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-The Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana (Vol 1
-de 3), by Alain-René Lesage
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
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-
-
-
-Title: Historia de Gil Blas de Santillana (Vol 1 de 3)
- Novela
-
-Author: Alain-René Lesage
-
-Translator: P. Isla
-
-Release Date: November 19, 2015 [EBook #50492]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK GIL BLAS ***
-
-
-
-
-Produced by Giovanni Fini, Josep Cols Canals and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-file was produced from images generously made available
-by The Internet Archive/Canadian Libraries)
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- NOTA DEL TRANSCRIPTOR:
-
-—Los errores obvios de impresión y puntuación han sido corregidos.
-
-—Se ha mantenido la acentuación del libro original, que difiere
-notablemente de la utilizada en español moderno.
-
-—Las palabras negrillas han sido representadas como =negrillas=.
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-
- Le Sage
-
- HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA
- TOMO I
-
-
- MCMXXII
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-
- Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA
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- LE SAGE
-
-
- Historia
-
- de
-
- Gil Blas de Santillana
-
- NOVELA
-
- TOMO I
-
- Traducción del P. Isla
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-[Illustration: LOGO]
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- MADRID, 1922
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-
- Talleres “Calpe”, Larra, 6 y 8.—MADRID
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-
-_La famosísima novela de Le Sage_ GIL BLAS DE SANTILLANA _fué traducida
-superiormente por el padre Isla, el autor de_ Fray Gerundio. _Esta
-traducción es la que publicamos. Hízola el padre Isla con la intención
-de mostrar patente el origen español de la inspiración que animara
-a Le Sage. ¿Consiguió lo que pretendía? En parte sí, pues leído el_
-GIL BLAS _en la traducción española de Isla parece enteramente una
-novela picaresca de las muchas que ha producido nuestra literatura.
-Pero si miramos con mayor atención la novela, veremos en ella un gran
-número de rasgos que esencialmente la clasifican entre las obras de
-ingenio e inspiración típicamente franceses. Prepondera la descripción
-de caracteres, la fina sátira moral, la intención psicológica sobre
-la mera narración de aventuras. Le Sage no inventa intrigas por el
-solo placer de la acción, sino para engarzar en ellas tipos, vicios,
-defectos morales, ridiculeces de la especie humana. Así adquiere su
-obra un sentido filosófico, moral; más que novela de aventuras es
-novela de costumbres y de caracteres._
-
-_Le Sage, que nació en la Bretaña y se hizo abogado en París, fué uno
-de los primeros escritores que vivieron exclusivamente de su pluma.
-Publicó en 1715 los dos primeros tomos de_ GIL BLAS, _que llegaban
-hasta el punto en que Gil Blas es nombrado intendente general de D.
-Alfonso de Leyva. En vista del formidable éxito que obtuvo, escribió
-una continuación, publicada en 1724, que comprende la estancia de Gil
-Blas en Granada y su traslado a Madrid, con la historia de su privanza
-con el duque de Lerma. El éxito de esta continuación superó al de los
-dos primeros tomos, y en 1735 publicó Le Sage el final de la obra, con
-la narración del ministerio y muerte del Conde Duque y el retiro de Gil
-Blas a Liria._
-
-
-
-
-GIL BLAS DE SANTILLANA
-
-
-
-
-DECLARACIÓN DE LE SAGE
-
-
-Como hay personas que no saben leer un libro sin aplicar los caracteres
-viciosos o ridículos que en él se censuran a personas determinadas,
-declaro a estos maliciosos lectores que harán mal y se engañarán mucho
-en hacer la aplicación a ningún individuo en particular de los retratos
-que encontrarán en esta obra. Protesto al público que solamente me he
-propuesto representar la vida del común de los hombres tal cual es, y
-no permita Dios que jamás sea mi ánimo señalar a ninguno con el dedo.
-Si hubiere alguno que crea se ha dicho por él lo que puede convenir
-a tantos otros, le aconsejo que calle y no se queje, porque de otra
-manera él mismo se dará a conocer fuera de tiempo. _Stultè nudabit
-animi conscientiam_, dice Fedro.
-
-No menos en Francia que en España se hallan médicos cuyo método de
-curar no es otro que sangrar sobradamente a sus enfermos. Los vicios
-y los originales ridículos son de todas las naciones. Confieso que no
-siempre describí exactamente las costumbres españolas. Por ejemplo:
-los que saben cómo viven en Madrid los comediantes, quizá me notarán de
-haberlos pintado con colores demasiadamente mitigados; pero creí deber
-hacerlo así por que fuesen algo más parecidos a los nuestros.
-
-
-
-
-UNA PALABRITA AL LECTOR
-
-
-Antes de leer la historia de mi vida, escucha, lector amigo, un cuento
-que te voy a contar.
-
-Caminaban juntos y a pie dos estudiantes desde Peñafiel a Salamanca.
-Sintiéndose cansados y sedientos, se sentaron junto a una fuente que
-estaba en el camino. Después que descansaron y mitigaron la sed,
-observaron por casualidad una como lápida sepulcral que a flor de la
-tierra se descubría cerca de ellos, y sobre la lápida unas letras medio
-borradas por el tiempo y por las pisadas del ganado que venía a beber
-a la fuente. Picóles la curiosidad, y lavando la piedra con agua,
-pudieron leer estas palabras castellanas: _Aquí está enterrada el alma
-del licenciado Pedro García_.
-
-El más mozo de los estudiantes, que era vivaracho y un si es no es
-atolondrado, apenas leyó la inscripción cuando exclamó, riéndose a
-carcajada tendida: «¡Gracioso disparate! ¡Aquí está enterrada el alma!
-Pues qué, ¿un alma puede enterrarse? ¡Quién me diera a conocer el
-ignorantísimo autor de tan ridículo epitafio!» Y diciendo esto, se
-levantó para irse. Su compañero, que era algo más juicioso y reflexivo,
-dijo para consigo: «Aquí hay misterio, y no me he de apartar de este
-sitio hasta averiguarlo.» Dejó partir al otro, y, sin perder tiempo,
-sacó un cuchillo y comenzó a socavar la tierra alrededor de la lápida,
-hasta que logró levantarla. Encontró debajo de ella un bolsillo;
-abrióle, y halló en él cien ducados, con estas palabras en latín:
-_Declárote por heredero mío a ti, cualquiera que seas, que has tenido
-ingenio para entender el verdadero sentido de la inscripción; pero
-te encargo que uses de este dinero mejor que yo usé de él_. Alegre
-el estudiante con este descubrimiento, volvió a poner la lápida como
-antes estaba y prosiguió su camino a Salamanca, llevándose el alma del
-licenciado.
-
-Tú, amigo lector, seas quien fueres, necesariamente te has de parecer a
-uno de estos dos estudiantes. Si lees mis aventuras sin hacer reflexión
-a las instrucciones morales que encierran, ningún fruto sacarás de esta
-lectura; pero si las leyeres con atención, encontrarás en ellas, según
-el precepto de Horacio, _lo útil mezclado con lo agradable_.
-
-
-
-
-LIBRO PRIMERO
-
-
-
-
-CAPÍTULO PRIMERO
-
-Nacimiento de Gil Blas, y su educación.
-
-
-Blas de Santillana, mi padre, después de haber servido muchos años en
-los ejércitos de la Monarquía española, se retiró al lugar donde había
-nacido. Casóse con una aldeana, y yo nací al mundo diez meses después
-que se habían casado. Pasáronse a vivir a Oviedo, donde mi madre se
-acomodó por ama de gobierno y mi padre por escudero. Como no tenían más
-bienes que su salario, corría gran peligro mi educación de no haber
-sido la mejor si Dios no me hubiera deparado un tío que era canónigo de
-aquella iglesia. Llamábase Gil Pérez, era hermano mayor de mi madre y
-había sido mi padrino. Figúrate, allá en tu imaginación, lector mío, un
-hombre pequeño, de tres pies y medio de estatura, extraordinariamente
-gordo, con la cabeza zambullida entre los hombros, y he aquí la _vera
-efigies_ de mi tío. Por lo demás, era un eclesiástico que sólo pensaba
-en darse buena vida; quiero decir en comer y en tratarse bien, para lo
-cual le suministraba suficientemente la renta de su prebenda.
-
-Llevóme a su casa cuando yo era niño y se encargó de mi educación.
-Parecíle desde luego tan despejado, que resolvió cultivar mi talento.
-Compróme una cartilla y quiso él mismo ser mi maestro de leer. También
-hubiera querido enseñarme por sí mismo la lengua latina, porque ese
-dinero ahorraría; pero el pobre Gil Pérez se vió precisado a ponerme
-bajo la férula de un preceptor, y me envió al doctor Godínez, que
-pasaba por ser el más hábil pedante que había en Oviedo. Aproveché
-tanto en esta escuela, que al cabo de cinco o seis años entendía un
-poco de los autores griegos y suficientemente los poetas latinos.
-Apliquéme después a la Lógica, que me enseñó a discurrir y argumentar
-sin término. Gustábanme mucho las disputas, y detenía a los que
-encontraba, conocidos o no conocidos, para proponerles cuestiones y
-argumentos. Topábame a veces con algunos manteístas que no apetecían
-otra cosa, y entonces era el oírnos disputar. ¡Qué voces! ¡Qué patadas!
-¡Qué gestos! ¡Qué contorsiones! ¡Qué espumarajos en las bocas! Más
-parecíamos energúmenos que filósofos.
-
-De esta manera logré gran fama de sabio en toda la ciudad. A mi tío
-se le caía la baba, y se lisonjeaba infinito con la esperanza de
-que, en virtud de mi reputación, presto dejaría de tenerme sobre sus
-costillas. Díjome un día: «¡Hola, Gil Blas! Ya no eres niño; tienes
-diez y siete años, y Dios te ha dado habilidad. Hemos menester pensar
-en ayudarte. Estoy resuelto a enviarte a la Universidad de Salamanca,
-donde con tu ingenio y con tu talento no dejarás de colocarte en un
-buen puesto. Para tu viaje te daré algún dinero y la mula, que vale de
-diez a doce doblones, la que podrás vender en Salamanca, y mantenerte
-después con el dinero hasta que logres algún empleo que te dé de comer
-honradamente.»
-
-No podía mi tío proponerme cosa más de mi gusto, porque reventaba por
-ver mundo; sin embargo, supe vencerme y disimular mi alegría. Cuando
-llegó la hora de marchar, sólo me mostré afligido del sentimiento de
-separarme de un tío a quien debía tantas obligaciones; enternecióse el
-buen señor, de manera que me dió más dinero del que me daría si hubiera
-leído o penetrado lo que pasaba en lo íntimo de mi corazón. Antes de
-montar quise ir a dar un abrazo a mi padre y a mi madre, los cuales no
-anduvieron escasos en materia de consejos. Exhortáronme a que todos
-los días encomendase a Dios a mi tío, a vivir cristianamente, a no
-mezclarme nunca en negocios peligrosos y, sobre todo, a no desear, y
-mucho menos a tomar, lo ajeno contra la voluntad de su dueño. Después
-de haberme arengado largamente, me regalaron con su bendición, la única
-cosa que podía esperar de ellos. Inmediatamente monté en mi mula y salí
-de la ciudad.
-
-
-
-
-CAPÍTULO II
-
-De los sustos que tuvo Gil Blas en el camino de Peñaflor, lo que hizo
-cuando llegó allí y lo que le sucedió con un hombre que cenó con él.
-
-
-Héteme aquí ya fuera de Oviedo, camino de Peñaflor, en medio de los
-campos, dueño de mi persona, de una mala mula y de cuarenta buenos
-ducados, sin contar algunos reales más que había hurtado a mi bonísimo
-tío. La primera cosa que hice fué dejar la mula a discreción, esto
-es, que anduviese al paso que quisiese. Echéla el freno sobre el
-pescuezo, y sacando de la faltriquera mis ducados los comencé a contar
-y recontar dentro del sombrero. No podía contener mi alegría; jamás me
-había visto con tanto dinero junto; no me hartaba de verle, tocarle
-y retocarle. Estábale recontando quizá por la vigésima vez, cuando
-la mula alzó de repente la cabeza en aire de espantadiza, aguzó las
-orejas y se paró en medio del camino. Juzgué desde luego que la había
-espantado alguna cosa, y examiné lo que podía ser. Vi en medio del
-camino un sombrero, con un rosario de cuentas gordas en su copa, y al
-mismo tiempo oí una voz lastimosa que pronunció estas palabras: «¡Señor
-pasajero, tenga usted piedad de un pobre soldado estropeado y sírvase
-de echar algunos reales en ese sombrero, que Dios se lo pagará en el
-otro mundo!» Volví los ojos hacia donde venía la voz, y vi al pie de
-un matorral, a veinte o treinta pasos de mí, una especie de soldado,
-que sobre dos palos cruzados apoyaba la boca de una escopeta, que me
-pareció más larga que una lanza, con la cual me apuntaba a la cabeza.
-Sobresaltéme extrañamente, miré como perdidos mis ducados y empecé a
-temblar como un azogado. Recogí lo mejor que pude mi dinero; metíle
-disimulada y bonitamente en la faltriquera, y quedándome en las manos
-con algunos reales los fuí echando poco a poco y uno a uno en el
-sombrero destinado para recibir la limosna de los cristianos cobardes y
-atemorizados, a fin de que conociese el soldado que yo me portaba noble
-y generosamente. Quedó satisfecho de mi generosidad y dióme tantas
-gracias como yo espolazos a la mula para que cuanto antes me alejase de
-él; pero la maldita bestia, burlándose de mi impaciencia, no por eso
-caminaba más a prisa. La vieja costumbre de caminar paso a paso bajo el
-gobierno de mi tío la había hecho olvidarse de lo que era el galope.
-
-No me pareció esta aventura el mejor agüero para el resto del viaje.
-Veía que aun no estaba en Salamanca y que me podían suceder otras
-peores. Parecióme que mi tío había andado poco prudente en no haberme
-entregado a algún arriero. Esto era, sin duda, lo que debiera haber
-hecho; pero le parecía que dándome su mula gastaría menos en el viaje,
-lo cual le hizo más fuerza que la consideración de los peligros a
-que me exponía. Para reparar esta falta determiné vender mi mula en
-Peñaflor, si tenía la dicha de llegar a aquel lugar. y ajustarme con
-un arriero hasta Astorga, haciendo lo mismo con otro desde Astorga a
-Salamanca. Aunque nunca había salido de Oviedo, sabía los nombres de
-todos los lugares por donde había de pasar, habiéndome informado de
-ellos antes de ponerme en camino.
-
-Llegué felizmente a Peñaflor y me paré a la puerta de un mesón que
-tenía bella apariencia. Apenas eché pie a tierra cuando el mesonero
-me salió a recibir con mucha cortesía. El mismo desató mi maleta y
-mis alforjas, cargó con ellas y me condujo a un cuarto, mientras sus
-criados llevaban la mula a la caballeriza. Era el tal mesonero el
-mayor hablador de todo Asturias, tan fácil en contar sin necesidad
-todas sus cosas como curioso en informarse de las ajenas. Díjome que
-se llamaba Andrés Corzuelo y que había servido al rey muchos años de
-sargento, y se había retirado quince meses hacía por casarse con una
-moza de Castropol, que era buen bocado, aunque algo morena. Y después
-me refirió otra infinidad de cosas que tanto importaba saberlas como
-ignorarlas. Hecha esta confianza, juzgándose ya acreedor a que yo le
-correspondiese con la misma, me preguntó quién era, de dónde venía y
-a dónde caminaba. A todo lo cual me consideré obligado a responder
-artículo por artículo, puesto que cada pregunta la acompañaba con una
-profunda reverencia, suplicándome muy respetuosamente que perdonase su
-curiosidad. Esto me empeñó insensiblemente en una larga conversación
-con él, en la cual ocurrió hablar del motivo y fin que tenía en desear
-deshacerme de mi mula y proseguir el viaje con algún arriero. Todo me
-lo aprobó mucho, y no cierto sucintamente, porque me representó todos
-los accidentes que me podían suceder y me embocó mil funestas historias
-de los caminantes. Pensé que nunca acabase; pero al fin acabó,
-diciéndome que si quería vender la mula él conocía un muletero, hombre
-muy de bien, que acaso la compraría. Respondíle me daría gusto en
-enviarle a llamar, y él mismo en persona partió al punto a noticiarle
-mi deseo.
-
-Volvió en breve acompañado del chalán, y me le presentó ponderando
-mucho su honradez. Entramos en el corral, donde habían sacado mi mula.
-Paseáronla y repaseáronla delante del muletero, que con grande atención
-la examinó de pies a cabeza. Púsole mil tachas, hablando de ella muy
-mal. Confieso que tampoco podía decir de ella mucho bien; pero lo mismo
-diría aunque fuera la mula del Papa. Protestaba que tenía cuantos
-defectos podía tener el animal, apelando al juicio del mesonero,
-que sin duda tenía sus razones para conformarse con el suyo. «Ahora
-bien—me preguntó fríamente el chalán—: ¿cuánto pide usted por su
-mula?» Yo, que la daría de balde después del elogio que había hecho de
-ella, y sobre todo de la atestación del señor Corzuelo, que me parecía
-hombre honrado, inteligente y sincero, le respondí remitiéndome en todo
-a lo que la apreciase su hombría de bien y su conciencia, protestando
-que me conformaría con ello. Replicóme, picándose de hombre de bien
-y timorato, que habiendo interesado su conciencia le tocaba en lo más
-vivo y en lo que más le dolía, porque al fin éste era su lado flaco; y
-efectivamente no era el más fuerte, porque en lugar de los diez o doce
-doblones en que mi tío la había valuado no tuvo vergüenza de tasarla en
-tres ducados, que me entregó, y yo recibí tan alegre como si hubiera
-ganado mucho en aquel trato.
-
-Después de haberme deshecho tan ventajosamente de mi mula, el mesonero
-me condujo a casa de un arriero que al día siguiente había de partir
-a Astorga. Díjome éste que pensaba salir antes de amanecer y que él
-tendría cuidado de despertarme. Quedamos de acuerdo en lo que le había
-de dar por comida y macho, y yo me volví al mesón en compañía de
-Corzuelo, el cual en el camino me comenzó a contar toda la historia
-del arriero. Encajóme cuanto se decía de él en la villa, y aun llevaba
-traza de continuar aturdiéndome con sus impertinentes habladurías,
-cuando, por fortuna, le interrumpió un hombre de buen aspecto, que
-se acercó a él y le saludó con mucha urbanidad. Dejélos a los dos y
-proseguí mi camino, sin pasarme por el pensamiento que pudiese yo tener
-parte alguna en su conversación.
-
-Luego que llegué al mesón, pedí de cenar. Era día de viernes y me
-contenté con huevos. Mientras los disponían, trabé conversación con
-la mesonera, que hasta entonces no se había dejado ver. Parecióme
-bastantemente linda, de modales muy desembarazados y vivos. Cuando
-me avisaron que ya estaba hecha la tortilla, me senté a la mesa solo.
-No bien había comido el primer bocado, he aquí que entra el mesonero
-en compañía de aquel hombre con quien se había parado a hablar en
-el camino. El tal caballero, que podía tener treinta años, traía al
-lado un largo chafarote. Acercándose a mí con cierto aire alegre y
-apresurado, «Señor licenciado—me dijo—, acabo de saber que usted
-es el señor Gil Blas de Santillana, la honra de Oviedo y la antorcha
-de la Filosofía. ¿Es posible que sea usted aquel joven sapientísimo,
-aquel ingenio sublime cuya reputación es tan grande en todo este país?
-¡Vosotros no sabéis—volviéndose al mesonero y a la mesonera—qué
-hombre tenéis en casa! ¡Tenéis en ella un tesoro! ¡En este mozo estáis
-viendo la octava maravilla del mundo!» Volviéndose después hacia mí, y
-echándome los brazos al cuello, «Excuse usted—me dijo—mis arrebatos;
-no soy dueño de mí mismo ni puedo contener la alegría que me causa su
-presencia.»
-
-No pude responderle de pronto, porque me tenía tan estrechamente
-abrazado que apenas me dejaba libre la respiración; pero luego que
-desembaracé un poco la cabeza, le dije: «Nunca creí que mi nombre fuese
-conocido en Peñaflor.» «¿Qué llama conocido?—me repuso en el mismo
-tono—. Nosotros tenemos registro de todos los grandes personajes
-que nacen a veinte leguas en contorno. Usted está reputado por un
-prodigio, y no dudo que algún día dará a España tanta gloria el haberle
-producido como a la Grecia el ser madre de sus siete sabios. A estas
-palabras se siguió un nuevo abrazo, que hube de aguantar aun a peligro
-de que me sucediese la desgracia de Anteo. Por poca experiencia del
-mundo que yo hubiera tenido, no me dejaría ser el dominguillo de sus
-demostraciones ni de sus hipérboles. Sus inmoderadas adulaciones y
-excesivas alabanzas me harían conocer desde luego que era uno de
-aquellos truhanes pegotes y petardistas que se hallan en todas partes
-y se introducen con todo forastero para llenar la barriga a costa
-suya; pero mis pocos años y mi vanidad me hicieron formar un juicio
-muy distinto. Mi panegirista y mi admirador me pareció un hombre muy
-de bien y muy real, y así, le convidé a cenar conmigo. ¡Con mucho
-gusto!—me respondió prontamente—. Estoy muy agradecido a mi buena
-estrella por haberme dado a conocer al ilustre señor Gil Blas y no
-quiero malograr la fortuna de estar en su compañía y disfrutar sus
-favores lo más que me sea posible. A la verdad—prosiguió—, no tengo
-gran apetito, y me sentaré a la mesa sólo por hacer compañía a usted,
-comiendo algunos bocados meramente por complacerle y por mostrar cuánto
-aprecio sus finezas.»
