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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Miau - -Author: Benito Pérez Galdós - -Release Date: June 22, 2016 [EBook #52392] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MIAU *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - - - - - - - - - - MIAU - - Es propiedad. Queda hecho - el depósito que marca la ley. - Serán furtivos los ejemplares - que no lleven el sello del autor. - - - - MIAU - - POR - - B. PÉREZ GALDÓS - - 14.000 - - MADRID - - LIBRERÍA DE PERLADO, PÁEZ Y C.^{A} - (Sucesores de Hernando) - Arenal, núm, 11. - - 1907 - - Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33. - - - - -MIAU - - - - -I - - -Á las cuatro de la tarde, la chiquillería de la escuela pública de la -plazuela del Limón salió atropelladamente de clase, con algazara de mil -demonios. Ningún himno á la libertad, entre los muchos que se han -compuesto en las diferentes naciones, es tan hermoso como el que entonan -los oprimidos de la enseñanza elemental al soltar el grillete de la -disciplina escolar y _echarse á la calle_ piando y saltando. La furia -insana con que se lanzan á los más arriesgados ejercicios de -volatinería, los estropicios que suelen causar á algún pacífico -transeunte, el delirio de la autonomía individual que á veces acaba en -porrazos, lágrimas y cardenales, parecen bosquejo de los triunfos -revolucionarios que en edad menos dichosa han de celebrar los hombres... -Salieron, como digo, en tropel; el último quería ser el primero, y los -pequeños chillaban más que los grandes. Entre ellos había uno de -menguada estatura, que se apartó de la bandada para emprender solo y -calladito camino de su casa. Y apenas notado por sus compañeros aquel -apartamiento que más bien parecía huida, fueron tras él y le acosaron -con burlas y cuchufletas, no del mejor gusto. Uno lo cogía del brazo, -otro le refregaba la cara con sus manos inocentes, que eran un dechado -completo de cuantas porquerías hay en el mundo; pero él logró desasirse -y... pies, para qué os quiero. Entonces dos ó tres de los más -desvergonzados le tiraron piedras, gritando _Miau_; y toda la partida -repitió con infernal zipizape: _Miau, Miau_. - -El pobre chico de este modo burlado se llamaba Luisito Cadalso, y era -bastante mezquino de talla, corto de alientos, descolorido, como de ocho -años, quizás de diez, tan tímido que esquivaba la amistad de sus -compañeros, temeroso de las bromas de algunos, y sintiéndose sin bríos -para devolverlas. Siempre fué el menos arrojado en las travesuras, el -más soso y torpe en los juegos, y el más formalito en clase, aunque uno -de los menos aventajados, quizás porque su propio encogimiento le -impidiera decir bien lo que sabía ó disimular lo que ignoraba. Al doblar -la esquina de las Comendadoras de Santiago para ir á su casa, que estaba -en la calle de Quiñones, frente á la Cárcel de Mujeres, uniósele uno de -sus condiscípulos, muy cargado de libros, la pizarra á la espalda, el -pantalón hecho una pura rodillera, el calzado con tragaluces, boina azul -en la pelona, y el hocico muy parecido al de un ratón. Llamaban al tal -Silvestre Murillo, y era el chico más aplicado de la escuela y el amigo -mejor que Cadalso tenía en ella. Su padre, sacristán de la iglesia de -Monserrat, le destinaba á seguir la carrera de Derecho, porque se le -había metido en la cabeza que el mocoso aquél llegaría á ser personaje, -quizás orador célebre, ¿por qué no ministro? La futura celebridad habló -así á su compañero: - ---Mia tú, _Caarso_, si á mí me dieran esas chanzas, de la galleta que -les pegaba les ponía la cara verde. Pero tú no tienes coraje. Yo digo -que no se deben poner motes á las presonas. ¿Sabes tú quién tié la -culpa? Pues _Posturitas_, el de la casa de empréstamos. Ayer fué -contando que su mamá había dicho que á tu abuela y á tus tías las llaman -las _Miaus_, porque tienen la fisonomía de las caras, es á saber, como -las de los gatos. Dijo que en el paraíso del Teatro Real les pusieron -este mal nombre, y que siempre se sientan en el mismo sitio, y que -cuando las ven entrar, dice toda la gente del público: «Ahí están ya las -_Miaus_». - -Luisito Cadalso se puso muy encarnado. La indignación, la vergüenza y el -estupor que sentía, no le permitieron defender la ultrajada dignidad de -su familia. - ---_Posturitas_ es un ordinario y un disinificante--añadió Silvestre,--y -eso de poner motes es de tíos. Su padre es un tío, su madre una tía, y -sus tías unas tías. Viven de chuparle la sangre al pobre, y ¿qué te -crees? al que no desempresta la capa, le despluman, es á saber, que se -la venden y le dejan que se muera de frío. Mi mamá las llama _las -arpidas_. ¿No las has visto tú cuando están en el balcón colgando las -capas para que les dé el aire? Son más feas que un túmulo, y dice mi -papá que con las narices que tienen se podrían hacer las patas de una -mesa y sobraba maera... Pues también. _Posturitas_ es un buen mico; -siempre pintándola y haciendo gestos como los _clos_ del Circo. Claro, -como á él le han puesto mote, quiere vengarse, encajándotelo á ti. Lo -que es á mí no me lo pone, ¡contro!, porque sabe que tengo yo mu malas -pulgas, pero mu malas... Como tú eres así tan poquita cosa, es á saber, -que no achuchas cuando te dicen algo, vele ahí por qué no te guarda el -rispeto. - -Cadalsito, deteniéndose en la puerta de su casa, miró á su amigo con -tristeza. El otro, arreándole un fuerte codazo, le dijo: «Yo no te llamo -_Miau_, ¡contro!, no tengas cuidado que yo te llame _Miau_;» y partió á -escape hacia Monserrat. - -En el portal de la casa en que Cadalso habitaba, había un memorialista. -El biombo ó bastidor, forrado de papel imitando jaspes de variadas -vetas y colores, ocultaba el hueco del escritorio ó agencia donde -asuntos de tanta monta se despachaban de continuo. La multiplicidad de -ellos se declaraba en manuscrito cartel, que en la puerta de la casa -colgaba. Tenía forma de índice, y decía de esta manera: - -_Casamientos_.--Se andan los pasos de la Vicaría con prontitud y -economía. - -_Doncellas_.--Se proporcionan. - -_Mozos de comedor_.--Se facilitan. - -_Cocineras_.--Se procuran. - -_Profesor de acordeón_.--Se recomienda. - -_Nota_.--Hay escritorio reservado para señoras. - -Abstraído en sus pensamientos, pasaba el buen Cadalso junto al biombo, -cuando por el hueco que éste tenía hacia el interior del portal, -salieron estas palabras: «Luisín, bobillo, estoy aquí». Acercóse el -muchacho, y una mujerona muy grandona echó los brazos fuera del biombo -para cogerle en ellos y acariciarlo: «¡Qué tontín! Pasas sin decirme -nada. Aquí te tengo la merienda. Mendizábal fué á las diligencias. Estoy -sola, cuidando la _oficina_, por si viene alguien. ¿Me harás compañía?» - -La señora de Mendizábal era de tal corpulencia, que cuando estaba dentro -del escritorio parecía que había entrado en él una vaca, acomodando los -cuartos traseros en el banquillo y ocupando todo el espacio restante con -el desmedido volumen de sus carnes delanteras. No tenía hijos, y se -encariñaba con todos los chicos de la vecindad, singularmente con -Luisito, merecedor de lástima y mimos por su dulzura humilde, y más que -por esto _por las hambres que en su casa pasaba_, al decir de ella. -Todos los días le reservaba una golosina para dársela al volver de la -escuela. La de aquella tarde era un bollo (de los que llaman _del -Santo_) que estaba puesto sobre la salbadera, y tenía muchas arenillas -pegadas en la costra de azúcar. Pero Cadalsito no reparó en esto al -hincarle su diente con gana. «Súbete ahora--le dijo la portera -memorialista, mientras él devoraba el bollo con grajea de polvo de -escribir;--súbete, cielo, no sea que tu abuela te riña; dejas los -libritos, y bajas á hacerme compañía y á jugar con _Canelo_». - -El chiquillo subió con presteza. Abrióle la puerta una señora cuya cara -podía dar motivo á controversias numismáticas, como la antigüedad de -ciertas monedas que tienen borrada la inscripción, pues unas veces, -mirada de perfil y á cierta luz, daban ganas de echarle los sesenta, y -otras el observador entendido se contenía en la apreciación de los -cuarenta y ocho ó los cincuenta bien conservaditos. - -Tenía las facciones menudas y graciosas, del tipo que llaman aniñado, la -tez rosada todavía, la cabellera rubia cenicienta, de un color que -parecía de alquimia, con cierta efusión extravagante de los mechones -próximos á la frente. Veintitantos años antes de lo que aquí se refiere, -un periodistín que escribía la cotización de las harinas y las revistas -de sociedad, anunciaba de este modo la aparición de aquella dama en los -salones del Gobernador de una provincia de tercera clase: «¿Quién es -aquella figura arrancada de un cuadro del Beato Angélico, y que viene -envuelta en nubes vaporosas y ataviada con el nimbo de oro de la -iconografía del siglo XIV?» Las vaporosas nubes eran el vestidillo de -gasa que la señora de Villaamil encargó á Madrid por aquellos días, y el -áureo nimbo, el demonio me lleve si no era la efusión de la cabellera, -que entonces debía de ser rubia, y por tanto cotizable á la par, -literariamente, con el oro de Arabia. - -Cuatro ó cinco lustros después de estos éxitos de elegancia en aquella -ciudad provinciana, cuyo nombre no hace al caso, doña Pura, que así se -llamaba la dama, en el momento aquel de abrir la puerta á su nietecillo, -llevaba peinador no muy limpio, zapatillas de fieltro no muy nuevas, y -bata floja de tartán verde. - ---¡Ah!, eres tú, Luisín--le dijo.--Yo creí que era Ponce con los -billetes del Real. ¡Y nos prometió venir á las dos! ¡Qué formalidades -las de estos jóvenes del día! - -En este punto apareció otra señora muy parecida á la anterior en la -corta estatura, en lo aniñado de las facciones y en la expresión -enigmática de la edad. Vestía chaquetón degenerado, descendiente de un -gabán de hombre, y un mandil largo de arpillera, prenda de cocina en -todas partes. Era la hermana de doña Pura, y se llamaba Milagros. En el -comedor, á donde fué Luis para dejar sus libros, estaba una joven -cosiendo, pegada á la ventana para aprovechar la última luz del día, -breve como día de Febrero. También aquella hembra se parecía algo á las -otras dos, salvo la diferencia de edad. Era Abelarda, hija de doña Pura, -y tía de Luisito Cadalso. La madre de éste, Luisa Villaamil, había -muerto cuando el pequeñuelo contaba apenas dos años de edad. Del padre -de éste, Víctor Cadalso, se hablará más adelante. - -Reunidas las tres, picotearon sobre el caso inaudito de que Ponce (novio -titular de Abelarda, que obsequiaba á la familia con billetes del Teatro -Real) no hubiese parecido á las cuatro y media de la tarde, cuando -generalmente llevaba los billetes á las dos. «Así, con estas -incertidumbres, no sabiendo una si va ó no va al teatro, no puede -determinar nada ni hacer cálculo ninguno para la noche. ¡Qué cachaza de -hombre!» Díjolo doña Pura con marcado desprecio del novio de su hija, y -ésta le contestó: «Mamá, todavía no es tarde. Hay tiempo de sobra. Verás -cómo no falta ése con las entradas». - -«Sí; pero en funciones como la de esta noche, cuando los billetes andan -tan escasos que hasta influencias se necesitan para hacerse con ellos, -es una contracaridad tenernos en este sobresalto». - -En tanto, Luisito miraba á su abuela, á su tía mayor, á su tía menor, y -comparando la fisonomía de las tres con la del micho que en el comedor -estaba, durmiendo á los pies de Abelarda, halló perfecta semejanza entre -ellas. Su imaginación viva le sugirió al punto la idea de que las tres -mujeres eran gatos en _dos pies y vestidos de gente_, como los que hay -en la obra _Los animales pintados por sí mismos_; y esta alucinación le -llevó á pensar si sería él también gato _derecho_ y si mayaría cuando -hablaba. De aquí pasó rápidamente á hacer la observación de que el mote -puesto á su abuela y tías en el paraíso del Real, era la cosa más -acertada y razonable del mundo. Todo esto germinó en su mente en menos -que se dice, con el resplandor inseguro y la volubilidad de un cerebro -que se ensaya en la observación y en el raciocinio. No siguió adelante -en sus gatescas presunciones, porque su abuelita, poniéndole la mano en -la cabeza, le dijo: «¿Pero la Paca no te ha dado esta tarde merienda?» - ---Sí, mamá... y ya me la comí. Me dijo que subiera á dejar los libros y -que bajara después á jugar con _Canelo_. - ---Pues ve, hijo, ve corriendito, y te estás abajo un rato, si quieres. -Pero ahora me acuerdo... vento para arriba pronto, que tu abuelo te -necesita para que le hagas un recado. - -Despedía la señora en la puerta al chiquillo, cuando de un aposento -próximo á la entrada de la casa salió una voz cavernosa y sepulcral, que -decía: «Puuura, Puuura». - -Abrió ésta una puerta que á la izquierda del pasillo de entrada había, y -penetró en el llamado despacho, pieza de poco más de tres varas en -cuadro, con ventana á un patio lóbrego. Como la luz del día era ya tan -escasa, apenas se veía dentro del aposento más que el cuadro luminoso de -la ventana. Sobre él se destacó un sombrajo larguirucho, que al parecer -se levantaba de un sillón como si se desdoblase, y se estiró -desperezándose, á punto que la temerosa y empañada voz decía: «Pero, -mujer, no se te ocurre traerme una luz. Sabes que estoy escribiendo, que -anochece más pronto que uno quisiera, y me tienes aquí secándome la -vista sobre el condenado papel». - -Doña Pura fué hacia el comedor, donde ya su hermana estaba encendiendo -una lámpara de petróleo. No tardó en aparecer la señora ante su marido -con la luz en la mano. La reducida estancia y su habitante salieron de -la obscuridad, como algo que se crea surgiendo de la nada. - ---Me he quedado helado--dijo D. Ramón Villaamil, esposo de doña Pura; -el cual era un hombre alto y seco, los ojos grandes y terroríficos, la -piel amarilla, toda ella surcada por pliegues enormes en los cuales las -rayas de sombra parecían manchas; las orejas transparentes, largas y -pegadas al cráneo; la barba corta, rala y cerdosa, con las canas -distribuidas caprichosamente, formando ráfagas blancas entre lo negro; -el cráneo liso y de color de hueso desenterrado, como si acabara de -recogerlo de un osario para taparse con él los sesos. La robustez de la -mandíbula, el grandor de la boca, la combinación de los tres colores -negro, blanco y amarillo, dispuestos en rayas, la ferocidad de los ojos -negros, inducían á comparar tal cara con la de un tigre viejo y tísico, -que después de haberse lucido en las exhibiciones ambulantes de fieras, -no conserva ya de su antigua belleza más que la pintorreada piel. - ---Á ver, ¿á quién has escrito?--dijo la señora, acortando la llama que -sacaba su lengua humeante por fuera del tubo. - ---Pues al jefe del Personal, al señor de Pez, á Sánchez Botín y á todos -los que puedan sacarme de esta situación. Para el ahogo del día (dando -un gran suspiro), me he decidido á volver á molestar al amigo -Cucúrbitas. Es la única persona verdaderamente cristiana entre todos mis -amigos, un caballero, un hombre de bien, que se hace cargo de las -necesidades... ¡Qué diferencia de otros! Ya ves la que me hizo ayer ese -badulaque de Rubín. Le pinto nuestra necesidad; pongo mi cara en -vergüenza suplicándole... nada, un pequeño anticipo, y... Sabe Dios la -hiel que uno traga antes de decidirse... y lo que padece la dignidad... -Pues ese ingrato, ese olvidadizo, á quien tuve de escribiente en mi -oficina siendo yo jefe de negociado de cuarta, ese desvergonzado que por -su audacia ha pasado por delante de mí, llegando nada menos que a -gobernador, tiene la poca delicadeza de mandarme medio duro. - -Villaamil se sentó, dando sobre la mesa un puñetazo que hizo saltar las -cartas, como si quisieran huir atemorizadas. Al oir suspirar á su -esposa, irguió la amarilla frente, y con voz dolorida, prosiguió así: - ---En este mundo no hay más que egoísmo, ingratitud, y mientras más -infamias se ven, más quedan por ver... Como ese bigardón de Montes, que -me debe su carrera, pues yo le propuse para el ascenso en la Contaduría -Central. ¿Creerás tú que ya ni siquiera me saluda? Se da una -importancia, que ni el Ministro... Y va siempre adelante. Acaban de -darle catorce mil. Cada año su ascensito, y ole morena... Este es el -premio de la adulación y la bajeza. No sabe palotada de administración; -no sabe más que hablar de caza con el Director, y de la galga y del -pájaro y qué sé yo qué... Tiene peor ortografía que un perro, y escribe -_hacha_ sin _h_ y _echar_ con ella... Pero en fin, dejemos á un lado -estas miserias. Como te decía, he determinado acudir otra vez al amigo -Cucúrbitas. Cierto que con éste van ya cuatro ó cinco envites; pero no -sé ya á qué santo volverme. Cucúrbitas comprende al desgraciado y le -compadece, porque él también ha sido desgraciado. Yo le he conocido con -los calzones rotos y en el sombrero dos dedos de grasa... Él sabe que -soy agradecido... ¿Crees tú que se le agotará la bondad?... Dios tenga -piedad de nosotros, pues si este amigo nos desampara iremos todos á -tirarnos por el Viaducto. - -Dió Villaamil un gran suspiro, clavando los ojos en el techo. El tigre -inválido se transfiguraba. Tenía la expresión sublime de un apóstol en -el momento en que le están martirizando por la fe, algo del San -Bartolomé de Ribera cuando le suspenden del árbol y le descueran -aquellos tunantes de gentiles, como si fuera un cabrito. Falta decir que -este Villaamil era el que en ciertas tertulias de café recibió el apodo -de Ramsés II[A]. - - [A] _Fortunata y Jacinta_. Tomo III. - ---Bueno, dame la carta para Cucúrbitas--dijo doña Pura, que acostumbrada -á tales jeremíadas, las miraba como cosa natural y corriente.--Irá el -niño volando á llevarla. Y ten confianza en la Providencia, hombre, -como la tengo yo. No hay que amilanarse (con risueño optimismo). Me ha -dado la corazonada... ya sabes tú que rara vez me equivoco... la -corazonada de que en lo que resta de mes te colocan. - - - - -II - - ---¡Colocarme!--exclamó Villaamil poniendo toda su alma en una palabra. -Sus manos, después de andar un rato por encima de la cabeza, cayeron -desplomadas sobre los brazos del sillón. Cuando esto se verificó, ya -doña Pura no estaba allí, pues había salido con la carta, y llamó desde -la escalera á su nieto, que estaba en la portería. - -Ya eran cerca de la seis cuando Luis salió con el encargo, no sin volver -á hacer escala breve en el escritorio de los memorialistas. «Adiós, rico -mío--le dijo Paca besándole.--Ve prontito para que vuelvas á la hora de -comer. (Leyendo el sobre.) Pues digo... no es floja caminata, de aquí á -la calle del Amor de Dios. ¿Sabes bien el camino? ¿No te perderás?» - -¡Qué se había de perder, ¡contro!, si más de veinte veces había ido á la -casa del señor de Cucúrbitas y á las de otros caballeros con recados -verbales ó escritos! Era el mensajero de las terribles ansiedades, -tristezas é impaciencias de su abuelo; era el que repartía por uno y -otro distrito las solicitudes del infeliz cesante, implorando una -recomendación ó un auxilio. Y en este oficio de peatón adquirió tan -completo saber topográfico, que recorría todos los barrios de la Villa -sin perderse; y aunque sabía ir á su destino por el camino más corto, -empleaba comúnmente el más largo, por costumbre y vicio de paseante ó -por instintos de observador, gustando mucho de examinar escaparates, de -oir, sin perder sílaba, discursos de charlatanes que venden elixires ó -hacen ejercicios de prestidigitación. Á lo mejor, topaba con un mono -cabalgando sobre un perro ó manejando el molinillo de la chocolatera lo -mismito que una _persona natural;_ otras veces era un infeliz oso -encadenado y flaco, ó italianos, turcos, moros falsificados que piden -limosna haciendo cualquiera habilidad. También le entretenían los -entierros muy lucidos, el riego de las calles, la tropa marchando con -música, el ver subir la piedra sillar de un edificio en construcción, el -Viático con muchas velas, los encuartes de los tranvías, el trasplantar -árboles y cuantos accidentes ofrece la vía pública. - ---Abrígate bien--le dijo Paca besándole otra vez y envolviéndole la -bufanda en el cuello.--Ya podrían comprarte unos guantes de lana. Tienes -las manos heladitas, y con sabañones, ¡Ah, cuánto mejor estarías con tu -tía Quintina! ¡Vaya, un beso á Mendizábal, y hala! _Canelo_ irá -contigo. - -De debajo de la mesa salió un perro de bonita cabeza, las patas cortas, -la cola enroscada, el color como de barquillo, y echó á andar gozoso -delante de Luis. Paca salió tras ellos á la puerta, les miró alejarse, y -al volver á la estrecha oficina, se puso á hacer calceta, diciendo á su -marido: «¡Pobre hijo! Me le traen todo el santo día hecho un carterito. -El sablazo de esta tarde va contra el mismo sujeto de estos días. ¡La -que le ha caído al buen señor! Te digo que estos Villaamiles son peores -que la filoxera. Y de seguro que esta noche las tres _lambionas_ se irán -también de pindongueo al teatro y vendrán á las tantas de la noche. - ---Ya no hay cristiandad en las familias--dijo Mendizábal grave y -sentenciosamente.--Ya no hay más que suposición. - ---Y que no deben nada en gracia de Dios (meneando con furor las agujas). -El carnicero dice que ya no les fía más aunque le ahorquen; el frutero -se ha plantado, y el del pan lo mismo... Pues si esas muñeconas supieran -arreglarse y pusieran todos los días, si á mano viene, una cazuela de -patatas... Pero, Dios nos libre... ¡Patatas ellas! ¡pobrecitas! El día -que les cae algo, aunque sea de limosna, ya las tienes dándose la gran -vida y echando la casa por la ventana. Eso sí, en arreglar los trapitos -para suponer no hay quien les gane. La doña Pura se pasa toda la mañana -de Dios enroscándose las greñas de la frente, y la doña Milagros le ha -dado ya cuatro vueltas á la tela de aquella eternidad de vestido, color -de mostaza para sinapismos. Pues digo, la antipática de la niña no para -de echar medias suelas al sombrero, poniéndole cintas viejas, ó alguna -pluma de gallina ó un clavo de cabeza dorada de los que sirven para -colgar láminas. - ---Suposición de suposiciones... Consecuencias funestas del -materialismo--dijo Mendizábal, que solía repetir las frases del -periódico á que estaba suscrito.--Ya no hay modestia, ya no hay -sencillez de costumbres. ¿Qué se hizo de aquella pobreza honrada de -nuestros padres, de aquella... (no recordando lo demás) de aquella, -pues... como quien dice?... - ---Pues el pobre D. Ramón, cuando cierre el ojo, se irá derecho al cielo. -Es un santo y un mártir. Créete que si yo le pudiera colocar, le -colocaba ¡Me da una lástima! Con aquellas miradas que echa parece que se -va á comer á la gente, ¡pobre señor!, y se la comería á una, no por -maldad, sino por puras hambres (clavándose en el pelo la cuarta aguja). -Da miedo verle. Yo no sé cómo el señor Ministro, cuando le ve entrar en -las oficinas, no se muere de miedo y le coloca por perderle de vista. - ---Villaamil--dijo Mendizábal con suficiencia--es un hombre honrado, y -el Gobierno de ahora es todo de pillos. Ya no hay honradez, ya no hay -cristiandad, ya no hay justicia. ¿Qué os lo que hay? Ladronicio, -irreligiosidad, desvergüenza. Por eso no le colocan, ni le colocarán -mientras no venga el único que puede traer la justicia. Yo se lo digo -siempre que pasa por aquí y se para en el portal á echar un párrafo -conmigo: «No le dé usted vueltas, D. Ramón, no le dé usted vueltas. De -todo tiene la culpa la libertad de cultos. Porque ínterin tengamos -racionalismo, mi señor don Ramón, ínterin no sea aplastada la cabeza de -la serpiente, y... (perdiendo el hilo de la frase y no sabiendo ya por -dónde andaba) y en tanto que... precisamente... quiero decir, digo... -(cortando por lo sano). ¡Ya no hay cristiandad! - -Entretanto, Luisito y Canelo recorrían parte de la calle Ancha y -entraban por la del Pez, siguiendo su itinerario. El perro, cuando se -separaba demasiado, deteníase mirando hacia atrás, la lengua de fuera. -Luis se paraba á ver escaparates, y á veces decía á su compañero esto ó -cosa parecida: «_Canelo_, mira qué trompetas tan bonitas». El animal se -ponía en dos patas, apoyando las delanteras en el borde del escaparate; -pero no debían de ser para él muy interesantes las tales trompetas, -porque no tardaba en seguir andando. Por fin llegaron á la calle del -Amor de Dios. Desde cierta ocasión en que _Canelo_ tuvo unos ladridos -con otro perro, inquilino en la casa de Cucúrbitas, adoptó el -temperamento prudente de no subir y esperar en la calle á su amigo. Éste -subió al segundo, donde el incansable protector de su abuelo vivía; y el -criado que le abrió la puerta púsole aquella noche muy mala cara. «El -señor no está». Pero Luisito, que tenía instrucciones de su abuelo para -el caso de hallarse ausente la víctima, dijo que esperaría. Ya sabía que -á las siete, infaliblemente, iba á comer el señor D. Francisco -Cucúrbitas. Sentóse el chico en el banco del recibimiento. Los pies no -le llegaban al suelo, y los balanceaba como para hacer algo con qué -distraer el fastidio de aquel largo plantón. El perchero, de pino -imitando roble viejo, con ganchos dorados para los sombreros, su espejo -y los huecos para los paraguas, le había producido en otro tiempo gran -admiración; pero ya le era indiferente. No así el gato, que de la parte -interior de la casa solía venir á enredar con él. Aquella noche debía de -estar ocupado el micho, porque no aportó por el recibimiento; pero en -cambio vió Luis á las niñas de Cucúrbitas, que eran simpáticas y -graciosas. Solían acercarse á él, mirándole con lástima ó con desdén, -pero nunca le habían dicho una palabra halagüeña. La señora de -Cucúrbitas, que á Luis le parecía, por lo gruesa y redonda, una -imitación humana del elefante _Pizarro_, tan popular entonces entre los -niños de Madrid, solía también dejarse rodar por allí, y ya conocía bien -Cadalsito sus pasos lentos y pesados. La señora llegaba al ángulo que el -pasillo de la derecha formaba con el recibimiento, y desde aquel punto -miraba con recelo al mensajero. Después se internaba sin decirle una -palabra. Desde que el chico la sentía venir se levantaba rígido, como un -muñeco de resortes, recordando las lecciones de urbanidad que le había -dado su abuelo. «¿Cómo está usted?... ¿Cómo lo pasa usted?» Pero la mole -aquélla, rival en corpulencia de Paca la memorialista, no se dignaba -contestarle, y se alejaba haciendo estremecer el suelo, como la máquina -de apisonar que Luis había visto en las calles de Madrid. - -Aquella noche fué muy tarde á comer el respetable Cucúrbitas. Observó el -nieto de Villaamil que las niñas estaban impacientes. La causa era que -tenían que ir al teatro y deseaban comer pronto. Por fin sonó la -campanilla, y el criado fué presuroso á abrir la puerta, mientras las -pollas, que conocían los pasos del papá y su manera de llamar, corrían -por los pasillos dando voces para que se sirviera la comida. Al entrar -el señor y ver á Luisín, dió á entender con ligera mueca su desagrado. -El niño se puso en pie, soltando el saludo como un tiro á boca de jarro, -y Cucúrbitas, sin contestarle, metióse en el despacho. Cadalsito, -aguardando á que el señor le mandara pasar, como otras veces, vió que -entraron las hijas dando prisa á su papá, y oyó á éste decir: «Al -momento voy... que saquen la sopa», y no pudo menos de considerar cuán -rica sopa sería aquella que á sacar iban. Esto pensaba, cuando una de -las señoritas salió del despacho y le dijo: «Pasa tú». Entró gorra en -mano, repitiendo su saludo, al cual se dignó al fin contestar D. -Francisco con paternal acento. Era un señor muy bueno, según opinión de -Luis, el cual, no entendiendo la expresión ligeramente ceñuda que tenía -en su cara lustrosa el próvido funcionario, se figuró que haría aquella -noche lo mismo que las demás. Cadalsito recordaba muy bien el trámite: -el señor de Cucúrbitas, después de leer la carta de Villaamil, escribía -otra ó, sin escribir nada, sacaba de su cartera un billetito verde ó -encarnado, y metiéndolo en un sobre se lo daba y decía: «Anda, hijo; ya -estás despachado». También era cosa corriente sacar del bolsillo duros ó -pesetas, hacer un lío y dárselo, acompañando su acción de las mismas -palabras de siempre, con esta añadidura: «Ten cuidado, no lo pierdas ó -no te lo robe algún tomador. Mételo en el bolsillo del pantalón... -Así... guapo mozo. Anda con Dios». - -Aquella noche, ¡ay!, en pie, delante de la mesa _de ministro_, observó -Luis que D. Francisco escribía una carta, frunciendo las peludas cejas, -y que la cerraba sin meter dentro billete ni moneda alguna. Notó también -el niño que al echar la firma, daba mi hombre un gran suspiro, y que -después le miraba á él con profundísima compasión. - ---Que usted lo pase bien--dijo Cadalsito cogiendo la carta; y el buen -señor le puso la mano en la cabeza. Al despedirle, le dió dos perros -grandes, añadiendo á su acción generosa estas magnánimas palabras: «Para -que compres pasteles». Salió el chico tan agradecido... Pero por la -escalera abajo le asaltó una idea triste: «Hoy no lleva nada la carta». -Era, en efecto, la primera vez que salía de allí con la carta vacía. Era -la primera vez que D. Francisco le daba perros á él, para su bolsillo -privado y fomentar el vicio de comer bollos. En todo esto se fijó con la -penetración que le daba la precoz experiencia de aquellos mensajes. -«Pero ¡quién sabe!--dijo después con ideas sugeridas por su -inocencia;--puede que le diga que le colocan mañana...» - -_Canelo_, que ya estaba impaciente, se le unió en la puerta. Se pusieron -ambos en camino, y en una pastelería de la calle de las Huertas compró -Luis dos bollos de á diez céntimos. El perro se comió uno y Cadalsito el -otro. Después, relamiéndose, apresuraron el paso, buscando la dirección -más corta por el mismo laberinto de calles y plazuelas, desigualmente -iluminadas y concurridas. Aquí mucho gas, allí tinieblas; acá mucha -gente; después soledad, figuras errantes. Pasaron por calles en que la -gente, presurosa, apenas cabía; por otras en que vieron más mujeres que -luces; por otras en que había más perros que personas. - - - - -III - - -Al entrar en la calle de la Puebla, iba ya Cadalsito tan fatigado que, -para recobrar las fuerzas, se sentó en el escalón de una de las tres -puertas con rejas que tiene en dicha calle el convento de Don Juan de -Alarcón. Y lo mismo fué sentarse sobre la fría piedra, que sentirse -acometido de un profundo sueño... Más bien era aquello como un -desvanecimiento, no desconocido para el chiquillo, y que no se -verificaba sin que él tuviera conciencia de los extraños síntomas -precursores. «¡Contro!--pensó muy asustado,--me va á dar aquello... me -va á dar, me da...» En efecto, á Cadalsito _le daba_ de tiempo en tiempo -una desazón singularísima, que empezaba con pesadez de cabeza, sopor, -frío en el espinazo, y concluía con la pérdida de toda sensación y -conocimiento. Aquella noche, en el breve tiempo transcurrido desde que -se sintió desfallecer hasta que se le nublaron los sentidos, se acordó -de un pobre que solía pedir limosna en aquel mismo escalón en que él -estaba. Era un ciego muy viejo, con la barba cana, larga y amarillenta, -envuelto en parda capa de luengos pliegues, remendada y sucia, la cabeza -blanca, descubierta, y el sombrero en la mano, pidiendo sólo con la -actitud y sin mover los labios. Á Luis le infundía respeto la venerable -figura del mendigo, y solía echarle en el sombrero algún céntimo, cuando -lo tenía de sobra, lo que sucedía muy contadas veces. - -Pues como iba diciendo, cayó el pequeño en su letargo, inclinando la -cabeza sobre el pecho, y entonces vió que no estaba solo. Á su lado se -sentaba una persona mayor. ¿Era el ciego? Por un instante creyó Luis que -sí, porque tenía barba espesa y blanca, y cubría su cuerpo con una capa -ó manto... Aquí empezó Cadalso á observar las diferencias y semejanzas -entre el pobre y la persona mayor, pues ésta veía y miraba y sus ojos -eran como estrellas, al paso que la nariz, la boca y frente eran -idénticas á las del mendigo, la barba del mismo tamaño, aunque más -blanca, muchísimo más blanca. Pues la capa era igual y también -diferente; se parecía en los anchos pliegues, en la manera de estar el -sujeto envuelto en ella; discrepaba en el color, que Cadalsito no podía -definir. ¿Era blanco, azul ó qué demonches de color era aquél? Tenía -sombras muy suaves, por entre las cuales se deslizaban reflejos -luminosos como los que se filtran por los huecos de las nubes. Luis -pensó que nunca había visto tela tan bonita como aquélla. De entre los -pliegues sacó el sujeto una mano blanca, preciosísima. Tampoco había -visto nunca Luis mano semejante, fuerte y membruda como la de los -hombres, blanca y fina como la de las señoras... El sujeto aquél, -mirándole con paternal benevolencia, le dijo:--¿No me conoces? ¿No sabes -quién soy? - -Luisito le miró mucho. Su cortedad de genio le impedía responder. -Entonces el señor misterioso, sonriendo como los obispos cuando -bendicen, le dijo:--Yo soy Dios. ¿No me habías conocido? - -Cadalsito sintió entonces, además de la cortedad, miedo, y apenas podía -respirar. Quiso envalentonarse mostrándose incrédulo, y con gran -esfuerzo de voz pudo decir:--¿Usted Dios, usted?... Ya quisiera... - -Y la aparición, pues tal nombre se le debe dar, indulgente con la -incredulidad del buen Cadalso, acentuó más la sonrisa cariñosa, -insistiendo en lo dicho:--Sí, soy Dios. Parece que estás asustado. No me -tengas miedo. Si yo te quiero, te quiero mucho... - -Luis empezó á perder el miedo. Se sentía conmovido y con ganas de -llorar. - ---Ya sé de dónde vienes--prosiguió la aparición.--El señor de Cucúrbitas -no os ha dado nada esta noche. Hijo, no siempre se puede. Lo que él -dice, ¡hay tantas necesidades que remediar!... - -Cadalsito dió un gran suspiro para activar su respiración, y contemplaba -al hermoso anciano, el cual, sentado, apoyando el codo en la rodilla y -la barba resplandeciente en la mano, ladeaba la cabeza para mirar al -chiquitín, dando, al parecer, mucha importancia á la conversación que -con él sostenía:--Es preciso que tú y los tuyos tengáis paciencia, amigo -Cadalsito, mucha paciencia. - -Luis suspiró con más fuerza, y sintiendo su alma libre de miedo y al -propio tiempo llena de iniciativas, se arrancó á decir esto:--¿Y cuándo -colocan á mi abuelo? - -La excelsa persona que con Luisito hablaba dejó un momento de mirar á -éste, y fijando sus ojos en el suelo, parecía meditar. Después volvió á -encararse con el pequeño, y suspirando, ¡también él suspiraba!, -pronunció estas graves palabras:--Hazte cargo de las cosas. Para cada -vacante hay doscientos pretendientes. Los Ministros se vuelven locos y -no saben á quién contentar. Tienen tantos compromisos, que no sé yo cómo -viven los pobres. Paciencia, hijo, paciencia, que ya os caerá la -credencial cuando salte una ocasión favorable... Por mi parte, haré -también algo por tu abuelo... ¡Qué triste se va á poner esta noche -cuando reciba esa carta! Cuidado no la pierdas. Tú eres un buen chico. -Pero es preciso que estudies algo más. Hoy no te supiste la lección de -Gramática. Dijiste tantos disparates, que la clase toda se reía, y con -muchísima razón. ¿Qué vena te dió de decir que el _participio expresa la -idea del verbo en abstracto_? Lo confundiste con el _gerundio_, y luego -hiciste una ensalada de los _modos_ con los _tiempos_. Es que no te -fijas, y cuando estudias estás pensando en las musarañas... - -Cadalsito se puso muy colorado, y metiendo sus dos manos entre las -rodillas, se las apretó. - ---No basta que seas formal en clase; es menester que estudies, que te -fijes en lo que lees y lo retengas bien. Si no, andamos mal; me enfado -contigo, y no vengas luego diciéndome que por qué no colocan á tu -abuelo... Y así como te digo esto, te digo también que tienes razón en -quejarte de _Posturitas_. Es un ordinario, un mal criado, y ya le -restregaré yo una guindilla en la lengua cuando vuelva á decirte _Miau_. -Por supuesto que esto de los motes debe llevarse con paciencia; y cuando -te digan _Miau_, tú te callas y aguantas. Cosas peores te pudieran -decir. - -Cadalsito estaba muy agradecido, y aunque sabía que Dios está en todas -partes, se admiraba de que estuviese tan bien enterado de lo que en la -escuela ocurría. Después se lanzó á decir: - ---¡Contro, si yo le cojo!... - ---Mira, amigo Cadalso--le dijo su interlocutor con paternal -severidad,--no te las eches de matón, que tú no sirves para pelearte -con tus compañeros. Son ellos muy brutos. ¿Sabes lo que haces? Cuando te -digan _Miau_, se lo cuentas al maestro, y verás como éste pone á -_Posturitas_ en cruz media hora. - ---Vaya que si lo pone... y aunque sea una hora. - ---Ese nombre de _Miau_ de lo encajaron á tu abuela y tías en el paraíso -del Real, es á saber, porque parecen propiamente tres gatitos. Es que -son ellas muy relamidas. El mote tiene gracia. - -Sintió Luis herida su dignidad; pero no dijo nada. - ---Ya sé que esta noche van también al Real--añadió la aparición.--Hace -un rato les ha llevado ese Ponce los billetes. ¿Por qué no les dices tú -que te lleven? Te gustaría mucho la ópera. ¡Si vieras qué bonita es! - ---No me quieren llevar... ¡bah!... (desconsoladísimo). Dígaselo usted. - -Aun cuando á Dios se le dice _tú_ en los rezos, á Luis le parecía -irreverente, _cara á cara_, tratamiento tan familiar. - ---¿Yo? No quiero meterme en eso. Además, esta noche han de estar todos -de muy mal temple. ¡Pobre abuelito tuyo! Cuando abra la carta... ¿La has -perdido? - ---No, señor, la tengo aquí--dijo Cadalso, sacándola.--¿La quiere usted -leer? - ---No, tontín. Si ya sé lo que dice... Tu abuelo pasará un mal rato; pero -que se conforme. Están los tiempos muy malos, muy malos... - -La excelsa imagen repitió dos ó tres veces el _muy malos_, moviendo la -cabeza con expresión de tristeza; y desvaneciéndose en un instante, -desapareció. Luis se restregaba los ojos, se reconocía despierto y -reconocía la calle. Enfrente vió la tienda de cestas en cuya muestra -había dos cabezas de toro, con jeta y cuernos de mimbre; juguete -predilecto de los chicos de Madrid. Reconoció también la tienda de -vinos, el escaparate con botellas; vió en los transeúntes _personas -naturales_, y á _Canelo_, que á su lado seguía, le tuvo por verídico -perro. Volvió á mirar á su lado buscando un rastro de la maravillosa -visión, pero no había nada. «Es que me dió _aquéllo_--pensó Cadalsito, -no sabiendo definir lo que le daba;--pero me ha dado de otra manera». -Cuando se levantó tenía las piernas tan débiles, que apenas se podía -sostener sobre ellas. Se palpó la ropa, temiendo haber perdido la carta; -pero la carta seguía en su sitio. ¡Contro!, otras veces le había dado -aquel desmayo, pero nunca había visto personajes tan... tan... no sabía -cómo decirlo. Y que le vió y le habló, no tenía duda. ¡Vaya con el -_Señorón_ aquél!... ¡Si sería el Padre Eterno en _vida natural!_... ¡Si -sería el anciano ciego que le quería dar un bromazo!... - -Pensando de este modo, dirigióse Luis á su casa con toda la prisa que -la flojedad de sus piernas le permitía. La cabeza se le iba, y el frío -del espinazo no se le quitaba andando. _Canelo_ parecía muy -preocupado... ¡Si habría visto también algo!... ¡Lástima que no pudiese -hablar para que atestiguara la verdad de la visión maravillosa! Porque -Luis recordaba que, durante el coloquio, Dios acarició dos ó tres veces -la cabeza de _Canelo_, y que éste le miraba sacando mucho la lengua... -Luego _Canelo_ podría dar fe... - -Llegó por fin á su casa, y como le sintieran subir, Abelarda le abrió la -puerta antes de que llamara. Su abuelo salió ansioso á recibirle, y el -niño, sin decir una palabra, puso en sus manos la carta. Don Ramón fué -hacia el despacho, palpándola antes de abrirla, y en el mismo instante -doña Para llamó á Luis para que fuera á comer, pues la familia estaba ya -concluyendo. No le habían esperado porque tardaba mucho, y las señoras -tenían que irse al teatro de prisa y corriendo, para coger un buen -puesto en el paraíso antes de que se agolpara la gente. En dos platos -tapados, uno sobre otro, le habían guardado al nieto su sopa y cocido, -que estaban ya fríos cuando llegó á catarlos; mas como su hambre era -tanta, no reparó en la temperatura. - -Estaba doña Pura atando al pescuezo de su nieto la servilleta de tres -semanas, cuando entró Villaamil á comer el postre. Su cara tomaba -expresión de ferocidad sanguinaria en las ocasiones aflictivas, y aquel -bendito, incapaz de matar una mosca, cuando le amargaba una pesadumbre -parecía tener entre los dientes carne humana cruda, sazonada con acíbar -en vez de sal. Sólo con mirarle comprendió doña Pura que la carta había -venido _in albis_. El infeliz hombre empezó á quitar maquinalmente las -cáscaras á dos nueces resecas que en el plato tenía. Su cuñada y su hija -le miraban también, leyendo en su cara de tigre caduco y veterano la -pena que interiormente le devoraba. Por poner una nota alegre en cuadro -tan triste, Abelarda soltó esta frase:--Ha dicho Ponce que la ovación de -esta noche será para la Pellegrini. - ---Me parece una injusticia--afirmó doña Pura con sus cinco sentidos--que -se quiera humillar á la Scolpi Rolla, que canta su parte de Amneris muy -á conciencia. Verdad que sus éxitos los debe más al buen palmito y á que -enseña las piernas. Pero la Pellegrini con tantos humos no es ninguna -cosa del otro jueves. - ---Calla, mujer--indicó Milagros doctoralmente.--Mira que la otra noche -_dijo_ el _fuggi fuggi, tu sei perdutto_ como no lo hemos oído desde los -tiempos de Rossina Penco. No tiene más sino que bracea demasiado, y, -francamente, la ópera es para cantar bien, no para hacer gestos. - ---Pero no nos descuidemos--dijo Pura.--En noches así, el que se -descuida se queda en la escalera. - ---¡Quiá!... ¿Pero no creéis que Guillén ó los chicos de Medicina nos -guardarán los asientos? - ---No hay que fiar... Vámonos, no nos pase lo de la otra noche, ¡Dios -mío!, que si no es por aquellos muchachos tan finos, los de Farmacia, -¿sabes?, nos quedamos en la puerta como unas pasmarotas. - -Villaamil, que nada de esto oía, se comió un higo pasado, creo que -tragándolo entero, y fué hacia su despacho con paso decidido, como quien -va á hacer una atrocidad. Su mujer le siguió, y cariñosa le dijo:--¿Qué -hay? ¿Es que esa nulidad no te ha mandado nada? - ---Cero--replicó Villaamil con voz que parecía salir del centro de la -tierra.--Lo que yo te decía, se ha cansado. No se puede abusar un día y -otro día... Me ha hecho tantos favores, tantos, que pedir más es -temeridad. ¡Cuánto siento haberle escrito hoy! - ---¡Bandido!--exclamó iracunda la señora, que solía dar esta denominación -y otras peores á los amigos que se ladeaban para evitar el sablazo. - ---Bandido no--declaró Villaamil, que ni en los momentos de mayor -tribulación se permitía ultrajar al _contribuyente_.--Es que no siempre -se está en disposición de socorrer al prójimo. Bandido, no. Lo que es -ideas no las tiene ni las ha tenido nunca; pero eso no quita que sea -uno de los hombres más honrados que hay en la Administración. - ---Pues no será tanto (con enfado impertinente), cuando le luce el pelo -como le luce. Acuérdate de cuando fué compañero tuyo en la Contaduría -Central. Era el más bruto de la oficina. Ya se sabía; descubierta una -barbaridad, todos decían: «Cucúrbitas». Después, ni un día cesante, y -siempre para arriba. ¿Qué quiere decir esto? Que será muy bruto, pero -que entiende mejor que tú la aguja de marear. ¿Y crees que no se hace -pagar á tocateja el despacho de los expedientes? - ---Cállate, mujer. - ---¡Inocente!... Ahí tienes por lo que estás como estás, olvidado y en la -miseria; por no tener ni pizca de trastienda y ser tan devoto de _San -Escrúpulo bendito_. Créeme, eso ya no es honradez, es sosería y necedad. -Mírate en el espejo de Cucúrbitas; él será todo lo melón que se quiera, -pero verás cómo llega á Director, quizás á Ministro. Tú no serás nunca -nada, y si te colocan, te darán un pedazo de pan, y siempre estaremos lo -mismo (acalorándose). Todo por tus gazmoñerías, porque no te haces -valer, porque _fray modesto_ ya sabes que no llegó nunca á ser guardián. -Yo que tú, me iría á un periódico y empezaría á vomitar todas las -picardías que sé de la Administración, los enjuagues que han hecho -muchos que hoy están en candelero. Eso, cantar claro, y caiga el que -caiga... desenmascarar á tanto pillo... Ahí duele. ¡Ah! entonces verías -cómo les faltaba tiempo para colocarte; verías cómo el Director mismo -entraba aquí, sombrero en mano, á suplicarte que aceptaras la -credencial. - ---Mamá, que es tarde--dijo Abelarda desde la puerta, poniéndose la -toquilla. - ---Ya voy. Con tantos remilgos, con tantos miramientos como tú tienes, -con eso de llamarles á todos _dignísimos_, y ser tan delicado y tan de -ley que estás siempre montado al aire como los brillantes, lo que -consigues es que te tengan por un cualquiera. Pues sí (alzando el -grito), tú debías ser ya Director, como esa es luz, y no lo eres por -mandria, por apocado, porque no sirves para nada, vamos, y no sabes -vivir. No; si con lamentos y con suspiros no te van á dar lo que -pretendes. Las credenciales, señor mío, son para los que se las ganan -enseñando los colmillos. Eres inofensivo, no muerdes, ni siquiera -ladras, y todos se ríen de ti. Dicen: «¡Ah, Villaamil, qué honradísimo -es! ¡Oh! el empleado _probo_...» Yo, cuando me enseñan un _probo_, le -miro á ver si tiene los codos de fuera. En fin, que te caes de honrado. -Decir honrado, á veces es como decir ñoño. Y no es eso, no es eso. Se -puede tener toda la integridad que Dios manda, y ser un hombre que mire -por sí y por su familia... - ---Déjame en paz--murmuró Villaamil desalentado, sentándose en una silla -y derrengándola. - ---Mamá--repetía la señorita, impaciente. - ---Ya voy, ya voy. - ---Yo no puedo ser sino como Dios me ha hecho--declaró el infeliz -cesante.--Pero ahora no se trata de que yo sea así ó asado; trátase del -pan de cada día, del pan de mañana. Estamos como queremos, sí... Tenemos -cerrado el horizonte por todas partes. Mañana... - ---Dios no nos abandonará--dijo Pura intentando robustecer su ánimo con -esfuerzos de esperanza, que parecían pataleos de náufrago.--Estoy tan -acostumbrada á la escasez, que la abundancia me sorprendería y hasta me -asustaría... Mañana... - -No acabó la frase ni aun con el pensamiento. Su hija y su hermana le -daban tanta prisa, que se arregló apresuradamente. Al envolverse en la -cabeza la toquilla azul, dió esta orden á su marido: «Acuesta al niño. -Si no quiere estudiar, que no estudie. Bastante tiene que hacer el -pobrecito, porque mañana supongo que saldrá á repartirte dos arrobas de -cartas». - -El buen Villaamil sintió un gran alivio en su alma cuando las vió salir. -Mejor que su familia le acompañaba su propia pena, y se entretenía y -consolaba con ella mejor que con las palabras de su mujer, porque su -pena, si le oprimía el corazón, no le arañaba la cara, y doña Pura, al -cuestionar con él, era toda pico y uñas toda. - - - - -IV - - -Cadalsito estaba en el comedor, sentado á la mesa, los codos sobre ella, -los libros delante. Éstos eran tantos, que el escolar se sentía -orgulloso de ponerlos en fila, y parecía que les pasaba revista, como un -general á sus unidades tácticas. Estaban los infelices tan estropeados, -cual si hubieran servido de proyectiles en furioso combate; las hojas -retorcidas, los picos de las cubiertas doblados ó rotos, la pasta con -pegajosa mugre. Pero no faltaba á ninguno, en la primera hoja, una -inscripción en letra vacilante que declaraba la propiedad de la finca, -pues sería en verdad muy sensible que no se supiera que pertenecían -exclusivamente á Luis Cadalso y Villaamil. Éste cogía uno cualquiera, á -la suerte, á ver lo que salía. ¡Contro, siempre salía la condenada -Gramática!... Abríala con prevención y veía las letras hormiguear sobre -el papel iluminado por la luz de la lámpara colgante. Parecían mosquitos -revoloteando en un rayo de sol. Cadalso leía algunos renglones. «¿Qué es -adverbio?» Las letras de la respuesta eran las que se habían propuesto -no dejarse leer, corriendo y saltando de una margen á otra. Total, que -el adverbio debía de ser una cosa muy buena; pero Cadalsito no lograba -enterarse de ello claramente. Después leía páginas enteras, sin que el -sentido de ellas penetrara en su espíritu, que no se había desprendido -aún del asombro de la visión; ni se le había quitado el malestar del -cuerpo, á pesar de haber comido con tanta gana; y como notase que al -fijar la atención en el libro se ponía peor, tuvo por buen remedio el ir -doblando una á una las puntas de las hojas de la Gramática, hasta dejar -el pobre libro rizado como una escarola. - -En esto estaba cuando sintió que su abuelo salía del despacho. Se le -había apagado la luz por falta de petróleo, y aunque no escribía, la -obscuridad le lanzó de su guarida hacia el comedor. En éste y en el -pasillo se paseó un rato el infeliz hombre, excitadísimo, hablando solo -y dando algunos tropezones, porque la desigual y en algunos puntos -agujereada estera no permitía el paso franco por aquellas regiones. - -Otras noches que se quedaban solos abuelo y nieto, aquél le tomaba las -lecciones, repitiéndoselas y fijándoselas en la memoria. Aquella noche, -Villaamil no estaba para lecciones, lo que agradeció mucho el pequeño, -quien por el bien parecer empezó á desdoblar las hojas del martirizado -texto, planchándolas con la palma de la mano. Poco después, el mismo -libro fué blando cojín para su cabeza, fatigada de estudios y visiones, -y dejándola caer se quedó dormido sobre la definición del adverbio. - -Villaamil decía: «Esto ya es demasiado. Señor Todopoderoso. ¿Qué he -hecho yo para que me trates así? ¿Por qué no me colocan? ¿Por qué me -abandonan hasta los amigos en quienes más confiaba?» Tan pronto se -abatía el ánimo del cesante sin ventura, como se inflamaba, suponiéndose -perseguido por ocultos enemigos que le habían jurado rencor eterno. -«¿Quién será, pero quién será el danzante que me hace la guerra? Algún -ingrato, quizás, que me debe su carrera». Para mayor desconsuelo, se le -representaba entonces toda su vida administrativa, carrera lenta y -honrosa en la Península y Ultramar, desde que entró á servir allá por el -año 41 y cuando tenía veinticuatro de edad (siendo Ministro de Hacienda -el Sr. Surrá). Poco tiempo había estado cesante antes de la terrible -crujía en que le encontramos: cuatro meses en tiempo de Bertrán de Lis, -once durante el bienio, tres y medio en tiempo de Salaverría. Después de -la Revolución pasó á Cuba y luego á Filipinas, de donde le echó la -disentería. En fin, que había cumplido sesenta años, y los de servicio, -bien sumados, eran treinta y cuatro y diez meses. Le faltaban dos para -jubilarse con los cuatro quintos del sueldo regulador, que era el de su -destino más alto, Jefe de Administración de tercera. «¡Qué mundo éste! -¡Cuánta injusticia! ¡Y luego no quieren que haya revoluciones!... No -pido más que los dos meses, para jubilarme con los cuatro quintos, sí, -señor...» En lo más vivo de su soliloquio, vaciló y fué á chocar contra -la puerta, repercutiendo al punto para dar con su cuerpo en el borde de -la mesa, que se estremeció toda. Despertando sobresaltado, oyó Luis á su -abuelo pronunciar claramente al incorporarse estas palabras, que le -parecieron lo más terrorífico que había oído en su vida: «...¡con -arreglo á la ley de Presupuestos del 35, modificada el 65 y el 68!» - ---¿Qué, papá?--dijo espantado. - ---Nada, hijo; esto no va contigo. Duérmete. ¿No tienes ganas de -estudiar? Haces bien. ¿Para qué sirve el estudio? Mientras más burro sea -el hombre, mientras más pillo, mejor carrera hace... Vamos, á la cama, -que es tarde. - -Villaamil buscó y halló una palmatoria, mas no le fué tan fácil -encontrar vela que encender en ella. Por fin, revolviendo mucho, -descubrió unos cabos en la mesa de noche de Pura, y encendido uno de -ellos, se dispuso á acostar al niño. Éste dormía en la alcoba de -Milagros, que estaba en el mismo comedor. Había en aquella pieza un -tocador del tiempo de _vivan las caenas_, una cómoda jubilada con los -cuatro quintos de su cajonería, varios baúles y las dos camas. En toda -la casa, á excepción de la sala, que estaba puesta con relativa -elegancia, se revelaba la escasez, el abandono y esa ruina lenta que -resulta del no reparar lo que el tiempo desluce y estraga. - -Empezó el abuelo á desnudar á su nieto, y le decía: «Sí, hijo mío, -bienaventurados los brutos, porque de ellos es el reino... de la -Administración». Y le desabrochaba la chaqueta, y le tiraba de las -mangas con tanta fuerza, que á poco más se cae el chico al suelo. «Hijo -mío, ve aprendiendo, ve aprendiendo para cuando seas hombre. Del que -está caído nadie se acuerda, y lo que hacen es patearle y destrozarle -para que no se pueda levantar... Figúrate tú que yo debiera ser Jefe de -Administración de segunda, pues ahora me tocaría ascender con arreglo á -la ley de Cánovas del 76, y aquí me tienes pereciendo... Llueven -recomendaciones sobre el Ministro, y nada... Se le dice: «Vea usted los -antecedentes», y nada. ¿Tú crees que él se cuida de examinar mis -antecedentes? Pues si lo hiciera... Todo se vuelve promesas, -aplazamientos; que espera una ocasión favorable; que ha tomado nota -preferente... En fin, las pamplinas que usan para salir del paso... Yo, -que he servido siempre lealmente, que he trabajado como un negro; yo que -no he dado el más ligero disgusto á mis jefes...; yo, que estando en la -Secretaría, allá por el 52, le caí en gracia á don Juan Bravo Murillo, -que me llamó un día á su despacho y me dijo... lo que callo por -modestia... ¡Ah! si aquel grande hombre levantara la cabeza y me viera -cesante... Yo, que el 55 hice un plan de presupuestos que mereció los -elogios del Sr. D. Pascual Madoz y del Sr. D. Juan Bruil, plan que en -veinte años de meditaciones he rehecho después, explanándolo en cuatro -memorias que ahí tengo! Y no es cosa de broma. Supresión de todas las -contribuciones actuales, substituyéndolas con el _income tax_... ¡Ah, el -_income tax_! Es el sueño de toda mi vida, el objeto de tantísimos -estudios y el resultado de una larga experiencia... No lo quieren -comprender y así está el país... cada día más perdido, más pobre, y -todas las fuentes de riqueza secándose que es un dolor... Yo lo -sostengo: el impuesto único, basado en la buena fe, en la emulación y en -el amor propio del contribuyente, es el remedio mejor de la miseria -pública. Luego, la renta de Aduanas, bien reforzada, con los derechos -muy altos para proteger la industria nacional... Y por último, la -unificación de las Deudas, reduciéndolas á un tipo de emisión y á un -tipo de interés...» Al llegar aquí, tiró Villaamil con tanta fuerza de -los pantalones de Luis, que el niño lanzó un ¡ay! diciendo: «Abuelo, que -me arrancas las piernas». Á lo que el irritado viejo contestó secamente: -«Por fuerza tiene que haber un enemigo oculto, algún trasto que se ha -propuesto hundirme, deshonrarme...» - -Por fin quedó Luis acostado. Había costumbre de no apagarle la luz hasta -mucho después de dormido, porque le daban pesadillas, y despertándose -con sobresalto se espantaba de la obscuridad. En vista de que el primer -cabo de vela se apagaba, encendió otro el abuelo, y sentándose junto á -la cómoda, se puso á leer _La Correspondencia_, que acababan de echar -por debajo de la puerta. En su febril trastorno, el desventurado buscaba -ansioso las noticias de personal, y por una fatal puntería de su -espíritu, encontraba al instante las noticias malas. «Ha sido nombrado -oficial primero en la Dirección de Impuestos el Sr. Montes... Real -decreto concediendo á D. Basilio Andrés de la Caña los honores de Jefe -superior de Administración». «Esto es escandaloso, esto es el _delírium -tremens_ del polaquismo. Ni en las kabilas de África pasa esto. ¡Pobre -país, pobre España!... Se ponen los pelos de punta pensando lo que va á -venir aquí con este desbarajuste administrativo... Es buena persona -Basilio; ¡pero si ayer, como quien dice, le tuve de oficial cuarto á mis -órdenes!...» Tras de la pena venía la esperanza. «Pronto se hará la -combinación de personal con arreglo á la nueva plantilla de la Dirección -de Contribuciones. Dícese que serán colocados varios funcionarios -inteligentes que hoy se hallan cesantes». - -Las miradas de Villaamil bailaron un instante sobre el papel, de letra -en letra. Los ojos se le humedecieron. ¿Iría él en aquella combinación? -Cabalmente, los amigos que le recomendaban al Ministro en aquella -campaña fatigosa, proponíanle para la próxima hornada. «¡Dios mío, si -iré en esa bendita combinación! ¿Y cuándo será? Me dijo Pantoja que -sería cosa de tres ó cuatro días». - -Y como la esperanza reanimaba todo su ser dándole un inquieto hormigueo, -lanzóse al dédalo obscuro de los pasillos. «La combinación... la -plantilla nueva... dar entrada á los funcionarios inteligentes, y además -de inteligentes, digo yo, identificados con... ¡Dios mío! inspírales, -mete todas tus luces dentro de esas molleras... que vean claro... que se -fijen en mí; que se enteren de mis antecedentes. Si se enteran de ellos, -no hay cuestión; me nombran... ¿Me nombrarán? No sé qué voz secreta me -dice que sí. Tengo esperanza. No, no quiero consentirme ni -entusiasmarme. Vale más que seamos pesimistas, muy pesimistas, para que -luego resulte lo contrario de lo que se teme. Observo yo que cuando uno -espera confiado, ¡pum! viene el batacazo. Ello es que siempre nos -equivocamos. Lo mejor es no esperar nada, verlo todo negro, negro como -boca de lobo, y entonces, de repente, ¡pum!... la luz... Sí, Ramón, -figúrate que no te dan nada, que no hay para ti esperanza, á ver si -creyéndolo así, viene la contraria... Porque yo he observado que siempre -sale la contraria... Y en tanto, mañana moveré todas mis teclas, y -escribiré á unos amigos y veré á otros, y el Ministro... ante tantas -recomendaciones... ¡Dios mío! ¡qué idea! ¿no sería bueno que yo mismo -escribiese al Ministro?...» - -Al decir esto, volvió maquinalmente á donde Cadalsito dormía, y, -contemplándole, pensó en las caminatas que tenía que dar al día -siguiente para repartir la correspondencia. Cómo se encadenó esto con -las imágenes que en el cerebro del niño determinaba el sueño, no puede -saberse; pero ello es que mientras su abuelo le miraba, Luis, ya -profundamente dormido, estaba viendo al mismo sujeto de barba blanca; y -lo más particular es que le veía sentado delante de un pupitre en el -cual había tantas, tantísimas cartas, que no bajaban, según Cadalsito, -de un par de cuatrillones. El Señor escribía con una letra que á Luis le -parecía la más perfecta cursiva que se pudiera imaginar. Ni don -Celedonio, el maestro de su escuela, la haría mejor. Concluída cada -carta, la metía el Padre Eterno en un sobre más blanco que la nieve, lo -acercaba á su boca, sacaba de ésta un buen pedazo de lengua fina y -rosada, para humedecer con rápido pase la goma; cerraba, y volviendo á -coger la pluma, que era, ¡cosa más rara!, la de Mendizábal, y mojada, -por más señas, en el mismo tintero, se disponía á escribir la dirección. -Mirando por encima del hombro, Luisito creyó ver que aquella mano -inmortal trazaba sobre el papel lo siguiente: - - B. L. M. - - _Al Excmo. Sr. Ministro de Hacienda, - - cualisquiera que sea, - - seguro servidor,_ - - =_Dios_=. - - - - -V - - -Aquella noche no durmió Villaamil ni un cuarto de hora seguido. Se -aletargaba un instante; pero la idea de la combinación próxima, el -criterio pesimista que se había impuesto, poniéndose en lo peor y -esperando lo malo para que viniese lo bueno, le sembraban de espinas el -lecho, desvelándole apenas cerraba los ojos. Cuando su mujer volvió del -teatro, Villaamil habló con ella algunas palabras extraordinariamente -desconsoladoras. Ello fué algo referente á la dificultad de allegar -provisiones para el día siguiente, pues no había en la casa ninguna -especie de moneda ni tampoco materia hipotecable; el crédito estaba -agotado, y apuradas también la generosidad y paciencia de los amigos. - -Aunque afectaba serenidad y esperanza, doña Pura estaba muy intranquila, -y también pasó la noche en claro, haciendo cálculos para el día -siguiente, que tan pavoroso y adusto se anunciaba. Ya no se atrevía á -mandar traer géneros á crédito de ningún establecimiento, porque todo -era malas caras, grosería, desconsideración, y no pasaba día sin que un -tendero exigente y descortés armase un cisco en la misma puerta del -cuarto segundo. ¡Empeñar! La mente de la señora hizo rápida síntesis de -todas las prendas útiles que estaban condenadas al ostracismo: alhajas, -capas, mantas, abrigos. Se había llegado al máximum de emisión, -digámoslo así, en esta materia, y no había forma humana de desabrigarse -más de lo que ya lo estaba toda la familia. Una pignoración en grande -escala se había verificado el mes anterior (Enero del 78) el mismo día -del casamiento de D. Alfonso con la reina Mercedes. Y sin embargo, las -tres _Miaus_ no perdieron ninguna de las fiestas públicas que con aquel -motivo se celebraron en Madrid. Iluminaciones, retretas, el paso de la -comitiva hacia Atocha; todo lo vieron perfectamente, y de todo gozaron -en los sitios mejores, abriéndose paso á codazo limpio entre las -multitudes. - -¡La sala, hipotecar algo de la sala! Esta idea causaba siempre terror y -escalofríos á doña Pura, porque la sala era la parte del menaje que á su -corazón interesaba más, la verdadera expresión simbólica del hogar -doméstico. Poseía muebles bonitos, aunque algo anticuados, testigos del -pasado esplendor de la familia Villaamil; dos entredoses negros con -filetes de oro y lacas, y cubiertas de mármol; sillería de damasco, -alfombra de moqueta y unas cortinas de seda que habían comprado al -Regente de la audiencia de Cáceres, cuando levantó la casa por -traslación. Tenía doña Pura á las tales cortinas en tanta estima como á -las telas de su corazón. Y cuando el espectro de la necesidad se le -aparecía y susurraba en su oído con terrible cifra el conflicto -económico del día siguiente, doña Pura se estremecía de pavor, diciendo: -«No, no; antes las camisas que las cortinas». Desnudar los cuerpos le -parecía sacrificio tolerable; pero desnudar la sala... ¡eso nunca! Los -de Villaamil, á pesar de la cesantía con su grave disminución social, -tenían bastantes visitas. ¡Qué dirían éstas si vieran que faltaban las -cortinas de seda, admiradas y envidiadas por cuantos las veían! Doña -Pura cerró los ojos queriendo desechar la fatídica idea y dormirse; pero -la sala se había metido dentro de su entrecejo y la estuvo viendo toda -la noche, tan limpia, tan elegante... Ninguna de sus amigas tenía una -sala igual. La alfombra estaba tan bien conservada, que parecía que -humanos pies no la pisaban, y era que de día la defendían con pasos de -quita y pon, cuidando de limpiarla á menudo. El piano vertical, -desafinado, sí, desafinadísimo, tenía el palisandro de su caja -resplandeciente. En la sillería no se veía una mota. Los entredoses -relumbraban, y lo que sobre ellos había, aquel reloj dorado y sin hora, -los candelabros dentro de fanales, todo estaba cuidado exquisitamente. -Pues las mil baratijas que completaban la decoración, fotografías en -marcos de papel cañamazo, cajas que fueron de dulces, perritos de -porcelana y una licorera de imitación de Bohemia, también lucían sin -pizca de polvo. Abelarda se pasaba las horas muertas limpiando estos -cachivaches y otros que no he mencionado todavía. Eran objetos de -frágiles tablillas caladas, de esos que sirven de entretenimiento á los -aficionados á la marquetería doméstica. Un vecino de la casa tenía -maquinilla de trepar y hacía mil primores que regalaba á los amigos. -Había cestos, estantillos, muebles diminutos, capillas góticas y -chinescas pagodas, todo muy mono, muy frágil, de _mírame y no me -toques_, y muy difícil de limpiar. - -Doña Pura dió una vuelta en la cama, como queriendo variar sus lúgubres -ideas con un cambio de postura. Pero entonces vió en su mente con mayor -claridad las suntuosas cortinas, color de amaranto, de seda riquísima, -de esa seda _que no se ve ya en ninguna parte_. Todas las señoras que -iban de visita habían de coger y palpar la incomparable tela, y frotarla -entre los dedos para apreciar la clase. ¡Pero había que tomarle el peso -para saber lo que era aquello!... En fin, doña Pura consideraba que -mandar las cortinas al Monte ó la casa de préstamos, era trance tan -doloroso como embarcar un hijo para América. - -En tanto que la _figura de Fra Angélico_ se agitaba en su angosto -colchón (dormía en la alcobita de la sala, y su marido, desde que vino -de Filipinas, ocupaba solo la alcoba del gabinete), proponíase distraer -y engañar su pena recordando las emociones de la ópera y lo bien que -dijo el barítono aquello de _rivedrai le foreste imbalsamate_... - -Villaamil, solo, insomne y calenturiento, se revolcaba en el gran -camastro matrimonial, cuyo colchón de muelles tenía los _ídem_ en -lastimoso estado, los unos quebrados y hundidos, los otros estirados y -en erección. El de lana, que encima estaba, no le iba en zaga, pues todo -era pelmazos por aquí, vaciedades por allá, de modo que la cama habría -podido figurar dignamente en las mazmorras de la Inquisición para -escarmiento de herejes. El pobre cesante tenía en su lecho la expresión -externa ó el molde de las torturas de su alma, y así, cuando la -hormiguilla del insomnio le hacía dar una vuelta, caía en profunda sima, -del centro de la cual surgía como la joroba de un demonio, enorme -espolón que se le clavaba en los riñones; y cuando salía de la sima, un -amasijo de lana, duro y fuerte como el puño, le estropeaba las -costillas. - -Algunas voces dormía tal cual en medio de estos accidentes; pero aquella -noche, la exaltación de su cerebro le agrandaba en la obscuridad las -desigualdades del terreno: ya creía que se despeñaba, quedándose con los -pies en alto, ya que se balanceaba en el vértice de una eminencia ó que -iba navegando hacia Filipinas con un tifón de mil demonios. «Seamos -pesimistas--era su tema;--pensemos, con todo el vigor del pensamiento, -que no me van á incluir en la combinación, á ver si me sorprende la -felicidad del nombramiento. No esperaré el hecho feliz, no, no lo -espero, para que suceda. Siempre pasa lo que no se espera. Póngome en lo -peor. No te colocan, no te colocan, pobre Ramón; verás cómo ahora -también se burlan de ti. Pero aunque estoy convencido de que no consigo -nada, convencidísimo, sí, y no hay quien me apee de esto; aunque sé que -mis enemigos no se apiadarán de mí, pondré en juego todas las -influencias y haré que hasta el lucero del alba le hable al Ministro. -Por supuesto, amigo Ramón, todo inútil. Verás cómo no te hacen maldito -caso; tú lo has de ver. Yo estoy tan convencido de ello, como de que -ahora es de noche. Y bien puedes desechar hasta el último vislumbre de -credulidad. Nada de melindres de esperanza; nada de _si será ó no -será_; nada de debilidades optimistas. No lo catas, no lo catas, aunque -revientes». - - - - -VI - - -Doña Pura durmió al fin profundamente toda la madrugada y parte de la -mañana. Villaamil se levantó á las ocho sin haber pegado los ojos. -Cuando salió de su alcoba, entre ocho y nueve, después de haberse -refregado el hocico con un poco de agua fría y de pasarse el peine por -la rala cabellera, nadie se había levantado aún. La estrechez en que -estaban no les permitía tener criada, y entre las tres mujeres hacían -desordenadamente los menesteres de la casa. Milagros era la que guisaba; -solía madrugar más que las otras dos; pero la noche anterior se había -acostado muy tarde, y cuando Villaamil salió de su habitación -dirigiéndose á la cocina, la cocinera no estaba aún allí. Examinó el -fogón sin lumbre, la carbonera exhausta; y en la alacena que hacía de -despensa vió mendrugos de pan, un envoltorio de papeles manchados de -grasa, que debía de contener algún resto de jamón, carne fiambre ó cosa -así, un plato con pocos garbanzos, un pedazo de salchicha, un huevo y -medio limón... El tigre dió un suspiro y pasó al comedor para registrar -el cajón del aparador, en el cual, entre los cuchillos y las -servilletas, había también pedazos de pan duro. En esto oyó rebullicio, -después rumor de agua, y he aquí que aparece Milagros con su cara -gatesca muy lavada, bata suelta, el pelo en sortijillas enroscadas con -papeles, y un pañuelo blanco por la cabeza. - ---¿Hay chocolate?--le preguntó su cuñado sin más saludo. - ---Hay media onza nada más--replicó la señora, corriendo á abrir el cajón -de la mesa de la cocina donde estaba.--Te lo haré en seguida. - ---No, á mí no. Lo haces para el niño. Yo no necesito chocolate. No tengo -gana. Tomaré un pedazo de pan seco y beberé encima un poco de agua. - ---Bueno. Busca por ahí. Pan no falta. También hay en la alacena un -trocito de jamón. El huevo ése es para mí hermana, si te parece. Voy á -encender lumbre. Haz el favor de partirme unas astillas mientras yo voy -á ver si encuentro fósforos. - -Don Ramón, después de morder el pan, cogió el hacha y empezó a partir un -madero, que era la pata de una silla vieja, dando un suspiro á cada -golpe. Los estallidos de la fibra leñosa al desgarrarse parecían tan -inherentes á la persona de Villaamil, como si éste se arrancase tiras -palpitantes de sus secas carnes y astillas de sus pobres huesos. En -tanto, Milagros armaba el templete de carbones y palitroques. - ---Y hoy, ¿se pone cocido?--preguntó á su cuñado con cierto misterio. - -Villaamil meditó sobre aquel problema tan descarnadamente -planteado.--Tal vez... ¡quién sabe!--replicó, lanzando su imaginación á -lo desconocido.--Esperemos á que se levante Pura. - -Ésta era la que resolvía todos los conflictos, como persona de -iniciativa, de inesperados golpes y de prontas resoluciones. Milagros -era toda pasividad, modestia y obediencia. No alzaba nunca la voz, no -hacía observaciones á lo que su hermana ordenaba. Trabajaba para los -demás por impulso de su conciencia humilde y por hábito de -subordinación. Unida fatalmente durante toda su vida al mísero destino -de aquella familia, y partícipe de las vicisitudes de ésta, jamás se -quejó ni se la oyó protestar de su malhadada suerte. Considerábase una -gran artista malograda en flor, por falta de ambiente; y al verse -perdida para el arte, la tristeza de esta situación ahogaba todas las -demás tristezas. Hay que decir aquí que Milagros había nacido con -excelentes dotes de cantante de ópera. Á los veinticinco años tenía una -voz preciosísima, regular escuela y loca afición á la música. Pero la -fatalidad no le permitió nunca lanzarse á la verdadera vida de artista. -Amores desgraciados, cuestiones de familia aplazaron de día en día la -deseada presentación al público, y cuando los obstáculos -desaparecieron, ya Milagros no estaba para fiestas; había perdido la -voz. Ni ella misma se dió cuenta de la suave gradación por donde sus -esperanzas de artista vinieron á parar en la precaria situación en que -se nos aparece; por dónde el soñado escenario y los triunfos del arte se -convirtieron en la cocina de Villaamil, sin provisiones. Cuando pensaba -ella en el contraste duro entre sus esperanzas y su destino, no acertaba -á medir los escalones de aquel lento descender desde las cumbres de la -poesía á los sótanos de la vulgaridad. - -Milagros tenía un tipo fino, delicado, propio para los papeles de -_Margarita_, de _Dinorah_, de _Gilda_, de la _Traviatta_, y voz aguda de -soprano. Todo esto se convirtió en hojarasca, sin que nunca llegara á -ser admiración del público. Sólo una vez cantó en el Real la parte de -_Adalgisa_, por condescendencia de la empresa, como alumna del -Conservatorio. Estuvo muy feliz, y los periódicos le auguraron un -porvenir brillante. En el Liceo Jover, ante un público invitado y poco -exigente, cantó _Saffo_ y _Los Capuletos_ de Bellini con el tercer acto -de Vacai. Entonces se trató de que fuera á Italia; pero se atravesó una -pasión, la esperanza de un gran partido para casarse, enredándose mucho -el asunto entre el novio y la familia. Pasó tiempo, y la cantatriz hubo -de malograrse, pues ni fué á Italia, ni se contrató en el Real, ni se -casó. - -Doña Pura y Milagros eran hijas de un médico militar, de apellido -Escobios, y sobrinas del músico mayor del Inmemorial del Rey. Su madre -era Muñoz, y tenían ellas pretensiones de parentesco con el marqués de -Casa-Muñoz. Por cierto que cuando trataron de que Milagros fuera -cantante de ópera, se pensó en italianizarle el apellido, llamándola la -_Escobini_; pero como la carrera artística se malogró en ciernes, el -mote italiano no llegó nunca á verse en los carteles. - -Antes de que la vida de la señorita de Escobios se truncara, tuvo una -época de fugaz éxito y brillo en una capital de provincia de tercera -clase, á donde fué con su hermana, esposa de Villaamil. Éste era Jefe -económico, y su familia intimó, como era natural, con la de los -Gobernadores civil y militar, que daban reuniones, á que asistía lo más -granadito del pueblo. Milagros, cantando en los conciertos de la -brigadiera, enloquecía y electrizaba. Salíanle novios por docenas, y -envidias de mujeres que la inquietaban en medio de sus triunfos. Un -joven de la localidad, poeta y periodista, se enamoró frenéticamente de -ella. Era el mismo que en la reseña de los saraos llamaba á doña Pura, -con exaltado estilo, _figura arrancada á un cuadro de Fra Angélico_. Á -Milagros la ensalzaba en términos tan hiperbólicos que causaban risa, y -aun recuerdan los naturales algunas frases describiendo á la joven en -el momento de presentarse en el salón, de acercarse al piano para -cantar, y en el acto mismo del cantorrio: «_Es la pudorosa Ofelia -llorando sus amores marchitos y cantando con gorjeo celestial la endecha -de la muerte_». Y ¡cosa extraña! el mismo que escribía estas cosas en la -segunda plana del periódico, tenía la misión, y por eso cobraba, de -hacer la revista comercial en la primera. Suya era también esta endecha: -«_Harinas. Toda la semana acusa marcada calma en este polvo. Sólo han -salido para el canal mil doscientos sacos que se hicieron á 22 y tres -cuartillos. No hay compradores, y ayer se ofrecían dos mil sacos á 22 y -medio, sin que nadie se animara_». Al día siguiente, vuelta otra vez con -_la pudorosa Ofelia_, ó _el ángel que nos traía á la tierra las -celestiales melodías_. Ya se comprende que esto no podía acabar en bien. -En efecto; mi hombre, inflamándose y desvariando cada día más con su -amor no correspondido, llegó á ponerse tan malo, pero tan malo, que un -día se tiró de cabeza en la presa de una fábrica de harina, y por pronto -que acudieron en su auxilio, cuando le sacaron era cadáver. Poco después -de este desagradable suceso, que impresionó mucho á Milagros, ésta -volvió á Madrid; verificóse entonces el _début_ en el Real, luego las -funciones en el Liceo Jover, y todo lo demás que brevemente referido -queda. Echemos sobre aquellos tristes sucesos un montón de años -tristes, de rápido envejecimiento y decadencia, y nos encontramos á _la -pudorosa Ofelia_ en la cocina de Villaamil, con la lumbre encendida y -sin saber qué poner en ella. - -De un cuartucho obscuro que en el pasillo interior había, salió Abelarda -restregándose los ojos, desgreñada, arrastrando la cola sucia de una -bata mayor que ella, la cual fué usada por su madre en tiempos más -felices, y se dirigió también á la cocina, á punto que salía de ella -Villaamil para ir á despertar y vestir al nieto. Abelarda preguntó á su -tía si venía el panadero, á lo que Milagros no supo qué responder, por -no poder ella formar juicio acerca de problema tan grave sin oir antes á -su hermana. «Haz que tu madre se levante pronto--le dijo consternada,--á -ver qué determina». - -Poco después de esto, oyóse fuerte carraspeo allá en la alcoba de la -sala, donde Pura dormía. Por la puertecilla que dicha alcoba tenía al -recibimiento, frente al despacho, apareció la señora de la casa, -radiante de displicencia, embutido el cuerpo en una americana vieja de -Villaamil, el pelo en sortijillas, el hocico amoratado del agua fría con -que acababa de lavarse, una toquilla rota cruzada sobre el pecho, en los -pies voluminosas zapatillas. «Qué, ¿no os podéis desenvolver sin mí? -Estáis las dos atontadas. Pues no es para tanto. ¿Habéis hecho el -chocolate del niño?» Milagros salió de la cocina con la jícara, -mientras Abelarda sentaba al pequeñuelo y le colgaba del pescuezo la -servilleta. Villaamil fué á su despacho, y a poco salió con el tintero -en la mano, diciendo: «No hay tinta, y hoy tengo que escribir más de -cuarenta cartas. Mira, Luisín, en cuanto acabes, te vas abajo y le dices -al amigo Mendizábal que me haga el favor de un poquito de tinta». - ---Yo iré--dijo Abelarda cogiendo el tintero y bajando en la misma facha -en que estaba. - -Las dos hermanas, en tanto, cuchicheaban en la cocina. ¿Sobre qué? Es -presumible que fuera sobre la imposibilidad de dar de comer á la familia -con un huevo, pan duro y algunos restos de carne que no bastaban para el -gato. Pura fruncía las cejas y hacía con los labios un mohín muy -extraño, juntándolo con la nariz, que parecía alargarse. _La pudorosa -Ofelia_ repetía este signo de perplejidad, resultando las dos tan -semejantes, que parecían una misma. De sus meditaciones las distrajo -Villaamil, el cual apareció en la cocina diciendo que tenía que ir al -Ministerio y necesitaba una camisa limpia. «¡Todo sea por Dios!--exclamó -Pura con desaliento.--La única camisa lavada está en tan mal estado, que -necesita un recorrido general». Pero Abelarda se comprometió á tenerla -lista para el mediodía, y además planchada, siempre que hubiera lumbre. -También hizo don Ramón á su hija sentidas observaciones sobre ciertos -flecos y desgarraduras que ostentaba la solapa de su gabán, rogándola -que pasara por allí sus hábiles agujas. La joven le tranquilizó, y el -buen hombre metióse en su despacho. El conciliábulo que las _Miaus_ -tenían en la cocina terminó con un repentino sobresalto de Pura, que -corrió á su alcoba para vestirse y largarse á la calle. Había estallado -una idea inmensa en aquel cerebro cargado de pólvora, como si en él -penetrase una chispa del fulminante que de los ojos brotara. «Enciende -bien la lumbre y pon agua en los pucheros», dijo á su hermana al salir, -y se escabulló fuera con diligencia y velocidad de ardilla. Al ver esta -determinación, Abelarda y Milagros, que conocían bien á la directora de -la familia, se tranquilizaron respecto al problema de subsistencias de -aquel día, y se pusieron á cantar, la una en la cocina, la otra desde su -cuarto, el dúo de Norma: _in mia mano al fin tu sei_. - - - - -VII - - -Á eso de las once entró doña Pura bastante sofocada, seguida de un -muchacho recadista de la plazuela de los Mostenses, el cual venía -echando los bofes con el peso de una cesta llena de víveres. Milagros, -que á la puerta salió, hízose multitud de cruces de hombro á hombro y de -la frente á la cintura. Había visto á su hermana salir avante en -ocasiones muy difíciles, con su enérgica iniciativa; pero el golpe -maestro de aquella mañana le parecía superior á cuanto de mujer tan -dispuesta se podía esperar. Examinando rápidamente el cesto, vió -diferentes especies de comestibles, vegetales y animales, todo muy -bueno, y más adecuado á la mesa de un Director general que á la de un -mísero pretendiente. Pero doña Pura las hacía así. Las bromas, ó pesadas -ó no darlas. Para mayor asombro, Milagros vió en manos de su hermana el -portamonedas, casi reventando de puro lleno. - ---Hija--le dijo la señora de la casa, secreteándose con ella en el -recibimiento, después que despidió al mandadero,--no he tenido más -remedio que dirigirme á Carolina Lantigua, la de Pez. He pasado una -vergüenza horrible. Hube de cerrar los ojos y lanzarme, como quien se -tira al agua. ¡Ay, qué trago! Le pinté nuestra situación de una manera -tal, que la hice llorar. Es muy buena. Me dió diez duros, que prometí -devolverle pronto; y lo haré, sí, lo haré; porque de esta hecha le -colocan. Es imposible que dejen de meterle en la combinación. Yo tengo -ahora una confianza absoluta... En fin, lleva esto para dentro. Voy allá -en seguida. ¿Está el agua cociendo? - -Entró en el despacho para decir á su marido que por aquel día estaba -salvada la tremenda crisis, sin añadir cómo ni cómo no. Algo debieron -hablar también de las probabilidades de colocación, pues se oyó desde -fuera la voz iracunda de Villaamil gritando: «No me vengas á mí con -optimismos de engañifa. Te digo y te redigo que no entraré en la -combinación. No tengo ninguna esperanza, pero ninguna, me lo puedes -creer. Tú, con esas ilusiones tontas y esa manía de verlo todo color de -rosa, me haces un daño horrible, porque viene luego el trancazo de la -realidad, y todo se vuelve negro». Tan empapado estaba el santo varón en -sus cavilaciones pesimistas, que cuando le llamaron al comedor y le -pusieron delante un lucido almuerzo, no se le ocurrió inquirir, ni -siquiera considerar, de dónde habían salido abundancias tan desconformes -con su situación económica. Después de almorzar rápidamente, se vistió -para salir. Abelarda le había zurcido las solapas del gabán con -increíble perfección, imitando la urdimbre del tejido desgarrado; y -dándole en el cuello una soba de bencina, la pieza quedó como si la -hubieran rejuvenecido cinco años. Antes de salir, encargó á Luis la -distribución de las cartas que escrito había, indicándole un plan -topográfico para hacer el reparto con método y en el menor tiempo -posible. No le podían dar al chico faena más de su gusto, porque con -ella se le relevaba de asistir á la escuela, y se estaría toda la -santísima tarde como un caballero, paseando con su amigo _Canelo_. Era -éste muy listo para conocer dónde había buen trato. Al cuarto segundo -subía pocas veces, sin duda por no serle simpática la pobreza que allí -reinaba comúnmente; pero con finísimo instinto se enteraba de los -extraordinarios de la casa, tanto más espléndidos cuanto mayor era la -escasez de los días normales. Estuviera el can de centinela en la -portería ó en el interior de la casa, ó bien durmiendo bajo la mesa del -memorialista, no se le escapaba el hecho de que entraran provisiones -para los de Villaamil. Cómo lo averiguaba, nadie puede saberlo; pero es -lo cierto que el más astuto vigilante de Consumos no tendría nada que -enseñarle. Por supuesto, la aplicación práctica de sus estudios era -subir á la casa abundante y estarse allí todo un día y á veces dos; pero -en cuanto le daba en la nariz olor de quema, decía... «hasta otra», y ya -no le veían más el pelo. Aquel día subió poco después de ver entrar á -doña Pura con el mandadero; y como las tres _Miaus_ eran siempre muy -buenas con él y le daban golosinas, á Cadalsito le costó trabajo -llevárselo á su excursión por las calles. _Canelo_ salió de mala gana, -por cumplir un deber social y porque no dijeran. - -Las tres _Miaus_ estuvieron aquella tarde muy animadas. Tenían el don -felicísimo de vivir siempre en la hora presente y de no pensar en el día -de mañana. Es una hechura espiritual como otra cualquiera, y una -filosofía práctica que, por más que digan, no ha caído en descrédito, -aunque se ha despotricado mucho contra ella. Pura y Milagros estaban en -la cocina, preparando la comida, que debía ser buena, copiosa y -dispuesta con todos los sacramentos, como desquite de los estómagos -desconsolados. Sin cesar en el trabajo, la una espumando pucheros ó -disponiendo un frito, la otra machacando en el almirez al ritmo de un -_andante con esprezione_ ó de un _allegro con brío_, charlaban sobre la -probable ó más bien segura colocación del jefe de la familia. Pura habló -de pagar todas las deudas, y de traer á casa los diversos objetos útiles -que andaban por esos mundos de Dios en los cautiverios de la usura. - -Abelarda estaba en el comedor con su caja de costura delante, arreglando -sobre el maniquí un vestidillo color de pasa. No llamaba la atención por -bonita ni por fea, y en un certamen de caras insignificantes se habría -llevado el premio de honor. El cutis era malo, los ojos obscuros, el -conjunto bastante parecido á su madre y tía, formando con ellas cierta -armonía, de la cual se derivaba el mote que les pusieron. Quiero decir -que si, considerada aisladamente, la similitud del cariz de la joven con -el morro de un gato no era muy marcada, al juntarse con las otras dos -parecía tomar de ellas ciertos rasgos fisiognómicos, que venían á ser -como un sello de raza ó familia, y entonces resultaban en el grupo las -tres bocas chiquitas y relamidas, la unión entre el pico de la nariz y -la boca por una raya indefinible, los ojos redondos y vivos, y la -efusión característica del cabello, que era como si las tres hubieran -estado rodando por el suelo en persecución de una bola de papel ó de un -ovillo. - -Aquella tarde todo fué dichas, porque entraron visitas, lo que á Pura -agradaba mucho. Dejó rápidamente los menesteres culinarios para echarse -una bata y componerse el pelo, y entró satisfecha en la sala. Eran los -visitantes Federico Ruiz y su esposa Pepita Ballester. El insigne -_pensador_ estaba también sin empleo, pasando una crujía espantosa, de -la cual había más señales en su ropa que en la de su mujer; pero llevaba -con tranquilidad su cesantía, mejor dicho, tan optimista era su -temperamento, que la llevaba hasta con cierto gozo. Siempre era el mismo -hombre, el métome-en-todo infatigable, fraguando planes de bullanguería -literaria y científica, premeditando veladas ó centenarios de -celebridades, discurriendo algún género de ocupación que á ningún nacido -se le hubiera pasado por el magín. Aquel bendito hacía pensar que hay -una _Milicia Nacional_ en las letras. - -Escribía artículos sobre lo que debe hacerse para que prospere la -Agricultura, sobre las ventajas de la cremación de los cadáveres, ó -bien reseñando puntualmente lo que pasó en la Edad de Piedra, que es, -como si dijéramos, hablar de ayer por la mañana. Su situación económica -era bastante precaria, pues vivía de la pluma. De higos á brevas lograba -que en Fomento le tomasen cierto número de ejemplares de ediciones -viejas y de libros tan maulas como el _Comunismo ante la razón_, ó el -_Servicio de incendios en todas las naciones de Europa_, ó la _Reseña -pintoresca de los Castillos_. Pero tenía en su alma caudal tan pingüe de -consuelo, que no necesitaba la resignación cristiana para conformarse -con su desdicha. El estar satisfecho venía á ser en él una cuestión de -amor propio, y por no dar su brazo á torcer se encariñaba, á fuerza de -imaginación, con la idea de la pobreza, llegando hasta el absurdo de -pensar que la mayor delicia del mundo es no tener un real ni de dónde -sacarlo. Buscarse la vida, salir por la mañana discurriendo á qué editor -de revista enferma ó periódico moribundo llevar el artículo hecho la -noche anterior, constituía una serie de emociones que no pueden saborear -los ricos. Trabajaba como un negro, eso sí, y el Tostado era un niño de -teta al lado de él, en el correr de la pluma. Verdaderamente, ganarse -así el cocido tenía mucho de placer, casi de voluptuosidad. Y el cocido -no le había faltado nunca. Su mujer era una alhaja y le ayudaba á -sortear aquella situación. Pero la eficaz Providencia suya era su -carácter, aquella predisposición optimista, aquel procedimiento ideal -para convertir los males en bienes y la escasez adusta en risueña -abundancia. Habiendo conformidad no hay penas. La pobreza es el -principio de la sabiduría, y no ha de buscarse la felicidad en las -clases privilegiadas. El _pensador_ recordaba la comedia de Eguílaz, en -la cual el protagonista, para ponderar lo divertido que es ser pobre, -dice con mucho calor: - - Yo tenía cinco duros - el día que me casé. - -Y recordaba también que la cazuela se venía abajo con el estruendo de -los aplausos y las patadas de entusiasmo, prueba de lo popular que es en -esta raza la escasez de dinero. También Ruiz había hecho en sus tiempos -una comedia en que se probaba que para ser honrado y justo es -indispensable andar con los codos de fuera, y que todos los ricos acaban -siempre malamente. Por supuesto, á pesar de esta idealidad con que sabía -dorar el cobre de su crisis económica, pasando la calderilla por oro, -Ruiz no cedía en sus pretensiones de ser nuevamente colocado. No dejaba -vivir al Ministro de Fomento, y las Direcciones de Instrucción pública y -de Agricultura se echaban á temblar en cuanto él traspasaba la mampara. -Á falta de empleo, pretendía una comisioncita para estudiar cualquier -cosa; lo mismo le daba la Legislación de propiedad literaria en todos -los países, que los Depósitos de sementales en España. - - - - -VIII - - -En la visita se habló primero de la ópera, á la que Ruiz iba con -frecuencia, lo mismo que las Miaus, con entradas de _alabarda_. Después -recayó la conversación en el tema de destinos. «A D. Ramón--dijo -Ruiz--no le harán esperar ya mucho». - ---Va en la combinación que se hará estos días--dijo Pura radiante.--Y no -ha ido ya, porque Ramón no quiso aceptar plaza fuera de Madrid. El -Ministro tenía gran empeño en mandarle á una provincia, donde hacen -falta hombres como mi esposo. Pero Ramón no está ya para viajes. Yo, si -he de decir verdad, deseo que le coloquen porque esté ocupado; nada más -que porque esté ocupado. No puede usted figurarse, Federico, lo mal que -le sienta á mi marido la ociosidad... vamos, que no vive. ¡Ya se ve, -acostumbrado á trabajar desde mozo!... Y que le conviene también -colocarse para los derechos pasivos. Figúrese usted, á Ramón no le -faltan más que dos meses para poderse jubilar con los cuatro quintos. Si -no fuera por esto, mejor se estaría en su casa. Yo lo digo: «No te -apures, hijo, que, gracias á Dios, para vivir modestamente no nos -falta»; pero él no se conforma, le gusta el calor de la oficina, y hasta -el cigarro no le sabe si no se lo fuma entre dos expedientes. - ---Lo creo... ¡Qué santo varón! ¿Y cómo está de salud? - ---Delicadillo del estómago. Todos los días tengo que inventar algo nuevo -para sostenerle el apetito. Mi hermana y yo nos dedicamos ahora á la -cocina, por entretenimiento, y por vernos libres de criadas, que son una -calamidad. Le hacemos cada día un platito distinto... caprichos y -frioleras suculentas. Á veces tengo que irme á la plazuela del Carmen en -busca de cosas que no se encuentran en los Mostenses. - ---Pues vea usted--dijo la señora de Ruiz,--ese es un trabajo que yo no -conozco, porque éste tiene un estómago que no se lo merece, y un apetito -tan famoso, que no se necesitan melindres para sostenérselo. - ---Gracias á Dios--indicó el _publicista_ con jovialidad.--De ahí viene -esta buena pasta mía y la confianza que tengo en mi suerte. Créame -usted, doña Pura, no hay nada que valga lo que un buen estómago. Aquí me -tiene usted tan conforme siempre: si me colocan, bien; si no, dos -cuartos de lo mismo. Hablando con verdad, no me gusta ser empleado, y -preferiría lo que me ofreció ayer el Ministro: una comisión para -estudiar los Montes de Piedad de Alemania. Es cuestión muy importante. - ---Ya lo creo que es importante. ¡Figúrese usted!--exclamó la señora de -Villaamil arqueando las cejas. - -En esto entró otra visita. Era un amigo de Villaamil, que vivía en la -calle del Acuerdo, un tal Guillén, cojo por más señas, empleado en la -Dirección de Contribuciones. Dijo el tal, después de los saludos, que un -compañero suyo, que estaba en el Personal, le había asegurado aquella -misma tarde que Villaamil iba en la próxima combinación. Doña Pura lo -dió por cierto, y Ruiz y su señora apoyaron esta apreciación lisonjera. -Se fueron enzarzando de tal modo en la conversación los plácemes, que -doña Pura, al fin, se arrancó á ofrecer á sus buenos amigos una copita y -pastas. Entre las provisiones de aquel fausto día, se contaba una -botella de moscatel de á tres pesetas, licor con que Pura solía -obsequiar á su marido á los postres. Ruiz y Guillén chocaron las copas, -expresando con igual calor su afecto á la simpática familia. La -sobriedad del _pensador_ contrastaba con la incontinencia un tanto -grosera del empleado cojo, quien rogó á doña Pura no se llevase la -botella, y escanciando que te escanciarás, pronto se vió que quedaba el -líquido en menos de la mitad. - -Ya encendidas las luces, y cuando se habían ido las visitas, entró -Villaamil. Pura corrió á su encuentro, viendo con satisfacción que el -ferocísimo semblante tigresco tenía cierto matiz de complacencia. «¿Qué -hay? ¿Qué noticias traes?» - ---Nada, mujer--dijo Villaamil, que se encastillaba en el pesimismo y no -había quien le sacara de él.--Todavía nada; las palabritas sandungueras -de siempre. - ---¿Y el Ministro... le has visto? - ---Sí, y me recibió tan bien--se dejó decir Villaamil haciendo traición, -por descuido, á su afectada misantropía,--me recibió tan bien, que... no -sé... parece que Dios le ha tocado al corazón, que le ha dicho algo de -mí. Estuvo amabilísimo... encantado de verme por allí... sintiendo mucho -no tenerme á su lado... decidido á llevarme... - ---Vamos; no dirás ahora que no tienes esperanza. - ---Ninguna, mujer, absolutamente ninguna (recobrando su papel). Veras -cómo todo se queda en jarabe de pico. Si sabré yo... ¡Tenlo por cierto! -¡No me colocan hasta el día del juicio por la tarde! - ---¡Ay, qué hombre! Eso también es ponerle á Dios cara de palo. Se podría -enojar y con muchísima razón. - ---Déjate de tonterías, y si tú esperas, buen chasco te llevarás. Yo no -quiero llevármelo; por eso no espero nada, ¿sabes? Y cuando venga el -golpe me quedaré tan tranquilo. - -Luisito llegó cuando sus abuelos discutían acaloradamente si debían -abrigar ó no esperanza, y dió cuenta de la puntual entrega de todas las -cartas. Tenía hambre, frío, y le dolía un poco la cabeza. Al regreso de -la excursión se había sentado en el pórtico de las Alarconas; pero no le -_dió aquéllo_, ni la visión tuvo á bien presentarse en ninguna forma. -_Canelo_ no se apartaba de doña Pura, siguiéndola del despacho á la -cocina, y de ésta al comedor, y cuando llamaron á comer al dueño de la -casa, como éste tardara un poco en salir, fué el entendido perro á -buscarle y con meneos de cola le decía: «Si usted no tiene gana, dígalo; -pero no nos tenga tanto tiempo espera que te espera». - -Comieron con regular apetito y bastante buen humor, y de sobremesa -Villaamil se fumó, saboreándolo mucho, un habano que el señor de Pez le -había dado aquella tarde. Era muy grande, y al tomarlo, el cesante dijo -á su amigo que lo guardaría para después. Aquel cigarro le recordaba sus -tiempos prósperos. ¿Sería tal vez anuncio de que los tales tiempos -volverían? Dijérase que el buen Villaamil leía en las espirales de humo -azul su buena ventura, porque se quedaba alelado mirándolas subir en -graciosas curvas hacia el techo del comedor, nublando vagamente la -lámpara. - -Por la noche tuvieron gente (Ruiz, Guillén, Ponce, los de Cuevas, -Pantoja y su familia, de quien se hablará después), y se formalizó el -proyecto iniciado el mes anterior, de representar una piececita, pues -algunos amigos de la casa tenían aptitudes no comunes para el teatro, -sobre todo en el género cómico. Federico Ruiz se encargó de escoger la -pieza, de distribuir los papeles y dirigir los ensayos. Se convino en -que Abelarda haría uno de los principales personajes, y Ponce otro; pero -éste, reconociendo con laudable modestia que no tenía maldita gracia y -que haría llorar al público en los papeles más jocosos, reservó para sí -la parte de _padre_, si en la comedia le hubiera. - -Cansado de tales majaderías, D. Ramón huyó de la sala buscando en el -interior obscuro de la casa las tinieblas que convenían á su pesimismo. -Maquinalmente entró en el cuarto de Milagros, donde ésta desnudaba á -Luis para acostarle. El pobre niño había hecho tentativas para estudiar, -que fueron completamente inútiles. Le dolía la cabeza, y sentía como el -presagio y el temor de la visión, pues ésta, al par que le daba mucho -gusto, causábale cierta ansiedad. Se fué á acostar con la idea de que le -entraría la desazón y de que iba á ver cosas muy extrañas. Cuando su -abuelo entró, ya estaba metido en la cama, y su tía le hacía rezar las -oraciones de costumbre: _Con Dios me acuesto, con Dios me levanto_, -etc... que él recitaba de carretilla. Con brusca interrupción se volvió -hacia Villaamil para decirle: «Abuelito, ¿verdad que el Ministro te -recibió muy bien?» - ---Sí, hijo mío--replicó el anciano, estupefacto de esta salida y del -tono con que fué dicha.--¿Y tú por dónde lo sabes? - ---¿Yo?... yo lo sé. - -Miraba Cadalsito á su abuelo con una expresión tan extraña, que el pobre -señor no sabía qué pensar. Parecióle expresión de Niño-Dios, la cual no -es otra cosa que la seriedad del hombre armonizada con la gracia de la -niñez. - ---Yo lo sé... lo sé--repitió Luis sin sonreir, clavando en su abuelo una -mirada que le dejó inmóvil.--Y el Ministro te quiere mucho... porque le -escribieron... - ---¿Quién le escribió?--dijo con ansiedad el cesante, dando un paso hacia -el lecho, los ojos llenos de claridad. - ---Le escribieron de ti--afirmó Cadalsito sintiendo que el miedo le -invadía y no le dejaba continuar. En el mismo instante pensó Villaamil -que todo aquello era una tontería, y dando media vuelta se llevó la mano -á la cabeza, y dijo: «¡Pero qué cosas tiene este chiquillo!...» - - - - -IX - - -¡Cosa rara! nada le pasó á Cadalsito aquella noche, ni sintió ni vió -cosa alguna, pues á poco acostarse hubo de caer en sueño profundísimo. -Al día siguiente costó trabajo levantarle. Sentíase quebrantado, y como -si hubiese andado largo trecho por sitio desconocido y lejano, que no -podía recordar. Fue á la escuela, y no se supo la lección. Encontrábase -tan torpe aquel día, que el maestro le hizo burla y ajó su dignidad ante -los demás chicos. Pocas veces se había visto en la escuela carrera en -pelo como la que aguantó Cadalsito al ser confinado al último puesto de -la clase en señal de ignorancia y desaplicación. Á las once, cuando se -pusieron á escribir, Cadalso tenía junto á sí al famoso _Posturitas_, -chiquillo travieso y graciosísimo, flexible como una lombriz, y tan -inquieto, que donde él estuviese no podía haber paz. Llamábase Paquito -Ramos y Guillén, y sus padres eran los dueños de la casa de préstamos de -la calle del Acuerdo. Aquel Guillén, cojo y empleado, que hemos visto en -casa de Villaamil celebrando con copiosas libaciones de moscatel la -próxima colocación de su amigo, era tío materno de _Posturitas_, el cual -debía este apodo á la viveza ratonil de sus movimientos, á la gracia con -que remedaba las actitudes y gestos de los _clowns_ y dislocados del -Circo. Todo se le volvía hacer garatusas, sacar la lengua, volver del -revés los párpados; y como pudiera, metía el dedo en el tintero para -pintarse rayas negras en la cara. - -Aquella mañana, cuando el maestro no le veía, _Posturitas_ abría la -carpeta, y él y su amigo Cadalso hundían la pelona en ella para ver las -cosas diversas que encerraba. Lo más notable era una colección de -sortijas, en las cuales brillaban el oro y los rubíes. No se vaya á -creer que eran de metal, sino de papel, anillos de esos con que los -fabricantes adornan los puros medianos para hacerlos pasar por buenos. -Aquel tesoro había venido á manos de Paquito Ramos mediante un -cambalache. Perteneció la colección á otro chico llamado Polidura, cuyo -padre, mozo de café ó restaurant, solía recoger los aros de cigarro que -los fumadores dejaban caer al suelo, y obsequiar con ellos á su hijo á -falta de mejores juguetes. Había llegado á reunir Polidura más de -cincuenta sortijas de diversos calibres. En unas decía _Flor fina_, en -otras _Selectos de Julián Álvarez_. Cansado al fin de la colección, se -la cambió á _Posturas_ por un trompo en buen uso, mediante contrato -solemne ante testigos. Cadalso regaló al nuevo propietario el anillo de -la tagarnina dada por el señor de Pez á Villaamil, y que éste se fumó -majestuosamente después de la comida. - -La travesura de _Posturitas_, fielmente reproducida por el bueno de -Cadalso, consistía en llenarse ambos los dedos de aquellas sorprendentes -joyas, y cuando el maestro no les veía, alzar la mano y mostrarla á los -otros granujas con dos ó tres anillos en cada dedo. Si el maestro venía, -se los quitaban á toda prisa, y a escribir como si tal cosa. Pero en una -vuelta brusca, sorprendió el dómine á Cadalsito con la mano en alto, -distrayendo á toda la clase. Verle, y ponerse hecho un león, fué todo -uno. Pronto se descubrió que el principal delincuente era el maligno -_Posturitas_, que tenía en su carpeta un depósito de aros de papel; y en -un santiamén el maestro, después que arrancó de los dedos las pedrerías -de que estaban cuajados, agarró todo el depósito y lo deshizo, -terminando con una mano de coscorrones aplicados á una y otra cabeza. -Ramos rompió á llorar, diciendo: «Yo no he sido... _Miau_ tiene la -culpa». Y _Miau_, no menos lastimado de esta calumnia que del mote, -clamó con severa dignidad: «Él es el que los tenía. Yo no traje más que -uno...» «Mentira...» «El mentiroso es él». - ---_Miau_ es un hipócrita--dijo el maestro, y Cadalso no supo contener su -aflicción oyendo en boca de D. Celedonio el injurioso apodo. Soltó el -llanto sin consuelo, y toda la clase coreaba sus gemidos, repitiendo -_Miau_, hasta que el maestro ¡pim, pam! repartió una zurribanda -general, recorriendo espaldas y mofletes, como el fiero cómitre entre -las filas de galeotes, vapulando á todos sin misericordia. - ---Se lo voy á decir á mi abuelo--exclamó Cadalso con un arranque de -dignidad,--y no vengo más á esta escuela. - ---Silencio... silencio todos--gritó el verdugo, amenazándoles con una -regla, que tenía los ángulos como filos de cuchillo.--Sin vergüenzas, á -escribir; y al que me chiste le abro la cabeza. - -Al salir, Cadalso seguía indignado contra su amigo _Posturitas_. Éste, -que era procaz, de una frescura y audacia sin límites, dió un empujón á -Luis, diciéndole: «Tú tienes la culpa, tonto... panoli... cara de gato. -Si te cojo por mi cuenta...» - -Cadalso se revolvió iracundo, acometido de nerviosa rabia, que le puso -pálido y con los ojos relumbrones. «¿Sabes lo que te digo? Que no tiés -que ponerme motes, ¡contro!, mal criado... ordinario... cualisquiera». - ---_¡Miau!_--mayó el otro con desprecio, sacando media cuarta de lengua y -crispando los dedos.--Ole... _Miau..._ morrongo... fu, fu, fu... - -Por primera vez en su vida percibió Luis que las circunstancias le -hacían valiente. Ciego de ira se lanzó sobre su contrario, y lo mismo se -lanzaría si éste fuese un hombre. Chillido de salvaje alegría infantil -resonó en toda la banda, y viendo el desusado embestir de Cadalso, -muchos le gritaron: «Éntrale, éntrale...» _Miau_ peleándose con -_Posturas_ era espectáculo nuevo, de trágicas y nunca sentidas -emociones, algo como ver la liebre revolviéndose contra el hurón, ó la -perdiz emprendiéndola á picotazos con el perro. Y fué muy hermosa la -actitud insolente de _Posturitas_, al recibir el primer achuchón, -espatarrándose para aplomarse mejor, soltando libros y pizarra para -tener los brazos libres... Al mismo tiempo rezongaba con orgullo insano: -«Verás, verás... ¡recontro!... me caso con la biblia...» - -Trabóse una de esas luchas homéricas, primitivas y cuerpo á cuerpo, más -interesantes por la ausencia de toda arma, y que consisten en encepar -brazos con brazos y empujar, empujar, sacudiendo topetadas con la -cabeza, á lo carneril, esforzándose cada cual en derribar á su -contrario. Si pujante estaba _Posturas_, no lo parecía menos Cadalso. -Murillito, Polidura y los demás, miraban y aplaudían, danzando en torno -con feroz entusiasmo de pueblo pagano, sediento de sangre. Pero acertó á -salir de la casa en aquel punto y ocasión la hija del maestro, señorita -algo hombruna, y les separó de un par de manotadas, diciendo: «Sin -vergüenzas, á casa, ó llamo á la pareja para que os lleve á la -prevención». Ambos tenían la cara como lumbre, respiraban como fuelles, -y echaban por aquellas bocas injurias tabernarias, sobre todo Paco -Ramos, que era consumado hablista en el idioma de los carreteros. - ---Vamos, _hombres_--decía Murillito, el hijo del sacristán de Monserrat, -en la actitud más conciliadora;--no es para tanto... vaya... Quítate -tú... Miá que te... verás. Sacabaron las quistiones. - -Mostrábase el mediador decidido á arrearle un buen lapo á cualquiera de -los dos que intentase reanudar la contienda. Un policía que por allí -andaba les dispersó, y se alejaron chillando y saltando, algunos -haciéndose lenguas del arranque de Cadalsito. Éste tomó silencioso el -camino de su casa. Su ira se calmaba lentamente, aunque por nada del -mundo le perdonaba á _Posturas_ el apodo, y sentía en su alma los -primeros rebullicios de la vanidad heroica, la conciencia de su -capacidad para la vida, ó sea de su aptitud para ofender al prójimo, ya -probada en la tienta de aquel día. - -Aquella tarde no había escuela, por ser jueves. Luisito se fué á su -casa, y durante el almuerzo, ninguna persona de la familia reparó en lo -sofocado que estaba. Bajó luego á pasar un ratito en compañía de sus -amigos los memorialistas, que sin duda le tenían guardada alguna -friolera. «Parece que arriba andamos muy divertidos--le dijo Paca.--Oye, -¿han colocado ya á tu abuelo? Porque debe de ser ya lo menos ministro ó -tan siquiera embajador. ¡Vaya con la cesta de compra que trajeron ayer! -Y botellas de moscatel como quien no dice nada. ¡Anda, anda, qué rumbo! -Estamos como queremos. Así no hay quien haga bajar á _Canelo_ de tu -casa...» - -Luis dijo que todavía no habían colocado á su abuelo; pero que era cosa -_de entre hoy y mañana_. El día estaba hermosísimo, y Paca propuso á su -amiguito ir á tomar el sol en la explanada del Conde-Duque, á dos pasos -de la calle de Quiñones. Púsose la enorme memorialista su mantón, -mientras Luisito subía á pedir permiso, y echaron á andar. Eran las -tres, y el vasto terraplén comprendido entre el paseo de Areneros y el -cuartel de Guardias estaba inundado de sol, y muy concurrido de vecinos -que iban allí á desentumecerse. Gran parte de este terreno se veía -entonces, y se ve hoy, ocupado por sillares, baldosas, adoquines, restos -ó preparativos de obras municipales, y entre la cantería, las vecinas -suelen poner colgaderos para secar ropa lavada. La parte libre de -obstáculos la emplea la tropa para los ejercicios de instrucción, y -aquella tarde vió Cadalsito á los reclutas de Caballería aprendiendo á -marchar, dirigidos por un oficial que, sable al puño y dando gritos, les -enseñaba á medir el paso. Entretúvose el pequeñuelo en contemplar las -evoluciones, y oía la cadencia con que los soldados pisaban -unísonamente, diciendo: _una, dos, tres, cuatro_. Era un mugido que se -confundía con la vibración del suelo al ser golpeado á compás, cual -inmenso tambor batido por un gigante. Entre la sociedad que allí se -congregaba á gozar del sol, discurrían vendedores de cacahuet y -avellanas, pregonándolos con un grito dejoso. Paca le compró á Cadalso -algunas de estas golosinas, y se sentó en una piedra á chismorrear con -varias comadres amigas suyas. El chiquillo corrió detrás de la tropa, -evolucionando con ella; fué y vino durante una hora en aquella militar -diversión, marcando también el _uno, dos, tres, cuatro_, hasta que, -sintiendo fatiga, se sentó en un rimero de baldosas. Entonces se le fué -un poco la cabeza; vió que la mole pesada del cuartel se corría de -derecha á izquierda, y que en la misma dirección iba el palacio de -Liria, sepultado entre el ramaje de su jardín, cuyos árboles parecen -estirarse para respirar mejor fuera de la tumba inmensa en que están -plantados. Empezóle á Cadalsito la consabida desazón; se le iba el -conocimiento de las cosas presentes, se mareaba, se desvanecía, le -entraba el misterioso sobresalto, que era en realidad pavor de lo -desconocido; y apoyando la frente en una enorme piedra que próxima -tenía, se durmió como un ángel. Desde el primer instante, la visión de -las Alarconas se le presentó clara, palpable, como un ser vivo, sentado -frente á él, sin que pudiese decir dónde. El fantástico cuadro no tenía -fondo ni lontananza. Lo constituía la excelsa figura sola. Era el mismo -personaje de luenga y blanca barba, vestido de indefinibles ropas, la -mano izquierda escondida entre los pliegues del manto, la derecha fuera, -mano de persona que se dispone á hablar. Pero lo más sorprendente fué -que antes de pronunciar la primer palabra, el Señor alargó hacia él la -diestra, y entonces se fijó en ella Cadalsito y vió que tenía los dedos -cuajados de aquellas mismas sortijas que formaban la rica colección de -_Posturas_. Sólo que en los dedos soberanos, que habían fabricado el -mundo en siete días, los anillos relumbraban cual si fueran de oro y -piedras preciosas. Cadalsito estaba absorto, y el Padre le dijo: «Mira, -Luis, lo que os quitó el maestro. Ve aquí los bonitos anillos. Los -recogí del suelo, y los compuse al instante sin ningún trabajo. El -maestro es un bruto, y ya le enseñaré yo á no daros coscorrones tan -fuertes. Y por lo que hace á _Posturitas_, te diré que es un pillo, -aunque sin mala intención. Está mal educado. Los niños decentes no ponen -motes. Tuviste razón en enfadarte, y te portaste bien. Veo que eres un -valiente y que sabes volver por tu honor». - -Luis quedó muy satisfecho de oirse llamar valiente por persona de tanta -autoridad. El respeto que sentía no le permitió dar las gracias; pero -algo iba á decir, cuando el Señor, moviendo con insinuación de castigo -la mano aquella cuajada de sortijas, le dijo severamente: «Pero, hijo -mío, si por ese lado estoy contento de ti, por otro me veo en el caso de -reprenderte. Hoy no te has sabido la lección. Ni por casualidad -acertaste una sola vez. Bien claro se vió que no habías abierto un libro -en todo el santo día... (Luisín, acongojadísimo, mueve los labios -queriendo disculparse.) Ya, ya sé lo que me vas á decir. Estuviste hasta -muy tarde repartiendo cartas; volviste á casa de noche. Pero luego -pudiste leer algo; no me vengas con enredos. Y esta mañana, ¿por qué no -echaste un vistazo á la lección de Geografía? ¡Cuidado con los desatinos -que has dicho hoy! ¿De dónde sacas tú que Francia está limitada al Norte -por el Danubio y que el Po pasa por Pau? ¡Vaya unas barbaridades! ¿Te -parece á ti que he hecho yo el mundo para que tú y otros mocosos como tú -me lo estéis deshaciendo á cada paso?» - -Enmudeció la augusta persona, quedándose con los ojos fijos en Cadalso, -al cual un color se le iba y otro se le venía, y estaba silencioso, -agobiado, sin poder mirar ni dejar de mirar á su interlocutor. - -«Es preciso que te hagas cargo de las cosas--añadió por fin el Padre, -accionando con la mano cuajada de sortijas.--¿Cómo quieres que yo -coloque á tu abuelo si tú no estudias? Ya ves cuán abatido está el pobre -señor, esperando como pan bendito su credencial. Se le puede ahogar con -un cabello. Pues tú tienes la culpa, porque si estudiaras...» - -Al oir esto, la congoja de Cadalsito fué tan grande, que creyó le -apretaban la garganta con una soga y le estaban dando garrote. Quiso -exhalar un suspiro y no pudo. - -«Tú no eres tonto y comprenderás esto--agregó Dios.--Ponte tú en mi -lugar; ponte tú en mi lugar, y verás que tengo razón». - -Luis meditó sobre aquéllo. Su razón hubo de admitir el argumento -creyéndolo de una lógica irrebatible. Era claro como el agua: mientras -él no estudiase, ¡contro! ¿cómo habían de colocar á su abuelo? Parecióle -esto la verdad misma, y las lágrimas se le saltaron. Intentó hablar, -quizás prometer solemnemente que estudiaría, que trabajaría como una -fiera, cuando se sintió cogido por el pescuezo. - ---Hijo mío--le dijo Paca sacudiéndole,--no te duermas aquí, que te vas á -enfriar. - -Luis la miró aturdido, y en su retina se confundieron un momento las -líneas de la visión con las del mundo real. Pronto se aclararon las -imágenes, aunque no las ideas; vió el cuartel del Conde-Duque, y oyó el -_uno, dos, tres, cuatro_, como si saliese de debajo de tierra. La -visión, no obstante, permanecía estampada en su alma de una manera -indeleble. No podía dudar de ella, recordando la mano ensortijada, la -voz inefable del Padre y Autor de todas las cosas. Paca le hizo -levantar y le llevó consigo. Después, quitándole del bolsillo los -cacahuets que antes le diera, díjole: «No comas mucho de esto, que se te -ensucia el estómago. Yo te los guardaré. Vámonos ya, que principia á -caer relente...» Pero él tenía ganas de seguir durmiendo; su cerebro -estaba embotado, como si acabase de pasar por un acceso de embriaguez; -le temblaban las piernas, y sentía frío intensísimo en la espalda. -Andando hacia su casa, le entraron dudas respecto á la autenticidad y -naturaleza divina de la aparición. «¿Será Dios ó no será -Dios?--pensaba.--Parece que es, porque lo sabe todito... Parece que no -es, porque no tiene ángeles». - -De vuelta del paseo, hizo compañía á sus buenos amigos. Mendizábal, -concluída su tarea, y después de recoger los papeles y de limpiar las -diligentes plumas, se dispuso á alumbrar la escalera. Paca limpió los -cristales del farol, encendiendo dentro de él la lamparilla de petróleo. -El _secretario del público_ lo cogió entonces, y con ademán tan solemne -como si alumbrara al Viático, fué á colgarlo en su sitio, entre el -primero y segundo piso. En esto subía Villaamil, y se detuvo, como de -costumbre, para echar un párrafo con el memorialista. - ---Sea enhorabuena, D. Ramón--le dijo éste. - ---Calle usted, hombre...--replicó Villaamil, afectando el humor que -suele acompañar á un terrible dolor de muelas.--Si todavía no hay nada, -ni lo habrá... - ---¡Ah! pues yo creí.. Es que son muy perros, D. Ramón. ¡Vaya unos -birrias de Ministros! Lo que yo le digo á usted: mientras no venga la -escoba grande... - ---¡Oh! amigo mío--exclamó Villaamil con cierto aire de templanza -gubernamental,--ya sabe usted que no me gustan exageraciones. Sus ideas -son distintas de las mías... ¿Qué es lo que usted quiere? ¿Más religión? -Pues venga religión, venga; pero no osbcurantismo... Desengañémonos. -Aquí lo que hace falta es administración, moralidad... - ---Ahí duele, ahí duele (con expresión de triunfo). Precisamente lo que -no habrá mientras no haya fe. Lo primero es la fe, ¿sí ó no? - ---Corriente; pero... No, amigo Mendizábal; no exageremos. - ---Y las sociedades que la pierden (en tono triunfal), corren derechitas, -como quien dice, al abismo... - ---Todo eso está muy bien; pero... Haya moralidad, moralidad; que el que -la hace la pague, y allá los curas se entiendan con las conciencias. No -me cambalache los poderes, amigo Mendizábal. - ---No, si yo no cambalacho nada... En fin, usted lo verá (bajando un -escalón mientras Villaamil subía otro). Ínterin domine el libre -pensamiento, espere usted sentado. Como que no hay justicia ni nadie se -acuerda del mérito. Buenas noches. - -Desapareció por la escalera abajo aquel hombre feísimo, de semblante -extraño, por tener los ojos tan poco separados que parecían juntarse y -ser uno solo cuando fijamente miraban. La nariz le salía de la frente, y -después bajaba chafada y recta, esparranclando sus dos ventanillas en el -nacimiento del labio superior, dilatado, tirante y tan extenso en todas -direcciones que ocupaba casi la mitad del rostro. La boca era larga, -terminada en dos arrugas que dividían la barba en tres compartimientos -flácidos, de pelambre ralo y gris; la frente estrecha, las manos enormes -y velludas, el cogote recio, el cuerpo corto, inclinado hacia adelante, -como resabio de una raza que hasta hace poco ha andado á cuatro pies. Al -descender la escalera, parecía que la bajaba con las manos, agarrándose -al barandal. Con esta filiación de _gorilla_, Mendizábal era un buen -hombre, sin más tacha que su furiosa inquina contra el libre -pensamiento. Había sido traficante en piedras de chispa durante la -primera guerra civil, espía faccioso y cocinero del padre Cirilo. -«¡Ah!--mil veces lo decía él,--¡si yo escribiera mi historia!» Último -detalle biográfico: le compuso una rueda á la célebre tartana de San -Carlos de la Rápita. - - - - -X - - -Poco después de anochecido, al subir á su casa, Cadalsito sintió pasos -detrás de sí; pero no volvió la cara. Mas cuando faltaban pocos -escalones para llegar al piso segando, manos desconocidas le cogieron la -cabeza y se la apretaron, no dejándole mirar hacia atrás. Tuvo miedo, -creyéndose en poder de algún ladrón barbudo y feo, que iba á robar la -casa y empezaba por asegurarle á él. Pero antes que tuviera tiempo de -chillar, el intruso le levantó en peso y le besó. Luis pudo verle -entonces la cara, y al reconocerle, su intranquilidad no disminuyó. -Había visto aquella cara por última vez algún tiempo antes, sin poder -apreciar cuándo, en una noche de escándalo y reyerta, en la cual todos -chillaban en su casa, Abelarda caía con una pataleta, y la abuelita -gritaba pidiendo el auxilio de los vecinos. La dramática escena -doméstica había dejado indeleble impresión en Luis, que ignoraba por qué -se habían puesto sus tías y abuela tan furiosas. - -En aquel tiempo estaba el abuelito en Cuba, y no vivía la familia en la -calle de Quiñones. Recordó también que las iras de las _Miaus_ recaían -sobre una persona que entonces desapareció de la casa, para no volver á -ella hasta la ocasión que ahora se refiere. Aquel hombre era su padre. -No se atrevió Luis á pronunciar el cariñoso nombre; de mal humor dijo: -«Suéltame». Y el sujeto aquél llamó. - -Cuando doña Pura, al abrir la puerta, vió al que llamaba, acompañado de -su hijo, quedóse un instante como quien no da crédito á sus ojos. La -sorpresa y el terror se pintaban en su semblante... después -contrariedad. Por fin murmuró: «¿Víctor... tú?» - -Entró saludando á su suegra con cierta emoción, de una manera cortés y -expresiva. Villaamil, que tenía el oído muy fino, se estremeció al -reconocer desde su despacho la voz aquélla. «¡Víctor aquí... Víctor otra -vez en casa! Este hombre nos trae alguna calamidad». Y cuando su yerno -entraba á saludarle, el rostro tigresco de D. Ramón se volvió espantoso, -y le temblaba la mandíbula carnicera, indicando como un prurito de -ejercitarla contra la primera res que se le pusiera delante. «¿Pero cómo -estás aquí? ¿Has venido con licencia?», fué lo único que dijo. - -Víctor Cadalso sentóse frente á su suegro. El quinqué les separaba, y su -luz, iluminando los dos rostros, hacía resaltar el vivo contraste entre -una y otra persona. Era Víctor acabado tipo de hermosura varonil, un -ejemplar de los que parecen destinados á conservar y transmitir la -elegancia de formas en la raza humana, desfigurada por los cruzamientos, -y que por los cruzamientos, reflujo incesante, viene de vez en cuando á -reproducir el gallardo modelo, como para mirarse y recrearse en el -espejo de sí misma, y convencerse de la permanencia de los arquetipos de -hermosura, á pesar de las infinitas derivaciones de la fealdad. El -claro-obscuro producido por la luz de la lámpara modelaba las facciones -del guapo mozo. Tenía nariz de contorno puro, ojos negros, de ancha -pupila, cuya expresión variaba desde el matiz más tierno hasta el más -grave, á voluntad. La frente pálida tenía el corte y el bruñido que en -escultura sirve para expresar nobleza.--Esta nobleza es el resultado del -equilibrio de piezas cranianas y de la perfecta armonía de líneas.--El -cuello robusto, el pelo algo desordenado y de azabache, la barba obscura -también y corta, completaban la hermosa lámina de aquel busto, más -italiano que español. La talla era mediana, el cuerpo tan bien -proporcionado y airoso como la cabeza; la edad debía de andar entre los -treinta y tres ó los treinta y cinco. No supo responder terminantemente -á la pregunta de su suegro, y después de titubear un instante, se aplomó -y dijo: - ---Con licencia no... es decir... he tenido un disgusto con el jefe. Salí -sin dar cuenta á nadie. Ya conoce usted mi carácter. No me gusta que -nadie juegue conmigo... Ya le contaré. Ahora vamos á otra cosa. Llegué -esta mañana en el tren de las ocho, y me metí en una casa de huéspedes -de la calle del Fúcar. Allí pensaba quedarme. Pero estoy tan mal, que si -ustedes (doña Pura se hallaba todavía presente) no se incomodan, me -vendré aquí por unos días, nada más que por unos días. - -Doña Pura se echó á temblar, y corrió á transmitir la fatal nueva á su -hermana y á su hija. «¡Se nos mete aquí! ¡Qué horror de hombre! Nos ha -caído que hacer». - ---Aquí estamos muy estrechos--objetó Villaamil con cara cada vez más -fiera y tenebrosa.--¿Por qué no te vas á casa de tu hermana Quintina? - ---Ya sabe usted--replicó--que mi cuñado Ildefonso y yo estamos así... un -poco de punta. Con ustedes me arreglo mejor. Yo les prometo ser pacífico -y razonable, y olvidar ciertas cosillas. - ---Pero, en resumidas cuentas, ¿sigues ó no en tu destino de Valencia? - ---Le diré á usted... (mascando las primeras palabras, pero discurriendo -al fin una respuesta que disimulase su perplejidad). Aquel Jefe -Económico es un trapisonda... Se empeñó en echarme de allí, y ha -intentado formarme expediente. No conseguirá nada; tengo yo más conchas -que él. - -Villaamil dió un suspiro, tratando de descifrar por la fisonomía de su -yerno el misterio de su intempestiva llegada. Pero sabía por -experiencia que la cara de Víctor era impenetrable y que, histrión -consumado, expresaba con ella lo que mas convenía a sus fines. - ---¿Y qué te parece tu hijo?--le preguntó al ver entrar á Pura con -Luisín.--Está crecido, y le vamos defendiendo la salud, Delicadillo -siempre, por lo cual no queremos apretarle para que estudie. - ---Tiempo tiene--dijo Cadalso, abrazando y besando al niño.--Cada día se -parece más á su madre, á mi pobre Luisa. ¿Verdad? - -Al anciano se le humedecieron los ojos. Aquella hija malograda en la -flor de la edad, fué todo su amor. El día de su temprana muerte, -Villaamil envejeció de un golpe diez años. Siempre que alguien la -nombraba en la casa, el pobre hombre sentía renovada su aflicción -inmensa, y si quien la nombraba era Víctor, al pesar se mezclaba la -repugnancia que inspira el asesino condoliéndose de su víctima después -de inmolada. Á doña Pura también se le abatieron los espíritus al ver y -oir al que fué esposo de su querida hija. Luis se entristeció, más bien -por rutina, pues había notado que cuando alguien pronunciaba en la casa -el nombre de su mamá, todos suspiraban y se ponían muy serios. - -Víctor, llevando á su hijo, pasó á saludar á Milagros y á Abelarda. -Aquélla le aborrecía de todo corazón, y respondió á su saludo con -desdeñosa frialdad. La cuñadita se metió en su cuarto al sentirle; -luego salió, y su color, siempre malo, era como el color de una muerta. -Le temblaba la voz; quiso afectar el mismo desdén de su tía hacia -Víctor; éste la apretaba la mano. «¿Ya estás aquí otra vez, perdido?», -balbuceó ella, y sin sabor qué hacer se volvió á meter en el aposento. - -Entretanto Villaamil, aprensivo y sobresaltado, se desperezaba en su -asiento como si quisiera crucificarse, y decía á su mujer: - ---Este hombre traerá hoy la desgracia á nuestra casa como la ha traído -siempre. Y si no, tú lo has de ver. Cuando le sentí la voz, creí que el -infierno se nos metía por las puertas. Maldita sea la hora (exaltándose -y dejando caer con ruidosa pesadumbre las palmas de las manos sobre la -mesa) en que este hombre entró en mi casa por vez primera; maldita la -hora en que nuestra querida hija se prendó de él, y maldito el día en -que les casamos... porque ya no tenía remedio. ¡Ojalá viviera mi hija -deshonrada, ojalá!... ¡Qué estúpido afán de casar á las hijas sin saber -con quién! ¡Ah! Pura, mucho cuidado con ese danzante; no te fíes. Tiene -el arte de adornar su perversidad con palabras que, al pronto, emboban y -seducen. Á mí no me la da, no; á mí me engañó una vez sola. Pero pronto -le calé, y ahora me pongo en guardia, porque es el hombre más malo que -Dios ha echado al mnundo. - ---¿Pero no ha dicho á qué viene? ¿Le han dejado cesante? De seguro ha -hecho alguna pillada y viene á que tú se la tapes. - ---¡Yo! (espantado y echando los ojos fuera del casco). ¡Como no se la -tape el moro Muza! Á buena parte viene... - -Llegada la hora de comer, Víctor, sentándose á la mesa con la mayor -frescura, hubo de permitirse ciertos alardes de conversación jocosa. -Todos le miraban con hostilidad, esquivando los temas joviales que -quería sacar á relucir. Á ratos se ponía ceñudo y receloso; pero á la -manera de un actor que recobra su papel momentáneamente olvidado, tomaba -la estudiada actitud bonachona y festiva. Luego reapareció la dificultad -grave. ¿Dónde le ponían? Y doña Pura, sofocada ante la imposibilidad de -alojar al intruso, se plantó diciéndole:--No, no puede ser, Víctor; ya -ves que no hay medio de tenerte en casa. - ---No se apure usted, mamá--replicó él, acentuando con cariño el -tratamiento.--Me quedaré aquí, en el sofá del comedor. Déme usted una -manta, y dormiré como un canónigo. - -Nada pudieron oponer á esta conformidad doña Pura y las otras _Miaus_. -Cuando empezaron á llegar las personas que iban á la tertulia, Víctor -dijo á su suegra:--Mire usted, mamá, yo no me presento. No tengo -malditas ganas de ver gente, al menos en algunos días. Me parece que he -oído la voz de Pantoja. No le diga usted que estoy aquí. - ---Pues no sé á qué vienen esos incógnitos--replicóle amoscada su -suegra.--¿Te vas á estar de plantón en el comedor? Pues sabrás que voy á -poner en esta mesa los vasos de agua, para que salgan á beber todos los -que tengan sed. Y te advierto que Pantoja es hombre que me bebe media -cuba todas las noches. - ---Pues me meteré en el cuarto de Luis, si no pone usted el abrevadero en -otra parte. - ---¿Pero dónde? - ---Nada, nada, mamá; por mi parte no altere usted sus costumbres. Váyase -usted á la sala, donde ya tiene toda la _crème_ reunida. No olvide -ponerme aquí la manta. Mañana temprano traeré mi equipaje. - -Cuando doña Pura transmitió á su marido el recelo de ser visto que en -Cadalso notara, el buen señor se intranquilizó más, y echó nuevas pestes -contra el intruso. Puesta sobre la mesa del comedor la bandeja con los -vasos de agua, único refrigerio que los Villaamil podían ofrecer á sus -amigos, Cadalso se quedó un rato solo con su hijo, el cual mostraba -aquella noche aplicación desusada. «¿Estudias mucho?», preguntó su padre -acariciándole. Y él contestó que sí con la cabeza, cohibido y -vergonzoso, como si el estudiar fuese delito. Su padre era para él como -un extraño, y al intentar hablarle, la timidez le ataba la lengua. El -sentimiento que al pobre niño inspiraba aquel hombre era mezcla -singularísima de respeto y temor. Lo respetaba por el concepto de padre, -que en su alma tierna tenía ya el natural valor; lo temía, porque en su -casa había oído mil veces hablar de él en términos harto desfavorables. -Era Cadalso el papá malo, como Villaamil era el papá bueno. - -Al sentir los pasos de algún tertulio sediento que venía al abrevadero, -Víctor se colaba en el cuarto de Milagros. Conoció por la voz á Ponce, -que amén de crítico era novio de Abelarda; reconoció también á Pantoja, -empleado en Contribuciones, amigo de Villaamil y aun del propio Cadalso, -quien le tenía por la máquina humana más inútil y roñosa que en oficinas -existiera. No puedo dejar de notar que una de las personas que más sed -tuvieron aquella noche fué Abelarda. Salió dos ó tres veces á beber, y -además quiso substituir á su tía Milagros en la obligación de acostar al -pequeño. Estando en ello, se metió Víctor en la alcoba, huyendo de otro -tertulio sofocado que iba á refrescarse. - ---Papá está muy inquieto con esta aparición tuya--le dijo Abelarda sin -mirarle.--Has entrado en casa como Mefistófeles, por escotillón, y todos -nos alteramos al verte. - ---¿Me como yo la gente?--respondió Víctor sentándose en la misma cama de -Luis.--Por lo demás, en mi venida no hay misterio; hay algo, sí, que no -comprenderán tu padre y tu madre; poro tú lo comprenderás cuando te lo -explique, porque tú eres buena para mí, Abelarda; tú no me aborreces -como los demás, sabes mis desgracias, conoces mis faltas y me tienes -compasión. - -Insinuó esto con mucha dulzura, contemplando á su hijo, ya medio -desnudo. Abelarda evitaba el mirarle. No así Luisito, que había clavado -los ojos en su padre, como queriendo descifrar el sentido de sus -palabras. - ---¡Lástima yo de ti!--repuso al fin la insignificante con voz -trémula.--¿De dónde sacas eso?... ¿Si pensarás que creo algo de lo que -dices? Á otras engañarás, pero á la hija de mi madre...! - -Y como Víctor empezase á replicarle con cierta vehemencia, Abelarda le -mandó callar con un gesto expresivo. Temía que alguien viniese ó que -Luis se enterase, y aquel gesto señaló una nueva etapa en el diálogo. - ---No quiero saber nada--dijo, determinándose al fin á mirarle cara á -cara. - ---¿Pues á quién he de confiarme yo si no me confío á ti... la única -persona que me comprende? - ---Vete á la iglesia, arrodíllate ante el confesonario... - ---La antorcha de la fe se me apagó hace tiempo. Estoy á -obscuras--declaró Víctor mirando al chiquillo, ya con las manos cruzadas -para empezar sus oraciones. - -Y cuando el niño hubo terminado, Abelarda se volvió hacia el padre, -diciéndole con emoción:--Eres muy malo, muy malo. Conviértete á Dios, -encomiéndate á él, y... - ---No creo en Dios--replicó Víctor con sequedad;--á á Dios se le ve -soñando, y yo hace tiempo que desperté. - -Luisito escondió su faz entre las almohadas, sintiendo un frío terrible, -malestar grande y todos los síntomas precursores de aquel estado en que -se le presentaba su misterioso amigo. - - - - -XI - - -Á las doce; cuando los tertulios desfilaron, Cadalso se acomodó en el -sofá del comedor, cubriéndose con la manta que Abelarda le diera. -Ignoraba él que su cuñada se acostaría vestida aquella noche por carecer -de abrigo. Retiráronse todos, menos Villaamil, que no quiso recogerse -sin tener una explicación con su yerno. La lámpara del comedor había -quedado encendida, y el abuelo, al entrar, vió á Víctor incorporado en -su duro lecho, con la manta liada de medio cuerpo abajo. Comprendió al -punto el yerno que su padre político quería palique, y se preparó, cosa -fácil para él, pues era hombre de imaginación pronta, de afluente -palabra, de salidas ágiles y oportunas, á fuer de meridional de pura -sangre, nacido en aquella costa granadina que tiene detrás la Alpujarra -y enfrente á Marruecos. «Este tío--pensó--me quiere embestir. Á buena -parte viene... Empiece la brega. Le trastearemos con gracia». - ---Ahora que estamos solos--dijo Villaamil con aquella gravedad que -imponía miedo,--decídete á ser franco conmigo. Tú has hecho algún -disparate, Víctor. Te lo conozco en la cara, aunque tu cara pocas veces -dice lo que piensas. Confiésame la verdad, y no trates de marearme con -tus pases de palabras ni con esas ideas raras de que sacas tanto -partido. - ---Yo no tengo ideas raras, querido D. Ramón; las ideas raras son las de -mi señor suegro. Debemos juzgar las ideas de las personas por el pelo -que éstas echan. ¿Le han colocado á usted ya? Se me figura que no. Y -usted sigue tan fresco, esperando su remedio de la justicia, que es lo -mismo que esperarlo de la luna. Mil veces le he dicho á usted que el -mismo Estado es quien nos enseña el derecho a la vida. Si el Estado no -muere nunca, el funcionario no debe perecer tampoco administrativamente. -Y ahora le voy á decir otra cosa: mientras no cambie usted de papeles, -no le colocarán; se pasará los meses y los años viviendo de ilusiones, -fiándose de palabras zalameras y de la sonrisa traidora de los que se -dan importancia con los tontos, haciendo que les protegen. - ---Pero tú, necio--dijo Villaamil enojadísimo,--¿has llegado á figurarte -que yo tengo esperanzas? ¿De dónde sacas, majadero, que yo me forje ni -la milésima parte de una condenada ilusión? ¡Colocarme á mí! No se me -pasa por la imaginación semejante cosa, no espero nada, nada, y digo -más: hasta me ofende el que me supone pendiente de formulillas y de -palabras cucas. - ---Como siempre le he conocido á usted así, tan confiado, tan -optimista... - ---¡Optimista yo! (muy contrariado). Vamos, Víctor, no te burles de estas -canas. Y sobre todo, no desvíes la cuestión. Ahora no se trata de mí, -sino de ti. Vuelvo á mi pregunta: ¿Qué has hecho? ¿Por qué estas aquí, y -por qué te escondes de la gente? - ---Es que las tertulias de esta casa me cargan. Ya sabe usted que soy muy -extremado en mis antipatías. Yo no me escondo; es que no quiero ver la -cara de Ponce con sus ojos pitañosos, ni que me hable Pantoja, el cual -tiene un aliento que da el _quién vive_. - ---No se trata del aliento de Pantoja, sino de que tú no has dejado tu -destino con la frente alta. - ---Tan alta que si mi jefe dice algo contra mí, tengo medios de mandarle -á presidio (acalorándose). Sepa usted que he prestado servicios tales, -que si el Estado fuera agradecido, ya sería yo jefe de Administración. -Pero el Estado es esencialmente ingrato, bien lo sabe usted, y no sabe -premiar. Si el funcionario inteligente no se recompensa á sí propio, -está perdido. Para que usted se entere: cuando fuí á Valencia á -encargarme de Propiedades é Impuestos, el Negociado estaba por los -suelos. Mi antecesor era un cómico sin voz, que recibió el empleo como -jubilación de la escena. El infeliz no sabía por dónde andaba. Llegué -yo, y _¡arsa!_ á trabajar. ¡Qué lío! Las cédulas personales no se -cobraban ni á tiros. En Consumos había descubiertos horribles. Llamé á -los alcaldes, les apremié, les metí el resuello en el cuerpo. Total, que -saqué una millonada para el Tesoro, millonada que se habría perdido sin -mí... Entonces reflexioné, y dije: «¿Cuál es la consecuencia natural del -inmenso servicio que he prestado á la Nación? Pues la consecuencia -natural, lógica, ineludible de defender al Estado contra el -contribuyente es la ingratitud del Estado. Abramos, pues, el paraguas -para resguardarnos de la ingratitud, que nos ha de traer la miseria». - ---No se puede decir más claro que tus manos no están muy limpias. - ---No hay tal, no, señor (incorporándose y accionando con mucha energía); -porque mediador entre el contribuyente y el Estado, debo impedir que -ambos se devoren, y no quedarían más que los rabos si yo no los pusiera -en paz. Yo formo parte de la entidad contribuyente, que es la Nación; -yo formo parte del Estado, como funcionario. Con esta doble naturaleza, -yo, mediador, tengo que asegurar mi vida para seguir impidiendo el -choque mortal entre el contribuyente y el Estado... - ---Ni te entiendo, ni te entenderá nadie (con gesto de ira y desprecio). -El mismo de siempre. Con esas chuscadas de tu ingenio quieres ocultar -tus trapisondas. ¿Pues sabes lo que te digo? que en mi casa no puedes -estar. - ---No se acalore mi querido suegro. Entre paréntesis, no he pretendido -que me tengan aquí por mi linda cara. Pagaré mi pupilaje... Será por -pocos días, porque en cuanto me asciendan... - ---¡Ascenderte! ¿qué dices? (como si le hubiera picado un escorpión). - ---¡Ay! ¿pues usted qué se creía? ¡Qué inocente! Siempre el mismo D. -Ramón, la virginal doncella. Que le traigan tila. Ya... ¿qué creía -usted? ¿que yo no soy de Dios y no debo ascender? ¿Sabe que llevo dos -años de oficial primero y me corresponde el ascenso á Jefe de Negociado -de tercera, por la ley de Cánovas? Y usted, que tan optimista es en lo -propio y tan pesimista en lo ajeno, creerá que me voy á pasar la vida -escribiendo cartas, espiando la sonrisa de un Director general ó -quitándole motas á Cucúrbitas! No, señor mío, yo no voy al trapo rojo, -sino al bulto. - ---Sí, sí, lo que es a descarado no te gana nadie; y digo más... por lo -mismo que no tienes vergüenza (lívido de ira y tragándose su propia -amargura), consigues todo lo que quieres... El mundo es tuyo... Vengan -ascensos, y ole morena. - ---En cambio usted (con cruel sarcasmo), siga meciéndose en esos dulces -éeextasis, siga creyendo que las mariposillas le traen la credencial, y -despiértese todos los días diciendo: «hoy, hoy será», y lea _La -Correspondencia_ por las noches con la esperanza de ver su nombre en -ella. - ---Te repito de una vez para siempre (deseando tener á mano una botella, -tintero ó palmatoria que tirarle á la cabeza), que yo no espero nada, ni -pienso que me colocarán jamás. En cambio estoy convencido de que tú, tú, -que acabas de defraudar al Tesoro, tendrás el premio de tu gracia, -porque así es el mundo, y así está la cochina Administración... ¡Dios -mío! ¡que viva yo para ver estas cosas! (levantándose y llevándose las -manos á la cabeza). - ---Lo que tiene usted que hacer (con cierta fatuidad) es aprender de mí. - ---¡Bonito modelo! No quiero oirte, no quiero verte ni en pintura... -Adiós (marchándose y volviendo desde la puerta). Y ten entendido que yo -no espero ni esto; que estoy conforme, que llevo con paciencia mi -desgracia, y que no se me ocurre que me puedan colocar ahora, ni -mañana, ni el siglo que viene... aunque buena falta nos hace. Pero... - ---¿Pero qué?... (echándose á reir malignamente). Vamos, ¿á que le coloco -yo á usted si me atufo? - ---¡Tú... tú! ¡deberte yo á ti...! - -Y fué tal su indignación, que no quiso hablar más, temeroso de hacer un -disparate, y pegando un portazo que estremeció la casa, huyó á su alcoba -y arrojóse en la inquieta superficie de su camastro, como un desesperado -al mar. - -Víctor se arrebujó en la manta, tratando de dormir; poro hallábase -excitadísimo, más que por el altercado con su suegro, por la memoria de -sucesos recientes, y no podía conciliar el sueño, no siendo tampoco -extraña á esto fenómeno la dureza del banco en que reposaba. La luz -menguó de tal manera después de media noche, que apenas alumbraba con -incierto resplandor la estancia; y en el cerebro insomne y febril de -Víctor, esta penumbra y el olor á comida fiambre que flotaba en la -atmósfera, se confundían en una sola impresión desagradable. Examinó -punto por punto el comedor, las paredes vestidas de papel, á trozos -desgarrado, á trozos sucio. En algunos sitios, particularmente junto á -las puertas, la crasitud marcaba el roce de las personas; en otros se -veían impresas las manos de Luisito y aun los trazos de su artístico -lápiz. El techo, ahumado en la proyección de la lámpara, tenía dos ó -tres grietas, dibujando una inmensa M y quizás otras letras menos -claras. En la pared, agujeros de clavos, de los cuales colgaron en otros -tiempos láminas. Víctor recordaba haber visto allí un reloj, que nunca -había dicho _esta campana es mía_, y señalaba siempre una hora -inverosímil; también hubo antaño bodegones al cromo con sandías y -melones despanzurrados. Láminas y reloj habían desaparecido, como carga -que se arroja al mar para que el barco no zozobre. El aparador -subsistía; pero ¡qué viejo y qué aburrido estaba, con sus vivos negros -despintados, un cristal roto, caído el copete! Dentro de él se veían -algunas copas boca abajo, vinagreras con frascos desiguales, un limón -muy arrugado, un molinillo de café, latas mugrientas y algunas piezas de -loza. La puerta que conducía al pasillo de la cocina estaba cubierta por -un pesado portier de abacá, mugriento por el borde en que lo sobaban las -manos, y con una claraboya en medio, que bien pudiera servir de torno. - -Cansado de mudar posturas, Víctor se incorporó en su lecho, que parecía -un potro, y su desasosiego paró en desvarío mental. Le entraron ganas de -explicarse consigo mismo, de deshacer con recriminaciones el nublado de -su alma, y en voz no muy alta, pero perceptible, se expresó de este -modo: «Esto es mío, estúpidos. Ratas de oficina, idos á roer -expedientes. Yo valgo más que vosotros; en un día sé despabilar yo todo -el trabajo del Negociado, correspondiente á un mes. - -Después se echó, asustado de su propio acento. Y al poco rato, los ojos -cerrados, el ceño fruncido, reprodujo en su cerebro, como ciertos -sonámbulos, el caso cuya reminiscencia no podía echar de sí. - -«Los consumos... ¡ah! los consumos. Son la más ingeniosa de las -invenciones. ¡Pícaros pueblos! Por no pagar, son ellos capaces de -venderse al diablo... ¡Y cómo les sabe á cuerno quemado la cuenta -corriente que se los lleva! Y que á mí no me joraban. Al que me cerdee, -le abraso vivo. ¡Ah! en la expedición de los apremios está el _quid_. Y -como nunca falta un roto para un descosido, nada más fácil que ponerse -de acuerdo con el interventor para formar la relación de apremios. -¡Feliz el pueblo que se escabulle de la relación, aunque tenga dos -semestres en descubierto!... Señor Alcalde, entendámonos. ¿Ustedes -quieren respirar? Pues yo también necesito oxígeno. Todos somos hijos de -Dios... Y tú, Hacienda, ¿por qué te amontonas? ¿No te salvé yo más de -seis millones que mi antecesor dió por perdidos? Pues entonces, ¿á qué -ese lloriqueo de mujer arratrada? Quien presta tan grandes servicios, -¿no merece premio? ¿No hemos de ponernos á cubierto de la ingratitud del -Estado, agradeciéndonos nosotros mismos nuestros leales servicios? La -recompensa es el principio de la moralidad, es la aplicación de la -justicia, del derecho, del _Jus_ á la Administración. Un Estado ingrato, -indiferente al mérito, es un Estado salvaje... Lo que yo digo: -dondequiera que hay el _haber_ de un servicio, hay el _debe_ de una -comisión. Partida por partida, esto es elemental. Yo doy al Estado con -una mano seis millones que andaban trasconejados, y alargo la otra para -que me suelte mi comisión... ¡Ah! perro Estado, ladrón, indecente; ¿qué -querías tú? ¿mamarte los millones y después dejarme asperges? ¡Ah! -infame, eso habrías hecho si yo me descuido. Pues te juro que por listo -que tú seas, más lo soy yo. Vamos de pillo á pillo. Y tú, contribuyente, -¿por qué me pones hocico? ¿No ves que te defiendo? Pero para que tú -respires es preciso que respire yo también. Si yo me ahogo, vendrá otro -que te sacará el redaño. - -»¡Y ese estúpido Jefe, ese animal, ese bandido que en Pontevedra se -merendó la suscripción para los náufragos y en Cáceres dejó en cueros á -las viudas de los mineros muertos; ese que sería capaz de tragarse la -Necrópolis con todos sus difuntos, quiere formarme expediente! Pero la -comprobación es muy difícil, tunante, y si me pinchas, te denunciaré, te -sacaré los trapitos á la calle, con datos, con fechas, con números. Yo -tengo buenos amigos, y manos blancas que me defiendan... Eso es lo que -tú no me perdonas... Te come la envidia. Y por eso te revuelves contra -mí ahora, tomador, que no sirviendo para afanar relojes, te metiste á -empleado». - -Y al cabo de un cuarto de hora, cuando parecía que había encontrado el -sueño, soltó de improviso la risa, diciendo: «No me pueden probar nada. -Pero aunque me lo probaran...» Por fin se durmió, y tuvo una pesadilla, -semejante á otras que en los casos de agitación moral turbaban su -descanso. Soñó que iba por una galería muy larga, inacabable, con -paredes de espejos, que hasta lo infinito repetían su gallarda persona. -Iba por aquel inmenso callejón persiguiendo á una mujer, á una dama -elegante, la cual corría agitando con el rápido mover de sus pies la -falda de crujiente seda. Cadalso le veía los tacones de las botas, que -eran... ¡cascarones de huevo! Quién podía ser la dama, lo ignoraba; era -la misma con quien soñara otra noche, y al seguirla, se decía que todo -aquello era sueño, asombrándose de correr tras un fantasma, pero -corriendo siempre. Por fin ponía la mano en olla, la dama se paraba y se -volvía, diciéndole con voz muy ronca: «¿Por qué te empeñas en quitarme -esta cómoda que llevo aquí?» En efecto, la dama llevaba en la mano una -cómoda ¡de tamaño natural!, y la llevaba tan desahogadamente como si -fuera un portamonedas. Entonces Víctor despertaba sintiendo sobre sí un -peso tal que no podía moverse, y un terror supersticioso que no sabía -relacionar ni con la cómoda, ni con la dama, ni con los espejos. Todo -ello era estúpido y sin ningún sentido. - -Despierto, tenían más miga los sueños de Cadalso, porque toda la vida se -la llevaba pensando en riquezas que no tenía, en honores y poder que -deseaba, en mujeres hermosas, cuyas seducciones no le eran desconocidas, -en damas elegantes y de alta alcurnia que con ardentísima curiosidad -anhelaba tratar y poseer, y esta aspiración á los supremos goces de la -vida le traía siempre intranquilo, vigilante y en acecho. Devorado por -el ansia de introducirse en las clases superiores de la sociedad, creía -tener ya en las manos un cabo y el primer nudo de la cuerda por donde -otros menos audaces habían logrado subir. ¿Cuál era este nudo? Ved aquí -un secreto que por nada del mundo revelaría Cadalso á sus vulgarísimos y -apocados parientes los de Villaamil. - - - - -XII - - -Apareciósele muy temprano _la figura arrancada á un cuadro de Fra -Angélico_, por otro nombre doña Pura, quien le acometió con el arma -cortante de su displicencia, agravada por la mala noche que un -dolorcillo de muelas le hizo pasar. «Ea, despejarme el comedor. Ve á -lavarte á mi cuarto, que tenemos precisión de barrer aquí. Lárgate -pronto si no quieres que te llenemos de polvo». Apoyaba esta admonición, -de una manera más persuasiva, la segunda _Miau_, que se presentó escoba -en mano. - ---No se enfade usted, mamá. (Á doña Pura le cargaba mucho que su yerno -la llamase _mamá_.) Desde que está usted hecha una potentada, no se la -puede aguantar. ¡Qué manera de tratar á este infeliz! - ---Eso es, búrlate... Es lo que te faltaba para acabar de conquistarnos. -¡Y que tienes el don de la oportunidad! Siempre te descuelgas por aquí -cuando estamos con el agua al cuello. - ---¿Y si dijera que precisamente he venido creyendo ser muy oportuno? Á -ver... ¿qué respondería usted á esto? Porque no conviene despreciar á -nadie, querida mamá, y se dan casos de que el huésped molesto nos -resulte Providencia de la noche á la mañana. - ---Buena Providencia nos dé Dios (siguiéndole hacia el cuarto donde -Víctor pensaba lavarse). ¿Qué quieres decir? ¿que vas á apretar la -cuerda que nos ahorca? - ---Tanto como está usted chillando ahí (con zalamería), y todavía soy -hombre para convidarla á usted á palcos por asiento. - ---Ninguna falta nos hacen tus palcos... ¡Ni qué has de convidar tú, si -siempre te he conocido más arrancado que el Gobierno! - ---Mamá, mamá, por Dios, no rebaje usted tanto mi dignidad. Y sobre todo, -el que yo sea pobre no es motivo para que se dude de mi buen corazón. - ---Déjame en paz. Ahí te quedas. Despacha pronto. - ---Prefiero ver delante de mí el puñal del asesino á ver malas caras. -(Deteniéndola por un brazo.) Un momento. ¿Quiere usted que pague mi -hospedaje? - -Sacó su cartera en el mismo instante, y á doña Pura se le encandilaron -los ojos viendo que abultaba y que el bulto lo hacía un grueso manojo de -billetes de Banco. - ---No quiero ser gravoso (dándole un billete de 100 pesetas). Tome usted, -querida mamá, y no juzgue mis intenciones por la insuficiencia de mis -medios. - ---Pues no creas... (echando la zarpa al billete como si éste fuera un -ratón), no creas que voy á llevar mi delicadeza hasta lo increíble, -rechazando con indignación tu dinero, á estilo de teatro. No estamos -ahora para escrúpulos ni para indignaciones cursis. Lo tomo, sí, lo -tomo, y voy á pagar con él una deuda sagrada, y además, nos viene bien -para... - ---¿Para qué? - ---Déjame á mí. ¿Quién no tiene sus secretillos? - ---Y un hijo, un hijo cariñoso, ¿no merece ser depositario de esos -secretos? Gracias por la confianza que merezco. Yo creí que me -apreciaban más. Querida mamá, aunque usted no me considere de la -familia, yo no puedo desprenderme de ella. Mándeme usted que no los -quiera, y no obedeceré... En otra parte puedo entrar con indiferencia, -poro en esta casa no; y cuando en ella noto síntomas de estrechez, -aunque usted me lo prohiba, me tengo que afligir... (poniéndole -cariñosamente la mano en el hombro). Simpática suegra, no me gusta que -papá ande sin capa. - ---¡Pobrecito!... y ¡qué le hemos de hacer!... Su situación viene siendo -muy triste hace tiempo. La cesantía va estirando más de lo que creíamos. -Sólo Dios y nosotras sabemos las amarguras que en esta casa se pasan. - ---Menos mal si el remedio viene, aunque sea de la persona á quien no se -estima (dándole otro billete de igual cantidad, que doña Pura se -apresura á recoger). - ---Gracias... No es que no te estimemos; es que tú... - ---He sido malo, lo confieso (patéticamente); reconocerlo es señal de que -ya no lo soy tanto. Tengo mis defectos como cada _quisque_; pero no soy -empedernido, no está mi corazón cerrado á la sensibilidad, ni mi -entendimiento á la experiencia. Yo seré todo lo malo que usted quiera; -pero, en medio de mi perversidad, tengo una manía, vea usted... no -tolero que esta familia, á quien tanto debo, pase necesidades. Me da por -ahí... llámelo usted debilidad ó como quiera (dándole un tercer billete -con gallardía generosa, sin mirar la mano que lo daba). Mientras yo gane -un real, no consiento que el padre de mi pobre Luisa vista -indecorosamente, ni que mi hijo ande desabrigado. - ---Gracias, Víctor, gracias (entre conmovida y recelosa). - ---No tiene usted por qué darme las gracias. No hay mérito ninguno en -cumplir un deber sagrado. Se me ocurre que podría usted tomar hasta dos -mil reales, porque no serán una ni dos las cosas que se han ido á -Peñaranda. - ---Rico estás... (con escama de si serían falsos los billetes). - ---Rico, no... Ahorrillos. En Valencia se gasta poco. Se encuentra uno -con economías sin notarlo. Y repito que si usted me habla de -agradecimiento, me incomodo. Yo soy así. ¡He variado tanto! Nadie sabe -la pena que siento al recordar los malos ratos que he dado á ustedes, y -sobre todo á mi pobre Luisa (con emoción falsa ó verdadera, pero tan -bien expresada, que á doña Pura se le humedecieron los ojos). ¡Pobre -alma mía! ¡Que no pueda yo reparar los agravios que aquella santa -recibió de mí! ¡Que no pueda yo resucitarla para que vea mi corazón -mudado, aunque luego nos muriéramos los dos! (Dando un gran suspiro.) -Cuando la muerte se interpone entro la culpa y el arrepentimiento, no -tiene uno ni el amargo consuelo de pedir perdón á quien ha ofendido. - ---¡Cómo ha de ser! No pienses ahora en cosas tristes. ¿Quieres otra -toalla? Aguarda. Y si necesitas agua caliente, te la traeré volando. - ---No; nada de molestarse por mí. Pronto despacho, y en seguida iré á -traer mi equipaje. - ---Pues si se te ocurre algo, llamas... La campanilla no hay quien la -haga sonar. Te asomas á la puerta y me das una voz. - -Aquel hombre, que sabía desplegar tan variados recursos de palabra y de -ingenio cuando se proponía mortificar á alguien, ya con feroz sarcasmo, -ya hiriendo con delicada crueldad las fibras más irritables del corazón, -entendía maravillosamente el arte de agradar, cuando entraba en sus -miras. Á doña Pura no la cogían de nuevas las demostraciones insinuantes -de su yerno; pero esta vez, sea porque fuesen acompañadas de la donación -en metálico, sea porque Víctor extremara sus zalamerías, la pobre señora -le tuvo por moralmente reformado ó en camino de ello siquiera. Corridas -algunas horas, no pudo la _Miau_ ocultar á su cónyuge que tenía dinero, -pues el disimular las riquezas era cosa enteramente incompatible con el -carácter y los hábitos de doña Pura. Interrogóla Villaamil sobre la -procedencia de aquellos que modestamente llamaba _recursos_, y ella -confesó que se los había dado Víctor, por lo cual se puso D. Ramón muy -sobresaltado, y empezó á mover la mandíbula con saña, soltando de su -feroz boca algunos vocablos que asustarían á quien no le conociera. - ---¡Pero qué simple eres!... Si no me ha dado más que una miseria. ¿Pues -qué querías tú, que le mantenga yo el pico? Bonitos estamos para eso. Le -he acusado las cuarenta... clarito, clarito. Si se empeña en estar aquí, -que contribuya á los gastos de la casa. ¡Bah! ¡qué cosas dices! Que ha -defraudado al Tesoro. Falta probarlo... serán cavilaciones tuyas. ¡Vaya -usted á saber! Y en último caso, ¿es eso motivo para que viva á costa -nuestra? - -Villaamil calló. Tiempo hacía que estaba resignado á que su señora -llevase los pantalones. Era ya achaque antiguo que cuando Pura alzaba el -gallo, bajase él la cabeza fiando al silencio la armonía matrimonial. -Recomendáronle, cuando se casó, este sistema, que cuadraba -admirablemente á su condición bondadosa y pacífica. Por la tarde volvió -doña Pura á la carga, diciéndole: «Con este poco de barro hemos de tapar -algunos agujeros. Ve pensando en hacerte ropa. Es imposible que consiga -nada el que se presenta en los Ministerios hecho un mendigo, los tacones -torcidos, el sombrero del año del hambre, y el gabán con grasa y flecos. -Desengáñate: á los que van así nadie les hace caso, y lo más á que -pueden aspirar es á una plaza en San Bernardino. Y como ahora te han de -colocar, también necesitas ropa para presentarte en la oficina. - ---Mujer, no me marees... No sabes el daño que me haces con esa confianza -de que no participo; al contrario, yo nada espero. - ---Pues sea lo que sea; si te colocan, porque sí, y si no, porque no, -necesitas ropa. El traje es casi casi la persona, y si no te presentas -como Dios manda, te mirarán con desprecio, y eres hombre perdido. Hoy -mismo llamo al sastre para que te haga un gabán. Y el gabán nuevo pide -sombrero, y el sombrero botas. - -Villaamil se asustó de tanto lujo; pero cuando Pura adoptaba el énfasis -gubernamental, no había medio de contradecirla. Ni se le ocultaba lo -bien fundado de aquellas razones, y el valor social y político de las -prendas de vestir; y harto sabía que los pretendientes bien trajeados -llevan ya ganada la mitad de la partida. Vino, pues, el sastre llamado -con urgencia, y Villaamil se dejó tomar las medidas, taciturno y fosco, -como si más que de gabán fuesen medidas de mortaja. - -Con la entrada del sastre, tuvieron Paca y su marido comidilla para todo -el resto del día y parte de la noche.