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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - -Title: Historia de Gil Blas de Santillana (Vol 1 de 3) - Novela - -Author: Alain-René Lesage - -Translator: P. Isla - -Release Date: November 19, 2015 [EBook #50492] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK GIL BLAS *** - - - - -Produced by Giovanni Fini, Josep Cols Canals and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - - - NOTA DEL TRANSCRIPTOR: - -—Los errores obvios de impresión y puntuación han sido corregidos. - -—Se ha mantenido la acentuación del libro original, que difiere -notablemente de la utilizada en español moderno. - -—Las palabras negrillas han sido representadas como =negrillas=. - - - - - Le Sage - - HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA - TOMO I - - - MCMXXII - - - - - Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA - - - - - LE SAGE - - - Historia - - de - - Gil Blas de Santillana - - NOVELA - - TOMO I - - Traducción del P. Isla - -[Illustration: LOGO] - - - MADRID, 1922 - - - - - Talleres “Calpe”, Larra, 6 y 8.—MADRID - - - - -_La famosísima novela de Le Sage_ GIL BLAS DE SANTILLANA _fué traducida -superiormente por el padre Isla, el autor de_ Fray Gerundio. _Esta -traducción es la que publicamos. Hízola el padre Isla con la intención -de mostrar patente el origen español de la inspiración que animara -a Le Sage. ¿Consiguió lo que pretendía? En parte sí, pues leído el_ -GIL BLAS _en la traducción española de Isla parece enteramente una -novela picaresca de las muchas que ha producido nuestra literatura. -Pero si miramos con mayor atención la novela, veremos en ella un gran -número de rasgos que esencialmente la clasifican entre las obras de -ingenio e inspiración típicamente franceses. Prepondera la descripción -de caracteres, la fina sátira moral, la intención psicológica sobre -la mera narración de aventuras. Le Sage no inventa intrigas por el -solo placer de la acción, sino para engarzar en ellas tipos, vicios, -defectos morales, ridiculeces de la especie humana. Así adquiere su -obra un sentido filosófico, moral; más que novela de aventuras es -novela de costumbres y de caracteres._ - -_Le Sage, que nació en la Bretaña y se hizo abogado en París, fué uno -de los primeros escritores que vivieron exclusivamente de su pluma. -Publicó en 1715 los dos primeros tomos de_ GIL BLAS, _que llegaban -hasta el punto en que Gil Blas es nombrado intendente general de D. -Alfonso de Leyva. En vista del formidable éxito que obtuvo, escribió -una continuación, publicada en 1724, que comprende la estancia de Gil -Blas en Granada y su traslado a Madrid, con la historia de su privanza -con el duque de Lerma. El éxito de esta continuación superó al de los -dos primeros tomos, y en 1735 publicó Le Sage el final de la obra, con -la narración del ministerio y muerte del Conde Duque y el retiro de Gil -Blas a Liria._ - - - - -GIL BLAS DE SANTILLANA - - - - -DECLARACIÓN DE LE SAGE - - -Como hay personas que no saben leer un libro sin aplicar los caracteres -viciosos o ridículos que en él se censuran a personas determinadas, -declaro a estos maliciosos lectores que harán mal y se engañarán mucho -en hacer la aplicación a ningún individuo en particular de los retratos -que encontrarán en esta obra. Protesto al público que solamente me he -propuesto representar la vida del común de los hombres tal cual es, y -no permita Dios que jamás sea mi ánimo señalar a ninguno con el dedo. -Si hubiere alguno que crea se ha dicho por él lo que puede convenir -a tantos otros, le aconsejo que calle y no se queje, porque de otra -manera él mismo se dará a conocer fuera de tiempo. _Stultè nudabit -animi conscientiam_, dice Fedro. - -No menos en Francia que en España se hallan médicos cuyo método de -curar no es otro que sangrar sobradamente a sus enfermos. Los vicios -y los originales ridículos son de todas las naciones. Confieso que no -siempre describí exactamente las costumbres españolas. Por ejemplo: -los que saben cómo viven en Madrid los comediantes, quizá me notarán de -haberlos pintado con colores demasiadamente mitigados; pero creí deber -hacerlo así por que fuesen algo más parecidos a los nuestros. - - - - -UNA PALABRITA AL LECTOR - - -Antes de leer la historia de mi vida, escucha, lector amigo, un cuento -que te voy a contar. - -Caminaban juntos y a pie dos estudiantes desde Peñafiel a Salamanca. -Sintiéndose cansados y sedientos, se sentaron junto a una fuente que -estaba en el camino. Después que descansaron y mitigaron la sed, -observaron por casualidad una como lápida sepulcral que a flor de la -tierra se descubría cerca de ellos, y sobre la lápida unas letras medio -borradas por el tiempo y por las pisadas del ganado que venía a beber -a la fuente. Picóles la curiosidad, y lavando la piedra con agua, -pudieron leer estas palabras castellanas: _Aquí está enterrada el alma -del licenciado Pedro García_. - -El más mozo de los estudiantes, que era vivaracho y un si es no es -atolondrado, apenas leyó la inscripción cuando exclamó, riéndose a -carcajada tendida: «¡Gracioso disparate! ¡Aquí está enterrada el alma! -Pues qué, ¿un alma puede enterrarse? ¡Quién me diera a conocer el -ignorantísimo autor de tan ridículo epitafio!» Y diciendo esto, se -levantó para irse. Su compañero, que era algo más juicioso y reflexivo, -dijo para consigo: «Aquí hay misterio, y no me he de apartar de este -sitio hasta averiguarlo.» Dejó partir al otro, y, sin perder tiempo, -sacó un cuchillo y comenzó a socavar la tierra alrededor de la lápida, -hasta que logró levantarla. Encontró debajo de ella un bolsillo; -abrióle, y halló en él cien ducados, con estas palabras en latín: -_Declárote por heredero mío a ti, cualquiera que seas, que has tenido -ingenio para entender el verdadero sentido de la inscripción; pero -te encargo que uses de este dinero mejor que yo usé de él_. Alegre -el estudiante con este descubrimiento, volvió a poner la lápida como -antes estaba y prosiguió su camino a Salamanca, llevándose el alma del -licenciado. - -Tú, amigo lector, seas quien fueres, necesariamente te has de parecer a -uno de estos dos estudiantes. Si lees mis aventuras sin hacer reflexión -a las instrucciones morales que encierran, ningún fruto sacarás de esta -lectura; pero si las leyeres con atención, encontrarás en ellas, según -el precepto de Horacio, _lo útil mezclado con lo agradable_. - - - - -LIBRO PRIMERO - - - - -CAPÍTULO PRIMERO - -Nacimiento de Gil Blas, y su educación. - - -Blas de Santillana, mi padre, después de haber servido muchos años en -los ejércitos de la Monarquía española, se retiró al lugar donde había -nacido. Casóse con una aldeana, y yo nací al mundo diez meses después -que se habían casado. Pasáronse a vivir a Oviedo, donde mi madre se -acomodó por ama de gobierno y mi padre por escudero. Como no tenían más -bienes que su salario, corría gran peligro mi educación de no haber -sido la mejor si Dios no me hubiera deparado un tío que era canónigo de -aquella iglesia. Llamábase Gil Pérez, era hermano mayor de mi madre y -había sido mi padrino. Figúrate, allá en tu imaginación, lector mío, un -hombre pequeño, de tres pies y medio de estatura, extraordinariamente -gordo, con la cabeza zambullida entre los hombros, y he aquí la _vera -efigies_ de mi tío. Por lo demás, era un eclesiástico que sólo pensaba -en darse buena vida; quiero decir en comer y en tratarse bien, para lo -cual le suministraba suficientemente la renta de su prebenda. - -Llevóme a su casa cuando yo era niño y se encargó de mi educación. -Parecíle desde luego tan despejado, que resolvió cultivar mi talento. -Compróme una cartilla y quiso él mismo ser mi maestro de leer. También -hubiera querido enseñarme por sí mismo la lengua latina, porque ese -dinero ahorraría; pero el pobre Gil Pérez se vió precisado a ponerme -bajo la férula de un preceptor, y me envió al doctor Godínez, que -pasaba por ser el más hábil pedante que había en Oviedo. Aproveché -tanto en esta escuela, que al cabo de cinco o seis años entendía un -poco de los autores griegos y suficientemente los poetas latinos. -Apliquéme después a la Lógica, que me enseñó a discurrir y argumentar -sin término. Gustábanme mucho las disputas, y detenía a los que -encontraba, conocidos o no conocidos, para proponerles cuestiones y -argumentos. Topábame a veces con algunos manteístas que no apetecían -otra cosa, y entonces era el oírnos disputar. ¡Qué voces! ¡Qué patadas! -¡Qué gestos! ¡Qué contorsiones! ¡Qué espumarajos en las bocas! Más -parecíamos energúmenos que filósofos. - -De esta manera logré gran fama de sabio en toda la ciudad. A mi tío -se le caía la baba, y se lisonjeaba infinito con la esperanza de -que, en virtud de mi reputación, presto dejaría de tenerme sobre sus -costillas. Díjome un día: «¡Hola, Gil Blas! Ya no eres niño; tienes -diez y siete años, y Dios te ha dado habilidad. Hemos menester pensar -en ayudarte. Estoy resuelto a enviarte a la Universidad de Salamanca, -donde con tu ingenio y con tu talento no dejarás de colocarte en un -buen puesto. Para tu viaje te daré algún dinero y la mula, que vale de -diez a doce doblones, la que podrás vender en Salamanca, y mantenerte -después con el dinero hasta que logres algún empleo que te dé de comer -honradamente.» - -No podía mi tío proponerme cosa más de mi gusto, porque reventaba por -ver mundo; sin embargo, supe vencerme y disimular mi alegría. Cuando -llegó la hora de marchar, sólo me mostré afligido del sentimiento de -separarme de un tío a quien debía tantas obligaciones; enternecióse el -buen señor, de manera que me dió más dinero del que me daría si hubiera -leído o penetrado lo que pasaba en lo íntimo de mi corazón. Antes de -montar quise ir a dar un abrazo a mi padre y a mi madre, los cuales no -anduvieron escasos en materia de consejos. Exhortáronme a que todos -los días encomendase a Dios a mi tío, a vivir cristianamente, a no -mezclarme nunca en negocios peligrosos y, sobre todo, a no desear, y -mucho menos a tomar, lo ajeno contra la voluntad de su dueño. Después -de haberme arengado largamente, me regalaron con su bendición, la única -cosa que podía esperar de ellos. Inmediatamente monté en mi mula y salí -de la ciudad. - - - - -CAPÍTULO II - -De los sustos que tuvo Gil Blas en el camino de Peñaflor, lo que hizo -cuando llegó allí y lo que le sucedió con un hombre que cenó con él. - - -Héteme aquí ya fuera de Oviedo, camino de Peñaflor, en medio de los -campos, dueño de mi persona, de una mala mula y de cuarenta buenos -ducados, sin contar algunos reales más que había hurtado a mi bonísimo -tío. La primera cosa que hice fué dejar la mula a discreción, esto -es, que anduviese al paso que quisiese. Echéla el freno sobre el -pescuezo, y sacando de la faltriquera mis ducados los comencé a contar -y recontar dentro del sombrero. No podía contener mi alegría; jamás me -había visto con tanto dinero junto; no me hartaba de verle, tocarle -y retocarle. Estábale recontando quizá por la vigésima vez, cuando -la mula alzó de repente la cabeza en aire de espantadiza, aguzó las -orejas y se paró en medio del camino. Juzgué desde luego que la había -espantado alguna cosa, y examiné lo que podía ser. Vi en medio del -camino un sombrero, con un rosario de cuentas gordas en su copa, y al -mismo tiempo oí una voz lastimosa que pronunció estas palabras: «¡Señor -pasajero, tenga usted piedad de un pobre soldado estropeado y sírvase -de echar algunos reales en ese sombrero, que Dios se lo pagará en el -otro mundo!» Volví los ojos hacia donde venía la voz, y vi al pie de -un matorral, a veinte o treinta pasos de mí, una especie de soldado, -que sobre dos palos cruzados apoyaba la boca de una escopeta, que me -pareció más larga que una lanza, con la cual me apuntaba a la cabeza. -Sobresaltéme extrañamente, miré como perdidos mis ducados y empecé a -temblar como un azogado. Recogí lo mejor que pude mi dinero; metíle -disimulada y bonitamente en la faltriquera, y quedándome en las manos -con algunos reales los fuí echando poco a poco y uno a uno en el -sombrero destinado para recibir la limosna de los cristianos cobardes y -atemorizados, a fin de que conociese el soldado que yo me portaba noble -y generosamente. Quedó satisfecho de mi generosidad y dióme tantas -gracias como yo espolazos a la mula para que cuanto antes me alejase de -él; pero la maldita bestia, burlándose de mi impaciencia, no por eso -caminaba más a prisa. La vieja costumbre de caminar paso a paso bajo el -gobierno de mi tío la había hecho olvidarse de lo que era el galope. - -No me pareció esta aventura el mejor agüero para el resto del viaje. -Veía que aun no estaba en Salamanca y que me podían suceder otras -peores. Parecióme que mi tío había andado poco prudente en no haberme -entregado a algún arriero. Esto era, sin duda, lo que debiera haber -hecho; pero le parecía que dándome su mula gastaría menos en el viaje, -lo cual le hizo más fuerza que la consideración de los peligros a -que me exponía. Para reparar esta falta determiné vender mi mula en -Peñaflor, si tenía la dicha de llegar a aquel lugar. y ajustarme con -un arriero hasta Astorga, haciendo lo mismo con otro desde Astorga a -Salamanca. Aunque nunca había salido de Oviedo, sabía los nombres de -todos los lugares por donde había de pasar, habiéndome informado de -ellos antes de ponerme en camino. - -Llegué felizmente a Peñaflor y me paré a la puerta de un mesón que -tenía bella apariencia. Apenas eché pie a tierra cuando el mesonero -me salió a recibir con mucha cortesía. El mismo desató mi maleta y -mis alforjas, cargó con ellas y me condujo a un cuarto, mientras sus -criados llevaban la mula a la caballeriza. Era el tal mesonero el -mayor hablador de todo Asturias, tan fácil en contar sin necesidad -todas sus cosas como curioso en informarse de las ajenas. Díjome que -se llamaba Andrés Corzuelo y que había servido al rey muchos años de -sargento, y se había retirado quince meses hacía por casarse con una -moza de Castropol, que era buen bocado, aunque algo morena. Y después -me refirió otra infinidad de cosas que tanto importaba saberlas como -ignorarlas. Hecha esta confianza, juzgándose ya acreedor a que yo le -correspondiese con la misma, me preguntó quién era, de dónde venía y -a dónde caminaba. A todo lo cual me consideré obligado a responder -artículo por artículo, puesto que cada pregunta la acompañaba con una -profunda reverencia, suplicándome muy respetuosamente que perdonase su -curiosidad. Esto me empeñó insensiblemente en una larga conversación -con él, en la cual ocurrió hablar del motivo y fin que tenía en desear -deshacerme de mi mula y proseguir el viaje con algún arriero. Todo me -lo aprobó mucho, y no cierto sucintamente, porque me representó todos -los accidentes que me podían suceder y me embocó mil funestas historias -de los caminantes. Pensé que nunca acabase; pero al fin acabó, -diciéndome que si quería vender la mula él conocía un muletero, hombre -muy de bien, que acaso la compraría. Respondíle me daría gusto en -enviarle a llamar, y él mismo en persona partió al punto a noticiarle -mi deseo. - -Volvió en breve acompañado del chalán, y me le presentó ponderando -mucho su honradez. Entramos en el corral, donde habían sacado mi mula. -Paseáronla y repaseáronla delante del muletero, que con grande atención -la examinó de pies a cabeza. Púsole mil tachas, hablando de ella muy -mal. Confieso que tampoco podía decir de ella mucho bien; pero lo mismo -diría aunque fuera la mula del Papa. Protestaba que tenía cuantos -defectos podía tener el animal, apelando al juicio del mesonero, -que sin duda tenía sus razones para conformarse con el suyo. «Ahora -bien—me preguntó fríamente el chalán—: ¿cuánto pide usted por su -mula?» Yo, que la daría de balde después del elogio que había hecho de -ella, y sobre todo de la atestación del señor Corzuelo, que me parecía -hombre honrado, inteligente y sincero, le respondí remitiéndome en todo -a lo que la apreciase su hombría de bien y su conciencia, protestando -que me conformaría con ello. Replicóme, picándose de hombre de bien -y timorato, que habiendo interesado su conciencia le tocaba en lo más -vivo y en lo que más le dolía, porque al fin éste era su lado flaco; y -efectivamente no era el más fuerte, porque en lugar de los diez o doce -doblones en que mi tío la había valuado no tuvo vergüenza de tasarla en -tres ducados, que me entregó, y yo recibí tan alegre como si hubiera -ganado mucho en aquel trato. - -Después de haberme deshecho tan ventajosamente de mi mula, el mesonero -me condujo a casa de un arriero que al día siguiente había de partir -a Astorga. Díjome éste que pensaba salir antes de amanecer y que él -tendría cuidado de despertarme. Quedamos de acuerdo en lo que le había -de dar por comida y macho, y yo me volví al mesón en compañía de -Corzuelo, el cual en el camino me comenzó a contar toda la historia -del arriero. Encajóme cuanto se decía de él en la villa, y aun llevaba -traza de continuar aturdiéndome con sus impertinentes habladurías, -cuando, por fortuna, le interrumpió un hombre de buen aspecto, que -se acercó a él y le saludó con mucha urbanidad. Dejélos a los dos y -proseguí mi camino, sin pasarme por el pensamiento que pudiese yo tener -parte alguna en su conversación. - -Luego que llegué al mesón, pedí de cenar. Era día de viernes y me -contenté con huevos. Mientras los disponían, trabé conversación con -la mesonera, que hasta entonces no se había dejado ver. Parecióme -bastantemente linda, de modales muy desembarazados y vivos. Cuando -me avisaron que ya estaba hecha la tortilla, me senté a la mesa solo. -No bien había comido el primer bocado, he aquí que entra el mesonero -en compañía de aquel hombre con quien se había parado a hablar en -el camino. El tal caballero, que podía tener treinta años, traía al -lado un largo chafarote. Acercándose a mí con cierto aire alegre y -apresurado, «Señor licenciado—me dijo—, acabo de saber que usted -es el señor Gil Blas de Santillana, la honra de Oviedo y la antorcha -de la Filosofía. ¿Es posible que sea usted aquel joven sapientísimo, -aquel ingenio sublime cuya reputación es tan grande en todo este país? -¡Vosotros no sabéis—volviéndose al mesonero y a la mesonera—qué -hombre tenéis en casa! ¡Tenéis en ella un tesoro! ¡En este mozo estáis -viendo la octava maravilla del mundo!» Volviéndose después hacia mí, y -echándome los brazos al cuello, «Excuse usted—me dijo—mis arrebatos; -no soy dueño de mí mismo ni puedo contener la alegría que me causa su -presencia.» - -No pude responderle de pronto, porque me tenía tan estrechamente -abrazado que apenas me dejaba libre la respiración; pero luego que -desembaracé un poco la cabeza, le dije: «Nunca creí que mi nombre fuese -conocido en Peñaflor.» «¿Qué llama conocido?—me repuso en el mismo -tono—. Nosotros tenemos registro de todos los grandes personajes -que nacen a veinte leguas en contorno. Usted está reputado por un -prodigio, y no dudo que algún día dará a España tanta gloria el haberle -producido como a la Grecia el ser madre de sus siete sabios. A estas -palabras se siguió un nuevo abrazo, que hube de aguantar aun a peligro -de que me sucediese la desgracia de Anteo. Por poca experiencia del -mundo que yo hubiera tenido, no me dejaría ser el dominguillo de sus -demostraciones ni de sus hipérboles. Sus inmoderadas adulaciones y -excesivas alabanzas me harían conocer desde luego que era uno de -aquellos truhanes pegotes y petardistas que se hallan en todas partes -y se introducen con todo forastero para llenar la barriga a costa -suya; pero mis pocos años y mi vanidad me hicieron formar un juicio -muy distinto. Mi panegirista y mi admirador me pareció un hombre muy -de bien y muy real, y así, le convidé a cenar conmigo. ¡Con mucho -gusto!—me respondió prontamente—. Estoy muy agradecido a mi buena -estrella por haberme dado a conocer al ilustre señor Gil Blas y no -quiero malograr la fortuna de estar en su compañía y disfrutar sus -favores lo más que me sea posible. A la verdad—prosiguió—, no tengo -gran apetito, y me sentaré a la mesa sólo por hacer compañía a usted, -comiendo algunos bocados meramente por complacerle y por mostrar cuánto -aprecio sus finezas.» - -Sentóse enfrente de mí el señor mi panegirista. Trajéronle un cubierto, -y se arrojó a la tortilla con tanta ansia y con tanta precipitación -como si hubiera estado tres días sin comer. Por el gusto con que -la comía conocí que presto daría cuenta de ella. Mandé se hiciese -otra, lo que se ejecutó al instante; pusiéronla en la mesa cuando -acabábamos, o, por mejor decir, cuando mi huésped acababa de engullirse -la primera. Sin embargo, comía siempre con igual presteza, y sin -perder bocado añadía sin cesar alabanzas sobre alabanzas, las cuales -me sonaban bien y me hacían estar muy contento de mi personilla. -Bebía frecuentemente, brindando unas veces a mi salud y otras a la de -mi padre y de mi madre, no hartándose de celebrar su fortuna en ser -padres de tal hijo. Al mismo tiempo echaba vino en mi vaso, incitándome -a que le correspondiese. Con efecto, no correspondía yo mal a sus -repetidos brindis; con lo cual y con sus adulaciones me sentí de tan -buen humor que, viendo ya medio comida la segunda tortilla, pregunté al -mesonero si tenía algún pescado. El señor Corzuelo, que, según todas -las apariencias, se entendía con el petardista, respondió: «Tengo una -excelente trucha; pero costará cara a los que la coman y es bocado -demasiadamente delicado para usted.» «¿Qué llama usted _demasiadamente -delicado_?—replicó mi adulador—. ¡Traiga usted la trucha y descuide -de lo demás! ¡Ningún bocado, por regalado que sea, es demasiado bueno -para el señor Gil Blas de Santillana, que merece ser tratado como un -príncipe!» - -Tuve particular gusto de que hubiese retrucado con tanto aire -las últimas palabras del mesonero, en lo cual no hizo mas que -anticipárseme. Dime por ofendido y dije con enfado al mesonero: «¡Venga -la trucha y otra vez piense más en lo que dice!» El mesonero, que no -deseaba otra cosa, hizo cocer luego la trucha y presentóla en la mesa. -A vista del nuevo plato brillaron de alegría los ojos del taimado, -que dió mayores pruebas del deseo que tenía de complacerme; es decir, -que se abalanzó al pez del mismo modo que se había arrojado a las -tortillas. No obstante, se vió precisado a rendirse, temiendo algún -accidente, porque se había hartado hasta el gollete. En fin, después de -haber comido y bebido hasta más no poder, quiso poner fin a la comedia. -«¡Oh señor Gil Blas!—me dijo alzándose de la mesa—. Estoy tan -contento de lo bien que usted me ha tratado, que no le puedo dejar sin -darle un importante consejo, del que me parece tiene no poca necesidad. -Desconfíe por lo común de todo hombre a quien no conozca, y esté -siempre muy sobre sí para no dejarse engañar de las alabanzas. Podrá -usted encontrar con otros que quieran, como yo, divertirse a costa de -su credulidad, y puede suceder que las cosas pasen más adelante. No sea -usted su hazmerreír y no crea sobre su palabra que le tengan por la -octava maravilla del mundo.» Diciendo esto, rióse de mí en mis bigotes -y volvióme las espaldas. - -Sentí tanto esta burla como cualquiera de las mayores desgracias -que me sucedieron después. No hallaba consuelo viéndome burlado tan -groseramente, o, por mejor decir, viendo mi orgullo tan humillado. «¡Es -posible—me decía yo—que aquel traidor se hubiese burlado de mí! Pues -qué, ¿solamente buscó al mesonero para sonsacarle, o estaban ya de -inteligencia los dos? ¡Ah pobre Gil Blas; muérete de vergüenza, porque -diste a estos bribones justo motivo para que te hagan ridículo! Sin -duda que compondrán una buena historia de esta burla, la cual podrá -muy bien llegar a Oviedo, y en verdad que te hará grandísimo honor. -Tus padres se arrepentirán de haber arengado tanto a un mentecato. -¡En vez de exhortarme a que no engañase a nadie, debieran haberme -encomendado que de ninguno me dejase engañar!» Agitado de estos amargos -pensamientos, y encendido en cólera, me encerré en mi cuarto y me -metí en la cama; pero no pude dormir, y apenas había cerrado los ojos -cuando el arriero vino a despertarme y a decirme que sólo esperaba -por mí para ponerse en camino. Levantéme prontamente, y mientras me -estaba vistiendo vino Corzuelo con la cuenta del gasto, en la cual no -se olvidaba la trucha; y no solamente hube de pasar por todo lo que -él cargaba, sino que, mientras le pagaba el dinero, tuve el dolor de -conocer que se estaba relamiendo en la memoria del pasado chasco de -la noche precedente. Después de haber pagado bien una cena que había -digerido tan mal, partí con mi maleta a casa del arriero, dando a todos -los diablos al petardista, al mesonero y al mesón. - - - - -CAPÍTULO III - -De la tentación que tuvo el arriero en el camino, en qué paró, y cómo -Gil Blas se estrelló contra Caribdis queriendo evitar a Scila. - - -No era yo solo el que había de caminar con el arriero. Habíanse -ajustado con el mismo dos hijos de familia de Peñaflor; un muchacho o -niño de coro de Mondoñedo, que iba a correr mundo; un caballerete de -Astorga y una joven del Bierzo, con quien acababa de casarse. En muy -poco tiempo nos hicimos amigos, y cada uno contó a dónde iba y de dónde -venía. Aunque la novia estaba en lo mejor de su edad, era tan morena -y de tan poca gracia que no me daba mucho gusto el mirarla; con todo -eso, sus pocos años y su robustez inclinaron hacia ella al arriero; -tanto, que resolvió hacer una tentativa para lograr sus favores. Pasó -la jornada en meditar el modo y dilató la ejecución hasta la última -posada. Esta fué en Cacabelos. Hízonos apear en un mesón que está a -la entrada del lugar, esto es, un poco fuera de él, cuyo mesonero -sabía él muy bien que era hombre callado y amigo de complacer. Dispuso -que nos condujese a un cuarto muy retirado, donde nos dejó cenar -tranquilamente; pero al fin de la cena vimos entrar al arriero furioso -como un demonio, votando, jurando y blasfemando; y mirándonos a todos -con ojos centelleantes, «¡Por vida de quien soy—dijo—que me han -hurtado cien doblones que traía en una bolsa de cuero, y por fuerza han -de parecer! ¡Ahora ahora me voy derecho al juez, para que dé tormento -a todos hasta que se descubra el ladrón y me restituya mi dinero!» -Diciendo esto con un aire muy natural, nos volvió apresuradamente y con -enfado las espaldas, dejándonos atónitos, mirándonos los unos a los -otros. - -A ninguno le ocurrió que podía ser aquello una ficción, porque todavía -no nos podíamos conocer bien; antes sí sospeché yo que el ladrón sería -el muchacho de coro, así como él quizá sospecharía lo mismo de mí. -Fuera de eso, todos éramos unos pobres simples, que no sabíamos las -formalidades que preceden en semejantes casos a la prueba del tormento, -y desde luego creímos que se había de comenzar por aquí. Poseídos, -pues, de esta aprensión, precipitadamente nos salimos del cuarto, -escapando unos a la calle y otros al huerto, para salvarse cada cual -como pudiese; y el novio de Astorga, turbado con la idea del tormento, -se salvó como otro Eneas, olvidado enteramente de su mujer. Entonces -el arriero, según supe con el tiempo, más incontinente que sus machos, -y muy alegre porque su estratagema había producido el efecto que -pretendía, entró en el cuarto donde estaba la novia, haciendo alarde -de su invención, y procuró aprovecharse de la ocasión; pero aquella -Lucrecia asturiana, a quien daba mayores fuerzas la mala traza del -arriero, hizo una vigorosa resistencia, dando descompasados gritos. -La patrulla, que por casualidad se hallaba cerca de una posada que -sabía ser muy digna de su atención, entró en ella, y preguntó quién -daba y cuál era el motivo de aquellos gritos. El mesonero estaba -cantando en la cocina y fingiendo que nada había oído; no obstante, se -vió precisado a conducir al comandante y a la patrulla al cuarto de -la persona que gritaba. Conoció luego el alférez el negocio de que se -trataba, y, como era hombre grosero y brutal, regaló provisionalmente -al enamorado arriero con cinco o seis buenos palos con el mango de la -alabarda, y le arengó con unas voces tan ofensivas al pudor como la -acción que daba motivo a la arenga. No se contentó con esto: echó mano -del delincuente y le condujo a la presencia del juez, juntamente con -la agraviada delatora, que con toda resolución quiso ir en persona a -quejarse de él, no obstante el desorden en que se hallaba. Oyóla el -juez, y habiéndola observado atentamente, halló que el acusado no tenía -excusa alguna y que era indigno de perdón. Mandó al punto le despojasen -y que en su presencia le diesen doscientos azotes, y ordenó después -que, si al día siguiente no parecía el marido de aquella mujer, dos -soldados la llevasen con toda decencia a Astorga a costa del arriero. - -Por lo que toca a mí, atemorizado quizá más que los otros, salí -prontamente al campo, y atravesando terrenos, penetrando matorrales -y saltando los fosos que hallaba en el camino, llegué por fin a un -lóbrego y espeso bosque. Iba a entrar en él y a esconderme en el más -erizado matorral cuando me vi de repente con dos hombres a caballo, -que se pararon delante de mí. «¿Quién va allá?», dijeron; y, como el -miedo y la sorpresa no me dejaron hablar, acercándose más, cada uno -me puso al pecho una pistola, intimándome, pena de la vida, que les -dijese quién era, de dónde venía y qué iba yo a hacer en aquel bosque. -A esta manera de preguntar, que me pareció un _quid pro quo_ del -tormento con que se había burlado de nosotros el arriero, respondí que -era un pobre estudiante de Oviedo, que iba a continuar mis estudios en -Salamanca, refiriéndoles lo que nos acababa de suceder y confesando -sencillamente que el miedo del tormento me había hecho huir sin saber -dónde esconderme. Dieron una grande carcajada cuando oyeron un discurso -que tanto mostraba mi sencillez, y uno de ellos me dijo: «No tengas -miedo, querido; vente con nosotros y no temas, que te pondremos en toda -seguridad.» Diciendo esto, me hizo montar en la grupa de su caballo, y -volviendo las riendas nos envainamos todos tres en lo más intrincado y -más espeso del bosque. - -No sabía yo qué pensar de tal encuentro; mas, no obstante, no -pronosticaba cosa mala. «Si estos hombres fueran ladrones—me decía -yo a mí mismo—ya me hubieran robado y quizá asesinado también. Acaso -serán algunos buenos hidalgos de esta tierra, que viéndome atemorizado -se han compadecido de mí y por caridad me llevan a su casa.» No me -duró mucho la duda. Después de algunas vueltas y revueltas, con -grandísimo silencio llegamos por fin al pie de una colina, donde nos -apeamos. «Aquí hemos de dormir», dijo uno de los caballeros. Por más -que yo volví los ojos a todas partes, no veía casa, choza o cabaña, -ni la más mínima señal de habitación; cuando vi que aquellos dos -hombres alzaron una gran trampa de madera, cubierta de tierra y de -enramada, que ocultaba una larga entrada subterránea muy pendiente, -por donde los caballos por sí mismos se dejaron resbalar como quienes -ya estaban acostumbrados. Los caballeros me hicieron entrar con ellos -y dejaron caer la trampa con unas cuerdas que para este efecto estaban -fuertemente atadas a ella. Y he aquí al digno sobrino de mi tío el -canónigo Gil Pérez metido como ratón en una ratonera. - - - - -CAPÍTULO IV - -Descripción de la cueva subterránea y de lo que vió en ella Gil Blas. - - -Entonces conocí entre qué especie de gentes me hallaba, y fácilmente -se puede adivinar que este conocimiento me quitaría el primer temor; -pero otro mucho mayor se apoderó luego de mí. Di por supuesto que iba -a perder la vida con mis pobres ducados; y mirándome como una víctima -que era conducida al sacrificio, caminaba más muerto que vivo entre -mis conductores, cuando, advirtiendo ellos mismos que iba temblando, -me exhortaron con la mayor dulzura, pero inútilmente, a que depusiese -todo temor. Habríamos caminado como unos doscientos pasos, cuando -entramos en una especie de caballeriza, a que daban luz dos grandes -candiles que pendían de la bóveda. Había en ella una buena provisión -de paja y muchos sacos atestados de cebada. Podían caber en ella -hasta veinte caballos, pero a la sazón solamente había los dos que -acababan de llegar. Salimos de la caballeriza y llegamos a la cocina, -donde una vieja estaba disponiendo la cena. No faltaba en la cocina -utensilio alguno. La cocinera era una mujer de más de sesenta años. Sus -blancos cabellos conservaban algunas manchas, residuos del color rubio -subido que tuvieran; su barba era puntiaguda, y la nariz tan larga y -encorvada que casi llegaba a besar la boca con la punta, y sus ojos tan -encarnados que parecían dos tomates maduros. - -«Señora Leonarda—dijo uno de los caballeros, presentándome a aquel -bello ángel de tinieblas—, mire este mocito que le traemos.» Y -volviéndose después a mí, y viéndome pálido y consumido, me dijo: -«Vuelve, querido, en ti, y no tengas miedo, pues no te queremos hacer -mal. Nos hacía falta un mozo que aliviase en algo a nuestra pobre -cocinera; te encontramos, y ésta ha sido tu fortuna. Ocuparás la -plaza de un mozo que murió quince días ha, porque era de delicada -complexión. La tuya parece más robusta y no morirás tan presto. -A la verdad, no volverás ya a ver el sol; pero, en recompensa, -comerás bien y tendrás siempre buena lumbre. Pasarás la vida con -Leonarda, que es una criatura muy amable y humana. Tendrás cuantas -conveniencias quisieres, y ahora conocerás que no has venido a vivir -entre pordioseros y despilfarrados.» Al mismo tiempo tomó una luz y me -mandó que le siguiese. Llevóme a una bodega, donde vi una infinidad de -botellas y grandes vasijas de barro bien tapadas, llenas todas de vinos -exquisitos. Hízome pasar después por muchos cuartos, unos atestados -de piezas de lienzo y otros de ricos paños y telas de lana y seda. En -otro vi plata y oro y mucha vajilla marcada con diferentes escudos de -armas. Seguíle después a una gran sala, que alumbraban tres grandes -arañas de metal y conducía a otros cuartos que se comunicaban con ella. -Aquí me hizo nuevas preguntas, es a saber: cómo me llamaba y por qué -había salido de Oviedo. Después que satisfice su curiosidad, «Ahora -bien, Gil Blas—me dijo con mucho agrado—: puesto que sólo saliste -de tu patria para lograr algún acomodo, parece que naciste de pie, -pues se te proporciona vivir entre nosotros. Ya te lo he dicho: aquí -vivirás en medio de la abundancia; nadarás en oro y plata y estarás con -toda seguridad. Tal es este subterráneo, que aunque venga cien veces a -este bosque la Santa Hermandad, nunca dará con él: la entrada sólo la -conocemos yo y mis camaradas. Acaso me preguntarás cómo hemos podido -nosotros fabricar este subterráneo sin que lo supiesen los paisanos -de los lugares vecinos; pero has de saber, amigo mío, que ésta no ha -sido obra nuestra, sino de muchos siglos. Después que los moros se -apoderaron de Granada, de Aragón y de casi toda España, los cristianos -que no se quisieron sujetar al yugo de los infieles huyeron y se -ocultaron en este país, en Vizcaya y Asturias, adonde se retiró también -el valiente don Pelayo. Los fugitivos y dispersos vivían por familias -en los bosques y en las más ásperas montañas; unos, escondidos en -cavernas, y otros, en subterráneos que ellos mismos fabricaron, y éste -es uno de tantos. Después que, afortunadamente, arrojaron de España a -sus enemigos se volvieron a sus ciudades, villas y lugares, y desde -entonces los subterráneos sirvieron de asilos a las gentes de nuestra -profesión. Es cierto que la Santa Hermandad ha descubierto y destruido -algunos, pero todavía han quedado muchos; y yo, gracias al Cielo, -quince años hace que habito impunemente en éste. Llámome el capitán -Rolando, soy el jefe de la compañía, y el otro que viste conmigo es uno -de mis camaradas.» - - - - -CAPÍTULO V - -De la llegada de otros ladrones al subterráneo y de la conversación que -tuvieron entre sí. - - -No bien había dicho estas palabras el capitán, cuando aparecieron en -la sala seis caras nuevas, que eran su teniente y otros cinco de la -gavilla. Venían cargados de presa. Traían dos grandes zurrones llenos -de azúcar, canela, almendras y pasas. El teniente, dirigiéndose al -capitán, le dijo que había despojado a un especiero de Benavente de -aquellos zurrones, como también del macho que los llevaba; y después de -haber dado cuenta de su expedición en la pieza que servía de despacho, -se entregó en la repostería la hacienda del especiero. Hecho esto, se -trató de cenar y de alegrarse. Prepararon en la sala una gran mesa, y a -mí me enviaron a la cocina para que la tía Leonarda me instruyese en lo -que debía hacer. Cedí a la necesidad, ya que mi mala suerte lo quería -así, y disimulando mi sentimiento, me dispuse a servir a una gente tan -honrada. - -Di principio por el aparador, cubriéndole de vasos y salvillas de -plata, flanqueadas de botellas llenas de excelente vino, que el señor -Rolando me había ponderado. Puse en la mesa dos géneros de sopa, a -cuya vista todos ocuparon sus asientos. Comenzaron a comer con mucho -apetito, manteniéndome yo tras de ellos en pie para servirles el vino. -El capitán les contó en pocas palabras mi historia de Cacabelos, con -la cual se divirtieron mucho. Aseguróles después que yo era un mozo -de mérito; pero como estaba ya tan escarmentado de las alabanzas, -pude oír mis elogios sin peligro. Convinieron todos en que parecía yo -como nacido para ser copero suyo, y que valía cien veces más que mi -predecesor. Como después de su muerte la señora Leonarda era la que -había servido el néctar a aquellos dioses infernales, le privaron de -este glorioso empleo, para revestirme a mí de él. De esta manera me -hallé convertido en un nuevo Ganimedes, sucesor de aquella maldita Hebe. - -Después de la sopa se presentó un gran plato de asado para acabar de -saciar a los señores ladrones, los cuales bebían tanto como comían, y -en breve tiempo se pusieron todos de buen humor y comenzaron a meter -mucha bulla. Hablaban todos a un mismo tiempo: uno comenzaba una -historia, otro le interrumpía con un chiste o con una frialdad, éste -gritaba, aquél cantaba, y, en fin, ya no se entendían unos a otros. -Fatigado Rolando de una escena en que él ponía mucho de su parte, pero -todo inútilmente, levantó la voz en un tono que impuso silencio a la -compañía. «¡Señores—les dijo—, atención a lo que voy a proponeros! En -vez de aturdirnos unos a otros hablando todos a un tiempo, ¿no sería -mejor divertirnos y hablar como hombres de juicio y de razón? Ahora me -ocurre un pensamiento. Desde que vivimos juntos, nunca hemos tenido la -curiosidad de informarnos recíprocamente de qué familia o casa somos, -ni de la serie de aventuras por donde vinimos a abrazar esta profesión. -Con todo, me parece ésta una cosa muy digna de saberse. Hagámonos, -pues, esta confianza, que podrá servir no menos para nuestra diversión -que para nuestro gobierno.» El teniente y los demás, como si tuvieran -alguna cosa buena que contar, aceptaron con grandes demostraciones de -alegría la proposición del capitán, el cual comenzó a hablar en estos -términos: - -«Ya saben ustedes, señores, que yo soy hijo único de un rico vecino de -Madrid. Celebróse mi nacimiento en la familia con grandes regocijos. Mi -padre, que ya era viejo, sintió suma alegría al verse con un heredero, -y mi madre no quiso que otra mas que ella me diese de mamar. Vivía -entonces mi abuelo materno. Era mi hombre que sólo sabía rezar su -rosario y contar sus proezas militares, porque había servido al rey -muchos años, y no se ocupaba ya en más. Insensiblemente vine yo a ser -el ídolo de estas tres personas. Continuamente me tenían en brazos. Por -miedo de que el estudio no me fatigase en mis primeros años, me los -dejaron pasar en los divertimientos más pueriles.» «No conviene—decía -mi padre—que los niños se apliquen a cosas serias hasta que el -tiempo haya madurado un poco su razón.» Esperando a esta madurez, -no aprendía a leer y escribir; mas no por eso perdía el tiempo. Mi -padre me enseñaba mil géneros de juegos; conocía yo perfectamente los -naipes, jugaba a los dados, y mi abuelo me contaba mil novelas sobre -las expediciones militares en que se había hallado. Cantábame siempre -unas mismas coplas acerca de dichas expediciones; cuando en espacio -de tres meses había aprendido bien diez o doce versos, los repetía -sin errar un punto delante de mis padres, los cuales se admiraban de -mi prodigiosa memoria. No celebraban menos mi agudo ingenio cuando, -valiéndome de la libertad que tenía para decir cuanto me viniese a la -boca, interrumpía sus conversaciones para decir a tuerto o derecho -todo lo que me ocurría. Entonces mi madre me sofocaba a caricias y mi -buen abuelo lloraba de puro gozo. No les iba en zaga mi padre; siempre -que me oía algún despropósito o alguna bachillería, mirándome con gran -ternura exclamaba: «¡Oh qué gracioso eres y qué lindo!» Con estas alas, -no reparaba en hacer impunemente en su presencia las más indecentes -acciones. Todo me lo perdonaban y todos me adoraban. Había entrado ya -en doce años y aun no tenía ningún maestro. Buscáronme finalmente uno; -pero mandándole expresamente que me enseñase, mas sin facultad para -darme el menor castigo. A lo sumo le permitieron que alguna vez me -amenazase sólo para intimidarme. Sirvió de poco este permiso, porque me -burlaba de las amenazas de mi preceptor, o bien, con las lágrimas en -los ojos, iba a quejarme a mi madre o a mi abuelo, diciéndoles que el -ayo me había maltratado. En vano acudía el pobre diablo a desmentirme: -teníanle por un hombre brutal, y siempre me creían a mí más que a él. -Un día me arañé yo mismo y me fuí a quejar del maestro porque me había -desollado; inmediatamente le despidió de casa mi madre, sin querer -darle oídos, por más que protestaba al cielo y a la tierra que ni -siquiera me había tocado. - -»De este mismo modo me fuí desembarazando de mis preceptores, hasta -que me presentaron uno como le deseaba y me convenía para acabarme de -perder. Era un bachiller de Alcalá. ¡Excelente maestro para un hijo -de familia! Era inclinado a mujeres, al juego y a la taberna. No me -podían haber puesto en mejores manos. Desde luego se dedicó a ganarme -por el amor y por la dulzura. Consiguiólo, y por este medio logró que -también le amasen mis padres, los cuales me entregaron enteramente a -su gobierno. No tuvieron de qué arrepentirse, porque en breve tiempo -y desde luego me perfeccionó en la ciencia del mundo. A fuerza de -llevarme consigo a todos los parajes donde tenía su diversión me -inspiró de tal manera la afición a ello que, a excepción del latín, -en lo demás era yo un muchacho universal. Cuando vió que ya no tenía -necesidad de sus preceptos, fué a enseñarlos a otra parte. - -»Si en mi infancia había vivido tan libremente a vista de mis padres, -cuando comencé a ser dueño de mis acciones tuve sin duda mayor -libertad. En el seno de mi familia fué donde di las primeras pruebas -del aprovechamiento de mi educación. Burlábame de ellos a las claras -y en todo momento. Reíanse de mis intrepideces, y tanto más las -celebraban cuanto eran más vivas y más intolerables. Mientras tanto -cometía todo género de desórdenes con otros muchachos de mi edad y de -mi humor. Como nuestros padres no nos daban todo el dinero que habíamos -menester para proseguir en una vida tan deliciosa, cada uno robaba en -su casa cuanto podía, y cuando esto no alcanzaba, nos dimos a robar -de noche, y siempre con fruto. Por desgracia, llegó algún rumor de -esto a los oídos del corregidor. Quiso mandarnos prender; pero fuimos -avisados con tiempo de su mala intención. Recurrimos a la fuga, y -dímonos a ejercitar el mismo oficio en los caminos públicos. Desde -entonces acá he tenido la dicha de haber envejecido en la profesión, a -pesar de los peligros que son anejos a ella.» - -Cuando el capitán acabó de hablar, el teniente tomó la palabra, y -dijo así: «Señores, una educación enteramente contraria a la del -señor Rolando produjo en mí el mismo efecto que en él. Mi padre fué -carnicero en Toledo y el hombre más feroz que había en toda la ciudad; -mi madre no era de condición más suave que su marido. Desde mi niñez -me comenzaron a azotar a cual más podía y como a competencia uno de -otro. Cada día recibía mil azotes. La más mínima falta que cometiese -era castigada con el mayor rigor. En vano les pedía perdón con las -lágrimas en los ojos, prometiendo la enmienda; no había misericordia -para mí, y las más veces me castigaban sin razón. Cuando mi padre me -sacudía, siempre mi madre se ponía de su parte en lugar de interceder -por mí. Estos malos tratamientos me inspiraron tanta aversión a la -casa paterna que antes de cumplir los catorce años me escapé de -ella. Tomé el camino de Aragón y llegué a Zaragoza pidiendo limosna. -Enhebréme allí con unos pordioseros que pasaban una vida bastante feliz -y acomodada. Enseñáronme a contrahacer el ciego, el estropeado y a -figurar en las piernas unas llagas postizas. Todas las mañanas, a la -manera de los comediantes que se ensayan para representar sus papeles, -nos ensayábamos nosotros para representar los nuestros, y después cada -uno iba a ocupar su puesto. Por la noche nos juntábamos y nos reíamos -de los que se habían compadecido de nosotros por el día. Canséme presto -de vivir entre aquellos miserables, y queriendo juntarme con otra -gente más honrada, me asocié con unos _caballeros de la industria_. -Enseñáronme a hacer bellos juegos de manos; pero nos vimos precisados a -salir presto de Zaragoza, porque nos descompusimos con cierto ministro -de justicia que siempre nos había protegido. Cada uno tomó su partido. -Yo, que me sentía dispuesto a emprender grandes hechos, me acomodé en -una tropa de hombres valerosos que hacían contribuir a los pasajeros -y caminantes, agradándome tanto su modo de vivir, que desde entonces -acá no he querido buscar otro. Si me hubieran dado otra educación más -suave, probablemente no sería ahora mas que un pobre carnicero, cuando -me hallo hoy con el honor y con el grado de vuestro teniente.» - -«Señores—dijo entonces un ladrón que estaba sentado entre el teniente -y el capitán—, las historias que acabamos de oír no son tan variadas -ni tan curiosas como la mía. Debo mi nacimiento a una aldeana o -labradora de las cercanías de Sevilla. Tres semanas después que me dió -a luz, como era todavía moza, bien parecida, aseada y muy robusta, la -buscaron para que criase un niño, hijo de padres distinguidos, que -acababa de nacer en dicha ciudad. Aceptó con gusto la propuesta, y -fué a Sevilla para traerse el niño a casa. Entregáronsele, y apenas -se vió con él en su aldea cuando observó que él y yo éramos algo -parecidos, y esta observación le excitó el pensamiento de trocarnos, -con la esperanza de que con el tiempo le agradecería yo el buen oficio. -Mi padre, que no era más escrupuloso que su honrada mujer, aprobó la -superchería. De suerte que, habiéndonos mudado de pañales, el hijo de -don Rodrigo de Herrera fué enviado con mi nombre a otra ama para que le -criase, y a mí me crió mi madre bajo el nombre del otro. - -»Digan lo que quisieren sobre el instinto y fuerza de la sangre, los -padres del caballerito fácilmente se dejaron engañar. No tuvieron la -más mínima sospecha de la pieza que les habían jugado, y hasta los -siete años me tuvieron siempre en sus brazos; y siendo su intención -hacerme un caballero completo, me buscaron todo género de maestros. -Pero los más hábiles suelen hallar discípulos que les hacen poco honor; -yo fuí uno de éstos. Tenía poca disposición para los ejercicios que me -enseñaban y mucha menos inclinación a las ciencias en que me querían -instruir. Gustaba más de jugar con los criados de casa, yéndolos a -buscar a la caballeriza y a la cocina. Pero el juego no fué mucho -tiempo mi pasión dominante. Aficionéme al vino, y me emborrachaba -todos los días. Retozaba con las criadas; pero particularmente me -dediqué a cortejar a una moza rolliza de cocina, cuyo desembarazo y -buen color me gustaban mucho, pareciéndome que merecía mis primeras -atenciones. Enamorábala con tan poca cautela, que hasta el mismo don -Rodrigo lo conoció. Reprendióme agriamente, afeándome la bajeza de -mis inclinaciones, y por temor de que la presencia del objeto hiciese -inútiles sus reprimendas, despidió de casa a mi Dulcinea. - -»Irritóme mucho este proceder, y resolví vengarme. Robé sus pedrerías -a la mujer de don Rodrigo; corrí en busca de mi bella Elena, que vivía -en casa de una lavandera amiga suya; saquéla de ella a la mitad del -día para que ninguno lo supiese, y aun pasé más adelante. Llevéla a su -tierra, donde nos casamos solemnemente, así por dar este despique más a -los Herreras como por dejar a los hijos de familia un ejemplo tan bueno -que imitar. Tres meses después de mi arrebatado matrimonio supe que don -Rodrigo había muerto. No dejé de sentir su muerte. Partí prontamente -a Sevilla a pedir su herencia; pero hallé las cosas muy mudadas. Mi -madre había ya fallecido, y antes de su muerte tuvo la indiscreción de -declarar lo que había hecho, en presencia del cura y de otros buenos -testigos. El hijo de don Rodrigo ocupaba ya mi lugar, o por mejor -decir, el suyo, y acababa de ser reconocido por tal, con tanto mayor -aplauso y alegría cuanto era menor la satisfacción que yo les causaba. -De manera que, no teniendo nada que esperar en Sevilla y fastidiado -ya de mi mujer, me agregué a ciertos caballeros de fortuna, bajo cuya -disciplina di principio a mis caravanas.» - -Acabó su historia aquel ladrón, y comenzó otro la suya, diciendo que -él era hijo de un mercader de Burgos y que en su mocedad, llevado de -una indiscreta devoción, había tomado el hábito de cierta religión -muy austera, de la cual había apostatado algunos años después. En -fin, todos los ocho ladrones hablaron por su turno; y cuando los -hube a todos oído, no me admiré de verlos juntos. Mudaron luego de -conversación, y propusieron varios proyectos para la próxima campaña, -sobre los cuales tomaron su resolución, y se fueron a la cama. -Encendieron bujías y cada uno se retiró a su cuarto. Yo seguí al -capitán Rolando al suyo, y mientras le ayudaba a desnudar, «Ahora bien, -Gil Blas—me dijo—, ya ves nuestro modo de vivir. Siempre estamos -alegres. Entre nosotros no se da lugar al tedio ni a la envidia. Jamás -se oye aquí discordia ni disensión; estamos más unidos que frailes. Tú -comienzas ahora, hijo mío, a gozar una vida muy agradable, pues no te -tengo por tan tonto que te dé pena el vivir entre ladrones.» - - - - -CAPÍTULO VI - -Del intento de escaparse Gil Blas, y éxito de su tentativa. - - -Después que el capitán de bandoleros hizo esta apología de su honrada -profesión, se metió en la cama; yo quité la mesa y puse todas las cosas -en su lugar. Fuíme después a la cocina, donde Domingo—así se llamaba -el negro—y la tía Leonarda me esperaban cenando. Aunque no tenía -hambre, me puse a la mesa. No podía atravesar bocado, y viéndome tan -triste como era regular estarlo, procuraban consolarme aquellas dos -análogas figuras; pero sus consuelos contribuían más a mi desesperación -que a mi alivio. «¿De qué te afliges, hijo?—me preguntó la vieja—. -Antes bien, debieras alegrarte de verte entre nosotros. Eres mozo y -pareces dócil, con que presto te perderías en el mundo, donde hallarías -libertinos que te meterían en todo género de disoluciones, cuando aquí -está tan segura tu inocencia.» «Tiene razón la señora Leonarda—dijo -el viejo negro con una voz muy grave—; y se puede añadir a lo que ha -dicho que en el mundo no se encuentran mas que trabajos. Da muchas -gracias a Dios, amigo mío, porque de una vez para siempre te ha librado -de los peligros, disgustos y aflicciones de la vida.» - -Sufrí con paciencia estos discursos, porque de nada me serviría el -inquietarme. En fin, Domingo, después de haber comido y bebido bien, se -fué a su caballeriza. Leonarda cogió una linterna y me condujo a una -covacha que servía de cementerio a los ladrones que morían de muerte -natural, donde vi un lecho que más parecía tumba que cama. «Este es tu -cuarto—me dijo la vieja, pasándome la mano por la cara—. El mozo cuya -plaza tienes el honor de ocupar durmió en esa cama el tiempo que vivió -con nosotros, y sus huesos reposan debajo de ella; él se dejó morir -en la flor de su edad: no seas tú tan simple que imites su ejemplo.» -Diciendo esto, entregóme la linterna y volvióse a su cocina. Puse -la luz en el suelo y me arrojé sobre aquel miserable lecho, no tanto -para reposar cuanto para entregarme a mis tristes reflexiones. «¡Oh -cielos!—exclamé—. ¿Habrá situación más infeliz que la mía? ¡Quieren -que renuncie para siempre el consuelo de ver la cara del sol; y como si -no bastara hallarme enterrado vivo a los diez y ocho años de mi edad, -me veo reducido a servir a unos ladrones, a pasar el día entre malvados -y la noche con los muertos!» Estos pensamientos, que me parecían muy -dolorosos, y con efecto lo eran, me hacían llorar amargamente y sin -consuelo. Maldecía mil veces la gana que le había dado a mi tío de -enviarme a Salamanca. Arrepentíame de haber tenido tanto miedo a la -justicia de Cacabelos y quisiera haber padecido el tormento antes que -verme donde me hallaba. Pero considerando que me consumía inútilmente -en vanos lamentos, comencé a discurrir en los medios de librarme. «Pues -qué—me decía yo a mí mismo—, ¿será por ventura imposible encontrar -modo de escaparme de aquí? Los ladrones duermen profundamente, la -cocinera y el negro harán lo mismo dentro de poco tiempo; mientras -todos estén dormidos, ¿no podré yo, a favor de esta linterna, hallar el -camino por donde bajé a este calabozo infernal? A la verdad, no sé si -tendré bastante fuerza para levantar la trampa que cubre la entrada; -pero probaremos; no quiero omitir nada de cuanto pueda hacer. La -desesperación me prestará fuerzas, y puede ser que me salga con ello.» - -Tomada esta gran resolución, me levanté cuando me pareció que Leonarda -y Domingo podían estar ya dormidos. Cogí la linterna, salí de mi -covacha y me encomendé a todos los santos del cielo. No dejó de -costarme alguna dificultad el acertar con las vueltas y revueltas de -aquel laberinto. Llegué en fin, a la puerta de la caballeriza, y me -hallé en el camino que buscaba. Fuí andando y acercándome a la trampa -con cierta alegría mezclada de temor; mas, ¡ay!, en medio del camino -me encontré con una maldita reja de hierro bien cerrada y cuyas barras -estaban tan juntas que apenas podía pasar la mano por entre ellas. Vime -cortado y perdido con aquel nuevo impedimento, que al entrar no había -advertido por estar abierta la reja. Con todo, no dejé de probar si -podía abrir el candado. Examiné la cerradura, haciendo todo lo que pude -por forzarla, cuando de repente me aplicaron en las espaldas cinco o -seis fuertes latigazos con un buen vergajo de buey. Di un grito, que -resonó en toda la caverna, y mirando atrás, vi al maldito negro, en -camisa, con una linterna sorda en una mano y con el azote en la otra. -«¡Hola, bribonzuelo!—me dijo—. ¿Querías escaparte? ¡No, amiguito, -no esperes sorprenderme! ¿Creíste que estaría abierta la reja? Pues -sábete que siempre la encontrarás cerrada. Cuando atrapamos a alguno, -le guardamos aquí mal que le pese, y si logra escaparse ha de ser más -ladino que tú.» - -Mientras tanto, al grito que yo había dado despertaron tres ladrones, -los cuales se levantaron y vistieron a toda prisa, creyendo que la -Santa Hermandad venía a echarse sobre ellos. Llamaron a los demás, -que en un instante se pusieron en pie. Toman las espadas y carabinas, -y medio desnudos acuden a donde estábamos Domingo y yo. Pero luego -que se informaron o entendieron el origen del rumor que habían oído, -su inquietud se convirtió en grandes carcajadas. «¿Cómo así, Gil -Blas?—me dijo el ladrón apóstata—. ¿No ha más que seis horas que -estás con nosotros y ya querías apostatar? ¡Bien se conoce tu aversión -al silencio y al retiro! ¿Qué harías si fueses cartujo? ¡Anda, vete a -la cama, que por esta vez bastan por castigo los vergajazos con que te -regaló Domingo; pero si otra vez vuelves a intentar escaparte, por San -Bartolomé que te hemos de desollar vivo!» Diciendo esto, se retiró. Los -demás ladrones se volvieron a sus cuartos; el viejo negro, muy ufano de -su hazaña, se recogió a su caballeriza, y yo me volví a zambullir en mi -cementerio, pasando lo restante de la noche en suspirar y llorar. - - - - -CAPÍTULO VII - -De lo que hizo Gil Blas, no pudiendo hacer otra cosa. - - -Los primeros días pensé morirme, rindiendo la vida a la melancolía que -me consumía; pero al fin mi genio me inspiró que sufriese y disimulase. -Esforcéme a mostrarme menos triste. Comencé a cantar y a reír, aunque -sin gana. En una palabra, supe disfrazarme tan bien que Leonarda y -Domingo cayeron en la red y creyeron buenamente que ya el pájaro -se había acostumbrado a la jaula. Lo mismo juzgaron los ladrones. -Manifestábame muy alegre cuando les echaba de beber, y de cuando en -cuando los divertía también con alguna chocarrería o bufonada. Esta -libertad que me tomaba les daba mucho gusto en vez de enfadarlos. -«Gil Blas—me dijo el capitán en cierta ocasión en que yo hacía el -gracioso—, has hecho bien en desterrar la melancolía. Me gusta mucho -tu espíritu y tu buen humor. No se conoce a la gente al principio; yo -no te tenía por tan agudo y tan jovial.» - -También los demás me honraron con mil alabanzas, exhortándome a estar -siempre de buen humor. Parecióme que todos estaban muy contentos -conmigo, y aprovechándome de tan buena ocasión, «Señores—les dije—, -permítanme ustedes que les descubra mi pecho. Desde que estoy en -su compañía no me conozco a mí mismo; paréceme que no soy el que -era. Ustedes han desvanecido las preocupaciones de mi educación. -Insensiblemente se me ha pegado su espíritu y he tomado el gusto a su -honrada profesión. Me muero por merecer el honor de ser uno de sus -compañeros y de tener parte en los peligros de sus gloriosas proezas.» -Todos aplaudieron este discurso y alabaron mi buena voluntad; pero -unánimemente convinieron en que me dejarían servir por algún tiempo -para probar mi vocación, y que después correría mis caravanas, y al -cabo se me conferiría la honorífica plaza a que aspiraba. - -Hube de conformarme por fuerza y continuar en vencerme y en ejercer mi -oficio de copero. A la verdad, quedé muy sentido, porque sólo pretendía -ser ladrón por tener libertad de salir con los demás, esperando que -en alguna de sus correrías se me presentaría ocasión de escaparme de -ellos. Esta única esperanza era lo que me mantenía vivo. Sin embargo, -el tiempo de la aprobación me parecía largo, y más de una vez intenté -sorprender la vigilancia de Domingo, pero inútilmente. Siempre estaba -muy alerta; tanto, que no bastarían cien Orfeos para encantar a aquel -Cerbero. Es verdad que por no hacerme sospechoso no emprendía todo lo -que podía hacer para engañarle. Veíame precisado a vivir con la mayor -cautela, porque el negro era ladino y observaba mucho todos mis pasos, -palabras y movimientos. Así, pues, apelé a la paciencia, remitiéndome -al tiempo que los ladrones me habían prescrito para recibirme en su -congregación, día que esperaba con tanta ansia como si hubiera de -entrar en una compañía de honrados comerciantes. - -En fin, gracias al Cielo, llegó al cabo de seis meses este dichoso -día. El señor Rolando dijo a sus camaradas: «Caballeros, es preciso -cumplir la palabra que dimos al pobre Gil Blas. A mí me parece bien -este muchacho y espero que tendremos en él un hombre de provecho. Soy -de sentir que mañana le llevemos con nosotros, para que dé principio a -coger laureles en los caminos reales. Nosotros mismos le hemos de poner -en el que guía a la gloria.» - -Todos se conformaron con el parecer de su capitán, y para hacerme -ver que ya me miraban como a uno de ellos, desde aquel momento me -dispensaron de servirlos. Restituyeron a la señora Leonarda en el -empleo que antes tenía, y de que la habían exonerado para honrarme a mí -con él. Hiciéronme arrimar el vestido que llevaba encima, que consistía -en una simple jaquetilla muy usada, y me acomodaron todos los despojos -de un caballero que acababan de robar, después de lo cual me dispuse a -hacer mi primera campaña. - - - - -CAPÍTULO VIII - -Acompaña Gil Blas a los ladrones; qué empresa acomete en los caminos -reales. - - -Hacia el fin de una noche de septiembre salí del subterráneo con los -ladrones. Iba armado, como todos, con carabina, pistolas, espada y una -bayoneta, y montaba un buen caballo que habían quitado al caballero -cuyos vestidos me habían tocado en suerte. Como había estado tanto -tiempo en la obscuridad, cuando amaneció no podía sufrir la luz; pero -poco a poco se fueron acostumbrando mis ojos a tolerarla. - -Pasamos por cerca de Ponferrada y nos metimos en un bosquecillo a -orilla del camino de León. Allí estuvimos esperando a que la fortuna -nos ofreciese algún buen lance, cuando descubrimos un religioso de la -Orden de Santo Domingo, montado, contra la costumbre de estos buenos -padres, en una muy mala mula. «¡Bendito sea Dios!—exclamó sonriéndose -el capitán—. ¡He aquí el gran ensayo de Gil Blas! Es preciso que vaya -a registrar el bolsillo de aquel fraile; veremos cómo se porta.» Todos -los camaradas convinieron efectivamente en que aquella comisión era la -que me correspondía, exhortándome a que saliese de ella con lucimiento. -«Espero, señores—dije—, que quedaréis contentos. Voy a despojar -aquel padre, a dejarle tan desnudo como la palma de la mano y traer -aquí su mula.» «¡Eso no—dijo Rolando—; no merece la pena. Alíviale -solamente del bolsillo y tráelo; no te pedimos más.» En esto salí del -bosque y me encaminé al religioso, pidiendo al Cielo me perdonase la -acción que iba a ejecutar con tanta repugnancia. Bien hubiera querido -poder escaparme en aquel mismo punto; pero todos mis compañeros estaban -mejor montados que yo, y si me vieran huir correrían tras mí y presto -me atraparían, o me espolearían por las espaldas con una descarga de -sus carabinas, con la que me hubiera ido muy mal; y así, no me atreví -a exponerme a una acción tan poco segura. Llegué, pues, al padre y -pedíle la bolsa, poniéndole al pecho una pistola. Paróse un poco a -mirarme, y sin mostrarse muy sobresaltado. «Muy mozo eres, hijo mío—me -dijo—, y muy temprano te has puesto a tan vil oficio.» «Padre mío—le -respondí—, sea vil o no lo sea, me alegrara haberle empezado más -presto.» «¡Ah, querido!—me replicó el buen religioso, que no podía -comprender el sentido de mis palabras—. ¿Qué es lo que dices? ¡Oh qué -ceguedad! Escúchame, y te haré presente el infeliz estado en que te -hallas.» «¡Oh padre mío—le interrumpí con precipitación—, no se tome -vuesa reverencia ese trabajo y déjese de moralizar, que no vengo a los -caminos públicos a que me prediquen! Quiero dinero y no sermones.» -¿Dinero?—me dijo muy maravillado—. ¡Mal conoces la caridad de los -españoles si crees que las personas de mi profesión y de mi carácter -lo necesitan para viajar! En todas partes nos reciben y hospedan con -agrado, nos tratan muy bien, y cuando partimos sólo nos piden nuestras -oraciones; en fin, nosotros no llevamos dinero para caminar y nos -ponemos enteramente en manos de la Providencia.» «Pero al fin, padre -mío, concluyamos; mis compañeros me están esperando en aquel bosque. -Eche prontamente la bolsa en tierra, o si no, le mato.» - -A estas palabras, que pronuncié colérico y amenazándole, el buen -religioso mostró verse quitar la vida. «¡Espera!—me dijo—. Voy a -satisfacerte, ya que absolutamente no puede ser otra cosa; veo que con -vosotros es ociosa toda figura retórica.» Diciendo esto, sacó de debajo -del hábito una gran bolsa de cuero y la dejó caer en el suelo. Díjele -entonces que podía continuar su camino, y él lo hizo sin esperar a que -tuviese el trabajo de repetírselo. Dió cuatro espolazos a la mula, que -desmintió la mala opinión en que yo la tenía de ser tan buena maula -como la de mi tío; y la bestia, dándose por entendida del caritativo -aviso, comenzó desde luego a andar a buen paso. Apenas el fraile se -alejó de mí, cuando me apeé, recogí el bolsón, que pesaba mucho, y -volví a meterme en el bosque, donde los camaradas me esperaban con -impaciencia para darme mil parabienes por mi gloriosa victoria, como -si me hubiera costado mucho. Apenas me dieron lugar de apearme según -se apresuraban a abrazarme. «¡Animo, Gil Blas!—me dijo Rolando—. -¡Has hecho maravillas! Durante tu expedición no apartamos los ojos de -ti. Observó tu firmeza, tu resolución y todos tus movimientos, y desde -luego te pronostico que con el tiempo serás un heroico ladrón y el -terror de los caminos reales.» El teniente y los demás aplaudieron la -predicción, asegurando que no podía dejar de verificarse algún día. -Di a todos las gracias por el buen concepto que habían formado de mí, -prometiendo hacer todos los esfuerzos posibles para mantenerlo. - -Después que alabaron, tanto más cuanto menos lo merecía, la villana -acción que había hecho, les entró la curiosidad de examinar la -presa. «Veamos—dijeron—qué contiene la bolsa del religioso.» «Sin -duda—añadió uno de ellos—que estará bien provista, porque estos -padres no viajan como peregrinos.» Desatóla el capitán, abrióla y sacó -dos o tres puñados de medallitas de cobre, mezcladas con _Agnus Dei_ y -algunos escapularios. Al ver el hurto de una moneda tan nueva, todos -prorrumpieron en tan descompasadas carcajadas que pensaron reventar de -risa. «A la verdad—exclamó el teniente—, que todos debemos estar muy -agradecidos al señor Gil Blas: el primer ensayo que ha hecho puede ser -muy saludable a la compañía.» A esta bufonada siguieron otras de los -demás. Aquellos malvados, y sobre todos el apóstata, se divirtieron -con mil impías truhanerías sobre la materia, profiriendo dichos que -mostraban bien la corrupción de sus costumbres. Sólo yo no tenía -gana de reír. Verdad es que me la quitaban los bufones que tanto se -alegraban a mi costa. Cada uno me flechaba alguna pulla, y hasta el -capitán me dijo: «Aconséjote, amigo Blas, que en adelante no te vuelvas -a meter con frailes, porque son más agudos y chuscos que tú.» - - - - -CAPÍTULO IX - -Del serio lance que siguió a la aventura del fraile. - - -Estuvimos en el bosque la mayor parte de aquel día, sin haber visto -pasajero alguno que enmendase el chasco que nos había dado el -religioso. Salimos, en fin, para restituirnos a nuestro subterráneo, -persuadidos de que las expediciones del día se habían acabado con el -risible suceso que todavía daba materia a la conversación y a las -chufletas, cuando descubrimos a lo lejos un coche tirado de cuatro -mulas. Acercábase a nosotros a gran paso y le acompañaban tres hombres -a caballo, que parecían venir bien armados. Rolando nos mandó hacer -alto para tratar de lo que se había de hacer, y la resolución fué que -se los atacase. Pusímonos todos en orden, según la disposición del -capitán, y marchamos en orden de batalla acercándonos al coche. No -obstante los aplausos que había recibido en el bosque, se apoderó de mí -un temblor universal, y sentí bañado todo el cuerpo de un sudor frío, -que no me presagiaba cosa buena. Por mayor fortuna mía, me hallaba al -frente del cuerpo de batalla, en medio del capitán y del teniente, -que de propósito me pusieron entre los dos para que me hiciese al -fuego desde luego. Reparó Rolando lo mucho que la naturaleza estaba -padeciendo en mí; me miró con ojos torvos, y con voz bronca me dijo: -«¡Oye, Gil Blas: trata de hacer tu deber, porque te advierto que si te -acobardas te levanto de un pistoletazo la tapa de los sesos!» Estaba -persuadido de que lo haría mejor que lo decía, para no aprovecharme del -dulce y fraternal aviso, y así, sólo pensé en recomendar mi alma a Dios. - -Entre tanto el coche y los caballeros se nos venían acercando. Desde -luego conocieron la casta de pájaros que éramos, y adivinando nuestro -intento por la ordenanza y postura en que nos veían, se pararon a tiro -de fusil. Todos traían armas, y mientras se preparaban a recibirnos, -salió del coche un hombre de buen parecer y ricamente vestido. Montó -en un caballo de mano que uno de los montados tenía de la brida, y se -puso al frente de los demás. Aunque eran sólo cuatro contra nueve, se -arrojaron a nosotros con un brío que aumentó mi temor. No por eso dejé -de prevenirme para disparar mi carabina, aunque temblaban todos los -miembros de mi cuerpo como si estuviera azogado; mas, por contar las -cosas como pasaron, cuando llegó el caso de dispararla, cerré los ojos -y volví la cabeza a otra parte: de manera que aquel tiro nunca puede -ser a cargo de mi conciencia. - -No me detendré en referir las circunstancias de la acción, pues aunque -me hallaba presente, nada veía; porque, turbada con el terror la -imaginación, me ocultaba el horror de un espectáculo que verdaderamente -me sacó fuera de mí. Lo único que puedo decir es que, después de un -gran ruido de mosquetazos y carabinazos, oí gritar a mis camaradas: -«¡Victoria! ¡Victoria!» Al oír esta aclamación se disipó el miedo que -se había apoderado de mis sentidos, y vi tendidos en el campo los -cadáveres de los cuatro que venían a caballo. De nuestra parte sólo -murió el apóstata, que en esta ocasión recibió lo que merecía por su -apostasía y sus malas chanzas sobre los escapularios y medallas. El -teniente fué herido en un brazo, pero muy levemente, pues el tiro -apenas hizo más que rozarle un poco el pellejo. - -Corrió luego el señor Rolando a la portezuela del coche, y vió dentro -una dama de veinticuatro a veinticinco años, que le pareció hermosa -aun en el triste estado en que se hallaba. Habíase desmayado durante -la refriega y aun no había vuelto en sí. Mientras él se ocupaba en -mirarla, nosotros atendimos a la presa. Lo primero que hicimos fué -apoderarnos de los caballos que habían servido a los muertos, y que -espantados con los tiros se habían descarriado después de quedar sin -guías. Las mulas del coche permanecieron quietas, aunque durante la -acción se había apeado el cochero para ponerse en salvo. Echamos pie -a tierra para quitarles los tirantes, y las cargamos con los cofres -que venían en la zaga y delantera del coche. Hecho esto, se sacó de -él a la señora por orden del capitán, la cual aun no había recobrado -los sentidos, y se la puso a caballo con uno de los ladrones mejor -montados, dejando en el camino el coche y a los muertos despojados -de sus vestidos, y llevándonos la señora, las mulas, los caballos y -preseas. - - - - -CAPÍTULO X - -De qué modo se portaron los bandoleros con la señora desmayada. Gran -proyecto de Gil Blas, y sus resultas. - - -Llegamos a la cueva una hora después de anochecido. Lo primero que -hicimos fué meter las mulas en la caballeriza, atarlas al pesebre y -cuidar de ellas; porque el viejo negro hacía tres días que estaba en -cama, rendido a crueles dolores de gota y a un reumatismo que apenas -le dejaba libre mas que la lengua para emplearla en mostrarnos su -impaciencia, prorrumpiendo en las más horribles blasfemias. Dejamos a -aquel miserable jurar y blasfemar y fuimos a la cocina a cuidar de la -señora, que estaba sobrecogida de un paroxismo mortal. Nos dimos tan -buena maña, que logramos volviese del desmayo; mas cuando recobró los -sentidos y se vió entre unos hombres que no conocía, sintió todo el -peso de su desgracia y comenzó a desesperarse. Todo lo más horroroso -que el sentimiento y el dolor pueden representar a la imaginación, -otro tanto se veía pintado en sus ojos, que levantaba al cielo como -para quejarse de las indignidades que la amenazaban. Cediendo entonces -a imágenes tan espantosas, volvió de repente a desmayarse, cerró -sus bellos ojos, y los ladrones temieron que iban a perder aquella -preciosa presa. El capitán, pareciéndole mejor abandonarla a sí misma -que atormentarla con nuevos socorros, mandó la llevasen a la cama de -Leonarda, dejándola sola y encomendada a su buena suerte. - -Pasamos nosotros a la sala, y uno de los ladrones, que había sido -cirujano, reconoció el brazo del teniente y le aplicó bálsamo. Hecha -esta operación, se pasó a ver lo que había en los cofres. Halláronse -algunos llenos de telas y encajes, otros de vestidos, y el último -que se reconoció contenía algunos talegos de doblones, cuya vista -regocijó mucho a los interesados. Concluído este registro, la cocinera -puso la mesa y sirvió la cena. Desde luego se movió la conversación -sobre nuestra gran victoria, y Rolando, volviéndose a mí, me dijo: -«Confiesa, Gil Blas, que has pasado un gran susto.» «No lo puedo -negar—respondí yo—; antes bien, lo confieso de buena fe; pero déjenme -ustedes hacer dos o tres campañas, y entonces se verá si sé pelear como -un Cid.» Toda la compañía se puso de mi parte, diciendo: «Se le debe -perdonar, porque la acción fué muy empeñada, y para un mozo que jamás -había visto tirar un tiro no lo ha hecho mal.» - -Hablóse luego de las mulas y caballos que habíamos traído, y resolvióse -que al día siguiente iríamos todos a venderlos a Mansilla, donde -verosímilmente no habría llegado todavía la noticia de nuestra hazaña. -Resuelto esto, acabamos de cenar y nos fuimos a la cocina a ver a la -pobre señora. Hallámosla en el mismo estado. Con todo eso, y aunque -apenas se percibía en ella un leve aliento de vida, algunos ladrones -no dejaban de mirarla con ojos profanos; y hubieran satisfecho sus -brutales deseos a no haberlos contenido el capitán representándoles que -a lo menos debían de esperar a que se recobrase de aquel abatimiento -de tristeza que la tenía casi sin sentido. El respeto con que miraban -al capitán refrenó su incontinencia; sin esto, ninguna cosa hubiera -salvado a la señora, y aun después de su muerte no habría estado seguro -su honor. - -Dejamos en tan triste situación a aquella infeliz señora, contentándose -Rolando con encargar a Leonarda que la cuidase, y nos retiramos -cada cual a nuestro cuarto. Por lo que a mí toca, apenas me acosté -cuando, en vez de entregarme al sueño, sólo me ocupé en considerar la -infelicidad de aquella pobre señora. No dudaba que fuese persona de -distinción, y por lo mismo me parecía ser más deplorable su suerte. -No podía pensar sin estremecerme en los horrores que la esperaban, y -me sentía tan fuertemente conmovido como si la sangre o el amor me -hubieran unido a ella. En fin, después de haberme compadecido de su -destino, sólo pensé en los medios de preservar su honor del peligro -que corría y en fugarme yo mismo de la maldita cueva. Acordéme de que -el negro no se podía mover a causa de sus dolores y la cocinera tenía -la llave de la reja. Este pensamiento me acaloró la imaginación y me -inspiró un proyecto que medité muy bien y a cuya ejecución di principio -de la manera siguiente: - -Fingí que me había asaltado un dolor cólico. Prorrumpí desde luego en -ayes y quejidos, y después empecé a dar gritos y alaridos lastimosos. -Despertaron al ruido los compañeros, acudieron todos a mi cuarto y me -preguntaron qué tenía. Respondíles que estaba padeciendo un horrible -cólico; y para que lo creyesen mejor, apretaba los dientes, hacía -gestos y espantosas contorsiones, revolviéndome a todas partes y -agitándome extrañamente. Hecho esto, de repente me quedé muy tranquilo -y sosegado, como si me hubieran dado algunas treguas los dolores. Un -momento después comencé a revolcarme en la cama y a morderme las -manos. En una palabra, representé con tal primor mi papel, que los -ladrones, no obstante ser tan sutiles y tan astutos, se dejaron engañar -y creyeron que efectivamente padecía violentísimos dolores. Así, -pues, todos se dieron la mayor prisa a socorrerme. Uno me traía una -botella de aguardiente y me hacía beber la mitad; otro, a pesar mío, -me administraba una lavativa de aceite de almendras dulces; otro iba a -calentar paños, y casi abrasandome los ponía en la boca del estómago. -En vano pedía misericordia; ellos atribuían mis clamores a la fuerza -del cólico y me hacían pasar dolores verdaderos queriéndome aliviar de -los que no tenía. En fin, no pudiendo ya sufrir más, me vi obligado a -decir que ya no sentía retortijones y que no necesitaba de remedios. -Cesaron de mortificarme con ellos, y yo me guardé bien de quejarme por -que no volviesen a aplicármelos. - -Duró esta escena casi tres horas, y juzgando los ladrones que ya no -podía tardar en venir el día, partieron todos a Mansilla. Manifesté -gran deseo de acompañarlos, y me quise levantar para que lo creyesen; -pero no lo permitieron. «¡No, no, Gil Blas!—me dijo Rolando—. -Quédate aquí, hijo mío, porque te podría repetir el cólico; otra vez -vendrás con nosotros, que por hoy no estás en estado de hacerlo.» -Mostréme muy sentido de no ser de la partida, y lo fingí con tanta -naturalidad que ninguno tuvo la menor sospecha de lo que yo meditaba. -Luego que partieron, lo que yo deseaba tanto que se me hacían siglos -los instantes, entré en cuentas conmigo y me dije a mí mismo: «¡Ea, -Gil Blas, ahora sí que necesitas gran ánimo! ¡Armate de valor para -acabar con lo que tan felizmente has comenzado! Domingo no está en -situación de oponerse a tu gloriosa empresa ni Leonarda puede impedir -su ejecución. Si no te aprovechas de esta oportunidad para escaparte, -quizá no encontrarás jamás otra tan favorable.» Estas reflexiones -me infundieron aliento y confianza. Levantéme al punto de la cama, -vestíme, tomé la espada y las pistolas, y fuíme derecho a la cocina; -pero antes de entrar en ella, habiendo oído hablar a Leonarda, me -detuve y apliqué el oído para escuchar lo que hablaba. Discurría con la -señora desconocida, que, habiendo vuelto en sí de su segundo desmayo -y comprendiendo entonces todo su infortunio, lloraba amargamente, -faltándole poco para desesperarse. «Llora, hija mía—le decía ella—, -y llora todo cuanto quieras; no reprimas los suspiros y da libertad a -los sollozos: con eso te desahogarás. Es cierto que parecía peligroso -el accidente; pero ya que rompistes en llorar, no hay que temer. Así -que se te haya mitigado el pesar, que poco a poco se desvanecerá, te -acostumbrarás a vivir con estos señores, que todos son gente honrada -y hombres muy de bien. Te tratarán mejor que a una princesa; todos a -porfía se esmerarán en complacerte, y cada día te mostrarán más amor. -¡Oh y cuántas mujeres envidiarían tu fortuna si la supieran!» - -No le di tiempo a que dijese más. Entréme en la cocina, con intrepidez -y púsele una pistola a los pechos, amenazándola de quitarle en aquel -momento la vida si no me entregaba prontamente y sin réplica la -llave de la reja. Turbóse a vista de mi acción; y aunque era ya de -edad avanzada, todavía tenía tanto apego a la vida que no la quiso -perder por tan poca cosa como era entregarme o no entregarme una -llave. Alargómela prontísimamente, y luego que la tuve en la mano, -volviéndome a la bella dolorida, le dije: «Señora, el Cielo os ha -enviado un libertador; levantaos para seguirme, que yo os conduciré -y pondré con toda seguridad donde me lo mandéis.» No se hizo sorda a -mi voz; mis palabras hicieron tanta impresión en su espíritu, que, -recobrando todas las fuerzas que le quedaban, se levantó, arrojóse a -mis pies, y solamente me suplicó que conservase su honor. Alcéla del -suelo, asegurándole que por mi parte nada temiese y que confiase en -mi honradez. Cogí después unos cordeles que había en la cocina, y, -ayudándome la misma señora, amarré con ellos a Leonarda a los pies -de una gran mesa, amenazándola con que le quitaría la vida al menor -grito que diese. Encendí luego una vela, y, acompañado de la señora -desconocida, pasé al cuarto donde estaban las monedas y alhajas de -plata y oro; llené los bolsillos de cuantos doblones pudieron caber en -ellos, y para obligar a la señora a que hiciese otro tanto le dije que -en ello no hacía mas que recobrar lo que era suyo. Después de haber -hecho una buena provisión marchamos a la caballeriza, donde entré yo -solo con las pistolas amartilladas. Daba por supuesto que el viejo -negro no me dejaría ensillar y aparejar tranquilamente mi caballo, y -estaba resuelto a curarle de una vez de todos sus males si no quería -ser bueno; pero, por mi buena suerte, se hallaba a la sazón tan -agravado de los dolores que había pasado, y que le atormentaban aún, -que saqué el caballo sin que diese la menor señal de haberlo conocido. -La señora me esperaba a la puerta. Cogimos prontamente el camino que -guiaba a la salida de la cueva, abrimos la reja y llegamos a la trampa -que cubría la entrada. Costónos gran trabajo el levantarla, o, por -mejor decir, para lograrlo hubimos menester nuevas fuerzas, que nos -prestó el deseo de salvarnos. - -Comenzaba a rayar el día cuando nos vimos fuera de aquel abismo, y de -lo que nos cuidamos entonces fué de alejarnos cuanto antes de él. Yo -monté a caballo, puse a la señora a la grupa, y siguiendo a galope la -primera senda que se nos presentó, tardamos poco en salir del bosque -y entrar en una llanura, donde nos encontramos con varios caminos. -Seguimos uno a la ventura, teniendo yo grandísimo miedo de que fuese -quizá el que guiaba a Mansilla y nos hallásemos con Rolando y sus -camaradas, que sería fatal encuentro. Pero fué vano mi temor, porque -entramos felizmente en Astorga a cosa de las dos de la tarde. Observé -que muchos nos miraban con particular atención, como si fuera para -ellos un espectáculo nunca visto el de una mujer a caballo tras de un -hombre. Apeámonos en el primer mesón, y ordené al punto que guisasen -una liebre y asasen una perdiz. Mientras esto se disponía, conduje a la -señora a un cuarto, donde comenzamos a discurrir, lo cual no habíamos -podido hacer en el camino por la prisa con que viajamos. Mostróse muy -agradecida al gran servicio que le había hecho, diciéndome que, a -vista de una acción tan generosa, no se podía persuadir que yo fuese -compañero de los infames de cuyo poder la había libertado. Contéle -entonces mi historia, para confirmarla en el buen concepto en que me -tenía. Con esto la empeñé a que me favoreciese con su confianza y me -refiriese sus desastres, como lo hizo, de la manera que se dirá en el -capítulo siguiente. - - - - -CAPÍTULO XI - -Historia de doña Mencía de Mosquera. - - -«Nací en Valladolid y mi nombre es doña Mencía de Mosquera. Mi padre, -don Martín, coronel de un regimiento, fué muerto en Portugal, después -de haber consumido su patrimonio en el servicio del rey. Dejóme pocos -bienes, y consiguientemente, aunque hija única, no era un gran partido -para ser buscada en casamiento. Mas, a pesar de mi escasa fortuna, no -me faltaban pretendientes. Muchos caballeros de los más principales -de España solicitaron mi mano; pero el que se llevó mi atención fué -don Alvaro de Mello. A la verdad, era el más galán y airoso de todos, -y reunía además otras prendas recomendables, que me decidieron a su -favor. Era prudente, entendido y valiente, acompañando a esto ser -muy comedido, atento, pundonoroso y el hombre más bien portado del -mundo. En las corridas de toros, ninguno se mostraba más arriesgado, -más brioso ni más diestro; y en las justas era la admiración de -todos su despejo, habilidad y valentía. Finalmente, le preferí a sus -competidores y le di mi mano. - -»Pocos días después de nuestro matrimonio se encontró en un sitio -retirado con don Andrés de Baeza, que había sido uno de sus -competidores en pretenderme. Picáronse los dos, sacaron las espadas -y costó la vida a don Andrés. Era éste sobrino del corregidor de -Valladolid, hombre de genio violento y enemigo mortal de la casa de -Mello, y, por consiguiente, juzgó don Alvaro que le importaba infinito -no retardar un punto su fuga. Volvióse inmediatamente a casa, contóme -lo sucedido y me dijo: «Querida Mencía, es indispensable separarnos; -ya conoces al corregidor; me perseguirá encarnizadamente. No ignoras -lo mucho que puede en España, y así, no estoy seguro en el reino.» No -le permitió decir más su dolor. Hícele que tomase dinero y algunas -joyas. Dióme después los brazos, estrechóme en ellos y estuvimos así un -gran rato, sin poder uno ni otro hablar palabra, mezclándose nuestras -lágrimas, suspiros y sollozos. Vino un criado a decir que estaba pronto -el caballo; desasióse de mí, partió y dejóme en un estado que no sabré -pintar. ¡Dichosa yo si lo agudo del dolor me hubiera quitado la vida! -¡Qué de penas y tormentos me hubiera ahorrado! Pocas horas después de -partido don Alvaro supo su fuga el corregidor. Hizo que le siguiesen, -y no perdonó diligencia alguna para haberle a las manos. Frustrólas -todas mi esposo y púsose en salvo. Viéndose el juez reducido a no poder -tomar otra venganza que la satisfacción de quitar todos sus bienes a un -hombre cuya sangre hubiera querido beber, confiscó cuanto pertenecía a -don Alvaro. - -»Halléme con esto en tan miserable situación, que apenas tenía lo -preciso para vivir. Comencé a retirarme de todos, quedándome con una -sola criada. Pasaba los días llorando amargamente, no ya mi necesidad, -que llevaba con paciencia, sino la ausencia de un adorado esposo, de -quien no tenía noticia alguna, sin embargo de haberme prometido en -nuestra dolorosa despedida que de cualquier parte del mundo donde -se hallase procuraría informarme de su suerte. No obstante, se -pasaron siete años sin saber nada de él. Causábame profunda tristeza -la incertidumbre de su paradero. Supe al fin que, combatiendo por -las armas de Portugal en el reino de Fez, había perdido la vida en -una batalla. Así me lo refirió un hombre recién venido de Africa, -asegurándome que conocía muy bien a don Alvaro de Mello, con quien -había servido en el ejército portugués, y que él mismo le había visto -perecer en lo más recio de la pelea. A esto añadió otras circunstancias -que me acabaron de persuadir de que ya no vivía mi esposo. - -»Vino en este tiempo a Valladolid don Ambrosio Mesía Carrillo, marqués -de la Guardia. Era uno de aquellos señores entrados en edad que por -sus atentos y cortesanísimos modales hacen olvidar sus años y logran -aprecio entre los demás. Casualmente le refirieron la historia de don -Alvaro, y con este motivo oyó hablar de mí en términos que tuvo gran -deseo de verme. Para satisfacer su curiosidad se valió de una parienta -mía, en cuya casa me encontró. Vióme, y quedó prendado de mí, a pesar -de la impresión de dolor que reparó en mi semblante. Pero ¿qué digo _a -pesar_? Quizá lo que más le movió fué el mismo aire triste, melancólico -y marchito en que me veía, hablándole esto en favor de mi fidelidad. -Mi melancolía pudo ser causa de su amor. Por eso me dijo más de una -vez que me miraba como un prodigio de constancia y que envidiaba la -suerte de mi marido, por desgraciada que fuese. En una palabra, quedó -tan pagado de mí que no necesitó verme segunda vez para tomar la -determinación de casarse conmigo. - -»Valióse de la misma parienta mía para pedir mi consentimiento. Vino -ésta a mi casa y me manifestó que, habiendo mi esposo terminado sus -días en el reino de Fez, no era razón que estuviese enterrada por más -tiempo, que había ya llorado sobradamente a un hombre cuya compañía -había gozado por solos pocos momentos, que debía no malograr la ocasión -que se me presentaba y que sería la mujer más feliz y más contenta -del mundo. Aquí ponderó la nobleza del marqués, sus grandes bienes -y amabilísimo carácter. Pero por más que empleaba su elocuencia en -hacerme palpables las ventajas que hallaría yo en aquel enlace, no me -pudo persuadir, no ya porque dudase de la muerte de don Alvaro ni por -el recelo de volverle a ver cuando menos lo pensase; lo único que mi -parienta tenía que vencer era mi poca inclinación, o, por mejor decir, -mi repugnancia a un segundo matrimonio después de las desgracias que -había experimentado en el primero. No por eso desconfió ni se acobardó; -antes bien, interesada ya por don Ambrosio, redobló sus instancias. -Empeñó a toda mi parentela en la pretensión del marqués. Comenzaron -mis parientes a estrecharme y apurarme sobre que aceptase un partido -tan ventajoso. Veíame sitiada siempre de ellos, importunándome y -atormentándome con la continua cantilena de que no perdiese tan -favorable proporción. Por otra parte, mi miseria era mayor cada día, y -no fué esto lo que menos contribuyó a dejar vencer mi repugnancia. - -»No pudiendo, pues, resistir más tiempo, cedí al fin a tan repetidas -porfías y caséme con el marqués de la Guardia, el cual, el día después -de la boda, me condujo a una bellísima hacienda que tenía cerca de -Burgos, entre Tardajos y Revilla. Desde luego se poseyó de un amor -vehemente hacia mí; observaba yo en todas sus acciones un vivísimo -deseo de agradarme; estudiaba en proporcionarme todo cuanto yo -podía apetecer. Ningún esposo estimó nunca más a su mujer ni jamás -amante alguno empleó mayor esmero en complacer a su dama. Sin duda -que yo hubiera amado apasionadamente a don Ambrosio, a pesar de la -desproporción de nuestras edades, si hubiera sido capaz de amar a -otro que a don Alvaro; pero los corazones constantes no aciertan a -dar entrada a una segunda pasión. La memoria de mi primer esposo -inutilizaba todos los esfuerzos del segundo para hacerse querer de mí; -no podía corresponder a sus ternuras sino con afectos y expresiones de -gratitud y de respeto. - -»Hallábame en esta disposición, cuando un día, asomándome a una -ventana de mi cuarto, vi en el jardín un aldeano que me miraba con -particular atención. Túvele por criado del jardinero, y por entonces -no hice caso de él; pero al día siguiente, habiéndole visto en el -mismo sitio, me pareció que estaba aún más atento a mirarme. Esto me -conmovió. Observéle también yo por mi parte con algún cuidado, y se me -figuró descubrir en él la fisonomía del desgraciado don Alvaro. Esta -semejanza excitó en todos mis sentidos una turbación inexplicable, y di -un gran grito sin poderme contener. Por fortuna, estaba sola entonces -con Inés, la criada de mi mayor confianza. Descubríle la sospecha que -me agitaba, y ella no hizo mas que reír, creyendo que alguna ligera -semejanza me había alucinado. «Serenaos, señora—me dijo—, y no creáis -haber visto a vuestro primer esposo. No es verosímil que se presentase -aquí con el disfraz de aldeano, ni se hace creíble que aún viva. Yo -misma—añadió—voy ahora al jardín a ver a ese hombre, a informarme de -quién es, y volveré al momento a desengañaros.» Marchó al jardín, y un -instante después la veo entrar en mi cuarto muy alterada. «Señora—me -dijo—, vuestra sospecha fué por cierto bien fundada. El hombre que -visteis en el jardín es verdaderamente el mismo don Alvaro; luego se me -descubrió, y desea hablaros a solas.» - -»Podía recibirle entonces, porque el marqués había partido a Burgos, -y así, dije a Inés que le condujese a mi cuarto por una escalera -secreta. Ya se deja conocer la agitación en que yo me hallaría. No pude -sufrir la vista de un hombre que tenía derecho para decirme cuanto le -viniese a la boca, y al parecer con razón. Caí desmayada luego que -le vi en mi presencia, como si hubiera sido su sombra. Así él como -Inés me socorrieron prontamente, y después que volví del desmayo, -«Tranquilizaos, señora—me dijo don Alvaro—, y no sea mi presencia un -suplicio para vos. No es mi ánimo causaros la más mínima amargura. No -vengo como marido furioso a pediros cuenta de la fe que me jurasteis -ni a calificar de delito el segundo enlace que contrajisteis. Sé -muy bien que todo fué movido por vuestra parentela, y no ignoro las -persecuciones que habéis padecido. Por otra parte, estoy informado -de la voz de mi muerte esparcida en todo Valladolid, y tanto más -justamente creída de vos cuanto que ninguna carta mía os podía asegurar -de lo contrario. Finalmente, sé de qué modo habéis vivido desde nuestra -fatal separación y que la necesidad, más que el amor, os obligó a -entregaros en los brazos de...» «¡Ah don Alvaro!—le interrumpí yo -anegada en lágrimas—. ¿Por qué razón queréis disculpar a vuestra -esposa? ¡No tiene disculpa, puesto que vivís! ¡Desdichada de mí! ¡Ojalá -me viera ahora en la miserable situación en que me hallaba antes de -desposarme con don Ambrosio! ¡Funesto casamiento! ¡Ah! ¡En aquella -miseria, tendría a lo menos el consuelo de veros sin avergonzarme!» - -«Amada Mencía—replicó don Alvaro en tono que mostraba bien cuánto le -habían enternecido mis lágrimas—, yo no me quejo de ti; antes bien, -lejos de censurar la brillantez en que te veo, juro que doy al Cielo -mil gracias. Desde el triste día en que partí de Valladolid, tuve -siempre contraria la fortuna; mi vida fué un tejido de desdichas, -y, para su colmo, nunca me fué posible darte noticias de mí. Seguro -siempre de tu amor, se me representaba continuamente la situación -a que mi fatal cariño te había conducido. Consideraba a mi adorada -Mencía bañada en lágrimas, y esta consideración era mi mayor tormento. -Confieso que algunas veces tenía por delito la dicha de haberte -agradado. Deseaba que te hubieses inclinado a cualquier otro de mis -competidores, cuando reflexionaba en lo mucho que te costaba la -preferencia con que me habías honrado. Por fin, después de siete años -de penas, más enamorado de ti que nunca, he querido volver a verte. No -he podido resistir a este deseo, y, habiéndomelo permitido satisfacer -el término de una larga esclavitud, he vuelto a Valladolid disfrazado -en este traje, a riesgo de ser conocido y descubierto. Allí lo he -sabido todo, y he venido en seguida a esta posesión, donde he hallado -modo de introducirme con el jardinero para ayudarle a cultivar estos -jardines. Tal es el arbitrio que he tomado para lograr hablarte en -secreto. Mas no te imagines que con mi presencia vengo aquí a turbar -la ventura que gozas. Amote más que a mí mismo, respeto tu reposo y, -acabada esta conversación, parto lejos de ti a terminar mis tristes -días, que sacrifico a tu amor.» - -«¡No, don Alvaro, no!—exclamé al oír estas palabras—. El Cielo no -te ha traído aquí en balde, y no permitiré que segunda vez te apartes -de mí. Quiero ir contigo, y solamente la muerte nos podrá separar en -adelante.» «Créeme a mí, Mencía—me replicó—: vive con don Ambrosio, -y no quieras ser compañera de mis desdichas; deja que cargue yo solo -con todo el peso de ellas.» Añadió a éstas otras razones semejantes; -pero cuanto más empeñado parecía en querer sacrificarse a mi felicidad, -menos dispuesta me hallaba yo a consentirlo. Luego que me vió tan -resuelta a seguirle, mudó de repente de tono, y con semblante más -alegre me dijo: «Mencía, pues todavía amas tanto a don Alvaro que -quieres preferir su miseria a la abundancia en que te hallas, vámonos -a vivir a Betanzos, ciudad del reino de Galicia, donde hallaremos -un seguro retiro. Si mis desgracias me quitaron todos mis bienes, -no me hicieron perder todos mis amigos. Aun me quedan algunos tan -verdaderos, que me han facilitado medios de poder sacarte de esta casa. -Con su auxilio compré en Zamora coche, mulas y caballos, y traigo -por compañeros a tres amigos gallegos, resueltos y valerosos. Todos -están armados de carabinas y pistolas, y todos esperan mi aviso en -el lugar de Revilla. Aprovechémonos de la ausencia de don Ambrosio. -Voy a dar orden de que traigan el carruaje a la puerta de esta casa, -y al momento partiremos.» A todo accedí. Fué volando don Alvaro a -Revilla, y en breve tiempo volvió con sus tres compañeros montados. -Sacáronme de en medio de mis criadas, que, no sabiendo qué pensar de -este acontecimiento, huyeron despavoridas. Sólo Inés era sabedora de -todo; pero no quiso unir su suerte con la mía porque estaba enamorada -de un paje de don Ambrosio: lo que demuestra que el afecto de los más -fieles criados no resiste a la prueba del amor. Entré en el coche con -don Alvaro, no llevando conmigo sino alguna ropa y ciertas joyas que -tenía antes del segundo matrimonio, porque nada quise tomar de lo que -me había regalado el marqués cuando su casamiento. Seguimos el camino -de Galicia sin saber si tendríamos la fortuna de llegar allá. Temíamos, -con razón, que al volver de Burgos don Ambrosio viniese en seguimiento -nuestro, acompañado de mucha gente, y que nos alcanzase; pero caminamos -dos días sin que nadie nos siguiese. Esperábamos que sucediera lo mismo -en la tercera jornada, y ya caminábamos tranquilamente. Contábame don -Alvaro la triste aventura que había dado motivo a la voz esparcida de -su muerte y el modo de haber recobrado su libertad después de cinco -años de cautiverio, cuando encontramos en el camino a los ladrones en -cuya compañía estabais vos. El que mataron con todos sus acompañados es -el mismo y el que me hace derramar el torrente de lágrimas que ahora -cae de mis ojos.» - - - - -CAPÍTULO XII - -Del modo poco gustoso con que fué interrumpida la conversación de la -señora y de Gil Blas. - - -Con efecto, se deshacía en lágrimas doña Mencía al acabar de hacerme -su relación. Dejéla dar entera libertad a los suspiros, y lloraba yo -también: tan natural es interesarse en el dolor de los infelices, -y muy particularmente en el de una mujer hermosa y afligida. Iba a -preguntarle qué partido quería tomar en la coyuntura en que se hallaba, -y quizá ella misma iba también a consultarme lo propio si no hubiera -sido interrumpida nuestra conversación. Oímos en el mesón un gran -rumor que llamó nuestra atención. Causábale la venida el corregidor, -que, acompañado de dos alguaciles y muchos ministriles, se entró -en el cuarto donde estábamos. El primero que se acercó a mí fué un -caballerito que venía en compañía del corregidor. Paróse a mirar muy -despacio y muy de cerca mi vestido, y después de alguna suspensión -exclamó diciendo: «¡Vive el Cielo que ésta es mi mismísima ropilla! ¡La -conozco tan bien como he conocido mi caballo! ¡Sobre mi palabra que -podéis prender a este hombre honrado! ¡Sin duda es uno de los ladrones -que tienen no sé qué oculta madriguera en este país!» - -Al oír aquellas palabras me persuadí de que sin duda me había tocado, -por desgracia mía, el despojo de aquel caballero, y, por consiguiente, -me quedé sorprendido e inmutado. El corregidor, que por su oficio -debía juzgar antes mal que bien de la turbación en que me veía, hizo -juicio de que la acusación no era mal fundada, y sospechando que -la señora podía también ser cómplice, nos hizo prender a los dos y -poner en cuartos separados. No era este juez de aquellos de rostro -grave y ceñudo; antes bien, mostraba un semblante apacible y risueño, -acompañado de un modo de hablar dulce y cariñoso; pero sabe Dios si era -mejor que los primeros. Luego que estuve en la prisión, vino a ella con -sus dos precursores, esto es, sus dos alguaciles, los cuales, según su -buena costumbre, empezaron por registrarme bien las faltriqueras. ¡Qué -día para aquella honrada gente! Acaso en todos los de su vida no habían -tenido otro semejante. A cada puñado de doblones que me sacaban, estaba -viendo que rebosaban sus ojos de alegría. Hasta el mismo corregidor -parecía que estaba fuera de sí. «Hijo—me decía en un tono lleno de -miel y dulzura—, no extrañes ni tengas recelo de lo que ejecutamos, -que en esto no hacemos mas que nuestro oficio. Si estás inocente, nada -te perjudicará.» Mientras tanto fueron poco a poco aliviando del peso -mis bolsillos, quitándome aun lo que habían respetado los ladrones: -quiero decir los cuarenta ducados de mi tío. Escudriñáronme de pies a -cabeza sus codiciosas e infatigables manos, haciéndome volver a todos -lados y despojándome de todos los vestidos para ver si tenía guardado -algún dinero entre el pellejo y la camisa. Después que cumplieron tan -exactamente con aquella su importante obligación, el corregidor me hizo -sus preguntas. Satisfícelas presto, refiriéndole ingenuamente todo -lo sucedido. Hizo escribir mi declaración y partió con su gente y mi -dinero, dejándome desnudo sobre la paja. - -«¡Oh vida humana—exclamé cuando me vi solo en aquel miserable -estado—, qué llena estás de contratiempos y de caprichosas aventuras! -Desde que salí de Oviedo no he experimentado mas que desgracias. -Apenas salgo de un peligro cuando caigo en otro. Al llegar a esta -ciudad estaba muy lejos de pensar que en tan poco tiempo había de -conocer a su corregidor.» Haciendo estas reflexiones inútiles me vestí -la maldita ropilla y lo restante de la ropa que me había puesto en -aquel estado; y después, hablándome y alentándome a mí mismo, «¡Animo, -Gil Blas—me dije—; valor y constancia! ¡Vamos claros! ¡Piensa que -después de este tiempo vendrá quizá otro más dichoso! ¿Será bueno -desesperarte porque te ves en una prisión ordinaria después de haber -hecho tan penoso ensayo de tu paciencia en la tenebrosa cueva? Mas, -¡ay—añadí tristemente—, yo me alucino y me lisonjeo! ¿Cómo será -posible que salga de esta cárcel, cuando acaban de quitarme los medios -de conseguirlo? Un pobre encarcelado sin dinero es un pájaro a quien -cortan las alas.» - -En lugar de la liebre y de la perdiz que había mandado componer me -trajeron un pedazo de pan negro y un jarro de agua, dejándome tascar -el freno en mi calabozo. En él estuve quince días enteros, sin ver en -todos ellos otra persona que el alcaide, que venía todas las mañanas -a registrar y renovar las prisiones. Cuando le veía, intentaba querer -entablar conversación con él para desahogarme algún tanto; pero aquel -hombre nada respondía a cuanto le preguntaba. Jamás me fué posible -sacarle ni una sola palabra. Entraba y salía muchas veces sin dignarse -siquiera de mirarme. Al décimosexto día se dejó ver el corregidor, y me -dijo: «Ya puedes alegrarte, porque te traigo una buena nueva. Hice que -fuese conducida a Burgos la señora que venía contigo, examinéla sobre -quién eras, y tu conducta y sus respuestas te justificaron. Hoy mismo -saldrás de la cárcel, con tal que el arriero en cuya compañía viniste -desde Peñaflor a Cacabelos, según has dicho, confirme tu declaración. -Está en Astorga; ya le he enviado a llamar, y le estoy esperando. -Si conviene su declaración con la tuya, inmediatamente te pongo en -libertad.» - -Consoláronme mucho estas palabras, y desde aquel momento me consideré -fuera de todo enredo. Di gracias al juez por la buena y pronta justicia -que me quería hacer; y apenas había acabado mi cumplido, cuando llegó -el arriero entre dos alguaciles. Conocíle inmediatamente; pero el -bribón, que sin duda había vendido mi maleta con todo lo que había -dentro, temiendo le obligasen a restituir el dinero que había recibido -si confesaba que me conocía, dijo descaradamente que no sabía quién yo -era y que jamás me había visto. «¡Ah traidor!—exclamé yo—. ¡Confiesa -que has vendido mi ropa y respeta la verdad! ¡Mírame bien! Yo soy uno -de aquellos mozos a quienes amenazaste con el tormento en Cacabelos, -llenando a todos de miedo.» El taimado respondió muy fríamente que le -hablaba una jerigonza que él no entendía; y como ratificó y mantuvo -hasta el fin aquel solemnísimo embuste, mi libertad se difirió hasta -mejor ocasión. «Hijo—me dijo el corregidor—, bien ves que el arriero -no concuerda con lo que declaraste; y así, no puedo soltarte, por -más que lo deseo.» Convínome, pues, armarme nuevamente de paciencia -y resolverme a estar todavía a pan y agua y sufrir al silencioso -carcelero. Cuando pensaba en que no podía salir de entre las garras -de la justicia, siendo así que no había cometido delito alguno, me -desesperaba con este triste pensamiento, y echaba de menos el lóbrego -subterráneo. «Bien reflexionado—me decía yo a mí mismo—, allí me -hallaba menos mal que en este calabozo. Por lo menos en aquél comía y -bebía alegremente con los ladrones, divertíame con ellos y me consolaba -la dulce esperanza de poderme escapar algún día; pero seré quizá muy -feliz si sólo puedo salir de aquí para ir a galeras, a pesar de mi -inocencia.» - - - - -CAPÍTULO XIII - -Por qué casualidad sale Gil Blas de la cárcel, y a dónde se encaminó -después. - - -Mientras yo pasaba los días y las noches en desvariar entregado a -mis tristes reflexiones, se divulgaron por la ciudad mis aventuras, -ni más ni menos que yo las había dictado en mi declaración. Muchas -personas me quisieron ver por curiosidad. Venían unas en pos de otras, -y se asomaban a una ventanilla que daba luz a mi prisión, y después -de haberme mirado algún tiempo se retiraban silenciosas. Sorprendióme -aquella novedad. Desde mi entrada en la cárcel nunca había visto alma -viviente asomarse a la tal ventanilla, que caía a un patio donde -habitaban el silencio y el horror. Me hizo creer que yo había llamado -la atención de la ciudad; pero no acertaba a pronosticar si sería para -mal o para bien. - -Uno de los primeros que vi fué el muchacho o niño de coro de Mondoñedo -que en Cacabelos se escapó, como yo, de miedo del tormento. Conocíle -luego, y él no fingió desconocerme, como lo había fingido el arriero. -Saludámonos uno y otro, y entablamos una larga conversación, en la -cual me vi precisado a hacerle una nueva relación de mis aventuras, lo -que produjo dos efectos diferentes en el ánimo de los circunstantes, -pues que los hice reír y me atraje su compasión. El, por su parte, me -contó lo que había pasado en el mesón de Cacabelos entre el arriero y -la mujer después que un terror pánico nos había separado de ella. En -una palabra, contóme todo lo que dejo ya dicho. Despidióse después de -mí, prometiéndome que sin perder tiempo iba a hacer todo lo posible -para que me dieran libertad. Desde entonces todas las personas que como -él habían venido a verme por mera curiosidad me aseguraron que mis -desgracias las movían a compasión, ofreciéndome al mismo tiempo unirse -con aquel mozo para solicitar que me librasen de la cárcel. - -Cumplieron efectivamente su palabra. Hablaron en favor mío al -corregidor, quien, no dudando ya de mi inocencia, particularmente desde -que el niño de coro le contó todo lo que sabía, tres semanas después -vino a la prisión y me dijo: «Gil Blas, aunque si fuese yo un juez -severo podría detenerte aquí, no quiero dilatar más tu causa. Vete; ya -estás libre y puedes salir cuando quisieres. Pero dime—prosiguió—: -si te llevaran al bosque donde estaba el subterráneo, ¿no le podrías -descubrir?» «No, señor—le respondí—, porque como entré en él de -noche y salí antes del día, no me sería posible dar con él.» Con eso -se retiró el juez, diciendo que iba a dar orden al carcelero que me -franquease la puerta. Con efecto, un momento después vino el alcaide -con sus satélites, que traían un lío de ropa, los cuales, con mucha -gravedad y sin decir una sola palabra, me despojaron de la casaca y -de los calzones, que eran de paño fino y casi nuevo, me metieron por -la cabeza una especie de chamarreta muy vieja y muy raída a manera de -escapulario, y concluída esta ceremonia me pusieron a la puerta de la -cárcel, echándome a empellones fuera de ella. - -La vergüenza que padecí al verme en tan mala ropa moderó mucho la -alegría que comúnmente tienen los presos cuando han recobrado su -libertad. Tuve impulso de salirme inmediatamente de la ciudad, por -huir de la vista del pueblo, que no podía sufrir sin rubor; pero pudo -más mi agradecimiento. Fuí a dar las gracias al cantorcillo, a quien -debía tanta obligación. No pudo dejar de reír luego que me vió. «A lo -que advierto—dijo—, parece que la justicia ha hecho contigo todas -sus habilidades.» «No me quejo de la justicia—le respondí—: ella -en sí es muy justa; solamente desearía yo que todos sus oficiales -fueran hombres de bien y de conciencia. A lo menos, me pudieran -haber dejado el vestido, pues me parece que no le había pagado mal.» -«Convengo en eso—me replicó—; pero dirán que ésas son formalidades -que indispensablemente se deben observar. Y si no, dime: ¿crees, por -ventura, que el caballo en que viniste se ha restituído a su primer -dueño? No lo creas, porque el tal caballo está actualmente en la -caballeriza del escribano, donde se depositó como una prueba del -delito, y yo estoy persuadido de que su amo verdadero nunca volverá -a ver ni siquiera la grupera. Pero mudemos de conversación—continuó -el cantorcillo—. ¿Qué ánimo tienes y qué piensas hacer ahora?» «Mi -ánimo es—le respondí—irme derecho a Burgos a buscar a la señora a -quien liberté de los ladrones. Naturalmente, me dará algún dinerillo, -con el cual compraré unos hábitos nuevos y partiré a Salamanca, donde -procuraré aprovecharme de mi latín. Mi mayor apuro es que aun no estoy -en Burgos y es menester vivir en el camino.» «¡Ya te entiendo!—me -replicó—. Aquí tienes mi bolsa. Está un poco vacía, a la verdad; mas -ya sabes que un pobre cantor no es un obispo.» Al mismo tiempo la sacó, -y me la puso en las manos con tan buena voluntad que no pude menos de -aceptarla. Agradecíselo tanto como si me hubiera hecho dueño de todo -el oro del mundo, y le pagué con mil protestas de servirle, cosa que -nunca tuvo efecto. Después de esto nos despedimos, y yo salí de aquel -pueblo sin ver a ninguna de las otras personas que habían contribuído a -librarme de la prisión, contentándome con darles dentro de mi corazón -mil y mil bendiciones. - -El cantorcillo tuvo mucha razón en no hacer ostentación de su bolsa, -porque en realidad encontré en ella poco dinero, y todo en calderilla. -Por fortuna, había dos meses que estaba acostumbrado a una vida muy -frugal, y todavía me restaban algunos reales cuando llegué al lugar de -Puentedura, poco distante de Burgos. Detúveme en él para saber de doña -Mencía. Entré en un mesón, cuya huéspeda era una mujer muy pequeña, muy -enjuta, vivaracha y de mala condición. Luego conocí, por la mala cara -que me puso, que no le había gustado mi chamarreta, lo que fácilmente -le perdoné. Sentéme a una asquerosa mesa, donde comí un pedazo de pan -con un cuarterón de queso y bebí algunos tragos de un detestable vino -que me trajeron. Durante la comida, que era muy correspondiente a mi -equipaje, quise entablar conversación con la huéspeda, que me dió a -entender con un gesto desdeñoso que tenía a menos hablar conmigo. -Supliquéle que me dijese si conocía al marqués de la Guardia, si estaba -lejos su casa de campo y, particularmente, si se sabía en qué había -parado la marquesa su mujer. «¡Muchas cosas me preguntáis!»—respondió -muy desdeñosa. Sin embargo, me contestó en abreviatura y con muy mal -talante, diciendo que la casa de campo de don Ambrosio distaba una -legua corta de Puentedura. - -Después que acabé de beber y de cenar, como era ya de noche, mostré -que deseaba recogerme, y pedí un cuarto. «¡Un cuarto para él!—me dijo -la mesonera, mirándome de hito en hito con altivez y con desprecio—. -¡Un cuarto para él! ¡Los cuartos de mi casa los reservo yo para gentes -que no cenan pan y queso! Todas mis camas están ocupadas, porque estoy -esperando a ciertos caballeros de importancia que vienen a hacer noche -aquí; lo más que te puedo ofrecer es el pajar, porque creo no será la -primera vez que hayas dormido sobre paja.» En esto decía más verdad de -lo que ella misma pensaba. No le repliqué palabra. Abracé prudentemente -el partido que me proponía; fuime al pajar y dormí con tranquilidad, -como hombre que ya estaba hecho a trabajos. - - - - -CAPÍTULO XIV - -Recibimiento que le hizo en Burgos doña Mencía. - - -No fuí perezoso en levantarme al día siguiente. Fuí a ajustar la cuenta -con la huéspeda, que ya estaba levantada, y me pareció de mejor humor -que el día antecedente. Atribuílo a la presencia de tres honrados -cuadrilleros de la Santa Hermandad que con mucha familiaridad hablaban -con ella, y serían sin duda los caballeros de importancia para quienes -estaban destinadas todas las camas. Informéme en el lugar del camino -que guiaba a la casa de campo a donde yo quería ir, y se lo pregunté -a un paisano que me deparó la suerte, del mismo carácter que mi -antiguo mesonero de Peñaflor. No contento con responderme a lo que le -preguntaba, añadió que don Ambrosio había muerto tres semanas hacía, -y que la marquesa, su mujer, se había retirado a un convento de la -ciudad, que me nombró. Al punto me encaminé en derechura a Burgos, y, -sin pensar ya en la casa de campo, fuí volando al monasterio donde me -dijeron que se hallaba doña Mencía. Supliqué a la tornera se sirviese -decir a aquella señora que deseaba hablarle un mozo recién salido de -la cárcel de Astorga. Inmediatamente fué a darle el recado la tornera. -Volvió ésta, y me hizo entrar en un locutorio, adonde dentro de poco vi -llegar, muy enlutada, a doña Mencía. - -«Bien venido seas, Gil Blas—me dijo aquella viuda con modo muy -afable—. Cuatro días ha que escribí a un conocido mío de Astorga -suplicándole te fuese a ver y que de mi parte te rogase vinieses a -visitarme inmediatamente que salieses de la prisión. Nunca dudé que -pronto te darían libertad. Bastaban para esto las cosas que yo dije -al corregidor en descargo tuyo. Respondiéronme que ya, con efecto, -estabas libre, pero que no se sabía tu paradero. Temí no volverte a -ver ni tener el gusto de darte alguna prueba de mi agradecimiento, lo -que hubiera sentido extremadamente. Consuélate—añadió, conociendo que -estaba avergonzado de presentarme a ella en tan miserable estado—; -no te dé pena alguna el hallarte en el infeliz ropaje en que te veo. -Después del gran servicio que me hiciste, sería yo la mujer más ingrata -de las mujeres si no hiciera nada por ti. Mi ánimo es sacarte del -mal estado en que te hallas; debo y puedo hacerlo, pues tengo bienes -suficientes para poder corresponderte sin que me sea gravoso. - -»Los lances—continuó—que me sucedieron hasta el día en que nos -separaron para meternos presos ya los sabes como yo; ahora voy a -contarte lo que me aconteció desde entonces. Luego que el corregidor de -Astorga dispuso que me condujesen a Burgos, después de haberme oído la -relación puntual de mis sucesos, me dirigí a la casa de don Ambrosio. -Causó mi llegada general y extremada sorpresa; pero me dijeron que ya -llegaba tarde, porque el marqués, profundamente afligido por mi fuga, -había caído gravemente enfermo, y tanto, que los médicos desesperaban -de su vida. Esta triste noticia fué un motivo más sobre los muchos -que ya tenía para llorar el rigor de mi fatal destino. Con todo eso, -quise que le avisasen mi llegada; entré después en su cuarto y corrí a -arrojarme de rodillas a la cabecera de su cama, anegado en lágrimas el -semblante y el corazón traspasado del más agudo dolor. «¿Quién te ha -traído aquí?—me dijo luego que me vió—. ¿Vienes a complacerte en la -obra de tus manos? ¿No te basta haberme quitado la vida? ¿Era menester, -para mayor satisfacción tuya, que tus mismos ojos fuesen testigos de mi -muerte?» «Señor—le respondí—, ya os habrá informado Inés de que huí -con mi legítimo esposo, y a no ser el funesto accidente que me privó -de él, nunca más me hubierais vuelto a ver.» Referíle al mismo tiempo -cómo don Alvaro había muerto a manos de unos ladrones y cómo me habían -conducido al subterráneo, con todo lo demás que me había sucedido hasta -entonces. Apenas acabé de hablar, cuando, alargándome cariñosamente la -mano, me dijo con ternura: «¡Basta, hija; ya no me quejo de ti! Pues -qué, ¿debo por ventura culpar un proceder tan justo y tan honrado? -Hallástete de repente con tu legítimo esposo, a quien adorabas, y -me abandonaste por irte con él. ¿Podré nunca condenar con razón una -conducta dictada por la conciencia y la justicia? No por cierto; -ninguna razón tendría para quejarme. Por eso no permití que ninguno te -siguiese. Respetaba en aquella fuga el sagrado derecho que la hacía -lícita, y aun necesaria, como también el debido amor que profesabas a -tu querido y verdadero esposo. En fin, te hago justicia, y protesto -que con haberte restituído a mi casa has recobrado toda mi ternura. -Sí, querida Mencía, tu presencia me colma de gozo y de consuelo. Mas -¡ay, cuán poco me durará uno y otro! Conozco que mi última hora se va -acercando. Apenas la suerte me volvió a juntar contigo, cuando me será -necesario arrancarme de ti con el último adiós.» Redoblóse mi llanto -al oír palabras tan amorosas, las que excitaron en mí una aflicción -extremada. Aunque adoré a don Alvaro, no lloré tanto por él. Murió -don Ambrosio al día siguiente, y yo quedé dueña de la rica dote que -me había señalado en las capitulaciones. No es mi ánimo emplearla -mal. Aunque soy todavía moza, ninguno me verá pasar a terceras -nupcias. Esto, a mi parecer, sólo es propio de mujeres sin pudor y sin -delicadeza. Antes bien, te digo que ya no tengo inclinación al mundo y -que quiero acabar mis días en este convento y ser su bienhechora.» - -Tal fué el discurso de doña Mencía; acabado el cual, sacó de la -faltriquera un bolsillo y me lo tiró por la reja del locutorio a donde -le pudiese alcanzar, diciendo: «Toma, Gil Blas, esos cien ducados, -únicamente para que te vistas, y después vuélveme a ver, porque no -quiero que se limite a cosa tan corta mi agradecimiento.» Dile mil -gracias y le juré que no partiría de Burgos sin volver a despedirme de -ella. Hecho este juramento—que estaba bien resuelto a no quebrantar—, -me fuí a buscar algún mesón. Entré en el primero que encontré, pedí -un cuarto, y para precaver el mal concepto que por el traje se podía -formar de mí dije al mesonero que, aunque me veía en aquellos pobres -trapos, tenía con qué pagar el gasto. Al oír estas palabras, el -mesonero, que se llamaba Majuelo y era naturalmente grandísimo bufón, -mirándome y examinándome atentamente de pies a cabeza, me dijo con -cierto aire malicioso y chufletero que no necesitaba de mi aseveración -para conocer que sin duda haría yo en su casa mucho gasto, porque entre -los remiendos de aquellos malos trapos se divisaba en mi persona un -no sé qué de nobleza que le obligaba a creer que yo era un caballero -de grandes conveniencias. No dejé de conocer que el bellaco se estaba -burlando de mí, y para cortar de repente sus bufonescas frialdades -saqué el bolsillo y a su vista conté sobre una mesa mis ducados, los -que le obligaron a formar un juicio más favorable de mí. Roguéle -que me hiciese buscar algún sastre, a lo cual me replicó que sería -mejor llamar a algún prendero, el cual traería diferentes vestidos de -todas clases, para quedar pronto vestido del todo. Armóme el consejo -y determiné seguirle; pero como se acercaba ya la noche, dilaté este -negocio hasta el día siguiente, y sólo pensé en cenar bien para -resarcir lo mal que había comido desde que salí del subterráneo. - - - - -CAPÍTULO XV - -De qué modo se vistió Gil Blas, del nuevo regalo que le hizo la señora -y del equipaje en que salió de Burgos. - - -Sirviéronme un copioso plato de manos de carnero fritas y le comí -casi todo; bebí a proporción y después fuíme a la cama. Era ésta -muy decente, y esperaba que luego se apoderaría de mis sentidos un -profundo sueño; pero engañéme, porque apenas pude cerrar los ojos, -ocupada la imaginación en qué género de vestido había de escoger. «¿Qué -haré?