-
-Sentóse enfrente de mí el señor mi panegirista. Trajéronle un cubierto,
-y se arrojó a la tortilla con tanta ansia y con tanta precipitación
-como si hubiera estado tres días sin comer. Por el gusto con que
-la comía conocí que presto daría cuenta de ella. Mandé se hiciese
-otra, lo que se ejecutó al instante; pusiéronla en la mesa cuando
-acabábamos, o, por mejor decir, cuando mi huésped acababa de engullirse
-la primera. Sin embargo, comía siempre con igual presteza, y sin
-perder bocado añadía sin cesar alabanzas sobre alabanzas, las cuales
-me sonaban bien y me hacían estar muy contento de mi personilla.
-Bebía frecuentemente, brindando unas veces a mi salud y otras a la de
-mi padre y de mi madre, no hartándose de celebrar su fortuna en ser
-padres de tal hijo. Al mismo tiempo echaba vino en mi vaso, incitándome
-a que le correspondiese. Con efecto, no correspondía yo mal a sus
-repetidos brindis; con lo cual y con sus adulaciones me sentí de tan
-buen humor que, viendo ya medio comida la segunda tortilla, pregunté al
-mesonero si tenía algún pescado. El señor Corzuelo, que, según todas
-las apariencias, se entendía con el petardista, respondió: «Tengo una
-excelente trucha; pero costará cara a los que la coman y es bocado
-demasiadamente delicado para usted.» «¿Qué llama usted _demasiadamente
-delicado_?—replicó mi adulador—. ¡Traiga usted la trucha y descuide
-de lo demás! ¡Ningún bocado, por regalado que sea, es demasiado bueno
-para el señor Gil Blas de Santillana, que merece ser tratado como un
-príncipe!»
-
-Tuve particular gusto de que hubiese retrucado con tanto aire
-las últimas palabras del mesonero, en lo cual no hizo mas que
-anticipárseme. Dime por ofendido y dije con enfado al mesonero: «¡Venga
-la trucha y otra vez piense más en lo que dice!» El mesonero, que no
-deseaba otra cosa, hizo cocer luego la trucha y presentóla en la mesa.
-A vista del nuevo plato brillaron de alegría los ojos del taimado,
-que dió mayores pruebas del deseo que tenía de complacerme; es decir,
-que se abalanzó al pez del mismo modo que se había arrojado a las
-tortillas. No obstante, se vió precisado a rendirse, temiendo algún
-accidente, porque se había hartado hasta el gollete. En fin, después de
-haber comido y bebido hasta más no poder, quiso poner fin a la comedia.
-«¡Oh señor Gil Blas!—me dijo alzándose de la mesa—. Estoy tan
-contento de lo bien que usted me ha tratado, que no le puedo dejar sin
-darle un importante consejo, del que me parece tiene no poca necesidad.
-Desconfíe por lo común de todo hombre a quien no conozca, y esté
-siempre muy sobre sí para no dejarse engañar de las alabanzas. Podrá
-usted encontrar con otros que quieran, como yo, divertirse a costa de
-su credulidad, y puede suceder que las cosas pasen más adelante. No sea
-usted su hazmerreír y no crea sobre su palabra que le tengan por la
-octava maravilla del mundo.» Diciendo esto, rióse de mí en mis bigotes
-y volvióme las espaldas.
-
-Sentí tanto esta burla como cualquiera de las mayores desgracias
-que me sucedieron después. No hallaba consuelo viéndome burlado tan
-groseramente, o, por mejor decir, viendo mi orgullo tan humillado. «¡Es
-posible—me decía yo—que aquel traidor se hubiese burlado de mí! Pues
-qué, ¿solamente buscó al mesonero para sonsacarle, o estaban ya de
-inteligencia los dos? ¡Ah pobre Gil Blas; muérete de vergüenza, porque
-diste a estos bribones justo motivo para que te hagan ridículo! Sin
-duda que compondrán una buena historia de esta burla, la cual podrá
-muy bien llegar a Oviedo, y en verdad que te hará grandísimo honor.
-Tus padres se arrepentirán de haber arengado tanto a un mentecato.
-¡En vez de exhortarme a que no engañase a nadie, debieran haberme
-encomendado que de ninguno me dejase engañar!» Agitado de estos amargos
-pensamientos, y encendido en cólera, me encerré en mi cuarto y me
-metí en la cama; pero no pude dormir, y apenas había cerrado los ojos
-cuando el arriero vino a despertarme y a decirme que sólo esperaba
-por mí para ponerse en camino. Levantéme prontamente, y mientras me
-estaba vistiendo vino Corzuelo con la cuenta del gasto, en la cual no
-se olvidaba la trucha; y no solamente hube de pasar por todo lo que
-él cargaba, sino que, mientras le pagaba el dinero, tuve el dolor de
-conocer que se estaba relamiendo en la memoria del pasado chasco de
-la noche precedente. Después de haber pagado bien una cena que había
-digerido tan mal, partí con mi maleta a casa del arriero, dando a todos
-los diablos al petardista, al mesonero y al mesón.
-
-
-
-
-CAPÍTULO III
-
-De la tentación que tuvo el arriero en el camino, en qué paró, y cómo
-Gil Blas se estrelló contra Caribdis queriendo evitar a Scila.
-
-
-No era yo solo el que había de caminar con el arriero. Habíanse
-ajustado con el mismo dos hijos de familia de Peñaflor; un muchacho o
-niño de coro de Mondoñedo, que iba a correr mundo; un caballerete de
-Astorga y una joven del Bierzo, con quien acababa de casarse. En muy
-poco tiempo nos hicimos amigos, y cada uno contó a dónde iba y de dónde
-venía. Aunque la novia estaba en lo mejor de su edad, era tan morena
-y de tan poca gracia que no me daba mucho gusto el mirarla; con todo
-eso, sus pocos años y su robustez inclinaron hacia ella al arriero;
-tanto, que resolvió hacer una tentativa para lograr sus favores. Pasó
-la jornada en meditar el modo y dilató la ejecución hasta la última
-posada. Esta fué en Cacabelos. Hízonos apear en un mesón que está a
-la entrada del lugar, esto es, un poco fuera de él, cuyo mesonero
-sabía él muy bien que era hombre callado y amigo de complacer. Dispuso
-que nos condujese a un cuarto muy retirado, donde nos dejó cenar
-tranquilamente; pero al fin de la cena vimos entrar al arriero furioso
-como un demonio, votando, jurando y blasfemando; y mirándonos a todos
-con ojos centelleantes, «¡Por vida de quien soy—dijo—que me han
-hurtado cien doblones que traía en una bolsa de cuero, y por fuerza han
-de parecer! ¡Ahora ahora me voy derecho al juez, para que dé tormento
-a todos hasta que se descubra el ladrón y me restituya mi dinero!»
-Diciendo esto con un aire muy natural, nos volvió apresuradamente y con
-enfado las espaldas, dejándonos atónitos, mirándonos los unos a los
-otros.
-
-A ninguno le ocurrió que podía ser aquello una ficción, porque todavía
-no nos podíamos conocer bien; antes sí sospeché yo que el ladrón sería
-el muchacho de coro, así como él quizá sospecharía lo mismo de mí.
-Fuera de eso, todos éramos unos pobres simples, que no sabíamos las
-formalidades que preceden en semejantes casos a la prueba del tormento,
-y desde luego creímos que se había de comenzar por aquí. Poseídos,
-pues, de esta aprensión, precipitadamente nos salimos del cuarto,
-escapando unos a la calle y otros al huerto, para salvarse cada cual
-como pudiese; y el novio de Astorga, turbado con la idea del tormento,
-se salvó como otro Eneas, olvidado enteramente de su mujer. Entonces
-el arriero, según supe con el tiempo, más incontinente que sus machos,
-y muy alegre porque su estratagema había producido el efecto que
-pretendía, entró en el cuarto donde estaba la novia, haciendo alarde
-de su invención, y procuró aprovecharse de la ocasión; pero aquella
-Lucrecia asturiana, a quien daba mayores fuerzas la mala traza del
-arriero, hizo una vigorosa resistencia, dando descompasados gritos.
-La patrulla, que por casualidad se hallaba cerca de una posada que
-sabía ser muy digna de su atención, entró en ella, y preguntó quién
-daba y cuál era el motivo de aquellos gritos. El mesonero estaba
-cantando en la cocina y fingiendo que nada había oído; no obstante, se
-vió precisado a conducir al comandante y a la patrulla al cuarto de
-la persona que gritaba. Conoció luego el alférez el negocio de que se
-trataba, y, como era hombre grosero y brutal, regaló provisionalmente
-al enamorado arriero con cinco o seis buenos palos con el mango de la
-alabarda, y le arengó con unas voces tan ofensivas al pudor como la
-acción que daba motivo a la arenga. No se contentó con esto: echó mano
-del delincuente y le condujo a la presencia del juez, juntamente con
-la agraviada delatora, que con toda resolución quiso ir en persona a
-quejarse de él, no obstante el desorden en que se hallaba. Oyóla el
-juez, y habiéndola observado atentamente, halló que el acusado no tenía
-excusa alguna y que era indigno de perdón. Mandó al punto le despojasen
-y que en su presencia le diesen doscientos azotes, y ordenó después
-que, si al día siguiente no parecía el marido de aquella mujer, dos
-soldados la llevasen con toda decencia a Astorga a costa del arriero.
-
-Por lo que toca a mí, atemorizado quizá más que los otros, salí
-prontamente al campo, y atravesando terrenos, penetrando matorrales
-y saltando los fosos que hallaba en el camino, llegué por fin a un
-lóbrego y espeso bosque. Iba a entrar en él y a esconderme en el más
-erizado matorral cuando me vi de repente con dos hombres a caballo,
-que se pararon delante de mí. «¿Quién va allá?», dijeron; y, como el
-miedo y la sorpresa no me dejaron hablar, acercándose más, cada uno
-me puso al pecho una pistola, intimándome, pena de la vida, que les
-dijese quién era, de dónde venía y qué iba yo a hacer en aquel bosque.
-A esta manera de preguntar, que me pareció un _quid pro quo_ del
-tormento con que se había burlado de nosotros el arriero, respondí que
-era un pobre estudiante de Oviedo, que iba a continuar mis estudios en
-Salamanca, refiriéndoles lo que nos acababa de suceder y confesando
-sencillamente que el miedo del tormento me había hecho huir sin saber
-dónde esconderme. Dieron una grande carcajada cuando oyeron un discurso
-que tanto mostraba mi sencillez, y uno de ellos me dijo: «No tengas
-miedo, querido; vente con nosotros y no temas, que te pondremos en toda
-seguridad.» Diciendo esto, me hizo montar en la grupa de su caballo, y
-volviendo las riendas nos envainamos todos tres en lo más intrincado y
-más espeso del bosque.
-
-No sabía yo qué pensar de tal encuentro; mas, no obstante, no
-pronosticaba cosa mala. «Si estos hombres fueran ladrones—me decía
-yo a mí mismo—ya me hubieran robado y quizá asesinado también. Acaso
-serán algunos buenos hidalgos de esta tierra, que viéndome atemorizado
-se han compadecido de mí y por caridad me llevan a su casa.» No me
-duró mucho la duda. Después de algunas vueltas y revueltas, con
-grandísimo silencio llegamos por fin al pie de una colina, donde nos
-apeamos. «Aquí hemos de dormir», dijo uno de los caballeros. Por más
-que yo volví los ojos a todas partes, no veía casa, choza o cabaña,
-ni la más mínima señal de habitación; cuando vi que aquellos dos
-hombres alzaron una gran trampa de madera, cubierta de tierra y de
-enramada, que ocultaba una larga entrada subterránea muy pendiente,
-por donde los caballos por sí mismos se dejaron resbalar como quienes
-ya estaban acostumbrados. Los caballeros me hicieron entrar con ellos
-y dejaron caer la trampa con unas cuerdas que para este efecto estaban
-fuertemente atadas a ella. Y he aquí al digno sobrino de mi tío el
-canónigo Gil Pérez metido como ratón en una ratonera.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IV
-
-Descripción de la cueva subterránea y de lo que vió en ella Gil Blas.
-
-
-Entonces conocí entre qué especie de gentes me hallaba, y fácilmente
-se puede adivinar que este conocimiento me quitaría el primer temor;
-pero otro mucho mayor se apoderó luego de mí. Di por supuesto que iba
-a perder la vida con mis pobres ducados; y mirándome como una víctima
-que era conducida al sacrificio, caminaba más muerto que vivo entre
-mis conductores, cuando, advirtiendo ellos mismos que iba temblando,
-me exhortaron con la mayor dulzura, pero inútilmente, a que depusiese
-todo temor. Habríamos caminado como unos doscientos pasos, cuando
-entramos en una especie de caballeriza, a que daban luz dos grandes
-candiles que pendían de la bóveda. Había en ella una buena provisión
-de paja y muchos sacos atestados de cebada. Podían caber en ella
-hasta veinte caballos, pero a la sazón solamente había los dos que
-acababan de llegar. Salimos de la caballeriza y llegamos a la cocina,
-donde una vieja estaba disponiendo la cena. No faltaba en la cocina
-utensilio alguno. La cocinera era una mujer de más de sesenta años. Sus
-blancos cabellos conservaban algunas manchas, residuos del color rubio
-subido que tuvieran; su barba era puntiaguda, y la nariz tan larga y
-encorvada que casi llegaba a besar la boca con la punta, y sus ojos tan
-encarnados que parecían dos tomates maduros.
-
-«Señora Leonarda—dijo uno de los caballeros, presentándome a aquel
-bello ángel de tinieblas—, mire este mocito que le traemos.» Y
-volviéndose después a mí, y viéndome pálido y consumido, me dijo:
-«Vuelve, querido, en ti, y no tengas miedo, pues no te queremos hacer
-mal. Nos hacía falta un mozo que aliviase en algo a nuestra pobre
-cocinera; te encontramos, y ésta ha sido tu fortuna. Ocuparás la
-plaza de un mozo que murió quince días ha, porque era de delicada
-complexión. La tuya parece más robusta y no morirás tan presto.
-A la verdad, no volverás ya a ver el sol; pero, en recompensa,
-comerás bien y tendrás siempre buena lumbre. Pasarás la vida con
-Leonarda, que es una criatura muy amable y humana. Tendrás cuantas
-conveniencias quisieres, y ahora conocerás que no has venido a vivir
-entre pordioseros y despilfarrados.» Al mismo tiempo tomó una luz y me
-mandó que le siguiese. Llevóme a una bodega, donde vi una infinidad de
-botellas y grandes vasijas de barro bien tapadas, llenas todas de vinos
-exquisitos. Hízome pasar después por muchos cuartos, unos atestados
-de piezas de lienzo y otros de ricos paños y telas de lana y seda. En
-otro vi plata y oro y mucha vajilla marcada con diferentes escudos de
-armas. Seguíle después a una gran sala, que alumbraban tres grandes
-arañas de metal y conducía a otros cuartos que se comunicaban con ella.
-Aquí me hizo nuevas preguntas, es a saber: cómo me llamaba y por qué
-había salido de Oviedo. Después que satisfice su curiosidad, «Ahora
-bien, Gil Blas—me dijo con mucho agrado—: puesto que sólo saliste
-de tu patria para lograr algún acomodo, parece que naciste de pie,
-pues se te proporciona vivir entre nosotros. Ya te lo he dicho: aquí
-vivirás en medio de la abundancia; nadarás en oro y plata y estarás con
-toda seguridad. Tal es este subterráneo, que aunque venga cien veces a
-este bosque la Santa Hermandad, nunca dará con él: la entrada sólo la
-conocemos yo y mis camaradas. Acaso me preguntarás cómo hemos podido
-nosotros fabricar este subterráneo sin que lo supiesen los paisanos
-de los lugares vecinos; pero has de saber, amigo mío, que ésta no ha
-sido obra nuestra, sino de muchos siglos. Después que los moros se
-apoderaron de Granada, de Aragón y de casi toda España, los cristianos
-que no se quisieron sujetar al yugo de los infieles huyeron y se
-ocultaron en este país, en Vizcaya y Asturias, adonde se retiró también
-el valiente don Pelayo. Los fugitivos y dispersos vivían por familias
-en los bosques y en las más ásperas montañas; unos, escondidos en
-cavernas, y otros, en subterráneos que ellos mismos fabricaron, y éste
-es uno de tantos. Después que, afortunadamente, arrojaron de España a
-sus enemigos se volvieron a sus ciudades, villas y lugares, y desde
-entonces los subterráneos sirvieron de asilos a las gentes de nuestra
-profesión. Es cierto que la Santa Hermandad ha descubierto y destruido
-algunos, pero todavía han quedado muchos; y yo, gracias al Cielo,
-quince años hace que habito impunemente en éste. Llámome el capitán
-Rolando, soy el jefe de la compañía, y el otro que viste conmigo es uno
-de mis camaradas.»
-
-
-
-
-CAPÍTULO V
-
-De la llegada de otros ladrones al subterráneo y de la conversación que
-tuvieron entre sí.
-
-
-No bien había dicho estas palabras el capitán, cuando aparecieron en
-la sala seis caras nuevas, que eran su teniente y otros cinco de la
-gavilla. Venían cargados de presa. Traían dos grandes zurrones llenos
-de azúcar, canela, almendras y pasas. El teniente, dirigiéndose al
-capitán, le dijo que había despojado a un especiero de Benavente de
-aquellos zurrones, como también del macho que los llevaba; y después de
-haber dado cuenta de su expedición en la pieza que servía de despacho,
-se entregó en la repostería la hacienda del especiero. Hecho esto, se
-trató de cenar y de alegrarse. Prepararon en la sala una gran mesa, y a
-mí me enviaron a la cocina para que la tía Leonarda me instruyese en lo
-que debía hacer. Cedí a la necesidad, ya que mi mala suerte lo quería
-así, y disimulando mi sentimiento, me dispuse a servir a una gente tan
-honrada.
-
-Di principio por el aparador, cubriéndole de vasos y salvillas de
-plata, flanqueadas de botellas llenas de excelente vino, que el señor
-Rolando me había ponderado. Puse en la mesa dos géneros de sopa, a
-cuya vista todos ocuparon sus asientos. Comenzaron a comer con mucho
-apetito, manteniéndome yo tras de ellos en pie para servirles el vino.
-El capitán les contó en pocas palabras mi historia de Cacabelos, con
-la cual se divirtieron mucho. Aseguróles después que yo era un mozo
-de mérito; pero como estaba ya tan escarmentado de las alabanzas,
-pude oír mis elogios sin peligro. Convinieron todos en que parecía yo
-como nacido para ser copero suyo, y que valía cien veces más que mi
-predecesor. Como después de su muerte la señora Leonarda era la que
-había servido el néctar a aquellos dioses infernales, le privaron de
-este glorioso empleo, para revestirme a mí de él. De esta manera me
-hallé convertido en un nuevo Ganimedes, sucesor de aquella maldita Hebe.
-
-Después de la sopa se presentó un gran plato de asado para acabar de
-saciar a los señores ladrones, los cuales bebían tanto como comían, y
-en breve tiempo se pusieron todos de buen humor y comenzaron a meter
-mucha bulla. Hablaban todos a un mismo tiempo: uno comenzaba una
-historia, otro le interrumpía con un chiste o con una frialdad, éste
-gritaba, aquél cantaba, y, en fin, ya no se entendían unos a otros.
-Fatigado Rolando de una escena en que él ponía mucho de su parte, pero
-todo inútilmente, levantó la voz en un tono que impuso silencio a la
-compañía. «¡Señores—les dijo—, atención a lo que voy a proponeros! En
-vez de aturdirnos unos a otros hablando todos a un tiempo, ¿no sería
-mejor divertirnos y hablar como hombres de juicio y de razón? Ahora me
-ocurre un pensamiento. Desde que vivimos juntos, nunca hemos tenido la
-curiosidad de informarnos recíprocamente de qué familia o casa somos,
-ni de la serie de aventuras por donde vinimos a abrazar esta profesión.