--¿No sabes, Mendizábal? Ha entrado -también un sombrero nuevo. Desde que estamos en esta casa, y va para -quince años, no he visto entrar más chisteras nuevas que la de hoy y la -que estrenó D. Basilio Andrés de la Caña, el que vivió en el tercero, á -los pocos días de venir Alfonso. ¿Será que va á haber revolución? - ---No me extrañaría--dijo Mendizábal,--porque ese Cánovas ha perdido los -papeles. El periódico dice que hay crisis. - ---Debe de haberla, y será que van á subir los de D. Ramón. Tú, ¿quiénes -son los del señor Villaamil? - ---Los del Sr. Villaamil son las ánimas benditas... (echándose á reir). -¿Conque cobertera nueva y ropa maja? Pues mira, mujer, en vista de ese -lujo... asiático, voy á subir ahorita mismo con los recibos atrasados, -por si pagan todo ó parte de lo que deben. Á esta gente es menester -acecharla, para cogerla en el momento económico, ¿me entiendes?, en el -ínterin, como quien dice, de tener dinero, que es ni visto ni oído. - -Miraba el memorialista á su perro, el cual parecía decirle con su -expresiva geta: «Arriba, mi amo, y no se descuide, que ahora tienen -guita. Vengo de allí y están como unas pascuas. Por más señas, que han -traído un salchichón italiano, gordo como mi cabeza, y que huele á -gloria divina». - -Subió, pues, Mendizábal, precedido del can. Casi siempre, cuando el -portero se aparecía con aquellos fatídicos papeles en la mano, Villaamil -temblaba sintiendo herida su dignidad en lo más vivo, y á doña Pura se -le ponía la boca amarga, los labios descoloridos y el corazón rebosando -congoja y despecho. Ambos, cada cual en la forma propia de su -temperamento, alegaban razones mil para convencer á Mendizábal de lo -bueno que sería esperar al mes siguiente. Por dicha suya, el hombre -_gorilla_, aquel monstruo cuyas enormes manos tocarían el suelo á poco -que la cintura se doblase; aquel tipo de transición zoológica en cuyo -cráneo parecían verse demostradas las audaces hipótesis de Darwin, no -ejercía con malos modos los poderes conferidos por el casero. Era, en -suma, Mendizábal, con su fealdad digna de la vitrina de cualquier museo -antropológico, hombre benévolo, indulgente, compasivo, que se hacía -cargo de las cosas. Sentía lástima de la familia y verdadero afecto -hacia Villaamil. No apremiaba sino en términos comedidos y amistosos, y -al rendir cuentas al casero echaba por aquella boca horrenda, rascándose -la oreja corta y chata, frases de intercesión misericordiosa en pro del -inquilino atrasado _por mor_ de la cesantía. Y gracias á esto, el -propietario, que no era de los más déspotas, aguardaba con triste y -filosófica resignación. - -Cuando Villaamil y doña Pura no estaban en disposición de pagar, añadían -á sus excusas algún oficioso párrafo con el memorialista, lisonjeándole -y cayéndose del lado de sus aficiones. Decíale Villaamil: «¡Pero cuánto -ha visto usted en este mundo, amigo Mendizábal, y qué de cosas habrá -presenciado tan trágicas, tan interesantes, tan...!» Y el _gorilla_, -abarquillando los recibos, contestaba: «La historia de España no se ha -escrito todavía, amigo D. Ramón. Si yo plumeara mis memorias, vería -usted...» Doña Pura extremaba aún más la adulación: «El mundo anda -perdido. Mendizábal está en lo cierto: mientras haya libertad de cultos -y eso que llaman el racionalismo...!» Total, que el portero se guardaba -los recibos, y á la señora se le alegraban las pajarillas. Ya teníamos -otro mes de respiro. - -Pero aquel día en que, por merced de la Providencia, les era dado pagar -dos meses de los tres vencidos, ambos esposos rectificaron con cierta -arrogancia aquel criterio de asentimiento. Villaamil habló con discreta -autoridad de los ideales modernos, y doña Para, al verle embolsar los -billetes, dijo: «Pero venga acá, Mendizábal, ¿para que tiene esas ideas? -¿Y usted cree de buena fe que va á venir aquí D. Carlos con la -Inquisición y todas esas barbaridades? Vamos, que es preciso estar -(apuntando á la sien) de la jícara para creer eso...» - -Mendizábal les contestó con frases truncadas, mal aprendidas del -periódico que solía leer, y se alejó refunfuñando. Contraste increíble: -se iba de mal humor siempre que llevaba dinero. - - - - -XIII - - -Antes de proseguir, evoquemos la doliente imagen de Luisa Villaamil, -muerta aunque no olvidada, en los días de esta humana crónica. Pero -retrocediendo algunos años, la cogeremos viva. Vámonos, pues, al 68, que -marca el mayor trastorno político de España en el siglo presente, y -señaló además graves sucesos en los azarosos anales de la familia -Villaamil. - -Contaba Luisa cuatro años más que su hermana Abelarda, y era algo menos -insignificante que ella. Ninguna de las dos se podía llamar bonita; pero -la mayor tenía en su mirada algo de _ángel_, un poco más de gracia, la -boca más fresca, el cuello y hombros más llenos, y por fin, la -aventajaba ligeramente en la voz, acento y manera de expresarse. Las -escasas seducciones de entrambas no las realzaba una selecta educación. -Se habían instruído en tres ó cuatro provincias distintas, cambiando de -colegio á cada triquitraque, y sus conocimientos, aun en lo elemental, -eran imperfectísimos. Luisa llegó á saber un francés macarrónico que -apenas le consentía interpretar, sobando mucho el Diccionario, la primer -página del _Telémaco_, y Abelarda llegó a farfullar dos ó tres polcas, -martirizando las teclas del piano. De cuatro niñas y un varón, frutos -del vientre de doña Pura, sólo se lograron aquellas dos; las demás crías -perecieron á poco de nacer. Á principios de 1868, desempeñaba Villaamil -el cargo de Jefe Económico en una capital de provincia de tercera clase, -ciudad arqueológica, de corto y no muy brillante vecindario, famosa por -su catedral, y por la abundante cosecha de desportillados pucheros é -informes pedruscos romanos que al primer azadonazo salían del terruño. -En aquel _pueblo de pesca_ pasó la familia de Villaamil la temporada -triunfal de su vida, porque allí doña Pura y su hermana daban el tono á -las costumbres elegantes y hacían lucidísimo papel, figurando en primera -línea en el escalafón social. Cayó entonces en la oficina de Villaamil -un empleadillo joven y guapo, de la clase de aspirantes con cinco mil -reales, engendro reciente del caciquismo. Cómo fué á parar allí Víctor -Cadalso, es cosa que no nos importa saber. Era andaluz, había estudiado -parte de la carrera en Granada, se vino á Madrid sin blanca, y aquí, -después de mil alternativas, encontró un padrinazgo de momio, que lo -lanzó de un manotazo á la vida burocrática, como se puede lanzar una -pelota. Á poco de entrar en las oficinas de aquella provincia, hízose -muy de notar, y como tenía atractivos personales, lenguaje vivo y -gracioso, buenas trazas para vestirse y desenvueltos modales, no tardó -en obtener la simpatía y agasajo de la familia del jefe, en cuya sala -(no hay manera de decir _salones_), bastante concurrida los domingos y -fiestas de guardar, fué desde la primera noche astro refulgente. Nadie -le igualaba en el donaire, generalmente equívoco, de la conversación, en -improvisar pasatiempos ingeniosos, en dar sesiones de magnetismo, -prestidigitación ó nigromancia casera. Recitaba versos imitando á los -actores más célebres, bailaba bien, contaba todos los cuentos de -Manolito Gázquez, y sabía, como nadie, entretener á las señoras y -embobar á las niñas. Era el _lión_ de la ciudad, el número uno de los -chicos elegantes, espejo de todos en finura, garbo y ropa. La alta -sociedad se reunía alternativamente en la casa de Villaamil, en la del -Brigadier gobernador militar, cuya esposa era una jamona de muchas -campanillas, en la de cierto personaje, que era el cacique, agente -electoral y déspota de la comarca; pero la casa en que había más -refinamientos sociales era la de Villaamil, y las señoras de Villaamil -las más encumbradas y vanagloriosas. La esposa del cacique tenía hijas -casaderas, la Brigadiera no las tenía de ninguna edad, el Gobernador era -célibe; de modo que las del Jefe Económico, las _cacicas_, la -Gobernadora militar y la Alcaldesa, boticaria por añadidura, componían -todo el mujerío distinguido de la localidad. Eran las dueñas del cotarro -elegante, las que recibían incienso de aquella espiritada juventud -masculina, con _chaquet_ y hongo, las que asombraban al pueblo -presentándose en los Toros (dos veces al año) con mantilla blanca, las -que pedían para los pobres en la catedral el Jueves Santo, las que -visitaban al Obispo, las que daban el tono y recibían constantemente el -homenaje tácito de la imitación. En aquellos tiempos le quedaban aún á -Milagros algunos vestigios de su hermosa voz, mucha afinación y todo el -compás. Todavía, haciéndose muy de rogar, casi casi á la fuerza, se -acercaba al piano, y soltando las rebañaduras de su arte, les largaba -allí un par de cavatinas que hacían furor. Los palmoteos se oían desde -la cercana plaza de la Constitución, y las alabanzas duraban toda la -noche, amenizando el baile y los juegos de prendas. - -Ornamento de esta sociedad fué, desde que en ella se introdujo, Víctor -Cadalso, artista social digno de teatro mejor, y no con las facultades -marchitas como las de Milagros, sino en la plenitud de su poder y -lozanía. Por esto sucedió lo que debía suceder, que Luisa se prendó del -aspirante repentina y locamente, desde la primera noche que se vieron, -con ese amor explosivo en que los corazones parece que están llenos de -pólvora cuando los traspasa la inflamada flecha. Esto suele ocurrir en -las clases populares y en las sociedades primitivas, y pasa también -alguna vez en el seno del vulgo infatuado y sin malicia, cuando cae en -él, como rayo enviado del cielo, un ser revestido de apariencias de -superioridad. La pasión súbita de Luisa Villaamil fué tan semejante á la -de Julieta, que al día siguiente de hablarle por primera vez, no habría -vacilado en huir con Víctor de la casa paterna, si él se lo hubiera -propuesto. Siguieron al flechazo unos amoríos furibundos. Luisa perdió -el sueño y el apetito. Había carteo dos ó tres veces al día y telégrafos -á todas horas. Por la noche espiaban la coyuntura de verse á solas, -aunque fuese breves momentos. La enamorada chica contaba sus tristezas y -sus alegrones á la luna, á las estrellas, al gato, al jilguero, á Dios y -á la Virgen. Hallábase dispuesta, si la ley de su amor se lo exigía, á -cualquier género de heroicidad, al martirio. Doña Pura no tardó en -contrariar aquellos amores, porque soñaba con el ayudante del Brigadier -para yerno; y Villaamil, que empezó á columbrar en el carácter de Víctor -algo que no le agradaba, hubo de gestionar con el cacique para que le -trasladasen á otra provincia. Los amantes, guiados por la perspicacia -defensiva que el amor, como todo gran sentimiento, lleva en sí, -olfatearon el peligro, y ante el enemigo se juraron fidelidad eterna, -resolviendo ser dos en uno, y antes morir que separarse, con todo lo -demás que en estos apretados lances se acostumbra. El delirio les -extraviaba, y la oposición les precipitó á estrechar de tal modo sus -lazos, que nadie fuera poderoso á desatarlos. En resolución, que el amor -se salió con la suya, como suele. Trinaron los señores de Villaamil; -pero, pensándolo bien, ¿qué remedio quedaba más que arreglar aquel -desavío como se pudiese? - -Luisa era toda sensibilidad, afecto y mimo; un ser desequilibrado, -incapaz de apreciar con sentido real las cosas de la vida. Vibraban en -ella el dolor y la alegría con morbosa intensidad. Tenía á Víctor por el -más cabal de los hombres, se extasiaba en su guapeza y era completamente -ciega para ver las jorobas de su carácter. Los seres y las acciones eran -como hechuras de su propia imaginación, y de aquí su fama de escaso -mundo y discernimiento. Fue padrino del bodorrio el cacique, y su regalo -sacarle á Víctor una credencial de ocho mil, lo que agradecieron mucho -D. Ramón y su mujer, pues una vez incorporado Cadalso á la familia, no -había más remedio que empujarle y hacer de él un hombre. Á poco estalló -la Revolución, y Villaamil, por deber aquel destino á un íntimo de -González Brabo, quedó cesante. Víctor tuvo aldabas y atrapó un ascenso -en Madrid. Toda la familia se vino por acá, y entonces empezaron de -nuevo las escaseces, porque Pura había tenido siempre el arte de no -ahorrar un céntimo, y una gracia especial para que la paga de primero de -mes hallase la bolsa más limpia que una patena. - -Volviendo á Luisa, sépase que, comido el pan de la boda, seguía -embelesada con su marido, y que éste no era un modelo. La infeliz niña -vivía en ascuas, agrandando cavilosamente los motivos de su pena; le -vigilaba sin descanso, temerosa de que él partiese en dos su cariño ó se -lo llevase todo entero fuera de casa. Entonces empezaron las -desavenencias entre suegros y yerno, enconadas por enojosas cuestiones -de interés. Luisa pasaba las horas devorada por ansias y sobresaltos sin -fin, espiando á su marido, siguiéndole y contándole los pasos de noche. -Y el truhán, con aquella labia que Dios le dió, sabía desarmarla con una -palabrita de miel. Bastaba una sonrisa suya para que la esposa se -creyese feliz, y un monosílabo adusto para que se tuviera por -inconsolable. En Marzo del 69 vino al mundo Luisito, quedando la madre -tan desmejorada y endeble, que desde entonces pudieron, los que -constantemente la veían, augurar su cercano fin. El niño nació -raquítico, expresión viva de las ansias y aniquilamiento de su madre. -Pusiéronle ama, sin ninguna esperanza de que viviera, y estuvo todo el -primer año si se va ó no se va. Y por cierto que trajo suerte á la -familia, pues á los seis días de nacido, dieron al abuelo un destino con -ascenso, en Madrid, y de este modo pudo doña Pura bandearse en aquel -golfo de trampas, imprevisión y despilfarro. Víctor se enmendó algo. -Cuando ya su mujer no tenía remedio, mostróse con ella cariñoso y -solícito. Padecía la infeliz accesos de angustiosa tristeza ó de alegría -febril, cuyo término era siempre un ataque de hemoptisis. En el último -período de su enfermedad, el cariño á su marido se le recrudeció en -términos que parecía haber perdido la razón, y cuando él no estaba -presente, llamábale á gritos. Por una de esas perversiones del -sentimiento que no se explican sin un desorden cerebral, su hijo llegó á -serle indiferente; trataba á sus padres y á su hermana con esquiva -sequedad. Toda la atención de su alma era para el ingrato, para él todos -sus acentos de amor, y sus ojos habían eliminado cuantas hermosuras -existen en el mundo moral y físico, quedándose tan sólo con las que su -exaltada pasión fantaseaba en él. - -Villaamil, que conocía la incorrecta vida de su yerno fuera de casa, -empezó á tomarle aborrecimiento; Pura, más conciliadora, dejábase -engatusar por las traidoras palabras de Cadalso, y á condición de que -éste tratara con piedad y buenos modos á la pobre enferma, se daba por -satisfecha y perdonaba lo demás. Por fin, la demencia, que no otro -nombre merece, de la infortunada Luisa tuvo fatal término en una noche -de San Juan. Murió llorando de gratitud porque su marido la besaba -ardientemente y le decía palabras amorosas. Aquella mañana había sufrido -un ataque de perturbación mental más fuerte que los anteriores, y se -arrojó del lecho pidiendo un cuchillo para matar á Luis. Juraba que no -era hijo suyo, y que Víctor le había traído á la casa en una cesta, -debajo de la capa. Fué aquel día de acerbo dolor para toda la familia, -singularmente para el buen Villaamil que, sin ruidoso duelo exterior, -mudo y con los ojos casi secos, se desquició y desplomó interiormente, -quedándose como ruina lamentable, sin esperanza, sin ilusión ninguna de -la vida; y desde entonces se le secó el cuerpo hasta momificarse, y fué -tomando su cara aquel aspecto de ferocidad famélica que le asemejaba á -un tigre anciano é inútil. - -La necesidad de un sueldo que permitiese economías, le lanzó á colocarse -en Ultramar. Fué con un regular destino, de los que proporcionan buenas -obvenciones, y regresó á los dos años con algunos ahorros, que se -deshicieron pronto como granos de sal en la mar sin fondo de la -administración de doña Pura. Emprendió segundo viaje con mejor empleo; -pero tuvo no sé qué cuestiones con el Intendente, y volvió para acá en -los aciagos días de los cantonales. El Gobierno presidido por Serrano -después del 3 de Enero del 74 le mandó á Filipinas, donde se las -prometía muy felices; pero una cruel disentería le obligó á embarcarse -para España sin ahorros, y con el propósito firme de desempeñar la -portería de un Ministerio antes que pasar otra vez el charco. No le fué -difícil volver á Hacienda, y vivió tres años tranquilo, con poco sueldo, -siendo respetado por la Restauración, hasta que en hora fatídica le -atizaron un _cese_ como una casa. Y el tremendo anatema cayó sobre él -cuando sólo le faltaban dos meses para jubilarse con los cuatro quintos -del sueldo regulador, que era el de Jefe de Administración de tercera. -Acudió al Ministro, llamó á distintas puertas; todas las intercesiones -fueron solicitadas sin éxito. Poco á poco sucedió á la molesta escasez -la indigencia descarnada y aterradora; los recursos se concluían, y se -agotaron también los medios extraordinarios y arbitristas de sostener á -la familia. - -Llegó por último la etapa dolorosísima para un hombre delicado como -Villaamil, de tener que llamar á la puerta de la amistad implorando -socorro ó anticipo. Había él prestado en mejor tiempo servicios de tal -naturaleza á algunos que se los agradecieron y á otros que no. ¿Por qué -no había de apelar al mismo sistema? Sobre todo, no podía discutirse si -estas postulaciones eran ó no decorosas. El que se quema no se pone á -considerar si es conveniente ó no sacudir los dedos. El decoro era ya -nombre vano, como la inscripción impresa en la etiqueta de una botella -vacía. Poco á poco se gasta la vergüenza, como se gasta el diente de una -lima, y las mejillas pierden la costumbre de colorearse. El desgraciado -cesante llegó á adquirir maestría terrible en el arte de escribir cartas -invocando á la amistad. Las redactaba con amplificaciones patéticas, y -en un estilo que parecía oficial, algo parecido á los preámbulos de las -leyes en que se anuncia al país aumento de contribución, verbigracia: -«Es muy sensible para el Gobierno tener que pedir nuevos sacrificios al -contribuyente...» Tal era el patrón, aunque el texto fuera otro. - - - - -XIV - - -Para completar las noticias biográficas de Víctor, importa añadir que -tenía una hermana llamada Quintina, esposa de un tal Ildefonso Cabrera, -empleado en el ferrocarril del Norte, buenas personas ambos, aunque algo -extravagantes. Faltándoles hijos, Quintina deseaba que su hermano le -encomendase la crianza de Luis, y quizás lo habría conseguido sin las -desavenencias graves que surgieron entre Víctor y su hermano político, -por cuestiones relacionadas con la mezquina herencia de los hermanos -Cadalso. Tratábase de una casa ruinosa y sin techo en el peor arrabal de -Vélez-Málaga, y sobre si el tal edificio correspondía á Quintina ó á -Víctor, hubo ruidosísimas querellas. La cosa era clara, según Cabrera, -y para probar su diafanidad, no inferior á la del agua, puso el asunto -en manos de la curia, la cual, en poco tiempo, formó sobre él un mediano -monte de papel sellado. Todo para demostrar que Víctor era un pillo, que -se había adjudicado indebidamente la valiosa finca, vendiéndola y -guardándose su importe. El otro lo echaba á broma, diciendo que el -producto de su fraude no le había alcanzado para un par de botas. Á lo -que respondía Ildefonso que no era por el huevo, sino por el fuero; que -no le incomodaba la pérdida material, sino la frescura de su cuñado; y -por esta y otras razones le llegó á cobrar odio tan profundo, que -Quintina temblaba por Víctor cuando éste iba á la casa. Cabrera tenía el -genio tan atropellado, que un día por poco descarga sobre Víctor los -seis tiros de su revólver. La hermana de Cadalso deseaba que el pleito -se transigiera y concluyesen aquellas enojosas cuestiones; y cuando su -hermano fué á verla, á los pocos días de llegar de Valencia -(aprovechando la ocasión en que la fiera de Ildefonso recorría el trozo -de línea de que era inspector), le propuso esto: «Mira, si me das á tu -Luis, yo te prometo desarmar á mi marido, que desea tanto como yo tener -al niño en casa». Trato inaceptable para Víctor, que aunque hombre de -entrañas duras, no osaba arrancar al chiquillo del poder y amparo de sus -abuelos. Quintina, firme en su pretensión, argumentaba: «¿Pero no ves -que esa gente te lo va á criar muy mal? Lo de menos serían los resabios -que ha de adquirir; pero es que le hacen pasar hambres al ángel de Dios. -Ellas no saben cuidar criaturas ni en su vida las han visto más gordas. -No saben más que suponer y pintar la mona; ni se ocupan más que de si -tal artista cantó ó no cantó como Dios manda, y su casa parece un -herradero». - -Aunque se trataban las _Miaus_ y Quintina, no se podían ver ni en -pintura, porque la de Cadalso, que era una buena mujer (con lo cual -dicho se está que no se parecía á su hermano), tenía el defecto de ser -excesivamente curiosa, refistolera, entrometida, olfateadora. Al visitar -á las Villaamil, no entraba en la sala, sino que se iba de rondón al -comedor, y más de una vez hubo de colarse en la cocina y destapar los -pucheros para ver lo que en ellos se guisaba. Á Milagros, con esto, se -la llevaban los demonios. Todo lo preguntaba Quintina, todo lo quería -averiguar y en todo meter sus ávidas narices. Daba consejos que no le -pedían, inspeccionaba la costura de Abelarda, hacía preguntas capciosas, -y en medio de su cháchara impertinente, se dejaba caer con alguna -reticencia burlona, como quien no dice nada. - -Á Cadalsito le quería con pasión. Nunca se iba de casa sin verle, y -siempre le llevaba algún regalillo, juguete ó prenda de vestir. Á -veces, se plantaba en la escuela y mareaba al maestro preguntándole por -los adelantos del rapaz, á quien solía decir: «No estudies, corazón, que -lo que quieren es secarte los sesitos. No hagas caso; tiempo tienes de -echar talento. Ahora come, come mucho, engorda y juega, corre y -diviértete todo lo que te pida el cuerpo». En cierta ocasión, observando -á las _Miaus_ bastante tronadas, les propuso que le dieran el chico; -pero doña Pura se indignó tanto de la propuesta, que Quintina no hubo de -plantearla más sino en broma. Al bajar de la visita, echaba siempre una -parrafada con los memorialistas á fin de sonsacarles mil menudencias -sobre los del cuarto segundo; si pagaban ó no la casa, si debían mucho -en la tienda (aunque este conocimiento lo solía beber en más limpias -fuentes), si volvían tarde del teatro, si la _sosa_ se casaba al fin con -el _gilí_ de Ponce, si había entrado el zapatero con calzado nuevo... En -fin, que era una moscona insufrible, un fiscal pegajoso y un espía -siempre alerta. - -Eran sus costumbres absolutamente distintas de las de sus víctimas. No -frecuentaba el teatro, vivía con orden admirable, y su casa de la calle -de los Reyes era lo que se dice una tacita de plata. Físicamente, valía -Quintina menos que su hermano, que se llevó toda la guapeza de la -familia; era graciosa, mas no bella; bizcaba de un ojo, y la boca pecaba -de grande y deslucida, aunque la adornase perfecta dentadura. Vivía el -matrimonio Cabrera pacíficamente y con desahogo, pues además del sueldo -de inspector, disfrutaba Ildefonso las ganancias de un tráfico hasta -cierto punto clandestino, que consistía en traer de Francia objetos para -el culto y venderlos en Madrid á los curas de los pueblos vecinos y aun -al clero de la Corte. Todo ello era género barato, de cargazón, producto -de la industria moderna que no pierde ripio, y sabe explotar la penuria -de la Iglesia en los difíciles tiempos actuales. Cabrera tenía sus -socios en Hendaya y entendíase con ellos, llevándoles telas, -cornucopias, plata de ley, algún cuadro y otras antiguallas substraídas -á las fábricas de los templos de Castilla, un día opulentos y hoy -pobrísimos. El toque de este comercio estaba, según indicaciones -maliciosas, en que al ir y venir pasaban las mercancías la frontera -francas de derechos; pero esto no se ha comprobado. De ordinario, la -quincalla eclesiástica que Cabrera introducía (objetos de latón dorado, -todo falso, frágil, pobre y de mal gusto) era tan barata en los centros -de producción y se vendía tan bien aquí, que soportaba sin dificultad el -sobreprecio arancelario. En otras épocas, cuando empezaba este negocio, -solía Quintina introducirse en la sacristía de cualquier parroquia con -un bulto bajo el mantón, como quien va á pasar matute, y susurrar al -oído del ecónomo: «¿Quieren ustedes ver un cáliz que da la hora? Y se -pasmarán los señores del precio. La mitad que el género Meneses...» Pero -en breve la señora renunció al papel de chalana, y recibió en su casa á -los clérigos de Madrid y pueblos inmediatos. Últimamente importaba -Cabrera enormes partidas de estampitas para premios ó primera comunión, -grandes cromos de los dos Sagrados Corazones, y por fin, agrandando y -extendiendo el negocio, trajo surtidos de imágenes vulgarísimas, los San -Josés por gruesas, los niños Jesús y las Dolorosas á granel y en -variados tamaños, todo al estilo devoto francés, muy relamido y -charolado, doraditas las telas á la bizantina, y las caras con chapas de -rosicler, como si en el cielo se usara ponerse colorete. No sé si -consistía en el trato familiar con las cosas santas ó en una disposición -de carácter el que Quintina fuera radicalmente escéptica. Lo cierto es -que cumplía yendo á misa de Pascuas á Ramos y rezando un poco, por añeja -rutina, al acostarse. Y nada de hociqueos con sacerdotes, como no fuera -para encajarles el _artículo_ ó sonsacarles alguna casulla vieja de -brocado, hecha un puro jirón. - -Cadalsito iba de tiempo en tiempo á casa de la de Cabrera y se -embelesaba contemplando las estampas. Cierto día vió un Padre Eterno, de -luenga y blanca barba, en la mano un mundo azul, imagen que le -impresionó mucho. ¿Se derivaba de esto el fenómeno extrañísimo de sus -visiones? Nadie lo sabe; nadie quizás lo sabrá nunca. Pero, á lo mejor, -prohibióle su abuela volver á la casa aquella repleta de santos, -diciéndole: «Quintina es una picarona que te nos quiere robar para -venderte á los franceses». Cadalsito cogió miedo, y no volvió á parecer -por la calle de los Reyes. - -Tampoco Villaamil tragaba á Ildefonso, que era atrozmente sincero en la -emisión de sus opiniones, desconsiderado y á veces groserote. En otro -tiempo iban á la misma tertulia de café; pero desde que Cabrera dijo que -el planteamiento del _income tax_ en España era un desatino, y que tal -cosa no se le ocurría á nadie que tuviera sesos, Villaamil le tomó -ojeriza. Se encontraban... saludo al canto, y hasta otra. Doña Pura -reservaba para Cabrera motivos de odio más graves que aquel criterio -despiadado sobre el _income tax_. En jamás de los jamases les había -obsequiado aquel _tío_ con billetes á mitad de precio para una -excursioncita veraniega. Víctor hablaba perrerías de su cuñado, -vengándose de los malos ratos que el otro le hacía pasar con exhortos, -notificaciones y comparecencias. Para Víctor era de rúbrica que Cabrera -burlaba el rigor de la Aduana en sus traídas de material eclesiástico y -exportaciones de guiñapos artísticos. Y no sólo robaba al Estado, sino á -la empresa, porque en los comienzos del negocio confiaba sus paquetes á -los conductores, y después, cuando aquéllos se trocaron en voluminosas -cajas y no quiso exponerse á un réspice de los jefes, facturaba, sí, -pero aplicando á sus mercancías de lujo la tarifa de _envases de -retorno_ ó maderas de construcción. En sus declaraciones de Aduanas -había cosas muy chuscas. «¿Cómo creen ustedes que declaró una caja llena -de San Josés?--decía Víctor.--Pues la declaró _piedras de chispa_». Como -él hacía favores á los vistas, éstos le pasaban aquellos manifiestos -incongruentes; y los incensarios de bronce, ¿qué eran?... _ferretería -ordinaria_; ¿y los ternos de tela barata?... _paraguas sin armar y -corsés en bruto_. - - - - -XV - - -En los días subsiguientes, Pura saldó algunas cuentas de las que más la -agobiaban; trajo á casa diversas prendas de ropa de las más -indispensables, y en la mesa restableció el trato de los días felices. -La _pudorosa Ofelia_ se pasaba las horas muertas en la cocina, pues -insensiblemente iba tomando afición al arte de Vatel, tan distinto -¡María Santísima! del de Rossini, y sentía verdadero goce espiritual en -perfeccionarse en él, lanzándose á inventar ó componer algún plato. -Cuando había provisiones, ó, si se quiere, asunto artístico, la -inspiración se encendía en ella, y trabajaba con ahinco, entonando á -media voz por añeja costumbre y con afinación perfecta, algún tiernísimo -fragmento, como el _moriamo insieme, ah! sí, moriamo_... - -Todas las noches que las _Miaus_ no iban á la ópera, la sala llenábase -de gente. _Aliquando_, la espléndida doña Pura obsequiaba á los actores -con dulces y pastas, lo que hacía creer á la tertulia que Villaamil -estaba ya colocado ó al menos con un pie dentro de la oficina. La -combinación, sin embargo, no acababa de salir, porque el Ministro, harto -de recomendaciones y compromisos, no se resolvía á darle la última mano. -Crecía, pues, en la familia la incertidumbre y Villaamil hundíase más y -más en su estudiado pesimismo, llegando al extremo de decir: «Antes -veremos salir el sol por Occidente que á mí entrar en la oficina». - -Desde el segundo día de su llegada, Víctor no se recataba de nadie. -Entraba y salía con libertad; pasaba á la sala á las horas de tertulia, -pero sin echar raíces en ella, porque tal sociedad le era atrozmente -antipática. Desarmada Pura por la generosidad de su hijo político, se -compadeció de verle dormir en el duro sofá del comedor, y por fin -convinieron las tres _Miaus_ en ponerle en la habitación de Abelarda, -previa la traslación de ésta á la de su tía Milagros, que era la de -Luisito. La _pudorosa Ofelia_ se fué á dormir á la alcoba de su hermana, -en angostísimo catre. Á D. Ramón no le supieron bien estos arreglos, -porque lo que él desearía era ver salir á su yerno á cajas destempladas. -En la Dirección de Contribuciones, su amigo Pantoja le había dicho que -Víctor pretendía el ascenso, y que tenía un expediente cuya resolución -podía serlo funesta si algún padrino no arrimaba el hombro. Era cosa de -la Administración de Consumos, ó irregularidades descubiertas en la -cuenta corriente que Cadalso llevaba con los pueblos de la provincia. -Parecía que en la relación de apremios no figuraban algunos pueblos de -los más alcanzados, y se creía que Cadalso obraba en connivencia con los -alcaldes morosos. También dijeron á Villaamil que el reparto de -consumos, propuesto en el último semestre por Víctor, estaba hecho de -tal modo que _saltaba á la vista_ el chanchullo y que el jefe no había -querido aprobarlo. - -De estas cosas no habló Villaamil ni una palabra con su yerno. En la -mesa, el primero estaba siempre taciturno y Cadalso muy decidor, sin -conseguir interesar vivamente en lo que decía á ninguno de la familia. -Con Abelarda echaba largos parlamentos, si por acaso se encontraban -solos ó en el acto interesante de acostar á Luis. Gustaba el padre de -observar el desarrollo del niño y vigilar su endeble salud, y una de las -cosas en que principalmente ponía cuidado era en que le abrigaran bien -por las noches y en vestirle con decencia. Mandó que se le hiciera -ropa, lo compró una capita muy mona y traje completo azul con medias del -mismo color. Cadalsito, que era algo presumido, no podía menos de -agradecer á su papá que le pusiera tan majo. Pero en lo tocante a ropa -nueva, nada es comparable al lujo que desplegó en su persona el mismo -Víctor al poco tiempo de llegar á Madrid. Cada día traíale el sastre una -prenda flamante, y no era ciertamente su sastre como el de Villaamil, un -_artista_ de poco más ó menos, casi de portal, sino de los más afamados -de Madrid. ¡Y que no lucía poco la gallarda figura de Víctor con aquel -vestir correcto y airoso, no exento de severidad, que es el punto y filo -de la verdadera elegancia, sin cortes ni colores llamativos! Abelarda le -observaba con disimulo, solapadamente, admirando y reconociendo en él al -mismo hombre excepcional que algunos años antes le sorbió el seso á su -desgraciada hermana, y sentía en su alma depósito inmenso de indulgencia -hacia el joven tan vivamente denigrado por toda la familia. Aquel -depósito parecía pequeño mientras no se veía de él sino la mal explorada -superficie; pero luego, cavando, cavando, se veía que era inagotable, -quizás infinito, como grande y riquísima cantera. ¡Y qué vetas purpúreas -se encontraban en la masa; qué ráfagas brillantes; algo como venas -henchidas de sangre ó como el material de las piedras preciosas -derretido y consolidado por los siglos en el seno de la tierra! La -indulgencia se le subía del corazón al pensamiento en esta forma: «No, -no puede ser tan malo como dicen. Es que no le comprenden, no le -comprenden». - -La idea de no ser comprendido la había expresado Víctor muchas veces, no -sólo en aquella temporada, sino en otra más antigua, dos años antes, -cuando pasó algunos meses con la familia. ¿Cómo habían de comprender las -pobres cursis á un ser de esfera ó casta superior á la de ellas por la -figura, los modales, las ideas, las aspiraciones y hasta por los -defectos? Abelarda retrocedía con la imaginación á los tiempos pasados, -y estudiando sus sentimientos con respecto á Víctor, se reconocía -poseedora de ellos aun en vida de la pobre Luisa. Cuando todos en la -casa hablaban pestes de él, Abelarda consolaba á su hermana con -especiosas defensas del pérfido ó volviendo por pasiva sus faltas. «No -tiene Víctor la culpa de que todas las mujeres le quieran», solía decir. - -Muerta su hermana, Abelarda siguió admirando en silencio al viudo. -Cierto que había dado disgustos y jaquecas sin fin á la difunta; pero -ello consistía en la fatalidad de su buena figura. Sin saber cómo, á -veces por delicadeza, se veía cogido en lazos amorosos ó en trampas que -le tendían las picaras mujeres. Pero tenía buen fondo; con la edad -sentaría un poco la cabeza, y sólo necesitaba una mujer de corazón y de -temple que le sujetase, combinando el cariño con la severidad. La -desdichada Luisa no servía para el caso. ¿Cómo había de practicar este -difícil régimen una mujer que por cualquier motivo fútil se echaba á -llorar; una mujer que en cierta ocasión cayó con un síncope porque su -marido, al entrar en casa, traía el lazo de la corbata hecho de manera -muy distinta de como ella se lo hiciera al salir? - -En los días de este relato, costábale á la insignificante gran esfuerzo -el disimular la turbación que su cuñado producía en ella al dirigirle la -palabra. Á veces un gozo íntimo y bullicioso, con inflexiones de -travesura, le retozaba en el corazón, como insectillo parásito que -anidase en él y tuviera crías; á veces era una pena gravativa que la -agobiaba. En toda ocasión sus respuestas eran vacilantes, desentonadas, -sin gracia ninguna. - ---¿Pero es de veras que te casas con ese pájaro frito de Ponce?--le dijo -él una noche, cuando apostaba al pequeño.--Buena boda, hija. ¡Qué -envidia te tendrán tus amigas! No á todas les cae esa breva. - ---Déjame á mí... tonto, mala persona. - -Otra noche, demostrando vivo interés por la familia, Víctor le indicó: -«Mira, Abelarda, no esperes que coloquen á tu papá. La combinación está -hecha, pero no se publica todavía. No va en ella. Me lo han dicho -reservadamente. Ya comprenderás cuánto lo deploro. ¡El pobre señor tan -lleno de ilusiones!... porque, aunque él diga que no espera nada, no -hace otra cosa el infeliz. Cuando se desengañe recibirá un golpe -tremendo. Pero no tengas cuidado; mi ascenso es seguro, tengo mejor -arrimo que tu padre, y como he de quedarme en Madrid, no os abandonaré; -ten por cierto que no. Os he dado muchos disgustos, y mi conciencia -necesita descargarse. Por mucho que haga en beneficio vuestro, no -acabaré de quitarme este peso. - ---No, no es malo--pensaba Abelarda reconcentrándose en sus -cavilaciones.--Y todo eso que dice de que no cree en Dios es música, -guasa, por divertirse conmigo y hacerme rabiar. Porque eso sí; echa por -aquella boca cosas muy extrañas, que no se le ocurren á nadie. No es -malo, no; es travieso, y tiene mucho talento, pero mucho. Sólo que no le -sabemos entender. - -En lo de no ser entendido insistía Víctor siempre que venía á pelo. -«Mira tú, Abelarda, esto que te digo no debiera parecerte á ti una -barbaridad, porque tú me comprendes algo; tú no eres vulgo, ó al menos -no lo eres del todo, ó vas dejando de serlo». - -Á solas se descorazonaba la pobre joven, achicándose con implacable -modestia. «Sí, por más que él diga que no, vulgo soy, y ¡qué vulgo Dios -mío! De cara... psh; soy insignificante; de cuerpo no digamos; y aunque -algo valiera, ¿cómo había de lucir mal vestida, con pingos aprovechados, -compuestos y vueltos del revés? Luego soy ignorantísima; no sé nada, no -hablo más que tonterías y vaciedades, no tengo salero ninguno. Soy una -calabaza con boca, ojos y manos. ¡Qué pánfila soy, Dios mío, y qué -sosaina! ¿Para qué nací así?» - - - - -XVI - - -Siempre que Víctor entraba en la casa, mirábale Abelarda cual si llegase -de regiones sociales muy superiores. En su andar lo mismo que en sus -modales, en su ropa lo mismo que en su cabellera, traía Víctor algo que -se despegaba de la pobre vivienda de las _Miaus_, algo que reñía con -aquel hogar destartalado y pedestre. Y las entradas y salidas de Cadalso -eran muy irregulares. Á menudo comía de fonda con sus amigos; iba al -teatro un día sí y otro también; y hasta se dió el caso de pasarse toda -la noche fuera. No siempre estaba de buen talante; tenía rachas de -tristeza, durante las cuales no se le sacaba palabra en todo el día. -Pero otros estaba muy parlanchín, y como sus suegros no le hacían -maldito caso, despachábase con su hermana política. Los ratos de plática -á solas, no eran muchos; pero él sabía aprovecharlos, conociendo el -dinamismo de su persona y de su conversación sobre el turbado espíritu -de la insignificante. - -Luisito andaba malucho, llegando su desazón al punto de guardar cama: -doña Pura y Milagros fueron aquella noche al Real, Villaamil al café, en -busca de noticias de la combinación, y Abelarda se quedó cuidando al -chiquillo. Cuando menos lo pensaba, llaman á la puerta. Era Víctor, que -entró muy gozoso, tarareando un tango zarzuelero. Enteróse de la -enfermedad de su hijo, que ya estaba durmiendo, le oyó respirar, -reconoció que la fiebre, caso de haberla, era levísima, y después se -puso á escribir cartas en la mesa del comedor. Su cuñada le vigilaba con -disimulo; dos ó tres veces pasó por detrás de él fingiendo tener que -trastear algo en el aparador, y echando furtiva ojeada sobre lo que -escribía. Carta de amores era sin duda por lo larga, por lo metido de la -letra y por la febril facilidad con que Víctor plumeaba. Pero no pudo -sorprender ni una frase ni una sílaba. Concluida la misiva, Cadalso -trabó conversación con la joven, que salió á coser al comedor. - ---Oye una cosa--le dijo, apoyando el codo en la mesa y la cara en la -palma de la mano.--Hoy he visto á tu Ponce. ¿Sabes que he variado de -opinión? Te conviene; es buen muchacho, y será rico cuando se muera su -tío el notario, de quien dicen va á ser único heredero... Porque no -hemos de atendernos al criterio del amigo Ruiz según el cual no hay -felicidad como estar á la cuarta pregunta... Si Federico tuviera razón, -y yo me dejara llevar de mis sentimientos, te diría que Ponce no te -conviene, que te convendría más otro; yo, por ejemplo... - -Abelarda se puso pálida, desconcertándose de tal modo, que sus esfuerzos -por reir no le dieron resultado alguno. - ---¡Qué tonterías dices!... ¡Jesús, siempre has de estar de broma! - ---Bien sabes tú que esto no lo es (poniéndose muy serio). Hace dos años, -una noche, cuando vivíais en Chamberí, te dije: «Abelardilla, me gustas. -Siento que el alma se me desmigaja cuando te veo...» ¿Á que no te -acuerdas? Tú me contestaste que... No sé cómo fué la contestación; pero -venía á significar que si yo te quería, tú... también. - ---¡Ay, qué embustero!... ¡Quita allá! Yo no dije tal cosa. - ---Entonces, ¿lo soñé yo?... Como quiera que sea, después te enamoraste -locamente de esa preciosidad de Ponce. - ---Yo... enamorarme... Tú estás malo.. Pues sí, pongamos que me enamoré. -¿Y á ti qué te importa? - ---Me importa, porque en cuanto yo me enteré de que tenía un rival, volví -mi corazón hacia otra parte. Para que veas lo que es el destino de las -personas: hace dos años estuvimos casi á punto de entendernos; hoy la -desviación es un hecho. Yo me fuí, tú te fuiste, nosotros nos fuimos. Y -al encontrarnos otra vez, ¿qué pasa? Yo estoy en una situación muy rara -con respecto á ti. El corazón me dice: «enamórala», y en el mismo -momento sale, no sé de dónde, otra voz que me grita: «mírala y no la -toques». - ---¿Qué me importa á mí nada de eso (ahogándose), si yo no te quiero á ti -ni pizca ni te puedo querer? - ---Lo sé, lo sé... No necesitas jurármelo. Hemos convenido en que no -tiene el diablo por dónde desecharme. Me aborreces, como es lógico y -natural. Pues mira tú lo que son las cosas. Cuando una persona me -aborrece, á mí me dan ganas de quererla, y á ti te quiero, porque me da -la gana, ya lo sabes, ea... y ole morena, como dice tu papá. - ---¡Qué cosas tienes!... ¡Ay, qué tonto! (proponiéndose estar seria, y -echándose á reir). - ---No, si yo no te engaño ni te engañaré nunca. Créasla ó no la creas, -allá va la verdad. Te quiero y no debo quererte, porque eres demasiado -angelical para mí. No puedes ser mía sino por el matrimonio, y el -matrimonio, esa máquina absurda que sólo funciona bien para las personas -vulgares, no nos sirve en estos momentos. Bueno ó malo, como tú quieras -suponerme, tengo, aunque parezca inmodestia, una misión que cumplir: -aspiro á algo peligroso y difícil, para lo cual necesito ante todo -libertad; corro desalado hacia un fin, al cual no llegaría si no fuera -solo. Acompañado me quedaré á la mitad del camino. Adelante, adelante -siempre (con afectación teatral). ¿Qué impulso me arrastra? La -fatalidad, fuerza superior á mis deseos. Vale más estrellarse que -retroceder. No puedo volver atrás ni llevarte conmigo. Temo envilecerte. -Y si tuvieras la inmensa desgracia de ser mujer de este miserable... -(cerrando los ojos y extendiendo la mano como para apartar una sombra). -No, rechacemos con energía semejante idea... Te quiero lo bastante para -no traerte jamás á mi lado. Si algún día... (con sonsonete -declamatorio), si algún día me alucino y cometo la torpeza insigne de -decirte que te amo, de pedirte tu amor, despréciame; no te dejes llevar -de tu inmensa bondad; arrójame de ti como á un animal dañino, porque más -te valiera morir que ser mía. - ---Pero di, ¿te has propuesto marearme? (trémula y disimulando su -turbación con la tentativa frustrada de enhebrar una aguja). ¿Qué -disparates son esos que me dices? Si yo no he de... hacerte caso... ¿Á -qué viene eso de que me mate ó que me muera ó que me lleven los -demonios? - ---Ya sé que no me quieres. Lo único que te pido, y te lo pido como un -favor muy grande, es que no me aborrezcas, que me tengas compasión. -Déjame á mí, que yo me entiendo solo, guardando con avaricia estas -ideas para consolarme con ellas. En medio de mis desgracias, que tú no -conoces, tengo un alivio, y es saber vivir en lo ideal y fortificar mi -alma con ello. Tu destino es muy diferente al mío, Abelarda. Sigue tu -senda, que yo voy por la mía, llevado de mi fiebre y de la rapidez -adquirida. No contrariemos la fatalidad que todo lo rige. Quizás no -volvamos á encontrarnos. Antes de que nos separemos, te voy á dar un -consejo: si Ponce no te es desagradable, cásate con él. Basta con que no -te sea desagradable. Si no te gusta, si no encuentras otro que tenga los -ojos menos húmedos, renuncia al matrimonio... Es el consejo de quien te -quiere más de lo que tú piensas... Renuncia al mundo, entra en un -convento, conságrate á un ideal y á la vida contemplativa. Yo no tengo -la virtud de la resignación, y si no consigo llegar á donde pienso, si -mi sueño se convierte en humo, me pegaré un tiro. - -Lo dijo con tanta energía y tal acento de verdad, que Abelarda se lo -creyó, más impresionada por aquel disparate que por los otros que -acababa de oir. - ---No harás tal. ¡Matarte! Eso sí que no me haría gracia... (cazando al -vuelo una idea). Pero ¡quiá! todo eso de la desesperación y el tirito es -porque tienes por ahí algún amor desgraciado. Alguien habrá que te -atormenta. Bien merecido lo tienes, y yo me alegro. - ---Pues mira, hija (variando de registro), lo has dicho en broma, y -quizás, quizás aciertes... - ---¿Tienes novia? (fingiendo indiferencia). - ---Novia, lo que se dice novia... no. - ---Vamos, algún amor. - ---Llámalo fatalidad, martirio... - ---Dale con la dichosa fatalidad... Di que estás enamorado. - ---No sé qué responderte (afectando una confusión bonita y muy del caso). -Si te digo que sí, miento; y si te digo que no, miento también. Y -habiéndote asegurado que te quiero á ti, ¿en qué juicio cabe la -posibilidad de interesarme por otra? Todo ello se explicará -distinguiendo entre un amor y otro amor. Hay un cariño santo, puro y -tranquilo, que nace del corazón, que se apodera del alma y llega á ser -el alma misma. No confundamos este sentimiento con las ebulliciones -enfermizas de la imaginación, culto pagano de la belleza, anhelo de los -sentidos, en el cual entra también por mucho la vanidad, fundada en la -jerarquía de quien nos ama. ¿Qué tiene que ver esta desazón, accidente y -pasatiempo de la vida, con aquella ternura inefable que inspira al alma -deseo de fundirse con otra alma, y á la voluntad el ansia del -sacrificio...? - -No siguió, porque con sutil instinto comprendía que la excesiva sutileza -le llevaba á la ridiculez. Para la pobre Abelarda, estos conceptos -ardorosos, pronunciados con cierta mímica elegante por aquel hombre -guapísimo que, al decirlos, ponía en sus ojos negros expresión tan dulce -y patética, eran lo más elocuente que había oído en su vida, y el alma -se le desgarraba al escucharlos. Comprendiendo el efecto, Víctor buscaba -en su mente discursiva nuevos arbitrios para seguir sorbiendo el seso á -la cuitada joven. Allí le soltó algunas frases más, paradójicas y -acaloradas, en contradicción con las anteriores; pero Abelarda no se -fijaba en lo contradictorio. La honda impresión de los últimos conceptos -borraba en su mente la de los primeros, y se dejaba arrastrar por aquel -torbellino, entre un hervidero de sentimientos encontrados, curiosidad, -amor, celos, gozo y rabia. Víctor doraba sus mentiras con metáforas y -antítesis de un romanticismo pesimista que está ya mandado recoger. Mas -para la señorita Villaamil, la quincalla deslucida y sin valor era oro -de ley, pues su escasa instrucción no le permitía quilatar los textos -olvidados de que Víctor tomaba aquella monserga de la fatalidad. El -volvió á la carga, diciéndole en tono un tanto lúgubre: - ---No puedo seguir hablando de esto. Lo que no debe ser, no es. Comprendo -que convendría más entregarme á ti... quizás me salvarías. Pero no, no -me quiero salvar. Debo perderme, y llevarme conmigo este sentimiento que -no merecí, este rayo celestial que guardo con susto como si lo hubiera -robado.. En mí tienes un trasunto del Prometeo de la fábula. He -arrebatado el fuego celeste, y en castigo de esto, un buitre me roe las -entrañas. - -Abelarda, que no sabía nada de Prometeo, se asustó con aquello del -buitre; y el otro, satisfecho de su triunfo, prosiguió así: - ---Soy un condenado, un réprobo... No puedo pedirte que me salves, porque -la fatalidad lo impediría. Por tanto, si ves que me llego á ti y te digo -que te quiero, no me creas... es mentira, es un lazo infame que te -tiendo; despréciame, arrójame de tu lado; no merezco tu cariño, ni tu -compasión siquiera... - -La insignificante, con inmensa pena y desaprobación de sí misma, pensó: -«Soy tan pava y tan vulgar, que no se me ocurre nada qué responder á -estas cosas tan remontadas y tan sentidas que me está diciendo». Dió un -gran suspiro y le miró, con vivos deseos de echarle los brazos al cuello -exclamando: «Te quiero yo á ti más de lo que tú puedes suponer. Pero no -hagas casos de mí, no merezco nada, ni valgo lo que tú. Quiero gozarme -en la amargura de quererte sin esperanza». - -Víctor, sosteniéndose la cabeza con ambas manos, espaciaba sus -distraídos ojos por el hule de la mesa, ceñudo y suspirón, haciéndose el -romántico, el no comprendido, algo de ese tipo de Manfredo, adaptado á -la personalidad de mancebos de botica y oficiales de la clase de -quintos. Después la miró con extraordinaria dulzura, y tocándole el -brazo, le dijo: «¡Ah! ¡cuánto te hago sufrir con estas horribles -misantropías que no pueden interesarte! Perdóname; te ruego que me -perdones. No estoy tranquilo si no dices que sí. Eres un ángel, no soy -digno de ti, lo reconozco. Ni siquiera aspiro á merecerte; sería -insensato atrevimiento. Sólo pretendo por ahora que me comprendas... ¿Me -comprenderás?» - -Abelarda llegaba ya al límite de sus esfuerzos por disimular el ansia y -la turbación. Pero su dignidad podía mucho. No quería entregar el -secreto de su alma, sin defenderlo hasta morir; y al cabo, con supremo -heroísmo, soltó una risa que más bien parecía la hilaridad espasmódica -que precede á un ataque de nervios, diciendo á Cadalso: - ---Vaya si te comprendo... Te haces el pillo, te haces el malo... sin -serlo, para engañarme. Pero á mí no me la pegas... Tonto de capirote... -yo sé más que tú. Te he calado. ¿Qué manía de que te aborrezcan, si no -lo has de conseguir?... - - - - -XVII - - -Luisito empeoró. Tratábase de un catarro gástrico, achaque propio de la -infancia, y que no tendría consecuencias, atendido á tiempo. Víctor, -intranquilo, trajo al médico, y aunque su vigilancia no era necesaria -porque las tres _Miaus_ cuidaban con mucho cariño al enfermito, y hasta -se privaron durante varias noches de ir á la ópera, no cesaba de -recomendar la esmerada asistencia, observando á todas horas á su hijo, -arropándole para que no se enfriara y tomándole el pulso. Á fin de -entretenerle y alegrar su ánimo, cosa muy necesaria en las enfermedades -de los niños, le llevó algunos juguetes, y su tía Quintina también -acudió con las manos llenas de cromos y estampas de santos, el -entretenimiento favorito de Luis. Debajo de las almohadas llegó á reunir -un sinnúmero de baratijas y embelecos, que sacaba á ciertas horas para -pasarles revista. En aquellas noches de fiebre y de mal dormir, -Cadalsito se había imaginado estar en el pórtico de las Alarconas ó en -el sillar de la explanada del Conde-Duque; pero no veía á Dios, ó, mejor -dicho, sólo le veía á medias. Presentábasele el cuerpo, el ropaje -flotante y de incomparable blancura; á veces distinguía confusamente las -manos, pero la cara no. ¿Por qué no se dejaba ver la cara? Cadalsito -llegó á sentir gran aflicción, sospechando que el Señor estaba enfadado -con él. ¿Y por qué causa?... En una de las estampitas que su padre le -había traído, estaba Dios representado en el acto de fabricar el mundo. -¡Cosa más fácil!... Levantaba un dedo, y salían el cielo, el mar, las -montañas... Volvía á levantar el dedo, y salían los leones, los -cocodrilos, las culebras enroscadas y el ligero ratón... Pero la lámina -aquélla no satisfacía al chicuelo. Cierto que el Señor estaba muy bien -pintado; pero no era, no, tan guapo y respetuoso como su amigo. - -Una mañana, hallándose ya Luis limpio de calentura, entró su abuelo á -visitarle. Parecióle al chico que Villaamil sufría en silencio una gran -pena. Ya, antes de llegar el viejo, había oído Luis un run-run entre las -_Miaus_, que le pareció de mal agüero. Se susurraba que no había sitio -en la combinación. ¿Cómo se sabía? Cadalsito recordaba que por la mañana -temprano, en el momento de despertar, había oído á doña Pura diciendo á -su hermana: «Nada por ahora... Valiente mico nos han dado. Y no hay duda -ya; me lo ha dicho Víctor, que lo averiguó anoche en el Ministerio». - -Estas palabras, impresas en la mente del chiquillo, las relacionó luego -con la cara de ajusticiado del abuelo cuando entró á verle. Luis, como -niño, asociaba las ideas imperfectamente, pero las asociaba, poniendo -siempre entre ellas afinidades extrañas sugeridas por su inocencia. Si -no hubiera conocido á su abuelo como le conocía, le habría tenido miedo -en aquella ocasión, porque en verdad su cara era cual la de los ogros -que se zampan á las criaturas... «No le colocan», pensó Luisito, y al -decirlo juntaba otras dos ideas en su mente aún turbada por la mal -extinguida calentura. La dialéctica infantil es á voces de una precisión -aterradora, y lo prueba esto razonamiento de Cadalsito: «Pues si no le -quiere colocar, no sé por qué se enfada Dios conmigo y no me enseña la -cara. Más bien debiera yo estar enfadado con él». - -Villaamil se puso á dar paseos por la habitación, con las manos en los -bolsillos. Nadie se atrevía á hablarle. Luis sintió entonces congojosa -pena que le abatía el ánimo: «No le colocan--pensaba,--porque yo no -estudio, ¡contro! porque no me sé las condenadas lecciones». Pero al -punto la dialéctica infantil resurgió para acudir á la defensa del amor -propio: «¿Pero cómo he de estudiar si estoy malo?... Que me ponga bueno -él, y verá si estudio»» - -Entró Víctor, que venía de la calle, y lo primero que hizo fué darle un -abrazo á Villaamil, cortando sus pasos de fiera enjaulada. Doña Pura y -Abelarda hallábanse presentes. - ---No hay que abatirse ante la desgracia--dijo Víctor al hacer la -demostración afectuosa, que Villaamil, por más señas, recibió de -malísimo temple.--Los hombres de corazón, los hombres de fibra, tienen -en sí mismos la fuerza necesaria para hacer frente á la adversidad... El -Ministro ha faltado una vez más á su palabra, y han faltado también -cuantos prometieron apoyarle á usted. Que Dios les perdone, y que sus -conciencias negras les acusen con martirio horrible del mal que han -hecho. - ---Déjame, déjame--replicó Villaamil, que estaba como si le fueran á dar -garrote. - ---Bien sé que el varón fuerte no necesita consuelos de un hombre vulgar -como yo. ¿Qué ha sucedido aquí? Lo natural, lo lógico en estas -sociedades corrompidas por el favoritismo. ¿Qué ha pasado? Que al padre -de familia, al hombre probo, al funcionario de mérito, envejecido en la -Administración, al servidor leal del Estado que podría enseñar al -Ministro la manera de salvar la Hacienda, se le posterga, se le -desatiende y se le barre de las oficinas como si fuera polvo. Otra cosa -me sorprendería; esto no. Pero hay más. Mientras se comete tal -injusticia, los osados, los ineptos, los que no tienen conciencia ni -título alguno, apandan la plaza en premio de su inutilidad. Contra esto -no queda más recurso que retirarse al santuario de la conciencia y -decir: «Bien. Me basta mi propia aprobación». - -Víctor, al expresarse con tanta filosofía, miraba á doña Pura y á -Abelarda, que estaban muy conmovidas y á dos dedos de llorar. Villaamil -no decía palabra, y con la cara lívida y la mandíbula temblorosa había -vuelto á sus paseos. - ---Nada me sorprende--añadió Víctor, desbordándose en sacrosanta -indignación.--Esto está tan podrido, que va á resultar la cosa más -chocante del mundo: mientras á este hombre, que debiera ser Director -general, lo menos, se le desatiende y se le manda á paseo, yo, que ni -valgo nado, ni soy nada y tengo tan cortos servicios, yo... créanlo -ustedes, yo, cuando esté más descuidado, me encontraré con el ascenso -que he pedido. Así es el mundo, así es España y así nos vamos educando -todos en el desprecio del Estado, y atizando en nuestra alma el rescoldo -de las revoluciones. Al que merece, desengaños; al que no, confites. -Esta es la lógica española. Todo al revés; _el país de los -viceversas_... Y yo, que estoy tranquilo, que no me apuro, que no tengo -tampoco necesidades, que desprecio la credencial y á quien me la ofrece, -seré colocado, mientras el padre de familia, cargado de obligaciones, el -que por su respetabilidad, por sus servicios, se hacía tan fundadamente -la ilusión de que... - ---Yo no me hacía ilusiones, ni ese es el camino--dijo bruscamente y con -arrebato de ira don Ramón, elevando las manos hasta muy cerca del -techo.--Yo no tuve nunca esperanzas... yo no creí que me colocasen, ni -lo volveré á creer jamás. ¡Vaya, que es tema el de esta gente! Si yo no -esperé nada... ¿Cómo se ha de decir? De veras parece que entre todos os -proponéis freirme la sangre. - ---Hijo, cualquiera diría que es crimen tener esperanzas--observó doña -Pura.--Pues las tengo, y ahora más que nunca. Habrá otra combinación. Te -lo han prometido, y á la fuerza te lo han de cumplir. - ---¡Claro!--dijo Víctor, contemplando á Villaamil con filial interés.--Y, -sobre todo, no conviene apurarse. Venga lo que viniere, puesto que todo -es injusticia y sinrazón, si á mí me ascienden, como espero, mi suerte -compensará la desgracia de la familia. Yo soy deudor á la familia de -grandes favores. Por mucho que haga, no los podré pagar. He sido malo; -pero ahora me da, no diré que por ser bueno, pues lo veo difícil, pero -sí porque se vayan olvidando mis errores... La familia no carecerá de -nada mientras yo tenga un pedazo de pan. - -Agobiado por sentimientos de humillación, que caían sobre su alma como -un techo que se desploma, Villaamil dió un resoplido y salió del cuarto. -Siguióle su mujer, y Abelarda, dominada por impresiones muy distintas de -las de su padre, se volvió hacia la cama de Luis, fingiendo arroparle, -para esconder su emoción, mientras discurría: «No, lo que es de malo no -tiene nada. No lo creeré, dígalo quien lo diga». - ---Abelarda--insinuó él melosamente, después de un rato de estar solos -con el pequeño.--Yo bien sé que á ti no necesito repetirte lo que he -manifestado á tus padres. Tú me conoces algo, me comprendes algo; tú -sabes que míentras yo tenga un mendrugo de pan, vosotros no habéis de -carecer de sustento; poro á tus padres he de decírselo y aun probárselo -para que lo crean. Tienen muy triste idea de mí. Verdad que no se pierde -en dos días una mala reputación. ¿Y cómo no había de brindar á ustedes -ayuda, á no ser un monstruo? Si no lo hiciera por los mayores, tendría -que hacerlo por mi hijo, criado en esta casa, por este ángel, que más os -quiere á vosotros que á mí... y con muchísima razón. - -Abelarda acariciaba á Luis, tratando de ocultar las lágrimas que se le -agolpaban á los ojos, y el pequeñuelo, viéndose tan besuqueado y oyendo -aquellas cosas que papá decía y que le sonaban á sermón ó parrafada de -libro religioso, se enterneció tanto, que rompió á llorar como una -Magdalena. Ambos se esforzaron en distraer su espíritu, riendo, -diciéndole chuscadas festivas ó inventando cuentos. - -Por la tarde, el muchacho pidió sus libros, lo que admiró á todos, pues -no comprendían que quien tan poco estudiaba estando bueno, quisiese -hacerlo hallándose encamado. Tanto se impacientó él, que le dieron la -Gramática y la Aritmética, y las hojeaba, cavilando así: «Ahora no, -porque se me va la vista; pero en cuanto yo pueda, ¡contro! me lo -aprendo enterito... y veremos entonces... ¡veremos!» - - - - -XVIII - - -La mísera Abelarda andaba tan desmejoradilla, que su madre y su tía la -creyeron enferma y hablaron de llamar al médico. No obstante, continuaba -haciendo la vida ordinaria, trabajando, durante muchas horas del día, en -transformaciones y arreglos de vestidos. Usaba un maniquí de mimbres, -trashumante del gabinete al comedor, y que al anochecer parecía una -persona, la cuarta _Miau_, ó el espectro de alguno de la familia que -venía del otro mundo á visitar á su progenie. Sobre aquel molde probaba -la insignificante sus cortes y hechuras, que eran bastante graciosas. Á -la sazón traía entre manos un vestido con retazos de cachemir que -prestaron ya dos servicios y había sido vuelto del revés y lo de arriba -abajo. Se les añadía, para combinar, una telucha de á peseta. Semejantes -componendas eran familiares á Pura, y si una tela no podía lavarse ni -volverse, la mandaba al tinte, y... como acabada de estrenar. Con tal -sistema, hubo vestido que salió por veinticuatro reales. Pero en lo que -Abelarda lucía sorprendentes facultades era en la metamorfosis de -sombreros. La capota de doña Pura había pasado por una serie de vidas -diferentes, que al modo de encarnaciones la hacían siempre nueva y -siempre vieja. Para invierno, forrábanla de terciopelo, y para verano la -cubrían con el encaje de una _visita_ desechada: las flores ó prendidos -eran regalo de las vecinas del principal. La martirizada armadura del -sombrero de Abelarda había tomado ya, durante la época de la cesantía, -formas y estilos diferentes, según las pragmáticas de la moda, y con -este exquisito arte de disimular la indigencia, salían las Villaamil á -la calle hechas unos brazos de mar. - -Las noches que no iban las _Miaus_ á rendir culto á Euterpe, tenía que -aguantar Abelarda, por dos ó tres horas, la jaqueca de Ponce, ó bien -ensayaba su papel en la pieza. Mucho disgustaba á doña Pura tener que -dar función dramática habiendo fracasado las esperanzas de próxima -colocación; pero como estaba anunciada á son de trompeta, distribuídos -los papeles y tan adelantados los ensayos, no había más remedio que -sacrificarse en aras de la tiránica sociedad. De propósito había -escogido Abelarda un papel incoloro, el de criada, que al alzarse el -telón salía plumero en mano, lamentándose de que sus amos no le pagaban -el salario, y revelando al público que la casa en que servía era la más -tronada de Madrid. La pieza pertenecía al género predilecto de los -ingenios de esta Corte, y se reducía á presentar una familia cursi, con -menos dinero que vanidad; una señora hombruna que trataba á zapatazos á -su marido, un noviazgo, un enredo fundado en equivocaciones de nombres, -con gran mareo de entradas y salidas, hasta que, cuando aquello parecía -una casa de Orates, salía el padre memo diciendo: _Ahora lo comprendo -todo_, y se acababa el entremés con boda y una décima pidiendo al -público aplausos. Ponce hacía el papel de padre tonto; y el de un pollo -calavera y achulado, que era autor del lío y la sal y pimienta de la -pieza, tocó á un tal Cuevas, hijo del vecino del principal, D. Isidoro -Cuevas, viudo con mucha familia, empleado en la Alcaidía de la vecina -Cárcel de Mujeres, y comúnmente llamado en la vecindad _el señor de la -Galera_. El Cuevas hijo era chistoso, de buena sombra; contaba cuentos -de borrachos con tal gracia, que era morirse de risa; imitaba el -lenguaje chulo, se cantaba flamenco por todo lo alto, amén de otras -muchas habilidades, por las cuales se lo rifaban en las tertulias del -jaez de la de Villaamil. El papel de señorita de la casa corría á cargo -de la chica de Pantoja (D. Buenaventura Pantoja, empleado en el -Ministerio de Hacienda, amigo íntimo de Villaamil); y el de mamá -impertinente, ordinaria, lenguaraz, sargentona, papel del tipo Valverde, -correspondió á una de las chicas de Cuevas (eran cuatro y se ayudaban -con la modistería de sombreros, por cierto muy bien). Otros papeles, un -lacayo, un viejo prestamista, un marqués tronado y de filfa, que -resultaba ser _lipendi_ de marca mayor, fueron repartidos entre -diferentes chicos de la tertulia. El cojo Guillén se avino á ser -apuntador. Federico Ruiz oficiaba de director de escena, y habría -deseado que tal función tuviera carteles en las esquinas, para poner en -ellos con letras muy gordas: _bajo la dirección del reputado -publicista_, etc., etc. - -Poseía Abelarda memoria felicísima, y se aprendió el papel muy pronto. -Asistía á los ensayos como un autómata, prestándose dócilmente á la vida -de aquel mundo, para ella secundario y artificial; como si su casa, su -familia, su tertulia, Ponce, fuesen la verdadera comedia, de fáciles y -rutinarios papeles... y permaneciese libre el espíritu, empapado en su -vida interior, verdadera y real, en el drama exclusivamente suyo, -palpitante de interés, que no tenía más que un actor, ella, y un solo -espectador, Dios. - -Monólogo desordenado y sin fin. Una mañana, mientras la joven se -peinaba, el espectador habría podido oir lo siguiente: «¡Qué fea soy, -Dios mío; qué poco valgo! Más que fea, sosa, insignificante; no tengo ni -un grano de sal. ¡Si al menos tuviera talento!; pero ni eso... ¿Cómo me -ha de querer á mí, habiendo en el mundo tanta mujer hermosa y siendo él -un hombre de mérito superior, de porvenir, elegante, guapo y con -muchísimo entendimiento, digan lo que quieran?... (Pausa.) Anoche me -contó Bibiana Cuevas que en el paraíso del Real nos han puesto un mote; -nos llaman las de _Miau_ ó las _Miaus_, porque dicen que parecemos tres -gatitos, sí, gatitos de porcelana, de esos con que se adornan ahora las -rinconeras. Y Bibiana creía que yo me iba á incomodar por el apodo. ¡Qué -tonta es! Ya no me incomodo por nada. ¿Parecemos gatos? ¿Sí? Mejor. -¿Somos la risa de la gente? Mejor que mejor. ¿Qué me importa á mí? Somos -unas pobres cursis. Las cursis nacen, y no hay fuerza humana que les -quite el sello. Nací de esta manera y así moriré. Seré mujer de otro -cursi y tendré hijos cursis, á quienes el mundo llamará los -_michitos_... (Pausa.) ¿Y cuándo colocarán á papá? Si lo miro bien, no -me importa; lo mismo da. Con destino y sin destino, siempre estamos -igual. Poco más ó menos, mi casa ha estado toda la vida como está ahora. -Mamá no tiene gobierno; ni lo tiene mi tía, ni lo tengo yo. Si colocan á -papá, me alegraré por él, para que tenga en qué ocuparse y se distraiga; -pero por la cuestión de bienestar, me figuro que nunca saldremos de -ahogos, farsas y pingajos... ¡Pobres _Miaus_! Es gracioso el nombre. -Mamá se pondrá furiosa si lo sabe; yo no; ya no tengo amor propio. Se -acabó todo, como el dinero de la familia... si es que la familia ha -tenido dinero alguna vez. Le voy á decir á Ponce esto de las _Miaus_, á -ver si lo toma á risa ó por la tremenda. Quiero que se encrespe un día -para encresparme yo también. Francamente, me gustaría pegarle ó algo -así... (Pausa.) ¡Vaya que soy desaborida y sin gracia! Mi hermana Luisa -valía más; aunque, la verdad, tampoco era cosa del otro jueves. Mis ojos -no expresan nada; cuando más, expresan que estoy triste, pero sin decir -por qué. Parece mentira que detrás de estas pupilas haya... lo que hay. -Parece mentira que este entrecejo y esta frente angosta oculten lo que -ocultan. ¡Qué difícil para mí figurarme cómo es el cielo; no acierto, no -veo nada! ¡Y qué fácil imaginarme el infierno! Me lo represento como si -hubiera estado en él... Y tienen razón; el parecido con la cara de un -gato salta a la vista... La boca es lo peor; esta boca de esquina que -tenemos las tres... Sí; pero la de mamá es la más característica. La -mía, tal cual; y cuando me río, no resulta maleja. Una idea se me -ocurre: si yo me pintara, ¿valdría un poco más? ¡Ah! no; Víctor se -reiría de mí. Él podrá desdeñarme; pero no me considera mujer ridícula y -antipática. ¡Jesús! ¿Seré antipática? Esta idea sí que no la puedo -sufrir. Antipática, no, Dios mío. Si me convenciera de que soy -antipática, me mataría... (Pausa.) Anoche entró y se metió en su cuarto -sin decir oxte ni moxte. Más vale así. Cuando me habla me estruja el -corazón. Porque me quisiera, sería yo capaz de cometer un crimen. ¿Qué -crimen? Cualquiera... todos. Pero no me querrá nunca, y me quedaré con -mi crimen en proyecto y desgraciada para siempre». - ---Hija--indicó doña Pura, sacándola impensadamente de su -abstracción.--Cuando venga Ponce, le dices que le matamos si no nos trae -los billetes para el beneficio de la Pellegrini. Si no los tiene, que -los busque. Ella ha de dar billetes á los periódicos y á toda la -dignísima alabarda. Créelo; si Ponce va á pedírselos, ella es muy fina y -no se los negará. Nos enojaremos de veras si no los trae. - ---Los traerá--dijo Abelarda, que había acabado de edificar su -moño.--Como no los traiga, no le vuelvo á dirigir la palabra. - -Ponce entraba allí como Pedro por su casa, dirigiéndose al comedor, -donde comúnmente encontraba á su novia. Llegó aquella tarde á eso de las -cuatro, y pasó, atusándose el pelo, después de haber colgado la capa y -hongo en la percha del recibimiento. Era un joven raquítico y linfático, -de esos que tienen novia como podrían tener un paraguas, con ribetes de -escritor, crítico gratuito, siempre atareado, quejoso de que no le leía -nadie (aquí no se lee), abogadillo, buen muchacho, orejas grandes, -lentes sin cordón, bizcando un poco los ojos, mucha rodillera en los -pantalones, poca sal en la mollera, y en el bolsillo obra de seis -reales, cuando más. Gozaba un destinillo en el Gobierno de provincia, de -seis mil, y estaba hipando por los ocho que le habían prometido desde el -año anterior... que hoy, que mañana. Cuando los tuviera, boda al canto. -Estas esperanzas no habrían bastado á que los Villaamil aceptasen su -candidatura á yerno; pero tenía un tío rico, notario, sin hijos, enfermo -de cáncer, y como se había de morir antes de un año, quizás de un mes, y -Ponce era su heredero, la familia _Miau_ vió en el aspirante una -chiripa. El desgraciado tío, según los cálculos de Pantoja, que era su -amigo y testamentario, dejaría dos casas, algunos miles y la notaría... - -Lo mismo fué entrar Ponce en el comedor, que soltarle Abelarda esta -indirecta: - ---Si no trae usted las entradas para el beneficio de la Pellegrini, no -vuelve usted á poner los pies aquí. - ---Calma, hija, calma; déjame sentar, tornar aliento... He venido á -escape. Me pasan cosas muy gordas, pero muy gordas. - ---¿Qué lo pasa á usted, hombre de Dios?--preguntó doña Pura, que -acostumbraba reprenderle como á un hijo.--Siempre viene con apuros, y -total, nada. - ---Óigame usted, doña Pura, y tú, Abelarda, óyeme también. Mi tío está -muy malo, pero muy malo. - ---¡Ave María Purísima!--exclamó doña Pura, sintiendo que le daba un -vuelco el corazón. - -Y brincando como un cervatillo, fué á la cocina á dar la noticia á su -hermana. - ---Está expirando... - ---¿Quién? - ---El tío, mujer, el tío... ¿no te enteras?... Pero dígame usted, Ponce -(volviendo al comedor con rapidez gatuna), ¿va de veras?... Estará usted -muy contento, muy... triste quiero decir. - ---Se harán ustedes cargo de que no puedo ir al teatro, ni visitar á la -Pellegrini... Como ustedes conocen... Muy malo, muy malito... Dicen los -médicos que no dura dos días... - ---¡Pobre señor!... ¿Y qué hace usted que no se planta en casa del -difunto... digo, del enfermo? - ---De allí vengo... Esta noche, á las siete, le llevaremos el Viático. - -Corrió doña Pura al despacho, donde estaba Villaamil. - ---El Viático... ¿no te enteras? - ---¿Qué?... ¿quién? - ---El tío, hombre, el tío de Ponce, que está dando las boqueadas... -(Deslizándose otra vez hacia el comedor). Amigo Ponce, ¿quiere usted -tomar una copita de vino con bizcochos? Estará usted muy afectado... Y -no hay que pensar en teatros... No faltaba más. Nosotras tampoco iremos. -Ya ve usted, el luto... guardaremos luto riguroso... ¿De veras no quiere -usted una copita de vino con bizcochos?... ¡Ah! ¡qué cabeza!... ¡si se -ha acabado el vino!... Pero lo traeremos... Con formalidad: ¿no quiere -usted? - ---Gracias; ya sabe usted que el vino se me sube á la cabeza. - -Abelarda y Ponce pegaron la hebra, sin más testigo que Luis, que andaba -enredando en el comedor, y á veces se paraba ante los novios, mirándoles -con estupor infantil. Hablaban á media voz... ¿Qué dirían? Las -trivialidades de siempre. Abelarda hacía su papel con aquella indolente -pasividad que demostraba en los lances comunes de la vida. Era ya rutina -en ella charlotear con aquel tonto, decirle que le quería, anticipar -alguna idea sobre la boda. Había contraído hábito de responder -afirmativamente á las preguntas de Ponce, siempre comedidas y correctas. -El albedrío no tomaba parte alguna en semejantes confidencias; la mujer -exterior y visible realizaba una serie de actos inconscientes, á manera -de sonámbula, quedando desligada la mujer interna para obrar conforme á -sentimientos más humanos. Antes de la aparición súbita de Víctor en la -casa, Abelarda consideraba á Ponce como un recurso y apoyo probable en -las vicisitudes de la suerte. Se casaría con él por colocarse, por tener -posición y nombre y salir de aquella estrechez insoportable de su hogar. -Desde que vino _el otro_, dejábase llevar de estas mismas ideas, pero -como el patinador, que una vez lanzado, sigue y sigue girando y -resbalando sin caer sobre el hielo. No se le ocurría á la joven -desdecirse ni renegar del matrimonio con Ponce; porque tener aquel -marido equivalía á tener un abanico, un imperdible ú otro objeto -cualquiera de los más usuales á la vez que indiferentes. El pegajoso -crítico se creyó obligado á mostrarse aquel día más tierno que los -demás, atreviéndose á fijar el de las bendiciones y á proponer, -desmintiendo su timidez, algunos particulares de su futura existencia -matrimonial. Oíale la insignificante como quien oye llover, y en virtud -de la velocidad adquirida, se mostraba conforme con semejantes proyectos -y los apoyaba con palabras glaciales y descoloridas, á la manera de -quien repite paternóster y avemarías de un rosario rezado á bostezos sin -devoción alguna. - -Sonó la campanilla y Abelarda se sobresaltó por dentro, sin perder su -continente frío. Le conocía en el modo de llamar, conocía su taconeo al -subir la escalera, y si desde la puerta de la casa hasta el comedor -pronunciaba alguna frase, hablando con doña Pura ó con Villaamil, -discernía por la inflexión lejana del acento si llegaba bien ó mal -humorado. Doña Pura, al abrir á Víctor, le embocó la noticia de la -inminente muerte del tío de Ponce. Incapaz de contenerse la buena -señora, se espontaneó hasta con el _maestro de baile_ (vulgo aguador). -Víctor entró sonriendo, y, por inadvertencia ó malicia, hubo de dar la -enhorabuena á Ponce, el cual se quedó turulato. - - - - -XIX - - ---¡Ah! no... dispense usted. Me confundí... Es que á mi señora suegra lo -bailaban los ojos cuando me lo dijo. Efectos del cariño que le tiene á -usted, ínclito Ponce. El cariño ciega á las personas... Usted es ya de -casa; le queremos mucho, y como no tenemos el gusto de conocer, ni aun -de vista, á su señor tío... - -Acarició á Luis sobándole la cara y repujándole los carrillos para -besárselos, y después le mostró el regalo que le traía. Era un álbum -para sellos, prometido el día que el niño tomó la purga, y además del -álbum una porción de sellos de diferentes colores, algunos extranjeros, -españoles los más, para que se entretuviera pegándolos en las hojas -correspondientes. Lo que agradeció Cadalsito este obsequio, no puede -ponderarse. Estaba en la edad en que empieza á desarrollarse el sentido -de la clasificación y en que relacionamos los juguetes con los -conocimientos serios de la vida. Víctor le explicó la distribución de -las hojas del álbum, enseñándole á reconocer la nacionalidad de los -sellos. «Mira, esta tía frescachona es la República francesa. Esta -señora con corona y _bandós_ es la Reina de Inglaterra, y esta águila -con dos cabezas, Alemania. Los vas poniendo en su sitio, y ahora lo que -has de hacer es reunir muchos para llenar los huecos todos». El -pequeñuelo estaba encantado; sólo sentía que la cantidad de sellos no -fuera suficiente á inundar la mesa. Pronto se enteró del procedimiento, -y en su interior hizo voto de conservar el álbum y de cuidarlo mientras -le durase la vida. - -Víctor, entretanto, metió cucharada en la conversación hocicante que se -traían Abelarda y Ponce. Casi estaban morro con morro, tejiendo un -secreto, una conspiración de soserías, para él amorosas y para ella -indiferentes y cansadas. Víctor encajó la cuchara entre boca y boca, -diciéndoles: - ---Amiguitos, los gorros á quien los tolere; yo protesto. ¿Y no podrían -aguardar á la luna de miel para hacer los tortolitos? Francamente, eso -es insultar á la desgracia. La felicidad debe disimularse ante los -desdichados, como la riqueza ante el pobre. La caridad lo manda así. - ---¿Pero á ti qué te importa que nosotros nos queramos ó dejemos de -querernos--dijo Abelarda,--ni que nos casemos ó dejemos de casarnos? -Seremos felices ó no, según nos dé la gana. Eso, acá nosotros. Tú nada -tienes que ver. - ---Don Víctor--indicó Ponce con su habitual insipidez,--si está usted -envidioso, con su pan se lo coma. - ---¿Envidioso? No negaré que lo estoy. Mentiría si otra cosa dijese. - ---Pues rabia, pues rabia. - ---Papá, papá--chilló Luisito, empeñado en que Víctor volviera la cabeza -hacia donde él estaba, y poniéndole la mano en la cara para obligarlo á -que lo mirase.--¿De qué parte es este que tiene un señor con bigotes muy -largos? - ---¿Pero no lo vos, hijo? Es de Italia... Pues sí que estoy envidioso. -Ésta me dice que rabie, y no tongo inconveniente en rabiar y aun en -morder. Porque cuando veo dos que se quieren bien, dos que resuelven el -problema del amor y allanan todas las dificultades, y caminito, caminito -de la dicha, llegan hasta el matrimonio, me muero de envidia. Para mí, -créanlo ó no lo crean, ustedes han resuelto el problema. Yo miro en esta -parejita lo que nunca podré alcanzar. Ustedes no tienen ambición, -ustedes se contentan con una vida pacífica y modesta, estimándose y -queriéndose sin fiebre ni locuras de esas... Ustedes no tendrán mucho -_parné_, pero no carecerán del puchero; ustedes, sin ser santos, reúnen -bastante virtud para recrearse el uno en el otro... ¿Qué más se puede -desear?... ¡Ah! ínclito Ponce, usted la ha sabido entender; ha sabido -elegir... y ella también, esta pícara, que parece que no rompe un plato, -ha metido la mano en el cesto y ha sacado la fruta mejor. Yo me -felicito, ¿pues no me he de felicitar? Pero eso no quita que tenga mi -_pelusa_, como cualquier hijo de vecino, porque me contemplo en -situación tan distinta, ay! tan distinta... Daría todo cuanto tengo, -cuanto espero, por una cosa. ¿Á que no lo adivinan? - -Con repentina intuición, Abelarda le vió venir y temblaba. - ---Pues yo daría todo por ser el ínclito Ponce. Créanlo ustedes ó no lo -crean, esta es la verdad. ¿Quiere usted cambiarse, Ponce amigo? - ---Francamente, si en el cambio me quedo con la dama, no hay -inconveniente ninguno. - ---¡Oh! eso no, porque cabalmente ahí está la tostada. Yo daría sangre de -las venas por echar mi anzuelo en el mar de la vida con el cebo de una -declaración amorosa y pescar una Abelarda. Es una ambición que me -curaría de las demás. - ---Papá, papá (tirándole de la nariz para que volviera la cara hacia él). -¿Y esto que tiene una cotorra? - ---Guatemala... Déjame, hijo... No aspiro á más. Una Abelardita que me -mime, y con tal compañía lo arrostro todo. Con una como ésta me casaría -yo por puertas, es decir, sin una mota. No faltaría el garbanzo. -Prefiero con ella un pedazo de pan solo, á todas las riquezas del mundo. -Porque ¿dónde se encuentra un carácter tan dulce, un corazón tan tierno, -una mujer tan hacendosita, tan... - ---Don Víctor, que se corre usted mucho (con tentativas de humorismo, -enteramente frustradas). Que es mi novia, y tantos piropos me van á dar -celos... - ---Aquí no se traía de celos... Á buena parte viene usted... ¿Ésta, -ésta?... Ésta es segura, amigo; lo quiere á usted con el alma y con la -vida. Ya podían acudir todos los reyes y príncipes del orbe á -disputársela á su Ponce adorado. ¿Pues se figura usted que si no lo -creyera yo así no lo habría puesto los puntos? La caridad bien ordenada -empieza por uno mismo. Si yo llego á concebir tanto así de esperanzas, -¿piensa que no me alzo con el santo y la limosna? Pero, ¡quiá!, á otra -puerta... Mírela usted: al que le hablo de cambiar á su Poncecito por -otro, le tira los trastos á la cabeza... Véala usted con esa cara que -parece un enigma, con esa sonrisita que parece postiza; cualquiera se -atreve á decirle algo. - ---Vamos, D. Víctor--objetó Ponce con mucha saliva en la boca,--que -cuando usted habla así, es porque ha tenido sus pretensiones... y ha -sacado lo que el negro del sermón. - ---No hagas caso, tontín--dijo Abelarda muy inquieta, sonriendo -violentamente, y con más gana de llanto que de broma.--¿No ves que se -está quedando contigo? - ---Que se quede. Lo que hay es que Abelarda es formal, y una vez dada su -palabra, no hay quien la apee. Nosotros nos comprendimos en cuanto nos -tratamos; nuestros caracteres ajustan perfectamente, y si yo estoy -cortado para ella, ella está cortadita para mí. - ---Poco á poco, caballero Ponce (poniéndose muy serio, como siempre que -elevaba al grado heroico sus crueles bromas), usted estará cortado para -quien guste, no me meto en eso. Pero lo que es Abelarda, lo que es -Abelarda... - -Ponce le miró serio también, esperando el final de la frase, y la -insignificante bajó la vista hacia su labor de costura. - ---Digo que lo que es ella no está, cortada para usted. Y lo sostendré -contra todo el que opine lo contrario. La verdad por delante. Ella le -quiere á usted, lo reconozco; pero en cuanto al corte... Es mucho corte -el suyo; hablo del corte moral y también del físico, sí, señor, también -del físico. ¿Quiere usted que lo diga claro? Pues para quien está -cortada Abelarda es para mí... Para mí; y no hay que tomarlo á ofensa. -Para mí, aunque á usted le parezca un disparate. ¡Si usted no puede -juzgarla como yo, que la conocí siendo una muñeca todavía!... Y, además, -usted no me ha tratado á mí lo bastante para saber si congeniamos ó -no... Ya sé que estoy hablando de una cosa imposible; ya sé que tengo la -culpa de haber llegado tarde; ya sé que usted me cogió la delantera, y -no hemos de reñir... Pero en cuanto á conocer el mérito de quien lo -tiene; en cuanto á deplorar que tantas dotes no sean para mí, lo que es -en eso (marcando la frase con la mayor formalidad y en tono oratorio), -¡ah! lo que es en eso, no cedo ni puedo ceder. - ---No le hagas caso, déjale--indicó Abelarda á su novio, que empezaba á -enfurruñarse. - ---Amigo D. Víctor, todo eso podrá ser verdad, poro no viene muy al caso. - ---Parece que se amostaza usted, ínclito Ponce. Sépase que yo soy muy -leal. Reconozco que se ha ganado usted lo que á mi parecer debió ser -mío. (Patéticamente.) Bien ganado está. Ha sido en buena lid. Lo que he -perdido, lo he perdido por mi culpa. No me quejo. Seremos amigos, -siempre amigos. Vengan esos cinco. - ---¡Ah, este D. Víctor, qué cosas tiene! (dejándose apretar la mano). - -Con otro que no fuera Ponce, bien se libraría Cadalso de emplear -lenguaje tan impertinente; pero ya sabía él con quién trataba. El novio -estaba amoscadillo, y Abelarda no sabía qué pensar. Para burla, le -parecía demasiado cruel; para verdad, harto expresiva. Mucho le pesó á -Ponce tener que marcharse: presumía que Víctor continuaría hablando á la -chica en el mismo tono, y, francamente, Abelarda era su novia, su -prometida, y aquel cuñadito hospedado bajo el propio techo principiaba á -inquietarle. El pillete de Cadalso, conociendo la turbación del crítico, -en el momento de despedirse le sacudió mucho la diestra, repitiendo: - ---Leal, soy muy leal... Nada hay que temer de mí. - -Y cuando volvió al lado de la joven, que lo miraba consternada: - ---Perdóname, hija; se me escapó aquella idea, que yo quería esconder a -todos... Espontaneidades que uno tiene cuando menos piensa, y que el más -ducho en disimular no puede contener á veces. Yo no quería hablar de -esto; pero no sé qué me entró. ¡Me dió tal envidia de veros como dos -tórtolos!... ¡me asusté tanto de la soledad en que me encontraba, nada -más que por llegar tarde, sí, por llegar tarde!... Dispénsame, no te -diré una palabra más. Sé que este capítulo te aburre y te molesta. Seré -discreto. - -Abelarda no podía reprimirse. Levantóse, sintiendo pavor, deseo de huir -y de esconderse, para ocultar algo que impetuosamente al demudado rostro -le salía. - ---Víctor--exclamó descompuesta y temblando,--ó eres el hombre más malo -que hay en el mundo, ó no sé lo que eres. - -Corrió á su habitación y rompió á llorar, desplomándose de cara sobre -las almohadas de su lecho. Víctor se quedó en el comedor, y Luis, que en -su inocencia comprendía que pasaba algo extraño, no se atrevió durante -un rato á molestar á papá con aquel teje-maneje de los sellos. El padre -fué quien afectó entonces interesarse en el juego inteligente, y se puso -á explicar á su hijo los símbolos de nacionalidades que éste no -comprendía: «Este rey barbudo es Bélgica, y esta cruz la República -helvética, es decir, Suiza». - -Doña Pura entró de la calle, y como no viese á su hija en el comedor ni -en la cocina, buscóla en el dormitorio. Abelarda salía ya, con los ojos -muy colorados, sin dar á su madre explicación satisfactoria de aquellos -signos de dolor. Víctor, interrogado por doña Pura sobre el particular, -lo dijo con socarronería: - ---Parece usted tonta, mamá. Llora por el tío de Ponce. - - - - -XX - - -Acostaron temprano á Luis, que metió consigo en la cama el álbum de -sellos y se durmió teniéndole muy abrazadito. No sufrió aquella noche el -acceso espasmódico que precedía á la singular visión del anciano -celestial. Pero soñó que lo sufría, y, por consiguiente, que deseaba y -esperaba la fantástica visita. El misterioso personaje hizo novillos, y -así lo expresaba con desconsuelo Cadalsito, deseando enseñarle su álbum. -Esperó, esperó mucho tiempo, sin poder determinar el sitio donde estaba, -pues lo mismo podía ser la escuela que el comedor de su casa ó el -escritorio del memorialista. Y al hilo del sueño, donde todo era -sinrazón y desvarío, descargó el rapaz un golpe de lógica admirable: -«¡Pero qué tonto soy!--pensó.--¿Cómo ha de venir, si le han llevado -esta noche á casa del tío de Ponce?» - -El día siguiente le dieron de alta; pero se determinó que no fuese á la -escuela en lo que restaba de semana, lo que él agradeció mucho, -determinando estudiar algo por las noches, nada más que una miaja, y -reservando los grandes esfuerzos de aplicación para cuando volviera á -sus tareas escolares. Le permitieron bajar á la portería, y cargó con el -álbum para enseñárselo á Paca y á _Canelo_. Bien quisiera llevarlo á -casa de su tía Quintina; mas para esto no hubo permiso. En la portería -se estuvo hasta el anochecer, hora en que le llamaron, temiendo que se -pasmase con el aire del portal. Al subir llevaba una idea que en sus -conversaciones con Mendizábal y Paca había adquirido; una idea que le -pareció al principio algo rara, pero que luego tuvo por la más natural -del mundo. Hallábase solo con Abelarda, pues su abuela y Milagros -zascandileaban por la cocina, cuando se determinó Cadalsito á comunicar -á su tía la famosa idea. Esta le acariciaba con extremada vehemencia, le -daba besos, le prometía regalarle un álbum mayor, y de repente Luis, -respondiendo á tantos cariños con otros no menos tiernos, le dijo: - ---Tía, ¿por qué no te casas tú con mi papá? - -Quedóse la chica como lela, fluctuando entre la risa y el enojo. - ---¿De dónde has sacado tú eso, Luis?--le dijo, asustándole con la -fiereza de su semblante.--Tú no lo has inventado. Alguien te lo ha -dicho. - ---Me lo dijo Paca--afirmó Luis, no queriendo cargar con -responsabilidades ajenas.--Dice que Ponce es más tonto que quiere y que -no te conviene; que mi papá es listo y guapo y que va á hacer una -carrera muy grande, muy grande. - ---Dile á Paca que no se meta en lo que no le importa... ¿Y qué más, qué -más te dijo? - ---Pues... (escarbando en su memoria). ¡Ah! que mi papá os un caballero -muy decente... como que le da pesetas á la Paca siempre que le lleva -algún recado... Y que tú debías casarte con mi papá, para que todo -quedase en casa. - ---¿Le lleva recados?... ¿Cartas? ¿Y á quién? ¿No sabes? - ---Debe ser al Ministro... Es que son muy amigos. - ---Pues todo eso que te ha contado Paca del pobre Ponce, es un -disparate--afirmó Abelarda sonriendo.--¿Á ti no te gusta Ponce? Dime la -verdad, dime lo que pienses. - -Luis vaciló un rato en dar contestación. Habían extinguido la prevención -medrosa que su padre le inspiraba, no sólo los regalos recibidos de él, -sino la observación de que Víctor se llevaba muy bien con toda la -familia. En cuanto á Ponce, bueno será decir que Cadalsito no había -formado opinión ninguna acerca de este sujeto, por lo cual aceptó, sin -discutirla, la de Paca. - ---Ponce no sirve para nada, desengáñate. Va por la calle que parece que -se le caen los calzones. Y lo que es talento... Mira, más talento tiene -Cuevas. ¿No te parece á ti? - -Abelarda se reía con tales ocurrencias. Aun hubiera seguido charlando -con Luis de aquel asunto; pero la llamó su padre para que le pegara -algunos botones al chaleco, y en esto se entretuvo hasta la hora de -comer. Doña Pura dijo que Víctor no comía en casa, sino en la de un -amigo suyo, diputado y jefe de un grupito parlamentario. Sobre esto hizo -Villaamil algunos comentarios acres, que Abelarda oyó en silencio, con -grandísima pena. Discutióse si irían ó no al teatro aquella noche, -resolviéndose en afirmativa, porque Luis estaba ya bien. Abelarda -solicitó quedarse, y su madre le dió una arremetida á solas, asestándole -varias preguntas: - ---¿Por qué no comes? ¿Qué tienes? ¿Qué cara es esa de carnero á medio -morir? ¿Por qué no quieres venir al Real? No me tientes la paciencia. -Vístete, que nos vamos en seguida. - -Y fueron las tres _Miaus_, dejando á Villaamil con su nieto y sus -fúnebres soledades. Después de acostar al niño se puso á leer _La -Correspondencia_, que hablaba de una nueva combinación. - -Cuando las _Miaus_ regresaron, ya Víctor estaba allí, escribiendo cartas -en la mesa del comedor. Don Ramón seguía royendo el periódico, y suegro -y yerno no se decían media palabra. Retiráronse todos, monos Abelarda, -que tenía que mojar ropa para planchar al día siguiente, y al verla -metida en esta faena, Víctor, sin soltar la pluma, le dijo: - ---He pensado en ti todo el día. Temí que te enojaras por lo de ayer. Yo -había hecho el propósito de no revelarte nunca mis sentimientos. Aun no -te he dicho toda la verdad, ni te la diré, Dios mediante. Cuando uno -llega tarde, debe resignarse y callar. ¿Y tú no me respondes nada? ¿No -hablas ni siquiera para reñirme? - -La insignificante tenía los ojos fijos en la mesa, y sus labios se -agitaban como si la palabra retozara en ellos. Por fin no chistó. - ---Te hablaré como hermano (con aquella gravedad bondadosa que tan bien -sabía fingir), ya que de otra manera no me es lícito. Soy muy -desgraciado... no lo sabes tú bien. Aquí me tienes arrastrado por un -vértigo de pasiones insanas; aquí me tienes bajo el peso de relaciones -que solicité con aturdimiento, que mantuve por rutina y por pereza, y -que ahora deseo romper. Contaba yo para este fin con el auxilio de un -ser angelical a quien pensaba encomendarme primero y entregarme por fin -en cuerpo y alma. Pero ya no puede ser. ¿Qué hago yo en este trance? -Seguir y seguir encenagado, perderme más y más en el laberinto sin -salida. Ya no hay salvación para mí. La fatalidad me arrastra... Tú no -comprendes esto, Abelarda; pero ¡quién sabe!... quizás lo comprendas, -porque tienes mucha penetración. ¡Oh! ¡pues si yo te hubiera encontrado -libre...! Mil veces me he propuesto no decirte nada. Sólo que las -palabras se me salen de la boca... Basta, basta; no me hagas caso. Esto -te lo vengo diciendo desde un principio. No hagas caso de este infeliz; -despréciame. Yo no te merezco. Estoy expiando los enormes disparates que -cometí desde que me faltó mi pobre Luisa, aquel ángel... ángel del -cielo, pero inferior á ti, tan inferior, que no hay punto de comparación -entre ambas. Yo, francamente (levantándose con exaltación), cuando veo -qué tesoro tan grande va á ser para un Ponce; cuando pienso que tal -conjunto de cualidades cae en manos de... - -Abelarda estaba tan sofocada, que si no desahoga, si no abre al menos -una valvulita, revienta de seguro. - ---¿Y si yo te dijera... vamos á ver (palideciendo), si yo te dijera que -no quiero á Ponce?... - ---¿Tú?... ¿y es verdad?... - ---¿Si yo te dijera que ni le quise jamás, ni le querré nunca?... á ver. - -Víctor no contaba con esta salida, y se desorientó. - ---Ahí tienes tú una cosa... vamos... (balbuciendo) una cosa que me -produce el efecto de un porrazo en la cabeza... ¿Pero es verdad? Cuando -lo dices, verdad debe de ser. Abelarda, Abelarda, no juegues conmigo; -no juegues con fuego... Estas bromas, si bromas son, suelen traer -catástrofes. Porque cuando se aborrece á un hombre, como me aborreces tú -á mí... (confuso y sin saber á qué santo encomendarse) no se le dice -nada que pueda extraviarlo respecto á... quiero decir, respecto á los -sentimientos de la persona que le aborrece, porque podría suceder que el -aborrecido... No, no atino á explicarte lo que siento. Si no quieres á -Ponce, es que quieres á otro, y esto es lo que no debes decirme á mí... -¿Para qué? ¿Para que me confunda más de lo que estoy? (Columbrando un -postigo y aguzando su ingenio para escurrirse por él.) Y no quiero -interrogarte sobre este particular, porque me volvería loco. Guárdate tu -secreto y respeta mi situación. Si yo no te inspiro más que odio, si no -llegas á la repugnancia, te ruego que me dejes solo, que te retires y no -añadas una palabra más. No te ofrezco mis consejos, porque no los -aceptarías; pero si te encontraras en alguna situación difícil, y mis -consejos te pudieran servir de algo, ya sabes que soy para ti lo que tú -quieras que sea; hermano, si como hermano me tratas... - ---¿Y si los necesitara, si necesitara tus consejos?--insinuó Abelarda, -que buscaba no una salida, sino la entrada, sin poder descubrirla. - ---Pues dispón de mí (otra vez desconcertado). Si quieres á un hombre y -temes la oposición de tus padres; si la ruptura con Ponce te parece -difícil y necesitas auxilio, aquí estoy dispuesto á prestártelo, por -penoso que el caso sea para mí (acercándose más á ella). Dímelo, dímelo, -no tengas miedo. ¿Quieres á un hombre que no es tu novio? - ---Es mucho pedir que confiese yo... así... de tenazón (recurriendo á la -coquetería para salir del paso). ¿Y á ti quién te da vela en este -entierro?... - ---Soy de la familia... soy tu amigo. Podría ser algo más si tú -quisieras. Pero he llegado tarde; no hay que hablar de mi persona. Estoy -fuera de juego. Si no quieres confiarme tu secreto, mejor para mí. Así -no padeceré tanto. Respóndeme á una pregunta: el hombre á quien tú -quieres, ¿te quiere á ti también? - ---Yo no he dicho que quiera á nadie... me parece que no lo he dicho... -Pero pongamos que lo dijese. Eso no es cuenta tuya. Eres muy -entrometido... Claro que yo no iba á querer á nadie que no me -correspondiese. ¡Pues lucida estaba! - ---De modo que hay reciprocidad (con fingida cólera). ¡Y estas cosas me -las dices en mi propia cara! - ---¡Yo!... si yo no he chistado. - ---Pero lo das á entender... No quiero ser tu confidente, vamos... ¿De -modo que el otro te ama?... - ---No lo sé... (dejándose llevar de su espontaneidad, ya irresistible). -Es lo que no he podido averiguar todavía. - ---Y vienes sin duda á que yo te lo averigüe (con sarcasmo). Abelarda, -esa clase de papeles no los hago yo. No, no me digas quién es; no -necesito saberlo. ¿Es quizás persona que yo conozco? Pues cállate el -nombre, cállatelo si no quieres que perdamos las amistades. Esto te lo -dice un hombre que siente hacia ti un afecto... pero un afecto que ahora -no quiero definir; un hombre que vive bajo el peso de su destino fatal -(estas filosofías y otras semejantes las tomaba Cadalso de ciertas -novelas que había leído), un hombre á quien está vedado referirte sus -padecimientos; y pues yo no debo quererte ni puedo ser tuyo ni tú mía, -no debo atormentarme ni dejar que me atormentes tú. Guárdate tu secreto, -y yo reservaré la parte de él que he adivinado. Si la fatalidad no se -hubiera interpuesto entre nosotros dos, yo intentaría aún tu remedio, -procurando arrancarte ese amor, reemplazándolo con el mío. Pero no soy -dueño de mi voluntad. El sentimiento éste (golpeándose el pecho) jamás -pasará del corazón á la realidad de la vida. ¿Por qué me incitas á -descubrirlo? Déjalo en mí, mudo, sepultado, pero siempre vivo. No me -tientes, no me irrites. ¿Quieres á otro? Pues que yo no lo sepa. ¿Á qué -enconar una herida incurable?... Y para impedir mayores conflictos, -mañana mismo me voy de esta casa, y no vuelvo á entrar aquí. - -Abelarda sintió tan viva aflicción al oir esto, que no pudo encubrirla. -No tenía ella en su pobre caletre armas de razonamiento para combatir -con aquel monstruo de infinitos recursos ó ingenio inagotable, avezado á -jugar con los sentimientos serios y profundos. Aturdida y atontada, iba -á entregar su secreto, ofreciéndose indefensa y cubierta de ridiculez al -brutal sarcasmo de Víctor; pero pudo serenarse un poco, recobrar algún -equilibrio, y con afectada calma le dijo: - ---No, no, no hay motivo para que te vayas. ¿Es que hiciste las paces con -Quintina? - ---¿Yo? ¡Qué disparate! Ayer Cabrera por poco me pega un tiro. Es un -animal. Me iré á vivir á cualquier rincón. - ---No, eso no. Puedes seguir aquí. - ---Pues prométeme no hablar de esto una palabra más. - ---Si yo no he hablado. Eres tú el que se lo dice todo. Que me quieres, -que no me puedes querer. ¿Cómo se entiende? - ---Y la última prueba de que te quiero y no te debo querer (con agudeza), -te la voy á dar ahora con este consejo: vuelve los ojos á Ponce... - ---Gracias. - ---Vuelve los ojos al ínclito Ponce. Cásate con él. Ten espíritu -práctico, ¿Que no le quieres? No importa. - ---Tú estás loco (aturrulladísima). ¿Acaso he dicho yo que no le quería? - ---Lo has dicho, sí. - ---Pues me vuelvo atrás. ¡Qué disparate! Si lo dije, fué broma, por oírte -y darte tela. - ---Eres mala, muy mala. Yo pensaba otra cosa de ti. - ---¿Pues sabes lo que digo? (levantándose con violento arrebato de ira y -despecho). Que estás de lo más cargante y de lo más inaguantable con -tus... con tus enigmas; y que no te puedo ver, no te puedo ver. La culpa -la tengo yo, que oigo tus necedades. Abur... Voy á dormir... Y dormiré -tan ricamente, ¿qué te crees? - ---El odio muy vivo, como el amor, quita el sueño. - ---Á mí no... perverso... tonto... - ---Tú á dormir, y yo á velar pensando en ti... Adiós, Abelarda... Hasta -mañana. - -Y cuando se retiró el impío, un minuto después de la desaparición de la -víctima (que se metió en su cuarto y atrancó la puerta como quien huye -de un asesino), llevaba en los labios risilla diabólica y este monólogo -amargo y cruel: «Si me descuido, me espeta la declaración con toda -desvergüenza. ¡Y cuidado que es antipática y levantadita de cascos la -niña!... Y cursi hasta dejárselo de sobra, y sosita... Todo se le -podría perdonar si fuera guapa... ¡Ah! Ponce, ¡qué ganga te ha -caído!... Es una plepa que no hay por dónde cogerla para echarla á la -basura. - - - - -XXI - - -Aunque las esperanzas de los Villaamil, apenas segadas en flor, volvían -á retoñar con nueva lozanía, el atribulado cesante las daba siempre por -definitivamente muertas, fiel al sistema de esperar desesperando. Sólo -que su pesimismo se avenía mal con el furor de escribir cartas y de -mover cuantas teclas pudiesen comunicar vibración á la desmayada -voluntad del Ministro. «Todo eso de esperar vacante, es -música--decía.--Yo sé que cuando quieren hacer las cosas, las hacen -saltando por cima de las vacantes y hasta por cima de las leyes. Ni que -fuéramos tontos. He visto mil veces el caso de entrar un prohombre en el -Ministerio, navaja en mano, pedir una credencial de las gordas; el -Ministro ¡zas! llama al Jefe del personal... «No hay vacante...» «Pues -hacerla». ¡Pataplún! allá te va, caiga el que caiga... ¿Pero dónde está -mi prohombre? ¿Qué personaje de campanillas entrará en el despacho del -Ministro con cara _feroce_ diciendo: «De aquí no me muevo hasta que me -den... eso?» ¡Ay, Dios mío, qué desgraciado soy y cómo me voy quedando -fuera de juego!... Con esta Restauración maldita, epílogo de una -condenada Revolución, ha salido tanta gente nueva, que ya se vuelve uno -á todos lados sin ver una cara conocida. Cuando un D. Claudio Moyano, un -D. Antonio Benavides ó un Marqués de Novaliches le dicen á uno: «Amigo -Villaamil, ya estamos mandados recoger», es que el mundo se acaba. Bien -dice Mendizábal, que la política ha caído en manos de mequetrefes». - -Para distraer su pena y olfatear nombramientos ajenos, ya que en el suyo -afectaba no creer, ó realmente no creía, iba por las tardes al -Ministerio de Hacienda, en cuyas oficinas tenía muchos amigos de -categorías diversas. Allí se pasaba largas horas, charlando, enterándose -del expedienteo, fumando algún cigarrillo, y sirviendo de asesor á los -empleados noveles ó inexpertos que le consultaban sobre cualquier punto -obscuro de la enrevesada Administración. - -Profesaba Villaamil entrañable cariño á la mole colosal del Ministerio; -la amaba como el criado fiel ama la casa y familia cuyo pan ha comido -durante luengos años; y en aquella época funesta de su cesantía, -visitábala él con respeto y tristeza, como sirviente despedido que ronda -la morada de donde le expulsaron, soñando en volver á ella, Atravesaba -el pórtico, la inmensa crujía que separa los dos patios, y subía -despacio la monumental escalera, encajonada entre gruesos muros, que -tiene algo de feudal y de carcelario á la vez. Casi siempre encontraba -por aquellos tramos á algún empleado amigote que subía ó bajaba. «Hola, -Villaamil, ¿qué tal?»--«Vamos tirando». Al llegar al principal titubeaba -antes de decidir si entraría en Aduanas ó en el Tesoro, pues en ambas -Direcciones le sobraban conocidos; pero en el segundo prefería siempre -Contribuciones á Propiedades. Los porteros le saludaban; y como -Villaamil era tan afable, siempre echaba un párrafo con ellos. Si era -tarde, les encontraba con la paletada de brasas, resto de las chimeneas, -cuyo último fuego sirve para alimentar los braseros de las porterías; si -temprano, llevando papeles de una oficina á otra ó transportando -bandejas con vasos de agua y azucarillos. «Hola, Bermejo, ¿cómo -va?»--«Tal cual, D. Ramón, y sintiendo mucho no verle á usted todos los -días por aquí».--«Dígame, ¿y Ceferino?»--«Ha pasado á Impuestos. El -pobre Cruz fué el que _cascó_».--«¿Qué me cuenta usted? Hombre, ¡si le -vi el otro día tan bueno y tan sano!... ¡Qué mundo éste! Vamos quedando -pocos de aquella fecha. Cuando yo entré aquí en tiempos de D. Juan Bravo -Murillo, ya estaba Cruz _en la casa_... Mire usted si ha llovido... -Pobre Cruz, lo siento». - -El mejor amigo entre los muchos buenos que Villaamil tenía en aquella -casa era D. Buenaventura Pantoja, de quien algo sabemos ya, padre de -Virginia Pantoja, una de las actrices del coliseo doméstico de las -_Miaus_. Visitaba con preferencia D. Ramón la oficina de tan excelente y -antiguo compañero (Contribuciones), del cual había sido jefe: tomaba -asiento en la silla más próxima á la mesa; le revolvía los papeles si no -estaba allí, y si estaba, trabábase entre los dos sabroso coloquio de -chismografía burocrática. - -«--¿Sabes...?--decía Pantoja.--Hoy salieron calentitos dos oficiales -primeros y un jefe de Administración. Ayer estuvo ese fantoche (aquí el -nombre de cualquier célebre político), y claro, á rajatabla. Lo que yo -te digo: cuando quieren hacer las cosas, saltan por cima de todo. - ---Sea por amor de Dios--respondía Villaamil, dando un doliente suspiro -que ponía trémulas las hojas de papel más cercanas». - -Aquel día tardó mucho el buen hombre en fondear ante la mesa de Pantoja. -Á cada paso saltaban conocidos. Uno salía por aquí, aferrando legajos -atados con balduque; otro entraba presuroso por allá, retrasado y -temiendo un regaño del jefe. «¿Cuánto bueno?... ¿Qué tal, -Villaamil?»--«Hijo, defendiéndonos». La oficina de Pantoja formaba parte -de un vastísimo salón, dividido por tabiques como de dos metros de alto. -El techo era común á los distintos departamentos, y en la vasta -capacidad se veían los tubos de las estufas, largos y negros, quebrados -en ángulo recto para tomar la horizontal, horadando las paredes. Llenaba -aquel recinto el estridor sonoro de los timbres, voz lejana de los -jefes, llamando sin cesar á sus subalternos. Como era la hora en que -entran los rezagados, en que los madrugadores almuerzan, en que otros -toman café, que mandan traer de la calle, no reinaba allí el silencio -propicio al trabajo mental; antes, todo se volvía cierres de puertas, -risas, traqueteo de loza y cafeteras, gritos y voces impacientes. - -Villaamil entró en la sección, saludando á diestro y siniestro. Allí -estaba de oficial tercero el cojo Guillén, muy amigo de la familia -Villaamil, tertuliano asiduo, apuntador en la pieza que se iba á -representar. Era, por más señas, tío del famoso _Posturitas_, amigo y -émulo de Luisito Cadalso, y vivía con sus hermanas, dueñas de la casa de -_empréstamos_. Tenía fama Guillén de mordaz y maleante, capaz de tomarle -el pelo al lucero del alba. En la oficina escribía juguetes cómicos -groseros y verdes, algún dramón espeluznante, que nunca llegaría á -arrostrar las candilejas; dibujaba caricaturas y rimaba sátiras contra -la mucha gente ridícula de la casa. También había por allí un -aspirantillo, hijo del Director del Tesoro, que apenas frisaba en los -diez y seis y cobraba sus cinco mil reales, listo como una pólvora, apto -para traer y llevar recados de oficina en oficina. Oficial segundo era -un tal Espinosa, señorito elegante, de carrera improvisada y raya en el -polo, con mucho requilorio en el vestir y bastantes gazapos en la -ortografía; buen muchacho, que no se formalizaba nunca por las cargantes -bromas de Guillén. Pero el más característico de todos era un tal -Argüelles y Mora, oficial segundo, perfecta parodia de un caballero del -tiempo de Felipe IV: pequeño, genuino _gato_ de Madrid, rostro enjuto y -color de cera, bigote y perilla teñidos de negro, melenas largas y bien -atusadas. Para que el tipo resultase más cabal, usaba cierta capita -corta y negra, que parecía un desecho del guardarropa de Quevedo. El -sombrero era hongo chato, achambergado, con un dedo de grasa. Lástima -que no llevara golilla; mas aun sin ella, era un acabado tipo de -alguacil. En sus tiempos tuvo pretensiones de guapeza, originalidad y -elegancia; pero ya sus espaldas tiraban á corcovarse, y su rostro, con -los pelos pintados, tenía un sello de vigilia forzoso que daba -compasión. Tocaba la trompa en un teatro. Llamábanle sus compañeros el -_padre de familia_, porque en todas las conversaciones burocráticas -traía á colación la multitud de bocas que tenía que mantener con el -mezquino y descontado sueldo de doce mil reales. Había tres ó cuatro -empleados más, algunos taciturnos y atentos á su obligación, repartidos -en varias mesas, á distancia respetuosa de la del jefe, próxima á la -ventana que daba al patio. - -Cerca de las mesas veíanse las perchas donde los funcionarios colgaban -capas y sombreros. Guillén tenía las muletas junto á sí. Entre mesa y -mesa, estantes y papeleras, trastos de forma y aspecto que sólo se ven -en las oficinas, viejos los unos, con no sé qué olor y color de _Paja y -Utensilios_, de donde tal vez procedían; los otros nuevos, pero no -semejantes á ningún mueble usado fuera de las regiones burocráticas. -Sobre todos los pupitres abundaban legajos atados con cintas rojas, los -unos amarillentos y polvorosos, papel que tiene algo de cinerario y -encierra las esperanzas de varias generaciones; los otros de hojas -flamantes y reciente escritura, con notas marginales y firmas -ininteligibles. Eran las piezas más modernas del pleito inmenso entre el -pueblo y el fisco. - -Pantoja no estaba: le había llamado el Director. - ---Tome usted asiento, D. Ramón. ¿Quiere un cigarrito? - ---¿Y tú qué te traes entre manos? (acercándose á la mesa del cojo y -apoderándose de un papel). ¿Á ver, á ver...? _Drama original y en -verso._ ¿Título? _La hijastra de su hermanastra._ Muy bien, zánganos; -así perdéis las horas. - ---Don Ramón, D. Ramón--dijo el elegante, que acababa de paladear su -café.--¿No sabe? Á Cañizares, ¿se acuerda usted, el que estaba en -Propiedades, aquel á quien llamábamos don Simplicio?, le han dado los -doce mil. ¿Ha visto usted _polacada_ mayor? - ---Lo tuve yo en mi oficina con cinco mil hace catorce años--dijo el -_padre de familia_, esgrimiendo su puño cerrado y revelando toda la -aflicción del mundo en su cara alguacilesca.--Era tan asno, que le -ocupábamos en traer leña para la estufa. Ni para eso servía. ¡Cáscaras, -qué hombre más animal! Yo cobraba entonces doce mil, lo mismo que ahora. -Vean ustedes si esto es justicia ó qué. ¿Tengo ó no tengo razón cuando -digo que vale más recoger boñiga en las calles que servir al gran -pindongo del Estado? Convengamos en que se acabó la vergüenza. - ---Amigo Argüelles--suspiró Villaamil con tristeza estoica,--no hay más -remedio que tragar bilis. Dígamelo usted á mí, que he tenido á mis -órdenes, en provincias, con seis mil, al propio Director del ramo... -Estaba la criatura en Estancadas... y no valía ni para pegar precintos -en las cajas de cigarros. - ---Dame, paloma mía, de lo que comes... ¡Cuando me acuerdo, ¡cascarones!, -de que mi padre quería colocarme de hortera en una tienda, y yo me -remonté creyendo que esto no era cosa fina!... ¡Vamos, cuando me acuerdo -de esto, me dan ganas de arrancarme á puñados estos condenados mechones -que á uno le quedan!... Era allá por el 51. Pues no sólo no quise oir -hablar de mostrador, sino que me metí á empleado por aquello de ser -caballero; y para acabar de ensuciarla, me casé. ¡Si sería yo pillín!... -Después, _pian pianino_, nueve de familia, suegra y dos sobrinos -huérfanos. Y defienda usted el garbanzo de tanta gente... Y gracias que -la trompa ayuda, señores. El 64 llegué á los doce mil reales, y allí me -planté. ¿Saben ustedes quién me sacó los doce mil? Julián Romea. No me -veré en otra. Catorce años llevo en esta plaza. Ya ni siquiera pido el -ascenso. ¿Para qué? Como no lo pida á tiros... - -Las lamentaciones del trompista _padre de familia_ eran oídas siempre -con deleite. Entró en aquel punto Pantoja, y _conticuere omnes_. Cubría -la cabeza del jefe de la sección un gorrete encarnado, con unas al modo -de alcachofas bordadas de oro, y borla deshilachada que caía con gracia. -Vestía gabán pardo y muy traído, pantalón con rodilleras, rabicorto, -dejando ver la caña de las botas recién estrenadas, sin lustre aún. -Después de saludar al amigo, ocupó su asiento. Arrimóse Villaamil, y -charlaron. Pantoja no olvidaba por el palique los deberes, y á cada -instante daba órdenes á su tropa. «Oiga usted, Argüelles, haga el favor -de ponerme una orden á la Administración Económica de la Provincia -pidiendo tal cosa... Usted, Espinosa, sáqueme en seguida el estado de -débitos por Industrial». Y deshacía con mano experta el lazo de -balduque para destripar un legajo y sacarle el mondongo. En atarlos -también mostraba singular destreza, y parecía que los acariciaba al -mudarlos de sitio en la mesa ó al ponerlos en el estante. - -El tipo fisiognómico de este hombre consistía en cierta inercia -espiritual que en sus facciones se pintaba. Su frente era ancha, lisa, y -tan sin sentido como el lomo de uno de esos libros rayados para cuentas, -donde no se lee rótulo alguno. La nariz era gruesa en el arranque, -resultando tan separados los ojos, que parecían estar reñidos y mirar -cada uno por su cuenta y riesgo, sin hacer caso del otro. Su gran boca -no se sabía dónde acababa. Las orejas lo sabrían. Sus labios fruncidos -parecía que se violentaban al desplegarse para hablar, cual si fuesen -expresamente creados para la discreción. - -Moralmente, era Pantoja el prototipo del integrismo administrativo. Lo -de _probo funcionario_ iba tan adscrito á su persona como el nombre de -pila. Se le citaba de tenazón y por muletilla, y decir _Pantoja_ era -como evocar la propia imagen de la moralidad. Hombre de pocas -necesidades, vivía obscuramente y sin ambición, contentándose con su -ascenso cada seis ó siete años, ni ávido de ventajas, ni temeroso de -cesantía, pues era de esos pocos á quienes, por su conocimiento -práctico, cominero y minucioso de los asuntos oficinescos, no se les -limpia nunca el comedero. Había llegado á considerar su inmanencia -burocrática como tributo pagado á su honradez, y esta idea se -transformaba en sentimiento exaltado ó superstición. Era un alma -ingenuamente honrada, una conciencia tan angosta, que se asustaba si oía -hablar de millones que no fuesen los de la Hacienda. Las cifras muy -altas, no siendo las del presupuesto del Estado, le producían un -estremecimiento convulsivo; y si en el Ministerio se preparaba algún -proyecto relacionado con fuertes empresas industriales ó bancarias, se -le subía á la boca, sin poderlo remediar, la palabra _chanchullo_. Nunca -iba á la Tesorería Central sin experimentar sensación de espanto, como -en presencia de un abismo ó sima pavorosa donde anidan el peligro y la -muerte; y cuando veía entrar en la Dirección del Tesoro ó en la -Secretaría á los altos personajes de la Banca, temblaba por la riqueza -del Erario, de quien se creía perro de presa. Según Pantoja, no debía -ser verdaderamente rico nadie más que el Estado. Todos los demás -caudales eran producto del fraude y del cohecho. Siempre había servido -en Contribuciones, y durante su larga y laboriosa carrera fué cultivando -en su alma el insano goce de perseguir al contribuyente moroso ó -maligno, placer que tiene algo del cruel entusiasmo de la caza: para él -era deleite inefable ver á la grande y á la pequeña propiedad -defenderse, pataleando, de la persecución del Fisco, y sucumbir siempre -ante la superioridad del cazador. En todos los conflictos entre la -Hacienda y el contribuyente, la Hacienda tenía siempre razón, según el -dictamen inflexible de Pantoja, y este criterio se mostraba en sus -notas, que jamás reconocieron el derecho de ningún particular contra el -Estado. Para él la Propiedad, la Industria, el consumo mismo, eran -organismos ó instrumentos de defraudación, algo de disolvente y -revolucionario, que tenía por objeto disputar sus inmortales derechos á -la única entidad dueña y propietaria de todo: la Nación. Pantoja no -poseyó nunca más que su ropa y sus muebles; era hijo de un portero de la -Sala de _Mil y Quinientas_; se había criado en un desván de los -Consejos, sin salir nunca de Madrid; no conocía más mundo que las -oficinas, y para él la vida era una sucesión no interrumpida de menudos -servicios al Estado, recibiendo de éste, en recompensa, el garbanzo y la -santa rosca de cada día. - - - - -XXII - - -¡Ah! ¡Cielos! ¿Qué sería del mundo sin cocido? ¿Y qué de la mísera -humanidad sin pagas? La paga era la única forma de bienes terrestres en -conformidad con los principios morales, pues para todas las demás -clases de bienestar archivaba Pantoja en el fondo de su alma un altivo -desprecio. Difícilmente concedía que en la clase de ricos hubiera alguno -que fuese propiamente honrado, y á las grandes empresas y á los audaces -contratistas les miraba con religioso horror. Labrar en pocos años -pingüe fortuna, pasar de la pobreza á la opulencia... era imposible por -medios lícitos. Para que tal cosa suceda, es indispensable _ensuciarse_, -quitándole lo suyo á la víctima eterna, al propietario elemental, al -Estado. Al millonario que había heredado su fortuna y no hacía más que -gastarla, le perdonaba el buen Pantoja; pero aun así no le tenía en olor -de santidad, diciendo que si él no robaba, lo habían hecho sus padres, y -la responsabilidad, como el dinero, se transmitía de generación en -generación. - -Cuando veía entrar en el Ministerio y pasar al despacho del Ministro al -representante de Rothschild ó de otra opulenta casa española ó -extranjera, pensaba cuan útil sería ahorcar á todos aquellos señores que -no iban allí sino á tramar algún enjuague. Estas ideas y otras -semejantes las vertía Pantoja en el círculo del café adonde concurría, -siendo objeto de punzantes burlas por su estrechez de miras; pero él no -se daba á partido. ¿Hablábase de Hacienda? Pues en el acto tremolaba -Pantoja su banderín con este sencillo y convincente lema: _Mucha -administración y poca ó ninguna política_. Guerra á los grandes -negocios, guerra al agio y guerra también á los extranjeros, que no -vienen aquí más que á explotarnos y á llevarse el _cumquibus_, -dejándonos más pobres que las ratas. Tampoco ocultaba Pantoja sus -simpatías por el rigor arancelario, pues el libre cambio es la -protección á la industria de extranjis. - -Al propio tiempo sostenía que los propietarios se quejan de vicio, que -en ninguna parte se pagan menos contribuciones que en España, que el -país es esencialmente defraudador, y la política el arte de cohonestar -las defraudaciones y el turno pacífico ó violento en el saqueo de la -Hacienda. En suma, las ideas de Pantoja eran tres ó cuatro, pero -profundamente incrustadas en su _intellectus_, como si se las hubieran -metido á mazo y escoplo. Su conversación en el círculo de amigos -languidecía, porque nunca hablaba mal de sus jefes, ni censuraba los -planes del Ministro; no se metía en honduras, ni revelaba ningún secreto -de entre bastidores. En el fondo de su cerebro dormía cierto comunismo -de que él no se daba cuenta. De este tipo de funcionario, que la -política vertiginosa de los últimos tiempos se ha encargado de -extinguir, quedan aún, aunque escasos, algunos ejemplares. - -En su trabajo era Pantoja puntualísimo, celoso, incorruptible y enemigo -implacable de lo que él llamaba _el particular_. Jamás emitió dictamen -contrario á la Hacienda; la Hacienda le pagaba, era su ama, y no estaba -él allí para servir á los enemigos _de la casa_. En cuanto á los asuntos -obscuros, de una antigüedad telarañosa y de resolución difícil, su -sistema era que no debían resolverse nunca; y cuando llegaba -forzosamente el último trámite impuesto por las leyes, buscaba en la ley -misma la triquiñuela necesaria para enredarlos de nuevo. Escribir la -última palabra de uno de estos pleitos equivalía á una fragilidad de la -Administración, á declararse vencida y casi deshonrada. En cuanto á su -probidad, no hay que decir sino que recibía á cajas destempladas á los -agentes que iban á ofrecerle recompensa por despachar bien y pronto tal -ó cual negocio. Conocíanle ya, y no se atrevían con aquel puerco-espín, -que erizaba sus púas todas al sentir la aproximación del _particular_, ó -sea del contribuyente. - -En su vida privada, era Pantoja el modelo de los modelos. No había casa -más metódica que la suya, ni hormiga comparable á su mujer. Eran el -reverso de la medalla de los Villaamil, que se gastaban la paga entera -en los tiempos bonancibles, y luego quedaban pereciendo. La señora de -Pantoja no tenía, como doña Pura, aquel ruinoso prurito de suponer, -aquellos humos de persona superior á sus medios y posición social. La -señora de Pantoja había sido criada de servir (creo que de D. Claudio -Antón de Luzuriaga, al cual debió Pantoja su credencial primera), y lo -humilde de su origen la inclinaba á la obscuridad y al vivir modesto y -esquivo. Nunca gastaron más que los dos tercios de la paga, y sus hijos -iban adoctrinados en el amor de Dios y en el supersticioso miedo al -fausto y pompas mundanales. Á pesar de la amistad íntima que entre -Villaamil y Pantoja reinaba, nunca se atrevió el primero á recurrir al -segundo en sus frecuentes ahogos; le conocía como si le hubiese parido; -sabía perfectamente que el _honrado_ ni pedía ni daba, que la -postulación y la munificencia eran igualmente incompatibles con su -carácter, arcas cuyas puertas jamás se abrían ni para dentro ni para -fuera. - -Sentados los dos, el uno ante un pupitre, el otro en la silla más -próxima, Pantoja se ladeó el gorro, que resbalaba sobre su cabeza -lustrosa al menor impulso de la mano, y dijo á su amigo: - ---Me alegro que hayas venido hoy. Ha llegado el expediente contra tu -yerno. No le he podido echar un vistazo. Parece que no es nada limpio. -Dejó de incluir dos ó tres pueblos en la nota de apremios, y en los -repartos del último semestre hay sapos y culebras. - ---Ventura, mi yerno es un pillo; demasiado lo sabes. Habrá hecho -cualquier barrabasada. - ---Y me enteró ayer el Director de que anda por ahí dándose la gran vida, -convidando á los amigachos y gastando un lujo estrepitoso, con un -surtidito de sombreros y corbatas que es un asco, y hecho un figurín el -muy puerco. Dime una cosa: ¿vive contigo? - ---Sí--respondió secamente Villaamil, que sentía la ola de la vergüenza -en las mejillas, al considerar que también su ropa, por flaqueza de -Pura, procedía de los dineros de Cadalso.--Pero estoy deseando que se -largue de mi casa. De su mano, ni la hostia. - ---Porque... verás, me alegro de tener esta ocasión de decírtelo: eso te -perjudica, y basta que sea yerno tuyo y que viva bajo tu techo, para que -algunos crean que vas á la parte con él. - ---¡Yo... con él! (horrorizado). Ventura, no me digas tal cosa... - ---No; si yo no soy quien lo dice, ni me pasa por el magín. Pero la gente -de esta casa... Ya ves, ¡hay tanto pillo! Y cuando tocan á pensar mal, -los más pillos son los que descueran al inocente. - ---Pues aunque Víctor es mi yerno, tan ajeno soy á sus trapacerías, que -si en mi mano estuviera el impedirle ir á presidio, no lo impediría... -Figúrate. - ---¡Ah! No irá, no irá; no te dé cuidado. No irá por lo mismo que lo -merece. Tiene pararrayos y paracaídas. Se están poniendo los tiempos tan -corruptos, que estos granujas como tu yerno son los que cobran el -barato. Verás cómo le echan tierra al expediente, aprueban su conducta y -le dan el jeringado ascenso. Por cierto que es de lo más atrevido que -conozco. Ayer estuvo aquí; luego bajó á ver al Subsecretario, y como -tiene aquella labia y aquel buen ver, el Subsecretario... (me lo ha -dicho quien estaba presente) le recibió con palmas, y allí estuvieron -los dos de cháchara más de media hora. - ---¿Y el señor Ministro le ha visto? (con grandísimo desconsuelo). - ---No te lo puedo decir; pero me consta que ha venido á recomendárselo un -diputado de la provincia en que servía la alhajita de tu yerno. Es de -estos que mientras más le dan más quieren. No sale de aquí nunca el tal -sin apandar dos ó tres credenciales gordas, pero gordas, y eso que es -disidente; pero por lo mismo, por la disidencia, le atienden más. - ---¿Crees tú que le darán el ascenso á Víctor? (con ansiedad profunda). - ---Yo no puedo asegurarte nada. - ---Y de lo mío, ¿qué sabes? (con ansiedad mayor aún). - ---El Jefe del Personal no suelta prenda. Cuando le hablo de ti, me echa -un _veremos_, y un _yo haré lo que pueda_, que es tanto como no decir -nada. ¡Ah! entre paréntesis: ayer, después de hablar con el -Subsecretario, se coló Víctor en el Personal. Vino á contármelo el -hermano de Espinosa. El Jefe le enseñó las vacantes de provincias, y tu -yernito se dejó decir con arrogancia que á provincias no iba ni atado. - ---Amigo Ventura--indicó Villaamil con dolorosa consternación,--acuérdate -de lo que te anuncio. Tú lo has de ver, y si lo dudas, apostemos algo... -¿Á que ascienden á Víctor y á mí no me colocan? Otra cosa sería justicia -y razón, y la razón y la justicia andan ahora de paseo por las nubes. - -Pantoja volvió á ladear el gorro. Era una manera especial suya de -rascarse la cabeza. Dando un gran suspiro, que salió muy oprimido de la -boca, porque ésta no se abría sino con cierta solemnidad, trató de -consolar á su amigo en la forma siguiente: - ---No sabemos si podrán arreglar lo del expediente de Víctor, á pesar de -las ganas que parece tienen de ello sus protectores. Y por lo que hace á -ti, yo que tú, sin dejar de machacar en el Director, el Subsecretario y -el Ministro, me buscaría un buen faldón entre la gente que manda. - ---Pero si me cojo y tiro, y... como si no. - ---Pues sigue tirando, hombre, hasta que te quedes con el faldón en la -mano. Arrímate á los pájaros gordos, sean ó no ministeriales; dirígete á -Sagasta, á Cánovas, á D. Venancio, á Castelar, á los Silvelas; no -repares si son blancos, negros ó amarillos, pues al paso que vas, tal -como se han puesto las cosas, no conseguirás nada. Ni Pez ni Cucúrbitas -te servirán: están abrumados de compromisos, y no colocan más que á su -pandilla, á sus paniaguados, á sus ayudas de cámara, y hasta á los -barberos que les afeitan. Esa gente que sirvió á la Gloriosa primero y -después á la Restauración, está con el agua al cuello, porque tiene que -atender á los de ahora, sin desamparar á los de antes, que andan -ladrando de hambre. Pez ha metido aquí á alguien que estuvo en la -facción y á otros que retozaron con la cantonal. ¿Cómo puede olvidar Pez -que los del gorro colorado le sostuvieron en la Dirección de Rentas, y -que los amadeístas casi casi le hacen Ministro, y que los moderados del -tiempo de Sor Patrocinio le dieron la gran cruz? - -Villaamil oía estos sabios consejos, los ojos bajos, la expresión -lúgubre, y sin desconocer cuán razonables eran. Mientras que los dos -amigos departían de este modo, totalmente abstraídos de lo que en la -oficina pasaba, el maldito cojo Salvador Guillén trazaba en una -cuartilla de papel, con humorísticos rasgos de pluma, la caricatura de -Villaamil, y una vez terminada, y habiendo visto que era buena, puso por -debajo: _El señor de Miau, meditando sus planes de Hacienda_. Pasaba el -papel á sus compañeros para que se riesen, y el monigote iba de pupitre -en pupitre, consolando de su aburrimiento á los infelices condenados á -la esclavitud perpetua de las oficinas. - -Cuando Pantoja y Villaamil hablaban de generalidades tocantes al ramo, -no sonaban con armonioso acuerdo sus dos voces. Es que discrepaban -atrozmente en ideas, porque el criterio del honrado era estrecho y -exclusivo, mientras Villaamil tenía concepciones amplias, un plan -sistemático, resultado de sus estudios y experiencia. Lo que sacaba de -quicio á Pantoja era que su amigo preconizara el _income tax_, haciendo -tabla rasa de la Territorial, la Industrial y Consumos. El impuesto -sobre la renta, basado en la declaración, teniendo por auxiliares el -amor propio y la buena fe, resultaba un disparate aquí donde casi casi -es preciso poner al contribuyente delante de una horca para que pague. -La simplificación, en general, era contraria al espíritu del _probo -funcionario_, que gustaba de mucho personal, mucho lío y muchísimo mete -y saca de papeles. Y por último, algo había de recelo personal en -Pantoja, pues aquella manía de suprimir las contribuciones era como si -quisiesen suprimirle á él. Sobre esto discutían acaloradamente hasta que -á los dos se les agotaba la saliva. Y cuando Pantoja tenía que salir -porque le llamaba el Director, y se quedaba Villaamil solo con los -subalternos, éstos se distraían y solazaban un rato á cuenta de él, -distinguiéndose el cojo Guillén por su intención maligna. - ---Dígame, D. Ramón, ¿por qué no publica usted su plan para que lo -conozca el país? - ---Déjame á mí de publicar planes (paseándose agitadamente por la -oficina). ¡Sí; buen caso me haría ese puerco de país! El Ministro los ha -leído y les ha dado un vistazo el Director de Contribuciones. Como si -no... Y no es la dificultad de enterarse pronto, porque en las Memorias -que he escrito he atendido: primero, á la sencillez; segundo, á la -claridad; tercero, á la brevedad. - ---Yo creí que eran muy largas, pero muy largas--dijo Espinosa con -gravedad.--Como abrazan tantos puntos... - ---¿Quién le ha dicho á usted semejante cosa? (enfadándose). Si cada una -no abraza más que un punto, y son cuatro. Y basta y sobra. ¡Ojalá no me -hubiera ocupado de escribirlas! Bienaventurados los brutos... - ---Porque de ellos es la nómina de los cielos... Bien dicho, señor don -Ramón--observó Argüelles, mirando con ojeriza á Guillén, á quien -detestaba.--Á mí también se me ocurrió un plan; pero no quise darlo á -luz. Más cuenta me tenía componer el solo de trompa. - ---Eso, toque usted la trompa, y déjese de arreglar la Hacienda, que al -paso que va, pronto, ni los rabos. Mire usted, amigo Argüelles -(parándose ante la mesa del caballero de Felipe IV, la capa terciada, la -mano derecha muy expresiva). Yo he consagrado á esto mi experiencia de -tantos años. Podré acertar ó no; pero que aquí hay algo, que aquí hay -una idea, no puede dudarse. (Todos le oían con gran atención.) Mi -trabajo consta de cuatro Memorias ó tratados, que llevan su título para -más fácil inteligencia. Primer punto: _Moralidad_. - ---Muy bien. Rompe plaza la moralidad, que es lo primero. - ---Es el fundamento del orden administrativo. Moralidad arriba, moralidad -abajo, á izquierda y a derecha. Segundo punto: _Income tax_. - ---Que es la madre del cordero. - ---Fuera Territorial, Subsidio y Consumos. Lo substituyo con el impuesto -sobre la renta, con su recarguito municipal, todo muy sencillo, muy -práctico, muy claro; y expongo mis ideas sobre el método de cobranza, -apremios, investigación, multas, etc... Tercer punto: _Aduanas_. Porque, -fíjense ustedes, las Aduanas no son sólo un arbitrio, son un método de -protección al trabajo nacional. Establezco un arancel bien remontadito, -para que prosperen las fábricas y nos vistamos todos con telas -españolas. - ---_Superior de Holanda_... Don Ramón, Bravo Murillo era un niño de -teta... Siga usted... - ---Cuarto punto: _Unificación de la Deuda_. Recojo todo el papel que anda -por ahí con diferentes nombres: _Tres_ consolidado, Diferido, Bonos, -Banco y Tesoro, Billetes hipotecarios, y lo canjeo por un 4 por 100, -emitido al tipo que convenga... Se acabaron los quebraderos de -cabeza... - ---Sabe usted más, D. Ramón, que el muy marrano que inventó la Hacienda. - -(Coro de plácemes. El único que callaba era Argüelles, que no gustaba de -reírle mucho las gracias á Guillén.) - ---No es que sepa mucho (con modestia), es que miro las cosas _de la -casa_ como mías propias, y quisiera ver á este país entrar de lleno por -la senda del orden. Esto no es ciencia, es buen deseo, aplicación, -trabajo. Ahora bien: ¿ustedes me hicieron caso? Pues ellos tampoco. Allá -se las hayan. Llegará día en que los españoles tengan que andar -descalzos y los más ricos pedir para ayuda de un panecillo... digo, no -pedirán limosna, porque no habrá quien la dé. Á eso vamos. Yo les -pregunto á ustedes: ¿tendría algo de particular que me restituyesen á mi -plaza de Jefe de Administración? Nada, ¿verdad? Pues ustedes verán todo -lo que quieran, pero eso no lo han de ver. Vaya, con Dios. - -Salía encorvado, como si no pudiera soportar el peso de la cabeza. Todos -le tenían lástima; pero el despiadado Guillén siempre inventaba algún -sambenito que colgarle á la espalda después que se iba. - ---Aquí he copiado los cuatro puntos conforme los decía: señores, oro -molido. Vengan acá. ¡Qué risa, Dios! Vean, vean los cuatro títulos, -escritos uno bajo el otro. - -_Moralidad_. - -_Income tax_. - -_Aduanas_. - -_Unificación de la Deuda_. - -Juntadas las cuatro iniciales, resulta la palabra _M I A U»_. - -Una explosión de carcajadas retumbó en la oficina, poniéndola tan alegre -como si fuera un teatro. - - - - -XXIII - - -Desconcertada para muchos días quedó Abelarda después del largo diálogo -aquel con Víctor; pero ponía la infeliz tal arte en evitar que su madre -y su tía comprendieran el estado de su ánimo, que lo lograba al fin. -Desde el día posterior á las incomprensibles declaraciones de Víctor, -notó á éste taciturno. Evitaba encontrarse solo con su cuñada; apenas la -miraba, y ni por incidencia le dirigía palabra alguna. Creyérase que un -delicado asunto personal le traía caviloso. Transcurrido poco tiempo, -observó Abelarda que estaba de mejor temple y que le echaba miradas -amorosas y lánguidas, á las que ella, sin poderlo remediar, respondía -con otras inflamadas aunque rapidísimas. Delante de la familia le -hablaba Víctor; pero á solas ni jota. Estaban, pues, como los que se -aman y no se atreven á decírselo: mas ella esperaba ese estallido -impensado y súbito de la ocasión que no falta nunca, como si las leyes -del tiempo y del espacio tuvieran marcado el necesario instante en que -se junten las órbitas de los seres compelidos á ello por la voluntad. En -aquella temporada le dió á la insignificante por ir á la iglesia -bastante á menudo. Las prácticas religiosas de los Villaamil se -concretaban á la misa dominguera en las Comendadoras, y esto no con -rigurosa puntualidad. Don Ramón faltaba rara vez; pero doña Pura y su -hermana, por aquello de no estar vestidas, por quehaceres ó por otra -causa, quebrantaban algunos domingos el precepto. Abelarda se sentía -ansiosa de corroborar su espíritu en la religión y meditar en la -iglesia; se consolaba mirando los altares, el sagrario donde el propio -Dios está guardado, oyendo devotamente la misa, contemplando los santos -y vírgenes con sus ahuecadas vestiduras. Estos inocentes consuelos le -sugirieron pronto la idea de otro más dulce y eficaz, el confesarse; -porque sentía la necesidad imperiosa y punzante de confiar á alguien un -secreto que no le cabía en el corazón. Temía que si no lo confiaba, _se -le escaparía_ á lo mejor con espontaneidad indiscreta delante de sus -padres, y esto le aterraba, porque sus padres se habrían de enfadar -cuando tal supieran. ¿Á quién confiarlo? ¿Á Luis? Era muy niño. Hasta se -le pasaba por las mientes el disparate increíble de revelar su secreto -al buenazo de Ponce. Por último, el mismo sentimiento religioso que se -amparaba de su alma le inspiró la solución, y á la mañana siguiente de -pensarla acercóse al confesonario y le contó al cura lo que le pasaba, -añadiendo pormenores que al sacerdote no le importaba saber. Después de -la confesión se quedó la insignificante muy aliviada y con el espíritu -bien dispuesto para lo que pudiera sobrevenir. - -Como era tiempo de Cuaresma, había ejercicios todas las tardes en las -Comendadoras y los viernes en Monserrat y en las Salesas Nuevas. Algo -chocaba á la familia la asiduidad con que Abelarda iba á la iglesia, y á -doña Pura no se le pudrió en el cuerpo esta observación impertinente: -«¡Vaya, hija, á buenas horas mangas verdes!» - -La circunstancia de que Ponce estaba complacidísimo y un si es no es -entusiasmado con las devociones de su novia, por ser él uno de los -chicos más católicos de la generación presente (aunque más de pico que -de obras, como suele suceder), acalló las susceptibilidades de doña -Pura. El ínclito joven acompañaba á su novia algunas tardes á la -iglesia, á pesar de las reiteradas instancias de ella para que la dejara -sola. Comúnmente la esperaba al salir, y juntos iban hasta la casa, -hablando del predicador, como la noche antes, en la tertulia, hablaban -de los cantantes del Real. Si Abelarda iba temprano á la iglesia, la -acompañaba Luis, que á poco de probar estas excursiones tomó grandísima -afición á ellas. El buen Cadalsito pasaba un rato con devoción y -compostura; pero luego se cansaba y se ponía á dar vueltas por la -iglesia, mirando los estandartes de la Orden de Santiago que hay en las -Comendadoras, acercándose á la reja grande para atisbar á las monjas, -inspeccionando los altares recargados de ex-votos de cera. En Monserrat, -iglesia perteneciente al antiguo convento que es hoy Cárcel de Mujeres, -no se encontraba Luis tan á gusto como en las Comendadoras, que es uno -de los templos más despejados y más bonitos de Madrid. Á Monserrat -encontrábalo frío y desnudo; los santos estaban mal trajeados; el culto -le parecía pobre, y, además de esto, había en la capilla de la derecha, -conforme entramos, un Cristo grande, moreno, lleno de manchurrones de -sangre, con enaguas y una melena natural tan larga como el pelo de una -mujer, la cual efigie le causaba tanto miedo, que nunca se atrevía á -mirarla sino á distancia, y ni que le dieran lo que le dieran entraba en -su capilla. - -Sucedió más de una vez que Cadalsito, en su inquieta vagancia dentro de -la iglesia, se sentaba en algún banco solitario, sintiéndose acometido -del mal precursor de la extraña visión. Más de una vez se dijo que en -tal sitio, á poco que se adormilase, había de ver al _Señor de la barba -blanca_, por ser aquélla una de sus casas. Pero cerraba los ojos, -haciendo como una mental evocación de la extraordinaria visita, y ésta -no se presentaba. En alguna ocasión, no obstante, creyó ver al augusto -anciano saliendo por una puerta de la sacristía y perdiéndose en el -altar, como si se introdujera por invisible hueco. También le pareció -que el mismo Señor salía revestido de la sacerdotal túnica y casulla -bordada, á decir misa, _á decirse á sí mismo la misa_, cosa que á -Cadalsito le pareció por demás extraña. Pero no estaba muy seguro de que -esto fuera así, y bien podía ser que se engañase; al menos, grandes -dudas tenía sobre el particular. Una tarde, oyendo en Monserrat el -rosario que rezaba el cura, al cual contestaban en la iglesia unas dos -docenas de mujeres y en el coro las presas, que debían ser más de ciento -por el murmullo intensísimo que sus voces hacían, Luisito se sintió con -los síntomas de somnolencia. En la iglesia había muy poca luz, y todo en -ella era misterio, sombras que la cadencia tétrica del rezo hacía más -cerradas y tenebrosas. Desde donde Cadalsito estaba, veía un brazo del -Cristo aquel, y la lamparilla que junto al brazo colgaba del techo. Le -entró tal pánico, que se habría marchado á la calle si hubiera podido; -pero no se pudo levantar. Hizo propósito de vencer el sopor, y se -pellizcó los brazos diciendo: «¡Ay! ¡contro! Si me duermo y se me pone -al lado el Cristo de las melenas, del miedo me caigo muerto». Y el -miedo y los esfuerzos por despabilarse vencían al fin su insano sopor. - -En cambio de estos malos ratos, Monserrat se los proporcionaba buenos, -cuando se aparecía por allí su amigo y condiscípulo Silvestre Murillo, -hijo del sacristán. Silvestre inició á Luis en algunos misterios -eclesiásticos, explicándole mil cosas que éste no comprendía; por -ejemplo: qué era la Reserva del Santísimo, qué diferencia hay entre el -Evangelio y la Epístola, por qué tiene San Roque un perro y San Pedro -llaves, metiéndose en unas erudiciones litúrgicas que tenían que oir. -«La hostia, verbigracia, lleva dentro á Dios, y por eso los curas, antes -de cogerla, se lavan las manos para no ensuciarla; y _dominus vobisco_ -es lo mismo que decir: _cuidado, que seáis buenos_». Metidos los dos en -la sacristía, Silvestre le enseñaba las vestiduras, las hostias sin -consagrar, que Cadalso miraba con respeto supersticioso, las piezas del -monumento que pronto se armaría, el palio y la manga-cruz, revelando en -el desenfado con que lo enseñaba y en sus explicaciones un cierto -escepticismo del cual no participaba el otro. Pero no pudo Murillito -hacerle entrar en la capilla del Cristo de las melenas, ni aun -asegurándole que él las había tenido en la mano cuando su madre se las -peinaba, y que aquel Señor era muy bueno y hacía la mar de milagros. - -Como la mente de los chicos se impresiona con todo, y á esta impresión -se amolda con energía y prontitud su naciente voluntad, aquellas visitas -á la iglesia despertaron en Cadalsito el deseo y propósito de ser cura, -y así lo manifestaba á sus abuelos una y otra vez. Todos se reían de -esta precoz vocación, y al mismo Víctor le hizo mucha gracia. Sí, -Luisito aseguraba que ó no sería nada ó cantaría misa, pues le -entusiasmaban todas las funciones sacerdotales, incluso el predicar, -incluso el meterse en el confesonario para _oir los pecados de las -mujeres_. Díjolo con ingenuidad tan graciosa, que todos se partieron de -risa, y de ello tomó pie Víctor para romper á hablar á solas con la -insignificante por primera vez después de la conferencia de marras. No -estaba presente ninguna persona mayor, y el único que podía oir era -Luis, y estaba engolfado en su álbum filatélico. - ---Yo no diré, como mi hijo, que quiero ordenarme; ¡pero ello es que de -algún tiempo á esta parte siento en mí una necesidad tan viva de -creer!... Este sentimiento, júzgalo como quieras, me viene de ti, -Abelarda (aquí una mirada amplia, sostenida, tiernísima), de ti, y de la -influencia que tu alma tiene sobre la mía. - ---Pues cree, ¿quién te lo impide?--repuso la joven, que se sentía -aquella tarde con facilidades para hablar, y esperaba mayor claridad en -él. - ---Me lo impiden las rutinas de mi pensamiento, las falsas ideas -adquiridas en el trato social, que forman una broza difícil de extirpar. -Me convendría un maestro angélico, un ser que me amase y que se -interesara por mi salvación. ¿Pero dónde está ese ángel? Si existe, no -es para mí. Soy muy desgraciado. Veo el bien muy próximo, y no me puedo -acercar á él. Dichosa tú si no comprendes esto. - -Encontrábase la señorita de Villaamil con fuerzas para tratar aquel -asunto, porque la religión se las diera hasta para confesar su secreto á -quien no debía oírlo de sus labios. - ---Yo quise creer, y creí--dijo.