, el delirio de que Luis era una mala persona, un engendro
-detestable, un ser infame á quien convenía exterminar. Él tenía la culpa
-de todos los males que la agobiaban, y cuando él desapareciera del
-mundo, el sol brillaría más y la vida sería dichosa. El chiquillo aquél
-representaba toda la perfidia humana, la traición, la mentira, la
-deshonra, el perjurio.
-
-Reinaba profunda obscuridad en la alcoba. Abelarda, en camisa y
-descalza, echándose un mantón sobre los hombros, avanzó palpando...
-Luego retrocedió buscando las cerillas. Habíasele ocurrido en aquel
-momento ir á la cocina en busca de un cuchillo que cortara bien. Para
-esto necesitaba luz. La encendió, y observó á Luis que al cabo dormía
-profundamente. «¡Qué buena ocasión!--se dijo;--ahora no chillará, ni
-hará gestos... Farsante, pinturero, monigote, me las pagarás... Sal
-ahora con la pamplina de que ves á Dios... Como si hubiera tal Dios, ni
-tales carneros...» Después de contemplar un rato al sobrinillo, salió
-resuelta. «Cuanto más pronto, mejor». El recuerdo de los sollozos del
-chico, hablando aquellos disparates de los pies que veía, atizaba su
-cólera. Llegó á la cocina y no encontró cuchillo, pero se fijó en el
-hacha de partir leña, tirada en un rincón, y le pareció que este
-instrumento era mejor para el _caso_, más seguro, más ejecutivo, más
-cortante. Cogió el hacha, hizo ademán de blandirla, y satisfecha del
-ensayo, volvió á la alcoba, en una mano la luz, en otra el arma, el
-mantón por la cabeza... Figura tan extraña y temerosa no se había visto
-nunca en aquella casa. Pero en el momento de abrir la puerta de
-cristales de la alcoba, sintió un ruido que la sobrecogió. Era el del
-llavín de Víctor girando en la cerradura. Como ladrón sorprendido,
-Abelarda apagó de un soplo la luz, entró, y se agachó detrás de la
-puerta, recatando el hacha. Aunque rodeada de tinieblas temía que Víctor
-la viese al pasar por el comedor y se hizo un ovillo, porque la furia
-que había determinado su última acción se trocó súbitamente en espanto
-con algo de femenil vergüenza. Él pasó alumbrándose con una cerilla,
-entró en su cuarto y se cerró al instante. Todo volvió á quedar en
-silencio. Hasta la alcoba de Abelarda llegaba débil, atravesando el
-comedor y las dos puertas de cristales, la claridad de la vela que
-encendiera Víctor para acostarse. Cosa de diez minutos duró el reflejo;
-después se extinguió, y todo quedó en sombra. Pero la cuitada no se
-atrevía ya á encender su luz; fué tanteando hasta la cama, escondió el
-hacha bajo la cómoda próxima al lecho, y se deslizó en éste
-reflexionando: «No es ocasión ahora. Gritaría, y el otro... Al otro le
-daría yo el hachazo del siglo; pero no basta un hachazo, ni dos, ni
-ciento... ni mil. Estaría toda la noche dándole golpes y no le acabaría
-de matar».
-
-
-
-
-XXXIII
-
-
-Nuestro infortunado Villaamil no vivía desde el momento aciago en que
-supo la colocación de su yerno, y para mayor desdicha el prohombre
-ministerial no le hacía caso. Inmediatamente después de almorzar, se
-echaba á la calle, y se pasaba el día de oficina en oficina, contando su
-malaventura á cuantos encontraba, refiriendo la atroz injusticia, que,
-entre paréntesis, no le cogía de nuevo; porque él, se lo podían creer,
-nunca esperó otra cosa. Cierto que, apretado por la fea necesidad, y
-llegando á sentir como un estorbo en aquel pesimismo que se había
-impuesto, se lo arrancaba á veces como quien se arranca una máscara, y
-decía, implorando con toda el alma desnuda: «Amigo Cucúrbitas, me
-conformo con cualquier cosa. Mi categoría es de Jefe de Administración
-de tercera; pero si me dan un puesto de oficial primero, vamos, de
-oficial segundo, lo tomo, sí señor, lo tomo, aunque sea en provincias.»
-La misma cantinela le entonaba al Jefe del Personal, á todos los amigos
-influyentes que en la casa tenía, y epistolarmente al Ministro y á Pez.
-Á Pantoja, en gran confianza, le dijo: «Aunque sea para mí una
-humillación, hasta oficial tercero aceptaré por salir de estas
-angustias... Después, Dios dirá».
-
-Luego iba de estampía contra Sevillano, de quien se hablará después,
-empleado en el Personal, el cual le decía con expresión de lástima: «Sí,
-hombre sí, cálmese usted; tenemos nota preferente... Debe usted procurar
-serenarse». Y le volvía la espalda. Poco á poco fué el santo varón
-desmintiendo su carácter, aprendiendo á importunar á todo el mundo y
-perdiendo el sentido de las conveniencias. Después de verle andar por
-las oficinas, dando la lata á diferentes amigos, sin excluir á los
-porteros, Pantoja le habló en confianza:
-
---¿Sabes lo que el bigardo de tu yerno le dijo al Diputado ese? Pues que
-tú estabas loco y que no podías desempeñar ningún destino en la
-Administración. Como lo oyes; y el Diputado lo repitió en el Personal
-delante de Sevillano y del hermano de Espinosa, que me lo vino á contar
-á mí.
-
---¿Eso dijo? (estupefacto). ¡Ah! lo creo. Es capaz de todo...
-
-Esto acabó de trastornarle. Ya la insistencia de su incansable porfía y
-la expresión de ansiedad que iban tomando sus ojos asustaba á sus
-amigos. En algunas oficinas, cuidaban de no responderle ó de hablarle
-con brevedad para que se cansara y se fuese con la música á otra parte.
-Pero estaba á prueba de desaires, por habérsele encallecido la epidermis
-del amor propio. En ausencia de Pantoja, Espinosa y Guillén le tomaban
-el pelo de lo lindo:
-
---¿No sabe usted, amigo Villaamil lo que se corre por ahí? Que el
-Ministro va á presentar á las Cortes una ley estableciendo el _income
-tax_. La Caña la está estudiando.
-
---Como que me ha robado mis ideas. Mis cuatro Memorias durmieron en su
-poder más de un año. Vean ustedes lo que saca uno de quemarse las cejas
-por estudiar algo que sirva de remedio á esta Hacienda moribunda... País
-de raterías, Administración de nulidades, cuando no se puede afanar una
-peseta, se tima el entendimiento ajeno. Ea, con Dios.
-
-Y salía disparado, precipitándose por los escalones abajo, hacia la
-Dirección de Impuestos (patio de la izquierda), ansioso de calentarle
-las orejas al amigo La Caña. Á la media hora se le veía otra vez
-venciendo jadeante la cansada escalera para meterse un rato en el Tesoro
-ó en Aduanas. Algunas veces, antes de entrar, daba la jaqueca á los
-porteros, contándoles toda su historia administrativa. «Yo entré á
-servir en tiempo de la Regencia de Espartero, siendo Ministro el Sr.
-Surrá y Rull, excelente persona, hombre muy mirado. Me parece que fué
-ayer cuando subí por esa escalera. Traía yo unos calzoncitos de
-cuadros, que se usaban entonces, y mi sombrero de copa, que había
-estrenado para tomar posesión. De aquel tiempo no queda ya nadie en _la
-casa_, pues el pobre Cruz, á quien vi en este mismo sitio cuando yo
-entraba, se las lió hace dos meses. ¡Ay, qué vida ésta!... Mi primer
-ascenso me lo dió D. Alejandro Mon... buena persona... y de mucho
-carácter, no se crean ustedes. Aquí se plantificaba á las ocho de la
-mañana, y hacía trabajar á la tropa; por eso hizo lo que hizo. Como
-madrugador, no ha habido otro D. Juan Bravo Murillo, y el número uno de
-los trasnochadores era D. José Salamanca, que nos tenía aquí á los de
-Secretaría hasta las dos ó las tres de la madrugada. Pues digo, ¿hay
-alguno entre ustedes que se acuerde de D. Juan Bruil, que, por más
-señas, me hizo á mí oficial tercero? ¡Ah, qué hombre! Era una pólvora.
-Pues también el amigo Madoz las gastaba buenas. ¡Qué cascarrabias! Yo
-tuve el 57 un director que no hacía un servicio al lucero del alba ni
-despachaba cosa alguna, como no viniera una mujer á pedírsela. Crean
-ustedes que la perdición del país es la faldamenta».
-
-Los porteros le llevaban el humor mientras podían; pero también llegaron
-á sentir cansancio de él, y pretextaban ocupaciones para zafarse. El
-santo varón, después de explayarse por las porterías, volvía adentro, y
-no faltaba en Aduanas ó en Propiedades un guasón presumido, como
-Urbanito, el hijo de Cucúrbitas, que le convidase á café para tirarle de
-la lengua y divertirse oyendo sus exaltadas quejas. «Miren ustedes; á mí
-me pasa esto por decente, pues si yo hubiera querido desembuchar ciertas
-cosas que sé referentes á pájaros gordos, ¿me entienden ustedes?... digo
-que si yo hubiera sido como otros que van á las redacciones con la
-denuncia del enjuage A, del enredo B..., otro gallo me cantara... ¿Pero
-qué resulta? Que aunque uno no quiera ser decente y delicado, no puedo
-conseguirlo. El pillo nace, el orador se hace. Total, que ni siquiera me
-vale haber escrito cuatro Memorias que constituyen un plan de
-Presupuestos, porque un mal amigo á quien se las enseño, me roba la idea
-y la da por suya. Lo que menos piensan ustedes es que ese dichoso
-_income tax_ que quieren establecer, ¡temprano y con sol!, es idea
-mía... diez años devanándome los sesos... ¿para qué? Para que un grajo
-se adorne con mis plumas ó con la obra de mi pluma. Yo digo que si el
-Ministro sabe esto, si lo sabe el país, ¿qué sucederá? Puede que no
-suceda nada, porque allá se van el país y el Ministro en lo puercos y
-desagradecidos... Yo me lavo las manos; yo me estoy en mi casa, y si
-vienen revoluciones, que vengan; si el país cae en el abismo, que caiga
-con cien mil demonios. Después dirán: «¡Qué lástima no haber planteado
-los cuatro puntos aquellos del buen Villaamil: _Moralidad_, _Income
-tax_, _Aduanas_, _Unificación_!» Pero yo diré: _tarde piache_...
-«Haberlo visto antes». Dirán: «Pues que sea Villaamil Ministro»; y yo
-responderé: «Cuando quise no quisiste, y ahora... á buena hora, mangas
-verdes...» Conque, señores, me voy para que ustedes trabajen. En mis
-tiempos no había estos ocios. Se fumaba un cigarrito, se tomaba café, y
-luego al telar... Pero ahora, empleado hay que viene aquí á inventar
-charadas, á chapucear comedias, revistas de toros y gacetillas. Así está
-la Administración pública, que es una mujer pública, hablando mal y
-pronto. Francamente, esto da asco, y yo no sé cómo todos ustedes no
-hacen dimisión, y dejan solos al Ministro y al Jefe del Personal, á ver
-cómo se desenvuelven. No, no lo digo en broma; veo que se ríen ustedes,
-y no es cosa de risa. Dimisión total, huelga en un día dado, á una hora
-dada...»
-
-Por fin, hartos de este charlar incoherente, le echaban con buenos
-modos, diciéndole: «Don Ramón, usted debiera ir á tomar el aire. Un
-paseito por el Retiro le vendría muy bien». Salía rezongando, y en vez
-de seguir el saludable consejo de oxigenarse, bajaba, mal terciada la
-capa, y se metía en el Giro Mutuo, donde estaba Montes, ó en Impuestos,
-donde su amigo Cucúrbitas soportaba con increíble paciencia discursos
-como éste: «Te digo en confianza, aquí de ti para mí, que me contento
-con una plaza de oficial tercero: proponme al Ministro. Mira que siento
-en mi cabeza unas cosas muy raras, como si se me fuera el santo al
-cielo. Me entran ganas de decir disparates, y aun recelo que á veces se
-me salen de la boca. Que me den esos dos meses, ó no sé; creo que pronto
-empezaré á tirar piedras. Ya sabes mi situación; sabes que no tengo
-cesantía, porque, si bien soy anterior al 45, mi primer destino no fué
-de Real orden; no entré en plantilla hasta el 46, gracias á D. Juan
-Martín Carramolino. Bien te acordarás. Tú estabas por debajo de mí; yo
-te enseñé á poner una minuta en regla. El 54 tú entraste en la Milicia
-Nacional; yo no quise, porque nunca me ha gustado la bullanga. Ahí
-tienes el principio de tu buena fortuna y el de mi desdicha. Gracias al
-morrión te plantaste de un salto en Jefe de Negociado de segunda,
-mientras yo me estancaba en oficial primero... Parece mentira,
-Francisco, que el sombrero influya tanto. Pues dicen que Pez debe su
-carrera nada más que al chisterómetro de alas anchas y abarquilladas que
-le da un aire tan solemne... Bien recuerdo que tú me decías: «Ramón,
-ponte un chaleco de buen ver, que esto ayuda; gasta cuellos altos, muy
-altos, muy tiesos, que te obliguen á engallar la cabeza con cierto aire
-de importancia». Yo no te hice caso, y así estoy. Á Basilio, desde que
-se encajó la levita inglesa, le empezaron á indicar para el ascenso, y
-á mí se me antoja que las botas chillonas del amigo Montes, dando á su
-personalidad un no sé qué de atrevido, insolente y _qué se me da á mi_,
-han influído para que avance tanto... Sobre todo el sombrero, el
-sombrero es cosa esencialísima, Francisco, y el tuyo me parece un
-perfecto modelo... alto de copa y con hechura de trombón, el ala muy
-semejante á la canaleja de un cura. Luego esas corbatas que tú te
-permites... Si me colocan, me pondré una igual... Conque ya sabes:
-oficial tercero: cualquier cosa: el quid está en firmar la nómina, en
-ser algo, en que cuando entre yo aquí no me parezca que hasta las
-paredes lloran compadeciéndome... Francisco, hormiga de esta casa, hazlo
-por Dios y por tus hijos, tres de los cuales tienes ya bien colocados de
-aspirantes con cinco mil, sin contar á Urbanito que se calza doce. Si mi
-mujer fuera Pez en vez de ser rana, ¡ay! no estaría yo en seco. Parece
-que lo tenéis en la masa de la sangre, y cuando nacen tus nenes y
-sueltan el primer lloro de la vida, en vez de ponerles la teta en la
-boca, les ponen el _estado Letra A, Sección octava_, del Presupuesto.
-Adiós; interésate por mí, sácame de este pozo en que me he caído... No
-quiero molestarte; tienes que hacer. Yo también estoy atareadísimo.
-Abur, abur».
-
-No se crea que se iba mi hombre á la calle. Atraído de irresistible
-querencia, se lanzaba otra vez, jadeante, á la fatigosa ascensión por
-la escalera, y llegaba sin aliento á Secretaría. Allí cierto día se
-encontró una novedad. Los porteros, que comúnmente le franqueaban la
-entrada, le detuvieron, disimulando con insinuaciones piadosas la orden
-terminante que tenían de no dejarle pasar. «Don Ramón, váyase á su casa,
-y descanse y duerma para que se le despeje ese meollo. El Jefe está
-encerrado y no recibe á nadie». Irritóse Villaamil con la desusada
-consigna y aun quiso forzarla, alegando que no debía regir para él. La
-capa del infeliz cesante barrió el suelo de aquí para allí, y aun
-tuvieron los ordenanzas que ponerle el sombrero, desprendido de su
-cabeza venerable. «Bien, Pepito Pez, bien--decía el infeliz, respirando
-con dificultad;--así pagas á quien fué tu jefe, y te tapó muchas faltas.
-En donde menos se piensa salta un ingrato. Basta que yo te haya hecho
-mil favores, para que me trates como á un negro. Lógica puramente
-humana... Quedamos enterados. Adiós... ¡Ah! (volviéndose desde la
-puerta), dígale usted al Jefe del Personal, al D. Soplado ése, que usted
-y él se pueden ir á escardar cebollinos».
-
-
-
-
-XXXIV
-
-
-Pecho á los escalones, y otra vez al piso segundo, á la oficina de
-Pantoja. Cuando entró, Guillén, Espinosa y otros badulaques estaban muy
-divertidos viendo las aleluyas que el primero había compuesto, una serie
-de dibujillos de mala muerte, con sus pareados al pie, ramplones,
-groseros y de mediano chiste, comprendiendo la historia completa de
-Villaamil desde su nacimiento hasta su muerte. Argüelles, que no veía
-con buenos ojos las groseras bromas de Guillén, se apartaba del corrillo
-para atender á su trabajo. Rezaba la aleluya que el Sr. de _Miau_ había
-nacido en Coria, garrafal dislate histórico, pues vió la luz en tierra
-de Burgos; que desde el vientre de su madre pretendía, y que el ombligo
-se lo ataron con balduque. Entre otras particularidades, decía la
-ilustrada crónica, con dudosa gramática: _En vez de faja y pañales,--le
-envuelven en credenciales_; y más adelante: _Pide teta con afán,--y un
-Presupuesto le dan_. Luego, cuando el digno funcionario llega á la mayor
-edad, _Henchido de amor sin tasa,--con Zapaquilda se casa_; y á poco de
-estrenada la vida matrimonial empiezan los apuros. El desmantelado hogar
-de Villaamil se caracteriza en este elegante dístico: _Cuando faltan
-patacones,--se dan á cazar ratones_... Pero en lo que el inspirado
-coplero explaya su numen, es en la pintura de los sublimes trabajos
-villaamilescos: _Modelo de asiduidaz,--inventa el_ INCOME TAZ... _Al
-Ministro le presenta--sus planes sobre la renta_... _El Jefe, al ver el_
-INCOMIO,--_me le manda á un manicomio_. Por fin le arroja el poeta estas
-flores: _Su existencia miserable--la sostiene con el sable_; y por aquí
-seguía hasta suponer el glorioso tránsito del héroe: _Le dan al fin la
-ración,--y muere del alegrón_... _Los gatos, cuando se mueren,--dicen
-todos: Miserere_...»
-
-Al ver á Villaamil escondieron el nefando pliego, pero con hilaridad mal
-reprimida denunciaban la broma que traían y su objeto. Ya otras veces el
-infeliz cesante pudo notar que su presencia en la oficina (faltando de
-ella Pantoja) producía un recrudecimiento en la sempiterna chacota de
-aquellos holgazanes. Las reticencias, las frases ilustradas con
-morisquetas al verle entrar, la cómica seriedad de los saludos le
-revelaron aquel día que su persona y quizás su desventura motivaban
-impertinentes chanzas, y esta certidumbre le llegó al alma. El enredijo
-de ideas que se había iniciado en su mente, y la irritación producida en
-su ánimo por tantas tribulaciones, encalabrinaban su amor propio; su
-carácter se agriaba; la ingénita mansedumbre trocábase en displicencia y
-el temple pacífico en susceptibilidad camorrista.
-
---Á ver, á ver--gruñó, acercándose al grupo con muy mal gesto.--Me
-parece que se ocupaban ustedes de mí... ¿Qué papelotes son esos que
-guarda Guillén?... Señores, hablemos claro. Si alguno de ustedes tiene
-que decirme algo, dígamelo en mis barbas. Francamente, en toda la casa
-noto que se urde contra mí una conjuración de calumnias; se trata de
-ponerme en ridículo, de indisponerme con los jefes, de presentarme al
-señor Ministro como un hombre grotesco, como un... ¡Y he de saber quién
-es el canalla, quién...! ¡Maldita sea su alma! (terciándose la capa, y
-pegando fuerte puñetazo en la mesa más próxima).
-
-Quedáronse todos fríos y mudos, porque no esperaban en Villaamil aquel
-rasgo de dignidad. _El caballero de Felipe IV_ fué el primero que se
-explicó aquel súbito cambio de temperamento, por un desequilibrio
-mental. Además de que odiaba profundamente á Guillén, sentía lástima de
-su amigo, y echándole el brazo por encima del hombro, le rogó que se
-tranquilizara, añadiendo que donde él estuviera, nadie osaría zaherir á
-persona tan respetable. Mas no se calmaba Villaamil con estas razones,
-porque vió al maldito Guillén aguantando la risa con la cara pegada al
-pupitre, y en un arrebato de cólera se fué á él, y con ahogada y trémula
-voz le dijo:
-
---Sepa usted, cojitranco de los infiernos, que de mí no se ríe nadie...
-Ya sé, ya sé que ha hecho usted unos estúpidos versos y unos mamarrachos
-ridiculizándome. En Aduanas he oído que si yo propuse ó no propuse al
-Ministro el _income tax_... y si me mandó ó no me mandó á un manicomio.
-
---¿Yo?... D. Ramón... ¡qué cosas tiene!--replicó Guillén cortado y
-cobarde.--Yo no he hecho las aleluyas; las hizo Pez Cortázar, el de
-Propiedades, y Urbano Cucúrbitas es el que las ha enseñado por ahí.
-
---Pues hágalas quien las hiciere, el autor de esa porquería es un
-marrano que debiera estar en un cubil. Me ultrajan porque me ven caído.
-¿Es eso de caballeros? Á ver, respóndanme. ¿Es eso de personas
-regulares?
-
-El santo varón giró sobre sí mismo, y se sentó, quebrantadísimo de aquel
-esfuerzo que acababa de hacer. Siguió murmurando, como si hablara á
-solas: «Es que por todos los medios se proponen acabar conmigo,
-desautorizarme, para que el Ministro me tenga por un ente, por un
-visionario, por un idiota».
-
-Exhalando suspiros hondísimos, encajó la quijada en el pecho y así
-estuvo más de un cuarto de hora sin pronunciar palabra. Los demás
-callaban, mirándose de reojo, serios, quizás compadecidos, y durante un
-rato no se oyó en la oficina más que el rasgueo de la pluma de
-Argüelles. De pronto, el chillar de las botas de Pantoja anunció la
-aproximación de este personaje. Todos afectaron atender á la faena, y el
-jefe de la sección entró con las manos cargadas de papeles. Villaamil no
-alzó la cabeza para mirar á su amigo ni parecía enterarse de su
-presencia.
-
---Ramón--dijo Pantoja en afectuoso tono, llamándolo desde su
-asiento.--Ramón... pero Ramón... ¿qué es eso?
-
-Y por fin el amigo, dando otro suspirazo como quien despierta de un
-sueño, se levantó y fué hacia la mesa con paso claudicante.
-
---Pero no te pongas así--le dijo D. Ventura quitando legajos de la silla
-próxima para que el otro se sentara.--Pareces un chiquillo. En todas las
-oficinas hablan de ti, como de una persona que empieza á pasearse por
-los cerros de Úbeda... Es preciso que te moderes, y sobre todo
-(amoscándose un poco), es preciso que cuando se hable de planes de
-Hacienda y de la confección de los nuevos Presupuestos, no salgas con la
-patochada del _income tax_... Eso está muy bueno para artículos de
-periódico (con desprecio), ó para soltarlo en la mesa del café, delante
-de cuatro tontos perdularios, de esos que arreglan con saliva el
-presupuesto de un país y no pagan al sastre ni á la patrona. Tú eres
-hombre serio y no puedes sostener que nuestro sistema tributario, fruto
-de la experiencia...
-
-Levantóse Villaamil como si en la silla hubiera surgido agudísimo
-punzón, y este movimiento brusco cortó la frase de Pantoja, que sin dada
-iba á rematarla en estilo administrativo, más propio de la _Gaceta_ que
-de humana boca. Quedóse el buen Jefe de sección archipasmado al ver que
-la faz de su amigo expresaba frenética ira, que la mandíbula le
-temblaba, que los ojos despedían fuego; y subió de punto el pasmo al oir
-estas airadas expresiones:
-
---Pues yo te sostengo... sí, por encima de la cabeza de Cristo lo
-sostengo... que mantener el actual sistema es de jumentos rutinarios...
-y digo más, de chanchulleros y tramposos... Porque se necesita tener un
-dedo de telarañas en los sesos para no reconocer y proclamar que el
-_income tax_, impuesto sobre la renta ó como quiera llamársele, es lo
-único racional y filosófico en el orden contributivo... y digo más: digo
-que todos los que me oyen son un atajo de ignorantes, empezando por ti,
-y que sois la calamidad, la polilla, la ruina de esta casa y la filoxera
-del país, pues le estáis royendo y devorando la cepa, majaderos mil
-veces. Y esto se lo digo al Ministro si me apura, porque yo no quiero
-credenciales, ni colocación, ni derechos pasivos, ni nada; no quiero más
-que la verdad por delante, la buena administración, y conciliar...
-compaginar... armonizar (golpeando los dos dedos índices uno contra
-otro) los intereses del Estado con los del contribuyente. Y el
-mastuerzo, canalla, que diga que yo quiero destinos, se verá conmigo de
-hombre á hombre, aquí ó en mitad de la calle, junto al Dos de Mayo, ó en
-la pradera del Canal, á media noche, sin testigos... (dando terribles
-gritos, que atrajeron á los empleados de la oficina inmediata). Claro,
-me toman por un mandria porque no me conocen, porque no me han visto
-defendiendo la ley y la justicia contra los infames que en esta casa la
-atropellan. Yo no vengo aquí á mendigar una cochina credencial que
-desprecio; yo me paso por las narices á toda la casa, y á vosotros, y al
-Director, y al Jefe del Personal, y al Ministro; ¡yo no pido más que
-orden, moralidad, economía...!
-
-Revolvió los ojos á una parte y otra, y viéndose rodeado de tantas
-caras, alzó los brazos como si exhortara á una muchedumbre sediciosa, y
-lanzó un alarido salvaje gritando: «¡Vivan los presupuestos nivelados!»
-
-Salió de la oficina, arrastrando la capa y dando traspiés. El buen
-Pantoja, rascándose con el gorro, le siguió con mirada compasiva,
-mostrando sincera aflicción. «Señores--dijo á los suyos y á los
-extraños, agrupados allí por la curiosidad,--pidamos á Dios por nuestro
-pobre amigo, que ha perdido la razón».
-
-
-
-
-XXXV
-
-
-No eran las once de la mañana del día siguiente, día último de mes, por
-más señas, cuando Villaamil subía con trabajo la escalera encajonada del
-Ministerio, parándose á cada tres ó cuatro peldaños para tomar aliento.
-Al llegar á la entrada de la Secretaría, los porteros, que la tarde
-anterior le habían visto salir en aquella actitud lamentable que
-referida está, se maravillaron de verle tan pacífico, en su habitual
-modestia y dulzura, como hombre incapaz de decir una palabra más alta
-que otra. Desconfiaban, no obstante, de esta mansedumbre, y cuando el
-buen hombre se sentó en el banco, duro y ancho como de iglesia, y arrimó
-los pies al brasero próximo, el portero más joven se acercó y le dijo:
-
---Don Ramón, ¿para qué viene por aquí? Estése en su casa y cuídese, que
-tiempo tiene de rodar por estos barrios.
-
---Puede que tengas razón, amigo Ceferino. En mi casa metidito, y acá se
-las arreglen estos señores como quieran. ¿Yo qué tengo que ver? Verdad
-que el país paga los vidrios rotos, y no puede uno ver con indiferencia
-tanto desbarrar. ¿Sabes tú si han llevado ya al Ministro el nuevo
-Presupuesto ultimado? No sabes... Verdad, ¡á ti que más te da! Tú no
-eres contribuyente... Pues desde ahora te digo que el nuevo Presupuesto
-es peor que el vigente, y todo lo que hacen aquí una cáfila de
-barbaridades y despropósitos. Ahí me las den todas. Yo en mi casa tan
-tranquilo, viendo cómo se desmorona este país, que podría estar nadando
-en oro si quisieran.
-
-Á poco de soltar esta perorata, el pobre cesante se quedó solo,
-meditando, la barba en la mejilla. Vió pasar algunos empleados conocidos
-suyos; pero como no le dijeron nada, no chistó. Consideraba quizás la
-soledad que se iba formando en torno suyo, y con qué prisa se desviaban
-de él los que fueron sus compañeros y hasta poco antes se llamaban sus
-amigos. «Todo ello--pensó con admirable observación de sí
-mismo--consiste en que mis desgracias me han hecho un poco extravagante,
-y en que alguna vez la misma fuerza del dolor es causa de que se me
-escapen frases y gestos que no son de hombre sesudo, y contradicen mi
-carácter y mi... ¿cómo es la palabreja?... ¡ah! mi idiosincrasia...
-¡Todo sea por Dios!»
-
-Distrájole de su meditación un amigo que entraba, y que se fué derecho á
-él en cuanto le vió. Era Argüelles, _el padre de familia_, envuelto en
-su capa negra, ó más bien ferreruelo, el sombrerete ladeado á la
-chamberga, el bigote retorcido, la perilla enhiesta y erizada por el
-roce del embozo. Antes de subir á Contribuciones solía entrar un rato
-en el Personal, para desahogar las penas de su alma con un amigo que le
-daba cuenta de todo, y así alimentaba sus ilusiones de un próximo
-ascenso.
-
---¿Qué hace usted por aquí, amigo Villaamil?--le dijo en el tono que se
-emplea con los enfermos graves.--¿Quiere usted que tomemos café? Pero
-no; quizás el café le sentará mal. Hay que cuidarse, y si vale mi
-consejo, haría usted muy bien en no parecer por esta _posá del Peine_ en
-muchos días.
-
---¿Adónde vamos? (levantándose).
-
---Al Personal. Echaremos un parrafillo con Sevillano, que nos enterará
-de los nombramientos del día. Venga usted.
-
-Y se internaron por luengo corredor, no muy claro, que primero doblaba
-hacia la derecha, después á la izquierda. Á lo largo del pasadizo
-accidentado y misterioso, las figuras de Villaamil y de Argüelles
-habrían podido trocarse, por obra y gracia de hábil caricatura, en las
-de Dante y Virgilio buscando por senos recónditos la entrada ó salida de
-los recintos infernales que visitaban. No era difícil hacer de D. Ramón
-un burlesco Dante por lo escueto de la figura y por la amplia capa que
-le envolvía; pero en lo tocante al poeta, había que substituirle con
-Quevedo, parodiador de la _Divina Comedia_, si bien el bueno de
-Argüelles, más semejanza tenía con el _Alguacil alguacilado_ que con el
-gran vate que lo inventó. Ni Dante ni Quevedo soñaron, en sus
-fantásticos viajes, nada parecido al laberinto oficinesco, al campaneo
-discorde de los timbres que llaman desde todos los confines de la vasta
-mansión, al abrir y cerrar de mamparas y puertas, y al taconeo y
-carraspeo de los empleados que van á ocupar sus mesas colgando capa y
-hongo; nada comparable al mete y saca de papeles polvorosos, de vasos de
-agua, de paletadas de carbón, á la atmósfera tabacosa, á las órdenes
-dadas de pupitre á pupitre, y al tráfago y zumbido, en fin, de estas
-colmenas donde se labra el panal amargo de la Administración. Metiéronse
-Villaamil y su guía en un despacho donde había dos mesas y una sola
-persona, que en aquel momento se mudaba el sombrero por un gorro de pana
-morada, y las botas por zapatillas. Era Sevillano, oficial de
-secretaría, buen mozo, aunque algo machucho, bien quisto en la casa, con
-fama de cuquería. Saludó el tal á Villaamil con recelo, mirándole mucho
-á la cara: «Vamos tirando,» contestó el cesante eterno, y ocupó una
-silla junto á la mesa.
-
---¿De lo mío nada...?--dijo Argüelles, usando una fórmula interrogativa
-y afirmativa á la vez.
-
---Nada--replicó el presumido Sevillano, que al ponerse delante de la
-mesa, parecía movido del deseo de que le vieran las zapatillas bordadas
-y de que admiraran su breve pie,--lo que se llama nada. Ni te han
-propuesto ni ese es el camino.
-
---No me coge de nuevo--gruñó el otro soltando capa y sombrero, como si
-quisiera oponer á la publicidad de las zapatillas de Sevillano la
-exhibición de sus encrespadas melenas.--Ese perro de Pantoja me ha
-engañado ya tres veces, y me engañará la cuarta si no le doy la
-morcilla. Yo lo paso todo, con tal que no me eche el pie adelante ese
-gorgojo repulsivo de Guillén. ¡Vamos, si le ascienden á él antes que á
-mí; si un _padre de familia_ cargado de hijos y que lleva todo el peso
-de la oficina, se ve pospuesto á ese aborto inútil que mata el tiempo
-pintando monos...! (Volviéndose á Villaamil en solicitud de su
-aquiescencia.) ¿Tengo razón ó no tengo razón? ¿Le parece á usted que
-después de tantos años en este empleo, todavía les parezca temprano para
-darme el ascenso, y en cambio se lo den á ese coco, mamarracho, mal
-hombre y peor amigo, que además no sabe poner una minuta?
-
---Cabalmente, cabalmente por eso, por ser una inutilidad--afirmó
-Villaamil con inmenso pesimismo,--tiene asegurada su carrera.
-
---Yo me sublevo--declaró con rabia _el caballero de Felipe IV_ dando una
-patada.--Si ascienden á ése antes que á mí, me voy al Ministro y le
-digo... vamos, le suelto una frescura. Esto es peor que insultarle á uno
-y escupirle la cara. Sí, porque tanto polaquismo requema la sangre, y le
-entran á uno ganas de echarse la moral á la espalda y casarse con Judas.
-Esa garrapata de Guillén, con sus chuscadas y sus versitos y sus
-porquerías, se ha hecho popular aquí. Le ríen las gracias estúpidas...
-Todos tenemos algo de culpa en darle alas, lo reconozco... Yo le aseguro
-á usted, amigo D. Ramón, que no volverá á enseñar delante de mí sus
-monigotes. Ya le diré yo cuántas son cinco, ya le diré...
-
-Argüelles se detuvo, creyendo ver en el rostro de Villaamil señales de
-excitación; pero, contra lo que temía, el anciano escuchaba sereno, no
-mostrándose lastimado por el recuerdo de las groseras burlas.
-
---Dejarle, dejarle--contestó.--Por mi parte, sé sobreponerme á esas
-majaderías. Acuérdese usted; ayer, al enterarme de que se burlaban de
-mí, no dije esta boca es mía; ¿verdad que no? Estas cosas se desprecian,
-y nada más. Después me tropecé en la calle con el chico de Cucúrbitas,
-Urbanito, el cual está en Aduanas, y me contó que allí había ido Guillén
-con las aleluyas, que son una pura sandez. Ni siquiera hay un chiste en
-ellas. Que si, de niño, en vez de envolverme en pañales, me envolvían en
-nóminas... que si le propuse al Ministro el _income tax_... Y á él,
-pregunto yo ahora, á él, el muy asno, ¿qué le va ni le viene con que yo
-proponga el _income tax_? ¿Qué entiende él de esas materias tan
-superiores al entendimiento de un escuerzo sietemesino? Luego dice que
-doy sablazos... calumnia infame, porque si en las horribles trinquetadas
-que paso, la necesidad me impulsa á pedir el auxilio de un amigo, eso no
-quiere decir que sea yo un petardista. Pero estas injurias hay que
-llevarlas con muchísima paciencia, y no dar al infame denostador ni
-siquiera el gusto de nuestras quejas, porque se engreiría del mal que
-hace. Desprecio, indiferencia, y que vomite veneno hasta que se le seque
-el alma. ¡Ah! yo no obsequiaré nunca á esos reptiles con el favor de mis
-miradas. Y á ese tal le he dado yo calor en mi seno, vean ustedes,
-porque él va á mi casa, adula á mi familia, se bebe mi vino, y allí
-parece que nos quiere á todos como hermanos. ¡Valiente bicharraco!... Y
-digo más: digo que Pantoja también tiene algo de culpa, porque le
-permite perder el tiempo en hacer estas porquerías... Todos sus
-mamarrachos los conozco lo mismo que si los hubiera visto, pues Urbanito
-no omitió detalle. Pasa por tonto este chico; pero yo afirmo que tiene
-mucho talento, y lo que es á memoria no hay quien le gane. Díjome
-también que con las iniciales de los títulos de mis cuatro Memorias ha
-compuesto Guillén el mote de Miau, que me aplica en las aleluyas. Yo lo
-acepto. Esa M, esa I, esa A y esa U, son, como el _Inri_, el letrero
-infamante que le pusieron a Cristo en la cruz... Ya que me han
-crucificado entre ladrones, para que todo sea completo, pónganme sobre
-la cabeza esas cuatro letras en que se hace mofa y escarnio de mi gran
-misión.
-
-
-
-
-XXXVI
-
-
-Sevillano y Argüelles, que al principio le habían oído con algo de
-respeto, en cuanto oyeron aquella salida, titubearon entre la compasión
-y la risa, prevaleciendo al fin la primera, que expresó Sevillano en
-esta forma:
-
---Hace bien usted en despreciar tales miserias. Nada más repugnante que
-hacer burla de un hombre digno y desgraciado. Aquí me trajeron también
-los muñecos esos; pero no los quise ver... Ahora, si ustedes quieren,
-tomaremos café.
-
-Entró el mozo con el servicio; Villaamil rehusó cortésmente el obsequio,
-y los otros dos se sentaron para tomar á gusto, en vaso muy colmadito,
-el brebaje aromático que es alegría y consuelo de las oficinas.
-
---Pues le he de decir á usted--manifestó el cesante con la serenidad de
-un hombre dueño de sus facultades,--que se vaya usted haciendo á la
-injusticia, que se familiarice con las bofetadas y se acostumbre á la
-idea de ver á ese piojo pasándole por delante. La lógica española no
-puede fallar. El pillo delante del honrado; el ignorante encima del
-entendido; el funcionario probo debajo, siempre debajo. Y agradezca
-usted que en premio de sus servicios no le limpian el comedero... que no
-sé, no sé si sacar también esa consecuencia lógica.
-
---Armo un tiberio, créalo usted, lo armo, pero gordo--dijo el _padre de
-familias_ entre sorbo y sorbo.--Como le asciendan antes que á mí, crea
-usted que todo el Colegio de Sordomudos me tendrá que oir.
-
---Le oirá y callará, y no habrá más remedio que conformarse. Véase mi
-raciocinio (acercando su silla á las de los bebedores de café). ¿Quién
-le apoya á usted? Nadie; y digo nadie, porque no le apoya ninguna mujer.
-
---Eso es verdad,
-
---Bueno. Cuando veo un nombramiento absurdo, pregunto: _¿quién es ella?_
-Porque es probado; siempre que una nulidad se sobrepone á un empleado
-útil, ponga usted el oído y escuchará rumor de faldas. ¿Apostamos á que
-sé quién ha pedido el ascenso del cojo? Pues su prima, la viuda del
-comandantón aquel que está en Filipinas, esa tal Enriqueta, frescachona,
-más suelta que las gallinas, de la cual se dice si tuvo que ver ó no
-tuvo que ver con nuestro egregio Director. Ahora, sabiendo á qué
-aldabas se agarra ese morral de Guillén, ayúdenme ustedes á sentir.
-Nada, el amigo Argüelles, con toda su prole arrastras, se quedará
-ladrando de hambre, y el otro ascenderá, y ole morena.
-
-Sevillano confirmaba con una sonrisa las acres observaciones del
-trastornado Villaamil, que no lo parecía al decir cosas tan á pelo; y el
-_caballero de Felipe IV_ se atusaba sus engrasadas melenas y se retorcía
-el bigote, dándole á la perilla tales tirones, que á poco más se la
-arranca de cuajo.
-
---Lo vengo diciendo hace tiempo, ¡cáscaras! Se necesita no tener
-vergüenza para servir á este cabrón del Estado. Y ya que el amigo
-Villaamil está hoy de buena pasta, le diremos una cosa que no sabe.
-¿Quién recomendó á Víctor Cadalso para que echaran tierra al expediente
-y encimita le encajaran un ascenso?
-
---Ello debe de ser cosa de hembras; alguna joven sensible que ande por
-ahí, porque Víctor las atrapa lindamente.
-
---Le apoyaron dos Diputados--dijo Sevillano:--hicieron fuerza de vela
-sin conseguir nada, hasta que vino presión por alto...
-
---Pero si me ha dicho Ildefonso Cabrera--observó el viejo
-acalorándose--que ese pelele está liado con marquesas, duquesas y cuanta
-señorona hay en la alta sociedad...
-
---No haga usted caso, D. Ramón--indicó Argüelles.--Si, después de todo,
-su yerno de usted es un cursi... así como suena, un cursilón. No se ve
-ya un mozo verdaderamente elegante, como los de mi tiempo. Ríase usted
-de todas esas conquistas de Víctor, que no tiene más amparo que el de mi
-vecina. En el principal de mi casa vive un marqués... no me acuerdo del
-título; es valenciano y algo así como Benengeli, algo que suena á
-morisco. Este marqués tiene una tía, dos veces viuda... una criatura,
-como quien dice... Mi mujer, que ya pasó de los cincuenta, asegura que
-estando ella de corto (mi mujer, se entiende), conoció á esa señora en
-Valencia, ya casada. En fin, que los sesenta y pico no hay quien se los
-quite, y aunque debió de ser buena moza, ya no hay pintura que la salve
-ni remiendo que la enderece.
-
---Y cuando menos, mi yernecito ha seducido toda esa inocencia.
-
---Aguárdese usted. Es cosa pública en Valencia que el tiburón ese se
-enamoriscó de Cadalso, y él... también la quiso, por supuesto, con su
-cuenta y razón. Vinieron juntos á Madrid; enredito allá, enredito aquí.
-Á mí nadie tiene que contármelo, pues le veo en la calle, esperando á la
-abuela, porque los marqueses no le permiten entrar en la casa. Ella sale
-en su coche, muy emperejilada, toda fofa y hueca, con unas témporas así,
-todo postizo, se entiende, y la cara con más pintura que el _Pasmo de
-Sicilia_... Se para en la esquina de Relatores, y allí entra el terror
-de las doncellas y se van qué sé yo adónde... Y me ha contado el lacayo,
-que es vecino mío en el sotabanco de la izquierda, que casi todos los
-días recibe carta la tarasca, y en seguida le larga á su nene tres
-pliegos... El lacayo echa las cartas al correo, y me cuenta lo que dice
-el sobre y las señas... Quiñones, 13, segundo.
-
---Si yo me sorprendiera de esto--declaró Villaamil entre risueño y
-desdeñoso,--sería un niño de teta. ¡Y esa fantasma ha venido aquí, al
-templo de la Administración (indignándose), á arrojar sobre el Estado la
-ignominia de sus recomendaciones en favor de un perdis...!
-
---No, por aquí no ha parecido, ni lo necesita--apuntó Sevillano.--Con el
-teclado de sus relaciones, mueven ésas todo el Ministerio, sin poner los
-pies en él.
-
---Les basta decir una palabrita á cualquier pájaro gordo. Luego descarga
-aquí la nota...
-
---De esas que no piden, sino mandan.
-
---Á raja tabla... Hágase... Y hecho está, y ole morena,.. No sería malo
-un buen pararrayos para esas chispas, un Ministro de carácter. ¿Pero
-dónde está ese Mesías? (dándose fuerte puñetazo en la rodilla). La
-condenada Administración es una hi de mala hembra con la que no se puede
-tener trato sin deshonrarse... Pero los que tienen hijos, amigo
-Argüelles, ¿qué han de hacer sino prostituirse? Á ver, búsquese usted
-por ahí un felpudito que le ampare. Usted tiene todavía buen ver. Á poco
-que se emperifolle, le salen las conquistas así... y le pica en el
-anzuelo una lamprea con conchas... Animarse, pollo... ¡Pues si yo
-tuviera veinte años menos...!
-
-Sevillano se reía, y Argüelles se pavoneaba henchido de fatuidad,
-enroscándose aquella birria de bigote pintado... No parecía echar en
-saco roto la exhortación, porque la edad no le había curado de su
-vanidad de Tenorio.
-
---Francamente, señores--manifestó con acento de hombre muy
-corrido,--nunca me ha gustado el amor como negocio... El amor por el
-amor. Ni con dinero encima cargo yo con una res como esa de Víctor,
-contemporánea del andar á pie, y que todo lo tiene postizo, todo
-absolutamente, créanme ustedes.
-
---¡Fuera remilgos, y á ellas!--dijo Villaamil, á quien le había entrado
-hilaridad nerviosa.--No están los tiempos para hacer _fu_ á nada... Este
-_padre de familias_ es terrible. No le gustan más que las doncellitas
-tiernas.
-
---Pues de broma ha dicho usted la verdad. De quince á veinte. Lo demás
-para bobos.
-
---¡Vamos, que si le cayera á usted un pimpollo como ese de Víctor!...
-Porque la tal debe de tener guita, y á su vera no hay bolsillo vacío...
-Ahora me explico que mi yerno, cuando se le acabaron los dineros que
-afanó por el enjuague de Consumos, gastaba del capítulo de guerra de
-esa vejancona... ¡Vamos (dándose otro palmetazo en la rodilla), que
-vivimos en una condenada época en que no podemos ni siquiera
-avergonzarnos, porque el estiércol, la condenada costra de estiércol que
-llevamos en la cara nos lo impide!
-
-Levantóse para salir. Argüelles suspiró y con un gesto despidióse de
-Sevillano, que se puso á trabajar antes de que salieran.
-
---Vamos á la oficina--dijo el caballero alguacilado, embozándose en el
-ferreruelo, cogiendo del brazo á su amigo é internándose por los
-pasillos;--que ese mal bicho de Pantoja me chillará si tardo. ¡Qué vida,
-D. Ramón, qué vida!... Y á propósito. ¿No observó usted que mientras
-hablábamos de la señora que protege á Víctor, Sevillano no chistaba? Es
-que también él se calza á una momia... sí... ¿no sabía usted? la viuda
-de aquel Pez y Pizarro que fué Director de Loterías en la Habana, primo
-de nuestro amigo D. Manuel. Eso lo saben hasta los perros... y ella le
-protege, le regala cada dos años su ascensito.
-
---¿Qué me dice usted? (parándose y mirándole cara á cara, en una actitud
-propiamente dantesca). Conque Sevillano... Sí; ya decía yo que ese chico
-iba demasiado aprisa. Era yo Jefe de Negociado, cuando entró de
-aspirante con cinco mil...
-
-Se persignó y siguieron hasta Contribuciones. Pantoja y los demás
-recibieron al sufrido cesante con sobresalto, temerosos de una escena
-como la del día anterior. Pero el anciano les tranquilizó con su
-apacible acento y la serenidad relativa de su rostro. Sin dignarse mirar
-a Guillén, fué á sentarse junto al Jefe, á quien dijo de manos á boca:
-
---Hoy me encuentro muy bien, Ventura. He descansado anoche, me despejé,
-y estoy hasta contento, me lo puedes creer, echando chispas de contento.
-
---Más vale así, hombre, más vale así--repuso el otro observándole los
-ojos.--¿Qué traes por acá?
-
---Nada... la querencia... hoy estoy alegre... ya ves cómo me río
-(riendo). Es posible que hoy venga por última vez, aunque... te lo
-aseguro... me divierte, me divierte esta casa. Se ven aquí cosas que le
-hacen á uno... morir de risa.
-
-El trabajo concluyó aquel día más pronto que de ordinario, porque era
-día de paga, la fecha venturosa que pone feliz término á las angustias
-del fin de mes, abriendo nueva era de esperanzas. El día de paga hay en
-las salas de aquel falansterio más luz, aire más puro y un no sé qué de
-diáfano y alegre que se mete en los corazones de los infelices
-jornaleros de la Hacienda pública.
-
---Hoy os dan la paga--dijo Villaamil á su amigote, suspendiendo aquel
-reir franco y bonachón de que afectado estaba.
-
-Ya se conocía en el ruido de pisadas, en el sonar de timbres, en el
-movimiento y animación de las oficinas, que había empezado la operación.
-Cesaba el trabajo, se ataban los legajos, eran cerrados los pupitres, y
-las plumas yacían sobre las mesas entre el desorden de los papeles y las
-arenillas que se pegaban á las manos sudorosas. En algunos
-departamentos, los funcionarios acudían, conforme les iban llamando, al
-despacho de los habilitados, que les hacían firmar la nominilla y les
-daban el trigo. En otros, los habilitados mandaban un ordenanza con los
-santos cuartos en una hortera, en plata y billetes chicos, y la
-nominilla. El Jefe de la sección se encargaba de distribuir las raciones
-de metálico y de hacer firmar á cada uno lo que recibía.
-
-
-
-
-XXXVII
-
-
-Es cosa averiguada que cuando Villaamil vió entrar al portero con la
-horterita aquélla, se excitó mucho, acentuando su increíble alegría, y
-expresándola de campechana manera. «¡Anda, anda, qué cara ponéis
-todos!... Aquí está ya el santo advenimiento... la alegría del mes...
-San Garbanzo bendito... ¡Pues apenas vais á echar mal pelo con tantos
-dinerales!...
-
-Pantoja empezó á repartir. Todos cobraron la paga entera, menos uno de
-los aspirantes, á quien entregó el Jefe el pagaré otorgado á un
-prestamista, diciendo: «Está usted cancelado», y Argüelles recibió un
-tercio no más, por tener retenido lo restante. Cogiólo torciendo el
-gesto, echando la firma en la nominilla con rasgos que declaraban su
-furia; y después, el gran Pantoja se guardó su parte pausada y
-ceremoniosamente, metiendo en su cartera los billetes, y los duros en el
-bolsillo del chaleco, bien estibaditos para que no se cayesen. Villaamil
-no le quitaba ojo mientras duró la operación, y hasta que no desapareció
-la última moneda no dejó de observarle. Le temblaba la mandíbula, le
-bailaban las manos.
-
---¿Sales?--dijo á su amigo, levantándose.--Nos iremos de paseo. Yo tengo
-hoy... muy buen humor...¿no ves?... Estoy muy divertido...
-
---Yo me quedo un rato más--respondió el _honrado_, que deseaba quitarse
-de encima aquella calamidad.--Tengo que ir un rato á Secretaría.
-
---Pues quédate con Dios... Me largo de paseo... Estoy contentísimo... y
-de paso, compraré unas píldoras.
-
---¿Píldoras? Te sentarán bien.
-
---¡Ya lo creo!... Abur; hasta más ver. Señores, que sea por muchos
-años... Y que aproveche... Yo bueno, gracias...
-
-En la escalera de anchos peldaños desembocaban, como afluentes que
-engrasan el río principal, las multitudes que á la misma hora chorreaban
-de todas las oficinas. Contribuciones y Propiedades descargaban su
-personal en el piso segundo; descendía la corriente uniéndose luego á la
-numerosa grey de Secretaría, Tesoro y Aduanas. El humano torrente,
-haciendo un ruido de mil demonios de peldaño en peldaño, apenas cabía en
-la escalera, y mezclábanse los pisotones con la charla gozosa y
-chispeante de un día de paga. En los oídos de Villaamil añadíase al
-murmullo inmenso el tintineo de los duros, recién guardados en tanta
-faltriquera. Pensó que el metal de los pesos debía de estar frío aún;
-pero se calentaría pronto al contacto del cuerpo, y aun se derretiría al
-de las necesidades. Al llegar al vasto ingreso que separa del pórtico la
-escalera, veíanse en los patios de derecha ó izquierda afluir las
-muchedumbres de Impuestos, Tesorería y Giro Mutuo, y antes de llegar á
-la calle, las corrientes se confundían. Las capas deslucidas abundaban
-más que los raídos gabanes; pero también los había flamantes, y
-chisteras lustrosas, destacándose entre la muchedumbre de hongos
-chafados y verdinegros. El taconeo ensordecía la casa, y Villaamil oía
-siempre, por cima del rumor de pisadas, aquel tintín de las piezas de
-cinco pesetas. «Hoy--se dijo, echando toda su alma en un suspiro--han
-dado casi toda la paga en duros nuevecitos, y algo en pesetas dobles con
-el cuño de Alfonso».
-
-Al desaguar la corriente en la calle, iba cesando el ruido, y el
-edificio se quedaba como vacío, solitario, lleno de un polvo espeso
-levantado por las pisadas. Pero aun venían de arriba destacamentos
-rezagados de las multitudes oficinescas. Sumaban entre todos tres mil,
-tres mil pagas de diversa cuantía, que el Estado lanzaba al tráfico
-devolviendo por modo parabólico al contribuyente parte de lo que sin
-piedad le saca. La alegría del cobro, sentimiento característico de la
-humanidad, daba á la caterva aquélla un aspecto simpático y
-tranquilizador. Era sin duda una honrada plebe anodina, curada del
-espanto de las revoluciones, sectaria del orden y la estabilidad, pueblo
-con gabán y sin otra idea política que asegurar y defender la pícara
-olla; proletariado burocrático, lastre de la famosa nave; masa
-resultante de la hibridación del pueblo con la mesocracia, formando el
-cemento que traba y solidifica la arquitectura de las instituciones.
-
-Embozábase Villaamil en su pañosa para resguardarse del frío callejero,
-cuando le tocaron en el hombro. Volvióse y vió á Cadalso, quien le ayudó
-á asegurar el embozo liándoselo al cuello.
-
---¿Qué tiene usted... de qué se ríe usted?
-
---Es que... estoy esta tarde muy contento... Á bien que á ti no te
-importa. ¿No puede uno ponerse alegre cuando le da la real gana?
-
---Sí... pero... ¿Va usted á casa?
-
---Otra cosa que no es de tu incumbencia. ¿Tú adónde vas?
-
---Arriba á recoger mi título... Yo también estoy hoy de enhorabuena.
-
---¿Te han dado otro ascenso? No me extrañaría. Tienes la sartén por el
-mango. Mira, que te hagan Ministro de una vez; acaba de ponerte el mundo
-por montera antes que se acaben las carcamales.
-
---No sea usted guasón. Digo que estoy de enhorabuena, porque me he
-reconciliado con mi hermana Quintina y el salvaje de su marido. Él se
-queda con aquella maldecida casa de Vélez-Málaga que no valía dos higos,
-paga las costas, y yo...
-
---Suma y van tres... Otra cosa que á mí me tiene tan sin cuidado como el
-que haya ó no pulgas en la luna. ¿Qué se me da á mí de tu hermana
-Quintina, de Ildefonso, ni de que hagáis ó no cuantas recondenadas paces
-queráis?
-
---Es que...
-
---Anda, sube, sube pronto y déjame á mí. Porque yo te pregunto: ¿en qué
-cochino bodegón hemos comido juntos? Tú por tu camino, lleno de flores;
-yo por el mío. Si te dijera que con toda tu buena suerte no te envidio
-ni esto... Más quiero honra sin barcos que barcos sin honra. Agur...
-
-No le dió tiempo á más explicaciones, y asegurándose otra vez el embozo,
-avanzó hacia la calle. Antes de traspasar la puerta, le tiraron de la
-capa, acompañando el tirón de estas palabras amigables:
-
---¡Eh, simpático Villaamil, aunque usted no quiera!...
-
-Urbanito Cucúrbitas, pollancón rubio, ralo de pelo, estirado, zancudo y
-con mucha nuez; semejante á vástago precoz de la raza gallinácea que
-llaman Cochinchina; vestido con elegante traje á cuadros, cuello
-larguísimo, de cucurucho, hongo claro; manos y pies inconmensurables,
-muy limpio y la boca risueña, enseñando hasta los molares, que bien
-podrían llamarse del juicio si alguno tuviera.
-
---¡Hola, Urbanito!... ¿Has cobrado tu paga?
-
---Sí, aquí la llevo (tocándose el bolsillo y haciendo sonar la plata);
-casi todo en pesetas. Me voy á dar una vuelta por la Castellana.
-
---¿En busca de alguna conquistilla?... Hombre feliz... Para ti es el
-mundo. ¡Qué risueño estás! Pues mira; yo también estoy de vena hoy...
-Dime, ¿y tus hermanitos, han cobrado también sus paguillas? Dichosos los
-nenes á quienes el Estado les pone la teta en la boca, ó el biberón. Tú
-harás carrera, Urbanito; yo sostengo que eres muy listo, contra la
-opinión general que te califica de tonto. Aquí el tonto soy yo.
-Merezco, ¿sabes qué?; pues que el Ministro me llame, me haga arrodillar
-en su despacho y me tenga allá tres horas con una coroza de orejas de
-burro... por imbécil, por haberme pasado la vida creyendo en la moral,
-en la justicia y en que se deben nivelar los presupuestos. Merezco que
-me den una carrera en pelo, que me pongan motes infamantes, que me
-llamen _el señor de Miau_, que me hagan aleluyas con versos chabacanos
-para hacer reir hasta á las paredes de la casa... No, si no lo digo en
-son de queja; si ya ves... estoy contento, y me río... me hace una
-gracia atroz mi propia imbecilidad.
-
---Mire usted, querido D. Ramón (poniéndole ambas manos en los hombros).
-Yo no he tenido arte ni parte en los monigotes. Confieso que me reí un
-poco cuando Guillén los llevó á mi oficina; no niego que me entró
-tentación de enseñárselos á mi papá, y se los enseñé...
-
---Pero si yo no te pido explicaciones, hijo de mi alma.
-
---Déjeme acabar... Y mi papá se puso furioso y á poco me pega. Total,
-que enterado Guillén de las cosas que mi papá dijo, salió á espetaperros
-de nuestra oficina, y no ha vuelto á parecer. Yo digo que ello puede
-pasar como broma de un rato. Pero ya sabe usted que le respeto, que me
-parece una tontería juntar las iniciales de sus cuatro Memorias que nada
-significan, para sacar una palabra ridícula y sin sentido.
-
---Poco á poco, amiguito (mirándole á los ojos). Á que la palabra _Miau_
-sea una sandez, no tengo nada que objetar; pero no estoy conforme con
-que las cuatro iniciales no encierren una significación profunda...
-
---¡Ah!... ¿sí? (suspenso).
-
---Porque es preciso ser muy negado ó no tener pizca de buena fe para no
-reconocer y confesar que la M, la I, la A y la U, significan lo
-siguiente: _Mis... Ideas... Abarcan... Universo_.
-
---¡Ah!... ya... bien decía yo... Don Ramón, usted debe cuidarse.
-
---Si bien no faltará quien sostenga... y yo no me atrevería á
-contradecirlo de plano... quien sostenga, quizás con algún fundamento,
-que las cuatro misteriosas letras rezan esto: _Ministro... I...
-Administrador... Universal_.
-
---Pues mire usted, esa interpretación me parece una cosa muy sabia y con
-muchísimo intríngulis.
-
---Lo que yo te digo: hay que examinar imparcialmente todas las
-versiones, pues éste dice una cosa, aquél sostiene otra, y no es fácil
-decidir... Yo te aconsejo que lo mires despacio, que lo estudies, pues
-para eso te da el Gobierno un sueldo, sin ir á la oficina más que un
-ratito por la tarde, y eso no todos los días... Y que tus hermanitos lo
-estudien también con el biberón de la nómina en los labios. Adiós;
-memorias á papá. Dile que crucificado yo, por imbécil, en el madero
-afrentoso de la tontería, á él le toca darme la lanzada, y á Montes la
-esponja con hiel y vinagre, en la hora y punto en que yo pronuncie mis
-Cuatro Palabras, diciendo: _Muerte... Infamante... Al... Ungido..._ Esto
-de ungido quiere decir... para que te enteres... _lleno de basura_, ó
-embadurnado todo de materias fétidas y asquerosas, que son el símbolo de
-la zanguanguería, ó llámese principios.
-
---Don Ramón... ¿va usted á su casa? ¿quiere que le acompañe? Tomaré un
-coche.
-
---No, hijo de mi alma; vete á tu paseíto. Yo me voy _pian pianino_.
-Antes tengo que comprar unas píldoras... aquí en la botica.
-
---Pues le acompañaré... y si quiere que veamos antes á un médico...
-
---¡Médico! (riendo desaforadamente). Si en mi vida me he sentido más
-sano, más terne... Déjame á mí de médicos. Con estas pildoritas...
-
---De veras, ¿no quiere que le acompañe?
-
---No, y digo más: te suplico que no lo hagas. Tiene uno sus secretillos,
-y el acto, al parecer insignificante, de comprar tal ó cual medicina,
-puede evocar el pudor. El pudor, chico, aparece donde menos se piensa.
-¿Qué sabes tú si soy yo un joven, digo, un anciano disoluto? Conque vete
-por tu camino, que yo tomo el de la farmacia. Adiós, niño salado,
-chiquitín del Ministerio, diviértete todo lo que puedas; no vayas á la
-oficina más que á cobrar; haz muchas conquistas; pica siempre muy alto;
-arrímate á las buenas mozas, y cuando te lleven á informar un
-expediente, pon la barbaridad más gorda que se te ocurra... Adiós,
-adiós... Sabes que se te quiere.
-
-Fuese el pollancón por la calle de Alcalá abajo, y Villaamil, después de
-cerciorarse de que nadie le seguía, tomó en dirección de la Puerta del
-Sol, y antes de llegar á ella, entró en la que llamaba botica; es á
-saber: en la tienda de armas de fuego que hay en el número 3.
-
-
-
-
-XXXVIII
-
-
-Notaban aquellos días doña Pura y su hermana algo desusado en las
-maneras, en el lenguaje y en la conducta del buen Villaamil, que si en
-actos de relativa importancia se mostraba excesivamente perezoso y
-apático, en otros de ningún valor y significación desplegaba brutales
-energías. Tratóse de la boda de Abelarda, de señalar fecha y de fijar
-ciertos puntos á tan gran suceso pertinentes, y el hombre no dijo esta
-boca es mía. Ni la bonita herencia de su futuro yerno (pues ya se había
-llevado Dios al tío notario) le arrancó una sola de aquellas hipérboles
-de entusiasmo que de la boca de doña Pura salían á borbotones. En
-cambio, á cualquier tontería daba Villaamil la importancia de suceso
-transcendente, y por si su mujer cerró la puerta con algún ruido
-(resultado de lo tirantes que tenía los nervios), ó por si le habían
-quitado, para ensortijarse la cabellera, un número de _La
-Correspondencia_, armó un cisco que hubo de durar media mañana.
-
-También merece notarse que Abelarda acogió la formalización de su boda
-con suma indiferencia, la cual, á los ojos de la primera _Miau_, era
-modestia de hija modosa bien educada, sin más voluntad que la de sus
-padres. Los preparativos, en atención al ahogo de la familia, habían de
-ser muy pobres, casi nulos, limitándose á algunas prendas de ropa
-interior, cuya tela se adquirió con un donativo de Víctor, del cual no
-se dió cuenta á Villaamil para evitar susceptibilidades. Debo advertir
-que desde la escena aquella en las Comendadoras, Víctor apenas paraba en
-la casa. Rarísimas noches entraba á dormir, y comía y almorzaba fuera
-todos los días. Los tertulios de la casa eran los mismos, excepto
-Pantoja y familia, que escaseaban sus visitas, sin que doña Pura
-penetrase la causa de este desvío, y Guillén, que definitivamente se
-eclipsó, muy á gusto de las tres _Miaus_. Las repetidas ausencias de
-Virginia Pantoja motivaron gran atraso en los ensayos de la pieza. Á la
-señorita de la casa se le olvidó en absoluto su papel, y por estas
-razones y por la desgana de fiestas que Pura sentía mientras no se
-resolviera el problema de la colocación de su esposo, fué abandonado el
-proyecto de función teatral.
-
-Federico Ruiz, consecuente siempre, iba algunos ratos por las tardes,
-pidiendo mil perdones á las _Miaus_ por quitarles su tiempo, pues no
-ignoraba que debían de estar sobre un pie con los preparativos...
-¡Dichosos preparativos, y cuántos castillos y torres edificó sobre
-cimiento tan frágil la imaginación fecunda de la esposa de Villaamil!...
-Una mañana entró Ruiz muy sofocado, seguido de su mujer, ambos
-despidiendo alegría de sus ojos, ebrios de júbilo, deseando que los
-amigos participaran de su dicha.
-
-Vengo--dijo él casi sin aliento--á que nos den la enhorabuena. Sé que
-nos quieren y que se alegrarán de verme colocado.
-
-Tanto Federico como Pepita fueron sucesivamente abrazados por las tres
-_Miaus_. En esto salió de su despacho olfateando alegría el buen
-Villaamil, y antes de que Ruiz tuviera tiempo de embocarle la venturosa
-nueva, le cogió en los brazos, diciéndole:
-
---Sea mil y mil veces enhorabuena, queridísimo... Bien merecido lo
-tiene, y muy requetebién ganado.
-
---Gracias, muchísimas gracias--dijo Ruiz constreñido en los enormes
-brazos de Villaamil, que apretaba con nerviosa contracción.--Pero, por
-la Virgen Santísima, no me apriete tanto, que me va á ahogar... D.
-Ramón... ¡ay, ay! que me hace añicos...
-
---Pero, hombre--dijo Pura á su marido sorprendida y temerosa,--¿qué
-manera de abrazar?
-
---Es que...--balbució el cesante--quiero darle un parabién bien dado...
-una enhorabuena de padre y muy señor mío, para que le quede memoria de
-mí y de lo muy contento que estoy por su triunfo. ¿Y qué es ello?
-
---Una comisioncilla en Madrid mismo... esa es la ganga... para estudiar
-y proponer mejoras en el estudio de las ciencias naturales... á fin de
-que resulte práctico.
-
---¡Oh, cosa buena!... Ni sé cómo no se les había ocurrido antes. ¡Y este
-mísero País vive ignorando cómo se enseñan las ciencias naturales!
-Felizmente, ahora, amigo Ruiz, vamos á salir de dudas... Nuestro sabio
-Gobierno tiene una mano para escoger el personal... Así está la Nación
-reventando de gusto. Pues digo, si tendrá su aquel la comisioncita.
-Golpes de esos bastan á salvar la patria oprimida... En fin, lo celebro
-mucho... Y digo más, Sr. de Ruiz; si usted está de enhorabuena, no lo
-está menos el País, que debe ponerse á tocar las castañuelas al saber
-que tiene quien le estudie eso... ¿verdad? Con su permiso, me vuelvo á
-trabajar. Mil millones de plácemes.
-
-Sin esperar lo que Federico contestaba á estas expansiones calurosas, el
-buen hombre se metió de rondón en su despacho. Algo extrañó á los
-Ruíces, lo mismo que á las _Miaus_, aquella manera desordenada y
-estrepitosa de dar enhorabuenas; pero disimularon su extrañeza. Fuéronse
-los felicitados para seguir sus visitas de dar parte, cosechando á
-granel las felicitaciones. Y no era la comisioncita el único motivo de
-contento que Ruiz aquella mañana tenía, pues el correo le trajo nueva
-satisfacción con que no contaba. Era nada menos que el diploma de una
-sociedad portuguesa, cuyo objeto es enaltecer á los que realizan actos
-heroicos en los incendios, y también á los que propagan por escrito las
-mejores teorías sobre este útil servicio. Todo individuo perteneciente á
-dicha asociación tenía derecho, según rezaba el diploma, á usar el
-título de _Bombeiro, salvador da humanidade_, y á ponerse un vistosísimo
-uniforme con relucientes bordados. El figurín de la deslumbradora casaca
-acompañaba al nombramiento. ¡Si estaría hueco el hombre con su comisión
-(de que dependía el porvenir científico de España), con los honores de
-_bombeiro_, y con la librea reluciente que pensaba lucir en la primera
-coyuntura pública y solemne que se le presentase!
-
-Luisito salió á paseo aquella tarde con Paca, y al volver se puso á
-estudiar en la mesa del comedor. Pasado el extrañísimo, increíble
-arrechucho de Abelarda en la famosa noche de que antes hablé, el cerebro
-de la insignificante quedó aparentemente restablecido, hasta el punto
-de que un olvido benéfico y reparador arrancó de su mente los vestigios
-del acto. Apenas lo recordaba la joven con la inseguridad de sueño
-borroso, como pesadilla estúpida cuya imagen se desvanece con la luz y
-las realidades del día. Ocupábase en coser su ajuar, y Luis, cansado del
-estudio, se entretenía en quitarle y esconderle los carretes de algodón.
-«Chiquillo--le dijo su tía sin incomodarse,--no enredes. Mira que te
-pego». En vez de pegarle, le daba un beso, y el sobrinillo se
-envalentonaba más, ideando otras travesuras, como suyas, poco
-maliciosas. Pura ayudaba á su hija en los cortes, y Milagros funcionaba
-en la cocina, toda tiznada, el mandilón hasta los pies. Villaamil
-siempre encerrado en su leonera. Tal era la situación de los individuos
-de la familia, cuando sonó la campanilla y cátate á Víctor.
-Sorprendiéronse todos, pues no solía ir á semejante hora. Sin decir nada
-pasó á su cuartucho, y se le sintió allí lavándose y sacando ropa del
-baúl. Sin duda estaba convidado á una comida de etiqueta. Esto pensó
-Abelarda, poniendo especial estudio en no mirarle ni dirigir siquiera
-los ojos á la puerta del menguado aposento.
-
-Pero lo más singular fué que á poco de la entrada del monstruo, sintió
-la sosa en su alma, de improviso, con aterradora fuerza, la misma
-perturbación de la noche de marras. Estalló el trastorno cerebral como
-una bomba, y en el mismo instante toda la sangre se le removía, amargor
-de odio hacíale contraer los labios, sus nervios vibraban, y en los
-tendones de brazos y manos se iniciaba el brutal prurito de agarrar, de
-estrujar, de hacer pedazos algo, precisamente lo más tierno, lo más
-querido y por añadidura lo más indefenso. Tuvo Cadalsito, en tan crítica
-ocasión, la mala idea de tirarle del hilo de unos hilvanes, y la tela se
-arrugó... «Chiquillo, si no te estás quieto, verás», gritó Abelarda, con
-eléctrica conmoción en todo el cuerpo, los ojos como ascuas. Quizás no
-habría pasado á mayores; pero el tontín, queriendo echárselas de muy
-pillo, volvió á tirar del hilo, y... aquí fué Troya. Sin darse cuenta de
-lo que hacía, obrando cual inconsciente mecanismo que recibe impulso de
-origen recóndito, Abelarda tendió un brazo, que parecía de hierro, y de
-la primera manotada le cogió de lleno á Luis toda la cara. El restallido
-debió de oírse en la calle. Al hacerse para atrás, vaciló la silla en
-que el chico estaba, y ¡pataplúm!, al suelo.
-
-Doña Pura dió un chillido... «¡Ay, hijo de mi alma!... ¡mujer!», y
-Abelarda, ciega y salvaje, de un salto cayó sobré la víctima, clavándole
-los dedos furibundos en el pecho y en la garganta. Como las fieras
-enjauladas y entumecidas recobran, al primer rasguño que hacen al
-domador, toda su ferocidad, y con la vista y el olor de la primera
-sangre pierden la apatía perezosa del cautiverio, así Abelarda, en
-cuanto derribó y clavó las uñas á Luisito, ya no fué mujer, sino el ser
-monstruoso creado en un tris por la insana perversión de la naturaleza
-femenina. «¡Perro, condenado... te ahogo! ¡embustero, farsante... te
-mato!», gruñía rechinando los dientes; y luego buscó con ciego tanteo
-las tijeras para clavárselas. Por dicha, no las encontró á mano.
-
-Tal terror produjo el acto en el ánimo de doña Pura, que se quedó
-paralizada sin poder acudir á evitar el desastre, y lo que hizo fué dar
-chillidos de angustia y desesperación. Acudió Milagros, y también Víctor
-en mangas de camisa. Lo primero que hicieron fué sacar al pobre
-Cadalsito de entre las uñas de su tía, operación no difícil, porque
-pasado el ímpetu inicial, la fuerza de Abelarda cedió bruscamente. Su
-madre tiraba de ella, ayudándola á levantarse, y de rodillas aún,
-convulsa, toda descompuesta, su voz temblorosa y cortada, balbucía:
-
---Ese infame... ese trasto... quiere acabar conmigo... y con toda la
-familia...
-
---Pero, hija, ¿qué tienes?...--gritaba la mamá sin darse cuenta del
-brutal hecho, mientras Víctor y Milagros examinaban á Luisito, por si
-tenía algún hueso roto. El chico rompió á llorar, el rostro encendido,
-la respiración fatigosa.
-
---¡Dios mío, qué atrocidad!--murmuró Víctor ceñudamente.
-
-Y en el mismo instante se determinaba en Abelarda una nueva fase de la
-crisis. Lanzó tremendo rugido, apretó los dientes, rechinándolos, puso
-en blanco los ojos y cayó como cuerpo muerto, contrayendo brazos y
-piernas y dando resoplidos. Aparece entonces Villaamil pasmado de aquel
-espectáculo: su hija con pataleta, Luisito llorando, la cara rasguñada,
-doña Pura sin saber á quién atender primero, los demás turulatos y
-aturdidos.
-
---No es nada--dijo al fin Milagros, corriendo á traer un vaso de agua
-fría para rociarle la cara á su sobrina.
-
---¿No hay por ahí éter?--preguntó Víctor.
-
---Hija, hija mía--exclamó el padre,--¿qué te pasa? Vuelve en ti.
-
-Había que sujetarla para que no se hiciese daño con el pataleo incesante
-y el bracear violentísimo. Por fin, la sedación se inició tan enérgica
-como había sido el ataque. La joven empezó á exhalar sollozos, á
-respirar con esfuerzo como si se ahogara, y un llanto copiosísimo
-determinó la última etapa del tremendo acceso. Por más que intentaban
-consolarla, no tenía término aquel río de lágrimas. Lleváronla á su
-lecho, y en él siguió llorando, oprimiéndose con las manos el corazón.
-No parecía recordar lo que había hecho. Entre Villaamil y Cadalso
-habían conseguido acallar á Luisito, convenciéndole de que todo había
-sido una broma un poco pesada.
-
-De repente el jefe de la familia se cuadró ante su yerno, y con temblor
-de mandíbula, intensa amarillez de rostro y mirada furibunda, gritó:
-
---De todo esto tienes tú la culpa, danzante. Vete pronto de mi casa, y
-ojalá no hubieras entrado nunca en ella.
-
---¡Que tengo yo la culpa!... ¡Pues no dice que yo...!--respondió el otro
-descaradamente.--Ya me parecía á mí que no estaba usted bueno de la
-jícara...
-
---La verdad es--observó Pura, saliendo del cuarto próximo,--que antes de
-que tú vinieras no pasaban en mi casa estas cosas que nadie entiende.
-
---¡Ahí también usted... No parece sino que me hacen un favor con tenerme
-aquí. ¡Y yo creí que les ayudaba á pasar la travesía del ayuno! Si me
-marcho, ¿dónde encontrarán un huésped mejor?
-
-Villaamil, ante tanta insolencia, no encontraba palabras para expresar
-su indignación. Acarició el respaldo de una silla, con prurito de
-blandirla en alto y estampársela en la cabeza á su hijo político. Pudo
-dominar las ganas que de esto tenía, y reprimiendo su ira con fortísima
-rienda, le dijo con voz hueca de sochantre:
-
---Se acabaron las contemplaciones. Desde este momento estás de más
-aquí. Recoge tus bártulos y toma el portante, sin ningún género de
-excusas ni aplazamiento.
-
---No se apure usted... No parece sino que estoy en Jauja.
-
---Jauja ó no Jauja (á punto de estallar), ahora mismo fuera. Vete á
-vivir con los esperpentos que te protegen. ¿De qué te sirve esta familia
-pobre y desgraciada? Aquí no hay credenciales, ni destinos, ni
-recomendaciones, ni nada, como dijo el otro. Y en esta pobreza honrada
-somos felices. ¿No ves lo contento que yo estoy? (Castañeteando los
-dientes.) En cambio tú no tendrás paz en el pináculo de tus glorias,
-alcanzadas por el deshonor... Pronto, á la calle... El señor de _Miau_
-quiere perderte de vista.
-
-Víctor lívido, doña Pura asustada, Luisito con ganas de romper á llorar
-nuevamente, Milagros haciendo pucheros...
-
---Bien--dijo Cadalso con aquella gallardía que sabía poner en sus
-resoluciones, siempre que eran mortificantes.--Me voy. También yo lo
-deseaba, y no lo había hecho por caridad, porque soy aquí un sostén, no
-una carga. Pero la separación será absoluta. Me llevo á mi hijo.
-
-Las dos _Miaus_ le miraron aterradas. Villaamil apretó con ferocidad los
-dientes.
-
---¿Pues qué...? Después de lo que ha pasado hoy--añadió
-Víctor,--¿todavía pretenden que yo deje aquí á este pedazo de mi vida?
-
-La lógica de esto argumento desconcertó á lodos los _Miaus_ de ambos
-sexos.
-
---¡Pero qué tonto!--insinuó doña Pura con ganas de capitular,--¿crees tú
-que esto volverá á pasar? ¿Y adónde vas con tu hijo, adónde? Si el
-pobrecito no quiere separarse de nosotros.
-
-Poco le faltaba para llorar. Milagros dijo:
-
---No, lo que es el niño no sale de aquí.
-
---¡Vaya si sale!--sostuvo Cadalso con brutal resolución.--Á ver: saque
-usted toda la ropita de mi hijo para juntarla con la mía.
-
---Pero, ¿adónde le llevas?, bobo, simple... ¡Qué cosas se te ocurren tan
-disparatadas!
-
---Por sabido se calla. Su tía Quintina le criará y le educará mejor que
-ustedes.
-
-Doña Pura se sentó, atacada de gran congoja, sudor frío y latidos
-dolorosos del corazón. Vaya, que después de la hija, la madre iba á caer
-con la pataleta. Villaamil dió una vuelta sobre sí mismo, como si le
-hiciera girar el vértice de un ciclón interior, y después de parar en
-firme; abrióse de piernas, alzó los brazos enormes, simulando la figura
-de San Andrés clavado en las aspas, y rugió con toda la fuerza de sus
-pulmones:
-
---¡Que se lo lleve... que se lo lleve con mil demonios! Mujeres locas,
-mujeres cobardes, ¿no sabéis que _Morimos... Inmolados... Al...
-Ultraje_?
-
-Y tropezando en las paredes corrió hacia el gabinete. Su mujer fué
-detrás, creyendo que iba disparado á arrojarse por el balcón á la calle.
-
-
-
-
-XXXIX
-
-
---No cedo, no cedo--dijo Víctor á Milagros, al quedarse solo con
-ella.--Me llevo á mi hijo. ¿Pero no comprende usted que no podré vivir
-con tranquilidad dejándole aquí después de lo que ha pasado hoy?
-
---¡Por Dios, hijo!--le respondió con dulzura _la pudorosa Ofelia_,
-queriendo someterle por buenas.--Todo ello es una tontería... No volverá
-á suceder. ¿No ves que es nuestro único consuelo este mocoso?... y si
-nos le quitas...
-
-La emoción le cortaba la palabra. Calló la artista, tratando de
-disimular su pena, pues harto sabía que como la familia mostrase vivo
-interés en la posesión de Luisito, esto sólo era motivo suficiente para
-que el monstruo se obstinase en llevársele. Creyó oportuno dejar el
-delicado pleito en las manos diplomáticas de doña Pura, que sabía tratar
-á su yerno combinando la energía con la suavidad. Al ir la _Miau_ mayor
-al gabinete en seguimiento de su marido, le encontró arrojado en un
-sillón, la cabeza entre las manos.
-
---¿Qué te parece que debemos hacer?--le dijo ella confusa, pues no había
-tenido tiempo aún de tomar una resolución. Grande, inmensa fué la
-sorpresa de doña Pura, cuando su marido, irguiendo la frente, respondió
-estas inverosímiles palabras:
-
---Que se lo lleve cuando quiera. Será un trance doloroso verle salir de
-aquí; pero ¡qué remedio!... Por lo demás, no hay que remontarse, y digo
-más... digo que, en efecto, mejor estará el chiquillo con Quintina que
-con... _vosotras_.
-
-Al oir esto, _la figura de Fra Angélico_ examinó en silencio, atónita,
-el turbado rostro del cesante. La sospecha de que empezaba á perder la
-razón, confirmóse entonces, oyéndole decir aquel gran desatino. «¡Que
-estará mejor con Quintina que con nosotras! Tu no estás en tu juicio,
-Ramón».
-
---Y dejando á un lado lo que al niño convenga (atenuando su crueldad),
-Víctor es su padre, y tiene sobre él más autoridad que nosotros. Si él
-quiere llevársele...
-
---Es que no querrá... ¡Pues no faltaba otra! Verás cómo arreglo yo á ese
-truhán...
-
---Yo no le diría una palabra, ni me rebajaría á tratar con él (cayendo
-en gran aplanamiento, sedación enérgica de su furia pasada). Yo le
-dejaría hacer su gusto. Tiene la autoridad, ¿sí ó no? Pues si la tiene,
-á nosotros nos corresponde callar y sufrir.
-
---¿Pues no dice que callemos y suframos (espantada y briosa), cuando ese
-vil nos quiere quitar nuestra única alegría?... Tú no estás bueno. Te
-aseguro que Víctor se llevará al niño, pero ha de ser á la fuerza,
-atropellándonos, y no sin que yo le arranque las orejas á ese perro.
-
---Pues mi opinión es no cuestionar con semejante tipo... Se me figura
-que si le veo otra vez delante de mí, le muerdo... Siento algo como una
-ansiedad física de clavar los dientes en alguien. Créelo, mujer, la
-Administración está deshonrada; ya no podrá decir _el probo_ y _sufrido
-personal_ de Hacienda, como se decía antes. Y lo que en cuanto á
-nivelación del presupuesto, que se limpien. Con esta chusma que va
-invadiendo la casa, es imposible.
-
---¿Pero á qué me sacas ahora la Administración (exaltada), ni qué tiene
-que ver el burro con las témporas? ¡Ay, Ramón, tú no estás bueno! Déjame
-á mí de _probos_... Que les parta un rayo. Mírate en tu espejo, y abre
-esos ojos, ábrelos...
-
---¡Abiertos, muy abiertos los tengo! (Intencionadamente.) ¡Y qué
-horizontes ante mí!
-
-Viendo que no podía ponerse de acuerdo con su marido, volvió á
-emprenderla con Víctor, que no había salido aún. Contra la creencia de
-Pura, el otro continuaba inflexible, sosteniendo su acuerdo con
-tenacidad digna de mejor causa. Á entrambas _Miaus_ se les habría podido
-ahogar con un cabello, y Abelarda, confesándose autora del conflicto,
-lloraba en su lecho como una Magdalena. Entre atender á su hija y
-discutir con Víctor, doña Pura tenía que duplicarse, corriendo de aquí
-para allí, mas sin poder dominar la aflicción de la una ni la implacable
-contumacia del otro. Nunca había visto al guapo mozo tan encastillado en
-una resolución, ni encontraba el busilis de tanta crueldad y firmeza.
-Para ello habría sido preciso estar al tanto de lo ocurrido el día
-anterior en casa de los de Cabrera. Éste ganó en segunda instancia el
-famoso pleito de la casucha de Vélez-Málaga, siendo Víctor condenado á
-reintegrar el valor de la finca y al pago de costas. El irreconciliable
-Ildefonso le había echado ya el dogal al cuello y disponíase á apretar,
-reteniéndole la paga, persiguiéndole y acosándole sin piedad ni
-consideración. Pero del fallo judicial tomó pie la muy lagarta de
-Quintina para satisfacer sus aspiraciones maternales, y engatusando á
-Cabrera con estudiadas zalamerías y carantoñas, obtuvo de él que
-aprobara las bases del siguiente convenio: «Se echaría tierra al asunto;
-Ildefonso pagaría las costas (quedándose con la casa, se entiende). Y
-Víctor les entregaría á su hijo». Vió el cielo abierto Cadalso, y aunque
-le hacía mala boca arrancar al chiquillo del poder y amparo de sus
-abuelos, hubo de aceptar á ojos cerrados. Todo se reducía á pasar un mal
-rato en casa de las _Miaus_, á recibir algún arañazo de Pura y otro de
-Milagros y una dentellada quizás de Villaamil. He aquí muy claro el
-móvil de la determinación por la cual hubo de cambiar de casa y de
-familia el célebre Cadalsito.
-
-En lo más recio del trajín que Milagros y Pura traían, corriendo de
-Abelarda inconsolable á Víctor inflexible, con escala en Luisito, que
-también había vuelto á gimotear, entró Ponce. No podía venir en peor
-ocasión, y su presunta suegra, contrariada con la visita, le enchiqueró
-en la sala para decirle: «Ese trasto de Víctor nos ha hecho una pillada.
-Hemos tenido aquí hoy una verdadera tragedia. Figúrese usted que ha dado
-en llevarse al chiquitín, arrancándolo de este hogar, donde se ha
-criado. Estamos consternadísimas. Abelarda, al ver que ese verdugo se
-llevaba al niño á viva fuerza, cayó con un síncope atroz, pero atroz. En
-la cama la tenemos, hecha un mar de llanto. ¡Ay, hijo, qué rato hemos
-pasado!»
-
-Por fin, como Abelarda estaba vestida sobre el lecho, se permitió á
-Ponce pasar á verla. La insignificante no lloraba ya; tenía los ojos
-encendidos, los miembros desmadejados. El ínclito mancebo se sentó á la
-cabecera, apretándole la mano y permitiéndose el inefable exceso de
-besársela cuando no estaba presente la mamá, quien repitió delante de su
-hija la versión dada al novio sobre el suceso del día.
-
---¡Pero qué malo es ese hombre!--dijo el crítico á su amada.--Es una
-bestia apocalíptica.
-
---No lo sabes tú bien--respondió la chica, mirando fijamente á su novio
-mientras éste se acariciaba con el pañuelo sus siempre húmedos
-lagrimales.--Alma más negra no echó Dios al mundo... ¡Mira tú que es
-maldad; querer quitarnos á Luisito, nuestro encanto, nuestra dicha!
-Desde que nació está con nosotras. Nos debe la vida, porque le hemos
-cuidado como á las niñas de nuestros ojos; le sacamos adelante del
-sarampión y la tos ferina, con mil sacrificios. ¡Qué ingratitud, y qué
-infamia! Ya ves lo pacífica que soy. Más que pacífica soy cobarde,
-inofensiva, pues hasta cuando mato una pulga me da lástima del pobre
-animalito. Pues bien; á ese hombre, si á mano le tuviera, creo que le
-atravesaría de parte á parte con un cuchillo... Para que veas.
-
---Sosiégate, minina--dijo Ponce con voz meliflua.--Estás excitada. No
-hagas caso tú. ¿Me quieres mucho?
-
---¡Vaya si te quiero!--replicó Abelarda, plenamente decidida á tirarse
-por el Viaducto, es decir, á casarse con Ponce.
-
---Tu mamá te habrá dicho que hemos fijado el 3 de Mayo, día de la Cruz.
-¡Qué largo me está pareciendo el tiempo y con que lentitud corren noches
-y días.
-
---Pero todo llega... Detrás de un día viene otro--dijo Abelarda mirando
-al techo.--Todos los días son enteramente iguales.
-
-Las conferencias entre las dos _Miaus_ y Víctor duraron hasta que éste
-salió vestido de etiqueta, y toda la diplomacia de la una y los ruegos
-quejumbrosos de la otra no ablandaron el duro corazón de Cadalso. Lo más
-que obtuvieron fué aplazar la traslación de Luis hasta el día siguiente.
-Enterado Villaamil de esto, salió y dijo á su yerno con sequedad:
-
---Yo te prometo, te doy mi palabra de que lo llevaré yo mismo á casa de
-Quintina. No hay más que hablar... No necesitas tú volver más acá.
-
-Á esto respondió el monstruo que por la noche volvería á mudarse de
-ropa, añadiendo benévolamente que el acto de llevarse al hijo no
-significaba prohibición de que le vieran sus abuelos, pues podían ir á
-casa de Quintina cuando gustaran, y que así lo advertiría él á su
-hermana.
-
---Gracias, señor elefante--dijo doña Pura con desdén.
-
-Y Milagros:
-
---Lo que es yo... ¿allá?... ¡Estás tú fresco!
-
-Faltaba todavía un dato importante para apreciar la gravedad del asunto;
-faltaba conocer la actitud del interesado, si se prestaría de buen grado
-á cambiar de familia, ó si, por el contrario, se resistiría con la
-irreductible firmeza propia de la edad inocente. Su abuela, en cuanto
-el monstruo se fué, empezó á disponer el ánimo del chico para la
-resistencia, asegurándole que la tía Quintina era muy mala, que le
-encerraría en un cuarto obscuro, que la casa estaba llena de unas
-culebronas muy grandes y de bichos venenosos. Oía Cadalsito estas cosas
-con incredulidad, porque realmente eran papas demasiado gordas para que
-las tragase un niño ya crecidito y que empezaba á conocer el mundo.
-
-Aquella noche nadie tuvo apetito, y Milagros se llevaba para la cocina
-las fuentes lo mismo que habían ido al comedor. Villaamil no desplegó
-los labios sino para desmentir las terroríficas pinturas que su mujer
-hacía del domicilio de Cabrera. «No hagas caso, hijo mío; la tía
-Quintina es muy buena, y te cuidará y te mimará mucho. No hay allí sapos
-ni culebras, sino las cosas más bonitas que puedes imaginarte; santos
-que parece que están hablando, estampas lindísimas y altares soberbios,
-y... la mar de cosas. Vas á estar muy á gusto».
-
-Oyendo esto, Pura y Milagros se miraban atónitas, sin poder explicarse
-que el abuelo se pasase descarada y cobardemente al enemigo. ¿Qué vena
-le daba de apoyar la inicua idea de Víctor, llegando hasta defender á
-Quintina y pintando su casa como un paraíso infantil? ¡Lástima que la
-familia no estuviera en fondos, pues de lo contrario, lo primero sería
-llamar á un buen especialista en enfermedades de la cabeza para que
-estudiara la de Villaamil y dijere lo que dentro de ella ocurría.
-
-
-
-
-XL
-
-
-Cadalsito tampoco tuvo ganas de comer y menos de estudiar. Mientras le
-acostaban, la tiíta, completamente repuesta de aquel salvaje desvarío y
-sin tener de él más que vaga reminiscencia, le besó y le hizo extremadas
-caricias, no sin cierta escama del pequeño y aun de doña Pura. Milagros
-se quedó allí á dormir aquella noche, por lo que pudiera tronar.
-
-Luis cogió pronto el sueño; pero á media noche despertó con los síntomas
-anunciadores de la visión. Su tía Milagros cuidó de arroparle y hacerle
-mimos, acostándose al fin con él para que se tranquilizase y no tuviera
-miedo. Lo primero que vió el chiquillo al adormilarse, fué una extensión
-vacía, un lugar indeterminado, cuyos horizontes se confundían con el
-cielo, sin accidente alguno, casi sin términos, pues todo era igual, lo
-próximo y lo lejano. Discurrió si aquello era suelo ó nubes, y luego
-sospechó si sería el mar, que nunca había visto más que en pintura. Mar
-no debía de ser, porque el mar tiene olas que suben y bajan, y la
-superficie aquélla era como la de un cristal. Allá lejos, muy lejos,
-distinguió á su amigo el de la barba blanca, que se aproximaba
-lentamente recogiendo el manto con la mano izquierda y apoyándose con la
-otra en un bastón grande ó báculo como el que usan los obispos. Aunque
-venía de muy lejos y andaba despacio, pronto llegó delante de Cadalsito,
-sonriendo al verle. Acto continuo se sentó. ¿Dónde, si allí no había
-piedra ni silla? Todo ello era maravilloso en grado sumo, pues por
-encima de los hombros del Padre vió Luis el respaldo de uno de los
-sillones de la sala de su casa. Pero lo más estupendo de todo fué que el
-buen abuelo, inclinándose hacia él, le acarició la cara con su preciosa
-mano. Al sentir el contacto de los dedos que habían hecho el mundo y
-cuanto en él existe, sintió Cadalso que por su cuerpo corría un temblor
-gustosísimo.
-
---Vamos á ver--le dijo el amigo,--he venido desde la otra parte del
-mundo sólo por echar un párrafo contigo. Ya sé que te pasan cosas muy
-raras. Tu tía... ¡Parece mentira que queriéndote tanto!... ¿Tú entiendes
-esto? Pues yo tampoco. Te aseguro que cuando lo vi, me quedé como quien
-ve visiones. Luego tu papá, empeñado en llevarte con la tía Quintina...
-¿Sabes tú el porqué de estas cosas?
-
---Pues yo--opinó Luis con timidez, asombrándose de tener ideas propias
-ante la sabiduría eterna--creo que de todo lo que está pasando tiene la
-culpa el Ministro.
-
---¡El Ministro! (asombrado y sonriente).
-
---Sí, señor, porque si ese tío hubiera colocado á mi abuelo, todos
-estarían contentos y no pasaría nada.
-
---¿Sabes que me estás pareciendo un sabio de tomo y lomo?
-
---Mi abuelo furioso porque no le colocan y mi abuela lo mismo, y mi tía
-Abelarda también. Y mi tía Abelarda no puede ver á mi papá, porque mi
-papá le dijo al Ministro que no colocara á mi abuelo. Y como no se
-atreve con mi papá, porque puede más que ella, la emprendió conmigo.
-Después se puso á llorar... Dígame, ¿mi tía es buena ó es mala?
-
---Yo estoy en que es buena. Hazte cuenta que el achuchón de hoy fué de
-tanto como te quiere.
-
---¡Vaya un querer! Todavía me duele aquí, donde me clavó las uñas... Me
-tiene mucha tirria desde un día que le dije que se casara con mi papá.
-¿Usted no sabe? Mi papá la quiere; pero ella no le puede ver.
-
---Eso sí que es raro.
-
---Como usted lo oye. Mi papá le dijo una noche que estaba enamoradísimo
-de ella, por lo fatal... ¿sabe? y que él era un condenado, y qué sé yo
-qué...
-
---¿Pero á ti quien te mete á escuchar lo que dicen las personas mayores?
-
---Yo... estaba allí... (alzando los hombros).
-
---¡Vaya, vaya! ¡Qué cosas ocurren en tu casa! Se me figura que estás en
-lo cierto: el pícaro del Ministro tiene la culpa de todo. Si hubiera
-hecho lo que yo le dije, nada de esto pasaría. ¿Qué le costaba, en
-aquella casona tan llena de oficinas, hacer un hueco para ese pobre
-señor? Pero nada, no hacen caso de mí, y así anda todo. Verdad que
-tienen que atender á éste y al otro, y cuanto yo les digo, por un oído
-les entra y por otro les sale.
-
---Pues que le coloquen ahora... ¡vaya! Si usted va allá y lo manda
-pegando un bastonazo fuerte con ese palo en la mesa del Ministro...
-
---¡Quiá! No hacen caso. Pues si consistiera en bastonazos, por eso no
-había de quedar. Los doy tremendos, y como si no.
-
---Entonces, ¡contro! (envalentonado por tanta benevolencia), ¿cuándo le
-van á colocar?
-
---Nunca--declaró el Padre con serenidad, como si aquel _nunca_ en vez de
-ser desesperante fuera consolador.
-
---¡Nunca! (no entendiendo que esto se dijera con tanta calma). ¡Pues
-estamos aviados!
-
---Nunca, sí, y te añadiré que lo he determinado yo. Porque verás: ¿para
-qué sirven los bienes de ese mundo? Para nada absolutamente. Esto, que
-tú habrás oído muchas veces en los sermones, te lo digo yo ahora con mi
-boca, que sabe cuanto hay que saber. Tu abuelito no encontrará en la
-tierra la felicidad.
-
---¿Pues dónde?
-
---Parece que eres bobo. Aquí, á mi lado. ¿Crees que no tengo yo ganas de
-traérmele para acá?
-
---¡Ah!... (abriendo la boca todo lo que abrirse podía). Entonces... eso
-quiere decir que mi abuelo se muere.
-
---Y verdaderamente, chico, ¿á cuento de qué está tu abuelo en este mundo
-feo y malo? El pobre no sirve ya para nada. ¿Te parece bien que viva
-para que se rían de él, y para que un Ministrillo le esté desairando
-todos los días?
-
---Pero yo no quiero que se muera mi abuelo...
-
---Justo es que no lo quieras... pero ya ves... él está viejo, y, créelo,
-mejor le irá conmigo que con vosotros. ¿No lo comprendes?
-
---Sí (diciendo que sí por cortesía, pero sin estar muy convencido...)
-Entonces... ¿el abuelo se va á morir pronto?
-
---Es lo mejor que puede hacer. Adviérteselo tú; dile que has hablado
-conmigo, que no se apure por la credencial, que mande al Ministro á
-freir espárragos, y que no tendrá tranquilidad sino cuando esté conmigo.
-¿Pero qué es eso? ¿Por qué arrugas las cejas? ¿No comprendes eso,
-tontín? ¿Pues no dices que vas á ser cura y á consagrarte á mí? Si así
-lo piensas, vete acostumbrando á estas ideas. ¿No te acuerdas ya de lo
-que dice el Catecismo? Apréndetelo bien. El mundo es un valle de
-lágrimas, y mientras más pronto salís de él, mejor. Todas estas cosas,
-y otras que irás aprendiendo, las has de predicar tú en mi púlpito
-cuando seas grande, para convertir á los malos. Verás cómo haces llorar
-a las mujeres, y dirán todas que el padrito _Miau_ es un pico de oro.
-Dime, ¿no estás en ser clérigo y en ir aprendiendo ya unas miajas de
-misa, un poco de latín y todo lo demás?
-
---Sí, señor... Murillo me ha enseñado ya muchas cosas: lo que significa
-_aleluya_ y _gloria patri_, y sé cantar lo que se canta cuando alzan, y
-cómo se ponen las manos al leer los santísimos Evangelios.
-
---Pues ya sabes mucho. Pero es menester que te apliques. En casa de tu
-tía Quintina verás todas las cosas que se usan en mi culto.
-
---Me quieren llevar con la tía Quintina. ¿Qué le parece?... ¿voy?
-
-Al llegar aquí, Cadalsito, alentado por la amabilidad de su amigo, que
-le acariciaba con sus dedos las mejillas, se tomó la confianza de
-corresponder con igual demostración, y primero tímidamente, después con
-desembarazo, le tiraba de las barbas al Padre, quien nada hacía para
-impedirlo, ni se incomodaba diciendo como Villaamil: _¿en qué cochino
-bodegón hemos comido juntos?_
-
---Sobre eso de vivir ó no con los Cabreras, yo nada te digo. Tú lo
-deseas por la novelería de los juguetes eclesiásticos, y al mismo tiempo
-temes separarte de tus abuelitos. ¿Sabes lo que te aconsejo? Que
-llegado el momento, hagas lo que te salga de dentro.
-
---¿Y si me lleva mi papá á la fuerza sin dejarme pensarlo?
-
---No sé... me parece que á la fuerza no te llevará. En último caso,
-haces lo que mande tu abuelo. Si él te dice: «Á casa de Quintina», te
-callas, y andando.
-
---¿Y si me dice que no?
-
---No vas. Pásate sin los altaritos, y entretanto, ¿sabes lo que haces?
-Le dices al amigo Murillo que te dé otra pasada de latín, de ese que él
-sabe, que te explique bien la misa y el vestido del cura, cómo se pone
-el cíngulo, la estola, cómo se preparan el cáliz y la hostia para la
-consagración... en fin, Murillito está muy bien enterado, y también
-puede enseñarte á llevar el Viático á los enfermos, y lo que se reza por
-el camino.
-
---Bueno... Murillo sabe mucho; pero su padre quiere que sea abogado.
-¡Qué estúpido! Dice él que llegará á Ministro, y que se casará con una
-moza muy guapa. ¡Qué asco!
-
---Sí que es un asco.
-
---También _Posturas_ tenía malas ideas. Una tarde nos dijo que se iba á
-echar una querida y á jugar á la timba. ¿Qué cree usted? Fumaba colillas
-y era muy mal hablado.
-
---Todas esas mañas se le quitan aquí.
-
---¿Dónde está que no le veo con usted?
-
---Todos castigados. ¿Sabes lo que me han hecho esta mañana? Pues entre
-_Posturitas_ y otros pillos que siempre están enredando, me cogieron el
-mundo, ¿sabes?, aquel mundo azul que yo uso para llevarlo en la mano, y
-lo echaron á rodar, y cuando quise enterarme, se había caído al mar.
-Costó Dios y ayuda sacarlo. La suerte que es un mundo figurado, ¿sabes?,
-que no tiene gente, y no hubo que lamentar desgracias. Les di una mano
-de cachetes como para ellos solos. Hoy no me salen del encierro...
-
---Me alegro. Que la paguen. Y dígame, ¿dónde les encierra?
-
-La celestial persona, dejándose tirar de las barbas, miraba sonriendo á
-su amigo, como si no supiera qué decir.
-
---¿Dónde les encierra?... á ver... diga...
-
-La curiosidad de un niño es implacable, y ¡ay de aquel que la provoca y
-no la satisface al momento! Los tirones de barba debieron de ser
-demasiado fuertes, porque el bondadoso viejo, amigo de Luis, hubo de
-poner coto á tanta familiaridad.
-
---¿Que dónde les encierro?... Todo lo quieres saber. Pues les
-encierro... donde me da la gana. ¿Á ti qué te importa?
-
-Pronunciada la última palabra, la visión desapareció súbitamente, y
-quedóse el buen Cadalso hasta la mañana, durante el sueño, atormentado
-por la curiosidad de saber dónde les encerraba... ¿Pero dónde diablos
-les encerraría?
-
-
-
-
-XLI
-
-
-No pareció Víctor en toda la noche; pero á la mañana, temprano, fué á
-reiterar la temida sentencia respecto á Luis, no cediendo ni ante las
-conminaciones de doña Pura, ni ante las lágrimas de Abelarda y Milagros.
-El chiquillo, afectado por aquel aparato luctuoso, se mostró rebelde á
-la separación; no quería dejarse vestir ni calzar; rompió en llanto, y
-Dios sabe la que se habría armado sin la intervención discreta de
-Villaamil, que salió de su alcoba diciendo: «Pues es forzoso separarnos
-de él, no atosigarle, no afligir á la pobre criatura». Asombrábase
-Víctor de ver á su suegro tan razonable, y le agradecía mucho aquel
-criterio consolador, que le permitiría realizar su propósito sin apelar
-á la violencia, evitando escenas desagradables. Milagros y Abelarda,
-viendo el pleito perdido, retiráronse á llorar al gabinete. Pura se
-metió en la cocina echando de su boca maldiciones contra los Cabreras,
-los Cadalsos y demás razas enemigas de su tranquilidad, y en tanto
-Víctor le ponía las botas á su hijo, tratando de llevársele pronto,
-antes que surgieran nuevas complicaciones.
-
---Verás, verás--le decía--qué cosas tan monas te tiene allí la tía
-Quintina: santos magníficos, grandes como los que hay en las iglesias,
-y otros chiquitos para que tú enredes con ellos; vírgenes con mantos
-bordados de oro, luna de plata á los pies, estrellas alrededor de la
-cabeza, tan majas... verás... Y otras cosas muy divertidas...
-candeleros, cristos, misales, custodias, incensarios...
-
---¿Y les puedo poner fuego y menearlos para que den olor?
-
---Sí, vida mía. Todo es para que tú te entretengas y vayas aprendiendo,
-y á los santos puedes quitarles la ropa para ver cómo son por dentro, y
-luego volvérsela á poner.
-
-Villaamil se paseaba en el comedor oyendo todo esto. Como observara que
-Luis, después de aquel entusiasmo por el uso del incensario, volvió á
-caer en su morriña, gimoteando: «Yo quiero que la abuela me lleve y se
-esté allí conmigo», hubo de meter su cuarto á espadas en la
-catequización, y acariciándole, le dijo:
-
---Tienes allá también altares chicos con velitas y arañas de este
-tamaño, custodias así, casullitas bordadas, un sagrario que es una
-monada, una manga-cruz que la puedes cargar cuando quieras, y otras
-preciosidades... como, por ejemplo...
-
-No sabía por dónde seguir, y Víctor suplió su falta de inventiva
-añadiendo:
-
---Y un hisopo de plata que echa agua bendita por todos lados, y, en fin,
-un cordero pascual...
-
---¿De carne?
-
---No, hombre... Digo, sí, vivo...
-
-Para abreviar la penosa situación y acelerar el momento crítico de la
-salida, Villaamil ayudó á ponerle la chaqueta; pero aun no le habían
-abrochado todos los botones, cuando ¡Madre de Dios! sale doña Pura hecha
-una pantera y arremete contra Víctor, badila en mano, diciendo:
-
---¡Asesino, vete de mi casa! ¡No me robarás esta joya!... ¡Vete, ó te
-abro la cabeza!
-
-Y lo mismo fué oir las otras _Miaus_ aquella voz airada, salieron
-también chillando en la propia cuerda. En suma, que aquello se iba
-poniendo feo.
-
---Puesto que ustedes no quieren que sea por buenas, será por malas--dijo
-Víctor poniéndose á salvo de las uñas de las tres furias.--Pediré
-auxilio á la justicia. Él aquí no se ha de quedar. Conque ustedes
-verán...