-Con todo, me parece ésta una cosa muy digna de saberse. Hagámonos,
-pues, esta confianza, que podrá servir no menos para nuestra diversión
-que para nuestro gobierno.» El teniente y los demás, como si tuvieran
-alguna cosa buena que contar, aceptaron con grandes demostraciones de
-alegría la proposición del capitán, el cual comenzó a hablar en estos
-términos:
-
-«Ya saben ustedes, señores, que yo soy hijo único de un rico vecino de
-Madrid. Celebróse mi nacimiento en la familia con grandes regocijos. Mi
-padre, que ya era viejo, sintió suma alegría al verse con un heredero,
-y mi madre no quiso que otra mas que ella me diese de mamar. Vivía
-entonces mi abuelo materno. Era mi hombre que sólo sabía rezar su
-rosario y contar sus proezas militares, porque había servido al rey
-muchos años, y no se ocupaba ya en más. Insensiblemente vine yo a ser
-el ídolo de estas tres personas. Continuamente me tenían en brazos. Por
-miedo de que el estudio no me fatigase en mis primeros años, me los
-dejaron pasar en los divertimientos más pueriles.» «No conviene—decía
-mi padre—que los niños se apliquen a cosas serias hasta que el
-tiempo haya madurado un poco su razón.» Esperando a esta madurez,
-no aprendía a leer y escribir; mas no por eso perdía el tiempo. Mi
-padre me enseñaba mil géneros de juegos; conocía yo perfectamente los
-naipes, jugaba a los dados, y mi abuelo me contaba mil novelas sobre
-las expediciones militares en que se había hallado. Cantábame siempre
-unas mismas coplas acerca de dichas expediciones; cuando en espacio
-de tres meses había aprendido bien diez o doce versos, los repetía
-sin errar un punto delante de mis padres, los cuales se admiraban de
-mi prodigiosa memoria. No celebraban menos mi agudo ingenio cuando,
-valiéndome de la libertad que tenía para decir cuanto me viniese a la
-boca, interrumpía sus conversaciones para decir a tuerto o derecho
-todo lo que me ocurría. Entonces mi madre me sofocaba a caricias y mi
-buen abuelo lloraba de puro gozo. No les iba en zaga mi padre; siempre
-que me oía algún despropósito o alguna bachillería, mirándome con gran
-ternura exclamaba: «¡Oh qué gracioso eres y qué lindo!» Con estas alas,
-no reparaba en hacer impunemente en su presencia las más indecentes
-acciones. Todo me lo perdonaban y todos me adoraban. Había entrado ya
-en doce años y aun no tenía ningún maestro. Buscáronme finalmente uno;
-pero mandándole expresamente que me enseñase, mas sin facultad para
-darme el menor castigo. A lo sumo le permitieron que alguna vez me
-amenazase sólo para intimidarme. Sirvió de poco este permiso, porque me
-burlaba de las amenazas de mi preceptor, o bien, con las lágrimas en
-los ojos, iba a quejarme a mi madre o a mi abuelo, diciéndoles que el
-ayo me había maltratado. En vano acudía el pobre diablo a desmentirme:
-teníanle por un hombre brutal, y siempre me creían a mí más que a él.
-Un día me arañé yo mismo y me fuí a quejar del maestro porque me había
-desollado; inmediatamente le despidió de casa mi madre, sin querer
-darle oídos, por más que protestaba al cielo y a la tierra que ni
-siquiera me había tocado.
-
-»De este mismo modo me fuí desembarazando de mis preceptores, hasta
-que me presentaron uno como le deseaba y me convenía para acabarme de
-perder. Era un bachiller de Alcalá. ¡Excelente maestro para un hijo
-de familia! Era inclinado a mujeres, al juego y a la taberna. No me
-podían haber puesto en mejores manos. Desde luego se dedicó a ganarme
-por el amor y por la dulzura. Consiguiólo, y por este medio logró que
-también le amasen mis padres, los cuales me entregaron enteramente a
-su gobierno. No tuvieron de qué arrepentirse, porque en breve tiempo
-y desde luego me perfeccionó en la ciencia del mundo. A fuerza de
-llevarme consigo a todos los parajes donde tenía su diversión me
-inspiró de tal manera la afición a ello que, a excepción del latín,
-en lo demás era yo un muchacho universal. Cuando vió que ya no tenía
-necesidad de sus preceptos, fué a enseñarlos a otra parte.
-
-»Si en mi infancia había vivido tan libremente a vista de mis padres,
-cuando comencé a ser dueño de mis acciones tuve sin duda mayor
-libertad. En el seno de mi familia fué donde di las primeras pruebas
-del aprovechamiento de mi educación. Burlábame de ellos a las claras
-y en todo momento. Reíanse de mis intrepideces, y tanto más las
-celebraban cuanto eran más vivas y más intolerables. Mientras tanto
-cometía todo género de desórdenes con otros muchachos de mi edad y de
-mi humor. Como nuestros padres no nos daban todo el dinero que habíamos
-menester para proseguir en una vida tan deliciosa, cada uno robaba en
-su casa cuanto podía, y cuando esto no alcanzaba, nos dimos a robar
-de noche, y siempre con fruto. Por desgracia, llegó algún rumor de
-esto a los oídos del corregidor. Quiso mandarnos prender; pero fuimos
-avisados con tiempo de su mala intención. Recurrimos a la fuga, y
-dímonos a ejercitar el mismo oficio en los caminos públicos. Desde
-entonces acá he tenido la dicha de haber envejecido en la profesión, a
-pesar de los peligros que son anejos a ella.»
-
-Cuando el capitán acabó de hablar, el teniente tomó la palabra, y
-dijo así: «Señores, una educación enteramente contraria a la del
-señor Rolando produjo en mí el mismo efecto que en él. Mi padre fué
-carnicero en Toledo y el hombre más feroz que había en toda la ciudad;
-mi madre no era de condición más suave que su marido. Desde mi niñez
-me comenzaron a azotar a cual más podía y como a competencia uno de
-otro. Cada día recibía mil azotes. La más mínima falta que cometiese
-era castigada con el mayor rigor. En vano les pedía perdón con las
-lágrimas en los ojos, prometiendo la enmienda; no había misericordia
-para mí, y las más veces me castigaban sin razón. Cuando mi padre me
-sacudía, siempre mi madre se ponía de su parte en lugar de interceder
-por mí. Estos malos tratamientos me inspiraron tanta aversión a la
-casa paterna que antes de cumplir los catorce años me escapé de
-ella. Tomé el camino de Aragón y llegué a Zaragoza pidiendo limosna.
-Enhebréme allí con unos pordioseros que pasaban una vida bastante feliz
-y acomodada. Enseñáronme a contrahacer el ciego, el estropeado y a
-figurar en las piernas unas llagas postizas. Todas las mañanas, a la
-manera de los comediantes que se ensayan para representar sus papeles,
-nos ensayábamos nosotros para representar los nuestros, y después cada
-uno iba a ocupar su puesto. Por la noche nos juntábamos y nos reíamos
-de los que se habían compadecido de nosotros por el día. Canséme presto
-de vivir entre aquellos miserables, y queriendo juntarme con otra
-gente más honrada, me asocié con unos _caballeros de la industria_.
-Enseñáronme a hacer bellos juegos de manos; pero nos vimos precisados a
-salir presto de Zaragoza, porque nos descompusimos con cierto ministro
-de justicia que siempre nos había protegido. Cada uno tomó su partido.
-Yo, que me sentía dispuesto a emprender grandes hechos, me acomodé en
-una tropa de hombres valerosos que hacían contribuir a los pasajeros
-y caminantes, agradándome tanto su modo de vivir, que desde entonces
-acá no he querido buscar otro. Si me hubieran dado otra educación más
-suave, probablemente no sería ahora mas que un pobre carnicero, cuando
-me hallo hoy con el honor y con el grado de vuestro teniente.»
-
-«Señores—dijo entonces un ladrón que estaba sentado entre el teniente
-y el capitán—, las historias que acabamos de oír no son tan variadas
-ni tan curiosas como la mía. Debo mi nacimiento a una aldeana o
-labradora de las cercanías de Sevilla. Tres semanas después que me dió
-a luz, como era todavía moza, bien parecida, aseada y muy robusta, la
-buscaron para que criase un niño, hijo de padres distinguidos, que
-acababa de nacer en dicha ciudad. Aceptó con gusto la propuesta, y
-fué a Sevilla para traerse el niño a casa. Entregáronsele, y apenas
-se vió con él en su aldea cuando observó que él y yo éramos algo
-parecidos, y esta observación le excitó el pensamiento de trocarnos,
-con la esperanza de que con el tiempo le agradecería yo el buen oficio.
-Mi padre, que no era más escrupuloso que su honrada mujer, aprobó la
-superchería. De suerte que, habiéndonos mudado de pañales, el hijo de
-don Rodrigo de Herrera fué enviado con mi nombre a otra ama para que le
-criase, y a mí me crió mi madre bajo el nombre del otro.
-
-»Digan lo que quisieren sobre el instinto y fuerza de la sangre, los
-padres del caballerito fácilmente se dejaron engañar. No tuvieron la
-más mínima sospecha de la pieza que les habían jugado, y hasta los
-siete años me tuvieron siempre en sus brazos; y siendo su intención
-hacerme un caballero completo, me buscaron todo género de maestros.
-Pero los más hábiles suelen hallar discípulos que les hacen poco honor;
-yo fuí uno de éstos. Tenía poca disposición para los ejercicios que me
-enseñaban y mucha menos inclinación a las ciencias en que me querían
-instruir. Gustaba más de jugar con los criados de casa, yéndolos a
-buscar a la caballeriza y a la cocina. Pero el juego no fué mucho
-tiempo mi pasión dominante. Aficionéme al vino, y me emborrachaba
-todos los días. Retozaba con las criadas; pero particularmente me
-dediqué a cortejar a una moza rolliza de cocina, cuyo desembarazo y
-buen color me gustaban mucho, pareciéndome que merecía mis primeras
-atenciones. Enamorábala con tan poca cautela, que hasta el mismo don
-Rodrigo lo conoció. Reprendióme agriamente, afeándome la bajeza de
-mis inclinaciones, y por temor de que la presencia del objeto hiciese
-inútiles sus reprimendas, despidió de casa a mi Dulcinea.
-
-»Irritóme mucho este proceder, y resolví vengarme. Robé sus pedrerías
-a la mujer de don Rodrigo; corrí en busca de mi bella Elena, que vivía
-en casa de una lavandera amiga suya; saquéla de ella a la mitad del
-día para que ninguno lo supiese, y aun pasé más adelante. Llevéla a su
-tierra, donde nos casamos solemnemente, así por dar este despique más a
-los Herreras como por dejar a los hijos de familia un ejemplo tan bueno
-que imitar. Tres meses después de mi arrebatado matrimonio supe que don
-Rodrigo había muerto. No dejé de sentir su muerte. Partí prontamente
-a Sevilla a pedir su herencia; pero hallé las cosas muy mudadas. Mi
-madre había ya fallecido, y antes de su muerte tuvo la indiscreción de
-declarar lo que había hecho, en presencia del cura y de otros buenos
-testigos. El hijo de don Rodrigo ocupaba ya mi lugar, o por mejor
-decir, el suyo, y acababa de ser reconocido por tal, con tanto mayor
-aplauso y alegría cuanto era menor la satisfacción que yo les causaba.
-De manera que, no teniendo nada que esperar en Sevilla y fastidiado
-ya de mi mujer, me agregué a ciertos caballeros de fortuna, bajo cuya
-disciplina di principio a mis caravanas.»
-
-Acabó su historia aquel ladrón, y comenzó otro la suya, diciendo que
-él era hijo de un mercader de Burgos y que en su mocedad, llevado de
-una indiscreta devoción, había tomado el hábito de cierta religión
-muy austera, de la cual había apostatado algunos años después. En
-fin, todos los ocho ladrones hablaron por su turno; y cuando los
-hube a todos oído, no me admiré de verlos juntos. Mudaron luego de
-conversación, y propusieron varios proyectos para la próxima campaña,
-sobre los cuales tomaron su resolución, y se fueron a la cama.
-Encendieron bujías y cada uno se retiró a su cuarto. Yo seguí al
-capitán Rolando al suyo, y mientras le ayudaba a desnudar, «Ahora bien,
-Gil Blas—me dijo—, ya ves nuestro modo de vivir. Siempre estamos
-alegres. Entre nosotros no se da lugar al tedio ni a la envidia. Jamás
-se oye aquí discordia ni disensión; estamos más unidos que frailes. Tú
-comienzas ahora, hijo mío, a gozar una vida muy agradable, pues no te
-tengo por tan tonto que te dé pena el vivir entre ladrones.»
-
-
-
-
-CAPÍTULO VI
-
-Del intento de escaparse Gil Blas, y éxito de su tentativa.
-
-
-Después que el capitán de bandoleros hizo esta apología de su honrada
-profesión, se metió en la cama; yo quité la mesa y puse todas las cosas
-en su lugar. Fuíme después a la cocina, donde Domingo—así se llamaba
-el negro—y la tía Leonarda me esperaban cenando. Aunque no tenía
-hambre, me puse a la mesa. No podía atravesar bocado, y viéndome tan
-triste como era regular estarlo, procuraban consolarme aquellas dos
-análogas figuras; pero sus consuelos contribuían más a mi desesperación
-que a mi alivio. «¿De qué te afliges, hijo?—me preguntó la vieja—.
-Antes bien, debieras alegrarte de verte entre nosotros. Eres mozo y
-pareces dócil, con que presto te perderías en el mundo, donde hallarías
-libertinos que te meterían en todo género de disoluciones, cuando aquí
-está tan segura tu inocencia.» «Tiene razón la señora Leonarda—dijo
-el viejo negro con una voz muy grave—; y se puede añadir a lo que ha
-dicho que en el mundo no se encuentran mas que trabajos. Da muchas
-gracias a Dios, amigo mío, porque de una vez para siempre te ha librado
-de los peligros, disgustos y aflicciones de la vida.»
-
-Sufrí con paciencia estos discursos, porque de nada me serviría el
-inquietarme. En fin, Domingo, después de haber comido y bebido bien, se
-fué a su caballeriza. Leonarda cogió una linterna y me condujo a una
-covacha que servía de cementerio a los ladrones que morían de muerte
-natural, donde vi un lecho que más parecía tumba que cama. «Este es tu
-cuarto—me dijo la vieja, pasándome la mano por la cara—. El mozo cuya
-plaza tienes el honor de ocupar durmió en esa cama el tiempo que vivió
-con nosotros, y sus huesos reposan debajo de ella; él se dejó morir
-en la flor de su edad: no seas tú tan simple que imites su ejemplo.»
-Diciendo esto, entregóme la linterna y volvióse a su cocina. Puse
-la luz en el suelo y me arrojé sobre aquel miserable lecho, no tanto
-para reposar cuanto para entregarme a mis tristes reflexiones. «¡Oh
-cielos!—exclamé—. ¿Habrá situación más infeliz que la mía? ¡Quieren
-que renuncie para siempre el consuelo de ver la cara del sol; y como si
-no bastara hallarme enterrado vivo a los diez y ocho años de mi edad,
-me veo reducido a servir a unos ladrones, a pasar el día entre malvados
-y la noche con los muertos!» Estos pensamientos, que me parecían muy
-dolorosos, y con efecto lo eran, me hacían llorar amargamente y sin
-consuelo. Maldecía mil veces la gana que le había dado a mi tío de
-enviarme a Salamanca. Arrepentíame de haber tenido tanto miedo a la
-justicia de Cacabelos y quisiera haber padecido el tormento antes que
-verme donde me hallaba. Pero considerando que me consumía inútilmente
-en vanos lamentos, comencé a discurrir en los medios de librarme. «Pues
-qué—me decía yo a mí mismo—, ¿será por ventura imposible encontrar
-modo de escaparme de aquí? Los ladrones duermen profundamente, la
-cocinera y el negro harán lo mismo dentro de poco tiempo; mientras
-todos estén dormidos, ¿no podré yo, a favor de esta linterna, hallar el
-camino por donde bajé a este calabozo infernal? A la verdad, no sé si
-tendré bastante fuerza para levantar la trampa que cubre la entrada;
-pero probaremos; no quiero omitir nada de cuanto pueda hacer. La
-desesperación me prestará fuerzas, y puede ser que me salga con ello.»
-
-Tomada esta gran resolución, me levanté cuando me pareció que Leonarda
-y Domingo podían estar ya dormidos. Cogí la linterna, salí de mi
-covacha y me encomendé a todos los santos del cielo. No dejó de
-costarme alguna dificultad el acertar con las vueltas y revueltas de
-aquel laberinto. Llegué en fin, a la puerta de la caballeriza, y me
-hallé en el camino que buscaba. Fuí andando y acercándome a la trampa
-con cierta alegría mezclada de temor; mas, ¡ay!, en medio del camino
-me encontré con una maldita reja de hierro bien cerrada y cuyas barras
-estaban tan juntas que apenas podía pasar la mano por entre ellas. Vime
-cortado y perdido con aquel nuevo impedimento, que al entrar no había
-advertido por estar abierta la reja. Con todo, no dejé de probar si
-podía abrir el candado. Examiné la cerradura, haciendo todo lo que pude
-por forzarla, cuando de repente me aplicaron en las espaldas cinco o
-seis fuertes latigazos con un buen vergajo de buey. Di un grito, que
-resonó en toda la caverna, y mirando atrás, vi al maldito negro, en
-camisa, con una linterna sorda en una mano y con el azote en la otra.
-«¡Hola, bribonzuelo!—me dijo—. ¿Querías escaparte? ¡No, amiguito,
-no esperes sorprenderme! ¿Creíste que estaría abierta la reja? Pues
-sábete que siempre la encontrarás cerrada. Cuando atrapamos a alguno,
-le guardamos aquí mal que le pese, y si logra escaparse ha de ser más
-ladino que tú.»
-
-Mientras tanto, al grito que yo había dado despertaron tres ladrones,
-los cuales se levantaron y vistieron a toda prisa, creyendo que la
-Santa Hermandad venía a echarse sobre ellos. Llamaron a los demás,
-que en un instante se pusieron en pie. Toman las espadas y carabinas,
-y medio desnudos acuden a donde estábamos Domingo y yo. Pero luego
-que se informaron o entendieron el origen del rumor que habían oído,
-su inquietud se convirtió en grandes carcajadas. «¿Cómo así, Gil
-Blas?—me dijo el ladrón apóstata—. ¿No ha más que seis horas que
-estás con nosotros y ya querías apostatar? ¡Bien se conoce tu aversión
-al silencio y al retiro! ¿Qué harías si fueses cartujo? ¡Anda, vete a
-la cama, que por esta vez bastan por castigo los vergajazos con que te
-regaló Domingo; pero si otra vez vuelves a intentar escaparte, por San
-Bartolomé que te hemos de desollar vivo!» Diciendo esto, se retiró. Los
-demás ladrones se volvieron a sus cuartos; el viejo negro, muy ufano de
-su hazaña, se recogió a su caballeriza, y yo me volví a zambullir en mi
-cementerio, pasando lo restante de la noche en suspirar y llorar.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VII
-
-De lo que hizo Gil Blas, no pudiendo hacer otra cosa.
-
-
-Los primeros días pensé morirme, rindiendo la vida a la melancolía que
-me consumía; pero al fin mi genio me inspiró que sufriese y disimulase.
-Esforcéme a mostrarme menos triste. Comencé a cantar y a reír, aunque
-sin gana. En una palabra, supe disfrazarme tan bien que Leonarda y
-Domingo cayeron en la red y creyeron buenamente que ya el pájaro
-se había acostumbrado a la jaula. Lo mismo juzgaron los ladrones.
-Manifestábame muy alegre cuando les echaba de beber, y de cuando en
-cuando los divertía también con alguna chocarrería o bufonada. Esta
-libertad que me tomaba les daba mucho gusto en vez de enfadarlos.
-«Gil Blas—me dijo el capitán en cierta ocasión en que yo hacía el
-gracioso—, has hecho bien en desterrar la melancolía. Me gusta mucho
-tu espíritu y tu buen humor. No se conoce a la gente al principio; yo
-no te tenía por tan agudo y tan jovial.»
-
-También los demás me honraron con mil alabanzas, exhortándome a estar
-siempre de buen humor. Parecióme que todos estaban muy contentos
-conmigo, y aprovechándome de tan buena ocasión, «Señores—les dije—,
-permítanme ustedes que les descubra mi pecho. Desde que estoy en
-su compañía no me conozco a mí mismo; paréceme que no soy el que
-era. Ustedes han desvanecido las preocupaciones de mi educación.
-Insensiblemente se me ha pegado su espíritu y he tomado el gusto a su
-honrada profesión. Me muero por merecer el honor de ser uno de sus
-compañeros y de tener parte en los peligros de sus gloriosas proezas.»
-Todos aplaudieron este discurso y alabaron mi buena voluntad; pero
-unánimemente convinieron en que me dejarían servir por algún tiempo
-para probar mi vocación, y que después correría mis caravanas, y al
-cabo se me conferiría la honorífica plaza a que aspiraba.