--Yo busqué un alivio en Dios, y lo -encontré. ¿Quieres que te cuente cómo? - -Víctor, que, sentado junto á la mesa, se oprimía la cabeza entre las -manos, levantóse de pronto, diciendo con el tono y gesto de un consumado -histrión: - ---No hables: me atormentarías sin consolarme. Soy un réprobo, un -condenado... - -Estas frases de relumbrón, espigadas sin criterio en diferentes libros, -las traía muy preparaditas para espetarlas en la primera ocasión. Apenas -dichas, acordóse de que había quedado en juntarse en el café con varios -amigos, y buscó la fórmula para cortar la hebra que su cuñada había -empezado á tender entre boca y boca. - ---Abelarda, necesito alejarme, porque si estoy aquí un minuto más... yo -me conozco: te diré lo que no debo decirte... al menos todavía... Dame -tu permiso para retirarme. Voy á dar vueltas por las calles, sin -dirección fija, errante, calenturiento, pensando en lo que no puede ser -para mí... al menos todavía... - -Dió un suspiro, y hasta otra... Dejó á la insignificante confusa y con -un palmo de morros, procurando desentrañar el significado de aquel _al -menos todavía_, frase de risueños horizontes. - -Por la noche, antes de comer, Víctor entró muy gozoso y dió un abrazo á -su suegro, al cual no le hicieron gracia tales confianzas, y estuvo por -decirle: «¿En qué pícaro bodegón hemos comido juntos?» No tardó el otro -en explicar los móviles de su enhorabuena. Había estado en el Ministerio -aquella tarde, y el Jefe del Personal le dijo que Villaamil iba en la -primera hornada. - ---¡Otra vez el mismo cuento!--exclamó don Ramón furioso.--¿De cuándo acá -es permitido que te burles de mí? - ---No es burla, hombre--manifestó doña Pura, alentada por dulces -esperanzas.--Cuando él te lo dice es porque lo sabe. - ---Créalo usted ó no lo crea, es verdad. - ---Pues yo lo niego, yo lo niego--declaró Villaamil, rayando el aire con -el dedo índice de la mano derecha.--Y de mí no se ríe nadie, ¿estamos? -¿Cuándo y por dónde te has ocupado tú de mí en el Ministerio? Tú vas -allá por tus asuntos propios, por trabajar tu ascenso, que te darán... -¡Ah! Yo estoy cierto de que te lo dan... Bueno fuera que no. - ---Pues yo lo digo á usted (con gran energía) que podré haber ido otras -veces con ese objeto; pero hoy por hoy fuí, y por cierto en compañía de -dos diputados de muchísima influencia, exclusivamente á interceder por -usted, á hablarle gordo al Jefe del Personal, después de teclear al -Ministro. Si no se lo digo á usted porque me lo agradezca; si esto no -tiene mérito ninguno... Y tan cierto como es luz esa que nos alumbra -(con solemne acento), lo es que yo dije á los amigos que me apoyan: -«Señores, antes que mi ascenso, pídase la colocación de mi suegro». -Repito que no lo digo para que me lo agradezca nadie. Vaya un puñado de -anís... - -Doña Pura estaba radiante, y Villaamil, desconcertado en su pesimismo, -parecía un combatiente á quien le destruyen de improviso las defensas -que le amparan, dejándole inerme y desnudo ante las balas enemigas. -Esforzábase en recobrar su aplomo pesimista... «Historias... Bueno, y -aunque fuese verdad que Juan, Pedro y Diego me recomendaran, ¿de eso se -sigue que me coloquen? Déjame en paz, y pide para ti, pues sin abrir la -boca te lo han de dar, mientras que yo, aunque vuelva loco al género -humano, nada alcanzaré». - -Abelarda, aunque no desplegó los labios, sentía su pecho inundado de -gratitud hacia Víctor y se congratulaba de amarle, declarándose que -ninguna duda podía existir de la bondad de sus sentimientos. Imposible -que aquel acento noble y hermoso no fuera el acento de la verdad. -Mientras comían, se discutió lo mismo: Villaamil opinando tercamente que -jamás habría piedad para él en las esferas ministeriales, y la familia -entera sosteniendo con denuedo lo contrario. Entonces soltó Luisito -aquella frase que fué célebre en la familia durante una semana y se -comentó y repitió hasta la saciedad, celebrándola como gracia -inapreciable, ó como uno de esos rasgos de sabiduría que de la mente -divina pueden descender á la de los seres cuyo estado de gracia les -comunica directamente con aquélla. Lo dijo Cadalsito con ingenuidad -encantadora y cierto aplomo petulante que aumentaba el hechizo de sus -palabras. «Pero abuelito, parece que eres tonto. ¿Por qué estás pidiendo -y pidiendo á esos tíos de los Ministerios, que son unos cualisquieras y -no te hacen caso? Pídeselo á Dios, ve á la iglesia, reza mucho, y verás -cómo Dios te da el destino». - -Todos se echaron á reir; pero en el ánimo de Villaamil hizo efecto muy -distinto la salida del inspirado niño. Por poco se le saltan al buen -viejo las lágrimas, y dando un golpe en la mesa con el cabo del tenedor, -decía: «Ese demonches de chiquillo sabe más que todos nosotros y que el -mundo entero». - - - - -XXIV - - -Marchóse Víctor, apenas tomado el postre, que era, por más señas, miel -de la Alcarria, y de sobremesa, doña Pura echó en cara á su marido la -incredulidad y desabrimiento con que éste había oído lo expresado por el -yerno. - ---¿Por qué no ha de ser cierto que se interesa por ti? No debemos -ponernos siempre en la mala. Es más: Víctor, si no lo ha hecho, estaba -en la obligación de hacerlo. - ---Pues es claro...--observó Abelarda, dispuesta á hacer panegírico -ardiente de su cuñado, á quien no entendía en la cuestión de amores, -pero cuya cacareada maldad estimaba calumniosa. - ---¿Pero vosotras--dijo Villaamil sulfurándose--sois tan cándidas que -creéis lo que dice ese embustero trapalón?... Apuesto lo que queráis á -que, en vez de recomendarme, lo que ha hecho es llevarle al Jefe del -Personal algún cuento para que se le quiten las pocas ganas que tiene de -servirme... - ---¡Jesús, Ramón! - ---¡Papá, por Dios!... también usted tiene unas cosas... - ---Parece mentira que en tantos años no hayáis aprendido á conocer á ese -hombre (exaltándose), el más malo y más traicionero que hay bajo la capa -del sol. Para hacerle más temible, Dios, que ha hecho tan hermosos á -algunos animales dañinos, le dió á éste el mirar dulce, el sonreir -tierno y aquella parla con que engaña á los que no le conocen, para -atontarles, fascinarles y comérseles después... Es el monstruo más... - -Detúvose Villaamil al reparar que estaba presente Luisito, quien no -debía oir semejante apología. Al fin era su padre. Y por cierto que el -pobre niño clavaba en el abuelo sus ojos con expresión de terror. -Abelarda, como si le arrancaran el corazón á tenazazos, sentía impulsos -de echarse á llorar, seguidos de un brutal anhelo de contradecir á su -padre, de taparle la boca, de disparar algún denuesto contra su cabeza -venerable. Levantóse y se fué á su cuarto, aparentando que entraba á -buscar algo, y desde allí oyó aún el murmullo de la conversación... Doña -Pura denegaba tímidamente lo dicho por su esposo, y éste, después que se -retiró Luisito, llamado por Milagros para lavarle en la cocina boca y -manos, reiteró su bárbaro, implacable y sangriento anatema contra -Víctor, añadiendo que con él no iba ni á recoger monedas de cinco duros. -Era tan hondo el acento del buen Villaamil, y tan lleno de sinceridad y -convicción, que Abelarda creyó volverse loca en aquel mismo instante, -soñando como único alivio á su desatada pena salir de la casa, correr -hacia el Viaducto de la calle de Segovia y tirarse por él. Figurábase el -momento breve de desplomarse al abismo, con las enaguas sobre la cabeza, -la frente disparada hacia los adoquines. ¡Qué gusto! Después la -sensación de convertirse en tortilla, y nada más. Se acabaron todas las -fatigas. - -Á poco de esto, empezó á llegar la escogida sociedad que frecuentaba en -determinadas noches aquella elegante mansión. Milagros, terminada su -faena en la cocina, preparó la luz de petróleo para iluminar la sala. Se -arregló, dejando en la cocina á la vieja que iba á fregar, pues la -_pudorosa Ofelia_, si se adaptaba con gusto a todos los ramos de la -culinaria, no entraba con aquel rudo trajín del fregado, y á poco -penetró en _sus salones_ tan bien apañadita que daba gusto verla. -Abelarda tardó más en presentarse, y apareció al fin con tan fuerte mano -de polvos en la cara, que parecía una molinera. Y aun no bastaba tanto -afeite á disimular el tono cadavérico de su faz ni el cerco violado de -sus ojos. Virginia Pantoja, su madre y otras señoras la observaron y -callaban, guardando sus comentarios para postdata de la tertulia. -Ninguna de las amigas dejó de decir para sí: «¡Ajadilla está!» Fue -también aquella noche Salvador Guillén, el cual presentó á su compañero -de oficina, el elegante Espinosa. Villaamil, desde que empezaba á -entrar gente, se iba á la calle, renegando de la tal tertulia, y se -pasaba en el café un par de horitas oyendo hablar de crisis ó probando, -como dos y tres son cinco, que debía haberla. Solía Pantoja acompañarle, -volviendo después con él para recoger á la familia, y por el camino -seguían glosando el tema eterno, sin agotarlo nunca ni encontrar jamás -la última variación. Conocedor sagaz de la vida burocrática y de las -misteriosas energías psicológicas que determinan la elevación y caída de -funcionarios, Pantoja trazaba á su amigo un nuevo plan de campaña. -Primero, sin perjuicio de buscarse entre la gente política de influencia -algún padrinazgo de empuje, convenía no dejar vivir al Ministro, ni al -Jefe del Personal; convertirse en su sombra, espiarles las entradas y -salidas, acometerles cuando más descuidados estuvieran, ponerles en el -terrible dilema de _la credencial_ ó _la vida_, imponerse por el terror. -De esta manera se sacaba siempre tajada, pues al fin, Ministros, -Subsecretarios y Jefes del Personal eran hombres, y para poder respirar -y vivir daban al moscón lo que pedía, por quitárselo de encima de su -alma y perderlo de vista. Reconociendo el profundo sentido humano y -político de estos consejos, Villaamil deploraba sinceramente haber -llegado al extremo de ser él lo que tantas veces había censurado en -otros; acosador importuno y pordiosero inaguantable. - -Víctor no solía concurrir a las tertulias; pero aquella noche entró más -temprano que de costumbre y pasó á la sala, produciendo la admiración de -Virginia Pantoja y de las chicas de Cuevas. ¡Era tan superior por todos -conceptos á los tipos que allí se veían! Guillén le tenía ojeriza, y -como Víctor le pagaba en la misma moneda, se tirotearon con frases de -doble sentido, haciendo reir á la concurrencia. - -Al día siguiente, antes de almorzar, hallándose en el comedor Víctor, su -suegra, Abelarda y Luisito, que acababa de llegar de la escuela, dijo -Cadalso á doña Pura: - ---¿Pero cómo reciben ustedes en su casa á ese cojo inmundo? ¿No -comprenden que viene por divertirse observando y contar luego en la -oficina lo que ve? - ---¿Pero acaso tenemos monos pintados en la cara--dijo Pura con -desenfado,--para que ese cojitranco venga aquí nada más que á reirse? - ---Es un sapo venenoso que en cuanto ve algo que no es sucio como él, se -irrita y suelta toda la baba. Cuando papá va á la oficina de Pantoja, -¿en qué creen ustedes que se ocupa Guillén? En hacerle la caricatura. -Tiene ya una colección que anda de mano en mano entre aquellos gandules. -Ayer, sin ir más lejos, vi una con un letrero al pie que dice: _El señor -de Miau, meditando su plan de Hacienda_. Había ido corriendo de oficina -en oficina, hasta que Urbanito Cucúrbitas la llevó al Personal, donde -el majadero de Espinosa, hermano de ese cursilón que estuvo aquí anoche, -la pegó en la pared con cuatro obleas para que sirviera de chacota á -todo el que entraba. Cuando vi aquello me sulfuré, y por poco se arma -allí la de San Quintín. - -Doña Pura se indignó tanto, que el coraje le cortaba la respiración y la -palabra. - ---Pues yo le diré á ese galápago que no vuelva á poner los pies en mi -casa... ¿Y cómo dices que llaman á mi marido? ¿Habrá desvergüenza?... - ---Es que le quieren aplicar ahora el mote que le pusieron á la familia -en el Real--dijo Víctor dulcificando su crueldad con una sonrisa;--mote -que no tiene maldita gracia. - ---¡Á nosotras, á nosotras!--exclamaron á un tiempo, rojas de ira, las -dos hermanas. - ---Tomémoslo á risa, pues no merece otra cosa. Es público y notorio que -cuando toman ustedes posesión de su sitio en el Paraíso, todo el mundo -dice: «Ya están ahí las _Miaus_...» ¡qué tontería! - ---¡Y el muy mamarracho se ríe de la gracia!--exclamó doña Pura cogiendo -lo primero que encontró á mano, que fué un pan, y apuntando con él á la -cabeza de su yerno. - ---No, no la emprenda usted conmigo, señora, que no soy yo autor del -apodo... Pues si yo las acompañara á ustedes alguna vez y un cursi de -aquéllos se atreviera á mayar delante de mí, de la primera boletada -todas sus muelas salían á tomar el aire. - ---No estás tú mal fantasmón (devorando su ira). Pico, y nada más que -pico. ¡Si no tuviéramos nosotras más defensa que tú!... - -La ira de las dos hermanas era nada en comparación de la que agitaba el -ánimo de Luisito Cadalso, al oir que el cojo Guillén motejaba á su -abuelo y le ponía en solfa; y para sí decía: «De todo esto tiene la -culpa _Posturitas_, y le he de dar pa el pelo, porque la ordinariota de -su mamá, que es hermana de Guillén, fué la que puso el mote, ¡contro!, y -luego se lo dijo al cojo, que es un sapo venenoso, y el muy canalla se -lo ha dicho á los de la oficina». - -Tan rabioso se puso, que al ir á la escuela cerraba los puños y apretaba -los dientes. De seguro que si encuentra á _Posturitas_ en la calle la -emprende con él dándole una morrada buena en _mitá la cara_. Tocóle -después estar á su lado en la clase y le pegó con el codo, diciéndole: -«No _quio na_ contigo, sinvergüenza. Tú no eres caballero, ni tu familia -tampoco son caballeros». El otro no le contestó, y dejando caer la -cabeza sobre el brazo, cerró los ojos como vencido de un profundo sueño. -Hubo de notar entonces Cadalso que su amigo tenía la cara muy encendida, -los párpados hinchados, la boca abierta, respirando por ella, y á ratos -soplando fuertemente por la nariz, como si quisiera desobstruirla. -Nuevos y más fuertes codazos de Luisito no le hicieron salir de aquel -pesado sopor. «¿Qué tienes, recontro?... ¿estás malo?» La cara de -_Posturitas_ echaba fuego. El maestro llegó por allí, y viéndole en tal -estado y que no había medio de enderezarle, le observó, le pulsó, le -puso la mano en la cara. «Chiquillo, tú estás malo; vete corriendo á tu -casa y que te acuesten y te abriguen bien para que sudes». Levantóse -entonces el rapaz tambaleándose, y con cara y gesto de malísimo humor, -atravesó la sala de la escuela. Algunos compañeros le miraron con -envidia porque se iba á su casa antes que los demás. Otros, Cadalsito -entre ellos, creían que la enfermedad era farsa, pura comedia para irse -de pingo y estarse brincando toda la tarde en el Retiro con los peores -gateras de Madrid. Porque era muy pillo, muy embustero, y en poniéndose -á inventar y á hacer pamemas, no había quien le ganara. - -Al día siguiente, Murillito trajo la noticia de que Paco Ramos estaba -enfermo de tabardillo, y que le había entrado tan fuerte, pero tan -fuerte, que si no bajaba la calentura aquella noche, se moriría. Hubo -discusión á la salida sobre ir ó no á verle. «Que eso se pega, -_hombre_».--«Que no se pega... ¡bah, tú!»--«Morral».--«Morral él». Por -fin, Murillito, otro que llamaban Pando y Cadalso con ellos, fueron á -verle. Era á dos pasos de la escuela, en la casa que tiene farol y -muestra de prestamista. Subieron los tres muy ternes, discutiendo -todavía si se pegaba ó no se pegaba la _tifusidea_, y Murillito, el más -farfantón de la partida, les animaba escupiendo por el colmillo. «No -seáis gallinas. ¡Si creeréis que por entrar vus vais á morir!...» -Llamaron, y les abrió una mujer, quien al ver la talla y fuste de los -visitantes, no les hizo maldito caso y les dejó plantados, sin dignarse -responder á la pregunta que hizo Murillito. Otra mujer pasó por el -recibimiento y dijo: «¿Qué buscan aquí estos monos? ¡Ah! ¿Venís á saber -de Paquito? Más animado está esta tarde...» «Que pasen, que pasen--gritó -dentro otra voz femenil,--á ver si mi niño les conoce». Vieron, al -entrar, el despacho de los préstamos, donde estaba un señor de gorro y -espejuelos que _parecía un ministro_ (según pensó Cadalso), y -atravesaron luego un cuarto grande donde había ropa, golfos de ropa, la -mar de ropa, y por fin, en una habitación toda llena de capas dobladas, -cada una con su cartón numerado, yacía el enfermo y á su lado dos -enfermeras, la una sentada en el suelo, la otra junto al lecho. -_Posturitas_ había delirado atrozmente toda la noche y parte de la -mañana. En aquel momento estaba más tranquilo, sin que el recargo se -iniciara aún. «Rico--le dijo la mujer ó señora instalada á la cabecera, -y que debía de ser la mamá,--aquí están tus amiguitos, que vienen á -preguntar por ti. ¿Quieres verles?» El pobre niño exhaló una queja, -como si quisiera romper á llorar, lenguaje con que indican las criaturas -enfermas lo que les desagrada y molesta, que suele ser todo lo -imaginable. «Mírales, mírales. Te quieren mucho». Paquito dió una vuelta -en la cama, é incorporándose sobre un codo, echó á sus amigos una mirada -atónita y vidriosa. Tenía los ojos, aunque inflamados, mortecinos, los -labios tan cárdenos que parecían negros, y en los pómulos manchas de -color de vino. Cadalso sentía lástima y también terror instintivo que le -mantuvo desviado de la cama. La mirada fija y sin luz de su compañero de -escuela le hacía temblar. Paco Ramos sin duda no conoció de los tres más -que á Luisito, porque sólo dijo _Miau, Miau_, después de lo cual su -cabeza se derrumbó sobre la almohada. La madre hizo una seña á los -chicos para que despejaran, y ellos obedecieron como unos santos. En la -habitación próxima tropezaron con dos hermanillos de _Posturitas_, más -chicos que él, carisucios y culirrotos, los zapatos agujereados y los -mandiles hechos una sentina. El uno arrastraba un muñeco de trapo -amarrado por el pescuezo, y el otro un caballo sin patas, gritando como -un desesperado _¡arre!_ Al ver gente menuda, se fueron detrás, deseando -hacer migas con ella; pero Murillo, echándoselas de persona, les -reprendió por la bulla que armaban, estando el hermanito malo. Ellos se -miraron estupefactos. No comprendían jota. El más pequeño sacó del -bolsillo del delantal un pedazo de pan ya muy lamido, todo lleno de -babas, y le metió el diente con fe. Al pasar por la sala, el señor aquel -que parecía un ministro estaba examinando dos mantones de Manila que lo -presentaba una mujer. Los tres amigos lo saludaron con exquisita -cortesía, pero él no les contestó. - - - - -XXV - - -Muy pensativo se fué Cadalsito á su casa aquella tarde. El sentimiento -de piedad hacia su compañero no era tan vivo como debiera, porque el -mameluco de Ramos le había insultado, arrojándole á la cara el infamante -apodo, delante de gente. La infancia es implacable en sus -resentimientos, y la amistad no tiene raíces en ella. Con todo, y aunque -no perdonaba á su mal educado compañero, pensó pedir por él en esta -forma: «Ponga usted bueno á _Posturitas_. Á bien que poco le cuesta. Con -decir _levántate, Posturas_, ya está». Acordándose después de que la -mamá de su amigo, aquella misma señora que estaba junto al lecho tan -afligida, era la inventora del ridículo bromazo, renovóse en él la -inquina que le tenía. «Pero no es _señora_--pensó.--No es más que -_mujer_, y ahora Dios la castiga de firme por poner motes». - -Aquella noche estuvo muy intranquilo; dormía mal, se despertaba á cada -instante, y su cerebro luchaba angustiosamente con un fenómeno muy -singular. Habíase acostado con el deseo de ver á su benévolo amigo el de -la barba blanca; los síntomas precursores se habían presentado, pero la -aparición no. Lo doloroso para Cadalsito era que soñaba que la veía, lo -que no era lo mismo que verla. Al menos no estaba satisfecho, y su mente -forcejeaba en un razonar penoso y absurdo, diciendo: «No es éste, no es -éste... porque yo no le veo, sino sueño que le veo, y no me habla, sino -sueño que me habla». De aquella febril cavilación pasaba á estotra: «Y -no podrá decir ya que no estudio, porque hoy sí que me supe la lección, -¡contro! El maestro me dijo: «Bien, bien, Cadalso». Y la clase toda -estaba turulata. Largué de corrido lo del adverbio, y no me comí más que -una palabra. Y cuando dije lo de que caía el maná en el desierto, -también _me lo supe_, y sólo me trabuqué después en aquello de los -Mandamientos, por decir que los trajo encima de un tablero, en vez de -una tabla». Luis exageraba el éxito de su lección de aquel día. La dijo -mejor que otras veces, pero no había motivo fundado para tanto bombo. - -Mala noche fué aquélla para los dos habitantes del estrecho cuarto, pues -Abelarda no hacía más que dar vueltas en su catre, rebelde al sueño, -conciliándolo breves minutos, sintiéndose acometida por bruscos -estremecimientos, que la hacían pronunciar algunas palabras, de cuyo -sonido se asombraba ella propia. Una vez dijo: «Huiré con él». Y al -punto le respondió un acento suspirón: «Con el que tenía los anillos de -puros». Al oir esto, dió un salto aterrada. ¿Quién le respondía? Todo -era silencio en la alcoba; pero al poco rato la voz volvió á sonar, -diciendo: «Le castiga usted por malo, por poner motes». Al fin, la mente -de Abelarda se esclarecía, pudiendo apreciar la realidad y reconocer la -vocecilla de su sobrino. Volvióse del otro lado y se durmió. Luis -murmuraba gimiendo, como si quisiera llorar y no pudiese. «Que sí me -supe la lección... que sí». Y al cabo de un rato: «No me mojes el sello -con tu boca negra... ¿Ves? Eso te pasa por malo. Tu mamá no es señora, -sino mujer...» Á lo que contestó Abelarda: «Esa elegantona que te -escribe cartas no es dama, sino una tía _feróstica_... Tonto, y me -desprecias á mí por ella, á mí, que me dejaría matar por...! Mamá, mamá, -yo quiero ser monja». «No...--decía Luis,--ya sé que no le dió usted al -Sr. de Moisés los Mandamientos en un tablero, sino en una tabla... -Bueno, en dos tablas... _Posturas_ se va á morir. Su padre le envolverá -en aquel mantón de Manila... Usted no es Dios, porque no tiene -ángeles... ¿En dónde están los ángeles?» - -Y Abelarda: «Ya pesqué la llave de la puerta. Quiero escapar. ¡Con el -frío que hace, esperándome en la calle!... ¡Vaya un llover!» - -Luis: «Es un ratón lo que _Posturas_ echa por la boca, un ratón negro y -con el rabo mu largo. Me escondo debajo de la mesa. ¡Papá!» - -Abelarda en voz alta: «Qué... ¿qué es eso, Luis? ¿qué tienes? -Pobrecito... esas pesadillas que le dan. Despierta, hijo, que estás -diciendo disparates. ¿Por qué llamas á tu papá?» - -Despierto también Luis, aunque no con el sentido muy claro: «Tiíta, no -duermo. Es que... un ratón. Pero mi papá lo ha cogido. ¿No ves á mi -papá? - ---Tu papá no está aquí, tontín; duérmete. - ---Sí que está... Mírale, mírale... Estoy despierto, tiíta. ¿Y tú? - ---Despéjate, hijo... ¿Quieres que encienda luz? - ---No... Tengo sueño. Es que todo es muy grande, todas las cosas grandes, -y mi papá estaba acostado contigo, y cuando yo le llamé vino á cogerme. - ---Prenda, acuéstate de ladito y no tendrás malos sueños. ¿De qué lado -estás acostado? - ---Del lado de la mano izquierda... ¿Por qué es todo grandísimo, del -tamaño de las cosas mayores? - ---Acuéstate del lado derecho, alma mía. - ---Estoy del lado de la mano izquierda y del pie derecho... ¿Ves? éste es -el pie derecho, ¡tan grande! Por eso la mamá de Posturas no es señora. -Tiíta... - ---¿Qué? - ---¿Estás dormida?... Yo me duermo ahora. ¿Verdad que no se muere -_Posturas_? - ---¡Qué se ha de morir, hombre! No pienses en eso. - ---Díme otra cosa. ¿Y mi papá se va á casar contigo? - -En la excitación cerebral que producen la obscuridad y el insomnio, -Abelarda no pudo responder lo que habría respondido á la luz del día con -la cabeza serena; por cuya razón se dejó decir: «No sé todavía... -verdaderamente no sé nada... Puede...» - -Poco después murmuró Luis «bueno» en tono de conformidad, y se quedó -dormido. Abelarda no pegó los ojos en el resto de la noche, y al día -siguiente se levantó muy temprano, la cabeza pesadísima, los párpados -encendidos y el humor destemplado, deseando hacer algo extraordinario y -nuevo, reñir con alguien, así fuese el mismísimo cura cuya misa pensaba -oir pronto, ó el monago que había de ayudarla. Se fué á la iglesia, y en -ella tuvo muy malos pensamientos, tales como escabullirse de la casa sin -saber para qué, casarse con Ponce y pegársela después, meterse monja y -amotinar el convento, hacerle una declaración burlesca de amor al cojo -Guillén, empezar la representación de la comedia y retirarse á la -mitad, dejándoles á todos plantados; envenenar á Federico Ruiz, tirarse -del paraíso del Real á las butacas en lo mejor de la ópera... y otros -disparates por el estilo. Pero la permanencia en el templo, silencioso y -plácido, las tres misas que oyó, sosegaron poco á poco sus nervios, -estableciendo en su cerebro la normalidad de las ideas. Al salir se -asustaba y aun se reía de aquellas extravagancias sin sentido. Pasara lo -de tirarse del paraíso á las butacas en un momento de desesperación; -pero envenenar al pobre Federico Ruiz, ¿á qué santo? - -Al llegar á su casa, lo primero que hizo, según costumbre, fué enterarse -de si Víctor había salido ó no. Resultó que sí, y doña Pura dijo con -alegría no disimulada que su yerno almorzaba fuera. Los recursos se le -habían ido agotando á la señora con la rapidez solutiva de esa sal -puesta en agua que se llama dinero. ¡Cosa más rara! Lo mismo era cambiar -un duro que desleírsele pieza á pieza. Y ya veía próximo el aterrador -lindero que separa la escasez de la carencia absoluta. Detrás de aquel -lindero se alzaban los espectros familiares mirando á doña Pura y -haciéndole muecas. Eran sus terribles compañeros de toda la vida, el -deber, el pedir y el empeñar, resueltos á acompañarla hasta la tumba. Ya -estaba la señora tirando sus líneas á ver si Víctor le daba medios de -zafarse de aquellos socios insufribles. Pero Víctor, á las primeras -indirectas, se había hecho el mal entendedor, señal de que no encerraba -ya su cartera los tesoros de mejores días. Además, pudo observar doña -Pura que por dos ó tres veces habían venido á cobrarle á su yerno -cuentas de zapateros ó sastres, y que Víctor no había pagado, diciendo -que volvieran ó que él pasaría por allá. Este olor á chamusquina puso á -la señora sobre ascuas. - -Fueron aquella tarde doña Pura y su hermana á visitar unas amigas. -Milagros encargó á Abelarda que diese una vuelta por la cocina; pero la -exaltada joven, al quedarse sola, pues Villaamil había ido al Ministerio -y Luis á la escuela, echó al olvido cacerolas y sartenes, y metióse en -el cuarto de Víctor, con el fin de revolver, de escudriñar, de ponerse -en íntimo contacto con su ropa y los objetos de su uso. Sentía la -insignificante, en esta inspección vedada, los estímulos de la -curiosidad mezclados con un goce espiritual de los más profundos. El -examen de la indumentaria, la exploración de todos los bolsillos, aunque -en ellos no encontrara cosa de verdadero interés, era un gusto que no -cambiaría ella por otros más positivos é indiscutibles. Porque -manoseando las camisas se suponía por momentos en una intimidad á la -cual su viva imaginación daba apariencias reales. Soñaba actos de los -más nobles, como el cuidar la ropa de su hombre, fuera marido ó no, -deseando algo que arreglar en ella, botón suelto ó forro descosido; y -en tanto reconocía en el olor la persona, por más señas limpia y -elegante, gozando en olfatearla á menor distancia que en familia y ante -el mundo. Las pocas veces que Abelarda podía darse estos atracones de -idealidad y sensaciones rebuscadas, sus registros de bolsillos no -arrojaban ninguna luz sobre el misterio que á su parecer envolvía la -existencia de Cadalso. Á veces, encontraba en el bolsillo del pantalón -perros grandes ó chicos, billetes de tranvía y butacas de teatro; en los -de la americana ó levita, alguna nota del Ministerio, alguna carta -indiferente. Al concluir, cuidaba de volver todo á su sitio para que no -fuera notado el escrutinio, y se sentaba sobre el baúl á meditar. No -había sido posible poner en el cuarto de Víctor cómoda ni armario -ropero, de modo que tenía su equipo en la misma maleta de viaje, como si -estuviera por pocos días en una fonda. Lo que desesperaba á la -insignificante, era encontrar el baúl siempre cerrado. Allí sí que -habría querido ella meter manos y ojos. ¡Qué de secretos guardaría -aquella cavidad misteriosa! Varias veces había probado á abrirla con -llaves diferentes, pero en vano. - -Pues señor, aquel día, al sentarse en el baúl, ¡tlin!, un rumorcillo -metálico. Miró, y... ¡las llaves estaban puestas! Víctor se había -olvidado de quitarlas, faltando á sus hábitos cautelosos y previsores. -Ver las llaves, abrir y levantar la tapa casi fueron actos simultáneos. -Gran desorden en la parte superior del contenido. Había allí un -sombrero chafado, de los que llaman _livianillos_, cuellos y puños -sueltos, cigarros, una caja de papel y sobres, ropa blanca y de punto, -periódicos doblados, corbatas ajadas y otras nuevecitas. Abelarda -observó todo un buen rato sin tocar, enterándose bien, como es uso de -curiosos y ladrones, de la colocación de los objetos para volver á -ponerlos lo mismo. Luego deslizó la mano por un lado, explorando la -segunda capa. No sabía por dónde empezar. Al propio tiempo, la -presunción de que Víctor andaba en líos con alguna señora de mucho -lustre y empinadísimo copete, se imponía y destacaba sobre las ideas -restantes. Pronto se descubriría todo; allí se encontraban de fijo las -pruebas irrecusables. De tal modo dominaba este prejuicio la mente de -Abelarda, que antes de descubrir el cuerpo del delito ya creía -olfatearlo, porque el olfato era quizás su sentido más despierto en -aquellas pesquisas. «¡Ah! ¿no lo dije? ¿Qué es esto? Un ramito de -violetas». En efecto, al levantar con cuidado una pieza de ropa, -encontró el ramo ajado y oloroso. Siguió explorando. Su instinto, su -intuición ó corazonada, que tenía la fuerza de una luz precursora ó de -indicador misterioso, la guiaba por aquellas revueltas honduras. Sacó -varias cosas cuidadosamente, las puso en el suelo, y adelante; busca de -aquí, busca de allí, su mano convulsa dió con un paquete de cartas. ¡Ah! -por fin había parecido la clave del secreto. ¡Si no podía ser de otro -modo! Cogió el paquete, y al sentirlo entre sus dedos infundióle terror -su propio hallazgo. - -Sin quitar la goma leyó algo ya, pues las cartas no tenían envoltura que -las cubriese. Lo primero que se echó á la cara fué una coronita -estampada en el membrete de la carta superior; y como no era fuerte en -heráldica, no supo si la corona era de marquesa ó de condesa... Pensó -entonces la insignificante en su mucho acierto y sagacidad. No, no podía -ella equivocarse al suponer que la misteriosa persona con quien _él_ -estaba en relaciones era de alta categoría. Había nacido Víctor para las -esferas superiores de la vida, como el águila para remontarse á las -alturas. Pensar que hombre de tales condiciones descendiese á las -esferas de cursilería y pobreza en que ella vivía... ¡absurdo! y -raciocinando así, persuadíase también de que lo incomprensible y -tenebroso de la conducta y del lenguaje de Víctor no era falta de él, -sino de ella, por no alcanzar con sus cortas luces y su apreciación -vulgar de la vida á la superioridad de semejante hombre. - -Á leer tocan. No sabía la joven por dónde empezar. Hubiera querido -echarse al coleto en un santiamén todas las cartas de cruz á fecha. El -tiempo apremiaba; su madre y su tía no tardarían en entrar. Leyó -rápidamente una, y cada frase fué una cuchillada para la lectora. Allí -se trataba de negativa de rompimiento, se daban descargos como -respondiendo á una acusación celosa: allí se prodigaban los términos -azucarados que Abelarda no había leído nunca más que en las novelas; -allí todo era finezas y protestas de amor eterno, planes de ventura, -anuncios de entrevistas venideras, y recuerdos dulces de las pasadas, -refinamientos de precaución para evitar sospechas, y al fin derrames de -ternezas en forma más ó menos velada. Pero el nombre, el nombre de la -sinvergüenzona aquélla, por más que la lectora lo buscaba con ansia, no -parecía en ninguna parte. La firma no rompía el anónimo; á veces una -expresión convencional, _tu chacha, tu nenita_; á veces un simple -garabato... Pero lo que es nombre, ni rastros de él. Leyendo todo, todo -cuidadosamente, se habría podido sacar en limpio, por referencias, quién -era la _chacha_; pero Abelarda no podía detenerse; ya era tarde, -llamaban á la puerta... Había que colocar todo en su sitio de modo que -no se conociese la mano revoltijera. Hízolo rápidamente, y fué á abrir. -Ya no se borró más de su mente, en aquel día ni en los que le siguieron, -la fingida imagen de la odiada señora. ¿Quién sería? La insignificante -se la figuraba hermosota, muy _chic_, mujer caprichosa y desenfadada, -como á su parecer lo eran todas las de las altas clases. «¡Qué guapa -debe de ser!... ¡qué perfumes tan finos usará!--se decía á todas horas -con palabras de fuego que del cerebro le salían para estampársele en el -corazón.--¡Y cuántos vestidos tendrá, cuántos sombreros, cuántos -coches!...» - - - - -XXVI - - -Allá va otra vez el amigo D. Ramón á la oficina de Pantoja. Él no quiere -hablar de su pleito, de su cuita inmensa y desgarradora, pero sin -quererlo habla; y cuanto dice va á parar insensiblemente al eterno tema. -Le pasa lo que á los amantes muy exaltados, que cuanto hablan ó escriben -se convierte en substancia de amor. Aquel día encontró en la oficina de -su amigo á cierto sujeto que discutía ardorosamente. Era un señor de -provincia, uno de aquellos enemigos de la Administración á quienes _el -honrado_ designaba con el desdeñoso nombre de _particulares_; -comerciante de vinos al por mayor, con establecimiento abierto, y la -Hacienda le había cogido por banda, haciéndole pagar contribución por -dos conceptos. Protestó él alegando que renunciaba á detallar, -quedándose sólo con el almacén. El asunto pasó á informe de Pantoja. -Quejábase el _particular_ de que se le hiciera pagar por dos conceptos, -y va Pantoja ¿y qué hace? Pues informar que pagara por tres. De suerte -que mi hombre, hecho un basilisco, dijo allí tales picardías de la -Administración, que por poco le echan á la calle. Villaamil comprendía -que tenía razón. Nunca había sido él verdugo del _particular_, como su -amigo Pantoja; pero no se atrevió á intervenir por no malquistarse con -_el honrado_. Su flaqueza le llevó hasta apoyar la providencia del -Dracón administrativo, diciendo: - ---Claro, por tres conceptos: por el de detallista, por el de almacenista -y por el de fabricante de vinos. - -En fin, que el desgraciado _particular_ se largó trinando como ruiseñor -en la época del celo, y cuando se quedaron solos Villaamil y Pantoja, al -primero le faltó tiempo para decir: - ---¿Ha vuelto Víctor por aquí? ¿Cómo va su expediente? - -Pantoja tardó en responder; tenía la boca lo mismo que si se la hubieran -cosido. Se ocupaba en abrir pliegos, dentro de los cuales, al ser -abiertos, sonaba la arenilla pegada á la tinta seca, y _el honrado_ -cuidaba de que los tales polvos no se cayeran ¡lástima de desperdicio! y -prolijamente los vertía en la salbadera. Era en él costumbre antigua -este aprovechamiento de los polvos empleados ya en otra oficina, y lo -hacía con nimio celo, cual si mirase por los intereses de su ama, la -señora Hacienda. - ---Créeme á mí--replicó al fin, dando permiso á la boca y poniendo la -mano por pantalla á fin de que sus oficiales no oyeran.--No le harán -nada á tu yerno. El expediente es música. Créeme á mí que conozco el -paño. - ---Ventura, las influencias lo pueden todo--observó Villaamil con inmensa -pena;--absolver á los delincuentes, y aun premiarlos, mientras los -leales perecen. - ---Y las influencias que vuelven el mundo patas arriba y hacen escarnio -de la justicia, no son las políticas... quiero decir que estas -influencias no revuelven el cotarro tanto como otras. - ---¿Cuáles?--preguntó Villaamil. - ---Las faldas--replicó Pantoja tan á media voz, que Villaamil no lo oyó, -y tuvo que hacerse repetir el concepto. - ---¡Ah!... Noticia fresca... Pero dime. ¿Crees tú que Víctor, por ese -lado...? - ---Me ha dado en la nariz (con malicia, llevándose el dedo á la punta de -aquella facción). No aseguro nada; es que yo, con mi experiencia de esta -casa, lo huelo, lo huelo, Ramón... no sé... puede que me equivoque. Al -tiempo. Anoche en el café, Ildefonso Cabrera, el cuñado de tu yerno, -contó de éste ciertos lances... - ---¡Dios, qué cosas ve uno!--dijo Villaamil llevándose las manos á la -cabeza. Y en medio de su catoniana indignación, pensando en aquella -ignominia de las faldas corruptoras, se preguntaba por qué no habría -también faldas benéficas que, favoreciendo á los buenos, como él, -sirvieran á la Administración y al país. - ---Eso tuno sabe por dónde anda. Acuérdate de lo que te digo: le echarán -tierra al expediente... - ---Y venga el ascenso... y ole morena. - -Sonó el timbre, y Pantoja fué al despacho del Director, que le llamaba. -En cuanto salió, los subalternos la emprendieron con el cesante. - ---Amigo Villaamil, ni usted ni yo echaremos buen pelo hasta que no suban -los nuestros; y los nuestros son los del petróleo. - ---Así subieran mañana--dijo D. Ramón agitando las quijadas y poniendo en -sus ojos toda la ferocidad de su expresión carnívora. - ---No lo diga usted de broma, que esto está muy malo. Hay crisis. - ---¿Qué broma? ¡Sí, para bromitas está el tiempo! Así saltara esta noche -el cantón de Madrid y la _Commune_ inclusive, y tocaran á pegar fuego... -Les digo á ustedes que el amigo Job era un niño mimado y se quejaba de -vicio... Que venga el santo petróleo, que venga. Más de lo que nos han -quitado no nos han de quitar... Peor que esta gente no lo han de hacer. - ---¿Sabe usted la que corre hoy? Que van á ceder las Islas Baleares á -Alemania... Y que quieren arrendar las Aduanas á no sé qué empresa -belga, recibiendo el primer plazo en unos puentes viejos para -ferrocarriles. - ---Como si lo viera, hombre, como si lo viera... Todo lo que sea un -disparate tiene aquí su fundamento. Francamente, el D. Antonio tendrá -mucho pesquis, pero no se le conoce... Digo, cualquiera que estuviese en -su puesto, me parece á mí que lo había de hacer mejor. - ---¡Pues claro!--dijo el _caballero de Felipe IV_ atusándose el bigotillo -embetunado.--Y si no, figúrese usted que los que estamos aquí formamos -un Ministerio. Villaamil, Presidencia; Espinosa, por la buena lámina, -iría á Estado á poner varas á las diplomáticas. - ---Y que las hay de _buten_. Á Guillén le encajamos en Guerra. - ---¡Madre de Dios! ¡Un cojo en Guerra! Mejor es en Marina. - ---Sí, para que reme con las muletas. - ---Ó por lo que tiene de tortuga--dijo Argüelles, que no perdonaba -ocasión de tirar una china al cojo.--Y para mí, venga la carterita de -Gobernación. - ---Clavado. Para que pueda colocar de temporeros á su cáfila de hijos, -los de teta inclusive. - ---Y para que expida una Real orden mandando que se toque la trompa en -todos los entierros. ¿Y Hacienda, señores? - ---Hacienda, Villaamil, con la Presidencia. - ---¿Y qué le damos al _insine_ Pantoja? - ---Hacienda, Ventura, ¿qué duda tiene?--apuntó Villaamil, que no tomaba -aquello en serio, pero dejaba correr la broma para prestar un poco de -esparcimiento á su angustiado espíritu. - ---Sí, ¡buena se iba á armar!... ¿Y el _income tax_? - ---Lo que es eso...--observó Villaamil sonriendo triste y -descorazonado--no me lo pasaba. - ---No; fuera Pantoja, que es capaz de imponer una contribución sobre las -pulgas que lleva cada _quisque_. Viva el _income tax_, dogma del nuevo -Gabinete, y la unificación de la Deuda. - ---Eso... (con seriedad, bostezando) es fácil que me lo admitiera -Ventura... Vaya, caballeros (como quien vuelve en sí, levantándose con -ademán diligente), ustedes tienen que hacer, y yo _ídem_. Á trabajar se -ha dicho. - -Y pasó á Propiedades (el mismo piso á la derecha), donde era segundo -Jefe D. Francisco Cucúrbitas, y de allí bajó para caer como una bomba en -el Personal, donde tenía varios conocidos, entre ellos un tal Sevillano, -que á veces le informaba de las vacantes efectivas ó presuntas. Después -bajaba á Tesorería, dando una vuelta por el Giro Mutuo, previo el -consabido palique de los porteros al entrar en cada oficina. En algunas -partes le recibían con cordialidad un tanto helada; en otras, la -constancia de sus visitas empezaba á ser molesta. No sabían ya qué -decirle para darle esperanzas, y los que le habían aconsejado que -machacase sin tregua, se arrepentían ya, viendo que sobre ellos se ponía -en práctica el socorrido consejo. En el Personal era donde Villaamil se -mostraba más tenaz y jaquecoso. El Jefe de aquel departamento, sobrino -de Pez y sujeto de mucha escama, le conocía, aunque no lo bastante para -apreciar y distinguir las excelentes prendas del hombre, bajo las -importunidades del pretendiente. Así, cuando las visitas arreciaron, el -Jefe no ocultaba su desabrimiento ni sus pocas ganas de conversación. -Villaamil era delicado, y sufría lo indecible con tales desaires; pero -la imperiosa necesidad le obligaba á sacar fuerzas de flaqueza y á -forrar de vaqueta su cara. Con todo, á veces se retiraba consternado, -diciendo para su capote: «¡No puedo, Señor, no puedo! El papel de -mendigo porfiado no es para mí». Y la consecuencia de este abatimiento -era no parecer unos días por el Personal. Luego volvía la ley tiránica -de la necesidad á imponerse brutalmente; el amor propio se sublevaba -contra el olvido, y á la manera del lobo en ayunas, que sin reparar en -el peligro de muerte se echa al campo y se aproxima impávido al caserío -en busca de una res ó de un hombre, así D. Ramón se lanzaba otra vez, -hambriento de justicia, á la oficina del Personal, arrostrando desaires, -malas caras y peores respuestas. Quien mejor le recibía y más le -alentaba, ofreciéndole cordialmente su ayuda, era D. Basilio Andrés de -la Caña (Impuestos). Terminada la excursión, Villaamil volvía á su rasa -rendido de cuerpo y espíritu. Su mujer le interrogaba con arte; pero él, -firme en su dignidad estudiada, sostenía no haber ido al Ministerio más -que á fumar un cigarro con los amigos: que no esperando nada, no -formulaba pretensiones, y que la familia no debía edificar castillos en -el aire, sino irse preparando para un viaje de recreo á San Bernardino. -Replicaba á esto Pura que si él no hacía por colocarse, entraría ella á -funcionar, apelando á la intercesión de la señora de Pez, Carolina de -Lantigua, pues hasta los gatos saben que donde acaba la eficacia de las -recomendaciones políticas, empieza la de las _faldas_. - ---¡Ah! No es esa _faldamenta_ la que hace y deshace la -fortuna--respondía Villaamil con profundo escepticismo, hijo de su -conocimiento del mundo burocrático.--Carolina Pez es una señora honrada, -es decir, para el caso, la carabina de Ambrosio. Además... hazte cargo: -los _Peces_ no privan ahora; se defienden, y nada más. Ya hay quien -habla de dejarles en seco. Figúrate una gente que ha mamado en todas las -ubres y que ha sabido empalmar la Gloriosa con Alfonsito... Pues el -turrón que ellos comen es el que corresponde á tantos leales como -estamos mirando á la luna. Ya principia á levantarse un runrún contra -ellos. Y digo más: la Administración necesita de servidores fieles, -identificados, fíjate bien, identificados con la política monárquica; es -preciso que no se vinculen los destinos; es menester que hay a turno. Si -no, ¿adónde vamos á parar? Y ahí tienes al Jefe del Personal, sobrino de -Pez, vendiendo protección á los que, por no servir á la jeringada -República, sacrificaron sus destinos. Esto es escandaloso y no se ha -visto nunca. De esta manera no se puede evitar que haya trifulcas, y que -á España se la lleve Pateta. ¿Conque te vas enterando? Por el lado de -Pez, ya se trate de Peces con faldas ó con pantalones, no esperes tanto -así. Por supuesto (volviendo á su tema, del cual se había olvidado en el -calor del discurso), con Peces y sin Peces, para mí no habrá nada. La -Caña es el único que se interesa ahora por mí. Algo haría si pudiera. -Pero tengo enemigos ocultos, que en la sombra trabajan por hundirme. -Alguien me ha jurado guerra á muerte. Quién podrá ser, no lo sé; pero el -traidor existe, no lo dudes. - -Por aquellos días, que eran ya primeros de Marzo, volvió la infortunada -familia á notar los pródromos de la _sindineritis_. Hubo una semana de -horrible penuria, mal disimulada ante los íntimos, sobrellevada por -Villaamil con estoica entereza y por doña Pura con aquella ecuanimidad -valerosa que la salvaba de la desesperación. Pero el remedio vino -inopinadamente y por el mismo conducto que en otra ocasión no menos -aflictiva. Víctor volvió a estar boyante. Su suegra fué sorprendida -cuando menos lo pensaba por nuevos ofrecimientos de metálico, que no -vaciló en aceptar, sin meterse en la filosofía de inquirir la -procedencia. Ni creyó discreto contarle á su marido que había visto la -cartera de Víctor reventando de billetes. ¡Como que se le habían -encandilado los ojos! Embolsó los cuartos recibidos y las -consideraciones que el caso le sugería. Si aun no le habían colocado, -¿de dónde sacaba tanto dinero? Y aunque le hubieran colocado... Por -fuerza había mano oculta... En fin, ¿á qué escarbar en el temido enigma? -No gustaba ella de averiguar vidas ajenas. - -Víctor andaba otra vez muy fachendoso. Se había encargado más ropa, -tenía butaca una y otra noche en diferentes teatros, y en el mismo Real; -hacía frecuentes regalitos á toda la familia, y su esplendidez llegó -hasta convidar á las tres _Miaus_ á la ópera, á butaca nada menos. - -Lo que produjo en Villaamil verdadera indignación, pues era un escarnio -de su pobreza y un insulto á la moral pública. Pura y su hermana se -rieron del ofrecimiento, pues aunque rabiaban por ir, carecían de los -perendengues necesarios á semejante exhibición. Abelarda se negó -resueltamente. Armóse gran disputa sobre esto, y la mamá sugirió algunas -ideas para obviar las grandes dificultades con que el pensamiento de su -yerno tropezaba en la práctica. Véase lo que discurrió el cacumen -arbitrista de la _figura de Fra Angélico_. Sus amigas y vecinas las de -Cuevas se ayudaban, como se ha dicho antes, con la confección de -sombreros. En cierta ocasión que las _Miaus_ pescaron tres butacas de -periódico para el Español, Abelarda, doña Pura y Bibiana Cuevas se -encasquetaron los mejores modelos que aquellas amigas tenían en su -taller, después de arreglarlos cada cual á su gusto. ¿Por qué no hacer -lo mismo en la ocasión que se discutía? Bibiana no se había de oponer. Y -por cierto que tenía en aquel entonces tres ó cuatro _prendas_, una de -la marquesa A, otra de la condesa B, á cual más bonitas y elegantes. Se -las disfrazaba, pues para eso había en el taller cantidad de alfileres, -hebillas, cintas y plumas, y aunque sus dueñas estuvieran en el teatro, -no habían de conocer las mascaritas. En cuanto á los vestidos, ellas lo -arreglarían, con ayuda de las amigas, procurándose además algún abrigo, -traído de la tienda para probarlo, y como Víctor se había brindado á -regalarles también los guantes, no era un arco de iglesia el ir á -butacas, ¡Cuántos no irían disimulando con menos gracia la _tronitis_! - - - - -XXVII - - -Abelarda se resistió á esta trapisonda, asegurando que ni en pedazos la -llevarían á butacas de aquella manera, y así quedó la cuestión. Todo se -redujo á ir á delantera de paraíso una noche que dieron _La Africana_, y -al punto de sentarse las tres cundió por la concurrencia de aquellas -alturas el comentario propio de tan desusado acontecimiento. «¡Las -_Miaus_ en delantera!» En diez años no se había visto un caso igual. La -vasta gradería del centro y las laterales estaban llenas de bote en -bote. Las _Miaus_ eran conocidas de todo aquel público como puntos fijos -del paraíso, siempre en la última fila lateral de la derecha junto á la -salida. La noche que faltaban notábase un vacío, como si desaparecieran -los frescos de la techumbre. No eran ellas las únicas _abonadas á -paraíso_, pues innumerables personas y aun familias se eternizan en -aquellos bancos, sucediéndose de generación en generación. Estos -beneméritos y tenaces _dilettanti_ constituyen la masa del entendido -público que otorga y niega el éxito musical, y es archivo crítico de las -óperas cantadas desde hace treinta años y de los artistas que en las -gloriosas tablas se suceden. Hay allí círculos, grupos, peñas y -tertulias más ó menos íntimas; allí se traban y conciertan relaciones; -de allí han salido infinitas bodas, y los tortoleos y los telégrafos -tienen, entre romanza y dúo, atmósfera y ocasión muy propicias. Desde su -delantera, las _Miaus_ saludaron con sonrisas á los amigos que en la -banda de la derecha y en el centro tenían, y de una y otra parte las -saetaron con miradas y frasecitas del tenor siguiente: «Mira qué sílfide -está doña Pura. Se ha traído toda la caja de polvos». «Pues ¿y la -hermana con su cinta de terciopelo al cuello? Si las tres traen cinta -negra, no les faltará el cascabelito para estar en carácter». «Mira, -mira con los gemelos á la _Miau_ chica; tiene que ver. Aquel traje café -y leche es el que llevaba el año pasado la mamá. Le ha puesto unas -cintas coloradas, que parecen de caja de cigarros». «Sí, sí, son de -mazos de cigarros». «Pues la otra, la cantante averiada, trae el vestido -que debió de sacar en el Liceo Jover cuando hizo la parte de Adalgisa». -«Sí, mira, mira; es una túnica romana con grecas y todo. ¡Qué clásica -está!» - ---Diga usted, Guillén--murmuraban en otro círculo, donde hacía el gasto -el maldecido cojo. - ---¿Han colocado á ese pobre _Miau_, el padre de sus amigas de usted? -Porque ese lujo asiático de delantera significa que _han subido los -nuestros_. - ---Como no le coloquen en Leganés... Viven ahora del _sable_. El buen -señor da unas estocadas... de maestro. - -Abelarda, más que en la ópera, que había visto cien veces, fijó su -atención en la concurrencia, recorriendo con ansiosa mirada palcos y -butacas, reparando en todas las señoras que entraban por la calle del -centro con lujosos abrigos, arrastrando la cola é introduciéndose -después con todo aquel falderío por las filas ya ocupadas. Poco á poco -se iba poblando el patio. Los palcos no aparecían poblados hasta el fin -del primer acto, cuando Vasco, incomodado con aquellos fantasmones del -Consejo tan retrógrados, les canta cuatro frescas. En el palco regio -apareció la reina Mercedes, detrás D. Alfonso. Las señoras inevitables, -conocidas del público, aparecieron en el segundo acto, conservando el -abrigo hasta el tercero, y aplaudían maquinalmente siempre que había por -qué. Las _Miaus_, conocedoras de toda la sociedad elegante, _abonada_ -también, la comentaba como ellas fueron comentadas al ocupar sus -asientos. Viéndola una y otra noche, habían llegado á tomarse tanta -confianza, que se creería que trataban íntimamente á damas y caballeros. -«Ahí está ya la Duquesa. Pero Rosario no ha venido todavía... María -Buschental no puede tardar. Ya empiezan á llegar al _tranvía_ sus -amigos... Mira, mira, ahora viene María Heredia... ¡Pero qué pálida está -Mercedes; pero qué pálida!... Ahí tienes á D. Antonio en el palco de los -Ministros, y á ese Cos-Gayón... así le fusilaran». - -Después de mucho rebuscar, descubrió la insignificante á su cuñadito en -la segunda fila de butacas. Estaba de frac, tan elegante como el -primero. ¡Qué cosas hay en la vida! ¿Quién había de decir que aquel -hombre parecido á un duque, aquel apuesto joven que charlaba -desenfadadamente con su vecino de butaca, el Ministro de Italia, era un -empleado obscuro y cesante, alojado en la casa de la pobreza, en -cuartucho humilde, guardando su ropa en un baúl! «¿No es aquél -Víctor?--dijo Pura, echándole los gemelos.--¡Buen charol se está -dando!... ¡Si le conocieran!... ¡Parece un potentado! ¡Cuánto hay de -esto en Madrid! Yo no sé cómo se las compone. Él buena ropa, él butacas -en todos los teatros, él cigarros magníficos. Mira, mira con qué -desparpajo habla. ¡Pobre señor, qué papas le estará encajando! Y esos -extranjeros son tan inocentes, que todo se lo creerá». - -Abelarda no le quitaba los ojos, y cuando le veía mirar para algún -palco, seguía la dirección de sus miradas, creyendo que ellas venderían -el amoroso secreto. «¿Cuál de éstas que aquí están será?--pensaba la -insignificante.--Porque alguna de éstas tiene que ser. ¿Será aquella -vestida de blanco? ¡Ah! Puede. Parece que le mira. Pero no; él mira á -otro lado. ¿Será alguna cantante? ¡Quiá!, no, cantante no. Es de éstas, -de estas elegantonas de los palcos, y yo la he de descubrir». Fijábase -en alguna, sin saber por qué, por mera indicación de su avizor -instinto; pero luego, desechando la hipótesis, se fijaba en otra, y en -otra, y en otra más, concluyendo por asegurar que no era ninguna de las -presentes. Víctor no manifestaba preferencias en sus ojeadas á butacas y -palcos. Podría ser que hubieran concertado no mirarse de una manera -descarada y delatora. También echó el joven una visual hacia la -delantera de paraíso, é hizo un saludito á la familia. Doña Pura estuvo -un cuarto de hora dando cabezadas, en respuesta á la salutación que del -noble fondo del teatro subía hasta las pobres _Miaus_. - -En los entreactos, algunos amigos, _abonados_ como ellas á paraíso -limpio, se acercaron á saludarlas, abriéndose paso por entre la apretada -muchedumbre. Federico Ruiz era uno de ellos, y él y todos querían oir la -opinión crítica de Milagros sobre la soprano que se estrenaba aquella -noche en el papel de Selika. Cuando ésta espichó bajo el manzanillo, -retiráronse las _Miaus_, que nunca perdonaban nota, y no se marchaban -sino después de la última llamada á la escena. Durante el penoso -descenso por las anchas escaleras invadidas del público, se les -aproximaron varios íntimos, entre ellos el cojo Guillén, y algunas -amigas de las que tan acerbamente pusieron en solfa su aparición en -delantera. - -Al regresar á su casa, encontraron á Villaamil en vela; Víctor no había -entrado aún ni lo hizo hasta muy tarde, cuando todos dormían menos -Abelarda, que sintió el ruido del llavín, y echándose de la cama y -mirando por un resquicio de la puerta, le vió entrar en el comedor y -meterse en su alcoba, después de beber un vaso de agua. Venía de buen -humor, tarareando, el cuello del gabán alzado, pañuelo de seda al -cuello, anudado con negligencia, y la felpa del sombrero ajadísima y con -chafaduras. Era la viva imagen del perfecto perdis de buen tono. - -Al día siguiente molestó bastante á la familia solicitando pequeños -servicios de aguja, ya pegadura de botón, ya un delicado zurcido, ó bien -algo referente á las camisas. Pero Abelarda supo atender á todo con gran -diligencia. Á la hora de almorzar, entró doña Pura diciendo que se había -muerto el chico de la casa de préstamos, noticia que confirmó Luis con -más acento de novelería que de pena, condición propia de la dichosa edad -sin entrañas. Villaamil entonó al difuntito la oración fúnebre de -gloria, declarando que es una dicha morirse en la infancia para librarse -de los sufrimientos de esta perra vida. Los dignos de compasión son los -padres, que se quedan aquí pasando la tremenda crujía, mientras el niño -vuela al cielo á formar en el glorioso batallón de los ángeles. Todos -apoyaron estas ideas, menos Víctor, que las acogía con sonrisa burlona, -y cuando su suegro se retiró y Milagros se fué á su cocina y doña Pura -empezó á entrar y salir, encaróse con Abelarda, que continuaba de -sobremesa, y le dijo: - ---¡Felices los que creen! No sé qué daría por ser como tú, que te vas á -la iglesia y te estás allí horas y horas, ilusionada con el aparato -escénico que encubre la mentira eterna. La religión, entiendo yo, es el -ropaje magnífico con que visten la nada para que no nos horrorice... ¿No -crees tú lo mismo? - ---¿Cómo he de creer eso?--clamó Abelarda, ofendida de la tenacidad -artera con que el otro hería sus sentimientos religiosos siempre que -encontraba coyuntura favorable.--Si lo creyera no iría á la iglesia, ó -sería una farsante hipócrita. Á mí no tienes que salirme por ese -registro. Si no crees, buen provecho te haga. - ---Es que yo no me alegro de ser incrédulo, fíjate bien; yo lo deploro, y -me harías un favor si me convencieras de que estoy equivocado. - ---¿Yo? No soy catedrática ni predicadora. El creer nace de dentro. ¿Á ti -no se te pasa por la cabeza alguna vez que puede haber Dios? - ---Antes sí; hace mucho tiempo que semejante idea voló. - ---Pues entonces... ¿qué quieres que yo te diga? (Tomándolo en serio.) ¿Y -piensas tú que cuando nos morimos no nos piden cuenta de nuestras -acciones? - ---¿Y quién nos la va á pedir? ¿Los gusanitos? Cuando llega la de -_vámonos_, nos recibe en sus brazos la señora _Materia_, persona muy -decente, pero que no tiene cara, ni pensamiento, ni intención, ni -conciencia, ni nada. En ella desaparecemos, en ella nos diluímos -totalmente. Yo no admito términos medios. Si creyese lo que tú crees, es -decir, que existe allá por los aires, no sé dónde, un Magistrado de -barba blanca que perdona ó condena y extiende pasaportes para la Gloria -ó el Infierno, me metería en un convento y me pasaría todo el resto de -mi vida rezando. - ---Y es lo mejor que podías hacer, tonto. (Quitándole la servilleta á -Luis, que tenía fijos en su padre los atónitos ojuelos.) - ---¿Por qué no lo haces tú? - ---¿Y qué sabes si lo haré hoy ó mañana? Estáte con cuidado. Dios te va á -castigar por no creer en él; te va á sentar la mano, y una mano muy -dura; verás. - -En este momento, Luisito, muy incomodado con los dicharachos de su -padre, no se pudo contener, y con infantil determinación agarró un -pedazo de pan y se lo arrojó á la cara al autor de sus días, gritando: -«¡Bruto!» - -Todos se echaron á reir de aquella salida, y doña Pura dió muchos besos -á su nieto, azuzándole de este modo: «Dale, hijo, dale, que es un pillo. -Dice que no cree para hacernos rabiar. ¿Pero veis qué chico? Si vale más -que pesa. Si sabe más que cien doctores. ¿Verdad que mi niño va á ser -eclesiástico, para subir al púlpito y echar sus sermoncitos y decir sus -misitas? Entonces estaremos todos hechos unos carcamales, y el día que -Luisín cante misa, nos pondremos allí de rodillas para que el cleriguito -nuevo nos eche la bendición. Y el que estará más humilde y cayéndosele -la baba será este zángano, ¿verdad? Y tú le dirás: «Papá, ya ves como al -fin has llegado á creer». - ---¡Qué guapo es este hijo y qué talento tiene!--dijo Víctor, -levantándose gozoso y besando al pequeño, que escondía la cara para -rehuir el halago.--¡Si le quiero yo más!... Te voy á comprar un -velocípedo para que pasees en la plazuela de enfrente. Verás qué envidia -te van á tener tus compañeros. - -La promesa del velocípedo trastornó por un momento las ideas del -pequeño, quien calculó con rudo egoísmo que sus deseos de ser cura y de -servir á Dios y aun de llegar á santo no estaban reñidos con tener un -velocípedo precioso, montarse en él y pasárselo por los hocicos á sus -compañeros, muertos de dentera. - - - - -XXVIII - - -Á la mañana siguiente, Villaamil celebró con su mujer, cuando ésta -volvió de la compra, una conferencia interesante. Estaba él en su -despacho escribiendo cartas, y al sentir entrar á su costilla, siseó -con misterio, y encerrándose con ella, le dijo: «De esto, ni una palabra -á Víctor, que es muy perro y me puede parar el golpe. Aunque yo nada -espero, he dado ayer algunos pasos. Me apoya un diputado de mucho -empuje... Hablamos anoche largamente. Te diré, para que lo sepas todo, -que me presentó á él mi amigo La Caña. Le relaté mis antecedentes, y se -admiró de que me tuvieran cesante. Así como quien no quiere la cosa, le -expuse mis ideas sobre Hacienda, y mira tú qué casualidad: son las -mismas que tiene él. Piensa igualito que yo. Que deben ensayarse nuevas -maneras de tributación, tirando á simplificar, apoyándose en la buena fe -del contribuyente y tendiendo á la baratura de la cobranza. Pues -prometió apoyarme á rajatabla. Es hombre que vale mucho y parece que no -le niegan nada. - ---¿Es de oposición? - ---No; ministerialísimo, pero disidente, ahí está el chiste, y cada día -le da una desazón al Gobierno. Vale, vale. Y es de estos que no se -ocupan más que del bien del país. Cuando se levanta á hablar, el banco -azul tiembla. Como que les prueba, _ce_ por _be_, que el país corre á la -perdición si siguen las cosas como van, y que la agricultura está -arruinada, la industria muerta y la nación toda en la más espantosa -miseria. Esto salta á los ojos. Pues el Gobierno, que ve en él su -acusador, le tiene un miedo, hija, un canguelo tal, que cosa que él pida -es otorgada. Saca las credenciales á espuertas... Bueno; hemos quedado -en que yo le avisaría si se hace hoy una vacante que me indicaron -Sevillano y Pantoja. Voy al Ministerio en cuanto almuerce, me entero de -si hay ó no la vacante, y como la haya, le escribo á su casa ó al -Congreso, según la hora. Me ha dado palabra de hablar esta tarde al -Ministro, el cual le está agradecidísimo, por haber renunciado á -explanar una interpelación sobre cierta contrata en que hay sapos y -culebras. Ya se ve, el Ministro le daría hoy el arpa de David si se la -pidiera. ¿Te vas enterando? - ---Sí, hombre, sí (radiante de satisfacción); y me parece que lo que es -ahora, no hay quien nos quite el bollo. - ---¡Oh! lo que es confianza, lo que se llama confianza, yo no la tengo. -Ya sabes que me pongo siempre en lo peor. Pero vamos á hacer nuestro -plan: Yo al Ministerio. Que Luis no vaya á la escuela esta tarde, y que -espere aquí, porque con él le tengo que mandar la carta. No le veré yo -mismo, porque Víctor se ha empeñado en que visitemos juntos esta tarde -al Jefe del Personal. Quiero ir con él para despistarle. ¿Entiendes? -Cuidado como le dejas entender á ese pillo de dónde sopla ahora el -viento. - -Levantándose excitadísimo, se puso á dar paseos por el angosto aposento. -Su mujer, gozosa, le dejó solo, y á pesar de la reserva que se impuso, -su hija y hermana le conocieron en la cara las buenas nuevas. Era de -esas personas que atesoran en sí mismas un arsenal de armas espirituales -contra las penas de la vida y poseen el arte de transformar los hechos, -reduciéndolos y asimilándoselos en virtud de la facultad dulcificante -que en sus entrañas llevan, como la abeja, que cuanto chupa lo convierte -en miel. - -Para Cadalsito fué aquel día de huelga, pues por la mañana, según -disposición del maestro, debían ir todos al sepelio del malogrado -_Posturitas_. Y uno de los designados para llevar las cintas del féretro -era Luis, á causa de ser tal vez el que mejor ropa tenía, gracias á su -papá Víctor. Su abuela le puso los trapitos de cristianar, con guantes y -todo, y salió muy compuesto y emperejilado, gozoso de verse tan guapo, -sin que atenuara su contento el triste fin de tales composturas. La -mujer del memorialista le hizo mil caricias encareciendo lo majo que -estaba, y el niño se dirigió hacia la casa de préstamos, seguido de -_Canelillo_, que también quiso meter su hocico en el entierro, aunque no -era fácil le dieran vela en él. Al entrar en la calle del Acuerdo, se -encontró Cadalso á su tía Quintina, que le llenó de besos, ensalzó mucho -su elegancia, le estiró el cuerpo de la chaqueta y las mangas, y le -arregló el cuello para que resultara más guapo todavía. «Esto me lo -debes á mí, pues le dije á tu padre que te comprara ropita. Á él no se -le hubiera ocurrido nunca tal cosa; anda muy distraído. Por cierto, -corazón, que estoy bregando ahora más que nunca con tu papá para que te -lleve á vivir conmigo. ¿Qué es eso? ¿qué cara me pones? Estarás conmigo -mucho mejor que con esas remilgadas _Miaus_... ¡Si vieras qué cosas tan -bonitas tengo en casa! ¡Ay, si las vieras!... Unos niños Jesús que se -parecen á ti, con el mundito en la mano; unos nacimientos tan preciosos, -pero tan preciosos... tienes que verlos. Y ahora estamos esperando -cálices chiquititos, custodias que son una una monada, casullas así... -para que los niños buenos jueguen á las misas; santos de este tamaño, -así, mira, como los soldados de plomo, y la mar de candeleritos y -arañitas que se encienden en los altares de juguete. Todo lo tienes que -ver, y si vas á casa, puedes hacer con ello lo que quieras, pues es para -tu diversión. ¿Irás, rico mío?» - -Cadalsito, abriendo cada ojo con aquellas descripciones de juguetes -sacros, decía que sí con la cabeza, aunque afligido por la dificultad de -ver y gozar tales cosas, pues abuelita no le dejaba poner los pies allá. -En esto llegaron á la puerta de la casa mortuoria, donde Quintina, -después de besuquearle otra vez refregándole la cara, le dejó en -compañía de los demás chicos, que ya estaban allí, alborotando más de lo -que permitían las tristes circunstancias. Unos por envidia, otros -porque eran en toda ocasión muy guasones, empezaron á tomarle el pelo al -amigo Cadalso por la ropa flamante que llevaba, por las medias azules y -más aún por los guantes del mismo color, que, dicho sea entre -paréntesis, le entorpecían las manos. No dejaba él que le tocasen, -resuelto á defender contra todo ataque de envidiosos y granujas la -limpieza de sus mangas. Tratóse luego de si subían ó no á ver á Paco -Ramos muerto, y entre los que votaron por la afirmativa, se coló también -Luis, movido de la curiosidad. Nunca tal hiciera. - -Porque le impresionó tan vivamente la vista del chiquillo difunto, que á -poco se cae al suelo. Le entró una pena en la boca del estómago, como si -le arrancasen algo. El pobre _Posturistas_ parecía más largo de lo que -era. Estaba vestido con sus mejores ropas; tenía las manos cruzadas, con -un ramo en ellas: la cara muy amarilla, con manchas moradas, la boca -entreabierta y de un tono casi negro, viéndose los dos dientes de en -medio, blancos y grandes, mayores que cuando estaba vivo... Tuvo que -apartarse Luisín de aquel espectáculo aterrador. ¡Pobre _Posturas_!... -¡Tan quieto el que era la misma viveza, tan callado el que no cesaba de -alborotar un punto, riendo y hablando á la vez! ¡Tan grave el que era la -misma travesura y á toda la clase la traía siempre al retortero! En -medio de aquel inmenso trastorno de su alma, que Luis no podía definir, -ignorando si ora pena ó temor, hizo el chico una observación que se -abría paso por entre sus sentimientos, como voz del egoísmo, más -categórico en la infancia que la piedad. «Ahora--pensó--no me llamará -_Miau_». Y al deducir esto, parecía quitársele un peso de encima, como -quien resuelve un arduo problema ó ve conjurado un peligro. Al descender -la escalera, procuraba consolarse de aquel malestar que sentía, -afirmando mentalmente: «Ya no me dirá _Miau_... Que me diga ahora -_Miau_». - -Poco tardó en bajar la caja azul para ser puesta en el carro. En todos -los balcones de la casa, sin exceptuar los del establecimiento de -préstamos, se asomaron no pocas mujeres para ver salir el entierro. El -cojo Guillén apareció con los ojos encendidos de llorar y la cara tan -seria, que no se parecía á sí mismo. Él fué quien dispuso todo y -distribuyó las cintas, confiándole una á Cadalso. Después se metió en el -coche, donde iba también el maestro, con su bastón roten y su chistera -lacia; el tendero vecino, con limpia camisa de cuello corto sin corbata, -y un señor viejo á quien no conocía Cadalso. En marcha, pues, Luis pensó -que su ropa daba golpe, y no fué insensible á las satisfacciones del -amor propio. Iba muy consentido en su papel de portador de cinta, -pensando que si él no la llevase, el entierro no sería, ni con mucho, -tan lucido. Buscó á _Canelo_ con la mirada; pero el sabio perro de -Mendizábal, en cuanto entendió que se trataba de enterrar, cosa poco -divertida y que sugiere ideas misantrópicas, dió media vuelta y tomó -otra dirección, pensando que le tenía más cuenta ver si se parecía -alguna perra elegante y sensible por aquellos barrios. - -En el cementerio, la curiosidad, más poderosa que el miedo, impulsó á -Cadalso á ver todo... Bajaron del carro el cadáver, le entraron entre -dos, abrieron la caja... No comprendía Luis para qué, después de taparle -la cara con un pañuelo, le echaban cal encima aquellos brutos... Pero un -amigo se lo explicó. Cadalsito sentía, al ver tales operaciones, como si -le apretasen la garganta. Metía su cabeza por entre las piernas de las -personas mayores, para ver, para ver más. Lo particular era que -_Posturitas_ se estuviese tan callado y tan quieto mientras le hacían -aquella herejía de llenarle la cara de cal. Luego cerraron la tapa... -¡Qué horror quedarse dentro! Le daban la llave al cojo, y después metían -la caja en un agujero, allá, en el fondo, allá... Un albañil empezó á -tapar el hueco con yeso y ladrillos. Cadalso no apartaba los ojos de -aquella faena... Cuando la vió concluida, soltó un suspiro muy grande, -explosión del respirar contenido largo tiempo. ¡Pobre _Posturitas_! -«Pues señor, á mí me dirán _Miau_ todos los que quieran; pero lo que es -éste no me lo vuelve á decir». - -Cuando salieron, los amigos le embromaron a vez por su esmerado atavío. -Alguno dejó entrever la intención malévola de hacerle caer en una zanja, -de la cual habría salido hecho una compasión. Varias manos muy puercas -le tocaron con propósitos que es fácil suponer, y ya Cadalso no sabía -qué hacerse de las suyas, aprisionadas en los guantes, entumecidas é -incapaces de movimiento. Por fin se libró de aquella apretura, -quitándose los guantes y guardándolos en el bolsillo. Antes de llegar á -la calle Ancha, los chicos se dispersaron y Luisito siguió con el -maestro, que le dejó á la puerta de su casa. Ya estaba allí _Canelo_ de -vuelta de sus depravadas excursiones, y subieron juntos á almorzar, pues -el can no ignoraba que había repuesto fresco de víveres arriba. - ---¿Y los guantes?--preguntó doña Pura á su nieto cuando le vió entrar -con las manos desnudas. - ---Aquí están... No los he perdido. - -Villaamil, á eso de las tres, entró de la calle, afanadísimo, y -metiéndose en su despacho, escribió una carta delante de su esposa, que -veía con gusto en él la excitación saludable, síntoma de que la cosa iba -de veras. - ---Bueno. Que Luis lleve esta carta y espere la contestación. Me ha dicho -Sevillano que tenemos vacante, y quiero saber si el diputado la pide -para mí ó no. De la oportunidad depende el éxito. Yo estoy citado con -Víctor, y para desorientarle no quiero faltar... Es labor fina la que -traigo entre manos, y hay que andar con muchísimo tiento. Dame mi -sombrero... mi bastón, que ya estoy otra vez en la calle. Dios nos -favorezca. Á Luis que no se venga sin la respuesta. Que dé la carta á un -portero y se aguarde en el cuarto aquél, á la derecha conforme se entra. -Yo no espero nada; pero es preciso, es preciso echar todos los -registros, todos... - -Salió Cadalsito á eso de las cuatro con la epístola y sin guantes, -seguido de _Canelo_ y conservando la ropita del entierro, pues su abuela -pensó que ninguna ocasión más propicia para lucirla. No fué preciso -indicarle hacia dónde caía el Congreso, pues había ido ya otra vez con -comisión semejante. En veinte minutos se plantó allá. La calle de -Florida-Blanca estaba invadida de coches que, después de soltar en la -puerta á sus dueños, se iban situando en fila. Los cocheros de chistera -galonada y esclavina charlaban de pescante á pescante, y la hilera -llegaba hasta el teatro de Jovellanos. Junto á las puertas del edificio, -por la calle del Sordo, había filas de personas formando cola, que los -de Orden público vigilaban, cuidando de que no se enroscase mucho. -Examinado todo esto, el observador Cadalsito se metió por aquella puerta -coronada de un techo de cristales. Un portero con casaca le apartó -suavemente para que entrasen unos señorones con gabán de pieles, ante -los cuales abría la mampara roja. Cadalsito se encaró después con el -sujeto aquel de la casaca, y quitándose la gorra (pues él, siempre -cortés en viendo galones, no distinguía de jerarquías), le dió la carta, -diciendo con timidez: «Aguardo contestación». El portero, leyendo el -sobre: «No sé si ha venido. Se pasará». Y poniendo la carta en una -taquilla, dijo á Luis que entrase en la estancia á mano derecha. - -Había allí bastante gente, la mayor parte en pie junto á la puerta, -hombres de distintas cataduras, algunos muy mal de ropa, la bufanda -enroscada al cuello, con trazas de pedigüeños; mujeres de velo por la -cara, y en la mano enrollado papelito que á instancia trascendía. -Algunos acechaban con airado rostro á los señores entrantes, dispuestos -á darles el alto. Otros, de mejor pelo, no pedían más que papeletas para -las tribunas, y se iban sin ellas por haberse acabado. Cadalsito se -dedicó también á mirar á los caballeros que entraban en grupos de dos ó -de tres, hablando acaloradamente. «Muy grande debe de ser esta -casona--pensó Luis,--cuando cabe tanto señorío». Y cansado al fin de -estar en pie, se metió para dentro y se sentó en un banco de los que -guarnecen la sala de espera. Allí vió una mesa donde algunos escribían -tarjetas ó volantes, que luego confiaban á los porteros, y aguardaban -sin disimular su impaciencia. Había hombre que llevaba tres horas, y -aun tenía para otras tres. Las mujeres suspiraban inmóviles en el -asiento, soñando una respuesta que no venía. De tiempo en tiempo abríase -la mampara que comunicaba con otra pieza; un portero llamaba: «El señor -Tal», y el señor Tal se erguía muy contento. - -Transcurrió una hora, y el niño bostezaba aburridísimo en aquel duro -banco. Para distraerse, levantábase á ratos y se ponía en la puerta á -ver entrar personajes, no sin discurrir sobre el intríngulis de aquella -casa y lo que irían á guisar en ella tantos y tantos caballerotes. - -El Congreso (bien lo sabía él) era un sitio donde se hablaba. ¡Cuántas -veces había oído á su abuelo y á su padre: «Hoy habló Fulano ó Mengano, -y dijeron esto, lo otro y lo de más allá. ¿Y cómo sería la casa por -dentro? Gran curiosidad. ¿Cómo sería? ¿Dónde hablaban? Ello debía de ser -una casa grandona como la iglesia, con la mar de bancos, donde se -sentaban para charlar todos á un tiempo. ¿Y á qué era tanta habladuría? -Pues también entraban allí los Ministros. ¿Y quiénes eran los Ministros? -Los que gobernaban y daban los destinos. Igualmente recordó haber oído á -su abuelo, en frecuentes ratos de mal humor, que las Cortes eran una -farsa y que allí no se hacía más que perder el tiempo. Pero otras veces -se entusiasmaba el buen viejo, elogiando un discurso de alboroto. -Total, que Luisín no podía formar juicio exacto, y su mente era toda -confusión. - -Volvió al banco, y desde él vió entrar á uno que se le figuró su padre. -«¡Mi papá también aquí!» Y le franquearon la mampara como á los demás. -Por poco sale tras él gritando: «Papá, papá», pero no hubo tiempo, y -donde estaba se quedó. «¿Y será mi papá de los que hablan? Quien debía -venir aquí á explicarse es Mendizábal, que sabe tanto, y dice unas cosas -tan buenas...» En esto sintió que se le nublaba la vista, y le entraba -el intenso frío al espinazo. Fué tan brusca y violenta la acometida del -mal, que sólo tuvo tiempo de decirse: _que me da, que me da_; y dejando -caer la cabeza sobre el hombro, y reclinando el cuerpo en la esquina -próxima, se quedó profundamente dormido. - - - - -XXIX - - -Por un instante, Cadalsito no vió ante sí cosa alguna. Todo tinieblas, -vacío, silencio. Al poco rato aparecióse enfrente el Señor, sentado, -¿pero dónde? Tras de él había algo como nubes, una masa blanca, -luminosa, que oscilaba con ondulaciones semejantes á las del humo. El -Señor estaba serio. Miró á Luis, y Luis á él en espera de que le dijese -algo. Había pasado mucho tiempo desde que le vió por última vez, y el -respeto era mayor que nunca. - ---El caballero para quien trajiste la carta--dijo el Padre,--no te ha -contestado todavía. La leyó y se la guardó en el bolsillo. Luego te -contestará. Le he dicho que te dé un _sí_ como una casa. Pero no sé si -se acordará. Ahora está hablando por los codos. - ---Hablando--repitió Luis;--¿y qué dice? - ---Muchas cosas, hombre, muchas que tú no entiendes--replicó el Señor, -sonriendo con bondad.--¿Te gustaría á ti oir todo eso? - ---Sí que me gustaría. - ---Hoy están muy enfurruñados. Acabarán por armar un gran rebumbio. - ---Y usted--preguntó Cadalso tímidamente, no decidiéndose nunca á llamar -á Dios de _tú_,--¿usted no habla? - ---¿Dónde, aquí? Hombre... yo... te diré... alguna vez puede que diga -algo... Pero casi siempre lo que yo hago es escuchar. - ---¿Y no se cansa? - ---Un poquitín; ¡pero qué remedio!... - ---¿El caballero de la carta contestará que sí? ¿Colocarán á mi abuelo? - ---No te lo puedo asegurar. Yo le he mandado que lo haga. Se lo he -mandado la friolera de tres veces. - ---Pues lo que es ahora (con desembarazo), bien que estudio. - ---No te remontes mucho. Algo más aplicado estás. Aquí, entre nosotros, -no vale exagerar las cosas. Si no te distrajeras tanto con el álbum de -sellos, más aprovecharías. - ---Ayer me supe la lección. - ---Para lo que tú acostumbras, no estuvo mal. Pero no basta, hijo, no -basta. Sobre todo, si te empeñas en ser cura, hay que apretar. Porque -figúrate tú, para decirme una misa has de aprender latín, y para -predicar tienes que estudiar un sin fin de cosas. - ---Cuando sea mayor lo aprenderé todito... Pero mi papá no quiere verme -cura, y dice que él no cree nada de usted, ni aunque lo maten. Dígame, -¿es malo mi papá? - ---No es muy católico que digamos. - ---Y la Quintina, ¿es buena? - ---La tía Quintina sí. ¡Si vieras qué cosas tan bonitas tiene en su casa! -Debías ir á verlas. - ---Abuelita no me deja (desconsolado). Es que á la tía Quintina se le ha -metido en la cabeza que me vaya á vivir con ella, y los de casa... que -nones. - ---Es natural. Pero tú, ¿qué piensas de esto? ¿Te gustaría seguir donde -estás y que te dejaran ir á casa de la tía para ver los santos? - ---¡Vaya si me gustaría!... Dígame, ¿y mi papá está aquí dentro? - ---Sí, por ahí anda. - ---¿Y también él hablará? - ---También. ¡Pues no faltaba más!... - ---Usted perdone. El otro día dijo mi papá que las mujeres son muy malas. -Por eso yo no quiero casarme nunca. - ---Muy bien pensado (conteniendo la risa). Nada de casorios. Tú vas á ser -curita. - ---Y obispo, si usted no manda otra cosa... - -En esto vió que el Señor se volvía hacia atrás como para apartar de sí -algo que le molestaba... El chico estiró el cuello para ver qué era, y -el Padre dijo: «¡Largo!; idos de aquí y dejadme en paz». Entonces vió -Luisito que por entre los pliegues del manto de su celestial amigo -asomaban varias cabecitas de granujas. El Señor recogió su ropa, y -quedaron al descubierto tres ó cuatro chiquillos en cueros vivos y con -alas. Era la primera vez que Cadalso les veía, y ya no pudo dudar que -aquel era verdaderamente Dios, puesto que tenía ángeles. Empezaron á -aparecerse por entre aquellas nubes algunos más, y alborotaban y reían, -haciendo mil cabriolas. El Padre Eterno les ordenó segunda vez que se -largaran, sacudiéndoles con la punta de su manto, como si fuesen moscas. -Los más chicos revoloteaban, subiéndose hasta el techo (pues había techo -allí) y los mayores le tiraban de la túnica al buen abuelo para que se -fuera con ellos. El anciano se levantó al fin, algo contrariado, -diciendo: «Bien; ya voy, ya voy... ¡Qué machacones sois! No os puedo -aguantar». Pero esto lo decía con acento bonachón y tolerante. -Cadalsito estaba embobado ante tan hermosa escena, y entonces vió que de -entre los alados granujas se destacaba uno... - -¡Contro! era _Posturitas_, el mismo _Posturas_, no tieso y lívido como -le vió en la caja, sino vivo, alegre y tan guapote. Lo que llenó de -admiración á Cadalso fué que su condiscípulo se le puso delante y con el -mayor descaro del mundo le dijo: «_Miau_, fu, fu...» El respeto que -debía á Dios y á su séquito no impidió á Luis incomodarse con aquella -salida, y aun se aventuró á responder: «¡Pillo, ordinario... eso te lo -enseñaron la puerca de tu madre y tus tías, que se llaman _las -arpidas_!» El Señor habló así, sonriendo: «Callar, á callar todos... -Andando...» Y se alejó pausadamente, llevándoselos por delante, y -hostigándoles con su mano como á una bandada de pollos. Pero el -recondenado de _Posturitas_, desde gran distancia, y cuando ya el Padre -celestial se desvanecía entre celajes, se volvió atrás, y plantándose -frente al que fué su camarada, con las patas abiertas, el hocico -risueño, le hizo mil garatusas, y le sacó un gran pedazo de lenguaza, -diciendo otra vez: «_Miau_, _Miau_, fu, fu...» Cadalsito alzó la mano... -Si llega á tener en ella libro, vaso ó tintero, le descalabra. El otro -se fué dando brincos, y desde lejos, haciendo trompeta con ambas manos, -soltó un _Miau_ tan fuerte y tan prolongado, que el Congreso entero, -repercutiendo el inmenso mayido, parecía venirse abajo... - -Un portero con una carta en la mano despertó al chiquillo, que tardaba -mucho en volver en sí. «Niño, niño, ¿eres tú el que ha traído la carta -para ese señor? Aquí está la respuesta. Sr. D. Ramón Villaamil». - ---Sí, yo soy... digo, es mi abuelo--contestó al fin Luisito, y -restregándose los ojos salió. El fresco de la calle despejóle un poco la -cabeza. Estaba lloviendo, y su primera idea fué para considerar que se -le iba á poner la ropa perdida. _Canelo_, á todas estas, había matado el -tiempo en la Carrera de San Jerónimo, calle arriba, calle abajo, viendo -las _muchachas_ bonitas que pasaban, algunas en coche, con sus collares -de lujo; y cuando Luis salió del Congreso, ya estaba de vuelta de su -correría, esperando al amigo. Unióse á éste, esperando que comprase -bollos; pero el pequeño no tenía cuartos, y aunque los tuviera, no -estaba él de humor para comistrajos después de las cosas que había visto -y con el gran trastorno que en todo su cuerpo le quedara. - -¿Y la carta?... ¿qué decía la carta? Con trémula mano abrióla Villaamil -(mientras doña Pura se llevaba adentro al chiquillo para mudarle la -ropa), y al leerla se le cayeron las alas del corazón. Era una de esas -cartas de estampilla, como las que á centenares se escriben diariamente -en el Congreso y en los Ministerios. Mucha fórmula de cortesía, mucho -trasteo de promesas vagas sin afirmar ni negar nada. Cuando su mujer -acudió á enterarse, Villaamil ofrecía un aspecto trágico, mostrando la -epístola abierta, arrojada sobre la mesa. - ---¡Ya!--dijo la _Miau_, después de leerla;--las pamplinas de siempre. -Pero no te apures, hombre. Vete mañana á verle, y... - ---Cuando te digo (con atroz desaliento) que entre unos y otros me están -jorobando... - -Pasó la noche sumido en negra tristeza, y á la mañana inmediata, cambio -completo de decoración. En la afanosa vida del pretendiente ocurren -estos rudos contrastes que les hacen pasar del desconsuelo á la -esperanza. Recibió Villaamil una esquela del prohombre citándole para su -casa, de doce á una. Con la prisa y el anhelo que le entró á mi hombre, -no acertaba á ponerse el gabán. «Me llamará para decirme alguna -tontería--pensaba, arrimándose siempre á lo peor.--Vamos, vamos allá». Y -salió, dejando á su mujer excitadísima con la ilusión de un próximo -triunfo. Por el camino procuraba compenetrarse bien de su fatalismo -pesimista. Según su teoría, siempre sucede lo contrario de lo que uno -piensa. Véase por qué no nos sacamos nunca la lotería; bien claro está: -porque compra uno el billete con el intento firme de que le ha de caer -el premio gordo. Lo previsto no ocurre jamás, sobre todo en España, -pues por histórica ley, los españoles viven al día, sorprendidos de los -sucesos y sin ningún dominio sobre ellos. Conforme á esta teoría del -fracaso de toda previsión, ¿qué debe hacerse para que suceda una cosa? -Prever la contraria, compenetrarse bien de la idea opuesta á su -realización. ¿Y para que una cosa no pase? Figurarse que pasará, llegar -á convencerse, en virtud de una sostenida obstinación espiritual, de la -evidencia de aquel supuesto. Villaamil había experimentado siempre con -éxito este sistema, y recordaba multitud de ejemplos demostrativos. En -uno de sus viajes á Cuba, corriendo furioso temporal, se compenetró -absolutamente de la idea de morir, arrancó de su espíritu toda -esperanza, y el vapor hubo de salvarse. Otra vez, hallándose amenazado -de una cesantía, se empapó de la persuasión de su desgracia; no pensaba -más que en el fatídico _cese_; lo veía delante de sí día y noche, -manifestándose con brutal laconismo. ¿Y qué sucedió? Pues sucedió que me -le ascendieron. - -En resumidas cuentas, al ir á casa del padre de la patria, Villaamil se -impregnó bien en el convencimiento de un desastre, y pensaba así: «Como -si lo viera; este señor me va á dar ahora la puntilla, diciéndome: -«Amigo, lo siento mucho; el Ministro y yo no nos entendemos, y me es -imposible hacer nada por usted». - -Pero las palabras del aprovechado personaje fueron muy distintas, y -jamás habría podido barruntar D. Ramón que el otro saliese por este -registro: «Pues ayer tarde, después de escribir á usted, hablé con su -yerno, el cual me manifestó que á usted le convendría más servir en -provincias. Eso ya varía de especie, porque en provincias es mucho más -fácil. Hoy mismo me ocuparé del asunto». - -En medio de la sorpresa grata que tan expresivas razones le causaron, -sintió mi hombre el disgusto de la ingerencia de Víctor en aquel -negocio. Retiróse á su casa intranquilo; pues le hacía muy poca gracia -ver mezcladas la persona y recomendaciones de Cadalso con las suyas. No -participó doña Pura de estos recelos, y el sol de su regocijo brilló sin -nubes. Cierto que les contrariaba tener que hacer el hatillo; pero no -estaban en situación de escoger lo mejor, sino de apechugar con lo -posible, dando gracias á Dios. - -Desde aquel día, Villaamil frecuentaba la iglesia de un modo -vergonzante. Al salir de casa, si las Comendadoras estaban abiertas, se -colaba un rato allí, y oía misa si era hora de ello, y si no, se estaba -un ratito de rodillas, tratando sin duda de armonizar su fatalismo con -la idea cristiana. ¿Lo conseguiría? ¡Quién sabe! El cristianismo nos -dice: _Pedid y se os dará_; nos manda que fiemos en Dios y esperemos de -su mano el remedio de nuestros males; pero la experiencia de una larga -vida de ansiedad sugería al buen Villaamil estas ideas: _No esperes y -tendrás_; _desconfía del éxito para que el éxito llegue_. Allá se las -compondría en su conciencia. Quizás abdicaba de su diabólica teoría, -volviendo al dogma consolador; tal vez se entregaba con toda la efusión -de su espíritu al Dios misericordioso, poniéndose en sus manos para que -le diera lo que más le convenía, la muerte ó la vida, la credencial ó el -eterno _cese_, el bienestar modesto ó la miseria horrible, la paz -dichosa del servidor del Estado ó la desesperación famélica del -pretendiente. Quizás anticipaba su acalorada gratitud para el primer -caso ó su resignación para el segundo, y se proponía aguardar con ánimo -estoico el divino fallo, renunciando á la previsión de los -acontecimientos, resabio pecador del orgullo del hombre. - - - - -XXX - - -Una tarde, ya cerca de anochecido, al volver á su casa, vió á Monserrat -abierto, y allá se entró. La iglesia estaba muy obscura. Casi á tientas -pudo llegar á un banco de los de la nave central y se hincó juntó á él, -mirando hacia el altar, alumbrado por una sola luz. Pisadas de algún -devoto que entraba ó salía y silabeo tenue de rezos eran los únicos -rumores que turbaban el silencio, en cuyo seno profundo arrojó el -cesante su plegaria melancólica, mezcla absurda de piedad y -burocracia... «Porque por más que revuelvo en mi conciencia no encuentro -ningún pecado gordo que me haga merecer este cruel castigo... Yo he -procurado siempre el bien del Estado, y he atendido á defender en todo -caso la Administración contra sus defraudadores. Jamás hice ni consentí -un chanchullo, jamás, Señor, jamás. Eso bien lo sabes tú, Señor... Ahí -están mis libros cuando fuí tenedor de la Intervención... Ni un asiento -mal hecho, ni una raspadura... ¿Por qué tanta injusticia en estos -jeringados Gobiernos? Si es verdad que á todos nos das el pan de cada -día, ¿por qué á mí me lo niegas? Y digo más: si el Estado debe favorecer -á todos por igual, ¿por qué á mí me abandona?... ¡Á mí, que le he -servido con tanta lealtad! Señor, que no me engañe ahora... Yo te -prometo no dudar de tu misericordia como he dudado otras veces; yo te -prometo no ser pesimista, y esperar, esperar en ti. Ahora, Padre -Nuestro, tócale en el corazón á ese cansado Ministro, que es una buena -persona: sólo que me le marean con tantas cartas y recomendaciones». - -Transcurrido un rato se sentó, porque el estar de rodillas le fatigaba, -y sus ojos, acostumbrándose á la penumbra, empezaron á distinguir -vagamente los altares, las imágenes, los confesonarios y las personas, -dos ó tres viejas que rezongaban acurrucadas en ruedos al pie de los -confesonarios. No esperaba él el buen encuentro que tuvo á la media hora -de estar allí. Deslizándose sobre el banco ó andando con las asentaderas -sobre la tabla, se le apareció su nieto. - ---Hijo, no te había visto. ¿Con quién vienes? - ---Con tía Abelarda, que está en aquella capilla... Aquí la estaba -esperando y me quedé dormido. No le vi entrar á usted. - ---Pues aquí llegué hace un ratito--le dijo el abuelo, oprimiéndole -contra sí.--¿Y tú, vienes aquí á dormir la siesta? No me gusta eso; te -puedes enfriar y coger un catarro. Tienes las manos heladitas. Dámelas -que te las caliente. - ---Abuelo--le preguntó Luis cogiéndole la cara y ladeándosela,--¿estaba -usted rezando para que le coloquen? - -Tan turbado se encontraba el ánimo del cesante, que al oir á su nieto -pasó de la risa al lloro en menos de un segundo. Pero Luis no advirtió -que los ojos del anciano se humedecían, y suspiró con toda su alma al -oir esta respuesta: - ---Sí, hijo mío. Ya sabes tú que á Dios se le debe pedir todo lo que -necesitamos. - ---Pues yo--replicó el chicuelo saltando por donde menos se podía -esperar--se lo estoy diciendo todos los días, y nada. - ---¿Tú... pero tú también pides?... ¡Qué rico eres! El Señor nos da -cuanto nos conviene. Pero os preciso que seamos buenos, porque si no, no -hay caso. - -Luis lanzó otro suspiro hondísimo que quería decir: «Esa es la -dificultad, ¡contro!, que uno sea bueno». Después de una gran pausa, el -chiquillo, manoseando otra vez la cara del abuelo para obligarle á mirar -para él, murmuró: - ---Abuelo, hoy me he sabido la lección. - ---¿Sí? Eso me gusta. - ---¿Y cuándo me ponen en latín? Yo quiero aprenderlo para cantar misa... -Pero mire usted, lo que es esta iglesia no me hace feliz. ¿Sabe usted -por qué? Hay en aquella capilla un Señor con pelos largos que me da -mucho miedo. No entro allí aunque me maten. Cuando yo sea cura, lo que -es allí no digo misa... - -Don Ramón se echó á reir. - ---Ya se te irá quitando el temor, y verás cómo también al Cristo -melenudo le dices tus misitas. - ---Y que ya estoy aprendiendo á echarlas. Murillo sabe todo el latinaje -de la misa, y cuando se toca la campanilla y cuando se le levanta el -faldón al cura. - ---Mira--le dijo su abuelo sin enterarse,--ve y avisa á la tía que estoy -aquí. No me habrá visto. Ya es hora de que nos vayamos á casa. - -Fué Luis á llevar el recado, y el taconeo de sus pisadas resonó en el -suelo de la iglesia como alegre nota en tan lúgubre silencio. Abelarda, -sentada á la turca en el suelo, miró hacia atrás, después se levantó, y -vino á situarse junto á su padre. - ---¿Has acabado?--le preguntó éste. - ---Aun me falta un poquito.--Y siguió silabeando, fijos los ojos en el -altar. - -Confiaba mucho Villaamil en las oraciones de su hija, que creía fuesen -por él, y así le dijo: - ---No te apresures; reza con calma y cuanto quieras, que hay tiempo -todavía. ¿Verdad que el corazón parece que se descarga de un gran peso -cuando le contamos nuestras penas al único que las puede consolar? - -Esto brotó con espontaneidad nacida del fondo del alma. El sitio y la -ocasión eran propicios al dulcísimo acto de abrir de par en par las -puertas del espíritu y dar salida á todos los secretos. Abelarda se -hallaba en estado psicológico semejante; pero sentía con más fuerza que -su padre la necesidad de desahogo. No era dueña de callar en aquel -instante, y á poco que se descuidara, le rebosarían de la boca -confidencias que en otro lugar y momento por nada del mundo dejaría -asomar á sus labios. - ---¡Ay, papá!--se dejó decir.--Soy muy desgraciada... Usted no lo sabe -bien. - -Asombróse Villaamil de tal salida, porque para él no había en la -familia más que una desgracia, la cesantía y angustiosa tardanza de la -credencial. - ---Es verdad--dijo soturnamente;--pero ahora... ahora debemos confiar... -Dios no nos abandonará. - ---Lo que es á mí--confirmó Abelarda,--bien abandonada me tiene... Es que -le pasan á una cosas muy terribles. Dios hace á veces unos disparates... - ---¿Qué dices, hija? (alarmadísimo). ¡Disparates Dios...! - ---Quiero decir que á veces le infunde á una sentimientos que la hacen -infeliz; porque, ¿á qué viene querer, si no van las cosas por buen -camino? - -Villaamil no comprendía. La miró por ver si la expresión del rostro -aclaraba el enigma de la palabra. Pero la menguada luz no permitía al -anciano descifrar el rostro de su hija. Y Luisito, en pie ante los dos, -no entendía ni jota del diálogo. - ---Pues si te he de decir verdad--añadió Villaamil buscando luz en -aquella confusión,--no te entiendo. ¿Qué disgusto tienes? ¿Has reñido -con Ponce? No lo creo. El pobre chico, anoche en el café, me habló tan -natural de la prisa que le corre casarse. No quiere esperar á que se -muera su tío, el cual, entre paréntesis, es hombre acabado. - ---No es eso, no es eso--dijo la _Miau_ con el corazón en prensa.--Ponce -no me ha dado rabieta ninguna. - ---Pues entonces... - -Callaron ambos, y á poco Abelarda miró á su padre. Le retozaba en el -alma un sentimiento maligno, un ansia de mortificar al bondadoso viejo -diciéndole algo muy desagradable. ¿Cómo se explica esto? Únicamente por -el rechazo de la efusión de piedad en aquel turbado espíritu, que -buscando en vano el bien, rebotaba en dirección del mal, y en él -momentáneamente se complacía. Algo hubo en ella de ese estado cerebral -(relacionado con desórdenes nerviosos, familiares al organismo femenil), -que sugiere los actos de infanticidio; y en aquel caso, el misterioso -flúido de ira descargó sobre el mísero padre á quien tanto amaba. - ---¿No sabes una cosa?--le dijo.--Ya han colocado á Víctor. Hoy al -mediodía... á poco de salir tú, llamaron á la puerta: era la credencial. -Él estaba en casa. Le han dado el ascenso y le nombran... no sé qué en -la Administración Económica de Madrid. - -Villaamil se quedó atontadísimo, como si le hubieran descargado un -fuerte golpe de maza en la cabeza. Le zumbaron los oídos... creyó -delirar, se hizo repetir la noticia, y Abelarda la repitió con acento en -que vibraba la saña del parricida. - ---Un gran destino--añadió.--El está muy contento, y dijo que si á ti te -dejan fuera, puede, por de pronto y para que no estés desocupado, darte -un destinillo subalterno en su oficina. - -Creyó por un momento el anciano sin ventura que la iglesia se le caía -encima. Y en verdad, un peso enorme se le sentaba sobre el corazón no -dejándole respirar. En el mismo instante, Abelarda, volviendo en sí de -aquella perturbación cerebral que nublara su razón y sus sentimientos -filiales, se arrepintió de la puñalada que acababa de asestar á su -padre, y quiso ponerle bálsamo sin pérdida de tiempo. - ---También á ti te colocarán pronto. Yo se lo he pedido á Dios. - ---¡Á mí! ¡colocarme á mí! (con furor pesimista). Dios no protege más que -á los pillos... ¿Crees que espero algo ni del Ministro ni de Dios? Todos -son lo mismo... ¡Arriba y abajo farsa, favoritismo, polaquería! Ya ves -lo que sacamos de tanta humillación y de tanto rezo. Aquí me tienes -desairado siempre y sin que nadie me haga caso, mientras que ese -pasmarote, embustero y trapisondista... - -Se dió con la palma de la mano un golpe tan recio en el cráneo, que -Luisito se asustó, mirando consternado á su abuelo. Entonces volvió á -sentir Abelarda la malignidad parricida, uniéndola á un cierto instinto -defensivo de la pasión que llenaba su alma. Los grandes errores de la -vida, como los sentimientos hondos, aunque sean extraviados, tienden á -conservarse y no quieren en modo alguno perecer. Abelarda salió á la -defensa de sí misma defendiendo al otro. - ---No, papá, malo no es (con mucho calor), malo no. ¡En qué error tan -grande están usted y mamá! Todo consiste en que le juzgan de ligero, en -que no le comprenden. - ---¿Tú qué sabes, tonta? - ---¿Pues no he de saberlo? Los demás no le comprenden, yo sí. - ---¡Tú, hija...!--y al decirlo, una sospecha terrible cruzó por su mente, -atontándole más de lo que estaba. Pronto se rehizo, diciéndose: «No -puede ser; ¡qué absurdo!» Pero como notara la excitación de su hija, el -extravío de su mirar, volvió á sentirse acometido de la cruel sospecha. - ---¡Tú... dices que le comprendes tú! - -Resistiéndose á penetrar el misterio, éste, al modo de negra sima, más -profunda y temerosa cuanto más mirada, le atraía con vértigo insano. -Comparó rápidamente ciertas actitudes de su hija, antes inexplicables, -con lo que en aquel momento oía; ató cabos, recordó palabras, gestos, -incidentes, y concluyó por declararse que estaba en presencia de un -hecho muy grave. Tan grave era y tan contrario á sus sentimientos, que -le daba terror cerciorarse de él. Más bien quería olvidarlo ó fingirse -que era vana cavilación sin fundamento razonable. - ---Vámonos--murmuró.--Es tarde, y yo tengo que hacer antes de ir á casa. - -Abelarda se arrodilló para decir sus últimas oraciones, y el abuelo, -cogiendo á Luisito de la mano, se dirigió lentamente hacia la puerta, -sin hacer genuflexión alguna, sin mirar para el altar ni acordarse de -que estaba en lugar sagrado. Pasaron junto á la capilla del Cristo -melenudo, y como Cadalsito tirase del brazo de su abuelo para alejarle -lo más posible de la efigie que tanto miedo le daba, Villaamil se -incomodó y le dijo con cruel aspereza: - ---Que te come... Tonto... - -Salieron los tres, y en la esquina de la calle de Quiñones se -encontraron á Pantoja, que detuvo á D. Ramón para hablarle del inaudito -ascenso de Cadalso. Abelarda siguió hacia la casa. Al subir por la mal -alumbrada escalera, sintió pasos descendentes. Era él... Su andar con -ningún otro podía confundirse. Habría deseado esconderse para que no la -viera, impulso de vergüenza y sobresalto que obedecía á misterioso -presentimiento. El corazón le anunciaba algo inusitado, desarrollo y -resultante natural de los hechos, y aquel encuentro la hacía temblar. -Víctor la miró y se detuvo tres ó cuatro escalones más arriba del -rellano en que la chica de Villaamil se paró, viéndole venir. - ---¿Vuelves de la iglesia?--le dijo.--Yo no como hoy en casa. Estoy de -convite. - ---Bueno--replicó ella, y no se le ocurrió nada más ingenioso y oportuno. - -De un salto bajó Víctor los cuatro escalones, y sin decir nada, cogió á -la insignificante por el talle y la oprimió contra sí, apoyándose en la -pared. Abelarda dejóse abrazar sin la menor resistencia, y cuando él la -besó con fingida exaltación en la frente y mejillas, cerró los ojos, -descansando su cabeza sobre el pecho del guapo monstruo, en actitud de -quien saborea un descanso muy deseado, después de larga fatiga. - ---Tenía que ser--dijo Víctor con la emoción que tan bien sabía -simular.--No hemos hablado con claridad, y al fin nos entendemos. Vida -mía, todo lo sacrifico por ti. ¿Estás dispuesta á hacer lo mismo por -este desdichado? - -Abelarda respondió que sí con voz que sólo fué un simple despegar de -labios. - ---¿Abandonarías casa, padres, todo, por seguirme?--dijo él en un rapto -de infernal inspiración. - -Volvió la sosa á responder afirmativamente, ya con voz más clara y con -acentuado movimiento de cabeza. - ---¿Por seguirme para no separarnos jamás? - ---Te sigo como una tonta, sin reparar... - ---¿Y pronto? - ---Cuando quieras... Ahora mismo. - -Víctor meditó un rato. - ---Alma mía, todo puede hacerse sin escándalo. Separémonos ahora... Me -parece que viene alguien. Es tu padre... Súbete. Hablaremos. - -Al sentir los pasos de su padre, Abelarda despertó de aquel breve sueño. -Subió azorada, trémula, sin mirar hacia atrás. Víctor siguió bajando -lentamente, y al cruzarse con su suegro y el niño, ni les dijo nada, ni -ellos le hablaron tampoco. Cuando Villaamil llegaba al segundo, ya la -joven había llamado presurosa, deseando entrar antes de que su padre -pudiera sorprender la turbación de criminal que desencajaba su rostro. - - - - -XXXI - - -Toda aquella noche estuvo la insignificante en un estado próximo á la -demencia, dividido su espíritu entre la alegría loca y una tristeza -sepulcral. Á ratos sentíase acometida de punzante suspicacia. Había -entregado su voluntad sin condiciones, sin exigir en cambio la rendición -del albedrío del otro y el término de aquellos amores con mujer -desconocida, amores de compromiso sin duda, difíciles de romper. ¿Los -rompía y liquidaba todas sus atrasadas cuentas de amor? Así tenía que -ser. Y francamente, no estaba de más haberlo dicho. ¡Pero si no había -habido tiempo para nada, ni pudieron darse y pedirse las explicaciones -propias del caso!... Fué como un relámpago aquel trueque y abandono -mutuo de ambas voluntades. Convenía, pues, en la primera coyuntura, -despejar la situación, alejando todo temor de duplicidad, y poner para -siempre á un lado á la señora aquella de las cartas. Hecho esto, -Abelarda se entregaría sin ningún trámite al hombre que le había -absorbido el alma; renunciaba á toda libertad, era suya, de él, en la -forma y condiciones que él quisiese, con escándalo ó sin escándalo, con -honra ó sin honra. - -Mientras comían, Villaamil observaba á su hija, poniendo en su rostro -los rasgos más enérgicos de aquella ferocidad tigresca que le -caracterizaba. Comía sin apetito, y creeríase que devoraba una pieza -palpitante y medio viva, que gemía y temblaba con dolores horribles, -clavada en su tenedor. Doña Pura y Milagros no osaron hablarle de la -colocación de Víctor. Ambas estaban mohínas, lúgubres y con cara de -responso, y la misma Abelarda concluyó por formar parte de aquel -silencioso coro de sepulcrales figuras. Aquella noche no había Real. El -cesante se metió en su despacho, y las tres _Miaus_ fueron á la sala, -donde se reunieron el ínclito Ponce y las de Cuevas. Abelarda tuvo -momentos de febril locuacidad, y otros de meditación taciturna. - -Á las doce se acabó la tertulia, y á dormir... La casa en silencio, -Abelarda en vela, esperando á Víctor para decirse lo que por decir -estaba, y vaciar de lleno alma en alma, cambiando los vasos su -contenido. Pero dió la una, la una y media, y el galán no parecía. Entre -dos y tres, la infeliz muchacha se hallaba en estado febril, que -encendía en su mente los más peregrinos disparates. Le habían matado... -También podía ser que el abrazo, el besuqueo y la declaración de la -escalera fueran una burla infame... Esta idea la rechazaba por ser -demasiado absurda y no caber, según ella, dentro de los moldes de la -humana maldad. Luego pensaba (y eran ya las tres y media) que la -elegantona de las cartas coronadas, al enterarse aquella misma noche de -que el amante se le iba, ó al oir de su propio labio tristes acentos de -ruptura, tramaba contra él horrible venganza, le convidaba á cenar y le -envenenaba, echándole en una copa de Jerez el veneno de los Borgias. Con -las extrañas cavilaciones mezclaba la sosa mil lances que había visto en -las óperas, las conjuraciones que arma la mezzo-soprano contra el tenor, -porque éste la desprecia por la tiple; las perrerías del barítono para -deshacerse de su aborrecido rival, la constancia sublime del tenor (y -eran ya las cuatro), que sucumbiendo á las combinadas artimañas del bajo -y la contralto, revienta en brazos de la tiple, y concluyen ambos -diciéndose que se amarán en el otro mundo. - -Las cinco, y Víctor sin parecer. El cerebro de Abelarda era un volcán, -que desfogaba por los ojos en destellos de calentura, por los labios en -monosílabos de despecho, de amor, de cólera. Sólo dos veces, en la -temporada aquélla, había pasado el _hombre superior_ toda la noche fuera -de casa; y la primera vez que esto sucediera, entró á eso de las diez de -la mañana en un desorden lamentable, denunciando con su actitud, con sus -palabras y hasta con su ropa, los excesos de una noche de festín entre -personas de vida poco regular. ¡Si sucedería lo mismo aquella segunda -vez!... Pero no; algo había ocurrido. Entre el tiernísimo paso de la -escalera y aquella ausencia inexplicable, había un enigma, algo -misterioso, quizás una desgracia ó una monstruosidad que la pobre -muchacha, en la ofuscación de su inteligencia, no acertaba á comprender. -Las seis, y nada. Rompió á llorar, y tan pronto reclinaba su cabeza -sobre la almohada, como se sentaba en un baúl ó iba de una parte á otra -de la habitación, cual pájaro saltando en su jaula de palito en palito. - -Llegó el día, y nada. El primero á quien Abelarda sintió levantarse fué -su padre, que pasó camino de la cocina y después del despacho. Las ocho. -Doña Pura no tardaría en abandonar las ociosas plumas. Como ya, aunque -Víctor entrase, no era posible hablar á solas con él, la dolorida se -acostó, no para dormir ni descansar, sino para que su madre no cayese en -la cuenta de la noche toledana. Más de las nueve eran ya cuando entró el -trasnochador con muy mal cariz. Doña Pura le abrió la puerta sin decirle -una sola palabra. Metióse en su cuarto, y Abelarda, que salía del suyo, -le sintió revolviéndose en el estrecho recinto, donde apenas cabían la -cama, una silla y el baúl. «Si vas á la iglesia--díjole Pura, sacando -unos cuartos del portamonedas,--te traes cuatro huevos... Que te -acompañe Luis. Yo no salgo. Me duele la cabeza. Tu padre está -disgustadísimo, y con razón. ¡Mira que colocar á este perdulario y -dejarle á él en la calle, á él, tan honrado y que sabe más de -Administración que todo el Ministerio junto! ¡Qué Gobiernos, Señor, qué -Gobiernos! ¡Y se espantan luego de que haya revolución! Te traes cuatro -huevos. ¡No sé cómo saldremos del día!... ¡Ah! tráete también el cordón -negro para mi vestido y los corchetes». - -Abelarda fué á la iglesia, y al volver con los encargos de su madre, -halló á ésta, su tía y Víctor en el comedor, enzarzados en furiosa -disputa. La voz de Cadalso sobresalía, diciendo: - ---Pero, señoras mías, ¿yo qué culpa tengo de que me hayan colocado á mí -antes que á papá? ¿Es esto razón bastante para que todos en esta casa me -pongan cara de cuerno? Pues ganas me dan, como hay Dios, de tirar la -credencial á la calle. Antes que nada, la paz de la familia. Yo -desviviéndome porque me quieran, yo tratando de hacer olvidar los -disgustos que les he causado, y ahora, ¡válgame Dios!, porque al -Ministro se le antoja colocarme, ya falta poco para que mi suegra y la -hermana de mi suegra me saquen los ojos! Bueno, señoras; arañen, peguen -todo lo que gusten; yo no he de quejarme. Mientras más perrerías me -digan, más he de quererles yo á todos. - ---¡Como si no supiéramos--objetó doña Pura hecha un áspid--que tú tienes -vara alta en el Ministerio, y que si hubieras querido, ya Ramón tendría -plaza...! - ---¡Por Dios, mamá, por Dios!--replicó Víctor revelando verdadera -consternación.--Eso es del género inocente... No puedo creer que usted -lo diga con formalidad. ¡Que yo...! vamos; ¡tengo entre la familia una -reputacioncita...! ¿Y si yo jurase que he gestionado por papá más que -por mí? ¿Si yo lo jurase? Claro, no me creerían. Pero, créanlo ó no, lo -digo y lo sostengo. - -Abelarda no intervino en la reyerta, pero mentalmente se ponía de parte -de su hermano político. En esto entró Villaamil, y Víctor se fué -resueltamente á él: «Usted que es un hombre razonable, dígame si cree, -como estas señoras, que yo he gestionado ó trabajado ó intrigado porque -me colocaran á mí y á usted no. Porque aquí me están calentando las -orejas con esa historia, y francamente, me aflige oirme tratar como un -Judas sin conciencia. (Con noble acento.) Yo, Sr. D. Ramón, me he -portado lealmente. Si he tenido la desgracia de ir por delante de otros, -no es culpa mía. ¿Sabe usted lo que yo haría ahora?... y que me muera si -no digo verdad. Pues cederle á usted mi plaza.» - ---Si nadie habla del asunto--replicó Villaamil con serenidad, que -obtenía violentándose cruelmente.--¡Colocarme á mí! ¿Crees que alguien -piensa en tal cosa? Ha pasado lo natural y lógico. Tú tienes allá... no -sé dónde... buenos padrinos ó madrinas... Yo no tengo á nadie... Que te -aproveche. - -Cerró la puerta de su despacho, dejando en el pasillo á Víctor, algo -confuso y con una respuesta entre labio y labio, que no se atrevió á -soltar. Aun quiso engatusar á doña Pura en el comedor, tratando de -rendir su ánimo con expresiones servilmente cariñosas. «¡Qué desgracia -tan grande, Dios mío, no ser comprendido! Me consumo por esta familia, -me sacrifico por ella, hago mías sus desgracias y suyos mis escasos -posibles, y como si nada. Soy y seré siempre aquí un huésped molesto y -un pariente maldito. Paciencia, paciencia». - -Dijo esto con afectación hábil, en el momento de sacar papel y -disponerse á escribir sobre la mesa del comedor. Ausentarse vió ante sí -á su cuñada, de pié y mirándole, sosteniendo la barba entre los dedos -de la mano derecha, actitud atenta, pensativa y cariñosa semejante, -salva la belleza, á la de la célebre estatua de Polimnia en el grupo -antiguo de las Musas. No era preciso ser lince para leer en las pupilas -y expresión de la insignificante estas ó parecidas reconvenciones: -«¿Pero qué haces ahí sin atenderme? ¿No sabes que soy la única persona -que te ha comprendido? Vuélvete hacia mí, y no hagas caso de los -demás,.. Estoy aguardándote desde anoche, ¡ingrato!, y tú tan distraído. -¿Qué se hicieron tus planes de escapatoria? Estoy pronta... Me iré con -lo puesto». - -Al verla en tal actitud y al leer en sus ojos la reconvención, cayó -Víctor en la cuenta de que estaba en descubierto con ella. Maldito si -desde la noche anterior se había vuelto á acordar del paso de la -escalera, y si lo recordaba era como un hecho baladí, cual humorada -estudiantil sin consecuencias para la vida. Su primera impresión, al -despertarse la memoria, fué de disgusto, cual si recordase la precisión -impertinente de pagar una visita de puro cumplido. Pero al instante -compuso la fisonomía, que para cada situación tenía una hermosa máscara -en el variado repertorio de su histrionismo moral; y cerciorándose de -que no andaba por allí su suegra, puso una cara muy tierna, miró al -techo, después á su cuñada, y entre ambos se cruzaron estas breves -cláusulas: - ---Vida mía, tengo que hablarte... ¿dónde y cuándo? - ---Esta tarde... en las Comendadoras... á las seis. - -Y nada más. Abelarda se escapó á arreglar la sala, y Víctor se puso á -escribir, arrojando con desdén la careta y pensando de este modo: «La -chiflada ésta quiere saber cuándo tocan á perderse... ¡Ah!... pues si tú -lo cataras... Pero no lo catarás». - - - - -XXXII - - -Puntual, como la hora misma, entró Abelarda, á la de la cita, en las -Comendadoras. La iglesia, callada y obscura, estaba que ni de encargo -para el misterioso objeto de una cita. Quien hubiera visto entrar á la -chica de Villaamil, se habría pasmado de notar en ella su mejor ropa, -los verdaderos trapitos de cristianar. Se los puso sin que lo advirtiera -su madre, que había salido á las cinco. Sentóse en un banco, rezando -distraída y febril, y al cuarto de hora entró Víctor, que al pronto no -veía gota, y dudaba á qué parte de la iglesia encaminarse. Fué ella á -servirle de guía, y le tocó el brazo. Diéronse las manos y se sentaron -cerca de la puerta, en un lugar bastante recogido y el más tenebroso de -la iglesia, á la entrada de la capilla de los Dolores. - -Á pesar de su pericia y del desparpajo con que solía afrontar las -situaciones más difíciles, Víctor, no sabiendo cómo desflorar el asunto, -estuvo mascando un rato las primeras palabras. Por fin, resuelto á -abreviar, encomendándose mentalmente al demonio de su guarda, dijo: - ---Empiezo por pedirte perdón, vida mía; perdón, sí, lo necesito, por mi -conducta... imprudente... El amor que te tengo es tan hondo, tan -avasallador, que anoche, sin saber lo que hacía, quise lanzarte por -las... escabrosidades de mi destino. Estarás enojadísima conmigo, lo -comprendo, porque á una mujer de tu calidad, proponer yo como -propuse...! Pero estaba ciego, demente, y no supe lo que me dije. ¡Qué -idea habrás formado de mí! Merezco tu desprecio. Proponerte que -abandonaras tus padres, tu casa, por seguirme á mí, á mí, cometa errante -(recordando frases que había leído en otros tiempos y enjaretándolas con -la mayor frescura), á mí que corro por los espacios, sin dirección fija, -sin saber de dónde he recibido el impulso ni adónde me lleva mi carrera -loca...! Me estrellaré; de fijo me estrellaré. Pero sería un infame, -Abelarda (tomándole una mano), sería el último de los monstruos si -permitiera que te estrellaras conmigo... tú, que eres un ángel: tú, que -eres el encanto de tu familia... ¡Oh! te pido perdón, y me pondría de -rodillas para alcanzarlo. Cometí gravísimo atentado contra tu dignidad, -ultrajé tu candor, proponiéndote aquella atrocidad nacida en este -cerebro calenturiento... en fin, perdóname, y admite mis honradas -excusas. Te amo, te amo, y te amaré siempre, sin esperanza, porque no -puedo aspirar á poseer tan... rica joya. Insultaría á Dios si tal -aspiración tuviese... - -No acortaba la _Miau_ á comprender bien aquella palabrería, de sentido -tan opuesto á lo que esperaba escuchar. Mirábale á él, y después á la -imagen más próxima, un San Juan con cordero y banderola, y le preguntaba -al santo si aquello era verdad ó sueño. - ---Estás, estás perdonado--murmuró respirando muy fuerte. - ---No extrañes, amor mío--prosiguió él, dueño ya de la situación,--que en -tu presencia me vuelva tímido y no sepa expresarme bien. Me fascinas, me -anonadas, haciéndome ver mi pequeñez. Perdóname el atrevimiento de -anoche. Quiero ahora ser digno de ti, quiero imitar esa serenidad -sublime. Tú me marcas el camino que debo seguir, el camino de la vida -ideal, de las acciones perfectamente ajustadas á la ley divina. Te -imitaré; haré por imitarte. Es preciso que nos separemos, mujer -incomparable. Si nos juntamos, tu vida corre peligro y la mía también. -Estamos cercados de enemigos que nos acechan, que nos vigilan... ¿Qué -debemos hacer?... Separarnos en la tierra, unirnos en las esferas -ideales. Piensa en mí, que yo ni un instante te apartaré de mi -pensamiento... - -Abelarda, inquietísima, se movía en el banco como si éste se hallara -erizado de púas. - ---¿Cómo olvidar que cuando toda la familia me despreciaba, tú sola me -comprendías y me consolabas? ¡Ah! no se olvida eso en mil años. Te -aseguro que eres sublime. Soy un miserable. Déjame abandonado á mi -triste suerte. Sé que has de pedir á Dios por mí, y esto me consuela. Si -yo creyera, si yo pudiera prosternarme ante ese altar ó ante otro -semejante, si yo rezar pudiese, rezaría por ti... Adiós, amor mío. - -Quiso cogerle una mano, pero Abelarda la retiró, volviendo la cara hacia -el opuesto lado. - ---Tu esquivez me mata. Bien sé que la merezco... Anoche estuve contigo -irrespetuoso, grosero, indelicado. Pero ya has dicho que me perdonabas. -¿Á qué ese gesto? Ya, ya sé... Es que te estorbo, es que te soy -aborrecible... Lo merezco; sé que lo merezco. Adiós. Estoy expiando mis -culpas, porque ahora quiero separarme de ti, y ya ves, no puedo... -¡Clavado en este banco!... (impaciente, y atropellándose por concluir -pronto). ¿Te acordarás de mí en tu vida futura?... Oye un consejo: -cásate con Ponce, y si no te casas, entra en un convento, y reza por él -y por mí, por este pecador... Tú has nacido para la vida espiritual. -Eres muy grande, y no cabes en la estrechez del matrimonio ni en la... -prosaica vida de familia... No puedo seguir, mujer, porque pierdo la -razón... deliro y... Valor... un supremo esfuerzo... Adiós, adiós. - -Y como alma que lleva Satanás, salió de la iglesia, refunfuñando. Tenía -prisa, y se felicitaba de haber saldado una fastidiosa cuentecilla. -«¡Qué demonio!--dijo, mirando su reloj y avivando el paso.--Pensé -despachar en diez minutos y he empleado veinte. ¡Y _aquélla_ esperándome -desde las seis!... Vamos, que sin poderlo remediar me da lástima de esta -inefable cursi. Van á tener que ponerte camisa... ó corsé de fuerza». - -Y Abelarda, ¿qué hacía y qué pensaba? Pues si hubiera visto que al -púlpito de la iglesia subía el Diablo en persona y echaba un sermón -acusando á los fieles de que no pecaban bastante, y diciéndoles que si -seguían así no ganarían el infierno; si Abelarda hubiera visto esto, no -se habría pasmado como se pasmó. La palabra del monstruo y su salida -fugaz dejáronla yerta, incapaz de movimiento, el cerebro cuajado en las -ideas y en las impresiones de aquella entrevista, como substancia echada -en molde frío y que prontamente se endurece. Ni le pasó por la cabeza -rezar, ¿para qué? Ni marcharse, ¿adónde? Mejor estaba allí, quieta y -muda, rivalizando en inmovilidad con el San Juan del gallardete y con la -Dolorosa. Ésta se hallaba al pie de la cruz, rígida en su enjuto vestido -negro y en sus tocas de viuda, acribillado el pecho de espaditas de -plata, las manos cruzadas con tanta fuerza, que los dedos se confundían -formando un haz apretadísimo. El Cristo, mucho mayor que la imagen de su -madre, extendíase por el muro arriba, tocando al techo del templete con -su corona de abrojos, y estirando los brazos á increíble distancia. -Abajo velas, los atributos de la Pasión, exvotos de cera, un cepillo con -los bordes de la hendidura mugrientos, y el hierro del candado muy -roñoso; el paño del altar goteado de cera; la repisa pintada imitando -jaspe. Todo lo miraba la señorita de Villaamil, no viendo el conjunto, -sino los detalles más ínfimos, clavando sus ojos aquí y allí como aguja -que picotea sin penetrar, mientras su alma se apretaba contra la esponja -henchida de amargor, absorbiéndolo todo. - -Vinieron á coincidir en el tiempo dos gravísimos actos, cada uno de los -cuales pudo decidir por sí solo la vida ulterior de la insignificante y -trastornada joven. Con diferencia de dos horas y media, se realizaron el -suceso que acabo de referir y otro no menos importante. Ponce, -conferenciando con doña Pura en la sala de ésta, sin testigos, se mostró -enojado porque los padres de su prometida no habían fijado aún el día de -la boda. - ---Pues por fijado, hijo, por fijado. Ramón y yo no deseamos otra cosa. -¿Le parece á usted que á principios de Mayo? ¿el día de la Cruz? - -Poco antes doña Pura había explicado la ausencia de su hija en la -tertulia por el grandísimo enfriamiento que aquella tarde cogiera en las -Comendadoras. Entró en casa castañeteando los dientes, y con un -calenturón tan fuerte, que su madre la mandó acostarse al momento. Era -esto verdad; mas no toda la verdad, y la señora se calló el asombro de -verla entrar á horas desusadas y con un vestido que no acostumbraba -ponerse para ir de tarde á la iglesia mas próxima. «Eso es, lo mejorcito -que tienes; estropéalo donde no lo puedes lucir, y dedícate á refregar -con ese casimir tan rico de catorce reales los bancos de la iglesia, -llenos de mugre, de polvo y de cuanta porquería hay». También se calló -que su hija no contestaba acorde á nada de cuanto le decía. Esto, el -chasquido de dientes y la repugnancia á comer movieron á doña Pura á -meterla en la cama. No las tenía la señora todas consigo, y estaba -cavilosa buscando el sentido de ciertas rarezas que en la niña notaba. -«Sea lo que quiera--pensó,--cuanto más pronto la casemos, mejor». Sobre -esto dijo algo á su marido; pero Villaamil no se había dignado contestar -sílaba; tan tétrico y cabizbajo andaba. - -Abelarda, que se hacía la dormida para que no la molestase nadie, vió á -Milagros acostando á Luisito, el cual no se durmió pronto aquella -noche, sino que daba vueltas y más vueltas. Cuando ambos se quedaron -solos, Abelarda le mandó estarse callado. No tenía ella ganas de jarana; -era tarde y necesitaba descanso. - ---Tiíta, no puedo dormirme. Cuéntame cuentos. - ---Sí, para cuentos estoy yo. Déjame en paz ó verás... - -Otras veces, al sentir á su sobrino desvelado, la insignificante, que le -amaba entrañablemente, procuraba calmar su inquietud con afectuosas -palabras; y si esto no era bastante, se iba á su cama, y arrullándole y -agasajándole, conseguía que conciliara el sueño. Pero aquella noche, -excitada y fuera de sí, sentía tremenda inquina contra el pobre -muchacho; su voz la molestaba y hería, y por primera vez en su vida -pensó de él lo siguiente: «¿Qué me importa á mí que duermas ó no, ni que -estés bueno ni que estés malo, ni que te lleven los demonios?» - -Luisito, hecho á ver á su tía muy cariñosa, no se resignaba á callar. -Quería palique á todo trance, y con voz de mimo, dijo á su compañera de -habitación: - ---Tía, ¿viste tu por casualidad á Dios alguna vez? - ---¿Qué hablas ahí, tonto?... Si no te callas, me levanto y... - ---No te enfades... pues yo, ¿qué culpa tengo? Yo veo á Dios, lo veo -cuando me da la gana; para que lo sepas... Pero esta noche no le veo más -que los pies... los pies con mucha sangre, clavaditos y con un lazo -blanco, como los del Cristo de las melenas que está en Monserrat... y me -da mucho miedo. No quiero cerrar los ojos, porque... te diré... yo nunca -le he visto los pies, sino la cara y las manos... y esto me pasa... -¿sabes por qué me pasa?... porque hice un pecado grande... porque le -dije á mi papá una mentira, le dije que quería ir con la tía Quintina á -su casa. Y fué mentira. Yo no quiero ir más que un ratito para ver los -santos. Vivir con ella no. Porque irme con ella y dejaros á vosotros es -pecado, ¿verdad? - ---Cállate, cállate, que no estoy yo para oir tus sandeces... ¿Pues no -dice que ve á Dios el muy borrico?... Sí, ahí está Dios para que tú le -veas, bobo... - -Abelarda oyó al poco rato los sollozos de Cadalsito, y en vez de piedad, -sintió, ¡cosa más rara!, una antipatía tal contra su sobrino, que mejor -pudiera llamarse odio sañudo. El tal mocoso era un necio, un farsante -que embaucaba á la familia con aquellas simplezas de ver á Dios -y de querer hacerse curita; un hipócrita, un embustero, un -mátalas-callando... y feo, y enclenque, y consentido además... - -Esta hostilidad hacia la pobre criatura era semejante á la que se inició -la víspera en el corazón de Abelarda contra su propio padre, hostilidad -contraria á la naturaleza, fruto sin duda de una de esas auras -epileptiformes que subvierten los sentimientos primarios en el alma de -la mujer. No supo ella darse cuenta de cómo tal monstruosidad germinara -en su espíritu, y la veía crecer, crecer á cada instante, sintiendo -cierta complacencia insana en apreciar su magnitud. Aborrecía á Luis, le -aborrecía con todo su corazón. La voz del chiquillo le encalabrinaba los -nervios, poniéndola frenética. - -Cadalsito, sollozando, insistió: «Le veo las piernas negras con -manchurrones de sangre, le veo las rodillas con unos cardenales muy -negros, tiíta... tengo mucho miedo... ¡Ven, ven!» - -La _Miau_ crispó los puños, mordió las sábanas. Aquella voz quejumbrosa -removía todo su ser, levantando en él una ola rojiza, ola de sangre que -subía hasta nublarle los ojos. El chiquillo era un cómico, fingido y -trapalón, bajado al mundo para martirizarla á ella y á toda su casta... -Pero aun quedaba en Abelarda algo de hábito de ternura que contenía la -expansión de su furor. Hacía un movimiento para echarse de la cama y -correr á la de Luis con ánimo de darle azotes, y se reprimía luego. ¡Ah! -como pusiera las manos en él, no se contentaría con la azotaina... le -ahogaría, sí. ¡Tal furia le abrasaba el alma y tal sed de destrucción -tenían sus ardientes manos! - ---Tiíta, ahora le veo el faldellín todo lleno de sangre, mucha sangre... -Ven, enciende luz, ó me muero de susto; quítamele, dile que se vaya. El -otro Dios es el que á mí me gusta, el abuelo guapo, el que no tiene -sangre, sino un manto muy fino y unas barbas blanquísimas... - -Ya no pudo ella dominarse, y saltó del lecho... Quedóse á su orilla -inmovilizada, no por la piedad, sino por un recuerdo que hirió su mente -con vívida luz. Lo mismo que ella hacía en aquel instante, lo había -hecho su difunta hermana en una noche triste. Sí, Luisa padecía también -aquellas horribles corazonadas de aborrecer á su progenitura, y cierta -noche que le oyó quejarse, echóse de la cama y fué contra él, con las -manos amenazantes, trocada de madre en fiera. Gracias que la sujetaron, -pues si no, sabe Dios lo que habría pasado. Y Abelarda repetía las -mismas palabras de la muerta, diciendo que el pobre niño era un -monstruo, un aborto del infierno, venido á la tierra para castigo y -condenación de la familia. - -Llevóla este recuerdo á comparar la semejanza de causas con la semejanza -de efectos, y pensó angustiadísima: «¿Estaré yo loca, como mi -hermana?... ¿Es locura, Dios mío?» - -Volvió á meterse entre sábanas, prestando atención á los sollozos de -Luis, que parecían atenuarse, como si al fin le venciera el sueño. -Transcurrió un largo rato, durante el cual la tiíta se aletargó á su -vez; pero de improviso despertó sintiendo el mismo furor hostil en su -mayor grado de intensidad. No la detuvo entonces el recuerdo de su -hermana; no había en su espíritu nada que corrigiese la idea, ó mejor -dicho, el delirio de que Luis era una mala persona, un engendro -detestable, un ser infame á quien convenía exterminar. Él tenía la culpa -de todos los males que la agobiaban, y cuando él desapareciera del -mundo, el sol brillaría más y la vida sería dichosa. El chiquillo aquél -representaba toda la perfidia humana, la traición, la mentira, la -deshonra, el perjurio. - -Reinaba profunda obscuridad en la alcoba. Abelarda, en camisa y -descalza, echándose un mantón sobre los hombros, avanzó palpando... -Luego retrocedió buscando las cerillas. Habíasele ocurrido en aquel -momento ir á la cocina en busca de un cuchillo que cortara bien. Para -esto necesitaba luz. La encendió, y observó á Luis que al cabo dormía -profundamente. «¡Qué buena ocasión!--se dijo;--ahora no chillará, ni -hará gestos... Farsante, pinturero, monigote, me las pagarás... Sal -ahora con la pamplina de que ves á Dios... Como si hubiera tal Dios, ni -tales carneros...» Después de contemplar un rato al sobrinillo, salió -resuelta. «Cuanto más pronto, mejor». El recuerdo de los sollozos del -chico, hablando aquellos disparates de los pies que veía, atizaba su -cólera. Llegó á la cocina y no encontró cuchillo, pero se fijó en el -hacha de partir leña, tirada en un rincón, y le pareció que este -instrumento era mejor para el _caso_, más seguro, más ejecutivo, más -cortante. Cogió el hacha, hizo ademán de blandirla, y satisfecha del -ensayo, volvió á la alcoba, en una mano la luz, en otra el arma, el -mantón por la cabeza... Figura tan extraña y temerosa no se había visto -nunca en aquella casa. Pero en el momento de abrir la puerta de -cristales de la alcoba, sintió un ruido que la sobrecogió. Era el del -llavín de Víctor girando en la cerradura. Como ladrón sorprendido, -Abelarda apagó de un soplo la luz, entró, y se agachó detrás de la -puerta, recatando el hacha. Aunque rodeada de tinieblas temía que Víctor -la viese al pasar por el comedor y se hizo un ovillo, porque la furia -que había determinado su última acción se trocó súbitamente en espanto -con algo de femenil vergüenza. Él pasó alumbrándose con una cerilla, -entró en su cuarto y se cerró al instante. Todo volvió á quedar en -silencio. Hasta la alcoba de Abelarda llegaba débil, atravesando el -comedor y las dos puertas de cristales, la claridad de la vela que -encendiera Víctor para acostarse. Cosa de diez minutos duró el reflejo; -después se extinguió, y todo quedó en sombra. Pero la cuitada no se -atrevía ya á encender su luz; fué tanteando hasta la cama, escondió el -hacha bajo la cómoda próxima al lecho, y se deslizó en éste -reflexionando: «No es ocasión ahora. Gritaría, y el otro... Al otro le -daría yo el hachazo del siglo; pero no basta un hachazo, ni dos, ni -ciento... ni mil. Estaría toda la noche dándole golpes y no le acabaría -de matar». - - - - -XXXIII - - -Nuestro infortunado Villaamil no vivía desde el momento aciago en que -supo la colocación de su yerno, y para mayor desdicha el prohombre -ministerial no le hacía caso. Inmediatamente después de almorzar, se -echaba á la calle, y se pasaba el día de oficina en oficina, contando su -malaventura á cuantos encontraba, refiriendo la atroz injusticia, que, -entre paréntesis, no le cogía de nuevo; porque él, se lo podían creer, -nunca esperó otra cosa. Cierto que, apretado por la fea necesidad, y -llegando á sentir como un estorbo en aquel pesimismo que se había -impuesto, se lo arrancaba á veces como quien se arranca una máscara, y -decía, implorando con toda el alma desnuda: «Amigo Cucúrbitas, me -conformo con cualquier cosa. Mi categoría es de Jefe de Administración -de tercera; pero si me dan un puesto de oficial primero, vamos, de -oficial segundo, lo tomo, sí señor, lo tomo, aunque sea en provincias.» -La misma cantinela le entonaba al Jefe del Personal, á todos los amigos -influyentes que en la casa tenía, y epistolarmente al Ministro y á Pez. -Á Pantoja, en gran confianza, le dijo: «Aunque sea para mí una -humillación, hasta oficial tercero aceptaré por salir de estas -angustias... Después, Dios dirá». - -Luego iba de estampía contra Sevillano, de quien se hablará después, -empleado en el Personal, el cual le decía con expresión de lástima: «Sí, -hombre sí, cálmese usted; tenemos nota preferente... Debe usted procurar -serenarse». Y le volvía la espalda. Poco á poco fué el santo varón -desmintiendo su carácter, aprendiendo á importunar á todo el mundo y -perdiendo el sentido de las conveniencias. Después de verle andar por -las oficinas, dando la lata á diferentes amigos, sin excluir á los -porteros, Pantoja le habló en confianza: - ---¿Sabes lo que el bigardo de tu yerno le dijo al Diputado ese? Pues que -tú estabas loco y que no podías desempeñar ningún destino en la -Administración. Como lo oyes; y el Diputado lo repitió en el Personal -delante de Sevillano y del hermano de Espinosa, que me lo vino á contar -á mí. - ---¿Eso dijo? (estupefacto). ¡Ah! lo creo. Es capaz de todo... - -Esto acabó de trastornarle. Ya la insistencia de su incansable porfía y -la expresión de ansiedad que iban tomando sus ojos asustaba á sus -amigos. En algunas oficinas, cuidaban de no responderle ó de hablarle -con brevedad para que se cansara y se fuese con la música á otra parte. -Pero estaba á prueba de desaires, por habérsele encallecido la epidermis -del amor propio. En ausencia de Pantoja, Espinosa y Guillén le tomaban -el pelo de lo lindo: - ---¿No sabe usted, amigo Villaamil lo que se corre por ahí? Que el -Ministro va á presentar á las Cortes una ley estableciendo el _income -tax_. La Caña la está estudiando. - ---Como que me ha robado mis ideas. Mis cuatro Memorias durmieron en su -poder más de un año. Vean ustedes lo que saca uno de quemarse las cejas -por estudiar algo que sirva de remedio á esta Hacienda moribunda... País -de raterías, Administración de nulidades, cuando no se puede afanar una -peseta, se tima el entendimiento ajeno. Ea, con Dios. - -Y salía disparado, precipitándose por los escalones abajo, hacia la -Dirección de Impuestos (patio de la izquierda), ansioso de calentarle -las orejas al amigo La Caña. Á la media hora se le veía otra vez -venciendo jadeante la cansada escalera para meterse un rato en el Tesoro -ó en Aduanas. Algunas veces, antes de entrar, daba la jaqueca á los -porteros, contándoles toda su historia administrativa. «Yo entré á -servir en tiempo de la Regencia de Espartero, siendo Ministro el Sr. -Surrá y Rull, excelente persona, hombre muy mirado. Me parece que fué -ayer cuando subí por esa escalera. Traía yo unos calzoncitos de -cuadros, que se usaban entonces, y mi sombrero de copa, que había -estrenado para tomar posesión. De aquel tiempo no queda ya nadie en _la -casa_, pues el pobre Cruz, á quien vi en este mismo sitio cuando yo -entraba, se las lió hace dos meses. ¡Ay, qué vida ésta!... Mi primer -ascenso me lo dió D. Alejandro Mon... buena persona... y de mucho -carácter, no se crean ustedes. Aquí se plantificaba á las ocho de la -mañana, y hacía trabajar á la tropa; por eso hizo lo que hizo. Como -madrugador, no ha habido otro D. Juan Bravo Murillo, y el número uno de -los trasnochadores era D. José Salamanca, que nos tenía aquí á los de -Secretaría hasta las dos ó las tres de la madrugada. Pues digo, ¿hay -alguno entre ustedes que se acuerde de D. Juan Bruil, que, por más -señas, me hizo á mí oficial tercero? ¡Ah, qué hombre! Era una pólvora. -Pues también el amigo Madoz las gastaba buenas. ¡Qué cascarrabias! Yo -tuve el 57 un director que no hacía un servicio al lucero del alba ni -despachaba cosa alguna, como no viniera una mujer á pedírsela. Crean -ustedes que la perdición del país es la faldamenta». - -Los porteros le llevaban el humor mientras podían; pero también llegaron -á sentir cansancio de él, y pretextaban ocupaciones para zafarse. El -santo varón, después de explayarse por las porterías, volvía adentro, y -no faltaba en Aduanas ó en Propiedades un guasón presumido, como -Urbanito, el hijo de Cucúrbitas, que le convidase á café para tirarle de -la lengua y divertirse oyendo sus exaltadas quejas. «Miren ustedes; á mí -me pasa esto por decente, pues si yo hubiera querido desembuchar ciertas -cosas que sé referentes á pájaros gordos, ¿me entienden ustedes?... digo -que si yo hubiera sido como otros que van á las redacciones con la -denuncia del enjuage A, del enredo B..., otro gallo me cantara... ¿Pero -qué resulta? Que aunque uno no quiera ser decente y delicado, no puedo -conseguirlo. El pillo nace, el orador se hace. Total, que ni siquiera me -vale haber escrito cuatro Memorias que constituyen un plan de -Presupuestos, porque un mal amigo á quien se las enseño, me roba la idea -y la da por suya. Lo que menos piensan ustedes es que ese dichoso -_income tax_ que quieren establecer, ¡temprano y con sol!, es idea -mía... diez años devanándome los sesos... ¿para qué? Para que un grajo -se adorne con mis plumas ó con la obra de mi pluma. Yo digo que si el -Ministro sabe esto, si lo sabe el país, ¿qué sucederá? Puede que no -suceda nada, porque allá se van el país y el Ministro en lo puercos y -desagradecidos... Yo me lavo las manos; yo me estoy en mi casa, y si -vienen revoluciones, que vengan; si el país cae en el abismo, que caiga -con cien mil demonios. Después dirán: «¡Qué lástima no haber planteado -los cuatro puntos aquellos del buen Villaamil: _Moralidad_, _Income -tax_, _Aduanas_, _Unificación_!» Pero yo diré: _tarde piache_... -«Haberlo visto antes». Dirán: «Pues que sea Villaamil Ministro»; y yo -responderé: «Cuando quise no quisiste, y ahora... á buena hora, mangas -verdes...» Conque, señores, me voy para que ustedes trabajen. En mis -tiempos no había estos ocios. Se fumaba un cigarrito, se tomaba café, y -luego al telar... Pero ahora, empleado hay que viene aquí á inventar -charadas, á chapucear comedias, revistas de toros y gacetillas. Así está -la Administración pública, que es una mujer pública, hablando mal y -pronto. Francamente, esto da asco, y yo no sé cómo todos ustedes no -hacen dimisión, y dejan solos al Ministro y al Jefe del Personal, á ver -cómo se desenvuelven. No, no lo digo en broma; veo que se ríen ustedes, -y no es cosa de risa. Dimisión total, huelga en un día dado, á una hora -dada...» - -Por fin, hartos de este charlar incoherente, le echaban con buenos -modos, diciéndole: «Don Ramón, usted debiera ir á tomar el aire. Un -paseito por el Retiro le vendría muy bien». Salía rezongando, y en vez -de seguir el saludable consejo de oxigenarse, bajaba, mal terciada la -capa, y se metía en el Giro Mutuo, donde estaba Montes, ó en Impuestos, -donde su amigo Cucúrbitas soportaba con increíble paciencia discursos -como éste: «Te digo en confianza, aquí de ti para mí, que me contento -con una plaza de oficial tercero: proponme al Ministro. Mira que siento -en mi cabeza unas cosas muy raras, como si se me fuera el santo al -cielo. Me entran ganas de decir disparates, y aun recelo que á veces se -me salen de la boca. Que me den esos dos meses, ó no sé; creo que pronto -empezaré á tirar piedras. Ya sabes mi situación; sabes que no tengo -cesantía, porque, si bien soy anterior al 45, mi primer destino no fué -de Real orden; no entré en plantilla hasta el 46, gracias á D. Juan -Martín Carramolino. Bien te acordarás. Tú estabas por debajo de mí; yo -te enseñé á poner una minuta en regla. El 54 tú entraste en la Milicia -Nacional; yo no quise, porque nunca me ha gustado la bullanga. Ahí -tienes el principio de tu buena fortuna y el de mi desdicha. Gracias al -morrión te plantaste de un salto en Jefe de Negociado de segunda, -mientras yo me estancaba en oficial primero... Parece mentira, -Francisco, que el sombrero influya tanto. Pues dicen que Pez debe su -carrera nada más que al chisterómetro de alas anchas y abarquilladas que -le da un aire tan solemne... Bien recuerdo que tú me decías: «Ramón, -ponte un chaleco de buen ver, que esto ayuda; gasta cuellos altos, muy -altos, muy tiesos, que te obliguen á engallar la cabeza con cierto aire -de importancia». Yo no te hice caso, y así estoy. Á Basilio, desde que -se encajó la levita inglesa, le empezaron á indicar para el ascenso, y -á mí se me antoja que las botas chillonas del amigo Montes, dando á su -personalidad un no sé qué de atrevido, insolente y _qué se me da á mi_, -han influído para que avance tanto... Sobre todo el sombrero, el -sombrero es cosa esencialísima, Francisco, y el tuyo me parece un -perfecto modelo... alto de copa y con hechura de trombón, el ala muy -semejante á la canaleja de un cura. Luego esas corbatas que tú te -permites... Si me colocan, me pondré una igual... Conque ya sabes: -oficial tercero: cualquier cosa: el quid está en firmar la nómina, en -ser algo, en que cuando entre yo aquí no me parezca que hasta las -paredes lloran compadeciéndome... Francisco, hormiga de esta casa, hazlo -por Dios y por tus hijos, tres de los cuales tienes ya bien colocados de -aspirantes con cinco mil, sin contar á Urbanito que se calza doce. Si mi -mujer fuera Pez en vez de ser rana, ¡ay! no estaría yo en seco. Parece -que lo tenéis en la masa de la sangre, y cuando nacen tus nenes y -sueltan el primer lloro de la vida, en vez de ponerles la teta en la -boca, les ponen el _estado Letra A, Sección octava_, del Presupuesto. -Adiós; interésate por mí, sácame de este pozo en que me he caído... No -quiero molestarte; tienes que hacer. Yo también estoy atareadísimo. -Abur, abur». - -No se crea que se iba mi hombre á la calle. Atraído de irresistible -querencia, se lanzaba otra vez, jadeante, á la fatigosa ascensión por -la escalera, y llegaba sin aliento á Secretaría. Allí cierto día se -encontró una novedad. Los porteros, que comúnmente le franqueaban la -entrada, le detuvieron, disimulando con insinuaciones piadosas la orden -terminante que tenían de no dejarle pasar. «Don Ramón, váyase á su casa, -y descanse y duerma para que se le despeje ese meollo. El Jefe está -encerrado y no recibe á nadie». Irritóse Villaamil con la desusada -consigna y aun quiso forzarla, alegando que no debía regir para él. La -capa del infeliz cesante barrió el suelo de aquí para allí, y aun -tuvieron los ordenanzas que ponerle el sombrero, desprendido de su -cabeza venerable. «Bien, Pepito Pez, bien--decía el infeliz, respirando -con dificultad;--así pagas á quien fué tu jefe, y te tapó muchas faltas. -En donde menos se piensa salta un ingrato. Basta que yo te haya hecho -mil favores, para que me trates como á un negro. Lógica puramente -humana... Quedamos enterados. Adiós... ¡Ah! (volviéndose desde la -puerta), dígale usted al Jefe del Personal, al D. Soplado ése, que usted -y él se pueden ir á escardar cebollinos». - - - - -XXXIV - - -Pecho á los escalones, y otra vez al piso segundo, á la oficina de -Pantoja. Cuando entró, Guillén, Espinosa y otros badulaques estaban muy -divertidos viendo las aleluyas que el primero había compuesto, una serie -de dibujillos de mala muerte, con sus pareados al pie, ramplones, -groseros y de mediano chiste, comprendiendo la historia completa de -Villaamil desde su nacimiento hasta su muerte. Argüelles, que no veía -con buenos ojos las groseras bromas de Guillén, se apartaba del corrillo -para atender á su trabajo. Rezaba la aleluya que el Sr. de _Miau_ había -nacido en Coria, garrafal dislate histórico, pues vió la luz en tierra -de Burgos; que desde el vientre de su madre pretendía, y que el ombligo -se lo ataron con balduque. Entre otras particularidades, decía la -ilustrada crónica, con dudosa gramática: _En vez de faja y pañales,--le -envuelven en credenciales_; y más adelante: _Pide teta con afán,--y un -Presupuesto le dan_. Luego, cuando el digno funcionario llega á la mayor -edad, _Henchido de amor sin tasa,--con Zapaquilda se casa_; y á poco de -estrenada la vida matrimonial empiezan los apuros. El desmantelado hogar -de Villaamil se caracteriza en este elegante dístico: _Cuando faltan -patacones,--se dan á cazar ratones_... Pero en lo que el inspirado -coplero explaya su numen, es en la pintura de los sublimes trabajos -villaamilescos: _Modelo de asiduidaz,--inventa el_ INCOME TAZ... _Al -Ministro le presenta--sus planes sobre la renta_... _El Jefe, al ver el_ -INCOMIO,--_me le manda á un manicomio_. Por fin le arroja el poeta estas -flores: _Su existencia miserable--la sostiene con el sable_; y por aquí -seguía hasta suponer el glorioso tránsito del héroe: _Le dan al fin la -ración,--y muere del alegrón_... _Los gatos, cuando se mueren,--dicen -todos: Miserere_...» - -Al ver á Villaamil escondieron el nefando pliego, pero con hilaridad mal -reprimida denunciaban la broma que traían y su objeto. Ya otras veces el -infeliz cesante pudo notar que su presencia en la oficina (faltando de -ella Pantoja) producía un recrudecimiento en la sempiterna chacota de -aquellos holgazanes. Las reticencias, las frases ilustradas con -morisquetas al verle entrar, la cómica seriedad de los saludos le -revelaron aquel día que su persona y quizás su desventura motivaban -impertinentes chanzas, y esta certidumbre le llegó al alma. El enredijo -de ideas que se había iniciado en su mente, y la irritación producida en -su ánimo por tantas tribulaciones, encalabrinaban su amor propio; su -carácter se agriaba; la ingénita mansedumbre trocábase en displicencia y -el temple pacífico en susceptibilidad camorrista. - ---Á ver, á ver--gruñó, acercándose al grupo con muy mal gesto.--Me -parece que se ocupaban ustedes de mí... ¿Qué papelotes son esos que -guarda Guillén?... Señores, hablemos claro. Si alguno de ustedes tiene -que decirme algo, dígamelo en mis barbas. Francamente, en toda la casa -noto que se urde contra mí una conjuración de calumnias; se trata de -ponerme en ridículo, de indisponerme con los jefes, de presentarme al -señor Ministro como un hombre grotesco, como un... ¡Y he de saber quién -es el canalla, quién...! ¡Maldita sea su alma! (terciándose la capa, y -pegando fuerte puñetazo en la mesa más próxima). - -Quedáronse todos fríos y mudos, porque no esperaban en Villaamil aquel -rasgo de dignidad. _El caballero de Felipe IV_ fué el primero que se -explicó aquel súbito cambio de temperamento, por un desequilibrio -mental. Además de que odiaba profundamente á Guillén, sentía lástima de -su amigo, y echándole el brazo por encima del hombro, le rogó que se -tranquilizara, añadiendo que donde él estuviera, nadie osaría zaherir á -persona tan respetable. Mas no se calmaba Villaamil con estas razones, -porque vió al maldito Guillén aguantando la risa con la cara pegada al -pupitre, y en un arrebato de cólera se fué á él, y con ahogada y trémula -voz le dijo: - ---Sepa usted, cojitranco de los infiernos, que de mí no se ríe nadie... -Ya sé, ya sé que ha hecho usted unos estúpidos versos y unos mamarrachos -ridiculizándome. En Aduanas he oído que si yo propuse ó no propuse al -Ministro el _income tax_... y si me mandó ó no me mandó á un manicomio. - ---¿Yo?... D. Ramón... ¡qué cosas tiene!--replicó Guillén cortado y -cobarde.--Yo no he hecho las aleluyas; las hizo Pez Cortázar, el de -Propiedades, y Urbano Cucúrbitas es el que las ha enseñado por ahí. - ---Pues hágalas quien las hiciere, el autor de esa porquería es un -marrano que debiera estar en un cubil. Me ultrajan porque me ven caído. -¿Es eso de caballeros? Á ver, respóndanme. ¿Es eso de personas -regulares? - -El santo varón giró sobre sí mismo, y se sentó, quebrantadísimo de aquel -esfuerzo que acababa de hacer. Siguió murmurando, como si hablara á -solas: «Es que por todos los medios se proponen acabar conmigo, -desautorizarme, para que el Ministro me tenga por un ente, por un -visionario, por un idiota». - -Exhalando suspiros hondísimos, encajó la quijada en el pecho y así -estuvo más de un cuarto de hora sin pronunciar palabra. Los demás -callaban, mirándose de reojo, serios, quizás compadecidos, y durante un -rato no se oyó en la oficina más que el rasgueo de la pluma de -Argüelles. De pronto, el chillar de las botas de Pantoja anunció la -aproximación de este personaje. Todos afectaron atender á la faena, y el -jefe de la sección entró con las manos cargadas de papeles. Villaamil no -alzó la cabeza para mirar á su amigo ni parecía enterarse de su -presencia. - ---Ramón--dijo Pantoja en afectuoso tono, llamándolo desde su -asiento.--Ramón... pero Ramón... ¿qué es eso? - -Y por fin el amigo, dando otro suspirazo como quien despierta de un -sueño, se levantó y fué hacia la mesa con paso claudicante. - ---Pero no te pongas así--le dijo D. Ventura quitando legajos de la silla -próxima para que el otro se sentara.