-
-Villaamil intervino, diciendo con voz conciliadora, sacada
-trabajosamente del fondo de su oprimido pecho:
-
---Calma, calma. Ya lo teníamos arreglado, cuando estas mujeres nos lo
-echan á perder. Váyanse para adentro.
-
---Eres un estafermo--le dijo la esposa, ciega de ira.--Tú tienes la
-culpa, porque si te pusieras de nuestra parte, entre todos habíamos
-ganado la partida.
-
---Cállate tú, loca, que harto sé yo lo que tengo que hacer. ¡Fuera de
-aquí todo el mundo!
-
-Pero Luisito, viendo á sus tías y abuela tan interesadas por él, volvió
-á mostrar resistencia. Pura no se contentaba con menos que con sacarlo
-los ojos á su yerno, y aquello iba á acabar malamente. La suerte que
-aquel día estaba Villaamil tan razonable y con tal dominio de sí mismo y
-de la situación, que parecía otro hombre. Sin saber cómo, su
-respetabilidad se impuso.
-
---Mientras tú estés aquí--dijo á Víctor, sacándole con hábil movimiento
-de la cuna del toro, ó sea de entre las manos tiesas de doña Pura,--no
-adelantaremos nada. Vete, y yo te doy mi palabra de que llevaré á mi
-nieto á casa de Quintina. Déjame á mí, déjame... ¿No te fías de mi
-palabra?
-
---De su palabra sí, pero no de su capacidad para reducir á estos
-energúmenos.
-
---Yo los reduciré con razones. Descuida. Vete, y espérame allá.
-
-Habiendo logrado tranquilizar á su yerno, entró en gran parola con la
-familia, agotando su ingenio en hacerles ver la imposibilidad de impedir
-la separación del chiquillo.
-
---¿No veis que si nos resistimos vendrá el propio juez á quitárnosle?
-
-Media hora duró el alegato, y por fin las _Miaus_ parecieron resignadas;
-convencidas, nunca.
-
---Lo primero que tenéis que hacer--les dijo, deseando alejarlas en el
-momento crítico de la salida,--es iros á la sala cantando bajito. Yo me
-entiendo con Luis. ¡Si él no va á dejar de querernos porque se vaya con
-Quintina!... y además, su padre me ha prometido que le traerá todos los
-días á vernos, y los domingos á pasar el día en casa...
-
-Abelarda se retiró la primera, llorando, como quien se aparta de la
-persona agonizante para no verla morir. Después se fué Milagros, y
-finalmente Pura, quien no se hubiera resignado, á no domarla su esposo
-con este último argumento:
-
---Si porfiamos, vendrá el juez esta tarde. ¡Figúrate qué escena!
-Apuremos el cáliz, y Dios castigará al infame que nos le ofrece.
-
-Solo con Luis, el abuelo estuvo á punto de perder su estudiada,
-dificilísima compostura, y echarse á llorar. Se tragó toda aquella hiel,
-invocando mentalmente al cielo con esta frase:
-
---Terrible es la separación, Señor, pero es indudable que estará mucho
-mejor allá, mucho mejor... Vamos, Ramón, ánimo, y no te amilanes.
-
-Pero no contaba con su nieto, que, oyendo el gimoteo de las tías, volvió
-á las andadas, y cuando se acercaba el instante fiero de la partida, se
-afligió diciendo:
-
---Yo no quiero irme.
-
---No seas tonto, Luis--le amonestó el anciano.--¿Crees tú que si no
-fuera por tu bien te sacaríamos de casa? Los niños bonitos y dóciles
-hacen lo que se les manda. Y que no puedes tú figurarte, por mucho que
-yo te las pondere, las preciosidades que Quintina tiene allí para tu uso
-particular.
-
---¿Y puedo yo cogerlo todo para mí, y hacer con ello lo que me dé la
-gana?--preguntó el chiquillo con la ansiedad avariciosa que en la edad
-primera revela el egoísmo sin freno.
-
---¿Pues quién lo duda? Hasta puedes romperlo si te acomoda.
-
---No, romper no. Las cosas de la iglesia no se rompen--declaró el niño
-con cierta unción.
-
---Bueno... vamos ya... Saldremos calladitos para que no nos sientan
-ésas... y no se alboroten... Pues verás; entre otras cosas, hay una
-pilita bautismal, que es una monería; yo la he visto.
-
---Una pila... ¿con mucha agua bendita?
-
---Cabe tanta agua como en la tinaja de la cocina... Vamos (cargándoselo
-á cuestas). Mejor será que yo te lleve en brazos...
-
---¿Y esa pila es para bautizar personas?
-
---¡Claro!... Con ella puedes tú jugar todo lo que quieras, y de paso vas
-aprendiendo, para cuando seas cura, la manera de cristianar á un pelón.
-
-Atravesó Villaamil con paso recatado el corredor y recibimiento,
-llevando á su nieto en brazos, y como durante la peligrosa travesía el
-chico prosiguiese con su flujo de preguntas, sin bajar la voz, el abuelo
-le puso una mano por tapaboca, susurrándole al oído: «Sí, puedes
-bautizar niños, todos los niños que quieras. Y también hay mitras á la
-medida de tu cabeza y capitas doradas y un báculo para que te vistas de
-obispín y nos eches bendiciones...»
-
-Con esto franquearon la puerta, que Villaamil no cerró á fin de evitar
-el ruido. La escalera la bajó á trancos, como ladrón que huye cargando
-el objeto robado, y una vez en el portal, respiró y dejó su carga en el
-suelo: ya no podía más. No estaba él muy fuerte que digamos, ni
-soportaba pesos, aun tan livianos como el de su nietecillo. Temeroso de
-que Paca y Mendizábal cometiesen alguna indiscreción, esquivó sus
-saludos. La mujerona quiso decir algo á Luis, condoliéndose de su
-marcha; pero Villaamil anduvo más listo; dijo _volvemos_, y salió á la
-calle más pronto que la vista.
-
-El temor de que Luis cerdease otra vez, le estimuló á reforzar en la
-calle sus mentirosas artimañas de catequista:
-
---Tienes allí tan gran cantidad de flores de trapo para altares, que
-sólo para verlas todas necesitas un año... y velas de todos colores... y
-la mar de cirios... Pues hay un San Fernando vestido de guerrero, con
-armadura, que te dejará pasmado, y un San Isidro con su yunta de bueyes,
-que parecen naturales. El altar chico para que tú digas tus misas es
-más bonito que el de Monserrat...
-
---Dime, abuelito, y confesionario, ¿no tengo?
-
---¡Ya lo creo!... y muy majo... con rejas, para que las mujeres te
-cuenten sus pecados, que son muchísimos... Te digo que vas á estar muy
-bien, y cuando crezcas un poquito, te encontrarás hecho cura sin
-sentirlo, sabiendo tanto como el padre Bohigas, de Monserrat, ó el
-propio capellán de las Salesas Nuevas, que ahora sale á canónigo.
-
---Y yo, ¿seré canónigo, abuelito?
-
---¿Pues qué duda tiene?... y obispo, y hasta puede que llegues á Papa.
-
---¿El Papa es el que manda en todos los curas?...
-
---Justamente... ¡Ah! también verás allí un monumento de Semana Santa,
-que lo menos tiene mil piezas, qué sé yo cuántas estatuas, todo blanco y
-como de alfeñique. Parece que acaba de salir de la confitería.
-
---¿Y se come, abuelo, se come?--preguntó Cadalsito, tan vivamente
-interesado en todo aquello, que su casa, su abuela y sus tías se le
-borraron de la mente.
-
---¿Quién lo duda? Cuando te canses de jugar le pegas una
-dentellada--respondió Villaamil, ya vuelto tarumba, pues su imaginación
-se agotaba, y no sabía de qué echar mano.
-
-Andaba el abuelo rápidamente por la acera de la calle Ancha, y á cada
-paso suyo daba Cadalsito tres, cogido de la mano paterna, ó más bien
-colgado. Don Ramón se detuvo bruscamente y giró sobre sí mismo,
-dirigiéndose hacia la parte alta de la calle, donde está el Hospital de
-la Princesa. Fijóse Luis en la incongruencia de esta dirección, y
-observó, impacientándose:
-
---Pero, abuelo, ¿no vamos á casa de la tía Quintina en la calle de los
-Reyes?
-
---Sí, hijo mío; pero antes daremos una vuelta por aquí para que tomes el
-sol.
-
-En el cerebro del afligido anciano se determinó un retroceso súbito,
-semejante al rechazo de la enérgica idea que informaba todos los actos
-referentes á la cesión y traslado de su nieto. Éste seguía charla que te
-charla, preguntando sin cesar, tirándole á su abuelo del brazo cuando
-las respuestas no empalmaban inmediatamente con las interrogaciones. El
-abuelo contestaba por monosílabos, evasivamente, pues todo su espíritu
-se reconcentraba en la vida interior del pensar. Cabizbajo, fijos los
-ojos en el suelo como si contara las rayas de las baldosas, apechugaba
-con la cuesta, tirando de Luisito, el cual no advertía la congoja de su
-abuelo, ni el temblor de sus labios, articulando en baja voz la
-expresión de las ideas. «¿No es un verdadero crimen lo que voy á hacer,
-ó, mejor dicho, dos crímenes?... Entregar á mi nieto, y después...
-Anoche, tras larga meditación, me parecieron ambas cosas muy acertadas,
-y consecuencia la una de la otra. Porque si yo voy á... cesar de vivir
-muy pronto, mejor quedara Luis con los Cabreras que con mi familia... Y
-pensé que mi familia le criaría mal, con descuido, consintiéndole mil
-resabios... eso sin contar el peligro de que esté al lado de Abelarda,
-que volverá á las andadas cualquier día. Los Cabreras me son
-antipáticos; pero les tengo por gente ordenada y formal. ¡Qué diferencia
-de Pura y Milagros! Éstas, con su música y sus tonterías, no sirven para
-nada. Así pensé anoche, y me pareció lo más cuerdo que á humana cabeza
-pudiera ocurrirse... ¿Por qué me arrepiento ahora y me entran ganas de
-volver á casa con el chico? ¿Es que estará mejor con las Miaus que con
-Quintina? No, eso no... ¿Es que desmaya en mí la resolución salvadora
-que ha de darme libertad y paz? ¿Es que te da ahora el antojillo de
-seguir viviendo, cobarde? ¿Es que te halagan el cuerpo los melindres de
-la vida?»
-
-Atormentado por cruelísima duda, Villaamil echó un gran suspiro, y
-sentándose en el zócalo de la verja del hospital que cae al paseo de
-Areneros, cogió las manos del niño y le miró fijamente, cual si en sus
-inocentes ojos quisiera leer la solución del terrible conflicto. El
-chico ardía de impaciencia; pero no se atrevió á dar prisa á su abuelo,
-en cuyo semblante notaba pena y cansancio.
-
---Dime, Luis--propuso Villaamil, abrazándole con cariño.--¿Quieres tú
-de veras irte con la tía Quintina? ¿Crees que estarás bien con ella, y
-que te educarán é instruirán los Cabreras mejor que en casa? Háblame con
-franqueza.
-
-Puesta la cuestión en el terreno pedagógico, y descartado el aliciente
-de la juguetería eclesiástica, Luis no supo qué contestar. Buscó una
-salida, y al fin la halló:
-
---Yo quiero ser cura.
-
---Corriente; tú quieres ser cura y yo lo apruebo... Pero suponiendo que
-yo falte, que Pura y Milagros se vayan á vivir con Abelarda, señora de
-Ponce, ¿con quién te parece á ti que estarías mejor?
-
---Con la abuela y la tía Quintina juntas.
-
---Eso no puede ser.
-
-Cadalsito alzó los hombros.
-
---«¿Y no temerías tú, si siguieras donde estabas, que mi hija se
-alborotase otra vez y te quisiera matar?
-
---No se alborotará--dijo Cadalsito con admirable sabiduría.--Ahora se
-casa y no volverá á pegarme.
-
---¿De modo que tú... no tienes miedo? Y entre la tía Quintina y
-nosotros, ¿qué prefieres?
-
---Prefiero... que vosotros viváis con la tía.
-
-Ya tenía Villaamil abierta la boca para decirle: «Mira, hijo, todo eso
-que te he contado de los altaritos es música. Te hemos engañado para
-que no te resistieses á salir de casa»; pero se contuvo, esperando que
-el propio Luis esclareciese con alguna idea primitiva, sugerida por su
-inocencia, el problema tremendo. Cadalsito montó una pierna sobre la
-rodilla de su abuelo, y echándole una mano al hombro para sostenerse
-bien, se dejó decir:
-
---Lo que yo quiero es que la abuela y la tía Milagros se vengan á vivir
-con Quintina.
-
---¿Y yo?--preguntó el anciano, atónito de la preterición.
-
---¿Tú? Te diré. Ya no te colocan... ¿entiendes? ya no te colocan, ni
-ahora ni nunca.
-
---¿Por dónde lo sabes? (con el alma atravesada en la garganta).
-
---Yo lo sé. Ni ahora ni nunca... Pero maldita la falta que te hace.
-
---¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho?
-
---Pues... yo... Te lo contaré; pero no lo digas á nadie... Veo á Dios...
-Me da así como un sueño, y entonces se me pone delante y me habla.
-
-Tan asombrado estaba Villaamil, que no pudo hacer ninguna observación.
-El chico prosiguió:
-
---Tiene la barba blanca, es tan alto como tú, con un manto muy bonito...
-Me dice todo lo que pasa... y todo lo sabe, hasta lo que hacemos los
-chicos en la escuela...
-
---¿Y cuándo le has visto?
-
---Muchas veces: la primera en las Alarconas, después aquí cerca, y en
-el Congreso y en casa... Me da primero como un desmayo, me entra frío, y
-luego viene él y nos ponemos á charlar... ¿Qué, no lo crees?
-
---Sí, hijo, sí lo creo (con emoción vivísima); ¿pues no lo he de creer?
-
---Y anoche me dijo que no te colocarán, y que este mundo es muy malo, y
-que tú no tienes nada que hacer en él, y que cuanto más pronto te vayas
-al cielo, mejor.
-
---Mira tú lo que son las cosas: á mí me ha dicho lo mismo.
-
---¿Pero tú le ves también?
-
---No, tanto como verlo... no soy bastante puro para merecer esa
-gracia... pero me habla alguna vez que otra.
-
---Pues eso me dijo... Que morirte pronto es lo que te conviene, para que
-descanses y seas feliz.
-
-El estupor de Villaamil fué inmenso. Eran las palabras de su nieto como
-revelación divina, de irrefragable autenticidad.
-
---¿Y á ti qué te cuenta el Señor?
-
---Que tengo que ser cura... ¿ves? lo mismo, lo mismito que yo deseaba...
-y que estudie mucho latín y aprenda pronto todas las cosas...
-
-La mente del anciano se inundó, por decirlo así, de un sentido
-afirmativo, categórico, que excluía hasta la sombra de la duda,
-estableciendo el orden de ideas firmísimas á que debía responder en el
-acto la voluntad con decisión inquebrantable.
-
---Vamos, hijo, vamos á casa de la tía Quintina--dijo al nieto,
-levantándose y cogiéndole de la mano.
-
-Le llevó aprisa, sin tomarse el trabajo de catequizarle con
-descripciones hiperbólicas de juguetes y chirimbolos sacro-recreativos.
-Al llamar á la puerta de Cabrera, Quintina en persona salió á abrir.
-Sentado en el último escalón, Villaamil cubrió de besos á su nieto,
-entrególe á su tía paterna, y bajó á escape sin siquiera dar á ésta los
-buenos días. Como al bajar creyese oir la voz del chiquillo que
-gimoteaba, avivó el paso y se puso en la calle con toda la celeridad que
-sus flojas piernas le permitían.
-
-
-
-
-XLII
-
-
-Era ya cerca de medio día, y Villaamil, que no se había desayunado,
-sintió hambre. Tiró hacia la plaza de San Marcial, y al llegar á los
-vertederos de la antigua huerta del Príncipe Pío, se detuvo á contemplar
-la hondonada del Campo del Moro y los términos distantes de la Casa de
-Campo. El día era espléndido, raso y bruñido el cielo de azul, con un
-sol picón y alegre; de estos días precozmente veraniegos en que el calor
-importuna más por hallarse aún los árboles despojados de hoja.
-Empezaban á echarla los castaños de Indias y los chopos; apenas
-verdegueaban los plátanos; y las soforas, gleditchas y demás leguminosas
-estaban completamente desnudas. En algunos ejemplares del árbol del amor
-se veían las rosadas florecillas, y los setos de aligustre ostentaban ya
-sus lozanos renuevos, rivalizando con los evonymus de perenne hoja.
-Observó Villaamil la diferencia de tiempo con que las especies arbóreas
-despiertan de la somnolencia invernal, y respiró con gusto el aire tibio
-que del valle del Manzanares subía. Dejóse ir, olvidado de su buen
-apetito, camino de la Montaña, atravesando el jardinillo recién plantado
-en el relleno, y dió la vuelta al cuartel, hasta divisar la sierra, de
-nítido azul con claros de nieve, como mancha de acuarela extendida sobre
-el papel por la difusión natural de la gota, obra de la casualidad más
-que de los pinceles del artista.
-
---¡Qué hermoso es esto!--se dijo soltando el embozo de la capa, que le
-daba mucho calor.--Paréceme que lo veo por primera vez en mi vida, ó que
-en este momento se acaban de crear esta sierra, estos árboles y este
-cielo. Verdad que en mi perra existencia llena de trabajos y
-preocupaciones, no he tenido tiempo de mirar para arriba ni para
-enfrente... Siempre con los ojos hacia abajo, hacia esta puerca tierra
-que no vale dos cominos, hacia la muy marrana Administración, á quien
-parta un rayo, y mirándoles las cochinas caras á Ministros, Directores y
-Jefes del Personal, que maldita gracia tienen. Lo que yo digo: ¡cuánto
-más interesante es un cacho de cielo, por pequeño que sea, que la cara
-de Pantoja, la de Cucúrbitas y la del propio Ministro!... Gracias á Dios
-que saboreo este gusto de contemplar la Naturaleza, porque ya se
-acabaron mis penas y mis ahogos, y no cavilo más en si me darán ó no me
-darán el destino; ya soy otro hombre, ya sé lo que es independencia, ya
-sé lo que es vida, y ahora me les paso á todos por las narices, y de
-nadie tengo envidia, y soy... soy el más feliz de los hombres. Á comer
-se ha dicho, y ole morena mía.
-
-Dió un par de castañetazos con los dedos de ambas manos, y volviendo á
-liarse la capa, se dirigió hacia la cuesta de San Vicente, que recorrió
-casi toda, mirando las muestras de las tiendas. Por fin, ante una
-taberna de buen aspecto se detuvo murmurando: «Aquí deben de guisar muy
-bien. Entra, Ramón, y date la gran vida». Dicho y hecho. Un rato después
-hallábase el buen Villaamil sentado ante una mesa redonda, de cuatro
-patas, y tenía delante un plato de guisado de falda olorosísimo, un
-cubierto cachicuerno, jarro de vino y pan. «Da gusto--pensaba,
-emprendiéndola resueltamente con el guisote--encontrarse así, tan libre,
-sin compromisos, sin cuidarse de la familia... porque, en buena hora lo
-diga, ya no tengo familia; estoy solo en el mundo, solo y dueño de mis
-acciones... ¡Qué gusto, qué placer tan grande! El esclavo ha roto sus
-cadenas, y hoy se pone el mundo por montera, y ve pasar á su lado á los
-que antes le oprimían, como si viera pasar á Perico el de los Palotes...
-¡Pero qué rico está este guisado de falda! En su vida compuso nada tan
-bueno la simple de Milagros, que sólo sabe hacerse los ricitos, y
-cantarse y mayarse por todo lo alto aquello de _morrríamo, morrríamo_...
-Parece un perrillo cuando le pellizcan el rabo... De veras está rica la
-falda... ¡Qué gracia tienen para sazonar en esta taberna! ¡Y qué persona
-tan simpática es el tabernero, y qué bien le sientan los manguitos
-verdes, los zapatos de alfombra y la gorra de piel! ¡Cuánto más guapo es
-que Cucúrbitas y que el propio Pantoja!... Pues señor, el vinillo es
-fresco y picón... Me gusta mucho. Efectos de la libertad de que gozo, de
-no importárseme un bledo de nadie, y de ver mi cabeza limpia de
-cavilaciones y pesadumbres. Porque todo lo dejo bien arregladito: mi
-hija se casa con Ponce, que es buen muchacho y tiene de qué vivir; mi
-nieto en poder de Quintina, que le educará mejor que su abuela... y en
-cuanto á esas dos pécoras, que carguen con ellas Abelarda y su marido...
-En resolución, ya no tengo que mantener el pico á nadie, ya soy libre,
-feliz, independiente, y _me abro al cartaginés incautamente_. ¡Qué
-dicha! Ya no tengo que discurrir á qué cristiano espetarle mañana la
-cartita pidiendo un anticipo. ¡Qué descanso tan grande haber puesto
-punto á tanta ignominia! El alma se me ensancha... respiro mejor, me ha
-vuelto el apetito de mi mocedad, y á cuantas personas veo me dan ganas
-de apretarles la mano y comunicarles mi felicidad».
-
-Aquí llegaba del soliloquio, cuando entraron en la taberna tres
-muchachos, sin duda recién salidos del tren, con sendos morrales al
-hombro, vara en cinto, vestidos á usanza campesina, iguales en el
-calzado, que era de alpargata, y distintos en el sombrero, pues el uno
-lo traía de aparejo redondo, el otro boina y el tercero pañuelo de seda
-liado á la cabeza.
-
---¡Qué chicos tan gallardos!--dijo Villaamil contemplándoles embebecido,
-mientras ellos, bulliciosos y maleantes, pedían al tabernero algo con
-qué matar la feroz gazuza que traían.--¿Serán jóvenes labradores que han
-dejado la obscura pobreza de sus aldeas por venir á esta Babel á
-pretender un destino que les dé barniz de señorío y aire de personas
-decentes?... ¡Infelices! ¡Y qué gran favor les haría yo en
-desengañarles!
-
-Sin más deliberación, se fué derecho á ellos diciéndoles:
-
---Jóvenes, pensad lo que hacéis. Aun estáis á tiempo. Volveos á vuestras
-cabañas y dehesas, y huid de este engañoso abismo de Madrid, que os
-tragará y os hará infelices para toda la vida. Seguid el consejo de
-quien os quiere bien, y volveos al campo.
-
---¿Qué dice este tío?--contestó el más despabilado de ellos, poniéndose
-al hombro la chaqueta, que se le había caído.--¡Otra que Dios con el
-abuelo! Somos quintos de este reemplazo, y como no nos presentemos nos
-afusilan...
-
---¡Ah! bueno, bueno... Si sois militares, la cosa muda de aspecto... Á
-defender la patria. Yo la defendí también, saliendo en una compañía de
-voluntarios cuando aquel pillo de Gómez se corrió hacia Madrid... Pero
-también os digo que no hagáis caso de lo que os prediquen vuestros
-jefes, y que os sublevéis á las primeras de cambio, hijos. Despreciad al
-gran pindongo del Estado... ¿No sabéis quién es el Estado?
-
-Los tres chicos se reían, mostrando sus dentaduras sanas y frescas: sin
-duda les hacía mucha gracia la estantigua que tenían delante. Ninguno de
-ellos supo quién era el Estado, y tuvo Villaamil que explicárselo en
-esta forma:
-
---Pues el Estado es el mayor enemigo del género humano, y á todo el que
-coge por banda lo divide... Mucho ojo... sed siempre libres,
-independientes, y no tengáis cuenta con nadie.
-
-Uno de los mozos sacó la vara del cinto y dió con ella tan fuerte golpe
-sobre la mesa, que por poco la parte en dos, gritando:
-
---Patrona, que tenemos mucha hambre. Por vida del condenado Solimán...
-Vengan esas magras.
-
-Á Villaamil le cayó en gracia esta viveza de genio, y admiró la
-juventud, la sangre hirviente de los tres muchachos. El tabernero les
-rogó que esperasen minutos, y les puso delante pan y vino para que
-fueran matando el gusanillo. Pagó entonces Villaamil, y el tabernero, ya
-muy sorprendido de sus maneras originales, y teniéndole por tocado, se
-corrió á ofrecerle una copita de Cariñena. Aceptó el cesante, reconocido
-á tanta bondad, y tomando la copa y levantándola en alto, «brindó por la
-prosperidad del establecimiento». Los quintos berrearon:
-
---¡Madrid, cinco minutos de parada y fonda!... ¡Viva la Nastasia, la
-Bruna, la Ruperta y toas las mozas de Daganzo de Arriba!
-
-Y como Villaamil elogiase, al despedirse del tabernero con mucha finura,
-el buen servicio y lo bien condimentado del guiso, el dueño le contestó:
-
---No hay otra como ésta. Fíjese en el rétulo: _La Viña del Señor_.
-
---No, si yo no he de volver. Mañana estaré muy lejos, amigo mío. Señores
-(volviéndose á los chicos y saludándoles sombrero en mano), conservarse.
-Gracias; que les aproveche... Y no olviden lo que les he dicho... ser
-libres, ser independientes... como el aire. Véanme á mí. Me pongo al
-Estado por montera... Hasta ahora...
-
-Salió arrastrando la capa, y uno de los mozos se asomó á la puerta
-gritando:
-
---¡Eh... abuelo, agárrese, que se cae!... Abuelo, que se le han quedado
-las narices. Vuelva acá.
-
-Pero Villaamil no oía nada, y siguió hacia arriba, buscando camino ó
-vereda por donde escalar la Montaña segunda vez. Encontróla al fin,
-atravesando un solar vacío y otro ya cercado para la edificación, y por
-último, después de dar mil vueltas y de salvar hondonadas y de trepar
-por la movediza tierra de los vertederos, llegó á la explanada del
-cuartel y lo rodeó, no parando hasta las vertientes áridas que desde el
-barrio de Argüelles descienden á San Antonio de la Florida. Sentóse en
-el suelo y soltó la capa, pues el vino por dentro y el sol por fuera le
-sofocaban más de lo justo.
-
---¡Qué tranquilo he almorzado hoy! Desde mis tiempos de muchacho, cuando
-salimos en persecución de Gómez, no he sido tan dichoso como ahora.
-Entonces no era libre de cuerpo; pero de espíritu sí, como en el momento
-presente; y no me ocupaba de si había ó no había para mandar mañana á la
-plaza. Esto de que todos los días se ha de ir á la compra es lo que hace
-insoportable la vida... Á ver, esos pajarillos tan graciosos que andan
-por ahí picoteando, ¿se ocupan de lo que comerán mañana? No; por eso son
-felices; y ahora me encuentro yo como ellos, tan contento, que me
-pondría á piar si supiera, y volaría de aquí á la Casa de Campo, si
-pudiese. ¿Por qué razón Dios, vamos á ver, no le haría á uno pájaro, en
-vez de hacerle persona?... Al menos que nos dieran á elegir. Seguramente
-nadie escogería ser hombre, para estar descrismándose luego por los
-empleos y obligado á gastar chistera, corbata, y todo este matalotaje
-que, sobre molestar, le cuesta á uno un ojo de la cara... Ser pájaro sí
-que es cómodo y barato. Mírenlos, mírenlos tan campantes, pillando lo
-que encuentran, y zampándoselo tan ricamente... Ninguno de éstos estará
-casado con una pájara que se llame Pura, que no sabe ni ha sabido nunca
-gobernar la casa, ni conoce el ahorro...
-
-Como viera los gorriones delante de sí, á distancia de unas cuatro
-varas, acercándose á brincos, cautelosos y audaces, para rebuscar en la
-tierra, sacó el buen hombre de su bolsillo el pan sobrante del almuerzo
-que había guardado en la taberna, y desmigajándolo, lo arrojó á las
-menudas aves. Aunque el movimiento de sus manos espantó á los
-animalitos, pronto volvieron, y descubierto el pan, ya se colige que
-cayeron sobre él como fieras. Villaamil sonreía y se esponjaba
-observando su voracidad, sus graciosos meneos y aquellos saltitos tan
-cucos. Al menor ruido, á la menor proyección de sombra ó indicio de
-peligro, levantaban el vuelo; pero su loco apetito les traía pronto al
-mismo lugar.
-
---Coman, coman tranquilos--les decía mentalmente el viejo, embelesado,
-inmóvil, para no asustarlos...--Si Pura hubiera seguido vuestro sistema,
-otro gallo nos cantara. Pero ella no entiende de acomodarse á la
-realidad. ¿Cabe algo más natural que encerrarse en los límites de lo
-posible? Que no hay más que patatas... pues patatas... Que mejora la
-situación y se puede ascender hasta la perdiz... pues perdiz. Pero no
-señor, ella no está contenta sin perdiz á diario. De esta manera
-llevamos treinta años de ahogos, siempre temblando; cuando lo había,
-comiéndonoslo á trangullones como si nos urgiese mucho acabarlo; cuando
-no, viviendo de trampas y anticipos. Por eso, al llegar la colocación ya
-debíamos el sueldo de todo un año. De modo que perpetuamente estábamos
-lo mismo, _á ti suspiramos_, y mirando para las estrellas... ¡Treinta
-años así, Dios mío! Y á esto llaman vivir. «Ramón, ¿qué haces que no te
-diriges á tal ó cual amigo?... Ramón, ¿en qué piensas? ¿Crees que somos
-camaleones?... Ramón, determínate á empeñar tu reloj, que la niña
-necesita botas... Ramón, que yo estoy descalza, y aunque me puedo
-aguantar así unos días, no puedo pasarme sin guantes, pues tenemos que
-ir al beneficio de la Furranguini... Ramón, dile al habilitado que te
-anticipe quinientos reales; son tus días, y es preciso convidar á las de
-tal ó cual... Ramón...» ¡Y que yo no haya sido hombre para trincar á mi
-mujer y ponerle una mordaza en aquella boca, que debió de hacérsela un
-fraile, según es de pedigüeña! ¡Cuidado que soportar esto treinta
-años!... Pero ya, gracias á Dios, he tenido valor para soltar mi cadena
-y recobrar mi personalidad. Ahora yo soy yo, y nadie me tose, y por fin
-he aprendido lo que no sabía: á renegar de Pura y de toda su casta, y á
-mandarlos á todos á donde fué el padre Padilla.
-
-No pudiendo reprimir su entusiasmo y alegría, dió tales manotadas, que
-los pájaros huyeron.
-
-
-
-
-XLIII
-
-
---No seáis tontos... con vosotros nadie se mete. ¿Por quién me tomáis?
-¿Por algún Ministro sin entrañas, que quita el pan á los padres de
-familia para darlo á cualquier gandul? Porque vosotros también sois
-padres de familia y tenéis hijitos que mantener. No os asustéis, y tomad
-más miguitas... Creed que si mi mujer hubiera sido otra, la de Ventura,
-por ejemplo, yo no habría llegado á esta situación... La esposa de
-Ventura, de quien la mía se burla tanto porque dice bacalao de
-_Escuecia_, vale más que ella cien veces... Con Pura no hay dinero que
-alcance; ni la paga de un Director. El maldito suponer, el trapito, las
-visitas, el teatro, los perendengues y el morro siempre estirado para
-fingir dignidad de personas encumbradas, nos perdieron... No temáis,
-tontos; podéis acercaros, aun tengo más migas... En cuanto á Milagros,
-vosotros convendréis conmigo en que, si es buena y sencilla, no por eso
-deja de ser una inutilidad como su hermana. ¡Qué bien hizo aquel que se
-tiró al agua! Pues si no se tira y carga con ella, á estas horas se
-habría ahogado cien mil veces quedándose vivo, que es lo peor que le
-puede pasar á un cristiano... Entre las dos hermanitas me han tenido á
-mí lo mejor de mi vida con un dogal al cuello, aprieta que te
-apretarás... No dirán que me he portado mal con ellas, pues desde que me
-casé... Ahora me ocurre que, cuando fuí á pedir al señor Escobios la
-mano de su hija, el apreciable médico del Cuarto Montado debió arrearme
-un bofetón que me volviera la cara del revés... ¡Ay, cuánto se lo
-hubiera agradecido más adelante!... Coman, coman tranquilos, que aquí no
-estamos para quitarle el pan á la gente... Pues decía que desde que me
-casé hasta la fecha, he sido víctima de la insubstancialidad y el
-desgobierno de esas dos tarascas, y no podrán quejarse de que no he sido
-sumiso y paciente, ni tampoco de que las abandono y las dejo en la
-miseria, pues no me he determinado á recobrar mi libertad sino al saber
-que quedan al amparo de Ponce, que es un bendito y les mantendrá el
-pico, pues para eso le dejó todas sus migas el tío notario. ¡Ay, ínclito
-Ponce, y qué mochuelo te toca! Ya verás lo que es canela fina. Si no
-tienes cuidado, pronto te liquidan... te evaporan, te volatilizan, te
-sorben. Allá se las haya. Yo he cumplido... he cargado mi cruz treinta
-años; ahora, que la lleve otro... Se necesitan espaldas jóvenes... y el
-peso es mayúsculo, amigo Ponce. Ya lo verás... Si he de ser franco, te
-diré que mi hija, sin ser un talento, vale más que su mamá y su tía;
-tiene algunas ideas de orden y previsión; no es tan amiga de echar
-plantas... Pero cuidadito con ella, Ponce amigo, porque ó yo no entiendo
-nada de afectos y afecciones de mujeres, ó á mi Abelarda le gustas tú lo
-mismo que un dolor de muelas. Nadie me quita de la cabeza que ese peine
-de Víctor le había sorbido los sesos... Pero cásese en buen hora, y si
-son felices las señoras _Miaus_, y aprenden ahora lo que ignoraban en mi
-tiempo, yo me alegraré mucho y hasta las aplaudiré desde allá: vaya si
-las aplaudiré.
-
-Con estas meditaciones, harto más largas y difusas de lo que en la
-narración aparecen, se le fué pasando la tarde á Villaamil. Dos ó tres
-veces mudó de sitio, destrozando impíamente al pasar alguno de los
-arbolillos que el Ayuntamiento en aquel erial tiene plantados. «El
-Municipio--decía--es hijo de la Diputación Provincial y nieto del muy
-gorrino del Estado, y bien se puede, sin escrúpulo de conciencia, hacer
-daño á toda la parentela maldita. Tales padres, tales hijos. Si
-estuviera en mi mano, no dejaría un árbol ni un farol... El que la hace
-que la pague... y luego la emprendería con los edificios, empezando por
-el Ministerio del cochino ramo, hasta dejarlo arrasadito, arrasadito...
-como la palma de la mano. Luego, no me quedaría vivo un ferrocarril, ni
-un puente, ni un barco de guerra, y hasta los cañones de las fortalezas
-los haría pedacitos así».
-
-Vagaba por aquellos andurriales, sombrero en mano, recibiendo en el
-cráneo los rayos del sol, que á la caída de la tarde calentaba
-desaforadamente el suelo y cuanto en él había. La capa la llevaba
-suelta, y tuvo intenciones de tirarla, no haciéndolo porque consideró
-que podía venirle bien á la noche, aunque fuese por breve tiempo. Paróse
-al borde de un gran talud que hay hacia la Cuesta de Areneros, sobre las
-nuevas alfarerías de la Moncloa, y mirando al rápido declive, se dijo
-con la mayor serenidad: «Este sitio me parece bueno, porque iré por aquí
-abajo, dando vueltas de carnero; y luego, que me busquen... Como no me
-encuentre algún pastor de cabras... Bonito sitio, y sobre todo, cómodo,
-digan lo que quieran».
-
-Pero luego no debió parecerle el lugar tan adecuado á su temerario
-intento, porque siguió adelante, bajó y volvió á subir, inspeccionando
-el terreno, como si fuera á construir en él una casa. Ni alma viviente
-había por allí. Los gorriones iban ya en retirada hacia los tejares de
-abajo ó hacia los árboles de San Bernardino y de la Florida. De repente,
-le dió al santo varón la vena de sacar un revólver que en el bolsillo
-llevaba, montarlo y apuntar á los inocentes pájaros, diciéndoles:
-«Pillos, granujas, que después de haberos comido mi pan pasáis sin darme
-tan siquiera las buenas tardes, ¿qué diríais si ahora yo os metiera una
-bala en el cuerpo?... Porque de fijo no se me escapaba uno. ¡Tengo yo
-tal puntería!... Agradeced que no quiero quedarme sin tiros; pues si
-tuviera más cápsulas, aquí me las pagabais todas juntas... De veras que
-siento ganas de acabar con todo lo que vive, en castigo de lo mal que se
-han portado conmigo la Humanidad, y la Naturaleza, y Dios (con
-exaltación furiosa)... sí, sí: lo que es portarse, se han portado
-cochinamente... Todos me han abandonado, y por eso adopto el lema que
-anoche inventé y que dice literalmente: _Muerte... Infamante... Al...
-Universo..._».
-
-Con esta cantata siguió buen trecho alejándose hasta que, ya cerrada la
-noche, encontróse en los altos de San Bernardino que miran á
-Vallehermoso, y desdé allí vió la masa informe del caserío de Madrid con
-su crestería de torres y cúpulas, y el hormigueo de luces entre la
-negrura de los edificios... Calmada entonces la exaltación homicida y
-destructora, volvió el pobre hombre á sus estudios topográficos: «Este
-sitio sí que es de primera... Pero no; me verían los guardas de Consumos
-que están en esos cajones, y quizás... son tan brutos... me estorbarían
-lo que quiero y debo hacer... Sigamos hacia el cementerio de la
-Patriarcal, que por allí no habrá ningún importuno que se meta en lo que
-no le va ni le viene. Porque yo quiero que vea el mundo una cosa, y es
-que ya me importa un pepino que se nivelen ó no los presupuestos, y que
-me río del _income tax_ y de toda la indecente Administración. Esto lo
-comprenderá la gente cuando recoja mis... restos, que lo mismo me da
-vayan á parar á un muladar que al propio panteón de los Reyes. Lo que
-vale es el alma, la cual se remonta volando á eso que llaman... el
-empíreo, que es por ahí arriba detrás de aquellos astros que relumbran y
-parecen hacerle á uno guiños llamándole... Pero aun no es hora. Quiero
-llegarme á ese puerco Madrid y decirle las del barquero á esas indinas
-_Miaus_ que me han hecho tan infeliz».
-
-El odio á su familia, ya en los últimos días iniciado en su alma, y que
-en aquél tomaba á ratos los vuelos de frenesí demente ó rabia feroz,
-estalló formidable, haciéndole crispar los dedos, apretar reciamente la
-mandíbula, acelerar el paso con el sombrero echado atrás, la capa caída,
-en la actitud más estrafalaria y siniestra. Era ya noche obscura.
-Resueltamente se dirigió al Conde-Duque, pasó por delante del cuartel,
-y al aproximarse á la plaza de las Comendadoras, andaba con paso
-cauteloso, evitando el ser visto, buscando la sombra y mudando de
-dirección á cada instante. Después de meterse por la solitaria calle de
-San Hermenegildo, volvió hacia la plazuela del Limón, rondó la manzana
-de las Comendadoras, aventurándose por fin á atravesar la calle de
-Quiñones y á observar los balcones de su casa, no sin cerciorarse antes
-de que no estaban en el portal Mendizábal y su mujer. Agazapado en la
-esquina de la plazuela obscura, solitaria y silenciosa, miró repetidas
-veces hacia su casa, queriendo espiar si alguien entraba ó salía...
-¿Irían las _Miaus_ al teatro aquella noche? ¿Vendrían á la tertulia
-Ponce y los demás amigos? En medio de su trastorno, supo colocarse en la
-realidad, considerando al fin como seguro é inevitable que, alarmada por
-la ausencia de su marido, Pura ponía en movimiento á todos los íntimos
-de la familia para buscarle.
-
-Al amparo de la esquina, como ladrón ó asesino que acecha el descuidado
-paso del caminante, Villaamil alargaba el pescuezo para vigilar sin que
-le vieran. Propiamente, su cuerpo estaba en la plazuela de las
-Comendadoras y su cabeza en la calle de Quiñones; su flácido cuello,
-dotado de prodigiosa elasticidad, se doblaba sobre el ángulo mismo.
-«Allá sale el ínclito Ponce de estampía. De seguro han ido á casa de
-Pantoja, al café, á todos los sitios que acostumbro frecuentar... Ese
-que llega echando los bofes me parece que es Federico Ruiz. De fijo
-viene de la prevención ó del juzgado de guardia... Habrá salido á
-averiguar... ¡Pobrecillos, qué trabajo se toman! Y cuánto gozo yo
-viéndoles tan afanados, y considerando á las _Miaus_ tan aturdiditas...
-Fastidiarse; y usted, doña Pura de los infiernos, trague ahora la
-cicuta; que durante treinta años la he estado tragando yo sin
-quejarme... ¡Ah!, alguien sale y viene hacia acá... Me parece que es
-Ponce otra vez. Agazapémonos en este portal... Sí, él es... (viendo al
-crítico atravesar la plazuela de las Comendadoras). ¿Á dónde irá? Quizás
-á casa de Cabrera. Trabajo te mando... ¿Habrá bobo igual? No, no me
-encontraréis; no me atraparéis, no me privaréis de esta santa libertad
-que ahora gozo, ¡bendita sea!, ni aunque revolváis el mundo entero me
-daréis caza, estúpidos. ¿Qué se pretende? (amenazando con el puño á un
-ser invisible), ¿que vuelva yo al poder de Pura y Milagros, para que me
-amarguen la vida con aquel continuo pedir de dinero, con su desgobierno
-y su majadería y su presunción? No; ya estoy hasta aquí; se colmó el
-vaso... Si sigo con ellas me entra un día la locura, y con este
-revólver... con este revólver (cogiendo el mango del arma dentro del
-bolsillo y empuñándolo con fuerza) las despacho á todas... Más vale que
-me despache yo, emancipándome y yéndome con Dios... ¡Ah! Pura, Purita,
-se acabó el suplicio. Hinca tus garras en otra víctima. Ahí tienes á
-Ponce con dinero fresco; cébate en él... ahí me las den todas... ¡Cuánto
-me voy á reir!... Porque esta doña Pura es atroz, querido Ponce, y como
-se encuentre con barro á mano, se armó la fiesta, y mesa y ropa y todo
-ha de ser de lo más fino, sin considerar que mañana faltará la condenada
-libreta... ¡Ay, Dios mío! El último de los artesanos, el triste mendigo
-de las calles me han causado envidia en esta temporada; así como ahora,
-desahogado y libre, no me cambio por el rey; no, no me cambio; lo digo
-con toda el alma».
-
-
-
-
-XLIV
-
-
-Fuera del portal, y vuelta á los atisbos. «Sale ahora el chico de
-Cuevas, afanadillo y presuroso. ¿Á dónde irá?... Busca, hijo, busca, que
-ya te lo pagará doña Pura con una copita de moscatel... Pues la
-bobalicona de Milagros estará con el alma en un hilo, porque la infeliz
-me quiere... Es natural; ha vivido conmigo tantos años y ha comido mi
-pan... Y si vamos á poner cada cosa en su punto, también Pura me
-quiere... á su modo, sí. Yo también las quise mucho; pero lo que es
-ahora, las aborrezco á las dos, ¿qué digo á las dos?, á las tres, porque
-también mi hija me carga... Son tres apuntes que se me han sentado
-aquí, en la boca del estómago, y cuando pienso en ellas, la sangre
-parece que se me pone como metal derretido, y la tapa de los sesos se me
-quiere saltar... ¡Vaya con las tres _Miaus_!... ¡Bien haya quien os puso
-tal nombre! No más vivir con locas. ¡Vaya por dónde le dió á mi dichosa
-hijita! ¡Por enamoriscarse de Víctor!... Porque, ó yo no lo entiendo, ó
-aquello era amor de lo fino... ¡Qué mujeres, Dios santo! Prendarse de un
-zascandil porque tiene la cara bonita, sin reparar... Y que él la
-desprecia, no hay duda... Me alegro... Bien empleado le está. Chúpate
-las calabazas, imbécil, y vuelve por más, y cásate con Ponce...
-Francamente, si uno no se suprimiese por salvarse de la miseria, debiera
-hacerlo por no ver estas cosas».
-
-Como observara luz en el gabinete, se encalabrinó más: «Esta noche,
-Purita de mis entretelas, no hay teatrito, ¿verdad? Gracias á Dios que
-está usted con la pierna quebrada. ¡Jorobarse!... Ya la veo á usted
-arbitrando de dónde sacar el dinero para el luto. Lo mismo me da.
-Sáquelo usted... de donde quiera. Venda mi piel para un tambor ó mis
-huesos para botones... ¡Magnífico, admirable, deliciooooso!...»
-
-Al decir esto vió á Mendizábal en la puerta, y éste, por desgracia, le
-vió también á él. Grandes fueron la alarma y turbación del anciano al
-notar que el memorialista le observaba con ademán sospechoso. «Ese
-animal me ha conocido y viene tras de mí», pensó Villaamil deslizándose
-pegado al muro de las Comendadoras. Antes de volver la esquina, miró, y,
-en efecto, Mendizábal le seguía paso á paso, como cazador que anda
-quedito tras la res, procurando no espantarla. En cuanto traspuso el
-ángulo, Villaamil, recogiéndose la capa, apretó á correr despavorido con
-cuanta rapidez pudo, creyendo escuchar los pasos del otro y que un
-enorme brazo se alargaba y le cogía por el cogote. Mal rato pasó el
-infeliz. La suerte que no había nadie por aquellos barrios, pues si pasa
-gente, y á Mendizábal se le ocurre gritar ¡_á ése_!, en aquel mismo
-punto hubiera acabado la preciosa libertad del buen cesante. Huyó con
-increíble ligereza, atravesando la plazuela del Limón, pasó por delante
-del cuartel, temeroso de que la guardia le detuviese, y siguiendo la
-calle del Conde-Duque, miró hacia atrás, y vió que Mendizábal, aunque le
-seguía, quedaba bastante lejos. Sin tomar aliento, encaminóse hacia la
-desierta explanada, y antes que su perseguidor pudiera verle, se ocultó
-tras un montón de baldosas. Sacando la cabeza con gran precaución y sin
-sombrero por un hueco de su escondite, vió al hombre-mono desorientado,
-mirando á derecha é izquierda, y con preferencia á la parte del paseo de
-Areneros, por donde creyó se había escabullido la caza. «¡Ah! sectario
-del obscurantismo, ¿querías cogerme? No te mirarás en ese espejo. Sé yo
-más que tú, monstruo, feo, más feo que el hambre, y más neo que Judas.
-Ya sabes que siempre he sido liberal, y que antes moriré que soportar el
-despotismo. Vete al cuerno, grandísimo reaccionario, que lo que es á mí
-no me encadenas tú... Me futro en tu absolutismo y en tu inquisición.
-Jeríngate, animal, carca y liberticida, que yo soy libre y liberal y
-demócrata, y anarquista y petrolero, y hago mi santísima voluntad...»
-
-Aunque perdiera de vista al feo _gorilla_, no las tenía todas consigo.
-Conocedor de la fuerza hercúlea de su portero, sabía que si éste le
-echaba la zarpa, no le soltaría á dos tirones; y para evitar su
-encuentro, se agachó buscando la sombra y amparo de los sillares ó
-rimeros de adoquines que de trecho en trecho había. Protegido por la
-densa obscuridad, volvió á ver al memorialista, que al parecer se
-retiraba desesperanzado de encontrarle. «Abur, lechuzo, sicario del
-fanatismo y opresor de los pueblos... ¡Miren qué facha, qué brazos y qué
-cuerpo! No andas á cuatro pies por milagro de Dios. Joróbate y búscame,
-y date tono con doña Pura, diciéndole que me viste... Zángano, neo,
-salvaje, los demonios carguen contigo».
-
-Cuando se creyó seguro, volvió á internarse en las calles, siempre con
-el recelo de que Mendizábal le iba á los alcances, y no daba un paso sin
-revolver la vista á un lado y otro. Creía verle salir de todos los
-portales ó agazapado en todos los rincones obscuros, acechándole para
-caer encima con salto de mono y coraje de león. Al doblar la esquina del
-callejón del Cristo para entrar en la calle de Amaniel, ¡pataplúm!
-cátate á Mendizábal hablando con unas mujeres. Afortunadamente, el
-memorialista le volvía la espalda y no pudo verle. Pero Villaamil,
-viéndose cogido, tuvo una inspiración súbita, que fué meterse por la
-primera puerta que halló á mano. Encontróse dentro de una taberna. Para
-justificar su brusco ingreso, pasado el primer instante de sobresalto,
-fuése al mostrador y pidió Cariñena. Mientras le servían observó la
-concurrencia: dos sargentos, tres paisanos de chaqueta corta y cuatro
-mozas de malísimo pelaje. «¡Vaya unas chicas guapas y elegantes!--dijo
-mirándolas, al beber, por encima del vaso.--Véase por dónde me entran
-ahora ganas de echarles alguna flor... ¡yo que desde que llevé á Pura al
-altar no he dicho á ninguna mujer _por ahí te pudras_!... Pero con la
-libertad parece que me remozo, y que me resucita la juventud... vaya...
-y me bailan por el cuerpo unas alegrías... ¡Cuidado que pasarse un
-hombre seis lustros sin acordarse de más mujer que la suya!... ¡Qué
-cosas!... Vamos, que también me da por beberme otra copa... Treinta años
-de virtud disculpan que uno eche ahora media docena de canas al aire...
-(Al tabernero.) Déme usted otra copita... Pues lo que es las mozas me
-están gustando; y si no fuera por esos gandules que las cortejan, les
-diría yo algo por donde comprendiesen lo que va de tratar con caballeros
-á andar entre gansos y soldaduchos... Debiera trabar conversación, al
-menos para dar tiempo á que desfile Mendizábal... ¡Dios mío, líbrame de
-esa fiera ultramontana y facciosa!... Nada, que me gustan las niñas;
-sobre todo aquella que tiene el moño alto y el mantón colorado...
-También ella me mira, y... Ojo, Ramón, que estas aventuras son
-peligrosas. Modérate, y para hacer más tiempo, toma una copita más.
-Paisano, otra...»
-
-La partida salió, y Villaamil, calculando con rápida inspiración, se
-dijo: «Me meto entre ellos, y si aún está el esperpento ahí, me
-escabullo mezclado con estos galanes y estas señoras». Así lo hizo, y
-salió confundido con las mozas, que á él le parecían de ley, y con los
-militares. Mendizábal no estaba en la calle ya; pero don Ramón no las
-tenía todas consigo y siguió tras la patulea, pegado á ella lo más
-posible, reflexionando: «En último caso, si el orangután ese me ataca,
-es fácil que estos bravos militares salgan á defenderme... Vas bien,
-Ramón, no temas... La sacrosanta libertad, hija del Cielo, no te la
-quita ya nadie».
-
-Al llegar cerca de las Capuchinas, vió que la alegre banda desaparecía
-por la calle de Juan de Dios. Oyó carcajadas de las desenvueltas
-muchachas, y juramentos y voquibles de los hombres. Mirando con
-tristeza y envidia el grupo: «¡Oh dichosa edad de la despreocupación y
-del _qué se me da á mí_! Dios os la prolongue. Haced todos los
-disparates que se os ocurran, jóvenes, y pecad todo lo que podáis, y
-reíos del mundo y sus incumbencias, antes que os llegue la negra y
-caigáis en la horrible esclavitud del pan de cada día y de la posición
-social».
-
-Al decir esto, todas sus ideas accesorias é incidentales se
-desvanecieron, dejando campar sola y dominante la idea constitutiva de
-su lamentable estado psicológico. «Debe de ser tarde, Ramón. Apresúrate
-á ponerte punto final. Dios lo dispone». De aquí pasó al recuerdo de
-Luis, de quien tan cerca estaba, pues el anciano había entrado en la
-calle de los Reyes. Paróse frente á la casa de Cabrera, y mirando hacia
-el segundo, soltó en el embozo de su capa estas expresiones: «Luisín,
-niño mío, tú, lo más puro y lo más noble de la familia, digno hijo de tu
-madre, á á quien voy á ver pronto, ¿qué tal te encuentras con esos
-señores? ¿Extrañas la casa? Tranquilízate, que ya te irás acostumbrando
-á ellos; son buenas personas, tienen mucho arreglo, gastan poco, te
-criarán bien, harán de ti un hombre. No te pese haber venido. Haz caso
-de mí que te quiero tanto, y hasta me dan ganas de rezarte, porque tú
-eres un santo en flor y te han de canonizar... como si lo viera. Por tu
-boca inocente se me confirmó lo que ya se me había revelado... y yo que
-aun dudaba, desde que te oí, ya no dudé más. Adiós, chiquillo celestial;
-tu abuelito te bendice... mejor sería decirte que te pide la bendición,
-porque eres un santito, y el día que cantes misa, verás, verás qué
-alegría hay en el Cielo... y en la tierra... Adiós, tengo prisa...
-Duérmete, y si eres desgraciado y alguien te quita tu libertad, ¿sabes
-lo que haces? pues te largas de aquí... hay mil maneras... y ya sabes
-dónde me tienes... Siempre tuyo...»
-
-Esto último lo dijo andando hacia la plaza de San Marcial con reposado
-continente, como hombre que vuelve á su casa sin prisa, cumplidos los
-deberes de la jornada. Encontróse de nuevo en los vertederos de la
-Montaña, en lugares á donde no llega el alumbrado público, y los
-altibajos del terreno poníanle en peligro de dar con su cuerpo en tierra
-antes de sazón. Por fin, se detuvo en el corte de un terraplén reciente,
-en cuyo movedizo talud no se podía aventurar nadie sin hundirse hasta la
-rodilla, amén del peligro de rodar al fondo invisible. Al detenerse,
-asaltóle una idea desconsoladora, fruto de aquella costumbre de ponerse
-en lo peor y hacer cálculos pesimistas. «Ahora que veo cercano el
-término de mi esclavitud y mi entrada en la Gloria Eterna, la maldita
-suerte me va á jugar otra mala pasada. Va á resultar (sacando el arma)
-que este condenado instrumento falla... y me quedo vivo ó á medio
-morir, que es lo peor que puede pasarme, porque me recogerán y me
-llevarán otra vez con las condenadas _Miaus_... ¡Qué desgraciado soy! Y
-sucederá lo que temo... como si lo viera... Basta que yo desee una cosa,
-para que suceda la contraria... ¿Quiero suprimirme? Pues la perra suerte
-lo arreglará de modo que siga viviendo».
-
-Pero el procedimiento lógico que tan buenos resultados le diera en su
-vida, el sistema aquel de imaginar el reverso del deseo para que el
-deseo se realizase, le inspiró estos pensamientos: «Me figuraré que voy
-á errar el jeringado tiro, y como me lo imagine bien, con obstinación
-sostenida de la mente, el tirito saldrá... ¡Siempre la contraria! Conque
-á ello... Me imagino que no voy á quedar muerto, y que me llevarán á mi
-casa... ¡Jesús! Otra vez Pura y Milagros, y mi hija, con sus salidas de
-pie de banco, y aquella miseria, aquel pordioseo constante... y vuelta
-al pretender, á importunar á los amigos... Como si lo viera: este
-cochino revólver no sirve para nada. ¿Me engañó aquel armero indecente
-de la calle de Alcalá?... Probémoslo, á ver... pero de hecho me quedo
-vivo... sólo que... por lo que pueda suceder, me encomiendo á Dios y á
-San Luisito Cadalso, mi adorado santín... y... Nada, nada, este chisme
-no vale... ¿Apostamos á que falla el tiro? ¡Ay! Antipáticas _Miaus_,
-¡cómo os vais á reir de mí!... Ahora, ahora... ¿á que no sale?
-
-Retumbó el disparo en la soledad de aquel abandonado y tenebroso lugar;
-Villaamil, dando terrible salto, hincó la cabeza en la movediza tierra,
-y rodó seco hacia el abismo, sin que el conocimiento le durase más que
-el tiempo necesario para poder decir: «Pues... sí...»
-
-Madrid, Abril de 1888.
-
-FIN DE LA NOVELA
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Miau, by Benito Pérez Galdós
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MIAU ***
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-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
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-Foundation
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-</style>
- </head>
-<body>
-
-
-<pre>
-
-The Project Gutenberg EBook of Miau, by Benito Pérez Galdós
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Miau
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: June 22, 2016 [EBook #52392]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MIAU ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images available at The Internet Archive)
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-<hr class="full" />
-
-<div class="figcenter">
-<img src="images/cover.jpg" width="307" height="500" alt="" title="" />
-</div>
-
-<p class="cb">MIAU</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_001" id="page_001"></a>{1}&nbsp; </span>
-<span class="pagenum"><a name="page_002" id="page_002"></a>{2}&nbsp; </span></p>
-
-<div class="poetry"><div class="poem2">
-&nbsp; &nbsp; Es propiedad. Queda hecho<br />
-el depósito que marca la ley.<br />
-Serán furtivos los ejemplares<br />
-que no lleven el sello del autor.<br />
-</div></div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_003" id="page_003"></a>{3}</span></p>
-
-<h1><img src="images/miau.png"
-width="400"
-height="88"
-alt="MIAU"
-/></h1>
-
-<p class="cb">
-POR<br />
-<br />
-B. PÉREZ GALDÓS<br />
-<br />
-14.000<br />
-<br />
-<img src="images/colophon.png" width="100" height="108" alt="" title="" />
-<br />
-MADRID<br />
-
-LIBRERÍA DE PERLADO, PÁEZ Y C.<sup>A</sup><br />
-(Sucesores de Hernando)<br />
-Arenal, núm, 11.<br />
-&mdash;<br />
-1907<br />
-</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_004" id="page_004"></a>{4}</span></p>
-<hr />
-<p class="c">Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.<span class="pagenum"><a name="page_005" id="page_005"></a>{5}</span></p>
-
-<table border="1" cellpadding="5" cellspacing="0" summary="">
-<tr><td><span class="smcap">Capítulo</span>:
-<a href="#I">I, </a>
-<a href="#II">II, </a>
-<a href="#III">III, </a>
-<a href="#IV">IV, </a>
-<a href="#V">V, </a>
-<a href="#VI">VI, </a>
-<a href="#VII">VII, </a>
-<a href="#VIII">VIII, </a>
-<a href="#IX">IX, </a>
-<a href="#X">X, </a>
-<a href="#XI">XI, </a>
-<a href="#XII">XII, </a>
-<a href="#XIII">XIII, </a>
-<a href="#XIV">XIV, </a>
-<a href="#XV">XV, </a>
-<a href="#XVI">XVI, </a>
-<a href="#XVII">XVII, </a>
-<a href="#XVIII">XVIII, </a>
-<a href="#XIX">XIX, </a>
-<a href="#XX">XX, </a>
-<a href="#XXI">XXI, </a>
-<a href="#XXII">XXII, </a>
-<a href="#XXIII">XXIII, </a>
-<a href="#XXIV">XXIV, </a>
-<a href="#XXV">XXV, </a>
-<a href="#XXVI">XXVI, </a>
-<a href="#XXVII">XXVII, </a>
-<a href="#XXVIII">XXVIII, </a>
-<a href="#XXIX">XXIX, </a>
-<a href="#XXX">XXX, </a>
-<a href="#XXXI">XXXI, </a>
-<a href="#XXXII">XXXII, </a>
-<a href="#XXXIII">XXXIII, </a>
-<a href="#XXXIV">XXXIV, </a>
-<a href="#XXXV">XXXV, </a>
-<a href="#XXXVI">XXXVI, </a>
-<a href="#XXXVII">XXXVII, </a>
-<a href="#XXXVIII">XXXVIII, </a>
-<a href="#XXXIX">XXXIX, </a>
-<a href="#XL">XL, </a>
-<a href="#XLI">XLI, </a>
-<a href="#XLII">XLII, </a>
-<a href="#XLIII">XLIII, </a>
-<a href="#XLIV">XLIV.</a></td></tr>
-</table>
-
-<h1><img src="images/miau.png"
-width="400"
-height="88"
-alt="MIAU"
-/></h1>
-
-<h2><a name="I" id="I"></a>I</h2>
-
-<p>Á las cuatro de la tarde, la chiquillería de la escuela pública de la
-plazuela del Limón salió atropelladamente de clase, con algazara de mil
-demonios. Ningún himno á la libertad, entre los muchos que se han
-compuesto en las diferentes naciones, es tan hermoso como el que entonan
-los oprimidos de la enseñanza elemental al soltar el grillete de la
-disciplina escolar y <i>echarse á la calle</i> piando y saltando. La furia
-insana con que se lanzan á los más arriesgados ejercicios de
-volatinería, los estropicios que suelen causar á algún pacífico
-transeunte, el delirio de la autonomía individual que á veces acaba en
-porrazos, lágrimas y cardenales, parecen bosquejo de los triunfos
-revolucionarios que en edad menos dichosa han de celebrar los hombres...
-Salieron, como digo, en tropel; el último quería ser el primero, y los
-pequeños chillaban más que los grandes. Entre ellos había uno de
-menguada estatura, que se apartó<span class="pagenum"><a name="page_006" id="page_006"></a>{6}</span> de la bandada para emprender solo y
-calladito camino de su casa. Y apenas notado por sus compañeros aquel
-apartamiento que más bien parecía huida, fueron tras él y le acosaron
-con burlas y cuchufletas, no del mejor gusto. Uno lo cogía del brazo,
-otro le refregaba la cara con sus manos inocentes, que eran un dechado
-completo de cuantas porquerías hay en el mundo; pero él logró desasirse
-y... pies, para qué os quiero. Entonces dos ó tres de los más
-desvergonzados le tiraron piedras, gritando <i>Miau</i>; y toda la partida
-repitió con infernal zipizape: <i>Miau, Miau</i>.</p>
-
-<p>El pobre chico de este modo burlado se llamaba Luisito Cadalso, y era
-bastante mezquino de talla, corto de alientos, descolorido, como de ocho
-años, quizás de diez, tan tímido que esquivaba la amistad de sus
-compañeros, temeroso de las bromas de algunos, y sintiéndose sin bríos
-para devolverlas. Siempre fué el menos arrojado en las travesuras, el
-más soso y torpe en los juegos, y el más formalito en clase, aunque uno
-de los menos aventajados, quizás porque su propio encogimiento le
-impidiera decir bien lo que sabía ó disimular lo que ignoraba. Al doblar
-la esquina de las Comendadoras de Santiago para ir á su casa, que estaba
-en la calle de Quiñones, frente á la Cárcel de Mujeres, uniósele uno de
-sus condiscípulos, muy cargado de libros, la pizarra á la espalda,<span class="pagenum"><a name="page_007" id="page_007"></a>{7}</span> el
-pantalón hecho una pura rodillera, el calzado con tragaluces, boina azul
-en la pelona, y el hocico muy parecido al de un ratón. Llamaban al tal
-Silvestre Murillo, y era el chico más aplicado de la escuela y el amigo
-mejor que Cadalso tenía en ella. Su padre, sacristán de la iglesia de
-Monserrat, le destinaba á seguir la carrera de Derecho, porque se le
-había metido en la cabeza que el mocoso aquél llegaría á ser personaje,
-quizás orador célebre, ¿por qué no ministro? La futura celebridad habló
-así á su compañero:</p>
-
-<p>&mdash;Mia tú, <i>Caarso</i>, si á mí me dieran esas chanzas, de la galleta que
-les pegaba les ponía la cara verde. Pero tú no tienes coraje. Yo digo
-que no se deben poner motes á las presonas. ¿Sabes tú quién tié la
-culpa? Pues <i>Posturitas</i>, el de la casa de empréstamos. Ayer fué
-contando que su mamá había dicho que á tu abuela y á tus tías las llaman
-las <i>Miaus</i>, porque tienen la fisonomía de las caras, es á saber, como
-las de los gatos. Dijo que en el paraíso del Teatro Real les pusieron
-este mal nombre, y que siempre se sientan en el mismo sitio, y que
-cuando las ven entrar, dice toda la gente del público: «Ahí están ya las
-<i>Miaus</i>».</p>
-
-<p>Luisito Cadalso se puso muy encarnado. La indignación, la vergüenza y el
-estupor que sentía, no le permitieron defender la ultrajada dignidad de
-su familia.<span class="pagenum"><a name="page_008" id="page_008"></a>{8}</span></p>
-
-<p>&mdash;<i>Posturitas</i> es un ordinario y un disinificante&mdash;añadió Silvestre,&mdash;y
-eso de poner motes es de tíos. Su padre es un tío, su madre una tía, y
-sus tías unas tías. Viven de chuparle la sangre al pobre, y ¿qué te
-crees? al que no desempresta la capa, le despluman, es á saber, que se
-la venden y le dejan que se muera de frío. Mi mamá las llama <i>las
-arpidas</i>. ¿No las has visto tú cuando están en el balcón colgando las
-capas para que les dé el aire? Son más feas que un túmulo, y dice mi
-papá que con las narices que tienen se podrían hacer las patas de una
-mesa y sobraba maera... Pues también. <i>Posturitas</i> es un buen mico;
-siempre pintándola y haciendo gestos como los <i>clos</i> del Circo. Claro,
-como á él le han puesto mote, quiere vengarse, encajándotelo á ti. Lo
-que es á mí no me lo pone, ¡contro!, porque sabe que tengo yo mu malas
-pulgas, pero mu malas... Como tú eres así tan poquita cosa, es á saber,
-que no achuchas cuando te dicen algo, vele ahí por qué no te guarda el
-rispeto.</p>
-
-<p>Cadalsito, deteniéndose en la puerta de su casa, miró á su amigo con
-tristeza. El otro, arreándole un fuerte codazo, le dijo: «Yo no te llamo
-<i>Miau</i>, ¡contro!, no tengas cuidado que yo te llame <i>Miau</i>;» y partió á
-escape hacia Monserrat.</p>
-
-<p>En el portal de la casa en que Cadalso habitaba, había un memorialista.
-El biombo ó bastidor,<span class="pagenum"><a name="page_009" id="page_009"></a>{9}</span> forrado de papel imitando jaspes de variadas
-vetas y colores, ocultaba el hueco del escritorio ó agencia donde
-asuntos de tanta monta se despachaban de continuo. La multiplicidad de
-ellos se declaraba en manuscrito cartel, que en la puerta de la casa
-colgaba. Tenía forma de índice, y decía de esta manera:</p>
-
-<p><i>Casamientos</i>.&mdash;Se andan los pasos de la Vicaría con prontitud y
-economía.</p>
-
-<p><i>Doncellas</i>.&mdash;Se proporcionan.</p>
-
-<p><i>Mozos de comedor</i>.&mdash;Se facilitan.</p>
-
-<p><i>Cocineras</i>.&mdash;Se procuran.</p>
-
-<p><i>Profesor de acordeón</i>.&mdash;Se recomienda.</p>
-
-<p><i>Nota</i>.&mdash;Hay escritorio reservado para señoras.</p>
-
-<p>Abstraído en sus pensamientos, pasaba el buen Cadalso junto al biombo,
-cuando por el hueco que éste tenía hacia el interior del portal,
-salieron estas palabras: «Luisín, bobillo, estoy aquí». Acercóse el
-muchacho, y una mujerona muy grandona echó los brazos fuera del biombo
-para cogerle en ellos y acariciarlo: «¡Qué tontín! Pasas sin decirme
-nada. Aquí te tengo la merienda. Mendizábal fué á las diligencias. Estoy
-sola, cuidando la <i>oficina</i>, por si viene alguien. ¿Me harás compañía?»</p>
-
-<p>La señora de Mendizábal era de tal corpulencia, que cuando estaba dentro
-del escritorio parecía que había entrado en él una vaca, acomodando los
-cuartos traseros en el banquillo y ocupando todo el espacio restante con
-el desmedido<span class="pagenum"><a name="page_010" id="page_010"></a>{10}</span> volumen de sus carnes delanteras. No tenía hijos, y se
-encariñaba con todos los chicos de la vecindad, singularmente con
-Luisito, merecedor de lástima y mimos por su dulzura humilde, y más que
-por esto <i>por las hambres que en su casa pasaba</i>, al decir de ella.
-Todos los días le reservaba una golosina para dársela al volver de la
-escuela. La de aquella tarde era un bollo (de los que llaman <i>del
-Santo</i>) que estaba puesto sobre la salbadera, y tenía muchas arenillas
-pegadas en la costra de azúcar. Pero Cadalsito no reparó en esto al
-hincarle su diente con gana. «Súbete ahora&mdash;le dijo la portera
-memorialista, mientras él devoraba el bollo con grajea de polvo de
-escribir;&mdash;súbete, cielo, no sea que tu abuela te riña; dejas los
-libritos, y bajas á hacerme compañía y á jugar con <i>Canelo</i>».</p>
-
-<p>El chiquillo subió con presteza. Abrióle la puerta una señora cuya cara
-podía dar motivo á controversias numismáticas, como la antigüedad de
-ciertas monedas que tienen borrada la inscripción, pues unas veces,
-mirada de perfil y á cierta luz, daban ganas de echarle los sesenta, y
-otras el observador entendido se contenía en la apreciación de los
-cuarenta y ocho ó los cincuenta bien conservaditos.</p>
-
-<p>Tenía las facciones menudas y graciosas, del tipo que llaman aniñado, la
-tez rosada todavía, la cabellera rubia cenicienta, de un color que
-parecía de alquimia, con cierta efusión extravagante<span class="pagenum"><a name="page_011" id="page_011"></a>{11}</span> de los mechones
-próximos á la frente. Veintitantos años antes de lo que aquí se refiere,
-un periodistín que escribía la cotización de las harinas y las revistas
-de sociedad, anunciaba de este modo la aparición de aquella dama en los
-salones del Gobernador de una provincia de tercera clase: «¿Quién es
-aquella figura arrancada de un cuadro del Beato Angélico, y que viene
-envuelta en nubes vaporosas y ataviada con el nimbo de oro de la
-iconografía del siglo XIV?» Las vaporosas nubes eran el vestidillo de
-gasa que la señora de Villaamil encargó á Madrid por aquellos días, y el
-áureo nimbo, el demonio me lleve si no era la efusión de la cabellera,
-que entonces debía de ser rubia, y por tanto cotizable á la par,
-literariamente, con el oro de Arabia.</p>
-
-<p>Cuatro ó cinco lustros después de estos éxitos de elegancia en aquella
-ciudad provinciana, cuyo nombre no hace al caso, doña Pura, que así se
-llamaba la dama, en el momento aquel de abrir la puerta á su nietecillo,
-llevaba peinador no muy limpio, zapatillas de fieltro no muy nuevas, y
-bata floja de tartán verde.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!, eres tú, Luisín&mdash;le dijo.&mdash;Yo creí que era Ponce con los
-billetes del Real. ¡Y nos prometió venir á las dos! ¡Qué formalidades
-las de estos jóvenes del día!</p>
-
-<p>En este punto apareció otra señora muy parecida á la anterior en la
-corta estatura, en lo<span class="pagenum"><a name="page_012" id="page_012"></a>{12}</span> aniñado de las facciones y en la expresión
-enigmática de la edad. Vestía chaquetón degenerado, descendiente de un
-gabán de hombre, y un mandil largo de arpillera, prenda de cocina en
-todas partes. Era la hermana de doña Pura, y se llamaba Milagros. En el
-comedor, á donde fué Luis para dejar sus libros, estaba una joven
-cosiendo, pegada á la ventana para aprovechar la última luz del día,
-breve como día de Febrero. También aquella hembra se parecía algo á las
-otras dos, salvo la diferencia de edad. Era Abelarda, hija de doña Pura,
-y tía de Luisito Cadalso. La madre de éste, Luisa Villaamil, había
-muerto cuando el pequeñuelo contaba apenas dos años de edad. Del padre
-de éste, Víctor Cadalso, se hablará más adelante.</p>
-
-<p>Reunidas las tres, picotearon sobre el caso inaudito de que Ponce (novio
-titular de Abelarda, que obsequiaba á la familia con billetes del Teatro
-Real) no hubiese parecido á las cuatro y media de la tarde, cuando
-generalmente llevaba los billetes á las dos. «Así, con estas
-incertidumbres, no sabiendo una si va ó no va al teatro, no puede
-determinar nada ni hacer cálculo ninguno para la noche. ¡Qué cachaza de
-hombre!» Díjolo doña Pura con marcado desprecio del novio de su hija, y
-ésta le contestó: «Mamá, todavía no es tarde. Hay tiempo de sobra. Verás
-cómo no falta ése con las entradas».</p>
-
-<p>«Sí; pero en funciones como la de esta noche,<span class="pagenum"><a name="page_013" id="page_013"></a>{13}</span> cuando los billetes andan
-tan escasos que hasta influencias se necesitan para hacerse con ellos,
-es una contracaridad tenernos en este sobresalto».</p>
-
-<p>En tanto, Luisito miraba á su abuela, á su tía mayor, á su tía menor, y
-comparando la fisonomía de las tres con la del micho que en el comedor
-estaba, durmiendo á los pies de Abelarda, halló perfecta semejanza entre
-ellas. Su imaginación viva le sugirió al punto la idea de que las tres
-mujeres eran gatos en <i>dos pies y vestidos de gente</i>, como los que hay
-en la obra <i>Los animales pintados por sí mismos</i>; y esta alucinación le
-llevó á pensar si sería él también gato <i>derecho</i> y si mayaría cuando
-hablaba. De aquí pasó rápidamente á hacer la observación de que el mote
-puesto á su abuela y tías en el paraíso del Real, era la cosa más
-acertada y razonable del mundo. Todo esto germinó en su mente en menos
-que se dice, con el resplandor inseguro y la volubilidad de un cerebro
-que se ensaya en la observación y en el raciocinio. No siguió adelante
-en sus gatescas presunciones, porque su abuelita, poniéndole la mano en
-la cabeza, le dijo: «¿Pero la Paca no te ha dado esta tarde merienda?»</p>
-
-<p>&mdash;Sí, mamá... y ya me la comí. Me dijo que subiera á dejar los libros y
-que bajara después á jugar con <i>Canelo</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Pues ve, hijo, ve corriendito, y te estás<span class="pagenum"><a name="page_014" id="page_014"></a>{14}</span> abajo un rato, si quieres.
-Pero ahora me acuerdo... vento para arriba pronto, que tu abuelo te
-necesita para que le hagas un recado.</p>
-
-<p>Despedía la señora en la puerta al chiquillo, cuando de un aposento
-próximo á la entrada de la casa salió una voz cavernosa y sepulcral, que
-decía: «Puuura, Puuura».</p>
-
-<p>Abrió ésta una puerta que á la izquierda del pasillo de entrada había, y
-penetró en el llamado despacho, pieza de poco más de tres varas en
-cuadro, con ventana á un patio lóbrego. Como la luz del día era ya tan
-escasa, apenas se veía dentro del aposento más que el cuadro luminoso de
-la ventana. Sobre él se destacó un sombrajo larguirucho, que al parecer
-se levantaba de un sillón como si se desdoblase, y se estiró
-desperezándose, á punto que la temerosa y empañada voz decía: «Pero,
-mujer, no se te ocurre traerme una luz. Sabes que estoy escribiendo, que
-anochece más pronto que uno quisiera, y me tienes aquí secándome la
-vista sobre el condenado papel».</p>
-
-<p>Doña Pura fué hacia el comedor, donde ya su hermana estaba encendiendo
-una lámpara de petróleo. No tardó en aparecer la señora ante su marido
-con la luz en la mano. La reducida estancia y su habitante salieron de
-la obscuridad, como algo que se crea surgiendo de la nada.</p>
-
-<p>&mdash;Me he quedado helado&mdash;dijo D. Ramón<span class="pagenum"><a name="page_015" id="page_015"></a>{15}</span> Villaamil, esposo de doña Pura;
-el cual era un hombre alto y seco, los ojos grandes y terroríficos, la
-piel amarilla, toda ella surcada por pliegues enormes en los cuales las
-rayas de sombra parecían manchas; las orejas transparentes, largas y
-pegadas al cráneo; la barba corta, rala y cerdosa, con las canas
-distribuidas caprichosamente, formando ráfagas blancas entre lo negro;
-el cráneo liso y de color de hueso desenterrado, como si acabara de
-recogerlo de un osario para taparse con él los sesos. La robustez de la
-mandíbula, el grandor de la boca, la combinación de los tres colores
-negro, blanco y amarillo, dispuestos en rayas, la ferocidad de los ojos
-negros, inducían á comparar tal cara con la de un tigre viejo y tísico,
-que después de haberse lucido en las exhibiciones ambulantes de fieras,
-no conserva ya de su antigua belleza más que la pintorreada piel.</p>
-
-<p>&mdash;Á ver, ¿á quién has escrito?&mdash;dijo la señora, acortando la llama que
-sacaba su lengua humeante por fuera del tubo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues al jefe del Personal, al señor de Pez, á Sánchez Botín y á todos
-los que puedan sacarme de esta situación. Para el ahogo del día (dando
-un gran suspiro), me he decidido á volver á molestar al amigo
-Cucúrbitas. Es la única persona verdaderamente cristiana entre todos mis
-amigos, un caballero, un hombre de bien, que se hace cargo de las
-necesidades... ¡Qué diferencia<span class="pagenum"><a name="page_016" id="page_016"></a>{16}</span> de otros! Ya ves la que me hizo ayer ese
-badulaque de Rubín. Le pinto nuestra necesidad; pongo mi cara en
-vergüenza suplicándole... nada, un pequeño anticipo, y... Sabe Dios la
-hiel que uno traga antes de decidirse... y lo que padece la dignidad...
-Pues ese ingrato, ese olvidadizo, á quien tuve de escribiente en mi
-oficina siendo yo jefe de negociado de cuarta, ese desvergonzado que por
-su audacia ha pasado por delante de mí, llegando nada menos que a
-gobernador, tiene la poca delicadeza de mandarme medio duro.</p>
-
-<p>Villaamil se sentó, dando sobre la mesa un puñetazo que hizo saltar las
-cartas, como si quisieran huir atemorizadas. Al oir suspirar á su
-esposa, irguió la amarilla frente, y con voz dolorida, prosiguió así:</p>
-
-<p>&mdash;En este mundo no hay más que egoísmo, ingratitud, y mientras más
-infamias se ven, más quedan por ver... Como ese bigardón de Montes, que
-me debe su carrera, pues yo le propuse para el ascenso en la Contaduría
-Central. ¿Creerás tú que ya ni siquiera me saluda? Se da una
-importancia, que ni el Ministro... Y va siempre adelante. Acaban de
-darle catorce mil. Cada año su ascensito, y ole morena... Este es el
-premio de la adulación y la bajeza. No sabe palotada de administración;
-no sabe más que hablar de caza con el Director, y de la galga y del
-pájaro y qué sé yo qué... Tiene peor ortografía<span class="pagenum"><a name="page_017" id="page_017"></a>{17}</span> que un perro, y escribe
-<i>hacha</i> sin <i>h</i> y <i>echar</i> con ella... Pero en fin, dejemos á un lado
-estas miserias. Como te decía, he determinado acudir otra vez al amigo
-Cucúrbitas. Cierto que con éste van ya cuatro ó cinco envites; pero no
-sé ya á qué santo volverme. Cucúrbitas comprende al desgraciado y le
-compadece, porque él también ha sido desgraciado. Yo le he conocido con
-los calzones rotos y en el sombrero dos dedos de grasa... Él sabe que
-soy agradecido... ¿Crees tú que se le agotará la bondad?... Dios tenga
-piedad de nosotros, pues si este amigo nos desampara iremos todos á
-tirarnos por el Viaducto.</p>
-
-<p>Dió Villaamil un gran suspiro, clavando los ojos en el techo. El tigre
-inválido se transfiguraba. Tenía la expresión sublime de un apóstol en
-el momento en que le están martirizando por la fe, algo del San
-Bartolomé de Ribera cuando le suspenden del árbol y le descueran
-aquellos tunantes de gentiles, como si fuera un cabrito. Falta decir que
-este Villaamil era el que en ciertas tertulias de café recibió el apodo
-de Ramsés II<a name="FNanchor_A_1" id="FNanchor_A_1"></a><a href="#Footnote_A_1" class="fnanchor">[A]</a>.</p>
-
-<div class="footnote"><p><a name="Footnote_A_1" id="Footnote_A_1"></a><a href="#FNanchor_A_1"><span class="label">[A]</span></a> <i>Fortunata y Jacinta</i>. Tomo III.</p></div>
-
-<p>&mdash;Bueno, dame la carta para Cucúrbitas&mdash;dijo doña Pura, que acostumbrada
-á tales jeremíadas, las miraba como cosa natural y corriente.&mdash;Irá el
-niño volando á llevarla. Y ten<span class="pagenum"><a name="page_018" id="page_018"></a>{18}</span> confianza en la Providencia, hombre,
-como la tengo yo. No hay que amilanarse (con risueño optimismo). Me ha
-dado la corazonada... ya sabes tú que rara vez me equivoco... la
-corazonada de que en lo que resta de mes te colocan.</p>
-
-<h2><a name="II" id="II"></a>II</h2>
-
-<p>&mdash;¡Colocarme!&mdash;exclamó Villaamil poniendo toda su alma en una palabra.
-Sus manos, después de andar un rato por encima de la cabeza, cayeron
-desplomadas sobre los brazos del sillón. Cuando esto se verificó, ya
-doña Pura no estaba allí, pues había salido con la carta, y llamó desde
-la escalera á su nieto, que estaba en la portería.</p>
-
-<p>Ya eran cerca de la seis cuando Luis salió con el encargo, no sin volver
-á hacer escala breve en el escritorio de los memorialistas. «Adiós, rico
-mío&mdash;le dijo Paca besándole.&mdash;Ve prontito para que vuelvas á la hora de
-comer. (Leyendo el sobre.) Pues digo... no es floja caminata, de aquí á
-la calle del Amor de Dios. ¿Sabes bien el camino? ¿No te perderás?»</p>
-
-<p>¡Qué se había de perder, ¡contro!, si más de veinte veces había ido á la
-casa del señor de Cucúrbitas y á las de otros caballeros con recados
-verbales ó escritos! Era el mensajero de las terribles ansiedades,
-tristezas é impaciencias de<span class="pagenum"><a name="page_019" id="page_019"></a>{19}</span> su abuelo; era el que repartía por uno y
-otro distrito las solicitudes del infeliz cesante, implorando una
-recomendación ó un auxilio. Y en este oficio de peatón adquirió tan
-completo saber topográfico, que recorría todos los barrios de la Villa
-sin perderse; y aunque sabía ir á su destino por el camino más corto,
-empleaba comúnmente el más largo, por costumbre y vicio de paseante ó
-por instintos de observador, gustando mucho de examinar escaparates, de
-oir, sin perder sílaba, discursos de charlatanes que venden elixires ó
-hacen ejercicios de prestidigitación. Á lo mejor, topaba con un mono
-cabalgando sobre un perro ó manejando el molinillo de la chocolatera lo
-mismito que una <i>persona natural;</i> otras veces era un infeliz oso
-encadenado y flaco, ó italianos, turcos, moros falsificados que piden
-limosna haciendo cualquiera habilidad. También le entretenían los
-entierros muy lucidos, el riego de las calles, la tropa marchando con
-música, el ver subir la piedra sillar de un edificio en construcción, el
-Viático con muchas velas, los encuartes de los tranvías, el trasplantar
-árboles y cuantos accidentes ofrece la vía pública.</p>
-
-<p>&mdash;Abrígate bien&mdash;le dijo Paca besándole otra vez y envolviéndole la
-bufanda en el cuello.&mdash;Ya podrían comprarte unos guantes de lana. Tienes
-las manos heladitas, y con sabañones, ¡Ah, cuánto mejor estarías con tu
-tía Quintina!<span class="pagenum"><a name="page_020" id="page_020"></a>{20}</span> ¡Vaya, un beso á Mendizábal, y hala! <i>Canelo</i> irá
-contigo.</p>
-
-<p>De debajo de la mesa salió un perro de bonita cabeza, las patas cortas,
-la cola enroscada, el color como de barquillo, y echó á andar gozoso
-delante de Luis. Paca salió tras ellos á la puerta, les miró alejarse, y
-al volver á la estrecha oficina, se puso á hacer calceta, diciendo á su
-marido: «¡Pobre hijo! Me le traen todo el santo día hecho un carterito.
-El sablazo de esta tarde va contra el mismo sujeto de estos días. ¡La
-que le ha caído al buen señor! Te digo que estos Villaamiles son peores
-que la filoxera. Y de seguro que esta noche las tres <i>lambionas</i> se irán
-también de pindongueo al teatro y vendrán á las tantas de la noche.</p>
-
-<p>&mdash;Ya no hay cristiandad en las familias&mdash;dijo Mendizábal grave y
-sentenciosamente.&mdash;Ya no hay más que suposición.</p>
-
-<p>&mdash;Y que no deben nada en gracia de Dios (meneando con furor las agujas).
-El carnicero dice que ya no les fía más aunque le ahorquen; el frutero
-se ha plantado, y el del pan lo mismo... Pues si esas muñeconas supieran
-arreglarse y pusieran todos los días, si á mano viene, una cazuela de
-patatas... Pero, Dios nos libre... ¡Patatas ellas! ¡pobrecitas! El día
-que les cae algo, aunque sea de limosna, ya las tienes dándose la gran
-vida y echando la casa por la ventana. Eso sí, en arreglar los trapitos
-para suponer<span class="pagenum"><a name="page_021" id="page_021"></a>{21}</span> no hay quien les gane. La doña Pura se pasa toda la mañana
-de Dios enroscándose las greñas de la frente, y la doña Milagros le ha
-dado ya cuatro vueltas á la tela de aquella eternidad de vestido, color
-de mostaza para sinapismos. Pues digo, la antipática de la niña no para
-de echar medias suelas al sombrero, poniéndole cintas viejas, ó alguna
-pluma de gallina ó un clavo de cabeza dorada de los que sirven para
-colgar láminas.</p>
-
-<p>&mdash;Suposición de suposiciones... Consecuencias funestas del
-materialismo&mdash;dijo Mendizábal, que solía repetir las frases del
-periódico á que estaba suscrito.&mdash;Ya no hay modestia, ya no hay
-sencillez de costumbres. ¿Qué se hizo de aquella pobreza honrada de
-nuestros padres, de aquella... (no recordando lo demás) de aquella,
-pues... como quien dice?...</p>
-
-<p>&mdash;Pues el pobre D. Ramón, cuando cierre el ojo, se irá derecho al cielo.
-Es un santo y un mártir. Créete que si yo le pudiera colocar, le
-colocaba ¡Me da una lástima! Con aquellas miradas que echa parece que se
-va á comer á la gente, ¡pobre señor!, y se la comería á una, no por
-maldad, sino por puras hambres (clavándose en el pelo la cuarta aguja).
-Da miedo verle. Yo no sé cómo el señor Ministro, cuando le ve entrar en
-las oficinas, no se muere de miedo y le coloca por perderle de vista.</p>
-
-<p>&mdash;Villaamil&mdash;dijo Mendizábal con suficiencia<span class="pagenum"><a name="page_022" id="page_022"></a>{22}</span>&mdash;es un hombre honrado, y
-el Gobierno de ahora es todo de pillos. Ya no hay honradez, ya no hay
-cristiandad, ya no hay justicia. ¿Qué os lo que hay? Ladronicio,
-irreligiosidad, desvergüenza. Por eso no le colocan, ni le colocarán
-mientras no venga el único que puede traer la justicia. Yo se lo digo
-siempre que pasa por aquí y se para en el portal á echar un párrafo
-conmigo: «No le dé usted vueltas, D. Ramón, no le dé usted vueltas. De
-todo tiene la culpa la libertad de cultos. Porque ínterin tengamos
-racionalismo, mi señor don Ramón, ínterin no sea aplastada la cabeza de
-la serpiente, y... (perdiendo el hilo de la frase y no sabiendo ya por
-dónde andaba) y en tanto que... precisamente... quiero decir, digo...
-(cortando por lo sano). ¡Ya no hay cristiandad!</p>
-
-<p>Entretanto, Luisito y Canelo recorrían parte de la calle Ancha y
-entraban por la del Pez, siguiendo su itinerario. El perro, cuando se
-separaba demasiado, deteníase mirando hacia atrás, la lengua de fuera.
-Luis se paraba á ver escaparates, y á veces decía á su compañero esto ó
-cosa parecida: «<i>Canelo</i>, mira qué trompetas tan bonitas». El animal se
-ponía en dos patas, apoyando las delanteras en el borde del escaparate;
-pero no debían de ser para él muy interesantes las tales trompetas,
-porque no tardaba en seguir andando. Por fin llegaron á la calle del
-Amor de Dios. Desde cierta ocasión<span class="pagenum"><a name="page_023" id="page_023"></a>{23}</span> en que <i>Canelo</i> tuvo unos ladridos
-con otro perro, inquilino en la casa de Cucúrbitas, adoptó el
-temperamento prudente de no subir y esperar en la calle á su amigo. Éste
-subió al segundo, donde el incansable protector de su abuelo vivía; y el
-criado que le abrió la puerta púsole aquella noche muy mala cara. «El
-señor no está». Pero Luisito, que tenía instrucciones de su abuelo para
-el caso de hallarse ausente la víctima, dijo que esperaría. Ya sabía que
-á las siete, infaliblemente, iba á comer el señor D. Francisco
-Cucúrbitas. Sentóse el chico en el banco del recibimiento. Los pies no
-le llegaban al suelo, y los balanceaba como para hacer algo con qué
-distraer el fastidio de aquel largo plantón. El perchero, de pino
-imitando roble viejo, con ganchos dorados para los sombreros, su espejo
-y los huecos para los paraguas, le había producido en otro tiempo gran
-admiración; pero ya le era indiferente. No así el gato, que de la parte
-interior de la casa solía venir á enredar con él. Aquella noche debía de
-estar ocupado el micho, porque no aportó por el recibimiento; pero en
-cambio vió Luis á las niñas de Cucúrbitas, que eran simpáticas y
-graciosas. Solían acercarse á él, mirándole con lástima ó con desdén,
-pero nunca le habían dicho una palabra halagüeña. La señora de
-Cucúrbitas, que á Luis le parecía, por lo gruesa y redonda, una
-imitación humana del elefante<span class="pagenum"><a name="page_024" id="page_024"></a>{24}</span> <i>Pizarro</i>, tan popular entonces entre los
-niños de Madrid, solía también dejarse rodar por allí, y ya conocía bien
-Cadalsito sus pasos lentos y pesados. La señora llegaba al ángulo que el
-pasillo de la derecha formaba con el recibimiento, y desde aquel punto
-miraba con recelo al mensajero. Después se internaba sin decirle una
-palabra. Desde que el chico la sentía venir se levantaba rígido, como un
-muñeco de resortes, recordando las lecciones de urbanidad que le había
-dado su abuelo. «¿Cómo está usted?... ¿Cómo lo pasa usted?» Pero la mole
-aquélla, rival en corpulencia de Paca la memorialista, no se dignaba
-contestarle, y se alejaba haciendo estremecer el suelo, como la máquina
-de apisonar que Luis había visto en las calles de Madrid.</p>
-
-<p>Aquella noche fué muy tarde á comer el respetable Cucúrbitas. Observó el
-nieto de Villaamil que las niñas estaban impacientes. La causa era que
-tenían que ir al teatro y deseaban comer pronto. Por fin sonó la
-campanilla, y el criado fué presuroso á abrir la puerta, mientras las
-pollas, que conocían los pasos del papá y su manera de llamar, corrían
-por los pasillos dando voces para que se sirviera la comida. Al entrar
-el señor y ver á Luisín, dió á entender con ligera mueca su desagrado.
-El niño se puso en pie, soltando el saludo como un tiro á boca de jarro,
-y Cucúrbitas, sin contestarle, metióse en<span class="pagenum"><a name="page_025" id="page_025"></a>{25}</span> el despacho. Cadalsito,
-aguardando á que el señor le mandara pasar, como otras veces, vió que
-entraron las hijas dando prisa á su papá, y oyó á éste decir: «Al
-momento voy... que saquen la sopa», y no pudo menos de considerar cuán
-rica sopa sería aquella que á sacar iban. Esto pensaba, cuando una de
-las señoritas salió del despacho y le dijo: «Pasa tú». Entró gorra en
-mano, repitiendo su saludo, al cual se dignó al fin contestar D.
-Francisco con paternal acento. Era un señor muy bueno, según opinión de
-Luis, el cual, no entendiendo la expresión ligeramente ceñuda que tenía
-en su cara lustrosa el próvido funcionario, se figuró que haría aquella
-noche lo mismo que las demás. Cadalsito recordaba muy bien el trámite:
-el señor de Cucúrbitas, después de leer la carta de Villaamil, escribía
-otra ó, sin escribir nada, sacaba de su cartera un billetito verde ó
-encarnado, y metiéndolo en un sobre se lo daba y decía: «Anda, hijo; ya
-estás despachado». También era cosa corriente sacar del bolsillo duros ó
-pesetas, hacer un lío y dárselo, acompañando su acción de las mismas
-palabras de siempre, con esta añadidura: «Ten cuidado, no lo pierdas ó
-no te lo robe algún tomador. Mételo en el bolsillo del pantalón...
-Así... guapo mozo. Anda con Dios».</p>
-
-<p>Aquella noche, ¡ay!, en pie, delante de la mesa <i>de ministro</i>, observó
-Luis que D. Francisco escribía una carta, frunciendo las peludas<span class="pagenum"><a name="page_026" id="page_026"></a>{26}</span> cejas,
-y que la cerraba sin meter dentro billete ni moneda alguna. Notó también
-el niño que al echar la firma, daba mi hombre un gran suspiro, y que
-después le miraba á él con profundísima compasión.</p>
-
-<p>&mdash;Que usted lo pase bien&mdash;dijo Cadalsito cogiendo la carta; y el buen
-señor le puso la mano en la cabeza. Al despedirle, le dió dos perros
-grandes, añadiendo á su acción generosa estas magnánimas palabras: «Para
-que compres pasteles». Salió el chico tan agradecido... Pero por la
-escalera abajo le asaltó una idea triste: «Hoy no lleva nada la carta».
-Era, en efecto, la primera vez que salía de allí con la carta vacía. Era
-la primera vez que D. Francisco le daba perros á él, para su bolsillo
-privado y fomentar el vicio de comer bollos. En todo esto se fijó con la
-penetración que le daba la precoz experiencia de aquellos mensajes.
-«Pero ¡quién sabe!&mdash;dijo después con ideas sugeridas por su
-inocencia;&mdash;puede que le diga que le colocan mañana...»</p>
-
-<p><i>Canelo</i>, que ya estaba impaciente, se le unió en la puerta. Se pusieron
-ambos en camino, y en una pastelería de la calle de las Huertas compró
-Luis dos bollos de á diez céntimos. El perro se comió uno y Cadalsito el
-otro. Después, relamiéndose, apresuraron el paso, buscando la dirección
-más corta por el mismo laberinto de calles y plazuelas, desigualmente
-iluminadas y<span class="pagenum"><a name="page_027" id="page_027"></a>{27}</span> concurridas. Aquí mucho gas, allí tinieblas; acá mucha
-gente; después soledad, figuras errantes. Pasaron por calles en que la
-gente, presurosa, apenas cabía; por otras en que vieron más mujeres que
-luces; por otras en que había más perros que personas.</p>
-
-<h2><a name="III" id="III"></a>III</h2>
-
-<p>Al entrar en la calle de la Puebla, iba ya Cadalsito tan fatigado que,
-para recobrar las fuerzas, se sentó en el escalón de una de las tres
-puertas con rejas que tiene en dicha calle el convento de Don Juan de
-Alarcón. Y lo mismo fué sentarse sobre la fría piedra, que sentirse
-acometido de un profundo sueño... Más bien era aquello como un
-desvanecimiento, no desconocido para el chiquillo, y que no se
-verificaba sin que él tuviera conciencia de los extraños síntomas
-precursores. «¡Contro!&mdash;pensó muy asustado,&mdash;me va á dar aquello... me
-va á dar, me da...» En efecto, á Cadalsito <i>le daba</i> de tiempo en tiempo
-una desazón singularísima, que empezaba con pesadez de cabeza, sopor,
-frío en el espinazo, y concluía con la pérdida de toda sensación y
-conocimiento. Aquella noche, en el breve tiempo transcurrido desde que
-se sintió desfallecer hasta que se le nublaron los sentidos, se acordó
-de un pobre que solía pedir<span class="pagenum"><a name="page_028" id="page_028"></a>{28}</span> limosna en aquel mismo escalón en que él
-estaba. Era un ciego muy viejo, con la barba cana, larga y amarillenta,
-envuelto en parda capa de luengos pliegues, remendada y sucia, la cabeza
-blanca, descubierta, y el sombrero en la mano, pidiendo sólo con la
-actitud y sin mover los labios. Á Luis le infundía respeto la venerable
-figura del mendigo, y solía echarle en el sombrero algún céntimo, cuando
-lo tenía de sobra, lo que sucedía muy contadas veces.</p>
-
-<p>Pues como iba diciendo, cayó el pequeño en su letargo, inclinando la
-cabeza sobre el pecho, y entonces vió que no estaba solo. Á su lado se
-sentaba una persona mayor. ¿Era el ciego? Por un instante creyó Luis que
-sí, porque tenía barba espesa y blanca, y cubría su cuerpo con una capa
-ó manto... Aquí empezó Cadalso á observar las diferencias y semejanzas
-entre el pobre y la persona mayor, pues ésta veía y miraba y sus ojos
-eran como estrellas, al paso que la nariz, la boca y frente eran
-idénticas á las del mendigo, la barba del mismo tamaño, aunque más
-blanca, muchísimo más blanca. Pues la capa era igual y también
-diferente; se parecía en los anchos pliegues, en la manera de estar el
-sujeto envuelto en ella; discrepaba en el color, que Cadalsito no podía
-definir. ¿Era blanco, azul ó qué demonches de color era aquél? Tenía
-sombras muy suaves, por entre las cuales se deslizaban reflejos
-luminosos como los<span class="pagenum"><a name="page_029" id="page_029"></a>{29}</span> que se filtran por los huecos de las nubes. Luis
-pensó que nunca había visto tela tan bonita como aquélla. De entre los
-pliegues sacó el sujeto una mano blanca, preciosísima. Tampoco había
-visto nunca Luis mano semejante, fuerte y membruda como la de los
-hombres, blanca y fina como la de las señoras... El sujeto aquél,
-mirándole con paternal benevolencia, le dijo:&mdash;¿No me conoces? ¿No sabes
-quién soy?</p>
-
-<p>Luisito le miró mucho. Su cortedad de genio le impedía responder.
-Entonces el señor misterioso, sonriendo como los obispos cuando
-bendicen, le dijo:&mdash;Yo soy Dios. ¿No me habías conocido?</p>
-
-<p>Cadalsito sintió entonces, además de la cortedad, miedo, y apenas podía
-respirar. Quiso envalentonarse mostrándose incrédulo, y con gran
-esfuerzo de voz pudo decir:&mdash;¿Usted Dios, usted?... Ya quisiera...</p>
-
-<p>Y la aparición, pues tal nombre se le debe dar, indulgente con la
-incredulidad del buen Cadalso, acentuó más la sonrisa cariñosa,
-insistiendo en lo dicho:&mdash;Sí, soy Dios. Parece que estás asustado. No me
-tengas miedo. Si yo te quiero, te quiero mucho...</p>
-
-<p>Luis empezó á perder el miedo. Se sentía conmovido y con ganas de
-llorar.</p>
-
-<p>&mdash;Ya sé de dónde vienes&mdash;prosiguió la aparición.&mdash;El señor de Cucúrbitas
-no os ha dado nada esta noche. Hijo, no siempre se puede. Lo que<span class="pagenum"><a name="page_030" id="page_030"></a>{30}</span> él
-dice, ¡hay tantas necesidades que remediar!...</p>
-
-<p>Cadalsito dió un gran suspiro para activar su respiración, y contemplaba
-al hermoso anciano, el cual, sentado, apoyando el codo en la rodilla y
-la barba resplandeciente en la mano, ladeaba la cabeza para mirar al
-chiquitín, dando, al parecer, mucha importancia á la conversación que
-con él sostenía:&mdash;Es preciso que tú y los tuyos tengáis paciencia, amigo
-Cadalsito, mucha paciencia.</p>
-
-<p>Luis suspiró con más fuerza, y sintiendo su alma libre de miedo y al
-propio tiempo llena de iniciativas, se arrancó á decir esto:&mdash;¿Y cuándo
-colocan á mi abuelo?</p>
-
-<p>La excelsa persona que con Luisito hablaba dejó un momento de mirar á
-éste, y fijando sus ojos en el suelo, parecía meditar. Después volvió á
-encararse con el pequeño, y suspirando, ¡también él suspiraba!,
-pronunció estas graves palabras:&mdash;Hazte cargo de las cosas. Para cada
-vacante hay doscientos pretendientes. Los Ministros se vuelven locos y
-no saben á quién contentar. Tienen tantos compromisos, que no sé yo cómo
-viven los pobres. Paciencia, hijo, paciencia, que ya os caerá la
-credencial cuando salte una ocasión favorable... Por mi parte, haré
-también algo por tu abuelo... ¡Qué triste se va á poner esta noche
-cuando reciba esa carta! Cuidado no la pierdas. Tú eres un buen chico.
-Pero es preciso que estudies algo más. Hoy no<span class="pagenum"><a name="page_031" id="page_031"></a>{31}</span> te supiste la lección de
-Gramática. Dijiste tantos disparates, que la clase toda se reía, y con
-muchísima razón. ¿Qué vena te dió de decir que el <i>participio expresa la
-idea del verbo en abstracto</i>? Lo confundiste con el <i>gerundio</i>, y luego
-hiciste una ensalada de los <i>modos</i> con los <i>tiempos</i>. Es que no te
-fijas, y cuando estudias estás pensando en las musarañas...</p>
-
-<p>Cadalsito se puso muy colorado, y metiendo sus dos manos entre las
-rodillas, se las apretó.</p>
-
-<p>&mdash;No basta que seas formal en clase; es menester que estudies, que te
-fijes en lo que lees y lo retengas bien. Si no, andamos mal; me enfado
-contigo, y no vengas luego diciéndome que por qué no colocan á tu
-abuelo... Y así como te digo esto, te digo también que tienes razón en
-quejarte de <i>Posturitas</i>. Es un ordinario, un mal criado, y ya le
-restregaré yo una guindilla en la lengua cuando vuelva á decirte <i>Miau</i>.
-Por supuesto que esto de los motes debe llevarse con paciencia; y cuando
-te digan <i>Miau</i>, tú te callas y aguantas. Cosas peores te pudieran
-decir.</p>
-
-<p>Cadalsito estaba muy agradecido, y aunque sabía que Dios está en todas
-partes, se admiraba de que estuviese tan bien enterado de lo que en la
-escuela ocurría. Después se lanzó á decir:</p>
-
-<p>&mdash;¡Contro, si yo le cojo!...</p>
-
-<p>&mdash;Mira, amigo Cadalso&mdash;le dijo su interlocutor con paternal
-severidad,&mdash;no te las eches de<span class="pagenum"><a name="page_032" id="page_032"></a>{32}</span> matón, que tú no sirves para pelearte
-con tus compañeros. Son ellos muy brutos. ¿Sabes lo que haces? Cuando te
-digan <i>Miau</i>, se lo cuentas al maestro, y verás como éste pone á
-<i>Posturitas</i> en cruz media hora.</p>
-
-<p>&mdash;Vaya que si lo pone... y aunque sea una hora.</p>
-
-<p>&mdash;Ese nombre de <i>Miau</i> de lo encajaron á tu abuela y tías en el paraíso
-del Real, es á saber, porque parecen propiamente tres gatitos. Es que
-son ellas muy relamidas. El mote tiene gracia.</p>
-
-<p>Sintió Luis herida su dignidad; pero no dijo nada.</p>
-
-<p>&mdash;Ya sé que esta noche van también al Real&mdash;añadió la aparición.&mdash;Hace
-un rato les ha llevado ese Ponce los billetes. ¿Por qué no les dices tú
-que te lleven? Te gustaría mucho la ópera. ¡Si vieras qué bonita es!</p>
-
-<p>&mdash;No me quieren llevar... ¡bah!... (desconsoladísimo). Dígaselo usted.</p>
-
-<p>Aun cuando á Dios se le dice <i>tú</i> en los rezos, á Luis le parecía
-irreverente, <i>cara á cara</i>, tratamiento tan familiar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo? No quiero meterme en eso. Además, esta noche han de estar todos
-de muy mal temple. ¡Pobre abuelito tuyo! Cuando abra la carta... ¿La has
-perdido?</p>
-
-<p>&mdash;No, señor, la tengo aquí&mdash;dijo Cadalso, sacándola.&mdash;¿La quiere usted
-leer?<span class="pagenum"><a name="page_033" id="page_033"></a>{33}</span></p>
-
-<p>&mdash;No, tontín. Si ya sé lo que dice... Tu abuelo pasará un mal rato; pero
-que se conforme. Están los tiempos muy malos, muy malos...</p>
-
-<p>La excelsa imagen repitió dos ó tres veces el <i>muy malos</i>, moviendo la
-cabeza con expresión de tristeza; y desvaneciéndose en un instante,
-desapareció. Luis se restregaba los ojos, se reconocía despierto y
-reconocía la calle. Enfrente vió la tienda de cestas en cuya muestra
-había dos cabezas de toro, con jeta y cuernos de mimbre; juguete
-predilecto de los chicos de Madrid. Reconoció también la tienda de
-vinos, el escaparate con botellas; vió en los transeúntes <i>personas
-naturales</i>, y á <i>Canelo</i>, que á su lado seguía, le tuvo por verídico
-perro. Volvió á mirar á su lado buscando un rastro de la maravillosa
-visión, pero no había nada. «Es que me dió <i>aquéllo</i>&mdash;pensó Cadalsito,
-no sabiendo definir lo que le daba;&mdash;pero me ha dado de otra manera».