-
-Hube de conformarme por fuerza y continuar en vencerme y en ejercer mi
-oficio de copero. A la verdad, quedé muy sentido, porque sólo pretendía
-ser ladrón por tener libertad de salir con los demás, esperando que
-en alguna de sus correrías se me presentaría ocasión de escaparme de
-ellos. Esta única esperanza era lo que me mantenía vivo. Sin embargo,
-el tiempo de la aprobación me parecía largo, y más de una vez intenté
-sorprender la vigilancia de Domingo, pero inútilmente. Siempre estaba
-muy alerta; tanto, que no bastarían cien Orfeos para encantar a aquel
-Cerbero. Es verdad que por no hacerme sospechoso no emprendía todo lo
-que podía hacer para engañarle. Veíame precisado a vivir con la mayor
-cautela, porque el negro era ladino y observaba mucho todos mis pasos,
-palabras y movimientos. Así, pues, apelé a la paciencia, remitiéndome
-al tiempo que los ladrones me habían prescrito para recibirme en su
-congregación, día que esperaba con tanta ansia como si hubiera de
-entrar en una compañía de honrados comerciantes.
-
-En fin, gracias al Cielo, llegó al cabo de seis meses este dichoso
-día. El señor Rolando dijo a sus camaradas: «Caballeros, es preciso
-cumplir la palabra que dimos al pobre Gil Blas. A mí me parece bien
-este muchacho y espero que tendremos en él un hombre de provecho. Soy
-de sentir que mañana le llevemos con nosotros, para que dé principio a
-coger laureles en los caminos reales. Nosotros mismos le hemos de poner
-en el que guía a la gloria.»
-
-Todos se conformaron con el parecer de su capitán, y para hacerme
-ver que ya me miraban como a uno de ellos, desde aquel momento me
-dispensaron de servirlos. Restituyeron a la señora Leonarda en el
-empleo que antes tenía, y de que la habían exonerado para honrarme a mí
-con él. Hiciéronme arrimar el vestido que llevaba encima, que consistía
-en una simple jaquetilla muy usada, y me acomodaron todos los despojos
-de un caballero que acababan de robar, después de lo cual me dispuse a
-hacer mi primera campaña.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VIII
-
-Acompaña Gil Blas a los ladrones; qué empresa acomete en los caminos
-reales.
-
-
-Hacia el fin de una noche de septiembre salí del subterráneo con los
-ladrones. Iba armado, como todos, con carabina, pistolas, espada y una
-bayoneta, y montaba un buen caballo que habían quitado al caballero
-cuyos vestidos me habían tocado en suerte. Como había estado tanto
-tiempo en la obscuridad, cuando amaneció no podía sufrir la luz; pero
-poco a poco se fueron acostumbrando mis ojos a tolerarla.
-
-Pasamos por cerca de Ponferrada y nos metimos en un bosquecillo a
-orilla del camino de León. Allí estuvimos esperando a que la fortuna
-nos ofreciese algún buen lance, cuando descubrimos un religioso de la
-Orden de Santo Domingo, montado, contra la costumbre de estos buenos
-padres, en una muy mala mula. «¡Bendito sea Dios!—exclamó sonriéndose
-el capitán—. ¡He aquí el gran ensayo de Gil Blas! Es preciso que vaya
-a registrar el bolsillo de aquel fraile; veremos cómo se porta.» Todos
-los camaradas convinieron efectivamente en que aquella comisión era la
-que me correspondía, exhortándome a que saliese de ella con lucimiento.
-«Espero, señores—dije—, que quedaréis contentos. Voy a despojar
-aquel padre, a dejarle tan desnudo como la palma de la mano y traer
-aquí su mula.» «¡Eso no—dijo Rolando—; no merece la pena. Alíviale
-solamente del bolsillo y tráelo; no te pedimos más.» En esto salí del
-bosque y me encaminé al religioso, pidiendo al Cielo me perdonase la
-acción que iba a ejecutar con tanta repugnancia. Bien hubiera querido
-poder escaparme en aquel mismo punto; pero todos mis compañeros estaban
-mejor montados que yo, y si me vieran huir correrían tras mí y presto
-me atraparían, o me espolearían por las espaldas con una descarga de
-sus carabinas, con la que me hubiera ido muy mal; y así, no me atreví
-a exponerme a una acción tan poco segura. Llegué, pues, al padre y
-pedíle la bolsa, poniéndole al pecho una pistola. Paróse un poco a
-mirarme, y sin mostrarse muy sobresaltado. «Muy mozo eres, hijo mío—me
-dijo—, y muy temprano te has puesto a tan vil oficio.» «Padre mío—le
-respondí—, sea vil o no lo sea, me alegrara haberle empezado más
-presto.» «¡Ah, querido!—me replicó el buen religioso, que no podía
-comprender el sentido de mis palabras—. ¿Qué es lo que dices? ¡Oh qué
-ceguedad! Escúchame, y te haré presente el infeliz estado en que te
-hallas.» «¡Oh padre mío—le interrumpí con precipitación—, no se tome
-vuesa reverencia ese trabajo y déjese de moralizar, que no vengo a los
-caminos públicos a que me prediquen! Quiero dinero y no sermones.»
-¿Dinero?—me dijo muy maravillado—. ¡Mal conoces la caridad de los
-españoles si crees que las personas de mi profesión y de mi carácter
-lo necesitan para viajar! En todas partes nos reciben y hospedan con
-agrado, nos tratan muy bien, y cuando partimos sólo nos piden nuestras
-oraciones; en fin, nosotros no llevamos dinero para caminar y nos
-ponemos enteramente en manos de la Providencia.» «Pero al fin, padre
-mío, concluyamos; mis compañeros me están esperando en aquel bosque.
-Eche prontamente la bolsa en tierra, o si no, le mato.»
-
-A estas palabras, que pronuncié colérico y amenazándole, el buen
-religioso mostró verse quitar la vida. «¡Espera!—me dijo—. Voy a
-satisfacerte, ya que absolutamente no puede ser otra cosa; veo que con
-vosotros es ociosa toda figura retórica.» Diciendo esto, sacó de debajo
-del hábito una gran bolsa de cuero y la dejó caer en el suelo. Díjele
-entonces que podía continuar su camino, y él lo hizo sin esperar a que
-tuviese el trabajo de repetírselo. Dió cuatro espolazos a la mula, que
-desmintió la mala opinión en que yo la tenía de ser tan buena maula
-como la de mi tío; y la bestia, dándose por entendida del caritativo
-aviso, comenzó desde luego a andar a buen paso. Apenas el fraile se
-alejó de mí, cuando me apeé, recogí el bolsón, que pesaba mucho, y
-volví a meterme en el bosque, donde los camaradas me esperaban con
-impaciencia para darme mil parabienes por mi gloriosa victoria, como
-si me hubiera costado mucho. Apenas me dieron lugar de apearme según
-se apresuraban a abrazarme. «¡Animo, Gil Blas!—me dijo Rolando—.
-¡Has hecho maravillas! Durante tu expedición no apartamos los ojos de
-ti. Observó tu firmeza, tu resolución y todos tus movimientos, y desde
-luego te pronostico que con el tiempo serás un heroico ladrón y el
-terror de los caminos reales.» El teniente y los demás aplaudieron la
-predicción, asegurando que no podía dejar de verificarse algún día.
-Di a todos las gracias por el buen concepto que habían formado de mí,
-prometiendo hacer todos los esfuerzos posibles para mantenerlo.
-
-Después que alabaron, tanto más cuanto menos lo merecía, la villana
-acción que había hecho, les entró la curiosidad de examinar la
-presa. «Veamos—dijeron—qué contiene la bolsa del religioso.» «Sin
-duda—añadió uno de ellos—que estará bien provista, porque estos
-padres no viajan como peregrinos.» Desatóla el capitán, abrióla y sacó
-dos o tres puñados de medallitas de cobre, mezcladas con _Agnus Dei_ y
-algunos escapularios. Al ver el hurto de una moneda tan nueva, todos
-prorrumpieron en tan descompasadas carcajadas que pensaron reventar de
-risa. «A la verdad—exclamó el teniente—, que todos debemos estar muy
-agradecidos al señor Gil Blas: el primer ensayo que ha hecho puede ser
-muy saludable a la compañía.» A esta bufonada siguieron otras de los
-demás. Aquellos malvados, y sobre todos el apóstata, se divirtieron
-con mil impías truhanerías sobre la materia, profiriendo dichos que
-mostraban bien la corrupción de sus costumbres. Sólo yo no tenía
-gana de reír. Verdad es que me la quitaban los bufones que tanto se
-alegraban a mi costa. Cada uno me flechaba alguna pulla, y hasta el
-capitán me dijo: «Aconséjote, amigo Blas, que en adelante no te vuelvas
-a meter con frailes, porque son más agudos y chuscos que tú.»
-
-
-
-
-CAPÍTULO IX
-
-Del serio lance que siguió a la aventura del fraile.
-
-
-Estuvimos en el bosque la mayor parte de aquel día, sin haber visto
-pasajero alguno que enmendase el chasco que nos había dado el
-religioso. Salimos, en fin, para restituirnos a nuestro subterráneo,
-persuadidos de que las expediciones del día se habían acabado con el
-risible suceso que todavía daba materia a la conversación y a las
-chufletas, cuando descubrimos a lo lejos un coche tirado de cuatro
-mulas. Acercábase a nosotros a gran paso y le acompañaban tres hombres
-a caballo, que parecían venir bien armados. Rolando nos mandó hacer
-alto para tratar de lo que se había de hacer, y la resolución fué que
-se los atacase. Pusímonos todos en orden, según la disposición del
-capitán, y marchamos en orden de batalla acercándonos al coche. No
-obstante los aplausos que había recibido en el bosque, se apoderó de mí
-un temblor universal, y sentí bañado todo el cuerpo de un sudor frío,
-que no me presagiaba cosa buena. Por mayor fortuna mía, me hallaba al
-frente del cuerpo de batalla, en medio del capitán y del teniente,
-que de propósito me pusieron entre los dos para que me hiciese al
-fuego desde luego. Reparó Rolando lo mucho que la naturaleza estaba
-padeciendo en mí; me miró con ojos torvos, y con voz bronca me dijo:
-«¡Oye, Gil Blas: trata de hacer tu deber, porque te advierto que si te
-acobardas te levanto de un pistoletazo la tapa de los sesos!» Estaba
-persuadido de que lo haría mejor que lo decía, para no aprovecharme del
-dulce y fraternal aviso, y así, sólo pensé en recomendar mi alma a Dios.
-
-Entre tanto el coche y los caballeros se nos venían acercando. Desde
-luego conocieron la casta de pájaros que éramos, y adivinando nuestro
-intento por la ordenanza y postura en que nos veían, se pararon a tiro
-de fusil. Todos traían armas, y mientras se preparaban a recibirnos,
-salió del coche un hombre de buen parecer y ricamente vestido. Montó
-en un caballo de mano que uno de los montados tenía de la brida, y se
-puso al frente de los demás. Aunque eran sólo cuatro contra nueve, se
-arrojaron a nosotros con un brío que aumentó mi temor. No por eso dejé
-de prevenirme para disparar mi carabina, aunque temblaban todos los
-miembros de mi cuerpo como si estuviera azogado; mas, por contar las
-cosas como pasaron, cuando llegó el caso de dispararla, cerré los ojos
-y volví la cabeza a otra parte: de manera que aquel tiro nunca puede
-ser a cargo de mi conciencia.
-
-No me detendré en referir las circunstancias de la acción, pues aunque
-me hallaba presente, nada veía; porque, turbada con el terror la
-imaginación, me ocultaba el horror de un espectáculo que verdaderamente
-me sacó fuera de mí. Lo único que puedo decir es que, después de un
-gran ruido de mosquetazos y carabinazos, oí gritar a mis camaradas:
-«¡Victoria! ¡Victoria!» Al oír esta aclamación se disipó el miedo que
-se había apoderado de mis sentidos, y vi tendidos en el campo los
-cadáveres de los cuatro que venían a caballo. De nuestra parte sólo
-murió el apóstata, que en esta ocasión recibió lo que merecía por su
-apostasía y sus malas chanzas sobre los escapularios y medallas. El
-teniente fué herido en un brazo, pero muy levemente, pues el tiro
-apenas hizo más que rozarle un poco el pellejo.
-
-Corrió luego el señor Rolando a la portezuela del coche, y vió dentro
-una dama de veinticuatro a veinticinco años, que le pareció hermosa
-aun en el triste estado en que se hallaba. Habíase desmayado durante
-la refriega y aun no había vuelto en sí. Mientras él se ocupaba en
-mirarla, nosotros atendimos a la presa. Lo primero que hicimos fué
-apoderarnos de los caballos que habían servido a los muertos, y que
-espantados con los tiros se habían descarriado después de quedar sin
-guías. Las mulas del coche permanecieron quietas, aunque durante la
-acción se había apeado el cochero para ponerse en salvo. Echamos pie
-a tierra para quitarles los tirantes, y las cargamos con los cofres
-que venían en la zaga y delantera del coche. Hecho esto, se sacó de
-él a la señora por orden del capitán, la cual aun no había recobrado
-los sentidos, y se la puso a caballo con uno de los ladrones mejor
-montados, dejando en el camino el coche y a los muertos despojados
-de sus vestidos, y llevándonos la señora, las mulas, los caballos y
-preseas.
-
-
-
-
-CAPÍTULO X
-
-De qué modo se portaron los bandoleros con la señora desmayada. Gran
-proyecto de Gil Blas, y sus resultas.
-
-
-Llegamos a la cueva una hora después de anochecido. Lo primero que
-hicimos fué meter las mulas en la caballeriza, atarlas al pesebre y
-cuidar de ellas; porque el viejo negro hacía tres días que estaba en
-cama, rendido a crueles dolores de gota y a un reumatismo que apenas
-le dejaba libre mas que la lengua para emplearla en mostrarnos su
-impaciencia, prorrumpiendo en las más horribles blasfemias. Dejamos a
-aquel miserable jurar y blasfemar y fuimos a la cocina a cuidar de la
-señora, que estaba sobrecogida de un paroxismo mortal. Nos dimos tan
-buena maña, que logramos volviese del desmayo; mas cuando recobró los
-sentidos y se vió entre unos hombres que no conocía, sintió todo el
-peso de su desgracia y comenzó a desesperarse. Todo lo más horroroso
-que el sentimiento y el dolor pueden representar a la imaginación,
-otro tanto se veía pintado en sus ojos, que levantaba al cielo como
-para quejarse de las indignidades que la amenazaban. Cediendo entonces
-a imágenes tan espantosas, volvió de repente a desmayarse, cerró
-sus bellos ojos, y los ladrones temieron que iban a perder aquella
-preciosa presa. El capitán, pareciéndole mejor abandonarla a sí misma
-que atormentarla con nuevos socorros, mandó la llevasen a la cama de
-Leonarda, dejándola sola y encomendada a su buena suerte.
-
-Pasamos nosotros a la sala, y uno de los ladrones, que había sido
-cirujano, reconoció el brazo del teniente y le aplicó bálsamo. Hecha
-esta operación, se pasó a ver lo que había en los cofres. Halláronse
-algunos llenos de telas y encajes, otros de vestidos, y el último
-que se reconoció contenía algunos talegos de doblones, cuya vista
-regocijó mucho a los interesados. Concluído este registro, la cocinera
-puso la mesa y sirvió la cena. Desde luego se movió la conversación
-sobre nuestra gran victoria, y Rolando, volviéndose a mí, me dijo:
-«Confiesa, Gil Blas, que has pasado un gran susto.» «No lo puedo
-negar—respondí yo—; antes bien, lo confieso de buena fe; pero déjenme
-ustedes hacer dos o tres campañas, y entonces se verá si sé pelear como
-un Cid.» Toda la compañía se puso de mi parte, diciendo: «Se le debe
-perdonar, porque la acción fué muy empeñada, y para un mozo que jamás
-había visto tirar un tiro no lo ha hecho mal.»
-
-Hablóse luego de las mulas y caballos que habíamos traído, y resolvióse
-que al día siguiente iríamos todos a venderlos a Mansilla, donde
-verosímilmente no habría llegado todavía la noticia de nuestra hazaña.
-Resuelto esto, acabamos de cenar y nos fuimos a la cocina a ver a la
-pobre señora. Hallámosla en el mismo estado. Con todo eso, y aunque
-apenas se percibía en ella un leve aliento de vida, algunos ladrones
-no dejaban de mirarla con ojos profanos; y hubieran satisfecho sus
-brutales deseos a no haberlos contenido el capitán representándoles que
-a lo menos debían de esperar a que se recobrase de aquel abatimiento
-de tristeza que la tenía casi sin sentido. El respeto con que miraban
-al capitán refrenó su incontinencia; sin esto, ninguna cosa hubiera
-salvado a la señora, y aun después de su muerte no habría estado seguro
-su honor.
-
-Dejamos en tan triste situación a aquella infeliz señora, contentándose
-Rolando con encargar a Leonarda que la cuidase, y nos retiramos
-cada cual a nuestro cuarto. Por lo que a mí toca, apenas me acosté
-cuando, en vez de entregarme al sueño, sólo me ocupé en considerar la
-infelicidad de aquella pobre señora. No dudaba que fuese persona de
-distinción, y por lo mismo me parecía ser más deplorable su suerte.
-No podía pensar sin estremecerme en los horrores que la esperaban, y
-me sentía tan fuertemente conmovido como si la sangre o el amor me
-hubieran unido a ella. En fin, después de haberme compadecido de su
-destino, sólo pensé en los medios de preservar su honor del peligro
-que corría y en fugarme yo mismo de la maldita cueva. Acordéme de que
-el negro no se podía mover a causa de sus dolores y la cocinera tenía
-la llave de la reja. Este pensamiento me acaloró la imaginación y me
-inspiró un proyecto que medité muy bien y a cuya ejecución di principio
-de la manera siguiente:
-
-Fingí que me había asaltado un dolor cólico. Prorrumpí desde luego en
-ayes y quejidos, y después empecé a dar gritos y alaridos lastimosos.
-Despertaron al ruido los compañeros, acudieron todos a mi cuarto y me
-preguntaron qué tenía. Respondíles que estaba padeciendo un horrible
-cólico; y para que lo creyesen mejor, apretaba los dientes, hacía
-gestos y espantosas contorsiones, revolviéndome a todas partes y
-agitándome extrañamente. Hecho esto, de repente me quedé muy tranquilo
-y sosegado, como si me hubieran dado algunas treguas los dolores. Un
-momento después comencé a revolcarme en la cama y a morderme las
-manos. En una palabra, representé con tal primor mi papel, que los
-ladrones, no obstante ser tan sutiles y tan astutos, se dejaron engañar
-y creyeron que efectivamente padecía violentísimos dolores. Así,
-pues, todos se dieron la mayor prisa a socorrerme. Uno me traía una
-botella de aguardiente y me hacía beber la mitad; otro, a pesar mío,
-me administraba una lavativa de aceite de almendras dulces; otro iba a
-calentar paños, y casi abrasandome los ponía en la boca del estómago.
-En vano pedía misericordia; ellos atribuían mis clamores a la fuerza
-del cólico y me hacían pasar dolores verdaderos queriéndome aliviar de
-los que no tenía. En fin, no pudiendo ya sufrir más, me vi obligado a
-decir que ya no sentía retortijones y que no necesitaba de remedios.
-Cesaron de mortificarme con ellos, y yo me guardé bien de quejarme por
-que no volviesen a aplicármelos.
-
-Duró esta escena casi tres horas, y juzgando los ladrones que ya no
-podía tardar en venir el día, partieron todos a Mansilla. Manifesté
-gran deseo de acompañarlos, y me quise levantar para que lo creyesen;
-pero no lo permitieron. «¡No, no, Gil Blas!—me dijo Rolando—.
-Quédate aquí, hijo mío, porque te podría repetir el cólico; otra vez
-vendrás con nosotros, que por hoy no estás en estado de hacerlo.»
-Mostréme muy sentido de no ser de la partida, y lo fingí con tanta
-naturalidad que ninguno tuvo la menor sospecha de lo que yo meditaba.
-Luego que partieron, lo que yo deseaba tanto que se me hacían siglos
-los instantes, entré en cuentas conmigo y me dije a mí mismo: «¡Ea,
-Gil Blas, ahora sí que necesitas gran ánimo! ¡Armate de valor para
-acabar con lo que tan felizmente has comenzado! Domingo no está en
-situación de oponerse a tu gloriosa empresa ni Leonarda puede impedir
-su ejecución. Si no te aprovechas de esta oportunidad para escaparte,
-quizá no encontrarás jamás otra tan favorable.» Estas reflexiones
-me infundieron aliento y confianza. Levantéme al punto de la cama,
-vestíme, tomé la espada y las pistolas, y fuíme derecho a la cocina;
-pero antes de entrar en ella, habiendo oído hablar a Leonarda, me
-detuve y apliqué el oído para escuchar lo que hablaba. Discurría con la
-señora desconocida, que, habiendo vuelto en sí de su segundo desmayo
-y comprendiendo entonces todo su infortunio, lloraba amargamente,
-faltándole poco para desesperarse. «Llora, hija mía—le decía ella—,
-y llora todo cuanto quieras; no reprimas los suspiros y da libertad a
-los sollozos: con eso te desahogarás. Es cierto que parecía peligroso
-el accidente; pero ya que rompistes en llorar, no hay que temer. Así
-que se te haya mitigado el pesar, que poco a poco se desvanecerá, te
-acostumbrarás a vivir con estos señores, que todos son gente honrada
-y hombres muy de bien. Te tratarán mejor que a una princesa; todos a
-porfía se esmerarán en complacerte, y cada día te mostrarán más amor.