--Pareces un chiquillo. En todas las -oficinas hablan de ti, como de una persona que empieza á pasearse por -los cerros de Úbeda... Es preciso que te moderes, y sobre todo -(amoscándose un poco), es preciso que cuando se hable de planes de -Hacienda y de la confección de los nuevos Presupuestos, no salgas con la -patochada del _income tax_... Eso está muy bueno para artículos de -periódico (con desprecio), ó para soltarlo en la mesa del café, delante -de cuatro tontos perdularios, de esos que arreglan con saliva el -presupuesto de un país y no pagan al sastre ni á la patrona. Tú eres -hombre serio y no puedes sostener que nuestro sistema tributario, fruto -de la experiencia... - -Levantóse Villaamil como si en la silla hubiera surgido agudísimo -punzón, y este movimiento brusco cortó la frase de Pantoja, que sin dada -iba á rematarla en estilo administrativo, más propio de la _Gaceta_ que -de humana boca. Quedóse el buen Jefe de sección archipasmado al ver que -la faz de su amigo expresaba frenética ira, que la mandíbula le -temblaba, que los ojos despedían fuego; y subió de punto el pasmo al oir -estas airadas expresiones: - ---Pues yo te sostengo... sí, por encima de la cabeza de Cristo lo -sostengo... que mantener el actual sistema es de jumentos rutinarios... -y digo más, de chanchulleros y tramposos... Porque se necesita tener un -dedo de telarañas en los sesos para no reconocer y proclamar que el -_income tax_, impuesto sobre la renta ó como quiera llamársele, es lo -único racional y filosófico en el orden contributivo... y digo más: digo -que todos los que me oyen son un atajo de ignorantes, empezando por ti, -y que sois la calamidad, la polilla, la ruina de esta casa y la filoxera -del país, pues le estáis royendo y devorando la cepa, majaderos mil -veces. Y esto se lo digo al Ministro si me apura, porque yo no quiero -credenciales, ni colocación, ni derechos pasivos, ni nada; no quiero más -que la verdad por delante, la buena administración, y conciliar... -compaginar... armonizar (golpeando los dos dedos índices uno contra -otro) los intereses del Estado con los del contribuyente. Y el -mastuerzo, canalla, que diga que yo quiero destinos, se verá conmigo de -hombre á hombre, aquí ó en mitad de la calle, junto al Dos de Mayo, ó en -la pradera del Canal, á media noche, sin testigos... (dando terribles -gritos, que atrajeron á los empleados de la oficina inmediata). Claro, -me toman por un mandria porque no me conocen, porque no me han visto -defendiendo la ley y la justicia contra los infames que en esta casa la -atropellan. Yo no vengo aquí á mendigar una cochina credencial que -desprecio; yo me paso por las narices á toda la casa, y á vosotros, y al -Director, y al Jefe del Personal, y al Ministro; ¡yo no pido más que -orden, moralidad, economía...! - -Revolvió los ojos á una parte y otra, y viéndose rodeado de tantas -caras, alzó los brazos como si exhortara á una muchedumbre sediciosa, y -lanzó un alarido salvaje gritando: «¡Vivan los presupuestos nivelados!» - -Salió de la oficina, arrastrando la capa y dando traspiés. El buen -Pantoja, rascándose con el gorro, le siguió con mirada compasiva, -mostrando sincera aflicción. «Señores--dijo á los suyos y á los -extraños, agrupados allí por la curiosidad,--pidamos á Dios por nuestro -pobre amigo, que ha perdido la razón». - - - - -XXXV - - -No eran las once de la mañana del día siguiente, día último de mes, por -más señas, cuando Villaamil subía con trabajo la escalera encajonada del -Ministerio, parándose á cada tres ó cuatro peldaños para tomar aliento. -Al llegar á la entrada de la Secretaría, los porteros, que la tarde -anterior le habían visto salir en aquella actitud lamentable que -referida está, se maravillaron de verle tan pacífico, en su habitual -modestia y dulzura, como hombre incapaz de decir una palabra más alta -que otra. Desconfiaban, no obstante, de esta mansedumbre, y cuando el -buen hombre se sentó en el banco, duro y ancho como de iglesia, y arrimó -los pies al brasero próximo, el portero más joven se acercó y le dijo: - ---Don Ramón, ¿para qué viene por aquí? Estése en su casa y cuídese, que -tiempo tiene de rodar por estos barrios. - ---Puede que tengas razón, amigo Ceferino. En mi casa metidito, y acá se -las arreglen estos señores como quieran. ¿Yo qué tengo que ver? Verdad -que el país paga los vidrios rotos, y no puede uno ver con indiferencia -tanto desbarrar. ¿Sabes tú si han llevado ya al Ministro el nuevo -Presupuesto ultimado? No sabes... Verdad, ¡á ti que más te da! Tú no -eres contribuyente... Pues desde ahora te digo que el nuevo Presupuesto -es peor que el vigente, y todo lo que hacen aquí una cáfila de -barbaridades y despropósitos. Ahí me las den todas. Yo en mi casa tan -tranquilo, viendo cómo se desmorona este país, que podría estar nadando -en oro si quisieran. - -Á poco de soltar esta perorata, el pobre cesante se quedó solo, -meditando, la barba en la mejilla. Vió pasar algunos empleados conocidos -suyos; pero como no le dijeron nada, no chistó. Consideraba quizás la -soledad que se iba formando en torno suyo, y con qué prisa se desviaban -de él los que fueron sus compañeros y hasta poco antes se llamaban sus -amigos. «Todo ello--pensó con admirable observación de sí -mismo--consiste en que mis desgracias me han hecho un poco extravagante, -y en que alguna vez la misma fuerza del dolor es causa de que se me -escapen frases y gestos que no son de hombre sesudo, y contradicen mi -carácter y mi... ¿cómo es la palabreja?... ¡ah! mi idiosincrasia... -¡Todo sea por Dios!» - -Distrájole de su meditación un amigo que entraba, y que se fué derecho á -él en cuanto le vió. Era Argüelles, _el padre de familia_, envuelto en -su capa negra, ó más bien ferreruelo, el sombrerete ladeado á la -chamberga, el bigote retorcido, la perilla enhiesta y erizada por el -roce del embozo. Antes de subir á Contribuciones solía entrar un rato -en el Personal, para desahogar las penas de su alma con un amigo que le -daba cuenta de todo, y así alimentaba sus ilusiones de un próximo -ascenso. - ---¿Qué hace usted por aquí, amigo Villaamil?--le dijo en el tono que se -emplea con los enfermos graves.--¿Quiere usted que tomemos café? Pero -no; quizás el café le sentará mal. Hay que cuidarse, y si vale mi -consejo, haría usted muy bien en no parecer por esta _posá del Peine_ en -muchos días. - ---¿Adónde vamos? (levantándose). - ---Al Personal. Echaremos un parrafillo con Sevillano, que nos enterará -de los nombramientos del día. Venga usted. - -Y se internaron por luengo corredor, no muy claro, que primero doblaba -hacia la derecha, después á la izquierda. Á lo largo del pasadizo -accidentado y misterioso, las figuras de Villaamil y de Argüelles -habrían podido trocarse, por obra y gracia de hábil caricatura, en las -de Dante y Virgilio buscando por senos recónditos la entrada ó salida de -los recintos infernales que visitaban. No era difícil hacer de D. Ramón -un burlesco Dante por lo escueto de la figura y por la amplia capa que -le envolvía; pero en lo tocante al poeta, había que substituirle con -Quevedo, parodiador de la _Divina Comedia_, si bien el bueno de -Argüelles, más semejanza tenía con el _Alguacil alguacilado_ que con el -gran vate que lo inventó. Ni Dante ni Quevedo soñaron, en sus -fantásticos viajes, nada parecido al laberinto oficinesco, al campaneo -discorde de los timbres que llaman desde todos los confines de la vasta -mansión, al abrir y cerrar de mamparas y puertas, y al taconeo y -carraspeo de los empleados que van á ocupar sus mesas colgando capa y -hongo; nada comparable al mete y saca de papeles polvorosos, de vasos de -agua, de paletadas de carbón, á la atmósfera tabacosa, á las órdenes -dadas de pupitre á pupitre, y al tráfago y zumbido, en fin, de estas -colmenas donde se labra el panal amargo de la Administración. Metiéronse -Villaamil y su guía en un despacho donde había dos mesas y una sola -persona, que en aquel momento se mudaba el sombrero por un gorro de pana -morada, y las botas por zapatillas. Era Sevillano, oficial de -secretaría, buen mozo, aunque algo machucho, bien quisto en la casa, con -fama de cuquería. Saludó el tal á Villaamil con recelo, mirándole mucho -á la cara: «Vamos tirando,» contestó el cesante eterno, y ocupó una -silla junto á la mesa. - ---¿De lo mío nada...?--dijo Argüelles, usando una fórmula interrogativa -y afirmativa á la vez. - ---Nada--replicó el presumido Sevillano, que al ponerse delante de la -mesa, parecía movido del deseo de que le vieran las zapatillas bordadas -y de que admiraran su breve pie,--lo que se llama nada. Ni te han -propuesto ni ese es el camino. - ---No me coge de nuevo--gruñó el otro soltando capa y sombrero, como si -quisiera oponer á la publicidad de las zapatillas de Sevillano la -exhibición de sus encrespadas melenas.--Ese perro de Pantoja me ha -engañado ya tres veces, y me engañará la cuarta si no le doy la -morcilla. Yo lo paso todo, con tal que no me eche el pie adelante ese -gorgojo repulsivo de Guillén. ¡Vamos, si le ascienden á él antes que á -mí; si un _padre de familia_ cargado de hijos y que lleva todo el peso -de la oficina, se ve pospuesto á ese aborto inútil que mata el tiempo -pintando monos...! (Volviéndose á Villaamil en solicitud de su -aquiescencia.) ¿Tengo razón ó no tengo razón? ¿Le parece á usted que -después de tantos años en este empleo, todavía les parezca temprano para -darme el ascenso, y en cambio se lo den á ese coco, mamarracho, mal -hombre y peor amigo, que además no sabe poner una minuta? - ---Cabalmente, cabalmente por eso, por ser una inutilidad--afirmó -Villaamil con inmenso pesimismo,--tiene asegurada su carrera. - ---Yo me sublevo--declaró con rabia _el caballero de Felipe IV_ dando una -patada.--Si ascienden á ése antes que á mí, me voy al Ministro y le -digo... vamos, le suelto una frescura. Esto es peor que insultarle á uno -y escupirle la cara. Sí, porque tanto polaquismo requema la sangre, y le -entran á uno ganas de echarse la moral á la espalda y casarse con Judas. -Esa garrapata de Guillén, con sus chuscadas y sus versitos y sus -porquerías, se ha hecho popular aquí. Le ríen las gracias estúpidas... -Todos tenemos algo de culpa en darle alas, lo reconozco... Yo le aseguro -á usted, amigo D. Ramón, que no volverá á enseñar delante de mí sus -monigotes. Ya le diré yo cuántas son cinco, ya le diré... - -Argüelles se detuvo, creyendo ver en el rostro de Villaamil señales de -excitación; pero, contra lo que temía, el anciano escuchaba sereno, no -mostrándose lastimado por el recuerdo de las groseras burlas. - ---Dejarle, dejarle--contestó.--Por mi parte, sé sobreponerme á esas -majaderías. Acuérdese usted; ayer, al enterarme de que se burlaban de -mí, no dije esta boca es mía; ¿verdad que no? Estas cosas se desprecian, -y nada más. Después me tropecé en la calle con el chico de Cucúrbitas, -Urbanito, el cual está en Aduanas, y me contó que allí había ido Guillén -con las aleluyas, que son una pura sandez. Ni siquiera hay un chiste en -ellas. Que si, de niño, en vez de envolverme en pañales, me envolvían en -nóminas... que si le propuse al Ministro el _income tax_... Y á él, -pregunto yo ahora, á él, el muy asno, ¿qué le va ni le viene con que yo -proponga el _income tax_? ¿Qué entiende él de esas materias tan -superiores al entendimiento de un escuerzo sietemesino? Luego dice que -doy sablazos... calumnia infame, porque si en las horribles trinquetadas -que paso, la necesidad me impulsa á pedir el auxilio de un amigo, eso no -quiere decir que sea yo un petardista. Pero estas injurias hay que -llevarlas con muchísima paciencia, y no dar al infame denostador ni -siquiera el gusto de nuestras quejas, porque se engreiría del mal que -hace. Desprecio, indiferencia, y que vomite veneno hasta que se le seque -el alma. ¡Ah! yo no obsequiaré nunca á esos reptiles con el favor de mis -miradas. Y á ese tal le he dado yo calor en mi seno, vean ustedes, -porque él va á mi casa, adula á mi familia, se bebe mi vino, y allí -parece que nos quiere á todos como hermanos. ¡Valiente bicharraco!... Y -digo más: digo que Pantoja también tiene algo de culpa, porque le -permite perder el tiempo en hacer estas porquerías... Todos sus -mamarrachos los conozco lo mismo que si los hubiera visto, pues Urbanito -no omitió detalle. Pasa por tonto este chico; pero yo afirmo que tiene -mucho talento, y lo que es á memoria no hay quien le gane. Díjome -también que con las iniciales de los títulos de mis cuatro Memorias ha -compuesto Guillén el mote de Miau, que me aplica en las aleluyas. Yo lo -acepto. Esa M, esa I, esa A y esa U, son, como el _Inri_, el letrero -infamante que le pusieron a Cristo en la cruz... Ya que me han -crucificado entre ladrones, para que todo sea completo, pónganme sobre -la cabeza esas cuatro letras en que se hace mofa y escarnio de mi gran -misión. - - - - -XXXVI - - -Sevillano y Argüelles, que al principio le habían oído con algo de -respeto, en cuanto oyeron aquella salida, titubearon entre la compasión -y la risa, prevaleciendo al fin la primera, que expresó Sevillano en -esta forma: - ---Hace bien usted en despreciar tales miserias. Nada más repugnante que -hacer burla de un hombre digno y desgraciado. Aquí me trajeron también -los muñecos esos; pero no los quise ver... Ahora, si ustedes quieren, -tomaremos café. - -Entró el mozo con el servicio; Villaamil rehusó cortésmente el obsequio, -y los otros dos se sentaron para tomar á gusto, en vaso muy colmadito, -el brebaje aromático que es alegría y consuelo de las oficinas. - ---Pues le he de decir á usted--manifestó el cesante con la serenidad de -un hombre dueño de sus facultades,--que se vaya usted haciendo á la -injusticia, que se familiarice con las bofetadas y se acostumbre á la -idea de ver á ese piojo pasándole por delante. La lógica española no -puede fallar. El pillo delante del honrado; el ignorante encima del -entendido; el funcionario probo debajo, siempre debajo. Y agradezca -usted que en premio de sus servicios no le limpian el comedero... que no -sé, no sé si sacar también esa consecuencia lógica. - ---Armo un tiberio, créalo usted, lo armo, pero gordo--dijo el _padre de -familias_ entre sorbo y sorbo.--Como le asciendan antes que á mí, crea -usted que todo el Colegio de Sordomudos me tendrá que oir. - ---Le oirá y callará, y no habrá más remedio que conformarse. Véase mi -raciocinio (acercando su silla á las de los bebedores de café). ¿Quién -le apoya á usted? Nadie; y digo nadie, porque no le apoya ninguna mujer. - ---Eso es verdad, - ---Bueno. Cuando veo un nombramiento absurdo, pregunto: _¿quién es ella?_ -Porque es probado; siempre que una nulidad se sobrepone á un empleado -útil, ponga usted el oído y escuchará rumor de faldas. ¿Apostamos á que -sé quién ha pedido el ascenso del cojo? Pues su prima, la viuda del -comandantón aquel que está en Filipinas, esa tal Enriqueta, frescachona, -más suelta que las gallinas, de la cual se dice si tuvo que ver ó no -tuvo que ver con nuestro egregio Director. Ahora, sabiendo á qué -aldabas se agarra ese morral de Guillén, ayúdenme ustedes á sentir. -Nada, el amigo Argüelles, con toda su prole arrastras, se quedará -ladrando de hambre, y el otro ascenderá, y ole morena. - -Sevillano confirmaba con una sonrisa las acres observaciones del -trastornado Villaamil, que no lo parecía al decir cosas tan á pelo; y el -_caballero de Felipe IV_ se atusaba sus engrasadas melenas y se retorcía -el bigote, dándole á la perilla tales tirones, que á poco más se la -arranca de cuajo. - ---Lo vengo diciendo hace tiempo, ¡cáscaras! Se necesita no tener -vergüenza para servir á este cabrón del Estado. Y ya que el amigo -Villaamil está hoy de buena pasta, le diremos una cosa que no sabe. -¿Quién recomendó á Víctor Cadalso para que echaran tierra al expediente -y encimita le encajaran un ascenso? - ---Ello debe de ser cosa de hembras; alguna joven sensible que ande por -ahí, porque Víctor las atrapa lindamente. - ---Le apoyaron dos Diputados--dijo Sevillano:--hicieron fuerza de vela -sin conseguir nada, hasta que vino presión por alto... - ---Pero si me ha dicho Ildefonso Cabrera--observó el viejo -acalorándose--que ese pelele está liado con marquesas, duquesas y cuanta -señorona hay en la alta sociedad... - ---No haga usted caso, D. Ramón--indicó Argüelles.--Si, después de todo, -su yerno de usted es un cursi... así como suena, un cursilón. No se ve -ya un mozo verdaderamente elegante, como los de mi tiempo. Ríase usted -de todas esas conquistas de Víctor, que no tiene más amparo que el de mi -vecina. En el principal de mi casa vive un marqués... no me acuerdo del -título; es valenciano y algo así como Benengeli, algo que suena á -morisco. Este marqués tiene una tía, dos veces viuda... una criatura, -como quien dice... Mi mujer, que ya pasó de los cincuenta, asegura que -estando ella de corto (mi mujer, se entiende), conoció á esa señora en -Valencia, ya casada. En fin, que los sesenta y pico no hay quien se los -quite, y aunque debió de ser buena moza, ya no hay pintura que la salve -ni remiendo que la enderece. - ---Y cuando menos, mi yernecito ha seducido toda esa inocencia. - ---Aguárdese usted. Es cosa pública en Valencia que el tiburón ese se -enamoriscó de Cadalso, y él... también la quiso, por supuesto, con su -cuenta y razón. Vinieron juntos á Madrid; enredito allá, enredito aquí. -Á mí nadie tiene que contármelo, pues le veo en la calle, esperando á la -abuela, porque los marqueses no le permiten entrar en la casa. Ella sale -en su coche, muy emperejilada, toda fofa y hueca, con unas témporas así, -todo postizo, se entiende, y la cara con más pintura que el _Pasmo de -Sicilia_... Se para en la esquina de Relatores, y allí entra el terror -de las doncellas y se van qué sé yo adónde... Y me ha contado el lacayo, -que es vecino mío en el sotabanco de la izquierda, que casi todos los -días recibe carta la tarasca, y en seguida le larga á su nene tres -pliegos... El lacayo echa las cartas al correo, y me cuenta lo que dice -el sobre y las señas... Quiñones, 13, segundo. - ---Si yo me sorprendiera de esto--declaró Villaamil entre risueño y -desdeñoso,--sería un niño de teta. ¡Y esa fantasma ha venido aquí, al -templo de la Administración (indignándose), á arrojar sobre el Estado la -ignominia de sus recomendaciones en favor de un perdis...! - ---No, por aquí no ha parecido, ni lo necesita--apuntó Sevillano.--Con el -teclado de sus relaciones, mueven ésas todo el Ministerio, sin poner los -pies en él. - ---Les basta decir una palabrita á cualquier pájaro gordo. Luego descarga -aquí la nota... - ---De esas que no piden, sino mandan. - ---Á raja tabla... Hágase... Y hecho está, y ole morena,.. No sería malo -un buen pararrayos para esas chispas, un Ministro de carácter. ¿Pero -dónde está ese Mesías? (dándose fuerte puñetazo en la rodilla). La -condenada Administración es una hi de mala hembra con la que no se puede -tener trato sin deshonrarse... Pero los que tienen hijos, amigo -Argüelles, ¿qué han de hacer sino prostituirse? Á ver, búsquese usted -por ahí un felpudito que le ampare. Usted tiene todavía buen ver. Á poco -que se emperifolle, le salen las conquistas así... y le pica en el -anzuelo una lamprea con conchas... Animarse, pollo... ¡Pues si yo -tuviera veinte años menos...! - -Sevillano se reía, y Argüelles se pavoneaba henchido de fatuidad, -enroscándose aquella birria de bigote pintado... No parecía echar en -saco roto la exhortación, porque la edad no le había curado de su -vanidad de Tenorio. - ---Francamente, señores--manifestó con acento de hombre muy -corrido,--nunca me ha gustado el amor como negocio... El amor por el -amor. Ni con dinero encima cargo yo con una res como esa de Víctor, -contemporánea del andar á pie, y que todo lo tiene postizo, todo -absolutamente, créanme ustedes. - ---¡Fuera remilgos, y á ellas!--dijo Villaamil, á quien le había entrado -hilaridad nerviosa.--No están los tiempos para hacer _fu_ á nada... Este -_padre de familias_ es terrible. No le gustan más que las doncellitas -tiernas. - ---Pues de broma ha dicho usted la verdad. De quince á veinte. Lo demás -para bobos. - ---¡Vamos, que si le cayera á usted un pimpollo como ese de Víctor!... -Porque la tal debe de tener guita, y á su vera no hay bolsillo vacío... -Ahora me explico que mi yerno, cuando se le acabaron los dineros que -afanó por el enjuague de Consumos, gastaba del capítulo de guerra de -esa vejancona... ¡Vamos (dándose otro palmetazo en la rodilla), que -vivimos en una condenada época en que no podemos ni siquiera -avergonzarnos, porque el estiércol, la condenada costra de estiércol que -llevamos en la cara nos lo impide! - -Levantóse para salir. Argüelles suspiró y con un gesto despidióse de -Sevillano, que se puso á trabajar antes de que salieran. - ---Vamos á la oficina--dijo el caballero alguacilado, embozándose en el -ferreruelo, cogiendo del brazo á su amigo é internándose por los -pasillos;--que ese mal bicho de Pantoja me chillará si tardo. ¡Qué vida, -D. Ramón, qué vida!... Y á propósito. ¿No observó usted que mientras -hablábamos de la señora que protege á Víctor, Sevillano no chistaba? Es -que también él se calza á una momia... sí... ¿no sabía usted? la viuda -de aquel Pez y Pizarro que fué Director de Loterías en la Habana, primo -de nuestro amigo D. Manuel. Eso lo saben hasta los perros... y ella le -protege, le regala cada dos años su ascensito. - ---¿Qué me dice usted? (parándose y mirándole cara á cara, en una actitud -propiamente dantesca). Conque Sevillano... Sí; ya decía yo que ese chico -iba demasiado aprisa. Era yo Jefe de Negociado, cuando entró de -aspirante con cinco mil... - -Se persignó y siguieron hasta Contribuciones. Pantoja y los demás -recibieron al sufrido cesante con sobresalto, temerosos de una escena -como la del día anterior. Pero el anciano les tranquilizó con su -apacible acento y la serenidad relativa de su rostro. Sin dignarse mirar -a Guillén, fué á sentarse junto al Jefe, á quien dijo de manos á boca: - ---Hoy me encuentro muy bien, Ventura. He descansado anoche, me despejé, -y estoy hasta contento, me lo puedes creer, echando chispas de contento. - ---Más vale así, hombre, más vale así--repuso el otro observándole los -ojos.--¿Qué traes por acá? - ---Nada... la querencia... hoy estoy alegre... ya ves cómo me río -(riendo). Es posible que hoy venga por última vez, aunque... te lo -aseguro... me divierte, me divierte esta casa. Se ven aquí cosas que le -hacen á uno... morir de risa. - -El trabajo concluyó aquel día más pronto que de ordinario, porque era -día de paga, la fecha venturosa que pone feliz término á las angustias -del fin de mes, abriendo nueva era de esperanzas. El día de paga hay en -las salas de aquel falansterio más luz, aire más puro y un no sé qué de -diáfano y alegre que se mete en los corazones de los infelices -jornaleros de la Hacienda pública. - ---Hoy os dan la paga--dijo Villaamil á su amigote, suspendiendo aquel -reir franco y bonachón de que afectado estaba. - -Ya se conocía en el ruido de pisadas, en el sonar de timbres, en el -movimiento y animación de las oficinas, que había empezado la operación. -Cesaba el trabajo, se ataban los legajos, eran cerrados los pupitres, y -las plumas yacían sobre las mesas entre el desorden de los papeles y las -arenillas que se pegaban á las manos sudorosas. En algunos -departamentos, los funcionarios acudían, conforme les iban llamando, al -despacho de los habilitados, que les hacían firmar la nominilla y les -daban el trigo. En otros, los habilitados mandaban un ordenanza con los -santos cuartos en una hortera, en plata y billetes chicos, y la -nominilla. El Jefe de la sección se encargaba de distribuir las raciones -de metálico y de hacer firmar á cada uno lo que recibía. - - - - -XXXVII - - -Es cosa averiguada que cuando Villaamil vió entrar al portero con la -horterita aquélla, se excitó mucho, acentuando su increíble alegría, y -expresándola de campechana manera. «¡Anda, anda, qué cara ponéis -todos!... Aquí está ya el santo advenimiento... la alegría del mes... -San Garbanzo bendito... ¡Pues apenas vais á echar mal pelo con tantos -dinerales!... - -Pantoja empezó á repartir. Todos cobraron la paga entera, menos uno de -los aspirantes, á quien entregó el Jefe el pagaré otorgado á un -prestamista, diciendo: «Está usted cancelado», y Argüelles recibió un -tercio no más, por tener retenido lo restante. Cogiólo torciendo el -gesto, echando la firma en la nominilla con rasgos que declaraban su -furia; y después, el gran Pantoja se guardó su parte pausada y -ceremoniosamente, metiendo en su cartera los billetes, y los duros en el -bolsillo del chaleco, bien estibaditos para que no se cayesen. Villaamil -no le quitaba ojo mientras duró la operación, y hasta que no desapareció -la última moneda no dejó de observarle. Le temblaba la mandíbula, le -bailaban las manos. - ---¿Sales?--dijo á su amigo, levantándose.--Nos iremos de paseo. Yo tengo -hoy... muy buen humor...¿no ves?... Estoy muy divertido... - ---Yo me quedo un rato más--respondió el _honrado_, que deseaba quitarse -de encima aquella calamidad.--Tengo que ir un rato á Secretaría. - ---Pues quédate con Dios... Me largo de paseo... Estoy contentísimo... y -de paso, compraré unas píldoras. - ---¿Píldoras? Te sentarán bien. - ---¡Ya lo creo!... Abur; hasta más ver. Señores, que sea por muchos -años... Y que aproveche... Yo bueno, gracias... - -En la escalera de anchos peldaños desembocaban, como afluentes que -engrasan el río principal, las multitudes que á la misma hora chorreaban -de todas las oficinas. Contribuciones y Propiedades descargaban su -personal en el piso segundo; descendía la corriente uniéndose luego á la -numerosa grey de Secretaría, Tesoro y Aduanas. El humano torrente, -haciendo un ruido de mil demonios de peldaño en peldaño, apenas cabía en -la escalera, y mezclábanse los pisotones con la charla gozosa y -chispeante de un día de paga. En los oídos de Villaamil añadíase al -murmullo inmenso el tintineo de los duros, recién guardados en tanta -faltriquera. Pensó que el metal de los pesos debía de estar frío aún; -pero se calentaría pronto al contacto del cuerpo, y aun se derretiría al -de las necesidades. Al llegar al vasto ingreso que separa del pórtico la -escalera, veíanse en los patios de derecha ó izquierda afluir las -muchedumbres de Impuestos, Tesorería y Giro Mutuo, y antes de llegar á -la calle, las corrientes se confundían. Las capas deslucidas abundaban -más que los raídos gabanes; pero también los había flamantes, y -chisteras lustrosas, destacándose entre la muchedumbre de hongos -chafados y verdinegros. El taconeo ensordecía la casa, y Villaamil oía -siempre, por cima del rumor de pisadas, aquel tintín de las piezas de -cinco pesetas. «Hoy--se dijo, echando toda su alma en un suspiro--han -dado casi toda la paga en duros nuevecitos, y algo en pesetas dobles con -el cuño de Alfonso». - -Al desaguar la corriente en la calle, iba cesando el ruido, y el -edificio se quedaba como vacío, solitario, lleno de un polvo espeso -levantado por las pisadas. Pero aun venían de arriba destacamentos -rezagados de las multitudes oficinescas. Sumaban entre todos tres mil, -tres mil pagas de diversa cuantía, que el Estado lanzaba al tráfico -devolviendo por modo parabólico al contribuyente parte de lo que sin -piedad le saca. La alegría del cobro, sentimiento característico de la -humanidad, daba á la caterva aquélla un aspecto simpático y -tranquilizador. Era sin duda una honrada plebe anodina, curada del -espanto de las revoluciones, sectaria del orden y la estabilidad, pueblo -con gabán y sin otra idea política que asegurar y defender la pícara -olla; proletariado burocrático, lastre de la famosa nave; masa -resultante de la hibridación del pueblo con la mesocracia, formando el -cemento que traba y solidifica la arquitectura de las instituciones. - -Embozábase Villaamil en su pañosa para resguardarse del frío callejero, -cuando le tocaron en el hombro. Volvióse y vió á Cadalso, quien le ayudó -á asegurar el embozo liándoselo al cuello. - ---¿Qué tiene usted... de qué se ríe usted? - ---Es que... estoy esta tarde muy contento... Á bien que á ti no te -importa. ¿No puede uno ponerse alegre cuando le da la real gana? - ---Sí... pero... ¿Va usted á casa? - ---Otra cosa que no es de tu incumbencia. ¿Tú adónde vas? - ---Arriba á recoger mi título... Yo también estoy hoy de enhorabuena. - ---¿Te han dado otro ascenso? No me extrañaría. Tienes la sartén por el -mango. Mira, que te hagan Ministro de una vez; acaba de ponerte el mundo -por montera antes que se acaben las carcamales. - ---No sea usted guasón. Digo que estoy de enhorabuena, porque me he -reconciliado con mi hermana Quintina y el salvaje de su marido. Él se -queda con aquella maldecida casa de Vélez-Málaga que no valía dos higos, -paga las costas, y yo... - ---Suma y van tres... Otra cosa que á mí me tiene tan sin cuidado como el -que haya ó no pulgas en la luna. ¿Qué se me da á mí de tu hermana -Quintina, de Ildefonso, ni de que hagáis ó no cuantas recondenadas paces -queráis? - ---Es que... - ---Anda, sube, sube pronto y déjame á mí. Porque yo te pregunto: ¿en qué -cochino bodegón hemos comido juntos? Tú por tu camino, lleno de flores; -yo por el mío. Si te dijera que con toda tu buena suerte no te envidio -ni esto... Más quiero honra sin barcos que barcos sin honra. Agur... - -No le dió tiempo á más explicaciones, y asegurándose otra vez el embozo, -avanzó hacia la calle. Antes de traspasar la puerta, le tiraron de la -capa, acompañando el tirón de estas palabras amigables: - ---¡Eh, simpático Villaamil, aunque usted no quiera!... - -Urbanito Cucúrbitas, pollancón rubio, ralo de pelo, estirado, zancudo y -con mucha nuez; semejante á vástago precoz de la raza gallinácea que -llaman Cochinchina; vestido con elegante traje á cuadros, cuello -larguísimo, de cucurucho, hongo claro; manos y pies inconmensurables, -muy limpio y la boca risueña, enseñando hasta los molares, que bien -podrían llamarse del juicio si alguno tuviera. - ---¡Hola, Urbanito!... ¿Has cobrado tu paga? - ---Sí, aquí la llevo (tocándose el bolsillo y haciendo sonar la plata); -casi todo en pesetas. Me voy á dar una vuelta por la Castellana. - ---¿En busca de alguna conquistilla?... Hombre feliz... Para ti es el -mundo. ¡Qué risueño estás! Pues mira; yo también estoy de vena hoy... -Dime, ¿y tus hermanitos, han cobrado también sus paguillas? Dichosos los -nenes á quienes el Estado les pone la teta en la boca, ó el biberón. Tú -harás carrera, Urbanito; yo sostengo que eres muy listo, contra la -opinión general que te califica de tonto. Aquí el tonto soy yo. -Merezco, ¿sabes qué?; pues que el Ministro me llame, me haga arrodillar -en su despacho y me tenga allá tres horas con una coroza de orejas de -burro... por imbécil, por haberme pasado la vida creyendo en la moral, -en la justicia y en que se deben nivelar los presupuestos. Merezco que -me den una carrera en pelo, que me pongan motes infamantes, que me -llamen _el señor de Miau_, que me hagan aleluyas con versos chabacanos -para hacer reir hasta á las paredes de la casa... No, si no lo digo en -son de queja; si ya ves... estoy contento, y me río... me hace una -gracia atroz mi propia imbecilidad. - ---Mire usted, querido D. Ramón (poniéndole ambas manos en los hombros). -Yo no he tenido arte ni parte en los monigotes. Confieso que me reí un -poco cuando Guillén los llevó á mi oficina; no niego que me entró -tentación de enseñárselos á mi papá, y se los enseñé... - ---Pero si yo no te pido explicaciones, hijo de mi alma. - ---Déjeme acabar... Y mi papá se puso furioso y á poco me pega. Total, -que enterado Guillén de las cosas que mi papá dijo, salió á espetaperros -de nuestra oficina, y no ha vuelto á parecer. Yo digo que ello puede -pasar como broma de un rato. Pero ya sabe usted que le respeto, que me -parece una tontería juntar las iniciales de sus cuatro Memorias que nada -significan, para sacar una palabra ridícula y sin sentido. - ---Poco á poco, amiguito (mirándole á los ojos). Á que la palabra _Miau_ -sea una sandez, no tengo nada que objetar; pero no estoy conforme con -que las cuatro iniciales no encierren una significación profunda... - ---¡Ah!... ¿sí? (suspenso). - ---Porque es preciso ser muy negado ó no tener pizca de buena fe para no -reconocer y confesar que la M, la I, la A y la U, significan lo -siguiente: _Mis... Ideas... Abarcan... Universo_. - ---¡Ah!... ya... bien decía yo... Don Ramón, usted debe cuidarse. - ---Si bien no faltará quien sostenga... y yo no me atrevería á -contradecirlo de plano... quien sostenga, quizás con algún fundamento, -que las cuatro misteriosas letras rezan esto: _Ministro... I... -Administrador... Universal_. - ---Pues mire usted, esa interpretación me parece una cosa muy sabia y con -muchísimo intríngulis. - ---Lo que yo te digo: hay que examinar imparcialmente todas las -versiones, pues éste dice una cosa, aquél sostiene otra, y no es fácil -decidir... Yo te aconsejo que lo mires despacio, que lo estudies, pues -para eso te da el Gobierno un sueldo, sin ir á la oficina más que un -ratito por la tarde, y eso no todos los días... Y que tus hermanitos lo -estudien también con el biberón de la nómina en los labios. Adiós; -memorias á papá. Dile que crucificado yo, por imbécil, en el madero -afrentoso de la tontería, á él le toca darme la lanzada, y á Montes la -esponja con hiel y vinagre, en la hora y punto en que yo pronuncie mis -Cuatro Palabras, diciendo: _Muerte... Infamante... Al... Ungido..._ Esto -de ungido quiere decir... para que te enteres... _lleno de basura_, ó -embadurnado todo de materias fétidas y asquerosas, que son el símbolo de -la zanguanguería, ó llámese principios. - ---Don Ramón... ¿va usted á su casa? ¿quiere que le acompañe? Tomaré un -coche. - ---No, hijo de mi alma; vete á tu paseíto. Yo me voy _pian pianino_. -Antes tengo que comprar unas píldoras... aquí en la botica. - ---Pues le acompañaré... y si quiere que veamos antes á un médico... - ---¡Médico! (riendo desaforadamente). Si en mi vida me he sentido más -sano, más terne... Déjame á mí de médicos. Con estas pildoritas... - ---De veras, ¿no quiere que le acompañe? - ---No, y digo más: te suplico que no lo hagas. Tiene uno sus secretillos, -y el acto, al parecer insignificante, de comprar tal ó cual medicina, -puede evocar el pudor. El pudor, chico, aparece donde menos se piensa. -¿Qué sabes tú si soy yo un joven, digo, un anciano disoluto? Conque vete -por tu camino, que yo tomo el de la farmacia. Adiós, niño salado, -chiquitín del Ministerio, diviértete todo lo que puedas; no vayas á la -oficina más que á cobrar; haz muchas conquistas; pica siempre muy alto; -arrímate á las buenas mozas, y cuando te lleven á informar un -expediente, pon la barbaridad más gorda que se te ocurra... Adiós, -adiós... Sabes que se te quiere. - -Fuese el pollancón por la calle de Alcalá abajo, y Villaamil, después de -cerciorarse de que nadie le seguía, tomó en dirección de la Puerta del -Sol, y antes de llegar á ella, entró en la que llamaba botica; es á -saber: en la tienda de armas de fuego que hay en el número 3. - - - - -XXXVIII - - -Notaban aquellos días doña Pura y su hermana algo desusado en las -maneras, en el lenguaje y en la conducta del buen Villaamil, que si en -actos de relativa importancia se mostraba excesivamente perezoso y -apático, en otros de ningún valor y significación desplegaba brutales -energías. Tratóse de la boda de Abelarda, de señalar fecha y de fijar -ciertos puntos á tan gran suceso pertinentes, y el hombre no dijo esta -boca es mía. Ni la bonita herencia de su futuro yerno (pues ya se había -llevado Dios al tío notario) le arrancó una sola de aquellas hipérboles -de entusiasmo que de la boca de doña Pura salían á borbotones. En -cambio, á cualquier tontería daba Villaamil la importancia de suceso -transcendente, y por si su mujer cerró la puerta con algún ruido -(resultado de lo tirantes que tenía los nervios), ó por si le habían -quitado, para ensortijarse la cabellera, un número de _La -Correspondencia_, armó un cisco que hubo de durar media mañana. - -También merece notarse que Abelarda acogió la formalización de su boda -con suma indiferencia, la cual, á los ojos de la primera _Miau_, era -modestia de hija modosa bien educada, sin más voluntad que la de sus -padres. Los preparativos, en atención al ahogo de la familia, habían de -ser muy pobres, casi nulos, limitándose á algunas prendas de ropa -interior, cuya tela se adquirió con un donativo de Víctor, del cual no -se dió cuenta á Villaamil para evitar susceptibilidades. Debo advertir -que desde la escena aquella en las Comendadoras, Víctor apenas paraba en -la casa. Rarísimas noches entraba á dormir, y comía y almorzaba fuera -todos los días. Los tertulios de la casa eran los mismos, excepto -Pantoja y familia, que escaseaban sus visitas, sin que doña Pura -penetrase la causa de este desvío, y Guillén, que definitivamente se -eclipsó, muy á gusto de las tres _Miaus_. Las repetidas ausencias de -Virginia Pantoja motivaron gran atraso en los ensayos de la pieza. Á la -señorita de la casa se le olvidó en absoluto su papel, y por estas -razones y por la desgana de fiestas que Pura sentía mientras no se -resolviera el problema de la colocación de su esposo, fué abandonado el -proyecto de función teatral. - -Federico Ruiz, consecuente siempre, iba algunos ratos por las tardes, -pidiendo mil perdones á las _Miaus_ por quitarles su tiempo, pues no -ignoraba que debían de estar sobre un pie con los preparativos... -¡Dichosos preparativos, y cuántos castillos y torres edificó sobre -cimiento tan frágil la imaginación fecunda de la esposa de Villaamil!... -Una mañana entró Ruiz muy sofocado, seguido de su mujer, ambos -despidiendo alegría de sus ojos, ebrios de júbilo, deseando que los -amigos participaran de su dicha. - -Vengo--dijo él casi sin aliento--á que nos den la enhorabuena. Sé que -nos quieren y que se alegrarán de verme colocado. - -Tanto Federico como Pepita fueron sucesivamente abrazados por las tres -_Miaus_. En esto salió de su despacho olfateando alegría el buen -Villaamil, y antes de que Ruiz tuviera tiempo de embocarle la venturosa -nueva, le cogió en los brazos, diciéndole: - ---Sea mil y mil veces enhorabuena, queridísimo... Bien merecido lo -tiene, y muy requetebién ganado. - ---Gracias, muchísimas gracias--dijo Ruiz constreñido en los enormes -brazos de Villaamil, que apretaba con nerviosa contracción.--Pero, por -la Virgen Santísima, no me apriete tanto, que me va á ahogar... D. -Ramón... ¡ay, ay! que me hace añicos... - ---Pero, hombre--dijo Pura á su marido sorprendida y temerosa,--¿qué -manera de abrazar? - ---Es que...--balbució el cesante--quiero darle un parabién bien dado... -una enhorabuena de padre y muy señor mío, para que le quede memoria de -mí y de lo muy contento que estoy por su triunfo. ¿Y qué es ello? - ---Una comisioncilla en Madrid mismo... esa es la ganga... para estudiar -y proponer mejoras en el estudio de las ciencias naturales... á fin de -que resulte práctico. - ---¡Oh, cosa buena!... Ni sé cómo no se les había ocurrido antes. ¡Y este -mísero País vive ignorando cómo se enseñan las ciencias naturales! -Felizmente, ahora, amigo Ruiz, vamos á salir de dudas... Nuestro sabio -Gobierno tiene una mano para escoger el personal... Así está la Nación -reventando de gusto. Pues digo, si tendrá su aquel la comisioncita. -Golpes de esos bastan á salvar la patria oprimida... En fin, lo celebro -mucho... Y digo más, Sr. de Ruiz; si usted está de enhorabuena, no lo -está menos el País, que debe ponerse á tocar las castañuelas al saber -que tiene quien le estudie eso... ¿verdad? Con su permiso, me vuelvo á -trabajar. Mil millones de plácemes. - -Sin esperar lo que Federico contestaba á estas expansiones calurosas, el -buen hombre se metió de rondón en su despacho. Algo extrañó á los -Ruíces, lo mismo que á las _Miaus_, aquella manera desordenada y -estrepitosa de dar enhorabuenas; pero disimularon su extrañeza. Fuéronse -los felicitados para seguir sus visitas de dar parte, cosechando á -granel las felicitaciones. Y no era la comisioncita el único motivo de -contento que Ruiz aquella mañana tenía, pues el correo le trajo nueva -satisfacción con que no contaba. Era nada menos que el diploma de una -sociedad portuguesa, cuyo objeto es enaltecer á los que realizan actos -heroicos en los incendios, y también á los que propagan por escrito las -mejores teorías sobre este útil servicio. Todo individuo perteneciente á -dicha asociación tenía derecho, según rezaba el diploma, á usar el -título de _Bombeiro, salvador da humanidade_, y á ponerse un vistosísimo -uniforme con relucientes bordados. El figurín de la deslumbradora casaca -acompañaba al nombramiento. ¡Si estaría hueco el hombre con su comisión -(de que dependía el porvenir científico de España), con los honores de -_bombeiro_, y con la librea reluciente que pensaba lucir en la primera -coyuntura pública y solemne que se le presentase! - -Luisito salió á paseo aquella tarde con Paca, y al volver se puso á -estudiar en la mesa del comedor. Pasado el extrañísimo, increíble -arrechucho de Abelarda en la famosa noche de que antes hablé, el cerebro -de la insignificante quedó aparentemente restablecido, hasta el punto -de que un olvido benéfico y reparador arrancó de su mente los vestigios -del acto. Apenas lo recordaba la joven con la inseguridad de sueño -borroso, como pesadilla estúpida cuya imagen se desvanece con la luz y -las realidades del día. Ocupábase en coser su ajuar, y Luis, cansado del -estudio, se entretenía en quitarle y esconderle los carretes de algodón. -«Chiquillo--le dijo su tía sin incomodarse,--no enredes. Mira que te -pego». En vez de pegarle, le daba un beso, y el sobrinillo se -envalentonaba más, ideando otras travesuras, como suyas, poco -maliciosas. Pura ayudaba á su hija en los cortes, y Milagros funcionaba -en la cocina, toda tiznada, el mandilón hasta los pies. Villaamil -siempre encerrado en su leonera. Tal era la situación de los individuos -de la familia, cuando sonó la campanilla y cátate á Víctor. -Sorprendiéronse todos, pues no solía ir á semejante hora. Sin decir nada -pasó á su cuartucho, y se le sintió allí lavándose y sacando ropa del -baúl. Sin duda estaba convidado á una comida de etiqueta. Esto pensó -Abelarda, poniendo especial estudio en no mirarle ni dirigir siquiera -los ojos á la puerta del menguado aposento. - -Pero lo más singular fué que á poco de la entrada del monstruo, sintió -la sosa en su alma, de improviso, con aterradora fuerza, la misma -perturbación de la noche de marras. Estalló el trastorno cerebral como -una bomba, y en el mismo instante toda la sangre se le removía, amargor -de odio hacíale contraer los labios, sus nervios vibraban, y en los -tendones de brazos y manos se iniciaba el brutal prurito de agarrar, de -estrujar, de hacer pedazos algo, precisamente lo más tierno, lo más -querido y por añadidura lo más indefenso. Tuvo Cadalsito, en tan crítica -ocasión, la mala idea de tirarle del hilo de unos hilvanes, y la tela se -arrugó... «Chiquillo, si no te estás quieto, verás», gritó Abelarda, con -eléctrica conmoción en todo el cuerpo, los ojos como ascuas. Quizás no -habría pasado á mayores; pero el tontín, queriendo echárselas de muy -pillo, volvió á tirar del hilo, y... aquí fué Troya. Sin darse cuenta de -lo que hacía, obrando cual inconsciente mecanismo que recibe impulso de -origen recóndito, Abelarda tendió un brazo, que parecía de hierro, y de -la primera manotada le cogió de lleno á Luis toda la cara. El restallido -debió de oírse en la calle. Al hacerse para atrás, vaciló la silla en -que el chico estaba, y ¡pataplúm!, al suelo. - -Doña Pura dió un chillido... «¡Ay, hijo de mi alma!... ¡mujer!», y -Abelarda, ciega y salvaje, de un salto cayó sobré la víctima, clavándole -los dedos furibundos en el pecho y en la garganta. Como las fieras -enjauladas y entumecidas recobran, al primer rasguño que hacen al -domador, toda su ferocidad, y con la vista y el olor de la primera -sangre pierden la apatía perezosa del cautiverio, así Abelarda, en -cuanto derribó y clavó las uñas á Luisito, ya no fué mujer, sino el ser -monstruoso creado en un tris por la insana perversión de la naturaleza -femenina. «¡Perro, condenado... te ahogo! ¡embustero, farsante... te -mato!», gruñía rechinando los dientes; y luego buscó con ciego tanteo -las tijeras para clavárselas. Por dicha, no las encontró á mano. - -Tal terror produjo el acto en el ánimo de doña Pura, que se quedó -paralizada sin poder acudir á evitar el desastre, y lo que hizo fué dar -chillidos de angustia y desesperación. Acudió Milagros, y también Víctor -en mangas de camisa. Lo primero que hicieron fué sacar al pobre -Cadalsito de entre las uñas de su tía, operación no difícil, porque -pasado el ímpetu inicial, la fuerza de Abelarda cedió bruscamente. Su -madre tiraba de ella, ayudándola á levantarse, y de rodillas aún, -convulsa, toda descompuesta, su voz temblorosa y cortada, balbucía: - ---Ese infame... ese trasto... quiere acabar conmigo... y con toda la -familia... - ---Pero, hija, ¿qué tienes?...--gritaba la mamá sin darse cuenta del -brutal hecho, mientras Víctor y Milagros examinaban á Luisito, por si -tenía algún hueso roto. El chico rompió á llorar, el rostro encendido, -la respiración fatigosa. - ---¡Dios mío, qué atrocidad!--murmuró Víctor ceñudamente. - -Y en el mismo instante se determinaba en Abelarda una nueva fase de la -crisis. Lanzó tremendo rugido, apretó los dientes, rechinándolos, puso -en blanco los ojos y cayó como cuerpo muerto, contrayendo brazos y -piernas y dando resoplidos. Aparece entonces Villaamil pasmado de aquel -espectáculo: su hija con pataleta, Luisito llorando, la cara rasguñada, -doña Pura sin saber á quién atender primero, los demás turulatos y -aturdidos. - ---No es nada--dijo al fin Milagros, corriendo á traer un vaso de agua -fría para rociarle la cara á su sobrina. - ---¿No hay por ahí éter?--preguntó Víctor. - ---Hija, hija mía--exclamó el padre,--¿qué te pasa? Vuelve en ti. - -Había que sujetarla para que no se hiciese daño con el pataleo incesante -y el bracear violentísimo. Por fin, la sedación se inició tan enérgica -como había sido el ataque. La joven empezó á exhalar sollozos, á -respirar con esfuerzo como si se ahogara, y un llanto copiosísimo -determinó la última etapa del tremendo acceso. Por más que intentaban -consolarla, no tenía término aquel río de lágrimas. Lleváronla á su -lecho, y en él siguió llorando, oprimiéndose con las manos el corazón. -No parecía recordar lo que había hecho. Entre Villaamil y Cadalso -habían conseguido acallar á Luisito, convenciéndole de que todo había -sido una broma un poco pesada. - -De repente el jefe de la familia se cuadró ante su yerno, y con temblor -de mandíbula, intensa amarillez de rostro y mirada furibunda, gritó: - ---De todo esto tienes tú la culpa, danzante. Vete pronto de mi casa, y -ojalá no hubieras entrado nunca en ella. - ---¡Que tengo yo la culpa!... ¡Pues no dice que yo...!--respondió el otro -descaradamente.--Ya me parecía á mí que no estaba usted bueno de la -jícara... - ---La verdad es--observó Pura, saliendo del cuarto próximo,--que antes de -que tú vinieras no pasaban en mi casa estas cosas que nadie entiende. - ---¡Ahí también usted... No parece sino que me hacen un favor con tenerme -aquí. ¡Y yo creí que les ayudaba á pasar la travesía del ayuno! Si me -marcho, ¿dónde encontrarán un huésped mejor? - -Villaamil, ante tanta insolencia, no encontraba palabras para expresar -su indignación. Acarició el respaldo de una silla, con prurito de -blandirla en alto y estampársela en la cabeza á su hijo político. Pudo -dominar las ganas que de esto tenía, y reprimiendo su ira con fortísima -rienda, le dijo con voz hueca de sochantre: - ---Se acabaron las contemplaciones. Desde este momento estás de más -aquí. Recoge tus bártulos y toma el portante, sin ningún género de -excusas ni aplazamiento. - ---No se apure usted... No parece sino que estoy en Jauja. - ---Jauja ó no Jauja (á punto de estallar), ahora mismo fuera. Vete á -vivir con los esperpentos que te protegen. ¿De qué te sirve esta familia -pobre y desgraciada? Aquí no hay credenciales, ni destinos, ni -recomendaciones, ni nada, como dijo el otro. Y en esta pobreza honrada -somos felices. ¿No ves lo contento que yo estoy? (Castañeteando los -dientes.) En cambio tú no tendrás paz en el pináculo de tus glorias, -alcanzadas por el deshonor... Pronto, á la calle... El señor de _Miau_ -quiere perderte de vista. - -Víctor lívido, doña Pura asustada, Luisito con ganas de romper á llorar -nuevamente, Milagros haciendo pucheros... - ---Bien--dijo Cadalso con aquella gallardía que sabía poner en sus -resoluciones, siempre que eran mortificantes.--Me voy. También yo lo -deseaba, y no lo había hecho por caridad, porque soy aquí un sostén, no -una carga. Pero la separación será absoluta. Me llevo á mi hijo. - -Las dos _Miaus_ le miraron aterradas. Villaamil apretó con ferocidad los -dientes. - ---¿Pues qué...? Después de lo que ha pasado hoy--añadió -Víctor,--¿todavía pretenden que yo deje aquí á este pedazo de mi vida? - -La lógica de esto argumento desconcertó á lodos los _Miaus_ de ambos -sexos. - ---¡Pero qué tonto!--insinuó doña Pura con ganas de capitular,--¿crees tú -que esto volverá á pasar? ¿Y adónde vas con tu hijo, adónde? Si el -pobrecito no quiere separarse de nosotros. - -Poco le faltaba para llorar. Milagros dijo: - ---No, lo que es el niño no sale de aquí. - ---¡Vaya si sale!--sostuvo Cadalso con brutal resolución.--Á ver: saque -usted toda la ropita de mi hijo para juntarla con la mía. - ---Pero, ¿adónde le llevas?, bobo, simple... ¡Qué cosas se te ocurren tan -disparatadas! - ---Por sabido se calla. Su tía Quintina le criará y le educará mejor que -ustedes. - -Doña Pura se sentó, atacada de gran congoja, sudor frío y latidos -dolorosos del corazón. Vaya, que después de la hija, la madre iba á caer -con la pataleta. Villaamil dió una vuelta sobre sí mismo, como si le -hiciera girar el vértice de un ciclón interior, y después de parar en -firme; abrióse de piernas, alzó los brazos enormes, simulando la figura -de San Andrés clavado en las aspas, y rugió con toda la fuerza de sus -pulmones: - ---¡Que se lo lleve... que se lo lleve con mil demonios! Mujeres locas, -mujeres cobardes, ¿no sabéis que _Morimos... Inmolados... Al... -Ultraje_? - -Y tropezando en las paredes corrió hacia el gabinete. Su mujer fué -detrás, creyendo que iba disparado á arrojarse por el balcón á la calle. - - - - -XXXIX - - ---No cedo, no cedo--dijo Víctor á Milagros, al quedarse solo con -ella.--Me llevo á mi hijo. ¿Pero no comprende usted que no podré vivir -con tranquilidad dejándole aquí después de lo que ha pasado hoy? - ---¡Por Dios, hijo!--le respondió con dulzura _la pudorosa Ofelia_, -queriendo someterle por buenas.--Todo ello es una tontería... No volverá -á suceder. ¿No ves que es nuestro único consuelo este mocoso?... y si -nos le quitas... - -La emoción le cortaba la palabra. Calló la artista, tratando de -disimular su pena, pues harto sabía que como la familia mostrase vivo -interés en la posesión de Luisito, esto sólo era motivo suficiente para -que el monstruo se obstinase en llevársele. Creyó oportuno dejar el -delicado pleito en las manos diplomáticas de doña Pura, que sabía tratar -á su yerno combinando la energía con la suavidad. Al ir la _Miau_ mayor -al gabinete en seguimiento de su marido, le encontró arrojado en un -sillón, la cabeza entre las manos. - ---¿Qué te parece que debemos hacer?--le dijo ella confusa, pues no había -tenido tiempo aún de tomar una resolución. Grande, inmensa fué la -sorpresa de doña Pura, cuando su marido, irguiendo la frente, respondió -estas inverosímiles palabras: - ---Que se lo lleve cuando quiera. Será un trance doloroso verle salir de -aquí; pero ¡qué remedio!... Por lo demás, no hay que remontarse, y digo -más... digo que, en efecto, mejor estará el chiquillo con Quintina que -con... _vosotras_. - -Al oir esto, _la figura de Fra Angélico_ examinó en silencio, atónita, -el turbado rostro del cesante. La sospecha de que empezaba á perder la -razón, confirmóse entonces, oyéndole decir aquel gran desatino. «¡Que -estará mejor con Quintina que con nosotras! Tu no estás en tu juicio, -Ramón». - ---Y dejando á un lado lo que al niño convenga (atenuando su crueldad), -Víctor es su padre, y tiene sobre él más autoridad que nosotros. Si él -quiere llevársele... - ---Es que no querrá... ¡Pues no faltaba otra! Verás cómo arreglo yo á ese -truhán... - ---Yo no le diría una palabra, ni me rebajaría á tratar con él (cayendo -en gran aplanamiento, sedación enérgica de su furia pasada). Yo le -dejaría hacer su gusto. Tiene la autoridad, ¿sí ó no? Pues si la tiene, -á nosotros nos corresponde callar y sufrir. - ---¿Pues no dice que callemos y suframos (espantada y briosa), cuando ese -vil nos quiere quitar nuestra única alegría?... Tú no estás bueno. Te -aseguro que Víctor se llevará al niño, pero ha de ser á la fuerza, -atropellándonos, y no sin que yo le arranque las orejas á ese perro. - ---Pues mi opinión es no cuestionar con semejante tipo... Se me figura -que si le veo otra vez delante de mí, le muerdo... Siento algo como una -ansiedad física de clavar los dientes en alguien. Créelo, mujer, la -Administración está deshonrada; ya no podrá decir _el probo_ y _sufrido -personal_ de Hacienda, como se decía antes. Y lo que en cuanto á -nivelación del presupuesto, que se limpien. Con esta chusma que va -invadiendo la casa, es imposible. - ---¿Pero á qué me sacas ahora la Administración (exaltada), ni qué tiene -que ver el burro con las témporas? ¡Ay, Ramón, tú no estás bueno! Déjame -á mí de _probos_... Que les parta un rayo. Mírate en tu espejo, y abre -esos ojos, ábrelos... - ---¡Abiertos, muy abiertos los tengo! (Intencionadamente.) ¡Y qué -horizontes ante mí! - -Viendo que no podía ponerse de acuerdo con su marido, volvió á -emprenderla con Víctor, que no había salido aún. Contra la creencia de -Pura, el otro continuaba inflexible, sosteniendo su acuerdo con -tenacidad digna de mejor causa. Á entrambas _Miaus_ se les habría podido -ahogar con un cabello, y Abelarda, confesándose autora del conflicto, -lloraba en su lecho como una Magdalena. Entre atender á su hija y -discutir con Víctor, doña Pura tenía que duplicarse, corriendo de aquí -para allí, mas sin poder dominar la aflicción de la una ni la implacable -contumacia del otro. Nunca había visto al guapo mozo tan encastillado en -una resolución, ni encontraba el busilis de tanta crueldad y firmeza. -Para ello habría sido preciso estar al tanto de lo ocurrido el día -anterior en casa de los de Cabrera. Éste ganó en segunda instancia el -famoso pleito de la casucha de Vélez-Málaga, siendo Víctor condenado á -reintegrar el valor de la finca y al pago de costas. El irreconciliable -Ildefonso le había echado ya el dogal al cuello y disponíase á apretar, -reteniéndole la paga, persiguiéndole y acosándole sin piedad ni -consideración. Pero del fallo judicial tomó pie la muy lagarta de -Quintina para satisfacer sus aspiraciones maternales, y engatusando á -Cabrera con estudiadas zalamerías y carantoñas, obtuvo de él que -aprobara las bases del siguiente convenio: «Se echaría tierra al asunto; -Ildefonso pagaría las costas (quedándose con la casa, se entiende). Y -Víctor les entregaría á su hijo». Vió el cielo abierto Cadalso, y aunque -le hacía mala boca arrancar al chiquillo del poder y amparo de sus -abuelos, hubo de aceptar á ojos cerrados. Todo se reducía á pasar un mal -rato en casa de las _Miaus_, á recibir algún arañazo de Pura y otro de -Milagros y una dentellada quizás de Villaamil. He aquí muy claro el -móvil de la determinación por la cual hubo de cambiar de casa y de -familia el célebre Cadalsito. - -En lo más recio del trajín que Milagros y Pura traían, corriendo de -Abelarda inconsolable á Víctor inflexible, con escala en Luisito, que -también había vuelto á gimotear, entró Ponce. No podía venir en peor -ocasión, y su presunta suegra, contrariada con la visita, le enchiqueró -en la sala para decirle: «Ese trasto de Víctor nos ha hecho una pillada. -Hemos tenido aquí hoy una verdadera tragedia. Figúrese usted que ha dado -en llevarse al chiquitín, arrancándolo de este hogar, donde se ha -criado. Estamos consternadísimas. Abelarda, al ver que ese verdugo se -llevaba al niño á viva fuerza, cayó con un síncope atroz, pero atroz. En -la cama la tenemos, hecha un mar de llanto. ¡Ay, hijo, qué rato hemos -pasado!» - -Por fin, como Abelarda estaba vestida sobre el lecho, se permitió á -Ponce pasar á verla. La insignificante no lloraba ya; tenía los ojos -encendidos, los miembros desmadejados. El ínclito mancebo se sentó á la -cabecera, apretándole la mano y permitiéndose el inefable exceso de -besársela cuando no estaba presente la mamá, quien repitió delante de su -hija la versión dada al novio sobre el suceso del día. - ---¡Pero qué malo es ese hombre!--dijo el crítico á su amada.--Es una -bestia apocalíptica. - ---No lo sabes tú bien--respondió la chica, mirando fijamente á su novio -mientras éste se acariciaba con el pañuelo sus siempre húmedos -lagrimales.--Alma más negra no echó Dios al mundo... ¡Mira tú que es -maldad; querer quitarnos á Luisito, nuestro encanto, nuestra dicha! -Desde que nació está con nosotras. Nos debe la vida, porque le hemos -cuidado como á las niñas de nuestros ojos; le sacamos adelante del -sarampión y la tos ferina, con mil sacrificios. ¡Qué ingratitud, y qué -infamia! Ya ves lo pacífica que soy. Más que pacífica soy cobarde, -inofensiva, pues hasta cuando mato una pulga me da lástima del pobre -animalito. Pues bien; á ese hombre, si á mano le tuviera, creo que le -atravesaría de parte á parte con un cuchillo... Para que veas. - ---Sosiégate, minina--dijo Ponce con voz meliflua.--Estás excitada. No -hagas caso tú. ¿Me quieres mucho? - ---¡Vaya si te quiero!--replicó Abelarda, plenamente decidida á tirarse -por el Viaducto, es decir, á casarse con Ponce. - ---Tu mamá te habrá dicho que hemos fijado el 3 de Mayo, día de la Cruz. -¡Qué largo me está pareciendo el tiempo y con que lentitud corren noches -y días. - ---Pero todo llega... Detrás de un día viene otro--dijo Abelarda mirando -al techo.--Todos los días son enteramente iguales. - -Las conferencias entre las dos _Miaus_ y Víctor duraron hasta que éste -salió vestido de etiqueta, y toda la diplomacia de la una y los ruegos -quejumbrosos de la otra no ablandaron el duro corazón de Cadalso. Lo más -que obtuvieron fué aplazar la traslación de Luis hasta el día siguiente. -Enterado Villaamil de esto, salió y dijo á su yerno con sequedad: - ---Yo te prometo, te doy mi palabra de que lo llevaré yo mismo á casa de -Quintina. No hay más que hablar... No necesitas tú volver más acá. - -Á esto respondió el monstruo que por la noche volvería á mudarse de -ropa, añadiendo benévolamente que el acto de llevarse al hijo no -significaba prohibición de que le vieran sus abuelos, pues podían ir á -casa de Quintina cuando gustaran, y que así lo advertiría él á su -hermana. - ---Gracias, señor elefante--dijo doña Pura con desdén. - -Y Milagros: - ---Lo que es yo... ¿allá?... ¡Estás tú fresco! - -Faltaba todavía un dato importante para apreciar la gravedad del asunto; -faltaba conocer la actitud del interesado, si se prestaría de buen grado -á cambiar de familia, ó si, por el contrario, se resistiría con la -irreductible firmeza propia de la edad inocente. Su abuela, en cuanto -el monstruo se fué, empezó á disponer el ánimo del chico para la -resistencia, asegurándole que la tía Quintina era muy mala, que le -encerraría en un cuarto obscuro, que la casa estaba llena de unas -culebronas muy grandes y de bichos venenosos. Oía Cadalsito estas cosas -con incredulidad, porque realmente eran papas demasiado gordas para que -las tragase un niño ya crecidito y que empezaba á conocer el mundo. - -Aquella noche nadie tuvo apetito, y Milagros se llevaba para la cocina -las fuentes lo mismo que habían ido al comedor. Villaamil no desplegó -los labios sino para desmentir las terroríficas pinturas que su mujer -hacía del domicilio de Cabrera. «No hagas caso, hijo mío; la tía -Quintina es muy buena, y te cuidará y te mimará mucho. No hay allí sapos -ni culebras, sino las cosas más bonitas que puedes imaginarte; santos -que parece que están hablando, estampas lindísimas y altares soberbios, -y... la mar de cosas. Vas á estar muy á gusto». - -Oyendo esto, Pura y Milagros se miraban atónitas, sin poder explicarse -que el abuelo se pasase descarada y cobardemente al enemigo. ¿Qué vena -le daba de apoyar la inicua idea de Víctor, llegando hasta defender á -Quintina y pintando su casa como un paraíso infantil? ¡Lástima que la -familia no estuviera en fondos, pues de lo contrario, lo primero sería -llamar á un buen especialista en enfermedades de la cabeza para que -estudiara la de Villaamil y dijere lo que dentro de ella ocurría. - - - - -XL - - -Cadalsito tampoco tuvo ganas de comer y menos de estudiar. Mientras le -acostaban, la tiíta, completamente repuesta de aquel salvaje desvarío y -sin tener de él más que vaga reminiscencia, le besó y le hizo extremadas -caricias, no sin cierta escama del pequeño y aun de doña Pura. Milagros -se quedó allí á dormir aquella noche, por lo que pudiera tronar. - -Luis cogió pronto el sueño; pero á media noche despertó con los síntomas -anunciadores de la visión. Su tía Milagros cuidó de arroparle y hacerle -mimos, acostándose al fin con él para que se tranquilizase y no tuviera -miedo. Lo primero que vió el chiquillo al adormilarse, fué una extensión -vacía, un lugar indeterminado, cuyos horizontes se confundían con el -cielo, sin accidente alguno, casi sin términos, pues todo era igual, lo -próximo y lo lejano. Discurrió si aquello era suelo ó nubes, y luego -sospechó si sería el mar, que nunca había visto más que en pintura. Mar -no debía de ser, porque el mar tiene olas que suben y bajan, y la -superficie aquélla era como la de un cristal. Allá lejos, muy lejos, -distinguió á su amigo el de la barba blanca, que se aproximaba -lentamente recogiendo el manto con la mano izquierda y apoyándose con la -otra en un bastón grande ó báculo como el que usan los obispos. Aunque -venía de muy lejos y andaba despacio, pronto llegó delante de Cadalsito, -sonriendo al verle. Acto continuo se sentó. ¿Dónde, si allí no había -piedra ni silla? Todo ello era maravilloso en grado sumo, pues por -encima de los hombros del Padre vió Luis el respaldo de uno de los -sillones de la sala de su casa. Pero lo más estupendo de todo fué que el -buen abuelo, inclinándose hacia él, le acarició la cara con su preciosa -mano. Al sentir el contacto de los dedos que habían hecho el mundo y -cuanto en él existe, sintió Cadalso que por su cuerpo corría un temblor -gustosísimo. - ---Vamos á ver--le dijo el amigo,--he venido desde la otra parte del -mundo sólo por echar un párrafo contigo. Ya sé que te pasan cosas muy -raras. Tu tía... ¡Parece mentira que queriéndote tanto!... ¿Tú entiendes -esto? Pues yo tampoco. Te aseguro que cuando lo vi, me quedé como quien -ve visiones. Luego tu papá, empeñado en llevarte con la tía Quintina... -¿Sabes tú el porqué de estas cosas? - ---Pues yo--opinó Luis con timidez, asombrándose de tener ideas propias -ante la sabiduría eterna--creo que de todo lo que está pasando tiene la -culpa el Ministro. - ---¡El Ministro! (asombrado y sonriente). - ---Sí, señor, porque si ese tío hubiera colocado á mi abuelo, todos -estarían contentos y no pasaría nada. - ---¿Sabes que me estás pareciendo un sabio de tomo y lomo? - ---Mi abuelo furioso porque no le colocan y mi abuela lo mismo, y mi tía -Abelarda también. Y mi tía Abelarda no puede ver á mi papá, porque mi -papá le dijo al Ministro que no colocara á mi abuelo. Y como no se -atreve con mi papá, porque puede más que ella, la emprendió conmigo. -Después se puso á llorar... Dígame, ¿mi tía es buena ó es mala? - ---Yo estoy en que es buena. Hazte cuenta que el achuchón de hoy fué de -tanto como te quiere. - ---¡Vaya un querer! Todavía me duele aquí, donde me clavó las uñas... Me -tiene mucha tirria desde un día que le dije que se casara con mi papá. -¿Usted no sabe? Mi papá la quiere; pero ella no le puede ver. - ---Eso sí que es raro. - ---Como usted lo oye. Mi papá le dijo una noche que estaba enamoradísimo -de ella, por lo fatal... ¿sabe? y que él era un condenado, y qué sé yo -qué... - ---¿Pero á ti quien te mete á escuchar lo que dicen las personas mayores? - ---Yo... estaba allí... (alzando los hombros). - ---¡Vaya, vaya! ¡Qué cosas ocurren en tu casa! Se me figura que estás en -lo cierto: el pícaro del Ministro tiene la culpa de todo. Si hubiera -hecho lo que yo le dije, nada de esto pasaría. ¿Qué le costaba, en -aquella casona tan llena de oficinas, hacer un hueco para ese pobre -señor? Pero nada, no hacen caso de mí, y así anda todo. Verdad que -tienen que atender á éste y al otro, y cuanto yo les digo, por un oído -les entra y por otro les sale. - ---Pues que le coloquen ahora... ¡vaya! Si usted va allá y lo manda -pegando un bastonazo fuerte con ese palo en la mesa del Ministro... - ---¡Quiá! No hacen caso. Pues si consistiera en bastonazos, por eso no -había de quedar. Los doy tremendos, y como si no. - ---Entonces, ¡contro! (envalentonado por tanta benevolencia), ¿cuándo le -van á colocar? - ---Nunca--declaró el Padre con serenidad, como si aquel _nunca_ en vez de -ser desesperante fuera consolador. - ---¡Nunca! (no entendiendo que esto se dijera con tanta calma). ¡Pues -estamos aviados! - ---Nunca, sí, y te añadiré que lo he determinado yo. Porque verás: ¿para -qué sirven los bienes de ese mundo? Para nada absolutamente. Esto, que -tú habrás oído muchas veces en los sermones, te lo digo yo ahora con mi -boca, que sabe cuanto hay que saber. Tu abuelito no encontrará en la -tierra la felicidad. - ---¿Pues dónde? - ---Parece que eres bobo. Aquí, á mi lado. ¿Crees que no tengo yo ganas de -traérmele para acá? - ---¡Ah!... (abriendo la boca todo lo que abrirse podía). Entonces... eso -quiere decir que mi abuelo se muere. - ---Y verdaderamente, chico, ¿á cuento de qué está tu abuelo en este mundo -feo y malo? El pobre no sirve ya para nada. ¿Te parece bien que viva -para que se rían de él, y para que un Ministrillo le esté desairando -todos los días? - ---Pero yo no quiero que se muera mi abuelo... - ---Justo es que no lo quieras... pero ya ves... él está viejo, y, créelo, -mejor le irá conmigo que con vosotros. ¿No lo comprendes? - ---Sí (diciendo que sí por cortesía, pero sin estar muy convencido...) -Entonces... ¿el abuelo se va á morir pronto? - ---Es lo mejor que puede hacer. Adviérteselo tú; dile que has hablado -conmigo, que no se apure por la credencial, que mande al Ministro á -freir espárragos, y que no tendrá tranquilidad sino cuando esté conmigo. -¿Pero qué es eso? ¿Por qué arrugas las cejas? ¿No comprendes eso, -tontín? ¿Pues no dices que vas á ser cura y á consagrarte á mí? Si así -lo piensas, vete acostumbrando á estas ideas. ¿No te acuerdas ya de lo -que dice el Catecismo? Apréndetelo bien. El mundo es un valle de -lágrimas, y mientras más pronto salís de él, mejor. Todas estas cosas, -y otras que irás aprendiendo, las has de predicar tú en mi púlpito -cuando seas grande, para convertir á los malos. Verás cómo haces llorar -a las mujeres, y dirán todas que el padrito _Miau_ es un pico de oro. -Dime, ¿no estás en ser clérigo y en ir aprendiendo ya unas miajas de -misa, un poco de latín y todo lo demás? - ---Sí, señor... Murillo me ha enseñado ya muchas cosas: lo que significa -_aleluya_ y _gloria patri_, y sé cantar lo que se canta cuando alzan, y -cómo se ponen las manos al leer los santísimos Evangelios. - ---Pues ya sabes mucho. Pero es menester que te apliques. En casa de tu -tía Quintina verás todas las cosas que se usan en mi culto. - ---Me quieren llevar con la tía Quintina. ¿Qué le parece?... ¿voy? - -Al llegar aquí, Cadalsito, alentado por la amabilidad de su amigo, que -le acariciaba con sus dedos las mejillas, se tomó la confianza de -corresponder con igual demostración, y primero tímidamente, después con -desembarazo, le tiraba de las barbas al Padre, quien nada hacía para -impedirlo, ni se incomodaba diciendo como Villaamil: _¿en qué cochino -bodegón hemos comido juntos?_ - ---Sobre eso de vivir ó no con los Cabreras, yo nada te digo. Tú lo -deseas por la novelería de los juguetes eclesiásticos, y al mismo tiempo -temes separarte de tus abuelitos. ¿Sabes lo que te aconsejo? Que -llegado el momento, hagas lo que te salga de dentro. - ---¿Y si me lleva mi papá á la fuerza sin dejarme pensarlo? - ---No sé... me parece que á la fuerza no te llevará. En último caso, -haces lo que mande tu abuelo. Si él te dice: «Á casa de Quintina», te -callas, y andando. - ---¿Y si me dice que no? - ---No vas. Pásate sin los altaritos, y entretanto, ¿sabes lo que haces? -Le dices al amigo Murillo que te dé otra pasada de latín, de ese que él -sabe, que te explique bien la misa y el vestido del cura, cómo se pone -el cíngulo, la estola, cómo se preparan el cáliz y la hostia para la -consagración... en fin, Murillito está muy bien enterado, y también -puede enseñarte á llevar el Viático á los enfermos, y lo que se reza por -el camino. - ---Bueno... Murillo sabe mucho; pero su padre quiere que sea abogado. -¡Qué estúpido! Dice él que llegará á Ministro, y que se casará con una -moza muy guapa. ¡Qué asco! - ---Sí que es un asco. - ---También _Posturas_ tenía malas ideas. Una tarde nos dijo que se iba á -echar una querida y á jugar á la timba. ¿Qué cree usted? Fumaba colillas -y era muy mal hablado. - ---Todas esas mañas se le quitan aquí. - ---¿Dónde está que no le veo con usted? - ---Todos castigados. ¿Sabes lo que me han hecho esta mañana? Pues entre -_Posturitas_ y otros pillos que siempre están enredando, me cogieron el -mundo, ¿sabes?, aquel mundo azul que yo uso para llevarlo en la mano, y -lo echaron á rodar, y cuando quise enterarme, se había caído al mar. -Costó Dios y ayuda sacarlo. La suerte que es un mundo figurado, ¿sabes?, -que no tiene gente, y no hubo que lamentar desgracias. Les di una mano -de cachetes como para ellos solos. Hoy no me salen del encierro... - ---Me alegro. Que la paguen. Y dígame, ¿dónde les encierra? - -La celestial persona, dejándose tirar de las barbas, miraba sonriendo á -su amigo, como si no supiera qué decir. - ---¿Dónde les encierra?... á ver... diga... - -La curiosidad de un niño es implacable, y ¡ay de aquel que la provoca y -no la satisface al momento! Los tirones de barba debieron de ser -demasiado fuertes, porque el bondadoso viejo, amigo de Luis, hubo de -poner coto á tanta familiaridad. - ---¿Que dónde les encierro?... Todo lo quieres saber. Pues les -encierro... donde me da la gana. ¿Á ti qué te importa? - -Pronunciada la última palabra, la visión desapareció súbitamente, y -quedóse el buen Cadalso hasta la mañana, durante el sueño, atormentado -por la curiosidad de saber dónde les encerraba... ¿Pero dónde diablos -les encerraría? - - - - -XLI - - -No pareció Víctor en toda la noche; pero á la mañana, temprano, fué á -reiterar la temida sentencia respecto á Luis, no cediendo ni ante las -conminaciones de doña Pura, ni ante las lágrimas de Abelarda y Milagros. -El chiquillo, afectado por aquel aparato luctuoso, se mostró rebelde á -la separación; no quería dejarse vestir ni calzar; rompió en llanto, y -Dios sabe la que se habría armado sin la intervención discreta de -Villaamil, que salió de su alcoba diciendo: «Pues es forzoso separarnos -de él, no atosigarle, no afligir á la pobre criatura». Asombrábase -Víctor de ver á su suegro tan razonable, y le agradecía mucho aquel -criterio consolador, que le permitiría realizar su propósito sin apelar -á la violencia, evitando escenas desagradables. Milagros y Abelarda, -viendo el pleito perdido, retiráronse á llorar al gabinete. Pura se -metió en la cocina echando de su boca maldiciones contra los Cabreras, -los Cadalsos y demás razas enemigas de su tranquilidad, y en tanto -Víctor le ponía las botas á su hijo, tratando de llevársele pronto, -antes que surgieran nuevas complicaciones. - ---Verás, verás--le decía--qué cosas tan monas te tiene allí la tía -Quintina: santos magníficos, grandes como los que hay en las iglesias, -y otros chiquitos para que tú enredes con ellos; vírgenes con mantos -bordados de oro, luna de plata á los pies, estrellas alrededor de la -cabeza, tan majas... verás... Y otras cosas muy divertidas... -candeleros, cristos, misales, custodias, incensarios... - ---¿Y les puedo poner fuego y menearlos para que den olor? - ---Sí, vida mía. Todo es para que tú te entretengas y vayas aprendiendo, -y á los santos puedes quitarles la ropa para ver cómo son por dentro, y -luego volvérsela á poner. - -Villaamil se paseaba en el comedor oyendo todo esto. Como observara que -Luis, después de aquel entusiasmo por el uso del incensario, volvió á -caer en su morriña, gimoteando: «Yo quiero que la abuela me lleve y se -esté allí conmigo», hubo de meter su cuarto á espadas en la -catequización, y acariciándole, le dijo: - ---Tienes allá también altares chicos con velitas y arañas de este -tamaño, custodias así, casullitas bordadas, un sagrario que es una -monada, una manga-cruz que la puedes cargar cuando quieras, y otras -preciosidades... como, por ejemplo... - -No sabía por dónde seguir, y Víctor suplió su falta de inventiva -añadiendo: - ---Y un hisopo de plata que echa agua bendita por todos lados, y, en fin, -un cordero pascual... - ---¿De carne? - ---No, hombre... Digo, sí, vivo... - -Para abreviar la penosa situación y acelerar el momento crítico de la -salida, Villaamil ayudó á ponerle la chaqueta; pero aun no le habían -abrochado todos los botones, cuando ¡Madre de Dios! sale doña Pura hecha -una pantera y arremete contra Víctor, badila en mano, diciendo: - ---¡Asesino, vete de mi casa! ¡No me robarás esta joya!... ¡Vete, ó te -abro la cabeza! - -Y lo mismo fué oir las otras _Miaus_ aquella voz airada, salieron -también chillando en la propia cuerda. En suma, que aquello se iba -poniendo feo. - ---Puesto que ustedes no quieren que sea por buenas, será por malas--dijo -Víctor poniéndose á salvo de las uñas de las tres furias.--Pediré -auxilio á la justicia. Él aquí no se ha de quedar. Conque ustedes -verán... - -Villaamil intervino, diciendo con voz conciliadora, sacada -trabajosamente del fondo de su oprimido pecho: - ---Calma, calma. Ya lo teníamos arreglado, cuando estas mujeres nos lo -echan á perder. Váyanse para adentro. - ---Eres un estafermo--le dijo la esposa, ciega de ira.--Tú tienes la -culpa, porque si te pusieras de nuestra parte, entre todos habíamos -ganado la partida. - ---Cállate tú, loca, que harto sé yo lo que tengo que hacer. ¡Fuera de -aquí todo el mundo! - -Pero Luisito, viendo á sus tías y abuela tan interesadas por él, volvió -á mostrar resistencia. Pura no se contentaba con menos que con sacarlo -los ojos á su yerno, y aquello iba á acabar malamente. La suerte que -aquel día estaba Villaamil tan razonable y con tal dominio de sí mismo y -de la situación, que parecía otro hombre. Sin saber cómo, su -respetabilidad se impuso. - ---Mientras tú estés aquí--dijo á Víctor, sacándole con hábil movimiento -de la cuna del toro, ó sea de entre las manos tiesas de doña Pura,--no -adelantaremos nada. Vete, y yo te doy mi palabra de que llevaré á mi -nieto á casa de Quintina. Déjame á mí, déjame... ¿No te fías de mi -palabra? - ---De su palabra sí, pero no de su capacidad para reducir á estos -energúmenos. - ---Yo los reduciré con razones. Descuida. Vete, y espérame allá. - -Habiendo logrado tranquilizar á su yerno, entró en gran parola con la -familia, agotando su ingenio en hacerles ver la imposibilidad de impedir -la separación del chiquillo. - ---¿No veis que si nos resistimos vendrá el propio juez á quitárnosle? - -Media hora duró el alegato, y por fin las _Miaus_ parecieron resignadas; -convencidas, nunca. - ---Lo primero que tenéis que hacer--les dijo, deseando alejarlas en el -momento crítico de la salida,--es iros á la sala cantando bajito. Yo me -entiendo con Luis. ¡Si él no va á dejar de querernos porque se vaya con -Quintina!... y además, su padre me ha prometido que le traerá todos los -días á vernos, y los domingos á pasar el día en casa... - -Abelarda se retiró la primera, llorando, como quien se aparta de la -persona agonizante para no verla morir. Después se fué Milagros, y -finalmente Pura, quien no se hubiera resignado, á no domarla su esposo -con este último argumento: - ---Si porfiamos, vendrá el juez esta tarde. ¡Figúrate qué escena! -Apuremos el cáliz, y Dios castigará al infame que nos le ofrece. - -Solo con Luis, el abuelo estuvo á punto de perder su estudiada, -dificilísima compostura, y echarse á llorar. Se tragó toda aquella hiel, -invocando mentalmente al cielo con esta frase: - ---Terrible es la separación, Señor, pero es indudable que estará mucho -mejor allá, mucho mejor... Vamos, Ramón, ánimo, y no te amilanes. - -Pero no contaba con su nieto, que, oyendo el gimoteo de las tías, volvió -á las andadas, y cuando se acercaba el instante fiero de la partida, se -afligió diciendo: - ---Yo no quiero irme. - ---No seas tonto, Luis--le amonestó el anciano.--¿Crees tú que si no -fuera por tu bien te sacaríamos de casa? Los niños bonitos y dóciles -hacen lo que se les manda. Y que no puedes tú figurarte, por mucho que -yo te las pondere, las preciosidades que Quintina tiene allí para tu uso -particular. - ---¿Y puedo yo cogerlo todo para mí, y hacer con ello lo que me dé la -gana?--preguntó el chiquillo con la ansiedad avariciosa que en la edad -primera revela el egoísmo sin freno. - ---¿Pues quién lo duda? Hasta puedes romperlo si te acomoda. - ---No, romper no. Las cosas de la iglesia no se rompen--declaró el niño -con cierta unción. - ---Bueno... vamos ya... Saldremos calladitos para que no nos sientan -ésas... y no se alboroten... Pues verás; entre otras cosas, hay una -pilita bautismal, que es una monería; yo la he visto. - ---Una pila... ¿con mucha agua bendita? - ---Cabe tanta agua como en la tinaja de la cocina... Vamos (cargándoselo -á cuestas). Mejor será que yo te lleve en brazos... - ---¿Y esa pila es para bautizar personas? - ---¡Claro!... Con ella puedes tú jugar todo lo que quieras, y de paso vas -aprendiendo, para cuando seas cura, la manera de cristianar á un pelón. - -Atravesó Villaamil con paso recatado el corredor y recibimiento, -llevando á su nieto en brazos, y como durante la peligrosa travesía el -chico prosiguiese con su flujo de preguntas, sin bajar la voz, el abuelo -le puso una mano por tapaboca, susurrándole al oído: «Sí, puedes -bautizar niños, todos los niños que quieras. Y también hay mitras á la -medida de tu cabeza y capitas doradas y un báculo para que te vistas de -obispín y nos eches bendiciones...» - -Con esto franquearon la puerta, que Villaamil no cerró á fin de evitar -el ruido. La escalera la bajó á trancos, como ladrón que huye cargando -el objeto robado, y una vez en el portal, respiró y dejó su carga en el -suelo: ya no podía más. No estaba él muy fuerte que digamos, ni -soportaba pesos, aun tan livianos como el de su nietecillo. Temeroso de -que Paca y Mendizábal cometiesen alguna indiscreción, esquivó sus -saludos. La mujerona quiso decir algo á Luis, condoliéndose de su -marcha; pero Villaamil anduvo más listo; dijo _volvemos_, y salió á la -calle más pronto que la vista. - -El temor de que Luis cerdease otra vez, le estimuló á reforzar en la -calle sus mentirosas artimañas de catequista: - ---Tienes allí tan gran cantidad de flores de trapo para altares, que -sólo para verlas todas necesitas un año... y velas de todos colores... y -la mar de cirios... Pues hay un San Fernando vestido de guerrero, con -armadura, que te dejará pasmado, y un San Isidro con su yunta de bueyes, -que parecen naturales. El altar chico para que tú digas tus misas es -más bonito que el de Monserrat... - ---Dime, abuelito, y confesionario, ¿no tengo? - ---¡Ya lo creo!... y muy majo... con rejas, para que las mujeres te -cuenten sus pecados, que son muchísimos... Te digo que vas á estar muy -bien, y cuando crezcas un poquito, te encontrarás hecho cura sin -sentirlo, sabiendo tanto como el padre Bohigas, de Monserrat, ó el -propio capellán de las Salesas Nuevas, que ahora sale á canónigo. - ---Y yo, ¿seré canónigo, abuelito? - ---¿Pues qué duda tiene?... y obispo, y hasta puede que llegues á Papa. - ---¿El Papa es el que manda en todos los curas?... - ---Justamente... ¡Ah! también verás allí un monumento de Semana Santa, -que lo menos tiene mil piezas, qué sé yo cuántas estatuas, todo blanco y -como de alfeñique. Parece que acaba de salir de la confitería. - ---¿Y se come, abuelo, se come?--preguntó Cadalsito, tan vivamente -interesado en todo aquello, que su casa, su abuela y sus tías se le -borraron de la mente. - ---¿Quién lo duda? Cuando te canses de jugar le pegas una -dentellada--respondió Villaamil, ya vuelto tarumba, pues su imaginación -se agotaba, y no sabía de qué echar mano. - -Andaba el abuelo rápidamente por la acera de la calle Ancha, y á cada -paso suyo daba Cadalsito tres, cogido de la mano paterna, ó más bien -colgado. Don Ramón se detuvo bruscamente y giró sobre sí mismo, -dirigiéndose hacia la parte alta de la calle, donde está el Hospital de -la Princesa. Fijóse Luis en la incongruencia de esta dirección, y -observó, impacientándose: - ---Pero, abuelo, ¿no vamos á casa de la tía Quintina en la calle de los -Reyes? - ---Sí, hijo mío; pero antes daremos una vuelta por aquí para que tomes el -sol. - -En el cerebro del afligido anciano se determinó un retroceso súbito, -semejante al rechazo de la enérgica idea que informaba todos los actos -referentes á la cesión y traslado de su nieto. Éste seguía charla que te -charla, preguntando sin cesar, tirándole á su abuelo del brazo cuando -las respuestas no empalmaban inmediatamente con las interrogaciones. El -abuelo contestaba por monosílabos, evasivamente, pues todo su espíritu -se reconcentraba en la vida interior del pensar. Cabizbajo, fijos los -ojos en el suelo como si contara las rayas de las baldosas, apechugaba -con la cuesta, tirando de Luisito, el cual no advertía la congoja de su -abuelo, ni el temblor de sus labios, articulando en baja voz la -expresión de las ideas. «¿No es un verdadero crimen lo que voy á hacer, -ó, mejor dicho, dos crímenes?... Entregar á mi nieto, y después... -Anoche, tras larga meditación, me parecieron ambas cosas muy acertadas, -y consecuencia la una de la otra. Porque si yo voy á... cesar de vivir -muy pronto, mejor quedara Luis con los Cabreras que con mi familia... Y -pensé que mi familia le criaría mal, con descuido, consintiéndole mil -resabios... eso sin contar el peligro de que esté al lado de Abelarda, -que volverá á las andadas cualquier día. Los Cabreras me son -antipáticos; pero les tengo por gente ordenada y formal. ¡Qué diferencia -de Pura y Milagros! Éstas, con su música y sus tonterías, no sirven para -nada. Así pensé anoche, y me pareció lo más cuerdo que á humana cabeza -pudiera ocurrirse... ¿Por qué me arrepiento ahora y me entran ganas de -volver á casa con el chico? ¿Es que estará mejor con las Miaus que con -Quintina? No, eso no... ¿Es que desmaya en mí la resolución salvadora -que ha de darme libertad y paz? ¿Es que te da ahora el antojillo de -seguir viviendo, cobarde? ¿Es que te halagan el cuerpo los melindres de -la vida?» - -Atormentado por cruelísima duda, Villaamil echó un gran suspiro, y -sentándose en el zócalo de la verja del hospital que cae al paseo de -Areneros, cogió las manos del niño y le miró fijamente, cual si en sus -inocentes ojos quisiera leer la solución del terrible conflicto. El -chico ardía de impaciencia; pero no se atrevió á dar prisa á su abuelo, -en cuyo semblante notaba pena y cansancio. - ---Dime, Luis--propuso Villaamil, abrazándole con cariño.--¿Quieres tú -de veras irte con la tía Quintina? ¿Crees que estarás bien con ella, y -que te educarán é instruirán los Cabreras mejor que en casa? Háblame con -franqueza. - -Puesta la cuestión en el terreno pedagógico, y descartado el aliciente -de la juguetería eclesiástica, Luis no supo qué contestar. Buscó una -salida, y al fin la halló: - ---Yo quiero ser cura. - ---Corriente; tú quieres ser cura y yo lo apruebo... Pero suponiendo que -yo falte, que Pura y Milagros se vayan á vivir con Abelarda, señora de -Ponce, ¿con quién te parece á ti que estarías mejor? - ---Con la abuela y la tía Quintina juntas. - ---Eso no puede ser. - -Cadalsito alzó los hombros. - ---«¿Y no temerías tú, si siguieras donde estabas, que mi hija se -alborotase otra vez y te quisiera matar? - ---No se alborotará--dijo Cadalsito con admirable sabiduría.--Ahora se -casa y no volverá á pegarme. - ---¿De modo que tú... no tienes miedo? Y entre la tía Quintina y -nosotros, ¿qué prefieres? - ---Prefiero... que vosotros viváis con la tía. - -Ya tenía Villaamil abierta la boca para decirle: «Mira, hijo, todo eso -que te he contado de los altaritos es música. Te hemos engañado para -que no te resistieses á salir de casa»; pero se contuvo, esperando que -el propio Luis esclareciese con alguna idea primitiva, sugerida por su -inocencia, el problema tremendo. Cadalsito montó una pierna sobre la -rodilla de su abuelo, y echándole una mano al hombro para sostenerse -bien, se dejó decir: - ---Lo que yo quiero es que la abuela y la tía Milagros se vengan á vivir -con Quintina. - ---¿Y yo?--preguntó el anciano, atónito de la preterición. - ---¿Tú? Te diré. Ya no te colocan... ¿entiendes? ya no te colocan, ni -ahora ni nunca. - ---¿Por dónde lo sabes? (con el alma atravesada en la garganta). - ---Yo lo sé. Ni ahora ni nunca... Pero maldita la falta que te hace. - ---¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho? - ---Pues... yo... Te lo contaré; pero no lo digas á nadie... Veo á Dios... -Me da así como un sueño, y entonces se me pone delante y me habla. - -Tan asombrado estaba Villaamil, que no pudo hacer ninguna observación. -El chico prosiguió: - ---Tiene la barba blanca, es tan alto como tú, con un manto muy bonito... -Me dice todo lo que pasa... y todo lo sabe, hasta lo que hacemos los -chicos en la escuela... - ---¿Y cuándo le has visto? - ---Muchas veces: la primera en las Alarconas, después aquí cerca, y en -el Congreso y en casa... Me da primero como un desmayo, me entra frío, y -luego viene él y nos ponemos á charlar... ¿Qué, no lo crees? - ---Sí, hijo, sí lo creo (con emoción vivísima); ¿pues no lo he de creer? - ---Y anoche me dijo que no te colocarán, y que este mundo es muy malo, y -que tú no tienes nada que hacer en él, y que cuanto más pronto te vayas -al cielo, mejor. - ---Mira tú lo que son las cosas: á mí me ha dicho lo mismo. - ---¿Pero tú le ves también? - ---No, tanto como verlo... no soy bastante puro para merecer esa -gracia... pero me habla alguna vez que otra. - ---Pues eso me dijo... Que morirte pronto es lo que te conviene, para que -descanses y seas feliz. - -El estupor de Villaamil fué inmenso. Eran las palabras de su nieto como -revelación divina, de irrefragable autenticidad. - ---¿Y á ti qué te cuenta el Señor? - ---Que tengo que ser cura... ¿ves? lo mismo, lo mismito que yo deseaba... -y que estudie mucho latín y aprenda pronto todas las cosas... - -La mente del anciano se inundó, por decirlo así, de un sentido -afirmativo, categórico, que excluía hasta la sombra de la duda, -estableciendo el orden de ideas firmísimas á que debía responder en el -acto la voluntad con decisión inquebrantable. - ---Vamos, hijo, vamos á casa de la tía Quintina--dijo al nieto, -levantándose y cogiéndole de la mano. - -Le llevó aprisa, sin tomarse el trabajo de catequizarle con -descripciones hiperbólicas de juguetes y chirimbolos sacro-recreativos. -Al llamar á la puerta de Cabrera, Quintina en persona salió á abrir. -Sentado en el último escalón, Villaamil cubrió de besos á su nieto, -entrególe á su tía paterna, y bajó á escape sin siquiera dar á ésta los -buenos días. Como al bajar creyese oir la voz del chiquillo que -gimoteaba, avivó el paso y se puso en la calle con toda la celeridad que -sus flojas piernas le permitían. - - - - -XLII - - -Era ya cerca de medio día, y Villaamil, que no se había desayunado, -sintió hambre. Tiró hacia la plaza de San Marcial, y al llegar á los -vertederos de la antigua huerta del Príncipe Pío, se detuvo á contemplar -la hondonada del Campo del Moro y los términos distantes de la Casa de -Campo. El día era espléndido, raso y bruñido el cielo de azul, con un -sol picón y alegre; de estos días precozmente veraniegos en que el calor -importuna más por hallarse aún los árboles despojados de hoja. -Empezaban á echarla los castaños de Indias y los chopos; apenas -verdegueaban los plátanos; y las soforas, gleditchas y demás leguminosas -estaban completamente desnudas. En algunos ejemplares del árbol del amor -se veían las rosadas florecillas, y los setos de aligustre ostentaban ya -sus lozanos renuevos, rivalizando con los evonymus de perenne hoja. -Observó Villaamil la diferencia de tiempo con que las especies arbóreas -despiertan de la somnolencia invernal, y respiró con gusto el aire tibio -que del valle del Manzanares subía. Dejóse ir, olvidado de su buen -apetito, camino de la Montaña, atravesando el jardinillo recién plantado -en el relleno, y dió la vuelta al cuartel, hasta divisar la sierra, de -nítido azul con claros de nieve, como mancha de acuarela extendida sobre -el papel por la difusión natural de la gota, obra de la casualidad más -que de los pinceles del artista. - ---¡Qué hermoso es esto!--se dijo soltando el embozo de la capa, que le -daba mucho calor.--Paréceme que lo veo por primera vez en mi vida, ó que -en este momento se acaban de crear esta sierra, estos árboles y este -cielo. Verdad que en mi perra existencia llena de trabajos y -preocupaciones, no he tenido tiempo de mirar para arriba ni para -enfrente... Siempre con los ojos hacia abajo, hacia esta puerca tierra -que no vale dos cominos, hacia la muy marrana Administración, á quien -parta un rayo, y mirándoles las cochinas caras á Ministros, Directores y -Jefes del Personal, que maldita gracia tienen. Lo que yo digo: ¡cuánto -más interesante es un cacho de cielo, por pequeño que sea, que la cara -de Pantoja, la de Cucúrbitas y la del propio Ministro!... Gracias á Dios -que saboreo este gusto de contemplar la Naturaleza, porque ya se -acabaron mis penas y mis ahogos, y no cavilo más en si me darán ó no me -darán el destino; ya soy otro hombre, ya sé lo que es independencia, ya -sé lo que es vida, y ahora me les paso á todos por las narices, y de -nadie tengo envidia, y soy... soy el más feliz de los hombres. Á comer -se ha dicho, y ole morena mía. - -Dió un par de castañetazos con los dedos de ambas manos, y volviendo á -liarse la capa, se dirigió hacia la cuesta de San Vicente, que recorrió -casi toda, mirando las muestras de las tiendas. Por fin, ante una -taberna de buen aspecto se detuvo murmurando: «Aquí deben de guisar muy -bien. Entra, Ramón, y date la gran vida». Dicho y hecho. Un rato después -hallábase el buen Villaamil sentado ante una mesa redonda, de cuatro -patas, y tenía delante un plato de guisado de falda olorosísimo, un -cubierto cachicuerno, jarro de vino y pan. «Da gusto--pensaba, -emprendiéndola resueltamente con el guisote--encontrarse así, tan libre, -sin compromisos, sin cuidarse de la familia... porque, en buena hora lo -diga, ya no tengo familia; estoy solo en el mundo, solo y dueño de mis -acciones... ¡Qué gusto, qué placer tan grande! El esclavo ha roto sus -cadenas, y hoy se pone el mundo por montera, y ve pasar á su lado á los -que antes le oprimían, como si viera pasar á Perico el de los Palotes... -¡Pero qué rico está este guisado de falda! En su vida compuso nada tan -bueno la simple de Milagros, que sólo sabe hacerse los ricitos, y -cantarse y mayarse por todo lo alto aquello de _morrríamo, morrríamo_... -Parece un perrillo cuando le pellizcan el rabo... De veras está rica la -falda... ¡Qué gracia tienen para sazonar en esta taberna! ¡Y qué persona -tan simpática es el tabernero, y qué bien le sientan los manguitos -verdes, los zapatos de alfombra y la gorra de piel! ¡Cuánto más guapo es -que Cucúrbitas y que el propio Pantoja!... Pues señor, el vinillo es -fresco y picón... Me gusta mucho. Efectos de la libertad de que gozo, de -no importárseme un bledo de nadie, y de ver mi cabeza limpia de -cavilaciones y pesadumbres. Porque todo lo dejo bien arregladito: mi -hija se casa con Ponce, que es buen muchacho y tiene de qué vivir; mi -nieto en poder de Quintina, que le educará mejor que su abuela... y en -cuanto á esas dos pécoras, que carguen con ellas Abelarda y su marido... -En resolución, ya no tengo que mantener el pico á nadie, ya soy libre, -feliz, independiente, y _me abro al cartaginés incautamente_. ¡Qué -dicha! Ya no tengo que discurrir á qué cristiano espetarle mañana la -cartita pidiendo un anticipo. ¡Qué descanso tan grande haber puesto -punto á tanta ignominia! El alma se me ensancha... respiro mejor, me ha -vuelto el apetito de mi mocedad, y á cuantas personas veo me dan ganas -de apretarles la mano y comunicarles mi felicidad». - -Aquí llegaba del soliloquio, cuando entraron en la taberna tres -muchachos, sin duda recién salidos del tren, con sendos morrales al -hombro, vara en cinto, vestidos á usanza campesina, iguales en el -calzado, que era de alpargata, y distintos en el sombrero, pues el uno -lo traía de aparejo redondo, el otro boina y el tercero pañuelo de seda -liado á la cabeza. - ---¡Qué chicos tan gallardos!--dijo Villaamil contemplándoles embebecido, -mientras ellos, bulliciosos y maleantes, pedían al tabernero algo con -qué matar la feroz gazuza que traían.--¿Serán jóvenes labradores que han -dejado la obscura pobreza de sus aldeas por venir á esta Babel á -pretender un destino que les dé barniz de señorío y aire de personas -decentes?... ¡Infelices! ¡Y qué gran favor les haría yo en -desengañarles! - -Sin más deliberación, se fué derecho á ellos diciéndoles: - ---Jóvenes, pensad lo que hacéis. Aun estáis á tiempo. Volveos á vuestras -cabañas y dehesas, y huid de este engañoso abismo de Madrid, que os -tragará y os hará infelices para toda la vida. Seguid el consejo de -quien os quiere bien, y volveos al campo. - ---¿Qué dice este tío?--contestó el más despabilado de ellos, poniéndose -al hombro la chaqueta, que se le había caído.--¡Otra que Dios con el -abuelo! Somos quintos de este reemplazo, y como no nos presentemos nos -afusilan... - ---¡Ah! bueno, bueno... Si sois militares, la cosa muda de aspecto... Á -defender la patria. Yo la defendí también, saliendo en una compañía de -voluntarios cuando aquel pillo de Gómez se corrió hacia Madrid... Pero -también os digo que no hagáis caso de lo que os prediquen vuestros -jefes, y que os sublevéis á las primeras de cambio, hijos. Despreciad al -gran pindongo del Estado... ¿No sabéis quién es el Estado? - -Los tres chicos se reían, mostrando sus dentaduras sanas y frescas: sin -duda les hacía mucha gracia la estantigua que tenían delante. Ninguno de -ellos supo quién era el Estado, y tuvo Villaamil que explicárselo en -esta forma: - ---Pues el Estado es el mayor enemigo del género humano, y á todo el que -coge por banda lo divide... Mucho ojo... sed siempre libres, -independientes, y no tengáis cuenta con nadie. - -Uno de los mozos sacó la vara del cinto y dió con ella tan fuerte golpe -sobre la mesa, que por poco la parte en dos, gritando: - ---Patrona, que tenemos mucha hambre. Por vida del condenado Solimán... -Vengan esas magras. - -Á Villaamil le cayó en gracia esta viveza de genio, y admiró la -juventud, la sangre hirviente de los tres muchachos. El tabernero les -rogó que esperasen minutos, y les puso delante pan y vino para que -fueran matando el gusanillo. Pagó entonces Villaamil, y el tabernero, ya -muy sorprendido de sus maneras originales, y teniéndole por tocado, se -corrió á ofrecerle una copita de Cariñena. Aceptó el cesante, reconocido -á tanta bondad, y tomando la copa y levantándola en alto, «brindó por la -prosperidad del establecimiento». Los quintos berrearon: - ---¡Madrid, cinco minutos de parada y fonda!... ¡Viva la Nastasia, la -Bruna, la Ruperta y toas las mozas de Daganzo de Arriba! - -Y como Villaamil elogiase, al despedirse del tabernero con mucha finura, -el buen servicio y lo bien condimentado del guiso, el dueño le contestó: - ---No hay otra como ésta. Fíjese en el rétulo: _La Viña del Señor_. - ---No, si yo no he de volver. Mañana estaré muy lejos, amigo mío. Señores -(volviéndose á los chicos y saludándoles sombrero en mano), conservarse. -Gracias; que les aproveche... Y no olviden lo que les he dicho... ser -libres, ser independientes... como el aire. Véanme á mí. Me pongo al -Estado por montera... Hasta ahora... - -Salió arrastrando la capa, y uno de los mozos se asomó á la puerta -gritando: - ---¡Eh... abuelo, agárrese, que se cae!... Abuelo, que se le han quedado -las narices. Vuelva acá. - -Pero Villaamil no oía nada, y siguió hacia arriba, buscando camino ó -vereda por donde escalar la Montaña segunda vez. Encontróla al fin, -atravesando un solar vacío y otro ya cercado para la edificación, y por -último, después de dar mil vueltas y de salvar hondonadas y de trepar -por la movediza tierra de los vertederos, llegó á la explanada del -cuartel y lo rodeó, no parando hasta las vertientes áridas que desde el -barrio de Argüelles descienden á San Antonio de la Florida. Sentóse en -el suelo y soltó la capa, pues el vino por dentro y el sol por fuera le -sofocaban más de lo justo. - ---¡Qué tranquilo he almorzado hoy! Desde mis tiempos de muchacho, cuando -salimos en persecución de Gómez, no he sido tan dichoso como ahora. -Entonces no era libre de cuerpo; pero de espíritu sí, como en el momento -presente; y no me ocupaba de si había ó no había para mandar mañana á la -plaza. Esto de que todos los días se ha de ir á la compra es lo que hace -insoportable la vida... Á ver, esos pajarillos tan graciosos que andan -por ahí picoteando, ¿se ocupan de lo que comerán mañana? No; por eso son -felices; y ahora me encuentro yo como ellos, tan contento, que me -pondría á piar si supiera, y volaría de aquí á la Casa de Campo, si -pudiese. ¿Por qué razón Dios, vamos á ver, no le haría á uno pájaro, en -vez de hacerle persona?... Al menos que nos dieran á elegir. Seguramente -nadie escogería ser hombre, para estar descrismándose luego por los -empleos y obligado á gastar chistera, corbata, y todo este matalotaje -que, sobre molestar, le cuesta á uno un ojo de la cara... Ser pájaro sí -que es cómodo y barato. Mírenlos, mírenlos tan campantes, pillando lo -que encuentran, y zampándoselo tan ricamente... Ninguno de éstos estará -casado con una pájara que se llame Pura, que no sabe ni ha sabido nunca -gobernar la casa, ni conoce el ahorro... - -Como viera los gorriones delante de sí, á distancia de unas cuatro -varas, acercándose á brincos, cautelosos y audaces, para rebuscar en la -tierra, sacó el buen hombre de su bolsillo el pan sobrante del almuerzo -que había guardado en la taberna, y desmigajándolo, lo arrojó á las -menudas aves. Aunque el movimiento de sus manos espantó á los -animalitos, pronto volvieron, y descubierto el pan, ya se colige que -cayeron sobre él como fieras. Villaamil sonreía y se esponjaba -observando su voracidad, sus graciosos meneos y aquellos saltitos tan -cucos. Al menor ruido, á la menor proyección de sombra ó indicio de -peligro, levantaban el vuelo; pero su loco apetito les traía pronto al -mismo lugar. - ---Coman, coman tranquilos--les decía mentalmente el viejo, embelesado, -inmóvil, para no asustarlos...--Si Pura hubiera seguido vuestro sistema, -otro gallo nos cantara. Pero ella no entiende de acomodarse á la -realidad. ¿Cabe algo más natural que encerrarse en los límites de lo -posible? Que no hay más que patatas... pues patatas... Que mejora la -situación y se puede ascender hasta la perdiz... pues perdiz. Pero no -señor, ella no está contenta sin perdiz á diario. De esta manera -llevamos treinta años de ahogos, siempre temblando; cuando lo había, -comiéndonoslo á trangullones como si nos urgiese mucho acabarlo; cuando -no, viviendo de trampas y anticipos. Por eso, al llegar la colocación ya -debíamos el sueldo de todo un año. De modo que perpetuamente estábamos -lo mismo, _á ti suspiramos_, y mirando para las estrellas... ¡Treinta -años así, Dios mío! Y á esto llaman vivir. «Ramón, ¿qué haces que no te -diriges á tal ó cual amigo?... Ramón, ¿en qué piensas? ¿Crees que somos -camaleones?... Ramón, determínate á empeñar tu reloj, que la niña -necesita botas... Ramón, que yo estoy descalza, y aunque me puedo -aguantar así unos días, no puedo pasarme sin guantes, pues tenemos que -ir al beneficio de la Furranguini... Ramón, dile al habilitado que te -anticipe quinientos reales; son tus días, y es preciso convidar á las de -tal ó cual... Ramón...» ¡Y que yo no haya sido hombre para trincar á mi -mujer y ponerle una mordaza en aquella boca, que debió de hacérsela un -fraile, según es de pedigüeña! ¡Cuidado que soportar esto treinta -años!... Pero ya, gracias á Dios, he tenido valor para soltar mi cadena -y recobrar mi personalidad. Ahora yo soy yo, y nadie me tose, y por fin -he aprendido lo que no sabía: á renegar de Pura y de toda su casta, y á -mandarlos á todos á donde fué el padre Padilla. - -No pudiendo reprimir su entusiasmo y alegría, dió tales manotadas, que -los pájaros huyeron. - - - - -XLIII - - ---No seáis tontos... con vosotros nadie se mete. ¿Por quién me tomáis? -¿Por algún Ministro sin entrañas, que quita el pan á los padres de -familia para darlo á cualquier gandul? Porque vosotros también sois -padres de familia y tenéis hijitos que mantener. No os asustéis, y tomad -más miguitas... Creed que si mi mujer hubiera sido otra, la de Ventura, -por ejemplo, yo no habría llegado á esta situación... La esposa de -Ventura, de quien la mía se burla tanto porque dice bacalao de -_Escuecia_, vale más que ella cien veces... Con Pura no hay dinero que -alcance; ni la paga de un Director. El maldito suponer, el trapito, las -visitas, el teatro, los perendengues y el morro siempre estirado para -fingir dignidad de personas encumbradas, nos perdieron... No temáis, -tontos; podéis acercaros, aun tengo más migas... En cuanto á Milagros, -vosotros convendréis conmigo en que, si es buena y sencilla, no por eso -deja de ser una inutilidad como su hermana. ¡Qué bien hizo aquel que se -tiró al agua! Pues si no se tira y carga con ella, á estas horas se -habría ahogado cien mil veces quedándose vivo, que es lo peor que le -puede pasar á un cristiano... Entre las dos hermanitas me han tenido á -mí lo mejor de mi vida con un dogal al cuello, aprieta que te -apretarás... No dirán que me he portado mal con ellas, pues desde que me -casé... Ahora me ocurre que, cuando fuí á pedir al señor Escobios la -mano de su hija, el apreciable médico del Cuarto Montado debió arrearme -un bofetón que me volviera la cara del revés... ¡Ay, cuánto se lo -hubiera agradecido más adelante!... Coman, coman tranquilos, que aquí no -estamos para quitarle el pan á la gente... Pues decía que desde que me -casé hasta la fecha, he sido víctima de la insubstancialidad y el -desgobierno de esas dos tarascas, y no podrán quejarse de que no he sido -sumiso y paciente, ni tampoco de que las abandono y las dejo en la -miseria, pues no me he determinado á recobrar mi libertad sino al saber -que quedan al amparo de Ponce, que es un bendito y les mantendrá el -pico, pues para eso le dejó todas sus migas el tío notario. ¡Ay, ínclito -Ponce, y qué mochuelo te toca! Ya verás lo que es canela fina. Si no -tienes cuidado, pronto te liquidan... te evaporan, te volatilizan, te -sorben. Allá se las haya. Yo he cumplido... he cargado mi cruz treinta -años; ahora, que la lleve otro... Se necesitan espaldas jóvenes... y el -peso es mayúsculo, amigo Ponce. Ya lo verás... Si he de ser franco, te -diré que mi hija, sin ser un talento, vale más que su mamá y su tía; -tiene algunas ideas de orden y previsión; no es tan amiga de echar -plantas... Pero cuidadito con ella, Ponce amigo, porque ó yo no entiendo -nada de afectos y afecciones de mujeres, ó á mi Abelarda le gustas tú lo -mismo que un dolor de muelas. Nadie me quita de la cabeza que ese peine -de Víctor le había sorbido los sesos... Pero cásese en buen hora, y si -son felices las señoras _Miaus_, y aprenden ahora lo que ignoraban en mi -tiempo, yo me alegraré mucho y hasta las aplaudiré desde allá: vaya si -las aplaudiré. - -Con estas meditaciones, harto más largas y difusas de lo que en la -narración aparecen, se le fué pasando la tarde á Villaamil. Dos ó tres -veces mudó de sitio, destrozando impíamente al pasar alguno de los -arbolillos que el Ayuntamiento en aquel erial tiene plantados. «El -Municipio--decía--es hijo de la Diputación Provincial y nieto del muy -gorrino del Estado, y bien se puede, sin escrúpulo de conciencia, hacer -daño á toda la parentela maldita. Tales padres, tales hijos. Si -estuviera en mi mano, no dejaría un árbol ni un farol... El que la hace -que la pague... y luego la emprendería con los edificios, empezando por -el Ministerio del cochino ramo, hasta dejarlo arrasadito, arrasadito... -como la palma de la mano. Luego, no me quedaría vivo un ferrocarril, ni -un puente, ni un barco de guerra, y hasta los cañones de las fortalezas -los haría pedacitos así». - -Vagaba por aquellos andurriales, sombrero en mano, recibiendo en el -cráneo los rayos del sol, que á la caída de la tarde calentaba -desaforadamente el suelo y cuanto en él había. La capa la llevaba -suelta, y tuvo intenciones de tirarla, no haciéndolo porque consideró -que podía venirle bien á la noche, aunque fuese por breve tiempo. Paróse -al borde de un gran talud que hay hacia la Cuesta de Areneros, sobre las -nuevas alfarerías de la Moncloa, y mirando al rápido declive, se dijo -con la mayor serenidad: «Este sitio me parece bueno, porque iré por aquí -abajo, dando vueltas de carnero; y luego, que me busquen... Como no me -encuentre algún pastor de cabras... Bonito sitio, y sobre todo, cómodo, -digan lo que quieran». - -Pero luego no debió parecerle el lugar tan adecuado á su temerario -intento, porque siguió adelante, bajó y volvió á subir, inspeccionando -el terreno, como si fuera á construir en él una casa. Ni alma viviente -había por allí. Los gorriones iban ya en retirada hacia los tejares de -abajo ó hacia los árboles de San Bernardino y de la Florida. De repente, -le dió al santo varón la vena de sacar un revólver que en el bolsillo -llevaba, montarlo y apuntar á los inocentes pájaros, diciéndoles: -«Pillos, granujas, que después de haberos comido mi pan pasáis sin darme -tan siquiera las buenas tardes, ¿qué diríais si ahora yo os metiera una -bala en el cuerpo?... Porque de fijo no se me escapaba uno. ¡Tengo yo -tal puntería!... Agradeced que no quiero quedarme sin tiros; pues si -tuviera más cápsulas, aquí me las pagabais todas juntas... De veras que -siento ganas de acabar con todo lo que vive, en castigo de lo mal que se -han portado conmigo la Humanidad, y la Naturaleza, y Dios (con -exaltación furiosa)... sí, sí: lo que es portarse, se han portado -cochinamente... Todos me han abandonado, y por eso adopto el lema que -anoche inventé y que dice literalmente: _Muerte... Infamante... Al... -Universo..._». - -Con esta cantata siguió buen trecho alejándose hasta que, ya cerrada la -noche, encontróse en los altos de San Bernardino que miran á -Vallehermoso, y desdé allí vió la masa informe del caserío de Madrid con -su crestería de torres y cúpulas, y el hormigueo de luces entre la -negrura de los edificios... Calmada entonces la exaltación homicida y -destructora, volvió el pobre hombre á sus estudios topográficos: «Este -sitio sí que es de primera... Pero no; me verían los guardas de Consumos -que están en esos cajones, y quizás... son tan brutos... me estorbarían -lo que quiero y debo hacer... Sigamos hacia el cementerio de la -Patriarcal, que por allí no habrá ningún importuno que se meta en lo que -no le va ni le viene. Porque yo quiero que vea el mundo una cosa, y es -que ya me importa un pepino que se nivelen ó no los presupuestos, y que -me río del _income tax_ y de toda la indecente Administración. Esto lo -comprenderá la gente cuando recoja mis... restos, que lo mismo me da -vayan á parar á un muladar que al propio panteón de los Reyes. Lo que -vale es el alma, la cual se remonta volando á eso que llaman... el -empíreo, que es por ahí arriba detrás de aquellos astros que relumbran y -parecen hacerle á uno guiños llamándole... Pero aun no es hora. Quiero -llegarme á ese puerco Madrid y decirle las del barquero á esas indinas -_Miaus_ que me han hecho tan infeliz». - -El odio á su familia, ya en los últimos días iniciado en su alma, y que -en aquél tomaba á ratos los vuelos de frenesí demente ó rabia feroz, -estalló formidable, haciéndole crispar los dedos, apretar reciamente la -mandíbula, acelerar el paso con el sombrero echado atrás, la capa caída, -en la actitud más estrafalaria y siniestra. Era ya noche obscura. -Resueltamente se dirigió al Conde-Duque, pasó por delante del cuartel, -y al aproximarse á la plaza de las Comendadoras, andaba con paso -cauteloso, evitando el ser visto, buscando la sombra y mudando de -dirección á cada instante. Después de meterse por la solitaria calle de -San Hermenegildo, volvió hacia la plazuela del Limón, rondó la manzana -de las Comendadoras, aventurándose por fin á atravesar la calle de -Quiñones y á observar los balcones de su casa, no sin cerciorarse antes -de que no estaban en el portal Mendizábal y su mujer. Agazapado en la -esquina de la plazuela obscura, solitaria y silenciosa, miró repetidas -veces hacia su casa, queriendo espiar si alguien entraba ó salía... -¿Irían las _Miaus_ al teatro aquella noche? ¿Vendrían á la tertulia -Ponce y los demás amigos? En medio de su trastorno, supo colocarse en la -realidad, considerando al fin como seguro é inevitable que, alarmada por -la ausencia de su marido, Pura ponía en movimiento á todos los íntimos -de la familia para buscarle. - -Al amparo de la esquina, como ladrón ó asesino que acecha el descuidado -paso del caminante, Villaamil alargaba el pescuezo para vigilar sin que -le vieran. Propiamente, su cuerpo estaba en la plazuela de las -Comendadoras y su cabeza en la calle de Quiñones; su flácido cuello, -dotado de prodigiosa elasticidad, se doblaba sobre el ángulo mismo. -«Allá sale el ínclito Ponce de estampía. De seguro han ido á casa de -Pantoja, al café, á todos los sitios que acostumbro frecuentar... Ese -que llega echando los bofes me parece que es Federico Ruiz. De fijo -viene de la prevención ó del juzgado de guardia... Habrá salido á -averiguar... ¡Pobrecillos, qué trabajo se toman! Y cuánto gozo yo -viéndoles tan afanados, y considerando á las _Miaus_ tan aturdiditas... -Fastidiarse; y usted, doña Pura de los infiernos, trague ahora la -cicuta; que durante treinta años la he estado tragando yo sin -quejarme... ¡Ah!, alguien sale y viene hacia acá... Me parece que es -Ponce otra vez. Agazapémonos en este portal... Sí, él es... (viendo al -crítico atravesar la plazuela de las Comendadoras). ¿Á dónde irá? Quizás -á casa de Cabrera. Trabajo te mando... ¿Habrá bobo igual? No, no me -encontraréis; no me atraparéis, no me privaréis de esta santa libertad -que ahora gozo, ¡bendita sea!, ni aunque revolváis el mundo entero me -daréis caza, estúpidos. ¿Qué se pretende? (amenazando con el puño á un -ser invisible), ¿que vuelva yo al poder de Pura y Milagros, para que me -amarguen la vida con aquel continuo pedir de dinero, con su desgobierno -y su majadería y su presunción? No; ya estoy hasta aquí; se colmó el -vaso... Si sigo con ellas me entra un día la locura, y con este -revólver... con este revólver (cogiendo el mango del arma dentro del -bolsillo y empuñándolo con fuerza) las despacho á todas... Más vale que -me despache yo, emancipándome y yéndome con Dios... ¡Ah! Pura, Purita, -se acabó el suplicio. Hinca tus garras en otra víctima. Ahí tienes á -Ponce con dinero fresco; cébate en él... ahí me las den todas... ¡Cuánto -me voy á reir!... Porque esta doña Pura es atroz, querido Ponce, y como -se encuentre con barro á mano, se armó la fiesta, y mesa y ropa y todo -ha de ser de lo más fino, sin considerar que mañana faltará la condenada -libreta... ¡Ay, Dios mío! El último de los artesanos, el triste mendigo -de las calles me han causado envidia en esta temporada; así como ahora, -desahogado y libre, no me cambio por el rey; no, no me cambio; lo digo -con toda el alma». - - - - -XLIV - - -Fuera del portal, y vuelta á los atisbos. «Sale ahora el chico de -Cuevas, afanadillo y presuroso. ¿Á dónde irá?... Busca, hijo, busca, que -ya te lo pagará doña Pura con una copita de moscatel... Pues la -bobalicona de Milagros estará con el alma en un hilo, porque la infeliz -me quiere... Es natural; ha vivido conmigo tantos años y ha comido mi -pan... Y si vamos á poner cada cosa en su punto, también Pura me -quiere... á su modo, sí. Yo también las quise mucho; pero lo que es -ahora, las aborrezco á las dos, ¿qué digo á las dos?, á las tres, porque -también mi hija me carga... Son tres apuntes que se me han sentado -aquí, en la boca del estómago, y cuando pienso en ellas, la sangre -parece que se me pone como metal derretido, y la tapa de los sesos se me -quiere saltar... ¡Vaya con las tres _Miaus_!... ¡Bien haya quien os puso -tal nombre! No más vivir con locas. ¡Vaya por dónde le dió á mi dichosa -hijita! ¡Por enamoriscarse de Víctor!... Porque, ó yo no lo entiendo, ó -aquello era amor de lo fino... ¡Qué mujeres, Dios santo! Prendarse de un -zascandil porque tiene la cara bonita, sin reparar... Y que él la -desprecia, no hay duda... Me alegro... Bien empleado le está. Chúpate -las calabazas, imbécil, y vuelve por más, y cásate con Ponce... -Francamente, si uno no se suprimiese por salvarse de la miseria, debiera -hacerlo por no ver estas cosas». - -Como observara luz en el gabinete, se encalabrinó más: «Esta noche, -Purita de mis entretelas, no hay teatrito, ¿verdad? Gracias á Dios que -está usted con la pierna quebrada. ¡Jorobarse!... Ya la veo á usted -arbitrando de dónde sacar el dinero para el luto. Lo mismo me da. -Sáquelo usted... de donde quiera. Venda mi piel para un tambor ó mis -huesos para botones... ¡Magnífico, admirable, deliciooooso!...» - -Al decir esto vió á Mendizábal en la puerta, y éste, por desgracia, le -vió también á él. Grandes fueron la alarma y turbación del anciano al -notar que el memorialista le observaba con ademán sospechoso. «Ese -animal me ha conocido y viene tras de mí», pensó Villaamil deslizándose -pegado al muro de las Comendadoras. Antes de volver la esquina, miró, y, -en efecto, Mendizábal le seguía paso á paso, como cazador que anda -quedito tras la res, procurando no espantarla. En cuanto traspuso el -ángulo, Villaamil, recogiéndose la capa, apretó á correr despavorido con -cuanta rapidez pudo, creyendo escuchar los pasos del otro y que un -enorme brazo se alargaba y le cogía por el cogote. Mal rato pasó el -infeliz. La suerte que no había nadie por aquellos barrios, pues si pasa -gente, y á Mendizábal se le ocurre gritar ¡_á ése_!, en aquel mismo -punto hubiera acabado la preciosa libertad del buen cesante. Huyó con -increíble ligereza, atravesando la plazuela del Limón, pasó por delante -del cuartel, temeroso de que la guardia le detuviese, y siguiendo la -calle del Conde-Duque, miró hacia atrás, y vió que Mendizábal, aunque le -seguía, quedaba bastante lejos. Sin tomar aliento, encaminóse hacia la -desierta explanada, y antes que su perseguidor pudiera verle, se ocultó -tras un montón de baldosas. Sacando la cabeza con gran precaución y sin -sombrero por un hueco de su escondite, vió al hombre-mono desorientado, -mirando á derecha é izquierda, y con preferencia á la parte del paseo de -Areneros, por donde creyó se había escabullido la caza. «¡Ah! sectario -del obscurantismo, ¿querías cogerme? No te mirarás en ese espejo. Sé yo -más que tú, monstruo, feo, más feo que el hambre, y más neo que Judas. -Ya sabes que siempre he sido liberal, y que antes moriré que soportar el -despotismo. Vete al cuerno, grandísimo reaccionario, que lo que es á mí -no me encadenas tú... Me futro en tu absolutismo y en tu inquisición. -Jeríngate, animal, carca y liberticida, que yo soy libre y liberal y -demócrata, y anarquista y petrolero, y hago mi santísima voluntad...» - -Aunque perdiera de vista al feo _gorilla_, no las tenía todas consigo. -Conocedor de la fuerza hercúlea de su portero, sabía que si éste le -echaba la zarpa, no le soltaría á dos tirones; y para evitar su -encuentro, se agachó buscando la sombra y amparo de los sillares ó -rimeros de adoquines que de trecho en trecho había. Protegido por la -densa obscuridad, volvió á ver al memorialista, que al parecer se -retiraba desesperanzado de encontrarle. «Abur, lechuzo, sicario del -fanatismo y opresor de los pueblos... ¡Miren qué facha, qué brazos y qué -cuerpo! No andas á cuatro pies por milagro de Dios. Joróbate y búscame, -y date tono con doña Pura, diciéndole que me viste... Zángano, neo, -salvaje, los demonios carguen contigo». - -Cuando se creyó seguro, volvió á internarse en las calles, siempre con -el recelo de que Mendizábal le iba á los alcances, y no daba un paso sin -revolver la vista á un lado y otro. Creía verle salir de todos los -portales ó agazapado en todos los rincones obscuros, acechándole para -caer encima con salto de mono y coraje de león. Al doblar la esquina del -callejón del Cristo para entrar en la calle de Amaniel, ¡pataplúm! -cátate á Mendizábal hablando con unas mujeres. Afortunadamente, el -memorialista le volvía la espalda y no pudo verle. Pero Villaamil, -viéndose cogido, tuvo una inspiración súbita, que fué meterse por la -primera puerta que halló á mano. Encontróse dentro de una taberna. Para -justificar su brusco ingreso, pasado el primer instante de sobresalto, -fuése al mostrador y pidió Cariñena. Mientras le servían observó la -concurrencia: dos sargentos, tres paisanos de chaqueta corta y cuatro -mozas de malísimo pelaje. «¡Vaya unas chicas guapas y elegantes!--dijo -mirándolas, al beber, por encima del vaso.--Véase por dónde me entran -ahora ganas de echarles alguna flor... ¡yo que desde que llevé á Pura al -altar no he dicho á ninguna mujer _por ahí te pudras_!... Pero con la -libertad parece que me remozo, y que me resucita la juventud... vaya... -y me bailan por el cuerpo unas alegrías... ¡Cuidado que pasarse un -hombre seis lustros sin acordarse de más mujer que la suya!... ¡Qué -cosas!... Vamos, que también me da por beberme otra copa... Treinta años -de virtud disculpan que uno eche ahora media docena de canas al aire... -(Al tabernero.) Déme usted otra copita... Pues lo que es las mozas me -están gustando; y si no fuera por esos gandules que las cortejan, les -diría yo algo por donde comprendiesen lo que va de tratar con caballeros -á andar entre gansos y soldaduchos... Debiera trabar conversación, al -menos para dar tiempo á que desfile Mendizábal... ¡Dios mío, líbrame de -esa fiera ultramontana y facciosa!... Nada, que me gustan las niñas; -sobre todo aquella que tiene el moño alto y el mantón colorado... -También ella me mira, y... Ojo, Ramón, que estas aventuras son -peligrosas. Modérate, y para hacer más tiempo, toma una copita más. -Paisano, otra...» - -La partida salió, y Villaamil, calculando con rápida inspiración, se -dijo: «Me meto entre ellos, y si aún está el esperpento ahí, me -escabullo mezclado con estos galanes y estas señoras». Así lo hizo, y -salió confundido con las mozas, que á él le parecían de ley, y con los -militares. Mendizábal no estaba en la calle ya; pero don Ramón no las -tenía todas consigo y siguió tras la patulea, pegado á ella lo más -posible, reflexionando: «En último caso, si el orangután ese me ataca, -es fácil que estos bravos militares salgan á defenderme... Vas bien, -Ramón, no temas... La sacrosanta libertad, hija del Cielo, no te la -quita ya nadie». - -Al llegar cerca de las Capuchinas, vió que la alegre banda desaparecía -por la calle de Juan de Dios. Oyó carcajadas de las desenvueltas -muchachas, y juramentos y voquibles de los hombres. Mirando con -tristeza y envidia el grupo: «¡Oh dichosa edad de la despreocupación y -del _qué se me da á mí_! Dios os la prolongue. Haced todos los -disparates que se os ocurran, jóvenes, y pecad todo lo que podáis, y -reíos del mundo y sus incumbencias, antes que os llegue la negra y -caigáis en la horrible esclavitud del pan de cada día y de la posición -social». - -Al decir esto, todas sus ideas accesorias é incidentales se -desvanecieron, dejando campar sola y dominante la idea constitutiva de -su lamentable estado psicológico. «Debe de ser tarde, Ramón. Apresúrate -á ponerte punto final. Dios lo dispone». De aquí pasó al recuerdo de -Luis, de quien tan cerca estaba, pues el anciano había entrado en la -calle de los Reyes. Paróse frente á la casa de Cabrera, y mirando hacia -el segundo, soltó en el embozo de su capa estas expresiones: «Luisín, -niño mío, tú, lo más puro y lo más noble de la familia, digno hijo de tu -madre, á á quien voy á ver pronto, ¿qué tal te encuentras con esos -señores? ¿Extrañas la casa? Tranquilízate, que ya te irás acostumbrando -á ellos; son buenas personas, tienen mucho arreglo, gastan poco, te -criarán bien, harán de ti un hombre. No te pese haber venido. Haz caso -de mí que te quiero tanto, y hasta me dan ganas de rezarte, porque tú -eres un santo en flor y te han de canonizar... como si lo viera. Por tu -boca inocente se me confirmó lo que ya se me había revelado... y yo que -aun dudaba, desde que te oí, ya no dudé más. Adiós, chiquillo celestial; -tu abuelito te bendice... mejor sería decirte que te pide la bendición, -porque eres un santito, y el día que cantes misa, verás, verás qué -alegría hay en el Cielo... y en la tierra... Adiós, tengo prisa... -Duérmete, y si eres desgraciado y alguien te quita tu libertad, ¿sabes -lo que haces? pues te largas de aquí... hay mil maneras... y ya sabes -dónde me tienes... Siempre tuyo...» - -Esto último lo dijo andando hacia la plaza de San Marcial con reposado -continente, como hombre que vuelve á su casa sin prisa, cumplidos los -deberes de la jornada. Encontróse de nuevo en los vertederos de la -Montaña, en lugares á donde no llega el alumbrado público, y los -altibajos del terreno poníanle en peligro de dar con su cuerpo en tierra -antes de sazón. Por fin, se detuvo en el corte de un terraplén reciente, -en cuyo movedizo talud no se podía aventurar nadie sin hundirse hasta la -rodilla, amén del peligro de rodar al fondo invisible. Al detenerse, -asaltóle una idea desconsoladora, fruto de aquella costumbre de ponerse -en lo peor y hacer cálculos pesimistas. «Ahora que veo cercano el -término de mi esclavitud y mi entrada en la Gloria Eterna, la maldita -suerte me va á jugar otra mala pasada. Va á resultar (sacando el arma) -que este condenado instrumento falla... y me quedo vivo ó á medio -morir, que es lo peor que puede pasarme, porque me recogerán y me -llevarán otra vez con las condenadas _Miaus_... ¡Qué desgraciado soy! Y -sucederá lo que temo... como si lo viera... Basta que yo desee una cosa, -para que suceda la contraria... ¿Quiero suprimirme? Pues la perra suerte -lo arreglará de modo que siga viviendo». - -Pero el procedimiento lógico que tan buenos resultados le diera en su -vida, el sistema aquel de imaginar el reverso del deseo para que el -deseo se realizase, le inspiró estos pensamientos: «Me figuraré que voy -á errar el jeringado tiro, y como me lo imagine bien, con obstinación -sostenida de la mente, el tirito saldrá... ¡Siempre la contraria! Conque -á ello... Me imagino que no voy á quedar muerto, y que me llevarán á mi -casa... ¡Jesús! Otra vez Pura y Milagros, y mi hija, con sus salidas de -pie de banco, y aquella miseria, aquel pordioseo constante... y vuelta -al pretender, á importunar á los amigos... Como si lo viera: este -cochino revólver no sirve para nada. ¿Me engañó aquel armero indecente -de la calle de Alcalá?... Probémoslo, á ver... pero de hecho me quedo -vivo... sólo que... por lo que pueda suceder, me encomiendo á Dios y á -San Luisito Cadalso, mi adorado santín... y... Nada, nada, este chisme -no vale... ¿Apostamos á que falla el tiro? ¡Ay! Antipáticas _Miaus_, -¡cómo os vais á reir de mí!... Ahora, ahora... ¿á que no sale? - -Retumbó el disparo en la soledad de aquel abandonado y tenebroso lugar; -Villaamil, dando terrible salto, hincó la cabeza en la movediza tierra, -y rodó seco hacia el abismo, sin que el conocimiento le durase más que -el tiempo necesario para poder decir: «Pues... sí...» - -Madrid, Abril de 1888. - -FIN DE LA NOVELA - - - - - - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Miau, by Benito Pérez Galdós - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MIAU *** - -***** This file should be named 52392-8.txt or 52392-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/2/3/9/52392/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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Pérez Galdós. -</title> -<style type="text/css"> - p {margin-top:.2em;text-align:justify;margin-bottom:.2em;text-indent:4%;} - -.c {text-align:center;text-indent:0%;} - -.cb {text-align:center;text-indent:0%;font-weight:bold;} - -small {font-size: 70%;} - -big {font-size: 130%;} - - h1 {margin-top:5%;text-align:center;clear:both;} - - h2 {margin-top:4%;margin-bottom:2%;text-align:center;clear:both; - font-size:120%;} - - hr {width:90%;margin:1em auto .2em auto;clear:both;color:black;} - - hr.full {width: 60%;margin:2% auto 2% auto;border-top:1px solid black; -padding:.1em;border-bottom:1px solid black;border-left:none;border-right:none;} - - table {margin-top:2%;margin-bottom:2%;margin-left:auto;margin-right:auto;border:none;} - - body{margin-left:4%;margin-right:6%;background:#ffffff;color:black;font-family:"Times New Roman", serif;font-size:medium;} - -a:link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} - - link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} - -a:visited {background-color:#ffffff;color:purple;text-decoration:none;} - -a:hover {background-color:#ffffff;color:#FF0000;text-decoration:underline;} - -.smcap {font-variant:small-caps;font-size:100%;} - - img {border:none;} - - sup {font-size:75%;vertical-align:top;} - -.figcenter {margin-top:3%;margin-bottom:3%;clear:both; -margin-left:auto;margin-right:auto;text-align:center;text-indent:0%;} - @media print, handheld - {.figcenter - {page-break-before: avoid;} - } - -.footnote {width:95%;margin:auto 3% 1% auto;font-size:0.9em;position:relative;} - -.label {position:relative;left:-.5em;top:0;text-align:left;font-size:.8em;} - -.fnanchor {vertical-align:30%;font-size:.8em;} - -div.poetry {text-align:center;} -div.poem {font-size:90%;margin:auto auto;text-indent:0%; -display: inline-block; text-align: left;} -div.poem2 {font-size:90%;margin:auto auto auto 50%;text-indent:0%; -display: inline-block; text-align: left;border-top:1px solid black; -border-bottom:1px solid black;} -.poem .stanza {margin-top: 1em;margin-bottom:1em;} -.poem span.i0 {display: block; margin-left: 0em; padding-left: 3em; text-indent: -3em;} - -.pagenum {font-style:normal;position:absolute; -left:95%;font-size:55%;text-align:right;color:gray; -background-color:#ffffff;font-variant:normal;font-style:normal;font-weight:normal;text-decoration:none;text-indent:0em;} -@media print, handheld -{.pagenum - {display: none;} - } - -</style> - </head> -<body> - - -<pre> - -The Project Gutenberg EBook of Miau, by Benito Pérez Galdós - -This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with -almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Miau - -Author: Benito Pérez Galdós - -Release Date: June 22, 2016 [EBook #52392] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MIAU *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - - - - - -</pre> - -<hr class="full" /> - -<div class="figcenter"> -<img src="images/cover.jpg" width="307" height="500" alt="" title="" /> -</div> - -<p class="cb">MIAU</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_001" id="page_001"></a>{1} </span> -<span class="pagenum"><a name="page_002" id="page_002"></a>{2} </span></p> - -<div class="poetry"><div class="poem2"> - Es propiedad. Queda hecho<br /> -el depósito que marca la ley.<br /> -Serán furtivos los ejemplares<br /> -que no lleven el sello del autor.<br /> -</div></div> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_003" id="page_003"></a>{3}</span></p> - -<h1><img src="images/miau.png" -width="400" -height="88" -alt="MIAU" -/></h1> - -<p class="cb"> -POR<br /> -<br /> -B. PÉREZ GALDÓS<br /> -<br /> -14.000<br /> -<br /> -<img src="images/colophon.png" width="100" height="108" alt="" title="" /> -<br /> -MADRID<br /> - -LIBRERÍA DE PERLADO, PÁEZ Y C.<sup>A</sup><br /> -(Sucesores de Hernando)<br /> -Arenal, núm, 11.<br /> -—<br /> -1907<br /> -</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_004" id="page_004"></a>{4}</span></p> -<hr /> -<p class="c">Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.<span class="pagenum"><a name="page_005" id="page_005"></a>{5}</span></p> - -<table border="1" cellpadding="5" cellspacing="0" summary=""> -<tr><td><span class="smcap">Capítulo</span>: -<a href="#I">I, </a> -<a href="#II">II, </a> -<a href="#III">III, </a> -<a href="#IV">IV, </a> -<a href="#V">V, </a> -<a href="#VI">VI, </a> -<a href="#VII">VII, </a> -<a href="#VIII">VIII, </a> -<a href="#IX">IX, </a> -<a href="#X">X, </a> -<a href="#XI">XI, </a> -<a href="#XII">XII, </a> -<a href="#XIII">XIII, </a> -<a href="#XIV">XIV, </a> -<a href="#XV">XV, </a> -<a href="#XVI">XVI, </a> -<a href="#XVII">XVII, </a> -<a href="#XVIII">XVIII, </a> -<a href="#XIX">XIX, </a> -<a href="#XX">XX, </a> -<a href="#XXI">XXI, </a> -<a href="#XXII">XXII, </a> -<a href="#XXIII">XXIII, </a> -<a href="#XXIV">XXIV, </a> -<a href="#XXV">XXV, </a> -<a href="#XXVI">XXVI, </a> -<a href="#XXVII">XXVII, </a> -<a href="#XXVIII">XXVIII, </a> -<a href="#XXIX">XXIX, </a> -<a href="#XXX">XXX, </a> -<a href="#XXXI">XXXI, </a> -<a href="#XXXII">XXXII, </a> -<a href="#XXXIII">XXXIII, </a> -<a href="#XXXIV">XXXIV, </a> -<a href="#XXXV">XXXV, </a> -<a href="#XXXVI">XXXVI, </a> -<a href="#XXXVII">XXXVII, </a> -<a href="#XXXVIII">XXXVIII, </a> -<a href="#XXXIX">XXXIX, </a> -<a href="#XL">XL, </a> -<a href="#XLI">XLI, </a> -<a href="#XLII">XLII, </a> -<a href="#XLIII">XLIII, </a> -<a href="#XLIV">XLIV.</a></td></tr> -</table> - -<h1><img src="images/miau.png" -width="400" -height="88" -alt="MIAU" -/></h1> - -<h2><a name="I" id="I"></a>I</h2> - -<p>Á las cuatro de la tarde, la chiquillería de la escuela pública de la -plazuela del Limón salió atropelladamente de clase, con algazara de mil -demonios. Ningún himno á la libertad, entre los muchos que se han -compuesto en las diferentes naciones, es tan hermoso como el que entonan -los oprimidos de la enseñanza elemental al soltar el grillete de la -disciplina escolar y <i>echarse á la calle</i> piando y saltando. La furia -insana con que se lanzan á los más arriesgados ejercicios de -volatinería, los estropicios que suelen causar á algún pacífico -transeunte, el delirio de la autonomía individual que á veces acaba en -porrazos, lágrimas y cardenales, parecen bosquejo de los triunfos -revolucionarios que en edad menos dichosa han de celebrar los hombres... -Salieron, como digo, en tropel; el último quería ser el primero, y los -pequeños chillaban más que los grandes. Entre ellos había uno de -menguada estatura, que se apartó<span class="pagenum"><a name="page_006" id="page_006"></a>{6}</span> de la bandada para emprender solo y -calladito camino de su casa. Y apenas notado por sus compañeros aquel -apartamiento que más bien parecía huida, fueron tras él y le acosaron -con burlas y cuchufletas, no del mejor gusto. Uno lo cogía del brazo, -otro le refregaba la cara con sus manos inocentes, que eran un dechado -completo de cuantas porquerías hay en el mundo; pero él logró desasirse -y... pies, para qué os quiero. Entonces dos ó tres de los más -desvergonzados le tiraron piedras, gritando <i>Miau</i>; y toda la partida -repitió con infernal zipizape: <i>Miau, Miau</i>.</p> - -<p>El pobre chico de este modo burlado se llamaba Luisito Cadalso, y era -bastante mezquino de talla, corto de alientos, descolorido, como de ocho -años, quizás de diez, tan tímido que esquivaba la amistad de sus -compañeros, temeroso de las bromas de algunos, y sintiéndose sin bríos -para devolverlas. Siempre fué el menos arrojado en las travesuras, el -más soso y torpe en los juegos, y el más formalito en clase, aunque uno -de los menos aventajados, quizás porque su propio encogimiento le -impidiera decir bien lo que sabía ó disimular lo que ignoraba. Al doblar -la esquina de las Comendadoras de Santiago para ir á su casa, que estaba -en la calle de Quiñones, frente á la Cárcel de Mujeres, uniósele uno de -sus condiscípulos, muy cargado de libros, la pizarra á la espalda,<span class="pagenum"><a name="page_007" id="page_007"></a>{7}</span> el -pantalón hecho una pura rodillera, el calzado con tragaluces, boina azul -en la pelona, y el hocico muy parecido al de un ratón. Llamaban al tal -Silvestre Murillo, y era el chico más aplicado de la escuela y el amigo -mejor que Cadalso tenía en ella. Su padre, sacristán de la iglesia de -Monserrat, le destinaba á seguir la carrera de Derecho, porque se le -había metido en la cabeza que el mocoso aquél llegaría á ser personaje, -quizás orador célebre, ¿por qué no ministro? La futura celebridad habló -así á su compañero:</p> - -<p>—Mia tú, <i>Caarso</i>, si á mí me dieran esas chanzas, de la galleta que -les pegaba les ponía la cara verde. Pero tú no tienes coraje. Yo digo -que no se deben poner motes á las presonas. ¿Sabes tú quién tié la -culpa? Pues <i>Posturitas</i>, el de la casa de empréstamos. Ayer fué -contando que su mamá había dicho que á tu abuela y á tus tías las llaman -las <i>Miaus</i>, porque tienen la fisonomía de las caras, es á saber, como -las de los gatos. Dijo que en el paraíso del Teatro Real les pusieron -este mal nombre, y que siempre se sientan en el mismo sitio, y que -cuando las ven entrar, dice toda la gente del público: «Ahí están ya las -<i>Miaus</i>».</p> - -<p>Luisito Cadalso se puso muy encarnado. La indignación, la vergüenza y el -estupor que sentía, no le permitieron defender la ultrajada dignidad de -su familia.<span class="pagenum"><a name="page_008" id="page_008"></a>{8}</span></p> - -<p>—<i>Posturitas</i> es un ordinario y un disinificante—añadió Silvestre,—y -eso de poner motes es de tíos. Su padre es un tío, su madre una tía, y -sus tías unas tías. Viven de chuparle la sangre al pobre, y ¿qué te -crees? al que no desempresta la capa, le despluman, es á saber, que se -la venden y le dejan que se muera de frío. Mi mamá las llama <i>las -arpidas</i>. ¿No las has visto tú cuando están en el balcón colgando las -capas para que les dé el aire? Son más feas que un túmulo, y dice mi -papá que con las narices que tienen se podrían hacer las patas de una -mesa y sobraba maera... Pues también. <i>Posturitas</i> es un buen mico; -siempre pintándola y haciendo gestos como los <i>clos</i> del Circo. Claro, -como á él le han puesto mote, quiere vengarse, encajándotelo á ti. Lo -que es á mí no me lo pone, ¡contro!, porque sabe que tengo yo mu malas -pulgas, pero mu malas... Como tú eres así tan poquita cosa, es á saber, -que no achuchas cuando te dicen algo, vele ahí por qué no te guarda el -rispeto.</p> - -<p>Cadalsito, deteniéndose en la puerta de su casa, miró á su amigo con -tristeza. El otro, arreándole un fuerte codazo, le dijo: «Yo no te llamo -<i>Miau</i>, ¡contro!, no tengas cuidado que yo te llame <i>Miau</i>;» y partió á -escape hacia Monserrat.</p> - -<p>En el portal de la casa en que Cadalso habitaba, había un memorialista. -El biombo ó bastidor,<span class="pagenum"><a name="page_009" id="page_009"></a>{9}</span> forrado de papel imitando jaspes de variadas -vetas y colores, ocultaba el hueco del escritorio ó agencia donde -asuntos de tanta monta se despachaban de continuo. La multiplicidad de -ellos se declaraba en manuscrito cartel, que en la puerta de la casa -colgaba. Tenía forma de índice, y decía de esta manera:</p> - -<p><i>Casamientos</i>.—Se andan los pasos de la Vicaría con prontitud y -economía.</p> - -<p><i>Doncellas</i>.—Se proporcionan.</p> - -<p><i>Mozos de comedor</i>.—Se facilitan.</p> - -<p><i>Cocineras</i>.—Se procuran.</p> - -<p><i>Profesor de acordeón</i>.—Se recomienda.</p> - -<p><i>Nota</i>.—Hay escritorio reservado para señoras.</p> - -<p>Abstraído en sus pensamientos, pasaba el buen Cadalso junto al biombo, -cuando por el hueco que éste tenía hacia el interior del portal, -salieron estas palabras: «Luisín, bobillo, estoy aquí». Acercóse el -muchacho, y una mujerona muy grandona echó los brazos fuera del biombo -para cogerle en ellos y acariciarlo: «¡Qué tontín! Pasas sin decirme -nada. Aquí te tengo la merienda. Mendizábal fué á las diligencias. Estoy -sola, cuidando la <i>oficina</i>, por si viene alguien. ¿Me harás compañía?»</p> - -<p>La señora de Mendizábal era de tal corpulencia, que cuando estaba dentro -del escritorio parecía que había entrado en él una vaca, acomodando los -cuartos traseros en el banquillo y ocupando todo el espacio restante con -el desmedido<span class="pagenum"><a name="page_010" id="page_010"></a>{10}</span> volumen de sus carnes delanteras. No tenía hijos, y se -encariñaba con todos los chicos de la vecindad, singularmente con -Luisito, merecedor de lástima y mimos por su dulzura humilde, y más que -por esto <i>por las hambres que en su casa pasaba</i>, al decir de ella. -Todos los días le reservaba una golosina para dársela al volver de la -escuela. La de aquella tarde era un bollo (de los que llaman <i>del -Santo</i>) que estaba puesto sobre la salbadera, y tenía muchas arenillas -pegadas en la costra de azúcar. Pero Cadalsito no reparó en esto al -hincarle su diente con gana. «Súbete ahora—le dijo la portera -memorialista, mientras él devoraba el bollo con grajea de polvo de -escribir;—súbete, cielo, no sea que tu abuela te riña; dejas los -libritos, y bajas á hacerme compañía y á jugar con <i>Canelo</i>».</p> - -<p>El chiquillo subió con presteza. Abrióle la puerta una señora cuya cara -podía dar motivo á controversias numismáticas, como la antigüedad de -ciertas monedas que tienen borrada la inscripción, pues unas veces, -mirada de perfil y á cierta luz, daban ganas de echarle los sesenta, y -otras el observador entendido se contenía en la apreciación de los -cuarenta y ocho ó los cincuenta bien conservaditos.</p> - -<p>Tenía las facciones menudas y graciosas, del tipo que llaman aniñado, la -tez rosada todavía, la cabellera rubia cenicienta, de un color que -parecía de alquimia, con cierta efusión extravagante<span class="pagenum"><a name="page_011" id="page_011"></a>{11}</span> de los mechones -próximos á la frente. Veintitantos años antes de lo que aquí se refiere, -un periodistín que escribía la cotización de las harinas y las revistas -de sociedad, anunciaba de este modo la aparición de aquella dama en los -salones del Gobernador de una provincia de tercera clase: «¿Quién es -aquella figura arrancada de un cuadro del Beato Angélico, y que viene -envuelta en nubes vaporosas y ataviada con el nimbo de oro de la -iconografía del siglo XIV?» Las vaporosas nubes eran el vestidillo de -gasa que la señora de Villaamil encargó á Madrid por aquellos días, y el -áureo nimbo, el demonio me lleve si no era la efusión de la cabellera, -que entonces debía de ser rubia, y por tanto cotizable á la par, -literariamente, con el oro de Arabia.</p> - -<p>Cuatro ó cinco lustros después de estos éxitos de elegancia en aquella -ciudad provinciana, cuyo nombre no hace al caso, doña Pura, que así se -llamaba la dama, en el momento aquel de abrir la puerta á su nietecillo, -llevaba peinador no muy limpio, zapatillas de fieltro no muy nuevas, y -bata floja de tartán verde.</p> - -<p>—¡Ah!, eres tú, Luisín—le dijo.—Yo creí que era Ponce con los -billetes del Real. ¡Y nos prometió venir á las dos! ¡Qué formalidades -las de estos jóvenes del día!</p> - -<p>En este punto apareció otra señora muy parecida á la anterior en la -corta estatura, en lo<span class="pagenum"><a name="page_012" id="page_012"></a>{12}</span> aniñado de las facciones y en la expresión -enigmática de la edad. Vestía chaquetón degenerado, descendiente de un -gabán de hombre, y un mandil largo de arpillera, prenda de cocina en -todas partes. Era la hermana de doña Pura, y se llamaba Milagros. En el -comedor, á donde fué Luis para dejar sus libros, estaba una joven -cosiendo, pegada á la ventana para aprovechar la última luz del día, -breve como día de Febrero. También aquella hembra se parecía algo á las -otras dos, salvo la diferencia de edad. Era Abelarda, hija de doña Pura, -y tía de Luisito Cadalso. La madre de éste, Luisa Villaamil, había -muerto cuando el pequeñuelo contaba apenas dos años de edad. Del padre -de éste, Víctor Cadalso, se hablará más adelante.</p> - -<p>Reunidas las tres, picotearon sobre el caso inaudito de que Ponce (novio -titular de Abelarda, que obsequiaba á la familia con billetes del Teatro -Real) no hubiese parecido á las cuatro y media de la tarde, cuando -generalmente llevaba los billetes á las dos. «Así, con estas -incertidumbres, no sabiendo una si va ó no va al teatro, no puede -determinar nada ni hacer cálculo ninguno para la noche. ¡Qué cachaza de -hombre!» Díjolo doña Pura con marcado desprecio del novio de su hija, y -ésta le contestó: «Mamá, todavía no es tarde. Hay tiempo de sobra. Verás -cómo no falta ése con las entradas».</p> - -<p>«Sí; pero en funciones como la de esta noche,<span class="pagenum"><a name="page_013" id="page_013"></a>{13}</span> cuando los billetes andan -tan escasos que hasta influencias se necesitan para hacerse con ellos, -es una contracaridad tenernos en este sobresalto».</p> - -<p>En tanto, Luisito miraba á su abuela, á su tía mayor, á su tía menor, y -comparando la fisonomía de las tres con la del micho que en el comedor -estaba, durmiendo á los pies de Abelarda, halló perfecta semejanza entre -ellas. Su imaginación viva le sugirió al punto la idea de que las tres -mujeres eran gatos en <i>dos pies y vestidos de gente</i>, como los que hay -en la obra <i>Los animales pintados por sí mismos</i>; y esta alucinación le -llevó á pensar si sería él también gato <i>derecho</i> y si mayaría cuando -hablaba. De aquí pasó rápidamente á hacer la observación de que el mote -puesto á su abuela y tías en el paraíso del Real, era la cosa más -acertada y razonable del mundo. Todo esto germinó en su mente en menos -que se dice, con el resplandor inseguro y la volubilidad de un cerebro -que se ensaya en la observación y en el raciocinio. No siguió adelante -en sus gatescas presunciones, porque su abuelita, poniéndole la mano en -la cabeza, le dijo: «¿Pero la Paca no te ha dado esta tarde merienda?»</p> - -<p>—Sí, mamá... y ya me la comí. Me dijo que subiera á dejar los libros y -que bajara después á jugar con <i>Canelo</i>.</p> - -<p>—Pues ve, hijo, ve corriendito, y te estás<span class="pagenum"><a name="page_014" id="page_014"></a>{14}</span> abajo un rato, si quieres. -Pero ahora me acuerdo... vento para arriba pronto, que tu abuelo te -necesita para que le hagas un recado.</p> - -<p>Despedía la señora en la puerta al chiquillo, cuando de un aposento -próximo á la entrada de la casa salió una voz cavernosa y sepulcral, que -decía: «Puuura, Puuura».</p> - -<p>Abrió ésta una puerta que á la izquierda del pasillo de entrada había, y -penetró en el llamado despacho, pieza de poco más de tres varas en -cuadro, con ventana á un patio lóbrego. Como la luz del día era ya tan -escasa, apenas se veía dentro del aposento más que el cuadro luminoso de -la ventana. Sobre él se destacó un sombrajo larguirucho, que al parecer -se levantaba de un sillón como si se desdoblase, y se estiró -desperezándose, á punto que la temerosa y empañada voz decía: «Pero, -mujer, no se te ocurre traerme una luz. Sabes que estoy escribiendo, que -anochece más pronto que uno quisiera, y me tienes aquí secándome la -vista sobre el condenado papel».</p> - -<p>Doña Pura fué hacia el comedor, donde ya su hermana estaba encendiendo -una lámpara de petróleo. No tardó en aparecer la señora ante su marido -con la luz en la mano. La reducida estancia y su habitante salieron de -la obscuridad, como algo que se crea surgiendo de la nada.</p> - -<p>—Me he quedado helado—dijo D. Ramón<span class="pagenum"><a name="page_015" id="page_015"></a>{15}</span> Villaamil, esposo de doña Pura; -el cual era un hombre alto y seco, los ojos grandes y terroríficos, la -piel amarilla, toda ella surcada por pliegues enormes en los cuales las -rayas de sombra parecían manchas; las orejas transparentes, largas y -pegadas al cráneo; la barba corta, rala y cerdosa, con las canas -distribuidas caprichosamente, formando ráfagas blancas entre lo negro; -el cráneo liso y de color de hueso desenterrado, como si acabara de -recogerlo de un osario para taparse con él los sesos. La robustez de la -mandíbula, el grandor de la boca, la combinación de los tres colores -negro, blanco y amarillo, dispuestos en rayas, la ferocidad de los ojos -negros, inducían á comparar tal cara con la de un tigre viejo y tísico, -que después de haberse lucido en las exhibiciones ambulantes de fieras, -no conserva ya de su antigua belleza más que la pintorreada piel.</p> - -<p>—Á ver, ¿á quién has escrito?—dijo la señora, acortando la llama que -sacaba su lengua humeante por fuera del tubo.</p> - -<p>—Pues al jefe del Personal, al señor de Pez, á Sánchez Botín y á todos -los que puedan sacarme de esta situación. Para el ahogo del día (dando -un gran suspiro), me he decidido á volver á molestar al amigo -Cucúrbitas. Es la única persona verdaderamente cristiana entre todos mis -amigos, un caballero, un hombre de bien, que se hace cargo de las -necesidades... ¡Qué diferencia<span class="pagenum"><a name="page_016" id="page_016"></a>{16}</span> de otros! Ya ves la que me hizo ayer ese -badulaque de Rubín. Le pinto nuestra necesidad; pongo mi cara en -vergüenza suplicándole... nada, un pequeño anticipo, y... Sabe Dios la -hiel que uno traga antes de decidirse... y lo que padece la dignidad... -Pues ese ingrato, ese olvidadizo, á quien tuve de escribiente en mi -oficina siendo yo jefe de negociado de cuarta, ese desvergonzado que por -su audacia ha pasado por delante de mí, llegando nada menos que a -gobernador, tiene la poca delicadeza de mandarme medio duro.</p> - -<p>Villaamil se sentó, dando sobre la mesa un puñetazo que hizo saltar las -cartas, como si quisieran huir atemorizadas. Al oir suspirar á su -esposa, irguió la amarilla frente, y con voz dolorida, prosiguió así:</p> - -<p>—En este mundo no hay más que egoísmo, ingratitud, y mientras más -infamias se ven, más quedan por ver... Como ese bigardón de Montes, que -me debe su carrera, pues yo le propuse para el ascenso en la Contaduría -Central. ¿Creerás tú que ya ni siquiera me saluda? Se da una -importancia, que ni el Ministro... Y va siempre adelante. Acaban de -darle catorce mil. Cada año su ascensito, y ole morena... Este es el -premio de la adulación y la bajeza. No sabe palotada de administración; -no sabe más que hablar de caza con el Director, y de la galga y del -pájaro y qué sé yo qué... Tiene peor ortografía<span class="pagenum"><a name="page_017" id="page_017"></a>{17}</span> que un perro, y escribe -<i>hacha</i> sin <i>h</i> y <i>echar</i> con ella... Pero en fin, dejemos á un lado -estas miserias. Como te decía, he determinado acudir otra vez al amigo -Cucúrbitas. Cierto que con éste van ya cuatro ó cinco envites; pero no -sé ya á qué santo volverme. Cucúrbitas comprende al desgraciado y le -compadece, porque él también ha sido desgraciado. Yo le he conocido con -los calzones rotos y en el sombrero dos dedos de grasa... Él sabe que -soy agradecido... ¿Crees tú que se le agotará la bondad?... Dios tenga -piedad de nosotros, pues si este amigo nos desampara iremos todos á -tirarnos por el Viaducto.</p> - -<p>Dió Villaamil un gran suspiro, clavando los ojos en el techo. El tigre -inválido se transfiguraba. Tenía la expresión sublime de un apóstol en -el momento en que le están martirizando por la fe, algo del San -Bartolomé de Ribera cuando le suspenden del árbol y le descueran -aquellos tunantes de gentiles, como si fuera un cabrito. Falta decir que -este Villaamil era el que en ciertas tertulias de café recibió el apodo -de Ramsés II<a name="FNanchor_A_1" id="FNanchor_A_1"></a><a href="#Footnote_A_1" class="fnanchor">[A]</a>.</p> - -<div class="footnote"><p><a name="Footnote_A_1" id="Footnote_A_1"></a><a href="#FNanchor_A_1"><span class="label">[A]</span></a> <i>Fortunata y Jacinta</i>. Tomo III.</p></div> - -<p>—Bueno, dame la carta para Cucúrbitas—dijo doña Pura, que acostumbrada -á tales jeremíadas, las miraba como cosa natural y corriente.—Irá el -niño volando á llevarla. Y ten<span class="pagenum"><a name="page_018" id="page_018"></a>{18}</span> confianza en la Providencia, hombre, -como la tengo yo. No hay que amilanarse (con risueño optimismo). Me ha -dado la corazonada... ya sabes tú que rara vez me equivoco... la -corazonada de que en lo que resta de mes te colocan.</p> - -<h2><a name="II" id="II"></a>II</h2> - -<p>—¡Colocarme!