-Cuando se levantó tenía las piernas tan débiles, que apenas se podía
-sostener sobre ellas. Se palpó la ropa, temiendo haber perdido la carta;
-pero la carta seguía en su sitio. ¡Contro!, otras veces le había dado
-aquel desmayo, pero nunca había visto personajes tan... tan... no sabía
-cómo decirlo. Y que le vió y le habló, no tenía duda. ¡Vaya con el
-<i>Señorón</i> aquél!... ¡Si sería el Padre Eterno en <i>vida natural!</i>... ¡Si
-sería el anciano ciego que le quería dar un bromazo!...</p>
-
-<p>Pensando de este modo, dirigióse Luis á su<span class="pagenum"><a name="page_034" id="page_034"></a>{34}</span> casa con toda la prisa que
-la flojedad de sus piernas le permitía. La cabeza se le iba, y el frío
-del espinazo no se le quitaba andando. <i>Canelo</i> parecía muy
-preocupado... ¡Si habría visto también algo!... ¡Lástima que no pudiese
-hablar para que atestiguara la verdad de la visión maravillosa! Porque
-Luis recordaba que, durante el coloquio, Dios acarició dos ó tres veces
-la cabeza de <i>Canelo</i>, y que éste le miraba sacando mucho la lengua...
-Luego <i>Canelo</i> podría dar fe...</p>
-
-<p>Llegó por fin á su casa, y como le sintieran subir, Abelarda le abrió la
-puerta antes de que llamara. Su abuelo salió ansioso á recibirle, y el
-niño, sin decir una palabra, puso en sus manos la carta. Don Ramón fué
-hacia el despacho, palpándola antes de abrirla, y en el mismo instante
-doña Para llamó á Luis para que fuera á comer, pues la familia estaba ya
-concluyendo. No le habían esperado porque tardaba mucho, y las señoras
-tenían que irse al teatro de prisa y corriendo, para coger un buen
-puesto en el paraíso antes de que se agolpara la gente. En dos platos
-tapados, uno sobre otro, le habían guardado al nieto su sopa y cocido,
-que estaban ya fríos cuando llegó á catarlos; mas como su hambre era
-tanta, no reparó en la temperatura.</p>
-
-<p>Estaba doña Pura atando al pescuezo de su nieto la servilleta de tres
-semanas, cuando entró<span class="pagenum"><a name="page_035" id="page_035"></a>{35}</span> Villaamil á comer el postre. Su cara tomaba
-expresión de ferocidad sanguinaria en las ocasiones aflictivas, y aquel
-bendito, incapaz de matar una mosca, cuando le amargaba una pesadumbre
-parecía tener entre los dientes carne humana cruda, sazonada con acíbar
-en vez de sal. Sólo con mirarle comprendió doña Pura que la carta había
-venido <i>in albis</i>. El infeliz hombre empezó á quitar maquinalmente las
-cáscaras á dos nueces resecas que en el plato tenía. Su cuñada y su hija
-le miraban también, leyendo en su cara de tigre caduco y veterano la
-pena que interiormente le devoraba. Por poner una nota alegre en cuadro
-tan triste, Abelarda soltó esta frase:&mdash;Ha dicho Ponce que la ovación de
-esta noche será para la Pellegrini.</p>
-
-<p>&mdash;Me parece una injusticia&mdash;afirmó doña Pura con sus cinco sentidos&mdash;que
-se quiera humillar á la Scolpi Rolla, que canta su parte de Amneris muy
-á conciencia. Verdad que sus éxitos los debe más al buen palmito y á que
-enseña las piernas. Pero la Pellegrini con tantos humos no es ninguna
-cosa del otro jueves.</p>
-
-<p>&mdash;Calla, mujer&mdash;indicó Milagros doctoralmente.&mdash;Mira que la otra noche
-<i>dijo</i> el <i>fuggi fuggi, tu sei perdutto</i> como no lo hemos oído desde los
-tiempos de Rossina Penco. No tiene más sino que bracea demasiado, y,
-francamente, la ópera es para cantar bien, no para hacer gestos.</p>
-
-<p>&mdash;Pero no nos descuidemos&mdash;dijo Pura.&mdash;<span class="pagenum"><a name="page_036" id="page_036"></a>{36}</span>En noches así, el que se
-descuida se queda en la escalera.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quiá!... ¿Pero no creéis que Guillén ó los chicos de Medicina nos
-guardarán los asientos?</p>
-
-<p>&mdash;No hay que fiar... Vámonos, no nos pase lo de la otra noche, ¡Dios
-mío!, que si no es por aquellos muchachos tan finos, los de Farmacia,
-¿sabes?, nos quedamos en la puerta como unas pasmarotas.</p>
-
-<p>Villaamil, que nada de esto oía, se comió un higo pasado, creo que
-tragándolo entero, y fué hacia su despacho con paso decidido, como quien
-va á hacer una atrocidad. Su mujer le siguió, y cariñosa le dijo:&mdash;¿Qué
-hay? ¿Es que esa nulidad no te ha mandado nada?</p>
-
-<p>&mdash;Cero&mdash;replicó Villaamil con voz que parecía salir del centro de la
-tierra.&mdash;Lo que yo te decía, se ha cansado. No se puede abusar un día y
-otro día... Me ha hecho tantos favores, tantos, que pedir más es
-temeridad. ¡Cuánto siento haberle escrito hoy!</p>
-
-<p>&mdash;¡Bandido!&mdash;exclamó iracunda la señora, que solía dar esta denominación
-y otras peores á los amigos que se ladeaban para evitar el sablazo.</p>
-
-<p>&mdash;Bandido no&mdash;declaró Villaamil, que ni en los momentos de mayor
-tribulación se permitía ultrajar al <i>contribuyente</i>.&mdash;Es que no siempre
-se está en disposición de socorrer al prójimo. Bandido, no. Lo que es
-ideas no las tiene ni las ha tenido nunca; pero eso no quita que sea
-uno<span class="pagenum"><a name="page_037" id="page_037"></a>{37}</span> de los hombres más honrados que hay en la Administración.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no será tanto (con enfado impertinente), cuando le luce el pelo
-como le luce. Acuérdate de cuando fué compañero tuyo en la Contaduría
-Central. Era el más bruto de la oficina. Ya se sabía; descubierta una
-barbaridad, todos decían: «Cucúrbitas». Después, ni un día cesante, y
-siempre para arriba. ¿Qué quiere decir esto? Que será muy bruto, pero
-que entiende mejor que tú la aguja de marear. ¿Y crees que no se hace
-pagar á tocateja el despacho de los expedientes?</p>
-
-<p>&mdash;Cállate, mujer.</p>
-
-<p>&mdash;¡Inocente!... Ahí tienes por lo que estás como estás, olvidado y en la
-miseria; por no tener ni pizca de trastienda y ser tan devoto de <i>San
-Escrúpulo bendito</i>. Créeme, eso ya no es honradez, es sosería y necedad.
-Mírate en el espejo de Cucúrbitas; él será todo lo melón que se quiera,
-pero verás cómo llega á Director, quizás á Ministro. Tú no serás nunca
-nada, y si te colocan, te darán un pedazo de pan, y siempre estaremos lo
-mismo (acalorándose). Todo por tus gazmoñerías, porque no te haces
-valer, porque <i>fray modesto</i> ya sabes que no llegó nunca á ser guardián.
-Yo que tú, me iría á un periódico y empezaría á vomitar todas las
-picardías que sé de la Administración, los enjuagues que han hecho
-muchos que hoy están en candelero. Eso,<span class="pagenum"><a name="page_038" id="page_038"></a>{38}</span> cantar claro, y caiga el que
-caiga... desenmascarar á tanto pillo... Ahí duele. ¡Ah! entonces verías
-cómo les faltaba tiempo para colocarte; verías cómo el Director mismo
-entraba aquí, sombrero en mano, á suplicarte que aceptaras la
-credencial.</p>
-
-<p>&mdash;Mamá, que es tarde&mdash;dijo Abelarda desde la puerta, poniéndose la
-toquilla.</p>
-
-<p>&mdash;Ya voy. Con tantos remilgos, con tantos miramientos como tú tienes,
-con eso de llamarles á todos <i>dignísimos</i>, y ser tan delicado y tan de
-ley que estás siempre montado al aire como los brillantes, lo que
-consigues es que te tengan por un cualquiera. Pues sí (alzando el
-grito), tú debías ser ya Director, como esa es luz, y no lo eres por
-mandria, por apocado, porque no sirves para nada, vamos, y no sabes
-vivir. No; si con lamentos y con suspiros no te van á dar lo que
-pretendes. Las credenciales, señor mío, son para los que se las ganan
-enseñando los colmillos. Eres inofensivo, no muerdes, ni siquiera
-ladras, y todos se ríen de ti. Dicen: «¡Ah, Villaamil, qué honradísimo
-es! ¡Oh! el empleado <i>probo</i>...» Yo, cuando me enseñan un <i>probo</i>, le
-miro á ver si tiene los codos de fuera. En fin, que te caes de honrado.
-Decir honrado, á veces es como decir ñoño. Y no es eso, no es eso. Se
-puede tener toda la integridad que Dios manda, y ser un hombre que mire
-por sí y por su familia...</p>
-
-<p>&mdash;Déjame en paz&mdash;murmuró Villaamil desalentado,<span class="pagenum"><a name="page_039" id="page_039"></a>{39}</span> sentándose en una silla
-y derrengándola.</p>
-
-<p>&mdash;Mamá&mdash;repetía la señorita, impaciente.</p>
-
-<p>&mdash;Ya voy, ya voy.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no puedo ser sino como Dios me ha hecho&mdash;declaró el infeliz
-cesante.&mdash;Pero ahora no se trata de que yo sea así ó asado; trátase del
-pan de cada día, del pan de mañana. Estamos como queremos, sí... Tenemos
-cerrado el horizonte por todas partes. Mañana...</p>
-
-<p>&mdash;Dios no nos abandonará&mdash;dijo Pura intentando robustecer su ánimo con
-esfuerzos de esperanza, que parecían pataleos de náufrago.&mdash;Estoy tan
-acostumbrada á la escasez, que la abundancia me sorprendería y hasta me
-asustaría... Mañana...</p>
-
-<p>No acabó la frase ni aun con el pensamiento. Su hija y su hermana le
-daban tanta prisa, que se arregló apresuradamente. Al envolverse en la
-cabeza la toquilla azul, dió esta orden á su marido: «Acuesta al niño.
-Si no quiere estudiar, que no estudie. Bastante tiene que hacer el
-pobrecito, porque mañana supongo que saldrá á repartirte dos arrobas de
-cartas».</p>
-
-<p>El buen Villaamil sintió un gran alivio en su alma cuando las vió salir.
-Mejor que su familia le acompañaba su propia pena, y se entretenía y
-consolaba con ella mejor que con las palabras de su mujer, porque su
-pena, si le oprimía el corazón, no le arañaba la cara, y doña<span class="pagenum"><a name="page_040" id="page_040"></a>{40}</span> Pura, al
-cuestionar con él, era toda pico y uñas toda.</p>
-
-<h2><a name="IV" id="IV"></a>IV</h2>
-
-<p>Cadalsito estaba en el comedor, sentado á la mesa, los codos sobre ella,
-los libros delante. Éstos eran tantos, que el escolar se sentía
-orgulloso de ponerlos en fila, y parecía que les pasaba revista, como un
-general á sus unidades tácticas. Estaban los infelices tan estropeados,
-cual si hubieran servido de proyectiles en furioso combate; las hojas
-retorcidas, los picos de las cubiertas doblados ó rotos, la pasta con
-pegajosa mugre. Pero no faltaba á ninguno, en la primera hoja, una
-inscripción en letra vacilante que declaraba la propiedad de la finca,
-pues sería en verdad muy sensible que no se supiera que pertenecían
-exclusivamente á Luis Cadalso y Villaamil. Éste cogía uno cualquiera, á
-la suerte, á ver lo que salía. ¡Contro, siempre salía la condenada
-Gramática!... Abríala con prevención y veía las letras hormiguear sobre
-el papel iluminado por la luz de la lámpara colgante. Parecían mosquitos
-revoloteando en un rayo de sol. Cadalso leía algunos renglones. «¿Qué es
-adverbio?» Las letras de la respuesta eran las que se habían propuesto
-no dejarse leer, corriendo y saltando de una margen á otra. Total, que
-el adverbio debía de ser una<span class="pagenum"><a name="page_041" id="page_041"></a>{41}</span> cosa muy buena; pero Cadalsito no lograba
-enterarse de ello claramente. Después leía páginas enteras, sin que el
-sentido de ellas penetrara en su espíritu, que no se había desprendido
-aún del asombro de la visión; ni se le había quitado el malestar del
-cuerpo, á pesar de haber comido con tanta gana; y como notase que al
-fijar la atención en el libro se ponía peor, tuvo por buen remedio el ir
-doblando una á una las puntas de las hojas de la Gramática, hasta dejar
-el pobre libro rizado como una escarola.</p>
-
-<p>En esto estaba cuando sintió que su abuelo salía del despacho. Se le
-había apagado la luz por falta de petróleo, y aunque no escribía, la
-obscuridad le lanzó de su guarida hacia el comedor. En éste y en el
-pasillo se paseó un rato el infeliz hombre, excitadísimo, hablando solo
-y dando algunos tropezones, porque la desigual y en algunos puntos
-agujereada estera no permitía el paso franco por aquellas regiones.</p>
-
-<p>Otras noches que se quedaban solos abuelo y nieto, aquél le tomaba las
-lecciones, repitiéndoselas y fijándoselas en la memoria. Aquella noche,
-Villaamil no estaba para lecciones, lo que agradeció mucho el pequeño,
-quien por el bien parecer empezó á desdoblar las hojas del martirizado
-texto, planchándolas con la palma de la mano. Poco después, el mismo
-libro fué blando cojín para su cabeza, fatigada de estudios y visiones,<span class="pagenum"><a name="page_042" id="page_042"></a>{42}</span>
-y dejándola caer se quedó dormido sobre la definición del adverbio.</p>
-
-<p>Villaamil decía: «Esto ya es demasiado. Señor Todopoderoso. ¿Qué he
-hecho yo para que me trates así? ¿Por qué no me colocan? ¿Por qué me
-abandonan hasta los amigos en quienes más confiaba?» Tan pronto se
-abatía el ánimo del cesante sin ventura, como se inflamaba, suponiéndose
-perseguido por ocultos enemigos que le habían jurado rencor eterno.
-«¿Quién será, pero quién será el danzante que me hace la guerra? Algún
-ingrato, quizás, que me debe su carrera». Para mayor desconsuelo, se le
-representaba entonces toda su vida administrativa, carrera lenta y
-honrosa en la Península y Ultramar, desde que entró á servir allá por el
-año 41 y cuando tenía veinticuatro de edad (siendo Ministro de Hacienda
-el Sr. Surrá). Poco tiempo había estado cesante antes de la terrible
-crujía en que le encontramos: cuatro meses en tiempo de Bertrán de Lis,
-once durante el bienio, tres y medio en tiempo de Salaverría. Después de
-la Revolución pasó á Cuba y luego á Filipinas, de donde le echó la
-disentería. En fin, que había cumplido sesenta años, y los de servicio,
-bien sumados, eran treinta y cuatro y diez meses. Le faltaban dos para
-jubilarse con los cuatro quintos del sueldo regulador, que era el de su
-destino más alto, Jefe de Administración de tercera. «¡Qué mundo éste!<span class="pagenum"><a name="page_043" id="page_043"></a>{43}</span>
-¡Cuánta injusticia! ¡Y luego no quieren que haya revoluciones!... No
-pido más que los dos meses, para jubilarme con los cuatro quintos, sí,
-señor...» En lo más vivo de su soliloquio, vaciló y fué á chocar contra
-la puerta, repercutiendo al punto para dar con su cuerpo en el borde de
-la mesa, que se estremeció toda. Despertando sobresaltado, oyó Luis á su
-abuelo pronunciar claramente al incorporarse estas palabras, que le
-parecieron lo más terrorífico que había oído en su vida: «...¡con
-arreglo á la ley de Presupuestos del 35, modificada el 65 y el 68!»</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué, papá?&mdash;dijo espantado.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, hijo; esto no va contigo. Duérmete. ¿No tienes ganas de
-estudiar? Haces bien. ¿Para qué sirve el estudio? Mientras más burro sea
-el hombre, mientras más pillo, mejor carrera hace... Vamos, á la cama,
-que es tarde.</p>
-
-<p>Villaamil buscó y halló una palmatoria, mas no le fué tan fácil
-encontrar vela que encender en ella. Por fin, revolviendo mucho,
-descubrió unos cabos en la mesa de noche de Pura, y encendido uno de
-ellos, se dispuso á acostar al niño. Éste dormía en la alcoba de
-Milagros, que estaba en el mismo comedor. Había en aquella pieza un
-tocador del tiempo de <i>vivan las caenas</i>, una cómoda jubilada con los
-cuatro quintos de su cajonería, varios baúles y las dos camas. En toda
-la casa, á excepción de la sala, que estaba puesta con relativa
-elegancia, se revelaba<span class="pagenum"><a name="page_044" id="page_044"></a>{44}</span> la escasez, el abandono y esa ruina lenta que
-resulta del no reparar lo que el tiempo desluce y estraga.</p>
-
-<p>Empezó el abuelo á desnudar á su nieto, y le decía: «Sí, hijo mío,
-bienaventurados los brutos, porque de ellos es el reino... de la
-Administración». Y le desabrochaba la chaqueta, y le tiraba de las
-mangas con tanta fuerza, que á poco más se cae el chico al suelo. «Hijo
-mío, ve aprendiendo, ve aprendiendo para cuando seas hombre. Del que
-está caído nadie se acuerda, y lo que hacen es patearle y destrozarle
-para que no se pueda levantar... Figúrate tú que yo debiera ser Jefe de
-Administración de segunda, pues ahora me tocaría ascender con arreglo á
-la ley de Cánovas del 76, y aquí me tienes pereciendo... Llueven
-recomendaciones sobre el Ministro, y nada... Se le dice: «Vea usted los
-antecedentes», y nada. ¿Tú crees que él se cuida de examinar mis
-antecedentes? Pues si lo hiciera... Todo se vuelve promesas,
-aplazamientos; que espera una ocasión favorable; que ha tomado nota
-preferente... En fin, las pamplinas que usan para salir del paso... Yo,
-que he servido siempre lealmente, que he trabajado como un negro; yo que
-no he dado el más ligero disgusto á mis jefes...; yo, que estando en la
-Secretaría, allá por el 52, le caí en gracia á don Juan Bravo Murillo,
-que me llamó un día á su despacho y me dijo... lo que callo por
-modestia...<span class="pagenum"><a name="page_045" id="page_045"></a>{45}</span> ¡Ah! si aquel grande hombre levantara la cabeza y me viera
-cesante... Yo, que el 55 hice un plan de presupuestos que mereció los
-elogios del Sr. D. Pascual Madoz y del Sr. D. Juan Bruil, plan que en
-veinte años de meditaciones he rehecho después, explanándolo en cuatro
-memorias que ahí tengo! Y no es cosa de broma. Supresión de todas las
-contribuciones actuales, substituyéndolas con el <i>income tax</i>... ¡Ah, el
-<i>income tax</i>! Es el sueño de toda mi vida, el objeto de tantísimos
-estudios y el resultado de una larga experiencia... No lo quieren
-comprender y así está el país... cada día más perdido, más pobre, y
-todas las fuentes de riqueza secándose que es un dolor... Yo lo
-sostengo: el impuesto único, basado en la buena fe, en la emulación y en
-el amor propio del contribuyente, es el remedio mejor de la miseria
-pública. Luego, la renta de Aduanas, bien reforzada, con los derechos
-muy altos para proteger la industria nacional... Y por último, la
-unificación de las Deudas, reduciéndolas á un tipo de emisión y á un
-tipo de interés...» Al llegar aquí, tiró Villaamil con tanta fuerza de
-los pantalones de Luis, que el niño lanzó un ¡ay! diciendo: «Abuelo, que
-me arrancas las piernas». Á lo que el irritado viejo contestó secamente:
-«Por fuerza tiene que haber un enemigo oculto, algún trasto que se ha
-propuesto hundirme, deshonrarme...»<span class="pagenum"><a name="page_046" id="page_046"></a>{46}</span></p>
-
-<p>Por fin quedó Luis acostado. Había costumbre de no apagarle la luz hasta
-mucho después de dormido, porque le daban pesadillas, y despertándose
-con sobresalto se espantaba de la obscuridad. En vista de que el primer
-cabo de vela se apagaba, encendió otro el abuelo, y sentándose junto á
-la cómoda, se puso á leer <i>La Correspondencia</i>, que acababan de echar
-por debajo de la puerta. En su febril trastorno, el desventurado buscaba
-ansioso las noticias de personal, y por una fatal puntería de su
-espíritu, encontraba al instante las noticias malas. «Ha sido nombrado
-oficial primero en la Dirección de Impuestos el Sr. Montes... Real
-decreto concediendo á D. Basilio Andrés de la Caña los honores de Jefe
-superior de Administración». «Esto es escandaloso, esto es el <i>delírium
-tremens</i> del polaquismo. Ni en las kabilas de África pasa esto. ¡Pobre
-país, pobre España!... Se ponen los pelos de punta pensando lo que va á
-venir aquí con este desbarajuste administrativo... Es buena persona
-Basilio; ¡pero si ayer, como quien dice, le tuve de oficial cuarto á mis
-órdenes!...» Tras de la pena venía la esperanza. «Pronto se hará la
-combinación de personal con arreglo á la nueva plantilla de la Dirección
-de Contribuciones. Dícese que serán colocados varios funcionarios
-inteligentes que hoy se hallan cesantes».</p>
-
-<p>Las miradas de Villaamil bailaron un instante sobre el papel, de letra
-en letra. Los ojos<span class="pagenum"><a name="page_047" id="page_047"></a>{47}</span> se le humedecieron. ¿Iría él en aquella combinación?
-Cabalmente, los amigos que le recomendaban al Ministro en aquella
-campaña fatigosa, proponíanle para la próxima hornada. «¡Dios mío, si
-iré en esa bendita combinación! ¿Y cuándo será? Me dijo Pantoja que
-sería cosa de tres ó cuatro días».</p>
-
-<p>Y como la esperanza reanimaba todo su ser dándole un inquieto hormigueo,
-lanzóse al dédalo obscuro de los pasillos. «La combinación... la
-plantilla nueva... dar entrada á los funcionarios inteligentes, y además
-de inteligentes, digo yo, identificados con... ¡Dios mío! inspírales,
-mete todas tus luces dentro de esas molleras... que vean claro... que se
-fijen en mí; que se enteren de mis antecedentes. Si se enteran de ellos,
-no hay cuestión; me nombran... ¿Me nombrarán? No sé qué voz secreta me
-dice que sí. Tengo esperanza. No, no quiero consentirme ni
-entusiasmarme. Vale más que seamos pesimistas, muy pesimistas, para que
-luego resulte lo contrario de lo que se teme. Observo yo que cuando uno
-espera confiado, ¡pum! viene el batacazo. Ello es que siempre nos
-equivocamos. Lo mejor es no esperar nada, verlo todo negro, negro como
-boca de lobo, y entonces, de repente, ¡pum!... la luz... Sí, Ramón,
-figúrate que no te dan nada, que no hay para ti esperanza, á ver si
-creyéndolo así, viene la contraria... Porque yo he observado que siempre
-sale la contraria...<span class="pagenum"><a name="page_048" id="page_048"></a>{48}</span> Y en tanto, mañana moveré todas mis teclas, y
-escribiré á unos amigos y veré á otros, y el Ministro... ante tantas
-recomendaciones... ¡Dios mío! ¡qué idea! ¿no sería bueno que yo mismo
-escribiese al Ministro?...»</p>
-
-<p>Al decir esto, volvió maquinalmente á donde Cadalsito dormía, y,
-contemplándole, pensó en las caminatas que tenía que dar al día
-siguiente para repartir la correspondencia. Cómo se encadenó esto con
-las imágenes que en el cerebro del niño determinaba el sueño, no puede
-saberse; pero ello es que mientras su abuelo le miraba, Luis, ya
-profundamente dormido, estaba viendo al mismo sujeto de barba blanca; y
-lo más particular es que le veía sentado delante de un pupitre en el
-cual había tantas, tantísimas cartas, que no bajaban, según Cadalsito,
-de un par de cuatrillones. El Señor escribía con una letra que á Luis le
-parecía la más perfecta cursiva que se pudiera imaginar. Ni don
-Celedonio, el maestro de su escuela, la haría mejor. Concluída cada
-carta, la metía el Padre Eterno en un sobre más blanco que la nieve, lo
-acercaba á su boca, sacaba de ésta un buen pedazo de lengua fina y
-rosada, para humedecer con rápido pase la goma; cerraba, y volviendo á
-coger la pluma, que era, ¡cosa más rara!, la de Mendizábal, y mojada,
-por más señas, en el mismo tintero, se disponía á escribir la dirección.
-Mirando por encima del hombro, Luisito<span class="pagenum"><a name="page_049" id="page_049"></a>{49}</span> creyó ver que aquella mano
-inmortal trazaba sobre el papel lo siguiente:</p>
-
-<p class="c">
-B. L. M.<br />
-<br />
-<i>Al Excmo. Sr. Ministro de Hacienda,</i><br />
-<i>cualisquiera que sea,</i><br />
-<span style="margin-left: 8em;"><i>seguro servidor,</i></span><br />
-<span style="margin-left: 10em;"><b><i>Dios</i></b></span>.<br />
-</p>
-
-<h2><a name="V" id="V"></a>V</h2>
-
-<p>Aquella noche no durmió Villaamil ni un cuarto de hora seguido. Se
-aletargaba un instante; pero la idea de la combinación próxima, el
-criterio pesimista que se había impuesto, poniéndose en lo peor y
-esperando lo malo para que viniese lo bueno, le sembraban de espinas el
-lecho, desvelándole apenas cerraba los ojos. Cuando su mujer volvió del
-teatro, Villaamil habló con ella algunas palabras extraordinariamente
-desconsoladoras. Ello fué algo referente á la dificultad de allegar
-provisiones para el día siguiente, pues no había en la casa ninguna
-especie de moneda ni tampoco materia hipotecable; el crédito estaba
-agotado, y apuradas también la generosidad y paciencia de los amigos.</p>
-
-<p>Aunque afectaba serenidad y esperanza, doña Pura estaba muy intranquila,
-y también<span class="pagenum"><a name="page_050" id="page_050"></a>{50}</span> pasó la noche en claro, haciendo cálculos para el día
-siguiente, que tan pavoroso y adusto se anunciaba. Ya no se atrevía á
-mandar traer géneros á crédito de ningún establecimiento, porque todo
-era malas caras, grosería, desconsideración, y no pasaba día sin que un
-tendero exigente y descortés armase un cisco en la misma puerta del
-cuarto segundo. ¡Empeñar! La mente de la señora hizo rápida síntesis de
-todas las prendas útiles que estaban condenadas al ostracismo: alhajas,
-capas, mantas, abrigos. Se había llegado al máximum de emisión,
-digámoslo así, en esta materia, y no había forma humana de desabrigarse
-más de lo que ya lo estaba toda la familia. Una pignoración en grande
-escala se había verificado el mes anterior (Enero del 78) el mismo día
-del casamiento de D. Alfonso con la reina Mercedes. Y sin embargo, las
-tres <i>Miaus</i> no perdieron ninguna de las fiestas públicas que con aquel
-motivo se celebraron en Madrid. Iluminaciones, retretas, el paso de la
-comitiva hacia Atocha; todo lo vieron perfectamente, y de todo gozaron
-en los sitios mejores, abriéndose paso á codazo limpio entre las
-multitudes.</p>
-
-<p>¡La sala, hipotecar algo de la sala! Esta idea causaba siempre terror y
-escalofríos á doña Pura, porque la sala era la parte del menaje que á su
-corazón interesaba más, la verdadera expresión simbólica del hogar
-doméstico. Poseía<span class="pagenum"><a name="page_051" id="page_051"></a>{51}</span> muebles bonitos, aunque algo anticuados, testigos del
-pasado esplendor de la familia Villaamil; dos entredoses negros con
-filetes de oro y lacas, y cubiertas de mármol; sillería de damasco,
-alfombra de moqueta y unas cortinas de seda que habían comprado al
-Regente de la audiencia de Cáceres, cuando levantó la casa por
-traslación. Tenía doña Pura á las tales cortinas en tanta estima como á
-las telas de su corazón. Y cuando el espectro de la necesidad se le
-aparecía y susurraba en su oído con terrible cifra el conflicto
-económico del día siguiente, doña Pura se estremecía de pavor, diciendo:
-«No, no; antes las camisas que las cortinas». Desnudar los cuerpos le
-parecía sacrificio tolerable; pero desnudar la sala... ¡eso nunca! Los
-de Villaamil, á pesar de la cesantía con su grave disminución social,
-tenían bastantes visitas. ¡Qué dirían éstas si vieran que faltaban las
-cortinas de seda, admiradas y envidiadas por cuantos las veían! Doña
-Pura cerró los ojos queriendo desechar la fatídica idea y dormirse; pero
-la sala se había metido dentro de su entrecejo y la estuvo viendo toda
-la noche, tan limpia, tan elegante... Ninguna de sus amigas tenía una
-sala igual. La alfombra estaba tan bien conservada, que parecía que
-humanos pies no la pisaban, y era que de día la defendían con pasos de
-quita y pon, cuidando de limpiarla á menudo. El piano vertical,
-desafinado, sí, desafinadísimo,<span class="pagenum"><a name="page_052" id="page_052"></a>{52}</span> tenía el palisandro de su caja
-resplandeciente. En la sillería no se veía una mota. Los entredoses
-relumbraban, y lo que sobre ellos había, aquel reloj dorado y sin hora,
-los candelabros dentro de fanales, todo estaba cuidado exquisitamente.
-Pues las mil baratijas que completaban la decoración, fotografías en
-marcos de papel cañamazo, cajas que fueron de dulces, perritos de
-porcelana y una licorera de imitación de Bohemia, también lucían sin
-pizca de polvo. Abelarda se pasaba las horas muertas limpiando estos
-cachivaches y otros que no he mencionado todavía. Eran objetos de
-frágiles tablillas caladas, de esos que sirven de entretenimiento á los
-aficionados á la marquetería doméstica. Un vecino de la casa tenía
-maquinilla de trepar y hacía mil primores que regalaba á los amigos.
-Había cestos, estantillos, muebles diminutos, capillas góticas y
-chinescas pagodas, todo muy mono, muy frágil, de <i>mírame y no me
-toques</i>, y muy difícil de limpiar.</p>
-
-<p>Doña Pura dió una vuelta en la cama, como queriendo variar sus lúgubres
-ideas con un cambio de postura. Pero entonces vió en su mente con mayor
-claridad las suntuosas cortinas, color de amaranto, de seda riquísima,
-de esa seda <i>que no se ve ya en ninguna parte</i>. Todas las señoras que
-iban de visita habían de coger y palpar la incomparable tela, y frotarla
-entre los dedos para apreciar la clase. ¡Pero<span class="pagenum"><a name="page_053" id="page_053"></a>{53}</span> había que tomarle el peso
-para saber lo que era aquello!... En fin, doña Pura consideraba que
-mandar las cortinas al Monte ó la casa de préstamos, era trance tan
-doloroso como embarcar un hijo para América.</p>
-
-<p>En tanto que la <i>figura de Fra Angélico</i> se agitaba en su angosto
-colchón (dormía en la alcobita de la sala, y su marido, desde que vino
-de Filipinas, ocupaba solo la alcoba del gabinete), proponíase distraer
-y engañar su pena recordando las emociones de la ópera y lo bien que
-dijo el barítono aquello de <i>rivedrai le foreste imbalsamate</i>...</p>
-
-<p>Villaamil, solo, insomne y calenturiento, se revolcaba en el gran
-camastro matrimonial, cuyo colchón de muelles tenía los <i>ídem</i> en
-lastimoso estado, los unos quebrados y hundidos, los otros estirados y
-en erección. El de lana, que encima estaba, no le iba en zaga, pues todo
-era pelmazos por aquí, vaciedades por allá, de modo que la cama habría
-podido figurar dignamente en las mazmorras de la Inquisición para
-escarmiento de herejes. El pobre cesante tenía en su lecho la expresión
-externa ó el molde de las torturas de su alma, y así, cuando la
-hormiguilla del insomnio le hacía dar una vuelta, caía en profunda sima,
-del centro de la cual surgía como la joroba de un demonio, enorme
-espolón que se le clavaba en los riñones; y cuando salía de la sima, un
-amasijo de lana,<span class="pagenum"><a name="page_054" id="page_054"></a>{54}</span> duro y fuerte como el puño, le estropeaba las
-costillas.</p>
-
-<p>Algunas voces dormía tal cual en medio de estos accidentes; pero aquella
-noche, la exaltación de su cerebro le agrandaba en la obscuridad las
-desigualdades del terreno: ya creía que se despeñaba, quedándose con los
-pies en alto, ya que se balanceaba en el vértice de una eminencia ó que
-iba navegando hacia Filipinas con un tifón de mil demonios. «Seamos
-pesimistas&mdash;era su tema;&mdash;pensemos, con todo el vigor del pensamiento,
-que no me van á incluir en la combinación, á ver si me sorprende la
-felicidad del nombramiento. No esperaré el hecho feliz, no, no lo
-espero, para que suceda. Siempre pasa lo que no se espera. Póngome en lo
-peor. No te colocan, no te colocan, pobre Ramón; verás cómo ahora
-también se burlan de ti. Pero aunque estoy convencido de que no consigo
-nada, convencidísimo, sí, y no hay quien me apee de esto; aunque sé que
-mis enemigos no se apiadarán de mí, pondré en juego todas las
-influencias y haré que hasta el lucero del alba le hable al Ministro.
-Por supuesto, amigo Ramón, todo inútil. Verás cómo no te hacen maldito
-caso; tú lo has de ver. Yo estoy tan convencido de ello, como de que
-ahora es de noche. Y bien puedes desechar hasta el último vislumbre de
-credulidad. Nada de melindres de esperanza; nada de <i>si será ó no
-será</i>;<span class="pagenum"><a name="page_055" id="page_055"></a>{55}</span> nada de debilidades optimistas. No lo catas, no lo catas, aunque
-revientes».</p>
-
-<h2><a name="VI" id="VI"></a>VI</h2>
-
-<p>Doña Pura durmió al fin profundamente toda la madrugada y parte de la
-mañana. Villaamil se levantó á las ocho sin haber pegado los ojos.
-Cuando salió de su alcoba, entre ocho y nueve, después de haberse
-refregado el hocico con un poco de agua fría y de pasarse el peine por
-la rala cabellera, nadie se había levantado aún. La estrechez en que
-estaban no les permitía tener criada, y entre las tres mujeres hacían
-desordenadamente los menesteres de la casa. Milagros era la que guisaba;
-solía madrugar más que las otras dos; pero la noche anterior se había
-acostado muy tarde, y cuando Villaamil salió de su habitación
-dirigiéndose á la cocina, la cocinera no estaba aún allí. Examinó el
-fogón sin lumbre, la carbonera exhausta; y en la alacena que hacía de
-despensa vió mendrugos de pan, un envoltorio de papeles manchados de
-grasa, que debía de contener algún resto de jamón, carne fiambre ó cosa
-así, un plato con pocos garbanzos, un pedazo de salchicha, un huevo y
-medio limón... El tigre dió un suspiro y pasó al comedor para registrar
-el cajón del aparador, en el cual, entre<span class="pagenum"><a name="page_056" id="page_056"></a>{56}</span> los cuchillos y las
-servilletas, había también pedazos de pan duro. En esto oyó rebullicio,
-después rumor de agua, y he aquí que aparece Milagros con su cara
-gatesca muy lavada, bata suelta, el pelo en sortijillas enroscadas con
-papeles, y un pañuelo blanco por la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay chocolate?&mdash;le preguntó su cuñado sin más saludo.</p>
-
-<p>&mdash;Hay media onza nada más&mdash;replicó la señora, corriendo á abrir el cajón
-de la mesa de la cocina donde estaba.&mdash;Te lo haré en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;No, á mí no. Lo haces para el niño. Yo no necesito chocolate. No tengo
-gana. Tomaré un pedazo de pan seco y beberé encima un poco de agua.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Busca por ahí. Pan no falta. También hay en la alacena un
-trocito de jamón. El huevo ése es para mí hermana, si te parece. Voy á
-encender lumbre. Haz el favor de partirme unas astillas mientras yo voy
-á ver si encuentro fósforos.</p>
-
-<p>Don Ramón, después de morder el pan, cogió el hacha y empezó a partir un
-madero, que era la pata de una silla vieja, dando un suspiro á cada
-golpe. Los estallidos de la fibra leñosa al desgarrarse parecían tan
-inherentes á la persona de Villaamil, como si éste se arrancase tiras
-palpitantes de sus secas carnes y astillas de sus pobres huesos. En
-tanto, Milagros armaba el templete de carbones y palitroques.<span class="pagenum"><a name="page_057" id="page_057"></a>{57}</span></p>
-
-<p>&mdash;Y hoy, ¿se pone cocido?&mdash;preguntó á su cuñado con cierto misterio.</p>
-
-<p>Villaamil meditó sobre aquel problema tan descarnadamente
-planteado.&mdash;Tal vez... ¡quién sabe!&mdash;replicó, lanzando su imaginación á
-lo desconocido.&mdash;Esperemos á que se levante Pura.</p>
-
-<p>Ésta era la que resolvía todos los conflictos, como persona de
-iniciativa, de inesperados golpes y de prontas resoluciones. Milagros
-era toda pasividad, modestia y obediencia. No alzaba nunca la voz, no
-hacía observaciones á lo que su hermana ordenaba. Trabajaba para los
-demás por impulso de su conciencia humilde y por hábito de
-subordinación. Unida fatalmente durante toda su vida al mísero destino
-de aquella familia, y partícipe de las vicisitudes de ésta, jamás se
-quejó ni se la oyó protestar de su malhadada suerte. Considerábase una
-gran artista malograda en flor, por falta de ambiente; y al verse
-perdida para el arte, la tristeza de esta situación ahogaba todas las
-demás tristezas. Hay que decir aquí que Milagros había nacido con
-excelentes dotes de cantante de ópera. Á los veinticinco años tenía una
-voz preciosísima, regular escuela y loca afición á la música. Pero la
-fatalidad no le permitió nunca lanzarse á la verdadera vida de artista.
-Amores desgraciados, cuestiones de familia aplazaron de día en día la
-deseada presentación al público, y cuando<span class="pagenum"><a name="page_058" id="page_058"></a>{58}</span> los obstáculos
-desaparecieron, ya Milagros no estaba para fiestas; había perdido la
-voz. Ni ella misma se dió cuenta de la suave gradación por donde sus
-esperanzas de artista vinieron á parar en la precaria situación en que
-se nos aparece; por dónde el soñado escenario y los triunfos del arte se
-convirtieron en la cocina de Villaamil, sin provisiones. Cuando pensaba
-ella en el contraste duro entre sus esperanzas y su destino, no acertaba
-á medir los escalones de aquel lento descender desde las cumbres de la
-poesía á los sótanos de la vulgaridad.</p>
-
-<p>Milagros tenía un tipo fino, delicado, propio para los papeles de
-<i>Margarita</i>, de <i>Dinorah</i>, de <i>Gilda</i>, de la <i>Traviatta</i>, y voz aguda de
-soprano. Todo esto se convirtió en hojarasca, sin que nunca llegara á
-ser admiración del público. Sólo una vez cantó en el Real la parte de
-<i>Adalgisa</i>, por condescendencia de la empresa, como alumna del
-Conservatorio. Estuvo muy feliz, y los periódicos le auguraron un
-porvenir brillante. En el Liceo Jover, ante un público invitado y poco
-exigente, cantó <i>Saffo</i> y <i>Los Capuletos</i> de Bellini con el tercer acto
-de Vacai. Entonces se trató de que fuera á Italia; pero se atravesó una
-pasión, la esperanza de un gran partido para casarse, enredándose mucho
-el asunto entre el novio y la familia. Pasó tiempo, y la cantatriz hubo
-de malograrse, pues ni fué á Italia, ni se contrató en el Real, ni se
-casó.<span class="pagenum"><a name="page_059" id="page_059"></a>{59}</span></p>
-
-<p>Doña Pura y Milagros eran hijas de un médico militar, de apellido
-Escobios, y sobrinas del músico mayor del Inmemorial del Rey. Su madre
-era Muñoz, y tenían ellas pretensiones de parentesco con el marqués de
-Casa-Muñoz. Por cierto que cuando trataron de que Milagros fuera
-cantante de ópera, se pensó en italianizarle el apellido, llamándola la
-<i>Escobini</i>; pero como la carrera artística se malogró en ciernes, el
-mote italiano no llegó nunca á verse en los carteles.</p>
-
-<p>Antes de que la vida de la señorita de Escobios se truncara, tuvo una
-época de fugaz éxito y brillo en una capital de provincia de tercera
-clase, á donde fué con su hermana, esposa de Villaamil. Éste era Jefe
-económico, y su familia intimó, como era natural, con la de los
-Gobernadores civil y militar, que daban reuniones, á que asistía lo más
-granadito del pueblo. Milagros, cantando en los conciertos de la
-brigadiera, enloquecía y electrizaba. Salíanle novios por docenas, y
-envidias de mujeres que la inquietaban en medio de sus triunfos. Un
-joven de la localidad, poeta y periodista, se enamoró frenéticamente de
-ella. Era el mismo que en la reseña de los saraos llamaba á doña Pura,
-con exaltado estilo, <i>figura arrancada á un cuadro de Fra Angélico</i>. Á
-Milagros la ensalzaba en términos tan hiperbólicos que causaban risa, y
-aun recuerdan los naturales algunas frases describiendo<span class="pagenum"><a name="page_060" id="page_060"></a>{60}</span> á la joven en
-el momento de presentarse en el salón, de acercarse al piano para
-cantar, y en el acto mismo del cantorrio: «<i>Es la pudorosa Ofelia
-llorando sus amores marchitos y cantando con gorjeo celestial la endecha
-de la muerte</i>». Y ¡cosa extraña! el mismo que escribía estas cosas en la
-segunda plana del periódico, tenía la misión, y por eso cobraba, de
-hacer la revista comercial en la primera. Suya era también esta endecha:
-«<i>Harinas. Toda la semana acusa marcada calma en este polvo. Sólo han
-salido para el canal mil doscientos sacos que se hicieron á 22 y tres
-cuartillos. No hay compradores, y ayer se ofrecían dos mil sacos á 22 y
-medio, sin que nadie se animara</i>». Al día siguiente, vuelta otra vez con
-<i>la pudorosa Ofelia</i>, ó <i>el ángel que nos traía á la tierra las
-celestiales melodías</i>. Ya se comprende que esto no podía acabar en bien.
-En efecto; mi hombre, inflamándose y desvariando cada día más con su
-amor no correspondido, llegó á ponerse tan malo, pero tan malo, que un
-día se tiró de cabeza en la presa de una fábrica de harina, y por pronto
-que acudieron en su auxilio, cuando le sacaron era cadáver. Poco después
-de este desagradable suceso, que impresionó mucho á Milagros, ésta
-volvió á Madrid; verificóse entonces el <i>début</i> en el Real, luego las
-funciones en el Liceo Jover, y todo lo demás que brevemente referido
-queda. Echemos sobre aquellos tristes sucesos un montón de años
-tristes,<span class="pagenum"><a name="page_061" id="page_061"></a>{61}</span> de rápido envejecimiento y decadencia, y nos encontramos á <i>la
-pudorosa Ofelia</i> en la cocina de Villaamil, con la lumbre encendida y
-sin saber qué poner en ella.</p>
-
-<p>De un cuartucho obscuro que en el pasillo interior había, salió Abelarda
-restregándose los ojos, desgreñada, arrastrando la cola sucia de una
-bata mayor que ella, la cual fué usada por su madre en tiempos más
-felices, y se dirigió también á la cocina, á punto que salía de ella
-Villaamil para ir á despertar y vestir al nieto. Abelarda preguntó á su
-tía si venía el panadero, á lo que Milagros no supo qué responder, por
-no poder ella formar juicio acerca de problema tan grave sin oir antes á
-su hermana. «Haz que tu madre se levante pronto&mdash;le dijo consternada,&mdash;á
-ver qué determina».</p>
-
-<p>Poco después de esto, oyóse fuerte carraspeo allá en la alcoba de la
-sala, donde Pura dormía. Por la puertecilla que dicha alcoba tenía al
-recibimiento, frente al despacho, apareció la señora de la casa,
-radiante de displicencia, embutido el cuerpo en una americana vieja de
-Villaamil, el pelo en sortijillas, el hocico amoratado del agua fría con
-que acababa de lavarse, una toquilla rota cruzada sobre el pecho, en los
-pies voluminosas zapatillas. «Qué, ¿no os podéis desenvolver sin mí?
-Estáis las dos atontadas. Pues no es para tanto. ¿Habéis hecho el
-chocolate del niño?» Milagros salió de la cocina con la<span class="pagenum"><a name="page_062" id="page_062"></a>{62}</span> jícara,
-mientras Abelarda sentaba al pequeñuelo y le colgaba del pescuezo la
-servilleta. Villaamil fué á su despacho, y a poco salió con el tintero
-en la mano, diciendo: «No hay tinta, y hoy tengo que escribir más de
-cuarenta cartas. Mira, Luisín, en cuanto acabes, te vas abajo y le dices
-al amigo Mendizábal que me haga el favor de un poquito de tinta».</p>
-
-<p>&mdash;Yo iré&mdash;dijo Abelarda cogiendo el tintero y bajando en la misma facha
-en que estaba.</p>
-
-<p>Las dos hermanas, en tanto, cuchicheaban en la cocina. ¿Sobre qué? Es
-presumible que fuera sobre la imposibilidad de dar de comer á la familia
-con un huevo, pan duro y algunos restos de carne que no bastaban para el
-gato. Pura fruncía las cejas y hacía con los labios un mohín muy
-extraño, juntándolo con la nariz, que parecía alargarse. <i>La pudorosa
-Ofelia</i> repetía este signo de perplejidad, resultando las dos tan
-semejantes, que parecían una misma. De sus meditaciones las distrajo
-Villaamil, el cual apareció en la cocina diciendo que tenía que ir al
-Ministerio y necesitaba una camisa limpia. «¡Todo sea por Dios!&mdash;exclamó
-Pura con desaliento.&mdash;La única camisa lavada está en tan mal estado, que
-necesita un recorrido general». Pero Abelarda se comprometió á tenerla
-lista para el mediodía, y además planchada, siempre que hubiera lumbre.
-También hizo don Ramón á su hija sentidas observaciones sobre ciertos<span class="pagenum"><a name="page_063" id="page_063"></a>{63}</span>
-flecos y desgarraduras que ostentaba la solapa de su gabán, rogándola
-que pasara por allí sus hábiles agujas. La joven le tranquilizó, y el
-buen hombre metióse en su despacho. El conciliábulo que las <i>Miaus</i>
-tenían en la cocina terminó con un repentino sobresalto de Pura, que
-corrió á su alcoba para vestirse y largarse á la calle. Había estallado
-una idea inmensa en aquel cerebro cargado de pólvora, como si en él
-penetrase una chispa del fulminante que de los ojos brotara. «Enciende
-bien la lumbre y pon agua en los pucheros», dijo á su hermana al salir,
-y se escabulló fuera con diligencia y velocidad de ardilla. Al ver esta
-determinación, Abelarda y Milagros, que conocían bien á la directora de
-la familia, se tranquilizaron respecto al problema de subsistencias de
-aquel día, y se pusieron á cantar, la una en la cocina, la otra desde su
-cuarto, el dúo de Norma: <i>in mia mano al fin tu sei</i>.</p>
-
-<h2><a name="VII" id="VII"></a>VII</h2>
-
-<p>Á eso de las once entró doña Pura bastante sofocada, seguida de un
-muchacho recadista de la plazuela de los Mostenses, el cual venía
-echando los bofes con el peso de una cesta llena de víveres. Milagros,
-que á la puerta salió, hízose multitud de cruces de hombro á hombro y de
-la frente á la cintura. Había visto á su<span class="pagenum"><a name="page_064" id="page_064"></a>{64}</span> hermana salir avante en
-ocasiones muy difíciles, con su enérgica iniciativa; pero el golpe
-maestro de aquella mañana le parecía superior á cuanto de mujer tan
-dispuesta se podía esperar. Examinando rápidamente el cesto, vió
-diferentes especies de comestibles, vegetales y animales, todo muy
-bueno, y más adecuado á la mesa de un Director general que á la de un
-mísero pretendiente. Pero doña Pura las hacía así. Las bromas, ó pesadas
-ó no darlas. Para mayor asombro, Milagros vió en manos de su hermana el
-portamonedas, casi reventando de puro lleno.</p>
-
-<p>&mdash;Hija&mdash;le dijo la señora de la casa, secreteándose con ella en el
-recibimiento, después que despidió al mandadero,&mdash;no he tenido más
-remedio que dirigirme á Carolina Lantigua, la de Pez. He pasado una
-vergüenza horrible. Hube de cerrar los ojos y lanzarme, como quien se
-tira al agua. ¡Ay, qué trago! Le pinté nuestra situación de una manera
-tal, que la hice llorar. Es muy buena. Me dió diez duros, que prometí
-devolverle pronto; y lo haré, sí, lo haré; porque de esta hecha le
-colocan. Es imposible que dejen de meterle en la combinación. Yo tengo
-ahora una confianza absoluta... En fin, lleva esto para dentro. Voy allá
-en seguida. ¿Está el agua cociendo?</p>
-
-<p>Entró en el despacho para decir á su marido que por aquel día estaba
-salvada la tremenda<span class="pagenum"><a name="page_065" id="page_065"></a>{65}</span> crisis, sin añadir cómo ni cómo no. Algo debieron
-hablar también de las probabilidades de colocación, pues se oyó desde
-fuera la voz iracunda de Villaamil gritando: «No me vengas á mí con
-optimismos de engañifa. Te digo y te redigo que no entraré en la
-combinación. No tengo ninguna esperanza, pero ninguna, me lo puedes
-creer. Tú, con esas ilusiones tontas y esa manía de verlo todo color de
-rosa, me haces un daño horrible, porque viene luego el trancazo de la
-realidad, y todo se vuelve negro». Tan empapado estaba el santo varón en
-sus cavilaciones pesimistas, que cuando le llamaron al comedor y le
-pusieron delante un lucido almuerzo, no se le ocurrió inquirir, ni
-siquiera considerar, de dónde habían salido abundancias tan desconformes
-con su situación económica. Después de almorzar rápidamente, se vistió
-para salir. Abelarda le había zurcido las solapas del gabán con
-increíble perfección, imitando la urdimbre del tejido desgarrado; y
-dándole en el cuello una soba de bencina, la pieza quedó como si la
-hubieran rejuvenecido cinco años. Antes de salir, encargó á Luis la
-distribución de las cartas que escrito había, indicándole un plan
-topográfico para hacer el reparto con método y en el menor tiempo
-posible. No le podían dar al chico faena más de su gusto, porque con
-ella se le relevaba de asistir á la escuela, y se estaría toda la
-santísima tarde como<span class="pagenum"><a name="page_066" id="page_066"></a>{66}</span> un caballero, paseando con su amigo <i>Canelo</i>. Era
-éste muy listo para conocer dónde había buen trato. Al cuarto segundo
-subía pocas veces, sin duda por no serle simpática la pobreza que allí
-reinaba comúnmente; pero con finísimo instinto se enteraba de los
-extraordinarios de la casa, tanto más espléndidos cuanto mayor era la
-escasez de los días normales. Estuviera el can de centinela en la
-portería ó en el interior de la casa, ó bien durmiendo bajo la mesa del
-memorialista, no se le escapaba el hecho de que entraran provisiones
-para los de Villaamil. Cómo lo averiguaba, nadie puede saberlo; pero es
-lo cierto que el más astuto vigilante de Consumos no tendría nada que
-enseñarle. Por supuesto, la aplicación práctica de sus estudios era
-subir á la casa abundante y estarse allí todo un día y á veces dos; pero
-en cuanto le daba en la nariz olor de quema, decía... «hasta otra», y ya
-no le veían más el pelo. Aquel día subió poco después de ver entrar á
-doña Pura con el mandadero; y como las tres <i>Miaus</i> eran siempre muy
-buenas con él y le daban golosinas, á Cadalsito le costó trabajo
-llevárselo á su excursión por las calles. <i>Canelo</i> salió de mala gana,
-por cumplir un deber social y porque no dijeran.</p>
-
-<p>Las tres <i>Miaus</i> estuvieron aquella tarde muy animadas. Tenían el don
-felicísimo de vivir siempre en la hora presente y de no pensar en el día
-de mañana. Es una hechura espiritual<span class="pagenum"><a name="page_067" id="page_067"></a>{67}</span> como otra cualquiera, y una
-filosofía práctica que, por más que digan, no ha caído en descrédito,
-aunque se ha despotricado mucho contra ella. Pura y Milagros estaban en
-la cocina, preparando la comida, que debía ser buena, copiosa y
-dispuesta con todos los sacramentos, como desquite de los estómagos
-desconsolados. Sin cesar en el trabajo, la una espumando pucheros ó
-disponiendo un frito, la otra machacando en el almirez al ritmo de un
-<i>andante con esprezione</i> ó de un <i>allegro con brío</i>, charlaban sobre la
-probable ó más bien segura colocación del jefe de la familia. Pura habló
-de pagar todas las deudas, y de traer á casa los diversos objetos útiles
-que andaban por esos mundos de Dios en los cautiverios de la usura.</p>
-
-<p>Abelarda estaba en el comedor con su caja de costura delante, arreglando
-sobre el maniquí un vestidillo color de pasa. No llamaba la atención por
-bonita ni por fea, y en un certamen de caras insignificantes se habría
-llevado el premio de honor. El cutis era malo, los ojos obscuros, el
-conjunto bastante parecido á su madre y tía, formando con ellas cierta
-armonía, de la cual se derivaba el mote que les pusieron. Quiero decir
-que si, considerada aisladamente, la similitud del cariz de la joven con
-el morro de un gato no era muy marcada, al juntarse con las otras dos
-parecía tomar de ellas ciertos rasgos fisiognómicos, que venían á ser
-como<span class="pagenum"><a name="page_068" id="page_068"></a>{68}</span> un sello de raza ó familia, y entonces resultaban en el grupo las
-tres bocas chiquitas y relamidas, la unión entre el pico de la nariz y
-la boca por una raya indefinible, los ojos redondos y vivos, y la
-efusión característica del cabello, que era como si las tres hubieran
-estado rodando por el suelo en persecución de una bola de papel ó de un
-ovillo.</p>
-
-<p>Aquella tarde todo fué dichas, porque entraron visitas, lo que á Pura
-agradaba mucho. Dejó rápidamente los menesteres culinarios para echarse
-una bata y componerse el pelo, y entró satisfecha en la sala. Eran los
-visitantes Federico Ruiz y su esposa Pepita Ballester. El insigne
-<i>pensador</i> estaba también sin empleo, pasando una crujía espantosa, de
-la cual había más señales en su ropa que en la de su mujer; pero llevaba
-con tranquilidad su cesantía, mejor dicho, tan optimista era su
-temperamento, que la llevaba hasta con cierto gozo. Siempre era el mismo
-hombre, el métome-en-todo infatigable, fraguando planes de bullanguería
-literaria y científica, premeditando veladas ó centenarios de
-celebridades, discurriendo algún género de ocupación que á ningún nacido
-se le hubiera pasado por el magín. Aquel bendito hacía pensar que hay
-una <i>Milicia Nacional</i> en las letras.</p>
-
-<p>Escribía artículos sobre lo que debe hacerse para que prospere la
-Agricultura, sobre las ventajas<span class="pagenum"><a name="page_069" id="page_069"></a>{69}</span> de la cremación de los cadáveres, ó
-bien reseñando puntualmente lo que pasó en la Edad de Piedra, que es,
-como si dijéramos, hablar de ayer por la mañana. Su situación económica
-era bastante precaria, pues vivía de la pluma. De higos á brevas lograba
-que en Fomento le tomasen cierto número de ejemplares de ediciones
-viejas y de libros tan maulas como el <i>Comunismo ante la razón</i>, ó el
-<i>Servicio de incendios en todas las naciones de Europa</i>, ó la <i>Reseña
-pintoresca de los Castillos</i>. Pero tenía en su alma caudal tan pingüe de
-consuelo, que no necesitaba la resignación cristiana para conformarse
-con su desdicha. El estar satisfecho venía á ser en él una cuestión de
-amor propio, y por no dar su brazo á torcer se encariñaba, á fuerza de
-imaginación, con la idea de la pobreza, llegando hasta el absurdo de
-pensar que la mayor delicia del mundo es no tener un real ni de dónde
-sacarlo. Buscarse la vida, salir por la mañana discurriendo á qué editor
-de revista enferma ó periódico moribundo llevar el artículo hecho la
-noche anterior, constituía una serie de emociones que no pueden saborear
-los ricos. Trabajaba como un negro, eso sí, y el Tostado era un niño de
-teta al lado de él, en el correr de la pluma. Verdaderamente, ganarse
-así el cocido tenía mucho de placer, casi de voluptuosidad. Y el cocido
-no le había faltado nunca. Su mujer era una alhaja y le ayudaba<span class="pagenum"><a name="page_070" id="page_070"></a>{70}</span> á
-sortear aquella situación. Pero la eficaz Providencia suya era su
-carácter, aquella predisposición optimista, aquel procedimiento ideal
-para convertir los males en bienes y la escasez adusta en risueña
-abundancia. Habiendo conformidad no hay penas. La pobreza es el
-principio de la sabiduría, y no ha de buscarse la felicidad en las
-clases privilegiadas. El <i>pensador</i> recordaba la comedia de Eguílaz, en
-la cual el protagonista, para ponderar lo divertido que es ser pobre,
-dice con mucho calor:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0">Yo tenía cinco duros<br /></span>
-<span class="i0">el día que me casé.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>Y recordaba también que la cazuela se venía abajo con el estruendo de
-los aplausos y las patadas de entusiasmo, prueba de lo popular que es en
-esta raza la escasez de dinero. También Ruiz había hecho en sus tiempos
-una comedia en que se probaba que para ser honrado y justo es
-indispensable andar con los codos de fuera, y que todos los ricos acaban
-siempre malamente. Por supuesto, á pesar de esta idealidad con que sabía
-dorar el cobre de su crisis económica, pasando la calderilla por oro,
-Ruiz no cedía en sus pretensiones de ser nuevamente colocado. No dejaba
-vivir al Ministro de Fomento, y las Direcciones de Instrucción pública y
-de Agricultura se echaban á temblar en cuanto él traspasaba la mampara.
-Á falta de empleo, pretendía<span class="pagenum"><a name="page_071" id="page_071"></a>{71}</span> una comisioncita para estudiar cualquier
-cosa; lo mismo le daba la Legislación de propiedad literaria en todos
-los países, que los Depósitos de sementales en España.</p>
-
-<h2><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h2>
-
-<p>En la visita se habló primero de la ópera, á la que Ruiz iba con
-frecuencia, lo mismo que las Miaus, con entradas de <i>alabarda</i>. Después
-recayó la conversación en el tema de destinos. «A D. Ramón&mdash;dijo
-Ruiz&mdash;no le harán esperar ya mucho».</p>
-
-<p>&mdash;Va en la combinación que se hará estos días&mdash;dijo Pura radiante.&mdash;Y no
-ha ido ya, porque Ramón no quiso aceptar plaza fuera de Madrid. El
-Ministro tenía gran empeño en mandarle á una provincia, donde hacen
-falta hombres como mi esposo. Pero Ramón no está ya para viajes. Yo, si
-he de decir verdad, deseo que le coloquen porque esté ocupado; nada más
-que porque esté ocupado. No puede usted figurarse, Federico, lo mal que
-le sienta á mi marido la ociosidad... vamos, que no vive. ¡Ya se ve,
-acostumbrado á trabajar desde mozo!... Y que le conviene también
-colocarse para los derechos pasivos. Figúrese usted, á Ramón no le
-faltan más que dos meses para poderse jubilar con los cuatro quintos. Si
-no fuera por esto, mejor se<span class="pagenum"><a name="page_072" id="page_072"></a>{72}</span> estaría en su casa. Yo lo digo: «No te
-apures, hijo, que, gracias á Dios, para vivir modestamente no nos
-falta»; pero él no se conforma, le gusta el calor de la oficina, y hasta
-el cigarro no le sabe si no se lo fuma entre dos expedientes.</p>
-
-<p>&mdash;Lo creo... ¡Qué santo varón! ¿Y cómo está de salud?</p>
-
-<p>&mdash;Delicadillo del estómago. Todos los días tengo que inventar algo nuevo
-para sostenerle el apetito. Mi hermana y yo nos dedicamos ahora á la
-cocina, por entretenimiento, y por vernos libres de criadas, que son una
-calamidad. Le hacemos cada día un platito distinto... caprichos y
-frioleras suculentas. Á veces tengo que irme á la plazuela del Carmen en
-busca de cosas que no se encuentran en los Mostenses.</p>
-
-<p>&mdash;Pues vea usted&mdash;dijo la señora de Ruiz,&mdash;ese es un trabajo que yo no
-conozco, porque éste tiene un estómago que no se lo merece, y un apetito
-tan famoso, que no se necesitan melindres para sostenérselo.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias á Dios&mdash;indicó el <i>publicista</i> con jovialidad.&mdash;De ahí viene
-esta buena pasta mía y la confianza que tengo en mi suerte. Créame
-usted, doña Pura, no hay nada que valga lo que un buen estómago. Aquí me
-tiene usted tan conforme siempre: si me colocan, bien; si no, dos
-cuartos de lo mismo. Hablando con verdad, no me gusta ser empleado, y
-preferiría lo<span class="pagenum"><a name="page_073" id="page_073"></a>{73}</span> que me ofreció ayer el Ministro: una comisión para
-estudiar los Montes de Piedad de Alemania. Es cuestión muy importante.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo creo que es importante. ¡Figúrese usted!&mdash;exclamó la señora de
-Villaamil arqueando las cejas.</p>
-
-<p>En esto entró otra visita. Era un amigo de Villaamil, que vivía en la
-calle del Acuerdo, un tal Guillén, cojo por más señas, empleado en la
-Dirección de Contribuciones. Dijo el tal, después de los saludos, que un
-compañero suyo, que estaba en el Personal, le había asegurado aquella
-misma tarde que Villaamil iba en la próxima combinación. Doña Pura lo
-dió por cierto, y Ruiz y su señora apoyaron esta apreciación lisonjera.
-Se fueron enzarzando de tal modo en la conversación los plácemes, que
-doña Pura, al fin, se arrancó á ofrecer á sus buenos amigos una copita y
-pastas. Entre las provisiones de aquel fausto día, se contaba una
-botella de moscatel de á tres pesetas, licor con que Pura solía
-obsequiar á su marido á los postres. Ruiz y Guillén chocaron las copas,
-expresando con igual calor su afecto á la simpática familia. La
-sobriedad del <i>pensador</i> contrastaba con la incontinencia un tanto
-grosera del empleado cojo, quien rogó á doña Pura no se llevase la
-botella, y escanciando que te escanciarás, pronto se vió que quedaba el
-líquido en menos de la mitad.<span class="pagenum"><a name="page_074" id="page_074"></a>{74}</span></p>
-
-<p>Ya encendidas las luces, y cuando se habían ido las visitas, entró
-Villaamil. Pura corrió á su encuentro, viendo con satisfacción que el
-ferocísimo semblante tigresco tenía cierto matiz de complacencia. «¿Qué
-hay? ¿Qué noticias traes?»</p>
-
-<p>&mdash;Nada, mujer&mdash;dijo Villaamil, que se encastillaba en el pesimismo y no
-había quien le sacara de él.&mdash;Todavía nada; las palabritas sandungueras
-de siempre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el Ministro... le has visto?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, y me recibió tan bien&mdash;se dejó decir Villaamil haciendo traición,
-por descuido, á su afectada misantropía,&mdash;me recibió tan bien, que... no
-sé... parece que Dios le ha tocado al corazón, que le ha dicho algo de
-mí. Estuvo amabilísimo... encantado de verme por allí... sintiendo mucho
-no tenerme á su lado... decidido á llevarme...</p>
-
-<p>&mdash;Vamos; no dirás ahora que no tienes esperanza.</p>
-
-<p>&mdash;Ninguna, mujer, absolutamente ninguna (recobrando su papel). Veras
-cómo todo se queda en jarabe de pico. Si sabré yo... ¡Tenlo por cierto!
-¡No me colocan hasta el día del juicio por la tarde!</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, qué hombre! Eso también es ponerle á Dios cara de palo. Se podría
-enojar y con muchísima razón.</p>
-
-<p>&mdash;Déjate de tonterías, y si tú esperas, buen<span class="pagenum"><a name="page_075" id="page_075"></a>{75}</span> chasco te llevarás. Yo no
-quiero llevármelo; por eso no espero nada, ¿sabes? Y cuando venga el
-golpe me quedaré tan tranquilo.</p>
-
-<p>Luisito llegó cuando sus abuelos discutían acaloradamente si debían
-abrigar ó no esperanza, y dió cuenta de la puntual entrega de todas las
-cartas. Tenía hambre, frío, y le dolía un poco la cabeza. Al regreso de
-la excursión se había sentado en el pórtico de las Alarconas; pero no le
-<i>dió aquéllo</i>, ni la visión tuvo á bien presentarse en ninguna forma.
-<i>Canelo</i> no se apartaba de doña Pura, siguiéndola del despacho á la
-cocina, y de ésta al comedor, y cuando llamaron á comer al dueño de la
-casa, como éste tardara un poco en salir, fué el entendido perro á
-buscarle y con meneos de cola le decía: «Si usted no tiene gana, dígalo;
-pero no nos tenga tanto tiempo espera que te espera».</p>
-
-<p>Comieron con regular apetito y bastante buen humor, y de sobremesa
-Villaamil se fumó, saboreándolo mucho, un habano que el señor de Pez le
-había dado aquella tarde. Era muy grande, y al tomarlo, el cesante dijo
-á su amigo que lo guardaría para después. Aquel cigarro le recordaba sus
-tiempos prósperos. ¿Sería tal vez anuncio de que los tales tiempos
-volverían? Dijérase que el buen Villaamil leía en las espirales de humo
-azul su buena ventura, porque se quedaba alelado mirándolas subir en
-graciosas<span class="pagenum"><a name="page_076" id="page_076"></a>{76}</span> curvas hacia el techo del comedor, nublando vagamente la
-lámpara.</p>
-
-<p>Por la noche tuvieron gente (Ruiz, Guillén, Ponce, los de Cuevas,
-Pantoja y su familia, de quien se hablará después), y se formalizó el
-proyecto iniciado el mes anterior, de representar una piececita, pues
-algunos amigos de la casa tenían aptitudes no comunes para el teatro,
-sobre todo en el género cómico. Federico Ruiz se encargó de escoger la
-pieza, de distribuir los papeles y dirigir los ensayos. Se convino en
-que Abelarda haría uno de los principales personajes, y Ponce otro; pero
-éste, reconociendo con laudable modestia que no tenía maldita gracia y
-que haría llorar al público en los papeles más jocosos, reservó para sí
-la parte de <i>padre</i>, si en la comedia le hubiera.</p>
-
-<p>Cansado de tales majaderías, D. Ramón huyó de la sala buscando en el
-interior obscuro de la casa las tinieblas que convenían á su pesimismo.
-Maquinalmente entró en el cuarto de Milagros, donde ésta desnudaba á
-Luis para acostarle. El pobre niño había hecho tentativas para estudiar,
-que fueron completamente inútiles. Le dolía la cabeza, y sentía como el
-presagio y el temor de la visión, pues ésta, al par que le daba mucho
-gusto, causábale cierta ansiedad. Se fué á acostar con la idea de que le
-entraría la desazón y de que iba á ver cosas muy extrañas. Cuando su
-abuelo entró, ya estaba<span class="pagenum"><a name="page_077" id="page_077"></a>{77}</span> metido en la cama, y su tía le hacía rezar las
-oraciones de costumbre: <i>Con Dios me acuesto, con Dios me levanto</i>,
-etc... que él recitaba de carretilla. Con brusca interrupción se volvió
-hacia Villaamil para decirle: «Abuelito, ¿verdad que el Ministro te
-recibió muy bien?»</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hijo mío&mdash;replicó el anciano, estupefacto de esta salida y del
-tono con que fué dicha.&mdash;¿Y tú por dónde lo sabes?</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo?... yo lo sé.</p>
-
-<p>Miraba Cadalsito á su abuelo con una expresión tan extraña, que el pobre
-señor no sabía qué pensar. Parecióle expresión de Niño-Dios, la cual no
-es otra cosa que la seriedad del hombre armonizada con la gracia de la
-niñez.</p>
-
-<p>&mdash;Yo lo sé... lo sé&mdash;repitió Luis sin sonreir, clavando en su abuelo una
-mirada que le dejó inmóvil.&mdash;Y el Ministro te quiere mucho... porque le
-escribieron...</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién le escribió?&mdash;dijo con ansiedad el cesante, dando un paso hacia
-el lecho, los ojos llenos de claridad.</p>
-
-<p>&mdash;Le escribieron de ti&mdash;afirmó Cadalsito sintiendo que el miedo le
-invadía y no le dejaba continuar. En el mismo instante pensó Villaamil
-que todo aquello era una tontería, y dando media vuelta se llevó la mano
-á la cabeza, y dijo: «¡Pero qué cosas tiene este chiquillo!...»<span class="pagenum"><a name="page_078" id="page_078"></a>{78}</span></p>
-
-<h2><a name="IX" id="IX"></a>IX</h2>
-
-<p>¡Cosa rara! nada le pasó á Cadalsito aquella noche, ni sintió ni vió
-cosa alguna, pues á poco acostarse hubo de caer en sueño profundísimo.
-Al día siguiente costó trabajo levantarle. Sentíase quebrantado, y como
-si hubiese andado largo trecho por sitio desconocido y lejano, que no
-podía recordar. Fue á la escuela, y no se supo la lección. Encontrábase
-tan torpe aquel día, que el maestro le hizo burla y ajó su dignidad ante
-los demás chicos. Pocas veces se había visto en la escuela carrera en
-pelo como la que aguantó Cadalsito al ser confinado al último puesto de
-la clase en señal de ignorancia y desaplicación. Á las once, cuando se
-pusieron á escribir, Cadalso tenía junto á sí al famoso <i>Posturitas</i>,
-chiquillo travieso y graciosísimo, flexible como una lombriz, y tan
-inquieto, que donde él estuviese no podía haber paz. Llamábase Paquito
-Ramos y Guillén, y sus padres eran los dueños de la casa de préstamos de
-la calle del Acuerdo. Aquel Guillén, cojo y empleado, que hemos visto en
-casa de Villaamil celebrando con copiosas libaciones de moscatel la
-próxima colocación de su amigo, era tío materno de <i>Posturitas</i>, el cual
-debía este apodo á la viveza ratonil de sus movimientos, á la gracia con
-que remedaba las actitudes y<span class="pagenum"><a name="page_079" id="page_079"></a>{79}</span> gestos de los <i>clowns</i> y dislocados del
-Circo. Todo se le volvía hacer garatusas, sacar la lengua, volver del
-revés los párpados; y como pudiera, metía el dedo en el tintero para
-pintarse rayas negras en la cara.</p>
-
-<p>Aquella mañana, cuando el maestro no le veía, <i>Posturitas</i> abría la
-carpeta, y él y su amigo Cadalso hundían la pelona en ella para ver las
-cosas diversas que encerraba. Lo más notable era una colección de
-sortijas, en las cuales brillaban el oro y los rubíes. No se vaya á
-creer que eran de metal, sino de papel, anillos de esos con que los
-fabricantes adornan los puros medianos para hacerlos pasar por buenos.
-Aquel tesoro había venido á manos de Paquito Ramos mediante un
-cambalache. Perteneció la colección á otro chico llamado Polidura, cuyo
-padre, mozo de café ó restaurant, solía recoger los aros de cigarro que
-los fumadores dejaban caer al suelo, y obsequiar con ellos á su hijo á
-falta de mejores juguetes. Había llegado á reunir Polidura más de
-cincuenta sortijas de diversos calibres. En unas decía <i>Flor fina</i>, en
-otras <i>Selectos de Julián Álvarez</i>. Cansado al fin de la colección, se
-la cambió á <i>Posturas</i> por un trompo en buen uso, mediante contrato
-solemne ante testigos. Cadalso regaló al nuevo propietario el anillo de
-la tagarnina dada por el señor de Pez á Villaamil, y que éste se fumó
-majestuosamente después de la comida.<span class="pagenum"><a name="page_080" id="page_080"></a>{80}</span></p>
-
-<p>La travesura de <i>Posturitas</i>, fielmente reproducida por el bueno de
-Cadalso, consistía en llenarse ambos los dedos de aquellas sorprendentes
-joyas, y cuando el maestro no les veía, alzar la mano y mostrarla á los
-otros granujas con dos ó tres anillos en cada dedo. Si el maestro venía,
-se los quitaban á toda prisa, y a escribir como si tal cosa. Pero en una
-vuelta brusca, sorprendió el dómine á Cadalsito con la mano en alto,
-distrayendo á toda la clase. Verle, y ponerse hecho un león, fué todo
-uno. Pronto se descubrió que el principal delincuente era el maligno
-<i>Posturitas</i>, que tenía en su carpeta un depósito de aros de papel; y en
-un santiamén el maestro, después que arrancó de los dedos las pedrerías
-de que estaban cuajados, agarró todo el depósito y lo deshizo,
-terminando con una mano de coscorrones aplicados á una y otra cabeza.
-Ramos rompió á llorar, diciendo: «Yo no he sido... <i>Miau</i> tiene la
-culpa». Y <i>Miau</i>, no menos lastimado de esta calumnia que del mote,
-clamó con severa dignidad: «Él es el que los tenía. Yo no traje más que
-uno...» «Mentira...» «El mentiroso es él».</p>
-
-<p>&mdash;<i>Miau</i> es un hipócrita&mdash;dijo el maestro, y Cadalso no supo contener su
-aflicción oyendo en boca de D. Celedonio el injurioso apodo. Soltó el
-llanto sin consuelo, y toda la clase coreaba sus gemidos, repitiendo
-<i>Miau</i>, hasta que el maestro ¡pim, pam! repartió una zurribanda<span class="pagenum"><a name="page_081" id="page_081"></a>{81}</span>
-general, recorriendo espaldas y mofletes, como el fiero cómitre entre
-las filas de galeotes, vapulando á todos sin misericordia.</p>
-
-<p>&mdash;Se lo voy á decir á mi abuelo&mdash;exclamó Cadalso con un arranque de
-dignidad,&mdash;y no vengo más á esta escuela.</p>
-
-<p>&mdash;Silencio... silencio todos&mdash;gritó el verdugo, amenazándoles con una
-regla, que tenía los ángulos como filos de cuchillo.&mdash;Sin vergüenzas, á
-escribir; y al que me chiste le abro la cabeza.</p>
-
-<p>Al salir, Cadalso seguía indignado contra su amigo <i>Posturitas</i>. Éste,
-que era procaz, de una frescura y audacia sin límites, dió un empujón á
-Luis, diciéndole: «Tú tienes la culpa, tonto... panoli... cara de gato.
-Si te cojo por mi cuenta...»</p>
-
-<p>Cadalso se revolvió iracundo, acometido de nerviosa rabia, que le puso
-pálido y con los ojos relumbrones. «¿Sabes lo que te digo? Que no tiés
-que ponerme motes, ¡contro!, mal criado... ordinario... cualisquiera».</p>
-
-<p>&mdash;<i>¡Miau!</i>&mdash;mayó el otro con desprecio, sacando media cuarta de lengua y
-crispando los dedos.&mdash;Ole... <i>Miau...</i> morrongo... fu, fu, fu...</p>
-
-<p>Por primera vez en su vida percibió Luis que las circunstancias le
-hacían valiente. Ciego de ira se lanzó sobre su contrario, y lo mismo se
-lanzaría si éste fuese un hombre. Chillido de salvaje alegría infantil
-resonó en toda la banda, y viendo el desusado embestir de Cadalso,<span class="pagenum"><a name="page_082" id="page_082"></a>{82}</span>
-muchos le gritaron: «Éntrale, éntrale...» <i>Miau</i> peleándose con
-<i>Posturas</i> era espectáculo nuevo, de trágicas y nunca sentidas
-emociones, algo como ver la liebre revolviéndose contra el hurón, ó la
-perdiz emprendiéndola á picotazos con el perro. Y fué muy hermosa la
-actitud insolente de <i>Posturitas</i>, al recibir el primer achuchón,
-espatarrándose para aplomarse mejor, soltando libros y pizarra para
-tener los brazos libres... Al mismo tiempo rezongaba con orgullo insano:
-«Verás, verás... ¡recontro!... me caso con la biblia...»</p>
-
-<p>Trabóse una de esas luchas homéricas, primitivas y cuerpo á cuerpo, más
-interesantes por la ausencia de toda arma, y que consisten en encepar
-brazos con brazos y empujar, empujar, sacudiendo topetadas con la
-cabeza, á lo carneril, esforzándose cada cual en derribar á su
-contrario. Si pujante estaba <i>Posturas</i>, no lo parecía menos Cadalso.
-Murillito, Polidura y los demás, miraban y aplaudían, danzando en torno
-con feroz entusiasmo de pueblo pagano, sediento de sangre. Pero acertó á
-salir de la casa en aquel punto y ocasión la hija del maestro, señorita
-algo hombruna, y les separó de un par de manotadas, diciendo: «Sin
-vergüenzas, á casa, ó llamo á la pareja para que os lleve á la
-prevención». Ambos tenían la cara como lumbre, respiraban como fuelles,
-y echaban por aquellas bocas injurias tabernarias, sobre todo<span class="pagenum"><a name="page_083" id="page_083"></a>{83}</span> Paco
-Ramos, que era consumado hablista en el idioma de los carreteros.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, <i>hombres</i>&mdash;decía Murillito, el hijo del sacristán de Monserrat,
-en la actitud más conciliadora;&mdash;no es para tanto... vaya... Quítate
-tú... Miá que te... verás. Sacabaron las quistiones.</p>
-
-<p>Mostrábase el mediador decidido á arrearle un buen lapo á cualquiera de
-los dos que intentase reanudar la contienda. Un policía que por allí
-andaba les dispersó, y se alejaron chillando y saltando, algunos
-haciéndose lenguas del arranque de Cadalsito. Éste tomó silencioso el
-camino de su casa. Su ira se calmaba lentamente, aunque por nada del
-mundo le perdonaba á <i>Posturas</i> el apodo, y sentía en su alma los
-primeros rebullicios de la vanidad heroica, la conciencia de su
-capacidad para la vida, ó sea de su aptitud para ofender al prójimo, ya
-probada en la tienta de aquel día.</p>
-
-<p>Aquella tarde no había escuela, por ser jueves. Luisito se fué á su
-casa, y durante el almuerzo, ninguna persona de la familia reparó en lo
-sofocado que estaba. Bajó luego á pasar un ratito en compañía de sus
-amigos los memorialistas, que sin duda le tenían guardada alguna
-friolera. «Parece que arriba andamos muy divertidos&mdash;le dijo Paca.&mdash;Oye,
-¿han colocado ya á tu abuelo? Porque debe de ser ya lo menos ministro ó
-tan siquiera embajador. ¡Vaya<span class="pagenum"><a name="page_084" id="page_084"></a>{84}</span> con la cesta de compra que trajeron ayer!
-Y botellas de moscatel como quien no dice nada. ¡Anda, anda, qué rumbo!
-Estamos como queremos. Así no hay quien haga bajar á <i>Canelo</i> de tu
-casa...»</p>
-
-<p>Luis dijo que todavía no habían colocado á su abuelo; pero que era cosa
-<i>de entre hoy y mañana</i>. El día estaba hermosísimo, y Paca propuso á su
-amiguito ir á tomar el sol en la explanada del Conde-Duque, á dos pasos
-de la calle de Quiñones. Púsose la enorme memorialista su mantón,
-mientras Luisito subía á pedir permiso, y echaron á andar. Eran las
-tres, y el vasto terraplén comprendido entre el paseo de Areneros y el
-cuartel de Guardias estaba inundado de sol, y muy concurrido de vecinos
-que iban allí á desentumecerse. Gran parte de este terreno se veía
-entonces, y se ve hoy, ocupado por sillares, baldosas, adoquines, restos
-ó preparativos de obras municipales, y entre la cantería, las vecinas
-suelen poner colgaderos para secar ropa lavada. La parte libre de
-obstáculos la emplea la tropa para los ejercicios de instrucción, y
-aquella tarde vió Cadalsito á los reclutas de Caballería aprendiendo á
-marchar, dirigidos por un oficial que, sable al puño y dando gritos, les
-enseñaba á medir el paso. Entretúvose el pequeñuelo en contemplar las
-evoluciones, y oía la cadencia con que los soldados pisaban
-unísonamente, diciendo: <i>una, dos, tres, cuatro</i>. Era un mugido que se
-confundía<span class="pagenum"><a name="page_085" id="page_085"></a>{85}</span> con la vibración del suelo al ser golpeado á compás, cual
-inmenso tambor batido por un gigante. Entre la sociedad que allí se
-congregaba á gozar del sol, discurrían vendedores de cacahuet y
-avellanas, pregonándolos con un grito dejoso. Paca le compró á Cadalso
-algunas de estas golosinas, y se sentó en una piedra á chismorrear con
-varias comadres amigas suyas. El chiquillo corrió detrás de la tropa,
-evolucionando con ella; fué y vino durante una hora en aquella militar
-diversión, marcando también el <i>uno, dos, tres, cuatro</i>, hasta que,
-sintiendo fatiga, se sentó en un rimero de baldosas. Entonces se le fué
-un poco la cabeza; vió que la mole pesada del cuartel se corría de
-derecha á izquierda, y que en la misma dirección iba el palacio de
-Liria, sepultado entre el ramaje de su jardín, cuyos árboles parecen
-estirarse para respirar mejor fuera de la tumba inmensa en que están
-plantados. Empezóle á Cadalsito la consabida desazón; se le iba el
-conocimiento de las cosas presentes, se mareaba, se desvanecía, le
-entraba el misterioso sobresalto, que era en realidad pavor de lo
-desconocido; y apoyando la frente en una enorme piedra que próxima
-tenía, se durmió como un ángel. Desde el primer instante, la visión de
-las Alarconas se le presentó clara, palpable, como un ser vivo, sentado
-frente á él, sin que pudiese decir dónde. El fantástico cuadro no tenía
-fondo ni lontananza. Lo<span class="pagenum"><a name="page_086" id="page_086"></a>{86}</span> constituía la excelsa figura sola. Era el mismo
-personaje de luenga y blanca barba, vestido de indefinibles ropas, la
-mano izquierda escondida entre los pliegues del manto, la derecha fuera,
-mano de persona que se dispone á hablar. Pero lo más sorprendente fué
-que antes de pronunciar la primer palabra, el Señor alargó hacia él la
-diestra, y entonces se fijó en ella Cadalsito y vió que tenía los dedos
-cuajados de aquellas mismas sortijas que formaban la rica colección de
-<i>Posturas</i>. Sólo que en los dedos soberanos, que habían fabricado el
-mundo en siete días, los anillos relumbraban cual si fueran de oro y
-piedras preciosas. Cadalsito estaba absorto, y el Padre le dijo: «Mira,
-Luis, lo que os quitó el maestro. Ve aquí los bonitos anillos. Los
-recogí del suelo, y los compuse al instante sin ningún trabajo. El
-maestro es un bruto, y ya le enseñaré yo á no daros coscorrones tan
-fuertes. Y por lo que hace á <i>Posturitas</i>, te diré que es un pillo,
-aunque sin mala intención. Está mal educado. Los niños decentes no ponen
-motes. Tuviste razón en enfadarte, y te portaste bien. Veo que eres un
-valiente y que sabes volver por tu honor».</p>
-
-<p>Luis quedó muy satisfecho de oirse llamar valiente por persona de tanta
-autoridad. El respeto que sentía no le permitió dar las gracias; pero
-algo iba á decir, cuando el Señor, moviendo con insinuación de castigo
-la mano<span class="pagenum"><a name="page_087" id="page_087"></a>{87}</span> aquella cuajada de sortijas, le dijo severamente: «Pero, hijo
-mío, si por ese lado estoy contento de ti, por otro me veo en el caso de
-reprenderte. Hoy no te has sabido la lección. Ni por casualidad
-acertaste una sola vez. Bien claro se vió que no habías abierto un libro
-en todo el santo día... (Luisín, acongojadísimo, mueve los labios
-queriendo disculparse.) Ya, ya sé lo que me vas á decir. Estuviste hasta
-muy tarde repartiendo cartas; volviste á casa de noche. Pero luego
-pudiste leer algo; no me vengas con enredos. Y esta mañana, ¿por qué no
-echaste un vistazo á la lección de Geografía? ¡Cuidado con los desatinos
-que has dicho hoy! ¿De dónde sacas tú que Francia está limitada al Norte
-por el Danubio y que el Po pasa por Pau? ¡Vaya unas barbaridades! ¿Te
-parece á ti que he hecho yo el mundo para que tú y otros mocosos como tú
-me lo estéis deshaciendo á cada paso?»</p>
-
-<p>Enmudeció la augusta persona, quedándose con los ojos fijos en Cadalso,
-al cual un color se le iba y otro se le venía, y estaba silencioso,
-agobiado, sin poder mirar ni dejar de mirar á su interlocutor.</p>
-
-<p>«Es preciso que te hagas cargo de las cosas&mdash;añadió por fin el Padre,
-accionando con la mano cuajada de sortijas.&mdash;¿Cómo quieres que yo
-coloque á tu abuelo si tú no estudias? Ya ves cuán abatido está el pobre
-señor, esperando<span class="pagenum"><a name="page_088" id="page_088"></a>{88}</span> como pan bendito su credencial. Se le puede ahogar con
-un cabello. Pues tú tienes la culpa, porque si estudiaras...»</p>
-
-<p>Al oir esto, la congoja de Cadalsito fué tan grande, que creyó le
-apretaban la garganta con una soga y le estaban dando garrote. Quiso
-exhalar un suspiro y no pudo.</p>
-
-<p>«Tú no eres tonto y comprenderás esto&mdash;agregó Dios.&mdash;Ponte tú en mi
-lugar; ponte tú en mi lugar, y verás que tengo razón».</p>
-
-<p>Luis meditó sobre aquéllo. Su razón hubo de admitir el argumento
-creyéndolo de una lógica irrebatible. Era claro como el agua: mientras
-él no estudiase, ¡contro! ¿cómo habían de colocar á su abuelo? Parecióle
-esto la verdad misma, y las lágrimas se le saltaron. Intentó hablar,
-quizás prometer solemnemente que estudiaría, que trabajaría como una
-fiera, cuando se sintió cogido por el pescuezo.</p>
-
-<p>&mdash;Hijo mío&mdash;le dijo Paca sacudiéndole,&mdash;no te duermas aquí, que te vas á
-enfriar.</p>
-
-<p>Luis la miró aturdido, y en su retina se confundieron un momento las
-líneas de la visión con las del mundo real. Pronto se aclararon las
-imágenes, aunque no las ideas; vió el cuartel del Conde-Duque, y oyó el
-<i>uno, dos, tres, cuatro</i>, como si saliese de debajo de tierra. La
-visión, no obstante, permanecía estampada en su alma de una manera
-indeleble. No podía dudar de ella, recordando la mano ensortijada, la
-voz inefable<span class="pagenum"><a name="page_089" id="page_089"></a>{89}</span> del Padre y Autor de todas las cosas. Paca le hizo
-levantar y le llevó consigo. Después, quitándole del bolsillo los
-cacahuets que antes le diera, díjole: «No comas mucho de esto, que se te
-ensucia el estómago. Yo te los guardaré. Vámonos ya, que principia á
-caer relente...» Pero él tenía ganas de seguir durmiendo; su cerebro
-estaba embotado, como si acabase de pasar por un acceso de embriaguez;
-le temblaban las piernas, y sentía frío intensísimo en la espalda.
-Andando hacia su casa, le entraron dudas respecto á la autenticidad y
-naturaleza divina de la aparición. «¿Será Dios ó no será
-Dios?&mdash;pensaba.&mdash;Parece que es, porque lo sabe todito... Parece que no
-es, porque no tiene ángeles».</p>
-
-<p>De vuelta del paseo, hizo compañía á sus buenos amigos. Mendizábal,
-concluída su tarea, y después de recoger los papeles y de limpiar las
-diligentes plumas, se dispuso á alumbrar la escalera. Paca limpió los
-cristales del farol, encendiendo dentro de él la lamparilla de petróleo.
-El <i>secretario del público</i> lo cogió entonces, y con ademán tan solemne
-como si alumbrara al Viático, fué á colgarlo en su sitio, entre el
-primero y segundo piso. En esto subía Villaamil, y se detuvo, como de
-costumbre, para echar un párrafo con el memorialista.</p>
-
-<p>&mdash;Sea enhorabuena, D. Ramón&mdash;le dijo éste.</p>
-
-<p>&mdash;Calle usted, hombre...&mdash;replicó Villaamil, afectando el humor que
-suele acompañar á un<span class="pagenum"><a name="page_090" id="page_090"></a>{90}</span> terrible dolor de muelas.&mdash;Si todavía no hay nada,
-ni lo habrá...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! pues yo creí.. Es que son muy perros, D. Ramón. ¡Vaya unos
-birrias de Ministros! Lo que yo le digo á usted: mientras no venga la
-escoba grande...</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! amigo mío&mdash;exclamó Villaamil con cierto aire de templanza
-gubernamental,&mdash;ya sabe usted que no me gustan exageraciones. Sus ideas
-son distintas de las mías... ¿Qué es lo que usted quiere? ¿Más religión?
-Pues venga religión, venga; pero no osbcurantismo... Desengañémonos.
-Aquí lo que hace falta es administración, moralidad...</p>
-
-<p>&mdash;Ahí duele, ahí duele (con expresión de triunfo). Precisamente lo que
-no habrá mientras no haya fe. Lo primero es la fe, ¿sí ó no?</p>
-
-<p>&mdash;Corriente; pero... No, amigo Mendizábal; no exageremos.</p>
-
-<p>&mdash;Y las sociedades que la pierden (en tono triunfal), corren derechitas,
-como quien dice, al abismo...</p>
-
-<p>&mdash;Todo eso está muy bien; pero... Haya moralidad, moralidad; que el que
-la hace la pague, y allá los curas se entiendan con las conciencias. No
-me cambalache los poderes, amigo Mendizábal.</p>
-
-<p>&mdash;No, si yo no cambalacho nada... En fin, usted lo verá (bajando un
-escalón mientras Villaamil subía otro). Ínterin domine el libre
-pensamiento,<span class="pagenum"><a name="page_091" id="page_091"></a>{91}</span> espere usted sentado. Como que no hay justicia ni nadie se
-acuerda del mérito. Buenas noches.</p>
-
-<p>Desapareció por la escalera abajo aquel hombre feísimo, de semblante
-extraño, por tener los ojos tan poco separados que parecían juntarse y
-ser uno solo cuando fijamente miraban. La nariz le salía de la frente, y
-después bajaba chafada y recta, esparranclando sus dos ventanillas en el
-nacimiento del labio superior, dilatado, tirante y tan extenso en todas
-direcciones que ocupaba casi la mitad del rostro. La boca era larga,
-terminada en dos arrugas que dividían la barba en tres compartimientos
-flácidos, de pelambre ralo y gris; la frente estrecha, las manos enormes
-y velludas, el cogote recio, el cuerpo corto, inclinado hacia adelante,
-como resabio de una raza que hasta hace poco ha andado á cuatro pies. Al
-descender la escalera, parecía que la bajaba con las manos, agarrándose
-al barandal. Con esta filiación de <i>gorilla</i>, Mendizábal era un buen
-hombre, sin más tacha que su furiosa inquina contra el libre
-pensamiento. Había sido traficante en piedras de chispa durante la
-primera guerra civil, espía faccioso y cocinero del padre Cirilo.
-«¡Ah!&mdash;mil veces lo decía él,&mdash;¡si yo escribiera mi historia!» Último
-detalle biográfico: le compuso una rueda á la célebre tartana de San
-Carlos de la Rápita.<span class="pagenum"><a name="page_092" id="page_092"></a>{92}</span></p>
-
-<h2><a name="X" id="X"></a>X</h2>
-
-<p>Poco después de anochecido, al subir á su casa, Cadalsito sintió pasos
-detrás de sí; pero no volvió la cara. Mas cuando faltaban pocos
-escalones para llegar al piso segando, manos desconocidas le cogieron la
-cabeza y se la apretaron, no dejándole mirar hacia atrás. Tuvo miedo,
-creyéndose en poder de algún ladrón barbudo y feo, que iba á robar la
-casa y empezaba por asegurarle á él. Pero antes que tuviera tiempo de
-chillar, el intruso le levantó en peso y le besó. Luis pudo verle
-entonces la cara, y al reconocerle, su intranquilidad no disminuyó.
-Había visto aquella cara por última vez algún tiempo antes, sin poder
-apreciar cuándo, en una noche de escándalo y reyerta, en la cual todos
-chillaban en su casa, Abelarda caía con una pataleta, y la abuelita
-gritaba pidiendo el auxilio de los vecinos. La dramática escena
-doméstica había dejado indeleble impresión en Luis, que ignoraba por qué
-se habían puesto sus tías y abuela tan furiosas.</p>
-
-<p>En aquel tiempo estaba el abuelito en Cuba, y no vivía la familia en la
-calle de Quiñones. Recordó también que las iras de las <i>Miaus</i> recaían
-sobre una persona que entonces desapareció de la casa, para no volver á
-ella hasta la<span class="pagenum"><a name="page_093" id="page_093"></a>{93}</span> ocasión que ahora se refiere. Aquel hombre era su padre.
-No se atrevió Luis á pronunciar el cariñoso nombre; de mal humor dijo:
-«Suéltame». Y el sujeto aquél llamó.</p>
-
-<p>Cuando doña Pura, al abrir la puerta, vió al que llamaba, acompañado de
-su hijo, quedóse un instante como quien no da crédito á sus ojos. La
-sorpresa y el terror se pintaban en su semblante... después
-contrariedad. Por fin murmuró: «¿Víctor... tú?»</p>
-
-<p>Entró saludando á su suegra con cierta emoción, de una manera cortés y
-expresiva. Villaamil, que tenía el oído muy fino, se estremeció al
-reconocer desde su despacho la voz aquélla. «¡Víctor aquí... Víctor otra
-vez en casa! Este hombre nos trae alguna calamidad». Y cuando su yerno
-entraba á saludarle, el rostro tigresco de D. Ramón se volvió espantoso,
-y le temblaba la mandíbula carnicera, indicando como un prurito de
-ejercitarla contra la primera res que se le pusiera delante. «¿Pero cómo
-estás aquí? ¿Has venido con licencia?», fué lo único que dijo.</p>
-
-<p>Víctor Cadalso sentóse frente á su suegro. El quinqué les separaba, y su
-luz, iluminando los dos rostros, hacía resaltar el vivo contraste entre
-una y otra persona. Era Víctor acabado tipo de hermosura varonil, un
-ejemplar de los que parecen destinados á conservar y transmitir la
-elegancia de formas en la raza humana, desfigurada por los cruzamientos,
-y que por los cruzamientos,<span class="pagenum"><a name="page_094" id="page_094"></a>{94}</span> reflujo incesante, viene de vez en cuando á
-reproducir el gallardo modelo, como para mirarse y recrearse en el
-espejo de sí misma, y convencerse de la permanencia de los arquetipos de
-hermosura, á pesar de las infinitas derivaciones de la fealdad. El
-claro-obscuro producido por la luz de la lámpara modelaba las facciones
-del guapo mozo. Tenía nariz de contorno puro, ojos negros, de ancha
-pupila, cuya expresión variaba desde el matiz más tierno hasta el más
-grave, á voluntad. La frente pálida tenía el corte y el bruñido que en
-escultura sirve para expresar nobleza.&mdash;Esta nobleza es el resultado del
-equilibrio de piezas cranianas y de la perfecta armonía de líneas.&mdash;El
-cuello robusto, el pelo algo desordenado y de azabache, la barba obscura
-también y corta, completaban la hermosa lámina de aquel busto, más
-italiano que español. La talla era mediana, el cuerpo tan bien
-proporcionado y airoso como la cabeza; la edad debía de andar entre los
-treinta y tres ó los treinta y cinco. No supo responder terminantemente
-á la pregunta de su suegro, y después de titubear un instante, se aplomó
-y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Con licencia no... es decir... he tenido un disgusto con el jefe. Salí
-sin dar cuenta á nadie. Ya conoce usted mi carácter. No me gusta que
-nadie juegue conmigo... Ya le contaré. Ahora vamos á otra cosa. Llegué
-esta mañana en el tren de las ocho, y me metí en una casa de<span class="pagenum"><a name="page_095" id="page_095"></a>{95}</span> huéspedes
-de la calle del Fúcar. Allí pensaba quedarme. Pero estoy tan mal, que si
-ustedes (doña Pura se hallaba todavía presente) no se incomodan, me
-vendré aquí por unos días, nada más que por unos días.</p>
-
-<p>Doña Pura se echó á temblar, y corrió á transmitir la fatal nueva á su
-hermana y á su hija. «¡Se nos mete aquí! ¡Qué horror de hombre! Nos ha
-caído que hacer».</p>
-
-<p>&mdash;Aquí estamos muy estrechos&mdash;objetó Villaamil con cara cada vez más
-fiera y tenebrosa.&mdash;¿Por qué no te vas á casa de tu hermana Quintina?</p>
-
-<p>&mdash;Ya sabe usted&mdash;replicó&mdash;que mi cuñado Ildefonso y yo estamos así... un
-poco de punta. Con ustedes me arreglo mejor. Yo les prometo ser pacífico
-y razonable, y olvidar ciertas cosillas.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, en resumidas cuentas, ¿sigues ó no en tu destino de Valencia?</p>
-
-<p>&mdash;Le diré á usted... (mascando las primeras palabras, pero discurriendo
-al fin una respuesta que disimulase su perplejidad). Aquel Jefe
-Económico es un trapisonda... Se empeñó en echarme de allí, y ha
-intentado formarme expediente. No conseguirá nada; tengo yo más conchas
-que él.</p>
-
-<p>Villaamil dió un suspiro, tratando de descifrar por la fisonomía de su
-yerno el misterio de su intempestiva llegada. Pero sabía por
-experiencia<span class="pagenum"><a name="page_096" id="page_096"></a>{96}</span> que la cara de Víctor era impenetrable y que, histrión
-consumado, expresaba con ella lo que mas convenía a sus fines.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué te parece tu hijo?&mdash;le preguntó al ver entrar á Pura con
-Luisín.&mdash;Está crecido, y le vamos defendiendo la salud, Delicadillo
-siempre, por lo cual no queremos apretarle para que estudie.</p>
-
-<p>&mdash;Tiempo tiene&mdash;dijo Cadalso, abrazando y besando al niño.&mdash;Cada día se
-parece más á su madre, á mi pobre Luisa. ¿Verdad?</p>
-
-<p>Al anciano se le humedecieron los ojos. Aquella hija malograda en la
-flor de la edad, fué todo su amor. El día de su temprana muerte,
-Villaamil envejeció de un golpe diez años. Siempre que alguien la
-nombraba en la casa, el pobre hombre sentía renovada su aflicción
-inmensa, y si quien la nombraba era Víctor, al pesar se mezclaba la
-repugnancia que inspira el asesino condoliéndose de su víctima después
-de inmolada. Á doña Pura también se le abatieron los espíritus al ver y
-oir al que fué esposo de su querida hija. Luis se entristeció, más bien
-por rutina, pues había notado que cuando alguien pronunciaba en la casa
-el nombre de su mamá, todos suspiraban y se ponían muy serios.</p>
-
-<p>Víctor, llevando á su hijo, pasó á saludar á Milagros y á Abelarda.
-Aquélla le aborrecía de todo corazón, y respondió á su saludo con
-desdeñosa frialdad. La cuñadita se metió en su<span class="pagenum"><a name="page_097" id="page_097"></a>{97}</span> cuarto al sentirle;
-luego salió, y su color, siempre malo, era como el color de una muerta.
-Le temblaba la voz; quiso afectar el mismo desdén de su tía hacia
-Víctor; éste la apretaba la mano. «¿Ya estás aquí otra vez, perdido?»,
-balbuceó ella, y sin sabor qué hacer se volvió á meter en el aposento.</p>
-
-<p>Entretanto Villaamil, aprensivo y sobresaltado, se desperezaba en su
-asiento como si quisiera crucificarse, y decía á su mujer:</p>
-
-<p>&mdash;Este hombre traerá hoy la desgracia á nuestra casa como la ha traído
-siempre. Y si no, tú lo has de ver. Cuando le sentí la voz, creí que el
-infierno se nos metía por las puertas. Maldita sea la hora (exaltándose
-y dejando caer con ruidosa pesadumbre las palmas de las manos sobre la
-mesa) en que este hombre entró en mi casa por vez primera; maldita la
-hora en que nuestra querida hija se prendó de él, y maldito el día en
-que les casamos... porque ya no tenía remedio. ¡Ojalá viviera mi hija
-deshonrada, ojalá!... ¡Qué estúpido afán de casar á las hijas sin saber
-con quién! ¡Ah! Pura, mucho cuidado con ese danzante; no te fíes. Tiene
-el arte de adornar su perversidad con palabras que, al pronto, emboban y
-seducen. Á mí no me la da, no; á mí me engañó una vez sola. Pero pronto
-le calé, y ahora me pongo en guardia, porque es el hombre más malo que
-Dios ha echado al mnundo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero no ha dicho á qué viene? ¿Le han<span class="pagenum"><a name="page_098" id="page_098"></a>{98}</span> dejado cesante? De seguro ha
-hecho alguna pillada y viene á que tú se la tapes.</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo! (espantado y echando los ojos fuera del casco). ¡Como no se la
-tape el moro Muza! Á buena parte viene...</p>
-
-<p>Llegada la hora de comer, Víctor, sentándose á la mesa con la mayor
-frescura, hubo de permitirse ciertos alardes de conversación jocosa.
-Todos le miraban con hostilidad, esquivando los temas joviales que
-quería sacar á relucir. Á ratos se ponía ceñudo y receloso; pero á la
-manera de un actor que recobra su papel momentáneamente olvidado, tomaba
-la estudiada actitud bonachona y festiva. Luego reapareció la dificultad
-grave. ¿Dónde le ponían? Y doña Pura, sofocada ante la imposibilidad de
-alojar al intruso, se plantó diciéndole:&mdash;No, no puede ser, Víctor; ya
-ves que no hay medio de tenerte en casa.</p>
-
-<p>&mdash;No se apure usted, mamá&mdash;replicó él, acentuando con cariño el
-tratamiento.&mdash;Me quedaré aquí, en el sofá del comedor. Déme usted una
-manta, y dormiré como un canónigo.</p>
-
-<p>Nada pudieron oponer á esta conformidad doña Pura y las otras <i>Miaus</i>.