-¡Oh y cuántas mujeres envidiarían tu fortuna si la supieran!»
-
-No le di tiempo a que dijese más. Entréme en la cocina, con intrepidez
-y púsele una pistola a los pechos, amenazándola de quitarle en aquel
-momento la vida si no me entregaba prontamente y sin réplica la
-llave de la reja. Turbóse a vista de mi acción; y aunque era ya de
-edad avanzada, todavía tenía tanto apego a la vida que no la quiso
-perder por tan poca cosa como era entregarme o no entregarme una
-llave. Alargómela prontísimamente, y luego que la tuve en la mano,
-volviéndome a la bella dolorida, le dije: «Señora, el Cielo os ha
-enviado un libertador; levantaos para seguirme, que yo os conduciré
-y pondré con toda seguridad donde me lo mandéis.» No se hizo sorda a
-mi voz; mis palabras hicieron tanta impresión en su espíritu, que,
-recobrando todas las fuerzas que le quedaban, se levantó, arrojóse a
-mis pies, y solamente me suplicó que conservase su honor. Alcéla del
-suelo, asegurándole que por mi parte nada temiese y que confiase en
-mi honradez. Cogí después unos cordeles que había en la cocina, y,
-ayudándome la misma señora, amarré con ellos a Leonarda a los pies
-de una gran mesa, amenazándola con que le quitaría la vida al menor
-grito que diese. Encendí luego una vela, y, acompañado de la señora
-desconocida, pasé al cuarto donde estaban las monedas y alhajas de
-plata y oro; llené los bolsillos de cuantos doblones pudieron caber en
-ellos, y para obligar a la señora a que hiciese otro tanto le dije que
-en ello no hacía mas que recobrar lo que era suyo. Después de haber
-hecho una buena provisión marchamos a la caballeriza, donde entré yo
-solo con las pistolas amartilladas. Daba por supuesto que el viejo
-negro no me dejaría ensillar y aparejar tranquilamente mi caballo, y
-estaba resuelto a curarle de una vez de todos sus males si no quería
-ser bueno; pero, por mi buena suerte, se hallaba a la sazón tan
-agravado de los dolores que había pasado, y que le atormentaban aún,
-que saqué el caballo sin que diese la menor señal de haberlo conocido.
-La señora me esperaba a la puerta. Cogimos prontamente el camino que
-guiaba a la salida de la cueva, abrimos la reja y llegamos a la trampa
-que cubría la entrada. Costónos gran trabajo el levantarla, o, por
-mejor decir, para lograrlo hubimos menester nuevas fuerzas, que nos
-prestó el deseo de salvarnos.
-
-Comenzaba a rayar el día cuando nos vimos fuera de aquel abismo, y de
-lo que nos cuidamos entonces fué de alejarnos cuanto antes de él. Yo
-monté a caballo, puse a la señora a la grupa, y siguiendo a galope la
-primera senda que se nos presentó, tardamos poco en salir del bosque
-y entrar en una llanura, donde nos encontramos con varios caminos.
-Seguimos uno a la ventura, teniendo yo grandísimo miedo de que fuese
-quizá el que guiaba a Mansilla y nos hallásemos con Rolando y sus
-camaradas, que sería fatal encuentro. Pero fué vano mi temor, porque
-entramos felizmente en Astorga a cosa de las dos de la tarde. Observé
-que muchos nos miraban con particular atención, como si fuera para
-ellos un espectáculo nunca visto el de una mujer a caballo tras de un
-hombre. Apeámonos en el primer mesón, y ordené al punto que guisasen
-una liebre y asasen una perdiz. Mientras esto se disponía, conduje a la
-señora a un cuarto, donde comenzamos a discurrir, lo cual no habíamos
-podido hacer en el camino por la prisa con que viajamos. Mostróse muy
-agradecida al gran servicio que le había hecho, diciéndome que, a
-vista de una acción tan generosa, no se podía persuadir que yo fuese
-compañero de los infames de cuyo poder la había libertado. Contéle
-entonces mi historia, para confirmarla en el buen concepto en que me
-tenía. Con esto la empeñé a que me favoreciese con su confianza y me
-refiriese sus desastres, como lo hizo, de la manera que se dirá en el
-capítulo siguiente.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XI
-
-Historia de doña Mencía de Mosquera.
-
-
-«Nací en Valladolid y mi nombre es doña Mencía de Mosquera. Mi padre,
-don Martín, coronel de un regimiento, fué muerto en Portugal, después
-de haber consumido su patrimonio en el servicio del rey. Dejóme pocos
-bienes, y consiguientemente, aunque hija única, no era un gran partido
-para ser buscada en casamiento. Mas, a pesar de mi escasa fortuna, no
-me faltaban pretendientes. Muchos caballeros de los más principales
-de España solicitaron mi mano; pero el que se llevó mi atención fué
-don Alvaro de Mello. A la verdad, era el más galán y airoso de todos,
-y reunía además otras prendas recomendables, que me decidieron a su
-favor. Era prudente, entendido y valiente, acompañando a esto ser
-muy comedido, atento, pundonoroso y el hombre más bien portado del
-mundo. En las corridas de toros, ninguno se mostraba más arriesgado,
-más brioso ni más diestro; y en las justas era la admiración de
-todos su despejo, habilidad y valentía. Finalmente, le preferí a sus
-competidores y le di mi mano.
-
-»Pocos días después de nuestro matrimonio se encontró en un sitio
-retirado con don Andrés de Baeza, que había sido uno de sus
-competidores en pretenderme. Picáronse los dos, sacaron las espadas
-y costó la vida a don Andrés. Era éste sobrino del corregidor de
-Valladolid, hombre de genio violento y enemigo mortal de la casa de
-Mello, y, por consiguiente, juzgó don Alvaro que le importaba infinito
-no retardar un punto su fuga. Volvióse inmediatamente a casa, contóme
-lo sucedido y me dijo: «Querida Mencía, es indispensable separarnos;
-ya conoces al corregidor; me perseguirá encarnizadamente. No ignoras
-lo mucho que puede en España, y así, no estoy seguro en el reino.» No
-le permitió decir más su dolor. Hícele que tomase dinero y algunas
-joyas. Dióme después los brazos, estrechóme en ellos y estuvimos así un
-gran rato, sin poder uno ni otro hablar palabra, mezclándose nuestras
-lágrimas, suspiros y sollozos. Vino un criado a decir que estaba pronto
-el caballo; desasióse de mí, partió y dejóme en un estado que no sabré
-pintar. ¡Dichosa yo si lo agudo del dolor me hubiera quitado la vida!
-¡Qué de penas y tormentos me hubiera ahorrado! Pocas horas después de
-partido don Alvaro supo su fuga el corregidor. Hizo que le siguiesen,
-y no perdonó diligencia alguna para haberle a las manos. Frustrólas
-todas mi esposo y púsose en salvo. Viéndose el juez reducido a no poder
-tomar otra venganza que la satisfacción de quitar todos sus bienes a un
-hombre cuya sangre hubiera querido beber, confiscó cuanto pertenecía a
-don Alvaro.
-
-»Halléme con esto en tan miserable situación, que apenas tenía lo
-preciso para vivir. Comencé a retirarme de todos, quedándome con una
-sola criada. Pasaba los días llorando amargamente, no ya mi necesidad,
-que llevaba con paciencia, sino la ausencia de un adorado esposo, de
-quien no tenía noticia alguna, sin embargo de haberme prometido en
-nuestra dolorosa despedida que de cualquier parte del mundo donde
-se hallase procuraría informarme de su suerte. No obstante, se
-pasaron siete años sin saber nada de él. Causábame profunda tristeza
-la incertidumbre de su paradero. Supe al fin que, combatiendo por
-las armas de Portugal en el reino de Fez, había perdido la vida en
-una batalla. Así me lo refirió un hombre recién venido de Africa,
-asegurándome que conocía muy bien a don Alvaro de Mello, con quien
-había servido en el ejército portugués, y que él mismo le había visto
-perecer en lo más recio de la pelea. A esto añadió otras circunstancias
-que me acabaron de persuadir de que ya no vivía mi esposo.
-
-»Vino en este tiempo a Valladolid don Ambrosio Mesía Carrillo, marqués
-de la Guardia. Era uno de aquellos señores entrados en edad que por
-sus atentos y cortesanísimos modales hacen olvidar sus años y logran
-aprecio entre los demás. Casualmente le refirieron la historia de don
-Alvaro, y con este motivo oyó hablar de mí en términos que tuvo gran
-deseo de verme. Para satisfacer su curiosidad se valió de una parienta
-mía, en cuya casa me encontró. Vióme, y quedó prendado de mí, a pesar
-de la impresión de dolor que reparó en mi semblante. Pero ¿qué digo _a
-pesar_? Quizá lo que más le movió fué el mismo aire triste, melancólico
-y marchito en que me veía, hablándole esto en favor de mi fidelidad.
-Mi melancolía pudo ser causa de su amor. Por eso me dijo más de una
-vez que me miraba como un prodigio de constancia y que envidiaba la
-suerte de mi marido, por desgraciada que fuese. En una palabra, quedó
-tan pagado de mí que no necesitó verme segunda vez para tomar la
-determinación de casarse conmigo.
-
-»Valióse de la misma parienta mía para pedir mi consentimiento. Vino
-ésta a mi casa y me manifestó que, habiendo mi esposo terminado sus
-días en el reino de Fez, no era razón que estuviese enterrada por más
-tiempo, que había ya llorado sobradamente a un hombre cuya compañía
-había gozado por solos pocos momentos, que debía no malograr la ocasión
-que se me presentaba y que sería la mujer más feliz y más contenta
-del mundo. Aquí ponderó la nobleza del marqués, sus grandes bienes
-y amabilísimo carácter. Pero por más que empleaba su elocuencia en
-hacerme palpables las ventajas que hallaría yo en aquel enlace, no me
-pudo persuadir, no ya porque dudase de la muerte de don Alvaro ni por
-el recelo de volverle a ver cuando menos lo pensase; lo único que mi
-parienta tenía que vencer era mi poca inclinación, o, por mejor decir,
-mi repugnancia a un segundo matrimonio después de las desgracias que
-había experimentado en el primero. No por eso desconfió ni se acobardó;
-antes bien, interesada ya por don Ambrosio, redobló sus instancias.
-Empeñó a toda mi parentela en la pretensión del marqués. Comenzaron
-mis parientes a estrecharme y apurarme sobre que aceptase un partido
-tan ventajoso. Veíame sitiada siempre de ellos, importunándome y
-atormentándome con la continua cantilena de que no perdiese tan
-favorable proporción. Por otra parte, mi miseria era mayor cada día, y
-no fué esto lo que menos contribuyó a dejar vencer mi repugnancia.
-
-»No pudiendo, pues, resistir más tiempo, cedí al fin a tan repetidas
-porfías y caséme con el marqués de la Guardia, el cual, el día después
-de la boda, me condujo a una bellísima hacienda que tenía cerca de
-Burgos, entre Tardajos y Revilla. Desde luego se poseyó de un amor
-vehemente hacia mí; observaba yo en todas sus acciones un vivísimo
-deseo de agradarme; estudiaba en proporcionarme todo cuanto yo
-podía apetecer. Ningún esposo estimó nunca más a su mujer ni jamás
-amante alguno empleó mayor esmero en complacer a su dama. Sin duda
-que yo hubiera amado apasionadamente a don Ambrosio, a pesar de la
-desproporción de nuestras edades, si hubiera sido capaz de amar a
-otro que a don Alvaro; pero los corazones constantes no aciertan a
-dar entrada a una segunda pasión. La memoria de mi primer esposo
-inutilizaba todos los esfuerzos del segundo para hacerse querer de mí;
-no podía corresponder a sus ternuras sino con afectos y expresiones de
-gratitud y de respeto.
-
-»Hallábame en esta disposición, cuando un día, asomándome a una
-ventana de mi cuarto, vi en el jardín un aldeano que me miraba con
-particular atención. Túvele por criado del jardinero, y por entonces
-no hice caso de él; pero al día siguiente, habiéndole visto en el
-mismo sitio, me pareció que estaba aún más atento a mirarme. Esto me
-conmovió. Observéle también yo por mi parte con algún cuidado, y se me
-figuró descubrir en él la fisonomía del desgraciado don Alvaro. Esta
-semejanza excitó en todos mis sentidos una turbación inexplicable, y di
-un gran grito sin poderme contener. Por fortuna, estaba sola entonces
-con Inés, la criada de mi mayor confianza. Descubríle la sospecha que
-me agitaba, y ella no hizo mas que reír, creyendo que alguna ligera
-semejanza me había alucinado. «Serenaos, señora—me dijo—, y no creáis
-haber visto a vuestro primer esposo. No es verosímil que se presentase
-aquí con el disfraz de aldeano, ni se hace creíble que aún viva. Yo
-misma—añadió—voy ahora al jardín a ver a ese hombre, a informarme de
-quién es, y volveré al momento a desengañaros.» Marchó al jardín, y un
-instante después la veo entrar en mi cuarto muy alterada. «Señora—me
-dijo—, vuestra sospecha fué por cierto bien fundada. El hombre que
-visteis en el jardín es verdaderamente el mismo don Alvaro; luego se me
-descubrió, y desea hablaros a solas.»
-
-»Podía recibirle entonces, porque el marqués había partido a Burgos,
-y así, dije a Inés que le condujese a mi cuarto por una escalera
-secreta. Ya se deja conocer la agitación en que yo me hallaría. No pude
-sufrir la vista de un hombre que tenía derecho para decirme cuanto le
-viniese a la boca, y al parecer con razón. Caí desmayada luego que
-le vi en mi presencia, como si hubiera sido su sombra. Así él como
-Inés me socorrieron prontamente, y después que volví del desmayo,
-«Tranquilizaos, señora—me dijo don Alvaro—, y no sea mi presencia un
-suplicio para vos. No es mi ánimo causaros la más mínima amargura. No
-vengo como marido furioso a pediros cuenta de la fe que me jurasteis
-ni a calificar de delito el segundo enlace que contrajisteis. Sé
-muy bien que todo fué movido por vuestra parentela, y no ignoro las
-persecuciones que habéis padecido. Por otra parte, estoy informado
-de la voz de mi muerte esparcida en todo Valladolid, y tanto más
-justamente creída de vos cuanto que ninguna carta mía os podía asegurar
-de lo contrario. Finalmente, sé de qué modo habéis vivido desde nuestra
-fatal separación y que la necesidad, más que el amor, os obligó a
-entregaros en los brazos de...» «¡Ah don Alvaro!—le interrumpí yo
-anegada en lágrimas—. ¿Por qué razón queréis disculpar a vuestra
-esposa? ¡No tiene disculpa, puesto que vivís! ¡Desdichada de mí! ¡Ojalá
-me viera ahora en la miserable situación en que me hallaba antes de
-desposarme con don Ambrosio! ¡Funesto casamiento! ¡Ah! ¡En aquella
-miseria, tendría a lo menos el consuelo de veros sin avergonzarme!»
-
-«Amada Mencía—replicó don Alvaro en tono que mostraba bien cuánto le
-habían enternecido mis lágrimas—, yo no me quejo de ti; antes bien,
-lejos de censurar la brillantez en que te veo, juro que doy al Cielo
-mil gracias. Desde el triste día en que partí de Valladolid, tuve
-siempre contraria la fortuna; mi vida fué un tejido de desdichas,
-y, para su colmo, nunca me fué posible darte noticias de mí. Seguro
-siempre de tu amor, se me representaba continuamente la situación
-a que mi fatal cariño te había conducido. Consideraba a mi adorada
-Mencía bañada en lágrimas, y esta consideración era mi mayor tormento.
-Confieso que algunas veces tenía por delito la dicha de haberte
-agradado. Deseaba que te hubieses inclinado a cualquier otro de mis
-competidores, cuando reflexionaba en lo mucho que te costaba la
-preferencia con que me habías honrado. Por fin, después de siete años
-de penas, más enamorado de ti que nunca, he querido volver a verte. No
-he podido resistir a este deseo, y, habiéndomelo permitido satisfacer
-el término de una larga esclavitud, he vuelto a Valladolid disfrazado
-en este traje, a riesgo de ser conocido y descubierto. Allí lo he
-sabido todo, y he venido en seguida a esta posesión, donde he hallado
-modo de introducirme con el jardinero para ayudarle a cultivar estos
-jardines. Tal es el arbitrio que he tomado para lograr hablarte en
-secreto. Mas no te imagines que con mi presencia vengo aquí a turbar
-la ventura que gozas. Amote más que a mí mismo, respeto tu reposo y,
-acabada esta conversación, parto lejos de ti a terminar mis tristes
-días, que sacrifico a tu amor.»
-
-«¡No, don Alvaro, no!—exclamé al oír estas palabras—. El Cielo no
-te ha traído aquí en balde, y no permitiré que segunda vez te apartes
-de mí. Quiero ir contigo, y solamente la muerte nos podrá separar en
-adelante.» «Créeme a mí, Mencía—me replicó—: vive con don Ambrosio,
-y no quieras ser compañera de mis desdichas; deja que cargue yo solo
-con todo el peso de ellas.» Añadió a éstas otras razones semejantes;
-pero cuanto más empeñado parecía en querer sacrificarse a mi felicidad,
-menos dispuesta me hallaba yo a consentirlo. Luego que me vió tan
-resuelta a seguirle, mudó de repente de tono, y con semblante más
-alegre me dijo: «Mencía, pues todavía amas tanto a don Alvaro que
-quieres preferir su miseria a la abundancia en que te hallas, vámonos
-a vivir a Betanzos, ciudad del reino de Galicia, donde hallaremos
-un seguro retiro. Si mis desgracias me quitaron todos mis bienes,
-no me hicieron perder todos mis amigos. Aun me quedan algunos tan
-verdaderos, que me han facilitado medios de poder sacarte de esta casa.
-Con su auxilio compré en Zamora coche, mulas y caballos, y traigo
-por compañeros a tres amigos gallegos, resueltos y valerosos. Todos
-están armados de carabinas y pistolas, y todos esperan mi aviso en
-el lugar de Revilla. Aprovechémonos de la ausencia de don Ambrosio.
-Voy a dar orden de que traigan el carruaje a la puerta de esta casa,
-y al momento partiremos.» A todo accedí. Fué volando don Alvaro a
-Revilla, y en breve tiempo volvió con sus tres compañeros montados.
-Sacáronme de en medio de mis criadas, que, no sabiendo qué pensar de
-este acontecimiento, huyeron despavoridas. Sólo Inés era sabedora de
-todo; pero no quiso unir su suerte con la mía porque estaba enamorada
-de un paje de don Ambrosio: lo que demuestra que el afecto de los más
-fieles criados no resiste a la prueba del amor. Entré en el coche con
-don Alvaro, no llevando conmigo sino alguna ropa y ciertas joyas que
-tenía antes del segundo matrimonio, porque nada quise tomar de lo que
-me había regalado el marqués cuando su casamiento. Seguimos el camino
-de Galicia sin saber si tendríamos la fortuna de llegar allá. Temíamos,
-con razón, que al volver de Burgos don Ambrosio viniese en seguimiento
-nuestro, acompañado de mucha gente, y que nos alcanzase; pero caminamos
-dos días sin que nadie nos siguiese. Esperábamos que sucediera lo mismo
-en la tercera jornada, y ya caminábamos tranquilamente. Contábame don
-Alvaro la triste aventura que había dado motivo a la voz esparcida de
-su muerte y el modo de haber recobrado su libertad después de cinco
-años de cautiverio, cuando encontramos en el camino a los ladrones en
-cuya compañía estabais vos. El que mataron con todos sus acompañados es
-el mismo y el que me hace derramar el torrente de lágrimas que ahora
-cae de mis ojos.»
-
-
-
-
-CAPÍTULO XII
-
-Del modo poco gustoso con que fué interrumpida la conversación de la
-señora y de Gil Blas.