—decía—. ¿Seguiré mi primer intento de comprar unos hábitos -largos para ir a ser dómine en Salamanca? Pero ¿a qué fin vestirme de -estudiante? ¿Tengo deseos de consagrarme al estado eclesiástico? ¿Acaso -me inclina a ello mi propensión? ¡Nada de eso! Mis inclinaciones son -muy contrarias a la santidad que pide: quiero ceñir espada y ver de -hacer fortuna en el mundo.» Y a esto me decidí. - -Resolví, pues, vestirme de caballero, bien persuadido de que esto -bastaría para alcanzar un empleo de importancia. Con tan lisonjeros -proyectos, estuve esperando el día con grandísima impaciencia, y -apenas rayó en mis ojos su primera luz cuando salté de la cama. -Hice tanto ruido en el mesón, que despertaron todos. Llamé a los -criados, que estaban todavía en la cama, y me respondieron echándome -mil maldiciones. Al fin se vieron obligados a levantarse, y les di -orden de que fuesen a buscar al prendero. No tardó en llegar éste -con dos mozos cargados, cada uno con un gran envoltorio. Saludóme -con grandes cumplimientos y me dijo: «Caballero, ha tenido usted -fortuna en dirigirse a mí más bien que a otro. No quiero desacreditar -a mis compañeros, ni permita Dios que haga el menor agravio a su -reputación; mas, aquí para entre los dos, ninguno de ellos sabe qué -cosa es conciencia. Todos son más duros que judíos; yo soy el único de -mi oficio que la tiene; me limito a una ganancia justa y razonable, -contentándome con un real por cada cuarto. Equivoquéme: quise decir con -un cuarto por real.» - -Después de este preámbulo, que yo creí tontamente al pie de la letra, -mandó a los mozos que desatasen los envoltorios. Enseñáronme vestidos -de todos géneros y colores, muchos de ellos de paños enteramente lisos. -Deseché éstos con desprecio por demasiado humildes. Presentáronme -después otro que parecía haberse cortado expresamente para mí, el -cual me deslumbró, sin embargo de que estaba un poco usado. Se -componía de una ropilla, unos calzones y una capa; la ropilla, con -mangas acuchilladas, y todo él de terciopelo azul bordado de oro. -Escogí éste y pregunté el precio. El prendero, que conoció cuánto -me agradaba, me dijo: «En verdad que es usted un señor de gusto muy -delicado, y se ve bien que lo entiende. Sepa usted que este vestido -se hizo para uno de los primeros sujetos del reino, que no se le puso -tres veces. Observe bien la calidad del terciopelo y hallará que es -del mejor. Pues ¿qué diré del bordado? No parece cabe mayor delicadeza -ni primor.» «Y bien—le pregunté—, ¿cuánto pedís por él?» «Señor—me -respondió—, ayer no le quise dar por sesenta ducados; y si esto no es -cierto, no sea yo hombre de bien.» A la verdad, la contestación era -convincente. Yo le ofrecí cuarenta y cinco, aunque acaso no valía la -mitad. «Caballero—replicó él fríamente—, yo no soy hombre que pido -más de lo justo ni rebajo un ochavo de lo que digo la primera vez. Tome -usted este otro vestido—continuó, presentándome el primero, que yo -había desechado—, que se lo daré más barato.» Todo esto sólo servía -para aumentar en mí la gana que tenía del otro, y como me imaginé -que no rebajaría ni un maravedí de lo que había pedido, le entregué -sus sesenta ducados. Cuando vió la facilidad con que se los había -dado, juzgo que, no obstante la delicadeza de su rígida conciencia, -se arrepintió mucho de no haberme pedido más. Pero al fin, contento -con haber ganado a real por cuarto, se despidió con sus mozos, a los -cuales tampoco dejé de agasajar dándoles para beber. - -Viéndome ya con un vestido tan señor, comencé a pensar en lo restante -para presentarme en la calle con toda autoridad y decencia, lo que me -entretuvo toda la mañana. Compré pañuelo, sombrero, medias de seda, -zapatos y una espada. Vestíme inmediatamente; pero ¡qué gozo fué el -mío cuando me vi tan bien equipado! No me cansaba de mirarme. Ningún -pavo real se recreó nunca tanto en mirar y remirar el dorado plumaje de -su cola. Aquel mismo día pasé a visitar segunda vez a doña Mencía, la -cual me volvió a recibir con la mayor urbanidad y agasajo. Dióme nuevas -gracias por el servicio que le había hecho, a que siguió una salva de -recíprocos cumplidos. Después, deseándome en todo la mayor prosperidad, -se despidió de mí, y se retiró, regalándome sólo una sortija de treinta -doblones y suplicándome la conservase siempre por memoria. - -Quedéme frío cuando me vi con la tal sortija, porque había contado -con regalo de mucho más precio. En esta suposición, malcontento de la -generosidad de la señora, volví al mesón haciendo mil calendarios; -pero apenas había llegado cuando entró en él un hombre que venía tras -de mí, el cual, desembozando la capa, mostró un talego bastante largo -que traía debajo del brazo. Así que vi el talego, que parecía lleno -de dinero, abrí tanto ojo, y lo mismo hicieron algunas personas que -estaban presentes; y me pareció oír la voz de un serafín cuando aquel -hombre me dijo, poniendo el talego sobre una mesa: «Señor Gil Blas, -mi señora la marquesa suplica a usted se sirva admitir esta cortedad -en prueba de su agradecimiento.» Hice mil cortesías al portador, -acompañadas de otros tantos cumplimientos, y luego que salió del mesón -me arrojó sobre el talego como un gavilán sobre su presa y llevémele -a mi cuarto. Desatéle sin perder tiempo, vaciéle sobre una mesa y -me encontré con mil ducados que contenía. Acababa de contarlos al -tiempo que el mesonero, que había oído las palabras del portador, -entró para saber lo que iba en el talego. Asombróle la vista de tanta -plata y exclamó admirado: «¡Fuego de Dios, y cuánto dinero! ¡Sin duda -sabéis—añadió con malicia—sacar buen partido de las damas! ¡Apenas ha -veinticuatro horas que estáis en Burgos y ya hacéis contribuir a las -marquesas!» - -No me desagradó esta sospecha y estuve tentado a dejar a Majuelo en -su error, por lo que lisonjeaba mi vanidad. No me admiro de que los -mozos se alegren de ser tenidos por afortunados con las mujeres; pero -pudo más en mí la inocencia de mis costumbres que la vanagloria. -Desengañé al mesonero y le conté toda la historia de doña Mencía. Oyóla -con singular atención, y después le confié el estado de mis asuntos, -suplicándole, pues se mostraba tan interesado en servirme, me ayudase -con sus consejos. Quedóse como pensativo algún tiempo, y tomando -luego un aire serio, me dijo: «Señor Gil Blas, confieso que desde que -vi a usted le cobró particular inclinación; y ya que le merezco la -confianza de que me hable con tanta franqueza, debo corresponder a -ella diciéndole sin lisonja lo que siento. A mí me parece que usted -es un hombre nacido para la corte, y así, le aconsejo se vaya a ella -y procure introducirse con algún gran señor, viendo de mezclarse en -sus negocios, y sobre todo en los de sus pasatiempos y devaneos, sin -lo cual perderá usted el tiempo y nada adelantará con él. Conozco bien -a los grandes: ningún aprecio hacen del celo y de la lealtad de un -hombre de bien, y sólo estiman a las personas que les son necesarias -para sus fines. Además de éste, tiene usted otro recurso: es mozo, -bien dispuesto, galán; y esto, aun cuando fuera un hombre sin talento, -bastaba y aun sobraba para encaprichar a su favor a alguna viuda -poderosa o alguna hermosa dama malcasada. Si el amor empobrece a muchos -ricos, tal vez sabe también enriquecer a los que eran pobres. Soy, -pues, de parecer que vaya usted a Madrid; pero conviene se presente -con ostentación, pues allí, como en todas partes, se juzga de las -personas no por lo que son, sino por lo que aparentan ser, y usted -solamente será atendido a proporción de la figura que hiciere. Quiero -proporcionarle un criado mozo, fiel, cuerdo y prudente; en fin, un -hombre de mi mano. Compre usted dos mulas, una para sí y otra para él, -y sin perder tiempo póngase en camino lo más pronto que le sea posible.» - -No podía menos de abrazar un consejo que era tan de mi gusto. Al día -siguiente compré dos mulas y recibí el criado que Majuelo me propuso. -Era un hombre de treinta años y de un aspecto humilde y devoto. Díjome -ser rayano de Galicia y llamarse Ambrosio Lamela. Lo que más admiré -en él fué que, siendo los demás criados por lo común muy interesados, -éste no se paraba en pedir gran salario. Díjome que en este asunto se -contentaría con lo que quisiese darle. Compré unos botines y una maleta -para llevar mi ropa y mis ducados, ajusté la cuenta con el mesonero, y -al amanecer salí de Burgos camino de Madrid. - - - - -CAPÍTULO XVI - -Donde se ve que ninguno debe fiarse mucho de la prosperidad. - - -Dormimos en Dueñas la primera jornada, y el día siguiente entramos -en Valladolid a las cuatro de la tarde. Apeámonos en un mesón que me -pareció sería el mejor de la ciudad. Mi criado se fué a cuidar de las -mulas y yo mandé a una moza de la posada llevase la maleta al cuarto -que me dieron. Llegué tan fatigado, que sin quitarme los botines me -eché en la cama, donde insensiblemente me quedé dormido. Era ya casi -noche cuando desperté. Llamé a Ambrosio. No estaba en el mesón, pero -tardó poco en parecer. Preguntéle de dónde venía, y me respondió, -devoto y compungido, que de una iglesia de dar gracias al Señor por -habernos librado de toda desgracia en el camino. Alabéle su devoción y -le mandé que encargase me dispusiesen algo que cenar. - -Al mismo tiempo que le hablaba entró en mi cuarto el mesonero con -un hacha encendida en la mano, alumbrando a una señora ricamente -vestida, la cual me pareció más hermosa que joven. Dábale el brazo -un escudero, y un morito la seguía llevándole la cola del vestido. -Quedé no poco sorprendido cuando la señora, después de hacerme una -profunda reverencia, me preguntó si por ventura sería yo el señor Gil -Blas de Santillana. Apenas le respondí que sí cuando, desasiéndose -del escudero, vino apresuradamente a darme un abrazo con tal alborozo -y alegría, que añadió muchos grados a mi admiración. «¡Sea mil veces -bendito el Cielo—exclamó—por tan dichoso encuentro! ¡A usted, señor -caballero, a usted venía yo buscando!» Al oír esto se me vino a la -memoria el petardista taimado de Peñaflor, y ya iba a sospechar que -aquella señora era una solemne embustera o una descarada aventurera; -pero lo que añadió me obligó a formar de ella un juicio más favorable. -«Yo soy—me dijo—prima hermana de doña Mencía de Mosquera, que debe -a usted tantas obligaciones. He recibido hoy mismo una carta suya, en -que me participa el viaje de usted a la corte y me encarga le trate -bien y le obsequie si transitare por esta ciudad. Dos horas ha que la -ando corriendo toda, yendo de mesón en mesón a saber qué forasteros se -han apeado en ellos, y por las señas que me dió de usted el mesonero -conocí que podía ser el libertador de mi prima. Ya que he tenido la -dicha de encontrarle, quiero manifestarle lo mucho que me intereso -en los beneficios que se hacen a mi familia, y particularmente a -mi querida Mencía. Me hará usted el favor de venir ahora mismo a -hospedarse en mi casa, donde estará menos mal que en un mesón.» Quise -excusarme, haciéndole presente que no podía admitir su fineza sin -incomodarla; pero fué preciso rendirme a sus eficaces instancias. Había -a la puerta del mesón un coche que nos estaba esperando. Ella misma -tuvo gran cuidado de hacer poner dentro de él la maleta y todo mi -equipaje, «porque en Valladolid—dijo—hay muchos bribones», lo cual -era demasiadamente cierto. En fin, entramos en el coche ella y yo con -su vejete escudero y me dejé sacar del mesón de esta manera, con gran -pesar del mesonero, porque así se veía privado del gasto que él suponía -que yo había de hacer en su posada con la señora, el escudero y el -morito. - -Después de haber rodado bastante, paró en fin el coche a la puerta de -una casa grande, a donde subimos a una sala bien adornada e iluminada -con veinte o treinta bujías. Había en ella también muchos criados, a -quienes preguntó la señora si había venido don Rafael. Respondiéronle -que no, y ella me dijo, volviéndose a mí: «Señor Gil Blas, estoy -esperando a mi hermano, que ha de volver esta noche de una quinta que -tenemos a dos leguas de aquí. ¡Cuán agradable será su sorpresa cuando -se encuentre en su casa con un huésped a quien tanto debe toda nuestra -familia!» Al mismo punto que acabó de decir estas palabras oímos ruido -y supimos le causaba la llegada de don Rafael. Dejóse presto ver este -caballero, que era un joven de bello talle y muy airoso. «Hermano—le -dijo la señora—, no sabes cuánto me alegra tu vuelta. Tú me ayudarás -a obsequiar como se merece al señor Gil Blas de Santillana. Nunca -podremos pagar lo que ha hecho por nuestra parienta doña Mencía. Toma -esta carta—añadió—y lee lo que en ella me escribe.» Abrióla don -Rafael y leyó en alta voz lo siguiente: - -«Mi querida Camila: El señor Gil Blas de Santillana, que me ha salvado -el honor y la vida, acaba de salir para la corte y sin duda pasará por -Valladolid. Te ruego encarecidamente por el vínculo del parentesco, -y aun más por la amistad que nos une, le agasajes y obsequies cuanto -puedas, obligándole a que descanse algunos días en tu casa. Espero no -me negarás este gusto y que mi libertador recibirá de ti y del primo -don Rafael todo género de atenciones. Burgos, etc. Tu prima que te -ama,—_Doña Mencía_.» - -«¿Cómo así?—exclamó don Rafael luego que leyó la carta—. ¿Es posible -sea éste el caballero a quien debe no menos que el honor y la vida mi -parienta? Doy gracias al Cielo por este dichoso encuentro.» Diciendo -esto se acercó a mí, y abrazándome estrechamente, dijo: «¡Oh qué -gusto y qué fortuna la mía en tener en mi casa al señor Gil Blas de -Santillana! No era menester que mi prima la marquesa le recomendase: -bastaba avisarnos que pasaba por aquí. Sabemos muy bien mi hermana y yo -cómo debemos tratar a un hombre que hizo el mayor servicio del mundo a -la persona a quien más amamos de toda nuestra parentela.» Correspondí -lo mejor que pude a todas aquellas expresiones y a otras muchas -semejantes, acompañadas de mil caricias. Advirtiendo después don Rafael -que todavía tenía yo puestos los botines, mandó a sus criados me los -quitasen. - -Pasamos después al cuarto donde estaba esperándonos la cena. Sentámonos -a la mesa, colocándome a mí en medio de los dos hermanos, quienes -mientras cenábamos me dijeron mil expresiones cariñosas; celebraban -todas mis palabras como otros tantos rasgos de gracia y de discreción, -y era de ver el cuidado con que me hacían plato, sirviéndome de cuanto -había en la mesa. Don Rafael brindaba frecuentemente a la salud de doña -Mencía y yo correspondía del mismo modo. Doña Camila no se descuidaba -en imitarnos, y a veces me parecía que me miraba como a hurtadillas de -una manera que podía significar mucho, y aun llegué a creer que para -hacerlo buscaba ocasión, como quien temía que su hermano lo advirtiese. -Bastó esto para persuadirme que ya me había hecho dueño de la voluntad -de aquella señora y para resolver aprovecharme de este descubrimiento -por poco que me detuviese en Valladolid. Con esta esperanza me rendí -fácilmente a la cortesana súplica que me hicieron de que me detuviese -en su compañía algunos días. Agradecieron mucho mi condescendencia, y -la particular alegría que mostró doña Camila me confirmó en la opinión -de que había hallado en mí un hombre muy de su gusto. - -Viéndome determinado don Rafael a detenerme algún tiempo, me propuso -un viaje a su quinta, de la que me hizo una magnífica descripción, -como también de las diversiones que quería proporcionarme en ella. -«Unas veces—decía—nos divertiremos en la caza, otras en la pesca; -y si usted gusta de pasearse, encontrará bosques sombríos y jardines -deliciosos. Además de esto no nos faltará buena compañía, y creo que no -echará usted de menos la ciudad.» Acepté la oferta, y quedamos en que -al día siguiente iríamos a la tal divertidísima quinta. Levantámonos -de la mesa con esta resolución, y don Rafael, lleno de alegría, me dió -un estrechísimo abrazo, diciéndome: «Señor Gil Blas, ahí le dejo a -usted con mi hermana; voy a dar las órdenes necesarias para el viaje -y para que se avise a las personas que nos han de acompañar.» Dicho -esto se salió del cuarto, y yo quedé a solas con la señora, dándole -conversación, en la que no desmintió lo que yo había juzgado de las -tiernas miradas de la cena. Tomóme la mano, y mirando con atención la -sortija, dijo: «Parece muy lindo este diamante, pero es pequeñito. -¿Entiende usted de pedrería?» Respondíle que no. «Lo siento—me -replicó—; porque si lo entendiera, me diría cuánto vale esta -piedra—mostrándome un grueso rubí que tenía en el dedo; y mientras -yo lo miraba, añadió—: Regalómelo un tío mío, que fué gobernador de -Filipinas, y los joyeros de Valladolid lo aprecian en trescientos -doblones.» «Lo creo—repliqué—, porque me parece primoroso.» «Pues -ya que a usted le gusta—repuso ella—, quiero hagamos un trueque.» -Diciendo y haciendo, me cogió mi sortija y metióme la suya en mi dedo. -Después de este cambio, que yo tuve por un regalo hecho con gracia -y novedad, Camila me apretó la mano y me miró con ternura; luego, -cortando de repente la conversación, me dió las buenas noches y se -retiró enteramente confusa y como avergonzada de haberme manifestado -demasiado sus sentimientos. - -Aunque era yo entonces uno de los cortesanos más novicios, no dejé por -eso de penetrar lo mucho y bueno que significaba aquella precipitada -fuga, y desde luego consentí en que no pasaría mal el tiempo en la -quinta. Poseído de esta lisonjera idea y del brillante estado de mis -negocios, me encerré en el cuarto donde había de dormir y previne a mi -criado me despertase temprano el día siguiente. En lugar de pensar en -acostarme, me entregué enteramente a los alegres pensamientos que me -inspiraba mi maleta, que estaba sobre una mesa, y mi rubí. «¡Gracias a -Dios—decía—que si antes fuí miserable, ya no lo soy! Mil ducados por -una parte y una sortija de trescientos doblones por otra es un decente -caudal para bandearme algún tiempo. Ahora veo que Majuelo no me -engañó. Sin duda que en Madrid encenderé en amor a mil mujeres cuando -tan fácilmente he agradado a Camila.» Veníanseme a la imaginación todas -las palabras y acciones de aquella señora, y gozaba anticipadamente de -todos los pasatiempos que don Rafael me había ponderado de su quinta. -Con todo eso, a pesar de unas ideas tan halagüeñas, no dejó el sueño de -hacer su oficio; y así, sintiéndome adormecido, me desnudé y me metí en -la cama. - -Al despertar el día siguiente conocí que era tarde. Admiréme de que -Ambrosio no me hubiese despertado habiéndoselo mandado; pero dije entre -mí: «Ambrosio, mi fiel Ambrosio, estará en alguna iglesia o le habrá -hoy cogido la pereza.» Mas tardé poco en perder el buen concepto que -había hecho de él para dar lugar a otro menos favorable, aunque más -justo y verdadero, pues habiéndome levantado y no hallando mi maleta -en todo el cuarto, sospeché que me la había robado por la noche. Para -aclarar mis sospechas abrí la puerta y comencé a llamar al hipócrita -repetidas veces y con voz muy esforzada. A mis gritos acudió un viejo -y me dijo: «¿Qué quiere usted, señor? Todos sus criados han salido -de mi casa antes de amanecer.» «¿Qué es eso de mi casa?—le repliqué -yo—. Pues qué, ¿no es ésta la de don Rafael?» «Yo no sé quién es -ese caballero—respondió el viejo—; sólo sé que ésta es una casa de -huéspedes, que yo soy su dueño y que, una hora antes que usted llegase, -aquella señora con quien cenó anoche vino a pedirme un cuarto para un -caballero principal, que ella dijo viajaba de incógnito. Yo le di -éste, habiéndomelo pagado adelantado.» - -Caí entonces en la cuenta: conocí lo que debía pensar de doña Camila -y de don Rafael y comprendí que mi criado, instruído a fondo de todos -mis negocios, me había vendido a aquellos dos grandísimos bribones. En -vez de echarme a mí solo la culpa de tan pesaroso suceso y de conocer -que no me hubiera acaecido a no haber tenido la ligereza e indiscreción -de descubrirme a Majuelo sin la menor necesidad, me volví contra la -inocente fortuna y maldije mil veces mi suerte. El posadero, a quien -conté mi aventura—de la cual quizá el bellaco estaría mejor informado -que yo—, mostró acompañarme en mi sentimiento. Compadecióse de mí y -protestó lo mucho que sentía que este lance hubiese sucedido en su -casa; pero yo creo, a pesar de todas sus protestas, que él tuvo tanta -parte en esta picardía como el mesonero de Burgos, a quien siempre -atribuí el honor de la invención. - - - - -CAPÍTULO XVII - -Partido que tomó Gil Blas de resultas del triste suceso de la casa de -posada. - - -Después de haber llorado bien, pero en vano, mi desgracia, comencé -a hacer reflexiones, y saqué de ellas que en lugar de rendirme a la -desesperación y desaliento debía animarme a luchar contra mi mala -suerte. Volví, pues, a despertar mi valor, y me decía a mí mismo -mientras me estaba vistiendo: «Aun doy gracias a mi fortuna de que -aquellos malvados no se llevasen también mis vestidos y algunos ducados -que tengo en las faltriqueras.» Y les agradecía el haber andado tan -comedidos, pues habían tenido también la generosidad de dejarme los -botines, los cuales di al posadero por la tercera parte de lo que me -habían costado. En fin, salí de la posada sin tener necesidad, gracias -a Dios, de quien me llevase el hatillo. Lo primero que hice fué ir al -mesón donde me había apeado el día antecedente, a ver si mis mulas -se habían librado de la borrasca, aunque, a la verdad, juzgaba que -Ambrosio no las habría olvidado; y ojalá que siempre hubiera juzgado de -él con tanto acierto, pues supe que aquella misma noche había tenido -buen cuidado de sacarlas. Conque, dando por supuesto que yo no las -volvería a ver, como tampoco mi maleta, caminaba triste y sin destino -por las calles, pensando en el rumbo que había de tomar. Ofrecióseme -la idea de volver a Burgos para recurrir segunda vez a doña Mencía; -pero considerando que esto sería abusar de su bondad y que además me -tendría por un simple, deseché este pensamiento. Juré, sí, guardarme -bien en adelante de mujeres, y por entonces no me fiaría ni aun de la -casta Susana. De cuando en cuando ponía los ojos en mi sortija; mas, -acordándome que había sido regalo de Camila, suspiraba de rabia y de -dolor. «¡Ah!—decía entre mí—. ¡Nada entiendo de rubíes; pero bien -entiendo y conozco a la gentecilla que hace estos cambios! ¡No me -parece preciso ir a un joyero para conocer que soy un pobre mentecato!» - -Con todo, no quise dejar de ir a saber lo que valía la sortija, que -reconocida por un lapidario la tasó en tres ducados. Al oír semejante -tasa, aunque no me causó sorpresa, di a todos los diablos la sobrina -del gobernador de Filipinas, o, por mejor decir, sólo les renové el don -que mil veces les había hecho de ella. Al salir de casa del lapidario -encontré un mozo que se paró a mirarme. No pude caer al pronto en quién -era, aunque en otro tiempo le había conocido muy bien. «¿Cómo qué, Gil -Blas?—me dijo—. ¿Finges acaso no conocerme? ¿Es posible que en dos -años me haya mudado tanto que no conozcas al hijo del barbero Núñez? -¡Acuérdate de Fabricio, tu paisano y tu condiscípulo de Lógica, y de -cuántas veces argüimos los dos en casa del doctor Godínez sobre los -universales y grados metafísicos!» - -Antes que acabase de hablar había yo venido en conocimiento de quién -era. Abrazámonos estrechamente con mil demostraciones de admiración y -de alegría. «¡Ah querido amigo—prosiguió Fabricio—, y qué encuentro -tan feliz y cuánto me alegro de volverte a ver! Pero ¿en qué equipaje -te veo? ¡A la verdad, que estás vestido como un príncipe! ¡Bella -espada, medias de seda, calzón y vestido de terciopelo con bordado de -plata! ¡Fuego! ¡Esto me huele a un fortunón deshecho! ¡Apuesto a que -alguna vieja liberal te hizo dueño de su bolsillo!» «Te engañas—le -respondí—; mi fortuna no ha sido tan feliz como imaginas.» «¡A otro -perro con ese hueso!—replicó él—. Tú quieres hacer el reservado, -¡pero a mí que las vendo! Díme por vida tuya: ese bellísimo rubí que -tanto brilla en ese dedo, ¿de quién le hubiste?» «De una grandísima -bribona—le respondí—. ¡Fabricio, mi querido Fabricio, sabe que en vez -de ser el Adonis de las mujeres de Valladolid, he sido su dominguillo!» - -Pronuncié estas palabras en tono tan lastimoso, que Fabricio conoció -muy bien que me habían jugado alguna burla. Apuróme para que le dijese -por qué razón estaba tan quejoso del bello sexo. Tuve poco que hacer en -resolverme a satisfacer su curiosidad; pero como la relación era algo -larga y no queríamos separarnos tan presto, entramos en un figón para -discurrir con más comodidad y sosiego. Allí nos desayunamos. Y mientras -tanto le hice menuda relación de cuanto me había sucedido desde mi -salida de Oviedo. Convino en que mis aventuras eran muy extrañas, y -después de asegurarme lo mucho que sentía verme en el estado en que -me hallaba, añadió: «Amigo, es menester consolarnos y animarnos en -todas las desgracias de la vida. Eso es lo que distingue un pecho -generoso de un corazón apocado. ¿Vese un hombre de entendimiento -reducido a la miseria? Espera con valor y paciencia otro tiempo más -feliz. ¡Nunca—dice Cicerón—, nunca debe un hombre abatirse tanto -que llegue a olvidarse que es hombre! Yo por mí soy de este carácter. -Las desventuras no me acobardan; sé superarlas y sé resistir a los -golpes de la mala fortuna. Por ejemplo: amaba en Oviedo a la hija de -un vecino honrado y ella me amaba a mí; pedíla a su padre, y negómela, -como era regular. Otro cualquiera se hubiera muerto de pesadumbre; -pero yo, ¡admira la fuerza de mi talento!, de acuerdo con la misma -muchacha, la robé de casa de sus padres. Era viva, atolondrada y alegre -sobremanera; por consiguiente, pudo más con ella el placer que la -obligación. Anduvimos seis meses paseándonos por Galicia, y llegó a -tal punto su deseo de viajar que quiso ir a Portugal; pero tomó otro -compañero de viaje y me dejó plantado. Si no fuera el que soy, me -hubiera desesperado y abatido con el peso de esta nueva desgracia; mas -no cometí tal disparate. Más prudente y sufrido que Menelao, en lugar -de armarme contra el Paris que me había robado mi Elena, me alegró -mucho de verme libre de ella. No queriendo después volver a Asturias -por evitar contiendas con la justicia, me interné en el reino de León, -donde anduve de lugar en lugar, gastando el dinero que me había quedado -del rapto de mi ninfa, pues en aquella ocasión ambos nos proveímos -suficientemente de dinero y ropa. Al fin me hallé al llegar a Palencia -con un solo ducado, con el cual tuve que comprar un par de zapatos, y -el resto duró pocos días. Vime perplejo en aquella situación. Comenzaba -ya a guardar dieta y era indispensable tomar algún partido. Resolví, -pues, ponerme a servir. Acomodéme desde luego con un rico mercader de -paños que tenía un hijo dado a todos los vicios. En su casa encontré -un seguro asilo contra la abstinencia, pero igualmente un grandísimo -obstáculo. Mandóme el padre que espiase al hijo y suplicóme el hijo le -ayudase a engañar al padre. Era preciso optar: preferí la súplica al -precepto, y esta preferencia me costó el ser despedido. Pasé después -a servir a un pintor, ya hombre viejo, el cual quería enseñarme por -caridad los principios de su arte; pero al mismo tiempo me dejaba -morir de hambre, y esto me disgustó de la pintura y de la mansión en -Palencia. Víneme a Valladolid, donde por la mayor fortuna del mundo me -acomodé con un administrador del hospital. Con él estoy todavía, y cada -instante más contento. El señor Manuel Ordóñez, mi amo, es el hombre -más virtuoso del mundo, pues siempre va con los ojos bajos y un rosario -de cuentas gordas en la mano. Dicen que desde mozo sólo tuvo puesta su -atención en el bien de los pobres, y le mira con mucho amor, empleando -a este fin un celo infatigable. Esto no se ha quedado sin recompensa: -todo ha prosperado en sus manos. ¡Qué bendición del Cielo! El se ha -hecho rico cuidando de la hacienda de los pobres.» - -Luego que acabó Fabricio su discurso, le dije: «Por cierto me alegro -de verte tan contento con tu suerte; pero, hablando en confianza, -paréceme que podías hacer un papel más brillante en el mundo que el -de criado. Un mozo de tu talento debía pensar más alto.» «Te engañas -mucho, Gil Blas—me respondió—: has de saber que para un hombre -de mi humor no puede haber mejor situación que la mía. Confieso que -el oficio de criado es penoso para un mentecato; mas para un mozo -despejado tiene grandes atractivos. Un ingenio superior que se pone -a servir no sirve materialmente como un pobre bobo: entra menos a -servir que a mandar en la casa. Su primer cuidado es estudiar bien el -genio y las inclinaciones del amo. Halaga sus defectos, lisonjea sus -pasiones, sírvele en ellas, se granjea su confianza, y hétele que ya -le tiene agarrado por la nariz. De esta manera me he gobernado con mi -administrador. Desde luego conocí de qué pie cojeaba. Advertí que todo -su deseo era que le tuviesen por santo. Fingí creerlo, porque esto nada -cuesta; y aun hice más: procuré imitarle representando en su presencia -el mismo papel que él representaba delante de los demás: engañé al -engañador, y poco a poco vine a ser su todo y como su primer ministro. -Bajo sus auspicios y en su escuela espero que algún día estarán a mi -cargo los asuntos de los pobres, porque me intereso tanto por su bien -como mi amo. ¿Y quién sabe si por este camino llegaré también a hacer -igual o mayor fortuna?» - -«¡Bellas y alegres esperanzas, querido Fabricio!—le repliqué—. -Doite mil parabienes por ellas. Mas, por lo que a mí toca, vuélvome a -mis primeros pensamientos. Voy a trocar mi vestido bordado por unas -bayetas, iréme a Salamanca, matricularéme en la Universidad y me -pondré a preceptor.» «¡Gran proyecto!—repuso Fabricio—. ¡Graciosa -idea! ¿Puede haber mayor locura que meterte a pedante en lo mejor de -tu vida? ¿Sabes bien, pobrete, en lo que te empeñas abrazando ese -partido? Luego que halles conveniencia, te observará toda la casa. -Examinarán escrupulosamente tus más mínimas acciones. Será preciso que -estés fingiendo y venciéndote continuamente, que afectes un exterior -hipócrita y que parezcas un hombre adornado de todas las virtudes. -No tendrás un instante por tuyo para divertirte. Censor eterno de tu -discípulo, todo el día se te irá en enseñarle el latín y en reprenderle -y corregirle cuando diga o haga alguna cosa contra la buena crianza. -Y al cabo de tanto trabajo y sujeción, ¿qué premio te espera? Si el -señorito sale travieso y mal inclinado, a ti te echarán la culpa, -diciendo que le criaste mal, y sus padres te despedirán sin recompensa -y aun quizá sin pagarte. Así, pues, no me hables del tal oficio de -preceptor, porque es un beneficio con cargo de almas. Háblame del -empleo de criado, que es beneficio simple que a nada obliga. ¿Está -el amo lleno de vicios? Pues el talento superior del criado los sabe -lisonjear, convirtiéndolos a veces en propia utilidad. Un criado -de este jaez vive con mucha paz en una buena casa. Come y bebe a -su gusto, por la noche se va a la cama y, como un hijo de familia, -duerme tranquilamente, sin tener que pensar en el carnicero ni en el -panadero. Amigo Gil Blas—prosiguió Fabricio—, nunca acabaría si -te hubiera de contar todas las ventajas que se encuentran en la no -muy lucida, pero muy provechosa carrera de criado. Créeme: desecha -para siempre el pensamiento de ser preceptor y sigue mi ejemplo.» -«Sea así, Fabricio—le respondí—; pero no todos los días se hallan -administradores como el que tú has hallado, y si yo me determinara a -servir, quisiera a lo menos encontrar con un buen amo.» «¡Oh!—repuso -él—. En eso tienes razón. Yo tomo por mi cuenta el buscártele, y lo -haré aunque no sea mas que por contribuir a que no se vayan a enterrar -en una Universidad los talentos de un hombre como tú.» - -La próxima miseria que me amenazaba, la resolución y seguridad con que -Fabricio me habló, aun más que sus razones, me persuadieron finalmente -a que me pusiese a servir. Tomada esta determinación, salimos del -figón, y Fabricio me dijo: «Ahora mismo quiero conducirte en derechura -a casa de un hombre a quien recurre la mayor parte de los que buscan -amo. Tiene emisarios que le informan de cuanto pasa en todas las -familias, sabe las que necesitan criados, y en un registro muy exacto -lleva razón no sólo de las plazas vacantes, sino también de las buenas -o malas cualidades de los amos: en fin, él fué quien me acomodó con el -administrador.» - -Fuimos hablando de esta especie de despacho y oficina pública tan -singular, hasta que llegamos a una callejuela, y en un rincón de ella, -a una casa baja, donde el hijo del barbero Núñez me hizo entrar. Nos -encontramos con un hombre de cincuenta años que estaba escribiendo. -Saludámosle cortesana y aun respetuosamente; pero fuese por ser -de genio naturalmente soberbio y grosero, o bien porque estando -acostumbrado a no tratar sino con lacayos y cocheros lo estaba también -a recibir las visitas asaz descortésmente, no se levantó, ni aun casi -se dignó mirarnos, contentándose con hacer una ligera inclinación de -cabeza. Con todo, poco después me miró con atención. Conocí muy bien -se admiraba de que un mozo con un vestido bordado quisiera ponerse -a servir de criado, cuando podía pensar que iba yo a buscar uno. -Duróle poco esta duda, porque Fabricio le dijo al punto: «Señor Arias -de Londoña, aquí le presento a usted el mayor amigo mío. Es un hijo -de buena familia, y sus desgracias le han reducido a la necesidad -de servir. Proporciónele usted una buena conveniencia, contando -seguramente con su correspondiente agradecimiento.» «Señores—respondió -fríamente Arias—, ésa es la cantilena general de todos ustedes: antes -de acomodarse prometen mucho; pero después de bien acomodados, tú que -le viste, y de todo se olvidan.» «¿Cómo? ¿Qué?—replicó Fabricio—. -¿Está usted quejoso de mí? ¿No me he portado bien?» «Mejor pudieras -haberte portado. Tu conveniencia equivale a la de primer oficial de -cualquiera oficina, y has correspondido como si te hubiese acomodado -con un autorcillo.» Tomé yo entonces la palabra, y para que conociese -el señor Arias que no servía a un ingrato, quise que el agradecimiento -precediese al favor. Púsele en la mano dos ducados, prometiéndole que -no se limitaría a tan poca cosa mi reconocimiento como me colocase en -una buena casa. - -Mostróse contento de mi proceder, diciendo: «¡Así gusto yo de que se -trate conmigo! Hay vacantes excelentes puestos: leerélos, y usted -escogerá el que mejor le pareciere.» Al decir esto calóse los anteojos, -tomó su registro, abrióle, revolvió algunas hojas y comenzó así: -«Necesita lacayo el capitán Torbellino, hombre colérico, brutal y -fantástico; gruñe sin cesar, blasfema, da de golpes y muy a menudo -estropea a los criados.» «¡Pase usted adelante!—dije yo prontamente—. -¡No me gusta el señor capitán!» Rióse Arias de mi viveza y prosiguió -leyendo: «Doña Manuela de Sandoval, viuda y entrada en edad, -impertinente y caprichosa, se halla sin criado. Por lo común no tiene -más que uno, y ése apenas la puede aguantar un día entero. Diez años ha -que sólo hay en su casa una librea, y sirve para todos los criados que -recibe, sean flacos o gordos, grandes o pequeños. Se puede decir que no -hacen mas que probársela, y así todavía está nueva, aunque se la han -puesto dos mil. Falta un criado al doctor Alvaro Fáñez, médico químico. -Trata bien a sus criados, dales bien de comer y un gran salario; pero -hace en ellos la experiencia de sus remedios y se observa que en casa -de este químico hay siempre vacantes plazas de criados.» - -«¡No lo dudo!—interrumpió Fabricio dando una carcajada—. Pero vamos -claros, que nos va usted proponiendo admirables conveniencias.» «Ten -un poco de paciencia—replicó Arias de Londoña—; todavía no las he -leído todas y puede haber alguna que te contente.» Diciendo esto, -prosiguió su lectura de esta manera: «Tres semanas ha que está sin -criado doña Alfonsa de Solís; es una señora anciana y devota, que pasa -en la iglesia las tres partes del día y quiere tener siempre junto -a sí al criado. Otro: ayer despidió al suyo el licenciado Cedillo, -hombre ya viejo y canónigo de este Cabildo.» «¡Alto ahí, señor Arias -de Londoña!—interrumpió Fabricio—. ¡A ese puesto nos atenemos! El -canónigo Cedillo es grande amigo de mi amo y yo le conozco mucho; sé -que gobierna su casa en clase de ama una vieja beata, que se llama -la señora Jacinta, y es la que todo lo manda. Es una de las mejores -casas de Valladolid, porque en ella se vive con gran paz y se come -grandemente. Fuera de eso, el canónigo es un señor enfermizo, gotoso -inveterado, que tardará poco en hacer testamento y se puede esperar -algún legadillo. ¡Gran esperanza para un criado! Gil Blas—continuó -Fabricio volviéndose hacia mí—, no perdamos tiempo. Vámonos derechos -a casa del licenciado; yo mismo te quiero presentar y salir por fiador -tuyo.» Habiendo dicho esto, por no malograr la ocasión, nos despedimos -aceleradamente del señor Arias, quien me ofreció, por mi dinero, que si -no lograba aquella conveniencia me proporcionaría otra tan buena y aun -quizá mejor. - - - - -LIBRO SEGUNDO - - - - -CAPÍTULO PRIMERO - -Entra Gil Blas por criado del licenciado Cedillo; estado en que éste se -hallaba y retrato de su ama. - - -Por miedo de no llegar tarde, nos pusimos de un brinco en casa del -licenciado. Estaba cerrada la puerta; llamamos y bajó a abrir una -niña como de diez años, a quien el ama llamaba sobrina, aunque malas -lenguas suponían entre las dos parentesco más estrecho. Le estábamos -preguntando si se podría hablar al señor canónigo, cuando se dejó ver -la señora Jacinta. Era una mujer entrada ya en la edad de discreción, -pero todavía de buen parecer y, sobre todo, de un color fresco y -hermoso. Venía vestida con una especie de bata de paño ordinario, que -ceñía con una ancha correa de cuero, de la cual pendía por un lado -un manojo de llaves y por otro un gran rosario de cuentas gordas. -Saludámosla con mucho respeto y ella nos correspondió con igual -cortesanía, pero con un aire devoto y los ojos bajos. - -«He sabido—le dijo mi camarada—que el señor licenciado Cedillo -necesita un mozo honrado que le sirva y vengo a presentarle éste, -que espero le dará gusto.» Alzó entonces la vista el ama, miróme -atentamente, y no acertando a conciliar mi vestido bordado con el -discurso de Fabricio, preguntó si era yo el que pretendía entrar a -servir. «Sí, señora—respondió el hijo de Núñez—, él mismo es; porque, -tal como usted le ve, le han sucedido desgracias que le precisan a -ello. Consolárase en sus infortunios si tiene la dicha de colocarse -en esta casa y vivir en compañía de la virtuosa señora Jacinta, la -cual es digna de ser ama de un patriarca de las Indias.» Al oír esto, -la buena de la beata apartó los ojos de mí por volverlos al que le -hablaba con tanta gracia, y quedó como sorprendida al ver un rostro -que no le parecía desconocido. «Tengo alguna idea—le dijo—de haber -visto ya esa cara, y estimaría que usted ayudase a mi memoria.» «Casta -señora Jacinta—le respondió Fabricio—, es y ha sido grande honor -mío haber merecido la atención de usted. Dos veces he venido a esta -casa acompañando a mi amo, el señor Manuel Ordóñez, administrador del -hospital.» «¡Justamente!—replicó entonces el ama—. ¡Acuérdome muy -bien! ¡Ya caigo en la cuenta! Basta decir que está en casa del señor -Manuel Ordóñez para saber que será usted un hombre muy de bien. Su -empleo es su mayor elogio y no era fácil que este mozo encontrase mejor -fiador. Venga usted conmigo y hablará al señor Cedillo, que sin duda -tendrá gran gusto en recibir un criado venido por tal mano.» - -Seguimos al ama del canónigo, el cual vivía en un cuarto bajo -compuesto de cinco piezas a un mismo piso, todas muy decentes. Díjonos -esperásemos un instante en la primera mientras iba a avisar al señor -canónigo, que estaba en la segunda. Después de haberse detenido -algún tiempo, sin duda para informarle y prevenirle de todo, volvió -a nosotros y nos dijo que podíamos entrar. Vimos al viejo gotoso -sepultado en una silla poltrona, con una almohada detrás de la cabeza, -descansando los brazos en unas almohadillas y apoyando las piernas en -un almohadón de pluma. Acercámonos a él, sin escasear las cortesías; -y tomando Fabricio la palabra, no se contentó con repetirle lo que ya -había dicho de mí a la señora Jacinta, sino que se puso a hacer un -panegírico de mi mérito, extendiéndose principalmente sobre el grande -honor que me había granjeado bajo el magisterio del doctor Godínez en -las disputas de Filosofía, como si fuera necesario ser gran filósofo -para servir a un canónigo. Sin embargo, no dejó de alucinarle el bello -elogio que hizo Fabricio de mí, y conociendo, por otra parte, que yo no -desagradaba a la señora Jacinta, «Amigo—respondió a mi fiador—, desde -luego recibo a este mozo: basta que tú me lo presentes. No me disgusta -su traza, y juzgo bien de sus costumbres, supuesto que me lo propone un -criado del señor Manuel Ordóñez.» - -Luego que Fabricio me vió admitido, hizo una gran cortesía al canónigo, -otra más profunda a la señora Jacinta y se despidió muy alegre, -diciéndome al oído que me quedase allí y que ya nos veríamos. Apenas -había salido de la sala, cuando el licenciado me preguntó cómo me -llamaba y por qué había salido de mi tierra, obligándome con sus -preguntas a contarle toda la historia de mi vida, en presencia de la -señora Jacinta. Divertílos a entrambos, sobre todo con la relación -de mi última aventura. Doña Camila y D. Rafael les hicieron reír tan -fuertemente que le hubo de costar la vida al pobre gotoso, pues la risa -le excitó una tos tan violenta que temí fuese llegada su hora. Aun no -había hecho testamento: considérese cuánto se turbaría la buena ama. -Vila toda trémula y azorada correr de aquí para allí por socorrer al -buen viejo, haciendo con él lo que se hace con los niños cuando tosen -con violencia, estregarle la frente y darle palmaditas en las espaldas; -pero al fin todo fué un puro miedo. Cesó de toser el licenciado y el -ama de atormentarle. Quise entonces proseguir mi relación, mas no me -lo permitió la señora Jacinta, temerosa de que le repitiese la tos al -amo. Llevóme al guardarropa, donde, entre otros vestidos, estaba el de -mi predecesor. Hízomele poner y guardó el mío, lo que no me disgustó, -porque deseaba conservarle, con esperanza de que todavía podría -servirme. Desde el guardarropa pasamos los dos a disponer la comida. - -No me mostré novicio en el oficio de cocinero. Había hecho mi -aprendizaje bajo la disciplina de la señora Leonarda, que podía pasar -por buena maestra de cocina, bien que no comparable con la señora -Jacinta, la cual merecía ser cocinera de un arzobispo. Sobresalía en -todo género de guisos y platos. Sazonaba delicadamente un jigote, la -chanfaina y, en general, toda especie de picadillo, de manera que -eran sumamente gratos al paladar. Cuando estuvo dispuesta la comida, -volvimos al cuarto del canónigo, donde, mientras yo ponía los manteles -en una mesilla inmediata a su silla poltrona, el ama le ponía la -servilleta, prendiéndosela por detrás con alfileres. Se le sirvió una -sopa que se podía presentar a un corregidor de Madrid, y una fritada -que podía avivar el apetito de un virrey, si el ama, de propósito, no -hubiera escaseado las especias, por no irritar la gota del canónigo. -A vista de tan delicados manjares, mi buen viejo, que yo creía estaba -baldado de todos sus miembros, dió pruebas de que aun no había perdido -del todo el uso de los brazos. Sirvióse de ellos para ayudar a que -le desembarazasen de la almohada y demás impedimentos, disponiéndose -a comer alegremente. Las manos tampoco se negaron a servirle; aunque -trémulas, iban y venían con bastante ligereza a donde era menester, -bien que derramando en la servilleta y en los manteles la mitad de lo -que llevaba a la boca. Cuando vi que ya no quería más de frito, le puse -delante una perdiz rodeada de dos codornices asadas, que la señora -Jacinta le trinchó con el mayor aseo y pulidez. De cuando en cuando le -hacía beber grandes tragos de vino mezclados con un poco de agua en una -taza de plata bastante ancha y profunda, aplicándosela ella misma a la -boca y teniéndola con las manos, como si fuera un niño de quince meses. -Se comió las pechugas y las piernas, sin dejar los alones. Siguiéronse -los postres, y cuando acabó de comer, el ama le quitó la servilleta, -volvióle a poner la almohada, y, dejándole dormir tranquilamente la -siesta, nos retiramos nosotros a comer. - -Era ésta la comida diaria de nuestro canónigo, acaso el mayor tragón -de todo el Cabildo; pero la cena era más parca. Contentábase con un -pollo o con un conejo y con algún cubilete de fruta. En su casa, por -lo que toca a la comida, estaba yo bien y lo pasaba alegremente; sólo -tenía un trabajo, no poco pesado para mí. Era preciso estar despierto -una gran parte de la noche velando al amo. Padecía éste una retención -de orina que le obligaba a pedir el orinal diez veces cada hora. Además -sudaba mucho, y era menester mudarle de camisa con frecuencia. «Gil -Blas—me dijo la segunda noche—, tú eres mañoso y diligente y veo que -me acomodará mucho tu modo de servir. Solamente te encargo que des -también gusto a la señora Jacinta, complaciéndola y obedeciéndola en -todo como si yo lo mandase, y guardes con ella la mayor armonía. Quince -años ha que me sirve con un celo y amor particular. Tiene tanto cuidado -de mí que no sé cómo pagárselo, y confiésote que por esto la estimo más -que a toda mi familia. Por ella despedí de mi casa a un sobrino carnal, -hijo de mi propia hermana, e hice bien. No podía ver a esta pobre mujer -y, lejos de agradecerle lo que hacía conmigo, continuamente la estaba -insultando, burlándose de su virtud y tratándola de embustera, porque -a la gente moza de hoy todo lo que suena a recogimiento y devoción -le parece hipocresía; pero ya me libré de tan buena alhaja, porque -soy hombre que prefiero a todos los respetos de la sangre el amor que -me tienen y el bien que me hacen.» «Usted, señor, tiene muchísima -razón—le respondí—: el agradecimiento debe siempre poder más que las -leyes de la naturaleza.» «Sin duda—replicó él—; y en mi testamento -haré ver el poco caso que hago de mis parientes. El ama tendrá buena -parte en él, y no me olvidaré de ti como prosigas sirviéndome según -has comenzado. El criado que despedí ayer perdió una buena manda por -su mal modo. Si no me hubiera visto precisado a despedirle, porque -ya no le podía aguantar, yo solo le habría hecho rico; pero era un -soberbio que no tenía el más leve respeto a la señora Jacinta, y -era muy holgazán. No le gustaba acompañarme de noche y se le hacía -intolerable el estar despierto para asistirme en lo que podía ocurrir.» -«¡Qué bribón!—exclamé yo, como si el espíritu de Fabricio se hubiera -pasado al mío—. ¡No merecía, por cierto, estar al lado de un amo tan -bueno como su merced! El que logra esta fortuna debe ser de un celo -infatigable, ha de complacerse en su trabajo y ha de creer que nada -hace aun cuando sude sangre por servirle.» - -Conocí que le habían gustado mucho al canónigo estas últimas palabras, -y no le gustó menos la que le di de estar siempre pronto y obediente a -las órdenes de la señora Jacinta. Queriendo, pues, pasar por un criado -que no temía trabajo ni fatiga, procuré servir en un todo con el mayor -celo y el mejor modo que me era posible. El ama—a la cual debo hacer -esta justicia—cuidaba mucho de mí, lo que debo atribuir al esmero con -que procuraba yo granjearme su voluntad con todo género de modales -atentos y respetuosos. Cuando comíamos juntos ella y su sobrina, que se -llamaba Inesilla, estaba yo pronto a mudarles de platos, a servirles -de beber y, en fin, a hacer con ellas lo que haría el más fiel y leal -criado. Por estos medios llegué a conseguir su amistad. Un día que la -señora Jacinta había salido a hacer no sé qué compras, hallándome solo -con Inesilla, comencé a darle conversación, y le pregunté si vivían -todavía sus padres. «¡Oh, no!—me respondió la niña—. Mucho tiempo ha -que murieron, según me lo ha dicho mi tía, porque yo nunca los conocí.» -Creíla piadosamente, aunque su respuesta no fué muy categórica, y la -fuí poniendo en tanta gana de parlar que poco a poco me dijo más de -lo que yo quería saber. Descubrióme, o, por mejor decir, descubrí yo -por su sencillez que la señora tía tenía un amigo que estaba en casa -de un antiguo canónigo en calidad de mayordomo y que tenían ajustado -entre los dos aprovecharse de la herencia de sus amos y gozarla en paz -por medio de un casamiento cuyos privilegios disfrutaban de antemano. -Ya dejo dicho que la señora Jacinta, aunque algo entrada en años, se -mantenía de muy buen parecer. Es verdad que ningún medio perdonaba -para conservarse bien. Por otra parte, dormía con sosiego, mientras yo -estaba en pie velando al amo. Pero, sobre todo, lo que más contribuía -a mantener en ella aquel color vivo y fresco era—según me dijo -Inesilla—una fuente que tenía en cada pierna. - - - - -CAPÍTULO II - -Qué remedios suministraron al canónigo habiendo empeorado en su -enfermedad; lo que resultó, y qué dejó a Gil Blas en su testamento. - - -Serví tres meses al señor licenciado Cedillo, sin quejarme de las -malas noches que me daba. Cayó malo al cabo de este tiempo; entróle -calentura y con ella se le irritó la gota. Recurrió a los médicos, -siendo la primera vez que lo hacía en toda su vida, aunque había sido -larga. Llamó determinadamente al doctor Sangredo, a quien tenían en -Valladolid por otro Hipócrates. La señora Jacinta hubiera querido más -que el canónigo, ante todas cosas, comenzase por hacer testamento; -pero además de que no le parecía a él que estaba de tanto peligro, -en ciertas materias era un poco caprichoso y testarudo. Fuí, pues, a -buscar al doctor Sangredo, y condújele a casa. Era un hombre alto, -seco y macilento, que por espacio de cuarenta años a lo menos tenía -continuamente empleada la tijera de las Parcas. Su exterior era grave, -serio, con un si es no es de desdeñoso; su voz, gutural, sonora y -ahuecada; pronunciaba las palabras con un tantico de recalcamiento, -lo que a su parecer daba mayor nobleza a las expresiones. Parecía que -medía sus discursos geométricamente, y era singular en sus opiniones. - -Después de haber observado al enfermo, comenzó a hablar así en tono -magistral: «Trátase aquí de suplir el defecto de la transpiración -escasa, dificultosa y detenida. Otros médicos ordenarían, sin duda, -en este caso remedios salinos, urinosos y volátiles, que por la mayor -parte tienen algo de azufre y mercurio; pero los purgantes y los -sudoríficos son drogas perniciosas inventadas por curanderos. Todas -las preparaciones químicas me parecen invenciones para arruinar la -naturaleza; yo echo mano de medicamentos más simples y seguros. ¿Qué -es lo que usted acostumbra comer?», preguntó al enfermo. «Comúnmente, -cubiletes y manjares jugosos», respondió el canónigo. «¡Cubiletes y -manjares jugosos!—exclamó suspenso y admirado el doctor—. ¡Ya no -me maravillo de que usted haya enfermado! Los manjares deliciosos -son gustos emponzoñados, lazos que la sensualidad arma a los hombres -para destruirlos con mayor seguridad. Es preciso que usted renuncie a -todo alimento de buen gusto: los más desabridos son los más propios -para la salud. Como la sangre es insípida, está pidiendo alimentos -análogos a su naturaleza. ¿Y bebe usted vino?», le volvió a preguntar. -«Sí, señor, pero aguado», respondió el enfermo. «¡Qué dice usted -aguado!—exclamó el doctor—. ¡Qué desorden! ¡Qué espantoso desarreglo! -¡Debía usted haberse muerto cien años ha! ¿Y qué edad es la de -usted?» «Voy a entrar en sesenta y nueve años», repuso el licenciado. -«Justamente—continuó el médico—, la vejez anticipada siempre es fruto -de la intemperancia. Si usted hubiera bebido sólo agua clara toda su -vida y usado de alimentos simples, como manzanas cocidas, por ejemplo, -y guisantes o judías, no se vería ahora atormentado de la gota, y todos -sus miembros ejercerían todavía fácilmente sus respectivas funciones. -Con todo, no desconfío de restablecerle, como se entregue ciegamente -a cuanto yo ordenare.» El canónigo, aunque gustaba de buenos bocados, -ofreció obedecerle en todo y por todo. - -Entonces Sangredo me dijo fuese prontamente a llamar a un sangrador -que él mismo me nombró, y le hizo sacar a mi amo seis tazas completas -de sangre para empezar a suplir la falta de transpiración. Después -dijo al sangrador: «Maese Martín Oñez: dentro de tres horas volved a -sacarle otras seis, y mañana repetiréis lo mismo. Es error creer que -la sangre sea necesaria para la conservación de la vida: por mucha que -se le saque a un enfermo, nunca será demasiada. Como en tal estado -apenas tiene que hacer movimiento ni ejercicio, sino el preciso para no -morirse, no necesita más sangre para vivir que la que ha menester un -hombre dormido. En uno y otro la vida sólo consiste en el pulso y en -la respiración.» No creyendo mi buen amo que un tan gran médico pudiese -hacer falsos silogismos, convino en dejarse sangrar. Después que el -doctor ordenó frecuentes y copiosas sangrías, añadió que era también -preciso dar de beber al enfermo agua caliente a cada paso, asegurando -que el agua en abundancia era el mayor específico contra todas las -enfermedades. Con esto concluyó su visita y se fué, diciéndonos a la -señora Jacinta y a mí que él salía por fiador de la salud del señor -canónigo con tal que se observase a la letra todo lo que acababa de -prescribir. El ama, que quizá juzgaba todo lo contrario de lo que él se -prometía de su método, le dió palabra de que se observaría con la más -escrupulosa exactitud. Con efecto, inmediatamente pusimos a calentar -agua, y como el doctor nos había encargado tanto que fuésemos liberales -de ella, luego le hicimos beber cinco o seis cuartillos; una hora -después repetimos lo mismo, y de tiempo en tiempo volvíamos a ello, de -manera que en el espacio de pocas horas le metimos un río de agua en -la barriga. Ayudándonos por otra parte el sangrador con la cantidad de -sangre que le sacaba, en menos de dos días pusimos al pobre canónigo a -las puertas de la muerte. - -Ya no podía más el buen eclesiástico, y presentándole yo un gran vaso -del soberano específico para que le bebiese, «¡Quita allá, amigo Gil -Blas!—me dijo con voz desmayada—. ¡Ya no puedo beber más! Conozco -que me es preciso morir a pesar de la gran virtud del agua y que no -me siento mejor aunque apenas me ha quedado en el cuerpo una gota -de sangre: prueba clara de que el médico más hábil y más sabio del -mundo no es capaz de prolongarnos un instante la vida cuando llegó el -término fatal. Es ya necesario disponerme para partir al otro mundo. -Anda, pues, y tráeme aquí un escribano, que quiero hacer testamento.» -Cuando oí estas palabras, que ciertamente no me desagradaron, -fingí entristecerme muchísimo, y disimulando la gana que tenía de -ejecutar cuanto antes el encargo que me acababa de dar, como hace -en tales casos todo heredero, «¡Oh, señor!—le respondí, dando un -profundo suspiro—. ¡No está su merced tan malo, por la misericordia -de Dios, que todavía no pueda esperar levantarse!» «¡No, no, hijo -mío!—repuso—. ¡Esto ya se acabó! Estoy viendo que sube la gota y que -la muerte se va acercando. Vé, pues, y haz cuanto antes lo que te he -mandado.» Conocí, efectivamente, que se le mudaba el semblante y que -iba perdiendo terreno por momentos, por lo cual, persuadido de que el -asunto estrechaba, marché volando a ejecutar lo que me había ordenado, -dejando con el enfermo a la señora Jacinta, la cual temía aún más que -yo que nuestro canónigo se nos muriese sin testar. Entréme en casa del -primer escribano que encontré. «Señor—le dije—, mi amo, el licenciado -Cedillo, está acabando; quiere hacer su última disposición y no hay -que perder tiempo.» Era el escribano un hombre rechoncho y pequeñito, -de genio alegre y amigo de bufonearse. «¿Qué médico le asiste?», -me preguntó. «El doctor Sangredo», le respondí. «¡Pues vamos, vamos -aprisa—repuso él, cogiendo apresuradamente la capa y el sombrero—, -porque ese doctor es tan expeditivo que no da lugar a los enfermos para -llamar a los escribanos! ¡Es un hombre que me ha hecho perder muchos -testamentos!» - -Diciendo esto, salimos juntos, andando aceleradamente para llegar -antes que el enfermo entrase en la agonía; y yo dije en el camino al -escribano: «Ya sabe usted que a un pobre testador cuando está enfermo -suele faltarle la memoria, por lo cual suplico a usted que, si es -menester, le haga algún recuerdo de mi lealtad y de mi celo.» «Yo te -lo prometo—me respondió—, y fíate de mi palabra, pues es justo que -un amo recompense a un criado que le ha servido bien; y así, por poco -que le vea inclinado a pagar tus servicios, le exhortaré a que te -deje alguna buena manda.» Cuando llegamos a casa, hallamos todavía al -enfermo despejado y con todos sus sentidos. Estaba junto a él la señora -Jacinta, bañado el rostro en lágrimas. Acababa de hacer bien su papel, -disponiendo al canónigo a que le dejase lo mejor que tenía. Quedó -el escribano solo con el amo, y los dos nos salimos a la antesala, -donde encontramos al sangrador, que venía a hacerle otra sangría. -«¡Deténgase, maese Martín!—le dijo el ama—. Ahora no puede entrar, -porque está su merced haciendo testamento. Le sangraréis a vuestro -placer luego que acabe.» - -Estábamos con gran temor la beata y yo de que muriese en el mismo -acto de testar; pero, por fortuna, se formalizó el instrumento -que nos ocasionaba aquella inquietud. Vimos salir al escribano, -que encontrándome al paso, dándome una palmadita en el hombro y -sonriéndose, me dijo: «¡No has sido echado en olvido, Gil Blas!», -palabras que me llenaron de alborozo. Y agradecí tanto la memoria que -mi amo había hecho de mí, que ofrecí encomendarle muy de veras a Dios -después de su muerte, la que tardó poco en suceder, porque habiéndole -sangrado otra vez el sangrador, el pobre viejo, que ya estaba casi -exangüe, expiró en el mismo momento. Apenas acababa de exhalar el -último suspiro, cuando entró el médico, que se quedó cortado y mudo, -no obstante de estar tan acostumbrado a despachar cuanto antes a sus -enfermos. Con todo eso, lejos de atribuir su muerte a tanta agua y -a tantas sangrías, volvió las espaldas, diciendo con frialdad que -había muerto porque le habían sangrado poco y no dádole bastante agua -caliente. El ejecutor de la medicina, quiero decir el sangrador, viendo -que ya no era necesario su ministerio, se marchó también, siguiendo al -doctor Sangredo, diciendo uno y otro que desde el primer día habían -desahuciado al licenciado. Y, en efecto, casi nunca se engañaban cuando -pronunciaban semejante fallo. - -Luego que vimos muerto a nuestro amo, la señora Jacinta, Inesilla y yo -comenzamos un concierto de fúnebres alaridos, y tales que se oyeron en -toda la vecindad. La beata, sobre todo, que tenía mayor motivo para -estar alegre, levantaba el grito con lamentos tan funestos que parecía -la mujer más afligida del mundo. En un instante se llenó la casa de -gente, atraída más de curiosidad que de compasión. Los parientes del -difunto se presentaron también muy pronto, y hallaron tan desconsolada -a la beata que se persuadieron que el canónigo había muerto _ab -intestato_. Pero tardó poco en abrirse a presencia de todos el -testamento, dispuesto con las formalidades necesarias; y cuando vieron -que el testador dejaba las mejores alhajas a la señora Jacinta y a la -niña, pronunciaron una oración fúnebre del canónigo poco decorosa a su -memoria, motejando al mismo tiempo a la beata, sin olvidarme a mí, que -verdaderamente lo merecía. El licenciado—¡en paz sea su alma!—, para -obligarme a que no me olvidase de él en toda mi vida, se explicaba así -en el artículo del testamento que hablaba conmigo: «Item, por cuanto -Gil Blas es un mozo que tiene algún baño de literatura, para que acabe -de perfeccionarse y se haga hombre sabio, le dejo mi librería con todos -los libros y manuscritos, sin exceptuar ninguno.» - -No sabía yo dónde podía estar la tal soñada librería, porque en -ninguna parte de la casa la había visto jamás. Sólo había sobre una -tabla en el cuarto del canónigo cinco o seis libros con algún legajo -de papeles, y los tales libros no podían servirme para nada. Uno se -titulaba _El cocinero perfecto_; otro trataba de la indigestión y del -modo de curarla; los demás eran las cuatro partes del _Breviario_, -medio roídas de la polilla. En cuanto a los manuscritos, el más curioso -era todos los autos de un pleito que había seguido el canónigo para -conseguir la prebenda. Después que examiné mi legado con mayor atención -de la que él se merecía, se lo cedí a los parientes del difunto, que -tanto me lo habían envidiado. Entreguéles también el vestido que tenía -a cuestas y volví a tomar el mío, contentándome con que me pagasen -mi salario, y fuíme a buscar otra conveniencia. Por lo que toca a -la señora Jacinta, además del dinero y alhajas que el canónigo le -había dejado, se levantó con otras muchas cosas que ocultamente había -depositado en su buen amigo durante la enfermedad del difunto. - - - - -CAPÍTULO III - -Entra Gil Blas a servir al doctor Sangredo y se hace famoso médico. - - -Resolví ir a buscar al señor Arias de Londoña para escoger en su -registro otra casa donde servir; pero cuando estaba muy cerca del -rincón donde vivía, me encontré con el doctor Sangredo, a quien no -había visto desde la muerte de mi amo, y me atreví a saludarle. -Conocióme inmediatamente, aunque estaba en otro traje, y mostrando -particular gusto de verme, «Hijo mío—me dijo—, ahora mismo iba -pensando en ti. He menester un criado y tú eres el que me conviene, con -tal que sepas leer y escribir.» «Como usted—dije—no pida más, délo -todo por hecho.» «Pues siendo así—replicó—, vente conmigo, porque -tú eres el hombre que yo busco. En mi casa lo pasarás alegremente; te -trataré con distinción; no te señalaré salario, pero nada te faltará. -Cuidaré de vestirte con decencia, te enseñaré el gran secreto de curar -todo género de enfermedades y, en una palabra, más serás discípulo mío -que criado.» - -Acepté la proposición del doctor, con la esperanza de salir un célebre -médico bajo la dirección de tan gran maestro. Llevóme luego a su casa -para instruirme en el ministerio a que me destinaba. Reducíase éste a -escribir el nombre, la calle y casa donde vivían los enfermos que le -llamaban mientras él visitaba a otros parroquianos. Para este fin tenía -un libro en que asentaba todo lo dicho una criada vieja, a la cual se -reducía toda su familia; pero, sobre no saber palabra de ortografía, -escribía tan mal que, por lo común, no se podía comprender lo escrito. -Encargóme, pues, a mí este registro, que se podía intitular con razón -_Registro mortuorio o libro de difuntos_, porque morían casi todos -aquellos cuyos nombres se apuntaban en él. Escribía, por decirlo así, -los nombres de los que querían partir de este mundo, ni más ni menos -que en las casas de posta se apuntan los nombres de los que piden -carruaje o caballos. Estaba casi siempre con la pluma en la mano, -porque en aquel tiempo el doctor Sangredo era el médico más acreditado -de todo Valladolid, debiendo su reputación a una locuela especiosa -sostenida de cierto aire grave, y al mismo tiempo apacible, junto con -algunas afortunadas curas que fueron celebradas más de lo que merecían. - -Practicaba mucho la Facultad y, por consiguiente, le fructificaba bien. -No por eso el trato de su casa era el mejor. En ella se vivía muy -frugalmente. Garbanzos, habas y manzanas cocidas o queso era nuestra -comida ordinaria. Decía que estos alimentos eran los más convenientes -al estómago por ser más dóciles a la trituración. Con todo eso, aunque -los consideraba muy fáciles de digerir, no quería que nos hartásemos -de ellos, en lo que tenía mucha razón; pero si a la criada y a mí -nos prohibía comer mucho, en recompensa nos permitía beber agua sin -tasa. Lejos de andar en esto con escasez, nos decía muchas veces: -«¡Bebed, hijos míos! La salud consiste en que todas las partes de -nuestra máquina se conserven flexibles, ágiles y húmedas. Bebed agua -en abundancia, porque es el disolvente universal que precipita todas -las sales. ¿Está acaso detenido y lento el curso de la sangre? Ella le -acelera. ¿Está rápido y precipitado? Le detiene.» Estaba el buen doctor -tan persuadido de esto, que aun él mismo no bebía mas que agua, sin -embargo de hallarse ya en edad muy avanzada. Definía la vejez diciendo -que era una tisis natural que nos deseca y consume. Fundado en esta -definición, lamentaba la ignorancia de los que llaman al vino la _leche -de los viejos_. Sostenía que antes bien los desgasta y los destruye, -diciendo muy elegantemente que este licor, así para los viejos como -para todos los demás, era un amigo traidor y un gusto muy engañoso. - -A pesar de tan bellos raciocinios, a los ocho días que estuve en -aquella casa padecí una diarrea acompañada de crueles dolores de -estómago, lo que tuve la temeridad de atribuir al _disolvente -universal_ y a la mala calidad de los alimentos que comía. Quejéme -de esto al nuevo amo, esperando que al cabo vendría a condescender y -a darme algún poco de vino en las comidas; pero era muy enemigo de -este licor para tener semejante condescendencia. «Cuando te hayas -acostumbrado a beber agua—me dijo—, conocerás sus virtudes. Por lo -demás, si te disgusta mucho el agua pura, hay mil arbitrios inocentes -para corregir el desabrimiento de las bebidas acuosas. La salvia y la -betónica les comunica un gusto delicioso, y si quieres que lo sea mucho -más, mezcla un poco de flor de romero, de clavel o de amapola.» - -Por más que ponderase las excelencias del agua y por más que me -enseñase el modo de componer bebidas exquisitas sin que para nada fuese -necesario el vino, la bebía yo con tanta moderación que, advirtiéndolo -él, me dijo un día: «Ya no me admiro, Gil Blas, de que no goces una -perfecta salud, porque no bebes bastante, amigo mío. El agua bebida en -poca cantidad sólo sirve para remover la porción de la bilis y darle -mayor vigor y actividad, cuando es necesario anegarla en un diluyente -copioso. No temas, hijo, que la abundancia del agua te debilite ni -enfríe demasiado el estómago. Lejos de ti ese terror pánico con que -miras la frecuencia de tan saludable bebida. Yo salgo por fiador de su -buen efecto; y si no te satisface mi fianza, el divino Celso saldrá -a abonarla. Este oráculo latino hace un admirable elogio del agua, y -añade en términos expresos que los que por beber vino se excusan con la -debilidad del estómago levantan un falso testimonio a esta entraña para -encubrir su sensualidad.» - -Como hubiera sido cosa fea dar pruebas de indócil cuando daba principio -a la carrera de la Medicina, mostré que me hacía fuerza la razón y aun -confieso que efectivamente la creí. Proseguí, pues, en beber agua, -bajo la fe de Celso, o, por mejor decir, comencé a anegar la bilis -bebiendo en gran copia aquel licor; y aunque cada día me sentía más -desazonado, pudo más la preocupación que experiencia. Tenía, como se -ve, una admirable disposición para ser médico. Sin embargo, no pudiendo -resistir más a la violencia de los males que me atormentaban, tomé la -resolución de dejar la casa del doctor Sangredo; pero éste me honró -con nuevo empleo, el cual me hizo mudar de parecer. «Mira, hijo—me -dijo un día—, yo no soy de aquellos amos ingratos y duros que dejan -envejecer a los criados sin pasarles por el pensamiento el recompensar -sus servicios. Estoy contento contigo, te quiero y, sin aguardar a que -me hayas servido más tiempo, es mi ánimo hacerte dichoso. Ahora mismo -te voy a descubrir lo más sutil del saludable arte que profeso tantos -años ha. Los demás médicos piensan que consiste en el estudio penoso -de mil ciencias tan inútiles como dificultosas; yo intento abreviar -un camino tan largo y ahorrarte el trabajo de estudiar la Física, la -Farmacia, la Botánica y la Anatomía. Sábete, amigo, que para curar todo -género de males no es menester más que sangrar y beber agua caliente. -Este es el gran secreto para curar todas las enfermedades del mundo. -Sí; este maravilloso secreto que yo te comunico, y la Naturaleza -no ha podido ocultar a mis profundas observaciones, manteniéndose -impenetrable a mis hermanos y compañeros, se reduce a solos dos puntos: -sangrías y agua caliente, uno y otro en abundancia. No tengo más que -enseñarte. Ya sabes de raíz toda la Medicina; y si te aprovechas de -mis largas experiencias, serás tan gran médico como yo. Al presente -me puedes aliviar mucho. Por las mañanas te estarás en casa a tener -cuenta del registro y por las tardes irás a visitar a mis enfermos. Yo -asistiré a la nobleza y al clero; tú visitarás a los del estado general -que me llamaren, y después de haber ejercido algún tiempo, haré que -te incorporen en nuestro gremio. He aquí, Gil Blas, que ya eres sabio -sin ser médico, cuando otros por muchos años, y la mayor parte toda la -vida, son médicos antes de ser sabios.» - -Di gracias al doctor por haberme puesto en tan poco tiempo en estado de -ser substituto suyo, y, en señal de mi agradecimiento, le ofrecí que -toda la vida seguiría a ciegas sus opiniones, aunque fuesen contrarias -a las del mismo Hipócrates. Pero esta palabra no era del todo sincera, -porque no podía conformarme con su opinión acerca del agua, y en mi -corazón determiné beber vino siempre que fuese a visitar mis enfermos. -Segunda vez me desnudé de mi vestido y tomé otro de mi amo para -presentarme en traje de médico. Hecho esto, me dispuse a practicar la -Medicina a costa de los pobres que cayesen en mis manos. Tocóme dar -principio por un alguacil que adolecía de un dolor de costado. Dispuse -le sangrasen sin piedad y que no se negasen a darle de beber agua -caliente con abundancia. Entré después en casa de un pastelero a quien -la gota le hacía poner los gritos en el cielo. No tuve más compasión de -su sangre que de la del alguacil y fuí muy liberal en mandarle dar agua -caliente. Valiéronme doce reales las dos visitas, y quedé tan contento -con el nuevo ejercicio que sólo deseaba cosecha de enfermos y achacosos. - -Al salir de casa del pastelero me encontré con Fabricio, a quien no -había visto desde la muerte del licenciado Cedillo. Miróme atento y -atónito por algún tiempo, y después dió una carcajada tan grande que -parecía iba a reventar de risa. No dejaba de tener razón: llevaba -yo una capa tan larga que me llegaba a los talones; la chupa y el -calzón eran tan anchos que sobraban mucho para dos cuerpos como el -mío. En fin, mi figura podía pasar por original y grotesca. Dejéle -desahogarse, y aun yo mismo le hubiera acompañado si no me contuviera -el decoro de la calle y la representación de médico, que no es un -animal risible. Si mi ridículo traje había movido a risa a Fabricio, -mi seriedad se la aumentó, y después que se rió cuanto quiso, «¡Por -cierto, Gil Blas—exclamó—, que estás estrafalariamente puesto! -¿Quién diablos te ha disfrazado así?» «¡Poco a poco, Fabricio, poco a -poco y trata con todo respeto a un nuevo Hipócrates! Sábete que soy -substituto del doctor Sangredo, médico el más famoso de Valladolid. -Tres semanas ha que estoy en su casa, y en este breve tiempo me ha -enseñado radicalmente la Medicina; de manera que, como él no puede -visitar a todos los enfermos que le llaman, visito yo una parte de -ellos para aliviarle. El asiste a la gente principal y yo a la plebe.» -«¡Bellamente!—replicó Fabricio—. Eso, en buen romance, quiere decir -que te ha cedido la sangre plebeya y él se ha guardado la ilustre. -Doite el parabién de la parte que te ha tocado, que en mi concepto -es la mejor, porque a un médico le conviene más ejercer su Facultad -con la gente pobre que con la opulenta. ¡Vivan los médicos de aldea y -de arrabal! Sus yerros son menos sabidos y no meten tanta bulla sus -asesinatos. Sí, amigo, tu suerte me parece la más envidiable, y por -hablar a manera de Alejandro, si yo no fuera Fabricio querría ser Gil -Blas.» - -Para que el hijo del barbero Núñez conociese que no exageraba ni mentía -en alabar tanto mi presente condición, le mostré los doce reales del -alguacil y del pastelero, y después nos entramos los dos en una taberna -para beber a costa de ellos. Presentáronnos un vino bueno, el cual -me pareció mucho mejor de lo que era por la gran gana que tenía de -beberle. Echéme al cuerpo valientes tragos y, con licencia del oráculo -latino, al paso que iba bebiendo conocí que el estómago no se quejaba -de las injusticias que le había hecho. Detuvímonos bastante tiempo -Fabricio y yo en la taberna y nos burlamos largamente de nuestros amos, -como es uso y costumbre entre todos los criados. Viendo que se acercaba -la noche, nos retiramos, quedando apalabrados de volvernos a ver la -tarde siguiente en el mismo paraje. - - - - -CAPÍTULO IV - -Prosigue Gil Blas ejerciendo la Medicina con tanto acierto como -capacidad. Aventura de la sortija recobrada. - - -No bien había yo entrado en casa, cuando también volvió a ella el -doctor Sangredo. Informéle de los enfermos que había visitado y le puse -en la mano ocho reales que restaron de los doce que me habían valido -mis recetas. «Ocho reales—me dijo—por dos visitas son poca cosa; pero -al fin es preciso recibir lo que nos dieren.» Tomólos, y, embolsándose -los seis, me dió sólo dos. «Toma, Gil Blas—prosiguió—; ahí te doy -para que empieces a juntar un capital, pues desde luego te cedo la -cuarta parte de lo que me toca. Presto serás rico, amigo mío, porque -este año, queriendo Dios, habrá muchas enfermedades.» - -Contentéme, y con razón, pues habiendo resuelto quedarme con la -cuarta parte de lo que recibía y cediéndome el doctor la otra cuarta -parte de lo que yo le entregaba, venía a tocarme, si no me engaña -mi aritmética, la mitad de lo que realmente percibía. Esto me dió -nuevo aliento para aplicarme a la Medicina. Al día siguiente, luego -que comí, volví a echarme a cuestas el hábito de substituto y salí a -campaña. Visité muchos enfermos de los que yo mismo había sentado en -el libro y a todos les receté los mismos medicamentos, aunque padecían -diferentes enfermedades. Hasta aquí las cosas iban viento en popa y -ninguno, gracias al Cielo, se había alborotado contra mis recetas. -Pero nunca faltan censores del método de un médico, por excelente que -sea. Entré en casa de un droguero que tenía un hijo hidrópico, y me -encontré con cierto mediquillo, de color amulatado, que se llamaba -el doctor Cuchillo, llevado allí por un pariente del mercader. Hice -profundas cortesías a todos los circunstantes, pero particularmente al -tal figurilla, que me persuadí había sido llamado para consultar sobre -la enfermedad que teníamos entre manos. Saludóme con mucha gravedad, -y después de haberme mirado atentamente, «Señor doctor—me dijo—, yo -conozco a todos los médicos de Valladolid, hermanos y compañeros míos, -pero confieso que la fisonomía de usted es para mí enteramente nueva, -por lo que es preciso que usted haya venido a establecerse a esta -ciudad de muy poco tiempo a esta parte.» «Yo, señor—le respondí—, -soy un joven pasante que ejerzo a la sombra y bajo los auspicios del -doctor Sangredo, tan conocido en este pueblo y en toda la comarca.» -«Doy a usted la enhorabuena—me replicó cortésmente—de que haya -adoptado el método de un hombre tan grande. No dudo que será usted -habilísimo, aunque tan mozo todavía.» Dijo esto con tanta naturalidad -que no pude discernir si hablaba de veras o si se burlaba de mí. Estaba -pensando en lo que había de replicar, cuando el droguero tomó la -palabra y nos dijo: «Señores, tengo por cierto que ustedes saben uno y -otro perfectamente la Medicina, y así, les suplico que, si gustan, se -sirvan consultar entre los dos qué es lo que debo hacer para lograr el -consuelo de ver bueno a mi hijo.» - -Oyendo esto el doctorcillo, comenzó a observar al enfermo, y habiéndome -hecho notar todos los síntomas que descubrían la naturaleza de -la enfermedad, me preguntó de qué manera pensaba yo curarla. «Mi -parecer es—le respondí—que se le sangre todos los días y que se le -dé a beber agua caliente en abundancia.» Al oír esto el mediquín, -preguntó sonriéndose con aire socarrón: «¿Y cree usted que con esos -excelentes remedios se le salvará la vida al enfermo?» «¡Y cómo que -lo creo!—respondí animoso—. Sin duda se conseguirá ese efecto, pues -son unos específicos contra todo género de males; y si no, que lo diga -el doctor Sangredo.» «Según eso—replicó el doctor Cuchillo—, se -engaña mucho Celso, y escribió un gran disparate asegurando que para -facilitar la curación de un hidrópico es conveniente dejarle padecer -hambre y sed.» «¡Oh!—le respondí—. Yo no tengo a Celso por oráculo. -Engañóse, como se engañaron otros, y algunas veces me complazco en ir -contra sus opiniones.» «Conozco por la explicación de usted—repuso -Cuchillo—la práctica segura y buena que el doctor Sangredo quiere -inspirar a todos los profesores jóvenes. La sangría y la bebida es -su medicamento universal, por lo que no me admiro ya de que tantos -hombres honrados perezcan en sus manos.» «Dejémonos de invectivas—le -interrumpí yo con sequedad—; no está bien en un hombre de la profesión -de usted tocar esta tecla. Sin sacar sangre y sin dejarles beber se han -enviado muchos hombres a la sepultura, y quizá usted habrá despachado -a ella más que otros. Si usted tiene algo contra el señor Sangredo, -escriba impugnándole, que no dejará, ciertamente, de responder, y -entonces veremos quién es el que queda vencido.» «¡Por San Pedro y -San Pablo—prorrumpió lleno de cólera el doctorcillo—, que usted no -conoce al doctor Cuchillo! ¡Sepa, pues, amigo mío, que tengo garras -y colmillos y que de ningún modo me causa miedo Sangredo, el cual, -mal que le pese a su vanidad y presunción, en suma no es mas que un -original sin copia!» La figura del mediquillo me hizo despreciar su -cólera. Respondíle con enfado; correspondióme con el mismo, y en breve -vinimos a las manos. Dímonos algunas puñadas y nos arrancamos uno a -otro porción de pelos antes que el droguero y su parienta nos pudiesen -separar. Luego que lo hubieron conseguido, pagáronme la visita e -hicieron quedar a mi antagonista, que verosímilmente les pareció más -hábil que yo. - -Después de esta aventura falté poco para que me sucediese otra. Fuí -a visitar a cierto sochantre que estaba con calentura. Apenas me oyó -hablar de agua caliente, cuando se mostró tan rebelde a este remedio -que comenzó a dar votos. Díjome mil desvergüenzas y aun me amenazó de -que me echaría por la ventana. Salí de aquella casa más de prisa de lo -que había entrado. No quise visitar más enfermos aquel día y me fuí -derecho a la taberna de lo caro, donde la víspera habíamos quedado -apalabrados Fabricio y yo. Como ambos teníamos buenas ganas de beber, -lo hicimos perfectamente, y después nos retiramos cada uno a su casa, -en buen estado ambos; quiero decir, moros van, moros vienen. No conoció -el doctor Sangredo el achaque de que yo adolecía, porque le conté con -tanta energía lo que me había sucedido con el doctorcillo que atribuyó -mis descompasadas acciones y mis palabras mal articuladas al enojo y -cólera que me había causado el lance que le refería. Fuera de eso, -como él era interesado en el hecho, se alteró algo contra el doctor -Cuchillo; y así, me dijo: «Hiciste muy bien, Gil Blas, en volver por -el honor de nuestros remedios contra aquel aborto, o, por mejor decir, -embrión de nuestra Facultad. Pues qué, ¿piensa el grandísimo ignorante -que no se deben administrar a los hidrópicos bebidas acuosas? ¡Pobre -mentecato! Pues yo defenderé delante de todo el mundo que con el agua -se puede curar todo género de hidropesías y que es un específico -igualmente adaptado para éstas como para los reumatismos y opilaciones. -Es también muy propia para aquel género de calenturas que por una parte -abrasan al enfermo y por otra le hielan, y es maravilloso remedio para -todas aquellas enfermedades que se atribuyen a humores fríos, serosos, -flemáticos y pituitosos. Esta opinión sólo parece extraña a los -principiantes, cual es Cuchillo, incapaces de discurrir como filósofos; -pero es muy probable en buena Medicina; y si ellos fueran capaces de -penetrar la razón en que se funda, en vez de desacreditarme llegarían a -ser mis mayores apasionados.» - -Tanta era su cólera, que ni aun le pasó siquiera por el pensamiento -que yo hubiese bebido, pues, por irritarle más, adredemente había yo -añadido algunas circunstancias de mi pegujal o de mi fecunda inventiva. -Con todo eso, aunque estaba tan ocupado en lo que le acababa de contar, -no dejó de advertir que aquella noche había yo bebido más agua de lo -que acostumbraba, porque, con efecto, el vino me había dado muchísima -sed. Otro que no fuese el doctor Sangredo habría maliciado un poco -de aquella grande sed que me aquejaba y de los sendos vasos de agua -que bebía; pero él creyó buenamente que yo iba aficionándome a las -bebidas acuosas, y así, me dijo sonriéndose: «Amigo Gil, a lo que -veo, ya parece que no tienes tanta enemistad con el agua. ¡Por vida -mía, que la bebes como pudieras el más delicioso néctar! No me admiro -de eso, porque ya sabía yo que con el tiempo te acostumbrarías a este -soberano licor.» «Señor—le respondí—, bien dice aquel refrán: _Cada -cosa a su tiempo y los nabos en adviento_. Lo que es ahora, crea su -merced que daría yo una cuba entera de vino por una sola azumbre de -agua.» Quedó tan encantado el doctor con esta respuesta, que tomó de -ella ocasión para ponderar las excelencias de aquella bebida. Hizo -nuevamente su panegírico, no ya como panegirista frío, sino como un -orador entusiasmado. «Mil y aun mil millones de veces—exclamó—eran -más estimables y más inocentes que las tabernas de nuestros tiempos -las termópilas de los siglos pasados, donde no se iba a malgastar -vergonzosamente la hacienda y la vida anegándose en el vino, sino -que concurrían allí a divertirse honestamente y a beber sin riesgo -agua caliente en abundancia. Nunca se admirará bastantemente la -sabia previsión de los antiguos gobernadores de la vida civil, que -instituyeron lugares públicos donde cada uno pudiese libremente acudir -a beber agua a su satisfacción, haciendo encerrar el vino en las -cuevas de los boticarios, con severa prohibición de que ninguno le -pudiese beber si no le recetaba el médico. ¡Oh qué rasgo de prudencia! -Sin duda—añadió—que por una reliquia de la antigua frugalidad, -digna del siglo de oro, se conservan aún el día de hoy algunas pocas -personas que, como tú y como yo, solamente beben agua, persuadidas de -que evitarán o curarán todos los males bebiendo agua caliente que no -haya hervido, porque tengo observado que la hervida es más pesada y -no la abraza tan bien el estómago como la que sin hervir llega sólo -a calentarse.» Más de una vez temí reventar de risa mientras mi amo -discurría en el asunto con tanta elocuencia. Con todo eso, me mantuve -serio, y aun hice más, pues mostré ser del mismo sentir que el doctor -Sangredo: abominé del uso del vino y me compadecí de los hombres que -tenían la desgracia de pagarse de una bebida tan perniciosa. Después de -esto, como todavía me sentía con sobrada sed, llené de agua caliente -una gran taza y de una asentada me la eché toda al cuerpo. «¡Vamos, -señor—dije a mi amo—, hartémonos de este benéfico licor y resucitemos -en esta casa aquellas antiguas termópilas, de cuya falta tanto se -lamenta usted!» Celebró mucho estas palabras, y por más de una hora -entera me estuvo exhortando a que bebiese siempre agua. Prometíle que -la bebería toda la vida, y para cumplir mejor mi palabra me acosté con -firme propósito de ir todos los días a la taberna. - -El lance pesado que había tenido en casa del droguero no me quitó -el gusto de ir a recetar el día siguiente sangrías y agua caliente. -Al salir de la casa de un poeta que estaba frenético me encontré -con una vieja, la cual se llegó a mí y me preguntó si era médico. -Respondíle que sí, y ella me suplicó con mucha humildad me sirviese -acompañarla a su casa, donde estaba indispuesta su sobrina, que se -sentía mala desde el día anterior, ignorando cuál fuese su enfermedad. -Seguíla, y guiándome a su casa, me hizo entrar en un cuarto adornado -de muebles muy decentes, donde vi una mujer en cama. Acerquéme a ella -para observarla. Desde luego me llamó la atención su fisonomía, y -después de haberla mirado por algunos momentos reconocí, sin quedarme -género de duda, que era aquella misma aventurera que había hecho tan -perfectamente el papel de Camila. Por lo que a ella toca, me pareció -que no me había conocido, ya fuese por tenerla abatida el mal o ya -por el traje de médico en que me veía. Toméle el pulso y vi que tenía -puesta mi sortija. Sentí una terrible conmoción al reconocer una -alhaja a la cual tenía yo tanto derecho, y estuve fuertemente tentado -a quitársela por fuerza; pero sabiendo que las mujeres luego comienzan -a gritar, y temiendo acudiese a su defensa el dichoso don Rafael o -algún otro de tantos protectores como tiene siempre el bello sexo -para acudir a sus gritos, resistí a la tentación. Parecióme que sería -mejor disimular por entonces, hasta consultar el caso con Fabricio. -Abracé, pues, este último partido. Mientras tanto, la vieja me apuraba -para que declarase el mal de que adolecía su postiza o su verdadera -sobrina. No fuí tan mentecato que quisiese confesar que no le conocía; -antes bien, haciendo de hombre sabio e imitando a mi maestro, dije con -mucha gravedad que todo dependía de falta de transpiración, y, por -consiguiente, que era menester sangrarla inmediatamente y humedecerla -bien haciéndole beber agua caliente en cantidad, para curarla según el -debido método. - -Abrevié la visita cuanto pude y fuíme derecho a buscar al hijo de -Núñez, a quien tardé poco en encontrar, porque iba a cierta diligencia -de su amo. Contéle mi nueva aventura y le pregunté si le parecía -conveniente me valiese de algunos alguaciles para recobrar mi alhaja, -prendiendo a Camila. «¡No, por cierto!—me respondió—. ¡No pienses -en tal disparate! Ese sería el medio más seguro para que nunca -vieses en tu mano la sortija. Esa gente no es muy inclinada a hacer -restituciones; y si no, acuérdate de lo que te sucedió en Astorga: tu -caballo, tu dinero, y hasta tu propio vestido, todo quedó en sus uñas. -Es necesario, pues, apelar a nuestra industria, si quieres recobrar tu -desgraciado diamante. Déjamelo pensar a mí mientras voy a dar un recado -de mi amo al proveedor del hospital; espérame en la taberna de que -somos parroquianos, y ten un poco de paciencia, que presto nos veremos.» - -Más de tres horas hacía que le estaba esperando, cuando al cabo -pareció. Al principio no le conocí, porque había mudado de traje; traía -el pelo trenzado y unos bigotes postizos que le tapaban la mitad de la -cara; del cinto le colgaba una espada larga, cuya cazoleta tenía por -lo menos tres pies de circunferencia, y marchaba al frente de cinco -hombres, todos con aire tan resuelto y determinado como él, llevando -igualmente sus grandes bigotes y espadas largas. «¡Servidor, señor -Gil Blas!—me dijo acercándose a mí con resolución y despejo—. Aquí -tiene usted un alguacil de nuevo cuño, y en esta honrada gente que me -acompaña unos corchetes del mismo temple. Sólo queda a cargo de usted -el guiarnos a casa de la mujer que le robó el diamante, y le empeño mi -palabra de que le recobrará.» Abracé a Fabricio luego que le oí estas -palabras, conociendo por ellas la estratagema que había inventado para -favorecerme, aprobando mucho semejante arbitrio. Saludé también a los -fingidos ministriles, los cuales eran tres criados y dos mancebos de -barbero, todos amigos suyos, a quienes había metido en que hiciesen -aquel papel. Mandé trajesen vino para que refrescase la ronda, y a la -entrada de la noche nos encaminamos a casa de Camila. Llamamos a la -puerta, que ya encontramos cerrada. Vino a abrirla la vieja; y creyendo -que eran ministros de justicia los que venían conmigo y que no iban a -su casa sin algún mal fin, se llenó la pobre de miedo. «No se turbe, -madre—le dijo Fabricio—, que no venimos por mal, sino a un negocio -de poca importancia que presto se evacuará.» Diciendo esto, nos fuimos -introduciendo hasta el cuarto de la enferma, guiándonos la vieja, que -iba delante alumbrando con una vela en un candelero de plata. Tomé el -candelero, y acercándome a la cama de Camila, aplicando la luz a mi -cara para que me viese mejor, «¡Infame!—le dije—. ¿Conoces ahora -a aquel crédulo de Gil Blas a quien tan villanamente engañaste? ¡En -fin, ya te encontré, bribonaza! El corregidor dió oídos a mi querella -y orden a estos señores de arrestarte y encerrarte en un calabozo. -¡Ea, pues, señor alguacil—dije a Fabricio—, cumpla con lo que le han -mandado y haga lo que le toca!» «¡No necesito—respondió con voz bronca -y desabrida—que ninguno me acuerde mi obligación! ¡Ya tengo noticia -de esta buena alhaja, pues tiempo ha que está escrita y registrada en -mi libro de memoria! ¡Levántese, reina mía, y vístase pronto, que yo -tendré la fortuna de irla sirviendo de escudero, si lo lleva a bien, -hasta la cárcel pública de esta ciudad!» - -Al oír esto Camila, aunque parecía tan postrada, advirtiendo que dos -ministriles se disponían a sacarla por fuerza de la cama, se sentó en -ella, y juntas las manos, en tono suplicante, mirándome con ojos en -que se veía pintado el desconsuelo y el terror, «¡Señor Gil Blas—me -dijo—, apiádese usted de mí! ¡Esto se lo pido por aquella su casta -madre, que le dió a luz después de haberle tenido nueve meses en -sus maternales entrañas! Aunque confieso mi culpa, todavía fuí más -desgraciada que delincuente. ¡Voy a restituirle su diamante, y por amor -de Dios no me pierda!» Diciendo esto se sacó la sortija y me la puso en -la mano. Pero yo le respondí que no me contentaba con sólo el diamante, -sino que también quería se me restituyesen los mil ducados que se me -habían robado en la posada. ¡Señor—replicó ella—, los mil ducados no -me los pida usted a mí; pídaselos al traidor de don Rafael, a quien no -he visto desde entonces acá, que aquella misma noche se los llevó.» -«¡Ah buena maula!—interrumpió Fabricio—. Pues qué, ¿no hay más que -decir que no tuviste arte ni parte en ello para darte por legítimamente -disculpada? Basta que hayas sido cómplice del don Rafael para que se -te pida estrecha cuenta de toda tu vida pasada. ¡Sin duda que tendrás -archivadas en la conciencia bellas cosas! ¡Ven, ven a la cárcel, donde -harás una buena confesión general! También quiero llevar en tu compañía -a esta buena vieja, a quien juzgo impuesta en una infinidad de lances -curiosos, que al señor corregidor no le pesará saber.» - -Al oír esto las dos mujeres, no omitieron medio alguno para movernos -a piedad. Alborotaron la casa a gritos, llantos y lamentos. Mientras -la vieja, puesta de hinojos, ya delante del alguacil, ya delante de -los ministriles, procuraba excitar su compasión, Camila, del modo más -tierno y patético del mundo, me suplicaba y conjuraba la librase de -manos de la justicia. Era éste un espectáculo digno de verse. Fingí -ablandarme y dije al hijo de Núñez: «Señor alguacil, puesto que ya he -recobrado mi diamante, se me da poco de lo demás. No deseo se aflija a -esta pobre mujer, porque no quiero la muerte del pecador.» «¡Bueno por -cierto!—me respondió—. ¡Usted es muy compasivo y no valía un pepino -para alguacil! Yo no puedo menos de cumplir con mi obligación, y el -señor corregidor expresamente me mandó prendiese a estas princesas, -porque quiere su señoría hacer con ellas un ejemplar que sirva de -escarmiento.» «Hágame usted el favor—le repliqué—de hacer por mí -alguna cosa y suavizar un tantico el rigor de la orden en favor del -regalo que estas damas le quieren hacer en corta demostración de su -agradecimiento.» «¡Oh señor doctor!—repuso Fabricio—. ¡Ese es otro -cantar! ¡No puedo resistir a esa figura retórica usada tan a tiempo! -¡Ea, pues; veamos lo que me quieren regalar!» «Daréle a usted—dijo -Camila—un collar de perlas y unos pendientes de piedras que valen buen -dinero.» «¡Sí—respondió Fabricio taimadamente—, con tal que no sean -de las que te envió tu tío el gobernador de Filipinas, porque esas -no las quiero!» «Os aseguro que son finas», dijo Camila. Y al mismo -tiempo mandó a la vieja trajese una cajita donde estaban el collar -y los pendientes, que ella misma puso en manos del señor alguacil; -y aunque era tan diestro lapidario como yo, no dejó de conocer, sin -quedarle ninguna duda, que eran finas así las piedras de los pendientes -como las perlas del collar. «Estas alhajas—dijo después de haberlas -mirado atentamente—me parecen de buena ley; y si se añade a ellas el -candelero de plata que el señor Gil Blas tiene en la mano, no respondo -ya de mi obediencia al señor corregidor.» «No creo—dije entonces a -Camila—que por semejante friolera quiera usted deshacer un convenio -que le tiene tanta cuenta.» Diciendo y haciendo, quité la vela del -candelero, se la entregué a la vieja y alargué éste a Fabricio, que, -contentándose con ello, quizá porque no vió en la sala ninguna otra -cosa de precio que se pudiese llevar fácilmente, dijo a las dos -mujeres: «¡Adiós, reinas mías! Y pierdan cuidado, que voy a hablar al -señor corregidor y a dejarlas más puras y más blancas que la misma -nieve. Nosotros le sabemos pintar las cosas como queremos, y nunca -le hacemos relación que no sea verdadera sino cuando tenemos algún -poderoso motivo que nos obligue a desfigurar un poco la verdad.» - - - - -CAPÍTULO V - -Prosigue la aventura de la sortija; deja Gil Blas la Medicina y se -ausenta de Valladolid. - - -Ejecutado tan felizmente el admirable proyecto de Fabricio, salimos de -casa de Camila alabándonos de un suceso que había superado nuestras -esperanzas, porque sólo habíamos ido a recobrar una sortija y nos -llevamos lo demás sin ceremonia ni el menor remordimiento. Lejos -de hacer escrúpulos de haber robado a dos mujeres del partido, -creíamos haber hecho un acto meritorio. «Señores—dijo Fabricio luego -que estuvimos en la calle—, soy de parecer que para coronar esta -bella hazaña vayamos a nuestra taberna de lo caro, donde pasaremos -alegremente la noche. Mañana venderemos el collar, los pendientes y -el candelero, haremos nuestras cuentas y repartiremos el dinero como -hermanos. Hecho esto, cada uno se irá a su casa y discurrirá lo que -mejor le pareciere para excusarse de haber pasado la noche fuera de -ella.» Tuvimos por muy prudente y juicioso el pensamiento del señor -alguacil. Volvimos, pues, todos a nuestra taberna, pareciéndoles a unos -que fácilmente encontrarían algún buen pretexto para disculpar el haber -dormido fuera y no dándoseles a otros un pito que los despidiesen sus -amos. - -Dióse orden de que se nos dispusiese una buena cena, y nos sentamos -a la mesa con tanto apetito como alegría. Durante ella se suscitaron -especies muy graciosas, sobre todo Fabricio, que era fecundísimo y -hombre de gran talento para mantener siempre viva la conversación y -divertir a toda la compañía. Ocurriéronle mil dichos llenos de sal -española, que nada debe a la sal ática; pero estando en lo mejor de la -diversión y de la risa, turbó nuestra alegría un lance inesperado y -sumamente desagradable. Entró en el cuarto donde estábamos un hombre -bastante bien plantado, a quien acompañaban otros dos de muy mala -catadura. Tras éstos entraron otros tres, y, en fin, de tres en tres -fueron entrando hasta doce, todos con espadas, carabinas y bayonetas. -Conocimos que eran ministros verdaderos de justicia y fácilmente -penetramos su intención. Al principio pensamos en defendernos; pero en -un instante nos rodearon y nos contuvieron, así por su mayor número -como por el respeto que tuvimos a las armas de fuego. «Señores—nos -dijo el comandante con cierto airecillo burlón—, tengo noticia de la -ingeniosa invención con que ustedes han recobrado de mano de cierta -aventurera no sé qué preciosa sortija. La estratagema fué ingeniosa y -excelente; tanto, que merece ser públicamente premiada, recompensa que -no se les puede a ustedes negar. La justicia, que tiene destinado a -ustedes digno alojamiento en su misma casa, no dejará, ciertamente, de -premiar un esfuerzo tan raro de ingenio.» Turbáronse a estas palabras -todas las personas a quienes se dirigían y mudamos todos de tono y -de semblante, llegándonos la vez de experimentar el mismo terror que -habíamos causado en casa de Camila. Sin embargo, Fabricio, aunque -pálido y casi muerto, intentó disculparnos. «Señor—dijo trémulo—, -nuestra intención fué sin duda buena, y en gracia de ella se nos -puede perdonar aquella inocente superchería.» «¡Qué diablos!—replicó -el comandante con viveza—. ¿A eso llamas tú superchería inocente? -¿Ignoras por ventura que huele a cáñamo o, cuando menos, a baqueta -esa inocente superchería? Fuera de que a ninguno le es lícito hacerse -justicia a sí mismo por su propia mano, os llevasteis, además de la -sortija, un collar de perlas, un candelero de plata y unos pendientes -de diamantes. Lo peor de todo es que para hacer este robo os fingisteis -ministros de justicia. ¡Unos hombres miserables suponerse gente honrada -para hacer tal villanía y cometer semejante maldad! ¿Os parece ésta una -culpa venial que se lava con agua bendita? ¡Seréis muy dichosos si sólo -se echa mano de la penca para borrarla y castigarla!» Cuando llegamos -a comprender que la cosa era más seria de lo que nosotros habíamos -imaginado, nos echamos todos a sus pies y le suplicamos con lágrimas -que se apiadase de nosotros y de nuestra inconsiderada juventud; pero -todos nuestros clamores fueron inútiles. Despreció con indignación la -propuesta que le hicimos de cederle el collar, los pendientes y el -candelero. Tampoco quiso admitir la sortija, que verdaderamente era -mía, quizá porque se la ofrecía a presencia de tantos testigos. En -fin, estuvo inexorable. Hizo desarmar a mis compañeros y nos llevó a -todos a la cárcel. En el camino me contó uno de los alguaciles que, -habiendo sospechado la vieja que vivía con Camila que no éramos gente -de justicia, nos había seguido a lo lejos hasta la taberna, y que, -teniendo modo de ocultarse y confirmar sus sospechas, dió prontamente -parte de todo a una ronda para vengarse de nosotros. - -En la cárcel nos registraron a todos hasta la camisa. Quitáronnos -el collar, los pendientes y el candelero, como también a mí aquella -sortija de rubíes de las Filipinas, que, por desgracia, había metido -en un bolsillo, sin dejarme siquiera los pocos reales que aquel día -me habían valido mis recetas, por donde conocí que los ministriles -de Valladolid sabían tan bien su oficio como los de Astorga y que -toda aquella gentecilla tenía unos mismísimos modales. Mientras nos -despojaban de dichas alhajas y de lo demás que encontraron, el cabo -de ronda refería nuestra aventura a los ejecutores del expolio. -Parecióles el negocio de tanta gravedad, que algunos nos pronosticaban -iríamos a la horca sin remedio, y otros, menos severos, decían que -la cosa se podría componer con doscientos azotes y algunos años de -servicio en las galeras. Mientras resolvía sobre esto el corregidor, -nos encerraron en un obscuro calabozo, donde dormimos sobre paja -extendida ni más ni menos que se extiende para que duerman los -caballos. Hubiera quizá durado esto largo tiempo y no habríamos salido -de allí sino para ir a galeras si al siguiente día, habiendo oído el -señor Manuel Ordóñez lo que había sucedido, no hubiese tomado a su -cargo hacer todo lo posible por sacar a Fabricio de la cárcel, lo que -no podía ser sin que a todos nos diesen libertad. Era un hombre que -estaba muy bienquisto en todo Valladolid, e hizo tantos empeños y -revolvió tanto que al cabo de tres días nos vimos todos libres, bien -que no salimos de la prisión como habíamos entrado. El collar, los -pendientes, y hasta mi pobre rubí, todo se quedó allá. Esto me trajo a -la memoria aquello de Virgilio: _Sic vos non vobis_, etc. - -Luego que nos vimos fuera de la cárcel, nos fuimos todos a buscar a -nuestros amos. Recibióme muy bien el doctor Sangredo y me dijo: «Mi -Gil Blas, no supe tu desgracia hasta esta mañana, y estaba pensando en -empeñarme fuertemente por ti. Es menester, amigo, no desconsolarse ni -acobardarse por este accidente; antes bien, ahora más que nunca te has -de aplicar a la Medicina.» Respondíle que éste era mi ánimo; y, con -efecto, me apliqué enteramente a ella. Lejos de faltarme que trabajar, -nunca hubo más enfermos, como lo había pronosticado mi amo. Acometieron -fiebres epidémicas en la ciudad y arrabales. Teníamos que visitar cada -uno todos los días ocho o diez enfermos, por lo que se deja conocer -que se bebería mucha agua y que se derramaría gran porción de sangre. -Mas yo no sé cómo era esto: todos se nos morían, o porque nosotros -los curábamos mal—lo cual claro está que no podía ser—o porque eran -incurables las enfermedades. A raro enfermo hacíamos tercera visita, -porque a la segunda nos venían a decir que ya le habían enterrado -o, a lo menos, que estaba agonizando. Como todavía era yo un médico -nuevo, poco acostumbrado a los homicidios, me afligía mucho de los -sucesos funestos que me podían imputar. «Señor—dije un día al doctor -Sangredo—, protesto al cielo y a la tierra que observo exactamente -el método de usted; pero con todo, mis enfermos se van al otro mundo. -Parece que ellos mismos adredemente se quieren morir, no más que por -tener el gusto de desacreditar nuestros remedios. Hoy mismo encontré -dos que llevaban a enterrar.» «Hijo mío—me respondió—, poco más poco -menos, lo propio me sucede a mí. Pocas veces logro la satisfacción de -que sanen los enfermos que caen en mis manos; y si no estuviera tan -seguro de los principios que sigo, creería que mis medicamentos eran -enteramente contrarios a las enfermedades.» «Señor—le repliqué—, si -usted quisiera creerme, sería yo de sentir que mudásemos de método. -Probemos, por curiosidad, el usar en nuestras recetas de preparaciones -químicas; ensayemos el quermes; lo peor que podrá suceder será lo -mismo que experimentamos con nuestra agua y con nuestras sangrías.» -«De buena gana—me respondió—haría yo esa prueba si no fuera por un -inconveniente. Acabo de publicar un libro en que ensalzo hasta las -nubes el frecuente uso de la sangría y del agua. ¿Y ahora quieres tú -que yo mismo desacredite mi obra?» «¡Oh!—repuse yo—. Siendo así, -no es razón conceder ese triunfo a sus enemigos. Dirían que usted se -había desengañado y le quitarían el crédito. ¡Perezca antes el pueblo, -nobleza y clero, y llevemos nosotros adelante nuestro tema! Al cabo, -nuestros compañeros, a pesar de lo mal que están con la lanceta, no veo -que hagan más milagros que nosotros, y creo que sus drogas valen tanto -como nuestros específicos.» - -Fuimos, pues, continuando con nuestro método favorito, y en pocas -semanas dejamos más viudas y huérfanos que el famoso sitio de Troya. -Parecía que había entrado la peste en Valladolid: tantos eran los -entierros que se veían. Todos los días se presentaba en nuestra casa un -padre que nos pedía un hijo a quien habíamos echado a la sepultura o un -tío que se quejaba de que hubiésemos muerto a su sobrino; pero nunca -veíamos a ningún sobrino o hijo que viniese a darnos las gracias porque -con nuestros remedios habíamos dado la salud a su padre o a su tío. -Por lo que toca a los maridos, también eran prudentes, pues ninguno -vino a lamentarse de nosotros porque hubiese perdido a su mujer. Con -todo eso, algunas personas verdaderamente afligidas venían tal vez a -desahogar con nosotros su pena. Tratábannos de ignorantes, de asesinos, -de verdugos, sin perdonar los términos y voces más descompuestas, más -rústicas y más ignominiosas. Irritábanme sus epítetos groseros; pero -mi maestro, que estaba muy acostumbrado a ellos, los oía con la mayor -frescura y serenidad de ánimo. Acaso me hubiera yo también hecho con el -tiempo a oírlos con igual serenidad si el Cielo, quizá por librar de -este azote más a los enfermos de Valladolid, no hubiera suscitado un -accidente que desterró en mí la inclinación a la Medicina, que ejercía -con tan infeliz éxito, y el cual describiré fielmente, aunque el lector -se ría a mi costa. - -Había cerca de mi casa un juego de pelota, adonde concurría diariamente -toda la gente ociosa del pueblo, entre ella uno de aquellos valentones -y perdonavidas de profesión que se erigen en maestros y deciden -definitivamente todas las dudas que ocurren en semejantes parajes. Era -vizcaíno y hacía que le llamasen don Rodrigo de Mondragón. Parecía -como de treinta años, hombre de estatura ordinaria, seco y nervudo. -Sus ojos eran pequeños y centelleantes, que parecía daban vueltas en -las órbitas y que amenazaban a todos los que le miraban; una nariz muy -chata le caía sobre unos bigotes retorcidos, que en forma de media -luna le subían hasta las sienes. Su voz era tan áspera y desabrida -que bastaba oírla para cobrar terror. Este guapo se levantó con el -mando del juego de pelota. Resolvía soberana y decisivamente todas las -disputas que ocurrían entre los jugadores. No admitía más apelación -de sus sentencias que la espada o la pistola; el que no se conformaba -con ellas, tenía seguro al día siguiente un desafío. Este señor don -Rodrigo, tal cual le acabo de pintar, y sin que el don que siempre -iba delante de su nombre le quitase el ser plebeyo, hizo una tierna -impresión en el corazón de la dueña del juego. Tenía ésta cuarenta -años; era rica, bastante bien parecida, y había quince meses que estaba -viuda. No sé qué diablos la pudo enamorar de aquel hombre. Seguramente -que no se enamoró de él por su hermosura. Sería sin duda por aquel _no -sé qué_ de que todos hablan y ninguno sabe explicar. Como quiera que -sea, el hecho es que ella se enamoró de aquella rara figura y determinó -darle su mano. Cuando estaba ya para concluirse el tratado, cayó -gravemente enferma y, por su desgracia, me tocó a mí el ser su médico. -Aunque su enfermedad no hubiera sido de suyo tan maligna, bastarían -mis remedios para hacerla peligrosa. Al cabo de cuatro días llené de -luto el juego de pelota, porque envié a la dueña del juego a donde -enviaba a mis enfermos, y sus parientes se apoderaron de cuanto dejó. -Don Rodrigo, desesperado de haber perdido su novia, o, por mejor decir, -la esperanza de un matrimonio tan ventajoso, no satisfecho con vomitar -fuego y llamas contra mí, juró que me atravesaría de parte a parte con -la espada la primera vez que me viese. Dióme noticia de este juramento -un vecino mío caritativo y me aconsejó no saliese de casa para no -encontrarme con aquel diablo de hombre. Este aviso, que me pareció -no era de despreciar, me llenó de miedo y turbación. Continuamente -me imaginaba que veía entrar en casa al furioso vizcaíno, y este -pensamiento no me dejaba sosegar. Obligóme, en fin, a dejar la Medicina -y a buscar modo de librarme de semejante sobresalto. Volví a coger mi -vestido bordado, despedíme de mi amo, que por más que hizo no me pudo -contener, y al amanecer del día siguiente salí de la ciudad, temiendo -siempre encontrar a don Rodrigo de Mondragón en el camino. - - - - -CAPÍTULO VI - -A dónde se encaminó Gil Blas después que salió de Valladolid y qué -especie de hombre se incorporó con él. - - -Caminaba muy aprisa, y de cuando en cuando volvía a mirar atrás por -ver si me seguía el formidable vizcaíno. Teníale tan presente en la -imaginación, que cada bulto y cada árbol me parecían que era él, y -continuamente me estaba dando saltos el corazón; pero después que -anduve una buena legua me sosegué y proseguí mi viaje con mayor -quietud, dirigiéndome a Madrid, adonde había hecho ánimo de ir. No -sentí dejar a Valladolid, y sólo, sí, el haberme separado de Fabricio, -mi amado Pílades, sin haber podido despedirme de él. No me pesaba -el haber abandonado la Medicina; antes bien, pedía perdón a Dios de -haberla ejercido. Con todo, no dejé de contar el dinero que llevaba, -aunque era el salario de mis homicidios y de mis asesinatos, semejante -a las mujeres públicas, que después de arrepentidas de su mala vida -no por eso dejan de contar con gusto el dinero que les ha valido. -Halléme con unos cinco ducados, lo que me pareció bastante para llegar -a Madrid, donde creía hacer fortuna. Además, tenía gran gana de ver -aquella corte, que me habían pintado como el compendio de todas las -maravillas del mundo. - -Mientras iba pensando en lo que había oído decir de ella y recreándome -anticipadamente en las diversiones y gustos que me imaginaba había -de gozar, oí la voz de un hombre que venía cantando tras de mí a -gaznate tendido. Traía a cuestas una maleta, en la mano una guitarra -y al lado una larguísima espada. Caminaba con tanto brío que muy -presto me alcanzó. Era uno de aquellos dos aprendices de barbero que -habían estado presos conmigo por la aventura de la sortija. Desde -luego nos conocimos los dos, y aunque uno y otro estábamos en tan -diferente traje, quedamos igualmente admirados de vernos juntos en -aquel sitio. Contéle brevemente la causa de haber dejado a Valladolid -y él me correspondió diciéndome que había tenido una pelotera con su -maestro, de cuya resulta uno y otro se habían despedido para siempre. -«Si hubiera querido mantenerme aún en Valladolid—añadió—, habría -encontrado diez tiendas por una, porque, sin vanidad, me atreveré a -decir que acaso no se encontrará en toda España quien sepa rasurar -mejor a pelo y contrapelo ni levantar mejor unos bigotes; pero no pude -resistir a la vehemente gana de volver a ver mi patria, de la que ha -diez años que falto. Quiero respirar algún tiempo el aire nativo y -saber cómo están mis parientes. Pasado mañana espero verme entre ellos, -porque residen en Olmedo, villa muy conocida, más allá de Segovia.» - -Me determiné a ir en compañía del barbero hasta su lugar y desde allí -pasar a Segovia, con esperanza de encontrar alguna mayor comodidad -para llegar a Madrid. Comenzamos a hablar de cosas indiferentes para -divertir la molestia del camino. Era el mozuelo de buen humor y de muy -grata conversación. Al cabo de una hora me preguntó si tenía apetito. -«En llegando al mesón lo veremos», le respondí. «¿Pero no se puede -tomar antes alguna parva?