—exclamó Villaamil poniendo toda su alma en una palabra. -Sus manos, después de andar un rato por encima de la cabeza, cayeron -desplomadas sobre los brazos del sillón. Cuando esto se verificó, ya -doña Pura no estaba allí, pues había salido con la carta, y llamó desde -la escalera á su nieto, que estaba en la portería.</p> - -<p>Ya eran cerca de la seis cuando Luis salió con el encargo, no sin volver -á hacer escala breve en el escritorio de los memorialistas. «Adiós, rico -mío—le dijo Paca besándole.—Ve prontito para que vuelvas á la hora de -comer. (Leyendo el sobre.) Pues digo... no es floja caminata, de aquí á -la calle del Amor de Dios. ¿Sabes bien el camino? ¿No te perderás?»</p> - -<p>¡Qué se había de perder, ¡contro!, si más de veinte veces había ido á la -casa del señor de Cucúrbitas y á las de otros caballeros con recados -verbales ó escritos! Era el mensajero de las terribles ansiedades, -tristezas é impaciencias de<span class="pagenum"><a name="page_019" id="page_019"></a>{19}</span> su abuelo; era el que repartía por uno y -otro distrito las solicitudes del infeliz cesante, implorando una -recomendación ó un auxilio. Y en este oficio de peatón adquirió tan -completo saber topográfico, que recorría todos los barrios de la Villa -sin perderse; y aunque sabía ir á su destino por el camino más corto, -empleaba comúnmente el más largo, por costumbre y vicio de paseante ó -por instintos de observador, gustando mucho de examinar escaparates, de -oir, sin perder sílaba, discursos de charlatanes que venden elixires ó -hacen ejercicios de prestidigitación. Á lo mejor, topaba con un mono -cabalgando sobre un perro ó manejando el molinillo de la chocolatera lo -mismito que una <i>persona natural;</i> otras veces era un infeliz oso -encadenado y flaco, ó italianos, turcos, moros falsificados que piden -limosna haciendo cualquiera habilidad. También le entretenían los -entierros muy lucidos, el riego de las calles, la tropa marchando con -música, el ver subir la piedra sillar de un edificio en construcción, el -Viático con muchas velas, los encuartes de los tranvías, el trasplantar -árboles y cuantos accidentes ofrece la vía pública.</p> - -<p>—Abrígate bien—le dijo Paca besándole otra vez y envolviéndole la -bufanda en el cuello.—Ya podrían comprarte unos guantes de lana. Tienes -las manos heladitas, y con sabañones, ¡Ah, cuánto mejor estarías con tu -tía Quintina!<span class="pagenum"><a name="page_020" id="page_020"></a>{20}</span> ¡Vaya, un beso á Mendizábal, y hala! <i>Canelo</i> irá -contigo.</p> - -<p>De debajo de la mesa salió un perro de bonita cabeza, las patas cortas, -la cola enroscada, el color como de barquillo, y echó á andar gozoso -delante de Luis. Paca salió tras ellos á la puerta, les miró alejarse, y -al volver á la estrecha oficina, se puso á hacer calceta, diciendo á su -marido: «¡Pobre hijo! Me le traen todo el santo día hecho un carterito. -El sablazo de esta tarde va contra el mismo sujeto de estos días. ¡La -que le ha caído al buen señor! Te digo que estos Villaamiles son peores -que la filoxera. Y de seguro que esta noche las tres <i>lambionas</i> se irán -también de pindongueo al teatro y vendrán á las tantas de la noche.</p> - -<p>—Ya no hay cristiandad en las familias—dijo Mendizábal grave y -sentenciosamente.—Ya no hay más que suposición.</p> - -<p>—Y que no deben nada en gracia de Dios (meneando con furor las agujas). -El carnicero dice que ya no les fía más aunque le ahorquen; el frutero -se ha plantado, y el del pan lo mismo... Pues si esas muñeconas supieran -arreglarse y pusieran todos los días, si á mano viene, una cazuela de -patatas... Pero, Dios nos libre... ¡Patatas ellas! ¡pobrecitas! El día -que les cae algo, aunque sea de limosna, ya las tienes dándose la gran -vida y echando la casa por la ventana. Eso sí, en arreglar los trapitos -para suponer<span class="pagenum"><a name="page_021" id="page_021"></a>{21}</span> no hay quien les gane. La doña Pura se pasa toda la mañana -de Dios enroscándose las greñas de la frente, y la doña Milagros le ha -dado ya cuatro vueltas á la tela de aquella eternidad de vestido, color -de mostaza para sinapismos. Pues digo, la antipática de la niña no para -de echar medias suelas al sombrero, poniéndole cintas viejas, ó alguna -pluma de gallina ó un clavo de cabeza dorada de los que sirven para -colgar láminas.</p> - -<p>—Suposición de suposiciones... Consecuencias funestas del -materialismo—dijo Mendizábal, que solía repetir las frases del -periódico á que estaba suscrito.—Ya no hay modestia, ya no hay -sencillez de costumbres. ¿Qué se hizo de aquella pobreza honrada de -nuestros padres, de aquella... (no recordando lo demás) de aquella, -pues... como quien dice?...</p> - -<p>—Pues el pobre D. Ramón, cuando cierre el ojo, se irá derecho al cielo. -Es un santo y un mártir. Créete que si yo le pudiera colocar, le -colocaba ¡Me da una lástima! Con aquellas miradas que echa parece que se -va á comer á la gente, ¡pobre señor!, y se la comería á una, no por -maldad, sino por puras hambres (clavándose en el pelo la cuarta aguja). -Da miedo verle. Yo no sé cómo el señor Ministro, cuando le ve entrar en -las oficinas, no se muere de miedo y le coloca por perderle de vista.</p> - -<p>—Villaamil—dijo Mendizábal con suficiencia<span class="pagenum"><a name="page_022" id="page_022"></a>{22}</span>—es un hombre honrado, y -el Gobierno de ahora es todo de pillos. Ya no hay honradez, ya no hay -cristiandad, ya no hay justicia. ¿Qué os lo que hay? Ladronicio, -irreligiosidad, desvergüenza. Por eso no le colocan, ni le colocarán -mientras no venga el único que puede traer la justicia. Yo se lo digo -siempre que pasa por aquí y se para en el portal á echar un párrafo -conmigo: «No le dé usted vueltas, D. Ramón, no le dé usted vueltas. De -todo tiene la culpa la libertad de cultos. Porque ínterin tengamos -racionalismo, mi señor don Ramón, ínterin no sea aplastada la cabeza de -la serpiente, y... (perdiendo el hilo de la frase y no sabiendo ya por -dónde andaba) y en tanto que... precisamente... quiero decir, digo... -(cortando por lo sano). ¡Ya no hay cristiandad!</p> - -<p>Entretanto, Luisito y Canelo recorrían parte de la calle Ancha y -entraban por la del Pez, siguiendo su itinerario. El perro, cuando se -separaba demasiado, deteníase mirando hacia atrás, la lengua de fuera. -Luis se paraba á ver escaparates, y á veces decía á su compañero esto ó -cosa parecida: «<i>Canelo</i>, mira qué trompetas tan bonitas». El animal se -ponía en dos patas, apoyando las delanteras en el borde del escaparate; -pero no debían de ser para él muy interesantes las tales trompetas, -porque no tardaba en seguir andando. Por fin llegaron á la calle del -Amor de Dios. Desde cierta ocasión<span class="pagenum"><a name="page_023" id="page_023"></a>{23}</span> en que <i>Canelo</i> tuvo unos ladridos -con otro perro, inquilino en la casa de Cucúrbitas, adoptó el -temperamento prudente de no subir y esperar en la calle á su amigo. Éste -subió al segundo, donde el incansable protector de su abuelo vivía; y el -criado que le abrió la puerta púsole aquella noche muy mala cara. «El -señor no está». Pero Luisito, que tenía instrucciones de su abuelo para -el caso de hallarse ausente la víctima, dijo que esperaría. Ya sabía que -á las siete, infaliblemente, iba á comer el señor D. Francisco -Cucúrbitas. Sentóse el chico en el banco del recibimiento. Los pies no -le llegaban al suelo, y los balanceaba como para hacer algo con qué -distraer el fastidio de aquel largo plantón. El perchero, de pino -imitando roble viejo, con ganchos dorados para los sombreros, su espejo -y los huecos para los paraguas, le había producido en otro tiempo gran -admiración; pero ya le era indiferente. No así el gato, que de la parte -interior de la casa solía venir á enredar con él. Aquella noche debía de -estar ocupado el micho, porque no aportó por el recibimiento; pero en -cambio vió Luis á las niñas de Cucúrbitas, que eran simpáticas y -graciosas. Solían acercarse á él, mirándole con lástima ó con desdén, -pero nunca le habían dicho una palabra halagüeña. La señora de -Cucúrbitas, que á Luis le parecía, por lo gruesa y redonda, una -imitación humana del elefante<span class="pagenum"><a name="page_024" id="page_024"></a>{24}</span> <i>Pizarro</i>, tan popular entonces entre los -niños de Madrid, solía también dejarse rodar por allí, y ya conocía bien -Cadalsito sus pasos lentos y pesados. La señora llegaba al ángulo que el -pasillo de la derecha formaba con el recibimiento, y desde aquel punto -miraba con recelo al mensajero. Después se internaba sin decirle una -palabra. Desde que el chico la sentía venir se levantaba rígido, como un -muñeco de resortes, recordando las lecciones de urbanidad que le había -dado su abuelo. «¿Cómo está usted?... ¿Cómo lo pasa usted?» Pero la mole -aquélla, rival en corpulencia de Paca la memorialista, no se dignaba -contestarle, y se alejaba haciendo estremecer el suelo, como la máquina -de apisonar que Luis había visto en las calles de Madrid.</p> - -<p>Aquella noche fué muy tarde á comer el respetable Cucúrbitas. Observó el -nieto de Villaamil que las niñas estaban impacientes. La causa era que -tenían que ir al teatro y deseaban comer pronto. Por fin sonó la -campanilla, y el criado fué presuroso á abrir la puerta, mientras las -pollas, que conocían los pasos del papá y su manera de llamar, corrían -por los pasillos dando voces para que se sirviera la comida. Al entrar -el señor y ver á Luisín, dió á entender con ligera mueca su desagrado. -El niño se puso en pie, soltando el saludo como un tiro á boca de jarro, -y Cucúrbitas, sin contestarle, metióse en<span class="pagenum"><a name="page_025" id="page_025"></a>{25}</span> el despacho. Cadalsito, -aguardando á que el señor le mandara pasar, como otras veces, vió que -entraron las hijas dando prisa á su papá, y oyó á éste decir: «Al -momento voy... que saquen la sopa», y no pudo menos de considerar cuán -rica sopa sería aquella que á sacar iban. Esto pensaba, cuando una de -las señoritas salió del despacho y le dijo: «Pasa tú». Entró gorra en -mano, repitiendo su saludo, al cual se dignó al fin contestar D. -Francisco con paternal acento. Era un señor muy bueno, según opinión de -Luis, el cual, no entendiendo la expresión ligeramente ceñuda que tenía -en su cara lustrosa el próvido funcionario, se figuró que haría aquella -noche lo mismo que las demás. Cadalsito recordaba muy bien el trámite: -el señor de Cucúrbitas, después de leer la carta de Villaamil, escribía -otra ó, sin escribir nada, sacaba de su cartera un billetito verde ó -encarnado, y metiéndolo en un sobre se lo daba y decía: «Anda, hijo; ya -estás despachado». También era cosa corriente sacar del bolsillo duros ó -pesetas, hacer un lío y dárselo, acompañando su acción de las mismas -palabras de siempre, con esta añadidura: «Ten cuidado, no lo pierdas ó -no te lo robe algún tomador. Mételo en el bolsillo del pantalón... -Así... guapo mozo. Anda con Dios».</p> - -<p>Aquella noche, ¡ay!, en pie, delante de la mesa <i>de ministro</i>, observó -Luis que D. Francisco escribía una carta, frunciendo las peludas<span class="pagenum"><a name="page_026" id="page_026"></a>{26}</span> cejas, -y que la cerraba sin meter dentro billete ni moneda alguna. Notó también -el niño que al echar la firma, daba mi hombre un gran suspiro, y que -después le miraba á él con profundísima compasión.</p> - -<p>—Que usted lo pase bien—dijo Cadalsito cogiendo la carta; y el buen -señor le puso la mano en la cabeza. Al despedirle, le dió dos perros -grandes, añadiendo á su acción generosa estas magnánimas palabras: «Para -que compres pasteles». Salió el chico tan agradecido... Pero por la -escalera abajo le asaltó una idea triste: «Hoy no lleva nada la carta». -Era, en efecto, la primera vez que salía de allí con la carta vacía. Era -la primera vez que D. Francisco le daba perros á él, para su bolsillo -privado y fomentar el vicio de comer bollos. En todo esto se fijó con la -penetración que le daba la precoz experiencia de aquellos mensajes. -«Pero ¡quién sabe!—dijo después con ideas sugeridas por su -inocencia;—puede que le diga que le colocan mañana...»</p> - -<p><i>Canelo</i>, que ya estaba impaciente, se le unió en la puerta. Se pusieron -ambos en camino, y en una pastelería de la calle de las Huertas compró -Luis dos bollos de á diez céntimos. El perro se comió uno y Cadalsito el -otro. Después, relamiéndose, apresuraron el paso, buscando la dirección -más corta por el mismo laberinto de calles y plazuelas, desigualmente -iluminadas y<span class="pagenum"><a name="page_027" id="page_027"></a>{27}</span> concurridas. Aquí mucho gas, allí tinieblas; acá mucha -gente; después soledad, figuras errantes. Pasaron por calles en que la -gente, presurosa, apenas cabía; por otras en que vieron más mujeres que -luces; por otras en que había más perros que personas.</p> - -<h2><a name="III" id="III"></a>III</h2> - -<p>Al entrar en la calle de la Puebla, iba ya Cadalsito tan fatigado que, -para recobrar las fuerzas, se sentó en el escalón de una de las tres -puertas con rejas que tiene en dicha calle el convento de Don Juan de -Alarcón. Y lo mismo fué sentarse sobre la fría piedra, que sentirse -acometido de un profundo sueño... Más bien era aquello como un -desvanecimiento, no desconocido para el chiquillo, y que no se -verificaba sin que él tuviera conciencia de los extraños síntomas -precursores. «¡Contro!—pensó muy asustado,—me va á dar aquello... me -va á dar, me da...» En efecto, á Cadalsito <i>le daba</i> de tiempo en tiempo -una desazón singularísima, que empezaba con pesadez de cabeza, sopor, -frío en el espinazo, y concluía con la pérdida de toda sensación y -conocimiento. Aquella noche, en el breve tiempo transcurrido desde que -se sintió desfallecer hasta que se le nublaron los sentidos, se acordó -de un pobre que solía pedir<span class="pagenum"><a name="page_028" id="page_028"></a>{28}</span> limosna en aquel mismo escalón en que él -estaba. Era un ciego muy viejo, con la barba cana, larga y amarillenta, -envuelto en parda capa de luengos pliegues, remendada y sucia, la cabeza -blanca, descubierta, y el sombrero en la mano, pidiendo sólo con la -actitud y sin mover los labios. Á Luis le infundía respeto la venerable -figura del mendigo, y solía echarle en el sombrero algún céntimo, cuando -lo tenía de sobra, lo que sucedía muy contadas veces.</p> - -<p>Pues como iba diciendo, cayó el pequeño en su letargo, inclinando la -cabeza sobre el pecho, y entonces vió que no estaba solo. Á su lado se -sentaba una persona mayor. ¿Era el ciego? Por un instante creyó Luis que -sí, porque tenía barba espesa y blanca, y cubría su cuerpo con una capa -ó manto... Aquí empezó Cadalso á observar las diferencias y semejanzas -entre el pobre y la persona mayor, pues ésta veía y miraba y sus ojos -eran como estrellas, al paso que la nariz, la boca y frente eran -idénticas á las del mendigo, la barba del mismo tamaño, aunque más -blanca, muchísimo más blanca. Pues la capa era igual y también -diferente; se parecía en los anchos pliegues, en la manera de estar el -sujeto envuelto en ella; discrepaba en el color, que Cadalsito no podía -definir. ¿Era blanco, azul ó qué demonches de color era aquél? Tenía -sombras muy suaves, por entre las cuales se deslizaban reflejos -luminosos como los<span class="pagenum"><a name="page_029" id="page_029"></a>{29}</span> que se filtran por los huecos de las nubes. Luis -pensó que nunca había visto tela tan bonita como aquélla. De entre los -pliegues sacó el sujeto una mano blanca, preciosísima. Tampoco había -visto nunca Luis mano semejante, fuerte y membruda como la de los -hombres, blanca y fina como la de las señoras... El sujeto aquél, -mirándole con paternal benevolencia, le dijo:—¿No me conoces? ¿No sabes -quién soy?</p> - -<p>Luisito le miró mucho. Su cortedad de genio le impedía responder. -Entonces el señor misterioso, sonriendo como los obispos cuando -bendicen, le dijo:—Yo soy Dios. ¿No me habías conocido?</p> - -<p>Cadalsito sintió entonces, además de la cortedad, miedo, y apenas podía -respirar. Quiso envalentonarse mostrándose incrédulo, y con gran -esfuerzo de voz pudo decir:—¿Usted Dios, usted?... Ya quisiera...</p> - -<p>Y la aparición, pues tal nombre se le debe dar, indulgente con la -incredulidad del buen Cadalso, acentuó más la sonrisa cariñosa, -insistiendo en lo dicho:—Sí, soy Dios. Parece que estás asustado. No me -tengas miedo. Si yo te quiero, te quiero mucho...</p> - -<p>Luis empezó á perder el miedo. Se sentía conmovido y con ganas de -llorar.</p> - -<p>—Ya sé de dónde vienes—prosiguió la aparición.—El señor de Cucúrbitas -no os ha dado nada esta noche. Hijo, no siempre se puede. Lo que<span class="pagenum"><a name="page_030" id="page_030"></a>{30}</span> él -dice, ¡hay tantas necesidades que remediar!...</p> - -<p>Cadalsito dió un gran suspiro para activar su respiración, y contemplaba -al hermoso anciano, el cual, sentado, apoyando el codo en la rodilla y -la barba resplandeciente en la mano, ladeaba la cabeza para mirar al -chiquitín, dando, al parecer, mucha importancia á la conversación que -con él sostenía:—Es preciso que tú y los tuyos tengáis paciencia, amigo -Cadalsito, mucha paciencia.</p> - -<p>Luis suspiró con más fuerza, y sintiendo su alma libre de miedo y al -propio tiempo llena de iniciativas, se arrancó á decir esto:—¿Y cuándo -colocan á mi abuelo?</p> - -<p>La excelsa persona que con Luisito hablaba dejó un momento de mirar á -éste, y fijando sus ojos en el suelo, parecía meditar. Después volvió á -encararse con el pequeño, y suspirando, ¡también él suspiraba!, -pronunció estas graves palabras:—Hazte cargo de las cosas. Para cada -vacante hay doscientos pretendientes. Los Ministros se vuelven locos y -no saben á quién contentar. Tienen tantos compromisos, que no sé yo cómo -viven los pobres. Paciencia, hijo, paciencia, que ya os caerá la -credencial cuando salte una ocasión favorable... Por mi parte, haré -también algo por tu abuelo... ¡Qué triste se va á poner esta noche -cuando reciba esa carta! Cuidado no la pierdas. Tú eres un buen chico. -Pero es preciso que estudies algo más. Hoy no<span class="pagenum"><a name="page_031" id="page_031"></a>{31}</span> te supiste la lección de -Gramática. Dijiste tantos disparates, que la clase toda se reía, y con -muchísima razón. ¿Qué vena te dió de decir que el <i>participio expresa la -idea del verbo en abstracto</i>? Lo confundiste con el <i>gerundio</i>, y luego -hiciste una ensalada de los <i>modos</i> con los <i>tiempos</i>. Es que no te -fijas, y cuando estudias estás pensando en las musarañas...</p> - -<p>Cadalsito se puso muy colorado, y metiendo sus dos manos entre las -rodillas, se las apretó.</p> - -<p>—No basta que seas formal en clase; es menester que estudies, que te -fijes en lo que lees y lo retengas bien. Si no, andamos mal; me enfado -contigo, y no vengas luego diciéndome que por qué no colocan á tu -abuelo... Y así como te digo esto, te digo también que tienes razón en -quejarte de <i>Posturitas</i>. Es un ordinario, un mal criado, y ya le -restregaré yo una guindilla en la lengua cuando vuelva á decirte <i>Miau</i>. -Por supuesto que esto de los motes debe llevarse con paciencia; y cuando -te digan <i>Miau</i>, tú te callas y aguantas. Cosas peores te pudieran -decir.</p> - -<p>Cadalsito estaba muy agradecido, y aunque sabía que Dios está en todas -partes, se admiraba de que estuviese tan bien enterado de lo que en la -escuela ocurría. Después se lanzó á decir:</p> - -<p>—¡Contro, si yo le cojo!...</p> - -<p>—Mira, amigo Cadalso—le dijo su interlocutor con paternal -severidad,—no te las eches de<span class="pagenum"><a name="page_032" id="page_032"></a>{32}</span> matón, que tú no sirves para pelearte -con tus compañeros. Son ellos muy brutos. ¿Sabes lo que haces? Cuando te -digan <i>Miau</i>, se lo cuentas al maestro, y verás como éste pone á -<i>Posturitas</i> en cruz media hora.</p> - -<p>—Vaya que si lo pone... y aunque sea una hora.</p> - -<p>—Ese nombre de <i>Miau</i> de lo encajaron á tu abuela y tías en el paraíso -del Real, es á saber, porque parecen propiamente tres gatitos. Es que -son ellas muy relamidas. El mote tiene gracia.</p> - -<p>Sintió Luis herida su dignidad; pero no dijo nada.</p> - -<p>—Ya sé que esta noche van también al Real—añadió la aparición.—Hace -un rato les ha llevado ese Ponce los billetes. ¿Por qué no les dices tú -que te lleven? Te gustaría mucho la ópera. ¡Si vieras qué bonita es!</p> - -<p>—No me quieren llevar... ¡bah!... (desconsoladísimo). Dígaselo usted.</p> - -<p>Aun cuando á Dios se le dice <i>tú</i> en los rezos, á Luis le parecía -irreverente, <i>cara á cara</i>, tratamiento tan familiar.</p> - -<p>—¿Yo? No quiero meterme en eso. Además, esta noche han de estar todos -de muy mal temple. ¡Pobre abuelito tuyo! Cuando abra la carta... ¿La has -perdido?</p> - -<p>—No, señor, la tengo aquí—dijo Cadalso, sacándola.—¿La quiere usted -leer?<span class="pagenum"><a name="page_033" id="page_033"></a>{33}</span></p> - -<p>—No, tontín. Si ya sé lo que dice... Tu abuelo pasará un mal rato; pero -que se conforme. Están los tiempos muy malos, muy malos...</p> - -<p>La excelsa imagen repitió dos ó tres veces el <i>muy malos</i>, moviendo la -cabeza con expresión de tristeza; y desvaneciéndose en un instante, -desapareció. Luis se restregaba los ojos, se reconocía despierto y -reconocía la calle. Enfrente vió la tienda de cestas en cuya muestra -había dos cabezas de toro, con jeta y cuernos de mimbre; juguete -predilecto de los chicos de Madrid. Reconoció también la tienda de -vinos, el escaparate con botellas; vió en los transeúntes <i>personas -naturales</i>, y á <i>Canelo</i>, que á su lado seguía, le tuvo por verídico -perro. Volvió á mirar á su lado buscando un rastro de la maravillosa -visión, pero no había nada. «Es que me dió <i>aquéllo</i>—pensó Cadalsito, -no sabiendo definir lo que le daba;—pero me ha dado de otra manera». -Cuando se levantó tenía las piernas tan débiles, que apenas se podía -sostener sobre ellas. Se palpó la ropa, temiendo haber perdido la carta; -pero la carta seguía en su sitio. ¡Contro!, otras veces le había dado -aquel desmayo, pero nunca había visto personajes tan... tan... no sabía -cómo decirlo. Y que le vió y le habló, no tenía duda. ¡Vaya con el -<i>Señorón</i> aquél!... ¡Si sería el Padre Eterno en <i>vida natural!</i>... ¡Si -sería el anciano ciego que le quería dar un bromazo!...</p> - -<p>Pensando de este modo, dirigióse Luis á su<span class="pagenum"><a name="page_034" id="page_034"></a>{34}</span> casa con toda la prisa que -la flojedad de sus piernas le permitía. La cabeza se le iba, y el frío -del espinazo no se le quitaba andando. <i>Canelo</i> parecía muy -preocupado... ¡Si habría visto también algo!... ¡Lástima que no pudiese -hablar para que atestiguara la verdad de la visión maravillosa! Porque -Luis recordaba que, durante el coloquio, Dios acarició dos ó tres veces -la cabeza de <i>Canelo</i>, y que éste le miraba sacando mucho la lengua... -Luego <i>Canelo</i> podría dar fe...</p> - -<p>Llegó por fin á su casa, y como le sintieran subir, Abelarda le abrió la -puerta antes de que llamara. Su abuelo salió ansioso á recibirle, y el -niño, sin decir una palabra, puso en sus manos la carta. Don Ramón fué -hacia el despacho, palpándola antes de abrirla, y en el mismo instante -doña Para llamó á Luis para que fuera á comer, pues la familia estaba ya -concluyendo. No le habían esperado porque tardaba mucho, y las señoras -tenían que irse al teatro de prisa y corriendo, para coger un buen -puesto en el paraíso antes de que se agolpara la gente. En dos platos -tapados, uno sobre otro, le habían guardado al nieto su sopa y cocido, -que estaban ya fríos cuando llegó á catarlos; mas como su hambre era -tanta, no reparó en la temperatura.</p> - -<p>Estaba doña Pura atando al pescuezo de su nieto la servilleta de tres -semanas, cuando entró<span class="pagenum"><a name="page_035" id="page_035"></a>{35}</span> Villaamil á comer el postre. Su cara tomaba -expresión de ferocidad sanguinaria en las ocasiones aflictivas, y aquel -bendito, incapaz de matar una mosca, cuando le amargaba una pesadumbre -parecía tener entre los dientes carne humana cruda, sazonada con acíbar -en vez de sal. Sólo con mirarle comprendió doña Pura que la carta había -venido <i>in albis</i>. El infeliz hombre empezó á quitar maquinalmente las -cáscaras á dos nueces resecas que en el plato tenía. Su cuñada y su hija -le miraban también, leyendo en su cara de tigre caduco y veterano la -pena que interiormente le devoraba. Por poner una nota alegre en cuadro -tan triste, Abelarda soltó esta frase:—Ha dicho Ponce que la ovación de -esta noche será para la Pellegrini.</p> - -<p>—Me parece una injusticia—afirmó doña Pura con sus cinco sentidos—que -se quiera humillar á la Scolpi Rolla, que canta su parte de Amneris muy -á conciencia. Verdad que sus éxitos los debe más al buen palmito y á que -enseña las piernas. Pero la Pellegrini con tantos humos no es ninguna -cosa del otro jueves.</p> - -<p>—Calla, mujer—indicó Milagros doctoralmente.—Mira que la otra noche -<i>dijo</i> el <i>fuggi fuggi, tu sei perdutto</i> como no lo hemos oído desde los -tiempos de Rossina Penco. No tiene más sino que bracea demasiado, y, -francamente, la ópera es para cantar bien, no para hacer gestos.</p> - -<p>—Pero no nos descuidemos—dijo Pura.—<span class="pagenum"><a name="page_036" id="page_036"></a>{36}</span>En noches así, el que se -descuida se queda en la escalera.</p> - -<p>—¡Quiá!... ¿Pero no creéis que Guillén ó los chicos de Medicina nos -guardarán los asientos?</p> - -<p>—No hay que fiar... Vámonos, no nos pase lo de la otra noche, ¡Dios -mío!, que si no es por aquellos muchachos tan finos, los de Farmacia, -¿sabes?, nos quedamos en la puerta como unas pasmarotas.</p> - -<p>Villaamil, que nada de esto oía, se comió un higo pasado, creo que -tragándolo entero, y fué hacia su despacho con paso decidido, como quien -va á hacer una atrocidad. Su mujer le siguió, y cariñosa le dijo:—¿Qué -hay? ¿Es que esa nulidad no te ha mandado nada?</p> - -<p>—Cero—replicó Villaamil con voz que parecía salir del centro de la -tierra.—Lo que yo te decía, se ha cansado. No se puede abusar un día y -otro día... Me ha hecho tantos favores, tantos, que pedir más es -temeridad. ¡Cuánto siento haberle escrito hoy!</p> - -<p>—¡Bandido!—exclamó iracunda la señora, que solía dar esta denominación -y otras peores á los amigos que se ladeaban para evitar el sablazo.</p> - -<p>—Bandido no—declaró Villaamil, que ni en los momentos de mayor -tribulación se permitía ultrajar al <i>contribuyente</i>.—Es que no siempre -se está en disposición de socorrer al prójimo. Bandido, no. Lo que es -ideas no las tiene ni las ha tenido nunca; pero eso no quita que sea -uno<span class="pagenum"><a name="page_037" id="page_037"></a>{37}</span> de los hombres más honrados que hay en la Administración.</p> - -<p>—Pues no será tanto (con enfado impertinente), cuando le luce el pelo -como le luce. Acuérdate de cuando fué compañero tuyo en la Contaduría -Central. Era el más bruto de la oficina. Ya se sabía; descubierta una -barbaridad, todos decían: «Cucúrbitas». Después, ni un día cesante, y -siempre para arriba. ¿Qué quiere decir esto? Que será muy bruto, pero -que entiende mejor que tú la aguja de marear. ¿Y crees que no se hace -pagar á tocateja el despacho de los expedientes?</p> - -<p>—Cállate, mujer.</p> - -<p>—¡Inocente!... Ahí tienes por lo que estás como estás, olvidado y en la -miseria; por no tener ni pizca de trastienda y ser tan devoto de <i>San -Escrúpulo bendito</i>. Créeme, eso ya no es honradez, es sosería y necedad. -Mírate en el espejo de Cucúrbitas; él será todo lo melón que se quiera, -pero verás cómo llega á Director, quizás á Ministro. Tú no serás nunca -nada, y si te colocan, te darán un pedazo de pan, y siempre estaremos lo -mismo (acalorándose). Todo por tus gazmoñerías, porque no te haces -valer, porque <i>fray modesto</i> ya sabes que no llegó nunca á ser guardián. -Yo que tú, me iría á un periódico y empezaría á vomitar todas las -picardías que sé de la Administración, los enjuagues que han hecho -muchos que hoy están en candelero. Eso,<span class="pagenum"><a name="page_038" id="page_038"></a>{38}</span> cantar claro, y caiga el que -caiga... desenmascarar á tanto pillo... Ahí duele. ¡Ah! entonces verías -cómo les faltaba tiempo para colocarte; verías cómo el Director mismo -entraba aquí, sombrero en mano, á suplicarte que aceptaras la -credencial.</p> - -<p>—Mamá, que es tarde—dijo Abelarda desde la puerta, poniéndose la -toquilla.</p> - -<p>—Ya voy. Con tantos remilgos, con tantos miramientos como tú tienes, -con eso de llamarles á todos <i>dignísimos</i>, y ser tan delicado y tan de -ley que estás siempre montado al aire como los brillantes, lo que -consigues es que te tengan por un cualquiera. Pues sí (alzando el -grito), tú debías ser ya Director, como esa es luz, y no lo eres por -mandria, por apocado, porque no sirves para nada, vamos, y no sabes -vivir. No; si con lamentos y con suspiros no te van á dar lo que -pretendes. Las credenciales, señor mío, son para los que se las ganan -enseñando los colmillos. Eres inofensivo, no muerdes, ni siquiera -ladras, y todos se ríen de ti. Dicen: «¡Ah, Villaamil, qué honradísimo -es! ¡Oh! el empleado <i>probo</i>...» Yo, cuando me enseñan un <i>probo</i>, le -miro á ver si tiene los codos de fuera. En fin, que te caes de honrado. -Decir honrado, á veces es como decir ñoño. Y no es eso, no es eso. Se -puede tener toda la integridad que Dios manda, y ser un hombre que mire -por sí y por su familia...</p> - -<p>—Déjame en paz—murmuró Villaamil desalentado,<span class="pagenum"><a name="page_039" id="page_039"></a>{39}</span> sentándose en una silla -y derrengándola.</p> - -<p>—Mamá—repetía la señorita, impaciente.</p> - -<p>—Ya voy, ya voy.</p> - -<p>—Yo no puedo ser sino como Dios me ha hecho—declaró el infeliz -cesante.—Pero ahora no se trata de que yo sea así ó asado; trátase del -pan de cada día, del pan de mañana. Estamos como queremos, sí... Tenemos -cerrado el horizonte por todas partes. Mañana...</p> - -<p>—Dios no nos abandonará—dijo Pura intentando robustecer su ánimo con -esfuerzos de esperanza, que parecían pataleos de náufrago.—Estoy tan -acostumbrada á la escasez, que la abundancia me sorprendería y hasta me -asustaría... Mañana...</p> - -<p>No acabó la frase ni aun con el pensamiento. Su hija y su hermana le -daban tanta prisa, que se arregló apresuradamente. Al envolverse en la -cabeza la toquilla azul, dió esta orden á su marido: «Acuesta al niño. -Si no quiere estudiar, que no estudie. Bastante tiene que hacer el -pobrecito, porque mañana supongo que saldrá á repartirte dos arrobas de -cartas».</p> - -<p>El buen Villaamil sintió un gran alivio en su alma cuando las vió salir. -Mejor que su familia le acompañaba su propia pena, y se entretenía y -consolaba con ella mejor que con las palabras de su mujer, porque su -pena, si le oprimía el corazón, no le arañaba la cara, y doña<span class="pagenum"><a name="page_040" id="page_040"></a>{40}</span> Pura, al -cuestionar con él, era toda pico y uñas toda.</p> - -<h2><a name="IV" id="IV"></a>IV</h2> - -<p>Cadalsito estaba en el comedor, sentado á la mesa, los codos sobre ella, -los libros delante. Éstos eran tantos, que el escolar se sentía -orgulloso de ponerlos en fila, y parecía que les pasaba revista, como un -general á sus unidades tácticas. Estaban los infelices tan estropeados, -cual si hubieran servido de proyectiles en furioso combate; las hojas -retorcidas, los picos de las cubiertas doblados ó rotos, la pasta con -pegajosa mugre. Pero no faltaba á ninguno, en la primera hoja, una -inscripción en letra vacilante que declaraba la propiedad de la finca, -pues sería en verdad muy sensible que no se supiera que pertenecían -exclusivamente á Luis Cadalso y Villaamil. Éste cogía uno cualquiera, á -la suerte, á ver lo que salía. ¡Contro, siempre salía la condenada -Gramática!... Abríala con prevención y veía las letras hormiguear sobre -el papel iluminado por la luz de la lámpara colgante. Parecían mosquitos -revoloteando en un rayo de sol. Cadalso leía algunos renglones. «¿Qué es -adverbio?» Las letras de la respuesta eran las que se habían propuesto -no dejarse leer, corriendo y saltando de una margen á otra. Total, que -el adverbio debía de ser una<span class="pagenum"><a name="page_041" id="page_041"></a>{41}</span> cosa muy buena; pero Cadalsito no lograba -enterarse de ello claramente. Después leía páginas enteras, sin que el -sentido de ellas penetrara en su espíritu, que no se había desprendido -aún del asombro de la visión; ni se le había quitado el malestar del -cuerpo, á pesar de haber comido con tanta gana; y como notase que al -fijar la atención en el libro se ponía peor, tuvo por buen remedio el ir -doblando una á una las puntas de las hojas de la Gramática, hasta dejar -el pobre libro rizado como una escarola.</p> - -<p>En esto estaba cuando sintió que su abuelo salía del despacho. Se le -había apagado la luz por falta de petróleo, y aunque no escribía, la -obscuridad le lanzó de su guarida hacia el comedor. En éste y en el -pasillo se paseó un rato el infeliz hombre, excitadísimo, hablando solo -y dando algunos tropezones, porque la desigual y en algunos puntos -agujereada estera no permitía el paso franco por aquellas regiones.</p> - -<p>Otras noches que se quedaban solos abuelo y nieto, aquél le tomaba las -lecciones, repitiéndoselas y fijándoselas en la memoria. Aquella noche, -Villaamil no estaba para lecciones, lo que agradeció mucho el pequeño, -quien por el bien parecer empezó á desdoblar las hojas del martirizado -texto, planchándolas con la palma de la mano. Poco después, el mismo -libro fué blando cojín para su cabeza, fatigada de estudios y visiones,<span class="pagenum"><a name="page_042" id="page_042"></a>{42}</span> -y dejándola caer se quedó dormido sobre la definición del adverbio.</p> - -<p>Villaamil decía: «Esto ya es demasiado. Señor Todopoderoso. ¿Qué he -hecho yo para que me trates así? ¿Por qué no me colocan? ¿Por qué me -abandonan hasta los amigos en quienes más confiaba?» Tan pronto se -abatía el ánimo del cesante sin ventura, como se inflamaba, suponiéndose -perseguido por ocultos enemigos que le habían jurado rencor eterno. -«¿Quién será, pero quién será el danzante que me hace la guerra? Algún -ingrato, quizás, que me debe su carrera». Para mayor desconsuelo, se le -representaba entonces toda su vida administrativa, carrera lenta y -honrosa en la Península y Ultramar, desde que entró á servir allá por el -año 41 y cuando tenía veinticuatro de edad (siendo Ministro de Hacienda -el Sr. Surrá). Poco tiempo había estado cesante antes de la terrible -crujía en que le encontramos: cuatro meses en tiempo de Bertrán de Lis, -once durante el bienio, tres y medio en tiempo de Salaverría. Después de -la Revolución pasó á Cuba y luego á Filipinas, de donde le echó la -disentería. En fin, que había cumplido sesenta años, y los de servicio, -bien sumados, eran treinta y cuatro y diez meses. Le faltaban dos para -jubilarse con los cuatro quintos del sueldo regulador, que era el de su -destino más alto, Jefe de Administración de tercera. «¡Qué mundo éste!<span class="pagenum"><a name="page_043" id="page_043"></a>{43}</span> -¡Cuánta injusticia! ¡Y luego no quieren que haya revoluciones!... No -pido más que los dos meses, para jubilarme con los cuatro quintos, sí, -señor...» En lo más vivo de su soliloquio, vaciló y fué á chocar contra -la puerta, repercutiendo al punto para dar con su cuerpo en el borde de -la mesa, que se estremeció toda. Despertando sobresaltado, oyó Luis á su -abuelo pronunciar claramente al incorporarse estas palabras, que le -parecieron lo más terrorífico que había oído en su vida: «...¡con -arreglo á la ley de Presupuestos del 35, modificada el 65 y el 68!»</p> - -<p>—¿Qué, papá?—dijo espantado.</p> - -<p>—Nada, hijo; esto no va contigo. Duérmete. ¿No tienes ganas de -estudiar? Haces bien. ¿Para qué sirve el estudio? Mientras más burro sea -el hombre, mientras más pillo, mejor carrera hace... Vamos, á la cama, -que es tarde.</p> - -<p>Villaamil buscó y halló una palmatoria, mas no le fué tan fácil -encontrar vela que encender en ella. Por fin, revolviendo mucho, -descubrió unos cabos en la mesa de noche de Pura, y encendido uno de -ellos, se dispuso á acostar al niño. Éste dormía en la alcoba de -Milagros, que estaba en el mismo comedor. Había en aquella pieza un -tocador del tiempo de <i>vivan las caenas</i>, una cómoda jubilada con los -cuatro quintos de su cajonería, varios baúles y las dos camas. En toda -la casa, á excepción de la sala, que estaba puesta con relativa -elegancia, se revelaba<span class="pagenum"><a name="page_044" id="page_044"></a>{44}</span> la escasez, el abandono y esa ruina lenta que -resulta del no reparar lo que el tiempo desluce y estraga.</p> - -<p>Empezó el abuelo á desnudar á su nieto, y le decía: «Sí, hijo mío, -bienaventurados los brutos, porque de ellos es el reino... de la -Administración». Y le desabrochaba la chaqueta, y le tiraba de las -mangas con tanta fuerza, que á poco más se cae el chico al suelo. «Hijo -mío, ve aprendiendo, ve aprendiendo para cuando seas hombre. Del que -está caído nadie se acuerda, y lo que hacen es patearle y destrozarle -para que no se pueda levantar... Figúrate tú que yo debiera ser Jefe de -Administración de segunda, pues ahora me tocaría ascender con arreglo á -la ley de Cánovas del 76, y aquí me tienes pereciendo... Llueven -recomendaciones sobre el Ministro, y nada... Se le dice: «Vea usted los -antecedentes», y nada. ¿Tú crees que él se cuida de examinar mis -antecedentes? Pues si lo hiciera... Todo se vuelve promesas, -aplazamientos; que espera una ocasión favorable; que ha tomado nota -preferente... En fin, las pamplinas que usan para salir del paso... Yo, -que he servido siempre lealmente, que he trabajado como un negro; yo que -no he dado el más ligero disgusto á mis jefes...; yo, que estando en la -Secretaría, allá por el 52, le caí en gracia á don Juan Bravo Murillo, -que me llamó un día á su despacho y me dijo... lo que callo por -modestia...<span class="pagenum"><a name="page_045" id="page_045"></a>{45}</span> ¡Ah! si aquel grande hombre levantara la cabeza y me viera -cesante... Yo, que el 55 hice un plan de presupuestos que mereció los -elogios del Sr. D. Pascual Madoz y del Sr. D. Juan Bruil, plan que en -veinte años de meditaciones he rehecho después, explanándolo en cuatro -memorias que ahí tengo! Y no es cosa de broma. Supresión de todas las -contribuciones actuales, substituyéndolas con el <i>income tax</i>... ¡Ah, el -<i>income tax</i>! Es el sueño de toda mi vida, el objeto de tantísimos -estudios y el resultado de una larga experiencia... No lo quieren -comprender y así está el país... cada día más perdido, más pobre, y -todas las fuentes de riqueza secándose que es un dolor... Yo lo -sostengo: el impuesto único, basado en la buena fe, en la emulación y en -el amor propio del contribuyente, es el remedio mejor de la miseria -pública. Luego, la renta de Aduanas, bien reforzada, con los derechos -muy altos para proteger la industria nacional... Y por último, la -unificación de las Deudas, reduciéndolas á un tipo de emisión y á un -tipo de interés...» Al llegar aquí, tiró Villaamil con tanta fuerza de -los pantalones de Luis, que el niño lanzó un ¡ay! diciendo: «Abuelo, que -me arrancas las piernas». Á lo que el irritado viejo contestó secamente: -«Por fuerza tiene que haber un enemigo oculto, algún trasto que se ha -propuesto hundirme, deshonrarme...»<span class="pagenum"><a name="page_046" id="page_046"></a>{46}</span></p> - -<p>Por fin quedó Luis acostado. Había costumbre de no apagarle la luz hasta -mucho después de dormido, porque le daban pesadillas, y despertándose -con sobresalto se espantaba de la obscuridad. En vista de que el primer -cabo de vela se apagaba, encendió otro el abuelo, y sentándose junto á -la cómoda, se puso á leer <i>La Correspondencia</i>, que acababan de echar -por debajo de la puerta. En su febril trastorno, el desventurado buscaba -ansioso las noticias de personal, y por una fatal puntería de su -espíritu, encontraba al instante las noticias malas. «Ha sido nombrado -oficial primero en la Dirección de Impuestos el Sr. Montes... Real -decreto concediendo á D. Basilio Andrés de la Caña los honores de Jefe -superior de Administración». «Esto es escandaloso, esto es el <i>delírium -tremens</i> del polaquismo. Ni en las kabilas de África pasa esto. ¡Pobre -país, pobre España!... Se ponen los pelos de punta pensando lo que va á -venir aquí con este desbarajuste administrativo... Es buena persona -Basilio; ¡pero si ayer, como quien dice, le tuve de oficial cuarto á mis -órdenes!...» Tras de la pena venía la esperanza. «Pronto se hará la -combinación de personal con arreglo á la nueva plantilla de la Dirección -de Contribuciones. Dícese que serán colocados varios funcionarios -inteligentes que hoy se hallan cesantes».</p> - -<p>Las miradas de Villaamil bailaron un instante sobre el papel, de letra -en letra. Los ojos<span class="pagenum"><a name="page_047" id="page_047"></a>{47}</span> se le humedecieron. ¿Iría él en aquella combinación? -Cabalmente, los amigos que le recomendaban al Ministro en aquella -campaña fatigosa, proponíanle para la próxima hornada. «¡Dios mío, si -iré en esa bendita combinación! ¿Y cuándo será? Me dijo Pantoja que -sería cosa de tres ó cuatro días».</p> - -<p>Y como la esperanza reanimaba todo su ser dándole un inquieto hormigueo, -lanzóse al dédalo obscuro de los pasillos. «La combinación... la -plantilla nueva... dar entrada á los funcionarios inteligentes, y además -de inteligentes, digo yo, identificados con... ¡Dios mío! inspírales, -mete todas tus luces dentro de esas molleras... que vean claro... que se -fijen en mí; que se enteren de mis antecedentes. Si se enteran de ellos, -no hay cuestión; me nombran... ¿Me nombrarán? No sé qué voz secreta me -dice que sí. Tengo esperanza. No, no quiero consentirme ni -entusiasmarme. Vale más que seamos pesimistas, muy pesimistas, para que -luego resulte lo contrario de lo que se teme. Observo yo que cuando uno -espera confiado, ¡pum! viene el batacazo. Ello es que siempre nos -equivocamos. Lo mejor es no esperar nada, verlo todo negro, negro como -boca de lobo, y entonces, de repente, ¡pum!... la luz... Sí, Ramón, -figúrate que no te dan nada, que no hay para ti esperanza, á ver si -creyéndolo así, viene la contraria... Porque yo he observado que siempre -sale la contraria...<span class="pagenum"><a name="page_048" id="page_048"></a>{48}</span> Y en tanto, mañana moveré todas mis teclas, y -escribiré á unos amigos y veré á otros, y el Ministro... ante tantas -recomendaciones... ¡Dios mío! ¡qué idea! ¿no sería bueno que yo mismo -escribiese al Ministro?...»</p> - -<p>Al decir esto, volvió maquinalmente á donde Cadalsito dormía, y, -contemplándole, pensó en las caminatas que tenía que dar al día -siguiente para repartir la correspondencia. Cómo se encadenó esto con -las imágenes que en el cerebro del niño determinaba el sueño, no puede -saberse; pero ello es que mientras su abuelo le miraba, Luis, ya -profundamente dormido, estaba viendo al mismo sujeto de barba blanca; y -lo más particular es que le veía sentado delante de un pupitre en el -cual había tantas, tantísimas cartas, que no bajaban, según Cadalsito, -de un par de cuatrillones. El Señor escribía con una letra que á Luis le -parecía la más perfecta cursiva que se pudiera imaginar. Ni don -Celedonio, el maestro de su escuela, la haría mejor. Concluída cada -carta, la metía el Padre Eterno en un sobre más blanco que la nieve, lo -acercaba á su boca, sacaba de ésta un buen pedazo de lengua fina y -rosada, para humedecer con rápido pase la goma; cerraba, y volviendo á -coger la pluma, que era, ¡cosa más rara!, la de Mendizábal, y mojada, -por más señas, en el mismo tintero, se disponía á escribir la dirección. -Mirando por encima del hombro, Luisito<span class="pagenum"><a name="page_049" id="page_049"></a>{49}</span> creyó ver que aquella mano -inmortal trazaba sobre el papel lo siguiente:</p> - -<p class="c"> -B. L. M.<br /> -<br /> -<i>Al Excmo. Sr. Ministro de Hacienda,</i><br /> -<i>cualisquiera que sea,</i><br /> -<span style="margin-left: 8em;"><i>seguro servidor,</i></span><br /> -<span style="margin-left: 10em;"><b><i>Dios</i></b></span>.<br /> -</p> - -<h2><a name="V" id="V"></a>V</h2> - -<p>Aquella noche no durmió Villaamil ni un cuarto de hora seguido. Se -aletargaba un instante; pero la idea de la combinación próxima, el -criterio pesimista que se había impuesto, poniéndose en lo peor y -esperando lo malo para que viniese lo bueno, le sembraban de espinas el -lecho, desvelándole apenas cerraba los ojos. Cuando su mujer volvió del -teatro, Villaamil habló con ella algunas palabras extraordinariamente -desconsoladoras. Ello fué algo referente á la dificultad de allegar -provisiones para el día siguiente, pues no había en la casa ninguna -especie de moneda ni tampoco materia hipotecable; el crédito estaba -agotado, y apuradas también la generosidad y paciencia de los amigos.</p> - -<p>Aunque afectaba serenidad y esperanza, doña Pura estaba muy intranquila, -y también<span class="pagenum"><a name="page_050" id="page_050"></a>{50}</span> pasó la noche en claro, haciendo cálculos para el día -siguiente, que tan pavoroso y adusto se anunciaba. Ya no se atrevía á -mandar traer géneros á crédito de ningún establecimiento, porque todo -era malas caras, grosería, desconsideración, y no pasaba día sin que un -tendero exigente y descortés armase un cisco en la misma puerta del -cuarto segundo. ¡Empeñar! La mente de la señora hizo rápida síntesis de -todas las prendas útiles que estaban condenadas al ostracismo: alhajas, -capas, mantas, abrigos. Se había llegado al máximum de emisión, -digámoslo así, en esta materia, y no había forma humana de desabrigarse -más de lo que ya lo estaba toda la familia. Una pignoración en grande -escala se había verificado el mes anterior (Enero del 78) el mismo día -del casamiento de D. Alfonso con la reina Mercedes. Y sin embargo, las -tres <i>Miaus</i> no perdieron ninguna de las fiestas públicas que con aquel -motivo se celebraron en Madrid. Iluminaciones, retretas, el paso de la -comitiva hacia Atocha; todo lo vieron perfectamente, y de todo gozaron -en los sitios mejores, abriéndose paso á codazo limpio entre las -multitudes.</p> - -<p>¡La sala, hipotecar algo de la sala! Esta idea causaba siempre terror y -escalofríos á doña Pura, porque la sala era la parte del menaje que á su -corazón interesaba más, la verdadera expresión simbólica del hogar -doméstico. Poseía<span class="pagenum"><a name="page_051" id="page_051"></a>{51}</span> muebles bonitos, aunque algo anticuados, testigos del -pasado esplendor de la familia Villaamil; dos entredoses negros con -filetes de oro y lacas, y cubiertas de mármol; sillería de damasco, -alfombra de moqueta y unas cortinas de seda que habían comprado al -Regente de la audiencia de Cáceres, cuando levantó la casa por -traslación. Tenía doña Pura á las tales cortinas en tanta estima como á -las telas de su corazón. Y cuando el espectro de la necesidad se le -aparecía y susurraba en su oído con terrible cifra el conflicto -económico del día siguiente, doña Pura se estremecía de pavor, diciendo: -«No, no; antes las camisas que las cortinas». Desnudar los cuerpos le -parecía sacrificio tolerable; pero desnudar la sala... ¡eso nunca! Los -de Villaamil, á pesar de la cesantía con su grave disminución social, -tenían bastantes visitas. ¡Qué dirían éstas si vieran que faltaban las -cortinas de seda, admiradas y envidiadas por cuantos las veían! Doña -Pura cerró los ojos queriendo desechar la fatídica idea y dormirse; pero -la sala se había metido dentro de su entrecejo y la estuvo viendo toda -la noche, tan limpia, tan elegante... Ninguna de sus amigas tenía una -sala igual. La alfombra estaba tan bien conservada, que parecía que -humanos pies no la pisaban, y era que de día la defendían con pasos de -quita y pon, cuidando de limpiarla á menudo. El piano vertical, -desafinado, sí, desafinadísimo,<span class="pagenum"><a name="page_052" id="page_052"></a>{52}</span> tenía el palisandro de su caja -resplandeciente. En la sillería no se veía una mota. Los entredoses -relumbraban, y lo que sobre ellos había, aquel reloj dorado y sin hora, -los candelabros dentro de fanales, todo estaba cuidado exquisitamente. -Pues las mil baratijas que completaban la decoración, fotografías en -marcos de papel cañamazo, cajas que fueron de dulces, perritos de -porcelana y una licorera de imitación de Bohemia, también lucían sin -pizca de polvo. Abelarda se pasaba las horas muertas limpiando estos -cachivaches y otros que no he mencionado todavía. Eran objetos de -frágiles tablillas caladas, de esos que sirven de entretenimiento á los -aficionados á la marquetería doméstica. Un vecino de la casa tenía -maquinilla de trepar y hacía mil primores que regalaba á los amigos. -Había cestos, estantillos, muebles diminutos, capillas góticas y -chinescas pagodas, todo muy mono, muy frágil, de <i>mírame y no me -toques</i>, y muy difícil de limpiar.</p> - -<p>Doña Pura dió una vuelta en la cama, como queriendo variar sus lúgubres -ideas con un cambio de postura. Pero entonces vió en su mente con mayor -claridad las suntuosas cortinas, color de amaranto, de seda riquísima, -de esa seda <i>que no se ve ya en ninguna parte</i>. Todas las señoras que -iban de visita habían de coger y palpar la incomparable tela, y frotarla -entre los dedos para apreciar la clase. ¡Pero<span class="pagenum"><a name="page_053" id="page_053"></a>{53}</span> había que tomarle el peso -para saber lo que era aquello!... En fin, doña Pura consideraba que -mandar las cortinas al Monte ó la casa de préstamos, era trance tan -doloroso como embarcar un hijo para América.</p> - -<p>En tanto que la <i>figura de Fra Angélico</i> se agitaba en su angosto -colchón (dormía en la alcobita de la sala, y su marido, desde que vino -de Filipinas, ocupaba solo la alcoba del gabinete), proponíase distraer -y engañar su pena recordando las emociones de la ópera y lo bien que -dijo el barítono aquello de <i>rivedrai le foreste imbalsamate</i>...</p> - -<p>Villaamil, solo, insomne y calenturiento, se revolcaba en el gran -camastro matrimonial, cuyo colchón de muelles tenía los <i>ídem</i> en -lastimoso estado, los unos quebrados y hundidos, los otros estirados y -en erección. El de lana, que encima estaba, no le iba en zaga, pues todo -era pelmazos por aquí, vaciedades por allá, de modo que la cama habría -podido figurar dignamente en las mazmorras de la Inquisición para -escarmiento de herejes. El pobre cesante tenía en su lecho la expresión -externa ó el molde de las torturas de su alma, y así, cuando la -hormiguilla del insomnio le hacía dar una vuelta, caía en profunda sima, -del centro de la cual surgía como la joroba de un demonio, enorme -espolón que se le clavaba en los riñones; y cuando salía de la sima, un -amasijo de lana,<span class="pagenum"><a name="page_054" id="page_054"></a>{54}</span> duro y fuerte como el puño, le estropeaba las -costillas.</p> - -<p>Algunas voces dormía tal cual en medio de estos accidentes; pero aquella -noche, la exaltación de su cerebro le agrandaba en la obscuridad las -desigualdades del terreno: ya creía que se despeñaba, quedándose con los -pies en alto, ya que se balanceaba en el vértice de una eminencia ó que -iba navegando hacia Filipinas con un tifón de mil demonios. «Seamos -pesimistas—era su tema;—pensemos, con todo el vigor del pensamiento, -que no me van á incluir en la combinación, á ver si me sorprende la -felicidad del nombramiento. No esperaré el hecho feliz, no, no lo -espero, para que suceda. Siempre pasa lo que no se espera. Póngome en lo -peor. No te colocan, no te colocan, pobre Ramón; verás cómo ahora -también se burlan de ti. Pero aunque estoy convencido de que no consigo -nada, convencidísimo, sí, y no hay quien me apee de esto; aunque sé que -mis enemigos no se apiadarán de mí, pondré en juego todas las -influencias y haré que hasta el lucero del alba le hable al Ministro. -Por supuesto, amigo Ramón, todo inútil. Verás cómo no te hacen maldito -caso; tú lo has de ver. Yo estoy tan convencido de ello, como de que -ahora es de noche. Y bien puedes desechar hasta el último vislumbre de -credulidad. Nada de melindres de esperanza; nada de <i>si será ó no -será</i>;<span class="pagenum"><a name="page_055" id="page_055"></a>{55}</span> nada de debilidades optimistas. No lo catas, no lo catas, aunque -revientes».</p> - -<h2><a name="VI" id="VI"></a>VI</h2> - -<p>Doña Pura durmió al fin profundamente toda la madrugada y parte de la -mañana. Villaamil se levantó á las ocho sin haber pegado los ojos. -Cuando salió de su alcoba, entre ocho y nueve, después de haberse -refregado el hocico con un poco de agua fría y de pasarse el peine por -la rala cabellera, nadie se había levantado aún. La estrechez en que -estaban no les permitía tener criada, y entre las tres mujeres hacían -desordenadamente los menesteres de la casa. Milagros era la que guisaba; -solía madrugar más que las otras dos; pero la noche anterior se había -acostado muy tarde, y cuando Villaamil salió de su habitación -dirigiéndose á la cocina, la cocinera no estaba aún allí. Examinó el -fogón sin lumbre, la carbonera exhausta; y en la alacena que hacía de -despensa vió mendrugos de pan, un envoltorio de papeles manchados de -grasa, que debía de contener algún resto de jamón, carne fiambre ó cosa -así, un plato con pocos garbanzos, un pedazo de salchicha, un huevo y -medio limón... El tigre dió un suspiro y pasó al comedor para registrar -el cajón del aparador, en el cual, entre<span class="pagenum"><a name="page_056" id="page_056"></a>{56}</span> los cuchillos y las -servilletas, había también pedazos de pan duro. En esto oyó rebullicio, -después rumor de agua, y he aquí que aparece Milagros con su cara -gatesca muy lavada, bata suelta, el pelo en sortijillas enroscadas con -papeles, y un pañuelo blanco por la cabeza.</p> - -<p>—¿Hay chocolate?—le preguntó su cuñado sin más saludo.</p> - -<p>—Hay media onza nada más—replicó la señora, corriendo á abrir el cajón -de la mesa de la cocina donde estaba.—Te lo haré en seguida.</p> - -<p>—No, á mí no. Lo haces para el niño. Yo no necesito chocolate. No tengo -gana. Tomaré un pedazo de pan seco y beberé encima un poco de agua.</p> - -<p>—Bueno. Busca por ahí. Pan no falta. También hay en la alacena un -trocito de jamón. El huevo ése es para mí hermana, si te parece. Voy á -encender lumbre. Haz el favor de partirme unas astillas mientras yo voy -á ver si encuentro fósforos.</p> - -<p>Don Ramón, después de morder el pan, cogió el hacha y empezó a partir un -madero, que era la pata de una silla vieja, dando un suspiro á cada -golpe. Los estallidos de la fibra leñosa al desgarrarse parecían tan -inherentes á la persona de Villaamil, como si éste se arrancase tiras -palpitantes de sus secas carnes y astillas de sus pobres huesos. En -tanto, Milagros armaba el templete de carbones y palitroques.<span class="pagenum"><a name="page_057" id="page_057"></a>{57}</span></p> - -<p>—Y hoy, ¿se pone cocido?—preguntó á su cuñado con cierto misterio.</p> - -<p>Villaamil meditó sobre aquel problema tan descarnadamente -planteado.—Tal vez... ¡quién sabe!—replicó, lanzando su imaginación á -lo desconocido.—Esperemos á que se levante Pura.</p> - -<p>Ésta era la que resolvía todos los conflictos, como persona de -iniciativa, de inesperados golpes y de prontas resoluciones. Milagros -era toda pasividad, modestia y obediencia. No alzaba nunca la voz, no -hacía observaciones á lo que su hermana ordenaba. Trabajaba para los -demás por impulso de su conciencia humilde y por hábito de -subordinación. Unida fatalmente durante toda su vida al mísero destino -de aquella familia, y partícipe de las vicisitudes de ésta, jamás se -quejó ni se la oyó protestar de su malhadada suerte. Considerábase una -gran artista malograda en flor, por falta de ambiente; y al verse -perdida para el arte, la tristeza de esta situación ahogaba todas las -demás tristezas. Hay que decir aquí que Milagros había nacido con -excelentes dotes de cantante de ópera. Á los veinticinco años tenía una -voz preciosísima, regular escuela y loca afición á la música. Pero la -fatalidad no le permitió nunca lanzarse á la verdadera vida de artista. -Amores desgraciados, cuestiones de familia aplazaron de día en día la -deseada presentación al público, y cuando<span class="pagenum"><a name="page_058" id="page_058"></a>{58}</span> los obstáculos -desaparecieron, ya Milagros no estaba para fiestas; había perdido la -voz. Ni ella misma se dió cuenta de la suave gradación por donde sus -esperanzas de artista vinieron á parar en la precaria situación en que -se nos aparece; por dónde el soñado escenario y los triunfos del arte se -convirtieron en la cocina de Villaamil, sin provisiones. Cuando pensaba -ella en el contraste duro entre sus esperanzas y su destino, no acertaba -á medir los escalones de aquel lento descender desde las cumbres de la -poesía á los sótanos de la vulgaridad.</p> - -<p>Milagros tenía un tipo fino, delicado, propio para los papeles de -<i>Margarita</i>, de <i>Dinorah</i>, de <i>Gilda</i>, de la <i>Traviatta</i>, y voz aguda de -soprano. Todo esto se convirtió en hojarasca, sin que nunca llegara á -ser admiración del público. Sólo una vez cantó en el Real la parte de -<i>Adalgisa</i>, por condescendencia de la empresa, como alumna del -Conservatorio. Estuvo muy feliz, y los periódicos le auguraron un -porvenir brillante. En el Liceo Jover, ante un público invitado y poco -exigente, cantó <i>Saffo</i> y <i>Los Capuletos</i> de Bellini con el tercer acto -de Vacai. Entonces se trató de que fuera á Italia; pero se atravesó una -pasión, la esperanza de un gran partido para casarse, enredándose mucho -el asunto entre el novio y la familia. Pasó tiempo, y la cantatriz hubo -de malograrse, pues ni fué á Italia, ni se contrató en el Real, ni se -casó.<span class="pagenum"><a name="page_059" id="page_059"></a>{59}</span></p> - -<p>Doña Pura y Milagros eran hijas de un médico militar, de apellido -Escobios, y sobrinas del músico mayor del Inmemorial del Rey. Su madre -era Muñoz, y tenían ellas pretensiones de parentesco con el marqués de -Casa-Muñoz. Por cierto que cuando trataron de que Milagros fuera -cantante de ópera, se pensó en italianizarle el apellido, llamándola la -<i>Escobini</i>; pero como la carrera artística se malogró en ciernes, el -mote italiano no llegó nunca á verse en los carteles.</p> - -<p>Antes de que la vida de la señorita de Escobios se truncara, tuvo una -época de fugaz éxito y brillo en una capital de provincia de tercera -clase, á donde fué con su hermana, esposa de Villaamil. Éste era Jefe -económico, y su familia intimó, como era natural, con la de los -Gobernadores civil y militar, que daban reuniones, á que asistía lo más -granadito del pueblo. Milagros, cantando en los conciertos de la -brigadiera, enloquecía y electrizaba. Salíanle novios por docenas, y -envidias de mujeres que la inquietaban en medio de sus triunfos. Un -joven de la localidad, poeta y periodista, se enamoró frenéticamente de -ella. Era el mismo que en la reseña de los saraos llamaba á doña Pura, -con exaltado estilo, <i>figura arrancada á un cuadro de Fra Angélico</i>. Á -Milagros la ensalzaba en términos tan hiperbólicos que causaban risa, y -aun recuerdan los naturales algunas frases describiendo<span class="pagenum"><a name="page_060" id="page_060"></a>{60}</span> á la joven en -el momento de presentarse en el salón, de acercarse al piano para -cantar, y en el acto mismo del cantorrio: «<i>Es la pudorosa Ofelia -llorando sus amores marchitos y cantando con gorjeo celestial la endecha -de la muerte</i>». Y ¡cosa extraña! el mismo que escribía estas cosas en la -segunda plana del periódico, tenía la misión, y por eso cobraba, de -hacer la revista comercial en la primera. Suya era también esta endecha: -«<i>Harinas. Toda la semana acusa marcada calma en este polvo. Sólo han -salido para el canal mil doscientos sacos que se hicieron á 22 y tres -cuartillos. No hay compradores, y ayer se ofrecían dos mil sacos á 22 y -medio, sin que nadie se animara</i>». Al día siguiente, vuelta otra vez con -<i>la pudorosa Ofelia</i>, ó <i>el ángel que nos traía á la tierra las -celestiales melodías</i>. Ya se comprende que esto no podía acabar en bien. -En efecto; mi hombre, inflamándose y desvariando cada día más con su -amor no correspondido, llegó á ponerse tan malo, pero tan malo, que un -día se tiró de cabeza en la presa de una fábrica de harina, y por pronto -que acudieron en su auxilio, cuando le sacaron era cadáver. Poco después -de este desagradable suceso, que impresionó mucho á Milagros, ésta -volvió á Madrid; verificóse entonces el <i>début</i> en el Real, luego las -funciones en el Liceo Jover, y todo lo demás que brevemente referido -queda. Echemos sobre aquellos tristes sucesos un montón de años -tristes,<span class="pagenum"><a name="page_061" id="page_061"></a>{61}</span> de rápido envejecimiento y decadencia, y nos encontramos á <i>la -pudorosa Ofelia</i> en la cocina de Villaamil, con la lumbre encendida y -sin saber qué poner en ella.</p> - -<p>De un cuartucho obscuro que en el pasillo interior había, salió Abelarda -restregándose los ojos, desgreñada, arrastrando la cola sucia de una -bata mayor que ella, la cual fué usada por su madre en tiempos más -felices, y se dirigió también á la cocina, á punto que salía de ella -Villaamil para ir á despertar y vestir al nieto. Abelarda preguntó á su -tía si venía el panadero, á lo que Milagros no supo qué responder, por -no poder ella formar juicio acerca de problema tan grave sin oir antes á -su hermana. «Haz que tu madre se levante pronto—le dijo consternada,—á -ver qué determina».</p> - -<p>Poco después de esto, oyóse fuerte carraspeo allá en la alcoba de la -sala, donde Pura dormía. Por la puertecilla que dicha alcoba tenía al -recibimiento, frente al despacho, apareció la señora de la casa, -radiante de displicencia, embutido el cuerpo en una americana vieja de -Villaamil, el pelo en sortijillas, el hocico amoratado del agua fría con -que acababa de lavarse, una toquilla rota cruzada sobre el pecho, en los -pies voluminosas zapatillas. «Qué, ¿no os podéis desenvolver sin mí? -Estáis las dos atontadas. Pues no es para tanto. ¿Habéis hecho el -chocolate del niño?» Milagros salió de la cocina con la<span class="pagenum"><a name="page_062" id="page_062"></a>{62}</span> jícara, -mientras Abelarda sentaba al pequeñuelo y le colgaba del pescuezo la -servilleta. Villaamil fué á su despacho, y a poco salió con el tintero -en la mano, diciendo: «No hay tinta, y hoy tengo que escribir más de -cuarenta cartas. Mira, Luisín, en cuanto acabes, te vas abajo y le dices -al amigo Mendizábal que me haga el favor de un poquito de tinta».</p> - -<p>—Yo iré—dijo Abelarda cogiendo el tintero y bajando en la misma facha -en que estaba.</p> - -<p>Las dos hermanas, en tanto, cuchicheaban en la cocina. ¿Sobre qué? Es -presumible que fuera sobre la imposibilidad de dar de comer á la familia -con un huevo, pan duro y algunos restos de carne que no bastaban para el -gato. Pura fruncía las cejas y hacía con los labios un mohín muy -extraño, juntándolo con la nariz, que parecía alargarse. <i>La pudorosa -Ofelia</i> repetía este signo de perplejidad, resultando las dos tan -semejantes, que parecían una misma. De sus meditaciones las distrajo -Villaamil, el cual apareció en la cocina diciendo que tenía que ir al -Ministerio y necesitaba una camisa limpia. «¡Todo sea por Dios!—exclamó -Pura con desaliento.—La única camisa lavada está en tan mal estado, que -necesita un recorrido general». Pero Abelarda se comprometió á tenerla -lista para el mediodía, y además planchada, siempre que hubiera lumbre. -También hizo don Ramón á su hija sentidas observaciones sobre ciertos<span class="pagenum"><a name="page_063" id="page_063"></a>{63}</span> -flecos y desgarraduras que ostentaba la solapa de su gabán, rogándola -que pasara por allí sus hábiles agujas. La joven le tranquilizó, y el -buen hombre metióse en su despacho. El conciliábulo que las <i>Miaus</i> -tenían en la cocina terminó con un repentino sobresalto de Pura, que -corrió á su alcoba para vestirse y largarse á la calle. Había estallado -una idea inmensa en aquel cerebro cargado de pólvora, como si en él -penetrase una chispa del fulminante que de los ojos brotara. «Enciende -bien la lumbre y pon agua en los pucheros», dijo á su hermana al salir, -y se escabulló fuera con diligencia y velocidad de ardilla. Al ver esta -determinación, Abelarda y Milagros, que conocían bien á la directora de -la familia, se tranquilizaron respecto al problema de subsistencias de -aquel día, y se pusieron á cantar, la una en la cocina, la otra desde su -cuarto, el dúo de Norma: <i>in mia mano al fin tu sei</i>.</p> - -<h2><a name="VII" id="VII"></a>VII</h2> - -<p>Á eso de las once entró doña Pura bastante sofocada, seguida de un -muchacho recadista de la plazuela de los Mostenses, el cual venía -echando los bofes con el peso de una cesta llena de víveres. Milagros, -que á la puerta salió, hízose multitud de cruces de hombro á hombro y de -la frente á la cintura. Había visto á su<span class="pagenum"><a name="page_064" id="page_064"></a>{64}</span> hermana salir avante en -ocasiones muy difíciles, con su enérgica iniciativa; pero el golpe -maestro de aquella mañana le parecía superior á cuanto de mujer tan -dispuesta se podía esperar. Examinando rápidamente el cesto, vió -diferentes especies de comestibles, vegetales y animales, todo muy -bueno, y más adecuado á la mesa de un Director general que á la de un -mísero pretendiente. Pero doña Pura las hacía así. Las bromas, ó pesadas -ó no darlas. Para mayor asombro, Milagros vió en manos de su hermana el -portamonedas, casi reventando de puro lleno.</p> - -<p>—Hija—le dijo la señora de la casa, secreteándose con ella en el -recibimiento, después que despidió al mandadero,—no he tenido más -remedio que dirigirme á Carolina Lantigua, la de Pez. He pasado una -vergüenza horrible. Hube de cerrar los ojos y lanzarme, como quien se -tira al agua. ¡Ay, qué trago! Le pinté nuestra situación de una manera -tal, que la hice llorar. Es muy buena. Me dió diez duros, que prometí -devolverle pronto; y lo haré, sí, lo haré; porque de esta hecha le -colocan. Es imposible que dejen de meterle en la combinación. Yo tengo -ahora una confianza absoluta... En fin, lleva esto para dentro. Voy allá -en seguida. ¿Está el agua cociendo?</p> - -<p>Entró en el despacho para decir á su marido que por aquel día estaba -salvada la tremenda<span class="pagenum"><a name="page_065" id="page_065"></a>{65}</span> crisis, sin añadir cómo ni cómo no. Algo debieron -hablar también de las probabilidades de colocación, pues se oyó desde -fuera la voz iracunda de Villaamil gritando: «No me vengas á mí con -optimismos de engañifa. Te digo y te redigo que no entraré en la -combinación. No tengo ninguna esperanza, pero ninguna, me lo puedes -creer. Tú, con esas ilusiones tontas y esa manía de verlo todo color de -rosa, me haces un daño horrible, porque viene luego el trancazo de la -realidad, y todo se vuelve negro». Tan empapado estaba el santo varón en -sus cavilaciones pesimistas, que cuando le llamaron al comedor y le -pusieron delante un lucido almuerzo, no se le ocurrió inquirir, ni -siquiera considerar, de dónde habían salido abundancias tan desconformes -con su situación económica. Después de almorzar rápidamente, se vistió -para salir. Abelarda le había zurcido las solapas del gabán con -increíble perfección, imitando la urdimbre del tejido desgarrado; y -dándole en el cuello una soba de bencina, la pieza quedó como si la -hubieran rejuvenecido cinco años. Antes de salir, encargó á Luis la -distribución de las cartas que escrito había, indicándole un plan -topográfico para hacer el reparto con método y en el menor tiempo -posible. No le podían dar al chico faena más de su gusto, porque con -ella se le relevaba de asistir á la escuela, y se estaría toda la -santísima tarde como<span class="pagenum"><a name="page_066" id="page_066"></a>{66}</span> un caballero, paseando con su amigo <i>Canelo</i>. Era -éste muy listo para conocer dónde había buen trato. Al cuarto segundo -subía pocas veces, sin duda por no serle simpática la pobreza que allí -reinaba comúnmente; pero con finísimo instinto se enteraba de los -extraordinarios de la casa, tanto más espléndidos cuanto mayor era la -escasez de los días normales. Estuviera el can de centinela en la -portería ó en el interior de la casa, ó bien durmiendo bajo la mesa del -memorialista, no se le escapaba el hecho de que entraran provisiones -para los de Villaamil. Cómo lo averiguaba, nadie puede saberlo; pero es -lo cierto que el más astuto vigilante de Consumos no tendría nada que -enseñarle. Por supuesto, la aplicación práctica de sus estudios era -subir á la casa abundante y estarse allí todo un día y á veces dos; pero -en cuanto le daba en la nariz olor de quema, decía... «hasta otra», y ya -no le veían más el pelo. Aquel día subió poco después de ver entrar á -doña Pura con el mandadero; y como las tres <i>Miaus</i> eran siempre muy -buenas con él y le daban golosinas, á Cadalsito le costó trabajo -llevárselo á su excursión por las calles. <i>Canelo</i> salió de mala gana, -por cumplir un deber social y porque no dijeran.</p> - -<p>Las tres <i>Miaus</i> estuvieron aquella tarde muy animadas. Tenían el don -felicísimo de vivir siempre en la hora presente y de no pensar en el día -de mañana. Es una hechura espiritual<span class="pagenum"><a name="page_067" id="page_067"></a>{67}</span> como otra cualquiera, y una -filosofía práctica que, por más que digan, no ha caído en descrédito, -aunque se ha despotricado mucho contra ella. Pura y Milagros estaban en -la cocina, preparando la comida, que debía ser buena, copiosa y -dispuesta con todos los sacramentos, como desquite de los estómagos -desconsolados. Sin cesar en el trabajo, la una espumando pucheros ó -disponiendo un frito, la otra machacando en el almirez al ritmo de un -<i>andante con esprezione</i> ó de un <i>allegro con brío</i>, charlaban sobre la -probable ó más bien segura colocación del jefe de la familia. Pura habló -de pagar todas las deudas, y de traer á casa los diversos objetos útiles -que andaban por esos mundos de Dios en los cautiverios de la usura.</p> - -<p>Abelarda estaba en el comedor con su caja de costura delante, arreglando -sobre el maniquí un vestidillo color de pasa. No llamaba la atención por -bonita ni por fea, y en un certamen de caras insignificantes se habría -llevado el premio de honor. El cutis era malo, los ojos obscuros, el -conjunto bastante parecido á su madre y tía, formando con ellas cierta -armonía, de la cual se derivaba el mote que les pusieron. Quiero decir -que si, considerada aisladamente, la similitud del cariz de la joven con -el morro de un gato no era muy marcada, al juntarse con las otras dos -parecía tomar de ellas ciertos rasgos fisiognómicos, que venían á ser -como<span class="pagenum"><a name="page_068" id="page_068"></a>{68}</span> un sello de raza ó familia, y entonces resultaban en el grupo las -tres bocas chiquitas y relamidas, la unión entre el pico de la nariz y -la boca por una raya indefinible, los ojos redondos y vivos, y la -efusión característica del cabello, que era como si las tres hubieran -estado rodando por el suelo en persecución de una bola de papel ó de un -ovillo.</p> - -<p>Aquella tarde todo fué dichas, porque entraron visitas, lo que á Pura -agradaba mucho. Dejó rápidamente los menesteres culinarios para echarse -una bata y componerse el pelo, y entró satisfecha en la sala. Eran los -visitantes Federico Ruiz y su esposa Pepita Ballester. El insigne -<i>pensador</i> estaba también sin empleo, pasando una crujía espantosa, de -la cual había más señales en su ropa que en la de su mujer; pero llevaba -con tranquilidad su cesantía, mejor dicho, tan optimista era su -temperamento, que la llevaba hasta con cierto gozo. Siempre era el mismo -hombre, el métome-en-todo infatigable, fraguando planes de bullanguería -literaria y científica, premeditando veladas ó centenarios de -celebridades, discurriendo algún género de ocupación que á ningún nacido -se le hubiera pasado por el magín. Aquel bendito hacía pensar que hay -una <i>Milicia Nacional</i> en las letras.</p> - -<p>Escribía artículos sobre lo que debe hacerse para que prospere la -Agricultura, sobre las ventajas<span class="pagenum"><a name="page_069" id="page_069"></a>{69}</span> de la cremación de los cadáveres, ó -bien reseñando puntualmente lo que pasó en la Edad de Piedra, que es, -como si dijéramos, hablar de ayer por la mañana. Su situación económica -era bastante precaria, pues vivía de la pluma. De higos á brevas lograba -que en Fomento le tomasen cierto número de ejemplares de ediciones -viejas y de libros tan maulas como el <i>Comunismo ante la razón</i>, ó el -<i>Servicio de incendios en todas las naciones de Europa</i>, ó la <i>Reseña -pintoresca de los Castillos</i>. Pero tenía en su alma caudal tan pingüe de -consuelo, que no necesitaba la resignación cristiana para conformarse -con su desdicha. El estar satisfecho venía á ser en él una cuestión de -amor propio, y por no dar su brazo á torcer se encariñaba, á fuerza de -imaginación, con la idea de la pobreza, llegando hasta el absurdo de -pensar que la mayor delicia del mundo es no tener un real ni de dónde -sacarlo. Buscarse la vida, salir por la mañana discurriendo á qué editor -de revista enferma ó periódico moribundo llevar el artículo hecho la -noche anterior, constituía una serie de emociones que no pueden saborear -los ricos. Trabajaba como un negro, eso sí, y el Tostado era un niño de -teta al lado de él, en el correr de la pluma. Verdaderamente, ganarse -así el cocido tenía mucho de placer, casi de voluptuosidad. Y el cocido -no le había faltado nunca. Su mujer era una alhaja y le ayudaba<span class="pagenum"><a name="page_070" id="page_070"></a>{70}</span> á -sortear aquella situación. Pero la eficaz Providencia suya era su -carácter, aquella predisposición optimista, aquel procedimiento ideal -para convertir los males en bienes y la escasez adusta en risueña -abundancia. Habiendo conformidad no hay penas. La pobreza es el -principio de la sabiduría, y no ha de buscarse la felicidad en las -clases privilegiadas. El <i>pensador</i> recordaba la comedia de Eguílaz, en -la cual el protagonista, para ponderar lo divertido que es ser pobre, -dice con mucho calor:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0">Yo tenía cinco duros<br /></span> -<span class="i0">el día que me casé.<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>Y recordaba también que la cazuela se venía abajo con el estruendo de -los aplausos y las patadas de entusiasmo, prueba de lo popular que es en -esta raza la escasez de dinero. También Ruiz había hecho en sus tiempos -una comedia en que se probaba que para ser honrado y justo es -indispensable andar con los codos de fuera, y que todos los ricos acaban -siempre malamente. Por supuesto, á pesar de esta idealidad con que sabía -dorar el cobre de su crisis económica, pasando la calderilla por oro, -Ruiz no cedía en sus pretensiones de ser nuevamente colocado. No dejaba -vivir al Ministro de Fomento, y las Direcciones de Instrucción pública y -de Agricultura se echaban á temblar en cuanto él traspasaba la mampara. -Á falta de empleo, pretendía<span class="pagenum"><a name="page_071" id="page_071"></a>{71}</span> una comisioncita para estudiar cualquier -cosa; lo mismo le daba la Legislación de propiedad literaria en todos -los países, que los Depósitos de sementales en España.</p> - -<h2><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h2> - -<p>En la visita se habló primero de la ópera, á la que Ruiz iba con -frecuencia, lo mismo que las Miaus, con entradas de <i>alabarda</i>. Después -recayó la conversación en el tema de destinos. «A D. Ramón—dijo -Ruiz—no le harán esperar ya mucho».</p> - -<p>—Va en la combinación que se hará estos días—dijo Pura radiante.—Y no -ha ido ya, porque Ramón no quiso aceptar plaza fuera de Madrid. El -Ministro tenía gran empeño en mandarle á una provincia, donde hacen -falta hombres como mi esposo. Pero Ramón no está ya para viajes. Yo, si -he de decir verdad, deseo que le coloquen porque esté ocupado; nada más -que porque esté ocupado. No puede usted figurarse, Federico, lo mal que -le sienta á mi marido la ociosidad... vamos, que no vive. ¡Ya se ve, -acostumbrado á trabajar desde mozo!... Y que le conviene también -colocarse para los derechos pasivos. Figúrese usted, á Ramón no le -faltan más que dos meses para poderse jubilar con los cuatro quintos. Si -no fuera por esto, mejor se<span class="pagenum"><a name="page_072" id="page_072"></a>{72}</span> estaría en su casa. Yo lo digo: «No te -apures, hijo, que, gracias á Dios, para vivir modestamente no nos -falta»; pero él no se conforma, le gusta el calor de la oficina, y hasta -el cigarro no le sabe si no se lo fuma entre dos expedientes.</p> - -<p>—Lo creo... ¡Qué santo varón! ¿Y cómo está de salud?</p> - -<p>—Delicadillo del estómago. Todos los días tengo que inventar algo nuevo -para sostenerle el apetito. Mi hermana y yo nos dedicamos ahora á la -cocina, por entretenimiento, y por vernos libres de criadas, que son una -calamidad. Le hacemos cada día un platito distinto... caprichos y -frioleras suculentas. Á veces tengo que irme á la plazuela del Carmen en -busca de cosas que no se encuentran en los Mostenses.</p> - -<p>—Pues vea usted—dijo la señora de Ruiz,—ese es un trabajo que yo no -conozco, porque éste tiene un estómago que no se lo merece, y un apetito -tan famoso, que no se necesitan melindres para sostenérselo.</p> - -<p>—Gracias á Dios—indicó el <i>publicista</i> con jovialidad.—De ahí viene -esta buena pasta mía y la confianza que tengo en mi suerte. Créame -usted, doña Pura, no hay nada que valga lo que un buen estómago. Aquí me -tiene usted tan conforme siempre: si me colocan, bien; si no, dos -cuartos de lo mismo. Hablando con verdad, no me gusta ser empleado, y -preferiría lo<span class="pagenum"><a name="page_073" id="page_073"></a>{73}</span> que me ofreció ayer el Ministro: una comisión para -estudiar los Montes de Piedad de Alemania. Es cuestión muy importante.</p> - -<p>—Ya lo creo que es importante. ¡Figúrese usted!—exclamó la señora de -Villaamil arqueando las cejas.</p> - -<p>En esto entró otra visita. Era un amigo de Villaamil, que vivía en la -calle del Acuerdo, un tal Guillén, cojo por más señas, empleado en la -Dirección de Contribuciones. Dijo el tal, después de los saludos, que un -compañero suyo, que estaba en el Personal, le había asegurado aquella -misma tarde que Villaamil iba en la próxima combinación. Doña Pura lo -dió por cierto, y Ruiz y su señora apoyaron esta apreciación lisonjera. -Se fueron enzarzando de tal modo en la conversación los plácemes, que -doña Pura, al fin, se arrancó á ofrecer á sus buenos amigos una copita y -pastas. Entre las provisiones de aquel fausto día, se contaba una -botella de moscatel de á tres pesetas, licor con que Pura solía -obsequiar á su marido á los postres. Ruiz y Guillén chocaron las copas, -expresando con igual calor su afecto á la simpática familia. La -sobriedad del <i>pensador</i> contrastaba con la incontinencia un tanto -grosera del empleado cojo, quien rogó á doña Pura no se llevase la -botella, y escanciando que te escanciarás, pronto se vió que quedaba el -líquido en menos de la mitad.<span class="pagenum"><a name="page_074" id="page_074"></a>{74}</span></p> - -<p>Ya encendidas las luces, y cuando se habían ido las visitas, entró -Villaamil. Pura corrió á su encuentro, viendo con satisfacción que el -ferocísimo semblante tigresco tenía cierto matiz de complacencia. «¿Qué -hay? ¿Qué noticias traes?»</p> - -<p>—Nada, mujer—dijo Villaamil, que se encastillaba en el pesimismo y no -había quien le sacara de él.—Todavía nada; las palabritas sandungueras -de siempre.</p> - -<p>—¿Y el Ministro... le has visto?</p> - -<p>—Sí, y me recibió tan bien—se dejó decir Villaamil haciendo traición, -por descuido, á su afectada misantropía,—me recibió tan bien, que... no -sé... parece que Dios le ha tocado al corazón, que le ha dicho algo de -mí. Estuvo amabilísimo... encantado de verme por allí... sintiendo mucho -no tenerme á su lado... decidido á llevarme...</p> - -<p>—Vamos; no dirás ahora que no tienes esperanza.</p> - -<p>—Ninguna, mujer, absolutamente ninguna (recobrando su papel). Veras -cómo todo se queda en jarabe de pico. Si sabré yo... ¡Tenlo por cierto! -¡No me colocan hasta el día del juicio por la tarde!</p> - -<p>—¡Ay, qué hombre! Eso también es ponerle á Dios cara de palo. Se podría -enojar y con muchísima razón.</p> - -<p>—Déjate de tonterías, y si tú esperas, buen<span class="pagenum"><a name="page_075" id="page_075"></a>{75}</span> chasco te llevarás. Yo no -quiero llevármelo; por eso no espero nada, ¿sabes? Y cuando venga el -golpe me quedaré tan tranquilo.</p> - -<p>Luisito llegó cuando sus abuelos discutían acaloradamente si debían -abrigar ó no esperanza, y dió cuenta de la puntual entrega de todas las -cartas. Tenía hambre, frío, y le dolía un poco la cabeza. Al regreso de -la excursión se había sentado en el pórtico de las Alarconas; pero no le -<i>dió aquéllo</i>, ni la visión tuvo á bien presentarse en ninguna forma. -<i>Canelo</i> no se apartaba de doña Pura, siguiéndola del despacho á la -cocina, y de ésta al comedor, y cuando llamaron á comer al dueño de la -casa, como éste tardara un poco en salir, fué el entendido perro á -buscarle y con meneos de cola le decía: «Si usted no tiene gana, dígalo; -pero no nos tenga tanto tiempo espera que te espera».</p> - -<p>Comieron con regular apetito y bastante buen humor, y de sobremesa -Villaamil se fumó, saboreándolo mucho, un habano que el señor de Pez le -había dado aquella tarde. Era muy grande, y al tomarlo, el cesante dijo -á su amigo que lo guardaría para después. Aquel cigarro le recordaba sus -tiempos prósperos. ¿Sería tal vez anuncio de que los tales tiempos -volverían? Dijérase que el buen Villaamil leía en las espirales de humo -azul su buena ventura, porque se quedaba alelado mirándolas subir en -graciosas<span class="pagenum"><a name="page_076" id="page_076"></a>{76}</span> curvas hacia el techo del comedor, nublando vagamente la -lámpara.</p> - -<p>Por la noche tuvieron gente (Ruiz, Guillén, Ponce, los de Cuevas, -Pantoja y su familia, de quien se hablará después), y se formalizó el -proyecto iniciado el mes anterior, de representar una piececita, pues -algunos amigos de la casa tenían aptitudes no comunes para el teatro, -sobre todo en el género cómico. Federico Ruiz se encargó de escoger la -pieza, de distribuir los papeles y dirigir los ensayos. Se convino en -que Abelarda haría uno de los principales personajes, y Ponce otro; pero -éste, reconociendo con laudable modestia que no tenía maldita gracia y -que haría llorar al público en los papeles más jocosos, reservó para sí -la parte de <i>padre</i>, si en la comedia le hubiera.</p> - -<p>Cansado de tales majaderías, D. Ramón huyó de la sala buscando en el -interior obscuro de la casa las tinieblas que convenían á su pesimismo. -Maquinalmente entró en el cuarto de Milagros, donde ésta desnudaba á -Luis para acostarle. El pobre niño había hecho tentativas para estudiar, -que fueron completamente inútiles. Le dolía la cabeza, y sentía como el -presagio y el temor de la visión, pues ésta, al par que le daba mucho -gusto, causábale cierta ansiedad. Se fué á acostar con la idea de que le -entraría la desazón y de que iba á ver cosas muy extrañas. Cuando su -abuelo entró, ya estaba<span class="pagenum"><a name="page_077" id="page_077"></a>{77}</span> metido en la cama, y su tía le hacía rezar las -oraciones de costumbre: <i>Con Dios me acuesto, con Dios me levanto</i>, -etc... que él recitaba de carretilla. Con brusca interrupción se volvió -hacia Villaamil para decirle: «Abuelito, ¿verdad que el Ministro te -recibió muy bien?»</p> - -<p>—Sí, hijo mío—replicó el anciano, estupefacto de esta salida y del -tono con que fué dicha.—¿Y tú por dónde lo sabes?</p> - -<p>—¿Yo?... yo lo sé.</p> - -<p>Miraba Cadalsito á su abuelo con una expresión tan extraña, que el pobre -señor no sabía qué pensar. Parecióle expresión de Niño-Dios, la cual no -es otra cosa que la seriedad del hombre armonizada con la gracia de la -niñez.</p> - -<p>—Yo lo sé... lo sé—repitió Luis sin sonreir, clavando en su abuelo una -mirada que le dejó inmóvil.—Y el Ministro te quiere mucho... porque le -escribieron...</p> - -<p>—¿Quién le escribió?—dijo con ansiedad el cesante, dando un paso hacia -el lecho, los ojos llenos de claridad.</p> - -<p>—Le escribieron de ti—afirmó Cadalsito sintiendo que el miedo le -invadía y no le dejaba continuar. En el mismo instante pensó Villaamil -que todo aquello era una tontería, y dando media vuelta se llevó la mano -á la cabeza, y dijo: «¡Pero qué cosas tiene este chiquillo!...»<span class="pagenum"><a name="page_078" id="page_078"></a>{78}</span></p> - -<h2><a name="IX" id="IX"></a>IX</h2> - -<p>¡Cosa rara! nada le pasó á Cadalsito aquella noche, ni sintió ni vió -cosa alguna, pues á poco acostarse hubo de caer en sueño profundísimo. -Al día siguiente costó trabajo levantarle. Sentíase quebrantado, y como -si hubiese andado largo trecho por sitio desconocido y lejano, que no -podía recordar. Fue á la escuela, y no se supo la lección. Encontrábase -tan torpe aquel día, que el maestro le hizo burla y ajó su dignidad ante -los demás chicos. Pocas veces se había visto en la escuela carrera en -pelo como la que aguantó Cadalsito al ser confinado al último puesto de -la clase en señal de ignorancia y desaplicación. Á las once, cuando se -pusieron á escribir, Cadalso tenía junto á sí al famoso <i>Posturitas</i>, -chiquillo travieso y graciosísimo, flexible como una lombriz, y tan -inquieto, que donde él estuviese no podía haber paz. Llamábase Paquito -Ramos y Guillén, y sus padres eran los dueños de la casa de préstamos de -la calle del Acuerdo. Aquel Guillén, cojo y empleado, que hemos visto en -casa de Villaamil celebrando con copiosas libaciones de moscatel la -próxima colocación de su amigo, era tío materno de <i>Posturitas</i>, el cual -debía este apodo á la viveza ratonil de sus movimientos, á la gracia con -que remedaba las actitudes y<span class="pagenum"><a name="page_079" id="page_079"></a>{79}</span> gestos de los <i>clowns</i> y dislocados del -Circo. Todo se le volvía hacer garatusas, sacar la lengua, volver del -revés los párpados; y como pudiera, metía el dedo en el tintero para -pintarse rayas negras en la cara.</p> - -<p>Aquella mañana, cuando el maestro no le veía, <i>Posturitas</i> abría la -carpeta, y él y su amigo Cadalso hundían la pelona en ella para ver las -cosas diversas que encerraba. Lo más notable era una colección de -sortijas, en las cuales brillaban el oro y los rubíes. No se vaya á -creer que eran de metal, sino de papel, anillos de esos con que los -fabricantes adornan los puros medianos para hacerlos pasar por buenos. -Aquel tesoro había venido á manos de Paquito Ramos mediante un -cambalache. Perteneció la colección á otro chico llamado Polidura, cuyo -padre, mozo de café ó restaurant, solía recoger los aros de cigarro que -los fumadores dejaban caer al suelo, y obsequiar con ellos á su hijo á -falta de mejores juguetes. Había llegado á reunir Polidura más de -cincuenta sortijas de diversos calibres. En unas decía <i>Flor fina</i>, en -otras <i>Selectos de Julián Álvarez</i>. Cansado al fin de la colección, se -la cambió á <i>Posturas</i> por un trompo en buen uso, mediante contrato -solemne ante testigos. Cadalso regaló al nuevo propietario el anillo de -la tagarnina dada por el señor de Pez á Villaamil, y que éste se fumó -majestuosamente después de la comida.<span class="pagenum"><a name="page_080" id="page_080"></a>{80}</span></p> - -<p>La travesura de <i>Posturitas</i>, fielmente reproducida por el bueno de -Cadalso, consistía en llenarse ambos los dedos de aquellas sorprendentes -joyas, y cuando el maestro no les veía, alzar la mano y mostrarla á los -otros granujas con dos ó tres anillos en cada dedo. Si el maestro venía, -se los quitaban á toda prisa, y a escribir como si tal cosa. Pero en una -vuelta brusca, sorprendió el dómine á Cadalsito con la mano en alto, -distrayendo á toda la clase. Verle, y ponerse hecho un león, fué todo -uno. Pronto se descubrió que el principal delincuente era el maligno -<i>Posturitas</i>, que tenía en su carpeta un depósito de aros de papel; y en -un santiamén el maestro, después que arrancó de los dedos las pedrerías -de que estaban cuajados, agarró todo el depósito y lo deshizo, -terminando con una mano de coscorrones aplicados á una y otra cabeza. -Ramos rompió á llorar, diciendo: «Yo no he sido... <i>Miau</i> tiene la -culpa». Y <i>Miau</i>, no menos lastimado de esta calumnia que del mote, -clamó con severa dignidad: «Él es el que los tenía. Yo no traje más que -uno...» «Mentira...» «El mentiroso es él».</p> - -<p>—<i>Miau</i> es un hipócrita—dijo el maestro, y Cadalso no supo contener su -aflicción oyendo en boca de D. Celedonio el injurioso apodo. Soltó el -llanto sin consuelo, y toda la clase coreaba sus gemidos, repitiendo -<i>Miau</i>, hasta que el maestro ¡pim, pam! repartió una zurribanda<span class="pagenum"><a name="page_081" id="page_081"></a>{81}</span> -general, recorriendo espaldas y mofletes, como el fiero cómitre entre -las filas de galeotes, vapulando á todos sin misericordia.</p> - -<p>—Se lo voy á decir á mi abuelo—exclamó Cadalso con un arranque de -dignidad,—y no vengo más á esta escuela.</p> - -<p>—Silencio... silencio todos—gritó el verdugo, amenazándoles con una -regla, que tenía los ángulos como filos de cuchillo.—Sin vergüenzas, á -escribir; y al que me chiste le abro la cabeza.</p> - -<p>Al salir, Cadalso seguía indignado contra su amigo <i>Posturitas</i>. Éste, -que era procaz, de una frescura y audacia sin límites, dió un empujón á -Luis, diciéndole: «Tú tienes la culpa, tonto... panoli... cara de gato. -Si te cojo por mi cuenta...»</p> - -<p>Cadalso se revolvió iracundo, acometido de nerviosa rabia, que le puso -pálido y con los ojos relumbrones. «¿Sabes lo que te digo? Que no tiés -que ponerme motes, ¡contro!, mal criado... ordinario... cualisquiera».</p> - -<p>—<i>¡Miau!</i>—mayó el otro con desprecio, sacando media cuarta de lengua y -crispando los dedos.—Ole... <i>Miau...</i> morrongo... fu, fu, fu...</p> - -<p>Por primera vez en su vida percibió Luis que las circunstancias le -hacían valiente. Ciego de ira se lanzó sobre su contrario, y lo mismo se -lanzaría si éste fuese un hombre. Chillido de salvaje alegría infantil -resonó en toda la banda, y viendo el desusado embestir de Cadalso,<span class="pagenum"><a name="page_082" id="page_082"></a>{82}</span> -muchos le gritaron: «Éntrale, éntrale...» <i>Miau</i> peleándose con -<i>Posturas</i> era espectáculo nuevo, de trágicas y nunca sentidas -emociones, algo como ver la liebre revolviéndose contra el hurón, ó la -perdiz emprendiéndola á picotazos con el perro. Y fué muy hermosa la -actitud insolente de <i>Posturitas</i>, al recibir el primer achuchón, -espatarrándose para aplomarse mejor, soltando libros y pizarra para -tener los brazos libres... Al mismo tiempo rezongaba con orgullo insano: -«Verás, verás... ¡recontro!... me caso con la biblia...»</p> - -<p>Trabóse una de esas luchas homéricas, primitivas y cuerpo á cuerpo, más -interesantes por la ausencia de toda arma, y que consisten en encepar -brazos con brazos y empujar, empujar, sacudiendo topetadas con la -cabeza, á lo carneril, esforzándose cada cual en derribar á su -contrario. Si pujante estaba <i>Posturas</i>, no lo parecía menos Cadalso. -Murillito, Polidura y los demás, miraban y aplaudían, danzando en torno -con feroz entusiasmo de pueblo pagano, sediento de sangre. Pero acertó á -salir de la casa en aquel punto y ocasión la hija del maestro, señorita -algo hombruna, y les separó de un par de manotadas, diciendo: «Sin -vergüenzas, á casa, ó llamo á la pareja para que os lleve á la -prevención». Ambos tenían la cara como lumbre, respiraban como fuelles, -y echaban por aquellas bocas injurias tabernarias, sobre todo<span class="pagenum"><a name="page_083" id="page_083"></a>{83}</span> Paco -Ramos, que era consumado hablista en el idioma de los carreteros.</p> - -<p>—Vamos, <i>hombres</i>—decía Murillito, el hijo del sacristán de Monserrat, -en la actitud más conciliadora;—no es para tanto... vaya... Quítate -tú... Miá que te... verás. Sacabaron las quistiones.</p> - -<p>Mostrábase el mediador decidido á arrearle un buen lapo á cualquiera de -los dos que intentase reanudar la contienda. Un policía que por allí -andaba les dispersó, y se alejaron chillando y saltando, algunos -haciéndose lenguas del arranque de Cadalsito. Éste tomó silencioso el -camino de su casa. Su ira se calmaba lentamente, aunque por nada del -mundo le perdonaba á <i>Posturas</i> el apodo, y sentía en su alma los -primeros rebullicios de la vanidad heroica, la conciencia de su -capacidad para la vida, ó sea de su aptitud para ofender al prójimo, ya -probada en la tienta de aquel día.</p> - -<p>Aquella tarde no había escuela, por ser jueves. Luisito se fué á su -casa, y durante el almuerzo, ninguna persona de la familia reparó en lo -sofocado que estaba. Bajó luego á pasar un ratito en compañía de sus -amigos los memorialistas, que sin duda le tenían guardada alguna -friolera. «Parece que arriba andamos muy divertidos—le dijo Paca.—Oye, -¿han colocado ya á tu abuelo? Porque debe de ser ya lo menos ministro ó -tan siquiera embajador. ¡Vaya<span class="pagenum"><a name="page_084" id="page_084"></a>{84}</span> con la cesta de compra que trajeron ayer! -Y botellas de moscatel como quien no dice nada. ¡Anda, anda, qué rumbo! -Estamos como queremos. Así no hay quien haga bajar á <i>Canelo</i> de tu -casa...»</p> - -<p>Luis dijo que todavía no habían colocado á su abuelo; pero que era cosa -<i>de entre hoy y mañana</i>. El día estaba hermosísimo, y Paca propuso á su -amiguito ir á tomar el sol en la explanada del Conde-Duque, á dos pasos -de la calle de Quiñones. Púsose la enorme memorialista su mantón, -mientras Luisito subía á pedir permiso, y echaron á andar. Eran las -tres, y el vasto terraplén comprendido entre el paseo de Areneros y el -cuartel de Guardias estaba inundado de sol, y muy concurrido de vecinos -que iban allí á desentumecerse. Gran parte de este terreno se veía -entonces, y se ve hoy, ocupado por sillares, baldosas, adoquines, restos -ó preparativos de obras municipales, y entre la cantería, las vecinas -suelen poner colgaderos para secar ropa lavada. La parte libre de -obstáculos la emplea la tropa para los ejercicios de instrucción, y -aquella tarde vió Cadalsito á los reclutas de Caballería aprendiendo á -marchar, dirigidos por un oficial que, sable al puño y dando gritos, les -enseñaba á medir el paso. Entretúvose el pequeñuelo en contemplar las -evoluciones, y oía la cadencia con que los soldados pisaban -unísonamente, diciendo: <i>una, dos, tres, cuatro</i>. Era un mugido que se -confundía<span class="pagenum"><a name="page_085" id="page_085"></a>{85}</span> con la vibración del suelo al ser golpeado á compás, cual -inmenso tambor batido por un gigante. Entre la sociedad que allí se -congregaba á gozar del sol, discurrían vendedores de cacahuet y -avellanas, pregonándolos con un grito dejoso. Paca le compró á Cadalso -algunas de estas golosinas, y se sentó en una piedra á chismorrear con -varias comadres amigas suyas. El chiquillo corrió detrás de la tropa, -evolucionando con ella; fué y vino durante una hora en aquella militar -diversión, marcando también el <i>uno, dos, tres, cuatro</i>, hasta que, -sintiendo fatiga, se sentó en un rimero de baldosas. Entonces se le fué -un poco la cabeza; vió que la mole pesada del cuartel se corría de -derecha á izquierda, y que en la misma dirección iba el palacio de -Liria, sepultado entre el ramaje de su jardín, cuyos árboles parecen -estirarse para respirar mejor fuera de la tumba inmensa en que están -plantados. Empezóle á Cadalsito la consabida desazón; se le iba el -conocimiento de las cosas presentes, se mareaba, se desvanecía, le -entraba el misterioso sobresalto, que era en realidad pavor de lo -desconocido; y apoyando la frente en una enorme piedra que próxima -tenía, se durmió como un ángel. Desde el primer instante, la visión de -las Alarconas se le presentó clara, palpable, como un ser vivo, sentado -frente á él, sin que pudiese decir dónde. El fantástico cuadro no tenía -fondo ni lontananza. Lo<span class="pagenum"><a name="page_086" id="page_086"></a>{86}</span> constituía la excelsa figura sola. Era el mismo -personaje de luenga y blanca barba, vestido de indefinibles ropas, la -mano izquierda escondida entre los pliegues del manto, la derecha fuera, -mano de persona que se dispone á hablar. Pero lo más sorprendente fué -que antes de pronunciar la primer palabra, el Señor alargó hacia él la -diestra, y entonces se fijó en ella Cadalsito y vió que tenía los dedos -cuajados de aquellas mismas sortijas que formaban la rica colección de -<i>Posturas</i>. Sólo que en los dedos soberanos, que habían fabricado el -mundo en siete días, los anillos relumbraban cual si fueran de oro y -piedras preciosas. Cadalsito estaba absorto, y el Padre le dijo: «Mira, -Luis, lo que os quitó el maestro. Ve aquí los bonitos anillos. Los -recogí del suelo, y los compuse al instante sin ningún trabajo. El -maestro es un bruto, y ya le enseñaré yo á no daros coscorrones tan -fuertes. Y por lo que hace á <i>Posturitas</i>, te diré que es un pillo, -aunque sin mala intención. Está mal educado. Los niños decentes no ponen -motes. Tuviste razón en enfadarte, y te portaste bien. Veo que eres un -valiente y que sabes volver por tu honor».</p> - -<p>Luis quedó muy satisfecho de oirse llamar valiente por persona de tanta -autoridad. El respeto que sentía no le permitió dar las gracias; pero -algo iba á decir, cuando el Señor, moviendo con insinuación de castigo -la mano<span class="pagenum"><a name="page_087" id="page_087"></a>{87}</span> aquella cuajada de sortijas, le dijo severamente: «Pero, hijo -mío, si por ese lado estoy contento de ti, por otro me veo en el caso de -reprenderte. Hoy no te has sabido la lección. Ni por casualidad -acertaste una sola vez. Bien claro se vió que no habías abierto un libro -en todo el santo día... (Luisín, acongojadísimo, mueve los labios -queriendo disculparse.) Ya, ya sé lo que me vas á decir. Estuviste hasta -muy tarde repartiendo cartas; volviste á casa de noche. Pero luego -pudiste leer algo; no me vengas con enredos. Y esta mañana, ¿por qué no -echaste un vistazo á la lección de Geografía? ¡Cuidado con los desatinos -que has dicho hoy! ¿De dónde sacas tú que Francia está limitada al Norte -por el Danubio y que el Po pasa por Pau? ¡Vaya unas barbaridades! ¿Te -parece á ti que he hecho yo el mundo para que tú y otros mocosos como tú -me lo estéis deshaciendo á cada paso?»</p> - -<p>Enmudeció la augusta persona, quedándose con los ojos fijos en Cadalso, -al cual un color se le iba y otro se le venía, y estaba silencioso, -agobiado, sin poder mirar ni dejar de mirar á su interlocutor.</p> - -<p>«Es preciso que te hagas cargo de las cosas—añadió por fin el Padre, -accionando con la mano cuajada de sortijas.—¿Cómo quieres que yo -coloque á tu abuelo si tú no estudias? Ya ves cuán abatido está el pobre -señor, esperando<span class="pagenum"><a name="page_088" id="page_088"></a>{88}</span> como pan bendito su credencial. Se le puede ahogar con -un cabello. Pues tú tienes la culpa, porque si estudiaras...»</p> - -<p>Al oir esto, la congoja de Cadalsito fué tan grande, que creyó le -apretaban la garganta con una soga y le estaban dando garrote. Quiso -exhalar un suspiro y no pudo.</p> - -<p>«Tú no eres tonto y comprenderás esto—agregó Dios.—Ponte tú en mi -lugar; ponte tú en mi lugar, y verás que tengo razón».</p> - -<p>Luis meditó sobre aquéllo. Su razón hubo de admitir el argumento -creyéndolo de una lógica irrebatible. Era claro como el agua: mientras -él no estudiase, ¡contro! ¿cómo habían de colocar á su abuelo? Parecióle -esto la verdad misma, y las lágrimas se le saltaron. Intentó hablar, -quizás prometer solemnemente que estudiaría, que trabajaría como una -fiera, cuando se sintió cogido por el pescuezo.</p> - -<p>—Hijo mío—le dijo Paca sacudiéndole,—no te duermas aquí, que te vas á -enfriar.</p> - -<p>Luis la miró aturdido, y en su retina se confundieron un momento las -líneas de la visión con las del mundo real. Pronto se aclararon las -imágenes, aunque no las ideas; vió el cuartel del Conde-Duque, y oyó el -<i>uno, dos, tres, cuatro</i>, como si saliese de debajo de tierra. La -visión, no obstante, permanecía estampada en su alma de una manera -indeleble. No podía dudar de ella, recordando la mano ensortijada, la -voz inefable<span class="pagenum"><a name="page_089" id="page_089"></a>{89}</span> del Padre y Autor de todas las cosas. Paca le hizo -levantar y le llevó consigo. Después, quitándole del bolsillo los -cacahuets que antes le diera, díjole: «No comas mucho de esto, que se te -ensucia el estómago. Yo te los guardaré. Vámonos ya, que principia á -caer relente...» Pero él tenía ganas de seguir durmiendo; su cerebro -estaba embotado, como si acabase de pasar por un acceso de embriaguez; -le temblaban las piernas, y sentía frío intensísimo en la espalda. -Andando hacia su casa, le entraron dudas respecto á la autenticidad y -naturaleza divina de la aparición. «¿Será Dios ó no será -Dios?—pensaba.—Parece que es, porque lo sabe todito... Parece que no -es, porque no tiene ángeles».</p> - -<p>De vuelta del paseo, hizo compañía á sus buenos amigos. Mendizábal, -concluída su tarea, y después de recoger los papeles y de limpiar las -diligentes plumas, se dispuso á alumbrar la escalera. Paca limpió los -cristales del farol, encendiendo dentro de él la lamparilla de petróleo. -El <i>secretario del público</i> lo cogió entonces, y con ademán tan solemne -como si alumbrara al Viático, fué á colgarlo en su sitio, entre el -primero y segundo piso. En esto subía Villaamil, y se detuvo, como de -costumbre, para echar un párrafo con el memorialista.</p> - -<p>—Sea enhorabuena, D. Ramón—le dijo éste.</p> - -<p>—Calle usted, hombre...—replicó Villaamil, afectando el humor que -suele acompañar á un<span class="pagenum"><a name="page_090" id="page_090"></a>{90}</span> terrible dolor de muelas.—Si todavía no hay nada, -ni lo habrá...</p> - -<p>—¡Ah! pues yo creí.. Es que son muy perros, D. Ramón. ¡Vaya unos -birrias de Ministros! Lo que yo le digo á usted: mientras no venga la -escoba grande...</p> - -<p>—¡Oh! amigo mío—exclamó Villaamil con cierto aire de templanza -gubernamental,—ya sabe usted que no me gustan exageraciones. Sus ideas -son distintas de las mías... ¿Qué es lo que usted quiere? ¿Más religión? -Pues venga religión, venga; pero no osbcurantismo... Desengañémonos. -Aquí lo que hace falta es administración, moralidad...</p> - -<p>—Ahí duele, ahí duele (con expresión de triunfo). Precisamente lo que -no habrá mientras no haya fe. Lo primero es la fe, ¿sí ó no?</p> - -<p>—Corriente; pero... No, amigo Mendizábal; no exageremos.</p> - -<p>—Y las sociedades que la pierden (en tono triunfal), corren derechitas, -como quien dice, al abismo...</p> - -<p>—Todo eso está muy bien; pero... Haya moralidad, moralidad; que el que -la hace la pague, y allá los curas se entiendan con las conciencias. No -me cambalache los poderes, amigo Mendizábal.</p> - -<p>—No, si yo no cambalacho nada... En fin, usted lo verá (bajando un -escalón mientras Villaamil subía otro). Ínterin domine el libre -pensamiento,<span class="pagenum"><a name="page_091" id="page_091"></a>{91}</span> espere usted sentado. Como que no hay justicia ni nadie se -acuerda del mérito. Buenas noches.</p> - -<p>Desapareció por la escalera abajo aquel hombre feísimo, de semblante -extraño, por tener los ojos tan poco separados que parecían juntarse y -ser uno solo cuando fijamente miraban. La nariz le salía de la frente, y -después bajaba chafada y recta, esparranclando sus dos ventanillas en el -nacimiento del labio superior, dilatado, tirante y tan extenso en todas -direcciones que ocupaba casi la mitad del rostro. La boca era larga, -terminada en dos arrugas que dividían la barba en tres compartimientos -flácidos, de pelambre ralo y gris; la frente estrecha, las manos enormes -y velludas, el cogote recio, el cuerpo corto, inclinado hacia adelante, -como resabio de una raza que hasta hace poco ha andado á cuatro pies. Al -descender la escalera, parecía que la bajaba con las manos, agarrándose -al barandal. Con esta filiación de <i>gorilla</i>, Mendizábal era un buen -hombre, sin más tacha que su furiosa inquina contra el libre -pensamiento. Había sido traficante en piedras de chispa durante la -primera guerra civil, espía faccioso y cocinero del padre Cirilo. -«¡Ah!—mil veces lo decía él,—¡si yo escribiera mi historia!» Último -detalle biográfico: le compuso una rueda á la célebre tartana de San -Carlos de la Rápita.<span class="pagenum"><a name="page_092" id="page_092"></a>{92}</span></p> - -<h2><a name="X" id="X"></a>X</h2> - -<p>Poco después de anochecido, al subir á su casa, Cadalsito sintió pasos -detrás de sí; pero no volvió la cara. Mas cuando faltaban pocos -escalones para llegar al piso segando, manos desconocidas le cogieron la -cabeza y se la apretaron, no dejándole mirar hacia atrás. Tuvo miedo, -creyéndose en poder de algún ladrón barbudo y feo, que iba á robar la -casa y empezaba por asegurarle á él. Pero antes que tuviera tiempo de -chillar, el intruso le levantó en peso y le besó. Luis pudo verle -entonces la cara, y al reconocerle, su intranquilidad no disminuyó. -Había visto aquella cara por última vez algún tiempo antes, sin poder -apreciar cuándo, en una noche de escándalo y reyerta, en la cual todos -chillaban en su casa, Abelarda caía con una pataleta, y la abuelita -gritaba pidiendo el auxilio de los vecinos. La dramática escena -doméstica había dejado indeleble impresión en Luis, que ignoraba por qué -se habían puesto sus tías y abuela tan furiosas.</p> - -<p>En aquel tiempo estaba el abuelito en Cuba, y no vivía la familia en la -calle de Quiñones. Recordó también que las iras de las <i>Miaus</i> recaían -sobre una persona que entonces desapareció de la casa, para no volver á -ella hasta la<span class="pagenum"><a name="page_093" id="page_093"></a>{93}</span> ocasión que ahora se refiere. Aquel hombre era su padre. -No se atrevió Luis á pronunciar el cariñoso nombre; de mal humor dijo: -«Suéltame». Y el sujeto aquél llamó.</p> - -<p>Cuando doña Pura, al abrir la puerta, vió al que llamaba, acompañado de -su hijo, quedóse un instante como quien no da crédito á sus ojos. La -sorpresa y el terror se pintaban en su semblante... después -contrariedad. Por fin murmuró: «¿Víctor... tú?»</p> - -<p>Entró saludando á su suegra con cierta emoción, de una manera cortés y -expresiva. Villaamil, que tenía el oído muy fino, se estremeció al -reconocer desde su despacho la voz aquélla. «¡Víctor aquí... Víctor otra -vez en casa! Este hombre nos trae alguna calamidad». Y cuando su yerno -entraba á saludarle, el rostro tigresco de D. Ramón se volvió espantoso, -y le temblaba la mandíbula carnicera, indicando como un prurito de -ejercitarla contra la primera res que se le pusiera delante. «¿Pero cómo -estás aquí? ¿Has venido con licencia?», fué lo único que dijo.</p> - -<p>Víctor Cadalso sentóse frente á su suegro. El quinqué les separaba, y su -luz, iluminando los dos rostros, hacía resaltar el vivo contraste entre -una y otra persona. Era Víctor acabado tipo de hermosura varonil, un -ejemplar de los que parecen destinados á conservar y transmitir la -elegancia de formas en la raza humana, desfigurada por los cruzamientos, -y que por los cruzamientos,<span class="pagenum"><a name="page_094" id="page_094"></a>{94}</span> reflujo incesante, viene de vez en cuando á -reproducir el gallardo modelo, como para mirarse y recrearse en el -espejo de sí misma, y convencerse de la permanencia de los arquetipos de -hermosura, á pesar de las infinitas derivaciones de la fealdad. El -claro-obscuro producido por la luz de la lámpara modelaba las facciones -del guapo mozo. Tenía nariz de contorno puro, ojos negros, de ancha -pupila, cuya expresión variaba desde el matiz más tierno hasta el más -grave, á voluntad. La frente pálida tenía el corte y el bruñido que en -escultura sirve para expresar nobleza.—Esta nobleza es el resultado del -equilibrio de piezas cranianas y de la perfecta armonía de líneas.—El -cuello robusto, el pelo algo desordenado y de azabache, la barba obscura -también y corta, completaban la hermosa lámina de aquel busto, más -italiano que español. La talla era mediana, el cuerpo tan bien -proporcionado y airoso como la cabeza; la edad debía de andar entre los -treinta y tres ó los treinta y cinco. No supo responder terminantemente -á la pregunta de su suegro, y después de titubear un instante, se aplomó -y dijo:</p> - -<p>—Con licencia no... es decir... he tenido un disgusto con el jefe. Salí -sin dar cuenta á nadie. Ya conoce usted mi carácter. No me gusta que -nadie juegue conmigo... Ya le contaré. Ahora vamos á otra cosa. Llegué -esta mañana en el tren de las ocho, y me metí en una casa de<span class="pagenum"><a name="page_095" id="page_095"></a>{95}</span> huéspedes -de la calle del Fúcar. Allí pensaba quedarme. Pero estoy tan mal, que si -ustedes (doña Pura se hallaba todavía presente) no se incomodan, me -vendré aquí por unos días, nada más que por unos días.</p> - -<p>Doña Pura se echó á temblar, y corrió á transmitir la fatal nueva á su -hermana y á su hija. «¡Se nos mete aquí! ¡Qué horror de hombre! Nos ha -caído que hacer».</p> - -<p>—Aquí estamos muy estrechos—objetó Villaamil con cara cada vez más -fiera y tenebrosa.—¿Por qué no te vas á casa de tu hermana Quintina?</p> - -<p>—Ya sabe usted—replicó—que mi cuñado Ildefonso y yo estamos así... un -poco de punta. Con ustedes me arreglo mejor. Yo les prometo ser pacífico -y razonable, y olvidar ciertas cosillas.</p> - -<p>—Pero, en resumidas cuentas, ¿sigues ó no en tu destino de Valencia?</p> - -<p>—Le diré á usted... (mascando las primeras palabras, pero discurriendo -al fin una respuesta que disimulase su perplejidad). Aquel Jefe -Económico es un trapisonda... Se empeñó en echarme de allí, y ha -intentado formarme expediente. No conseguirá nada; tengo yo más conchas -que él.</p> - -<p>Villaamil dió un suspiro, tratando de descifrar por la fisonomía de su -yerno el misterio de su intempestiva llegada. Pero sabía por -experiencia<span class="pagenum"><a name="page_096" id="page_096"></a>{96}</span> que la cara de Víctor era impenetrable y que, histrión -consumado, expresaba con ella lo que mas convenía a sus fines.</p> - -<p>—¿Y qué te parece tu hijo?—le preguntó al ver entrar á Pura con -Luisín.—Está crecido, y le vamos defendiendo la salud, Delicadillo -siempre, por lo cual no queremos apretarle para que estudie.</p> - -<p>—Tiempo tiene—dijo Cadalso, abrazando y besando al niño.—Cada día se -parece más á su madre, á mi pobre Luisa. ¿Verdad?</p> - -<p>Al anciano se le humedecieron los ojos. Aquella hija malograda en la -flor de la edad, fué todo su amor. El día de su temprana muerte, -Villaamil envejeció de un golpe diez años. Siempre que alguien la -nombraba en la casa, el pobre hombre sentía renovada su aflicción -inmensa, y si quien la nombraba era Víctor, al pesar se mezclaba la -repugnancia que inspira el asesino condoliéndose de su víctima después -de inmolada. Á doña Pura también se le abatieron los espíritus al ver y -oir al que fué esposo de su querida hija. Luis se entristeció, más bien -por rutina, pues había notado que cuando alguien pronunciaba en la casa -el nombre de su mamá, todos suspiraban y se ponían muy serios.</p> - -<p>Víctor, llevando á su hijo, pasó á saludar á Milagros y á Abelarda. -Aquélla le aborrecía de todo corazón, y respondió á su saludo con -desdeñosa frialdad. La cuñadita se metió en su<span class="pagenum"><a name="page_097" id="page_097"></a>{97}</span> cuarto al sentirle; -luego salió, y su color, siempre malo, era como el color de una muerta. -Le temblaba la voz; quiso afectar el mismo desdén de su tía hacia -Víctor; éste la apretaba la mano. «¿Ya estás aquí otra vez, perdido?», -balbuceó ella, y sin sabor qué hacer se volvió á meter en el aposento.</p> - -<p>Entretanto Villaamil, aprensivo y sobresaltado, se desperezaba en su -asiento como si quisiera crucificarse, y decía á su mujer:</p> - -<p>—Este hombre traerá hoy la desgracia á nuestra casa como la ha traído -siempre. Y si no, tú lo has de ver. Cuando le sentí la voz, creí que el -infierno se nos metía por las puertas. Maldita sea la hora (exaltándose -y dejando caer con ruidosa pesadumbre las palmas de las manos sobre la -mesa) en que este hombre entró en mi casa por vez primera; maldita la -hora en que nuestra querida hija se prendó de él, y maldito el día en -que les casamos... porque ya no tenía remedio. ¡Ojalá viviera mi hija -deshonrada, ojalá!... ¡Qué estúpido afán de casar á las hijas sin saber -con quién! ¡Ah! Pura, mucho cuidado con ese danzante; no te fíes. Tiene -el arte de adornar su perversidad con palabras que, al pronto, emboban y -seducen. Á mí no me la da, no; á mí me engañó una vez sola. Pero pronto -le calé, y ahora me pongo en guardia, porque es el hombre más malo que -Dios ha echado al mnundo.</p> - -<p>—¿Pero no ha dicho á qué viene? ¿Le han<span class="pagenum"><a name="page_098" id="page_098"></a>{98}</span> dejado cesante? De seguro ha -hecho alguna pillada y viene á que tú se la tapes.</p> - -<p>—¡Yo! (espantado y echando los ojos fuera del casco). ¡Como no se la -tape el moro Muza! Á buena parte viene...</p> - -<p>Llegada la hora de comer, Víctor, sentándose á la mesa con la mayor -frescura, hubo de permitirse ciertos alardes de conversación jocosa. -Todos le miraban con hostilidad, esquivando los temas joviales que -quería sacar á relucir. Á ratos se ponía ceñudo y receloso; pero á la -manera de un actor que recobra su papel momentáneamente olvidado, tomaba -la estudiada actitud bonachona y festiva. Luego reapareció la dificultad -grave. ¿Dónde le ponían? Y doña Pura, sofocada ante la imposibilidad de -alojar al intruso, se plantó diciéndole:—No, no puede ser, Víctor; ya -ves que no hay medio de tenerte en casa.</p> - -<p>—No se apure usted, mamá—replicó él, acentuando con cariño el -tratamiento.—Me quedaré aquí, en el sofá del comedor. Déme usted una -manta, y dormiré como un canónigo.</p> - -<p>Nada pudieron oponer á esta conformidad doña Pura y las otras <i>Miaus</i>. -Cuando empezaron á llegar las personas que iban á la tertulia, Víctor -dijo á su suegra:—Mire usted, mamá, yo no me presento. No tengo -malditas ganas de ver gente, al menos en algunos días. Me parece que he -oído la voz de Pantoja. No le diga usted que estoy aquí.<span class="pagenum"><a name="page_099" id="page_099"></a>{99}</span></p> - -<p>—Pues no sé á qué vienen esos incógnitos—replicóle amoscada su -suegra.—¿Te vas á estar de plantón en el comedor? Pues sabrás que voy á -poner en esta mesa los vasos de agua, para que salgan á beber todos los -que tengan sed. Y te advierto que Pantoja es hombre que me bebe media -cuba todas las noches.</p> - -<p>—Pues me meteré en el cuarto de Luis, si no pone usted el abrevadero en -otra parte.</p> - -<p>—¿Pero dónde?</p> - -<p>—Nada, nada, mamá; por mi parte no altere usted sus costumbres. Váyase -usted á la sala, donde ya tiene toda la <i>crème</i> reunida. No olvide -ponerme aquí la manta. Mañana temprano traeré mi equipaje.</p> - -<p>Cuando doña Pura transmitió á su marido el recelo de ser visto que en -Cadalso notara, el buen señor se intranquilizó más, y echó nuevas pestes -contra el intruso. Puesta sobre la mesa del comedor la bandeja con los -vasos de agua, único refrigerio que los Villaamil podían ofrecer á sus -amigos, Cadalso se quedó un rato solo con su hijo, el cual mostraba -aquella noche aplicación desusada. «¿Estudias mucho?», preguntó su padre -acariciándole. Y él contestó que sí con la cabeza, cohibido y -vergonzoso, como si el estudiar fuese delito. Su padre era para él como -un extraño, y al intentar hablarle, la timidez le ataba la lengua. El -sentimiento que al pobre niño inspiraba aquel hombre era mezcla<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100"></a>{100}</span> -singularísima de respeto y temor. Lo respetaba por el concepto de padre, -que en su alma tierna tenía ya el natural valor; lo temía, porque en su -casa había oído mil veces hablar de él en términos harto desfavorables. -Era Cadalso el papá malo, como Villaamil era el papá bueno.</p> - -<p>Al sentir los pasos de algún tertulio sediento que venía al abrevadero, -Víctor se colaba en el cuarto de Milagros. Conoció por la voz á Ponce, -que amén de crítico era novio de Abelarda; reconoció también á Pantoja, -empleado en Contribuciones, amigo de Villaamil y aun del propio Cadalso, -quien le tenía por la máquina humana más inútil y roñosa que en oficinas -existiera. No puedo dejar de notar que una de las personas que más sed -tuvieron aquella noche fué Abelarda. Salió dos ó tres veces á beber, y -además quiso substituir á su tía Milagros en la obligación de acostar al -pequeño. Estando en ello, se metió Víctor en la alcoba, huyendo de otro -tertulio sofocado que iba á refrescarse.</p> - -<p>—Papá está muy inquieto con esta aparición tuya—le dijo Abelarda sin -mirarle.—Has entrado en casa como Mefistófeles, por escotillón, y todos -nos alteramos al verte.</p> - -<p>—¿Me como yo la gente?—respondió Víctor sentándose en la misma cama de -Luis.—Por lo demás, en mi venida no hay misterio; hay algo, sí, que no -comprenderán tu padre y tu madre; poro tú lo comprenderás cuando te lo -explique,<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101"></a>{101}</span> porque tú eres buena para mí, Abelarda; tú no me aborreces -como los demás, sabes mis desgracias, conoces mis faltas y me tienes -compasión.</p> - -<p>Insinuó esto con mucha dulzura, contemplando á su hijo, ya medio -desnudo. Abelarda evitaba el mirarle. No así Luisito, que había clavado -los ojos en su padre, como queriendo descifrar el sentido de sus -palabras.</p> - -<p>—¡Lástima yo de ti!—repuso al fin la insignificante con voz -trémula.—¿De dónde sacas eso?... ¿Si pensarás que creo algo de lo que -dices? Á otras engañarás, pero á la hija de mi madre...!</p> - -<p>Y como Víctor empezase á replicarle con cierta vehemencia, Abelarda le -mandó callar con un gesto expresivo. Temía que alguien viniese ó que -Luis se enterase, y aquel gesto señaló una nueva etapa en el diálogo.</p> - -<p>—No quiero saber nada—dijo, determinándose al fin á mirarle cara á -cara.</p> - -<p>—¿Pues á quién he de confiarme yo si no me confío á ti... la única -persona que me comprende?</p> - -<p>—Vete á la iglesia, arrodíllate ante el confesonario...</p> - -<p>—La antorcha de la fe se me apagó hace tiempo. Estoy á -obscuras—declaró Víctor mirando al chiquillo, ya con las manos cruzadas -para empezar sus oraciones.</p> - -<p>Y cuando el niño hubo terminado, Abelarda<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102"></a>{102}</span> se volvió hacia el padre, -diciéndole con emoción:—Eres muy malo, muy malo. Conviértete á Dios, -encomiéndate á él, y...</p> - -<p>—No creo en Dios—replicó Víctor con sequedad;—á á Dios se le ve -soñando, y yo hace tiempo que desperté.</p> - -<p>Luisito escondió su faz entre las almohadas, sintiendo un frío terrible, -malestar grande y todos los síntomas precursores de aquel estado en que -se le presentaba su misterioso amigo.</p> - -<h2><a name="XI" id="XI"></a>XI</h2> - -<p>Á las doce; cuando los tertulios desfilaron, Cadalso se acomodó en el -sofá del comedor, cubriéndose con la manta que Abelarda le diera. -Ignoraba él que su cuñada se acostaría vestida aquella noche por carecer -de abrigo. Retiráronse todos, menos Villaamil, que no quiso recogerse -sin tener una explicación con su yerno. La lámpara del comedor había -quedado encendida, y el abuelo, al entrar, vió á Víctor incorporado en -su duro lecho, con la manta liada de medio cuerpo abajo. Comprendió al -punto el yerno que su padre político quería palique, y se preparó, cosa -fácil para él, pues era hombre de imaginación pronta, de afluente -palabra, de salidas ágiles y oportunas, á fuer de meridional<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103"></a>{103}</span> de pura -sangre, nacido en aquella costa granadina que tiene detrás la Alpujarra -y enfrente á Marruecos. «Este tío—pensó—me quiere embestir. Á buena -parte viene... Empiece la brega. Le trastearemos con gracia».</p> - -<p>—Ahora que estamos solos—dijo Villaamil con aquella gravedad que -imponía miedo,—decídete á ser franco conmigo. Tú has hecho algún -disparate, Víctor. Te lo conozco en la cara, aunque tu cara pocas veces -dice lo que piensas. Confiésame la verdad, y no trates de marearme con -tus pases de palabras ni con esas ideas raras de que sacas tanto -partido.</p> - -<p>—Yo no tengo ideas raras, querido D. Ramón; las ideas raras son las de -mi señor suegro. Debemos juzgar las ideas de las personas por el pelo -que éstas echan. ¿Le han colocado á usted ya? Se me figura que no. Y -usted sigue tan fresco, esperando su remedio de la justicia, que es lo -mismo que esperarlo de la luna. Mil veces le he dicho á usted que el -mismo Estado es quien nos enseña el derecho a la vida. Si el Estado no -muere nunca, el funcionario no debe perecer tampoco administrativamente. -Y ahora le voy á decir otra cosa: mientras no cambie usted de papeles, -no le colocarán; se pasará los meses y los años viviendo de ilusiones, -fiándose de palabras zalameras y de la sonrisa traidora de los que se -dan importancia con los tontos, haciendo que les protegen.<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104"></a>{104}</span></p> - -<p>—Pero tú, necio—dijo Villaamil enojadísimo,—¿has llegado á figurarte -que yo tengo esperanzas? ¿De dónde sacas, majadero, que yo me forje ni -la milésima parte de una condenada ilusión? ¡Colocarme á mí! No se me -pasa por la imaginación semejante cosa, no espero nada, nada, y digo -más: hasta me ofende el que me supone pendiente de formulillas y de -palabras cucas.</p> - -<p>—Como siempre le he conocido á usted así, tan confiado, tan -optimista...</p> - -<p>—¡Optimista yo! (muy contrariado). Vamos, Víctor, no te burles de estas -canas. Y sobre todo, no desvíes la cuestión. Ahora no se trata de mí, -sino de ti. Vuelvo á mi pregunta: ¿Qué has hecho? ¿Por qué estas aquí, y -por qué te escondes de la gente?</p> - -<p>—Es que las tertulias de esta casa me cargan. Ya sabe usted que soy muy -extremado en mis antipatías. Yo no me escondo; es que no quiero ver la -cara de Ponce con sus ojos pitañosos, ni que me hable Pantoja, el cual -tiene un aliento que da el <i>quién vive</i>.</p> - -<p>—No se trata del aliento de Pantoja, sino de que tú no has dejado tu -destino con la frente alta.</p> - -<p>—Tan alta que si mi jefe dice algo contra mí, tengo medios de mandarle -á presidio (acalorándose). Sepa usted que he prestado servicios tales, -que si el Estado fuera agradecido, ya sería yo<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105"></a>{105}</span> jefe de Administración. -Pero el Estado es esencialmente ingrato, bien lo sabe usted, y no sabe -premiar. Si el funcionario inteligente no se recompensa á sí propio, -está perdido. Para que usted se entere: cuando fuí á Valencia á -encargarme de Propiedades é Impuestos, el Negociado estaba por los -suelos. Mi antecesor era un cómico sin voz, que recibió el empleo como -jubilación de la escena. El infeliz no sabía por dónde andaba. Llegué -yo, y <i>¡arsa!</i> á trabajar. ¡Qué lío! Las cédulas personales no se -cobraban ni á tiros. En Consumos había descubiertos horribles. Llamé á -los alcaldes, les apremié, les metí el resuello en el cuerpo. Total, que -saqué una millonada para el Tesoro, millonada que se habría perdido sin -mí... Entonces reflexioné, y dije: «¿Cuál es la consecuencia natural del -inmenso servicio que he prestado á la Nación? Pues la consecuencia -natural, lógica, ineludible de defender al Estado contra el -contribuyente es la ingratitud del Estado. Abramos, pues, el paraguas -para resguardarnos de la ingratitud, que nos ha de traer la miseria».</p> - -<p>—No se puede decir más claro que tus manos no están muy limpias.</p> - -<p>—No hay tal, no, señor (incorporándose y accionando con mucha energía); -porque mediador entre el contribuyente y el Estado, debo impedir que -ambos se devoren, y no quedarían más que los rabos si yo no los pusiera -en paz.<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106"></a>{106}</span> Yo formo parte de la entidad contribuyente, que es la Nación; -yo formo parte del Estado, como funcionario. Con esta doble naturaleza, -yo, mediador, tengo que asegurar mi vida para seguir impidiendo el -choque mortal entre el contribuyente y el Estado...</p> - -<p>—Ni te entiendo, ni te entenderá nadie (con gesto de ira y desprecio). -El mismo de siempre. Con esas chuscadas de tu ingenio quieres ocultar -tus trapisondas. ¿Pues sabes lo que te digo? que en mi casa no puedes -estar.</p> - -<p>—No se acalore mi querido suegro. Entre paréntesis, no he pretendido -que me tengan aquí por mi linda cara. Pagaré mi pupilaje... Será por -pocos días, porque en cuanto me asciendan...</p> - -<p>—¡Ascenderte! ¿qué dices? (como si le hubiera picado un escorpión).</p> - -<p>—¡Ay! ¿pues usted qué se creía? ¡Qué inocente! Siempre el mismo D. -Ramón, la virginal doncella. Que le traigan tila. Ya... ¿qué creía -usted? ¿que yo no soy de Dios y no debo ascender? ¿Sabe que llevo dos -años de oficial primero y me corresponde el ascenso á Jefe de Negociado -de tercera, por la ley de Cánovas? Y usted, que tan optimista es en lo -propio y tan pesimista en lo ajeno, creerá que me voy á pasar la vida -escribiendo cartas, espiando la sonrisa de un Director general ó -quitándole motas á Cucúrbitas! No, señor mío, yo no voy al trapo rojo, -sino al bulto.<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107"></a>{107}</span></p> - -<p>—Sí, sí, lo que es a descarado no te gana nadie; y digo más... por lo -mismo que no tienes vergüenza (lívido de ira y tragándose su propia -amargura), consigues todo lo que quieres... El mundo es tuyo... Vengan -ascensos, y ole morena.</p> - -<p>—En cambio usted (con cruel sarcasmo), siga meciéndose en esos dulces -éeextasis, siga creyendo que las mariposillas le traen la credencial, y -despiértese todos los días diciendo: «hoy, hoy será», y lea <i>La -Correspondencia</i> por las noches con la esperanza de ver su nombre en -ella.</p> - -<p>—Te repito de una vez para siempre (deseando tener á mano una botella, -tintero ó palmatoria que tirarle á la cabeza), que yo no espero nada, ni -pienso que me colocarán jamás. En cambio estoy convencido de que tú, tú, -que acabas de defraudar al Tesoro, tendrás el premio de tu gracia, -porque así es el mundo, y así está la cochina Administración... ¡Dios -mío! ¡que viva yo para ver estas cosas! (levantándose y llevándose las -manos á la cabeza).</p> - -<p>—Lo que tiene usted que hacer (con cierta fatuidad) es aprender de mí.</p> - -<p>—¡Bonito modelo! No quiero oirte, no quiero verte ni en pintura... -Adiós (marchándose y volviendo desde la puerta). Y ten entendido que yo -no espero ni esto; que estoy conforme, que llevo con paciencia mi -desgracia, y que no se me ocurre que me puedan colocar ahora, ni -mañana,<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108"></a>{108}</span> ni el siglo que viene... aunque buena falta nos hace. Pero...</p> - -<p>—¿Pero qué?... (echándose á reir malignamente). Vamos, ¿á que le coloco -yo á usted si me atufo?</p> - -<p>—¡Tú... tú! ¡deberte yo á ti...!</p> - -<p>Y fué tal su indignación, que no quiso hablar más, temeroso de hacer un -disparate, y pegando un portazo que estremeció la casa, huyó á su alcoba -y arrojóse en la inquieta superficie de su camastro, como un desesperado -al mar.</p> - -<p>Víctor se arrebujó en la manta, tratando de dormir; poro hallábase -excitadísimo, más que por el altercado con su suegro, por la memoria de -sucesos recientes, y no podía conciliar el sueño, no siendo tampoco -extraña á esto fenómeno la dureza del banco en que reposaba. La luz -menguó de tal manera después de media noche, que apenas alumbraba con -incierto resplandor la estancia; y en el cerebro insomne y febril de -Víctor, esta penumbra y el olor á comida fiambre que flotaba en la -atmósfera, se confundían en una sola impresión desagradable. Examinó -punto por punto el comedor, las paredes vestidas de papel, á trozos -desgarrado, á trozos sucio. En algunos sitios, particularmente junto á -las puertas, la crasitud marcaba el roce de las personas; en otros se -veían impresas las manos de Luisito y aun los trazos de su artístico -lápiz. El techo, ahumado en la proyección de la<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109"></a>{109}</span> lámpara, tenía dos ó -tres grietas, dibujando una inmensa M y quizás otras letras menos -claras. En la pared, agujeros de clavos, de los cuales colgaron en otros -tiempos láminas. Víctor recordaba haber visto allí un reloj, que nunca -había dicho <i>esta campana es mía</i>, y señalaba siempre una hora -inverosímil; también hubo antaño bodegones al cromo con sandías y -melones despanzurrados. Láminas y reloj habían desaparecido, como carga -que se arroja al mar para que el barco no zozobre. El aparador -subsistía; pero ¡qué viejo y qué aburrido estaba, con sus vivos negros -despintados, un cristal roto, caído el copete! Dentro de él se veían -algunas copas boca abajo, vinagreras con frascos desiguales, un limón -muy arrugado, un molinillo de café, latas mugrientas y algunas piezas de -loza. La puerta que conducía al pasillo de la cocina estaba cubierta por -un pesado portier de abacá, mugriento por el borde en que lo sobaban las -manos, y con una claraboya en medio, que bien pudiera servir de torno.</p> - -<p>Cansado de mudar posturas, Víctor se incorporó en su lecho, que parecía -un potro, y su desasosiego paró en desvarío mental. Le entraron ganas de -explicarse consigo mismo, de deshacer con recriminaciones el nublado de -su alma, y en voz no muy alta, pero perceptible, se expresó de este -modo: «Esto es mío, estúpidos. Ratas de oficina, idos á roer -expedientes. Yo valgo más<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110"></a>{110}</span> que vosotros; en un día sé despabilar yo todo -el trabajo del Negociado, correspondiente á un mes.</p> - -<p>Después se echó, asustado de su propio acento. Y al poco rato, los ojos -cerrados, el ceño fruncido, reprodujo en su cerebro, como ciertos -sonámbulos, el caso cuya reminiscencia no podía echar de sí.</p> - -<p>«Los consumos... ¡ah! los consumos. Son la más ingeniosa de las -invenciones. ¡Pícaros pueblos! Por no pagar, son ellos capaces de -venderse al diablo... ¡Y cómo les sabe á cuerno quemado la cuenta -corriente que se los lleva! Y que á mí no me joraban. Al que me cerdee, -le abraso vivo. ¡Ah! en la expedición de los apremios está el <i>quid</i>. Y -como nunca falta un roto para un descosido, nada más fácil que ponerse -de acuerdo con el interventor para formar la relación de apremios. -¡Feliz el pueblo que se escabulle de la relación, aunque tenga dos -semestres en descubierto!... Señor Alcalde, entendámonos. ¿Ustedes -quieren respirar? Pues yo también necesito oxígeno. Todos somos hijos de -Dios... Y tú, Hacienda, ¿por qué te amontonas? ¿No te salvé yo más de -seis millones que mi antecesor dió por perdidos? Pues entonces, ¿á qué -ese lloriqueo de mujer arratrada? Quien presta tan grandes servicios, -¿no merece premio? ¿No hemos de ponernos á cubierto de la ingratitud del -Estado, agradeciéndonos nosotros mismos nuestros leales<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111"></a>{111}</span> servicios? La -recompensa es el principio de la moralidad, es la aplicación de la -justicia, del derecho, del <i>Jus</i> á la Administración. Un Estado ingrato, -indiferente al mérito, es un Estado salvaje... Lo que yo digo: -dondequiera que hay el <i>haber</i> de un servicio, hay el <i>debe</i> de una -comisión. Partida por partida, esto es elemental. Yo doy al Estado con -una mano seis millones que andaban trasconejados, y alargo la otra para -que me suelte mi comisión... ¡Ah! perro Estado, ladrón, indecente; ¿qué -querías tú? ¿mamarte los millones y después dejarme asperges? ¡Ah! -infame, eso habrías hecho si yo me descuido. Pues te juro que por listo -que tú seas, más lo soy yo. Vamos de pillo á pillo. Y tú, contribuyente, -¿por qué me pones hocico? ¿No ves que te defiendo? Pero para que tú -respires es preciso que respire yo también. Si yo me ahogo, vendrá otro -que te sacará el redaño.</p> - -<p>»¡Y ese estúpido Jefe, ese animal, ese bandido que en Pontevedra se -merendó la suscripción para los náufragos y en Cáceres dejó en cueros á -las viudas de los mineros muertos; ese que sería capaz de tragarse la -Necrópolis con todos sus difuntos, quiere formarme expediente! Pero la -comprobación es muy difícil, tunante, y si me pinchas, te denunciaré, te -sacaré los trapitos á la calle, con datos, con fechas, con números. Yo -tengo buenos amigos, y manos blancas que me defiendan... Eso es lo que -tú no me perdonas...<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112"></a>{112}</span> Te come la envidia. Y por eso te revuelves contra -mí ahora, tomador, que no sirviendo para afanar relojes, te metiste á -empleado».</p> - -<p>Y al cabo de un cuarto de hora, cuando parecía que había encontrado el -sueño, soltó de improviso la risa, diciendo: «No me pueden probar nada. -Pero aunque me lo probaran...» Por fin se durmió, y tuvo una pesadilla, -semejante á otras que en los casos de agitación moral turbaban su -descanso. Soñó que iba por una galería muy larga, inacabable, con -paredes de espejos, que hasta lo infinito repetían su gallarda persona. -Iba por aquel inmenso callejón persiguiendo á una mujer, á una dama -elegante, la cual corría agitando con el rápido mover de sus pies la -falda de crujiente seda. Cadalso le veía los tacones de las botas, que -eran... ¡cascarones de huevo! Quién podía ser la dama, lo ignoraba; era -la misma con quien soñara otra noche, y al seguirla, se decía que todo -aquello era sueño, asombrándose de correr tras un fantasma, pero -corriendo siempre. Por fin ponía la mano en olla, la dama se paraba y se -volvía, diciéndole con voz muy ronca: «¿Por qué te empeñas en quitarme -esta cómoda que llevo aquí?» En efecto, la dama llevaba en la mano una -cómoda ¡de tamaño natural!, y la llevaba tan desahogadamente como si -fuera un portamonedas. Entonces Víctor despertaba sintiendo sobre sí un -peso tal que no podía moverse, y un terror supersticioso<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113"></a>{113}</span> que no sabía -relacionar ni con la cómoda, ni con la dama, ni con los espejos. Todo -ello era estúpido y sin ningún sentido.</p> - -<p>Despierto, tenían más miga los sueños de Cadalso, porque toda la vida se -la llevaba pensando en riquezas que no tenía, en honores y poder que -deseaba, en mujeres hermosas, cuyas seducciones no le eran desconocidas, -en damas elegantes y de alta alcurnia que con ardentísima curiosidad -anhelaba tratar y poseer, y esta aspiración á los supremos goces de la -vida le traía siempre intranquilo, vigilante y en acecho. Devorado por -el ansia de introducirse en las clases superiores de la sociedad, creía -tener ya en las manos un cabo y el primer nudo de la cuerda por donde -otros menos audaces habían logrado subir. ¿Cuál era este nudo? Ved aquí -un secreto que por nada del mundo revelaría Cadalso á sus vulgarísimos y -apocados parientes los de Villaamil.</p> - -<h2><a name="XII" id="XII"></a>XII</h2> - -<p>Apareciósele muy temprano <i>la figura arrancada á un cuadro de Fra -Angélico</i>, por otro nombre doña Pura, quien le acometió con el arma -cortante de su displicencia, agravada por la mala noche que un -dolorcillo de muelas le hizo pasar. «Ea, despejarme el comedor. Ve á -lavarte á mi<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114"></a>{114}</span> cuarto, que tenemos precisión de barrer aquí. Lárgate -pronto si no quieres que te llenemos de polvo». Apoyaba esta admonición, -de una manera más persuasiva, la segunda <i>Miau</i>, que se presentó escoba -en mano.</p> - -<p>—No se enfade usted, mamá. (Á doña Pura le cargaba mucho que su yerno -la llamase <i>mamá</i>.) Desde que está usted hecha una potentada, no se la -puede aguantar. ¡Qué manera de tratar á este infeliz!</p> - -<p>—Eso es, búrlate... Es lo que te faltaba para acabar de conquistarnos. -¡Y que tienes el don de la oportunidad! Siempre te descuelgas por aquí -cuando estamos con el agua al cuello.</p> - -<p>—¿Y si dijera que precisamente he venido creyendo ser muy oportuno? Á -ver... ¿qué respondería usted á esto? Porque no conviene despreciar á -nadie, querida mamá, y se dan casos de que el huésped molesto nos -resulte Providencia de la noche á la mañana.</p> - -<p>—Buena Providencia nos dé Dios (siguiéndole hacia el cuarto donde -Víctor pensaba lavarse). ¿Qué quieres decir? ¿que vas á apretar la -cuerda que nos ahorca?</p> - -<p>—Tanto como está usted chillando ahí (con zalamería), y todavía soy -hombre para convidarla á usted á palcos por asiento.</p> - -<p>—Ninguna falta nos hacen tus palcos... ¡Ni qué has de convidar tú, si -siempre te he conocido más arrancado que el Gobierno!<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115"></a>{115}</span></p> - -<p>—Mamá, mamá, por Dios, no rebaje usted tanto mi dignidad. Y sobre todo, -el que yo sea pobre no es motivo para que se dude de mi buen corazón.</p> - -<p>—Déjame en paz. Ahí te quedas. Despacha pronto.</p> - -<p>—Prefiero ver delante de mí el puñal del asesino á ver malas caras. -(Deteniéndola por un brazo.) Un momento. ¿Quiere usted que pague mi -hospedaje?</p> - -<p>Sacó su cartera en el mismo instante, y á doña Pura se le encandilaron -los ojos viendo que abultaba y que el bulto lo hacía un grueso manojo de -billetes de Banco.</p> - -<p>—No quiero ser gravoso (dándole un billete de 100 pesetas). Tome usted, -querida mamá, y no juzgue mis intenciones por la insuficiencia de mis -medios.</p> - -<p>—Pues no creas... (echando la zarpa al billete como si éste fuera un -ratón), no creas que voy á llevar mi delicadeza hasta lo increíble, -rechazando con indignación tu dinero, á estilo de teatro. No estamos -ahora para escrúpulos ni para indignaciones cursis. Lo tomo, sí, lo -tomo, y voy á pagar con él una deuda sagrada, y además, nos viene bien -para...</p> - -<p>—¿Para qué?</p> - -<p>—Déjame á mí. ¿Quién no tiene sus secretillos?</p> - -<p>—Y un hijo, un hijo cariñoso, ¿no merece ser<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116"></a>{116}</span> depositario de esos -secretos? Gracias por la confianza que merezco. Yo creí que me -apreciaban más. Querida mamá, aunque usted no me considere de la -familia, yo no puedo desprenderme de ella. Mándeme usted que no los -quiera, y no obedeceré... En otra parte puedo entrar con indiferencia, -poro en esta casa no; y cuando en ella noto síntomas de estrechez, -aunque usted me lo prohiba, me tengo que afligir... (poniéndole -cariñosamente la mano en el hombro). Simpática suegra, no me gusta que -papá ande sin capa.</p> - -<p>—¡Pobrecito!... y ¡qué le hemos de hacer!... Su situación viene siendo -muy triste hace tiempo. La cesantía va estirando más de lo que creíamos. -Sólo Dios y nosotras sabemos las amarguras que en esta casa se pasan.</p> - -<p>—Menos mal si el remedio viene, aunque sea de la persona á quien no se -estima (dándole otro billete de igual cantidad, que doña Pura se -apresura á recoger).</p> - -<p>—Gracias... No es que no te estimemos; es que tú...</p> - -<p>—He sido malo, lo confieso (patéticamente); reconocerlo es señal de que -ya no lo soy tanto. Tengo mis defectos como cada <i>quisque</i>; pero no soy -empedernido, no está mi corazón cerrado á la sensibilidad, ni mi -entendimiento á la experiencia. Yo seré todo lo malo que usted quiera; -pero, en medio de mi perversidad, tengo una<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117"></a>{117}</span> manía, vea usted... no -tolero que esta familia, á quien tanto debo, pase necesidades. Me da por -ahí... llámelo usted debilidad ó como quiera (dándole un tercer billete -con gallardía generosa, sin mirar la mano que lo daba). Mientras yo gane -un real, no consiento que el padre de mi pobre Luisa vista -indecorosamente, ni que mi hijo ande desabrigado.</p> - -<p>—Gracias, Víctor, gracias (entre conmovida y recelosa).</p> - -<p>—No tiene usted por qué darme las gracias. No hay mérito ninguno en -cumplir un deber sagrado. Se me ocurre que podría usted tomar hasta dos -mil reales, porque no serán una ni dos las cosas que se han ido á -Peñaranda.</p> - -<p>—Rico estás... (con escama de si serían falsos los billetes).</p> - -<p>—Rico, no... Ahorrillos. En Valencia se gasta poco. Se encuentra uno -con economías sin notarlo. Y repito que si usted me habla de -agradecimiento, me incomodo. Yo soy así. ¡He variado tanto! Nadie sabe -la pena que siento al recordar los malos ratos que he dado á ustedes, y -sobre todo á mi pobre Luisa (con emoción falsa ó verdadera, pero tan -bien expresada, que á doña Pura se le humedecieron los ojos). ¡Pobre -alma mía! ¡Que no pueda yo reparar los agravios que aquella santa -recibió de mí! ¡Que no pueda yo resucitarla para que vea mi corazón -mudado, aunque luego nos muriéramos los<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118"></a>{118}</span> dos! (Dando un gran suspiro.) -Cuando la muerte se interpone entro la culpa y el arrepentimiento, no -tiene uno ni el amargo consuelo de pedir perdón á quien ha ofendido.</p> - -<p>—¡Cómo ha de ser! No pienses ahora en cosas tristes. ¿Quieres otra -toalla? Aguarda. Y si necesitas agua caliente, te la traeré volando.</p> - -<p>—No; nada de molestarse por mí. Pronto despacho, y en seguida iré á -traer mi equipaje.</p> - -<p>—Pues si se te ocurre algo, llamas... La campanilla no hay quien la -haga sonar. Te asomas á la puerta y me das una voz.</p> - -<p>Aquel hombre, que sabía desplegar tan variados recursos de palabra y de -ingenio cuando se proponía mortificar á alguien, ya con feroz sarcasmo, -ya hiriendo con delicada crueldad las fibras más irritables del corazón, -entendía maravillosamente el arte de agradar, cuando entraba en sus -miras. Á doña Pura no la cogían de nuevas las demostraciones insinuantes -de su yerno; pero esta vez, sea porque fuesen acompañadas de la donación -en metálico, sea porque Víctor extremara sus zalamerías, la pobre señora -le tuvo por moralmente reformado ó en camino de ello siquiera. Corridas -algunas horas, no pudo la <i>Miau</i> ocultar á su cónyuge que tenía dinero, -pues el disimular las riquezas era cosa enteramente incompatible con el -carácter y los hábitos de doña Pura. Interrogóla Villaamil sobre la -procedencia de aquellos que modestamente<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119"></a>{119}</span> llamaba <i>recursos</i>, y ella -confesó que se los había dado Víctor, por lo cual se puso D. Ramón muy -sobresaltado, y empezó á mover la mandíbula con saña, soltando de su -feroz boca algunos vocablos que asustarían á quien no le conociera.</p> - -<p>—¡Pero qué simple eres!... Si no me ha dado más que una miseria. ¿Pues -qué querías tú, que le mantenga yo el pico? Bonitos estamos para eso. Le -he acusado las cuarenta... clarito, clarito. Si se empeña en estar aquí, -que contribuya á los gastos de la casa. ¡Bah! ¡qué cosas dices! Que ha -defraudado al Tesoro. Falta probarlo... serán cavilaciones tuyas. ¡Vaya -usted á saber! Y en último caso, ¿es eso motivo para que viva á costa -nuestra?</p> - -<p>Villaamil calló. Tiempo hacía que estaba resignado á que su señora -llevase los pantalones. Era ya achaque antiguo que cuando Pura alzaba el -gallo, bajase él la cabeza fiando al silencio la armonía matrimonial. -Recomendáronle, cuando se casó, este sistema, que cuadraba -admirablemente á su condición bondadosa y pacífica. Por la tarde volvió -doña Pura á la carga, diciéndole: «Con este poco de barro hemos de tapar -algunos agujeros. Ve pensando en hacerte ropa. Es imposible que consiga -nada el que se presenta en los Ministerios hecho un mendigo, los tacones -torcidos, el sombrero del año del hambre, y el gabán con grasa y flecos. -Desengáñate: á los que<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120"></a>{120}</span> van así nadie les hace caso, y lo más á que -pueden aspirar es á una plaza en San Bernardino. Y como ahora te han de -colocar, también necesitas ropa para presentarte en la oficina.</p> - -<p>—Mujer, no me marees... No sabes el daño que me haces con esa confianza -de que no participo; al contrario, yo nada espero.</p> - -<p>—Pues sea lo que sea; si te colocan, porque sí, y si no, porque no, -necesitas ropa. El traje es casi casi la persona, y si no te presentas -como Dios manda, te mirarán con desprecio, y eres hombre perdido. Hoy -mismo llamo al sastre para que te haga un gabán. Y el gabán nuevo pide -sombrero, y el sombrero botas.</p> - -<p>Villaamil se asustó de tanto lujo; pero cuando Pura adoptaba el énfasis -gubernamental, no había medio de contradecirla. Ni se le ocultaba lo -bien fundado de aquellas razones, y el valor social y político de las -prendas de vestir; y harto sabía que los pretendientes bien trajeados -llevan ya ganada la mitad de la partida. Vino, pues, el sastre llamado -con urgencia, y Villaamil se dejó tomar las medidas, taciturno y fosco, -como si más que de gabán fuesen medidas de mortaja.</p> - -<p>Con la entrada del sastre, tuvieron Paca y su marido comidilla para todo -el resto del día y parte de la noche.—¿No sabes, Mendizábal? Ha entrado -también un sombrero nuevo. Desde que estamos en esta casa, y va para -quince años, no he visto entrar más chisteras nuevas que la de<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121"></a>{121}</span> hoy y la -que estrenó D. Basilio Andrés de la Caña, el que vivió en el tercero, á -los pocos días de venir Alfonso. ¿Será que va á haber revolución?</p> - -<p>—No me extrañaría—dijo Mendizábal,—porque ese Cánovas ha perdido los -papeles. El periódico dice que hay crisis.</p> - -<p>—Debe de haberla, y será que van á subir los de D. Ramón. Tú, ¿quiénes -son los del señor Villaamil?</p> - -<p>—Los del Sr. Villaamil son las ánimas benditas... (echándose á reir). -¿Conque cobertera nueva y ropa maja? Pues mira, mujer, en vista de ese -lujo... asiático, voy á subir ahorita mismo con los recibos atrasados, -por si pagan todo ó parte de lo que deben. Á esta gente es menester -acecharla, para cogerla en el momento económico, ¿me entiendes?, en el -ínterin, como quien dice, de tener dinero, que es ni visto ni oído.</p> - -<p>Miraba el memorialista á su perro, el cual parecía decirle con su -expresiva geta: «Arriba, mi amo, y no se descuide, que ahora tienen -guita. Vengo de allí y están como unas pascuas. Por más señas, que han -traído un salchichón italiano, gordo como mi cabeza, y que huele á -gloria divina».