-Cuando empezaron á llegar las personas que iban á la tertulia, Víctor
-dijo á su suegra:&mdash;Mire usted, mamá, yo no me presento. No tengo
-malditas ganas de ver gente, al menos en algunos días. Me parece que he
-oído la voz de Pantoja. No le diga usted que estoy aquí.<span class="pagenum"><a name="page_099" id="page_099"></a>{99}</span></p>
-
-<p>&mdash;Pues no sé á qué vienen esos incógnitos&mdash;replicóle amoscada su
-suegra.&mdash;¿Te vas á estar de plantón en el comedor? Pues sabrás que voy á
-poner en esta mesa los vasos de agua, para que salgan á beber todos los
-que tengan sed. Y te advierto que Pantoja es hombre que me bebe media
-cuba todas las noches.</p>
-
-<p>&mdash;Pues me meteré en el cuarto de Luis, si no pone usted el abrevadero en
-otra parte.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero dónde?</p>
-
-<p>&mdash;Nada, nada, mamá; por mi parte no altere usted sus costumbres. Váyase
-usted á la sala, donde ya tiene toda la <i>crème</i> reunida. No olvide
-ponerme aquí la manta. Mañana temprano traeré mi equipaje.</p>
-
-<p>Cuando doña Pura transmitió á su marido el recelo de ser visto que en
-Cadalso notara, el buen señor se intranquilizó más, y echó nuevas pestes
-contra el intruso. Puesta sobre la mesa del comedor la bandeja con los
-vasos de agua, único refrigerio que los Villaamil podían ofrecer á sus
-amigos, Cadalso se quedó un rato solo con su hijo, el cual mostraba
-aquella noche aplicación desusada. «¿Estudias mucho?», preguntó su padre
-acariciándole. Y él contestó que sí con la cabeza, cohibido y
-vergonzoso, como si el estudiar fuese delito. Su padre era para él como
-un extraño, y al intentar hablarle, la timidez le ataba la lengua. El
-sentimiento que al pobre niño inspiraba aquel hombre era mezcla<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100"></a>{100}</span>
-singularísima de respeto y temor. Lo respetaba por el concepto de padre,
-que en su alma tierna tenía ya el natural valor; lo temía, porque en su
-casa había oído mil veces hablar de él en términos harto desfavorables.
-Era Cadalso el papá malo, como Villaamil era el papá bueno.</p>
-
-<p>Al sentir los pasos de algún tertulio sediento que venía al abrevadero,
-Víctor se colaba en el cuarto de Milagros. Conoció por la voz á Ponce,
-que amén de crítico era novio de Abelarda; reconoció también á Pantoja,
-empleado en Contribuciones, amigo de Villaamil y aun del propio Cadalso,
-quien le tenía por la máquina humana más inútil y roñosa que en oficinas
-existiera. No puedo dejar de notar que una de las personas que más sed
-tuvieron aquella noche fué Abelarda. Salió dos ó tres veces á beber, y
-además quiso substituir á su tía Milagros en la obligación de acostar al
-pequeño. Estando en ello, se metió Víctor en la alcoba, huyendo de otro
-tertulio sofocado que iba á refrescarse.</p>
-
-<p>&mdash;Papá está muy inquieto con esta aparición tuya&mdash;le dijo Abelarda sin
-mirarle.&mdash;Has entrado en casa como Mefistófeles, por escotillón, y todos
-nos alteramos al verte.</p>
-
-<p>&mdash;¿Me como yo la gente?&mdash;respondió Víctor sentándose en la misma cama de
-Luis.&mdash;Por lo demás, en mi venida no hay misterio; hay algo, sí, que no
-comprenderán tu padre y tu madre; poro tú lo comprenderás cuando te lo
-explique,<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101"></a>{101}</span> porque tú eres buena para mí, Abelarda; tú no me aborreces
-como los demás, sabes mis desgracias, conoces mis faltas y me tienes
-compasión.</p>
-
-<p>Insinuó esto con mucha dulzura, contemplando á su hijo, ya medio
-desnudo. Abelarda evitaba el mirarle. No así Luisito, que había clavado
-los ojos en su padre, como queriendo descifrar el sentido de sus
-palabras.</p>
-
-<p>&mdash;¡Lástima yo de ti!&mdash;repuso al fin la insignificante con voz
-trémula.&mdash;¿De dónde sacas eso?... ¿Si pensarás que creo algo de lo que
-dices? Á otras engañarás, pero á la hija de mi madre...!</p>
-
-<p>Y como Víctor empezase á replicarle con cierta vehemencia, Abelarda le
-mandó callar con un gesto expresivo. Temía que alguien viniese ó que
-Luis se enterase, y aquel gesto señaló una nueva etapa en el diálogo.</p>
-
-<p>&mdash;No quiero saber nada&mdash;dijo, determinándose al fin á mirarle cara á
-cara.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues á quién he de confiarme yo si no me confío á ti... la única
-persona que me comprende?</p>
-
-<p>&mdash;Vete á la iglesia, arrodíllate ante el confesonario...</p>
-
-<p>&mdash;La antorcha de la fe se me apagó hace tiempo. Estoy á
-obscuras&mdash;declaró Víctor mirando al chiquillo, ya con las manos cruzadas
-para empezar sus oraciones.</p>
-
-<p>Y cuando el niño hubo terminado, Abelarda<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102"></a>{102}</span> se volvió hacia el padre,
-diciéndole con emoción:&mdash;Eres muy malo, muy malo. Conviértete á Dios,
-encomiéndate á él, y...</p>
-
-<p>&mdash;No creo en Dios&mdash;replicó Víctor con sequedad;&mdash;á á Dios se le ve
-soñando, y yo hace tiempo que desperté.</p>
-
-<p>Luisito escondió su faz entre las almohadas, sintiendo un frío terrible,
-malestar grande y todos los síntomas precursores de aquel estado en que
-se le presentaba su misterioso amigo.</p>
-
-<h2><a name="XI" id="XI"></a>XI</h2>
-
-<p>Á las doce; cuando los tertulios desfilaron, Cadalso se acomodó en el
-sofá del comedor, cubriéndose con la manta que Abelarda le diera.
-Ignoraba él que su cuñada se acostaría vestida aquella noche por carecer
-de abrigo. Retiráronse todos, menos Villaamil, que no quiso recogerse
-sin tener una explicación con su yerno. La lámpara del comedor había
-quedado encendida, y el abuelo, al entrar, vió á Víctor incorporado en
-su duro lecho, con la manta liada de medio cuerpo abajo. Comprendió al
-punto el yerno que su padre político quería palique, y se preparó, cosa
-fácil para él, pues era hombre de imaginación pronta, de afluente
-palabra, de salidas ágiles y oportunas, á fuer de meridional<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103"></a>{103}</span> de pura
-sangre, nacido en aquella costa granadina que tiene detrás la Alpujarra
-y enfrente á Marruecos. «Este tío&mdash;pensó&mdash;me quiere embestir. Á buena
-parte viene... Empiece la brega. Le trastearemos con gracia».</p>
-
-<p>&mdash;Ahora que estamos solos&mdash;dijo Villaamil con aquella gravedad que
-imponía miedo,&mdash;decídete á ser franco conmigo. Tú has hecho algún
-disparate, Víctor. Te lo conozco en la cara, aunque tu cara pocas veces
-dice lo que piensas. Confiésame la verdad, y no trates de marearme con
-tus pases de palabras ni con esas ideas raras de que sacas tanto
-partido.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no tengo ideas raras, querido D. Ramón; las ideas raras son las de
-mi señor suegro. Debemos juzgar las ideas de las personas por el pelo
-que éstas echan. ¿Le han colocado á usted ya? Se me figura que no. Y
-usted sigue tan fresco, esperando su remedio de la justicia, que es lo
-mismo que esperarlo de la luna. Mil veces le he dicho á usted que el
-mismo Estado es quien nos enseña el derecho a la vida. Si el Estado no
-muere nunca, el funcionario no debe perecer tampoco administrativamente.
-Y ahora le voy á decir otra cosa: mientras no cambie usted de papeles,
-no le colocarán; se pasará los meses y los años viviendo de ilusiones,
-fiándose de palabras zalameras y de la sonrisa traidora de los que se
-dan importancia con los tontos, haciendo que les protegen.<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104"></a>{104}</span></p>
-
-<p>&mdash;Pero tú, necio&mdash;dijo Villaamil enojadísimo,&mdash;¿has llegado á figurarte
-que yo tengo esperanzas? ¿De dónde sacas, majadero, que yo me forje ni
-la milésima parte de una condenada ilusión? ¡Colocarme á mí! No se me
-pasa por la imaginación semejante cosa, no espero nada, nada, y digo
-más: hasta me ofende el que me supone pendiente de formulillas y de
-palabras cucas.</p>
-
-<p>&mdash;Como siempre le he conocido á usted así, tan confiado, tan
-optimista...</p>
-
-<p>&mdash;¡Optimista yo! (muy contrariado). Vamos, Víctor, no te burles de estas
-canas. Y sobre todo, no desvíes la cuestión. Ahora no se trata de mí,
-sino de ti. Vuelvo á mi pregunta: ¿Qué has hecho? ¿Por qué estas aquí, y
-por qué te escondes de la gente?</p>
-
-<p>&mdash;Es que las tertulias de esta casa me cargan. Ya sabe usted que soy muy
-extremado en mis antipatías. Yo no me escondo; es que no quiero ver la
-cara de Ponce con sus ojos pitañosos, ni que me hable Pantoja, el cual
-tiene un aliento que da el <i>quién vive</i>.</p>
-
-<p>&mdash;No se trata del aliento de Pantoja, sino de que tú no has dejado tu
-destino con la frente alta.</p>
-
-<p>&mdash;Tan alta que si mi jefe dice algo contra mí, tengo medios de mandarle
-á presidio (acalorándose). Sepa usted que he prestado servicios tales,
-que si el Estado fuera agradecido, ya sería yo<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105"></a>{105}</span> jefe de Administración.
-Pero el Estado es esencialmente ingrato, bien lo sabe usted, y no sabe
-premiar. Si el funcionario inteligente no se recompensa á sí propio,
-está perdido. Para que usted se entere: cuando fuí á Valencia á
-encargarme de Propiedades é Impuestos, el Negociado estaba por los
-suelos. Mi antecesor era un cómico sin voz, que recibió el empleo como
-jubilación de la escena. El infeliz no sabía por dónde andaba. Llegué
-yo, y <i>¡arsa!</i> á trabajar. ¡Qué lío! Las cédulas personales no se
-cobraban ni á tiros. En Consumos había descubiertos horribles. Llamé á
-los alcaldes, les apremié, les metí el resuello en el cuerpo. Total, que
-saqué una millonada para el Tesoro, millonada que se habría perdido sin
-mí... Entonces reflexioné, y dije: «¿Cuál es la consecuencia natural del
-inmenso servicio que he prestado á la Nación? Pues la consecuencia
-natural, lógica, ineludible de defender al Estado contra el
-contribuyente es la ingratitud del Estado. Abramos, pues, el paraguas
-para resguardarnos de la ingratitud, que nos ha de traer la miseria».</p>
-
-<p>&mdash;No se puede decir más claro que tus manos no están muy limpias.</p>
-
-<p>&mdash;No hay tal, no, señor (incorporándose y accionando con mucha energía);
-porque mediador entre el contribuyente y el Estado, debo impedir que
-ambos se devoren, y no quedarían más que los rabos si yo no los pusiera
-en paz.<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106"></a>{106}</span> Yo formo parte de la entidad contribuyente, que es la Nación;
-yo formo parte del Estado, como funcionario. Con esta doble naturaleza,
-yo, mediador, tengo que asegurar mi vida para seguir impidiendo el
-choque mortal entre el contribuyente y el Estado...</p>
-
-<p>&mdash;Ni te entiendo, ni te entenderá nadie (con gesto de ira y desprecio).
-El mismo de siempre. Con esas chuscadas de tu ingenio quieres ocultar
-tus trapisondas. ¿Pues sabes lo que te digo? que en mi casa no puedes
-estar.</p>
-
-<p>&mdash;No se acalore mi querido suegro. Entre paréntesis, no he pretendido
-que me tengan aquí por mi linda cara. Pagaré mi pupilaje... Será por
-pocos días, porque en cuanto me asciendan...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ascenderte! ¿qué dices? (como si le hubiera picado un escorpión).</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay! ¿pues usted qué se creía? ¡Qué inocente! Siempre el mismo D.
-Ramón, la virginal doncella. Que le traigan tila. Ya... ¿qué creía
-usted? ¿que yo no soy de Dios y no debo ascender? ¿Sabe que llevo dos
-años de oficial primero y me corresponde el ascenso á Jefe de Negociado
-de tercera, por la ley de Cánovas? Y usted, que tan optimista es en lo
-propio y tan pesimista en lo ajeno, creerá que me voy á pasar la vida
-escribiendo cartas, espiando la sonrisa de un Director general ó
-quitándole motas á Cucúrbitas! No, señor mío, yo no voy al trapo rojo,
-sino al bulto.<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107"></a>{107}</span></p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, lo que es a descarado no te gana nadie; y digo más... por lo
-mismo que no tienes vergüenza (lívido de ira y tragándose su propia
-amargura), consigues todo lo que quieres... El mundo es tuyo... Vengan
-ascensos, y ole morena.</p>
-
-<p>&mdash;En cambio usted (con cruel sarcasmo), siga meciéndose en esos dulces
-éeextasis, siga creyendo que las mariposillas le traen la credencial, y
-despiértese todos los días diciendo: «hoy, hoy será», y lea <i>La
-Correspondencia</i> por las noches con la esperanza de ver su nombre en
-ella.</p>
-
-<p>&mdash;Te repito de una vez para siempre (deseando tener á mano una botella,
-tintero ó palmatoria que tirarle á la cabeza), que yo no espero nada, ni
-pienso que me colocarán jamás. En cambio estoy convencido de que tú, tú,
-que acabas de defraudar al Tesoro, tendrás el premio de tu gracia,
-porque así es el mundo, y así está la cochina Administración... ¡Dios
-mío! ¡que viva yo para ver estas cosas! (levantándose y llevándose las
-manos á la cabeza).</p>
-
-<p>&mdash;Lo que tiene usted que hacer (con cierta fatuidad) es aprender de mí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bonito modelo! No quiero oirte, no quiero verte ni en pintura...
-Adiós (marchándose y volviendo desde la puerta). Y ten entendido que yo
-no espero ni esto; que estoy conforme, que llevo con paciencia mi
-desgracia, y que no se me ocurre que me puedan colocar ahora, ni
-mañana,<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108"></a>{108}</span> ni el siglo que viene... aunque buena falta nos hace. Pero...</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero qué?... (echándose á reir malignamente). Vamos, ¿á que le coloco
-yo á usted si me atufo?</p>
-
-<p>&mdash;¡Tú... tú! ¡deberte yo á ti...!</p>
-
-<p>Y fué tal su indignación, que no quiso hablar más, temeroso de hacer un
-disparate, y pegando un portazo que estremeció la casa, huyó á su alcoba
-y arrojóse en la inquieta superficie de su camastro, como un desesperado
-al mar.</p>
-
-<p>Víctor se arrebujó en la manta, tratando de dormir; poro hallábase
-excitadísimo, más que por el altercado con su suegro, por la memoria de
-sucesos recientes, y no podía conciliar el sueño, no siendo tampoco
-extraña á esto fenómeno la dureza del banco en que reposaba. La luz
-menguó de tal manera después de media noche, que apenas alumbraba con
-incierto resplandor la estancia; y en el cerebro insomne y febril de
-Víctor, esta penumbra y el olor á comida fiambre que flotaba en la
-atmósfera, se confundían en una sola impresión desagradable. Examinó
-punto por punto el comedor, las paredes vestidas de papel, á trozos
-desgarrado, á trozos sucio. En algunos sitios, particularmente junto á
-las puertas, la crasitud marcaba el roce de las personas; en otros se
-veían impresas las manos de Luisito y aun los trazos de su artístico
-lápiz. El techo, ahumado en la proyección de la<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109"></a>{109}</span> lámpara, tenía dos ó
-tres grietas, dibujando una inmensa M y quizás otras letras menos
-claras. En la pared, agujeros de clavos, de los cuales colgaron en otros
-tiempos láminas. Víctor recordaba haber visto allí un reloj, que nunca
-había dicho <i>esta campana es mía</i>, y señalaba siempre una hora
-inverosímil; también hubo antaño bodegones al cromo con sandías y
-melones despanzurrados. Láminas y reloj habían desaparecido, como carga
-que se arroja al mar para que el barco no zozobre. El aparador
-subsistía; pero ¡qué viejo y qué aburrido estaba, con sus vivos negros
-despintados, un cristal roto, caído el copete! Dentro de él se veían
-algunas copas boca abajo, vinagreras con frascos desiguales, un limón
-muy arrugado, un molinillo de café, latas mugrientas y algunas piezas de
-loza. La puerta que conducía al pasillo de la cocina estaba cubierta por
-un pesado portier de abacá, mugriento por el borde en que lo sobaban las
-manos, y con una claraboya en medio, que bien pudiera servir de torno.</p>
-
-<p>Cansado de mudar posturas, Víctor se incorporó en su lecho, que parecía
-un potro, y su desasosiego paró en desvarío mental. Le entraron ganas de
-explicarse consigo mismo, de deshacer con recriminaciones el nublado de
-su alma, y en voz no muy alta, pero perceptible, se expresó de este
-modo: «Esto es mío, estúpidos. Ratas de oficina, idos á roer
-expedientes. Yo valgo más<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110"></a>{110}</span> que vosotros; en un día sé despabilar yo todo
-el trabajo del Negociado, correspondiente á un mes.</p>
-
-<p>Después se echó, asustado de su propio acento. Y al poco rato, los ojos
-cerrados, el ceño fruncido, reprodujo en su cerebro, como ciertos
-sonámbulos, el caso cuya reminiscencia no podía echar de sí.</p>
-
-<p>«Los consumos... ¡ah! los consumos. Son la más ingeniosa de las
-invenciones. ¡Pícaros pueblos! Por no pagar, son ellos capaces de
-venderse al diablo... ¡Y cómo les sabe á cuerno quemado la cuenta
-corriente que se los lleva! Y que á mí no me joraban. Al que me cerdee,
-le abraso vivo. ¡Ah! en la expedición de los apremios está el <i>quid</i>. Y
-como nunca falta un roto para un descosido, nada más fácil que ponerse
-de acuerdo con el interventor para formar la relación de apremios.
-¡Feliz el pueblo que se escabulle de la relación, aunque tenga dos
-semestres en descubierto!... Señor Alcalde, entendámonos. ¿Ustedes
-quieren respirar? Pues yo también necesito oxígeno. Todos somos hijos de
-Dios... Y tú, Hacienda, ¿por qué te amontonas? ¿No te salvé yo más de
-seis millones que mi antecesor dió por perdidos? Pues entonces, ¿á qué
-ese lloriqueo de mujer arratrada? Quien presta tan grandes servicios,
-¿no merece premio? ¿No hemos de ponernos á cubierto de la ingratitud del
-Estado, agradeciéndonos nosotros mismos nuestros leales<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111"></a>{111}</span> servicios? La
-recompensa es el principio de la moralidad, es la aplicación de la
-justicia, del derecho, del <i>Jus</i> á la Administración. Un Estado ingrato,
-indiferente al mérito, es un Estado salvaje... Lo que yo digo:
-dondequiera que hay el <i>haber</i> de un servicio, hay el <i>debe</i> de una
-comisión. Partida por partida, esto es elemental. Yo doy al Estado con
-una mano seis millones que andaban trasconejados, y alargo la otra para
-que me suelte mi comisión... ¡Ah! perro Estado, ladrón, indecente; ¿qué
-querías tú? ¿mamarte los millones y después dejarme asperges? ¡Ah!
-infame, eso habrías hecho si yo me descuido. Pues te juro que por listo
-que tú seas, más lo soy yo. Vamos de pillo á pillo. Y tú, contribuyente,
-¿por qué me pones hocico? ¿No ves que te defiendo? Pero para que tú
-respires es preciso que respire yo también. Si yo me ahogo, vendrá otro
-que te sacará el redaño.</p>
-
-<p>»¡Y ese estúpido Jefe, ese animal, ese bandido que en Pontevedra se
-merendó la suscripción para los náufragos y en Cáceres dejó en cueros á
-las viudas de los mineros muertos; ese que sería capaz de tragarse la
-Necrópolis con todos sus difuntos, quiere formarme expediente! Pero la
-comprobación es muy difícil, tunante, y si me pinchas, te denunciaré, te
-sacaré los trapitos á la calle, con datos, con fechas, con números. Yo
-tengo buenos amigos, y manos blancas que me defiendan... Eso es lo que
-tú no me perdonas...<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112"></a>{112}</span> Te come la envidia. Y por eso te revuelves contra
-mí ahora, tomador, que no sirviendo para afanar relojes, te metiste á
-empleado».</p>
-
-<p>Y al cabo de un cuarto de hora, cuando parecía que había encontrado el
-sueño, soltó de improviso la risa, diciendo: «No me pueden probar nada.
-Pero aunque me lo probaran...» Por fin se durmió, y tuvo una pesadilla,
-semejante á otras que en los casos de agitación moral turbaban su
-descanso. Soñó que iba por una galería muy larga, inacabable, con
-paredes de espejos, que hasta lo infinito repetían su gallarda persona.
-Iba por aquel inmenso callejón persiguiendo á una mujer, á una dama
-elegante, la cual corría agitando con el rápido mover de sus pies la
-falda de crujiente seda. Cadalso le veía los tacones de las botas, que
-eran... ¡cascarones de huevo! Quién podía ser la dama, lo ignoraba; era
-la misma con quien soñara otra noche, y al seguirla, se decía que todo
-aquello era sueño, asombrándose de correr tras un fantasma, pero
-corriendo siempre. Por fin ponía la mano en olla, la dama se paraba y se
-volvía, diciéndole con voz muy ronca: «¿Por qué te empeñas en quitarme
-esta cómoda que llevo aquí?» En efecto, la dama llevaba en la mano una
-cómoda ¡de tamaño natural!, y la llevaba tan desahogadamente como si
-fuera un portamonedas. Entonces Víctor despertaba sintiendo sobre sí un
-peso tal que no podía moverse, y un terror supersticioso<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113"></a>{113}</span> que no sabía
-relacionar ni con la cómoda, ni con la dama, ni con los espejos. Todo
-ello era estúpido y sin ningún sentido.</p>
-
-<p>Despierto, tenían más miga los sueños de Cadalso, porque toda la vida se
-la llevaba pensando en riquezas que no tenía, en honores y poder que
-deseaba, en mujeres hermosas, cuyas seducciones no le eran desconocidas,
-en damas elegantes y de alta alcurnia que con ardentísima curiosidad
-anhelaba tratar y poseer, y esta aspiración á los supremos goces de la
-vida le traía siempre intranquilo, vigilante y en acecho. Devorado por
-el ansia de introducirse en las clases superiores de la sociedad, creía
-tener ya en las manos un cabo y el primer nudo de la cuerda por donde
-otros menos audaces habían logrado subir. ¿Cuál era este nudo? Ved aquí
-un secreto que por nada del mundo revelaría Cadalso á sus vulgarísimos y
-apocados parientes los de Villaamil.</p>
-
-<h2><a name="XII" id="XII"></a>XII</h2>
-
-<p>Apareciósele muy temprano <i>la figura arrancada á un cuadro de Fra
-Angélico</i>, por otro nombre doña Pura, quien le acometió con el arma
-cortante de su displicencia, agravada por la mala noche que un
-dolorcillo de muelas le hizo pasar. «Ea, despejarme el comedor. Ve á
-lavarte á mi<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114"></a>{114}</span> cuarto, que tenemos precisión de barrer aquí. Lárgate
-pronto si no quieres que te llenemos de polvo». Apoyaba esta admonición,
-de una manera más persuasiva, la segunda <i>Miau</i>, que se presentó escoba
-en mano.</p>
-
-<p>&mdash;No se enfade usted, mamá. (Á doña Pura le cargaba mucho que su yerno
-la llamase <i>mamá</i>.) Desde que está usted hecha una potentada, no se la
-puede aguantar. ¡Qué manera de tratar á este infeliz!</p>
-
-<p>&mdash;Eso es, búrlate... Es lo que te faltaba para acabar de conquistarnos.
-¡Y que tienes el don de la oportunidad! Siempre te descuelgas por aquí
-cuando estamos con el agua al cuello.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si dijera que precisamente he venido creyendo ser muy oportuno? Á
-ver... ¿qué respondería usted á esto? Porque no conviene despreciar á
-nadie, querida mamá, y se dan casos de que el huésped molesto nos
-resulte Providencia de la noche á la mañana.</p>
-
-<p>&mdash;Buena Providencia nos dé Dios (siguiéndole hacia el cuarto donde
-Víctor pensaba lavarse). ¿Qué quieres decir? ¿que vas á apretar la
-cuerda que nos ahorca?</p>
-
-<p>&mdash;Tanto como está usted chillando ahí (con zalamería), y todavía soy
-hombre para convidarla á usted á palcos por asiento.</p>
-
-<p>&mdash;Ninguna falta nos hacen tus palcos... ¡Ni qué has de convidar tú, si
-siempre te he conocido más arrancado que el Gobierno!<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115"></a>{115}</span></p>
-
-<p>&mdash;Mamá, mamá, por Dios, no rebaje usted tanto mi dignidad. Y sobre todo,
-el que yo sea pobre no es motivo para que se dude de mi buen corazón.</p>
-
-<p>&mdash;Déjame en paz. Ahí te quedas. Despacha pronto.</p>
-
-<p>&mdash;Prefiero ver delante de mí el puñal del asesino á ver malas caras.
-(Deteniéndola por un brazo.) Un momento. ¿Quiere usted que pague mi
-hospedaje?</p>
-
-<p>Sacó su cartera en el mismo instante, y á doña Pura se le encandilaron
-los ojos viendo que abultaba y que el bulto lo hacía un grueso manojo de
-billetes de Banco.</p>
-
-<p>&mdash;No quiero ser gravoso (dándole un billete de 100 pesetas). Tome usted,
-querida mamá, y no juzgue mis intenciones por la insuficiencia de mis
-medios.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no creas... (echando la zarpa al billete como si éste fuera un
-ratón), no creas que voy á llevar mi delicadeza hasta lo increíble,
-rechazando con indignación tu dinero, á estilo de teatro. No estamos
-ahora para escrúpulos ni para indignaciones cursis. Lo tomo, sí, lo
-tomo, y voy á pagar con él una deuda sagrada, y además, nos viene bien
-para...</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué?</p>
-
-<p>&mdash;Déjame á mí. ¿Quién no tiene sus secretillos?</p>
-
-<p>&mdash;Y un hijo, un hijo cariñoso, ¿no merece ser<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116"></a>{116}</span> depositario de esos
-secretos? Gracias por la confianza que merezco. Yo creí que me
-apreciaban más. Querida mamá, aunque usted no me considere de la
-familia, yo no puedo desprenderme de ella. Mándeme usted que no los
-quiera, y no obedeceré... En otra parte puedo entrar con indiferencia,
-poro en esta casa no; y cuando en ella noto síntomas de estrechez,
-aunque usted me lo prohiba, me tengo que afligir... (poniéndole
-cariñosamente la mano en el hombro). Simpática suegra, no me gusta que
-papá ande sin capa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobrecito!... y ¡qué le hemos de hacer!... Su situación viene siendo
-muy triste hace tiempo. La cesantía va estirando más de lo que creíamos.
-Sólo Dios y nosotras sabemos las amarguras que en esta casa se pasan.</p>
-
-<p>&mdash;Menos mal si el remedio viene, aunque sea de la persona á quien no se
-estima (dándole otro billete de igual cantidad, que doña Pura se
-apresura á recoger).</p>
-
-<p>&mdash;Gracias... No es que no te estimemos; es que tú...</p>
-
-<p>&mdash;He sido malo, lo confieso (patéticamente); reconocerlo es señal de que
-ya no lo soy tanto. Tengo mis defectos como cada <i>quisque</i>; pero no soy
-empedernido, no está mi corazón cerrado á la sensibilidad, ni mi
-entendimiento á la experiencia. Yo seré todo lo malo que usted quiera;
-pero, en medio de mi perversidad, tengo una<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117"></a>{117}</span> manía, vea usted... no
-tolero que esta familia, á quien tanto debo, pase necesidades. Me da por
-ahí... llámelo usted debilidad ó como quiera (dándole un tercer billete
-con gallardía generosa, sin mirar la mano que lo daba). Mientras yo gane
-un real, no consiento que el padre de mi pobre Luisa vista
-indecorosamente, ni que mi hijo ande desabrigado.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias, Víctor, gracias (entre conmovida y recelosa).</p>
-
-<p>&mdash;No tiene usted por qué darme las gracias. No hay mérito ninguno en
-cumplir un deber sagrado. Se me ocurre que podría usted tomar hasta dos
-mil reales, porque no serán una ni dos las cosas que se han ido á
-Peñaranda.</p>
-
-<p>&mdash;Rico estás... (con escama de si serían falsos los billetes).</p>
-
-<p>&mdash;Rico, no... Ahorrillos. En Valencia se gasta poco. Se encuentra uno
-con economías sin notarlo. Y repito que si usted me habla de
-agradecimiento, me incomodo. Yo soy así. ¡He variado tanto! Nadie sabe
-la pena que siento al recordar los malos ratos que he dado á ustedes, y
-sobre todo á mi pobre Luisa (con emoción falsa ó verdadera, pero tan
-bien expresada, que á doña Pura se le humedecieron los ojos). ¡Pobre
-alma mía! ¡Que no pueda yo reparar los agravios que aquella santa
-recibió de mí! ¡Que no pueda yo resucitarla para que vea mi corazón
-mudado, aunque luego nos muriéramos los<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118"></a>{118}</span> dos! (Dando un gran suspiro.)
-Cuando la muerte se interpone entro la culpa y el arrepentimiento, no
-tiene uno ni el amargo consuelo de pedir perdón á quien ha ofendido.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo ha de ser! No pienses ahora en cosas tristes. ¿Quieres otra
-toalla? Aguarda. Y si necesitas agua caliente, te la traeré volando.</p>
-
-<p>&mdash;No; nada de molestarse por mí. Pronto despacho, y en seguida iré á
-traer mi equipaje.</p>
-
-<p>&mdash;Pues si se te ocurre algo, llamas... La campanilla no hay quien la
-haga sonar. Te asomas á la puerta y me das una voz.</p>
-
-<p>Aquel hombre, que sabía desplegar tan variados recursos de palabra y de
-ingenio cuando se proponía mortificar á alguien, ya con feroz sarcasmo,
-ya hiriendo con delicada crueldad las fibras más irritables del corazón,
-entendía maravillosamente el arte de agradar, cuando entraba en sus
-miras. Á doña Pura no la cogían de nuevas las demostraciones insinuantes
-de su yerno; pero esta vez, sea porque fuesen acompañadas de la donación
-en metálico, sea porque Víctor extremara sus zalamerías, la pobre señora
-le tuvo por moralmente reformado ó en camino de ello siquiera. Corridas
-algunas horas, no pudo la <i>Miau</i> ocultar á su cónyuge que tenía dinero,
-pues el disimular las riquezas era cosa enteramente incompatible con el
-carácter y los hábitos de doña Pura. Interrogóla Villaamil sobre la
-procedencia de aquellos que modestamente<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119"></a>{119}</span> llamaba <i>recursos</i>, y ella
-confesó que se los había dado Víctor, por lo cual se puso D. Ramón muy
-sobresaltado, y empezó á mover la mandíbula con saña, soltando de su
-feroz boca algunos vocablos que asustarían á quien no le conociera.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero qué simple eres!... Si no me ha dado más que una miseria. ¿Pues
-qué querías tú, que le mantenga yo el pico? Bonitos estamos para eso. Le
-he acusado las cuarenta... clarito, clarito. Si se empeña en estar aquí,
-que contribuya á los gastos de la casa. ¡Bah! ¡qué cosas dices! Que ha
-defraudado al Tesoro. Falta probarlo... serán cavilaciones tuyas. ¡Vaya
-usted á saber! Y en último caso, ¿es eso motivo para que viva á costa
-nuestra?</p>
-
-<p>Villaamil calló. Tiempo hacía que estaba resignado á que su señora
-llevase los pantalones. Era ya achaque antiguo que cuando Pura alzaba el
-gallo, bajase él la cabeza fiando al silencio la armonía matrimonial.
-Recomendáronle, cuando se casó, este sistema, que cuadraba
-admirablemente á su condición bondadosa y pacífica. Por la tarde volvió
-doña Pura á la carga, diciéndole: «Con este poco de barro hemos de tapar
-algunos agujeros. Ve pensando en hacerte ropa. Es imposible que consiga
-nada el que se presenta en los Ministerios hecho un mendigo, los tacones
-torcidos, el sombrero del año del hambre, y el gabán con grasa y flecos.
-Desengáñate: á los que<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120"></a>{120}</span> van así nadie les hace caso, y lo más á que
-pueden aspirar es á una plaza en San Bernardino. Y como ahora te han de
-colocar, también necesitas ropa para presentarte en la oficina.</p>
-
-<p>&mdash;Mujer, no me marees... No sabes el daño que me haces con esa confianza
-de que no participo; al contrario, yo nada espero.</p>
-
-<p>&mdash;Pues sea lo que sea; si te colocan, porque sí, y si no, porque no,
-necesitas ropa. El traje es casi casi la persona, y si no te presentas
-como Dios manda, te mirarán con desprecio, y eres hombre perdido. Hoy
-mismo llamo al sastre para que te haga un gabán. Y el gabán nuevo pide
-sombrero, y el sombrero botas.</p>
-
-<p>Villaamil se asustó de tanto lujo; pero cuando Pura adoptaba el énfasis
-gubernamental, no había medio de contradecirla. Ni se le ocultaba lo
-bien fundado de aquellas razones, y el valor social y político de las
-prendas de vestir; y harto sabía que los pretendientes bien trajeados
-llevan ya ganada la mitad de la partida. Vino, pues, el sastre llamado
-con urgencia, y Villaamil se dejó tomar las medidas, taciturno y fosco,
-como si más que de gabán fuesen medidas de mortaja.</p>
-
-<p>Con la entrada del sastre, tuvieron Paca y su marido comidilla para todo
-el resto del día y parte de la noche.&mdash;¿No sabes, Mendizábal? Ha entrado
-también un sombrero nuevo. Desde que estamos en esta casa, y va para
-quince años, no he visto entrar más chisteras nuevas que la de<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121"></a>{121}</span> hoy y la
-que estrenó D. Basilio Andrés de la Caña, el que vivió en el tercero, á
-los pocos días de venir Alfonso. ¿Será que va á haber revolución?</p>
-
-<p>&mdash;No me extrañaría&mdash;dijo Mendizábal,&mdash;porque ese Cánovas ha perdido los
-papeles. El periódico dice que hay crisis.</p>
-
-<p>&mdash;Debe de haberla, y será que van á subir los de D. Ramón. Tú, ¿quiénes
-son los del señor Villaamil?</p>
-
-<p>&mdash;Los del Sr. Villaamil son las ánimas benditas... (echándose á reir).
-¿Conque cobertera nueva y ropa maja? Pues mira, mujer, en vista de ese
-lujo... asiático, voy á subir ahorita mismo con los recibos atrasados,
-por si pagan todo ó parte de lo que deben. Á esta gente es menester
-acecharla, para cogerla en el momento económico, ¿me entiendes?, en el
-ínterin, como quien dice, de tener dinero, que es ni visto ni oído.</p>
-
-<p>Miraba el memorialista á su perro, el cual parecía decirle con su
-expresiva geta: «Arriba, mi amo, y no se descuide, que ahora tienen
-guita. Vengo de allí y están como unas pascuas. Por más señas, que han
-traído un salchichón italiano, gordo como mi cabeza, y que huele á
-gloria divina».</p>
-
-<p>Subió, pues, Mendizábal, precedido del can. Casi siempre, cuando el
-portero se aparecía con aquellos fatídicos papeles en la mano, Villaamil
-temblaba sintiendo herida su dignidad en lo más<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122"></a>{122}</span> vivo, y á doña Pura se
-le ponía la boca amarga, los labios descoloridos y el corazón rebosando
-congoja y despecho. Ambos, cada cual en la forma propia de su
-temperamento, alegaban razones mil para convencer á Mendizábal de lo
-bueno que sería esperar al mes siguiente. Por dicha suya, el hombre
-<i>gorilla</i>, aquel monstruo cuyas enormes manos tocarían el suelo á poco
-que la cintura se doblase; aquel tipo de transición zoológica en cuyo
-cráneo parecían verse demostradas las audaces hipótesis de Darwin, no
-ejercía con malos modos los poderes conferidos por el casero. Era, en
-suma, Mendizábal, con su fealdad digna de la vitrina de cualquier museo
-antropológico, hombre benévolo, indulgente, compasivo, que se hacía
-cargo de las cosas. Sentía lástima de la familia y verdadero afecto
-hacia Villaamil. No apremiaba sino en términos comedidos y amistosos, y
-al rendir cuentas al casero echaba por aquella boca horrenda, rascándose
-la oreja corta y chata, frases de intercesión misericordiosa en pro del
-inquilino atrasado <i>por mor</i> de la cesantía. Y gracias á esto, el
-propietario, que no era de los más déspotas, aguardaba con triste y
-filosófica resignación.</p>
-
-<p>Cuando Villaamil y doña Pura no estaban en disposición de pagar, añadían
-á sus excusas algún oficioso párrafo con el memorialista, lisonjeándole
-y cayéndose del lado de sus aficiones. Decíale Villaamil: «¡Pero cuánto
-ha visto usted<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123"></a>{123}</span> en este mundo, amigo Mendizábal, y qué de cosas habrá
-presenciado tan trágicas, tan interesantes, tan...!» Y el <i>gorilla</i>,
-abarquillando los recibos, contestaba: «La historia de España no se ha
-escrito todavía, amigo D. Ramón. Si yo plumeara mis memorias, vería
-usted...» Doña Pura extremaba aún más la adulación: «El mundo anda
-perdido. Mendizábal está en lo cierto: mientras haya libertad de cultos
-y eso que llaman el racionalismo...!» Total, que el portero se guardaba
-los recibos, y á la señora se le alegraban las pajarillas. Ya teníamos
-otro mes de respiro.</p>
-
-<p>Pero aquel día en que, por merced de la Providencia, les era dado pagar
-dos meses de los tres vencidos, ambos esposos rectificaron con cierta
-arrogancia aquel criterio de asentimiento. Villaamil habló con discreta
-autoridad de los ideales modernos, y doña Para, al verle embolsar los
-billetes, dijo: «Pero venga acá, Mendizábal, ¿para que tiene esas ideas?
-¿Y usted cree de buena fe que va á venir aquí D. Carlos con la
-Inquisición y todas esas barbaridades? Vamos, que es preciso estar
-(apuntando á la sien) de la jícara para creer eso...»</p>
-
-<p>Mendizábal les contestó con frases truncadas, mal aprendidas del
-periódico que solía leer, y se alejó refunfuñando. Contraste increíble:
-se iba de mal humor siempre que llevaba dinero.<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124"></a>{124}</span></p>
-
-<h2><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII</h2>
-
-<p>Antes de proseguir, evoquemos la doliente imagen de Luisa Villaamil,
-muerta aunque no olvidada, en los días de esta humana crónica. Pero
-retrocediendo algunos años, la cogeremos viva. Vámonos, pues, al 68, que
-marca el mayor trastorno político de España en el siglo presente, y
-señaló además graves sucesos en los azarosos anales de la familia
-Villaamil.</p>
-
-<p>Contaba Luisa cuatro años más que su hermana Abelarda, y era algo menos
-insignificante que ella. Ninguna de las dos se podía llamar bonita; pero
-la mayor tenía en su mirada algo de <i>ángel</i>, un poco más de gracia, la
-boca más fresca, el cuello y hombros más llenos, y por fin, la
-aventajaba ligeramente en la voz, acento y manera de expresarse. Las
-escasas seducciones de entrambas no las realzaba una selecta educación.
-Se habían instruído en tres ó cuatro provincias distintas, cambiando de
-colegio á cada triquitraque, y sus conocimientos, aun en lo elemental,
-eran imperfectísimos. Luisa llegó á saber un francés macarrónico que
-apenas le consentía interpretar, sobando mucho el Diccionario, la primer
-página del <i>Telémaco</i>, y Abelarda llegó a farfullar dos ó tres polcas,
-martirizando<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125"></a>{125}</span> las teclas del piano. De cuatro niñas y un varón, frutos
-del vientre de doña Pura, sólo se lograron aquellas dos; las demás crías
-perecieron á poco de nacer. Á principios de 1868, desempeñaba Villaamil
-el cargo de Jefe Económico en una capital de provincia de tercera clase,
-ciudad arqueológica, de corto y no muy brillante vecindario, famosa por
-su catedral, y por la abundante cosecha de desportillados pucheros é
-informes pedruscos romanos que al primer azadonazo salían del terruño.
-En aquel <i>pueblo de pesca</i> pasó la familia de Villaamil la temporada
-triunfal de su vida, porque allí doña Pura y su hermana daban el tono á
-las costumbres elegantes y hacían lucidísimo papel, figurando en primera
-línea en el escalafón social. Cayó entonces en la oficina de Villaamil
-un empleadillo joven y guapo, de la clase de aspirantes con cinco mil
-reales, engendro reciente del caciquismo. Cómo fué á parar allí Víctor
-Cadalso, es cosa que no nos importa saber. Era andaluz, había estudiado
-parte de la carrera en Granada, se vino á Madrid sin blanca, y aquí,
-después de mil alternativas, encontró un padrinazgo de momio, que lo
-lanzó de un manotazo á la vida burocrática, como se puede lanzar una
-pelota. Á poco de entrar en las oficinas de aquella provincia, hízose
-muy de notar, y como tenía atractivos personales, lenguaje vivo y
-gracioso, buenas trazas para vestirse y desenvueltos<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126"></a>{126}</span> modales, no tardó
-en obtener la simpatía y agasajo de la familia del jefe, en cuya sala
-(no hay manera de decir <i>salones</i>), bastante concurrida los domingos y
-fiestas de guardar, fué desde la primera noche astro refulgente. Nadie
-le igualaba en el donaire, generalmente equívoco, de la conversación, en
-improvisar pasatiempos ingeniosos, en dar sesiones de magnetismo,
-prestidigitación ó nigromancia casera. Recitaba versos imitando á los
-actores más célebres, bailaba bien, contaba todos los cuentos de
-Manolito Gázquez, y sabía, como nadie, entretener á las señoras y
-embobar á las niñas. Era el <i>lión</i> de la ciudad, el número uno de los
-chicos elegantes, espejo de todos en finura, garbo y ropa. La alta
-sociedad se reunía alternativamente en la casa de Villaamil, en la del
-Brigadier gobernador militar, cuya esposa era una jamona de muchas
-campanillas, en la de cierto personaje, que era el cacique, agente
-electoral y déspota de la comarca; pero la casa en que había más
-refinamientos sociales era la de Villaamil, y las señoras de Villaamil
-las más encumbradas y vanagloriosas. La esposa del cacique tenía hijas
-casaderas, la Brigadiera no las tenía de ninguna edad, el Gobernador era
-célibe; de modo que las del Jefe Económico, las <i>cacicas</i>, la
-Gobernadora militar y la Alcaldesa, boticaria por añadidura, componían
-todo el mujerío distinguido de la localidad. Eran las dueñas del cotarro
-elegante,<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127"></a>{127}</span> las que recibían incienso de aquella espiritada juventud
-masculina, con <i>chaquet</i> y hongo, las que asombraban al pueblo
-presentándose en los Toros (dos veces al año) con mantilla blanca, las
-que pedían para los pobres en la catedral el Jueves Santo, las que
-visitaban al Obispo, las que daban el tono y recibían constantemente el
-homenaje tácito de la imitación. En aquellos tiempos le quedaban aún á
-Milagros algunos vestigios de su hermosa voz, mucha afinación y todo el
-compás. Todavía, haciéndose muy de rogar, casi casi á la fuerza, se
-acercaba al piano, y soltando las rebañaduras de su arte, les largaba
-allí un par de cavatinas que hacían furor. Los palmoteos se oían desde
-la cercana plaza de la Constitución, y las alabanzas duraban toda la
-noche, amenizando el baile y los juegos de prendas.</p>
-
-<p>Ornamento de esta sociedad fué, desde que en ella se introdujo, Víctor
-Cadalso, artista social digno de teatro mejor, y no con las facultades
-marchitas como las de Milagros, sino en la plenitud de su poder y
-lozanía. Por esto sucedió lo que debía suceder, que Luisa se prendó del
-aspirante repentina y locamente, desde la primera noche que se vieron,
-con ese amor explosivo en que los corazones parece que están llenos de
-pólvora cuando los traspasa la inflamada flecha. Esto suele ocurrir en
-las clases populares y en las sociedades primitivas, y pasa también
-alguna<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128"></a>{128}</span> vez en el seno del vulgo infatuado y sin malicia, cuando cae en
-él, como rayo enviado del cielo, un ser revestido de apariencias de
-superioridad. La pasión súbita de Luisa Villaamil fué tan semejante á la
-de Julieta, que al día siguiente de hablarle por primera vez, no habría
-vacilado en huir con Víctor de la casa paterna, si él se lo hubiera
-propuesto. Siguieron al flechazo unos amoríos furibundos. Luisa perdió
-el sueño y el apetito. Había carteo dos ó tres veces al día y telégrafos
-á todas horas. Por la noche espiaban la coyuntura de verse á solas,
-aunque fuese breves momentos. La enamorada chica contaba sus tristezas y
-sus alegrones á la luna, á las estrellas, al gato, al jilguero, á Dios y
-á la Virgen. Hallábase dispuesta, si la ley de su amor se lo exigía, á
-cualquier género de heroicidad, al martirio. Doña Pura no tardó en
-contrariar aquellos amores, porque soñaba con el ayudante del Brigadier
-para yerno; y Villaamil, que empezó á columbrar en el carácter de Víctor
-algo que no le agradaba, hubo de gestionar con el cacique para que le
-trasladasen á otra provincia. Los amantes, guiados por la perspicacia
-defensiva que el amor, como todo gran sentimiento, lleva en sí,
-olfatearon el peligro, y ante el enemigo se juraron fidelidad eterna,
-resolviendo ser dos en uno, y antes morir que separarse, con todo lo
-demás que en estos apretados lances se acostumbra. El delirio les
-extraviaba, y la oposición les<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129"></a>{129}</span> precipitó á estrechar de tal modo sus
-lazos, que nadie fuera poderoso á desatarlos. En resolución, que el amor
-se salió con la suya, como suele. Trinaron los señores de Villaamil;
-pero, pensándolo bien, ¿qué remedio quedaba más que arreglar aquel
-desavío como se pudiese?</p>
-
-<p>Luisa era toda sensibilidad, afecto y mimo; un ser desequilibrado,
-incapaz de apreciar con sentido real las cosas de la vida. Vibraban en
-ella el dolor y la alegría con morbosa intensidad. Tenía á Víctor por el
-más cabal de los hombres, se extasiaba en su guapeza y era completamente
-ciega para ver las jorobas de su carácter. Los seres y las acciones eran
-como hechuras de su propia imaginación, y de aquí su fama de escaso
-mundo y discernimiento. Fue padrino del bodorrio el cacique, y su regalo
-sacarle á Víctor una credencial de ocho mil, lo que agradecieron mucho
-D. Ramón y su mujer, pues una vez incorporado Cadalso á la familia, no
-había más remedio que empujarle y hacer de él un hombre. Á poco estalló
-la Revolución, y Villaamil, por deber aquel destino á un íntimo de
-González Brabo, quedó cesante. Víctor tuvo aldabas y atrapó un ascenso
-en Madrid. Toda la familia se vino por acá, y entonces empezaron de
-nuevo las escaseces, porque Pura había tenido siempre el arte de no
-ahorrar un céntimo, y una gracia especial para que la paga de primero de
-mes hallase la bolsa más limpia que una patena.<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130"></a>{130}</span></p>
-
-<p>Volviendo á Luisa, sépase que, comido el pan de la boda, seguía
-embelesada con su marido, y que éste no era un modelo. La infeliz niña
-vivía en ascuas, agrandando cavilosamente los motivos de su pena; le
-vigilaba sin descanso, temerosa de que él partiese en dos su cariño ó se
-lo llevase todo entero fuera de casa. Entonces empezaron las
-desavenencias entre suegros y yerno, enconadas por enojosas cuestiones
-de interés. Luisa pasaba las horas devorada por ansias y sobresaltos sin
-fin, espiando á su marido, siguiéndole y contándole los pasos de noche.
-Y el truhán, con aquella labia que Dios le dió, sabía desarmarla con una
-palabrita de miel. Bastaba una sonrisa suya para que la esposa se
-creyese feliz, y un monosílabo adusto para que se tuviera por
-inconsolable. En Marzo del 69 vino al mundo Luisito, quedando la madre
-tan desmejorada y endeble, que desde entonces pudieron, los que
-constantemente la veían, augurar su cercano fin. El niño nació
-raquítico, expresión viva de las ansias y aniquilamiento de su madre.
-Pusiéronle ama, sin ninguna esperanza de que viviera, y estuvo todo el
-primer año si se va ó no se va. Y por cierto que trajo suerte á la
-familia, pues á los seis días de nacido, dieron al abuelo un destino con
-ascenso, en Madrid, y de este modo pudo doña Pura bandearse en aquel
-golfo de trampas, imprevisión y despilfarro. Víctor se enmendó algo.
-Cuando ya su mujer no tenía<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131"></a>{131}</span> remedio, mostróse con ella cariñoso y
-solícito. Padecía la infeliz accesos de angustiosa tristeza ó de alegría
-febril, cuyo término era siempre un ataque de hemoptisis. En el último
-período de su enfermedad, el cariño á su marido se le recrudeció en
-términos que parecía haber perdido la razón, y cuando él no estaba
-presente, llamábale á gritos. Por una de esas perversiones del
-sentimiento que no se explican sin un desorden cerebral, su hijo llegó á
-serle indiferente; trataba á sus padres y á su hermana con esquiva
-sequedad. Toda la atención de su alma era para el ingrato, para él todos
-sus acentos de amor, y sus ojos habían eliminado cuantas hermosuras
-existen en el mundo moral y físico, quedándose tan sólo con las que su
-exaltada pasión fantaseaba en él.</p>
-
-<p>Villaamil, que conocía la incorrecta vida de su yerno fuera de casa,
-empezó á tomarle aborrecimiento; Pura, más conciliadora, dejábase
-engatusar por las traidoras palabras de Cadalso, y á condición de que
-éste tratara con piedad y buenos modos á la pobre enferma, se daba por
-satisfecha y perdonaba lo demás. Por fin, la demencia, que no otro
-nombre merece, de la infortunada Luisa tuvo fatal término en una noche
-de San Juan. Murió llorando de gratitud porque su marido la besaba
-ardientemente y le decía palabras amorosas. Aquella mañana había sufrido
-un ataque de perturbación mental más<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132"></a>{132}</span> fuerte que los anteriores, y se
-arrojó del lecho pidiendo un cuchillo para matar á Luis. Juraba que no
-era hijo suyo, y que Víctor le había traído á la casa en una cesta,
-debajo de la capa. Fué aquel día de acerbo dolor para toda la familia,
-singularmente para el buen Villaamil que, sin ruidoso duelo exterior,
-mudo y con los ojos casi secos, se desquició y desplomó interiormente,
-quedándose como ruina lamentable, sin esperanza, sin ilusión ninguna de
-la vida; y desde entonces se le secó el cuerpo hasta momificarse, y fué
-tomando su cara aquel aspecto de ferocidad famélica que le asemejaba á
-un tigre anciano é inútil.</p>
-
-<p>La necesidad de un sueldo que permitiese economías, le lanzó á colocarse
-en Ultramar. Fué con un regular destino, de los que proporcionan buenas
-obvenciones, y regresó á los dos años con algunos ahorros, que se
-deshicieron pronto como granos de sal en la mar sin fondo de la
-administración de doña Pura. Emprendió segundo viaje con mejor empleo;
-pero tuvo no sé qué cuestiones con el Intendente, y volvió para acá en
-los aciagos días de los cantonales. El Gobierno presidido por Serrano
-después del 3 de Enero del 74 le mandó á Filipinas, donde se las
-prometía muy felices; pero una cruel disentería le obligó á embarcarse
-para España sin ahorros, y con el propósito firme de desempeñar la
-portería de un Ministerio antes que pasar<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133"></a>{133}</span> otra vez el charco. No le fué
-difícil volver á Hacienda, y vivió tres años tranquilo, con poco sueldo,
-siendo respetado por la Restauración, hasta que en hora fatídica le
-atizaron un <i>cese</i> como una casa. Y el tremendo anatema cayó sobre él
-cuando sólo le faltaban dos meses para jubilarse con los cuatro quintos
-del sueldo regulador, que era el de Jefe de Administración de tercera.
-Acudió al Ministro, llamó á distintas puertas; todas las intercesiones
-fueron solicitadas sin éxito. Poco á poco sucedió á la molesta escasez
-la indigencia descarnada y aterradora; los recursos se concluían, y se
-agotaron también los medios extraordinarios y arbitristas de sostener á
-la familia.</p>
-
-<p>Llegó por último la etapa dolorosísima para un hombre delicado como
-Villaamil, de tener que llamar á la puerta de la amistad implorando
-socorro ó anticipo. Había él prestado en mejor tiempo servicios de tal
-naturaleza á algunos que se los agradecieron y á otros que no. ¿Por qué
-no había de apelar al mismo sistema? Sobre todo, no podía discutirse si
-estas postulaciones eran ó no decorosas. El que se quema no se pone á
-considerar si es conveniente ó no sacudir los dedos. El decoro era ya
-nombre vano, como la inscripción impresa en la etiqueta de una botella
-vacía. Poco á poco se gasta la vergüenza, como se gasta el diente de una
-lima, y las mejillas pierden la costumbre de colorearse. El desgraciado<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134"></a>{134}</span>
-cesante llegó á adquirir maestría terrible en el arte de escribir cartas
-invocando á la amistad. Las redactaba con amplificaciones patéticas, y
-en un estilo que parecía oficial, algo parecido á los preámbulos de las
-leyes en que se anuncia al país aumento de contribución, verbigracia:
-«Es muy sensible para el Gobierno tener que pedir nuevos sacrificios al
-contribuyente...» Tal era el patrón, aunque el texto fuera otro.</p>
-
-<h2><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV</h2>
-
-<p>Para completar las noticias biográficas de Víctor, importa añadir que
-tenía una hermana llamada Quintina, esposa de un tal Ildefonso Cabrera,
-empleado en el ferrocarril del Norte, buenas personas ambos, aunque algo
-extravagantes. Faltándoles hijos, Quintina deseaba que su hermano le
-encomendase la crianza de Luis, y quizás lo habría conseguido sin las
-desavenencias graves que surgieron entre Víctor y su hermano político,
-por cuestiones relacionadas con la mezquina herencia de los hermanos
-Cadalso. Tratábase de una casa ruinosa y sin techo en el peor arrabal de
-Vélez-Málaga, y sobre si el tal edificio correspondía á Quintina ó á
-Víctor, hubo ruidosísimas querellas. La cosa era<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135"></a>{135}</span> clara, según Cabrera,
-y para probar su diafanidad, no inferior á la del agua, puso el asunto
-en manos de la curia, la cual, en poco tiempo, formó sobre él un mediano
-monte de papel sellado. Todo para demostrar que Víctor era un pillo, que
-se había adjudicado indebidamente la valiosa finca, vendiéndola y
-guardándose su importe. El otro lo echaba á broma, diciendo que el
-producto de su fraude no le había alcanzado para un par de botas. Á lo
-que respondía Ildefonso que no era por el huevo, sino por el fuero; que
-no le incomodaba la pérdida material, sino la frescura de su cuñado; y
-por esta y otras razones le llegó á cobrar odio tan profundo, que
-Quintina temblaba por Víctor cuando éste iba á la casa. Cabrera tenía el
-genio tan atropellado, que un día por poco descarga sobre Víctor los
-seis tiros de su revólver. La hermana de Cadalso deseaba que el pleito
-se transigiera y concluyesen aquellas enojosas cuestiones; y cuando su
-hermano fué á verla, á los pocos días de llegar de Valencia
-(aprovechando la ocasión en que la fiera de Ildefonso recorría el trozo
-de línea de que era inspector), le propuso esto: «Mira, si me das á tu
-Luis, yo te prometo desarmar á mi marido, que desea tanto como yo tener
-al niño en casa». Trato inaceptable para Víctor, que aunque hombre de
-entrañas duras, no osaba arrancar al chiquillo del poder y amparo de sus
-abuelos. Quintina, firme en su pretensión, argumentaba:<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136"></a>{136}</span> «¿Pero no ves
-que esa gente te lo va á criar muy mal? Lo de menos serían los resabios
-que ha de adquirir; pero es que le hacen pasar hambres al ángel de Dios.
-Ellas no saben cuidar criaturas ni en su vida las han visto más gordas.
-No saben más que suponer y pintar la mona; ni se ocupan más que de si
-tal artista cantó ó no cantó como Dios manda, y su casa parece un
-herradero».</p>
-
-<p>Aunque se trataban las <i>Miaus</i> y Quintina, no se podían ver ni en
-pintura, porque la de Cadalso, que era una buena mujer (con lo cual
-dicho se está que no se parecía á su hermano), tenía el defecto de ser
-excesivamente curiosa, refistolera, entrometida, olfateadora. Al visitar
-á las Villaamil, no entraba en la sala, sino que se iba de rondón al
-comedor, y más de una vez hubo de colarse en la cocina y destapar los
-pucheros para ver lo que en ellos se guisaba. Á Milagros, con esto, se
-la llevaban los demonios. Todo lo preguntaba Quintina, todo lo quería
-averiguar y en todo meter sus ávidas narices. Daba consejos que no le
-pedían, inspeccionaba la costura de Abelarda, hacía preguntas capciosas,
-y en medio de su cháchara impertinente, se dejaba caer con alguna
-reticencia burlona, como quien no dice nada.</p>
-
-<p>Á Cadalsito le quería con pasión. Nunca se iba de casa sin verle, y
-siempre le llevaba algún regalillo, juguete ó prenda de vestir. Á
-veces,<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137"></a>{137}</span> se plantaba en la escuela y mareaba al maestro preguntándole por
-los adelantos del rapaz, á quien solía decir: «No estudies, corazón, que
-lo que quieren es secarte los sesitos. No hagas caso; tiempo tienes de
-echar talento. Ahora come, come mucho, engorda y juega, corre y
-diviértete todo lo que te pida el cuerpo». En cierta ocasión, observando
-á las <i>Miaus</i> bastante tronadas, les propuso que le dieran el chico;
-pero doña Pura se indignó tanto de la propuesta, que Quintina no hubo de
-plantearla más sino en broma. Al bajar de la visita, echaba siempre una
-parrafada con los memorialistas á fin de sonsacarles mil menudencias
-sobre los del cuarto segundo; si pagaban ó no la casa, si debían mucho
-en la tienda (aunque este conocimiento lo solía beber en más limpias
-fuentes), si volvían tarde del teatro, si la <i>sosa</i> se casaba al fin con
-el <i>gilí</i> de Ponce, si había entrado el zapatero con calzado nuevo... En
-fin, que era una moscona insufrible, un fiscal pegajoso y un espía
-siempre alerta.</p>
-
-<p>Eran sus costumbres absolutamente distintas de las de sus víctimas. No
-frecuentaba el teatro, vivía con orden admirable, y su casa de la calle
-de los Reyes era lo que se dice una tacita de plata. Físicamente, valía
-Quintina menos que su hermano, que se llevó toda la guapeza de la
-familia; era graciosa, mas no bella; bizcaba de un ojo, y la boca pecaba
-de grande y deslucida,<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138"></a>{138}</span> aunque la adornase perfecta dentadura. Vivía el
-matrimonio Cabrera pacíficamente y con desahogo, pues además del sueldo
-de inspector, disfrutaba Ildefonso las ganancias de un tráfico hasta
-cierto punto clandestino, que consistía en traer de Francia objetos para
-el culto y venderlos en Madrid á los curas de los pueblos vecinos y aun
-al clero de la Corte. Todo ello era género barato, de cargazón, producto
-de la industria moderna que no pierde ripio, y sabe explotar la penuria
-de la Iglesia en los difíciles tiempos actuales. Cabrera tenía sus
-socios en Hendaya y entendíase con ellos, llevándoles telas,
-cornucopias, plata de ley, algún cuadro y otras antiguallas substraídas
-á las fábricas de los templos de Castilla, un día opulentos y hoy
-pobrísimos. El toque de este comercio estaba, según indicaciones
-maliciosas, en que al ir y venir pasaban las mercancías la frontera
-francas de derechos; pero esto no se ha comprobado. De ordinario, la
-quincalla eclesiástica que Cabrera introducía (objetos de latón dorado,
-todo falso, frágil, pobre y de mal gusto) era tan barata en los centros
-de producción y se vendía tan bien aquí, que soportaba sin dificultad el
-sobreprecio arancelario. En otras épocas, cuando empezaba este negocio,
-solía Quintina introducirse en la sacristía de cualquier parroquia con
-un bulto bajo el mantón, como quien va á pasar matute, y susurrar al
-oído del ecónomo: «¿Quieren ustedes<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139"></a>{139}</span> ver un cáliz que da la hora? Y se
-pasmarán los señores del precio. La mitad que el género Meneses...» Pero
-en breve la señora renunció al papel de chalana, y recibió en su casa á
-los clérigos de Madrid y pueblos inmediatos. Últimamente importaba
-Cabrera enormes partidas de estampitas para premios ó primera comunión,
-grandes cromos de los dos Sagrados Corazones, y por fin, agrandando y
-extendiendo el negocio, trajo surtidos de imágenes vulgarísimas, los San
-Josés por gruesas, los niños Jesús y las Dolorosas á granel y en
-variados tamaños, todo al estilo devoto francés, muy relamido y
-charolado, doraditas las telas á la bizantina, y las caras con chapas de
-rosicler, como si en el cielo se usara ponerse colorete. No sé si
-consistía en el trato familiar con las cosas santas ó en una disposición
-de carácter el que Quintina fuera radicalmente escéptica. Lo cierto es
-que cumplía yendo á misa de Pascuas á Ramos y rezando un poco, por añeja
-rutina, al acostarse. Y nada de hociqueos con sacerdotes, como no fuera
-para encajarles el <i>artículo</i> ó sonsacarles alguna casulla vieja de
-brocado, hecha un puro jirón.</p>
-
-<p>Cadalsito iba de tiempo en tiempo á casa de la de Cabrera y se
-embelesaba contemplando las estampas. Cierto día vió un Padre Eterno, de
-luenga y blanca barba, en la mano un mundo azul, imagen que le
-impresionó mucho. ¿Se derivaba de esto el fenómeno extrañísimo de sus<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140"></a>{140}</span>
-visiones? Nadie lo sabe; nadie quizás lo sabrá nunca. Pero, á lo mejor,
-prohibióle su abuela volver á la casa aquella repleta de santos,
-diciéndole: «Quintina es una picarona que te nos quiere robar para
-venderte á los franceses». Cadalsito cogió miedo, y no volvió á parecer
-por la calle de los Reyes.</p>
-
-<p>Tampoco Villaamil tragaba á Ildefonso, que era atrozmente sincero en la
-emisión de sus opiniones, desconsiderado y á veces groserote. En otro
-tiempo iban á la misma tertulia de café; pero desde que Cabrera dijo que
-el planteamiento del <i>income tax</i> en España era un desatino, y que tal
-cosa no se le ocurría á nadie que tuviera sesos, Villaamil le tomó
-ojeriza. Se encontraban... saludo al canto, y hasta otra. Doña Pura
-reservaba para Cabrera motivos de odio más graves que aquel criterio
-despiadado sobre el <i>income tax</i>. En jamás de los jamases les había
-obsequiado aquel <i>tío</i> con billetes á mitad de precio para una
-excursioncita veraniega. Víctor hablaba perrerías de su cuñado,
-vengándose de los malos ratos que el otro le hacía pasar con exhortos,
-notificaciones y comparecencias. Para Víctor era de rúbrica que Cabrera
-burlaba el rigor de la Aduana en sus traídas de material eclesiástico y
-exportaciones de guiñapos artísticos. Y no sólo robaba al Estado, sino á
-la empresa, porque en los comienzos del negocio confiaba sus paquetes á
-los conductores, y después,<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141"></a>{141}</span> cuando aquéllos se trocaron en voluminosas
-cajas y no quiso exponerse á un réspice de los jefes, facturaba, sí,
-pero aplicando á sus mercancías de lujo la tarifa de <i>envases de
-retorno</i> ó maderas de construcción. En sus declaraciones de Aduanas
-había cosas muy chuscas. «¿Cómo creen ustedes que declaró una caja llena
-de San Josés?&mdash;decía Víctor.&mdash;Pues la declaró <i>piedras de chispa</i>». Como
-él hacía favores á los vistas, éstos le pasaban aquellos manifiestos
-incongruentes; y los incensarios de bronce, ¿qué eran?... <i>ferretería
-ordinaria</i>; ¿y los ternos de tela barata?... <i>paraguas sin armar y
-corsés en bruto</i>.</p>
-
-<h2><a name="XV" id="XV"></a>XV</h2>
-
-<p>En los días subsiguientes, Pura saldó algunas cuentas de las que más la
-agobiaban; trajo á casa diversas prendas de ropa de las más
-indispensables, y en la mesa restableció el trato de los días felices.
-La <i>pudorosa Ofelia</i> se pasaba las horas muertas en la cocina, pues
-insensiblemente iba tomando afición al arte de Vatel, tan distinto
-¡María Santísima! del de Rossini, y sentía verdadero goce espiritual en
-perfeccionarse en él, lanzándose á inventar ó componer algún plato.
-Cuando había provisiones, ó, si se quiere, asunto artístico, la
-inspiración se encendía en<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142"></a>{142}</span> ella, y trabajaba con ahinco, entonando á
-media voz por añeja costumbre y con afinación perfecta, algún tiernísimo
-fragmento, como el <i>moriamo insieme, ah! sí, moriamo</i>...</p>
-
-<p>Todas las noches que las <i>Miaus</i> no iban á la ópera, la sala llenábase
-de gente. <i>Aliquando</i>, la espléndida doña Pura obsequiaba á los actores
-con dulces y pastas, lo que hacía creer á la tertulia que Villaamil
-estaba ya colocado ó al menos con un pie dentro de la oficina. La
-combinación, sin embargo, no acababa de salir, porque el Ministro, harto
-de recomendaciones y compromisos, no se resolvía á darle la última mano.
-Crecía, pues, en la familia la incertidumbre y Villaamil hundíase más y
-más en su estudiado pesimismo, llegando al extremo de decir: «Antes
-veremos salir el sol por Occidente que á mí entrar en la oficina».</p>
-
-<p>Desde el segundo día de su llegada, Víctor no se recataba de nadie.
-Entraba y salía con libertad; pasaba á la sala á las horas de tertulia,
-pero sin echar raíces en ella, porque tal sociedad le era atrozmente
-antipática. Desarmada Pura por la generosidad de su hijo político, se
-compadeció de verle dormir en el duro sofá del comedor, y por fin
-convinieron las tres <i>Miaus</i> en ponerle en la habitación de Abelarda,
-previa la traslación de ésta á la de su tía Milagros, que era la de
-Luisito. La <i>pudorosa Ofelia</i> se fué á dormir á la alcoba de su hermana,
-en angostísimo<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143"></a>{143}</span> catre. Á D. Ramón no le supieron bien estos arreglos,
-porque lo que él desearía era ver salir á su yerno á cajas destempladas.
-En la Dirección de Contribuciones, su amigo Pantoja le había dicho que
-Víctor pretendía el ascenso, y que tenía un expediente cuya resolución
-podía serlo funesta si algún padrino no arrimaba el hombro. Era cosa de
-la Administración de Consumos, ó irregularidades descubiertas en la
-cuenta corriente que Cadalso llevaba con los pueblos de la provincia.
-Parecía que en la relación de apremios no figuraban algunos pueblos de
-los más alcanzados, y se creía que Cadalso obraba en connivencia con los
-alcaldes morosos. También dijeron á Villaamil que el reparto de
-consumos, propuesto en el último semestre por Víctor, estaba hecho de
-tal modo que <i>saltaba á la vista</i> el chanchullo y que el jefe no había
-querido aprobarlo.</p>
-
-<p>De estas cosas no habló Villaamil ni una palabra con su yerno. En la
-mesa, el primero estaba siempre taciturno y Cadalso muy decidor, sin
-conseguir interesar vivamente en lo que decía á ninguno de la familia.
-Con Abelarda echaba largos parlamentos, si por acaso se encontraban
-solos ó en el acto interesante de acostar á Luis. Gustaba el padre de
-observar el desarrollo del niño y vigilar su endeble salud, y una de las
-cosas en que principalmente ponía cuidado era en que le abrigaran bien
-por las noches y en<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144"></a>{144}</span> vestirle con decencia. Mandó que se le hiciera
-ropa, lo compró una capita muy mona y traje completo azul con medias del
-mismo color. Cadalsito, que era algo presumido, no podía menos de
-agradecer á su papá que le pusiera tan majo. Pero en lo tocante a ropa
-nueva, nada es comparable al lujo que desplegó en su persona el mismo
-Víctor al poco tiempo de llegar á Madrid. Cada día traíale el sastre una
-prenda flamante, y no era ciertamente su sastre como el de Villaamil, un
-<i>artista</i> de poco más ó menos, casi de portal, sino de los más afamados
-de Madrid. ¡Y que no lucía poco la gallarda figura de Víctor con aquel
-vestir correcto y airoso, no exento de severidad, que es el punto y filo
-de la verdadera elegancia, sin cortes ni colores llamativos! Abelarda le
-observaba con disimulo, solapadamente, admirando y reconociendo en él al
-mismo hombre excepcional que algunos años antes le sorbió el seso á su
-desgraciada hermana, y sentía en su alma depósito inmenso de indulgencia
-hacia el joven tan vivamente denigrado por toda la familia. Aquel
-depósito parecía pequeño mientras no se veía de él sino la mal explorada
-superficie; pero luego, cavando, cavando, se veía que era inagotable,
-quizás infinito, como grande y riquísima cantera. ¡Y qué vetas purpúreas
-se encontraban en la masa; qué ráfagas brillantes; algo como venas
-henchidas de sangre ó como el material de las piedras preciosas<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145"></a>{145}</span>
-derretido y consolidado por los siglos en el seno de la tierra! La
-indulgencia se le subía del corazón al pensamiento en esta forma: «No,
-no puede ser tan malo como dicen. Es que no le comprenden, no le
-comprenden».</p>
-
-<p>La idea de no ser comprendido la había expresado Víctor muchas veces, no
-sólo en aquella temporada, sino en otra más antigua, dos años antes,
-cuando pasó algunos meses con la familia. ¿Cómo habían de comprender las
-pobres cursis á un ser de esfera ó casta superior á la de ellas por la
-figura, los modales, las ideas, las aspiraciones y hasta por los
-defectos? Abelarda retrocedía con la imaginación á los tiempos pasados,
-y estudiando sus sentimientos con respecto á Víctor, se reconocía
-poseedora de ellos aun en vida de la pobre Luisa. Cuando todos en la
-casa hablaban pestes de él, Abelarda consolaba á su hermana con
-especiosas defensas del pérfido ó volviendo por pasiva sus faltas. «No
-tiene Víctor la culpa de que todas las mujeres le quieran», solía decir.</p>
-
-<p>Muerta su hermana, Abelarda siguió admirando en silencio al viudo.
-Cierto que había dado disgustos y jaquecas sin fin á la difunta; pero
-ello consistía en la fatalidad de su buena figura. Sin saber cómo, á
-veces por delicadeza, se veía cogido en lazos amorosos ó en trampas que
-le tendían las picaras mujeres. Pero tenía buen fondo; con la edad
-sentaría un poco la cabeza,<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146"></a>{146}</span> y sólo necesitaba una mujer de corazón y de
-temple que le sujetase, combinando el cariño con la severidad. La
-desdichada Luisa no servía para el caso. ¿Cómo había de practicar este
-difícil régimen una mujer que por cualquier motivo fútil se echaba á
-llorar; una mujer que en cierta ocasión cayó con un síncope porque su
-marido, al entrar en casa, traía el lazo de la corbata hecho de manera
-muy distinta de como ella se lo hiciera al salir?</p>
-
-<p>En los días de este relato, costábale á la insignificante gran esfuerzo
-el disimular la turbación que su cuñado producía en ella al dirigirle la
-palabra. Á veces un gozo íntimo y bullicioso, con inflexiones de
-travesura, le retozaba en el corazón, como insectillo parásito que
-anidase en él y tuviera crías; á veces era una pena gravativa que la
-agobiaba. En toda ocasión sus respuestas eran vacilantes, desentonadas,
-sin gracia ninguna.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero es de veras que te casas con ese pájaro frito de Ponce?&mdash;le dijo
-él una noche, cuando apostaba al pequeño.&mdash;Buena boda, hija. ¡Qué
-envidia te tendrán tus amigas! No á todas les cae esa breva.</p>
-
-<p>&mdash;Déjame á mí... tonto, mala persona.</p>
-
-<p>Otra noche, demostrando vivo interés por la familia, Víctor le indicó:
-«Mira, Abelarda, no esperes que coloquen á tu papá. La combinación está
-hecha, pero no se publica todavía. No va en<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147"></a>{147}</span> ella. Me lo han dicho
-reservadamente. Ya comprenderás cuánto lo deploro. ¡El pobre señor tan
-lleno de ilusiones!... porque, aunque él diga que no espera nada, no
-hace otra cosa el infeliz. Cuando se desengañe recibirá un golpe
-tremendo. Pero no tengas cuidado; mi ascenso es seguro, tengo mejor
-arrimo que tu padre, y como he de quedarme en Madrid, no os abandonaré;
-ten por cierto que no. Os he dado muchos disgustos, y mi conciencia
-necesita descargarse. Por mucho que haga en beneficio vuestro, no
-acabaré de quitarme este peso.</p>
-
-<p>&mdash;No, no es malo&mdash;pensaba Abelarda reconcentrándose en sus
-cavilaciones.&mdash;Y todo eso que dice de que no cree en Dios es música,
-guasa, por divertirse conmigo y hacerme rabiar. Porque eso sí; echa por
-aquella boca cosas muy extrañas, que no se le ocurren á nadie. No es
-malo, no; es travieso, y tiene mucho talento, pero mucho. Sólo que no le
-sabemos entender.</p>
-
-<p>En lo de no ser entendido insistía Víctor siempre que venía á pelo.
-«Mira tú, Abelarda, esto que te digo no debiera parecerte á ti una
-barbaridad, porque tú me comprendes algo; tú no eres vulgo, ó al menos
-no lo eres del todo, ó vas dejando de serlo».</p>
-
-<p>Á solas se descorazonaba la pobre joven, achicándose con implacable
-modestia. «Sí, por más que él diga que no, vulgo soy, y ¡qué vulgo Dios
-mío! De cara... psh; soy insignificante; de<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148"></a>{148}</span> cuerpo no digamos; y aunque
-algo valiera, ¿cómo había de lucir mal vestida, con pingos aprovechados,
-compuestos y vueltos del revés? Luego soy ignorantísima; no sé nada, no
-hablo más que tonterías y vaciedades, no tengo salero ninguno. Soy una
-calabaza con boca, ojos y manos. ¡Qué pánfila soy, Dios mío, y qué
-sosaina! ¿Para qué nací así?»</p>
-
-<h2><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI</h2>
-
-<p>Siempre que Víctor entraba en la casa, mirábale Abelarda cual si llegase
-de regiones sociales muy superiores. En su andar lo mismo que en sus
-modales, en su ropa lo mismo que en su cabellera, traía Víctor algo que
-se despegaba de la pobre vivienda de las <i>Miaus</i>, algo que reñía con
-aquel hogar destartalado y pedestre. Y las entradas y salidas de Cadalso
-eran muy irregulares. Á menudo comía de fonda con sus amigos; iba al
-teatro un día sí y otro también; y hasta se dió el caso de pasarse toda
-la noche fuera. No siempre estaba de buen talante; tenía rachas de
-tristeza, durante las cuales no se le sacaba palabra en todo el día.
-Pero otros estaba muy parlanchín, y como sus suegros no le hacían
-maldito caso, despachábase con su hermana política. Los ratos de plática
-á solas, no eran muchos; pero él<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149"></a>{149}</span> sabía aprovecharlos, conociendo el
-dinamismo de su persona y de su conversación sobre el turbado espíritu
-de la insignificante.</p>
-
-<p>Luisito andaba malucho, llegando su desazón al punto de guardar cama:
-doña Pura y Milagros fueron aquella noche al Real, Villaamil al café, en
-busca de noticias de la combinación, y Abelarda se quedó cuidando al
-chiquillo. Cuando menos lo pensaba, llaman á la puerta. Era Víctor, que
-entró muy gozoso, tarareando un tango zarzuelero. Enteróse de la
-enfermedad de su hijo, que ya estaba durmiendo, le oyó respirar,
-reconoció que la fiebre, caso de haberla, era levísima, y después se
-puso á escribir cartas en la mesa del comedor. Su cuñada le vigilaba con
-disimulo; dos ó tres veces pasó por detrás de él fingiendo tener que
-trastear algo en el aparador, y echando furtiva ojeada sobre lo que
-escribía. Carta de amores era sin duda por lo larga, por lo metido de la
-letra y por la febril facilidad con que Víctor plumeaba. Pero no pudo
-sorprender ni una frase ni una sílaba. Concluida la misiva, Cadalso
-trabó conversación con la joven, que salió á coser al comedor.</p>
-
-<p>&mdash;Oye una cosa&mdash;le dijo, apoyando el codo en la mesa y la cara en la
-palma de la mano.&mdash;Hoy he visto á tu Ponce. ¿Sabes que he variado de
-opinión? Te conviene; es buen muchacho, y será rico cuando se muera su
-tío el notario, de quien dicen va á ser único heredero... Porque no
-hemos<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150"></a>{150}</span> de atendernos al criterio del amigo Ruiz según el cual no hay
-felicidad como estar á la cuarta pregunta... Si Federico tuviera razón,
-y yo me dejara llevar de mis sentimientos, te diría que Ponce no te
-conviene, que te convendría más otro; yo, por ejemplo...</p>
-
-<p>Abelarda se puso pálida, desconcertándose de tal modo, que sus esfuerzos
-por reir no le dieron resultado alguno.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué tonterías dices!... ¡Jesús, siempre has de estar de broma!</p>
-
-<p>&mdash;Bien sabes tú que esto no lo es (poniéndose muy serio). Hace dos años,
-una noche, cuando vivíais en Chamberí, te dije: «Abelardilla, me gustas.
-Siento que el alma se me desmigaja cuando te veo...» ¿Á que no te
-acuerdas? Tú me contestaste que... No sé cómo fué la contestación; pero
-venía á significar que si yo te quería, tú... también.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, qué embustero!... ¡Quita allá! Yo no dije tal cosa.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ¿lo soñé yo?... Como quiera que sea, después te enamoraste
-locamente de esa preciosidad de Ponce.</p>
-
-<p>&mdash;Yo... enamorarme... Tú estás malo.. Pues sí, pongamos que me enamoré.
-¿Y á ti qué te importa?</p>
-
-<p>&mdash;Me importa, porque en cuanto yo me enteré de que tenía un rival, volví
-mi corazón hacia otra parte. Para que veas lo que es el destino<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151"></a>{151}</span> de las
-personas: hace dos años estuvimos casi á punto de entendernos; hoy la
-desviación es un hecho. Yo me fuí, tú te fuiste, nosotros nos fuimos. Y
-al encontrarnos otra vez, ¿qué pasa? Yo estoy en una situación muy rara
-con respecto á ti. El corazón me dice: «enamórala», y en el mismo
-momento sale, no sé de dónde, otra voz que me grita: «mírala y no la
-toques».</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué me importa á mí nada de eso (ahogándose), si yo no te quiero á ti
-ni pizca ni te puedo querer?</p>
-
-<p>&mdash;Lo sé, lo sé... No necesitas jurármelo. Hemos convenido en que no
-tiene el diablo por dónde desecharme. Me aborreces, como es lógico y
-natural. Pues mira tú lo que son las cosas. Cuando una persona me
-aborrece, á mí me dan ganas de quererla, y á ti te quiero, porque me da
-la gana, ya lo sabes, ea... y ole morena, como dice tu papá.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué cosas tienes!... ¡Ay, qué tonto! (proponiéndose estar seria, y
-echándose á reir).</p>
-
-<p>&mdash;No, si yo no te engaño ni te engañaré nunca. Créasla ó no la creas,
-allá va la verdad. Te quiero y no debo quererte, porque eres demasiado
-angelical para mí. No puedes ser mía sino por el matrimonio, y el
-matrimonio, esa máquina absurda que sólo funciona bien para las personas
-vulgares, no nos sirve en estos momentos. Bueno ó malo, como tú quieras
-suponerme, tengo, aunque parezca inmodestia, una misión que<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152"></a>{152}</span> cumplir:
-aspiro á algo peligroso y difícil, para lo cual necesito ante todo
-libertad; corro desalado hacia un fin, al cual no llegaría si no fuera
-solo. Acompañado me quedaré á la mitad del camino. Adelante, adelante
-siempre (con afectación teatral). ¿Qué impulso me arrastra? La
-fatalidad, fuerza superior á mis deseos. Vale más estrellarse que
-retroceder. No puedo volver atrás ni llevarte conmigo. Temo envilecerte.
-Y si tuvieras la inmensa desgracia de ser mujer de este miserable...
-(cerrando los ojos y extendiendo la mano como para apartar una sombra).
-No, rechacemos con energía semejante idea... Te quiero lo bastante para
-no traerte jamás á mi lado. Si algún día... (con sonsonete
-declamatorio), si algún día me alucino y cometo la torpeza insigne de
-decirte que te amo, de pedirte tu amor, despréciame; no te dejes llevar
-de tu inmensa bondad; arrójame de ti como á un animal dañino, porque más
-te valiera morir que ser mía.</p>
-
-<p>&mdash;Pero di, ¿te has propuesto marearme? (trémula y disimulando su
-turbación con la tentativa frustrada de enhebrar una aguja). ¿Qué
-disparates son esos que me dices? Si yo no he de... hacerte caso... ¿Á
-qué viene eso de que me mate ó que me muera ó que me lleven los
-demonios?</p>
-
-<p>&mdash;Ya sé que no me quieres. Lo único que te pido, y te lo pido como un
-favor muy grande, es que no me aborrezcas, que me tengas compasión.
-Déjame á mí, que yo me entiendo solo,<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153"></a>{153}</span> guardando con avaricia estas
-ideas para consolarme con ellas. En medio de mis desgracias, que tú no
-conoces, tengo un alivio, y es saber vivir en lo ideal y fortificar mi
-alma con ello. Tu destino es muy diferente al mío, Abelarda. Sigue tu
-senda, que yo voy por la mía, llevado de mi fiebre y de la rapidez
-adquirida. No contrariemos la fatalidad que todo lo rige. Quizás no
-volvamos á encontrarnos. Antes de que nos separemos, te voy á dar un
-consejo: si Ponce no te es desagradable, cásate con él. Basta con que no
-te sea desagradable. Si no te gusta, si no encuentras otro que tenga los
-ojos menos húmedos, renuncia al matrimonio... Es el consejo de quien te
-quiere más de lo que tú piensas... Renuncia al mundo, entra en un
-convento, conságrate á un ideal y á la vida contemplativa. Yo no tengo
-la virtud de la resignación, y si no consigo llegar á donde pienso, si
-mi sueño se convierte en humo, me pegaré un tiro.</p>
-
-<p>Lo dijo con tanta energía y tal acento de verdad, que Abelarda se lo
-creyó, más impresionada por aquel disparate que por los otros que
-acababa de oir.</p>
-
-<p>&mdash;No harás tal. ¡Matarte! Eso sí que no me haría gracia... (cazando al
-vuelo una idea). Pero ¡quiá! todo eso de la desesperación y el tirito es
-porque tienes por ahí algún amor desgraciado. Alguien habrá que te
-atormenta. Bien merecido lo tienes, y yo me alegro.<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154"></a>{154}</span></p>
-
-<p>&mdash;Pues mira, hija (variando de registro), lo has dicho en broma, y
-quizás, quizás aciertes...</p>
-
-<p>&mdash;¿Tienes novia? (fingiendo indiferencia).</p>
-
-<p>&mdash;Novia, lo que se dice novia... no.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, algún amor.</p>
-
-<p>&mdash;Llámalo fatalidad, martirio...</p>
-
-<p>&mdash;Dale con la dichosa fatalidad... Di que estás enamorado.</p>
-
-<p>&mdash;No sé qué responderte (afectando una confusión bonita y muy del caso).
-Si te digo que sí, miento; y si te digo que no, miento también. Y
-habiéndote asegurado que te quiero á ti, ¿en qué juicio cabe la
-posibilidad de interesarme por otra? Todo ello se explicará
-distinguiendo entre un amor y otro amor. Hay un cariño santo, puro y
-tranquilo, que nace del corazón, que se apodera del alma y llega á ser
-el alma misma. No confundamos este sentimiento con las ebulliciones
-enfermizas de la imaginación, culto pagano de la belleza, anhelo de los
-sentidos, en el cual entra también por mucho la vanidad, fundada en la
-jerarquía de quien nos ama. ¿Qué tiene que ver esta desazón, accidente y
-pasatiempo de la vida, con aquella ternura inefable que inspira al alma
-deseo de fundirse con otra alma, y á la voluntad el ansia del
-sacrificio...?</p>
-
-<p>No siguió, porque con sutil instinto comprendía que la excesiva sutileza
-le llevaba á la ridiculez. Para la pobre Abelarda, estos conceptos
-ardorosos, pronunciados con cierta mímica elegante<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155"></a>{155}</span> por aquel hombre
-guapísimo que, al decirlos, ponía en sus ojos negros expresión tan dulce
-y patética, eran lo más elocuente que había oído en su vida, y el alma
-se le desgarraba al escucharlos. Comprendiendo el efecto, Víctor buscaba
-en su mente discursiva nuevos arbitrios para seguir sorbiendo el seso á
-la cuitada joven. Allí le soltó algunas frases más, paradójicas y
-acaloradas, en contradicción con las anteriores; pero Abelarda no se
-fijaba en lo contradictorio. La honda impresión de los últimos conceptos
-borraba en su mente la de los primeros, y se dejaba arrastrar por aquel
-torbellino, entre un hervidero de sentimientos encontrados, curiosidad,
-amor, celos, gozo y rabia. Víctor doraba sus mentiras con metáforas y
-antítesis de un romanticismo pesimista que está ya mandado recoger. Mas
-para la señorita Villaamil, la quincalla deslucida y sin valor era oro
-de ley, pues su escasa instrucción no le permitía quilatar los textos
-olvidados de que Víctor tomaba aquella monserga de la fatalidad. El
-volvió á la carga, diciéndole en tono un tanto lúgubre:</p>
-
-<p>&mdash;No puedo seguir hablando de esto. Lo que no debe ser, no es. Comprendo
-que convendría más entregarme á ti... quizás me salvarías. Pero no, no
-me quiero salvar. Debo perderme, y llevarme conmigo este sentimiento que
-no merecí, este rayo celestial que guardo con susto como si lo hubiera
-robado.. En mí tienes un trasunto<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156"></a>{156}</span> del Prometeo de la fábula. He
-arrebatado el fuego celeste, y en castigo de esto, un buitre me roe las
-entrañas.</p>
-
-<p>Abelarda, que no sabía nada de Prometeo, se asustó con aquello del
-buitre; y el otro, satisfecho de su triunfo, prosiguió así:</p>
-
-<p>&mdash;Soy un condenado, un réprobo... No puedo pedirte que me salves, porque
-la fatalidad lo impediría. Por tanto, si ves que me llego á ti y te digo
-que te quiero, no me creas... es mentira, es un lazo infame que te
-tiendo; despréciame, arrójame de tu lado; no merezco tu cariño, ni tu
-compasión siquiera...</p>
-
-<p>La insignificante, con inmensa pena y desaprobación de sí misma, pensó:
-«Soy tan pava y tan vulgar, que no se me ocurre nada qué responder á
-estas cosas tan remontadas y tan sentidas que me está diciendo». Dió un
-gran suspiro y le miró, con vivos deseos de echarle los brazos al cuello
-exclamando: «Te quiero yo á ti más de lo que tú puedes suponer. Pero no
-hagas casos de mí, no merezco nada, ni valgo lo que tú. Quiero gozarme
-en la amargura de quererte sin esperanza».</p>
-
-<p>Víctor, sosteniéndose la cabeza con ambas manos, espaciaba sus
-distraídos ojos por el hule de la mesa, ceñudo y suspirón, haciéndose el
-romántico, el no comprendido, algo de ese tipo de Manfredo, adaptado á
-la personalidad de mancebos de botica y oficiales de la clase de<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157"></a>{157}</span>
-quintos. Después la miró con extraordinaria dulzura, y tocándole el
-brazo, le dijo: «¡Ah! ¡cuánto te hago sufrir con estas horribles
-misantropías que no pueden interesarte! Perdóname; te ruego que me
-perdones. No estoy tranquilo si no dices que sí. Eres un ángel, no soy
-digno de ti, lo reconozco. Ni siquiera aspiro á merecerte; sería
-insensato atrevimiento. Sólo pretendo por ahora que me comprendas... ¿Me
-comprenderás?»</p>
-
-<p>Abelarda llegaba ya al límite de sus esfuerzos por disimular el ansia y
-la turbación. Pero su dignidad podía mucho. No quería entregar el
-secreto de su alma, sin defenderlo hasta morir; y al cabo, con supremo
-heroísmo, soltó una risa que más bien parecía la hilaridad espasmódica
-que precede á un ataque de nervios, diciendo á Cadalso:</p>
-
-<p>&mdash;Vaya si te comprendo... Te haces el pillo, te haces el malo... sin
-serlo, para engañarme. Pero á mí no me la pegas... Tonto de capirote...
-yo sé más que tú. Te he calado. ¿Qué manía de que te aborrezcan, si no
-lo has de conseguir?...</p>
-
-<h2><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII</h2>
-
-<p>Luisito empeoró. Tratábase de un catarro gástrico, achaque propio de la
-infancia, y que no tendría consecuencias, atendido á tiempo.<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158"></a>{158}</span> Víctor,
-intranquilo, trajo al médico, y aunque su vigilancia no era necesaria
-porque las tres <i>Miaus</i> cuidaban con mucho cariño al enfermito, y hasta
-se privaron durante varias noches de ir á la ópera, no cesaba de
-recomendar la esmerada asistencia, observando á todas horas á su hijo,
-arropándole para que no se enfriara y tomándole el pulso. Á fin de
-entretenerle y alegrar su ánimo, cosa muy necesaria en las enfermedades
-de los niños, le llevó algunos juguetes, y su tía Quintina también
-acudió con las manos llenas de cromos y estampas de santos, el
-entretenimiento favorito de Luis. Debajo de las almohadas llegó á reunir
-un sinnúmero de baratijas y embelecos, que sacaba á ciertas horas para
-pasarles revista. En aquellas noches de fiebre y de mal dormir,
-Cadalsito se había imaginado estar en el pórtico de las Alarconas ó en
-el sillar de la explanada del Conde-Duque; pero no veía á Dios, ó, mejor
-dicho, sólo le veía á medias. Presentábasele el cuerpo, el ropaje
-flotante y de incomparable blancura; á veces distinguía confusamente las
-manos, pero la cara no. ¿Por qué no se dejaba ver la cara? Cadalsito
-llegó á sentir gran aflicción, sospechando que el Señor estaba enfadado
-con él. ¿Y por qué causa?... En una de las estampitas que su padre le
-había traído, estaba Dios representado en el acto de fabricar el mundo.
-¡Cosa más fácil!... Levantaba un dedo, y salían el cielo, el mar, las
-montañas... Volvía á<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159"></a>{159}</span> levantar el dedo, y salían los leones, los
-cocodrilos, las culebras enroscadas y el ligero ratón... Pero la lámina
-aquélla no satisfacía al chicuelo. Cierto que el Señor estaba muy bien
-pintado; pero no era, no, tan guapo y respetuoso como su amigo.</p>
-
-<p>Una mañana, hallándose ya Luis limpio de calentura, entró su abuelo á
-visitarle. Parecióle al chico que Villaamil sufría en silencio una gran
-pena. Ya, antes de llegar el viejo, había oído Luis un run-run entre las
-<i>Miaus</i>, que le pareció de mal agüero. Se susurraba que no había sitio
-en la combinación. ¿Cómo se sabía? Cadalsito recordaba que por la mañana
-temprano, en el momento de despertar, había oído á doña Pura diciendo á
-su hermana: «Nada por ahora... Valiente mico nos han dado. Y no hay duda
-ya; me lo ha dicho Víctor, que lo averiguó anoche en el Ministerio».</p>
-
-<p>Estas palabras, impresas en la mente del chiquillo, las relacionó luego
-con la cara de ajusticiado del abuelo cuando entró á verle. Luis, como
-niño, asociaba las ideas imperfectamente, pero las asociaba, poniendo
-siempre entre ellas afinidades extrañas sugeridas por su inocencia. Si
-no hubiera conocido á su abuelo como le conocía, le habría tenido miedo
-en aquella ocasión, porque en verdad su cara era cual la de los ogros
-que se zampan á las criaturas... «No le colocan», pensó Luisito, y al
-decirlo juntaba<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160"></a>{160}</span> otras dos ideas en su mente aún turbada por la mal
-extinguida calentura. La dialéctica infantil es á voces de una precisión
-aterradora, y lo prueba esto razonamiento de Cadalsito: «Pues si no le
-quiere colocar, no sé por qué se enfada Dios conmigo y no me enseña la
-cara. Más bien debiera yo estar enfadado con él».</p>
-
-<p>Villaamil se puso á dar paseos por la habitación, con las manos en los
-bolsillos. Nadie se atrevía á hablarle. Luis sintió entonces congojosa
-pena que le abatía el ánimo: «No le colocan&mdash;pensaba,&mdash;porque yo no
-estudio, ¡contro! porque no me sé las condenadas lecciones». Pero al
-punto la dialéctica infantil resurgió para acudir á la defensa del amor
-propio: «¿Pero cómo he de estudiar si estoy malo?... Que me ponga bueno
-él, y verá si estudio»»</p>
-
-<p>Entró Víctor, que venía de la calle, y lo primero que hizo fué darle un
-abrazo á Villaamil, cortando sus pasos de fiera enjaulada. Doña Pura y
-Abelarda hallábanse presentes.</p>
-
-<p>&mdash;No hay que abatirse ante la desgracia&mdash;dijo Víctor al hacer la
-demostración afectuosa, que Villaamil, por más señas, recibió de
-malísimo temple.&mdash;Los hombres de corazón, los hombres de fibra, tienen
-en sí mismos la fuerza necesaria para hacer frente á la adversidad... El
-Ministro ha faltado una vez más á su palabra, y han faltado también
-cuantos prometieron apoyarle á usted. Que Dios les perdone, y que sus
-conciencias<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161"></a>{161}</span> negras les acusen con martirio horrible del mal que han
-hecho.</p>
-
-<p>&mdash;Déjame, déjame&mdash;replicó Villaamil, que estaba como si le fueran á dar
-garrote.</p>
-
-<p>&mdash;Bien sé que el varón fuerte no necesita consuelos de un hombre vulgar
-como yo. ¿Qué ha sucedido aquí? Lo natural, lo lógico en estas
-sociedades corrompidas por el favoritismo. ¿Qué ha pasado? Que al padre
-de familia, al hombre probo, al funcionario de mérito, envejecido en la
-Administración, al servidor leal del Estado que podría enseñar al
-Ministro la manera de salvar la Hacienda, se le posterga, se le
-desatiende y se le barre de las oficinas como si fuera polvo. Otra cosa
-me sorprendería; esto no. Pero hay más. Mientras se comete tal
-injusticia, los osados, los ineptos, los que no tienen conciencia ni
-título alguno, apandan la plaza en premio de su inutilidad. Contra esto
-no queda más recurso que retirarse al santuario de la conciencia y
-decir: «Bien. Me basta mi propia aprobación».</p>
-
-<p>Víctor, al expresarse con tanta filosofía, miraba á doña Pura y á
-Abelarda, que estaban muy conmovidas y á dos dedos de llorar. Villaamil
-no decía palabra, y con la cara lívida y la mandíbula temblorosa había
-vuelto á sus paseos.</p>
-
-<p>&mdash;Nada me sorprende&mdash;añadió Víctor, desbordándose en sacrosanta
-indignación.&mdash;Esto está<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162"></a>{162}</span> tan podrido, que va á resultar la cosa más
-chocante del mundo: mientras á este hombre, que debiera ser Director
-general, lo menos, se le desatiende y se le manda á paseo, yo, que ni
-valgo nado, ni soy nada y tengo tan cortos servicios, yo... créanlo
-ustedes, yo, cuando esté más descuidado, me encontraré con el ascenso
-que he pedido. Así es el mundo, así es España y así nos vamos educando
-todos en el desprecio del Estado, y atizando en nuestra alma el rescoldo
-de las revoluciones. Al que merece, desengaños; al que no, confites.
-Esta es la lógica española. Todo al revés; <i>el país de los
-viceversas</i>... Y yo, que estoy tranquilo, que no me apuro, que no tengo
-tampoco necesidades, que desprecio la credencial y á quien me la ofrece,
-seré colocado, mientras el padre de familia, cargado de obligaciones, el
-que por su respetabilidad, por sus servicios, se hacía tan fundadamente
-la ilusión de que...</p>
-
-<p>&mdash;Yo no me hacía ilusiones, ni ese es el camino&mdash;dijo bruscamente y con
-arrebato de ira don Ramón, elevando las manos hasta muy cerca del
-techo.&mdash;Yo no tuve nunca esperanzas... yo no creí que me colocasen, ni
-lo volveré á creer jamás. ¡Vaya, que es tema el de esta gente! Si yo no
-esperé nada... ¿Cómo se ha de decir? De veras parece que entre todos os
-proponéis freirme la sangre.</p>
-
-<p>&mdash;Hijo, cualquiera diría que es crimen tener<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163"></a>{163}</span> esperanzas&mdash;observó doña
-Pura.&mdash;Pues las tengo, y ahora más que nunca. Habrá otra combinación. Te
-lo han prometido, y á la fuerza te lo han de cumplir.</p>
-
-<p>&mdash;¡Claro!&mdash;dijo Víctor, contemplando á Villaamil con filial interés.&mdash;Y,
-sobre todo, no conviene apurarse. Venga lo que viniere, puesto que todo
-es injusticia y sinrazón, si á mí me ascienden, como espero, mi suerte
-compensará la desgracia de la familia. Yo soy deudor á la familia de
-grandes favores. Por mucho que haga, no los podré pagar. He sido malo;
-pero ahora me da, no diré que por ser bueno, pues lo veo difícil, pero
-sí porque se vayan olvidando mis errores... La familia no carecerá de
-nada mientras yo tenga un pedazo de pan.</p>
-
-<p>Agobiado por sentimientos de humillación, que caían sobre su alma como
-un techo que se desploma, Villaamil dió un resoplido y salió del cuarto.
-Siguióle su mujer, y Abelarda, dominada por impresiones muy distintas de
-las de su padre, se volvió hacia la cama de Luis, fingiendo arroparle,
-para esconder su emoción, mientras discurría: «No, lo que es de malo no
-tiene nada. No lo creeré, dígalo quien lo diga».</p>
-
-<p>&mdash;Abelarda&mdash;insinuó él melosamente, después de un rato de estar solos
-con el pequeño.&mdash;Yo bien sé que á ti no necesito repetirte lo que he
-manifestado á tus padres. Tú me conoces algo, me comprendes algo; tú
-sabes que míentras<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164"></a>{164}</span> yo tenga un mendrugo de pan, vosotros no habéis de
-carecer de sustento; poro á tus padres he de decírselo y aun probárselo
-para que lo crean. Tienen muy triste idea de mí. Verdad que no se pierde
-en dos días una mala reputación. ¿Y cómo no había de brindar á ustedes
-ayuda, á no ser un monstruo? Si no lo hiciera por los mayores, tendría
-que hacerlo por mi hijo, criado en esta casa, por este ángel, que más os
-quiere á vosotros que á mí... y con muchísima razón.</p>
-
-<p>Abelarda acariciaba á Luis, tratando de ocultar las lágrimas que se le
-agolpaban á los ojos, y el pequeñuelo, viéndose tan besuqueado y oyendo
-aquellas cosas que papá decía y que le sonaban á sermón ó parrafada de
-libro religioso, se enterneció tanto, que rompió á llorar como una
-Magdalena. Ambos se esforzaron en distraer su espíritu, riendo,
-diciéndole chuscadas festivas ó inventando cuentos.</p>
-
-<p>Por la tarde, el muchacho pidió sus libros, lo que admiró á todos, pues
-no comprendían que quien tan poco estudiaba estando bueno, quisiese
-hacerlo hallándose encamado. Tanto se impacientó él, que le dieron la
-Gramática y la Aritmética, y las hojeaba, cavilando así: «Ahora no,
-porque se me va la vista; pero en cuanto yo pueda, ¡contro! me lo
-aprendo enterito... y veremos entonces... ¡veremos!»<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165"></a>{165}</span></p>
-
-<h2><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII</h2>
-
-<p>La mísera Abelarda andaba tan desmejoradilla, que su madre y su tía la
-creyeron enferma y hablaron de llamar al médico. No obstante, continuaba
-haciendo la vida ordinaria, trabajando, durante muchas horas del día, en
-transformaciones y arreglos de vestidos. Usaba un maniquí de mimbres,
-trashumante del gabinete al comedor, y que al anochecer parecía una
-persona, la cuarta <i>Miau</i>, ó el espectro de alguno de la familia que
-venía del otro mundo á visitar á su progenie. Sobre aquel molde probaba
-la insignificante sus cortes y hechuras, que eran bastante graciosas. Á
-la sazón traía entre manos un vestido con retazos de cachemir que
-prestaron ya dos servicios y había sido vuelto del revés y lo de arriba
-abajo. Se les añadía, para combinar, una telucha de á peseta. Semejantes
-componendas eran familiares á Pura, y si una tela no podía lavarse ni
-volverse, la mandaba al tinte, y... como acabada de estrenar. Con tal
-sistema, hubo vestido que salió por veinticuatro reales. Pero en lo que
-Abelarda lucía sorprendentes facultades era en la metamorfosis de
-sombreros. La capota de doña Pura había pasado por una serie de vidas
-diferentes, que al modo<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166"></a>{166}</span> de encarnaciones la hacían siempre nueva y
-siempre vieja. Para invierno, forrábanla de terciopelo, y para verano la
-cubrían con el encaje de una <i>visita</i> desechada: las flores ó prendidos
-eran regalo de las vecinas del principal. La martirizada armadura del
-sombrero de Abelarda había tomado ya, durante la época de la cesantía,
-formas y estilos diferentes, según las pragmáticas de la moda, y con
-este exquisito arte de disimular la indigencia, salían las Villaamil á
-la calle hechas unos brazos de mar.</p>
-
-<p>Las noches que no iban las <i>Miaus</i> á rendir culto á Euterpe, tenía que
-aguantar Abelarda, por dos ó tres horas, la jaqueca de Ponce, ó bien
-ensayaba su papel en la pieza. Mucho disgustaba á doña Pura tener que
-dar función dramática habiendo fracasado las esperanzas de próxima
-colocación; pero como estaba anunciada á son de trompeta, distribuídos
-los papeles y tan adelantados los ensayos, no había más remedio que
-sacrificarse en aras de la tiránica sociedad. De propósito había
-escogido Abelarda un papel incoloro, el de criada, que al alzarse el
-telón salía plumero en mano, lamentándose de que sus amos no le pagaban
-el salario, y revelando al público que la casa en que servía era la más
-tronada de Madrid. La pieza pertenecía al género predilecto de los
-ingenios de esta Corte, y se reducía á presentar una familia cursi, con
-menos dinero que vanidad; una señora hombruna que trataba á<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167"></a>{167}</span> zapatazos á
-su marido, un noviazgo, un enredo fundado en equivocaciones de nombres,
-con gran mareo de entradas y salidas, hasta que, cuando aquello parecía
-una casa de Orates, salía el padre memo diciendo: <i>Ahora lo comprendo
-todo</i>, y se acababa el entremés con boda y una décima pidiendo al
-público aplausos. Ponce hacía el papel de padre tonto; y el de un pollo
-calavera y achulado, que era autor del lío y la sal y pimienta de la
-pieza, tocó á un tal Cuevas, hijo del vecino del principal, D. Isidoro
-Cuevas, viudo con mucha familia, empleado en la Alcaidía de la vecina
-Cárcel de Mujeres, y comúnmente llamado en la vecindad <i>el señor de la
-Galera</i>. El Cuevas hijo era chistoso, de buena sombra; contaba cuentos
-de borrachos con tal gracia, que era morirse de risa; imitaba el
-lenguaje chulo, se cantaba flamenco por todo lo alto, amén de otras
-muchas habilidades, por las cuales se lo rifaban en las tertulias del
-jaez de la de Villaamil. El papel de señorita de la casa corría á cargo
-de la chica de Pantoja (D. Buenaventura Pantoja, empleado en el
-Ministerio de Hacienda, amigo íntimo de Villaamil); y el de mamá
-impertinente, ordinaria, lenguaraz, sargentona, papel del tipo Valverde,
-correspondió á una de las chicas de Cuevas (eran cuatro y se ayudaban
-con la modistería de sombreros, por cierto muy bien). Otros papeles, un
-lacayo, un viejo prestamista, un marqués tronado y de<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168"></a>{168}</span> filfa, que
-resultaba ser <i>lipendi</i> de marca mayor, fueron repartidos entre
-diferentes chicos de la tertulia. El cojo Guillén se avino á ser
-apuntador. Federico Ruiz oficiaba de director de escena, y habría
-deseado que tal función tuviera carteles en las esquinas, para poner en
-ellos con letras muy gordas: <i>bajo la dirección del reputado
-publicista</i>, etc., etc.</p>
-
-<p>Poseía Abelarda memoria felicísima, y se aprendió el papel muy pronto.