—me replicó—. Yo traigo en la alforja algo -que almorzar; cuando camino, siempre tengo cuidado de llevar para la -bucólica, y no gusto de cargar con vestidos, ropa blanca ni otros -trapos inútiles, metiendo sólo en la alforja municiones de boca, mis -navajas y un poco de jabón, y colgando la bacía del cinto.» Alabé su -previsión y convine en que tomásemos el refrigerio que me proponía. -Desviámonos un poco del camino para sentarnos en un prado, donde sacó -su provisión el barberillo, que todo consistía en media docena de -cebollas, algunos mendrugos de pan y unos bocados de queso; pero lo que -presentó como lo mejor y más precioso de la alforja fué una bota llena -de vino, que aseguró ser muy exquisito y sabroso. Aunque los manjares -no eran los más delicados, como a los dos nos apretaba el hambre, -nos supieron muy bien y no los desairamos. Vaciamos también toda la -bota, que hacía dos azumbres, de un vino que a mi parecer no merecía -que el barberillo lo hubiese alabado tanto. Concluída nuestra frugal -refacción, nos volvimos a poner en camino y a continuar nuestro viaje -con más vigor y con mayor alegría. El barberillo, a quien Fabricio -había dicho que mi vida estaba llena de aventuras muy singulares, me -suplicó se las contase, para poder decir que las había oído de mi -propia boca. Pareciéndome que nada podía negar a un hombre que acababa -de regalarme con tan espléndido almuerzo, le di el gusto que deseaba, -y, en correspondencia, le dije era menester me refiriese también él su -vida. «Por lo que toca a mi historia—contestó—, no merece, cierto, -ser contada, porque toda ella se reduce a hechos sencillos; pero, sin -embargo—añadió—, ya que no tenemos cosa mejor en qué entretenernos, -se la referiré a usted tal cual ella ha sido.» Y diciendo y haciendo, -comenzó a contarla, poco más o menos en los términos siguientes. - - - - -CAPÍTULO VII - -Historia del mancebillo barbero. - - -«Fernando Pérez de la Fuente, mi abuelo—porque me gusta tomar las -cosas muy de atrás—, después de haber seguido el oficio de barbero en -la noble villa de Olmedo por espacio de cincuenta años, murió dejando -cuatro hijos. El primogénito, por nombre Nicolás, heredó la tienda y -siguió la misma profesión. Beltrán, que fué el segundo, se le metió -en la cabeza el ser mercader y trató en mercería. El tercero, llamado -Tomás, se dedicó a maestro de escuela. El cuarto, que se llamaba Pedro, -sintiéndose inclinado a estudiar, vendió su legítima y se fué a Madrid, -donde esperaba darse con el tiempo a conocer por su erudición y su -ingenio. Los otros tres hermanos nunca se separaron, manteniéndose -en Olmedo, y allí se casaron todos tres con hijas de labradores, que -trajeron en matrimonio poca dote, pero en recompensa de ella una gran -fecundidad, pues parece habían apostado a cuál había de parir más. Mi -madre, que era la mujer del barbero, parió seis en los cinco primeros -años de casada, siendo yo uno de ellos. Mi padre, luego que tuve -fuerzas, me puso a su oficio, y apenas cumplí quince años cuando un día -me echó a cuestas la alforja que veis, y ciñéndome esta misma espada, -«¡Ea, Diego—me dijo—, ya puedes ganar la vida! ¡Vete a correr mundo! -Estás algo basto y te conviene viajar para limarte, como también -para perfeccionarte en tu oficio. Vete, pues, y no vuelvas a Olmedo -hasta haber andado toda España; no quiero oír hablar de ti hasta que -hayas hecho todo esto.» Dióme un paternal abrazo, cogióme de la mano y -bonitamente me condujo hasta ponerme de patitas en la calle. - -»Esta fué la tierna despedida de mi padre; pero mi madre, que era de -genio menos áspero, se mostró más sentida de mi marcha. Echó algunas -lágrimas y aun me metió a escondidas en la mano un ducado. Salí, pues, -de Olmedo en esta conformidad, y tomé el camino de Segovia. No bien -había andado doscientos pasos, cuando examiné la alforja, picándome la -curiosidad de saber lo que llevaba. Encontréme un estuche hendido y -abierto por todas partes, dentro del cual había dos navajas de afeitar, -tan mohosas, gastadas y mugrientas que parecían haber servido a diez -generaciones, con una tira de cuero para suavizarlas y un pedazo de -jabón. Además de eso hallé una camisa nueva de cáñamo, un par de -zapatos viejos de mi padre, y lo que sobre todo me alegró fueron unos -veinte reales que encontré envueltos en un trapo. A esto se reducía -todo mi haber. Por aquí podrá usted conocer lo mucho que fiaba mi -padre en mi habilidad, cuando me echó de su casa con tan poco ajuar. -Sin embargo, la posesión de un ducado y veinte reales más no dejó de -deslumbrar a un muchacho que en toda su vida había visto tanto dinero -junto. Consideréme con un caudal inagotable, y lleno de alegría -proseguí mi camino, mirando de cuando en cuando el puño de mi tizona, -cuya hoja se me enredaba entre las piernas, me molestaba e impedía -caminar. - -»Hacia el anochecer llegué al reducido lugar de Ataquines, con un -hambre que ya no podía sufrir. Entré en el mesón y, como si me sobrase -mucho para el gasto, mandé en voz alta que me trajesen de cenar. El -mesonero me estuvo mirando con atención algún tiempo, y conociendo lo -que podía ser yo, «Sí—me dijo con mucha dulzura—, sí, caballerito -mío; usted será servido como un príncipe.» Condújome a una pieza -pequeña, y un cuarto de hora después me sirvió un encebollado de -gato, que comí con tanto apetito como si fuera de liebre o de conejo. -Acompañó este exquisito guisado con un vino que, según él decía, el rey -no le bebía mejor. Y aunque conocí muy bien que ya era un vino embrión -de vinagre, sin embargo, le hice tanto honor como había hecho al gato. -Después era menester, para ser tratado en todo como un príncipe, que -me dispusiese una cama más propia para despertar a una piedra que para -dormir. Figúrese usted una tarima tan corta que, aun siendo yo pequeño, -no podía extender las piernas sin que saliesen fuera la mitad. Fuera -de eso, el colchón de pluma se reducía a una especie de jergón hético -y estrujado, cubierto de una sábana doblada que, después de su última -lavadura, habría servido quizá a cien pasajeros. Con todo eso, en la -cama que fielmente acabo de pintar, con la barriga llena de gato y de -aquel precioso vino que antes describí, gracias a mis pocos años y a mi -natural robustez dormí profundamente y pasé la noche sin la más leve -indigestión. - -»Al día siguiente, luego que hube almorzado y pagado bien la comida -que me habían servido, me planté de una tirada en Segovia. Así que -llegué tuve la fortuna de que me recibiesen en una tienda, dándome sólo -de comer y vestir; pero no paré allí más que seis meses, porque otro -mancebo barbero con quien había trabado amistad y quería ir a Madrid -me levantó de cascos, y me marché con él a esta villa. Acomodéme luego -fácilmente, sobre el mismo pie que en Segovia, en una tienda de las -más concurridas, pues su vecindad al corral del Príncipe atraía a ella -tanta multitud de parroquianos que el maestro, dos mancebos y yo no -bastábamos a dar abasto a todos. Allí iban personas de todas clases, -y entre ellas comediantes y autores. Una vez se juntaron dos sujetos -de esta clase; pusiéronse a hablar de los poetas y las poesías del -tiempo, y les oí pronunciar el nombre de mi tío. Entonces me apliqué -a oírlos con mayor atención. «Don Juan de Zabaleta—dijo uno—es un -autor de quien me parece que el público no debe estar muy satisfecho. -Es un hombre frío, sin fuego y sin inventiva. La última comedia suya le -desacreditó excesivamente.» «Y Luis Vélez de Guevara—dijo el otro—, -¿no acaba de regalarnos con una bellísima obra? ¿Puede haber cosa más -miserable?» Nombraron no sé a cuántos otros poetas cuyos nombres no -tengo presentes; pero me acuerdo bien de que hablaron de ellos muy -mal. De mi tío hicieron ambos más honorífica mención. «Sí—dijo uno de -ellos—, don Pedro de la Fuente es un gran autor; sus escritos están -llenos de una gracia y de una erudición que al mismo tiempo instruyen -y deleitan por su delicada sal. No me admiro de que sea estimado de -la corte y del pueblo ni de que muchos señores le hayan señalado -pensiones. Ha muchos años que goza una gruesa renta, y el duque de -Medinaceli le da casa y mesa, por lo que nada gasta, y así, es preciso -que esté muy bien y tenga dinero.» - -»No perdí palabra de todo lo que dijeron de mi tío aquellos poetas. Ya -sabíamos en la familia que hacía mucho ruido en Madrid con motivo de -sus obras. Algunas personas, al pasar por Olmedo, nos habían informado -de lo bien admitido que estaba; pero como nunca nos había escrito y -parecía haberse extrañado mucho de nosotros, oíamos todas aquellas -noticias con la mayor indiferencia. No obstante, como la buena sangre -no puede mentir, luego que oí decir que lo pasaba tan bien y me informé -de las señas de su casa, tuve tentación de ir a verle y darme a conocer -con él. Sólo me detenía el haber oído a los cómicos llamarle don -Pedro. Aquel _don_ me hacía titubear, recelando fuese otro del mismo -nombre y apellido de mi tío. Con todo eso, vencí al cabo este temor, -pareciéndome que así como había sabido hacerse sabio podía también -haber sabido hacerse noble y caballero; y así, resolví presentarme a -él. Para esto, al día siguiente, con licencia de mi maestro, me vestí -lo más decentemente que pude y salí a la calle, no poco vanaglorioso y -cuellierguido de verme sobrino de un hombre cuyo ingenio metía en la -corte tanta bulla. Sabido es que los barberos no son la gente del mundo -menos sujeta a la vanidad. Comencé, pues, a tenerme en gran opinión, -y caminando con orgullosa gravedad, pregunté por la casa del duque de -Medinaceli. Enseñáronmela, y entrando en ella, supliqué al portero me -dijese cuál era el cuarto del señor don Pedro de la Fuente. «Suba usted -por aquella escalerilla—me dijo, mostrándome una que estaba al fin de -un patio—y llame a la primera puerta que encuentre a mano derecha.» -Hícelo así; llamé a la puerta, y salió a abrir un mocito, a quien -pregunté si vivía allí el señor don Pedro de la Fuente. «Sí, señor—me -respondió—, pero ahora no se le puede entrar recado.» «Lo siento -mucho—repliqué—, pues verdaderamente le quisiera hablar, porque -le traigo noticias de su familia.» «Aunque se las trajera del Padre -Santo de Roma no le haría yo a usted entrar en este momento, pues está -actualmente componiendo, y mientras trabaja no quiere que ninguno entre -a interrumpirle y distraerle. De nadie se deja ver hasta mediodía; y -así, puede usted ir a dar una vuelta y volver entonces.» - -»Salíme, pues, y me fuí a pasear por Madrid toda la mañana, pensando -siempre en el modo con que mi tío me recibiría. «Sin duda—decía yo -para mí—que tendrá grandísimo gusto de verme y conocerme», porque -medía su corazón por el mío; así, contaba con que sería muy tierno el -acto de vernos y reconocernos. Al fin volví con toda diligencia a la -hora señalada. «Viene usted muy a tiempo—me dijo el paje—; presto -saldrá mi amo. Espere usted aquí, que voy a avisarle.» Volvió dentro -de un instante y me hizo entrar donde estaba mi tío, cuya vista me -llenó de gozo, porque luego observé en su cara el aire de nuestra -familia. Era tan parecido a mi tío Tomás, que le hubiera tenido por él -mismo a no haberle visto en aquel traje y en aquel estado. Saludéle -con profundo respeto y le dije que era hijo de maese Nicolás de la -Fuente, el barbero de Olmedo y hermano de su señoría y que hacía tres -semanas que estaba en Madrid, siguiendo el mismo oficio de mi padre, en -calidad de mancebo, con ánimo de andar la España para perfeccionarme -en la Facultad. Mientras le estaba hablando, advertí que mi tío estaba -distraído y pensativo, dudando, a la cuenta, si me conocería o no por -sobrino o discurriendo algún arbitrio para eximirse de mí con arte -y con destreza. Tomó este segundo partido, y afectando cierto aire -jovial y risueño, me dijo: «Y bien, amigo, ¿cómo están de salud tu -padre y tus tíos? ¿En qué estado se hallan las cosas de la familia?» -Comencé a informarle de su fecunda propagación; fuíle nombrando uno por -uno todos los hijos, varones y hembras, comprendiendo en la relación -hasta los nombres de sus padrinos y madrinas. Parecióme que no se -interesaba demasiado en tan menuda explicación, y queriendo conseguir -su intención, «Ahora bien, querido Diego—me dijo—: apruebo mucho el -que pienses correr mundo para perfeccionarte en tu oficio y te aconsejo -no te detengas mucho tiempo en Madrid. Este es un lugar muy pernicioso -para la juventud y tú te perderías en él. Mucho mejor harás en recorrer -otras ciudades del reino donde no están tan estragadas las costumbres. -Vete, pues, y cuando vayas a marchar vuelve a verme, que te daré un -doblón para ayuda del viaje.» Diciendo esto, me fué llevando poco a -poco hacia la puerta de la sala y me despidió con buenas palabras. - -»No conocí, por mi poca malicia, que sólo buscaba pretextos para -alejarme de sí. Volví a la tienda y di cuenta a mi amo de la visita -que acababa de hacer. El buen hombre, que no penetró más que yo la -verdadera intención del señor don Pedro, me dijo: «Yo no soy del -parecer de tu tío. En lugar de exhortarte a correr mundo, me parece -debía aconsejarte que permanecieses en Madrid. El trata con tantas -personas de distinción que fácilmente puede colocarte en una casa -grande, donde en breve tiempo podrías hacer gran fortuna.» Pagado de -estas palabras, que excitaron en mi imaginación grandiosas esperanzas, -dentro de dos días volví a casa de mi señor tío y le propuse que -podía emplear su valimiento para acomodarme con algún personaje de -la corte. Disgustóle mucho la proposición. A un hombre vano, que -entraba francamente en casa de los grandes y se sentaba con ellos -a la mesa, no le agradaba mucho que un sobrino suyo comiese con los -criados mientras él estuviese comiendo con los amos, pues en tal caso -el Dieguillo llenaría de vergüenza al señor don Pedro. Este, pues, se -irritó furiosamente, y, lleno de cólera, me dijo: «¡Cómo, bribonzuelo! -¿Quieres abandonar tu oficio? ¡Anda, vete, que yo te dejo en manos -de los que te dan malos consejos! ¡Sal de mi cuarto, repito, y no -vuelvas a poner los pies en él si no quieres que te haga castigar como -mereces!» Quedé aturdido al oír estas palabras, y mucho más me espantó -la bronca y destemplada voz con que las pronunció. Retiréme llorando -y muy apesadumbrado de la aspereza con que me había tratado mi tío. -Con todo eso, como siempre he sido de natural vivo y altivo, presto -se me enjugó el llanto; pasé, por la contraria, del sentimiento a la -indignación, y resolví no hacer caso de un mal pariente sin el cual -había vivido hasta allí y esperaba vivir sin necesitarle para nada. - -»No pensé entonces mas que en cultivar mi talento y en aplicarme al -trabajo. Afeitaba todo el día, y por la noche, para recrear un poco el -ánimo, aprendía a tocar la guitarra, siendo mi maestro un hombre de -edad a quien yo afeitaba. Llamábase Marcos de Obregón, y me enseñaba -la música, que sabía perfectamente, porque había sido cantor en una -iglesia. Era hombre cuerdo, de tanta capacidad como experiencia, y -me quería como si fuera hijo suyo. Servía de escudero a la mujer de -un médico que vivía a treinta pasos de nuestra casa. Ibale yo a ver -todos los días al anochecer, cuando no había que hacer en la tienda, y -sentados los dos en el umbral de la puerta tocábamos algunas sonatas -que no desagradaban a la vecindad. Nuestras voces no eran muy gratas; -pero dando a la guitarra y cantando cada uno metódicamente la parte -que le tocaba, gustábamos a las gentes que nos oían. Divertíase -particularmente con nuestra música doña Marcelina, que así se llamaba -la mujer del médico. Bajaba algunas veces a oírnos al portal y nos -hacía repetir las tonadillas que más le agradaban. Su marido no le -impedía esta diversión, pues, aunque español y viejo, no era celoso. -Por otra parte, su profesión le tenía empleado todo el día, y cuando se -retiraba a casa por la noche iba tan cansado de visitar enfermos que -se acostaba muy temprano, y ninguna aprensión le causaba el gusto que -su mujer tenía de oír nuestras músicas, quizá por juzgar que no eran -capaces de excitar en ella perniciosas impresiones. A esto se añadía -que, aunque su mujer era a la verdad joven y linda, no le daba motivo -alguno para el más mínimo recelo, siendo de una virtud tan adusta que -no podía sufrir que los hombres ni aun siquiera la mirasen; y así, no -llevaba a mal que tuviese aquel honesto e inocente pasatiempo, y nos -dejaba cantar todo cuanto queríamos. - -»Una noche que fuí a la puerta del médico para divertirme, como -acostumbraba, encontré al viejo escudero, que me estaba esperando. -Tomóme por la mano y me dijo que quería nos fuésemos los dos a pasear -un poco antes de principiar la música. Así que nos vimos en una calle -excusada y solitaria, a donde me fué llevando y donde conoció que -me podía hablar con libertad, «Querido Diego—me dijo con semblante -triste—, tengo que comunicarte reservadamente una cosa. Temo mucho, -hijo mío, que uno y otro nos hemos de arrepentir de esta música que -damos a la puerta de mi amo. No puedes dudar lo mucho que te quiero -y he tenido gran gusto en enseñarte a tocar la guitarra y a cantar, -pero si hubiera previsto la desgracia que nos amenaza, te aseguro -de veras que hubiera escogido otro sitio para darte las lecciones.» -Sobresaltóme esta relación y supliqué al escudero que se explicase más -claro, diciéndome francamente qué era lo que podíamos temer, porque -yo no era hombre que quisiese hacer frente al peligro y que todavía -no había dado la vuelta por España. «Voy—me respondió—a decirte lo -que debes saber para conocer el riesgo en que nos hallamos. Cuando -un año ha entré a servir al médico, me llevó una mañana al cuarto de -su mujer, y presentándome a ella, me dijo: «Marcos, esta señora es -tu ama y siempre la has de acompañar a cualquier parte que vaya.» -Quedé admirado al ver a doña Marcelina. Encontréme con una dama joven -y en extremo hermosa, gustándome sobre todo lo airoso de su talle y -lo apacible de su semblante. «Señor amo—respondí al amo—, me tengo -por muy dichoso en servir a una señora tan amable.» Desagradó tanto -a doña Marcelina mi respuesta, que, con semblante airado, me dijo: -«¡Oiga el impertinente, el atrevido! ¿Quién le ha enseñado a tomarse -esas libertades? ¡Sepa desde luego que no gusto de lisonjas ni aguanto -requiebros!» Sorprendiéronme extrañamente unas palabras tan ásperas, -pronunciadas por aquella boca tan agraciada y tan ajenas de lo que -prometía su apacible rostro. No acertaba yo a conciliar aquel modo de -hablar, grosero y desabrido, con todo lo demás que observaba en una -mujer de presencia tan grata. El marido, acostumbrado ya a ello, lejos -de enfadarse, se tenía por muy afortunado en que le hubiese tocado -una mujer de aquel extraño carácter; tanto, que me dijo: «Marcos, mi -mujer es un prodigio de virtud»; y viendo que se ponía el manto para -ir a misa, me mandó que la fuese acompañando a la iglesia. Apenas -salimos a la calle cuando encontramos dos mozalbetes que, admirados -del aire y garbo de doña Marcelina, le dijeron al paso algunas cosas -muy lisonjeras; pero ella les respondió con tal despego y les dijo -tantas necedades que los pobres quedaron corridos y suspensos, sin -poder comprender cómo podía haber en el mundo una mujer que llevase a -mal el ser alabada y aplaudida. «Señora—le dije—, haga usted que no -oye y pase sin contestar a lo que le dicen; menos malo es callar que -responder con desabrimiento.» «Eso no—replicó ella—: quiero enseñar a -esos insolentes que yo no soy mujer que sufro me pierdan el respeto.» -En fin, profirió tantos desatinos que no pude menos de decirle mi -sentir, aunque fuese a peligro de disgustarla. Le hice presente -del mejor modo que me fué posible que hacía injuria a la naturaleza -echando a perder con su carácter adusto mil bellas prendas de que la -había dotado; que una mujer de genio afable y de modales atentos podía -hacerse amar sin el auxilio de la hermosura, cuando, por el contrario, -la más hermosa, si no es afable y agasajadora, se hace un objeto de -desprecio. A estas razones añadí otras dirigidas a la corrección de sus -ásperos modales. Después de haberla aconsejado a mi satisfacción, temí -me costase caro mi celo y fidelidad, excitando su cólera y produciendo -algún efecto que me fuese de poco gusto. Mas no sucedió así: no se -enfadó de mis insinuaciones, contentándose con no seguirlas; y el -mismo efecto produjeron las que tuve la tontería de hacerle los días -siguientes. - -»Canséme de advertirle en vano sus defectos y abandonéla a la aspereza -de su genio. Pero ¡quién lo creyera! Este natural tan agreste, esta -mujer tan orgullosa, de dos meses a esta parte ha mudado enteramente -de condición. Hoy es atenta con todos y a todos trata con modales muy -cariñosos. Ya no es aquella Marcelina que no respondía sino necedades -a los hombres que la elogiaban; ya oye con agrado sus lisonjas. Gusta -que le digan que es hermosa y que ningún hombre la puede mirar sin -cobrarle afición. Son muy de su gusto los requiebros, y, en suma, ya -es otra muy diferente mujer. Esta mudanza apenas es comprensible; -pero lo que más te ha de admirar es el saber que tú mismo has obrado -este gran milagro. Sí, mi querido Diego, tú has sido el autor de una -transformación tan extraña; tú quien has convertido aquel tigre feroz -en una mansísima cordera. En una palabra, tú has merecido su atención, -como lo he observado más de una vez; y o yo conozco mal a las mujeres -o mi ama se abrasa por ti en un vehementísimo amor. Esta es, hijo -mío, la triste noticia que tenía que darte, y ésta es la desgraciada -situación en que los dos nos hallamos.» «Yo no veo—respondí al -viejo—gran motivo de afligirnos en todo lo que usted me ha dicho, ni -mucho menos que sea desgracia mía el que me ame una mujer hermosa.» -«¡Ah Diego!—me replicó—. ¡Bien se conoce que discurres como mozo! -Sólo miras al cebo y no temes al anzuelo. Te paras sólo en el placer; -pero yo, como viejo y experimentado, preveo los disgustos que causa -después, porque no hay cosa que tarde o temprano no se descubra. Si -prosigues en venir a cantar a nuestra puerta, con tu vista se encenderá -cada día más la pasión de doña Marcelina, y olvidada tal vez de todo -recato, llegará a conocerlo el doctor Oloroso, su marido, el cual se -ha mostrado tan condescendiente hasta aquí porque no tiene el más -leve motivo para tener celos; pero después se pondrá furioso, se -vengará de su mujer y podrá hacernos a ti y a mí un flaco servicio.» -«Pues bien, señor Marcos—le repliqué—, cedo a vuestras razones y me -entrego a vuestros consejos. Dígame usted qué debo hacer y cómo me he -de portar para evitar todo siniestro accidente.» «Dejando los dos -nuestras músicas—me respondió—y no volviendo tú a parecer delante de -mi señora. Una vez que no te vea, poco a poco se le irá entibiando la -pasión y recobrará su tranquilidad. Espérame en casa del maestro, que -yo te iré a buscar, y allá tocaremos y cantaremos sin inconveniente.» -Ofrecílo así, y, con efecto, hice propósito de no ir más a la puerta -del médico y estarme encerrado en mi tienda, pues que yo era un mozo -que no podía ser visto sin peligro. - -»Sin embargo, el buen Marcos, a pesar de su prudencia, experimentó -dentro de pocos días que el medio discurrido y aconsejado por él no -sirvió para templar el fuego de doña Marcelina; antes bien, produjo -un efecto enteramente contrario. Esta señora, a la segunda noche que -no nos oyó cantar, le preguntó por qué razón habíamos suspendido -nuestra música y cuál era la causa de que yo me hubiese retirado. -Respondióle que tenía tantas ocupaciones que no me dejaban un instante -para divertirme. Mostróse satisfecha de esta excusa, y por tres días -sufrió mi ausencia con bastante firmeza; mas al cabo de este tiempo -perdió la paciencia y le dijo a su escudero: «Marcos, tú me engañas. -Diego no ha dejado de venir aquí sin motivo, y esto encierra algún -misterio que quiero descubrir. Habla y no me ocultes nada, que así te -lo mando.» «Señora—respondió él, pagándole con otra mentira—, ya -que usted quiere saber las cosas como son, sepa que al pobre Diego -le ha sucedido muchas veces volverse a su casa después de nuestras -músicas y encontrarse sin cena, y ya no se atreve a exponerse a ir -a la cama sin cenar.» «¿Cómo sin cenar?—exclamó ella lastimada—. -¿Por qué no me lo has dicho antes? ¡Pobre mozo! ¡Anda al instante y -tráemelo contigo, asegurándole que nunca volverá a su casa sin cenar, -porque yo daré orden que se le guarde aquí siempre algún plato. «¡Qué -es lo que oigo!—exclamó el escudero, admirado de oírla hablar de -aquella suerte—. ¡Qué mudanza, cielos! ¿Sois vos, señora, la que me -habláis en esos términos? ¿Pues de cuándo acá os habéis hecho tan -compasiva y sensible?» «Desde que tú viniste a esta casa—me respondió -prontamente—; o, por mejor decir, desde que reprendiste mis modales -desdeñosos y te empeñaste en suavizar la aspereza de mis costumbres. -Mas, ¡ay de mí—prosiguió ella enternecida—, que he pasado de un -extremo a otro! De altiva e insensible que era, me he vuelto sobrado -mansa y cariñosa. Amo a tu amigo Diego sin poderlo remediar, y su -ausencia, muy lejos de templar mi amor, le inflama más y más.» «¿Es -posible, señora—replicó el viejo—, que un mozo que nada tiene de -hermoso ni gallardo haya excitado en vos una pasión tan vehemente? -Yo disculparía vuestra inclinación si os la hubiera inspirado algún -caballero de gran mérito...» «¡Ah Marcos!—interrumpió Marcelina—. -¡O yo no me parezco en nada a las otras mujeres, o tú, no obstante tu -larga experiencia, todavía no las conoces bien si te persuades que el -mérito es quien las mueve para elegir a un sujeto! Si he de juzgarlo -por mí misma, nunca reflexionan para enamorarse. El amor es un desorden -de la razón que a pesar nuestro nos arrastra tras de un objeto y nos -sujeta a él. Es una enfermedad que nace en nosotras y nos atormenta -como la rabia a los animales. No te canses, pues, en persuadirme de -que Diego no es digno de mi cariño; basta que le ame, para figurarme -en él mil prendas que no descubres tú y que quizá tampoco él tendrá. -En vano te empeñas en hacerme creer que ni sus facciones ni su figura -tienen cosa que pueda llamarme la atención; a mí me parece hechicero -y más hermoso que el sol; fuera de que tiene en su voz una suavidad -que me encanta y se me figura que toca la guitarra con una gracia y -primor particular.» «¡Pero, señora!—replicó Marcos—. ¿Habéis pensado -bien lo que es el tal Diego, su baja y humilde condición?...» «Yo no -soy mejor que él—me interrumpió—; pero aun cuando fuera una mujer de -distinción, nunca repararía en eso.» - -»El resultado de esta conferencia fué que, desesperanzado el viejo -escudero de adelantar cosa alguna con su ama en este punto, la dejó -en su capricho y se retiró, como un diestro piloto cede a la tormenta -que le desvía del puerto a donde se ha propuesto desembarcar. Aun -hizo más: por dar gusto a su ama, me vino a buscar, me llamó aparte, -y después de haberme contado todo lo sucedido entre ella y él, «Bien -ves, Diego—me dijo—, que no podemos excusarnos de continuar nuestras -músicas a la puerta de Marcelina. Es indispensable, amigo mío, que -esta señora te vuelva a ver, porque de otra manera nos exponemos a que -haga alguna locura que perjudique más que nada a su reputación.» No me -hice de rogar, y respondíle que iría a su casa con mi guitarra así que -anocheciese, y podía llevar a su ama esta agradable noticia. Hízolo así -y dió a la apasionada amante la más alegre y gustosa nueva que podía -desear, con la esperanza de verme y oírme aquella noche. - -»Pero faltó poco para que un lance pesado le hubiese frustrado esta -esperanza. No pude salir de casa hasta después de muy anochecido, y, -por mis pecados, era la noche muy obscura. Caminaba a tientas por -la calle, y quizá llevaba andado ya la mitad del camino, cuando de -una ventana me regalaron de pies a cabeza con cierto «¡Agua va!» que -lisonjeaba poco el sentido del olfato. Viéndome en tal estado, no -sabía qué partido tomar. Volverme a casa era exponerme a las pesadas -zumbas de los otros mancebos compañeros míos; ir a la de Marcelina en -aquel magnífico equipaje no me lo permitía la vergüenza. Resolvíme, -no obstante, a ir a casa del médico, persuadido de que encontraría a -Marcos a la puerta y que todo se remediaría antes de presentarme en -aquel estado a Marcelina. Con efecto, fué así; encontréle esperándome -a la puerta, y luego que me vió, me dijo que el doctor Oloroso acababa -de recogerse y que aquella noche nos podíamos divertir a nuestro sabor. -Respondíle que ante todas cosas era menester limpiarme el vestido, -y le conté lo que me había pasado. Mostróse muy condolido de ello -y me hizo entrar en donde me estaba esperando su ama. Apenas oyó -esta señora mi sucia aventura y me vió en el triste estado en que me -hallaba, prorrumpió en expresiones del mayor dolor, como si me hubieran -sucedido las más funestas desgracias; y después, como si hablase con -la puerca que me había puesto de aquella manera, se desfogó echándole -mil maldiciones. «Señora—le dijo Marcos—, moderad esos impulsos; -considerad que el lance fué puro efecto de casualidad y no conviene -mostrar tan fuerte enojo.» «¿Cómo quieres—respondió ella—que no -sienta vivamente la ofensa que se ha hecho a este inocente cordero, a -esta paloma sin hiel, que ni aun se queja del ultraje que ha recibido? -¡Ojalá fuera yo hombre en esta ocasión para vengarle!» - -»Otras mil cosas dijo, pruebas todas de su ciego amor, que igualmente -acreditó con las acciones, porque mientras Marcos me estaba limpiando -con la toalla, Marcelina fué corriendo a su cuarto; trajo una cajita -llena de todo género de perfumes, quemó cantidad de ellos, sahumó -todos mis vestidos y los roció con espíritus olorosos en abundancia. -Concluído el sahumerio y aspersorio, la caritativa señora fué en -persona a la cocina y me trajo pan, vino y algunos pedazos de carnero -asado que tenía guardados para mí. Obligóme a comer, y teniendo gusto -en servirme ella misma, ya me hacía plato y ya me echaba de beber, -a pesar de cuanto Marcos y yo podíamos hacer y decir para que no se -humillase a semejantes demostraciones. Acabada la cena, templamos -prontamente los instrumentos y arreglamos las voces para dar principio -a nuestro concierto. Marcelina quedó embelesada de oírnos; bien es -verdad que escogimos de propósito ciertos cantares y letrillas amorosas -que halagaban su amor; y debo confesar que mientras cantábamos yo -lanzaba de cuando en cuando hacia ella unas ojeadas tiernas que pegaban -fuego a las estopas, porque el juego me iba ya gustando. No me cansaba -el concierto, aunque ya hacía mucho que duraba. Por lo que toca a la -señora, las horas le parecían instantes, y de buena gana hubiera estado -oyéndonos toda la noche si su escudero, a quien los instantes se le -hacían horas, no le hubiera avisado que era ya tarde. Dióle el trabajo -de decírselo más de diez veces; pero daba con un hombre infatigable en -este punto, que no la dejó sosegar hasta que yo me ausenté. Como era -cuerdo y prudente y veía a su ama tan locamente apasionada, temía nos -sucediese algún desastre. El tiempo verificó lo fundado de su temor, -porque el médico, ya fuese porque comenzó a entrar en sospecha y a -dudar de algún enredo secreto, o ya porque el diablillo de los celos, -que hasta entonces le había respetado, quiso inquietarle, comenzó -a reprender nuestras músicas, y aun hizo más, prohibiéndonoslas en -tono de amo que quería ser obedecido, y sin dar razón alguna de lo -que mandaba, declaró que no aguantaría más se admitiese en su casa a -ninguno de fuera. Notificóme Marcos esta resolución, que hablaba tan -particularmente conmigo, y no puedo negar que por entonces me desazonó -muchísimo, porque sentía perder las esperanzas que había concebido. -Con todo eso, por no faltar a la obligación de fiel historiador, debo -confesar que a corta reflexión me costó poco el conformarme y llevar -en paciencia aquel revés de la fortuna. No así Marcelina, cuya afición -cobró mayor fuerza. «Querido Marcos—dijo al escudero—, de ti solo -espero algún consuelo: ruégote que hagas todo lo posible para que -tenga el gusto de ver secretamente a Diego.» «¿Qué es lo que usted me -pide, señora?—le respondió colérico—. ¡Demasiada contemplación he -tenido con usted! ¡No, no quiera Dios que por fomentar una loca pasión -contribuya yo a deshonrar a mi amo, a la pérdida de vuestra reputación -y a mancharme a mí mismo con el borrón de tal infamia, después de -haber pasado toda la vida por hombre muy de bien, por criado fiel y -de una conducta irreprensible! ¡Antes dejaré la casa que servir en -ella de un modo tan vergonzoso!» «¡Ah Marcos!—replicó la señora, -asustada de estas últimas palabras—. ¡Me atraviesas de parte a parte -el corazón cuando hablas de marcharte! Pues qué, ¿piensas, cruel, -dejarme, después que me has reducido al lastimoso estado en que me veo? -¡Restitúyeme primero aquel orgullo y aquella tranquila altivez que tú -mismo me quitaste! ¡Oh, y quién tuviera ahora aquellos felicísimos -defectos! Gozaría de gran paz mi corazón en lugar del tumulto que le -agita gracias a tus imprudentes reconvenciones. ¡Tú, tú fuiste quien -estragaste mis costumbres cuando quisiste enmendarlas! ¡Pero qué es lo -que digo!—continuó ella, llorando—. ¡Desdichada de mí! ¿A qué fin -darte en cara con tan injustas quejas? ¡No, amado padre, no fuiste -tú el autor de mi infortunio! ¡Mi mala suerte fué la única que me -preparó mi desgracia! ¡No hagas caso, te pido, de las necias palabras -que profiero! Mi pasión me ha trastornado el juicio. ¡Compadécete de -mi flaqueza! ¡Tú eres mi único consuelo, y si aprecias mi vida, no me -niegues tu asistencia!» - -»Al decir estas palabras creció su llanto de manera que no pudo -continuar. Sacó el pañuelo, cubrióse con él el rostro y se dejó caer -en una silla, como una persona que se rinde al peso de su aflicción. -El buen Marcos, que era de la mejor pasta de escuderos que jamás se ha -visto, no pudo resistir a un espectáculo tan lastimoso, que le conmovió -vivamente, y mezcló sus compasivas lágrimas con las de su afligida -ama, diciéndole, lleno de ternura: «¡Ah señora, y qué atractivo es el -vuestro! No tengo fuerzas para combatir vuestra pena, que acaba de -rendir mi virtud, y prometo auxiliaros. ¡Ya no me admiro de que el -amor haya tenido poder para haceros olvidar de vuestro deber, cuando -la compasión sola lo ha tenido para no acordarme yo del mío!» De -manera que el pobre escudero, a pesar de su irreprensible conducta, -se sacrificó muy servicialmente a la pasión de Marcelina. A la mañana -siguiente vino a contarme todo lo sucedido, y me dijo que tenía ya -pensado el modo de proporcionarme una conversación secreta con su ama. -Con esto animó mi esperanza; pero dos horas después llegó a mis oídos -una noticia tan triste como no esperada. El mancebo de una botica que -había en el barrio, y era uno de nuestros parroquianos, vino a hacerse -la barba. Mientras me disponía a rasurarle, me dijo: «Señor Diego, -¿cómo le va a usted con su amigo el viejo escudero Marcos de Obregón? -Ya sabrá usted que está para marcharse de casa del doctor Oloroso.» -«No, por cierto», le respondí. «Pues sépalo usted—me replicó—, y no -dude que la cosa es cierta. Hoy sin falta le despedirán. Su amo y el -mío acaban de tener ahora una conversación, a que me hallé presente, en -la cual dijo el primero al segundo: «Señor boticario, tengo que hacer -a usted una súplica. No estoy contento con un viejo escudero que tengo -en casa, y en su lugar quisiera una dueña fiel, severa y vigilante -que guardase a mi mujer.» «¡Ya entiendo!—respondió mi amo—. Usted -necesitaría de la señora Melancia, que fué la que custodió a mi difunta -esposa, que aunque ha seis semanas que enviudé todavía la mantengo en -casa. A la verdad, me sería muy útil para gobernarla; pero se la cedo -a usted gustoso, por lo mucho que me intereso en su honor. Bien puede -descuidar con ella en punto a la seguridad de su honra, porque es la -perla de las dueñas y un verdadero dragón para guardar la castidad -del sexo frágil. En doce años que estuvo al lado de mi mujer, que -como usted sabe era moza y linda, no vi en mi casa ni aun la sombra -de un galán. ¡Sí por cierto! ¡Bonita era la dueña para sufrirlo! -Sobre este punto no aguantaba chanzas. Aun diré más: mi mujer, a los -principios, gustaba mucho de pasatiempos y galanteos; pero la señora -Melancia supo fundirla tan de nuevo que la inclinó enteramente a la -virtud. En fin, es un tesoro para vuestra seguridad.» Quedó el señor -doctor muy satisfecho de unos informes tan a medida de su deseo, y -ambos convinieron en que hoy mismo iría la dueña a ocupar el lugar del -escudero.» - -»Esta noticia, que tuve por cierta, como en efecto lo era, desconcertó -las ideas de todos los buenos ratos que yo esperaba lograr; y Marcos, -que vino después de comer, acabó de desvanecérmelas confirmando todo -lo que me había dicho el mancebo. «Amigo Diego—me dijo el buen -escudero—, estoy contentísimo con que el doctor Oloroso me haya -despedido, porque me ha librado de molestísimos disgustos y cuidados. -Además de haberme echado a cuestas, muy contra mi inclinación, un -villanísimo empleo, necesitaba andar continuamente ideando trazas y -urdiendo enredos para que pudieses hablar secretamente a Marcelina. -¡Qué embrollo! Gracias al Cielo, me veo ya fuera de estos cuidados -y, sobre todo, de los peligros que los acompañan. Por lo que a ti -toca, hijo mío, también debes alegrarte de haber perdido algunos -ratos de un placer momentáneo, a trueque de haberte librado de tantas -pesadumbres, sustos y riesgos.» Agradóme mucho la moral de Marcos, -porque me pareció que ya nada podía esperar, y sin hacerme gran -violencia determinó abandonar el campo. No era yo, lo confieso, de -aquellos amantes porfiados que hacen vanidad de luchar contra todos -los obstáculos; pero aun cuando lo fuera, la señora Melancia dejaría -bien burlado mi empeño y tenacidad. El genio riguroso que atribuían a -aquella mujer era capaz de desesperar a los amantes más pertinaces y -atrevidos. Sin embargo de los colores con que me la habían pintado, no -dejé de entender dos o tres días después que la señora médica había -adormecido a aquel Argos y corrompido su fidelidad. Salía yo una mañana -de casa a afeitar a un vecino nuestro, cuando una buena vieja se llegó -a mí y me preguntó si era yo Diego de la Fuente. Respondíle que sí, y -ella me replicó: «Pues a usted venía yo buscando. Vaya su merced esta -noche a la puerta de doña Marcelina, haga alguna señal, y luego le será -abierta.» «Muy bien—le repliqué yo—; pero es preciso que quedemos de -acuerdo sobre qué señal ha de ser. Yo sé remedar maravillosamente el -maullido del gato, y maullaré dos o tres veces.» «Basta eso—repuso -la mensajera de amor—; voy a dar parte de su respuesta a la señora. -Servidora de usted, señor Diego; el Cielo le conserve. ¡Qué galán sois! -¡A fe que si yo fuera una niña de quince años no le buscaría para -otra!» Diciendo esto, se desvió de mí aquella oficiosa vieja. - -»Agitóme terriblemente este mensaje, y toda la moral de Marcos se la -llevó el aire. Esperé con impaciencia la noche, y cuando me pareció -que ya estaría durmiendo el doctor Oloroso, me encaminé hacia su -puerta. Allí di principio a mis maullidos, que debían oírse de lejos y -hacían mucho honor al maestro que me había enseñado tan bello idioma. -Un momento después bajó la misma Marcelina a abrir con mucho tiento -la puerta, y volvió a cerrarla luego que yo hube entrado. Subimos a -la sala en donde habíamos tenido nuestro último concierto, la cual -estaba débilmente alumbrada por una luz que ardía sobre la chimenea. -Nos sentamos juntos para dar principio a nuestra conversación, -alterados ambos, aunque con la diferencia de que el placer sólo causaba -la conmoción de Marcelina y la mía estaba mezclada con un poco de -sobresalto. En vano me aseguraba mi dama que nada teníamos que temer -por parte de su marido, pues se había apoderado de mí un temblor que -turbaba mi alegría. Sin embargo, le pregunté: «Señora, ¿cómo habéis -podido engañar la vigilancia de vuestra aya? Por lo que oí decir de -Melancia, no creía que os fuese posible hallar medios de darme noticias -vuestras y mucho menos de vernos a solas.» Sonriéndose entonces -Marcelina de mi pregunta, me contestó: «Dejarás de sorprenderte de la -secreta entrevista que tenemos esta noche juntos luego que te haya -contado lo que pasó entre las dos. Cuando entró en esta casa, mi marido -le hizo mil caricias y me dijo: «Marcelina, te entrego a la dirección -de esta discreta señora, que es un compendio de todas las virtudes -y un espejo en que debes mirarte de continuo para instruirte en la -modestia. Esta admirable persona dirigió por espacio de doce años a la -mujer de un boticario amigo mío; pero dirigió... de lo que hay poco: en -términos que hizo de ella casi una santa.» - -»Estas alabanzas, que el aspecto grave de Melancia no desmentían, me -costaron muchas lágrimas y me pusieron desesperada. Me figuré las -lecciones que tendría que escuchar desde la mañana hasta la noche y -las reprensiones que me sería forzoso aguantar todos los días. En -fin, consentí en llegar a ser la mujer más desgraciada del mundo, y -olvidando toda consideración en medio de una esperanza tan cruel, le -dije con mucha sequedad al aya luego que me vi sola con ella: «Sin duda -os dispondréis para hacerme padecer mucho; pero debo advertiros que soy -poco sufrida y que no dejaré por mi parte de daros cuantos desaires -pueda. Os declaro que mi corazón está dominado de una pasión que no -serán capaces de arrancar de él vuestras reconvenciones. Sobre esto -podéis tomar vuestras medidas. Redoblad vuestra vigilancia, porque os -prometo no omitir nada para engañarla.» Al oír estas palabras, la dueña -adusta, que bien creí iba a ensartarme un sermón por primera entrada, -se puso risueña, y me dijo con un tono afable: «Mucho me agrada vuestro -carácter. Vuestra franqueza provoca la mía, pues veo que nacimos la -una para la otra. ¡Ah bella Marcelina, qué mal me conocéis si formáis -juicio de mí por el elogio de vuestro esposo o por la severidad de mi -exterior! No me tengáis por enemiga de los placeres, porque no me hago -agenta de los celos de los maridos sino para ser útil a las mujeres -hermosas. Hace mucho tiempo que poseo el grande arte de disfrazarme, -y puedo decir que soy doblemente feliz, porque disfruto a un mismo -tiempo de la comodidad del vicio y de la reputación que da la virtud. -Para entre nosotras, el mundo no es virtuoso sino de este modo: cuesta -demasiado adquirir el fondo de las virtudes, y por eso en el día todos -se contentan con tener sus apariencias. Dejaos guiar por mí—continuó -el aya—, y veréis cómo se la pegamos tan bien al viejo doctor Oloroso, -que os aseguro tendrá la misma suerte que el señor farmacéutico, -porque no me parece más respetable la frente de un médico que la de -un boticario. ¡Pobre señor! ¡Cuántas piezas le jugamos su mujer y yo! -¡Qué amable era aquella señora y de qué bello carácter! ¡Su alma goce -de Dios! Os aseguro que ha pasado bien su juventud; ha tenido qué sé -yo cuántos amantes, a quienes introduje en su casa sin que su marido -lo advirtiese jamás. Así, señora, miradme con ojos más favorables, y -estad convencida de que por más talento que tuviese el escudero que os -servía, nada perderéis en el trueque, y aun tal vez os seré más útil -que él.» - -»Figúrate ahora, Diego—continuó Marcelina—, si habré agradecido a la -dueña el habérseme descubierto con tanta franqueza, cuando la creía de -una virtud austera. ¡Ve ahí cómo se juzga mal de las mujeres! Melancia -se granjeó desde luego mi afecto por este carácter de sinceridad y la -abracé con un gozo extremado, que le manifestó con anticipación cuánto -me alegraba de tenerla por aya. Haciéndola en seguida enteramente -confidenta de mis sentimientos, le pedí que me proporcionase cuanto -antes una conversación a solas contigo, lo que efectivamente cumplió, -valiéndose esta mañana de la vieja que te habló y que es una mensajera -que le sirvió muchas veces para la mujer del boticario. Pero lo que -hay de más gracioso en esta aventura—añadió Marcelina riéndose—es -que Melancia, por la relación que le hice de la costumbre que tiene mi -esposo de pasar la noche sosegadamente, se acostó junto a él y ocupa -mi lugar en este momento.» «Lo siento mucho, señora—dije entonces -a Marcelina—, y de ningún modo apruebo vuestra invención. Vuestro -marido puede muy bien despertarse y echar de ver el engaño.» «¡Oh, eso -no!—replicó ella con precipitación—. No tengas el menor cuidado por -eso y no hagas que un vano temor acibare el placer que debes tener en -hallarte con una mujer que te quiere.» - -»La esposa del doctor, observando que este discurso no desvanecía mis -temores, no omitió nada de cuanto creyó a propósito para serenarme, -y por fin hizo tanto, que llegó a conseguirlo. Desde este momento ya -no pensé mas que en aprovecharme de la ocasión; pero al tiempo en que -Cupido, acompañado de las risas y de los juegos, se disponía a labrar -mi felicidad, oímos dar unas fuertes aldabadas a la puerta de la calle. -Al instante, el Amor y su comitiva volaron a manera de unos pajarillos -tímidos, espantados repentinamente por un gran ruido. Marcelina me -ocultó debajo de una mesa que había en la sala, apagó la luz, y como lo -había concertado con su aya, en caso que este contratiempo sucediese, -se fué a la puerta de la alcoba en que dormía su marido. Entre tanto, -los golpes que atronaban la casa continuaban con tanta repetición que, -despertando el doctor, se sentó en la cama, dando voces a Melancia. -Arrojóse ésta de la cama, aunque el viejo, que creía era su mujer, -le decía que no se levantase; reunióse con su ama que, sintiéndola a -su lado, la llamaba a gritos, para que fuese a ver quién estaba a la -puerta. «Ya estoy aquí, señora—le respondió el aya—; volveos a la -cama si queréis, que yo voy a ver lo que es.» Durante esto tiempo, -habiéndose desnudado Marcelina, se acostó con el doctor, que no tuvo -la menor sospecha de que le engañasen. Bien es verdad que esta escena -acababa de representarse en la obscuridad por dos actrices, de las -cuales una era incomparable y la otra tenía mucha disposición para -serlo. - -»El aya no tardó en presentarse, en bata de dormir y con una luz en -la mano, diciendo a su amo: «Señor doctor, tenga usted la bondad de -levantarse aprisa, porque el librero Fernández Buendía, vecino nuestro, -le acometió una apoplejía, y os llaman de su parte para que voléis a su -socorro.» El médico, vistiéndose lo más pronto que pudo, partió a casa -del enfermo, y su mujer, en bata de noche, vino con el aya a la sala en -donde yo estaba y me sacaron de debajo de la mesa más muerto que vivo. -«Nada tienes que temer, Diego—me dijo Marcelina—, serénate.» Al mismo -tiempo, diciéndome en dos palabras de qué modo se había arreglado la -cosa, quiso en seguida volver a tomar el hilo de la conversación que -tenía conmigo y había sido interrumpida; pero se opuso a esto el aya. -«Señora—le dijo—, vuestro marido acaso puede hallar muerto al librero -y volverse inmediatamente; además de que—añadió, viéndome traspasado -de miedo—¿qué haríais con ese pobre mozo, no hallándose en estado de -continuar la conversación? Más vale ponerle en la calle y dejar el -negocio para mañana.» Doña Marcelina convino en ello, aunque a pesar -suyo: tan amiga era de lo presente; y creo que sintió bastante no haber -podido hacer poner al doctor el nuevo bonete que le tenía destinado. - -»En cuanto a mí, menos afligido de haber malogrado los más preciosos -favores del amor que gozoso de verme libre del peligro, me fuí a casa -del maestro, en donde pasé el resto de la noche en reflexionar sobre -mi aventura. Estuve algún tiempo indeciso si acudiría a la cita de la -noche siguiente, porque no formaba juicio de salir más bien librado en -esta segunda calaverada que en la primera; pero el diablo, que siempre -nos cerca, o, por mejor decir, se apodera de nosotros en semejantes -lances, me hizo creer que pasaría por un mentecato si me quedaba a -la mitad de un camino tan bueno; y aun representó a mi imaginación a -Marcelina con nuevos atractivos y ponderó el precio de los placeres -que me esperaban. Resolví, pues, continuar mi entremés, y muy resuelto -a tener más firmeza, con tan bellas disposiciones, me fuí al día -siguiente a la puerta del doctor entre once y doce de la noche y en -medio de una obscuridad tan grande que no se veía brillar ni una sola -estrella en el cielo. Maullé dos o tres veces para avisar que estaba en -la calle. Pero como nadie bajaba a abrirme, no me contentó con empezar -de nuevo, sino que que puse a remedar todos los diferentes gritos del -gato, que un pastor de Olmedo me había enseñado; y lo hice tan al -natural, que un vecino que volvía a su casa, teniéndome por uno de -estos animales cuyos maullidos imitaba, cogió un guijarro que tropezó -con los pies y me lo arrojó con toda su fuerza, diciendo: «¡Maldito -sea el gato!» Recibí tan fuerte golpe en la cabeza que quedé aturdido -por el pronto, y me faltó poco para que cayese a tierra atolondrado. -Esto bastó para que diese al diablo el galanteo, y perdiendo el amor -juntamente con la sangre, me volví a casa, donde desperté e hice -levantar a todos. El maestro reconoció la herida, que le pareció -peligrosa; pero no tuvo malas resultas y se cerró al cabo de tres -semanas. En todo este tiempo no oí hablar de Marcelina. Es natural que -Melancia, para desprenderla de mí, le buscase algún otro conocimiento, -de lo que no me informé porque nada me importaba, pues salí de Madrid -para andar la España luego que me vi perfectamente curado.» - - - - -CAPÍTULO VIII - -Encuentro de Gil Blas y su compañero con un hombre que estaba mojando -mendrugos de pan en una fuente y conversación que con él tuvieron. - - -Contóme el amigo Diego de la Fuente otras aventuras que le sucedieron -en adelante; pero todas de tan poca importancia que no merecen la pena -de referirse. Sin embargo, me vi precisado a oírselas, y en verdad -que no fué breve la relación, pues duró hasta que llegamos a Puente -de Duero, donde nos detuvimos lo restante de aquel día. Hicimos en el -mesón que nos dispusiesen una buena sopa y asasen una liebre, después -de cerciorarnos de que era verdaderamente tal. Al amanecer del día -siguiente proseguimos nuestro camino, habiendo antes llenado la bota -de un vino mediano y metido en las mochilas algunos pedazos de pan, -juntamente con la mitad de la liebre, que nos había sobrado de la cena. - -Después de haber caminado cerca de dos leguas, nos sentimos con gran -gana de almorzar; y habiendo visto como a doscientos pasos del camino -un grupo de árboles que hacían sombra deliciosísima, escogimos aquel -sitio e hicimos alto en él. Allí encontramos a un hombre como de -veintisiete a veintiocho años, que estaba mojando en una fuente algunos -zoquetes de pan. Tenía a su lado sobre la hierba una espada larga y -una mochila. Pareciónos mal vestido; mas, por otra parte, buen rostro -y bien plantado. Saludámosle cortésmente y él nos correspondió con -igual cortesanía. Presentónos luego sus mendrugos mojados, y con cierto -aire risueño y despejado nos dijo si éramos servidos. Admitimos el -convite en el mismo tono, mas con la condición de que había de tener -a bien que juntásemos los almuerzos para que fuesen más abundantes. -Vino en ello con mucho gusto, y nosotros sacamos nuestras provisiones, -lo que ciertamente no lo desagradó. «¡Oh, señores!—exclamó enajenado -de alegría—. Verdaderamente que ustedes vienen bien provistos de -municiones de boca, y se conoce que son hombres prevenidos y que miran -a lo venidero. Yo me fío demasiado en la fortuna. Sin embargo, a pesar -del miserable estado en que ustedes me ven, les puedo asegurar que -alguna vez hago un papel muy brillante. Sepan ustedes que no pocas -me tratan de príncipe y estoy rodeado de guardias.» «Según eso—dijo -Diego—, será usted comediante.» «Adivinólo usted—respondió el -desconocido—; por lo menos ha quince años que no tengo otro oficio. -Siendo niño representaba ya ciertos papeles cortos, esto es, que -tuviesen poco que aprender.» «Hablemos francamente—replicó el barbero -meneando ladinamente la cabeza—. Tengo dificultad en creerlo, porque -conozco bien a los comediantes y sé que estos señores no acostumbran -caminar a pie ni hacer almuerzos a lo San Antón; y me temo, me -temo que si usted ha hecho algún papel no habrá sido otro que el -de encender y apagar las lamparillas.» «Piense usted de mí lo que -quisiere—respondió el histrión—, lo cierto es que hago los primeros -papeles y comúnmente me hacen representar el de primer galán.» «Siendo -así—repuso mi camarada—, doy a usted la enhorabuena, y celebro mucho -que el señor Gil Blas y yo hayamos tenido la honra de desayunarnos en -compañía de tan gran personaje.» - -Comenzamos entonces a roer nuestros rebojos y las preciosas reliquias -de la liebre, alternando con tan frecuentes topetadas a la bota que -en poco tiempo la dejamos enteramente pez con pez, sin que en todo -este tiempo desplegase los labios ninguno de los tres. Al cabo rompió -el silencio el barberillo, diciendo al comediante: «Estoy admirado de -ver a usted en estado tan lastimoso. No se puede dudar que es mucha -pobreza para un héroe de teatro, y perdone usted si le hablo con esta -claridad.» «Por cierto—replicó el actor—que se conoce no ha oído -usted hablar del famoso comediante Melchor Zapata, porque ha de saber -usted que, por la misericordia de Dios, no soy de genio delicado. Me -da usted mucho gusto en hablarme con tanta franqueza, porque también -gusto yo de hablar con ella. Confieso de buena fe que no soy rico; -y si no, miren ustedes esta ropilla.» Diciendo esto, nos mostró el -forro de ella, que era todo de los carteles de comedia que se fijan -en las esquinas. «Esta es la tela que comúnmente me sirve de forro; -y si todavía tienen curiosidad de ver lo que hay en mi guardarropa, -contentaré a ustedes. Helo aquí—y al mismo tiempo sacó de la mochila -un vestido entero, guarnecido de esterilla vieja de plata falsa, una -gorra muy raída, con un penacho de viejísimas plumas, unas medias de -seda con más agujeros que un cribo o una salvadera y unos zapatos -muy usados de badanilla encarnada—. Ya ven ustedes ahora que soy -medianamente infeliz.» «Eso es lo que me admira—le replicó Diego—. -Pues qué, ¿no tiene usted mujer ni hija?» «Sí, señor—respondió -Zapata—, pero vea usted la desgracia de mi estrella: tengo mujer moza, -mas no por eso estoy más adelantado. Caséme con una linda comedianta, -esperando que no me dejaría morir de hambre; pero, por mi poca fortuna, -di con una mujer de juicio y de un recato incorruptible. ¡Quién diablos -no se engañaría como yo! ¡Una mujer virtuosa, que era del número de los -cómicos de la legua, me había forzosamente de tocar a mí en suerte!» -«Seguramente, es desgracia—dijo el barbero—; pero ¿por qué no se -casó usted con alguna bonita comedianta de las compañías de Madrid? -¡Entonces sí que lograría su intento!» «Convengo en ello—respondió -el farsante—; pero a un pobre comediante de la legua no le es lícito -elevar sus pensamientos a tan encumbradas heroínas. Eso solamente lo -podrá hacer alguno de la compañía del corral del Príncipe, y aun en -ella se ven muchos precisados a casarse con otras mujeres que no son de -la profesión, y, por fortuna suya, Madrid es bueno y se suele encontrar -en él algunas que se las pueden apostar a las princesas del teatro.» - -«Pero qué—le replicó mi compañero—, ¿nunca pensó usted entrar en -alguna de las compañías de la corte? ¿Acaso se necesita un mérito -consumado para lograrlo?» «¡Bravo!—respondió Melchor—. ¡Usted se -burla con su mérito consumado! Veinte actores hay en cada compañía. -Pregunte usted al público lo que siente de ellos y oirá cosas -bellísimas. Más de la mitad, por lo menos, merecían ir cargados como -yo con la mochila, y, en medio de eso, no es tan fácil como se piensa -ser recibido entre ellos, pues se necesita dinero o grandes empeños que -suplan por la habilidad. Ninguno puede saberlo mejor que yo, porque -ahora mismo acabo de representar en Madrid, y salgo más aturdido de -palmadas y silbidos que todos los diablos, sin embargo de que me -prometía ser muy aplaudido, porque representaba gritando, manoteando, -descoyuntándome y torciendo el cuerpo hacia todas partes, con mil -gesticulaciones y posturas cien leguas distantes de todo lo natural, -hasta llegar una vez casi a dar en la cara una puñada a mi dama -mientras yo estaba declamando. En una palabra, representaba imitando la -escuela que el vulgo celebra en los grandes actores; y en medio de eso, -lo que aplaudía tanto en otros no lo podía sufrir en mí. ¡Vea usted -cuánto puede la preocupación! En vista de ello, no acertando a dar -gusto y no teniendo medios para ser admitido en la compañía a pesar de -todos los silbidos de la mosquetería, dejé a Madrid, y me vuelvo a mi -Zamora, donde están mi mujer y mis compañeros, que no hacen allí gran -fortuna. ¡Y quiera Dios no nos veamos precisados a pedir limosna para -poder pasar a otra ciudad, como más de una vez nos ha sucedido!» - -Diciendo esto, nuestro príncipe dramático se levantó, echóse a -cuestas la mochila, ciñóse la espada, y despidiéndose de nosotros, -«¡Adiós!—nos dijo con mucha gravedad—. ¡Quieran los dioses inmortales -derramar sobre ustedes a manos llenas sus favores!» «¡Y quieran los -mismos—le respondió Diego en el propio tono—que halle usted en Zamora -a su mujer mudada y mejor establecida!» Luego que el señor Zapata nos -volvió la espalda, comenzó a gesticular y a representar caminando, y -nosotros le comenzamos a silbar para que no se le olvidasen tan presto -los silbidos de Madrid. Con efecto, creyó que todavía le sonaban en -los oídos, y volviendo la cara y viendo que nosotros nos divertíamos -a su costa, lejos de darse por ofendido, él mismo ayudó a la zumba, y -prosiguió su viaje dando grandísimas carcajadas. Correspondímosle por -nuestra parte con grande algazara, y cogiendo otra vez el camino real, -seguimos nuestra marcha. - - - - -CAPÍTULO IX - -Estado en que encontró Diego a sus parientes, y cómo Gil Blas se separó -de él después de haber participado de ciertas diversiones. - - -Fuimos aquel día a dormir entre Mojados y Valdestillas, a un lugarcillo -cuyo nombre se me ha olvidado, y al siguiente, a las once de la -mañana, entramos en la llanada de Olmedo. «Señor Gil Blas—me dijo mi -camarada—, aquél es el lugar de mi nacimiento. No le puedo volver a -ver sin llenarme de júbilo: tan natural es en todos el amar su patria.» -«Señor Diego—le respondí—, un hombre como usted, que tanto amor tiene -a su tierra, parece debía haber hablado de ella con mayor estimación. -Usted me la pintó como si fuera un lugarcillo o una aldea y a mí se -me presenta como una ciudad. Era razón que, por lo menos, la tratase -usted de villa grande.» «Yo le pido perdón—respondió el barbero—, -pero diré que después de haber visto a Madrid, Toledo, Zaragoza y -otras principales ciudades de España en la vuelta que he dado por -ella, todo me parece aldea.» Conforme íbamos adelantando en la llanura -y acercándonos a Olmedo, nos pareció ver junto al pueblo multitud -de gente, y cuando nos hallamos a distancia de poder discernir los -objetos, tuvimos mucho en qué divertir la vista. - -Vimos tres pabellones o tiendas de campaña, poco distante una de otra, -y alrededor de ellas muchedumbre de cocineros y ayudantes de cocina -que estaban disponiendo una gran comida. Unos ponían unas mesas largas -dentro de las tiendas, otros echaban vino en grandes vasijas de barro, -éstos atendían a que cociesen las ollas y aquéllos daban vueltas a -luengos asadores en que estaban espetadas viandas de todo género. Pero -a mí nada me llevó tanto la atención como un espacioso teatro que -observé, bastante elevado, que estaba adornado con algunos bastidores -de cartón pintado de diferentes colores y lleno de inscripciones -griegas y latinas. Luego que el barbero vió tanto griego y tanto latín, -dijo: «¡Esto me huele terriblemente a mi tío Tomás! ¡Apuesto algo a que -ha andado aquí su mano, porque sabe de memoria una infinidad de libros -de aula! Lo que me enfada es que en las conversaciones encaja sin -cesar pasajes enteros de los tales libros, cosa que no a todos agrada. -Fuera de eso, ha traducido varios poetas griegos y latinos y está -instruído en la antigüedad, lo que se conoce por las notas con que los -ha enriquecido, como, v. gr., aquello de que _en Atenas lloraban los -niños cuando los azotaban_, cosa que si no fuera por su vasta y selecta -erudición nosotros no la sabríamos.» - -Después de haber visto mi camarada y yo todas las cosas que acabo -de decir, nos dió gana de preguntar por qué y para qué se hacían -todas aquellas prevenciones. Al tiempo que nos íbamos a informar, se -encontró Diego con un hombre que conoció ser su tío, el señor Tomás -de la Fuente, y que al parecer mostraba ser el director de la fiesta. -Fuímonos a él apresuradamente; mas este maestro de primeras letras -tardó algo en conocer a su sobrino: tanta mudanza había hecho en -aquel pobre mozo la ausencia de diez años. Conocido al fin, le abrazó -estrechísimamente y le dijo: «¡Oh querido sobrino Diego! ¿Conque al -cabo has vuelto a ver a tus dioses penates y el Cielo te ha restituído -sano y salvo a tu familia? ¡Oh día tres y cuatro veces beato! _Albo -dies notanda lapillo!_ Muchas novedades encontrarás en la parentela. -Tu tío Pedro, aquel gran talento, ya es víctima de Plutón: tres meses -ha que murió. ¡Hombre avariento, que toda su vida estuvo temiendo -le habían de faltar siete pies de tierra para enterrarse! _Argenti -pallebat amore._ Tenía muchas pensiones de los grandes y no gastaba -diez doblones al año en comida y vestido. No daba de comer al único -criado que le servía. Más insensato que aquel griego Aristipo, el -cual, caminando por los desiertos de Libia, hizo a sus esclavos que -dejasen en ellos todas las grandes riquezas que llevaban, alegando que -aquella carga les incomodaba en la marcha, amontonaba toda la plata y -todo el oro que podía haber a las manos. Mas ¿para qué? Para que lo -gozasen sus herederos, a quienes no podía sufrir. Dejó a su muerte -treinta mil ducados, que se repartieron entre tu padre, tu tío Beltrán -y yo. Todos nos hallamos en estado de pasarlo bien. Mi hermano Nicolás -colocó ya a su hija Teresa, que acaba de casarse con el hijo de uno de -nuestros alcaldes: _connubio junxit stabili, propriamque dicavit_. Este -himeneo, concluído bajo los más felices auspicios, es el que estamos -celebrando hace ya dos días con el aparato que ves. Hicimos levantar -estas tiendas de campaña en esta llanura. Los tres herederos de Pedro -tienen cada uno la suya y, por su turno, costean la fiesta de un día. -Habría celebrado mucho que hubieses llegado antes para que gozases de -todas. Anteayer, día en que se celebró la boda, corrió tu padre con -el gasto, y dió una soberbia comida, y después hubo parejas, y se -corrió sortija. Tu tío el mercader tomó de su cuenta el día de ayer -y nos divirtió con una bellísima fiesta pastoril. Vistió de pastores -a los diez muchachos más lindos y agraciados del lugar y de pastoras -a las diez muchachas más pulidas y aseadas que había en todo Olmedo, -empleando en engalanarlas las cintas más ricas y los más preciosos -dijes que se hallaron en su tienda. Toda aquella lucida juventud armó -mil graciosísimas danzas, cantando después otras tantas letrillas muy -chuscas, tiernas y amorosas. Y aunque no parecía posible cosa más -divertida, con todo eso no dió gran golpe, sin duda porque en Castilla -la Vieja hemos perdido el gusto a las diversiones pastoriles. Hoy me -toca a mí, y pienso divertir a los vecinos de Olmedo con un espectáculo -todo de mi invención: _finis coronabit opus_. Mandé alzar un teatro, -en el cual, con la ayuda de Dios, haré representar por mis discípulos -una de mis tragedias, intitulada _Los pasatiempos de Muley-Bugentuf, -rey de Marruecos_. Se ejecutará con el mayor primor, porque entre los -muchachos los hay que declaman como los más célebres comediantes de -Madrid. Son todos hijos de honradas familias de Peñafiel y Segovia, y -los tengo en mi casa a pupilaje. ¡Excelentes representantes! ¡Verdad es -que les he enseñado yo! Su declamación parecerá acuñada en el cuño del -maestro: _ut ita dicam_. En cuanto a la tragedia, no te quiero hablar -de ella, puesto que la has de oír, por no privarte del placer de la -sorpresa, y sólo diré sencillamente que dejará extáticos a todos los -espectadores. Es uno de aquellos asuntos trágicos que ponen toda el -alma en conmoción, por las terribles imágenes de la muerte que ofrecen -a la fantasía. Yo siempre he sido de la opinión de Aristóteles: que es -necesario excitar el terror. ¡Ah, si yo me hubiera dedicado al teatro, -nunca saldrían a él sino héroes sanguinarios y príncipes asesinos, y -me bañaría siempre en sangre! ¡En mis tragedias se vería morir no sólo -a los primeros personajes, sino hasta las mismas guardias! ¿Qué digo -_hasta las mismas guardias_? ¡Haría también degollar al apuntador! En -fin, sólo me agrada lo terrible; éste es todo mi gusto. De esta manera, -los poemas de esa especie se levantan con el aplauso de la muchedumbre, -mantienen el lujo de los comediantes y hacen célebre el nombre de los -autores.» - -Acababa de pronunciar estas palabras, cuando vimos salir del pueblo y -entrar en la llanura un gran gentío de uno y otro sexo. Eran los dos -esposos, acompañados de sus amigos y parientes, e iban precedidos de -diez a doce tocadores de instrumentos, que tañían todos a un tiempo, -haciendo un concierto muy ruidoso. Salióles al encuentro Diego y -dióse a conocer. Inmediatamente resonaron por el campo los gritos de -alegría con que fué recibido del acompañamiento, corriendo todos a -abrazarle y procurando cada uno ser el primero. No tuvo poco que hacer -en corresponder a todas las demostraciones de amor y cumplimientos que -le hicieron. Sofocábanle a abrazos todos los de la familia y cuantos -se hallaban presentes, y luego que se aquietó un poco aquel primer -turbión, le dijo su padre: «Seas bien venido, hijo Diego. En verdad que -durante tu ausencia han adelantado mucho tus parientes, ¿no es así? Por -ahora no te digo más; a su tiempo lo sabrás muy por menor.» Mientras -tanto, el gentío se fué adelantando hacia la llanura, llegó a ella, -entróse en las tiendas y fuése sentando a las mesas, que ya estaban -preparadas. Yo no dejé a mi compañero; sentéme junto a él y entrambos -comimos con los dos novios, que me parecieron corresponder bien uno -a otro. Duró mucho tiempo la comida, porque el preceptor o maestro -tuvo la vanidad de querer que tres veces se cubriese la mesa, por -aventajar a sus hermanos, que no habían dispuesto las cosas con tanta -magnificencia. - -Después del banquete, todos los convidados mostraron grande -impaciencia por ver la representación de la obra del señor Tomás, -no dudando—decían—que una producción de ingenio tan superior -sería dignísima de oírse. Acercámonos, pues, al teatro, donde todos -los músicos ocupaban ya el lugar de la orquesta para tocar en los -intermedios. Esperaban todos con el mayor silencio a que diese -principio a la tragedia. Dejáronse ver los actores en la escena, y -el autor, con su obra en la mano, estaba tras las cortinas, en sitio -donde pudiese apuntar y ser oído de los que representaban. Con mucha -razón nos había prevenido que era trágico su drama, porque en el primer -acto el rey de Marruecos mató por vía de diversión cien esclavos a -flechazos; en el segundo hizo degollar treinta oficiales portugueses -que uno de sus capitanes había hecho prisioneros; finalmente, en -el tercero, aquel monarca, cansado de sus mujeres, pegó él mismo -por su mano fuego a un palacio aislado donde estaban encerradas y, -juntamente con él, las redujo todas a ceniza. Los esclavos moros y -los oficiales portugueses estaban representados por unas figuras de -mimbre, y el palacio, que era de cartón, se aparentaba abrasado por -un fuego artificial. Este incendio, acompañado de lastimosos gritos -que parecían salir de en medio de las llamas, dió fin a la tragedia y -cerró el teatro de una manera patética y divertida. Resonaron en toda -la llanura los _vivas_ y los aplausos con que fué celebrado un drama de -tan ingeniosa invención, lo que acreditó el buen gusto del poeta y su -singular acierto en la elección y oportunidad de los asuntos. - -Creía yo que ya nada había que ver después de _Los pasatiempos de -Muley-Bugentuf_, pero engañéme. Anunciáronnos un nuevo espectáculo -los timbales y trompetas. Era éste la distribución de los premios, -porque Tomás de la Fuente, para mayor solemnidad de la fiesta, a todos -sus discípulos, así pupilos como los que no lo eran, les había hecho -trabajar varias composiciones, y en aquel día se habían de repartir -los premios a los más sobresalientes, consistiendo aquéllos en ciertos -libros que el mismo preceptor, a costa suya, había ido a comprar a -Segovia. De repente, pues, se dejaron ver en el teatro dos bancos -largos de escuela y un armario o estante lleno de libros pequeños -encuadernados con aseo. Entonces todos los actores se presentaron en -la escena y formaron un semicírculo delante del señor Tomás, el cual -se dejaba ver con tanta gravedad y autoridad como pudiera un prefecto -de colegio. Tenía en la mano la lista de los nombres de los que debían -ser premiados. Entregósela al rey de Marruecos, quien se puso a leerla -en alta voz, llamando uno por uno a los nombrados para recibir el -premio. Cada cual iba con respeto a recibir un libro de la mano del -pedante, inclinándose profundamente al ir y volver cuando pasaban -delante del monarca marroquí. Juntamente con el libro, se los coronaba -a todos con una guirnalda de laurel, y después se iban sentando en uno -de los dos bancos, para que fuesen vistos, aplaudidos y admirados de -todos, pero particularmente de sus madres, amigos y parientes. Por más -cuidado que puso el preceptor en que todos quedasen contentos, no lo -pudo conseguir, porque, observándose que la mayor parte de los premios -habían tocado a los pupilos, como regularmente se acostumbra, las -madres de los otros discípulos lo llevaron muy a mal, se alborotaron -y acusaron al maestro de parcialidad; y tanto, que una fiesta tan -gloriosa y tan alegre hasta aquel punto faltó poco para que se acabase -tan desgraciadamente como el banquete de los Lapitas. - - - - -LIBRO TERCERO - - - - -CAPÍTULO PRIMERO - -Llegada de Gil Blas a Madrid, y primer amo a quien sirvió allí. - - -Detúveme algunos días en casa del barbero y juntéme después con un -mercader de Segovia que pasó por Olmedo. Había ido a Valladolid con -cuatro mulas cargadas con varios géneros y se volvía a su casa con -todas ellas de vacío. Hízome montar en una, y tomamos tanta amistad en -el camino, que cuando llegamos a Segovia se empeñó en que me hospedase -en su casa. Dos días descansé en ella, y cuando me vió resuelto a -marchar a Madrid con el arriero, me dió una carta, encargándome mucho -que la entregase yo mismo en mano propia, sin decirme que era una -carta de recomendación. Hícelo así, poniéndola yo mismo en manos del -señor Mateo Meléndez, mercader de paños, que vivía en la puerta del -Sol, esquina de la calle del Cofre. Apenas abrió el pliego y leyó su -contenido, cuando me dijo con un modo muy agradable: «Señor Gil Blas, -mi corresponsal, Pedro Palacios, me recomienda la persona de usted con -tan vivas expresiones que no puedo dejar de ofrecerle un cuarto en -mi casa. Además de esto me suplica le busque una buena conveniencia, -cosa de que me encargo con gusto y con esperanza de que no me será muy -difícil colocar a usted ventajosamente.» - -Acepté la generosa oferta de Meléndez, con tanto mayor gusto cuanto -veía que mi dinero se iba por instantes acabando; pero no le fuí -gravoso largo tiempo. Pasados ocho días, me dijo que acababa de -proponerme a un caballero amigo suyo que necesitaba un ayuda de cámara, -y que, según todas las señas, no se me escaparía esta conveniencia. -Con efecto, habiéndose dejado ver el tal caballero en aquel mismo -momento, «Señor—le dijo Meléndez mostrándome a él—, éste es el -mozo de quien hablamos poco ha, de cuyo proceder me constituyo por -fiador como pudiera del mío mismo.» Miróme atentamente el caballero, y -respondió que le gustaba mi fisonomía y que desde luego me recibía en -su servicio. «Sígame—añadió—, que yo le instruiré en lo que deberá -hacer.» Diciendo esto, se despidió del mercader y me llevó consigo a la -calle Mayor, frente por frente de San Felipe el Real. Entramos en una -casa muy buena, donde él ocupaba un cuarto, subimos unos cinco o seis -escalones y me introdujo en un aposento cerrado con dos buenas puertas, -en la primera de las cuales había una rejilla de hierro para ver a los -que llamaban. Pasamos después a otra pieza, donde tenía su cama, con -otros varios muebles más aseados que preciosos. - -Si mi nuevo amo me había mirado bien en casa de Meléndez, también -yo le examiné a él después con particular atención. Era un hombre -de unos cincuenta años, de aspecto frío y serio. Parecióme de buena -índole y no formé mal concepto de él. Hízome muchas preguntas acerca -de mi familia, y satisfecho de mis respuestas, «Gil Blas—me dijo—, -yo contemplo que eres un mozo de gran juicio y me alegro mucho de que -me sirvas; y por tu parte espero que estarás contento con tu acomodo. -Te daré seis reales al día para que comas y te vistas, sin perjuicio -de algunos provechos que podrás tener conmigo. Yo no soy hombre que -dé mucha molestia a los criados; nunca como en casa, sino siempre con -mis amigos. Por la mañana no tienes que hacer mas que limpiarme bien -los vestidos; lo restante del día te queda libre y puedes hacer lo -que quieras; basta que por la noche te retires a casa temprano y me -esperes a la puerta de mi cuarto. Esto es todo lo que exijo de ti.» -Después de haberme dado esta instrucción sacó seis reales del bolsillo -y me los entregó, para empezar a cumplir nuestro ajuste. Salimos los -dos juntos, cerró él mismo las puertas, llevóse consigo la llave y me -dijo: «No tienes que seguirme y puedes irte adonde te diere la gana; -pero ¡cuidado que te encuentre en la escalera cuando vuelva a casa por -la noche!» Diciendo esto se marchó y me dejó que dispusiese de mí como -mejor se me antojase. - -«Vamos claros, Gil Blas—me dije entonces a mí mismo—, que no te era -posible encontrar amo mejor. Tú sirves a un hombre que por limpiar -los vestidos, hacerle la cama y barrer su cuarto por la mañana te da -seis reales cada día y libertad de hacer después lo que quisieres, ni -más ni menos que un estudiante en tiempo de vacaciones. ¡A fe que no -será fácil hallar otra conveniencia igual! Ya no me admiro del hipo que -tenía por venir a Madrid; sin duda era presagio de la fortuna que me -esperaba.» Pasé todo el día en andar de calle en calle, viendo muchas -cosas que me cogían de nuevo y que no me daban poca ocupación. Por la -noche cené en una hostería poco distante de nuestra casa, y prontamente -me retiré al sitio donde el amo me había mandado le esperase. Llegó -tres cuartos de hora después y se mostró contento de mi puntualidad. -«¡Muy bien!—me dijo—. ¡Eso me gusta! Yo quiero criados que sean -exactos en hacer lo que les mando.» Dicho esto abrió las puertas del -cuarto, cerrólas, y como nos hallábamos a obscuras, echó yescas y -encendió una vela. Ayúdele después a desnudar, y luego que se metió en -la cama encendí por su mandato una lamparilla que había en la chimenea, -cogí la vela y llevéla a la antesala, donde me acosté en un catre. Al -día siguiente se levantó entre nueve y diez de la mañana, cepillé sus -vestidos, dióme mis seis reales y despidióme hasta la noche. Salió -fuera de casa, sin descuidarse de cerrar bien las puertas, y hétele -aquí que uno y otro nos separamos para el resto del día. - -Tal era nuestra vida, que a mí me parecía muy dulce y acomodada. Lo -más gracioso de todo era que yo no sabía aún cómo se llamaba mi amo y -Meléndez lo ignoraba también. Sólo conocía al tal caballero por uno -de tantos como concurrían a su lonja a comprar géneros; y los vecinos -tampoco pudieron satisfacer mi curiosidad. Aseguráronme todos que no -sabían qué clase de hombre era mi amo, aunque hacía dos años que vivía -en aquel barrio. Dijéronme que no trataba con ninguno de los vecinos, -y algunos, acostumbrados a juzgar temerariamente mal de todo, inferían -de aquí que era un hombre de quien no se podía formar juicio alguno -bueno. Con el tiempo se adelantó más: sospechóse que fuese un espía -del rey de Portugal, y me aconsejaron caritativamente que tomase mis -medidas acerca del particular. El aviso me puso en sumo cuidado, porque -desde luego formé juicio de que si era verdad lo que decían corría -yo gran peligro de visitar los calabozos de Madrid. Mi inocencia no -me podía asegurar y mis pasadas desgracias me obligaban a temer a la -justicia. Había experimentado ya dos veces que, si no quita la vida -a los inocentes, a lo menos guarda tan mal con ellos las leyes de la -hospitalidad, que siempre es una desgracia hospedarse en su casa, -aunque sea por poco tiempo. - -Consulté con Meléndez lo que debía hacer en tan críticas -circunstancias; pero no supo qué consejo darme. No podía creer que -mi amo fuese espía; mas tampoco tenía razón fuerte y positiva para -negarlo. Tomé, pues, el partido medio de observar bien todos sus -pasos, y si descubría que verdaderamente era un enemigo del Estado, -abandonarle enteramente; pero al mismo tiempo me pareció que la -prudencia y lo bien hallado que estaba con él pedían que caminase -con el mayor tiento y circunspección en poner por obra lo que había -determinado, sin asegurarme antes de la verdad. Comencé, pues, a -examinar todas sus acciones y movimientos, y para sondearlos mejor, -«Señor—le dije una noche mientras le estaba desnudando—, no sabe -un hombre cómo ha de vivir para librarse de malas lenguas. El mundo -está perdido y nosotros tenemos unos vecinos que no valen un demonio. -¡Malditas bestias! No creerá su merced cómo hablan de nosotros.» «Y -bien, Gil Blas—me respondió—, ¿qué es lo que pueden decir?» «¡Ah, -señor—repliqué—, a la murmuración nunca le falta asunto! Encuéntralos -o los sueña hasta en la misma virtud. ¿No es bueno que nuestros vecinos -tienen aliento para decir que nosotros somos gente peligrosa y que -la Corte debe vigilar nuestra conducta? En una palabra: dicen que su -merced es espía del rey de Portugal.» Entonces alcé los ojos y le miré -con cuidado, como Alejandro a su médico, para notar el efecto que -producía lo que acababa de decirle. Parecióme que se turbaba algún -tanto, lo cual confirmaba poderosamente las conjeturas de la vecindad. -Noté que poco después se quedó pensativo y cabizbajo, y esto tampoco -lo interpreté muy favorablemente. Así estuvo por un breve rato; pero -luego, como quien vuelve en sí, me dijo en un tono y con rostro muy -tranquilo: «Gil Blas, dejemos a los vecinos que digan lo que quieran; -nuestra quietud no ha de depender de sus malignas expresiones. No -hagamos caso de lo que dicen los hombres mientras no demos motivo a que -lo digan.» - -Acostóse después con mucho sosiego y yo hice lo mismo, sin saber -qué pensar. Al día siguiente, cuando íbamos a salir de casa, oímos -llamar recio a la puerta de la escalera. Acudió con prontitud el amo, -y mirando por la rejilla vió a un hombre bien vestido, que le dijo: -«Señor caballero, yo soy alguacil y vengo de parte del señor corregidor -a decir a usted que su señoría desea hablarle dos palabras.» ¿Qué -me quiere el señor corregidor?», respondió mi amo. «Eso es lo que -no sé—replicó el alguacil—; pero vaya usted a su casa y presto lo -sabrá.» «Yo le beso las manos al señor corregidor—repuso su merced—; -yo no tengo nada que ver con su señoría.» Diciendo estas palabras cerró -enfadado la segunda puerta, y comenzándose a pasear por el cuarto -en ademán de un hombre, según lo que a mí me parecía, a quien había -dado mucho que discurrir el recado del alguacil, me puso en la mano -mis seis reales y me dijo: «Amigo Gil Blas, tú puedes irte a pasear a -donde quieras, que yo no te he menester.» Persuadíme al oír esto que -tenía miedo de que le prendiesen y que por eso no quería salir. Dejéle, -pues, y para ver si me engañaba en mi sospecha, me escondí en paraje -desde donde podía observar si salía o no. Habría tenido paciencia para -mantenerme allí toda la mañana si él mismo no me hubiese aliviado de -este trabajo, pues al cabo de una hora le vi salir y presentarse en la -calle con un desembarazo y un aire de confianza que dejó confundida -mi penetración. Sin embargo, no me deslumbraron estas apariencias; -antes bien me hicieron entrar en mayor desconfianza. Parecióme que -todo aquello podía muy bien ser con estudio, y aun casi llegué a creer -que se había detenido en casa aquel tiempo para recoger sus joyas y -dinero, y que probablemente iba a ponerse en salvo huyendo. Perdí la -esperanza de verle más, y aun estuve perplejo en si iría aquella noche -a esperarle en la puerta de la escalera: tan persuadido estaba de que -saldría aquel día de Madrid para librarse del peligro que le amenazaba. -Sin embargo, no dejé de ir a esperarle, y quedé admirado de verle -volver como acostumbraba. Acostóse sin la menor muestra de cuidado ni -inquietud, y por la mañana se levantó y vistió con la mayor serenidad. - -No bien acabó de vestirse, cuando llamaron de repente a la puerta. Fué -él mismo a mirar por la rejilla quién llamaba. Vió que era el alguacil -del día anterior; preguntóle qué se le ofrecía, y el alguacil respondió -que abriese al señor corregidor. Al oír este nombre temible se me heló -toda la sangre. Había ya cobrado un endiablado miedo, y más que pánico -terror, a toda esta casta de pájaros desde que tuve la desgracia de -caer en sus manos, y en aquel momento hubiera querido hallarme cien -leguas distante de Madrid; pero mi amo, que no era tan espantadizo ni -tan medroso como yo, abrió la puerta con sosiego y recibió al señor -corregidor con respeto. «Ya ve usted—dijo a mi amo—que no vengo a -su casa con grande acompañamiento, porque nunca he gustado de hacer -las cosas con estruendo. Sin hacer caso de los rumores poco favorables -a usted que corren por el pueblo, me ha parecido que su persona era -acreedora a que se la tratase con miramiento. Sírvase usted decirme -cómo se llama, quién es y qué hace en Madrid.» «Señor—le respondió -mi amo—, mi nombre es don Bernardo de Castelblanco, familia conocida -en Castilla la Nueva. Mi ocupación en Madrid se reduce a pasearme, -frecuentar los teatros y divertirme con algunos pocos amigos, gente -toda muy honrada y de honesta y grata conversación.» «Sin duda—dijo el -juez—, tendrá usted una gran renta.» «No, señor—repuso mi amo—; no -tengo rentas, ni tierras y ni aun casa.» «¿Pues de qué vive usted?», -le replicó el corregidor. «De lo que voy a enseñar a vuestra señoría», -respondió don Bernardo; y al mismo tiempo alzó un tapiz y abrió una -puerta que estaba tras de él, sin que yo la hubiese observado, y -luego otra que estaba después de aquélla, e hizo entrar al juez en un -cuartito, donde había un gran cofre todo lleno de oro, que quiso viese -con sus mismos ojos. «Ya sabe vuestra señoría—le dijo entonces—que -nosotros los españoles somos por lo general poco amigos del trabajo; -mas por grande que sea la aversión con que otros le miran, puedo -asegurar que ninguna se iguala con la mía. Soy naturalmente tan -perezoso y holgazán, que no valgo para ningún empleo ni ocupación. Si -quisiera canonizar mis vicios, dándoles el nombre de virtudes, diría -que mi pereza era una indolencia filosófica, un rasgo del entendimiento -desengañado de lo que el mundo solicita y busca con tanto ardor; pero -debo confesar de buena fe que soy haragán y perezoso de nacimiento; -tanto, que si me viera precisado a trabajar para comer, creo que me -dejaría morir de hambre. En este supuesto, a fin de pasar una vida -que se acomodase con mi humor, por no tener la molestia de cuidar de -mi hacienda, y mucho más por no haber de lidiar con administradores -ni mayordomos, convertí en dinero contante todo mi patrimonio, que -consistía en muchas posesiones considerables. Cincuenta mil ducados -en oro hay en este cofre, lo que basta y aun sobra para lo que puedo -vivir, aunque pase de un siglo, pues no llegan a mil los que gasto cada -año y cuento ya diez lustros de edad. No me da cuidado lo venidero, -porque, gracias al Cielo, no adolezco de alguno de aquellos tres vicios -que comúnmente arruinan a los hombres: soy poco inclinado a comilonas y -meriendas, juego poco, por mera diversión, y estoy ya muy desengañado -de las mujeres. No temo que en mi vejez me cuenten en el número de -aquellos viejos lascivos a quienes las mozuelas venden sus mentidos e -interesados favores a precio de oro.» - -«¡Oh y qué dichoso es usted!—exclamó el corregidor—. Teníanle, -contra toda razón, por un espía, personaje que de ningún modo podía -convenir a un hombre de su carácter. Prosiga usted, don Bernardo, en -vivir como ha vivido hasta aquí. Tan lejos estaré de turbar sus días -tranquilos y serenos, que desde luego los envidio y me declaro por su -defensor. Pídele a usted su amistad y yo le ofrezco la mía.» «¡Ah, -señor!—exclamó mi amo, penetrado de tan atentas como apreciables -palabras—. Admito el precioso don que vuestra señoría me ofrece. Su -amistad es complemento de mi felicidad.» Después de esta conversación, -que el alguacil y yo oímos desde fuera, el corregidor se despidió de mi -amo, que no hallaba expresiones con que manifestarle su agradecimiento. -Yo de mi parte, por imitar a mi amo y ayudarle a hacer los honores -de la casa, harté al alguacil de profundas cortesías, aunque en el -corazón le miraba con aquel tedio con que todo hombre de bien mira a un -corchete. - - - - -CAPÍTULO II - -De la admiración que causó a Gil Blas el encuentro con el capitán -Rolando y de las cosas curiosas que le contó aquel bandolero. - - -Luego que don Bernardo de Castelblanco hubo despedido al corregidor, -acompañándole hasta la calle, volvió prontamente a cerrar el cofre y -todas las puertas que le resguardaban. Hecha esta diligencia, salió de -casa, muy placentero por haberse granjeado tan importante amistad, -y yo no menos alegre por ver asegurados ya mis seis reales. La gana -que tenía de contar esta aventura a Meléndez me obligó a encaminarme -a su casa; pero al estar ya cerca de ella me encontré con el capitán -Rolando. No puedo explicar lo sorprendido que me quedé con este -encuentro ni pude menos de estremecerme y temblar a su vista. El -también me conoció. Llegóse a mí gravemente, y conservando todavía su -aire de superioridad me mandó que le siguiese. Obedecíle temblando, y -en el camino iba diciendo entre mí mismo: «¡Pobre de mí! ¡Ahora querrá -que le pague todo lo que le debo! ¿Adónde me llevará? Puede que tenga -en esta villa alguna cueva obscura. ¡Diablo! ¡Si tal creyera, en este -mismo momento le haría ver que no tengo gota en los pies!» Con estos -pensamientos iba andando tras de él, muy atento a observar el sitio -donde pararía, con intento de huir de él a carrera tendida por poco -sospechoso que me pareciese. - -Presto me sacó Rolando de este cuidado y desvaneció todo mi temor. -Entróse en una famosa taberna; seguíle; mandó traer del mejor vino y -dispuso se hiciese comida para los dos. Mientras tanto, nos metimos en -un cuarto, y así que el capitán se vió solo conmigo, me habló de esta -suerte: «Sin duda, Gil Blas, que estarás muy admirado de verte aquí -con tu antiguo comandante; pero más te admirarás cuando hayas oído -lo que te voy a contar. El día que te dejé en la cueva y marché con -mis compañeros a Mansilla a vender las mulas y caballos que habíamos -robado la noche anterior, encontramos al hijo del corregidor de León, -acompañado de cuatro hombres a caballo, todos bien armados, que seguían -su coche. Acometímoslos; dimos muerte a dos de ellos y los otros dos -huyeron. Temiendo el buen cochero que hiciésemos lo mismo con su amo, -nos suplicó con lágrimas que, por amor de Dios, no quitásemos la vida -al hijo único del señor corregidor de León. Estas palabras, en vez -de enternecer a mis compañeros, los enardecieron más. «Señores—dijo -uno—, no dejemos escapar al hijo del enemigo más mortal de los de -nuestra profesión. ¿A cuántos de éstos no ha hecho ajusticiar su padre? -¡Venguémoslos y sacrifiquemos esta víctima a sus cenizas!» Todos los -demás aplaudieron tan inhumano consejo, y hasta mi teniente iba ya -a ser el gran sacerdote de aquel sangriento sacrificio si yo no le -hubiera detenido el brazo. «¡Aguarda!—le dije—. ¿A qué fin derramar -sangre sin necesidad? Contentémonos con el bolsillo de este pobre mozo, -y pues no hace resistencia sería una barbaridad matarle; fuera de que -él no es responsable de las acciones de su padre, ni aun el padre en -condenarnos a muerte hace mas que cumplir con la obligación de su -oficio, así como nosotros cumplimos con la del nuestro en robar a los -caminantes.» - -»Intercedí, pues, por el hijo del corregidor, y no fué inútil mi -intercesión. Sólo le cogimos todo el dinero que llevaba, y juntamente -nos apoderamos de los caballos de los hombres que habían muerto en -la refriega y vendímoslos en Mansilla con los demás que conducíamos. -Volvímonos después a nuestro subterráneo, adonde llegamos el día -siguiente poco antes de amanecer. No quedamos poco atónitos de ver -levantada la trampa, y mucho más de encontrar a Leonarda amarrada -fuertemente en la cocina. Contónos en dos palabras todo lo acaecido -y nos admiramos mucho de que hubieses podido engañarnos; nunca te -hubiéramos creído capaz de jugarnos semejante petardo y te perdonamos -el chasco en gracia de la invención. Luego que desatamos a la cocinera -le di orden de que nos compusiese bien de comer. Entre tanto fuimos a -la caballeriza a cuidar de los caballos, y encontramos casi expirando -al viejo negro, que en veinticuatro horas no había probado bocado ni -visto persona alguna que le socorriese. Deseábamos darle algún alivio; -pero había perdido ya del todo el conocimiento, y nos pareció un caso -tan desesperado el suyo, que, a pesar de nuestra buena voluntad, -desamparamos a aquel miserable, que estaba entre la vida y la muerte. -No por eso dejamos de sentarnos a la mesa, y después de haber almorzado -grandemente, nos retiramos a nuestros cuartos, donde estuvimos -durmiendo o descansando todo el día. Cuando despertamos, nos dijo -Leonarda que ya había muerto Domingo. Llevamos el cadáver a la covacha -donde te acordarás que dormías, y allí le hicimos el funeral como si -hubiera tenido el honor de ser uno de nuestros compañeros. - -»Al cabo de cinco o seis días sucedió que, habiendo hecho una salida, -encontramos muy de mañana, a la entrada del bosque, tres cuadrillas -de la Santa Hermandad, que al parecer nos estaban esperando para dar -sobre nosotros. Al pronto no descubrimos mas que una. No la temimos, y -aunque superior en número a nuestra tropa, la atacamos; pero al tiempo -que estábamos peleando con ella, las otras dos, que habían hallado -modo de mantenerse emboscadas, se echaron de repente sobre nosotros y -nos rodearon de manera que de nada nos sirvió nuestro valor. Fuénos -necesario ceder al número de los enemigos. Nuestro teniente y dos de -nuestros camaradas murieron en la función. Los otros dos y yo, cercados -por todas partes, nos vimos precisados a rendirnos; y mientras las -dos cuadrillas nos llevaban presos a León, la tercera fué a cegar y -destruir la cueva, que fué descubierta del modo siguiente: atravesando -el bosque un labrador del lugar de Luyego, volviendo a su casa, vió por -casualidad alzada la trampa de la cueva, que dejaste abierta el mismo -día que te escapaste con la señora, y sospechó que aquélla era nuestra -habitación, y no teniendo valor para entrar en ella, se contentó -con observar bien sus contornos; y para acertar mejor con el sitio, -descortezó ligeramente algunos árboles vecinos y otros más, de trecho -en trecho, hasta estar fuera del bosque. Pasó después a León, dió parte -de aquel descubrimiento al corregidor, cuyo gozo fué mucho mayor por -cuanto estaba informado de que su hijo había sido robado por nuestra -compañía. El corregidor hizo juntar tres cuadrillas para prendernos, y -les dió por guía al labrador que había descubierto el subterráneo. - -»Mi llegada a la ciudad de León fué un grande espectáculo para todos -sus vecinos. Aunque yo hubiera sido un general portugués hecho -prisionero de guerra, no habría sido mayor la curiosidad con que todos -corrían y se atropellaban por verme. «¡Aquél es—decían—, aquél es el -capitán y el terror de toda esta tierra! ¡Merecía ser atenaceado, y -no menos sus dos compañeros!» Presentáronnos al corregidor, que desde -luego comenzó a insultarme. «¡Ya lo ves, malvado—me dijo—: el Cielo, -cansado de tus delitos, te ha entregado a mi justicia!» «Señor—le -respondí—, es cierto que he cometido muchos; pero a lo menos no tengo -que acusarme de haber quitado la vida al hijo de vuestra señoría. Si -vive, a mí me lo debe, y me parece que este servicio es acreedor a -algún reconocimiento.» «¡Ah, infame!—replicó—. ¡Sin duda que estaría -bien empleado un proceder generoso con hombres de tu carácter! Y aun -cuando yo te quisiera perdonar, ¿me lo permitiría, por ventura, la -obligación de mi empleo?» Dicho esto, nos mandó meter en un calabozo, -donde no dejó pudrir a mis compañeros. Salieron de él al cabo de tres -días, para representar un papel un poco trágico en la plaza Mayor. Por -lo que toca a mí, estuve tres semanas enteras en la cárcel. Tuve por -cierto que se dilataba mi suplicio para que fuese más terrible, y, en -fin, cada día estaba esperando un nuevo género de muerte, cuando al -cabo mandó el corregidor que me llevasen a su presencia, y estando en -ella me dijo: «Oye tu sentencia. Quedas libre. Si no fuera por ti, mi -hijo hubiera sido asesinado en medio de un camino. Como padre, deseaba -agradecerte este gran beneficio; pero no pudiendo absolverte como juez, -escribí a la Corte en tu favor. Pedí al rey el perdón de tus delitos y -lo conseguí. Vete a donde quieras; pero, créeme—añadió—, aprovéchate -de tan feliz como no esperado suceso. Vuelve en ti y abandona para -siempre esa desastrosa vida.» - -«Atravesado el corazón con estas últimas palabras, tomé el camino de -Madrid, con propósito de vivir con sosiego en esta villa. Encontró -ya muertos a mis padres y su herencia en manos de un viejo pariente -nuestro, que me dió aquella cuenta fiel que acostumbran los tutores. -Sólo pude lograr tres mil ducados, que acaso no componían la cuarta -parte de lo que debía heredar. Pero ¿qué había de hacer? Nada -adelantaría con ponerle pleito, sino tener de menos todo lo que gastase -en él. Por huir la ociosidad, compré una vara de alguacil, y, según -cumplo con mi empleo, parece que no he tenido otro en toda mi vida. -Mis nuevos compañeros, por decoro, se habrían opuesto a mi admisión -si hubieran sabido mi historia; pero, por fortuna mía, la ignoraban, -o—lo que viene a ser lo mismo—afectaron ignorarla, porque en este -honrado cuerpo todos tienen interés en que no se sepan sus hechos, -sus virtudes y milagros. Con todo eso, amigo mío—continuó Rolando—, -yo quiero descubrirte mi corazón. No me gusta el oficio que he tomado. -Pide una conducta demasiadamente delicada y misteriosa, que sólo da -lugar a sutilezas y raposerías. ¡Oh y cuánto echo de menos mi antigua -y noble profesión! Confieso que es más segura la nueva, pero es más -gustosa y divertida la otra, y yo soy amante de la alegría y de la -libertad. Voy viendo que tengo traza de exonerarme de este empleo y -desaparecer el día menos pensado, para retirarme a las montañas que -están en el nacimiento del Tajo. Sé que hay allí cierta madriguera, -habitada por una valerosa tropa llena de catalanes determinados cuyo -nombre solo es su mayor elogio. Si me quieres seguir, iremos a aumentar -el número de aquellos grandes hombres. Me brindan con el empleo de -segundo capitán de tan ilustre compañía, y haré que te reciban en -ella, asegurándoles que diez veces te he visto combatir a mi lado, -y ensalzaré hasta las nubes tu valor. Hablaré mejor de ti que un -general de un oficial cuando le quiere adelantar; pero me guardaré -bien de tomar en boca la pieza que nos jugaste, porque esto te haría -sospechoso, y así, no diré palabra de la aventura consabida. Ahora -bien—añadió—: ¿estás pronto a seguirme? Espero tu respuesta.» - -«Cada uno tiene sus inclinaciones—respondí a Rolando—; usted es -inclinado a las empresas arduas y peligrosas y yo a una vida tranquila -y sosegada.» «¡Ya te entiendo!—me interrumpió—. Aquella señora cuyo -amor te hizo hacer lo que emprendiste la tienes todavía muy dentro del -corazón, y sin duda que en su amable compañía gozas de aquella vida -cómoda y gustosa a que te llama tu inclinación. Confiesa con sinceridad -que, después de haberle restituído sus muebles, estáis comiendo juntos -los doblones que recogisteis y robasteis de la cueva.» Respondíle que -estaba muy equivocado, y para desengañarle, en pocas palabras le conté -toda la historia de la señora, con todo lo demás que me había sucedido -desde que me escapé de su compañía. Al fin de la comida me volvió a -hablar de los señores catalanes y me confesó que estaba resuelto a ir -a juntarse con ellos, volviéndome a dar otro tiento para persuadirme a -que abrazase aquel partido. Pero viendo que no lo podía conseguir, me -miró con un aire fiero y me dijo con cierta seriedad feroz: «¡Ya que -tienes un corazón tan vil y bajo que prefieres tu servil condición al -honor de entrar en la compañía de unos hombres valerosos, te abandono -a la villanía de tus ruines inclinaciones! ¡Olvida enteramente que me -volviste a encontrar hoy, y jamás me tomes en boca con persona viviente -de este mundo, porque si llego a saber que alguna vez has hablado de -mí...! ¡Ya me conoces, y no te digo más!» Al decir esto, llamó al -tabernero, pagó la comida y nos levantamos de la mesa para ir cada cual -por su camino. - - - - -CAPÍTULO III - -Deja Gil Blas a don Bernardo de Castelblanco y entra a servir a un -elegante. - - -Salimos de la taberna, y cuando nos estábamos despidiendo uno y otro -pasaba mi amo por la calle. Vióme, y observé que más de una vez -se volvió a mirar con cuidado al capitán. Parecióme que le había -sorprendido verme en compañía de semejante sujeto. A la verdad, la -traza de Rolando no excitaba ideas muy favorables de sus costumbres. -Era un hombre muy alto, carilargo, de nariz aguileña, y aunque no de -desgraciada figura, tenía no sé qué trazas de un grandísimo bribón. - -No me engañé en mi sospecha. Cuando don Bernardo se retiró a casa por -la noche, le hallé muy prevenido contra la catadura del capitán y -propenso a creer todas las proezas que yo le pudiera contar de él si me -hubiera atrevido a referírselas. «Gil Blas—me dijo—, ¿quién era aquel -pajarraco con quien te vi poco ha?» Respondíle que era un alguacil y -me imaginé que quedaría satisfecho con esta respuesta. Pero me hizo -otras muchas preguntas; y como me viese perplejo en las respuestas, -porque me acordaba de las amenazas de Rolando, cortó de repente la -conversación y metióse en la cama. La mañana siguiente, luego que acabé -de hacer las haciendas ordinarias, me entregó seis ducados en lugar -de seis reales y me dijo: «Toma, amigo, estos ducados por lo que -me has servido hasta aquí y vete a servir a otra casa, que yo no me -puedo acomodar con un criado que cultiva tan honradas amistades.» De -pronto no me ocurrió otra cosa que decirle sino que había conocido en -Valladolid a aquel alguacil con motivo de haberle asistido en cierta -enfermedad cuando ejercía yo la Medicina. «¡Bellamente! ¡No se puede -negar que es ingeniosa la salida! Mas ¿por qué no me respondiste anoche -lo mismo en vez de turbarte?» «Señor—le dije—, no me atreví a decirlo -por prudencia, y ésta es la verdad.» «Ciertamente—me replicó, dándome -cariñosas palmaditas en el hombro—que eso es ser prudente hasta lo -sumo, y en verdad que yo no te tenía por tanto. ¡Anda, hijo mío, vete -en paz y date por despedido!» - -Partíme inmediatamente y fuíme en derechura a dar esta mala noticia a -mi protector Meléndez, el cual me dijo, por consolarme, que pensaba -hacer diligencias para acomodarme en otra casa mejor. Con efecto, pocos -días después me dijo: «Amigo Gil Blas, muy lejos estarás tú de pensar -en la fortuna que ahora voy a anunciarte. Tendrás el mejor puesto -del mundo. Sábete que te he acomodado con don Matías de Silva. Es un -sujeto de la primera distinción y uno de aquellos señoritos mozos que -se llaman _elegantes_. Tengo la honra de ser su mercader. Acude a mi -tienda por todo cuanto se le ofrece; es verdad que todo va al fiado, -pero nada se va a perder nunca con estos señores. Comúnmente se casan -con herederas ricas, que pagan todas sus deudas; y cuando esto no, -se les cargan los géneros a tan subido precio, que aunque no se cobre -más que la cuarta parte de las partidas siempre queda ganancioso el -mercader que sabe su oficio. El mayordomo de don Matías es amigo mío; -vamos a buscarle, que él es quien te ha de presentar a su amo, y puedes -estar seguro de que, por respeto mío, hará de ti particular estimación.» - -Mientras íbamos caminando a casa de don Matías, me dijo el mercader: -«Paréceme muy conveniente que estés informado del carácter del -mayordomo. Llámase Gregorio Rodríguez y, aquí para entre los dos, es un -hombre nacido del polvo de la tierra, y sintiéndose con talento para el -manejo económico, siguió su inclinación y se ha enriquecido arruinando -dos casas cuyas rentas manejó. Te prevengo que es hombre muy vano y -gusta mucho de que los demás criados se le humillen. A él han de acudir -todos los que pretendan alguna gracia del amo. Si alguno consigue algo -sin su participación, siempre tiene prontos mil artificios para hacer -que se revoque la gracia o que le sea enteramente inútil. Ten esto -presente para tu gobierno. Haz tu corte al señor Rodríguez aun más -que a tu mismo amo y no perdones diligencia alguna para conservarte -siempre en su favor. Su amistad te será de gran provecho; te pagará -puntualmente tu salario, y si logras merecer su confianza no se -contentará con esto, porque tiene muchos arbitrios para dar en qué -ganar. Don Matías es un mozo que sólo piensa en divertirse y nada cuida -de los inteceses de su casa. Mira ahora si puede haberla mejor para -tal mayordomo.» - -Luego que llegamos a la casa, preguntamos si podíamos hablar al señor -Rodríguez; respondiéronnos que sí y que le encontraríamos en su cuarto. -Efectivamente, le hallamos en él, y estaba con un labrador que tenía -en la mano un talego de terliz lleno, a lo que parecía, de dinero. -El mayordomo, que me pareció más pálido y amarillo que una doncella -cansada de su estado, se levantó apresurado y corrió con los brazos -abiertos a recibir a Meléndez. El mercader abrió también los suyos y se -abrazaron estrechísimamente, en cuyas demostraciones de amor había por -lo menos tanto artificio como verdad. Después de esto se trató de mí. -Rodríguez me examinó de pies a cabeza y me dijo con mucha afabilidad -que yo era el mismísimo que convenía a don Matías y que él tomaba a -su cargo presentarme a este señor. Le significó el mercader lo mucho -que se interesaba por mí y suplicó al mayordomo que me tomase bajo su -protección, y dejándome con él, se retiró, despidiéndose con muchos -cumplimientos. Luego que salió, me dijo Rodríguez: «Yo te presentaré -al amo después que haya despachado a este pobre labrador.» Acercóse -al paisano, y tomándole el talego, le dijo: «Veamos si están aquí los -quinientos doblones.» Contólos por su mano, y hallándolos justos dió -su recibo al labrador y le despidió. Guardó luego los doblones en el -talego y, vuelto a mí, «Ahora podemos ir—me dijo—a ver al amo, que se -estará vistiendo, porque no se levanta hasta mediodía y ya es cerca de -la una.» - -Con efecto, acababa entonces de levantarse don Matías. Estaba en bata, -repantigado en una silla poltrona, con una pierna sobre un brazo de -la silla, y era su ocupación estar picando un cigarro. Hablaba con un -lacayo que hacía oficio de ayuda de cámara interinamente. «Señor—le -dijo el mayordomo—, aquí está este mocito, que tengo el gusto de -presentar a vuestra señoría para reemplazar al criado que se sirvió -despedir anteayer. Su fiador es Meléndez, el mercader de vuestra -señoría. Asegura que es un mozo de mérito, y yo creo que vuestra -señoría estará contento con él y se dará por bien servido.» «Basta -que tú me lo presentes—respondió su señoría—para que le reciba; yo -le declaro desde luego mi ayuda de cámara y queda ya evacuado este -negocio. Rodríguez, hablemos de otra cosa, pues has venido cuando -iba a mandar que te llamasen. Te voy a dar una mala nueva, mi amado -Rodríguez. Anoche estuve muy desgraciado en el juego; perdí cien -doblones que llevaba en el bolsillo y otros doscientos sobre mi -palabra. Ya sabes lo necesario que es a personas de mi condición pagar -cuanto antes este género de deudas. Estas son propiamente las que -el honor nos obliga a satisfacer con puntualidad; las otras, basta -que se paguen cuando se pueda. Es preciso, pues, que me busques en -el día doscientos doblones y se los envíes a la condesa de Pedrosa.» -«Señor—respondió el mayordomo—, más fácil es decirlo que ejecutarlo. -¿Dónde quiere vuestra señoría que encuentre yo tanto dinero? No puedo -cobrar un maravedí de sus arrendadores por más amenazas que les hago; -me es indispensable mantener la casa y la familia con toda la decencia -que conviene; me cuesta sudores de sangre el hallar modo para soportar -tanto gasto. Es verdad que hasta aquí, por la misericordia de Dios, le -he podido sobrellevar; pero no sé ya a qué santo encomendarme y me veo -reducido al último apuro.» «Cuanto estás hablando es inútil—respondió -don Matías—, y todas esas noticias sólo sirven de enfadarme. -Rodríguez, no tienes que esperar que yo mude de conducta ni que quiera -tomar a mi cargo el gobierno de mi hacienda. ¡Por cierto que sería -muy buena diversión para un hombre como yo!» «¡Paciencia!—replicó -el mayordomo—. En tal caso, estoy persuadido de que presto se verá -vuestra señoría libre para siempre de ese cuidado.» «¡Ya me cansas y me -matas con tanta bachillería!—repuso enfadado el señorito—. ¡Déjame -arruinar sin que me lo recuerdes! Es menester, te digo, que busques -esos doscientos doblones; vuelvo a decir que es menester y quiero -precisamente que los busques y los halles.» «Pues, según eso—dijo -Rodríguez—, voy a ver si los quiere dar aquel buen viejo que otras -veces ha prestado dinero a vuestra señoría, aunque a crecida usura.» -«¡Vé y recurre aunque sea al mismo diablo!—respondió don Matías—. -¡Como yo tenga los doscientos doblones, todo lo demás no me importa un -bledo!» - -No bien acababa de decir estas palabras, colérico y enojado, cuando, -al irse el mayordomo, entró en su cuarto otro señorito mozo, llamado -don Antonio Centelles. «¿Qué tienes, amigo?—preguntó éste a mi amo—. -Parece que estás de mal humor; veo en tu semblante un cierto no sé -qué que me lo hace sospechar. ¡Sin duda que te ha puesto así el bruto -que acaba de salir de aquí!» «Es cierto—respondió don Matías—. Es -mi mayordomo, y siempre que viene a mi cuarto me da un mal rato. No -sabe hablar sino de mis negocios, y repite mil veces que me como -mis rentas y me engullo el capital. ¡Gran bestia! ¡Como si fuera él -quien lo perdiese!» «Amigo—respondió don Antonio—, en el mismo caso -me hallo yo. Mi mayordomo no es más mirado que el tuyo. Cuando el -grandísimo ganapán, en fuerza de mis repetidas órdenes, me trae algún -dinero, no parece sino que me da lo que es suyo; me dice que me pierdo -y que todas mis rentas están embargadas. Véome precisado a tomar la -palabra para cortar la conversación.» «Pero lo peor de todo es—dijo -don Matías—que no podemos vivir sin estas gentes y que para nosotros -es éste un mal necesario.» «Convengo en eso—respondió Centelles—. -¡Pero aguarda un poco—prosiguió, reventando de risa—, que ahora me -ocurre un pensamiento muy gracioso y nunca imaginado! Podemos hacer -cómicas las escenas serias que cada día representamos con estos hombres -y que nos sirva de diversión lo mismo que nos apesadumbra. Hagámoslo -de este modo: yo pediré a tu mayordomo el dinero que hayas menester y -tú pedirás al mío el que yo necesite. Dejarémosles decir todo lo que -quieran y nosotros les oiremos con oídos de mercader. Al cabo del año, -tu mayordomo me presentará sus cuentas y el mío te dará las suyas. De -esta manera, yo sólo oiré hablar de tus gastos, tú sólo tendrás noticia -de los míos y verás cómo nos divertimos.» - -A esta ingeniosa invención se siguieron mil chistosas agudezas que -alegraron a los dos señoritos, y uno y otro las llevaron adelante con -mucho alborozo. Interrumpió Gregorio Rodríguez su alegre conversación -entrando en la sala acompañado de un vejete, tan calvo que apenas -se le descubría un cabello. Quiso despedirse don Antonio, y dijo: -«¡Adiós, don Matías, que presto nos volveremos a ver! Quiero dejarte -con estos señores, con quienes quizá tendrás que tratar negocios -importantes.» «¡No, no!—respondió mi amo—. ¡Estáte aquí, que tú en -nada nos estorbas! Este buen viejo que ves es un hombre muy de bien, -que me presta dinero a un veinte por ciento.» «¿Cómo _a un veinte -por ciento_?—replicó Centelles como admirado—. ¡A fe que has sido -afortunado en caer en tan buenas manos! Yo compro el dinero a peso de -oro, porque ninguno me lo quiere prestar menos de a treinta y tres -por ciento.» «¡Qué usura!—exclamó entonces el usurerísimo viejo—. -¿Tienen alma esos bribones? ¿Creen, por ventura, que no hay otro mundo? -¡Ya no extraño que se declame tanto contra las personas que prestan -a interés! El exorbitante precio a que venden sus empréstitos es lo -que nos desacredita a todos, quitándonos la honra y la reputación; -yo, a lo menos, sólo presto puramente por servir a los que se valen -de mí, y si todos mis compañeros siguieran mi ejemplo, no estaríamos -tan desacreditados. ¡Ah, si los tiempos presentes fueran tan felices -como los pasados, tendría yo el mayor gusto en abrir mi bolsa y -ofrecérsela a vuestra señoría sin el más mínimo interés, pues, aun en -medio de mi pobreza, casi tengo escrúpulo de prestar mi dinero a un -miserable veinte por ciento! Mas, ¡oh Dios!, parece que el dinero se -ha vuelto a enterrar en las entrañas de la tierra; ya no se encuentra -un ochavo, y su escasez me obliga a ensanchar un poco las estrechas -reglas de mi moralidad. ¿Cuánto dinero ha menester vuestra señoría?», -preguntó volviéndose hacia mi amo. «Doscientos doblones», respondió -éste. «Cuatrocientos traigo en un talego—dijo el usurero—; contaré -la mitad y se la entregaré a vuestra señoría.» Al mismo tiempo sacó de -debajo de la capa un talego de terliz, que me pareció ser el mismo que -aquel labrador acababa de dejar con quinientos doblones en el cuarto de -Rodríguez. Luego me ocurrió lo que debía pensar de aquella maniobra, y -vi por experiencia la mucha razón con que Meléndez me había ponderado -lo diestro que era el mayordomo en hacer su negocio. El viejo abrió -el talego, vació los doblones sobre una mesa y púsose a contarlos. La -vista de toda aquella cantidad encendió la codicia de mi amo. «Señor -Dimas—dijo al usurero—, ahora mismo me ocurre una reflexión que me -parece cuerda. Verdaderamente, yo era un pobre mentecato cuando sólo -pedí a usted el dinero que precisamente había menester para desempeñar -mi honor y mi palabra, no acordándome de que me quedaba sin un ochavo -para el gasto preciso de mi casa y que mañana me vería precisado a -recurrir a usted. Tomaré, pues, esos cuatrocientos doblones sobre el -mismo pie, para excusarle el trabajo de hacer otro viaje a mi casa.» -«Señor—respondió el viejo—, es cierto que tenía destinada una parte -de este dinero para un buen licenciado, heredero de grandes posesiones, -que emplea cuanto tiene en retirar del mundo a muchas pobres jóvenes -que peligraban en él, manteniéndolas después en su retiro; mas una vez -que vuestra señoría necesita de esta cantidad, ahí la tiene toda a -su disposición. Basta que vuestra señoría se digne señalar hipotecas -suficientes y libres para asegurar el capital y los réditos.» «¡Oh! Por -lo que toca a la seguridad—interrumpió Rodríguez sacando del bolsillo -un papel—, la tendrá usted aún mayor de lo que pudiera desear, -sólo con que el señor don Matías se digne echar su firma en esta -letra de cambio. En virtud de ella, libra a vuestro favor quinientos -doblones contra Talegón, arrendador de los estados de Mondéjar.» «Me -conformo—replicó el usurero—, porque no soy hombre que me haga de -rogar.» Entonces el mayordomo presentó una pluma a mi amo, que, sin -leer la letra, firmó su nombre tarareando. - -Concluído este negocio, se despidió el viejo de don Matías, y éste le -dió un estrecho abrazo, diciéndole: «¡Hasta la vista, señor Dimas; soy -todo de usted! No sé cierto por qué son tenidos por bribones todos -los de su oficio. Yo por mí juzgo que son unos entes muy necesarios -al Estado, el consuelo de mil hijos de familia y el recurso de todos -los señores que gastan más de lo que permiten sus rentas.» «Tienes -razón—dijo entonces Centelles—; los usureros son unos hombres de bien -que merecen ser muy estimados y honrados; y yo quiero abrazar también -a éste, que se contenta con un veinte por ciento.» Diciendo esto, se -acercó al viejo para abrazarle, y los dos elegantes, para divertirse, -se lo enviaban recíprocamente uno al otro como si fuera una pelota. -Después de haberle bien zarandeado le dejaron ir con el mayordomo, que -merecía mejor aquellos zarandeos y aun alguna cosa más. - -Luego que salió Rodríguez con el testaferro de sus maldades, envió don -Matías a la condesa de Pedrosa la mitad de aquel dinero, por mano de un -lacayo que estaba conmigo en la antesala, y la otra mitad la metió en -un bolsillo de seda y oro que llevaba ordinariamente en la faltriquera. -Contentísimo de verse con tanto dinero, dijo muy alegre a don Antonio: -«Y bien, ¿en qué hemos de pasar el día de hoy? Pensémoslo un poco y -tengamos entre los dos consejo privado.» «¡Que me place—respondió -Centelles—, que eso es ser hombre de juicio! Conferenciemos, pues.» -Cuando iban a tratar de lo que habían de hacer, entraron otros dos -señoritos, poco más o menos de la misma edad de mi amo, esto es, de -veintiocho a treinta años, uno de los cuales se llamaba don Alejo -Seguier y el otro don Fernando de Gamboa. Luego que se vieron juntos, -los cuatro comenzaron a darse tantos abrazos como si en diez años -no se hubieran visto. Después de esta ceremonia, don Fernando, que -era de genio muy alegre, dirigiendo la palabra a don Matías y a don -Antonio, «Y bien, señores—les dijo—, ¿dónde pensáis comer hoy? Si no -estáis convidados, os quiero llevar a una casita de los cielos, donde -beberéis un vinito de los dioses. Anoche cené en ella y no salí hasta -las cinco o seis de la mañana.» «¡Ojalá hubiese yo tenido la misma -prudencia—exclamó mi amo—, pues así no hubiera perdido mi dinero!» - -«Yo—dijo Centelles—quise tener anoche una nueva diversión, porque la -variedad es madre del gusto. Llevóme un amigo a casa de uno de aquellos -ricotes que hacen su negocio manejando los del Estado: un asentista. -En el adorno de la casa se veía magnificencia y elección de muebles -exquisitos; la mesa, bien cubierta y servida; pero descubrí en los amos -de la casa cierta ridiculez que me divirtió extremadamente. El dueño, -aunque de nacimiento bajo y de educación grosera, afectaba modales a lo -grande. Su mujer, aunque era fea de gana, creía ser una Venus, y además -decía mil necedades, sazonadas con un acento vizcaíno que les daba un -gran realce. Fuera de eso, estaban sentados a la mesa cuatro o cinco -niños con su ayo. Considerad ahora cuánto me divertiría aquella cena -casera.» - -«Pues yo, señores—dijo don Alejo Seguier—, cené con una comedianta: -con Arsenia. Eramos seis de mesa: Arsenia, Florimunda, una niña amiga -suya, maja de profesión, el marqués de Zenete, don Juan de Moncada y -vuestro servidor. Pasamos la noche en beber y en decir galanterías. -Pero ¡qué noche! Es verdad que Arsenia y Florimunda no son de las más -discretas; pero ¿qué importa? Su desembarazo suple la falta de talento. -Son unas criaturas tan alegres, vivarachas y divertidas, que las -prefiero a las mujeres juiciosas.» - - - - -CAPÍTULO IV - -Hace amistad Gil Blas con los criados de los elegantes; secreto -admirable que éstos le enseñaron para lograr a poca costa la fama de -hombre agudo, y singular juramento que a instancia de ellos hizo en una -cena. - - -Prosiguieron aquellos señoritos charlando de esta manera hasta que -don Matías, a quien yo entre tanto ayudaba a vestir, se halló en -disposición de poder salir de casa. Díjome entonces que le siguiese, y -todos los cuatro elegantes tomaron juntos el camino de la casa a donde -había ofrecido llevarlos don Fernando de Gamboa. Comencé, pues, a -marchar detrás de ellos, juntamente con los otros tres criados, porque -cada uno de los caballeritos llevaba el suyo. Observé con admiración -que los tales criados procuraban remedar en todo a sus amos, imitando -su aire y movimientos. Saludélos a todos como un nuevo camarada -suyo, correspondiéronme de la misma manera, y uno de ellos, después -de haberme mirado atentamente por un breve rato, me dijo: «Hermano, -conozco por toda tu traza que nunca has servido a ningún caballerito de -esta especie.» «Es verdad—le respondí—, porque ha muy poco tiempo que -llegué a Madrid.» «Así me lo parece a mí también—replicó él—. Todavía -hueles a lugar, porque te veo tímido, atado, y observo en tu modo de -manejarte un no sé qué de aldeanismo, rusticidad y encogimiento. Pero -no importa; yo te prometo sobre mi palabra que presto te desbastaremos -y te puliremos.» «Eso es lisonja», le repliqué. «¡Nada de eso!—me -respondió—. Está cierto de que no hay hombre, por tosco que sea, a -quien no sepamos cepillar y pulir.» - -No necesitó decirme más para que yo conociese que tenía por compañeros -unos lindos perillanes y que no podía caer en mejores manos para llegar -a ser un mozo de provecho. Cuando llegamos a la tal casa, hallamos -ya preparada la mesa y dispuesta la comida, que don Fernando había -tenido cuidado de encargar desde por la mañana. Sentáronse a la mesa -nuestros amos y nosotros nos dispusimos a servirlos. Comenzaron a comer -y a charlar con mucha alegría, y era para mí grandísima diversión el -verlos y oírles. Su carácter, sus pensamientos y sus expresiones me -divertían completamente. ¡Qué viveza! ¡Qué chistes! ¡Qué agudezas! Me -parecían unos hombres de diferente especie. Cuando se sirvieron los -postres, les pusimos muchas botellas de los mejores vinos de España, y -levantados los manteles, nos retiramos los criados a otro cuarto, donde -había mesa para nosotros. - -Tardé poco en conocer que los caballeros criados de mi cuadrilla eran -hombres de mucho mayor mérito de lo que yo me había imaginado. No se -contentaban con imitar los modales de sus amos; afectaban hablar el -mismo lenguaje, y los bellacos lo hacían tan a la perfección, que, -a reserva de un cierto airecillo de nobleza que no sabían remedar, -en todo lo demás parecían los mismos. Admirábame su desenvoltura y -desembarazo, pero mucho más me admiraba su prontitud y la agudeza -de sus dichos; tanto, que absolutamente desesperé llegar nunca a -parecerme a ellos. El criado de don Fernando, en vista de que su amo -era el que regalaba a los nuestros, hacía los honores del banquete, -y llamando al dueño de la casa, le dijo: «Patrón, tráiganos acá diez -botellas del vino más generoso que tenga, y, según usted acostumbra, -cárguelo en la partida del que bebieron nuestros amos.» «Con mucho -gusto—respondió él—; pero, señor Gaspar, ya sabe usted que el señor -don Fernando me está debiendo muchas comidas. Si por medio de usted -pudiera cobrar algún dinerillo...» «¡Oh!—respondió el criado—. -¡No paséis cuidado por lo que se os debe! Yo salgo fiador de que -las deudas de mi amo son como plata quebrada. Es verdad que algunos -acreedores han hecho embargar nuestras rentas; pero mañana haremos -que se levante el secuestro y seréis pagado de todo el importe de la -cuenta, sin examinarla.» Trájonos el vino, no embargante el secuestro, -y bebimos poderosamente mientras llegaba el día de que éste se alzase. -Eran de ver los brindis que continuamente nos hacíamos unos a otros, -llamándonos recíprocamente por los nombres de nuestros amos. El criado -de don Antonio llamaba _Gamboa_ al de don Fernando, y el de don -Fernando llamaba _Centelles_ al de don Antonio, y a mí me llamaban -_Silva_. Poco a poco nos fuimos todos emborrachando bajo estos nombres -postizos, ni más ni menos como lo habían hecho nuestros señores amos -bajo los suyos propios. - -Aunque en la realidad no brillaba yo tanto como mis camaradas, sin -embargo, no dejaron de mostrarse bastante contentos conmigo. «Amigo -Silva—me dijo uno de los menos tartamudos—, espero que haremos de ti -algo bueno. Veo que tienes fondo e ingenio, pero no sabes aprovecharte -de él. El miedo de hablar mal te acobarda; no te atreves a hacerlo por -temor de decir algún despropósito. Con todo eso, ¿cuántos pasan hoy -en el mundo por hombres agudos e ingeniosos sólo porque se arriesgan -a decir cuanto se les viene a la boca, aunque digan tal vez cien -disparates? Calificaráse de una doble viveza de espíritu tu mismo -atolondramiento. Aunque digas mil desatinos, como entre ellos se te -escape algún dicho agudo, se olvidarán las otras necedades y sólo se -tendrá presente y se celebrará la tal agudeza, haciéndose concepto -superior de tu singular mérito. Esto y no más hacen nuestros amos, -y esto y no más debe hacer todo aquel que aspire a la reputación de -hombre de ingenio y chistoso.» - -Sobre que yo no aspiraba a otra cosa, el medio que me enseñaban para -conseguirlo me pareció tan fácil y practicable, que juzgué no debía -despreciarle. Comencé a probarle inmediatamente, y no ayudó poco el -vino que había bebido para que no me saliese mal aquella primera -prueba. Quiero decir que desde luego comencé a hablar a diestro y -siniestro, y tuve la fortuna de mezclar entre mil extravagancias -algunas agudezas que me granjearon grandes aplausos. Llenóme de gran -confianza este primer ensayo. Aumenté con tragos la charlatanería para -que me ocurriese algún conceptillo, y quiso la casualidad que no se -malograsen mis esfuerzos. - -«Ahora bien—me dijo el que me había dado la importantísima lección—: -¿no conoces tú mismo que ya empiezas a civilizarte? Aun no ha dos horas -que estás en nuestra compañía y ya eres un hombre muy diferente del que -eras; cada día irás mejorando. Ya estás viendo y palpando qué cosa es -esto de servir a caballeros y personas de distinción. Insensiblemente -eleva y ennoblece el ánimo; efecto que no se experimenta sirviendo -a clase baja ni aun a la de mediana condición.» «Sin duda—le -respondí—; y, por tanto, de hoy en adelante quiero consagrar mis -servicios a la nobleza.» «¡Bravo! ¡Bravo!—exclamó el criado de don -Fernando, que estaba ya alumbrado—. ¡No es dado a la gente baja el -tener pensamientos altos ni talentos superiores como nosotros! ¡Ea, -señores—añadió—, alto todos, y hagamos juramento, por la laguna -Estigia, de nunca servir a esa gentecilla de media braga!» Reímonos -mucho del pensamiento de Gaspar; celebrámosle, y con la botella en una -mano y el vaso en la otra hicimos todos aquel bufonesco juramento. - -Mantuvímonos sentados a la mesa hasta que plugo a nuestros amos -retirarse, que fué a media noche, lo que a mis camaradas pareció un -exceso de sobriedad. Verdad es que si los tales señoritos salieron de -allí tan temprano fué por ir a ver a una elegante mala cabeza que vivía -en el barrio de Palacio y tenía su casa abierta día y noche a toda la -gente del bronce. Era una mujer de treinta y cinco a cuarenta años, -linda en extremo, todavía de singular atractivo, y tan diestra en el -arte de agradar que, según decía, vendía más caros los rebuscos de su -belleza que había vendido las primicias. Vivían en la misma casa otras -dos o tres damas de la misma laya, que no contribuían poco al concurso -de señores que en ella se veían. Poníanse a jugar después de comer, -cenaban allí y pasaban la noche en beber y divertirse. Nuestros amos -se detuvieron en la tal casa hasta el amanecer, y mientras ellos se -divertían con las damas de buen humor, nosotros nos holgábamos con las -criadas, que no eran menos joviales que sus amas. En fin, nos separamos -todos luego que se mostró la aurora, y cada uno se retiró a descansar. - -Mi amo se levantó a mediodía, como acostumbraba. Vistióse, salió, -seguíle y entramos en casa de don Antonio Centelles, donde encontramos -a un tal don Alvaro de Acuña. Era un hombre ya entrado en años y -disoluto de profesión. Todos los mozuelos que querían ser elegantes -se ponían en sus manos y acudían a su escuela. Formábalos a su gusto, -enseñándolos a lucir en el gran mundo y a malgastar sus caudales. Don -Antonio no necesitaba de esta lección, porque ya se había comido el -suyo. Luego que se abrazaron los tres, dijo Centelles a mi amo: «A fe, -don Matías, que no podías haber llegado a mejor tiempo. Don Alvaro ha -venido para llevarme a casa de un particular que ha convidado hoy a -comer al marqués de Zenete y a don Juan de Moncada, y yo quiero que -tú seas del convite.» «Pero ¿cómo se llama ese tal?», preguntó don -Matías. «Se llama Gregorio Noriega—respondió don Alvaro—, y en dos -palabras te diré lo que es este mozo. Es hijo de un joyero rico que ha -ido a negociar en pedrería a los países extranjeros, y al partir le ha -dejado el goce de una gran renta. Gregorio es un pobre tonto, propenso -a comer y gastar todo su dinero haciendo el elegante y que revienta por -parecer hombre ingenioso y agudo, a pesar de la naturaleza, que no le -ha concedido esta gracia. Púsose en mis manos para que le dirigiese; -yo lo hago a mi modo, y en verdad que le llevo en buen estado, pues -el fondo de su caudal está ya medio consumido.» «Eso es lo que yo no -dudo—interrumpió Centelles—, y espero verle presto en el hospital. -¡Vamos, don Matías, conozcamos a ese hombre y ayudémosle a que acabe -de arruinarse!» «Vengo en ello—dijo mi amo—, porque tengo gran -gusto en dar en tierra con la fortuna de esos señoritos plebeyos que -quieren hombrearse y confundirse con nosotros. Como, por ejemplo, nada -he celebrado tanto como la ruina del hijo de aquel asentista a quien -el juego y la vanidad de querer figurar con los grandes obligaron a -vender su misma casa.» «¡Oh!