</p> - -<p>Subió, pues, Mendizábal, precedido del can. Casi siempre, cuando el -portero se aparecía con aquellos fatídicos papeles en la mano, Villaamil -temblaba sintiendo herida su dignidad en lo más<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122"></a>{122}</span> vivo, y á doña Pura se -le ponía la boca amarga, los labios descoloridos y el corazón rebosando -congoja y despecho. Ambos, cada cual en la forma propia de su -temperamento, alegaban razones mil para convencer á Mendizábal de lo -bueno que sería esperar al mes siguiente. Por dicha suya, el hombre -<i>gorilla</i>, aquel monstruo cuyas enormes manos tocarían el suelo á poco -que la cintura se doblase; aquel tipo de transición zoológica en cuyo -cráneo parecían verse demostradas las audaces hipótesis de Darwin, no -ejercía con malos modos los poderes conferidos por el casero. Era, en -suma, Mendizábal, con su fealdad digna de la vitrina de cualquier museo -antropológico, hombre benévolo, indulgente, compasivo, que se hacía -cargo de las cosas. Sentía lástima de la familia y verdadero afecto -hacia Villaamil. No apremiaba sino en términos comedidos y amistosos, y -al rendir cuentas al casero echaba por aquella boca horrenda, rascándose -la oreja corta y chata, frases de intercesión misericordiosa en pro del -inquilino atrasado <i>por mor</i> de la cesantía. Y gracias á esto, el -propietario, que no era de los más déspotas, aguardaba con triste y -filosófica resignación.</p> - -<p>Cuando Villaamil y doña Pura no estaban en disposición de pagar, añadían -á sus excusas algún oficioso párrafo con el memorialista, lisonjeándole -y cayéndose del lado de sus aficiones. Decíale Villaamil: «¡Pero cuánto -ha visto usted<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123"></a>{123}</span> en este mundo, amigo Mendizábal, y qué de cosas habrá -presenciado tan trágicas, tan interesantes, tan...!» Y el <i>gorilla</i>, -abarquillando los recibos, contestaba: «La historia de España no se ha -escrito todavía, amigo D. Ramón. Si yo plumeara mis memorias, vería -usted...» Doña Pura extremaba aún más la adulación: «El mundo anda -perdido. Mendizábal está en lo cierto: mientras haya libertad de cultos -y eso que llaman el racionalismo...!» Total, que el portero se guardaba -los recibos, y á la señora se le alegraban las pajarillas. Ya teníamos -otro mes de respiro.</p> - -<p>Pero aquel día en que, por merced de la Providencia, les era dado pagar -dos meses de los tres vencidos, ambos esposos rectificaron con cierta -arrogancia aquel criterio de asentimiento. Villaamil habló con discreta -autoridad de los ideales modernos, y doña Para, al verle embolsar los -billetes, dijo: «Pero venga acá, Mendizábal, ¿para que tiene esas ideas? -¿Y usted cree de buena fe que va á venir aquí D. Carlos con la -Inquisición y todas esas barbaridades? Vamos, que es preciso estar -(apuntando á la sien) de la jícara para creer eso...»</p> - -<p>Mendizábal les contestó con frases truncadas, mal aprendidas del -periódico que solía leer, y se alejó refunfuñando. Contraste increíble: -se iba de mal humor siempre que llevaba dinero.<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124"></a>{124}</span></p> - -<h2><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII</h2> - -<p>Antes de proseguir, evoquemos la doliente imagen de Luisa Villaamil, -muerta aunque no olvidada, en los días de esta humana crónica. Pero -retrocediendo algunos años, la cogeremos viva. Vámonos, pues, al 68, que -marca el mayor trastorno político de España en el siglo presente, y -señaló además graves sucesos en los azarosos anales de la familia -Villaamil.</p> - -<p>Contaba Luisa cuatro años más que su hermana Abelarda, y era algo menos -insignificante que ella. Ninguna de las dos se podía llamar bonita; pero -la mayor tenía en su mirada algo de <i>ángel</i>, un poco más de gracia, la -boca más fresca, el cuello y hombros más llenos, y por fin, la -aventajaba ligeramente en la voz, acento y manera de expresarse. Las -escasas seducciones de entrambas no las realzaba una selecta educación. -Se habían instruído en tres ó cuatro provincias distintas, cambiando de -colegio á cada triquitraque, y sus conocimientos, aun en lo elemental, -eran imperfectísimos. Luisa llegó á saber un francés macarrónico que -apenas le consentía interpretar, sobando mucho el Diccionario, la primer -página del <i>Telémaco</i>, y Abelarda llegó a farfullar dos ó tres polcas, -martirizando<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125"></a>{125}</span> las teclas del piano. De cuatro niñas y un varón, frutos -del vientre de doña Pura, sólo se lograron aquellas dos; las demás crías -perecieron á poco de nacer. Á principios de 1868, desempeñaba Villaamil -el cargo de Jefe Económico en una capital de provincia de tercera clase, -ciudad arqueológica, de corto y no muy brillante vecindario, famosa por -su catedral, y por la abundante cosecha de desportillados pucheros é -informes pedruscos romanos que al primer azadonazo salían del terruño. -En aquel <i>pueblo de pesca</i> pasó la familia de Villaamil la temporada -triunfal de su vida, porque allí doña Pura y su hermana daban el tono á -las costumbres elegantes y hacían lucidísimo papel, figurando en primera -línea en el escalafón social. Cayó entonces en la oficina de Villaamil -un empleadillo joven y guapo, de la clase de aspirantes con cinco mil -reales, engendro reciente del caciquismo. Cómo fué á parar allí Víctor -Cadalso, es cosa que no nos importa saber. Era andaluz, había estudiado -parte de la carrera en Granada, se vino á Madrid sin blanca, y aquí, -después de mil alternativas, encontró un padrinazgo de momio, que lo -lanzó de un manotazo á la vida burocrática, como se puede lanzar una -pelota. Á poco de entrar en las oficinas de aquella provincia, hízose -muy de notar, y como tenía atractivos personales, lenguaje vivo y -gracioso, buenas trazas para vestirse y desenvueltos<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126"></a>{126}</span> modales, no tardó -en obtener la simpatía y agasajo de la familia del jefe, en cuya sala -(no hay manera de decir <i>salones</i>), bastante concurrida los domingos y -fiestas de guardar, fué desde la primera noche astro refulgente. Nadie -le igualaba en el donaire, generalmente equívoco, de la conversación, en -improvisar pasatiempos ingeniosos, en dar sesiones de magnetismo, -prestidigitación ó nigromancia casera. Recitaba versos imitando á los -actores más célebres, bailaba bien, contaba todos los cuentos de -Manolito Gázquez, y sabía, como nadie, entretener á las señoras y -embobar á las niñas. Era el <i>lión</i> de la ciudad, el número uno de los -chicos elegantes, espejo de todos en finura, garbo y ropa. La alta -sociedad se reunía alternativamente en la casa de Villaamil, en la del -Brigadier gobernador militar, cuya esposa era una jamona de muchas -campanillas, en la de cierto personaje, que era el cacique, agente -electoral y déspota de la comarca; pero la casa en que había más -refinamientos sociales era la de Villaamil, y las señoras de Villaamil -las más encumbradas y vanagloriosas. La esposa del cacique tenía hijas -casaderas, la Brigadiera no las tenía de ninguna edad, el Gobernador era -célibe; de modo que las del Jefe Económico, las <i>cacicas</i>, la -Gobernadora militar y la Alcaldesa, boticaria por añadidura, componían -todo el mujerío distinguido de la localidad. Eran las dueñas del cotarro -elegante,<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127"></a>{127}</span> las que recibían incienso de aquella espiritada juventud -masculina, con <i>chaquet</i> y hongo, las que asombraban al pueblo -presentándose en los Toros (dos veces al año) con mantilla blanca, las -que pedían para los pobres en la catedral el Jueves Santo, las que -visitaban al Obispo, las que daban el tono y recibían constantemente el -homenaje tácito de la imitación. En aquellos tiempos le quedaban aún á -Milagros algunos vestigios de su hermosa voz, mucha afinación y todo el -compás. Todavía, haciéndose muy de rogar, casi casi á la fuerza, se -acercaba al piano, y soltando las rebañaduras de su arte, les largaba -allí un par de cavatinas que hacían furor. Los palmoteos se oían desde -la cercana plaza de la Constitución, y las alabanzas duraban toda la -noche, amenizando el baile y los juegos de prendas.</p> - -<p>Ornamento de esta sociedad fué, desde que en ella se introdujo, Víctor -Cadalso, artista social digno de teatro mejor, y no con las facultades -marchitas como las de Milagros, sino en la plenitud de su poder y -lozanía. Por esto sucedió lo que debía suceder, que Luisa se prendó del -aspirante repentina y locamente, desde la primera noche que se vieron, -con ese amor explosivo en que los corazones parece que están llenos de -pólvora cuando los traspasa la inflamada flecha. Esto suele ocurrir en -las clases populares y en las sociedades primitivas, y pasa también -alguna<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128"></a>{128}</span> vez en el seno del vulgo infatuado y sin malicia, cuando cae en -él, como rayo enviado del cielo, un ser revestido de apariencias de -superioridad. La pasión súbita de Luisa Villaamil fué tan semejante á la -de Julieta, que al día siguiente de hablarle por primera vez, no habría -vacilado en huir con Víctor de la casa paterna, si él se lo hubiera -propuesto. Siguieron al flechazo unos amoríos furibundos. Luisa perdió -el sueño y el apetito. Había carteo dos ó tres veces al día y telégrafos -á todas horas. Por la noche espiaban la coyuntura de verse á solas, -aunque fuese breves momentos. La enamorada chica contaba sus tristezas y -sus alegrones á la luna, á las estrellas, al gato, al jilguero, á Dios y -á la Virgen. Hallábase dispuesta, si la ley de su amor se lo exigía, á -cualquier género de heroicidad, al martirio. Doña Pura no tardó en -contrariar aquellos amores, porque soñaba con el ayudante del Brigadier -para yerno; y Villaamil, que empezó á columbrar en el carácter de Víctor -algo que no le agradaba, hubo de gestionar con el cacique para que le -trasladasen á otra provincia. Los amantes, guiados por la perspicacia -defensiva que el amor, como todo gran sentimiento, lleva en sí, -olfatearon el peligro, y ante el enemigo se juraron fidelidad eterna, -resolviendo ser dos en uno, y antes morir que separarse, con todo lo -demás que en estos apretados lances se acostumbra. El delirio les -extraviaba, y la oposición les<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129"></a>{129}</span> precipitó á estrechar de tal modo sus -lazos, que nadie fuera poderoso á desatarlos. En resolución, que el amor -se salió con la suya, como suele. Trinaron los señores de Villaamil; -pero, pensándolo bien, ¿qué remedio quedaba más que arreglar aquel -desavío como se pudiese?</p> - -<p>Luisa era toda sensibilidad, afecto y mimo; un ser desequilibrado, -incapaz de apreciar con sentido real las cosas de la vida. Vibraban en -ella el dolor y la alegría con morbosa intensidad. Tenía á Víctor por el -más cabal de los hombres, se extasiaba en su guapeza y era completamente -ciega para ver las jorobas de su carácter. Los seres y las acciones eran -como hechuras de su propia imaginación, y de aquí su fama de escaso -mundo y discernimiento. Fue padrino del bodorrio el cacique, y su regalo -sacarle á Víctor una credencial de ocho mil, lo que agradecieron mucho -D. Ramón y su mujer, pues una vez incorporado Cadalso á la familia, no -había más remedio que empujarle y hacer de él un hombre. Á poco estalló -la Revolución, y Villaamil, por deber aquel destino á un íntimo de -González Brabo, quedó cesante. Víctor tuvo aldabas y atrapó un ascenso -en Madrid. Toda la familia se vino por acá, y entonces empezaron de -nuevo las escaseces, porque Pura había tenido siempre el arte de no -ahorrar un céntimo, y una gracia especial para que la paga de primero de -mes hallase la bolsa más limpia que una patena.<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130"></a>{130}</span></p> - -<p>Volviendo á Luisa, sépase que, comido el pan de la boda, seguía -embelesada con su marido, y que éste no era un modelo. La infeliz niña -vivía en ascuas, agrandando cavilosamente los motivos de su pena; le -vigilaba sin descanso, temerosa de que él partiese en dos su cariño ó se -lo llevase todo entero fuera de casa. Entonces empezaron las -desavenencias entre suegros y yerno, enconadas por enojosas cuestiones -de interés. Luisa pasaba las horas devorada por ansias y sobresaltos sin -fin, espiando á su marido, siguiéndole y contándole los pasos de noche. -Y el truhán, con aquella labia que Dios le dió, sabía desarmarla con una -palabrita de miel. Bastaba una sonrisa suya para que la esposa se -creyese feliz, y un monosílabo adusto para que se tuviera por -inconsolable. En Marzo del 69 vino al mundo Luisito, quedando la madre -tan desmejorada y endeble, que desde entonces pudieron, los que -constantemente la veían, augurar su cercano fin. El niño nació -raquítico, expresión viva de las ansias y aniquilamiento de su madre. -Pusiéronle ama, sin ninguna esperanza de que viviera, y estuvo todo el -primer año si se va ó no se va. Y por cierto que trajo suerte á la -familia, pues á los seis días de nacido, dieron al abuelo un destino con -ascenso, en Madrid, y de este modo pudo doña Pura bandearse en aquel -golfo de trampas, imprevisión y despilfarro. Víctor se enmendó algo. -Cuando ya su mujer no tenía<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131"></a>{131}</span> remedio, mostróse con ella cariñoso y -solícito. Padecía la infeliz accesos de angustiosa tristeza ó de alegría -febril, cuyo término era siempre un ataque de hemoptisis. En el último -período de su enfermedad, el cariño á su marido se le recrudeció en -términos que parecía haber perdido la razón, y cuando él no estaba -presente, llamábale á gritos. Por una de esas perversiones del -sentimiento que no se explican sin un desorden cerebral, su hijo llegó á -serle indiferente; trataba á sus padres y á su hermana con esquiva -sequedad. Toda la atención de su alma era para el ingrato, para él todos -sus acentos de amor, y sus ojos habían eliminado cuantas hermosuras -existen en el mundo moral y físico, quedándose tan sólo con las que su -exaltada pasión fantaseaba en él.</p> - -<p>Villaamil, que conocía la incorrecta vida de su yerno fuera de casa, -empezó á tomarle aborrecimiento; Pura, más conciliadora, dejábase -engatusar por las traidoras palabras de Cadalso, y á condición de que -éste tratara con piedad y buenos modos á la pobre enferma, se daba por -satisfecha y perdonaba lo demás. Por fin, la demencia, que no otro -nombre merece, de la infortunada Luisa tuvo fatal término en una noche -de San Juan. Murió llorando de gratitud porque su marido la besaba -ardientemente y le decía palabras amorosas. Aquella mañana había sufrido -un ataque de perturbación mental más<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132"></a>{132}</span> fuerte que los anteriores, y se -arrojó del lecho pidiendo un cuchillo para matar á Luis. Juraba que no -era hijo suyo, y que Víctor le había traído á la casa en una cesta, -debajo de la capa. Fué aquel día de acerbo dolor para toda la familia, -singularmente para el buen Villaamil que, sin ruidoso duelo exterior, -mudo y con los ojos casi secos, se desquició y desplomó interiormente, -quedándose como ruina lamentable, sin esperanza, sin ilusión ninguna de -la vida; y desde entonces se le secó el cuerpo hasta momificarse, y fué -tomando su cara aquel aspecto de ferocidad famélica que le asemejaba á -un tigre anciano é inútil.</p> - -<p>La necesidad de un sueldo que permitiese economías, le lanzó á colocarse -en Ultramar. Fué con un regular destino, de los que proporcionan buenas -obvenciones, y regresó á los dos años con algunos ahorros, que se -deshicieron pronto como granos de sal en la mar sin fondo de la -administración de doña Pura. Emprendió segundo viaje con mejor empleo; -pero tuvo no sé qué cuestiones con el Intendente, y volvió para acá en -los aciagos días de los cantonales. El Gobierno presidido por Serrano -después del 3 de Enero del 74 le mandó á Filipinas, donde se las -prometía muy felices; pero una cruel disentería le obligó á embarcarse -para España sin ahorros, y con el propósito firme de desempeñar la -portería de un Ministerio antes que pasar<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133"></a>{133}</span> otra vez el charco. No le fué -difícil volver á Hacienda, y vivió tres años tranquilo, con poco sueldo, -siendo respetado por la Restauración, hasta que en hora fatídica le -atizaron un <i>cese</i> como una casa. Y el tremendo anatema cayó sobre él -cuando sólo le faltaban dos meses para jubilarse con los cuatro quintos -del sueldo regulador, que era el de Jefe de Administración de tercera. -Acudió al Ministro, llamó á distintas puertas; todas las intercesiones -fueron solicitadas sin éxito. Poco á poco sucedió á la molesta escasez -la indigencia descarnada y aterradora; los recursos se concluían, y se -agotaron también los medios extraordinarios y arbitristas de sostener á -la familia.</p> - -<p>Llegó por último la etapa dolorosísima para un hombre delicado como -Villaamil, de tener que llamar á la puerta de la amistad implorando -socorro ó anticipo. Había él prestado en mejor tiempo servicios de tal -naturaleza á algunos que se los agradecieron y á otros que no. ¿Por qué -no había de apelar al mismo sistema? Sobre todo, no podía discutirse si -estas postulaciones eran ó no decorosas. El que se quema no se pone á -considerar si es conveniente ó no sacudir los dedos. El decoro era ya -nombre vano, como la inscripción impresa en la etiqueta de una botella -vacía. Poco á poco se gasta la vergüenza, como se gasta el diente de una -lima, y las mejillas pierden la costumbre de colorearse. El desgraciado<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134"></a>{134}</span> -cesante llegó á adquirir maestría terrible en el arte de escribir cartas -invocando á la amistad. Las redactaba con amplificaciones patéticas, y -en un estilo que parecía oficial, algo parecido á los preámbulos de las -leyes en que se anuncia al país aumento de contribución, verbigracia: -«Es muy sensible para el Gobierno tener que pedir nuevos sacrificios al -contribuyente...» Tal era el patrón, aunque el texto fuera otro.</p> - -<h2><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV</h2> - -<p>Para completar las noticias biográficas de Víctor, importa añadir que -tenía una hermana llamada Quintina, esposa de un tal Ildefonso Cabrera, -empleado en el ferrocarril del Norte, buenas personas ambos, aunque algo -extravagantes. Faltándoles hijos, Quintina deseaba que su hermano le -encomendase la crianza de Luis, y quizás lo habría conseguido sin las -desavenencias graves que surgieron entre Víctor y su hermano político, -por cuestiones relacionadas con la mezquina herencia de los hermanos -Cadalso. Tratábase de una casa ruinosa y sin techo en el peor arrabal de -Vélez-Málaga, y sobre si el tal edificio correspondía á Quintina ó á -Víctor, hubo ruidosísimas querellas. La cosa era<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135"></a>{135}</span> clara, según Cabrera, -y para probar su diafanidad, no inferior á la del agua, puso el asunto -en manos de la curia, la cual, en poco tiempo, formó sobre él un mediano -monte de papel sellado. Todo para demostrar que Víctor era un pillo, que -se había adjudicado indebidamente la valiosa finca, vendiéndola y -guardándose su importe. El otro lo echaba á broma, diciendo que el -producto de su fraude no le había alcanzado para un par de botas. Á lo -que respondía Ildefonso que no era por el huevo, sino por el fuero; que -no le incomodaba la pérdida material, sino la frescura de su cuñado; y -por esta y otras razones le llegó á cobrar odio tan profundo, que -Quintina temblaba por Víctor cuando éste iba á la casa. Cabrera tenía el -genio tan atropellado, que un día por poco descarga sobre Víctor los -seis tiros de su revólver. La hermana de Cadalso deseaba que el pleito -se transigiera y concluyesen aquellas enojosas cuestiones; y cuando su -hermano fué á verla, á los pocos días de llegar de Valencia -(aprovechando la ocasión en que la fiera de Ildefonso recorría el trozo -de línea de que era inspector), le propuso esto: «Mira, si me das á tu -Luis, yo te prometo desarmar á mi marido, que desea tanto como yo tener -al niño en casa». Trato inaceptable para Víctor, que aunque hombre de -entrañas duras, no osaba arrancar al chiquillo del poder y amparo de sus -abuelos. Quintina, firme en su pretensión, argumentaba:<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136"></a>{136}</span> «¿Pero no ves -que esa gente te lo va á criar muy mal? Lo de menos serían los resabios -que ha de adquirir; pero es que le hacen pasar hambres al ángel de Dios. -Ellas no saben cuidar criaturas ni en su vida las han visto más gordas. -No saben más que suponer y pintar la mona; ni se ocupan más que de si -tal artista cantó ó no cantó como Dios manda, y su casa parece un -herradero».</p> - -<p>Aunque se trataban las <i>Miaus</i> y Quintina, no se podían ver ni en -pintura, porque la de Cadalso, que era una buena mujer (con lo cual -dicho se está que no se parecía á su hermano), tenía el defecto de ser -excesivamente curiosa, refistolera, entrometida, olfateadora. Al visitar -á las Villaamil, no entraba en la sala, sino que se iba de rondón al -comedor, y más de una vez hubo de colarse en la cocina y destapar los -pucheros para ver lo que en ellos se guisaba. Á Milagros, con esto, se -la llevaban los demonios. Todo lo preguntaba Quintina, todo lo quería -averiguar y en todo meter sus ávidas narices. Daba consejos que no le -pedían, inspeccionaba la costura de Abelarda, hacía preguntas capciosas, -y en medio de su cháchara impertinente, se dejaba caer con alguna -reticencia burlona, como quien no dice nada.</p> - -<p>Á Cadalsito le quería con pasión. Nunca se iba de casa sin verle, y -siempre le llevaba algún regalillo, juguete ó prenda de vestir. Á -veces,<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137"></a>{137}</span> se plantaba en la escuela y mareaba al maestro preguntándole por -los adelantos del rapaz, á quien solía decir: «No estudies, corazón, que -lo que quieren es secarte los sesitos. No hagas caso; tiempo tienes de -echar talento. Ahora come, come mucho, engorda y juega, corre y -diviértete todo lo que te pida el cuerpo». En cierta ocasión, observando -á las <i>Miaus</i> bastante tronadas, les propuso que le dieran el chico; -pero doña Pura se indignó tanto de la propuesta, que Quintina no hubo de -plantearla más sino en broma. Al bajar de la visita, echaba siempre una -parrafada con los memorialistas á fin de sonsacarles mil menudencias -sobre los del cuarto segundo; si pagaban ó no la casa, si debían mucho -en la tienda (aunque este conocimiento lo solía beber en más limpias -fuentes), si volvían tarde del teatro, si la <i>sosa</i> se casaba al fin con -el <i>gilí</i> de Ponce, si había entrado el zapatero con calzado nuevo... En -fin, que era una moscona insufrible, un fiscal pegajoso y un espía -siempre alerta.</p> - -<p>Eran sus costumbres absolutamente distintas de las de sus víctimas. No -frecuentaba el teatro, vivía con orden admirable, y su casa de la calle -de los Reyes era lo que se dice una tacita de plata. Físicamente, valía -Quintina menos que su hermano, que se llevó toda la guapeza de la -familia; era graciosa, mas no bella; bizcaba de un ojo, y la boca pecaba -de grande y deslucida,<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138"></a>{138}</span> aunque la adornase perfecta dentadura. Vivía el -matrimonio Cabrera pacíficamente y con desahogo, pues además del sueldo -de inspector, disfrutaba Ildefonso las ganancias de un tráfico hasta -cierto punto clandestino, que consistía en traer de Francia objetos para -el culto y venderlos en Madrid á los curas de los pueblos vecinos y aun -al clero de la Corte. Todo ello era género barato, de cargazón, producto -de la industria moderna que no pierde ripio, y sabe explotar la penuria -de la Iglesia en los difíciles tiempos actuales. Cabrera tenía sus -socios en Hendaya y entendíase con ellos, llevándoles telas, -cornucopias, plata de ley, algún cuadro y otras antiguallas substraídas -á las fábricas de los templos de Castilla, un día opulentos y hoy -pobrísimos. El toque de este comercio estaba, según indicaciones -maliciosas, en que al ir y venir pasaban las mercancías la frontera -francas de derechos; pero esto no se ha comprobado. De ordinario, la -quincalla eclesiástica que Cabrera introducía (objetos de latón dorado, -todo falso, frágil, pobre y de mal gusto) era tan barata en los centros -de producción y se vendía tan bien aquí, que soportaba sin dificultad el -sobreprecio arancelario. En otras épocas, cuando empezaba este negocio, -solía Quintina introducirse en la sacristía de cualquier parroquia con -un bulto bajo el mantón, como quien va á pasar matute, y susurrar al -oído del ecónomo: «¿Quieren ustedes<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139"></a>{139}</span> ver un cáliz que da la hora? Y se -pasmarán los señores del precio. La mitad que el género Meneses...» Pero -en breve la señora renunció al papel de chalana, y recibió en su casa á -los clérigos de Madrid y pueblos inmediatos. Últimamente importaba -Cabrera enormes partidas de estampitas para premios ó primera comunión, -grandes cromos de los dos Sagrados Corazones, y por fin, agrandando y -extendiendo el negocio, trajo surtidos de imágenes vulgarísimas, los San -Josés por gruesas, los niños Jesús y las Dolorosas á granel y en -variados tamaños, todo al estilo devoto francés, muy relamido y -charolado, doraditas las telas á la bizantina, y las caras con chapas de -rosicler, como si en el cielo se usara ponerse colorete. No sé si -consistía en el trato familiar con las cosas santas ó en una disposición -de carácter el que Quintina fuera radicalmente escéptica. Lo cierto es -que cumplía yendo á misa de Pascuas á Ramos y rezando un poco, por añeja -rutina, al acostarse. Y nada de hociqueos con sacerdotes, como no fuera -para encajarles el <i>artículo</i> ó sonsacarles alguna casulla vieja de -brocado, hecha un puro jirón.</p> - -<p>Cadalsito iba de tiempo en tiempo á casa de la de Cabrera y se -embelesaba contemplando las estampas. Cierto día vió un Padre Eterno, de -luenga y blanca barba, en la mano un mundo azul, imagen que le -impresionó mucho. ¿Se derivaba de esto el fenómeno extrañísimo de sus<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140"></a>{140}</span> -visiones? Nadie lo sabe; nadie quizás lo sabrá nunca. Pero, á lo mejor, -prohibióle su abuela volver á la casa aquella repleta de santos, -diciéndole: «Quintina es una picarona que te nos quiere robar para -venderte á los franceses». Cadalsito cogió miedo, y no volvió á parecer -por la calle de los Reyes.</p> - -<p>Tampoco Villaamil tragaba á Ildefonso, que era atrozmente sincero en la -emisión de sus opiniones, desconsiderado y á veces groserote. En otro -tiempo iban á la misma tertulia de café; pero desde que Cabrera dijo que -el planteamiento del <i>income tax</i> en España era un desatino, y que tal -cosa no se le ocurría á nadie que tuviera sesos, Villaamil le tomó -ojeriza. Se encontraban... saludo al canto, y hasta otra. Doña Pura -reservaba para Cabrera motivos de odio más graves que aquel criterio -despiadado sobre el <i>income tax</i>. En jamás de los jamases les había -obsequiado aquel <i>tío</i> con billetes á mitad de precio para una -excursioncita veraniega. Víctor hablaba perrerías de su cuñado, -vengándose de los malos ratos que el otro le hacía pasar con exhortos, -notificaciones y comparecencias. Para Víctor era de rúbrica que Cabrera -burlaba el rigor de la Aduana en sus traídas de material eclesiástico y -exportaciones de guiñapos artísticos. Y no sólo robaba al Estado, sino á -la empresa, porque en los comienzos del negocio confiaba sus paquetes á -los conductores, y después,<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141"></a>{141}</span> cuando aquéllos se trocaron en voluminosas -cajas y no quiso exponerse á un réspice de los jefes, facturaba, sí, -pero aplicando á sus mercancías de lujo la tarifa de <i>envases de -retorno</i> ó maderas de construcción. En sus declaraciones de Aduanas -había cosas muy chuscas. «¿Cómo creen ustedes que declaró una caja llena -de San Josés?—decía Víctor.—Pues la declaró <i>piedras de chispa</i>». Como -él hacía favores á los vistas, éstos le pasaban aquellos manifiestos -incongruentes; y los incensarios de bronce, ¿qué eran?... <i>ferretería -ordinaria</i>; ¿y los ternos de tela barata?... <i>paraguas sin armar y -corsés en bruto</i>.</p> - -<h2><a name="XV" id="XV"></a>XV</h2> - -<p>En los días subsiguientes, Pura saldó algunas cuentas de las que más la -agobiaban; trajo á casa diversas prendas de ropa de las más -indispensables, y en la mesa restableció el trato de los días felices. -La <i>pudorosa Ofelia</i> se pasaba las horas muertas en la cocina, pues -insensiblemente iba tomando afición al arte de Vatel, tan distinto -¡María Santísima! del de Rossini, y sentía verdadero goce espiritual en -perfeccionarse en él, lanzándose á inventar ó componer algún plato. -Cuando había provisiones, ó, si se quiere, asunto artístico, la -inspiración se encendía en<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142"></a>{142}</span> ella, y trabajaba con ahinco, entonando á -media voz por añeja costumbre y con afinación perfecta, algún tiernísimo -fragmento, como el <i>moriamo insieme, ah! sí, moriamo</i>...</p> - -<p>Todas las noches que las <i>Miaus</i> no iban á la ópera, la sala llenábase -de gente. <i>Aliquando</i>, la espléndida doña Pura obsequiaba á los actores -con dulces y pastas, lo que hacía creer á la tertulia que Villaamil -estaba ya colocado ó al menos con un pie dentro de la oficina. La -combinación, sin embargo, no acababa de salir, porque el Ministro, harto -de recomendaciones y compromisos, no se resolvía á darle la última mano. -Crecía, pues, en la familia la incertidumbre y Villaamil hundíase más y -más en su estudiado pesimismo, llegando al extremo de decir: «Antes -veremos salir el sol por Occidente que á mí entrar en la oficina».</p> - -<p>Desde el segundo día de su llegada, Víctor no se recataba de nadie. -Entraba y salía con libertad; pasaba á la sala á las horas de tertulia, -pero sin echar raíces en ella, porque tal sociedad le era atrozmente -antipática. Desarmada Pura por la generosidad de su hijo político, se -compadeció de verle dormir en el duro sofá del comedor, y por fin -convinieron las tres <i>Miaus</i> en ponerle en la habitación de Abelarda, -previa la traslación de ésta á la de su tía Milagros, que era la de -Luisito. La <i>pudorosa Ofelia</i> se fué á dormir á la alcoba de su hermana, -en angostísimo<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143"></a>{143}</span> catre. Á D. Ramón no le supieron bien estos arreglos, -porque lo que él desearía era ver salir á su yerno á cajas destempladas. -En la Dirección de Contribuciones, su amigo Pantoja le había dicho que -Víctor pretendía el ascenso, y que tenía un expediente cuya resolución -podía serlo funesta si algún padrino no arrimaba el hombro. Era cosa de -la Administración de Consumos, ó irregularidades descubiertas en la -cuenta corriente que Cadalso llevaba con los pueblos de la provincia. -Parecía que en la relación de apremios no figuraban algunos pueblos de -los más alcanzados, y se creía que Cadalso obraba en connivencia con los -alcaldes morosos. También dijeron á Villaamil que el reparto de -consumos, propuesto en el último semestre por Víctor, estaba hecho de -tal modo que <i>saltaba á la vista</i> el chanchullo y que el jefe no había -querido aprobarlo.</p> - -<p>De estas cosas no habló Villaamil ni una palabra con su yerno. En la -mesa, el primero estaba siempre taciturno y Cadalso muy decidor, sin -conseguir interesar vivamente en lo que decía á ninguno de la familia. -Con Abelarda echaba largos parlamentos, si por acaso se encontraban -solos ó en el acto interesante de acostar á Luis. Gustaba el padre de -observar el desarrollo del niño y vigilar su endeble salud, y una de las -cosas en que principalmente ponía cuidado era en que le abrigaran bien -por las noches y en<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144"></a>{144}</span> vestirle con decencia. Mandó que se le hiciera -ropa, lo compró una capita muy mona y traje completo azul con medias del -mismo color. Cadalsito, que era algo presumido, no podía menos de -agradecer á su papá que le pusiera tan majo. Pero en lo tocante a ropa -nueva, nada es comparable al lujo que desplegó en su persona el mismo -Víctor al poco tiempo de llegar á Madrid. Cada día traíale el sastre una -prenda flamante, y no era ciertamente su sastre como el de Villaamil, un -<i>artista</i> de poco más ó menos, casi de portal, sino de los más afamados -de Madrid. ¡Y que no lucía poco la gallarda figura de Víctor con aquel -vestir correcto y airoso, no exento de severidad, que es el punto y filo -de la verdadera elegancia, sin cortes ni colores llamativos! Abelarda le -observaba con disimulo, solapadamente, admirando y reconociendo en él al -mismo hombre excepcional que algunos años antes le sorbió el seso á su -desgraciada hermana, y sentía en su alma depósito inmenso de indulgencia -hacia el joven tan vivamente denigrado por toda la familia. Aquel -depósito parecía pequeño mientras no se veía de él sino la mal explorada -superficie; pero luego, cavando, cavando, se veía que era inagotable, -quizás infinito, como grande y riquísima cantera. ¡Y qué vetas purpúreas -se encontraban en la masa; qué ráfagas brillantes; algo como venas -henchidas de sangre ó como el material de las piedras preciosas<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145"></a>{145}</span> -derretido y consolidado por los siglos en el seno de la tierra! La -indulgencia se le subía del corazón al pensamiento en esta forma: «No, -no puede ser tan malo como dicen. Es que no le comprenden, no le -comprenden».</p> - -<p>La idea de no ser comprendido la había expresado Víctor muchas veces, no -sólo en aquella temporada, sino en otra más antigua, dos años antes, -cuando pasó algunos meses con la familia. ¿Cómo habían de comprender las -pobres cursis á un ser de esfera ó casta superior á la de ellas por la -figura, los modales, las ideas, las aspiraciones y hasta por los -defectos? Abelarda retrocedía con la imaginación á los tiempos pasados, -y estudiando sus sentimientos con respecto á Víctor, se reconocía -poseedora de ellos aun en vida de la pobre Luisa. Cuando todos en la -casa hablaban pestes de él, Abelarda consolaba á su hermana con -especiosas defensas del pérfido ó volviendo por pasiva sus faltas. «No -tiene Víctor la culpa de que todas las mujeres le quieran», solía decir.</p> - -<p>Muerta su hermana, Abelarda siguió admirando en silencio al viudo. -Cierto que había dado disgustos y jaquecas sin fin á la difunta; pero -ello consistía en la fatalidad de su buena figura. Sin saber cómo, á -veces por delicadeza, se veía cogido en lazos amorosos ó en trampas que -le tendían las picaras mujeres. Pero tenía buen fondo; con la edad -sentaría un poco la cabeza,<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146"></a>{146}</span> y sólo necesitaba una mujer de corazón y de -temple que le sujetase, combinando el cariño con la severidad. La -desdichada Luisa no servía para el caso. ¿Cómo había de practicar este -difícil régimen una mujer que por cualquier motivo fútil se echaba á -llorar; una mujer que en cierta ocasión cayó con un síncope porque su -marido, al entrar en casa, traía el lazo de la corbata hecho de manera -muy distinta de como ella se lo hiciera al salir?</p> - -<p>En los días de este relato, costábale á la insignificante gran esfuerzo -el disimular la turbación que su cuñado producía en ella al dirigirle la -palabra. Á veces un gozo íntimo y bullicioso, con inflexiones de -travesura, le retozaba en el corazón, como insectillo parásito que -anidase en él y tuviera crías; á veces era una pena gravativa que la -agobiaba. En toda ocasión sus respuestas eran vacilantes, desentonadas, -sin gracia ninguna.</p> - -<p>—¿Pero es de veras que te casas con ese pájaro frito de Ponce?—le dijo -él una noche, cuando apostaba al pequeño.—Buena boda, hija. ¡Qué -envidia te tendrán tus amigas! No á todas les cae esa breva.</p> - -<p>—Déjame á mí... tonto, mala persona.</p> - -<p>Otra noche, demostrando vivo interés por la familia, Víctor le indicó: -«Mira, Abelarda, no esperes que coloquen á tu papá. La combinación está -hecha, pero no se publica todavía. No va en<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147"></a>{147}</span> ella. Me lo han dicho -reservadamente. Ya comprenderás cuánto lo deploro. ¡El pobre señor tan -lleno de ilusiones!... porque, aunque él diga que no espera nada, no -hace otra cosa el infeliz. Cuando se desengañe recibirá un golpe -tremendo. Pero no tengas cuidado; mi ascenso es seguro, tengo mejor -arrimo que tu padre, y como he de quedarme en Madrid, no os abandonaré; -ten por cierto que no. Os he dado muchos disgustos, y mi conciencia -necesita descargarse. Por mucho que haga en beneficio vuestro, no -acabaré de quitarme este peso.</p> - -<p>—No, no es malo—pensaba Abelarda reconcentrándose en sus -cavilaciones.—Y todo eso que dice de que no cree en Dios es música, -guasa, por divertirse conmigo y hacerme rabiar. Porque eso sí; echa por -aquella boca cosas muy extrañas, que no se le ocurren á nadie. No es -malo, no; es travieso, y tiene mucho talento, pero mucho. Sólo que no le -sabemos entender.</p> - -<p>En lo de no ser entendido insistía Víctor siempre que venía á pelo. -«Mira tú, Abelarda, esto que te digo no debiera parecerte á ti una -barbaridad, porque tú me comprendes algo; tú no eres vulgo, ó al menos -no lo eres del todo, ó vas dejando de serlo».</p> - -<p>Á solas se descorazonaba la pobre joven, achicándose con implacable -modestia. «Sí, por más que él diga que no, vulgo soy, y ¡qué vulgo Dios -mío! De cara... psh; soy insignificante; de<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148"></a>{148}</span> cuerpo no digamos; y aunque -algo valiera, ¿cómo había de lucir mal vestida, con pingos aprovechados, -compuestos y vueltos del revés? Luego soy ignorantísima; no sé nada, no -hablo más que tonterías y vaciedades, no tengo salero ninguno. Soy una -calabaza con boca, ojos y manos. ¡Qué pánfila soy, Dios mío, y qué -sosaina! ¿Para qué nací así?»</p> - -<h2><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI</h2> - -<p>Siempre que Víctor entraba en la casa, mirábale Abelarda cual si llegase -de regiones sociales muy superiores. En su andar lo mismo que en sus -modales, en su ropa lo mismo que en su cabellera, traía Víctor algo que -se despegaba de la pobre vivienda de las <i>Miaus</i>, algo que reñía con -aquel hogar destartalado y pedestre. Y las entradas y salidas de Cadalso -eran muy irregulares. Á menudo comía de fonda con sus amigos; iba al -teatro un día sí y otro también; y hasta se dió el caso de pasarse toda -la noche fuera. No siempre estaba de buen talante; tenía rachas de -tristeza, durante las cuales no se le sacaba palabra en todo el día. -Pero otros estaba muy parlanchín, y como sus suegros no le hacían -maldito caso, despachábase con su hermana política. Los ratos de plática -á solas, no eran muchos; pero él<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149"></a>{149}</span> sabía aprovecharlos, conociendo el -dinamismo de su persona y de su conversación sobre el turbado espíritu -de la insignificante.</p> - -<p>Luisito andaba malucho, llegando su desazón al punto de guardar cama: -doña Pura y Milagros fueron aquella noche al Real, Villaamil al café, en -busca de noticias de la combinación, y Abelarda se quedó cuidando al -chiquillo. Cuando menos lo pensaba, llaman á la puerta. Era Víctor, que -entró muy gozoso, tarareando un tango zarzuelero. Enteróse de la -enfermedad de su hijo, que ya estaba durmiendo, le oyó respirar, -reconoció que la fiebre, caso de haberla, era levísima, y después se -puso á escribir cartas en la mesa del comedor. Su cuñada le vigilaba con -disimulo; dos ó tres veces pasó por detrás de él fingiendo tener que -trastear algo en el aparador, y echando furtiva ojeada sobre lo que -escribía. Carta de amores era sin duda por lo larga, por lo metido de la -letra y por la febril facilidad con que Víctor plumeaba. Pero no pudo -sorprender ni una frase ni una sílaba. Concluida la misiva, Cadalso -trabó conversación con la joven, que salió á coser al comedor.</p> - -<p>—Oye una cosa—le dijo, apoyando el codo en la mesa y la cara en la -palma de la mano.—Hoy he visto á tu Ponce. ¿Sabes que he variado de -opinión? Te conviene; es buen muchacho, y será rico cuando se muera su -tío el notario, de quien dicen va á ser único heredero... Porque no -hemos<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150"></a>{150}</span> de atendernos al criterio del amigo Ruiz según el cual no hay -felicidad como estar á la cuarta pregunta... Si Federico tuviera razón, -y yo me dejara llevar de mis sentimientos, te diría que Ponce no te -conviene, que te convendría más otro; yo, por ejemplo...</p> - -<p>Abelarda se puso pálida, desconcertándose de tal modo, que sus esfuerzos -por reir no le dieron resultado alguno.</p> - -<p>—¡Qué tonterías dices!... ¡Jesús, siempre has de estar de broma!</p> - -<p>—Bien sabes tú que esto no lo es (poniéndose muy serio). Hace dos años, -una noche, cuando vivíais en Chamberí, te dije: «Abelardilla, me gustas. -Siento que el alma se me desmigaja cuando te veo...» ¿Á que no te -acuerdas? Tú me contestaste que... No sé cómo fué la contestación; pero -venía á significar que si yo te quería, tú... también.</p> - -<p>—¡Ay, qué embustero!... ¡Quita allá! Yo no dije tal cosa.</p> - -<p>—Entonces, ¿lo soñé yo?... Como quiera que sea, después te enamoraste -locamente de esa preciosidad de Ponce.</p> - -<p>—Yo... enamorarme... Tú estás malo.. Pues sí, pongamos que me enamoré. -¿Y á ti qué te importa?</p> - -<p>—Me importa, porque en cuanto yo me enteré de que tenía un rival, volví -mi corazón hacia otra parte. Para que veas lo que es el destino<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151"></a>{151}</span> de las -personas: hace dos años estuvimos casi á punto de entendernos; hoy la -desviación es un hecho. Yo me fuí, tú te fuiste, nosotros nos fuimos. Y -al encontrarnos otra vez, ¿qué pasa? Yo estoy en una situación muy rara -con respecto á ti. El corazón me dice: «enamórala», y en el mismo -momento sale, no sé de dónde, otra voz que me grita: «mírala y no la -toques».</p> - -<p>—¿Qué me importa á mí nada de eso (ahogándose), si yo no te quiero á ti -ni pizca ni te puedo querer?</p> - -<p>—Lo sé, lo sé... No necesitas jurármelo. Hemos convenido en que no -tiene el diablo por dónde desecharme. Me aborreces, como es lógico y -natural. Pues mira tú lo que son las cosas. Cuando una persona me -aborrece, á mí me dan ganas de quererla, y á ti te quiero, porque me da -la gana, ya lo sabes, ea... y ole morena, como dice tu papá.</p> - -<p>—¡Qué cosas tienes!... ¡Ay, qué tonto! (proponiéndose estar seria, y -echándose á reir).</p> - -<p>—No, si yo no te engaño ni te engañaré nunca. Créasla ó no la creas, -allá va la verdad. Te quiero y no debo quererte, porque eres demasiado -angelical para mí. No puedes ser mía sino por el matrimonio, y el -matrimonio, esa máquina absurda que sólo funciona bien para las personas -vulgares, no nos sirve en estos momentos. Bueno ó malo, como tú quieras -suponerme, tengo, aunque parezca inmodestia, una misión que<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152"></a>{152}</span> cumplir: -aspiro á algo peligroso y difícil, para lo cual necesito ante todo -libertad; corro desalado hacia un fin, al cual no llegaría si no fuera -solo. Acompañado me quedaré á la mitad del camino. Adelante, adelante -siempre (con afectación teatral). ¿Qué impulso me arrastra? La -fatalidad, fuerza superior á mis deseos. Vale más estrellarse que -retroceder. No puedo volver atrás ni llevarte conmigo. Temo envilecerte. -Y si tuvieras la inmensa desgracia de ser mujer de este miserable... -(cerrando los ojos y extendiendo la mano como para apartar una sombra). -No, rechacemos con energía semejante idea... Te quiero lo bastante para -no traerte jamás á mi lado. Si algún día... (con sonsonete -declamatorio), si algún día me alucino y cometo la torpeza insigne de -decirte que te amo, de pedirte tu amor, despréciame; no te dejes llevar -de tu inmensa bondad; arrójame de ti como á un animal dañino, porque más -te valiera morir que ser mía.</p> - -<p>—Pero di, ¿te has propuesto marearme? (trémula y disimulando su -turbación con la tentativa frustrada de enhebrar una aguja). ¿Qué -disparates son esos que me dices? Si yo no he de... hacerte caso... ¿Á -qué viene eso de que me mate ó que me muera ó que me lleven los -demonios?</p> - -<p>—Ya sé que no me quieres. Lo único que te pido, y te lo pido como un -favor muy grande, es que no me aborrezcas, que me tengas compasión. -Déjame á mí, que yo me entiendo solo,<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153"></a>{153}</span> guardando con avaricia estas -ideas para consolarme con ellas. En medio de mis desgracias, que tú no -conoces, tengo un alivio, y es saber vivir en lo ideal y fortificar mi -alma con ello. Tu destino es muy diferente al mío, Abelarda. Sigue tu -senda, que yo voy por la mía, llevado de mi fiebre y de la rapidez -adquirida. No contrariemos la fatalidad que todo lo rige. Quizás no -volvamos á encontrarnos. Antes de que nos separemos, te voy á dar un -consejo: si Ponce no te es desagradable, cásate con él. Basta con que no -te sea desagradable. Si no te gusta, si no encuentras otro que tenga los -ojos menos húmedos, renuncia al matrimonio... Es el consejo de quien te -quiere más de lo que tú piensas... Renuncia al mundo, entra en un -convento, conságrate á un ideal y á la vida contemplativa. Yo no tengo -la virtud de la resignación, y si no consigo llegar á donde pienso, si -mi sueño se convierte en humo, me pegaré un tiro.</p> - -<p>Lo dijo con tanta energía y tal acento de verdad, que Abelarda se lo -creyó, más impresionada por aquel disparate que por los otros que -acababa de oir.</p> - -<p>—No harás tal. ¡Matarte! Eso sí que no me haría gracia... (cazando al -vuelo una idea). Pero ¡quiá! todo eso de la desesperación y el tirito es -porque tienes por ahí algún amor desgraciado. Alguien habrá que te -atormenta. Bien merecido lo tienes, y yo me alegro.<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154"></a>{154}</span></p> - -<p>—Pues mira, hija (variando de registro), lo has dicho en broma, y -quizás, quizás aciertes...</p> - -<p>—¿Tienes novia? (fingiendo indiferencia).</p> - -<p>—Novia, lo que se dice novia... no.</p> - -<p>—Vamos, algún amor.</p> - -<p>—Llámalo fatalidad, martirio...</p> - -<p>—Dale con la dichosa fatalidad... Di que estás enamorado.</p> - -<p>—No sé qué responderte (afectando una confusión bonita y muy del caso). -Si te digo que sí, miento; y si te digo que no, miento también. Y -habiéndote asegurado que te quiero á ti, ¿en qué juicio cabe la -posibilidad de interesarme por otra? Todo ello se explicará -distinguiendo entre un amor y otro amor. Hay un cariño santo, puro y -tranquilo, que nace del corazón, que se apodera del alma y llega á ser -el alma misma. No confundamos este sentimiento con las ebulliciones -enfermizas de la imaginación, culto pagano de la belleza, anhelo de los -sentidos, en el cual entra también por mucho la vanidad, fundada en la -jerarquía de quien nos ama. ¿Qué tiene que ver esta desazón, accidente y -pasatiempo de la vida, con aquella ternura inefable que inspira al alma -deseo de fundirse con otra alma, y á la voluntad el ansia del -sacrificio...?</p> - -<p>No siguió, porque con sutil instinto comprendía que la excesiva sutileza -le llevaba á la ridiculez. Para la pobre Abelarda, estos conceptos -ardorosos, pronunciados con cierta mímica elegante<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155"></a>{155}</span> por aquel hombre -guapísimo que, al decirlos, ponía en sus ojos negros expresión tan dulce -y patética, eran lo más elocuente que había oído en su vida, y el alma -se le desgarraba al escucharlos. Comprendiendo el efecto, Víctor buscaba -en su mente discursiva nuevos arbitrios para seguir sorbiendo el seso á -la cuitada joven. Allí le soltó algunas frases más, paradójicas y -acaloradas, en contradicción con las anteriores; pero Abelarda no se -fijaba en lo contradictorio. La honda impresión de los últimos conceptos -borraba en su mente la de los primeros, y se dejaba arrastrar por aquel -torbellino, entre un hervidero de sentimientos encontrados, curiosidad, -amor, celos, gozo y rabia. Víctor doraba sus mentiras con metáforas y -antítesis de un romanticismo pesimista que está ya mandado recoger. Mas -para la señorita Villaamil, la quincalla deslucida y sin valor era oro -de ley, pues su escasa instrucción no le permitía quilatar los textos -olvidados de que Víctor tomaba aquella monserga de la fatalidad. El -volvió á la carga, diciéndole en tono un tanto lúgubre:</p> - -<p>—No puedo seguir hablando de esto. Lo que no debe ser, no es. Comprendo -que convendría más entregarme á ti... quizás me salvarías. Pero no, no -me quiero salvar. Debo perderme, y llevarme conmigo este sentimiento que -no merecí, este rayo celestial que guardo con susto como si lo hubiera -robado.. En mí tienes un trasunto<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156"></a>{156}</span> del Prometeo de la fábula. He -arrebatado el fuego celeste, y en castigo de esto, un buitre me roe las -entrañas.</p> - -<p>Abelarda, que no sabía nada de Prometeo, se asustó con aquello del -buitre; y el otro, satisfecho de su triunfo, prosiguió así:</p> - -<p>—Soy un condenado, un réprobo... No puedo pedirte que me salves, porque -la fatalidad lo impediría. Por tanto, si ves que me llego á ti y te digo -que te quiero, no me creas... es mentira, es un lazo infame que te -tiendo; despréciame, arrójame de tu lado; no merezco tu cariño, ni tu -compasión siquiera...</p> - -<p>La insignificante, con inmensa pena y desaprobación de sí misma, pensó: -«Soy tan pava y tan vulgar, que no se me ocurre nada qué responder á -estas cosas tan remontadas y tan sentidas que me está diciendo». Dió un -gran suspiro y le miró, con vivos deseos de echarle los brazos al cuello -exclamando: «Te quiero yo á ti más de lo que tú puedes suponer. Pero no -hagas casos de mí, no merezco nada, ni valgo lo que tú. Quiero gozarme -en la amargura de quererte sin esperanza».</p> - -<p>Víctor, sosteniéndose la cabeza con ambas manos, espaciaba sus -distraídos ojos por el hule de la mesa, ceñudo y suspirón, haciéndose el -romántico, el no comprendido, algo de ese tipo de Manfredo, adaptado á -la personalidad de mancebos de botica y oficiales de la clase de<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157"></a>{157}</span> -quintos. Después la miró con extraordinaria dulzura, y tocándole el -brazo, le dijo: «¡Ah! ¡cuánto te hago sufrir con estas horribles -misantropías que no pueden interesarte! Perdóname; te ruego que me -perdones. No estoy tranquilo si no dices que sí. Eres un ángel, no soy -digno de ti, lo reconozco. Ni siquiera aspiro á merecerte; sería -insensato atrevimiento. Sólo pretendo por ahora que me comprendas... ¿Me -comprenderás?»</p> - -<p>Abelarda llegaba ya al límite de sus esfuerzos por disimular el ansia y -la turbación. Pero su dignidad podía mucho. No quería entregar el -secreto de su alma, sin defenderlo hasta morir; y al cabo, con supremo -heroísmo, soltó una risa que más bien parecía la hilaridad espasmódica -que precede á un ataque de nervios, diciendo á Cadalso:</p> - -<p>—Vaya si te comprendo... Te haces el pillo, te haces el malo... sin -serlo, para engañarme. Pero á mí no me la pegas... Tonto de capirote... -yo sé más que tú. Te he calado. ¿Qué manía de que te aborrezcan, si no -lo has de conseguir?...</p> - -<h2><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII</h2> - -<p>Luisito empeoró. Tratábase de un catarro gástrico, achaque propio de la -infancia, y que no tendría consecuencias, atendido á tiempo.<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158"></a>{158}</span> Víctor, -intranquilo, trajo al médico, y aunque su vigilancia no era necesaria -porque las tres <i>Miaus</i> cuidaban con mucho cariño al enfermito, y hasta -se privaron durante varias noches de ir á la ópera, no cesaba de -recomendar la esmerada asistencia, observando á todas horas á su hijo, -arropándole para que no se enfriara y tomándole el pulso. Á fin de -entretenerle y alegrar su ánimo, cosa muy necesaria en las enfermedades -de los niños, le llevó algunos juguetes, y su tía Quintina también -acudió con las manos llenas de cromos y estampas de santos, el -entretenimiento favorito de Luis. Debajo de las almohadas llegó á reunir -un sinnúmero de baratijas y embelecos, que sacaba á ciertas horas para -pasarles revista. En aquellas noches de fiebre y de mal dormir, -Cadalsito se había imaginado estar en el pórtico de las Alarconas ó en -el sillar de la explanada del Conde-Duque; pero no veía á Dios, ó, mejor -dicho, sólo le veía á medias. Presentábasele el cuerpo, el ropaje -flotante y de incomparable blancura; á veces distinguía confusamente las -manos, pero la cara no. ¿Por qué no se dejaba ver la cara? Cadalsito -llegó á sentir gran aflicción, sospechando que el Señor estaba enfadado -con él. ¿Y por qué causa?... En una de las estampitas que su padre le -había traído, estaba Dios representado en el acto de fabricar el mundo. -¡Cosa más fácil!... Levantaba un dedo, y salían el cielo, el mar, las -montañas... Volvía á<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159"></a>{159}</span> levantar el dedo, y salían los leones, los -cocodrilos, las culebras enroscadas y el ligero ratón... Pero la lámina -aquélla no satisfacía al chicuelo. Cierto que el Señor estaba muy bien -pintado; pero no era, no, tan guapo y respetuoso como su amigo.</p> - -<p>Una mañana, hallándose ya Luis limpio de calentura, entró su abuelo á -visitarle. Parecióle al chico que Villaamil sufría en silencio una gran -pena. Ya, antes de llegar el viejo, había oído Luis un run-run entre las -<i>Miaus</i>, que le pareció de mal agüero. Se susurraba que no había sitio -en la combinación. ¿Cómo se sabía? Cadalsito recordaba que por la mañana -temprano, en el momento de despertar, había oído á doña Pura diciendo á -su hermana: «Nada por ahora... Valiente mico nos han dado. Y no hay duda -ya; me lo ha dicho Víctor, que lo averiguó anoche en el Ministerio».</p> - -<p>Estas palabras, impresas en la mente del chiquillo, las relacionó luego -con la cara de ajusticiado del abuelo cuando entró á verle. Luis, como -niño, asociaba las ideas imperfectamente, pero las asociaba, poniendo -siempre entre ellas afinidades extrañas sugeridas por su inocencia. Si -no hubiera conocido á su abuelo como le conocía, le habría tenido miedo -en aquella ocasión, porque en verdad su cara era cual la de los ogros -que se zampan á las criaturas... «No le colocan», pensó Luisito, y al -decirlo juntaba<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160"></a>{160}</span> otras dos ideas en su mente aún turbada por la mal -extinguida calentura. La dialéctica infantil es á voces de una precisión -aterradora, y lo prueba esto razonamiento de Cadalsito: «Pues si no le -quiere colocar, no sé por qué se enfada Dios conmigo y no me enseña la -cara. Más bien debiera yo estar enfadado con él».</p> - -<p>Villaamil se puso á dar paseos por la habitación, con las manos en los -bolsillos. Nadie se atrevía á hablarle. Luis sintió entonces congojosa -pena que le abatía el ánimo: «No le colocan—pensaba,—porque yo no -estudio, ¡contro! porque no me sé las condenadas lecciones». Pero al -punto la dialéctica infantil resurgió para acudir á la defensa del amor -propio: «¿Pero cómo he de estudiar si estoy malo?... Que me ponga bueno -él, y verá si estudio»»</p> - -<p>Entró Víctor, que venía de la calle, y lo primero que hizo fué darle un -abrazo á Villaamil, cortando sus pasos de fiera enjaulada. Doña Pura y -Abelarda hallábanse presentes.</p> - -<p>—No hay que abatirse ante la desgracia—dijo Víctor al hacer la -demostración afectuosa, que Villaamil, por más señas, recibió de -malísimo temple.—Los hombres de corazón, los hombres de fibra, tienen -en sí mismos la fuerza necesaria para hacer frente á la adversidad... El -Ministro ha faltado una vez más á su palabra, y han faltado también -cuantos prometieron apoyarle á usted. Que Dios les perdone, y que sus -conciencias<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161"></a>{161}</span> negras les acusen con martirio horrible del mal que han -hecho.</p> - -<p>—Déjame, déjame—replicó Villaamil, que estaba como si le fueran á dar -garrote.</p> - -<p>—Bien sé que el varón fuerte no necesita consuelos de un hombre vulgar -como yo. ¿Qué ha sucedido aquí? Lo natural, lo lógico en estas -sociedades corrompidas por el favoritismo. ¿Qué ha pasado? Que al padre -de familia, al hombre probo, al funcionario de mérito, envejecido en la -Administración, al servidor leal del Estado que podría enseñar al -Ministro la manera de salvar la Hacienda, se le posterga, se le -desatiende y se le barre de las oficinas como si fuera polvo. Otra cosa -me sorprendería; esto no. Pero hay más. Mientras se comete tal -injusticia, los osados, los ineptos, los que no tienen conciencia ni -título alguno, apandan la plaza en premio de su inutilidad. Contra esto -no queda más recurso que retirarse al santuario de la conciencia y -decir: «Bien. Me basta mi propia aprobación».</p> - -<p>Víctor, al expresarse con tanta filosofía, miraba á doña Pura y á -Abelarda, que estaban muy conmovidas y á dos dedos de llorar. Villaamil -no decía palabra, y con la cara lívida y la mandíbula temblorosa había -vuelto á sus paseos.</p> - -<p>—Nada me sorprende—añadió Víctor, desbordándose en sacrosanta -indignación.—Esto está<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162"></a>{162}</span> tan podrido, que va á resultar la cosa más -chocante del mundo: mientras á este hombre, que debiera ser Director -general, lo menos, se le desatiende y se le manda á paseo, yo, que ni -valgo nado, ni soy nada y tengo tan cortos servicios, yo... créanlo -ustedes, yo, cuando esté más descuidado, me encontraré con el ascenso -que he pedido. Así es el mundo, así es España y así nos vamos educando -todos en el desprecio del Estado, y atizando en nuestra alma el rescoldo -de las revoluciones. Al que merece, desengaños; al que no, confites. -Esta es la lógica española. Todo al revés; <i>el país de los -viceversas</i>... Y yo, que estoy tranquilo, que no me apuro, que no tengo -tampoco necesidades, que desprecio la credencial y á quien me la ofrece, -seré colocado, mientras el padre de familia, cargado de obligaciones, el -que por su respetabilidad, por sus servicios, se hacía tan fundadamente -la ilusión de que...</p> - -<p>—Yo no me hacía ilusiones, ni ese es el camino—dijo bruscamente y con -arrebato de ira don Ramón, elevando las manos hasta muy cerca del -techo.—Yo no tuve nunca esperanzas... yo no creí que me colocasen, ni -lo volveré á creer jamás. ¡Vaya, que es tema el de esta gente! Si yo no -esperé nada... ¿Cómo se ha de decir? De veras parece que entre todos os -proponéis freirme la sangre.</p> - -<p>—Hijo, cualquiera diría que es crimen tener<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163"></a>{163}</span> esperanzas—observó doña -Pura.—Pues las tengo, y ahora más que nunca. Habrá otra combinación. Te -lo han prometido, y á la fuerza te lo han de cumplir.</p> - -<p>—¡Claro!—dijo Víctor, contemplando á Villaamil con filial interés.—Y, -sobre todo, no conviene apurarse. Venga lo que viniere, puesto que todo -es injusticia y sinrazón, si á mí me ascienden, como espero, mi suerte -compensará la desgracia de la familia. Yo soy deudor á la familia de -grandes favores. Por mucho que haga, no los podré pagar. He sido malo; -pero ahora me da, no diré que por ser bueno, pues lo veo difícil, pero -sí porque se vayan olvidando mis errores... La familia no carecerá de -nada mientras yo tenga un pedazo de pan.</p> - -<p>Agobiado por sentimientos de humillación, que caían sobre su alma como -un techo que se desploma, Villaamil dió un resoplido y salió del cuarto. -Siguióle su mujer, y Abelarda, dominada por impresiones muy distintas de -las de su padre, se volvió hacia la cama de Luis, fingiendo arroparle, -para esconder su emoción, mientras discurría: «No, lo que es de malo no -tiene nada. No lo creeré, dígalo quien lo diga».</p> - -<p>—Abelarda—insinuó él melosamente, después de un rato de estar solos -con el pequeño.—Yo bien sé que á ti no necesito repetirte lo que he -manifestado á tus padres. Tú me conoces algo, me comprendes algo; tú -sabes que míentras<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164"></a>{164}</span> yo tenga un mendrugo de pan, vosotros no habéis de -carecer de sustento; poro á tus padres he de decírselo y aun probárselo -para que lo crean. Tienen muy triste idea de mí. Verdad que no se pierde -en dos días una mala reputación. ¿Y cómo no había de brindar á ustedes -ayuda, á no ser un monstruo? Si no lo hiciera por los mayores, tendría -que hacerlo por mi hijo, criado en esta casa, por este ángel, que más os -quiere á vosotros que á mí... y con muchísima razón.</p> - -<p>Abelarda acariciaba á Luis, tratando de ocultar las lágrimas que se le -agolpaban á los ojos, y el pequeñuelo, viéndose tan besuqueado y oyendo -aquellas cosas que papá decía y que le sonaban á sermón ó parrafada de -libro religioso, se enterneció tanto, que rompió á llorar como una -Magdalena. Ambos se esforzaron en distraer su espíritu, riendo, -diciéndole chuscadas festivas ó inventando cuentos.</p> - -<p>Por la tarde, el muchacho pidió sus libros, lo que admiró á todos, pues -no comprendían que quien tan poco estudiaba estando bueno, quisiese -hacerlo hallándose encamado. Tanto se impacientó él, que le dieron la -Gramática y la Aritmética, y las hojeaba, cavilando así: «Ahora no, -porque se me va la vista; pero en cuanto yo pueda, ¡contro! me lo -aprendo enterito... y veremos entonces... ¡veremos!»<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165"></a>{165}</span></p> - -<h2><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII</h2> - -<p>La mísera Abelarda andaba tan desmejoradilla, que su madre y su tía la -creyeron enferma y hablaron de llamar al médico. No obstante, continuaba -haciendo la vida ordinaria, trabajando, durante muchas horas del día, en -transformaciones y arreglos de vestidos. Usaba un maniquí de mimbres, -trashumante del gabinete al comedor, y que al anochecer parecía una -persona, la cuarta <i>Miau</i>, ó el espectro de alguno de la familia que -venía del otro mundo á visitar á su progenie. Sobre aquel molde probaba -la insignificante sus cortes y hechuras, que eran bastante graciosas. Á -la sazón traía entre manos un vestido con retazos de cachemir que -prestaron ya dos servicios y había sido vuelto del revés y lo de arriba -abajo. Se les añadía, para combinar, una telucha de á peseta. Semejantes -componendas eran familiares á Pura, y si una tela no podía lavarse ni -volverse, la mandaba al tinte, y... como acabada de estrenar. Con tal -sistema, hubo vestido que salió por veinticuatro reales. Pero en lo que -Abelarda lucía sorprendentes facultades era en la metamorfosis de -sombreros. La capota de doña Pura había pasado por una serie de vidas -diferentes, que al modo<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166"></a>{166}</span> de encarnaciones la hacían siempre nueva y -siempre vieja. Para invierno, forrábanla de terciopelo, y para verano la -cubrían con el encaje de una <i>visita</i> desechada: las flores ó prendidos -eran regalo de las vecinas del principal. La martirizada armadura del -sombrero de Abelarda había tomado ya, durante la época de la cesantía, -formas y estilos diferentes, según las pragmáticas de la moda, y con -este exquisito arte de disimular la indigencia, salían las Villaamil á -la calle hechas unos brazos de mar.</p> - -<p>Las noches que no iban las <i>Miaus</i> á rendir culto á Euterpe, tenía que -aguantar Abelarda, por dos ó tres horas, la jaqueca de Ponce, ó bien -ensayaba su papel en la pieza. Mucho disgustaba á doña Pura tener que -dar función dramática habiendo fracasado las esperanzas de próxima -colocación; pero como estaba anunciada á son de trompeta, distribuídos -los papeles y tan adelantados los ensayos, no había más remedio que -sacrificarse en aras de la tiránica sociedad. De propósito había -escogido Abelarda un papel incoloro, el de criada, que al alzarse el -telón salía plumero en mano, lamentándose de que sus amos no le pagaban -el salario, y revelando al público que la casa en que servía era la más -tronada de Madrid. La pieza pertenecía al género predilecto de los -ingenios de esta Corte, y se reducía á presentar una familia cursi, con -menos dinero que vanidad; una señora hombruna que trataba á<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167"></a>{167}</span> zapatazos á -su marido, un noviazgo, un enredo fundado en equivocaciones de nombres, -con gran mareo de entradas y salidas, hasta que, cuando aquello parecía -una casa de Orates, salía el padre memo diciendo: <i>Ahora lo comprendo -todo</i>, y se acababa el entremés con boda y una décima pidiendo al -público aplausos. Ponce hacía el papel de padre tonto; y el de un pollo -calavera y achulado, que era autor del lío y la sal y pimienta de la -pieza, tocó á un tal Cuevas, hijo del vecino del principal, D. Isidoro -Cuevas, viudo con mucha familia, empleado en la Alcaidía de la vecina -Cárcel de Mujeres, y comúnmente llamado en la vecindad <i>el señor de la -Galera</i>. El Cuevas hijo era chistoso, de buena sombra; contaba cuentos -de borrachos con tal gracia, que era morirse de risa; imitaba el -lenguaje chulo, se cantaba flamenco por todo lo alto, amén de otras -muchas habilidades, por las cuales se lo rifaban en las tertulias del -jaez de la de Villaamil. El papel de señorita de la casa corría á cargo -de la chica de Pantoja (D. Buenaventura Pantoja, empleado en el -Ministerio de Hacienda, amigo íntimo de Villaamil); y el de mamá -impertinente, ordinaria, lenguaraz, sargentona, papel del tipo Valverde, -correspondió á una de las chicas de Cuevas (eran cuatro y se ayudaban -con la modistería de sombreros, por cierto muy bien). Otros papeles, un -lacayo, un viejo prestamista, un marqués tronado y de<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168"></a>{168}</span> filfa, que -resultaba ser <i>lipendi</i> de marca mayor, fueron repartidos entre -diferentes chicos de la tertulia. El cojo Guillén se avino á ser -apuntador. Federico Ruiz oficiaba de director de escena, y habría -deseado que tal función tuviera carteles en las esquinas, para poner en -ellos con letras muy gordas: <i>bajo la dirección del reputado -publicista</i>, etc., etc.</p> - -<p>Poseía Abelarda memoria felicísima, y se aprendió el papel muy pronto. -Asistía á los ensayos como un autómata, prestándose dócilmente á la vida -de aquel mundo, para ella secundario y artificial; como si su casa, su -familia, su tertulia, Ponce, fuesen la verdadera comedia, de fáciles y -rutinarios papeles... y permaneciese libre el espíritu, empapado en su -vida interior, verdadera y real, en el drama exclusivamente suyo, -palpitante de interés, que no tenía más que un actor, ella, y un solo -espectador, Dios.</p> - -<p>Monólogo desordenado y sin fin. Una mañana, mientras la joven se -peinaba, el espectador habría podido oir lo siguiente: «¡Qué fea soy, -Dios mío; qué poco valgo! Más que fea, sosa, insignificante; no tengo ni -un grano de sal. ¡Si al menos tuviera talento!; pero ni eso... ¿Cómo me -ha de querer á mí, habiendo en el mundo tanta mujer hermosa y siendo él -un hombre de mérito superior, de porvenir, elegante, guapo y con -muchísimo entendimiento, digan lo que quieran?... (Pausa.) Anoche me -contó Bibiana Cuevas<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169"></a>{169}</span> que en el paraíso del Real nos han puesto un mote; -nos llaman las de <i>Miau</i> ó las <i>Miaus</i>, porque dicen que parecemos tres -gatitos, sí, gatitos de porcelana, de esos con que se adornan ahora las -rinconeras. Y Bibiana creía que yo me iba á incomodar por el apodo. ¡Qué -tonta es! Ya no me incomodo por nada. ¿Parecemos gatos? ¿Sí? Mejor. -¿Somos la risa de la gente? Mejor que mejor. ¿Qué me importa á mí? Somos -unas pobres cursis. Las cursis nacen, y no hay fuerza humana que les -quite el sello. Nací de esta manera y así moriré. Seré mujer de otro -cursi y tendré hijos cursis, á quienes el mundo llamará los -<i>michitos</i>... (Pausa.) ¿Y cuándo colocarán á papá? Si lo miro bien, no -me importa; lo mismo da. Con destino y sin destino, siempre estamos -igual. Poco más ó menos, mi casa ha estado toda la vida como está ahora. -Mamá no tiene gobierno; ni lo tiene mi tía, ni lo tengo yo. Si colocan á -papá, me alegraré por él, para que tenga en qué ocuparse y se distraiga; -pero por la cuestión de bienestar, me figuro que nunca saldremos de -ahogos, farsas y pingajos... ¡Pobres <i>Miaus</i>! Es gracioso el nombre. -Mamá se pondrá furiosa si lo sabe; yo no; ya no tengo amor propio. Se -acabó todo, como el dinero de la familia... si es que la familia ha -tenido dinero alguna vez. Le voy á decir á Ponce esto de las <i>Miaus</i>, á -ver si lo toma á risa ó por la tremenda. Quiero que se encrespe un día -para encresparme yo también.<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170"></a>{170}</span> Francamente, me gustaría pegarle ó algo -así... (Pausa.) ¡Vaya que soy desaborida y sin gracia! Mi hermana Luisa -valía más; aunque, la verdad, tampoco era cosa del otro jueves. Mis ojos -no expresan nada; cuando más, expresan que estoy triste, pero sin decir -por qué. Parece mentira que detrás de estas pupilas haya... lo que hay. -Parece mentira que este entrecejo y esta frente angosta oculten lo que -ocultan. ¡Qué difícil para mí figurarme cómo es el cielo; no acierto, no -veo nada! ¡Y qué fácil imaginarme el infierno! Me lo represento como si -hubiera estado en él... Y tienen razón; el parecido con la cara de un -gato salta a la vista... La boca es lo peor; esta boca de esquina que -tenemos las tres... Sí; pero la de mamá es la más característica. La -mía, tal cual; y cuando me río, no resulta maleja. Una idea se me -ocurre: si yo me pintara, ¿valdría un poco más? ¡Ah! no; Víctor se -reiría de mí. Él podrá desdeñarme; pero no me considera mujer ridícula y -antipática. ¡Jesús! ¿Seré antipática? Esta idea sí que no la puedo -sufrir. Antipática, no, Dios mío. Si me convenciera de que soy -antipática, me mataría... (Pausa.) Anoche entró y se metió en su cuarto -sin decir oxte ni moxte. Más vale así. Cuando me habla me estruja el -corazón. Porque me quisiera, sería yo capaz de cometer un crimen. ¿Qué -crimen? Cualquiera... todos. Pero no me querrá nunca, y me quedaré con -mi crimen en proyecto y desgraciada para siempre».<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171"></a>{171}</span></p> - -<p>—Hija—indicó doña Pura, sacándola impensadamente de su -abstracción.—Cuando venga Ponce, le dices que le matamos si no nos trae -los billetes para el beneficio de la Pellegrini. Si no los tiene, que -los busque. Ella ha de dar billetes á los periódicos y á toda la -dignísima alabarda. Créelo; si Ponce va á pedírselos, ella es muy fina y -no se los negará. Nos enojaremos de veras si no los trae.</p> - -<p>—Los traerá—dijo Abelarda, que había acabado de edificar su -moño.—Como no los traiga, no le vuelvo á dirigir la palabra.</p> - -<p>Ponce entraba allí como Pedro por su casa, dirigiéndose al comedor, -donde comúnmente encontraba á su novia. Llegó aquella tarde á eso de las -cuatro, y pasó, atusándose el pelo, después de haber colgado la capa y -hongo en la percha del recibimiento. Era un joven raquítico y linfático, -de esos que tienen novia como podrían tener un paraguas, con ribetes de -escritor, crítico gratuito, siempre atareado, quejoso de que no le leía -nadie (aquí no se lee), abogadillo, buen muchacho, orejas grandes, -lentes sin cordón, bizcando un poco los ojos, mucha rodillera en los -pantalones, poca sal en la mollera, y en el bolsillo obra de seis -reales, cuando más. Gozaba un destinillo en el Gobierno de provincia, de -seis mil, y estaba hipando por los ocho que le habían prometido desde el -año anterior... que hoy, que mañana. Cuando los tuviera, boda al<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172"></a>{172}</span> canto. -Estas esperanzas no habrían bastado á que los Villaamil aceptasen su -candidatura á yerno; pero tenía un tío rico, notario, sin hijos, enfermo -de cáncer, y como se había de morir antes de un año, quizás de un mes, y -Ponce era su heredero, la familia <i>Miau</i> vió en el aspirante una -chiripa. El desgraciado tío, según los cálculos de Pantoja, que era su -amigo y testamentario, dejaría dos casas, algunos miles y la notaría...</p> - -<p>Lo mismo fué entrar Ponce en el comedor, que soltarle Abelarda esta -indirecta:</p> - -<p>—Si no trae usted las entradas para el beneficio de la Pellegrini, no -vuelve usted á poner los pies aquí.</p> - -<p>—Calma, hija, calma; déjame sentar, tornar aliento... He venido á -escape. Me pasan cosas muy gordas, pero muy gordas.</p> - -<p>—¿Qué lo pasa á usted, hombre de Dios?—preguntó doña Pura, que -acostumbraba reprenderle como á un hijo.—Siempre viene con apuros, y -total, nada.</p> - -<p>—Óigame usted, doña Pura, y tú, Abelarda, óyeme también. Mi tío está -muy malo, pero muy malo.</p> - -<p>—¡Ave María Purísima!—exclamó doña Pura, sintiendo que le daba un -vuelco el corazón.</p> - -<p>Y brincando como un cervatillo, fué á la cocina á dar la noticia á su -hermana.</p> - -<p>—Está expirando...<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173"></a>{173}</span></p> - -<p>—¿Quién?</p> - -<p>—El tío, mujer, el tío... ¿no te enteras?... Pero dígame usted, Ponce -(volviendo al comedor con rapidez gatuna), ¿va de veras?... Estará usted -muy contento, muy... triste quiero decir.</p> - -<p>—Se harán ustedes cargo de que no puedo ir al teatro, ni visitar á la -Pellegrini... Como ustedes conocen... Muy malo, muy malito... Dicen los -médicos que no dura dos días...</p> - -<p>—¡Pobre señor!... ¿Y qué hace usted que no se planta en casa del -difunto... digo, del enfermo?</p> - -<p>—De allí vengo... Esta noche, á las siete, le llevaremos el Viático.</p> - -<p>Corrió doña Pura al despacho, donde estaba Villaamil.</p> - -<p>—El Viático... ¿no te enteras?</p> - -<p>—¿Qué?... ¿quién?</p> - -<p>—El tío, hombre, el tío de Ponce, que está dando las boqueadas... -(Deslizándose otra vez hacia el comedor). Amigo Ponce, ¿quiere usted -tomar una copita de vino con bizcochos? Estará usted muy afectado... Y -no hay que pensar en teatros... No faltaba más. Nosotras tampoco iremos. -Ya ve usted, el luto... guardaremos luto riguroso... ¿De veras no quiere -usted una copita de vino con bizcochos?... ¡Ah! ¡qué cabeza!... ¡si se -ha acabado el vino!... Pero lo traeremos... Con formalidad: ¿no quiere -usted?</p> - -<p>—Gracias; ya sabe usted que el vino se me sube á la cabeza.<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174"></a>{174}</span></p> - -<p>Abelarda y Ponce pegaron la hebra, sin más testigo que Luis, que andaba -enredando en el comedor, y á veces se paraba ante los novios, mirándoles -con estupor infantil. Hablaban á media voz... ¿Qué dirían? Las -trivialidades de siempre. Abelarda hacía su papel con aquella indolente -pasividad que demostraba en los lances comunes de la vida. Era ya rutina -en ella charlotear con aquel tonto, decirle que le quería, anticipar -alguna idea sobre la boda. Había contraído hábito de responder -afirmativamente á las preguntas de Ponce, siempre comedidas y correctas. -El albedrío no tomaba parte alguna en semejantes confidencias; la mujer -exterior y visible realizaba una serie de actos inconscientes, á manera -de sonámbula, quedando desligada la mujer interna para obrar conforme á -sentimientos más humanos. Antes de la aparición súbita de Víctor en la -casa, Abelarda consideraba á Ponce como un recurso y apoyo probable en -las vicisitudes de la suerte. Se casaría con él por colocarse, por tener -posición y nombre y salir de aquella estrechez insoportable de su hogar. -Desde que vino <i>el otro</i>, dejábase llevar de estas mismas ideas, pero -como el patinador, que una vez lanzado, sigue y sigue girando y -resbalando sin caer sobre el hielo. No se le ocurría á la joven -desdecirse ni renegar del matrimonio con Ponce; porque tener aquel -marido equivalía á tener un abanico, un imperdible ú<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175"></a>{175}</span> otro objeto -cualquiera de los más usuales á la vez que indiferentes. El pegajoso -crítico se creyó obligado á mostrarse aquel día más tierno que los -demás, atreviéndose á fijar el de las bendiciones y á proponer, -desmintiendo su timidez, algunos particulares de su futura existencia -matrimonial. Oíale la insignificante como quien oye llover, y en virtud -de la velocidad adquirida, se mostraba conforme con semejantes proyectos -y los apoyaba con palabras glaciales y descoloridas, á la manera de -quien repite paternóster y avemarías de un rosario rezado á bostezos sin -devoción alguna.</p> - -<p>Sonó la campanilla y Abelarda se sobresaltó por dentro, sin perder su -continente frío. Le conocía en el modo de llamar, conocía su taconeo al -subir la escalera, y si desde la puerta de la casa hasta el comedor -pronunciaba alguna frase, hablando con doña Pura ó con Villaamil, -discernía por la inflexión lejana del acento si llegaba bien ó mal -humorado. Doña Pura, al abrir á Víctor, le embocó la noticia de la -inminente muerte del tío de Ponce. Incapaz de contenerse la buena -señora, se espontaneó hasta con el <i>maestro de baile</i> (vulgo aguador). -Víctor entró sonriendo, y, por inadvertencia ó malicia, hubo de dar la -enhorabuena á Ponce, el cual se quedó turulato.<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176"></a>{176}</span></p> - -<h2><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX</h2> - -<p>—¡Ah! no... dispense usted. Me confundí... Es que á mi señora suegra lo -bailaban los ojos cuando me lo dijo. Efectos del cariño que le tiene á -usted, ínclito Ponce. El cariño ciega á las personas... Usted es ya de -casa; le queremos mucho, y como no tenemos el gusto de conocer, ni aun -de vista, á su señor tío...</p> - -<p>Acarició á Luis sobándole la cara y repujándole los carrillos para -besárselos, y después le mostró el regalo que le traía. Era un álbum -para sellos, prometido el día que el niño tomó la purga, y además del -álbum una porción de sellos de diferentes colores, algunos extranjeros, -españoles los más, para que se entretuviera pegándolos en las hojas -correspondientes. Lo que agradeció Cadalsito este obsequio, no puede -ponderarse. Estaba en la edad en que empieza á desarrollarse el sentido -de la clasificación y en que relacionamos los juguetes con los -conocimientos serios de la vida. Víctor le explicó la distribución de -las hojas del álbum, enseñándole á reconocer la nacionalidad de los -sellos. «Mira, esta tía frescachona es la República francesa. Esta -señora con corona y <i>bandós</i> es la Reina de Inglaterra, y esta águila -con dos cabezas, Alemania. Los vas poniendo en su sitio, y ahora lo<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177"></a>{177}</span> que -has de hacer es reunir muchos para llenar los huecos todos». El -pequeñuelo estaba encantado; sólo sentía que la cantidad de sellos no -fuera suficiente á inundar la mesa. Pronto se enteró del procedimiento, -y en su interior hizo voto de conservar el álbum y de cuidarlo mientras -le durase la vida.</p> - -<p>Víctor, entretanto, metió cucharada en la conversación hocicante que se -traían Abelarda y Ponce. Casi estaban morro con morro, tejiendo un -secreto, una conspiración de soserías, para él amorosas y para ella -indiferentes y cansadas. Víctor encajó la cuchara entre boca y boca, -diciéndoles:</p> - -<p>—Amiguitos, los gorros á quien los tolere; yo protesto. ¿Y no podrían -aguardar á la luna de miel para hacer los tortolitos? Francamente, eso -es insultar á la desgracia. La felicidad debe disimularse ante los -desdichados, como la riqueza ante el pobre. La caridad lo manda así.</p> - -<p>—¿Pero á ti qué te importa que nosotros nos queramos ó dejemos de -querernos—dijo Abelarda,—ni que nos casemos ó dejemos de casarnos? -Seremos felices ó no, según nos dé la gana. Eso, acá nosotros. Tú nada -tienes que ver.</p> - -<p>—Don Víctor—indicó Ponce con su habitual insipidez,—si está usted -envidioso, con su pan se lo coma.</p> - -<p>—¿Envidioso? No negaré que lo estoy. Mentiría si otra cosa dijese.<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178"></a>{178}</span></p> - -<p>—Pues rabia, pues rabia.</p> - -<p>—Papá, papá—chilló Luisito, empeñado en que Víctor volviera la cabeza -hacia donde él estaba, y poniéndole la mano en la cara para obligarlo á -que lo mirase.—¿De qué parte es este que tiene un señor con bigotes muy -largos?</p> - -<p>—¿Pero no lo vos, hijo? Es de Italia... Pues sí que estoy envidioso. -Ésta me dice que rabie, y no tongo inconveniente en rabiar y aun en -morder. Porque cuando veo dos que se quieren bien, dos que resuelven el -problema del amor y allanan todas las dificultades, y caminito, caminito -de la dicha, llegan hasta el matrimonio, me muero de envidia. Para mí, -créanlo ó no lo crean, ustedes han resuelto el problema. Yo miro en esta -parejita lo que nunca podré alcanzar. Ustedes no tienen ambición, -ustedes se contentan con una vida pacífica y modesta, estimándose y -queriéndose sin fiebre ni locuras de esas... Ustedes no tendrán mucho -<i>parné</i>, pero no carecerán del puchero; ustedes, sin ser santos, reúnen -bastante virtud para recrearse el uno en el otro... ¿Qué más se puede -desear?... ¡Ah! ínclito Ponce, usted la ha sabido entender; ha sabido -elegir... y ella también, esta pícara, que parece que no rompe un plato, -ha metido la mano en el cesto y ha sacado la fruta mejor. Yo me -felicito, ¿pues no me he de felicitar? Pero eso no quita que tenga mi -<i>pelusa</i>, como cualquier hijo de vecino, porque me contemplo en -situación tan distinta,<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179"></a>{179}</span> ay! tan distinta... Daría todo cuanto tengo, -cuanto espero, por una cosa. ¿Á que no lo adivinan?</p> - -<p>Con repentina intuición, Abelarda le vió venir y temblaba.</p> - -<p>—Pues yo daría todo por ser el ínclito Ponce. Créanlo ustedes ó no lo -crean, esta es la verdad. ¿Quiere usted cambiarse, Ponce amigo?</p> - -<p>—Francamente, si en el cambio me quedo con la dama, no hay -inconveniente ninguno.</p> - -<p>—¡Oh! eso no, porque cabalmente ahí está la tostada. Yo daría sangre de -las venas por echar mi anzuelo en el mar de la vida con el cebo de una -declaración amorosa y pescar una Abelarda. Es una ambición que me -curaría de las demás.</p> - -<p>—Papá, papá (tirándole de la nariz para que volviera la cara hacia él). -¿Y esto que tiene una cotorra?</p> - -<p>—Guatemala... Déjame, hijo... No aspiro á más. Una Abelardita que me -mime, y con tal compañía lo arrostro todo. Con una como ésta me casaría -yo por puertas, es decir, sin una mota. No faltaría el garbanzo. -Prefiero con ella un pedazo de pan solo, á todas las riquezas del mundo. -Porque ¿dónde se encuentra un carácter tan dulce, un corazón tan tierno, -una mujer tan hacendosita, tan...</p> - -<p>—Don Víctor, que se corre usted mucho (con tentativas de humorismo, -enteramente frustradas). Que es mi novia, y tantos piropos me van á dar -celos...<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180"></a>{180}</span></p> - -<p>—Aquí no se traía de celos... Á buena parte viene usted... ¿Ésta, -ésta?... Ésta es segura, amigo; lo quiere á usted con el alma y con la -vida. Ya podían acudir todos los reyes y príncipes del orbe á -disputársela á su Ponce adorado. ¿Pues se figura usted que si no lo -creyera yo así no lo habría puesto los puntos? La caridad bien ordenada -empieza por uno mismo. Si yo llego á concebir tanto así de esperanzas, -¿piensa que no me alzo con el santo y la limosna? Pero, ¡quiá!, á otra -puerta... Mírela usted: al que le hablo de cambiar á su Poncecito por -otro, le tira los trastos á la cabeza... Véala usted con esa cara que -parece un enigma, con esa sonrisita que parece postiza; cualquiera se -atreve á decirle algo.</p> - -<p>—Vamos, D. Víctor—objetó Ponce con mucha saliva en la boca,—que -cuando usted habla así, es porque ha tenido sus pretensiones... y ha -sacado lo que el negro del sermón.</p> - -<p>—No hagas caso, tontín—dijo Abelarda muy inquieta, sonriendo -violentamente, y con más gana de llanto que de broma.—¿No ves que se -está quedando contigo?</p> - -<p>—Que se quede. Lo que hay es que Abelarda es formal, y una vez dada su -palabra, no hay quien la apee. Nosotros nos comprendimos en cuanto nos -tratamos; nuestros caracteres ajustan perfectamente, y si yo estoy -cortado para ella, ella está cortadita para mí.<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181"></a>{181}</span></p> - -<p>—Poco á poco, caballero Ponce (poniéndose muy serio, como siempre que -elevaba al grado heroico sus crueles bromas), usted estará cortado para -quien guste, no me meto en eso. Pero lo que es Abelarda, lo que es -Abelarda...</p> - -<p>Ponce le miró serio también, esperando el final de la frase, y la -insignificante bajó la vista hacia su labor de costura.</p> - -<p>—Digo que lo que es ella no está, cortada para usted. Y lo sostendré -contra todo el que opine lo contrario. La verdad por delante. Ella le -quiere á usted, lo reconozco; pero en cuanto al corte... Es mucho corte -el suyo; hablo del corte moral y también del físico, sí, señor, también -del físico. ¿Quiere usted que lo diga claro? Pues para quien está -cortada Abelarda es para mí... Para mí; y no hay que tomarlo á ofensa. -Para mí, aunque á usted le parezca un disparate. ¡Si usted no puede -juzgarla como yo, que la conocí siendo una muñeca todavía!... Y, además, -usted no me ha tratado á mí lo bastante para saber si congeniamos ó -no... Ya sé que estoy hablando de una cosa imposible; ya sé que tengo la -culpa de haber llegado tarde; ya sé que usted me cogió la delantera, y -no hemos de reñir... Pero en cuanto á conocer el mérito de quien lo -tiene; en cuanto á deplorar que tantas dotes no sean para mí, lo que es -en eso (marcando la frase con la mayor formalidad y en tono oratorio), -¡ah! lo que es en eso, no cedo ni puedo ceder.<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182"></a>{182}</span></p> - -<p>—No le hagas caso, déjale—indicó Abelarda á su novio, que empezaba á -enfurruñarse.</p> - -<p>—Amigo D. Víctor, todo eso podrá ser verdad, poro no viene muy al caso.</p> - -<p>—Parece que se amostaza usted, ínclito Ponce. Sépase que yo soy muy -leal. Reconozco que se ha ganado usted lo que á mi parecer debió ser -mío. (Patéticamente.) Bien ganado está. Ha sido en buena lid. Lo que he -perdido, lo he perdido por mi culpa. No me quejo. Seremos amigos, -siempre amigos. Vengan esos cinco.</p> - -<p>—¡Ah, este D. Víctor, qué cosas tiene! (dejándose apretar la mano).</p> - -<p>Con otro que no fuera Ponce, bien se libraría Cadalso de emplear -lenguaje tan impertinente; pero ya sabía él con quién trataba. El novio -estaba amoscadillo, y Abelarda no sabía qué pensar. Para burla, le -parecía demasiado cruel; para verdad, harto expresiva. Mucho le pesó á -Ponce tener que marcharse: presumía que Víctor continuaría hablando á la -chica en el mismo tono, y, francamente, Abelarda era su novia, su -prometida, y aquel cuñadito hospedado bajo el propio techo principiaba á -inquietarle. El pillete de Cadalso, conociendo la turbación del crítico, -en el momento de despedirse le sacudió mucho la diestra, repitiendo:</p> - -<p>—Leal, soy muy leal... Nada hay que temer de mí.<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183"></a>{183}</span></p> - -<p>Y cuando volvió al lado de la joven, que lo miraba consternada:</p> - -<p>—Perdóname, hija; se me escapó aquella idea, que yo quería esconder a -todos... Espontaneidades que uno tiene cuando menos piensa, y que el más -ducho en disimular no puede contener á veces. Yo no quería hablar de -esto; pero no sé qué me entró. ¡Me dió tal envidia de veros como dos -tórtolos!... ¡me asusté tanto de la soledad en que me encontraba, nada -más que por llegar tarde, sí, por llegar tarde!... Dispénsame, no te -diré una palabra más. Sé que este capítulo te aburre y te molesta. Seré -discreto.</p> - -<p>Abelarda no podía reprimirse. Levantóse, sintiendo pavor, deseo de huir -y de esconderse, para ocultar algo que impetuosamente al demudado rostro -le salía.</p> - -<p>—Víctor—exclamó descompuesta y temblando,—ó eres el hombre más malo -que hay en el mundo, ó no sé lo que eres.</p> - -<p>Corrió á su habitación y rompió á llorar, desplomándose de cara sobre -las almohadas de su lecho. Víctor se quedó en el comedor, y Luis, que en -su inocencia comprendía que pasaba algo extraño, no se atrevió durante -un rato á molestar á papá con aquel teje-maneje de los sellos. El padre -fué quien afectó entonces interesarse en el juego inteligente, y se puso -á explicar á su hijo los símbolos de nacionalidades que éste no -comprendía: «Este rey barbudo es Bélgica,<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184"></a>{184}</span> y esta cruz la República -helvética, es decir, Suiza».</p> - -<p>Doña Pura entró de la calle, y como no viese á su hija en el comedor ni -en la cocina, buscóla en el dormitorio. Abelarda salía ya, con los ojos -muy colorados, sin dar á su madre explicación satisfactoria de aquellos -signos de dolor. Víctor, interrogado por doña Pura sobre el particular, -lo dijo con socarronería:</p> - -<p>—Parece usted tonta, mamá. Llora por el tío de Ponce.</p> - -<h2><a name="XX" id="XX"></a>XX</h2> - -<p>Acostaron temprano á Luis, que metió consigo en la cama el álbum de -sellos y se durmió teniéndole muy abrazadito. No sufrió aquella noche el -acceso espasmódico que precedía á la singular visión del anciano -celestial. Pero soñó que lo sufría, y, por consiguiente, que deseaba y -esperaba la fantástica visita. El misterioso personaje hizo novillos, y -así lo expresaba con desconsuelo Cadalsito, deseando enseñarle su álbum. -Esperó, esperó mucho tiempo, sin poder determinar el sitio donde estaba, -pues lo mismo podía ser la escuela que el comedor de su casa ó el -escritorio del memorialista. Y al hilo del sueño, donde todo era -sinrazón y desvarío, descargó el rapaz un golpe de lógica admirable: -«¡Pero qué<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185"></a>{185}</span> tonto soy!—pensó.—¿Cómo ha de venir, si le han llevado -esta noche á casa del tío de Ponce?»</p> - -<p>El día siguiente le dieron de alta; pero se determinó que no fuese á la -escuela en lo que restaba de semana, lo que él agradeció mucho, -determinando estudiar algo por las noches, nada más que una miaja, y -reservando los grandes esfuerzos de aplicación para cuando volviera á -sus tareas escolares. Le permitieron bajar á la portería, y cargó con el -álbum para enseñárselo á Paca y á <i>Canelo</i>. Bien quisiera llevarlo á -casa de su tía Quintina; mas para esto no hubo permiso. En la portería -se estuvo hasta el anochecer, hora en que le llamaron, temiendo que se -pasmase con el aire del portal. Al subir llevaba una idea que en sus -conversaciones con Mendizábal y Paca había adquirido; una idea que le -pareció al principio algo rara, pero que luego tuvo por la más natural -del mundo. Hallábase solo con Abelarda, pues su abuela y Milagros -zascandileaban por la cocina, cuando se determinó Cadalsito á comunicar -á su tía la famosa idea. Esta le acariciaba con extremada vehemencia, le -daba besos, le prometía regalarle un álbum mayor, y de repente Luis, -respondiendo á tantos cariños con otros no menos tiernos, le dijo:</p> - -<p>—Tía, ¿por qué no te casas tú con mi papá?</p> - -<p>Quedóse la chica como lela, fluctuando entre la risa y el enojo.<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186"></a>{186}</span></p> - -<p>—¿De dónde has sacado tú eso, Luis?—le dijo, asustándole con la -fiereza de su semblante.—Tú no lo has inventado. Alguien te lo ha -dicho.</p> - -<p>—Me lo dijo Paca—afirmó Luis, no queriendo cargar con -responsabilidades ajenas.—Dice que Ponce es más tonto que quiere y que -no te conviene; que mi papá es listo y guapo y que va á hacer una -carrera muy grande, muy grande.</p> - -<p>—Dile á Paca que no se meta en lo que no le importa... ¿Y qué más, qué -más te dijo?</p> - -<p>—Pues... (escarbando en su memoria). ¡Ah! que mi papá os un caballero -muy decente... como que le da pesetas á la Paca siempre que le lleva -algún recado... Y que tú debías casarte con mi papá, para que todo -quedase en casa.</p> - -<p>—¿Le lleva recados?... ¿Cartas? ¿Y á quién? ¿No sabes?</p> - -<p>—Debe ser al Ministro... Es que son muy amigos.</p> - -<p>—Pues todo eso que te ha contado Paca del pobre Ponce, es un -disparate—afirmó Abelarda sonriendo.—¿Á ti no te gusta Ponce? Dime la -verdad, dime lo que pienses.</p> - -<p>Luis vaciló un rato en dar contestación. Habían extinguido la prevención -medrosa que su padre le inspiraba, no sólo los regalos recibidos de él, -sino la observación de que Víctor se llevaba muy bien con toda la -familia. En cuanto á Ponce, bueno será decir que Cadalsito no había -formado opinión ninguna acerca de este sujeto,<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187"></a>{187}</span> por lo cual aceptó, sin -discutirla, la de Paca.</p> - -<p>—Ponce no sirve para nada, desengáñate. Va por la calle que parece que -se le caen los calzones. Y lo que es talento... Mira, más talento tiene -Cuevas. ¿No te parece á ti?</p> - -<p>Abelarda se reía con tales ocurrencias. Aun hubiera seguido charlando -con Luis de aquel asunto; pero la llamó su padre para que le pegara -algunos botones al chaleco, y en esto se entretuvo hasta la hora de -comer. Doña Pura dijo que Víctor no comía en casa, sino en la de un -amigo suyo, diputado y jefe de un grupito parlamentario. Sobre esto hizo -Villaamil algunos comentarios acres, que Abelarda oyó en silencio, con -grandísima pena. Discutióse si irían ó no al teatro aquella noche, -resolviéndose en afirmativa, porque Luis estaba ya bien. Abelarda -solicitó quedarse, y su madre le dió una arremetida á solas, asestándole -varias preguntas:</p> - -<p>—¿Por qué no comes? ¿Qué tienes? ¿Qué cara es esa de carnero á medio -morir? ¿Por qué no quieres venir al Real? No me tientes la paciencia. -Vístete, que nos vamos en seguida.</p> - -<p>Y fueron las tres <i>Miaus</i>, dejando á Villaamil con su nieto y sus -fúnebres soledades. Después de acostar al niño se puso á leer <i>La -Correspondencia</i>, que hablaba de una nueva combinación.</p> - -<p>Cuando las <i>Miaus</i> regresaron, ya Víctor estaba allí, escribiendo cartas -en la mesa del comedor. Don Ramón seguía royendo el periódico, y<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188"></a>{188}</span> suegro -y yerno no se decían media palabra. Retiráronse todos, monos Abelarda, -que tenía que mojar ropa para planchar al día siguiente, y al verla -metida en esta faena, Víctor, sin soltar la pluma, le dijo:</p> - -<p>—He pensado en ti todo el día. Temí que te enojaras por lo de ayer. Yo -había hecho el propósito de no revelarte nunca mis sentimientos. Aun no -te he dicho toda la verdad, ni te la diré, Dios mediante. Cuando uno -llega tarde, debe resignarse y callar. ¿Y tú no me respondes nada? ¿No -hablas ni siquiera para reñirme?</p> - -<p>La insignificante tenía los ojos fijos en la mesa, y sus labios se -agitaban como si la palabra retozara en ellos. Por fin no chistó.</p> - -<p>—Te hablaré como hermano (con aquella gravedad bondadosa que tan bien -sabía fingir), ya que de otra manera no me es lícito. Soy muy -desgraciado... no lo sabes tú bien. Aquí me tienes arrastrado por un -vértigo de pasiones insanas; aquí me tienes bajo el peso de relaciones -que solicité con aturdimiento, que mantuve por rutina y por pereza, y -que ahora deseo romper. Contaba yo para este fin con el auxilio de un -ser angelical a quien pensaba encomendarme primero y entregarme por fin -en cuerpo y alma. Pero ya no puede ser. ¿Qué hago yo en este trance? -Seguir y seguir encenagado, perderme más y más en el laberinto sin -salida. Ya no hay salvación para mí. La fatalidad me arrastra... Tú no<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189"></a>{189}</span> -comprendes esto, Abelarda; pero ¡quién sabe!... quizás lo comprendas, -porque tienes mucha penetración. ¡Oh! ¡pues si yo te hubiera encontrado -libre...! Mil veces me he propuesto no decirte nada. Sólo que las -palabras se me salen de la boca... Basta, basta; no me hagas caso. Esto -te lo vengo diciendo desde un principio. No hagas caso de este infeliz; -despréciame. Yo no te merezco. Estoy expiando los enormes disparates que -cometí desde que me faltó mi pobre Luisa, aquel ángel... ángel del -cielo, pero inferior á ti, tan inferior, que no hay punto de comparación -entre ambas. Yo, francamente (levantándose con exaltación), cuando veo -qué tesoro tan grande va á ser para un Ponce; cuando pienso que tal -conjunto de cualidades cae en manos de...</p> - -<p>Abelarda estaba tan sofocada, que si no desahoga, si no abre al menos -una valvulita, revienta de seguro.</p> - -<p>—¿Y si yo te dijera... vamos á ver (palideciendo), si yo te dijera que -no quiero á Ponce?...</p> - -<p>—¿Tú?... ¿y es verdad?...</p> - -<p>—¿Si yo te dijera que ni le quise jamás, ni le querré nunca?... á ver.</p> - -<p>Víctor no contaba con esta salida, y se desorientó.</p> - -<p>—Ahí tienes tú una cosa... vamos... (balbuciendo) una cosa que me -produce el efecto de un porrazo en la cabeza... ¿Pero es verdad? Cuando -lo dices, verdad debe de ser. Abelarda, Abelarda,<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190"></a>{190}</span> no juegues conmigo; -no juegues con fuego... Estas bromas, si bromas son, suelen traer -catástrofes. Porque cuando se aborrece á un hombre, como me aborreces tú -á mí... (confuso y sin saber á qué santo encomendarse) no se le dice -nada que pueda extraviarlo respecto á... quiero decir, respecto á los -sentimientos de la persona que le aborrece, porque podría suceder que el -aborrecido... No, no atino á explicarte lo que siento. Si no quieres á -Ponce, es que quieres á otro, y esto es lo que no debes decirme á mí... -¿Para qué? ¿Para que me confunda más de lo que estoy? (Columbrando un -postigo y aguzando su ingenio para escurrirse por él.) Y no quiero -interrogarte sobre este particular, porque me volvería loco. Guárdate tu -secreto y respeta mi situación. Si yo no te inspiro más que odio, si no -llegas á la repugnancia, te ruego que me dejes solo, que te retires y no -añadas una palabra más. No te ofrezco mis consejos, porque no los -aceptarías; pero si te encontraras en alguna situación difícil, y mis -consejos te pudieran servir de algo, ya sabes que soy para ti lo que tú -quieras que sea; hermano, si como hermano me tratas...</p> - -<p>—¿Y si los necesitara, si necesitara tus consejos?—insinuó Abelarda, -que buscaba no una salida, sino la entrada, sin poder descubrirla.</p> - -<p>—Pues dispón de mí (otra vez desconcertado). Si quieres á un hombre y -temes la oposición<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191"></a>{191}</span> de tus padres; si la ruptura con Ponce te parece -difícil y necesitas auxilio, aquí estoy dispuesto á prestártelo, por -penoso que el caso sea para mí (acercándose más á ella). Dímelo, dímelo, -no tengas miedo. ¿Quieres á un hombre que no es tu novio?</p> - -<p>—Es mucho pedir que confiese yo... así... de tenazón (recurriendo á la -coquetería para salir del paso). ¿Y á ti quién te da vela en este -entierro?...</p> - -<p>—Soy de la familia... soy tu amigo. Podría ser algo más si tú -quisieras. Pero he llegado tarde; no hay que hablar de mi persona. Estoy -fuera de juego. Si no quieres confiarme tu secreto, mejor para mí. Así -no padeceré tanto. Respóndeme á una pregunta: el hombre á quien tú -quieres, ¿te quiere á ti también?</p> - -<p>—Yo no he dicho que quiera á nadie... me parece que no lo he dicho... -Pero pongamos que lo dijese. Eso no es cuenta tuya. Eres muy -entrometido... Claro que yo no iba á querer á nadie que no me -correspondiese. ¡Pues lucida estaba!</p> - -<p>—De modo que hay reciprocidad (con fingida cólera). ¡Y estas cosas me -las dices en mi propia cara!</p> - -<p>—¡Yo!... si yo no he chistado.</p> - -<p>—Pero lo das á entender... No quiero ser tu confidente, vamos... ¿De -modo que el otro te ama?...<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192"></a>{192}</span></p> - -<p>—No lo sé... (dejándose llevar de su espontaneidad, ya irresistible). -Es lo que no he podido averiguar todavía.</p> - -<p>—Y vienes sin duda á que yo te lo averigüe (con sarcasmo). Abelarda, -esa clase de papeles no los hago yo. No, no me digas quién es; no -necesito saberlo. ¿Es quizás persona que yo conozco? Pues cállate el -nombre, cállatelo si no quieres que perdamos las amistades. Esto te lo -dice un hombre que siente hacia ti un afecto... pero un afecto que ahora -no quiero definir; un hombre que vive bajo el peso de su destino fatal -(estas filosofías y otras semejantes las tomaba Cadalso de ciertas -novelas que había leído), un hombre á quien está vedado referirte sus -padecimientos; y pues yo no debo quererte ni puedo ser tuyo ni tú mía, -no debo atormentarme ni dejar que me atormentes tú. Guárdate tu secreto, -y yo reservaré la parte de él que he adivinado. Si la fatalidad no se -hubiera interpuesto entre nosotros dos, yo intentaría aún tu remedio, -procurando arrancarte ese amor, reemplazándolo con el mío. Pero no soy -dueño de mi voluntad. El sentimiento éste (golpeándose el pecho) jamás -pasará del corazón á la realidad de la vida. ¿Por qué me incitas á -descubrirlo? Déjalo en mí, mudo, sepultado, pero siempre vivo. No me -tientes, no me irrites. ¿Quieres á otro? Pues que yo no lo sepa. ¿Á qué -enconar una herida incurable?... Y para impedir mayores<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193"></a>{193}</span> conflictos, -mañana mismo me voy de esta casa, y no vuelvo á entrar aquí.</p> - -<p>Abelarda sintió tan viva aflicción al oir esto, que no pudo encubrirla. -No tenía ella en su pobre caletre armas de razonamiento para combatir -con aquel monstruo de infinitos recursos ó ingenio inagotable, avezado á -jugar con los sentimientos serios y profundos. Aturdida y atontada, iba -á entregar su secreto, ofreciéndose indefensa y cubierta de ridiculez al -brutal sarcasmo de Víctor; pero pudo serenarse un poco, recobrar algún -equilibrio, y con afectada calma le dijo:</p> - -<p>—No, no, no hay motivo para que te vayas. ¿Es que hiciste las paces con -Quintina?</p> - -<p>—¿Yo? ¡Qué disparate! Ayer Cabrera por poco me pega un tiro. Es un -animal. Me iré á vivir á cualquier rincón.</p> - -<p>—No, eso no. Puedes seguir aquí.</p> - -<p>—Pues prométeme no hablar de esto una palabra más.</p> - -<p>—Si yo no he hablado. Eres tú el que se lo dice todo. Que me quieres, -que no me puedes querer. ¿Cómo se entiende?</p> - -<p>—Y la última prueba de que te quiero y no te debo querer (con agudeza), -te la voy á dar ahora con este consejo: vuelve los ojos á Ponce...</p> - -<p>—Gracias.</p> - -<p>—Vuelve los ojos al ínclito Ponce. Cásate<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194"></a>{194}</span> con él. Ten espíritu -práctico, ¿Que no le quieres? No importa.</p> - -<p>—Tú estás loco (aturrulladísima). ¿Acaso he dicho yo que no le quería?</p> - -<p>—Lo has dicho, sí.</p> - -<p>—Pues me vuelvo atrás. ¡Qué disparate! Si lo dije, fué broma, por oírte -y darte tela.</p> - -<p>—Eres mala, muy mala. Yo pensaba otra cosa de ti.</p> - -<p>—¿Pues sabes lo que digo? (levantándose con violento arrebato de ira y -despecho). Que estás de lo más cargante y de lo más inaguantable con -tus... con tus enigmas; y que no te puedo ver, no te puedo ver. La culpa -la tengo yo, que oigo tus necedades. Abur... Voy á dormir... Y dormiré -tan ricamente, ¿qué te crees?</p> - -<p>—El odio muy vivo, como el amor, quita el sueño.</p> - -<p>—Á mí no... perverso... tonto...</p> - -<p>—Tú á dormir, y yo á velar pensando en ti... Adiós, Abelarda... Hasta -mañana.</p> - -<p>Y cuando se retiró el impío, un minuto después de la desaparición de la -víctima (que se metió en su cuarto y atrancó la puerta como quien huye -de un asesino), llevaba en los labios risilla diabólica y este monólogo -amargo y cruel: «Si me descuido, me espeta la declaración con toda -desvergüenza. ¡Y cuidado que es antipática y levantadita de cascos la -niña!... Y cursi hasta dejárselo de sobra, y sosita... Todo se le -podría<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195"></a>{195}</span> perdonar si fuera guapa... ¡Ah! Ponce, ¡qué ganga te ha -caído!... Es una plepa que no hay por dónde cogerla para echarla á la -basura.</p> - -<h2><a name="XXI" id="XXI"></a>XXI</h2> - -<p>Aunque las esperanzas de los Villaamil, apenas segadas en flor, volvían -á retoñar con nueva lozanía, el atribulado cesante las daba siempre por -definitivamente muertas, fiel al sistema de esperar desesperando. Sólo -que su pesimismo se avenía mal con el furor de escribir cartas y de -mover cuantas teclas pudiesen comunicar vibración á la desmayada -voluntad del Ministro. «Todo eso de esperar vacante, es -música—decía.—Yo sé que cuando quieren hacer las cosas, las hacen -saltando por cima de las vacantes y hasta por cima de las leyes. Ni que -fuéramos tontos. He visto mil veces el caso de entrar un prohombre en el -Ministerio, navaja en mano, pedir una credencial de las gordas; el -Ministro ¡zas! llama al Jefe del personal... «No hay vacante...» «Pues -hacerla». ¡Pataplún! allá te va, caiga el que caiga... ¿Pero dónde está -mi prohombre? ¿Qué personaje de campanillas entrará en el despacho del -Ministro con cara <i>feroce</i> diciendo: «De aquí no me muevo hasta que me<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196"></a>{196}</span> -den... eso?» ¡Ay, Dios mío, qué desgraciado soy y cómo me voy quedando -fuera de juego!... Con esta Restauración maldita, epílogo de una -condenada Revolución, ha salido tanta gente nueva, que ya se vuelve uno -á todos lados sin ver una cara conocida. Cuando un D. Claudio Moyano, un -D. Antonio Benavides ó un Marqués de Novaliches le dicen á uno: «Amigo -Villaamil, ya estamos mandados recoger», es que el mundo se acaba. Bien -dice Mendizábal, que la política ha caído en manos de mequetrefes».</p> - -<p>Para distraer su pena y olfatear nombramientos ajenos, ya que en el suyo -afectaba no creer, ó realmente no creía, iba por las tardes al -Ministerio de Hacienda, en cuyas oficinas tenía muchos amigos de -categorías diversas. Allí se pasaba largas horas, charlando, enterándose -del expedienteo, fumando algún cigarrillo, y sirviendo de asesor á los -empleados noveles ó inexpertos que le consultaban sobre cualquier punto -obscuro de la enrevesada Administración.</p> - -<p>Profesaba Villaamil entrañable cariño á la mole colosal del Ministerio; -la amaba como el criado fiel ama la casa y familia cuyo pan ha comido -durante luengos años; y en aquella época funesta de su cesantía, -visitábala él con respeto y tristeza, como sirviente despedido que ronda -la morada de donde le expulsaron, soñando en volver á ella, Atravesaba -el pórtico, la inmensa crujía que separa los dos patios, y subía -despacio<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197"></a>{197}</span> la monumental escalera, encajonada entre gruesos muros, que -tiene algo de feudal y de carcelario á la vez. Casi siempre encontraba -por aquellos tramos á algún empleado amigote que subía ó bajaba. «Hola, -Villaamil, ¿qué tal?»—«Vamos tirando». Al llegar al principal titubeaba -antes de decidir si entraría en Aduanas ó en el Tesoro, pues en ambas -Direcciones le sobraban conocidos; pero en el segundo prefería siempre -Contribuciones á Propiedades. Los porteros le saludaban; y como -Villaamil era tan afable, siempre echaba un párrafo con ellos. Si era -tarde, les encontraba con la paletada de brasas, resto de las chimeneas, -cuyo último fuego sirve para alimentar los braseros de las porterías; si -temprano, llevando papeles de una oficina á otra ó transportando -bandejas con vasos de agua y azucarillos. «Hola, Bermejo, ¿cómo -va?»—«Tal cual, D. Ramón, y sintiendo mucho no verle á usted todos los -días por aquí».—«Dígame, ¿y Ceferino?»—«Ha pasado á Impuestos. El -pobre Cruz fué el que <i>cascó</i>».—«¿Qué me cuenta usted? Hombre, ¡si le -vi el otro día tan bueno y tan sano!... ¡Qué mundo éste! Vamos quedando -pocos de aquella fecha. Cuando yo entré aquí en tiempos de D. Juan Bravo -Murillo, ya estaba Cruz <i>en la casa</i>... Mire usted si ha llovido... -Pobre Cruz, lo siento».</p> - -<p>El mejor amigo entre los muchos buenos que Villaamil tenía en aquella -casa era D. Buenaventura<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198"></a>{198}</span> Pantoja, de quien algo sabemos ya, padre de -Virginia Pantoja, una de las actrices del coliseo doméstico de las -<i>Miaus</i>. Visitaba con preferencia D. Ramón la oficina de tan excelente y -antiguo compañero (Contribuciones), del cual había sido jefe: tomaba -asiento en la silla más próxima á la mesa; le revolvía los papeles si no -estaba allí, y si estaba, trabábase entre los dos sabroso coloquio de -chismografía burocrática.</p> - -<p>«—¿Sabes...?—decía Pantoja.—Hoy salieron calentitos dos oficiales -primeros y un jefe de Administración. Ayer estuvo ese fantoche (aquí el -nombre de cualquier célebre político), y claro, á rajatabla. Lo que yo -te digo: cuando quieren hacer las cosas, saltan por cima de todo.</p> - -<p>—Sea por amor de Dios—respondía Villaamil, dando un doliente suspiro -que ponía trémulas las hojas de papel más cercanas».</p> - -<p>Aquel día tardó mucho el buen hombre en fondear ante la mesa de Pantoja. -Á cada paso saltaban conocidos. Uno salía por aquí, aferrando legajos -atados con balduque; otro entraba presuroso por allá, retrasado y -temiendo un regaño del jefe. «¿Cuánto bueno?... ¿Qué tal, -Villaamil?»—«Hijo, defendiéndonos». La oficina de Pantoja formaba parte -de un vastísimo salón, dividido por tabiques como de dos metros de alto. -El techo era común á los distintos departamentos, y en la vasta -capacidad se veían<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199"></a>{199}</span> los tubos de las estufas, largos y negros, quebrados -en ángulo recto para tomar la horizontal, horadando las paredes. Llenaba -aquel recinto el estridor sonoro de los timbres, voz lejana de los -jefes, llamando sin cesar á sus subalternos. Como era la hora en que -entran los rezagados, en que los madrugadores almuerzan, en que otros -toman café, que mandan traer de la calle, no reinaba allí el silencio -propicio al trabajo mental; antes, todo se volvía cierres de puertas, -risas, traqueteo de loza y cafeteras, gritos y voces impacientes.</p> - -<p>Villaamil entró en la sección, saludando á diestro y siniestro. Allí -estaba de oficial tercero el cojo Guillén, muy amigo de la familia -Villaamil, tertuliano asiduo, apuntador en la pieza que se iba á -representar. Era, por más señas, tío del famoso <i>Posturitas</i>, amigo y -émulo de Luisito Cadalso, y vivía con sus hermanas, dueñas de la casa de -<i>empréstamos</i>. Tenía fama Guillén de mordaz y maleante, capaz de tomarle -el pelo al lucero del alba. En la oficina escribía juguetes cómicos -groseros y verdes, algún dramón espeluznante, que nunca llegaría á -arrostrar las candilejas; dibujaba caricaturas y rimaba sátiras contra -la mucha gente ridícula de la casa. También había por allí un -aspirantillo, hijo del Director del Tesoro, que apenas frisaba en los -diez y seis y cobraba sus cinco mil reales, listo como una pólvora, apto -para traer y llevar recados<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200"></a>{200}</span> de oficina en oficina. Oficial segundo era -un tal Espinosa, señorito elegante, de carrera improvisada y raya en el -polo, con mucho requilorio en el vestir y bastantes gazapos en la -ortografía; buen muchacho, que no se formalizaba nunca por las cargantes -bromas de Guillén. Pero el más característico de todos era un tal -Argüelles y Mora, oficial segundo, perfecta parodia de un caballero del -tiempo de Felipe IV: pequeño, genuino <i>gato</i> de Madrid, rostro enjuto y -color de cera, bigote y perilla teñidos de negro, melenas largas y bien -atusadas. Para que el tipo resultase más cabal, usaba cierta capita -corta y negra, que parecía un desecho del guardarropa de Quevedo. El -sombrero era hongo chato, achambergado, con un dedo de grasa. Lástima -que no llevara golilla; mas aun sin ella, era un acabado tipo de -alguacil. En sus tiempos tuvo pretensiones de guapeza, originalidad y -elegancia; pero ya sus espaldas tiraban á corcovarse, y su rostro, con -los pelos pintados, tenía un sello de vigilia forzoso que daba -compasión. Tocaba la trompa en un teatro. Llamábanle sus compañeros el -<i>padre de familia</i>, porque en todas las conversaciones burocráticas -traía á colación la multitud de bocas que tenía que mantener con el -mezquino y descontado sueldo de doce mil reales. Había tres ó cuatro -empleados más, algunos taciturnos y atentos á su obligación, repartidos -en varias mesas, á distancia respetuosa<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201"></a>{201}</span> de la del jefe, próxima á la -ventana que daba al patio.</p> - -<p>Cerca de las mesas veíanse las perchas donde los funcionarios colgaban -capas y sombreros. Guillén tenía las muletas junto á sí. Entre mesa y -mesa, estantes y papeleras, trastos de forma y aspecto que sólo se ven -en las oficinas, viejos los unos, con no sé qué olor y color de <i>Paja y -Utensilios</i>, de donde tal vez procedían; los otros nuevos, pero no -semejantes á ningún mueble usado fuera de las regiones burocráticas. -Sobre todos los pupitres abundaban legajos atados con cintas rojas, los -unos amarillentos y polvorosos, papel que tiene algo de cinerario y -encierra las esperanzas de varias generaciones; los otros de hojas -flamantes y reciente escritura, con notas marginales y firmas -ininteligibles. Eran las piezas más modernas del pleito inmenso entre el -pueblo y el fisco.</p> - -<p>Pantoja no estaba: le había llamado el Director.</p> - -<p>—Tome usted asiento, D. Ramón. ¿Quiere un cigarrito?</p> - -<p>—¿Y tú qué te traes entre manos? (acercándose á la mesa del cojo y -apoderándose de un papel). ¿Á ver, á ver...? <i>Drama original y en -verso.</i> ¿Título? <i>La hijastra de su hermanastra.</i> Muy bien, zánganos; -así perdéis las horas.</p> - -<p>—Don Ramón, D. Ramón—dijo el elegante, que acababa de paladear su -café.—¿No sabe?<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202"></a>{202}</span> Á Cañizares, ¿se acuerda usted, el que estaba en -Propiedades, aquel á quien llamábamos don Simplicio?, le han dado los -doce mil. ¿Ha visto usted <i>polacada</i> mayor?</p> - -<p>—Lo tuve yo en mi oficina con cinco mil hace catorce años—dijo el -<i>padre de familia</i>, esgrimiendo su puño cerrado y revelando toda la -aflicción del mundo en su cara alguacilesca.—Era tan asno, que le -ocupábamos en traer leña para la estufa. Ni para eso servía. ¡Cáscaras, -qué hombre más animal! Yo cobraba entonces doce mil, lo mismo que ahora. -Vean ustedes si esto es justicia ó qué. ¿Tengo ó no tengo razón cuando -digo que vale más recoger boñiga en las calles que servir al gran -pindongo del Estado? Convengamos en que se acabó la vergüenza.</p> - -<p>—Amigo Argüelles—suspiró Villaamil con tristeza estoica,—no hay más -remedio que tragar bilis. Dígamelo usted á mí, que he tenido á mis -órdenes, en provincias, con seis mil, al propio Director del ramo... -Estaba la criatura en Estancadas... y no valía ni para pegar precintos -en las cajas de cigarros.</p> - -<p>—Dame, paloma mía, de lo que comes... ¡Cuando me acuerdo, ¡cascarones!, -de que mi padre quería colocarme de hortera en una tienda, y yo me -remonté creyendo que esto no era cosa fina!... ¡Vamos, cuando me acuerdo -de esto, me dan ganas de arrancarme á puñados estos condenados mechones -que á uno le quedan!... Era<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203"></a>{203}</span> allá por el 51. Pues no sólo no quise oir -hablar de mostrador, sino que me metí á empleado por aquello de ser -caballero; y para acabar de ensuciarla, me casé. ¡Si sería yo pillín!... -Después, <i>pian pianino</i>, nueve de familia, suegra y dos sobrinos -huérfanos. Y defienda usted el garbanzo de tanta gente... Y gracias que -la trompa ayuda, señores. El 64 llegué á los doce mil reales, y allí me -planté. ¿Saben ustedes quién me sacó los doce mil? Julián Romea. No me -veré en otra. Catorce años llevo en esta plaza. Ya ni siquiera pido el -ascenso. ¿Para qué? Como no lo pida á tiros...</p> - -<p>Las lamentaciones del trompista <i>padre de familia</i> eran oídas siempre -con deleite. Entró en aquel punto Pantoja, y <i>conticuere omnes</i>. Cubría -la cabeza del jefe de la sección un gorrete encarnado, con unas al modo -de alcachofas bordadas de oro, y borla deshilachada que caía con gracia. -Vestía gabán pardo y muy traído, pantalón con rodilleras, rabicorto, -dejando ver la caña de las botas recién estrenadas, sin lustre aún. -Después de saludar al amigo, ocupó su asiento. Arrimóse Villaamil, y -charlaron. Pantoja no olvidaba por el palique los deberes, y á cada -instante daba órdenes á su tropa. «Oiga usted, Argüelles, haga el favor -de ponerme una orden á la Administración Económica de la Provincia -pidiendo tal cosa... Usted, Espinosa, sáqueme en seguida el estado de -débitos por<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204"></a>{204}</span> Industrial». Y deshacía con mano experta el lazo de -balduque para destripar un legajo y sacarle el mondongo. En atarlos -también mostraba singular destreza, y parecía que los acariciaba al -mudarlos de sitio en la mesa ó al ponerlos en el estante.</p> - -<p>El tipo fisiognómico de este hombre consistía en cierta inercia -espiritual que en sus facciones se pintaba. Su frente era ancha, lisa, y -tan sin sentido como el lomo de uno de esos libros rayados para cuentas, -donde no se lee rótulo alguno. La nariz era gruesa en el arranque, -resultando tan separados los ojos, que parecían estar reñidos y mirar -cada uno por su cuenta y riesgo, sin hacer caso del otro. Su gran boca -no se sabía dónde acababa. Las orejas lo sabrían. Sus labios fruncidos -parecía que se violentaban al desplegarse para hablar, cual si fuesen -expresamente creados para la discreción.</p> - -<p>Moralmente, era Pantoja el prototipo del integrismo administrativo. Lo -de <i>probo funcionario</i> iba tan adscrito á su persona como el nombre de -pila. Se le citaba de tenazón y por muletilla, y decir <i>Pantoja</i> era -como evocar la propia imagen de la moralidad. Hombre de pocas -necesidades, vivía obscuramente y sin ambición, contentándose con su -ascenso cada seis ó siete años, ni ávido de ventajas, ni temeroso de -cesantía, pues era de esos pocos á quienes, por su conocimiento -práctico, cominero y minucioso de los asuntos<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205"></a>{205}</span> oficinescos, no se les -limpia nunca el comedero. Había llegado á considerar su inmanencia -burocrática como tributo pagado á su honradez, y esta idea se -transformaba en sentimiento exaltado ó superstición. Era un alma -ingenuamente honrada, una conciencia tan angosta, que se asustaba si oía -hablar de millones que no fuesen los de la Hacienda. Las cifras muy -altas, no siendo las del presupuesto del Estado, le producían un -estremecimiento convulsivo; y si en el Ministerio se preparaba algún -proyecto relacionado con fuertes empresas industriales ó bancarias, se -le subía á la boca, sin poderlo remediar, la palabra <i>chanchullo</i>. Nunca -iba á la Tesorería Central sin experimentar sensación de espanto, como -en presencia de un abismo ó sima pavorosa donde anidan el peligro y la -muerte; y cuando veía entrar en la Dirección del Tesoro ó en la -Secretaría á los altos personajes de la Banca, temblaba por la riqueza -del Erario, de quien se creía perro de presa. Según Pantoja, no debía -ser verdaderamente rico nadie más que el Estado. Todos los demás -caudales eran producto del fraude y del cohecho. Siempre había servido -en Contribuciones, y durante su larga y laboriosa carrera fué cultivando -en su alma el insano goce de perseguir al contribuyente moroso ó -maligno, placer que tiene algo del cruel entusiasmo de la caza: para él -era deleite inefable ver á la grande y á la pequeña propiedad -defenderse,<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206"></a>{206}</span> pataleando, de la persecución del Fisco, y sucumbir siempre -ante la superioridad del cazador. En todos los conflictos entre la -Hacienda y el contribuyente, la Hacienda tenía siempre razón, según el -dictamen inflexible de Pantoja, y este criterio se mostraba en sus -notas, que jamás reconocieron el derecho de ningún particular contra el -Estado. Para él la Propiedad, la Industria, el consumo mismo, eran -organismos ó instrumentos de defraudación, algo de disolvente y -revolucionario, que tenía por objeto disputar sus inmortales derechos á -la única entidad dueña y propietaria de todo: la Nación. Pantoja no -poseyó nunca más que su ropa y sus muebles; era hijo de un portero de la -Sala de <i>Mil y Quinientas</i>; se había criado en un desván de los -Consejos, sin salir nunca de Madrid; no conocía más mundo que las -oficinas, y para él la vida era una sucesión no interrumpida de menudos -servicios al Estado, recibiendo de éste, en recompensa, el garbanzo y la -santa rosca de cada día.</p> - -<h2><a name="XXII" id="XXII"></a>XXII</h2> - -<p>¡Ah! ¡Cielos! ¿Qué sería del mundo sin cocido? ¿Y qué de la mísera -humanidad sin pagas? La paga era la única forma de bienes terrestres en -conformidad con los principios morales, pues<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207"></a>{207}</span> para todas las demás -clases de bienestar archivaba Pantoja en el fondo de su alma un altivo -desprecio. Difícilmente concedía que en la clase de ricos hubiera alguno -que fuese propiamente honrado, y á las grandes empresas y á los audaces -contratistas les miraba con religioso horror. Labrar en pocos años -pingüe fortuna, pasar de la pobreza á la opulencia... era imposible por -medios lícitos. Para que tal cosa suceda, es indispensable <i>ensuciarse</i>, -quitándole lo suyo á la víctima eterna, al propietario elemental, al -Estado. Al millonario que había heredado su fortuna y no hacía más que -gastarla, le perdonaba el buen Pantoja; pero aun así no le tenía en olor -de santidad, diciendo que si él no robaba, lo habían hecho sus padres, y -la responsabilidad, como el dinero, se transmitía de generación en -generación.</p> - -<p>Cuando veía entrar en el Ministerio y pasar al despacho del Ministro al -representante de Rothschild ó de otra opulenta casa española ó -extranjera, pensaba cuan útil sería ahorcar á todos aquellos señores que -no iban allí sino á tramar algún enjuague. Estas ideas y otras -semejantes las vertía Pantoja en el círculo del café adonde concurría, -siendo objeto de punzantes burlas por su estrechez de miras; pero él no -se daba á partido. ¿Hablábase de Hacienda? Pues en el acto tremolaba -Pantoja su banderín con este sencillo y convincente lema: <i>Mucha<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208"></a>{208}</span> -administración y poca ó ninguna política</i>. Guerra á los grandes -negocios, guerra al agio y guerra también á los extranjeros, que no -vienen aquí más que á explotarnos y á llevarse el <i>cumquibus</i>, -dejándonos más pobres que las ratas. Tampoco ocultaba Pantoja sus -simpatías por el rigor arancelario, pues el libre cambio es la -protección á la industria de extranjis.</p> - -<p>Al propio tiempo sostenía que los propietarios se quejan de vicio, que -en ninguna parte se pagan menos contribuciones que en España, que el -país es esencialmente defraudador, y la política el arte de cohonestar -las defraudaciones y el turno pacífico ó violento en el saqueo de la -Hacienda. En suma, las ideas de Pantoja eran tres ó cuatro, pero -profundamente incrustadas en su <i>intellectus</i>, como si se las hubieran -metido á mazo y escoplo. Su conversación en el círculo de amigos -languidecía, porque nunca hablaba mal de sus jefes, ni censuraba los -planes del Ministro; no se metía en honduras, ni revelaba ningún secreto -de entre bastidores. En el fondo de su cerebro dormía cierto comunismo -de que él no se daba cuenta. De este tipo de funcionario, que la -política vertiginosa de los últimos tiempos se ha encargado de -extinguir, quedan aún, aunque escasos, algunos ejemplares.</p> - -<p>En su trabajo era Pantoja puntualísimo, celoso, incorruptible y enemigo -implacable de lo que él llamaba <i>el particular</i>. Jamás emitió dictamen<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209"></a>{209}</span> -contrario á la Hacienda; la Hacienda le pagaba, era su ama, y no estaba -él allí para servir á los enemigos <i>de la casa</i>. En cuanto á los asuntos -obscuros, de una antigüedad telarañosa y de resolución difícil, su -sistema era que no debían resolverse nunca; y cuando llegaba -forzosamente el último trámite impuesto por las leyes, buscaba en la ley -misma la triquiñuela necesaria para enredarlos de nuevo. Escribir la -última palabra de uno de estos pleitos equivalía á una fragilidad de la -Administración, á declararse vencida y casi deshonrada. En cuanto á su -probidad, no hay que decir sino que recibía á cajas destempladas á los -agentes que iban á ofrecerle recompensa por despachar bien y pronto tal -ó cual negocio. Conocíanle ya, y no se atrevían con aquel puerco-espín, -que erizaba sus púas todas al sentir la aproximación del <i>particular</i>, ó -sea del contribuyente.</p> - -<p>En su vida privada, era Pantoja el modelo de los modelos. No había casa -más metódica que la suya, ni hormiga comparable á su mujer. Eran el -reverso de la medalla de los Villaamil, que se gastaban la paga entera -en los tiempos bonancibles, y luego quedaban pereciendo. La señora de -Pantoja no tenía, como doña Pura, aquel ruinoso prurito de suponer, -aquellos humos de persona superior á sus medios y posición social. La -señora de Pantoja había sido criada de servir (creo que de D. Claudio -Antón de Luzuriaga,<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210"></a>{210}</span> al cual debió Pantoja su credencial primera), y lo -humilde de su origen la inclinaba á la obscuridad y al vivir modesto y -esquivo. Nunca gastaron más que los dos tercios de la paga, y sus hijos -iban adoctrinados en el amor de Dios y en el supersticioso miedo al -fausto y pompas mundanales. Á pesar de la amistad íntima que entre -Villaamil y Pantoja reinaba, nunca se atrevió el primero á recurrir al -segundo en sus frecuentes ahogos; le conocía como si le hubiese parido; -sabía perfectamente que el <i>honrado</i> ni pedía ni daba, que la -postulación y la munificencia eran igualmente incompatibles con su -carácter, arcas cuyas puertas jamás se abrían ni para dentro ni para -fuera.</p> - -<p>Sentados los dos, el uno ante un pupitre, el otro en la silla más -próxima, Pantoja se ladeó el gorro, que resbalaba sobre su cabeza -lustrosa al menor impulso de la mano, y dijo á su amigo:</p> - -<p>—Me alegro que hayas venido hoy. Ha llegado el expediente contra tu -yerno. No le he podido echar un vistazo. Parece que no es nada limpio. -Dejó de incluir dos ó tres pueblos en la nota de apremios, y en los -repartos del último semestre hay sapos y culebras.</p> - -<p>—Ventura, mi yerno es un pillo; demasiado lo sabes. Habrá hecho -cualquier barrabasada.</p> - -<p>—Y me enteró ayer el Director de que anda por ahí dándose la gran vida, -convidando á los amigachos y gastando un lujo estrepitoso, con<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211"></a>{211}</span> un -surtidito de sombreros y corbatas que es un asco, y hecho un figurín el -muy puerco. Dime una cosa: ¿vive contigo?</p> - -<p>—Sí—respondió secamente Villaamil, que sentía la ola de la vergüenza -en las mejillas, al considerar que también su ropa, por flaqueza de -Pura, procedía de los dineros de Cadalso.—Pero estoy deseando que se -largue de mi casa. De su mano, ni la hostia.</p> - -<p>—Porque... verás, me alegro de tener esta ocasión de decírtelo: eso te -perjudica, y basta que sea yerno tuyo y que viva bajo tu techo, para que -algunos crean que vas á la parte con él.</p> - -<p>—¡Yo... con él! (horrorizado). Ventura, no me digas tal cosa...</p> - -<p>—No; si yo no soy quien lo dice, ni me pasa por el magín. Pero la gente -de esta casa... Ya ves, ¡hay tanto pillo! Y cuando tocan á pensar mal, -los más pillos son los que descueran al inocente.</p> - -<p>—Pues aunque Víctor es mi yerno, tan ajeno soy á sus trapacerías, que -si en mi mano estuviera el impedirle ir á presidio, no lo impediría... -Figúrate.</p> - -<p>—¡Ah! No irá, no irá; no te dé cuidado. No irá por lo mismo que lo -merece. Tiene pararrayos y paracaídas. Se están poniendo los tiempos tan -corruptos, que estos granujas como tu yerno son los que cobran el -barato. Verás cómo le echan tierra al expediente, aprueban su conducta y -le dan el jeringado ascenso. Por cierto<span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212"></a>{212}</span> que es de lo más atrevido que -conozco. Ayer estuvo aquí; luego bajó á ver al Subsecretario, y como -tiene aquella labia y aquel buen ver, el Subsecretario... (me lo ha -dicho quien estaba presente) le recibió con palmas, y allí estuvieron -los dos de cháchara más de media hora.</p> - -<p>—¿Y el señor Ministro le ha visto? (con grandísimo desconsuelo).</p> - -<p>—No te lo puedo decir; pero me consta que ha venido á recomendárselo un -diputado de la provincia en que servía la alhajita de tu yerno. Es de -estos que mientras más le dan más quieren. No sale de aquí nunca el tal -sin apandar dos ó tres credenciales gordas, pero gordas, y eso que es -disidente; pero por lo mismo, por la disidencia, le atienden más.</p> - -<p>—¿Crees tú que le darán el ascenso á Víctor? (con ansiedad profunda).</p> - -<p>—Yo no puedo asegurarte nada.</p> - -<p>—Y de lo mío, ¿qué sabes? (con ansiedad mayor aún).</p> - -<p>—El Jefe del Personal no suelta prenda. Cuando le hablo de ti, me echa -un <i>veremos</i>, y un <i>yo haré lo que pueda</i>, que es tanto como no decir -nada. ¡Ah! entre paréntesis: ayer, después de hablar con el -Subsecretario, se coló Víctor en el Personal. Vino á contármelo el -hermano de Espinosa. El Jefe le enseñó las vacantes de provincias, y tu -yernito se dejó decir con arrogancia que á provincias no iba ni atado.<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213"></a>{213}</span></p> - -<p>—Amigo Ventura—indicó Villaamil con dolorosa consternación,—acuérdate -de lo que te anuncio. Tú lo has de ver, y si lo dudas, apostemos algo... -¿Á que ascienden á Víctor y á mí no me colocan? Otra cosa sería justicia -y razón, y la razón y la justicia andan ahora de paseo por las nubes.</p> - -<p>Pantoja volvió á ladear el gorro. Era una manera especial suya de -rascarse la cabeza. Dando un gran suspiro, que salió muy oprimido de la -boca, porque ésta no se abría sino con cierta solemnidad, trató de -consolar á su amigo en la forma siguiente:</p> - -<p>—No sabemos si podrán arreglar lo del expediente de Víctor, á pesar de -las ganas que parece tienen de ello sus protectores. Y por lo que hace á -ti, yo que tú, sin dejar de machacar en el Director, el Subsecretario y -el Ministro, me buscaría un buen faldón entre la gente que manda.</p> - -<p>—Pero si me cojo y tiro, y... como si no.</p> - -<p>—Pues sigue tirando, hombre, hasta que te quedes con el faldón en la -mano. Arrímate á los pájaros gordos, sean ó no ministeriales; dirígete á -Sagasta, á Cánovas, á D. Venancio, á Castelar, á los Silvelas; no -repares si son blancos, negros ó amarillos, pues al paso que vas, tal -como se han puesto las cosas, no conseguirás nada. Ni Pez ni Cucúrbitas -te servirán: están abrumados de compromisos, y no colocan más<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214"></a>{214}</span> que á su -pandilla, á sus paniaguados, á sus ayudas de cámara, y hasta á los -barberos que les afeitan. Esa gente que sirvió á la Gloriosa primero y -después á la Restauración, está con el agua al cuello, porque tiene que -atender á los de ahora, sin desamparar á los de antes, que andan -ladrando de hambre. Pez ha metido aquí á alguien que estuvo en la -facción y á otros que retozaron con la cantonal. ¿Cómo puede olvidar Pez -que los del gorro colorado le sostuvieron en la Dirección de Rentas, y -que los amadeístas casi casi le hacen Ministro, y que los moderados del -tiempo de Sor Patrocinio le dieron la gran cruz?</p> - -<p>Villaamil oía estos sabios consejos, los ojos bajos, la expresión -lúgubre, y sin desconocer cuán razonables eran. Mientras que los dos -amigos departían de este modo, totalmente abstraídos de lo que en la -oficina pasaba, el maldito cojo Salvador Guillén trazaba en una -cuartilla de papel, con humorísticos rasgos de pluma, la caricatura de -Villaamil, y una vez terminada, y habiendo visto que era buena, puso por -debajo: <i>El señor de Miau, meditando sus planes de Hacienda</i>. Pasaba el -papel á sus compañeros para que se riesen, y el monigote iba de pupitre -en pupitre, consolando de su aburrimiento á los infelices condenados á -la esclavitud perpetua de las oficinas.</p> - -<p>Cuando Pantoja y Villaamil hablaban de generalidades<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215"></a>{215}</span> tocantes al ramo, -no sonaban con armonioso acuerdo sus dos voces. Es que discrepaban -atrozmente en ideas, porque el criterio del honrado era estrecho y -exclusivo, mientras Villaamil tenía concepciones amplias, un plan -sistemático, resultado de sus estudios y experiencia. Lo que sacaba de -quicio á Pantoja era que su amigo preconizara el <i>income tax</i>, haciendo -tabla rasa de la Territorial, la Industrial y Consumos. El impuesto -sobre la renta, basado en la declaración, teniendo por auxiliares el -amor propio y la buena fe, resultaba un disparate aquí donde casi casi -es preciso poner al contribuyente delante de una horca para que pague. -La simplificación, en general, era contraria al espíritu del <i>probo -funcionario</i>, que gustaba de mucho personal, mucho lío y muchísimo mete -y saca de papeles. Y por último, algo había de recelo personal en -Pantoja, pues aquella manía de suprimir las contribuciones era como si -quisiesen suprimirle á él. Sobre esto discutían acaloradamente hasta que -á los dos se les agotaba la saliva. Y cuando Pantoja tenía que salir -porque le llamaba el Director, y se quedaba Villaamil solo con los -subalternos, éstos se distraían y solazaban un rato á cuenta de él, -distinguiéndose el cojo Guillén por su intención maligna.</p> - -<p>—Dígame, D. Ramón, ¿por qué no publica usted su plan para que lo -conozca el país?</p> - -<p>—Déjame á mí de publicar planes (paseándose<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216"></a>{216}</span> agitadamente por la -oficina). ¡Sí; buen caso me haría ese puerco de país! El Ministro los ha -leído y les ha dado un vistazo el Director de Contribuciones. Como si -no... Y no es la dificultad de enterarse pronto, porque en las Memorias -que he escrito he atendido: primero, á la sencillez; segundo, á la -claridad; tercero, á la brevedad.</p> - -<p>—Yo creí que eran muy largas, pero muy largas—dijo Espinosa con -gravedad.—Como abrazan tantos puntos...</p> - -<p>—¿Quién le ha dicho á usted semejante cosa? (enfadándose). Si cada una -no abraza más que un punto, y son cuatro. Y basta y sobra. ¡Ojalá no me -hubiera ocupado de escribirlas! Bienaventurados los brutos...</p> - -<p>—Porque de ellos es la nómina de los cielos... Bien dicho, señor don -Ramón—observó Argüelles, mirando con ojeriza á Guillén, á quien -detestaba.—Á mí también se me ocurrió un plan; pero no quise darlo á -luz. Más cuenta me tenía componer el solo de trompa.</p> - -<p>—Eso, toque usted la trompa, y déjese de arreglar la Hacienda, que al -paso que va, pronto, ni los rabos. Mire usted, amigo Argüelles -(parándose ante la mesa del caballero de Felipe IV, la capa terciada, la -mano derecha muy expresiva). Yo he consagrado á esto mi experiencia de -tantos años. Podré acertar ó no; pero que aquí hay algo, que aquí hay -una idea, no<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217"></a>{217}</span> puede dudarse. (Todos le oían con gran atención.) Mi -trabajo consta de cuatro Memorias ó tratados, que llevan su título para -más fácil inteligencia. Primer punto: <i>Moralidad</i>.</p> - -<p>—Muy bien. Rompe plaza la moralidad, que es lo primero.</p> - -<p>—Es el fundamento del orden administrativo. Moralidad arriba, moralidad -abajo, á izquierda y a derecha. Segundo punto: <i>Income tax</i>.</p> - -<p>—Que es la madre del cordero.</p> - -<p>—Fuera Territorial, Subsidio y Consumos. Lo substituyo con el impuesto -sobre la renta, con su recarguito municipal, todo muy sencillo, muy -práctico, muy claro; y expongo mis ideas sobre el método de cobranza, -apremios, investigación, multas, etc... Tercer punto: <i>Aduanas</i>. Porque, -fíjense ustedes, las Aduanas no son sólo un arbitrio, son un método de -protección al trabajo nacional. Establezco un arancel bien remontadito, -para que prosperen las fábricas y nos vistamos todos con telas -españolas.</p> - -<p>—<i>Superior de Holanda</i>... Don Ramón, Bravo Murillo era un niño de -teta... Siga usted...</p> - -<p>—Cuarto punto: <i>Unificación de la Deuda</i>. Recojo todo el papel que anda -por ahí con diferentes nombres: <i>Tres</i> consolidado, Diferido, Bonos, -Banco y Tesoro, Billetes hipotecarios, y lo canjeo por un 4 por 100, -emitido al tipo que convenga... Se acabaron los quebraderos de -cabeza...<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218"></a>{218}</span></p> - -<p>—Sabe usted más, D. Ramón, que el muy marrano que inventó la Hacienda.</p> - -<p>(Coro de plácemes. El único que callaba era Argüelles, que no gustaba de -reírle mucho las gracias á Guillén.)</p> - -<p>—No es que sepa mucho (con modestia), es que miro las cosas <i>de la -casa</i> como mías propias, y quisiera ver á este país entrar de lleno por -la senda del orden. Esto no es ciencia, es buen deseo, aplicación, -trabajo. Ahora bien: ¿ustedes me hicieron caso? Pues ellos tampoco. Allá -se las hayan. Llegará día en que los españoles tengan que andar -descalzos y los más ricos pedir para ayuda de un panecillo... digo, no -pedirán limosna, porque no habrá quien la dé. Á eso vamos. Yo les -pregunto á ustedes: ¿tendría algo de particular que me restituyesen á mi -plaza de Jefe de Administración? Nada, ¿verdad? Pues ustedes verán todo -lo que quieran, pero eso no lo han de ver. Vaya, con Dios.</p> - -<p>Salía encorvado, como si no pudiera soportar el peso de la cabeza. Todos -le tenían lástima; pero el despiadado Guillén siempre inventaba algún -sambenito que colgarle á la espalda después que se iba.</p> - -<p>—Aquí he copiado los cuatro puntos conforme los decía: señores, oro -molido. Vengan acá. ¡Qué risa, Dios! Vean, vean los cuatro títulos, -escritos uno bajo el otro.<span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219"></a>{219}</span></p> - -<p><i>Moralidad</i>.</p> - -<p><i>Income tax</i>.</p> - -<p><i>Aduanas</i>.</p> - -<p><i>Unificación de la Deuda</i>.</p> - -<p>Juntadas las cuatro iniciales, resulta la palabra <i>M I A U»</i>.</p> - -<p>Una explosión de carcajadas retumbó en la oficina, poniéndola tan alegre -como si fuera un teatro.</p> - -<h2><a name="XXIII" id="XXIII"></a>XXIII</h2> - -<p>Desconcertada para muchos días quedó Abelarda después del largo diálogo -aquel con Víctor; pero ponía la infeliz tal arte en evitar que su madre -y su tía comprendieran el estado de su ánimo, que lo lograba al fin. -Desde el día posterior á las incomprensibles declaraciones de Víctor, -notó á éste taciturno. Evitaba encontrarse solo con su cuñada; apenas la -miraba, y ni por incidencia le dirigía palabra alguna. Creyérase que un -delicado asunto personal le traía caviloso. Transcurrido poco tiempo, -observó Abelarda que estaba de mejor temple y que le echaba miradas -amorosas y lánguidas, á las que ella, sin poderlo remediar, respondía -con otras inflamadas aunque rapidísimas. Delante de la familia le -hablaba Víctor; pero á solas ni jota. Estaban,<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220"></a>{220}</span> pues, como los que se -aman y no se atreven á decírselo: mas ella esperaba ese estallido -impensado y súbito de la ocasión que no falta nunca, como si las leyes -del tiempo y del espacio tuvieran marcado el necesario instante en que -se junten las órbitas de los seres compelidos á ello por la voluntad. En -aquella temporada le dió á la insignificante por ir á la iglesia -bastante á menudo. Las prácticas religiosas de los Villaamil se -concretaban á la misa dominguera en las Comendadoras, y esto no con -rigurosa puntualidad. Don Ramón faltaba rara vez; pero doña Pura y su -hermana, por aquello de no estar vestidas, por quehaceres ó por otra -causa, quebrantaban algunos domingos el precepto. Abelarda se sentía -ansiosa de corroborar su espíritu en la religión y meditar en la -iglesia; se consolaba mirando los altares, el sagrario donde el propio -Dios está guardado, oyendo devotamente la misa, contemplando los santos -y vírgenes con sus ahuecadas vestiduras. Estos inocentes consuelos le -sugirieron pronto la idea de otro más dulce y eficaz, el confesarse; -porque sentía la necesidad imperiosa y punzante de confiar á alguien un -secreto que no le cabía en el corazón. Temía que si no lo confiaba, <i>se -le escaparía</i> á lo mejor con espontaneidad indiscreta delante de sus -padres, y esto le aterraba, porque sus padres se habrían de enfadar -cuando tal supieran. ¿Á quién confiarlo? ¿Á Luis? Era muy niño. Hasta se -le<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221"></a>{221}</span> pasaba por las mientes el disparate increíble de revelar su secreto -al buenazo de Ponce. Por último, el mismo sentimiento religioso que se -amparaba de su alma le inspiró la solución, y á la mañana siguiente de -pensarla acercóse al confesonario y le contó al cura lo que le pasaba, -añadiendo pormenores que al sacerdote no le importaba saber. Después de -la confesión se quedó la insignificante muy aliviada y con el espíritu -bien dispuesto para lo que pudiera sobrevenir.</p> - -<p>Como era tiempo de Cuaresma, había ejercicios todas las tardes en las -Comendadoras y los viernes en Monserrat y en las Salesas Nuevas. Algo -chocaba á la familia la asiduidad con que Abelarda iba á la iglesia, y á -doña Pura no se le pudrió en el cuerpo esta observación impertinente: -«¡Vaya, hija, á buenas horas mangas verdes!»</p> - -<p>La circunstancia de que Ponce estaba complacidísimo y un si es no es -entusiasmado con las devociones de su novia, por ser él uno de los -chicos más católicos de la generación presente (aunque más de pico que -de obras, como suele suceder), acalló las susceptibilidades de doña -Pura. El ínclito joven acompañaba á su novia algunas tardes á la -iglesia, á pesar de las reiteradas instancias de ella para que la dejara -sola. Comúnmente la esperaba al salir, y juntos iban hasta la casa, -hablando del predicador, como la noche antes, en la tertulia, hablaban -de los cantantes<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222"></a>{222}</span> del Real. Si Abelarda iba temprano á la iglesia, la -acompañaba Luis, que á poco de probar estas excursiones tomó grandísima -afición á ellas. El buen Cadalsito pasaba un rato con devoción y -compostura; pero luego se cansaba y se ponía á dar vueltas por la -iglesia, mirando los estandartes de la Orden de Santiago que hay en las -Comendadoras, acercándose á la reja grande para atisbar á las monjas, -inspeccionando los altares recargados de ex-votos de cera. En Monserrat, -iglesia perteneciente al antiguo convento que es hoy Cárcel de Mujeres, -no se encontraba Luis tan á gusto como en las Comendadoras, que es uno -de los templos más despejados y más bonitos de Madrid. Á Monserrat -encontrábalo frío y desnudo; los santos estaban mal trajeados; el culto -le parecía pobre, y, además de esto, había en la capilla de la derecha, -conforme entramos, un Cristo grande, moreno, lleno de manchurrones de -sangre, con enaguas y una melena natural tan larga como el pelo de una -mujer, la cual efigie le causaba tanto miedo, que nunca se atrevía á -mirarla sino á distancia, y ni que le dieran lo que le dieran entraba en -su capilla.</p> - -<p>Sucedió más de una vez que Cadalsito, en su inquieta vagancia dentro de -la iglesia, se sentaba en algún banco solitario, sintiéndose acometido -del mal precursor de la extraña visión. Más de una vez se dijo que en -tal sitio, á poco que se adormilase, había de ver al <i>Señor de la barba<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223"></a>{223}</span> -blanca</i>, por ser aquélla una de sus casas. Pero cerraba los ojos, -haciendo como una mental evocación de la extraordinaria visita, y ésta -no se presentaba. En alguna ocasión, no obstante, creyó ver al augusto -anciano saliendo por una puerta de la sacristía y perdiéndose en el -altar, como si se introdujera por invisible hueco. También le pareció -que el mismo Señor salía revestido de la sacerdotal túnica y casulla -bordada, á decir misa, <i>á decirse á sí mismo la misa</i>, cosa que á -Cadalsito le pareció por demás extraña. Pero no estaba muy seguro de que -esto fuera así, y bien podía ser que se engañase; al menos, grandes -dudas tenía sobre el particular. Una tarde, oyendo en Monserrat el -rosario que rezaba el cura, al cual contestaban en la iglesia unas dos -docenas de mujeres y en el coro las presas, que debían ser más de ciento -por el murmullo intensísimo que sus voces hacían, Luisito se sintió con -los síntomas de somnolencia. En la iglesia había muy poca luz, y todo en -ella era misterio, sombras que la cadencia tétrica del rezo hacía más -cerradas y tenebrosas. Desde donde Cadalsito estaba, veía un brazo del -Cristo aquel, y la lamparilla que junto al brazo colgaba del techo. Le -entró tal pánico, que se habría marchado á la calle si hubiera podido; -pero no se pudo levantar. Hizo propósito de vencer el sopor, y se -pellizcó los brazos diciendo: «¡Ay! ¡contro! Si me duermo y se me pone -al lado<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224"></a>{224}</span> el Cristo de las melenas, del miedo me caigo muerto». Y el -miedo y los esfuerzos por despabilarse vencían al fin su insano sopor.</p> - -<p>En cambio de estos malos ratos, Monserrat se los proporcionaba buenos, -cuando se aparecía por allí su amigo y condiscípulo Silvestre Murillo, -hijo del sacristán. Silvestre inició á Luis en algunos misterios -eclesiásticos, explicándole mil cosas que éste no comprendía; por -ejemplo: qué era la Reserva del Santísimo, qué diferencia hay entre el -Evangelio y la Epístola, por qué tiene San Roque un perro y San Pedro -llaves, metiéndose en unas erudiciones litúrgicas que tenían que oir. -«La hostia, verbigracia, lleva dentro á Dios, y por eso los curas, antes -de cogerla, se lavan las manos para no ensuciarla; y <i>dominus vobisco</i> -es lo mismo que decir: <i>cuidado, que seáis buenos</i>». Metidos los dos en -la sacristía, Silvestre le enseñaba las vestiduras, las hostias sin -consagrar, que Cadalso miraba con respeto supersticioso, las piezas del -monumento que pronto se armaría, el palio y la manga-cruz, revelando en -el desenfado con que lo enseñaba y en sus explicaciones un cierto -escepticismo del cual no participaba el otro. Pero no pudo Murillito -hacerle entrar en la capilla del Cristo de las melenas, ni aun -asegurándole que él las había tenido en la mano cuando su madre se las -peinaba, y que aquel Señor era muy bueno y hacía la mar de milagros.