-
-
-Con efecto, se deshacía en lágrimas doña Mencía al acabar de hacerme
-su relación. Dejéla dar entera libertad a los suspiros, y lloraba yo
-también: tan natural es interesarse en el dolor de los infelices,
-y muy particularmente en el de una mujer hermosa y afligida. Iba a
-preguntarle qué partido quería tomar en la coyuntura en que se hallaba,
-y quizá ella misma iba también a consultarme lo propio si no hubiera
-sido interrumpida nuestra conversación. Oímos en el mesón un gran
-rumor que llamó nuestra atención. Causábale la venida el corregidor,
-que, acompañado de dos alguaciles y muchos ministriles, se entró
-en el cuarto donde estábamos. El primero que se acercó a mí fué un
-caballerito que venía en compañía del corregidor. Paróse a mirar muy
-despacio y muy de cerca mi vestido, y después de alguna suspensión
-exclamó diciendo: «¡Vive el Cielo que ésta es mi mismísima ropilla! ¡La
-conozco tan bien como he conocido mi caballo! ¡Sobre mi palabra que
-podéis prender a este hombre honrado! ¡Sin duda es uno de los ladrones
-que tienen no sé qué oculta madriguera en este país!»
-
-Al oír aquellas palabras me persuadí de que sin duda me había tocado,
-por desgracia mía, el despojo de aquel caballero, y, por consiguiente,
-me quedé sorprendido e inmutado. El corregidor, que por su oficio
-debía juzgar antes mal que bien de la turbación en que me veía, hizo
-juicio de que la acusación no era mal fundada, y sospechando que
-la señora podía también ser cómplice, nos hizo prender a los dos y
-poner en cuartos separados. No era este juez de aquellos de rostro
-grave y ceñudo; antes bien, mostraba un semblante apacible y risueño,
-acompañado de un modo de hablar dulce y cariñoso; pero sabe Dios si era
-mejor que los primeros. Luego que estuve en la prisión, vino a ella con
-sus dos precursores, esto es, sus dos alguaciles, los cuales, según su
-buena costumbre, empezaron por registrarme bien las faltriqueras. ¡Qué
-día para aquella honrada gente! Acaso en todos los de su vida no habían
-tenido otro semejante. A cada puñado de doblones que me sacaban, estaba
-viendo que rebosaban sus ojos de alegría. Hasta el mismo corregidor
-parecía que estaba fuera de sí. «Hijo—me decía en un tono lleno de
-miel y dulzura—, no extrañes ni tengas recelo de lo que ejecutamos,
-que en esto no hacemos mas que nuestro oficio. Si estás inocente, nada
-te perjudicará.» Mientras tanto fueron poco a poco aliviando del peso
-mis bolsillos, quitándome aun lo que habían respetado los ladrones:
-quiero decir los cuarenta ducados de mi tío. Escudriñáronme de pies a
-cabeza sus codiciosas e infatigables manos, haciéndome volver a todos
-lados y despojándome de todos los vestidos para ver si tenía guardado
-algún dinero entre el pellejo y la camisa. Después que cumplieron tan
-exactamente con aquella su importante obligación, el corregidor me hizo
-sus preguntas. Satisfícelas presto, refiriéndole ingenuamente todo
-lo sucedido. Hizo escribir mi declaración y partió con su gente y mi
-dinero, dejándome desnudo sobre la paja.
-
-«¡Oh vida humana—exclamé cuando me vi solo en aquel miserable
-estado—, qué llena estás de contratiempos y de caprichosas aventuras!
-Desde que salí de Oviedo no he experimentado mas que desgracias.
-Apenas salgo de un peligro cuando caigo en otro. Al llegar a esta
-ciudad estaba muy lejos de pensar que en tan poco tiempo había de
-conocer a su corregidor.» Haciendo estas reflexiones inútiles me vestí
-la maldita ropilla y lo restante de la ropa que me había puesto en
-aquel estado; y después, hablándome y alentándome a mí mismo, «¡Animo,
-Gil Blas—me dije—; valor y constancia! ¡Vamos claros! ¡Piensa que
-después de este tiempo vendrá quizá otro más dichoso! ¿Será bueno
-desesperarte porque te ves en una prisión ordinaria después de haber
-hecho tan penoso ensayo de tu paciencia en la tenebrosa cueva? Mas,
-¡ay—añadí tristemente—, yo me alucino y me lisonjeo! ¿Cómo será
-posible que salga de esta cárcel, cuando acaban de quitarme los medios
-de conseguirlo? Un pobre encarcelado sin dinero es un pájaro a quien
-cortan las alas.»
-
-En lugar de la liebre y de la perdiz que había mandado componer me
-trajeron un pedazo de pan negro y un jarro de agua, dejándome tascar
-el freno en mi calabozo. En él estuve quince días enteros, sin ver en
-todos ellos otra persona que el alcaide, que venía todas las mañanas
-a registrar y renovar las prisiones. Cuando le veía, intentaba querer
-entablar conversación con él para desahogarme algún tanto; pero aquel
-hombre nada respondía a cuanto le preguntaba. Jamás me fué posible
-sacarle ni una sola palabra. Entraba y salía muchas veces sin dignarse
-siquiera de mirarme. Al décimosexto día se dejó ver el corregidor, y me
-dijo: «Ya puedes alegrarte, porque te traigo una buena nueva. Hice que
-fuese conducida a Burgos la señora que venía contigo, examinéla sobre
-quién eras, y tu conducta y sus respuestas te justificaron. Hoy mismo
-saldrás de la cárcel, con tal que el arriero en cuya compañía viniste
-desde Peñaflor a Cacabelos, según has dicho, confirme tu declaración.
-Está en Astorga; ya le he enviado a llamar, y le estoy esperando.
-Si conviene su declaración con la tuya, inmediatamente te pongo en
-libertad.»
-
-Consoláronme mucho estas palabras, y desde aquel momento me consideré
-fuera de todo enredo. Di gracias al juez por la buena y pronta justicia
-que me quería hacer; y apenas había acabado mi cumplido, cuando llegó
-el arriero entre dos alguaciles. Conocíle inmediatamente; pero el
-bribón, que sin duda había vendido mi maleta con todo lo que había
-dentro, temiendo le obligasen a restituir el dinero que había recibido
-si confesaba que me conocía, dijo descaradamente que no sabía quién yo
-era y que jamás me había visto. «¡Ah traidor!—exclamé yo—. ¡Confiesa
-que has vendido mi ropa y respeta la verdad! ¡Mírame bien! Yo soy uno
-de aquellos mozos a quienes amenazaste con el tormento en Cacabelos,
-llenando a todos de miedo.» El taimado respondió muy fríamente que le
-hablaba una jerigonza que él no entendía; y como ratificó y mantuvo
-hasta el fin aquel solemnísimo embuste, mi libertad se difirió hasta
-mejor ocasión. «Hijo—me dijo el corregidor—, bien ves que el arriero
-no concuerda con lo que declaraste; y así, no puedo soltarte, por
-más que lo deseo.» Convínome, pues, armarme nuevamente de paciencia
-y resolverme a estar todavía a pan y agua y sufrir al silencioso
-carcelero. Cuando pensaba en que no podía salir de entre las garras
-de la justicia, siendo así que no había cometido delito alguno, me
-desesperaba con este triste pensamiento, y echaba de menos el lóbrego
-subterráneo. «Bien reflexionado—me decía yo a mí mismo—, allí me
-hallaba menos mal que en este calabozo. Por lo menos en aquél comía y
-bebía alegremente con los ladrones, divertíame con ellos y me consolaba
-la dulce esperanza de poderme escapar algún día; pero seré quizá muy
-feliz si sólo puedo salir de aquí para ir a galeras, a pesar de mi
-inocencia.»
-
-
-
-
-CAPÍTULO XIII
-
-Por qué casualidad sale Gil Blas de la cárcel, y a dónde se encaminó
-después.
-
-
-Mientras yo pasaba los días y las noches en desvariar entregado a
-mis tristes reflexiones, se divulgaron por la ciudad mis aventuras,
-ni más ni menos que yo las había dictado en mi declaración. Muchas
-personas me quisieron ver por curiosidad. Venían unas en pos de otras,
-y se asomaban a una ventanilla que daba luz a mi prisión, y después
-de haberme mirado algún tiempo se retiraban silenciosas. Sorprendióme
-aquella novedad. Desde mi entrada en la cárcel nunca había visto alma
-viviente asomarse a la tal ventanilla, que caía a un patio donde
-habitaban el silencio y el horror. Me hizo creer que yo había llamado
-la atención de la ciudad; pero no acertaba a pronosticar si sería para
-mal o para bien.
-
-Uno de los primeros que vi fué el muchacho o niño de coro de Mondoñedo
-que en Cacabelos se escapó, como yo, de miedo del tormento. Conocíle
-luego, y él no fingió desconocerme, como lo había fingido el arriero.
-Saludámonos uno y otro, y entablamos una larga conversación, en la
-cual me vi precisado a hacerle una nueva relación de mis aventuras, lo
-que produjo dos efectos diferentes en el ánimo de los circunstantes,
-pues que los hice reír y me atraje su compasión. El, por su parte, me
-contó lo que había pasado en el mesón de Cacabelos entre el arriero y
-la mujer después que un terror pánico nos había separado de ella. En
-una palabra, contóme todo lo que dejo ya dicho. Despidióse después de
-mí, prometiéndome que sin perder tiempo iba a hacer todo lo posible
-para que me dieran libertad. Desde entonces todas las personas que como
-él habían venido a verme por mera curiosidad me aseguraron que mis
-desgracias las movían a compasión, ofreciéndome al mismo tiempo unirse
-con aquel mozo para solicitar que me librasen de la cárcel.
-
-Cumplieron efectivamente su palabra. Hablaron en favor mío al
-corregidor, quien, no dudando ya de mi inocencia, particularmente desde
-que el niño de coro le contó todo lo que sabía, tres semanas después
-vino a la prisión y me dijo: «Gil Blas, aunque si fuese yo un juez
-severo podría detenerte aquí, no quiero dilatar más tu causa. Vete; ya
-estás libre y puedes salir cuando quisieres. Pero dime—prosiguió—:
-si te llevaran al bosque donde estaba el subterráneo, ¿no le podrías
-descubrir?» «No, señor—le respondí—, porque como entré en él de
-noche y salí antes del día, no me sería posible dar con él.» Con eso
-se retiró el juez, diciendo que iba a dar orden al carcelero que me
-franquease la puerta. Con efecto, un momento después vino el alcaide
-con sus satélites, que traían un lío de ropa, los cuales, con mucha
-gravedad y sin decir una sola palabra, me despojaron de la casaca y
-de los calzones, que eran de paño fino y casi nuevo, me metieron por
-la cabeza una especie de chamarreta muy vieja y muy raída a manera de
-escapulario, y concluída esta ceremonia me pusieron a la puerta de la
-cárcel, echándome a empellones fuera de ella.
-
-La vergüenza que padecí al verme en tan mala ropa moderó mucho la
-alegría que comúnmente tienen los presos cuando han recobrado su
-libertad. Tuve impulso de salirme inmediatamente de la ciudad, por
-huir de la vista del pueblo, que no podía sufrir sin rubor; pero pudo
-más mi agradecimiento. Fuí a dar las gracias al cantorcillo, a quien
-debía tanta obligación. No pudo dejar de reír luego que me vió. «A lo
-que advierto—dijo—, parece que la justicia ha hecho contigo todas
-sus habilidades.» «No me quejo de la justicia—le respondí—: ella
-en sí es muy justa; solamente desearía yo que todos sus oficiales
-fueran hombres de bien y de conciencia. A lo menos, me pudieran
-haber dejado el vestido, pues me parece que no le había pagado mal.»
-«Convengo en eso—me replicó—; pero dirán que ésas son formalidades
-que indispensablemente se deben observar. Y si no, dime: ¿crees, por
-ventura, que el caballo en que viniste se ha restituído a su primer
-dueño? No lo creas, porque el tal caballo está actualmente en la
-caballeriza del escribano, donde se depositó como una prueba del
-delito, y yo estoy persuadido de que su amo verdadero nunca volverá
-a ver ni siquiera la grupera. Pero mudemos de conversación—continuó
-el cantorcillo—. ¿Qué ánimo tienes y qué piensas hacer ahora?» «Mi
-ánimo es—le respondí—irme derecho a Burgos a buscar a la señora a
-quien liberté de los ladrones. Naturalmente, me dará algún dinerillo,
-con el cual compraré unos hábitos nuevos y partiré a Salamanca, donde
-procuraré aprovecharme de mi latín. Mi mayor apuro es que aun no estoy
-en Burgos y es menester vivir en el camino.» «¡Ya te entiendo!—me
-replicó—. Aquí tienes mi bolsa. Está un poco vacía, a la verdad; mas
-ya sabes que un pobre cantor no es un obispo.» Al mismo tiempo la sacó,
-y me la puso en las manos con tan buena voluntad que no pude menos de
-aceptarla. Agradecíselo tanto como si me hubiera hecho dueño de todo
-el oro del mundo, y le pagué con mil protestas de servirle, cosa que
-nunca tuvo efecto. Después de esto nos despedimos, y yo salí de aquel
-pueblo sin ver a ninguna de las otras personas que habían contribuído a
-librarme de la prisión, contentándome con darles dentro de mi corazón
-mil y mil bendiciones.
-
-El cantorcillo tuvo mucha razón en no hacer ostentación de su bolsa,
-porque en realidad encontré en ella poco dinero, y todo en calderilla.
-Por fortuna, había dos meses que estaba acostumbrado a una vida muy
-frugal, y todavía me restaban algunos reales cuando llegué al lugar de
-Puentedura, poco distante de Burgos. Detúveme en él para saber de doña
-Mencía. Entré en un mesón, cuya huéspeda era una mujer muy pequeña, muy
-enjuta, vivaracha y de mala condición. Luego conocí, por la mala cara
-que me puso, que no le había gustado mi chamarreta, lo que fácilmente
-le perdoné. Sentéme a una asquerosa mesa, donde comí un pedazo de pan
-con un cuarterón de queso y bebí algunos tragos de un detestable vino
-que me trajeron. Durante la comida, que era muy correspondiente a mi
-equipaje, quise entablar conversación con la huéspeda, que me dió a
-entender con un gesto desdeñoso que tenía a menos hablar conmigo.
-Supliquéle que me dijese si conocía al marqués de la Guardia, si estaba
-lejos su casa de campo y, particularmente, si se sabía en qué había
-parado la marquesa su mujer. «¡Muchas cosas me preguntáis!»—respondió
-muy desdeñosa. Sin embargo, me contestó en abreviatura y con muy mal
-talante, diciendo que la casa de campo de don Ambrosio distaba una
-legua corta de Puentedura.
-
-Después que acabé de beber y de cenar, como era ya de noche, mostré
-que deseaba recogerme, y pedí un cuarto. «¡Un cuarto para él!—me dijo
-la mesonera, mirándome de hito en hito con altivez y con desprecio—.
-¡Un cuarto para él! ¡Los cuartos de mi casa los reservo yo para gentes
-que no cenan pan y queso! Todas mis camas están ocupadas, porque estoy
-esperando a ciertos caballeros de importancia que vienen a hacer noche
-aquí; lo más que te puedo ofrecer es el pajar, porque creo no será la
-primera vez que hayas dormido sobre paja.» En esto decía más verdad de
-lo que ella misma pensaba. No le repliqué palabra. Abracé prudentemente
-el partido que me proponía; fuime al pajar y dormí con tranquilidad,
-como hombre que ya estaba hecho a trabajos.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XIV
-
-Recibimiento que le hizo en Burgos doña Mencía.
-
-
-No fuí perezoso en levantarme al día siguiente. Fuí a ajustar la cuenta
-con la huéspeda, que ya estaba levantada, y me pareció de mejor humor
-que el día antecedente. Atribuílo a la presencia de tres honrados
-cuadrilleros de la Santa Hermandad que con mucha familiaridad hablaban
-con ella, y serían sin duda los caballeros de importancia para quienes
-estaban destinadas todas las camas. Informéme en el lugar del camino
-que guiaba a la casa de campo a donde yo quería ir, y se lo pregunté
-a un paisano que me deparó la suerte, del mismo carácter que mi
-antiguo mesonero de Peñaflor. No contento con responderme a lo que le
-preguntaba, añadió que don Ambrosio había muerto tres semanas hacía,
-y que la marquesa, su mujer, se había retirado a un convento de la
-ciudad, que me nombró. Al punto me encaminé en derechura a Burgos, y,
-sin pensar ya en la casa de campo, fuí volando al monasterio donde me
-dijeron que se hallaba doña Mencía. Supliqué a la tornera se sirviese
-decir a aquella señora que deseaba hablarle un mozo recién salido de
-la cárcel de Astorga. Inmediatamente fué a darle el recado la tornera.
-Volvió ésta, y me hizo entrar en un locutorio, adonde dentro de poco vi
-llegar, muy enlutada, a doña Mencía.
-
-«Bien venido seas, Gil Blas—me dijo aquella viuda con modo muy
-afable—. Cuatro días ha que escribí a un conocido mío de Astorga
-suplicándole te fuese a ver y que de mi parte te rogase vinieses a
-visitarme inmediatamente que salieses de la prisión. Nunca dudé que
-pronto te darían libertad. Bastaban para esto las cosas que yo dije
-al corregidor en descargo tuyo. Respondiéronme que ya, con efecto,
-estabas libre, pero que no se sabía tu paradero. Temí no volverte a
-ver ni tener el gusto de darte alguna prueba de mi agradecimiento, lo
-que hubiera sentido extremadamente. Consuélate—añadió, conociendo que
-estaba avergonzado de presentarme a ella en tan miserable estado—;
-no te dé pena alguna el hallarte en el infeliz ropaje en que te veo.
-Después del gran servicio que me hiciste, sería yo la mujer más ingrata
-de las mujeres si no hiciera nada por ti. Mi ánimo es sacarte del
-mal estado en que te hallas; debo y puedo hacerlo, pues tengo bienes
-suficientes para poder corresponderte sin que me sea gravoso.
-
-»Los lances—continuó—que me sucedieron hasta el día en que nos
-separaron para meternos presos ya los sabes como yo; ahora voy a
-contarte lo que me aconteció desde entonces. Luego que el corregidor de
-Astorga dispuso que me condujesen a Burgos, después de haberme oído la
-relación puntual de mis sucesos, me dirigí a la casa de don Ambrosio.
-Causó mi llegada general y extremada sorpresa; pero me dijeron que ya
-llegaba tarde, porque el marqués, profundamente afligido por mi fuga,
-había caído gravemente enfermo, y tanto, que los médicos desesperaban
-de su vida. Esta triste noticia fué un motivo más sobre los muchos
-que ya tenía para llorar el rigor de mi fatal destino. Con todo eso,
-quise que le avisasen mi llegada; entré después en su cuarto y corrí a
-arrojarme de rodillas a la cabecera de su cama, anegado en lágrimas el
-semblante y el corazón traspasado del más agudo dolor. «¿Quién te ha
-traído aquí?—me dijo luego que me vió—. ¿Vienes a complacerte en la
-obra de tus manos? ¿No te basta haberme quitado la vida? ¿Era menester,
-para mayor satisfacción tuya, que tus mismos ojos fuesen testigos de mi
-muerte?» «Señor—le respondí—, ya os habrá informado Inés de que huí
-con mi legítimo esposo, y a no ser el funesto accidente que me privó
-de él, nunca más me hubierais vuelto a ver.» Referíle al mismo tiempo
-cómo don Alvaro había muerto a manos de unos ladrones y cómo me habían
-conducido al subterráneo, con todo lo demás que me había sucedido hasta
-entonces. Apenas acabé de hablar, cuando, alargándome cariñosamente la
-mano, me dijo con ternura: «¡Basta, hija; ya no me quejo de ti! Pues
-qué, ¿debo por ventura culpar un proceder tan justo y tan honrado?
-Hallástete de repente con tu legítimo esposo, a quien adorabas, y
-me abandonaste por irte con él. ¿Podré nunca condenar con razón una
-conducta dictada por la conciencia y la justicia? No por cierto;
-ninguna razón tendría para quejarme. Por eso no permití que ninguno te
-siguiese. Respetaba en aquella fuga el sagrado derecho que la hacía
-lícita, y aun necesaria, como también el debido amor que profesabas a
-tu querido y verdadero esposo. En fin, te hago justicia, y protesto
-que con haberte restituído a mi casa has recobrado toda mi ternura.
-Sí, querida Mencía, tu presencia me colma de gozo y de consuelo. Mas
-¡ay, cuán poco me durará uno y otro! Conozco que mi última hora se va
-acercando. Apenas la suerte me volvió a juntar contigo, cuando me será
-necesario arrancarme de ti con el último adiós.» Redoblóse mi llanto
-al oír palabras tan amorosas, las que excitaron en mí una aflicción
-extremada. Aunque adoré a don Alvaro, no lloré tanto por él. Murió
-don Ambrosio al día siguiente, y yo quedé dueña de la rica dote que
-me había señalado en las capitulaciones. No es mi ánimo emplearla
-mal. Aunque soy todavía moza, ninguno me verá pasar a terceras
-nupcias. Esto, a mi parecer, sólo es propio de mujeres sin pudor y sin
-delicadeza. Antes bien, te digo que ya no tengo inclinación al mundo y
-que quiero acabar mis días en este convento y ser su bienhechora.»