—replicó don Antonio—. Ese tal no merece -le tengan lástima, porque no es menos necio ni menos presumido en su -miseria que lo era en su prosperidad.» - -Partieron, pues, mi amo, Centelles y don Alvaro a casa de Gregorio -Noriega. Mojicón, criado de Centelles, y yo fuimos también tras de -ellos, muy persuadidos los dos de que nos esperaba una gran bucólica -y ambos también muy contentos de cooperar por nuestra parte a la -destrucción de aquel pobre mentecato. Al entrar en su casa vimos mucha -gente ocupada en disponer la comida, y nos dió en las narices un olor -de cocina que anunciaba al olfato el recreo que tendría luego el -paladar. Acababan de llegar el marqués de Zenete y don Juan de Moncada. -Dejóse ver después el dueño de la casa, que desde luego me pareció un -solemnísimo majadero. Afectaba inútilmente el aire y modales de los -elegantes; pero era una feísima copia de aquellos hermosos originales, -o, por mejor decir, un atolondrado que se esforzaba por ostentar -despejo y desembarazo. Figurémonos un hombre de este carácter entre -cinco bufones de profesión empeñados únicamente en burlarse de él y en -hacerle gastar cuanto tenía. «Señores—dijo don Alvaro después de los -primeros cumplimientos—, éste es el señor Gregorio Noriega, que, sobre -mi palabra, presento a ustedes como uno de los más cabales y perfectos -caballeros. Posee mil bellas prendas y es un joven muy culto. Escojan -ustedes lo que quisieren: es igualmente hábil en todas las facultades, -desde la lógica más alta y sutil hasta la más pura y delicada -ortografía.» «¡Oh, señor, eso ya es demasiado!—interrumpió Gregorio, -sonriéndose sin ninguna gracia—. Yo sí, señor don Alvaro, que podía -decírselo a usted, porque usted sí que es aquello que se llama _un pozo -de ciencia_.» «Por cierto—replicó don Alvaro—, que mi ánimo no fué -buscarme una alabanza tan aguda y discreta; pero en verdad, señores, -que el nombre del señor Gregorio hará un gran ruido en el mundo.» -«Yo—dijo don Antonio—lo que admiro en él, aun más que su ortografía, -es el acierto en la elección de las personas con quienes trata. En -lugar de buscar comerciantes, sólo gusta de tratar con caballeros, sin -dársele nada de lo mucho que esta comunicación le ha de costar. Tiene -unos pensamientos tan nobles y elevados, que me admiran. Esto es lo -que se llama gastar con buen gusto y gran discernimiento.» - -A estos irónicos discursos se siguieron otros muchos en todo -semejantes. Burláronse completamente del pobre Gregorio, y de cuando en -cuando, en tono de elogios, le lanzaban ciertas pullas que no conocía -el pobre bobo; antes bien, todo lo convertía en substancia, tomando al -pie de la letra cuanto le decían, y se mostraba muy satisfecho de sus -taimados huéspedes, creyendo que le hacían mucho favor, siendo así que -se mofaban de él. En fin, fué el hazmerreír mientras la comida, y aun -todo el resto del día y de la noche, porque toda la pasaron los señores -míos en aquella diversión. Nosotros bebimos a discreción, ni más ni -menos que nuestros amos, y todos estábamos bien compuestos cuando -salimos de casa del señor Gregorio. - - - - -CAPÍTULO V - -Vese Gil Blas de repente en lances de amor con una hermosa desconocida. - - -Después de haber dormido algunas horas, me levanté de buen humor, y -acordándome del consejo que me había dado Meléndez, fuí, mientras -despertaba el amo, a hacer la corte al mayordomo, a cuya vanidad me -pareció halagar el cuidado que yo ponía en rendirle mis obsequios. -Recibióme con mucho agrado y me preguntó si me acomodaba bien la vida -que hacían los señores. Respondíle que, aunque era nueva para mí, no -desconfiaba de hacerme a ella con el tiempo. - -Efectivamente fué así, porque tardé muy poco en acostumbrarme. De -reposado y juicioso que antes era, pasé de repente a ser vivaracho, -atolondrado y zumbón. Dióme la enhorabuena de mi transformación el -criado de don Antonio y me dijo que para ser hombre ilustre no me -faltaba mas que tener lances amorosos. Representóme que esta era una -cosa absolutamente necesaria para formar un joven completo, que todos -nuestros camaradas eran amados de alguna persona linda y que él tenía -la fortuna de que le mirasen con buenos ojos dos señoras de distinción. -Creí que mentía aquel bellaco, y le dije: «Amigo Mojicón, no se puede -negar que eres buen mozo y agudo; pero no alcanzo cómo han podido -prendarse de un hombre de tu condición dos señoras distinguidas en cuya -casa no estás.» «¡Gran dificultad, por cierto!—respondió Mojicón—. -Ellas ni aun siquiera saben quién yo soy. Estas conquistas las he -hecho usando de los vestidos de mi amo, y la cosa pasó de esta suerte: -Vestíme de señor, imité bien los modales de tal y fuíme al paseo. Hice -gestos y cortesías a todas las que encontraba, hasta que tropecé con -una que correspondió a mis expresivas muecas. Seguíla y logró también -hablarle. Tomé el nombre de don Antonio Centelles, pedí una cita, hice -algunos esguinces, insté, convino al fin en ello, etcétera. Hijo mío, -así me he gobernado yo para lograr tales fortunas; y si tú las quieres -tener, sigue mi ejemplo.» - -Era mucha la gana que yo tenía de hacerme hombre ilustre para que -dejase de poner en práctica este consejo, y más cuando tampoco sentía -en mí gran repugnancia en tentar alguna empresa de amor. Resolví, pues, -disfrazarme de señor para buscar amorosas aventuras. No quise vestirme -en nuestra casa porque no se advirtiese; pero escogí en el guardarropa -el mejor vestido de mi amo, hice un paquete y llevéle a casa de cierto -barberillo amigo mío, donde podía disfrazarme libremente. Vestíme allí -lo mejor que pude, ayudándome el barbero; y cuando nos pareció que ya -no cabía más, me encaminé hacia el prado de San Jerónimo, de donde -estaba bien persuadido a que no volvería sin haber encontrado alguna -fortuna; pero no tuve necesidad de ir tan lejos para hallar una de las -más brillantes. - -Al atravesar una calle excusada, vi salir de una casa pequeña y entrar -en un coche que estaba a la puerta una señora ricamente vestida y muy -hermosa. Paréme a mirarla y la saludé de manera que pudo bien conocer -que no me había disgustado, y ella por sí me hizo ver que merecía mi -atención más de lo que yo pensaba, porque levantó disimuladamente el -velo y descubrió un momento la cara más linda y graciosa del mundo. -Fuése en esto el coche y yo quedé en la calle sorprendido de aquella -aparición. «¡Oh qué hermosura!—me decía yo a mí mismo—. ¡Cáspita! -¡No me faltaba otra cosa para acabar de trastornarme! ¡Si las dos -señoras que aman a Mojicón son tan hermosas como ésta, digo que es el -ganapán más dichoso de todos los ganapanes! Estaría yo loco con mi -suerte si mereciese servir a una dama como ésta.» Mientras hacía estas -reflexiones, volví casualmente los ojos hacia la casa de donde había -visto salir a aquella linda persona, y vi asomada a la reja de un -cuarto bajo a una vieja que me hizo señas de que entrase. - -Fuí volando a la casa, y en una sala muy decentemente amueblada -encontré a la venerable y disimulada vieja, que, teniéndome cuando -menos por algún marqués, me saludó con mucho respeto y me dijo: «Sin -duda, señor, que vuestra señoría habrá formado mal juicio de una -mujer que, sin tener el honor de conocerle, le ha hecho señal para -que entrase en su casa; pero juzgará más favorablemente de mí cuando -sepa que no lo hago así con todos y que vuestra señoría me parece -algún señor de la corte.» «No se engaña usted, amiga—le interrumpí, -avanzando la pierna derecha y ladeando un poco el cuerpo sobre el -costado izquierdo—. Soy, sin vanidad, de una de las mejores casas de -España.» «Bien se conoce—prosiguió la vieja—, y a cien leguas se -echa de ver. Yo, señor, tengo gran gusto, lo confieso, en servir de -algo a las personas de circunstancias, y éste es mi flaco. Habiendo -observado desde mi reja que vuestra señoría miraba con mucha atención -a aquella señora que acababa de salir de aquí, me atrevo a suplicarle -me diga con toda confianza si le ha gustado.» «Me ha gustado tanto—le -respondí—, que a fe de caballero os aseguro no he visto en mi vida -criatura más salada. Así, pues, madre mía, haced que ella y yo nos -veamos a solas, y contad con mi agradecimiento. Este es uno de aquellos -servicios que nosotros los grandes señores nunca pagamos mal.» - -«Ya he dicho a vuestra señoría—replicó la vieja—que toda yo estoy -dedicada a servir a personas de distinción y que mi mayor gusto es -poderles ser útil en alguna cosa. Por ejemplo, yo recibo en mi casa -ciertas mujeres a quienes el concepto en que están de honestas y -virtuosas no les permite admitir en la suya cortejantes y les ofrezco -la mía para que puedan conciliar en ella su inclinación con la decencia -exterior.» «¡Bellamente!—le respondí—. Y es muy verosímil que usted -acabe de hacer este servicio a esa dama de quien estamos hablando.» «No -por cierto—repuso ella—; ésa es una señora viuda y moza que desea -tener un amante; pero es de un gusto tan delicado en este particular, -que no sé si encontrará en vuestra señoría lo que busca, aunque sea -un señor, a lo que parece, de gran mérito. Tres caballeros le he -presentado, todos tres a cual más galán y airoso, y, sin embargo, -ninguno le ha contentado, despidiéndolos a todos con desdén.» «¡Oh, -madre!—exclamé yo con cierto aire de confianza—. ¡Eso a mí no me -acobarda! ¡Disponed que yo le hable y os doy mi palabra que presto -os daré buena cuenta de ella! Tengo deseo de verme a solas con una -hermosura esquiva, porque hasta ahora ninguna he tropezado de esa -especie.» «Pues bien—repuso la vieja—, venga vuestra señoría mañana -a esta misma hora y satisfará ese deseo.» «No faltaré—respondí—, y -veremos si un caballero mozo y gallardo pierde esa conquista.» - -Volví a casa del barberillo, sin empeñarme en buscar otras aventuras -hasta ver el éxito de la presente. El siguiente día, después de haberme -vestido a lo señor, fuí a casa de la vieja una hora antes de la que -ella me había señalado. «Señor—me dijo—, vuestra señoría ha venido -muy puntual, a lo que le estoy verdaderamente agradecida, aunque es -verdad que el motivo lo merece bien. He visto a nuestra viudica, y -las dos hemos hablado mucho de vuestra señoría. Encargóme que nada le -dijese de esto; pero he cobrado tanto amor a vuestra señoría, que no -puedo menos de decirle que ha quedado muy prendada de su persona y que -será un señor afortunado. Hablando aquí entre los dos, la tal viudita -es un bocado muy apetitoso. Su marido vivió poco tiempo con ella; fué -un relámpago su matrimonio y se puede decir que casi tiene el mérito de -una doncella.» Sin duda que la buena vieja quería hablar de aquellas -doncellas putativas que saben vivir en el celibato sin echar nada de -menos. - -Tardó poco nuestra heroína en llegar a casa de la vieja, en coche -de alquiler como el día anterior, pero vestida con ricas galas. -Luego que se dejó ver en la sala salí al encuentro, dando principio -a mi papel por cinco o seis profundas cortesías a lo elegante, -acompañadas de garbosas contorsiones. Acercándome después a ella con -mucha familiaridad, le dije: «Reina mía, aquí tiene usted a sus pies, -en este caballerito mozo, una de las más difíciles conquistas; pero -desde que tuve ayer la dicha de ver esos bellos ojos, astros del más -hermoso cielo, ni un solo instante se ha borrado de mi imaginación el -vivo retrato de tan perfecto original, de modo que enteramente ofuscó -el de cierta duquesa que ya comenzaba a poseer mi corazón.» «Sin -duda—respondió ella quitándose el velo—que el triunfo es muy glorioso -para mí; mas ni por eso es muy pura mi alegría, porque un señorito de -vuestra edad es naturalmente inclinado a la variedad y a la mudanza, -siendo tan dificultoso de fijar como el azogue o el espíritu volátil.» -«Reina mía—le repliqué—, si a usted le place, dejemos a un lado lo -futuro y pensemos sólo en lo presente. Usted es bella; yo la amo. -Embarquémonos sin reflexión como lo hacen los marineros; no miremos -a los peligros de la navegación; pongamos solamente los ojos en los -placeres que la acompañan.» - -Diciendo esto, me arrojé precipitadamente a los pies de mi ninfa y, -para imitar mejor a los elegantes, le supliqué y aun importuné de un -modo urgente que me hiciese feliz. Parecióme algún tanto conmovida -con mis instancias; pero juzgando sin duda que aun no era tiempo de -acceder a ellas, me alejó de sí con cierto cariñoso enojo, diciéndome: -«Deténgase vuestra señoría, que me parece un poco atrevido y me temo -que sea aún más libertino.» «¡Qué, señorita!—exclamé yo—. ¿Será -posible que usted aborrezca a un hombre a quien aman las mujeres de -la primera tijera? ¡Solamente a las vulgares y aldeanas parecen mal -esas tachas!» «¡Eso ya es demasiado!—repuso ella—. ¡Ya no puedo más, -y así, me rindo a razón tan poderosa! Veo que con los señores son -inútiles los espantos y reparos; es preciso que una pobre mujer ande -la mitad del camino. ¡Vuestra es ya la victoria!—añadió, aparentando -una especie de vergüenza, como si padeciera mucho su pudor en aquella -confesión—. Vos, señor, me habéis inspirado afectos que jamás he -sentido por nadie. Sólo me falta saber quién es vuestra señoría -para determinarme a escogerle por amante. Téngole por un señor, y -por un señor de nobles y honrados pensamientos. Con todo eso, no -estoy muy segura, y aunque me confieso inclinada a su persona, no -acabo de resolverme a hacer único dueño de mi amor y mi ternura a un -desconocido.» - -Acordéme entonces del ingenioso modo con que el criado de don Antonio -había salido de otro apuro semejante, y queriendo yo, a ejemplo -suyo, ser tenido por mi amo, dije a mi viuda: «No tengo reparo de -manifestaros mi nombre y apellido, pues no es tan obscuro que me -avergüence de confesarlo. ¿Habéis oído hablar alguna vez de don Matías -de Silva?» «Sí, señor—respondió ella—, y aun diré también que en -cierta ocasión le vi en casa de una amiga mía.» Turbóme un poco, a -pesar de mi descaro, esta inesperada respuesta; pero serenándome al -punto y cobrando aliento para salir bien de aquel barranco, proseguí -diciendo: «Me alegro, ángel mío, de que conozcáis a un caballero... a -quien... también conozco yo; pues sabed, ya que me es preciso decirlo, -que los dos somos de una misma casa. Su abuelo se casó con la cuñada -de un tío de mi padre, y así, somos, como veis, parientes bastante -cercanos. Yo me llamo don César y soy hijo único del ilustre don -Fernando de Ribera, que murió quince años ha en una batalla que se dió -en la raya de Portugal. Fué una acción endiabladamente viva, y os haría -una exacta y menuda relación de ella; pero sería malograr los momentos -preciosos que el amor quiere que yo emplee en cosas de mayor gusto.» - -Después de esta conversación, me mostré más vivamente encendido y -apasionado; pero al fin todo vino a parar en nada. Los favores que mi -apasionada deidad me concedió sólo sirvieron para hacerme suspirar -por los que me negó. La cruel volvió a meterse en su coche, que la -estaba esperando a la puerta. Yo, con todo eso, no dejé de retirarme -muy satisfecho de mi buena fortuna, aunque todavía no fuese completa -mi ventura. «Si no he podido hasta ahora lograr—me decía yo a mí -mismo—mas que favores a medias, sin duda es porque, siendo mi princesa -una dama tan distinguida, le pareció que no podía ni debía rendirse -al primer ataque. La altivez de su nacimiento retardó mi dicha; pero -ésta sólo se diferirá por algunos días.» Verdad es que, por otra parte, -se me ofrecía también que quizá podía ser una de las chuscas más -ladinas y refinadas. Con todo eso, me inclinaba más a mirar la cosa -por la mejor parte que por la peor, y así, me mantuve firme en el buen -concepto que había formado de la dama. Habíamos quedado de acuerdo, -cuando nos despedimos, en que nos volveríamos a ver el día siguiente; -y con la esperanza de estar tan vecino al colmo de mis deseos, me -recreaba yo en pensar que era infalible su logro. - -Ocupado de tan risueños pensamientos llegué a casa del barbero. Mudé de -vestido y fuí en busca de mi amo, que sabía estaba en cierta casa de -juego. Halléle, con efecto, jugando, y conocí que ganaba, porque no era -de aquellos jugadores serenos que se enriquecen o arruinan sin mudar -de semblante. Mi amo era burlón, y aun insolente, cuando le daba bien; -pero si perdía no había quien le aguantase. Levantóse muy alegre del -juego y se dirigió al corral de la calle del Príncipe. Seguíle hasta -la puerta del teatro, y allí me puso en la mano un ducado, diciéndome: -«Toma, Gil Blas, que quiero que entres a la parte en mi ganancia. -Vete a divertir con tus amigos, y a media noche irás a buscarme a -casa de Arsenia, donde he de cenar en compañía de don Alejo Seguier.» -Diciendo esto, entróse en el teatro, y yo me quedé discurriendo en -qué gastar mi ducado según la intención del donador; pero tardé poco -en resolverme. Presentóse en aquel punto Clarín, criado de don Alejo, -y llevéle conmigo a la primera taberna, donde estuvimos bebiendo y -divirtiéndonos hasta media noche. Desde allí nos fuimos a casa de -Arsenia, donde Clarín debía también hallarse, habiéndosele dado la -misma orden que a mí. Abriónos la puerta un lacayuelo y nos hizo entrar -en una sala baja, donde estaban dos criadas, la una de Arsenia y la -otra de Florimunda, riéndose ambas a carcajada tendida, mientras sus -dos amas se estaban divirtiendo en el cuarto principal con nuestros -amos. - -La llegada de dos mozos de buen humor que salían de cenar bien no podía -desagradar a aquellas damiselas, que acababan también de acomodarse -con las sobras de una cena, y cena de comediantas. ¡Pero cuál fué mi -admiración cuando en una de aquellas criadas reconocí a mi viudita, a -mi adorable viuda, que yo había tenido por una marquesa o condesa! Ella -también me pareció no menos sorprendida de ver a su querido don César -de Ribera convertido de elegante en lacayo. Sin embargo, nos miramos -uno a otro sin turbarnos, y aun nos dió a entrambos tal tentación de -risa, que no pudimos reprimirla; después de lo cual, Laura—que éste -era el nombre de mi princesa—, retirándome aparte mientras Clarín -hablaba con la compañera, me alargó con gracia la mano, diciéndome en -voz baja: «¡Tóquela usted, señor don César! Dejémonos de quejas y, en -vez de ellas, hagámonos amistosos cumplimientos. Usted hizo su papel -a las mil maravillas y yo no representé desgraciadamente el mío. ¿Qué -le parece del lance? ¡Vaya, confiese usted que me tuvo por una de -aquellas damas que a veces se divierten en imitar a las que hacen por -oficio lo que ellas por burla!» «Es verdad—le respondí—; pero, reina -mía, seas lo que fueres, sábete que, aunque he mudado de forma, no he -mudado de parecer. Admite benignamente mi cariño y permite que acabe el -ayuda de cámara de don Matías lo que tan felizmente comenzó don César -de Ribera.» «¡Quita allá!—repuso ella—. Ten por cierto que te amo -más en tu propio original que en el retrato de otro. Tú eres entre los -hombres lo mismo que yo entre las mujeres; ésta es la mayor alabanza -que puedo darte. Desde este mismo punto te recibo en el número de mis -apasionados. No necesitamos ya de la vieja para nada; puedes venir -aquí con libertad, porque nosotras, las damas de teatro, vivimos sin -sujeción, mezcladas con los hombres. Convengo en que esto no a todos -parece bien; pero el público se ríe, y nuestro oficio, como tú sabes, -es sólo divertirle.» - -No pasó la conversación más adelante porque no estábamos solos. Hízose -general; fué viva, alegre, festiva y llena de agudezas y de equívocos -nada difíciles de entender. La criada de Arsenia, mi adorada Laura, -superó a todos, mostrando más ingenio y más agudeza que virtud. -Por otra parte, nuestros amos y las comediantas reían arriba tan -descompuestamente, que se conocía no ser su conversación más seria -ni más circunspecta que la nuestra. Si se hubieran escrito todas las -bellas cosas que se dijeron aquella noche en casa de Arsenia, creo -que se habría compuesto un libro muy instructivo para la juventud. -Mientras tanto, llegó la hora de retirarse cada uno a su casa; quiero -decir que ya había amanecido, y fué preciso separarnos. Clarín siguió a -don Alejo y yo me retiré con don Matías. - - - - -CAPÍTULO VI - -De la conversación de algunos señores sobre los comediantes de la -compañía del teatro del Príncipe. - - -Al mismo tiempo que se levantaba mi amo de la cama, recibió un -billete de don Alejo Seguier, en que decía le quedaba esperando en -su casa. Pasamos a ella y encontramos allí al marqués de Zenete y a -otro caballerito de buena traza, a quien yo nunca había visto. «Don -Matías—dijo Seguier a mi amo presentándole el tal caballerito—, este -caballero es don Pompeyo de Castro, mi pariente. Reside en la corte de -Portugal casi desde su infancia. Ayer noche llegó a Madrid y mañana se -restituye a Lisboa. No nos concede mas que este día para gozar de su -compañía y conversación. Yo quiero aprovechar un tiempo tan precioso, -y para hacerle más grato y divertido, necesito de ti y del marqués de -Zenete.» Al oír esto mi amo dió un estrechísimo abrazo al pariente de -don Alejo, y recíprocamente se hicieron grandes cumplidos. A mí me -agradó mucho todo lo que decía don Pompeyo, y desde luego hice juicio -de que era hombre de entendimiento sólido y de discernimiento delicado. - -Comieron todos en casa de Seguier, y después de comer se pusieron a -jugar, para divertir el tiempo hasta la hora de la comedia. Entonces -fueron todos al teatro del Príncipe, donde se representaba la nueva -tragedia intitulada _La reina de Cartago_. Acabada la representación, -volvieron juntos a cenar donde habían comido, y toda la conversación -se la llevó la tragedia que acababan de oír y los actores que la -representaron. «En cuanto al drama—dijo don Matías—, hago poco -aprecio de él, porque encuentro a Eneas más frío e insulso que en la -_Eneida_; pero es preciso confesar que se representó divinamente. -Veamos lo que nos dice el señor don Pompeyo, porque sospecho que -no se ha de conformar con mi sentir.» «Señores—respondió aquel -caballero sonriéndose—, veo a ustedes tan pagados de sus actores y -tan hechizados particularmente de sus actrices, que no me atrevo a -confesar que en este punto no concuerdan nuestras opiniones.» «¡Bien -dicho—interrumpió burlándose don Alejo—, porque aquí sería mal -recibida la vuestra! Haces bien en respetar las actrices a presencia de -los panegiristas de su reputación. Nosotros vivimos y bebemos todos los -días con ellas, somos defensores del primor con que representan, y si -fuere menester daremos testimonio de ello.» «No lo dudo—interrumpió el -pariente—, y también pudieran ustedes darlo de su vida y costumbres, -según la familiaridad con que me parece las tratan.» «¡Sin duda -que serán mejores vuestras comediantas de Lisboa!», dijo entonces -zumbándose el marqués de Zenete. «Sí, ciertamente—respondió don -Pompeyo—, valen algo más que las de Madrid; por lo menos hay algunas -en quienes no se nota el más mínimo defecto.» «Esas tales—replicó el -marqués—pueden contar con vuestras certificaciones.» «Yo—repuso don -Pompeyo—no tengo trato alguno con ellas ni concurro a sus reuniones, -y así puedo juzgar de su mérito sin preocupación ni parcialidad. -Pero, de buena fe—prosiguió—, ¿estáis verdaderamente persuadidos -de que en vuestro teatro tenéis una compañía excelente?» «¡No, -pardiez!—respondió el marqués—. Yo solamente defiendo un número muy -corto de los actores y echo a un lado a todos los demás. Pero no me -negaréis que es admirable la primera dama que representa el papel de -Dido. ¿No lo representa con toda la nobleza, con toda la majestad y -con todo el agrado que nos figuramos en aquella desgraciada reina? -¿Y no habéis admirado el arte con que interesa al espectador en sus -afectos, haciéndole sentir aquellos mismos movimientos diversos que -excitan en ella las diferentes pasiones? Parece que se arroba o que se -exhala cuando llega a lo más delicado y patético de la declamación.» -«Convengo—respondió don Pompeyo—en que sabe conmover y enternecer; -esto quiere decir que representa bien, pero no que carezca de defectos. -Dos o tres cosas me chocaron en ella. Por ejemplo: si quiere expresar -un afecto de admiración o de sorpresa, vuelve y revuelve aquellos ojos -de un modo tan violento y tan fuera de lo natural, que verdaderamente -dice muy mal en la majestuosa gravedad de una princesa. Añádase a -esto que con engrosar la voz, que tiene naturalmente dulce y delicada, -forma un sonido bronco bastante desapacible. Fuera de eso, en más de -un lugar de la tragedia hacía ciertas pausas que alteraban u ofuscaban -el sentido, dando motivo para sospechar que no comprendía bien aquello -mismo que decía. Sin embargo, quiero más bien suponer que estaba -distraída que acusarla de falta de inteligencia.» «A lo que veo—dijo -don Matías al censor—, vos no os atreveríais a componer versos -en alabanza de nuestras cómicas.» «¡No digáis eso!—respondió don -Pompeyo—. Antes bien, descubro en ellas un gran talento a través de -sus defectos, y aun diré que me encantó la que hizo papel de criada en -el entremés. ¡Qué naturalidad la suya! ¡Con qué gracia se presentó en -las tablas! Cuando tiene que decir algún chiste, le sazona con cierta -risita taimada llena de mil gracias, que le añaden infinita sal. Podrá -quizá notársele de que alguna vez se deja llevar algo de su viveza y -que pasa los límites de un desembarazo comedido; pero no hemos de ser -tan rigurosos. Yo sólo quisiera que se corrigiese de una mala costumbre -que ha tomado. Muchas veces, en medio de una escena y en pasaje serio, -interrumpe de improviso la acción por dejarse llevar de una loca gana -de reír que le da. Diráseme, acaso, que entonces es precisamente cuando -más la aplauden los del patio. ¡Grande aprobación, por cierto!» «¿Y qué -nos dice usted de los comediantes?—interrumpió el marqués—. Sin duda -que contra éstos disparará toda su artillería, cuando no ha perdonado -a las comediantas.» «No es así—respondió don Pompeyo—. Vi algunos -actores jóvenes que prometen mucho; sobre todo me gustó bastante aquel -comediante gordo que hizo el papel de primer ministro de Dido. Recita -muy naturalmente, y así se recita en Portugal.» «Si ésos le contentaron -a usted tanto—dijo Seguier—, habrá quedado hechizado del que hizo el -papel de Eneas. ¿No le pareció a usted un gran comediante, un actor -original?» «Y aun demasiado original—respondió el censor—, porque -tiene tonos que son privativos suyos. Por señas, que son bien agudos y -bien descompasados; tanto, que casi todos salen fuera de lo natural. -Precipita las palabras donde se encierra el sentido y se detiene en -las otras que no contienen alguno. Tal vez hace también gran esfuerzo -en las puras conjunciones. Divirtióme mucho, con especialidad en aquel -pasaje en que explica a su confidente la violencia que le cuesta la -necesidad de abandonar a su princesa. No es fácil expresar un dolor -más cómicamente.» «¡Poco a poco, primo!—replicó don Alejo—. ¡Al paso -que vas, nos harás creer que aun no se ha introducido el mejor gusto -en la corte de Portugal! ¿Sabes que el actor de que se trata es un -hombre singular? ¿No oíste las palmadas y los vivas con que todos le -aplaudieron? Todo eso prueba que no es tan malo como le pintas.» «Nada -prueban—replicó don Pompeyo—esas palmadas ni esos vivas. Dejemos, -señores, si les place, esos aplausos del vulgo. Frecuentemente los da -muy fuera de tiempo y contra toda razón, y por lo común aplaude menos -el verdadero mérito que el falso, como nos lo enseña Fedro por medio -de una fábula ingeniosa. Permitidme que os la cuente: Juntóse en una -gran plaza de cierta ciudad todo el pueblo para ver las habilidades -que hacían unos charlatanes titiriteros. Entre ellos había uno que -se llevaba los aplausos de todos. Este bufón, al acabar otros varios -juegos de manos, quiso cerrar la función dando al pueblo un espectáculo -nuevo. Dejóse ver solo en el tablado; cubrióse la cabeza con la capa; -agachóse, y comenzó a remedar el gruñido de un cochinillo, con tanta -propiedad, que todos creyeron que verdaderamente tenía escondido debajo -de la capa algún marranito verdadero. Comenzaron todos a gritar que -se quitase la capa; hízolo así, y viendo que no tenía cosa alguna -debajo de ella, se renovaron los aplausos y la grande algazara del -populacho. Un lugareño que estaba en el auditorio, chocándole mucho -aquellas importunas expresiones de necia admiración, gritó pidiendo -silencio, y dijo: «Señores, sin razón se admiran ustedes de lo que hace -ese bufón. No ha hecho el papel del marranito con tanta perfección -como a ustedes les parece. Yo lo sé hacer mucho mejor que él; y si -alguno lo duda, no tiene mas que concurrir a este sitio mañana a la -misma hora.» El pueblo, preocupado ya en favor del charlatán, se -juntó al día siguiente, aún en mucho mayor número que el anterior, -más para silbar al paisano que por divertirse en ver lo que había -prometido. Dejáronse ver en el teatro los dos competidores. Comenzó el -bufón y fué más aplaudido que lo había sido nunca. Siguióse después -el labrador; agachóse cubierto con su capa, tiró de la oreja a un -marranito que llevaba escondido debajo del brazo, y el animalito empezó -a dar unos gruñidos muy agudos. Sin embargo, el auditorio declaró la -victoria por el pantomimo y atolondró al paisano con silbidos. No por -eso se turbó ni corrió el buen lugareño; antes bien, mostrando el -lechoncillo al auditorio, «¡Señores—dijo con mucha socarronería—, -ustedes no me han silbado a mí, sino al marrano! ¡Miren ahora qué -buenos jueces son!» «Primo—dijo don Alejo—, en verdad que tu fábula -pica que rabia. Con todo eso, a pesar de tu lechoncillo, nosotros nos -mantenemos en lo dicho. Mudemos de asunto—prosiguió—, porque éste -ya me empalaga. ¿Conque tú estás resuelto a marchar mañana, sin hacer -caso del gran gusto que tendría yo en disfrutar por más tiempo de tu -amable compañía?» «También quisiera yo—respondió su pariente—gozar -más despacio de la tuya, pero no puedo. Ya te dije que vine a la corte -a cierto negocio de Estado. Ayer hablé al primer ministro, mañana -tengo que volver a verle y un momento después me es preciso partir -en posta para restituirme a Lisboa.» «Cátate un portugués hecho y -derecho—replicó Seguier—; y según todas las señas, nunca vendrás a -establecerte en Madrid.» «Creo que no—respondió don Pompeyo—. Tengo -la fortuna de que me quiere el rey de Portugal y estoy bien hallado -en su Corte. Pero ¿creerás tú que, no obstante la bondad con que me -distingue, faltó poco para que saliese desterrado para siempre de sus -dominios?» «¿Cómo así?—le replicó don Alejo—. ¡Cuéntanoslo, por tu -vida!» «Con mucho gusto—respondió don Pompeyo—; y al mismo tiempo os -contaré también la historia de mis sucesos.» - - - - -CAPÍTULO VII - -Historia de don Pompeyo de Castro. - - -«Ya sabe don Alejo—prosiguió don Pompeyo—que desde mis más tiernos -años me incliné a las armas; y como en España gozábamos una paz -octaviana, tomé el partido de ir a Portugal. De allí pasé a Africa -con el duque de Braganza, que me empleó en su ejército. Era yo un -segundo de los menos ricos de España, lo que me puso en precisión de -distinguirme con hazañas que mereciesen la atención del general. Hice -mi deber, de modo que el duque me adelantó y me puso en paraje de -continuar en el servicio con honor. Después de una larga guerra, cuyo -fin no ignoran ustedes, me dediqué a seguir la Corte, y Su Majestad, -por los buenos informes que dieron de mí los generales, me gratificó -con una pensión considerable. Agradecido a la generosidad del monarca, -no perdí ocasión de manifestar mi reconocimiento. Poníame en su -presencia a aquellas horas en que era permitido verle y hacerle la -corte. Por esta conducta me granjeé insensiblemente su estimación y -recibí nuevos beneficios de su benignidad. - -»Un día que me distinguí en una carrera de sortija y en una corrida -de toros que precedió a ella, toda la Corte aplaudió mi valor y mi -destreza, y cuando volví a casa, colmado de aclamaciones, me hallé -con un billete en que se me decía que cierta dama, cuya conquista me -debía lisonjear más que toda la gloria granjeada en aquel día, deseaba -hablarme, y que para esto, a la entrada de la noche, concurriese a -cierto sitio que se me señalaba. Dióme más gusto este papel que todas -las alabanzas que había recibido, no dudando que fuese una dama de la -primera distinción la que me escribía. Fácilmente creerán ustedes que -no me descuidé y que apenas anocheció fuí volando al paraje que se me -había indicado. Esperábame en él una vieja para servirme de guía, y -me introdujo por una portezuela en el jardín de una gran casa, donde -me condujo a un rico gabinete, en que me dejó encerrado, diciéndome: -«Sírvase vuestra señoría de esperar aquí mientras aviso a mi ama.» Vi -mil cosas preciosísimas en aquel gabinete, que estaba iluminado con -gran número de bujías, magnificencia que me confirmó en el concepto -que yo había formado de la nobleza de aquella dama. Y si todo lo que -estaba mirando contribuía a ratificarme en que no podía menos de ser -aquélla una persona de la más alta calidad, mucho más me confirmé en -mi opinión cuando ella se dejó ver, con un aire verdaderamente noble y -majestuoso. Sin embargo, no era lo que yo había pensado. - -«Caballero—me dijo—a vista del paso que acabo de dar en vuestro -favor, sería inútil querer ocultaros los tiernos afectos que habéis -excitado en mi corazón. No penséis que éstos me los inspiró el gran -mérito que habéis mostrado hoy a vista de toda la Corte, no por -cierto; este mérito no hizo mas que precipitar su manifestación. Os -he visto más de una vez, me he informado de quién sois y el elogio -que me han hecho me ha determinado a seguir mi inclinación. Pero no -os lisonjeéis—prosiguió ella—creyendo que habéis hecho la conquista -de alguna duquesa. Yo no soy mas que la viuda de un simple oficial de -guardias del rey; lo único que puede hacer gloriosa vuestra victoria es -la preferencia que os doy sobre uno de los mayores señores del reino. -El duque de Almeida me ama y hace cuanto puede para ser correspondido, -pero no lo consigue y sólo admito sus obsequios por vanidad. - -»Aunque estas palabras me dieron a entender que trataba con una chusca -amiga de aventuras amorosas, no dejé de mostrarme agradecido a mi -estrella por este encuentro. Doña Hortensia—que así se llamaba—estaba -en la flor de su juventud y su extremada hermosura me encantaba. -Fuera de esto, me ofrecía ser dueño de un corazón que se negaba a las -pretensiones de un duque. ¡Gran triunfo para un caballero español! -Arrojéme a los pies de Hortensia para rendirle gracias por sus -favores. Díjele cuanto podía decirle un hombre apasionado, y creo que -quedó muy satisfecha de las vivas expresiones con que le aseguré de mi -fidelidad y gratitud. Separámonos, quedando ambos los mayores amigos -del mundo, después de haber convenido en vernos todas las noches que no -pudiese venir a su casa el duque, tomando ella a su cargo avisarme muy -puntualmente. Así lo hizo, y yo vine a ser el Adonis de aquella nueva -Venus. - -»Pero los placeres de esta vida duran poco. A pesar de las precauciones -que tomó Hortensia para que nuestra amistad no llegase a noticia -de mi competidor, no dejó de saber éste todo lo que nos importaba -tanto que ignorase. Enteróle de ello una criada descontenta, y aquel -señor, naturalmente generoso, pero altivo, celoso y arrebatado, se -indignó sobremanera de mi audacia. La ira y los celos le turbaron la -razón, y, siguiendo sólo lo que le dictaba su enojo, determinó tomar -venganza de mí de un modo infame. Una noche que estaba yo en casa -de Hortensia me esperó a la puerta falsa del jardín, en compañía de -sus criados, armados todos de garrotes. Luego que salí hizo que se -arrojasen a mí aquellos canallas y les mandó que me matasen a palos. -«¡Dadle fuerte!—les decía—. ¡Muera a garrotazos ese temerario, que -con esta infamia quiero castigar su insolencia.» Apenas dijo estas -palabras, cuando todos me asaltaron, y me dieron tantos palos, que -me dejaron tendido en tierra, sin sentido. Retiráronse después con -su amo, para quien aquella cruel escena había sido el más divertido -espectáculo. Permanecí el resto de la noche en el estado en que me -dejaron, hasta que al romper el día pasaron junto a mí algunas personas -que, observando que todavía respiraba, tuvieron la caridad de llevarme -a casa de un cirujano. Por fortuna, se advirtió que no eran mortales -los golpes, y tuve también la de caer en manos de un hombre hábil que -me curó perfectamente en dos meses. Al cabo de este tiempo volví a -presentarme en la Corte, donde proseguí en el mismo método que antes, -pero sin volver a entrar en casa de Hortensia, la cual tampoco hizo por -su parte diligencia alguna para que nos viésemos, porque a este solo -precio le había perdonado el duque su infidelidad. - -»Como todos sabían mi aventura y ninguno me tenía por cobarde se -admiraban de verme tan sereno como si no hubiera recibido la menor -afrenta, sin saber qué discurrir de mi aparente indiferencia. Unos -creían que, a pesar de mi valor, la calidad del agresor me contenía -y me obligaba a tragarme el ultraje; y otros, con mayor fundamento, -no se fiaban en mi silencio y miraban como una calma engañosa la -sosegada situación que aparentaba. El rey pensó, como éstos, que yo -no era hombre que olvidase un agravio sin tomar satisfacción de él -y que no dejaría de vengarme cuando encontrase oportunidad. Para -averiguar si había adivinado mi pensamiento, me hizo entrar un día en -su gabinete y me dijo: «Don Pompeyo, ya sé el lance que te sucedió, y -confieso que estoy admirado de ver tu tranquilidad. Tú ciertamente -maquinas y disimulas.» «Señor—le respondí—, ignoro quién pudo ser -mi ofensor, porque me acometieron de noche unos desconocidos; fué una -desgracia de la que es forzoso consolarme.» «¡No, no!—replicó el -rey—. ¡No pienses alucinarme con esa respuesta poco sincera! Estoy -informado de todo: el duque de Almeida fué el que mortalmente te -ofendió. Tú eres noble y español, y sé muy bien a lo que te empeñan -esas dos circunstancias. Sin duda has hecho ánimo de vengarte, y quiero -decisivamente que me confieses la determinación que has tomado, y no -temas que llegue jamás el caso de arrepentirte de haberme confiado -tu secreto.» «Pues ya que vuestra majestad lo manda—respondí—, no -puedo menos de manifestarle con toda verdad mi pensamiento. Sí, señor, -sólo pienso en vengar la afrenta que he recibido. Todo hombre que ha -nacido como yo es responsable de su honor a su linaje y a su mismo -nacimiento. Vuestra majestad sabe muy bien la injuria que se me ha -hecho, y yo he resuelto asesinar al duque de un modo que corresponda -a la ofensa. Le sepultaré un puñal en el pecho o le levantaré la tapa -de los sesos de un pistoletazo, y me refugiaré en España si pudiere. -Tal es, señor, mi intención.» «A la verdad—repuso el rey—, me parece -violenta; pero no por eso me atreveré a condenarla, considerada la -cruel afrenta que te hizo el duque. Conozco que merece el castigo que -le tienes dispuesto; pero suspéndelo por un poco; no lo pongas en -ejecución tan presto; dame tiempo para pensar y encontrar algún medio -que os esté bien a los dos.» «¡Ah, señor!—exclamé yo, no sin alguna -conmoción—. ¿Pues a qué fin me obligó vuestra majestad a descubrirle -mi secreto? ¿Qué medio puede jamás...?» «Si no encuentro alguno que te -deje satisfecho—interrumpió el rey—, podrás ejecutar entonces lo que -tienes pensado. No pretendo abusar de la confianza que me has hecho; no -sacrificaré tu honor, y en esta conformidad puedes vivir muy tranquilo.» - -»Andaba yo discurriendo qué medios podía buscar el rey para componer -amigablemente este negocio, y he aquí cómo lo dispuso. Habló a solas a -mi enemigo y le dijo: «Duque, tú has ofendido a don Pompeyo de Castro -y no ignoras que es un caballero ilustre a quien yo estimo y que me ha -servido bien. Es preciso que le des satisfacción.» «Señor—respondió -el duque—, no se la negaré. Si está quejoso de mi proceder, pronto -estoy a darle satisfacción con las armas.» «Es muy diferente la que -debes dar—replicó el rey—. Un español noble conoce muy bien las -leyes del pundonor para querer medir su espada noblemente con un -cobarde asesino. No puedo darte otro nombre, ni tú podrás borrar la -bajeza de una acción tan villana sino presentando tú mismo un palo a -tu enemigo y ofreciéndote a que él te apalee por su mano.» «¡Santo -cielo!—exclamó mi enemigo—. Pues qué, señor, ¿quiere vuestra majestad -que un hombre de mi clase se degrade y humille delante de un caballero -particular hasta llevar con paciencia algunos palos?» «No llegará ese -caso—respondió el rey—. Yo obligaré a don Pompeyo a darme palabra -de que no te tocará; sólo exijo que le pidas perdón de tu violencia, -presentándole el palo.» «Señor—replicó el duque—, eso es pedirme -demasiado y prefiero el quedar expuesto a las ocultas asechanzas de -su enojo.» «Aprecio tu vida—repuso el monarca—, y quisiera que este -asunto no tuviera funestas resultas. Para terminarlo con menos disgusto -tuyo, seré yo solo testigo de dicha satisfacción, que te mando des al -español.» - -»Necesitó el rey de todo su poder para conseguir que el duque se -sujetase a un paso tan humillante, pero al fin lo logró. Envióme -después a llamar y contóme la conversación que había tenido con mi -enemigo, preguntándome al mismo tiempo si me contentaría yo con la -satisfacción en que ambos habían convenido. Respondíle que sí y di -palabra de que, lejos de ofenderle, ni aun siquiera tomaría en la mano -el palo que me presentase. Dispuestas así las cosas, concurrimos el -duque y yo al cuarto del rey cierto día y a cierta hora, y su majestad -se cerró con nosotros en su gabinete. «¡Ea—dijo al primero—, conoced -vuestra falta y mereced el perdón!» Dióme entonces sus disculpas mi -contrario y presentóme el bastón que tenía en la mano. «Tomad, don -Pompeyo, ese bastón—me dijo el rey—y no os detenga mi presencia para -tomar venganza de vuestro honor ultrajado. Yo os levanto la palabra -que disteis de no maltratar al duque.» «No, señor—respondí—; basta -que se haya sujetado a ser apaleado por mí. Un español ofendido no -pide mayor satisfacción.» «Pues bien—repuso el rey—, ya que los dos -os dais por satisfechos, podréis ahora tomar libremente el partido -que se acostumbra entre caballeros, según el proceder regular. Medid -vuestras espadas para terminar el duelo.» «¡Eso es lo que yo deseo -vivamente—dijo el duque con voz alterada y descompuesta—, porque sólo -eso es capaz de consolarme del vergonzoso paso que acabo de dar!» - -»Dichas estas palabras, se retiró, colérico y abochornado, y dos horas -después me envió a decir que me esperaba en cierto sitio retirado. -Acudí allá y le encontré dispuesto a reñir en forma. Tenía unos -cuarenta y cinco años y no le faltaba destreza ni valor, pudiéndose -decir con verdad que era igual el partido. «Venid, don Pompeyo—me -dijo—, y terminemos de una vez nuestras contiendas. Uno y otro -debemos estar airados; vos, por el modo con que os traté, y yo por -haberos pedido perdón.» Diciendo esto, echó precipitadamente mano a -la espada, y tanto, que no me dió tiempo para responderle. Tiróme -dos o tres estocadas con la mayor presteza, pero tuve la fortuna de -parar los golpes. Acometíle después y conocí que reñía con un hombre -tan diestro en defenderse como en acometer; y no sé lo que hubiera -sido de mí a no haber tropezado él y caído de espaldas cuando se -defendía retirándose. Detúveme así que le vi en tierra y le dije se -levantase. «¿Por qué razón me perdonáis?—me preguntó—. Me ofende -mucho esa piadosa generosidad.» «También quedaría muy obscurecida mi -gloria—le respondí yo—si quisiera aprovecharme de vuestra desgracia. -Levantaos, vuelvo a decir, y prosigamos nuestro duelo.» «¡No, don -Pompeyo!—me dijo mientras se iba levantando—. ¡A vista de un rasgo -tan noble, no me permite mi honor empuñar la espada contra vos! ¿Qué -diría el mundo de mí si tuviera la fatalidad de pasaros el pecho? -¡Tendríame por un ruin cobarde si quitaba la vida a quien pudo darme -la muerte! No puedo, pues, armarme contra vuestra vida; antes bien, -mi gratitud ha convertido en dulces y amorosos afectos los furiosos -movimientos que agitaban mi corazón. Don Pompeyo—continuó—, cesemos -ya de aborrecernos. ¡Poco dije! ¡Seamos amigos!» «¡Ah, señor—exclamó -yo—, y con qué placer acepto una propuesta tan gustosa! Desde este -instante os juro una sincerísima amistad, y para daros desde luego -la prueba más positiva de ella, os prometo no poner más los pies en -casa de doña Hortensia, aun cuando ella lo deseara.» «No admito la -promesa—dijo él—; antes bien, quiero cederos esta señora. Es más -razón que yo os la deje, puesto que su inclinación a vos es natural -en ella.» «¡No, no!—le interrumpí—. Vos la amáis, y los favores -que me hiciese podrían inquietaros; y así, quiero sacrificarla a -vuestra paz y quietud.» «¡Oh, insigne español, lleno todo de nobleza -y generosidad!—exclamó arrebatado el duque—. Me encanta vuestro -modo de pensar. ¡Oh, y qué remordimientos siento al oírlo! ¡Con qué -dolor y con cuánta vergüenza se me presenta a la memoria el ultraje -que os hice! Paréceme ahora muy ligera la satisfacción que os di en -el gabinete del rey. Quiero repararla de un modo más público, y para -borrar enteramente la infamia, os ofrezco una sobrina mía, de cuya mano -puedo disponer; es una heredera rica, que aun no ha cumplido quince -años, y todavía más hermosa que joven.» - -»Di al duque todas aquellas gracias que me podía inspirar el honor de -enlazarme con su familia, y pocos días después me casé con su sobrina. -Toda la Corte se congratuló con aquel personaje por haber labrado la -fortuna de un caballero a quien había cubierto de ignominia. Desde -entonces acá, señores míos, vivo con el mayor gusto en Lisboa. Mi -esposa me ama y yo la amo. Su tío me da cada día nuevas pruebas de -amistad y puedo preciarme de que merezco un buen concepto al rey; y -prueba de su estimación es la importancia del negocio que de su orden -me ha traído a Madrid.» - - - - -CAPÍTULO VIII - -Por qué accidente se ve precisado Gil Blas a buscar nuevo acomodo. - - -Esta fué la historia que contó don Pompeyo y que oímos el criado de -don Alejo y yo, aunque nos mandaron que nos retirásemos antes que la -principiase. Hicímoslo así, pero nos quedamos a la puerta de la sala, -que de propósito dejamos entornada, y pudimos oír todo lo que dijo, sin -perder una sola palabra. Prosiguieron después bebiendo aquellos señores -y se separaron antes del día, porque como don Pompeyo había de hablar -por la mañana al ministro, era razón que le diesen tiempo de reposar -algún tanto. El marqués de Zenete y mi amo se despidieron de aquel -caballero, abrazándole y dejándole con su pariente. - -Nosotros, por esta vez, nos acostamos al amanecer, y al día siguiente -mi amo me honró dándome otro nuevo empleo. «Gil Blas—me dijo—, -toma papel, tinta y pluma para escribir dos o tres cartas que quiero -dictarte, pues te hago mi secretario.» «¡Bravo!—dije entre mí—. -¡Esto se llama acrecentamiento de encargos! ¡Lacayo para ir detrás -de mi amo a todas partes, ayuda de cámara para ayudarle a vestir y -secretario para escribirle las cartas, dictándome su señoría! ¡El -Cielo sea loado por todo! ¡Voy, como la triforme Hécate, a representar -tres muy distintos personajes!» «Tú no sabes—prosiguió mi amo—qué -fin llevo en escribir estas cartas. Voy a decírtelo; pero sé callado, -porque te va la vida en ello. A cada paso tropiezo con gentes que me -apestan alabándose de sus felices galanteos, y yo quiero sobrepujar a -su vanidad, para lo que he pensado llevar siempre en el bolsillo varios -billetes fingidos de diferentes damas y leérselos cuando ellos hagan -necio alarde de sus triunfos. Esto me divertirá un rato y seré más -dichoso que todos mis compañeros, porque ellos solicitan esas fortunas -sólo por tener el gusto de publicarlas, y yo tendré el gusto de -referirlas sin los malos ratos que trae consigo el pretenderlas. Pero -tú—añadió—procura desfigurar tu letra, mudando la forma de manera que -los papeles no parezcan escritos de una misma mano.» - -Tomé, pues, pluma, tinta y papel para obedecer a don Matías, quien me -dictó un billete en los términos siguientes: «Anoche faltaste a tu -palabra y no te dejaste ver en el sitio concertado. ¡Ah don Matías, no -sé qué podrás decir para disculparte! Grande ha sido mi error, pero -bien has castigado mi vanidad y la ligereza con que creía yo que todas -las diversiones, y aun todos los negocios del mundo, debían ceder -al gusto de ver a _Doña Clara de Mendoza_.» Después de este billete -me hizo escribir otro como de una dama que posponía a un gran señor -por amor a su persona; y otro, en fin, en el cual otra dama le decía -que, si estuviera segura de su discreción, harían juntos el viaje -de Citerea. No contentándose con hacerme escribir unos billetes tan -bellos, me obligaba a que los firmase con el nombre de varias señoras -muy distinguidas. No pude menos de decirle que la cosa me parecía -demasiadamente delicada, pero me respondió secamente que nunca me -metiese en darle consejos mientras no me los pidiera. Vime precisado -a callar y obedecerle. Acabóse de vestir, ayudándole yo; metió los -billetes en el bolsillo y salió de casa. Seguíle y fuimos a la de -don Juan de Moncada, que tenía convidados aquel día a cinco o seis -caballeros amigos suyos. - -Hubo una gran comida y reinó en toda ella la alegría, que es la salsa -mejor de los banquetes. Todos los convidados contribuyeron a mantener -divertida la conversación, unos con chistes y otros contando aventuras -que ellos decían haberles sucedido. No malogró mi amo tan favorable -ocasión de hacer lucir los papeles amorosos que me había hecho -escribir. Leyólos en alta voz y en tono tan natural, que, a excepción -de su secretario, todos los demás pudieron tenerlos por muy verdaderos. -Entre los caballeros que se hallaban presentes a tan descarada lectura -había uno que se llamaba don Lope de Velasco, hombre grave y de juicio, -el cual, en vez de celebrar como los demás las imaginarias fortunas, -preguntó fríamente a mi amo si le había costado mucho hacerse dueño de -la voluntad de doña Clara. «Menos que nada—le respondió don Matías—, -pues ella fué la que dió los primeros pasos. Vióme en el paseo, -prendóse de mí, mandó que me siguiesen, supo quién era yo, escribióme -y citóme para su casa a la una de la noche, cuando todos estaban -durmiendo. Fuí allá, introdujéronme en su cuarto... Lo demás no permite -mi prudencia que lo diga.» - -Cuando don Lope de Velasco oyó aquella lacónica relación, se turbó -tanto que todos se lo conocieron, y no era dificultoso adivinar -lo mucho que se interesaba en el honor de aquella dama. «Todos -esos billetes—dijo a mi amo mirándole con semblante airado—son -enteramente falsos, en particular el de doña Clara de Mendoza, de -que tanta ostentación hacéis. No hay en España señorita más recatada -y honesta que ella. Dos años ha que la obsequia un caballero que no -os cede en nacimiento ni en prendas personales y apenas ha podido -conseguir de ella los más inocentes favores, siendo así que se puede -lisonjear de que, si fuera capaz de conceder alguno, a ningún otro sino -a él se los dispensaría.» «¿Y quién os dice lo contrario?—replicó -mi amo en un tono burlón—. Yo no me aparto de que es una señorita -muy honesta. Yo también soy muy honesto caballerito. Conque debéis -creer que nada pasaría que no fuese honestísimo.» «¡Oh, eso ya pasa -de raya!—interrumpió don Lope—. Dejémonos de chanzas. Vos sois -un impostor y jamás doña Clara os dió cita para de noche. No puedo -tolerar que manchéis su reputación. Tampoco a mí me permite ahora -la prudencia deciros lo demás.» Y diciendo estas palabras miró con -arrogancia a los concurrentes y se retiró con un aire que anunciaba -las malas consecuencias que podría tener aquel negocio. Mi amo, que -tenía bastante valor para un señor de su carácter, hizo poco caso de -las amenazas de don Lope. «¡Gran tonto!—exclamó dando una carcajada—. -¡Los caballeros andantes sólo defendían la _sin par hermosura_ de sus -damas; pero éste quiere defender la _sin par honestidad_ de la suya, lo -que me parece empeño todavía más extravagante!» - -La retirada de Velasco, a la que en vano quiso oponerse Moncada, no -descompuso la fiesta. Los caballeros, sin parar la atención en ello, -prosiguieron alegrándose y no se separaron hasta el amanecer. Mi amo -y yo nos acostamos a las cinco de la mañana. El sueño ya me rendía -y había hecho ánimo de dormir bien, pero echaba la cuenta sin la -huéspeda, o, por mejor decir, sin nuestro portero, el que una hora -después me vino a despertar y a decirme que estaba a la puerta de la -calle un mozo que preguntaba por mí. «¡Ah, maldito portero!—dije -bostezando, entre enfadado y dormido—. ¿No consideras que sólo ha -una hora que me acosté? Di a ese hombre que estoy durmiendo y que -vuelva más tarde.» «Dice—respondió el portero—que tiene precisión -de hablarte luego luego, porque es cosa urgente.» Levantéme a estas -palabras, poniéndome solamente los calzones y una almilla, y echando -mil pestes fuí a ver lo que me quería el mozo que me buscaba. -«Amigo—le dije—, ¿qué negocio tan urgente es el que me proporciona -la honra de verte tan de mañana?» «Una carta—respondió—que tengo que -entregar en mano propia al señor don Matías y es preciso la lea cuanto -antes. Su contenido es de la mayor importancia, y así, te ruego que -me lleves a su cuarto.» Persuadido de que debía de ser alguna cosa de -grande consecuencia, me tomé la licencia de ir a despertar a mi amo. -«Perdone vuestra señoría—le dije—si le vengo a interrumpir el sueño; -pero la importancia...» «¿Qué diantres me quieres?», dijo enfadado. -«Señor—dijo entonces el mozo que me acompañaba—, es una carta de -don Lope de Velasco que debo entregar a usía.» Incorporóse don Matías, -tomó el billete, leyóle y dijo con mucho sosiego al criado de don Lope: -«Hijo, yo nunca me levanto hasta mediodía aunque me conviden para la -mejor diversión del mundo. ¡Mira ahora si me levantaré a las seis de -la mañana para ir a reñir! Díle a tu amo que, como me espere hasta las -doce y media en el sitio que me dice, seguramente nos veremos en él; -dale esta respuesta.» Y diciendo esto volvióse a echar y tardó muy poco -en quedarse de nuevo dormido. - -A las once y media se levantó y vistió con grandísima pachorra. Salió -de casa, diciéndome que por aquella vez me dispensaba de seguirle; -pero yo no pude resistir a la curiosidad de ver en lo que paraba aquel -negocio. Fuime tras de él a lo largo hasta el prado de San Jerónimo, -donde vi a lo lejos a don Lope de Velasco, que le estaba esperando. -Escondíme donde sin ser visto pudiese observar a los dos, y vi que se -juntaron y que un momento después comenzaron a reñir. Duró mucho la -pendencia, peleando uno y otro con mucha destreza y con igual valor; -pero al fin se declaró la victoria por don Lope, quien de una estocada -pasó de parte a parte a mi amo, dejándole tendido en tierra y huyendo -muy satisfecho de haberse vengado. Corrí acelerado a don Matías; -halléle sin sentido y casi muerto, espectáculo que me enterneció tanto, -que no pude menos de echar a llorar por ver una muerte para la cual, -sin pensarlo, había yo servido de instrumento. En medio de esto y de -mi justo sentimiento no dejé de pensar en hacer lo que me importaba. -Volvíme al punto a casa sin hablar palabra a nadie. Hice mi hatillo, en -el que, por inadvertencia, metí también algunas cosillas de mi amo, y -luego que lo llevó a casa del barbero, donde tenía guardado el vestido -que usaba en mis aventuras, esparcí la voz de la desgracia que había -sucedido, siendo yo testigo de ella. Contéla a quien me la quiso oír, -pero sobre todo fuí a contársela a Rodríguez. Este, menos afligido que -solícito en tomar las providencias oportunas, juntó a todos los criados -de don Matías, mandóles que le siguiesen y fuimos todos al lugar de -la pelea. Levantamos a don Matías, que aun respiraba; llevámosle a -casa, y al cabo de tres horas murió. Tal fué el trágico fin del señor -don Matías de Silva, mi amo, por el imprudente gusto de leer papeles -amorosos fingidos por él. - - - - -CAPÍTULO IX - -Del amo a quien Gil Blas fué a servir después de la muerte de don -Matías de Silva. - - -Hecho el entierro de don Matías, fueron, pasados unos días, pagados -y despedidos todos sus criados. Yo establecí mi morada en casa del -barberillo, con quien empezaba a contraer estrechísima amistad. -Prometíame estar allí con más gusto y mayor libertad que en casa de -Meléndez. Como me hallaba con algún dinerillo, no me di prisa a buscar -nueva conveniencia; por otra parte, me había hecho muy delicado sobre -este particular. Ya no gustaba de servir a gente común y plebeya, y aun -entre la noble quería examinar bien antes el empleo que me querían dar. -Aun el mejor no me parecía sobrado para mí, persuadido de que todo era -poco para quien había servido a un caballero rico, mozo y elegante. - -Esperando a que la fortuna me ofreciese una casa cual yo me imaginaba -merecer, juzgué no podía emplear mejor mi ociosidad que en dedicarme -a obsequiar a la bella Laura, a quien no había visto desde el día en -que nos desengañamos los dos tan graciosamente. No me pasó por el -pensamiento volver a vestirme a lo don César de Ribera. Sería una -grande extravagancia disfrazarme ya con aquel traje, y más cuando mi -propio vestido era bastante decente, pudiendo pasar por un término -medio entre don César y Gil Blas, sobre todo hallándome bien calzado, -peinado y afeitado con ayuda de mi amigo el barbero. En este estado fuí -a casa de Arsenia, y encontré a Laura sola en la misma sala donde en -otra ocasión le había hablado. Exclamó luego que me vió: «¿Qué milagro -es éste? ¿Eres tú? ¡Paréceme que sueño, porque te creí muerto o que -te habías perdido! Hace siete u ocho días que te dije podías venir a -verme; mas, a lo que veo, no abusas de la libertad que te conceden las -damas.» - -Disculpéme con la muerte de mi amo y con las ocupaciones a que dió -lugar, añadiendo muy cortesanamente que aun en medio de ellas tenía -siempre muy presente en el corazón y en la memoria a mi amada Laura. -«Siendo así—me dijo ella—, se acabaron ya las quejas, y te confesaré -que también te he tenido yo muy presente. Luego que supe la desgracia -de don Matías, me ocurrió un pensamiento, que acaso no te desagradará. -Días ha que oí decir a mi ama que se alegraría de encontrar un mozo -que supiese de cuentas y gobierno de una casa, para ser su mayordomo -y llevase razón del dinero que se le entregara para el gasto de ésta. -Inmediatamente puse los ojos en tu señoría, pareciéndome que serías el -más a propósito para este empleo.» «También me parece a mí—respondí -yo—que le desempeñaría a las mil maravillas. He leído las _Economías -de Aristóteles_, y, por lo que toca a llevar una cuenta, ése ha sido -siempre mi fuerte. Pero, hija mía—añadí—, una sola dificultad me -impide entrar a servir a Arsenia.» «¿Qué dificultad?», replicó Laura. -«He jurado—repuse—no servir jamás a gente común, y lo peor es que lo -juré por la laguna Estigia. Si el mismo Júpiter no se atrevió a violar -este juramento, mira tú cuánto deberá respetarle un pobre criado.» -«¿A quién llamas tú gente común?—replicó Laura con mucho despego—. -¿Por quiénes tienes tú a las comediantas? ¿Parécete que son por ahí -algunas abogadillas o algunas procuradoras? ¡Sábete, amigo mío, que las -comediantas son nobles y archinobles por los enlaces que contraen con -los primeros personajes de la Corte!» «Siendo así—le dije—, cuenta -conmigo, hija mía, para ese empleo que me destinas; pero con tal que -no me degrade ni me haga valer menos de lo que soy.» «¡No tengas miedo -de eso!—repuso Laura—. Pasar de la casa de un elegante a la de una -heroína de teatro es hacer el mismo papel en el gran mundo. Nosotras -estamos en una misma línea con las personas de la primera distinción; -el mismo aparato de cuarto, la misma mesa, y, en realidad, es menester -que se nos confunda con ellos en la vida civil. Con efecto—añadió—, -si se consideran bien un marqués y un comediante, en el discurso de -un día vienen casi a ser una misma cosa. Si el marqués, en las tres -cuartas partes del día, es superior al comediante, el comediante, en -la otra cuarta parte, supera mucho más al marqués, porque representa -el papel de emperador o de rey. Esta, a mi ver, es una compensación de -nobleza y de grandeza que nos iguala con las personas de la Corte.» -«Así es, por cierto—respondí—; sin duda que estáis a nivel unos con -otros. Los comediantes no son ya gentuza, como pensaba yo hasta aquí, -y me has metido en gana de servir a un gremio tan distinguido y tan -honrado.» «Me alegro—repuso ella—, y no tienes mas que volver de -aquí a dos días. Me tomo este tiempo para ir preparando a mi ama a fin -de que te reciba. Le hablaré en tu favor; puedo algo con ella y me -persuado que lograré que entres en casa.» - -Di las gracias a Laura por su buena voluntad, asegurándole quedaba -sumamente reconocido a sus finezas, con expresiones tales que no podía -dudar de mi agradecimiento. Siguió después una larga conversación -entre los dos, la que interrumpió un lacayo que vino a decir a mi -princesa que Arsenia la llamaba. Separámonos, y yo salí con grandes -esperanzas de que presto tendría la fortuna de pasarlo a pedir de boca. -No dejé de volver al plazo señalado. «Ya te estaba esperando—me dijo -Laura—, para darte la alegre noticia de que eres de los nuestros. Ven -conmigo, que quiero presentarte a mi señora.» Diciendo esto, me llevó a -una habitación compuesta de cinco o seis piezas a cual más rica y más -soberbiamente alhajada. - -¡Qué lujo! ¡Qué magnificencia! Parecióme que entraba en casa de alguna -virreina, o, por mejor decir, creí estar viendo todas las riquezas del -mundo juntas en aquélla. Lo cierto es que había en ella lo más rico de -todas las naciones; tanto, que se podía definir a aquella habitación, -con mucha propiedad, «el templo de una diosa a cuyas aras ofrecía -todo caminante lo más raro y precioso de su país». Vi a la deidad -majestuosamente sentada en un almohadón de brocado carmesí con franjas -de oro. Era bella y corpulenta, porque había engordado con el humo de -los sacrificios. Estaba en un gracioso desaliño y ocupaba sus lindas -manos en componer un primoroso tocado nuevo para lucirlo aquella noche -en el teatro. «Señora—le dijo la criada—, éste es el mayordomo de que -tengo hablado, y puedo asegurar a usted sería difícil encontrar otro -que fuese más a propósito.» Miróme Arsenia con particular atención y -tuve la dicha de gustarle. «¿Cómo así, Laura?—exclamó ella—. ¿Quién -te dió noticia de tan bello mozo? ¡Ya estoy viendo que me irá muy bien -con él!» Y volviéndose a mí: «Querido—me dijo—, tú eres el que yo -buscaba y el que verdaderamente me acomoda. Sólo tengo que decirte una -palabra: estarás contento conmigo si me sirves bien.» Respondíle que -haría cuanto estuviese de mi parte para agradarla en todo. Viendo que -estábamos acordes, me despedí prontamente para ir a buscar mi hatillo y -volver a tomar posesión de la nueva casa. - - - - -CAPÍTULO X - -Entra Gil Blas a servir de mayordomo en casa de Arsenia; informes que -le da Laura de los comediantes. - - -Era poco más o menos la hora de la comedia cuando mi nueva ama me dijo -la siguiese al teatro en compañía de Laura. Entramos en el vestuario, -y allí, quitándose el vestido que llevaba, se puso otro magnífico -para presentarse en la escena. Así que empezó la representación, me -llevó Laura a un sitio desde donde podíamos oír y ver perfectamente. -Desagradóme la mayor parte de los representantes, sin duda porque ya -estaba predispuesto contra ellos en virtud de lo que le había oído a -don Pompeyo. Con todo eso, fueron muy aplaudidos, aunque algunos me -hicieron acordar de la fábula del lechoncillo. - -Tenía Laura gran cuidado de irme diciendo el nombre de los comediantes -y comediantas conforme iban saliendo al teatro; y no contenta con -nombrarlos, hacía un retrato satírico de cada uno. «Este—decía—es -un atolondrado; aquél, un insolente; aquella melindrosa que ves, -cuyo aire es más descarado que gracioso, se llama Rosarda y fué muy -mala adquisición para la compañía. ¡Más valdría que se marchara con -la que se está formando de orden del virrey de Nueva España y va a -salir inmediatamente para América! Mira bien aquel astro luminoso que -acaba de presentarse, aquel bello sol que va caminando a su ocaso: -llámase Casilda, y si cada uno de los amantes que ha tenido la hubiera -contribuído con una piedra labrada para fabricar una pirámide, como -dicen que en otro tiempo lo hizo cierta reina de Egipto, podría haber -erigido una que llegase al tercer cielo.» En fin, a cada cual fué -pegando Laura su parchecito. ¡Qué mala lengua! ¡Ni aun a su misma ama -perdonó! - -Sin embargo de esto—confieso mi flaqueza—, estaba yo apasionado de -ella, aunque su carácter, moralmente hablando, nada tenía de bueno. -De todos decía mal, con tanta gracia, que me gustaba hasta su misma -malignidad. En los intermedios se levantaba para ir a ver si Arsenia -necesitaba algo, y en vez de volver prontamente, se entretenía tras del -teatro a recoger los requiebros y lisonjas que le decían los hombres. -Una vez la seguí para observarla y vi que tenía muchos conocidos. Noté -que tres comediantes, uno en pos de otro, la detuvieron para hablarle, -y observé que gastaban demasiada familiaridad. No me agradó esto mucho, -y por la primera vez de mi vida comencé a experimentar lo que eran -los celos. Volvíme a mi sitio tan pensativo y melancólico que Laura -lo echó de ver luego que volvió. «¿Qué tienes, Gil Blas?—me preguntó -admirada—. ¿Qué negro humor se apoderó de ti desde que te dejé? -Muestras un semblante triste y sombrío que no sé a qué atribuirlo.» -«Y lo peor es, reina mía, que es con sobrada razón—le respondí—. Me -parece que andas algo suelta, y esto me da que pensar a mí más que a -ti mi sentimiento. Yo mismo acabo de verte muy alegre y divertida con -los comediantes...» Al oír esto, dijo ella, soltando una grandísima -carcajada: «¡Vamos claros, que es gracioso el motivo de tu pesadumbre! -Pues qué, ¿de tan poco te espantas? ¡Eso es una friolera! Y si estás -algún tiempo con nosotros verás otras mil lindezas. Es menester, hijo -mío, que te vayas haciendo a nuestras mañas. Entre nosotros no se -gastan hazañerías ni mucho menos se usan celos. En la nación cómica, -los celosos se llaman ridículos, y así, apenas se encuentra uno. -Padres, maridos, hermanos, tíos, primos, todos son la gente más bien -avenida del mundo, y muchas veces ellos mismos son los que establecen -sus familias.» - -Después de haberme exhortado a no sospechar mal de ninguno y a no -inquietarme por nada de cuanto viese, me declaró que yo era el feliz -mortal que había encontrado el camino de su corazón, y me aseguró que -me amaría siempre y a nadie más. Después de una seguridad como ésta, -de la cual podía yo bien dudar sin temor de que me tuviese por muy -desconfiado, le ofrecí no espantarme de nada; y, con efecto, cumplí mi -palabra. Aquella misma noche la vi hablar a solas, reír y divertirse -con varios, sin dárseme un bledo. Acabada la comedia, volvimos a casa -con nuestra ama, y poco después llegó Florimunda con tres señores -viejos y un comediante, que venían a cenar en compañía de las dos. -Además de Laura y yo, había en casa una cocinera, un mozo de cocina y -un lacayuelo. Juntámonos todos para disponer la cena. La cocinera, que -era tan hábil como la señora Jacinta, dispuso las viandas, ayudándola -el marmitón. La doncella y el lacayuelo pusieron la mesa y yo cuidé de -cubrir el aparador con la más bella vajilla de plata y algunos vasos -de oro, votos ofrecidos a la deidad de aquel templo. Adornéle también -con diferentes botellas de vinos exquisitos, haciendo de copero, para -que viese mi ama que era yo hombre para todo. Admiréme de ver el porte -y aire de las comediantas durante la cena, aparentando ser damas de -importancia y figurándose ellas mismas que eran señoras de la primera -distinción. Lejos de dar a los señores el tratamiento de _excelencia_, -no les daban ni aun el de _señoría_, contentándose con llamarlos -por sus apellidos. Es verdad que ellos se tenían la culpa, porque -se familiarizaban demasiado con ellas. El comediante por su parte, -como acostumbrado a hacer el papel de héroe, los trataba también sin -cumplimiento, brindaba a su salud y hacía los honores de la mesa. -«¡A fe—dije entre mí—que cuando Laura me dijo que un marqués y un -comediante eran iguales parte del día, pudo añadir que aun lo eran -mucho más por la noche, pues la pasan bebiendo juntos toda ella!» - -Arsenia y Florimunda eran naturalmente alegres. Ocurriéronles mil -dichos chistosos, y algo más, mezclados con favorcillos y monerías muy -celebradas por aquellos rancios pecadores. Mientras mi ama conversaba -inocentemente con uno, su amiga, que se hallaba entre los dos, no -hacía ciertamente el papel de Susana con ellos. Yo estaba considerando -atentamente aquel retablo—que, a la verdad, tenía muchos atractivos -para un mozo de mi edad—cuando se sirvieron los postres. Entonces -puse en la mesa botellas de licores con sus copas correspondientes y -me retiré a cenar con Laura, que me estaba esperando. «Y bien, Gil -Blas—me dijo—, ¿qué te parece de esos señores que has visto?» «Sin -duda—le respondí—, son los cortejos de Arsenia y de Florimunda.» «Te -engañas—replicó ella—; son unos viejos voluptuosos que galantean a -todas sin fijarse en ninguna. Se contentan sólo con un poco de agrado, -y son tan generosos que pagan bien los leves favores que se les -conceden. Florimunda y mi ama están ahora sin amantes, a Dios gracias; -hablo de aquellos amantes que quieren alzarse con la autoridad de -maridos y que sean para sí solos todos los gustos de la casa, porque -hacen el gasto de ella. Yo soy de opinión que una mujer de juicio debe -huir de todo lo que huele a empeño particular. ¿A qué fin sujetarse -a ninguno que la domine? Más vale ganar poco a poco alhajas, que -comprarlas de una vez a costa de tan impertinente sujeción.» - -Cuando Laura estaba de humor de parlar, lo que le acontecía casi de -continuo, nada le costaban las palabras: tanta era la soltura de -su lengua. Los señores y los comediantes se retiraron al fin con -Florimunda, acompañándola hasta su casa. - -Luego que salieron, me dió diez doblones mi ama, diciéndome: «Toma, -Gil Blas, ese dinero para el gasto. Mañana vienen a comer cinco -o seis de mis compañeros y compañeras; procura regalarnos bien.» -«Señora—le respondí—, con diez doblones me atrevo a dar una -suntuosa comida aunque sea a toda la cuadrilla cómica.» «¿Qué es eso -de cuadrilla?—repuso ella—. ¡Mira cómo hablas! No se debe llamar -cuadrilla, sino compañía. Se dice muy bien una cuadrilla de bandidos -o de holgazanes; puede decirse una cuadrilla de autores o de poetas, -¡pero guárdate de volver a decir cuadrilla de comediantes! La nuestra -es compañía, y, sobre, todo, los actores de Madrid merecen bien que -a su cuerpo se le dé este nombre.» Pedí perdón a mi ama de haber -usado de una expresión tan poco respetuosa, suplicándole disculpase -mi ignorancia y protestando que siempre que hablase de los señores -representantes de Madrid colectivamente diría compañía y jamás -cuadrilla. - - - - -CAPÍTULO XI - -Del modo como vivían entre sí los comediantes y cómo trataban a los -autores de comedias. - - -Al día siguiente, muy de mañana, salí a campaña, para dar principio -a mi empleo de mayordomo. Era vigilia, y por orden de mi ama compré -buenos pollos, conejos, perdices y otras frioleras de semejante -especie. Como los señores cómicos no están contentos de los ritos de -la Iglesia, con respecto a ellos no observan con mucha puntualidad sus -mandamientos. Llevé a casa más comida de la que bastaría para alimentar -a doce personas honradas los tres días de Carnestolendas. La cocinera -tuvo bien en qué divertirse toda la mañana. Mientras ella cuidaba -de aderezar la comida, se levantó Arsenia de la cama y se sentó al -tocador, donde estuvo hasta mediodía. Llegaron entonces los señores -comediantes Ricardo y Casimiro. A éstos se siguieron dos comediantas, -Constanza y Leonor; un momento después se dejó ver Florimunda, -acompañada de un hombre que tenía toda la traza de un caballero majo: -el cabello peinado a la última moda, un sombrero con un ala levantada -y su penacho de plumas en figura de ramillete, calzones ajustados, -ropilla bordada con flores de oro y medio desabrochada, por donde se -descubría una finísima camisa guarnecida de ricos encajes, guantes y -pañuelo de Cambray delicadísimo, metidos en la guarnición o cazoleta -de la espada, capa larga terciada sobre el hombro con mucho garbo y -bizarría. - -Con todo eso, aunque de tan buena traza y hombre verdaderamente bien -plantado, todavía me pareció descubrir en él un no sé qué de extraño -que me chocaba. «Es imposible—decía yo entre mí—que no sea un hombre -raro este sujeto.» No me engañé en mi concepto, porque era un ente -singular. Luego que entró en el cuarto de Arsenia, fué precipitadamente -a abrazar a todas las comediantas y comediantes con mayor intrepidez -y algazara que el mozalbete más atronado. Comenzó a hablar y me -confirmé en mi opinión. Se recalcaba sobre cada sílaba y pronunciaba -las palabras con cierto modo enfático, pomposo y gutural, accionando, -gesticulando y haciendo con los ojos aquellos movimientos que a su -parecer estaba pidiendo el asunto. Tuve la curiosidad de preguntar a -Laura quién era aquel caballero. «Disculpo tu curiosidad—me respondió -prontamente—. Es imposible no tenerla al ver por la primera vez al -señor Carlos Alfonso de la Ventolería. Voy a pintártele al natural. -Primeramente fué en otro tiempo comediante; dejó el teatro por antojo -y se arrepintió después mirándolo con juicio. ¿Has reparado en su -cabello negro? Pues sábete que es teñido, ni más ni menos que sus -cejas y bigotes. Es más viejo que Saturno. Sin embargo, como sus -padres cuando nació se olvidaron de hacer asentar su nombre en el -libro de bautizados, él se aprovecha de este descuido para quitarse -veinte años por lo menos. Fuera de eso, es el hombre más pagado de sí -mismo que quizá se encontrará en toda España. Pasó los ocho primeros -lustros de su vida en una completa ignorancia, y para hacerse sabio -encontró después un cierto preceptor que le enseñó a deletrear en -griego y en latín. Aprendió de memoria una multitud de cuentos y -chistes, que a fuerza de repetirlos se ha llegado a persuadir de que -son suyos efectivamente. Hácelos venir a la conversación aunque sea -arrastrándolos por los cabellos, y se puede decir de él que luce su -entendimiento a costa de su memoria. Finalmente, se dice que es un -gran actor, y lo creo piadosamente; pero te confieso que nunca me ha -gustado. Algunas veces le oigo declamar aquí, y, entre otros defectos, -es muy visible el de una pronunciación tan afectada y con una voz tan -trémula, que da cierto aire antiguo y ridículo a su declamación.» - -Tal fué el retrato que la señora Laura me hizo de aquel histrión -honorario, de quien puedo decir con verdad que no he visto mortal -de un aspecto más orgulloso en todos los días de mi vida. Quería -hacer también el chistoso y discreto, sacando de su mollera dos o -tres cuentos que nos encajó en tono grave y bien estudiado. Por otra -parte, las comediantas y comediantes, que ciertamente no habían -venido a callar, tampoco estuvieron mudos. Comenzaron a hablar de -sus camaradas ausentes a la verdad de un modo poco caritativo; pero -esto es menester perdonárselo tanto a los comediantes como a los -autores. Acaloróse un poco la conversación a expensas del prójimo. -«¿Habéis sabido, amigas—dijo Casimiro—, el nuevo pasaje de nuestro -compañero Cesarino? Compró esta mañana un par de medias de seda, -cintas y encajes, haciendo después que un paje se los llevase al -ensayo como de parte de cierta condesa.» «¡Qué bribonada!—exclamó el -señor Ventolería con cierta risita vana y mofadora—. En mi tiempo se -usaba más realidad. Ninguno pensaba en semejantes ficciones. Es verdad -que aun las damas de mayor distinción nos ahorraban la ruindad y el -trabajo de inventarlas, pues tenían el capricho de ir ellas mismas en -persona a comprar lo que nos regalaban.» «¡Pardiez—repuso Ricardo en -el mismo tono—, que ese capricho aun no se les ha pasado! Y si fuera -lícito decir todo lo que uno sabe en este punto... Pero es fuerza -callar ciertos lances, particularmente cuando tocan a personas de su -posición.» «Señores—interrumpió Florimunda—, suplico a ustedes dejen -a un lado esos lances y buenas fortunas, puesto que todo el mundo las -sabe, y hablemos algo de nuestra Ismenia. He oído que se le ha escapado -aquel señor que gastaba tanto con ella.» «Es muy cierto—respondió -Constanza—; y aun diré más: también acaba de perder un rico mayordomo, -a quien sin remedio hubiera dejado sin camisa. Lo sé originalmente. -Su mensajero hizo un _quid pro quo_, llevando al señor un billete que -era para el mayordomo y al mayordomo una carta que escribía al señor.» -«Dos grandes pérdidas», añadió Florimunda. «¡Oh!—replicó prontamente -Constanza—. Por lo que toca a la del señor, es poco importante, pues -ya había consumido casi toda su hacienda; pero el mayordomo ahora -comenzaba su carrera. No ha pasado aún por la aduana de las coquetas, y -así, es una pérdida muy digna de llorarse.» - -A esto, poco más o menos, se redujo la conversación antes de comer, -y sobre el mismo asunto continuó durante la comida. Y como nunca -acabaría yo si hubiese de referir cuantas especies se tocaron, todas de -murmuración o de fatuidad, el lector llevará a bien que las suprima, -para contarle el modo con que fué recibido un pobre diablo de autor que -llegó a casa de Arsenia hacia el fin de la comida. - -Entró nuestro lacayuelo donde estaban comiendo, y en voz alta dijo a -mi ama: «Señora, ahí está un hombre con la camisa sucia y lleno de -cazcarrias hasta el cogote, que, con perdón de ustedes, tiene traza -de poeta, y dice que desea hablar a usted.» «Hazle subir—respondió -Arsenia—. ¡Nada de cumplimientos, señores—añadió—, que es un autor!» -Efectivamente, era uno que había compuesto cierta tragedia admitida por -la compañía y traía el papel que había de representar mi ama. Llamábase -Pedro de Moya. Al entrar, hizo cinco o seis profundas cortesías a los -concurrentes, sin que ninguno de ellos se levantase ni siquiera le -saludase. Solamente Arsenia le correspondió con una simple inclinación -de cabeza. Fuése acercando, pero siempre temblando y confuso; -cayéronsele los guantes y el sombrero; levantólos y se acercó a mi ama, -y presentándole un papel, más respetuosamente que un litigante presenta -a su juez un memorial, «Dignaos, señora—le dijo—, de aceptar el papel -que tengo la honra de ofrecer a vuestros pies.» Recibióle ella con la -mayor frialdad y con cierto aire de desprecio, sin dignarse ni aun de -responder una sola palabra a su cumplimiento. - -No por esto se acobardó nuestro autor, el cual, aprovechando aquella -ocasión para distribuir otros papeles, dió uno a Casimiro y otro a -Florimunda, quienes los tomaron sin más cortesías ni ceremonias que -las que había usado Arsenia; antes por el contrario, el comediante, -naturalmente muy cortés, como lo son casi todos estos señores, le -insultó con chanzas picantes; pero el buen Pedro de Moya las llevó -con paciencia y no se atrevió a volverle las nueces al cántaro porque -no lo pagase después su trágica composición. Retiróse sin decir -palabra, pero, a mi parecer, vivamente picado del recibimiento que le -habían hecho. Tengo por cierto que allá en su interior no dejaría de -decir mil pestes de los comediantes, como merecían; y éstos, después -que él salió, comenzaron a hablar de los autores con mucho respeto. -«Paréceme—dijo Florimunda—que el señor Pedro de Moya no ha ido muy -satisfecho de nosotros.» «Y bien, señora—interrumpió Casimiro—, ¿qué -cuidado se os da? ¿Por ventura son dignos de nuestra atención los -autores? Si los igualáramos a nosotros, ése sería el mejor medio para -echarlos a perder. Tengo bien conocidos a esos pobres diablos y por -eso mismo sé que si los tratáramos de otra manera presto se olvidarían -de lo que son y nos perderían el respeto. Tratémoslos, pues, como -esclavos, y no temamos que les apuremos la paciencia. Si, enfadados, -se retiraren de nosotros algún tiempo, no durará mucho; la manía de -escribir les hará presto volver a buscarnos, y darán gracias a Dios -si nos dignamos de representar sus obras.» «Tienes mucha razón—dijo -entonces Arsenia—; solamente perdemos aquellos autores cuya fortuna -labramos con nuestra habilidad, pues luego que los hemos acreditado y -puesto en paraje de que tengan que comer se dan a la ociosidad y ya -no quieren trabajar; pero al fin la compañía se consuela y el público -tiene menos que padecer.» - -Aplaudieron todos este parecer y quedaron en que los autores, a pesar -de lo mal que los trataban los comediantes, siempre les estaban muy -obligados, porque les eran deudores de todo lo que tenían. Así los -abatían los histriones, haciéndolos inferiores a ellos y ciertamente no -podían despreciarlos más. - - - - -CAPÍTULO XII - -Toma Gil Blas inclinación al teatro, entrégase enteramente a los -pasatiempos de la vida cómica y dentro de poco se disgusta de ella. - - -Los convidados se quedaron hablando sobremesa hasta que llegó la -hora de ir al teatro, y entonces marcharon todos a él. Seguílos y vi -también la comedia que se representó aquel día, la que me gustó de -manera que hice ánimo de no perder ninguna. Así me fuí insensiblemente -acostumbrando a los actores: a tanto llega la fuerza de la costumbre. -Llevábanme particularmente la atención aquellos que hacían más gestos y -daban más gritos en las tablas, y no era yo el único de este gusto. - -No me causaba menos agrado la discreción de las piezas que el modo -de representarlas. Algunas verdaderamente me embelesaban; sobre todo -aquellas en que se dejaban ver a un mismo tiempo en el teatro todos los -cardenales o los doce pares de Francia. Sabía de memoria muchos pasos -de aquellos incomparables poemas. Acuérdome de que en dos días aprendí -toda entera una comedia famosa, intitulada _La reina de las flores_. La -rosa era la reina, que tenía por confidenta a la violeta y por escudero -al jazmín. No había para mí obras mejores que las parecidas a éstas, -persuadido de que daban mucho honor a nuestra nación. - -No me contentaba con adornar mi memoria con los trozos más selectos -de estas bellas producciones dramáticas, sino que también me apliqué a -perfeccionar el gusto, y para conseguirlo con acierto, escuchaba con la -mayor atención el parecer de los comediantes. Si alababan una pieza, -yo la estimaba, y despreciaba todas aquellas de que les oía hablar -mal. Parecíame que eran tan inteligentes en piezas teatrales como los -diamantistas en piedras preciosas. Sin embargo, observé que la tragedia -de Pedro de Moya fué muy aplaudida, aunque ellos habían pronosticado -que todos la silbarían. Pero no bastó esta experiencia para que su -crítica se me hiciese sospechosa, y antes quise creer que el público -carecía de gusto y discernimiento que dudar de la infalibilidad de la -compañía. No obstante, me aseguraban todos que ordinariamente eran -recibidas con aplauso aquellas comedias nuevas de que los actores -formaban mal concepto y, por el contrario, silbadas casi todas las -que ellos más celebraban. Decíanme que era regla general suya hablar -siempre mal de las obras, y me citaban mil ejemplares de algunas que -habían desmentido sus decisiones. Todo esto fué menester para que al -cabo me desengañase. - -No se me olvidará jamás lo que sucedió un día en que se representó una -comedia nueva. Habíales parecido a los comediantes fría y fastidiosa, -adelantándose a pronosticar que el auditorio no la vería concluir. Con -esta preocupación representaron la primera jornada, que mereció grandes -aplausos. Admirólos mucho esto. Representaron la segunda, la cual fué -aún más aplaudida que la primera. Y he aquí a todos mis pobres actores -atónitos. «¡Cómo diablos es esto!—exclamaba Casimiro—. ¡Esta comedia -adquiere fama!» Representaron la tercera, que fué sin comparación más -celebrada que las otras dos. «¡Yo no lo entiendo!—dijo Ricardo—. -¡Cuando creíamos que esta pieza no lograría aceptación, todos la -aplauden!» «Señores—dijo entonces un cómico ingenuamente—, la causa -es porque hay en ella mil gracias y rasgos ingeniosos que nosotros no -habíamos comprendido.» - -Desde entonces dejé de tener a los comediantes por buenos jueces y -me hice justo apreciador de su mérito. Ellos mismos acreditaban con -cuánta razón la gente les afeaba varias ridiculeces. Veía yo claramente -que los aplausos, nada merecidos, tenían echados a perder tanto a los -cómicos como a las cómicas, los cuales, considerándose como personas de -suma importancia y objetos dignos de admiración, estaban persuadidos de -que hacían gran favor al público en divertirle. Dábanme muy en rostro -sus defectos; mas, por mi desgracia, su modo de vivir llegó a gustarme -demasiado, y así, me vi metido de pies a cabeza en el desenfreno y en -la disolución. Ni podía ser otra cosa. Todas sus conversaciones eran -perniciosas a la juventud y nada veía en ellos que no contribuyese a -estragarme. Aun cuando no supiera yo todo lo que pasaba en las casas -de Constanza, Casilda y las demás comediantas, bastaba para perderme -lo que estaba viendo en la de Arsenia. Además de aquellos señores -ya viejos de que hablé antes, concurrían a ella varios elegantes y -no pocos hijos de familia, que encontraban en los usureros todo el -dinero que habían menester para arruinarse. Alguna vez recibían también -a ciertos agentes de quienes se servían, los cuales, en vez de ser -pagados por su trabajo, les pagaban a ellas por que se dejaran servir. - -Florimunda vivía pared por medio de Arsenia, y todos los días comían y -cenaban juntas. Estaban las dos tan unidas, que causaba admiración a -las gentes ver tanta armonía entre cortesanas y se creía que tarde o -temprano se rompería su amistad por algún obsequiante; pero conocían -mal a tan perfectas amigas, porque era muy íntima su unión; en lugar -de ser celosas, como las demás mujeres, hacían vida común. Gustaban -más de repartir entre sí los despojos de los hombres que de disputarse -neciamente sus amorosos suspiros. - -Laura, a ejemplo de estas dos ilustres compañeras, aprovechaba también -el tiempo, no dejando malograr lo más florido de sus años. Habíame -ella dicho que vería mil lindezas y no me engañó. Con todo eso, yo -no hacía el celoso, por haberle prometido que procuraría adoptar el -espíritu de la compañía. Disimulé por algún tiempo, contentándome -con preguntarle el nombre de los sujetos con quienes la veía a solas -en conversación; pero siempre me respondía que era un tío o un primo -carnal suyo. ¡Oh y cuánta multitud de parientes tenía! Su familia -debía de ser más numerosa que la del rey Príamo. Mas no era negocio de -atenerse únicamente a su infinita parentela: hacía también sus salidas -fuera del árbol genealógico y no se olvidaba de ir de cuando en cuando -a representar el papel de señora viuda en casa de la vieja de antaño. -En fin, Laura—por dar al lector una idea cabal de su persona—era tan -joven, tan linda y tan alegre como su ama, excepto que ésta divertía -al pueblo públicamente y la criada sólo lo hacía en secreto. Yo cedí -al torrente, y por espacio de tres semanas me entregué a todo género -de placeres y pasatiempos; pero debo decir que en medio de ellos me -sentía atormentado de crueles remordimientos, efecto de mi educación, -que llenaban de amargura todas mis delicias. No triunfó la disolución -de tan saludables remordimientos; al contrario, eran mayores cuanto más -me abandonaba a mis desórdenes. Comenzaron éstos a causarme horror, -gracias a mi natural complexión. «¡Ah, desventurado!—me decía yo a -mí mismo—. ¿Es esto lo que esperaba de ti tu familia? ¿No te bastaba -haberla engañado tomando otra carrera que la de preceptor? El verte -precisado a servir, ¿te dispensa de cumplir con las leyes de hombre -de bien? ¿Parécete que te puede servir de algún provecho vivir entre -gente tan viciosa? En unos reina la envidia, la ira y la avaricia; el -pudor y la vergüenza están desterrados de otros; éstos se entregan a la -intemperancia y a la pereza; aquéllos, al orgullo y a la insolencia. -¡Esto se acabó! ¡No quiero vivir más con los siete pecados capitales!» - - - FIN DEL TOMO PRIMERO - - - - - INDICE DEL TOMO PRIMERO - - - Páginas - - DECLARACIÓN DE LE SAGE 7 - UNA PALABRITA AL LECTOR 9 - - - LIBRO PRIMERO - - CAPÍTULO I.—Nacimiento de Gil Blas, y su educación. 11 - - CAPÍTULO II.—De los sustos que tuvo Gil Blas en el camino de - Peñaflor, lo que hizo cuando llegó allí y lo que le sucedió con - un hombre que cenó con él. 14 - - CAPÍTULO III.—De la tentación que tuvo el arriero en el camino, - en qué paró y cómo Gil Blas se estrelló contra Caribdis queriendo - evitar a Scila. 24 - - CAPÍTULO IV.—Descripción de la cueva subterránea y de lo que vió - en ella Gil Blas. 28 - - CAPÍTULO V.—De la llegada de otros ladrones al subterráneo y de - la conversación que tuvieron entre sí. 31 - - CAPÍTULO VI.—Del intento de escaparse Gil Blas y éxito de su - tentativa. 41 - - CAPÍTULO VII.—De lo que hizo Gil Blas, no pudiendo hacer otra - cosa. 45 - - CAPÍTULO VIII.—Acompaña Gil Blas a los ladrones; qué empresa - acomete en los caminos reales. 48 - - CAPÍTULO IX.—Del serio lance que siguió a la aventura del fraile. 52 - - CAPÍTULO X.—De qué modo se portaron los bandoleros con la señora - desmayada. Gran proyecto de Gil Blas, y sus resultas. 55 - - CAPÍTULO XI.—Historia de doña Mencía de Mosquera. 63 - - CAPÍTULO XII.—Del modo poco gustoso con que fué interrumpida la - conversación de la señora y de Gil Blas. 73 - - CAPÍTULO XIII.—Por qué casualidad sale Gil Blas de la cárcel y a - dónde se encaminó después. 78 - - CAPÍTULO XIV.—Recibimiento que le hizo en Burgos doña Mencía. 83 - - CAPÍTULO XV.—De qué modo se vistió Gil Blas, del nuevo regalo que - le hizo la señora y del equipaje en que salió de Burgos. 88 - - CAPÍTULO XVI.—Donde se ve que ninguno debe fiarse mucho de la - prosperidad. 94 - - CAPÍTULO XVII.—Partido que tomó Gil Blas de resultas del triste - suceso de la casa de posada. 102 - - - LIBRO SEGUNDO - - CAPÍTULO I.—Entra Gil Blas por criado del licenciado Cedillo; - estado en que éste se hallaba y retrato de su ama. 115 - - CAPÍTULO II.—Qué remedios suministraron al canónigo habiendo - empeorado en su enfermedad; lo que resultó y qué dejó a Gil Blas - en su testamento. 123 - - CAPÍTULO III.—Entra Gil Blas a servir al doctor Sangredo y se - hace famoso médico. 131 - - CAPÍTULO IV.—Prosigue Gil Blas ejerciendo la Medicina con tanto - acierto como capacidad. Aventura de la sortija recobrada. 139 - - CAPÍTULO V.—Prosigue la aventura de la sortija; deja Gil Blas la - Medicina y se ausenta de Valladolid. 153 - - CAPÍTULO VI.—A dónde se encaminó Gil Blas después que salió de - Valladolid y qué especie de hombre se incorporó con él. 162 - - CAPÍTULO VII.—Historia del mancebillo barbero. 166 - - CAPÍTULO VIII.—Encuentro de Gil Blas y su compañero con un hombre - que estaba mojando mendrugos de pan en una fuente y conversación - que con él tuvieron. 198 - - CAPÍTULO IX.—Estado en que encontró Diego a sus parientes y cómo - Gil Blas se separó de él después de haber participado de ciertas - diversiones. 203 - - - LIBRO TERCERO - - CAPÍTULO I.—Llegada de Gil Blas a Madrid, y primer amo a quien - sirvió allí. 213 - - CAPÍTULO II.—De la admiración que causó a Gil Blas el encuentro - con el capitán Rolando y de las cosas curiosas que le contó aquel - bandolero. 223 - - CAPÍTULO III.—Deja Gil Blas a don Bernardo de Castelblanco y - entra a servir a un elegante. 232 - - CAPÍTULO IV.—Hace Gil Blas amistad con los criados de los - elegantes; secreto admirable que éstos le enseñaron para lograr - a poca costa la fama de hombre agudo y singular juramento que a - instancia de ellos hizo en una cena. 244 - - CAPÍTULO V.—Vese Gil Blas de repente en lances de amor con una - hermosa desconocida. 253 - - CAPÍTULO VI.—De la conversación de algunos señores sobre los - comediantes de la compañía del teatro del Príncipe. 265 - - CAPÍTULO VII.—Historia de don Pompeyo de Castro. 272 - - CAPÍTULO VIII.—Por qué accidente se ve precisado Gil Blas a - buscar nuevo acomodo. 282 - - CAPÍTULO IX.—Del amo a quien Gil Blas fué a servir después de la - muerte de don Matías de Silva. 289 - - CAPÍTULO X.—Entra Gil Blas a servir de mayordomo en casa de - Arsenia; informes que le da Laura de los comediantes. 294 - - CAPÍTULO XI.—Del modo como vivían entre sí los comediantes y cómo - trataban a los autores de comedias. 300 - - CAPÍTULO XII.—Toma Gil Blas inclinación al teatro, entrégase - enteramente a los pasatiempos de la vida cómica y dentro de poco - se disgusta de ella. 307 - - - - -LOS HUMORISTAS - - -TITULOS PUBLICADOS POR “CALPE” - - Julio Camba.—=La rana viajera.=—Cuatro pesetas. - - Arnold Bennet.—=Enterrado en vida.=—Trad. del inglés por Vicente - Vera. Cuatro pesetas. - - —— =El «matador» de Cinco-Villas.=—Trad. del inglés por C. Rivas - Cherif. Cuatro pesetas. - - —— =La viuda del balcón, y Otros cuentos de - Cinco-Villas.=—Traducido del inglés por C. Rivas Cherif. Cuatro - pesetas. - - René Benjamín.—=Gaspar.=—Trad. del francés por Manuel Azaña. Cuatro - pesetas. - - Jorge Courteline.—=Los señores chupatintas.=—Trad. del francés por - Nicolás González Ruiz. Cuatro pesetas. - - —— =Boubouroche.=—Trad. del francés por Nicolás González Ruiz. Tres - pesetas. - - H. S. Harrison.—=Queed, el doctorcillo.=—Trad. del inglés por Juan - de Castro.—Dos tomos. Cada uno tres pesetas cincuenta céntimos. - - Eugenio Heltai.—«=Family Hotel=» =y Mi segunda mujer.=—Traducido del - húngaro por Andrés Révész. Cuatro pesetas. - - —— =Manuel VII y su época.=—Trad. del húngaro por Andrés Révész. - Tres pesetas cincuenta céntimos. - - Gómez de la Serna.—=Disparates.=—Cuatro pesetas. - - Pedro Veber.—=Los cursos.=—Trad. del francés por José A. Luengo. - Tres pesetas. - - Antón Chejov.—=Historia de una anguila, y otras historias.=—Trad. - del ruso por Saturnino Ximénez. Tres pesetas cincuenta céntimos. - - Esteban Szomahazy.—=El dramaturgo misterioso.=—Trad. del húngaro por - Andrés Révész. Tres pesetas. - - -PRÓXIMAMENTE - - =Humoristas húngaros (Antología de).=—Trad. del húngaro por Andrés - Révész. - - Kálmán de Mikszáth.—=Gente de rumbo, y El caftán del sultán.=—Trad. - del húngaro por Andrés Révész. - - Eugenio Heltai.—=Los siete años de hambre, y Cuentos.=—Traducido del - húngaro por Andrés Révész. - - Gómez de la Serna.—=El Incongruente.= - - - - -LIBROS DE LA NATURALEZA - - _El contenido de las obras que forman esta serie de libros editados - por_ CALPE _es rigurosamente científico y está al corriente de los - últimos progresos de las ciencias naturales. Garantía de ello son los - autores de esas obras, todos los cuales figuran entre los naturalistas - de mayor autoridad en nuestro país._ - - -VAN PUBLICADOS - - =Los animales familiares=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo - Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 dibujos y - 6 láminas fuera de texto, con 13 fotograbados en papel estucado. - - =La vida de la Tierra=, por _J. Dantín Cereceda_, profesor en el - Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 páginas, 21 - dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel - estucado. - - =El mundo alado=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo Nacional - de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 27 dibujos y 6 - láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel estucado. - - =El mundo de los minerales=, por _Lucas Fernández Navarro_, profesor - en la Universidad de Madrid y en el Museo Nacional de Ciencias - Naturales. Un volumen de 96 páginas, 43 dibujos y 6 láminas fuera de - texto, con 10 fotograbados en papel estucado. - - =El mundo de los insectos=, por _Antonio de Zulueta_, profesor en - el Museo Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, - 41 dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 12 fotograbados en papel - estucado. - - =Los animales salvajes=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo - Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 24 dibujos y - 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel estucado. - - =Peces de mar y de agua dulce=, por _Angel Cabrera_, profesor en el - Museo Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 40 - dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel - estucado. - - =La vida de las plantas=, por _J. Dantín Cereceda_, profesor en el - Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 páginas, 31 - dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel - estucado. - - =Los animales microscópicos=, por _Angel Cabrera_, profesor en el - Museo Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 - dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel - estucado. - - =La vida de las flores=, por _J. Dantín Cereceda_, profesor en el - Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 páginas, 31 - dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel - estucado. - -Todas las obras de esta colección se venden al precio de =1,75 pesetas -cada libro= y llevan artísticas cubiertas del gran dibujante Bagaría -impresas a cinco tintas. - - - - -LIBROS DE AVENTURAS - -de los mejores autores clásicos y modernos. - -COLECCIÓN DE OBRAS DE ALTO VALOR LITERARIO Y EDUCATIVO PARA LOS -MUCHACHOS, EDITADAS POR Calpe y TRADUCIDAS CUIDADOSAMENTE DEL IDIOMA -ORIGINAL - - -VOLÚMENES PUBLICADOS - - =Los tramperos del Arkansas=, por Gustavo Aimard.—Un tomo. Cuatro - pesetas. - - =Aventuras del capitán Corcorán=, por Alfredo Assollant.—Un tomo. - Cuatro pesetas cincuenta céntimos. - - =El cazador de ciervos=, por Fenimore Cooper—Dos tomos. Cada uno - cuatro pesetas. - - =Los tiradores de rifle=, por Mayne Reid.—Un tomo. Cuatro pesetas. - - _La isla del tesoro_, por Roberto L. Stevenson.—Un tomo. Cuatro - pesetas. - - =De la Tierra a la Luna=, por Julio Verne.—Un tomo. Tres pesetas - cincuenta céntimos. - - =Los mercaderes de pieles=, por Ballantyne.—Un tomo. Cinco pesetas. - - =Salvado del mar=, por Kingston.—Un tomo. Cuatro pesetas. - - =La marina mercante=, por Marryat.—Un tomo. Cinco pesetas. - - =El jinete sin cabeza=, por Mayne Reid.—Dos tomos. Cada uno cinco - pesetas. - - =Dos años al pie del mástil=, por Dana.—Un tomo. Tres pesetas. - - =El último mohicano=, por Fenimore Cooper.—Dos tomos. Cada uno tres - pesetas. - - =Alrededor de la Luna=, por Julio Verne.—Un tomo. Tres pesetas. - - =La isla de coral=, por Ballantyne.—Un tomo. Tres pesetas cincuenta - céntimos. - - =Robinsón Crusoe=, por Defoe.—Dos tomos. Cada uno tres pesetas. - - =Aventuras de Román Kalbris=, por Malot.—Un tomo. Tres pesetas. - - =Propiedad del Rey=, por Marryat.—Dos tomos. Cada uno tres pesetas. - - =A lo largo del Amazonas=, por Kingston.—Dos tomos. Cada uno tres - pesetas. - - =El Robinsón suizo=, por Wyss.—Un tomo. Cuatro pesetas. - - =Viajes de Gulliver=, por Swift.—Un tomo. Tres pesetas. - - =El matador de leones=, por Gérard.—Un tomo. Tres pesetas. - - =David Balfour=, por Stevenson.—Un tomo. Tres pesetas. - - - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana -(Vol 1 de 3), by Alain-René Lesage - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK GIL BLAS *** - -***** This file should be named 50492-0.txt or 50492-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/0/4/9/50492/ - -Produced by Giovanni Fini, Josep Cols Canals and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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You may copy it, give it away or re-use it under the terms of -the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - -Title: Historia de Gil Blas de Santillana (Vol 1 de 3) - Novela - -Author: Alain-René Lesage - -Translator: P. Isla - -Release Date: November 19, 2015 [EBook #50492] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK GIL BLAS *** - - - - -Produced by Giovanni Fini, Josep Cols Canals and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - -</pre> - -<div class="limit"> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_1" id="Page_1">[1]</a></span></p> - -<div class="chapter"> - -<div class="transnote p4"> -<p class="pc large">NOTA DEL TRANSCRIPTOR:</p> -<p class="ptn">—Los errores obvios de impresión y puntuación han sido corregidos.</p> -<p class="ptn">—Se ha mantenido la acentuación del libro original, que difiere -notablemente de la utilizada en español moderno.</p> -<p class="ptn">—El transcriptor de este libro creó la imagen de tapa utilizando la -portada del libro original. La nueva imagen pertenece al dominio público.</p> -</div></div> - -<div class="chapter"> - -<p class="pc4 mid">Le Sage</p> - -<hr class="d1" /> - -<p class="pc4 large">HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA</p> -<p class="pc2">TOMO I</p> -<p class="pc4 lmid">MCMXXII<br /></p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_2" id="Page_2">[2]</a></span></p> - -<hr class="d2" /> - -<p class="pc reduct">Papel expresamente fabricado por <span class="smcap">La Papelera Española</span></p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_3" id="Page_3">[3]</a></span></p> - -<p class="pc4 mid">LE SAGE</p> - -<hr class="d3" /> - -<h1 class="p2">Historia<br /> -<span class="small">de</span><br /> -Gil Blas de Santillana</h1> - -<p class="pc2 mid">NOVELA</p> - -<p class="pc2">TOMO I</p> - -<p class="pc2">Traducción del P. Isla</p> - -<div class="figcenter"> - <img src="images/title.jpg" width="200" height="247" - alt="" - title="" /> -</div> - -<p class="pc2 lmid">MADRID, 1922</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_4" id="Page_4">[4]</a></span></p> - -<hr class="d2" /> - -<p class="pc">Talleres “Calpe”, Larra, 6 y 8.—MADRID</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_5" id="Page_5">[5]</a></span></p> - -<div class="chapter"> - -<p class="p4"><i>La famosísima novela de Le Sage</i> <span class="smcap">Gil Blas de -Santillana</span> <i>fué traducida superiormente por el padre -Isla, el autor de</i> Fray Gerundio. <i>Esta traducción -es la que publicamos. Hízola el padre Isla con la -intención de mostrar patente el origen español de -la inspiración que animara a Le Sage. ¿Consiguió -lo que pretendía? En parte sí, pues leído el</i> <span class="smcap">Gil Blas</span> -<i>en la traducción española de Isla parece enteramente -una novela picaresca de las muchas que ha producido -nuestra literatura. Pero si miramos con mayor atención -la novela, veremos en ella un gran número de -rasgos que esencialmente la clasifican entre las obras -de ingenio e inspiración típicamente franceses. Prepondera -la descripción de caracteres, la fina sátira -moral, la intención psicológica sobre la mera narración -de aventuras. Le Sage no inventa intrigas por -el solo placer de la acción, sino para engarzar en -ellas tipos, vicios, defectos morales, ridiculeces de la -especie humana. Así adquiere su obra un sentido -filosófico, moral; más que novela de aventuras es novela -de costumbres y de caracteres.</i></p> - -<p><i>Le Sage, que nació en la Bretaña y se hizo abogado -en París, fué uno de los primeros escritores que vivieron -exclusivamente de su pluma. Publicó en 1715 -los dos primeros tomos de</i> <span class="smcap">Gil Blas</span>, <i>que llegaban -hasta el punto en que Gil Blas es nombrado intendente -general de D. Alfonso de Leyva. En vista del formidable<span class="pagenum"><a name="Page_6" id="Page_6">[6]</a></span> -éxito que obtuvo, escribió una continuación, publicada -en 1724, que comprende la estancia de Gil -Blas en Granada y su traslado a Madrid, con la -historia de su privanza con el duque de Lerma. El -éxito de esta continuación superó al de los dos primeros -tomos, y en 1735 publicó Le Sage el final de -la obra, con la narración del ministerio y muerte del -Conde Duque y el retiro de Gil Blas a Liria.</i></p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_7" id="Page_7">[7]</a></span></p> - -<div class="chapter"> - -<p class="pc4 elarge">GIL BLAS DE SANTILLANA</p> - -<hr class="d3" /> - -<h2 class="p4"><a name="dec" id="dec">DECLARACIÓN DE LE SAGE</a></h2> - -<p class="p2">Como hay personas que no saben leer un libro -sin aplicar los caracteres viciosos o ridículos que -en él se censuran a personas determinadas, declaro -a estos maliciosos lectores que harán mal y se -engañarán mucho en hacer la aplicación a ningún -individuo en particular de los retratos que encontrarán -en esta obra. Protesto al público que solamente -me he propuesto representar la vida del común -de los hombres tal cual es, y no permita Dios -que jamás sea mi ánimo señalar a ninguno con el -dedo. Si hubiere alguno que crea se ha dicho por -él lo que puede convenir a tantos otros, le aconsejo -que calle y no se queje, porque de otra manera -él mismo se dará a conocer fuera de tiempo. -<i>Stultè nudabit animi conscientiam</i>, dice Fedro.</p> - -<p>No menos en Francia que en España se hallan -médicos cuyo método de curar no es otro que sangrar -sobradamente a sus enfermos. Los vicios y -los originales ridículos son de todas las naciones. -Confieso que no siempre describí exactamente las<span class="pagenum"><a name="Page_8" id="Page_8">[8]</a></span> -costumbres españolas. Por ejemplo: los que saben -cómo viven en Madrid los comediantes, quizá me -notarán de haberlos pintado con colores demasiadamente -mitigados; pero creí deber hacerlo así -por que fuesen algo más parecidos a los nuestros.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_9" id="Page_9">[9]</a></span></p> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="pal" id="pal">UNA PALABRITA AL LECTOR</a></h2> - -<p>Antes de leer la historia de mi vida, escucha, -lector amigo, un cuento que te voy a contar.</p> - -<p>Caminaban juntos y a pie dos estudiantes desde -Peñafiel a Salamanca. Sintiéndose cansados y sedientos, -se sentaron junto a una fuente que estaba -en el camino. Después que descansaron y mitigaron -la sed, observaron por casualidad una como -lápida sepulcral que a flor de la tierra se descubría -cerca de ellos, y sobre la lápida unas letras -medio borradas por el tiempo y por las pisadas -del ganado que venía a beber a la fuente. Picóles -la curiosidad, y lavando la piedra con agua, pudieron -leer estas palabras castellanas: <i>Aquí está enterrada -el alma del licenciado Pedro García</i>.</p> - -<p>El más mozo de los estudiantes, que era vivaracho -y un si es no es atolondrado, apenas leyó la -inscripción cuando exclamó, riéndose a carcajada -tendida: «¡Gracioso disparate! ¡Aquí está enterrada -el alma! Pues qué, ¿un alma puede enterrarse? -¡Quién me diera a conocer el ignorantísimo autor -de tan ridículo epitafio!» Y diciendo esto, se levantó -para irse. Su compañero, que era algo más juicioso -y reflexivo, dijo para consigo: «Aquí hay misterio, -y no me he de apartar de este sitio hasta<span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span> -averiguarlo.» Dejó partir al otro, y, sin perder -tiempo, sacó un cuchillo y comenzó a socavar la -tierra alrededor de la lápida, hasta que logró levantarla. -Encontró debajo de ella un bolsillo; abrióle, -y halló en él cien ducados, con estas palabras -en latín: <i>Declárote por heredero mío a ti, cualquiera -que seas, que has tenido ingenio para entender el -verdadero sentido de la inscripción; pero te encargo -que uses de este dinero mejor que yo usé de él</i>. Alegre -el estudiante con este descubrimiento, volvió a poner -la lápida como antes estaba y prosiguió su camino -a Salamanca, llevándose el alma del licenciado.</p> - -<p>Tú, amigo lector, seas quien fueres, necesariamente -te has de parecer a uno de estos dos estudiantes. -Si lees mis aventuras sin hacer reflexión -a las instrucciones morales que encierran, ningún -fruto sacarás de esta lectura; pero si las leyeres -con atención, encontrarás en ellas, según el precepto -de Horacio, <i>lo útil mezclado con lo agradable</i>.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span></p> - -<div class="chapter"> - -<p class="pc4 elarge">LIBRO PRIMERO</p> - -<h2 class="p4"><a name="c101" id="c101">CAPÍTULO PRIMERO</a></h2> - -<p class="pch">Nacimiento de Gil Blas, y su educación.</p> - -<p>Blas de Santillana, mi padre, después de haber -servido muchos años en los ejércitos de la Monarquía -española, se retiró al lugar donde había nacido. -Casóse con una aldeana, y yo nací al mundo -diez meses después que se habían casado. Pasáronse -a vivir a Oviedo, donde mi madre se acomodó -por ama de gobierno y mi padre por escudero. -Como no tenían más bienes que su salario, corría -gran peligro mi educación de no haber sido la mejor -si Dios no me hubiera deparado un tío que -era canónigo de aquella iglesia. Llamábase Gil Pérez, -era hermano mayor de mi madre y había sido -mi padrino. Figúrate, allá en tu imaginación, lector -mío, un hombre pequeño, de tres pies y medio -de estatura, extraordinariamente gordo, con la cabeza -zambullida entre los hombros, y he aquí la -<i>vera efigies</i> de mi tío. Por lo demás, era un eclesiástico -que sólo pensaba en darse buena vida; -quiero decir en comer y en tratarse bien, para lo<span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span> -cual le suministraba suficientemente la renta de -su prebenda.</p> - -<p>Llevóme a su casa cuando yo era niño y se encargó -de mi educación. Parecíle desde luego tan -despejado, que resolvió cultivar mi talento. Compróme -una cartilla y quiso él mismo ser mi maestro -de leer. También hubiera querido enseñarme -por sí mismo la lengua latina, porque ese dinero -ahorraría; pero el pobre Gil Pérez se vió precisado -a ponerme bajo la férula de un preceptor, y me -envió al doctor Godínez, que pasaba por ser el -más hábil pedante que había en Oviedo. Aproveché -tanto en esta escuela, que al cabo de cinco o -seis años entendía un poco de los autores griegos -y suficientemente los poetas latinos. Apliquéme -después a la Lógica, que me enseñó a discurrir y -argumentar sin término. Gustábanme mucho las -disputas, y detenía a los que encontraba, conocidos -o no conocidos, para proponerles cuestiones y -argumentos. Topábame a veces con algunos manteístas -que no apetecían otra cosa, y entonces era -el oírnos disputar. ¡Qué voces! ¡Qué patadas! ¡Qué -gestos! ¡Qué contorsiones! ¡Qué espumarajos en las -bocas! Más parecíamos energúmenos que filósofos.</p> - -<p>De esta manera logré gran fama de sabio en toda -la ciudad. A mi tío se le caía la baba, y se lisonjeaba -infinito con la esperanza de que, en virtud -de mi reputación, presto dejaría de tenerme sobre -sus costillas. Díjome un día: «¡Hola, Gil Blas! Ya -no eres niño; tienes diez y siete años, y Dios te -ha dado habilidad. Hemos menester pensar en<span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span> -ayudarte. Estoy resuelto a enviarte a la Universidad -de Salamanca, donde con tu ingenio y con tu -talento no dejarás de colocarte en un buen puesto. -Para tu viaje te daré algún dinero y la mula, -que vale de diez a doce doblones, la que podrás -vender en Salamanca, y mantenerte después con -el dinero hasta que logres algún empleo que te dé -de comer honradamente.»</p> - -<p>No podía mi tío proponerme cosa más de mi -gusto, porque reventaba por ver mundo; sin embargo, -supe vencerme y disimular mi alegría. Cuando -llegó la hora de marchar, sólo me mostré afligido -del sentimiento de separarme de un tío a quien -debía tantas obligaciones; enternecióse el buen señor, -de manera que me dió más dinero del que me -daría si hubiera leído o penetrado lo que pasaba -en lo íntimo de mi corazón. Antes de montar quise -ir a dar un abrazo a mi padre y a mi madre, los -cuales no anduvieron escasos en materia de consejos. -Exhortáronme a que todos los días encomendase -a Dios a mi tío, a vivir cristianamente, a no -mezclarme nunca en negocios peligrosos y, sobre -todo, a no desear, y mucho menos a tomar, lo ajeno -contra la voluntad de su dueño. Después de -haberme arengado largamente, me regalaron con -su bendición, la única cosa que podía esperar de -ellos. Inmediatamente monté en mi mula y salí de -la ciudad.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span></p> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c102" id="c102">CAPÍTULO II</a></h2> - -<p class="pch">De los sustos que tuvo Gil Blas en el camino de -Peñaflor, lo que hizo cuando llegó allí y lo que le -sucedió con un hombre que cenó con él.</p> - -<p>Héteme aquí ya fuera de Oviedo, camino de Peñaflor, -en medio de los campos, dueño de mi persona, -de una mala mula y de cuarenta buenos ducados, -sin contar algunos reales más que había -hurtado a mi bonísimo tío. La primera cosa que -hice fué dejar la mula a discreción, esto es, que -anduviese al paso que quisiese. Echéla el freno sobre -el pescuezo, y sacando de la faltriquera mis -ducados los comencé a contar y recontar dentro -del sombrero. No podía contener mi alegría; jamás -me había visto con tanto dinero junto; no me hartaba -de verle, tocarle y retocarle. Estábale recontando -quizá por la vigésima vez, cuando la mula -alzó de repente la cabeza en aire de espantadiza, -aguzó las orejas y se paró en medio del camino. -Juzgué desde luego que la había espantado alguna -cosa, y examiné lo que podía ser. Vi en medio del -camino un sombrero, con un rosario de cuentas -gordas en su copa, y al mismo tiempo oí una voz -lastimosa que pronunció estas palabras: «¡Señor -pasajero, tenga usted piedad de un pobre soldado -estropeado y sírvase de echar algunos reales en -ese sombrero, que Dios se lo pagará en el otro -mundo!» Volví los ojos hacia donde venía la voz,<span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span> -y vi al pie de un matorral, a veinte o treinta pasos -de mí, una especie de soldado, que sobre dos palos -cruzados apoyaba la boca de una escopeta, que -me pareció más larga que una lanza, con la cual -me apuntaba a la cabeza. Sobresaltéme extrañamente, -miré como perdidos mis ducados y empecé -a temblar como un azogado. Recogí lo mejor que -pude mi dinero; metíle disimulada y bonitamente -en la faltriquera, y quedándome en las manos con -algunos reales los fuí echando poco a poco y uno -a uno en el sombrero destinado para recibir la -limosna de los cristianos cobardes y atemorizados, -a fin de que conociese el soldado que yo me portaba -noble y generosamente. Quedó satisfecho de -mi generosidad y dióme tantas gracias como yo -espolazos a la mula para que cuanto antes me alejase -de él; pero la maldita bestia, burlándose de -mi impaciencia, no por eso caminaba más a prisa. -La vieja costumbre de caminar paso a paso bajo -el gobierno de mi tío la había hecho olvidarse de -lo que era el galope.</p> - -<p>No me pareció esta aventura el mejor agüero -para el resto del viaje. Veía que aun no estaba en -Salamanca y que me podían suceder otras peores. -Parecióme que mi tío había andado poco prudente -en no haberme entregado a algún arriero. Esto -era, sin duda, lo que debiera haber hecho; pero -le parecía que dándome su mula gastaría menos -en el viaje, lo cual le hizo más fuerza que la consideración -de los peligros a que me exponía. Para -reparar esta falta determiné vender mi mula en<span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span> -Peñaflor, si tenía la dicha de llegar a aquel lugar. -y ajustarme con un arriero hasta Astorga, haciendo -lo mismo con otro desde Astorga a Salamanca. -Aunque nunca había salido de Oviedo, sabía los -nombres de todos los lugares por donde había de -pasar, habiéndome informado de ellos antes de ponerme -en camino.</p> - -<p>Llegué felizmente a Peñaflor y me paré a la -puerta de un mesón que tenía bella apariencia. -Apenas eché pie a tierra cuando el mesonero me -salió a recibir con mucha cortesía. El mismo desató -mi maleta y mis alforjas, cargó con ellas y me -condujo a un cuarto, mientras sus criados llevaban -la mula a la caballeriza. Era el tal mesonero el -mayor hablador de todo Asturias, tan fácil en contar -sin necesidad todas sus cosas como curioso en -informarse de las ajenas. Díjome que se llamaba -Andrés Corzuelo y que había servido al rey muchos -años de sargento, y se había retirado quince -meses hacía por casarse con una moza de Castropol, -que era buen bocado, aunque algo morena. Y -después me refirió otra infinidad de cosas que tanto -importaba saberlas como ignorarlas. Hecha esta -confianza, juzgándose ya acreedor a que yo le correspondiese -con la misma, me preguntó quién era, -de dónde venía y a dónde caminaba. A todo lo cual -me consideré obligado a responder artículo por artículo, -puesto que cada pregunta la acompañaba -con una profunda reverencia, suplicándome muy -respetuosamente que perdonase su curiosidad. Esto -me empeñó insensiblemente en una larga conversación<span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span> -con él, en la cual ocurrió hablar del motivo -y fin que tenía en desear deshacerme de mi mula -y proseguir el viaje con algún arriero. Todo me lo -aprobó mucho, y no cierto sucintamente, porque -me representó todos los accidentes que me podían -suceder y me embocó mil funestas historias de los -caminantes. Pensé que nunca acabase; pero al fin -acabó, diciéndome que si quería vender la mula él -conocía un muletero, hombre muy de bien, que -acaso la compraría. Respondíle me daría gusto en -enviarle a llamar, y él mismo en persona partió al -punto a noticiarle mi deseo.</p> - -<p>Volvió en breve acompañado del chalán, y me -le presentó ponderando mucho su honradez. Entramos -en el corral, donde habían sacado mi mula. -Paseáronla y repaseáronla delante del muletero, -que con grande atención la examinó de pies a cabeza. -Púsole mil tachas, hablando de ella muy mal. -Confieso que tampoco podía decir de ella mucho -bien; pero lo mismo diría aunque fuera la mula -del Papa. Protestaba que tenía cuantos defectos -podía tener el animal, apelando al juicio del mesonero, -que sin duda tenía sus razones para conformarse -con el suyo. «Ahora bien—me preguntó -fríamente el chalán—: ¿cuánto pide usted por su -mula?» Yo, que la daría de balde después del elogio -que había hecho de ella, y sobre todo de la -atestación del señor Corzuelo, que me parecía hombre -honrado, inteligente y sincero, le respondí remitiéndome -en todo a lo que la apreciase su hombría -de bien y su conciencia, protestando que me<span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span> -conformaría con ello. Replicóme, picándose de hombre -de bien y timorato, que habiendo interesado -su conciencia le tocaba en lo más vivo y en lo que -más le dolía, porque al fin éste era su lado flaco; -y efectivamente no era el más fuerte, porque en -lugar de los diez o doce doblones en que mi tío la -había valuado no tuvo vergüenza de tasarla en -tres ducados, que me entregó, y yo recibí tan alegre -como si hubiera ganado mucho en aquel trato.