-Asistía á los ensayos como un autómata, prestándose dócilmente á la vida
-de aquel mundo, para ella secundario y artificial; como si su casa, su
-familia, su tertulia, Ponce, fuesen la verdadera comedia, de fáciles y
-rutinarios papeles... y permaneciese libre el espíritu, empapado en su
-vida interior, verdadera y real, en el drama exclusivamente suyo,
-palpitante de interés, que no tenía más que un actor, ella, y un solo
-espectador, Dios.</p>
-
-<p>Monólogo desordenado y sin fin. Una mañana, mientras la joven se
-peinaba, el espectador habría podido oir lo siguiente: «¡Qué fea soy,
-Dios mío; qué poco valgo! Más que fea, sosa, insignificante; no tengo ni
-un grano de sal. ¡Si al menos tuviera talento!; pero ni eso... ¿Cómo me
-ha de querer á mí, habiendo en el mundo tanta mujer hermosa y siendo él
-un hombre de mérito superior, de porvenir, elegante, guapo y con
-muchísimo entendimiento, digan lo que quieran?... (Pausa.) Anoche me
-contó Bibiana Cuevas<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169"></a>{169}</span> que en el paraíso del Real nos han puesto un mote;
-nos llaman las de <i>Miau</i> ó las <i>Miaus</i>, porque dicen que parecemos tres
-gatitos, sí, gatitos de porcelana, de esos con que se adornan ahora las
-rinconeras. Y Bibiana creía que yo me iba á incomodar por el apodo. ¡Qué
-tonta es! Ya no me incomodo por nada. ¿Parecemos gatos? ¿Sí? Mejor.
-¿Somos la risa de la gente? Mejor que mejor. ¿Qué me importa á mí? Somos
-unas pobres cursis. Las cursis nacen, y no hay fuerza humana que les
-quite el sello. Nací de esta manera y así moriré. Seré mujer de otro
-cursi y tendré hijos cursis, á quienes el mundo llamará los
-<i>michitos</i>... (Pausa.) ¿Y cuándo colocarán á papá? Si lo miro bien, no
-me importa; lo mismo da. Con destino y sin destino, siempre estamos
-igual. Poco más ó menos, mi casa ha estado toda la vida como está ahora.
-Mamá no tiene gobierno; ni lo tiene mi tía, ni lo tengo yo. Si colocan á
-papá, me alegraré por él, para que tenga en qué ocuparse y se distraiga;
-pero por la cuestión de bienestar, me figuro que nunca saldremos de
-ahogos, farsas y pingajos... ¡Pobres <i>Miaus</i>! Es gracioso el nombre.
-Mamá se pondrá furiosa si lo sabe; yo no; ya no tengo amor propio. Se
-acabó todo, como el dinero de la familia... si es que la familia ha
-tenido dinero alguna vez. Le voy á decir á Ponce esto de las <i>Miaus</i>, á
-ver si lo toma á risa ó por la tremenda. Quiero que se encrespe un día
-para encresparme yo también.<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170"></a>{170}</span> Francamente, me gustaría pegarle ó algo
-así... (Pausa.) ¡Vaya que soy desaborida y sin gracia! Mi hermana Luisa
-valía más; aunque, la verdad, tampoco era cosa del otro jueves. Mis ojos
-no expresan nada; cuando más, expresan que estoy triste, pero sin decir
-por qué. Parece mentira que detrás de estas pupilas haya... lo que hay.
-Parece mentira que este entrecejo y esta frente angosta oculten lo que
-ocultan. ¡Qué difícil para mí figurarme cómo es el cielo; no acierto, no
-veo nada! ¡Y qué fácil imaginarme el infierno! Me lo represento como si
-hubiera estado en él... Y tienen razón; el parecido con la cara de un
-gato salta a la vista... La boca es lo peor; esta boca de esquina que
-tenemos las tres... Sí; pero la de mamá es la más característica. La
-mía, tal cual; y cuando me río, no resulta maleja. Una idea se me
-ocurre: si yo me pintara, ¿valdría un poco más? ¡Ah! no; Víctor se
-reiría de mí. Él podrá desdeñarme; pero no me considera mujer ridícula y
-antipática. ¡Jesús! ¿Seré antipática? Esta idea sí que no la puedo
-sufrir. Antipática, no, Dios mío. Si me convenciera de que soy
-antipática, me mataría... (Pausa.) Anoche entró y se metió en su cuarto
-sin decir oxte ni moxte. Más vale así. Cuando me habla me estruja el
-corazón. Porque me quisiera, sería yo capaz de cometer un crimen. ¿Qué
-crimen? Cualquiera... todos. Pero no me querrá nunca, y me quedaré con
-mi crimen en proyecto y desgraciada para siempre».<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171"></a>{171}</span></p>
-
-<p>&mdash;Hija&mdash;indicó doña Pura, sacándola impensadamente de su
-abstracción.&mdash;Cuando venga Ponce, le dices que le matamos si no nos trae
-los billetes para el beneficio de la Pellegrini. Si no los tiene, que
-los busque. Ella ha de dar billetes á los periódicos y á toda la
-dignísima alabarda. Créelo; si Ponce va á pedírselos, ella es muy fina y
-no se los negará. Nos enojaremos de veras si no los trae.</p>
-
-<p>&mdash;Los traerá&mdash;dijo Abelarda, que había acabado de edificar su
-moño.&mdash;Como no los traiga, no le vuelvo á dirigir la palabra.</p>
-
-<p>Ponce entraba allí como Pedro por su casa, dirigiéndose al comedor,
-donde comúnmente encontraba á su novia. Llegó aquella tarde á eso de las
-cuatro, y pasó, atusándose el pelo, después de haber colgado la capa y
-hongo en la percha del recibimiento. Era un joven raquítico y linfático,
-de esos que tienen novia como podrían tener un paraguas, con ribetes de
-escritor, crítico gratuito, siempre atareado, quejoso de que no le leía
-nadie (aquí no se lee), abogadillo, buen muchacho, orejas grandes,
-lentes sin cordón, bizcando un poco los ojos, mucha rodillera en los
-pantalones, poca sal en la mollera, y en el bolsillo obra de seis
-reales, cuando más. Gozaba un destinillo en el Gobierno de provincia, de
-seis mil, y estaba hipando por los ocho que le habían prometido desde el
-año anterior... que hoy, que mañana. Cuando los tuviera, boda al<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172"></a>{172}</span> canto.
-Estas esperanzas no habrían bastado á que los Villaamil aceptasen su
-candidatura á yerno; pero tenía un tío rico, notario, sin hijos, enfermo
-de cáncer, y como se había de morir antes de un año, quizás de un mes, y
-Ponce era su heredero, la familia <i>Miau</i> vió en el aspirante una
-chiripa. El desgraciado tío, según los cálculos de Pantoja, que era su
-amigo y testamentario, dejaría dos casas, algunos miles y la notaría...</p>
-
-<p>Lo mismo fué entrar Ponce en el comedor, que soltarle Abelarda esta
-indirecta:</p>
-
-<p>&mdash;Si no trae usted las entradas para el beneficio de la Pellegrini, no
-vuelve usted á poner los pies aquí.</p>
-
-<p>&mdash;Calma, hija, calma; déjame sentar, tornar aliento... He venido á
-escape. Me pasan cosas muy gordas, pero muy gordas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué lo pasa á usted, hombre de Dios?&mdash;preguntó doña Pura, que
-acostumbraba reprenderle como á un hijo.&mdash;Siempre viene con apuros, y
-total, nada.</p>
-
-<p>&mdash;Óigame usted, doña Pura, y tú, Abelarda, óyeme también. Mi tío está
-muy malo, pero muy malo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ave María Purísima!&mdash;exclamó doña Pura, sintiendo que le daba un
-vuelco el corazón.</p>
-
-<p>Y brincando como un cervatillo, fué á la cocina á dar la noticia á su
-hermana.</p>
-
-<p>&mdash;Está expirando...<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173"></a>{173}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Quién?</p>
-
-<p>&mdash;El tío, mujer, el tío... ¿no te enteras?... Pero dígame usted, Ponce
-(volviendo al comedor con rapidez gatuna), ¿va de veras?... Estará usted
-muy contento, muy... triste quiero decir.</p>
-
-<p>&mdash;Se harán ustedes cargo de que no puedo ir al teatro, ni visitar á la
-Pellegrini... Como ustedes conocen... Muy malo, muy malito... Dicen los
-médicos que no dura dos días...</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobre señor!... ¿Y qué hace usted que no se planta en casa del
-difunto... digo, del enfermo?</p>
-
-<p>&mdash;De allí vengo... Esta noche, á las siete, le llevaremos el Viático.</p>
-
-<p>Corrió doña Pura al despacho, donde estaba Villaamil.</p>
-
-<p>&mdash;El Viático... ¿no te enteras?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?... ¿quién?</p>
-
-<p>&mdash;El tío, hombre, el tío de Ponce, que está dando las boqueadas...
-(Deslizándose otra vez hacia el comedor). Amigo Ponce, ¿quiere usted
-tomar una copita de vino con bizcochos? Estará usted muy afectado... Y
-no hay que pensar en teatros... No faltaba más. Nosotras tampoco iremos.
-Ya ve usted, el luto... guardaremos luto riguroso... ¿De veras no quiere
-usted una copita de vino con bizcochos?... ¡Ah! ¡qué cabeza!... ¡si se
-ha acabado el vino!... Pero lo traeremos... Con formalidad: ¿no quiere
-usted?</p>
-
-<p>&mdash;Gracias; ya sabe usted que el vino se me sube á la cabeza.<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174"></a>{174}</span></p>
-
-<p>Abelarda y Ponce pegaron la hebra, sin más testigo que Luis, que andaba
-enredando en el comedor, y á veces se paraba ante los novios, mirándoles
-con estupor infantil. Hablaban á media voz... ¿Qué dirían? Las
-trivialidades de siempre. Abelarda hacía su papel con aquella indolente
-pasividad que demostraba en los lances comunes de la vida. Era ya rutina
-en ella charlotear con aquel tonto, decirle que le quería, anticipar
-alguna idea sobre la boda. Había contraído hábito de responder
-afirmativamente á las preguntas de Ponce, siempre comedidas y correctas.
-El albedrío no tomaba parte alguna en semejantes confidencias; la mujer
-exterior y visible realizaba una serie de actos inconscientes, á manera
-de sonámbula, quedando desligada la mujer interna para obrar conforme á
-sentimientos más humanos. Antes de la aparición súbita de Víctor en la
-casa, Abelarda consideraba á Ponce como un recurso y apoyo probable en
-las vicisitudes de la suerte. Se casaría con él por colocarse, por tener
-posición y nombre y salir de aquella estrechez insoportable de su hogar.
-Desde que vino <i>el otro</i>, dejábase llevar de estas mismas ideas, pero
-como el patinador, que una vez lanzado, sigue y sigue girando y
-resbalando sin caer sobre el hielo. No se le ocurría á la joven
-desdecirse ni renegar del matrimonio con Ponce; porque tener aquel
-marido equivalía á tener un abanico, un imperdible ú<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175"></a>{175}</span> otro objeto
-cualquiera de los más usuales á la vez que indiferentes. El pegajoso
-crítico se creyó obligado á mostrarse aquel día más tierno que los
-demás, atreviéndose á fijar el de las bendiciones y á proponer,
-desmintiendo su timidez, algunos particulares de su futura existencia
-matrimonial. Oíale la insignificante como quien oye llover, y en virtud
-de la velocidad adquirida, se mostraba conforme con semejantes proyectos
-y los apoyaba con palabras glaciales y descoloridas, á la manera de
-quien repite paternóster y avemarías de un rosario rezado á bostezos sin
-devoción alguna.</p>
-
-<p>Sonó la campanilla y Abelarda se sobresaltó por dentro, sin perder su
-continente frío. Le conocía en el modo de llamar, conocía su taconeo al
-subir la escalera, y si desde la puerta de la casa hasta el comedor
-pronunciaba alguna frase, hablando con doña Pura ó con Villaamil,
-discernía por la inflexión lejana del acento si llegaba bien ó mal
-humorado. Doña Pura, al abrir á Víctor, le embocó la noticia de la
-inminente muerte del tío de Ponce. Incapaz de contenerse la buena
-señora, se espontaneó hasta con el <i>maestro de baile</i> (vulgo aguador).
-Víctor entró sonriendo, y, por inadvertencia ó malicia, hubo de dar la
-enhorabuena á Ponce, el cual se quedó turulato.<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176"></a>{176}</span></p>
-
-<h2><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX</h2>
-
-<p>&mdash;¡Ah! no... dispense usted. Me confundí... Es que á mi señora suegra lo
-bailaban los ojos cuando me lo dijo. Efectos del cariño que le tiene á
-usted, ínclito Ponce. El cariño ciega á las personas... Usted es ya de
-casa; le queremos mucho, y como no tenemos el gusto de conocer, ni aun
-de vista, á su señor tío...</p>
-
-<p>Acarició á Luis sobándole la cara y repujándole los carrillos para
-besárselos, y después le mostró el regalo que le traía. Era un álbum
-para sellos, prometido el día que el niño tomó la purga, y además del
-álbum una porción de sellos de diferentes colores, algunos extranjeros,
-españoles los más, para que se entretuviera pegándolos en las hojas
-correspondientes. Lo que agradeció Cadalsito este obsequio, no puede
-ponderarse. Estaba en la edad en que empieza á desarrollarse el sentido
-de la clasificación y en que relacionamos los juguetes con los
-conocimientos serios de la vida. Víctor le explicó la distribución de
-las hojas del álbum, enseñándole á reconocer la nacionalidad de los
-sellos. «Mira, esta tía frescachona es la República francesa. Esta
-señora con corona y <i>bandós</i> es la Reina de Inglaterra, y esta águila
-con dos cabezas, Alemania. Los vas poniendo en su sitio, y ahora lo<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177"></a>{177}</span> que
-has de hacer es reunir muchos para llenar los huecos todos». El
-pequeñuelo estaba encantado; sólo sentía que la cantidad de sellos no
-fuera suficiente á inundar la mesa. Pronto se enteró del procedimiento,
-y en su interior hizo voto de conservar el álbum y de cuidarlo mientras
-le durase la vida.</p>
-
-<p>Víctor, entretanto, metió cucharada en la conversación hocicante que se
-traían Abelarda y Ponce. Casi estaban morro con morro, tejiendo un
-secreto, una conspiración de soserías, para él amorosas y para ella
-indiferentes y cansadas. Víctor encajó la cuchara entre boca y boca,
-diciéndoles:</p>
-
-<p>&mdash;Amiguitos, los gorros á quien los tolere; yo protesto. ¿Y no podrían
-aguardar á la luna de miel para hacer los tortolitos? Francamente, eso
-es insultar á la desgracia. La felicidad debe disimularse ante los
-desdichados, como la riqueza ante el pobre. La caridad lo manda así.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero á ti qué te importa que nosotros nos queramos ó dejemos de
-querernos&mdash;dijo Abelarda,&mdash;ni que nos casemos ó dejemos de casarnos?
-Seremos felices ó no, según nos dé la gana. Eso, acá nosotros. Tú nada
-tienes que ver.</p>
-
-<p>&mdash;Don Víctor&mdash;indicó Ponce con su habitual insipidez,&mdash;si está usted
-envidioso, con su pan se lo coma.</p>
-
-<p>&mdash;¿Envidioso? No negaré que lo estoy. Mentiría si otra cosa dijese.<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178"></a>{178}</span></p>
-
-<p>&mdash;Pues rabia, pues rabia.</p>
-
-<p>&mdash;Papá, papá&mdash;chilló Luisito, empeñado en que Víctor volviera la cabeza
-hacia donde él estaba, y poniéndole la mano en la cara para obligarlo á
-que lo mirase.&mdash;¿De qué parte es este que tiene un señor con bigotes muy
-largos?</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero no lo vos, hijo? Es de Italia... Pues sí que estoy envidioso.
-Ésta me dice que rabie, y no tongo inconveniente en rabiar y aun en
-morder. Porque cuando veo dos que se quieren bien, dos que resuelven el
-problema del amor y allanan todas las dificultades, y caminito, caminito
-de la dicha, llegan hasta el matrimonio, me muero de envidia. Para mí,
-créanlo ó no lo crean, ustedes han resuelto el problema. Yo miro en esta
-parejita lo que nunca podré alcanzar. Ustedes no tienen ambición,
-ustedes se contentan con una vida pacífica y modesta, estimándose y
-queriéndose sin fiebre ni locuras de esas... Ustedes no tendrán mucho
-<i>parné</i>, pero no carecerán del puchero; ustedes, sin ser santos, reúnen
-bastante virtud para recrearse el uno en el otro... ¿Qué más se puede
-desear?... ¡Ah! ínclito Ponce, usted la ha sabido entender; ha sabido
-elegir... y ella también, esta pícara, que parece que no rompe un plato,
-ha metido la mano en el cesto y ha sacado la fruta mejor. Yo me
-felicito, ¿pues no me he de felicitar? Pero eso no quita que tenga mi
-<i>pelusa</i>, como cualquier hijo de vecino, porque me contemplo en
-situación tan distinta,<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179"></a>{179}</span> ay! tan distinta... Daría todo cuanto tengo,
-cuanto espero, por una cosa. ¿Á que no lo adivinan?</p>
-
-<p>Con repentina intuición, Abelarda le vió venir y temblaba.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo daría todo por ser el ínclito Ponce. Créanlo ustedes ó no lo
-crean, esta es la verdad. ¿Quiere usted cambiarse, Ponce amigo?</p>
-
-<p>&mdash;Francamente, si en el cambio me quedo con la dama, no hay
-inconveniente ninguno.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! eso no, porque cabalmente ahí está la tostada. Yo daría sangre de
-las venas por echar mi anzuelo en el mar de la vida con el cebo de una
-declaración amorosa y pescar una Abelarda. Es una ambición que me
-curaría de las demás.</p>
-
-<p>&mdash;Papá, papá (tirándole de la nariz para que volviera la cara hacia él).
-¿Y esto que tiene una cotorra?</p>
-
-<p>&mdash;Guatemala... Déjame, hijo... No aspiro á más. Una Abelardita que me
-mime, y con tal compañía lo arrostro todo. Con una como ésta me casaría
-yo por puertas, es decir, sin una mota. No faltaría el garbanzo.
-Prefiero con ella un pedazo de pan solo, á todas las riquezas del mundo.
-Porque ¿dónde se encuentra un carácter tan dulce, un corazón tan tierno,
-una mujer tan hacendosita, tan...</p>
-
-<p>&mdash;Don Víctor, que se corre usted mucho (con tentativas de humorismo,
-enteramente frustradas). Que es mi novia, y tantos piropos me van á dar
-celos...<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180"></a>{180}</span></p>
-
-<p>&mdash;Aquí no se traía de celos... Á buena parte viene usted... ¿Ésta,
-ésta?... Ésta es segura, amigo; lo quiere á usted con el alma y con la
-vida. Ya podían acudir todos los reyes y príncipes del orbe á
-disputársela á su Ponce adorado. ¿Pues se figura usted que si no lo
-creyera yo así no lo habría puesto los puntos? La caridad bien ordenada
-empieza por uno mismo. Si yo llego á concebir tanto así de esperanzas,
-¿piensa que no me alzo con el santo y la limosna? Pero, ¡quiá!, á otra
-puerta... Mírela usted: al que le hablo de cambiar á su Poncecito por
-otro, le tira los trastos á la cabeza... Véala usted con esa cara que
-parece un enigma, con esa sonrisita que parece postiza; cualquiera se
-atreve á decirle algo.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, D. Víctor&mdash;objetó Ponce con mucha saliva en la boca,&mdash;que
-cuando usted habla así, es porque ha tenido sus pretensiones... y ha
-sacado lo que el negro del sermón.</p>
-
-<p>&mdash;No hagas caso, tontín&mdash;dijo Abelarda muy inquieta, sonriendo
-violentamente, y con más gana de llanto que de broma.&mdash;¿No ves que se
-está quedando contigo?</p>
-
-<p>&mdash;Que se quede. Lo que hay es que Abelarda es formal, y una vez dada su
-palabra, no hay quien la apee. Nosotros nos comprendimos en cuanto nos
-tratamos; nuestros caracteres ajustan perfectamente, y si yo estoy
-cortado para ella, ella está cortadita para mí.<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181"></a>{181}</span></p>
-
-<p>&mdash;Poco á poco, caballero Ponce (poniéndose muy serio, como siempre que
-elevaba al grado heroico sus crueles bromas), usted estará cortado para
-quien guste, no me meto en eso. Pero lo que es Abelarda, lo que es
-Abelarda...</p>
-
-<p>Ponce le miró serio también, esperando el final de la frase, y la
-insignificante bajó la vista hacia su labor de costura.</p>
-
-<p>&mdash;Digo que lo que es ella no está, cortada para usted. Y lo sostendré
-contra todo el que opine lo contrario. La verdad por delante. Ella le
-quiere á usted, lo reconozco; pero en cuanto al corte... Es mucho corte
-el suyo; hablo del corte moral y también del físico, sí, señor, también
-del físico. ¿Quiere usted que lo diga claro? Pues para quien está
-cortada Abelarda es para mí... Para mí; y no hay que tomarlo á ofensa.
-Para mí, aunque á usted le parezca un disparate. ¡Si usted no puede
-juzgarla como yo, que la conocí siendo una muñeca todavía!... Y, además,
-usted no me ha tratado á mí lo bastante para saber si congeniamos ó
-no... Ya sé que estoy hablando de una cosa imposible; ya sé que tengo la
-culpa de haber llegado tarde; ya sé que usted me cogió la delantera, y
-no hemos de reñir... Pero en cuanto á conocer el mérito de quien lo
-tiene; en cuanto á deplorar que tantas dotes no sean para mí, lo que es
-en eso (marcando la frase con la mayor formalidad y en tono oratorio),
-¡ah! lo que es en eso, no cedo ni puedo ceder.<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182"></a>{182}</span></p>
-
-<p>&mdash;No le hagas caso, déjale&mdash;indicó Abelarda á su novio, que empezaba á
-enfurruñarse.</p>
-
-<p>&mdash;Amigo D. Víctor, todo eso podrá ser verdad, poro no viene muy al caso.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que se amostaza usted, ínclito Ponce. Sépase que yo soy muy
-leal. Reconozco que se ha ganado usted lo que á mi parecer debió ser
-mío. (Patéticamente.) Bien ganado está. Ha sido en buena lid. Lo que he
-perdido, lo he perdido por mi culpa. No me quejo. Seremos amigos,
-siempre amigos. Vengan esos cinco.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, este D. Víctor, qué cosas tiene! (dejándose apretar la mano).</p>
-
-<p>Con otro que no fuera Ponce, bien se libraría Cadalso de emplear
-lenguaje tan impertinente; pero ya sabía él con quién trataba. El novio
-estaba amoscadillo, y Abelarda no sabía qué pensar. Para burla, le
-parecía demasiado cruel; para verdad, harto expresiva. Mucho le pesó á
-Ponce tener que marcharse: presumía que Víctor continuaría hablando á la
-chica en el mismo tono, y, francamente, Abelarda era su novia, su
-prometida, y aquel cuñadito hospedado bajo el propio techo principiaba á
-inquietarle. El pillete de Cadalso, conociendo la turbación del crítico,
-en el momento de despedirse le sacudió mucho la diestra, repitiendo:</p>
-
-<p>&mdash;Leal, soy muy leal... Nada hay que temer de mí.<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183"></a>{183}</span></p>
-
-<p>Y cuando volvió al lado de la joven, que lo miraba consternada:</p>
-
-<p>&mdash;Perdóname, hija; se me escapó aquella idea, que yo quería esconder a
-todos... Espontaneidades que uno tiene cuando menos piensa, y que el más
-ducho en disimular no puede contener á veces. Yo no quería hablar de
-esto; pero no sé qué me entró. ¡Me dió tal envidia de veros como dos
-tórtolos!... ¡me asusté tanto de la soledad en que me encontraba, nada
-más que por llegar tarde, sí, por llegar tarde!... Dispénsame, no te
-diré una palabra más. Sé que este capítulo te aburre y te molesta. Seré
-discreto.</p>
-
-<p>Abelarda no podía reprimirse. Levantóse, sintiendo pavor, deseo de huir
-y de esconderse, para ocultar algo que impetuosamente al demudado rostro
-le salía.</p>
-
-<p>&mdash;Víctor&mdash;exclamó descompuesta y temblando,&mdash;ó eres el hombre más malo
-que hay en el mundo, ó no sé lo que eres.</p>
-
-<p>Corrió á su habitación y rompió á llorar, desplomándose de cara sobre
-las almohadas de su lecho. Víctor se quedó en el comedor, y Luis, que en
-su inocencia comprendía que pasaba algo extraño, no se atrevió durante
-un rato á molestar á papá con aquel teje-maneje de los sellos. El padre
-fué quien afectó entonces interesarse en el juego inteligente, y se puso
-á explicar á su hijo los símbolos de nacionalidades que éste no
-comprendía: «Este rey barbudo es Bélgica,<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184"></a>{184}</span> y esta cruz la República
-helvética, es decir, Suiza».</p>
-
-<p>Doña Pura entró de la calle, y como no viese á su hija en el comedor ni
-en la cocina, buscóla en el dormitorio. Abelarda salía ya, con los ojos
-muy colorados, sin dar á su madre explicación satisfactoria de aquellos
-signos de dolor. Víctor, interrogado por doña Pura sobre el particular,
-lo dijo con socarronería:</p>
-
-<p>&mdash;Parece usted tonta, mamá. Llora por el tío de Ponce.</p>
-
-<h2><a name="XX" id="XX"></a>XX</h2>
-
-<p>Acostaron temprano á Luis, que metió consigo en la cama el álbum de
-sellos y se durmió teniéndole muy abrazadito. No sufrió aquella noche el
-acceso espasmódico que precedía á la singular visión del anciano
-celestial. Pero soñó que lo sufría, y, por consiguiente, que deseaba y
-esperaba la fantástica visita. El misterioso personaje hizo novillos, y
-así lo expresaba con desconsuelo Cadalsito, deseando enseñarle su álbum.
-Esperó, esperó mucho tiempo, sin poder determinar el sitio donde estaba,
-pues lo mismo podía ser la escuela que el comedor de su casa ó el
-escritorio del memorialista. Y al hilo del sueño, donde todo era
-sinrazón y desvarío, descargó el rapaz un golpe de lógica admirable:
-«¡Pero qué<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185"></a>{185}</span> tonto soy!&mdash;pensó.&mdash;¿Cómo ha de venir, si le han llevado
-esta noche á casa del tío de Ponce?»</p>
-
-<p>El día siguiente le dieron de alta; pero se determinó que no fuese á la
-escuela en lo que restaba de semana, lo que él agradeció mucho,
-determinando estudiar algo por las noches, nada más que una miaja, y
-reservando los grandes esfuerzos de aplicación para cuando volviera á
-sus tareas escolares. Le permitieron bajar á la portería, y cargó con el
-álbum para enseñárselo á Paca y á <i>Canelo</i>. Bien quisiera llevarlo á
-casa de su tía Quintina; mas para esto no hubo permiso. En la portería
-se estuvo hasta el anochecer, hora en que le llamaron, temiendo que se
-pasmase con el aire del portal. Al subir llevaba una idea que en sus
-conversaciones con Mendizábal y Paca había adquirido; una idea que le
-pareció al principio algo rara, pero que luego tuvo por la más natural
-del mundo. Hallábase solo con Abelarda, pues su abuela y Milagros
-zascandileaban por la cocina, cuando se determinó Cadalsito á comunicar
-á su tía la famosa idea. Esta le acariciaba con extremada vehemencia, le
-daba besos, le prometía regalarle un álbum mayor, y de repente Luis,
-respondiendo á tantos cariños con otros no menos tiernos, le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Tía, ¿por qué no te casas tú con mi papá?</p>
-
-<p>Quedóse la chica como lela, fluctuando entre la risa y el enojo.<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186"></a>{186}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿De dónde has sacado tú eso, Luis?&mdash;le dijo, asustándole con la
-fiereza de su semblante.&mdash;Tú no lo has inventado. Alguien te lo ha
-dicho.</p>
-
-<p>&mdash;Me lo dijo Paca&mdash;afirmó Luis, no queriendo cargar con
-responsabilidades ajenas.&mdash;Dice que Ponce es más tonto que quiere y que
-no te conviene; que mi papá es listo y guapo y que va á hacer una
-carrera muy grande, muy grande.</p>
-
-<p>&mdash;Dile á Paca que no se meta en lo que no le importa... ¿Y qué más, qué
-más te dijo?</p>
-
-<p>&mdash;Pues... (escarbando en su memoria). ¡Ah! que mi papá os un caballero
-muy decente... como que le da pesetas á la Paca siempre que le lleva
-algún recado... Y que tú debías casarte con mi papá, para que todo
-quedase en casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le lleva recados?... ¿Cartas? ¿Y á quién? ¿No sabes?</p>
-
-<p>&mdash;Debe ser al Ministro... Es que son muy amigos.</p>
-
-<p>&mdash;Pues todo eso que te ha contado Paca del pobre Ponce, es un
-disparate&mdash;afirmó Abelarda sonriendo.&mdash;¿Á ti no te gusta Ponce? Dime la
-verdad, dime lo que pienses.</p>
-
-<p>Luis vaciló un rato en dar contestación. Habían extinguido la prevención
-medrosa que su padre le inspiraba, no sólo los regalos recibidos de él,
-sino la observación de que Víctor se llevaba muy bien con toda la
-familia. En cuanto á Ponce, bueno será decir que Cadalsito no había
-formado opinión ninguna acerca de este sujeto,<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187"></a>{187}</span> por lo cual aceptó, sin
-discutirla, la de Paca.</p>
-
-<p>&mdash;Ponce no sirve para nada, desengáñate. Va por la calle que parece que
-se le caen los calzones. Y lo que es talento... Mira, más talento tiene
-Cuevas. ¿No te parece á ti?</p>
-
-<p>Abelarda se reía con tales ocurrencias. Aun hubiera seguido charlando
-con Luis de aquel asunto; pero la llamó su padre para que le pegara
-algunos botones al chaleco, y en esto se entretuvo hasta la hora de
-comer. Doña Pura dijo que Víctor no comía en casa, sino en la de un
-amigo suyo, diputado y jefe de un grupito parlamentario. Sobre esto hizo
-Villaamil algunos comentarios acres, que Abelarda oyó en silencio, con
-grandísima pena. Discutióse si irían ó no al teatro aquella noche,
-resolviéndose en afirmativa, porque Luis estaba ya bien. Abelarda
-solicitó quedarse, y su madre le dió una arremetida á solas, asestándole
-varias preguntas:</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no comes? ¿Qué tienes? ¿Qué cara es esa de carnero á medio
-morir? ¿Por qué no quieres venir al Real? No me tientes la paciencia.
-Vístete, que nos vamos en seguida.</p>
-
-<p>Y fueron las tres <i>Miaus</i>, dejando á Villaamil con su nieto y sus
-fúnebres soledades. Después de acostar al niño se puso á leer <i>La
-Correspondencia</i>, que hablaba de una nueva combinación.</p>
-
-<p>Cuando las <i>Miaus</i> regresaron, ya Víctor estaba allí, escribiendo cartas
-en la mesa del comedor. Don Ramón seguía royendo el periódico, y<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188"></a>{188}</span> suegro
-y yerno no se decían media palabra. Retiráronse todos, monos Abelarda,
-que tenía que mojar ropa para planchar al día siguiente, y al verla
-metida en esta faena, Víctor, sin soltar la pluma, le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;He pensado en ti todo el día. Temí que te enojaras por lo de ayer. Yo
-había hecho el propósito de no revelarte nunca mis sentimientos. Aun no
-te he dicho toda la verdad, ni te la diré, Dios mediante. Cuando uno
-llega tarde, debe resignarse y callar. ¿Y tú no me respondes nada? ¿No
-hablas ni siquiera para reñirme?</p>
-
-<p>La insignificante tenía los ojos fijos en la mesa, y sus labios se
-agitaban como si la palabra retozara en ellos. Por fin no chistó.</p>
-
-<p>&mdash;Te hablaré como hermano (con aquella gravedad bondadosa que tan bien
-sabía fingir), ya que de otra manera no me es lícito. Soy muy
-desgraciado... no lo sabes tú bien. Aquí me tienes arrastrado por un
-vértigo de pasiones insanas; aquí me tienes bajo el peso de relaciones
-que solicité con aturdimiento, que mantuve por rutina y por pereza, y
-que ahora deseo romper. Contaba yo para este fin con el auxilio de un
-ser angelical a quien pensaba encomendarme primero y entregarme por fin
-en cuerpo y alma. Pero ya no puede ser. ¿Qué hago yo en este trance?
-Seguir y seguir encenagado, perderme más y más en el laberinto sin
-salida. Ya no hay salvación para mí. La fatalidad me arrastra... Tú no<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189"></a>{189}</span>
-comprendes esto, Abelarda; pero ¡quién sabe!... quizás lo comprendas,
-porque tienes mucha penetración. ¡Oh! ¡pues si yo te hubiera encontrado
-libre...! Mil veces me he propuesto no decirte nada. Sólo que las
-palabras se me salen de la boca... Basta, basta; no me hagas caso. Esto
-te lo vengo diciendo desde un principio. No hagas caso de este infeliz;
-despréciame. Yo no te merezco. Estoy expiando los enormes disparates que
-cometí desde que me faltó mi pobre Luisa, aquel ángel... ángel del
-cielo, pero inferior á ti, tan inferior, que no hay punto de comparación
-entre ambas. Yo, francamente (levantándose con exaltación), cuando veo
-qué tesoro tan grande va á ser para un Ponce; cuando pienso que tal
-conjunto de cualidades cae en manos de...</p>
-
-<p>Abelarda estaba tan sofocada, que si no desahoga, si no abre al menos
-una valvulita, revienta de seguro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si yo te dijera... vamos á ver (palideciendo), si yo te dijera que
-no quiero á Ponce?...</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú?... ¿y es verdad?...</p>
-
-<p>&mdash;¿Si yo te dijera que ni le quise jamás, ni le querré nunca?... á ver.</p>
-
-<p>Víctor no contaba con esta salida, y se desorientó.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí tienes tú una cosa... vamos... (balbuciendo) una cosa que me
-produce el efecto de un porrazo en la cabeza... ¿Pero es verdad? Cuando
-lo dices, verdad debe de ser. Abelarda, Abelarda,<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190"></a>{190}</span> no juegues conmigo;
-no juegues con fuego... Estas bromas, si bromas son, suelen traer
-catástrofes. Porque cuando se aborrece á un hombre, como me aborreces tú
-á mí... (confuso y sin saber á qué santo encomendarse) no se le dice
-nada que pueda extraviarlo respecto á... quiero decir, respecto á los
-sentimientos de la persona que le aborrece, porque podría suceder que el
-aborrecido... No, no atino á explicarte lo que siento. Si no quieres á
-Ponce, es que quieres á otro, y esto es lo que no debes decirme á mí...
-¿Para qué? ¿Para que me confunda más de lo que estoy? (Columbrando un
-postigo y aguzando su ingenio para escurrirse por él.) Y no quiero
-interrogarte sobre este particular, porque me volvería loco. Guárdate tu
-secreto y respeta mi situación. Si yo no te inspiro más que odio, si no
-llegas á la repugnancia, te ruego que me dejes solo, que te retires y no
-añadas una palabra más. No te ofrezco mis consejos, porque no los
-aceptarías; pero si te encontraras en alguna situación difícil, y mis
-consejos te pudieran servir de algo, ya sabes que soy para ti lo que tú
-quieras que sea; hermano, si como hermano me tratas...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si los necesitara, si necesitara tus consejos?&mdash;insinuó Abelarda,
-que buscaba no una salida, sino la entrada, sin poder descubrirla.</p>
-
-<p>&mdash;Pues dispón de mí (otra vez desconcertado). Si quieres á un hombre y
-temes la oposición<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191"></a>{191}</span> de tus padres; si la ruptura con Ponce te parece
-difícil y necesitas auxilio, aquí estoy dispuesto á prestártelo, por
-penoso que el caso sea para mí (acercándose más á ella). Dímelo, dímelo,
-no tengas miedo. ¿Quieres á un hombre que no es tu novio?</p>
-
-<p>&mdash;Es mucho pedir que confiese yo... así... de tenazón (recurriendo á la
-coquetería para salir del paso). ¿Y á ti quién te da vela en este
-entierro?...</p>
-
-<p>&mdash;Soy de la familia... soy tu amigo. Podría ser algo más si tú
-quisieras. Pero he llegado tarde; no hay que hablar de mi persona. Estoy
-fuera de juego. Si no quieres confiarme tu secreto, mejor para mí. Así
-no padeceré tanto. Respóndeme á una pregunta: el hombre á quien tú
-quieres, ¿te quiere á ti también?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no he dicho que quiera á nadie... me parece que no lo he dicho...
-Pero pongamos que lo dijese. Eso no es cuenta tuya. Eres muy
-entrometido... Claro que yo no iba á querer á nadie que no me
-correspondiese. ¡Pues lucida estaba!</p>
-
-<p>&mdash;De modo que hay reciprocidad (con fingida cólera). ¡Y estas cosas me
-las dices en mi propia cara!</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo!... si yo no he chistado.</p>
-
-<p>&mdash;Pero lo das á entender... No quiero ser tu confidente, vamos... ¿De
-modo que el otro te ama?...<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192"></a>{192}</span></p>
-
-<p>&mdash;No lo sé... (dejándose llevar de su espontaneidad, ya irresistible).
-Es lo que no he podido averiguar todavía.</p>
-
-<p>&mdash;Y vienes sin duda á que yo te lo averigüe (con sarcasmo). Abelarda,
-esa clase de papeles no los hago yo. No, no me digas quién es; no
-necesito saberlo. ¿Es quizás persona que yo conozco? Pues cállate el
-nombre, cállatelo si no quieres que perdamos las amistades. Esto te lo
-dice un hombre que siente hacia ti un afecto... pero un afecto que ahora
-no quiero definir; un hombre que vive bajo el peso de su destino fatal
-(estas filosofías y otras semejantes las tomaba Cadalso de ciertas
-novelas que había leído), un hombre á quien está vedado referirte sus
-padecimientos; y pues yo no debo quererte ni puedo ser tuyo ni tú mía,
-no debo atormentarme ni dejar que me atormentes tú. Guárdate tu secreto,
-y yo reservaré la parte de él que he adivinado. Si la fatalidad no se
-hubiera interpuesto entre nosotros dos, yo intentaría aún tu remedio,
-procurando arrancarte ese amor, reemplazándolo con el mío. Pero no soy
-dueño de mi voluntad. El sentimiento éste (golpeándose el pecho) jamás
-pasará del corazón á la realidad de la vida. ¿Por qué me incitas á
-descubrirlo? Déjalo en mí, mudo, sepultado, pero siempre vivo. No me
-tientes, no me irrites. ¿Quieres á otro? Pues que yo no lo sepa. ¿Á qué
-enconar una herida incurable?... Y para impedir mayores<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193"></a>{193}</span> conflictos,
-mañana mismo me voy de esta casa, y no vuelvo á entrar aquí.</p>
-
-<p>Abelarda sintió tan viva aflicción al oir esto, que no pudo encubrirla.
-No tenía ella en su pobre caletre armas de razonamiento para combatir
-con aquel monstruo de infinitos recursos ó ingenio inagotable, avezado á
-jugar con los sentimientos serios y profundos. Aturdida y atontada, iba
-á entregar su secreto, ofreciéndose indefensa y cubierta de ridiculez al
-brutal sarcasmo de Víctor; pero pudo serenarse un poco, recobrar algún
-equilibrio, y con afectada calma le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;No, no, no hay motivo para que te vayas. ¿Es que hiciste las paces con
-Quintina?</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo? ¡Qué disparate! Ayer Cabrera por poco me pega un tiro. Es un
-animal. Me iré á vivir á cualquier rincón.</p>
-
-<p>&mdash;No, eso no. Puedes seguir aquí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues prométeme no hablar de esto una palabra más.</p>
-
-<p>&mdash;Si yo no he hablado. Eres tú el que se lo dice todo. Que me quieres,
-que no me puedes querer. ¿Cómo se entiende?</p>
-
-<p>&mdash;Y la última prueba de que te quiero y no te debo querer (con agudeza),
-te la voy á dar ahora con este consejo: vuelve los ojos á Ponce...</p>
-
-<p>&mdash;Gracias.</p>
-
-<p>&mdash;Vuelve los ojos al ínclito Ponce. Cásate<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194"></a>{194}</span> con él. Ten espíritu
-práctico, ¿Que no le quieres? No importa.</p>
-
-<p>&mdash;Tú estás loco (aturrulladísima). ¿Acaso he dicho yo que no le quería?</p>
-
-<p>&mdash;Lo has dicho, sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues me vuelvo atrás. ¡Qué disparate! Si lo dije, fué broma, por oírte
-y darte tela.</p>
-
-<p>&mdash;Eres mala, muy mala. Yo pensaba otra cosa de ti.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues sabes lo que digo? (levantándose con violento arrebato de ira y
-despecho). Que estás de lo más cargante y de lo más inaguantable con
-tus... con tus enigmas; y que no te puedo ver, no te puedo ver. La culpa
-la tengo yo, que oigo tus necedades. Abur... Voy á dormir... Y dormiré
-tan ricamente, ¿qué te crees?</p>
-
-<p>&mdash;El odio muy vivo, como el amor, quita el sueño.</p>
-
-<p>&mdash;Á mí no... perverso... tonto...</p>
-
-<p>&mdash;Tú á dormir, y yo á velar pensando en ti... Adiós, Abelarda... Hasta
-mañana.</p>
-
-<p>Y cuando se retiró el impío, un minuto después de la desaparición de la
-víctima (que se metió en su cuarto y atrancó la puerta como quien huye
-de un asesino), llevaba en los labios risilla diabólica y este monólogo
-amargo y cruel: «Si me descuido, me espeta la declaración con toda
-desvergüenza. ¡Y cuidado que es antipática y levantadita de cascos la
-niña!... Y cursi hasta dejárselo de sobra, y sosita... Todo se le
-podría<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195"></a>{195}</span> perdonar si fuera guapa... ¡Ah! Ponce, ¡qué ganga te ha
-caído!... Es una plepa que no hay por dónde cogerla para echarla á la
-basura.</p>
-
-<h2><a name="XXI" id="XXI"></a>XXI</h2>
-
-<p>Aunque las esperanzas de los Villaamil, apenas segadas en flor, volvían
-á retoñar con nueva lozanía, el atribulado cesante las daba siempre por
-definitivamente muertas, fiel al sistema de esperar desesperando. Sólo
-que su pesimismo se avenía mal con el furor de escribir cartas y de
-mover cuantas teclas pudiesen comunicar vibración á la desmayada
-voluntad del Ministro. «Todo eso de esperar vacante, es
-música&mdash;decía.&mdash;Yo sé que cuando quieren hacer las cosas, las hacen
-saltando por cima de las vacantes y hasta por cima de las leyes. Ni que
-fuéramos tontos. He visto mil veces el caso de entrar un prohombre en el
-Ministerio, navaja en mano, pedir una credencial de las gordas; el
-Ministro ¡zas! llama al Jefe del personal... «No hay vacante...» «Pues
-hacerla». ¡Pataplún! allá te va, caiga el que caiga... ¿Pero dónde está
-mi prohombre? ¿Qué personaje de campanillas entrará en el despacho del
-Ministro con cara <i>feroce</i> diciendo: «De aquí no me muevo hasta que me<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196"></a>{196}</span>
-den... eso?» ¡Ay, Dios mío, qué desgraciado soy y cómo me voy quedando
-fuera de juego!... Con esta Restauración maldita, epílogo de una
-condenada Revolución, ha salido tanta gente nueva, que ya se vuelve uno
-á todos lados sin ver una cara conocida. Cuando un D. Claudio Moyano, un
-D. Antonio Benavides ó un Marqués de Novaliches le dicen á uno: «Amigo
-Villaamil, ya estamos mandados recoger», es que el mundo se acaba. Bien
-dice Mendizábal, que la política ha caído en manos de mequetrefes».</p>
-
-<p>Para distraer su pena y olfatear nombramientos ajenos, ya que en el suyo
-afectaba no creer, ó realmente no creía, iba por las tardes al
-Ministerio de Hacienda, en cuyas oficinas tenía muchos amigos de
-categorías diversas. Allí se pasaba largas horas, charlando, enterándose
-del expedienteo, fumando algún cigarrillo, y sirviendo de asesor á los
-empleados noveles ó inexpertos que le consultaban sobre cualquier punto
-obscuro de la enrevesada Administración.</p>
-
-<p>Profesaba Villaamil entrañable cariño á la mole colosal del Ministerio;
-la amaba como el criado fiel ama la casa y familia cuyo pan ha comido
-durante luengos años; y en aquella época funesta de su cesantía,
-visitábala él con respeto y tristeza, como sirviente despedido que ronda
-la morada de donde le expulsaron, soñando en volver á ella, Atravesaba
-el pórtico, la inmensa crujía que separa los dos patios, y subía
-despacio<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197"></a>{197}</span> la monumental escalera, encajonada entre gruesos muros, que
-tiene algo de feudal y de carcelario á la vez. Casi siempre encontraba
-por aquellos tramos á algún empleado amigote que subía ó bajaba. «Hola,
-Villaamil, ¿qué tal?»&mdash;«Vamos tirando». Al llegar al principal titubeaba
-antes de decidir si entraría en Aduanas ó en el Tesoro, pues en ambas
-Direcciones le sobraban conocidos; pero en el segundo prefería siempre
-Contribuciones á Propiedades. Los porteros le saludaban; y como
-Villaamil era tan afable, siempre echaba un párrafo con ellos. Si era
-tarde, les encontraba con la paletada de brasas, resto de las chimeneas,
-cuyo último fuego sirve para alimentar los braseros de las porterías; si
-temprano, llevando papeles de una oficina á otra ó transportando
-bandejas con vasos de agua y azucarillos. «Hola, Bermejo, ¿cómo
-va?»&mdash;«Tal cual, D. Ramón, y sintiendo mucho no verle á usted todos los
-días por aquí».&mdash;«Dígame, ¿y Ceferino?»&mdash;«Ha pasado á Impuestos. El
-pobre Cruz fué el que <i>cascó</i>».&mdash;«¿Qué me cuenta usted? Hombre, ¡si le
-vi el otro día tan bueno y tan sano!... ¡Qué mundo éste! Vamos quedando
-pocos de aquella fecha. Cuando yo entré aquí en tiempos de D. Juan Bravo
-Murillo, ya estaba Cruz <i>en la casa</i>... Mire usted si ha llovido...
-Pobre Cruz, lo siento».</p>
-
-<p>El mejor amigo entre los muchos buenos que Villaamil tenía en aquella
-casa era D. Buenaventura<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198"></a>{198}</span> Pantoja, de quien algo sabemos ya, padre de
-Virginia Pantoja, una de las actrices del coliseo doméstico de las
-<i>Miaus</i>. Visitaba con preferencia D. Ramón la oficina de tan excelente y
-antiguo compañero (Contribuciones), del cual había sido jefe: tomaba
-asiento en la silla más próxima á la mesa; le revolvía los papeles si no
-estaba allí, y si estaba, trabábase entre los dos sabroso coloquio de
-chismografía burocrática.</p>
-
-<p>«&mdash;¿Sabes...?&mdash;decía Pantoja.&mdash;Hoy salieron calentitos dos oficiales
-primeros y un jefe de Administración. Ayer estuvo ese fantoche (aquí el
-nombre de cualquier célebre político), y claro, á rajatabla. Lo que yo
-te digo: cuando quieren hacer las cosas, saltan por cima de todo.</p>
-
-<p>&mdash;Sea por amor de Dios&mdash;respondía Villaamil, dando un doliente suspiro
-que ponía trémulas las hojas de papel más cercanas».</p>
-
-<p>Aquel día tardó mucho el buen hombre en fondear ante la mesa de Pantoja.
-Á cada paso saltaban conocidos. Uno salía por aquí, aferrando legajos
-atados con balduque; otro entraba presuroso por allá, retrasado y
-temiendo un regaño del jefe. «¿Cuánto bueno?... ¿Qué tal,
-Villaamil?»&mdash;«Hijo, defendiéndonos». La oficina de Pantoja formaba parte
-de un vastísimo salón, dividido por tabiques como de dos metros de alto.
-El techo era común á los distintos departamentos, y en la vasta
-capacidad se veían<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199"></a>{199}</span> los tubos de las estufas, largos y negros, quebrados
-en ángulo recto para tomar la horizontal, horadando las paredes. Llenaba
-aquel recinto el estridor sonoro de los timbres, voz lejana de los
-jefes, llamando sin cesar á sus subalternos. Como era la hora en que
-entran los rezagados, en que los madrugadores almuerzan, en que otros
-toman café, que mandan traer de la calle, no reinaba allí el silencio
-propicio al trabajo mental; antes, todo se volvía cierres de puertas,
-risas, traqueteo de loza y cafeteras, gritos y voces impacientes.</p>
-
-<p>Villaamil entró en la sección, saludando á diestro y siniestro. Allí
-estaba de oficial tercero el cojo Guillén, muy amigo de la familia
-Villaamil, tertuliano asiduo, apuntador en la pieza que se iba á
-representar. Era, por más señas, tío del famoso <i>Posturitas</i>, amigo y
-émulo de Luisito Cadalso, y vivía con sus hermanas, dueñas de la casa de
-<i>empréstamos</i>. Tenía fama Guillén de mordaz y maleante, capaz de tomarle
-el pelo al lucero del alba. En la oficina escribía juguetes cómicos
-groseros y verdes, algún dramón espeluznante, que nunca llegaría á
-arrostrar las candilejas; dibujaba caricaturas y rimaba sátiras contra
-la mucha gente ridícula de la casa. También había por allí un
-aspirantillo, hijo del Director del Tesoro, que apenas frisaba en los
-diez y seis y cobraba sus cinco mil reales, listo como una pólvora, apto
-para traer y llevar recados<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200"></a>{200}</span> de oficina en oficina. Oficial segundo era
-un tal Espinosa, señorito elegante, de carrera improvisada y raya en el
-polo, con mucho requilorio en el vestir y bastantes gazapos en la
-ortografía; buen muchacho, que no se formalizaba nunca por las cargantes
-bromas de Guillén. Pero el más característico de todos era un tal
-Argüelles y Mora, oficial segundo, perfecta parodia de un caballero del
-tiempo de Felipe IV: pequeño, genuino <i>gato</i> de Madrid, rostro enjuto y
-color de cera, bigote y perilla teñidos de negro, melenas largas y bien
-atusadas. Para que el tipo resultase más cabal, usaba cierta capita
-corta y negra, que parecía un desecho del guardarropa de Quevedo. El
-sombrero era hongo chato, achambergado, con un dedo de grasa. Lástima
-que no llevara golilla; mas aun sin ella, era un acabado tipo de
-alguacil. En sus tiempos tuvo pretensiones de guapeza, originalidad y
-elegancia; pero ya sus espaldas tiraban á corcovarse, y su rostro, con
-los pelos pintados, tenía un sello de vigilia forzoso que daba
-compasión. Tocaba la trompa en un teatro. Llamábanle sus compañeros el
-<i>padre de familia</i>, porque en todas las conversaciones burocráticas
-traía á colación la multitud de bocas que tenía que mantener con el
-mezquino y descontado sueldo de doce mil reales. Había tres ó cuatro
-empleados más, algunos taciturnos y atentos á su obligación, repartidos
-en varias mesas, á distancia respetuosa<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201"></a>{201}</span> de la del jefe, próxima á la
-ventana que daba al patio.</p>
-
-<p>Cerca de las mesas veíanse las perchas donde los funcionarios colgaban
-capas y sombreros. Guillén tenía las muletas junto á sí. Entre mesa y
-mesa, estantes y papeleras, trastos de forma y aspecto que sólo se ven
-en las oficinas, viejos los unos, con no sé qué olor y color de <i>Paja y
-Utensilios</i>, de donde tal vez procedían; los otros nuevos, pero no
-semejantes á ningún mueble usado fuera de las regiones burocráticas.
-Sobre todos los pupitres abundaban legajos atados con cintas rojas, los
-unos amarillentos y polvorosos, papel que tiene algo de cinerario y
-encierra las esperanzas de varias generaciones; los otros de hojas
-flamantes y reciente escritura, con notas marginales y firmas
-ininteligibles. Eran las piezas más modernas del pleito inmenso entre el
-pueblo y el fisco.</p>
-
-<p>Pantoja no estaba: le había llamado el Director.</p>
-
-<p>&mdash;Tome usted asiento, D. Ramón. ¿Quiere un cigarrito?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tú qué te traes entre manos? (acercándose á la mesa del cojo y
-apoderándose de un papel). ¿Á ver, á ver...? <i>Drama original y en
-verso.</i> ¿Título? <i>La hijastra de su hermanastra.</i> Muy bien, zánganos;
-así perdéis las horas.</p>
-
-<p>&mdash;Don Ramón, D. Ramón&mdash;dijo el elegante, que acababa de paladear su
-café.&mdash;¿No sabe?<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202"></a>{202}</span> Á Cañizares, ¿se acuerda usted, el que estaba en
-Propiedades, aquel á quien llamábamos don Simplicio?, le han dado los
-doce mil. ¿Ha visto usted <i>polacada</i> mayor?</p>
-
-<p>&mdash;Lo tuve yo en mi oficina con cinco mil hace catorce años&mdash;dijo el
-<i>padre de familia</i>, esgrimiendo su puño cerrado y revelando toda la
-aflicción del mundo en su cara alguacilesca.&mdash;Era tan asno, que le
-ocupábamos en traer leña para la estufa. Ni para eso servía. ¡Cáscaras,
-qué hombre más animal! Yo cobraba entonces doce mil, lo mismo que ahora.
-Vean ustedes si esto es justicia ó qué. ¿Tengo ó no tengo razón cuando
-digo que vale más recoger boñiga en las calles que servir al gran
-pindongo del Estado? Convengamos en que se acabó la vergüenza.</p>
-
-<p>&mdash;Amigo Argüelles&mdash;suspiró Villaamil con tristeza estoica,&mdash;no hay más
-remedio que tragar bilis. Dígamelo usted á mí, que he tenido á mis
-órdenes, en provincias, con seis mil, al propio Director del ramo...
-Estaba la criatura en Estancadas... y no valía ni para pegar precintos
-en las cajas de cigarros.</p>
-
-<p>&mdash;Dame, paloma mía, de lo que comes... ¡Cuando me acuerdo, ¡cascarones!,
-de que mi padre quería colocarme de hortera en una tienda, y yo me
-remonté creyendo que esto no era cosa fina!... ¡Vamos, cuando me acuerdo
-de esto, me dan ganas de arrancarme á puñados estos condenados mechones
-que á uno le quedan!... Era<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203"></a>{203}</span> allá por el 51. Pues no sólo no quise oir
-hablar de mostrador, sino que me metí á empleado por aquello de ser
-caballero; y para acabar de ensuciarla, me casé. ¡Si sería yo pillín!...
-Después, <i>pian pianino</i>, nueve de familia, suegra y dos sobrinos
-huérfanos. Y defienda usted el garbanzo de tanta gente... Y gracias que
-la trompa ayuda, señores. El 64 llegué á los doce mil reales, y allí me
-planté. ¿Saben ustedes quién me sacó los doce mil? Julián Romea. No me
-veré en otra. Catorce años llevo en esta plaza. Ya ni siquiera pido el
-ascenso. ¿Para qué? Como no lo pida á tiros...</p>
-
-<p>Las lamentaciones del trompista <i>padre de familia</i> eran oídas siempre
-con deleite. Entró en aquel punto Pantoja, y <i>conticuere omnes</i>. Cubría
-la cabeza del jefe de la sección un gorrete encarnado, con unas al modo
-de alcachofas bordadas de oro, y borla deshilachada que caía con gracia.
-Vestía gabán pardo y muy traído, pantalón con rodilleras, rabicorto,
-dejando ver la caña de las botas recién estrenadas, sin lustre aún.
-Después de saludar al amigo, ocupó su asiento. Arrimóse Villaamil, y
-charlaron. Pantoja no olvidaba por el palique los deberes, y á cada
-instante daba órdenes á su tropa. «Oiga usted, Argüelles, haga el favor
-de ponerme una orden á la Administración Económica de la Provincia
-pidiendo tal cosa... Usted, Espinosa, sáqueme en seguida el estado de
-débitos por<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204"></a>{204}</span> Industrial». Y deshacía con mano experta el lazo de
-balduque para destripar un legajo y sacarle el mondongo. En atarlos
-también mostraba singular destreza, y parecía que los acariciaba al
-mudarlos de sitio en la mesa ó al ponerlos en el estante.</p>
-
-<p>El tipo fisiognómico de este hombre consistía en cierta inercia
-espiritual que en sus facciones se pintaba. Su frente era ancha, lisa, y
-tan sin sentido como el lomo de uno de esos libros rayados para cuentas,
-donde no se lee rótulo alguno. La nariz era gruesa en el arranque,
-resultando tan separados los ojos, que parecían estar reñidos y mirar
-cada uno por su cuenta y riesgo, sin hacer caso del otro. Su gran boca
-no se sabía dónde acababa. Las orejas lo sabrían. Sus labios fruncidos
-parecía que se violentaban al desplegarse para hablar, cual si fuesen
-expresamente creados para la discreción.</p>
-
-<p>Moralmente, era Pantoja el prototipo del integrismo administrativo. Lo
-de <i>probo funcionario</i> iba tan adscrito á su persona como el nombre de
-pila. Se le citaba de tenazón y por muletilla, y decir <i>Pantoja</i> era
-como evocar la propia imagen de la moralidad. Hombre de pocas
-necesidades, vivía obscuramente y sin ambición, contentándose con su
-ascenso cada seis ó siete años, ni ávido de ventajas, ni temeroso de
-cesantía, pues era de esos pocos á quienes, por su conocimiento
-práctico, cominero y minucioso de los asuntos<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205"></a>{205}</span> oficinescos, no se les
-limpia nunca el comedero. Había llegado á considerar su inmanencia
-burocrática como tributo pagado á su honradez, y esta idea se
-transformaba en sentimiento exaltado ó superstición. Era un alma
-ingenuamente honrada, una conciencia tan angosta, que se asustaba si oía
-hablar de millones que no fuesen los de la Hacienda. Las cifras muy
-altas, no siendo las del presupuesto del Estado, le producían un
-estremecimiento convulsivo; y si en el Ministerio se preparaba algún
-proyecto relacionado con fuertes empresas industriales ó bancarias, se
-le subía á la boca, sin poderlo remediar, la palabra <i>chanchullo</i>. Nunca
-iba á la Tesorería Central sin experimentar sensación de espanto, como
-en presencia de un abismo ó sima pavorosa donde anidan el peligro y la
-muerte; y cuando veía entrar en la Dirección del Tesoro ó en la
-Secretaría á los altos personajes de la Banca, temblaba por la riqueza
-del Erario, de quien se creía perro de presa. Según Pantoja, no debía
-ser verdaderamente rico nadie más que el Estado. Todos los demás
-caudales eran producto del fraude y del cohecho. Siempre había servido
-en Contribuciones, y durante su larga y laboriosa carrera fué cultivando
-en su alma el insano goce de perseguir al contribuyente moroso ó
-maligno, placer que tiene algo del cruel entusiasmo de la caza: para él
-era deleite inefable ver á la grande y á la pequeña propiedad
-defenderse,<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206"></a>{206}</span> pataleando, de la persecución del Fisco, y sucumbir siempre
-ante la superioridad del cazador. En todos los conflictos entre la
-Hacienda y el contribuyente, la Hacienda tenía siempre razón, según el
-dictamen inflexible de Pantoja, y este criterio se mostraba en sus
-notas, que jamás reconocieron el derecho de ningún particular contra el
-Estado. Para él la Propiedad, la Industria, el consumo mismo, eran
-organismos ó instrumentos de defraudación, algo de disolvente y
-revolucionario, que tenía por objeto disputar sus inmortales derechos á
-la única entidad dueña y propietaria de todo: la Nación. Pantoja no
-poseyó nunca más que su ropa y sus muebles; era hijo de un portero de la
-Sala de <i>Mil y Quinientas</i>; se había criado en un desván de los
-Consejos, sin salir nunca de Madrid; no conocía más mundo que las
-oficinas, y para él la vida era una sucesión no interrumpida de menudos
-servicios al Estado, recibiendo de éste, en recompensa, el garbanzo y la
-santa rosca de cada día.</p>
-
-<h2><a name="XXII" id="XXII"></a>XXII</h2>
-
-<p>¡Ah! ¡Cielos! ¿Qué sería del mundo sin cocido? ¿Y qué de la mísera
-humanidad sin pagas? La paga era la única forma de bienes terrestres en
-conformidad con los principios morales, pues<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207"></a>{207}</span> para todas las demás
-clases de bienestar archivaba Pantoja en el fondo de su alma un altivo
-desprecio. Difícilmente concedía que en la clase de ricos hubiera alguno
-que fuese propiamente honrado, y á las grandes empresas y á los audaces
-contratistas les miraba con religioso horror. Labrar en pocos años
-pingüe fortuna, pasar de la pobreza á la opulencia... era imposible por
-medios lícitos. Para que tal cosa suceda, es indispensable <i>ensuciarse</i>,
-quitándole lo suyo á la víctima eterna, al propietario elemental, al
-Estado. Al millonario que había heredado su fortuna y no hacía más que
-gastarla, le perdonaba el buen Pantoja; pero aun así no le tenía en olor
-de santidad, diciendo que si él no robaba, lo habían hecho sus padres, y
-la responsabilidad, como el dinero, se transmitía de generación en
-generación.</p>
-
-<p>Cuando veía entrar en el Ministerio y pasar al despacho del Ministro al
-representante de Rothschild ó de otra opulenta casa española ó
-extranjera, pensaba cuan útil sería ahorcar á todos aquellos señores que
-no iban allí sino á tramar algún enjuague. Estas ideas y otras
-semejantes las vertía Pantoja en el círculo del café adonde concurría,
-siendo objeto de punzantes burlas por su estrechez de miras; pero él no
-se daba á partido. ¿Hablábase de Hacienda? Pues en el acto tremolaba
-Pantoja su banderín con este sencillo y convincente lema: <i>Mucha<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208"></a>{208}</span>
-administración y poca ó ninguna política</i>. Guerra á los grandes
-negocios, guerra al agio y guerra también á los extranjeros, que no
-vienen aquí más que á explotarnos y á llevarse el <i>cumquibus</i>,
-dejándonos más pobres que las ratas. Tampoco ocultaba Pantoja sus
-simpatías por el rigor arancelario, pues el libre cambio es la
-protección á la industria de extranjis.</p>
-
-<p>Al propio tiempo sostenía que los propietarios se quejan de vicio, que
-en ninguna parte se pagan menos contribuciones que en España, que el
-país es esencialmente defraudador, y la política el arte de cohonestar
-las defraudaciones y el turno pacífico ó violento en el saqueo de la
-Hacienda. En suma, las ideas de Pantoja eran tres ó cuatro, pero
-profundamente incrustadas en su <i>intellectus</i>, como si se las hubieran
-metido á mazo y escoplo. Su conversación en el círculo de amigos
-languidecía, porque nunca hablaba mal de sus jefes, ni censuraba los
-planes del Ministro; no se metía en honduras, ni revelaba ningún secreto
-de entre bastidores. En el fondo de su cerebro dormía cierto comunismo
-de que él no se daba cuenta. De este tipo de funcionario, que la
-política vertiginosa de los últimos tiempos se ha encargado de
-extinguir, quedan aún, aunque escasos, algunos ejemplares.</p>
-
-<p>En su trabajo era Pantoja puntualísimo, celoso, incorruptible y enemigo
-implacable de lo que él llamaba <i>el particular</i>. Jamás emitió dictamen<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209"></a>{209}</span>
-contrario á la Hacienda; la Hacienda le pagaba, era su ama, y no estaba
-él allí para servir á los enemigos <i>de la casa</i>. En cuanto á los asuntos
-obscuros, de una antigüedad telarañosa y de resolución difícil, su
-sistema era que no debían resolverse nunca; y cuando llegaba
-forzosamente el último trámite impuesto por las leyes, buscaba en la ley
-misma la triquiñuela necesaria para enredarlos de nuevo. Escribir la
-última palabra de uno de estos pleitos equivalía á una fragilidad de la
-Administración, á declararse vencida y casi deshonrada. En cuanto á su
-probidad, no hay que decir sino que recibía á cajas destempladas á los
-agentes que iban á ofrecerle recompensa por despachar bien y pronto tal
-ó cual negocio. Conocíanle ya, y no se atrevían con aquel puerco-espín,
-que erizaba sus púas todas al sentir la aproximación del <i>particular</i>, ó
-sea del contribuyente.</p>
-
-<p>En su vida privada, era Pantoja el modelo de los modelos. No había casa
-más metódica que la suya, ni hormiga comparable á su mujer. Eran el
-reverso de la medalla de los Villaamil, que se gastaban la paga entera
-en los tiempos bonancibles, y luego quedaban pereciendo. La señora de
-Pantoja no tenía, como doña Pura, aquel ruinoso prurito de suponer,
-aquellos humos de persona superior á sus medios y posición social. La
-señora de Pantoja había sido criada de servir (creo que de D. Claudio
-Antón de Luzuriaga,<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210"></a>{210}</span> al cual debió Pantoja su credencial primera), y lo
-humilde de su origen la inclinaba á la obscuridad y al vivir modesto y
-esquivo. Nunca gastaron más que los dos tercios de la paga, y sus hijos
-iban adoctrinados en el amor de Dios y en el supersticioso miedo al
-fausto y pompas mundanales. Á pesar de la amistad íntima que entre
-Villaamil y Pantoja reinaba, nunca se atrevió el primero á recurrir al
-segundo en sus frecuentes ahogos; le conocía como si le hubiese parido;
-sabía perfectamente que el <i>honrado</i> ni pedía ni daba, que la
-postulación y la munificencia eran igualmente incompatibles con su
-carácter, arcas cuyas puertas jamás se abrían ni para dentro ni para
-fuera.</p>
-
-<p>Sentados los dos, el uno ante un pupitre, el otro en la silla más
-próxima, Pantoja se ladeó el gorro, que resbalaba sobre su cabeza
-lustrosa al menor impulso de la mano, y dijo á su amigo:</p>
-
-<p>&mdash;Me alegro que hayas venido hoy. Ha llegado el expediente contra tu
-yerno. No le he podido echar un vistazo. Parece que no es nada limpio.
-Dejó de incluir dos ó tres pueblos en la nota de apremios, y en los
-repartos del último semestre hay sapos y culebras.</p>
-
-<p>&mdash;Ventura, mi yerno es un pillo; demasiado lo sabes. Habrá hecho
-cualquier barrabasada.</p>
-
-<p>&mdash;Y me enteró ayer el Director de que anda por ahí dándose la gran vida,
-convidando á los amigachos y gastando un lujo estrepitoso, con<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211"></a>{211}</span> un
-surtidito de sombreros y corbatas que es un asco, y hecho un figurín el
-muy puerco. Dime una cosa: ¿vive contigo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;respondió secamente Villaamil, que sentía la ola de la vergüenza
-en las mejillas, al considerar que también su ropa, por flaqueza de
-Pura, procedía de los dineros de Cadalso.&mdash;Pero estoy deseando que se
-largue de mi casa. De su mano, ni la hostia.</p>
-
-<p>&mdash;Porque... verás, me alegro de tener esta ocasión de decírtelo: eso te
-perjudica, y basta que sea yerno tuyo y que viva bajo tu techo, para que
-algunos crean que vas á la parte con él.</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo... con él! (horrorizado). Ventura, no me digas tal cosa...</p>
-
-<p>&mdash;No; si yo no soy quien lo dice, ni me pasa por el magín. Pero la gente
-de esta casa... Ya ves, ¡hay tanto pillo! Y cuando tocan á pensar mal,
-los más pillos son los que descueran al inocente.</p>
-
-<p>&mdash;Pues aunque Víctor es mi yerno, tan ajeno soy á sus trapacerías, que
-si en mi mano estuviera el impedirle ir á presidio, no lo impediría...
-Figúrate.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! No irá, no irá; no te dé cuidado. No irá por lo mismo que lo
-merece. Tiene pararrayos y paracaídas. Se están poniendo los tiempos tan
-corruptos, que estos granujas como tu yerno son los que cobran el
-barato. Verás cómo le echan tierra al expediente, aprueban su conducta y
-le dan el jeringado ascenso. Por cierto<span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212"></a>{212}</span> que es de lo más atrevido que
-conozco. Ayer estuvo aquí; luego bajó á ver al Subsecretario, y como
-tiene aquella labia y aquel buen ver, el Subsecretario... (me lo ha
-dicho quien estaba presente) le recibió con palmas, y allí estuvieron
-los dos de cháchara más de media hora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el señor Ministro le ha visto? (con grandísimo desconsuelo).</p>
-
-<p>&mdash;No te lo puedo decir; pero me consta que ha venido á recomendárselo un
-diputado de la provincia en que servía la alhajita de tu yerno. Es de
-estos que mientras más le dan más quieren. No sale de aquí nunca el tal
-sin apandar dos ó tres credenciales gordas, pero gordas, y eso que es
-disidente; pero por lo mismo, por la disidencia, le atienden más.</p>
-
-<p>&mdash;¿Crees tú que le darán el ascenso á Víctor? (con ansiedad profunda).</p>
-
-<p>&mdash;Yo no puedo asegurarte nada.</p>
-
-<p>&mdash;Y de lo mío, ¿qué sabes? (con ansiedad mayor aún).</p>
-
-<p>&mdash;El Jefe del Personal no suelta prenda. Cuando le hablo de ti, me echa
-un <i>veremos</i>, y un <i>yo haré lo que pueda</i>, que es tanto como no decir
-nada. ¡Ah! entre paréntesis: ayer, después de hablar con el
-Subsecretario, se coló Víctor en el Personal. Vino á contármelo el
-hermano de Espinosa. El Jefe le enseñó las vacantes de provincias, y tu
-yernito se dejó decir con arrogancia que á provincias no iba ni atado.<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213"></a>{213}</span></p>
-
-<p>&mdash;Amigo Ventura&mdash;indicó Villaamil con dolorosa consternación,&mdash;acuérdate
-de lo que te anuncio. Tú lo has de ver, y si lo dudas, apostemos algo...
-¿Á que ascienden á Víctor y á mí no me colocan? Otra cosa sería justicia
-y razón, y la razón y la justicia andan ahora de paseo por las nubes.</p>
-
-<p>Pantoja volvió á ladear el gorro. Era una manera especial suya de
-rascarse la cabeza. Dando un gran suspiro, que salió muy oprimido de la
-boca, porque ésta no se abría sino con cierta solemnidad, trató de
-consolar á su amigo en la forma siguiente:</p>
-
-<p>&mdash;No sabemos si podrán arreglar lo del expediente de Víctor, á pesar de
-las ganas que parece tienen de ello sus protectores. Y por lo que hace á
-ti, yo que tú, sin dejar de machacar en el Director, el Subsecretario y
-el Ministro, me buscaría un buen faldón entre la gente que manda.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si me cojo y tiro, y... como si no.</p>
-
-<p>&mdash;Pues sigue tirando, hombre, hasta que te quedes con el faldón en la
-mano. Arrímate á los pájaros gordos, sean ó no ministeriales; dirígete á
-Sagasta, á Cánovas, á D. Venancio, á Castelar, á los Silvelas; no
-repares si son blancos, negros ó amarillos, pues al paso que vas, tal
-como se han puesto las cosas, no conseguirás nada. Ni Pez ni Cucúrbitas
-te servirán: están abrumados de compromisos, y no colocan más<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214"></a>{214}</span> que á su
-pandilla, á sus paniaguados, á sus ayudas de cámara, y hasta á los
-barberos que les afeitan. Esa gente que sirvió á la Gloriosa primero y
-después á la Restauración, está con el agua al cuello, porque tiene que
-atender á los de ahora, sin desamparar á los de antes, que andan
-ladrando de hambre. Pez ha metido aquí á alguien que estuvo en la
-facción y á otros que retozaron con la cantonal. ¿Cómo puede olvidar Pez
-que los del gorro colorado le sostuvieron en la Dirección de Rentas, y
-que los amadeístas casi casi le hacen Ministro, y que los moderados del
-tiempo de Sor Patrocinio le dieron la gran cruz?</p>
-
-<p>Villaamil oía estos sabios consejos, los ojos bajos, la expresión
-lúgubre, y sin desconocer cuán razonables eran. Mientras que los dos
-amigos departían de este modo, totalmente abstraídos de lo que en la
-oficina pasaba, el maldito cojo Salvador Guillén trazaba en una
-cuartilla de papel, con humorísticos rasgos de pluma, la caricatura de
-Villaamil, y una vez terminada, y habiendo visto que era buena, puso por
-debajo: <i>El señor de Miau, meditando sus planes de Hacienda</i>. Pasaba el
-papel á sus compañeros para que se riesen, y el monigote iba de pupitre
-en pupitre, consolando de su aburrimiento á los infelices condenados á
-la esclavitud perpetua de las oficinas.</p>
-
-<p>Cuando Pantoja y Villaamil hablaban de generalidades<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215"></a>{215}</span> tocantes al ramo,
-no sonaban con armonioso acuerdo sus dos voces. Es que discrepaban
-atrozmente en ideas, porque el criterio del honrado era estrecho y
-exclusivo, mientras Villaamil tenía concepciones amplias, un plan
-sistemático, resultado de sus estudios y experiencia. Lo que sacaba de
-quicio á Pantoja era que su amigo preconizara el <i>income tax</i>, haciendo
-tabla rasa de la Territorial, la Industrial y Consumos. El impuesto
-sobre la renta, basado en la declaración, teniendo por auxiliares el
-amor propio y la buena fe, resultaba un disparate aquí donde casi casi
-es preciso poner al contribuyente delante de una horca para que pague.
-La simplificación, en general, era contraria al espíritu del <i>probo
-funcionario</i>, que gustaba de mucho personal, mucho lío y muchísimo mete
-y saca de papeles. Y por último, algo había de recelo personal en
-Pantoja, pues aquella manía de suprimir las contribuciones era como si
-quisiesen suprimirle á él. Sobre esto discutían acaloradamente hasta que
-á los dos se les agotaba la saliva. Y cuando Pantoja tenía que salir
-porque le llamaba el Director, y se quedaba Villaamil solo con los
-subalternos, éstos se distraían y solazaban un rato á cuenta de él,
-distinguiéndose el cojo Guillén por su intención maligna.</p>
-
-<p>&mdash;Dígame, D. Ramón, ¿por qué no publica usted su plan para que lo
-conozca el país?</p>
-
-<p>&mdash;Déjame á mí de publicar planes (paseándose<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216"></a>{216}</span> agitadamente por la
-oficina). ¡Sí; buen caso me haría ese puerco de país! El Ministro los ha
-leído y les ha dado un vistazo el Director de Contribuciones. Como si
-no... Y no es la dificultad de enterarse pronto, porque en las Memorias
-que he escrito he atendido: primero, á la sencillez; segundo, á la
-claridad; tercero, á la brevedad.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creí que eran muy largas, pero muy largas&mdash;dijo Espinosa con
-gravedad.&mdash;Como abrazan tantos puntos...</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién le ha dicho á usted semejante cosa? (enfadándose). Si cada una
-no abraza más que un punto, y son cuatro. Y basta y sobra. ¡Ojalá no me
-hubiera ocupado de escribirlas! Bienaventurados los brutos...</p>
-
-<p>&mdash;Porque de ellos es la nómina de los cielos... Bien dicho, señor don
-Ramón&mdash;observó Argüelles, mirando con ojeriza á Guillén, á quien
-detestaba.&mdash;Á mí también se me ocurrió un plan; pero no quise darlo á
-luz. Más cuenta me tenía componer el solo de trompa.</p>
-
-<p>&mdash;Eso, toque usted la trompa, y déjese de arreglar la Hacienda, que al
-paso que va, pronto, ni los rabos. Mire usted, amigo Argüelles
-(parándose ante la mesa del caballero de Felipe IV, la capa terciada, la
-mano derecha muy expresiva). Yo he consagrado á esto mi experiencia de
-tantos años. Podré acertar ó no; pero que aquí hay algo, que aquí hay
-una idea, no<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217"></a>{217}</span> puede dudarse. (Todos le oían con gran atención.) Mi
-trabajo consta de cuatro Memorias ó tratados, que llevan su título para
-más fácil inteligencia. Primer punto: <i>Moralidad</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien. Rompe plaza la moralidad, que es lo primero.</p>
-
-<p>&mdash;Es el fundamento del orden administrativo. Moralidad arriba, moralidad
-abajo, á izquierda y a derecha. Segundo punto: <i>Income tax</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Que es la madre del cordero.</p>
-
-<p>&mdash;Fuera Territorial, Subsidio y Consumos. Lo substituyo con el impuesto
-sobre la renta, con su recarguito municipal, todo muy sencillo, muy
-práctico, muy claro; y expongo mis ideas sobre el método de cobranza,
-apremios, investigación, multas, etc... Tercer punto: <i>Aduanas</i>. Porque,
-fíjense ustedes, las Aduanas no son sólo un arbitrio, son un método de
-protección al trabajo nacional. Establezco un arancel bien remontadito,
-para que prosperen las fábricas y nos vistamos todos con telas
-españolas.</p>
-
-<p>&mdash;<i>Superior de Holanda</i>... Don Ramón, Bravo Murillo era un niño de
-teta... Siga usted...</p>
-
-<p>&mdash;Cuarto punto: <i>Unificación de la Deuda</i>. Recojo todo el papel que anda
-por ahí con diferentes nombres: <i>Tres</i> consolidado, Diferido, Bonos,
-Banco y Tesoro, Billetes hipotecarios, y lo canjeo por un 4 por 100,
-emitido al tipo que convenga... Se acabaron los quebraderos de
-cabeza...<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218"></a>{218}</span></p>
-
-<p>&mdash;Sabe usted más, D. Ramón, que el muy marrano que inventó la Hacienda.</p>
-
-<p>(Coro de plácemes. El único que callaba era Argüelles, que no gustaba de
-reírle mucho las gracias á Guillén.)</p>
-
-<p>&mdash;No es que sepa mucho (con modestia), es que miro las cosas <i>de la
-casa</i> como mías propias, y quisiera ver á este país entrar de lleno por
-la senda del orden. Esto no es ciencia, es buen deseo, aplicación,
-trabajo. Ahora bien: ¿ustedes me hicieron caso? Pues ellos tampoco. Allá
-se las hayan. Llegará día en que los españoles tengan que andar
-descalzos y los más ricos pedir para ayuda de un panecillo... digo, no
-pedirán limosna, porque no habrá quien la dé. Á eso vamos. Yo les
-pregunto á ustedes: ¿tendría algo de particular que me restituyesen á mi
-plaza de Jefe de Administración? Nada, ¿verdad? Pues ustedes verán todo
-lo que quieran, pero eso no lo han de ver. Vaya, con Dios.</p>
-
-<p>Salía encorvado, como si no pudiera soportar el peso de la cabeza. Todos
-le tenían lástima; pero el despiadado Guillén siempre inventaba algún
-sambenito que colgarle á la espalda después que se iba.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí he copiado los cuatro puntos conforme los decía: señores, oro
-molido. Vengan acá. ¡Qué risa, Dios! Vean, vean los cuatro títulos,
-escritos uno bajo el otro.<span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219"></a>{219}</span></p>
-
-<p><i>Moralidad</i>.</p>
-
-<p><i>Income tax</i>.</p>
-
-<p><i>Aduanas</i>.</p>
-
-<p><i>Unificación de la Deuda</i>.</p>
-
-<p>Juntadas las cuatro iniciales, resulta la palabra <i>M I A U»</i>.</p>
-
-<p>Una explosión de carcajadas retumbó en la oficina, poniéndola tan alegre
-como si fuera un teatro.</p>
-
-<h2><a name="XXIII" id="XXIII"></a>XXIII</h2>
-
-<p>Desconcertada para muchos días quedó Abelarda después del largo diálogo
-aquel con Víctor; pero ponía la infeliz tal arte en evitar que su madre
-y su tía comprendieran el estado de su ánimo, que lo lograba al fin.
-Desde el día posterior á las incomprensibles declaraciones de Víctor,
-notó á éste taciturno. Evitaba encontrarse solo con su cuñada; apenas la
-miraba, y ni por incidencia le dirigía palabra alguna. Creyérase que un
-delicado asunto personal le traía caviloso. Transcurrido poco tiempo,
-observó Abelarda que estaba de mejor temple y que le echaba miradas
-amorosas y lánguidas, á las que ella, sin poderlo remediar, respondía
-con otras inflamadas aunque rapidísimas. Delante de la familia le
-hablaba Víctor; pero á solas ni jota. Estaban,<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220"></a>{220}</span> pues, como los que se
-aman y no se atreven á decírselo: mas ella esperaba ese estallido
-impensado y súbito de la ocasión que no falta nunca, como si las leyes
-del tiempo y del espacio tuvieran marcado el necesario instante en que
-se junten las órbitas de los seres compelidos á ello por la voluntad. En
-aquella temporada le dió á la insignificante por ir á la iglesia
-bastante á menudo. Las prácticas religiosas de los Villaamil se
-concretaban á la misa dominguera en las Comendadoras, y esto no con
-rigurosa puntualidad. Don Ramón faltaba rara vez; pero doña Pura y su
-hermana, por aquello de no estar vestidas, por quehaceres ó por otra
-causa, quebrantaban algunos domingos el precepto. Abelarda se sentía
-ansiosa de corroborar su espíritu en la religión y meditar en la
-iglesia; se consolaba mirando los altares, el sagrario donde el propio
-Dios está guardado, oyendo devotamente la misa, contemplando los santos
-y vírgenes con sus ahuecadas vestiduras. Estos inocentes consuelos le
-sugirieron pronto la idea de otro más dulce y eficaz, el confesarse;
-porque sentía la necesidad imperiosa y punzante de confiar á alguien un
-secreto que no le cabía en el corazón. Temía que si no lo confiaba, <i>se
-le escaparía</i> á lo mejor con espontaneidad indiscreta delante de sus
-padres, y esto le aterraba, porque sus padres se habrían de enfadar
-cuando tal supieran. ¿Á quién confiarlo? ¿Á Luis? Era muy niño. Hasta se
-le<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221"></a>{221}</span> pasaba por las mientes el disparate increíble de revelar su secreto
-al buenazo de Ponce. Por último, el mismo sentimiento religioso que se
-amparaba de su alma le inspiró la solución, y á la mañana siguiente de
-pensarla acercóse al confesonario y le contó al cura lo que le pasaba,
-añadiendo pormenores que al sacerdote no le importaba saber. Después de
-la confesión se quedó la insignificante muy aliviada y con el espíritu
-bien dispuesto para lo que pudiera sobrevenir.</p>
-
-<p>Como era tiempo de Cuaresma, había ejercicios todas las tardes en las
-Comendadoras y los viernes en Monserrat y en las Salesas Nuevas. Algo
-chocaba á la familia la asiduidad con que Abelarda iba á la iglesia, y á
-doña Pura no se le pudrió en el cuerpo esta observación impertinente:
-«¡Vaya, hija, á buenas horas mangas verdes!»</p>
-
-<p>La circunstancia de que Ponce estaba complacidísimo y un si es no es
-entusiasmado con las devociones de su novia, por ser él uno de los
-chicos más católicos de la generación presente (aunque más de pico que
-de obras, como suele suceder), acalló las susceptibilidades de doña
-Pura. El ínclito joven acompañaba á su novia algunas tardes á la
-iglesia, á pesar de las reiteradas instancias de ella para que la dejara
-sola. Comúnmente la esperaba al salir, y juntos iban hasta la casa,
-hablando del predicador, como la noche antes, en la tertulia, hablaban
-de los cantantes<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222"></a>{222}</span> del Real. Si Abelarda iba temprano á la iglesia, la
-acompañaba Luis, que á poco de probar estas excursiones tomó grandísima
-afición á ellas. El buen Cadalsito pasaba un rato con devoción y
-compostura; pero luego se cansaba y se ponía á dar vueltas por la
-iglesia, mirando los estandartes de la Orden de Santiago que hay en las
-Comendadoras, acercándose á la reja grande para atisbar á las monjas,
-inspeccionando los altares recargados de ex-votos de cera. En Monserrat,
-iglesia perteneciente al antiguo convento que es hoy Cárcel de Mujeres,
-no se encontraba Luis tan á gusto como en las Comendadoras, que es uno
-de los templos más despejados y más bonitos de Madrid. Á Monserrat
-encontrábalo frío y desnudo; los santos estaban mal trajeados; el culto
-le parecía pobre, y, además de esto, había en la capilla de la derecha,
-conforme entramos, un Cristo grande, moreno, lleno de manchurrones de
-sangre, con enaguas y una melena natural tan larga como el pelo de una
-mujer, la cual efigie le causaba tanto miedo, que nunca se atrevía á
-mirarla sino á distancia, y ni que le dieran lo que le dieran entraba en
-su capilla.</p>
-
-<p>Sucedió más de una vez que Cadalsito, en su inquieta vagancia dentro de
-la iglesia, se sentaba en algún banco solitario, sintiéndose acometido
-del mal precursor de la extraña visión. Más de una vez se dijo que en
-tal sitio, á poco que se adormilase, había de ver al <i>Señor de la barba<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223"></a>{223}</span>
-blanca</i>, por ser aquélla una de sus casas. Pero cerraba los ojos,
-haciendo como una mental evocación de la extraordinaria visita, y ésta
-no se presentaba. En alguna ocasión, no obstante, creyó ver al augusto
-anciano saliendo por una puerta de la sacristía y perdiéndose en el
-altar, como si se introdujera por invisible hueco. También le pareció
-que el mismo Señor salía revestido de la sacerdotal túnica y casulla
-bordada, á decir misa, <i>á decirse á sí mismo la misa</i>, cosa que á
-Cadalsito le pareció por demás extraña. Pero no estaba muy seguro de que
-esto fuera así, y bien podía ser que se engañase; al menos, grandes
-dudas tenía sobre el particular. Una tarde, oyendo en Monserrat el
-rosario que rezaba el cura, al cual contestaban en la iglesia unas dos
-docenas de mujeres y en el coro las presas, que debían ser más de ciento
-por el murmullo intensísimo que sus voces hacían, Luisito se sintió con
-los síntomas de somnolencia. En la iglesia había muy poca luz, y todo en
-ella era misterio, sombras que la cadencia tétrica del rezo hacía más
-cerradas y tenebrosas. Desde donde Cadalsito estaba, veía un brazo del
-Cristo aquel, y la lamparilla que junto al brazo colgaba del techo. Le
-entró tal pánico, que se habría marchado á la calle si hubiera podido;
-pero no se pudo levantar. Hizo propósito de vencer el sopor, y se
-pellizcó los brazos diciendo: «¡Ay! ¡contro! Si me duermo y se me pone
-al lado<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224"></a>{224}</span> el Cristo de las melenas, del miedo me caigo muerto». Y el
-miedo y los esfuerzos por despabilarse vencían al fin su insano sopor.</p>
-
-<p>En cambio de estos malos ratos, Monserrat se los proporcionaba buenos,
-cuando se aparecía por allí su amigo y condiscípulo Silvestre Murillo,
-hijo del sacristán. Silvestre inició á Luis en algunos misterios
-eclesiásticos, explicándole mil cosas que éste no comprendía; por
-ejemplo: qué era la Reserva del Santísimo, qué diferencia hay entre el
-Evangelio y la Epístola, por qué tiene San Roque un perro y San Pedro
-llaves, metiéndose en unas erudiciones litúrgicas que tenían que oir.
-«La hostia, verbigracia, lleva dentro á Dios, y por eso los curas, antes
-de cogerla, se lavan las manos para no ensuciarla; y <i>dominus vobisco</i>
-es lo mismo que decir: <i>cuidado, que seáis buenos</i>». Metidos los dos en
-la sacristía, Silvestre le enseñaba las vestiduras, las hostias sin
-consagrar, que Cadalso miraba con respeto supersticioso, las piezas del
-monumento que pronto se armaría, el palio y la manga-cruz, revelando en
-el desenfado con que lo enseñaba y en sus explicaciones un cierto
-escepticismo del cual no participaba el otro. Pero no pudo Murillito
-hacerle entrar en la capilla del Cristo de las melenas, ni aun
-asegurándole que él las había tenido en la mano cuando su madre se las
-peinaba, y que aquel Señor era muy bueno y hacía la mar de milagros.<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225"></a>{225}</span></p>
-
-<p>Como la mente de los chicos se impresiona con todo, y á esta impresión
-se amolda con energía y prontitud su naciente voluntad, aquellas visitas
-á la iglesia despertaron en Cadalsito el deseo y propósito de ser cura,
-y así lo manifestaba á sus abuelos una y otra vez. Todos se reían de
-esta precoz vocación, y al mismo Víctor le hizo mucha gracia. Sí,
-Luisito aseguraba que ó no sería nada ó cantaría misa, pues le
-entusiasmaban todas las funciones sacerdotales, incluso el predicar,
-incluso el meterse en el confesonario para <i>oir los pecados de las
-mujeres</i>. Díjolo con ingenuidad tan graciosa, que todos se partieron de
-risa, y de ello tomó pie Víctor para romper á hablar á solas con la
-insignificante por primera vez después de la conferencia de marras. No
-estaba presente ninguna persona mayor, y el único que podía oir era
-Luis, y estaba engolfado en su álbum filatélico.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no diré, como mi hijo, que quiero ordenarme; ¡pero ello es que de
-algún tiempo á esta parte siento en mí una necesidad tan viva de
-creer!... Este sentimiento, júzgalo como quieras, me viene de ti,
-Abelarda (aquí una mirada amplia, sostenida, tiernísima), de ti, y de la
-influencia que tu alma tiene sobre la mía.</p>
-
-<p>&mdash;Pues cree, ¿quién te lo impide?&mdash;repuso la joven, que se sentía
-aquella tarde con facilidades para hablar, y esperaba mayor claridad en
-él.<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226"></a>{226}</span></p>
-
-<p>&mdash;Me lo impiden las rutinas de mi pensamiento, las falsas ideas
-adquiridas en el trato social, que forman una broza difícil de extirpar.
-Me convendría un maestro angélico, un ser que me amase y que se
-interesara por mi salvación. ¿Pero dónde está ese ángel? Si existe, no
-es para mí. Soy muy desgraciado. Veo el bien muy próximo, y no me puedo
-acercar á él. Dichosa tú si no comprendes esto.</p>
-
-<p>Encontrábase la señorita de Villaamil con fuerzas para tratar aquel
-asunto, porque la religión se las diera hasta para confesar su secreto á
-quien no debía oírlo de sus labios.</p>
-
-<p>&mdash;Yo quise creer, y creí&mdash;dijo.&mdash;Yo busqué un alivio en Dios, y lo
-encontré. ¿Quieres que te cuente cómo?</p>
-
-<p>Víctor, que, sentado junto á la mesa, se oprimía la cabeza entre las
-manos, levantóse de pronto, diciendo con el tono y gesto de un consumado
-histrión:</p>
-
-<p>&mdash;No hables: me atormentarías sin consolarme. Soy un réprobo, un
-condenado...</p>
-
-<p>Estas frases de relumbrón, espigadas sin criterio en diferentes libros,
-las traía muy preparaditas para espetarlas en la primera ocasión. Apenas
-dichas, acordóse de que había quedado en juntarse en el café con varios
-amigos, y buscó la fórmula para cortar la hebra que su cuñada había
-empezado á tender entre boca y boca.</p>
-
-<p>&mdash;Abelarda, necesito alejarme, porque si estoy<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227"></a>{227}</span> aquí un minuto más... yo
-me conozco: te diré lo que no debo decirte... al menos todavía... Dame
-tu permiso para retirarme. Voy á dar vueltas por las calles, sin
-dirección fija, errante, calenturiento, pensando en lo que no puede ser
-para mí... al menos todavía...</p>
-
-<p>Dió un suspiro, y hasta otra... Dejó á la insignificante confusa y con
-un palmo de morros, procurando desentrañar el significado de aquel <i>al
-menos todavía</i>, frase de risueños horizontes.</p>
-
-<p>Por la noche, antes de comer, Víctor entró muy gozoso y dió un abrazo á
-su suegro, al cual no le hicieron gracia tales confianzas, y estuvo por
-decirle: «¿En qué pícaro bodegón hemos comido juntos?» No tardó el otro
-en explicar los móviles de su enhorabuena. Había estado en el Ministerio
-aquella tarde, y el Jefe del Personal le dijo que Villaamil iba en la
-primera hornada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Otra vez el mismo cuento!&mdash;exclamó don Ramón furioso.&mdash;¿De cuándo acá
-es permitido que te burles de mí?</p>
-
-<p>&mdash;No es burla, hombre&mdash;manifestó doña Pura, alentada por dulces
-esperanzas.&mdash;Cuando él te lo dice es porque lo sabe.</p>
-
-<p>&mdash;Créalo usted ó no lo crea, es verdad.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo lo niego, yo lo niego&mdash;declaró Villaamil, rayando el aire con
-el dedo índice de la mano derecha.&mdash;Y de mí no se ríe nadie, ¿estamos?
-¿Cuándo y por dónde te has ocupado<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228"></a>{228}</span> tú de mí en el Ministerio? Tú vas
-allá por tus asuntos propios, por trabajar tu ascenso, que te darán...
-¡Ah! Yo estoy cierto de que te lo dan... Bueno fuera que no.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo lo digo á usted (con gran energía) que podré haber ido otras
-veces con ese objeto; pero hoy por hoy fuí, y por cierto en compañía de
-dos diputados de muchísima influencia, exclusivamente á interceder por
-usted, á hablarle gordo al Jefe del Personal, después de teclear al
-Ministro. Si no se lo digo á usted porque me lo agradezca; si esto no
-tiene mérito ninguno... Y tan cierto como es luz esa que nos alumbra
-(con solemne acento), lo es que yo dije á los amigos que me apoyan:
-«Señores, antes que mi ascenso, pídase la colocación de mi suegro».
-Repito que no lo digo para que me lo agradezca nadie. Vaya un puñado de
-anís...</p>
-
-<p>Doña Pura estaba radiante, y Villaamil, desconcertado en su pesimismo,
-parecía un combatiente á quien le destruyen de improviso las defensas
-que le amparan, dejándole inerme y desnudo ante las balas enemigas.
-Esforzábase en recobrar su aplomo pesimista... «Historias... Bueno, y
-aunque fuese verdad que Juan, Pedro y Diego me recomendaran, ¿de eso se
-sigue que me coloquen? Déjame en paz, y pide para ti, pues sin abrir la
-boca te lo han de dar, mientras que yo, aunque vuelva loco al género
-humano, nada alcanzaré».<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229"></a>{229}</span></p>
-
-<p>Abelarda, aunque no desplegó los labios, sentía su pecho inundado de
-gratitud hacia Víctor y se congratulaba de amarle, declarándose que
-ninguna duda podía existir de la bondad de sus sentimientos. Imposible
-que aquel acento noble y hermoso no fuera el acento de la verdad.
-Mientras comían, se discutió lo mismo: Villaamil opinando tercamente que
-jamás habría piedad para él en las esferas ministeriales, y la familia
-entera sosteniendo con denuedo lo contrario. Entonces soltó Luisito
-aquella frase que fué célebre en la familia durante una semana y se
-comentó y repitió hasta la saciedad, celebrándola como gracia
-inapreciable, ó como uno de esos rasgos de sabiduría que de la mente
-divina pueden descender á la de los seres cuyo estado de gracia les
-comunica directamente con aquélla. Lo dijo Cadalsito con ingenuidad
-encantadora y cierto aplomo petulante que aumentaba el hechizo de sus
-palabras. «Pero abuelito, parece que eres tonto. ¿Por qué estás pidiendo
-y pidiendo á esos tíos de los Ministerios, que son unos cualisquieras y
-no te hacen caso? Pídeselo á Dios, ve á la iglesia, reza mucho, y verás
-cómo Dios te da el destino».</p>
-
-<p>Todos se echaron á reir; pero en el ánimo de Villaamil hizo efecto muy
-distinto la salida del inspirado niño. Por poco se le saltan al buen
-viejo las lágrimas, y dando un golpe en la mesa con el cabo del tenedor,
-decía: «Ese demonches<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230"></a>{230}</span> de chiquillo sabe más que todos nosotros y que el
-mundo entero».</p>
-
-<h2><a name="XXIV" id="XXIV"></a>XXIV</h2>
-
-<p>Marchóse Víctor, apenas tomado el postre, que era, por más señas, miel
-de la Alcarria, y de sobremesa, doña Pura echó en cara á su marido la
-incredulidad y desabrimiento con que éste había oído lo expresado por el
-yerno.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no ha de ser cierto que se interesa por ti? No debemos
-ponernos siempre en la mala. Es más: Víctor, si no lo ha hecho, estaba
-en la obligación de hacerlo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues es claro...&mdash;observó Abelarda, dispuesta á hacer panegírico
-ardiente de su cuñado, á quien no entendía en la cuestión de amores,
-pero cuya cacareada maldad estimaba calumniosa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero vosotras&mdash;dijo Villaamil sulfurándose&mdash;sois tan cándidas que
-creéis lo que dice ese embustero trapalón?... Apuesto lo que queráis á
-que, en vez de recomendarme, lo que ha hecho es llevarle al Jefe del
-Personal algún cuento para que se le quiten las pocas ganas que tiene de
-servirme...</p>
-
-<p>&mdash;¡Jesús, Ramón!</p>
-
-<p>&mdash;¡Papá, por Dios!... también usted tiene unas cosas...<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231"></a>{231}</span></p>
-
-<p>&mdash;Parece mentira que en tantos años no hayáis aprendido á conocer á ese
-hombre (exaltándose), el más malo y más traicionero que hay bajo la capa
-del sol. Para hacerle más temible, Dios, que ha hecho tan hermosos á
-algunos animales dañinos, le dió á éste el mirar dulce, el sonreir
-tierno y aquella parla con que engaña á los que no le conocen, para
-atontarles, fascinarles y comérseles después... Es el monstruo más...</p>
-
-<p>Detúvose Villaamil al reparar que estaba presente Luisito, quien no
-debía oir semejante apología. Al fin era su padre. Y por cierto que el
-pobre niño clavaba en el abuelo sus ojos con expresión de terror.
-Abelarda, como si le arrancaran el corazón á tenazazos, sentía impulsos
-de echarse á llorar, seguidos de un brutal anhelo de contradecir á su
-padre, de taparle la boca, de disparar algún denuesto contra su cabeza
-venerable. Levantóse y se fué á su cuarto, aparentando que entraba á
-buscar algo, y desde allí oyó aún el murmullo de la conversación... Doña
-Pura denegaba tímidamente lo dicho por su esposo, y éste, después que se
-retiró Luisito, llamado por Milagros para lavarle en la cocina boca y
-manos, reiteró su bárbaro, implacable y sangriento anatema contra
-Víctor, añadiendo que con él no iba ni á recoger monedas de cinco duros.
-Era tan hondo el acento del buen Villaamil, y tan lleno de sinceridad y
-convicción, que Abelarda creyó volverse loca en aquel mismo<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232"></a>{232}</span> instante,
-soñando como único alivio á su desatada pena salir de la casa, correr
-hacia el Viaducto de la calle de Segovia y tirarse por él. Figurábase el
-momento breve de desplomarse al abismo, con las enaguas sobre la cabeza,
-la frente disparada hacia los adoquines. ¡Qué gusto! Después la
-sensación de convertirse en tortilla, y nada más. Se acabaron todas las
-fatigas.</p>
-
-<p>Á poco de esto, empezó á llegar la escogida sociedad que frecuentaba en
-determinadas noches aquella elegante mansión. Milagros, terminada su
-faena en la cocina, preparó la luz de petróleo para iluminar la sala. Se
-arregló, dejando en la cocina á la vieja que iba á fregar, pues la
-<i>pudorosa Ofelia</i>, si se adaptaba con gusto a todos los ramos de la
-culinaria, no entraba con aquel rudo trajín del fregado, y á poco
-penetró en <i>sus salones</i> tan bien apañadita que daba gusto verla.
-Abelarda tardó más en presentarse, y apareció al fin con tan fuerte mano
-de polvos en la cara, que parecía una molinera. Y aun no bastaba tanto
-afeite á disimular el tono cadavérico de su faz ni el cerco violado de
-sus ojos. Virginia Pantoja, su madre y otras señoras la observaron y
-callaban, guardando sus comentarios para postdata de la tertulia.
-Ninguna de las amigas dejó de decir para sí: «¡Ajadilla está!» Fue
-también aquella noche Salvador Guillén, el cual presentó á su compañero
-de oficina, el elegante Espinosa. Villaamil, desde que empezaba<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233"></a>{233}</span> á
-entrar gente, se iba á la calle, renegando de la tal tertulia, y se
-pasaba en el café un par de horitas oyendo hablar de crisis ó probando,
-como dos y tres son cinco, que debía haberla. Solía Pantoja acompañarle,
-volviendo después con él para recoger á la familia, y por el camino
-seguían glosando el tema eterno, sin agotarlo nunca ni encontrar jamás
-la última variación. Conocedor sagaz de la vida burocrática y de las
-misteriosas energías psicológicas que determinan la elevación y caída de
-funcionarios, Pantoja trazaba á su amigo un nuevo plan de campaña.
-Primero, sin perjuicio de buscarse entre la gente política de influencia
-algún padrinazgo de empuje, convenía no dejar vivir al Ministro, ni al
-Jefe del Personal; convertirse en su sombra, espiarles las entradas y
-salidas, acometerles cuando más descuidados estuvieran, ponerles en el
-terrible dilema de <i>la credencial</i> ó <i>la vida</i>, imponerse por el terror.
-De esta manera se sacaba siempre tajada, pues al fin, Ministros,
-Subsecretarios y Jefes del Personal eran hombres, y para poder respirar
-y vivir daban al moscón lo que pedía, por quitárselo de encima de su
-alma y perderlo de vista. Reconociendo el profundo sentido humano y
-político de estos consejos, Villaamil deploraba sinceramente haber
-llegado al extremo de ser él lo que tantas veces había censurado en
-otros; acosador importuno y pordiosero inaguantable.<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234"></a>{234}</span></p>
-
-<p>Víctor no solía concurrir a las tertulias; pero aquella noche entró más
-temprano que de costumbre y pasó á la sala, produciendo la admiración de
-Virginia Pantoja y de las chicas de Cuevas. ¡Era tan superior por todos
-conceptos á los tipos que allí se veían! Guillén le tenía ojeriza, y
-como Víctor le pagaba en la misma moneda, se tirotearon con frases de
-doble sentido, haciendo reir á la concurrencia.</p>
-
-<p>Al día siguiente, antes de almorzar, hallándose en el comedor Víctor, su
-suegra, Abelarda y Luisito, que acababa de llegar de la escuela, dijo
-Cadalso á doña Pura:</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero cómo reciben ustedes en su casa á ese cojo inmundo? ¿No
-comprenden que viene por divertirse observando y contar luego en la
-oficina lo que ve?</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero acaso tenemos monos pintados en la cara&mdash;dijo Pura con
-desenfado,&mdash;para que ese cojitranco venga aquí nada más que á reirse?</p>
-
-<p>&mdash;Es un sapo venenoso que en cuanto ve algo que no es sucio como él, se
-irrita y suelta toda la baba. Cuando papá va á la oficina de Pantoja,
-¿en qué creen ustedes que se ocupa Guillén? En hacerle la caricatura.
-Tiene ya una colección que anda de mano en mano entre aquellos gandules.