<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225"></a>{225}</span></p> - -<p>Como la mente de los chicos se impresiona con todo, y á esta impresión -se amolda con energía y prontitud su naciente voluntad, aquellas visitas -á la iglesia despertaron en Cadalsito el deseo y propósito de ser cura, -y así lo manifestaba á sus abuelos una y otra vez. Todos se reían de -esta precoz vocación, y al mismo Víctor le hizo mucha gracia. Sí, -Luisito aseguraba que ó no sería nada ó cantaría misa, pues le -entusiasmaban todas las funciones sacerdotales, incluso el predicar, -incluso el meterse en el confesonario para <i>oir los pecados de las -mujeres</i>. Díjolo con ingenuidad tan graciosa, que todos se partieron de -risa, y de ello tomó pie Víctor para romper á hablar á solas con la -insignificante por primera vez después de la conferencia de marras. No -estaba presente ninguna persona mayor, y el único que podía oir era -Luis, y estaba engolfado en su álbum filatélico.</p> - -<p>—Yo no diré, como mi hijo, que quiero ordenarme; ¡pero ello es que de -algún tiempo á esta parte siento en mí una necesidad tan viva de -creer!... Este sentimiento, júzgalo como quieras, me viene de ti, -Abelarda (aquí una mirada amplia, sostenida, tiernísima), de ti, y de la -influencia que tu alma tiene sobre la mía.</p> - -<p>—Pues cree, ¿quién te lo impide?—repuso la joven, que se sentía -aquella tarde con facilidades para hablar, y esperaba mayor claridad en -él.<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226"></a>{226}</span></p> - -<p>—Me lo impiden las rutinas de mi pensamiento, las falsas ideas -adquiridas en el trato social, que forman una broza difícil de extirpar. -Me convendría un maestro angélico, un ser que me amase y que se -interesara por mi salvación. ¿Pero dónde está ese ángel? Si existe, no -es para mí. Soy muy desgraciado. Veo el bien muy próximo, y no me puedo -acercar á él. Dichosa tú si no comprendes esto.</p> - -<p>Encontrábase la señorita de Villaamil con fuerzas para tratar aquel -asunto, porque la religión se las diera hasta para confesar su secreto á -quien no debía oírlo de sus labios.</p> - -<p>—Yo quise creer, y creí—dijo.—Yo busqué un alivio en Dios, y lo -encontré. ¿Quieres que te cuente cómo?</p> - -<p>Víctor, que, sentado junto á la mesa, se oprimía la cabeza entre las -manos, levantóse de pronto, diciendo con el tono y gesto de un consumado -histrión:</p> - -<p>—No hables: me atormentarías sin consolarme. Soy un réprobo, un -condenado...</p> - -<p>Estas frases de relumbrón, espigadas sin criterio en diferentes libros, -las traía muy preparaditas para espetarlas en la primera ocasión. Apenas -dichas, acordóse de que había quedado en juntarse en el café con varios -amigos, y buscó la fórmula para cortar la hebra que su cuñada había -empezado á tender entre boca y boca.</p> - -<p>—Abelarda, necesito alejarme, porque si estoy<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227"></a>{227}</span> aquí un minuto más... yo -me conozco: te diré lo que no debo decirte... al menos todavía... Dame -tu permiso para retirarme. Voy á dar vueltas por las calles, sin -dirección fija, errante, calenturiento, pensando en lo que no puede ser -para mí... al menos todavía...</p> - -<p>Dió un suspiro, y hasta otra... Dejó á la insignificante confusa y con -un palmo de morros, procurando desentrañar el significado de aquel <i>al -menos todavía</i>, frase de risueños horizontes.</p> - -<p>Por la noche, antes de comer, Víctor entró muy gozoso y dió un abrazo á -su suegro, al cual no le hicieron gracia tales confianzas, y estuvo por -decirle: «¿En qué pícaro bodegón hemos comido juntos?» No tardó el otro -en explicar los móviles de su enhorabuena. Había estado en el Ministerio -aquella tarde, y el Jefe del Personal le dijo que Villaamil iba en la -primera hornada.</p> - -<p>—¡Otra vez el mismo cuento!—exclamó don Ramón furioso.—¿De cuándo acá -es permitido que te burles de mí?</p> - -<p>—No es burla, hombre—manifestó doña Pura, alentada por dulces -esperanzas.—Cuando él te lo dice es porque lo sabe.</p> - -<p>—Créalo usted ó no lo crea, es verdad.</p> - -<p>—Pues yo lo niego, yo lo niego—declaró Villaamil, rayando el aire con -el dedo índice de la mano derecha.—Y de mí no se ríe nadie, ¿estamos? -¿Cuándo y por dónde te has ocupado<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228"></a>{228}</span> tú de mí en el Ministerio? Tú vas -allá por tus asuntos propios, por trabajar tu ascenso, que te darán... -¡Ah! Yo estoy cierto de que te lo dan... Bueno fuera que no.</p> - -<p>—Pues yo lo digo á usted (con gran energía) que podré haber ido otras -veces con ese objeto; pero hoy por hoy fuí, y por cierto en compañía de -dos diputados de muchísima influencia, exclusivamente á interceder por -usted, á hablarle gordo al Jefe del Personal, después de teclear al -Ministro. Si no se lo digo á usted porque me lo agradezca; si esto no -tiene mérito ninguno... Y tan cierto como es luz esa que nos alumbra -(con solemne acento), lo es que yo dije á los amigos que me apoyan: -«Señores, antes que mi ascenso, pídase la colocación de mi suegro». -Repito que no lo digo para que me lo agradezca nadie. Vaya un puñado de -anís...</p> - -<p>Doña Pura estaba radiante, y Villaamil, desconcertado en su pesimismo, -parecía un combatiente á quien le destruyen de improviso las defensas -que le amparan, dejándole inerme y desnudo ante las balas enemigas. -Esforzábase en recobrar su aplomo pesimista... «Historias... Bueno, y -aunque fuese verdad que Juan, Pedro y Diego me recomendaran, ¿de eso se -sigue que me coloquen? Déjame en paz, y pide para ti, pues sin abrir la -boca te lo han de dar, mientras que yo, aunque vuelva loco al género -humano, nada alcanzaré».<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229"></a>{229}</span></p> - -<p>Abelarda, aunque no desplegó los labios, sentía su pecho inundado de -gratitud hacia Víctor y se congratulaba de amarle, declarándose que -ninguna duda podía existir de la bondad de sus sentimientos. Imposible -que aquel acento noble y hermoso no fuera el acento de la verdad. -Mientras comían, se discutió lo mismo: Villaamil opinando tercamente que -jamás habría piedad para él en las esferas ministeriales, y la familia -entera sosteniendo con denuedo lo contrario. Entonces soltó Luisito -aquella frase que fué célebre en la familia durante una semana y se -comentó y repitió hasta la saciedad, celebrándola como gracia -inapreciable, ó como uno de esos rasgos de sabiduría que de la mente -divina pueden descender á la de los seres cuyo estado de gracia les -comunica directamente con aquélla. Lo dijo Cadalsito con ingenuidad -encantadora y cierto aplomo petulante que aumentaba el hechizo de sus -palabras. «Pero abuelito, parece que eres tonto. ¿Por qué estás pidiendo -y pidiendo á esos tíos de los Ministerios, que son unos cualisquieras y -no te hacen caso? Pídeselo á Dios, ve á la iglesia, reza mucho, y verás -cómo Dios te da el destino».</p> - -<p>Todos se echaron á reir; pero en el ánimo de Villaamil hizo efecto muy -distinto la salida del inspirado niño. Por poco se le saltan al buen -viejo las lágrimas, y dando un golpe en la mesa con el cabo del tenedor, -decía: «Ese demonches<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230"></a>{230}</span> de chiquillo sabe más que todos nosotros y que el -mundo entero».</p> - -<h2><a name="XXIV" id="XXIV"></a>XXIV</h2> - -<p>Marchóse Víctor, apenas tomado el postre, que era, por más señas, miel -de la Alcarria, y de sobremesa, doña Pura echó en cara á su marido la -incredulidad y desabrimiento con que éste había oído lo expresado por el -yerno.</p> - -<p>—¿Por qué no ha de ser cierto que se interesa por ti? No debemos -ponernos siempre en la mala. Es más: Víctor, si no lo ha hecho, estaba -en la obligación de hacerlo.</p> - -<p>—Pues es claro...—observó Abelarda, dispuesta á hacer panegírico -ardiente de su cuñado, á quien no entendía en la cuestión de amores, -pero cuya cacareada maldad estimaba calumniosa.</p> - -<p>—¿Pero vosotras—dijo Villaamil sulfurándose—sois tan cándidas que -creéis lo que dice ese embustero trapalón?... Apuesto lo que queráis á -que, en vez de recomendarme, lo que ha hecho es llevarle al Jefe del -Personal algún cuento para que se le quiten las pocas ganas que tiene de -servirme...</p> - -<p>—¡Jesús, Ramón!</p> - -<p>—¡Papá, por Dios!... también usted tiene unas cosas...<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231"></a>{231}</span></p> - -<p>—Parece mentira que en tantos años no hayáis aprendido á conocer á ese -hombre (exaltándose), el más malo y más traicionero que hay bajo la capa -del sol. Para hacerle más temible, Dios, que ha hecho tan hermosos á -algunos animales dañinos, le dió á éste el mirar dulce, el sonreir -tierno y aquella parla con que engaña á los que no le conocen, para -atontarles, fascinarles y comérseles después... Es el monstruo más...</p> - -<p>Detúvose Villaamil al reparar que estaba presente Luisito, quien no -debía oir semejante apología. Al fin era su padre. Y por cierto que el -pobre niño clavaba en el abuelo sus ojos con expresión de terror. -Abelarda, como si le arrancaran el corazón á tenazazos, sentía impulsos -de echarse á llorar, seguidos de un brutal anhelo de contradecir á su -padre, de taparle la boca, de disparar algún denuesto contra su cabeza -venerable. Levantóse y se fué á su cuarto, aparentando que entraba á -buscar algo, y desde allí oyó aún el murmullo de la conversación... Doña -Pura denegaba tímidamente lo dicho por su esposo, y éste, después que se -retiró Luisito, llamado por Milagros para lavarle en la cocina boca y -manos, reiteró su bárbaro, implacable y sangriento anatema contra -Víctor, añadiendo que con él no iba ni á recoger monedas de cinco duros. -Era tan hondo el acento del buen Villaamil, y tan lleno de sinceridad y -convicción, que Abelarda creyó volverse loca en aquel mismo<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232"></a>{232}</span> instante, -soñando como único alivio á su desatada pena salir de la casa, correr -hacia el Viaducto de la calle de Segovia y tirarse por él. Figurábase el -momento breve de desplomarse al abismo, con las enaguas sobre la cabeza, -la frente disparada hacia los adoquines. ¡Qué gusto! Después la -sensación de convertirse en tortilla, y nada más. Se acabaron todas las -fatigas.</p> - -<p>Á poco de esto, empezó á llegar la escogida sociedad que frecuentaba en -determinadas noches aquella elegante mansión. Milagros, terminada su -faena en la cocina, preparó la luz de petróleo para iluminar la sala. Se -arregló, dejando en la cocina á la vieja que iba á fregar, pues la -<i>pudorosa Ofelia</i>, si se adaptaba con gusto a todos los ramos de la -culinaria, no entraba con aquel rudo trajín del fregado, y á poco -penetró en <i>sus salones</i> tan bien apañadita que daba gusto verla. -Abelarda tardó más en presentarse, y apareció al fin con tan fuerte mano -de polvos en la cara, que parecía una molinera. Y aun no bastaba tanto -afeite á disimular el tono cadavérico de su faz ni el cerco violado de -sus ojos. Virginia Pantoja, su madre y otras señoras la observaron y -callaban, guardando sus comentarios para postdata de la tertulia. -Ninguna de las amigas dejó de decir para sí: «¡Ajadilla está!» Fue -también aquella noche Salvador Guillén, el cual presentó á su compañero -de oficina, el elegante Espinosa. Villaamil, desde que empezaba<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233"></a>{233}</span> á -entrar gente, se iba á la calle, renegando de la tal tertulia, y se -pasaba en el café un par de horitas oyendo hablar de crisis ó probando, -como dos y tres son cinco, que debía haberla. Solía Pantoja acompañarle, -volviendo después con él para recoger á la familia, y por el camino -seguían glosando el tema eterno, sin agotarlo nunca ni encontrar jamás -la última variación. Conocedor sagaz de la vida burocrática y de las -misteriosas energías psicológicas que determinan la elevación y caída de -funcionarios, Pantoja trazaba á su amigo un nuevo plan de campaña. -Primero, sin perjuicio de buscarse entre la gente política de influencia -algún padrinazgo de empuje, convenía no dejar vivir al Ministro, ni al -Jefe del Personal; convertirse en su sombra, espiarles las entradas y -salidas, acometerles cuando más descuidados estuvieran, ponerles en el -terrible dilema de <i>la credencial</i> ó <i>la vida</i>, imponerse por el terror. -De esta manera se sacaba siempre tajada, pues al fin, Ministros, -Subsecretarios y Jefes del Personal eran hombres, y para poder respirar -y vivir daban al moscón lo que pedía, por quitárselo de encima de su -alma y perderlo de vista. Reconociendo el profundo sentido humano y -político de estos consejos, Villaamil deploraba sinceramente haber -llegado al extremo de ser él lo que tantas veces había censurado en -otros; acosador importuno y pordiosero inaguantable.<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234"></a>{234}</span></p> - -<p>Víctor no solía concurrir a las tertulias; pero aquella noche entró más -temprano que de costumbre y pasó á la sala, produciendo la admiración de -Virginia Pantoja y de las chicas de Cuevas. ¡Era tan superior por todos -conceptos á los tipos que allí se veían! Guillén le tenía ojeriza, y -como Víctor le pagaba en la misma moneda, se tirotearon con frases de -doble sentido, haciendo reir á la concurrencia.</p> - -<p>Al día siguiente, antes de almorzar, hallándose en el comedor Víctor, su -suegra, Abelarda y Luisito, que acababa de llegar de la escuela, dijo -Cadalso á doña Pura:</p> - -<p>—¿Pero cómo reciben ustedes en su casa á ese cojo inmundo? ¿No -comprenden que viene por divertirse observando y contar luego en la -oficina lo que ve?</p> - -<p>—¿Pero acaso tenemos monos pintados en la cara—dijo Pura con -desenfado,—para que ese cojitranco venga aquí nada más que á reirse?</p> - -<p>—Es un sapo venenoso que en cuanto ve algo que no es sucio como él, se -irrita y suelta toda la baba. Cuando papá va á la oficina de Pantoja, -¿en qué creen ustedes que se ocupa Guillén? En hacerle la caricatura. -Tiene ya una colección que anda de mano en mano entre aquellos gandules. -Ayer, sin ir más lejos, vi una con un letrero al pie que dice: <i>El señor -de Miau, meditando su plan de Hacienda</i>. Había ido corriendo de oficina -en oficina, hasta que Urbanito Cucúrbitas<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235"></a>{235}</span> la llevó al Personal, donde -el majadero de Espinosa, hermano de ese cursilón que estuvo aquí anoche, -la pegó en la pared con cuatro obleas para que sirviera de chacota á -todo el que entraba. Cuando vi aquello me sulfuré, y por poco se arma -allí la de San Quintín.</p> - -<p>Doña Pura se indignó tanto, que el coraje le cortaba la respiración y la -palabra.</p> - -<p>—Pues yo le diré á ese galápago que no vuelva á poner los pies en mi -casa... ¿Y cómo dices que llaman á mi marido? ¿Habrá desvergüenza?...</p> - -<p>—Es que le quieren aplicar ahora el mote que le pusieron á la familia -en el Real—dijo Víctor dulcificando su crueldad con una sonrisa;—mote -que no tiene maldita gracia.</p> - -<p>—¡Á nosotras, á nosotras!—exclamaron á un tiempo, rojas de ira, las -dos hermanas.</p> - -<p>—Tomémoslo á risa, pues no merece otra cosa. Es público y notorio que -cuando toman ustedes posesión de su sitio en el Paraíso, todo el mundo -dice: «Ya están ahí las <i>Miaus</i>...» ¡qué tontería!</p> - -<p>—¡Y el muy mamarracho se ríe de la gracia!—exclamó doña Pura cogiendo -lo primero que encontró á mano, que fué un pan, y apuntando con él á la -cabeza de su yerno.</p> - -<p>—No, no la emprenda usted conmigo, señora, que no soy yo autor del -apodo... Pues si yo las acompañara á ustedes alguna vez y un cursi de -aquéllos se atreviera á mayar delante de mí, de<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236"></a>{236}</span> la primera boletada -todas sus muelas salían á tomar el aire.</p> - -<p>—No estás tú mal fantasmón (devorando su ira). Pico, y nada más que -pico. ¡Si no tuviéramos nosotras más defensa que tú!...</p> - -<p>La ira de las dos hermanas era nada en comparación de la que agitaba el -ánimo de Luisito Cadalso, al oir que el cojo Guillén motejaba á su -abuelo y le ponía en solfa; y para sí decía: «De todo esto tiene la -culpa <i>Posturitas</i>, y le he de dar pa el pelo, porque la ordinariota de -su mamá, que es hermana de Guillén, fué la que puso el mote, ¡contro!, y -luego se lo dijo al cojo, que es un sapo venenoso, y el muy canalla se -lo ha dicho á los de la oficina».</p> - -<p>Tan rabioso se puso, que al ir á la escuela cerraba los puños y apretaba -los dientes. De seguro que si encuentra á <i>Posturitas</i> en la calle la -emprende con él dándole una morrada buena en <i>mitá la cara</i>. Tocóle -después estar á su lado en la clase y le pegó con el codo, diciéndole: -«No <i>quio na</i> contigo, sinvergüenza. Tú no eres caballero, ni tu familia -tampoco son caballeros». El otro no le contestó, y dejando caer la -cabeza sobre el brazo, cerró los ojos como vencido de un profundo sueño. -Hubo de notar entonces Cadalso que su amigo tenía la cara muy encendida, -los párpados hinchados, la boca abierta, respirando por ella, y á ratos -soplando fuertemente por la nariz, como si quisiera desobstruirla.<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237"></a>{237}</span> -Nuevos y más fuertes codazos de Luisito no le hicieron salir de aquel -pesado sopor. «¿Qué tienes, recontro?... ¿estás malo?» La cara de -<i>Posturitas</i> echaba fuego. El maestro llegó por allí, y viéndole en tal -estado y que no había medio de enderezarle, le observó, le pulsó, le -puso la mano en la cara. «Chiquillo, tú estás malo; vete corriendo á tu -casa y que te acuesten y te abriguen bien para que sudes». Levantóse -entonces el rapaz tambaleándose, y con cara y gesto de malísimo humor, -atravesó la sala de la escuela. Algunos compañeros le miraron con -envidia porque se iba á su casa antes que los demás. Otros, Cadalsito -entre ellos, creían que la enfermedad era farsa, pura comedia para irse -de pingo y estarse brincando toda la tarde en el Retiro con los peores -gateras de Madrid. Porque era muy pillo, muy embustero, y en poniéndose -á inventar y á hacer pamemas, no había quien le ganara.</p> - -<p>Al día siguiente, Murillito trajo la noticia de que Paco Ramos estaba -enfermo de tabardillo, y que le había entrado tan fuerte, pero tan -fuerte, que si no bajaba la calentura aquella noche, se moriría. Hubo -discusión á la salida sobre ir ó no á verle. «Que eso se pega, -<i>hombre</i>».—«Que no se pega... ¡bah, tú!»—«Morral».—«Morral él». Por -fin, Murillito, otro que llamaban Pando y Cadalso con ellos, fueron á -verle. Era á dos pasos de la escuela, en la casa que tiene farol y<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238"></a>{238}</span> -muestra de prestamista. Subieron los tres muy ternes, discutiendo -todavía si se pegaba ó no se pegaba la <i>tifusidea</i>, y Murillito, el más -farfantón de la partida, les animaba escupiendo por el colmillo. «No -seáis gallinas. ¡Si creeréis que por entrar vus vais á morir!...» -Llamaron, y les abrió una mujer, quien al ver la talla y fuste de los -visitantes, no les hizo maldito caso y les dejó plantados, sin dignarse -responder á la pregunta que hizo Murillito. Otra mujer pasó por el -recibimiento y dijo: «¿Qué buscan aquí estos monos? ¡Ah! ¿Venís á saber -de Paquito? Más animado está esta tarde...» «Que pasen, que pasen—gritó -dentro otra voz femenil,—á ver si mi niño les conoce». Vieron, al -entrar, el despacho de los préstamos, donde estaba un señor de gorro y -espejuelos que <i>parecía un ministro</i> (según pensó Cadalso), y -atravesaron luego un cuarto grande donde había ropa, golfos de ropa, la -mar de ropa, y por fin, en una habitación toda llena de capas dobladas, -cada una con su cartón numerado, yacía el enfermo y á su lado dos -enfermeras, la una sentada en el suelo, la otra junto al lecho. -<i>Posturitas</i> había delirado atrozmente toda la noche y parte de la -mañana. En aquel momento estaba más tranquilo, sin que el recargo se -iniciara aún. «Rico—le dijo la mujer ó señora instalada á la cabecera, -y que debía de ser la mamá,—aquí están tus amiguitos, que vienen á -preguntar por ti. ¿Quieres verles?» El<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239"></a>{239}</span> pobre niño exhaló una queja, -como si quisiera romper á llorar, lenguaje con que indican las criaturas -enfermas lo que les desagrada y molesta, que suele ser todo lo -imaginable. «Mírales, mírales. Te quieren mucho». Paquito dió una vuelta -en la cama, é incorporándose sobre un codo, echó á sus amigos una mirada -atónita y vidriosa. Tenía los ojos, aunque inflamados, mortecinos, los -labios tan cárdenos que parecían negros, y en los pómulos manchas de -color de vino. Cadalso sentía lástima y también terror instintivo que le -mantuvo desviado de la cama. La mirada fija y sin luz de su compañero de -escuela le hacía temblar. Paco Ramos sin duda no conoció de los tres más -que á Luisito, porque sólo dijo <i>Miau, Miau</i>, después de lo cual su -cabeza se derrumbó sobre la almohada. La madre hizo una seña á los -chicos para que despejaran, y ellos obedecieron como unos santos. En la -habitación próxima tropezaron con dos hermanillos de <i>Posturitas</i>, más -chicos que él, carisucios y culirrotos, los zapatos agujereados y los -mandiles hechos una sentina. El uno arrastraba un muñeco de trapo -amarrado por el pescuezo, y el otro un caballo sin patas, gritando como -un desesperado <i>¡arre!</i> Al ver gente menuda, se fueron detrás, deseando -hacer migas con ella; pero Murillo, echándoselas de persona, les -reprendió por la bulla que armaban, estando el hermanito malo. Ellos se -miraron estupefactos. No comprendían<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240"></a>{240}</span> jota. El más pequeño sacó del -bolsillo del delantal un pedazo de pan ya muy lamido, todo lleno de -babas, y le metió el diente con fe. Al pasar por la sala, el señor aquel -que parecía un ministro estaba examinando dos mantones de Manila que lo -presentaba una mujer. Los tres amigos lo saludaron con exquisita -cortesía, pero él no les contestó.</p> - -<h2><a name="XXV" id="XXV"></a>XXV</h2> - -<p>Muy pensativo se fué Cadalsito á su casa aquella tarde. El sentimiento -de piedad hacia su compañero no era tan vivo como debiera, porque el -mameluco de Ramos le había insultado, arrojándole á la cara el infamante -apodo, delante de gente. La infancia es implacable en sus -resentimientos, y la amistad no tiene raíces en ella. Con todo, y aunque -no perdonaba á su mal educado compañero, pensó pedir por él en esta -forma: «Ponga usted bueno á <i>Posturitas</i>. Á bien que poco le cuesta. Con -decir <i>levántate, Posturas</i>, ya está». Acordándose después de que la -mamá de su amigo, aquella misma señora que estaba junto al lecho tan -afligida, era la inventora del ridículo bromazo, renovóse en él la -inquina que le tenía. «Pero no es <i>señora</i>—pensó.—No es más que -<i>mujer</i>, y ahora Dios la castiga de firme por poner motes».<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241"></a>{241}</span></p> - -<p>Aquella noche estuvo muy intranquilo; dormía mal, se despertaba á cada -instante, y su cerebro luchaba angustiosamente con un fenómeno muy -singular. Habíase acostado con el deseo de ver á su benévolo amigo el de -la barba blanca; los síntomas precursores se habían presentado, pero la -aparición no. Lo doloroso para Cadalsito era que soñaba que la veía, lo -que no era lo mismo que verla. Al menos no estaba satisfecho, y su mente -forcejeaba en un razonar penoso y absurdo, diciendo: «No es éste, no es -éste... porque yo no le veo, sino sueño que le veo, y no me habla, sino -sueño que me habla». De aquella febril cavilación pasaba á estotra: «Y -no podrá decir ya que no estudio, porque hoy sí que me supe la lección, -¡contro! El maestro me dijo: «Bien, bien, Cadalso». Y la clase toda -estaba turulata. Largué de corrido lo del adverbio, y no me comí más que -una palabra. Y cuando dije lo de que caía el maná en el desierto, -también <i>me lo supe</i>, y sólo me trabuqué después en aquello de los -Mandamientos, por decir que los trajo encima de un tablero, en vez de -una tabla». Luis exageraba el éxito de su lección de aquel día. La dijo -mejor que otras veces, pero no había motivo fundado para tanto bombo.</p> - -<p>Mala noche fué aquélla para los dos habitantes del estrecho cuarto, pues -Abelarda no hacía más que dar vueltas en su catre, rebelde al sueño,<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242"></a>{242}</span> -conciliándolo breves minutos, sintiéndose acometida por bruscos -estremecimientos, que la hacían pronunciar algunas palabras, de cuyo -sonido se asombraba ella propia. Una vez dijo: «Huiré con él». Y al -punto le respondió un acento suspirón: «Con el que tenía los anillos de -puros». Al oir esto, dió un salto aterrada. ¿Quién le respondía? Todo -era silencio en la alcoba; pero al poco rato la voz volvió á sonar, -diciendo: «Le castiga usted por malo, por poner motes». Al fin, la mente -de Abelarda se esclarecía, pudiendo apreciar la realidad y reconocer la -vocecilla de su sobrino. Volvióse del otro lado y se durmió. Luis -murmuraba gimiendo, como si quisiera llorar y no pudiese. «Que sí me -supe la lección... que sí». Y al cabo de un rato: «No me mojes el sello -con tu boca negra... ¿Ves? Eso te pasa por malo. Tu mamá no es señora, -sino mujer...» Á lo que contestó Abelarda: «Esa elegantona que te -escribe cartas no es dama, sino una tía <i>feróstica</i>... Tonto, y me -desprecias á mí por ella, á mí, que me dejaría matar por...! Mamá, mamá, -yo quiero ser monja». «No...—decía Luis,—ya sé que no le dió usted al -Sr. de Moisés los Mandamientos en un tablero, sino en una tabla... -Bueno, en dos tablas... <i>Posturas</i> se va á morir. Su padre le envolverá -en aquel mantón de Manila... Usted no es Dios, porque no tiene -ángeles... ¿En dónde están los ángeles?»</p> - -<p>Y Abelarda: «Ya pesqué la llave de la puerta.<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243"></a>{243}</span> Quiero escapar. ¡Con el -frío que hace, esperándome en la calle!... ¡Vaya un llover!»</p> - -<p>Luis: «Es un ratón lo que <i>Posturas</i> echa por la boca, un ratón negro y -con el rabo mu largo. Me escondo debajo de la mesa. ¡Papá!»</p> - -<p>Abelarda en voz alta: «Qué... ¿qué es eso, Luis? ¿qué tienes? -Pobrecito... esas pesadillas que le dan. Despierta, hijo, que estás -diciendo disparates. ¿Por qué llamas á tu papá?»</p> - -<p>Despierto también Luis, aunque no con el sentido muy claro: «Tiíta, no -duermo. Es que... un ratón. Pero mi papá lo ha cogido. ¿No ves á mi -papá?</p> - -<p>—Tu papá no está aquí, tontín; duérmete.</p> - -<p>—Sí que está... Mírale, mírale... Estoy despierto, tiíta. ¿Y tú?</p> - -<p>—Despéjate, hijo... ¿Quieres que encienda luz?</p> - -<p>—No... Tengo sueño. Es que todo es muy grande, todas las cosas grandes, -y mi papá estaba acostado contigo, y cuando yo le llamé vino á cogerme.</p> - -<p>—Prenda, acuéstate de ladito y no tendrás malos sueños. ¿De qué lado -estás acostado?</p> - -<p>—Del lado de la mano izquierda... ¿Por qué es todo grandísimo, del -tamaño de las cosas mayores?</p> - -<p>—Acuéstate del lado derecho, alma mía.</p> - -<p>—Estoy del lado de la mano izquierda y del pie derecho... ¿Ves? éste es -el pie derecho, ¡tan<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244"></a>{244}</span> grande! Por eso la mamá de Posturas no es señora. -Tiíta...</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—¿Estás dormida?... Yo me duermo ahora. ¿Verdad que no se muere -<i>Posturas</i>?</p> - -<p>—¡Qué se ha de morir, hombre! No pienses en eso.</p> - -<p>—Díme otra cosa. ¿Y mi papá se va á casar contigo?</p> - -<p>En la excitación cerebral que producen la obscuridad y el insomnio, -Abelarda no pudo responder lo que habría respondido á la luz del día con -la cabeza serena; por cuya razón se dejó decir: «No sé todavía... -verdaderamente no sé nada... Puede...»</p> - -<p>Poco después murmuró Luis «bueno» en tono de conformidad, y se quedó -dormido. Abelarda no pegó los ojos en el resto de la noche, y al día -siguiente se levantó muy temprano, la cabeza pesadísima, los párpados -encendidos y el humor destemplado, deseando hacer algo extraordinario y -nuevo, reñir con alguien, así fuese el mismísimo cura cuya misa pensaba -oir pronto, ó el monago que había de ayudarla. Se fué á la iglesia, y en -ella tuvo muy malos pensamientos, tales como escabullirse de la casa sin -saber para qué, casarse con Ponce y pegársela después, meterse monja y -amotinar el convento, hacerle una declaración burlesca de amor al cojo -Guillén, empezar la representación de la comedia y<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245"></a>{245}</span> retirarse á la -mitad, dejándoles á todos plantados; envenenar á Federico Ruiz, tirarse -del paraíso del Real á las butacas en lo mejor de la ópera... y otros -disparates por el estilo. Pero la permanencia en el templo, silencioso y -plácido, las tres misas que oyó, sosegaron poco á poco sus nervios, -estableciendo en su cerebro la normalidad de las ideas. Al salir se -asustaba y aun se reía de aquellas extravagancias sin sentido. Pasara lo -de tirarse del paraíso á las butacas en un momento de desesperación; -pero envenenar al pobre Federico Ruiz, ¿á qué santo?</p> - -<p>Al llegar á su casa, lo primero que hizo, según costumbre, fué enterarse -de si Víctor había salido ó no. Resultó que sí, y doña Pura dijo con -alegría no disimulada que su yerno almorzaba fuera. Los recursos se le -habían ido agotando á la señora con la rapidez solutiva de esa sal -puesta en agua que se llama dinero. ¡Cosa más rara! Lo mismo era cambiar -un duro que desleírsele pieza á pieza. Y ya veía próximo el aterrador -lindero que separa la escasez de la carencia absoluta. Detrás de aquel -lindero se alzaban los espectros familiares mirando á doña Pura y -haciéndole muecas. Eran sus terribles compañeros de toda la vida, el -deber, el pedir y el empeñar, resueltos á acompañarla hasta la tumba. Ya -estaba la señora tirando sus líneas á ver si Víctor le daba medios de -zafarse de aquellos socios insufribles. Pero Víctor, á las primeras -indirectas, se había<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246"></a>{246}</span> hecho el mal entendedor, señal de que no encerraba -ya su cartera los tesoros de mejores días. Además, pudo observar doña -Pura que por dos ó tres veces habían venido á cobrarle á su yerno -cuentas de zapateros ó sastres, y que Víctor no había pagado, diciendo -que volvieran ó que él pasaría por allá. Este olor á chamusquina puso á -la señora sobre ascuas.</p> - -<p>Fueron aquella tarde doña Pura y su hermana á visitar unas amigas. -Milagros encargó á Abelarda que diese una vuelta por la cocina; pero la -exaltada joven, al quedarse sola, pues Villaamil había ido al Ministerio -y Luis á la escuela, echó al olvido cacerolas y sartenes, y metióse en -el cuarto de Víctor, con el fin de revolver, de escudriñar, de ponerse -en íntimo contacto con su ropa y los objetos de su uso. Sentía la -insignificante, en esta inspección vedada, los estímulos de la -curiosidad mezclados con un goce espiritual de los más profundos. El -examen de la indumentaria, la exploración de todos los bolsillos, aunque -en ellos no encontrara cosa de verdadero interés, era un gusto que no -cambiaría ella por otros más positivos é indiscutibles. Porque -manoseando las camisas se suponía por momentos en una intimidad á la -cual su viva imaginación daba apariencias reales. Soñaba actos de los -más nobles, como el cuidar la ropa de su hombre, fuera marido ó no, -deseando algo que arreglar en ella, botón suelto ó forro descosido;<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247"></a>{247}</span> y -en tanto reconocía en el olor la persona, por más señas limpia y -elegante, gozando en olfatearla á menor distancia que en familia y ante -el mundo. Las pocas veces que Abelarda podía darse estos atracones de -idealidad y sensaciones rebuscadas, sus registros de bolsillos no -arrojaban ninguna luz sobre el misterio que á su parecer envolvía la -existencia de Cadalso. Á veces, encontraba en el bolsillo del pantalón -perros grandes ó chicos, billetes de tranvía y butacas de teatro; en los -de la americana ó levita, alguna nota del Ministerio, alguna carta -indiferente. Al concluir, cuidaba de volver todo á su sitio para que no -fuera notado el escrutinio, y se sentaba sobre el baúl á meditar. No -había sido posible poner en el cuarto de Víctor cómoda ni armario -ropero, de modo que tenía su equipo en la misma maleta de viaje, como si -estuviera por pocos días en una fonda. Lo que desesperaba á la -insignificante, era encontrar el baúl siempre cerrado. Allí sí que -habría querido ella meter manos y ojos. ¡Qué de secretos guardaría -aquella cavidad misteriosa! Varias veces había probado á abrirla con -llaves diferentes, pero en vano.</p> - -<p>Pues señor, aquel día, al sentarse en el baúl, ¡tlin!, un rumorcillo -metálico. Miró, y... ¡las llaves estaban puestas! Víctor se había -olvidado de quitarlas, faltando á sus hábitos cautelosos y previsores. -Ver las llaves, abrir y levantar la tapa casi fueron actos simultáneos. -Gran desorden<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248"></a>{248}</span> en la parte superior del contenido. Había allí un -sombrero chafado, de los que llaman <i>livianillos</i>, cuellos y puños -sueltos, cigarros, una caja de papel y sobres, ropa blanca y de punto, -periódicos doblados, corbatas ajadas y otras nuevecitas. Abelarda -observó todo un buen rato sin tocar, enterándose bien, como es uso de -curiosos y ladrones, de la colocación de los objetos para volver á -ponerlos lo mismo. Luego deslizó la mano por un lado, explorando la -segunda capa. No sabía por dónde empezar. Al propio tiempo, la -presunción de que Víctor andaba en líos con alguna señora de mucho -lustre y empinadísimo copete, se imponía y destacaba sobre las ideas -restantes. Pronto se descubriría todo; allí se encontraban de fijo las -pruebas irrecusables. De tal modo dominaba este prejuicio la mente de -Abelarda, que antes de descubrir el cuerpo del delito ya creía -olfatearlo, porque el olfato era quizás su sentido más despierto en -aquellas pesquisas. «¡Ah! ¿no lo dije? ¿Qué es esto? Un ramito de -violetas». En efecto, al levantar con cuidado una pieza de ropa, -encontró el ramo ajado y oloroso. Siguió explorando. Su instinto, su -intuición ó corazonada, que tenía la fuerza de una luz precursora ó de -indicador misterioso, la guiaba por aquellas revueltas honduras. Sacó -varias cosas cuidadosamente, las puso en el suelo, y adelante; busca de -aquí, busca de allí, su mano convulsa dió con un paquete de cartas. ¡Ah! -por fin<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249"></a>{249}</span> había parecido la clave del secreto. ¡Si no podía ser de otro -modo! Cogió el paquete, y al sentirlo entre sus dedos infundióle terror -su propio hallazgo.</p> - -<p>Sin quitar la goma leyó algo ya, pues las cartas no tenían envoltura que -las cubriese. Lo primero que se echó á la cara fué una coronita -estampada en el membrete de la carta superior; y como no era fuerte en -heráldica, no supo si la corona era de marquesa ó de condesa... Pensó -entonces la insignificante en su mucho acierto y sagacidad. No, no podía -ella equivocarse al suponer que la misteriosa persona con quien <i>él</i> -estaba en relaciones era de alta categoría. Había nacido Víctor para las -esferas superiores de la vida, como el águila para remontarse á las -alturas. Pensar que hombre de tales condiciones descendiese á las -esferas de cursilería y pobreza en que ella vivía... ¡absurdo! y -raciocinando así, persuadíase también de que lo incomprensible y -tenebroso de la conducta y del lenguaje de Víctor no era falta de él, -sino de ella, por no alcanzar con sus cortas luces y su apreciación -vulgar de la vida á la superioridad de semejante hombre.</p> - -<p>Á leer tocan. No sabía la joven por dónde empezar. Hubiera querido -echarse al coleto en un santiamén todas las cartas de cruz á fecha. El -tiempo apremiaba; su madre y su tía no tardarían en entrar. Leyó -rápidamente una, y cada<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250"></a>{250}</span> frase fué una cuchillada para la lectora. Allí -se trataba de negativa de rompimiento, se daban descargos como -respondiendo á una acusación celosa: allí se prodigaban los términos -azucarados que Abelarda no había leído nunca más que en las novelas; -allí todo era finezas y protestas de amor eterno, planes de ventura, -anuncios de entrevistas venideras, y recuerdos dulces de las pasadas, -refinamientos de precaución para evitar sospechas, y al fin derrames de -ternezas en forma más ó menos velada. Pero el nombre, el nombre de la -sinvergüenzona aquélla, por más que la lectora lo buscaba con ansia, no -parecía en ninguna parte. La firma no rompía el anónimo; á veces una -expresión convencional, <i>tu chacha, tu nenita</i>; á veces un simple -garabato... Pero lo que es nombre, ni rastros de él. Leyendo todo, todo -cuidadosamente, se habría podido sacar en limpio, por referencias, quién -era la <i>chacha</i>; pero Abelarda no podía detenerse; ya era tarde, -llamaban á la puerta... Había que colocar todo en su sitio de modo que -no se conociese la mano revoltijera. Hízolo rápidamente, y fué á abrir. -Ya no se borró más de su mente, en aquel día ni en los que le siguieron, -la fingida imagen de la odiada señora. ¿Quién sería? La insignificante -se la figuraba hermosota, muy <i>chic</i>, mujer caprichosa y desenfadada, -como á su parecer lo eran todas las de las altas clases. «¡Qué guapa -debe de ser!... ¡qué perfumes<span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251"></a>{251}</span> tan finos usará!—se decía á todas horas -con palabras de fuego que del cerebro le salían para estampársele en el -corazón.—¡Y cuántos vestidos tendrá, cuántos sombreros, cuántos -coches!...»</p> - -<h2><a name="XXVI" id="XXVI"></a>XXVI</h2> - -<p>Allá va otra vez el amigo D. Ramón á la oficina de Pantoja. Él no quiere -hablar de su pleito, de su cuita inmensa y desgarradora, pero sin -quererlo habla; y cuanto dice va á parar insensiblemente al eterno tema. -Le pasa lo que á los amantes muy exaltados, que cuanto hablan ó escriben -se convierte en substancia de amor. Aquel día encontró en la oficina de -su amigo á cierto sujeto que discutía ardorosamente. Era un señor de -provincia, uno de aquellos enemigos de la Administración á quienes <i>el -honrado</i> designaba con el desdeñoso nombre de <i>particulares</i>; -comerciante de vinos al por mayor, con establecimiento abierto, y la -Hacienda le había cogido por banda, haciéndole pagar contribución por -dos conceptos. Protestó él alegando que renunciaba á detallar, -quedándose sólo con el almacén. El asunto pasó á informe de Pantoja. -Quejábase el <i>particular</i> de que se le hiciera pagar por dos conceptos, -y va Pantoja ¿y qué hace? Pues informar que pagara por tres. De<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252"></a>{252}</span> suerte -que mi hombre, hecho un basilisco, dijo allí tales picardías de la -Administración, que por poco le echan á la calle. Villaamil comprendía -que tenía razón. Nunca había sido él verdugo del <i>particular</i>, como su -amigo Pantoja; pero no se atrevió á intervenir por no malquistarse con -<i>el honrado</i>. Su flaqueza le llevó hasta apoyar la providencia del -Dracón administrativo, diciendo:</p> - -<p>—Claro, por tres conceptos: por el de detallista, por el de almacenista -y por el de fabricante de vinos.</p> - -<p>En fin, que el desgraciado <i>particular</i> se largó trinando como ruiseñor -en la época del celo, y cuando se quedaron solos Villaamil y Pantoja, al -primero le faltó tiempo para decir:</p> - -<p>—¿Ha vuelto Víctor por aquí? ¿Cómo va su expediente?</p> - -<p>Pantoja tardó en responder; tenía la boca lo mismo que si se la hubieran -cosido. Se ocupaba en abrir pliegos, dentro de los cuales, al ser -abiertos, sonaba la arenilla pegada á la tinta seca, y <i>el honrado</i> -cuidaba de que los tales polvos no se cayeran ¡lástima de desperdicio! y -prolijamente los vertía en la salbadera. Era en él costumbre antigua -este aprovechamiento de los polvos empleados ya en otra oficina, y lo -hacía con nimio celo, cual si mirase por los intereses de su ama, la -señora Hacienda.</p> - -<p>—Créeme á mí—replicó al fin, dando permiso<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253"></a>{253}</span> á la boca y poniendo la -mano por pantalla á fin de que sus oficiales no oyeran.—No le harán -nada á tu yerno. El expediente es música. Créeme á mí que conozco el -paño.</p> - -<p>—Ventura, las influencias lo pueden todo—observó Villaamil con inmensa -pena;—absolver á los delincuentes, y aun premiarlos, mientras los -leales perecen.</p> - -<p>—Y las influencias que vuelven el mundo patas arriba y hacen escarnio -de la justicia, no son las políticas... quiero decir que estas -influencias no revuelven el cotarro tanto como otras.</p> - -<p>—¿Cuáles?—preguntó Villaamil.</p> - -<p>—Las faldas—replicó Pantoja tan á media voz, que Villaamil no lo oyó, -y tuvo que hacerse repetir el concepto.</p> - -<p>—¡Ah!... Noticia fresca... Pero dime. ¿Crees tú que Víctor, por ese -lado...?</p> - -<p>—Me ha dado en la nariz (con malicia, llevándose el dedo á la punta de -aquella facción). No aseguro nada; es que yo, con mi experiencia de esta -casa, lo huelo, lo huelo, Ramón... no sé... puede que me equivoque. Al -tiempo. Anoche en el café, Ildefonso Cabrera, el cuñado de tu yerno, -contó de éste ciertos lances...</p> - -<p>—¡Dios, qué cosas ve uno!—dijo Villaamil llevándose las manos á la -cabeza. Y en medio de su catoniana indignación, pensando en aquella -ignominia de las faldas corruptoras, se preguntaba por qué no habría -también faldas benéficas<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254"></a>{254}</span> que, favoreciendo á los buenos, como él, -sirvieran á la Administración y al país.</p> - -<p>—Eso tuno sabe por dónde anda. Acuérdate de lo que te digo: le echarán -tierra al expediente...</p> - -<p>—Y venga el ascenso... y ole morena.</p> - -<p>Sonó el timbre, y Pantoja fué al despacho del Director, que le llamaba. -En cuanto salió, los subalternos la emprendieron con el cesante.</p> - -<p>—Amigo Villaamil, ni usted ni yo echaremos buen pelo hasta que no suban -los nuestros; y los nuestros son los del petróleo.</p> - -<p>—Así subieran mañana—dijo D. Ramón agitando las quijadas y poniendo en -sus ojos toda la ferocidad de su expresión carnívora.</p> - -<p>—No lo diga usted de broma, que esto está muy malo. Hay crisis.</p> - -<p>—¿Qué broma? ¡Sí, para bromitas está el tiempo! Así saltara esta noche -el cantón de Madrid y la <i>Commune</i> inclusive, y tocaran á pegar fuego... -Les digo á ustedes que el amigo Job era un niño mimado y se quejaba de -vicio... Que venga el santo petróleo, que venga. Más de lo que nos han -quitado no nos han de quitar... Peor que esta gente no lo han de hacer.</p> - -<p>—¿Sabe usted la que corre hoy? Que van á ceder las Islas Baleares á -Alemania... Y que quieren arrendar las Aduanas á no sé qué empresa -belga, recibiendo el primer plazo en unos puentes viejos para -ferrocarriles.<span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255"></a>{255}</span></p> - -<p>—Como si lo viera, hombre, como si lo viera... Todo lo que sea un -disparate tiene aquí su fundamento. Francamente, el D. Antonio tendrá -mucho pesquis, pero no se le conoce... Digo, cualquiera que estuviese en -su puesto, me parece á mí que lo había de hacer mejor.</p> - -<p>—¡Pues claro!—dijo el <i>caballero de Felipe IV</i> atusándose el bigotillo -embetunado.—Y si no, figúrese usted que los que estamos aquí formamos -un Ministerio. Villaamil, Presidencia; Espinosa, por la buena lámina, -iría á Estado á poner varas á las diplomáticas.</p> - -<p>—Y que las hay de <i>buten</i>. Á Guillén le encajamos en Guerra.</p> - -<p>—¡Madre de Dios! ¡Un cojo en Guerra! Mejor es en Marina.</p> - -<p>—Sí, para que reme con las muletas.</p> - -<p>—Ó por lo que tiene de tortuga—dijo Argüelles, que no perdonaba -ocasión de tirar una china al cojo.—Y para mí, venga la carterita de -Gobernación.</p> - -<p>—Clavado. Para que pueda colocar de temporeros á su cáfila de hijos, -los de teta inclusive.</p> - -<p>—Y para que expida una Real orden mandando que se toque la trompa en -todos los entierros. ¿Y Hacienda, señores?</p> - -<p>—Hacienda, Villaamil, con la Presidencia.</p> - -<p>—¿Y qué le damos al <i>insine</i> Pantoja?</p> - -<p>—Hacienda, Ventura, ¿qué duda tiene?—apuntó Villaamil, que no tomaba -aquello en<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256"></a>{256}</span> serio, pero dejaba correr la broma para prestar un poco de -esparcimiento á su angustiado espíritu.</p> - -<p>—Sí, ¡buena se iba á armar!... ¿Y el <i>income tax</i>?</p> - -<p>—Lo que es eso...—observó Villaamil sonriendo triste y -descorazonado—no me lo pasaba.</p> - -<p>—No; fuera Pantoja, que es capaz de imponer una contribución sobre las -pulgas que lleva cada <i>quisque</i>. Viva el <i>income tax</i>, dogma del nuevo -Gabinete, y la unificación de la Deuda.</p> - -<p>—Eso... (con seriedad, bostezando) es fácil que me lo admitiera -Ventura... Vaya, caballeros (como quien vuelve en sí, levantándose con -ademán diligente), ustedes tienen que hacer, y yo <i>ídem</i>. Á trabajar se -ha dicho.</p> - -<p>Y pasó á Propiedades (el mismo piso á la derecha), donde era segundo -Jefe D. Francisco Cucúrbitas, y de allí bajó para caer como una bomba en -el Personal, donde tenía varios conocidos, entre ellos un tal Sevillano, -que á veces le informaba de las vacantes efectivas ó presuntas. Después -bajaba á Tesorería, dando una vuelta por el Giro Mutuo, previo el -consabido palique de los porteros al entrar en cada oficina. En algunas -partes le recibían con cordialidad un tanto helada; en otras, la -constancia de sus visitas empezaba á ser molesta. No sabían ya qué -decirle para darle esperanzas, y los que<span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257"></a>{257}</span> le habían aconsejado que -machacase sin tregua, se arrepentían ya, viendo que sobre ellos se ponía -en práctica el socorrido consejo. En el Personal era donde Villaamil se -mostraba más tenaz y jaquecoso. El Jefe de aquel departamento, sobrino -de Pez y sujeto de mucha escama, le conocía, aunque no lo bastante para -apreciar y distinguir las excelentes prendas del hombre, bajo las -importunidades del pretendiente. Así, cuando las visitas arreciaron, el -Jefe no ocultaba su desabrimiento ni sus pocas ganas de conversación. -Villaamil era delicado, y sufría lo indecible con tales desaires; pero -la imperiosa necesidad le obligaba á sacar fuerzas de flaqueza y á -forrar de vaqueta su cara. Con todo, á veces se retiraba consternado, -diciendo para su capote: «¡No puedo, Señor, no puedo! El papel de -mendigo porfiado no es para mí». Y la consecuencia de este abatimiento -era no parecer unos días por el Personal. Luego volvía la ley tiránica -de la necesidad á imponerse brutalmente; el amor propio se sublevaba -contra el olvido, y á la manera del lobo en ayunas, que sin reparar en -el peligro de muerte se echa al campo y se aproxima impávido al caserío -en busca de una res ó de un hombre, así D. Ramón se lanzaba otra vez, -hambriento de justicia, á la oficina del Personal, arrostrando desaires, -malas caras y peores respuestas. Quien mejor le recibía y más le -alentaba, ofreciéndole cordialmente su ayuda,<span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258"></a>{258}</span> era D. Basilio Andrés de -la Caña (Impuestos). Terminada la excursión, Villaamil volvía á su rasa -rendido de cuerpo y espíritu. Su mujer le interrogaba con arte; pero él, -firme en su dignidad estudiada, sostenía no haber ido al Ministerio más -que á fumar un cigarro con los amigos: que no esperando nada, no -formulaba pretensiones, y que la familia no debía edificar castillos en -el aire, sino irse preparando para un viaje de recreo á San Bernardino. -Replicaba á esto Pura que si él no hacía por colocarse, entraría ella á -funcionar, apelando á la intercesión de la señora de Pez, Carolina de -Lantigua, pues hasta los gatos saben que donde acaba la eficacia de las -recomendaciones políticas, empieza la de las <i>faldas</i>.</p> - -<p>—¡Ah! No es esa <i>faldamenta</i> la que hace y deshace la -fortuna—respondía Villaamil con profundo escepticismo, hijo de su -conocimiento del mundo burocrático.—Carolina Pez es una señora honrada, -es decir, para el caso, la carabina de Ambrosio. Además... hazte cargo: -los <i>Peces</i> no privan ahora; se defienden, y nada más. Ya hay quien -habla de dejarles en seco. Figúrate una gente que ha mamado en todas las -ubres y que ha sabido empalmar la Gloriosa con Alfonsito... Pues el -turrón que ellos comen es el que corresponde á tantos leales como -estamos mirando á la luna. Ya principia á levantarse un runrún contra -ellos. Y digo más: la Administración<span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259"></a>{259}</span> necesita de servidores fieles, -identificados, fíjate bien, identificados con la política monárquica; es -preciso que no se vinculen los destinos; es menester que hay a turno. Si -no, ¿adónde vamos á parar? Y ahí tienes al Jefe del Personal, sobrino de -Pez, vendiendo protección á los que, por no servir á la jeringada -República, sacrificaron sus destinos. Esto es escandaloso y no se ha -visto nunca. De esta manera no se puede evitar que haya trifulcas, y que -á España se la lleve Pateta. ¿Conque te vas enterando? Por el lado de -Pez, ya se trate de Peces con faldas ó con pantalones, no esperes tanto -así. Por supuesto (volviendo á su tema, del cual se había olvidado en el -calor del discurso), con Peces y sin Peces, para mí no habrá nada. La -Caña es el único que se interesa ahora por mí. Algo haría si pudiera. -Pero tengo enemigos ocultos, que en la sombra trabajan por hundirme. -Alguien me ha jurado guerra á muerte. Quién podrá ser, no lo sé; pero el -traidor existe, no lo dudes.</p> - -<p>Por aquellos días, que eran ya primeros de Marzo, volvió la infortunada -familia á notar los pródromos de la <i>sindineritis</i>. Hubo una semana de -horrible penuria, mal disimulada ante los íntimos, sobrellevada por -Villaamil con estoica entereza y por doña Pura con aquella ecuanimidad -valerosa que la salvaba de la desesperación. Pero el remedio vino -inopinadamente y<span class="pagenum"><a name="page_260" id="page_260"></a>{260}</span> por el mismo conducto que en otra ocasión no menos -aflictiva. Víctor volvió a estar boyante. Su suegra fué sorprendida -cuando menos lo pensaba por nuevos ofrecimientos de metálico, que no -vaciló en aceptar, sin meterse en la filosofía de inquirir la -procedencia. Ni creyó discreto contarle á su marido que había visto la -cartera de Víctor reventando de billetes. ¡Como que se le habían -encandilado los ojos! Embolsó los cuartos recibidos y las -consideraciones que el caso le sugería. Si aun no le habían colocado, -¿de dónde sacaba tanto dinero? Y aunque le hubieran colocado... Por -fuerza había mano oculta... En fin, ¿á qué escarbar en el temido enigma? -No gustaba ella de averiguar vidas ajenas.</p> - -<p>Víctor andaba otra vez muy fachendoso. Se había encargado más ropa, -tenía butaca una y otra noche en diferentes teatros, y en el mismo Real; -hacía frecuentes regalitos á toda la familia, y su esplendidez llegó -hasta convidar á las tres <i>Miaus</i> á la ópera, á butaca nada menos.</p> - -<p>Lo que produjo en Villaamil verdadera indignación, pues era un escarnio -de su pobreza y un insulto á la moral pública. Pura y su hermana se -rieron del ofrecimiento, pues aunque rabiaban por ir, carecían de los -perendengues necesarios á semejante exhibición. Abelarda se negó -resueltamente. Armóse gran disputa sobre esto, y la mamá sugirió algunas -ideas para obviar las grandes dificultades con que el pensamiento de<span class="pagenum"><a name="page_261" id="page_261"></a>{261}</span> su -yerno tropezaba en la práctica. Véase lo que discurrió el cacumen -arbitrista de la <i>figura de Fra Angélico</i>. Sus amigas y vecinas las de -Cuevas se ayudaban, como se ha dicho antes, con la confección de -sombreros. En cierta ocasión que las <i>Miaus</i> pescaron tres butacas de -periódico para el Español, Abelarda, doña Pura y Bibiana Cuevas se -encasquetaron los mejores modelos que aquellas amigas tenían en su -taller, después de arreglarlos cada cual á su gusto. ¿Por qué no hacer -lo mismo en la ocasión que se discutía? Bibiana no se había de oponer. Y -por cierto que tenía en aquel entonces tres ó cuatro <i>prendas</i>, una de -la marquesa A, otra de la condesa B, á cual más bonitas y elegantes. Se -las disfrazaba, pues para eso había en el taller cantidad de alfileres, -hebillas, cintas y plumas, y aunque sus dueñas estuvieran en el teatro, -no habían de conocer las mascaritas. En cuanto á los vestidos, ellas lo -arreglarían, con ayuda de las amigas, procurándose además algún abrigo, -traído de la tienda para probarlo, y como Víctor se había brindado á -regalarles también los guantes, no era un arco de iglesia el ir á -butacas, ¡Cuántos no irían disimulando con menos gracia la <i>tronitis</i>!<span class="pagenum"><a name="page_262" id="page_262"></a>{262}</span></p> - -<h2><a name="XXVII" id="XXVII"></a>XXVII</h2> - -<p>Abelarda se resistió á esta trapisonda, asegurando que ni en pedazos la -llevarían á butacas de aquella manera, y así quedó la cuestión. Todo se -redujo á ir á delantera de paraíso una noche que dieron <i>La Africana</i>, y -al punto de sentarse las tres cundió por la concurrencia de aquellas -alturas el comentario propio de tan desusado acontecimiento. «¡Las -<i>Miaus</i> en delantera!» En diez años no se había visto un caso igual. La -vasta gradería del centro y las laterales estaban llenas de bote en -bote. Las <i>Miaus</i> eran conocidas de todo aquel público como puntos fijos -del paraíso, siempre en la última fila lateral de la derecha junto á la -salida. La noche que faltaban notábase un vacío, como si desaparecieran -los frescos de la techumbre. No eran ellas las únicas <i>abonadas á -paraíso</i>, pues innumerables personas y aun familias se eternizan en -aquellos bancos, sucediéndose de generación en generación. Estos -beneméritos y tenaces <i>dilettanti</i> constituyen la masa del entendido -público que otorga y niega el éxito musical, y es archivo crítico de las -óperas cantadas desde hace treinta años y de los artistas que en las -gloriosas tablas se suceden. Hay allí círculos, grupos, peñas y -tertulias más ó menos íntimas; allí se traban y<span class="pagenum"><a name="page_263" id="page_263"></a>{263}</span> conciertan relaciones; -de allí han salido infinitas bodas, y los tortoleos y los telégrafos -tienen, entre romanza y dúo, atmósfera y ocasión muy propicias. Desde su -delantera, las <i>Miaus</i> saludaron con sonrisas á los amigos que en la -banda de la derecha y en el centro tenían, y de una y otra parte las -saetaron con miradas y frasecitas del tenor siguiente: «Mira qué sílfide -está doña Pura. Se ha traído toda la caja de polvos». «Pues ¿y la -hermana con su cinta de terciopelo al cuello? Si las tres traen cinta -negra, no les faltará el cascabelito para estar en carácter». «Mira, -mira con los gemelos á la <i>Miau</i> chica; tiene que ver. Aquel traje café -y leche es el que llevaba el año pasado la mamá. Le ha puesto unas -cintas coloradas, que parecen de caja de cigarros». «Sí, sí, son de -mazos de cigarros». «Pues la otra, la cantante averiada, trae el vestido -que debió de sacar en el Liceo Jover cuando hizo la parte de Adalgisa». -«Sí, mira, mira; es una túnica romana con grecas y todo. ¡Qué clásica -está!»</p> - -<p>—Diga usted, Guillén—murmuraban en otro círculo, donde hacía el gasto -el maldecido cojo.</p> - -<p>—¿Han colocado á ese pobre <i>Miau</i>, el padre de sus amigas de usted? -Porque ese lujo asiático de delantera significa que <i>han subido los -nuestros</i>.</p> - -<p>—Como no le coloquen en Leganés... Viven ahora del <i>sable</i>. El buen -señor da unas estocadas... de maestro.<span class="pagenum"><a name="page_264" id="page_264"></a>{264}</span></p> - -<p>Abelarda, más que en la ópera, que había visto cien veces, fijó su -atención en la concurrencia, recorriendo con ansiosa mirada palcos y -butacas, reparando en todas las señoras que entraban por la calle del -centro con lujosos abrigos, arrastrando la cola é introduciéndose -después con todo aquel falderío por las filas ya ocupadas. Poco á poco -se iba poblando el patio. Los palcos no aparecían poblados hasta el fin -del primer acto, cuando Vasco, incomodado con aquellos fantasmones del -Consejo tan retrógrados, les canta cuatro frescas. En el palco regio -apareció la reina Mercedes, detrás D. Alfonso. Las señoras inevitables, -conocidas del público, aparecieron en el segundo acto, conservando el -abrigo hasta el tercero, y aplaudían maquinalmente siempre que había por -qué. Las <i>Miaus</i>, conocedoras de toda la sociedad elegante, <i>abonada</i> -también, la comentaba como ellas fueron comentadas al ocupar sus -asientos. Viéndola una y otra noche, habían llegado á tomarse tanta -confianza, que se creería que trataban íntimamente á damas y caballeros. -«Ahí está ya la Duquesa. Pero Rosario no ha venido todavía... María -Buschental no puede tardar. Ya empiezan á llegar al <i>tranvía</i> sus -amigos... Mira, mira, ahora viene María Heredia... ¡Pero qué pálida está -Mercedes; pero qué pálida!... Ahí tienes á D. Antonio en el palco de los -Ministros, y á ese Cos-Gayón... así le fusilaran».<span class="pagenum"><a name="page_265" id="page_265"></a>{265}</span></p> - -<p>Después de mucho rebuscar, descubrió la insignificante á su cuñadito en -la segunda fila de butacas. Estaba de frac, tan elegante como el -primero. ¡Qué cosas hay en la vida! ¿Quién había de decir que aquel -hombre parecido á un duque, aquel apuesto joven que charlaba -desenfadadamente con su vecino de butaca, el Ministro de Italia, era un -empleado obscuro y cesante, alojado en la casa de la pobreza, en -cuartucho humilde, guardando su ropa en un baúl! «¿No es aquél -Víctor?—dijo Pura, echándole los gemelos.—¡Buen charol se está -dando!... ¡Si le conocieran!... ¡Parece un potentado! ¡Cuánto hay de -esto en Madrid! Yo no sé cómo se las compone. Él buena ropa, él butacas -en todos los teatros, él cigarros magníficos. Mira, mira con qué -desparpajo habla. ¡Pobre señor, qué papas le estará encajando! Y esos -extranjeros son tan inocentes, que todo se lo creerá».</p> - -<p>Abelarda no le quitaba los ojos, y cuando le veía mirar para algún -palco, seguía la dirección de sus miradas, creyendo que ellas venderían -el amoroso secreto. «¿Cuál de éstas que aquí están será?—pensaba la -insignificante.—Porque alguna de éstas tiene que ser. ¿Será aquella -vestida de blanco? ¡Ah! Puede. Parece que le mira. Pero no; él mira á -otro lado. ¿Será alguna cantante? ¡Quiá!, no, cantante no. Es de éstas, -de estas elegantonas de los palcos, y yo la he de descubrir». Fijábase -en alguna, sin saber por qué, por mera<span class="pagenum"><a name="page_266" id="page_266"></a>{266}</span> indicación de su avizor -instinto; pero luego, desechando la hipótesis, se fijaba en otra, y en -otra, y en otra más, concluyendo por asegurar que no era ninguna de las -presentes. Víctor no manifestaba preferencias en sus ojeadas á butacas y -palcos. Podría ser que hubieran concertado no mirarse de una manera -descarada y delatora. También echó el joven una visual hacia la -delantera de paraíso, é hizo un saludito á la familia. Doña Pura estuvo -un cuarto de hora dando cabezadas, en respuesta á la salutación que del -noble fondo del teatro subía hasta las pobres <i>Miaus</i>.</p> - -<p>En los entreactos, algunos amigos, <i>abonados</i> como ellas á paraíso -limpio, se acercaron á saludarlas, abriéndose paso por entre la apretada -muchedumbre. Federico Ruiz era uno de ellos, y él y todos querían oir la -opinión crítica de Milagros sobre la soprano que se estrenaba aquella -noche en el papel de Selika. Cuando ésta espichó bajo el manzanillo, -retiráronse las <i>Miaus</i>, que nunca perdonaban nota, y no se marchaban -sino después de la última llamada á la escena. Durante el penoso -descenso por las anchas escaleras invadidas del público, se les -aproximaron varios íntimos, entre ellos el cojo Guillén, y algunas -amigas de las que tan acerbamente pusieron en solfa su aparición en -delantera.</p> - -<p>Al regresar á su casa, encontraron á Villaamil en vela; Víctor no había -entrado aún ni lo hizo<span class="pagenum"><a name="page_267" id="page_267"></a>{267}</span> hasta muy tarde, cuando todos dormían menos -Abelarda, que sintió el ruido del llavín, y echándose de la cama y -mirando por un resquicio de la puerta, le vió entrar en el comedor y -meterse en su alcoba, después de beber un vaso de agua. Venía de buen -humor, tarareando, el cuello del gabán alzado, pañuelo de seda al -cuello, anudado con negligencia, y la felpa del sombrero ajadísima y con -chafaduras. Era la viva imagen del perfecto perdis de buen tono.</p> - -<p>Al día siguiente molestó bastante á la familia solicitando pequeños -servicios de aguja, ya pegadura de botón, ya un delicado zurcido, ó bien -algo referente á las camisas. Pero Abelarda supo atender á todo con gran -diligencia. Á la hora de almorzar, entró doña Pura diciendo que se había -muerto el chico de la casa de préstamos, noticia que confirmó Luis con -más acento de novelería que de pena, condición propia de la dichosa edad -sin entrañas. Villaamil entonó al difuntito la oración fúnebre de -gloria, declarando que es una dicha morirse en la infancia para librarse -de los sufrimientos de esta perra vida. Los dignos de compasión son los -padres, que se quedan aquí pasando la tremenda crujía, mientras el niño -vuela al cielo á formar en el glorioso batallón de los ángeles. Todos -apoyaron estas ideas, menos Víctor, que las acogía con sonrisa burlona, -y cuando su suegro se retiró y Milagros se fué á su cocina y doña Pura -empezó<span class="pagenum"><a name="page_268" id="page_268"></a>{268}</span> á entrar y salir, encaróse con Abelarda, que continuaba de -sobremesa, y le dijo:</p> - -<p>—¡Felices los que creen! No sé qué daría por ser como tú, que te vas á -la iglesia y te estás allí horas y horas, ilusionada con el aparato -escénico que encubre la mentira eterna. La religión, entiendo yo, es el -ropaje magnífico con que visten la nada para que no nos horrorice... ¿No -crees tú lo mismo?</p> - -<p>—¿Cómo he de creer eso?—clamó Abelarda, ofendida de la tenacidad -artera con que el otro hería sus sentimientos religiosos siempre que -encontraba coyuntura favorable.—Si lo creyera no iría á la iglesia, ó -sería una farsante hipócrita. Á mí no tienes que salirme por ese -registro. Si no crees, buen provecho te haga.</p> - -<p>—Es que yo no me alegro de ser incrédulo, fíjate bien; yo lo deploro, y -me harías un favor si me convencieras de que estoy equivocado.</p> - -<p>—¿Yo? No soy catedrática ni predicadora. El creer nace de dentro. ¿Á ti -no se te pasa por la cabeza alguna vez que puede haber Dios?</p> - -<p>—Antes sí; hace mucho tiempo que semejante idea voló.</p> - -<p>—Pues entonces... ¿qué quieres que yo te diga? (Tomándolo en serio.) ¿Y -piensas tú que cuando nos morimos no nos piden cuenta de nuestras -acciones?</p> - -<p>—¿Y quién nos la va á pedir? ¿Los gusanitos? Cuando llega la de -<i>vámonos</i>, nos recibe en<span class="pagenum"><a name="page_269" id="page_269"></a>{269}</span> sus brazos la señora <i>Materia</i>, persona muy -decente, pero que no tiene cara, ni pensamiento, ni intención, ni -conciencia, ni nada. En ella desaparecemos, en ella nos diluímos -totalmente. Yo no admito términos medios. Si creyese lo que tú crees, es -decir, que existe allá por los aires, no sé dónde, un Magistrado de -barba blanca que perdona ó condena y extiende pasaportes para la Gloria -ó el Infierno, me metería en un convento y me pasaría todo el resto de -mi vida rezando.</p> - -<p>—Y es lo mejor que podías hacer, tonto. (Quitándole la servilleta á -Luis, que tenía fijos en su padre los atónitos ojuelos.)</p> - -<p>—¿Por qué no lo haces tú?</p> - -<p>—¿Y qué sabes si lo haré hoy ó mañana? Estáte con cuidado. Dios te va á -castigar por no creer en él; te va á sentar la mano, y una mano muy -dura; verás.</p> - -<p>En este momento, Luisito, muy incomodado con los dicharachos de su -padre, no se pudo contener, y con infantil determinación agarró un -pedazo de pan y se lo arrojó á la cara al autor de sus días, gritando: -«¡Bruto!»</p> - -<p>Todos se echaron á reir de aquella salida, y doña Pura dió muchos besos -á su nieto, azuzándole de este modo: «Dale, hijo, dale, que es un pillo. -Dice que no cree para hacernos rabiar. ¿Pero veis qué chico? Si vale más -que pesa. Si sabe más que cien doctores. ¿Verdad que mi niño<span class="pagenum"><a name="page_270" id="page_270"></a>{270}</span> va á ser -eclesiástico, para subir al púlpito y echar sus sermoncitos y decir sus -misitas? Entonces estaremos todos hechos unos carcamales, y el día que -Luisín cante misa, nos pondremos allí de rodillas para que el cleriguito -nuevo nos eche la bendición. Y el que estará más humilde y cayéndosele -la baba será este zángano, ¿verdad? Y tú le dirás: «Papá, ya ves como al -fin has llegado á creer».</p> - -<p>—¡Qué guapo es este hijo y qué talento tiene!—dijo Víctor, -levantándose gozoso y besando al pequeño, que escondía la cara para -rehuir el halago.—¡Si le quiero yo más!... Te voy á comprar un -velocípedo para que pasees en la plazuela de enfrente. Verás qué envidia -te van á tener tus compañeros.</p> - -<p>La promesa del velocípedo trastornó por un momento las ideas del -pequeño, quien calculó con rudo egoísmo que sus deseos de ser cura y de -servir á Dios y aun de llegar á santo no estaban reñidos con tener un -velocípedo precioso, montarse en él y pasárselo por los hocicos á sus -compañeros, muertos de dentera.</p> - -<h2><a name="XXVIII" id="XXVIII"></a>XXVIII</h2> - -<p>Á la mañana siguiente, Villaamil celebró con su mujer, cuando ésta -volvió de la compra, una conferencia interesante. Estaba él en su -despacho<span class="pagenum"><a name="page_271" id="page_271"></a>{271}</span> escribiendo cartas, y al sentir entrar á su costilla, siseó -con misterio, y encerrándose con ella, le dijo: «De esto, ni una palabra -á Víctor, que es muy perro y me puede parar el golpe. Aunque yo nada -espero, he dado ayer algunos pasos. Me apoya un diputado de mucho -empuje... Hablamos anoche largamente. Te diré, para que lo sepas todo, -que me presentó á él mi amigo La Caña. Le relaté mis antecedentes, y se -admiró de que me tuvieran cesante. Así como quien no quiere la cosa, le -expuse mis ideas sobre Hacienda, y mira tú qué casualidad: son las -mismas que tiene él. Piensa igualito que yo. Que deben ensayarse nuevas -maneras de tributación, tirando á simplificar, apoyándose en la buena fe -del contribuyente y tendiendo á la baratura de la cobranza. Pues -prometió apoyarme á rajatabla. Es hombre que vale mucho y parece que no -le niegan nada.</p> - -<p>—¿Es de oposición?</p> - -<p>—No; ministerialísimo, pero disidente, ahí está el chiste, y cada día -le da una desazón al Gobierno. Vale, vale. Y es de estos que no se -ocupan más que del bien del país. Cuando se levanta á hablar, el banco -azul tiembla. Como que les prueba, <i>ce</i> por <i>be</i>, que el país corre á la -perdición si siguen las cosas como van, y que la agricultura está -arruinada, la industria muerta y la nación toda en la más espantosa -miseria. Esto salta á los ojos. Pues el Gobierno, que ve<span class="pagenum"><a name="page_272" id="page_272"></a>{272}</span> en él su -acusador, le tiene un miedo, hija, un canguelo tal, que cosa que él pida -es otorgada. Saca las credenciales á espuertas... Bueno; hemos quedado -en que yo le avisaría si se hace hoy una vacante que me indicaron -Sevillano y Pantoja. Voy al Ministerio en cuanto almuerce, me entero de -si hay ó no la vacante, y como la haya, le escribo á su casa ó al -Congreso, según la hora. Me ha dado palabra de hablar esta tarde al -Ministro, el cual le está agradecidísimo, por haber renunciado á -explanar una interpelación sobre cierta contrata en que hay sapos y -culebras. Ya se ve, el Ministro le daría hoy el arpa de David si se la -pidiera. ¿Te vas enterando?</p> - -<p>—Sí, hombre, sí (radiante de satisfacción); y me parece que lo que es -ahora, no hay quien nos quite el bollo.</p> - -<p>—¡Oh! lo que es confianza, lo que se llama confianza, yo no la tengo. -Ya sabes que me pongo siempre en lo peor. Pero vamos á hacer nuestro -plan: Yo al Ministerio. Que Luis no vaya á la escuela esta tarde, y que -espere aquí, porque con él le tengo que mandar la carta. No le veré yo -mismo, porque Víctor se ha empeñado en que visitemos juntos esta tarde -al Jefe del Personal. Quiero ir con él para despistarle. ¿Entiendes? -Cuidado como le dejas entender á ese pillo de dónde sopla ahora el -viento.</p> - -<p>Levantándose excitadísimo, se puso á dar paseos por el angosto aposento. -Su mujer, gozosa,<span class="pagenum"><a name="page_273" id="page_273"></a>{273}</span> le dejó solo, y á pesar de la reserva que se impuso, -su hija y hermana le conocieron en la cara las buenas nuevas. Era de -esas personas que atesoran en sí mismas un arsenal de armas espirituales -contra las penas de la vida y poseen el arte de transformar los hechos, -reduciéndolos y asimilándoselos en virtud de la facultad dulcificante -que en sus entrañas llevan, como la abeja, que cuanto chupa lo convierte -en miel.</p> - -<p>Para Cadalsito fué aquel día de huelga, pues por la mañana, según -disposición del maestro, debían ir todos al sepelio del malogrado -<i>Posturitas</i>. Y uno de los designados para llevar las cintas del féretro -era Luis, á causa de ser tal vez el que mejor ropa tenía, gracias á su -papá Víctor. Su abuela le puso los trapitos de cristianar, con guantes y -todo, y salió muy compuesto y emperejilado, gozoso de verse tan guapo, -sin que atenuara su contento el triste fin de tales composturas. La -mujer del memorialista le hizo mil caricias encareciendo lo majo que -estaba, y el niño se dirigió hacia la casa de préstamos, seguido de -<i>Canelillo</i>, que también quiso meter su hocico en el entierro, aunque no -era fácil le dieran vela en él. Al entrar en la calle del Acuerdo, se -encontró Cadalso á su tía Quintina, que le llenó de besos, ensalzó mucho -su elegancia, le estiró el cuerpo de la chaqueta y las mangas, y le -arregló el cuello para que resultara más guapo todavía. «Esto me lo -debes á mí, pues<span class="pagenum"><a name="page_274" id="page_274"></a>{274}</span> le dije á tu padre que te comprara ropita. Á él no se -le hubiera ocurrido nunca tal cosa; anda muy distraído. Por cierto, -corazón, que estoy bregando ahora más que nunca con tu papá para que te -lleve á vivir conmigo. ¿Qué es eso? ¿qué cara me pones? Estarás conmigo -mucho mejor que con esas remilgadas <i>Miaus</i>... ¡Si vieras qué cosas tan -bonitas tengo en casa! ¡Ay, si las vieras!... Unos niños Jesús que se -parecen á ti, con el mundito en la mano; unos nacimientos tan preciosos, -pero tan preciosos... tienes que verlos. Y ahora estamos esperando -cálices chiquititos, custodias que son una una monada, casullas así... -para que los niños buenos jueguen á las misas; santos de este tamaño, -así, mira, como los soldados de plomo, y la mar de candeleritos y -arañitas que se encienden en los altares de juguete. Todo lo tienes que -ver, y si vas á casa, puedes hacer con ello lo que quieras, pues es para -tu diversión. ¿Irás, rico mío?»</p> - -<p>Cadalsito, abriendo cada ojo con aquellas descripciones de juguetes -sacros, decía que sí con la cabeza, aunque afligido por la dificultad de -ver y gozar tales cosas, pues abuelita no le dejaba poner los pies allá. -En esto llegaron á la puerta de la casa mortuoria, donde Quintina, -después de besuquearle otra vez refregándole la cara, le dejó en -compañía de los demás chicos, que ya estaban allí, alborotando más de lo -que permitían las tristes circunstancias. Unos por<span class="pagenum"><a name="page_275" id="page_275"></a>{275}</span> envidia, otros -porque eran en toda ocasión muy guasones, empezaron á tomarle el pelo al -amigo Cadalso por la ropa flamante que llevaba, por las medias azules y -más aún por los guantes del mismo color, que, dicho sea entre -paréntesis, le entorpecían las manos. No dejaba él que le tocasen, -resuelto á defender contra todo ataque de envidiosos y granujas la -limpieza de sus mangas. Tratóse luego de si subían ó no á ver á Paco -Ramos muerto, y entre los que votaron por la afirmativa, se coló también -Luis, movido de la curiosidad. Nunca tal hiciera.</p> - -<p>Porque le impresionó tan vivamente la vista del chiquillo difunto, que á -poco se cae al suelo. Le entró una pena en la boca del estómago, como si -le arrancasen algo. El pobre <i>Posturistas</i> parecía más largo de lo que -era. Estaba vestido con sus mejores ropas; tenía las manos cruzadas, con -un ramo en ellas: la cara muy amarilla, con manchas moradas, la boca -entreabierta y de un tono casi negro, viéndose los dos dientes de en -medio, blancos y grandes, mayores que cuando estaba vivo... Tuvo que -apartarse Luisín de aquel espectáculo aterrador. ¡Pobre <i>Posturas</i>!... -¡Tan quieto el que era la misma viveza, tan callado el que no cesaba de -alborotar un punto, riendo y hablando á la vez! ¡Tan grave el que era la -misma travesura y á toda la clase la traía siempre al retortero! En -medio de aquel inmenso trastorno de su alma, que Luis no podía definir,<span class="pagenum"><a name="page_276" id="page_276"></a>{276}</span> -ignorando si ora pena ó temor, hizo el chico una observación que se -abría paso por entre sus sentimientos, como voz del egoísmo, más -categórico en la infancia que la piedad. «Ahora—pensó—no me llamará -<i>Miau</i>». Y al deducir esto, parecía quitársele un peso de encima, como -quien resuelve un arduo problema ó ve conjurado un peligro. Al descender -la escalera, procuraba consolarse de aquel malestar que sentía, -afirmando mentalmente: «Ya no me dirá <i>Miau</i>... Que me diga ahora -<i>Miau</i>».</p> - -<p>Poco tardó en bajar la caja azul para ser puesta en el carro. En todos -los balcones de la casa, sin exceptuar los del establecimiento de -préstamos, se asomaron no pocas mujeres para ver salir el entierro. El -cojo Guillén apareció con los ojos encendidos de llorar y la cara tan -seria, que no se parecía á sí mismo. Él fué quien dispuso todo y -distribuyó las cintas, confiándole una á Cadalso. Después se metió en el -coche, donde iba también el maestro, con su bastón roten y su chistera -lacia; el tendero vecino, con limpia camisa de cuello corto sin corbata, -y un señor viejo á quien no conocía Cadalso. En marcha, pues, Luis pensó -que su ropa daba golpe, y no fué insensible á las satisfacciones del -amor propio. Iba muy consentido en su papel de portador de cinta, -pensando que si él no la llevase, el entierro no sería, ni con mucho, -tan lucido. Buscó á <i>Canelo</i> con la mirada; pero el sabio perro de -Mendizábal,<span class="pagenum"><a name="page_277" id="page_277"></a>{277}</span> en cuanto entendió que se trataba de enterrar, cosa poco -divertida y que sugiere ideas misantrópicas, dió media vuelta y tomó -otra dirección, pensando que le tenía más cuenta ver si se parecía -alguna perra elegante y sensible por aquellos barrios.</p> - -<p>En el cementerio, la curiosidad, más poderosa que el miedo, impulsó á -Cadalso á ver todo... Bajaron del carro el cadáver, le entraron entre -dos, abrieron la caja... No comprendía Luis para qué, después de taparle -la cara con un pañuelo, le echaban cal encima aquellos brutos... Pero un -amigo se lo explicó. Cadalsito sentía, al ver tales operaciones, como si -le apretasen la garganta. Metía su cabeza por entre las piernas de las -personas mayores, para ver, para ver más. Lo particular era que -<i>Posturitas</i> se estuviese tan callado y tan quieto mientras le hacían -aquella herejía de llenarle la cara de cal. Luego cerraron la tapa... -¡Qué horror quedarse dentro! Le daban la llave al cojo, y después metían -la caja en un agujero, allá, en el fondo, allá... Un albañil empezó á -tapar el hueco con yeso y ladrillos. Cadalso no apartaba los ojos de -aquella faena... Cuando la vió concluida, soltó un suspiro muy grande, -explosión del respirar contenido largo tiempo. ¡Pobre <i>Posturitas</i>! -«Pues señor, á mí me dirán <i>Miau</i> todos los que quieran; pero lo que es -éste no me lo vuelve á decir».</p> - -<p>Cuando salieron, los amigos le embromaron<span class="pagenum"><a name="page_278" id="page_278"></a>{278}</span> a vez por su esmerado atavío. -Alguno dejó entrever la intención malévola de hacerle caer en una zanja, -de la cual habría salido hecho una compasión. Varias manos muy puercas -le tocaron con propósitos que es fácil suponer, y ya Cadalso no sabía -qué hacerse de las suyas, aprisionadas en los guantes, entumecidas é -incapaces de movimiento. Por fin se libró de aquella apretura, -quitándose los guantes y guardándolos en el bolsillo. Antes de llegar á -la calle Ancha, los chicos se dispersaron y Luisito siguió con el -maestro, que le dejó á la puerta de su casa. Ya estaba allí <i>Canelo</i> de -vuelta de sus depravadas excursiones, y subieron juntos á almorzar, pues -el can no ignoraba que había repuesto fresco de víveres arriba.</p> - -<p>—¿Y los guantes?—preguntó doña Pura á su nieto cuando le vió entrar -con las manos desnudas.</p> - -<p>—Aquí están... No los he perdido.</p> - -<p>Villaamil, á eso de las tres, entró de la calle, afanadísimo, y -metiéndose en su despacho, escribió una carta delante de su esposa, que -veía con gusto en él la excitación saludable, síntoma de que la cosa iba -de veras.</p> - -<p>—Bueno. Que Luis lleve esta carta y espere la contestación. Me ha dicho -Sevillano que tenemos vacante, y quiero saber si el diputado la pide -para mí ó no. De la oportunidad depende el éxito. Yo estoy citado con -Víctor, y para<span class="pagenum"><a name="page_279" id="page_279"></a>{279}</span> desorientarle no quiero faltar... Es labor fina la que -traigo entre manos, y hay que andar con muchísimo tiento. Dame mi -sombrero... mi bastón, que ya estoy otra vez en la calle. Dios nos -favorezca. Á Luis que no se venga sin la respuesta. Que dé la carta á un -portero y se aguarde en el cuarto aquél, á la derecha conforme se entra. -Yo no espero nada; pero es preciso, es preciso echar todos los -registros, todos...</p> - -<p>Salió Cadalsito á eso de las cuatro con la epístola y sin guantes, -seguido de <i>Canelo</i> y conservando la ropita del entierro, pues su abuela -pensó que ninguna ocasión más propicia para lucirla. No fué preciso -indicarle hacia dónde caía el Congreso, pues había ido ya otra vez con -comisión semejante. En veinte minutos se plantó allá. La calle de -Florida-Blanca estaba invadida de coches que, después de soltar en la -puerta á sus dueños, se iban situando en fila. Los cocheros de chistera -galonada y esclavina charlaban de pescante á pescante, y la hilera -llegaba hasta el teatro de Jovellanos. Junto á las puertas del edificio, -por la calle del Sordo, había filas de personas formando cola, que los -de Orden público vigilaban, cuidando de que no se enroscase mucho. -Examinado todo esto, el observador Cadalsito se metió por aquella puerta -coronada de un techo de cristales. Un portero con casaca le apartó -suavemente para que entrasen unos señorones con gabán de pieles, ante -los cuales abría<span class="pagenum"><a name="page_280" id="page_280"></a>{280}</span> la mampara roja. Cadalsito se encaró después con el -sujeto aquel de la casaca, y quitándose la gorra (pues él, siempre -cortés en viendo galones, no distinguía de jerarquías), le dió la carta, -diciendo con timidez: «Aguardo contestación». El portero, leyendo el -sobre: «No sé si ha venido. Se pasará». Y poniendo la carta en una -taquilla, dijo á Luis que entrase en la estancia á mano derecha.</p> - -<p>Había allí bastante gente, la mayor parte en pie junto á la puerta, -hombres de distintas cataduras, algunos muy mal de ropa, la bufanda -enroscada al cuello, con trazas de pedigüeños; mujeres de velo por la -cara, y en la mano enrollado papelito que á instancia trascendía. -Algunos acechaban con airado rostro á los señores entrantes, dispuestos -á darles el alto. Otros, de mejor pelo, no pedían más que papeletas para -las tribunas, y se iban sin ellas por haberse acabado. Cadalsito se -dedicó también á mirar á los caballeros que entraban en grupos de dos ó -de tres, hablando acaloradamente. «Muy grande debe de ser esta -casona—pensó Luis,—cuando cabe tanto señorío». Y cansado al fin de -estar en pie, se metió para dentro y se sentó en un banco de los que -guarnecen la sala de espera. Allí vió una mesa donde algunos escribían -tarjetas ó volantes, que luego confiaban á los porteros, y aguardaban -sin disimular su impaciencia. Había hombre que llevaba tres horas, y -aun<span class="pagenum"><a name="page_281" id="page_281"></a>{281}</span> tenía para otras tres. Las mujeres suspiraban inmóviles en el -asiento, soñando una respuesta que no venía. De tiempo en tiempo abríase -la mampara que comunicaba con otra pieza; un portero llamaba: «El señor -Tal», y el señor Tal se erguía muy contento.</p> - -<p>Transcurrió una hora, y el niño bostezaba aburridísimo en aquel duro -banco. Para distraerse, levantábase á ratos y se ponía en la puerta á -ver entrar personajes, no sin discurrir sobre el intríngulis de aquella -casa y lo que irían á guisar en ella tantos y tantos caballerotes.</p> - -<p>El Congreso (bien lo sabía él) era un sitio donde se hablaba. ¡Cuántas -veces había oído á su abuelo y á su padre: «Hoy habló Fulano ó Mengano, -y dijeron esto, lo otro y lo de más allá. ¿Y cómo sería la casa por -dentro? Gran curiosidad. ¿Cómo sería? ¿Dónde hablaban? Ello debía de ser -una casa grandona como la iglesia, con la mar de bancos, donde se -sentaban para charlar todos á un tiempo. ¿Y á qué era tanta habladuría? -Pues también entraban allí los Ministros. ¿Y quiénes eran los Ministros? -Los que gobernaban y daban los destinos. Igualmente recordó haber oído á -su abuelo, en frecuentes ratos de mal humor, que las Cortes eran una -farsa y que allí no se hacía más que perder el tiempo. Pero otras veces -se entusiasmaba el buen viejo, elogiando un discurso de alboroto. -Total,<span class="pagenum"><a name="page_282" id="page_282"></a>{282}</span> que Luisín no podía formar juicio exacto, y su mente era toda -confusión.</p> - -<p>Volvió al banco, y desde él vió entrar á uno que se le figuró su padre. -«¡Mi papá también aquí!» Y le franquearon la mampara como á los demás. -Por poco sale tras él gritando: «Papá, papá», pero no hubo tiempo, y -donde estaba se quedó. «¿Y será mi papá de los que hablan? Quien debía -venir aquí á explicarse es Mendizábal, que sabe tanto, y dice unas cosas -tan buenas...» En esto sintió que se le nublaba la vista, y le entraba -el intenso frío al espinazo. Fué tan brusca y violenta la acometida del -mal, que sólo tuvo tiempo de decirse: <i>que me da, que me da</i>; y dejando -caer la cabeza sobre el hombro, y reclinando el cuerpo en la esquina -próxima, se quedó profundamente dormido.</p> - -<h2><a name="XXIX" id="XXIX"></a>XXIX</h2> - -<p>Por un instante, Cadalsito no vió ante sí cosa alguna. Todo tinieblas, -vacío, silencio. Al poco rato aparecióse enfrente el Señor, sentado, -¿pero dónde? Tras de él había algo como nubes, una masa blanca, -luminosa, que oscilaba con ondulaciones semejantes á las del humo. El -Señor estaba serio. Miró á Luis, y Luis á él en espera de que le dijese -algo. Había pasado mucho tiempo<span class="pagenum"><a name="page_283" id="page_283"></a>{283}</span> desde que le vió por última vez, y el -respeto era mayor que nunca.</p> - -<p>—El caballero para quien trajiste la carta—dijo el Padre,—no te ha -contestado todavía. La leyó y se la guardó en el bolsillo. Luego te -contestará. Le he dicho que te dé un <i>sí</i> como una casa. Pero no sé si -se acordará. Ahora está hablando por los codos.</p> - -<p>—Hablando—repitió Luis;—¿y qué dice?</p> - -<p>—Muchas cosas, hombre, muchas que tú no entiendes—replicó el Señor, -sonriendo con bondad.—¿Te gustaría á ti oir todo eso?</p> - -<p>—Sí que me gustaría.</p> - -<p>—Hoy están muy enfurruñados. Acabarán por armar un gran rebumbio.</p> - -<p>—Y usted—preguntó Cadalso tímidamente, no decidiéndose nunca á llamar -á Dios de <i>tú</i>,—¿usted no habla?</p> - -<p>—¿Dónde, aquí? Hombre... yo... te diré... alguna vez puede que diga -algo... Pero casi siempre lo que yo hago es escuchar.</p> - -<p>—¿Y no se cansa?</p> - -<p>—Un poquitín; ¡pero qué remedio!...</p> - -<p>—¿El caballero de la carta contestará que sí? ¿Colocarán á mi abuelo?</p> - -<p>—No te lo puedo asegurar. Yo le he mandado que lo haga. Se lo he -mandado la friolera de tres veces.</p> - -<p>—Pues lo que es ahora (con desembarazo), bien que estudio.<span class="pagenum"><a name="page_284" id="page_284"></a>{284}</span></p> - -<p>—No te remontes mucho. Algo más aplicado estás. Aquí, entre nosotros, -no vale exagerar las cosas. Si no te distrajeras tanto con el álbum de -sellos, más aprovecharías.</p> - -<p>—Ayer me supe la lección.</p> - -<p>—Para lo que tú acostumbras, no estuvo mal. Pero no basta, hijo, no -basta. Sobre todo, si te empeñas en ser cura, hay que apretar. Porque -figúrate tú, para decirme una misa has de aprender latín, y para -predicar tienes que estudiar un sin fin de cosas.</p> - -<p>—Cuando sea mayor lo aprenderé todito... Pero mi papá no quiere verme -cura, y dice que él no cree nada de usted, ni aunque lo maten. Dígame, -¿es malo mi papá?</p> - -<p>—No es muy católico que digamos.</p> - -<p>—Y la Quintina, ¿es buena?</p> - -<p>—La tía Quintina sí. ¡Si vieras qué cosas tan bonitas tiene en su casa! -Debías ir á verlas.</p> - -<p>—Abuelita no me deja (desconsolado). Es que á la tía Quintina se le ha -metido en la cabeza que me vaya á vivir con ella, y los de casa... que -nones.</p> - -<p>—Es natural. Pero tú, ¿qué piensas de esto? ¿Te gustaría seguir donde -estás y que te dejaran ir á casa de la tía para ver los santos?</p> - -<p>—¡Vaya si me gustaría!... Dígame, ¿y mi papá está aquí dentro?</p> - -<p>—Sí, por ahí anda.</p> - -<p>—¿Y también él hablará?<span class="pagenum"><a name="page_285" id="page_285"></a>{285}</span></p> - -<p>—También. ¡Pues no faltaba más!...</p> - -<p>—Usted perdone. El otro día dijo mi papá que las mujeres son muy malas. -Por eso yo no quiero casarme nunca.</p> - -<p>—Muy bien pensado (conteniendo la risa). Nada de casorios. Tú vas á ser -curita.</p> - -<p>—Y obispo, si usted no manda otra cosa...</p> - -<p>En esto vió que el Señor se volvía hacia atrás como para apartar de sí -algo que le molestaba... El chico estiró el cuello para ver qué era, y -el Padre dijo: «¡Largo!; idos de aquí y dejadme en paz». Entonces vió -Luisito que por entre los pliegues del manto de su celestial amigo -asomaban varias cabecitas de granujas. El Señor recogió su ropa, y -quedaron al descubierto tres ó cuatro chiquillos en cueros vivos y con -alas. Era la primera vez que Cadalso les veía, y ya no pudo dudar que -aquel era verdaderamente Dios, puesto que tenía ángeles. Empezaron á -aparecerse por entre aquellas nubes algunos más, y alborotaban y reían, -haciendo mil cabriolas. El Padre Eterno les ordenó segunda vez que se -largaran, sacudiéndoles con la punta de su manto, como si fuesen moscas. -Los más chicos revoloteaban, subiéndose hasta el techo (pues había techo -allí) y los mayores le tiraban de la túnica al buen abuelo para que se -fuera con ellos. El anciano se levantó al fin, algo contrariado, -diciendo: «Bien; ya voy, ya voy... ¡Qué machacones sois! No os puedo -aguantar». Pero esto lo<span class="pagenum"><a name="page_286" id="page_286"></a>{286}</span> decía con acento bonachón y tolerante. -Cadalsito estaba embobado ante tan hermosa escena, y entonces vió que de -entre los alados granujas se destacaba uno...</p> - -<p>¡Contro! era <i>Posturitas</i>, el mismo <i>Posturas</i>, no tieso y lívido como -le vió en la caja, sino vivo, alegre y tan guapote. Lo que llenó de -admiración á Cadalso fué que su condiscípulo se le puso delante y con el -mayor descaro del mundo le dijo: «<i>Miau</i>, fu, fu...» El respeto que -debía á Dios y á su séquito no impidió á Luis incomodarse con aquella -salida, y aun se aventuró á responder: «¡Pillo, ordinario... eso te lo -enseñaron la puerca de tu madre y tus tías, que se llaman <i>las -arpidas</i>!» El Señor habló así, sonriendo: «Callar, á callar todos... -Andando...» Y se alejó pausadamente, llevándoselos por delante, y -hostigándoles con su mano como á una bandada de pollos. Pero el -recondenado de <i>Posturitas</i>, desde gran distancia, y cuando ya el Padre -celestial se desvanecía entre celajes, se volvió atrás, y plantándose -frente al que fué su camarada, con las patas abiertas, el hocico -risueño, le hizo mil garatusas, y le sacó un gran pedazo de lenguaza, -diciendo otra vez: «<i>Miau</i>, <i>Miau</i>, fu, fu...» Cadalsito alzó la mano... -Si llega á tener en ella libro, vaso ó tintero, le descalabra. El otro -se fué dando brincos, y desde lejos, haciendo trompeta con ambas manos, -soltó un <i>Miau</i> tan fuerte y tan prolongado, que el<span class="pagenum"><a name="page_287" id="page_287"></a>{287}</span> Congreso entero, -repercutiendo el inmenso mayido, parecía venirse abajo...</p> - -<p>Un portero con una carta en la mano despertó al chiquillo, que tardaba -mucho en volver en sí. «Niño, niño, ¿eres tú el que ha traído la carta -para ese señor? Aquí está la respuesta. Sr. D. Ramón Villaamil».</p> - -<p>—Sí, yo soy... digo, es mi abuelo—contestó al fin Luisito, y -restregándose los ojos salió. El fresco de la calle despejóle un poco la -cabeza. Estaba lloviendo, y su primera idea fué para considerar que se -le iba á poner la ropa perdida. <i>Canelo</i>, á todas estas, había matado el -tiempo en la Carrera de San Jerónimo, calle arriba, calle abajo, viendo -las <i>muchachas</i> bonitas que pasaban, algunas en coche, con sus collares -de lujo; y cuando Luis salió del Congreso, ya estaba de vuelta de su -correría, esperando al amigo. Unióse á éste, esperando que comprase -bollos; pero el pequeño no tenía cuartos, y aunque los tuviera, no -estaba él de humor para comistrajos después de las cosas que había visto -y con el gran trastorno que en todo su cuerpo le quedara.</p> - -<p>¿Y la carta?... ¿qué decía la carta? Con trémula mano abrióla Villaamil -(mientras doña Pura se llevaba adentro al chiquillo para mudarle la -ropa), y al leerla se le cayeron las alas del corazón. Era una de esas -cartas de estampilla, como las que á centenares se escriben diariamente<span class="pagenum"><a name="page_288" id="page_288"></a>{288}</span> -en el Congreso y en los Ministerios. Mucha fórmula de cortesía, mucho -trasteo de promesas vagas sin afirmar ni negar nada. Cuando su mujer -acudió á enterarse, Villaamil ofrecía un aspecto trágico, mostrando la -epístola abierta, arrojada sobre la mesa.</p> - -<p>—¡Ya!—dijo la <i>Miau</i>, después de leerla;—las pamplinas de siempre. -Pero no te apures, hombre. Vete mañana á verle, y...</p> - -<p>—Cuando te digo (con atroz desaliento) que entre unos y otros me están -jorobando...</p> - -<p>Pasó la noche sumido en negra tristeza, y á la mañana inmediata, cambio -completo de decoración. En la afanosa vida del pretendiente ocurren -estos rudos contrastes que les hacen pasar del desconsuelo á la -esperanza. Recibió Villaamil una esquela del prohombre citándole para su -casa, de doce á una. Con la prisa y el anhelo que le entró á mi hombre, -no acertaba á ponerse el gabán. «Me llamará para decirme alguna -tontería—pensaba, arrimándose siempre á lo peor.—Vamos, vamos allá». Y -salió, dejando á su mujer excitadísima con la ilusión de un próximo -triunfo. Por el camino procuraba compenetrarse bien de su fatalismo -pesimista. Según su teoría, siempre sucede lo contrario de lo que uno -piensa. Véase por qué no nos sacamos nunca la lotería; bien claro está: -porque compra uno el billete con el intento firme de que le ha de caer -el premio gordo. Lo previsto<span class="pagenum"><a name="page_289" id="page_289"></a>{289}</span> no ocurre jamás, sobre todo en España, -pues por histórica ley, los españoles viven al día, sorprendidos de los -sucesos y sin ningún dominio sobre ellos. Conforme á esta teoría del -fracaso de toda previsión, ¿qué debe hacerse para que suceda una cosa? -Prever la contraria, compenetrarse bien de la idea opuesta á su -realización. ¿Y para que una cosa no pase? Figurarse que pasará, llegar -á convencerse, en virtud de una sostenida obstinación espiritual, de la -evidencia de aquel supuesto. Villaamil había experimentado siempre con -éxito este sistema, y recordaba multitud de ejemplos demostrativos. En -uno de sus viajes á Cuba, corriendo furioso temporal, se compenetró -absolutamente de la idea de morir, arrancó de su espíritu toda -esperanza, y el vapor hubo de salvarse. Otra vez, hallándose amenazado -de una cesantía, se empapó de la persuasión de su desgracia; no pensaba -más que en el fatídico <i>cese</i>; lo veía delante de sí día y noche, -manifestándose con brutal laconismo. ¿Y qué sucedió? Pues sucedió que me -le ascendieron.</p> - -<p>En resumidas cuentas, al ir á casa del padre de la patria, Villaamil se -impregnó bien en el convencimiento de un desastre, y pensaba así: «Como -si lo viera; este señor me va á dar ahora la puntilla, diciéndome: -«Amigo, lo siento mucho; el Ministro y yo no nos entendemos, y me es -imposible hacer nada por usted».<span class="pagenum"><a name="page_290" id="page_290"></a>{290}</span></p> - -<p>Pero las palabras del aprovechado personaje fueron muy distintas, y -jamás habría podido barruntar D. Ramón que el otro saliese por este -registro: «Pues ayer tarde, después de escribir á usted, hablé con su -yerno, el cual me manifestó que á usted le convendría más servir en -provincias. Eso ya varía de especie, porque en provincias es mucho más -fácil. Hoy mismo me ocuparé del asunto».</p> - -<p>En medio de la sorpresa grata que tan expresivas razones le causaron, -sintió mi hombre el disgusto de la ingerencia de Víctor en aquel -negocio. Retiróse á su casa intranquilo; pues le hacía muy poca gracia -ver mezcladas la persona y recomendaciones de Cadalso con las suyas. No -participó doña Pura de estos recelos, y el sol de su regocijo brilló sin -nubes. Cierto que les contrariaba tener que hacer el hatillo; pero no -estaban en situación de escoger lo mejor, sino de apechugar con lo -posible, dando gracias á Dios.</p> - -<p>Desde aquel día, Villaamil frecuentaba la iglesia de un modo -vergonzante. Al salir de casa, si las Comendadoras estaban abiertas, se -colaba un rato allí, y oía misa si era hora de ello, y si no, se estaba -un ratito de rodillas, tratando sin duda de armonizar su fatalismo con -la idea cristiana. ¿Lo conseguiría? ¡Quién sabe! El cristianismo nos -dice: <i>Pedid y se os dará</i>; nos manda que fiemos en Dios y esperemos de -su mano<span class="pagenum"><a name="page_291" id="page_291"></a>{291}</span> el remedio de nuestros males; pero la experiencia de una larga -vida de ansiedad sugería al buen Villaamil estas ideas: <i>No esperes y -tendrás</i>; <i>desconfía del éxito para que el éxito llegue</i>. Allá se las -compondría en su conciencia. Quizás abdicaba de su diabólica teoría, -volviendo al dogma consolador; tal vez se entregaba con toda la efusión -de su espíritu al Dios misericordioso, poniéndose en sus manos para que -le diera lo que más le convenía, la muerte ó la vida, la credencial ó el -eterno <i>cese</i>, el bienestar modesto ó la miseria horrible, la paz -dichosa del servidor del Estado ó la desesperación famélica del -pretendiente. Quizás anticipaba su acalorada gratitud para el primer -caso ó su resignación para el segundo, y se proponía aguardar con ánimo -estoico el divino fallo, renunciando á la previsión de los -acontecimientos, resabio pecador del orgullo del hombre.</p> - -<h2><a name="XXX" id="XXX"></a>XXX</h2> - -<p>Una tarde, ya cerca de anochecido, al volver á su casa, vió á Monserrat -abierto, y allá se entró. La iglesia estaba muy obscura. Casi á tientas -pudo llegar á un banco de los de la nave central y se hincó juntó á él, -mirando hacia el altar, alumbrado por una sola luz. Pisadas de algún -devoto que entraba ó salía y silabeo tenue<span class="pagenum"><a name="page_292" id="page_292"></a>{292}</span> de rezos eran los únicos -rumores que turbaban el silencio, en cuyo seno profundo arrojó el -cesante su plegaria melancólica, mezcla absurda de piedad y -burocracia... «Porque por más que revuelvo en mi conciencia no encuentro -ningún pecado gordo que me haga merecer este cruel castigo... Yo he -procurado siempre el bien del Estado, y he atendido á defender en todo -caso la Administración contra sus defraudadores. Jamás hice ni consentí -un chanchullo, jamás, Señor, jamás. Eso bien lo sabes tú, Señor... Ahí -están mis libros cuando fuí tenedor de la Intervención... Ni un asiento -mal hecho, ni una raspadura... ¿Por qué tanta injusticia en estos -jeringados Gobiernos? Si es verdad que á todos nos das el pan de cada -día, ¿por qué á mí me lo niegas? Y digo más: si el Estado debe favorecer -á todos por igual, ¿por qué á mí me abandona?... ¡Á mí, que le he -servido con tanta lealtad! Señor, que no me engañe ahora... Yo te -prometo no dudar de tu misericordia como he dudado otras veces; yo te -prometo no ser pesimista, y esperar, esperar en ti. Ahora, Padre -Nuestro, tócale en el corazón á ese cansado Ministro, que es una buena -persona: sólo que me le marean con tantas cartas y recomendaciones».</p> - -<p>Transcurrido un rato se sentó, porque el estar de rodillas le fatigaba, -y sus ojos, acostumbrándose á la penumbra, empezaron á distinguir -vagamente los altares, las imágenes, los<span class="pagenum"><a name="page_293" id="page_293"></a>{293}</span> confesonarios y las personas, -dos ó tres viejas que rezongaban acurrucadas en ruedos al pie de los -confesonarios. No esperaba él el buen encuentro que tuvo á la media hora -de estar allí. Deslizándose sobre el banco ó andando con las asentaderas -sobre la tabla, se le apareció su nieto.</p> - -<p>—Hijo, no te había visto. ¿Con quién vienes?</p> - -<p>—Con tía Abelarda, que está en aquella capilla... Aquí la estaba -esperando y me quedé dormido. No le vi entrar á usted.</p> - -<p>—Pues aquí llegué hace un ratito—le dijo el abuelo, oprimiéndole -contra sí.—¿Y tú, vienes aquí á dormir la siesta? No me gusta eso; te -puedes enfriar y coger un catarro. Tienes las manos heladitas. Dámelas -que te las caliente.</p> - -<p>—Abuelo—le preguntó Luis cogiéndole la cara y ladeándosela,—¿estaba -usted rezando para que le coloquen?</p> - -<p>Tan turbado se encontraba el ánimo del cesante, que al oir á su nieto -pasó de la risa al lloro en menos de un segundo. Pero Luis no advirtió -que los ojos del anciano se humedecían, y suspiró con toda su alma al -oir esta respuesta:</p> - -<p>—Sí, hijo mío. Ya sabes tú que á Dios se le debe pedir todo lo que -necesitamos.</p> - -<p>—Pues yo—replicó el chicuelo saltando por donde menos se podía -esperar—se lo estoy diciendo todos los días, y nada.<span class="pagenum"><a name="page_294" id="page_294"></a>{294}</span></p> - -<p>—¿Tú... pero tú también pides?... ¡Qué rico eres! El Señor nos da -cuanto nos conviene. Pero os preciso que seamos buenos, porque si no, no -hay caso.</p> - -<p>Luis lanzó otro suspiro hondísimo que quería decir: «Esa es la -dificultad, ¡contro!, que uno sea bueno». Después de una gran pausa, el -chiquillo, manoseando otra vez la cara del abuelo para obligarle á mirar -para él, murmuró:</p> - -<p>—Abuelo, hoy me he sabido la lección.</p> - -<p>—¿Sí? Eso me gusta.</p> - -<p>—¿Y cuándo me ponen en latín? Yo quiero aprenderlo para cantar misa... -Pero mire usted, lo que es esta iglesia no me hace feliz. ¿Sabe usted -por qué? Hay en aquella capilla un Señor con pelos largos que me da -mucho miedo. No entro allí aunque me maten. Cuando yo sea cura, lo que -es allí no digo misa...</p> - -<p>Don Ramón se echó á reir.</p> - -<p>—Ya se te irá quitando el temor, y verás cómo también al Cristo -melenudo le dices tus misitas.</p> - -<p>—Y que ya estoy aprendiendo á echarlas. Murillo sabe todo el latinaje -de la misa, y cuando se toca la campanilla y cuando se le levanta el -faldón al cura.</p> - -<p>—Mira—le dijo su abuelo sin enterarse,—ve y avisa á la tía que estoy -aquí. No me habrá visto. Ya es hora de que nos vayamos á casa.<span class="pagenum"><a name="page_295" id="page_295"></a>{295}</span></p> - -<p>Fué Luis á llevar el recado, y el taconeo de sus pisadas resonó en el -suelo de la iglesia como alegre nota en tan lúgubre silencio. Abelarda, -sentada á la turca en el suelo, miró hacia atrás, después se levantó, y -vino á situarse junto á su padre.</p> - -<p>—¿Has acabado?—le preguntó éste.</p> - -<p>—Aun me falta un poquito.—Y siguió silabeando, fijos los ojos en el -altar.</p> - -<p>Confiaba mucho Villaamil en las oraciones de su hija, que creía fuesen -por él, y así le dijo:</p> - -<p>—No te apresures; reza con calma y cuanto quieras, que hay tiempo -todavía. ¿Verdad que el corazón parece que se descarga de un gran peso -cuando le contamos nuestras penas al único que las puede consolar?</p> - -<p>Esto brotó con espontaneidad nacida del fondo del alma. El sitio y la -ocasión eran propicios al dulcísimo acto de abrir de par en par las -puertas del espíritu y dar salida á todos los secretos. Abelarda se -hallaba en estado psicológico semejante; pero sentía con más fuerza que -su padre la necesidad de desahogo. No era dueña de callar en aquel -instante, y á poco que se descuidara, le rebosarían de la boca -confidencias que en otro lugar y momento por nada del mundo dejaría -asomar á sus labios.</p> - -<p>—¡Ay, papá!—se dejó decir.—Soy muy desgraciada... Usted no lo sabe -bien.</p> - -<p>Asombróse Villaamil de tal salida, porque<span class="pagenum"><a name="page_296" id="page_296"></a>{296}</span> para él no había en la -familia más que una desgracia, la cesantía y angustiosa tardanza de la -credencial.</p> - -<p>—Es verdad—dijo soturnamente;—pero ahora... ahora debemos confiar... -Dios no nos abandonará.</p> - -<p>—Lo que es á mí—confirmó Abelarda,—bien abandonada me tiene... Es que -le pasan á una cosas muy terribles. Dios hace á veces unos disparates...</p> - -<p>—¿Qué dices, hija? (alarmadísimo). ¡Disparates Dios...!</p> - -<p>—Quiero decir que á veces le infunde á una sentimientos que la hacen -infeliz; porque, ¿á qué viene querer, si no van las cosas por buen -camino?</p> - -<p>Villaamil no comprendía. La miró por ver si la expresión del rostro -aclaraba el enigma de la palabra. Pero la menguada luz no permitía al -anciano descifrar el rostro de su hija. Y Luisito, en pie ante los dos, -no entendía ni jota del diálogo.</p> - -<p>—Pues si te he de decir verdad—añadió Villaamil buscando luz en -aquella confusión,—no te entiendo. ¿Qué disgusto tienes? ¿Has reñido -con Ponce? No lo creo. El pobre chico, anoche en el café, me habló tan -natural de la prisa que le corre casarse. No quiere esperar á que se -muera su tío, el cual, entre paréntesis, es hombre acabado.<span class="pagenum"><a name="page_297" id="page_297"></a>{297}</span></p> - -<p>—No es eso, no es eso—dijo la <i>Miau</i> con el corazón en prensa.—Ponce -no me ha dado rabieta ninguna.</p> - -<p>—Pues entonces...</p> - -<p>Callaron ambos, y á poco Abelarda miró á su padre. Le retozaba en el -alma un sentimiento maligno, un ansia de mortificar al bondadoso viejo -diciéndole algo muy desagradable. ¿Cómo se explica esto? Únicamente por -el rechazo de la efusión de piedad en aquel turbado espíritu, que -buscando en vano el bien, rebotaba en dirección del mal, y en él -momentáneamente se complacía. Algo hubo en ella de ese estado cerebral -(relacionado con desórdenes nerviosos, familiares al organismo femenil), -que sugiere los actos de infanticidio; y en aquel caso, el misterioso -flúido de ira descargó sobre el mísero padre á quien tanto amaba.</p> - -<p>—¿No sabes una cosa?—le dijo.—Ya han colocado á Víctor. Hoy al -mediodía... á poco de salir tú, llamaron á la puerta: era la credencial. -Él estaba en casa. Le han dado el ascenso y le nombran... no sé qué en -la Administración Económica de Madrid.</p> - -<p>Villaamil se quedó atontadísimo, como si le hubieran descargado un -fuerte golpe de maza en la cabeza. Le zumbaron los oídos... creyó -delirar, se hizo repetir la noticia, y Abelarda la repitió con acento en -que vibraba la saña del parricida.<span class="pagenum"><a name="page_298" id="page_298"></a>{298}</span></p> - -<p>—Un gran destino—añadió.—El está muy contento, y dijo que si á ti te -dejan fuera, puede, por de pronto y para que no estés desocupado, darte -un destinillo subalterno en su oficina.</p> - -<p>Creyó por un momento el anciano sin ventura que la iglesia se le caía -encima. Y en verdad, un peso enorme se le sentaba sobre el corazón no -dejándole respirar. En el mismo instante, Abelarda, volviendo en sí de -aquella perturbación cerebral que nublara su razón y sus sentimientos -filiales, se arrepintió de la puñalada que acababa de asestar á su -padre, y quiso ponerle bálsamo sin pérdida de tiempo.</p> - -<p>—También á ti te colocarán pronto. Yo se lo he pedido á Dios.</p> - -<p>—¡Á mí! ¡colocarme á mí! (con furor pesimista). Dios no protege más que -á los pillos... ¿Crees que espero algo ni del Ministro ni de Dios? Todos -son lo mismo... ¡Arriba y abajo farsa, favoritismo, polaquería! Ya ves -lo que sacamos de tanta humillación y de tanto rezo. Aquí me tienes -desairado siempre y sin que nadie me haga caso, mientras que ese -pasmarote, embustero y trapisondista...</p> - -<p>Se dió con la palma de la mano un golpe tan recio en el cráneo, que -Luisito se asustó, mirando consternado á su abuelo. Entonces volvió á -sentir Abelarda la malignidad parricida, uniéndola á un cierto instinto -defensivo de la<span class="pagenum"><a name="page_299" id="page_299"></a>{299}</span> pasión que llenaba su alma. Los grandes errores de la -vida, como los sentimientos hondos, aunque sean extraviados, tienden á -conservarse y no quieren en modo alguno perecer. Abelarda salió á la -defensa de sí misma defendiendo al otro.</p> - -<p>—No, papá, malo no es (con mucho calor), malo no. ¡En qué error tan -grande están usted y mamá! Todo consiste en que le juzgan de ligero, en -que no le comprenden.</p> - -<p>—¿Tú qué sabes, tonta?</p> - -<p>—¿Pues no he de saberlo? Los demás no le comprenden, yo sí.</p> - -<p>—¡Tú, hija...!—y al decirlo, una sospecha terrible cruzó por su mente, -atontándole más de lo que estaba. Pronto se rehizo, diciéndose: «No -puede ser; ¡qué absurdo!» Pero como notara la excitación de su hija, el -extravío de su mirar, volvió á sentirse acometido de la cruel sospecha.</p> - -<p>—¡Tú... dices que le comprendes tú!</p> - -<p>Resistiéndose á penetrar el misterio, éste, al modo de negra sima, más -profunda y temerosa cuanto más mirada, le atraía con vértigo insano. -Comparó rápidamente ciertas actitudes de su hija, antes inexplicables, -con lo que en aquel momento oía; ató cabos, recordó palabras, gestos, -incidentes, y concluyó por declararse que estaba en presencia de un -hecho muy grave. Tan grave era y tan contrario á sus sentimientos, que -le daba terror cerciorarse<span class="pagenum"><a name="page_300" id="page_300"></a>{300}</span> de él. Más bien quería olvidarlo ó fingirse -que era vana cavilación sin fundamento razonable.</p> - -<p>—Vámonos—murmuró.—Es tarde, y yo tengo que hacer antes de ir á casa.</p> - -<p>Abelarda se arrodilló para decir sus últimas oraciones, y el abuelo, -cogiendo á Luisito de la mano, se dirigió lentamente hacia la puerta, -sin hacer genuflexión alguna, sin mirar para el altar ni acordarse de -que estaba en lugar sagrado. Pasaron junto á la capilla del Cristo -melenudo, y como Cadalsito tirase del brazo de su abuelo para alejarle -lo más posible de la efigie que tanto miedo le daba, Villaamil se -incomodó y le dijo con cruel aspereza:</p> - -<p>—Que te come... Tonto...</p> - -<p>Salieron los tres, y en la esquina de la calle de Quiñones se -encontraron á Pantoja, que detuvo á D. Ramón para hablarle del inaudito -ascenso de Cadalso. Abelarda siguió hacia la casa. Al subir por la mal -alumbrada escalera, sintió pasos descendentes. Era él... Su andar con -ningún otro podía confundirse. Habría deseado esconderse para que no la -viera, impulso de vergüenza y sobresalto que obedecía á misterioso -presentimiento. El corazón le anunciaba algo inusitado, desarrollo y -resultante natural de los hechos, y aquel encuentro la hacía temblar. -Víctor la miró y se detuvo tres ó cuatro escalones más arriba del -rellano en que la chica de Villaamil se paró, viéndole venir.<span class="pagenum"><a name="page_301" id="page_301"></a>{301}</span></p> - -<p>—¿Vuelves de la iglesia?—le dijo.—Yo no como hoy en casa. Estoy de -convite.</p> - -<p>—Bueno—replicó ella, y no se le ocurrió nada más ingenioso y oportuno.</p> - -<p>De un salto bajó Víctor los cuatro escalones, y sin decir nada, cogió á -la insignificante por el talle y la oprimió contra sí, apoyándose en la -pared. Abelarda dejóse abrazar sin la menor resistencia, y cuando él la -besó con fingida exaltación en la frente y mejillas, cerró los ojos, -descansando su cabeza sobre el pecho del guapo monstruo, en actitud de -quien saborea un descanso muy deseado, después de larga fatiga.</p> - -<p>—Tenía que ser—dijo Víctor con la emoción que tan bien sabía -simular.—No hemos hablado con claridad, y al fin nos entendemos. Vida -mía, todo lo sacrifico por ti. ¿Estás dispuesta á hacer lo mismo por -este desdichado?</p> - -<p>Abelarda respondió que sí con voz que sólo fué un simple despegar de -labios.</p> - -<p>—¿Abandonarías casa, padres, todo, por seguirme?—dijo él en un rapto -de infernal inspiración.</p> - -<p>Volvió la sosa á responder afirmativamente, ya con voz más clara y con -acentuado movimiento de cabeza.</p> - -<p>—¿Por seguirme para no separarnos jamás?</p> - -<p>—Te sigo como una tonta, sin reparar...</p> - -<p>—¿Y pronto?</p> - -<p>—Cuando quieras... Ahora mismo.<span class="pagenum"><a name="page_302" id="page_302"></a>{302}</span></p> - -<p>Víctor meditó un rato.</p> - -<p>—Alma mía, todo puede hacerse sin escándalo. Separémonos ahora... Me -parece que viene alguien. Es tu padre... Súbete. Hablaremos.</p> - -<p>Al sentir los pasos de su padre, Abelarda despertó de aquel breve sueño. -Subió azorada, trémula, sin mirar hacia atrás. Víctor siguió bajando -lentamente, y al cruzarse con su suegro y el niño, ni les dijo nada, ni -ellos le hablaron tampoco. Cuando Villaamil llegaba al segundo, ya la -joven había llamado presurosa, deseando entrar antes de que su padre -pudiera sorprender la turbación de criminal que desencajaba su rostro.</p> - -<h2><a name="XXXI" id="XXXI"></a>XXXI</h2> - -<p>Toda aquella noche estuvo la insignificante en un estado próximo á la -demencia, dividido su espíritu entre la alegría loca y una tristeza -sepulcral. Á ratos sentíase acometida de punzante suspicacia. Había -entregado su voluntad sin condiciones, sin exigir en cambio la rendición -del albedrío del otro y el término de aquellos amores con mujer -desconocida, amores de compromiso sin duda, difíciles de romper. ¿Los -rompía y liquidaba todas sus atrasadas cuentas de amor? Así tenía que -ser. Y francamente, no estaba de más haberlo dicho. ¡Pero si no había<span class="pagenum"><a name="page_303" id="page_303"></a>{303}</span> -habido tiempo para nada, ni pudieron darse y pedirse las explicaciones -propias del caso!... Fué como un relámpago aquel trueque y abandono -mutuo de ambas voluntades. Convenía, pues, en la primera coyuntura, -despejar la situación, alejando todo temor de duplicidad, y poner para -siempre á un lado á la señora aquella de las cartas. Hecho esto, -Abelarda se entregaría sin ningún trámite al hombre que le había -absorbido el alma; renunciaba á toda libertad, era suya, de él, en la -forma y condiciones que él quisiese, con escándalo ó sin escándalo, con -honra ó sin honra.</p> - -<p>Mientras comían, Villaamil observaba á su hija, poniendo en su rostro -los rasgos más enérgicos de aquella ferocidad tigresca que le -caracterizaba. Comía sin apetito, y creeríase que devoraba una pieza -palpitante y medio viva, que gemía y temblaba con dolores horribles, -clavada en su tenedor. Doña Pura y Milagros no osaron hablarle de la -colocación de Víctor. Ambas estaban mohínas, lúgubres y con cara de -responso, y la misma Abelarda concluyó por formar parte de aquel -silencioso coro de sepulcrales figuras. Aquella noche no había Real. El -cesante se metió en su despacho, y las tres <i>Miaus</i> fueron á la sala, -donde se reunieron el ínclito Ponce y las de Cuevas. Abelarda tuvo -momentos de febril locuacidad, y otros de meditación taciturna.<span class="pagenum"><a name="page_304" id="page_304"></a>{304}</span></p> - -<p>Á las doce se acabó la tertulia, y á dormir... La casa en silencio, -Abelarda en vela, esperando á Víctor para decirse lo que por decir -estaba, y vaciar de lleno alma en alma, cambiando los vasos su -contenido. Pero dió la una, la una y media, y el galán no parecía. Entre -dos y tres, la infeliz muchacha se hallaba en estado febril, que -encendía en su mente los más peregrinos disparates. Le habían matado... -También podía ser que el abrazo, el besuqueo y la declaración de la -escalera fueran una burla infame... Esta idea la rechazaba por ser -demasiado absurda y no caber, según ella, dentro de los moldes de la -humana maldad. Luego pensaba (y eran ya las tres y media) que la -elegantona de las cartas coronadas, al enterarse aquella misma noche de -que el amante se le iba, ó al oir de su propio labio tristes acentos de -ruptura, tramaba contra él horrible venganza, le convidaba á cenar y le -envenenaba, echándole en una copa de Jerez el veneno de los Borgias. Con -las extrañas cavilaciones mezclaba la sosa mil lances que había visto en -las óperas, las conjuraciones que arma la mezzo-soprano contra el tenor, -porque éste la desprecia por la tiple; las perrerías del barítono para -deshacerse de su aborrecido rival, la constancia sublime del tenor (y -eran ya las cuatro), que sucumbiendo á las combinadas artimañas del bajo -y la contralto, revienta en brazos de la tiple, y concluyen<span class="pagenum"><a name="page_305" id="page_305"></a>{305}</span> ambos -diciéndose que se amarán en el otro mundo.</p> - -<p>Las cinco, y Víctor sin parecer. El cerebro de Abelarda era un volcán, -que desfogaba por los ojos en destellos de calentura, por los labios en -monosílabos de despecho, de amor, de cólera. Sólo dos veces, en la -temporada aquélla, había pasado el <i>hombre superior</i> toda la noche fuera -de casa; y la primera vez que esto sucediera, entró á eso de las diez de -la mañana en un desorden lamentable, denunciando con su actitud, con sus -palabras y hasta con su ropa, los excesos de una noche de festín entre -personas de vida poco regular. ¡Si sucedería lo mismo aquella segunda -vez!... Pero no; algo había ocurrido. Entre el tiernísimo paso de la -escalera y aquella ausencia inexplicable, había un enigma, algo -misterioso, quizás una desgracia ó una monstruosidad que la pobre -muchacha, en la ofuscación de su inteligencia, no acertaba á comprender. -Las seis, y nada. Rompió á llorar, y tan pronto reclinaba su cabeza -sobre la almohada, como se sentaba en un baúl ó iba de una parte á otra -de la habitación, cual pájaro saltando en su jaula de palito en palito.</p> - -<p>Llegó el día, y nada. El primero á quien Abelarda sintió levantarse fué -su padre, que pasó camino de la cocina y después del despacho. Las ocho. -Doña Pura no tardaría en abandonar las ociosas plumas. Como ya, aunque -Víctor<span class="pagenum"><a name="page_306" id="page_306"></a>{306}</span> entrase, no era posible hablar á solas con él, la dolorida se -acostó, no para dormir ni descansar, sino para que su madre no cayese en -la cuenta de la noche toledana. Más de las nueve eran ya cuando entró el -trasnochador con muy mal cariz. Doña Pura le abrió la puerta sin decirle -una sola palabra. Metióse en su cuarto, y Abelarda, que salía del suyo, -le sintió revolviéndose en el estrecho recinto, donde apenas cabían la -cama, una silla y el baúl. «Si vas á la iglesia—díjole Pura, sacando -unos cuartos del portamonedas,—te traes cuatro huevos... Que te -acompañe Luis. Yo no salgo. Me duele la cabeza. Tu padre está -disgustadísimo, y con razón. ¡Mira que colocar á este perdulario y -dejarle á él en la calle, á él, tan honrado y que sabe más de -Administración que todo el Ministerio junto! ¡Qué Gobiernos, Señor, qué -Gobiernos! ¡Y se espantan luego de que haya revolución! Te traes cuatro -huevos. ¡No sé cómo saldremos del día!... ¡Ah! tráete también el cordón -negro para mi vestido y los corchetes».</p> - -<p>Abelarda fué á la iglesia, y al volver con los encargos de su madre, -halló á ésta, su tía y Víctor en el comedor, enzarzados en furiosa -disputa. La voz de Cadalso sobresalía, diciendo:</p> - -<p>—Pero, señoras mías, ¿yo qué culpa tengo de que me hayan colocado á mí -antes que á papá? ¿Es esto razón bastante para que todos en esta casa me -pongan cara de cuerno? Pues ganas me<span class="pagenum"><a name="page_307" id="page_307"></a>{307}</span> dan, como hay Dios, de tirar la -credencial á la calle. Antes que nada, la paz de la familia. Yo -desviviéndome porque me quieran, yo tratando de hacer olvidar los -disgustos que les he causado, y ahora, ¡válgame Dios!, porque al -Ministro se le antoja colocarme, ya falta poco para que mi suegra y la -hermana de mi suegra me saquen los ojos! Bueno, señoras; arañen, peguen -todo lo que gusten; yo no he de quejarme. Mientras más perrerías me -digan, más he de quererles yo á todos.</p> - -<p>—¡Como si no supiéramos—objetó doña Pura hecha un áspid—que tú tienes -vara alta en el Ministerio, y que si hubieras querido, ya Ramón tendría -plaza...!</p> - -<p>—¡Por Dios, mamá, por Dios!—replicó Víctor revelando verdadera -consternación.—Eso es del género inocente... No puedo creer que usted -lo diga con formalidad. ¡Que yo...! vamos; ¡tengo entre la familia una -reputacioncita...! ¿Y si yo jurase que he gestionado por papá más que -por mí? ¿Si yo lo jurase? Claro, no me creerían. Pero, créanlo ó no, lo -digo y lo sostengo.</p> - -<p>Abelarda no intervino en la reyerta, pero mentalmente se ponía de parte -de su hermano político. En esto entró Villaamil, y Víctor se fué -resueltamente á él: «Usted que es un hombre razonable, dígame si cree, -como estas señoras, que yo he gestionado ó trabajado ó intrigado porque -me colocaran á mí y á usted no.<span class="pagenum"><a name="page_308" id="page_308"></a>{308}</span> Porque aquí me están calentando las -orejas con esa historia, y francamente, me aflige oirme tratar como un -Judas sin conciencia. (Con noble acento.) Yo, Sr. D. Ramón, me he -portado lealmente. Si he tenido la desgracia de ir por delante de otros, -no es culpa mía. ¿Sabe usted lo que yo haría ahora?... y que me muera si -no digo verdad. Pues cederle á usted mi plaza.»</p> - -<p>—Si nadie habla del asunto—replicó Villaamil con serenidad, que -obtenía violentándose cruelmente.—¡Colocarme á mí! ¿Crees que alguien -piensa en tal cosa? Ha pasado lo natural y lógico. Tú tienes allá... no -sé dónde... buenos padrinos ó madrinas... Yo no tengo á nadie... Que te -aproveche.</p> - -<p>Cerró la puerta de su despacho, dejando en el pasillo á Víctor, algo -confuso y con una respuesta entre labio y labio, que no se atrevió á -soltar. Aun quiso engatusar á doña Pura en el comedor, tratando de -rendir su ánimo con expresiones servilmente cariñosas. «¡Qué desgracia -tan grande, Dios mío, no ser comprendido! Me consumo por esta familia, -me sacrifico por ella, hago mías sus desgracias y suyos mis escasos -posibles, y como si nada. Soy y seré siempre aquí un huésped molesto y -un pariente maldito. Paciencia, paciencia».</p> - -<p>Dijo esto con afectación hábil, en el momento de sacar papel y -disponerse á escribir sobre la mesa del comedor. Ausentarse vió ante sí -á<span class="pagenum"><a name="page_309" id="page_309"></a>{309}</span> su cuñada, de pié y mirándole, sosteniendo la barba entre los dedos -de la mano derecha, actitud atenta, pensativa y cariñosa semejante, -salva la belleza, á la de la célebre estatua de Polimnia en el grupo -antiguo de las Musas. No era preciso ser lince para leer en las pupilas -y expresión de la insignificante estas ó parecidas reconvenciones: -«¿Pero qué haces ahí sin atenderme? ¿No sabes que soy la única persona -que te ha comprendido? Vuélvete hacia mí, y no hagas caso de los -demás,.. Estoy aguardándote desde anoche, ¡ingrato!, y tú tan distraído. -¿Qué se hicieron tus planes de escapatoria? Estoy pronta... Me iré con -lo puesto».</p> - -<p>Al verla en tal actitud y al leer en sus ojos la reconvención, cayó -Víctor en la cuenta de que estaba en descubierto con ella. Maldito si -desde la noche anterior se había vuelto á acordar del paso de la -escalera, y si lo recordaba era como un hecho baladí, cual humorada -estudiantil sin consecuencias para la vida. Su primera impresión, al -despertarse la memoria, fué de disgusto, cual si recordase la precisión -impertinente de pagar una visita de puro cumplido. Pero al instante -compuso la fisonomía, que para cada situación tenía una hermosa máscara -en el variado repertorio de su histrionismo moral; y cerciorándose de -que no andaba por allí su suegra, puso una cara muy tierna, miró al -techo, después á su cuñada, y entre ambos se cruzaron estas breves -cláusulas:<span class="pagenum"><a name="page_310" id="page_310"></a>{310}</span></p> - -<p>—Vida mía, tengo que hablarte... ¿dónde y cuándo?</p> - -<p>—Esta tarde... en las Comendadoras... á las seis.</p> - -<p>Y nada más. Abelarda se escapó á arreglar la sala, y Víctor se puso á -escribir, arrojando con desdén la careta y pensando de este modo: «La -chiflada ésta quiere saber cuándo tocan á perderse... ¡Ah!... pues si tú -lo cataras... Pero no lo catarás».</p> - -<h2><a name="XXXII" id="XXXII"></a>XXXII</h2> - -<p>Puntual, como la hora misma, entró Abelarda, á la de la cita, en las -Comendadoras. La iglesia, callada y obscura, estaba que ni de encargo -para el misterioso objeto de una cita. Quien hubiera visto entrar á la -chica de Villaamil, se habría pasmado de notar en ella su mejor ropa, -los verdaderos trapitos de cristianar. Se los puso sin que lo advirtiera -su madre, que había salido á las cinco. Sentóse en un banco, rezando -distraída y febril, y al cuarto de hora entró Víctor, que al pronto no -veía gota, y dudaba á qué parte de la iglesia encaminarse. Fué ella á -servirle de guía, y le tocó el brazo. Diéronse las manos y se sentaron -cerca de la puerta, en un lugar bastante recogido y el más tenebroso de -la iglesia, á la entrada de la capilla de los Dolores.<span class="pagenum"><a name="page_311" id="page_311"></a>{311}</span></p> - -<p>Á pesar de su pericia y del desparpajo con que solía afrontar las -situaciones más difíciles, Víctor, no sabiendo cómo desflorar el asunto, -estuvo mascando un rato las primeras palabras. Por fin, resuelto á -abreviar, encomendándose mentalmente al demonio de su guarda, dijo:</p> - -<p>—Empiezo por pedirte perdón, vida mía; perdón, sí, lo necesito, por mi -conducta... imprudente... El amor que te tengo es tan hondo, tan -avasallador, que anoche, sin saber lo que hacía, quise lanzarte por -las... escabrosidades de mi destino. Estarás enojadísima conmigo, lo -comprendo, porque á una mujer de tu calidad, proponer yo como -propuse...! Pero estaba ciego, demente, y no supe lo que me dije. ¡Qué -idea habrás formado de mí! Merezco tu desprecio. Proponerte que -abandonaras tus padres, tu casa, por seguirme á mí, á mí, cometa errante -(recordando frases que había leído en otros tiempos y enjaretándolas con -la mayor frescura), á mí que corro por los espacios, sin dirección fija, -sin saber de dónde he recibido el impulso ni adónde me lleva mi carrera -loca...! Me estrellaré; de fijo me estrellaré. Pero sería un infame, -Abelarda (tomándole una mano), sería el último de los monstruos si -permitiera que te estrellaras conmigo... tú, que eres un ángel: tú, que -eres el encanto de tu familia... ¡Oh! te pido perdón, y me pondría de -rodillas para alcanzarlo. Cometí gravísimo atentado contra<span class="pagenum"><a name="page_312" id="page_312"></a>{312}</span> tu dignidad, -ultrajé tu candor, proponiéndote aquella atrocidad nacida en este -cerebro calenturiento... en fin, perdóname, y admite mis honradas -excusas. Te amo, te amo, y te amaré siempre, sin esperanza, porque no -puedo aspirar á poseer tan... rica joya. Insultaría á Dios si tal -aspiración tuviese...</p> - -<p>No acortaba la <i>Miau</i> á comprender bien aquella palabrería, de sentido -tan opuesto á lo que esperaba escuchar. Mirábale á él, y después á la -imagen más próxima, un San Juan con cordero y banderola, y le preguntaba -al santo si aquello era verdad ó sueño.</p> - -<p>—Estás, estás perdonado—murmuró respirando muy fuerte.</p> - -<p>—No extrañes, amor mío—prosiguió él, dueño ya de la situación,—que en -tu presencia me vuelva tímido y no sepa expresarme bien. Me fascinas, me -anonadas, haciéndome ver mi pequeñez. Perdóname el atrevimiento de -anoche. Quiero ahora ser digno de ti, quiero imitar esa serenidad -sublime. Tú me marcas el camino que debo seguir, el camino de la vida -ideal, de las acciones perfectamente ajustadas á la ley divina. Te -imitaré; haré por imitarte. Es preciso que nos separemos, mujer -incomparable. Si nos juntamos, tu vida corre peligro y la mía también. -Estamos cercados de enemigos que nos acechan, que nos vigilan... ¿Qué -debemos hacer?... Separarnos en la tierra, unirnos en las<span class="pagenum"><a name="page_313" id="page_313"></a>{313}</span> esferas -ideales. Piensa en mí, que yo ni un instante te apartaré de mi -pensamiento...</p> - -<p>Abelarda, inquietísima, se movía en el banco como si éste se hallara -erizado de púas.</p> - -<p>—¿Cómo olvidar que cuando toda la familia me despreciaba, tú sola me -comprendías y me consolabas? ¡Ah! no se olvida eso en mil años. Te -aseguro que eres sublime. Soy un miserable. Déjame abandonado á mi -triste suerte. Sé que has de pedir á Dios por mí, y esto me consuela. Si -yo creyera, si yo pudiera prosternarme ante ese altar ó ante otro -semejante, si yo rezar pudiese, rezaría por ti... Adiós, amor mío.</p> - -<p>Quiso cogerle una mano, pero Abelarda la retiró, volviendo la cara hacia -el opuesto lado.</p> - -<p>—Tu esquivez me mata. Bien sé que la merezco... Anoche estuve contigo -irrespetuoso, grosero, indelicado. Pero ya has dicho que me perdonabas. -¿Á qué ese gesto? Ya, ya sé... Es que te estorbo, es que te soy -aborrecible... Lo merezco; sé que lo merezco. Adiós. Estoy expiando mis -culpas, porque ahora quiero separarme de ti, y ya ves, no puedo... -¡Clavado en este banco!... (impaciente, y atropellándose por concluir -pronto). ¿Te acordarás de mí en tu vida futura?... Oye un consejo: -cásate con Ponce, y si no te casas, entra en un convento, y reza por él -y por mí, por este pecador... Tú has nacido para la vida espiritual. -Eres muy grande, y no cabes en la estrechez del matrimonio ni en la...<span class="pagenum"><a name="page_314" id="page_314"></a>{314}</span> -prosaica vida de familia... No puedo seguir, mujer, porque pierdo la -razón... deliro y... Valor... un supremo esfuerzo... Adiós, adiós.</p> - -<p>Y como alma que lleva Satanás, salió de la iglesia, refunfuñando. Tenía -prisa, y se felicitaba de haber saldado una fastidiosa cuentecilla. -«¡Qué demonio!—dijo, mirando su reloj y avivando el paso.—Pensé -despachar en diez minutos y he empleado veinte. ¡Y <i>aquélla</i> esperándome -desde las seis!... Vamos, que sin poderlo remediar me da lástima de esta -inefable cursi. Van á tener que ponerte camisa... ó corsé de fuerza».</p> - -<p>Y Abelarda, ¿qué hacía y qué pensaba? Pues si hubiera visto que al -púlpito de la iglesia subía el Diablo en persona y echaba un sermón -acusando á los fieles de que no pecaban bastante, y diciéndoles que si -seguían así no ganarían el infierno; si Abelarda hubiera visto esto, no -se habría pasmado como se pasmó. La palabra del monstruo y su salida -fugaz dejáronla yerta, incapaz de movimiento, el cerebro cuajado en las -ideas y en las impresiones de aquella entrevista, como substancia echada -en molde frío y que prontamente se endurece. Ni le pasó por la cabeza -rezar, ¿para qué? Ni marcharse, ¿adónde? Mejor estaba allí, quieta y -muda, rivalizando en inmovilidad con el San Juan del gallardete y con la -Dolorosa. Ésta se hallaba al pie de la cruz, rígida en su enjuto vestido -negro y en sus<span class="pagenum"><a name="page_315" id="page_315"></a>{315}</span> tocas de viuda, acribillado el pecho de espaditas de -plata, las manos cruzadas con tanta fuerza, que los dedos se confundían -formando un haz apretadísimo. El Cristo, mucho mayor que la imagen de su -madre, extendíase por el muro arriba, tocando al techo del templete con -su corona de abrojos, y estirando los brazos á increíble distancia. -Abajo velas, los atributos de la Pasión, exvotos de cera, un cepillo con -los bordes de la hendidura mugrientos, y el hierro del candado muy -roñoso; el paño del altar goteado de cera; la repisa pintada imitando -jaspe. Todo lo miraba la señorita de Villaamil, no viendo el conjunto, -sino los detalles más ínfimos, clavando sus ojos aquí y allí como aguja -que picotea sin penetrar, mientras su alma se apretaba contra la esponja -henchida de amargor, absorbiéndolo todo.</p> - -<p>Vinieron á coincidir en el tiempo dos gravísimos actos, cada uno de los -cuales pudo decidir por sí solo la vida ulterior de la insignificante y -trastornada joven. Con diferencia de dos horas y media, se realizaron el -suceso que acabo de referir y otro no menos importante. Ponce, -conferenciando con doña Pura en la sala de ésta, sin testigos, se mostró -enojado porque los padres de su prometida no habían fijado aún el día de -la boda.</p> - -<p>—Pues por fijado, hijo, por fijado. Ramón y yo no deseamos otra cosa. -¿Le parece á usted<span class="pagenum"><a name="page_316" id="page_316"></a>{316}</span> que á principios de Mayo? ¿el día de la Cruz?</p> - -<p>Poco antes doña Pura había explicado la ausencia de su hija en la -tertulia por el grandísimo enfriamiento que aquella tarde cogiera en las -Comendadoras. Entró en casa castañeteando los dientes, y con un -calenturón tan fuerte, que su madre la mandó acostarse al momento. Era -esto verdad; mas no toda la verdad, y la señora se calló el asombro de -verla entrar á horas desusadas y con un vestido que no acostumbraba -ponerse para ir de tarde á la iglesia mas próxima. «Eso es, lo mejorcito -que tienes; estropéalo donde no lo puedes lucir, y dedícate á refregar -con ese casimir tan rico de catorce reales los bancos de la iglesia, -llenos de mugre, de polvo y de cuanta porquería hay». También se calló -que su hija no contestaba acorde á nada de cuanto le decía. Esto, el -chasquido de dientes y la repugnancia á comer movieron á doña Pura á -meterla en la cama. No las tenía la señora todas consigo, y estaba -cavilosa buscando el sentido de ciertas rarezas que en la niña notaba. -«Sea lo que quiera—pensó,—cuanto más pronto la casemos, mejor». Sobre -esto dijo algo á su marido; pero Villaamil no se había dignado contestar -sílaba; tan tétrico y cabizbajo andaba.</p> - -<p>Abelarda, que se hacía la dormida para que no la molestase nadie, vió á -Milagros acostando á Luisito, el cual no se durmió pronto aquella<span class="pagenum"><a name="page_317" id="page_317"></a>{317}</span> -noche, sino que daba vueltas y más vueltas. Cuando ambos se quedaron -solos, Abelarda le mandó estarse callado. No tenía ella ganas de jarana; -era tarde y necesitaba descanso.</p> - -<p>—Tiíta, no puedo dormirme. Cuéntame cuentos.</p> - -<p>—Sí, para cuentos estoy yo. Déjame en paz ó verás...</p> - -<p>Otras veces, al sentir á su sobrino desvelado, la insignificante, que le -amaba entrañablemente, procuraba calmar su inquietud con afectuosas -palabras; y si esto no era bastante, se iba á su cama, y arrullándole y -agasajándole, conseguía que conciliara el sueño. Pero aquella noche, -excitada y fuera de sí, sentía tremenda inquina contra el pobre -muchacho; su voz la molestaba y hería, y por primera vez en su vida -pensó de él lo siguiente: «¿Qué me importa á mí que duermas ó no, ni que -estés bueno ni que estés malo, ni que te lleven los demonios?»</p> - -<p>Luisito, hecho á ver á su tía muy cariñosa, no se resignaba á callar. -Quería palique á todo trance, y con voz de mimo, dijo á su compañera de -habitación:</p> - -<p>—Tía, ¿viste tu por casualidad á Dios alguna vez?</p> - -<p>—¿Qué hablas ahí, tonto?... Si no te callas, me levanto y...</p> - -<p>—No te enfades... pues yo, ¿qué culpa tengo?<span class="pagenum"><a name="page_318" id="page_318"></a>{318}</span> Yo veo á Dios, lo veo -cuando me da la gana; para que lo sepas... Pero esta noche no le veo más -que los pies... los pies con mucha sangre, clavaditos y con un lazo -blanco, como los del Cristo de las melenas que está en Monserrat... y me -da mucho miedo. No quiero cerrar los ojos, porque... te diré... yo nunca -le he visto los pies, sino la cara y las manos... y esto me pasa... -¿sabes por qué me pasa?... porque hice un pecado grande... porque le -dije á mi papá una mentira, le dije que quería ir con la tía Quintina á -su casa. Y fué mentira. Yo no quiero ir más que un ratito para ver los -santos. Vivir con ella no. Porque irme con ella y dejaros á vosotros es -pecado, ¿verdad?</p> - -<p>—Cállate, cállate, que no estoy yo para oir tus sandeces... ¿Pues no -dice que ve á Dios el muy borrico?... Sí, ahí está Dios para que tú le -veas, bobo...</p> - -<p>Abelarda oyó al poco rato los sollozos de Cadalsito, y en vez de piedad, -sintió, ¡cosa más rara!, una antipatía tal contra su sobrino, que mejor -pudiera llamarse odio sañudo. El tal mocoso era un necio, un farsante -que embaucaba á la familia con aquellas simplezas de ver á Dios y de -querer hacerse curita; un hipócrita, un embustero, un -mátalas-callando... y feo, y enclenque, y consentido además...</p> - -<p>Esta hostilidad hacia la pobre criatura era semejante á la que se inició -la víspera en el corazón<span class="pagenum"><a name="page_319" id="page_319"></a>{319}</span> de Abelarda contra su propio padre, hostilidad -contraria á la naturaleza, fruto sin duda de una de esas auras -epileptiformes que subvierten los sentimientos primarios en el alma de -la mujer. No supo ella darse cuenta de cómo tal monstruosidad germinara -en su espíritu, y la veía crecer, crecer á cada instante, sintiendo -cierta complacencia insana en apreciar su magnitud. Aborrecía á Luis, le -aborrecía con todo su corazón. La voz del chiquillo le encalabrinaba los -nervios, poniéndola frenética.</p> - -<p>Cadalsito, sollozando, insistió: «Le veo las piernas negras con -manchurrones de sangre, le veo las rodillas con unos cardenales muy -negros, tiíta... tengo mucho miedo... ¡Ven, ven!»</p> - -<p>La <i>Miau</i> crispó los puños, mordió las sábanas. Aquella voz quejumbrosa -removía todo su ser, levantando en él una ola rojiza, ola de sangre que -subía hasta nublarle los ojos. El chiquillo era un cómico, fingido y -trapalón, bajado al mundo para martirizarla á ella y á toda su casta... -Pero aun quedaba en Abelarda algo de hábito de ternura que contenía la -expansión de su furor. Hacía un movimiento para echarse de la cama y -correr á la de Luis con ánimo de darle azotes, y se reprimía luego. ¡Ah! -como pusiera las manos en él, no se contentaría con la azotaina... le -ahogaría, sí. ¡Tal furia le abrasaba el alma y tal sed de destrucción -tenían sus ardientes manos!<span class="pagenum"><a name="page_320" id="page_320"></a>{320}</span></p> - -<p>—Tiíta, ahora le veo el faldellín todo lleno de sangre, mucha sangre... -Ven, enciende luz, ó me muero de susto; quítamele, dile que se vaya. El -otro Dios es el que á mí me gusta, el abuelo guapo, el que no tiene -sangre, sino un manto muy fino y unas barbas blanquísimas...</p> - -<p>Ya no pudo ella dominarse, y saltó del lecho... Quedóse á su orilla -inmovilizada, no por la piedad, sino por un recuerdo que hirió su mente -con vívida luz. Lo mismo que ella hacía en aquel instante, lo había -hecho su difunta hermana en una noche triste. Sí, Luisa padecía también -aquellas horribles corazonadas de aborrecer á su progenitura, y cierta -noche que le oyó quejarse, echóse de la cama y fué contra él, con las -manos amenazantes, trocada de madre en fiera. Gracias que la sujetaron, -pues si no, sabe Dios lo que habría pasado. Y Abelarda repetía las -mismas palabras de la muerta, diciendo que el pobre niño era un -monstruo, un aborto del infierno, venido á la tierra para castigo y -condenación de la familia.</p> - -<p>Llevóla este recuerdo á comparar la semejanza de causas con la semejanza -de efectos, y pensó angustiadísima: «¿Estaré yo loca, como mi -hermana?... ¿Es locura, Dios mío?»</p> - -<p>Volvió á meterse entre sábanas, prestando atención á los sollozos de -Luis, que parecían atenuarse, como si al fin le venciera el sueño. -Transcurrió un largo rato, durante el cual la<span class="pagenum"><a name="page_321" id="page_321"></a>{321}</span> tiíta se aletargó á su -vez; pero de improviso despertó sintiendo el mismo furor hostil en su -mayor grado de intensidad. No la detuvo entonces el recuerdo de su -hermana; no había en su espíritu nada que corrigiese la idea, ó mejor -dicho, el delirio de que Luis era una mala persona, un engendro -detestable, un ser infame á quien convenía exterminar. Él tenía la culpa -de todos los males que la agobiaban, y cuando él desapareciera del -mundo, el sol brillaría más y la vida sería dichosa. El chiquillo aquél -representaba toda la perfidia humana, la traición, la mentira, la -deshonra, el perjurio.</p> - -<p>Reinaba profunda obscuridad en la alcoba. Abelarda, en camisa y -descalza, echándose un mantón sobre los hombros, avanzó palpando... -Luego retrocedió buscando las cerillas. Habíasele ocurrido en aquel -momento ir á la cocina en busca de un cuchillo que cortara bien. Para -esto necesitaba luz. La encendió, y observó á Luis que al cabo dormía -profundamente. «¡Qué buena ocasión!—se dijo;—ahora no chillará, ni -hará gestos... Farsante, pinturero, monigote, me las pagarás... Sal -ahora con la pamplina de que ves á Dios... Como si hubiera tal Dios, ni -tales carneros...» Después de contemplar un rato al sobrinillo, salió -resuelta. «Cuanto más pronto, mejor». El recuerdo de los sollozos del -chico, hablando aquellos disparates de los pies que veía, atizaba su -cólera. Llegó á la cocina y<span class="pagenum"><a name="page_322" id="page_322"></a>{322}</span> no encontró cuchillo, pero se fijó en el -hacha de partir leña, tirada en un rincón, y le pareció que este -instrumento era mejor para el <i>caso</i>, más seguro, más ejecutivo, más -cortante. Cogió el hacha, hizo ademán de blandirla, y satisfecha del -ensayo, volvió á la alcoba, en una mano la luz, en otra el arma, el -mantón por la cabeza... Figura tan extraña y temerosa no se había visto -nunca en aquella casa. Pero en el momento de abrir la puerta de -cristales de la alcoba, sintió un ruido que la sobrecogió. Era el del -llavín de Víctor girando en la cerradura. Como ladrón sorprendido, -Abelarda apagó de un soplo la luz, entró, y se agachó detrás de la -puerta, recatando el hacha. Aunque rodeada de tinieblas temía que Víctor -la viese al pasar por el comedor y se hizo un ovillo, porque la furia -que había determinado su última acción se trocó súbitamente en espanto -con algo de femenil vergüenza. Él pasó alumbrándose con una cerilla, -entró en su cuarto y se cerró al instante. Todo volvió á quedar en -silencio. Hasta la alcoba de Abelarda llegaba débil, atravesando el -comedor y las dos puertas de cristales, la claridad de la vela que -encendiera Víctor para acostarse. Cosa de diez minutos duró el reflejo; -después se extinguió, y todo quedó en sombra. Pero la cuitada no se -atrevía ya á encender su luz; fué tanteando hasta la cama, escondió el -hacha bajo la cómoda próxima al lecho, y se deslizó<span class="pagenum"><a name="page_323" id="page_323"></a>{323}</span> en éste -reflexionando: «No es ocasión ahora. Gritaría, y el otro... Al otro le -daría yo el hachazo del siglo; pero no basta un hachazo, ni dos, ni -ciento... ni mil. Estaría toda la noche dándole golpes y no le acabaría -de matar».</p> - -<h2><a name="XXXIII" id="XXXIII"></a>XXXIII</h2> - -<p>Nuestro infortunado Villaamil no vivía desde el momento aciago en que -supo la colocación de su yerno, y para mayor desdicha el prohombre -ministerial no le hacía caso. Inmediatamente después de almorzar, se -echaba á la calle, y se pasaba el día de oficina en oficina, contando su -malaventura á cuantos encontraba, refiriendo la atroz injusticia, que, -entre paréntesis, no le cogía de nuevo; porque él, se lo podían creer, -nunca esperó otra cosa. Cierto que, apretado por la fea necesidad, y -llegando á sentir como un estorbo en aquel pesimismo que se había -impuesto, se lo arrancaba á veces como quien se arranca una máscara, y -decía, implorando con toda el alma desnuda: «Amigo Cucúrbitas, me -conformo con cualquier cosa. Mi categoría es de Jefe de Administración -de tercera; pero si me dan un puesto de oficial primero, vamos, de -oficial segundo, lo tomo, sí señor, lo tomo, aunque sea en provincias.» -La misma cantinela le entonaba al Jefe del Personal,<span class="pagenum"><a name="page_324" id="page_324"></a>{324}</span> á todos los amigos -influyentes que en la casa tenía, y epistolarmente al Ministro y á Pez. -Á Pantoja, en gran confianza, le dijo: «Aunque sea para mí una -humillación, hasta oficial tercero aceptaré por salir de estas -angustias... Después, Dios dirá».</p> - -<p>Luego iba de estampía contra Sevillano, de quien se hablará después, -empleado en el Personal, el cual le decía con expresión de lástima: «Sí, -hombre sí, cálmese usted; tenemos nota preferente... Debe usted procurar -serenarse». Y le volvía la espalda. Poco á poco fué el santo varón -desmintiendo su carácter, aprendiendo á importunar á todo el mundo y -perdiendo el sentido de las conveniencias. Después de verle andar por -las oficinas, dando la lata á diferentes amigos, sin excluir á los -porteros, Pantoja le habló en confianza:</p> - -<p>—¿Sabes lo que el bigardo de tu yerno le dijo al Diputado ese? Pues que -tú estabas loco y que no podías desempeñar ningún destino en la -Administración. Como lo oyes; y el Diputado lo repitió en el Personal -delante de Sevillano y del hermano de Espinosa, que me lo vino á contar -á mí.</p> - -<p>—¿Eso dijo? (estupefacto). ¡Ah! lo creo. Es capaz de todo...</p> - -<p>Esto acabó de trastornarle. Ya la insistencia de su incansable porfía y -la expresión de ansiedad que iban tomando sus ojos asustaba á sus -amigos. En algunas oficinas, cuidaban de<span class="pagenum"><a name="page_325" id="page_325"></a>{325}</span> no responderle ó de hablarle -con brevedad para que se cansara y se fuese con la música á otra parte. -Pero estaba á prueba de desaires, por habérsele encallecido la epidermis -del amor propio. En ausencia de Pantoja, Espinosa y Guillén le tomaban -el pelo de lo lindo:</p> - -<p>—¿No sabe usted, amigo Villaamil lo que se corre por ahí? Que el -Ministro va á presentar á las Cortes una ley estableciendo el <i>income -tax</i>. La Caña la está estudiando.</p> - -<p>—Como que me ha robado mis ideas. Mis cuatro Memorias durmieron en su -poder más de un año. Vean ustedes lo que saca uno de quemarse las cejas -por estudiar algo que sirva de remedio á esta Hacienda moribunda... País -de raterías, Administración de nulidades, cuando no se puede afanar una -peseta, se tima el entendimiento ajeno. Ea, con Dios.</p> - -<p>Y salía disparado, precipitándose por los escalones abajo, hacia la -Dirección de Impuestos (patio de la izquierda), ansioso de calentarle -las orejas al amigo La Caña. Á la media hora se le veía otra vez -venciendo jadeante la cansada escalera para meterse un rato en el Tesoro -ó en Aduanas. Algunas veces, antes de entrar, daba la jaqueca á los -porteros, contándoles toda su historia administrativa. «Yo entré á -servir en tiempo de la Regencia de Espartero, siendo Ministro el Sr. -Surrá y Rull, excelente persona, hombre muy mirado. Me parece que fué -ayer<span class="pagenum"><a name="page_326" id="page_326"></a>{326}</span> cuando subí por esa escalera. Traía yo unos calzoncitos de -cuadros, que se usaban entonces, y mi sombrero de copa, que había -estrenado para tomar posesión. De aquel tiempo no queda ya nadie en <i>la -casa</i>, pues el pobre Cruz, á quien vi en este mismo sitio cuando yo -entraba, se las lió hace dos meses. ¡Ay, qué vida ésta!... Mi primer -ascenso me lo dió D. Alejandro Mon... buena persona... y de mucho -carácter, no se crean ustedes. Aquí se plantificaba á las ocho de la -mañana, y hacía trabajar á la tropa; por eso hizo lo que hizo. Como -madrugador, no ha habido otro D. Juan Bravo Murillo, y el número uno de -los trasnochadores era D. José Salamanca, que nos tenía aquí á los de -Secretaría hasta las dos ó las tres de la madrugada. Pues digo, ¿hay -alguno entre ustedes que se acuerde de D. Juan Bruil, que, por más -señas, me hizo á mí oficial tercero? ¡Ah, qué hombre! Era una pólvora. -Pues también el amigo Madoz las gastaba buenas. ¡Qué cascarrabias! Yo -tuve el 57 un director que no hacía un servicio al lucero del alba ni -despachaba cosa alguna, como no viniera una mujer á pedírsela. Crean -ustedes que la perdición del país es la faldamenta».</p> - -<p>Los porteros le llevaban el humor mientras podían; pero también llegaron -á sentir cansancio de él, y pretextaban ocupaciones para zafarse. El -santo varón, después de explayarse por las porterías, volvía adentro, y -no faltaba en<span class="pagenum"><a name="page_327" id="page_327"></a>{327}</span> Aduanas ó en Propiedades un guasón presumido, como -Urbanito, el hijo de Cucúrbitas, que le convidase á café para tirarle de -la lengua y divertirse oyendo sus exaltadas quejas. «Miren ustedes; á mí -me pasa esto por decente, pues si yo hubiera querido desembuchar ciertas -cosas que sé referentes á pájaros gordos, ¿me entienden ustedes?... digo -que si yo hubiera sido como otros que van á las redacciones con la -denuncia del enjuage A, del enredo B..., otro gallo me cantara... ¿Pero -qué resulta? Que aunque uno no quiera ser decente y delicado, no puedo -conseguirlo. El pillo nace, el orador se hace. Total, que ni siquiera me -vale haber escrito cuatro Memorias que constituyen un plan de -Presupuestos, porque un mal amigo á quien se las enseño, me roba la idea -y la da por suya. Lo que menos piensan ustedes es que ese dichoso -<i>income tax</i> que quieren establecer, ¡temprano y con sol!, es idea -mía... diez años devanándome los sesos... ¿para qué? Para que un grajo -se adorne con mis plumas ó con la obra de mi pluma. Yo digo que si el -Ministro sabe esto, si lo sabe el país, ¿qué sucederá? Puede que no -suceda nada, porque allá se van el país y el Ministro en lo puercos y -desagradecidos... Yo me lavo las manos; yo me estoy en mi casa, y si -vienen revoluciones, que vengan; si el país cae en el abismo, que caiga -con cien mil demonios. Después dirán: «¡Qué lástima no haber planteado<span class="pagenum"><a name="page_328" id="page_328"></a>{328}</span> -los cuatro puntos aquellos del buen Villaamil: <i>Moralidad</i>, <i>Income -tax</i>, <i>Aduanas</i>, <i>Unificación</i>!» Pero yo diré: <i>tarde piache</i>... -«Haberlo visto antes». Dirán: «Pues que sea Villaamil Ministro»; y yo -responderé: «Cuando quise no quisiste, y ahora... á buena hora, mangas -verdes...» Conque, señores, me voy para que ustedes trabajen. En mis -tiempos no había estos ocios. Se fumaba un cigarrito, se tomaba café, y -luego al telar... Pero ahora, empleado hay que viene aquí á inventar -charadas, á chapucear comedias, revistas de toros y gacetillas. Así está -la Administración pública, que es una mujer pública, hablando mal y -pronto. Francamente, esto da asco, y yo no sé cómo todos ustedes no -hacen dimisión, y dejan solos al Ministro y al Jefe del Personal, á ver -cómo se desenvuelven. No, no lo digo en broma; veo que se ríen ustedes, -y no es cosa de risa. Dimisión total, huelga en un día dado, á una hora -dada...»