</p> - -<p>Después de haberme deshecho tan ventajosamente -de mi mula, el mesonero me condujo a casa -de un arriero que al día siguiente había de partir -a Astorga. Díjome éste que pensaba salir antes de -amanecer y que él tendría cuidado de despertarme. -Quedamos de acuerdo en lo que le había de -dar por comida y macho, y yo me volví al mesón -en compañía de Corzuelo, el cual en el camino me -comenzó a contar toda la historia del arriero. Encajóme -cuanto se decía de él en la villa, y aun llevaba -traza de continuar aturdiéndome con sus impertinentes -habladurías, cuando, por fortuna, le -interrumpió un hombre de buen aspecto, que se -acercó a él y le saludó con mucha urbanidad. Dejélos -a los dos y proseguí mi camino, sin pasarme -por el pensamiento que pudiese yo tener parte alguna -en su conversación.</p> - -<p>Luego que llegué al mesón, pedí de cenar. Era -día de viernes y me contenté con huevos. Mientras -los disponían, trabé conversación con la mesonera, -que hasta entonces no se había dejado ver. Parecióme -bastantemente linda, de modales muy desembarazados<span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span> -y vivos. Cuando me avisaron que ya -estaba hecha la tortilla, me senté a la mesa solo. -No bien había comido el primer bocado, he aquí -que entra el mesonero en compañía de aquel hombre -con quien se había parado a hablar en el camino. -El tal caballero, que podía tener treinta años, -traía al lado un largo chafarote. Acercándose a mí -con cierto aire alegre y apresurado, «Señor licenciado—me -dijo—, acabo de saber que usted es el -señor Gil Blas de Santillana, la honra de Oviedo -y la antorcha de la Filosofía. ¿Es posible que sea -usted aquel joven sapientísimo, aquel ingenio sublime -cuya reputación es tan grande en todo este -país? ¡Vosotros no sabéis—volviéndose al mesonero -y a la mesonera—qué hombre tenéis en casa! -¡Tenéis en ella un tesoro! ¡En este mozo estáis -viendo la octava maravilla del mundo!» Volviéndose -después hacia mí, y echándome los brazos al -cuello, «Excuse usted—me dijo—mis arrebatos; no -soy dueño de mí mismo ni puedo contener la alegría -que me causa su presencia.»</p> - -<p>No pude responderle de pronto, porque me tenía -tan estrechamente abrazado que apenas me dejaba -libre la respiración; pero luego que desembaracé -un poco la cabeza, le dije: «Nunca creí que mi nombre -fuese conocido en Peñaflor.» «¿Qué llama conocido?—me -repuso en el mismo tono—. Nosotros tenemos -registro de todos los grandes personajes que -nacen a veinte leguas en contorno. Usted está reputado -por un prodigio, y no dudo que algún día -dará a España tanta gloria el haberle producido<span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span> -como a la Grecia el ser madre de sus siete sabios. -A estas palabras se siguió un nuevo abrazo, que -hube de aguantar aun a peligro de que me sucediese -la desgracia de Anteo. Por poca experiencia -del mundo que yo hubiera tenido, no me dejaría -ser el dominguillo de sus demostraciones ni de sus -hipérboles. Sus inmoderadas adulaciones y excesivas -alabanzas me harían conocer desde luego que -era uno de aquellos truhanes pegotes y petardistas -que se hallan en todas partes y se introducen -con todo forastero para llenar la barriga a costa -suya; pero mis pocos años y mi vanidad me hicieron -formar un juicio muy distinto. Mi panegirista -y mi admirador me pareció un hombre muy de -bien y muy real, y así, le convidé a cenar conmigo. -¡Con mucho gusto!—me respondió prontamente—. -Estoy muy agradecido a mi buena estrella -por haberme dado a conocer al ilustre señor Gil -Blas y no quiero malograr la fortuna de estar en -su compañía y disfrutar sus favores lo más que -me sea posible. A la verdad—prosiguió—, no tengo -gran apetito, y me sentaré a la mesa sólo por -hacer compañía a usted, comiendo algunos bocados -meramente por complacerle y por mostrar -cuánto aprecio sus finezas.»</p> - -<p>Sentóse enfrente de mí el señor mi panegirista. -Trajéronle un cubierto, y se arrojó a la tortilla con -tanta ansia y con tanta precipitación como si hubiera -estado tres días sin comer. Por el gusto con -que la comía conocí que presto daría cuenta de -ella. Mandé se hiciese otra, lo que se ejecutó al<span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21">[21]</a></span> -instante; pusiéronla en la mesa cuando acabábamos, -o, por mejor decir, cuando mi huésped acababa -de engullirse la primera. Sin embargo, comía -siempre con igual presteza, y sin perder bocado -añadía sin cesar alabanzas sobre alabanzas, las -cuales me sonaban bien y me hacían estar muy -contento de mi personilla. Bebía frecuentemente, -brindando unas veces a mi salud y otras a la de -mi padre y de mi madre, no hartándose de celebrar -su fortuna en ser padres de tal hijo. Al mismo -tiempo echaba vino en mi vaso, incitándome a -que le correspondiese. Con efecto, no correspondía -yo mal a sus repetidos brindis; con lo cual y con -sus adulaciones me sentí de tan buen humor que, -viendo ya medio comida la segunda tortilla, pregunté -al mesonero si tenía algún pescado. El señor -Corzuelo, que, según todas las apariencias, se -entendía con el petardista, respondió: «Tengo una -excelente trucha; pero costará cara a los que la -coman y es bocado demasiadamente delicado para -usted.» «¿Qué llama usted <i>demasiadamente delicado</i>?—replicó -mi adulador—. ¡Traiga usted la trucha -y descuide de lo demás! ¡Ningún bocado, por -regalado que sea, es demasiado bueno para el señor -Gil Blas de Santillana, que merece ser tratado -como un príncipe!»</p> - -<p>Tuve particular gusto de que hubiese retrucado -con tanto aire las últimas palabras del mesonero, -en lo cual no hizo mas que anticipárseme. Dime -por ofendido y dije con enfado al mesonero: «¡Venga -la trucha y otra vez piense más en lo que dice!»<span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span> -El mesonero, que no deseaba otra cosa, hizo cocer -luego la trucha y presentóla en la mesa. A vista -del nuevo plato brillaron de alegría los ojos del -taimado, que dió mayores pruebas del deseo que -tenía de complacerme; es decir, que se abalanzó -al pez del mismo modo que se había arrojado a -las tortillas. No obstante, se vió precisado a rendirse, -temiendo algún accidente, porque se había -hartado hasta el gollete. En fin, después de haber -comido y bebido hasta más no poder, quiso poner -fin a la comedia. «¡Oh señor Gil Blas!—me dijo alzándose -de la mesa—. Estoy tan contento de lo -bien que usted me ha tratado, que no le puedo -dejar sin darle un importante consejo, del que me -parece tiene no poca necesidad. Desconfíe por lo -común de todo hombre a quien no conozca, y esté -siempre muy sobre sí para no dejarse engañar de -las alabanzas. Podrá usted encontrar con otros que -quieran, como yo, divertirse a costa de su credulidad, -y puede suceder que las cosas pasen más -adelante. No sea usted su hazmerreír y no crea -sobre su palabra que le tengan por la octava maravilla -del mundo.» Diciendo esto, rióse de mí en -mis bigotes y volvióme las espaldas.</p> - -<p>Sentí tanto esta burla como cualquiera de las -mayores desgracias que me sucedieron después. No -hallaba consuelo viéndome burlado tan groseramente, -o, por mejor decir, viendo mi orgullo tan -humillado. «¡Es posible—me decía yo—que aquel -traidor se hubiese burlado de mí! Pues qué, ¿solamente -buscó al mesonero para sonsacarle, o estaban<span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span> -ya de inteligencia los dos? ¡Ah pobre Gil Blas; -muérete de vergüenza, porque diste a estos bribones -justo motivo para que te hagan ridículo! Sin -duda que compondrán una buena historia de esta -burla, la cual podrá muy bien llegar a Oviedo, y -en verdad que te hará grandísimo honor. Tus padres -se arrepentirán de haber arengado tanto a un -mentecato. ¡En vez de exhortarme a que no engañase -a nadie, debieran haberme encomendado que -de ninguno me dejase engañar!» Agitado de estos -amargos pensamientos, y encendido en cólera, me -encerré en mi cuarto y me metí en la cama; pero -no pude dormir, y apenas había cerrado los ojos -cuando el arriero vino a despertarme y a decirme -que sólo esperaba por mí para ponerse en camino. -Levantéme prontamente, y mientras me estaba -vistiendo vino Corzuelo con la cuenta del gasto, -en la cual no se olvidaba la trucha; y no solamente -hube de pasar por todo lo que él cargaba, sino que, -mientras le pagaba el dinero, tuve el dolor de conocer -que se estaba relamiendo en la memoria del -pasado chasco de la noche precedente. Después de -haber pagado bien una cena que había digerido -tan mal, partí con mi maleta a casa del arriero, -dando a todos los diablos al petardista, al mesonero -y al mesón.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span></p> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c103" id="c103">CAPÍTULO III</a></h2> - -<p class="pch">De la tentación que tuvo el arriero en el camino, -en qué paró, y cómo Gil Blas se estrelló contra Caribdis -queriendo evitar a Scila.</p> - -<p>No era yo solo el que había de caminar con el -arriero. Habíanse ajustado con el mismo dos hijos -de familia de Peñaflor; un muchacho o niño de -coro de Mondoñedo, que iba a correr mundo; un -caballerete de Astorga y una joven del Bierzo, con -quien acababa de casarse. En muy poco tiempo -nos hicimos amigos, y cada uno contó a dónde iba -y de dónde venía. Aunque la novia estaba en lo -mejor de su edad, era tan morena y de tan poca -gracia que no me daba mucho gusto el mirarla; -con todo eso, sus pocos años y su robustez inclinaron -hacia ella al arriero; tanto, que resolvió hacer -una tentativa para lograr sus favores. Pasó la -jornada en meditar el modo y dilató la ejecución -hasta la última posada. Esta fué en Cacabelos. -Hízonos apear en un mesón que está a la entrada -del lugar, esto es, un poco fuera de él, cuyo mesonero -sabía él muy bien que era hombre callado -y amigo de complacer. Dispuso que nos condujese -a un cuarto muy retirado, donde nos dejó cenar -tranquilamente; pero al fin de la cena vimos entrar -al arriero furioso como un demonio, votando, -jurando y blasfemando; y mirándonos a todos con -ojos centelleantes, «¡Por vida de quien soy—dijo—que<span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span> -me han hurtado cien doblones que traía en -una bolsa de cuero, y por fuerza han de parecer! -¡Ahora ahora me voy derecho al juez, para que -dé tormento a todos hasta que se descubra el ladrón -y me restituya mi dinero!» Diciendo esto con -un aire muy natural, nos volvió apresuradamente -y con enfado las espaldas, dejándonos atónitos, -mirándonos los unos a los otros.</p> - -<p>A ninguno le ocurrió que podía ser aquello una -ficción, porque todavía no nos podíamos conocer -bien; antes sí sospeché yo que el ladrón sería el -muchacho de coro, así como él quizá sospecharía -lo mismo de mí. Fuera de eso, todos éramos unos -pobres simples, que no sabíamos las formalidades -que preceden en semejantes casos a la prueba del -tormento, y desde luego creímos que se había de -comenzar por aquí. Poseídos, pues, de esta aprensión, -precipitadamente nos salimos del cuarto, escapando -unos a la calle y otros al huerto, para -salvarse cada cual como pudiese; y el novio de Astorga, -turbado con la idea del tormento, se salvó -como otro Eneas, olvidado enteramente de su mujer. -Entonces el arriero, según supe con el tiempo, -más incontinente que sus machos, y muy alegre -porque su estratagema había producido el efecto -que pretendía, entró en el cuarto donde estaba la -novia, haciendo alarde de su invención, y procuró -aprovecharse de la ocasión; pero aquella Lucrecia -asturiana, a quien daba mayores fuerzas la mala -traza del arriero, hizo una vigorosa resistencia, -dando descompasados gritos. La patrulla, que por<span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span> -casualidad se hallaba cerca de una posada que sabía -ser muy digna de su atención, entró en ella, -y preguntó quién daba y cuál era el motivo de -aquellos gritos. El mesonero estaba cantando en -la cocina y fingiendo que nada había oído; no obstante, -se vió precisado a conducir al comandante -y a la patrulla al cuarto de la persona que gritaba. -Conoció luego el alférez el negocio de que se trataba, -y, como era hombre grosero y brutal, regaló -provisionalmente al enamorado arriero con cinco -o seis buenos palos con el mango de la alabarda, y -le arengó con unas voces tan ofensivas al pudor -como la acción que daba motivo a la arenga. No -se contentó con esto: echó mano del delincuente -y le condujo a la presencia del juez, juntamente -con la agraviada delatora, que con toda resolución -quiso ir en persona a quejarse de él, no obstante -el desorden en que se hallaba. Oyóla el juez, y -habiéndola observado atentamente, halló que el -acusado no tenía excusa alguna y que era indigno -de perdón. Mandó al punto le despojasen y que -en su presencia le diesen doscientos azotes, y ordenó -después que, si al día siguiente no parecía el -marido de aquella mujer, dos soldados la llevasen -con toda decencia a Astorga a costa del arriero.</p> - -<p>Por lo que toca a mí, atemorizado quizá más -que los otros, salí prontamente al campo, y atravesando -terrenos, penetrando matorrales y saltando -los fosos que hallaba en el camino, llegué por -fin a un lóbrego y espeso bosque. Iba a entrar en -él y a esconderme en el más erizado matorral<span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span> -cuando me vi de repente con dos hombres a caballo, -que se pararon delante de mí. «¿Quién va -allá?», dijeron; y, como el miedo y la sorpresa no -me dejaron hablar, acercándose más, cada uno me -puso al pecho una pistola, intimándome, pena de -la vida, que les dijese quién era, de dónde venía -y qué iba yo a hacer en aquel bosque. A esta manera -de preguntar, que me pareció un <i>quid pro quo</i> -del tormento con que se había burlado de nosotros -el arriero, respondí que era un pobre estudiante -de Oviedo, que iba a continuar mis estudios en -Salamanca, refiriéndoles lo que nos acababa de suceder -y confesando sencillamente que el miedo del -tormento me había hecho huir sin saber dónde esconderme. -Dieron una grande carcajada cuando -oyeron un discurso que tanto mostraba mi sencillez, -y uno de ellos me dijo: «No tengas miedo, querido; -vente con nosotros y no temas, que te pondremos -en toda seguridad.» Diciendo esto, me hizo -montar en la grupa de su caballo, y volviendo las -riendas nos envainamos todos tres en lo más intrincado -y más espeso del bosque.</p> - -<p>No sabía yo qué pensar de tal encuentro; mas, -no obstante, no pronosticaba cosa mala. «Si estos -hombres fueran ladrones—me decía yo a mí mismo—ya -me hubieran robado y quizá asesinado -también. Acaso serán algunos buenos hidalgos de -esta tierra, que viéndome atemorizado se han compadecido -de mí y por caridad me llevan a su casa.» -No me duró mucho la duda. Después de algunas -vueltas y revueltas, con grandísimo silencio llegamos<span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span> -por fin al pie de una colina, donde nos apeamos. -«Aquí hemos de dormir», dijo uno de los -caballeros. Por más que yo volví los ojos a todas -partes, no veía casa, choza o cabaña, ni la más -mínima señal de habitación; cuando vi que aquellos -dos hombres alzaron una gran trampa de madera, -cubierta de tierra y de enramada, que ocultaba -una larga entrada subterránea muy pendiente, -por donde los caballos por sí mismos se dejaron -resbalar como quienes ya estaban acostumbrados. -Los caballeros me hicieron entrar con ellos y dejaron -caer la trampa con unas cuerdas que para este -efecto estaban fuertemente atadas a ella. Y he -aquí al digno sobrino de mi tío el canónigo Gil -Pérez metido como ratón en una ratonera.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c104" id="c104">CAPÍTULO IV</a></h2> - -<p class="pch">Descripción de la cueva subterránea y de lo que vió -en ella Gil Blas.</p> - -<p>Entonces conocí entre qué especie de gentes me -hallaba, y fácilmente se puede adivinar que este -conocimiento me quitaría el primer temor; pero -otro mucho mayor se apoderó luego de mí. Di por -supuesto que iba a perder la vida con mis pobres -ducados; y mirándome como una víctima que era -conducida al sacrificio, caminaba más muerto que -vivo entre mis conductores, cuando, advirtiendo -ellos mismos que iba temblando, me exhortaron<span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span> -con la mayor dulzura, pero inútilmente, a que depusiese -todo temor. Habríamos caminado como -unos doscientos pasos, cuando entramos en una -especie de caballeriza, a que daban luz dos grandes -candiles que pendían de la bóveda. Había en -ella una buena provisión de paja y muchos sacos -atestados de cebada. Podían caber en ella hasta -veinte caballos, pero a la sazón solamente había -los dos que acababan de llegar. Salimos de la caballeriza -y llegamos a la cocina, donde una vieja -estaba disponiendo la cena. No faltaba en la cocina -utensilio alguno. La cocinera era una mujer -de más de sesenta años. Sus blancos cabellos conservaban -algunas manchas, residuos del color rubio -subido que tuvieran; su barba era puntiaguda, -y la nariz tan larga y encorvada que casi llegaba -a besar la boca con la punta, y sus ojos tan encarnados -que parecían dos tomates maduros.</p> - -<p>«Señora Leonarda—dijo uno de los caballeros, -presentándome a aquel bello ángel de tinieblas—, -mire este mocito que le traemos.» Y volviéndose -después a mí, y viéndome pálido y consumido, me -dijo: «Vuelve, querido, en ti, y no tengas miedo, -pues no te queremos hacer mal. Nos hacía falta un -mozo que aliviase en algo a nuestra pobre cocinera; -te encontramos, y ésta ha sido tu fortuna. -Ocuparás la plaza de un mozo que murió quince -días ha, porque era de delicada complexión. La -tuya parece más robusta y no morirás tan presto. -A la verdad, no volverás ya a ver el sol; pero, en -recompensa, comerás bien y tendrás siempre buena<span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span> -lumbre. Pasarás la vida con Leonarda, que es -una criatura muy amable y humana. Tendrás cuantas -conveniencias quisieres, y ahora conocerás que -no has venido a vivir entre pordioseros y despilfarrados.» -Al mismo tiempo tomó una luz y me -mandó que le siguiese. Llevóme a una bodega, -donde vi una infinidad de botellas y grandes vasijas -de barro bien tapadas, llenas todas de vinos -exquisitos. Hízome pasar después por muchos cuartos, -unos atestados de piezas de lienzo y otros de -ricos paños y telas de lana y seda. En otro vi plata -y oro y mucha vajilla marcada con diferentes -escudos de armas. Seguíle después a una gran sala, -que alumbraban tres grandes arañas de metal y -conducía a otros cuartos que se comunicaban con -ella. Aquí me hizo nuevas preguntas, es a saber: -cómo me llamaba y por qué había salido de Oviedo. -Después que satisfice su curiosidad, «Ahora -bien, Gil Blas—me dijo con mucho agrado—: puesto -que sólo saliste de tu patria para lograr algún -acomodo, parece que naciste de pie, pues se te -proporciona vivir entre nosotros. Ya te lo he dicho: -aquí vivirás en medio de la abundancia; nadarás -en oro y plata y estarás con toda seguridad. -Tal es este subterráneo, que aunque venga cien -veces a este bosque la Santa Hermandad, nunca -dará con él: la entrada sólo la conocemos yo y mis -camaradas. Acaso me preguntarás cómo hemos podido -nosotros fabricar este subterráneo sin que lo -supiesen los paisanos de los lugares vecinos; pero -has de saber, amigo mío, que ésta no ha sido obra<span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span> -nuestra, sino de muchos siglos. Después que los -moros se apoderaron de Granada, de Aragón y de -casi toda España, los cristianos que no se quisieron -sujetar al yugo de los infieles huyeron y se -ocultaron en este país, en Vizcaya y Asturias, -adonde se retiró también el valiente don Pelayo. -Los fugitivos y dispersos vivían por familias en -los bosques y en las más ásperas montañas; unos, -escondidos en cavernas, y otros, en subterráneos -que ellos mismos fabricaron, y éste es uno de tantos. -Después que, afortunadamente, arrojaron de -España a sus enemigos se volvieron a sus ciudades, -villas y lugares, y desde entonces los subterráneos -sirvieron de asilos a las gentes de nuestra -profesión. Es cierto que la Santa Hermandad ha -descubierto y destruido algunos, pero todavía han -quedado muchos; y yo, gracias al Cielo, quince -años hace que habito impunemente en éste. Llámome -el capitán Rolando, soy el jefe de la compañía, -y el otro que viste conmigo es uno de mis -camaradas.»</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c105" id="c105">CAPÍTULO V</a></h2> - -<p class="pch">De la llegada de otros ladrones al subterráneo y de -la conversación que tuvieron entre sí.</p> - -<p>No bien había dicho estas palabras el capitán, -cuando aparecieron en la sala seis caras nuevas, -que eran su teniente y otros cinco de la gavilla. -Venían cargados de presa. Traían dos grandes zurrones<span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span> -llenos de azúcar, canela, almendras y pasas. -El teniente, dirigiéndose al capitán, le dijo -que había despojado a un especiero de Benavente -de aquellos zurrones, como también del macho que -los llevaba; y después de haber dado cuenta de su -expedición en la pieza que servía de despacho, se -entregó en la repostería la hacienda del especiero. -Hecho esto, se trató de cenar y de alegrarse. Prepararon -en la sala una gran mesa, y a mí me enviaron -a la cocina para que la tía Leonarda me -instruyese en lo que debía hacer. Cedí a la necesidad, -ya que mi mala suerte lo quería así, y disimulando -mi sentimiento, me dispuse a servir a una -gente tan honrada.</p> - -<p>Di principio por el aparador, cubriéndole de vasos -y salvillas de plata, flanqueadas de botellas -llenas de excelente vino, que el señor Rolando me -había ponderado. Puse en la mesa dos géneros de -sopa, a cuya vista todos ocuparon sus asientos. -Comenzaron a comer con mucho apetito, manteniéndome -yo tras de ellos en pie para servirles el -vino. El capitán les contó en pocas palabras mi -historia de Cacabelos, con la cual se divirtieron -mucho. Aseguróles después que yo era un mozo -de mérito; pero como estaba ya tan escarmentado -de las alabanzas, pude oír mis elogios sin peligro. -Convinieron todos en que parecía yo como nacido -para ser copero suyo, y que valía cien veces más -que mi predecesor. Como después de su muerte la -señora Leonarda era la que había servido el néctar -a aquellos dioses infernales, le privaron de este<span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span> -glorioso empleo, para revestirme a mí de él. De -esta manera me hallé convertido en un nuevo Ganimedes, -sucesor de aquella maldita Hebe.</p> - -<p>Después de la sopa se presentó un gran plato de -asado para acabar de saciar a los señores ladrones, -los cuales bebían tanto como comían, y en -breve tiempo se pusieron todos de buen humor y -comenzaron a meter mucha bulla. Hablaban todos -a un mismo tiempo: uno comenzaba una historia, -otro le interrumpía con un chiste o con una frialdad, -éste gritaba, aquél cantaba, y, en fin, ya no -se entendían unos a otros. Fatigado Rolando de -una escena en que él ponía mucho de su parte, -pero todo inútilmente, levantó la voz en un tono -que impuso silencio a la compañía. «¡Señores—les -dijo—, atención a lo que voy a proponeros! En -vez de aturdirnos unos a otros hablando todos a -un tiempo, ¿no sería mejor divertirnos y hablar -como hombres de juicio y de razón? Ahora me -ocurre un pensamiento. Desde que vivimos juntos, -nunca hemos tenido la curiosidad de informarnos -recíprocamente de qué familia o casa somos, ni de -la serie de aventuras por donde vinimos a abrazar -esta profesión. Con todo, me parece ésta una cosa -muy digna de saberse. Hagámonos, pues, esta confianza, -que podrá servir no menos para nuestra -diversión que para nuestro gobierno.» El teniente -y los demás, como si tuvieran alguna cosa buena -que contar, aceptaron con grandes demostraciones -de alegría la proposición del capitán, el cual comenzó -a hablar en estos términos:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span></p> - -<p>«Ya saben ustedes, señores, que yo soy hijo único -de un rico vecino de Madrid. Celebróse mi nacimiento -en la familia con grandes regocijos. Mi padre, -que ya era viejo, sintió suma alegría al verse -con un heredero, y mi madre no quiso que otra -mas que ella me diese de mamar. Vivía entonces -mi abuelo materno. Era mi hombre que sólo sabía -rezar su rosario y contar sus proezas militares, -porque había servido al rey muchos años, y no se -ocupaba ya en más. Insensiblemente vine yo a ser -el ídolo de estas tres personas. Continuamente me -tenían en brazos. Por miedo de que el estudio no -me fatigase en mis primeros años, me los dejaron -pasar en los divertimientos más pueriles.» «No conviene—decía -mi padre—que los niños se apliquen -a cosas serias hasta que el tiempo haya madurado -un poco su razón.» Esperando a esta madurez, no -aprendía a leer y escribir; mas no por eso perdía el -tiempo. Mi padre me enseñaba mil géneros de juegos; -conocía yo perfectamente los naipes, jugaba a -los dados, y mi abuelo me contaba mil novelas sobre -las expediciones militares en que se había hallado. -Cantábame siempre unas mismas coplas acerca -de dichas expediciones; cuando en espacio de -tres meses había aprendido bien diez o doce versos, -los repetía sin errar un punto delante de mis -padres, los cuales se admiraban de mi prodigiosa -memoria. No celebraban menos mi agudo ingenio -cuando, valiéndome de la libertad que tenía para -decir cuanto me viniese a la boca, interrumpía sus -conversaciones para decir a tuerto o derecho todo<span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span> -lo que me ocurría. Entonces mi madre me sofocaba -a caricias y mi buen abuelo lloraba de puro -gozo. No les iba en zaga mi padre; siempre que -me oía algún despropósito o alguna bachillería, -mirándome con gran ternura exclamaba: «¡Oh qué -gracioso eres y qué lindo!» Con estas alas, no reparaba -en hacer impunemente en su presencia las -más indecentes acciones. Todo me lo perdonaban -y todos me adoraban. Había entrado ya en doce -años y aun no tenía ningún maestro. Buscáronme -finalmente uno; pero mandándole expresamente -que me enseñase, mas sin facultad para darme el -menor castigo. A lo sumo le permitieron que alguna -vez me amenazase sólo para intimidarme. Sirvió -de poco este permiso, porque me burlaba de las -amenazas de mi preceptor, o bien, con las lágrimas -en los ojos, iba a quejarme a mi madre o a mi -abuelo, diciéndoles que el ayo me había maltratado. -En vano acudía el pobre diablo a desmentirme: -teníanle por un hombre brutal, y siempre me -creían a mí más que a él. Un día me arañé yo -mismo y me fuí a quejar del maestro porque me -había desollado; inmediatamente le despidió de -casa mi madre, sin querer darle oídos, por más -que protestaba al cielo y a la tierra que ni siquiera -me había tocado.</p> - -<p>»De este mismo modo me fuí desembarazando de -mis preceptores, hasta que me presentaron uno -como le deseaba y me convenía para acabarme -de perder. Era un bachiller de Alcalá. ¡Excelente -maestro para un hijo de familia! Era inclinado a<span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span> -mujeres, al juego y a la taberna. No me podían -haber puesto en mejores manos. Desde luego se -dedicó a ganarme por el amor y por la dulzura. -Consiguiólo, y por este medio logró que también -le amasen mis padres, los cuales me entregaron -enteramente a su gobierno. No tuvieron de qué -arrepentirse, porque en breve tiempo y desde luego -me perfeccionó en la ciencia del mundo. A fuerza -de llevarme consigo a todos los parajes donde tenía -su diversión me inspiró de tal manera la afición -a ello que, a excepción del latín, en lo demás -era yo un muchacho universal. Cuando vió que ya -no tenía necesidad de sus preceptos, fué a enseñarlos -a otra parte.</p> - -<p>»Si en mi infancia había vivido tan libremente a -vista de mis padres, cuando comencé a ser dueño -de mis acciones tuve sin duda mayor libertad. En -el seno de mi familia fué donde di las primeras -pruebas del aprovechamiento de mi educación. Burlábame -de ellos a las claras y en todo momento. -Reíanse de mis intrepideces, y tanto más las celebraban -cuanto eran más vivas y más intolerables. -Mientras tanto cometía todo género de desórdenes -con otros muchachos de mi edad y de mi humor. -Como nuestros padres no nos daban todo el dinero -que habíamos menester para proseguir en una vida -tan deliciosa, cada uno robaba en su casa cuanto -podía, y cuando esto no alcanzaba, nos dimos a -robar de noche, y siempre con fruto. Por desgracia, -llegó algún rumor de esto a los oídos del corregidor. -Quiso mandarnos prender; pero fuimos<span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span> -avisados con tiempo de su mala intención. Recurrimos -a la fuga, y dímonos a ejercitar el mismo -oficio en los caminos públicos. Desde entonces acá -he tenido la dicha de haber envejecido en la profesión, -a pesar de los peligros que son anejos a -ella.»</p> - -<p>Cuando el capitán acabó de hablar, el teniente -tomó la palabra, y dijo así: «Señores, una educación -enteramente contraria a la del señor Rolando -produjo en mí el mismo efecto que en él. Mi padre -fué carnicero en Toledo y el hombre más feroz -que había en toda la ciudad; mi madre no era de -condición más suave que su marido. Desde mi niñez -me comenzaron a azotar a cual más podía y -como a competencia uno de otro. Cada día recibía -mil azotes. La más mínima falta que cometiese -era castigada con el mayor rigor. En vano les pedía -perdón con las lágrimas en los ojos, prometiendo -la enmienda; no había misericordia para mí, y -las más veces me castigaban sin razón. Cuando mi -padre me sacudía, siempre mi madre se ponía de -su parte en lugar de interceder por mí. Estos malos -tratamientos me inspiraron tanta aversión a la -casa paterna que antes de cumplir los catorce años -me escapé de ella. Tomé el camino de Aragón y -llegué a Zaragoza pidiendo limosna. Enhebréme -allí con unos pordioseros que pasaban una vida -bastante feliz y acomodada. Enseñáronme a contrahacer -el ciego, el estropeado y a figurar en las -piernas unas llagas postizas. Todas las mañanas, -a la manera de los comediantes que se ensayan<span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span> -para representar sus papeles, nos ensayábamos nosotros -para representar los nuestros, y después cada -uno iba a ocupar su puesto. Por la noche nos juntábamos -y nos reíamos de los que se habían compadecido -de nosotros por el día. Canséme presto -de vivir entre aquellos miserables, y queriendo -juntarme con otra gente más honrada, me asocié -con unos <i>caballeros de la industria</i>. Enseñáronme -a hacer bellos juegos de manos; pero nos vimos -precisados a salir presto de Zaragoza, porque nos -descompusimos con cierto ministro de justicia que -siempre nos había protegido. Cada uno tomó su -partido. Yo, que me sentía dispuesto a emprender -grandes hechos, me acomodé en una tropa de hombres -valerosos que hacían contribuir a los pasajeros -y caminantes, agradándome tanto su modo de -vivir, que desde entonces acá no he querido buscar -otro. Si me hubieran dado otra educación más -suave, probablemente no sería ahora mas que un -pobre carnicero, cuando me hallo hoy con el honor -y con el grado de vuestro teniente.»</p> - -<p>«Señores—dijo entonces un ladrón que estaba -sentado entre el teniente y el capitán—, las historias -que acabamos de oír no son tan variadas ni -tan curiosas como la mía. Debo mi nacimiento a -una aldeana o labradora de las cercanías de Sevilla. -Tres semanas después que me dió a luz, como -era todavía moza, bien parecida, aseada y muy -robusta, la buscaron para que criase un niño, hijo -de padres distinguidos, que acababa de nacer en -dicha ciudad. Aceptó con gusto la propuesta, y<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span> -fué a Sevilla para traerse el niño a casa. Entregáronsele, -y apenas se vió con él en su aldea cuando -observó que él y yo éramos algo parecidos, y esta -observación le excitó el pensamiento de trocarnos, -con la esperanza de que con el tiempo le agradecería -yo el buen oficio. Mi padre, que no era más -escrupuloso que su honrada mujer, aprobó la superchería. -De suerte que, habiéndonos mudado de -pañales, el hijo de don Rodrigo de Herrera fué enviado -con mi nombre a otra ama para que le criase, -y a mí me crió mi madre bajo el nombre del otro.</p> - -<p>»Digan lo que quisieren sobre el instinto y fuerza -de la sangre, los padres del caballerito fácilmente -se dejaron engañar. No tuvieron la más mínima -sospecha de la pieza que les habían jugado, -y hasta los siete años me tuvieron siempre en sus -brazos; y siendo su intención hacerme un caballero -completo, me buscaron todo género de maestros. -Pero los más hábiles suelen hallar discípulos que les -hacen poco honor; yo fuí uno de éstos. Tenía poca -disposición para los ejercicios que me enseñaban -y mucha menos inclinación a las ciencias en que -me querían instruir. Gustaba más de jugar con los -criados de casa, yéndolos a buscar a la caballeriza -y a la cocina. Pero el juego no fué mucho tiempo -mi pasión dominante. Aficionéme al vino, y me -emborrachaba todos los días. Retozaba con las -criadas; pero particularmente me dediqué a cortejar -a una moza rolliza de cocina, cuyo desembarazo -y buen color me gustaban mucho, pareciéndome -que merecía mis primeras atenciones. Enamorábala<span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span> -con tan poca cautela, que hasta el mismo don Rodrigo -lo conoció. Reprendióme agriamente, afeándome -la bajeza de mis inclinaciones, y por temor -de que la presencia del objeto hiciese inútiles sus -reprimendas, despidió de casa a mi Dulcinea.</p> - -<p>»Irritóme mucho este proceder, y resolví vengarme. -Robé sus pedrerías a la mujer de don Rodrigo; -corrí en busca de mi bella Elena, que vivía en -casa de una lavandera amiga suya; saquéla de ella -a la mitad del día para que ninguno lo supiese, y -aun pasé más adelante. Llevéla a su tierra, donde -nos casamos solemnemente, así por dar este despique -más a los Herreras como por dejar a los hijos -de familia un ejemplo tan bueno que imitar. Tres -meses después de mi arrebatado matrimonio supe -que don Rodrigo había muerto. No dejé de sentir -su muerte. Partí prontamente a Sevilla a pedir su -herencia; pero hallé las cosas muy mudadas. Mi -madre había ya fallecido, y antes de su muerte -tuvo la indiscreción de declarar lo que había hecho, -en presencia del cura y de otros buenos testigos. -El hijo de don Rodrigo ocupaba ya mi lugar, -o por mejor decir, el suyo, y acababa de ser -reconocido por tal, con tanto mayor aplauso y alegría -cuanto era menor la satisfacción que yo les -causaba. De manera que, no teniendo nada que -esperar en Sevilla y fastidiado ya de mi mujer, -me agregué a ciertos caballeros de fortuna, bajo -cuya disciplina di principio a mis caravanas.»</p> - -<p>Acabó su historia aquel ladrón, y comenzó otro -la suya, diciendo que él era hijo de un mercader<span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span> -de Burgos y que en su mocedad, llevado de una -indiscreta devoción, había tomado el hábito de -cierta religión muy austera, de la cual había apostatado -algunos años después. En fin, todos los ocho -ladrones hablaron por su turno; y cuando los hube -a todos oído, no me admiré de verlos juntos. Mudaron -luego de conversación, y propusieron varios -proyectos para la próxima campaña, sobre los cuales -tomaron su resolución, y se fueron a la cama. -Encendieron bujías y cada uno se retiró a su cuarto. -Yo seguí al capitán Rolando al suyo, y mientras -le ayudaba a desnudar, «Ahora bien, Gil Blas—me -dijo—, ya ves nuestro modo de vivir. Siempre -estamos alegres. Entre nosotros no se da lugar -al tedio ni a la envidia. Jamás se oye aquí discordia -ni disensión; estamos más unidos que frailes. -Tú comienzas ahora, hijo mío, a gozar una vida -muy agradable, pues no te tengo por tan tonto -que te dé pena el vivir entre ladrones.»</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c106" id="c106">CAPÍTULO VI</a></h2> - -<p class="pch">Del intento de escaparse Gil Blas, y éxito de su -tentativa.</p> - -<p>Después que el capitán de bandoleros hizo esta -apología de su honrada profesión, se metió en la -cama; yo quité la mesa y puse todas las cosas en -su lugar. Fuíme después a la cocina, donde Domingo—así -se llamaba el negro—y la tía Leonarda<span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span> -me esperaban cenando. Aunque no tenía hambre, -me puse a la mesa. No podía atravesar bocado, y -viéndome tan triste como era regular estarlo, procuraban -consolarme aquellas dos análogas figuras; -pero sus consuelos contribuían más a mi desesperación -que a mi alivio. «¿De qué te afliges, hijo?—me -preguntó la vieja—. Antes bien, debieras alegrarte -de verte entre nosotros. Eres mozo y pareces -dócil, con que presto te perderías en el mundo, -donde hallarías libertinos que te meterían en todo -género de disoluciones, cuando aquí está tan segura -tu inocencia.» «Tiene razón la señora Leonarda—dijo -el viejo negro con una voz muy grave—; -y se puede añadir a lo que ha dicho que en el mundo -no se encuentran mas que trabajos. Da muchas -gracias a Dios, amigo mío, porque de una vez para -siempre te ha librado de los peligros, disgustos y -aflicciones de la vida.»</p> - -<p>Sufrí con paciencia estos discursos, porque de -nada me serviría el inquietarme. En fin, Domingo, -después de haber comido y bebido bien, se fué a -su caballeriza. Leonarda cogió una linterna y me -condujo a una covacha que servía de cementerio -a los ladrones que morían de muerte natural, donde -vi un lecho que más parecía tumba que cama. -«Este es tu cuarto—me dijo la vieja, pasándome la -mano por la cara—. El mozo cuya plaza tienes el honor -de ocupar durmió en esa cama el tiempo que vivió -con nosotros, y sus huesos reposan debajo de ella; -él se dejó morir en la flor de su edad: no seas tú tan -simple que imites su ejemplo.» Diciendo esto, entregóme<span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span> -la linterna y volvióse a su cocina. Puse la -luz en el suelo y me arrojé sobre aquel miserable -lecho, no tanto para reposar cuanto para entregarme -a mis tristes reflexiones. «¡Oh cielos!—exclamé—. -¿Habrá situación más infeliz que la mía? -¡Quieren que renuncie para siempre el consuelo de -ver la cara del sol; y como si no bastara hallarme -enterrado vivo a los diez y ocho años de mi edad, -me veo reducido a servir a unos ladrones, a pasar -el día entre malvados y la noche con los muertos!» -Estos pensamientos, que me parecían muy dolorosos, -y con efecto lo eran, me hacían llorar amargamente -y sin consuelo. Maldecía mil veces la gana -que le había dado a mi tío de enviarme a Salamanca. -Arrepentíame de haber tenido tanto miedo -a la justicia de Cacabelos y quisiera haber padecido -el tormento antes que verme donde me hallaba. -Pero considerando que me consumía inútilmente -en vanos lamentos, comencé a discurrir en -los medios de librarme. «Pues qué—me decía yo -a mí mismo—, ¿será por ventura imposible encontrar -modo de escaparme de aquí? Los ladrones -duermen profundamente, la cocinera y el negro -harán lo mismo dentro de poco tiempo; mientras -todos estén dormidos, ¿no podré yo, a favor de -esta linterna, hallar el camino por donde bajé a -este calabozo infernal? A la verdad, no sé si tendré -bastante fuerza para levantar la trampa que cubre -la entrada; pero probaremos; no quiero omitir nada -de cuanto pueda hacer. La desesperación me prestará -fuerzas, y puede ser que me salga con ello.»</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span></p> - -<p>Tomada esta gran resolución, me levanté cuando -me pareció que Leonarda y Domingo podían estar -ya dormidos. Cogí la linterna, salí de mi covacha -y me encomendé a todos los santos del cielo. No -dejó de costarme alguna dificultad el acertar con -las vueltas y revueltas de aquel laberinto. Llegué -en fin, a la puerta de la caballeriza, y me hallé en -el camino que buscaba. Fuí andando y acercándome -a la trampa con cierta alegría mezclada de -temor; mas, ¡ay!, en medio del camino me encontré -con una maldita reja de hierro bien cerrada y -cuyas barras estaban tan juntas que apenas podía -pasar la mano por entre ellas. Vime cortado y perdido -con aquel nuevo impedimento, que al entrar -no había advertido por estar abierta la reja. Con -todo, no dejé de probar si podía abrir el candado. -Examiné la cerradura, haciendo todo lo que pude -por forzarla, cuando de repente me aplicaron en -las espaldas cinco o seis fuertes latigazos con un -buen vergajo de buey. Di un grito, que resonó en -toda la caverna, y mirando atrás, vi al maldito -negro, en camisa, con una linterna sorda en una -mano y con el azote en la otra. «¡Hola, bribonzuelo!—me -dijo—. ¿Querías escaparte? ¡No, amiguito, -no esperes sorprenderme! ¿Creíste que estaría -abierta la reja? Pues sábete que siempre la -encontrarás cerrada. Cuando atrapamos a alguno, -le guardamos aquí mal que le pese, y si logra escaparse -ha de ser más ladino que tú.»</p> - -<p>Mientras tanto, al grito que yo había dado despertaron -tres ladrones, los cuales se levantaron y<span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span> -vistieron a toda prisa, creyendo que la Santa Hermandad -venía a echarse sobre ellos. Llamaron a -los demás, que en un instante se pusieron en pie. -Toman las espadas y carabinas, y medio desnudos -acuden a donde estábamos Domingo y yo. Pero luego -que se informaron o entendieron el origen del -rumor que habían oído, su inquietud se convirtió -en grandes carcajadas. «¿Cómo así, Gil Blas?—me -dijo el ladrón apóstata—. ¿No ha más que seis -horas que estás con nosotros y ya querías apostatar? -¡Bien se conoce tu aversión al silencio y al -retiro! ¿Qué harías si fueses cartujo? ¡Anda, vete a -la cama, que por esta vez bastan por castigo los -vergajazos con que te regaló Domingo; pero si -otra vez vuelves a intentar escaparte, por San -Bartolomé que te hemos de desollar vivo!» Diciendo -esto, se retiró. Los demás ladrones se volvieron -a sus cuartos; el viejo negro, muy ufano de su hazaña, -se recogió a su caballeriza, y yo me volví -a zambullir en mi cementerio, pasando lo restante -de la noche en suspirar y llorar.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c107" id="c107">CAPÍTULO VII</a></h2> - -<p class="pch">De lo que hizo Gil Blas, no pudiendo hacer otra -cosa.</p> - -<p>Los primeros días pensé morirme, rindiendo la -vida a la melancolía que me consumía; pero al fin -mi genio me inspiró que sufriese y disimulase. Esforcéme -a mostrarme menos triste. Comencé a cantar<span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span> -y a reír, aunque sin gana. En una palabra, -supe disfrazarme tan bien que Leonarda y Domingo -cayeron en la red y creyeron buenamente -que ya el pájaro se había acostumbrado a la jaula. -Lo mismo juzgaron los ladrones. Manifestábame -muy alegre cuando les echaba de beber, y de cuando -en cuando los divertía también con alguna chocarrería -o bufonada. Esta libertad que me tomaba -les daba mucho gusto en vez de enfadarlos. «Gil -Blas—me dijo el capitán en cierta ocasión en que -yo hacía el gracioso—, has hecho bien en desterrar -la melancolía. Me gusta mucho tu espíritu y tu -buen humor. No se conoce a la gente al principio; -yo no te tenía por tan agudo y tan jovial.»</p> - -<p>También los demás me honraron con mil alabanzas, -exhortándome a estar siempre de buen -humor. Parecióme que todos estaban muy contentos -conmigo, y aprovechándome de tan buena ocasión, -«Señores—les dije—, permítanme ustedes que -les descubra mi pecho. Desde que estoy en su compañía -no me conozco a mí mismo; paréceme que -no soy el que era. Ustedes han desvanecido las -preocupaciones de mi educación. Insensiblemente -se me ha pegado su espíritu y he tomado el gusto -a su honrada profesión. Me muero por merecer el -honor de ser uno de sus compañeros y de tener -parte en los peligros de sus gloriosas proezas.» Todos -aplaudieron este discurso y alabaron mi buena -voluntad; pero unánimemente convinieron en que -me dejarían servir por algún tiempo para probar -mi vocación, y que después correría mis caravanas,<span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span> -y al cabo se me conferiría la honorífica plaza -a que aspiraba.</p> - -<p>Hube de conformarme por fuerza y continuar -en vencerme y en ejercer mi oficio de copero. A -la verdad, quedé muy sentido, porque sólo pretendía -ser ladrón por tener libertad de salir con los -demás, esperando que en alguna de sus correrías -se me presentaría ocasión de escaparme de ellos. -Esta única esperanza era lo que me mantenía vivo. -Sin embargo, el tiempo de la aprobación me parecía -largo, y más de una vez intenté sorprender -la vigilancia de Domingo, pero inútilmente. Siempre -estaba muy alerta; tanto, que no bastarían -cien Orfeos para encantar a aquel Cerbero. Es verdad -que por no hacerme sospechoso no emprendía -todo lo que podía hacer para engañarle. Veíame -precisado a vivir con la mayor cautela, porque -el negro era ladino y observaba mucho todos mis -pasos, palabras y movimientos. Así, pues, apelé a -la paciencia, remitiéndome al tiempo que los ladrones -me habían prescrito para recibirme en su -congregación, día que esperaba con tanta ansia -como si hubiera de entrar en una compañía de honrados -comerciantes.</p> - -<p>En fin, gracias al Cielo, llegó al cabo de seis meses -este dichoso día. El señor Rolando dijo a sus -camaradas: «Caballeros, es preciso cumplir la palabra -que dimos al pobre Gil Blas. A mí me parece -bien este muchacho y espero que tendremos en él -un hombre de provecho. Soy de sentir que mañana -le llevemos con nosotros, para que dé principio a<span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span> -coger laureles en los caminos reales. Nosotros mismos -le hemos de poner en el que guía a la gloria.»</p> - -<p>Todos se conformaron con el parecer de su capitán, -y para hacerme ver que ya me miraban -como a uno de ellos, desde aquel momento me dispensaron -de servirlos. Restituyeron a la señora -Leonarda en el empleo que antes tenía, y de que -la habían exonerado para honrarme a mí con él. -Hiciéronme arrimar el vestido que llevaba encima, -que consistía en una simple jaquetilla muy -usada, y me acomodaron todos los despojos de un -caballero que acababan de robar, después de lo -cual me dispuse a hacer mi primera campaña.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c108" id="c108">CAPÍTULO VIII</a></h2> - -<p class="pch">Acompaña Gil Blas a los ladrones; qué empresa -acomete en los caminos reales.</p> - -<p>Hacia el fin de una noche de septiembre salí del -subterráneo con los ladrones. Iba armado, como -todos, con carabina, pistolas, espada y una bayoneta, -y montaba un buen caballo que habían quitado -al caballero cuyos vestidos me habían tocado -en suerte. Como había estado tanto tiempo en la -obscuridad, cuando amaneció no podía sufrir la -luz; pero poco a poco se fueron acostumbrando -mis ojos a tolerarla.</p> - -<p>Pasamos por cerca de Ponferrada y nos metimos -en un bosquecillo a orilla del camino de León. Allí<span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span> -estuvimos esperando a que la fortuna nos ofreciese -algún buen lance, cuando descubrimos un religioso -de la Orden de Santo Domingo, montado, -contra la costumbre de estos buenos padres, en -una muy mala mula. «¡Bendito sea Dios!—exclamó -sonriéndose el capitán—. ¡He aquí el gran ensayo -de Gil Blas! Es preciso que vaya a registrar -el bolsillo de aquel fraile; veremos cómo se porta.» -Todos los camaradas convinieron efectivamente en -que aquella comisión era la que me correspondía, -exhortándome a que saliese de ella con lucimiento. -«Espero, señores—dije—, que quedaréis contentos. -Voy a despojar aquel padre, a dejarle tan desnudo -como la palma de la mano y traer aquí su -mula.» «¡Eso no—dijo Rolando—; no merece la -pena. Alíviale solamente del bolsillo y tráelo; no -te pedimos más.» En esto salí del bosque y me encaminé -al religioso, pidiendo al Cielo me perdonase -la acción que iba a ejecutar con tanta repugnancia. -Bien hubiera querido poder escaparme en -aquel mismo punto; pero todos mis compañeros -estaban mejor montados que yo, y si me vieran -huir correrían tras mí y presto me atraparían, o -me espolearían por las espaldas con una descarga -de sus carabinas, con la que me hubiera ido muy -mal; y así, no me atreví a exponerme a una acción -tan poco segura. Llegué, pues, al padre y pedíle -la bolsa, poniéndole al pecho una pistola. Paróse -un poco a mirarme, y sin mostrarse muy sobresaltado. -«Muy mozo eres, hijo mío—me dijo—, y muy -temprano te has puesto a tan vil oficio.» «Padre<span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span> -mío—le respondí—, sea vil o no lo sea, me alegrara -haberle empezado más presto.» «¡Ah, querido!—me -replicó el buen religioso, que no podía comprender -el sentido de mis palabras—. ¿Qué es lo que dices? -¡Oh qué ceguedad! Escúchame, y te haré presente -el infeliz estado en que te hallas.» «¡Oh padre -mío—le interrumpí con precipitación—, no se -tome vuesa reverencia ese trabajo y déjese de -moralizar, que no vengo a los caminos públicos a -que me prediquen! Quiero dinero y no sermones.» -¿Dinero?—me dijo muy maravillado—. ¡Mal conoces -la caridad de los españoles si crees que las -personas de mi profesión y de mi carácter lo necesitan -para viajar! En todas partes nos reciben y -hospedan con agrado, nos tratan muy bien, y -cuando partimos sólo nos piden nuestras oraciones; -en fin, nosotros no llevamos dinero para caminar -y nos ponemos enteramente en manos de la -Providencia.» «Pero al fin, padre mío, concluyamos; -mis compañeros me están esperando en aquel -bosque. Eche prontamente la bolsa en tierra, o si -no, le mato.»</p> - -<p>A estas palabras, que pronuncié colérico y amenazándole, -el buen religioso mostró verse quitar la -vida. «¡Espera!—me dijo—. Voy a satisfacerte, ya -que absolutamente no puede ser otra cosa; veo -que con vosotros es ociosa toda figura retórica.» -Diciendo esto, sacó de debajo del hábito una gran -bolsa de cuero y la dejó caer en el suelo. Díjele -entonces que podía continuar su camino, y él lo -hizo sin esperar a que tuviese el trabajo de repetírselo.<span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span> -Dió cuatro espolazos a la mula, que desmintió -la mala opinión en que yo la tenía de ser -tan buena maula como la de mi tío; y la bestia, -dándose por entendida del caritativo aviso, comenzó -desde luego a andar a buen paso. Apenas -el fraile se alejó de mí, cuando me apeé, recogí el -bolsón, que pesaba mucho, y volví a meterme en -el bosque, donde los camaradas me esperaban con -impaciencia para darme mil parabienes por mi gloriosa -victoria, como si me hubiera costado mucho. -Apenas me dieron lugar de apearme según se apresuraban -a abrazarme. «¡Animo, Gil Blas!—me dijo -Rolando—. ¡Has hecho maravillas! Durante tu expedición -no apartamos los ojos de ti. Observó tu -firmeza, tu resolución y todos tus movimientos, y -desde luego te pronostico que con el tiempo serás -un heroico ladrón y el terror de los caminos reales.» -El teniente y los demás aplaudieron la predicción, -asegurando que no podía dejar de verificarse -algún día. Di a todos las gracias por el buen -concepto que habían formado de mí, prometiendo -hacer todos los esfuerzos posibles para mantenerlo.</p> - -<p>Después que alabaron, tanto más cuanto menos -lo merecía, la villana acción que había hecho, -les entró la curiosidad de examinar la presa. «Veamos—dijeron—qué -contiene la bolsa del religioso.» -«Sin duda—añadió uno de ellos—que estará bien -provista, porque estos padres no viajan como peregrinos.» -Desatóla el capitán, abrióla y sacó dos -o tres puñados de medallitas de cobre, mezcladas -con <i>Agnus Dei</i> y algunos escapularios. Al ver el<span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span> -hurto de una moneda tan nueva, todos prorrumpieron -en tan descompasadas carcajadas que pensaron -reventar de risa. «A la verdad—exclamó el -teniente—, que todos debemos estar muy agradecidos -al señor Gil Blas: el primer ensayo que ha -hecho puede ser muy saludable a la compañía.» A -esta bufonada siguieron otras de los demás. Aquellos -malvados, y sobre todos el apóstata, se divirtieron -con mil impías truhanerías sobre la materia, -profiriendo dichos que mostraban bien la corrupción -de sus costumbres. Sólo yo no tenía gana -de reír. Verdad es que me la quitaban los bufones -que tanto se alegraban a mi costa. Cada uno me -flechaba alguna pulla, y hasta el capitán me dijo: -«Aconséjote, amigo Blas, que en adelante no te -vuelvas a meter con frailes, porque son más agudos -y chuscos que tú.»</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c109" id="c109">CAPÍTULO IX</a></h2> - -<p class="pch">Del serio lance que siguió a la aventura del fraile.</p> - -<p>Estuvimos en el bosque la mayor parte de aquel -día, sin haber visto pasajero alguno que enmendase -el chasco que nos había dado el religioso. Salimos, -en fin, para restituirnos a nuestro subterráneo, -persuadidos de que las expediciones del día -se habían acabado con el risible suceso que todavía -daba materia a la conversación y a las chufletas, -cuando descubrimos a lo lejos un coche tirado<span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span> -de cuatro mulas. Acercábase a nosotros a gran paso -y le acompañaban tres hombres a caballo, que parecían -venir bien armados. Rolando nos mandó -hacer alto para tratar de lo que se había de hacer, -y la resolución fué que se los atacase. Pusímonos -todos en orden, según la disposición del capitán, -y marchamos en orden de batalla acercándonos al -coche. No obstante los aplausos que había recibido -en el bosque, se apoderó de mí un temblor universal, -y sentí bañado todo el cuerpo de un sudor frío, -que no me presagiaba cosa buena. Por mayor fortuna -mía, me hallaba al frente del cuerpo de batalla, -en medio del capitán y del teniente, que de -propósito me pusieron entre los dos para que me -hiciese al fuego desde luego. Reparó Rolando lo -mucho que la naturaleza estaba padeciendo en mí; -me miró con ojos torvos, y con voz bronca me dijo: -«¡Oye, Gil Blas: trata de hacer tu deber, porque te -advierto que si te acobardas te levanto de un pistoletazo -la tapa de los sesos!» Estaba persuadido -de que lo haría mejor que lo decía, para no aprovecharme -del dulce y fraternal aviso, y así, sólo -pensé en recomendar mi alma a Dios.</p> - -<p>Entre tanto el coche y los caballeros se nos venían -acercando. Desde luego conocieron la casta -de pájaros que éramos, y adivinando nuestro intento -por la ordenanza y postura en que nos veían, -se pararon a tiro de fusil. Todos traían armas, y -mientras se preparaban a recibirnos, salió del coche -un hombre de buen parecer y ricamente vestido. -Montó en un caballo de mano que uno de<span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span> -los montados tenía de la brida, y se puso al frente -de los demás. Aunque eran sólo cuatro contra nueve, -se arrojaron a nosotros con un brío que aumentó -mi temor. No por eso dejé de prevenirme para -disparar mi carabina, aunque temblaban todos los -miembros de mi cuerpo como si estuviera azogado; -mas, por contar las cosas como pasaron, cuando -llegó el caso de dispararla, cerré los ojos y volví -la cabeza a otra parte: de manera que aquel tiro -nunca puede ser a cargo de mi conciencia.</p> - -<p>No me detendré en referir las circunstancias de -la acción, pues aunque me hallaba presente, nada -veía; porque, turbada con el terror la imaginación, -me ocultaba el horror de un espectáculo que verdaderamente -me sacó fuera de mí. Lo único que -puedo decir es que, después de un gran ruido de -mosquetazos y carabinazos, oí gritar a mis camaradas: -«¡Victoria! ¡Victoria!» Al oír esta aclamación -se disipó el miedo que se había apoderado de mis -sentidos, y vi tendidos en el campo los cadáveres -de los cuatro que venían a caballo. De nuestra -parte sólo murió el apóstata, que en esta ocasión -recibió lo que merecía por su apostasía y sus malas -chanzas sobre los escapularios y medallas. El -teniente fué herido en un brazo, pero muy levemente, -pues el tiro apenas hizo más que rozarle -un poco el pellejo.</p> - -<p>Corrió luego el señor Rolando a la portezuela del -coche, y vió dentro una dama de veinticuatro a -veinticinco años, que le pareció hermosa aun en -el triste estado en que se hallaba. Habíase desmayado<span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span> -durante la refriega y aun no había vuelto -en sí. Mientras él se ocupaba en mirarla, nosotros -atendimos a la presa. Lo primero que hicimos fué -apoderarnos de los caballos que habían servido a -los muertos, y que espantados con los tiros se habían -descarriado después de quedar sin guías. Las -mulas del coche permanecieron quietas, aunque -durante la acción se había apeado el cochero para -ponerse en salvo. Echamos pie a tierra para quitarles -los tirantes, y las cargamos con los cofres -que venían en la zaga y delantera del coche. Hecho -esto, se sacó de él a la señora por orden del capitán, -la cual aun no había recobrado los sentidos, -y se la puso a caballo con uno de los ladrones mejor -montados, dejando en el camino el coche y a -los muertos despojados de sus vestidos, y llevándonos -la señora, las mulas, los caballos y preseas.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c110" id="c110">CAPÍTULO X</a></h2> - -<p class="pch">De qué modo se portaron los bandoleros con la señora -desmayada. Gran proyecto de Gil Blas, y sus -resultas.</p> - -<p>Llegamos a la cueva una hora después de anochecido. -Lo primero que hicimos fué meter las mulas -en la caballeriza, atarlas al pesebre y cuidar de -ellas; porque el viejo negro hacía tres días que estaba -en cama, rendido a crueles dolores de gota -y a un reumatismo que apenas le dejaba libre mas<span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span> -que la lengua para emplearla en mostrarnos su -impaciencia, prorrumpiendo en las más horribles -blasfemias. Dejamos a aquel miserable jurar y blasfemar -y fuimos a la cocina a cuidar de la señora, -que estaba sobrecogida de un paroxismo mortal. -Nos dimos tan buena maña, que logramos volviese -del desmayo; mas cuando recobró los sentidos -y se vió entre unos hombres que no conocía, sintió -todo el peso de su desgracia y comenzó a desesperarse. -Todo lo más horroroso que el sentimiento -y el dolor pueden representar a la imaginación, -otro tanto se veía pintado en sus ojos, que levantaba -al cielo como para quejarse de las indignidades -que la amenazaban. Cediendo entonces a imágenes -tan espantosas, volvió de repente a desmayarse, -cerró sus bellos ojos, y los ladrones temieron que -iban a perder aquella preciosa presa. El capitán, -pareciéndole mejor abandonarla a sí misma que -atormentarla con nuevos socorros, mandó la llevasen -a la cama de Leonarda, dejándola sola y -encomendada a su buena suerte.</p> - -<p>Pasamos nosotros a la sala, y uno de los ladrones, -que había sido cirujano, reconoció el brazo -del teniente y le aplicó bálsamo. Hecha esta operación, -se pasó a ver lo que había en los cofres. -Halláronse algunos llenos de telas y encajes, otros -de vestidos, y el último que se reconoció contenía -algunos talegos de doblones, cuya vista regocijó -mucho a los interesados. Concluído este registro, -la cocinera puso la mesa y sirvió la cena. Desde -luego se movió la conversación sobre nuestra gran<span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span> -victoria, y Rolando, volviéndose a mí, me dijo: -«Confiesa, Gil Blas, que has pasado un gran susto.» -«No lo puedo negar—respondí yo—; antes bien, lo -confieso de buena fe; pero déjenme ustedes hacer -dos o tres campañas, y entonces se verá si sé pelear -como un Cid.» Toda la compañía se puso de -mi parte, diciendo: «Se le debe perdonar, porque -la acción fué muy empeñada, y para un mozo que -jamás había visto tirar un tiro no lo ha hecho -mal.»</p> - -<p>Hablóse luego de las mulas y caballos que habíamos -traído, y resolvióse que al día siguiente -iríamos todos a venderlos a Mansilla, donde verosímilmente -no habría llegado todavía la noticia de -nuestra hazaña. Resuelto esto, acabamos de cenar -y nos fuimos a la cocina a ver a la pobre señora. -Hallámosla en el mismo estado. Con todo eso, y -aunque apenas se percibía en ella un leve aliento -de vida, algunos ladrones no dejaban de mirarla -con ojos profanos; y hubieran satisfecho sus brutales -deseos a no haberlos contenido el capitán -representándoles que a lo menos debían de esperar -a que se recobrase de aquel abatimiento de -tristeza que la tenía casi sin sentido. El respeto -con que miraban al capitán refrenó su incontinencia; -sin esto, ninguna cosa hubiera salvado a la -señora, y aun después de su muerte no habría estado -seguro su honor.</p> - -<p>Dejamos en tan triste situación a aquella infeliz -señora, contentándose Rolando con encargar a Leonarda -que la cuidase, y nos retiramos cada cual<span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span> -a nuestro cuarto. Por lo que a mí toca, apenas me -acosté cuando, en vez de entregarme al sueño, -sólo me ocupé en considerar la infelicidad de aquella -pobre señora. No dudaba que fuese persona de -distinción, y por lo mismo me parecía ser más deplorable -su suerte. No podía pensar sin estremecerme -en los horrores que la esperaban, y me sentía -tan fuertemente conmovido como si la sangre -o el amor me hubieran unido a ella. En fin, después -de haberme compadecido de su destino, sólo -pensé en los medios de preservar su honor del peligro -que corría y en fugarme yo mismo de la maldita -cueva. Acordéme de que el negro no se podía -mover a causa de sus dolores y la cocinera tenía -la llave de la reja. Este pensamiento me acaloró -la imaginación y me inspiró un proyecto que medité -muy bien y a cuya ejecución di principio de -la manera siguiente:</p> - -<p>Fingí que me había asaltado un dolor cólico. -Prorrumpí desde luego en ayes y quejidos, y después -empecé a dar gritos y alaridos lastimosos. -Despertaron al ruido los compañeros, acudieron -todos a mi cuarto y me preguntaron qué tenía. -Respondíles que estaba padeciendo un horrible cólico; -y para que lo creyesen mejor, apretaba los -dientes, hacía gestos y espantosas contorsiones, revolviéndome -a todas partes y agitándome extrañamente. -Hecho esto, de repente me quedé muy -tranquilo y sosegado, como si me hubieran dado -algunas treguas los dolores. Un momento después -comencé a revolcarme en la cama y a morderme<span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span> -las manos. En una palabra, representé con tal primor -mi papel, que los ladrones, no obstante ser -tan sutiles y tan astutos, se dejaron engañar y -creyeron que efectivamente padecía violentísimos -dolores. Así, pues, todos se dieron la mayor prisa -a socorrerme. Uno me traía una botella de aguardiente -y me hacía beber la mitad; otro, a pesar -mío, me administraba una lavativa de aceite de -almendras dulces; otro iba a calentar paños, y casi -abrasandome los ponía en la boca del estómago. -En vano pedía misericordia; ellos atribuían mis -clamores a la fuerza del cólico y me hacían pasar -dolores verdaderos queriéndome aliviar de los que -no tenía. En fin, no pudiendo ya sufrir más, me -vi obligado a decir que ya no sentía retortijones y -que no necesitaba de remedios. Cesaron de mortificarme -con ellos, y yo me guardé bien de quejarme -por que no volviesen a aplicármelos.</p> - -<p>Duró esta escena casi tres horas, y juzgando los -ladrones que ya no podía tardar en venir el día, -partieron todos a Mansilla. Manifesté gran deseo -de acompañarlos, y me quise levantar para que lo -creyesen; pero no lo permitieron. «¡No, no, Gil -Blas!—me dijo Rolando—. Quédate aquí, hijo mío, -porque te podría repetir el cólico; otra vez vendrás -con nosotros, que por hoy no estás en estado de -hacerlo.» Mostréme muy sentido de no ser de la -partida, y lo fingí con tanta naturalidad que ninguno -tuvo la menor sospecha de lo que yo meditaba. -Luego que partieron, lo que yo deseaba tanto -que se me hacían siglos los instantes, entré en<span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span> -cuentas conmigo y me dije a mí mismo: «¡Ea, Gil -Blas, ahora sí que necesitas gran ánimo! ¡Armate -de valor para acabar con lo que tan felizmente -has comenzado! Domingo no está en situación de -oponerse a tu gloriosa empresa ni Leonarda puede -impedir su ejecución. Si no te aprovechas de esta -oportunidad para escaparte, quizá no encontrarás -jamás otra tan favorable.» Estas reflexiones me -infundieron aliento y confianza. Levantéme al punto -de la cama, vestíme, tomé la espada y las pistolas, -y fuíme derecho a la cocina; pero antes de -entrar en ella, habiendo oído hablar a Leonarda, -me detuve y apliqué el oído para escuchar lo que -hablaba. Discurría con la señora desconocida, que, -habiendo vuelto en sí de su segundo desmayo y -comprendiendo entonces todo su infortunio, lloraba -amargamente, faltándole poco para desesperarse. -«Llora, hija mía—le decía ella—, y llora -todo cuanto quieras; no reprimas los suspiros y da -libertad a los sollozos: con eso te desahogarás. Es -cierto que parecía peligroso el accidente; pero ya -que rompistes en llorar, no hay que temer. Así -que se te haya mitigado el pesar, que poco a poco -se desvanecerá, te acostumbrarás a vivir con estos -señores, que todos son gente honrada y hombres -muy de bien. Te tratarán mejor que a una princesa; -todos a porfía se esmerarán en complacerte, -y cada día te mostrarán más amor. ¡Oh y cuántas -mujeres envidiarían tu fortuna si la supieran!»</p> - -<p>No le di tiempo a que dijese más. Entréme en -la cocina, con intrepidez y púsele una pistola a los<span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span> -pechos, amenazándola de quitarle en aquel momento -la vida si no me entregaba prontamente y -sin réplica la llave de la reja. Turbóse a vista de -mi acción; y aunque era ya de edad avanzada, -todavía tenía tanto apego a la vida que no la quiso -perder por tan poca cosa como era entregarme o -no entregarme una llave. Alargómela prontísimamente, -y luego que la tuve en la mano, volviéndome -a la bella dolorida, le dije: «Señora, el Cielo -os ha enviado un libertador; levantaos para seguirme, -que yo os conduciré y pondré con toda -seguridad donde me lo mandéis.» No se hizo sorda -a mi voz; mis palabras hicieron tanta impresión -en su espíritu, que, recobrando todas las fuerzas -que le quedaban, se levantó, arrojóse a mis pies, -y solamente me suplicó que conservase su honor. -Alcéla del suelo, asegurándole que por mi parte -nada temiese y que confiase en mi honradez. Cogí -después unos cordeles que había en la cocina, y, -ayudándome la misma señora, amarré con ellos a -Leonarda a los pies de una gran mesa, amenazándola -con que le quitaría la vida al menor grito que -diese. Encendí luego una vela, y, acompañado de -la señora desconocida, pasé al cuarto donde estaban -las monedas y alhajas de plata y oro; llené -los bolsillos de cuantos doblones pudieron caber -en ellos, y para obligar a la señora a que hiciese -otro tanto le dije que en ello no hacía mas que -recobrar lo que era suyo. Después de haber hecho -una buena provisión marchamos a la caballeriza, -donde entré yo solo con las pistolas amartilladas.<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span> -Daba por supuesto que el viejo negro no me dejaría -ensillar y aparejar tranquilamente mi caballo, -y estaba resuelto a curarle de una vez de todos -sus males si no quería ser bueno; pero, por mi buena -suerte, se hallaba a la sazón tan agravado de -los dolores que había pasado, y que le atormentaban -aún, que saqué el caballo sin que diese la menor -señal de haberlo conocido. La señora me esperaba -a la puerta. Cogimos prontamente el camino -que guiaba a la salida de la cueva, abrimos -la reja y llegamos a la trampa que cubría la entrada. -Costónos gran trabajo el levantarla, o, por -mejor decir, para lograrlo hubimos menester nuevas -fuerzas, que nos prestó el deseo de salvarnos.</p> - -<p>Comenzaba a rayar el día cuando nos vimos -fuera de aquel abismo, y de lo que nos cuidamos -entonces fué de alejarnos cuanto antes de él. Yo -monté a caballo, puse a la señora a la grupa, y siguiendo -a galope la primera senda que se nos presentó, -tardamos poco en salir del bosque y entrar -en una llanura, donde nos encontramos con varios -caminos. Seguimos uno a la ventura, teniendo yo -grandísimo miedo de que fuese quizá el que guiaba -a Mansilla y nos hallásemos con Rolando y sus -camaradas, que sería fatal encuentro. Pero fué vano -mi temor, porque entramos felizmente en Astorga -a cosa de las dos de la tarde. Observé que muchos -nos miraban con particular atención, como si fuera -para ellos un espectáculo nunca visto el de una -mujer a caballo tras de un hombre. Apeámonos -en el primer mesón, y ordené al punto que guisasen<span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span> -una liebre y asasen una perdiz. Mientras esto -se disponía, conduje a la señora a un cuarto, donde -comenzamos a discurrir, lo cual no habíamos podido -hacer en el camino por la prisa con que viajamos. -Mostróse muy agradecida al gran servicio -que le había hecho, diciéndome que, a vista de -una acción tan generosa, no se podía persuadir -que yo fuese compañero de los infames de cuyo -poder la había libertado. Contéle entonces mi historia, -para confirmarla en el buen concepto en que -me tenía. Con esto la empeñé a que me favoreciese -con su confianza y me refiriese sus desastres, como -lo hizo, de la manera que se dirá en el capítulo -siguiente.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c111" id="c111">CAPÍTULO XI</a></h2> - -<p class="pch">Historia de doña Mencía de Mosquera.</p> - -<p>«Nací en Valladolid y mi nombre es doña Mencía -de Mosquera. Mi padre, don Martín, coronel de un -regimiento, fué muerto en Portugal, después de -haber consumido su patrimonio en el servicio del -rey. Dejóme pocos bienes, y consiguientemente, -aunque hija única, no era un gran partido para -ser buscada en casamiento. Mas, a pesar de mi escasa -fortuna, no me faltaban pretendientes. Muchos -caballeros de los más principales de España -solicitaron mi mano; pero el que se llevó mi atención -fué don Alvaro de Mello. A la verdad, era el -más galán y airoso de todos, y reunía además otras<span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span> -prendas recomendables, que me decidieron a su -favor. Era prudente, entendido y valiente, acompañando -a esto ser muy comedido, atento, pundonoroso -y el hombre más bien portado del mundo. -En las corridas de toros, ninguno se mostraba -más arriesgado, más brioso ni más diestro; y en -las justas era la admiración de todos su despejo, -habilidad y valentía. Finalmente, le preferí a sus -competidores y le di mi mano.</p> - -<p>»Pocos días después de nuestro matrimonio se -encontró en un sitio retirado con don Andrés de -Baeza, que había sido uno de sus competidores en -pretenderme. Picáronse los dos, sacaron las espadas -y costó la vida a don Andrés. Era éste sobrino -del corregidor de Valladolid, hombre de genio violento -y enemigo mortal de la casa de Mello, y, por -consiguiente, juzgó don Alvaro que le importaba -infinito no retardar un punto su fuga. Volvióse inmediatamente -a casa, contóme lo sucedido y me -dijo: «Querida Mencía, es indispensable separarnos; -ya conoces al corregidor; me perseguirá encarnizadamente. -No ignoras lo mucho que puede en -España, y así, no estoy seguro en el reino.» No le -permitió decir más su dolor. Hícele que tomase -dinero y algunas joyas. Dióme después los brazos, -estrechóme en ellos y estuvimos así un gran rato, -sin poder uno ni otro hablar palabra, mezclándose -nuestras lágrimas, suspiros y sollozos. Vino un -criado a decir que estaba pronto el caballo; desasióse -de mí, partió y dejóme en un estado que no -sabré pintar. ¡Dichosa yo si lo agudo del dolor me<span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span> -hubiera quitado la vida! ¡Qué de penas y tormentos -me hubiera ahorrado! Pocas horas después de -partido don Alvaro supo su fuga el corregidor. -Hizo que le siguiesen, y no perdonó diligencia alguna -para haberle a las manos. Frustrólas todas -mi esposo y púsose en salvo. Viéndose el juez reducido -a no poder tomar otra venganza que la satisfacción -de quitar todos sus bienes a un hombre -cuya sangre hubiera querido beber, confiscó cuanto -pertenecía a don Alvaro.</p> - -<p>»Halléme con esto en tan miserable situación, que -apenas tenía lo preciso para vivir. Comencé a retirarme -de todos, quedándome con una sola criada. -Pasaba los días llorando amargamente, no ya mi -necesidad, que llevaba con paciencia, sino la ausencia -de un adorado esposo, de quien no tenía noticia -alguna, sin embargo de haberme prometido en -nuestra dolorosa despedida que de cualquier parte -del mundo donde se hallase procuraría informarme -de su suerte. No obstante, se pasaron siete años -sin saber nada de él. Causábame profunda tristeza -la incertidumbre de su paradero. Supe al fin que, -combatiendo por las armas de Portugal en el reino -de Fez, había perdido la vida en una batalla. Así -me lo refirió un hombre recién venido de Africa, -asegurándome que conocía muy bien a don Alvaro -de Mello, con quien había servido en el ejército -portugués, y que él mismo le había visto perecer -en lo más recio de la pelea. A esto añadió otras -circunstancias que me acabaron de persuadir de -que ya no vivía mi esposo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span></p> - -<p>»Vino en este tiempo a Valladolid don Ambrosio -Mesía Carrillo, marqués de la Guardia. Era uno de -aquellos señores entrados en edad que por sus atentos -y cortesanísimos modales hacen olvidar sus -años y logran aprecio entre los demás. Casualmente -le refirieron la historia de don Alvaro, y con este -motivo oyó hablar de mí en términos que tuvo -gran deseo de verme. Para satisfacer su curiosidad -se valió de una parienta mía, en cuya casa me encontró. -Vióme, y quedó prendado de mí, a pesar -de la impresión de dolor que reparó en mi semblante. -Pero ¿qué digo <i>a pesar</i>? Quizá lo que más -le movió fué el mismo aire triste, melancólico y -marchito en que me veía, hablándole esto en favor -de mi fidelidad. Mi melancolía pudo ser causa -de su amor. Por eso me dijo más de una vez que -me miraba como un prodigio de constancia y que -envidiaba la suerte de mi marido, por desgraciada -que fuese. En una palabra, quedó tan pagado de -mí que no necesitó verme segunda vez para tomar -la determinación de casarse conmigo.</p> - -<p>»Valióse de la misma parienta mía para pedir mi -consentimiento. Vino ésta a mi casa y me manifestó -que, habiendo mi esposo terminado sus días -en el reino de Fez, no era razón que estuviese enterrada -por más tiempo, que había ya llorado sobradamente -a un hombre cuya compañía había -gozado por solos pocos momentos, que debía no -malograr la ocasión que se me presentaba y que -sería la mujer más feliz y más contenta del mundo. -Aquí ponderó la nobleza del marqués, sus grandes<span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span> -bienes y amabilísimo carácter. Pero por más que -empleaba su elocuencia en hacerme palpables las -ventajas que hallaría yo en aquel enlace, no me -pudo persuadir, no ya porque dudase de la muerte -de don Alvaro ni por el recelo de volverle a ver -cuando menos lo pensase; lo único que mi parienta -tenía que vencer era mi poca inclinación, o, por -mejor decir, mi repugnancia a un segundo matrimonio -después de las desgracias que había experimentado -en el primero. No por eso desconfió ni -se acobardó; antes bien, interesada ya por don -Ambrosio, redobló sus instancias. Empeñó a toda -mi parentela en la pretensión del marqués. Comenzaron -mis parientes a estrecharme y apurarme sobre -que aceptase un partido tan ventajoso. Veíame -sitiada siempre de ellos, importunándome y atormentándome -con la continua cantilena de que no -perdiese tan favorable proporción. Por otra parte, -mi miseria era mayor cada día, y no fué esto lo -que menos contribuyó a dejar vencer mi repugnancia.</p> - -<p>»No pudiendo, pues, resistir más tiempo, cedí al -fin a tan repetidas porfías y caséme con el marqués -de la Guardia, el cual, el día después de la boda, -me condujo a una bellísima hacienda que tenía -cerca de Burgos, entre Tardajos y Revilla. Desde -luego se poseyó de un amor vehemente hacia mí; -observaba yo en todas sus acciones un vivísimo -deseo de agradarme; estudiaba en proporcionarme -todo cuanto yo podía apetecer. Ningún esposo estimó -nunca más a su mujer ni jamás amante alguno<span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span> -empleó mayor esmero en complacer a su -dama. Sin duda que yo hubiera amado apasionadamente -a don Ambrosio, a pesar de la desproporción -de nuestras edades, si hubiera sido capaz de -amar a otro que a don Alvaro; pero los corazones -constantes no aciertan a dar entrada a una segunda -pasión. La memoria de mi primer esposo -inutilizaba todos los esfuerzos del segundo para -hacerse querer de mí; no podía corresponder a sus -ternuras sino con afectos y expresiones de gratitud -y de respeto.</p> - -<p>»Hallábame en esta disposición, cuando un día, -asomándome a una ventana de mi cuarto, vi en -el jardín un aldeano que me miraba con particular -atención. Túvele por criado del jardinero, y por -entonces no hice caso de él; pero al día siguiente, -habiéndole visto en el mismo sitio, me pareció que -estaba aún más atento a mirarme. Esto me conmovió. -Observéle también yo por mi parte con -algún cuidado, y se me figuró descubrir en él la -fisonomía del desgraciado don Alvaro. Esta semejanza -excitó en todos mis sentidos una turbación -inexplicable, y di un gran grito sin poderme contener. -Por fortuna, estaba sola entonces con Inés, -la criada de mi mayor confianza. Descubríle la -sospecha que me agitaba, y ella no hizo mas que -reír, creyendo que alguna ligera semejanza me -había alucinado. «Serenaos, señora—me dijo—, y -no creáis haber visto a vuestro primer esposo. No -es verosímil que se presentase aquí con el disfraz -de aldeano, ni se hace creíble que aún viva. Yo<span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span> -misma—añadió—voy ahora al jardín a ver a ese -hombre, a informarme de quién es, y volveré al -momento a desengañaros.» Marchó al jardín, y un -instante después la veo entrar en mi cuarto muy -alterada. «Señora—me dijo—, vuestra sospecha fué -por cierto bien fundada. El hombre que visteis en -el jardín es verdaderamente el mismo don Alvaro; -luego se me descubrió, y desea hablaros a solas.»</p> - -<p>»Podía recibirle entonces, porque el marqués había -partido a Burgos, y así, dije a Inés que le condujese -a mi cuarto por una escalera secreta. Ya -se deja conocer la agitación en que yo me hallaría. -No pude sufrir la vista de un hombre que tenía -derecho para decirme cuanto le viniese a la -boca, y al parecer con razón. Caí desmayada luego -que le vi en mi presencia, como si hubiera sido -su sombra. Así él como Inés me socorrieron prontamente, -y después que volví del desmayo, «Tranquilizaos, -señora—me dijo don Alvaro—, y no sea -mi presencia un suplicio para vos. No es mi ánimo -causaros la más mínima amargura. No vengo como -marido furioso a pediros cuenta de la fe que me -jurasteis ni a calificar de delito el segundo enlace -que contrajisteis. Sé muy bien que todo fué movido -por vuestra parentela, y no ignoro las persecuciones -que habéis padecido. Por otra parte, estoy -informado de la voz de mi muerte esparcida -en todo Valladolid, y tanto más justamente creída -de vos cuanto que ninguna carta mía os podía asegurar -de lo contrario. Finalmente, sé de qué modo -habéis vivido desde nuestra fatal separación y que<span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span> -la necesidad, más que el amor, os obligó a entregaros -en los brazos de...» «¡Ah don Alvaro!—le interrumpí -yo anegada en lágrimas—. ¿Por qué razón -queréis disculpar a vuestra esposa? ¡No tiene disculpa, -puesto que vivís! ¡Desdichada de mí! ¡Ojalá -me viera ahora en la miserable situación en que -me hallaba antes de desposarme con don Ambrosio! -¡Funesto casamiento! ¡Ah! ¡En aquella miseria, -tendría a lo menos el consuelo de veros sin -avergonzarme!»</p> - -<p>«Amada Mencía—replicó don Alvaro en tono que -mostraba bien cuánto le habían enternecido mis -lágrimas—, yo no me quejo de ti; antes bien, lejos -de censurar la brillantez en que te veo, juro que -doy al Cielo mil gracias. Desde el triste día en que -partí de Valladolid, tuve siempre contraria la fortuna; -mi vida fué un tejido de desdichas, y, para -su colmo, nunca me fué posible darte noticias de -mí. Seguro siempre de tu amor, se me representaba -continuamente la situación a que mi fatal cariño -te había conducido. Consideraba a mi adorada -Mencía bañada en lágrimas, y esta consideración -era mi mayor tormento. Confieso que algunas -veces tenía por delito la dicha de haberte agradado. -Deseaba que te hubieses inclinado a cualquier -otro de mis competidores, cuando reflexionaba en -lo mucho que te costaba la preferencia con que -me habías honrado. Por fin, después de siete años -de penas, más enamorado de ti que nunca, he querido -volver a verte. No he podido resistir a este -deseo, y, habiéndomelo permitido satisfacer el término<span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span> -de una larga esclavitud, he vuelto a Valladolid -disfrazado en este traje, a riesgo de ser conocido -y descubierto. Allí lo he sabido todo, y he -venido en seguida a esta posesión, donde he hallado -modo de introducirme con el jardinero para -ayudarle a cultivar estos jardines. Tal es el arbitrio -que he tomado para lograr hablarte en secreto. -Mas no te imagines que con mi presencia vengo -aquí a turbar la ventura que gozas. Amote más -que a mí mismo, respeto tu reposo y, acabada esta -conversación, parto lejos de ti a terminar mis tristes -días, que sacrifico a tu amor.»</p> - -<p>«¡No, don Alvaro, no!—exclamé al oír estas palabras—. El -Cielo no te ha traído aquí en balde, -y no permitiré que segunda vez te apartes de mí. -Quiero ir contigo, y solamente la muerte nos podrá -separar en adelante.» «Créeme a mí, Mencía—me -replicó—: vive con don Ambrosio, y no quieras -ser compañera de mis desdichas; deja que cargue -yo solo con todo el peso de ellas.» Añadió a -éstas otras razones semejantes; pero cuanto más -empeñado parecía en querer sacrificarse a mi felicidad, -menos dispuesta me hallaba yo a consentirlo. -Luego que me vió tan resuelta a seguirle, -mudó de repente de tono, y con semblante más -alegre me dijo: «Mencía, pues todavía amas tanto -a don Alvaro que quieres preferir su miseria a la -abundancia en que te hallas, vámonos a vivir a -Betanzos, ciudad del reino de Galicia, donde hallaremos -un seguro retiro. Si mis desgracias me -quitaron todos mis bienes, no me hicieron perder<span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span> -todos mis amigos. Aun me quedan algunos tan -verdaderos, que me han facilitado medios de poder -sacarte de esta casa. Con su auxilio compré -en Zamora coche, mulas y caballos, y traigo por -compañeros a tres amigos gallegos, resueltos y valerosos. -Todos están armados de carabinas y pistolas, -y todos esperan mi aviso en el lugar de Revilla. -Aprovechémonos de la ausencia de don Ambrosio. -Voy a dar orden de que traigan el carruaje -a la puerta de esta casa, y al momento partiremos.» -A todo accedí. Fué volando don Alvaro a -Revilla, y en breve tiempo volvió con sus tres -compañeros montados. Sacáronme de en medio de -mis criadas, que, no sabiendo qué pensar de este -acontecimiento, huyeron despavoridas. Sólo Inés -era sabedora de todo; pero no quiso unir su suerte -con la mía porque estaba enamorada de un paje -de don Ambrosio: lo que demuestra que el afecto -de los más fieles criados no resiste a la prueba del -amor. Entré en el coche con don Alvaro, no llevando -conmigo sino alguna ropa y ciertas joyas -que tenía antes del segundo matrimonio, porque -nada quise tomar de lo que me había regalado el -marqués cuando su casamiento. Seguimos el camino -de Galicia sin saber si tendríamos la fortuna de -llegar allá. Temíamos, con razón, que al volver de -Burgos don Ambrosio viniese en seguimiento nuestro, -acompañado de mucha gente, y que nos alcanzase; -pero caminamos dos días sin que nadie -nos siguiese. Esperábamos que sucediera lo mismo -en la tercera jornada, y ya caminábamos tranquilamente.<span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span> -Contábame don Alvaro la triste aventura -que había dado motivo a la voz esparcida de su -muerte y el modo de haber recobrado su libertad -después de cinco años de cautiverio, cuando encontramos -en el camino a los ladrones en cuya -compañía estabais vos. El que mataron con todos -sus acompañados es el mismo y el que me hace -derramar el torrente de lágrimas que ahora cae de -mis ojos.»</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c112" id="c112">CAPÍTULO XII</a></h2> - -<p class="pch">Del modo poco gustoso con que fué interrumpida -la conversación de la señora y de Gil Blas.</p> - -<p>Con efecto, se deshacía en lágrimas doña Mencía -al acabar de hacerme su relación. Dejéla dar entera -libertad a los suspiros, y lloraba yo también: -tan natural es interesarse en el dolor de los infelices, -y muy particularmente en el de una mujer -hermosa y afligida. Iba a preguntarle qué partido -quería tomar en la coyuntura en que se hallaba, -y quizá ella misma iba también a consultarme lo -propio si no hubiera sido interrumpida nuestra -conversación. Oímos en el mesón un gran rumor -que llamó nuestra atención. Causábale la venida -el corregidor, que, acompañado de dos alguaciles -y muchos ministriles, se entró en el cuarto donde -estábamos. El primero que se acercó a mí fué -un caballerito que venía en compañía del corregidor. -Paróse a mirar muy despacio y muy de cerca<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span> -mi vestido, y después de alguna suspensión exclamó -diciendo: «¡Vive el Cielo que ésta es mi mismísima -ropilla! ¡La conozco tan bien como he conocido -mi caballo! ¡Sobre mi palabra que podéis -prender a este hombre honrado! ¡Sin duda es uno -de los ladrones que tienen no sé qué oculta madriguera -en este país!»</p> - -<p>Al oír aquellas palabras me persuadí de que sin -duda me había tocado, por desgracia mía, el despojo -de aquel caballero, y, por consiguiente, me -quedé sorprendido e inmutado. El corregidor, que -por su oficio debía juzgar antes mal que bien de -la turbación en que me veía, hizo juicio de que la -acusación no era mal fundada, y sospechando que -la señora podía también ser cómplice, nos hizo -prender a los dos y poner en cuartos separados. -No era este juez de aquellos de rostro grave y ceñudo; -antes bien, mostraba un semblante apacible -y risueño, acompañado de un modo de hablar -dulce y cariñoso; pero sabe Dios si era mejor que -los primeros. Luego que estuve en la prisión, vino -a ella con sus dos precursores, esto es, sus dos alguaciles, -los cuales, según su buena costumbre, -empezaron por registrarme bien las faltriqueras. -¡Qué día para aquella honrada gente! Acaso en -todos los de su vida no habían tenido otro semejante. -A cada puñado de doblones que me sacaban, -estaba viendo que rebosaban sus ojos de alegría. -Hasta el mismo corregidor parecía que estaba -fuera de sí. «Hijo—me decía en un tono -lleno de miel y dulzura—, no extrañes ni tengas<span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span> -recelo de lo que ejecutamos, que en esto no hacemos -mas que nuestro oficio. Si estás inocente, nada -te perjudicará.» Mientras tanto fueron poco a poco -aliviando del peso mis bolsillos, quitándome aun -lo que habían respetado los ladrones: quiero decir -los cuarenta ducados de mi tío. Escudriñáronme -de pies a cabeza sus codiciosas e infatigables manos, -haciéndome volver a todos lados y despojándome -de todos los vestidos para ver si tenía guardado -algún dinero entre el pellejo y la camisa. -Después que cumplieron tan exactamente con aquella -su importante obligación, el corregidor me hizo -sus preguntas. Satisfícelas presto, refiriéndole ingenuamente -todo lo sucedido. Hizo escribir mi declaración -y partió con su gente y mi dinero, dejándome -desnudo sobre la paja.</p> - -<p>«¡Oh vida humana—exclamé cuando me vi solo -en aquel miserable estado—, qué llena estás de -contratiempos y de caprichosas aventuras! Desde -que salí de Oviedo no he experimentado mas que -desgracias. Apenas salgo de un peligro cuando -caigo en otro. Al llegar a esta ciudad estaba muy -lejos de pensar que en tan poco tiempo había de -conocer a su corregidor.» Haciendo estas reflexiones -inútiles me vestí la maldita ropilla y lo restante -de la ropa que me había puesto en aquel -estado; y después, hablándome y alentándome a -mí mismo, «¡Animo, Gil Blas—me dije—; valor y -constancia! ¡Vamos claros! ¡Piensa que después de -este tiempo vendrá quizá otro más dichoso! ¿Será -bueno desesperarte porque te ves en una prisión<span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span> -ordinaria después de haber hecho tan penoso ensayo -de tu paciencia en la tenebrosa cueva? Mas, -¡ay—añadí tristemente—, yo me alucino y me lisonjeo! -¿Cómo será posible que salga de esta cárcel, -cuando acaban de quitarme los medios de conseguirlo? -Un pobre encarcelado sin dinero es un -pájaro a quien cortan las alas.»</p> - -<p>En lugar de la liebre y de la perdiz que había -mandado componer me trajeron un pedazo de pan -negro y un jarro de agua, dejándome tascar el freno -en mi calabozo. En él estuve quince días enteros, -sin ver en todos ellos otra persona que el alcaide, -que venía todas las mañanas a registrar y -renovar las prisiones. Cuando le veía, intentaba -querer entablar conversación con él para desahogarme -algún tanto; pero aquel hombre nada respondía -a cuanto le preguntaba. Jamás me fué posible -sacarle ni una sola palabra. Entraba y salía -muchas veces sin dignarse siquiera de mirarme. -Al décimosexto día se dejó ver el corregidor, y -me dijo: «Ya puedes alegrarte, porque te traigo -una buena nueva. Hice que fuese conducida a -Burgos la señora que venía contigo, examinéla sobre -quién eras, y tu conducta y sus respuestas te -justificaron. Hoy mismo saldrás de la cárcel, con -tal que el arriero en cuya compañía viniste desde -Peñaflor a Cacabelos, según has dicho, confirme -tu declaración. Está en Astorga; ya le he enviado -a llamar, y le estoy esperando. Si conviene su declaración -con la tuya, inmediatamente te pongo -en libertad.»</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span></p> - -<p>Consoláronme mucho estas palabras, y desde -aquel momento me consideré fuera de todo enredo. -Di gracias al juez por la buena y pronta justicia -que me quería hacer; y apenas había acabado -mi cumplido, cuando llegó el arriero entre dos -alguaciles. Conocíle inmediatamente; pero el bribón, -que sin duda había vendido mi maleta con -todo lo que había dentro, temiendo le obligasen a -restituir el dinero que había recibido si confesaba -que me conocía, dijo descaradamente que no sabía -quién yo era y que jamás me había visto. «¡Ah -traidor!—exclamé yo—. ¡Confiesa que has vendido -mi ropa y respeta la verdad! ¡Mírame bien! Yo soy -uno de aquellos mozos a quienes amenazaste con -el tormento en Cacabelos, llenando a todos de miedo.» -El taimado respondió muy fríamente que le -hablaba una jerigonza que él no entendía; y como -ratificó y mantuvo hasta el fin aquel solemnísimo -embuste, mi libertad se difirió hasta mejor ocasión. -«Hijo—me dijo el corregidor—, bien ves que -el arriero no concuerda con lo que declaraste; y -así, no puedo soltarte, por más que lo deseo.» Convínome, -pues, armarme nuevamente de paciencia -y resolverme a estar todavía a pan y agua y sufrir -al silencioso carcelero. Cuando pensaba en que -no podía salir de entre las garras de la justicia, -siendo así que no había cometido delito alguno, -me desesperaba con este triste pensamiento, y -echaba de menos el lóbrego subterráneo. «Bien reflexionado—me -decía yo a mí mismo—, allí me -hallaba menos mal que en este calabozo. Por lo<span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span> -menos en aquél comía y bebía alegremente con -los ladrones, divertíame con ellos y me consolaba -la dulce esperanza de poderme escapar algún día; -pero seré quizá muy feliz si sólo puedo salir de -aquí para ir a galeras, a pesar de mi inocencia.»</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c113" id="c113">CAPÍTULO XIII</a></h2> - -<p class="pch">Por qué casualidad sale Gil Blas de la cárcel, y -a dónde se encaminó después.</p> - -<p>Mientras yo pasaba los días y las noches en desvariar -entregado a mis tristes reflexiones, se divulgaron -por la ciudad mis aventuras, ni más ni menos -que yo las había dictado en mi declaración. -Muchas personas me quisieron ver por curiosidad. -Venían unas en pos de otras, y se asomaban a una -ventanilla que daba luz a mi prisión, y después de -haberme mirado algún tiempo se retiraban silenciosas. -Sorprendióme aquella novedad. Desde mi -entrada en la cárcel nunca había visto alma viviente -asomarse a la tal ventanilla, que caía a un -patio donde habitaban el silencio y el horror. Me -hizo creer que yo había llamado la atención de la -ciudad; pero no acertaba a pronosticar si sería para -mal o para bien.</p> - -<p>Uno de los primeros que vi fué el muchacho o -niño de coro de Mondoñedo que en Cacabelos se -escapó, como yo, de miedo del tormento. Conocíle -luego, y él no fingió desconocerme, como lo había<span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span> -fingido el arriero. Saludámonos uno y otro, y entablamos -una larga conversación, en la cual me vi -precisado a hacerle una nueva relación de mis aventuras, -lo que produjo dos efectos diferentes en el -ánimo de los circunstantes, pues que los hice reír -y me atraje su compasión. El, por su parte, me -contó lo que había pasado en el mesón de Cacabelos -entre el arriero y la mujer después que un terror -pánico nos había separado de ella. En una palabra, -contóme todo lo que dejo ya dicho. Despidióse -después de mí, prometiéndome que sin perder -tiempo iba a hacer todo lo posible para que me -dieran libertad. Desde entonces todas las personas -que como él habían venido a verme por mera curiosidad -me aseguraron que mis desgracias las -movían a compasión, ofreciéndome al mismo tiempo -unirse con aquel mozo para solicitar que me -librasen de la cárcel.</p> - -<p>Cumplieron efectivamente su palabra. Hablaron -en favor mío al corregidor, quien, no dudando ya -de mi inocencia, particularmente desde que el niño -de coro le contó todo lo que sabía, tres semanas -después vino a la prisión y me dijo: «Gil Blas, aunque -si fuese yo un juez severo podría detenerte -aquí, no quiero dilatar más tu causa. Vete; ya estás -libre y puedes salir cuando quisieres. Pero -dime—prosiguió—: si te llevaran al bosque donde -estaba el subterráneo, ¿no le podrías descubrir?» -«No, señor—le respondí—, porque como entré en -él de noche y salí antes del día, no me sería posible -dar con él.» Con eso se retiró el juez, diciendo<span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span> -que iba a dar orden al carcelero que me franquease -la puerta. Con efecto, un momento después vino -el alcaide con sus satélites, que traían un lío de -ropa, los cuales, con mucha gravedad y sin decir -una sola palabra, me despojaron de la casaca y -de los calzones, que eran de paño fino y casi nuevo, -me metieron por la cabeza una especie de chamarreta -muy vieja y muy raída a manera de escapulario, -y concluída esta ceremonia me pusieron -a la puerta de la cárcel, echándome a empellones -fuera de ella.</p> - -<p>La vergüenza que padecí al verme en tan mala -ropa moderó mucho la alegría que comúnmente -tienen los presos cuando han recobrado su libertad. -Tuve impulso de salirme inmediatamente de -la ciudad, por huir de la vista del pueblo, que no -podía sufrir sin rubor; pero pudo más mi agradecimiento. -Fuí a dar las gracias al cantorcillo, a -quien debía tanta obligación. No pudo dejar de -reír luego que me vió. «A lo que advierto—dijo—, -parece que la justicia ha hecho contigo todas sus -habilidades.» «No me quejo de la justicia—le respondí—: -ella en sí es muy justa; solamente desearía -yo que todos sus oficiales fueran hombres de -bien y de conciencia. A lo menos, me pudieran -haber dejado el vestido, pues me parece que no -le había pagado mal.» «Convengo en eso—me replicó—; -pero dirán que ésas son formalidades que -indispensablemente se deben observar. Y si no, -dime: ¿crees, por ventura, que el caballo en que -viniste se ha restituído a su primer dueño? No lo<span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span> -creas, porque el tal caballo está actualmente en la -caballeriza del escribano, donde se depositó como -una prueba del delito, y yo estoy persuadido de -que su amo verdadero nunca volverá a ver ni siquiera -la grupera. Pero mudemos de conversación—continuó -el cantorcillo—. ¿Qué ánimo tienes -y qué piensas hacer ahora?» «Mi ánimo es—le -respondí—irme derecho a Burgos a buscar a la señora -a quien liberté de los ladrones. Naturalmente, -me dará algún dinerillo, con el cual compraré -unos hábitos nuevos y partiré a Salamanca, donde -procuraré aprovecharme de mi latín. Mi mayor -apuro es que aun no estoy en Burgos y es menester -vivir en el camino.» «¡Ya te entiendo!—me replicó—. -Aquí tienes mi bolsa. Está un poco vacía, -a la verdad; mas ya sabes que un pobre cantor -no es un obispo.» Al mismo tiempo la sacó, y -me la puso en las manos con tan buena voluntad -que no pude menos de aceptarla. Agradecíselo -tanto como si me hubiera hecho dueño de todo -el oro del mundo, y le pagué con mil protestas de -servirle, cosa que nunca tuvo efecto. Después de -esto nos despedimos, y yo salí de aquel pueblo -sin ver a ninguna de las otras personas que habían -contribuído a librarme de la prisión, contentándome -con darles dentro de mi corazón mil y mil bendiciones.</p> - -<p>El cantorcillo tuvo mucha razón en no hacer -ostentación de su bolsa, porque en realidad encontré -en ella poco dinero, y todo en calderilla. -Por fortuna, había dos meses que estaba acostumbrado<span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span> -a una vida muy frugal, y todavía me restaban -algunos reales cuando llegué al lugar de Puentedura, -poco distante de Burgos. Detúveme en él -para saber de doña Mencía. Entré en un mesón, -cuya huéspeda era una mujer muy pequeña, muy -enjuta, vivaracha y de mala condición. Luego conocí, -por la mala cara que me puso, que no le había -gustado mi chamarreta, lo que fácilmente le -perdoné. Sentéme a una asquerosa mesa, donde -comí un pedazo de pan con un cuarterón de queso -y bebí algunos tragos de un detestable vino -que me trajeron. Durante la comida, que era muy -correspondiente a mi equipaje, quise entablar conversación -con la huéspeda, que me dió a entender -con un gesto desdeñoso que tenía a menos hablar -conmigo. Supliquéle que me dijese si conocía al -marqués de la Guardia, si estaba lejos su casa de -campo y, particularmente, si se sabía en qué había -parado la marquesa su mujer. «¡Muchas cosas -me preguntáis!»—respondió muy desdeñosa. Sin -embargo, me contestó en abreviatura y con muy -mal talante, diciendo que la casa de campo de don -Ambrosio distaba una legua corta de Puentedura.</p> - -<p>Después que acabé de beber y de cenar, como -era ya de noche, mostré que deseaba recogerme, -y pedí un cuarto. «¡Un cuarto para él!—me dijo la -mesonera, mirándome de hito en hito con altivez -y con desprecio—. ¡Un cuarto para él! ¡Los cuartos -de mi casa los reservo yo para gentes que no -cenan pan y queso! Todas mis camas están ocupadas, -porque estoy esperando a ciertos caballeros<span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83">[83]</a></span> -de importancia que vienen a hacer noche aquí; lo -más que te puedo ofrecer es el pajar, porque creo -no será la primera vez que hayas dormido sobre -paja.» En esto decía más verdad de lo que ella -misma pensaba. No le repliqué palabra. Abracé -prudentemente el partido que me proponía; fuime -al pajar y dormí con tranquilidad, como hombre -que ya estaba hecho a trabajos.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c114" id="c114">CAPÍTULO XIV</a></h2> - -<p class="pch">Recibimiento que le hizo en Burgos doña Mencía.</p> - -<p>No fuí perezoso en levantarme al día siguiente. -Fuí a ajustar la cuenta con la huéspeda, que ya -estaba levantada, y me pareció de mejor humor -que el día antecedente. Atribuílo a la presencia de -tres honrados cuadrilleros de la Santa Hermandad -que con mucha familiaridad hablaban con ella, y -serían sin duda los caballeros de importancia para -quienes estaban destinadas todas las camas. Informéme -en el lugar del camino que guiaba a la casa -de campo a donde yo quería ir, y se lo pregunté a -un paisano que me deparó la suerte, del mismo -carácter que mi antiguo mesonero de Peñaflor. No -contento con responderme a lo que le preguntaba, -añadió que don Ambrosio había muerto tres semanas -hacía, y que la marquesa, su mujer, se había -retirado a un convento de la ciudad, que me -nombró. Al punto me encaminé en derechura a<span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span> -Burgos, y, sin pensar ya en la casa de campo, fuí -volando al monasterio donde me dijeron que se -hallaba doña Mencía. Supliqué a la tornera se sirviese -decir a aquella señora que deseaba hablarle -un mozo recién salido de la cárcel de Astorga. Inmediatamente -fué a darle el recado la tornera. -Volvió ésta, y me hizo entrar en un locutorio, -adonde dentro de poco vi llegar, muy enlutada, a -doña Mencía.</p> - -<p>«Bien venido seas, Gil Blas—me dijo aquella -viuda con modo muy afable—. Cuatro días ha que -escribí a un conocido mío de Astorga suplicándole -te fuese a ver y que de mi parte te rogase vinieses -a visitarme inmediatamente que salieses de la -prisión. Nunca dudé que pronto te darían libertad. -Bastaban para esto las cosas que yo dije al -corregidor en descargo tuyo. Respondiéronme que -ya, con efecto, estabas libre, pero que no se sabía -tu paradero. Temí no volverte a ver ni tener el -gusto de darte alguna prueba de mi agradecimiento, -lo que hubiera sentido extremadamente. Consuélate—añadió, -conociendo que estaba avergonzado -de presentarme a ella en tan miserable estado—; -no te dé pena alguna el hallarte en el infeliz -ropaje en que te veo. Después del gran servicio -que me hiciste, sería yo la mujer más ingrata -de las mujeres si no hiciera nada por ti. Mi ánimo -es sacarte del mal estado en que te hallas; debo y -puedo hacerlo, pues tengo bienes suficientes para -poder corresponderte sin que me sea gravoso.</p> - -<p>»Los lances—continuó—que me sucedieron hasta<span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span> -el día en que nos separaron para meternos presos -ya los sabes como yo; ahora voy a contarte lo que -me aconteció desde entonces. Luego que el corregidor -de Astorga dispuso que me condujesen a -Burgos, después de haberme oído la relación puntual -de mis sucesos, me dirigí a la casa de don Ambrosio. -Causó mi llegada general y extremada sorpresa; -pero me dijeron que ya llegaba tarde, porque -el marqués, profundamente afligido por mi -fuga, había caído gravemente enfermo, y tanto, -que los médicos desesperaban de su vida. Esta -triste noticia fué un motivo más sobre los muchos -que ya tenía para llorar el rigor de mi fatal destino. -Con todo eso, quise que le avisasen mi llegada; -entré después en su cuarto y corrí a arrojarme -de rodillas a la cabecera de su cama, anegado -en lágrimas el semblante y el corazón traspasado -del más agudo dolor. «¿Quién te ha traído aquí?—me -dijo luego que me vió—. ¿Vienes a complacerte -en la obra de tus manos? ¿No te basta haberme -quitado la vida? ¿Era menester, para mayor -satisfacción tuya, que tus mismos ojos fuesen -testigos de mi muerte?» «Señor—le respondí—, ya -os habrá informado Inés de que huí con mi legítimo -esposo, y a no ser el funesto accidente que me -privó de él, nunca más me hubierais vuelto a ver.» -Referíle al mismo tiempo cómo don Alvaro había -muerto a manos de unos ladrones y cómo me habían -conducido al subterráneo, con todo lo demás -que me había sucedido hasta entonces. Apenas -acabé de hablar, cuando, alargándome cariñosamente<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span> -la mano, me dijo con ternura: «¡Basta, hija; -ya no me quejo de ti! Pues qué, ¿debo por ventura -culpar un proceder tan justo y tan honrado? Hallástete -de repente con tu legítimo esposo, a quien -adorabas, y me abandonaste por irte con él. ¿Podré -nunca condenar con razón una conducta dictada -por la conciencia y la justicia? No por cierto; -ninguna razón tendría para quejarme. Por eso no -permití que ninguno te siguiese. Respetaba en aquella -fuga el sagrado derecho que la hacía lícita, y -aun necesaria, como también el debido amor que -profesabas a tu querido y verdadero esposo. En -fin, te hago justicia, y protesto que con haberte -restituído a mi casa has recobrado toda mi ternura. -Sí, querida Mencía, tu presencia me colma de -gozo y de consuelo. Mas ¡ay, cuán poco me durará -uno y otro! Conozco que mi última hora se va -acercando. Apenas la suerte me volvió a juntar -contigo, cuando me será necesario arrancarme de -ti con el último adiós.» Redoblóse mi llanto al oír -palabras tan amorosas, las que excitaron en mí -una aflicción extremada. Aunque adoré a don Alvaro, -no lloré tanto por él. Murió don Ambrosio al -día siguiente, y yo quedé dueña de la rica dote -que me había señalado en las capitulaciones. No -es mi ánimo emplearla mal. Aunque soy todavía -moza, ninguno me verá pasar a terceras nupcias. -Esto, a mi parecer, sólo es propio de mujeres sin -pudor y sin delicadeza. Antes bien, te digo que ya -no tengo inclinación al mundo y que quiero acabar -mis días en este convento y ser su bienhechora.»</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span></p> - -<p>Tal fué el discurso de doña Mencía; acabado el -cual, sacó de la faltriquera un bolsillo y me lo tiró -por la reja del locutorio a donde le pudiese alcanzar, -diciendo: «Toma, Gil Blas, esos cien ducados, -únicamente para que te vistas, y después vuélveme -a ver, porque no quiero que se limite a cosa -tan corta mi agradecimiento.» Dile mil gracias y -le juré que no partiría de Burgos sin volver a despedirme -de ella. Hecho este juramento—que estaba -bien resuelto a no quebrantar—, me fuí a -buscar algún mesón. Entré en el primero que encontré, -pedí un cuarto, y para precaver el mal -concepto que por el traje se podía formar de mí -dije al mesonero que, aunque me veía en aquellos -pobres trapos, tenía con qué pagar el gasto. Al -oír estas palabras, el mesonero, que se llamaba -Majuelo y era naturalmente grandísimo bufón, mirándome -y examinándome atentamente de pies a -cabeza, me dijo con cierto aire malicioso y chufletero -que no necesitaba de mi aseveración para -conocer que sin duda haría yo en su casa mucho -gasto, porque entre los remiendos de aquellos malos -trapos se divisaba en mi persona un no sé qué -de nobleza que le obligaba a creer que yo era un -caballero de grandes conveniencias. No dejé de -conocer que el bellaco se estaba burlando de mí, -y para cortar de repente sus bufonescas frialdades -saqué el bolsillo y a su vista conté sobre una -mesa mis ducados, los que le obligaron a formar -un juicio más favorable de mí. Roguéle que me -hiciese buscar algún sastre, a lo cual me replicó<span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span> -que sería mejor llamar a algún prendero, el cual -traería diferentes vestidos de todas clases, para -quedar pronto vestido del todo. Armóme el consejo -y determiné seguirle; pero como se acercaba ya -la noche, dilaté este negocio hasta el día siguiente, -y sólo pensé en cenar bien para resarcir lo mal que -había comido desde que salí del subterráneo.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c115" id="c115">CAPÍTULO XV</a></h2> - -<p class="pch">De qué modo se vistió Gil Blas, del nuevo regalo -que le hizo la señora y del equipaje en que salió -de Burgos.</p> - -<p>Sirviéronme un copioso plato de manos de carnero -fritas y le comí casi todo; bebí a proporción -y después fuíme a la cama. Era ésta muy decente, -y esperaba que luego se apoderaría de mis sentidos -un profundo sueño; pero engañéme, porque apenas -pude cerrar los ojos, ocupada la imaginación en -qué género de vestido había de escoger. «¿Qué -haré?—decía—. ¿Seguiré mi primer intento de -comprar unos hábitos largos para ir a ser dómine -en Salamanca? Pero ¿a qué fin vestirme de -estudiante? ¿Tengo deseos de consagrarme al estado -eclesiástico? ¿Acaso me inclina a ello mi propensión? -¡Nada de eso! Mis inclinaciones son muy -contrarias a la santidad que pide: quiero ceñir espada -y ver de hacer fortuna en el mundo.» Y a -esto me decidí.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span></p> - -<p>Resolví, pues, vestirme de caballero, bien persuadido -de que esto bastaría para alcanzar un empleo -de importancia. Con tan lisonjeros proyectos, -estuve esperando el día con grandísima impaciencia, -y apenas rayó en mis ojos su primera luz -cuando salté de la cama. Hice tanto ruido en el -mesón, que despertaron todos. Llamé a los criados, -que estaban todavía en la cama, y me respondieron -echándome mil maldiciones. Al fin se vieron -obligados a levantarse, y les di orden de que -fuesen a buscar al prendero. No tardó en llegar -éste con dos mozos cargados, cada uno con un -gran envoltorio. Saludóme con grandes cumplimientos -y me dijo: «Caballero, ha tenido usted fortuna -en dirigirse a mí más bien que a otro. No -quiero desacreditar a mis compañeros, ni permita -Dios que haga el menor agravio a su reputación; -mas, aquí para entre los dos, ninguno de ellos sabe -qué cosa es conciencia. Todos son más duros que -judíos; yo soy el único de mi oficio que la tiene; -me limito a una ganancia justa y razonable, contentándome -con un real por cada cuarto. Equivoquéme: -quise decir con un cuarto por real.»</p> - -<p>Después de este preámbulo, que yo creí tontamente -al pie de la letra, mandó a los mozos que -desatasen los envoltorios. Enseñáronme vestidos -de todos géneros y colores, muchos de ellos de paños -enteramente lisos. Deseché éstos con desprecio -por demasiado humildes. Presentáronme después -otro que parecía haberse cortado expresamente -para mí, el cual me deslumbró, sin embargo<span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span> -de que estaba un poco usado. Se componía de una -ropilla, unos calzones y una capa; la ropilla, con -mangas acuchilladas, y todo él de terciopelo azul -bordado de oro. Escogí éste y pregunté el precio. -El prendero, que conoció cuánto me agradaba, me -dijo: «En verdad que es usted un señor de gusto -muy delicado, y se ve bien que lo entiende. Sepa -usted que este vestido se hizo para uno de los primeros -sujetos del reino, que no se le puso tres veces. -Observe bien la calidad del terciopelo y hallará -que es del mejor. Pues ¿qué diré del bordado? -No parece cabe mayor delicadeza ni primor.» -«Y bien—le pregunté—, ¿cuánto pedís por él?» -«Señor—me respondió—, ayer no le quise dar por -sesenta ducados; y si esto no es cierto, no sea yo -hombre de bien.» A la verdad, la contestación -era convincente. Yo le ofrecí cuarenta y cinco, -aunque acaso no valía la mitad. «Caballero—replicó -él fríamente—, yo no soy hombre que pido más -de lo justo ni rebajo un ochavo de lo que digo la -primera vez. Tome usted este otro vestido—continuó, -presentándome el primero, que yo había -desechado—, que se lo daré más barato.» Todo -esto sólo servía para aumentar en mí la gana que -tenía del otro, y como me imaginé que no rebajaría -ni un maravedí de lo que había pedido, le -entregué sus sesenta ducados. Cuando vió la facilidad -con que se los había dado, juzgo que, no obstante -la delicadeza de su rígida conciencia, se arrepintió -mucho de no haberme pedido más. Pero al -fin, contento con haber ganado a real por cuarto,<span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span> -se despidió con sus mozos, a los cuales tampoco -dejé de agasajar dándoles para beber.</p> - -<p>Viéndome ya con un vestido tan señor, comencé -a pensar en lo restante para presentarme en la calle -con toda autoridad y decencia, lo que me entretuvo -toda la mañana. Compré pañuelo, sombrero, -medias de seda, zapatos y una espada. Vestíme -inmediatamente; pero ¡qué gozo fué el mío -cuando me vi tan bien equipado! No me cansaba -de mirarme. Ningún pavo real se recreó nunca -tanto en mirar y remirar el dorado plumaje de su -cola. Aquel mismo día pasé a visitar segunda vez -a doña Mencía, la cual me volvió a recibir con la -mayor urbanidad y agasajo. Dióme nuevas gracias -por el servicio que le había hecho, a que siguió -una salva de recíprocos cumplidos. Después, -deseándome en todo la mayor prosperidad, se despidió -de mí, y se retiró, regalándome sólo una -sortija de treinta doblones y suplicándome la conservase -siempre por memoria.</p> - -<p>Quedéme frío cuando me vi con la tal sortija, -porque había contado con regalo de mucho más -precio. En esta suposición, malcontento de la generosidad -de la señora, volví al mesón haciendo -mil calendarios; pero apenas había llegado cuando -entró en él un hombre que venía tras de mí, el -cual, desembozando la capa, mostró un talego bastante -largo que traía debajo del brazo. Así que vi -el talego, que parecía lleno de dinero, abrí tanto -ojo, y lo mismo hicieron algunas personas que estaban -presentes; y me pareció oír la voz de un serafín<span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span> -cuando aquel hombre me dijo, poniendo el -talego sobre una mesa: «Señor Gil Blas, mi señora -la marquesa suplica a usted se sirva admitir esta -cortedad en prueba de su agradecimiento.» Hice -mil cortesías al portador, acompañadas de otros -tantos cumplimientos, y luego que salió del mesón -me arrojó sobre el talego como un gavilán sobre su -presa y llevémele a mi cuarto. Desatéle sin perder -tiempo, vaciéle sobre una mesa y me encontré con -mil ducados que contenía. Acababa de contarlos -al tiempo que el mesonero, que había oído las palabras -del portador, entró para saber lo que iba -en el talego. Asombróle la vista de tanta plata y -exclamó admirado: «¡Fuego de Dios, y cuánto dinero! -¡Sin duda sabéis—añadió con malicia—sacar -buen partido de las damas! ¡Apenas ha veinticuatro -horas que estáis en Burgos y ya hacéis contribuir -a las marquesas!»</p> - -<p>No me desagradó esta sospecha y estuve tentado -a dejar a Majuelo en su error, por lo que lisonjeaba -mi vanidad. No me admiro de que los mozos -se alegren de ser tenidos por afortunados con -las mujeres; pero pudo más en mí la inocencia de -mis costumbres que la vanagloria. Desengañé al -mesonero y le conté toda la historia de doña Mencía. -Oyóla con singular atención, y después le confié -el estado de mis asuntos, suplicándole, pues se -mostraba tan interesado en servirme, me ayudase -con sus consejos. Quedóse como pensativo algún -tiempo, y tomando luego un aire serio, me dijo: -«Señor Gil Blas, confieso que desde que vi a usted<span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span> -le cobró particular inclinación; y ya que le merezco -la confianza de que me hable con tanta franqueza, -debo corresponder a ella diciéndole sin lisonja -lo que siento. A mí me parece que usted es -un hombre nacido para la corte, y así, le aconsejo -se vaya a ella y procure introducirse con algún gran -señor, viendo de mezclarse en sus negocios, y sobre -todo en los de sus pasatiempos y devaneos, sin -lo cual perderá usted el tiempo y nada adelantará -con él. Conozco bien a los grandes: ningún aprecio -hacen del celo y de la lealtad de un hombre de -bien, y sólo estiman a las personas que les son necesarias -para sus fines. Además de éste, tiene usted -otro recurso: es mozo, bien dispuesto, galán; y -esto, aun cuando fuera un hombre sin talento, bastaba -y aun sobraba para encaprichar a su favor a -alguna viuda poderosa o alguna hermosa dama malcasada. -Si el amor empobrece a muchos ricos, tal -vez sabe también enriquecer a los que eran pobres. -Soy, pues, de parecer que vaya usted a Madrid; -pero conviene se presente con ostentación, -pues allí, como en todas partes, se juzga de las -personas no por lo que son, sino por lo que aparentan -ser, y usted solamente será atendido a proporción -de la figura que hiciere. Quiero proporcionarle -un criado mozo, fiel, cuerdo y prudente; en -fin, un hombre de mi mano. Compre usted dos -mulas, una para sí y otra para él, y sin perder -tiempo póngase en camino lo más pronto que le -sea posible.»</p> - -<p>No podía menos de abrazar un consejo que era<span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span> -tan de mi gusto. Al día siguiente compré dos mulas -y recibí el criado que Majuelo me propuso. Era -un hombre de treinta años y de un aspecto humilde -y devoto. Díjome ser rayano de Galicia y -llamarse Ambrosio Lamela. Lo que más admiré en -él fué que, siendo los demás criados por lo común -muy interesados, éste no se paraba en pedir gran -salario. Díjome que en este asunto se contentaría -con lo que quisiese darle. Compré unos botines y -una maleta para llevar mi ropa y mis ducados, -ajusté la cuenta con el mesonero, y al amanecer -salí de Burgos camino de Madrid.