-
-Tal fué el discurso de doña Mencía; acabado el cual, sacó de la
-faltriquera un bolsillo y me lo tiró por la reja del locutorio a donde
-le pudiese alcanzar, diciendo: «Toma, Gil Blas, esos cien ducados,
-únicamente para que te vistas, y después vuélveme a ver, porque no
-quiero que se limite a cosa tan corta mi agradecimiento.» Dile mil
-gracias y le juré que no partiría de Burgos sin volver a despedirme de
-ella. Hecho este juramento—que estaba bien resuelto a no quebrantar—,
-me fuí a buscar algún mesón. Entré en el primero que encontré, pedí
-un cuarto, y para precaver el mal concepto que por el traje se podía
-formar de mí dije al mesonero que, aunque me veía en aquellos pobres
-trapos, tenía con qué pagar el gasto. Al oír estas palabras, el
-mesonero, que se llamaba Majuelo y era naturalmente grandísimo bufón,
-mirándome y examinándome atentamente de pies a cabeza, me dijo con
-cierto aire malicioso y chufletero que no necesitaba de mi aseveración
-para conocer que sin duda haría yo en su casa mucho gasto, porque entre
-los remiendos de aquellos malos trapos se divisaba en mi persona un
-no sé qué de nobleza que le obligaba a creer que yo era un caballero
-de grandes conveniencias. No dejé de conocer que el bellaco se estaba
-burlando de mí, y para cortar de repente sus bufonescas frialdades
-saqué el bolsillo y a su vista conté sobre una mesa mis ducados, los
-que le obligaron a formar un juicio más favorable de mí. Roguéle
-que me hiciese buscar algún sastre, a lo cual me replicó que sería
-mejor llamar a algún prendero, el cual traería diferentes vestidos de
-todas clases, para quedar pronto vestido del todo. Armóme el consejo
-y determiné seguirle; pero como se acercaba ya la noche, dilaté este
-negocio hasta el día siguiente, y sólo pensé en cenar bien para
-resarcir lo mal que había comido desde que salí del subterráneo.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XV
-
-De qué modo se vistió Gil Blas, del nuevo regalo que le hizo la señora
-y del equipaje en que salió de Burgos.
-
-
-Sirviéronme un copioso plato de manos de carnero fritas y le comí
-casi todo; bebí a proporción y después fuíme a la cama. Era ésta
-muy decente, y esperaba que luego se apoderaría de mis sentidos un
-profundo sueño; pero engañéme, porque apenas pude cerrar los ojos,
-ocupada la imaginación en qué género de vestido había de escoger. «¿Qué
-haré?—decía—. ¿Seguiré mi primer intento de comprar unos hábitos
-largos para ir a ser dómine en Salamanca? Pero ¿a qué fin vestirme de
-estudiante? ¿Tengo deseos de consagrarme al estado eclesiástico? ¿Acaso
-me inclina a ello mi propensión? ¡Nada de eso! Mis inclinaciones son
-muy contrarias a la santidad que pide: quiero ceñir espada y ver de
-hacer fortuna en el mundo.» Y a esto me decidí.
-
-Resolví, pues, vestirme de caballero, bien persuadido de que esto
-bastaría para alcanzar un empleo de importancia. Con tan lisonjeros
-proyectos, estuve esperando el día con grandísima impaciencia, y
-apenas rayó en mis ojos su primera luz cuando salté de la cama.
-Hice tanto ruido en el mesón, que despertaron todos. Llamé a los
-criados, que estaban todavía en la cama, y me respondieron echándome
-mil maldiciones. Al fin se vieron obligados a levantarse, y les di
-orden de que fuesen a buscar al prendero. No tardó en llegar éste
-con dos mozos cargados, cada uno con un gran envoltorio. Saludóme
-con grandes cumplimientos y me dijo: «Caballero, ha tenido usted
-fortuna en dirigirse a mí más bien que a otro. No quiero desacreditar
-a mis compañeros, ni permita Dios que haga el menor agravio a su
-reputación; mas, aquí para entre los dos, ninguno de ellos sabe qué
-cosa es conciencia. Todos son más duros que judíos; yo soy el único de
-mi oficio que la tiene; me limito a una ganancia justa y razonable,
-contentándome con un real por cada cuarto. Equivoquéme: quise decir con
-un cuarto por real.»
-
-Después de este preámbulo, que yo creí tontamente al pie de la letra,
-mandó a los mozos que desatasen los envoltorios. Enseñáronme vestidos
-de todos géneros y colores, muchos de ellos de paños enteramente lisos.
-Deseché éstos con desprecio por demasiado humildes. Presentáronme
-después otro que parecía haberse cortado expresamente para mí, el
-cual me deslumbró, sin embargo de que estaba un poco usado. Se
-componía de una ropilla, unos calzones y una capa; la ropilla, con
-mangas acuchilladas, y todo él de terciopelo azul bordado de oro.
-Escogí éste y pregunté el precio. El prendero, que conoció cuánto
-me agradaba, me dijo: «En verdad que es usted un señor de gusto muy
-delicado, y se ve bien que lo entiende. Sepa usted que este vestido
-se hizo para uno de los primeros sujetos del reino, que no se le puso
-tres veces. Observe bien la calidad del terciopelo y hallará que es
-del mejor. Pues ¿qué diré del bordado? No parece cabe mayor delicadeza
-ni primor.» «Y bien—le pregunté—, ¿cuánto pedís por él?» «Señor—me
-respondió—, ayer no le quise dar por sesenta ducados; y si esto no es
-cierto, no sea yo hombre de bien.» A la verdad, la contestación era
-convincente. Yo le ofrecí cuarenta y cinco, aunque acaso no valía la
-mitad. «Caballero—replicó él fríamente—, yo no soy hombre que pido
-más de lo justo ni rebajo un ochavo de lo que digo la primera vez. Tome
-usted este otro vestido—continuó, presentándome el primero, que yo
-había desechado—, que se lo daré más barato.» Todo esto sólo servía
-para aumentar en mí la gana que tenía del otro, y como me imaginé
-que no rebajaría ni un maravedí de lo que había pedido, le entregué
-sus sesenta ducados. Cuando vió la facilidad con que se los había
-dado, juzgo que, no obstante la delicadeza de su rígida conciencia,
-se arrepintió mucho de no haberme pedido más. Pero al fin, contento
-con haber ganado a real por cuarto, se despidió con sus mozos, a los
-cuales tampoco dejé de agasajar dándoles para beber.
-
-Viéndome ya con un vestido tan señor, comencé a pensar en lo restante
-para presentarme en la calle con toda autoridad y decencia, lo que me
-entretuvo toda la mañana. Compré pañuelo, sombrero, medias de seda,
-zapatos y una espada. Vestíme inmediatamente; pero ¡qué gozo fué el
-mío cuando me vi tan bien equipado! No me cansaba de mirarme. Ningún
-pavo real se recreó nunca tanto en mirar y remirar el dorado plumaje de
-su cola. Aquel mismo día pasé a visitar segunda vez a doña Mencía, la
-cual me volvió a recibir con la mayor urbanidad y agasajo. Dióme nuevas
-gracias por el servicio que le había hecho, a que siguió una salva de
-recíprocos cumplidos. Después, deseándome en todo la mayor prosperidad,
-se despidió de mí, y se retiró, regalándome sólo una sortija de treinta
-doblones y suplicándome la conservase siempre por memoria.
-
-Quedéme frío cuando me vi con la tal sortija, porque había contado
-con regalo de mucho más precio. En esta suposición, malcontento de la
-generosidad de la señora, volví al mesón haciendo mil calendarios;
-pero apenas había llegado cuando entró en él un hombre que venía tras
-de mí, el cual, desembozando la capa, mostró un talego bastante largo
-que traía debajo del brazo. Así que vi el talego, que parecía lleno
-de dinero, abrí tanto ojo, y lo mismo hicieron algunas personas que
-estaban presentes; y me pareció oír la voz de un serafín cuando aquel
-hombre me dijo, poniendo el talego sobre una mesa: «Señor Gil Blas,
-mi señora la marquesa suplica a usted se sirva admitir esta cortedad
-en prueba de su agradecimiento.» Hice mil cortesías al portador,
-acompañadas de otros tantos cumplimientos, y luego que salió del mesón
-me arrojó sobre el talego como un gavilán sobre su presa y llevémele
-a mi cuarto. Desatéle sin perder tiempo, vaciéle sobre una mesa y
-me encontré con mil ducados que contenía. Acababa de contarlos al
-tiempo que el mesonero, que había oído las palabras del portador,
-entró para saber lo que iba en el talego. Asombróle la vista de tanta
-plata y exclamó admirado: «¡Fuego de Dios, y cuánto dinero! ¡Sin duda
-sabéis—añadió con malicia—sacar buen partido de las damas! ¡Apenas ha
-veinticuatro horas que estáis en Burgos y ya hacéis contribuir a las
-marquesas!»
-
-No me desagradó esta sospecha y estuve tentado a dejar a Majuelo en
-su error, por lo que lisonjeaba mi vanidad. No me admiro de que los
-mozos se alegren de ser tenidos por afortunados con las mujeres; pero
-pudo más en mí la inocencia de mis costumbres que la vanagloria.
-Desengañé al mesonero y le conté toda la historia de doña Mencía. Oyóla
-con singular atención, y después le confié el estado de mis asuntos,
-suplicándole, pues se mostraba tan interesado en servirme, me ayudase
-con sus consejos. Quedóse como pensativo algún tiempo, y tomando
-luego un aire serio, me dijo: «Señor Gil Blas, confieso que desde que
-vi a usted le cobró particular inclinación; y ya que le merezco la
-confianza de que me hable con tanta franqueza, debo corresponder a
-ella diciéndole sin lisonja lo que siento. A mí me parece que usted
-es un hombre nacido para la corte, y así, le aconsejo se vaya a ella
-y procure introducirse con algún gran señor, viendo de mezclarse en
-sus negocios, y sobre todo en los de sus pasatiempos y devaneos, sin
-lo cual perderá usted el tiempo y nada adelantará con él. Conozco bien
-a los grandes: ningún aprecio hacen del celo y de la lealtad de un
-hombre de bien, y sólo estiman a las personas que les son necesarias
-para sus fines. Además de éste, tiene usted otro recurso: es mozo,
-bien dispuesto, galán; y esto, aun cuando fuera un hombre sin talento,
-bastaba y aun sobraba para encaprichar a su favor a alguna viuda
-poderosa o alguna hermosa dama malcasada. Si el amor empobrece a muchos
-ricos, tal vez sabe también enriquecer a los que eran pobres. Soy,
-pues, de parecer que vaya usted a Madrid; pero conviene se presente
-con ostentación, pues allí, como en todas partes, se juzga de las
-personas no por lo que son, sino por lo que aparentan ser, y usted
-solamente será atendido a proporción de la figura que hiciere. Quiero
-proporcionarle un criado mozo, fiel, cuerdo y prudente; en fin, un
-hombre de mi mano. Compre usted dos mulas, una para sí y otra para él,
-y sin perder tiempo póngase en camino lo más pronto que le sea posible.»
-
-No podía menos de abrazar un consejo que era tan de mi gusto. Al día
-siguiente compré dos mulas y recibí el criado que Majuelo me propuso.
-Era un hombre de treinta años y de un aspecto humilde y devoto. Díjome
-ser rayano de Galicia y llamarse Ambrosio Lamela. Lo que más admiré
-en él fué que, siendo los demás criados por lo común muy interesados,
-éste no se paraba en pedir gran salario. Díjome que en este asunto se
-contentaría con lo que quisiese darle. Compré unos botines y una maleta
-para llevar mi ropa y mis ducados, ajusté la cuenta con el mesonero, y
-al amanecer salí de Burgos camino de Madrid.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XVI
-
-Donde se ve que ninguno debe fiarse mucho de la prosperidad.
-
-
-Dormimos en Dueñas la primera jornada, y el día siguiente entramos
-en Valladolid a las cuatro de la tarde. Apeámonos en un mesón que me
-pareció sería el mejor de la ciudad. Mi criado se fué a cuidar de las
-mulas y yo mandé a una moza de la posada llevase la maleta al cuarto
-que me dieron. Llegué tan fatigado, que sin quitarme los botines me
-eché en la cama, donde insensiblemente me quedé dormido. Era ya casi
-noche cuando desperté. Llamé a Ambrosio. No estaba en el mesón, pero
-tardó poco en parecer. Preguntéle de dónde venía, y me respondió,
-devoto y compungido, que de una iglesia de dar gracias al Señor por
-habernos librado de toda desgracia en el camino. Alabéle su devoción y
-le mandé que encargase me dispusiesen algo que cenar.
-
-Al mismo tiempo que le hablaba entró en mi cuarto el mesonero con
-un hacha encendida en la mano, alumbrando a una señora ricamente
-vestida, la cual me pareció más hermosa que joven. Dábale el brazo
-un escudero, y un morito la seguía llevándole la cola del vestido.
-Quedé no poco sorprendido cuando la señora, después de hacerme una
-profunda reverencia, me preguntó si por ventura sería yo el señor Gil
-Blas de Santillana. Apenas le respondí que sí cuando, desasiéndose
-del escudero, vino apresuradamente a darme un abrazo con tal alborozo
-y alegría, que añadió muchos grados a mi admiración. «¡Sea mil veces
-bendito el Cielo—exclamó—por tan dichoso encuentro! ¡A usted, señor
-caballero, a usted venía yo buscando!» Al oír esto se me vino a la
-memoria el petardista taimado de Peñaflor, y ya iba a sospechar que
-aquella señora era una solemne embustera o una descarada aventurera;
-pero lo que añadió me obligó a formar de ella un juicio más favorable.
-«Yo soy—me dijo—prima hermana de doña Mencía de Mosquera, que debe
-a usted tantas obligaciones. He recibido hoy mismo una carta suya, en
-que me participa el viaje de usted a la corte y me encarga le trate
-bien y le obsequie si transitare por esta ciudad. Dos horas ha que la
-ando corriendo toda, yendo de mesón en mesón a saber qué forasteros se
-han apeado en ellos, y por las señas que me dió de usted el mesonero
-conocí que podía ser el libertador de mi prima. Ya que he tenido la
-dicha de encontrarle, quiero manifestarle lo mucho que me intereso
-en los beneficios que se hacen a mi familia, y particularmente a
-mi querida Mencía. Me hará usted el favor de venir ahora mismo a
-hospedarse en mi casa, donde estará menos mal que en un mesón.» Quise
-excusarme, haciéndole presente que no podía admitir su fineza sin
-incomodarla; pero fué preciso rendirme a sus eficaces instancias. Había
-a la puerta del mesón un coche que nos estaba esperando. Ella misma
-tuvo gran cuidado de hacer poner dentro de él la maleta y todo mi
-equipaje, «porque en Valladolid—dijo—hay muchos bribones», lo cual
-era demasiadamente cierto. En fin, entramos en el coche ella y yo con
-su vejete escudero y me dejé sacar del mesón de esta manera, con gran
-pesar del mesonero, porque así se veía privado del gasto que él suponía
-que yo había de hacer en su posada con la señora, el escudero y el
-morito.
-
-Después de haber rodado bastante, paró en fin el coche a la puerta de
-una casa grande, a donde subimos a una sala bien adornada e iluminada
-con veinte o treinta bujías. Había en ella también muchos criados, a
-quienes preguntó la señora si había venido don Rafael. Respondiéronle
-que no, y ella me dijo, volviéndose a mí: «Señor Gil Blas, estoy
-esperando a mi hermano, que ha de volver esta noche de una quinta que
-tenemos a dos leguas de aquí. ¡Cuán agradable será su sorpresa cuando
-se encuentre en su casa con un huésped a quien tanto debe toda nuestra
-familia!» Al mismo punto que acabó de decir estas palabras oímos ruido
-y supimos le causaba la llegada de don Rafael. Dejóse presto ver este
-caballero, que era un joven de bello talle y muy airoso. «Hermano—le
-dijo la señora—, no sabes cuánto me alegra tu vuelta. Tú me ayudarás
-a obsequiar como se merece al señor Gil Blas de Santillana. Nunca
-podremos pagar lo que ha hecho por nuestra parienta doña Mencía. Toma
-esta carta—añadió—y lee lo que en ella me escribe.» Abrióla don
-Rafael y leyó en alta voz lo siguiente:
-
-«Mi querida Camila: El señor Gil Blas de Santillana, que me ha salvado
-el honor y la vida, acaba de salir para la corte y sin duda pasará por
-Valladolid. Te ruego encarecidamente por el vínculo del parentesco,
-y aun más por la amistad que nos une, le agasajes y obsequies cuanto
-puedas, obligándole a que descanse algunos días en tu casa. Espero no
-me negarás este gusto y que mi libertador recibirá de ti y del primo
-don Rafael todo género de atenciones. Burgos, etc. Tu prima que te
-ama,—_Doña Mencía_.»
-
-«¿Cómo así?—exclamó don Rafael luego que leyó la carta—. ¿Es posible
-sea éste el caballero a quien debe no menos que el honor y la vida mi
-parienta? Doy gracias al Cielo por este dichoso encuentro.» Diciendo
-esto se acercó a mí, y abrazándome estrechamente, dijo: «¡Oh qué
-gusto y qué fortuna la mía en tener en mi casa al señor Gil Blas de
-Santillana! No era menester que mi prima la marquesa le recomendase:
-bastaba avisarnos que pasaba por aquí. Sabemos muy bien mi hermana y yo
-cómo debemos tratar a un hombre que hizo el mayor servicio del mundo a
-la persona a quien más amamos de toda nuestra parentela.» Correspondí
-lo mejor que pude a todas aquellas expresiones y a otras muchas
-semejantes, acompañadas de mil caricias. Advirtiendo después don Rafael
-que todavía tenía yo puestos los botines, mandó a sus criados me los
-quitasen.
-
-Pasamos después al cuarto donde estaba esperándonos la cena. Sentámonos
-a la mesa, colocándome a mí en medio de los dos hermanos, quienes
-mientras cenábamos me dijeron mil expresiones cariñosas; celebraban
-todas mis palabras como otros tantos rasgos de gracia y de discreción,
-y era de ver el cuidado con que me hacían plato, sirviéndome de cuanto
-había en la mesa. Don Rafael brindaba frecuentemente a la salud de doña
-Mencía y yo correspondía del mismo modo. Doña Camila no se descuidaba
-en imitarnos, y a veces me parecía que me miraba como a hurtadillas de
-una manera que podía significar mucho, y aun llegué a creer que para
-hacerlo buscaba ocasión, como quien temía que su hermano lo advirtiese.
-Bastó esto para persuadirme que ya me había hecho dueño de la voluntad
-de aquella señora y para resolver aprovecharme de este descubrimiento
-por poco que me detuviese en Valladolid. Con esta esperanza me rendí
-fácilmente a la cortesana súplica que me hicieron de que me detuviese
-en su compañía algunos días. Agradecieron mucho mi condescendencia, y
-la particular alegría que mostró doña Camila me confirmó en la opinión
-de que había hallado en mí un hombre muy de su gusto.
-
-Viéndome determinado don Rafael a detenerme algún tiempo, me propuso
-un viaje a su quinta, de la que me hizo una magnífica descripción,
-como también de las diversiones que quería proporcionarme en ella.
-«Unas veces—decía—nos divertiremos en la caza, otras en la pesca;
-y si usted gusta de pasearse, encontrará bosques sombríos y jardines
-deliciosos. Además de esto no nos faltará buena compañía, y creo que no
-echará usted de menos la ciudad.» Acepté la oferta, y quedamos en que
-al día siguiente iríamos a la tal divertidísima quinta. Levantámonos
-de la mesa con esta resolución, y don Rafael, lleno de alegría, me dió
-un estrechísimo abrazo, diciéndome: «Señor Gil Blas, ahí le dejo a
-usted con mi hermana; voy a dar las órdenes necesarias para el viaje
-y para que se avise a las personas que nos han de acompañar.» Dicho
-esto se salió del cuarto, y yo quedé a solas con la señora, dándole
-conversación, en la que no desmintió lo que yo había juzgado de las
-tiernas miradas de la cena. Tomóme la mano, y mirando con atención la
-sortija, dijo: «Parece muy lindo este diamante, pero es pequeñito.
-¿Entiende usted de pedrería?» Respondíle que no. «Lo siento—me
-replicó—; porque si lo entendiera, me diría cuánto vale esta
-piedra—mostrándome un grueso rubí que tenía en el dedo; y mientras
-yo lo miraba, añadió—: Regalómelo un tío mío, que fué gobernador de
-Filipinas, y los joyeros de Valladolid lo aprecian en trescientos
-doblones.» «Lo creo—repliqué—, porque me parece primoroso.» «Pues
-ya que a usted le gusta—repuso ella—, quiero hagamos un trueque.»
-Diciendo y haciendo, me cogió mi sortija y metióme la suya en mi dedo.
-Después de este cambio, que yo tuve por un regalo hecho con gracia
-y novedad, Camila me apretó la mano y me miró con ternura; luego,
-cortando de repente la conversación, me dió las buenas noches y se
-retiró enteramente confusa y como avergonzada de haberme manifestado
-demasiado sus sentimientos.