</p> - -<p>Por fin, hartos de este charlar incoherente, le echaban con buenos -modos, diciéndole: «Don Ramón, usted debiera ir á tomar el aire. Un -paseito por el Retiro le vendría muy bien». Salía rezongando, y en vez -de seguir el saludable consejo de oxigenarse, bajaba, mal terciada la -capa, y se metía en el Giro Mutuo, donde estaba Montes, ó en Impuestos, -donde su amigo Cucúrbitas soportaba con increíble paciencia discursos -como éste: «Te digo en<span class="pagenum"><a name="page_329" id="page_329"></a>{329}</span> confianza, aquí de ti para mí, que me contento -con una plaza de oficial tercero: proponme al Ministro. Mira que siento -en mi cabeza unas cosas muy raras, como si se me fuera el santo al -cielo. Me entran ganas de decir disparates, y aun recelo que á veces se -me salen de la boca. Que me den esos dos meses, ó no sé; creo que pronto -empezaré á tirar piedras. Ya sabes mi situación; sabes que no tengo -cesantía, porque, si bien soy anterior al 45, mi primer destino no fué -de Real orden; no entré en plantilla hasta el 46, gracias á D. Juan -Martín Carramolino. Bien te acordarás. Tú estabas por debajo de mí; yo -te enseñé á poner una minuta en regla. El 54 tú entraste en la Milicia -Nacional; yo no quise, porque nunca me ha gustado la bullanga. Ahí -tienes el principio de tu buena fortuna y el de mi desdicha. Gracias al -morrión te plantaste de un salto en Jefe de Negociado de segunda, -mientras yo me estancaba en oficial primero... Parece mentira, -Francisco, que el sombrero influya tanto. Pues dicen que Pez debe su -carrera nada más que al chisterómetro de alas anchas y abarquilladas que -le da un aire tan solemne... Bien recuerdo que tú me decías: «Ramón, -ponte un chaleco de buen ver, que esto ayuda; gasta cuellos altos, muy -altos, muy tiesos, que te obliguen á engallar la cabeza con cierto aire -de importancia». Yo no te hice caso, y así estoy. Á Basilio, desde que -se encajó la levita inglesa, le<span class="pagenum"><a name="page_330" id="page_330"></a>{330}</span> empezaron á indicar para el ascenso, y -á mí se me antoja que las botas chillonas del amigo Montes, dando á su -personalidad un no sé qué de atrevido, insolente y <i>qué se me da á mi</i>, -han influído para que avance tanto... Sobre todo el sombrero, el -sombrero es cosa esencialísima, Francisco, y el tuyo me parece un -perfecto modelo... alto de copa y con hechura de trombón, el ala muy -semejante á la canaleja de un cura. Luego esas corbatas que tú te -permites... Si me colocan, me pondré una igual... Conque ya sabes: -oficial tercero: cualquier cosa: el quid está en firmar la nómina, en -ser algo, en que cuando entre yo aquí no me parezca que hasta las -paredes lloran compadeciéndome... Francisco, hormiga de esta casa, hazlo -por Dios y por tus hijos, tres de los cuales tienes ya bien colocados de -aspirantes con cinco mil, sin contar á Urbanito que se calza doce. Si mi -mujer fuera Pez en vez de ser rana, ¡ay! no estaría yo en seco. Parece -que lo tenéis en la masa de la sangre, y cuando nacen tus nenes y -sueltan el primer lloro de la vida, en vez de ponerles la teta en la -boca, les ponen el <i>estado Letra A, Sección octava</i>, del Presupuesto. -Adiós; interésate por mí, sácame de este pozo en que me he caído... No -quiero molestarte; tienes que hacer. Yo también estoy atareadísimo. -Abur, abur».</p> - -<p>No se crea que se iba mi hombre á la calle. Atraído de irresistible -querencia, se lanzaba<span class="pagenum"><a name="page_331" id="page_331"></a>{331}</span> otra vez, jadeante, á la fatigosa ascensión por -la escalera, y llegaba sin aliento á Secretaría. Allí cierto día se -encontró una novedad. Los porteros, que comúnmente le franqueaban la -entrada, le detuvieron, disimulando con insinuaciones piadosas la orden -terminante que tenían de no dejarle pasar. «Don Ramón, váyase á su casa, -y descanse y duerma para que se le despeje ese meollo. El Jefe está -encerrado y no recibe á nadie». Irritóse Villaamil con la desusada -consigna y aun quiso forzarla, alegando que no debía regir para él. La -capa del infeliz cesante barrió el suelo de aquí para allí, y aun -tuvieron los ordenanzas que ponerle el sombrero, desprendido de su -cabeza venerable. «Bien, Pepito Pez, bien—decía el infeliz, respirando -con dificultad;—así pagas á quien fué tu jefe, y te tapó muchas faltas. -En donde menos se piensa salta un ingrato. Basta que yo te haya hecho -mil favores, para que me trates como á un negro. Lógica puramente -humana... Quedamos enterados. Adiós... ¡Ah! (volviéndose desde la -puerta), dígale usted al Jefe del Personal, al D. Soplado ése, que usted -y él se pueden ir á escardar cebollinos».<span class="pagenum"><a name="page_332" id="page_332"></a>{332}</span></p> - -<h2><a name="XXXIV" id="XXXIV"></a>XXXIV</h2> - -<p>Pecho á los escalones, y otra vez al piso segundo, á la oficina de -Pantoja. Cuando entró, Guillén, Espinosa y otros badulaques estaban muy -divertidos viendo las aleluyas que el primero había compuesto, una serie -de dibujillos de mala muerte, con sus pareados al pie, ramplones, -groseros y de mediano chiste, comprendiendo la historia completa de -Villaamil desde su nacimiento hasta su muerte. Argüelles, que no veía -con buenos ojos las groseras bromas de Guillén, se apartaba del corrillo -para atender á su trabajo. Rezaba la aleluya que el Sr. de <i>Miau</i> había -nacido en Coria, garrafal dislate histórico, pues vió la luz en tierra -de Burgos; que desde el vientre de su madre pretendía, y que el ombligo -se lo ataron con balduque. Entre otras particularidades, decía la -ilustrada crónica, con dudosa gramática: <i>En vez de faja y pañales,—le -envuelven en credenciales</i>; y más adelante: <i>Pide teta con afán,—y un -Presupuesto le dan</i>. Luego, cuando el digno funcionario llega á la mayor -edad, <i>Henchido de amor sin tasa,—con Zapaquilda se casa</i>; y á poco de -estrenada la vida matrimonial empiezan los apuros. El desmantelado hogar -de Villaamil se caracteriza en este elegante dístico: <i>Cuando faltan -patacones,—se dan á cazar ratones</i>...<span class="pagenum"><a name="page_333" id="page_333"></a>{333}</span> Pero en lo que el inspirado -coplero explaya su numen, es en la pintura de los sublimes trabajos -villaamilescos: <i>Modelo de asiduidaz,—inventa el</i> <small>INCOME TAZ</small>... <i>Al -Ministro le presenta—sus planes sobre la renta</i>... <i>El Jefe, al ver el</i> -<small>INCOMIO</small>,—<i>me le manda á un manicomio</i>. Por fin le arroja el poeta estas -flores: <i>Su existencia miserable—la sostiene con el sable</i>; y por aquí -seguía hasta suponer el glorioso tránsito del héroe: <i>Le dan al fin la -ración,—y muere del alegrón</i>... <i>Los gatos, cuando se mueren,—dicen -todos: Miserere</i>...»</p> - -<p>Al ver á Villaamil escondieron el nefando pliego, pero con hilaridad mal -reprimida denunciaban la broma que traían y su objeto. Ya otras veces el -infeliz cesante pudo notar que su presencia en la oficina (faltando de -ella Pantoja) producía un recrudecimiento en la sempiterna chacota de -aquellos holgazanes. Las reticencias, las frases ilustradas con -morisquetas al verle entrar, la cómica seriedad de los saludos le -revelaron aquel día que su persona y quizás su desventura motivaban -impertinentes chanzas, y esta certidumbre le llegó al alma. El enredijo -de ideas que se había iniciado en su mente, y la irritación producida en -su ánimo por tantas tribulaciones, encalabrinaban su amor propio; su -carácter se agriaba; la ingénita mansedumbre trocábase en displicencia y -el temple pacífico en susceptibilidad camorrista.<span class="pagenum"><a name="page_334" id="page_334"></a>{334}</span></p> - -<p>—Á ver, á ver—gruñó, acercándose al grupo con muy mal gesto.—Me -parece que se ocupaban ustedes de mí... ¿Qué papelotes son esos que -guarda Guillén?... Señores, hablemos claro. Si alguno de ustedes tiene -que decirme algo, dígamelo en mis barbas. Francamente, en toda la casa -noto que se urde contra mí una conjuración de calumnias; se trata de -ponerme en ridículo, de indisponerme con los jefes, de presentarme al -señor Ministro como un hombre grotesco, como un... ¡Y he de saber quién -es el canalla, quién...! ¡Maldita sea su alma! (terciándose la capa, y -pegando fuerte puñetazo en la mesa más próxima).</p> - -<p>Quedáronse todos fríos y mudos, porque no esperaban en Villaamil aquel -rasgo de dignidad. <i>El caballero de Felipe IV</i> fué el primero que se -explicó aquel súbito cambio de temperamento, por un desequilibrio -mental. Además de que odiaba profundamente á Guillén, sentía lástima de -su amigo, y echándole el brazo por encima del hombro, le rogó que se -tranquilizara, añadiendo que donde él estuviera, nadie osaría zaherir á -persona tan respetable. Mas no se calmaba Villaamil con estas razones, -porque vió al maldito Guillén aguantando la risa con la cara pegada al -pupitre, y en un arrebato de cólera se fué á él, y con ahogada y trémula -voz le dijo:</p> - -<p>—Sepa usted, cojitranco de los infiernos, que<span class="pagenum"><a name="page_335" id="page_335"></a>{335}</span> de mí no se ríe nadie... -Ya sé, ya sé que ha hecho usted unos estúpidos versos y unos mamarrachos -ridiculizándome. En Aduanas he oído que si yo propuse ó no propuse al -Ministro el <i>income tax</i>... y si me mandó ó no me mandó á un manicomio.</p> - -<p>—¿Yo?... D. Ramón... ¡qué cosas tiene!—replicó Guillén cortado y -cobarde.—Yo no he hecho las aleluyas; las hizo Pez Cortázar, el de -Propiedades, y Urbano Cucúrbitas es el que las ha enseñado por ahí.</p> - -<p>—Pues hágalas quien las hiciere, el autor de esa porquería es un -marrano que debiera estar en un cubil. Me ultrajan porque me ven caído. -¿Es eso de caballeros? Á ver, respóndanme. ¿Es eso de personas -regulares?</p> - -<p>El santo varón giró sobre sí mismo, y se sentó, quebrantadísimo de aquel -esfuerzo que acababa de hacer. Siguió murmurando, como si hablara á -solas: «Es que por todos los medios se proponen acabar conmigo, -desautorizarme, para que el Ministro me tenga por un ente, por un -visionario, por un idiota».</p> - -<p>Exhalando suspiros hondísimos, encajó la quijada en el pecho y así -estuvo más de un cuarto de hora sin pronunciar palabra. Los demás -callaban, mirándose de reojo, serios, quizás compadecidos, y durante un -rato no se oyó en la oficina más que el rasgueo de la pluma de -Argüelles. De pronto, el chillar de las botas de<span class="pagenum"><a name="page_336" id="page_336"></a>{336}</span> Pantoja anunció la -aproximación de este personaje. Todos afectaron atender á la faena, y el -jefe de la sección entró con las manos cargadas de papeles. Villaamil no -alzó la cabeza para mirar á su amigo ni parecía enterarse de su -presencia.</p> - -<p>—Ramón—dijo Pantoja en afectuoso tono, llamándolo desde su -asiento.—Ramón... pero Ramón... ¿qué es eso?</p> - -<p>Y por fin el amigo, dando otro suspirazo como quien despierta de un -sueño, se levantó y fué hacia la mesa con paso claudicante.</p> - -<p>—Pero no te pongas así—le dijo D. Ventura quitando legajos de la silla -próxima para que el otro se sentara.—Pareces un chiquillo. En todas las -oficinas hablan de ti, como de una persona que empieza á pasearse por -los cerros de Úbeda... Es preciso que te moderes, y sobre todo -(amoscándose un poco), es preciso que cuando se hable de planes de -Hacienda y de la confección de los nuevos Presupuestos, no salgas con la -patochada del <i>income tax</i>... Eso está muy bueno para artículos de -periódico (con desprecio), ó para soltarlo en la mesa del café, delante -de cuatro tontos perdularios, de esos que arreglan con saliva el -presupuesto de un país y no pagan al sastre ni á la patrona. Tú eres -hombre serio y no puedes sostener que nuestro sistema tributario, fruto -de la experiencia...</p> - -<p>Levantóse Villaamil como si en la silla hubiera<span class="pagenum"><a name="page_337" id="page_337"></a>{337}</span> surgido agudísimo -punzón, y este movimiento brusco cortó la frase de Pantoja, que sin dada -iba á rematarla en estilo administrativo, más propio de la <i>Gaceta</i> que -de humana boca. Quedóse el buen Jefe de sección archipasmado al ver que -la faz de su amigo expresaba frenética ira, que la mandíbula le -temblaba, que los ojos despedían fuego; y subió de punto el pasmo al oir -estas airadas expresiones:</p> - -<p>—Pues yo te sostengo... sí, por encima de la cabeza de Cristo lo -sostengo... que mantener el actual sistema es de jumentos rutinarios... -y digo más, de chanchulleros y tramposos... Porque se necesita tener un -dedo de telarañas en los sesos para no reconocer y proclamar que el -<i>income tax</i>, impuesto sobre la renta ó como quiera llamársele, es lo -único racional y filosófico en el orden contributivo... y digo más: digo -que todos los que me oyen son un atajo de ignorantes, empezando por ti, -y que sois la calamidad, la polilla, la ruina de esta casa y la filoxera -del país, pues le estáis royendo y devorando la cepa, majaderos mil -veces. Y esto se lo digo al Ministro si me apura, porque yo no quiero -credenciales, ni colocación, ni derechos pasivos, ni nada; no quiero más -que la verdad por delante, la buena administración, y conciliar... -compaginar... armonizar (golpeando los dos dedos índices uno contra -otro) los intereses del Estado con los del contribuyente. Y el -mastuerzo,<span class="pagenum"><a name="page_338" id="page_338"></a>{338}</span> canalla, que diga que yo quiero destinos, se verá conmigo de -hombre á hombre, aquí ó en mitad de la calle, junto al Dos de Mayo, ó en -la pradera del Canal, á media noche, sin testigos... (dando terribles -gritos, que atrajeron á los empleados de la oficina inmediata). Claro, -me toman por un mandria porque no me conocen, porque no me han visto -defendiendo la ley y la justicia contra los infames que en esta casa la -atropellan. Yo no vengo aquí á mendigar una cochina credencial que -desprecio; yo me paso por las narices á toda la casa, y á vosotros, y al -Director, y al Jefe del Personal, y al Ministro; ¡yo no pido más que -orden, moralidad, economía...!</p> - -<p>Revolvió los ojos á una parte y otra, y viéndose rodeado de tantas -caras, alzó los brazos como si exhortara á una muchedumbre sediciosa, y -lanzó un alarido salvaje gritando: «¡Vivan los presupuestos nivelados!»</p> - -<p>Salió de la oficina, arrastrando la capa y dando traspiés. El buen -Pantoja, rascándose con el gorro, le siguió con mirada compasiva, -mostrando sincera aflicción. «Señores—dijo á los suyos y á los -extraños, agrupados allí por la curiosidad,—pidamos á Dios por nuestro -pobre amigo, que ha perdido la razón».<span class="pagenum"><a name="page_339" id="page_339"></a>{339}</span></p> - -<h2><a name="XXXV" id="XXXV"></a>XXXV</h2> - -<p>No eran las once de la mañana del día siguiente, día último de mes, por -más señas, cuando Villaamil subía con trabajo la escalera encajonada del -Ministerio, parándose á cada tres ó cuatro peldaños para tomar aliento. -Al llegar á la entrada de la Secretaría, los porteros, que la tarde -anterior le habían visto salir en aquella actitud lamentable que -referida está, se maravillaron de verle tan pacífico, en su habitual -modestia y dulzura, como hombre incapaz de decir una palabra más alta -que otra. Desconfiaban, no obstante, de esta mansedumbre, y cuando el -buen hombre se sentó en el banco, duro y ancho como de iglesia, y arrimó -los pies al brasero próximo, el portero más joven se acercó y le dijo:</p> - -<p>—Don Ramón, ¿para qué viene por aquí? Estése en su casa y cuídese, que -tiempo tiene de rodar por estos barrios.</p> - -<p>—Puede que tengas razón, amigo Ceferino. En mi casa metidito, y acá se -las arreglen estos señores como quieran. ¿Yo qué tengo que ver? Verdad -que el país paga los vidrios rotos, y no puede uno ver con indiferencia -tanto desbarrar. ¿Sabes tú si han llevado ya al Ministro el nuevo -Presupuesto ultimado? No sabes... Verdad, ¡á ti<span class="pagenum"><a name="page_340" id="page_340"></a>{340}</span> que más te da! Tú no -eres contribuyente... Pues desde ahora te digo que el nuevo Presupuesto -es peor que el vigente, y todo lo que hacen aquí una cáfila de -barbaridades y despropósitos. Ahí me las den todas. Yo en mi casa tan -tranquilo, viendo cómo se desmorona este país, que podría estar nadando -en oro si quisieran.</p> - -<p>Á poco de soltar esta perorata, el pobre cesante se quedó solo, -meditando, la barba en la mejilla. Vió pasar algunos empleados conocidos -suyos; pero como no le dijeron nada, no chistó. Consideraba quizás la -soledad que se iba formando en torno suyo, y con qué prisa se desviaban -de él los que fueron sus compañeros y hasta poco antes se llamaban sus -amigos. «Todo ello—pensó con admirable observación de sí -mismo—consiste en que mis desgracias me han hecho un poco extravagante, -y en que alguna vez la misma fuerza del dolor es causa de que se me -escapen frases y gestos que no son de hombre sesudo, y contradicen mi -carácter y mi... ¿cómo es la palabreja?... ¡ah! mi idiosincrasia... -¡Todo sea por Dios!»</p> - -<p>Distrájole de su meditación un amigo que entraba, y que se fué derecho á -él en cuanto le vió. Era Argüelles, <i>el padre de familia</i>, envuelto en -su capa negra, ó más bien ferreruelo, el sombrerete ladeado á la -chamberga, el bigote retorcido, la perilla enhiesta y erizada por el -roce<span class="pagenum"><a name="page_341" id="page_341"></a>{341}</span> del embozo. Antes de subir á Contribuciones solía entrar un rato -en el Personal, para desahogar las penas de su alma con un amigo que le -daba cuenta de todo, y así alimentaba sus ilusiones de un próximo -ascenso.</p> - -<p>—¿Qué hace usted por aquí, amigo Villaamil?—le dijo en el tono que se -emplea con los enfermos graves.—¿Quiere usted que tomemos café? Pero -no; quizás el café le sentará mal. Hay que cuidarse, y si vale mi -consejo, haría usted muy bien en no parecer por esta <i>posá del Peine</i> en -muchos días.</p> - -<p>—¿Adónde vamos? (levantándose).</p> - -<p>—Al Personal. Echaremos un parrafillo con Sevillano, que nos enterará -de los nombramientos del día. Venga usted.</p> - -<p>Y se internaron por luengo corredor, no muy claro, que primero doblaba -hacia la derecha, después á la izquierda. Á lo largo del pasadizo -accidentado y misterioso, las figuras de Villaamil y de Argüelles -habrían podido trocarse, por obra y gracia de hábil caricatura, en las -de Dante y Virgilio buscando por senos recónditos la entrada ó salida de -los recintos infernales que visitaban. No era difícil hacer de D. Ramón -un burlesco Dante por lo escueto de la figura y por la amplia capa que -le envolvía; pero en lo tocante al poeta, había que substituirle con -Quevedo, parodiador de la <i>Divina Comedia</i>, si bien el bueno de -Argüelles, más semejanza<span class="pagenum"><a name="page_342" id="page_342"></a>{342}</span> tenía con el <i>Alguacil alguacilado</i> que con el -gran vate que lo inventó. Ni Dante ni Quevedo soñaron, en sus -fantásticos viajes, nada parecido al laberinto oficinesco, al campaneo -discorde de los timbres que llaman desde todos los confines de la vasta -mansión, al abrir y cerrar de mamparas y puertas, y al taconeo y -carraspeo de los empleados que van á ocupar sus mesas colgando capa y -hongo; nada comparable al mete y saca de papeles polvorosos, de vasos de -agua, de paletadas de carbón, á la atmósfera tabacosa, á las órdenes -dadas de pupitre á pupitre, y al tráfago y zumbido, en fin, de estas -colmenas donde se labra el panal amargo de la Administración. Metiéronse -Villaamil y su guía en un despacho donde había dos mesas y una sola -persona, que en aquel momento se mudaba el sombrero por un gorro de pana -morada, y las botas por zapatillas. Era Sevillano, oficial de -secretaría, buen mozo, aunque algo machucho, bien quisto en la casa, con -fama de cuquería. Saludó el tal á Villaamil con recelo, mirándole mucho -á la cara: «Vamos tirando,» contestó el cesante eterno, y ocupó una -silla junto á la mesa.</p> - -<p>—¿De lo mío nada...?—dijo Argüelles, usando una fórmula interrogativa -y afirmativa á la vez.</p> - -<p>—Nada—replicó el presumido Sevillano, que al ponerse delante de la -mesa, parecía movido<span class="pagenum"><a name="page_343" id="page_343"></a>{343}</span> del deseo de que le vieran las zapatillas bordadas -y de que admiraran su breve pie,—lo que se llama nada. Ni te han -propuesto ni ese es el camino.</p> - -<p>—No me coge de nuevo—gruñó el otro soltando capa y sombrero, como si -quisiera oponer á la publicidad de las zapatillas de Sevillano la -exhibición de sus encrespadas melenas.—Ese perro de Pantoja me ha -engañado ya tres veces, y me engañará la cuarta si no le doy la -morcilla. Yo lo paso todo, con tal que no me eche el pie adelante ese -gorgojo repulsivo de Guillén. ¡Vamos, si le ascienden á él antes que á -mí; si un <i>padre de familia</i> cargado de hijos y que lleva todo el peso -de la oficina, se ve pospuesto á ese aborto inútil que mata el tiempo -pintando monos...! (Volviéndose á Villaamil en solicitud de su -aquiescencia.) ¿Tengo razón ó no tengo razón? ¿Le parece á usted que -después de tantos años en este empleo, todavía les parezca temprano para -darme el ascenso, y en cambio se lo den á ese coco, mamarracho, mal -hombre y peor amigo, que además no sabe poner una minuta?</p> - -<p>—Cabalmente, cabalmente por eso, por ser una inutilidad—afirmó -Villaamil con inmenso pesimismo,—tiene asegurada su carrera.</p> - -<p>—Yo me sublevo—declaró con rabia <i>el caballero de Felipe IV</i> dando una -patada.—Si ascienden á ése antes que á mí, me voy al Ministro y<span class="pagenum"><a name="page_344" id="page_344"></a>{344}</span> le -digo... vamos, le suelto una frescura. Esto es peor que insultarle á uno -y escupirle la cara. Sí, porque tanto polaquismo requema la sangre, y le -entran á uno ganas de echarse la moral á la espalda y casarse con Judas. -Esa garrapata de Guillén, con sus chuscadas y sus versitos y sus -porquerías, se ha hecho popular aquí. Le ríen las gracias estúpidas... -Todos tenemos algo de culpa en darle alas, lo reconozco... Yo le aseguro -á usted, amigo D. Ramón, que no volverá á enseñar delante de mí sus -monigotes. Ya le diré yo cuántas son cinco, ya le diré...</p> - -<p>Argüelles se detuvo, creyendo ver en el rostro de Villaamil señales de -excitación; pero, contra lo que temía, el anciano escuchaba sereno, no -mostrándose lastimado por el recuerdo de las groseras burlas.</p> - -<p>—Dejarle, dejarle—contestó.—Por mi parte, sé sobreponerme á esas -majaderías. Acuérdese usted; ayer, al enterarme de que se burlaban de -mí, no dije esta boca es mía; ¿verdad que no? Estas cosas se desprecian, -y nada más. Después me tropecé en la calle con el chico de Cucúrbitas, -Urbanito, el cual está en Aduanas, y me contó que allí había ido Guillén -con las aleluyas, que son una pura sandez. Ni siquiera hay un chiste en -ellas. Que si, de niño, en vez de envolverme en pañales, me envolvían en -nóminas... que si le propuse al Ministro el <i>income tax</i>... Y á él, -pregunto yo ahora, á él,<span class="pagenum"><a name="page_345" id="page_345"></a>{345}</span> el muy asno, ¿qué le va ni le viene con que yo -proponga el <i>income tax</i>? ¿Qué entiende él de esas materias tan -superiores al entendimiento de un escuerzo sietemesino? Luego dice que -doy sablazos... calumnia infame, porque si en las horribles trinquetadas -que paso, la necesidad me impulsa á pedir el auxilio de un amigo, eso no -quiere decir que sea yo un petardista. Pero estas injurias hay que -llevarlas con muchísima paciencia, y no dar al infame denostador ni -siquiera el gusto de nuestras quejas, porque se engreiría del mal que -hace. Desprecio, indiferencia, y que vomite veneno hasta que se le seque -el alma. ¡Ah! yo no obsequiaré nunca á esos reptiles con el favor de mis -miradas. Y á ese tal le he dado yo calor en mi seno, vean ustedes, -porque él va á mi casa, adula á mi familia, se bebe mi vino, y allí -parece que nos quiere á todos como hermanos. ¡Valiente bicharraco!... Y -digo más: digo que Pantoja también tiene algo de culpa, porque le -permite perder el tiempo en hacer estas porquerías... Todos sus -mamarrachos los conozco lo mismo que si los hubiera visto, pues Urbanito -no omitió detalle. Pasa por tonto este chico; pero yo afirmo que tiene -mucho talento, y lo que es á memoria no hay quien le gane. Díjome -también que con las iniciales de los títulos de mis cuatro Memorias ha -compuesto Guillén el mote de Miau, que me aplica en las aleluyas.<span class="pagenum"><a name="page_346" id="page_346"></a>{346}</span> Yo lo -acepto. Esa M, esa I, esa A y esa U, son, como el <i>Inri</i>, el letrero -infamante que le pusieron a Cristo en la cruz... Ya que me han -crucificado entre ladrones, para que todo sea completo, pónganme sobre -la cabeza esas cuatro letras en que se hace mofa y escarnio de mi gran -misión.</p> - -<h2><a name="XXXVI" id="XXXVI"></a>XXXVI</h2> - -<p>Sevillano y Argüelles, que al principio le habían oído con algo de -respeto, en cuanto oyeron aquella salida, titubearon entre la compasión -y la risa, prevaleciendo al fin la primera, que expresó Sevillano en -esta forma:</p> - -<p>—Hace bien usted en despreciar tales miserias. Nada más repugnante que -hacer burla de un hombre digno y desgraciado. Aquí me trajeron también -los muñecos esos; pero no los quise ver... Ahora, si ustedes quieren, -tomaremos café.</p> - -<p>Entró el mozo con el servicio; Villaamil rehusó cortésmente el obsequio, -y los otros dos se sentaron para tomar á gusto, en vaso muy colmadito, -el brebaje aromático que es alegría y consuelo de las oficinas.</p> - -<p>—Pues le he de decir á usted—manifestó el cesante con la serenidad de -un hombre dueño de sus facultades,—que se vaya usted haciendo<span class="pagenum"><a name="page_347" id="page_347"></a>{347}</span> á la -injusticia, que se familiarice con las bofetadas y se acostumbre á la -idea de ver á ese piojo pasándole por delante. La lógica española no -puede fallar. El pillo delante del honrado; el ignorante encima del -entendido; el funcionario probo debajo, siempre debajo. Y agradezca -usted que en premio de sus servicios no le limpian el comedero... que no -sé, no sé si sacar también esa consecuencia lógica.</p> - -<p>—Armo un tiberio, créalo usted, lo armo, pero gordo—dijo el <i>padre de -familias</i> entre sorbo y sorbo.—Como le asciendan antes que á mí, crea -usted que todo el Colegio de Sordomudos me tendrá que oir.</p> - -<p>—Le oirá y callará, y no habrá más remedio que conformarse. Véase mi -raciocinio (acercando su silla á las de los bebedores de café). ¿Quién -le apoya á usted? Nadie; y digo nadie, porque no le apoya ninguna mujer.</p> - -<p>—Eso es verdad,</p> - -<p>—Bueno. Cuando veo un nombramiento absurdo, pregunto: <i>¿quién es ella?</i> -Porque es probado; siempre que una nulidad se sobrepone á un empleado -útil, ponga usted el oído y escuchará rumor de faldas. ¿Apostamos á que -sé quién ha pedido el ascenso del cojo? Pues su prima, la viuda del -comandantón aquel que está en Filipinas, esa tal Enriqueta, frescachona, -más suelta que las gallinas, de la cual se dice si tuvo que ver ó no -tuvo que ver con nuestro<span class="pagenum"><a name="page_348" id="page_348"></a>{348}</span> egregio Director. Ahora, sabiendo á qué -aldabas se agarra ese morral de Guillén, ayúdenme ustedes á sentir. -Nada, el amigo Argüelles, con toda su prole arrastras, se quedará -ladrando de hambre, y el otro ascenderá, y ole morena.</p> - -<p>Sevillano confirmaba con una sonrisa las acres observaciones del -trastornado Villaamil, que no lo parecía al decir cosas tan á pelo; y el -<i>caballero de Felipe IV</i> se atusaba sus engrasadas melenas y se retorcía -el bigote, dándole á la perilla tales tirones, que á poco más se la -arranca de cuajo.</p> - -<p>—Lo vengo diciendo hace tiempo, ¡cáscaras! Se necesita no tener -vergüenza para servir á este cabrón del Estado. Y ya que el amigo -Villaamil está hoy de buena pasta, le diremos una cosa que no sabe. -¿Quién recomendó á Víctor Cadalso para que echaran tierra al expediente -y encimita le encajaran un ascenso?</p> - -<p>—Ello debe de ser cosa de hembras; alguna joven sensible que ande por -ahí, porque Víctor las atrapa lindamente.</p> - -<p>—Le apoyaron dos Diputados—dijo Sevillano:—hicieron fuerza de vela -sin conseguir nada, hasta que vino presión por alto...</p> - -<p>—Pero si me ha dicho Ildefonso Cabrera—observó el viejo -acalorándose—que ese pelele está liado con marquesas, duquesas y cuanta -señorona hay en la alta sociedad...</p> - -<p>—No haga usted caso, D. Ramón—indicó<span class="pagenum"><a name="page_349" id="page_349"></a>{349}</span> Argüelles.—Si, después de todo, -su yerno de usted es un cursi... así como suena, un cursilón. No se ve -ya un mozo verdaderamente elegante, como los de mi tiempo. Ríase usted -de todas esas conquistas de Víctor, que no tiene más amparo que el de mi -vecina. En el principal de mi casa vive un marqués... no me acuerdo del -título; es valenciano y algo así como Benengeli, algo que suena á -morisco. Este marqués tiene una tía, dos veces viuda... una criatura, -como quien dice... Mi mujer, que ya pasó de los cincuenta, asegura que -estando ella de corto (mi mujer, se entiende), conoció á esa señora en -Valencia, ya casada. En fin, que los sesenta y pico no hay quien se los -quite, y aunque debió de ser buena moza, ya no hay pintura que la salve -ni remiendo que la enderece.</p> - -<p>—Y cuando menos, mi yernecito ha seducido toda esa inocencia.</p> - -<p>—Aguárdese usted. Es cosa pública en Valencia que el tiburón ese se -enamoriscó de Cadalso, y él... también la quiso, por supuesto, con su -cuenta y razón. Vinieron juntos á Madrid; enredito allá, enredito aquí. -Á mí nadie tiene que contármelo, pues le veo en la calle, esperando á la -abuela, porque los marqueses no le permiten entrar en la casa. Ella sale -en su coche, muy emperejilada, toda fofa y hueca, con unas témporas así, -todo postizo, se entiende, y la cara con más pintura que el <i>Pasmo de<span class="pagenum"><a name="page_350" id="page_350"></a>{350}</span> -Sicilia</i>... Se para en la esquina de Relatores, y allí entra el terror -de las doncellas y se van qué sé yo adónde... Y me ha contado el lacayo, -que es vecino mío en el sotabanco de la izquierda, que casi todos los -días recibe carta la tarasca, y en seguida le larga á su nene tres -pliegos... El lacayo echa las cartas al correo, y me cuenta lo que dice -el sobre y las señas... Quiñones, 13, segundo.</p> - -<p>—Si yo me sorprendiera de esto—declaró Villaamil entre risueño y -desdeñoso,—sería un niño de teta. ¡Y esa fantasma ha venido aquí, al -templo de la Administración (indignándose), á arrojar sobre el Estado la -ignominia de sus recomendaciones en favor de un perdis...!</p> - -<p>—No, por aquí no ha parecido, ni lo necesita—apuntó Sevillano.—Con el -teclado de sus relaciones, mueven ésas todo el Ministerio, sin poner los -pies en él.</p> - -<p>—Les basta decir una palabrita á cualquier pájaro gordo. Luego descarga -aquí la nota...</p> - -<p>—De esas que no piden, sino mandan.</p> - -<p>—Á raja tabla... Hágase... Y hecho está, y ole morena,.. No sería malo -un buen pararrayos para esas chispas, un Ministro de carácter. ¿Pero -dónde está ese Mesías? (dándose fuerte puñetazo en la rodilla). La -condenada Administración es una hi de mala hembra con la que no se puede -tener trato sin deshonrarse... Pero los que tienen hijos, amigo -Argüelles, ¿qué han de hacer<span class="pagenum"><a name="page_351" id="page_351"></a>{351}</span> sino prostituirse? Á ver, búsquese usted -por ahí un felpudito que le ampare. Usted tiene todavía buen ver. Á poco -que se emperifolle, le salen las conquistas así... y le pica en el -anzuelo una lamprea con conchas... Animarse, pollo... ¡Pues si yo -tuviera veinte años menos...!</p> - -<p>Sevillano se reía, y Argüelles se pavoneaba henchido de fatuidad, -enroscándose aquella birria de bigote pintado... No parecía echar en -saco roto la exhortación, porque la edad no le había curado de su -vanidad de Tenorio.</p> - -<p>—Francamente, señores—manifestó con acento de hombre muy -corrido,—nunca me ha gustado el amor como negocio... El amor por el -amor. Ni con dinero encima cargo yo con una res como esa de Víctor, -contemporánea del andar á pie, y que todo lo tiene postizo, todo -absolutamente, créanme ustedes.</p> - -<p>—¡Fuera remilgos, y á ellas!—dijo Villaamil, á quien le había entrado -hilaridad nerviosa.—No están los tiempos para hacer <i>fu</i> á nada... Este -<i>padre de familias</i> es terrible. No le gustan más que las doncellitas -tiernas.</p> - -<p>—Pues de broma ha dicho usted la verdad. De quince á veinte. Lo demás -para bobos.</p> - -<p>—¡Vamos, que si le cayera á usted un pimpollo como ese de Víctor!... -Porque la tal debe de tener guita, y á su vera no hay bolsillo vacío... -Ahora me explico que mi yerno, cuando se le acabaron los dineros que -afanó por el enjuague<span class="pagenum"><a name="page_352" id="page_352"></a>{352}</span> de Consumos, gastaba del capítulo de guerra de -esa vejancona... ¡Vamos (dándose otro palmetazo en la rodilla), que -vivimos en una condenada época en que no podemos ni siquiera -avergonzarnos, porque el estiércol, la condenada costra de estiércol que -llevamos en la cara nos lo impide!</p> - -<p>Levantóse para salir. Argüelles suspiró y con un gesto despidióse de -Sevillano, que se puso á trabajar antes de que salieran.</p> - -<p>—Vamos á la oficina—dijo el caballero alguacilado, embozándose en el -ferreruelo, cogiendo del brazo á su amigo é internándose por los -pasillos;—que ese mal bicho de Pantoja me chillará si tardo. ¡Qué vida, -D. Ramón, qué vida!... Y á propósito. ¿No observó usted que mientras -hablábamos de la señora que protege á Víctor, Sevillano no chistaba? Es -que también él se calza á una momia... sí... ¿no sabía usted? la viuda -de aquel Pez y Pizarro que fué Director de Loterías en la Habana, primo -de nuestro amigo D. Manuel. Eso lo saben hasta los perros... y ella le -protege, le regala cada dos años su ascensito.</p> - -<p>—¿Qué me dice usted? (parándose y mirándole cara á cara, en una actitud -propiamente dantesca). Conque Sevillano... Sí; ya decía yo que ese chico -iba demasiado aprisa. Era yo Jefe de Negociado, cuando entró de -aspirante con cinco mil...<span class="pagenum"><a name="page_353" id="page_353"></a>{353}</span></p> - -<p>Se persignó y siguieron hasta Contribuciones. Pantoja y los demás -recibieron al sufrido cesante con sobresalto, temerosos de una escena -como la del día anterior. Pero el anciano les tranquilizó con su -apacible acento y la serenidad relativa de su rostro. Sin dignarse mirar -a Guillén, fué á sentarse junto al Jefe, á quien dijo de manos á boca:</p> - -<p>—Hoy me encuentro muy bien, Ventura. He descansado anoche, me despejé, -y estoy hasta contento, me lo puedes creer, echando chispas de contento.</p> - -<p>—Más vale así, hombre, más vale así—repuso el otro observándole los -ojos.—¿Qué traes por acá?</p> - -<p>—Nada... la querencia... hoy estoy alegre... ya ves cómo me río -(riendo). Es posible que hoy venga por última vez, aunque... te lo -aseguro... me divierte, me divierte esta casa. Se ven aquí cosas que le -hacen á uno... morir de risa.</p> - -<p>El trabajo concluyó aquel día más pronto que de ordinario, porque era -día de paga, la fecha venturosa que pone feliz término á las angustias -del fin de mes, abriendo nueva era de esperanzas. El día de paga hay en -las salas de aquel falansterio más luz, aire más puro y un no sé qué de -diáfano y alegre que se mete en los corazones de los infelices -jornaleros de la Hacienda pública.</p> - -<p>—Hoy os dan la paga—dijo Villaamil á su<span class="pagenum"><a name="page_354" id="page_354"></a>{354}</span> amigote, suspendiendo aquel -reir franco y bonachón de que afectado estaba.</p> - -<p>Ya se conocía en el ruido de pisadas, en el sonar de timbres, en el -movimiento y animación de las oficinas, que había empezado la operación. -Cesaba el trabajo, se ataban los legajos, eran cerrados los pupitres, y -las plumas yacían sobre las mesas entre el desorden de los papeles y las -arenillas que se pegaban á las manos sudorosas. En algunos -departamentos, los funcionarios acudían, conforme les iban llamando, al -despacho de los habilitados, que les hacían firmar la nominilla y les -daban el trigo. En otros, los habilitados mandaban un ordenanza con los -santos cuartos en una hortera, en plata y billetes chicos, y la -nominilla. El Jefe de la sección se encargaba de distribuir las raciones -de metálico y de hacer firmar á cada uno lo que recibía.</p> - -<h2><a name="XXXVII" id="XXXVII"></a>XXXVII</h2> - -<p>Es cosa averiguada que cuando Villaamil vió entrar al portero con la -horterita aquélla, se excitó mucho, acentuando su increíble alegría, y -expresándola de campechana manera. «¡Anda, anda, qué cara ponéis -todos!... Aquí está ya el santo advenimiento... la alegría del mes... -San Garbanzo bendito... ¡Pues apenas vais á echar mal pelo con tantos -dinerales!...<span class="pagenum"><a name="page_355" id="page_355"></a>{355}</span></p> - -<p>Pantoja empezó á repartir. Todos cobraron la paga entera, menos uno de -los aspirantes, á quien entregó el Jefe el pagaré otorgado á un -prestamista, diciendo: «Está usted cancelado», y Argüelles recibió un -tercio no más, por tener retenido lo restante. Cogiólo torciendo el -gesto, echando la firma en la nominilla con rasgos que declaraban su -furia; y después, el gran Pantoja se guardó su parte pausada y -ceremoniosamente, metiendo en su cartera los billetes, y los duros en el -bolsillo del chaleco, bien estibaditos para que no se cayesen. Villaamil -no le quitaba ojo mientras duró la operación, y hasta que no desapareció -la última moneda no dejó de observarle. Le temblaba la mandíbula, le -bailaban las manos.</p> - -<p>—¿Sales?—dijo á su amigo, levantándose.—Nos iremos de paseo. Yo tengo -hoy... muy buen humor...¿no ves?... Estoy muy divertido...</p> - -<p>—Yo me quedo un rato más—respondió el <i>honrado</i>, que deseaba quitarse -de encima aquella calamidad.—Tengo que ir un rato á Secretaría.</p> - -<p>—Pues quédate con Dios... Me largo de paseo... Estoy contentísimo... y -de paso, compraré unas píldoras.</p> - -<p>—¿Píldoras? Te sentarán bien.</p> - -<p>—¡Ya lo creo!... Abur; hasta más ver. Señores, que sea por muchos -años... Y que aproveche... Yo bueno, gracias...<span class="pagenum"><a name="page_356" id="page_356"></a>{356}</span></p> - -<p>En la escalera de anchos peldaños desembocaban, como afluentes que -engrasan el río principal, las multitudes que á la misma hora chorreaban -de todas las oficinas. Contribuciones y Propiedades descargaban su -personal en el piso segundo; descendía la corriente uniéndose luego á la -numerosa grey de Secretaría, Tesoro y Aduanas. El humano torrente, -haciendo un ruido de mil demonios de peldaño en peldaño, apenas cabía en -la escalera, y mezclábanse los pisotones con la charla gozosa y -chispeante de un día de paga. En los oídos de Villaamil añadíase al -murmullo inmenso el tintineo de los duros, recién guardados en tanta -faltriquera. Pensó que el metal de los pesos debía de estar frío aún; -pero se calentaría pronto al contacto del cuerpo, y aun se derretiría al -de las necesidades. Al llegar al vasto ingreso que separa del pórtico la -escalera, veíanse en los patios de derecha ó izquierda afluir las -muchedumbres de Impuestos, Tesorería y Giro Mutuo, y antes de llegar á -la calle, las corrientes se confundían. Las capas deslucidas abundaban -más que los raídos gabanes; pero también los había flamantes, y -chisteras lustrosas, destacándose entre la muchedumbre de hongos -chafados y verdinegros. El taconeo ensordecía la casa, y Villaamil oía -siempre, por cima del rumor de pisadas, aquel tintín de las piezas de -cinco pesetas. «Hoy—se dijo, echando toda su alma en un suspiro<span class="pagenum"><a name="page_357" id="page_357"></a>{357}</span>—han -dado casi toda la paga en duros nuevecitos, y algo en pesetas dobles con -el cuño de Alfonso».</p> - -<p>Al desaguar la corriente en la calle, iba cesando el ruido, y el -edificio se quedaba como vacío, solitario, lleno de un polvo espeso -levantado por las pisadas. Pero aun venían de arriba destacamentos -rezagados de las multitudes oficinescas. Sumaban entre todos tres mil, -tres mil pagas de diversa cuantía, que el Estado lanzaba al tráfico -devolviendo por modo parabólico al contribuyente parte de lo que sin -piedad le saca. La alegría del cobro, sentimiento característico de la -humanidad, daba á la caterva aquélla un aspecto simpático y -tranquilizador. Era sin duda una honrada plebe anodina, curada del -espanto de las revoluciones, sectaria del orden y la estabilidad, pueblo -con gabán y sin otra idea política que asegurar y defender la pícara -olla; proletariado burocrático, lastre de la famosa nave; masa -resultante de la hibridación del pueblo con la mesocracia, formando el -cemento que traba y solidifica la arquitectura de las instituciones.</p> - -<p>Embozábase Villaamil en su pañosa para resguardarse del frío callejero, -cuando le tocaron en el hombro. Volvióse y vió á Cadalso, quien le ayudó -á asegurar el embozo liándoselo al cuello.</p> - -<p>—¿Qué tiene usted... de qué se ríe usted?<span class="pagenum"><a name="page_358" id="page_358"></a>{358}</span></p> - -<p>—Es que... estoy esta tarde muy contento... Á bien que á ti no te -importa. ¿No puede uno ponerse alegre cuando le da la real gana?</p> - -<p>—Sí... pero... ¿Va usted á casa?</p> - -<p>—Otra cosa que no es de tu incumbencia. ¿Tú adónde vas?</p> - -<p>—Arriba á recoger mi título... Yo también estoy hoy de enhorabuena.</p> - -<p>—¿Te han dado otro ascenso? No me extrañaría. Tienes la sartén por el -mango. Mira, que te hagan Ministro de una vez; acaba de ponerte el mundo -por montera antes que se acaben las carcamales.</p> - -<p>—No sea usted guasón. Digo que estoy de enhorabuena, porque me he -reconciliado con mi hermana Quintina y el salvaje de su marido. Él se -queda con aquella maldecida casa de Vélez-Málaga que no valía dos higos, -paga las costas, y yo...</p> - -<p>—Suma y van tres... Otra cosa que á mí me tiene tan sin cuidado como el -que haya ó no pulgas en la luna. ¿Qué se me da á mí de tu hermana -Quintina, de Ildefonso, ni de que hagáis ó no cuantas recondenadas paces -queráis?</p> - -<p>—Es que...</p> - -<p>—Anda, sube, sube pronto y déjame á mí. Porque yo te pregunto: ¿en qué -cochino bodegón hemos comido juntos? Tú por tu camino, lleno de flores; -yo por el mío. Si te dijera que con toda tu buena suerte no te envidio -ni esto...<span class="pagenum"><a name="page_359" id="page_359"></a>{359}</span> Más quiero honra sin barcos que barcos sin honra. Agur...</p> - -<p>No le dió tiempo á más explicaciones, y asegurándose otra vez el embozo, -avanzó hacia la calle. Antes de traspasar la puerta, le tiraron de la -capa, acompañando el tirón de estas palabras amigables:</p> - -<p>—¡Eh, simpático Villaamil, aunque usted no quiera!...</p> - -<p>Urbanito Cucúrbitas, pollancón rubio, ralo de pelo, estirado, zancudo y -con mucha nuez; semejante á vástago precoz de la raza gallinácea que -llaman Cochinchina; vestido con elegante traje á cuadros, cuello -larguísimo, de cucurucho, hongo claro; manos y pies inconmensurables, -muy limpio y la boca risueña, enseñando hasta los molares, que bien -podrían llamarse del juicio si alguno tuviera.</p> - -<p>—¡Hola, Urbanito!... ¿Has cobrado tu paga?</p> - -<p>—Sí, aquí la llevo (tocándose el bolsillo y haciendo sonar la plata); -casi todo en pesetas. Me voy á dar una vuelta por la Castellana.</p> - -<p>—¿En busca de alguna conquistilla?... Hombre feliz... Para ti es el -mundo. ¡Qué risueño estás! Pues mira; yo también estoy de vena hoy... -Dime, ¿y tus hermanitos, han cobrado también sus paguillas? Dichosos los -nenes á quienes el Estado les pone la teta en la boca, ó el biberón. Tú -harás carrera, Urbanito; yo sostengo que eres muy listo, contra la -opinión general<span class="pagenum"><a name="page_360" id="page_360"></a>{360}</span> que te califica de tonto. Aquí el tonto soy yo. -Merezco, ¿sabes qué?; pues que el Ministro me llame, me haga arrodillar -en su despacho y me tenga allá tres horas con una coroza de orejas de -burro... por imbécil, por haberme pasado la vida creyendo en la moral, -en la justicia y en que se deben nivelar los presupuestos. Merezco que -me den una carrera en pelo, que me pongan motes infamantes, que me -llamen <i>el señor de Miau</i>, que me hagan aleluyas con versos chabacanos -para hacer reir hasta á las paredes de la casa... No, si no lo digo en -son de queja; si ya ves... estoy contento, y me río... me hace una -gracia atroz mi propia imbecilidad.</p> - -<p>—Mire usted, querido D. Ramón (poniéndole ambas manos en los hombros). -Yo no he tenido arte ni parte en los monigotes. Confieso que me reí un -poco cuando Guillén los llevó á mi oficina; no niego que me entró -tentación de enseñárselos á mi papá, y se los enseñé...</p> - -<p>—Pero si yo no te pido explicaciones, hijo de mi alma.</p> - -<p>—Déjeme acabar... Y mi papá se puso furioso y á poco me pega. Total, -que enterado Guillén de las cosas que mi papá dijo, salió á espetaperros -de nuestra oficina, y no ha vuelto á parecer. Yo digo que ello puede -pasar como broma de un rato. Pero ya sabe usted que le respeto, que me -parece una tontería juntar las iniciales de sus cuatro Memorias que nada -significan,<span class="pagenum"><a name="page_361" id="page_361"></a>{361}</span> para sacar una palabra ridícula y sin sentido.</p> - -<p>—Poco á poco, amiguito (mirándole á los ojos). Á que la palabra <i>Miau</i> -sea una sandez, no tengo nada que objetar; pero no estoy conforme con -que las cuatro iniciales no encierren una significación profunda...</p> - -<p>—¡Ah!... ¿sí? (suspenso).</p> - -<p>—Porque es preciso ser muy negado ó no tener pizca de buena fe para no -reconocer y confesar que la M, la I, la A y la U, significan lo -siguiente: <i>Mis... Ideas... Abarcan... Universo</i>.</p> - -<p>—¡Ah!... ya... bien decía yo... Don Ramón, usted debe cuidarse.</p> - -<p>—Si bien no faltará quien sostenga... y yo no me atrevería á -contradecirlo de plano... quien sostenga, quizás con algún fundamento, -que las cuatro misteriosas letras rezan esto: <i>Ministro... I... -Administrador... Universal</i>.</p> - -<p>—Pues mire usted, esa interpretación me parece una cosa muy sabia y con -muchísimo intríngulis.</p> - -<p>—Lo que yo te digo: hay que examinar imparcialmente todas las -versiones, pues éste dice una cosa, aquél sostiene otra, y no es fácil -decidir... Yo te aconsejo que lo mires despacio, que lo estudies, pues -para eso te da el Gobierno un sueldo, sin ir á la oficina más que un -ratito por la tarde, y eso no todos los días... Y que tus hermanitos lo -estudien también con el biberón de la nómina en los labios. Adiós; -memorias<span class="pagenum"><a name="page_362" id="page_362"></a>{362}</span> á papá. Dile que crucificado yo, por imbécil, en el madero -afrentoso de la tontería, á él le toca darme la lanzada, y á Montes la -esponja con hiel y vinagre, en la hora y punto en que yo pronuncie mis -Cuatro Palabras, diciendo: <i>Muerte... Infamante... Al... Ungido...</i> Esto -de ungido quiere decir... para que te enteres... <i>lleno de basura</i>, ó -embadurnado todo de materias fétidas y asquerosas, que son el símbolo de -la zanguanguería, ó llámese principios.</p> - -<p>—Don Ramón... ¿va usted á su casa? ¿quiere que le acompañe? Tomaré un -coche.</p> - -<p>—No, hijo de mi alma; vete á tu paseíto. Yo me voy <i>pian pianino</i>. -Antes tengo que comprar unas píldoras... aquí en la botica.</p> - -<p>—Pues le acompañaré... y si quiere que veamos antes á un médico...</p> - -<p>—¡Médico! (riendo desaforadamente). Si en mi vida me he sentido más -sano, más terne... Déjame á mí de médicos. Con estas pildoritas...</p> - -<p>—De veras, ¿no quiere que le acompañe?</p> - -<p>—No, y digo más: te suplico que no lo hagas. Tiene uno sus secretillos, -y el acto, al parecer insignificante, de comprar tal ó cual medicina, -puede evocar el pudor. El pudor, chico, aparece donde menos se piensa. -¿Qué sabes tú si soy yo un joven, digo, un anciano disoluto? Conque vete -por tu camino, que yo tomo el de la farmacia. Adiós, niño salado, -chiquitín del Ministerio, diviértete todo lo que puedas; no vayas á<span class="pagenum"><a name="page_363" id="page_363"></a>{363}</span> la -oficina más que á cobrar; haz muchas conquistas; pica siempre muy alto; -arrímate á las buenas mozas, y cuando te lleven á informar un -expediente, pon la barbaridad más gorda que se te ocurra... Adiós, -adiós... Sabes que se te quiere.</p> - -<p>Fuese el pollancón por la calle de Alcalá abajo, y Villaamil, después de -cerciorarse de que nadie le seguía, tomó en dirección de la Puerta del -Sol, y antes de llegar á ella, entró en la que llamaba botica; es á -saber: en la tienda de armas de fuego que hay en el número 3.</p> - -<h2><a name="XXXVIII" id="XXXVIII"></a>XXXVIII</h2> - -<p>Notaban aquellos días doña Pura y su hermana algo desusado en las -maneras, en el lenguaje y en la conducta del buen Villaamil, que si en -actos de relativa importancia se mostraba excesivamente perezoso y -apático, en otros de ningún valor y significación desplegaba brutales -energías. Tratóse de la boda de Abelarda, de señalar fecha y de fijar -ciertos puntos á tan gran suceso pertinentes, y el hombre no dijo esta -boca es mía. Ni la bonita herencia de su futuro yerno (pues ya se había -llevado Dios al tío notario) le arrancó una sola de aquellas hipérboles -de entusiasmo que de la boca de doña Pura salían á borbotones. En -cambio, á cualquier<span class="pagenum"><a name="page_364" id="page_364"></a>{364}</span> tontería daba Villaamil la importancia de suceso -transcendente, y por si su mujer cerró la puerta con algún ruido -(resultado de lo tirantes que tenía los nervios), ó por si le habían -quitado, para ensortijarse la cabellera, un número de <i>La -Correspondencia</i>, armó un cisco que hubo de durar media mañana.</p> - -<p>También merece notarse que Abelarda acogió la formalización de su boda -con suma indiferencia, la cual, á los ojos de la primera <i>Miau</i>, era -modestia de hija modosa bien educada, sin más voluntad que la de sus -padres. Los preparativos, en atención al ahogo de la familia, habían de -ser muy pobres, casi nulos, limitándose á algunas prendas de ropa -interior, cuya tela se adquirió con un donativo de Víctor, del cual no -se dió cuenta á Villaamil para evitar susceptibilidades. Debo advertir -que desde la escena aquella en las Comendadoras, Víctor apenas paraba en -la casa. Rarísimas noches entraba á dormir, y comía y almorzaba fuera -todos los días. Los tertulios de la casa eran los mismos, excepto -Pantoja y familia, que escaseaban sus visitas, sin que doña Pura -penetrase la causa de este desvío, y Guillén, que definitivamente se -eclipsó, muy á gusto de las tres <i>Miaus</i>. Las repetidas ausencias de -Virginia Pantoja motivaron gran atraso en los ensayos de la pieza. Á la -señorita de la casa se le olvidó en absoluto su papel, y por estas -razones y por la desgana<span class="pagenum"><a name="page_365" id="page_365"></a>{365}</span> de fiestas que Pura sentía mientras no se -resolviera el problema de la colocación de su esposo, fué abandonado el -proyecto de función teatral.</p> - -<p>Federico Ruiz, consecuente siempre, iba algunos ratos por las tardes, -pidiendo mil perdones á las <i>Miaus</i> por quitarles su tiempo, pues no -ignoraba que debían de estar sobre un pie con los preparativos... -¡Dichosos preparativos, y cuántos castillos y torres edificó sobre -cimiento tan frágil la imaginación fecunda de la esposa de Villaamil!... -Una mañana entró Ruiz muy sofocado, seguido de su mujer, ambos -despidiendo alegría de sus ojos, ebrios de júbilo, deseando que los -amigos participaran de su dicha.</p> - -<p>Vengo—dijo él casi sin aliento—á que nos den la enhorabuena. Sé que -nos quieren y que se alegrarán de verme colocado.</p> - -<p>Tanto Federico como Pepita fueron sucesivamente abrazados por las tres -<i>Miaus</i>. En esto salió de su despacho olfateando alegría el buen -Villaamil, y antes de que Ruiz tuviera tiempo de embocarle la venturosa -nueva, le cogió en los brazos, diciéndole:</p> - -<p>—Sea mil y mil veces enhorabuena, queridísimo... Bien merecido lo -tiene, y muy requetebién ganado.</p> - -<p>—Gracias, muchísimas gracias—dijo Ruiz constreñido en los enormes -brazos de Villaamil, que apretaba con nerviosa contracción.—Pero, por -la Virgen Santísima, no me apriete tanto,<span class="pagenum"><a name="page_366" id="page_366"></a>{366}</span> que me va á ahogar... D. -Ramón... ¡ay, ay! que me hace añicos...</p> - -<p>—Pero, hombre—dijo Pura á su marido sorprendida y temerosa,—¿qué -manera de abrazar?</p> - -<p>—Es que...—balbució el cesante—quiero darle un parabién bien dado... -una enhorabuena de padre y muy señor mío, para que le quede memoria de -mí y de lo muy contento que estoy por su triunfo. ¿Y qué es ello?</p> - -<p>—Una comisioncilla en Madrid mismo... esa es la ganga... para estudiar -y proponer mejoras en el estudio de las ciencias naturales... á fin de -que resulte práctico.</p> - -<p>—¡Oh, cosa buena!... Ni sé cómo no se les había ocurrido antes. ¡Y este -mísero País vive ignorando cómo se enseñan las ciencias naturales! -Felizmente, ahora, amigo Ruiz, vamos á salir de dudas... Nuestro sabio -Gobierno tiene una mano para escoger el personal... Así está la Nación -reventando de gusto. Pues digo, si tendrá su aquel la comisioncita. -Golpes de esos bastan á salvar la patria oprimida... En fin, lo celebro -mucho... Y digo más, Sr. de Ruiz; si usted está de enhorabuena, no lo -está menos el País, que debe ponerse á tocar las castañuelas al saber -que tiene quien le estudie eso... ¿verdad? Con su permiso, me vuelvo á -trabajar. Mil millones de plácemes.</p> - -<p>Sin esperar lo que Federico contestaba á estas expansiones calurosas, el -buen hombre se<span class="pagenum"><a name="page_367" id="page_367"></a>{367}</span> metió de rondón en su despacho. Algo extrañó á los -Ruíces, lo mismo que á las <i>Miaus</i>, aquella manera desordenada y -estrepitosa de dar enhorabuenas; pero disimularon su extrañeza. Fuéronse -los felicitados para seguir sus visitas de dar parte, cosechando á -granel las felicitaciones. Y no era la comisioncita el único motivo de -contento que Ruiz aquella mañana tenía, pues el correo le trajo nueva -satisfacción con que no contaba. Era nada menos que el diploma de una -sociedad portuguesa, cuyo objeto es enaltecer á los que realizan actos -heroicos en los incendios, y también á los que propagan por escrito las -mejores teorías sobre este útil servicio. Todo individuo perteneciente á -dicha asociación tenía derecho, según rezaba el diploma, á usar el -título de <i>Bombeiro, salvador da humanidade</i>, y á ponerse un vistosísimo -uniforme con relucientes bordados. El figurín de la deslumbradora casaca -acompañaba al nombramiento. ¡Si estaría hueco el hombre con su comisión -(de que dependía el porvenir científico de España), con los honores de -<i>bombeiro</i>, y con la librea reluciente que pensaba lucir en la primera -coyuntura pública y solemne que se le presentase!</p> - -<p>Luisito salió á paseo aquella tarde con Paca, y al volver se puso á -estudiar en la mesa del comedor. Pasado el extrañísimo, increíble -arrechucho de Abelarda en la famosa noche de que antes hablé, el cerebro -de la insignificante<span class="pagenum"><a name="page_368" id="page_368"></a>{368}</span> quedó aparentemente restablecido, hasta el punto -de que un olvido benéfico y reparador arrancó de su mente los vestigios -del acto. Apenas lo recordaba la joven con la inseguridad de sueño -borroso, como pesadilla estúpida cuya imagen se desvanece con la luz y -las realidades del día. Ocupábase en coser su ajuar, y Luis, cansado del -estudio, se entretenía en quitarle y esconderle los carretes de algodón. -«Chiquillo—le dijo su tía sin incomodarse,—no enredes. Mira que te -pego». En vez de pegarle, le daba un beso, y el sobrinillo se -envalentonaba más, ideando otras travesuras, como suyas, poco -maliciosas. Pura ayudaba á su hija en los cortes, y Milagros funcionaba -en la cocina, toda tiznada, el mandilón hasta los pies. Villaamil -siempre encerrado en su leonera. Tal era la situación de los individuos -de la familia, cuando sonó la campanilla y cátate á Víctor. -Sorprendiéronse todos, pues no solía ir á semejante hora. Sin decir nada -pasó á su cuartucho, y se le sintió allí lavándose y sacando ropa del -baúl. Sin duda estaba convidado á una comida de etiqueta. Esto pensó -Abelarda, poniendo especial estudio en no mirarle ni dirigir siquiera -los ojos á la puerta del menguado aposento.</p> - -<p>Pero lo más singular fué que á poco de la entrada del monstruo, sintió -la sosa en su alma, de improviso, con aterradora fuerza, la misma -perturbación de la noche de marras. Estalló<span class="pagenum"><a name="page_369" id="page_369"></a>{369}</span> el trastorno cerebral como -una bomba, y en el mismo instante toda la sangre se le removía, amargor -de odio hacíale contraer los labios, sus nervios vibraban, y en los -tendones de brazos y manos se iniciaba el brutal prurito de agarrar, de -estrujar, de hacer pedazos algo, precisamente lo más tierno, lo más -querido y por añadidura lo más indefenso. Tuvo Cadalsito, en tan crítica -ocasión, la mala idea de tirarle del hilo de unos hilvanes, y la tela se -arrugó... «Chiquillo, si no te estás quieto, verás», gritó Abelarda, con -eléctrica conmoción en todo el cuerpo, los ojos como ascuas. Quizás no -habría pasado á mayores; pero el tontín, queriendo echárselas de muy -pillo, volvió á tirar del hilo, y... aquí fué Troya. Sin darse cuenta de -lo que hacía, obrando cual inconsciente mecanismo que recibe impulso de -origen recóndito, Abelarda tendió un brazo, que parecía de hierro, y de -la primera manotada le cogió de lleno á Luis toda la cara. El restallido -debió de oírse en la calle. Al hacerse para atrás, vaciló la silla en -que el chico estaba, y ¡pataplúm!, al suelo.</p> - -<p>Doña Pura dió un chillido... «¡Ay, hijo de mi alma!... ¡mujer!», y -Abelarda, ciega y salvaje, de un salto cayó sobré la víctima, clavándole -los dedos furibundos en el pecho y en la garganta. Como las fieras -enjauladas y entumecidas recobran, al primer rasguño que hacen al -domador, toda su ferocidad, y con la vista y el<span class="pagenum"><a name="page_370" id="page_370"></a>{370}</span> olor de la primera -sangre pierden la apatía perezosa del cautiverio, así Abelarda, en -cuanto derribó y clavó las uñas á Luisito, ya no fué mujer, sino el ser -monstruoso creado en un tris por la insana perversión de la naturaleza -femenina. «¡Perro, condenado... te ahogo! ¡embustero, farsante... te -mato!», gruñía rechinando los dientes; y luego buscó con ciego tanteo -las tijeras para clavárselas. Por dicha, no las encontró á mano.</p> - -<p>Tal terror produjo el acto en el ánimo de doña Pura, que se quedó -paralizada sin poder acudir á evitar el desastre, y lo que hizo fué dar -chillidos de angustia y desesperación. Acudió Milagros, y también Víctor -en mangas de camisa. Lo primero que hicieron fué sacar al pobre -Cadalsito de entre las uñas de su tía, operación no difícil, porque -pasado el ímpetu inicial, la fuerza de Abelarda cedió bruscamente. Su -madre tiraba de ella, ayudándola á levantarse, y de rodillas aún, -convulsa, toda descompuesta, su voz temblorosa y cortada, balbucía:</p> - -<p>—Ese infame... ese trasto... quiere acabar conmigo... y con toda la -familia...</p> - -<p>—Pero, hija, ¿qué tienes?...—gritaba la mamá sin darse cuenta del -brutal hecho, mientras Víctor y Milagros examinaban á Luisito, por si -tenía algún hueso roto. El chico rompió á llorar, el rostro encendido, -la respiración fatigosa.<span class="pagenum"><a name="page_371" id="page_371"></a>{371}</span></p> - -<p>—¡Dios mío, qué atrocidad!—murmuró Víctor ceñudamente.</p> - -<p>Y en el mismo instante se determinaba en Abelarda una nueva fase de la -crisis. Lanzó tremendo rugido, apretó los dientes, rechinándolos, puso -en blanco los ojos y cayó como cuerpo muerto, contrayendo brazos y -piernas y dando resoplidos. Aparece entonces Villaamil pasmado de aquel -espectáculo: su hija con pataleta, Luisito llorando, la cara rasguñada, -doña Pura sin saber á quién atender primero, los demás turulatos y -aturdidos.</p> - -<p>—No es nada—dijo al fin Milagros, corriendo á traer un vaso de agua -fría para rociarle la cara á su sobrina.</p> - -<p>—¿No hay por ahí éter?—preguntó Víctor.</p> - -<p>—Hija, hija mía—exclamó el padre,—¿qué te pasa? Vuelve en ti.</p> - -<p>Había que sujetarla para que no se hiciese daño con el pataleo incesante -y el bracear violentísimo. Por fin, la sedación se inició tan enérgica -como había sido el ataque. La joven empezó á exhalar sollozos, á -respirar con esfuerzo como si se ahogara, y un llanto copiosísimo -determinó la última etapa del tremendo acceso. Por más que intentaban -consolarla, no tenía término aquel río de lágrimas. Lleváronla á su -lecho, y en él siguió llorando, oprimiéndose con las manos el corazón. -No parecía recordar lo que había hecho. Entre Villaamil y Cadalso -habían<span class="pagenum"><a name="page_372" id="page_372"></a>{372}</span> conseguido acallar á Luisito, convenciéndole de que todo había -sido una broma un poco pesada.</p> - -<p>De repente el jefe de la familia se cuadró ante su yerno, y con temblor -de mandíbula, intensa amarillez de rostro y mirada furibunda, gritó:</p> - -<p>—De todo esto tienes tú la culpa, danzante. Vete pronto de mi casa, y -ojalá no hubieras entrado nunca en ella.</p> - -<p>—¡Que tengo yo la culpa!... ¡Pues no dice que yo...!—respondió el otro -descaradamente.—Ya me parecía á mí que no estaba usted bueno de la -jícara...</p> - -<p>—La verdad es—observó Pura, saliendo del cuarto próximo,—que antes de -que tú vinieras no pasaban en mi casa estas cosas que nadie entiende.</p> - -<p>—¡Ahí también usted... No parece sino que me hacen un favor con tenerme -aquí. ¡Y yo creí que les ayudaba á pasar la travesía del ayuno! Si me -marcho, ¿dónde encontrarán un huésped mejor?</p> - -<p>Villaamil, ante tanta insolencia, no encontraba palabras para expresar -su indignación. Acarició el respaldo de una silla, con prurito de -blandirla en alto y estampársela en la cabeza á su hijo político. Pudo -dominar las ganas que de esto tenía, y reprimiendo su ira con fortísima -rienda, le dijo con voz hueca de sochantre:</p> - -<p>—Se acabaron las contemplaciones. Desde este<span class="pagenum"><a name="page_373" id="page_373"></a>{373}</span> momento estás de más -aquí. Recoge tus bártulos y toma el portante, sin ningún género de -excusas ni aplazamiento.</p> - -<p>—No se apure usted... No parece sino que estoy en Jauja.</p> - -<p>—Jauja ó no Jauja (á punto de estallar), ahora mismo fuera. Vete á -vivir con los esperpentos que te protegen. ¿De qué te sirve esta familia -pobre y desgraciada? Aquí no hay credenciales, ni destinos, ni -recomendaciones, ni nada, como dijo el otro. Y en esta pobreza honrada -somos felices. ¿No ves lo contento que yo estoy? (Castañeteando los -dientes.) En cambio tú no tendrás paz en el pináculo de tus glorias, -alcanzadas por el deshonor... Pronto, á la calle... El señor de <i>Miau</i> -quiere perderte de vista.</p> - -<p>Víctor lívido, doña Pura asustada, Luisito con ganas de romper á llorar -nuevamente, Milagros haciendo pucheros...</p> - -<p>—Bien—dijo Cadalso con aquella gallardía que sabía poner en sus -resoluciones, siempre que eran mortificantes.—Me voy. También yo lo -deseaba, y no lo había hecho por caridad, porque soy aquí un sostén, no -una carga. Pero la separación será absoluta. Me llevo á mi hijo.</p> - -<p>Las dos <i>Miaus</i> le miraron aterradas. Villaamil apretó con ferocidad los -dientes.</p> - -<p>—¿Pues qué...? Después de lo que ha pasado hoy—añadió -Víctor,—¿todavía pretenden que yo deje aquí á este pedazo de mi vida?<span class="pagenum"><a name="page_374" id="page_374"></a>{374}</span></p> - -<p>La lógica de esto argumento desconcertó á lodos los <i>Miaus</i> de ambos -sexos.</p> - -<p>—¡Pero qué tonto!—insinuó doña Pura con ganas de capitular,—¿crees tú -que esto volverá á pasar? ¿Y adónde vas con tu hijo, adónde? Si el -pobrecito no quiere separarse de nosotros.</p> - -<p>Poco le faltaba para llorar. Milagros dijo:</p> - -<p>—No, lo que es el niño no sale de aquí.</p> - -<p>—¡Vaya si sale!—sostuvo Cadalso con brutal resolución.—Á ver: saque -usted toda la ropita de mi hijo para juntarla con la mía.</p> - -<p>—Pero, ¿adónde le llevas?, bobo, simple... ¡Qué cosas se te ocurren tan -disparatadas!</p> - -<p>—Por sabido se calla. Su tía Quintina le criará y le educará mejor que -ustedes.</p> - -<p>Doña Pura se sentó, atacada de gran congoja, sudor frío y latidos -dolorosos del corazón. Vaya, que después de la hija, la madre iba á caer -con la pataleta. Villaamil dió una vuelta sobre sí mismo, como si le -hiciera girar el vértice de un ciclón interior, y después de parar en -firme; abrióse de piernas, alzó los brazos enormes, simulando la figura -de San Andrés clavado en las aspas, y rugió con toda la fuerza de sus -pulmones:</p> - -<p>—¡Que se lo lleve... que se lo lleve con mil demonios! Mujeres locas, -mujeres cobardes, ¿no sabéis que <i>Morimos... Inmolados... Al... -Ultraje</i>?</p> - -<p>Y tropezando en las paredes corrió hacia el<span class="pagenum"><a name="page_375" id="page_375"></a>{375}</span> gabinete. Su mujer fué -detrás, creyendo que iba disparado á arrojarse por el balcón á la calle.</p> - -<h2><a name="XXXIX" id="XXXIX"></a>XXXIX</h2> - -<p>—No cedo, no cedo—dijo Víctor á Milagros, al quedarse solo con -ella.—Me llevo á mi hijo. ¿Pero no comprende usted que no podré vivir -con tranquilidad dejándole aquí después de lo que ha pasado hoy?</p> - -<p>—¡Por Dios, hijo!—le respondió con dulzura <i>la pudorosa Ofelia</i>, -queriendo someterle por buenas.—Todo ello es una tontería... No volverá -á suceder. ¿No ves que es nuestro único consuelo este mocoso?... y si -nos le quitas...</p> - -<p>La emoción le cortaba la palabra. Calló la artista, tratando de -disimular su pena, pues harto sabía que como la familia mostrase vivo -interés en la posesión de Luisito, esto sólo era motivo suficiente para -que el monstruo se obstinase en llevársele. Creyó oportuno dejar el -delicado pleito en las manos diplomáticas de doña Pura, que sabía tratar -á su yerno combinando la energía con la suavidad. Al ir la <i>Miau</i> mayor -al gabinete en seguimiento de su marido, le encontró arrojado en un -sillón, la cabeza entre las manos.</p> - -<p>—¿Qué te parece que debemos hacer?—le dijo ella confusa, pues no había -tenido tiempo aún de tomar una resolución. Grande, inmensa<span class="pagenum"><a name="page_376" id="page_376"></a>{376}</span> fué la -sorpresa de doña Pura, cuando su marido, irguiendo la frente, respondió -estas inverosímiles palabras:</p> - -<p>—Que se lo lleve cuando quiera. Será un trance doloroso verle salir de -aquí; pero ¡qué remedio!... Por lo demás, no hay que remontarse, y digo -más... digo que, en efecto, mejor estará el chiquillo con Quintina que -con... <i>vosotras</i>.</p> - -<p>Al oir esto, <i>la figura de Fra Angélico</i> examinó en silencio, atónita, -el turbado rostro del cesante. La sospecha de que empezaba á perder la -razón, confirmóse entonces, oyéndole decir aquel gran desatino. «¡Que -estará mejor con Quintina que con nosotras! Tu no estás en tu juicio, -Ramón».</p> - -<p>—Y dejando á un lado lo que al niño convenga (atenuando su crueldad), -Víctor es su padre, y tiene sobre él más autoridad que nosotros. Si él -quiere llevársele...</p> - -<p>—Es que no querrá... ¡Pues no faltaba otra! Verás cómo arreglo yo á ese -truhán...</p> - -<p>—Yo no le diría una palabra, ni me rebajaría á tratar con él (cayendo -en gran aplanamiento, sedación enérgica de su furia pasada). Yo le -dejaría hacer su gusto. Tiene la autoridad, ¿sí ó no? Pues si la tiene, -á nosotros nos corresponde callar y sufrir.</p> - -<p>—¿Pues no dice que callemos y suframos (espantada y briosa), cuando ese -vil nos quiere quitar nuestra única alegría?... Tú no estás<span class="pagenum"><a name="page_377" id="page_377"></a>{377}</span> bueno. Te -aseguro que Víctor se llevará al niño, pero ha de ser á la fuerza, -atropellándonos, y no sin que yo le arranque las orejas á ese perro.</p> - -<p>—Pues mi opinión es no cuestionar con semejante tipo... Se me figura -que si le veo otra vez delante de mí, le muerdo... Siento algo como una -ansiedad física de clavar los dientes en alguien. Créelo, mujer, la -Administración está deshonrada; ya no podrá decir <i>el probo</i> y <i>sufrido -personal</i> de Hacienda, como se decía antes. Y lo que en cuanto á -nivelación del presupuesto, que se limpien. Con esta chusma que va -invadiendo la casa, es imposible.</p> - -<p>—¿Pero á qué me sacas ahora la Administración (exaltada), ni qué tiene -que ver el burro con las témporas? ¡Ay, Ramón, tú no estás bueno! Déjame -á mí de <i>probos</i>... Que les parta un rayo. Mírate en tu espejo, y abre -esos ojos, ábrelos...</p> - -<p>—¡Abiertos, muy abiertos los tengo! (Intencionadamente.) ¡Y qué -horizontes ante mí!</p> - -<p>Viendo que no podía ponerse de acuerdo con su marido, volvió á -emprenderla con Víctor, que no había salido aún. Contra la creencia de -Pura, el otro continuaba inflexible, sosteniendo su acuerdo con -tenacidad digna de mejor causa. Á entrambas <i>Miaus</i> se les habría podido -ahogar con un cabello, y Abelarda, confesándose autora del conflicto, -lloraba en su lecho como<span class="pagenum"><a name="page_378" id="page_378"></a>{378}</span> una Magdalena. Entre atender á su hija y -discutir con Víctor, doña Pura tenía que duplicarse, corriendo de aquí -para allí, mas sin poder dominar la aflicción de la una ni la implacable -contumacia del otro. Nunca había visto al guapo mozo tan encastillado en -una resolución, ni encontraba el busilis de tanta crueldad y firmeza. -Para ello habría sido preciso estar al tanto de lo ocurrido el día -anterior en casa de los de Cabrera. Éste ganó en segunda instancia el -famoso pleito de la casucha de Vélez-Málaga, siendo Víctor condenado á -reintegrar el valor de la finca y al pago de costas. El irreconciliable -Ildefonso le había echado ya el dogal al cuello y disponíase á apretar, -reteniéndole la paga, persiguiéndole y acosándole sin piedad ni -consideración. Pero del fallo judicial tomó pie la muy lagarta de -Quintina para satisfacer sus aspiraciones maternales, y engatusando á -Cabrera con estudiadas zalamerías y carantoñas, obtuvo de él que -aprobara las bases del siguiente convenio: «Se echaría tierra al asunto; -Ildefonso pagaría las costas (quedándose con la casa, se entiende). Y -Víctor les entregaría á su hijo». Vió el cielo abierto Cadalso, y aunque -le hacía mala boca arrancar al chiquillo del poder y amparo de sus -abuelos, hubo de aceptar á ojos cerrados. Todo se reducía á pasar un mal -rato en casa de las <i>Miaus</i>, á recibir algún arañazo de Pura y otro de -Milagros y una dentellada<span class="pagenum"><a name="page_379" id="page_379"></a>{379}</span> quizás de Villaamil. He aquí muy claro el -móvil de la determinación por la cual hubo de cambiar de casa y de -familia el célebre Cadalsito.</p> - -<p>En lo más recio del trajín que Milagros y Pura traían, corriendo de -Abelarda inconsolable á Víctor inflexible, con escala en Luisito, que -también había vuelto á gimotear, entró Ponce. No podía venir en peor -ocasión, y su presunta suegra, contrariada con la visita, le enchiqueró -en la sala para decirle: «Ese trasto de Víctor nos ha hecho una pillada. -Hemos tenido aquí hoy una verdadera tragedia. Figúrese usted que ha dado -en llevarse al chiquitín, arrancándolo de este hogar, donde se ha -criado. Estamos consternadísimas. Abelarda, al ver que ese verdugo se -llevaba al niño á viva fuerza, cayó con un síncope atroz, pero atroz. En -la cama la tenemos, hecha un mar de llanto. ¡Ay, hijo, qué rato hemos -pasado!»</p> - -<p>Por fin, como Abelarda estaba vestida sobre el lecho, se permitió á -Ponce pasar á verla. La insignificante no lloraba ya; tenía los ojos -encendidos, los miembros desmadejados. El ínclito mancebo se sentó á la -cabecera, apretándole la mano y permitiéndose el inefable exceso de -besársela cuando no estaba presente la mamá, quien repitió delante de su -hija la versión dada al novio sobre el suceso del día.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_380" id="page_380"></a>{380}</span>—¡Pero qué malo es ese hombre!—dijo el crítico á su amada.—Es una -bestia apocalíptica.</p> - -<p>—No lo sabes tú bien—respondió la chica, mirando fijamente á su novio -mientras éste se acariciaba con el pañuelo sus siempre húmedos -lagrimales.—Alma más negra no echó Dios al mundo... ¡Mira tú que es -maldad; querer quitarnos á Luisito, nuestro encanto, nuestra dicha! -Desde que nació está con nosotras. Nos debe la vida, porque le hemos -cuidado como á las niñas de nuestros ojos; le sacamos adelante del -sarampión y la tos ferina, con mil sacrificios. ¡Qué ingratitud, y qué -infamia! Ya ves lo pacífica que soy. Más que pacífica soy cobarde, -inofensiva, pues hasta cuando mato una pulga me da lástima del pobre -animalito. Pues bien; á ese hombre, si á mano le tuviera, creo que le -atravesaría de parte á parte con un cuchillo... Para que veas.</p> - -<p>—Sosiégate, minina—dijo Ponce con voz meliflua.—Estás excitada. No -hagas caso tú. ¿Me quieres mucho?</p> - -<p>—¡Vaya si te quiero!—replicó Abelarda, plenamente decidida á tirarse -por el Viaducto, es decir, á casarse con Ponce.</p> - -<p>—Tu mamá te habrá dicho que hemos fijado el 3 de Mayo, día de la Cruz. -¡Qué largo me está pareciendo el tiempo y con que lentitud corren noches -y días.</p> - -<p>—Pero todo llega... Detrás de un día viene<span class="pagenum"><a name="page_381" id="page_381"></a>{381}</span> otro—dijo Abelarda mirando -al techo.—Todos los días son enteramente iguales.</p> - -<p>Las conferencias entre las dos <i>Miaus</i> y Víctor duraron hasta que éste -salió vestido de etiqueta, y toda la diplomacia de la una y los ruegos -quejumbrosos de la otra no ablandaron el duro corazón de Cadalso. Lo más -que obtuvieron fué aplazar la traslación de Luis hasta el día siguiente. -Enterado Villaamil de esto, salió y dijo á su yerno con sequedad:</p> - -<p>—Yo te prometo, te doy mi palabra de que lo llevaré yo mismo á casa de -Quintina. No hay más que hablar... No necesitas tú volver más acá.</p> - -<p>Á esto respondió el monstruo que por la noche volvería á mudarse de -ropa, añadiendo benévolamente que el acto de llevarse al hijo no -significaba prohibición de que le vieran sus abuelos, pues podían ir á -casa de Quintina cuando gustaran, y que así lo advertiría él á su -hermana.</p> - -<p>—Gracias, señor elefante—dijo doña Pura con desdén.</p> - -<p>Y Milagros:</p> - -<p>—Lo que es yo... ¿allá?... ¡Estás tú fresco!</p> - -<p>Faltaba todavía un dato importante para apreciar la gravedad del asunto; -faltaba conocer la actitud del interesado, si se prestaría de buen grado -á cambiar de familia, ó si, por el contrario, se resistiría con la -irreductible firmeza<span class="pagenum"><a name="page_382" id="page_382"></a>{382}</span> propia de la edad inocente. Su abuela, en cuanto -el monstruo se fué, empezó á disponer el ánimo del chico para la -resistencia, asegurándole que la tía Quintina era muy mala, que le -encerraría en un cuarto obscuro, que la casa estaba llena de unas -culebronas muy grandes y de bichos venenosos. Oía Cadalsito estas cosas -con incredulidad, porque realmente eran papas demasiado gordas para que -las tragase un niño ya crecidito y que empezaba á conocer el mundo.</p> - -<p>Aquella noche nadie tuvo apetito, y Milagros se llevaba para la cocina -las fuentes lo mismo que habían ido al comedor. Villaamil no desplegó -los labios sino para desmentir las terroríficas pinturas que su mujer -hacía del domicilio de Cabrera. «No hagas caso, hijo mío; la tía -Quintina es muy buena, y te cuidará y te mimará mucho. No hay allí sapos -ni culebras, sino las cosas más bonitas que puedes imaginarte; santos -que parece que están hablando, estampas lindísimas y altares soberbios, -y... la mar de cosas. Vas á estar muy á gusto».</p> - -<p>Oyendo esto, Pura y Milagros se miraban atónitas, sin poder explicarse -que el abuelo se pasase descarada y cobardemente al enemigo. ¿Qué vena -le daba de apoyar la inicua idea de Víctor, llegando hasta defender á -Quintina y pintando su casa como un paraíso infantil? ¡Lástima que la -familia no estuviera en fondos, pues de lo contrario, lo primero sería -llamar á un<span class="pagenum"><a name="page_383" id="page_383"></a>{383}</span> buen especialista en enfermedades de la cabeza para que -estudiara la de Villaamil y dijere lo que dentro de ella ocurría.</p> - -<h2><a name="XL" id="XL"></a>XL</h2> - -<p>Cadalsito tampoco tuvo ganas de comer y menos de estudiar. Mientras le -acostaban, la tiíta, completamente repuesta de aquel salvaje desvarío y -sin tener de él más que vaga reminiscencia, le besó y le hizo extremadas -caricias, no sin cierta escama del pequeño y aun de doña Pura. Milagros -se quedó allí á dormir aquella noche, por lo que pudiera tronar.</p> - -<p>Luis cogió pronto el sueño; pero á media noche despertó con los síntomas -anunciadores de la visión. Su tía Milagros cuidó de arroparle y hacerle -mimos, acostándose al fin con él para que se tranquilizase y no tuviera -miedo. Lo primero que vió el chiquillo al adormilarse, fué una extensión -vacía, un lugar indeterminado, cuyos horizontes se confundían con el -cielo, sin accidente alguno, casi sin términos, pues todo era igual, lo -próximo y lo lejano. Discurrió si aquello era suelo ó nubes, y luego -sospechó si sería el mar, que nunca había visto más que en pintura. Mar -no debía de ser, porque el mar tiene olas que suben y bajan, y la -superficie aquélla era como la de un cristal. Allá lejos, muy lejos, -distinguió á su amigo el de la barba<span class="pagenum"><a name="page_384" id="page_384"></a>{384}</span> blanca, que se aproximaba -lentamente recogiendo el manto con la mano izquierda y apoyándose con la -otra en un bastón grande ó báculo como el que usan los obispos. Aunque -venía de muy lejos y andaba despacio, pronto llegó delante de Cadalsito, -sonriendo al verle. Acto continuo se sentó. ¿Dónde, si allí no había -piedra ni silla? Todo ello era maravilloso en grado sumo, pues por -encima de los hombros del Padre vió Luis el respaldo de uno de los -sillones de la sala de su casa. Pero lo más estupendo de todo fué que el -buen abuelo, inclinándose hacia él, le acarició la cara con su preciosa -mano. Al sentir el contacto de los dedos que habían hecho el mundo y -cuanto en él existe, sintió Cadalso que por su cuerpo corría un temblor -gustosísimo.</p> - -<p>—Vamos á ver—le dijo el amigo,—he venido desde la otra parte del -mundo sólo por echar un párrafo contigo. Ya sé que te pasan cosas muy -raras. Tu tía... ¡Parece mentira que queriéndote tanto!... ¿Tú entiendes -esto? Pues yo tampoco. Te aseguro que cuando lo vi, me quedé como quien -ve visiones. Luego tu papá, empeñado en llevarte con la tía Quintina... -¿Sabes tú el porqué de estas cosas?</p> - -<p>—Pues yo—opinó Luis con timidez, asombrándose de tener ideas propias -ante la sabiduría eterna—creo que de todo lo que está pasando tiene la -culpa el Ministro.<span class="pagenum"><a name="page_385" id="page_385"></a>{385}</span></p> - -<p>—¡El Ministro! (asombrado y sonriente).</p> - -<p>—Sí, señor, porque si ese tío hubiera colocado á mi abuelo, todos -estarían contentos y no pasaría nada.</p> - -<p>—¿Sabes que me estás pareciendo un sabio de tomo y lomo?</p> - -<p>—Mi abuelo furioso porque no le colocan y mi abuela lo mismo, y mi tía -Abelarda también. Y mi tía Abelarda no puede ver á mi papá, porque mi -papá le dijo al Ministro que no colocara á mi abuelo. Y como no se -atreve con mi papá, porque puede más que ella, la emprendió conmigo. -Después se puso á llorar... Dígame, ¿mi tía es buena ó es mala?</p> - -<p>—Yo estoy en que es buena. Hazte cuenta que el achuchón de hoy fué de -tanto como te quiere.</p> - -<p>—¡Vaya un querer! Todavía me duele aquí, donde me clavó las uñas... Me -tiene mucha tirria desde un día que le dije que se casara con mi papá. -¿Usted no sabe? Mi papá la quiere; pero ella no le puede ver.</p> - -<p>—Eso sí que es raro.</p> - -<p>—Como usted lo oye. Mi papá le dijo una noche que estaba enamoradísimo -de ella, por lo fatal... ¿sabe? y que él era un condenado, y qué sé yo -qué...</p> - -<p>—¿Pero á ti quien te mete á escuchar lo que dicen las personas mayores?</p> - -<p>—Yo... estaba allí... (alzando los hombros).<span class="pagenum"><a name="page_386" id="page_386"></a>{386}</span></p> - -<p>—¡Vaya, vaya! ¡Qué cosas ocurren en tu casa! Se me figura que estás en -lo cierto: el pícaro del Ministro tiene la culpa de todo. Si hubiera -hecho lo que yo le dije, nada de esto pasaría. ¿Qué le costaba, en -aquella casona tan llena de oficinas, hacer un hueco para ese pobre -señor? Pero nada, no hacen caso de mí, y así anda todo. Verdad que -tienen que atender á éste y al otro, y cuanto yo les digo, por un oído -les entra y por otro les sale.</p> - -<p>—Pues que le coloquen ahora... ¡vaya! Si usted va allá y lo manda -pegando un bastonazo fuerte con ese palo en la mesa del Ministro...</p> - -<p>—¡Quiá! No hacen caso. Pues si consistiera en bastonazos, por eso no -había de quedar. Los doy tremendos, y como si no.</p> - -<p>—Entonces, ¡contro! (envalentonado por tanta benevolencia), ¿cuándo le -van á colocar?</p> - -<p>—Nunca—declaró el Padre con serenidad, como si aquel <i>nunca</i> en vez de -ser desesperante fuera consolador.</p> - -<p>—¡Nunca! (no entendiendo que esto se dijera con tanta calma). ¡Pues -estamos aviados!</p> - -<p>—Nunca, sí, y te añadiré que lo he determinado yo. Porque verás: ¿para -qué sirven los bienes de ese mundo? Para nada absolutamente. Esto, que -tú habrás oído muchas veces en los sermones, te lo digo yo ahora con mi -boca, que sabe cuanto hay que saber. Tu abuelito no encontrará en la -tierra la felicidad.<span class="pagenum"><a name="page_387" id="page_387"></a>{387}</span></p> - -<p>—¿Pues dónde?</p> - -<p>—Parece que eres bobo. Aquí, á mi lado. ¿Crees que no tengo yo ganas de -traérmele para acá?</p> - -<p>—¡Ah!... (abriendo la boca todo lo que abrirse podía). Entonces... eso -quiere decir que mi abuelo se muere.</p> - -<p>—Y verdaderamente, chico, ¿á cuento de qué está tu abuelo en este mundo -feo y malo? El pobre no sirve ya para nada. ¿Te parece bien que viva -para que se rían de él, y para que un Ministrillo le esté desairando -todos los días?</p> - -<p>—Pero yo no quiero que se muera mi abuelo...</p> - -<p>—Justo es que no lo quieras... pero ya ves... él está viejo, y, créelo, -mejor le irá conmigo que con vosotros. ¿No lo comprendes?</p> - -<p>—Sí (diciendo que sí por cortesía, pero sin estar muy convencido...) -Entonces... ¿el abuelo se va á morir pronto?</p> - -<p>—Es lo mejor que puede hacer. Adviérteselo tú; dile que has hablado -conmigo, que no se apure por la credencial, que mande al Ministro á -freir espárragos, y que no tendrá tranquilidad sino cuando esté conmigo. -¿Pero qué es eso? ¿Por qué arrugas las cejas? ¿No comprendes eso, -tontín? ¿Pues no dices que vas á ser cura y á consagrarte á mí? Si así -lo piensas, vete acostumbrando á estas ideas. ¿No te acuerdas ya de lo -que dice el Catecismo? Apréndetelo bien. El mundo es un valle de -lágrimas, y mientras más<span class="pagenum"><a name="page_388" id="page_388"></a>{388}</span> pronto salís de él, mejor. Todas estas cosas, -y otras que irás aprendiendo, las has de predicar tú en mi púlpito -cuando seas grande, para convertir á los malos. Verás cómo haces llorar -a las mujeres, y dirán todas que el padrito <i>Miau</i> es un pico de oro. -Dime, ¿no estás en ser clérigo y en ir aprendiendo ya unas miajas de -misa, un poco de latín y todo lo demás?</p> - -<p>—Sí, señor... Murillo me ha enseñado ya muchas cosas: lo que significa -<i>aleluya</i> y <i>gloria patri</i>, y sé cantar lo que se canta cuando alzan, y -cómo se ponen las manos al leer los santísimos Evangelios.</p> - -<p>—Pues ya sabes mucho. Pero es menester que te apliques. En casa de tu -tía Quintina verás todas las cosas que se usan en mi culto.</p> - -<p>—Me quieren llevar con la tía Quintina. ¿Qué le parece?... ¿voy?</p> - -<p>Al llegar aquí, Cadalsito, alentado por la amabilidad de su amigo, que -le acariciaba con sus dedos las mejillas, se tomó la confianza de -corresponder con igual demostración, y primero tímidamente, después con -desembarazo, le tiraba de las barbas al Padre, quien nada hacía para -impedirlo, ni se incomodaba diciendo como Villaamil: <i>¿en qué cochino -bodegón hemos comido juntos?</i></p> - -<p>—Sobre eso de vivir ó no con los Cabreras, yo nada te digo. Tú lo -deseas por la novelería de los juguetes eclesiásticos, y al mismo tiempo -temes separarte de tus abuelitos. ¿Sabes lo que<span class="pagenum"><a name="page_389" id="page_389"></a>{389}</span> te aconsejo? Que -llegado el momento, hagas lo que te salga de dentro.</p> - -<p>—¿Y si me lleva mi papá á la fuerza sin dejarme pensarlo?</p> - -<p>—No sé... me parece que á la fuerza no te llevará. En último caso, -haces lo que mande tu abuelo. Si él te dice: «Á casa de Quintina», te -callas, y andando.</p> - -<p>—¿Y si me dice que no?</p> - -<p>—No vas. Pásate sin los altaritos, y entretanto, ¿sabes lo que haces? -Le dices al amigo Murillo que te dé otra pasada de latín, de ese que él -sabe, que te explique bien la misa y el vestido del cura, cómo se pone -el cíngulo, la estola, cómo se preparan el cáliz y la hostia para la -consagración... en fin, Murillito está muy bien enterado, y también -puede enseñarte á llevar el Viático á los enfermos, y lo que se reza por -el camino.</p> - -<p>—Bueno... Murillo sabe mucho; pero su padre quiere que sea abogado. -¡Qué estúpido! Dice él que llegará á Ministro, y que se casará con una -moza muy guapa. ¡Qué asco!</p> - -<p>—Sí que es un asco.</p> - -<p>—También <i>Posturas</i> tenía malas ideas. Una tarde nos dijo que se iba á -echar una querida y á jugar á la timba. ¿Qué cree usted? Fumaba colillas -y era muy mal hablado.</p> - -<p>—Todas esas mañas se le quitan aquí.</p> - -<p>—¿Dónde está que no le veo con usted?<span class="pagenum"><a name="page_390" id="page_390"></a>{390}</span></p> - -<p>—Todos castigados. ¿Sabes lo que me han hecho esta mañana? Pues entre -<i>Posturitas</i> y otros pillos que siempre están enredando, me cogieron el -mundo, ¿sabes?, aquel mundo azul que yo uso para llevarlo en la mano, y -lo echaron á rodar, y cuando quise enterarme, se había caído al mar. -Costó Dios y ayuda sacarlo. La suerte que es un mundo figurado, ¿sabes?, -que no tiene gente, y no hubo que lamentar desgracias. Les di una mano -de cachetes como para ellos solos. Hoy no me salen del encierro...</p> - -<p>—Me alegro. Que la paguen. Y dígame, ¿dónde les encierra?</p> - -<p>La celestial persona, dejándose tirar de las barbas, miraba sonriendo á -su amigo, como si no supiera qué decir.</p> - -<p>—¿Dónde les encierra?... á ver... diga...</p> - -<p>La curiosidad de un niño es implacable, y ¡ay de aquel que la provoca y -no la satisface al momento! Los tirones de barba debieron de ser -demasiado fuertes, porque el bondadoso viejo, amigo de Luis, hubo de -poner coto á tanta familiaridad.</p> - -<p>—¿Que dónde les encierro?... Todo lo quieres saber. Pues les -encierro... donde me da la gana. ¿Á ti qué te importa?</p> - -<p>Pronunciada la última palabra, la visión desapareció súbitamente, y -quedóse el buen Cadalso hasta la mañana, durante el sueño, atormentado -por la curiosidad de saber dónde les encerraba... ¿Pero dónde diablos -les encerraría?<span class="pagenum"><a name="page_391" id="page_391"></a>{391}</span></p> - -<h2><a name="XLI" id="XLI"></a>XLI</h2> - -<p>No pareció Víctor en toda la noche; pero á la mañana, temprano, fué á -reiterar la temida sentencia respecto á Luis, no cediendo ni ante las -conminaciones de doña Pura, ni ante las lágrimas de Abelarda y Milagros. -El chiquillo, afectado por aquel aparato luctuoso, se mostró rebelde á -la separación; no quería dejarse vestir ni calzar; rompió en llanto, y -Dios sabe la que se habría armado sin la intervención discreta de -Villaamil, que salió de su alcoba diciendo: «Pues es forzoso separarnos -de él, no atosigarle, no afligir á la pobre criatura». Asombrábase -Víctor de ver á su suegro tan razonable, y le agradecía mucho aquel -criterio consolador, que le permitiría realizar su propósito sin apelar -á la violencia, evitando escenas desagradables. Milagros y Abelarda, -viendo el pleito perdido, retiráronse á llorar al gabinete. Pura se -metió en la cocina echando de su boca maldiciones contra los Cabreras, -los Cadalsos y demás razas enemigas de su tranquilidad, y en tanto -Víctor le ponía las botas á su hijo, tratando de llevársele pronto, -antes que surgieran nuevas complicaciones.</p> - -<p>—Verás, verás—le decía—qué cosas tan monas te tiene allí la tía -Quintina: santos magníficos,<span class="pagenum"><a name="page_392" id="page_392"></a>{392}</span> grandes como los que hay en las iglesias, -y otros chiquitos para que tú enredes con ellos; vírgenes con mantos -bordados de oro, luna de plata á los pies, estrellas alrededor de la -cabeza, tan majas... verás... Y otras cosas muy divertidas... -candeleros, cristos, misales, custodias, incensarios...</p> - -<p>—¿Y les puedo poner fuego y menearlos para que den olor?</p> - -<p>—Sí, vida mía. Todo es para que tú te entretengas y vayas aprendiendo, -y á los santos puedes quitarles la ropa para ver cómo son por dentro, y -luego volvérsela á poner.</p> - -<p>Villaamil se paseaba en el comedor oyendo todo esto. Como observara que -Luis, después de aquel entusiasmo por el uso del incensario, volvió á -caer en su morriña, gimoteando: «Yo quiero que la abuela me lleve y se -esté allí conmigo», hubo de meter su cuarto á espadas en la -catequización, y acariciándole, le dijo:</p> - -<p>—Tienes allá también altares chicos con velitas y arañas de este -tamaño, custodias así, casullitas bordadas, un sagrario que es una -monada, una manga-cruz que la puedes cargar cuando quieras, y otras -preciosidades... como, por ejemplo...</p> - -<p>No sabía por dónde seguir, y Víctor suplió su falta de inventiva -añadiendo:</p> - -<p>—Y un hisopo de plata que echa agua bendita por todos lados, y, en fin, -un cordero pascual<span class="pagenum"><a name="page_393" id="page_393"></a>{393}</span>...</p> - -<p>—¿De carne?</p> - -<p>—No, hombre... Digo, sí, vivo...</p> - -<p>Para abreviar la penosa situación y acelerar el momento crítico de la -salida, Villaamil ayudó á ponerle la chaqueta; pero aun no le habían -abrochado todos los botones, cuando ¡Madre de Dios! sale doña Pura hecha -una pantera y arremete contra Víctor, badila en mano, diciendo:</p> - -<p>—¡Asesino, vete de mi casa! ¡No me robarás esta joya!... ¡Vete, ó te -abro la cabeza!</p> - -<p>Y lo mismo fué oir las otras <i>Miaus</i> aquella voz airada, salieron -también chillando en la propia cuerda. En suma, que aquello se iba -poniendo feo.</p> - -<p>—Puesto que ustedes no quieren que sea por buenas, será por malas—dijo -Víctor poniéndose á salvo de las uñas de las tres furias.—Pediré -auxilio á la justicia. Él aquí no se ha de quedar. Conque ustedes -verán...</p> - -<p>Villaamil intervino, diciendo con voz conciliadora, sacada -trabajosamente del fondo de su oprimido pecho:</p> - -<p>—Calma, calma. Ya lo teníamos arreglado, cuando estas mujeres nos lo -echan á perder. Váyanse para adentro.</p> - -<p>—Eres un estafermo—le dijo la esposa, ciega de ira.—Tú tienes la -culpa, porque si te pusieras de nuestra parte, entre todos habíamos -ganado la partida.</p> - -<p>—Cállate tú, loca, que harto sé yo lo que<span class="pagenum"><a name="page_394" id="page_394"></a>{394}</span> tengo que hacer. ¡Fuera de -aquí todo el mundo!</p> - -<p>Pero Luisito, viendo á sus tías y abuela tan interesadas por él, volvió -á mostrar resistencia. Pura no se contentaba con menos que con sacarlo -los ojos á su yerno, y aquello iba á acabar malamente. La suerte que -aquel día estaba Villaamil tan razonable y con tal dominio de sí mismo y -de la situación, que parecía otro hombre. Sin saber cómo, su -respetabilidad se impuso.</p> - -<p>—Mientras tú estés aquí—dijo á Víctor, sacándole con hábil movimiento -de la cuna del toro, ó sea de entre las manos tiesas de doña Pura,—no -adelantaremos nada. Vete, y yo te doy mi palabra de que llevaré á mi -nieto á casa de Quintina. Déjame á mí, déjame... ¿No te fías de mi -palabra?</p> - -<p>—De su palabra sí, pero no de su capacidad para reducir á estos -energúmenos.</p> - -<p>—Yo los reduciré con razones. Descuida. Vete, y espérame allá.</p> - -<p>Habiendo logrado tranquilizar á su yerno, entró en gran parola con la -familia, agotando su ingenio en hacerles ver la imposibilidad de impedir -la separación del chiquillo.</p> - -<p>—¿No veis que si nos resistimos vendrá el propio juez á quitárnosle?</p> - -<p>Media hora duró el alegato, y por fin las <i>Miaus</i> parecieron resignadas; -convencidas, nunca.</p> - -<p>—Lo primero que tenéis que hacer—les dijo, deseando alejarlas en el -momento crítico de la<span class="pagenum"><a name="page_395" id="page_395"></a>{395}</span> salida,—es iros á la sala cantando bajito. Yo me -entiendo con Luis. ¡Si él no va á dejar de querernos porque se vaya con -Quintina!... y además, su padre me ha prometido que le traerá todos los -días á vernos, y los domingos á pasar el día en casa...</p> - -<p>Abelarda se retiró la primera, llorando, como quien se aparta de la -persona agonizante para no verla morir. Después se fué Milagros, y -finalmente Pura, quien no se hubiera resignado, á no domarla su esposo -con este último argumento:</p> - -<p>—Si porfiamos, vendrá el juez esta tarde. ¡Figúrate qué escena! -Apuremos el cáliz, y Dios castigará al infame que nos le ofrece.</p> - -<p>Solo con Luis, el abuelo estuvo á punto de perder su estudiada, -dificilísima compostura, y echarse á llorar. Se tragó toda aquella hiel, -invocando mentalmente al cielo con esta frase:</p> - -<p>—Terrible es la separación, Señor, pero es indudable que estará mucho -mejor allá, mucho mejor... Vamos, Ramón, ánimo, y no te amilanes.</p> - -<p>Pero no contaba con su nieto, que, oyendo el gimoteo de las tías, volvió -á las andadas, y cuando se acercaba el instante fiero de la partida, se -afligió diciendo:</p> - -<p>—Yo no quiero irme.</p> - -<p>—No seas tonto, Luis—le amonestó el anciano.—¿Crees tú que si no -fuera por tu bien te sacaríamos de casa? Los niños bonitos y dóciles<span class="pagenum"><a name="page_396" id="page_396"></a>{396}</span> -hacen lo que se les manda. Y que no puedes tú figurarte, por mucho que -yo te las pondere, las preciosidades que Quintina tiene allí para tu uso -particular.</p> - -<p>—¿Y puedo yo cogerlo todo para mí, y hacer con ello lo que me dé la -gana?—preguntó el chiquillo con la ansiedad avariciosa que en la edad -primera revela el egoísmo sin freno.</p> - -<p>—¿Pues quién lo duda? Hasta puedes romperlo si te acomoda.</p> - -<p>—No, romper no. Las cosas de la iglesia no se rompen—declaró el niño -con cierta unción.</p> - -<p>—Bueno... vamos ya... Saldremos calladitos para que no nos sientan -ésas... y no se alboroten... Pues verás; entre otras cosas, hay una -pilita bautismal, que es una monería; yo la he visto.</p> - -<p>—Una pila... ¿con mucha agua bendita?</p> - -<p>—Cabe tanta agua como en la tinaja de la cocina... Vamos (cargándoselo -á cuestas). Mejor será que yo te lleve en brazos...</p> - -<p>—¿Y esa pila es para bautizar personas?</p> - -<p>—¡Claro!... Con ella puedes tú jugar todo lo que quieras, y de paso vas -aprendiendo, para cuando seas cura, la manera de cristianar á un pelón.</p> - -<p>Atravesó Villaamil con paso recatado el corredor y recibimiento, -llevando á su nieto en brazos, y como durante la peligrosa travesía el<span class="pagenum"><a name="page_397" id="page_397"></a>{397}</span> -chico prosiguiese con su flujo de preguntas, sin bajar la voz, el abuelo -le puso una mano por tapaboca, susurrándole al oído: «Sí, puedes -bautizar niños, todos los niños que quieras. Y también hay mitras á la -medida de tu cabeza y capitas doradas y un báculo para que te vistas de -obispín y nos eches bendiciones...»</p> - -<p>Con esto franquearon la puerta, que Villaamil no cerró á fin de evitar -el ruido. La escalera la bajó á trancos, como ladrón que huye cargando -el objeto robado, y una vez en el portal, respiró y dejó su carga en el -suelo: ya no podía más. No estaba él muy fuerte que digamos, ni -soportaba pesos, aun tan livianos como el de su nietecillo. Temeroso de -que Paca y Mendizábal cometiesen alguna indiscreción, esquivó sus -saludos. La mujerona quiso decir algo á Luis, condoliéndose de su -marcha; pero Villaamil anduvo más listo; dijo <i>volvemos</i>, y salió á la -calle más pronto que la vista.</p> - -<p>El temor de que Luis cerdease otra vez, le estimuló á reforzar en la -calle sus mentirosas artimañas de catequista:</p> - -<p>—Tienes allí tan gran cantidad de flores de trapo para altares, que -sólo para verlas todas necesitas un año... y velas de todos colores... y -la mar de cirios... Pues hay un San Fernando vestido de guerrero, con -armadura, que te dejará pasmado, y un San Isidro con su yunta de bueyes, -que parecen naturales. El altar chico para<span class="pagenum"><a name="page_398" id="page_398"></a>{398}</span> que tú digas tus misas es -más bonito que el de Monserrat...</p> - -<p>—Dime, abuelito, y confesionario, ¿no tengo?</p> - -<p>—¡Ya lo creo!... y muy majo... con rejas, para que las mujeres te -cuenten sus pecados, que son muchísimos... Te digo que vas á estar muy -bien, y cuando crezcas un poquito, te encontrarás hecho cura sin -sentirlo, sabiendo tanto como el padre Bohigas, de Monserrat, ó el -propio capellán de las Salesas Nuevas, que ahora sale á canónigo.</p> - -<p>—Y yo, ¿seré canónigo, abuelito?</p> - -<p>—¿Pues qué duda tiene?... y obispo, y hasta puede que llegues á Papa.</p> - -<p>—¿El Papa es el que manda en todos los curas?...</p> - -<p>—Justamente... ¡Ah! también verás allí un monumento de Semana Santa, -que lo menos tiene mil piezas, qué sé yo cuántas estatuas, todo blanco y -como de alfeñique. Parece que acaba de salir de la confitería.</p> - -<p>—¿Y se come, abuelo, se come?—preguntó Cadalsito, tan vivamente -interesado en todo aquello, que su casa, su abuela y sus tías se le -borraron de la mente.</p> - -<p>—¿Quién lo duda? Cuando te canses de jugar le pegas una -dentellada—respondió Villaamil, ya vuelto tarumba, pues su imaginación -se agotaba, y no sabía de qué echar mano.</p> - -<p>Andaba el abuelo rápidamente por la acera<span class="pagenum"><a name="page_399" id="page_399"></a>{399}</span> de la calle Ancha, y á cada -paso suyo daba Cadalsito tres, cogido de la mano paterna, ó más bien -colgado. Don Ramón se detuvo bruscamente y giró sobre sí mismo, -dirigiéndose hacia la parte alta de la calle, donde está el Hospital de -la Princesa. Fijóse Luis en la incongruencia de esta dirección, y -observó, impacientándose:</p> - -<p>—Pero, abuelo, ¿no vamos á casa de la tía Quintina en la calle de los -Reyes?</p> - -<p>—Sí, hijo mío; pero antes daremos una vuelta por aquí para que tomes el -sol.</p> - -<p>En el cerebro del afligido anciano se determinó un retroceso súbito, -semejante al rechazo de la enérgica idea que informaba todos los actos -referentes á la cesión y traslado de su nieto. Éste seguía charla que te -charla, preguntando sin cesar, tirándole á su abuelo del brazo cuando -las respuestas no empalmaban inmediatamente con las interrogaciones. El -abuelo contestaba por monosílabos, evasivamente, pues todo su espíritu -se reconcentraba en la vida interior del pensar. Cabizbajo, fijos los -ojos en el suelo como si contara las rayas de las baldosas, apechugaba -con la cuesta, tirando de Luisito, el cual no advertía la congoja de su -abuelo, ni el temblor de sus labios, articulando en baja voz la -expresión de las ideas. «¿No es un verdadero crimen lo que voy á hacer, -ó, mejor dicho, dos crímenes?... Entregar á mi nieto, y después... -Anoche, tras larga meditación, me parecieron ambas cosas<span class="pagenum"><a name="page_400" id="page_400"></a>{400}</span> muy acertadas, -y consecuencia la una de la otra. Porque si yo voy á... cesar de vivir -muy pronto, mejor quedara Luis con los Cabreras que con mi familia... Y -pensé que mi familia le criaría mal, con descuido, consintiéndole mil -resabios... eso sin contar el peligro de que esté al lado de Abelarda, -que volverá á las andadas cualquier día. Los Cabreras me son -antipáticos; pero les tengo por gente ordenada y formal. ¡Qué diferencia -de Pura y Milagros! Éstas, con su música y sus tonterías, no sirven para -nada. Así pensé anoche, y me pareció lo más cuerdo que á humana cabeza -pudiera ocurrirse... ¿Por qué me arrepiento ahora y me entran ganas de -volver á casa con el chico? ¿Es que estará mejor con las Miaus que con -Quintina? No, eso no... ¿Es que desmaya en mí la resolución salvadora -que ha de darme libertad y paz? ¿Es que te da ahora el antojillo de -seguir viviendo, cobarde? ¿Es que te halagan el cuerpo los melindres de -la vida?»</p> - -<p>Atormentado por cruelísima duda, Villaamil echó un gran suspiro, y -sentándose en el zócalo de la verja del hospital que cae al paseo de -Areneros, cogió las manos del niño y le miró fijamente, cual si en sus -inocentes ojos quisiera leer la solución del terrible conflicto. El -chico ardía de impaciencia; pero no se atrevió á dar prisa á su abuelo, -en cuyo semblante notaba pena y cansancio.</p> - -<p>—Dime, Luis—propuso Villaamil, abrazándole<span class="pagenum"><a name="page_401" id="page_401"></a>{401}</span> con cariño.—¿Quieres tú -de veras irte con la tía Quintina? ¿Crees que estarás bien con ella, y -que te educarán é instruirán los Cabreras mejor que en casa? Háblame con -franqueza.</p> - -<p>Puesta la cuestión en el terreno pedagógico, y descartado el aliciente -de la juguetería eclesiástica, Luis no supo qué contestar. Buscó una -salida, y al fin la halló:</p> - -<p>—Yo quiero ser cura.</p> - -<p>—Corriente; tú quieres ser cura y yo lo apruebo... Pero suponiendo que -yo falte, que Pura y Milagros se vayan á vivir con Abelarda, señora de -Ponce, ¿con quién te parece á ti que estarías mejor?</p> - -<p>—Con la abuela y la tía Quintina juntas.</p> - -<p>—Eso no puede ser.</p> - -<p>Cadalsito alzó los hombros.</p> - -<p>—«¿Y no temerías tú, si siguieras donde estabas, que mi hija se -alborotase otra vez y te quisiera matar?</p> - -<p>—No se alborotará—dijo Cadalsito con admirable sabiduría.—Ahora se -casa y no volverá á pegarme.</p> - -<p>—¿De modo que tú... no tienes miedo? Y entre la tía Quintina y -nosotros, ¿qué prefieres?</p> - -<p>—Prefiero... que vosotros viváis con la tía.</p> - -<p>Ya tenía Villaamil abierta la boca para decirle: «Mira, hijo, todo eso -que te he contado de los altaritos es música. Te hemos engañado<span class="pagenum"><a name="page_402" id="page_402"></a>{402}</span> para -que no te resistieses á salir de casa»; pero se contuvo, esperando que -el propio Luis esclareciese con alguna idea primitiva, sugerida por su -inocencia, el problema tremendo. Cadalsito montó una pierna sobre la -rodilla de su abuelo, y echándole una mano al hombro para sostenerse -bien, se dejó decir:</p> - -<p>—Lo que yo quiero es que la abuela y la tía Milagros se vengan á vivir -con Quintina.</p> - -<p>—¿Y yo?—preguntó el anciano, atónito de la preterición.</p> - -<p>—¿Tú? Te diré. Ya no te colocan... ¿entiendes? ya no te colocan, ni -ahora ni nunca.</p> - -<p>—¿Por dónde lo sabes? (con el alma atravesada en la garganta).</p> - -<p>—Yo lo sé. Ni ahora ni nunca... Pero maldita la falta que te hace.</p> - -<p>—¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho?</p> - -<p>—Pues... yo... Te lo contaré; pero no lo digas á nadie... Veo á Dios... -Me da así como un sueño, y entonces se me pone delante y me habla.</p> - -<p>Tan asombrado estaba Villaamil, que no pudo hacer ninguna observación. -El chico prosiguió:</p> - -<p>—Tiene la barba blanca, es tan alto como tú, con un manto muy bonito... -Me dice todo lo que pasa... y todo lo sabe, hasta lo que hacemos los -chicos en la escuela...</p> - -<p>—¿Y cuándo le has visto?</p> - -<p>—Muchas veces: la primera en las Alarconas,<span class="pagenum"><a name="page_403" id="page_403"></a>{403}</span> después aquí cerca, y en -el Congreso y en casa... Me da primero como un desmayo, me entra frío, y -luego viene él y nos ponemos á charlar... ¿Qué, no lo crees?</p> - -<p>—Sí, hijo, sí lo creo (con emoción vivísima); ¿pues no lo he de creer?</p> - -<p>—Y anoche me dijo que no te colocarán, y que este mundo es muy malo, y -que tú no tienes nada que hacer en él, y que cuanto más pronto te vayas -al cielo, mejor.</p> - -<p>—Mira tú lo que son las cosas: á mí me ha dicho lo mismo.</p> - -<p>—¿Pero tú le ves también?</p> - -<p>—No, tanto como verlo... no soy bastante puro para merecer esa -gracia... pero me habla alguna vez que otra.</p> - -<p>—Pues eso me dijo... Que morirte pronto es lo que te conviene, para que -descanses y seas feliz.</p> - -<p>El estupor de Villaamil fué inmenso. Eran las palabras de su nieto como -revelación divina, de irrefragable autenticidad.</p> - -<p>—¿Y á ti qué te cuenta el Señor?</p> - -<p>—Que tengo que ser cura... ¿ves? lo mismo, lo mismito que yo deseaba... -y que estudie mucho latín y aprenda pronto todas las cosas...</p> - -<p>La mente del anciano se inundó, por decirlo así, de un sentido -afirmativo, categórico, que excluía hasta la sombra de la duda, -estableciendo el orden de ideas firmísimas á que debía responder<span class="pagenum"><a name="page_404" id="page_404"></a>{404}</span> en el -acto la voluntad con decisión inquebrantable.</p> - -<p>—Vamos, hijo, vamos á casa de la tía Quintina—dijo al nieto, -levantándose y cogiéndole de la mano.</p> - -<p>Le llevó aprisa, sin tomarse el trabajo de catequizarle con -descripciones hiperbólicas de juguetes y chirimbolos sacro-recreativos. -Al llamar á la puerta de Cabrera, Quintina en persona salió á abrir. -Sentado en el último escalón, Villaamil cubrió de besos á su nieto, -entrególe á su tía paterna, y bajó á escape sin siquiera dar á ésta los -buenos días. Como al bajar creyese oir la voz del chiquillo que -gimoteaba, avivó el paso y se puso en la calle con toda la celeridad que -sus flojas piernas le permitían.</p> - -<h2><a name="XLII" id="XLII"></a>XLII</h2> - -<p>Era ya cerca de medio día, y Villaamil, que no se había desayunado, -sintió hambre. Tiró hacia la plaza de San Marcial, y al llegar á los -vertederos de la antigua huerta del Príncipe Pío, se detuvo á contemplar -la hondonada del Campo del Moro y los términos distantes de la Casa de -Campo. El día era espléndido, raso y bruñido el cielo de azul, con un -sol picón y alegre; de estos días precozmente veraniegos en que el calor -importuna más por hallarse aún los<span class="pagenum"><a name="page_405" id="page_405"></a>{405}</span> árboles despojados de hoja. -Empezaban á echarla los castaños de Indias y los chopos; apenas -verdegueaban los plátanos; y las soforas, gleditchas y demás leguminosas -estaban completamente desnudas. En algunos ejemplares del árbol del amor -se veían las rosadas florecillas, y los setos de aligustre ostentaban ya -sus lozanos renuevos, rivalizando con los evonymus de perenne hoja. -Observó Villaamil la diferencia de tiempo con que las especies arbóreas -despiertan de la somnolencia invernal, y respiró con gusto el aire tibio -que del valle del Manzanares subía. Dejóse ir, olvidado de su buen -apetito, camino de la Montaña, atravesando el jardinillo recién plantado -en el relleno, y dió la vuelta al cuartel, hasta divisar la sierra, de -nítido azul con claros de nieve, como mancha de acuarela extendida sobre -el papel por la difusión natural de la gota, obra de la casualidad más -que de los pinceles del artista.</p> - -<p>—¡Qué hermoso es esto!—se dijo soltando el embozo de la capa, que le -daba mucho calor.—Paréceme que lo veo por primera vez en mi vida, ó que -en este momento se acaban de crear esta sierra, estos árboles y este -cielo. Verdad que en mi perra existencia llena de trabajos y -preocupaciones, no he tenido tiempo de mirar para arriba ni para -enfrente... Siempre con los ojos hacia abajo, hacia esta puerca tierra -que no vale dos cominos, hacia la muy marrana<span class="pagenum"><a name="page_406" id="page_406"></a>{406}</span> Administración, á quien -parta un rayo, y mirándoles las cochinas caras á Ministros, Directores y -Jefes del Personal, que maldita gracia tienen. Lo que yo digo: ¡cuánto -más interesante es un cacho de cielo, por pequeño que sea, que la cara -de Pantoja, la de Cucúrbitas y la del propio Ministro!... Gracias á Dios -que saboreo este gusto de contemplar la Naturaleza, porque ya se -acabaron mis penas y mis ahogos, y no cavilo más en si me darán ó no me -darán el destino; ya soy otro hombre, ya sé lo que es independencia, ya -sé lo que es vida, y ahora me les paso á todos por las narices, y de -nadie tengo envidia, y soy... soy el más feliz de los hombres. Á comer -se ha dicho, y ole morena mía.</p> - -<p>Dió un par de castañetazos con los dedos de ambas manos, y volviendo á -liarse la capa, se dirigió hacia la cuesta de San Vicente, que recorrió -casi toda, mirando las muestras de las tiendas. Por fin, ante una -taberna de buen aspecto se detuvo murmurando: «Aquí deben de guisar muy -bien. Entra, Ramón, y date la gran vida». Dicho y hecho. Un rato después -hallábase el buen Villaamil sentado ante una mesa redonda, de cuatro -patas, y tenía delante un plato de guisado de falda olorosísimo, un -cubierto cachicuerno, jarro de vino y pan. «Da gusto—pensaba, -emprendiéndola resueltamente con el guisote—encontrarse así, tan libre, -sin compromisos, sin cuidarse de la familia... porque,<span class="pagenum"><a name="page_407" id="page_407"></a>{407}</span> en buena hora lo -diga, ya no tengo familia; estoy solo en el mundo, solo y dueño de mis -acciones... ¡Qué gusto, qué placer tan grande! El esclavo ha roto sus -cadenas, y hoy se pone el mundo por montera, y ve pasar á su lado á los -que antes le oprimían, como si viera pasar á Perico el de los Palotes... -¡Pero qué rico está este guisado de falda! En su vida compuso nada tan -bueno la simple de Milagros, que sólo sabe hacerse los ricitos, y -cantarse y mayarse por todo lo alto aquello de <i>morrríamo, morrríamo</i>... -Parece un perrillo cuando le pellizcan el rabo... De veras está rica la -falda... ¡Qué gracia tienen para sazonar en esta taberna! ¡Y qué persona -tan simpática es el tabernero, y qué bien le sientan los manguitos -verdes, los zapatos de alfombra y la gorra de piel! ¡Cuánto más guapo es -que Cucúrbitas y que el propio Pantoja!... Pues señor, el vinillo es -fresco y picón... Me gusta mucho. Efectos de la libertad de que gozo, de -no importárseme un bledo de nadie, y de ver mi cabeza limpia de -cavilaciones y pesadumbres. Porque todo lo dejo bien arregladito: mi -hija se casa con Ponce, que es buen muchacho y tiene de qué vivir; mi -nieto en poder de Quintina, que le educará mejor que su abuela... y en -cuanto á esas dos pécoras, que carguen con ellas Abelarda y su marido... -En resolución, ya no tengo que mantener el pico á nadie, ya soy libre, -feliz, independiente, y <i>me abro al<span class="pagenum"><a name="page_408" id="page_408"></a>{408}</span> cartaginés incautamente</i>. ¡Qué -dicha! Ya no tengo que discurrir á qué cristiano espetarle mañana la -cartita pidiendo un anticipo. ¡Qué descanso tan grande haber puesto -punto á tanta ignominia! El alma se me ensancha... respiro mejor, me ha -vuelto el apetito de mi mocedad, y á cuantas personas veo me dan ganas -de apretarles la mano y comunicarles mi felicidad».</p> - -<p>Aquí llegaba del soliloquio, cuando entraron en la taberna tres -muchachos, sin duda recién salidos del tren, con sendos morrales al -hombro, vara en cinto, vestidos á usanza campesina, iguales en el -calzado, que era de alpargata, y distintos en el sombrero, pues el uno -lo traía de aparejo redondo, el otro boina y el tercero pañuelo de seda -liado á la cabeza.</p> - -<p>—¡Qué chicos tan gallardos!—dijo Villaamil contemplándoles embebecido, -mientras ellos, bulliciosos y maleantes, pedían al tabernero algo con -qué matar la feroz gazuza que traían.—¿Serán jóvenes labradores que han -dejado la obscura pobreza de sus aldeas por venir á esta Babel á -pretender un destino que les dé barniz de señorío y aire de personas -decentes?... ¡Infelices! ¡Y qué gran favor les haría yo en -desengañarles!</p> - -<p>Sin más deliberación, se fué derecho á ellos diciéndoles:</p> - -<p>—Jóvenes, pensad lo que hacéis. Aun estáis á tiempo. Volveos á vuestras -cabañas y dehesas,<span class="pagenum"><a name="page_409" id="page_409"></a>{409}</span> y huid de este engañoso abismo de Madrid, que os -tragará y os hará infelices para toda la vida. Seguid el consejo de -quien os quiere bien, y volveos al campo.</p> - -<p>—¿Qué dice este tío?—contestó el más despabilado de ellos, poniéndose -al hombro la chaqueta, que se le había caído.—¡Otra que Dios con el -abuelo! Somos quintos de este reemplazo, y como no nos presentemos nos -afusilan...</p> - -<p>—¡Ah! bueno, bueno... Si sois militares, la cosa muda de aspecto... Á -defender la patria. Yo la defendí también, saliendo en una compañía de -voluntarios cuando aquel pillo de Gómez se corrió hacia Madrid... Pero -también os digo que no hagáis caso de lo que os prediquen vuestros -jefes, y que os sublevéis á las primeras de cambio, hijos. Despreciad al -gran pindongo del Estado... ¿No sabéis quién es el Estado?</p> - -<p>Los tres chicos se reían, mostrando sus dentaduras sanas y frescas: sin -duda les hacía mucha gracia la estantigua que tenían delante. Ninguno de -ellos supo quién era el Estado, y tuvo Villaamil que explicárselo en -esta forma:</p> - -<p>—Pues el Estado es el mayor enemigo del género humano, y á todo el que -coge por banda lo divide... Mucho ojo... sed siempre libres, -independientes, y no tengáis cuenta con nadie.</p> - -<p>Uno de los mozos sacó la vara del cinto y dió con ella tan fuerte golpe -sobre la mesa, que por poco la parte en dos, gritando:<span class="pagenum"><a name="page_410" id="page_410"></a>{410}</span></p> - -<p>—Patrona, que tenemos mucha hambre. Por vida del condenado Solimán... -Vengan esas magras.</p> - -<p>Á Villaamil le cayó en gracia esta viveza de genio, y admiró la -juventud, la sangre hirviente de los tres muchachos. El tabernero les -rogó que esperasen minutos, y les puso delante pan y vino para que -fueran matando el gusanillo. Pagó entonces Villaamil, y el tabernero, ya -muy sorprendido de sus maneras originales, y teniéndole por tocado, se -corrió á ofrecerle una copita de Cariñena. Aceptó el cesante, reconocido -á tanta bondad, y tomando la copa y levantándola en alto, «brindó por la -prosperidad del establecimiento». Los quintos berrearon:</p> - -<p>—¡Madrid, cinco minutos de parada y fonda!... ¡Viva la Nastasia, la -Bruna, la Ruperta y toas las mozas de Daganzo de Arriba!</p> - -<p>Y como Villaamil elogiase, al despedirse del tabernero con mucha finura, -el buen servicio y lo bien condimentado del guiso, el dueño le contestó:</p> - -<p>—No hay otra como ésta. Fíjese en el rétulo: <i>La Viña del Señor</i>.</p> - -<p>—No, si yo no he de volver. Mañana estaré muy lejos, amigo mío. Señores -(volviéndose á los chicos y saludándoles sombrero en mano), conservarse. -Gracias; que les aproveche... Y no olviden lo que les he dicho... ser -libres, ser independientes... como el aire. Véanme á mí. Me<span class="pagenum"><a name="page_411" id="page_411"></a>{411}</span> pongo al -Estado por montera... Hasta ahora...</p> - -<p>Salió arrastrando la capa, y uno de los mozos se asomó á la puerta -gritando:</p> - -<p>—¡Eh... abuelo, agárrese, que se cae!... Abuelo, que se le han quedado -las narices. Vuelva acá.</p> - -<p>Pero Villaamil no oía nada, y siguió hacia arriba, buscando camino ó -vereda por donde escalar la Montaña segunda vez. Encontróla al fin, -atravesando un solar vacío y otro ya cercado para la edificación, y por -último, después de dar mil vueltas y de salvar hondonadas y de trepar -por la movediza tierra de los vertederos, llegó á la explanada del -cuartel y lo rodeó, no parando hasta las vertientes áridas que desde el -barrio de Argüelles descienden á San Antonio de la Florida. Sentóse en -el suelo y soltó la capa, pues el vino por dentro y el sol por fuera le -sofocaban más de lo justo.</p> - -<p>—¡Qué tranquilo he almorzado hoy! Desde mis tiempos de muchacho, cuando -salimos en persecución de Gómez, no he sido tan dichoso como ahora. -Entonces no era libre de cuerpo; pero de espíritu sí, como en el momento -presente; y no me ocupaba de si había ó no había para mandar mañana á la -plaza. Esto de que todos los días se ha de ir á la compra es lo que hace -insoportable la vida... Á ver, esos pajarillos tan graciosos que andan -por ahí picoteando, ¿se ocupan de lo que comerán mañana? No; por eso son -felices; y ahora me encuentro yo como ellos,<span class="pagenum"><a name="page_412" id="page_412"></a>{412}</span> tan contento, que me -pondría á piar si supiera, y volaría de aquí á la Casa de Campo, si -pudiese. ¿Por qué razón Dios, vamos á ver, no le haría á uno pájaro, en -vez de hacerle persona?... Al menos que nos dieran á elegir. Seguramente -nadie escogería ser hombre, para estar descrismándose luego por los -empleos y obligado á gastar chistera, corbata, y todo este matalotaje -que, sobre molestar, le cuesta á uno un ojo de la cara... Ser pájaro sí -que es cómodo y barato. Mírenlos, mírenlos tan campantes, pillando lo -que encuentran, y zampándoselo tan ricamente... Ninguno de éstos estará -casado con una pájara que se llame Pura, que no sabe ni ha sabido nunca -gobernar la casa, ni conoce el ahorro...</p> - -<p>Como viera los gorriones delante de sí, á distancia de unas cuatro -varas, acercándose á brincos, cautelosos y audaces, para rebuscar en la -tierra, sacó el buen hombre de su bolsillo el pan sobrante del almuerzo -que había guardado en la taberna, y desmigajándolo, lo arrojó á las -menudas aves. Aunque el movimiento de sus manos espantó á los -animalitos, pronto volvieron, y descubierto el pan, ya se colige que -cayeron sobre él como fieras. Villaamil sonreía y se esponjaba -observando su voracidad, sus graciosos meneos y aquellos saltitos tan -cucos. Al menor ruido, á la menor proyección de sombra ó indicio de -peligro, levantaban el vuelo; pero su loco apetito les traía pronto al -mismo lugar.<span class="pagenum"><a name="page_413" id="page_413"></a>{413}</span></p> - -<p>—Coman, coman tranquilos—les decía mentalmente el viejo, embelesado, -inmóvil, para no asustarlos...—Si Pura hubiera seguido vuestro sistema, -otro gallo nos cantara. Pero ella no entiende de acomodarse á la -realidad. ¿Cabe algo más natural que encerrarse en los límites de lo -posible? Que no hay más que patatas... pues patatas... Que mejora la -situación y se puede ascender hasta la perdiz... pues perdiz. Pero no -señor, ella no está contenta sin perdiz á diario. De esta manera -llevamos treinta años de ahogos, siempre temblando; cuando lo había, -comiéndonoslo á trangullones como si nos urgiese mucho acabarlo; cuando -no, viviendo de trampas y anticipos. Por eso, al llegar la colocación ya -debíamos el sueldo de todo un año. De modo que perpetuamente estábamos -lo mismo, <i>á ti suspiramos</i>, y mirando para las estrellas... ¡Treinta -años así, Dios mío! Y á esto llaman vivir. «Ramón, ¿qué haces que no te -diriges á tal ó cual amigo?... Ramón, ¿en qué piensas? ¿Crees que somos -camaleones?... Ramón, determínate á empeñar tu reloj, que la niña -necesita botas... Ramón, que yo estoy descalza, y aunque me puedo -aguantar así unos días, no puedo pasarme sin guantes, pues tenemos que -ir al beneficio de la Furranguini... Ramón, dile al habilitado que te -anticipe quinientos reales; son tus días, y es preciso convidar á las de -tal ó cual... Ramón...» ¡Y que yo no haya sido hombre para trincar á mi<span class="pagenum"><a name="page_414" id="page_414"></a>{414}</span> -mujer y ponerle una mordaza en aquella boca, que debió de hacérsela un -fraile, según es de pedigüeña! ¡Cuidado que soportar esto treinta -años!... Pero ya, gracias á Dios, he tenido valor para soltar mi cadena -y recobrar mi personalidad. Ahora yo soy yo, y nadie me tose, y por fin -he aprendido lo que no sabía: á renegar de Pura y de toda su casta, y á -mandarlos á todos á donde fué el padre Padilla.</p> - -<p>No pudiendo reprimir su entusiasmo y alegría, dió tales manotadas, que -los pájaros huyeron.</p> - -<h2><a name="XLIII" id="XLIII"></a>XLIII</h2> - -<p>—No seáis tontos... con vosotros nadie se mete. ¿Por quién me tomáis? -¿Por algún Ministro sin entrañas, que quita el pan á los padres de -familia para darlo á cualquier gandul? Porque vosotros también sois -padres de familia y tenéis hijitos que mantener. No os asustéis, y tomad -más miguitas... Creed que si mi mujer hubiera sido otra, la de Ventura, -por ejemplo, yo no habría llegado á esta situación... La esposa de -Ventura, de quien la mía se burla tanto porque dice bacalao de -<i>Escuecia</i>, vale más que ella cien veces... Con Pura no hay dinero que -alcance; ni la paga de un Director. El maldito suponer, el trapito, las -visitas, el teatro, los perendengues y el morro siempre estirado para -fingir dignidad de<span class="pagenum"><a name="page_415" id="page_415"></a>{415}</span> personas encumbradas, nos perdieron... No temáis, -tontos; podéis acercaros, aun tengo más migas... En cuanto á Milagros, -vosotros convendréis conmigo en que, si es buena y sencilla, no por eso -deja de ser una inutilidad como su hermana. ¡Qué bien hizo aquel que se -tiró al agua! Pues si no se tira y carga con ella, á estas horas se -habría ahogado cien mil veces quedándose vivo, que es lo peor que le -puede pasar á un cristiano... Entre las dos hermanitas me han tenido á -mí lo mejor de mi vida con un dogal al cuello, aprieta que te -apretarás... No dirán que me he portado mal con ellas, pues desde que me -casé... Ahora me ocurre que, cuando fuí á pedir al señor Escobios la -mano de su hija, el apreciable médico del Cuarto Montado debió arrearme -un bofetón que me volviera la cara del revés... ¡Ay, cuánto se lo -hubiera agradecido más adelante!... Coman, coman tranquilos, que aquí no -estamos para quitarle el pan á la gente... Pues decía que desde que me -casé hasta la fecha, he sido víctima de la insubstancialidad y el -desgobierno de esas dos tarascas, y no podrán quejarse de que no he sido -sumiso y paciente, ni tampoco de que las abandono y las dejo en la -miseria, pues no me he determinado á recobrar mi libertad sino al saber -que quedan al amparo de Ponce, que es un bendito y les mantendrá el -pico, pues para eso le dejó todas sus migas el tío notario. ¡Ay, ínclito -Ponce, y qué mochuelo te<span class="pagenum"><a name="page_416" id="page_416"></a>{416}</span> toca! Ya verás lo que es canela fina. Si no -tienes cuidado, pronto te liquidan... te evaporan, te volatilizan, te -sorben. Allá se las haya. Yo he cumplido... he cargado mi cruz treinta -años; ahora, que la lleve otro... Se necesitan espaldas jóvenes... y el -peso es mayúsculo, amigo Ponce. Ya lo verás... Si he de ser franco, te -diré que mi hija, sin ser un talento, vale más que su mamá y su tía; -tiene algunas ideas de orden y previsión; no es tan amiga de echar -plantas... Pero cuidadito con ella, Ponce amigo, porque ó yo no entiendo -nada de afectos y afecciones de mujeres, ó á mi Abelarda le gustas tú lo -mismo que un dolor de muelas. Nadie me quita de la cabeza que ese peine -de Víctor le había sorbido los sesos... Pero cásese en buen hora, y si -son felices las señoras <i>Miaus</i>, y aprenden ahora lo que ignoraban en mi -tiempo, yo me alegraré mucho y hasta las aplaudiré desde allá: vaya si -las aplaudiré.</p> - -<p>Con estas meditaciones, harto más largas y difusas de lo que en la -narración aparecen, se le fué pasando la tarde á Villaamil. Dos ó tres -veces mudó de sitio, destrozando impíamente al pasar alguno de los -arbolillos que el Ayuntamiento en aquel erial tiene plantados. «El -Municipio—decía—es hijo de la Diputación Provincial y nieto del muy -gorrino del Estado, y bien se puede, sin escrúpulo de conciencia, hacer -daño á toda la parentela maldita.<span class="pagenum"><a name="page_417" id="page_417"></a>{417}</span> Tales padres, tales hijos. Si -estuviera en mi mano, no dejaría un árbol ni un farol... El que la hace -que la pague... y luego la emprendería con los edificios, empezando por -el Ministerio del cochino ramo, hasta dejarlo arrasadito, arrasadito... -como la palma de la mano. Luego, no me quedaría vivo un ferrocarril, ni -un puente, ni un barco de guerra, y hasta los cañones de las fortalezas -los haría pedacitos así».</p> - -<p>Vagaba por aquellos andurriales, sombrero en mano, recibiendo en el -cráneo los rayos del sol, que á la caída de la tarde calentaba -desaforadamente el suelo y cuanto en él había. La capa la llevaba -suelta, y tuvo intenciones de tirarla, no haciéndolo porque consideró -que podía venirle bien á la noche, aunque fuese por breve tiempo. Paróse -al borde de un gran talud que hay hacia la Cuesta de Areneros, sobre las -nuevas alfarerías de la Moncloa, y mirando al rápido declive, se dijo -con la mayor serenidad: «Este sitio me parece bueno, porque iré por aquí -abajo, dando vueltas de carnero; y luego, que me busquen... Como no me -encuentre algún pastor de cabras... Bonito sitio, y sobre todo, cómodo, -digan lo que quieran».</p> - -<p>Pero luego no debió parecerle el lugar tan adecuado á su temerario -intento, porque siguió adelante, bajó y volvió á subir, inspeccionando -el terreno, como si fuera á construir en él una casa. Ni alma viviente -había por allí. Los gorriones<span class="pagenum"><a name="page_418" id="page_418"></a>{418}</span> iban ya en retirada hacia los tejares de -abajo ó hacia los árboles de San Bernardino y de la Florida. De repente, -le dió al santo varón la vena de sacar un revólver que en el bolsillo -llevaba, montarlo y apuntar á los inocentes pájaros, diciéndoles: -«Pillos, granujas, que después de haberos comido mi pan pasáis sin darme -tan siquiera las buenas tardes, ¿qué diríais si ahora yo os metiera una -bala en el cuerpo?... Porque de fijo no se me escapaba uno. ¡Tengo yo -tal puntería!... Agradeced que no quiero quedarme sin tiros; pues si -tuviera más cápsulas, aquí me las pagabais todas juntas... De veras que -siento ganas de acabar con todo lo que vive, en castigo de lo mal que se -han portado conmigo la Humanidad, y la Naturaleza, y Dios (con -exaltación furiosa)... sí, sí: lo que es portarse, se han portado -cochinamente... Todos me han abandonado, y por eso adopto el lema que -anoche inventé y que dice literalmente: <i>Muerte... Infamante... Al... -Universo...</i>».</p> - -<p>Con esta cantata siguió buen trecho alejándose hasta que, ya cerrada la -noche, encontróse en los altos de San Bernardino que miran á -Vallehermoso, y desdé allí vió la masa informe del caserío de Madrid con -su crestería de torres y cúpulas, y el hormigueo de luces entre la -negrura de los edificios... Calmada entonces la exaltación homicida y -destructora, volvió el pobre hombre á sus estudios topográficos: «Este<span class="pagenum"><a name="page_419" id="page_419"></a>{419}</span> -sitio sí que es de primera... Pero no; me verían los guardas de Consumos -que están en esos cajones, y quizás... son tan brutos... me estorbarían -lo que quiero y debo hacer... Sigamos hacia el cementerio de la -Patriarcal, que por allí no habrá ningún importuno que se meta en lo que -no le va ni le viene. Porque yo quiero que vea el mundo una cosa, y es -que ya me importa un pepino que se nivelen ó no los presupuestos, y que -me río del <i>income tax</i> y de toda la indecente Administración. Esto lo -comprenderá la gente cuando recoja mis... restos, que lo mismo me da -vayan á parar á un muladar que al propio panteón de los Reyes. Lo que -vale es el alma, la cual se remonta volando á eso que llaman... el -empíreo, que es por ahí arriba detrás de aquellos astros que relumbran y -parecen hacerle á uno guiños llamándole... Pero aun no es hora. Quiero -llegarme á ese puerco Madrid y decirle las del barquero á esas indinas -<i>Miaus</i> que me han hecho tan infeliz».</p> - -<p>El odio á su familia, ya en los últimos días iniciado en su alma, y que -en aquél tomaba á ratos los vuelos de frenesí demente ó rabia feroz, -estalló formidable, haciéndole crispar los dedos, apretar reciamente la -mandíbula, acelerar el paso con el sombrero echado atrás, la capa caída, -en la actitud más estrafalaria y siniestra. Era ya noche obscura. -Resueltamente se dirigió al Conde-Duque, pasó por delante del cuartel, -y<span class="pagenum"><a name="page_420" id="page_420"></a>{420}</span> al aproximarse á la plaza de las Comendadoras, andaba con paso -cauteloso, evitando el ser visto, buscando la sombra y mudando de -dirección á cada instante. Después de meterse por la solitaria calle de -San Hermenegildo, volvió hacia la plazuela del Limón, rondó la manzana -de las Comendadoras, aventurándose por fin á atravesar la calle de -Quiñones y á observar los balcones de su casa, no sin cerciorarse antes -de que no estaban en el portal Mendizábal y su mujer. Agazapado en la -esquina de la plazuela obscura, solitaria y silenciosa, miró repetidas -veces hacia su casa, queriendo espiar si alguien entraba ó salía... -¿Irían las <i>Miaus</i> al teatro aquella noche? ¿Vendrían á la tertulia -Ponce y los demás amigos? En medio de su trastorno, supo colocarse en la -realidad, considerando al fin como seguro é inevitable que, alarmada por -la ausencia de su marido, Pura ponía en movimiento á todos los íntimos -de la familia para buscarle.</p> - -<p>Al amparo de la esquina, como ladrón ó asesino que acecha el descuidado -paso del caminante, Villaamil alargaba el pescuezo para vigilar sin que -le vieran. Propiamente, su cuerpo estaba en la plazuela de las -Comendadoras y su cabeza en la calle de Quiñones; su flácido cuello, -dotado de prodigiosa elasticidad, se doblaba sobre el ángulo mismo. -«Allá sale el ínclito Ponce de estampía. De seguro han ido á casa de -Pantoja, al café, á todos los sitios que acostumbro<span class="pagenum"><a name="page_421" id="page_421"></a>{421}</span> frecuentar... Ese -que llega echando los bofes me parece que es Federico Ruiz. De fijo -viene de la prevención ó del juzgado de guardia... Habrá salido á -averiguar... ¡Pobrecillos, qué trabajo se toman! Y cuánto gozo yo -viéndoles tan afanados, y considerando á las <i>Miaus</i> tan aturdiditas... -Fastidiarse; y usted, doña Pura de los infiernos, trague ahora la -cicuta; que durante treinta años la he estado tragando yo sin -quejarme... ¡Ah!, alguien sale y viene hacia acá... Me parece que es -Ponce otra vez. Agazapémonos en este portal... Sí, él es... (viendo al -crítico atravesar la plazuela de las Comendadoras). ¿Á dónde irá? Quizás -á casa de Cabrera. Trabajo te mando... ¿Habrá bobo igual? No, no me -encontraréis; no me atraparéis, no me privaréis de esta santa libertad -que ahora gozo, ¡bendita sea!, ni aunque revolváis el mundo entero me -daréis caza, estúpidos. ¿Qué se pretende? (amenazando con el puño á un -ser invisible), ¿que vuelva yo al poder de Pura y Milagros, para que me -amarguen la vida con aquel continuo pedir de dinero, con su desgobierno -y su majadería y su presunción? No; ya estoy hasta aquí; se colmó el -vaso... Si sigo con ellas me entra un día la locura, y con este -revólver... con este revólver (cogiendo el mango del arma dentro del -bolsillo y empuñándolo con fuerza) las despacho á todas... Más vale que -me despache yo, emancipándome y yéndome con Dios... ¡Ah! Pura, Purita, -se<span class="pagenum"><a name="page_422" id="page_422"></a>{422}</span> acabó el suplicio. Hinca tus garras en otra víctima. Ahí tienes á -Ponce con dinero fresco; cébate en él... ahí me las den todas... ¡Cuánto -me voy á reir!... Porque esta doña Pura es atroz, querido Ponce, y como -se encuentre con barro á mano, se armó la fiesta, y mesa y ropa y todo -ha de ser de lo más fino, sin considerar que mañana faltará la condenada -libreta... ¡Ay, Dios mío! El último de los artesanos, el triste mendigo -de las calles me han causado envidia en esta temporada; así como ahora, -desahogado y libre, no me cambio por el rey; no, no me cambio; lo digo -con toda el alma».</p> - -<h2><a name="XLIV" id="XLIV"></a>XLIV</h2> - -<p>Fuera del portal, y vuelta á los atisbos. «Sale ahora el chico de -Cuevas, afanadillo y presuroso. ¿Á dónde irá?... Busca, hijo, busca, que -ya te lo pagará doña Pura con una copita de moscatel... Pues la -bobalicona de Milagros estará con el alma en un hilo, porque la infeliz -me quiere... Es natural; ha vivido conmigo tantos años y ha comido mi -pan... Y si vamos á poner cada cosa en su punto, también Pura me -quiere... á su modo, sí. Yo también las quise mucho; pero lo que es -ahora, las aborrezco á las dos, ¿qué digo á las dos?, á las tres, porque -también mi hija me carga... Son tres apuntes que se me han<span class="pagenum"><a name="page_423" id="page_423"></a>{423}</span> sentado -aquí, en la boca del estómago, y cuando pienso en ellas, la sangre -parece que se me pone como metal derretido, y la tapa de los sesos se me -quiere saltar... ¡Vaya con las tres <i>Miaus</i>!... ¡Bien haya quien os puso -tal nombre! No más vivir con locas. ¡Vaya por dónde le dió á mi dichosa -hijita! ¡Por enamoriscarse de Víctor!... Porque, ó yo no lo entiendo, ó -aquello era amor de lo fino... ¡Qué mujeres, Dios santo! Prendarse de un -zascandil porque tiene la cara bonita, sin reparar... Y que él la -desprecia, no hay duda... Me alegro... Bien empleado le está. Chúpate -las calabazas, imbécil, y vuelve por más, y cásate con Ponce... -Francamente, si uno no se suprimiese por salvarse de la miseria, debiera -hacerlo por no ver estas cosas».</p> - -<p>Como observara luz en el gabinete, se encalabrinó más: «Esta noche, -Purita de mis entretelas, no hay teatrito, ¿verdad? Gracias á Dios que -está usted con la pierna quebrada. ¡Jorobarse!... Ya la veo á usted -arbitrando de dónde sacar el dinero para el luto. Lo mismo me da. -Sáquelo usted... de donde quiera. Venda mi piel para un tambor ó mis -huesos para botones... ¡Magnífico, admirable, deliciooooso!...»</p> - -<p>Al decir esto vió á Mendizábal en la puerta, y éste, por desgracia, le -vió también á él. Grandes fueron la alarma y turbación del anciano al -notar que el memorialista le observaba con ademán sospechoso. «Ese -animal me ha conocido y<span class="pagenum"><a name="page_424" id="page_424"></a>{424}</span> viene tras de mí», pensó Villaamil deslizándose -pegado al muro de las Comendadoras. Antes de volver la esquina, miró, y, -en efecto, Mendizábal le seguía paso á paso, como cazador que anda -quedito tras la res, procurando no espantarla. En cuanto traspuso el -ángulo, Villaamil, recogiéndose la capa, apretó á correr despavorido con -cuanta rapidez pudo, creyendo escuchar los pasos del otro y que un -enorme brazo se alargaba y le cogía por el cogote. Mal rato pasó el -infeliz. La suerte que no había nadie por aquellos barrios, pues si pasa -gente, y á Mendizábal se le ocurre gritar ¡<i>á ése</i>!, en aquel mismo -punto hubiera acabado la preciosa libertad del buen cesante. Huyó con -increíble ligereza, atravesando la plazuela del Limón, pasó por delante -del cuartel, temeroso de que la guardia le detuviese, y siguiendo la -calle del Conde-Duque, miró hacia atrás, y vió que Mendizábal, aunque le -seguía, quedaba bastante lejos. Sin tomar aliento, encaminóse hacia la -desierta explanada, y antes que su perseguidor pudiera verle, se ocultó -tras un montón de baldosas. Sacando la cabeza con gran precaución y sin -sombrero por un hueco de su escondite, vió al hombre-mono desorientado, -mirando á derecha é izquierda, y con preferencia á la parte del paseo de -Areneros, por donde creyó se había escabullido la caza. «¡Ah! sectario -del obscurantismo, ¿querías cogerme? No te mirarás en ese<span class="pagenum"><a name="page_425" id="page_425"></a>{425}</span> espejo. Sé yo -más que tú, monstruo, feo, más feo que el hambre, y más neo que Judas. -Ya sabes que siempre he sido liberal, y que antes moriré que soportar el -despotismo. Vete al cuerno, grandísimo reaccionario, que lo que es á mí -no me encadenas tú... Me futro en tu absolutismo y en tu inquisición. -Jeríngate, animal, carca y liberticida, que yo soy libre y liberal y -demócrata, y anarquista y petrolero, y hago mi santísima voluntad...»</p> - -<p>Aunque perdiera de vista al feo <i>gorilla</i>, no las tenía todas consigo. -Conocedor de la fuerza hercúlea de su portero, sabía que si éste le -echaba la zarpa, no le soltaría á dos tirones; y para evitar su -encuentro, se agachó buscando la sombra y amparo de los sillares ó -rimeros de adoquines que de trecho en trecho había. Protegido por la -densa obscuridad, volvió á ver al memorialista, que al parecer se -retiraba desesperanzado de encontrarle. «Abur, lechuzo, sicario del -fanatismo y opresor de los pueblos... ¡Miren qué facha, qué brazos y qué -cuerpo! No andas á cuatro pies por milagro de Dios. Joróbate y búscame, -y date tono con doña Pura, diciéndole que me viste... Zángano, neo, -salvaje, los demonios carguen contigo».</p> - -<p>Cuando se creyó seguro, volvió á internarse en las calles, siempre con -el recelo de que Mendizábal le iba á los alcances, y no daba un paso sin -revolver la vista á un lado y otro. Creía verle<span class="pagenum"><a name="page_426" id="page_426"></a>{426}</span> salir de todos los -portales ó agazapado en todos los rincones obscuros, acechándole para -caer encima con salto de mono y coraje de león. Al doblar la esquina del -callejón del Cristo para entrar en la calle de Amaniel, ¡pataplúm! -cátate á Mendizábal hablando con unas mujeres. Afortunadamente, el -memorialista le volvía la espalda y no pudo verle. Pero Villaamil, -viéndose cogido, tuvo una inspiración súbita, que fué meterse por la -primera puerta que halló á mano. Encontróse dentro de una taberna. Para -justificar su brusco ingreso, pasado el primer instante de sobresalto, -fuése al mostrador y pidió Cariñena. Mientras le servían observó la -concurrencia: dos sargentos, tres paisanos de chaqueta corta y cuatro -mozas de malísimo pelaje. «¡Vaya unas chicas guapas y elegantes!—dijo -mirándolas, al beber, por encima del vaso.—Véase por dónde me entran -ahora ganas de echarles alguna flor... ¡yo que desde que llevé á Pura al -altar no he dicho á ninguna mujer <i>por ahí te pudras</i>!... Pero con la -libertad parece que me remozo, y que me resucita la juventud... vaya... -y me bailan por el cuerpo unas alegrías... ¡Cuidado que pasarse un -hombre seis lustros sin acordarse de más mujer que la suya!... ¡Qué -cosas!... Vamos, que también me da por beberme otra copa... Treinta años -de virtud disculpan que uno eche ahora media docena de canas al aire... -(Al tabernero.) Déme usted otra copita... Pues lo que es las mozas<span class="pagenum"><a name="page_427" id="page_427"></a>{427}</span> me -están gustando; y si no fuera por esos gandules que las cortejan, les -diría yo algo por donde comprendiesen lo que va de tratar con caballeros -á andar entre gansos y soldaduchos... Debiera trabar conversación, al -menos para dar tiempo á que desfile Mendizábal... ¡Dios mío, líbrame de -esa fiera ultramontana y facciosa!... Nada, que me gustan las niñas; -sobre todo aquella que tiene el moño alto y el mantón colorado... -También ella me mira, y... Ojo, Ramón, que estas aventuras son -peligrosas. Modérate, y para hacer más tiempo, toma una copita más. -Paisano, otra...»</p> - -<p>La partida salió, y Villaamil, calculando con rápida inspiración, se -dijo: «Me meto entre ellos, y si aún está el esperpento ahí, me -escabullo mezclado con estos galanes y estas señoras». Así lo hizo, y -salió confundido con las mozas, que á él le parecían de ley, y con los -militares. Mendizábal no estaba en la calle ya; pero don Ramón no las -tenía todas consigo y siguió tras la patulea, pegado á ella lo más -posible, reflexionando: «En último caso, si el orangután ese me ataca, -es fácil que estos bravos militares salgan á defenderme... Vas bien, -Ramón, no temas... La sacrosanta libertad, hija del Cielo, no te la -quita ya nadie».</p> - -<p>Al llegar cerca de las Capuchinas, vió que la alegre banda desaparecía -por la calle de Juan de Dios. Oyó carcajadas de las desenvueltas -muchachas,<span class="pagenum"><a name="page_428" id="page_428"></a>{428}</span> y juramentos y voquibles de los hombres. Mirando con -tristeza y envidia el grupo: «¡Oh dichosa edad de la despreocupación y -del <i>qué se me da á mí</i>! Dios os la prolongue. Haced todos los -disparates que se os ocurran, jóvenes, y pecad todo lo que podáis, y -reíos del mundo y sus incumbencias, antes que os llegue la negra y -caigáis en la horrible esclavitud del pan de cada día y de la posición -social».</p> - -<p>Al decir esto, todas sus ideas accesorias é incidentales se -desvanecieron, dejando campar sola y dominante la idea constitutiva de -su lamentable estado psicológico. «Debe de ser tarde, Ramón. Apresúrate -á ponerte punto final. Dios lo dispone». De aquí pasó al recuerdo de -Luis, de quien tan cerca estaba, pues el anciano había entrado en la -calle de los Reyes. Paróse frente á la casa de Cabrera, y mirando hacia -el segundo, soltó en el embozo de su capa estas expresiones: «Luisín, -niño mío, tú, lo más puro y lo más noble de la familia, digno hijo de tu -madre, á á quien voy á ver pronto, ¿qué tal te encuentras con esos -señores? ¿Extrañas la casa? Tranquilízate, que ya te irás acostumbrando -á ellos; son buenas personas, tienen mucho arreglo, gastan poco, te -criarán bien, harán de ti un hombre. No te pese haber venido. Haz caso -de mí que te quiero tanto, y hasta me dan ganas de rezarte, porque tú -eres un santo en flor y te han de canonizar... como si lo viera. Por tu -boca<span class="pagenum"><a name="page_429" id="page_429"></a>{429}</span> inocente se me confirmó lo que ya se me había revelado... y yo que -aun dudaba, desde que te oí, ya no dudé más. Adiós, chiquillo celestial; -tu abuelito te bendice... mejor sería decirte que te pide la bendición, -porque eres un santito, y el día que cantes misa, verás, verás qué -alegría hay en el Cielo... y en la tierra... Adiós, tengo prisa... -Duérmete, y si eres desgraciado y alguien te quita tu libertad, ¿sabes -lo que haces? pues te largas de aquí... hay mil maneras... y ya sabes -dónde me tienes... Siempre tuyo...»</p> - -<p>Esto último lo dijo andando hacia la plaza de San Marcial con reposado -continente, como hombre que vuelve á su casa sin prisa, cumplidos los -deberes de la jornada. Encontróse de nuevo en los vertederos de la -Montaña, en lugares á donde no llega el alumbrado público, y los -altibajos del terreno poníanle en peligro de dar con su cuerpo en tierra -antes de sazón. Por fin, se detuvo en el corte de un terraplén reciente, -en cuyo movedizo talud no se podía aventurar nadie sin hundirse hasta la -rodilla, amén del peligro de rodar al fondo invisible. Al detenerse, -asaltóle una idea desconsoladora, fruto de aquella costumbre de ponerse -en lo peor y hacer cálculos pesimistas. «Ahora que veo cercano el -término de mi esclavitud y mi entrada en la Gloria Eterna, la maldita -suerte me va á jugar otra mala pasada. Va á resultar (sacando el arma) -que este condenado instrumento falla... y me<span class="pagenum"><a name="page_430" id="page_430"></a>{430}</span> quedo vivo ó á medio -morir, que es lo peor que puede pasarme, porque me recogerán y me -llevarán otra vez con las condenadas <i>Miaus</i>... ¡Qué desgraciado soy! Y -sucederá lo que temo... como si lo viera... Basta que yo desee una cosa, -para que suceda la contraria... ¿Quiero suprimirme? Pues la perra suerte -lo arreglará de modo que siga viviendo».</p> - -<p>Pero el procedimiento lógico que tan buenos resultados le diera en su -vida, el sistema aquel de imaginar el reverso del deseo para que el -deseo se realizase, le inspiró estos pensamientos: «Me figuraré que voy -á errar el jeringado tiro, y como me lo imagine bien, con obstinación -sostenida de la mente, el tirito saldrá... ¡Siempre la contraria! Conque -á ello... Me imagino que no voy á quedar muerto, y que me llevarán á mi -casa... ¡Jesús! Otra vez Pura y Milagros, y mi hija, con sus salidas de -pie de banco, y aquella miseria, aquel pordioseo constante... y vuelta -al pretender, á importunar á los amigos... Como si lo viera: este -cochino revólver no sirve para nada. ¿Me engañó aquel armero indecente -de la calle de Alcalá?... Probémoslo, á ver... pero de hecho me quedo -vivo... sólo que... por lo que pueda suceder, me encomiendo á Dios y á -San Luisito Cadalso, mi adorado santín... y... Nada, nada, este chisme -no vale... ¿Apostamos á que falla el tiro? ¡Ay! Antipáticas <i>Miaus</i>, -¡cómo os vais á reir de mí!... Ahora, ahora... ¿á que no sale?<span class="pagenum"><a name="page_431" id="page_431"></a>{431}</span></p> - -<p>Retumbó el disparo en la soledad de aquel abandonado y tenebroso lugar; -Villaamil, dando terrible salto, hincó la cabeza en la movediza tierra, -y rodó seco hacia el abismo, sin que el conocimiento le durase más que -el tiempo necesario para poder decir: «Pues... sí...»</p> - -<p>Madrid, Abril de 1888.</p> - -<p class="c">FIN DE LA NOVELA</p> - -<hr class="full" /> - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Miau, by Benito Pérez Galdós - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MIAU *** - -***** This file should be named 52392-h.htm or 52392-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/2/3/9/52392/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To -SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any -particular state visit http://pglaf.org - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. -To donate, please visit: http://pglaf.org/donate - - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic -works. - -Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm -concept of a library of electronic works that could be freely shared -with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project -Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. - - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. -unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - - -</pre> - -</body> -</html> diff --git a/old/52392-h/images/colophon.png b/old/52392-h/images/colophon.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 61da86f..0000000 --- a/old/52392-h/images/colophon.png +++ /dev/null diff --git a/old/52392-h/images/cover.jpg b/old/52392-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index dba1ac9..0000000 --- a/old/52392-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/52392-h/images/miau.png b/old/52392-h/images/miau.png Binary files differdeleted file mode 100644 index bb37f08..0000000 --- a/old/52392-h/images/miau.png +++ /dev/null |