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c116" id="c116">CAPÍTULO XVI</a></h2> - -<p class="pch">Donde se ve que ninguno debe fiarse mucho de la -prosperidad.</p> - - -<p>Dormimos en Dueñas la primera jornada, y el -día siguiente entramos en Valladolid a las cuatro -de la tarde. Apeámonos en un mesón que me pareció -sería el mejor de la ciudad. Mi criado se fué -a cuidar de las mulas y yo mandé a una moza de -la posada llevase la maleta al cuarto que me dieron. -Llegué tan fatigado, que sin quitarme los botines -me eché en la cama, donde insensiblemente -me quedé dormido. Era ya casi noche cuando desperté. -Llamé a Ambrosio. No estaba en el mesón, -pero tardó poco en parecer. Preguntéle de dónde -venía, y me respondió, devoto y compungido, que<span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span> -de una iglesia de dar gracias al Señor por habernos -librado de toda desgracia en el camino. Alabéle -su devoción y le mandé que encargase me dispusiesen -algo que cenar.</p> - -<p>Al mismo tiempo que le hablaba entró en mi -cuarto el mesonero con un hacha encendida en la -mano, alumbrando a una señora ricamente vestida, -la cual me pareció más hermosa que joven. -Dábale el brazo un escudero, y un morito la seguía -llevándole la cola del vestido. Quedé no poco -sorprendido cuando la señora, después de hacerme -una profunda reverencia, me preguntó si por ventura -sería yo el señor Gil Blas de Santillana. Apenas -le respondí que sí cuando, desasiéndose del -escudero, vino apresuradamente a darme un abrazo -con tal alborozo y alegría, que añadió muchos -grados a mi admiración. «¡Sea mil veces bendito -el Cielo—exclamó—por tan dichoso encuentro! ¡A -usted, señor caballero, a usted venía yo buscando!» -Al oír esto se me vino a la memoria el petardista -taimado de Peñaflor, y ya iba a sospechar -que aquella señora era una solemne embustera o -una descarada aventurera; pero lo que añadió me -obligó a formar de ella un juicio más favorable. -«Yo soy—me dijo—prima hermana de doña Mencía -de Mosquera, que debe a usted tantas obligaciones. -He recibido hoy mismo una carta suya, en -que me participa el viaje de usted a la corte y me -encarga le trate bien y le obsequie si transitare -por esta ciudad. Dos horas ha que la ando corriendo -toda, yendo de mesón en mesón a saber qué<span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span> -forasteros se han apeado en ellos, y por las señas -que me dió de usted el mesonero conocí que podía -ser el libertador de mi prima. Ya que he tenido la -dicha de encontrarle, quiero manifestarle lo mucho -que me intereso en los beneficios que se hacen -a mi familia, y particularmente a mi querida Mencía. -Me hará usted el favor de venir ahora mismo -a hospedarse en mi casa, donde estará menos mal -que en un mesón.» Quise excusarme, haciéndole -presente que no podía admitir su fineza sin incomodarla; -pero fué preciso rendirme a sus eficaces -instancias. Había a la puerta del mesón un coche -que nos estaba esperando. Ella misma tuvo gran -cuidado de hacer poner dentro de él la maleta y -todo mi equipaje, «porque en Valladolid—dijo—hay -muchos bribones», lo cual era demasiadamente -cierto. En fin, entramos en el coche ella y yo con -su vejete escudero y me dejé sacar del mesón de -esta manera, con gran pesar del mesonero, porque -así se veía privado del gasto que él suponía que -yo había de hacer en su posada con la señora, el -escudero y el morito.</p> - -<p>Después de haber rodado bastante, paró en fin -el coche a la puerta de una casa grande, a donde -subimos a una sala bien adornada e iluminada con -veinte o treinta bujías. Había en ella también muchos -criados, a quienes preguntó la señora si había -venido don Rafael. Respondiéronle que no, y ella -me dijo, volviéndose a mí: «Señor Gil Blas, estoy -esperando a mi hermano, que ha de volver esta -noche de una quinta que tenemos a dos leguas de<span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span> -aquí. ¡Cuán agradable será su sorpresa cuando se -encuentre en su casa con un huésped a quien tanto -debe toda nuestra familia!» Al mismo punto que -acabó de decir estas palabras oímos ruido y supimos -le causaba la llegada de don Rafael. Dejóse -presto ver este caballero, que era un joven de bello -talle y muy airoso. «Hermano—le dijo la señora—, -no sabes cuánto me alegra tu vuelta. Tú me ayudarás -a obsequiar como se merece al señor Gil Blas -de Santillana. Nunca podremos pagar lo que ha -hecho por nuestra parienta doña Mencía. Toma -esta carta—añadió—y lee lo que en ella me escribe.» -Abrióla don Rafael y leyó en alta voz lo siguiente:</p> - -<p>«Mi querida Camila: El señor Gil Blas de Santillana, -que me ha salvado el honor y la vida, acaba -de salir para la corte y sin duda pasará por Valladolid. -Te ruego encarecidamente por el vínculo -del parentesco, y aun más por la amistad que nos -une, le agasajes y obsequies cuanto puedas, obligándole -a que descanse algunos días en tu casa. -Espero no me negarás este gusto y que mi libertador -recibirá de ti y del primo don Rafael todo -género de atenciones. Burgos, etc. Tu prima que -te ama,—<i>Doña Mencía</i>.»</p> - -<p>«¿Cómo así?—exclamó don Rafael luego que leyó -la carta—. ¿Es posible sea éste el caballero a -quien debe no menos que el honor y la vida mi -parienta? Doy gracias al Cielo por este dichoso -encuentro.» Diciendo esto se acercó a mí, y abrazándome -estrechamente, dijo: «¡Oh qué gusto y qué<span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span> -fortuna la mía en tener en mi casa al señor Gil -Blas de Santillana! No era menester que mi prima -la marquesa le recomendase: bastaba avisarnos que -pasaba por aquí. Sabemos muy bien mi hermana -y yo cómo debemos tratar a un hombre que hizo -el mayor servicio del mundo a la persona a quien -más amamos de toda nuestra parentela.» Correspondí -lo mejor que pude a todas aquellas expresiones -y a otras muchas semejantes, acompañadas -de mil caricias. Advirtiendo después don Rafael -que todavía tenía yo puestos los botines, mandó -a sus criados me los quitasen.</p> - -<p>Pasamos después al cuarto donde estaba esperándonos -la cena. Sentámonos a la mesa, colocándome -a mí en medio de los dos hermanos, quienes -mientras cenábamos me dijeron mil expresiones -cariñosas; celebraban todas mis palabras como otros -tantos rasgos de gracia y de discreción, y era de -ver el cuidado con que me hacían plato, sirviéndome -de cuanto había en la mesa. Don Rafael -brindaba frecuentemente a la salud de doña Mencía -y yo correspondía del mismo modo. Doña Camila -no se descuidaba en imitarnos, y a veces me -parecía que me miraba como a hurtadillas de una -manera que podía significar mucho, y aun llegué -a creer que para hacerlo buscaba ocasión, como -quien temía que su hermano lo advirtiese. Bastó -esto para persuadirme que ya me había hecho dueño -de la voluntad de aquella señora y para resolver -aprovecharme de este descubrimiento por poco -que me detuviese en Valladolid. Con esta esperanza<span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span> -me rendí fácilmente a la cortesana súplica que -me hicieron de que me detuviese en su compañía -algunos días. Agradecieron mucho mi condescendencia, -y la particular alegría que mostró doña -Camila me confirmó en la opinión de que había -hallado en mí un hombre muy de su gusto.</p> - -<p>Viéndome determinado don Rafael a detenerme -algún tiempo, me propuso un viaje a su quinta, -de la que me hizo una magnífica descripción, como -también de las diversiones que quería proporcionarme -en ella. «Unas veces—decía—nos divertiremos -en la caza, otras en la pesca; y si usted gusta -de pasearse, encontrará bosques sombríos y -jardines deliciosos. Además de esto no nos faltará -buena compañía, y creo que no echará usted de -menos la ciudad.» Acepté la oferta, y quedamos -en que al día siguiente iríamos a la tal divertidísima -quinta. Levantámonos de la mesa con esta -resolución, y don Rafael, lleno de alegría, me dió -un estrechísimo abrazo, diciéndome: «Señor Gil -Blas, ahí le dejo a usted con mi hermana; voy a -dar las órdenes necesarias para el viaje y para que -se avise a las personas que nos han de acompañar.» -Dicho esto se salió del cuarto, y yo quedé a -solas con la señora, dándole conversación, en la -que no desmintió lo que yo había juzgado de las -tiernas miradas de la cena. Tomóme la mano, y -mirando con atención la sortija, dijo: «Parece muy -lindo este diamante, pero es pequeñito. ¿Entiende -usted de pedrería?» Respondíle que no. «Lo siento—me -replicó—; porque si lo entendiera, me diría<span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span> -cuánto vale esta piedra—mostrándome un grueso -rubí que tenía en el dedo; y mientras yo lo -miraba, añadió—: Regalómelo un tío mío, que fué -gobernador de Filipinas, y los joyeros de Valladolid -lo aprecian en trescientos doblones.» «Lo creo—repliqué—, -porque me parece primoroso.» «Pues -ya que a usted le gusta—repuso ella—, quiero hagamos -un trueque.» Diciendo y haciendo, me cogió -mi sortija y metióme la suya en mi dedo. Después -de este cambio, que yo tuve por un regalo hecho -con gracia y novedad, Camila me apretó la mano -y me miró con ternura; luego, cortando de repente -la conversación, me dió las buenas noches y se retiró -enteramente confusa y como avergonzada de -haberme manifestado demasiado sus sentimientos.</p> - -<p>Aunque era yo entonces uno de los cortesanos -más novicios, no dejé por eso de penetrar lo mucho -y bueno que significaba aquella precipitada -fuga, y desde luego consentí en que no pasaría mal -el tiempo en la quinta. Poseído de esta lisonjera -idea y del brillante estado de mis negocios, me encerré -en el cuarto donde había de dormir y previne -a mi criado me despertase temprano el día -siguiente. En lugar de pensar en acostarme, me -entregué enteramente a los alegres pensamientos -que me inspiraba mi maleta, que estaba sobre -una mesa, y mi rubí. «¡Gracias a Dios—decía—que -si antes fuí miserable, ya no lo soy! Mil ducados -por una parte y una sortija de trescientos doblones -por otra es un decente caudal para bandearme -algún tiempo. Ahora veo que Majuelo no me<span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span> -engañó. Sin duda que en Madrid encenderé en -amor a mil mujeres cuando tan fácilmente he agradado -a Camila.» Veníanseme a la imaginación todas -las palabras y acciones de aquella señora, y gozaba -anticipadamente de todos los pasatiempos que -don Rafael me había ponderado de su quinta. Con -todo eso, a pesar de unas ideas tan halagüeñas, no -dejó el sueño de hacer su oficio; y así, sintiéndome -adormecido, me desnudé y me metí en la cama.</p> - -<p>Al despertar el día siguiente conocí que era tarde. -Admiréme de que Ambrosio no me hubiese -despertado habiéndoselo mandado; pero dije entre -mí: «Ambrosio, mi fiel Ambrosio, estará en alguna -iglesia o le habrá hoy cogido la pereza.» Mas tardé -poco en perder el buen concepto que había hecho -de él para dar lugar a otro menos favorable, aunque -más justo y verdadero, pues habiéndome levantado -y no hallando mi maleta en todo el cuarto, -sospeché que me la había robado por la noche. -Para aclarar mis sospechas abrí la puerta y comencé -a llamar al hipócrita repetidas veces y con -voz muy esforzada. A mis gritos acudió un viejo -y me dijo: «¿Qué quiere usted, señor? Todos sus -criados han salido de mi casa antes de amanecer.» -«¿Qué es eso de mi casa?—le repliqué yo—. Pues -qué, ¿no es ésta la de don Rafael?» «Yo no sé quién -es ese caballero—respondió el viejo—; sólo sé que -ésta es una casa de huéspedes, que yo soy su dueño -y que, una hora antes que usted llegase, aquella -señora con quien cenó anoche vino a pedirme -un cuarto para un caballero principal, que ella dijo<span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span> -viajaba de incógnito. Yo le di éste, habiéndomelo -pagado adelantado.»</p> - -<p>Caí entonces en la cuenta: conocí lo que debía -pensar de doña Camila y de don Rafael y comprendí -que mi criado, instruído a fondo de todos mis -negocios, me había vendido a aquellos dos grandísimos -bribones. En vez de echarme a mí solo la -culpa de tan pesaroso suceso y de conocer que no -me hubiera acaecido a no haber tenido la ligereza -e indiscreción de descubrirme a Majuelo sin la -menor necesidad, me volví contra la inocente fortuna -y maldije mil veces mi suerte. El posadero, -a quien conté mi aventura—de la cual quizá el -bellaco estaría mejor informado que yo—, mostró -acompañarme en mi sentimiento. Compadecióse de -mí y protestó lo mucho que sentía que este lance -hubiese sucedido en su casa; pero yo creo, a pesar -de todas sus protestas, que él tuvo tanta parte en -esta picardía como el mesonero de Burgos, a quien -siempre atribuí el honor de la invención.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c117" id="c117">CAPÍTULO XVII</a></h2> - -<p class="pch">Partido que tomó Gil Blas de resultas del triste suceso -de la casa de posada.</p> - - -<p>Después de haber llorado bien, pero en vano, mi -desgracia, comencé a hacer reflexiones, y saqué de -ellas que en lugar de rendirme a la desesperación -y desaliento debía animarme a luchar contra mi<span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span> -mala suerte. Volví, pues, a despertar mi valor, y -me decía a mí mismo mientras me estaba vistiendo: -«Aun doy gracias a mi fortuna de que aquellos -malvados no se llevasen también mis vestidos y -algunos ducados que tengo en las faltriqueras.» Y -les agradecía el haber andado tan comedidos, pues -habían tenido también la generosidad de dejarme -los botines, los cuales di al posadero por la tercera -parte de lo que me habían costado. En fin, salí de -la posada sin tener necesidad, gracias a Dios, de -quien me llevase el hatillo. Lo primero que hice -fué ir al mesón donde me había apeado el día antecedente, -a ver si mis mulas se habían librado de -la borrasca, aunque, a la verdad, juzgaba que Ambrosio -no las habría olvidado; y ojalá que siempre -hubiera juzgado de él con tanto acierto, pues supe -que aquella misma noche había tenido buen cuidado -de sacarlas. Conque, dando por supuesto que -yo no las volvería a ver, como tampoco mi maleta, -caminaba triste y sin destino por las calles, -pensando en el rumbo que había de tomar. Ofrecióseme -la idea de volver a Burgos para recurrir -segunda vez a doña Mencía; pero considerando que -esto sería abusar de su bondad y que además me -tendría por un simple, deseché este pensamiento. -Juré, sí, guardarme bien en adelante de mujeres, -y por entonces no me fiaría ni aun de la casta Susana. -De cuando en cuando ponía los ojos en mi -sortija; mas, acordándome que había sido regalo -de Camila, suspiraba de rabia y de dolor. «¡Ah!—decía -entre mí—. ¡Nada entiendo de rubíes; pero<span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span> -bien entiendo y conozco a la gentecilla que hace -estos cambios! ¡No me parece preciso ir a un joyero -para conocer que soy un pobre mentecato!»</p> - -<p>Con todo, no quise dejar de ir a saber lo que valía -la sortija, que reconocida por un lapidario la -tasó en tres ducados. Al oír semejante tasa, aunque -no me causó sorpresa, di a todos los diablos -la sobrina del gobernador de Filipinas, o, por mejor -decir, sólo les renové el don que mil veces les -había hecho de ella. Al salir de casa del lapidario -encontré un mozo que se paró a mirarme. No pude -caer al pronto en quién era, aunque en otro tiempo -le había conocido muy bien. «¿Cómo qué, Gil -Blas?—me dijo—. ¿Finges acaso no conocerme? -¿Es posible que en dos años me haya mudado tanto -que no conozcas al hijo del barbero Núñez? -¡Acuérdate de Fabricio, tu paisano y tu condiscípulo -de Lógica, y de cuántas veces argüimos los -dos en casa del doctor Godínez sobre los universales -y grados metafísicos!»</p> - -<p>Antes que acabase de hablar había yo venido -en conocimiento de quién era. Abrazámonos estrechamente -con mil demostraciones de admiración -y de alegría. «¡Ah querido amigo—prosiguió Fabricio—, -y qué encuentro tan feliz y cuánto me -alegro de volverte a ver! Pero ¿en qué equipaje te -veo? ¡A la verdad, que estás vestido como un príncipe! -¡Bella espada, medias de seda, calzón y vestido -de terciopelo con bordado de plata! ¡Fuego! -¡Esto me huele a un fortunón deshecho! ¡Apuesto -a que alguna vieja liberal te hizo dueño de su bolsillo!»<span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span> -«Te engañas—le respondí—; mi fortuna no -ha sido tan feliz como imaginas.» «¡A otro perro -con ese hueso!—replicó él—. Tú quieres hacer el -reservado, ¡pero a mí que las vendo! Díme por vida -tuya: ese bellísimo rubí que tanto brilla en ese -dedo, ¿de quién le hubiste?» «De una grandísima -bribona—le respondí—. ¡Fabricio, mi querido Fabricio, -sabe que en vez de ser el Adonis de las mujeres -de Valladolid, he sido su dominguillo!»</p> - -<p>Pronuncié estas palabras en tono tan lastimoso, -que Fabricio conoció muy bien que me habían jugado -alguna burla. Apuróme para que le dijese -por qué razón estaba tan quejoso del bello sexo. -Tuve poco que hacer en resolverme a satisfacer su -curiosidad; pero como la relación era algo larga y -no queríamos separarnos tan presto, entramos en -un figón para discurrir con más comodidad y sosiego. -Allí nos desayunamos. Y mientras tanto le -hice menuda relación de cuanto me había sucedido -desde mi salida de Oviedo. Convino en que mis -aventuras eran muy extrañas, y después de asegurarme -lo mucho que sentía verme en el estado -en que me hallaba, añadió: «Amigo, es menester -consolarnos y animarnos en todas las desgracias -de la vida. Eso es lo que distingue un pecho generoso -de un corazón apocado. ¿Vese un hombre -de entendimiento reducido a la miseria? Espera -con valor y paciencia otro tiempo más feliz. ¡Nunca—dice -Cicerón—, nunca debe un hombre abatirse -tanto que llegue a olvidarse que es hombre! -Yo por mí soy de este carácter. Las desventuras<span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span> -no me acobardan; sé superarlas y sé resistir a los -golpes de la mala fortuna. Por ejemplo: amaba en -Oviedo a la hija de un vecino honrado y ella me -amaba a mí; pedíla a su padre, y negómela, como -era regular. Otro cualquiera se hubiera muerto de -pesadumbre; pero yo, ¡admira la fuerza de mi talento!, -de acuerdo con la misma muchacha, la robé -de casa de sus padres. Era viva, atolondrada y -alegre sobremanera; por consiguiente, pudo más -con ella el placer que la obligación. Anduvimos -seis meses paseándonos por Galicia, y llegó a tal -punto su deseo de viajar que quiso ir a Portugal; -pero tomó otro compañero de viaje y me dejó plantado. -Si no fuera el que soy, me hubiera desesperado -y abatido con el peso de esta nueva desgracia; -mas no cometí tal disparate. Más prudente y -sufrido que Menelao, en lugar de armarme contra -el Paris que me había robado mi Elena, me alegró -mucho de verme libre de ella. No queriendo después -volver a Asturias por evitar contiendas con -la justicia, me interné en el reino de León, donde -anduve de lugar en lugar, gastando el dinero que -me había quedado del rapto de mi ninfa, pues en -aquella ocasión ambos nos proveímos suficientemente -de dinero y ropa. Al fin me hallé al llegar a -Palencia con un solo ducado, con el cual tuve que -comprar un par de zapatos, y el resto duró pocos -días. Vime perplejo en aquella situación. Comenzaba -ya a guardar dieta y era indispensable tomar -algún partido. Resolví, pues, ponerme a servir. -Acomodéme desde luego con un rico mercader de<span class="pagenum"><a name="Page_107" id="Page_107">[107]</a></span> -paños que tenía un hijo dado a todos los vicios. -En su casa encontré un seguro asilo contra la abstinencia, -pero igualmente un grandísimo obstáculo. -Mandóme el padre que espiase al hijo y suplicóme -el hijo le ayudase a engañar al padre. Era -preciso optar: preferí la súplica al precepto, y esta -preferencia me costó el ser despedido. Pasé después -a servir a un pintor, ya hombre viejo, el cual -quería enseñarme por caridad los principios de su -arte; pero al mismo tiempo me dejaba morir de -hambre, y esto me disgustó de la pintura y de la -mansión en Palencia. Víneme a Valladolid, donde -por la mayor fortuna del mundo me acomodé con -un administrador del hospital. Con él estoy todavía, -y cada instante más contento. El señor Manuel -Ordóñez, mi amo, es el hombre más virtuoso -del mundo, pues siempre va con los ojos bajos y un -rosario de cuentas gordas en la mano. Dicen que -desde mozo sólo tuvo puesta su atención en el bien -de los pobres, y le mira con mucho amor, empleando -a este fin un celo infatigable. Esto no se ha quedado -sin recompensa: todo ha prosperado en sus -manos. ¡Qué bendición del Cielo! El se ha hecho -rico cuidando de la hacienda de los pobres.»</p> - -<p>Luego que acabó Fabricio su discurso, le dije: -«Por cierto me alegro de verte tan contento con -tu suerte; pero, hablando en confianza, paréceme -que podías hacer un papel más brillante en el mundo -que el de criado. Un mozo de tu talento debía -pensar más alto.» «Te engañas mucho, Gil Blas—me -respondió—: has de saber que para un hombre<span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span> -de mi humor no puede haber mejor situación -que la mía. Confieso que el oficio de criado es penoso -para un mentecato; mas para un mozo despejado -tiene grandes atractivos. Un ingenio superior -que se pone a servir no sirve materialmente -como un pobre bobo: entra menos a servir que a -mandar en la casa. Su primer cuidado es estudiar -bien el genio y las inclinaciones del amo. Halaga -sus defectos, lisonjea sus pasiones, sírvele en ellas, -se granjea su confianza, y hétele que ya le tiene -agarrado por la nariz. De esta manera me he gobernado -con mi administrador. Desde luego conocí -de qué pie cojeaba. Advertí que todo su deseo -era que le tuviesen por santo. Fingí creerlo, porque -esto nada cuesta; y aun hice más: procuré imitarle -representando en su presencia el mismo papel que -él representaba delante de los demás: engañé al -engañador, y poco a poco vine a ser su todo y -como su primer ministro. Bajo sus auspicios y en -su escuela espero que algún día estarán a mi cargo -los asuntos de los pobres, porque me intereso tanto -por su bien como mi amo. ¿Y quién sabe si por -este camino llegaré también a hacer igual o mayor -fortuna?»</p> - -<p>«¡Bellas y alegres esperanzas, querido Fabricio!—le -repliqué—. Doite mil parabienes por ellas. Mas, -por lo que a mí toca, vuélvome a mis primeros -pensamientos. Voy a trocar mi vestido bordado -por unas bayetas, iréme a Salamanca, matricularéme -en la Universidad y me pondré a preceptor.» -«¡Gran proyecto!—repuso Fabricio—. ¡Graciosa<span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span> -idea! ¿Puede haber mayor locura que meterte a -pedante en lo mejor de tu vida? ¿Sabes bien, pobrete, -en lo que te empeñas abrazando ese partido? -Luego que halles conveniencia, te observará -toda la casa. Examinarán escrupulosamente tus -más mínimas acciones. Será preciso que estés fingiendo -y venciéndote continuamente, que afectes -un exterior hipócrita y que parezcas un hombre -adornado de todas las virtudes. No tendrás un -instante por tuyo para divertirte. Censor eterno de -tu discípulo, todo el día se te irá en enseñarle el -latín y en reprenderle y corregirle cuando diga o -haga alguna cosa contra la buena crianza. Y al -cabo de tanto trabajo y sujeción, ¿qué premio te -espera? Si el señorito sale travieso y mal inclinado, -a ti te echarán la culpa, diciendo que le criaste -mal, y sus padres te despedirán sin recompensa y -aun quizá sin pagarte. Así, pues, no me hables del -tal oficio de preceptor, porque es un beneficio con -cargo de almas. Háblame del empleo de criado, -que es beneficio simple que a nada obliga. ¿Está -el amo lleno de vicios? Pues el talento superior -del criado los sabe lisonjear, convirtiéndolos a veces -en propia utilidad. Un criado de este jaez vive -con mucha paz en una buena casa. Come y bebe -a su gusto, por la noche se va a la cama y, como -un hijo de familia, duerme tranquilamente, sin tener -que pensar en el carnicero ni en el panadero. -Amigo Gil Blas—prosiguió Fabricio—, nunca acabaría -si te hubiera de contar todas las ventajas que -se encuentran en la no muy lucida, pero muy provechosa<span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span> -carrera de criado. Créeme: desecha para -siempre el pensamiento de ser preceptor y sigue -mi ejemplo.» «Sea así, Fabricio—le respondí—; pero -no todos los días se hallan administradores como -el que tú has hallado, y si yo me determinara a -servir, quisiera a lo menos encontrar con un buen -amo.» «¡Oh!—repuso él—. En eso tienes razón. Yo -tomo por mi cuenta el buscártele, y lo haré aunque -no sea mas que por contribuir a que no se vayan -a enterrar en una Universidad los talentos de un -hombre como tú.»</p> - -<p>La próxima miseria que me amenazaba, la resolución -y seguridad con que Fabricio me habló, -aun más que sus razones, me persuadieron finalmente -a que me pusiese a servir. Tomada esta determinación, -salimos del figón, y Fabricio me dijo: -«Ahora mismo quiero conducirte en derechura a -casa de un hombre a quien recurre la mayor parte -de los que buscan amo. Tiene emisarios que le informan -de cuanto pasa en todas las familias, sabe -las que necesitan criados, y en un registro muy -exacto lleva razón no sólo de las plazas vacantes, -sino también de las buenas o malas cualidades de -los amos: en fin, él fué quien me acomodó con el -administrador.»</p> - -<p>Fuimos hablando de esta especie de despacho y -oficina pública tan singular, hasta que llegamos a -una callejuela, y en un rincón de ella, a una casa -baja, donde el hijo del barbero Núñez me hizo entrar. -Nos encontramos con un hombre de cincuenta -años que estaba escribiendo. Saludámosle cortesana<span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span> -y aun respetuosamente; pero fuese por ser -de genio naturalmente soberbio y grosero, o bien -porque estando acostumbrado a no tratar sino con -lacayos y cocheros lo estaba también a recibir las -visitas asaz descortésmente, no se levantó, ni aun -casi se dignó mirarnos, contentándose con hacer -una ligera inclinación de cabeza. Con todo, poco -después me miró con atención. Conocí muy bien -se admiraba de que un mozo con un vestido bordado -quisiera ponerse a servir de criado, cuando -podía pensar que iba yo a buscar uno. Duróle poco -esta duda, porque Fabricio le dijo al punto: «Señor -Arias de Londoña, aquí le presento a usted el mayor -amigo mío. Es un hijo de buena familia, y sus -desgracias le han reducido a la necesidad de servir. -Proporciónele usted una buena conveniencia, contando -seguramente con su correspondiente agradecimiento.» -«Señores—respondió fríamente Arias—, -ésa es la cantilena general de todos ustedes: antes -de acomodarse prometen mucho; pero después de -bien acomodados, tú que le viste, y de todo se olvidan.» -«¿Cómo? ¿Qué?—replicó Fabricio—. ¿Está -usted quejoso de mí? ¿No me he portado bien?» -«Mejor pudieras haberte portado. Tu conveniencia -equivale a la de primer oficial de cualquiera oficina, -y has correspondido como si te hubiese acomodado -con un autorcillo.» Tomé yo entonces la -palabra, y para que conociese el señor Arias que no -servía a un ingrato, quise que el agradecimiento -precediese al favor. Púsele en la mano dos ducados, -prometiéndole que no se limitaría a tan poca<span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span> -cosa mi reconocimiento como me colocase en una -buena casa.</p> - -<p>Mostróse contento de mi proceder, diciendo: «¡Así -gusto yo de que se trate conmigo! Hay vacantes -excelentes puestos: leerélos, y usted escogerá el que -mejor le pareciere.» Al decir esto calóse los anteojos, -tomó su registro, abrióle, revolvió algunas -hojas y comenzó así: «Necesita lacayo el capitán -Torbellino, hombre colérico, brutal y fantástico; -gruñe sin cesar, blasfema, da de golpes y muy a -menudo estropea a los criados.» «¡Pase usted adelante!—dije -yo prontamente—. ¡No me gusta el -señor capitán!» Rióse Arias de mi viveza y prosiguió -leyendo: «Doña Manuela de Sandoval, viuda -y entrada en edad, impertinente y caprichosa, se -halla sin criado. Por lo común no tiene más que -uno, y ése apenas la puede aguantar un día entero. -Diez años ha que sólo hay en su casa una librea, -y sirve para todos los criados que recibe, -sean flacos o gordos, grandes o pequeños. Se puede -decir que no hacen mas que probársela, y así -todavía está nueva, aunque se la han puesto dos -mil. Falta un criado al doctor Alvaro Fáñez, médico -químico. Trata bien a sus criados, dales bien -de comer y un gran salario; pero hace en ellos la -experiencia de sus remedios y se observa que en -casa de este químico hay siempre vacantes plazas -de criados.»</p> - -<p>«¡No lo dudo!—interrumpió Fabricio dando una -carcajada—. Pero vamos claros, que nos va usted -proponiendo admirables conveniencias.» «Ten un<span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span> -poco de paciencia—replicó Arias de Londoña—; -todavía no las he leído todas y puede haber alguna -que te contente.» Diciendo esto, prosiguió su -lectura de esta manera: «Tres semanas ha que está -sin criado doña Alfonsa de Solís; es una señora -anciana y devota, que pasa en la iglesia las tres -partes del día y quiere tener siempre junto a sí -al criado. Otro: ayer despidió al suyo el licenciado -Cedillo, hombre ya viejo y canónigo de este Cabildo.» -«¡Alto ahí, señor Arias de Londoña!—interrumpió -Fabricio—. ¡A ese puesto nos atenemos! -El canónigo Cedillo es grande amigo de mi amo -y yo le conozco mucho; sé que gobierna su casa -en clase de ama una vieja beata, que se llama la -señora Jacinta, y es la que todo lo manda. Es una -de las mejores casas de Valladolid, porque en ella -se vive con gran paz y se come grandemente. Fuera -de eso, el canónigo es un señor enfermizo, gotoso -inveterado, que tardará poco en hacer testamento -y se puede esperar algún legadillo. ¡Gran -esperanza para un criado! Gil Blas—continuó Fabricio -volviéndose hacia mí—, no perdamos tiempo. -Vámonos derechos a casa del licenciado; yo -mismo te quiero presentar y salir por fiador tuyo.» -Habiendo dicho esto, por no malograr la ocasión, -nos despedimos aceleradamente del señor Arias, -quien me ofreció, por mi dinero, que si no lograba -aquella conveniencia me proporcionaría otra tan -buena y aun quizá mejor.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span></p> -<p> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span></p> - -<div class="chapter"> - -<p class="pc4 elarge">LIBRO SEGUNDO</p> - -<hr class="d3" /> - -<h2 class="p4"><a name="c201" id="c201">CAPÍTULO PRIMERO</a></h2> - -<p class="pch">Entra Gil Blas por criado del licenciado Cedillo; -estado en que éste se hallaba y retrato de su ama.</p> - -<p>Por miedo de no llegar tarde, nos pusimos de -un brinco en casa del licenciado. Estaba cerrada -la puerta; llamamos y bajó a abrir una niña como -de diez años, a quien el ama llamaba sobrina, aunque -malas lenguas suponían entre las dos parentesco -más estrecho. Le estábamos preguntando si -se podría hablar al señor canónigo, cuando se dejó -ver la señora Jacinta. Era una mujer entrada ya -en la edad de discreción, pero todavía de buen -parecer y, sobre todo, de un color fresco y hermoso. -Venía vestida con una especie de bata de paño -ordinario, que ceñía con una ancha correa de cuero, -de la cual pendía por un lado un manojo de -llaves y por otro un gran rosario de cuentas gordas. -Saludámosla con mucho respeto y ella nos -correspondió con igual cortesanía, pero con un aire -devoto y los ojos bajos.</p> - -<p>«He sabido—le dijo mi camarada—que el señor<span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116">[116]</a></span> -licenciado Cedillo necesita un mozo honrado que -le sirva y vengo a presentarle éste, que espero le -dará gusto.» Alzó entonces la vista el ama, miróme -atentamente, y no acertando a conciliar mi -vestido bordado con el discurso de Fabricio, preguntó -si era yo el que pretendía entrar a servir. «Sí, -señora—respondió el hijo de Núñez—, él mismo -es; porque, tal como usted le ve, le han sucedido -desgracias que le precisan a ello. Consolárase en -sus infortunios si tiene la dicha de colocarse en -esta casa y vivir en compañía de la virtuosa señora -Jacinta, la cual es digna de ser ama de un patriarca -de las Indias.» Al oír esto, la buena de la -beata apartó los ojos de mí por volverlos al que -le hablaba con tanta gracia, y quedó como sorprendida -al ver un rostro que no le parecía desconocido. -«Tengo alguna idea—le dijo—de haber visto -ya esa cara, y estimaría que usted ayudase a -mi memoria.» «Casta señora Jacinta—le respondió -Fabricio—, es y ha sido grande honor mío haber -merecido la atención de usted. Dos veces he venido -a esta casa acompañando a mi amo, el señor Manuel -Ordóñez, administrador del hospital.» «¡Justamente!—replicó -entonces el ama—. ¡Acuérdome -muy bien! ¡Ya caigo en la cuenta! Basta decir que -está en casa del señor Manuel Ordóñez para saber -que será usted un hombre muy de bien. Su empleo -es su mayor elogio y no era fácil que este mozo -encontrase mejor fiador. Venga usted conmigo y -hablará al señor Cedillo, que sin duda tendrá gran -gusto en recibir un criado venido por tal mano.»</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_117" id="Page_117">[117]</a></span></p> - -<p>Seguimos al ama del canónigo, el cual vivía en -un cuarto bajo compuesto de cinco piezas a un -mismo piso, todas muy decentes. Díjonos esperásemos -un instante en la primera mientras iba a -avisar al señor canónigo, que estaba en la segunda. -Después de haberse detenido algún tiempo, sin -duda para informarle y prevenirle de todo, volvió -a nosotros y nos dijo que podíamos entrar. Vimos -al viejo gotoso sepultado en una silla poltrona, con -una almohada detrás de la cabeza, descansando -los brazos en unas almohadillas y apoyando las -piernas en un almohadón de pluma. Acercámonos -a él, sin escasear las cortesías; y tomando Fabricio -la palabra, no se contentó con repetirle lo que ya -había dicho de mí a la señora Jacinta, sino que se -puso a hacer un panegírico de mi mérito, extendiéndose -principalmente sobre el grande honor que -me había granjeado bajo el magisterio del doctor -Godínez en las disputas de Filosofía, como si fuera -necesario ser gran filósofo para servir a un canónigo. -Sin embargo, no dejó de alucinarle el bello -elogio que hizo Fabricio de mí, y conociendo, por -otra parte, que yo no desagradaba a la señora Jacinta, -«Amigo—respondió a mi fiador—, desde luego -recibo a este mozo: basta que tú me lo presentes. -No me disgusta su traza, y juzgo bien de sus -costumbres, supuesto que me lo propone un criado -del señor Manuel Ordóñez.»</p> - -<p>Luego que Fabricio me vió admitido, hizo una -gran cortesía al canónigo, otra más profunda a la -señora Jacinta y se despidió muy alegre, diciéndome<span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span> -al oído que me quedase allí y que ya nos veríamos. -Apenas había salido de la sala, cuando el -licenciado me preguntó cómo me llamaba y por -qué había salido de mi tierra, obligándome con -sus preguntas a contarle toda la historia de mi -vida, en presencia de la señora Jacinta. Divertílos -a entrambos, sobre todo con la relación de mi última -aventura. Doña Camila y D. Rafael les hicieron -reír tan fuertemente que le hubo de costar -la vida al pobre gotoso, pues la risa le excitó una -tos tan violenta que temí fuese llegada su hora. -Aun no había hecho testamento: considérese cuánto -se turbaría la buena ama. Vila toda trémula y -azorada correr de aquí para allí por socorrer al -buen viejo, haciendo con él lo que se hace con los -niños cuando tosen con violencia, estregarle la -frente y darle palmaditas en las espaldas; pero al -fin todo fué un puro miedo. Cesó de toser el licenciado -y el ama de atormentarle. Quise entonces -proseguir mi relación, mas no me lo permitió la -señora Jacinta, temerosa de que le repitiese la tos -al amo. Llevóme al guardarropa, donde, entre otros -vestidos, estaba el de mi predecesor. Hízomele poner -y guardó el mío, lo que no me disgustó, porque -deseaba conservarle, con esperanza de que todavía -podría servirme. Desde el guardarropa pasamos -los dos a disponer la comida.</p> - -<p>No me mostré novicio en el oficio de cocinero. -Había hecho mi aprendizaje bajo la disciplina de -la señora Leonarda, que podía pasar por buena -maestra de cocina, bien que no comparable con<span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span> -la señora Jacinta, la cual merecía ser cocinera de -un arzobispo. Sobresalía en todo género de guisos -y platos. Sazonaba delicadamente un jigote, la -chanfaina y, en general, toda especie de picadillo, -de manera que eran sumamente gratos al paladar. -Cuando estuvo dispuesta la comida, volvimos al -cuarto del canónigo, donde, mientras yo ponía los -manteles en una mesilla inmediata a su silla poltrona, -el ama le ponía la servilleta, prendiéndosela -por detrás con alfileres. Se le sirvió una sopa que -se podía presentar a un corregidor de Madrid, y -una fritada que podía avivar el apetito de un virrey, -si el ama, de propósito, no hubiera escaseado -las especias, por no irritar la gota del canónigo. -A vista de tan delicados manjares, mi buen viejo, -que yo creía estaba baldado de todos sus miembros, -dió pruebas de que aun no había perdido -del todo el uso de los brazos. Sirvióse de ellos para -ayudar a que le desembarazasen de la almohada -y demás impedimentos, disponiéndose a comer alegremente. -Las manos tampoco se negaron a servirle; -aunque trémulas, iban y venían con bastante -ligereza a donde era menester, bien que derramando -en la servilleta y en los manteles la mitad de lo -que llevaba a la boca. Cuando vi que ya no quería -más de frito, le puse delante una perdiz rodeada -de dos codornices asadas, que la señora Jacinta le -trinchó con el mayor aseo y pulidez. De cuando -en cuando le hacía beber grandes tragos de vino -mezclados con un poco de agua en una taza de -plata bastante ancha y profunda, aplicándosela<span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span> -ella misma a la boca y teniéndola con las manos, -como si fuera un niño de quince meses. Se comió -las pechugas y las piernas, sin dejar los alones. -Siguiéronse los postres, y cuando acabó de comer, -el ama le quitó la servilleta, volvióle a poner la -almohada, y, dejándole dormir tranquilamente la -siesta, nos retiramos nosotros a comer.</p> - -<p>Era ésta la comida diaria de nuestro canónigo, -acaso el mayor tragón de todo el Cabildo; pero la -cena era más parca. Contentábase con un pollo o -con un conejo y con algún cubilete de fruta. En su -casa, por lo que toca a la comida, estaba yo bien -y lo pasaba alegremente; sólo tenía un trabajo, -no poco pesado para mí. Era preciso estar despierto -una gran parte de la noche velando al amo. -Padecía éste una retención de orina que le obligaba -a pedir el orinal diez veces cada hora. Además -sudaba mucho, y era menester mudarle de camisa -con frecuencia. «Gil Blas—me dijo la segunda noche—, -tú eres mañoso y diligente y veo que me -acomodará mucho tu modo de servir. Solamente -te encargo que des también gusto a la señora Jacinta, -complaciéndola y obedeciéndola en todo como -si yo lo mandase, y guardes con ella la mayor armonía. -Quince años ha que me sirve con un celo -y amor particular. Tiene tanto cuidado de mí que -no sé cómo pagárselo, y confiésote que por esto -la estimo más que a toda mi familia. Por ella despedí -de mi casa a un sobrino carnal, hijo de mi -propia hermana, e hice bien. No podía ver a esta -pobre mujer y, lejos de agradecerle lo que hacía<span class="pagenum"><a name="Page_121" id="Page_121">[121]</a></span> -conmigo, continuamente la estaba insultando, burlándose -de su virtud y tratándola de embustera, -porque a la gente moza de hoy todo lo que suena -a recogimiento y devoción le parece hipocresía; -pero ya me libré de tan buena alhaja, porque soy -hombre que prefiero a todos los respetos de la -sangre el amor que me tienen y el bien que me -hacen.» «Usted, señor, tiene muchísima razón—le -respondí—: el agradecimiento debe siempre poder -más que las leyes de la naturaleza.» «Sin duda—replicó -él—; y en mi testamento haré ver el poco -caso que hago de mis parientes. El ama tendrá -buena parte en él, y no me olvidaré de ti como -prosigas sirviéndome según has comenzado. El criado -que despedí ayer perdió una buena manda por -su mal modo. Si no me hubiera visto precisado a -despedirle, porque ya no le podía aguantar, yo solo -le habría hecho rico; pero era un soberbio que no -tenía el más leve respeto a la señora Jacinta, y -era muy holgazán. No le gustaba acompañarme -de noche y se le hacía intolerable el estar despierto -para asistirme en lo que podía ocurrir.» «¡Qué bribón!—exclamé -yo, como si el espíritu de Fabricio -se hubiera pasado al mío—. ¡No merecía, por cierto, -estar al lado de un amo tan bueno como su -merced! El que logra esta fortuna debe ser de un -celo infatigable, ha de complacerse en su trabajo -y ha de creer que nada hace aun cuando sude sangre -por servirle.»</p> - -<p>Conocí que le habían gustado mucho al canónigo -estas últimas palabras, y no le gustó menos la<span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span> -que le di de estar siempre pronto y obediente a -las órdenes de la señora Jacinta. Queriendo, pues, -pasar por un criado que no temía trabajo ni fatiga, -procuré servir en un todo con el mayor celo -y el mejor modo que me era posible. El ama—a -la cual debo hacer esta justicia—cuidaba mucho -de mí, lo que debo atribuir al esmero con que procuraba -yo granjearme su voluntad con todo género -de modales atentos y respetuosos. Cuando comíamos -juntos ella y su sobrina, que se llamaba -Inesilla, estaba yo pronto a mudarles de platos, -a servirles de beber y, en fin, a hacer con ellas lo -que haría el más fiel y leal criado. Por estos medios -llegué a conseguir su amistad. Un día que la -señora Jacinta había salido a hacer no sé qué compras, -hallándome solo con Inesilla, comencé a darle -conversación, y le pregunté si vivían todavía -sus padres. «¡Oh, no!—me respondió la niña—. -Mucho tiempo ha que murieron, según me lo ha -dicho mi tía, porque yo nunca los conocí.» Creíla -piadosamente, aunque su respuesta no fué muy -categórica, y la fuí poniendo en tanta gana de -parlar que poco a poco me dijo más de lo que yo -quería saber. Descubrióme, o, por mejor decir, -descubrí yo por su sencillez que la señora tía -tenía un amigo que estaba en casa de un antiguo -canónigo en calidad de mayordomo y que tenían -ajustado entre los dos aprovecharse de la herencia -de sus amos y gozarla en paz por medio de un casamiento -cuyos privilegios disfrutaban de antemano. -Ya dejo dicho que la señora Jacinta, aunque<span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span> -algo entrada en años, se mantenía de muy -buen parecer. Es verdad que ningún medio perdonaba -para conservarse bien. Por otra parte, dormía -con sosiego, mientras yo estaba en pie velando -al amo. Pero, sobre todo, lo que más contribuía -a mantener en ella aquel color vivo y fresco era—según -me dijo Inesilla—una fuente que tenía en -cada pierna.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c202" id="c202">CAPÍTULO II</a></h2> - -<p class="pch">Qué remedios suministraron al canónigo habiendo -empeorado en su enfermedad; lo que resultó, y qué -dejó a Gil Blas en su testamento.</p> - -<p>Serví tres meses al señor licenciado Cedillo, sin -quejarme de las malas noches que me daba. Cayó -malo al cabo de este tiempo; entróle calentura y -con ella se le irritó la gota. Recurrió a los médicos, -siendo la primera vez que lo hacía en toda su vida, -aunque había sido larga. Llamó determinadamente -al doctor Sangredo, a quien tenían en Valladolid -por otro Hipócrates. La señora Jacinta hubiera -querido más que el canónigo, ante todas cosas, -comenzase por hacer testamento; pero además de -que no le parecía a él que estaba de tanto peligro, -en ciertas materias era un poco caprichoso y testarudo. -Fuí, pues, a buscar al doctor Sangredo, y -condújele a casa. Era un hombre alto, seco y macilento, -que por espacio de cuarenta años a lo -menos tenía continuamente empleada la tijera de<span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span> -las Parcas. Su exterior era grave, serio, con un si -es no es de desdeñoso; su voz, gutural, sonora y -ahuecada; pronunciaba las palabras con un tantico -de recalcamiento, lo que a su parecer daba mayor -nobleza a las expresiones. Parecía que medía -sus discursos geométricamente, y era singular en -sus opiniones.</p> - -<p>Después de haber observado al enfermo, comenzó -a hablar así en tono magistral: «Trátase aquí -de suplir el defecto de la transpiración escasa, -dificultosa y detenida. Otros médicos ordenarían, -sin duda, en este caso remedios salinos, urinosos -y volátiles, que por la mayor parte tienen algo -de azufre y mercurio; pero los purgantes y los -sudoríficos son drogas perniciosas inventadas por -curanderos. Todas las preparaciones químicas me -parecen invenciones para arruinar la naturaleza; -yo echo mano de medicamentos más simples y -seguros. ¿Qué es lo que usted acostumbra comer?», -preguntó al enfermo. «Comúnmente, cubiletes -y manjares jugosos», respondió el canónigo. -«¡Cubiletes y manjares jugosos!—exclamó suspenso -y admirado el doctor—. ¡Ya no me maravillo -de que usted haya enfermado! Los manjares deliciosos -son gustos emponzoñados, lazos que la sensualidad -arma a los hombres para destruirlos con -mayor seguridad. Es preciso que usted renuncie -a todo alimento de buen gusto: los más desabridos -son los más propios para la salud. Como la -sangre es insípida, está pidiendo alimentos análogos -a su naturaleza. ¿Y bebe usted vino?», le volvió<span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span> -a preguntar. «Sí, señor, pero aguado», respondió -el enfermo. «¡Qué dice usted aguado!—exclamó -el doctor—. ¡Qué desorden! ¡Qué espantoso desarreglo! -¡Debía usted haberse muerto cien años ha! -¿Y qué edad es la de usted?» «Voy a entrar en sesenta -y nueve años», repuso el licenciado. «Justamente—continuó -el médico—, la vejez anticipada -siempre es fruto de la intemperancia. Si usted -hubiera bebido sólo agua clara toda su vida y usado -de alimentos simples, como manzanas cocidas, -por ejemplo, y guisantes o judías, no se vería ahora -atormentado de la gota, y todos sus miembros -ejercerían todavía fácilmente sus respectivas funciones. -Con todo, no desconfío de restablecerle, -como se entregue ciegamente a cuanto yo ordenare.» -El canónigo, aunque gustaba de buenos bocados, -ofreció obedecerle en todo y por todo.</p> - -<p>Entonces Sangredo me dijo fuese prontamente -a llamar a un sangrador que él mismo me nombró, -y le hizo sacar a mi amo seis tazas completas de -sangre para empezar a suplir la falta de transpiración. -Después dijo al sangrador: «Maese Martín -Oñez: dentro de tres horas volved a sacarle otras -seis, y mañana repetiréis lo mismo. Es error creer -que la sangre sea necesaria para la conservación -de la vida: por mucha que se le saque a un enfermo, -nunca será demasiada. Como en tal estado -apenas tiene que hacer movimiento ni ejercicio, -sino el preciso para no morirse, no necesita más -sangre para vivir que la que ha menester un hombre -dormido. En uno y otro la vida sólo consiste<span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span> -en el pulso y en la respiración.» No creyendo mi -buen amo que un tan gran médico pudiese hacer -falsos silogismos, convino en dejarse sangrar. Después -que el doctor ordenó frecuentes y copiosas -sangrías, añadió que era también preciso dar de -beber al enfermo agua caliente a cada paso, asegurando -que el agua en abundancia era el mayor -específico contra todas las enfermedades. Con esto -concluyó su visita y se fué, diciéndonos a la señora -Jacinta y a mí que él salía por fiador de la salud -del señor canónigo con tal que se observase a -la letra todo lo que acababa de prescribir. El ama, -que quizá juzgaba todo lo contrario de lo que él -se prometía de su método, le dió palabra de que -se observaría con la más escrupulosa exactitud. -Con efecto, inmediatamente pusimos a calentar -agua, y como el doctor nos había encargado tanto -que fuésemos liberales de ella, luego le hicimos -beber cinco o seis cuartillos; una hora después repetimos -lo mismo, y de tiempo en tiempo volvíamos -a ello, de manera que en el espacio de pocas -horas le metimos un río de agua en la barriga. -Ayudándonos por otra parte el sangrador con la -cantidad de sangre que le sacaba, en menos de -dos días pusimos al pobre canónigo a las puertas -de la muerte.</p> - -<p>Ya no podía más el buen eclesiástico, y presentándole -yo un gran vaso del soberano específico -para que le bebiese, «¡Quita allá, amigo Gil Blas!—me -dijo con voz desmayada—. ¡Ya no puedo beber -más! Conozco que me es preciso morir a pesar<span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span> -de la gran virtud del agua y que no me siento mejor -aunque apenas me ha quedado en el cuerpo -una gota de sangre: prueba clara de que el médico -más hábil y más sabio del mundo no es capaz de -prolongarnos un instante la vida cuando llegó el -término fatal. Es ya necesario disponerme para -partir al otro mundo. Anda, pues, y tráeme aquí -un escribano, que quiero hacer testamento.» Cuando -oí estas palabras, que ciertamente no me desagradaron, -fingí entristecerme muchísimo, y disimulando -la gana que tenía de ejecutar cuanto antes -el encargo que me acababa de dar, como hace -en tales casos todo heredero, «¡Oh, señor!—le respondí, -dando un profundo suspiro—. ¡No está su -merced tan malo, por la misericordia de Dios, que -todavía no pueda esperar levantarse!» «¡No, no, -hijo mío!—repuso—. ¡Esto ya se acabó! Estoy viendo -que sube la gota y que la muerte se va acercando. -Vé, pues, y haz cuanto antes lo que te he -mandado.» Conocí, efectivamente, que se le mudaba -el semblante y que iba perdiendo terreno por -momentos, por lo cual, persuadido de que el asunto -estrechaba, marché volando a ejecutar lo que -me había ordenado, dejando con el enfermo a la -señora Jacinta, la cual temía aún más que yo que -nuestro canónigo se nos muriese sin testar. Entréme -en casa del primer escribano que encontré. «Señor—le -dije—, mi amo, el licenciado Cedillo, está -acabando; quiere hacer su última disposición y no -hay que perder tiempo.» Era el escribano un hombre -rechoncho y pequeñito, de genio alegre y amigo<span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128">[128]</a></span> -de bufonearse. «¿Qué médico le asiste?», me preguntó. -«El doctor Sangredo», le respondí. «¡Pues -vamos, vamos aprisa—repuso él, cogiendo apresuradamente -la capa y el sombrero—, porque ese -doctor es tan expeditivo que no da lugar a los enfermos -para llamar a los escribanos! ¡Es un hombre -que me ha hecho perder muchos testamentos!»</p> - -<p>Diciendo esto, salimos juntos, andando aceleradamente -para llegar antes que el enfermo entrase -en la agonía; y yo dije en el camino al escribano: -«Ya sabe usted que a un pobre testador cuando -está enfermo suele faltarle la memoria, por lo cual -suplico a usted que, si es menester, le haga algún -recuerdo de mi lealtad y de mi celo.» «Yo te lo prometo—me -respondió—, y fíate de mi palabra, pues -es justo que un amo recompense a un criado que -le ha servido bien; y así, por poco que le vea inclinado -a pagar tus servicios, le exhortaré a que te -deje alguna buena manda.» Cuando llegamos a -casa, hallamos todavía al enfermo despejado y con -todos sus sentidos. Estaba junto a él la señora Jacinta, -bañado el rostro en lágrimas. Acababa de -hacer bien su papel, disponiendo al canónigo a que -le dejase lo mejor que tenía. Quedó el escribano -solo con el amo, y los dos nos salimos a la antesala, -donde encontramos al sangrador, que venía -a hacerle otra sangría. «¡Deténgase, maese Martín!—le -dijo el ama—. Ahora no puede entrar, -porque está su merced haciendo testamento. Le -sangraréis a vuestro placer luego que acabe.»</p> - -<p>Estábamos con gran temor la beata y yo de<span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span> -que muriese en el mismo acto de testar; pero, por -fortuna, se formalizó el instrumento que nos ocasionaba -aquella inquietud. Vimos salir al escribano, -que encontrándome al paso, dándome una -palmadita en el hombro y sonriéndose, me dijo: -«¡No has sido echado en olvido, Gil Blas!», palabras -que me llenaron de alborozo. Y agradecí tanto -la memoria que mi amo había hecho de mí, que -ofrecí encomendarle muy de veras a Dios después -de su muerte, la que tardó poco en suceder, porque -habiéndole sangrado otra vez el sangrador, -el pobre viejo, que ya estaba casi exangüe, expiró -en el mismo momento. Apenas acababa de exhalar -el último suspiro, cuando entró el médico, que se -quedó cortado y mudo, no obstante de estar tan -acostumbrado a despachar cuanto antes a sus enfermos. -Con todo eso, lejos de atribuir su muerte -a tanta agua y a tantas sangrías, volvió las espaldas, -diciendo con frialdad que había muerto porque -le habían sangrado poco y no dádole bastante -agua caliente. El ejecutor de la medicina, quiero -decir el sangrador, viendo que ya no era necesario -su ministerio, se marchó también, siguiendo al doctor -Sangredo, diciendo uno y otro que desde el -primer día habían desahuciado al licenciado. Y, en -efecto, casi nunca se engañaban cuando pronunciaban -semejante fallo.</p> - -<p>Luego que vimos muerto a nuestro amo, la señora -Jacinta, Inesilla y yo comenzamos un concierto -de fúnebres alaridos, y tales que se oyeron -en toda la vecindad. La beata, sobre todo, que tenía<span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span> -mayor motivo para estar alegre, levantaba el -grito con lamentos tan funestos que parecía la mujer -más afligida del mundo. En un instante se llenó -la casa de gente, atraída más de curiosidad que -de compasión. Los parientes del difunto se presentaron -también muy pronto, y hallaron tan desconsolada -a la beata que se persuadieron que el canónigo -había muerto <i>ab intestato</i>. Pero tardó poco en -abrirse a presencia de todos el testamento, dispuesto -con las formalidades necesarias; y cuando -vieron que el testador dejaba las mejores alhajas -a la señora Jacinta y a la niña, pronunciaron una -oración fúnebre del canónigo poco decorosa a su -memoria, motejando al mismo tiempo a la beata, -sin olvidarme a mí, que verdaderamente lo merecía. -El licenciado—¡en paz sea su alma!—, para -obligarme a que no me olvidase de él en toda mi -vida, se explicaba así en el artículo del testamento -que hablaba conmigo: «Item, por cuanto Gil Blas -es un mozo que tiene algún baño de literatura, -para que acabe de perfeccionarse y se haga hombre -sabio, le dejo mi librería con todos los libros -y manuscritos, sin exceptuar ninguno.»</p> - -<p>No sabía yo dónde podía estar la tal soñada librería, -porque en ninguna parte de la casa la había -visto jamás. Sólo había sobre una tabla en el cuarto -del canónigo cinco o seis libros con algún legajo -de papeles, y los tales libros no podían servirme -para nada. Uno se titulaba <i>El cocinero perfecto</i>; -otro trataba de la indigestión y del modo de curarla; -los demás eran las cuatro partes del <i>Breviario</i>,<span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span> -medio roídas de la polilla. En cuanto a los manuscritos, -el más curioso era todos los autos de un -pleito que había seguido el canónigo para conseguir -la prebenda. Después que examiné mi legado -con mayor atención de la que él se merecía, se lo -cedí a los parientes del difunto, que tanto me lo -habían envidiado. Entreguéles también el vestido -que tenía a cuestas y volví a tomar el mío, contentándome -con que me pagasen mi salario, y fuíme -a buscar otra conveniencia. Por lo que toca a -la señora Jacinta, además del dinero y alhajas que -el canónigo le había dejado, se levantó con otras -muchas cosas que ocultamente había depositado -en su buen amigo durante la enfermedad del difunto.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c203" id="c203">CAPÍTULO III</a></h2> - -<p class="pch">Entra Gil Blas a servir al doctor Sangredo y se hace -famoso médico.</p> - -<p>Resolví ir a buscar al señor Arias de Londoña -para escoger en su registro otra casa donde servir; -pero cuando estaba muy cerca del rincón donde -vivía, me encontré con el doctor Sangredo, a quien -no había visto desde la muerte de mi amo, y me -atreví a saludarle. Conocióme inmediatamente, -aunque estaba en otro traje, y mostrando particular -gusto de verme, «Hijo mío—me dijo—, ahora -mismo iba pensando en ti. He menester un criado -y tú eres el que me conviene, con tal que sepas<span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span> -leer y escribir.» «Como usted—dije—no pida más, -délo todo por hecho.» «Pues siendo así—replicó—, -vente conmigo, porque tú eres el hombre que yo -busco. En mi casa lo pasarás alegremente; te trataré -con distinción; no te señalaré salario, pero -nada te faltará. Cuidaré de vestirte con decencia, -te enseñaré el gran secreto de curar todo género de -enfermedades y, en una palabra, más serás discípulo -mío que criado.»</p> - -<p>Acepté la proposición del doctor, con la esperanza -de salir un célebre médico bajo la dirección -de tan gran maestro. Llevóme luego a su casa para -instruirme en el ministerio a que me destinaba. -Reducíase éste a escribir el nombre, la calle y casa -donde vivían los enfermos que le llamaban mientras -él visitaba a otros parroquianos. Para este fin -tenía un libro en que asentaba todo lo dicho una -criada vieja, a la cual se reducía toda su familia; -pero, sobre no saber palabra de ortografía, escribía -tan mal que, por lo común, no se podía comprender -lo escrito. Encargóme, pues, a mí este registro, -que se podía intitular con razón <i>Registro -mortuorio o libro de difuntos</i>, porque morían casi -todos aquellos cuyos nombres se apuntaban en él. -Escribía, por decirlo así, los nombres de los que -querían partir de este mundo, ni más ni menos -que en las casas de posta se apuntan los nombres -de los que piden carruaje o caballos. Estaba casi -siempre con la pluma en la mano, porque en aquel -tiempo el doctor Sangredo era el médico más acreditado -de todo Valladolid, debiendo su reputación<span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span> -a una locuela especiosa sostenida de cierto aire -grave, y al mismo tiempo apacible, junto con algunas -afortunadas curas que fueron celebradas más -de lo que merecían.</p> - -<p>Practicaba mucho la Facultad y, por consiguiente, -le fructificaba bien. No por eso el trato de su -casa era el mejor. En ella se vivía muy frugalmente. -Garbanzos, habas y manzanas cocidas o queso -era nuestra comida ordinaria. Decía que estos alimentos -eran los más convenientes al estómago por -ser más dóciles a la trituración. Con todo eso, aunque -los consideraba muy fáciles de digerir, no quería -que nos hartásemos de ellos, en lo que tenía -mucha razón; pero si a la criada y a mí nos prohibía -comer mucho, en recompensa nos permitía -beber agua sin tasa. Lejos de andar en esto con -escasez, nos decía muchas veces: «¡Bebed, hijos -míos! La salud consiste en que todas las partes de -nuestra máquina se conserven flexibles, ágiles y -húmedas. Bebed agua en abundancia, porque es -el disolvente universal que precipita todas las sales. -¿Está acaso detenido y lento el curso de la -sangre? Ella le acelera. ¿Está rápido y precipitado? -Le detiene.» Estaba el buen doctor tan persuadido -de esto, que aun él mismo no bebía mas -que agua, sin embargo de hallarse ya en edad muy -avanzada. Definía la vejez diciendo que era una -tisis natural que nos deseca y consume. Fundado -en esta definición, lamentaba la ignorancia de los -que llaman al vino la <i>leche de los viejos</i>. Sostenía -que antes bien los desgasta y los destruye, diciendo<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span> -muy elegantemente que este licor, así para los -viejos como para todos los demás, era un amigo -traidor y un gusto muy engañoso.</p> - -<p>A pesar de tan bellos raciocinios, a los ocho días -que estuve en aquella casa padecí una diarrea -acompañada de crueles dolores de estómago, lo que -tuve la temeridad de atribuir al <i>disolvente universal</i> -y a la mala calidad de los alimentos que comía. -Quejéme de esto al nuevo amo, esperando que -al cabo vendría a condescender y a darme algún -poco de vino en las comidas; pero era muy enemigo -de este licor para tener semejante condescendencia. -«Cuando te hayas acostumbrado a beber agua—me dijo—, -conocerás sus virtudes. Por lo demás, -si te disgusta mucho el agua pura, hay mil arbitrios -inocentes para corregir el desabrimiento de -las bebidas acuosas. La salvia y la betónica les -comunica un gusto delicioso, y si quieres que lo -sea mucho más, mezcla un poco de flor de romero, -de clavel o de amapola.»</p> - -<p>Por más que ponderase las excelencias del agua -y por más que me enseñase el modo de componer -bebidas exquisitas sin que para nada fuese necesario -el vino, la bebía yo con tanta moderación -que, advirtiéndolo él, me dijo un día: «Ya no me -admiro, Gil Blas, de que no goces una perfecta -salud, porque no bebes bastante, amigo mío. El -agua bebida en poca cantidad sólo sirve para remover -la porción de la bilis y darle mayor vigor -y actividad, cuando es necesario anegarla en un -diluyente copioso. No temas, hijo, que la abundancia<span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span> -del agua te debilite ni enfríe demasiado el estómago. -Lejos de ti ese terror pánico con que miras -la frecuencia de tan saludable bebida. Yo salgo -por fiador de su buen efecto; y si no te satisface -mi fianza, el divino Celso saldrá a abonarla. Este -oráculo latino hace un admirable elogio del agua, -y añade en términos expresos que los que por beber -vino se excusan con la debilidad del estómago -levantan un falso testimonio a esta entraña para -encubrir su sensualidad.»</p> - -<p>Como hubiera sido cosa fea dar pruebas de indócil -cuando daba principio a la carrera de la Medicina, -mostré que me hacía fuerza la razón y aun -confieso que efectivamente la creí. Proseguí, pues, -en beber agua, bajo la fe de Celso, o, por mejor -decir, comencé a anegar la bilis bebiendo en gran -copia aquel licor; y aunque cada día me sentía -más desazonado, pudo más la preocupación que -experiencia. Tenía, como se ve, una admirable -disposición para ser médico. Sin embargo, no pudiendo -resistir más a la violencia de los males que -me atormentaban, tomé la resolución de dejar la -casa del doctor Sangredo; pero éste me honró con -nuevo empleo, el cual me hizo mudar de parecer. -«Mira, hijo—me dijo un día—, yo no soy de -aquellos amos ingratos y duros que dejan envejecer -a los criados sin pasarles por el pensamiento -el recompensar sus servicios. Estoy contento contigo, -te quiero y, sin aguardar a que me hayas servido -más tiempo, es mi ánimo hacerte dichoso. -Ahora mismo te voy a descubrir lo más sutil del<span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span> -saludable arte que profeso tantos años ha. Los demás -médicos piensan que consiste en el estudio -penoso de mil ciencias tan inútiles como dificultosas; -yo intento abreviar un camino tan largo y -ahorrarte el trabajo de estudiar la Física, la Farmacia, -la Botánica y la Anatomía. Sábete, amigo, -que para curar todo género de males no es menester -más que sangrar y beber agua caliente. Este -es el gran secreto para curar todas las enfermedades -del mundo. Sí; este maravilloso secreto que yo -te comunico, y la Naturaleza no ha podido ocultar -a mis profundas observaciones, manteniéndose -impenetrable a mis hermanos y compañeros, se reduce -a solos dos puntos: sangrías y agua caliente, -uno y otro en abundancia. No tengo más que enseñarte. -Ya sabes de raíz toda la Medicina; y si -te aprovechas de mis largas experiencias, serás tan -gran médico como yo. Al presente me puedes aliviar -mucho. Por las mañanas te estarás en casa -a tener cuenta del registro y por las tardes irás -a visitar a mis enfermos. Yo asistiré a la nobleza -y al clero; tú visitarás a los del estado general que -me llamaren, y después de haber ejercido algún -tiempo, haré que te incorporen en nuestro gremio. -He aquí, Gil Blas, que ya eres sabio sin ser médico, -cuando otros por muchos años, y la mayor parte -toda la vida, son médicos antes de ser sabios.»</p> - -<p>Di gracias al doctor por haberme puesto en tan -poco tiempo en estado de ser substituto suyo, y, en -señal de mi agradecimiento, le ofrecí que toda la -vida seguiría a ciegas sus opiniones, aunque fuesen<span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span> -contrarias a las del mismo Hipócrates. Pero -esta palabra no era del todo sincera, porque no -podía conformarme con su opinión acerca del agua, -y en mi corazón determiné beber vino siempre que -fuese a visitar mis enfermos. Segunda vez me desnudé -de mi vestido y tomé otro de mi amo para -presentarme en traje de médico. Hecho esto, me -dispuse a practicar la Medicina a costa de los pobres -que cayesen en mis manos. Tocóme dar principio -por un alguacil que adolecía de un dolor de -costado. Dispuse le sangrasen sin piedad y que no -se negasen a darle de beber agua caliente con abundancia. -Entré después en casa de un pastelero a -quien la gota le hacía poner los gritos en el cielo. -No tuve más compasión de su sangre que de la -del alguacil y fuí muy liberal en mandarle dar agua -caliente. Valiéronme doce reales las dos visitas, y -quedé tan contento con el nuevo ejercicio que sólo -deseaba cosecha de enfermos y achacosos.</p> - -<p>Al salir de casa del pastelero me encontré con -Fabricio, a quien no había visto desde la muerte -del licenciado Cedillo. Miróme atento y atónito por -algún tiempo, y después dió una carcajada tan -grande que parecía iba a reventar de risa. No dejaba -de tener razón: llevaba yo una capa tan larga -que me llegaba a los talones; la chupa y el calzón -eran tan anchos que sobraban mucho para dos -cuerpos como el mío. En fin, mi figura podía pasar -por original y grotesca. Dejéle desahogarse, y -aun yo mismo le hubiera acompañado si no me -contuviera el decoro de la calle y la representación<span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span> -de médico, que no es un animal risible. Si mi ridículo -traje había movido a risa a Fabricio, mi -seriedad se la aumentó, y después que se rió cuanto -quiso, «¡Por cierto, Gil Blas—exclamó—, que -estás estrafalariamente puesto! ¿Quién diablos te -ha disfrazado así?» «¡Poco a poco, Fabricio, poco -a poco y trata con todo respeto a un nuevo Hipócrates! -Sábete que soy substituto del doctor Sangredo, -médico el más famoso de Valladolid. Tres -semanas ha que estoy en su casa, y en este breve -tiempo me ha enseñado radicalmente la Medicina; -de manera que, como él no puede visitar a todos -los enfermos que le llaman, visito yo una parte de -ellos para aliviarle. El asiste a la gente principal -y yo a la plebe.» «¡Bellamente!—replicó Fabricio—. -Eso, en buen romance, quiere decir que te ha cedido -la sangre plebeya y él se ha guardado la ilustre. -Doite el parabién de la parte que te ha tocado, -que en mi concepto es la mejor, porque a un -médico le conviene más ejercer su Facultad con -la gente pobre que con la opulenta. ¡Vivan los médicos -de aldea y de arrabal! Sus yerros son menos -sabidos y no meten tanta bulla sus asesinatos. Sí, -amigo, tu suerte me parece la más envidiable, y -por hablar a manera de Alejandro, si yo no fuera -Fabricio querría ser Gil Blas.»</p> - -<p>Para que el hijo del barbero Núñez conociese -que no exageraba ni mentía en alabar tanto mi -presente condición, le mostré los doce reales del -alguacil y del pastelero, y después nos entramos -los dos en una taberna para beber a costa de ellos.<span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span> -Presentáronnos un vino bueno, el cual me pareció -mucho mejor de lo que era por la gran gana que -tenía de beberle. Echéme al cuerpo valientes tragos -y, con licencia del oráculo latino, al paso que -iba bebiendo conocí que el estómago no se quejaba -de las injusticias que le había hecho. Detuvímonos -bastante tiempo Fabricio y yo en la taberna y nos -burlamos largamente de nuestros amos, como es -uso y costumbre entre todos los criados. Viendo -que se acercaba la noche, nos retiramos, quedando -apalabrados de volvernos a ver la tarde siguiente -en el mismo paraje.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c204" id="c204">CAPÍTULO IV</a></h2> - -<p class="pch">Prosigue Gil Blas ejerciendo la Medicina con tanto -acierto como capacidad. Aventura de la sortija recobrada.</p> - -<p>No bien había yo entrado en casa, cuando también -volvió a ella el doctor Sangredo. Informéle -de los enfermos que había visitado y le puse en la -mano ocho reales que restaron de los doce que me -habían valido mis recetas. «Ocho reales—me dijo—por -dos visitas son poca cosa; pero al fin es preciso -recibir lo que nos dieren.» Tomólos, y, embolsándose -los seis, me dió sólo dos. «Toma, Gil Blas—prosiguió—; -ahí te doy para que empieces a juntar -un capital, pues desde luego te cedo la cuarta -parte de lo que me toca. Presto serás rico, amigo<span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span> -mío, porque este año, queriendo Dios, habrá muchas -enfermedades.»</p> - -<p>Contentéme, y con razón, pues habiendo resuelto -quedarme con la cuarta parte de lo que recibía -y cediéndome el doctor la otra cuarta parte -de lo que yo le entregaba, venía a tocarme, si -no me engaña mi aritmética, la mitad de lo que -realmente percibía. Esto me dió nuevo aliento para -aplicarme a la Medicina. Al día siguiente, luego -que comí, volví a echarme a cuestas el hábito de -substituto y salí a campaña. Visité muchos enfermos -de los que yo mismo había sentado en el -libro y a todos les receté los mismos medicamentos, -aunque padecían diferentes enfermedades. Hasta -aquí las cosas iban viento en popa y ninguno, gracias -al Cielo, se había alborotado contra mis recetas. -Pero nunca faltan censores del método de un -médico, por excelente que sea. Entré en casa de un -droguero que tenía un hijo hidrópico, y me encontré -con cierto mediquillo, de color amulatado, que -se llamaba el doctor Cuchillo, llevado allí por un -pariente del mercader. Hice profundas cortesías a -todos los circunstantes, pero particularmente al tal -figurilla, que me persuadí había sido llamado para -consultar sobre la enfermedad que teníamos entre -manos. Saludóme con mucha gravedad, y después -de haberme mirado atentamente, «Señor doctor—me dijo—, -yo conozco a todos los médicos de -Valladolid, hermanos y compañeros míos, pero confieso -que la fisonomía de usted es para mí enteramente -nueva, por lo que es preciso que usted haya<span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span> -venido a establecerse a esta ciudad de muy poco -tiempo a esta parte.» «Yo, señor—le respondí—, -soy un joven pasante que ejerzo a la sombra y -bajo los auspicios del doctor Sangredo, tan conocido -en este pueblo y en toda la comarca.» «Doy a -usted la enhorabuena—me replicó cortésmente—de -que haya adoptado el método de un hombre -tan grande. No dudo que será usted habilísimo, -aunque tan mozo todavía.» Dijo esto con tanta -naturalidad que no pude discernir si hablaba de -veras o si se burlaba de mí. Estaba pensando en -lo que había de replicar, cuando el droguero tomó -la palabra y nos dijo: «Señores, tengo por cierto -que ustedes saben uno y otro perfectamente la -Medicina, y así, les suplico que, si gustan, se sirvan -consultar entre los dos qué es lo que debo hacer -para lograr el consuelo de ver bueno a mi -hijo.»</p> - -<p>Oyendo esto el doctorcillo, comenzó a observar -al enfermo, y habiéndome hecho notar todos los -síntomas que descubrían la naturaleza de la enfermedad, -me preguntó de qué manera pensaba yo -curarla. «Mi parecer es—le respondí—que se le -sangre todos los días y que se le dé a beber agua -caliente en abundancia.» Al oír esto el mediquín, -preguntó sonriéndose con aire socarrón: «¿Y -cree usted que con esos excelentes remedios se le -salvará la vida al enfermo?» «¡Y cómo que lo creo!—respondí -animoso—. Sin duda se conseguirá ese -efecto, pues son unos específicos contra todo género -de males; y si no, que lo diga el doctor Sangredo.»<span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span> -«Según eso—replicó el doctor Cuchillo—, -se engaña mucho Celso, y escribió un gran disparate -asegurando que para facilitar la curación de -un hidrópico es conveniente dejarle padecer hambre -y sed.» «¡Oh!—le respondí—. Yo no tengo a -Celso por oráculo. Engañóse, como se engañaron -otros, y algunas veces me complazco en ir contra -sus opiniones.» «Conozco por la explicación de usted—repuso -Cuchillo—la práctica segura y buena -que el doctor Sangredo quiere inspirar a todos los -profesores jóvenes. La sangría y la bebida es su -medicamento universal, por lo que no me admiro -ya de que tantos hombres honrados perezcan en -sus manos.» «Dejémonos de invectivas—le interrumpí -yo con sequedad—; no está bien en un -hombre de la profesión de usted tocar esta tecla. -Sin sacar sangre y sin dejarles beber se han enviado -muchos hombres a la sepultura, y quizá usted -habrá despachado a ella más que otros. Si usted -tiene algo contra el señor Sangredo, escriba -impugnándole, que no dejará, ciertamente, de responder, -y entonces veremos quién es el que queda -vencido.» «¡Por San Pedro y San Pablo—prorrumpió -lleno de cólera el doctorcillo—, que usted no -conoce al doctor Cuchillo! ¡Sepa, pues, amigo mío, -que tengo garras y colmillos y que de ningún modo -me causa miedo Sangredo, el cual, mal que le pese -a su vanidad y presunción, en suma no es mas que -un original sin copia!» La figura del mediquillo -me hizo despreciar su cólera. Respondíle con enfado; -correspondióme con el mismo, y en breve<span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143">[143]</a></span> -vinimos a las manos. Dímonos algunas puñadas y -nos arrancamos uno a otro porción de pelos antes -que el droguero y su parienta nos pudiesen separar. -Luego que lo hubieron conseguido, pagáronme -la visita e hicieron quedar a mi antagonista, -que verosímilmente les pareció más hábil que yo.</p> - -<p>Después de esta aventura falté poco para que -me sucediese otra. Fuí a visitar a cierto sochantre -que estaba con calentura. Apenas me oyó hablar -de agua caliente, cuando se mostró tan rebelde a -este remedio que comenzó a dar votos. Díjome mil -desvergüenzas y aun me amenazó de que me echaría -por la ventana. Salí de aquella casa más de -prisa de lo que había entrado. No quise visitar -más enfermos aquel día y me fuí derecho a la taberna -de lo caro, donde la víspera habíamos quedado -apalabrados Fabricio y yo. Como ambos teníamos -buenas ganas de beber, lo hicimos perfectamente, -y después nos retiramos cada uno a su -casa, en buen estado ambos; quiero decir, moros -van, moros vienen. No conoció el doctor Sangredo -el achaque de que yo adolecía, porque le conté -con tanta energía lo que me había sucedido con -el doctorcillo que atribuyó mis descompasadas acciones -y mis palabras mal articuladas al enojo y -cólera que me había causado el lance que le refería. -Fuera de eso, como él era interesado en el hecho, -se alteró algo contra el doctor Cuchillo; y así, -me dijo: «Hiciste muy bien, Gil Blas, en volver -por el honor de nuestros remedios contra aquel -aborto, o, por mejor decir, embrión de nuestra<span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span> -Facultad. Pues qué, ¿piensa el grandísimo ignorante -que no se deben administrar a los hidrópicos -bebidas acuosas? ¡Pobre mentecato! Pues yo defenderé -delante de todo el mundo que con el agua -se puede curar todo género de hidropesías y que -es un específico igualmente adaptado para éstas -como para los reumatismos y opilaciones. Es también -muy propia para aquel género de calenturas -que por una parte abrasan al enfermo y por otra -le hielan, y es maravilloso remedio para todas aquellas -enfermedades que se atribuyen a humores fríos, -serosos, flemáticos y pituitosos. Esta opinión sólo -parece extraña a los principiantes, cual es Cuchillo, -incapaces de discurrir como filósofos; pero es -muy probable en buena Medicina; y si ellos fueran -capaces de penetrar la razón en que se funda, en -vez de desacreditarme llegarían a ser mis mayores -apasionados.»</p> - -<p>Tanta era su cólera, que ni aun le pasó siquiera -por el pensamiento que yo hubiese bebido, pues, -por irritarle más, adredemente había yo añadido -algunas circunstancias de mi pegujal o de mi fecunda -inventiva. Con todo eso, aunque estaba tan -ocupado en lo que le acababa de contar, no dejó -de advertir que aquella noche había yo bebido más -agua de lo que acostumbraba, porque, con efecto, -el vino me había dado muchísima sed. Otro que -no fuese el doctor Sangredo habría maliciado un -poco de aquella grande sed que me aquejaba y de -los sendos vasos de agua que bebía; pero él creyó -buenamente que yo iba aficionándome a las bebidas<span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span> -acuosas, y así, me dijo sonriéndose: «Amigo -Gil, a lo que veo, ya parece que no tienes tanta -enemistad con el agua. ¡Por vida mía, que la bebes -como pudieras el más delicioso néctar! No me admiro -de eso, porque ya sabía yo que con el tiempo -te acostumbrarías a este soberano licor.» «Señor—le -respondí—, bien dice aquel refrán: <i>Cada cosa a -su tiempo y los nabos en adviento</i>. Lo que es ahora, -crea su merced que daría yo una cuba entera de -vino por una sola azumbre de agua.» Quedó tan -encantado el doctor con esta respuesta, que tomó -de ella ocasión para ponderar las excelencias de -aquella bebida. Hizo nuevamente su panegírico, -no ya como panegirista frío, sino como un orador -entusiasmado. «Mil y aun mil millones de veces—exclamó—eran -más estimables y más inocentes -que las tabernas de nuestros tiempos las termópilas -de los siglos pasados, donde no se iba a malgastar -vergonzosamente la hacienda y la vida anegándose -en el vino, sino que concurrían allí a divertirse -honestamente y a beber sin riesgo agua caliente -en abundancia. Nunca se admirará bastantemente -la sabia previsión de los antiguos gobernadores de -la vida civil, que instituyeron lugares públicos donde -cada uno pudiese libremente acudir a beber agua -a su satisfacción, haciendo encerrar el vino en las -cuevas de los boticarios, con severa prohibición -de que ninguno le pudiese beber si no le recetaba -el médico. ¡Oh qué rasgo de prudencia! Sin duda—añadió—que -por una reliquia de la antigua frugalidad, -digna del siglo de oro, se conservan aún el<span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span> -día de hoy algunas pocas personas que, como tú y -como yo, solamente beben agua, persuadidas de -que evitarán o curarán todos los males bebiendo -agua caliente que no haya hervido, porque tengo -observado que la hervida es más pesada y no la -abraza tan bien el estómago como la que sin hervir -llega sólo a calentarse.» Más de una vez temí -reventar de risa mientras mi amo discurría en el -asunto con tanta elocuencia. Con todo eso, me -mantuve serio, y aun hice más, pues mostré ser -del mismo sentir que el doctor Sangredo: abominé -del uso del vino y me compadecí de los hombres -que tenían la desgracia de pagarse de una bebida -tan perniciosa. Después de esto, como todavía me -sentía con sobrada sed, llené de agua caliente una -gran taza y de una asentada me la eché toda al -cuerpo. «¡Vamos, señor—dije a mi amo—, hartémonos -de este benéfico licor y resucitemos en esta -casa aquellas antiguas termópilas, de cuya falta -tanto se lamenta usted!» Celebró mucho estas palabras, -y por más de una hora entera me estuvo -exhortando a que bebiese siempre agua. Prometíle -que la bebería toda la vida, y para cumplir mejor -mi palabra me acosté con firme propósito de ir -todos los días a la taberna.</p> - -<p>El lance pesado que había tenido en casa del -droguero no me quitó el gusto de ir a recetar el -día siguiente sangrías y agua caliente. Al salir de -la casa de un poeta que estaba frenético me encontré -con una vieja, la cual se llegó a mí y me preguntó -si era médico. Respondíle que sí, y ella me<span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span> -suplicó con mucha humildad me sirviese acompañarla -a su casa, donde estaba indispuesta su sobrina, -que se sentía mala desde el día anterior, -ignorando cuál fuese su enfermedad. Seguíla, y -guiándome a su casa, me hizo entrar en un cuarto -adornado de muebles muy decentes, donde vi una -mujer en cama. Acerquéme a ella para observarla. -Desde luego me llamó la atención su fisonomía, y -después de haberla mirado por algunos momentos -reconocí, sin quedarme género de duda, que era -aquella misma aventurera que había hecho tan -perfectamente el papel de Camila. Por lo que a -ella toca, me pareció que no me había conocido, -ya fuese por tenerla abatida el mal o ya por el -traje de médico en que me veía. Toméle el pulso -y vi que tenía puesta mi sortija. Sentí una terrible -conmoción al reconocer una alhaja a la cual -tenía yo tanto derecho, y estuve fuertemente tentado -a quitársela por fuerza; pero sabiendo que -las mujeres luego comienzan a gritar, y temiendo -acudiese a su defensa el dichoso don Rafael o algún -otro de tantos protectores como tiene siempre el -bello sexo para acudir a sus gritos, resistí a la tentación. -Parecióme que sería mejor disimular por -entonces, hasta consultar el caso con Fabricio. -Abracé, pues, este último partido. Mientras tanto, -la vieja me apuraba para que declarase el mal de -que adolecía su postiza o su verdadera sobrina. -No fuí tan mentecato que quisiese confesar que -no le conocía; antes bien, haciendo de hombre sabio -e imitando a mi maestro, dije con mucha gravedad<span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span> -que todo dependía de falta de transpiración, -y, por consiguiente, que era menester sangrarla -inmediatamente y humedecerla bien haciéndole -beber agua caliente en cantidad, para curarla según -el debido método.</p> - -<p>Abrevié la visita cuanto pude y fuíme derecho -a buscar al hijo de Núñez, a quien tardé poco en -encontrar, porque iba a cierta diligencia de su amo. -Contéle mi nueva aventura y le pregunté si le parecía -conveniente me valiese de algunos alguaciles -para recobrar mi alhaja, prendiendo a Camila. «¡No, -por cierto!—me respondió—. ¡No pienses en tal -disparate! Ese sería el medio más seguro para que -nunca vieses en tu mano la sortija. Esa gente no -es muy inclinada a hacer restituciones; y si no, -acuérdate de lo que te sucedió en Astorga: tu caballo, -tu dinero, y hasta tu propio vestido, todo -quedó en sus uñas. Es necesario, pues, apelar a -nuestra industria, si quieres recobrar tu desgraciado -diamante. Déjamelo pensar a mí mientras voy -a dar un recado de mi amo al proveedor del hospital; -espérame en la taberna de que somos parroquianos, -y ten un poco de paciencia, que presto -nos veremos.»</p> - -<p>Más de tres horas hacía que le estaba esperando, -cuando al cabo pareció. Al principio no le conocí, -porque había mudado de traje; traía el pelo -trenzado y unos bigotes postizos que le tapaban la -mitad de la cara; del cinto le colgaba una espada -larga, cuya cazoleta tenía por lo menos tres pies -de circunferencia, y marchaba al frente de cinco<span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149">[149]</a></span> -hombres, todos con aire tan resuelto y determinado -como él, llevando igualmente sus grandes bigotes -y espadas largas. «¡Servidor, señor Gil Blas!—me -dijo acercándose a mí con resolución y despejo—. -Aquí tiene usted un alguacil de nuevo cuño, -y en esta honrada gente que me acompaña unos -corchetes del mismo temple. Sólo queda a cargo -de usted el guiarnos a casa de la mujer que le robó -el diamante, y le empeño mi palabra de que le recobrará.» -Abracé a Fabricio luego que le oí estas -palabras, conociendo por ellas la estratagema que -había inventado para favorecerme, aprobando mucho -semejante arbitrio. Saludé también a los fingidos -ministriles, los cuales eran tres criados y dos -mancebos de barbero, todos amigos suyos, a quienes -había metido en que hiciesen aquel papel. Mandé -trajesen vino para que refrescase la ronda, y a -la entrada de la noche nos encaminamos a casa de -Camila. Llamamos a la puerta, que ya encontramos -cerrada. Vino a abrirla la vieja; y creyendo -que eran ministros de justicia los que venían conmigo -y que no iban a su casa sin algún mal fin, -se llenó la pobre de miedo. «No se turbe, madre—le -dijo Fabricio—, que no venimos por mal, sino -a un negocio de poca importancia que presto se evacuará.» -Diciendo esto, nos fuimos introduciendo -hasta el cuarto de la enferma, guiándonos la vieja, -que iba delante alumbrando con una vela en un -candelero de plata. Tomé el candelero, y acercándome -a la cama de Camila, aplicando la luz a mi -cara para que me viese mejor, «¡Infame!—le dije—.<span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span> -¿Conoces ahora a aquel crédulo de Gil Blas a quien -tan villanamente engañaste? ¡En fin, ya te encontré, -bribonaza! El corregidor dió oídos a mi querella -y orden a estos señores de arrestarte y encerrarte -en un calabozo. ¡Ea, pues, señor alguacil—dije -a Fabricio—, cumpla con lo que le han mandado -y haga lo que le toca!» «¡No necesito—respondió -con voz bronca y desabrida—que ninguno me -acuerde mi obligación! ¡Ya tengo noticia de esta -buena alhaja, pues tiempo ha que está escrita y -registrada en mi libro de memoria! ¡Levántese, -reina mía, y vístase pronto, que yo tendré la fortuna -de irla sirviendo de escudero, si lo lleva a -bien, hasta la cárcel pública de esta ciudad!»</p> - -<p>Al oír esto Camila, aunque parecía tan postrada, -advirtiendo que dos ministriles se disponían a -sacarla por fuerza de la cama, se sentó en ella, y -juntas las manos, en tono suplicante, mirándome -con ojos en que se veía pintado el desconsuelo y -el terror, «¡Señor Gil Blas—me dijo—, apiádese -usted de mí! ¡Esto se lo pido por aquella su casta -madre, que le dió a luz después de haberle tenido -nueve meses en sus maternales entrañas! Aunque -confieso mi culpa, todavía fuí más desgraciada que -delincuente. ¡Voy a restituirle su diamante, y por -amor de Dios no me pierda!» Diciendo esto se -sacó la sortija y me la puso en la mano. Pero yo -le respondí que no me contentaba con sólo el diamante, -sino que también quería se me restituyesen -los mil ducados que se me habían robado en la posada. -¡Señor—replicó ella—, los mil ducados no<span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span> -me los pida usted a mí; pídaselos al traidor de don -Rafael, a quien no he visto desde entonces acá, -que aquella misma noche se los llevó.» «¡Ah buena -maula!—interrumpió Fabricio—. Pues qué, ¿no hay -más que decir que no tuviste arte ni parte en ello -para darte por legítimamente disculpada? Basta -que hayas sido cómplice del don Rafael para que -se te pida estrecha cuenta de toda tu vida pasada. -¡Sin duda que tendrás archivadas en la conciencia -bellas cosas! ¡Ven, ven a la cárcel, donde harás una -buena confesión general! También quiero llevar en -tu compañía a esta buena vieja, a quien juzgo impuesta -en una infinidad de lances curiosos, que al -señor corregidor no le pesará saber.»</p> - -<p>Al oír esto las dos mujeres, no omitieron medio -alguno para movernos a piedad. Alborotaron la -casa a gritos, llantos y lamentos. Mientras la vieja, -puesta de hinojos, ya delante del alguacil, ya -delante de los ministriles, procuraba excitar su -compasión, Camila, del modo más tierno y patético -del mundo, me suplicaba y conjuraba la librase -de manos de la justicia. Era éste un espectáculo -digno de verse. Fingí ablandarme y dije al hijo de -Núñez: «Señor alguacil, puesto que ya he recobrado -mi diamante, se me da poco de lo demás. No -deseo se aflija a esta pobre mujer, porque no quiero -la muerte del pecador.» «¡Bueno por cierto!—me -respondió—. ¡Usted es muy compasivo y no valía -un pepino para alguacil! Yo no puedo menos de -cumplir con mi obligación, y el señor corregidor -expresamente me mandó prendiese a estas princesas,<span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152">[152]</a></span> -porque quiere su señoría hacer con ellas un -ejemplar que sirva de escarmiento.» «Hágame usted -el favor—le repliqué—de hacer por mí alguna cosa -y suavizar un tantico el rigor de la orden en favor -del regalo que estas damas le quieren hacer en -corta demostración de su agradecimiento.» «¡Oh -señor doctor!—repuso Fabricio—. ¡Ese es otro cantar! -¡No puedo resistir a esa figura retórica usada -tan a tiempo! ¡Ea, pues; veamos lo que me quieren -regalar!» «Daréle a usted—dijo Camila—un collar -de perlas y unos pendientes de piedras que -valen buen dinero.» «¡Sí—respondió Fabricio taimadamente—, -con tal que no sean de las que te -envió tu tío el gobernador de Filipinas, porque -esas no las quiero!» «Os aseguro que son finas», -dijo Camila. Y al mismo tiempo mandó a la vieja -trajese una cajita donde estaban el collar y los -pendientes, que ella misma puso en manos del señor -alguacil; y aunque era tan diestro lapidario -como yo, no dejó de conocer, sin quedarle ninguna -duda, que eran finas así las piedras de los pendientes -como las perlas del collar. «Estas alhajas—dijo -después de haberlas mirado atentamente—me -parecen de buena ley; y si se añade a ellas el -candelero de plata que el señor Gil Blas tiene en -la mano, no respondo ya de mi obediencia al señor -corregidor.» «No creo—dije entonces a Camila—que -por semejante friolera quiera usted deshacer -un convenio que le tiene tanta cuenta.» Diciendo -y haciendo, quité la vela del candelero, se la entregué -a la vieja y alargué éste a Fabricio, que, contentándose<span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span> -con ello, quizá porque no vió en la sala -ninguna otra cosa de precio que se pudiese llevar -fácilmente, dijo a las dos mujeres: «¡Adiós, reinas -mías! Y pierdan cuidado, que voy a hablar al señor -corregidor y a dejarlas más puras y más blancas -que la misma nieve. Nosotros le sabemos pintar -las cosas como queremos, y nunca le hacemos -relación que no sea verdadera sino cuando tenemos -algún poderoso motivo que nos obligue a desfigurar -un poco la verdad.»</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c205" id="c205">CAPÍTULO V</a></h2> - -<p class="pch">Prosigue la aventura de la sortija; deja Gil Blas la -Medicina y se ausenta de Valladolid.</p> - -<p>Ejecutado tan felizmente el admirable proyecto -de Fabricio, salimos de casa de Camila alabándonos -de un suceso que había superado nuestras -esperanzas, porque sólo habíamos ido a recobrar -una sortija y nos llevamos lo demás sin ceremonia -ni el menor remordimiento. Lejos de hacer escrúpulos -de haber robado a dos mujeres del partido, -creíamos haber hecho un acto meritorio. «Señores—dijo -Fabricio luego que estuvimos en la calle—, -soy de parecer que para coronar esta bella hazaña -vayamos a nuestra taberna de lo caro, donde pasaremos -alegremente la noche. Mañana venderemos -el collar, los pendientes y el candelero, haremos -nuestras cuentas y repartiremos el dinero como<span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span> -hermanos. Hecho esto, cada uno se irá a su casa -y discurrirá lo que mejor le pareciere para excusarse -de haber pasado la noche fuera de ella.» Tuvimos -por muy prudente y juicioso el pensamiento -del señor alguacil. Volvimos, pues, todos a nuestra -taberna, pareciéndoles a unos que fácilmente -encontrarían algún buen pretexto para disculpar -el haber dormido fuera y no dándoseles a otros un -pito que los despidiesen sus amos.</p> - -<p>Dióse orden de que se nos dispusiese una buena -cena, y nos sentamos a la mesa con tanto apetito -como alegría. Durante ella se suscitaron especies -muy graciosas, sobre todo Fabricio, que era fecundísimo -y hombre de gran talento para mantener -siempre viva la conversación y divertir a toda la -compañía. Ocurriéronle mil dichos llenos de sal española, -que nada debe a la sal ática; pero estando -en lo mejor de la diversión y de la risa, turbó -nuestra alegría un lance inesperado y sumamente -desagradable. Entró en el cuarto donde estábamos -un hombre bastante bien plantado, a quien acompañaban -otros dos de muy mala catadura. Tras -éstos entraron otros tres, y, en fin, de tres en tres -fueron entrando hasta doce, todos con espadas, -carabinas y bayonetas. Conocimos que eran ministros -verdaderos de justicia y fácilmente penetramos -su intención. Al principio pensamos en defendernos; -pero en un instante nos rodearon y nos -contuvieron, así por su mayor número como por -el respeto que tuvimos a las armas de fuego. «Señores—nos -dijo el comandante con cierto airecillo<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span> -burlón—, tengo noticia de la ingeniosa invención -con que ustedes han recobrado de mano de cierta -aventurera no sé qué preciosa sortija. La estratagema -fué ingeniosa y excelente; tanto, que merece -ser públicamente premiada, recompensa que no se -les puede a ustedes negar. La justicia, que tiene -destinado a ustedes digno alojamiento en su misma -casa, no dejará, ciertamente, de premiar un -esfuerzo tan raro de ingenio.» Turbáronse a estas -palabras todas las personas a quienes se dirigían -y mudamos todos de tono y de semblante, llegándonos -la vez de experimentar el mismo terror que -habíamos causado en casa de Camila. Sin embargo, -Fabricio, aunque pálido y casi muerto, intentó -disculparnos. «Señor—dijo trémulo—, nuestra intención -fué sin duda buena, y en gracia de ella se -nos puede perdonar aquella inocente superchería.» -«¡Qué diablos!—replicó el comandante con viveza—. -¿A eso llamas tú superchería inocente? ¿Ignoras -por ventura que huele a cáñamo o, cuando -menos, a baqueta esa inocente superchería? Fuera -de que a ninguno le es lícito hacerse justicia a sí -mismo por su propia mano, os llevasteis, además -de la sortija, un collar de perlas, un candelero de -plata y unos pendientes de diamantes. Lo peor de -todo es que para hacer este robo os fingisteis ministros -de justicia. ¡Unos hombres miserables suponerse -gente honrada para hacer tal villanía y -cometer semejante maldad! ¿Os parece ésta una -culpa venial que se lava con agua bendita? ¡Seréis -muy dichosos si sólo se echa mano de la penca para<span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span> -borrarla y castigarla!» Cuando llegamos a comprender -que la cosa era más seria de lo que nosotros -habíamos imaginado, nos echamos todos a sus pies -y le suplicamos con lágrimas que se apiadase de -nosotros y de nuestra inconsiderada juventud; pero -todos nuestros clamores fueron inútiles. Despreció -con indignación la propuesta que le hicimos de -cederle el collar, los pendientes y el candelero. Tampoco -quiso admitir la sortija, que verdaderamente -era mía, quizá porque se la ofrecía a presencia de -tantos testigos. En fin, estuvo inexorable. Hizo -desarmar a mis compañeros y nos llevó a todos a -la cárcel. En el camino me contó uno de los alguaciles -que, habiendo sospechado la vieja que vivía -con Camila que no éramos gente de justicia, nos -había seguido a lo lejos hasta la taberna, y que, -teniendo modo de ocultarse y confirmar sus sospechas, -dió prontamente parte de todo a una ronda -para vengarse de nosotros.</p> - -<p>En la cárcel nos registraron a todos hasta la camisa. -Quitáronnos el collar, los pendientes y el -candelero, como también a mí aquella sortija de -rubíes de las Filipinas, que, por desgracia, había -metido en un bolsillo, sin dejarme siquiera los pocos -reales que aquel día me habían valido mis recetas, -por donde conocí que los ministriles de Valladolid -sabían tan bien su oficio como los de -Astorga y que toda aquella gentecilla tenía unos -mismísimos modales. Mientras nos despojaban de -dichas alhajas y de lo demás que encontraron, el -cabo de ronda refería nuestra aventura a los ejecutores<span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span> -del expolio. Parecióles el negocio de tanta -gravedad, que algunos nos pronosticaban iríamos -a la horca sin remedio, y otros, menos severos, decían -que la cosa se podría componer con doscientos -azotes y algunos años de servicio en las galeras. -Mientras resolvía sobre esto el corregidor, nos -encerraron en un obscuro calabozo, donde dormimos -sobre paja extendida ni más ni menos que -se extiende para que duerman los caballos. Hubiera -quizá durado esto largo tiempo y no habríamos -salido de allí sino para ir a galeras si al siguiente -día, habiendo oído el señor Manuel Ordóñez lo que -había sucedido, no hubiese tomado a su cargo hacer -todo lo posible por sacar a Fabricio de la cárcel, -lo que no podía ser sin que a todos nos diesen -libertad. Era un hombre que estaba muy bienquisto -en todo Valladolid, e hizo tantos empeños y -revolvió tanto que al cabo de tres días nos vimos -todos libres, bien que no salimos de la prisión como -habíamos entrado. El collar, los pendientes, y hasta -mi pobre rubí, todo se quedó allá. Esto me trajo -a la memoria aquello de Virgilio: <i>Sic vos non vobis</i>, -etc.</p> - -<p>Luego que nos vimos fuera de la cárcel, nos fuimos -todos a buscar a nuestros amos. Recibióme -muy bien el doctor Sangredo y me dijo: «Mi Gil -Blas, no supe tu desgracia hasta esta mañana, y -estaba pensando en empeñarme fuertemente por -ti. Es menester, amigo, no desconsolarse ni acobardarse -por este accidente; antes bien, ahora más -que nunca te has de aplicar a la Medicina.» Respondíle<span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158">[158]</a></span> -que éste era mi ánimo; y, con efecto, me -apliqué enteramente a ella. Lejos de faltarme que -trabajar, nunca hubo más enfermos, como lo había -pronosticado mi amo. Acometieron fiebres epidémicas -en la ciudad y arrabales. Teníamos que -visitar cada uno todos los días ocho o diez enfermos, -por lo que se deja conocer que se bebería mucha -agua y que se derramaría gran porción de -sangre. Mas yo no sé cómo era esto: todos se nos -morían, o porque nosotros los curábamos mal—lo -cual claro está que no podía ser—o porque eran -incurables las enfermedades. A raro enfermo hacíamos -tercera visita, porque a la segunda nos venían -a decir que ya le habían enterrado o, a lo -menos, que estaba agonizando. Como todavía era -yo un médico nuevo, poco acostumbrado a los homicidios, -me afligía mucho de los sucesos funestos -que me podían imputar. «Señor—dije un día al -doctor Sangredo—, protesto al cielo y a la tierra -que observo exactamente el método de usted; pero -con todo, mis enfermos se van al otro mundo. Parece -que ellos mismos adredemente se quieren morir, -no más que por tener el gusto de desacreditar -nuestros remedios. Hoy mismo encontré dos que -llevaban a enterrar.» «Hijo mío—me respondió—, -poco más poco menos, lo propio me sucede a mí. -Pocas veces logro la satisfacción de que sanen los -enfermos que caen en mis manos; y si no estuviera -tan seguro de los principios que sigo, creería que -mis medicamentos eran enteramente contrarios a -las enfermedades.» «Señor—le repliqué—, si usted<span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span> -quisiera creerme, sería yo de sentir que mudásemos -de método. Probemos, por curiosidad, el usar -en nuestras recetas de preparaciones químicas; ensayemos -el quermes; lo peor que podrá suceder -será lo mismo que experimentamos con nuestra -agua y con nuestras sangrías.» «De buena gana—me -respondió—haría yo esa prueba si no fuera -por un inconveniente. Acabo de publicar un libro -en que ensalzo hasta las nubes el frecuente uso de -la sangría y del agua. ¿Y ahora quieres tú que yo -mismo desacredite mi obra?» «¡Oh!—repuse yo—. -Siendo así, no es razón conceder ese triunfo a sus -enemigos. Dirían que usted se había desengañado -y le quitarían el crédito. ¡Perezca antes el pueblo, -nobleza y clero, y llevemos nosotros adelante nuestro -tema! Al cabo, nuestros compañeros, a pesar -de lo mal que están con la lanceta, no veo que hagan -más milagros que nosotros, y creo que sus -drogas valen tanto como nuestros específicos.»</p> - -<p>Fuimos, pues, continuando con nuestro método -favorito, y en pocas semanas dejamos más viudas -y huérfanos que el famoso sitio de Troya. Parecía -que había entrado la peste en Valladolid: tantos -eran los entierros que se veían. Todos los días se -presentaba en nuestra casa un padre que nos pedía -un hijo a quien habíamos echado a la sepultura -o un tío que se quejaba de que hubiésemos -muerto a su sobrino; pero nunca veíamos a ningún -sobrino o hijo que viniese a darnos las gracias -porque con nuestros remedios habíamos dado la -salud a su padre o a su tío. Por lo que toca a los<span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span> -maridos, también eran prudentes, pues ninguno -vino a lamentarse de nosotros porque hubiese perdido -a su mujer. Con todo eso, algunas personas -verdaderamente afligidas venían tal vez a desahogar -con nosotros su pena. Tratábannos de ignorantes, -de asesinos, de verdugos, sin perdonar los -términos y voces más descompuestas, más rústicas -y más ignominiosas. Irritábanme sus epítetos groseros; -pero mi maestro, que estaba muy acostumbrado -a ellos, los oía con la mayor frescura y serenidad -de ánimo. Acaso me hubiera yo también -hecho con el tiempo a oírlos con igual serenidad -si el Cielo, quizá por librar de este azote más a los -enfermos de Valladolid, no hubiera suscitado un -accidente que desterró en mí la inclinación a la -Medicina, que ejercía con tan infeliz éxito, y el -cual describiré fielmente, aunque el lector se ría a -mi costa.</p> - -<p>Había cerca de mi casa un juego de pelota, adonde -concurría diariamente toda la gente ociosa del -pueblo, entre ella uno de aquellos valentones y -perdonavidas de profesión que se erigen en maestros -y deciden definitivamente todas las dudas -que ocurren en semejantes parajes. Era vizcaíno -y hacía que le llamasen don Rodrigo de Mondragón. -Parecía como de treinta años, hombre de estatura -ordinaria, seco y nervudo. Sus ojos eran -pequeños y centelleantes, que parecía daban vueltas -en las órbitas y que amenazaban a todos los -que le miraban; una nariz muy chata le caía sobre -unos bigotes retorcidos, que en forma de media<span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span> -luna le subían hasta las sienes. Su voz era tan áspera -y desabrida que bastaba oírla para cobrar terror. -Este guapo se levantó con el mando del juego -de pelota. Resolvía soberana y decisivamente todas -las disputas que ocurrían entre los jugadores. -No admitía más apelación de sus sentencias que -la espada o la pistola; el que no se conformaba con -ellas, tenía seguro al día siguiente un desafío. Este -señor don Rodrigo, tal cual le acabo de pintar, y -sin que el don que siempre iba delante de su nombre -le quitase el ser plebeyo, hizo una tierna impresión -en el corazón de la dueña del juego. Tenía -ésta cuarenta años; era rica, bastante bien parecida, -y había quince meses que estaba viuda. No -sé qué diablos la pudo enamorar de aquel hombre. -Seguramente que no se enamoró de él por su hermosura. -Sería sin duda por aquel <i>no sé qué</i> de que -todos hablan y ninguno sabe explicar. Como quiera -que sea, el hecho es que ella se enamoró de aquella -rara figura y determinó darle su mano. Cuando -estaba ya para concluirse el tratado, cayó gravemente -enferma y, por su desgracia, me tocó a mí -el ser su médico. Aunque su enfermedad no hubiera -sido de suyo tan maligna, bastarían mis remedios -para hacerla peligrosa. Al cabo de cuatro días -llené de luto el juego de pelota, porque envié a la -dueña del juego a donde enviaba a mis enfermos, -y sus parientes se apoderaron de cuanto dejó. Don -Rodrigo, desesperado de haber perdido su novia, -o, por mejor decir, la esperanza de un matrimonio -tan ventajoso, no satisfecho con vomitar fuego y<span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span> -llamas contra mí, juró que me atravesaría de parte -a parte con la espada la primera vez que me viese. -Dióme noticia de este juramento un vecino mío -caritativo y me aconsejó no saliese de casa para -no encontrarme con aquel diablo de hombre. Este -aviso, que me pareció no era de despreciar, me -llenó de miedo y turbación. Continuamente me -imaginaba que veía entrar en casa al furioso vizcaíno, -y este pensamiento no me dejaba sosegar. -Obligóme, en fin, a dejar la Medicina y a buscar -modo de librarme de semejante sobresalto. Volví -a coger mi vestido bordado, despedíme de mi amo, -que por más que hizo no me pudo contener, y al -amanecer del día siguiente salí de la ciudad, temiendo -siempre encontrar a don Rodrigo de Mondragón -en el camino.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c206" id="c206">CAPÍTULO VI</a></h2> - -<p class="pch">A dónde se encaminó Gil Blas después que salió de -Valladolid y qué especie de hombre se incorporó -con él.</p> - -<p>Caminaba muy aprisa, y de cuando en cuando -volvía a mirar atrás por ver si me seguía el formidable -vizcaíno. Teníale tan presente en la imaginación, -que cada bulto y cada árbol me parecían -que era él, y continuamente me estaba dando saltos -el corazón; pero después que anduve una buena -legua me sosegué y proseguí mi viaje con mayor<span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span> -quietud, dirigiéndome a Madrid, adonde había -hecho ánimo de ir. No sentí dejar a Valladolid, y -sólo, sí, el haberme separado de Fabricio, mi amado -Pílades, sin haber podido despedirme de él. No -me pesaba el haber abandonado la Medicina; antes -bien, pedía perdón a Dios de haberla ejercido. Con -todo, no dejé de contar el dinero que llevaba, aunque -era el salario de mis homicidios y de mis asesinatos, -semejante a las mujeres públicas, que después -de arrepentidas de su mala vida no por eso -dejan de contar con gusto el dinero que les ha valido. -Halléme con unos cinco ducados, lo que me -pareció bastante para llegar a Madrid, donde creía -hacer fortuna. Además, tenía gran gana de ver -aquella corte, que me habían pintado como el compendio -de todas las maravillas del mundo.</p> - -<p>Mientras iba pensando en lo que había oído decir -de ella y recreándome anticipadamente en las -diversiones y gustos que me imaginaba había de -gozar, oí la voz de un hombre que venía cantando -tras de mí a gaznate tendido. Traía a cuestas una -maleta, en la mano una guitarra y al lado una larguísima -espada. Caminaba con tanto brío que muy -presto me alcanzó. Era uno de aquellos dos aprendices -de barbero que habían estado presos conmigo -por la aventura de la sortija. Desde luego nos conocimos -los dos, y aunque uno y otro estábamos -en tan diferente traje, quedamos igualmente admirados -de vernos juntos en aquel sitio. Contéle -brevemente la causa de haber dejado a Valladolid -y él me correspondió diciéndome que había tenido<span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span> -una pelotera con su maestro, de cuya resulta uno -y otro se habían despedido para siempre. «Si hubiera -querido mantenerme aún en Valladolid—añadió—, -habría encontrado diez tiendas por una, porque, -sin vanidad, me atreveré a decir que acaso -no se encontrará en toda España quien sepa rasurar -mejor a pelo y contrapelo ni levantar mejor -unos bigotes; pero no pude resistir a la vehemente -gana de volver a ver mi patria, de la que ha diez -años que falto. Quiero respirar algún tiempo el aire -nativo y saber cómo están mis parientes. Pasado -mañana espero verme entre ellos, porque residen -en Olmedo, villa muy conocida, más allá de Segovia.»</p> - -<p>Me determiné a ir en compañía del barbero hasta -su lugar y desde allí pasar a Segovia, con esperanza -de encontrar alguna mayor comodidad para llegar -a Madrid. Comenzamos a hablar de cosas indiferentes -para divertir la molestia del camino. Era -el mozuelo de buen humor y de muy grata conversación. -Al cabo de una hora me preguntó si tenía -apetito. «En llegando al mesón lo veremos», le respondí. -«¿Pero no se puede tomar antes alguna -parva?—me replicó—. Yo traigo en la alforja algo -que almorzar; cuando camino, siempre tengo cuidado -de llevar para la bucólica, y no gusto de cargar -con vestidos, ropa blanca ni otros trapos inútiles, -metiendo sólo en la alforja municiones de -boca, mis navajas y un poco de jabón, y colgando -la bacía del cinto.» Alabé su previsión y convine -en que tomásemos el refrigerio que me proponía.<span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span> -Desviámonos un poco del camino para sentarnos -en un prado, donde sacó su provisión el barberillo, -que todo consistía en media docena de cebollas, -algunos mendrugos de pan y unos bocados de -queso; pero lo que presentó como lo mejor y más -precioso de la alforja fué una bota llena de vino, -que aseguró ser muy exquisito y sabroso. Aunque -los manjares no eran los más delicados, como a -los dos nos apretaba el hambre, nos supieron muy -bien y no los desairamos. Vaciamos también toda -la bota, que hacía dos azumbres, de un vino que -a mi parecer no merecía que el barberillo lo hubiese -alabado tanto. Concluída nuestra frugal refacción, -nos volvimos a poner en camino y a continuar nuestro -viaje con más vigor y con mayor alegría. El barberillo, -a quien Fabricio había dicho que mi vida -estaba llena de aventuras muy singulares, me suplicó -se las contase, para poder decir que las había -oído de mi propia boca. Pareciéndome que -nada podía negar a un hombre que acababa de regalarme -con tan espléndido almuerzo, le di el gusto -que deseaba, y, en correspondencia, le dije era -menester me refiriese también él su vida. «Por lo -que toca a mi historia—contestó—, no merece, cierto, -ser contada, porque toda ella se reduce a hechos -sencillos; pero, sin embargo—añadió—, ya que no -tenemos cosa mejor en qué entretenernos, se la referiré -a usted tal cual ella ha sido.» Y diciendo y -haciendo, comenzó a contarla, poco más o menos -en los términos siguientes.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span></p> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c207" id="c207">CAPÍTULO VII</a></h2> - -<p class="pch">Historia del mancebillo barbero.</p> - -<p>«Fernando Pérez de la Fuente, mi abuelo—porque -me gusta tomar las cosas muy de atrás—, después -de haber seguido el oficio de barbero en la -noble villa de Olmedo por espacio de cincuenta -años, murió dejando cuatro hijos. El primogénito, -por nombre Nicolás, heredó la tienda y siguió la -misma profesión. Beltrán, que fué el segundo, se -le metió en la cabeza el ser mercader y trató en -mercería. El tercero, llamado Tomás, se dedicó a -maestro de escuela. El cuarto, que se llamaba Pedro, -sintiéndose inclinado a estudiar, vendió su -legítima y se fué a Madrid, donde esperaba darse -con el tiempo a conocer por su erudición y su ingenio. -Los otros tres hermanos nunca se separaron, -manteniéndose en Olmedo, y allí se casaron -todos tres con hijas de labradores, que trajeron en -matrimonio poca dote, pero en recompensa de ella -una gran fecundidad, pues parece habían apostado -a cuál había de parir más. Mi madre, que era la -mujer del barbero, parió seis en los cinco primeros -años de casada, siendo yo uno de ellos. Mi padre, -luego que tuve fuerzas, me puso a su oficio, y -apenas cumplí quince años cuando un día me echó -a cuestas la alforja que veis, y ciñéndome esta -misma espada, «¡Ea, Diego—me dijo—, ya puedes -ganar la vida! ¡Vete a correr mundo! Estás algo<span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span> -basto y te conviene viajar para limarte, como también -para perfeccionarte en tu oficio. Vete, pues, -y no vuelvas a Olmedo hasta haber andado toda -España; no quiero oír hablar de ti hasta que hayas -hecho todo esto.» Dióme un paternal abrazo, cogióme -de la mano y bonitamente me condujo hasta -ponerme de patitas en la calle.</p> - -<p>»Esta fué la tierna despedida de mi padre; pero -mi madre, que era de genio menos áspero, se mostró -más sentida de mi marcha. Echó algunas lágrimas -y aun me metió a escondidas en la mano -un ducado. Salí, pues, de Olmedo en esta conformidad, -y tomé el camino de Segovia. No bien había -andado doscientos pasos, cuando examiné la -alforja, picándome la curiosidad de saber lo que -llevaba. Encontréme un estuche hendido y abierto -por todas partes, dentro del cual había dos navajas -de afeitar, tan mohosas, gastadas y mugrientas -que parecían haber servido a diez generaciones, -con una tira de cuero para suavizarlas y un pedazo -de jabón. Además de eso hallé una camisa nueva -de cáñamo, un par de zapatos viejos de mi padre, -y lo que sobre todo me alegró fueron unos veinte -reales que encontré envueltos en un trapo. A -esto se reducía todo mi haber. Por aquí podrá usted -conocer lo mucho que fiaba mi padre en mi -habilidad, cuando me echó de su casa con tan poco -ajuar. Sin embargo, la posesión de un ducado y -veinte reales más no dejó de deslumbrar a un muchacho -que en toda su vida había visto tanto dinero -junto. Consideréme con un caudal inagotable,<span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span> -y lleno de alegría proseguí mi camino, mirando -de cuando en cuando el puño de mi tizona, -cuya hoja se me enredaba entre las piernas, me -molestaba e impedía caminar.</p> - -<p>»Hacia el anochecer llegué al reducido lugar de -Ataquines, con un hambre que ya no podía sufrir. -Entré en el mesón y, como si me sobrase mucho -para el gasto, mandé en voz alta que me trajesen -de cenar. El mesonero me estuvo mirando con -atención algún tiempo, y conociendo lo que podía -ser yo, «Sí—me dijo con mucha dulzura—, sí, caballerito -mío; usted será servido como un príncipe.» -Condújome a una pieza pequeña, y un cuarto -de hora después me sirvió un encebollado de gato, -que comí con tanto apetito como si fuera de liebre -o de conejo. Acompañó este exquisito guisado con -un vino que, según él decía, el rey no le bebía mejor. -Y aunque conocí muy bien que ya era un vino -embrión de vinagre, sin embargo, le hice tanto -honor como había hecho al gato. Después era menester, -para ser tratado en todo como un príncipe, -que me dispusiese una cama más propia para despertar -a una piedra que para dormir. Figúrese usted -una tarima tan corta que, aun siendo yo pequeño, -no podía extender las piernas sin que saliesen -fuera la mitad. Fuera de eso, el colchón de -pluma se reducía a una especie de jergón hético y -estrujado, cubierto de una sábana doblada que, -después de su última lavadura, habría servido quizá -a cien pasajeros. Con todo eso, en la cama que -fielmente acabo de pintar, con la barriga llena de<span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span> -gato y de aquel precioso vino que antes describí, -gracias a mis pocos años y a mi natural robustez -dormí profundamente y pasé la noche sin la más -leve indigestión.</p> - -<p>»Al día siguiente, luego que hube almorzado y -pagado bien la comida que me habían servido, me -planté de una tirada en Segovia. Así que llegué -tuve la fortuna de que me recibiesen en una tienda, -dándome sólo de comer y vestir; pero no paré -allí más que seis meses, porque otro mancebo barbero -con quien había trabado amistad y quería ir -a Madrid me levantó de cascos, y me marché con -él a esta villa. Acomodéme luego fácilmente, sobre -el mismo pie que en Segovia, en una tienda de -las más concurridas, pues su vecindad al corral -del Príncipe atraía a ella tanta multitud de parroquianos -que el maestro, dos mancebos y yo no -bastábamos a dar abasto a todos. Allí iban personas -de todas clases, y entre ellas comediantes y -autores. Una vez se juntaron dos sujetos de esta -clase; pusiéronse a hablar de los poetas y las poesías -del tiempo, y les oí pronunciar el nombre de -mi tío. Entonces me apliqué a oírlos con mayor -atención. «Don Juan de Zabaleta—dijo uno—es un -autor de quien me parece que el público no debe -estar muy satisfecho. Es un hombre frío, sin fuego -y sin inventiva. La última comedia suya le desacreditó -excesivamente.» «Y Luis Vélez de Guevara—dijo -el otro—, ¿no acaba de regalarnos con -una bellísima obra? ¿Puede haber cosa más miserable?» -Nombraron no sé a cuántos otros poetas<span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span> -cuyos nombres no tengo presentes; pero me acuerdo -bien de que hablaron de ellos muy mal. De mi -tío hicieron ambos más honorífica mención. «Sí—dijo -uno de ellos—, don Pedro de la Fuente es -un gran autor; sus escritos están llenos de una gracia -y de una erudición que al mismo tiempo instruyen -y deleitan por su delicada sal. No me admiro -de que sea estimado de la corte y del pueblo ni de -que muchos señores le hayan señalado pensiones. -Ha muchos años que goza una gruesa renta, y el -duque de Medinaceli le da casa y mesa, por lo que -nada gasta, y así, es preciso que esté muy bien y -tenga dinero.»</p> - -<p>»No perdí palabra de todo lo que dijeron de mi -tío aquellos poetas. Ya sabíamos en la familia que -hacía mucho ruido en Madrid con motivo de sus -obras. Algunas personas, al pasar por Olmedo, nos -habían informado de lo bien admitido que estaba; -pero como nunca nos había escrito y parecía haberse -extrañado mucho de nosotros, oíamos todas -aquellas noticias con la mayor indiferencia. No -obstante, como la buena sangre no puede mentir, -luego que oí decir que lo pasaba tan bien y me -informé de las señas de su casa, tuve tentación de -ir a verle y darme a conocer con él. Sólo me detenía -el haber oído a los cómicos llamarle don Pedro. -Aquel <i>don</i> me hacía titubear, recelando fuese otro -del mismo nombre y apellido de mi tío. Con todo -eso, vencí al cabo este temor, pareciéndome que -así como había sabido hacerse sabio podía también -haber sabido hacerse noble y caballero; y así,<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span> -resolví presentarme a él. Para esto, al día siguiente, -con licencia de mi maestro, me vestí lo más -decentemente que pude y salí a la calle, no poco -vanaglorioso y cuellierguido de verme sobrino de -un hombre cuyo ingenio metía en la corte tanta -bulla. Sabido es que los barberos no son la gente -del mundo menos sujeta a la vanidad. Comencé, -pues, a tenerme en gran opinión, y caminando -con orgullosa gravedad, pregunté por la casa del -duque de Medinaceli. Enseñáronmela, y entrando -en ella, supliqué al portero me dijese cuál era el -cuarto del señor don Pedro de la Fuente. «Suba -usted por aquella escalerilla—me dijo, mostrándome -una que estaba al fin de un patio—y llame -a la primera puerta que encuentre a mano derecha.» -Hícelo así; llamé a la puerta, y salió a abrir -un mocito, a quien pregunté si vivía allí el señor -don Pedro de la Fuente. «Sí, señor—me respondió—, -pero ahora no se le puede entrar recado.» -«Lo siento mucho—repliqué—, pues verdaderamente -le quisiera hablar, porque le traigo noticias -de su familia.» «Aunque se las trajera del Padre -Santo de Roma no le haría yo a usted entrar en -este momento, pues está actualmente componiendo, -y mientras trabaja no quiere que ninguno -entre a interrumpirle y distraerle. De nadie se -deja ver hasta mediodía; y así, puede usted ir a -dar una vuelta y volver entonces.»