-Ayer, sin ir más lejos, vi una con un letrero al pie que dice: <i>El señor
-de Miau, meditando su plan de Hacienda</i>. Había ido corriendo de oficina
-en oficina, hasta que Urbanito Cucúrbitas<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235"></a>{235}</span> la llevó al Personal, donde
-el majadero de Espinosa, hermano de ese cursilón que estuvo aquí anoche,
-la pegó en la pared con cuatro obleas para que sirviera de chacota á
-todo el que entraba. Cuando vi aquello me sulfuré, y por poco se arma
-allí la de San Quintín.</p>
-
-<p>Doña Pura se indignó tanto, que el coraje le cortaba la respiración y la
-palabra.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo le diré á ese galápago que no vuelva á poner los pies en mi
-casa... ¿Y cómo dices que llaman á mi marido? ¿Habrá desvergüenza?...</p>
-
-<p>&mdash;Es que le quieren aplicar ahora el mote que le pusieron á la familia
-en el Real&mdash;dijo Víctor dulcificando su crueldad con una sonrisa;&mdash;mote
-que no tiene maldita gracia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Á nosotras, á nosotras!&mdash;exclamaron á un tiempo, rojas de ira, las
-dos hermanas.</p>
-
-<p>&mdash;Tomémoslo á risa, pues no merece otra cosa. Es público y notorio que
-cuando toman ustedes posesión de su sitio en el Paraíso, todo el mundo
-dice: «Ya están ahí las <i>Miaus</i>...» ¡qué tontería!</p>
-
-<p>&mdash;¡Y el muy mamarracho se ríe de la gracia!&mdash;exclamó doña Pura cogiendo
-lo primero que encontró á mano, que fué un pan, y apuntando con él á la
-cabeza de su yerno.</p>
-
-<p>&mdash;No, no la emprenda usted conmigo, señora, que no soy yo autor del
-apodo... Pues si yo las acompañara á ustedes alguna vez y un cursi de
-aquéllos se atreviera á mayar delante de mí, de<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236"></a>{236}</span> la primera boletada
-todas sus muelas salían á tomar el aire.</p>
-
-<p>&mdash;No estás tú mal fantasmón (devorando su ira). Pico, y nada más que
-pico. ¡Si no tuviéramos nosotras más defensa que tú!...</p>
-
-<p>La ira de las dos hermanas era nada en comparación de la que agitaba el
-ánimo de Luisito Cadalso, al oir que el cojo Guillén motejaba á su
-abuelo y le ponía en solfa; y para sí decía: «De todo esto tiene la
-culpa <i>Posturitas</i>, y le he de dar pa el pelo, porque la ordinariota de
-su mamá, que es hermana de Guillén, fué la que puso el mote, ¡contro!, y
-luego se lo dijo al cojo, que es un sapo venenoso, y el muy canalla se
-lo ha dicho á los de la oficina».</p>
-
-<p>Tan rabioso se puso, que al ir á la escuela cerraba los puños y apretaba
-los dientes. De seguro que si encuentra á <i>Posturitas</i> en la calle la
-emprende con él dándole una morrada buena en <i>mitá la cara</i>. Tocóle
-después estar á su lado en la clase y le pegó con el codo, diciéndole:
-«No <i>quio na</i> contigo, sinvergüenza. Tú no eres caballero, ni tu familia
-tampoco son caballeros». El otro no le contestó, y dejando caer la
-cabeza sobre el brazo, cerró los ojos como vencido de un profundo sueño.
-Hubo de notar entonces Cadalso que su amigo tenía la cara muy encendida,
-los párpados hinchados, la boca abierta, respirando por ella, y á ratos
-soplando fuertemente por la nariz, como si quisiera desobstruirla.<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237"></a>{237}</span>
-Nuevos y más fuertes codazos de Luisito no le hicieron salir de aquel
-pesado sopor. «¿Qué tienes, recontro?... ¿estás malo?» La cara de
-<i>Posturitas</i> echaba fuego. El maestro llegó por allí, y viéndole en tal
-estado y que no había medio de enderezarle, le observó, le pulsó, le
-puso la mano en la cara. «Chiquillo, tú estás malo; vete corriendo á tu
-casa y que te acuesten y te abriguen bien para que sudes». Levantóse
-entonces el rapaz tambaleándose, y con cara y gesto de malísimo humor,
-atravesó la sala de la escuela. Algunos compañeros le miraron con
-envidia porque se iba á su casa antes que los demás. Otros, Cadalsito
-entre ellos, creían que la enfermedad era farsa, pura comedia para irse
-de pingo y estarse brincando toda la tarde en el Retiro con los peores
-gateras de Madrid. Porque era muy pillo, muy embustero, y en poniéndose
-á inventar y á hacer pamemas, no había quien le ganara.</p>
-
-<p>Al día siguiente, Murillito trajo la noticia de que Paco Ramos estaba
-enfermo de tabardillo, y que le había entrado tan fuerte, pero tan
-fuerte, que si no bajaba la calentura aquella noche, se moriría. Hubo
-discusión á la salida sobre ir ó no á verle. «Que eso se pega,
-<i>hombre</i>».&mdash;«Que no se pega... ¡bah, tú!»&mdash;«Morral».&mdash;«Morral él». Por
-fin, Murillito, otro que llamaban Pando y Cadalso con ellos, fueron á
-verle. Era á dos pasos de la escuela, en la casa que tiene farol y<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238"></a>{238}</span>
-muestra de prestamista. Subieron los tres muy ternes, discutiendo
-todavía si se pegaba ó no se pegaba la <i>tifusidea</i>, y Murillito, el más
-farfantón de la partida, les animaba escupiendo por el colmillo. «No
-seáis gallinas. ¡Si creeréis que por entrar vus vais á morir!...»
-Llamaron, y les abrió una mujer, quien al ver la talla y fuste de los
-visitantes, no les hizo maldito caso y les dejó plantados, sin dignarse
-responder á la pregunta que hizo Murillito. Otra mujer pasó por el
-recibimiento y dijo: «¿Qué buscan aquí estos monos? ¡Ah! ¿Venís á saber
-de Paquito? Más animado está esta tarde...» «Que pasen, que pasen&mdash;gritó
-dentro otra voz femenil,&mdash;á ver si mi niño les conoce». Vieron, al
-entrar, el despacho de los préstamos, donde estaba un señor de gorro y
-espejuelos que <i>parecía un ministro</i> (según pensó Cadalso), y
-atravesaron luego un cuarto grande donde había ropa, golfos de ropa, la
-mar de ropa, y por fin, en una habitación toda llena de capas dobladas,
-cada una con su cartón numerado, yacía el enfermo y á su lado dos
-enfermeras, la una sentada en el suelo, la otra junto al lecho.
-<i>Posturitas</i> había delirado atrozmente toda la noche y parte de la
-mañana. En aquel momento estaba más tranquilo, sin que el recargo se
-iniciara aún. «Rico&mdash;le dijo la mujer ó señora instalada á la cabecera,
-y que debía de ser la mamá,&mdash;aquí están tus amiguitos, que vienen á
-preguntar por ti. ¿Quieres verles?» El<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239"></a>{239}</span> pobre niño exhaló una queja,
-como si quisiera romper á llorar, lenguaje con que indican las criaturas
-enfermas lo que les desagrada y molesta, que suele ser todo lo
-imaginable. «Mírales, mírales. Te quieren mucho». Paquito dió una vuelta
-en la cama, é incorporándose sobre un codo, echó á sus amigos una mirada
-atónita y vidriosa. Tenía los ojos, aunque inflamados, mortecinos, los
-labios tan cárdenos que parecían negros, y en los pómulos manchas de
-color de vino. Cadalso sentía lástima y también terror instintivo que le
-mantuvo desviado de la cama. La mirada fija y sin luz de su compañero de
-escuela le hacía temblar. Paco Ramos sin duda no conoció de los tres más
-que á Luisito, porque sólo dijo <i>Miau, Miau</i>, después de lo cual su
-cabeza se derrumbó sobre la almohada. La madre hizo una seña á los
-chicos para que despejaran, y ellos obedecieron como unos santos. En la
-habitación próxima tropezaron con dos hermanillos de <i>Posturitas</i>, más
-chicos que él, carisucios y culirrotos, los zapatos agujereados y los
-mandiles hechos una sentina. El uno arrastraba un muñeco de trapo
-amarrado por el pescuezo, y el otro un caballo sin patas, gritando como
-un desesperado <i>¡arre!</i> Al ver gente menuda, se fueron detrás, deseando
-hacer migas con ella; pero Murillo, echándoselas de persona, les
-reprendió por la bulla que armaban, estando el hermanito malo. Ellos se
-miraron estupefactos. No comprendían<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240"></a>{240}</span> jota. El más pequeño sacó del
-bolsillo del delantal un pedazo de pan ya muy lamido, todo lleno de
-babas, y le metió el diente con fe. Al pasar por la sala, el señor aquel
-que parecía un ministro estaba examinando dos mantones de Manila que lo
-presentaba una mujer. Los tres amigos lo saludaron con exquisita
-cortesía, pero él no les contestó.</p>
-
-<h2><a name="XXV" id="XXV"></a>XXV</h2>
-
-<p>Muy pensativo se fué Cadalsito á su casa aquella tarde. El sentimiento
-de piedad hacia su compañero no era tan vivo como debiera, porque el
-mameluco de Ramos le había insultado, arrojándole á la cara el infamante
-apodo, delante de gente. La infancia es implacable en sus
-resentimientos, y la amistad no tiene raíces en ella. Con todo, y aunque
-no perdonaba á su mal educado compañero, pensó pedir por él en esta
-forma: «Ponga usted bueno á <i>Posturitas</i>. Á bien que poco le cuesta. Con
-decir <i>levántate, Posturas</i>, ya está». Acordándose después de que la
-mamá de su amigo, aquella misma señora que estaba junto al lecho tan
-afligida, era la inventora del ridículo bromazo, renovóse en él la
-inquina que le tenía. «Pero no es <i>señora</i>&mdash;pensó.&mdash;No es más que
-<i>mujer</i>, y ahora Dios la castiga de firme por poner motes».<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241"></a>{241}</span></p>
-
-<p>Aquella noche estuvo muy intranquilo; dormía mal, se despertaba á cada
-instante, y su cerebro luchaba angustiosamente con un fenómeno muy
-singular. Habíase acostado con el deseo de ver á su benévolo amigo el de
-la barba blanca; los síntomas precursores se habían presentado, pero la
-aparición no. Lo doloroso para Cadalsito era que soñaba que la veía, lo
-que no era lo mismo que verla. Al menos no estaba satisfecho, y su mente
-forcejeaba en un razonar penoso y absurdo, diciendo: «No es éste, no es
-éste... porque yo no le veo, sino sueño que le veo, y no me habla, sino
-sueño que me habla». De aquella febril cavilación pasaba á estotra: «Y
-no podrá decir ya que no estudio, porque hoy sí que me supe la lección,
-¡contro! El maestro me dijo: «Bien, bien, Cadalso». Y la clase toda
-estaba turulata. Largué de corrido lo del adverbio, y no me comí más que
-una palabra. Y cuando dije lo de que caía el maná en el desierto,
-también <i>me lo supe</i>, y sólo me trabuqué después en aquello de los
-Mandamientos, por decir que los trajo encima de un tablero, en vez de
-una tabla». Luis exageraba el éxito de su lección de aquel día. La dijo
-mejor que otras veces, pero no había motivo fundado para tanto bombo.</p>
-
-<p>Mala noche fué aquélla para los dos habitantes del estrecho cuarto, pues
-Abelarda no hacía más que dar vueltas en su catre, rebelde al sueño,<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242"></a>{242}</span>
-conciliándolo breves minutos, sintiéndose acometida por bruscos
-estremecimientos, que la hacían pronunciar algunas palabras, de cuyo
-sonido se asombraba ella propia. Una vez dijo: «Huiré con él». Y al
-punto le respondió un acento suspirón: «Con el que tenía los anillos de
-puros». Al oir esto, dió un salto aterrada. ¿Quién le respondía? Todo
-era silencio en la alcoba; pero al poco rato la voz volvió á sonar,
-diciendo: «Le castiga usted por malo, por poner motes». Al fin, la mente
-de Abelarda se esclarecía, pudiendo apreciar la realidad y reconocer la
-vocecilla de su sobrino. Volvióse del otro lado y se durmió. Luis
-murmuraba gimiendo, como si quisiera llorar y no pudiese. «Que sí me
-supe la lección... que sí». Y al cabo de un rato: «No me mojes el sello
-con tu boca negra... ¿Ves? Eso te pasa por malo. Tu mamá no es señora,
-sino mujer...» Á lo que contestó Abelarda: «Esa elegantona que te
-escribe cartas no es dama, sino una tía <i>feróstica</i>... Tonto, y me
-desprecias á mí por ella, á mí, que me dejaría matar por...! Mamá, mamá,
-yo quiero ser monja». «No...&mdash;decía Luis,&mdash;ya sé que no le dió usted al
-Sr. de Moisés los Mandamientos en un tablero, sino en una tabla...
-Bueno, en dos tablas... <i>Posturas</i> se va á morir. Su padre le envolverá
-en aquel mantón de Manila... Usted no es Dios, porque no tiene
-ángeles... ¿En dónde están los ángeles?»</p>
-
-<p>Y Abelarda: «Ya pesqué la llave de la puerta.<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243"></a>{243}</span> Quiero escapar. ¡Con el
-frío que hace, esperándome en la calle!... ¡Vaya un llover!»</p>
-
-<p>Luis: «Es un ratón lo que <i>Posturas</i> echa por la boca, un ratón negro y
-con el rabo mu largo. Me escondo debajo de la mesa. ¡Papá!»</p>
-
-<p>Abelarda en voz alta: «Qué... ¿qué es eso, Luis? ¿qué tienes?
-Pobrecito... esas pesadillas que le dan. Despierta, hijo, que estás
-diciendo disparates. ¿Por qué llamas á tu papá?»</p>
-
-<p>Despierto también Luis, aunque no con el sentido muy claro: «Tiíta, no
-duermo. Es que... un ratón. Pero mi papá lo ha cogido. ¿No ves á mi
-papá?</p>
-
-<p>&mdash;Tu papá no está aquí, tontín; duérmete.</p>
-
-<p>&mdash;Sí que está... Mírale, mírale... Estoy despierto, tiíta. ¿Y tú?</p>
-
-<p>&mdash;Despéjate, hijo... ¿Quieres que encienda luz?</p>
-
-<p>&mdash;No... Tengo sueño. Es que todo es muy grande, todas las cosas grandes,
-y mi papá estaba acostado contigo, y cuando yo le llamé vino á cogerme.</p>
-
-<p>&mdash;Prenda, acuéstate de ladito y no tendrás malos sueños. ¿De qué lado
-estás acostado?</p>
-
-<p>&mdash;Del lado de la mano izquierda... ¿Por qué es todo grandísimo, del
-tamaño de las cosas mayores?</p>
-
-<p>&mdash;Acuéstate del lado derecho, alma mía.</p>
-
-<p>&mdash;Estoy del lado de la mano izquierda y del pie derecho... ¿Ves? éste es
-el pie derecho, ¡tan<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244"></a>{244}</span> grande! Por eso la mamá de Posturas no es señora.
-Tiíta...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;¿Estás dormida?... Yo me duermo ahora. ¿Verdad que no se muere
-<i>Posturas</i>?</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué se ha de morir, hombre! No pienses en eso.</p>
-
-<p>&mdash;Díme otra cosa. ¿Y mi papá se va á casar contigo?</p>
-
-<p>En la excitación cerebral que producen la obscuridad y el insomnio,
-Abelarda no pudo responder lo que habría respondido á la luz del día con
-la cabeza serena; por cuya razón se dejó decir: «No sé todavía...
-verdaderamente no sé nada... Puede...»</p>
-
-<p>Poco después murmuró Luis «bueno» en tono de conformidad, y se quedó
-dormido. Abelarda no pegó los ojos en el resto de la noche, y al día
-siguiente se levantó muy temprano, la cabeza pesadísima, los párpados
-encendidos y el humor destemplado, deseando hacer algo extraordinario y
-nuevo, reñir con alguien, así fuese el mismísimo cura cuya misa pensaba
-oir pronto, ó el monago que había de ayudarla. Se fué á la iglesia, y en
-ella tuvo muy malos pensamientos, tales como escabullirse de la casa sin
-saber para qué, casarse con Ponce y pegársela después, meterse monja y
-amotinar el convento, hacerle una declaración burlesca de amor al cojo
-Guillén, empezar la representación de la comedia y<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245"></a>{245}</span> retirarse á la
-mitad, dejándoles á todos plantados; envenenar á Federico Ruiz, tirarse
-del paraíso del Real á las butacas en lo mejor de la ópera... y otros
-disparates por el estilo. Pero la permanencia en el templo, silencioso y
-plácido, las tres misas que oyó, sosegaron poco á poco sus nervios,
-estableciendo en su cerebro la normalidad de las ideas. Al salir se
-asustaba y aun se reía de aquellas extravagancias sin sentido. Pasara lo
-de tirarse del paraíso á las butacas en un momento de desesperación;
-pero envenenar al pobre Federico Ruiz, ¿á qué santo?</p>
-
-<p>Al llegar á su casa, lo primero que hizo, según costumbre, fué enterarse
-de si Víctor había salido ó no. Resultó que sí, y doña Pura dijo con
-alegría no disimulada que su yerno almorzaba fuera. Los recursos se le
-habían ido agotando á la señora con la rapidez solutiva de esa sal
-puesta en agua que se llama dinero. ¡Cosa más rara! Lo mismo era cambiar
-un duro que desleírsele pieza á pieza. Y ya veía próximo el aterrador
-lindero que separa la escasez de la carencia absoluta. Detrás de aquel
-lindero se alzaban los espectros familiares mirando á doña Pura y
-haciéndole muecas. Eran sus terribles compañeros de toda la vida, el
-deber, el pedir y el empeñar, resueltos á acompañarla hasta la tumba. Ya
-estaba la señora tirando sus líneas á ver si Víctor le daba medios de
-zafarse de aquellos socios insufribles. Pero Víctor, á las primeras
-indirectas, se había<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246"></a>{246}</span> hecho el mal entendedor, señal de que no encerraba
-ya su cartera los tesoros de mejores días. Además, pudo observar doña
-Pura que por dos ó tres veces habían venido á cobrarle á su yerno
-cuentas de zapateros ó sastres, y que Víctor no había pagado, diciendo
-que volvieran ó que él pasaría por allá. Este olor á chamusquina puso á
-la señora sobre ascuas.</p>
-
-<p>Fueron aquella tarde doña Pura y su hermana á visitar unas amigas.
-Milagros encargó á Abelarda que diese una vuelta por la cocina; pero la
-exaltada joven, al quedarse sola, pues Villaamil había ido al Ministerio
-y Luis á la escuela, echó al olvido cacerolas y sartenes, y metióse en
-el cuarto de Víctor, con el fin de revolver, de escudriñar, de ponerse
-en íntimo contacto con su ropa y los objetos de su uso. Sentía la
-insignificante, en esta inspección vedada, los estímulos de la
-curiosidad mezclados con un goce espiritual de los más profundos. El
-examen de la indumentaria, la exploración de todos los bolsillos, aunque
-en ellos no encontrara cosa de verdadero interés, era un gusto que no
-cambiaría ella por otros más positivos é indiscutibles. Porque
-manoseando las camisas se suponía por momentos en una intimidad á la
-cual su viva imaginación daba apariencias reales. Soñaba actos de los
-más nobles, como el cuidar la ropa de su hombre, fuera marido ó no,
-deseando algo que arreglar en ella, botón suelto ó forro descosido;<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247"></a>{247}</span> y
-en tanto reconocía en el olor la persona, por más señas limpia y
-elegante, gozando en olfatearla á menor distancia que en familia y ante
-el mundo. Las pocas veces que Abelarda podía darse estos atracones de
-idealidad y sensaciones rebuscadas, sus registros de bolsillos no
-arrojaban ninguna luz sobre el misterio que á su parecer envolvía la
-existencia de Cadalso. Á veces, encontraba en el bolsillo del pantalón
-perros grandes ó chicos, billetes de tranvía y butacas de teatro; en los
-de la americana ó levita, alguna nota del Ministerio, alguna carta
-indiferente. Al concluir, cuidaba de volver todo á su sitio para que no
-fuera notado el escrutinio, y se sentaba sobre el baúl á meditar. No
-había sido posible poner en el cuarto de Víctor cómoda ni armario
-ropero, de modo que tenía su equipo en la misma maleta de viaje, como si
-estuviera por pocos días en una fonda. Lo que desesperaba á la
-insignificante, era encontrar el baúl siempre cerrado. Allí sí que
-habría querido ella meter manos y ojos. ¡Qué de secretos guardaría
-aquella cavidad misteriosa! Varias veces había probado á abrirla con
-llaves diferentes, pero en vano.</p>
-
-<p>Pues señor, aquel día, al sentarse en el baúl, ¡tlin!, un rumorcillo
-metálico. Miró, y... ¡las llaves estaban puestas! Víctor se había
-olvidado de quitarlas, faltando á sus hábitos cautelosos y previsores.
-Ver las llaves, abrir y levantar la tapa casi fueron actos simultáneos.
-Gran desorden<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248"></a>{248}</span> en la parte superior del contenido. Había allí un
-sombrero chafado, de los que llaman <i>livianillos</i>, cuellos y puños
-sueltos, cigarros, una caja de papel y sobres, ropa blanca y de punto,
-periódicos doblados, corbatas ajadas y otras nuevecitas. Abelarda
-observó todo un buen rato sin tocar, enterándose bien, como es uso de
-curiosos y ladrones, de la colocación de los objetos para volver á
-ponerlos lo mismo. Luego deslizó la mano por un lado, explorando la
-segunda capa. No sabía por dónde empezar. Al propio tiempo, la
-presunción de que Víctor andaba en líos con alguna señora de mucho
-lustre y empinadísimo copete, se imponía y destacaba sobre las ideas
-restantes. Pronto se descubriría todo; allí se encontraban de fijo las
-pruebas irrecusables. De tal modo dominaba este prejuicio la mente de
-Abelarda, que antes de descubrir el cuerpo del delito ya creía
-olfatearlo, porque el olfato era quizás su sentido más despierto en
-aquellas pesquisas. «¡Ah! ¿no lo dije? ¿Qué es esto? Un ramito de
-violetas». En efecto, al levantar con cuidado una pieza de ropa,
-encontró el ramo ajado y oloroso. Siguió explorando. Su instinto, su
-intuición ó corazonada, que tenía la fuerza de una luz precursora ó de
-indicador misterioso, la guiaba por aquellas revueltas honduras. Sacó
-varias cosas cuidadosamente, las puso en el suelo, y adelante; busca de
-aquí, busca de allí, su mano convulsa dió con un paquete de cartas. ¡Ah!
-por fin<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249"></a>{249}</span> había parecido la clave del secreto. ¡Si no podía ser de otro
-modo! Cogió el paquete, y al sentirlo entre sus dedos infundióle terror
-su propio hallazgo.</p>
-
-<p>Sin quitar la goma leyó algo ya, pues las cartas no tenían envoltura que
-las cubriese. Lo primero que se echó á la cara fué una coronita
-estampada en el membrete de la carta superior; y como no era fuerte en
-heráldica, no supo si la corona era de marquesa ó de condesa... Pensó
-entonces la insignificante en su mucho acierto y sagacidad. No, no podía
-ella equivocarse al suponer que la misteriosa persona con quien <i>él</i>
-estaba en relaciones era de alta categoría. Había nacido Víctor para las
-esferas superiores de la vida, como el águila para remontarse á las
-alturas. Pensar que hombre de tales condiciones descendiese á las
-esferas de cursilería y pobreza en que ella vivía... ¡absurdo! y
-raciocinando así, persuadíase también de que lo incomprensible y
-tenebroso de la conducta y del lenguaje de Víctor no era falta de él,
-sino de ella, por no alcanzar con sus cortas luces y su apreciación
-vulgar de la vida á la superioridad de semejante hombre.</p>
-
-<p>Á leer tocan. No sabía la joven por dónde empezar. Hubiera querido
-echarse al coleto en un santiamén todas las cartas de cruz á fecha. El
-tiempo apremiaba; su madre y su tía no tardarían en entrar. Leyó
-rápidamente una, y cada<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250"></a>{250}</span> frase fué una cuchillada para la lectora. Allí
-se trataba de negativa de rompimiento, se daban descargos como
-respondiendo á una acusación celosa: allí se prodigaban los términos
-azucarados que Abelarda no había leído nunca más que en las novelas;
-allí todo era finezas y protestas de amor eterno, planes de ventura,
-anuncios de entrevistas venideras, y recuerdos dulces de las pasadas,
-refinamientos de precaución para evitar sospechas, y al fin derrames de
-ternezas en forma más ó menos velada. Pero el nombre, el nombre de la
-sinvergüenzona aquélla, por más que la lectora lo buscaba con ansia, no
-parecía en ninguna parte. La firma no rompía el anónimo; á veces una
-expresión convencional, <i>tu chacha, tu nenita</i>; á veces un simple
-garabato... Pero lo que es nombre, ni rastros de él. Leyendo todo, todo
-cuidadosamente, se habría podido sacar en limpio, por referencias, quién
-era la <i>chacha</i>; pero Abelarda no podía detenerse; ya era tarde,
-llamaban á la puerta... Había que colocar todo en su sitio de modo que
-no se conociese la mano revoltijera. Hízolo rápidamente, y fué á abrir.
-Ya no se borró más de su mente, en aquel día ni en los que le siguieron,
-la fingida imagen de la odiada señora. ¿Quién sería? La insignificante
-se la figuraba hermosota, muy <i>chic</i>, mujer caprichosa y desenfadada,
-como á su parecer lo eran todas las de las altas clases. «¡Qué guapa
-debe de ser!... ¡qué perfumes<span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251"></a>{251}</span> tan finos usará!&mdash;se decía á todas horas
-con palabras de fuego que del cerebro le salían para estampársele en el
-corazón.&mdash;¡Y cuántos vestidos tendrá, cuántos sombreros, cuántos
-coches!...»</p>
-
-<h2><a name="XXVI" id="XXVI"></a>XXVI</h2>
-
-<p>Allá va otra vez el amigo D. Ramón á la oficina de Pantoja. Él no quiere
-hablar de su pleito, de su cuita inmensa y desgarradora, pero sin
-quererlo habla; y cuanto dice va á parar insensiblemente al eterno tema.
-Le pasa lo que á los amantes muy exaltados, que cuanto hablan ó escriben
-se convierte en substancia de amor. Aquel día encontró en la oficina de
-su amigo á cierto sujeto que discutía ardorosamente. Era un señor de
-provincia, uno de aquellos enemigos de la Administración á quienes <i>el
-honrado</i> designaba con el desdeñoso nombre de <i>particulares</i>;
-comerciante de vinos al por mayor, con establecimiento abierto, y la
-Hacienda le había cogido por banda, haciéndole pagar contribución por
-dos conceptos. Protestó él alegando que renunciaba á detallar,
-quedándose sólo con el almacén. El asunto pasó á informe de Pantoja.
-Quejábase el <i>particular</i> de que se le hiciera pagar por dos conceptos,
-y va Pantoja ¿y qué hace? Pues informar que pagara por tres. De<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252"></a>{252}</span> suerte
-que mi hombre, hecho un basilisco, dijo allí tales picardías de la
-Administración, que por poco le echan á la calle. Villaamil comprendía
-que tenía razón. Nunca había sido él verdugo del <i>particular</i>, como su
-amigo Pantoja; pero no se atrevió á intervenir por no malquistarse con
-<i>el honrado</i>. Su flaqueza le llevó hasta apoyar la providencia del
-Dracón administrativo, diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;Claro, por tres conceptos: por el de detallista, por el de almacenista
-y por el de fabricante de vinos.</p>
-
-<p>En fin, que el desgraciado <i>particular</i> se largó trinando como ruiseñor
-en la época del celo, y cuando se quedaron solos Villaamil y Pantoja, al
-primero le faltó tiempo para decir:</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha vuelto Víctor por aquí? ¿Cómo va su expediente?</p>
-
-<p>Pantoja tardó en responder; tenía la boca lo mismo que si se la hubieran
-cosido. Se ocupaba en abrir pliegos, dentro de los cuales, al ser
-abiertos, sonaba la arenilla pegada á la tinta seca, y <i>el honrado</i>
-cuidaba de que los tales polvos no se cayeran ¡lástima de desperdicio! y
-prolijamente los vertía en la salbadera. Era en él costumbre antigua
-este aprovechamiento de los polvos empleados ya en otra oficina, y lo
-hacía con nimio celo, cual si mirase por los intereses de su ama, la
-señora Hacienda.</p>
-
-<p>&mdash;Créeme á mí&mdash;replicó al fin, dando permiso<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253"></a>{253}</span> á la boca y poniendo la
-mano por pantalla á fin de que sus oficiales no oyeran.&mdash;No le harán
-nada á tu yerno. El expediente es música. Créeme á mí que conozco el
-paño.</p>
-
-<p>&mdash;Ventura, las influencias lo pueden todo&mdash;observó Villaamil con inmensa
-pena;&mdash;absolver á los delincuentes, y aun premiarlos, mientras los
-leales perecen.</p>
-
-<p>&mdash;Y las influencias que vuelven el mundo patas arriba y hacen escarnio
-de la justicia, no son las políticas... quiero decir que estas
-influencias no revuelven el cotarro tanto como otras.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuáles?&mdash;preguntó Villaamil.</p>
-
-<p>&mdash;Las faldas&mdash;replicó Pantoja tan á media voz, que Villaamil no lo oyó,
-y tuvo que hacerse repetir el concepto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!... Noticia fresca... Pero dime. ¿Crees tú que Víctor, por ese
-lado...?</p>
-
-<p>&mdash;Me ha dado en la nariz (con malicia, llevándose el dedo á la punta de
-aquella facción). No aseguro nada; es que yo, con mi experiencia de esta
-casa, lo huelo, lo huelo, Ramón... no sé... puede que me equivoque. Al
-tiempo. Anoche en el café, Ildefonso Cabrera, el cuñado de tu yerno,
-contó de éste ciertos lances...</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios, qué cosas ve uno!&mdash;dijo Villaamil llevándose las manos á la
-cabeza. Y en medio de su catoniana indignación, pensando en aquella
-ignominia de las faldas corruptoras, se preguntaba por qué no habría
-también faldas benéficas<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254"></a>{254}</span> que, favoreciendo á los buenos, como él,
-sirvieran á la Administración y al país.</p>
-
-<p>&mdash;Eso tuno sabe por dónde anda. Acuérdate de lo que te digo: le echarán
-tierra al expediente...</p>
-
-<p>&mdash;Y venga el ascenso... y ole morena.</p>
-
-<p>Sonó el timbre, y Pantoja fué al despacho del Director, que le llamaba.
-En cuanto salió, los subalternos la emprendieron con el cesante.</p>
-
-<p>&mdash;Amigo Villaamil, ni usted ni yo echaremos buen pelo hasta que no suban
-los nuestros; y los nuestros son los del petróleo.</p>
-
-<p>&mdash;Así subieran mañana&mdash;dijo D. Ramón agitando las quijadas y poniendo en
-sus ojos toda la ferocidad de su expresión carnívora.</p>
-
-<p>&mdash;No lo diga usted de broma, que esto está muy malo. Hay crisis.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué broma? ¡Sí, para bromitas está el tiempo! Así saltara esta noche
-el cantón de Madrid y la <i>Commune</i> inclusive, y tocaran á pegar fuego...
-Les digo á ustedes que el amigo Job era un niño mimado y se quejaba de
-vicio... Que venga el santo petróleo, que venga. Más de lo que nos han
-quitado no nos han de quitar... Peor que esta gente no lo han de hacer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted la que corre hoy? Que van á ceder las Islas Baleares á
-Alemania... Y que quieren arrendar las Aduanas á no sé qué empresa
-belga, recibiendo el primer plazo en unos puentes viejos para
-ferrocarriles.<span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255"></a>{255}</span></p>
-
-<p>&mdash;Como si lo viera, hombre, como si lo viera... Todo lo que sea un
-disparate tiene aquí su fundamento. Francamente, el D. Antonio tendrá
-mucho pesquis, pero no se le conoce... Digo, cualquiera que estuviese en
-su puesto, me parece á mí que lo había de hacer mejor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues claro!&mdash;dijo el <i>caballero de Felipe IV</i> atusándose el bigotillo
-embetunado.&mdash;Y si no, figúrese usted que los que estamos aquí formamos
-un Ministerio. Villaamil, Presidencia; Espinosa, por la buena lámina,
-iría á Estado á poner varas á las diplomáticas.</p>
-
-<p>&mdash;Y que las hay de <i>buten</i>. Á Guillén le encajamos en Guerra.</p>
-
-<p>&mdash;¡Madre de Dios! ¡Un cojo en Guerra! Mejor es en Marina.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, para que reme con las muletas.</p>
-
-<p>&mdash;Ó por lo que tiene de tortuga&mdash;dijo Argüelles, que no perdonaba
-ocasión de tirar una china al cojo.&mdash;Y para mí, venga la carterita de
-Gobernación.</p>
-
-<p>&mdash;Clavado. Para que pueda colocar de temporeros á su cáfila de hijos,
-los de teta inclusive.</p>
-
-<p>&mdash;Y para que expida una Real orden mandando que se toque la trompa en
-todos los entierros. ¿Y Hacienda, señores?</p>
-
-<p>&mdash;Hacienda, Villaamil, con la Presidencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué le damos al <i>insine</i> Pantoja?</p>
-
-<p>&mdash;Hacienda, Ventura, ¿qué duda tiene?&mdash;apuntó Villaamil, que no tomaba
-aquello en<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256"></a>{256}</span> serio, pero dejaba correr la broma para prestar un poco de
-esparcimiento á su angustiado espíritu.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ¡buena se iba á armar!... ¿Y el <i>income tax</i>?</p>
-
-<p>&mdash;Lo que es eso...&mdash;observó Villaamil sonriendo triste y
-descorazonado&mdash;no me lo pasaba.</p>
-
-<p>&mdash;No; fuera Pantoja, que es capaz de imponer una contribución sobre las
-pulgas que lleva cada <i>quisque</i>. Viva el <i>income tax</i>, dogma del nuevo
-Gabinete, y la unificación de la Deuda.</p>
-
-<p>&mdash;Eso... (con seriedad, bostezando) es fácil que me lo admitiera
-Ventura... Vaya, caballeros (como quien vuelve en sí, levantándose con
-ademán diligente), ustedes tienen que hacer, y yo <i>ídem</i>. Á trabajar se
-ha dicho.</p>
-
-<p>Y pasó á Propiedades (el mismo piso á la derecha), donde era segundo
-Jefe D. Francisco Cucúrbitas, y de allí bajó para caer como una bomba en
-el Personal, donde tenía varios conocidos, entre ellos un tal Sevillano,
-que á veces le informaba de las vacantes efectivas ó presuntas. Después
-bajaba á Tesorería, dando una vuelta por el Giro Mutuo, previo el
-consabido palique de los porteros al entrar en cada oficina. En algunas
-partes le recibían con cordialidad un tanto helada; en otras, la
-constancia de sus visitas empezaba á ser molesta. No sabían ya qué
-decirle para darle esperanzas, y los que<span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257"></a>{257}</span> le habían aconsejado que
-machacase sin tregua, se arrepentían ya, viendo que sobre ellos se ponía
-en práctica el socorrido consejo. En el Personal era donde Villaamil se
-mostraba más tenaz y jaquecoso. El Jefe de aquel departamento, sobrino
-de Pez y sujeto de mucha escama, le conocía, aunque no lo bastante para
-apreciar y distinguir las excelentes prendas del hombre, bajo las
-importunidades del pretendiente. Así, cuando las visitas arreciaron, el
-Jefe no ocultaba su desabrimiento ni sus pocas ganas de conversación.
-Villaamil era delicado, y sufría lo indecible con tales desaires; pero
-la imperiosa necesidad le obligaba á sacar fuerzas de flaqueza y á
-forrar de vaqueta su cara. Con todo, á veces se retiraba consternado,
-diciendo para su capote: «¡No puedo, Señor, no puedo! El papel de
-mendigo porfiado no es para mí». Y la consecuencia de este abatimiento
-era no parecer unos días por el Personal. Luego volvía la ley tiránica
-de la necesidad á imponerse brutalmente; el amor propio se sublevaba
-contra el olvido, y á la manera del lobo en ayunas, que sin reparar en
-el peligro de muerte se echa al campo y se aproxima impávido al caserío
-en busca de una res ó de un hombre, así D. Ramón se lanzaba otra vez,
-hambriento de justicia, á la oficina del Personal, arrostrando desaires,
-malas caras y peores respuestas. Quien mejor le recibía y más le
-alentaba, ofreciéndole cordialmente su ayuda,<span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258"></a>{258}</span> era D. Basilio Andrés de
-la Caña (Impuestos). Terminada la excursión, Villaamil volvía á su rasa
-rendido de cuerpo y espíritu. Su mujer le interrogaba con arte; pero él,
-firme en su dignidad estudiada, sostenía no haber ido al Ministerio más
-que á fumar un cigarro con los amigos: que no esperando nada, no
-formulaba pretensiones, y que la familia no debía edificar castillos en
-el aire, sino irse preparando para un viaje de recreo á San Bernardino.
-Replicaba á esto Pura que si él no hacía por colocarse, entraría ella á
-funcionar, apelando á la intercesión de la señora de Pez, Carolina de
-Lantigua, pues hasta los gatos saben que donde acaba la eficacia de las
-recomendaciones políticas, empieza la de las <i>faldas</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! No es esa <i>faldamenta</i> la que hace y deshace la
-fortuna&mdash;respondía Villaamil con profundo escepticismo, hijo de su
-conocimiento del mundo burocrático.&mdash;Carolina Pez es una señora honrada,
-es decir, para el caso, la carabina de Ambrosio. Además... hazte cargo:
-los <i>Peces</i> no privan ahora; se defienden, y nada más. Ya hay quien
-habla de dejarles en seco. Figúrate una gente que ha mamado en todas las
-ubres y que ha sabido empalmar la Gloriosa con Alfonsito... Pues el
-turrón que ellos comen es el que corresponde á tantos leales como
-estamos mirando á la luna. Ya principia á levantarse un runrún contra
-ellos. Y digo más: la Administración<span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259"></a>{259}</span> necesita de servidores fieles,
-identificados, fíjate bien, identificados con la política monárquica; es
-preciso que no se vinculen los destinos; es menester que hay a turno. Si
-no, ¿adónde vamos á parar? Y ahí tienes al Jefe del Personal, sobrino de
-Pez, vendiendo protección á los que, por no servir á la jeringada
-República, sacrificaron sus destinos. Esto es escandaloso y no se ha
-visto nunca. De esta manera no se puede evitar que haya trifulcas, y que
-á España se la lleve Pateta. ¿Conque te vas enterando? Por el lado de
-Pez, ya se trate de Peces con faldas ó con pantalones, no esperes tanto
-así. Por supuesto (volviendo á su tema, del cual se había olvidado en el
-calor del discurso), con Peces y sin Peces, para mí no habrá nada. La
-Caña es el único que se interesa ahora por mí. Algo haría si pudiera.
-Pero tengo enemigos ocultos, que en la sombra trabajan por hundirme.
-Alguien me ha jurado guerra á muerte. Quién podrá ser, no lo sé; pero el
-traidor existe, no lo dudes.</p>
-
-<p>Por aquellos días, que eran ya primeros de Marzo, volvió la infortunada
-familia á notar los pródromos de la <i>sindineritis</i>. Hubo una semana de
-horrible penuria, mal disimulada ante los íntimos, sobrellevada por
-Villaamil con estoica entereza y por doña Pura con aquella ecuanimidad
-valerosa que la salvaba de la desesperación. Pero el remedio vino
-inopinadamente y<span class="pagenum"><a name="page_260" id="page_260"></a>{260}</span> por el mismo conducto que en otra ocasión no menos
-aflictiva. Víctor volvió a estar boyante. Su suegra fué sorprendida
-cuando menos lo pensaba por nuevos ofrecimientos de metálico, que no
-vaciló en aceptar, sin meterse en la filosofía de inquirir la
-procedencia. Ni creyó discreto contarle á su marido que había visto la
-cartera de Víctor reventando de billetes. ¡Como que se le habían
-encandilado los ojos! Embolsó los cuartos recibidos y las
-consideraciones que el caso le sugería. Si aun no le habían colocado,
-¿de dónde sacaba tanto dinero? Y aunque le hubieran colocado... Por
-fuerza había mano oculta... En fin, ¿á qué escarbar en el temido enigma?
-No gustaba ella de averiguar vidas ajenas.</p>
-
-<p>Víctor andaba otra vez muy fachendoso. Se había encargado más ropa,
-tenía butaca una y otra noche en diferentes teatros, y en el mismo Real;
-hacía frecuentes regalitos á toda la familia, y su esplendidez llegó
-hasta convidar á las tres <i>Miaus</i> á la ópera, á butaca nada menos.</p>
-
-<p>Lo que produjo en Villaamil verdadera indignación, pues era un escarnio
-de su pobreza y un insulto á la moral pública. Pura y su hermana se
-rieron del ofrecimiento, pues aunque rabiaban por ir, carecían de los
-perendengues necesarios á semejante exhibición. Abelarda se negó
-resueltamente. Armóse gran disputa sobre esto, y la mamá sugirió algunas
-ideas para obviar las grandes dificultades con que el pensamiento de<span class="pagenum"><a name="page_261" id="page_261"></a>{261}</span> su
-yerno tropezaba en la práctica. Véase lo que discurrió el cacumen
-arbitrista de la <i>figura de Fra Angélico</i>. Sus amigas y vecinas las de
-Cuevas se ayudaban, como se ha dicho antes, con la confección de
-sombreros. En cierta ocasión que las <i>Miaus</i> pescaron tres butacas de
-periódico para el Español, Abelarda, doña Pura y Bibiana Cuevas se
-encasquetaron los mejores modelos que aquellas amigas tenían en su
-taller, después de arreglarlos cada cual á su gusto. ¿Por qué no hacer
-lo mismo en la ocasión que se discutía? Bibiana no se había de oponer. Y
-por cierto que tenía en aquel entonces tres ó cuatro <i>prendas</i>, una de
-la marquesa A, otra de la condesa B, á cual más bonitas y elegantes. Se
-las disfrazaba, pues para eso había en el taller cantidad de alfileres,
-hebillas, cintas y plumas, y aunque sus dueñas estuvieran en el teatro,
-no habían de conocer las mascaritas. En cuanto á los vestidos, ellas lo
-arreglarían, con ayuda de las amigas, procurándose además algún abrigo,
-traído de la tienda para probarlo, y como Víctor se había brindado á
-regalarles también los guantes, no era un arco de iglesia el ir á
-butacas, ¡Cuántos no irían disimulando con menos gracia la <i>tronitis</i>!<span class="pagenum"><a name="page_262" id="page_262"></a>{262}</span></p>
-
-<h2><a name="XXVII" id="XXVII"></a>XXVII</h2>
-
-<p>Abelarda se resistió á esta trapisonda, asegurando que ni en pedazos la
-llevarían á butacas de aquella manera, y así quedó la cuestión. Todo se
-redujo á ir á delantera de paraíso una noche que dieron <i>La Africana</i>, y
-al punto de sentarse las tres cundió por la concurrencia de aquellas
-alturas el comentario propio de tan desusado acontecimiento. «¡Las
-<i>Miaus</i> en delantera!» En diez años no se había visto un caso igual. La
-vasta gradería del centro y las laterales estaban llenas de bote en
-bote. Las <i>Miaus</i> eran conocidas de todo aquel público como puntos fijos
-del paraíso, siempre en la última fila lateral de la derecha junto á la
-salida. La noche que faltaban notábase un vacío, como si desaparecieran
-los frescos de la techumbre. No eran ellas las únicas <i>abonadas á
-paraíso</i>, pues innumerables personas y aun familias se eternizan en
-aquellos bancos, sucediéndose de generación en generación. Estos
-beneméritos y tenaces <i>dilettanti</i> constituyen la masa del entendido
-público que otorga y niega el éxito musical, y es archivo crítico de las
-óperas cantadas desde hace treinta años y de los artistas que en las
-gloriosas tablas se suceden. Hay allí círculos, grupos, peñas y
-tertulias más ó menos íntimas; allí se traban y<span class="pagenum"><a name="page_263" id="page_263"></a>{263}</span> conciertan relaciones;
-de allí han salido infinitas bodas, y los tortoleos y los telégrafos
-tienen, entre romanza y dúo, atmósfera y ocasión muy propicias. Desde su
-delantera, las <i>Miaus</i> saludaron con sonrisas á los amigos que en la
-banda de la derecha y en el centro tenían, y de una y otra parte las
-saetaron con miradas y frasecitas del tenor siguiente: «Mira qué sílfide
-está doña Pura. Se ha traído toda la caja de polvos». «Pues ¿y la
-hermana con su cinta de terciopelo al cuello? Si las tres traen cinta
-negra, no les faltará el cascabelito para estar en carácter». «Mira,
-mira con los gemelos á la <i>Miau</i> chica; tiene que ver. Aquel traje café
-y leche es el que llevaba el año pasado la mamá. Le ha puesto unas
-cintas coloradas, que parecen de caja de cigarros». «Sí, sí, son de
-mazos de cigarros». «Pues la otra, la cantante averiada, trae el vestido
-que debió de sacar en el Liceo Jover cuando hizo la parte de Adalgisa».
-«Sí, mira, mira; es una túnica romana con grecas y todo. ¡Qué clásica
-está!»</p>
-
-<p>&mdash;Diga usted, Guillén&mdash;murmuraban en otro círculo, donde hacía el gasto
-el maldecido cojo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Han colocado á ese pobre <i>Miau</i>, el padre de sus amigas de usted?
-Porque ese lujo asiático de delantera significa que <i>han subido los
-nuestros</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Como no le coloquen en Leganés... Viven ahora del <i>sable</i>. El buen
-señor da unas estocadas... de maestro.<span class="pagenum"><a name="page_264" id="page_264"></a>{264}</span></p>
-
-<p>Abelarda, más que en la ópera, que había visto cien veces, fijó su
-atención en la concurrencia, recorriendo con ansiosa mirada palcos y
-butacas, reparando en todas las señoras que entraban por la calle del
-centro con lujosos abrigos, arrastrando la cola é introduciéndose
-después con todo aquel falderío por las filas ya ocupadas. Poco á poco
-se iba poblando el patio. Los palcos no aparecían poblados hasta el fin
-del primer acto, cuando Vasco, incomodado con aquellos fantasmones del
-Consejo tan retrógrados, les canta cuatro frescas. En el palco regio
-apareció la reina Mercedes, detrás D. Alfonso. Las señoras inevitables,
-conocidas del público, aparecieron en el segundo acto, conservando el
-abrigo hasta el tercero, y aplaudían maquinalmente siempre que había por
-qué. Las <i>Miaus</i>, conocedoras de toda la sociedad elegante, <i>abonada</i>
-también, la comentaba como ellas fueron comentadas al ocupar sus
-asientos. Viéndola una y otra noche, habían llegado á tomarse tanta
-confianza, que se creería que trataban íntimamente á damas y caballeros.
-«Ahí está ya la Duquesa. Pero Rosario no ha venido todavía... María
-Buschental no puede tardar. Ya empiezan á llegar al <i>tranvía</i> sus
-amigos... Mira, mira, ahora viene María Heredia... ¡Pero qué pálida está
-Mercedes; pero qué pálida!... Ahí tienes á D. Antonio en el palco de los
-Ministros, y á ese Cos-Gayón... así le fusilaran».<span class="pagenum"><a name="page_265" id="page_265"></a>{265}</span></p>
-
-<p>Después de mucho rebuscar, descubrió la insignificante á su cuñadito en
-la segunda fila de butacas. Estaba de frac, tan elegante como el
-primero. ¡Qué cosas hay en la vida! ¿Quién había de decir que aquel
-hombre parecido á un duque, aquel apuesto joven que charlaba
-desenfadadamente con su vecino de butaca, el Ministro de Italia, era un
-empleado obscuro y cesante, alojado en la casa de la pobreza, en
-cuartucho humilde, guardando su ropa en un baúl! «¿No es aquél
-Víctor?&mdash;dijo Pura, echándole los gemelos.&mdash;¡Buen charol se está
-dando!... ¡Si le conocieran!... ¡Parece un potentado! ¡Cuánto hay de
-esto en Madrid! Yo no sé cómo se las compone. Él buena ropa, él butacas
-en todos los teatros, él cigarros magníficos. Mira, mira con qué
-desparpajo habla. ¡Pobre señor, qué papas le estará encajando! Y esos
-extranjeros son tan inocentes, que todo se lo creerá».</p>
-
-<p>Abelarda no le quitaba los ojos, y cuando le veía mirar para algún
-palco, seguía la dirección de sus miradas, creyendo que ellas venderían
-el amoroso secreto. «¿Cuál de éstas que aquí están será?&mdash;pensaba la
-insignificante.&mdash;Porque alguna de éstas tiene que ser. ¿Será aquella
-vestida de blanco? ¡Ah! Puede. Parece que le mira. Pero no; él mira á
-otro lado. ¿Será alguna cantante? ¡Quiá!, no, cantante no. Es de éstas,
-de estas elegantonas de los palcos, y yo la he de descubrir». Fijábase
-en alguna, sin saber por qué, por mera<span class="pagenum"><a name="page_266" id="page_266"></a>{266}</span> indicación de su avizor
-instinto; pero luego, desechando la hipótesis, se fijaba en otra, y en
-otra, y en otra más, concluyendo por asegurar que no era ninguna de las
-presentes. Víctor no manifestaba preferencias en sus ojeadas á butacas y
-palcos. Podría ser que hubieran concertado no mirarse de una manera
-descarada y delatora. También echó el joven una visual hacia la
-delantera de paraíso, é hizo un saludito á la familia. Doña Pura estuvo
-un cuarto de hora dando cabezadas, en respuesta á la salutación que del
-noble fondo del teatro subía hasta las pobres <i>Miaus</i>.</p>
-
-<p>En los entreactos, algunos amigos, <i>abonados</i> como ellas á paraíso
-limpio, se acercaron á saludarlas, abriéndose paso por entre la apretada
-muchedumbre. Federico Ruiz era uno de ellos, y él y todos querían oir la
-opinión crítica de Milagros sobre la soprano que se estrenaba aquella
-noche en el papel de Selika. Cuando ésta espichó bajo el manzanillo,
-retiráronse las <i>Miaus</i>, que nunca perdonaban nota, y no se marchaban
-sino después de la última llamada á la escena. Durante el penoso
-descenso por las anchas escaleras invadidas del público, se les
-aproximaron varios íntimos, entre ellos el cojo Guillén, y algunas
-amigas de las que tan acerbamente pusieron en solfa su aparición en
-delantera.</p>
-
-<p>Al regresar á su casa, encontraron á Villaamil en vela; Víctor no había
-entrado aún ni lo hizo<span class="pagenum"><a name="page_267" id="page_267"></a>{267}</span> hasta muy tarde, cuando todos dormían menos
-Abelarda, que sintió el ruido del llavín, y echándose de la cama y
-mirando por un resquicio de la puerta, le vió entrar en el comedor y
-meterse en su alcoba, después de beber un vaso de agua. Venía de buen
-humor, tarareando, el cuello del gabán alzado, pañuelo de seda al
-cuello, anudado con negligencia, y la felpa del sombrero ajadísima y con
-chafaduras. Era la viva imagen del perfecto perdis de buen tono.</p>
-
-<p>Al día siguiente molestó bastante á la familia solicitando pequeños
-servicios de aguja, ya pegadura de botón, ya un delicado zurcido, ó bien
-algo referente á las camisas. Pero Abelarda supo atender á todo con gran
-diligencia. Á la hora de almorzar, entró doña Pura diciendo que se había
-muerto el chico de la casa de préstamos, noticia que confirmó Luis con
-más acento de novelería que de pena, condición propia de la dichosa edad
-sin entrañas. Villaamil entonó al difuntito la oración fúnebre de
-gloria, declarando que es una dicha morirse en la infancia para librarse
-de los sufrimientos de esta perra vida. Los dignos de compasión son los
-padres, que se quedan aquí pasando la tremenda crujía, mientras el niño
-vuela al cielo á formar en el glorioso batallón de los ángeles. Todos
-apoyaron estas ideas, menos Víctor, que las acogía con sonrisa burlona,
-y cuando su suegro se retiró y Milagros se fué á su cocina y doña Pura
-empezó<span class="pagenum"><a name="page_268" id="page_268"></a>{268}</span> á entrar y salir, encaróse con Abelarda, que continuaba de
-sobremesa, y le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Felices los que creen! No sé qué daría por ser como tú, que te vas á
-la iglesia y te estás allí horas y horas, ilusionada con el aparato
-escénico que encubre la mentira eterna. La religión, entiendo yo, es el
-ropaje magnífico con que visten la nada para que no nos horrorice... ¿No
-crees tú lo mismo?</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo he de creer eso?&mdash;clamó Abelarda, ofendida de la tenacidad
-artera con que el otro hería sus sentimientos religiosos siempre que
-encontraba coyuntura favorable.&mdash;Si lo creyera no iría á la iglesia, ó
-sería una farsante hipócrita. Á mí no tienes que salirme por ese
-registro. Si no crees, buen provecho te haga.</p>
-
-<p>&mdash;Es que yo no me alegro de ser incrédulo, fíjate bien; yo lo deploro, y
-me harías un favor si me convencieras de que estoy equivocado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo? No soy catedrática ni predicadora. El creer nace de dentro. ¿Á ti
-no se te pasa por la cabeza alguna vez que puede haber Dios?</p>
-
-<p>&mdash;Antes sí; hace mucho tiempo que semejante idea voló.</p>
-
-<p>&mdash;Pues entonces... ¿qué quieres que yo te diga? (Tomándolo en serio.) ¿Y
-piensas tú que cuando nos morimos no nos piden cuenta de nuestras
-acciones?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y quién nos la va á pedir? ¿Los gusanitos? Cuando llega la de
-<i>vámonos</i>, nos recibe en<span class="pagenum"><a name="page_269" id="page_269"></a>{269}</span> sus brazos la señora <i>Materia</i>, persona muy
-decente, pero que no tiene cara, ni pensamiento, ni intención, ni
-conciencia, ni nada. En ella desaparecemos, en ella nos diluímos
-totalmente. Yo no admito términos medios. Si creyese lo que tú crees, es
-decir, que existe allá por los aires, no sé dónde, un Magistrado de
-barba blanca que perdona ó condena y extiende pasaportes para la Gloria
-ó el Infierno, me metería en un convento y me pasaría todo el resto de
-mi vida rezando.</p>
-
-<p>&mdash;Y es lo mejor que podías hacer, tonto. (Quitándole la servilleta á
-Luis, que tenía fijos en su padre los atónitos ojuelos.)</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no lo haces tú?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué sabes si lo haré hoy ó mañana? Estáte con cuidado. Dios te va á
-castigar por no creer en él; te va á sentar la mano, y una mano muy
-dura; verás.</p>
-
-<p>En este momento, Luisito, muy incomodado con los dicharachos de su
-padre, no se pudo contener, y con infantil determinación agarró un
-pedazo de pan y se lo arrojó á la cara al autor de sus días, gritando:
-«¡Bruto!»</p>
-
-<p>Todos se echaron á reir de aquella salida, y doña Pura dió muchos besos
-á su nieto, azuzándole de este modo: «Dale, hijo, dale, que es un pillo.
-Dice que no cree para hacernos rabiar. ¿Pero veis qué chico? Si vale más
-que pesa. Si sabe más que cien doctores. ¿Verdad que mi niño<span class="pagenum"><a name="page_270" id="page_270"></a>{270}</span> va á ser
-eclesiástico, para subir al púlpito y echar sus sermoncitos y decir sus
-misitas? Entonces estaremos todos hechos unos carcamales, y el día que
-Luisín cante misa, nos pondremos allí de rodillas para que el cleriguito
-nuevo nos eche la bendición. Y el que estará más humilde y cayéndosele
-la baba será este zángano, ¿verdad? Y tú le dirás: «Papá, ya ves como al
-fin has llegado á creer».</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué guapo es este hijo y qué talento tiene!&mdash;dijo Víctor,
-levantándose gozoso y besando al pequeño, que escondía la cara para
-rehuir el halago.&mdash;¡Si le quiero yo más!... Te voy á comprar un
-velocípedo para que pasees en la plazuela de enfrente. Verás qué envidia
-te van á tener tus compañeros.</p>
-
-<p>La promesa del velocípedo trastornó por un momento las ideas del
-pequeño, quien calculó con rudo egoísmo que sus deseos de ser cura y de
-servir á Dios y aun de llegar á santo no estaban reñidos con tener un
-velocípedo precioso, montarse en él y pasárselo por los hocicos á sus
-compañeros, muertos de dentera.</p>
-
-<h2><a name="XXVIII" id="XXVIII"></a>XXVIII</h2>
-
-<p>Á la mañana siguiente, Villaamil celebró con su mujer, cuando ésta
-volvió de la compra, una conferencia interesante. Estaba él en su
-despacho<span class="pagenum"><a name="page_271" id="page_271"></a>{271}</span> escribiendo cartas, y al sentir entrar á su costilla, siseó
-con misterio, y encerrándose con ella, le dijo: «De esto, ni una palabra
-á Víctor, que es muy perro y me puede parar el golpe. Aunque yo nada
-espero, he dado ayer algunos pasos. Me apoya un diputado de mucho
-empuje... Hablamos anoche largamente. Te diré, para que lo sepas todo,
-que me presentó á él mi amigo La Caña. Le relaté mis antecedentes, y se
-admiró de que me tuvieran cesante. Así como quien no quiere la cosa, le
-expuse mis ideas sobre Hacienda, y mira tú qué casualidad: son las
-mismas que tiene él. Piensa igualito que yo. Que deben ensayarse nuevas
-maneras de tributación, tirando á simplificar, apoyándose en la buena fe
-del contribuyente y tendiendo á la baratura de la cobranza. Pues
-prometió apoyarme á rajatabla. Es hombre que vale mucho y parece que no
-le niegan nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es de oposición?</p>
-
-<p>&mdash;No; ministerialísimo, pero disidente, ahí está el chiste, y cada día
-le da una desazón al Gobierno. Vale, vale. Y es de estos que no se
-ocupan más que del bien del país. Cuando se levanta á hablar, el banco
-azul tiembla. Como que les prueba, <i>ce</i> por <i>be</i>, que el país corre á la
-perdición si siguen las cosas como van, y que la agricultura está
-arruinada, la industria muerta y la nación toda en la más espantosa
-miseria. Esto salta á los ojos. Pues el Gobierno, que ve<span class="pagenum"><a name="page_272" id="page_272"></a>{272}</span> en él su
-acusador, le tiene un miedo, hija, un canguelo tal, que cosa que él pida
-es otorgada. Saca las credenciales á espuertas... Bueno; hemos quedado
-en que yo le avisaría si se hace hoy una vacante que me indicaron
-Sevillano y Pantoja. Voy al Ministerio en cuanto almuerce, me entero de
-si hay ó no la vacante, y como la haya, le escribo á su casa ó al
-Congreso, según la hora. Me ha dado palabra de hablar esta tarde al
-Ministro, el cual le está agradecidísimo, por haber renunciado á
-explanar una interpelación sobre cierta contrata en que hay sapos y
-culebras. Ya se ve, el Ministro le daría hoy el arpa de David si se la
-pidiera. ¿Te vas enterando?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hombre, sí (radiante de satisfacción); y me parece que lo que es
-ahora, no hay quien nos quite el bollo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! lo que es confianza, lo que se llama confianza, yo no la tengo.
-Ya sabes que me pongo siempre en lo peor. Pero vamos á hacer nuestro
-plan: Yo al Ministerio. Que Luis no vaya á la escuela esta tarde, y que
-espere aquí, porque con él le tengo que mandar la carta. No le veré yo
-mismo, porque Víctor se ha empeñado en que visitemos juntos esta tarde
-al Jefe del Personal. Quiero ir con él para despistarle. ¿Entiendes?
-Cuidado como le dejas entender á ese pillo de dónde sopla ahora el
-viento.</p>
-
-<p>Levantándose excitadísimo, se puso á dar paseos por el angosto aposento.
-Su mujer, gozosa,<span class="pagenum"><a name="page_273" id="page_273"></a>{273}</span> le dejó solo, y á pesar de la reserva que se impuso,
-su hija y hermana le conocieron en la cara las buenas nuevas. Era de
-esas personas que atesoran en sí mismas un arsenal de armas espirituales
-contra las penas de la vida y poseen el arte de transformar los hechos,
-reduciéndolos y asimilándoselos en virtud de la facultad dulcificante
-que en sus entrañas llevan, como la abeja, que cuanto chupa lo convierte
-en miel.</p>
-
-<p>Para Cadalsito fué aquel día de huelga, pues por la mañana, según
-disposición del maestro, debían ir todos al sepelio del malogrado
-<i>Posturitas</i>. Y uno de los designados para llevar las cintas del féretro
-era Luis, á causa de ser tal vez el que mejor ropa tenía, gracias á su
-papá Víctor. Su abuela le puso los trapitos de cristianar, con guantes y
-todo, y salió muy compuesto y emperejilado, gozoso de verse tan guapo,
-sin que atenuara su contento el triste fin de tales composturas. La
-mujer del memorialista le hizo mil caricias encareciendo lo majo que
-estaba, y el niño se dirigió hacia la casa de préstamos, seguido de
-<i>Canelillo</i>, que también quiso meter su hocico en el entierro, aunque no
-era fácil le dieran vela en él. Al entrar en la calle del Acuerdo, se
-encontró Cadalso á su tía Quintina, que le llenó de besos, ensalzó mucho
-su elegancia, le estiró el cuerpo de la chaqueta y las mangas, y le
-arregló el cuello para que resultara más guapo todavía. «Esto me lo
-debes á mí, pues<span class="pagenum"><a name="page_274" id="page_274"></a>{274}</span> le dije á tu padre que te comprara ropita. Á él no se
-le hubiera ocurrido nunca tal cosa; anda muy distraído. Por cierto,
-corazón, que estoy bregando ahora más que nunca con tu papá para que te
-lleve á vivir conmigo. ¿Qué es eso? ¿qué cara me pones? Estarás conmigo
-mucho mejor que con esas remilgadas <i>Miaus</i>... ¡Si vieras qué cosas tan
-bonitas tengo en casa! ¡Ay, si las vieras!... Unos niños Jesús que se
-parecen á ti, con el mundito en la mano; unos nacimientos tan preciosos,
-pero tan preciosos... tienes que verlos. Y ahora estamos esperando
-cálices chiquititos, custodias que son una una monada, casullas así...
-para que los niños buenos jueguen á las misas; santos de este tamaño,
-así, mira, como los soldados de plomo, y la mar de candeleritos y
-arañitas que se encienden en los altares de juguete. Todo lo tienes que
-ver, y si vas á casa, puedes hacer con ello lo que quieras, pues es para
-tu diversión. ¿Irás, rico mío?»</p>
-
-<p>Cadalsito, abriendo cada ojo con aquellas descripciones de juguetes
-sacros, decía que sí con la cabeza, aunque afligido por la dificultad de
-ver y gozar tales cosas, pues abuelita no le dejaba poner los pies allá.
-En esto llegaron á la puerta de la casa mortuoria, donde Quintina,
-después de besuquearle otra vez refregándole la cara, le dejó en
-compañía de los demás chicos, que ya estaban allí, alborotando más de lo
-que permitían las tristes circunstancias. Unos por<span class="pagenum"><a name="page_275" id="page_275"></a>{275}</span> envidia, otros
-porque eran en toda ocasión muy guasones, empezaron á tomarle el pelo al
-amigo Cadalso por la ropa flamante que llevaba, por las medias azules y
-más aún por los guantes del mismo color, que, dicho sea entre
-paréntesis, le entorpecían las manos. No dejaba él que le tocasen,
-resuelto á defender contra todo ataque de envidiosos y granujas la
-limpieza de sus mangas. Tratóse luego de si subían ó no á ver á Paco
-Ramos muerto, y entre los que votaron por la afirmativa, se coló también
-Luis, movido de la curiosidad. Nunca tal hiciera.</p>
-
-<p>Porque le impresionó tan vivamente la vista del chiquillo difunto, que á
-poco se cae al suelo. Le entró una pena en la boca del estómago, como si
-le arrancasen algo. El pobre <i>Posturistas</i> parecía más largo de lo que
-era. Estaba vestido con sus mejores ropas; tenía las manos cruzadas, con
-un ramo en ellas: la cara muy amarilla, con manchas moradas, la boca
-entreabierta y de un tono casi negro, viéndose los dos dientes de en
-medio, blancos y grandes, mayores que cuando estaba vivo... Tuvo que
-apartarse Luisín de aquel espectáculo aterrador. ¡Pobre <i>Posturas</i>!...
-¡Tan quieto el que era la misma viveza, tan callado el que no cesaba de
-alborotar un punto, riendo y hablando á la vez! ¡Tan grave el que era la
-misma travesura y á toda la clase la traía siempre al retortero! En
-medio de aquel inmenso trastorno de su alma, que Luis no podía definir,<span class="pagenum"><a name="page_276" id="page_276"></a>{276}</span>
-ignorando si ora pena ó temor, hizo el chico una observación que se
-abría paso por entre sus sentimientos, como voz del egoísmo, más
-categórico en la infancia que la piedad. «Ahora&mdash;pensó&mdash;no me llamará
-<i>Miau</i>». Y al deducir esto, parecía quitársele un peso de encima, como
-quien resuelve un arduo problema ó ve conjurado un peligro. Al descender
-la escalera, procuraba consolarse de aquel malestar que sentía,
-afirmando mentalmente: «Ya no me dirá <i>Miau</i>... Que me diga ahora
-<i>Miau</i>».</p>
-
-<p>Poco tardó en bajar la caja azul para ser puesta en el carro. En todos
-los balcones de la casa, sin exceptuar los del establecimiento de
-préstamos, se asomaron no pocas mujeres para ver salir el entierro. El
-cojo Guillén apareció con los ojos encendidos de llorar y la cara tan
-seria, que no se parecía á sí mismo. Él fué quien dispuso todo y
-distribuyó las cintas, confiándole una á Cadalso. Después se metió en el
-coche, donde iba también el maestro, con su bastón roten y su chistera
-lacia; el tendero vecino, con limpia camisa de cuello corto sin corbata,
-y un señor viejo á quien no conocía Cadalso. En marcha, pues, Luis pensó
-que su ropa daba golpe, y no fué insensible á las satisfacciones del
-amor propio. Iba muy consentido en su papel de portador de cinta,
-pensando que si él no la llevase, el entierro no sería, ni con mucho,
-tan lucido. Buscó á <i>Canelo</i> con la mirada; pero el sabio perro de
-Mendizábal,<span class="pagenum"><a name="page_277" id="page_277"></a>{277}</span> en cuanto entendió que se trataba de enterrar, cosa poco
-divertida y que sugiere ideas misantrópicas, dió media vuelta y tomó
-otra dirección, pensando que le tenía más cuenta ver si se parecía
-alguna perra elegante y sensible por aquellos barrios.</p>
-
-<p>En el cementerio, la curiosidad, más poderosa que el miedo, impulsó á
-Cadalso á ver todo... Bajaron del carro el cadáver, le entraron entre
-dos, abrieron la caja... No comprendía Luis para qué, después de taparle
-la cara con un pañuelo, le echaban cal encima aquellos brutos... Pero un
-amigo se lo explicó. Cadalsito sentía, al ver tales operaciones, como si
-le apretasen la garganta. Metía su cabeza por entre las piernas de las
-personas mayores, para ver, para ver más. Lo particular era que
-<i>Posturitas</i> se estuviese tan callado y tan quieto mientras le hacían
-aquella herejía de llenarle la cara de cal. Luego cerraron la tapa...
-¡Qué horror quedarse dentro! Le daban la llave al cojo, y después metían
-la caja en un agujero, allá, en el fondo, allá... Un albañil empezó á
-tapar el hueco con yeso y ladrillos. Cadalso no apartaba los ojos de
-aquella faena... Cuando la vió concluida, soltó un suspiro muy grande,
-explosión del respirar contenido largo tiempo. ¡Pobre <i>Posturitas</i>!
-«Pues señor, á mí me dirán <i>Miau</i> todos los que quieran; pero lo que es
-éste no me lo vuelve á decir».</p>
-
-<p>Cuando salieron, los amigos le embromaron<span class="pagenum"><a name="page_278" id="page_278"></a>{278}</span> a vez por su esmerado atavío.
-Alguno dejó entrever la intención malévola de hacerle caer en una zanja,
-de la cual habría salido hecho una compasión. Varias manos muy puercas
-le tocaron con propósitos que es fácil suponer, y ya Cadalso no sabía
-qué hacerse de las suyas, aprisionadas en los guantes, entumecidas é
-incapaces de movimiento. Por fin se libró de aquella apretura,
-quitándose los guantes y guardándolos en el bolsillo. Antes de llegar á
-la calle Ancha, los chicos se dispersaron y Luisito siguió con el
-maestro, que le dejó á la puerta de su casa. Ya estaba allí <i>Canelo</i> de
-vuelta de sus depravadas excursiones, y subieron juntos á almorzar, pues
-el can no ignoraba que había repuesto fresco de víveres arriba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y los guantes?&mdash;preguntó doña Pura á su nieto cuando le vió entrar
-con las manos desnudas.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí están... No los he perdido.</p>
-
-<p>Villaamil, á eso de las tres, entró de la calle, afanadísimo, y
-metiéndose en su despacho, escribió una carta delante de su esposa, que
-veía con gusto en él la excitación saludable, síntoma de que la cosa iba
-de veras.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Que Luis lleve esta carta y espere la contestación. Me ha dicho
-Sevillano que tenemos vacante, y quiero saber si el diputado la pide
-para mí ó no. De la oportunidad depende el éxito. Yo estoy citado con
-Víctor, y para<span class="pagenum"><a name="page_279" id="page_279"></a>{279}</span> desorientarle no quiero faltar... Es labor fina la que
-traigo entre manos, y hay que andar con muchísimo tiento. Dame mi
-sombrero... mi bastón, que ya estoy otra vez en la calle. Dios nos
-favorezca. Á Luis que no se venga sin la respuesta. Que dé la carta á un
-portero y se aguarde en el cuarto aquél, á la derecha conforme se entra.
-Yo no espero nada; pero es preciso, es preciso echar todos los
-registros, todos...</p>
-
-<p>Salió Cadalsito á eso de las cuatro con la epístola y sin guantes,
-seguido de <i>Canelo</i> y conservando la ropita del entierro, pues su abuela
-pensó que ninguna ocasión más propicia para lucirla. No fué preciso
-indicarle hacia dónde caía el Congreso, pues había ido ya otra vez con
-comisión semejante. En veinte minutos se plantó allá. La calle de
-Florida-Blanca estaba invadida de coches que, después de soltar en la
-puerta á sus dueños, se iban situando en fila. Los cocheros de chistera
-galonada y esclavina charlaban de pescante á pescante, y la hilera
-llegaba hasta el teatro de Jovellanos. Junto á las puertas del edificio,
-por la calle del Sordo, había filas de personas formando cola, que los
-de Orden público vigilaban, cuidando de que no se enroscase mucho.
-Examinado todo esto, el observador Cadalsito se metió por aquella puerta
-coronada de un techo de cristales. Un portero con casaca le apartó
-suavemente para que entrasen unos señorones con gabán de pieles, ante
-los cuales abría<span class="pagenum"><a name="page_280" id="page_280"></a>{280}</span> la mampara roja. Cadalsito se encaró después con el
-sujeto aquel de la casaca, y quitándose la gorra (pues él, siempre
-cortés en viendo galones, no distinguía de jerarquías), le dió la carta,
-diciendo con timidez: «Aguardo contestación». El portero, leyendo el
-sobre: «No sé si ha venido. Se pasará». Y poniendo la carta en una
-taquilla, dijo á Luis que entrase en la estancia á mano derecha.</p>
-
-<p>Había allí bastante gente, la mayor parte en pie junto á la puerta,
-hombres de distintas cataduras, algunos muy mal de ropa, la bufanda
-enroscada al cuello, con trazas de pedigüeños; mujeres de velo por la
-cara, y en la mano enrollado papelito que á instancia trascendía.
-Algunos acechaban con airado rostro á los señores entrantes, dispuestos
-á darles el alto. Otros, de mejor pelo, no pedían más que papeletas para
-las tribunas, y se iban sin ellas por haberse acabado. Cadalsito se
-dedicó también á mirar á los caballeros que entraban en grupos de dos ó
-de tres, hablando acaloradamente. «Muy grande debe de ser esta
-casona&mdash;pensó Luis,&mdash;cuando cabe tanto señorío». Y cansado al fin de
-estar en pie, se metió para dentro y se sentó en un banco de los que
-guarnecen la sala de espera. Allí vió una mesa donde algunos escribían
-tarjetas ó volantes, que luego confiaban á los porteros, y aguardaban
-sin disimular su impaciencia. Había hombre que llevaba tres horas, y
-aun<span class="pagenum"><a name="page_281" id="page_281"></a>{281}</span> tenía para otras tres. Las mujeres suspiraban inmóviles en el
-asiento, soñando una respuesta que no venía. De tiempo en tiempo abríase
-la mampara que comunicaba con otra pieza; un portero llamaba: «El señor
-Tal», y el señor Tal se erguía muy contento.</p>
-
-<p>Transcurrió una hora, y el niño bostezaba aburridísimo en aquel duro
-banco. Para distraerse, levantábase á ratos y se ponía en la puerta á
-ver entrar personajes, no sin discurrir sobre el intríngulis de aquella
-casa y lo que irían á guisar en ella tantos y tantos caballerotes.</p>
-
-<p>El Congreso (bien lo sabía él) era un sitio donde se hablaba. ¡Cuántas
-veces había oído á su abuelo y á su padre: «Hoy habló Fulano ó Mengano,
-y dijeron esto, lo otro y lo de más allá. ¿Y cómo sería la casa por
-dentro? Gran curiosidad. ¿Cómo sería? ¿Dónde hablaban? Ello debía de ser
-una casa grandona como la iglesia, con la mar de bancos, donde se
-sentaban para charlar todos á un tiempo. ¿Y á qué era tanta habladuría?
-Pues también entraban allí los Ministros. ¿Y quiénes eran los Ministros?
-Los que gobernaban y daban los destinos. Igualmente recordó haber oído á
-su abuelo, en frecuentes ratos de mal humor, que las Cortes eran una
-farsa y que allí no se hacía más que perder el tiempo. Pero otras veces
-se entusiasmaba el buen viejo, elogiando un discurso de alboroto.
-Total,<span class="pagenum"><a name="page_282" id="page_282"></a>{282}</span> que Luisín no podía formar juicio exacto, y su mente era toda
-confusión.</p>
-
-<p>Volvió al banco, y desde él vió entrar á uno que se le figuró su padre.
-«¡Mi papá también aquí!» Y le franquearon la mampara como á los demás.
-Por poco sale tras él gritando: «Papá, papá», pero no hubo tiempo, y
-donde estaba se quedó. «¿Y será mi papá de los que hablan? Quien debía
-venir aquí á explicarse es Mendizábal, que sabe tanto, y dice unas cosas
-tan buenas...» En esto sintió que se le nublaba la vista, y le entraba
-el intenso frío al espinazo. Fué tan brusca y violenta la acometida del
-mal, que sólo tuvo tiempo de decirse: <i>que me da, que me da</i>; y dejando
-caer la cabeza sobre el hombro, y reclinando el cuerpo en la esquina
-próxima, se quedó profundamente dormido.</p>
-
-<h2><a name="XXIX" id="XXIX"></a>XXIX</h2>
-
-<p>Por un instante, Cadalsito no vió ante sí cosa alguna. Todo tinieblas,
-vacío, silencio. Al poco rato aparecióse enfrente el Señor, sentado,
-¿pero dónde? Tras de él había algo como nubes, una masa blanca,
-luminosa, que oscilaba con ondulaciones semejantes á las del humo. El
-Señor estaba serio. Miró á Luis, y Luis á él en espera de que le dijese
-algo. Había pasado mucho tiempo<span class="pagenum"><a name="page_283" id="page_283"></a>{283}</span> desde que le vió por última vez, y el
-respeto era mayor que nunca.</p>
-
-<p>&mdash;El caballero para quien trajiste la carta&mdash;dijo el Padre,&mdash;no te ha
-contestado todavía. La leyó y se la guardó en el bolsillo. Luego te
-contestará. Le he dicho que te dé un <i>sí</i> como una casa. Pero no sé si
-se acordará. Ahora está hablando por los codos.</p>
-
-<p>&mdash;Hablando&mdash;repitió Luis;&mdash;¿y qué dice?</p>
-
-<p>&mdash;Muchas cosas, hombre, muchas que tú no entiendes&mdash;replicó el Señor,
-sonriendo con bondad.&mdash;¿Te gustaría á ti oir todo eso?</p>
-
-<p>&mdash;Sí que me gustaría.</p>
-
-<p>&mdash;Hoy están muy enfurruñados. Acabarán por armar un gran rebumbio.</p>
-
-<p>&mdash;Y usted&mdash;preguntó Cadalso tímidamente, no decidiéndose nunca á llamar
-á Dios de <i>tú</i>,&mdash;¿usted no habla?</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde, aquí? Hombre... yo... te diré... alguna vez puede que diga
-algo... Pero casi siempre lo que yo hago es escuchar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no se cansa?</p>
-
-<p>&mdash;Un poquitín; ¡pero qué remedio!...</p>
-
-<p>&mdash;¿El caballero de la carta contestará que sí? ¿Colocarán á mi abuelo?</p>
-
-<p>&mdash;No te lo puedo asegurar. Yo le he mandado que lo haga. Se lo he
-mandado la friolera de tres veces.</p>
-
-<p>&mdash;Pues lo que es ahora (con desembarazo), bien que estudio.<span class="pagenum"><a name="page_284" id="page_284"></a>{284}</span></p>
-
-<p>&mdash;No te remontes mucho. Algo más aplicado estás. Aquí, entre nosotros,
-no vale exagerar las cosas. Si no te distrajeras tanto con el álbum de
-sellos, más aprovecharías.</p>
-
-<p>&mdash;Ayer me supe la lección.</p>
-
-<p>&mdash;Para lo que tú acostumbras, no estuvo mal. Pero no basta, hijo, no
-basta. Sobre todo, si te empeñas en ser cura, hay que apretar. Porque
-figúrate tú, para decirme una misa has de aprender latín, y para
-predicar tienes que estudiar un sin fin de cosas.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando sea mayor lo aprenderé todito... Pero mi papá no quiere verme
-cura, y dice que él no cree nada de usted, ni aunque lo maten. Dígame,
-¿es malo mi papá?</p>
-
-<p>&mdash;No es muy católico que digamos.</p>
-
-<p>&mdash;Y la Quintina, ¿es buena?</p>
-
-<p>&mdash;La tía Quintina sí. ¡Si vieras qué cosas tan bonitas tiene en su casa!
-Debías ir á verlas.</p>
-
-<p>&mdash;Abuelita no me deja (desconsolado). Es que á la tía Quintina se le ha
-metido en la cabeza que me vaya á vivir con ella, y los de casa... que
-nones.</p>
-
-<p>&mdash;Es natural. Pero tú, ¿qué piensas de esto? ¿Te gustaría seguir donde
-estás y que te dejaran ir á casa de la tía para ver los santos?</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya si me gustaría!... Dígame, ¿y mi papá está aquí dentro?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, por ahí anda.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y también él hablará?<span class="pagenum"><a name="page_285" id="page_285"></a>{285}</span></p>
-
-<p>&mdash;También. ¡Pues no faltaba más!...</p>
-
-<p>&mdash;Usted perdone. El otro día dijo mi papá que las mujeres son muy malas.
-Por eso yo no quiero casarme nunca.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien pensado (conteniendo la risa). Nada de casorios. Tú vas á ser
-curita.</p>
-
-<p>&mdash;Y obispo, si usted no manda otra cosa...</p>
-
-<p>En esto vió que el Señor se volvía hacia atrás como para apartar de sí
-algo que le molestaba... El chico estiró el cuello para ver qué era, y
-el Padre dijo: «¡Largo!; idos de aquí y dejadme en paz». Entonces vió
-Luisito que por entre los pliegues del manto de su celestial amigo
-asomaban varias cabecitas de granujas. El Señor recogió su ropa, y
-quedaron al descubierto tres ó cuatro chiquillos en cueros vivos y con
-alas. Era la primera vez que Cadalso les veía, y ya no pudo dudar que
-aquel era verdaderamente Dios, puesto que tenía ángeles. Empezaron á
-aparecerse por entre aquellas nubes algunos más, y alborotaban y reían,
-haciendo mil cabriolas. El Padre Eterno les ordenó segunda vez que se
-largaran, sacudiéndoles con la punta de su manto, como si fuesen moscas.
-Los más chicos revoloteaban, subiéndose hasta el techo (pues había techo
-allí) y los mayores le tiraban de la túnica al buen abuelo para que se
-fuera con ellos. El anciano se levantó al fin, algo contrariado,
-diciendo: «Bien; ya voy, ya voy... ¡Qué machacones sois! No os puedo
-aguantar». Pero esto lo<span class="pagenum"><a name="page_286" id="page_286"></a>{286}</span> decía con acento bonachón y tolerante.
-Cadalsito estaba embobado ante tan hermosa escena, y entonces vió que de
-entre los alados granujas se destacaba uno...</p>
-
-<p>¡Contro! era <i>Posturitas</i>, el mismo <i>Posturas</i>, no tieso y lívido como
-le vió en la caja, sino vivo, alegre y tan guapote. Lo que llenó de
-admiración á Cadalso fué que su condiscípulo se le puso delante y con el
-mayor descaro del mundo le dijo: «<i>Miau</i>, fu, fu...» El respeto que
-debía á Dios y á su séquito no impidió á Luis incomodarse con aquella
-salida, y aun se aventuró á responder: «¡Pillo, ordinario... eso te lo
-enseñaron la puerca de tu madre y tus tías, que se llaman <i>las
-arpidas</i>!» El Señor habló así, sonriendo: «Callar, á callar todos...
-Andando...» Y se alejó pausadamente, llevándoselos por delante, y
-hostigándoles con su mano como á una bandada de pollos. Pero el
-recondenado de <i>Posturitas</i>, desde gran distancia, y cuando ya el Padre
-celestial se desvanecía entre celajes, se volvió atrás, y plantándose
-frente al que fué su camarada, con las patas abiertas, el hocico
-risueño, le hizo mil garatusas, y le sacó un gran pedazo de lenguaza,
-diciendo otra vez: «<i>Miau</i>, <i>Miau</i>, fu, fu...» Cadalsito alzó la mano...
-Si llega á tener en ella libro, vaso ó tintero, le descalabra. El otro
-se fué dando brincos, y desde lejos, haciendo trompeta con ambas manos,
-soltó un <i>Miau</i> tan fuerte y tan prolongado, que el<span class="pagenum"><a name="page_287" id="page_287"></a>{287}</span> Congreso entero,
-repercutiendo el inmenso mayido, parecía venirse abajo...</p>
-
-<p>Un portero con una carta en la mano despertó al chiquillo, que tardaba
-mucho en volver en sí. «Niño, niño, ¿eres tú el que ha traído la carta
-para ese señor? Aquí está la respuesta. Sr. D. Ramón Villaamil».</p>
-
-<p>&mdash;Sí, yo soy... digo, es mi abuelo&mdash;contestó al fin Luisito, y
-restregándose los ojos salió. El fresco de la calle despejóle un poco la
-cabeza. Estaba lloviendo, y su primera idea fué para considerar que se
-le iba á poner la ropa perdida. <i>Canelo</i>, á todas estas, había matado el
-tiempo en la Carrera de San Jerónimo, calle arriba, calle abajo, viendo
-las <i>muchachas</i> bonitas que pasaban, algunas en coche, con sus collares
-de lujo; y cuando Luis salió del Congreso, ya estaba de vuelta de su
-correría, esperando al amigo. Unióse á éste, esperando que comprase
-bollos; pero el pequeño no tenía cuartos, y aunque los tuviera, no
-estaba él de humor para comistrajos después de las cosas que había visto
-y con el gran trastorno que en todo su cuerpo le quedara.</p>
-
-<p>¿Y la carta?... ¿qué decía la carta? Con trémula mano abrióla Villaamil
-(mientras doña Pura se llevaba adentro al chiquillo para mudarle la
-ropa), y al leerla se le cayeron las alas del corazón. Era una de esas
-cartas de estampilla, como las que á centenares se escriben diariamente<span class="pagenum"><a name="page_288" id="page_288"></a>{288}</span>
-en el Congreso y en los Ministerios. Mucha fórmula de cortesía, mucho
-trasteo de promesas vagas sin afirmar ni negar nada. Cuando su mujer
-acudió á enterarse, Villaamil ofrecía un aspecto trágico, mostrando la
-epístola abierta, arrojada sobre la mesa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya!&mdash;dijo la <i>Miau</i>, después de leerla;&mdash;las pamplinas de siempre.
-Pero no te apures, hombre. Vete mañana á verle, y...</p>
-
-<p>&mdash;Cuando te digo (con atroz desaliento) que entre unos y otros me están
-jorobando...</p>
-
-<p>Pasó la noche sumido en negra tristeza, y á la mañana inmediata, cambio
-completo de decoración. En la afanosa vida del pretendiente ocurren
-estos rudos contrastes que les hacen pasar del desconsuelo á la
-esperanza. Recibió Villaamil una esquela del prohombre citándole para su
-casa, de doce á una. Con la prisa y el anhelo que le entró á mi hombre,
-no acertaba á ponerse el gabán. «Me llamará para decirme alguna
-tontería&mdash;pensaba, arrimándose siempre á lo peor.&mdash;Vamos, vamos allá». Y
-salió, dejando á su mujer excitadísima con la ilusión de un próximo
-triunfo. Por el camino procuraba compenetrarse bien de su fatalismo
-pesimista. Según su teoría, siempre sucede lo contrario de lo que uno
-piensa. Véase por qué no nos sacamos nunca la lotería; bien claro está:
-porque compra uno el billete con el intento firme de que le ha de caer
-el premio gordo. Lo previsto<span class="pagenum"><a name="page_289" id="page_289"></a>{289}</span> no ocurre jamás, sobre todo en España,
-pues por histórica ley, los españoles viven al día, sorprendidos de los
-sucesos y sin ningún dominio sobre ellos. Conforme á esta teoría del
-fracaso de toda previsión, ¿qué debe hacerse para que suceda una cosa?
-Prever la contraria, compenetrarse bien de la idea opuesta á su
-realización. ¿Y para que una cosa no pase? Figurarse que pasará, llegar
-á convencerse, en virtud de una sostenida obstinación espiritual, de la
-evidencia de aquel supuesto. Villaamil había experimentado siempre con
-éxito este sistema, y recordaba multitud de ejemplos demostrativos. En
-uno de sus viajes á Cuba, corriendo furioso temporal, se compenetró
-absolutamente de la idea de morir, arrancó de su espíritu toda
-esperanza, y el vapor hubo de salvarse. Otra vez, hallándose amenazado
-de una cesantía, se empapó de la persuasión de su desgracia; no pensaba
-más que en el fatídico <i>cese</i>; lo veía delante de sí día y noche,
-manifestándose con brutal laconismo. ¿Y qué sucedió? Pues sucedió que me
-le ascendieron.</p>
-
-<p>En resumidas cuentas, al ir á casa del padre de la patria, Villaamil se
-impregnó bien en el convencimiento de un desastre, y pensaba así: «Como
-si lo viera; este señor me va á dar ahora la puntilla, diciéndome:
-«Amigo, lo siento mucho; el Ministro y yo no nos entendemos, y me es
-imposible hacer nada por usted».<span class="pagenum"><a name="page_290" id="page_290"></a>{290}</span></p>
-
-<p>Pero las palabras del aprovechado personaje fueron muy distintas, y
-jamás habría podido barruntar D. Ramón que el otro saliese por este
-registro: «Pues ayer tarde, después de escribir á usted, hablé con su
-yerno, el cual me manifestó que á usted le convendría más servir en
-provincias. Eso ya varía de especie, porque en provincias es mucho más
-fácil. Hoy mismo me ocuparé del asunto».</p>
-
-<p>En medio de la sorpresa grata que tan expresivas razones le causaron,
-sintió mi hombre el disgusto de la ingerencia de Víctor en aquel
-negocio. Retiróse á su casa intranquilo; pues le hacía muy poca gracia
-ver mezcladas la persona y recomendaciones de Cadalso con las suyas. No
-participó doña Pura de estos recelos, y el sol de su regocijo brilló sin
-nubes. Cierto que les contrariaba tener que hacer el hatillo; pero no
-estaban en situación de escoger lo mejor, sino de apechugar con lo
-posible, dando gracias á Dios.</p>
-
-<p>Desde aquel día, Villaamil frecuentaba la iglesia de un modo
-vergonzante. Al salir de casa, si las Comendadoras estaban abiertas, se
-colaba un rato allí, y oía misa si era hora de ello, y si no, se estaba
-un ratito de rodillas, tratando sin duda de armonizar su fatalismo con
-la idea cristiana. ¿Lo conseguiría? ¡Quién sabe! El cristianismo nos
-dice: <i>Pedid y se os dará</i>; nos manda que fiemos en Dios y esperemos de
-su mano<span class="pagenum"><a name="page_291" id="page_291"></a>{291}</span> el remedio de nuestros males; pero la experiencia de una larga
-vida de ansiedad sugería al buen Villaamil estas ideas: <i>No esperes y
-tendrás</i>; <i>desconfía del éxito para que el éxito llegue</i>. Allá se las
-compondría en su conciencia. Quizás abdicaba de su diabólica teoría,
-volviendo al dogma consolador; tal vez se entregaba con toda la efusión
-de su espíritu al Dios misericordioso, poniéndose en sus manos para que
-le diera lo que más le convenía, la muerte ó la vida, la credencial ó el
-eterno <i>cese</i>, el bienestar modesto ó la miseria horrible, la paz
-dichosa del servidor del Estado ó la desesperación famélica del
-pretendiente. Quizás anticipaba su acalorada gratitud para el primer
-caso ó su resignación para el segundo, y se proponía aguardar con ánimo
-estoico el divino fallo, renunciando á la previsión de los
-acontecimientos, resabio pecador del orgullo del hombre.</p>
-
-<h2><a name="XXX" id="XXX"></a>XXX</h2>
-
-<p>Una tarde, ya cerca de anochecido, al volver á su casa, vió á Monserrat
-abierto, y allá se entró. La iglesia estaba muy obscura. Casi á tientas
-pudo llegar á un banco de los de la nave central y se hincó juntó á él,
-mirando hacia el altar, alumbrado por una sola luz. Pisadas de algún
-devoto que entraba ó salía y silabeo tenue<span class="pagenum"><a name="page_292" id="page_292"></a>{292}</span> de rezos eran los únicos
-rumores que turbaban el silencio, en cuyo seno profundo arrojó el
-cesante su plegaria melancólica, mezcla absurda de piedad y
-burocracia... «Porque por más que revuelvo en mi conciencia no encuentro
-ningún pecado gordo que me haga merecer este cruel castigo... Yo he
-procurado siempre el bien del Estado, y he atendido á defender en todo
-caso la Administración contra sus defraudadores. Jamás hice ni consentí
-un chanchullo, jamás, Señor, jamás. Eso bien lo sabes tú, Señor... Ahí
-están mis libros cuando fuí tenedor de la Intervención... Ni un asiento
-mal hecho, ni una raspadura... ¿Por qué tanta injusticia en estos
-jeringados Gobiernos? Si es verdad que á todos nos das el pan de cada
-día, ¿por qué á mí me lo niegas? Y digo más: si el Estado debe favorecer
-á todos por igual, ¿por qué á mí me abandona?... ¡Á mí, que le he
-servido con tanta lealtad! Señor, que no me engañe ahora... Yo te
-prometo no dudar de tu misericordia como he dudado otras veces; yo te
-prometo no ser pesimista, y esperar, esperar en ti. Ahora, Padre
-Nuestro, tócale en el corazón á ese cansado Ministro, que es una buena
-persona: sólo que me le marean con tantas cartas y recomendaciones».</p>
-
-<p>Transcurrido un rato se sentó, porque el estar de rodillas le fatigaba,
-y sus ojos, acostumbrándose á la penumbra, empezaron á distinguir
-vagamente los altares, las imágenes, los<span class="pagenum"><a name="page_293" id="page_293"></a>{293}</span> confesonarios y las personas,
-dos ó tres viejas que rezongaban acurrucadas en ruedos al pie de los
-confesonarios. No esperaba él el buen encuentro que tuvo á la media hora
-de estar allí. Deslizándose sobre el banco ó andando con las asentaderas
-sobre la tabla, se le apareció su nieto.</p>
-
-<p>&mdash;Hijo, no te había visto. ¿Con quién vienes?</p>
-
-<p>&mdash;Con tía Abelarda, que está en aquella capilla... Aquí la estaba
-esperando y me quedé dormido. No le vi entrar á usted.</p>
-
-<p>&mdash;Pues aquí llegué hace un ratito&mdash;le dijo el abuelo, oprimiéndole
-contra sí.&mdash;¿Y tú, vienes aquí á dormir la siesta? No me gusta eso; te
-puedes enfriar y coger un catarro. Tienes las manos heladitas. Dámelas
-que te las caliente.</p>
-
-<p>&mdash;Abuelo&mdash;le preguntó Luis cogiéndole la cara y ladeándosela,&mdash;¿estaba
-usted rezando para que le coloquen?</p>
-
-<p>Tan turbado se encontraba el ánimo del cesante, que al oir á su nieto
-pasó de la risa al lloro en menos de un segundo. Pero Luis no advirtió
-que los ojos del anciano se humedecían, y suspiró con toda su alma al
-oir esta respuesta:</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hijo mío. Ya sabes tú que á Dios se le debe pedir todo lo que
-necesitamos.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo&mdash;replicó el chicuelo saltando por donde menos se podía
-esperar&mdash;se lo estoy diciendo todos los días, y nada.<span class="pagenum"><a name="page_294" id="page_294"></a>{294}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Tú... pero tú también pides?... ¡Qué rico eres! El Señor nos da
-cuanto nos conviene. Pero os preciso que seamos buenos, porque si no, no
-hay caso.</p>
-
-<p>Luis lanzó otro suspiro hondísimo que quería decir: «Esa es la
-dificultad, ¡contro!, que uno sea bueno». Después de una gran pausa, el
-chiquillo, manoseando otra vez la cara del abuelo para obligarle á mirar
-para él, murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;Abuelo, hoy me he sabido la lección.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí? Eso me gusta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cuándo me ponen en latín? Yo quiero aprenderlo para cantar misa...
-Pero mire usted, lo que es esta iglesia no me hace feliz. ¿Sabe usted
-por qué? Hay en aquella capilla un Señor con pelos largos que me da
-mucho miedo. No entro allí aunque me maten. Cuando yo sea cura, lo que
-es allí no digo misa...</p>
-
-<p>Don Ramón se echó á reir.</p>
-
-<p>&mdash;Ya se te irá quitando el temor, y verás cómo también al Cristo
-melenudo le dices tus misitas.</p>
-
-<p>&mdash;Y que ya estoy aprendiendo á echarlas. Murillo sabe todo el latinaje
-de la misa, y cuando se toca la campanilla y cuando se le levanta el
-faldón al cura.</p>
-
-<p>&mdash;Mira&mdash;le dijo su abuelo sin enterarse,&mdash;ve y avisa á la tía que estoy
-aquí. No me habrá visto. Ya es hora de que nos vayamos á casa.<span class="pagenum"><a name="page_295" id="page_295"></a>{295}</span></p>
-
-<p>Fué Luis á llevar el recado, y el taconeo de sus pisadas resonó en el
-suelo de la iglesia como alegre nota en tan lúgubre silencio. Abelarda,
-sentada á la turca en el suelo, miró hacia atrás, después se levantó, y
-vino á situarse junto á su padre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Has acabado?&mdash;le preguntó éste.</p>
-
-<p>&mdash;Aun me falta un poquito.&mdash;Y siguió silabeando, fijos los ojos en el
-altar.</p>
-
-<p>Confiaba mucho Villaamil en las oraciones de su hija, que creía fuesen
-por él, y así le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;No te apresures; reza con calma y cuanto quieras, que hay tiempo
-todavía. ¿Verdad que el corazón parece que se descarga de un gran peso
-cuando le contamos nuestras penas al único que las puede consolar?</p>
-
-<p>Esto brotó con espontaneidad nacida del fondo del alma. El sitio y la
-ocasión eran propicios al dulcísimo acto de abrir de par en par las
-puertas del espíritu y dar salida á todos los secretos. Abelarda se
-hallaba en estado psicológico semejante; pero sentía con más fuerza que
-su padre la necesidad de desahogo. No era dueña de callar en aquel
-instante, y á poco que se descuidara, le rebosarían de la boca
-confidencias que en otro lugar y momento por nada del mundo dejaría
-asomar á sus labios.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, papá!&mdash;se dejó decir.&mdash;Soy muy desgraciada... Usted no lo sabe
-bien.</p>
-
-<p>Asombróse Villaamil de tal salida, porque<span class="pagenum"><a name="page_296" id="page_296"></a>{296}</span> para él no había en la
-familia más que una desgracia, la cesantía y angustiosa tardanza de la
-credencial.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad&mdash;dijo soturnamente;&mdash;pero ahora... ahora debemos confiar...
-Dios no nos abandonará.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que es á mí&mdash;confirmó Abelarda,&mdash;bien abandonada me tiene... Es que
-le pasan á una cosas muy terribles. Dios hace á veces unos disparates...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dices, hija? (alarmadísimo). ¡Disparates Dios...!</p>
-
-<p>&mdash;Quiero decir que á veces le infunde á una sentimientos que la hacen
-infeliz; porque, ¿á qué viene querer, si no van las cosas por buen
-camino?</p>
-
-<p>Villaamil no comprendía. La miró por ver si la expresión del rostro
-aclaraba el enigma de la palabra. Pero la menguada luz no permitía al
-anciano descifrar el rostro de su hija. Y Luisito, en pie ante los dos,
-no entendía ni jota del diálogo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues si te he de decir verdad&mdash;añadió Villaamil buscando luz en
-aquella confusión,&mdash;no te entiendo. ¿Qué disgusto tienes? ¿Has reñido
-con Ponce? No lo creo. El pobre chico, anoche en el café, me habló tan
-natural de la prisa que le corre casarse. No quiere esperar á que se
-muera su tío, el cual, entre paréntesis, es hombre acabado.<span class="pagenum"><a name="page_297" id="page_297"></a>{297}</span></p>
-
-<p>&mdash;No es eso, no es eso&mdash;dijo la <i>Miau</i> con el corazón en prensa.&mdash;Ponce
-no me ha dado rabieta ninguna.</p>
-
-<p>&mdash;Pues entonces...</p>
-
-<p>Callaron ambos, y á poco Abelarda miró á su padre. Le retozaba en el
-alma un sentimiento maligno, un ansia de mortificar al bondadoso viejo
-diciéndole algo muy desagradable. ¿Cómo se explica esto? Únicamente por
-el rechazo de la efusión de piedad en aquel turbado espíritu, que
-buscando en vano el bien, rebotaba en dirección del mal, y en él
-momentáneamente se complacía. Algo hubo en ella de ese estado cerebral
-(relacionado con desórdenes nerviosos, familiares al organismo femenil),
-que sugiere los actos de infanticidio; y en aquel caso, el misterioso
-flúido de ira descargó sobre el mísero padre á quien tanto amaba.</p>
-
-<p>&mdash;¿No sabes una cosa?&mdash;le dijo.&mdash;Ya han colocado á Víctor. Hoy al
-mediodía... á poco de salir tú, llamaron á la puerta: era la credencial.
-Él estaba en casa. Le han dado el ascenso y le nombran... no sé qué en
-la Administración Económica de Madrid.</p>
-
-<p>Villaamil se quedó atontadísimo, como si le hubieran descargado un
-fuerte golpe de maza en la cabeza. Le zumbaron los oídos... creyó
-delirar, se hizo repetir la noticia, y Abelarda la repitió con acento en
-que vibraba la saña del parricida.<span class="pagenum"><a name="page_298" id="page_298"></a>{298}</span></p>
-
-<p>&mdash;Un gran destino&mdash;añadió.&mdash;El está muy contento, y dijo que si á ti te
-dejan fuera, puede, por de pronto y para que no estés desocupado, darte
-un destinillo subalterno en su oficina.</p>
-
-<p>Creyó por un momento el anciano sin ventura que la iglesia se le caía
-encima. Y en verdad, un peso enorme se le sentaba sobre el corazón no
-dejándole respirar. En el mismo instante, Abelarda, volviendo en sí de
-aquella perturbación cerebral que nublara su razón y sus sentimientos
-filiales, se arrepintió de la puñalada que acababa de asestar á su
-padre, y quiso ponerle bálsamo sin pérdida de tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;También á ti te colocarán pronto. Yo se lo he pedido á Dios.</p>
-
-<p>&mdash;¡Á mí! ¡colocarme á mí! (con furor pesimista). Dios no protege más que
-á los pillos... ¿Crees que espero algo ni del Ministro ni de Dios? Todos
-son lo mismo... ¡Arriba y abajo farsa, favoritismo, polaquería! Ya ves
-lo que sacamos de tanta humillación y de tanto rezo. Aquí me tienes
-desairado siempre y sin que nadie me haga caso, mientras que ese
-pasmarote, embustero y trapisondista...</p>
-
-<p>Se dió con la palma de la mano un golpe tan recio en el cráneo, que
-Luisito se asustó, mirando consternado á su abuelo. Entonces volvió á
-sentir Abelarda la malignidad parricida, uniéndola á un cierto instinto
-defensivo de la<span class="pagenum"><a name="page_299" id="page_299"></a>{299}</span> pasión que llenaba su alma. Los grandes errores de la
-vida, como los sentimientos hondos, aunque sean extraviados, tienden á
-conservarse y no quieren en modo alguno perecer. Abelarda salió á la
-defensa de sí misma defendiendo al otro.</p>
-
-<p>&mdash;No, papá, malo no es (con mucho calor), malo no. ¡En qué error tan
-grande están usted y mamá! Todo consiste en que le juzgan de ligero, en
-que no le comprenden.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú qué sabes, tonta?</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues no he de saberlo? Los demás no le comprenden, yo sí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tú, hija...!&mdash;y al decirlo, una sospecha terrible cruzó por su mente,
-atontándole más de lo que estaba. Pronto se rehizo, diciéndose: «No
-puede ser; ¡qué absurdo!» Pero como notara la excitación de su hija, el
-extravío de su mirar, volvió á sentirse acometido de la cruel sospecha.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tú... dices que le comprendes tú!</p>
-
-<p>Resistiéndose á penetrar el misterio, éste, al modo de negra sima, más
-profunda y temerosa cuanto más mirada, le atraía con vértigo insano.
-Comparó rápidamente ciertas actitudes de su hija, antes inexplicables,
-con lo que en aquel momento oía; ató cabos, recordó palabras, gestos,
-incidentes, y concluyó por declararse que estaba en presencia de un
-hecho muy grave. Tan grave era y tan contrario á sus sentimientos, que
-le daba terror cerciorarse<span class="pagenum"><a name="page_300" id="page_300"></a>{300}</span> de él. Más bien quería olvidarlo ó fingirse
-que era vana cavilación sin fundamento razonable.</p>
-
-<p>&mdash;Vámonos&mdash;murmuró.&mdash;Es tarde, y yo tengo que hacer antes de ir á casa.</p>
-
-<p>Abelarda se arrodilló para decir sus últimas oraciones, y el abuelo,
-cogiendo á Luisito de la mano, se dirigió lentamente hacia la puerta,
-sin hacer genuflexión alguna, sin mirar para el altar ni acordarse de
-que estaba en lugar sagrado. Pasaron junto á la capilla del Cristo
-melenudo, y como Cadalsito tirase del brazo de su abuelo para alejarle
-lo más posible de la efigie que tanto miedo le daba, Villaamil se
-incomodó y le dijo con cruel aspereza:</p>
-
-<p>&mdash;Que te come... Tonto...</p>
-
-<p>Salieron los tres, y en la esquina de la calle de Quiñones se
-encontraron á Pantoja, que detuvo á D. Ramón para hablarle del inaudito
-ascenso de Cadalso. Abelarda siguió hacia la casa. Al subir por la mal
-alumbrada escalera, sintió pasos descendentes. Era él... Su andar con
-ningún otro podía confundirse. Habría deseado esconderse para que no la
-viera, impulso de vergüenza y sobresalto que obedecía á misterioso
-presentimiento. El corazón le anunciaba algo inusitado, desarrollo y
-resultante natural de los hechos, y aquel encuentro la hacía temblar.