</p> - -<p>»Salíme, pues, y me fuí a pasear por Madrid toda -la mañana, pensando siempre en el modo con que -mi tío me recibiría. «Sin duda—decía yo para mí—que<span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span> -tendrá grandísimo gusto de verme y conocerme», -porque medía su corazón por el mío; así, -contaba con que sería muy tierno el acto de vernos -y reconocernos. Al fin volví con toda diligencia -a la hora señalada. «Viene usted muy a -tiempo—me dijo el paje—; presto saldrá mi amo. -Espere usted aquí, que voy a avisarle.» Volvió dentro -de un instante y me hizo entrar donde estaba -mi tío, cuya vista me llenó de gozo, porque luego -observé en su cara el aire de nuestra familia. Era -tan parecido a mi tío Tomás, que le hubiera tenido -por él mismo a no haberle visto en aquel traje -y en aquel estado. Saludéle con profundo respeto -y le dije que era hijo de maese Nicolás de la Fuente, -el barbero de Olmedo y hermano de su señoría -y que hacía tres semanas que estaba en Madrid, -siguiendo el mismo oficio de mi padre, en calidad -de mancebo, con ánimo de andar la España para -perfeccionarme en la Facultad. Mientras le estaba -hablando, advertí que mi tío estaba distraído y -pensativo, dudando, a la cuenta, si me conocería -o no por sobrino o discurriendo algún arbitrio para -eximirse de mí con arte y con destreza. Tomó este -segundo partido, y afectando cierto aire jovial y -risueño, me dijo: «Y bien, amigo, ¿cómo están de -salud tu padre y tus tíos? ¿En qué estado se hallan -las cosas de la familia?» Comencé a informarle -de su fecunda propagación; fuíle nombrando uno -por uno todos los hijos, varones y hembras, comprendiendo -en la relación hasta los nombres de -sus padrinos y madrinas. Parecióme que no se interesaba<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span> -demasiado en tan menuda explicación, y -queriendo conseguir su intención, «Ahora bien, querido -Diego—me dijo—: apruebo mucho el que pienses -correr mundo para perfeccionarte en tu oficio -y te aconsejo no te detengas mucho tiempo en -Madrid. Este es un lugar muy pernicioso para la -juventud y tú te perderías en él. Mucho mejor harás -en recorrer otras ciudades del reino donde no -están tan estragadas las costumbres. Vete, pues, -y cuando vayas a marchar vuelve a verme, que -te daré un doblón para ayuda del viaje.» Diciendo -esto, me fué llevando poco a poco hacia la puerta -de la sala y me despidió con buenas palabras.</p> - -<p>»No conocí, por mi poca malicia, que sólo buscaba -pretextos para alejarme de sí. Volví a la tienda -y di cuenta a mi amo de la visita que acababa -de hacer. El buen hombre, que no penetró más -que yo la verdadera intención del señor don Pedro, -me dijo: «Yo no soy del parecer de tu tío. En -lugar de exhortarte a correr mundo, me parece debía -aconsejarte que permanecieses en Madrid. El -trata con tantas personas de distinción que fácilmente -puede colocarte en una casa grande, donde -en breve tiempo podrías hacer gran fortuna.» Pagado -de estas palabras, que excitaron en mi imaginación -grandiosas esperanzas, dentro de dos días -volví a casa de mi señor tío y le propuse que podía -emplear su valimiento para acomodarme con -algún personaje de la corte. Disgustóle mucho la -proposición. A un hombre vano, que entraba francamente -en casa de los grandes y se sentaba con<span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span> -ellos a la mesa, no le agradaba mucho que un sobrino -suyo comiese con los criados mientras él estuviese -comiendo con los amos, pues en tal caso -el Dieguillo llenaría de vergüenza al señor don Pedro. -Este, pues, se irritó furiosamente, y, lleno de -cólera, me dijo: «¡Cómo, bribonzuelo! ¿Quieres abandonar -tu oficio? ¡Anda, vete, que yo te dejo en -manos de los que te dan malos consejos! ¡Sal de -mi cuarto, repito, y no vuelvas a poner los pies en -él si no quieres que te haga castigar como mereces!» -Quedé aturdido al oír estas palabras, y mucho -más me espantó la bronca y destemplada voz -con que las pronunció. Retiréme llorando y muy -apesadumbrado de la aspereza con que me había -tratado mi tío. Con todo eso, como siempre he sido -de natural vivo y altivo, presto se me enjugó el -llanto; pasé, por la contraria, del sentimiento a la -indignación, y resolví no hacer caso de un mal pariente -sin el cual había vivido hasta allí y esperaba -vivir sin necesitarle para nada.</p> - -<p>»No pensé entonces mas que en cultivar mi talento -y en aplicarme al trabajo. Afeitaba todo el -día, y por la noche, para recrear un poco el ánimo, -aprendía a tocar la guitarra, siendo mi maestro un -hombre de edad a quien yo afeitaba. Llamábase -Marcos de Obregón, y me enseñaba la música, que -sabía perfectamente, porque había sido cantor en -una iglesia. Era hombre cuerdo, de tanta capacidad -como experiencia, y me quería como si fuera -hijo suyo. Servía de escudero a la mujer de un médico -que vivía a treinta pasos de nuestra casa.<span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span> -Ibale yo a ver todos los días al anochecer, cuando -no había que hacer en la tienda, y sentados los -dos en el umbral de la puerta tocábamos algunas -sonatas que no desagradaban a la vecindad. Nuestras -voces no eran muy gratas; pero dando a la -guitarra y cantando cada uno metódicamente la -parte que le tocaba, gustábamos a las gentes que -nos oían. Divertíase particularmente con nuestra -música doña Marcelina, que así se llamaba la mujer -del médico. Bajaba algunas veces a oírnos al -portal y nos hacía repetir las tonadillas que más -le agradaban. Su marido no le impedía esta diversión, -pues, aunque español y viejo, no era celoso. -Por otra parte, su profesión le tenía empleado todo -el día, y cuando se retiraba a casa por la noche -iba tan cansado de visitar enfermos que se acostaba -muy temprano, y ninguna aprensión le causaba -el gusto que su mujer tenía de oír nuestras -músicas, quizá por juzgar que no eran capaces de -excitar en ella perniciosas impresiones. A esto se -añadía que, aunque su mujer era a la verdad joven -y linda, no le daba motivo alguno para el más mínimo -recelo, siendo de una virtud tan adusta que -no podía sufrir que los hombres ni aun siquiera -la mirasen; y así, no llevaba a mal que tuviese -aquel honesto e inocente pasatiempo, y nos dejaba -cantar todo cuanto queríamos.</p> - -<p>»Una noche que fuí a la puerta del médico para -divertirme, como acostumbraba, encontré al viejo -escudero, que me estaba esperando. Tomóme por -la mano y me dijo que quería nos fuésemos los<span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span> -dos a pasear un poco antes de principiar la música. -Así que nos vimos en una calle excusada y -solitaria, a donde me fué llevando y donde conoció -que me podía hablar con libertad, «Querido -Diego—me dijo con semblante triste—, tengo que -comunicarte reservadamente una cosa. Temo mucho, -hijo mío, que uno y otro nos hemos de arrepentir -de esta música que damos a la puerta de -mi amo. No puedes dudar lo mucho que te quiero -y he tenido gran gusto en enseñarte a tocar la guitarra -y a cantar, pero si hubiera previsto la desgracia -que nos amenaza, te aseguro de veras que -hubiera escogido otro sitio para darte las lecciones.» -Sobresaltóme esta relación y supliqué al escudero -que se explicase más claro, diciéndome -francamente qué era lo que podíamos temer, porque -yo no era hombre que quisiese hacer frente -al peligro y que todavía no había dado la vuelta -por España. «Voy—me respondió—a decirte lo que -debes saber para conocer el riesgo en que nos hallamos. -Cuando un año ha entré a servir al médico, -me llevó una mañana al cuarto de su mujer, y -presentándome a ella, me dijo: «Marcos, esta señora -es tu ama y siempre la has de acompañar a -cualquier parte que vaya.» Quedé admirado al ver -a doña Marcelina. Encontréme con una dama joven -y en extremo hermosa, gustándome sobre todo -lo airoso de su talle y lo apacible de su semblante. -«Señor amo—respondí al amo—, me tengo por -muy dichoso en servir a una señora tan amable.» -Desagradó tanto a doña Marcelina mi respuesta,<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span> -que, con semblante airado, me dijo: «¡Oiga el impertinente, -el atrevido! ¿Quién le ha enseñado a -tomarse esas libertades? ¡Sepa desde luego que no -gusto de lisonjas ni aguanto requiebros!» Sorprendiéronme -extrañamente unas palabras tan ásperas, -pronunciadas por aquella boca tan agraciada -y tan ajenas de lo que prometía su apacible rostro. -No acertaba yo a conciliar aquel modo de hablar, -grosero y desabrido, con todo lo demás que -observaba en una mujer de presencia tan grata. -El marido, acostumbrado ya a ello, lejos de enfadarse, -se tenía por muy afortunado en que le hubiese -tocado una mujer de aquel extraño carácter; -tanto, que me dijo: «Marcos, mi mujer es un prodigio -de virtud»; y viendo que se ponía el manto -para ir a misa, me mandó que la fuese acompañando -a la iglesia. Apenas salimos a la calle cuando -encontramos dos mozalbetes que, admirados -del aire y garbo de doña Marcelina, le dijeron al -paso algunas cosas muy lisonjeras; pero ella les -respondió con tal despego y les dijo tantas necedades -que los pobres quedaron corridos y suspensos, -sin poder comprender cómo podía haber en el -mundo una mujer que llevase a mal el ser alabada -y aplaudida. «Señora—le dije—, haga usted que -no oye y pase sin contestar a lo que le dicen; menos -malo es callar que responder con desabrimiento.» -«Eso no—replicó ella—: quiero enseñar a esos -insolentes que yo no soy mujer que sufro me pierdan -el respeto.» En fin, profirió tantos desatinos -que no pude menos de decirle mi sentir, aunque<span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178">[178]</a></span> -fuese a peligro de disgustarla. Le hice presente del -mejor modo que me fué posible que hacía injuria -a la naturaleza echando a perder con su carácter -adusto mil bellas prendas de que la había dotado; -que una mujer de genio afable y de modales atentos -podía hacerse amar sin el auxilio de la hermosura, -cuando, por el contrario, la más hermosa, si -no es afable y agasajadora, se hace un objeto de -desprecio. A estas razones añadí otras dirigidas a -la corrección de sus ásperos modales. Después de -haberla aconsejado a mi satisfacción, temí me costase -caro mi celo y fidelidad, excitando su cólera -y produciendo algún efecto que me fuese de poco -gusto. Mas no sucedió así: no se enfadó de mis insinuaciones, -contentándose con no seguirlas; y el -mismo efecto produjeron las que tuve la tontería -de hacerle los días siguientes.</p> - -<p>»Canséme de advertirle en vano sus defectos y -abandonéla a la aspereza de su genio. Pero ¡quién -lo creyera! Este natural tan agreste, esta mujer -tan orgullosa, de dos meses a esta parte ha mudado -enteramente de condición. Hoy es atenta con -todos y a todos trata con modales muy cariñosos. -Ya no es aquella Marcelina que no respondía sino -necedades a los hombres que la elogiaban; ya oye -con agrado sus lisonjas. Gusta que le digan que es -hermosa y que ningún hombre la puede mirar sin -cobrarle afición. Son muy de su gusto los requiebros, -y, en suma, ya es otra muy diferente mujer. -Esta mudanza apenas es comprensible; pero lo que -más te ha de admirar es el saber que tú mismo<span class="pagenum"><a name="Page_179" id="Page_179">[179]</a></span> -has obrado este gran milagro. Sí, mi querido Diego, -tú has sido el autor de una transformación tan -extraña; tú quien has convertido aquel tigre feroz -en una mansísima cordera. En una palabra, tú has -merecido su atención, como lo he observado más -de una vez; y o yo conozco mal a las mujeres o mi -ama se abrasa por ti en un vehementísimo amor. -Esta es, hijo mío, la triste noticia que tenía que -darte, y ésta es la desgraciada situación en que -los dos nos hallamos.» «Yo no veo—respondí al -viejo—gran motivo de afligirnos en todo lo que -usted me ha dicho, ni mucho menos que sea desgracia -mía el que me ame una mujer hermosa.» -«¡Ah Diego!—me replicó—. ¡Bien se conoce que -discurres como mozo! Sólo miras al cebo y no temes -al anzuelo. Te paras sólo en el placer; pero yo, -como viejo y experimentado, preveo los disgustos -que causa después, porque no hay cosa que tarde -o temprano no se descubra. Si prosigues en venir -a cantar a nuestra puerta, con tu vista se encenderá -cada día más la pasión de doña Marcelina, y -olvidada tal vez de todo recato, llegará a conocerlo -el doctor Oloroso, su marido, el cual se ha mostrado -tan condescendiente hasta aquí porque no -tiene el más leve motivo para tener celos; pero después -se pondrá furioso, se vengará de su mujer y -podrá hacernos a ti y a mí un flaco servicio.» «Pues -bien, señor Marcos—le repliqué—, cedo a vuestras -razones y me entrego a vuestros consejos. Dígame -usted qué debo hacer y cómo me he de portar -para evitar todo siniestro accidente.» «Dejando<span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span> -los dos nuestras músicas—me respondió—y no volviendo -tú a parecer delante de mi señora. Una -vez que no te vea, poco a poco se le irá entibiando -la pasión y recobrará su tranquilidad. Espérame -en casa del maestro, que yo te iré a buscar, -y allá tocaremos y cantaremos sin inconveniente.» -Ofrecílo así, y, con efecto, hice propósito de no ir -más a la puerta del médico y estarme encerrado -en mi tienda, pues que yo era un mozo que no podía -ser visto sin peligro.</p> - -<p>»Sin embargo, el buen Marcos, a pesar de su prudencia, -experimentó dentro de pocos días que el -medio discurrido y aconsejado por él no sirvió para -templar el fuego de doña Marcelina; antes bien, -produjo un efecto enteramente contrario. Esta señora, -a la segunda noche que no nos oyó cantar, -le preguntó por qué razón habíamos suspendido -nuestra música y cuál era la causa de que yo me -hubiese retirado. Respondióle que tenía tantas ocupaciones -que no me dejaban un instante para divertirme. -Mostróse satisfecha de esta excusa, y por -tres días sufrió mi ausencia con bastante firmeza; -mas al cabo de este tiempo perdió la paciencia -y le dijo a su escudero: «Marcos, tú me engañas. -Diego no ha dejado de venir aquí sin motivo, y -esto encierra algún misterio que quiero descubrir. -Habla y no me ocultes nada, que así te lo mando.» -«Señora—respondió él, pagándole con otra -mentira—, ya que usted quiere saber las cosas -como son, sepa que al pobre Diego le ha sucedido -muchas veces volverse a su casa después de<span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span> -nuestras músicas y encontrarse sin cena, y ya no -se atreve a exponerse a ir a la cama sin cenar.» -«¿Cómo sin cenar?—exclamó ella lastimada—. ¿Por -qué no me lo has dicho antes? ¡Pobre mozo! ¡Anda -al instante y tráemelo contigo, asegurándole que -nunca volverá a su casa sin cenar, porque yo daré -orden que se le guarde aquí siempre algún plato. -«¡Qué es lo que oigo!—exclamó el escudero, admirado -de oírla hablar de aquella suerte—. ¡Qué -mudanza, cielos! ¿Sois vos, señora, la que me habláis -en esos términos? ¿Pues de cuándo acá os -habéis hecho tan compasiva y sensible?» «Desde -que tú viniste a esta casa—me respondió prontamente—; -o, por mejor decir, desde que reprendiste -mis modales desdeñosos y te empeñaste en suavizar -la aspereza de mis costumbres. Mas, ¡ay de -mí—prosiguió ella enternecida—, que he pasado -de un extremo a otro! De altiva e insensible que -era, me he vuelto sobrado mansa y cariñosa. Amo -a tu amigo Diego sin poderlo remediar, y su ausencia, -muy lejos de templar mi amor, le inflama -más y más.» «¿Es posible, señora—replicó el viejo—, -que un mozo que nada tiene de hermoso ni -gallardo haya excitado en vos una pasión tan vehemente? -Yo disculparía vuestra inclinación si os -la hubiera inspirado algún caballero de gran mérito...» -«¡Ah Marcos!—interrumpió Marcelina—. ¡O -yo no me parezco en nada a las otras mujeres, o -tú, no obstante tu larga experiencia, todavía no -las conoces bien si te persuades que el mérito es -quien las mueve para elegir a un sujeto! Si he de<span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span> -juzgarlo por mí misma, nunca reflexionan para -enamorarse. El amor es un desorden de la razón -que a pesar nuestro nos arrastra tras de un objeto -y nos sujeta a él. Es una enfermedad que nace -en nosotras y nos atormenta como la rabia a los -animales. No te canses, pues, en persuadirme de -que Diego no es digno de mi cariño; basta que le -ame, para figurarme en él mil prendas que no descubres -tú y que quizá tampoco él tendrá. En vano -te empeñas en hacerme creer que ni sus facciones -ni su figura tienen cosa que pueda llamarme la -atención; a mí me parece hechicero y más hermoso -que el sol; fuera de que tiene en su voz una suavidad -que me encanta y se me figura que toca -la guitarra con una gracia y primor particular.» -«¡Pero, señora!—replicó Marcos—. ¿Habéis pensado -bien lo que es el tal Diego, su baja y humilde -condición?...» «Yo no soy mejor que él—me interrumpió—; -pero aun cuando fuera una mujer de -distinción, nunca repararía en eso.»</p> - -<p>»El resultado de esta conferencia fué que, desesperanzado -el viejo escudero de adelantar cosa -alguna con su ama en este punto, la dejó en su -capricho y se retiró, como un diestro piloto cede -a la tormenta que le desvía del puerto a donde se -ha propuesto desembarcar. Aun hizo más: por dar -gusto a su ama, me vino a buscar, me llamó aparte, -y después de haberme contado todo lo sucedido -entre ella y él, «Bien ves, Diego—me dijo—, que -no podemos excusarnos de continuar nuestras músicas -a la puerta de Marcelina. Es indispensable,<span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span> -amigo mío, que esta señora te vuelva a ver, porque -de otra manera nos exponemos a que haga -alguna locura que perjudique más que nada a su -reputación.» No me hice de rogar, y respondíle que -iría a su casa con mi guitarra así que anocheciese, -y podía llevar a su ama esta agradable noticia. -Hízolo así y dió a la apasionada amante la más -alegre y gustosa nueva que podía desear, con la -esperanza de verme y oírme aquella noche.</p> - -<p>»Pero faltó poco para que un lance pesado le -hubiese frustrado esta esperanza. No pude salir de -casa hasta después de muy anochecido, y, por mis -pecados, era la noche muy obscura. Caminaba a -tientas por la calle, y quizá llevaba andado ya la -mitad del camino, cuando de una ventana me regalaron -de pies a cabeza con cierto «¡Agua va!» -que lisonjeaba poco el sentido del olfato. Viéndome -en tal estado, no sabía qué partido tomar. Volverme -a casa era exponerme a las pesadas zumbas -de los otros mancebos compañeros míos; ir a -la de Marcelina en aquel magnífico equipaje no -me lo permitía la vergüenza. Resolvíme, no obstante, -a ir a casa del médico, persuadido de que -encontraría a Marcos a la puerta y que todo se -remediaría antes de presentarme en aquel estado -a Marcelina. Con efecto, fué así; encontréle esperándome -a la puerta, y luego que me vió, me dijo -que el doctor Oloroso acababa de recogerse y que -aquella noche nos podíamos divertir a nuestro sabor. -Respondíle que ante todas cosas era menester -limpiarme el vestido, y le conté lo que me había<span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span> -pasado. Mostróse muy condolido de ello y me -hizo entrar en donde me estaba esperando su ama. -Apenas oyó esta señora mi sucia aventura y me -vió en el triste estado en que me hallaba, prorrumpió -en expresiones del mayor dolor, como si me -hubieran sucedido las más funestas desgracias; y -después, como si hablase con la puerca que me -había puesto de aquella manera, se desfogó echándole -mil maldiciones. «Señora—le dijo Marcos—, -moderad esos impulsos; considerad que el lance -fué puro efecto de casualidad y no conviene mostrar -tan fuerte enojo.» «¿Cómo quieres—respondió -ella—que no sienta vivamente la ofensa que se ha -hecho a este inocente cordero, a esta paloma sin -hiel, que ni aun se queja del ultraje que ha recibido? -¡Ojalá fuera yo hombre en esta ocasión para -vengarle!»</p> - -<p>»Otras mil cosas dijo, pruebas todas de su ciego -amor, que igualmente acreditó con las acciones, -porque mientras Marcos me estaba limpiando con la -toalla, Marcelina fué corriendo a su cuarto; trajo una -cajita llena de todo género de perfumes, quemó -cantidad de ellos, sahumó todos mis vestidos y los -roció con espíritus olorosos en abundancia. Concluído -el sahumerio y aspersorio, la caritativa señora -fué en persona a la cocina y me trajo pan, vino -y algunos pedazos de carnero asado que tenía guardados -para mí. Obligóme a comer, y teniendo gusto -en servirme ella misma, ya me hacía plato y ya -me echaba de beber, a pesar de cuanto Marcos y -yo podíamos hacer y decir para que no se humillase<span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span> -a semejantes demostraciones. Acabada la cena, -templamos prontamente los instrumentos y arreglamos -las voces para dar principio a nuestro concierto. -Marcelina quedó embelesada de oírnos; bien -es verdad que escogimos de propósito ciertos cantares -y letrillas amorosas que halagaban su amor; -y debo confesar que mientras cantábamos yo lanzaba -de cuando en cuando hacia ella unas ojeadas -tiernas que pegaban fuego a las estopas, porque -el juego me iba ya gustando. No me cansaba el -concierto, aunque ya hacía mucho que duraba. Por -lo que toca a la señora, las horas le parecían instantes, -y de buena gana hubiera estado oyéndonos -toda la noche si su escudero, a quien los instantes -se le hacían horas, no le hubiera avisado que era -ya tarde. Dióle el trabajo de decírselo más de diez -veces; pero daba con un hombre infatigable en este -punto, que no la dejó sosegar hasta que yo me ausenté. -Como era cuerdo y prudente y veía a su -ama tan locamente apasionada, temía nos sucediese -algún desastre. El tiempo verificó lo fundado -de su temor, porque el médico, ya fuese porque -comenzó a entrar en sospecha y a dudar de algún -enredo secreto, o ya porque el diablillo de los celos, -que hasta entonces le había respetado, quiso -inquietarle, comenzó a reprender nuestras músicas, -y aun hizo más, prohibiéndonoslas en tono de -amo que quería ser obedecido, y sin dar razón alguna -de lo que mandaba, declaró que no aguantaría -más se admitiese en su casa a ninguno de fuera. -Notificóme Marcos esta resolución, que hablaba<span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span> -tan particularmente conmigo, y no puedo negar -que por entonces me desazonó muchísimo, porque -sentía perder las esperanzas que había concebido. -Con todo eso, por no faltar a la obligación -de fiel historiador, debo confesar que a corta reflexión -me costó poco el conformarme y llevar en -paciencia aquel revés de la fortuna. No así Marcelina, -cuya afición cobró mayor fuerza. «Querido -Marcos—dijo al escudero—, de ti solo espero algún -consuelo: ruégote que hagas todo lo posible para -que tenga el gusto de ver secretamente a Diego.» -«¿Qué es lo que usted me pide, señora?—le respondió -colérico—. ¡Demasiada contemplación he -tenido con usted! ¡No, no quiera Dios que por fomentar -una loca pasión contribuya yo a deshonrar -a mi amo, a la pérdida de vuestra reputación -y a mancharme a mí mismo con el borrón de tal -infamia, después de haber pasado toda la vida por -hombre muy de bien, por criado fiel y de una conducta -irreprensible! ¡Antes dejaré la casa que servir -en ella de un modo tan vergonzoso!» «¡Ah Marcos!—replicó -la señora, asustada de estas últimas palabras—. -¡Me atraviesas de parte a parte el corazón -cuando hablas de marcharte! Pues qué, ¿piensas, -cruel, dejarme, después que me has reducido al -lastimoso estado en que me veo? ¡Restitúyeme primero -aquel orgullo y aquella tranquila altivez que -tú mismo me quitaste! ¡Oh, y quién tuviera ahora -aquellos felicísimos defectos! Gozaría de gran paz -mi corazón en lugar del tumulto que le agita gracias -a tus imprudentes reconvenciones. ¡Tú, tú<span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187">[187]</a></span> -fuiste quien estragaste mis costumbres cuando quisiste -enmendarlas! ¡Pero qué es lo que digo!—continuó -ella, llorando—. ¡Desdichada de mí! ¿A qué -fin darte en cara con tan injustas quejas? ¡No, -amado padre, no fuiste tú el autor de mi infortunio! -¡Mi mala suerte fué la única que me preparó -mi desgracia! ¡No hagas caso, te pido, de las necias -palabras que profiero! Mi pasión me ha trastornado -el juicio. ¡Compadécete de mi flaqueza! -¡Tú eres mi único consuelo, y si aprecias mi vida, -no me niegues tu asistencia!»</p> - -<p>»Al decir estas palabras creció su llanto de manera -que no pudo continuar. Sacó el pañuelo, cubrióse -con él el rostro y se dejó caer en una silla, -como una persona que se rinde al peso de su aflicción. -El buen Marcos, que era de la mejor pasta -de escuderos que jamás se ha visto, no pudo resistir -a un espectáculo tan lastimoso, que le conmovió -vivamente, y mezcló sus compasivas lágrimas -con las de su afligida ama, diciéndole, lleno -de ternura: «¡Ah señora, y qué atractivo es el vuestro! -No tengo fuerzas para combatir vuestra pena, -que acaba de rendir mi virtud, y prometo auxiliaros. -¡Ya no me admiro de que el amor haya tenido -poder para haceros olvidar de vuestro deber, -cuando la compasión sola lo ha tenido para no -acordarme yo del mío!» De manera que el pobre -escudero, a pesar de su irreprensible conducta, se -sacrificó muy servicialmente a la pasión de Marcelina. -A la mañana siguiente vino a contarme todo -lo sucedido, y me dijo que tenía ya pensado el<span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span> -modo de proporcionarme una conversación secreta -con su ama. Con esto animó mi esperanza; pero -dos horas después llegó a mis oídos una noticia -tan triste como no esperada. El mancebo de una -botica que había en el barrio, y era uno de nuestros -parroquianos, vino a hacerse la barba. Mientras -me disponía a rasurarle, me dijo: «Señor Diego, -¿cómo le va a usted con su amigo el viejo escudero -Marcos de Obregón? Ya sabrá usted que -está para marcharse de casa del doctor Oloroso.» -«No, por cierto», le respondí. «Pues sépalo usted—me -replicó—, y no dude que la cosa es cierta. -Hoy sin falta le despedirán. Su amo y el mío acaban -de tener ahora una conversación, a que me -hallé presente, en la cual dijo el primero al segundo: -«Señor boticario, tengo que hacer a usted -una súplica. No estoy contento con un viejo escudero -que tengo en casa, y en su lugar quisiera una -dueña fiel, severa y vigilante que guardase a mi -mujer.» «¡Ya entiendo!—respondió mi amo—. Usted -necesitaría de la señora Melancia, que fué la -que custodió a mi difunta esposa, que aunque ha -seis semanas que enviudé todavía la mantengo en -casa. A la verdad, me sería muy útil para gobernarla; -pero se la cedo a usted gustoso, por lo mucho -que me intereso en su honor. Bien puede descuidar -con ella en punto a la seguridad de su -honra, porque es la perla de las dueñas y un verdadero -dragón para guardar la castidad del sexo -frágil. En doce años que estuvo al lado de mi mujer, -que como usted sabe era moza y linda, no vi<span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span> -en mi casa ni aun la sombra de un galán. ¡Sí por -cierto! ¡Bonita era la dueña para sufrirlo! Sobre -este punto no aguantaba chanzas. Aun diré más: -mi mujer, a los principios, gustaba mucho de pasatiempos -y galanteos; pero la señora Melancia supo -fundirla tan de nuevo que la inclinó enteramente -a la virtud. En fin, es un tesoro para vuestra seguridad.» -Quedó el señor doctor muy satisfecho de -unos informes tan a medida de su deseo, y ambos -convinieron en que hoy mismo iría la dueña a -ocupar el lugar del escudero.»</p> - -<p>»Esta noticia, que tuve por cierta, como en efecto -lo era, desconcertó las ideas de todos los buenos -ratos que yo esperaba lograr; y Marcos, que -vino después de comer, acabó de desvanecérmelas -confirmando todo lo que me había dicho el -mancebo. «Amigo Diego—me dijo el buen escudero—, -estoy contentísimo con que el doctor Oloroso -me haya despedido, porque me ha librado de -molestísimos disgustos y cuidados. Además de haberme -echado a cuestas, muy contra mi inclinación, -un villanísimo empleo, necesitaba andar continuamente -ideando trazas y urdiendo enredos para -que pudieses hablar secretamente a Marcelina. ¡Qué -embrollo! Gracias al Cielo, me veo ya fuera de estos -cuidados y, sobre todo, de los peligros que los -acompañan. Por lo que a ti toca, hijo mío, también -debes alegrarte de haber perdido algunos ratos -de un placer momentáneo, a trueque de haberte -librado de tantas pesadumbres, sustos y riesgos.» -Agradóme mucho la moral de Marcos, porque me<span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span> -pareció que ya nada podía esperar, y sin hacerme -gran violencia determinó abandonar el campo. No -era yo, lo confieso, de aquellos amantes porfiados -que hacen vanidad de luchar contra todos los obstáculos; -pero aun cuando lo fuera, la señora Melancia -dejaría bien burlado mi empeño y tenacidad. -El genio riguroso que atribuían a aquella mujer -era capaz de desesperar a los amantes más pertinaces -y atrevidos. Sin embargo de los colores -con que me la habían pintado, no dejé de entender -dos o tres días después que la señora médica había -adormecido a aquel Argos y corrompido su fidelidad. -Salía yo una mañana de casa a afeitar a un -vecino nuestro, cuando una buena vieja se llegó a -mí y me preguntó si era yo Diego de la Fuente. -Respondíle que sí, y ella me replicó: «Pues a usted -venía yo buscando. Vaya su merced esta noche -a la puerta de doña Marcelina, haga alguna -señal, y luego le será abierta.» «Muy bien—le repliqué -yo—; pero es preciso que quedemos de acuerdo -sobre qué señal ha de ser. Yo sé remedar maravillosamente -el maullido del gato, y maullaré -dos o tres veces.» «Basta eso—repuso la mensajera -de amor—; voy a dar parte de su respuesta a -la señora. Servidora de usted, señor Diego; el Cielo -le conserve. ¡Qué galán sois! ¡A fe que si yo fuera -una niña de quince años no le buscaría para otra!» -Diciendo esto, se desvió de mí aquella oficiosa vieja.</p> - -<p>»Agitóme terriblemente este mensaje, y toda la -moral de Marcos se la llevó el aire. Esperé con impaciencia -la noche, y cuando me pareció que ya<span class="pagenum"><a name="Page_191" id="Page_191">[191]</a></span> -estaría durmiendo el doctor Oloroso, me encaminé -hacia su puerta. Allí di principio a mis maullidos, -que debían oírse de lejos y hacían mucho honor -al maestro que me había enseñado tan bello idioma. -Un momento después bajó la misma Marcelina -a abrir con mucho tiento la puerta, y volvió a -cerrarla luego que yo hube entrado. Subimos a la -sala en donde habíamos tenido nuestro último concierto, -la cual estaba débilmente alumbrada por -una luz que ardía sobre la chimenea. Nos sentamos -juntos para dar principio a nuestra conversación, -alterados ambos, aunque con la diferencia -de que el placer sólo causaba la conmoción de Marcelina -y la mía estaba mezclada con un poco de -sobresalto. En vano me aseguraba mi dama que -nada teníamos que temer por parte de su marido, -pues se había apoderado de mí un temblor que -turbaba mi alegría. Sin embargo, le pregunté: «Señora, -¿cómo habéis podido engañar la vigilancia -de vuestra aya? Por lo que oí decir de Melancia, -no creía que os fuese posible hallar medios de darme -noticias vuestras y mucho menos de vernos a -solas.» Sonriéndose entonces Marcelina de mi pregunta, -me contestó: «Dejarás de sorprenderte de la -secreta entrevista que tenemos esta noche juntos -luego que te haya contado lo que pasó entre las -dos. Cuando entró en esta casa, mi marido le hizo -mil caricias y me dijo: «Marcelina, te entrego a la -dirección de esta discreta señora, que es un compendio -de todas las virtudes y un espejo en que -debes mirarte de continuo para instruirte en la<span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span> -modestia. Esta admirable persona dirigió por espacio -de doce años a la mujer de un boticario amigo -mío; pero dirigió... de lo que hay poco: en términos -que hizo de ella casi una santa.»</p> - -<p>»Estas alabanzas, que el aspecto grave de Melancia -no desmentían, me costaron muchas lágrimas -y me pusieron desesperada. Me figuré las lecciones -que tendría que escuchar desde la mañana -hasta la noche y las reprensiones que me sería forzoso -aguantar todos los días. En fin, consentí en -llegar a ser la mujer más desgraciada del mundo, -y olvidando toda consideración en medio de una -esperanza tan cruel, le dije con mucha sequedad -al aya luego que me vi sola con ella: «Sin duda os -dispondréis para hacerme padecer mucho; pero -debo advertiros que soy poco sufrida y que no dejaré -por mi parte de daros cuantos desaires pueda. -Os declaro que mi corazón está dominado de -una pasión que no serán capaces de arrancar de -él vuestras reconvenciones. Sobre esto podéis tomar -vuestras medidas. Redoblad vuestra vigilancia, -porque os prometo no omitir nada para engañarla.» -Al oír estas palabras, la dueña adusta, que -bien creí iba a ensartarme un sermón por primera -entrada, se puso risueña, y me dijo con un tono -afable: «Mucho me agrada vuestro carácter. Vuestra -franqueza provoca la mía, pues veo que nacimos -la una para la otra. ¡Ah bella Marcelina, qué -mal me conocéis si formáis juicio de mí por el -elogio de vuestro esposo o por la severidad de mi -exterior! No me tengáis por enemiga de los placeres,<span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span> -porque no me hago agenta de los celos de los -maridos sino para ser útil a las mujeres hermosas. -Hace mucho tiempo que poseo el grande arte de -disfrazarme, y puedo decir que soy doblemente -feliz, porque disfruto a un mismo tiempo de la -comodidad del vicio y de la reputación que da la -virtud. Para entre nosotras, el mundo no es virtuoso -sino de este modo: cuesta demasiado adquirir -el fondo de las virtudes, y por eso en el día -todos se contentan con tener sus apariencias. Dejaos -guiar por mí—continuó el aya—, y veréis -cómo se la pegamos tan bien al viejo doctor Oloroso, -que os aseguro tendrá la misma suerte que -el señor farmacéutico, porque no me parece más -respetable la frente de un médico que la de un boticario. -¡Pobre señor! ¡Cuántas piezas le jugamos -su mujer y yo! ¡Qué amable era aquella señora y -de qué bello carácter! ¡Su alma goce de Dios! Os -aseguro que ha pasado bien su juventud; ha tenido -qué sé yo cuántos amantes, a quienes introduje -en su casa sin que su marido lo advirtiese jamás. -Así, señora, miradme con ojos más favorables, y -estad convencida de que por más talento que tuviese -el escudero que os servía, nada perderéis en -el trueque, y aun tal vez os seré más útil que él.»</p> - -<p>»Figúrate ahora, Diego—continuó Marcelina—, -si habré agradecido a la dueña el habérseme descubierto -con tanta franqueza, cuando la creía de -una virtud austera. ¡Ve ahí cómo se juzga mal de -las mujeres! Melancia se granjeó desde luego mi -afecto por este carácter de sinceridad y la abracé<span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span> -con un gozo extremado, que le manifestó con anticipación -cuánto me alegraba de tenerla por aya. -Haciéndola en seguida enteramente confidenta de -mis sentimientos, le pedí que me proporcionase -cuanto antes una conversación a solas contigo, lo -que efectivamente cumplió, valiéndose esta mañana -de la vieja que te habló y que es una mensajera -que le sirvió muchas veces para la mujer -del boticario. Pero lo que hay de más gracioso en -esta aventura—añadió Marcelina riéndose—es que -Melancia, por la relación que le hice de la costumbre -que tiene mi esposo de pasar la noche sosegadamente, -se acostó junto a él y ocupa mi lugar en -este momento.» «Lo siento mucho, señora—dije entonces -a Marcelina—, y de ningún modo apruebo -vuestra invención. Vuestro marido puede muy -bien despertarse y echar de ver el engaño.» «¡Oh, -eso no!—replicó ella con precipitación—. No tengas -el menor cuidado por eso y no hagas que un -vano temor acibare el placer que debes tener en -hallarte con una mujer que te quiere.»</p> - -<p>»La esposa del doctor, observando que este discurso -no desvanecía mis temores, no omitió nada -de cuanto creyó a propósito para serenarme, y -por fin hizo tanto, que llegó a conseguirlo. Desde -este momento ya no pensé mas que en aprovecharme -de la ocasión; pero al tiempo en que Cupido, -acompañado de las risas y de los juegos, se disponía -a labrar mi felicidad, oímos dar unas fuertes -aldabadas a la puerta de la calle. Al instante, el -Amor y su comitiva volaron a manera de unos<span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span> -pajarillos tímidos, espantados repentinamente por -un gran ruido. Marcelina me ocultó debajo de una -mesa que había en la sala, apagó la luz, y como -lo había concertado con su aya, en caso que este -contratiempo sucediese, se fué a la puerta de la -alcoba en que dormía su marido. Entre tanto, los -golpes que atronaban la casa continuaban con tanta -repetición que, despertando el doctor, se sentó -en la cama, dando voces a Melancia. Arrojóse ésta -de la cama, aunque el viejo, que creía era su mujer, -le decía que no se levantase; reunióse con su -ama que, sintiéndola a su lado, la llamaba a gritos, -para que fuese a ver quién estaba a la puerta. -«Ya estoy aquí, señora—le respondió el aya—; volveos -a la cama si queréis, que yo voy a ver lo que -es.» Durante esto tiempo, habiéndose desnudado -Marcelina, se acostó con el doctor, que no tuvo la -menor sospecha de que le engañasen. Bien es verdad -que esta escena acababa de representarse en -la obscuridad por dos actrices, de las cuales una -era incomparable y la otra tenía mucha disposición -para serlo.</p> - -<p>»El aya no tardó en presentarse, en bata de dormir -y con una luz en la mano, diciendo a su amo: -«Señor doctor, tenga usted la bondad de levantarse -aprisa, porque el librero Fernández Buendía, -vecino nuestro, le acometió una apoplejía, y os -llaman de su parte para que voléis a su socorro.» -El médico, vistiéndose lo más pronto que pudo, -partió a casa del enfermo, y su mujer, en bata de -noche, vino con el aya a la sala en donde yo estaba<span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span> -y me sacaron de debajo de la mesa más muerto -que vivo. «Nada tienes que temer, Diego—me -dijo Marcelina—, serénate.» Al mismo tiempo, diciéndome -en dos palabras de qué modo se había -arreglado la cosa, quiso en seguida volver a tomar -el hilo de la conversación que tenía conmigo y había -sido interrumpida; pero se opuso a esto el aya. -«Señora—le dijo—, vuestro marido acaso puede -hallar muerto al librero y volverse inmediatamente; -además de que—añadió, viéndome traspasado -de miedo—¿qué haríais con ese pobre mozo, no -hallándose en estado de continuar la conversación? -Más vale ponerle en la calle y dejar el negocio -para mañana.» Doña Marcelina convino en ello, -aunque a pesar suyo: tan amiga era de lo presente; -y creo que sintió bastante no haber podido hacer -poner al doctor el nuevo bonete que le tenía -destinado.</p> - -<p>»En cuanto a mí, menos afligido de haber malogrado -los más preciosos favores del amor que gozoso -de verme libre del peligro, me fuí a casa del -maestro, en donde pasé el resto de la noche en reflexionar -sobre mi aventura. Estuve algún tiempo -indeciso si acudiría a la cita de la noche siguiente, -porque no formaba juicio de salir más bien librado -en esta segunda calaverada que en la primera; -pero el diablo, que siempre nos cerca, o, por mejor -decir, se apodera de nosotros en semejantes lances, -me hizo creer que pasaría por un mentecato si me -quedaba a la mitad de un camino tan bueno; y -aun representó a mi imaginación a Marcelina con<span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197">[197]</a></span> -nuevos atractivos y ponderó el precio de los placeres -que me esperaban. Resolví, pues, continuar -mi entremés, y muy resuelto a tener más firmeza, -con tan bellas disposiciones, me fuí al día siguiente -a la puerta del doctor entre once y doce -de la noche y en medio de una obscuridad tan -grande que no se veía brillar ni una sola estrella -en el cielo. Maullé dos o tres veces para avisar -que estaba en la calle. Pero como nadie bajaba a -abrirme, no me contentó con empezar de nuevo, -sino que que puse a remedar todos los diferentes -gritos del gato, que un pastor de Olmedo me había -enseñado; y lo hice tan al natural, que un vecino -que volvía a su casa, teniéndome por uno de -estos animales cuyos maullidos imitaba, cogió un -guijarro que tropezó con los pies y me lo arrojó -con toda su fuerza, diciendo: «¡Maldito sea el gato!» -Recibí tan fuerte golpe en la cabeza que quedé -aturdido por el pronto, y me faltó poco para que -cayese a tierra atolondrado. Esto bastó para que -diese al diablo el galanteo, y perdiendo el amor -juntamente con la sangre, me volví a casa, donde -desperté e hice levantar a todos. El maestro reconoció -la herida, que le pareció peligrosa; pero no -tuvo malas resultas y se cerró al cabo de tres semanas. -En todo este tiempo no oí hablar de Marcelina. -Es natural que Melancia, para desprenderla -de mí, le buscase algún otro conocimiento, de lo -que no me informé porque nada me importaba, -pues salí de Madrid para andar la España luego -que me vi perfectamente curado.»</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span></p> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c208" id="c208">CAPÍTULO VIII</a></h2> - -<p class="pch">Encuentro de Gil Blas y su compañero con un hombre -que estaba mojando mendrugos de pan en una -fuente y conversación que con él tuvieron.</p> - -<p>Contóme el amigo Diego de la Fuente otras aventuras -que le sucedieron en adelante; pero todas de -tan poca importancia que no merecen la pena de -referirse. Sin embargo, me vi precisado a oírselas, -y en verdad que no fué breve la relación, pues duró -hasta que llegamos a Puente de Duero, donde nos -detuvimos lo restante de aquel día. Hicimos en el -mesón que nos dispusiesen una buena sopa y asasen -una liebre, después de cerciorarnos de que era -verdaderamente tal. Al amanecer del día siguiente -proseguimos nuestro camino, habiendo antes llenado -la bota de un vino mediano y metido en las mochilas -algunos pedazos de pan, juntamente con la -mitad de la liebre, que nos había sobrado de la cena.</p> - -<p>Después de haber caminado cerca de dos leguas, -nos sentimos con gran gana de almorzar; y habiendo -visto como a doscientos pasos del camino -un grupo de árboles que hacían sombra deliciosísima, -escogimos aquel sitio e hicimos alto en él. -Allí encontramos a un hombre como de veintisiete -a veintiocho años, que estaba mojando en una -fuente algunos zoquetes de pan. Tenía a su lado -sobre la hierba una espada larga y una mochila. -Pareciónos mal vestido; mas, por otra parte, buen<span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span> -rostro y bien plantado. Saludámosle cortésmente -y él nos correspondió con igual cortesanía. Presentónos -luego sus mendrugos mojados, y con cierto -aire risueño y despejado nos dijo si éramos servidos. -Admitimos el convite en el mismo tono, mas -con la condición de que había de tener a bien que -juntásemos los almuerzos para que fuesen más -abundantes. Vino en ello con mucho gusto, y nosotros -sacamos nuestras provisiones, lo que ciertamente -no lo desagradó. «¡Oh, señores!—exclamó -enajenado de alegría—. Verdaderamente que ustedes -vienen bien provistos de municiones de boca, -y se conoce que son hombres prevenidos y que miran -a lo venidero. Yo me fío demasiado en la fortuna. -Sin embargo, a pesar del miserable estado -en que ustedes me ven, les puedo asegurar que alguna -vez hago un papel muy brillante. Sepan ustedes -que no pocas me tratan de príncipe y estoy -rodeado de guardias.» «Según eso—dijo Diego—, -será usted comediante.» «Adivinólo usted—respondió -el desconocido—; por lo menos ha quince años -que no tengo otro oficio. Siendo niño representaba -ya ciertos papeles cortos, esto es, que tuviesen poco -que aprender.» «Hablemos francamente—replicó el -barbero meneando ladinamente la cabeza—. Tengo -dificultad en creerlo, porque conozco bien a los -comediantes y sé que estos señores no acostumbran -caminar a pie ni hacer almuerzos a lo San -Antón; y me temo, me temo que si usted ha hecho -algún papel no habrá sido otro que el de encender -y apagar las lamparillas.» «Piense usted de<span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span> -mí lo que quisiere—respondió el histrión—, lo cierto -es que hago los primeros papeles y comúnmente -me hacen representar el de primer galán.» «Siendo -así—repuso mi camarada—, doy a usted la enhorabuena, -y celebro mucho que el señor Gil Blas y -yo hayamos tenido la honra de desayunarnos en -compañía de tan gran personaje.»</p> - -<p>Comenzamos entonces a roer nuestros rebojos y -las preciosas reliquias de la liebre, alternando con -tan frecuentes topetadas a la bota que en poco -tiempo la dejamos enteramente pez con pez, sin -que en todo este tiempo desplegase los labios ninguno -de los tres. Al cabo rompió el silencio el barberillo, -diciendo al comediante: «Estoy admirado -de ver a usted en estado tan lastimoso. No se puede -dudar que es mucha pobreza para un héroe de -teatro, y perdone usted si le hablo con esta claridad.» -«Por cierto—replicó el actor—que se conoce -no ha oído usted hablar del famoso comediante -Melchor Zapata, porque ha de saber usted que, -por la misericordia de Dios, no soy de genio delicado. -Me da usted mucho gusto en hablarme con -tanta franqueza, porque también gusto yo de hablar -con ella. Confieso de buena fe que no soy rico; -y si no, miren ustedes esta ropilla.» Diciendo esto, -nos mostró el forro de ella, que era todo de los -carteles de comedia que se fijan en las esquinas. -«Esta es la tela que comúnmente me sirve de forro; -y si todavía tienen curiosidad de ver lo que -hay en mi guardarropa, contentaré a ustedes. Helo -aquí—y al mismo tiempo sacó de la mochila un<span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span> -vestido entero, guarnecido de esterilla vieja de plata -falsa, una gorra muy raída, con un penacho de -viejísimas plumas, unas medias de seda con más -agujeros que un cribo o una salvadera y unos zapatos -muy usados de badanilla encarnada—. Ya -ven ustedes ahora que soy medianamente infeliz.» -«Eso es lo que me admira—le replicó Diego—. Pues -qué, ¿no tiene usted mujer ni hija?» «Sí, señor—respondió -Zapata—, pero vea usted la desgracia -de mi estrella: tengo mujer moza, mas no por eso -estoy más adelantado. Caséme con una linda comedianta, -esperando que no me dejaría morir de -hambre; pero, por mi poca fortuna, di con una -mujer de juicio y de un recato incorruptible. ¡Quién -diablos no se engañaría como yo! ¡Una mujer virtuosa, -que era del número de los cómicos de la legua, -me había forzosamente de tocar a mí en suerte!» -«Seguramente, es desgracia—dijo el barbero—; -pero ¿por qué no se casó usted con alguna bonita -comedianta de las compañías de Madrid? ¡Entonces -sí que lograría su intento!» «Convengo en ello—respondió -el farsante—; pero a un pobre comediante -de la legua no le es lícito elevar sus pensamientos -a tan encumbradas heroínas. Eso solamente lo -podrá hacer alguno de la compañía del corral del -Príncipe, y aun en ella se ven muchos precisados -a casarse con otras mujeres que no son de la profesión, -y, por fortuna suya, Madrid es bueno y se -suele encontrar en él algunas que se las pueden -apostar a las princesas del teatro.»</p> - -<p>«Pero qué—le replicó mi compañero—, ¿nunca<span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202">[202]</a></span> -pensó usted entrar en alguna de las compañías de -la corte? ¿Acaso se necesita un mérito consumado -para lograrlo?» «¡Bravo!—respondió Melchor—. ¡Usted -se burla con su mérito consumado! Veinte actores -hay en cada compañía. Pregunte usted al -público lo que siente de ellos y oirá cosas bellísimas. -Más de la mitad, por lo menos, merecían ir -cargados como yo con la mochila, y, en medio de -eso, no es tan fácil como se piensa ser recibido entre -ellos, pues se necesita dinero o grandes empeños -que suplan por la habilidad. Ninguno puede -saberlo mejor que yo, porque ahora mismo acabo -de representar en Madrid, y salgo más aturdido -de palmadas y silbidos que todos los diablos, sin -embargo de que me prometía ser muy aplaudido, -porque representaba gritando, manoteando, descoyuntándome -y torciendo el cuerpo hacia todas -partes, con mil gesticulaciones y posturas cien leguas -distantes de todo lo natural, hasta llegar una -vez casi a dar en la cara una puñada a mi dama -mientras yo estaba declamando. En una palabra, -representaba imitando la escuela que el vulgo celebra -en los grandes actores; y en medio de eso, -lo que aplaudía tanto en otros no lo podía sufrir -en mí. ¡Vea usted cuánto puede la preocupación! -En vista de ello, no acertando a dar gusto y no -teniendo medios para ser admitido en la compañía -a pesar de todos los silbidos de la mosquetería, -dejé a Madrid, y me vuelvo a mi Zamora, donde -están mi mujer y mis compañeros, que no hacen -allí gran fortuna. ¡Y quiera Dios no nos veamos<span class="pagenum"><a name="Page_203" id="Page_203">[203]</a></span> -precisados a pedir limosna para poder pasar a otra -ciudad, como más de una vez nos ha sucedido!»</p> - -<p>Diciendo esto, nuestro príncipe dramático se levantó, -echóse a cuestas la mochila, ciñóse la espada, -y despidiéndose de nosotros, «¡Adiós!—nos dijo -con mucha gravedad—. ¡Quieran los dioses inmortales -derramar sobre ustedes a manos llenas sus -favores!» «¡Y quieran los mismos—le respondió Diego -en el propio tono—que halle usted en Zamora -a su mujer mudada y mejor establecida!» Luego -que el señor Zapata nos volvió la espalda, comenzó -a gesticular y a representar caminando, y nosotros -le comenzamos a silbar para que no se le olvidasen -tan presto los silbidos de Madrid. Con efecto, creyó -que todavía le sonaban en los oídos, y volviendo -la cara y viendo que nosotros nos divertíamos -a su costa, lejos de darse por ofendido, él mismo -ayudó a la zumba, y prosiguió su viaje dando grandísimas -carcajadas. Correspondímosle por nuestra -parte con grande algazara, y cogiendo otra vez el -camino real, seguimos nuestra marcha.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c209" id="c209">CAPÍTULO IX</a></h2> - -<p class="pch">Estado en que encontró Diego a sus parientes, y -cómo Gil Blas se separó de él después de haber -participado de ciertas diversiones.</p> - -<p>Fuimos aquel día a dormir entre Mojados y Valdestillas, -a un lugarcillo cuyo nombre se me ha olvidado, -y al siguiente, a las once de la mañana,<span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span> -entramos en la llanada de Olmedo. «Señor Gil -Blas—me dijo mi camarada—, aquél es el lugar -de mi nacimiento. No le puedo volver a ver sin -llenarme de júbilo: tan natural es en todos el amar -su patria.» «Señor Diego—le respondí—, un hombre -como usted, que tanto amor tiene a su tierra, parece -debía haber hablado de ella con mayor estimación. -Usted me la pintó como si fuera un lugarcillo -o una aldea y a mí se me presenta como una -ciudad. Era razón que, por lo menos, la tratase -usted de villa grande.» «Yo le pido perdón—respondió -el barbero—, pero diré que después de haber -visto a Madrid, Toledo, Zaragoza y otras principales -ciudades de España en la vuelta que he dado -por ella, todo me parece aldea.» Conforme íbamos -adelantando en la llanura y acercándonos a Olmedo, -nos pareció ver junto al pueblo multitud -de gente, y cuando nos hallamos a distancia de -poder discernir los objetos, tuvimos mucho en qué -divertir la vista.</p> - -<p>Vimos tres pabellones o tiendas de campaña, -poco distante una de otra, y alrededor de ellas -muchedumbre de cocineros y ayudantes de cocina -que estaban disponiendo una gran comida. Unos -ponían unas mesas largas dentro de las tiendas, -otros echaban vino en grandes vasijas de barro, -éstos atendían a que cociesen las ollas y aquéllos -daban vueltas a luengos asadores en que estaban -espetadas viandas de todo género. Pero a mí nada -me llevó tanto la atención como un espacioso teatro -que observé, bastante elevado, que estaba adornado<span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span> -con algunos bastidores de cartón pintado de -diferentes colores y lleno de inscripciones griegas -y latinas. Luego que el barbero vió tanto griego y -tanto latín, dijo: «¡Esto me huele terriblemente a -mi tío Tomás! ¡Apuesto algo a que ha andado aquí -su mano, porque sabe de memoria una infinidad -de libros de aula! Lo que me enfada es que en las -conversaciones encaja sin cesar pasajes enteros de -los tales libros, cosa que no a todos agrada. Fuera -de eso, ha traducido varios poetas griegos y latinos -y está instruído en la antigüedad, lo que se -conoce por las notas con que los ha enriquecido, -como, v. gr., aquello de que <i>en Atenas lloraban los -niños cuando los azotaban</i>, cosa que si no fuera por -su vasta y selecta erudición nosotros no la sabríamos.»</p> - -<p>Después de haber visto mi camarada y yo todas -las cosas que acabo de decir, nos dió gana de preguntar -por qué y para qué se hacían todas aquellas -prevenciones. Al tiempo que nos íbamos a informar, -se encontró Diego con un hombre que conoció -ser su tío, el señor Tomás de la Fuente, y que al -parecer mostraba ser el director de la fiesta. Fuímonos -a él apresuradamente; mas este maestro de -primeras letras tardó algo en conocer a su sobrino: -tanta mudanza había hecho en aquel pobre -mozo la ausencia de diez años. Conocido al fin, le -abrazó estrechísimamente y le dijo: «¡Oh querido -sobrino Diego! ¿Conque al cabo has vuelto a ver -a tus dioses penates y el Cielo te ha restituído sano -y salvo a tu familia? ¡Oh día tres y cuatro veces<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span> -beato! <i>Albo dies notanda lapillo!</i> Muchas novedades -encontrarás en la parentela. Tu tío Pedro, -aquel gran talento, ya es víctima de Plutón: tres -meses ha que murió. ¡Hombre avariento, que toda -su vida estuvo temiendo le habían de faltar siete -pies de tierra para enterrarse! <i>Argenti pallebat amore.</i> -Tenía muchas pensiones de los grandes y no -gastaba diez doblones al año en comida y vestido. -No daba de comer al único criado que le servía. -Más insensato que aquel griego Aristipo, el cual, caminando -por los desiertos de Libia, hizo a sus esclavos -que dejasen en ellos todas las grandes riquezas -que llevaban, alegando que aquella carga les incomodaba -en la marcha, amontonaba toda la plata y -todo el oro que podía haber a las manos. Mas ¿para -qué? Para que lo gozasen sus herederos, a quienes -no podía sufrir. Dejó a su muerte treinta mil ducados, -que se repartieron entre tu padre, tu tío -Beltrán y yo. Todos nos hallamos en estado de pasarlo -bien. Mi hermano Nicolás colocó ya a su hija -Teresa, que acaba de casarse con el hijo de uno de -nuestros alcaldes: <i>connubio junxit stabili, propriamque -dicavit</i>. Este himeneo, concluído bajo los más -felices auspicios, es el que estamos celebrando hace -ya dos días con el aparato que ves. Hicimos levantar -estas tiendas de campaña en esta llanura. Los -tres herederos de Pedro tienen cada uno la suya -y, por su turno, costean la fiesta de un día. Habría -celebrado mucho que hubieses llegado antes -para que gozases de todas. Anteayer, día en que -se celebró la boda, corrió tu padre con el gasto,<span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span> -y dió una soberbia comida, y después hubo parejas, -y se corrió sortija. Tu tío el mercader tomó -de su cuenta el día de ayer y nos divirtió con una -bellísima fiesta pastoril. Vistió de pastores a los -diez muchachos más lindos y agraciados del lugar -y de pastoras a las diez muchachas más pulidas -y aseadas que había en todo Olmedo, empleando -en engalanarlas las cintas más ricas y los más -preciosos dijes que se hallaron en su tienda. Toda -aquella lucida juventud armó mil graciosísimas -danzas, cantando después otras tantas letrillas muy -chuscas, tiernas y amorosas. Y aunque no parecía -posible cosa más divertida, con todo eso no dió -gran golpe, sin duda porque en Castilla la Vieja -hemos perdido el gusto a las diversiones pastoriles. -Hoy me toca a mí, y pienso divertir a los vecinos -de Olmedo con un espectáculo todo de mi invención: -<i>finis coronabit opus</i>. Mandé alzar un teatro, -en el cual, con la ayuda de Dios, haré representar -por mis discípulos una de mis tragedias, intitulada -<i>Los pasatiempos de Muley-Bugentuf, rey de Marruecos</i>. -Se ejecutará con el mayor primor, porque -entre los muchachos los hay que declaman como -los más célebres comediantes de Madrid. Son todos -hijos de honradas familias de Peñafiel y Segovia, -y los tengo en mi casa a pupilaje. ¡Excelentes representantes! -¡Verdad es que les he enseñado yo! -Su declamación parecerá acuñada en el cuño del -maestro: <i>ut ita dicam</i>. En cuanto a la tragedia, no -te quiero hablar de ella, puesto que la has de oír, -por no privarte del placer de la sorpresa, y sólo<span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span> -diré sencillamente que dejará extáticos a todos los -espectadores. Es uno de aquellos asuntos trágicos -que ponen toda el alma en conmoción, por las terribles -imágenes de la muerte que ofrecen a la fantasía. -Yo siempre he sido de la opinión de Aristóteles: -que es necesario excitar el terror. ¡Ah, si yo -me hubiera dedicado al teatro, nunca saldrían a -él sino héroes sanguinarios y príncipes asesinos, y -me bañaría siempre en sangre! ¡En mis tragedias -se vería morir no sólo a los primeros personajes, -sino hasta las mismas guardias! ¿Qué digo <i>hasta -las mismas guardias</i>? ¡Haría también degollar al -apuntador! En fin, sólo me agrada lo terrible; éste -es todo mi gusto. De esta manera, los poemas de -esa especie se levantan con el aplauso de la muchedumbre, -mantienen el lujo de los comediantes -y hacen célebre el nombre de los autores.»</p> - -<p>Acababa de pronunciar estas palabras, cuando -vimos salir del pueblo y entrar en la llanura un -gran gentío de uno y otro sexo. Eran los dos esposos, -acompañados de sus amigos y parientes, e -iban precedidos de diez a doce tocadores de instrumentos, -que tañían todos a un tiempo, haciendo -un concierto muy ruidoso. Salióles al encuentro -Diego y dióse a conocer. Inmediatamente resonaron -por el campo los gritos de alegría con que fué -recibido del acompañamiento, corriendo todos a -abrazarle y procurando cada uno ser el primero. -No tuvo poco que hacer en corresponder a todas -las demostraciones de amor y cumplimientos que -le hicieron. Sofocábanle a abrazos todos los de la<span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209">[209]</a></span> -familia y cuantos se hallaban presentes, y luego -que se aquietó un poco aquel primer turbión, le -dijo su padre: «Seas bien venido, hijo Diego. En -verdad que durante tu ausencia han adelantado -mucho tus parientes, ¿no es así? Por ahora no te -digo más; a su tiempo lo sabrás muy por menor.» -Mientras tanto, el gentío se fué adelantando hacia -la llanura, llegó a ella, entróse en las tiendas y fuése -sentando a las mesas, que ya estaban preparadas. -Yo no dejé a mi compañero; sentéme junto a -él y entrambos comimos con los dos novios, que -me parecieron corresponder bien uno a otro. Duró -mucho tiempo la comida, porque el preceptor o -maestro tuvo la vanidad de querer que tres veces -se cubriese la mesa, por aventajar a sus hermanos, -que no habían dispuesto las cosas con tanta magnificencia.</p> - -<p>Después del banquete, todos los convidados mostraron -grande impaciencia por ver la representación -de la obra del señor Tomás, no dudando—decían—que -una producción de ingenio tan superior -sería dignísima de oírse. Acercámonos, pues, al -teatro, donde todos los músicos ocupaban ya el -lugar de la orquesta para tocar en los intermedios. -Esperaban todos con el mayor silencio a que diese -principio a la tragedia. Dejáronse ver los actores -en la escena, y el autor, con su obra en la mano, -estaba tras las cortinas, en sitio donde pudiese -apuntar y ser oído de los que representaban. Con -mucha razón nos había prevenido que era trágico -su drama, porque en el primer acto el rey de Marruecos<span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span> -mató por vía de diversión cien esclavos a -flechazos; en el segundo hizo degollar treinta oficiales -portugueses que uno de sus capitanes había -hecho prisioneros; finalmente, en el tercero, aquel -monarca, cansado de sus mujeres, pegó él mismo -por su mano fuego a un palacio aislado donde estaban -encerradas y, juntamente con él, las redujo -todas a ceniza. Los esclavos moros y los oficiales -portugueses estaban representados por unas figuras -de mimbre, y el palacio, que era de cartón, se -aparentaba abrasado por un fuego artificial. Este -incendio, acompañado de lastimosos gritos que parecían -salir de en medio de las llamas, dió fin a la -tragedia y cerró el teatro de una manera patética -y divertida. Resonaron en toda la llanura los <i>vivas</i> -y los aplausos con que fué celebrado un drama de -tan ingeniosa invención, lo que acreditó el buen -gusto del poeta y su singular acierto en la elección -y oportunidad de los asuntos.</p> - -<p>Creía yo que ya nada había que ver después de -<i>Los pasatiempos de Muley-Bugentuf</i>, pero engañéme. -Anunciáronnos un nuevo espectáculo los timbales -y trompetas. Era éste la distribución de los -premios, porque Tomás de la Fuente, para mayor -solemnidad de la fiesta, a todos sus discípulos, -así pupilos como los que no lo eran, les había hecho -trabajar varias composiciones, y en aquel día se -habían de repartir los premios a los más sobresalientes, -consistiendo aquéllos en ciertos libros que -el mismo preceptor, a costa suya, había ido a comprar -a Segovia. De repente, pues, se dejaron ver<span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span> -en el teatro dos bancos largos de escuela y un armario -o estante lleno de libros pequeños encuadernados -con aseo. Entonces todos los actores se presentaron -en la escena y formaron un semicírculo -delante del señor Tomás, el cual se dejaba ver con -tanta gravedad y autoridad como pudiera un prefecto -de colegio. Tenía en la mano la lista de los -nombres de los que debían ser premiados. Entregósela -al rey de Marruecos, quien se puso a leerla -en alta voz, llamando uno por uno a los nombrados -para recibir el premio. Cada cual iba con respeto -a recibir un libro de la mano del pedante, inclinándose -profundamente al ir y volver cuando pasaban -delante del monarca marroquí. Juntamente -con el libro, se los coronaba a todos con una guirnalda -de laurel, y después se iban sentando en uno -de los dos bancos, para que fuesen vistos, aplaudidos -y admirados de todos, pero particularmente -de sus madres, amigos y parientes. Por más cuidado -que puso el preceptor en que todos quedasen -contentos, no lo pudo conseguir, porque, observándose -que la mayor parte de los premios habían -tocado a los pupilos, como regularmente se acostumbra, -las madres de los otros discípulos lo llevaron -muy a mal, se alborotaron y acusaron al -maestro de parcialidad; y tanto, que una fiesta -tan gloriosa y tan alegre hasta aquel punto faltó -poco para que se acabase tan desgraciadamente -como el banquete de los Lapitas.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span></p> -<p> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213">[213]</a></span></p> - -<div class="chapter"> - -<p class="pc4 elarge">LIBRO TERCERO</p> - -<hr class="d3" /> - - -<h2 class="p4"><a name="c301" id="c301">CAPÍTULO PRIMERO</a></h2> - -<p class="pch">Llegada de Gil Blas a Madrid, y primer amo a quien -sirvió allí.</p> - -<p>Detúveme algunos días en casa del barbero y -juntéme después con un mercader de Segovia que -pasó por Olmedo. Había ido a Valladolid con cuatro -mulas cargadas con varios géneros y se volvía -a su casa con todas ellas de vacío. Hízome montar -en una, y tomamos tanta amistad en el camino, -que cuando llegamos a Segovia se empeñó en que -me hospedase en su casa. Dos días descansé en -ella, y cuando me vió resuelto a marchar a Madrid -con el arriero, me dió una carta, encargándome -mucho que la entregase yo mismo en mano propia, -sin decirme que era una carta de recomendación. -Hícelo así, poniéndola yo mismo en manos -del señor Mateo Meléndez, mercader de paños, que -vivía en la puerta del Sol, esquina de la calle del -Cofre. Apenas abrió el pliego y leyó su contenido, -cuando me dijo con un modo muy agradable: «Señor -Gil Blas, mi corresponsal, Pedro Palacios, me -recomienda la persona de usted con tan vivas expresiones<span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span> -que no puedo dejar de ofrecerle un cuarto -en mi casa. Además de esto me suplica le busque -una buena conveniencia, cosa de que me encargo -con gusto y con esperanza de que no me será muy -difícil colocar a usted ventajosamente.»</p> - -<p>Acepté la generosa oferta de Meléndez, con tanto -mayor gusto cuanto veía que mi dinero se iba -por instantes acabando; pero no le fuí gravoso largo -tiempo. Pasados ocho días, me dijo que acababa -de proponerme a un caballero amigo suyo que necesitaba -un ayuda de cámara, y que, según todas -las señas, no se me escaparía esta conveniencia. -Con efecto, habiéndose dejado ver el tal caballero -en aquel mismo momento, «Señor—le dijo Meléndez -mostrándome a él—, éste es el mozo de quien -hablamos poco ha, de cuyo proceder me constituyo -por fiador como pudiera del mío mismo.» Miróme -atentamente el caballero, y respondió que le -gustaba mi fisonomía y que desde luego me recibía -en su servicio. «Sígame—añadió—, que yo le -instruiré en lo que deberá hacer.» Diciendo esto, -se despidió del mercader y me llevó consigo a la -calle Mayor, frente por frente de San Felipe el -Real. Entramos en una casa muy buena, donde él -ocupaba un cuarto, subimos unos cinco o seis escalones -y me introdujo en un aposento cerrado -con dos buenas puertas, en la primera de las cuales -había una rejilla de hierro para ver a los que -llamaban. Pasamos después a otra pieza, donde -tenía su cama, con otros varios muebles más aseados -que preciosos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span></p> - -<p>Si mi nuevo amo me había mirado bien en casa -de Meléndez, también yo le examiné a él después -con particular atención. Era un hombre de unos -cincuenta años, de aspecto frío y serio. Parecióme -de buena índole y no formé mal concepto de él. -Hízome muchas preguntas acerca de mi familia, -y satisfecho de mis respuestas, «Gil Blas—me -dijo—, yo contemplo que eres un mozo de gran -juicio y me alegro mucho de que me sirvas; y por -tu parte espero que estarás contento con tu acomodo. -Te daré seis reales al día para que comas y -te vistas, sin perjuicio de algunos provechos que -podrás tener conmigo. Yo no soy hombre que dé -mucha molestia a los criados; nunca como en casa, -sino siempre con mis amigos. Por la mañana no -tienes que hacer mas que limpiarme bien los vestidos; -lo restante del día te queda libre y puedes -hacer lo que quieras; basta que por la noche te retires -a casa temprano y me esperes a la puerta de -mi cuarto. Esto es todo lo que exijo de ti.» Después -de haberme dado esta instrucción sacó seis -reales del bolsillo y me los entregó, para empezar -a cumplir nuestro ajuste. Salimos los dos juntos, -cerró él mismo las puertas, llevóse consigo la llave -y me dijo: «No tienes que seguirme y puedes irte -adonde te diere la gana; pero ¡cuidado que te encuentre -en la escalera cuando vuelva a casa por -la noche!» Diciendo esto se marchó y me dejó que -dispusiese de mí como mejor se me antojase.</p> - -<p>«Vamos claros, Gil Blas—me dije entonces a mí -mismo—, que no te era posible encontrar amo mejor.<span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span> -Tú sirves a un hombre que por limpiar los vestidos, -hacerle la cama y barrer su cuarto por la -mañana te da seis reales cada día y libertad de -hacer después lo que quisieres, ni más ni menos -que un estudiante en tiempo de vacaciones. ¡A fe -que no será fácil hallar otra conveniencia igual! -Ya no me admiro del hipo que tenía por venir a -Madrid; sin duda era presagio de la fortuna que -me esperaba.» Pasé todo el día en andar de calle -en calle, viendo muchas cosas que me cogían de -nuevo y que no me daban poca ocupación. Por la -noche cené en una hostería poco distante de nuestra -casa, y prontamente me retiré al sitio donde -el amo me había mandado le esperase. Llegó tres -cuartos de hora después y se mostró contento de -mi puntualidad. «¡Muy bien!—me dijo—. ¡Eso me -gusta! Yo quiero criados que sean exactos en hacer -lo que les mando.» Dicho esto abrió las puertas -del cuarto, cerrólas, y como nos hallábamos a -obscuras, echó yescas y encendió una vela. Ayúdele -después a desnudar, y luego que se metió en la -cama encendí por su mandato una lamparilla que -había en la chimenea, cogí la vela y llevéla a la -antesala, donde me acosté en un catre. Al día siguiente -se levantó entre nueve y diez de la mañana, -cepillé sus vestidos, dióme mis seis reales y -despidióme hasta la noche. Salió fuera de casa, -sin descuidarse de cerrar bien las puertas, y hétele -aquí que uno y otro nos separamos para el resto -del día.</p> - -<p>Tal era nuestra vida, que a mí me parecía muy<span class="pagenum"><a name="Page_217" id="Page_217">[217]</a></span> -dulce y acomodada. Lo más gracioso de todo era -que yo no sabía aún cómo se llamaba mi amo y -Meléndez lo ignoraba también. Sólo conocía al tal -caballero por uno de tantos como concurrían a su -lonja a comprar géneros; y los vecinos tampoco -pudieron satisfacer mi curiosidad. Aseguráronme -todos que no sabían qué clase de hombre era mi -amo, aunque hacía dos años que vivía en aquel -barrio. Dijéronme que no trataba con ninguno de -los vecinos, y algunos, acostumbrados a juzgar temerariamente -mal de todo, inferían de aquí que -era un hombre de quien no se podía formar juicio -alguno bueno. Con el tiempo se adelantó más: sospechóse -que fuese un espía del rey de Portugal, -y me aconsejaron caritativamente que tomase mis -medidas acerca del particular. El aviso me puso -en sumo cuidado, porque desde luego formé juicio -de que si era verdad lo que decían corría yo gran -peligro de visitar los calabozos de Madrid. Mi inocencia -no me podía asegurar y mis pasadas desgracias -me obligaban a temer a la justicia. Había -experimentado ya dos veces que, si no quita la -vida a los inocentes, a lo menos guarda tan mal -con ellos las leyes de la hospitalidad, que siempre -es una desgracia hospedarse en su casa, aunque -sea por poco tiempo.</p> - -<p>Consulté con Meléndez lo que debía hacer en -tan críticas circunstancias; pero no supo qué consejo -darme. No podía creer que mi amo fuese espía; -mas tampoco tenía razón fuerte y positiva -para negarlo. Tomé, pues, el partido medio de<span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span> -observar bien todos sus pasos, y si descubría que -verdaderamente era un enemigo del Estado, abandonarle -enteramente; pero al mismo tiempo me -pareció que la prudencia y lo bien hallado que estaba -con él pedían que caminase con el mayor -tiento y circunspección en poner por obra lo que -había determinado, sin asegurarme antes de la -verdad. Comencé, pues, a examinar todas sus acciones -y movimientos, y para sondearlos mejor, -«Señor—le dije una noche mientras le estaba desnudando—, -no sabe un hombre cómo ha de vivir -para librarse de malas lenguas. El mundo está -perdido y nosotros tenemos unos vecinos que no -valen un demonio. ¡Malditas bestias! No creerá su -merced cómo hablan de nosotros.» «Y bien, Gil -Blas—me respondió—, ¿qué es lo que pueden decir?» -«¡Ah, señor—repliqué—, a la murmuración -nunca le falta asunto! Encuéntralos o los sueña -hasta en la misma virtud. ¿No es bueno que nuestros -vecinos tienen aliento para decir que nosotros -somos gente peligrosa y que la Corte debe vigilar -nuestra conducta? En una palabra: dicen que su -merced es espía del rey de Portugal.» Entonces -alcé los ojos y le miré con cuidado, como Alejandro -a su médico, para notar el efecto que producía -lo que acababa de decirle. Parecióme que se -turbaba algún tanto, lo cual confirmaba poderosamente -las conjeturas de la vecindad. Noté que -poco después se quedó pensativo y cabizbajo, y -esto tampoco lo interpreté muy favorablemente. -Así estuvo por un breve rato; pero luego, como<span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span> -quien vuelve en sí, me dijo en un tono y con rostro -muy tranquilo: «Gil Blas, dejemos a los vecinos -que digan lo que quieran; nuestra quietud no -ha de depender de sus malignas expresiones. No -hagamos caso de lo que dicen los hombres mientras -no demos motivo a que lo digan.»</p> - -<p>Acostóse después con mucho sosiego y yo hice -lo mismo, sin saber qué pensar. Al día siguiente, -cuando íbamos a salir de casa, oímos llamar recio -a la puerta de la escalera. Acudió con prontitud el -amo, y mirando por la rejilla vió a un hombre -bien vestido, que le dijo: «Señor caballero, yo soy -alguacil y vengo de parte del señor corregidor a -decir a usted que su señoría desea hablarle dos palabras.» -¿Qué me quiere el señor corregidor?», -respondió mi amo. «Eso es lo que no sé—replicó -el alguacil—; pero vaya usted a su casa y presto -lo sabrá.» «Yo le beso las manos al señor corregidor—repuso -su merced—; yo no tengo nada que -ver con su señoría.» Diciendo estas palabras cerró -enfadado la segunda puerta, y comenzándose a -pasear por el cuarto en ademán de un hombre, según -lo que a mí me parecía, a quien había dado -mucho que discurrir el recado del alguacil, me puso -en la mano mis seis reales y me dijo: «Amigo Gil -Blas, tú puedes irte a pasear a donde quieras, que -yo no te he menester.» Persuadíme al oír esto que -tenía miedo de que le prendiesen y que por eso no -quería salir. Dejéle, pues, y para ver si me engañaba -en mi sospecha, me escondí en paraje desde -donde podía observar si salía o no. Habría tenido<span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span> -paciencia para mantenerme allí toda la mañana si -él mismo no me hubiese aliviado de este trabajo, -pues al cabo de una hora le vi salir y presentarse -en la calle con un desembarazo y un aire de confianza -que dejó confundida mi penetración. Sin -embargo, no me deslumbraron estas apariencias; -antes bien me hicieron entrar en mayor desconfianza. -Parecióme que todo aquello podía muy bien -ser con estudio, y aun casi llegué a creer que se -había detenido en casa aquel tiempo para recoger -sus joyas y dinero, y que probablemente iba a ponerse -en salvo huyendo. Perdí la esperanza de verle -más, y aun estuve perplejo en si iría aquella noche -a esperarle en la puerta de la escalera: tan persuadido -estaba de que saldría aquel día de Madrid -para librarse del peligro que le amenazaba. Sin -embargo, no dejé de ir a esperarle, y quedé admirado -de verle volver como acostumbraba. Acostóse -sin la menor muestra de cuidado ni inquietud, -y por la mañana se levantó y vistió con la mayor -serenidad.</p> - -<p>No bien acabó de vestirse, cuando llamaron de -repente a la puerta. Fué él mismo a mirar por la -rejilla quién llamaba. Vió que era el alguacil del -día anterior; preguntóle qué se le ofrecía, y el alguacil -respondió que abriese al señor corregidor. -Al oír este nombre temible se me heló toda la -sangre. Había ya cobrado un endiablado miedo, y -más que pánico terror, a toda esta casta de pájaros -desde que tuve la desgracia de caer en sus manos, -y en aquel momento hubiera querido hallarme cien<span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span> -leguas distante de Madrid; pero mi amo, que no -era tan espantadizo ni tan medroso como yo, abrió -la puerta con sosiego y recibió al señor corregidor -con respeto. «Ya ve usted—dijo a mi amo—que no -vengo a su casa con grande acompañamiento, porque -nunca he gustado de hacer las cosas con estruendo. -Sin hacer caso de los rumores poco favorables -a usted que corren por el pueblo, me ha parecido -que su persona era acreedora a que se la -tratase con miramiento. Sírvase usted decirme -cómo se llama, quién es y qué hace en Madrid.» -«Señor—le respondió mi amo—, mi nombre es don -Bernardo de Castelblanco, familia conocida en Castilla -la Nueva. Mi ocupación en Madrid se reduce -a pasearme, frecuentar los teatros y divertirme con -algunos pocos amigos, gente toda muy honrada y -de honesta y grata conversación.» «Sin duda—dijo -el juez—, tendrá usted una gran renta.» «No, señor—repuso -mi amo—; no tengo rentas, ni tierras y ni -aun casa.» «¿Pues de qué vive usted?», le replicó -el corregidor. «De lo que voy a enseñar a vuestra -señoría», respondió don Bernardo; y al mismo -tiempo alzó un tapiz y abrió una puerta que estaba -tras de él, sin que yo la hubiese observado, y -luego otra que estaba después de aquélla, e hizo -entrar al juez en un cuartito, donde había un gran -cofre todo lleno de oro, que quiso viese con sus -mismos ojos. «Ya sabe vuestra señoría—le dijo entonces—que -nosotros los españoles somos por lo -general poco amigos del trabajo; mas por grande -que sea la aversión con que otros le miran, puedo<span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span> -asegurar que ninguna se iguala con la mía. Soy naturalmente -tan perezoso y holgazán, que no valgo -para ningún empleo ni ocupación. Si quisiera canonizar -mis vicios, dándoles el nombre de virtudes, -diría que mi pereza era una indolencia filosófica, -un rasgo del entendimiento desengañado de lo que -el mundo solicita y busca con tanto ardor; pero -debo confesar de buena fe que soy haragán y perezoso -de nacimiento; tanto, que si me viera precisado -a trabajar para comer, creo que me dejaría -morir de hambre. En este supuesto, a fin de pasar -una vida que se acomodase con mi humor, por no -tener la molestia de cuidar de mi hacienda, y mucho -más por no haber de lidiar con administradores -ni mayordomos, convertí en dinero contante -todo mi patrimonio, que consistía en muchas posesiones -considerables. Cincuenta mil ducados en -oro hay en este cofre, lo que basta y aun sobra para -lo que puedo vivir, aunque pase de un siglo, pues -no llegan a mil los que gasto cada año y cuento ya -diez lustros de edad. No me da cuidado lo venidero, -porque, gracias al Cielo, no adolezco de alguno -de aquellos tres vicios que comúnmente arruinan a -los hombres: soy poco inclinado a comilonas y meriendas, -juego poco, por mera diversión, y estoy -ya muy desengañado de las mujeres. No temo que -en mi vejez me cuenten en el número de aquellos -viejos lascivos a quienes las mozuelas venden sus -mentidos e interesados favores a precio de oro.»</p> - -<p>«¡Oh y qué dichoso es usted!—exclamó el corregidor—. -Teníanle, contra toda razón, por un<span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223">[223]</a></span> -espía, personaje que de ningún modo podía convenir -a un hombre de su carácter. Prosiga usted, -don Bernardo, en vivir como ha vivido hasta aquí. -Tan lejos estaré de turbar sus días tranquilos y -serenos, que desde luego los envidio y me declaro -por su defensor. Pídele a usted su amistad y yo -le ofrezco la mía.» «¡Ah, señor!—exclamó mi amo, -penetrado de tan atentas como apreciables palabras—. -Admito el precioso don que vuestra señoría -me ofrece. Su amistad es complemento de mi felicidad.» -Después de esta conversación, que el alguacil -y yo oímos desde fuera, el corregidor se despidió -de mi amo, que no hallaba expresiones con que -manifestarle su agradecimiento. Yo de mi parte, -por imitar a mi amo y ayudarle a hacer los honores -de la casa, harté al alguacil de profundas cortesías, -aunque en el corazón le miraba con aquel -tedio con que todo hombre de bien mira a un corchete.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c302" id="c302">CAPÍTULO II</a></h2> - -<p class="pch">De la admiración que causó a Gil Blas el encuentro -con el capitán Rolando y de las cosas curiosas que -le contó aquel bandolero.</p> - -<p>Luego que don Bernardo de Castelblanco hubo -despedido al corregidor, acompañándole hasta la -calle, volvió prontamente a cerrar el cofre y todas -las puertas que le resguardaban. Hecha esta diligencia, -salió de casa, muy placentero por haberse<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span> -granjeado tan importante amistad, y yo no menos -alegre por ver asegurados ya mis seis reales. La -gana que tenía de contar esta aventura a Meléndez -me obligó a encaminarme a su casa; pero al -estar ya cerca de ella me encontré con el capitán -Rolando. No puedo explicar lo sorprendido que -me quedé con este encuentro ni pude menos de -estremecerme y temblar a su vista. El también me -conoció. Llegóse a mí gravemente, y conservando -todavía su aire de superioridad me mandó que le -siguiese. Obedecíle temblando, y en el camino iba -diciendo entre mí mismo: «¡Pobre de mí! ¡Ahora -querrá que le pague todo lo que le debo! ¿Adónde -me llevará? Puede que tenga en esta villa alguna -cueva obscura. ¡Diablo! ¡Si tal creyera, en este mismo -momento le haría ver que no tengo gota en los -pies!» Con estos pensamientos iba andando tras -de él, muy atento a observar el sitio donde pararía, -con intento de huir de él a carrera tendida -por poco sospechoso que me pareciese.</p> - -<p>Presto me sacó Rolando de este cuidado y desvaneció -todo mi temor. Entróse en una famosa -taberna; seguíle; mandó traer del mejor vino y -dispuso se hiciese comida para los dos. Mientras -tanto, nos metimos en un cuarto, y así que el -capitán se vió solo conmigo, me habló de esta -suerte: «Sin duda, Gil Blas, que estarás muy admirado -de verte aquí con tu antiguo comandante; -pero más te admirarás cuando hayas oído lo que -te voy a contar. El día que te dejé en la cueva y -marché con mis compañeros a Mansilla a vender<span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span> -las mulas y caballos que habíamos robado la noche -anterior, encontramos al hijo del corregidor -de León, acompañado de cuatro hombres a caballo, -todos bien armados, que seguían su coche. -Acometímoslos; dimos muerte a dos de ellos y los -otros dos huyeron. Temiendo el buen cochero que -hiciésemos lo mismo con su amo, nos suplicó con -lágrimas que, por amor de Dios, no quitásemos la -vida al hijo único del señor corregidor de León. -Estas palabras, en vez de enternecer a mis compañeros, -los enardecieron más. «Señores—dijo uno—, -no dejemos escapar al hijo del enemigo más mortal -de los de nuestra profesión. ¿A cuántos de -éstos no ha hecho ajusticiar su padre? ¡Venguémoslos -y sacrifiquemos esta víctima a sus cenizas!» -Todos los demás aplaudieron tan inhumano consejo, -y hasta mi teniente iba ya a ser el gran -sacerdote de aquel sangriento sacrificio si yo no -le hubiera detenido el brazo. «¡Aguarda!—le dije—. -¿A qué fin derramar sangre sin necesidad? Contentémonos -con el bolsillo de este pobre mozo, y -pues no hace resistencia sería una barbaridad matarle; -fuera de que él no es responsable de las acciones -de su padre, ni aun el padre en condenarnos -a muerte hace mas que cumplir con la obligación -de su oficio, así como nosotros cumplimos con -la del nuestro en robar a los caminantes.»</p> - -<p>»Intercedí, pues, por el hijo del corregidor, y no -fué inútil mi intercesión. Sólo le cogimos todo el -dinero que llevaba, y juntamente nos apoderamos -de los caballos de los hombres que habían muerto<span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span> -en la refriega y vendímoslos en Mansilla con los -demás que conducíamos. Volvímonos después a -nuestro subterráneo, adonde llegamos el día siguiente -poco antes de amanecer. No quedamos -poco atónitos de ver levantada la trampa, y mucho -más de encontrar a Leonarda amarrada fuertemente -en la cocina. Contónos en dos palabras -todo lo acaecido y nos admiramos mucho de que -hubieses podido engañarnos; nunca te hubiéramos -creído capaz de jugarnos semejante petardo y te -perdonamos el chasco en gracia de la invención. -Luego que desatamos a la cocinera le di orden de -que nos compusiese bien de comer. Entre tanto -fuimos a la caballeriza a cuidar de los caballos, y -encontramos casi expirando al viejo negro, que en -veinticuatro horas no había probado bocado ni -visto persona alguna que le socorriese. Deseábamos -darle algún alivio; pero había perdido ya del -todo el conocimiento, y nos pareció un caso tan -desesperado el suyo, que, a pesar de nuestra buena -voluntad, desamparamos a aquel miserable, -que estaba entre la vida y la muerte. No por eso -dejamos de sentarnos a la mesa, y después de haber -almorzado grandemente, nos retiramos a nuestros -cuartos, donde estuvimos durmiendo o descansando -todo el día. Cuando despertamos, nos -dijo Leonarda que ya había muerto Domingo. Llevamos -el cadáver a la covacha donde te acordarás -que dormías, y allí le hicimos el funeral como -si hubiera tenido el honor de ser uno de nuestros -compañeros.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span></p> - -<p>»Al cabo de cinco o seis días sucedió que, habiendo -hecho una salida, encontramos muy de mañana, -a la entrada del bosque, tres cuadrillas de la Santa -Hermandad, que al parecer nos estaban esperando -para dar sobre nosotros. Al pronto no descubrimos -mas que una. No la temimos, y aunque -superior en número a nuestra tropa, la atacamos; -pero al tiempo que estábamos peleando con ella, -las otras dos, que habían hallado modo de mantenerse -emboscadas, se echaron de repente sobre -nosotros y nos rodearon de manera que de nada -nos sirvió nuestro valor. Fuénos necesario ceder -al número de los enemigos. Nuestro teniente y dos -de nuestros camaradas murieron en la función. -Los otros dos y yo, cercados por todas partes, -nos vimos precisados a rendirnos; y mientras las -dos cuadrillas nos llevaban presos a León, la tercera -fué a cegar y destruir la cueva, que fué descubierta -del modo siguiente: atravesando el bosque -un labrador del lugar de Luyego, volviendo -a su casa, vió por casualidad alzada la trampa de -la cueva, que dejaste abierta el mismo día que te -escapaste con la señora, y sospechó que aquélla -era nuestra habitación, y no teniendo valor para -entrar en ella, se contentó con observar bien sus -contornos; y para acertar mejor con el sitio, descortezó -ligeramente algunos árboles vecinos y otros -más, de trecho en trecho, hasta estar fuera del -bosque. Pasó después a León, dió parte de aquel -descubrimiento al corregidor, cuyo gozo fué mucho -mayor por cuanto estaba informado de que<span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span> -su hijo había sido robado por nuestra compañía. -El corregidor hizo juntar tres cuadrillas para prendernos, -y les dió por guía al labrador que había -descubierto el subterráneo.</p> - -<p>»Mi llegada a la ciudad de León fué un grande -espectáculo para todos sus vecinos. Aunque yo hubiera -sido un general portugués hecho prisionero -de guerra, no habría sido mayor la curiosidad con -que todos corrían y se atropellaban por verme. -«¡Aquél es—decían—, aquél es el capitán y el terror -de toda esta tierra! ¡Merecía ser atenaceado, -y no menos sus dos compañeros!» Presentáronnos -al corregidor, que desde luego comenzó a insultarme. -«¡Ya lo ves, malvado—me dijo—: el Cielo, -cansado de tus delitos, te ha entregado a mi justicia!» -«Señor—le respondí—, es cierto que he cometido -muchos; pero a lo menos no tengo que -acusarme de haber quitado la vida al hijo de vuestra -señoría. Si vive, a mí me lo debe, y me parece -que este servicio es acreedor a algún reconocimiento.» -«¡Ah, infame!—replicó—. ¡Sin duda que estaría -bien empleado un proceder generoso con hombres -de tu carácter! Y aun cuando yo te quisiera -perdonar, ¿me lo permitiría, por ventura, la obligación -de mi empleo?» Dicho esto, nos mandó meter -en un calabozo, donde no dejó pudrir a mis compañeros. -Salieron de él al cabo de tres días, para -representar un papel un poco trágico en la plaza -Mayor. Por lo que toca a mí, estuve tres semanas -enteras en la cárcel. Tuve por cierto que se dilataba -mi suplicio para que fuese más terrible, y,<span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span> -en fin, cada día estaba esperando un nuevo género -de muerte, cuando al cabo mandó el corregidor -que me llevasen a su presencia, y estando en ella -me dijo: «Oye tu sentencia. Quedas libre. Si no -fuera por ti, mi hijo hubiera sido asesinado en -medio de un camino. Como padre, deseaba agradecerte -este gran beneficio; pero no pudiendo -absolverte como juez, escribí a la Corte en tu -favor. Pedí al rey el perdón de tus delitos y lo -conseguí. Vete a donde quieras; pero, créeme—añadió—, -aprovéchate de tan feliz como no -esperado suceso. Vuelve en ti y abandona para -siempre esa desastrosa vida.»</p> - -<p>«Atravesado el corazón con estas últimas palabras, -tomé el camino de Madrid, con propósito de -vivir con sosiego en esta villa. Encontró ya muertos -a mis padres y su herencia en manos de un -viejo pariente nuestro, que me dió aquella cuenta -fiel que acostumbran los tutores. Sólo pude lograr -tres mil ducados, que acaso no componían la cuarta -parte de lo que debía heredar. Pero ¿qué había -de hacer? Nada adelantaría con ponerle pleito, sino -tener de menos todo lo que gastase en él. Por huir -la ociosidad, compré una vara de alguacil, y, según -cumplo con mi empleo, parece que no he tenido -otro en toda mi vida. Mis nuevos compañeros, por -decoro, se habrían opuesto a mi admisión si hubieran -sabido mi historia; pero, por fortuna mía, -la ignoraban, o—lo que viene a ser lo mismo—afectaron -ignorarla, porque en este honrado cuerpo -todos tienen interés en que no se sepan sus hechos,<span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span> -sus virtudes y milagros. Con todo eso, amigo mío—continuó -Rolando—, yo quiero descubrirte mi -corazón. No me gusta el oficio que he tomado. -Pide una conducta demasiadamente delicada y -misteriosa, que sólo da lugar a sutilezas y raposerías. -¡Oh y cuánto echo de menos mi antigua y -noble profesión! Confieso que es más segura la -nueva, pero es más gustosa y divertida la otra, y -yo soy amante de la alegría y de la libertad. Voy -viendo que tengo traza de exonerarme de este empleo -y desaparecer el día menos pensado, para retirarme -a las montañas que están en el nacimiento -del Tajo. Sé que hay allí cierta madriguera, habitada -por una valerosa tropa llena de catalanes -determinados cuyo nombre solo es su mayor elogio. -Si me quieres seguir, iremos a aumentar el -número de aquellos grandes hombres. Me brindan -con el empleo de segundo capitán de tan ilustre -compañía, y haré que te reciban en ella, asegurándoles -que diez veces te he visto combatir a mi -lado, y ensalzaré hasta las nubes tu valor. Hablaré -mejor de ti que un general de un oficial cuando -le quiere adelantar; pero me guardaré bien de tomar -en boca la pieza que nos jugaste, porque esto -te haría sospechoso, y así, no diré palabra de la -aventura consabida. Ahora bien—añadió—: ¿estás -pronto a seguirme? Espero tu respuesta.»</p> - -<p>«Cada uno tiene sus inclinaciones—respondí a -Rolando—; usted es inclinado a las empresas arduas -y peligrosas y yo a una vida tranquila y -sosegada.» «¡Ya te entiendo!—me interrumpió—.<span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span> -Aquella señora cuyo amor te hizo hacer lo que -emprendiste la tienes todavía muy dentro del corazón, -y sin duda que en su amable compañía gozas -de aquella vida cómoda y gustosa a que te -llama tu inclinación. Confiesa con sinceridad que, -después de haberle restituído sus muebles, estáis -comiendo juntos los doblones que recogisteis y robasteis -de la cueva.» Respondíle que estaba muy -equivocado, y para desengañarle, en pocas palabras -le conté toda la historia de la señora, con todo -lo demás que me había sucedido desde que me escapé -de su compañía. Al fin de la comida me volvió -a hablar de los señores catalanes y me confesó -que estaba resuelto a ir a juntarse con ellos, volviéndome -a dar otro tiento para persuadirme a que -abrazase aquel partido. Pero viendo que no lo podía -conseguir, me miró con un aire fiero y me dijo -con cierta seriedad feroz: «¡Ya que tienes un corazón -tan vil y bajo que prefieres tu servil condición -al honor de entrar en la compañía de unos hombres -valerosos, te abandono a la villanía de tus -ruines inclinaciones! ¡Olvida enteramente que me -volviste a encontrar hoy, y jamás me tomes en boca -con persona viviente de este mundo, porque si llego -a saber que alguna vez has hablado de mí...! -¡Ya me conoces, y no te digo más!» Al decir esto, -llamó al tabernero, pagó la comida y nos levantamos -de la mesa para ir cada cual por su camino.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span></p> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c303" id="c303">CAPÍTULO III</a></h2> - -<p class="pch">Deja Gil Blas a don Bernardo de Castelblanco -y entra a servir a un elegante.</p> - -<p>Salimos de la taberna, y cuando nos estábamos -despidiendo uno y otro pasaba mi amo por la calle. -Vióme, y observé que más de una vez se volvió -a mirar con cuidado al capitán. Parecióme que -le había sorprendido verme en compañía de semejante -sujeto. A la verdad, la traza de Rolando no -excitaba ideas muy favorables de sus costumbres. -Era un hombre muy alto, carilargo, de nariz aguileña, -y aunque no de desgraciada figura, tenía no -sé qué trazas de un grandísimo bribón.</p> - -<p>No me engañé en mi sospecha. Cuando don Bernardo -se retiró a casa por la noche, le hallé muy -prevenido contra la catadura del capitán y propenso -a creer todas las proezas que yo le pudiera -contar de él si me hubiera atrevido a referírselas. -«Gil Blas—me dijo—, ¿quién era aquel pajarraco -con quien te vi poco ha?» Respondíle que era un -alguacil y me imaginé que quedaría satisfecho con -esta respuesta. Pero me hizo otras muchas preguntas; -y como me viese perplejo en las respuestas, -porque me acordaba de las amenazas de Rolando, -cortó de repente la conversación y metióse en la -cama. La mañana siguiente, luego que acabé de -hacer las haciendas ordinarias, me entregó seis ducados -en lugar de seis reales y me dijo: «Toma,<span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span> -amigo, estos ducados por lo que me has servido -hasta aquí y vete a servir a otra casa, que yo no -me puedo acomodar con un criado que cultiva -tan honradas amistades.» De pronto no me ocurrió -otra cosa que decirle sino que había conocido -en Valladolid a aquel alguacil con motivo de haberle -asistido en cierta enfermedad cuando ejercía -yo la Medicina. «¡Bellamente! ¡No se puede negar -que es ingeniosa la salida! Mas ¿por qué no me respondiste -anoche lo mismo en vez de turbarte?» -«Señor—le dije—, no me atreví a decirlo por prudencia, -y ésta es la verdad.» «Ciertamente—me replicó, -dándome cariñosas palmaditas en el hombro—que -eso es ser prudente hasta lo sumo, y en -verdad que yo no te tenía por tanto. ¡Anda, hijo -mío, vete en paz y date por despedido!»</p> - -<p>Partíme inmediatamente y fuíme en derechura -a dar esta mala noticia a mi protector Meléndez, -el cual me dijo, por consolarme, que pensaba hacer -diligencias para acomodarme en otra casa mejor. -Con efecto, pocos días después me dijo: «Amigo -Gil Blas, muy lejos estarás tú de pensar en la fortuna -que ahora voy a anunciarte. Tendrás el mejor -puesto del mundo. Sábete que te he acomodado -con don Matías de Silva. Es un sujeto de la primera -distinción y uno de aquellos señoritos mozos que -se llaman <i>elegantes</i>. Tengo la honra de ser su mercader. -Acude a mi tienda por todo cuanto se le -ofrece; es verdad que todo va al fiado, pero nada -se va a perder nunca con estos señores. Comúnmente -se casan con herederas ricas, que pagan todas<span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span> -sus deudas; y cuando esto no, se les cargan -los géneros a tan subido precio, que aunque no se -cobre más que la cuarta parte de las partidas -siempre queda ganancioso el mercader que sabe -su oficio. El mayordomo de don Matías es amigo -mío; vamos a buscarle, que él es quien te ha de -presentar a su amo, y puedes estar seguro de que, -por respeto mío, hará de ti particular estimación.»</p> - -<p>Mientras íbamos caminando a casa de don Matías, -me dijo el mercader: «Paréceme muy conveniente -que estés informado del carácter del mayordomo. -Llámase Gregorio Rodríguez y, aquí para entre -los dos, es un hombre nacido del polvo de la tierra, -y sintiéndose con talento para el manejo económico, -siguió su inclinación y se ha enriquecido -arruinando dos casas cuyas rentas manejó. Te prevengo -que es hombre muy vano y gusta mucho -de que los demás criados se le humillen. A él han -de acudir todos los que pretendan alguna gracia -del amo. Si alguno consigue algo sin su participación, -siempre tiene prontos mil artificios para hacer -que se revoque la gracia o que le sea enteramente -inútil. Ten esto presente para tu gobierno. -Haz tu corte al señor Rodríguez aun más que a tu -mismo amo y no perdones diligencia alguna para -conservarte siempre en su favor. Su amistad te -será de gran provecho; te pagará puntualmente tu -salario, y si logras merecer su confianza no se -contentará con esto, porque tiene muchos arbitrios -para dar en qué ganar. Don Matías es un mozo que -sólo piensa en divertirse y nada cuida de los inteceses<span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235">[235]</a></span> -de su casa. Mira ahora si puede haberla mejor -para tal mayordomo.»</p> - -<p>Luego que llegamos a la casa, preguntamos si -podíamos hablar al señor Rodríguez; respondiéronnos -que sí y que le encontraríamos en su cuarto. -Efectivamente, le hallamos en él, y estaba con un -labrador que tenía en la mano un talego de terliz -lleno, a lo que parecía, de dinero. El mayordomo, -que me pareció más pálido y amarillo que una doncella -cansada de su estado, se levantó apresurado -y corrió con los brazos abiertos a recibir a Meléndez. -El mercader abrió también los suyos y se -abrazaron estrechísimamente, en cuyas demostraciones -de amor había por lo menos tanto artificio -como verdad. Después de esto se trató de mí. Rodríguez -me examinó de pies a cabeza y me dijo -con mucha afabilidad que yo era el mismísimo que -convenía a don Matías y que él tomaba a su cargo -presentarme a este señor. Le significó el mercader -lo mucho que se interesaba por mí y suplicó al -mayordomo que me tomase bajo su protección, y -dejándome con él, se retiró, despidiéndose con muchos -cumplimientos. Luego que salió, me dijo Rodríguez: -«Yo te presentaré al amo después que haya -despachado a este pobre labrador.» Acercóse al -paisano, y tomándole el talego, le dijo: «Veamos -si están aquí los quinientos doblones.» Contólos -por su mano, y hallándolos justos dió su recibo -al labrador y le despidió. Guardó luego los doblones -en el talego y, vuelto a mí, «Ahora podemos -ir—me dijo—a ver al amo, que se estará vistiendo,<span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span> -porque no se levanta hasta mediodía y ya es -cerca de la una.»</p> - -<p>Con efecto, acababa entonces de levantarse don -Matías. Estaba en bata, repantigado en una silla -poltrona, con una pierna sobre un brazo de la silla, -y era su ocupación estar picando un cigarro. Hablaba -con un lacayo que hacía oficio de ayuda de -cámara interinamente. «Señor—le dijo el mayordomo—, -aquí está este mocito, que tengo el gusto -de presentar a vuestra señoría para reemplazar al -criado que se sirvió despedir anteayer. Su fiador -es Meléndez, el mercader de vuestra señoría. Asegura -que es un mozo de mérito, y yo creo que -vuestra señoría estará contento con él y se dará -por bien servido.» «Basta que tú me lo presentes—respondió -su señoría—para que le reciba; yo le -declaro desde luego mi ayuda de cámara y queda -ya evacuado este negocio. Rodríguez, hablemos de -otra cosa, pues has venido cuando iba a mandar -que te llamasen. Te voy a dar una mala nueva, -mi amado Rodríguez. Anoche estuve muy desgraciado -en el juego; perdí cien doblones que llevaba -en el bolsillo y otros doscientos sobre mi palabra. -Ya sabes lo necesario que es a personas de mi -condición pagar cuanto antes este género de deudas. -Estas son propiamente las que el honor nos -obliga a satisfacer con puntualidad; las otras, basta -que se paguen cuando se pueda. Es preciso, pues, -que me busques en el día doscientos doblones y -se los envíes a la condesa de Pedrosa.» «Señor—respondió -el mayordomo—, más fácil es decirlo<span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span> -que ejecutarlo. ¿Dónde quiere vuestra señoría -que encuentre yo tanto dinero? No puedo cobrar -un maravedí de sus arrendadores por más amenazas -que les hago; me es indispensable mantener -la casa y la familia con toda la decencia que -conviene; me cuesta sudores de sangre el hallar -modo para soportar tanto gasto. Es verdad que -hasta aquí, por la misericordia de Dios, le he podido -sobrellevar; pero no sé ya a qué santo encomendarme -y me veo reducido al último apuro.» -«Cuanto estás hablando es inútil—respondió don -Matías—, y todas esas noticias sólo sirven de enfadarme. -Rodríguez, no tienes que esperar que yo -mude de conducta ni que quiera tomar a mi cargo -el gobierno de mi hacienda. ¡Por cierto que sería -muy buena diversión para un hombre como yo!» -«¡Paciencia!—replicó el mayordomo—. En tal caso, -estoy persuadido de que presto se verá vuestra señoría -libre para siempre de ese cuidado.» «¡Ya me -cansas y me matas con tanta bachillería!—repuso -enfadado el señorito—. ¡Déjame arruinar sin que -me lo recuerdes! Es menester, te digo, que busques -esos doscientos doblones; vuelvo a decir que -es menester y quiero precisamente que los busques -y los halles.» «Pues, según eso—dijo Rodríguez—, -voy a ver si los quiere dar aquel buen -viejo que otras veces ha prestado dinero a vuestra -señoría, aunque a crecida usura.» «¡Vé y recurre -aunque sea al mismo diablo!—respondió don Matías—. -¡Como yo tenga los doscientos doblones, -todo lo demás no me importa un bledo!»</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span></p> - -<p>No bien acababa de decir estas palabras, colérico -y enojado, cuando, al irse el mayordomo, entró -en su cuarto otro señorito mozo, llamado don -Antonio Centelles. «¿Qué tienes, amigo?—preguntó -éste a mi amo—. Parece que estás de mal humor; -veo en tu semblante un cierto no sé qué que me -lo hace sospechar. ¡Sin duda que te ha puesto así -el bruto que acaba de salir de aquí!» «Es cierto—respondió -don Matías—. Es mi mayordomo, y -siempre que viene a mi cuarto me da un mal rato. -No sabe hablar sino de mis negocios, y repite mil -veces que me como mis rentas y me engullo el capital. -¡Gran bestia! ¡Como si fuera él quien lo perdiese!» -«Amigo—respondió don Antonio—, en el -mismo caso me hallo yo. Mi mayordomo no es más -mirado que el tuyo. Cuando el grandísimo ganapán, -en fuerza de mis repetidas órdenes, me trae -algún dinero, no parece sino que me da lo que es -suyo; me dice que me pierdo y que todas mis rentas -están embargadas. Véome precisado a tomar -la palabra para cortar la conversación.» «Pero lo -peor de todo es—dijo don Matías—que no podemos -vivir sin estas gentes y que para nosotros es -éste un mal necesario.» «Convengo en eso—respondió -Centelles—. ¡Pero aguarda un poco—prosiguió, -reventando de risa—, que ahora me ocurre -un pensamiento muy gracioso y nunca imaginado! -Podemos hacer cómicas las escenas serias que cada -día representamos con estos hombres y que nos -sirva de diversión lo mismo que nos apesadumbra. -Hagámoslo de este modo: yo pediré a tu mayordomo<span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239">[239]</a></span> -el dinero que hayas menester y tú pedirás -al mío el que yo necesite. Dejarémosles decir -todo lo que quieran y nosotros les oiremos con -oídos de mercader. Al cabo del año, tu mayordomo -me presentará sus cuentas y el mío te dará las -suyas. De esta manera, yo sólo oiré hablar de tus -gastos, tú sólo tendrás noticia de los míos y verás -cómo nos divertimos.»</p> - -<p>A esta ingeniosa invención se siguieron mil chistosas -agudezas que alegraron a los dos señoritos, -y uno y otro las llevaron adelante con mucho alborozo. -Interrumpió Gregorio Rodríguez su alegre -conversación entrando en la sala acompañado de -un vejete, tan calvo que apenas se le descubría un -cabello. Quiso despedirse don Antonio, y dijo: -«¡Adiós, don Matías, que presto nos volveremos a -ver! Quiero dejarte con estos señores, con quienes -quizá tendrás que tratar negocios importantes.» -«¡No, no!—respondió mi amo—. ¡Estáte aquí, que -tú en nada nos estorbas! Este buen viejo que ves -es un hombre muy de bien, que me presta dinero -a un veinte por ciento.» «¿Cómo <i>a un veinte por -ciento</i>?—replicó Centelles como admirado—. ¡A fe -que has sido afortunado en caer en tan buenas -manos! Yo compro el dinero a peso de oro, porque -ninguno me lo quiere prestar menos de a treinta y -tres por ciento.» «¡Qué usura!—exclamó entonces -el usurerísimo viejo—. ¿Tienen alma esos bribones? -¿Creen, por ventura, que no hay otro mundo? -¡Ya no extraño que se declame tanto contra -las personas que prestan a interés! El exorbitante<span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span> -precio a que venden sus empréstitos es lo que nos -desacredita a todos, quitándonos la honra y la reputación; -yo, a lo menos, sólo presto puramente -por servir a los que se valen de mí, y si todos mis -compañeros siguieran mi ejemplo, no estaríamos -tan desacreditados. ¡Ah, si los tiempos presentes -fueran tan felices como los pasados, tendría yo -el mayor gusto en abrir mi bolsa y ofrecérsela a -vuestra señoría sin el más mínimo interés, pues, -aun en medio de mi pobreza, casi tengo escrúpulo -de prestar mi dinero a un miserable veinte por -ciento! Mas, ¡oh Dios!, parece que el dinero se ha -vuelto a enterrar en las entrañas de la tierra; ya -no se encuentra un ochavo, y su escasez me obliga -a ensanchar un poco las estrechas reglas de mi -moralidad. ¿Cuánto dinero ha menester vuestra señoría?», -preguntó volviéndose hacia mi amo. «Doscientos -doblones», respondió éste. «Cuatrocientos -traigo en un talego—dijo el usurero—; contaré la -mitad y se la entregaré a vuestra señoría.» Al -mismo tiempo sacó de debajo de la capa un talego -de terliz, que me pareció ser el mismo que -aquel labrador acababa de dejar con quinientos -doblones en el cuarto de Rodríguez. Luego me -ocurrió lo que debía pensar de aquella maniobra, -y vi por experiencia la mucha razón con que Meléndez -me había ponderado lo diestro que era el -mayordomo en hacer su negocio. El viejo abrió -el talego, vació los doblones sobre una mesa y -púsose a contarlos. La vista de toda aquella cantidad -encendió la codicia de mi amo. «Señor Dimas—dijo<span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span> -al usurero—, ahora mismo me ocurre -una reflexión que me parece cuerda. Verdaderamente, -yo era un pobre mentecato cuando sólo -pedí a usted el dinero que precisamente había -menester para desempeñar mi honor y mi palabra, -no acordándome de que me quedaba sin un -ochavo para el gasto preciso de mi casa y que -mañana me vería precisado a recurrir a usted. Tomaré, -pues, esos cuatrocientos doblones sobre el -mismo pie, para excusarle el trabajo de hacer otro -viaje a mi casa.» «Señor—respondió el viejo—, es -cierto que tenía destinada una parte de este dinero -para un buen licenciado, heredero de grandes -posesiones, que emplea cuanto tiene en retirar del -mundo a muchas pobres jóvenes que peligraban -en él, manteniéndolas después en su retiro; mas -una vez que vuestra señoría necesita de esta cantidad, -ahí la tiene toda a su disposición. Basta -que vuestra señoría se digne señalar hipotecas -suficientes y libres para asegurar el capital y los -réditos.» «¡Oh! Por lo que toca a la seguridad—interrumpió -Rodríguez sacando del bolsillo un papel—, -la tendrá usted aún mayor de lo que pudiera -desear, sólo con que el señor don Matías se digne -echar su firma en esta letra de cambio. En virtud -de ella, libra a vuestro favor quinientos doblones -contra Talegón, arrendador de los estados de Mondéjar.» -«Me conformo—replicó el usurero—, porque -no soy hombre que me haga de rogar.» Entonces -el mayordomo presentó una pluma a mi amo, que, -sin leer la letra, firmó su nombre tarareando.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span></p> - -<p>Concluído este negocio, se despidió el viejo de -don Matías, y éste le dió un estrecho abrazo, diciéndole: -«¡Hasta la vista, señor Dimas; soy todo de usted! -No sé cierto por qué son tenidos por bribones -todos los de su oficio. Yo por mí juzgo que son -unos entes muy necesarios al Estado, el consuelo -de mil hijos de familia y el recurso de todos los -señores que gastan más de lo que permiten sus -rentas.» «Tienes razón—dijo entonces Centelles—; -los usureros son unos hombres de bien que merecen -ser muy estimados y honrados; y yo quiero -abrazar también a éste, que se contenta con un -veinte por ciento.» Diciendo esto, se acercó al viejo -para abrazarle, y los dos elegantes, para divertirse, -se lo enviaban recíprocamente uno al otro -como si fuera una pelota. Después de haberle bien -zarandeado le dejaron ir con el mayordomo, que -merecía mejor aquellos zarandeos y aun alguna -cosa más.</p> - -<p>Luego que salió Rodríguez con el testaferro de -sus maldades, envió don Matías a la condesa de Pedrosa -la mitad de aquel dinero, por mano de un -lacayo que estaba conmigo en la antesala, y la -otra mitad la metió en un bolsillo de seda y oro -que llevaba ordinariamente en la faltriquera. Contentísimo -de verse con tanto dinero, dijo muy alegre -a don Antonio: «Y bien, ¿en qué hemos de pasar -el día de hoy? Pensémoslo un poco y tengamos -entre los dos consejo privado.» «¡Que me place—respondió -Centelles—, que eso es ser hombre de -juicio! Conferenciemos, pues.» Cuando iban a tratar<span class="pagenum"><a name="Page_243" id="Page_243">[243]</a></span> -de lo que habían de hacer, entraron otros dos -señoritos, poco más o menos de la misma edad de -mi amo, esto es, de veintiocho a treinta años, uno -de los cuales se llamaba don Alejo Seguier y el otro -don Fernando de Gamboa. Luego que se vieron juntos, -los cuatro comenzaron a darse tantos abrazos -como si en diez años no se hubieran visto. Después -de esta ceremonia, don Fernando, que era de genio -muy alegre, dirigiendo la palabra a don Matías y a -don Antonio, «Y bien, señores—les dijo—, ¿dónde -pensáis comer hoy? Si no estáis convidados, os -quiero llevar a una casita de los cielos, donde beberéis -un vinito de los dioses. Anoche cené en ella -y no salí hasta las cinco o seis de la mañana.» -«¡Ojalá hubiese yo tenido la misma prudencia—exclamó -mi amo—, pues así no hubiera perdido -mi dinero!»</p> - -<p>«Yo—dijo Centelles—quise tener anoche una nueva -diversión, porque la variedad es madre del gusto. -Llevóme un amigo a casa de uno de aquellos -ricotes que hacen su negocio manejando los del -Estado: un asentista. En el adorno de la casa se -veía magnificencia y elección de muebles exquisitos; -la mesa, bien cubierta y servida; pero descubrí -en los amos de la casa cierta ridiculez que me -divirtió extremadamente. El dueño, aunque de nacimiento -bajo y de educación grosera, afectaba -modales a lo grande. Su mujer, aunque era fea de -gana, creía ser una Venus, y además decía mil -necedades, sazonadas con un acento vizcaíno que -les daba un gran realce. Fuera de eso, estaban sentados<span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span> -a la mesa cuatro o cinco niños con su ayo. -Considerad ahora cuánto me divertiría aquella cena -casera.»</p> - -<p>«Pues yo, señores—dijo don Alejo Seguier—, cené -con una comedianta: con Arsenia. Eramos seis de -mesa: Arsenia, Florimunda, una niña amiga suya, -maja de profesión, el marqués de Zenete, don Juan -de Moncada y vuestro servidor. Pasamos la noche -en beber y en decir galanterías. Pero ¡qué noche! -Es verdad que Arsenia y Florimunda no son de las -más discretas; pero ¿qué importa? Su desembarazo -suple la falta de talento. Son unas criaturas tan -alegres, vivarachas y divertidas, que las prefiero -a las mujeres juiciosas.»</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c304" id="c304">CAPÍTULO IV</a></h2> - -<p class="pch">Hace amistad Gil Blas con los criados de los elegantes; -secreto admirable que éstos le enseñaron para -lograr a poca costa la fama de hombre agudo, y singular -juramento que a instancia de ellos hizo en -una cena.</p> - - -<p>Prosiguieron aquellos señoritos charlando de esta -manera hasta que don Matías, a quien yo entre -tanto ayudaba a vestir, se halló en disposición de -poder salir de casa. Díjome entonces que le siguiese, -y todos los cuatro elegantes tomaron juntos -el camino de la casa a donde había ofrecido -llevarlos don Fernando de Gamboa. Comencé, pues,<span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span> -a marchar detrás de ellos, juntamente con los otros -tres criados, porque cada uno de los caballeritos -llevaba el suyo. Observé con admiración que los -tales criados procuraban remedar en todo a sus -amos, imitando su aire y movimientos. Saludélos -a todos como un nuevo camarada suyo, correspondiéronme -de la misma manera, y uno de ellos, -después de haberme mirado atentamente por un -breve rato, me dijo: «Hermano, conozco por toda -tu traza que nunca has servido a ningún caballerito -de esta especie.» «Es verdad—le respondí—, porque -ha muy poco tiempo que llegué a Madrid.» -«Así me lo parece a mí también—replicó él—. Todavía -hueles a lugar, porque te veo tímido, atado, -y observo en tu modo de manejarte un no sé qué -de aldeanismo, rusticidad y encogimiento. Pero no -importa; yo te prometo sobre mi palabra que presto -te desbastaremos y te puliremos.» «Eso es lisonja», -le repliqué. «¡Nada de eso!—me respondió—. -Está cierto de que no hay hombre, por tosco que -sea, a quien no sepamos cepillar y pulir.»</p> - -<p>No necesitó decirme más para que yo conociese -que tenía por compañeros unos lindos perillanes -y que no podía caer en mejores manos para llegar -a ser un mozo de provecho. Cuando llegamos a la -tal casa, hallamos ya preparada la mesa y dispuesta -la comida, que don Fernando había tenido -cuidado de encargar desde por la mañana. Sentáronse -a la mesa nuestros amos y nosotros nos dispusimos -a servirlos. Comenzaron a comer y a charlar -con mucha alegría, y era para mí grandísima<span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span> -diversión el verlos y oírles. Su carácter, sus pensamientos -y sus expresiones me divertían completamente. -¡Qué viveza! ¡Qué chistes! ¡Qué agudezas! -Me parecían unos hombres de diferente especie. -Cuando se sirvieron los postres, les pusimos -muchas botellas de los mejores vinos de España, -y levantados los manteles, nos retiramos los criados -a otro cuarto, donde había mesa para nosotros.</p> - -<p>Tardé poco en conocer que los caballeros criados -de mi cuadrilla eran hombres de mucho mayor mérito -de lo que yo me había imaginado. No se contentaban -con imitar los modales de sus amos; afectaban -hablar el mismo lenguaje, y los bellacos lo -hacían tan a la perfección, que, a reserva de un -cierto airecillo de nobleza que no sabían remedar, -en todo lo demás parecían los mismos. Admirábame -su desenvoltura y desembarazo, pero mucho -más me admiraba su prontitud y la agudeza -de sus dichos; tanto, que absolutamente desesperé -llegar nunca a parecerme a ellos. El criado de don -Fernando, en vista de que su amo era el que regalaba -a los nuestros, hacía los honores del banquete, -y llamando al dueño de la casa, le dijo: «Patrón, -tráiganos acá diez botellas del vino más generoso -que tenga, y, según usted acostumbra, cárguelo en -la partida del que bebieron nuestros amos.» «Con -mucho gusto—respondió él—; pero, señor Gaspar, -ya sabe usted que el señor don Fernando me está -debiendo muchas comidas. Si por medio de usted -pudiera cobrar algún dinerillo...» «¡Oh!—respondió<span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247">[247]</a></span> -el criado—. ¡No paséis cuidado por lo que se os -debe! Yo salgo fiador de que las deudas de mi amo -son como plata quebrada. Es verdad que algunos -acreedores han hecho embargar nuestras rentas; -pero mañana haremos que se levante el secuestro -y seréis pagado de todo el importe de la cuenta, -sin examinarla.» Trájonos el vino, no embargante -el secuestro, y bebimos poderosamente mientras -llegaba el día de que éste se alzase. Eran de ver -los brindis que continuamente nos hacíamos unos -a otros, llamándonos recíprocamente por los nombres -de nuestros amos. El criado de don Antonio -llamaba <i>Gamboa</i> al de don Fernando, y el de don -Fernando llamaba <i>Centelles</i> al de don Antonio, y -a mí me llamaban <i>Silva</i>. Poco a poco nos fuimos -todos emborrachando bajo estos nombres postizos, -ni más ni menos como lo habían hecho nuestros -señores amos bajo los suyos propios.</p> - -<p>Aunque en la realidad no brillaba yo tanto como -mis camaradas, sin embargo, no dejaron de mostrarse -bastante contentos conmigo. «Amigo Silva—me -dijo uno de los menos tartamudos—, espero -que haremos de ti algo bueno. Veo que tienes fondo -e ingenio, pero no sabes aprovecharte de él. El -miedo de hablar mal te acobarda; no te atreves a -hacerlo por temor de decir algún despropósito. -Con todo eso, ¿cuántos pasan hoy en el mundo por -hombres agudos e ingeniosos sólo porque se arriesgan -a decir cuanto se les viene a la boca, aunque -digan tal vez cien disparates? Calificaráse de una -doble viveza de espíritu tu mismo atolondramiento.