-Víctor la miró y se detuvo tres ó cuatro escalones más arriba del
-rellano en que la chica de Villaamil se paró, viéndole venir.<span class="pagenum"><a name="page_301" id="page_301"></a>{301}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Vuelves de la iglesia?&mdash;le dijo.&mdash;Yo no como hoy en casa. Estoy de
-convite.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno&mdash;replicó ella, y no se le ocurrió nada más ingenioso y oportuno.</p>
-
-<p>De un salto bajó Víctor los cuatro escalones, y sin decir nada, cogió á
-la insignificante por el talle y la oprimió contra sí, apoyándose en la
-pared. Abelarda dejóse abrazar sin la menor resistencia, y cuando él la
-besó con fingida exaltación en la frente y mejillas, cerró los ojos,
-descansando su cabeza sobre el pecho del guapo monstruo, en actitud de
-quien saborea un descanso muy deseado, después de larga fatiga.</p>
-
-<p>&mdash;Tenía que ser&mdash;dijo Víctor con la emoción que tan bien sabía
-simular.&mdash;No hemos hablado con claridad, y al fin nos entendemos. Vida
-mía, todo lo sacrifico por ti. ¿Estás dispuesta á hacer lo mismo por
-este desdichado?</p>
-
-<p>Abelarda respondió que sí con voz que sólo fué un simple despegar de
-labios.</p>
-
-<p>&mdash;¿Abandonarías casa, padres, todo, por seguirme?&mdash;dijo él en un rapto
-de infernal inspiración.</p>
-
-<p>Volvió la sosa á responder afirmativamente, ya con voz más clara y con
-acentuado movimiento de cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por seguirme para no separarnos jamás?</p>
-
-<p>&mdash;Te sigo como una tonta, sin reparar...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y pronto?</p>
-
-<p>&mdash;Cuando quieras... Ahora mismo.<span class="pagenum"><a name="page_302" id="page_302"></a>{302}</span></p>
-
-<p>Víctor meditó un rato.</p>
-
-<p>&mdash;Alma mía, todo puede hacerse sin escándalo. Separémonos ahora... Me
-parece que viene alguien. Es tu padre... Súbete. Hablaremos.</p>
-
-<p>Al sentir los pasos de su padre, Abelarda despertó de aquel breve sueño.
-Subió azorada, trémula, sin mirar hacia atrás. Víctor siguió bajando
-lentamente, y al cruzarse con su suegro y el niño, ni les dijo nada, ni
-ellos le hablaron tampoco. Cuando Villaamil llegaba al segundo, ya la
-joven había llamado presurosa, deseando entrar antes de que su padre
-pudiera sorprender la turbación de criminal que desencajaba su rostro.</p>
-
-<h2><a name="XXXI" id="XXXI"></a>XXXI</h2>
-
-<p>Toda aquella noche estuvo la insignificante en un estado próximo á la
-demencia, dividido su espíritu entre la alegría loca y una tristeza
-sepulcral. Á ratos sentíase acometida de punzante suspicacia. Había
-entregado su voluntad sin condiciones, sin exigir en cambio la rendición
-del albedrío del otro y el término de aquellos amores con mujer
-desconocida, amores de compromiso sin duda, difíciles de romper. ¿Los
-rompía y liquidaba todas sus atrasadas cuentas de amor? Así tenía que
-ser. Y francamente, no estaba de más haberlo dicho. ¡Pero si no había<span class="pagenum"><a name="page_303" id="page_303"></a>{303}</span>
-habido tiempo para nada, ni pudieron darse y pedirse las explicaciones
-propias del caso!... Fué como un relámpago aquel trueque y abandono
-mutuo de ambas voluntades. Convenía, pues, en la primera coyuntura,
-despejar la situación, alejando todo temor de duplicidad, y poner para
-siempre á un lado á la señora aquella de las cartas. Hecho esto,
-Abelarda se entregaría sin ningún trámite al hombre que le había
-absorbido el alma; renunciaba á toda libertad, era suya, de él, en la
-forma y condiciones que él quisiese, con escándalo ó sin escándalo, con
-honra ó sin honra.</p>
-
-<p>Mientras comían, Villaamil observaba á su hija, poniendo en su rostro
-los rasgos más enérgicos de aquella ferocidad tigresca que le
-caracterizaba. Comía sin apetito, y creeríase que devoraba una pieza
-palpitante y medio viva, que gemía y temblaba con dolores horribles,
-clavada en su tenedor. Doña Pura y Milagros no osaron hablarle de la
-colocación de Víctor. Ambas estaban mohínas, lúgubres y con cara de
-responso, y la misma Abelarda concluyó por formar parte de aquel
-silencioso coro de sepulcrales figuras. Aquella noche no había Real. El
-cesante se metió en su despacho, y las tres <i>Miaus</i> fueron á la sala,
-donde se reunieron el ínclito Ponce y las de Cuevas. Abelarda tuvo
-momentos de febril locuacidad, y otros de meditación taciturna.<span class="pagenum"><a name="page_304" id="page_304"></a>{304}</span></p>
-
-<p>Á las doce se acabó la tertulia, y á dormir... La casa en silencio,
-Abelarda en vela, esperando á Víctor para decirse lo que por decir
-estaba, y vaciar de lleno alma en alma, cambiando los vasos su
-contenido. Pero dió la una, la una y media, y el galán no parecía. Entre
-dos y tres, la infeliz muchacha se hallaba en estado febril, que
-encendía en su mente los más peregrinos disparates. Le habían matado...
-También podía ser que el abrazo, el besuqueo y la declaración de la
-escalera fueran una burla infame... Esta idea la rechazaba por ser
-demasiado absurda y no caber, según ella, dentro de los moldes de la
-humana maldad. Luego pensaba (y eran ya las tres y media) que la
-elegantona de las cartas coronadas, al enterarse aquella misma noche de
-que el amante se le iba, ó al oir de su propio labio tristes acentos de
-ruptura, tramaba contra él horrible venganza, le convidaba á cenar y le
-envenenaba, echándole en una copa de Jerez el veneno de los Borgias. Con
-las extrañas cavilaciones mezclaba la sosa mil lances que había visto en
-las óperas, las conjuraciones que arma la mezzo-soprano contra el tenor,
-porque éste la desprecia por la tiple; las perrerías del barítono para
-deshacerse de su aborrecido rival, la constancia sublime del tenor (y
-eran ya las cuatro), que sucumbiendo á las combinadas artimañas del bajo
-y la contralto, revienta en brazos de la tiple, y concluyen<span class="pagenum"><a name="page_305" id="page_305"></a>{305}</span> ambos
-diciéndose que se amarán en el otro mundo.</p>
-
-<p>Las cinco, y Víctor sin parecer. El cerebro de Abelarda era un volcán,
-que desfogaba por los ojos en destellos de calentura, por los labios en
-monosílabos de despecho, de amor, de cólera. Sólo dos veces, en la
-temporada aquélla, había pasado el <i>hombre superior</i> toda la noche fuera
-de casa; y la primera vez que esto sucediera, entró á eso de las diez de
-la mañana en un desorden lamentable, denunciando con su actitud, con sus
-palabras y hasta con su ropa, los excesos de una noche de festín entre
-personas de vida poco regular. ¡Si sucedería lo mismo aquella segunda
-vez!... Pero no; algo había ocurrido. Entre el tiernísimo paso de la
-escalera y aquella ausencia inexplicable, había un enigma, algo
-misterioso, quizás una desgracia ó una monstruosidad que la pobre
-muchacha, en la ofuscación de su inteligencia, no acertaba á comprender.
-Las seis, y nada. Rompió á llorar, y tan pronto reclinaba su cabeza
-sobre la almohada, como se sentaba en un baúl ó iba de una parte á otra
-de la habitación, cual pájaro saltando en su jaula de palito en palito.</p>
-
-<p>Llegó el día, y nada. El primero á quien Abelarda sintió levantarse fué
-su padre, que pasó camino de la cocina y después del despacho. Las ocho.
-Doña Pura no tardaría en abandonar las ociosas plumas. Como ya, aunque
-Víctor<span class="pagenum"><a name="page_306" id="page_306"></a>{306}</span> entrase, no era posible hablar á solas con él, la dolorida se
-acostó, no para dormir ni descansar, sino para que su madre no cayese en
-la cuenta de la noche toledana. Más de las nueve eran ya cuando entró el
-trasnochador con muy mal cariz. Doña Pura le abrió la puerta sin decirle
-una sola palabra. Metióse en su cuarto, y Abelarda, que salía del suyo,
-le sintió revolviéndose en el estrecho recinto, donde apenas cabían la
-cama, una silla y el baúl. «Si vas á la iglesia&mdash;díjole Pura, sacando
-unos cuartos del portamonedas,&mdash;te traes cuatro huevos... Que te
-acompañe Luis. Yo no salgo. Me duele la cabeza. Tu padre está
-disgustadísimo, y con razón. ¡Mira que colocar á este perdulario y
-dejarle á él en la calle, á él, tan honrado y que sabe más de
-Administración que todo el Ministerio junto! ¡Qué Gobiernos, Señor, qué
-Gobiernos! ¡Y se espantan luego de que haya revolución! Te traes cuatro
-huevos. ¡No sé cómo saldremos del día!... ¡Ah! tráete también el cordón
-negro para mi vestido y los corchetes».</p>
-
-<p>Abelarda fué á la iglesia, y al volver con los encargos de su madre,
-halló á ésta, su tía y Víctor en el comedor, enzarzados en furiosa
-disputa. La voz de Cadalso sobresalía, diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;Pero, señoras mías, ¿yo qué culpa tengo de que me hayan colocado á mí
-antes que á papá? ¿Es esto razón bastante para que todos en esta casa me
-pongan cara de cuerno? Pues ganas me<span class="pagenum"><a name="page_307" id="page_307"></a>{307}</span> dan, como hay Dios, de tirar la
-credencial á la calle. Antes que nada, la paz de la familia. Yo
-desviviéndome porque me quieran, yo tratando de hacer olvidar los
-disgustos que les he causado, y ahora, ¡válgame Dios!, porque al
-Ministro se le antoja colocarme, ya falta poco para que mi suegra y la
-hermana de mi suegra me saquen los ojos! Bueno, señoras; arañen, peguen
-todo lo que gusten; yo no he de quejarme. Mientras más perrerías me
-digan, más he de quererles yo á todos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Como si no supiéramos&mdash;objetó doña Pura hecha un áspid&mdash;que tú tienes
-vara alta en el Ministerio, y que si hubieras querido, ya Ramón tendría
-plaza...!</p>
-
-<p>&mdash;¡Por Dios, mamá, por Dios!&mdash;replicó Víctor revelando verdadera
-consternación.&mdash;Eso es del género inocente... No puedo creer que usted
-lo diga con formalidad. ¡Que yo...! vamos; ¡tengo entre la familia una
-reputacioncita...! ¿Y si yo jurase que he gestionado por papá más que
-por mí? ¿Si yo lo jurase? Claro, no me creerían. Pero, créanlo ó no, lo
-digo y lo sostengo.</p>
-
-<p>Abelarda no intervino en la reyerta, pero mentalmente se ponía de parte
-de su hermano político. En esto entró Villaamil, y Víctor se fué
-resueltamente á él: «Usted que es un hombre razonable, dígame si cree,
-como estas señoras, que yo he gestionado ó trabajado ó intrigado porque
-me colocaran á mí y á usted no.<span class="pagenum"><a name="page_308" id="page_308"></a>{308}</span> Porque aquí me están calentando las
-orejas con esa historia, y francamente, me aflige oirme tratar como un
-Judas sin conciencia. (Con noble acento.) Yo, Sr. D. Ramón, me he
-portado lealmente. Si he tenido la desgracia de ir por delante de otros,
-no es culpa mía. ¿Sabe usted lo que yo haría ahora?... y que me muera si
-no digo verdad. Pues cederle á usted mi plaza.»</p>
-
-<p>&mdash;Si nadie habla del asunto&mdash;replicó Villaamil con serenidad, que
-obtenía violentándose cruelmente.&mdash;¡Colocarme á mí! ¿Crees que alguien
-piensa en tal cosa? Ha pasado lo natural y lógico. Tú tienes allá... no
-sé dónde... buenos padrinos ó madrinas... Yo no tengo á nadie... Que te
-aproveche.</p>
-
-<p>Cerró la puerta de su despacho, dejando en el pasillo á Víctor, algo
-confuso y con una respuesta entre labio y labio, que no se atrevió á
-soltar. Aun quiso engatusar á doña Pura en el comedor, tratando de
-rendir su ánimo con expresiones servilmente cariñosas. «¡Qué desgracia
-tan grande, Dios mío, no ser comprendido! Me consumo por esta familia,
-me sacrifico por ella, hago mías sus desgracias y suyos mis escasos
-posibles, y como si nada. Soy y seré siempre aquí un huésped molesto y
-un pariente maldito. Paciencia, paciencia».</p>
-
-<p>Dijo esto con afectación hábil, en el momento de sacar papel y
-disponerse á escribir sobre la mesa del comedor. Ausentarse vió ante sí
-á<span class="pagenum"><a name="page_309" id="page_309"></a>{309}</span> su cuñada, de pié y mirándole, sosteniendo la barba entre los dedos
-de la mano derecha, actitud atenta, pensativa y cariñosa semejante,
-salva la belleza, á la de la célebre estatua de Polimnia en el grupo
-antiguo de las Musas. No era preciso ser lince para leer en las pupilas
-y expresión de la insignificante estas ó parecidas reconvenciones:
-«¿Pero qué haces ahí sin atenderme? ¿No sabes que soy la única persona
-que te ha comprendido? Vuélvete hacia mí, y no hagas caso de los
-demás,.. Estoy aguardándote desde anoche, ¡ingrato!, y tú tan distraído.
-¿Qué se hicieron tus planes de escapatoria? Estoy pronta... Me iré con
-lo puesto».</p>
-
-<p>Al verla en tal actitud y al leer en sus ojos la reconvención, cayó
-Víctor en la cuenta de que estaba en descubierto con ella. Maldito si
-desde la noche anterior se había vuelto á acordar del paso de la
-escalera, y si lo recordaba era como un hecho baladí, cual humorada
-estudiantil sin consecuencias para la vida. Su primera impresión, al
-despertarse la memoria, fué de disgusto, cual si recordase la precisión
-impertinente de pagar una visita de puro cumplido. Pero al instante
-compuso la fisonomía, que para cada situación tenía una hermosa máscara
-en el variado repertorio de su histrionismo moral; y cerciorándose de
-que no andaba por allí su suegra, puso una cara muy tierna, miró al
-techo, después á su cuñada, y entre ambos se cruzaron estas breves
-cláusulas:<span class="pagenum"><a name="page_310" id="page_310"></a>{310}</span></p>
-
-<p>&mdash;Vida mía, tengo que hablarte... ¿dónde y cuándo?</p>
-
-<p>&mdash;Esta tarde... en las Comendadoras... á las seis.</p>
-
-<p>Y nada más. Abelarda se escapó á arreglar la sala, y Víctor se puso á
-escribir, arrojando con desdén la careta y pensando de este modo: «La
-chiflada ésta quiere saber cuándo tocan á perderse... ¡Ah!... pues si tú
-lo cataras... Pero no lo catarás».</p>
-
-<h2><a name="XXXII" id="XXXII"></a>XXXII</h2>
-
-<p>Puntual, como la hora misma, entró Abelarda, á la de la cita, en las
-Comendadoras. La iglesia, callada y obscura, estaba que ni de encargo
-para el misterioso objeto de una cita. Quien hubiera visto entrar á la
-chica de Villaamil, se habría pasmado de notar en ella su mejor ropa,
-los verdaderos trapitos de cristianar. Se los puso sin que lo advirtiera
-su madre, que había salido á las cinco. Sentóse en un banco, rezando
-distraída y febril, y al cuarto de hora entró Víctor, que al pronto no
-veía gota, y dudaba á qué parte de la iglesia encaminarse. Fué ella á
-servirle de guía, y le tocó el brazo. Diéronse las manos y se sentaron
-cerca de la puerta, en un lugar bastante recogido y el más tenebroso de
-la iglesia, á la entrada de la capilla de los Dolores.<span class="pagenum"><a name="page_311" id="page_311"></a>{311}</span></p>
-
-<p>Á pesar de su pericia y del desparpajo con que solía afrontar las
-situaciones más difíciles, Víctor, no sabiendo cómo desflorar el asunto,
-estuvo mascando un rato las primeras palabras. Por fin, resuelto á
-abreviar, encomendándose mentalmente al demonio de su guarda, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Empiezo por pedirte perdón, vida mía; perdón, sí, lo necesito, por mi
-conducta... imprudente... El amor que te tengo es tan hondo, tan
-avasallador, que anoche, sin saber lo que hacía, quise lanzarte por
-las... escabrosidades de mi destino. Estarás enojadísima conmigo, lo
-comprendo, porque á una mujer de tu calidad, proponer yo como
-propuse...! Pero estaba ciego, demente, y no supe lo que me dije. ¡Qué
-idea habrás formado de mí! Merezco tu desprecio. Proponerte que
-abandonaras tus padres, tu casa, por seguirme á mí, á mí, cometa errante
-(recordando frases que había leído en otros tiempos y enjaretándolas con
-la mayor frescura), á mí que corro por los espacios, sin dirección fija,
-sin saber de dónde he recibido el impulso ni adónde me lleva mi carrera
-loca...! Me estrellaré; de fijo me estrellaré. Pero sería un infame,
-Abelarda (tomándole una mano), sería el último de los monstruos si
-permitiera que te estrellaras conmigo... tú, que eres un ángel: tú, que
-eres el encanto de tu familia... ¡Oh! te pido perdón, y me pondría de
-rodillas para alcanzarlo. Cometí gravísimo atentado contra<span class="pagenum"><a name="page_312" id="page_312"></a>{312}</span> tu dignidad,
-ultrajé tu candor, proponiéndote aquella atrocidad nacida en este
-cerebro calenturiento... en fin, perdóname, y admite mis honradas
-excusas. Te amo, te amo, y te amaré siempre, sin esperanza, porque no
-puedo aspirar á poseer tan... rica joya. Insultaría á Dios si tal
-aspiración tuviese...</p>
-
-<p>No acortaba la <i>Miau</i> á comprender bien aquella palabrería, de sentido
-tan opuesto á lo que esperaba escuchar. Mirábale á él, y después á la
-imagen más próxima, un San Juan con cordero y banderola, y le preguntaba
-al santo si aquello era verdad ó sueño.</p>
-
-<p>&mdash;Estás, estás perdonado&mdash;murmuró respirando muy fuerte.</p>
-
-<p>&mdash;No extrañes, amor mío&mdash;prosiguió él, dueño ya de la situación,&mdash;que en
-tu presencia me vuelva tímido y no sepa expresarme bien. Me fascinas, me
-anonadas, haciéndome ver mi pequeñez. Perdóname el atrevimiento de
-anoche. Quiero ahora ser digno de ti, quiero imitar esa serenidad
-sublime. Tú me marcas el camino que debo seguir, el camino de la vida
-ideal, de las acciones perfectamente ajustadas á la ley divina. Te
-imitaré; haré por imitarte. Es preciso que nos separemos, mujer
-incomparable. Si nos juntamos, tu vida corre peligro y la mía también.
-Estamos cercados de enemigos que nos acechan, que nos vigilan... ¿Qué
-debemos hacer?... Separarnos en la tierra, unirnos en las<span class="pagenum"><a name="page_313" id="page_313"></a>{313}</span> esferas
-ideales. Piensa en mí, que yo ni un instante te apartaré de mi
-pensamiento...</p>
-
-<p>Abelarda, inquietísima, se movía en el banco como si éste se hallara
-erizado de púas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo olvidar que cuando toda la familia me despreciaba, tú sola me
-comprendías y me consolabas? ¡Ah! no se olvida eso en mil años. Te
-aseguro que eres sublime. Soy un miserable. Déjame abandonado á mi
-triste suerte. Sé que has de pedir á Dios por mí, y esto me consuela. Si
-yo creyera, si yo pudiera prosternarme ante ese altar ó ante otro
-semejante, si yo rezar pudiese, rezaría por ti... Adiós, amor mío.</p>
-
-<p>Quiso cogerle una mano, pero Abelarda la retiró, volviendo la cara hacia
-el opuesto lado.</p>
-
-<p>&mdash;Tu esquivez me mata. Bien sé que la merezco... Anoche estuve contigo
-irrespetuoso, grosero, indelicado. Pero ya has dicho que me perdonabas.
-¿Á qué ese gesto? Ya, ya sé... Es que te estorbo, es que te soy
-aborrecible... Lo merezco; sé que lo merezco. Adiós. Estoy expiando mis
-culpas, porque ahora quiero separarme de ti, y ya ves, no puedo...
-¡Clavado en este banco!... (impaciente, y atropellándose por concluir
-pronto). ¿Te acordarás de mí en tu vida futura?... Oye un consejo:
-cásate con Ponce, y si no te casas, entra en un convento, y reza por él
-y por mí, por este pecador... Tú has nacido para la vida espiritual.
-Eres muy grande, y no cabes en la estrechez del matrimonio ni en la...<span class="pagenum"><a name="page_314" id="page_314"></a>{314}</span>
-prosaica vida de familia... No puedo seguir, mujer, porque pierdo la
-razón... deliro y... Valor... un supremo esfuerzo... Adiós, adiós.</p>
-
-<p>Y como alma que lleva Satanás, salió de la iglesia, refunfuñando. Tenía
-prisa, y se felicitaba de haber saldado una fastidiosa cuentecilla.
-«¡Qué demonio!&mdash;dijo, mirando su reloj y avivando el paso.&mdash;Pensé
-despachar en diez minutos y he empleado veinte. ¡Y <i>aquélla</i> esperándome
-desde las seis!... Vamos, que sin poderlo remediar me da lástima de esta
-inefable cursi. Van á tener que ponerte camisa... ó corsé de fuerza».</p>
-
-<p>Y Abelarda, ¿qué hacía y qué pensaba? Pues si hubiera visto que al
-púlpito de la iglesia subía el Diablo en persona y echaba un sermón
-acusando á los fieles de que no pecaban bastante, y diciéndoles que si
-seguían así no ganarían el infierno; si Abelarda hubiera visto esto, no
-se habría pasmado como se pasmó. La palabra del monstruo y su salida
-fugaz dejáronla yerta, incapaz de movimiento, el cerebro cuajado en las
-ideas y en las impresiones de aquella entrevista, como substancia echada
-en molde frío y que prontamente se endurece. Ni le pasó por la cabeza
-rezar, ¿para qué? Ni marcharse, ¿adónde? Mejor estaba allí, quieta y
-muda, rivalizando en inmovilidad con el San Juan del gallardete y con la
-Dolorosa. Ésta se hallaba al pie de la cruz, rígida en su enjuto vestido
-negro y en sus<span class="pagenum"><a name="page_315" id="page_315"></a>{315}</span> tocas de viuda, acribillado el pecho de espaditas de
-plata, las manos cruzadas con tanta fuerza, que los dedos se confundían
-formando un haz apretadísimo. El Cristo, mucho mayor que la imagen de su
-madre, extendíase por el muro arriba, tocando al techo del templete con
-su corona de abrojos, y estirando los brazos á increíble distancia.
-Abajo velas, los atributos de la Pasión, exvotos de cera, un cepillo con
-los bordes de la hendidura mugrientos, y el hierro del candado muy
-roñoso; el paño del altar goteado de cera; la repisa pintada imitando
-jaspe. Todo lo miraba la señorita de Villaamil, no viendo el conjunto,
-sino los detalles más ínfimos, clavando sus ojos aquí y allí como aguja
-que picotea sin penetrar, mientras su alma se apretaba contra la esponja
-henchida de amargor, absorbiéndolo todo.</p>
-
-<p>Vinieron á coincidir en el tiempo dos gravísimos actos, cada uno de los
-cuales pudo decidir por sí solo la vida ulterior de la insignificante y
-trastornada joven. Con diferencia de dos horas y media, se realizaron el
-suceso que acabo de referir y otro no menos importante. Ponce,
-conferenciando con doña Pura en la sala de ésta, sin testigos, se mostró
-enojado porque los padres de su prometida no habían fijado aún el día de
-la boda.</p>
-
-<p>&mdash;Pues por fijado, hijo, por fijado. Ramón y yo no deseamos otra cosa.
-¿Le parece á usted<span class="pagenum"><a name="page_316" id="page_316"></a>{316}</span> que á principios de Mayo? ¿el día de la Cruz?</p>
-
-<p>Poco antes doña Pura había explicado la ausencia de su hija en la
-tertulia por el grandísimo enfriamiento que aquella tarde cogiera en las
-Comendadoras. Entró en casa castañeteando los dientes, y con un
-calenturón tan fuerte, que su madre la mandó acostarse al momento. Era
-esto verdad; mas no toda la verdad, y la señora se calló el asombro de
-verla entrar á horas desusadas y con un vestido que no acostumbraba
-ponerse para ir de tarde á la iglesia mas próxima. «Eso es, lo mejorcito
-que tienes; estropéalo donde no lo puedes lucir, y dedícate á refregar
-con ese casimir tan rico de catorce reales los bancos de la iglesia,
-llenos de mugre, de polvo y de cuanta porquería hay». También se calló
-que su hija no contestaba acorde á nada de cuanto le decía. Esto, el
-chasquido de dientes y la repugnancia á comer movieron á doña Pura á
-meterla en la cama. No las tenía la señora todas consigo, y estaba
-cavilosa buscando el sentido de ciertas rarezas que en la niña notaba.
-«Sea lo que quiera&mdash;pensó,&mdash;cuanto más pronto la casemos, mejor». Sobre
-esto dijo algo á su marido; pero Villaamil no se había dignado contestar
-sílaba; tan tétrico y cabizbajo andaba.</p>
-
-<p>Abelarda, que se hacía la dormida para que no la molestase nadie, vió á
-Milagros acostando á Luisito, el cual no se durmió pronto aquella<span class="pagenum"><a name="page_317" id="page_317"></a>{317}</span>
-noche, sino que daba vueltas y más vueltas. Cuando ambos se quedaron
-solos, Abelarda le mandó estarse callado. No tenía ella ganas de jarana;
-era tarde y necesitaba descanso.</p>
-
-<p>&mdash;Tiíta, no puedo dormirme. Cuéntame cuentos.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, para cuentos estoy yo. Déjame en paz ó verás...</p>
-
-<p>Otras veces, al sentir á su sobrino desvelado, la insignificante, que le
-amaba entrañablemente, procuraba calmar su inquietud con afectuosas
-palabras; y si esto no era bastante, se iba á su cama, y arrullándole y
-agasajándole, conseguía que conciliara el sueño. Pero aquella noche,
-excitada y fuera de sí, sentía tremenda inquina contra el pobre
-muchacho; su voz la molestaba y hería, y por primera vez en su vida
-pensó de él lo siguiente: «¿Qué me importa á mí que duermas ó no, ni que
-estés bueno ni que estés malo, ni que te lleven los demonios?»</p>
-
-<p>Luisito, hecho á ver á su tía muy cariñosa, no se resignaba á callar.
-Quería palique á todo trance, y con voz de mimo, dijo á su compañera de
-habitación:</p>
-
-<p>&mdash;Tía, ¿viste tu por casualidad á Dios alguna vez?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hablas ahí, tonto?... Si no te callas, me levanto y...</p>
-
-<p>&mdash;No te enfades... pues yo, ¿qué culpa tengo?<span class="pagenum"><a name="page_318" id="page_318"></a>{318}</span> Yo veo á Dios, lo veo
-cuando me da la gana; para que lo sepas... Pero esta noche no le veo más
-que los pies... los pies con mucha sangre, clavaditos y con un lazo
-blanco, como los del Cristo de las melenas que está en Monserrat... y me
-da mucho miedo. No quiero cerrar los ojos, porque... te diré... yo nunca
-le he visto los pies, sino la cara y las manos... y esto me pasa...
-¿sabes por qué me pasa?... porque hice un pecado grande... porque le
-dije á mi papá una mentira, le dije que quería ir con la tía Quintina á
-su casa. Y fué mentira. Yo no quiero ir más que un ratito para ver los
-santos. Vivir con ella no. Porque irme con ella y dejaros á vosotros es
-pecado, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Cállate, cállate, que no estoy yo para oir tus sandeces... ¿Pues no
-dice que ve á Dios el muy borrico?... Sí, ahí está Dios para que tú le
-veas, bobo...</p>
-
-<p>Abelarda oyó al poco rato los sollozos de Cadalsito, y en vez de piedad,
-sintió, ¡cosa más rara!, una antipatía tal contra su sobrino, que mejor
-pudiera llamarse odio sañudo. El tal mocoso era un necio, un farsante
-que embaucaba á la familia con aquellas simplezas de ver á Dios y de
-querer hacerse curita; un hipócrita, un embustero, un
-mátalas-callando... y feo, y enclenque, y consentido además...</p>
-
-<p>Esta hostilidad hacia la pobre criatura era semejante á la que se inició
-la víspera en el corazón<span class="pagenum"><a name="page_319" id="page_319"></a>{319}</span> de Abelarda contra su propio padre, hostilidad
-contraria á la naturaleza, fruto sin duda de una de esas auras
-epileptiformes que subvierten los sentimientos primarios en el alma de
-la mujer. No supo ella darse cuenta de cómo tal monstruosidad germinara
-en su espíritu, y la veía crecer, crecer á cada instante, sintiendo
-cierta complacencia insana en apreciar su magnitud. Aborrecía á Luis, le
-aborrecía con todo su corazón. La voz del chiquillo le encalabrinaba los
-nervios, poniéndola frenética.</p>
-
-<p>Cadalsito, sollozando, insistió: «Le veo las piernas negras con
-manchurrones de sangre, le veo las rodillas con unos cardenales muy
-negros, tiíta... tengo mucho miedo... ¡Ven, ven!»</p>
-
-<p>La <i>Miau</i> crispó los puños, mordió las sábanas. Aquella voz quejumbrosa
-removía todo su ser, levantando en él una ola rojiza, ola de sangre que
-subía hasta nublarle los ojos. El chiquillo era un cómico, fingido y
-trapalón, bajado al mundo para martirizarla á ella y á toda su casta...
-Pero aun quedaba en Abelarda algo de hábito de ternura que contenía la
-expansión de su furor. Hacía un movimiento para echarse de la cama y
-correr á la de Luis con ánimo de darle azotes, y se reprimía luego. ¡Ah!
-como pusiera las manos en él, no se contentaría con la azotaina... le
-ahogaría, sí. ¡Tal furia le abrasaba el alma y tal sed de destrucción
-tenían sus ardientes manos!<span class="pagenum"><a name="page_320" id="page_320"></a>{320}</span></p>
-
-<p>&mdash;Tiíta, ahora le veo el faldellín todo lleno de sangre, mucha sangre...
-Ven, enciende luz, ó me muero de susto; quítamele, dile que se vaya. El
-otro Dios es el que á mí me gusta, el abuelo guapo, el que no tiene
-sangre, sino un manto muy fino y unas barbas blanquísimas...</p>
-
-<p>Ya no pudo ella dominarse, y saltó del lecho... Quedóse á su orilla
-inmovilizada, no por la piedad, sino por un recuerdo que hirió su mente
-con vívida luz. Lo mismo que ella hacía en aquel instante, lo había
-hecho su difunta hermana en una noche triste. Sí, Luisa padecía también
-aquellas horribles corazonadas de aborrecer á su progenitura, y cierta
-noche que le oyó quejarse, echóse de la cama y fué contra él, con las
-manos amenazantes, trocada de madre en fiera. Gracias que la sujetaron,
-pues si no, sabe Dios lo que habría pasado. Y Abelarda repetía las
-mismas palabras de la muerta, diciendo que el pobre niño era un
-monstruo, un aborto del infierno, venido á la tierra para castigo y
-condenación de la familia.</p>
-
-<p>Llevóla este recuerdo á comparar la semejanza de causas con la semejanza
-de efectos, y pensó angustiadísima: «¿Estaré yo loca, como mi
-hermana?... ¿Es locura, Dios mío?»</p>
-
-<p>Volvió á meterse entre sábanas, prestando atención á los sollozos de
-Luis, que parecían atenuarse, como si al fin le venciera el sueño.
-Transcurrió un largo rato, durante el cual la<span class="pagenum"><a name="page_321" id="page_321"></a>{321}</span> tiíta se aletargó á su
-vez; pero de improviso despertó sintiendo el mismo furor hostil en su
-mayor grado de intensidad. No la detuvo entonces el recuerdo de su
-hermana; no había en su espíritu nada que corrigiese la idea, ó mejor
-dicho, el delirio de que Luis era una mala persona, un engendro
-detestable, un ser infame á quien convenía exterminar. Él tenía la culpa
-de todos los males que la agobiaban, y cuando él desapareciera del
-mundo, el sol brillaría más y la vida sería dichosa. El chiquillo aquél
-representaba toda la perfidia humana, la traición, la mentira, la
-deshonra, el perjurio.</p>
-
-<p>Reinaba profunda obscuridad en la alcoba. Abelarda, en camisa y
-descalza, echándose un mantón sobre los hombros, avanzó palpando...
-Luego retrocedió buscando las cerillas. Habíasele ocurrido en aquel
-momento ir á la cocina en busca de un cuchillo que cortara bien. Para
-esto necesitaba luz. La encendió, y observó á Luis que al cabo dormía
-profundamente. «¡Qué buena ocasión!&mdash;se dijo;&mdash;ahora no chillará, ni
-hará gestos... Farsante, pinturero, monigote, me las pagarás... Sal
-ahora con la pamplina de que ves á Dios... Como si hubiera tal Dios, ni
-tales carneros...» Después de contemplar un rato al sobrinillo, salió
-resuelta. «Cuanto más pronto, mejor». El recuerdo de los sollozos del
-chico, hablando aquellos disparates de los pies que veía, atizaba su
-cólera. Llegó á la cocina y<span class="pagenum"><a name="page_322" id="page_322"></a>{322}</span> no encontró cuchillo, pero se fijó en el
-hacha de partir leña, tirada en un rincón, y le pareció que este
-instrumento era mejor para el <i>caso</i>, más seguro, más ejecutivo, más
-cortante. Cogió el hacha, hizo ademán de blandirla, y satisfecha del
-ensayo, volvió á la alcoba, en una mano la luz, en otra el arma, el
-mantón por la cabeza... Figura tan extraña y temerosa no se había visto
-nunca en aquella casa. Pero en el momento de abrir la puerta de
-cristales de la alcoba, sintió un ruido que la sobrecogió. Era el del
-llavín de Víctor girando en la cerradura. Como ladrón sorprendido,
-Abelarda apagó de un soplo la luz, entró, y se agachó detrás de la
-puerta, recatando el hacha. Aunque rodeada de tinieblas temía que Víctor
-la viese al pasar por el comedor y se hizo un ovillo, porque la furia
-que había determinado su última acción se trocó súbitamente en espanto
-con algo de femenil vergüenza. Él pasó alumbrándose con una cerilla,
-entró en su cuarto y se cerró al instante. Todo volvió á quedar en
-silencio. Hasta la alcoba de Abelarda llegaba débil, atravesando el
-comedor y las dos puertas de cristales, la claridad de la vela que
-encendiera Víctor para acostarse. Cosa de diez minutos duró el reflejo;
-después se extinguió, y todo quedó en sombra. Pero la cuitada no se
-atrevía ya á encender su luz; fué tanteando hasta la cama, escondió el
-hacha bajo la cómoda próxima al lecho, y se deslizó<span class="pagenum"><a name="page_323" id="page_323"></a>{323}</span> en éste
-reflexionando: «No es ocasión ahora. Gritaría, y el otro... Al otro le
-daría yo el hachazo del siglo; pero no basta un hachazo, ni dos, ni
-ciento... ni mil. Estaría toda la noche dándole golpes y no le acabaría
-de matar».</p>
-
-<h2><a name="XXXIII" id="XXXIII"></a>XXXIII</h2>
-
-<p>Nuestro infortunado Villaamil no vivía desde el momento aciago en que
-supo la colocación de su yerno, y para mayor desdicha el prohombre
-ministerial no le hacía caso. Inmediatamente después de almorzar, se
-echaba á la calle, y se pasaba el día de oficina en oficina, contando su
-malaventura á cuantos encontraba, refiriendo la atroz injusticia, que,
-entre paréntesis, no le cogía de nuevo; porque él, se lo podían creer,
-nunca esperó otra cosa. Cierto que, apretado por la fea necesidad, y
-llegando á sentir como un estorbo en aquel pesimismo que se había
-impuesto, se lo arrancaba á veces como quien se arranca una máscara, y
-decía, implorando con toda el alma desnuda: «Amigo Cucúrbitas, me
-conformo con cualquier cosa. Mi categoría es de Jefe de Administración
-de tercera; pero si me dan un puesto de oficial primero, vamos, de
-oficial segundo, lo tomo, sí señor, lo tomo, aunque sea en provincias.»
-La misma cantinela le entonaba al Jefe del Personal,<span class="pagenum"><a name="page_324" id="page_324"></a>{324}</span> á todos los amigos
-influyentes que en la casa tenía, y epistolarmente al Ministro y á Pez.
-Á Pantoja, en gran confianza, le dijo: «Aunque sea para mí una
-humillación, hasta oficial tercero aceptaré por salir de estas
-angustias... Después, Dios dirá».</p>
-
-<p>Luego iba de estampía contra Sevillano, de quien se hablará después,
-empleado en el Personal, el cual le decía con expresión de lástima: «Sí,
-hombre sí, cálmese usted; tenemos nota preferente... Debe usted procurar
-serenarse». Y le volvía la espalda. Poco á poco fué el santo varón
-desmintiendo su carácter, aprendiendo á importunar á todo el mundo y
-perdiendo el sentido de las conveniencias. Después de verle andar por
-las oficinas, dando la lata á diferentes amigos, sin excluir á los
-porteros, Pantoja le habló en confianza:</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes lo que el bigardo de tu yerno le dijo al Diputado ese? Pues que
-tú estabas loco y que no podías desempeñar ningún destino en la
-Administración. Como lo oyes; y el Diputado lo repitió en el Personal
-delante de Sevillano y del hermano de Espinosa, que me lo vino á contar
-á mí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eso dijo? (estupefacto). ¡Ah! lo creo. Es capaz de todo...</p>
-
-<p>Esto acabó de trastornarle. Ya la insistencia de su incansable porfía y
-la expresión de ansiedad que iban tomando sus ojos asustaba á sus
-amigos. En algunas oficinas, cuidaban de<span class="pagenum"><a name="page_325" id="page_325"></a>{325}</span> no responderle ó de hablarle
-con brevedad para que se cansara y se fuese con la música á otra parte.
-Pero estaba á prueba de desaires, por habérsele encallecido la epidermis
-del amor propio. En ausencia de Pantoja, Espinosa y Guillén le tomaban
-el pelo de lo lindo:</p>
-
-<p>&mdash;¿No sabe usted, amigo Villaamil lo que se corre por ahí? Que el
-Ministro va á presentar á las Cortes una ley estableciendo el <i>income
-tax</i>. La Caña la está estudiando.</p>
-
-<p>&mdash;Como que me ha robado mis ideas. Mis cuatro Memorias durmieron en su
-poder más de un año. Vean ustedes lo que saca uno de quemarse las cejas
-por estudiar algo que sirva de remedio á esta Hacienda moribunda... País
-de raterías, Administración de nulidades, cuando no se puede afanar una
-peseta, se tima el entendimiento ajeno. Ea, con Dios.</p>
-
-<p>Y salía disparado, precipitándose por los escalones abajo, hacia la
-Dirección de Impuestos (patio de la izquierda), ansioso de calentarle
-las orejas al amigo La Caña. Á la media hora se le veía otra vez
-venciendo jadeante la cansada escalera para meterse un rato en el Tesoro
-ó en Aduanas. Algunas veces, antes de entrar, daba la jaqueca á los
-porteros, contándoles toda su historia administrativa. «Yo entré á
-servir en tiempo de la Regencia de Espartero, siendo Ministro el Sr.
-Surrá y Rull, excelente persona, hombre muy mirado. Me parece que fué
-ayer<span class="pagenum"><a name="page_326" id="page_326"></a>{326}</span> cuando subí por esa escalera. Traía yo unos calzoncitos de
-cuadros, que se usaban entonces, y mi sombrero de copa, que había
-estrenado para tomar posesión. De aquel tiempo no queda ya nadie en <i>la
-casa</i>, pues el pobre Cruz, á quien vi en este mismo sitio cuando yo
-entraba, se las lió hace dos meses. ¡Ay, qué vida ésta!... Mi primer
-ascenso me lo dió D. Alejandro Mon... buena persona... y de mucho
-carácter, no se crean ustedes. Aquí se plantificaba á las ocho de la
-mañana, y hacía trabajar á la tropa; por eso hizo lo que hizo. Como
-madrugador, no ha habido otro D. Juan Bravo Murillo, y el número uno de
-los trasnochadores era D. José Salamanca, que nos tenía aquí á los de
-Secretaría hasta las dos ó las tres de la madrugada. Pues digo, ¿hay
-alguno entre ustedes que se acuerde de D. Juan Bruil, que, por más
-señas, me hizo á mí oficial tercero? ¡Ah, qué hombre! Era una pólvora.
-Pues también el amigo Madoz las gastaba buenas. ¡Qué cascarrabias! Yo
-tuve el 57 un director que no hacía un servicio al lucero del alba ni
-despachaba cosa alguna, como no viniera una mujer á pedírsela. Crean
-ustedes que la perdición del país es la faldamenta».</p>
-
-<p>Los porteros le llevaban el humor mientras podían; pero también llegaron
-á sentir cansancio de él, y pretextaban ocupaciones para zafarse. El
-santo varón, después de explayarse por las porterías, volvía adentro, y
-no faltaba en<span class="pagenum"><a name="page_327" id="page_327"></a>{327}</span> Aduanas ó en Propiedades un guasón presumido, como
-Urbanito, el hijo de Cucúrbitas, que le convidase á café para tirarle de
-la lengua y divertirse oyendo sus exaltadas quejas. «Miren ustedes; á mí
-me pasa esto por decente, pues si yo hubiera querido desembuchar ciertas
-cosas que sé referentes á pájaros gordos, ¿me entienden ustedes?... digo
-que si yo hubiera sido como otros que van á las redacciones con la
-denuncia del enjuage A, del enredo B..., otro gallo me cantara... ¿Pero
-qué resulta? Que aunque uno no quiera ser decente y delicado, no puedo
-conseguirlo. El pillo nace, el orador se hace. Total, que ni siquiera me
-vale haber escrito cuatro Memorias que constituyen un plan de
-Presupuestos, porque un mal amigo á quien se las enseño, me roba la idea
-y la da por suya. Lo que menos piensan ustedes es que ese dichoso
-<i>income tax</i> que quieren establecer, ¡temprano y con sol!, es idea
-mía... diez años devanándome los sesos... ¿para qué? Para que un grajo
-se adorne con mis plumas ó con la obra de mi pluma. Yo digo que si el
-Ministro sabe esto, si lo sabe el país, ¿qué sucederá? Puede que no
-suceda nada, porque allá se van el país y el Ministro en lo puercos y
-desagradecidos... Yo me lavo las manos; yo me estoy en mi casa, y si
-vienen revoluciones, que vengan; si el país cae en el abismo, que caiga
-con cien mil demonios. Después dirán: «¡Qué lástima no haber planteado<span class="pagenum"><a name="page_328" id="page_328"></a>{328}</span>
-los cuatro puntos aquellos del buen Villaamil: <i>Moralidad</i>, <i>Income
-tax</i>, <i>Aduanas</i>, <i>Unificación</i>!» Pero yo diré: <i>tarde piache</i>...
-«Haberlo visto antes». Dirán: «Pues que sea Villaamil Ministro»; y yo
-responderé: «Cuando quise no quisiste, y ahora... á buena hora, mangas
-verdes...» Conque, señores, me voy para que ustedes trabajen. En mis
-tiempos no había estos ocios. Se fumaba un cigarrito, se tomaba café, y
-luego al telar... Pero ahora, empleado hay que viene aquí á inventar
-charadas, á chapucear comedias, revistas de toros y gacetillas. Así está
-la Administración pública, que es una mujer pública, hablando mal y
-pronto. Francamente, esto da asco, y yo no sé cómo todos ustedes no
-hacen dimisión, y dejan solos al Ministro y al Jefe del Personal, á ver
-cómo se desenvuelven. No, no lo digo en broma; veo que se ríen ustedes,
-y no es cosa de risa. Dimisión total, huelga en un día dado, á una hora
-dada...»</p>
-
-<p>Por fin, hartos de este charlar incoherente, le echaban con buenos
-modos, diciéndole: «Don Ramón, usted debiera ir á tomar el aire. Un
-paseito por el Retiro le vendría muy bien». Salía rezongando, y en vez
-de seguir el saludable consejo de oxigenarse, bajaba, mal terciada la
-capa, y se metía en el Giro Mutuo, donde estaba Montes, ó en Impuestos,
-donde su amigo Cucúrbitas soportaba con increíble paciencia discursos
-como éste: «Te digo en<span class="pagenum"><a name="page_329" id="page_329"></a>{329}</span> confianza, aquí de ti para mí, que me contento
-con una plaza de oficial tercero: proponme al Ministro. Mira que siento
-en mi cabeza unas cosas muy raras, como si se me fuera el santo al
-cielo. Me entran ganas de decir disparates, y aun recelo que á veces se
-me salen de la boca. Que me den esos dos meses, ó no sé; creo que pronto
-empezaré á tirar piedras. Ya sabes mi situación; sabes que no tengo
-cesantía, porque, si bien soy anterior al 45, mi primer destino no fué
-de Real orden; no entré en plantilla hasta el 46, gracias á D. Juan
-Martín Carramolino. Bien te acordarás. Tú estabas por debajo de mí; yo
-te enseñé á poner una minuta en regla. El 54 tú entraste en la Milicia
-Nacional; yo no quise, porque nunca me ha gustado la bullanga. Ahí
-tienes el principio de tu buena fortuna y el de mi desdicha. Gracias al
-morrión te plantaste de un salto en Jefe de Negociado de segunda,
-mientras yo me estancaba en oficial primero... Parece mentira,
-Francisco, que el sombrero influya tanto. Pues dicen que Pez debe su
-carrera nada más que al chisterómetro de alas anchas y abarquilladas que
-le da un aire tan solemne... Bien recuerdo que tú me decías: «Ramón,
-ponte un chaleco de buen ver, que esto ayuda; gasta cuellos altos, muy
-altos, muy tiesos, que te obliguen á engallar la cabeza con cierto aire
-de importancia». Yo no te hice caso, y así estoy. Á Basilio, desde que
-se encajó la levita inglesa, le<span class="pagenum"><a name="page_330" id="page_330"></a>{330}</span> empezaron á indicar para el ascenso, y
-á mí se me antoja que las botas chillonas del amigo Montes, dando á su
-personalidad un no sé qué de atrevido, insolente y <i>qué se me da á mi</i>,
-han influído para que avance tanto... Sobre todo el sombrero, el
-sombrero es cosa esencialísima, Francisco, y el tuyo me parece un
-perfecto modelo... alto de copa y con hechura de trombón, el ala muy
-semejante á la canaleja de un cura. Luego esas corbatas que tú te
-permites... Si me colocan, me pondré una igual... Conque ya sabes:
-oficial tercero: cualquier cosa: el quid está en firmar la nómina, en
-ser algo, en que cuando entre yo aquí no me parezca que hasta las
-paredes lloran compadeciéndome... Francisco, hormiga de esta casa, hazlo
-por Dios y por tus hijos, tres de los cuales tienes ya bien colocados de
-aspirantes con cinco mil, sin contar á Urbanito que se calza doce. Si mi
-mujer fuera Pez en vez de ser rana, ¡ay! no estaría yo en seco. Parece
-que lo tenéis en la masa de la sangre, y cuando nacen tus nenes y
-sueltan el primer lloro de la vida, en vez de ponerles la teta en la
-boca, les ponen el <i>estado Letra A, Sección octava</i>, del Presupuesto.
-Adiós; interésate por mí, sácame de este pozo en que me he caído... No
-quiero molestarte; tienes que hacer. Yo también estoy atareadísimo.
-Abur, abur».</p>
-
-<p>No se crea que se iba mi hombre á la calle. Atraído de irresistible
-querencia, se lanzaba<span class="pagenum"><a name="page_331" id="page_331"></a>{331}</span> otra vez, jadeante, á la fatigosa ascensión por
-la escalera, y llegaba sin aliento á Secretaría. Allí cierto día se
-encontró una novedad. Los porteros, que comúnmente le franqueaban la
-entrada, le detuvieron, disimulando con insinuaciones piadosas la orden
-terminante que tenían de no dejarle pasar. «Don Ramón, váyase á su casa,
-y descanse y duerma para que se le despeje ese meollo. El Jefe está
-encerrado y no recibe á nadie». Irritóse Villaamil con la desusada
-consigna y aun quiso forzarla, alegando que no debía regir para él. La
-capa del infeliz cesante barrió el suelo de aquí para allí, y aun
-tuvieron los ordenanzas que ponerle el sombrero, desprendido de su
-cabeza venerable. «Bien, Pepito Pez, bien&mdash;decía el infeliz, respirando
-con dificultad;&mdash;así pagas á quien fué tu jefe, y te tapó muchas faltas.
-En donde menos se piensa salta un ingrato. Basta que yo te haya hecho
-mil favores, para que me trates como á un negro. Lógica puramente
-humana... Quedamos enterados. Adiós... ¡Ah! (volviéndose desde la
-puerta), dígale usted al Jefe del Personal, al D. Soplado ése, que usted
-y él se pueden ir á escardar cebollinos».<span class="pagenum"><a name="page_332" id="page_332"></a>{332}</span></p>
-
-<h2><a name="XXXIV" id="XXXIV"></a>XXXIV</h2>
-
-<p>Pecho á los escalones, y otra vez al piso segundo, á la oficina de
-Pantoja. Cuando entró, Guillén, Espinosa y otros badulaques estaban muy
-divertidos viendo las aleluyas que el primero había compuesto, una serie
-de dibujillos de mala muerte, con sus pareados al pie, ramplones,
-groseros y de mediano chiste, comprendiendo la historia completa de
-Villaamil desde su nacimiento hasta su muerte. Argüelles, que no veía
-con buenos ojos las groseras bromas de Guillén, se apartaba del corrillo
-para atender á su trabajo. Rezaba la aleluya que el Sr. de <i>Miau</i> había
-nacido en Coria, garrafal dislate histórico, pues vió la luz en tierra
-de Burgos; que desde el vientre de su madre pretendía, y que el ombligo
-se lo ataron con balduque. Entre otras particularidades, decía la
-ilustrada crónica, con dudosa gramática: <i>En vez de faja y pañales,&mdash;le
-envuelven en credenciales</i>; y más adelante: <i>Pide teta con afán,&mdash;y un
-Presupuesto le dan</i>. Luego, cuando el digno funcionario llega á la mayor
-edad, <i>Henchido de amor sin tasa,&mdash;con Zapaquilda se casa</i>; y á poco de
-estrenada la vida matrimonial empiezan los apuros. El desmantelado hogar
-de Villaamil se caracteriza en este elegante dístico: <i>Cuando faltan
-patacones,&mdash;se dan á cazar ratones</i>...<span class="pagenum"><a name="page_333" id="page_333"></a>{333}</span> Pero en lo que el inspirado
-coplero explaya su numen, es en la pintura de los sublimes trabajos
-villaamilescos: <i>Modelo de asiduidaz,&mdash;inventa el</i> <small>INCOME TAZ</small>... <i>Al
-Ministro le presenta&mdash;sus planes sobre la renta</i>... <i>El Jefe, al ver el</i>
-<small>INCOMIO</small>,&mdash;<i>me le manda á un manicomio</i>. Por fin le arroja el poeta estas
-flores: <i>Su existencia miserable&mdash;la sostiene con el sable</i>; y por aquí
-seguía hasta suponer el glorioso tránsito del héroe: <i>Le dan al fin la
-ración,&mdash;y muere del alegrón</i>... <i>Los gatos, cuando se mueren,&mdash;dicen
-todos: Miserere</i>...»</p>
-
-<p>Al ver á Villaamil escondieron el nefando pliego, pero con hilaridad mal
-reprimida denunciaban la broma que traían y su objeto. Ya otras veces el
-infeliz cesante pudo notar que su presencia en la oficina (faltando de
-ella Pantoja) producía un recrudecimiento en la sempiterna chacota de
-aquellos holgazanes. Las reticencias, las frases ilustradas con
-morisquetas al verle entrar, la cómica seriedad de los saludos le
-revelaron aquel día que su persona y quizás su desventura motivaban
-impertinentes chanzas, y esta certidumbre le llegó al alma. El enredijo
-de ideas que se había iniciado en su mente, y la irritación producida en
-su ánimo por tantas tribulaciones, encalabrinaban su amor propio; su
-carácter se agriaba; la ingénita mansedumbre trocábase en displicencia y
-el temple pacífico en susceptibilidad camorrista.<span class="pagenum"><a name="page_334" id="page_334"></a>{334}</span></p>
-
-<p>&mdash;Á ver, á ver&mdash;gruñó, acercándose al grupo con muy mal gesto.&mdash;Me
-parece que se ocupaban ustedes de mí... ¿Qué papelotes son esos que
-guarda Guillén?... Señores, hablemos claro. Si alguno de ustedes tiene
-que decirme algo, dígamelo en mis barbas. Francamente, en toda la casa
-noto que se urde contra mí una conjuración de calumnias; se trata de
-ponerme en ridículo, de indisponerme con los jefes, de presentarme al
-señor Ministro como un hombre grotesco, como un... ¡Y he de saber quién
-es el canalla, quién...! ¡Maldita sea su alma! (terciándose la capa, y
-pegando fuerte puñetazo en la mesa más próxima).</p>
-
-<p>Quedáronse todos fríos y mudos, porque no esperaban en Villaamil aquel
-rasgo de dignidad. <i>El caballero de Felipe IV</i> fué el primero que se
-explicó aquel súbito cambio de temperamento, por un desequilibrio
-mental. Además de que odiaba profundamente á Guillén, sentía lástima de
-su amigo, y echándole el brazo por encima del hombro, le rogó que se
-tranquilizara, añadiendo que donde él estuviera, nadie osaría zaherir á
-persona tan respetable. Mas no se calmaba Villaamil con estas razones,
-porque vió al maldito Guillén aguantando la risa con la cara pegada al
-pupitre, y en un arrebato de cólera se fué á él, y con ahogada y trémula
-voz le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Sepa usted, cojitranco de los infiernos, que<span class="pagenum"><a name="page_335" id="page_335"></a>{335}</span> de mí no se ríe nadie...
-Ya sé, ya sé que ha hecho usted unos estúpidos versos y unos mamarrachos
-ridiculizándome. En Aduanas he oído que si yo propuse ó no propuse al
-Ministro el <i>income tax</i>... y si me mandó ó no me mandó á un manicomio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo?... D. Ramón... ¡qué cosas tiene!&mdash;replicó Guillén cortado y
-cobarde.&mdash;Yo no he hecho las aleluyas; las hizo Pez Cortázar, el de
-Propiedades, y Urbano Cucúrbitas es el que las ha enseñado por ahí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues hágalas quien las hiciere, el autor de esa porquería es un
-marrano que debiera estar en un cubil. Me ultrajan porque me ven caído.
-¿Es eso de caballeros? Á ver, respóndanme. ¿Es eso de personas
-regulares?</p>
-
-<p>El santo varón giró sobre sí mismo, y se sentó, quebrantadísimo de aquel
-esfuerzo que acababa de hacer. Siguió murmurando, como si hablara á
-solas: «Es que por todos los medios se proponen acabar conmigo,
-desautorizarme, para que el Ministro me tenga por un ente, por un
-visionario, por un idiota».</p>
-
-<p>Exhalando suspiros hondísimos, encajó la quijada en el pecho y así
-estuvo más de un cuarto de hora sin pronunciar palabra. Los demás
-callaban, mirándose de reojo, serios, quizás compadecidos, y durante un
-rato no se oyó en la oficina más que el rasgueo de la pluma de
-Argüelles. De pronto, el chillar de las botas de<span class="pagenum"><a name="page_336" id="page_336"></a>{336}</span> Pantoja anunció la
-aproximación de este personaje. Todos afectaron atender á la faena, y el
-jefe de la sección entró con las manos cargadas de papeles. Villaamil no
-alzó la cabeza para mirar á su amigo ni parecía enterarse de su
-presencia.</p>
-
-<p>&mdash;Ramón&mdash;dijo Pantoja en afectuoso tono, llamándolo desde su
-asiento.&mdash;Ramón... pero Ramón... ¿qué es eso?</p>
-
-<p>Y por fin el amigo, dando otro suspirazo como quien despierta de un
-sueño, se levantó y fué hacia la mesa con paso claudicante.</p>
-
-<p>&mdash;Pero no te pongas así&mdash;le dijo D. Ventura quitando legajos de la silla
-próxima para que el otro se sentara.&mdash;Pareces un chiquillo. En todas las
-oficinas hablan de ti, como de una persona que empieza á pasearse por
-los cerros de Úbeda... Es preciso que te moderes, y sobre todo
-(amoscándose un poco), es preciso que cuando se hable de planes de
-Hacienda y de la confección de los nuevos Presupuestos, no salgas con la
-patochada del <i>income tax</i>... Eso está muy bueno para artículos de
-periódico (con desprecio), ó para soltarlo en la mesa del café, delante
-de cuatro tontos perdularios, de esos que arreglan con saliva el
-presupuesto de un país y no pagan al sastre ni á la patrona. Tú eres
-hombre serio y no puedes sostener que nuestro sistema tributario, fruto
-de la experiencia...</p>
-
-<p>Levantóse Villaamil como si en la silla hubiera<span class="pagenum"><a name="page_337" id="page_337"></a>{337}</span> surgido agudísimo
-punzón, y este movimiento brusco cortó la frase de Pantoja, que sin dada
-iba á rematarla en estilo administrativo, más propio de la <i>Gaceta</i> que
-de humana boca. Quedóse el buen Jefe de sección archipasmado al ver que
-la faz de su amigo expresaba frenética ira, que la mandíbula le
-temblaba, que los ojos despedían fuego; y subió de punto el pasmo al oir
-estas airadas expresiones:</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo te sostengo... sí, por encima de la cabeza de Cristo lo
-sostengo... que mantener el actual sistema es de jumentos rutinarios...
-y digo más, de chanchulleros y tramposos... Porque se necesita tener un
-dedo de telarañas en los sesos para no reconocer y proclamar que el
-<i>income tax</i>, impuesto sobre la renta ó como quiera llamársele, es lo
-único racional y filosófico en el orden contributivo... y digo más: digo
-que todos los que me oyen son un atajo de ignorantes, empezando por ti,
-y que sois la calamidad, la polilla, la ruina de esta casa y la filoxera
-del país, pues le estáis royendo y devorando la cepa, majaderos mil
-veces. Y esto se lo digo al Ministro si me apura, porque yo no quiero
-credenciales, ni colocación, ni derechos pasivos, ni nada; no quiero más
-que la verdad por delante, la buena administración, y conciliar...
-compaginar... armonizar (golpeando los dos dedos índices uno contra
-otro) los intereses del Estado con los del contribuyente. Y el
-mastuerzo,<span class="pagenum"><a name="page_338" id="page_338"></a>{338}</span> canalla, que diga que yo quiero destinos, se verá conmigo de
-hombre á hombre, aquí ó en mitad de la calle, junto al Dos de Mayo, ó en
-la pradera del Canal, á media noche, sin testigos... (dando terribles
-gritos, que atrajeron á los empleados de la oficina inmediata). Claro,
-me toman por un mandria porque no me conocen, porque no me han visto
-defendiendo la ley y la justicia contra los infames que en esta casa la
-atropellan. Yo no vengo aquí á mendigar una cochina credencial que
-desprecio; yo me paso por las narices á toda la casa, y á vosotros, y al
-Director, y al Jefe del Personal, y al Ministro; ¡yo no pido más que
-orden, moralidad, economía...!</p>
-
-<p>Revolvió los ojos á una parte y otra, y viéndose rodeado de tantas
-caras, alzó los brazos como si exhortara á una muchedumbre sediciosa, y
-lanzó un alarido salvaje gritando: «¡Vivan los presupuestos nivelados!»</p>
-
-<p>Salió de la oficina, arrastrando la capa y dando traspiés. El buen
-Pantoja, rascándose con el gorro, le siguió con mirada compasiva,
-mostrando sincera aflicción. «Señores&mdash;dijo á los suyos y á los
-extraños, agrupados allí por la curiosidad,&mdash;pidamos á Dios por nuestro
-pobre amigo, que ha perdido la razón».<span class="pagenum"><a name="page_339" id="page_339"></a>{339}</span></p>
-
-<h2><a name="XXXV" id="XXXV"></a>XXXV</h2>
-
-<p>No eran las once de la mañana del día siguiente, día último de mes, por
-más señas, cuando Villaamil subía con trabajo la escalera encajonada del
-Ministerio, parándose á cada tres ó cuatro peldaños para tomar aliento.
-Al llegar á la entrada de la Secretaría, los porteros, que la tarde
-anterior le habían visto salir en aquella actitud lamentable que
-referida está, se maravillaron de verle tan pacífico, en su habitual
-modestia y dulzura, como hombre incapaz de decir una palabra más alta
-que otra. Desconfiaban, no obstante, de esta mansedumbre, y cuando el
-buen hombre se sentó en el banco, duro y ancho como de iglesia, y arrimó
-los pies al brasero próximo, el portero más joven se acercó y le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Don Ramón, ¿para qué viene por aquí? Estése en su casa y cuídese, que
-tiempo tiene de rodar por estos barrios.</p>
-
-<p>&mdash;Puede que tengas razón, amigo Ceferino. En mi casa metidito, y acá se
-las arreglen estos señores como quieran. ¿Yo qué tengo que ver? Verdad
-que el país paga los vidrios rotos, y no puede uno ver con indiferencia
-tanto desbarrar. ¿Sabes tú si han llevado ya al Ministro el nuevo
-Presupuesto ultimado? No sabes... Verdad, ¡á ti<span class="pagenum"><a name="page_340" id="page_340"></a>{340}</span> que más te da! Tú no
-eres contribuyente... Pues desde ahora te digo que el nuevo Presupuesto
-es peor que el vigente, y todo lo que hacen aquí una cáfila de
-barbaridades y despropósitos. Ahí me las den todas. Yo en mi casa tan
-tranquilo, viendo cómo se desmorona este país, que podría estar nadando
-en oro si quisieran.</p>
-
-<p>Á poco de soltar esta perorata, el pobre cesante se quedó solo,
-meditando, la barba en la mejilla. Vió pasar algunos empleados conocidos
-suyos; pero como no le dijeron nada, no chistó. Consideraba quizás la
-soledad que se iba formando en torno suyo, y con qué prisa se desviaban
-de él los que fueron sus compañeros y hasta poco antes se llamaban sus
-amigos. «Todo ello&mdash;pensó con admirable observación de sí
-mismo&mdash;consiste en que mis desgracias me han hecho un poco extravagante,
-y en que alguna vez la misma fuerza del dolor es causa de que se me
-escapen frases y gestos que no son de hombre sesudo, y contradicen mi
-carácter y mi... ¿cómo es la palabreja?... ¡ah! mi idiosincrasia...
-¡Todo sea por Dios!»</p>
-
-<p>Distrájole de su meditación un amigo que entraba, y que se fué derecho á
-él en cuanto le vió. Era Argüelles, <i>el padre de familia</i>, envuelto en
-su capa negra, ó más bien ferreruelo, el sombrerete ladeado á la
-chamberga, el bigote retorcido, la perilla enhiesta y erizada por el
-roce<span class="pagenum"><a name="page_341" id="page_341"></a>{341}</span> del embozo. Antes de subir á Contribuciones solía entrar un rato
-en el Personal, para desahogar las penas de su alma con un amigo que le
-daba cuenta de todo, y así alimentaba sus ilusiones de un próximo
-ascenso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hace usted por aquí, amigo Villaamil?&mdash;le dijo en el tono que se
-emplea con los enfermos graves.&mdash;¿Quiere usted que tomemos café? Pero
-no; quizás el café le sentará mal. Hay que cuidarse, y si vale mi
-consejo, haría usted muy bien en no parecer por esta <i>posá del Peine</i> en
-muchos días.</p>
-
-<p>&mdash;¿Adónde vamos? (levantándose).</p>
-
-<p>&mdash;Al Personal. Echaremos un parrafillo con Sevillano, que nos enterará
-de los nombramientos del día. Venga usted.</p>
-
-<p>Y se internaron por luengo corredor, no muy claro, que primero doblaba
-hacia la derecha, después á la izquierda. Á lo largo del pasadizo
-accidentado y misterioso, las figuras de Villaamil y de Argüelles
-habrían podido trocarse, por obra y gracia de hábil caricatura, en las
-de Dante y Virgilio buscando por senos recónditos la entrada ó salida de
-los recintos infernales que visitaban. No era difícil hacer de D. Ramón
-un burlesco Dante por lo escueto de la figura y por la amplia capa que
-le envolvía; pero en lo tocante al poeta, había que substituirle con
-Quevedo, parodiador de la <i>Divina Comedia</i>, si bien el bueno de
-Argüelles, más semejanza<span class="pagenum"><a name="page_342" id="page_342"></a>{342}</span> tenía con el <i>Alguacil alguacilado</i> que con el
-gran vate que lo inventó. Ni Dante ni Quevedo soñaron, en sus
-fantásticos viajes, nada parecido al laberinto oficinesco, al campaneo
-discorde de los timbres que llaman desde todos los confines de la vasta
-mansión, al abrir y cerrar de mamparas y puertas, y al taconeo y
-carraspeo de los empleados que van á ocupar sus mesas colgando capa y
-hongo; nada comparable al mete y saca de papeles polvorosos, de vasos de
-agua, de paletadas de carbón, á la atmósfera tabacosa, á las órdenes
-dadas de pupitre á pupitre, y al tráfago y zumbido, en fin, de estas
-colmenas donde se labra el panal amargo de la Administración. Metiéronse
-Villaamil y su guía en un despacho donde había dos mesas y una sola
-persona, que en aquel momento se mudaba el sombrero por un gorro de pana
-morada, y las botas por zapatillas. Era Sevillano, oficial de
-secretaría, buen mozo, aunque algo machucho, bien quisto en la casa, con
-fama de cuquería. Saludó el tal á Villaamil con recelo, mirándole mucho
-á la cara: «Vamos tirando,» contestó el cesante eterno, y ocupó una
-silla junto á la mesa.</p>
-
-<p>&mdash;¿De lo mío nada...?&mdash;dijo Argüelles, usando una fórmula interrogativa
-y afirmativa á la vez.</p>
-
-<p>&mdash;Nada&mdash;replicó el presumido Sevillano, que al ponerse delante de la
-mesa, parecía movido<span class="pagenum"><a name="page_343" id="page_343"></a>{343}</span> del deseo de que le vieran las zapatillas bordadas
-y de que admiraran su breve pie,&mdash;lo que se llama nada. Ni te han
-propuesto ni ese es el camino.</p>
-
-<p>&mdash;No me coge de nuevo&mdash;gruñó el otro soltando capa y sombrero, como si
-quisiera oponer á la publicidad de las zapatillas de Sevillano la
-exhibición de sus encrespadas melenas.&mdash;Ese perro de Pantoja me ha
-engañado ya tres veces, y me engañará la cuarta si no le doy la
-morcilla. Yo lo paso todo, con tal que no me eche el pie adelante ese
-gorgojo repulsivo de Guillén. ¡Vamos, si le ascienden á él antes que á
-mí; si un <i>padre de familia</i> cargado de hijos y que lleva todo el peso
-de la oficina, se ve pospuesto á ese aborto inútil que mata el tiempo
-pintando monos...! (Volviéndose á Villaamil en solicitud de su
-aquiescencia.) ¿Tengo razón ó no tengo razón? ¿Le parece á usted que
-después de tantos años en este empleo, todavía les parezca temprano para
-darme el ascenso, y en cambio se lo den á ese coco, mamarracho, mal
-hombre y peor amigo, que además no sabe poner una minuta?</p>
-
-<p>&mdash;Cabalmente, cabalmente por eso, por ser una inutilidad&mdash;afirmó
-Villaamil con inmenso pesimismo,&mdash;tiene asegurada su carrera.</p>
-
-<p>&mdash;Yo me sublevo&mdash;declaró con rabia <i>el caballero de Felipe IV</i> dando una
-patada.&mdash;Si ascienden á ése antes que á mí, me voy al Ministro y<span class="pagenum"><a name="page_344" id="page_344"></a>{344}</span> le
-digo... vamos, le suelto una frescura. Esto es peor que insultarle á uno
-y escupirle la cara. Sí, porque tanto polaquismo requema la sangre, y le
-entran á uno ganas de echarse la moral á la espalda y casarse con Judas.
-Esa garrapata de Guillén, con sus chuscadas y sus versitos y sus
-porquerías, se ha hecho popular aquí. Le ríen las gracias estúpidas...
-Todos tenemos algo de culpa en darle alas, lo reconozco... Yo le aseguro
-á usted, amigo D. Ramón, que no volverá á enseñar delante de mí sus
-monigotes. Ya le diré yo cuántas son cinco, ya le diré...</p>
-
-<p>Argüelles se detuvo, creyendo ver en el rostro de Villaamil señales de
-excitación; pero, contra lo que temía, el anciano escuchaba sereno, no
-mostrándose lastimado por el recuerdo de las groseras burlas.</p>
-
-<p>&mdash;Dejarle, dejarle&mdash;contestó.&mdash;Por mi parte, sé sobreponerme á esas
-majaderías. Acuérdese usted; ayer, al enterarme de que se burlaban de
-mí, no dije esta boca es mía; ¿verdad que no? Estas cosas se desprecian,
-y nada más. Después me tropecé en la calle con el chico de Cucúrbitas,
-Urbanito, el cual está en Aduanas, y me contó que allí había ido Guillén
-con las aleluyas, que son una pura sandez. Ni siquiera hay un chiste en
-ellas. Que si, de niño, en vez de envolverme en pañales, me envolvían en
-nóminas... que si le propuse al Ministro el <i>income tax</i>... Y á él,
-pregunto yo ahora, á él,<span class="pagenum"><a name="page_345" id="page_345"></a>{345}</span> el muy asno, ¿qué le va ni le viene con que yo
-proponga el <i>income tax</i>? ¿Qué entiende él de esas materias tan
-superiores al entendimiento de un escuerzo sietemesino? Luego dice que
-doy sablazos... calumnia infame, porque si en las horribles trinquetadas
-que paso, la necesidad me impulsa á pedir el auxilio de un amigo, eso no
-quiere decir que sea yo un petardista. Pero estas injurias hay que
-llevarlas con muchísima paciencia, y no dar al infame denostador ni
-siquiera el gusto de nuestras quejas, porque se engreiría del mal que
-hace. Desprecio, indiferencia, y que vomite veneno hasta que se le seque
-el alma. ¡Ah! yo no obsequiaré nunca á esos reptiles con el favor de mis
-miradas. Y á ese tal le he dado yo calor en mi seno, vean ustedes,
-porque él va á mi casa, adula á mi familia, se bebe mi vino, y allí
-parece que nos quiere á todos como hermanos. ¡Valiente bicharraco!... Y
-digo más: digo que Pantoja también tiene algo de culpa, porque le
-permite perder el tiempo en hacer estas porquerías... Todos sus
-mamarrachos los conozco lo mismo que si los hubiera visto, pues Urbanito
-no omitió detalle. Pasa por tonto este chico; pero yo afirmo que tiene
-mucho talento, y lo que es á memoria no hay quien le gane. Díjome
-también que con las iniciales de los títulos de mis cuatro Memorias ha
-compuesto Guillén el mote de Miau, que me aplica en las aleluyas.<span class="pagenum"><a name="page_346" id="page_346"></a>{346}</span> Yo lo
-acepto. Esa M, esa I, esa A y esa U, son, como el <i>Inri</i>, el letrero
-infamante que le pusieron a Cristo en la cruz... Ya que me han
-crucificado entre ladrones, para que todo sea completo, pónganme sobre
-la cabeza esas cuatro letras en que se hace mofa y escarnio de mi gran
-misión.</p>
-
-<h2><a name="XXXVI" id="XXXVI"></a>XXXVI</h2>
-
-<p>Sevillano y Argüelles, que al principio le habían oído con algo de
-respeto, en cuanto oyeron aquella salida, titubearon entre la compasión
-y la risa, prevaleciendo al fin la primera, que expresó Sevillano en
-esta forma:</p>
-
-<p>&mdash;Hace bien usted en despreciar tales miserias. Nada más repugnante que
-hacer burla de un hombre digno y desgraciado. Aquí me trajeron también
-los muñecos esos; pero no los quise ver... Ahora, si ustedes quieren,
-tomaremos café.</p>
-
-<p>Entró el mozo con el servicio; Villaamil rehusó cortésmente el obsequio,
-y los otros dos se sentaron para tomar á gusto, en vaso muy colmadito,
-el brebaje aromático que es alegría y consuelo de las oficinas.</p>
-
-<p>&mdash;Pues le he de decir á usted&mdash;manifestó el cesante con la serenidad de
-un hombre dueño de sus facultades,&mdash;que se vaya usted haciendo<span class="pagenum"><a name="page_347" id="page_347"></a>{347}</span> á la
-injusticia, que se familiarice con las bofetadas y se acostumbre á la
-idea de ver á ese piojo pasándole por delante. La lógica española no
-puede fallar. El pillo delante del honrado; el ignorante encima del
-entendido; el funcionario probo debajo, siempre debajo. Y agradezca
-usted que en premio de sus servicios no le limpian el comedero... que no
-sé, no sé si sacar también esa consecuencia lógica.</p>
-
-<p>&mdash;Armo un tiberio, créalo usted, lo armo, pero gordo&mdash;dijo el <i>padre de
-familias</i> entre sorbo y sorbo.&mdash;Como le asciendan antes que á mí, crea
-usted que todo el Colegio de Sordomudos me tendrá que oir.</p>
-
-<p>&mdash;Le oirá y callará, y no habrá más remedio que conformarse. Véase mi
-raciocinio (acercando su silla á las de los bebedores de café). ¿Quién
-le apoya á usted? Nadie; y digo nadie, porque no le apoya ninguna mujer.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es verdad,</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Cuando veo un nombramiento absurdo, pregunto: <i>¿quién es ella?</i>
-Porque es probado; siempre que una nulidad se sobrepone á un empleado
-útil, ponga usted el oído y escuchará rumor de faldas. ¿Apostamos á que
-sé quién ha pedido el ascenso del cojo? Pues su prima, la viuda del
-comandantón aquel que está en Filipinas, esa tal Enriqueta, frescachona,
-más suelta que las gallinas, de la cual se dice si tuvo que ver ó no
-tuvo que ver con nuestro<span class="pagenum"><a name="page_348" id="page_348"></a>{348}</span> egregio Director. Ahora, sabiendo á qué
-aldabas se agarra ese morral de Guillén, ayúdenme ustedes á sentir.
-Nada, el amigo Argüelles, con toda su prole arrastras, se quedará
-ladrando de hambre, y el otro ascenderá, y ole morena.</p>
-
-<p>Sevillano confirmaba con una sonrisa las acres observaciones del
-trastornado Villaamil, que no lo parecía al decir cosas tan á pelo; y el
-<i>caballero de Felipe IV</i> se atusaba sus engrasadas melenas y se retorcía
-el bigote, dándole á la perilla tales tirones, que á poco más se la
-arranca de cuajo.</p>
-
-<p>&mdash;Lo vengo diciendo hace tiempo, ¡cáscaras! Se necesita no tener
-vergüenza para servir á este cabrón del Estado. Y ya que el amigo
-Villaamil está hoy de buena pasta, le diremos una cosa que no sabe.
-¿Quién recomendó á Víctor Cadalso para que echaran tierra al expediente
-y encimita le encajaran un ascenso?</p>
-
-<p>&mdash;Ello debe de ser cosa de hembras; alguna joven sensible que ande por
-ahí, porque Víctor las atrapa lindamente.</p>
-
-<p>&mdash;Le apoyaron dos Diputados&mdash;dijo Sevillano:&mdash;hicieron fuerza de vela
-sin conseguir nada, hasta que vino presión por alto...</p>
-
-<p>&mdash;Pero si me ha dicho Ildefonso Cabrera&mdash;observó el viejo
-acalorándose&mdash;que ese pelele está liado con marquesas, duquesas y cuanta
-señorona hay en la alta sociedad...</p>
-
-<p>&mdash;No haga usted caso, D. Ramón&mdash;indicó<span class="pagenum"><a name="page_349" id="page_349"></a>{349}</span> Argüelles.&mdash;Si, después de todo,
-su yerno de usted es un cursi... así como suena, un cursilón. No se ve
-ya un mozo verdaderamente elegante, como los de mi tiempo. Ríase usted
-de todas esas conquistas de Víctor, que no tiene más amparo que el de mi
-vecina. En el principal de mi casa vive un marqués... no me acuerdo del
-título; es valenciano y algo así como Benengeli, algo que suena á
-morisco. Este marqués tiene una tía, dos veces viuda... una criatura,
-como quien dice... Mi mujer, que ya pasó de los cincuenta, asegura que
-estando ella de corto (mi mujer, se entiende), conoció á esa señora en
-Valencia, ya casada. En fin, que los sesenta y pico no hay quien se los
-quite, y aunque debió de ser buena moza, ya no hay pintura que la salve
-ni remiendo que la enderece.</p>
-
-<p>&mdash;Y cuando menos, mi yernecito ha seducido toda esa inocencia.</p>
-
-<p>&mdash;Aguárdese usted. Es cosa pública en Valencia que el tiburón ese se
-enamoriscó de Cadalso, y él... también la quiso, por supuesto, con su
-cuenta y razón. Vinieron juntos á Madrid; enredito allá, enredito aquí.
-Á mí nadie tiene que contármelo, pues le veo en la calle, esperando á la
-abuela, porque los marqueses no le permiten entrar en la casa. Ella sale
-en su coche, muy emperejilada, toda fofa y hueca, con unas témporas así,
-todo postizo, se entiende, y la cara con más pintura que el <i>Pasmo de<span class="pagenum"><a name="page_350" id="page_350"></a>{350}</span>
-Sicilia</i>... Se para en la esquina de Relatores, y allí entra el terror
-de las doncellas y se van qué sé yo adónde... Y me ha contado el lacayo,
-que es vecino mío en el sotabanco de la izquierda, que casi todos los
-días recibe carta la tarasca, y en seguida le larga á su nene tres
-pliegos... El lacayo echa las cartas al correo, y me cuenta lo que dice
-el sobre y las señas... Quiñones, 13, segundo.</p>
-
-<p>&mdash;Si yo me sorprendiera de esto&mdash;declaró Villaamil entre risueño y
-desdeñoso,&mdash;sería un niño de teta. ¡Y esa fantasma ha venido aquí, al
-templo de la Administración (indignándose), á arrojar sobre el Estado la
-ignominia de sus recomendaciones en favor de un perdis...!</p>
-
-<p>&mdash;No, por aquí no ha parecido, ni lo necesita&mdash;apuntó Sevillano.&mdash;Con el
-teclado de sus relaciones, mueven ésas todo el Ministerio, sin poner los
-pies en él.</p>
-
-<p>&mdash;Les basta decir una palabrita á cualquier pájaro gordo. Luego descarga
-aquí la nota...</p>
-
-<p>&mdash;De esas que no piden, sino mandan.</p>
-
-<p>&mdash;Á raja tabla... Hágase... Y hecho está, y ole morena,.. No sería malo
-un buen pararrayos para esas chispas, un Ministro de carácter. ¿Pero
-dónde está ese Mesías? (dándose fuerte puñetazo en la rodilla). La
-condenada Administración es una hi de mala hembra con la que no se puede
-tener trato sin deshonrarse... Pero los que tienen hijos, amigo
-Argüelles, ¿qué han de hacer<span class="pagenum"><a name="page_351" id="page_351"></a>{351}</span> sino prostituirse? Á ver, búsquese usted
-por ahí un felpudito que le ampare. Usted tiene todavía buen ver. Á poco
-que se emperifolle, le salen las conquistas así... y le pica en el
-anzuelo una lamprea con conchas... Animarse, pollo... ¡Pues si yo
-tuviera veinte años menos...!</p>
-
-<p>Sevillano se reía, y Argüelles se pavoneaba henchido de fatuidad,
-enroscándose aquella birria de bigote pintado... No parecía echar en
-saco roto la exhortación, porque la edad no le había curado de su
-vanidad de Tenorio.</p>
-
-<p>&mdash;Francamente, señores&mdash;manifestó con acento de hombre muy
-corrido,&mdash;nunca me ha gustado el amor como negocio... El amor por el
-amor. Ni con dinero encima cargo yo con una res como esa de Víctor,
-contemporánea del andar á pie, y que todo lo tiene postizo, todo
-absolutamente, créanme ustedes.</p>
-
-<p>&mdash;¡Fuera remilgos, y á ellas!&mdash;dijo Villaamil, á quien le había entrado
-hilaridad nerviosa.&mdash;No están los tiempos para hacer <i>fu</i> á nada... Este
-<i>padre de familias</i> es terrible. No le gustan más que las doncellitas
-tiernas.</p>
-
-<p>&mdash;Pues de broma ha dicho usted la verdad. De quince á veinte. Lo demás
-para bobos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos, que si le cayera á usted un pimpollo como ese de Víctor!...
-Porque la tal debe de tener guita, y á su vera no hay bolsillo vacío...
-Ahora me explico que mi yerno, cuando se le acabaron los dineros que
-afanó por el enjuague<span class="pagenum"><a name="page_352" id="page_352"></a>{352}</span> de Consumos, gastaba del capítulo de guerra de
-esa vejancona... ¡Vamos (dándose otro palmetazo en la rodilla), que
-vivimos en una condenada época en que no podemos ni siquiera
-avergonzarnos, porque el estiércol, la condenada costra de estiércol que
-llevamos en la cara nos lo impide!</p>
-
-<p>Levantóse para salir. Argüelles suspiró y con un gesto despidióse de
-Sevillano, que se puso á trabajar antes de que salieran.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á la oficina&mdash;dijo el caballero alguacilado, embozándose en el
-ferreruelo, cogiendo del brazo á su amigo é internándose por los
-pasillos;&mdash;que ese mal bicho de Pantoja me chillará si tardo. ¡Qué vida,
-D. Ramón, qué vida!... Y á propósito. ¿No observó usted que mientras
-hablábamos de la señora que protege á Víctor, Sevillano no chistaba? Es
-que también él se calza á una momia... sí... ¿no sabía usted? la viuda
-de aquel Pez y Pizarro que fué Director de Loterías en la Habana, primo
-de nuestro amigo D. Manuel. Eso lo saben hasta los perros... y ella le
-protege, le regala cada dos años su ascensito.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué me dice usted? (parándose y mirándole cara á cara, en una actitud
-propiamente dantesca). Conque Sevillano... Sí; ya decía yo que ese chico
-iba demasiado aprisa. Era yo Jefe de Negociado, cuando entró de
-aspirante con cinco mil...<span class="pagenum"><a name="page_353" id="page_353"></a>{353}</span></p>
-
-<p>Se persignó y siguieron hasta Contribuciones. Pantoja y los demás
-recibieron al sufrido cesante con sobresalto, temerosos de una escena
-como la del día anterior. Pero el anciano les tranquilizó con su
-apacible acento y la serenidad relativa de su rostro. Sin dignarse mirar
-a Guillén, fué á sentarse junto al Jefe, á quien dijo de manos á boca:</p>
-
-<p>&mdash;Hoy me encuentro muy bien, Ventura. He descansado anoche, me despejé,
-y estoy hasta contento, me lo puedes creer, echando chispas de contento.</p>
-
-<p>&mdash;Más vale así, hombre, más vale así&mdash;repuso el otro observándole los
-ojos.&mdash;¿Qué traes por acá?</p>
-
-<p>&mdash;Nada... la querencia... hoy estoy alegre... ya ves cómo me río
-(riendo). Es posible que hoy venga por última vez, aunque... te lo
-aseguro... me divierte, me divierte esta casa. Se ven aquí cosas que le
-hacen á uno... morir de risa.</p>
-
-<p>El trabajo concluyó aquel día más pronto que de ordinario, porque era
-día de paga, la fecha venturosa que pone feliz término á las angustias
-del fin de mes, abriendo nueva era de esperanzas. El día de paga hay en
-las salas de aquel falansterio más luz, aire más puro y un no sé qué de
-diáfano y alegre que se mete en los corazones de los infelices
-jornaleros de la Hacienda pública.</p>
-
-<p>&mdash;Hoy os dan la paga&mdash;dijo Villaamil á su<span class="pagenum"><a name="page_354" id="page_354"></a>{354}</span> amigote, suspendiendo aquel
-reir franco y bonachón de que afectado estaba.</p>
-
-<p>Ya se conocía en el ruido de pisadas, en el sonar de timbres, en el
-movimiento y animación de las oficinas, que había empezado la operación.
-Cesaba el trabajo, se ataban los legajos, eran cerrados los pupitres, y
-las plumas yacían sobre las mesas entre el desorden de los papeles y las
-arenillas que se pegaban á las manos sudorosas. En algunos
-departamentos, los funcionarios acudían, conforme les iban llamando, al
-despacho de los habilitados, que les hacían firmar la nominilla y les
-daban el trigo. En otros, los habilitados mandaban un ordenanza con los
-santos cuartos en una hortera, en plata y billetes chicos, y la
-nominilla. El Jefe de la sección se encargaba de distribuir las raciones
-de metálico y de hacer firmar á cada uno lo que recibía.</p>
-
-<h2><a name="XXXVII" id="XXXVII"></a>XXXVII</h2>
-
-<p>Es cosa averiguada que cuando Villaamil vió entrar al portero con la
-horterita aquélla, se excitó mucho, acentuando su increíble alegría, y
-expresándola de campechana manera. «¡Anda, anda, qué cara ponéis
-todos!... Aquí está ya el santo advenimiento... la alegría del mes...
-San Garbanzo bendito... ¡Pues apenas vais á echar mal pelo con tantos
-dinerales!...<span class="pagenum"><a name="page_355" id="page_355"></a>{355}</span></p>
-
-<p>Pantoja empezó á repartir. Todos cobraron la paga entera, menos uno de
-los aspirantes, á quien entregó el Jefe el pagaré otorgado á un
-prestamista, diciendo: «Está usted cancelado», y Argüelles recibió un
-tercio no más, por tener retenido lo restante. Cogiólo torciendo el
-gesto, echando la firma en la nominilla con rasgos que declaraban su
-furia; y después, el gran Pantoja se guardó su parte pausada y
-ceremoniosamente, metiendo en su cartera los billetes, y los duros en el
-bolsillo del chaleco, bien estibaditos para que no se cayesen. Villaamil
-no le quitaba ojo mientras duró la operación, y hasta que no desapareció
-la última moneda no dejó de observarle. Le temblaba la mandíbula, le
-bailaban las manos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sales?&mdash;dijo á su amigo, levantándose.&mdash;Nos iremos de paseo. Yo tengo
-hoy... muy buen humor...¿no ves?... Estoy muy divertido...</p>
-
-<p>&mdash;Yo me quedo un rato más&mdash;respondió el <i>honrado</i>, que deseaba quitarse
-de encima aquella calamidad.&mdash;Tengo que ir un rato á Secretaría.</p>
-
-<p>&mdash;Pues quédate con Dios... Me largo de paseo... Estoy contentísimo... y
-de paso, compraré unas píldoras.</p>
-
-<p>&mdash;¿Píldoras? Te sentarán bien.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya lo creo!... Abur; hasta más ver. Señores, que sea por muchos
-años... Y que aproveche... Yo bueno, gracias...<span class="pagenum"><a name="page_356" id="page_356"></a>{356}</span></p>
-
-<p>En la escalera de anchos peldaños desembocaban, como afluentes que
-engrasan el río principal, las multitudes que á la misma hora chorreaban
-de todas las oficinas. Contribuciones y Propiedades descargaban su
-personal en el piso segundo; descendía la corriente uniéndose luego á la
-numerosa grey de Secretaría, Tesoro y Aduanas. El humano torrente,
-haciendo un ruido de mil demonios de peldaño en peldaño, apenas cabía en
-la escalera, y mezclábanse los pisotones con la charla gozosa y
-chispeante de un día de paga. En los oídos de Villaamil añadíase al
-murmullo inmenso el tintineo de los duros, recién guardados en tanta
-faltriquera. Pensó que el metal de los pesos debía de estar frío aún;
-pero se calentaría pronto al contacto del cuerpo, y aun se derretiría al
-de las necesidades. Al llegar al vasto ingreso que separa del pórtico la
-escalera, veíanse en los patios de derecha ó izquierda afluir las
-muchedumbres de Impuestos, Tesorería y Giro Mutuo, y antes de llegar á
-la calle, las corrientes se confundían. Las capas deslucidas abundaban
-más que los raídos gabanes; pero también los había flamantes, y
-chisteras lustrosas, destacándose entre la muchedumbre de hongos
-chafados y verdinegros. El taconeo ensordecía la casa, y Villaamil oía
-siempre, por cima del rumor de pisadas, aquel tintín de las piezas de
-cinco pesetas. «Hoy&mdash;se dijo, echando toda su alma en un suspiro<span class="pagenum"><a name="page_357" id="page_357"></a>{357}</span>&mdash;han
-dado casi toda la paga en duros nuevecitos, y algo en pesetas dobles con
-el cuño de Alfonso».</p>
-
-<p>Al desaguar la corriente en la calle, iba cesando el ruido, y el
-edificio se quedaba como vacío, solitario, lleno de un polvo espeso
-levantado por las pisadas. Pero aun venían de arriba destacamentos
-rezagados de las multitudes oficinescas. Sumaban entre todos tres mil,
-tres mil pagas de diversa cuantía, que el Estado lanzaba al tráfico
-devolviendo por modo parabólico al contribuyente parte de lo que sin
-piedad le saca. La alegría del cobro, sentimiento característico de la
-humanidad, daba á la caterva aquélla un aspecto simpático y
-tranquilizador. Era sin duda una honrada plebe anodina, curada del
-espanto de las revoluciones, sectaria del orden y la estabilidad, pueblo
-con gabán y sin otra idea política que asegurar y defender la pícara
-olla; proletariado burocrático, lastre de la famosa nave; masa
-resultante de la hibridación del pueblo con la mesocracia, formando el
-cemento que traba y solidifica la arquitectura de las instituciones.</p>
-
-<p>Embozábase Villaamil en su pañosa para resguardarse del frío callejero,
-cuando le tocaron en el hombro. Volvióse y vió á Cadalso, quien le ayudó
-á asegurar el embozo liándoselo al cuello.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tiene usted... de qué se ríe usted?<span class="pagenum"><a name="page_358" id="page_358"></a>{358}</span></p>
-
-<p>&mdash;Es que... estoy esta tarde muy contento... Á bien que á ti no te
-importa. ¿No puede uno ponerse alegre cuando le da la real gana?</p>
-
-<p>&mdash;Sí... pero... ¿Va usted á casa?</p>
-
-<p>&mdash;Otra cosa que no es de tu incumbencia. ¿Tú adónde vas?</p>
-
-<p>&mdash;Arriba á recoger mi título... Yo también estoy hoy de enhorabuena.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te han dado otro ascenso? No me extrañaría. Tienes la sartén por el
-mango. Mira, que te hagan Ministro de una vez; acaba de ponerte el mundo
-por montera antes que se acaben las carcamales.</p>
-
-<p>&mdash;No sea usted guasón. Digo que estoy de enhorabuena, porque me he
-reconciliado con mi hermana Quintina y el salvaje de su marido. Él se
-queda con aquella maldecida casa de Vélez-Málaga que no valía dos higos,
-paga las costas, y yo...</p>
-
-<p>&mdash;Suma y van tres... Otra cosa que á mí me tiene tan sin cuidado como el
-que haya ó no pulgas en la luna. ¿Qué se me da á mí de tu hermana
-Quintina, de Ildefonso, ni de que hagáis ó no cuantas recondenadas paces
-queráis?</p>
-
-<p>&mdash;Es que...</p>
-
-<p>&mdash;Anda, sube, sube pronto y déjame á mí. Porque yo te pregunto: ¿en qué
-cochino bodegón hemos comido juntos? Tú por tu camino, lleno de flores;
-yo por el mío. Si te dijera que con toda tu buena suerte no te envidio
-ni esto...<span class="pagenum"><a name="page_359" id="page_359"></a>{359}</span> Más quiero honra sin barcos que barcos sin honra. Agur...</p>
-
-<p>No le dió tiempo á más explicaciones, y asegurándose otra vez el embozo,
-avanzó hacia la calle. Antes de traspasar la puerta, le tiraron de la
-capa, acompañando el tirón de estas palabras amigables:</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh, simpático Villaamil, aunque usted no quiera!...</p>
-
-<p>Urbanito Cucúrbitas, pollancón rubio, ralo de pelo, estirado, zancudo y
-con mucha nuez; semejante á vástago precoz de la raza gallinácea que
-llaman Cochinchina; vestido con elegante traje á cuadros, cuello
-larguísimo, de cucurucho, hongo claro; manos y pies inconmensurables,
-muy limpio y la boca risueña, enseñando hasta los molares, que bien
-podrían llamarse del juicio si alguno tuviera.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola, Urbanito!... ¿Has cobrado tu paga?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, aquí la llevo (tocándose el bolsillo y haciendo sonar la plata);
-casi todo en pesetas. Me voy á dar una vuelta por la Castellana.</p>
-
-<p>&mdash;¿En busca de alguna conquistilla?... Hombre feliz... Para ti es el
-mundo. ¡Qué risueño estás! Pues mira; yo también estoy de vena hoy...
-Dime, ¿y tus hermanitos, han cobrado también sus paguillas? Dichosos los
-nenes á quienes el Estado les pone la teta en la boca, ó el biberón. Tú
-harás carrera, Urbanito; yo sostengo que eres muy listo, contra la
-opinión general<span class="pagenum"><a name="page_360" id="page_360"></a>{360}</span> que te califica de tonto. Aquí el tonto soy yo.
-Merezco, ¿sabes qué?; pues que el Ministro me llame, me haga arrodillar
-en su despacho y me tenga allá tres horas con una coroza de orejas de
-burro... por imbécil, por haberme pasado la vida creyendo en la moral,
-en la justicia y en que se deben nivelar los presupuestos. Merezco que
-me den una carrera en pelo, que me pongan motes infamantes, que me
-llamen <i>el señor de Miau</i>, que me hagan aleluyas con versos chabacanos
-para hacer reir hasta á las paredes de la casa... No, si no lo digo en
-son de queja; si ya ves... estoy contento, y me río... me hace una
-gracia atroz mi propia imbecilidad.</p>
-
-<p>&mdash;Mire usted, querido D. Ramón (poniéndole ambas manos en los hombros).
-Yo no he tenido arte ni parte en los monigotes. Confieso que me reí un
-poco cuando Guillén los llevó á mi oficina; no niego que me entró
-tentación de enseñárselos á mi papá, y se los enseñé...</p>
-
-<p>&mdash;Pero si yo no te pido explicaciones, hijo de mi alma.</p>
-
-<p>&mdash;Déjeme acabar... Y mi papá se puso furioso y á poco me pega. Total,
-que enterado Guillén de las cosas que mi papá dijo, salió á espetaperros
-de nuestra oficina, y no ha vuelto á parecer. Yo digo que ello puede
-pasar como broma de un rato. Pero ya sabe usted que le respeto, que me
-parece una tontería juntar las iniciales de sus cuatro Memorias que nada
-significan,<span class="pagenum"><a name="page_361" id="page_361"></a>{361}</span> para sacar una palabra ridícula y sin sentido.</p>
-
-<p>&mdash;Poco á poco, amiguito (mirándole á los ojos). Á que la palabra <i>Miau</i>
-sea una sandez, no tengo nada que objetar; pero no estoy conforme con
-que las cuatro iniciales no encierren una significación profunda...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!... ¿sí? (suspenso).</p>
-
-<p>&mdash;Porque es preciso ser muy negado ó no tener pizca de buena fe para no
-reconocer y confesar que la M, la I, la A y la U, significan lo
-siguiente: <i>Mis... Ideas... Abarcan... Universo</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!... ya... bien decía yo... Don Ramón, usted debe cuidarse.</p>
-
-<p>&mdash;Si bien no faltará quien sostenga... y yo no me atrevería á
-contradecirlo de plano... quien sostenga, quizás con algún fundamento,
-que las cuatro misteriosas letras rezan esto: <i>Ministro... I...
-Administrador... Universal</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Pues mire usted, esa interpretación me parece una cosa muy sabia y con
-muchísimo intríngulis.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que yo te digo: hay que examinar imparcialmente todas las
-versiones, pues éste dice una cosa, aquél sostiene otra, y no es fácil
-decidir... Yo te aconsejo que lo mires despacio, que lo estudies, pues
-para eso te da el Gobierno un sueldo, sin ir á la oficina más que un
-ratito por la tarde, y eso no todos los días... Y que tus hermanitos lo
-estudien también con el biberón de la nómina en los labios. Adiós;
-memorias<span class="pagenum"><a name="page_362" id="page_362"></a>{362}</span> á papá. Dile que crucificado yo, por imbécil, en el madero
-afrentoso de la tontería, á él le toca darme la lanzada, y á Montes la
-esponja con hiel y vinagre, en la hora y punto en que yo pronuncie mis
-Cuatro Palabras, diciendo: <i>Muerte... Infamante... Al... Ungido...</i> Esto
-de ungido quiere decir... para que te enteres... <i>lleno de basura</i>, ó
-embadurnado todo de materias fétidas y asquerosas, que son el símbolo de
-la zanguanguería, ó llámese principios.</p>
-
-<p>&mdash;Don Ramón... ¿va usted á su casa? ¿quiere que le acompañe? Tomaré un
-coche.</p>
-
-<p>&mdash;No, hijo de mi alma; vete á tu paseíto. Yo me voy <i>pian pianino</i>.
-Antes tengo que comprar unas píldoras... aquí en la botica.</p>
-
-<p>&mdash;Pues le acompañaré... y si quiere que veamos antes á un médico...</p>
-
-<p>&mdash;¡Médico! (riendo desaforadamente). Si en mi vida me he sentido más
-sano, más terne... Déjame á mí de médicos. Con estas pildoritas...</p>
-
-<p>&mdash;De veras, ¿no quiere que le acompañe?</p>
-
-<p>&mdash;No, y digo más: te suplico que no lo hagas. Tiene uno sus secretillos,
-y el acto, al parecer insignificante, de comprar tal ó cual medicina,
-puede evocar el pudor. El pudor, chico, aparece donde menos se piensa.
-¿Qué sabes tú si soy yo un joven, digo, un anciano disoluto? Conque vete
-por tu camino, que yo tomo el de la farmacia. Adiós, niño salado,
-chiquitín del Ministerio, diviértete todo lo que puedas; no vayas á<span class="pagenum"><a name="page_363" id="page_363"></a>{363}</span> la
-oficina más que á cobrar; haz muchas conquistas; pica siempre muy alto;
-arrímate á las buenas mozas, y cuando te lleven á informar un
-expediente, pon la barbaridad más gorda que se te ocurra... Adiós,
-adiós... Sabes que se te quiere.</p>
-
-<p>Fuese el pollancón por la calle de Alcalá abajo, y Villaamil, después de
-cerciorarse de que nadie le seguía, tomó en dirección de la Puerta del
-Sol, y antes de llegar á ella, entró en la que llamaba botica; es á
-saber: en la tienda de armas de fuego que hay en el número 3.</p>
-
-<h2><a name="XXXVIII" id="XXXVIII"></a>XXXVIII</h2>
-
-<p>Notaban aquellos días doña Pura y su hermana algo desusado en las
-maneras, en el lenguaje y en la conducta del buen Villaamil, que si en
-actos de relativa importancia se mostraba excesivamente perezoso y
-apático, en otros de ningún valor y significación desplegaba brutales
-energías. Tratóse de la boda de Abelarda, de señalar fecha y de fijar
-ciertos puntos á tan gran suceso pertinentes, y el hombre no dijo esta
-boca es mía. Ni la bonita herencia de su futuro yerno (pues ya se había
-llevado Dios al tío notario) le arrancó una sola de aquellas hipérboles
-de entusiasmo que de la boca de doña Pura salían á borbotones. En
-cambio, á cualquier<span class="pagenum"><a name="page_364" id="page_364"></a>{364}</span> tontería daba Villaamil la importancia de suceso
-transcendente, y por si su mujer cerró la puerta con algún ruido
-(resultado de lo tirantes que tenía los nervios), ó por si le habían
-quitado, para ensortijarse la cabellera, un número de <i>La
-Correspondencia</i>, armó un cisco que hubo de durar media mañana.</p>
-
-<p>También merece notarse que Abelarda acogió la formalización de su boda
-con suma indiferencia, la cual, á los ojos de la primera <i>Miau</i>, era
-modestia de hija modosa bien educada, sin más voluntad que la de sus
-padres. Los preparativos, en atención al ahogo de la familia, habían de
-ser muy pobres, casi nulos, limitándose á algunas prendas de ropa
-interior, cuya tela se adquirió con un donativo de Víctor, del cual no
-se dió cuenta á Villaamil para evitar susceptibilidades. Debo advertir
-que desde la escena aquella en las Comendadoras, Víctor apenas paraba en
-la casa. Rarísimas noches entraba á dormir, y comía y almorzaba fuera
-todos los días. Los tertulios de la casa eran los mismos, excepto
-Pantoja y familia, que escaseaban sus visitas, sin que doña Pura
-penetrase la causa de este desvío, y Guillén, que definitivamente se
-eclipsó, muy á gusto de las tres <i>Miaus</i>. Las repetidas ausencias de
-Virginia Pantoja motivaron gran atraso en los ensayos de la pieza. Á la
-señorita de la casa se le olvidó en absoluto su papel, y por estas
-razones y por la desgana<span class="pagenum"><a name="page_365" id="page_365"></a>{365}</span> de fiestas que Pura sentía mientras no se
-resolviera el problema de la colocación de su esposo, fué abandonado el
-proyecto de función teatral.</p>
-
-<p>Federico Ruiz, consecuente siempre, iba algunos ratos por las tardes,
-pidiendo mil perdones á las <i>Miaus</i> por quitarles su tiempo, pues no
-ignoraba que debían de estar sobre un pie con los preparativos...
-¡Dichosos preparativos, y cuántos castillos y torres edificó sobre
-cimiento tan frágil la imaginación fecunda de la esposa de Villaamil!...
-Una mañana entró Ruiz muy sofocado, seguido de su mujer, ambos
-despidiendo alegría de sus ojos, ebrios de júbilo, deseando que los
-amigos participaran de su dicha.</p>
-
-<p>Vengo&mdash;dijo él casi sin aliento&mdash;á que nos den la enhorabuena. Sé que
-nos quieren y que se alegrarán de verme colocado.</p>
-
-<p>Tanto Federico como Pepita fueron sucesivamente abrazados por las tres
-<i>Miaus</i>. En esto salió de su despacho olfateando alegría el buen
-Villaamil, y antes de que Ruiz tuviera tiempo de embocarle la venturosa
-nueva, le cogió en los brazos, diciéndole:</p>
-
-<p>&mdash;Sea mil y mil veces enhorabuena, queridísimo... Bien merecido lo
-tiene, y muy requetebién ganado.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias, muchísimas gracias&mdash;dijo Ruiz constreñido en los enormes
-brazos de Villaamil, que apretaba con nerviosa contracción.&mdash;Pero, por
-la Virgen Santísima, no me apriete tanto,<span class="pagenum"><a name="page_366" id="page_366"></a>{366}</span> que me va á ahogar... D.
-Ramón... ¡ay, ay! que me hace añicos...</p>
-
-<p>&mdash;Pero, hombre&mdash;dijo Pura á su marido sorprendida y temerosa,&mdash;¿qué
-manera de abrazar?</p>
-
-<p>&mdash;Es que...&mdash;balbució el cesante&mdash;quiero darle un parabién bien dado...
-una enhorabuena de padre y muy señor mío, para que le quede memoria de
-mí y de lo muy contento que estoy por su triunfo. ¿Y qué es ello?</p>
-
-<p>&mdash;Una comisioncilla en Madrid mismo... esa es la ganga... para estudiar
-y proponer mejoras en el estudio de las ciencias naturales... á fin de
-que resulte práctico.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, cosa buena!... Ni sé cómo no se les había ocurrido antes. ¡Y este
-mísero País vive ignorando cómo se enseñan las ciencias naturales!