<span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span> -Aunque digas mil desatinos, como entre ellos -se te escape algún dicho agudo, se olvidarán las -otras necedades y sólo se tendrá presente y se celebrará -la tal agudeza, haciéndose concepto superior -de tu singular mérito. Esto y no más hacen -nuestros amos, y esto y no más debe hacer todo -aquel que aspire a la reputación de hombre de ingenio -y chistoso.»</p> - -<p>Sobre que yo no aspiraba a otra cosa, el medio -que me enseñaban para conseguirlo me pareció tan -fácil y practicable, que juzgué no debía despreciarle. -Comencé a probarle inmediatamente, y no -ayudó poco el vino que había bebido para que no -me saliese mal aquella primera prueba. Quiero decir -que desde luego comencé a hablar a diestro y -siniestro, y tuve la fortuna de mezclar entre mil -extravagancias algunas agudezas que me granjearon -grandes aplausos. Llenóme de gran confianza -este primer ensayo. Aumenté con tragos la charlatanería -para que me ocurriese algún conceptillo, -y quiso la casualidad que no se malograsen mis -esfuerzos.</p> - -<p>«Ahora bien—me dijo el que me había dado la -importantísima lección—: ¿no conoces tú mismo -que ya empiezas a civilizarte? Aun no ha dos horas -que estás en nuestra compañía y ya eres un -hombre muy diferente del que eras; cada día irás -mejorando. Ya estás viendo y palpando qué cosa -es esto de servir a caballeros y personas de distinción. -Insensiblemente eleva y ennoblece el ánimo; -efecto que no se experimenta sirviendo a clase baja<span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span> -ni aun a la de mediana condición.» «Sin duda—le -respondí—; y, por tanto, de hoy en adelante quiero -consagrar mis servicios a la nobleza.» «¡Bravo! -¡Bravo!—exclamó el criado de don Fernando, que -estaba ya alumbrado—. ¡No es dado a la gente -baja el tener pensamientos altos ni talentos superiores -como nosotros! ¡Ea, señores—añadió—, -alto todos, y hagamos juramento, por la laguna -Estigia, de nunca servir a esa gentecilla de media -braga!» Reímonos mucho del pensamiento de Gaspar; -celebrámosle, y con la botella en una mano y -el vaso en la otra hicimos todos aquel bufonesco -juramento.</p> - -<p>Mantuvímonos sentados a la mesa hasta que -plugo a nuestros amos retirarse, que fué a media -noche, lo que a mis camaradas pareció un exceso -de sobriedad. Verdad es que si los tales señoritos -salieron de allí tan temprano fué por ir a ver a -una elegante mala cabeza que vivía en el barrio -de Palacio y tenía su casa abierta día y noche a -toda la gente del bronce. Era una mujer de treinta -y cinco a cuarenta años, linda en extremo, todavía -de singular atractivo, y tan diestra en el arte -de agradar que, según decía, vendía más caros los -rebuscos de su belleza que había vendido las primicias. -Vivían en la misma casa otras dos o tres -damas de la misma laya, que no contribuían poco -al concurso de señores que en ella se veían. Poníanse -a jugar después de comer, cenaban allí y -pasaban la noche en beber y divertirse. Nuestros -amos se detuvieron en la tal casa hasta el amanecer,<span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span> -y mientras ellos se divertían con las damas -de buen humor, nosotros nos holgábamos con las -criadas, que no eran menos joviales que sus amas. -En fin, nos separamos todos luego que se mostró -la aurora, y cada uno se retiró a descansar.</p> - -<p>Mi amo se levantó a mediodía, como acostumbraba. -Vistióse, salió, seguíle y entramos en casa -de don Antonio Centelles, donde encontramos a un -tal don Alvaro de Acuña. Era un hombre ya entrado -en años y disoluto de profesión. Todos los mozuelos -que querían ser elegantes se ponían en sus -manos y acudían a su escuela. Formábalos a su -gusto, enseñándolos a lucir en el gran mundo y a -malgastar sus caudales. Don Antonio no necesitaba -de esta lección, porque ya se había comido el suyo. -Luego que se abrazaron los tres, dijo Centelles a -mi amo: «A fe, don Matías, que no podías haber llegado -a mejor tiempo. Don Alvaro ha venido para -llevarme a casa de un particular que ha convidado -hoy a comer al marqués de Zenete y a don Juan -de Moncada, y yo quiero que tú seas del convite.» -«Pero ¿cómo se llama ese tal?», preguntó don Matías. -«Se llama Gregorio Noriega—respondió don -Alvaro—, y en dos palabras te diré lo que es este -mozo. Es hijo de un joyero rico que ha ido a negociar -en pedrería a los países extranjeros, y al -partir le ha dejado el goce de una gran renta. -Gregorio es un pobre tonto, propenso a comer y -gastar todo su dinero haciendo el elegante y que -revienta por parecer hombre ingenioso y agudo, a -pesar de la naturaleza, que no le ha concedido esta<span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span> -gracia. Púsose en mis manos para que le dirigiese; -yo lo hago a mi modo, y en verdad que le llevo en -buen estado, pues el fondo de su caudal está ya -medio consumido.» «Eso es lo que yo no dudo—interrumpió -Centelles—, y espero verle presto en el -hospital. ¡Vamos, don Matías, conozcamos a ese -hombre y ayudémosle a que acabe de arruinarse!» -«Vengo en ello—dijo mi amo—, porque tengo gran -gusto en dar en tierra con la fortuna de esos señoritos -plebeyos que quieren hombrearse y confundirse -con nosotros. Como, por ejemplo, nada -he celebrado tanto como la ruina del hijo de aquel -asentista a quien el juego y la vanidad de querer -figurar con los grandes obligaron a vender su misma -casa.» «¡Oh!—replicó don Antonio—. Ese tal no -merece le tengan lástima, porque no es menos necio -ni menos presumido en su miseria que lo era -en su prosperidad.»</p> - -<p>Partieron, pues, mi amo, Centelles y don Alvaro -a casa de Gregorio Noriega. Mojicón, criado de -Centelles, y yo fuimos también tras de ellos, muy -persuadidos los dos de que nos esperaba una gran -bucólica y ambos también muy contentos de cooperar -por nuestra parte a la destrucción de aquel -pobre mentecato. Al entrar en su casa vimos mucha -gente ocupada en disponer la comida, y nos -dió en las narices un olor de cocina que anunciaba -al olfato el recreo que tendría luego el paladar. -Acababan de llegar el marqués de Zenete y don -Juan de Moncada. Dejóse ver después el dueño de -la casa, que desde luego me pareció un solemnísimo<span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span> -majadero. Afectaba inútilmente el aire y modales -de los elegantes; pero era una feísima copia -de aquellos hermosos originales, o, por mejor decir, -un atolondrado que se esforzaba por ostentar -despejo y desembarazo. Figurémonos un hombre -de este carácter entre cinco bufones de profesión -empeñados únicamente en burlarse de él y en hacerle -gastar cuanto tenía. «Señores—dijo don Alvaro -después de los primeros cumplimientos—, éste -es el señor Gregorio Noriega, que, sobre mi palabra, -presento a ustedes como uno de los más cabales -y perfectos caballeros. Posee mil bellas prendas -y es un joven muy culto. Escojan ustedes lo que -quisieren: es igualmente hábil en todas las facultades, -desde la lógica más alta y sutil hasta la más -pura y delicada ortografía.» «¡Oh, señor, eso ya es -demasiado!—interrumpió Gregorio, sonriéndose sin -ninguna gracia—. Yo sí, señor don Alvaro, que podía -decírselo a usted, porque usted sí que es aquello -que se llama <i>un pozo de ciencia</i>.» «Por cierto—replicó -don Alvaro—, que mi ánimo no fué buscarme -una alabanza tan aguda y discreta; pero en -verdad, señores, que el nombre del señor Gregorio -hará un gran ruido en el mundo.» «Yo—dijo don -Antonio—lo que admiro en él, aun más que su ortografía, -es el acierto en la elección de las personas -con quienes trata. En lugar de buscar comerciantes, -sólo gusta de tratar con caballeros, sin -dársele nada de lo mucho que esta comunicación -le ha de costar. Tiene unos pensamientos tan nobles -y elevados, que me admiran. Esto es lo que<span class="pagenum"><a name="Page_253" id="Page_253">[253]</a></span> -se llama gastar con buen gusto y gran discernimiento.»</p> - -<p>A estos irónicos discursos se siguieron otros muchos -en todo semejantes. Burláronse completamente -del pobre Gregorio, y de cuando en cuando, -en tono de elogios, le lanzaban ciertas pullas que -no conocía el pobre bobo; antes bien, todo lo convertía -en substancia, tomando al pie de la letra -cuanto le decían, y se mostraba muy satisfecho de -sus taimados huéspedes, creyendo que le hacían -mucho favor, siendo así que se mofaban de él. En -fin, fué el hazmerreír mientras la comida, y aun -todo el resto del día y de la noche, porque toda la -pasaron los señores míos en aquella diversión. Nosotros -bebimos a discreción, ni más ni menos que -nuestros amos, y todos estábamos bien compuestos -cuando salimos de casa del señor Gregorio.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c305" id="c305">CAPÍTULO V</a></h2> - -<p class="pch">Vese Gil Blas de repente en lances de amor con una -hermosa desconocida.</p> - -<p>Después de haber dormido algunas horas, me -levanté de buen humor, y acordándome del consejo -que me había dado Meléndez, fuí, mientras -despertaba el amo, a hacer la corte al mayordomo, -a cuya vanidad me pareció halagar el cuidado que -yo ponía en rendirle mis obsequios. Recibióme con -mucho agrado y me preguntó si me acomodaba<span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span> -bien la vida que hacían los señores. Respondíle -que, aunque era nueva para mí, no desconfiaba -de hacerme a ella con el tiempo.</p> - -<p>Efectivamente fué así, porque tardé muy poco -en acostumbrarme. De reposado y juicioso que antes -era, pasé de repente a ser vivaracho, atolondrado -y zumbón. Dióme la enhorabuena de mi -transformación el criado de don Antonio y me dijo -que para ser hombre ilustre no me faltaba mas -que tener lances amorosos. Representóme que esta -era una cosa absolutamente necesaria para formar -un joven completo, que todos nuestros camaradas -eran amados de alguna persona linda y que él tenía -la fortuna de que le mirasen con buenos ojos -dos señoras de distinción. Creí que mentía aquel -bellaco, y le dije: «Amigo Mojicón, no se puede -negar que eres buen mozo y agudo; pero no alcanzo -cómo han podido prendarse de un hombre -de tu condición dos señoras distinguidas en cuya -casa no estás.» «¡Gran dificultad, por cierto!—respondió -Mojicón—. Ellas ni aun siquiera saben -quién yo soy. Estas conquistas las he hecho usando -de los vestidos de mi amo, y la cosa pasó de -esta suerte: Vestíme de señor, imité bien los modales -de tal y fuíme al paseo. Hice gestos y cortesías -a todas las que encontraba, hasta que tropecé -con una que correspondió a mis expresivas -muecas. Seguíla y logró también hablarle. Tomé el -nombre de don Antonio Centelles, pedí una cita, -hice algunos esguinces, insté, convino al fin en ello, -etcétera. Hijo mío, así me he gobernado yo para<span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span> -lograr tales fortunas; y si tú las quieres tener, sigue -mi ejemplo.»</p> - -<p>Era mucha la gana que yo tenía de hacerme -hombre ilustre para que dejase de poner en práctica -este consejo, y más cuando tampoco sentía -en mí gran repugnancia en tentar alguna empresa -de amor. Resolví, pues, disfrazarme de señor para -buscar amorosas aventuras. No quise vestirme en -nuestra casa porque no se advirtiese; pero escogí -en el guardarropa el mejor vestido de mi amo, hice -un paquete y llevéle a casa de cierto barberillo -amigo mío, donde podía disfrazarme libremente. -Vestíme allí lo mejor que pude, ayudándome el -barbero; y cuando nos pareció que ya no cabía -más, me encaminé hacia el prado de San Jerónimo, -de donde estaba bien persuadido a que no -volvería sin haber encontrado alguna fortuna; pero -no tuve necesidad de ir tan lejos para hallar una -de las más brillantes.</p> - -<p>Al atravesar una calle excusada, vi salir de una -casa pequeña y entrar en un coche que estaba a -la puerta una señora ricamente vestida y muy hermosa. -Paréme a mirarla y la saludé de manera -que pudo bien conocer que no me había disgustado, -y ella por sí me hizo ver que merecía mi -atención más de lo que yo pensaba, porque levantó -disimuladamente el velo y descubrió un momento -la cara más linda y graciosa del mundo. -Fuése en esto el coche y yo quedé en la calle sorprendido -de aquella aparición. «¡Oh qué hermosura!—me -decía yo a mí mismo—. ¡Cáspita! ¡No<span class="pagenum"><a name="Page_256" id="Page_256">[256]</a></span> -me faltaba otra cosa para acabar de trastornarme! -¡Si las dos señoras que aman a Mojicón son tan -hermosas como ésta, digo que es el ganapán más -dichoso de todos los ganapanes! Estaría yo loco -con mi suerte si mereciese servir a una dama como -ésta.» Mientras hacía estas reflexiones, volví casualmente -los ojos hacia la casa de donde había -visto salir a aquella linda persona, y vi asomada a -la reja de un cuarto bajo a una vieja que me hizo -señas de que entrase.</p> - -<p>Fuí volando a la casa, y en una sala muy decentemente -amueblada encontré a la venerable y disimulada -vieja, que, teniéndome cuando menos por -algún marqués, me saludó con mucho respeto y -me dijo: «Sin duda, señor, que vuestra señoría habrá -formado mal juicio de una mujer que, sin tener -el honor de conocerle, le ha hecho señal para -que entrase en su casa; pero juzgará más favorablemente -de mí cuando sepa que no lo hago así -con todos y que vuestra señoría me parece algún -señor de la corte.» «No se engaña usted, amiga—le -interrumpí, avanzando la pierna derecha y ladeando -un poco el cuerpo sobre el costado izquierdo—. -Soy, sin vanidad, de una de las mejores casas de -España.» «Bien se conoce—prosiguió la vieja—, y -a cien leguas se echa de ver. Yo, señor, tengo gran -gusto, lo confieso, en servir de algo a las personas -de circunstancias, y éste es mi flaco. Habiendo -observado desde mi reja que vuestra señoría miraba -con mucha atención a aquella señora que acababa -de salir de aquí, me atrevo a suplicarle me<span class="pagenum"><a name="Page_257" id="Page_257">[257]</a></span> -diga con toda confianza si le ha gustado.» «Me ha -gustado tanto—le respondí—, que a fe de caballero -os aseguro no he visto en mi vida criatura más -salada. Así, pues, madre mía, haced que ella y yo -nos veamos a solas, y contad con mi agradecimiento. -Este es uno de aquellos servicios que nosotros -los grandes señores nunca pagamos mal.»</p> - -<p>«Ya he dicho a vuestra señoría—replicó la vieja—que -toda yo estoy dedicada a servir a personas -de distinción y que mi mayor gusto es poderles ser -útil en alguna cosa. Por ejemplo, yo recibo en mi -casa ciertas mujeres a quienes el concepto en que -están de honestas y virtuosas no les permite admitir -en la suya cortejantes y les ofrezco la mía para -que puedan conciliar en ella su inclinación con la -decencia exterior.» «¡Bellamente!—le respondí—. Y -es muy verosímil que usted acabe de hacer este -servicio a esa dama de quien estamos hablando.» -«No por cierto—repuso ella—; ésa es una señora -viuda y moza que desea tener un amante; pero es -de un gusto tan delicado en este particular, que no -sé si encontrará en vuestra señoría lo que busca, -aunque sea un señor, a lo que parece, de gran mérito. -Tres caballeros le he presentado, todos tres a -cual más galán y airoso, y, sin embargo, ninguno -le ha contentado, despidiéndolos a todos con desdén.» -«¡Oh, madre!—exclamé yo con cierto aire de -confianza—. ¡Eso a mí no me acobarda! ¡Disponed -que yo le hable y os doy mi palabra que presto -os daré buena cuenta de ella! Tengo deseo de verme -a solas con una hermosura esquiva, porque hasta<span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span> -ahora ninguna he tropezado de esa especie.» -«Pues bien—repuso la vieja—, venga vuestra señoría -mañana a esta misma hora y satisfará ese -deseo.» «No faltaré—respondí—, y veremos si un -caballero mozo y gallardo pierde esa conquista.»</p> - -<p>Volví a casa del barberillo, sin empeñarme en -buscar otras aventuras hasta ver el éxito de la presente. -El siguiente día, después de haberme vestido -a lo señor, fuí a casa de la vieja una hora antes -de la que ella me había señalado. «Señor—me -dijo—, vuestra señoría ha venido muy puntual, a -lo que le estoy verdaderamente agradecida, aunque -es verdad que el motivo lo merece bien. He -visto a nuestra viudica, y las dos hemos hablado -mucho de vuestra señoría. Encargóme que nada -le dijese de esto; pero he cobrado tanto amor a -vuestra señoría, que no puedo menos de decirle -que ha quedado muy prendada de su persona y -que será un señor afortunado. Hablando aquí entre -los dos, la tal viudita es un bocado muy apetitoso. -Su marido vivió poco tiempo con ella; fué un relámpago -su matrimonio y se puede decir que casi -tiene el mérito de una doncella.» Sin duda que la -buena vieja quería hablar de aquellas doncellas -putativas que saben vivir en el celibato sin echar -nada de menos.</p> - -<p>Tardó poco nuestra heroína en llegar a casa de -la vieja, en coche de alquiler como el día anterior, -pero vestida con ricas galas. Luego que se dejó ver -en la sala salí al encuentro, dando principio a mi -papel por cinco o seis profundas cortesías a lo elegante,<span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259">[259]</a></span> -acompañadas de garbosas contorsiones. Acercándome -después a ella con mucha familiaridad, le -dije: «Reina mía, aquí tiene usted a sus pies, en -este caballerito mozo, una de las más difíciles conquistas; -pero desde que tuve ayer la dicha de ver -esos bellos ojos, astros del más hermoso cielo, ni -un solo instante se ha borrado de mi imaginación -el vivo retrato de tan perfecto original, de modo -que enteramente ofuscó el de cierta duquesa que -ya comenzaba a poseer mi corazón.» «Sin duda—respondió -ella quitándose el velo—que el triunfo -es muy glorioso para mí; mas ni por eso es muy -pura mi alegría, porque un señorito de vuestra -edad es naturalmente inclinado a la variedad y a -la mudanza, siendo tan dificultoso de fijar como -el azogue o el espíritu volátil.» «Reina mía—le repliqué—, -si a usted le place, dejemos a un lado lo -futuro y pensemos sólo en lo presente. Usted es -bella; yo la amo. Embarquémonos sin reflexión -como lo hacen los marineros; no miremos a los peligros -de la navegación; pongamos solamente los -ojos en los placeres que la acompañan.»</p> - -<p>Diciendo esto, me arrojé precipitadamente a los -pies de mi ninfa y, para imitar mejor a los elegantes, -le supliqué y aun importuné de un modo -urgente que me hiciese feliz. Parecióme algún tanto -conmovida con mis instancias; pero juzgando sin -duda que aun no era tiempo de acceder a ellas, -me alejó de sí con cierto cariñoso enojo, diciéndome: -«Deténgase vuestra señoría, que me parece un -poco atrevido y me temo que sea aún más libertino.»<span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260">[260]</a></span> -«¡Qué, señorita!—exclamé yo—. ¿Será posible -que usted aborrezca a un hombre a quien aman -las mujeres de la primera tijera? ¡Solamente a las -vulgares y aldeanas parecen mal esas tachas!» -«¡Eso ya es demasiado!—repuso ella—. ¡Ya no -puedo más, y así, me rindo a razón tan poderosa! -Veo que con los señores son inútiles los espantos y -reparos; es preciso que una pobre mujer ande la -mitad del camino. ¡Vuestra es ya la victoria!—añadió, -aparentando una especie de vergüenza, -como si padeciera mucho su pudor en aquella confesión—. -Vos, señor, me habéis inspirado afectos -que jamás he sentido por nadie. Sólo me falta saber -quién es vuestra señoría para determinarme a -escogerle por amante. Téngole por un señor, y por -un señor de nobles y honrados pensamientos. Con -todo eso, no estoy muy segura, y aunque me confieso -inclinada a su persona, no acabo de resolverme -a hacer único dueño de mi amor y mi ternura -a un desconocido.»</p> - -<p>Acordéme entonces del ingenioso modo con que -el criado de don Antonio había salido de otro apuro -semejante, y queriendo yo, a ejemplo suyo, ser -tenido por mi amo, dije a mi viuda: «No tengo reparo -de manifestaros mi nombre y apellido, pues -no es tan obscuro que me avergüence de confesarlo. -¿Habéis oído hablar alguna vez de don Matías -de Silva?» «Sí, señor—respondió ella—, y aun diré -también que en cierta ocasión le vi en casa de una -amiga mía.» Turbóme un poco, a pesar de mi descaro, -esta inesperada respuesta; pero serenándome<span class="pagenum"><a name="Page_261" id="Page_261">[261]</a></span> -al punto y cobrando aliento para salir bien de -aquel barranco, proseguí diciendo: «Me alegro, ángel -mío, de que conozcáis a un caballero... a quien... -también conozco yo; pues sabed, ya que me es preciso -decirlo, que los dos somos de una misma casa. -Su abuelo se casó con la cuñada de un tío de mi -padre, y así, somos, como veis, parientes bastante -cercanos. Yo me llamo don César y soy hijo único -del ilustre don Fernando de Ribera, que murió quince -años ha en una batalla que se dió en la raya de -Portugal. Fué una acción endiabladamente viva, -y os haría una exacta y menuda relación de ella; -pero sería malograr los momentos preciosos que el -amor quiere que yo emplee en cosas de mayor -gusto.»</p> - -<p>Después de esta conversación, me mostré más -vivamente encendido y apasionado; pero al fin -todo vino a parar en nada. Los favores que mi -apasionada deidad me concedió sólo sirvieron para -hacerme suspirar por los que me negó. La cruel -volvió a meterse en su coche, que la estaba esperando -a la puerta. Yo, con todo eso, no dejé de -retirarme muy satisfecho de mi buena fortuna, -aunque todavía no fuese completa mi ventura. «Si -no he podido hasta ahora lograr—me decía yo a -mí mismo—mas que favores a medias, sin duda -es porque, siendo mi princesa una dama tan distinguida, -le pareció que no podía ni debía rendirse -al primer ataque. La altivez de su nacimiento retardó -mi dicha; pero ésta sólo se diferirá por algunos -días.» Verdad es que, por otra parte, se me<span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262">[262]</a></span> -ofrecía también que quizá podía ser una de las -chuscas más ladinas y refinadas. Con todo eso, me -inclinaba más a mirar la cosa por la mejor parte -que por la peor, y así, me mantuve firme en el -buen concepto que había formado de la dama. -Habíamos quedado de acuerdo, cuando nos despedimos, -en que nos volveríamos a ver el día siguiente; -y con la esperanza de estar tan vecino -al colmo de mis deseos, me recreaba yo en pensar -que era infalible su logro.</p> - -<p>Ocupado de tan risueños pensamientos llegué a -casa del barbero. Mudé de vestido y fuí en busca -de mi amo, que sabía estaba en cierta casa de juego. -Halléle, con efecto, jugando, y conocí que ganaba, -porque no era de aquellos jugadores serenos -que se enriquecen o arruinan sin mudar de semblante. -Mi amo era burlón, y aun insolente, cuando -le daba bien; pero si perdía no había quien le -aguantase. Levantóse muy alegre del juego y se -dirigió al corral de la calle del Príncipe. Seguíle -hasta la puerta del teatro, y allí me puso en la -mano un ducado, diciéndome: «Toma, Gil Blas, -que quiero que entres a la parte en mi ganancia. -Vete a divertir con tus amigos, y a media noche -irás a buscarme a casa de Arsenia, donde he de -cenar en compañía de don Alejo Seguier.» Diciendo -esto, entróse en el teatro, y yo me quedé discurriendo -en qué gastar mi ducado según la intención -del donador; pero tardé poco en resolverme. -Presentóse en aquel punto Clarín, criado de don -Alejo, y llevéle conmigo a la primera taberna, donde<span class="pagenum"><a name="Page_263" id="Page_263">[263]</a></span> -estuvimos bebiendo y divirtiéndonos hasta media -noche. Desde allí nos fuimos a casa de Arsenia, -donde Clarín debía también hallarse, habiéndosele -dado la misma orden que a mí. Abriónos la -puerta un lacayuelo y nos hizo entrar en una sala -baja, donde estaban dos criadas, la una de Arsenia -y la otra de Florimunda, riéndose ambas a carcajada -tendida, mientras sus dos amas se estaban -divirtiendo en el cuarto principal con nuestros amos.</p> - -<p>La llegada de dos mozos de buen humor que salían -de cenar bien no podía desagradar a aquellas -damiselas, que acababan también de acomodarse -con las sobras de una cena, y cena de comediantas. -¡Pero cuál fué mi admiración cuando en una -de aquellas criadas reconocí a mi viudita, a mi -adorable viuda, que yo había tenido por una marquesa -o condesa! Ella también me pareció no menos -sorprendida de ver a su querido don César de -Ribera convertido de elegante en lacayo. Sin embargo, -nos miramos uno a otro sin turbarnos, y -aun nos dió a entrambos tal tentación de risa, que -no pudimos reprimirla; después de lo cual, Laura—que -éste era el nombre de mi princesa—, retirándome -aparte mientras Clarín hablaba con la compañera, -me alargó con gracia la mano, diciéndome -en voz baja: «¡Tóquela usted, señor don César! -Dejémonos de quejas y, en vez de ellas, hagámonos -amistosos cumplimientos. Usted hizo su papel a -las mil maravillas y yo no representé desgraciadamente -el mío. ¿Qué le parece del lance? ¡Vaya, -confiese usted que me tuvo por una de aquellas<span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span> -damas que a veces se divierten en imitar a las que -hacen por oficio lo que ellas por burla!» «Es verdad—le -respondí—; pero, reina mía, seas lo que -fueres, sábete que, aunque he mudado de forma, -no he mudado de parecer. Admite benignamente -mi cariño y permite que acabe el ayuda de cámara -de don Matías lo que tan felizmente comenzó don -César de Ribera.» «¡Quita allá!—repuso ella—. Ten -por cierto que te amo más en tu propio original -que en el retrato de otro. Tú eres entre los hombres -lo mismo que yo entre las mujeres; ésta es la mayor -alabanza que puedo darte. Desde este mismo -punto te recibo en el número de mis apasionados. -No necesitamos ya de la vieja para nada; puedes -venir aquí con libertad, porque nosotras, las damas -de teatro, vivimos sin sujeción, mezcladas con -los hombres. Convengo en que esto no a todos parece -bien; pero el público se ríe, y nuestro oficio, -como tú sabes, es sólo divertirle.»</p> - -<p>No pasó la conversación más adelante porque -no estábamos solos. Hízose general; fué viva, alegre, -festiva y llena de agudezas y de equívocos -nada difíciles de entender. La criada de Arsenia, -mi adorada Laura, superó a todos, mostrando más -ingenio y más agudeza que virtud. Por otra parte, -nuestros amos y las comediantas reían arriba tan -descompuestamente, que se conocía no ser su conversación -más seria ni más circunspecta que la -nuestra. Si se hubieran escrito todas las bellas cosas -que se dijeron aquella noche en casa de Arsenia, -creo que se habría compuesto un libro muy<span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span> -instructivo para la juventud. Mientras tanto, llegó -la hora de retirarse cada uno a su casa; quiero decir -que ya había amanecido, y fué preciso separarnos. -Clarín siguió a don Alejo y yo me retiré -con don Matías.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c306" id="c306">CAPÍTULO VI</a></h2> - -<p class="pch">De la conversación de algunos señores sobre los -comediantes de la compañía del teatro del Príncipe.</p> - -<p>Al mismo tiempo que se levantaba mi amo de la -cama, recibió un billete de don Alejo Seguier, en -que decía le quedaba esperando en su casa. Pasamos -a ella y encontramos allí al marqués de Zenete -y a otro caballerito de buena traza, a quien yo -nunca había visto. «Don Matías—dijo Seguier a mi -amo presentándole el tal caballerito—, este caballero -es don Pompeyo de Castro, mi pariente. Reside -en la corte de Portugal casi desde su infancia. -Ayer noche llegó a Madrid y mañana se restituye -a Lisboa. No nos concede mas que este día para -gozar de su compañía y conversación. Yo quiero -aprovechar un tiempo tan precioso, y para hacerle -más grato y divertido, necesito de ti y del marqués -de Zenete.» Al oír esto mi amo dió un estrechísimo -abrazo al pariente de don Alejo, y recíprocamente -se hicieron grandes cumplidos. A mí me -agradó mucho todo lo que decía don Pompeyo, y -desde luego hice juicio de que era hombre de entendimiento -sólido y de discernimiento delicado.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266">[266]</a></span></p> - -<p>Comieron todos en casa de Seguier, y después -de comer se pusieron a jugar, para divertir el -tiempo hasta la hora de la comedia. Entonces fueron -todos al teatro del Príncipe, donde se representaba -la nueva tragedia intitulada <i>La reina de -Cartago</i>. Acabada la representación, volvieron juntos -a cenar donde habían comido, y toda la conversación -se la llevó la tragedia que acababan de -oír y los actores que la representaron. «En cuanto -al drama—dijo don Matías—, hago poco aprecio de -él, porque encuentro a Eneas más frío e insulso -que en la <i>Eneida</i>; pero es preciso confesar que se -representó divinamente. Veamos lo que nos dice -el señor don Pompeyo, porque sospecho que no se -ha de conformar con mi sentir.» «Señores—respondió -aquel caballero sonriéndose—, veo a ustedes -tan pagados de sus actores y tan hechizados particularmente -de sus actrices, que no me atrevo a -confesar que en este punto no concuerdan nuestras -opiniones.» «¡Bien dicho—interrumpió burlándose -don Alejo—, porque aquí sería mal recibida la vuestra! -Haces bien en respetar las actrices a presencia -de los panegiristas de su reputación. Nosotros -vivimos y bebemos todos los días con ellas, somos -defensores del primor con que representan, y si -fuere menester daremos testimonio de ello.» «No -lo dudo—interrumpió el pariente—, y también pudieran -ustedes darlo de su vida y costumbres, según -la familiaridad con que me parece las tratan.» -«¡Sin duda que serán mejores vuestras comediantas -de Lisboa!», dijo entonces zumbándose el<span class="pagenum"><a name="Page_267" id="Page_267">[267]</a></span> -marqués de Zenete. «Sí, ciertamente—respondió -don Pompeyo—, valen algo más que las de Madrid; -por lo menos hay algunas en quienes no se nota -el más mínimo defecto.» «Esas tales—replicó el -marqués—pueden contar con vuestras certificaciones.» -«Yo—repuso don Pompeyo—no tengo trato -alguno con ellas ni concurro a sus reuniones, y así -puedo juzgar de su mérito sin preocupación ni parcialidad. -Pero, de buena fe—prosiguió—, ¿estáis -verdaderamente persuadidos de que en vuestro -teatro tenéis una compañía excelente?» «¡No, pardiez!—respondió -el marqués—. Yo solamente defiendo -un número muy corto de los actores y echo -a un lado a todos los demás. Pero no me negaréis -que es admirable la primera dama que representa -el papel de Dido. ¿No lo representa con toda la -nobleza, con toda la majestad y con todo el agrado -que nos figuramos en aquella desgraciada reina? -¿Y no habéis admirado el arte con que interesa -al espectador en sus afectos, haciéndole sentir aquellos -mismos movimientos diversos que excitan en -ella las diferentes pasiones? Parece que se arroba -o que se exhala cuando llega a lo más delicado y -patético de la declamación.» «Convengo—respondió -don Pompeyo—en que sabe conmover y enternecer; -esto quiere decir que representa bien, pero -no que carezca de defectos. Dos o tres cosas me -chocaron en ella. Por ejemplo: si quiere expresar -un afecto de admiración o de sorpresa, vuelve y -revuelve aquellos ojos de un modo tan violento y -tan fuera de lo natural, que verdaderamente dice<span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span> -muy mal en la majestuosa gravedad de una princesa. -Añádase a esto que con engrosar la voz, que -tiene naturalmente dulce y delicada, forma un sonido -bronco bastante desapacible. Fuera de eso, -en más de un lugar de la tragedia hacía ciertas -pausas que alteraban u ofuscaban el sentido, dando -motivo para sospechar que no comprendía bien -aquello mismo que decía. Sin embargo, quiero más -bien suponer que estaba distraída que acusarla de -falta de inteligencia.» «A lo que veo—dijo don -Matías al censor—, vos no os atreveríais a componer -versos en alabanza de nuestras cómicas.» «¡No -digáis eso!—respondió don Pompeyo—. Antes bien, -descubro en ellas un gran talento a través de -sus defectos, y aun diré que me encantó la que -hizo papel de criada en el entremés. ¡Qué naturalidad -la suya! ¡Con qué gracia se presentó en las -tablas! Cuando tiene que decir algún chiste, le sazona -con cierta risita taimada llena de mil gracias, -que le añaden infinita sal. Podrá quizá notársele -de que alguna vez se deja llevar algo de su viveza -y que pasa los límites de un desembarazo comedido; -pero no hemos de ser tan rigurosos. Yo sólo -quisiera que se corrigiese de una mala costumbre -que ha tomado. Muchas veces, en medio de una -escena y en pasaje serio, interrumpe de improviso -la acción por dejarse llevar de una loca gana -de reír que le da. Diráseme, acaso, que entonces es -precisamente cuando más la aplauden los del patio. -¡Grande aprobación, por cierto!» «¿Y qué nos -dice usted de los comediantes?—interrumpió el<span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span> -marqués—. Sin duda que contra éstos disparará -toda su artillería, cuando no ha perdonado a las -comediantas.» «No es así—respondió don Pompeyo—. -Vi algunos actores jóvenes que prometen -mucho; sobre todo me gustó bastante aquel comediante -gordo que hizo el papel de primer ministro -de Dido. Recita muy naturalmente, y así -se recita en Portugal.» «Si ésos le contentaron a -usted tanto—dijo Seguier—, habrá quedado hechizado -del que hizo el papel de Eneas. ¿No le -pareció a usted un gran comediante, un actor original?» -«Y aun demasiado original—respondió el -censor—, porque tiene tonos que son privativos -suyos. Por señas, que son bien agudos y bien descompasados; -tanto, que casi todos salen fuera de -lo natural. Precipita las palabras donde se encierra -el sentido y se detiene en las otras que no contienen -alguno. Tal vez hace también gran esfuerzo -en las puras conjunciones. Divirtióme mucho, con -especialidad en aquel pasaje en que explica a su -confidente la violencia que le cuesta la necesidad -de abandonar a su princesa. No es fácil expresar -un dolor más cómicamente.» «¡Poco a poco, primo!—replicó -don Alejo—. ¡Al paso que vas, nos -harás creer que aun no se ha introducido el mejor -gusto en la corte de Portugal! ¿Sabes que el actor -de que se trata es un hombre singular? ¿No oíste -las palmadas y los vivas con que todos le aplaudieron? -Todo eso prueba que no es tan malo como le -pintas.» «Nada prueban—replicó don Pompeyo—esas -palmadas ni esos vivas. Dejemos, señores, si<span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270">[270]</a></span> -les place, esos aplausos del vulgo. Frecuentemente -los da muy fuera de tiempo y contra toda razón, -y por lo común aplaude menos el verdadero mérito -que el falso, como nos lo enseña Fedro por -medio de una fábula ingeniosa. Permitidme que os -la cuente: Juntóse en una gran plaza de cierta ciudad -todo el pueblo para ver las habilidades que -hacían unos charlatanes titiriteros. Entre ellos había -uno que se llevaba los aplausos de todos. Este -bufón, al acabar otros varios juegos de manos, -quiso cerrar la función dando al pueblo un espectáculo -nuevo. Dejóse ver solo en el tablado; -cubrióse la cabeza con la capa; agachóse, y comenzó -a remedar el gruñido de un cochinillo, con -tanta propiedad, que todos creyeron que verdaderamente -tenía escondido debajo de la capa algún -marranito verdadero. Comenzaron todos a gritar -que se quitase la capa; hízolo así, y viendo que -no tenía cosa alguna debajo de ella, se renovaron -los aplausos y la grande algazara del populacho. -Un lugareño que estaba en el auditorio, chocándole -mucho aquellas importunas expresiones de -necia admiración, gritó pidiendo silencio, y dijo: -«Señores, sin razón se admiran ustedes de lo que -hace ese bufón. No ha hecho el papel del marranito -con tanta perfección como a ustedes les parece. -Yo lo sé hacer mucho mejor que él; y si alguno lo -duda, no tiene mas que concurrir a este sitio mañana -a la misma hora.» El pueblo, preocupado ya -en favor del charlatán, se juntó al día siguiente, -aún en mucho mayor número que el anterior, más<span class="pagenum"><a name="Page_271" id="Page_271">[271]</a></span> -para silbar al paisano que por divertirse en ver lo -que había prometido. Dejáronse ver en el teatro -los dos competidores. Comenzó el bufón y fué más -aplaudido que lo había sido nunca. Siguióse después -el labrador; agachóse cubierto con su capa, -tiró de la oreja a un marranito que llevaba escondido -debajo del brazo, y el animalito empezó a -dar unos gruñidos muy agudos. Sin embargo, el -auditorio declaró la victoria por el pantomimo y -atolondró al paisano con silbidos. No por eso se -turbó ni corrió el buen lugareño; antes bien, mostrando -el lechoncillo al auditorio, «¡Señores—dijo -con mucha socarronería—, ustedes no me han silbado -a mí, sino al marrano! ¡Miren ahora qué buenos -jueces son!» «Primo—dijo don Alejo—, en verdad -que tu fábula pica que rabia. Con todo eso, -a pesar de tu lechoncillo, nosotros nos mantenemos -en lo dicho. Mudemos de asunto—prosiguió—, -porque éste ya me empalaga. ¿Conque tú estás resuelto -a marchar mañana, sin hacer caso del gran -gusto que tendría yo en disfrutar por más tiempo -de tu amable compañía?» «También quisiera yo—respondió -su pariente—gozar más despacio de la -tuya, pero no puedo. Ya te dije que vine a la corte -a cierto negocio de Estado. Ayer hablé al primer -ministro, mañana tengo que volver a verle y un -momento después me es preciso partir en posta -para restituirme a Lisboa.» «Cátate un portugués -hecho y derecho—replicó Seguier—; y según todas -las señas, nunca vendrás a establecerte en Madrid.» -«Creo que no—respondió don Pompeyo—. Tengo<span class="pagenum"><a name="Page_272" id="Page_272">[272]</a></span> -la fortuna de que me quiere el rey de Portugal y -estoy bien hallado en su Corte. Pero ¿creerás tú -que, no obstante la bondad con que me distingue, -faltó poco para que saliese desterrado para siempre -de sus dominios?» «¿Cómo así?—le replicó don -Alejo—. ¡Cuéntanoslo, por tu vida!» «Con mucho -gusto—respondió don Pompeyo—; y al mismo -tiempo os contaré también la historia de mis sucesos.»</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c307" id="c307">CAPÍTULO VII</a></h2> - -<p class="pch">Historia de don Pompeyo de Castro.</p> - -<p>«Ya sabe don Alejo—prosiguió don Pompeyo—que -desde mis más tiernos años me incliné a las armas; -y como en España gozábamos una paz octaviana, -tomé el partido de ir a Portugal. De allí pasé -a Africa con el duque de Braganza, que me empleó -en su ejército. Era yo un segundo de los menos -ricos de España, lo que me puso en precisión -de distinguirme con hazañas que mereciesen la -atención del general. Hice mi deber, de modo que -el duque me adelantó y me puso en paraje de continuar -en el servicio con honor. Después de una -larga guerra, cuyo fin no ignoran ustedes, me dediqué -a seguir la Corte, y Su Majestad, por los -buenos informes que dieron de mí los generales, -me gratificó con una pensión considerable. Agradecido -a la generosidad del monarca, no perdí ocasión -de manifestar mi reconocimiento. Poníame en<span class="pagenum"><a name="Page_273" id="Page_273">[273]</a></span> -su presencia a aquellas horas en que era permitido -verle y hacerle la corte. Por esta conducta me -granjeé insensiblemente su estimación y recibí nuevos -beneficios de su benignidad.</p> - -<p>»Un día que me distinguí en una carrera de sortija -y en una corrida de toros que precedió a ella, -toda la Corte aplaudió mi valor y mi destreza, y -cuando volví a casa, colmado de aclamaciones, me -hallé con un billete en que se me decía que cierta -dama, cuya conquista me debía lisonjear más que -toda la gloria granjeada en aquel día, deseaba hablarme, -y que para esto, a la entrada de la noche, -concurriese a cierto sitio que se me señalaba. Dióme -más gusto este papel que todas las alabanzas -que había recibido, no dudando que fuese una -dama de la primera distinción la que me escribía. -Fácilmente creerán ustedes que no me descuidé y -que apenas anocheció fuí volando al paraje que -se me había indicado. Esperábame en él una vieja -para servirme de guía, y me introdujo por una -portezuela en el jardín de una gran casa, donde -me condujo a un rico gabinete, en que me dejó -encerrado, diciéndome: «Sírvase vuestra señoría de -esperar aquí mientras aviso a mi ama.» Vi mil -cosas preciosísimas en aquel gabinete, que estaba -iluminado con gran número de bujías, magnificencia -que me confirmó en el concepto que yo había -formado de la nobleza de aquella dama. Y si todo -lo que estaba mirando contribuía a ratificarme en -que no podía menos de ser aquélla una persona de -la más alta calidad, mucho más me confirmé en<span class="pagenum"><a name="Page_274" id="Page_274">[274]</a></span> -mi opinión cuando ella se dejó ver, con un aire -verdaderamente noble y majestuoso. Sin embargo, -no era lo que yo había pensado.</p> - -<p>«Caballero—me dijo—a vista del paso que acabo -de dar en vuestro favor, sería inútil querer ocultaros -los tiernos afectos que habéis excitado en mi -corazón. No penséis que éstos me los inspiró el -gran mérito que habéis mostrado hoy a vista de -toda la Corte, no por cierto; este mérito no hizo -mas que precipitar su manifestación. Os he visto -más de una vez, me he informado de quién sois y -el elogio que me han hecho me ha determinado a -seguir mi inclinación. Pero no os lisonjeéis—prosiguió -ella—creyendo que habéis hecho la conquista -de alguna duquesa. Yo no soy mas que la viuda de -un simple oficial de guardias del rey; lo único que -puede hacer gloriosa vuestra victoria es la preferencia -que os doy sobre uno de los mayores señores -del reino. El duque de Almeida me ama y hace -cuanto puede para ser correspondido, pero no lo -consigue y sólo admito sus obsequios por vanidad.</p> - -<p>»Aunque estas palabras me dieron a entender -que trataba con una chusca amiga de aventuras -amorosas, no dejé de mostrarme agradecido a mi -estrella por este encuentro. Doña Hortensia—que -así se llamaba—estaba en la flor de su juventud y -su extremada hermosura me encantaba. Fuera de -esto, me ofrecía ser dueño de un corazón que se -negaba a las pretensiones de un duque. ¡Gran -triunfo para un caballero español! Arrojéme a los -pies de Hortensia para rendirle gracias por sus favores.<span class="pagenum"><a name="Page_275" id="Page_275">[275]</a></span> -Díjele cuanto podía decirle un hombre apasionado, -y creo que quedó muy satisfecha de las -vivas expresiones con que le aseguré de mi fidelidad -y gratitud. Separámonos, quedando ambos los -mayores amigos del mundo, después de haber convenido -en vernos todas las noches que no pudiese -venir a su casa el duque, tomando ella a su cargo -avisarme muy puntualmente. Así lo hizo, y yo -vine a ser el Adonis de aquella nueva Venus.</p> - -<p>»Pero los placeres de esta vida duran poco. A -pesar de las precauciones que tomó Hortensia para -que nuestra amistad no llegase a noticia de mi -competidor, no dejó de saber éste todo lo que nos -importaba tanto que ignorase. Enteróle de ello -una criada descontenta, y aquel señor, naturalmente -generoso, pero altivo, celoso y arrebatado, -se indignó sobremanera de mi audacia. La ira y -los celos le turbaron la razón, y, siguiendo sólo lo -que le dictaba su enojo, determinó tomar venganza -de mí de un modo infame. Una noche que estaba -yo en casa de Hortensia me esperó a la puerta -falsa del jardín, en compañía de sus criados, armados -todos de garrotes. Luego que salí hizo que se -arrojasen a mí aquellos canallas y les mandó que -me matasen a palos. «¡Dadle fuerte!—les decía—. -¡Muera a garrotazos ese temerario, que con esta -infamia quiero castigar su insolencia.» Apenas dijo -estas palabras, cuando todos me asaltaron, y me -dieron tantos palos, que me dejaron tendido en -tierra, sin sentido. Retiráronse después con su amo, -para quien aquella cruel escena había sido el más<span class="pagenum"><a name="Page_276" id="Page_276">[276]</a></span> -divertido espectáculo. Permanecí el resto de la -noche en el estado en que me dejaron, hasta que -al romper el día pasaron junto a mí algunas personas -que, observando que todavía respiraba, tuvieron -la caridad de llevarme a casa de un cirujano. -Por fortuna, se advirtió que no eran mortales -los golpes, y tuve también la de caer en manos -de un hombre hábil que me curó perfectamente -en dos meses. Al cabo de este tiempo volví a presentarme -en la Corte, donde proseguí en el mismo -método que antes, pero sin volver a entrar en casa -de Hortensia, la cual tampoco hizo por su parte -diligencia alguna para que nos viésemos, porque a -este solo precio le había perdonado el duque su -infidelidad.</p> - -<p>»Como todos sabían mi aventura y ninguno me -tenía por cobarde se admiraban de verme tan sereno -como si no hubiera recibido la menor afrenta, -sin saber qué discurrir de mi aparente indiferencia. -Unos creían que, a pesar de mi valor, la -calidad del agresor me contenía y me obligaba a -tragarme el ultraje; y otros, con mayor fundamento, -no se fiaban en mi silencio y miraban como -una calma engañosa la sosegada situación que aparentaba. -El rey pensó, como éstos, que yo no era -hombre que olvidase un agravio sin tomar satisfacción -de él y que no dejaría de vengarme cuando -encontrase oportunidad. Para averiguar si había -adivinado mi pensamiento, me hizo entrar un -día en su gabinete y me dijo: «Don Pompeyo, ya sé -el lance que te sucedió, y confieso que estoy admirado<span class="pagenum"><a name="Page_277" id="Page_277">[277]</a></span> -de ver tu tranquilidad. Tú ciertamente -maquinas y disimulas.» «Señor—le respondí—, ignoro -quién pudo ser mi ofensor, porque me acometieron -de noche unos desconocidos; fué una desgracia -de la que es forzoso consolarme.» «¡No, no!—replicó -el rey—. ¡No pienses alucinarme con esa -respuesta poco sincera! Estoy informado de todo: -el duque de Almeida fué el que mortalmente te -ofendió. Tú eres noble y español, y sé muy bien a -lo que te empeñan esas dos circunstancias. Sin -duda has hecho ánimo de vengarte, y quiero decisivamente -que me confieses la determinación que -has tomado, y no temas que llegue jamás el caso -de arrepentirte de haberme confiado tu secreto.» -«Pues ya que vuestra majestad lo manda—respondí—, -no puedo menos de manifestarle con -toda verdad mi pensamiento. Sí, señor, sólo pienso -en vengar la afrenta que he recibido. Todo hombre -que ha nacido como yo es responsable de su -honor a su linaje y a su mismo nacimiento. Vuestra -majestad sabe muy bien la injuria que se me ha -hecho, y yo he resuelto asesinar al duque de un -modo que corresponda a la ofensa. Le sepultaré -un puñal en el pecho o le levantaré la tapa de los -sesos de un pistoletazo, y me refugiaré en España -si pudiere. Tal es, señor, mi intención.» «A la verdad—repuso -el rey—, me parece violenta; pero no -por eso me atreveré a condenarla, considerada la -cruel afrenta que te hizo el duque. Conozco que -merece el castigo que le tienes dispuesto; pero -suspéndelo por un poco; no lo pongas en ejecución<span class="pagenum"><a name="Page_278" id="Page_278">[278]</a></span> -tan presto; dame tiempo para pensar y encontrar -algún medio que os esté bien a los dos.» «¡Ah, -señor!—exclamé yo, no sin alguna conmoción—. -¿Pues a qué fin me obligó vuestra majestad a descubrirle -mi secreto? ¿Qué medio puede jamás...?» -«Si no encuentro alguno que te deje satisfecho—interrumpió -el rey—, podrás ejecutar entonces lo -que tienes pensado. No pretendo abusar de la confianza -que me has hecho; no sacrificaré tu honor, -y en esta conformidad puedes vivir muy tranquilo.»</p> - -<p>»Andaba yo discurriendo qué medios podía buscar -el rey para componer amigablemente este negocio, -y he aquí cómo lo dispuso. Habló a solas a -mi enemigo y le dijo: «Duque, tú has ofendido a -don Pompeyo de Castro y no ignoras que es un caballero -ilustre a quien yo estimo y que me ha servido -bien. Es preciso que le des satisfacción.» «Señor—respondió -el duque—, no se la negaré. Si está -quejoso de mi proceder, pronto estoy a darle satisfacción -con las armas.» «Es muy diferente la que -debes dar—replicó el rey—. Un español noble conoce -muy bien las leyes del pundonor para querer -medir su espada noblemente con un cobarde asesino. -No puedo darte otro nombre, ni tú podrás -borrar la bajeza de una acción tan villana sino -presentando tú mismo un palo a tu enemigo y -ofreciéndote a que él te apalee por su mano.» «¡Santo -cielo!—exclamó mi enemigo—. Pues qué, señor, -¿quiere vuestra majestad que un hombre de mi -clase se degrade y humille delante de un caballero<span class="pagenum"><a name="Page_279" id="Page_279">[279]</a></span> -particular hasta llevar con paciencia algunos palos?» -«No llegará ese caso—respondió el rey—. Yo -obligaré a don Pompeyo a darme palabra de que -no te tocará; sólo exijo que le pidas perdón de tu -violencia, presentándole el palo.» «Señor—replicó -el duque—, eso es pedirme demasiado y prefiero -el quedar expuesto a las ocultas asechanzas de su -enojo.» «Aprecio tu vida—repuso el monarca—, y -quisiera que este asunto no tuviera funestas resultas. -Para terminarlo con menos disgusto tuyo, -seré yo solo testigo de dicha satisfacción, que te -mando des al español.»</p> - -<p>»Necesitó el rey de todo su poder para conseguir -que el duque se sujetase a un paso tan humillante, -pero al fin lo logró. Envióme después a llamar -y contóme la conversación que había tenido con -mi enemigo, preguntándome al mismo tiempo si -me contentaría yo con la satisfacción en que ambos -habían convenido. Respondíle que sí y di palabra -de que, lejos de ofenderle, ni aun siquiera -tomaría en la mano el palo que me presentase. -Dispuestas así las cosas, concurrimos el duque y -yo al cuarto del rey cierto día y a cierta hora, y -su majestad se cerró con nosotros en su gabinete. -«¡Ea—dijo al primero—, conoced vuestra falta y -mereced el perdón!» Dióme entonces sus disculpas -mi contrario y presentóme el bastón que tenía en -la mano. «Tomad, don Pompeyo, ese bastón—me -dijo el rey—y no os detenga mi presencia para -tomar venganza de vuestro honor ultrajado. Yo os -levanto la palabra que disteis de no maltratar al<span class="pagenum"><a name="Page_280" id="Page_280">[280]</a></span> -duque.» «No, señor—respondí—; basta que se haya -sujetado a ser apaleado por mí. Un español ofendido -no pide mayor satisfacción.» «Pues bien—repuso -el rey—, ya que los dos os dais por satisfechos, -podréis ahora tomar libremente el partido -que se acostumbra entre caballeros, según el proceder -regular. Medid vuestras espadas para terminar -el duelo.» «¡Eso es lo que yo deseo vivamente—dijo -el duque con voz alterada y descompuesta—, -porque sólo eso es capaz de consolarme del -vergonzoso paso que acabo de dar!»</p> - -<p>»Dichas estas palabras, se retiró, colérico y abochornado, -y dos horas después me envió a decir -que me esperaba en cierto sitio retirado. Acudí -allá y le encontré dispuesto a reñir en forma. Tenía -unos cuarenta y cinco años y no le faltaba destreza -ni valor, pudiéndose decir con verdad que -era igual el partido. «Venid, don Pompeyo—me -dijo—, y terminemos de una vez nuestras contiendas. -Uno y otro debemos estar airados; vos, por -el modo con que os traté, y yo por haberos pedido -perdón.» Diciendo esto, echó precipitadamente -mano a la espada, y tanto, que no me dió tiempo -para responderle. Tiróme dos o tres estocadas con -la mayor presteza, pero tuve la fortuna de parar los -golpes. Acometíle después y conocí que reñía con -un hombre tan diestro en defenderse como en acometer; -y no sé lo que hubiera sido de mí a no haber -tropezado él y caído de espaldas cuando se -defendía retirándose. Detúveme así que le vi en -tierra y le dije se levantase. «¿Por qué razón me<span class="pagenum"><a name="Page_281" id="Page_281">[281]</a></span> -perdonáis?—me preguntó—. Me ofende mucho esa -piadosa generosidad.» «También quedaría muy -obscurecida mi gloria—le respondí yo—si quisiera -aprovecharme de vuestra desgracia. Levantaos, -vuelvo a decir, y prosigamos nuestro duelo.» «¡No, -don Pompeyo!—me dijo mientras se iba levantando—. -¡A vista de un rasgo tan noble, no me permite -mi honor empuñar la espada contra vos! -¿Qué diría el mundo de mí si tuviera la fatalidad -de pasaros el pecho? ¡Tendríame por un ruin cobarde -si quitaba la vida a quien pudo darme la -muerte! No puedo, pues, armarme contra vuestra -vida; antes bien, mi gratitud ha convertido en -dulces y amorosos afectos los furiosos movimientos -que agitaban mi corazón. Don Pompeyo—continuó—, -cesemos ya de aborrecernos. ¡Poco dije! -¡Seamos amigos!» «¡Ah, señor—exclamó yo—, y -con qué placer acepto una propuesta tan gustosa! -Desde este instante os juro una sincerísima amistad, -y para daros desde luego la prueba más positiva -de ella, os prometo no poner más los pies -en casa de doña Hortensia, aun cuando ella lo deseara.» -«No admito la promesa—dijo él—; antes -bien, quiero cederos esta señora. Es más razón que -yo os la deje, puesto que su inclinación a vos es -natural en ella.» «¡No, no!—le interrumpí—. Vos -la amáis, y los favores que me hiciese podrían inquietaros; -y así, quiero sacrificarla a vuestra paz -y quietud.» «¡Oh, insigne español, lleno todo de -nobleza y generosidad!—exclamó arrebatado el duque—. -Me encanta vuestro modo de pensar. ¡Oh,<span class="pagenum"><a name="Page_282" id="Page_282">[282]</a></span> -y qué remordimientos siento al oírlo! ¡Con qué dolor -y con cuánta vergüenza se me presenta a la -memoria el ultraje que os hice! Paréceme ahora -muy ligera la satisfacción que os di en el gabinete -del rey. Quiero repararla de un modo más público, -y para borrar enteramente la infamia, os ofrezco -una sobrina mía, de cuya mano puedo disponer; -es una heredera rica, que aun no ha cumplido -quince años, y todavía más hermosa que joven.»</p> - -<p>»Di al duque todas aquellas gracias que me podía -inspirar el honor de enlazarme con su familia, -y pocos días después me casé con su sobrina. Toda -la Corte se congratuló con aquel personaje por haber -labrado la fortuna de un caballero a quien -había cubierto de ignominia. Desde entonces acá, -señores míos, vivo con el mayor gusto en Lisboa. -Mi esposa me ama y yo la amo. Su tío me da cada -día nuevas pruebas de amistad y puedo preciarme -de que merezco un buen concepto al rey; y -prueba de su estimación es la importancia del negocio -que de su orden me ha traído a Madrid.»</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c308" id="c308">CAPÍTULO VIII</a></h2> - -<p class="pch">Por qué accidente se ve precisado Gil Blas a buscar -nuevo acomodo.</p> - -<p>Esta fué la historia que contó don Pompeyo y -que oímos el criado de don Alejo y yo, aunque nos -mandaron que nos retirásemos antes que la principiase.<span class="pagenum"><a name="Page_283" id="Page_283">[283]</a></span> -Hicímoslo así, pero nos quedamos a la -puerta de la sala, que de propósito dejamos entornada, -y pudimos oír todo lo que dijo, sin perder -una sola palabra. Prosiguieron después bebiendo -aquellos señores y se separaron antes del día, porque -como don Pompeyo había de hablar por la -mañana al ministro, era razón que le diesen tiempo -de reposar algún tanto. El marqués de Zenete -y mi amo se despidieron de aquel caballero, abrazándole -y dejándole con su pariente.</p> - -<p>Nosotros, por esta vez, nos acostamos al amanecer, -y al día siguiente mi amo me honró dándome -otro nuevo empleo. «Gil Blas—me dijo—, toma -papel, tinta y pluma para escribir dos o tres cartas -que quiero dictarte, pues te hago mi secretario.» -«¡Bravo!—dije entre mí—. ¡Esto se llama acrecentamiento -de encargos! ¡Lacayo para ir detrás -de mi amo a todas partes, ayuda de cámara para -ayudarle a vestir y secretario para escribirle las -cartas, dictándome su señoría! ¡El Cielo sea loado -por todo! ¡Voy, como la triforme Hécate, a representar -tres muy distintos personajes!» «Tú no sabes—prosiguió -mi amo—qué fin llevo en escribir -estas cartas. Voy a decírtelo; pero sé callado, porque -te va la vida en ello. A cada paso tropiezo -con gentes que me apestan alabándose de sus felices -galanteos, y yo quiero sobrepujar a su vanidad, -para lo que he pensado llevar siempre en el -bolsillo varios billetes fingidos de diferentes damas -y leérselos cuando ellos hagan necio alarde de sus -triunfos. Esto me divertirá un rato y seré más dichoso<span class="pagenum"><a name="Page_284" id="Page_284">[284]</a></span> -que todos mis compañeros, porque ellos solicitan -esas fortunas sólo por tener el gusto de publicarlas, -y yo tendré el gusto de referirlas sin los -malos ratos que trae consigo el pretenderlas. Pero -tú—añadió—procura desfigurar tu letra, mudando -la forma de manera que los papeles no parezcan -escritos de una misma mano.»</p> - -<p>Tomé, pues, pluma, tinta y papel para obedecer -a don Matías, quien me dictó un billete en los -términos siguientes: «Anoche faltaste a tu palabra -y no te dejaste ver en el sitio concertado. ¡Ah -don Matías, no sé qué podrás decir para disculparte! -Grande ha sido mi error, pero bien has castigado -mi vanidad y la ligereza con que creía yo -que todas las diversiones, y aun todos los negocios -del mundo, debían ceder al gusto de ver a -<i>Doña Clara de Mendoza</i>.» Después de este billete -me hizo escribir otro como de una dama que posponía -a un gran señor por amor a su persona; y -otro, en fin, en el cual otra dama le decía que, -si estuviera segura de su discreción, harían juntos -el viaje de Citerea. No contentándose con hacerme -escribir unos billetes tan bellos, me obligaba a -que los firmase con el nombre de varias señoras -muy distinguidas. No pude menos de decirle que -la cosa me parecía demasiadamente delicada, pero -me respondió secamente que nunca me metiese en -darle consejos mientras no me los pidiera. Vime -precisado a callar y obedecerle. Acabóse de vestir, -ayudándole yo; metió los billetes en el bolsillo -y salió de casa. Seguíle y fuimos a la de don Juan<span class="pagenum"><a name="Page_285" id="Page_285">[285]</a></span> -de Moncada, que tenía convidados aquel día a -cinco o seis caballeros amigos suyos.</p> - -<p>Hubo una gran comida y reinó en toda ella la -alegría, que es la salsa mejor de los banquetes. -Todos los convidados contribuyeron a mantener -divertida la conversación, unos con chistes y otros -contando aventuras que ellos decían haberles sucedido. -No malogró mi amo tan favorable ocasión -de hacer lucir los papeles amorosos que me había -hecho escribir. Leyólos en alta voz y en tono tan -natural, que, a excepción de su secretario, todos los -demás pudieron tenerlos por muy verdaderos. Entre -los caballeros que se hallaban presentes a tan -descarada lectura había uno que se llamaba don -Lope de Velasco, hombre grave y de juicio, el cual, -en vez de celebrar como los demás las imaginarias -fortunas, preguntó fríamente a mi amo si le había -costado mucho hacerse dueño de la voluntad de -doña Clara. «Menos que nada—le respondió don -Matías—, pues ella fué la que dió los primeros pasos. -Vióme en el paseo, prendóse de mí, mandó -que me siguiesen, supo quién era yo, escribióme -y citóme para su casa a la una de la noche, cuando -todos estaban durmiendo. Fuí allá, introdujéronme -en su cuarto... Lo demás no permite mi prudencia -que lo diga.»</p> - -<p>Cuando don Lope de Velasco oyó aquella lacónica -relación, se turbó tanto que todos se lo conocieron, -y no era dificultoso adivinar lo mucho que -se interesaba en el honor de aquella dama. «Todos -esos billetes—dijo a mi amo mirándole con semblante<span class="pagenum"><a name="Page_286" id="Page_286">[286]</a></span> -airado—son enteramente falsos, en particular -el de doña Clara de Mendoza, de que tanta ostentación -hacéis. No hay en España señorita más -recatada y honesta que ella. Dos años ha que la -obsequia un caballero que no os cede en nacimiento -ni en prendas personales y apenas ha podido -conseguir de ella los más inocentes favores, siendo -así que se puede lisonjear de que, si fuera capaz -de conceder alguno, a ningún otro sino a él se los -dispensaría.» «¿Y quién os dice lo contrario?—replicó -mi amo en un tono burlón—. Yo no me aparto -de que es una señorita muy honesta. Yo también -soy muy honesto caballerito. Conque debéis creer -que nada pasaría que no fuese honestísimo.» «¡Oh, -eso ya pasa de raya!—interrumpió don Lope—. -Dejémonos de chanzas. Vos sois un impostor y -jamás doña Clara os dió cita para de noche. No -puedo tolerar que manchéis su reputación. Tampoco -a mí me permite ahora la prudencia deciros -lo demás.» Y diciendo estas palabras miró con -arrogancia a los concurrentes y se retiró con un -aire que anunciaba las malas consecuencias que -podría tener aquel negocio. Mi amo, que tenía bastante -valor para un señor de su carácter, hizo -poco caso de las amenazas de don Lope. «¡Gran -tonto!—exclamó dando una carcajada—. ¡Los caballeros -andantes sólo defendían la <i>sin par hermosura</i> -de sus damas; pero éste quiere defender la -<i>sin par honestidad</i> de la suya, lo que me parece -empeño todavía más extravagante!»</p> - -<p>La retirada de Velasco, a la que en vano quiso<span class="pagenum"><a name="Page_287" id="Page_287">[287]</a></span> -oponerse Moncada, no descompuso la fiesta. Los -caballeros, sin parar la atención en ello, prosiguieron -alegrándose y no se separaron hasta el amanecer. -Mi amo y yo nos acostamos a las cinco de -la mañana. El sueño ya me rendía y había hecho -ánimo de dormir bien, pero echaba la cuenta sin la -huéspeda, o, por mejor decir, sin nuestro portero, el -que una hora después me vino a despertar y a decirme -que estaba a la puerta de la calle un mozo -que preguntaba por mí. «¡Ah, maldito portero!—dije -bostezando, entre enfadado y dormido—. -¿No consideras que sólo ha una hora que me acosté? -Di a ese hombre que estoy durmiendo y que vuelva -más tarde.» «Dice—respondió el portero—que -tiene precisión de hablarte luego luego, porque es -cosa urgente.» Levantéme a estas palabras, poniéndome -solamente los calzones y una almilla, y -echando mil pestes fuí a ver lo que me quería el -mozo que me buscaba. «Amigo—le dije—, ¿qué negocio -tan urgente es el que me proporciona la honra -de verte tan de mañana?» «Una carta—respondió—que -tengo que entregar en mano propia al -señor don Matías y es preciso la lea cuanto antes. -Su contenido es de la mayor importancia, y así, -te ruego que me lleves a su cuarto.» Persuadido de -que debía de ser alguna cosa de grande consecuencia, -me tomé la licencia de ir a despertar a mi -amo. «Perdone vuestra señoría—le dije—si le vengo -a interrumpir el sueño; pero la importancia...» -«¿Qué diantres me quieres?», dijo enfadado. «Señor—dijo -entonces el mozo que me acompañaba—,<span class="pagenum"><a name="Page_288" id="Page_288">[288]</a></span> -es una carta de don Lope de Velasco que -debo entregar a usía.» Incorporóse don Matías, -tomó el billete, leyóle y dijo con mucho sosiego -al criado de don Lope: «Hijo, yo nunca me levanto -hasta mediodía aunque me conviden para la -mejor diversión del mundo. ¡Mira ahora si me levantaré -a las seis de la mañana para ir a reñir! -Díle a tu amo que, como me espere hasta las doce -y media en el sitio que me dice, seguramente nos -veremos en él; dale esta respuesta.» Y diciendo -esto volvióse a echar y tardó muy poco en quedarse -de nuevo dormido.</p> - -<p>A las once y media se levantó y vistió con grandísima -pachorra. Salió de casa, diciéndome que por -aquella vez me dispensaba de seguirle; pero yo no -pude resistir a la curiosidad de ver en lo que paraba -aquel negocio. Fuime tras de él a lo largo hasta -el prado de San Jerónimo, donde vi a lo lejos a don -Lope de Velasco, que le estaba esperando. Escondíme -donde sin ser visto pudiese observar a los dos, -y vi que se juntaron y que un momento después -comenzaron a reñir. Duró mucho la pendencia, peleando -uno y otro con mucha destreza y con igual -valor; pero al fin se declaró la victoria por don Lope, -quien de una estocada pasó de parte a parte a mi -amo, dejándole tendido en tierra y huyendo muy -satisfecho de haberse vengado. Corrí acelerado a -don Matías; halléle sin sentido y casi muerto, espectáculo -que me enterneció tanto, que no pude -menos de echar a llorar por ver una muerte para -la cual, sin pensarlo, había yo servido de instrumento.<span class="pagenum"><a name="Page_289" id="Page_289">[289]</a></span> -En medio de esto y de mi justo sentimiento -no dejé de pensar en hacer lo que me importaba. -Volvíme al punto a casa sin hablar palabra a -nadie. Hice mi hatillo, en el que, por inadvertencia, -metí también algunas cosillas de mi amo, y luego -que lo llevó a casa del barbero, donde tenía guardado -el vestido que usaba en mis aventuras, esparcí -la voz de la desgracia que había sucedido, -siendo yo testigo de ella. Contéla a quien me la -quiso oír, pero sobre todo fuí a contársela a Rodríguez. -Este, menos afligido que solícito en tomar -las providencias oportunas, juntó a todos los criados -de don Matías, mandóles que le siguiesen y fuimos -todos al lugar de la pelea. Levantamos a don -Matías, que aun respiraba; llevámosle a casa, y al -cabo de tres horas murió. Tal fué el trágico fin del -señor don Matías de Silva, mi amo, por el imprudente -gusto de leer papeles amorosos fingidos -por él.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c309" id="c309">CAPÍTULO IX</a></h2> - -<p class="pch">Del amo a quien Gil Blas fué a servir después de la -muerte de don Matías de Silva.</p> - - -<p>Hecho el entierro de don Matías, fueron, pasados -unos días, pagados y despedidos todos sus criados. -Yo establecí mi morada en casa del barberillo, con -quien empezaba a contraer estrechísima amistad. -Prometíame estar allí con más gusto y mayor libertad -que en casa de Meléndez. Como me hallaba<span class="pagenum"><a name="Page_290" id="Page_290">[290]</a></span> -con algún dinerillo, no me di prisa a buscar nueva -conveniencia; por otra parte, me había hecho muy -delicado sobre este particular. Ya no gustaba de -servir a gente común y plebeya, y aun entre la -noble quería examinar bien antes el empleo que -me querían dar. Aun el mejor no me parecía sobrado -para mí, persuadido de que todo era poco -para quien había servido a un caballero rico, mozo -y elegante.</p> - -<p>Esperando a que la fortuna me ofreciese una -casa cual yo me imaginaba merecer, juzgué no podía -emplear mejor mi ociosidad que en dedicarme -a obsequiar a la bella Laura, a quien no había visto -desde el día en que nos desengañamos los dos -tan graciosamente. No me pasó por el pensamiento -volver a vestirme a lo don César de Ribera. Sería -una grande extravagancia disfrazarme ya con aquel -traje, y más cuando mi propio vestido era bastante -decente, pudiendo pasar por un término medio entre -don César y Gil Blas, sobre todo hallándome -bien calzado, peinado y afeitado con ayuda de mi -amigo el barbero. En este estado fuí a casa de Arsenia, -y encontré a Laura sola en la misma sala -donde en otra ocasión le había hablado. Exclamó -luego que me vió: «¿Qué milagro es éste? ¿Eres tú? -¡Paréceme que sueño, porque te creí muerto o que -te habías perdido! Hace siete u ocho días que te -dije podías venir a verme; mas, a lo que veo, no -abusas de la libertad que te conceden las damas.»</p> - -<p>Disculpéme con la muerte de mi amo y con las -ocupaciones a que dió lugar, añadiendo muy cortesanamente<span class="pagenum"><a name="Page_291" id="Page_291">[291]</a></span> -que aun en medio de ellas tenía siempre -muy presente en el corazón y en la memoria a -mi amada Laura. «Siendo así—me dijo ella—, se -acabaron ya las quejas, y te confesaré que también -te he tenido yo muy presente. Luego que supe la -desgracia de don Matías, me ocurrió un pensamiento, -que acaso no te desagradará. Días ha que oí -decir a mi ama que se alegraría de encontrar un -mozo que supiese de cuentas y gobierno de una -casa, para ser su mayordomo y llevase razón del -dinero que se le entregara para el gasto de ésta. -Inmediatamente puse los ojos en tu señoría, pareciéndome -que serías el más a propósito para este -empleo.» «También me parece a mí—respondí yo—que -le desempeñaría a las mil maravillas. He leído -las <i>Economías de Aristóteles</i>, y, por lo que toca a -llevar una cuenta, ése ha sido siempre mi fuerte. -Pero, hija mía—añadí—, una sola dificultad me -impide entrar a servir a Arsenia.» «¿Qué dificultad?», -replicó Laura. «He jurado—repuse—no servir -jamás a gente común, y lo peor es que lo juré -por la laguna Estigia. Si el mismo Júpiter no se -atrevió a violar este juramento, mira tú cuánto -deberá respetarle un pobre criado.» «¿A quién llamas -tú gente común?—replicó Laura con mucho -despego—. ¿Por quiénes tienes tú a las comediantas? -¿Parécete que son por ahí algunas abogadillas -o algunas procuradoras? ¡Sábete, amigo mío, que -las comediantas son nobles y archinobles por los -enlaces que contraen con los primeros personajes -de la Corte!» «Siendo así—le dije—, cuenta conmigo,<span class="pagenum"><a name="Page_292" id="Page_292">[292]</a></span> -hija mía, para ese empleo que me destinas; -pero con tal que no me degrade ni me haga valer -menos de lo que soy.» «¡No tengas miedo de eso!—repuso -Laura—. Pasar de la casa de un elegante -a la de una heroína de teatro es hacer el mismo papel -en el gran mundo. Nosotras estamos en una -misma línea con las personas de la primera distinción; -el mismo aparato de cuarto, la misma mesa, -y, en realidad, es menester que se nos confunda -con ellos en la vida civil. Con efecto—añadió—, si -se consideran bien un marqués y un comediante, -en el discurso de un día vienen casi a ser una misma -cosa. Si el marqués, en las tres cuartas partes -del día, es superior al comediante, el comediante, -en la otra cuarta parte, supera mucho más al marqués, -porque representa el papel de emperador o -de rey. Esta, a mi ver, es una compensación de -nobleza y de grandeza que nos iguala con las personas -de la Corte.» «Así es, por cierto—respondí—; -sin duda que estáis a nivel unos con otros. Los comediantes -no son ya gentuza, como pensaba yo -hasta aquí, y me has metido en gana de servir a -un gremio tan distinguido y tan honrado.» «Me alegro—repuso -ella—, y no tienes mas que volver de -aquí a dos días. Me tomo este tiempo para ir preparando -a mi ama a fin de que te reciba. Le hablaré -en tu favor; puedo algo con ella y me persuado que -lograré que entres en casa.»</p> - -<p>Di las gracias a Laura por su buena voluntad, -asegurándole quedaba sumamente reconocido a sus -finezas, con expresiones tales que no podía dudar<span class="pagenum"><a name="Page_293" id="Page_293">[293]</a></span> -de mi agradecimiento. Siguió después una larga -conversación entre los dos, la que interrumpió un -lacayo que vino a decir a mi princesa que Arsenia -la llamaba. Separámonos, y yo salí con grandes -esperanzas de que presto tendría la fortuna de pasarlo -a pedir de boca. No dejé de volver al plazo -señalado. «Ya te estaba esperando—me dijo Laura—, -para darte la alegre noticia de que eres de -los nuestros. Ven conmigo, que quiero presentarte -a mi señora.» Diciendo esto, me llevó a una habitación -compuesta de cinco o seis piezas a cual más -rica y más soberbiamente alhajada.</p> - -<p>¡Qué lujo! ¡Qué magnificencia! Parecióme que -entraba en casa de alguna virreina, o, por mejor -decir, creí estar viendo todas las riquezas del mundo -juntas en aquélla. Lo cierto es que había en ella -lo más rico de todas las naciones; tanto, que se podía -definir a aquella habitación, con mucha propiedad, -«el templo de una diosa a cuyas aras ofrecía -todo caminante lo más raro y precioso de su -país». Vi a la deidad majestuosamente sentada en -un almohadón de brocado carmesí con franjas de -oro. Era bella y corpulenta, porque había engordado -con el humo de los sacrificios. Estaba en un -gracioso desaliño y ocupaba sus lindas manos en -componer un primoroso tocado nuevo para lucirlo -aquella noche en el teatro. «Señora—le dijo la criada—, -éste es el mayordomo de que tengo hablado, -y puedo asegurar a usted sería difícil encontrar -otro que fuese más a propósito.» Miróme Arsenia -con particular atención y tuve la dicha de gustarle.<span class="pagenum"><a name="Page_294" id="Page_294">[294]</a></span> -«¿Cómo así, Laura?—exclamó ella—. ¿Quién te -dió noticia de tan bello mozo? ¡Ya estoy viendo -que me irá muy bien con él!» Y volviéndose a mí: -«Querido—me dijo—, tú eres el que yo buscaba y -el que verdaderamente me acomoda. Sólo tengo -que decirte una palabra: estarás contento conmigo -si me sirves bien.» Respondíle que haría cuanto estuviese -de mi parte para agradarla en todo. Viendo -que estábamos acordes, me despedí prontamente -para ir a buscar mi hatillo y volver a tomar posesión -de la nueva casa.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c310" id="c310">CAPÍTULO X</a></h2> - -<p class="pch">Entra Gil Blas a servir de mayordomo en casa de -Arsenia; informes que le da Laura de los comediantes.</p> - -<p>Era poco más o menos la hora de la comedia -cuando mi nueva ama me dijo la siguiese al teatro -en compañía de Laura. Entramos en el vestuario, -y allí, quitándose el vestido que llevaba, se puso -otro magnífico para presentarse en la escena. Así -que empezó la representación, me llevó Laura a -un sitio desde donde podíamos oír y ver perfectamente. -Desagradóme la mayor parte de los representantes, -sin duda porque ya estaba predispuesto -contra ellos en virtud de lo que le había oído a don -Pompeyo. Con todo eso, fueron muy aplaudidos,<span class="pagenum"><a name="Page_295" id="Page_295">[295]</a></span> -aunque algunos me hicieron acordar de la fábula -del lechoncillo.</p> - -<p>Tenía Laura gran cuidado de irme diciendo el -nombre de los comediantes y comediantas conforme -iban saliendo al teatro; y no contenta con nombrarlos, -hacía un retrato satírico de cada uno. -«Este—decía—es un atolondrado; aquél, un insolente; -aquella melindrosa que ves, cuyo aire es más -descarado que gracioso, se llama Rosarda y fué -muy mala adquisición para la compañía. ¡Más valdría -que se marchara con la que se está formando -de orden del virrey de Nueva España y va a salir -inmediatamente para América! Mira bien aquel astro -luminoso que acaba de presentarse, aquel bello -sol que va caminando a su ocaso: llámase Casilda, -y si cada uno de los amantes que ha tenido la -hubiera contribuído con una piedra labrada para -fabricar una pirámide, como dicen que en otro -tiempo lo hizo cierta reina de Egipto, podría haber -erigido una que llegase al tercer cielo.» En fin, a -cada cual fué pegando Laura su parchecito. ¡Qué -mala lengua! ¡Ni aun a su misma ama perdonó!</p> - -<p>Sin embargo de esto—confieso mi flaqueza—, -estaba yo apasionado de ella, aunque su carácter, -moralmente hablando, nada tenía de bueno. De -todos decía mal, con tanta gracia, que me gustaba -hasta su misma malignidad. En los intermedios se -levantaba para ir a ver si Arsenia necesitaba algo, -y en vez de volver prontamente, se entretenía tras -del teatro a recoger los requiebros y lisonjas que -le decían los hombres. Una vez la seguí para observarla<span class="pagenum"><a name="Page_296" id="Page_296">[296]</a></span> -y vi que tenía muchos conocidos. Noté -que tres comediantes, uno en pos de otro, la detuvieron -para hablarle, y observé que gastaban demasiada -familiaridad. No me agradó esto mucho, -y por la primera vez de mi vida comencé a experimentar -lo que eran los celos. Volvíme a mi sitio -tan pensativo y melancólico que Laura lo echó de -ver luego que volvió. «¿Qué tienes, Gil Blas?—me -preguntó admirada—. ¿Qué negro humor se apoderó -de ti desde que te dejé? Muestras un semblante -triste y sombrío que no sé a qué atribuirlo.» -«Y lo peor es, reina mía, que es con sobrada razón—le -respondí—. Me parece que andas algo suelta, -y esto me da que pensar a mí más que a ti mi -sentimiento. Yo mismo acabo de verte muy alegre -y divertida con los comediantes...» Al oír esto, dijo -ella, soltando una grandísima carcajada: «¡Vamos -claros, que es gracioso el motivo de tu pesadumbre! -Pues qué, ¿de tan poco te espantas? ¡Eso es -una friolera! Y si estás algún tiempo con nosotros -verás otras mil lindezas. Es menester, hijo mío, -que te vayas haciendo a nuestras mañas. Entre -nosotros no se gastan hazañerías ni mucho menos se -usan celos. En la nación cómica, los celosos se llaman -ridículos, y así, apenas se encuentra uno. Padres, -maridos, hermanos, tíos, primos, todos son la -gente más bien avenida del mundo, y muchas veces -ellos mismos son los que establecen sus familias.»</p> - -<p>Después de haberme exhortado a no sospechar -mal de ninguno y a no inquietarme por nada de -cuanto viese, me declaró que yo era el feliz mortal<span class="pagenum"><a name="Page_297" id="Page_297">[297]</a></span> -que había encontrado el camino de su corazón, y -me aseguró que me amaría siempre y a nadie más. -Después de una seguridad como ésta, de la cual -podía yo bien dudar sin temor de que me tuviese -por muy desconfiado, le ofrecí no espantarme de -nada; y, con efecto, cumplí mi palabra. Aquella -misma noche la vi hablar a solas, reír y divertirse -con varios, sin dárseme un bledo. Acabada la comedia, -volvimos a casa con nuestra ama, y poco -después llegó Florimunda con tres señores viejos -y un comediante, que venían a cenar en compañía -de las dos. Además de Laura y yo, había en casa -una cocinera, un mozo de cocina y un lacayuelo. -Juntámonos todos para disponer la cena. La cocinera, -que era tan hábil como la señora Jacinta, -dispuso las viandas, ayudándola el marmitón. La -doncella y el lacayuelo pusieron la mesa y yo cuidé -de cubrir el aparador con la más bella vajilla de -plata y algunos vasos de oro, votos ofrecidos a la -deidad de aquel templo. Adornéle también con diferentes -botellas de vinos exquisitos, haciendo de -copero, para que viese mi ama que era yo hombre -para todo. Admiréme de ver el porte y aire de las -comediantas durante la cena, aparentando ser damas -de importancia y figurándose ellas mismas -que eran señoras de la primera distinción. Lejos de -dar a los señores el tratamiento de <i>excelencia</i>, no -les daban ni aun el de <i>señoría</i>, contentándose con -llamarlos por sus apellidos. Es verdad que ellos se -tenían la culpa, porque se familiarizaban demasiado -con ellas. El comediante por su parte, como<span class="pagenum"><a name="Page_298" id="Page_298">[298]</a></span> -acostumbrado a hacer el papel de héroe, los trataba -también sin cumplimiento, brindaba a su salud -y hacía los honores de la mesa. «¡A fe—dije entre -mí—que cuando Laura me dijo que un marqués -y un comediante eran iguales parte del día, pudo -añadir que aun lo eran mucho más por la noche, -pues la pasan bebiendo juntos toda ella!»</p> - -<p>Arsenia y Florimunda eran naturalmente alegres. -Ocurriéronles mil dichos chistosos, y algo más, -mezclados con favorcillos y monerías muy celebradas -por aquellos rancios pecadores. Mientras mi -ama conversaba inocentemente con uno, su amiga, -que se hallaba entre los dos, no hacía ciertamente -el papel de Susana con ellos. Yo estaba considerando -atentamente aquel retablo—que, a la -verdad, tenía muchos atractivos para un mozo de -mi edad—cuando se sirvieron los postres. Entonces -puse en la mesa botellas de licores con sus copas -correspondientes y me retiré a cenar con Laura, -que me estaba esperando. «Y bien, Gil Blas—me -dijo—, ¿qué te parece de esos señores que has -visto?» «Sin duda—le respondí—, son los cortejos -de Arsenia y de Florimunda.» «Te engañas—replicó -ella—; son unos viejos voluptuosos que galantean -a todas sin fijarse en ninguna. Se contentan sólo -con un poco de agrado, y son tan generosos que -pagan bien los leves favores que se les conceden. -Florimunda y mi ama están ahora sin amantes, -a Dios gracias; hablo de aquellos amantes que quieren -alzarse con la autoridad de maridos y que sean -para sí solos todos los gustos de la casa, porque<span class="pagenum"><a name="Page_299" id="Page_299">[299]</a></span> -hacen el gasto de ella. Yo soy de opinión que una -mujer de juicio debe huir de todo lo que huele a -empeño particular. ¿A qué fin sujetarse a ninguno -que la domine? Más vale ganar poco a poco alhajas, -que comprarlas de una vez a costa de tan impertinente -sujeción.»</p> - -<p>Cuando Laura estaba de humor de parlar, lo que -le acontecía casi de continuo, nada le costaban las -palabras: tanta era la soltura de su lengua. Los señores -y los comediantes se retiraron al fin con Florimunda, -acompañándola hasta su casa.</p> - -<p>Luego que salieron, me dió diez doblones mi -ama, diciéndome: «Toma, Gil Blas, ese dinero para -el gasto. Mañana vienen a comer cinco o seis de -mis compañeros y compañeras; procura regalarnos -bien.» «Señora—le respondí—, con diez doblones -me atrevo a dar una suntuosa comida aunque sea -a toda la cuadrilla cómica.» «¿Qué es eso de cuadrilla?—repuso -ella—. ¡Mira cómo hablas! No se -debe llamar cuadrilla, sino compañía. Se dice muy -bien una cuadrilla de bandidos o de holgazanes; -puede decirse una cuadrilla de autores o de poetas, -¡pero guárdate de volver a decir cuadrilla de -comediantes! La nuestra es compañía, y, sobre, -todo, los actores de Madrid merecen bien que a su -cuerpo se le dé este nombre.» Pedí perdón a mi -ama de haber usado de una expresión tan poco -respetuosa, suplicándole disculpase mi ignorancia -y protestando que siempre que hablase de los señores -representantes de Madrid colectivamente diría -compañía y jamás cuadrilla.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_300" id="Page_300">[300]</a></span></p> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4"><a name="c311" id="c311">CAPÍTULO XI</a></h2> - -<p class="pch">Del modo como vivían entre sí los comediantes y -cómo trataban a los autores de comedias.</p> - -<p>Al día siguiente, muy de mañana, salí a campaña, -para dar principio a mi empleo de mayordomo. -Era vigilia, y por orden de mi ama compré -buenos pollos, conejos, perdices y otras frioleras -de semejante especie. Como los señores cómicos no -están contentos de los ritos de la Iglesia, con respecto -a ellos no observan con mucha puntualidad -sus mandamientos. Llevé a casa más comida de la -que bastaría para alimentar a doce personas honradas -los tres días de Carnestolendas. La cocinera -tuvo bien en qué divertirse toda la mañana. Mientras -ella cuidaba de aderezar la comida, se levantó -Arsenia de la cama y se sentó al tocador, donde -estuvo hasta mediodía. Llegaron entonces los señores -comediantes Ricardo y Casimiro. A éstos se -siguieron dos comediantas, Constanza y Leonor; -un momento después se dejó ver Florimunda, acompañada -de un hombre que tenía toda la traza de -un caballero majo: el cabello peinado a la última -moda, un sombrero con un ala levantada y su -penacho de plumas en figura de ramillete, calzones -ajustados, ropilla bordada con flores de oro y -medio desabrochada, por donde se descubría una -finísima camisa guarnecida de ricos encajes, guantes -y pañuelo de Cambray delicadísimo, metidos<span class="pagenum"><a name="Page_301" id="Page_301">[301]</a></span> -en la guarnición o cazoleta de la espada, capa larga -terciada sobre el hombro con mucho garbo y bizarría.</p> - -<p>Con todo eso, aunque de tan buena traza y hombre -verdaderamente bien plantado, todavía me pareció -descubrir en él un no sé qué de extraño que -me chocaba. «Es imposible—decía yo entre mí—que -no sea un hombre raro este sujeto.» No me engañé -en mi concepto, porque era un ente singular. -Luego que entró en el cuarto de Arsenia, fué precipitadamente -a abrazar a todas las comediantas -y comediantes con mayor intrepidez y algazara -que el mozalbete más atronado. Comenzó a hablar -y me confirmé en mi opinión. Se recalcaba sobre -cada sílaba y pronunciaba las palabras con cierto -modo enfático, pomposo y gutural, accionando, -gesticulando y haciendo con los ojos aquellos movimientos -que a su parecer estaba pidiendo el -asunto. Tuve la curiosidad de preguntar a Laura -quién era aquel caballero. «Disculpo tu curiosidad—me -respondió prontamente—. Es imposible no tenerla -al ver por la primera vez al señor Carlos Alfonso -de la Ventolería. Voy a pintártele al natural. -Primeramente fué en otro tiempo comediante; dejó -el teatro por antojo y se arrepintió después mirándolo -con juicio. ¿Has reparado en su cabello negro? -Pues sábete que es teñido, ni más ni menos -que sus cejas y bigotes. Es más viejo que Saturno. -Sin embargo, como sus padres cuando nació se -olvidaron de hacer asentar su nombre en el libro -de bautizados, él se aprovecha de este descuido<span class="pagenum"><a name="Page_302" id="Page_302">[302]</a></span> -para quitarse veinte años por lo menos. Fuera de -eso, es el hombre más pagado de sí mismo que -quizá se encontrará en toda España. Pasó los ocho -primeros lustros de su vida en una completa ignorancia, -y para hacerse sabio encontró después un -cierto preceptor que le enseñó a deletrear en griego -y en latín. Aprendió de memoria una multitud de -cuentos y chistes, que a fuerza de repetirlos se ha -llegado a persuadir de que son suyos efectivamente. -Hácelos venir a la conversación aunque sea -arrastrándolos por los cabellos, y se puede decir de -él que luce su entendimiento a costa de su memoria. -Finalmente, se dice que es un gran actor, y lo -creo piadosamente; pero te confieso que nunca me -ha gustado. Algunas veces le oigo declamar aquí, -y, entre otros defectos, es muy visible el de una -pronunciación tan afectada y con una voz tan -trémula, que da cierto aire antiguo y ridículo a su -declamación.»</p> - -<p>Tal fué el retrato que la señora Laura me hizo -de aquel histrión honorario, de quien puedo decir -con verdad que no he visto mortal de un aspecto -más orgulloso en todos los días de mi vida. Quería -hacer también el chistoso y discreto, sacando de -su mollera dos o tres cuentos que nos encajó en -tono grave y bien estudiado. Por otra parte, las -comediantas y comediantes, que ciertamente no -habían venido a callar, tampoco estuvieron mudos. -Comenzaron a hablar de sus camaradas ausentes -a la verdad de un modo poco caritativo; -pero esto es menester perdonárselo tanto a los comediantes<span class="pagenum"><a name="Page_303" id="Page_303">[303]</a></span> -como a los autores. Acaloróse un poco -la conversación a expensas del prójimo. «¿Habéis -sabido, amigas—dijo Casimiro—, el nuevo pasaje -de nuestro compañero Cesarino? Compró esta mañana -un par de medias de seda, cintas y encajes, -haciendo después que un paje se los llevase al ensayo -como de parte de cierta condesa.» «¡Qué bribonada!—exclamó -el señor Ventolería con cierta risita -vana y mofadora—. En mi tiempo se usaba -más realidad. Ninguno pensaba en semejantes ficciones. -Es verdad que aun las damas de mayor -distinción nos ahorraban la ruindad y el trabajo -de inventarlas, pues tenían el capricho de ir ellas -mismas en persona a comprar lo que nos regalaban.» -«¡Pardiez—repuso Ricardo en el mismo tono—, -que ese capricho aun no se les ha pasado! Y si fuera -lícito decir todo lo que uno sabe en este punto... -Pero es fuerza callar ciertos lances, particularmente -cuando tocan a personas de su posición.» -«Señores—interrumpió Florimunda—, suplico a ustedes -dejen a un lado esos lances y buenas fortunas, -puesto que todo el mundo las sabe, y hablemos -algo de nuestra Ismenia. He oído que se le -ha escapado aquel señor que gastaba tanto con -ella.» «Es muy cierto—respondió Constanza—; y -aun diré más: también acaba de perder un rico -mayordomo, a quien sin remedio hubiera dejado -sin camisa. Lo sé originalmente. Su mensajero hizo -un <i>quid pro quo</i>, llevando al señor un billete que -era para el mayordomo y al mayordomo una carta -que escribía al señor.» «Dos grandes pérdidas»,<span class="pagenum"><a name="Page_304" id="Page_304">[304]</a></span> -añadió Florimunda. «¡Oh!—replicó prontamente -Constanza—. Por lo que toca a la del señor, es -poco importante, pues ya había consumido casi -toda su hacienda; pero el mayordomo ahora comenzaba -su carrera. No ha pasado aún por la aduana -de las coquetas, y así, es una pérdida muy digna -de llorarse.»</p> - -<p>A esto, poco más o menos, se redujo la conversación -antes de comer, y sobre el mismo asunto -continuó durante la comida. Y como nunca acabaría -yo si hubiese de referir cuantas especies se -tocaron, todas de murmuración o de fatuidad, el -lector llevará a bien que las suprima, para contarle -el modo con que fué recibido un pobre diablo de -autor que llegó a casa de Arsenia hacia el fin de la -comida.</p> - -<p>Entró nuestro lacayuelo donde estaban comiendo, -y en voz alta dijo a mi ama: «Señora, ahí está -un hombre con la camisa sucia y lleno de cazcarrias -hasta el cogote, que, con perdón de ustedes, -tiene traza de poeta, y dice que desea hablar a -usted.» «Hazle subir—respondió Arsenia—. ¡Nada -de cumplimientos, señores—añadió—, que es un -autor!» Efectivamente, era uno que había compuesto -cierta tragedia admitida por la compañía -y traía el papel que había de representar mi ama. -Llamábase Pedro de Moya. Al entrar, hizo cinco -o seis profundas cortesías a los concurrentes, sin -que ninguno de ellos se levantase ni siquiera le -saludase. Solamente Arsenia le correspondió con -una simple inclinación de cabeza. Fuése acercando,<span class="pagenum"><a name="Page_305" id="Page_305">[305]</a></span> -pero siempre temblando y confuso; cayéronsele -los guantes y el sombrero; levantólos y se acercó a -mi ama, y presentándole un papel, más respetuosamente -que un litigante presenta a su juez un -memorial, «Dignaos, señora—le dijo—, de aceptar -el papel que tengo la honra de ofrecer a vuestros -pies.» Recibióle ella con la mayor frialdad y con -cierto aire de desprecio, sin dignarse ni aun de -responder una sola palabra a su cumplimiento.</p> - -<p>No por esto se acobardó nuestro autor, el cual, -aprovechando aquella ocasión para distribuir otros -papeles, dió uno a Casimiro y otro a Florimunda, -quienes los tomaron sin más cortesías ni ceremonias -que las que había usado Arsenia; antes por el -contrario, el comediante, naturalmente muy cortés, -como lo son casi todos estos señores, le insultó -con chanzas picantes; pero el buen Pedro de Moya -las llevó con paciencia y no se atrevió a volverle -las nueces al cántaro porque no lo pagase después -su trágica composición. Retiróse sin decir palabra, -pero, a mi parecer, vivamente picado del recibimiento -que le habían hecho. Tengo por cierto que -allá en su interior no dejaría de decir mil pestes -de los comediantes, como merecían; y éstos, después -que él salió, comenzaron a hablar de los autores -con mucho respeto. «Paréceme—dijo Florimunda—que -el señor Pedro de Moya no ha ido muy satisfecho -de nosotros.» «Y bien, señora—interrumpió -Casimiro—, ¿qué cuidado se os da? ¿Por ventura -son dignos de nuestra atención los autores? Si los -igualáramos a nosotros, ése sería el mejor medio<span class="pagenum"><a name="Page_306" id="Page_306">[306]</a></span> -para echarlos a perder. Tengo bien conocidos a -esos pobres diablos y por eso mismo sé que si los -tratáramos de otra manera presto se olvidarían de -lo que son y nos perderían el respeto. Tratémoslos, -pues, como esclavos, y no temamos que les apuremos -la paciencia. Si, enfadados, se retiraren de -nosotros algún tiempo, no durará mucho; la manía -de escribir les hará presto volver a buscarnos, y -darán gracias a Dios si nos dignamos de representar -sus obras.» «Tienes mucha razón—dijo entonces -Arsenia—; solamente perdemos aquellos autores -cuya fortuna labramos con nuestra habilidad, -pues luego que los hemos acreditado y puesto en -paraje de que tengan que comer se dan a la ociosidad -y ya no quieren trabajar; pero al fin la -compañía se consuela y el público tiene menos que -padecer.»</p> - -<p>Aplaudieron todos este parecer y quedaron en -que los autores, a pesar de lo mal que los trataban -los comediantes, siempre les estaban muy obligados, -porque les eran deudores de todo lo que tenían. -Así los abatían los histriones, haciéndolos inferiores -a ellos y ciertamente no podían despreciarlos -más.</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<div class="chapter"> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_307" id="Page_307">[307]</a></span></p> - -<h2 class="p4"><a name="c312" id="c312">CAPÍTULO XII</a></h2> - -<p class="pch">Toma Gil Blas inclinación al teatro, entrégase enteramente -a los pasatiempos de la vida cómica y -dentro de poco se disgusta de ella.</p> - -<p>Los convidados se quedaron hablando sobremesa -hasta que llegó la hora de ir al teatro, y entonces -marcharon todos a él. Seguílos y vi también la comedia -que se representó aquel día, la que me gustó -de manera que hice ánimo de no perder ninguna. -Así me fuí insensiblemente acostumbrando a los -actores: a tanto llega la fuerza de la costumbre. -Llevábanme particularmente la atención aquellos -que hacían más gestos y daban más gritos en las -tablas, y no era yo el único de este gusto.</p> - -<p>No me causaba menos agrado la discreción de -las piezas que el modo de representarlas. Algunas -verdaderamente me embelesaban; sobre todo aquellas -en que se dejaban ver a un mismo tiempo en -el teatro todos los cardenales o los doce pares de -Francia. Sabía de memoria muchos pasos de aquellos -incomparables poemas. Acuérdome de que en -dos días aprendí toda entera una comedia famosa, -intitulada <i>La reina de las flores</i>. La rosa era la -reina, que tenía por confidenta a la violeta y por -escudero al jazmín. No había para mí obras mejores -que las parecidas a éstas, persuadido de que -daban mucho honor a nuestra nación.</p> - -<p>No me contentaba con adornar mi memoria con<span class="pagenum"><a name="Page_308" id="Page_308">[308]</a></span> -los trozos más selectos de estas bellas producciones -dramáticas, sino que también me apliqué a -perfeccionar el gusto, y para conseguirlo con acierto, -escuchaba con la mayor atención el parecer de -los comediantes. Si alababan una pieza, yo la estimaba, -y despreciaba todas aquellas de que les -oía hablar mal. Parecíame que eran tan inteligentes -en piezas teatrales como los diamantistas en -piedras preciosas. Sin embargo, observé que la tragedia -de Pedro de Moya fué muy aplaudida, aunque -ellos habían pronosticado que todos la silbarían. -Pero no bastó esta experiencia para que su -crítica se me hiciese sospechosa, y antes quise -creer que el público carecía de gusto y discernimiento -que dudar de la infalibilidad de la compañía. -No obstante, me aseguraban todos que ordinariamente -eran recibidas con aplauso aquellas comedias -nuevas de que los actores formaban mal -concepto y, por el contrario, silbadas casi todas -las que ellos más celebraban. Decíanme que era -regla general suya hablar siempre mal de las obras, -y me citaban mil ejemplares de algunas que habían -desmentido sus decisiones. Todo esto fué menester -para que al cabo me desengañase.</p> - -<p>No se me olvidará jamás lo que sucedió un día -en que se representó una comedia nueva. Habíales -parecido a los comediantes fría y fastidiosa, adelantándose -a pronosticar que el auditorio no la -vería concluir. Con esta preocupación representaron -la primera jornada, que mereció grandes aplausos. -Admirólos mucho esto. Representaron la segunda,<span class="pagenum"><a name="Page_309" id="Page_309">[309]</a></span> -la cual fué aún más aplaudida que la primera. -Y he aquí a todos mis pobres actores atónitos. -«¡Cómo diablos es esto!—exclamaba Casimiro—. -¡Esta comedia adquiere fama!» Representaron -la tercera, que fué sin comparación más -celebrada que las otras dos. «¡Yo no lo entiendo!—dijo -Ricardo—. ¡Cuando creíamos que esta pieza -no lograría aceptación, todos la aplauden!» «Señores—dijo -entonces un cómico ingenuamente—, la -causa es porque hay en ella mil gracias y rasgos -ingeniosos que nosotros no habíamos comprendido.»</p> - -<p>Desde entonces dejé de tener a los comediantes -por buenos jueces y me hice justo apreciador de -su mérito. Ellos mismos acreditaban con cuánta -razón la gente les afeaba varias ridiculeces. Veía -yo claramente que los aplausos, nada merecidos, -tenían echados a perder tanto a los cómicos como -a las cómicas, los cuales, considerándose como personas -de suma importancia y objetos dignos de -admiración, estaban persuadidos de que hacían -gran favor al público en divertirle. Dábanme muy -en rostro sus defectos; mas, por mi desgracia, su -modo de vivir llegó a gustarme demasiado, y así, -me vi metido de pies a cabeza en el desenfreno y -en la disolución. Ni podía ser otra cosa. Todas sus -conversaciones eran perniciosas a la juventud y -nada veía en ellos que no contribuyese a estragarme. -Aun cuando no supiera yo todo lo que pasaba -en las casas de Constanza, Casilda y las demás -comediantas, bastaba para perderme lo que -estaba viendo en la de Arsenia. Además de aquellos<span class="pagenum"><a name="Page_310" id="Page_310">[310]</a></span> -señores ya viejos de que hablé antes, concurrían a -ella varios elegantes y no pocos hijos de familia, que -encontraban en los usureros todo el dinero que habían -menester para arruinarse. Alguna vez recibían -también a ciertos agentes de quienes se servían, -los cuales, en vez de ser pagados por su trabajo, -les pagaban a ellas por que se dejaran servir.</p> - -<p>Florimunda vivía pared por medio de Arsenia, -y todos los días comían y cenaban juntas. Estaban -las dos tan unidas, que causaba admiración a las -gentes ver tanta armonía entre cortesanas y se -creía que tarde o temprano se rompería su amistad -por algún obsequiante; pero conocían mal a tan -perfectas amigas, porque era muy íntima su unión; -en lugar de ser celosas, como las demás mujeres, -hacían vida común. Gustaban más de repartir entre -sí los despojos de los hombres que de disputarse -neciamente sus amorosos suspiros.</p> - -<p>Laura, a ejemplo de estas dos ilustres compañeras, -aprovechaba también el tiempo, no dejando -malograr lo más florido de sus años. Habíame ella -dicho que vería mil lindezas y no me engañó. Con -todo eso, yo no hacía el celoso, por haberle prometido -que procuraría adoptar el espíritu de la compañía. -Disimulé por algún tiempo, contentándome -con preguntarle el nombre de los sujetos con quienes -la veía a solas en conversación; pero siempre -me respondía que era un tío o un primo carnal -suyo. ¡Oh y cuánta multitud de parientes tenía! -Su familia debía de ser más numerosa que la del -rey Príamo. Mas no era negocio de atenerse únicamente<span class="pagenum"><a name="Page_311" id="Page_311">[311]</a></span> -a su infinita parentela: hacía también sus -salidas fuera del árbol genealógico y no se olvidaba -de ir de cuando en cuando a representar el papel -de señora viuda en casa de la vieja de antaño. -En fin, Laura—por dar al lector una idea cabal de -su persona—era tan joven, tan linda y tan alegre -como su ama, excepto que ésta divertía al pueblo -públicamente y la criada sólo lo hacía en secreto. -Yo cedí al torrente, y por espacio de tres semanas -me entregué a todo género de placeres y pasatiempos; -pero debo decir que en medio de ellos me sentía -atormentado de crueles remordimientos, efecto -de mi educación, que llenaban de amargura todas -mis delicias. No triunfó la disolución de tan saludables -remordimientos; al contrario, eran mayores -cuanto más me abandonaba a mis desórdenes. Comenzaron -éstos a causarme horror, gracias a mi -natural complexión. «¡Ah, desventurado!—me decía -yo a mí mismo—. ¿Es esto lo que esperaba de -ti tu familia? ¿No te bastaba haberla engañado -tomando otra carrera que la de preceptor? El verte -precisado a servir, ¿te dispensa de cumplir con -las leyes de hombre de bien? ¿Parécete que te puede -servir de algún provecho vivir entre gente tan -viciosa? En unos reina la envidia, la ira y la avaricia; -el pudor y la vergüenza están desterrados de -otros; éstos se entregan a la intemperancia y a la -pereza; aquéllos, al orgullo y a la insolencia. ¡Esto -se acabó! ¡No quiero vivir más con los siete pecados -capitales!»</p> - -<p class="pc2 lmid">FIN DEL TOMO PRIMERO</p> - -<hr class="chap" /> - -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_312" id="Page_312">[312]</a></span></p> -<p> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_313" id="Page_313">[313]</a></span></p> - -<div class="chapter"> - -<h2 class="p4">INDICE DEL TOMO PRIMERO</h2> - -<hr class="d3" /> - -<table id="toc" summary="cont"> - - <tr> - <td> </td> - <td class="tdrl"><span class="small u">Páginas</span></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Declaración de Le Sage</span></td> - <td class="tdrl"><a href="#dec">7</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Una palabrita al lector</span></td> - <td class="tdrl"><a href="#pal">9</a></td> - </tr> - - <tr> - <td colspan ="2" class="tdch">LIBRO PRIMERO</td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo I.</span>—Nacimiento de Gil Blas, y su educación.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c101">11</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo II.</span>—De los sustos que tuvo Gil Blas en el camino -de Peñaflor, lo que hizo cuando llegó allí y lo que -le sucedió con un hombre que cenó con él.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c102">14</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo III.</span>—De la tentación que tuvo el arriero en el -camino, en qué paró y cómo Gil Blas se estrelló contra -Caribdis queriendo evitar a Scila.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c103">24</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo IV.</span>—Descripción de la cueva subterránea y de -lo que vió en ella Gil Blas.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c104">28</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo V.</span>—De la llegada de otros ladrones al subterráneo -y de la conversación que tuvieron entre sí.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c105">31</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo VI.</span>—Del intento de escaparse Gil Blas y éxito -de su tentativa.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c106">41</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo VII.</span>—De lo que hizo Gil Blas, no pudiendo hacer -otra cosa.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c107">45</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo VIII.</span>—Acompaña Gil Blas a los ladrones; qué -empresa acomete en los caminos reales.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c108">48</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo IX.</span>—Del serio lance que siguió a la aventura -del fraile.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c109">52</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo X.</span>—De qué modo se portaron los bandoleros -con la señora desmayada. Gran proyecto de Gil Blas, -y sus resultas.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c110">55</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo XI.</span>—Historia de doña Mencía de Mosquera.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c111">63</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo XII.</span><span class="pagenum"><a name="Page_314" id="Page_314">[314]</a></span>—Del modo poco gustoso con que fué interrumpida -la conversación de la señora y de Gil Blas.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c112">73</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo XIII.</span>—Por qué casualidad sale Gil Blas de la -cárcel y a dónde se encaminó después.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c113">78</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo XIV.</span>—Recibimiento que le hizo en Burgos doña -Mencía.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c114">83</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo XV.</span>—De qué modo se vistió Gil Blas, del nuevo -regalo que le hizo la señora y del equipaje en que salió -de Burgos.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c115">88</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo XVI.</span>—Donde se ve que ninguno debe fiarse -mucho de la prosperidad.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c116">94</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo XVII.</span>—Partido que tomó Gil Blas de resultas -del triste suceso de la casa de posada.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c117">102</a></td> - </tr> - - <tr> - <td colspan ="2" class="tdch">LIBRO SEGUNDO</td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo I.</span>—Entra Gil Blas por criado del licenciado Cedillo; -estado en que éste se hallaba y retrato de su ama.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c201">115</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo II.</span>—Qué remedios suministraron al canónigo -habiendo empeorado en su enfermedad; lo que resultó -y qué dejó a Gil Blas en su testamento.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c202">123</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo III.</span>—Entra Gil Blas a servir al doctor Sangredo -y se hace famoso médico.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c203">131</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo IV.</span>—Prosigue Gil Blas ejerciendo la Medicina -con tanto acierto como capacidad. Aventura de la sortija -recobrada.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c204">139</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo V.</span>—Prosigue la aventura de la sortija; deja -Gil Blas la Medicina y se ausenta de Valladolid.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c205">153</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo VI.</span>—A dónde se encaminó Gil Blas después que -salió de Valladolid y qué especie de hombre se incorporó -con él.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c205">162</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo VII.</span>—Historia del mancebillo barbero.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c207">166</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo VIII.</span>—Encuentro de Gil Blas y su compañero -con un hombre que estaba mojando mendrugos de pan -en una fuente y conversación que con él tuvieron.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c208">198</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo IX.</span>—Estado en que encontró Diego a sus parientes -y cómo Gil Blas se separó de él después de haber -participado de ciertas diversiones.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c209">203</a></td> - </tr> - - <tr> - <td colspan ="2" class="tdch">LIBRO TERCERO<span class="pagenum"><a name="Page_315" id="Page_315"><span class="reduct">[315]</span></a></span></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo I.</span>—Llegada de Gil Blas a Madrid, y primer -amo a quien sirvió allí. </td> - <td class="tdrl"><a href="#c301">213</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo II.</span>—De la admiración que causó a Gil Blas el -encuentro con el capitán Rolando y de las cosas curiosas -que le contó aquel bandolero.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c302">223</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo III.</span>—Deja Gil Blas a don Bernardo de Castelblanco -y entra a servir a un elegante.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c303">232</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo IV.</span>—Hace Gil Blas amistad con los criados de -los elegantes; secreto admirable que éstos le enseñaron -para lograr a poca costa la fama de hombre agudo y -singular juramento que a instancia de ellos hizo en una -cena.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c304">244</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo V.</span>—Vese Gil Blas de repente en lances de amor -con una hermosa desconocida.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c305">253</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo VI.</span>—De la conversación de algunos señores sobre -los comediantes de la compañía del teatro del -Príncipe.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c306">265</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo VII.</span>—Historia de don Pompeyo de Castro.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c307">272</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo VIII.</span>—Por qué accidente se ve precisado Gil -Blas a buscar nuevo acomodo.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c308">282</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo IX.</span>—Del amo a quien Gil Blas fué a servir después -de la muerte de don Matías de Silva.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c309">289</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo X.</span>—Entra Gil Blas a servir de mayordomo en -casa de Arsenia; informes que le da Laura de los comediantes.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c310">294</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo XI.</span>—Del modo como vivían entre sí los comediantes -y cómo trataban a los autores de comedias.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c311">300</a></td> - </tr> - - <tr> - <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo XII.</span>—Toma Gil Blas inclinación al teatro, entrégase -enteramente a los pasatiempos de la vida cómica -y dentro de poco se disgusta de ella.</td> - <td class="tdrl"><a href="#c312">307</a></td> - </tr> - -</table> - -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_316" id="Page_316">[316]</a></span></p> -<p> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_317" id="Page_317">[317]</a></span></p> - -<div class="chapter"> - -<div class="bord p4"> - -<p class="pc elarge">LOS HUMORISTAS</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="pc2 mid">TITULOS PUBLICADOS POR “CALPE”</p> - -<p class="pad">Julio Camba.—<b>La rana viajera.</b>—Cuatro pesetas.</p> - -<p class="pad">Arnold Bennet.—<b>Enterrado en vida.</b>—Trad. del inglés por Vicente -Vera. Cuatro pesetas.</p> - -<p class="pad">—— <b>El «matador» de Cinco-Villas.</b>—Trad. del inglés por C. Rivas -Cherif. Cuatro pesetas.</p> - -<p class="pad">—— <b>La viuda del balcón, y Otros cuentos de Cinco-Villas.</b>—Traducido -del inglés por C. Rivas Cherif. Cuatro pesetas.</p> - -<p class="pad">René Benjamín.—<b>Gaspar.</b>—Trad. del francés por Manuel Azaña. -Cuatro pesetas.</p> - -<p class="pad">Jorge Courteline.—<b>Los señores chupatintas.</b>—Trad. del francés -por Nicolás González Ruiz. Cuatro pesetas.</p> - -<p class="pad">—— <b>Boubouroche.</b>—Trad. del francés por Nicolás González -Ruiz. Tres pesetas.</p> - -<p class="pad">H. S. Harrison.—<b>Queed, el doctorcillo.</b>—Trad. del inglés por -Juan de Castro.—Dos tomos. Cada uno tres pesetas cincuenta -céntimos.</p> - -<p class="pad">Eugenio Heltai.—«<b>Family Hotel</b>» <b>y Mi segunda mujer.</b>—Traducido -del húngaro por Andrés Révész. Cuatro pesetas.</p> - -<p class="pad">—— <b>Manuel VII y su época.</b>—Trad. del húngaro por Andrés -Révész. Tres pesetas cincuenta céntimos.</p> - -<p class="pad">Gómez de la Serna.—<b>Disparates.</b>—Cuatro pesetas.</p> - -<p class="pad">Pedro Veber.—<b>Los cursos.</b>—Trad. del francés por José A. -Luengo. Tres pesetas.</p> - -<p class="pad">Antón Chejov.—<b>Historia de una anguila, y otras historias.</b>—Trad. -del ruso por Saturnino Ximénez. Tres pesetas cincuenta -céntimos.</p> - -<p class="pad">Esteban Szomahazy.—<b>El dramaturgo misterioso.</b>—Trad. del -húngaro por Andrés Révész. Tres pesetas.</p> - -<p class="pc2 mid">PRÓXIMAMENTE</p> - -<p class="pad"><b>Humoristas húngaros (Antología de).</b>—Trad. del húngaro por -Andrés Révész.</p> - -<p class="pad">Kálmán de Mikszáth.—<b>Gente de rumbo, y El caftán del sultán.</b>—Trad. -del húngaro por Andrés Révész.</p> - -<p class="pad">Eugenio Heltai.—<b>Los siete años de hambre, y Cuentos.</b>—Traducido -del húngaro por Andrés Révész.</p> - -<p class="pad">Gómez de la Serna.—<b>El Incongruente.</b></p> - -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_318" id="Page_318">[318]</a></span></p> - -<div class="bord p4"> - -<p class="pc elarge ss">LIBROS DE LA NATURALEZA</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="pad1"><i>El contenido de las obras que forman esta serie -de libros editados por</i> <span class="smcap">Calpe</span> <i>es rigurosamente -científico y está al corriente de los últimos progresos -de las ciencias naturales. Garantía de ello -son los autores de esas obras, todos los cuales -figuran entre los naturalistas de mayor autoridad -en nuestro país.</i></p> - -<p class="pc2 mid">VAN PUBLICADOS</p> - -<p class="pad"><b>Los animales familiares</b>, por <i>Angel Cabrera</i>, -profesor en el Museo Nacional de Ciencias -Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 13 fotograbados -en papel estucado.</p> - -<p class="pad"><b>La vida de la Tierra</b>, por <i>J. Dantín Cereceda</i>, -profesor en el Instituto de San Isidro de Madrid. -Un volumen de 96 páginas, 21 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados -en papel estucado.</p> - -<p class="pad"><b>El mundo alado</b>, por <i>Angel Cabrera</i>, profesor -en el Museo Nacional de Ciencias Naturales. -Un volumen de 96 páginas, 27 dibujos y 6 láminas -fuera de texto, con 11 fotograbados en -papel estucado.</p> - -<p class="pad"><b>El mundo de los minerales</b>, por <i>Lucas Fernández -Navarro</i>, profesor en la Universidad de -Madrid y en el Museo Nacional de Ciencias -Naturales. Un volumen de 96 páginas, 43 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados -en papel estucado.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_319" id="Page_319">[319]</a></span></p> - -<p class="pad"><b>El mundo de los insectos</b>, por <i>Antonio de Zulueta</i>, -profesor en el Museo Nacional de Ciencias -Naturales. Un volumen de 96 páginas, -41 dibujos y 6 láminas fuera de texto, con -12 fotograbados en papel estucado.</p> - -<p class="pad"><b>Los animales salvajes</b>, por <i>Angel Cabrera</i>, profesor -en el Museo Nacional de Ciencias Naturales. -Un volumen de 96 páginas, 24 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados -en papel estucado.</p> - -<p class="pad"><b>Peces de mar y de agua dulce</b>, por <i>Angel Cabrera</i>, -profesor en el Museo Nacional de Ciencias -Naturales. Un volumen de 96 páginas, -40 dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 11 -fotograbados en papel estucado.</p> - -<p class="pad"><b>La vida de las plantas</b>, por <i>J. Dantín Cereceda</i>, -profesor en el Instituto de San Isidro de Madrid. -Un volumen de 96 páginas, 31 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados -en papel estucado.</p> - -<p class="pad"><b>Los animales microscópicos</b>, por <i>Angel Cabrera</i>, -profesor en el Museo Nacional de Ciencias -Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados -en papel estucado.</p> - -<p class="pad"><b>La vida de las flores</b>, por <i>J. Dantín Cereceda</i>, -profesor en el Instituto de San Isidro de Madrid. -Un volumen de 96 páginas, 31 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados -en papel estucado.</p> - -<p class="p1">Todas las obras de esta colección se venden -al precio de <b>1,75 pesetas cada libro</b> y llevan artísticas -cubiertas del gran dibujante Bagaría -impresas a cinco tintas.</p> - -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_320" id="Page_320">[320]</a></span></p> - -<div class="bord p4"> - -<p class="pc2 elarge ss">LIBROS DE AVENTURAS</p> - -<p class="pc"><b>de los mejores autores clásicos y modernos.</b></p> - -<p class="pc2 lmid">COLECCIÓN DE OBRAS DE ALTO VALOR LITERARIO -Y EDUCATIVO PARA LOS MUCHACHOS, EDITADAS -POR Calpe y TRADUCIDAS CUIDADOSAMENTE -DEL IDIOMA ORIGINAL</p> - -<p class="pc2 mid">VOLÚMENES PUBLICADOS</p> - -<p class="pad p1"><b>Los tramperos del Arkansas</b>, por Gustavo Aimard.—Un -tomo. Cuatro pesetas.</p> - -<p class="pad"><b>Aventuras del capitán Corcorán</b>, por Alfredo Assollant.—Un -tomo. Cuatro pesetas cincuenta céntimos.</p> - -<p class="pad"><b>El cazador de ciervos</b>, por Fenimore Cooper—Dos tomos. -Cada uno cuatro pesetas.</p> - -<p class="pad"><b>Los tiradores de rifle</b>, por Mayne Reid.—Un tomo. Cuatro pesetas.</p> - -<p class="pad"><i>La isla del tesoro</i>, por Roberto L. Stevenson.—Un tomo. Cuatro -pesetas.</p> - -<p class="pad"><b>De la Tierra a la Luna</b>, por Julio Verne.—Un tomo. Tres -pesetas cincuenta céntimos.</p> - -<p class="pad"><b>Los mercaderes de pieles</b>, por Ballantyne.—Un tomo. Cinco -pesetas.</p> - -<p class="pad"><b>Salvado del mar</b>, por Kingston.—Un tomo. Cuatro pesetas.</p> - -<p class="pad"><b>La marina mercante</b>, por Marryat.—Un tomo. Cinco pesetas.</p> - -<p class="pad"><b>El jinete sin cabeza</b>, por Mayne Reid.—Dos tomos. Cada uno -cinco pesetas.</p> - -<p class="pad"><b>Dos años al pie del mástil</b>, por Dana.—Un tomo. Tres pesetas.</p> - -<p class="pad"><b>El último mohicano</b>, por Fenimore Cooper.—Dos tomos. Cada -uno tres pesetas.</p> - -<p class="pad"><b>Alrededor de la Luna</b>, por Julio Verne.—Un tomo. Tres pesetas.</p> - -<p><b>La isla de coral</b>, por Ballantyne.—Un tomo. Tres pesetas cincuenta -céntimos.</p> - -<p class="pad"><b>Robinsón Crusoe</b>, por Defoe.—Dos tomos. Cada uno tres pesetas.</p> - -<p class="pad"><b>Aventuras de Román Kalbris</b>, por Malot.—Un tomo. Tres pesetas.</p> - -<p class="pad"><b>Propiedad del Rey</b>, por Marryat.—Dos tomos. Cada uno tres -pesetas.</p> - -<p class="pad"><b>A lo largo del Amazonas</b>, por Kingston.—Dos tomos. Cada -uno tres pesetas.</p> - -<p class="pad"><b>El Robinsón suizo</b>, por Wyss.—Un tomo. Cuatro pesetas.</p> - -<p class="pad"><b>Viajes de Gulliver</b>, por Swift.—Un tomo. Tres pesetas.</p> - -<p class="pad"><b>El matador de leones</b>, por Gérard.—Un tomo. Tres pesetas.</p> - -<p class="pad"><b>David Balfour</b>, por Stevenson.—Un tomo. Tres pesetas.</p> -</div></div> - - - -</div> - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana -(Vol 1 de 3), by Alain-René Lesage - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK GIL BLAS *** - -***** This file should be named 50492-h.htm or 50492-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/0/4/9/50492/ - -Produced by Giovanni Fini, Josep Cols Canals and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Information about the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the -mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its -volunteers and employees are scattered throughout numerous -locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt -Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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