-Felizmente, ahora, amigo Ruiz, vamos á salir de dudas... Nuestro sabio
-Gobierno tiene una mano para escoger el personal... Así está la Nación
-reventando de gusto. Pues digo, si tendrá su aquel la comisioncita.
-Golpes de esos bastan á salvar la patria oprimida... En fin, lo celebro
-mucho... Y digo más, Sr. de Ruiz; si usted está de enhorabuena, no lo
-está menos el País, que debe ponerse á tocar las castañuelas al saber
-que tiene quien le estudie eso... ¿verdad? Con su permiso, me vuelvo á
-trabajar. Mil millones de plácemes.</p>
-
-<p>Sin esperar lo que Federico contestaba á estas expansiones calurosas, el
-buen hombre se<span class="pagenum"><a name="page_367" id="page_367"></a>{367}</span> metió de rondón en su despacho. Algo extrañó á los
-Ruíces, lo mismo que á las <i>Miaus</i>, aquella manera desordenada y
-estrepitosa de dar enhorabuenas; pero disimularon su extrañeza. Fuéronse
-los felicitados para seguir sus visitas de dar parte, cosechando á
-granel las felicitaciones. Y no era la comisioncita el único motivo de
-contento que Ruiz aquella mañana tenía, pues el correo le trajo nueva
-satisfacción con que no contaba. Era nada menos que el diploma de una
-sociedad portuguesa, cuyo objeto es enaltecer á los que realizan actos
-heroicos en los incendios, y también á los que propagan por escrito las
-mejores teorías sobre este útil servicio. Todo individuo perteneciente á
-dicha asociación tenía derecho, según rezaba el diploma, á usar el
-título de <i>Bombeiro, salvador da humanidade</i>, y á ponerse un vistosísimo
-uniforme con relucientes bordados. El figurín de la deslumbradora casaca
-acompañaba al nombramiento. ¡Si estaría hueco el hombre con su comisión
-(de que dependía el porvenir científico de España), con los honores de
-<i>bombeiro</i>, y con la librea reluciente que pensaba lucir en la primera
-coyuntura pública y solemne que se le presentase!</p>
-
-<p>Luisito salió á paseo aquella tarde con Paca, y al volver se puso á
-estudiar en la mesa del comedor. Pasado el extrañísimo, increíble
-arrechucho de Abelarda en la famosa noche de que antes hablé, el cerebro
-de la insignificante<span class="pagenum"><a name="page_368" id="page_368"></a>{368}</span> quedó aparentemente restablecido, hasta el punto
-de que un olvido benéfico y reparador arrancó de su mente los vestigios
-del acto. Apenas lo recordaba la joven con la inseguridad de sueño
-borroso, como pesadilla estúpida cuya imagen se desvanece con la luz y
-las realidades del día. Ocupábase en coser su ajuar, y Luis, cansado del
-estudio, se entretenía en quitarle y esconderle los carretes de algodón.
-«Chiquillo&mdash;le dijo su tía sin incomodarse,&mdash;no enredes. Mira que te
-pego». En vez de pegarle, le daba un beso, y el sobrinillo se
-envalentonaba más, ideando otras travesuras, como suyas, poco
-maliciosas. Pura ayudaba á su hija en los cortes, y Milagros funcionaba
-en la cocina, toda tiznada, el mandilón hasta los pies. Villaamil
-siempre encerrado en su leonera. Tal era la situación de los individuos
-de la familia, cuando sonó la campanilla y cátate á Víctor.
-Sorprendiéronse todos, pues no solía ir á semejante hora. Sin decir nada
-pasó á su cuartucho, y se le sintió allí lavándose y sacando ropa del
-baúl. Sin duda estaba convidado á una comida de etiqueta. Esto pensó
-Abelarda, poniendo especial estudio en no mirarle ni dirigir siquiera
-los ojos á la puerta del menguado aposento.</p>
-
-<p>Pero lo más singular fué que á poco de la entrada del monstruo, sintió
-la sosa en su alma, de improviso, con aterradora fuerza, la misma
-perturbación de la noche de marras. Estalló<span class="pagenum"><a name="page_369" id="page_369"></a>{369}</span> el trastorno cerebral como
-una bomba, y en el mismo instante toda la sangre se le removía, amargor
-de odio hacíale contraer los labios, sus nervios vibraban, y en los
-tendones de brazos y manos se iniciaba el brutal prurito de agarrar, de
-estrujar, de hacer pedazos algo, precisamente lo más tierno, lo más
-querido y por añadidura lo más indefenso. Tuvo Cadalsito, en tan crítica
-ocasión, la mala idea de tirarle del hilo de unos hilvanes, y la tela se
-arrugó... «Chiquillo, si no te estás quieto, verás», gritó Abelarda, con
-eléctrica conmoción en todo el cuerpo, los ojos como ascuas. Quizás no
-habría pasado á mayores; pero el tontín, queriendo echárselas de muy
-pillo, volvió á tirar del hilo, y... aquí fué Troya. Sin darse cuenta de
-lo que hacía, obrando cual inconsciente mecanismo que recibe impulso de
-origen recóndito, Abelarda tendió un brazo, que parecía de hierro, y de
-la primera manotada le cogió de lleno á Luis toda la cara. El restallido
-debió de oírse en la calle. Al hacerse para atrás, vaciló la silla en
-que el chico estaba, y ¡pataplúm!, al suelo.</p>
-
-<p>Doña Pura dió un chillido... «¡Ay, hijo de mi alma!... ¡mujer!», y
-Abelarda, ciega y salvaje, de un salto cayó sobré la víctima, clavándole
-los dedos furibundos en el pecho y en la garganta. Como las fieras
-enjauladas y entumecidas recobran, al primer rasguño que hacen al
-domador, toda su ferocidad, y con la vista y el<span class="pagenum"><a name="page_370" id="page_370"></a>{370}</span> olor de la primera
-sangre pierden la apatía perezosa del cautiverio, así Abelarda, en
-cuanto derribó y clavó las uñas á Luisito, ya no fué mujer, sino el ser
-monstruoso creado en un tris por la insana perversión de la naturaleza
-femenina. «¡Perro, condenado... te ahogo! ¡embustero, farsante... te
-mato!», gruñía rechinando los dientes; y luego buscó con ciego tanteo
-las tijeras para clavárselas. Por dicha, no las encontró á mano.</p>
-
-<p>Tal terror produjo el acto en el ánimo de doña Pura, que se quedó
-paralizada sin poder acudir á evitar el desastre, y lo que hizo fué dar
-chillidos de angustia y desesperación. Acudió Milagros, y también Víctor
-en mangas de camisa. Lo primero que hicieron fué sacar al pobre
-Cadalsito de entre las uñas de su tía, operación no difícil, porque
-pasado el ímpetu inicial, la fuerza de Abelarda cedió bruscamente. Su
-madre tiraba de ella, ayudándola á levantarse, y de rodillas aún,
-convulsa, toda descompuesta, su voz temblorosa y cortada, balbucía:</p>
-
-<p>&mdash;Ese infame... ese trasto... quiere acabar conmigo... y con toda la
-familia...</p>
-
-<p>&mdash;Pero, hija, ¿qué tienes?...&mdash;gritaba la mamá sin darse cuenta del
-brutal hecho, mientras Víctor y Milagros examinaban á Luisito, por si
-tenía algún hueso roto. El chico rompió á llorar, el rostro encendido,
-la respiración fatigosa.<span class="pagenum"><a name="page_371" id="page_371"></a>{371}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Dios mío, qué atrocidad!&mdash;murmuró Víctor ceñudamente.</p>
-
-<p>Y en el mismo instante se determinaba en Abelarda una nueva fase de la
-crisis. Lanzó tremendo rugido, apretó los dientes, rechinándolos, puso
-en blanco los ojos y cayó como cuerpo muerto, contrayendo brazos y
-piernas y dando resoplidos. Aparece entonces Villaamil pasmado de aquel
-espectáculo: su hija con pataleta, Luisito llorando, la cara rasguñada,
-doña Pura sin saber á quién atender primero, los demás turulatos y
-aturdidos.</p>
-
-<p>&mdash;No es nada&mdash;dijo al fin Milagros, corriendo á traer un vaso de agua
-fría para rociarle la cara á su sobrina.</p>
-
-<p>&mdash;¿No hay por ahí éter?&mdash;preguntó Víctor.</p>
-
-<p>&mdash;Hija, hija mía&mdash;exclamó el padre,&mdash;¿qué te pasa? Vuelve en ti.</p>
-
-<p>Había que sujetarla para que no se hiciese daño con el pataleo incesante
-y el bracear violentísimo. Por fin, la sedación se inició tan enérgica
-como había sido el ataque. La joven empezó á exhalar sollozos, á
-respirar con esfuerzo como si se ahogara, y un llanto copiosísimo
-determinó la última etapa del tremendo acceso. Por más que intentaban
-consolarla, no tenía término aquel río de lágrimas. Lleváronla á su
-lecho, y en él siguió llorando, oprimiéndose con las manos el corazón.
-No parecía recordar lo que había hecho. Entre Villaamil y Cadalso
-habían<span class="pagenum"><a name="page_372" id="page_372"></a>{372}</span> conseguido acallar á Luisito, convenciéndole de que todo había
-sido una broma un poco pesada.</p>
-
-<p>De repente el jefe de la familia se cuadró ante su yerno, y con temblor
-de mandíbula, intensa amarillez de rostro y mirada furibunda, gritó:</p>
-
-<p>&mdash;De todo esto tienes tú la culpa, danzante. Vete pronto de mi casa, y
-ojalá no hubieras entrado nunca en ella.</p>
-
-<p>&mdash;¡Que tengo yo la culpa!... ¡Pues no dice que yo...!&mdash;respondió el otro
-descaradamente.&mdash;Ya me parecía á mí que no estaba usted bueno de la
-jícara...</p>
-
-<p>&mdash;La verdad es&mdash;observó Pura, saliendo del cuarto próximo,&mdash;que antes de
-que tú vinieras no pasaban en mi casa estas cosas que nadie entiende.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ahí también usted... No parece sino que me hacen un favor con tenerme
-aquí. ¡Y yo creí que les ayudaba á pasar la travesía del ayuno! Si me
-marcho, ¿dónde encontrarán un huésped mejor?</p>
-
-<p>Villaamil, ante tanta insolencia, no encontraba palabras para expresar
-su indignación. Acarició el respaldo de una silla, con prurito de
-blandirla en alto y estampársela en la cabeza á su hijo político. Pudo
-dominar las ganas que de esto tenía, y reprimiendo su ira con fortísima
-rienda, le dijo con voz hueca de sochantre:</p>
-
-<p>&mdash;Se acabaron las contemplaciones. Desde este<span class="pagenum"><a name="page_373" id="page_373"></a>{373}</span> momento estás de más
-aquí. Recoge tus bártulos y toma el portante, sin ningún género de
-excusas ni aplazamiento.</p>
-
-<p>&mdash;No se apure usted... No parece sino que estoy en Jauja.</p>
-
-<p>&mdash;Jauja ó no Jauja (á punto de estallar), ahora mismo fuera. Vete á
-vivir con los esperpentos que te protegen. ¿De qué te sirve esta familia
-pobre y desgraciada? Aquí no hay credenciales, ni destinos, ni
-recomendaciones, ni nada, como dijo el otro. Y en esta pobreza honrada
-somos felices. ¿No ves lo contento que yo estoy? (Castañeteando los
-dientes.) En cambio tú no tendrás paz en el pináculo de tus glorias,
-alcanzadas por el deshonor... Pronto, á la calle... El señor de <i>Miau</i>
-quiere perderte de vista.</p>
-
-<p>Víctor lívido, doña Pura asustada, Luisito con ganas de romper á llorar
-nuevamente, Milagros haciendo pucheros...</p>
-
-<p>&mdash;Bien&mdash;dijo Cadalso con aquella gallardía que sabía poner en sus
-resoluciones, siempre que eran mortificantes.&mdash;Me voy. También yo lo
-deseaba, y no lo había hecho por caridad, porque soy aquí un sostén, no
-una carga. Pero la separación será absoluta. Me llevo á mi hijo.</p>
-
-<p>Las dos <i>Miaus</i> le miraron aterradas. Villaamil apretó con ferocidad los
-dientes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues qué...? Después de lo que ha pasado hoy&mdash;añadió
-Víctor,&mdash;¿todavía pretenden que yo deje aquí á este pedazo de mi vida?<span class="pagenum"><a name="page_374" id="page_374"></a>{374}</span></p>
-
-<p>La lógica de esto argumento desconcertó á lodos los <i>Miaus</i> de ambos
-sexos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero qué tonto!&mdash;insinuó doña Pura con ganas de capitular,&mdash;¿crees tú
-que esto volverá á pasar? ¿Y adónde vas con tu hijo, adónde? Si el
-pobrecito no quiere separarse de nosotros.</p>
-
-<p>Poco le faltaba para llorar. Milagros dijo:</p>
-
-<p>&mdash;No, lo que es el niño no sale de aquí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya si sale!&mdash;sostuvo Cadalso con brutal resolución.&mdash;Á ver: saque
-usted toda la ropita de mi hijo para juntarla con la mía.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿adónde le llevas?, bobo, simple... ¡Qué cosas se te ocurren tan
-disparatadas!</p>
-
-<p>&mdash;Por sabido se calla. Su tía Quintina le criará y le educará mejor que
-ustedes.</p>
-
-<p>Doña Pura se sentó, atacada de gran congoja, sudor frío y latidos
-dolorosos del corazón. Vaya, que después de la hija, la madre iba á caer
-con la pataleta. Villaamil dió una vuelta sobre sí mismo, como si le
-hiciera girar el vértice de un ciclón interior, y después de parar en
-firme; abrióse de piernas, alzó los brazos enormes, simulando la figura
-de San Andrés clavado en las aspas, y rugió con toda la fuerza de sus
-pulmones:</p>
-
-<p>&mdash;¡Que se lo lleve... que se lo lleve con mil demonios! Mujeres locas,
-mujeres cobardes, ¿no sabéis que <i>Morimos... Inmolados... Al...
-Ultraje</i>?</p>
-
-<p>Y tropezando en las paredes corrió hacia el<span class="pagenum"><a name="page_375" id="page_375"></a>{375}</span> gabinete. Su mujer fué
-detrás, creyendo que iba disparado á arrojarse por el balcón á la calle.</p>
-
-<h2><a name="XXXIX" id="XXXIX"></a>XXXIX</h2>
-
-<p>&mdash;No cedo, no cedo&mdash;dijo Víctor á Milagros, al quedarse solo con
-ella.&mdash;Me llevo á mi hijo. ¿Pero no comprende usted que no podré vivir
-con tranquilidad dejándole aquí después de lo que ha pasado hoy?</p>
-
-<p>&mdash;¡Por Dios, hijo!&mdash;le respondió con dulzura <i>la pudorosa Ofelia</i>,
-queriendo someterle por buenas.&mdash;Todo ello es una tontería... No volverá
-á suceder. ¿No ves que es nuestro único consuelo este mocoso?... y si
-nos le quitas...</p>
-
-<p>La emoción le cortaba la palabra. Calló la artista, tratando de
-disimular su pena, pues harto sabía que como la familia mostrase vivo
-interés en la posesión de Luisito, esto sólo era motivo suficiente para
-que el monstruo se obstinase en llevársele. Creyó oportuno dejar el
-delicado pleito en las manos diplomáticas de doña Pura, que sabía tratar
-á su yerno combinando la energía con la suavidad. Al ir la <i>Miau</i> mayor
-al gabinete en seguimiento de su marido, le encontró arrojado en un
-sillón, la cabeza entre las manos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te parece que debemos hacer?&mdash;le dijo ella confusa, pues no había
-tenido tiempo aún de tomar una resolución. Grande, inmensa<span class="pagenum"><a name="page_376" id="page_376"></a>{376}</span> fué la
-sorpresa de doña Pura, cuando su marido, irguiendo la frente, respondió
-estas inverosímiles palabras:</p>
-
-<p>&mdash;Que se lo lleve cuando quiera. Será un trance doloroso verle salir de
-aquí; pero ¡qué remedio!... Por lo demás, no hay que remontarse, y digo
-más... digo que, en efecto, mejor estará el chiquillo con Quintina que
-con... <i>vosotras</i>.</p>
-
-<p>Al oir esto, <i>la figura de Fra Angélico</i> examinó en silencio, atónita,
-el turbado rostro del cesante. La sospecha de que empezaba á perder la
-razón, confirmóse entonces, oyéndole decir aquel gran desatino. «¡Que
-estará mejor con Quintina que con nosotras! Tu no estás en tu juicio,
-Ramón».</p>
-
-<p>&mdash;Y dejando á un lado lo que al niño convenga (atenuando su crueldad),
-Víctor es su padre, y tiene sobre él más autoridad que nosotros. Si él
-quiere llevársele...</p>
-
-<p>&mdash;Es que no querrá... ¡Pues no faltaba otra! Verás cómo arreglo yo á ese
-truhán...</p>
-
-<p>&mdash;Yo no le diría una palabra, ni me rebajaría á tratar con él (cayendo
-en gran aplanamiento, sedación enérgica de su furia pasada). Yo le
-dejaría hacer su gusto. Tiene la autoridad, ¿sí ó no? Pues si la tiene,
-á nosotros nos corresponde callar y sufrir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues no dice que callemos y suframos (espantada y briosa), cuando ese
-vil nos quiere quitar nuestra única alegría?... Tú no estás<span class="pagenum"><a name="page_377" id="page_377"></a>{377}</span> bueno. Te
-aseguro que Víctor se llevará al niño, pero ha de ser á la fuerza,
-atropellándonos, y no sin que yo le arranque las orejas á ese perro.</p>
-
-<p>&mdash;Pues mi opinión es no cuestionar con semejante tipo... Se me figura
-que si le veo otra vez delante de mí, le muerdo... Siento algo como una
-ansiedad física de clavar los dientes en alguien. Créelo, mujer, la
-Administración está deshonrada; ya no podrá decir <i>el probo</i> y <i>sufrido
-personal</i> de Hacienda, como se decía antes. Y lo que en cuanto á
-nivelación del presupuesto, que se limpien. Con esta chusma que va
-invadiendo la casa, es imposible.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero á qué me sacas ahora la Administración (exaltada), ni qué tiene
-que ver el burro con las témporas? ¡Ay, Ramón, tú no estás bueno! Déjame
-á mí de <i>probos</i>... Que les parta un rayo. Mírate en tu espejo, y abre
-esos ojos, ábrelos...</p>
-
-<p>&mdash;¡Abiertos, muy abiertos los tengo! (Intencionadamente.) ¡Y qué
-horizontes ante mí!</p>
-
-<p>Viendo que no podía ponerse de acuerdo con su marido, volvió á
-emprenderla con Víctor, que no había salido aún. Contra la creencia de
-Pura, el otro continuaba inflexible, sosteniendo su acuerdo con
-tenacidad digna de mejor causa. Á entrambas <i>Miaus</i> se les habría podido
-ahogar con un cabello, y Abelarda, confesándose autora del conflicto,
-lloraba en su lecho como<span class="pagenum"><a name="page_378" id="page_378"></a>{378}</span> una Magdalena. Entre atender á su hija y
-discutir con Víctor, doña Pura tenía que duplicarse, corriendo de aquí
-para allí, mas sin poder dominar la aflicción de la una ni la implacable
-contumacia del otro. Nunca había visto al guapo mozo tan encastillado en
-una resolución, ni encontraba el busilis de tanta crueldad y firmeza.
-Para ello habría sido preciso estar al tanto de lo ocurrido el día
-anterior en casa de los de Cabrera. Éste ganó en segunda instancia el
-famoso pleito de la casucha de Vélez-Málaga, siendo Víctor condenado á
-reintegrar el valor de la finca y al pago de costas. El irreconciliable
-Ildefonso le había echado ya el dogal al cuello y disponíase á apretar,
-reteniéndole la paga, persiguiéndole y acosándole sin piedad ni
-consideración. Pero del fallo judicial tomó pie la muy lagarta de
-Quintina para satisfacer sus aspiraciones maternales, y engatusando á
-Cabrera con estudiadas zalamerías y carantoñas, obtuvo de él que
-aprobara las bases del siguiente convenio: «Se echaría tierra al asunto;
-Ildefonso pagaría las costas (quedándose con la casa, se entiende). Y
-Víctor les entregaría á su hijo». Vió el cielo abierto Cadalso, y aunque
-le hacía mala boca arrancar al chiquillo del poder y amparo de sus
-abuelos, hubo de aceptar á ojos cerrados. Todo se reducía á pasar un mal
-rato en casa de las <i>Miaus</i>, á recibir algún arañazo de Pura y otro de
-Milagros y una dentellada<span class="pagenum"><a name="page_379" id="page_379"></a>{379}</span> quizás de Villaamil. He aquí muy claro el
-móvil de la determinación por la cual hubo de cambiar de casa y de
-familia el célebre Cadalsito.</p>
-
-<p>En lo más recio del trajín que Milagros y Pura traían, corriendo de
-Abelarda inconsolable á Víctor inflexible, con escala en Luisito, que
-también había vuelto á gimotear, entró Ponce. No podía venir en peor
-ocasión, y su presunta suegra, contrariada con la visita, le enchiqueró
-en la sala para decirle: «Ese trasto de Víctor nos ha hecho una pillada.
-Hemos tenido aquí hoy una verdadera tragedia. Figúrese usted que ha dado
-en llevarse al chiquitín, arrancándolo de este hogar, donde se ha
-criado. Estamos consternadísimas. Abelarda, al ver que ese verdugo se
-llevaba al niño á viva fuerza, cayó con un síncope atroz, pero atroz. En
-la cama la tenemos, hecha un mar de llanto. ¡Ay, hijo, qué rato hemos
-pasado!»</p>
-
-<p>Por fin, como Abelarda estaba vestida sobre el lecho, se permitió á
-Ponce pasar á verla. La insignificante no lloraba ya; tenía los ojos
-encendidos, los miembros desmadejados. El ínclito mancebo se sentó á la
-cabecera, apretándole la mano y permitiéndose el inefable exceso de
-besársela cuando no estaba presente la mamá, quien repitió delante de su
-hija la versión dada al novio sobre el suceso del día.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_380" id="page_380"></a>{380}</span>&mdash;¡Pero qué malo es ese hombre!&mdash;dijo el crítico á su amada.&mdash;Es una
-bestia apocalíptica.</p>
-
-<p>&mdash;No lo sabes tú bien&mdash;respondió la chica, mirando fijamente á su novio
-mientras éste se acariciaba con el pañuelo sus siempre húmedos
-lagrimales.&mdash;Alma más negra no echó Dios al mundo... ¡Mira tú que es
-maldad; querer quitarnos á Luisito, nuestro encanto, nuestra dicha!
-Desde que nació está con nosotras. Nos debe la vida, porque le hemos
-cuidado como á las niñas de nuestros ojos; le sacamos adelante del
-sarampión y la tos ferina, con mil sacrificios. ¡Qué ingratitud, y qué
-infamia! Ya ves lo pacífica que soy. Más que pacífica soy cobarde,
-inofensiva, pues hasta cuando mato una pulga me da lástima del pobre
-animalito. Pues bien; á ese hombre, si á mano le tuviera, creo que le
-atravesaría de parte á parte con un cuchillo... Para que veas.</p>
-
-<p>&mdash;Sosiégate, minina&mdash;dijo Ponce con voz meliflua.&mdash;Estás excitada. No
-hagas caso tú. ¿Me quieres mucho?</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya si te quiero!&mdash;replicó Abelarda, plenamente decidida á tirarse
-por el Viaducto, es decir, á casarse con Ponce.</p>
-
-<p>&mdash;Tu mamá te habrá dicho que hemos fijado el 3 de Mayo, día de la Cruz.
-¡Qué largo me está pareciendo el tiempo y con que lentitud corren noches
-y días.</p>
-
-<p>&mdash;Pero todo llega... Detrás de un día viene<span class="pagenum"><a name="page_381" id="page_381"></a>{381}</span> otro&mdash;dijo Abelarda mirando
-al techo.&mdash;Todos los días son enteramente iguales.</p>
-
-<p>Las conferencias entre las dos <i>Miaus</i> y Víctor duraron hasta que éste
-salió vestido de etiqueta, y toda la diplomacia de la una y los ruegos
-quejumbrosos de la otra no ablandaron el duro corazón de Cadalso. Lo más
-que obtuvieron fué aplazar la traslación de Luis hasta el día siguiente.
-Enterado Villaamil de esto, salió y dijo á su yerno con sequedad:</p>
-
-<p>&mdash;Yo te prometo, te doy mi palabra de que lo llevaré yo mismo á casa de
-Quintina. No hay más que hablar... No necesitas tú volver más acá.</p>
-
-<p>Á esto respondió el monstruo que por la noche volvería á mudarse de
-ropa, añadiendo benévolamente que el acto de llevarse al hijo no
-significaba prohibición de que le vieran sus abuelos, pues podían ir á
-casa de Quintina cuando gustaran, y que así lo advertiría él á su
-hermana.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias, señor elefante&mdash;dijo doña Pura con desdén.</p>
-
-<p>Y Milagros:</p>
-
-<p>&mdash;Lo que es yo... ¿allá?... ¡Estás tú fresco!</p>
-
-<p>Faltaba todavía un dato importante para apreciar la gravedad del asunto;
-faltaba conocer la actitud del interesado, si se prestaría de buen grado
-á cambiar de familia, ó si, por el contrario, se resistiría con la
-irreductible firmeza<span class="pagenum"><a name="page_382" id="page_382"></a>{382}</span> propia de la edad inocente. Su abuela, en cuanto
-el monstruo se fué, empezó á disponer el ánimo del chico para la
-resistencia, asegurándole que la tía Quintina era muy mala, que le
-encerraría en un cuarto obscuro, que la casa estaba llena de unas
-culebronas muy grandes y de bichos venenosos. Oía Cadalsito estas cosas
-con incredulidad, porque realmente eran papas demasiado gordas para que
-las tragase un niño ya crecidito y que empezaba á conocer el mundo.</p>
-
-<p>Aquella noche nadie tuvo apetito, y Milagros se llevaba para la cocina
-las fuentes lo mismo que habían ido al comedor. Villaamil no desplegó
-los labios sino para desmentir las terroríficas pinturas que su mujer
-hacía del domicilio de Cabrera. «No hagas caso, hijo mío; la tía
-Quintina es muy buena, y te cuidará y te mimará mucho. No hay allí sapos
-ni culebras, sino las cosas más bonitas que puedes imaginarte; santos
-que parece que están hablando, estampas lindísimas y altares soberbios,
-y... la mar de cosas. Vas á estar muy á gusto».</p>
-
-<p>Oyendo esto, Pura y Milagros se miraban atónitas, sin poder explicarse
-que el abuelo se pasase descarada y cobardemente al enemigo. ¿Qué vena
-le daba de apoyar la inicua idea de Víctor, llegando hasta defender á
-Quintina y pintando su casa como un paraíso infantil? ¡Lástima que la
-familia no estuviera en fondos, pues de lo contrario, lo primero sería
-llamar á un<span class="pagenum"><a name="page_383" id="page_383"></a>{383}</span> buen especialista en enfermedades de la cabeza para que
-estudiara la de Villaamil y dijere lo que dentro de ella ocurría.</p>
-
-<h2><a name="XL" id="XL"></a>XL</h2>
-
-<p>Cadalsito tampoco tuvo ganas de comer y menos de estudiar. Mientras le
-acostaban, la tiíta, completamente repuesta de aquel salvaje desvarío y
-sin tener de él más que vaga reminiscencia, le besó y le hizo extremadas
-caricias, no sin cierta escama del pequeño y aun de doña Pura. Milagros
-se quedó allí á dormir aquella noche, por lo que pudiera tronar.</p>
-
-<p>Luis cogió pronto el sueño; pero á media noche despertó con los síntomas
-anunciadores de la visión. Su tía Milagros cuidó de arroparle y hacerle
-mimos, acostándose al fin con él para que se tranquilizase y no tuviera
-miedo. Lo primero que vió el chiquillo al adormilarse, fué una extensión
-vacía, un lugar indeterminado, cuyos horizontes se confundían con el
-cielo, sin accidente alguno, casi sin términos, pues todo era igual, lo
-próximo y lo lejano. Discurrió si aquello era suelo ó nubes, y luego
-sospechó si sería el mar, que nunca había visto más que en pintura. Mar
-no debía de ser, porque el mar tiene olas que suben y bajan, y la
-superficie aquélla era como la de un cristal. Allá lejos, muy lejos,
-distinguió á su amigo el de la barba<span class="pagenum"><a name="page_384" id="page_384"></a>{384}</span> blanca, que se aproximaba
-lentamente recogiendo el manto con la mano izquierda y apoyándose con la
-otra en un bastón grande ó báculo como el que usan los obispos. Aunque
-venía de muy lejos y andaba despacio, pronto llegó delante de Cadalsito,
-sonriendo al verle. Acto continuo se sentó. ¿Dónde, si allí no había
-piedra ni silla? Todo ello era maravilloso en grado sumo, pues por
-encima de los hombros del Padre vió Luis el respaldo de uno de los
-sillones de la sala de su casa. Pero lo más estupendo de todo fué que el
-buen abuelo, inclinándose hacia él, le acarició la cara con su preciosa
-mano. Al sentir el contacto de los dedos que habían hecho el mundo y
-cuanto en él existe, sintió Cadalso que por su cuerpo corría un temblor
-gustosísimo.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á ver&mdash;le dijo el amigo,&mdash;he venido desde la otra parte del
-mundo sólo por echar un párrafo contigo. Ya sé que te pasan cosas muy
-raras. Tu tía... ¡Parece mentira que queriéndote tanto!... ¿Tú entiendes
-esto? Pues yo tampoco. Te aseguro que cuando lo vi, me quedé como quien
-ve visiones. Luego tu papá, empeñado en llevarte con la tía Quintina...
-¿Sabes tú el porqué de estas cosas?</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo&mdash;opinó Luis con timidez, asombrándose de tener ideas propias
-ante la sabiduría eterna&mdash;creo que de todo lo que está pasando tiene la
-culpa el Ministro.<span class="pagenum"><a name="page_385" id="page_385"></a>{385}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡El Ministro! (asombrado y sonriente).</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor, porque si ese tío hubiera colocado á mi abuelo, todos
-estarían contentos y no pasaría nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes que me estás pareciendo un sabio de tomo y lomo?</p>
-
-<p>&mdash;Mi abuelo furioso porque no le colocan y mi abuela lo mismo, y mi tía
-Abelarda también. Y mi tía Abelarda no puede ver á mi papá, porque mi
-papá le dijo al Ministro que no colocara á mi abuelo. Y como no se
-atreve con mi papá, porque puede más que ella, la emprendió conmigo.
-Después se puso á llorar... Dígame, ¿mi tía es buena ó es mala?</p>
-
-<p>&mdash;Yo estoy en que es buena. Hazte cuenta que el achuchón de hoy fué de
-tanto como te quiere.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya un querer! Todavía me duele aquí, donde me clavó las uñas... Me
-tiene mucha tirria desde un día que le dije que se casara con mi papá.
-¿Usted no sabe? Mi papá la quiere; pero ella no le puede ver.</p>
-
-<p>&mdash;Eso sí que es raro.</p>
-
-<p>&mdash;Como usted lo oye. Mi papá le dijo una noche que estaba enamoradísimo
-de ella, por lo fatal... ¿sabe? y que él era un condenado, y qué sé yo
-qué...</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero á ti quien te mete á escuchar lo que dicen las personas mayores?</p>
-
-<p>&mdash;Yo... estaba allí... (alzando los hombros).<span class="pagenum"><a name="page_386" id="page_386"></a>{386}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya, vaya! ¡Qué cosas ocurren en tu casa! Se me figura que estás en
-lo cierto: el pícaro del Ministro tiene la culpa de todo. Si hubiera
-hecho lo que yo le dije, nada de esto pasaría. ¿Qué le costaba, en
-aquella casona tan llena de oficinas, hacer un hueco para ese pobre
-señor? Pero nada, no hacen caso de mí, y así anda todo. Verdad que
-tienen que atender á éste y al otro, y cuanto yo les digo, por un oído
-les entra y por otro les sale.</p>
-
-<p>&mdash;Pues que le coloquen ahora... ¡vaya! Si usted va allá y lo manda
-pegando un bastonazo fuerte con ese palo en la mesa del Ministro...</p>
-
-<p>&mdash;¡Quiá! No hacen caso. Pues si consistiera en bastonazos, por eso no
-había de quedar. Los doy tremendos, y como si no.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ¡contro! (envalentonado por tanta benevolencia), ¿cuándo le
-van á colocar?</p>
-
-<p>&mdash;Nunca&mdash;declaró el Padre con serenidad, como si aquel <i>nunca</i> en vez de
-ser desesperante fuera consolador.</p>
-
-<p>&mdash;¡Nunca! (no entendiendo que esto se dijera con tanta calma). ¡Pues
-estamos aviados!</p>
-
-<p>&mdash;Nunca, sí, y te añadiré que lo he determinado yo. Porque verás: ¿para
-qué sirven los bienes de ese mundo? Para nada absolutamente. Esto, que
-tú habrás oído muchas veces en los sermones, te lo digo yo ahora con mi
-boca, que sabe cuanto hay que saber. Tu abuelito no encontrará en la
-tierra la felicidad.<span class="pagenum"><a name="page_387" id="page_387"></a>{387}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Pues dónde?</p>
-
-<p>&mdash;Parece que eres bobo. Aquí, á mi lado. ¿Crees que no tengo yo ganas de
-traérmele para acá?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!... (abriendo la boca todo lo que abrirse podía). Entonces... eso
-quiere decir que mi abuelo se muere.</p>
-
-<p>&mdash;Y verdaderamente, chico, ¿á cuento de qué está tu abuelo en este mundo
-feo y malo? El pobre no sirve ya para nada. ¿Te parece bien que viva
-para que se rían de él, y para que un Ministrillo le esté desairando
-todos los días?</p>
-
-<p>&mdash;Pero yo no quiero que se muera mi abuelo...</p>
-
-<p>&mdash;Justo es que no lo quieras... pero ya ves... él está viejo, y, créelo,
-mejor le irá conmigo que con vosotros. ¿No lo comprendes?</p>
-
-<p>&mdash;Sí (diciendo que sí por cortesía, pero sin estar muy convencido...)
-Entonces... ¿el abuelo se va á morir pronto?</p>
-
-<p>&mdash;Es lo mejor que puede hacer. Adviérteselo tú; dile que has hablado
-conmigo, que no se apure por la credencial, que mande al Ministro á
-freir espárragos, y que no tendrá tranquilidad sino cuando esté conmigo.
-¿Pero qué es eso? ¿Por qué arrugas las cejas? ¿No comprendes eso,
-tontín? ¿Pues no dices que vas á ser cura y á consagrarte á mí? Si así
-lo piensas, vete acostumbrando á estas ideas. ¿No te acuerdas ya de lo
-que dice el Catecismo? Apréndetelo bien. El mundo es un valle de
-lágrimas, y mientras más<span class="pagenum"><a name="page_388" id="page_388"></a>{388}</span> pronto salís de él, mejor. Todas estas cosas,
-y otras que irás aprendiendo, las has de predicar tú en mi púlpito
-cuando seas grande, para convertir á los malos. Verás cómo haces llorar
-a las mujeres, y dirán todas que el padrito <i>Miau</i> es un pico de oro.
-Dime, ¿no estás en ser clérigo y en ir aprendiendo ya unas miajas de
-misa, un poco de latín y todo lo demás?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor... Murillo me ha enseñado ya muchas cosas: lo que significa
-<i>aleluya</i> y <i>gloria patri</i>, y sé cantar lo que se canta cuando alzan, y
-cómo se ponen las manos al leer los santísimos Evangelios.</p>
-
-<p>&mdash;Pues ya sabes mucho. Pero es menester que te apliques. En casa de tu
-tía Quintina verás todas las cosas que se usan en mi culto.</p>
-
-<p>&mdash;Me quieren llevar con la tía Quintina. ¿Qué le parece?... ¿voy?</p>
-
-<p>Al llegar aquí, Cadalsito, alentado por la amabilidad de su amigo, que
-le acariciaba con sus dedos las mejillas, se tomó la confianza de
-corresponder con igual demostración, y primero tímidamente, después con
-desembarazo, le tiraba de las barbas al Padre, quien nada hacía para
-impedirlo, ni se incomodaba diciendo como Villaamil: <i>¿en qué cochino
-bodegón hemos comido juntos?</i></p>
-
-<p>&mdash;Sobre eso de vivir ó no con los Cabreras, yo nada te digo. Tú lo
-deseas por la novelería de los juguetes eclesiásticos, y al mismo tiempo
-temes separarte de tus abuelitos. ¿Sabes lo que<span class="pagenum"><a name="page_389" id="page_389"></a>{389}</span> te aconsejo? Que
-llegado el momento, hagas lo que te salga de dentro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si me lleva mi papá á la fuerza sin dejarme pensarlo?</p>
-
-<p>&mdash;No sé... me parece que á la fuerza no te llevará. En último caso,
-haces lo que mande tu abuelo. Si él te dice: «Á casa de Quintina», te
-callas, y andando.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si me dice que no?</p>
-
-<p>&mdash;No vas. Pásate sin los altaritos, y entretanto, ¿sabes lo que haces?
-Le dices al amigo Murillo que te dé otra pasada de latín, de ese que él
-sabe, que te explique bien la misa y el vestido del cura, cómo se pone
-el cíngulo, la estola, cómo se preparan el cáliz y la hostia para la
-consagración... en fin, Murillito está muy bien enterado, y también
-puede enseñarte á llevar el Viático á los enfermos, y lo que se reza por
-el camino.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno... Murillo sabe mucho; pero su padre quiere que sea abogado.
-¡Qué estúpido! Dice él que llegará á Ministro, y que se casará con una
-moza muy guapa. ¡Qué asco!</p>
-
-<p>&mdash;Sí que es un asco.</p>
-
-<p>&mdash;También <i>Posturas</i> tenía malas ideas. Una tarde nos dijo que se iba á
-echar una querida y á jugar á la timba. ¿Qué cree usted? Fumaba colillas
-y era muy mal hablado.</p>
-
-<p>&mdash;Todas esas mañas se le quitan aquí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde está que no le veo con usted?<span class="pagenum"><a name="page_390" id="page_390"></a>{390}</span></p>
-
-<p>&mdash;Todos castigados. ¿Sabes lo que me han hecho esta mañana? Pues entre
-<i>Posturitas</i> y otros pillos que siempre están enredando, me cogieron el
-mundo, ¿sabes?, aquel mundo azul que yo uso para llevarlo en la mano, y
-lo echaron á rodar, y cuando quise enterarme, se había caído al mar.
-Costó Dios y ayuda sacarlo. La suerte que es un mundo figurado, ¿sabes?,
-que no tiene gente, y no hubo que lamentar desgracias. Les di una mano
-de cachetes como para ellos solos. Hoy no me salen del encierro...</p>
-
-<p>&mdash;Me alegro. Que la paguen. Y dígame, ¿dónde les encierra?</p>
-
-<p>La celestial persona, dejándose tirar de las barbas, miraba sonriendo á
-su amigo, como si no supiera qué decir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde les encierra?... á ver... diga...</p>
-
-<p>La curiosidad de un niño es implacable, y ¡ay de aquel que la provoca y
-no la satisface al momento! Los tirones de barba debieron de ser
-demasiado fuertes, porque el bondadoso viejo, amigo de Luis, hubo de
-poner coto á tanta familiaridad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que dónde les encierro?... Todo lo quieres saber. Pues les
-encierro... donde me da la gana. ¿Á ti qué te importa?</p>
-
-<p>Pronunciada la última palabra, la visión desapareció súbitamente, y
-quedóse el buen Cadalso hasta la mañana, durante el sueño, atormentado
-por la curiosidad de saber dónde les encerraba... ¿Pero dónde diablos
-les encerraría?<span class="pagenum"><a name="page_391" id="page_391"></a>{391}</span></p>
-
-<h2><a name="XLI" id="XLI"></a>XLI</h2>
-
-<p>No pareció Víctor en toda la noche; pero á la mañana, temprano, fué á
-reiterar la temida sentencia respecto á Luis, no cediendo ni ante las
-conminaciones de doña Pura, ni ante las lágrimas de Abelarda y Milagros.
-El chiquillo, afectado por aquel aparato luctuoso, se mostró rebelde á
-la separación; no quería dejarse vestir ni calzar; rompió en llanto, y
-Dios sabe la que se habría armado sin la intervención discreta de
-Villaamil, que salió de su alcoba diciendo: «Pues es forzoso separarnos
-de él, no atosigarle, no afligir á la pobre criatura». Asombrábase
-Víctor de ver á su suegro tan razonable, y le agradecía mucho aquel
-criterio consolador, que le permitiría realizar su propósito sin apelar
-á la violencia, evitando escenas desagradables. Milagros y Abelarda,
-viendo el pleito perdido, retiráronse á llorar al gabinete. Pura se
-metió en la cocina echando de su boca maldiciones contra los Cabreras,
-los Cadalsos y demás razas enemigas de su tranquilidad, y en tanto
-Víctor le ponía las botas á su hijo, tratando de llevársele pronto,
-antes que surgieran nuevas complicaciones.</p>
-
-<p>&mdash;Verás, verás&mdash;le decía&mdash;qué cosas tan monas te tiene allí la tía
-Quintina: santos magníficos,<span class="pagenum"><a name="page_392" id="page_392"></a>{392}</span> grandes como los que hay en las iglesias,
-y otros chiquitos para que tú enredes con ellos; vírgenes con mantos
-bordados de oro, luna de plata á los pies, estrellas alrededor de la
-cabeza, tan majas... verás... Y otras cosas muy divertidas...
-candeleros, cristos, misales, custodias, incensarios...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y les puedo poner fuego y menearlos para que den olor?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, vida mía. Todo es para que tú te entretengas y vayas aprendiendo,
-y á los santos puedes quitarles la ropa para ver cómo son por dentro, y
-luego volvérsela á poner.</p>
-
-<p>Villaamil se paseaba en el comedor oyendo todo esto. Como observara que
-Luis, después de aquel entusiasmo por el uso del incensario, volvió á
-caer en su morriña, gimoteando: «Yo quiero que la abuela me lleve y se
-esté allí conmigo», hubo de meter su cuarto á espadas en la
-catequización, y acariciándole, le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Tienes allá también altares chicos con velitas y arañas de este
-tamaño, custodias así, casullitas bordadas, un sagrario que es una
-monada, una manga-cruz que la puedes cargar cuando quieras, y otras
-preciosidades... como, por ejemplo...</p>
-
-<p>No sabía por dónde seguir, y Víctor suplió su falta de inventiva
-añadiendo:</p>
-
-<p>&mdash;Y un hisopo de plata que echa agua bendita por todos lados, y, en fin,
-un cordero pascual<span class="pagenum"><a name="page_393" id="page_393"></a>{393}</span>...</p>
-
-<p>&mdash;¿De carne?</p>
-
-<p>&mdash;No, hombre... Digo, sí, vivo...</p>
-
-<p>Para abreviar la penosa situación y acelerar el momento crítico de la
-salida, Villaamil ayudó á ponerle la chaqueta; pero aun no le habían
-abrochado todos los botones, cuando ¡Madre de Dios! sale doña Pura hecha
-una pantera y arremete contra Víctor, badila en mano, diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Asesino, vete de mi casa! ¡No me robarás esta joya!... ¡Vete, ó te
-abro la cabeza!</p>
-
-<p>Y lo mismo fué oir las otras <i>Miaus</i> aquella voz airada, salieron
-también chillando en la propia cuerda. En suma, que aquello se iba
-poniendo feo.</p>
-
-<p>&mdash;Puesto que ustedes no quieren que sea por buenas, será por malas&mdash;dijo
-Víctor poniéndose á salvo de las uñas de las tres furias.&mdash;Pediré
-auxilio á la justicia. Él aquí no se ha de quedar. Conque ustedes
-verán...</p>
-
-<p>Villaamil intervino, diciendo con voz conciliadora, sacada
-trabajosamente del fondo de su oprimido pecho:</p>
-
-<p>&mdash;Calma, calma. Ya lo teníamos arreglado, cuando estas mujeres nos lo
-echan á perder. Váyanse para adentro.</p>
-
-<p>&mdash;Eres un estafermo&mdash;le dijo la esposa, ciega de ira.&mdash;Tú tienes la
-culpa, porque si te pusieras de nuestra parte, entre todos habíamos
-ganado la partida.</p>
-
-<p>&mdash;Cállate tú, loca, que harto sé yo lo que<span class="pagenum"><a name="page_394" id="page_394"></a>{394}</span> tengo que hacer. ¡Fuera de
-aquí todo el mundo!</p>
-
-<p>Pero Luisito, viendo á sus tías y abuela tan interesadas por él, volvió
-á mostrar resistencia. Pura no se contentaba con menos que con sacarlo
-los ojos á su yerno, y aquello iba á acabar malamente. La suerte que
-aquel día estaba Villaamil tan razonable y con tal dominio de sí mismo y
-de la situación, que parecía otro hombre. Sin saber cómo, su
-respetabilidad se impuso.</p>
-
-<p>&mdash;Mientras tú estés aquí&mdash;dijo á Víctor, sacándole con hábil movimiento
-de la cuna del toro, ó sea de entre las manos tiesas de doña Pura,&mdash;no
-adelantaremos nada. Vete, y yo te doy mi palabra de que llevaré á mi
-nieto á casa de Quintina. Déjame á mí, déjame... ¿No te fías de mi
-palabra?</p>
-
-<p>&mdash;De su palabra sí, pero no de su capacidad para reducir á estos
-energúmenos.</p>
-
-<p>&mdash;Yo los reduciré con razones. Descuida. Vete, y espérame allá.</p>
-
-<p>Habiendo logrado tranquilizar á su yerno, entró en gran parola con la
-familia, agotando su ingenio en hacerles ver la imposibilidad de impedir
-la separación del chiquillo.</p>
-
-<p>&mdash;¿No veis que si nos resistimos vendrá el propio juez á quitárnosle?</p>
-
-<p>Media hora duró el alegato, y por fin las <i>Miaus</i> parecieron resignadas;
-convencidas, nunca.</p>
-
-<p>&mdash;Lo primero que tenéis que hacer&mdash;les dijo, deseando alejarlas en el
-momento crítico de la<span class="pagenum"><a name="page_395" id="page_395"></a>{395}</span> salida,&mdash;es iros á la sala cantando bajito. Yo me
-entiendo con Luis. ¡Si él no va á dejar de querernos porque se vaya con
-Quintina!... y además, su padre me ha prometido que le traerá todos los
-días á vernos, y los domingos á pasar el día en casa...</p>
-
-<p>Abelarda se retiró la primera, llorando, como quien se aparta de la
-persona agonizante para no verla morir. Después se fué Milagros, y
-finalmente Pura, quien no se hubiera resignado, á no domarla su esposo
-con este último argumento:</p>
-
-<p>&mdash;Si porfiamos, vendrá el juez esta tarde. ¡Figúrate qué escena!
-Apuremos el cáliz, y Dios castigará al infame que nos le ofrece.</p>
-
-<p>Solo con Luis, el abuelo estuvo á punto de perder su estudiada,
-dificilísima compostura, y echarse á llorar. Se tragó toda aquella hiel,
-invocando mentalmente al cielo con esta frase:</p>
-
-<p>&mdash;Terrible es la separación, Señor, pero es indudable que estará mucho
-mejor allá, mucho mejor... Vamos, Ramón, ánimo, y no te amilanes.</p>
-
-<p>Pero no contaba con su nieto, que, oyendo el gimoteo de las tías, volvió
-á las andadas, y cuando se acercaba el instante fiero de la partida, se
-afligió diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;Yo no quiero irme.</p>
-
-<p>&mdash;No seas tonto, Luis&mdash;le amonestó el anciano.&mdash;¿Crees tú que si no
-fuera por tu bien te sacaríamos de casa? Los niños bonitos y dóciles<span class="pagenum"><a name="page_396" id="page_396"></a>{396}</span>
-hacen lo que se les manda. Y que no puedes tú figurarte, por mucho que
-yo te las pondere, las preciosidades que Quintina tiene allí para tu uso
-particular.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y puedo yo cogerlo todo para mí, y hacer con ello lo que me dé la
-gana?&mdash;preguntó el chiquillo con la ansiedad avariciosa que en la edad
-primera revela el egoísmo sin freno.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues quién lo duda? Hasta puedes romperlo si te acomoda.</p>
-
-<p>&mdash;No, romper no. Las cosas de la iglesia no se rompen&mdash;declaró el niño
-con cierta unción.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno... vamos ya... Saldremos calladitos para que no nos sientan
-ésas... y no se alboroten... Pues verás; entre otras cosas, hay una
-pilita bautismal, que es una monería; yo la he visto.</p>
-
-<p>&mdash;Una pila... ¿con mucha agua bendita?</p>
-
-<p>&mdash;Cabe tanta agua como en la tinaja de la cocina... Vamos (cargándoselo
-á cuestas). Mejor será que yo te lleve en brazos...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y esa pila es para bautizar personas?</p>
-
-<p>&mdash;¡Claro!... Con ella puedes tú jugar todo lo que quieras, y de paso vas
-aprendiendo, para cuando seas cura, la manera de cristianar á un pelón.</p>
-
-<p>Atravesó Villaamil con paso recatado el corredor y recibimiento,
-llevando á su nieto en brazos, y como durante la peligrosa travesía el<span class="pagenum"><a name="page_397" id="page_397"></a>{397}</span>
-chico prosiguiese con su flujo de preguntas, sin bajar la voz, el abuelo
-le puso una mano por tapaboca, susurrándole al oído: «Sí, puedes
-bautizar niños, todos los niños que quieras. Y también hay mitras á la
-medida de tu cabeza y capitas doradas y un báculo para que te vistas de
-obispín y nos eches bendiciones...»</p>
-
-<p>Con esto franquearon la puerta, que Villaamil no cerró á fin de evitar
-el ruido. La escalera la bajó á trancos, como ladrón que huye cargando
-el objeto robado, y una vez en el portal, respiró y dejó su carga en el
-suelo: ya no podía más. No estaba él muy fuerte que digamos, ni
-soportaba pesos, aun tan livianos como el de su nietecillo. Temeroso de
-que Paca y Mendizábal cometiesen alguna indiscreción, esquivó sus
-saludos. La mujerona quiso decir algo á Luis, condoliéndose de su
-marcha; pero Villaamil anduvo más listo; dijo <i>volvemos</i>, y salió á la
-calle más pronto que la vista.</p>
-
-<p>El temor de que Luis cerdease otra vez, le estimuló á reforzar en la
-calle sus mentirosas artimañas de catequista:</p>
-
-<p>&mdash;Tienes allí tan gran cantidad de flores de trapo para altares, que
-sólo para verlas todas necesitas un año... y velas de todos colores... y
-la mar de cirios... Pues hay un San Fernando vestido de guerrero, con
-armadura, que te dejará pasmado, y un San Isidro con su yunta de bueyes,
-que parecen naturales. El altar chico para<span class="pagenum"><a name="page_398" id="page_398"></a>{398}</span> que tú digas tus misas es
-más bonito que el de Monserrat...</p>
-
-<p>&mdash;Dime, abuelito, y confesionario, ¿no tengo?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya lo creo!... y muy majo... con rejas, para que las mujeres te
-cuenten sus pecados, que son muchísimos... Te digo que vas á estar muy
-bien, y cuando crezcas un poquito, te encontrarás hecho cura sin
-sentirlo, sabiendo tanto como el padre Bohigas, de Monserrat, ó el
-propio capellán de las Salesas Nuevas, que ahora sale á canónigo.</p>
-
-<p>&mdash;Y yo, ¿seré canónigo, abuelito?</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues qué duda tiene?... y obispo, y hasta puede que llegues á Papa.</p>
-
-<p>&mdash;¿El Papa es el que manda en todos los curas?...</p>
-
-<p>&mdash;Justamente... ¡Ah! también verás allí un monumento de Semana Santa,
-que lo menos tiene mil piezas, qué sé yo cuántas estatuas, todo blanco y
-como de alfeñique. Parece que acaba de salir de la confitería.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y se come, abuelo, se come?&mdash;preguntó Cadalsito, tan vivamente
-interesado en todo aquello, que su casa, su abuela y sus tías se le
-borraron de la mente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién lo duda? Cuando te canses de jugar le pegas una
-dentellada&mdash;respondió Villaamil, ya vuelto tarumba, pues su imaginación
-se agotaba, y no sabía de qué echar mano.</p>
-
-<p>Andaba el abuelo rápidamente por la acera<span class="pagenum"><a name="page_399" id="page_399"></a>{399}</span> de la calle Ancha, y á cada
-paso suyo daba Cadalsito tres, cogido de la mano paterna, ó más bien
-colgado. Don Ramón se detuvo bruscamente y giró sobre sí mismo,
-dirigiéndose hacia la parte alta de la calle, donde está el Hospital de
-la Princesa. Fijóse Luis en la incongruencia de esta dirección, y
-observó, impacientándose:</p>
-
-<p>&mdash;Pero, abuelo, ¿no vamos á casa de la tía Quintina en la calle de los
-Reyes?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hijo mío; pero antes daremos una vuelta por aquí para que tomes el
-sol.</p>
-
-<p>En el cerebro del afligido anciano se determinó un retroceso súbito,
-semejante al rechazo de la enérgica idea que informaba todos los actos
-referentes á la cesión y traslado de su nieto. Éste seguía charla que te
-charla, preguntando sin cesar, tirándole á su abuelo del brazo cuando
-las respuestas no empalmaban inmediatamente con las interrogaciones. El
-abuelo contestaba por monosílabos, evasivamente, pues todo su espíritu
-se reconcentraba en la vida interior del pensar. Cabizbajo, fijos los
-ojos en el suelo como si contara las rayas de las baldosas, apechugaba
-con la cuesta, tirando de Luisito, el cual no advertía la congoja de su
-abuelo, ni el temblor de sus labios, articulando en baja voz la
-expresión de las ideas. «¿No es un verdadero crimen lo que voy á hacer,
-ó, mejor dicho, dos crímenes?... Entregar á mi nieto, y después...
-Anoche, tras larga meditación, me parecieron ambas cosas<span class="pagenum"><a name="page_400" id="page_400"></a>{400}</span> muy acertadas,
-y consecuencia la una de la otra. Porque si yo voy á... cesar de vivir
-muy pronto, mejor quedara Luis con los Cabreras que con mi familia... Y
-pensé que mi familia le criaría mal, con descuido, consintiéndole mil
-resabios... eso sin contar el peligro de que esté al lado de Abelarda,
-que volverá á las andadas cualquier día. Los Cabreras me son
-antipáticos; pero les tengo por gente ordenada y formal. ¡Qué diferencia
-de Pura y Milagros! Éstas, con su música y sus tonterías, no sirven para
-nada. Así pensé anoche, y me pareció lo más cuerdo que á humana cabeza
-pudiera ocurrirse... ¿Por qué me arrepiento ahora y me entran ganas de
-volver á casa con el chico? ¿Es que estará mejor con las Miaus que con
-Quintina? No, eso no... ¿Es que desmaya en mí la resolución salvadora
-que ha de darme libertad y paz? ¿Es que te da ahora el antojillo de
-seguir viviendo, cobarde? ¿Es que te halagan el cuerpo los melindres de
-la vida?»</p>
-
-<p>Atormentado por cruelísima duda, Villaamil echó un gran suspiro, y
-sentándose en el zócalo de la verja del hospital que cae al paseo de
-Areneros, cogió las manos del niño y le miró fijamente, cual si en sus
-inocentes ojos quisiera leer la solución del terrible conflicto. El
-chico ardía de impaciencia; pero no se atrevió á dar prisa á su abuelo,
-en cuyo semblante notaba pena y cansancio.</p>
-
-<p>&mdash;Dime, Luis&mdash;propuso Villaamil, abrazándole<span class="pagenum"><a name="page_401" id="page_401"></a>{401}</span> con cariño.&mdash;¿Quieres tú
-de veras irte con la tía Quintina? ¿Crees que estarás bien con ella, y
-que te educarán é instruirán los Cabreras mejor que en casa? Háblame con
-franqueza.</p>
-
-<p>Puesta la cuestión en el terreno pedagógico, y descartado el aliciente
-de la juguetería eclesiástica, Luis no supo qué contestar. Buscó una
-salida, y al fin la halló:</p>
-
-<p>&mdash;Yo quiero ser cura.</p>
-
-<p>&mdash;Corriente; tú quieres ser cura y yo lo apruebo... Pero suponiendo que
-yo falte, que Pura y Milagros se vayan á vivir con Abelarda, señora de
-Ponce, ¿con quién te parece á ti que estarías mejor?</p>
-
-<p>&mdash;Con la abuela y la tía Quintina juntas.</p>
-
-<p>&mdash;Eso no puede ser.</p>
-
-<p>Cadalsito alzó los hombros.</p>
-
-<p>&mdash;«¿Y no temerías tú, si siguieras donde estabas, que mi hija se
-alborotase otra vez y te quisiera matar?</p>
-
-<p>&mdash;No se alborotará&mdash;dijo Cadalsito con admirable sabiduría.&mdash;Ahora se
-casa y no volverá á pegarme.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que tú... no tienes miedo? Y entre la tía Quintina y
-nosotros, ¿qué prefieres?</p>
-
-<p>&mdash;Prefiero... que vosotros viváis con la tía.</p>
-
-<p>Ya tenía Villaamil abierta la boca para decirle: «Mira, hijo, todo eso
-que te he contado de los altaritos es música. Te hemos engañado<span class="pagenum"><a name="page_402" id="page_402"></a>{402}</span> para
-que no te resistieses á salir de casa»; pero se contuvo, esperando que
-el propio Luis esclareciese con alguna idea primitiva, sugerida por su
-inocencia, el problema tremendo. Cadalsito montó una pierna sobre la
-rodilla de su abuelo, y echándole una mano al hombro para sostenerse
-bien, se dejó decir:</p>
-
-<p>&mdash;Lo que yo quiero es que la abuela y la tía Milagros se vengan á vivir
-con Quintina.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y yo?&mdash;preguntó el anciano, atónito de la preterición.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú? Te diré. Ya no te colocan... ¿entiendes? ya no te colocan, ni
-ahora ni nunca.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por dónde lo sabes? (con el alma atravesada en la garganta).</p>
-
-<p>&mdash;Yo lo sé. Ni ahora ni nunca... Pero maldita la falta que te hace.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho?</p>
-
-<p>&mdash;Pues... yo... Te lo contaré; pero no lo digas á nadie... Veo á Dios...
-Me da así como un sueño, y entonces se me pone delante y me habla.</p>
-
-<p>Tan asombrado estaba Villaamil, que no pudo hacer ninguna observación.
-El chico prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;Tiene la barba blanca, es tan alto como tú, con un manto muy bonito...
-Me dice todo lo que pasa... y todo lo sabe, hasta lo que hacemos los
-chicos en la escuela...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cuándo le has visto?</p>
-
-<p>&mdash;Muchas veces: la primera en las Alarconas,<span class="pagenum"><a name="page_403" id="page_403"></a>{403}</span> después aquí cerca, y en
-el Congreso y en casa... Me da primero como un desmayo, me entra frío, y
-luego viene él y nos ponemos á charlar... ¿Qué, no lo crees?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hijo, sí lo creo (con emoción vivísima); ¿pues no lo he de creer?</p>
-
-<p>&mdash;Y anoche me dijo que no te colocarán, y que este mundo es muy malo, y
-que tú no tienes nada que hacer en él, y que cuanto más pronto te vayas
-al cielo, mejor.</p>
-
-<p>&mdash;Mira tú lo que son las cosas: á mí me ha dicho lo mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero tú le ves también?</p>
-
-<p>&mdash;No, tanto como verlo... no soy bastante puro para merecer esa
-gracia... pero me habla alguna vez que otra.</p>
-
-<p>&mdash;Pues eso me dijo... Que morirte pronto es lo que te conviene, para que
-descanses y seas feliz.</p>
-
-<p>El estupor de Villaamil fué inmenso. Eran las palabras de su nieto como
-revelación divina, de irrefragable autenticidad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y á ti qué te cuenta el Señor?</p>
-
-<p>&mdash;Que tengo que ser cura... ¿ves? lo mismo, lo mismito que yo deseaba...
-y que estudie mucho latín y aprenda pronto todas las cosas...</p>
-
-<p>La mente del anciano se inundó, por decirlo así, de un sentido
-afirmativo, categórico, que excluía hasta la sombra de la duda,
-estableciendo el orden de ideas firmísimas á que debía responder<span class="pagenum"><a name="page_404" id="page_404"></a>{404}</span> en el
-acto la voluntad con decisión inquebrantable.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, hijo, vamos á casa de la tía Quintina&mdash;dijo al nieto,
-levantándose y cogiéndole de la mano.</p>
-
-<p>Le llevó aprisa, sin tomarse el trabajo de catequizarle con
-descripciones hiperbólicas de juguetes y chirimbolos sacro-recreativos.
-Al llamar á la puerta de Cabrera, Quintina en persona salió á abrir.
-Sentado en el último escalón, Villaamil cubrió de besos á su nieto,
-entrególe á su tía paterna, y bajó á escape sin siquiera dar á ésta los
-buenos días. Como al bajar creyese oir la voz del chiquillo que
-gimoteaba, avivó el paso y se puso en la calle con toda la celeridad que
-sus flojas piernas le permitían.</p>
-
-<h2><a name="XLII" id="XLII"></a>XLII</h2>
-
-<p>Era ya cerca de medio día, y Villaamil, que no se había desayunado,
-sintió hambre. Tiró hacia la plaza de San Marcial, y al llegar á los
-vertederos de la antigua huerta del Príncipe Pío, se detuvo á contemplar
-la hondonada del Campo del Moro y los términos distantes de la Casa de
-Campo. El día era espléndido, raso y bruñido el cielo de azul, con un
-sol picón y alegre; de estos días precozmente veraniegos en que el calor
-importuna más por hallarse aún los<span class="pagenum"><a name="page_405" id="page_405"></a>{405}</span> árboles despojados de hoja.
-Empezaban á echarla los castaños de Indias y los chopos; apenas
-verdegueaban los plátanos; y las soforas, gleditchas y demás leguminosas
-estaban completamente desnudas. En algunos ejemplares del árbol del amor
-se veían las rosadas florecillas, y los setos de aligustre ostentaban ya
-sus lozanos renuevos, rivalizando con los evonymus de perenne hoja.
-Observó Villaamil la diferencia de tiempo con que las especies arbóreas
-despiertan de la somnolencia invernal, y respiró con gusto el aire tibio
-que del valle del Manzanares subía. Dejóse ir, olvidado de su buen
-apetito, camino de la Montaña, atravesando el jardinillo recién plantado
-en el relleno, y dió la vuelta al cuartel, hasta divisar la sierra, de
-nítido azul con claros de nieve, como mancha de acuarela extendida sobre
-el papel por la difusión natural de la gota, obra de la casualidad más
-que de los pinceles del artista.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué hermoso es esto!&mdash;se dijo soltando el embozo de la capa, que le
-daba mucho calor.&mdash;Paréceme que lo veo por primera vez en mi vida, ó que
-en este momento se acaban de crear esta sierra, estos árboles y este
-cielo. Verdad que en mi perra existencia llena de trabajos y
-preocupaciones, no he tenido tiempo de mirar para arriba ni para
-enfrente... Siempre con los ojos hacia abajo, hacia esta puerca tierra
-que no vale dos cominos, hacia la muy marrana<span class="pagenum"><a name="page_406" id="page_406"></a>{406}</span> Administración, á quien
-parta un rayo, y mirándoles las cochinas caras á Ministros, Directores y
-Jefes del Personal, que maldita gracia tienen. Lo que yo digo: ¡cuánto
-más interesante es un cacho de cielo, por pequeño que sea, que la cara
-de Pantoja, la de Cucúrbitas y la del propio Ministro!... Gracias á Dios
-que saboreo este gusto de contemplar la Naturaleza, porque ya se
-acabaron mis penas y mis ahogos, y no cavilo más en si me darán ó no me
-darán el destino; ya soy otro hombre, ya sé lo que es independencia, ya
-sé lo que es vida, y ahora me les paso á todos por las narices, y de
-nadie tengo envidia, y soy... soy el más feliz de los hombres. Á comer
-se ha dicho, y ole morena mía.</p>
-
-<p>Dió un par de castañetazos con los dedos de ambas manos, y volviendo á
-liarse la capa, se dirigió hacia la cuesta de San Vicente, que recorrió
-casi toda, mirando las muestras de las tiendas. Por fin, ante una
-taberna de buen aspecto se detuvo murmurando: «Aquí deben de guisar muy
-bien. Entra, Ramón, y date la gran vida». Dicho y hecho. Un rato después
-hallábase el buen Villaamil sentado ante una mesa redonda, de cuatro
-patas, y tenía delante un plato de guisado de falda olorosísimo, un
-cubierto cachicuerno, jarro de vino y pan. «Da gusto&mdash;pensaba,
-emprendiéndola resueltamente con el guisote&mdash;encontrarse así, tan libre,
-sin compromisos, sin cuidarse de la familia... porque,<span class="pagenum"><a name="page_407" id="page_407"></a>{407}</span> en buena hora lo
-diga, ya no tengo familia; estoy solo en el mundo, solo y dueño de mis
-acciones... ¡Qué gusto, qué placer tan grande! El esclavo ha roto sus
-cadenas, y hoy se pone el mundo por montera, y ve pasar á su lado á los
-que antes le oprimían, como si viera pasar á Perico el de los Palotes...
-¡Pero qué rico está este guisado de falda! En su vida compuso nada tan
-bueno la simple de Milagros, que sólo sabe hacerse los ricitos, y
-cantarse y mayarse por todo lo alto aquello de <i>morrríamo, morrríamo</i>...
-Parece un perrillo cuando le pellizcan el rabo... De veras está rica la
-falda... ¡Qué gracia tienen para sazonar en esta taberna! ¡Y qué persona
-tan simpática es el tabernero, y qué bien le sientan los manguitos
-verdes, los zapatos de alfombra y la gorra de piel! ¡Cuánto más guapo es
-que Cucúrbitas y que el propio Pantoja!... Pues señor, el vinillo es
-fresco y picón... Me gusta mucho. Efectos de la libertad de que gozo, de
-no importárseme un bledo de nadie, y de ver mi cabeza limpia de
-cavilaciones y pesadumbres. Porque todo lo dejo bien arregladito: mi
-hija se casa con Ponce, que es buen muchacho y tiene de qué vivir; mi
-nieto en poder de Quintina, que le educará mejor que su abuela... y en
-cuanto á esas dos pécoras, que carguen con ellas Abelarda y su marido...
-En resolución, ya no tengo que mantener el pico á nadie, ya soy libre,
-feliz, independiente, y <i>me abro al<span class="pagenum"><a name="page_408" id="page_408"></a>{408}</span> cartaginés incautamente</i>. ¡Qué
-dicha! Ya no tengo que discurrir á qué cristiano espetarle mañana la
-cartita pidiendo un anticipo. ¡Qué descanso tan grande haber puesto
-punto á tanta ignominia! El alma se me ensancha... respiro mejor, me ha
-vuelto el apetito de mi mocedad, y á cuantas personas veo me dan ganas
-de apretarles la mano y comunicarles mi felicidad».</p>
-
-<p>Aquí llegaba del soliloquio, cuando entraron en la taberna tres
-muchachos, sin duda recién salidos del tren, con sendos morrales al
-hombro, vara en cinto, vestidos á usanza campesina, iguales en el
-calzado, que era de alpargata, y distintos en el sombrero, pues el uno
-lo traía de aparejo redondo, el otro boina y el tercero pañuelo de seda
-liado á la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué chicos tan gallardos!&mdash;dijo Villaamil contemplándoles embebecido,
-mientras ellos, bulliciosos y maleantes, pedían al tabernero algo con
-qué matar la feroz gazuza que traían.&mdash;¿Serán jóvenes labradores que han
-dejado la obscura pobreza de sus aldeas por venir á esta Babel á
-pretender un destino que les dé barniz de señorío y aire de personas
-decentes?... ¡Infelices! ¡Y qué gran favor les haría yo en
-desengañarles!</p>
-
-<p>Sin más deliberación, se fué derecho á ellos diciéndoles:</p>
-
-<p>&mdash;Jóvenes, pensad lo que hacéis. Aun estáis á tiempo. Volveos á vuestras
-cabañas y dehesas,<span class="pagenum"><a name="page_409" id="page_409"></a>{409}</span> y huid de este engañoso abismo de Madrid, que os
-tragará y os hará infelices para toda la vida. Seguid el consejo de
-quien os quiere bien, y volveos al campo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dice este tío?&mdash;contestó el más despabilado de ellos, poniéndose
-al hombro la chaqueta, que se le había caído.&mdash;¡Otra que Dios con el
-abuelo! Somos quintos de este reemplazo, y como no nos presentemos nos
-afusilan...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! bueno, bueno... Si sois militares, la cosa muda de aspecto... Á
-defender la patria. Yo la defendí también, saliendo en una compañía de
-voluntarios cuando aquel pillo de Gómez se corrió hacia Madrid... Pero
-también os digo que no hagáis caso de lo que os prediquen vuestros
-jefes, y que os sublevéis á las primeras de cambio, hijos. Despreciad al
-gran pindongo del Estado... ¿No sabéis quién es el Estado?</p>
-
-<p>Los tres chicos se reían, mostrando sus dentaduras sanas y frescas: sin
-duda les hacía mucha gracia la estantigua que tenían delante. Ninguno de
-ellos supo quién era el Estado, y tuvo Villaamil que explicárselo en
-esta forma:</p>
-
-<p>&mdash;Pues el Estado es el mayor enemigo del género humano, y á todo el que
-coge por banda lo divide... Mucho ojo... sed siempre libres,
-independientes, y no tengáis cuenta con nadie.</p>
-
-<p>Uno de los mozos sacó la vara del cinto y dió con ella tan fuerte golpe
-sobre la mesa, que por poco la parte en dos, gritando:<span class="pagenum"><a name="page_410" id="page_410"></a>{410}</span></p>
-
-<p>&mdash;Patrona, que tenemos mucha hambre. Por vida del condenado Solimán...
-Vengan esas magras.</p>
-
-<p>Á Villaamil le cayó en gracia esta viveza de genio, y admiró la
-juventud, la sangre hirviente de los tres muchachos. El tabernero les
-rogó que esperasen minutos, y les puso delante pan y vino para que
-fueran matando el gusanillo. Pagó entonces Villaamil, y el tabernero, ya
-muy sorprendido de sus maneras originales, y teniéndole por tocado, se
-corrió á ofrecerle una copita de Cariñena. Aceptó el cesante, reconocido
-á tanta bondad, y tomando la copa y levantándola en alto, «brindó por la
-prosperidad del establecimiento». Los quintos berrearon:</p>
-
-<p>&mdash;¡Madrid, cinco minutos de parada y fonda!... ¡Viva la Nastasia, la
-Bruna, la Ruperta y toas las mozas de Daganzo de Arriba!</p>
-
-<p>Y como Villaamil elogiase, al despedirse del tabernero con mucha finura,
-el buen servicio y lo bien condimentado del guiso, el dueño le contestó:</p>
-
-<p>&mdash;No hay otra como ésta. Fíjese en el rétulo: <i>La Viña del Señor</i>.</p>
-
-<p>&mdash;No, si yo no he de volver. Mañana estaré muy lejos, amigo mío. Señores
-(volviéndose á los chicos y saludándoles sombrero en mano), conservarse.
-Gracias; que les aproveche... Y no olviden lo que les he dicho... ser
-libres, ser independientes... como el aire. Véanme á mí. Me<span class="pagenum"><a name="page_411" id="page_411"></a>{411}</span> pongo al
-Estado por montera... Hasta ahora...</p>
-
-<p>Salió arrastrando la capa, y uno de los mozos se asomó á la puerta
-gritando:</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh... abuelo, agárrese, que se cae!... Abuelo, que se le han quedado
-las narices. Vuelva acá.</p>
-
-<p>Pero Villaamil no oía nada, y siguió hacia arriba, buscando camino ó
-vereda por donde escalar la Montaña segunda vez. Encontróla al fin,
-atravesando un solar vacío y otro ya cercado para la edificación, y por
-último, después de dar mil vueltas y de salvar hondonadas y de trepar
-por la movediza tierra de los vertederos, llegó á la explanada del
-cuartel y lo rodeó, no parando hasta las vertientes áridas que desde el
-barrio de Argüelles descienden á San Antonio de la Florida. Sentóse en
-el suelo y soltó la capa, pues el vino por dentro y el sol por fuera le
-sofocaban más de lo justo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué tranquilo he almorzado hoy! Desde mis tiempos de muchacho, cuando
-salimos en persecución de Gómez, no he sido tan dichoso como ahora.
-Entonces no era libre de cuerpo; pero de espíritu sí, como en el momento
-presente; y no me ocupaba de si había ó no había para mandar mañana á la
-plaza. Esto de que todos los días se ha de ir á la compra es lo que hace
-insoportable la vida... Á ver, esos pajarillos tan graciosos que andan
-por ahí picoteando, ¿se ocupan de lo que comerán mañana? No; por eso son
-felices; y ahora me encuentro yo como ellos,<span class="pagenum"><a name="page_412" id="page_412"></a>{412}</span> tan contento, que me
-pondría á piar si supiera, y volaría de aquí á la Casa de Campo, si
-pudiese. ¿Por qué razón Dios, vamos á ver, no le haría á uno pájaro, en
-vez de hacerle persona?... Al menos que nos dieran á elegir. Seguramente
-nadie escogería ser hombre, para estar descrismándose luego por los
-empleos y obligado á gastar chistera, corbata, y todo este matalotaje
-que, sobre molestar, le cuesta á uno un ojo de la cara... Ser pájaro sí
-que es cómodo y barato. Mírenlos, mírenlos tan campantes, pillando lo
-que encuentran, y zampándoselo tan ricamente... Ninguno de éstos estará
-casado con una pájara que se llame Pura, que no sabe ni ha sabido nunca
-gobernar la casa, ni conoce el ahorro...</p>
-
-<p>Como viera los gorriones delante de sí, á distancia de unas cuatro
-varas, acercándose á brincos, cautelosos y audaces, para rebuscar en la
-tierra, sacó el buen hombre de su bolsillo el pan sobrante del almuerzo
-que había guardado en la taberna, y desmigajándolo, lo arrojó á las
-menudas aves. Aunque el movimiento de sus manos espantó á los
-animalitos, pronto volvieron, y descubierto el pan, ya se colige que
-cayeron sobre él como fieras. Villaamil sonreía y se esponjaba
-observando su voracidad, sus graciosos meneos y aquellos saltitos tan
-cucos. Al menor ruido, á la menor proyección de sombra ó indicio de
-peligro, levantaban el vuelo; pero su loco apetito les traía pronto al
-mismo lugar.<span class="pagenum"><a name="page_413" id="page_413"></a>{413}</span></p>
-
-<p>&mdash;Coman, coman tranquilos&mdash;les decía mentalmente el viejo, embelesado,
-inmóvil, para no asustarlos...&mdash;Si Pura hubiera seguido vuestro sistema,
-otro gallo nos cantara. Pero ella no entiende de acomodarse á la
-realidad. ¿Cabe algo más natural que encerrarse en los límites de lo
-posible? Que no hay más que patatas... pues patatas... Que mejora la
-situación y se puede ascender hasta la perdiz... pues perdiz. Pero no
-señor, ella no está contenta sin perdiz á diario. De esta manera
-llevamos treinta años de ahogos, siempre temblando; cuando lo había,
-comiéndonoslo á trangullones como si nos urgiese mucho acabarlo; cuando
-no, viviendo de trampas y anticipos. Por eso, al llegar la colocación ya
-debíamos el sueldo de todo un año. De modo que perpetuamente estábamos
-lo mismo, <i>á ti suspiramos</i>, y mirando para las estrellas... ¡Treinta
-años así, Dios mío! Y á esto llaman vivir. «Ramón, ¿qué haces que no te
-diriges á tal ó cual amigo?... Ramón, ¿en qué piensas? ¿Crees que somos
-camaleones?... Ramón, determínate á empeñar tu reloj, que la niña
-necesita botas... Ramón, que yo estoy descalza, y aunque me puedo
-aguantar así unos días, no puedo pasarme sin guantes, pues tenemos que
-ir al beneficio de la Furranguini... Ramón, dile al habilitado que te
-anticipe quinientos reales; son tus días, y es preciso convidar á las de
-tal ó cual... Ramón...» ¡Y que yo no haya sido hombre para trincar á mi<span class="pagenum"><a name="page_414" id="page_414"></a>{414}</span>
-mujer y ponerle una mordaza en aquella boca, que debió de hacérsela un
-fraile, según es de pedigüeña! ¡Cuidado que soportar esto treinta
-años!... Pero ya, gracias á Dios, he tenido valor para soltar mi cadena
-y recobrar mi personalidad. Ahora yo soy yo, y nadie me tose, y por fin
-he aprendido lo que no sabía: á renegar de Pura y de toda su casta, y á
-mandarlos á todos á donde fué el padre Padilla.</p>
-
-<p>No pudiendo reprimir su entusiasmo y alegría, dió tales manotadas, que
-los pájaros huyeron.</p>
-
-<h2><a name="XLIII" id="XLIII"></a>XLIII</h2>
-
-<p>&mdash;No seáis tontos... con vosotros nadie se mete. ¿Por quién me tomáis?
-¿Por algún Ministro sin entrañas, que quita el pan á los padres de
-familia para darlo á cualquier gandul? Porque vosotros también sois
-padres de familia y tenéis hijitos que mantener. No os asustéis, y tomad
-más miguitas... Creed que si mi mujer hubiera sido otra, la de Ventura,
-por ejemplo, yo no habría llegado á esta situación... La esposa de
-Ventura, de quien la mía se burla tanto porque dice bacalao de
-<i>Escuecia</i>, vale más que ella cien veces... Con Pura no hay dinero que
-alcance; ni la paga de un Director. El maldito suponer, el trapito, las
-visitas, el teatro, los perendengues y el morro siempre estirado para
-fingir dignidad de<span class="pagenum"><a name="page_415" id="page_415"></a>{415}</span> personas encumbradas, nos perdieron... No temáis,
-tontos; podéis acercaros, aun tengo más migas... En cuanto á Milagros,
-vosotros convendréis conmigo en que, si es buena y sencilla, no por eso
-deja de ser una inutilidad como su hermana. ¡Qué bien hizo aquel que se
-tiró al agua! Pues si no se tira y carga con ella, á estas horas se
-habría ahogado cien mil veces quedándose vivo, que es lo peor que le
-puede pasar á un cristiano... Entre las dos hermanitas me han tenido á
-mí lo mejor de mi vida con un dogal al cuello, aprieta que te
-apretarás... No dirán que me he portado mal con ellas, pues desde que me
-casé... Ahora me ocurre que, cuando fuí á pedir al señor Escobios la
-mano de su hija, el apreciable médico del Cuarto Montado debió arrearme
-un bofetón que me volviera la cara del revés... ¡Ay, cuánto se lo
-hubiera agradecido más adelante!... Coman, coman tranquilos, que aquí no
-estamos para quitarle el pan á la gente... Pues decía que desde que me
-casé hasta la fecha, he sido víctima de la insubstancialidad y el
-desgobierno de esas dos tarascas, y no podrán quejarse de que no he sido
-sumiso y paciente, ni tampoco de que las abandono y las dejo en la
-miseria, pues no me he determinado á recobrar mi libertad sino al saber
-que quedan al amparo de Ponce, que es un bendito y les mantendrá el
-pico, pues para eso le dejó todas sus migas el tío notario. ¡Ay, ínclito
-Ponce, y qué mochuelo te<span class="pagenum"><a name="page_416" id="page_416"></a>{416}</span> toca! Ya verás lo que es canela fina. Si no
-tienes cuidado, pronto te liquidan... te evaporan, te volatilizan, te
-sorben. Allá se las haya. Yo he cumplido... he cargado mi cruz treinta
-años; ahora, que la lleve otro... Se necesitan espaldas jóvenes... y el
-peso es mayúsculo, amigo Ponce. Ya lo verás... Si he de ser franco, te
-diré que mi hija, sin ser un talento, vale más que su mamá y su tía;
-tiene algunas ideas de orden y previsión; no es tan amiga de echar
-plantas... Pero cuidadito con ella, Ponce amigo, porque ó yo no entiendo
-nada de afectos y afecciones de mujeres, ó á mi Abelarda le gustas tú lo
-mismo que un dolor de muelas. Nadie me quita de la cabeza que ese peine
-de Víctor le había sorbido los sesos... Pero cásese en buen hora, y si
-son felices las señoras <i>Miaus</i>, y aprenden ahora lo que ignoraban en mi
-tiempo, yo me alegraré mucho y hasta las aplaudiré desde allá: vaya si
-las aplaudiré.</p>
-
-<p>Con estas meditaciones, harto más largas y difusas de lo que en la
-narración aparecen, se le fué pasando la tarde á Villaamil. Dos ó tres
-veces mudó de sitio, destrozando impíamente al pasar alguno de los
-arbolillos que el Ayuntamiento en aquel erial tiene plantados. «El
-Municipio&mdash;decía&mdash;es hijo de la Diputación Provincial y nieto del muy
-gorrino del Estado, y bien se puede, sin escrúpulo de conciencia, hacer
-daño á toda la parentela maldita.<span class="pagenum"><a name="page_417" id="page_417"></a>{417}</span> Tales padres, tales hijos. Si
-estuviera en mi mano, no dejaría un árbol ni un farol... El que la hace
-que la pague... y luego la emprendería con los edificios, empezando por
-el Ministerio del cochino ramo, hasta dejarlo arrasadito, arrasadito...
-como la palma de la mano. Luego, no me quedaría vivo un ferrocarril, ni
-un puente, ni un barco de guerra, y hasta los cañones de las fortalezas
-los haría pedacitos así».</p>
-
-<p>Vagaba por aquellos andurriales, sombrero en mano, recibiendo en el
-cráneo los rayos del sol, que á la caída de la tarde calentaba
-desaforadamente el suelo y cuanto en él había. La capa la llevaba
-suelta, y tuvo intenciones de tirarla, no haciéndolo porque consideró
-que podía venirle bien á la noche, aunque fuese por breve tiempo. Paróse
-al borde de un gran talud que hay hacia la Cuesta de Areneros, sobre las
-nuevas alfarerías de la Moncloa, y mirando al rápido declive, se dijo
-con la mayor serenidad: «Este sitio me parece bueno, porque iré por aquí
-abajo, dando vueltas de carnero; y luego, que me busquen... Como no me
-encuentre algún pastor de cabras... Bonito sitio, y sobre todo, cómodo,
-digan lo que quieran».</p>
-
-<p>Pero luego no debió parecerle el lugar tan adecuado á su temerario
-intento, porque siguió adelante, bajó y volvió á subir, inspeccionando
-el terreno, como si fuera á construir en él una casa. Ni alma viviente
-había por allí. Los gorriones<span class="pagenum"><a name="page_418" id="page_418"></a>{418}</span> iban ya en retirada hacia los tejares de
-abajo ó hacia los árboles de San Bernardino y de la Florida. De repente,
-le dió al santo varón la vena de sacar un revólver que en el bolsillo
-llevaba, montarlo y apuntar á los inocentes pájaros, diciéndoles:
-«Pillos, granujas, que después de haberos comido mi pan pasáis sin darme
-tan siquiera las buenas tardes, ¿qué diríais si ahora yo os metiera una
-bala en el cuerpo?... Porque de fijo no se me escapaba uno. ¡Tengo yo
-tal puntería!... Agradeced que no quiero quedarme sin tiros; pues si
-tuviera más cápsulas, aquí me las pagabais todas juntas... De veras que
-siento ganas de acabar con todo lo que vive, en castigo de lo mal que se
-han portado conmigo la Humanidad, y la Naturaleza, y Dios (con
-exaltación furiosa)... sí, sí: lo que es portarse, se han portado
-cochinamente... Todos me han abandonado, y por eso adopto el lema que
-anoche inventé y que dice literalmente: <i>Muerte... Infamante... Al...
-Universo...</i>».</p>
-
-<p>Con esta cantata siguió buen trecho alejándose hasta que, ya cerrada la
-noche, encontróse en los altos de San Bernardino que miran á
-Vallehermoso, y desdé allí vió la masa informe del caserío de Madrid con
-su crestería de torres y cúpulas, y el hormigueo de luces entre la
-negrura de los edificios... Calmada entonces la exaltación homicida y
-destructora, volvió el pobre hombre á sus estudios topográficos: «Este<span class="pagenum"><a name="page_419" id="page_419"></a>{419}</span>
-sitio sí que es de primera... Pero no; me verían los guardas de Consumos
-que están en esos cajones, y quizás... son tan brutos... me estorbarían
-lo que quiero y debo hacer... Sigamos hacia el cementerio de la
-Patriarcal, que por allí no habrá ningún importuno que se meta en lo que
-no le va ni le viene. Porque yo quiero que vea el mundo una cosa, y es
-que ya me importa un pepino que se nivelen ó no los presupuestos, y que
-me río del <i>income tax</i> y de toda la indecente Administración. Esto lo
-comprenderá la gente cuando recoja mis... restos, que lo mismo me da
-vayan á parar á un muladar que al propio panteón de los Reyes. Lo que
-vale es el alma, la cual se remonta volando á eso que llaman... el
-empíreo, que es por ahí arriba detrás de aquellos astros que relumbran y
-parecen hacerle á uno guiños llamándole... Pero aun no es hora. Quiero
-llegarme á ese puerco Madrid y decirle las del barquero á esas indinas
-<i>Miaus</i> que me han hecho tan infeliz».</p>
-
-<p>El odio á su familia, ya en los últimos días iniciado en su alma, y que
-en aquél tomaba á ratos los vuelos de frenesí demente ó rabia feroz,
-estalló formidable, haciéndole crispar los dedos, apretar reciamente la
-mandíbula, acelerar el paso con el sombrero echado atrás, la capa caída,
-en la actitud más estrafalaria y siniestra. Era ya noche obscura.
-Resueltamente se dirigió al Conde-Duque, pasó por delante del cuartel,
-y<span class="pagenum"><a name="page_420" id="page_420"></a>{420}</span> al aproximarse á la plaza de las Comendadoras, andaba con paso
-cauteloso, evitando el ser visto, buscando la sombra y mudando de
-dirección á cada instante. Después de meterse por la solitaria calle de
-San Hermenegildo, volvió hacia la plazuela del Limón, rondó la manzana
-de las Comendadoras, aventurándose por fin á atravesar la calle de
-Quiñones y á observar los balcones de su casa, no sin cerciorarse antes
-de que no estaban en el portal Mendizábal y su mujer. Agazapado en la
-esquina de la plazuela obscura, solitaria y silenciosa, miró repetidas
-veces hacia su casa, queriendo espiar si alguien entraba ó salía...
-¿Irían las <i>Miaus</i> al teatro aquella noche? ¿Vendrían á la tertulia
-Ponce y los demás amigos? En medio de su trastorno, supo colocarse en la
-realidad, considerando al fin como seguro é inevitable que, alarmada por
-la ausencia de su marido, Pura ponía en movimiento á todos los íntimos
-de la familia para buscarle.</p>
-
-<p>Al amparo de la esquina, como ladrón ó asesino que acecha el descuidado
-paso del caminante, Villaamil alargaba el pescuezo para vigilar sin que
-le vieran. Propiamente, su cuerpo estaba en la plazuela de las
-Comendadoras y su cabeza en la calle de Quiñones; su flácido cuello,
-dotado de prodigiosa elasticidad, se doblaba sobre el ángulo mismo.
-«Allá sale el ínclito Ponce de estampía. De seguro han ido á casa de
-Pantoja, al café, á todos los sitios que acostumbro<span class="pagenum"><a name="page_421" id="page_421"></a>{421}</span> frecuentar... Ese
-que llega echando los bofes me parece que es Federico Ruiz. De fijo
-viene de la prevención ó del juzgado de guardia... Habrá salido á
-averiguar... ¡Pobrecillos, qué trabajo se toman! Y cuánto gozo yo
-viéndoles tan afanados, y considerando á las <i>Miaus</i> tan aturdiditas...
-Fastidiarse; y usted, doña Pura de los infiernos, trague ahora la
-cicuta; que durante treinta años la he estado tragando yo sin
-quejarme... ¡Ah!, alguien sale y viene hacia acá... Me parece que es
-Ponce otra vez. Agazapémonos en este portal... Sí, él es... (viendo al
-crítico atravesar la plazuela de las Comendadoras). ¿Á dónde irá? Quizás
-á casa de Cabrera. Trabajo te mando... ¿Habrá bobo igual? No, no me
-encontraréis; no me atraparéis, no me privaréis de esta santa libertad
-que ahora gozo, ¡bendita sea!, ni aunque revolváis el mundo entero me
-daréis caza, estúpidos. ¿Qué se pretende? (amenazando con el puño á un
-ser invisible), ¿que vuelva yo al poder de Pura y Milagros, para que me
-amarguen la vida con aquel continuo pedir de dinero, con su desgobierno
-y su majadería y su presunción? No; ya estoy hasta aquí; se colmó el
-vaso... Si sigo con ellas me entra un día la locura, y con este
-revólver... con este revólver (cogiendo el mango del arma dentro del
-bolsillo y empuñándolo con fuerza) las despacho á todas... Más vale que
-me despache yo, emancipándome y yéndome con Dios... ¡Ah! Pura, Purita,
-se<span class="pagenum"><a name="page_422" id="page_422"></a>{422}</span> acabó el suplicio. Hinca tus garras en otra víctima. Ahí tienes á
-Ponce con dinero fresco; cébate en él... ahí me las den todas... ¡Cuánto
-me voy á reir!... Porque esta doña Pura es atroz, querido Ponce, y como
-se encuentre con barro á mano, se armó la fiesta, y mesa y ropa y todo
-ha de ser de lo más fino, sin considerar que mañana faltará la condenada
-libreta... ¡Ay, Dios mío! El último de los artesanos, el triste mendigo
-de las calles me han causado envidia en esta temporada; así como ahora,
-desahogado y libre, no me cambio por el rey; no, no me cambio; lo digo
-con toda el alma».</p>
-
-<h2><a name="XLIV" id="XLIV"></a>XLIV</h2>
-
-<p>Fuera del portal, y vuelta á los atisbos. «Sale ahora el chico de
-Cuevas, afanadillo y presuroso. ¿Á dónde irá?... Busca, hijo, busca, que
-ya te lo pagará doña Pura con una copita de moscatel... Pues la
-bobalicona de Milagros estará con el alma en un hilo, porque la infeliz
-me quiere... Es natural; ha vivido conmigo tantos años y ha comido mi
-pan... Y si vamos á poner cada cosa en su punto, también Pura me
-quiere... á su modo, sí. Yo también las quise mucho; pero lo que es
-ahora, las aborrezco á las dos, ¿qué digo á las dos?, á las tres, porque
-también mi hija me carga... Son tres apuntes que se me han<span class="pagenum"><a name="page_423" id="page_423"></a>{423}</span> sentado
-aquí, en la boca del estómago, y cuando pienso en ellas, la sangre
-parece que se me pone como metal derretido, y la tapa de los sesos se me
-quiere saltar... ¡Vaya con las tres <i>Miaus</i>!... ¡Bien haya quien os puso
-tal nombre! No más vivir con locas. ¡Vaya por dónde le dió á mi dichosa
-hijita! ¡Por enamoriscarse de Víctor!... Porque, ó yo no lo entiendo, ó
-aquello era amor de lo fino... ¡Qué mujeres, Dios santo! Prendarse de un
-zascandil porque tiene la cara bonita, sin reparar... Y que él la
-desprecia, no hay duda... Me alegro... Bien empleado le está. Chúpate
-las calabazas, imbécil, y vuelve por más, y cásate con Ponce...
-Francamente, si uno no se suprimiese por salvarse de la miseria, debiera
-hacerlo por no ver estas cosas».</p>
-
-<p>Como observara luz en el gabinete, se encalabrinó más: «Esta noche,
-Purita de mis entretelas, no hay teatrito, ¿verdad? Gracias á Dios que
-está usted con la pierna quebrada. ¡Jorobarse!... Ya la veo á usted
-arbitrando de dónde sacar el dinero para el luto. Lo mismo me da.
-Sáquelo usted... de donde quiera. Venda mi piel para un tambor ó mis
-huesos para botones... ¡Magnífico, admirable, deliciooooso!...»</p>
-
-<p>Al decir esto vió á Mendizábal en la puerta, y éste, por desgracia, le
-vió también á él. Grandes fueron la alarma y turbación del anciano al
-notar que el memorialista le observaba con ademán sospechoso. «Ese
-animal me ha conocido y<span class="pagenum"><a name="page_424" id="page_424"></a>{424}</span> viene tras de mí», pensó Villaamil deslizándose
-pegado al muro de las Comendadoras. Antes de volver la esquina, miró, y,
-en efecto, Mendizábal le seguía paso á paso, como cazador que anda
-quedito tras la res, procurando no espantarla. En cuanto traspuso el
-ángulo, Villaamil, recogiéndose la capa, apretó á correr despavorido con
-cuanta rapidez pudo, creyendo escuchar los pasos del otro y que un
-enorme brazo se alargaba y le cogía por el cogote. Mal rato pasó el
-infeliz. La suerte que no había nadie por aquellos barrios, pues si pasa
-gente, y á Mendizábal se le ocurre gritar ¡<i>á ése</i>!, en aquel mismo
-punto hubiera acabado la preciosa libertad del buen cesante. Huyó con
-increíble ligereza, atravesando la plazuela del Limón, pasó por delante
-del cuartel, temeroso de que la guardia le detuviese, y siguiendo la
-calle del Conde-Duque, miró hacia atrás, y vió que Mendizábal, aunque le
-seguía, quedaba bastante lejos. Sin tomar aliento, encaminóse hacia la
-desierta explanada, y antes que su perseguidor pudiera verle, se ocultó
-tras un montón de baldosas. Sacando la cabeza con gran precaución y sin
-sombrero por un hueco de su escondite, vió al hombre-mono desorientado,
-mirando á derecha é izquierda, y con preferencia á la parte del paseo de
-Areneros, por donde creyó se había escabullido la caza. «¡Ah! sectario
-del obscurantismo, ¿querías cogerme? No te mirarás en ese<span class="pagenum"><a name="page_425" id="page_425"></a>{425}</span> espejo. Sé yo
-más que tú, monstruo, feo, más feo que el hambre, y más neo que Judas.
-Ya sabes que siempre he sido liberal, y que antes moriré que soportar el
-despotismo. Vete al cuerno, grandísimo reaccionario, que lo que es á mí
-no me encadenas tú... Me futro en tu absolutismo y en tu inquisición.
-Jeríngate, animal, carca y liberticida, que yo soy libre y liberal y
-demócrata, y anarquista y petrolero, y hago mi santísima voluntad...»</p>
-
-<p>Aunque perdiera de vista al feo <i>gorilla</i>, no las tenía todas consigo.
-Conocedor de la fuerza hercúlea de su portero, sabía que si éste le
-echaba la zarpa, no le soltaría á dos tirones; y para evitar su
-encuentro, se agachó buscando la sombra y amparo de los sillares ó
-rimeros de adoquines que de trecho en trecho había. Protegido por la
-densa obscuridad, volvió á ver al memorialista, que al parecer se
-retiraba desesperanzado de encontrarle. «Abur, lechuzo, sicario del
-fanatismo y opresor de los pueblos... ¡Miren qué facha, qué brazos y qué
-cuerpo! No andas á cuatro pies por milagro de Dios. Joróbate y búscame,
-y date tono con doña Pura, diciéndole que me viste... Zángano, neo,
-salvaje, los demonios carguen contigo».</p>
-
-<p>Cuando se creyó seguro, volvió á internarse en las calles, siempre con
-el recelo de que Mendizábal le iba á los alcances, y no daba un paso sin
-revolver la vista á un lado y otro. Creía verle<span class="pagenum"><a name="page_426" id="page_426"></a>{426}</span> salir de todos los
-portales ó agazapado en todos los rincones obscuros, acechándole para
-caer encima con salto de mono y coraje de león. Al doblar la esquina del
-callejón del Cristo para entrar en la calle de Amaniel, ¡pataplúm!
-cátate á Mendizábal hablando con unas mujeres. Afortunadamente, el
-memorialista le volvía la espalda y no pudo verle. Pero Villaamil,
-viéndose cogido, tuvo una inspiración súbita, que fué meterse por la
-primera puerta que halló á mano. Encontróse dentro de una taberna. Para
-justificar su brusco ingreso, pasado el primer instante de sobresalto,
-fuése al mostrador y pidió Cariñena. Mientras le servían observó la
-concurrencia: dos sargentos, tres paisanos de chaqueta corta y cuatro
-mozas de malísimo pelaje. «¡Vaya unas chicas guapas y elegantes!&mdash;dijo
-mirándolas, al beber, por encima del vaso.&mdash;Véase por dónde me entran
-ahora ganas de echarles alguna flor... ¡yo que desde que llevé á Pura al
-altar no he dicho á ninguna mujer <i>por ahí te pudras</i>!... Pero con la
-libertad parece que me remozo, y que me resucita la juventud... vaya...
-y me bailan por el cuerpo unas alegrías... ¡Cuidado que pasarse un
-hombre seis lustros sin acordarse de más mujer que la suya!... ¡Qué
-cosas!... Vamos, que también me da por beberme otra copa... Treinta años
-de virtud disculpan que uno eche ahora media docena de canas al aire...
-(Al tabernero.) Déme usted otra copita... Pues lo que es las mozas<span class="pagenum"><a name="page_427" id="page_427"></a>{427}</span> me
-están gustando; y si no fuera por esos gandules que las cortejan, les
-diría yo algo por donde comprendiesen lo que va de tratar con caballeros
-á andar entre gansos y soldaduchos... Debiera trabar conversación, al
-menos para dar tiempo á que desfile Mendizábal... ¡Dios mío, líbrame de
-esa fiera ultramontana y facciosa!... Nada, que me gustan las niñas;
-sobre todo aquella que tiene el moño alto y el mantón colorado...
-También ella me mira, y... Ojo, Ramón, que estas aventuras son
-peligrosas. Modérate, y para hacer más tiempo, toma una copita más.
-Paisano, otra...»</p>
-
-<p>La partida salió, y Villaamil, calculando con rápida inspiración, se
-dijo: «Me meto entre ellos, y si aún está el esperpento ahí, me
-escabullo mezclado con estos galanes y estas señoras». Así lo hizo, y
-salió confundido con las mozas, que á él le parecían de ley, y con los
-militares. Mendizábal no estaba en la calle ya; pero don Ramón no las
-tenía todas consigo y siguió tras la patulea, pegado á ella lo más
-posible, reflexionando: «En último caso, si el orangután ese me ataca,
-es fácil que estos bravos militares salgan á defenderme... Vas bien,
-Ramón, no temas... La sacrosanta libertad, hija del Cielo, no te la
-quita ya nadie».</p>
-
-<p>Al llegar cerca de las Capuchinas, vió que la alegre banda desaparecía
-por la calle de Juan de Dios. Oyó carcajadas de las desenvueltas
-muchachas,<span class="pagenum"><a name="page_428" id="page_428"></a>{428}</span> y juramentos y voquibles de los hombres. Mirando con
-tristeza y envidia el grupo: «¡Oh dichosa edad de la despreocupación y
-del <i>qué se me da á mí</i>! Dios os la prolongue. Haced todos los
-disparates que se os ocurran, jóvenes, y pecad todo lo que podáis, y
-reíos del mundo y sus incumbencias, antes que os llegue la negra y
-caigáis en la horrible esclavitud del pan de cada día y de la posición
-social».</p>
-
-<p>Al decir esto, todas sus ideas accesorias é incidentales se
-desvanecieron, dejando campar sola y dominante la idea constitutiva de
-su lamentable estado psicológico. «Debe de ser tarde, Ramón. Apresúrate
-á ponerte punto final. Dios lo dispone». De aquí pasó al recuerdo de
-Luis, de quien tan cerca estaba, pues el anciano había entrado en la
-calle de los Reyes. Paróse frente á la casa de Cabrera, y mirando hacia
-el segundo, soltó en el embozo de su capa estas expresiones: «Luisín,
-niño mío, tú, lo más puro y lo más noble de la familia, digno hijo de tu
-madre, á á quien voy á ver pronto, ¿qué tal te encuentras con esos
-señores? ¿Extrañas la casa? Tranquilízate, que ya te irás acostumbrando
-á ellos; son buenas personas, tienen mucho arreglo, gastan poco, te
-criarán bien, harán de ti un hombre. No te pese haber venido. Haz caso
-de mí que te quiero tanto, y hasta me dan ganas de rezarte, porque tú
-eres un santo en flor y te han de canonizar... como si lo viera. Por tu
-boca<span class="pagenum"><a name="page_429" id="page_429"></a>{429}</span> inocente se me confirmó lo que ya se me había revelado... y yo que
-aun dudaba, desde que te oí, ya no dudé más. Adiós, chiquillo celestial;
-tu abuelito te bendice... mejor sería decirte que te pide la bendición,
-porque eres un santito, y el día que cantes misa, verás, verás qué
-alegría hay en el Cielo... y en la tierra... Adiós, tengo prisa...
-Duérmete, y si eres desgraciado y alguien te quita tu libertad, ¿sabes
-lo que haces? pues te largas de aquí... hay mil maneras... y ya sabes
-dónde me tienes... Siempre tuyo...»</p>
-
-<p>Esto último lo dijo andando hacia la plaza de San Marcial con reposado
-continente, como hombre que vuelve á su casa sin prisa, cumplidos los
-deberes de la jornada. Encontróse de nuevo en los vertederos de la
-Montaña, en lugares á donde no llega el alumbrado público, y los
-altibajos del terreno poníanle en peligro de dar con su cuerpo en tierra
-antes de sazón. Por fin, se detuvo en el corte de un terraplén reciente,
-en cuyo movedizo talud no se podía aventurar nadie sin hundirse hasta la
-rodilla, amén del peligro de rodar al fondo invisible. Al detenerse,
-asaltóle una idea desconsoladora, fruto de aquella costumbre de ponerse
-en lo peor y hacer cálculos pesimistas. «Ahora que veo cercano el
-término de mi esclavitud y mi entrada en la Gloria Eterna, la maldita
-suerte me va á jugar otra mala pasada. Va á resultar (sacando el arma)
-que este condenado instrumento falla... y me<span class="pagenum"><a name="page_430" id="page_430"></a>{430}</span> quedo vivo ó á medio
-morir, que es lo peor que puede pasarme, porque me recogerán y me
-llevarán otra vez con las condenadas <i>Miaus</i>... ¡Qué desgraciado soy! Y
-sucederá lo que temo... como si lo viera... Basta que yo desee una cosa,
-para que suceda la contraria... ¿Quiero suprimirme? Pues la perra suerte
-lo arreglará de modo que siga viviendo».</p>
-
-<p>Pero el procedimiento lógico que tan buenos resultados le diera en su
-vida, el sistema aquel de imaginar el reverso del deseo para que el
-deseo se realizase, le inspiró estos pensamientos: «Me figuraré que voy
-á errar el jeringado tiro, y como me lo imagine bien, con obstinación
-sostenida de la mente, el tirito saldrá... ¡Siempre la contraria! Conque
-á ello... Me imagino que no voy á quedar muerto, y que me llevarán á mi
-casa... ¡Jesús! Otra vez Pura y Milagros, y mi hija, con sus salidas de
-pie de banco, y aquella miseria, aquel pordioseo constante... y vuelta
-al pretender, á importunar á los amigos... Como si lo viera: este
-cochino revólver no sirve para nada. ¿Me engañó aquel armero indecente
-de la calle de Alcalá?... Probémoslo, á ver... pero de hecho me quedo
-vivo... sólo que... por lo que pueda suceder, me encomiendo á Dios y á
-San Luisito Cadalso, mi adorado santín... y... Nada, nada, este chisme
-no vale... ¿Apostamos á que falla el tiro? ¡Ay! Antipáticas <i>Miaus</i>,
-¡cómo os vais á reir de mí!... Ahora, ahora... ¿á que no sale?<span class="pagenum"><a name="page_431" id="page_431"></a>{431}</span></p>
-
-<p>Retumbó el disparo en la soledad de aquel abandonado y tenebroso lugar;
-Villaamil, dando terrible salto, hincó la cabeza en la movediza tierra,
-y rodó seco hacia el abismo, sin que el conocimiento le durase más que
-el tiempo necesario para poder decir: «Pues... sí...»</p>
-
-<p>Madrid, Abril de 1888.</p>
-
-<p class="c">FIN DE LA NOVELA</p>
-
-<hr class="full" />
-
-
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-
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-
-<pre>
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-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Miau, by Benito Pérez Galdós
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MIAU ***
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-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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