-
-Aunque era yo entonces uno de los cortesanos más novicios, no dejé por
-eso de penetrar lo mucho y bueno que significaba aquella precipitada
-fuga, y desde luego consentí en que no pasaría mal el tiempo en la
-quinta. Poseído de esta lisonjera idea y del brillante estado de mis
-negocios, me encerré en el cuarto donde había de dormir y previne a mi
-criado me despertase temprano el día siguiente. En lugar de pensar en
-acostarme, me entregué enteramente a los alegres pensamientos que me
-inspiraba mi maleta, que estaba sobre una mesa, y mi rubí. «¡Gracias a
-Dios—decía—que si antes fuí miserable, ya no lo soy! Mil ducados por
-una parte y una sortija de trescientos doblones por otra es un decente
-caudal para bandearme algún tiempo. Ahora veo que Majuelo no me
-engañó. Sin duda que en Madrid encenderé en amor a mil mujeres cuando
-tan fácilmente he agradado a Camila.» Veníanseme a la imaginación todas
-las palabras y acciones de aquella señora, y gozaba anticipadamente de
-todos los pasatiempos que don Rafael me había ponderado de su quinta.
-Con todo eso, a pesar de unas ideas tan halagüeñas, no dejó el sueño de
-hacer su oficio; y así, sintiéndome adormecido, me desnudé y me metí en
-la cama.
-
-Al despertar el día siguiente conocí que era tarde. Admiréme de que
-Ambrosio no me hubiese despertado habiéndoselo mandado; pero dije entre
-mí: «Ambrosio, mi fiel Ambrosio, estará en alguna iglesia o le habrá
-hoy cogido la pereza.» Mas tardé poco en perder el buen concepto que
-había hecho de él para dar lugar a otro menos favorable, aunque más
-justo y verdadero, pues habiéndome levantado y no hallando mi maleta
-en todo el cuarto, sospeché que me la había robado por la noche. Para
-aclarar mis sospechas abrí la puerta y comencé a llamar al hipócrita
-repetidas veces y con voz muy esforzada. A mis gritos acudió un viejo
-y me dijo: «¿Qué quiere usted, señor? Todos sus criados han salido
-de mi casa antes de amanecer.» «¿Qué es eso de mi casa?—le repliqué
-yo—. Pues qué, ¿no es ésta la de don Rafael?» «Yo no sé quién es
-ese caballero—respondió el viejo—; sólo sé que ésta es una casa de
-huéspedes, que yo soy su dueño y que, una hora antes que usted llegase,
-aquella señora con quien cenó anoche vino a pedirme un cuarto para un
-caballero principal, que ella dijo viajaba de incógnito. Yo le di
-éste, habiéndomelo pagado adelantado.»
-
-Caí entonces en la cuenta: conocí lo que debía pensar de doña Camila
-y de don Rafael y comprendí que mi criado, instruído a fondo de todos
-mis negocios, me había vendido a aquellos dos grandísimos bribones. En
-vez de echarme a mí solo la culpa de tan pesaroso suceso y de conocer
-que no me hubiera acaecido a no haber tenido la ligereza e indiscreción
-de descubrirme a Majuelo sin la menor necesidad, me volví contra la
-inocente fortuna y maldije mil veces mi suerte. El posadero, a quien
-conté mi aventura—de la cual quizá el bellaco estaría mejor informado
-que yo—, mostró acompañarme en mi sentimiento. Compadecióse de mí y
-protestó lo mucho que sentía que este lance hubiese sucedido en su
-casa; pero yo creo, a pesar de todas sus protestas, que él tuvo tanta
-parte en esta picardía como el mesonero de Burgos, a quien siempre
-atribuí el honor de la invención.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XVII
-
-Partido que tomó Gil Blas de resultas del triste suceso de la casa de
-posada.
-
-
-Después de haber llorado bien, pero en vano, mi desgracia, comencé
-a hacer reflexiones, y saqué de ellas que en lugar de rendirme a la
-desesperación y desaliento debía animarme a luchar contra mi mala
-suerte. Volví, pues, a despertar mi valor, y me decía a mí mismo
-mientras me estaba vistiendo: «Aun doy gracias a mi fortuna de que
-aquellos malvados no se llevasen también mis vestidos y algunos ducados
-que tengo en las faltriqueras.» Y les agradecía el haber andado tan
-comedidos, pues habían tenido también la generosidad de dejarme los
-botines, los cuales di al posadero por la tercera parte de lo que me
-habían costado. En fin, salí de la posada sin tener necesidad, gracias
-a Dios, de quien me llevase el hatillo. Lo primero que hice fué ir al
-mesón donde me había apeado el día antecedente, a ver si mis mulas
-se habían librado de la borrasca, aunque, a la verdad, juzgaba que
-Ambrosio no las habría olvidado; y ojalá que siempre hubiera juzgado de
-él con tanto acierto, pues supe que aquella misma noche había tenido
-buen cuidado de sacarlas. Conque, dando por supuesto que yo no las
-volvería a ver, como tampoco mi maleta, caminaba triste y sin destino
-por las calles, pensando en el rumbo que había de tomar. Ofrecióseme
-la idea de volver a Burgos para recurrir segunda vez a doña Mencía;
-pero considerando que esto sería abusar de su bondad y que además me
-tendría por un simple, deseché este pensamiento. Juré, sí, guardarme
-bien en adelante de mujeres, y por entonces no me fiaría ni aun de la
-casta Susana. De cuando en cuando ponía los ojos en mi sortija; mas,
-acordándome que había sido regalo de Camila, suspiraba de rabia y de
-dolor. «¡Ah!—decía entre mí—. ¡Nada entiendo de rubíes; pero bien
-entiendo y conozco a la gentecilla que hace estos cambios! ¡No me
-parece preciso ir a un joyero para conocer que soy un pobre mentecato!»
-
-Con todo, no quise dejar de ir a saber lo que valía la sortija, que
-reconocida por un lapidario la tasó en tres ducados. Al oír semejante
-tasa, aunque no me causó sorpresa, di a todos los diablos la sobrina
-del gobernador de Filipinas, o, por mejor decir, sólo les renové el don
-que mil veces les había hecho de ella. Al salir de casa del lapidario
-encontré un mozo que se paró a mirarme. No pude caer al pronto en quién
-era, aunque en otro tiempo le había conocido muy bien. «¿Cómo qué, Gil
-Blas?—me dijo—. ¿Finges acaso no conocerme? ¿Es posible que en dos
-años me haya mudado tanto que no conozcas al hijo del barbero Núñez?
-¡Acuérdate de Fabricio, tu paisano y tu condiscípulo de Lógica, y de
-cuántas veces argüimos los dos en casa del doctor Godínez sobre los
-universales y grados metafísicos!»
-
-Antes que acabase de hablar había yo venido en conocimiento de quién
-era. Abrazámonos estrechamente con mil demostraciones de admiración y
-de alegría. «¡Ah querido amigo—prosiguió Fabricio—, y qué encuentro
-tan feliz y cuánto me alegro de volverte a ver! Pero ¿en qué equipaje
-te veo? ¡A la verdad, que estás vestido como un príncipe! ¡Bella
-espada, medias de seda, calzón y vestido de terciopelo con bordado de
-plata! ¡Fuego! ¡Esto me huele a un fortunón deshecho! ¡Apuesto a que
-alguna vieja liberal te hizo dueño de su bolsillo!» «Te engañas—le
-respondí—; mi fortuna no ha sido tan feliz como imaginas.» «¡A otro
-perro con ese hueso!—replicó él—. Tú quieres hacer el reservado,
-¡pero a mí que las vendo! Díme por vida tuya: ese bellísimo rubí que
-tanto brilla en ese dedo, ¿de quién le hubiste?» «De una grandísima
-bribona—le respondí—. ¡Fabricio, mi querido Fabricio, sabe que en vez
-de ser el Adonis de las mujeres de Valladolid, he sido su dominguillo!»
-
-Pronuncié estas palabras en tono tan lastimoso, que Fabricio conoció
-muy bien que me habían jugado alguna burla. Apuróme para que le dijese
-por qué razón estaba tan quejoso del bello sexo. Tuve poco que hacer en
-resolverme a satisfacer su curiosidad; pero como la relación era algo
-larga y no queríamos separarnos tan presto, entramos en un figón para
-discurrir con más comodidad y sosiego. Allí nos desayunamos. Y mientras
-tanto le hice menuda relación de cuanto me había sucedido desde mi
-salida de Oviedo. Convino en que mis aventuras eran muy extrañas, y
-después de asegurarme lo mucho que sentía verme en el estado en que
-me hallaba, añadió: «Amigo, es menester consolarnos y animarnos en
-todas las desgracias de la vida. Eso es lo que distingue un pecho
-generoso de un corazón apocado. ¿Vese un hombre de entendimiento
-reducido a la miseria? Espera con valor y paciencia otro tiempo más
-feliz. ¡Nunca—dice Cicerón—, nunca debe un hombre abatirse tanto
-que llegue a olvidarse que es hombre! Yo por mí soy de este carácter.
-Las desventuras no me acobardan; sé superarlas y sé resistir a los
-golpes de la mala fortuna. Por ejemplo: amaba en Oviedo a la hija de
-un vecino honrado y ella me amaba a mí; pedíla a su padre, y negómela,
-como era regular. Otro cualquiera se hubiera muerto de pesadumbre;
-pero yo, ¡admira la fuerza de mi talento!, de acuerdo con la misma
-muchacha, la robé de casa de sus padres. Era viva, atolondrada y alegre
-sobremanera; por consiguiente, pudo más con ella el placer que la
-obligación. Anduvimos seis meses paseándonos por Galicia, y llegó a
-tal punto su deseo de viajar que quiso ir a Portugal; pero tomó otro
-compañero de viaje y me dejó plantado. Si no fuera el que soy, me
-hubiera desesperado y abatido con el peso de esta nueva desgracia; mas
-no cometí tal disparate. Más prudente y sufrido que Menelao, en lugar
-de armarme contra el Paris que me había robado mi Elena, me alegró
-mucho de verme libre de ella. No queriendo después volver a Asturias
-por evitar contiendas con la justicia, me interné en el reino de León,
-donde anduve de lugar en lugar, gastando el dinero que me había quedado
-del rapto de mi ninfa, pues en aquella ocasión ambos nos proveímos
-suficientemente de dinero y ropa. Al fin me hallé al llegar a Palencia
-con un solo ducado, con el cual tuve que comprar un par de zapatos, y
-el resto duró pocos días. Vime perplejo en aquella situación. Comenzaba
-ya a guardar dieta y era indispensable tomar algún partido. Resolví,
-pues, ponerme a servir. Acomodéme desde luego con un rico mercader de
-paños que tenía un hijo dado a todos los vicios. En su casa encontré
-un seguro asilo contra la abstinencia, pero igualmente un grandísimo
-obstáculo. Mandóme el padre que espiase al hijo y suplicóme el hijo le
-ayudase a engañar al padre. Era preciso optar: preferí la súplica al
-precepto, y esta preferencia me costó el ser despedido. Pasé después
-a servir a un pintor, ya hombre viejo, el cual quería enseñarme por
-caridad los principios de su arte; pero al mismo tiempo me dejaba
-morir de hambre, y esto me disgustó de la pintura y de la mansión en
-Palencia. Víneme a Valladolid, donde por la mayor fortuna del mundo me
-acomodé con un administrador del hospital. Con él estoy todavía, y cada
-instante más contento. El señor Manuel Ordóñez, mi amo, es el hombre
-más virtuoso del mundo, pues siempre va con los ojos bajos y un rosario
-de cuentas gordas en la mano. Dicen que desde mozo sólo tuvo puesta su
-atención en el bien de los pobres, y le mira con mucho amor, empleando
-a este fin un celo infatigable. Esto no se ha quedado sin recompensa:
-todo ha prosperado en sus manos. ¡Qué bendición del Cielo! El se ha
-hecho rico cuidando de la hacienda de los pobres.»
-
-Luego que acabó Fabricio su discurso, le dije: «Por cierto me alegro
-de verte tan contento con tu suerte; pero, hablando en confianza,
-paréceme que podías hacer un papel más brillante en el mundo que el
-de criado. Un mozo de tu talento debía pensar más alto.» «Te engañas
-mucho, Gil Blas—me respondió—: has de saber que para un hombre
-de mi humor no puede haber mejor situación que la mía. Confieso que
-el oficio de criado es penoso para un mentecato; mas para un mozo
-despejado tiene grandes atractivos. Un ingenio superior que se pone
-a servir no sirve materialmente como un pobre bobo: entra menos a
-servir que a mandar en la casa. Su primer cuidado es estudiar bien el
-genio y las inclinaciones del amo. Halaga sus defectos, lisonjea sus
-pasiones, sírvele en ellas, se granjea su confianza, y hétele que ya
-le tiene agarrado por la nariz. De esta manera me he gobernado con mi
-administrador. Desde luego conocí de qué pie cojeaba. Advertí que todo
-su deseo era que le tuviesen por santo. Fingí creerlo, porque esto nada
-cuesta; y aun hice más: procuré imitarle representando en su presencia
-el mismo papel que él representaba delante de los demás: engañé al
-engañador, y poco a poco vine a ser su todo y como su primer ministro.
-Bajo sus auspicios y en su escuela espero que algún día estarán a mi
-cargo los asuntos de los pobres, porque me intereso tanto por su bien
-como mi amo. ¿Y quién sabe si por este camino llegaré también a hacer
-igual o mayor fortuna?»
-
-«¡Bellas y alegres esperanzas, querido Fabricio!—le repliqué—.
-Doite mil parabienes por ellas. Mas, por lo que a mí toca, vuélvome a
-mis primeros pensamientos. Voy a trocar mi vestido bordado por unas
-bayetas, iréme a Salamanca, matricularéme en la Universidad y me
-pondré a preceptor.» «¡Gran proyecto!—repuso Fabricio—. ¡Graciosa
-idea! ¿Puede haber mayor locura que meterte a pedante en lo mejor de
-tu vida? ¿Sabes bien, pobrete, en lo que te empeñas abrazando ese
-partido? Luego que halles conveniencia, te observará toda la casa.
-Examinarán escrupulosamente tus más mínimas acciones. Será preciso que
-estés fingiendo y venciéndote continuamente, que afectes un exterior
-hipócrita y que parezcas un hombre adornado de todas las virtudes.
-No tendrás un instante por tuyo para divertirte. Censor eterno de tu
-discípulo, todo el día se te irá en enseñarle el latín y en reprenderle
-y corregirle cuando diga o haga alguna cosa contra la buena crianza.
-Y al cabo de tanto trabajo y sujeción, ¿qué premio te espera? Si el
-señorito sale travieso y mal inclinado, a ti te echarán la culpa,
-diciendo que le criaste mal, y sus padres te despedirán sin recompensa
-y aun quizá sin pagarte. Así, pues, no me hables del tal oficio de
-preceptor, porque es un beneficio con cargo de almas. Háblame del
-empleo de criado, que es beneficio simple que a nada obliga. ¿Está
-el amo lleno de vicios? Pues el talento superior del criado los sabe
-lisonjear, convirtiéndolos a veces en propia utilidad. Un criado
-de este jaez vive con mucha paz en una buena casa. Come y bebe a
-su gusto, por la noche se va a la cama y, como un hijo de familia,
-duerme tranquilamente, sin tener que pensar en el carnicero ni en el
-panadero. Amigo Gil Blas—prosiguió Fabricio—, nunca acabaría si
-te hubiera de contar todas las ventajas que se encuentran en la no
-muy lucida, pero muy provechosa carrera de criado. Créeme: desecha
-para siempre el pensamiento de ser preceptor y sigue mi ejemplo.»
-«Sea así, Fabricio—le respondí—; pero no todos los días se hallan
-administradores como el que tú has hallado, y si yo me determinara a
-servir, quisiera a lo menos encontrar con un buen amo.» «¡Oh!—repuso
-él—. En eso tienes razón. Yo tomo por mi cuenta el buscártele, y lo
-haré aunque no sea mas que por contribuir a que no se vayan a enterrar
-en una Universidad los talentos de un hombre como tú.»
-
-La próxima miseria que me amenazaba, la resolución y seguridad con que
-Fabricio me habló, aun más que sus razones, me persuadieron finalmente
-a que me pusiese a servir. Tomada esta determinación, salimos del
-figón, y Fabricio me dijo: «Ahora mismo quiero conducirte en derechura
-a casa de un hombre a quien recurre la mayor parte de los que buscan
-amo. Tiene emisarios que le informan de cuanto pasa en todas las
-familias, sabe las que necesitan criados, y en un registro muy exacto
-lleva razón no sólo de las plazas vacantes, sino también de las buenas
-o malas cualidades de los amos: en fin, él fué quien me acomodó con el
-administrador.»
-
-Fuimos hablando de esta especie de despacho y oficina pública tan
-singular, hasta que llegamos a una callejuela, y en un rincón de ella,
-a una casa baja, donde el hijo del barbero Núñez me hizo entrar. Nos
-encontramos con un hombre de cincuenta años que estaba escribiendo.
-Saludámosle cortesana y aun respetuosamente; pero fuese por ser
-de genio naturalmente soberbio y grosero, o bien porque estando
-acostumbrado a no tratar sino con lacayos y cocheros lo estaba también
-a recibir las visitas asaz descortésmente, no se levantó, ni aun casi
-se dignó mirarnos, contentándose con hacer una ligera inclinación de
-cabeza. Con todo, poco después me miró con atención. Conocí muy bien
-se admiraba de que un mozo con un vestido bordado quisiera ponerse
-a servir de criado, cuando podía pensar que iba yo a buscar uno.
-Duróle poco esta duda, porque Fabricio le dijo al punto: «Señor Arias
-de Londoña, aquí le presento a usted el mayor amigo mío. Es un hijo
-de buena familia, y sus desgracias le han reducido a la necesidad
-de servir. Proporciónele usted una buena conveniencia, contando
-seguramente con su correspondiente agradecimiento.» «Señores—respondió
-fríamente Arias—, ésa es la cantilena general de todos ustedes: antes
-de acomodarse prometen mucho; pero después de bien acomodados, tú que
-le viste, y de todo se olvidan.» «¿Cómo? ¿Qué?—replicó Fabricio—.
-¿Está usted quejoso de mí? ¿No me he portado bien?» «Mejor pudieras
-haberte portado. Tu conveniencia equivale a la de primer oficial de
-cualquiera oficina, y has correspondido como si te hubiese acomodado
-con un autorcillo.» Tomé yo entonces la palabra, y para que conociese
-el señor Arias que no servía a un ingrato, quise que el agradecimiento
-precediese al favor. Púsele en la mano dos ducados, prometiéndole que
-no se limitaría a tan poca cosa mi reconocimiento como me colocase en
-una buena casa.
-
-Mostróse contento de mi proceder, diciendo: «¡Así gusto yo de que se
-trate conmigo! Hay vacantes excelentes puestos: leerélos, y usted
-escogerá el que mejor le pareciere.» Al decir esto calóse los anteojos,
-tomó su registro, abrióle, revolvió algunas hojas y comenzó así:
-«Necesita lacayo el capitán Torbellino, hombre colérico, brutal y
-fantástico; gruñe sin cesar, blasfema, da de golpes y muy a menudo
-estropea a los criados.» «¡Pase usted adelante!—dije yo prontamente—.
-¡No me gusta el señor capitán!» Rióse Arias de mi viveza y prosiguió
-leyendo: «Doña Manuela de Sandoval, viuda y entrada en edad,
-impertinente y caprichosa, se halla sin criado. Por lo común no tiene
-más que uno, y ése apenas la puede aguantar un día entero. Diez años ha
-que sólo hay en su casa una librea, y sirve para todos los criados que
-recibe, sean flacos o gordos, grandes o pequeños. Se puede decir que no
-hacen mas que probársela, y así todavía está nueva, aunque se la han
-puesto dos mil. Falta un criado al doctor Alvaro Fáñez, médico químico.
-Trata bien a sus criados, dales bien de comer y un gran salario; pero
-hace en ellos la experiencia de sus remedios y se observa que en casa
-de este químico hay siempre vacantes plazas de criados.»
-
-«¡No lo dudo!—interrumpió Fabricio dando una carcajada—. Pero vamos
-claros, que nos va usted proponiendo admirables conveniencias.» «Ten
-un poco de paciencia—replicó Arias de Londoña—; todavía no las he
-leído todas y puede haber alguna que te contente.» Diciendo esto,
-prosiguió su lectura de esta manera: «Tres semanas ha que está sin
-criado doña Alfonsa de Solís; es una señora anciana y devota, que pasa
-en la iglesia las tres partes del día y quiere tener siempre junto
-a sí al criado. Otro: ayer despidió al suyo el licenciado Cedillo,
-hombre ya viejo y canónigo de este Cabildo.» «¡Alto ahí, señor Arias
-de Londoña!—interrumpió Fabricio—. ¡A ese puesto nos atenemos! El
-canónigo Cedillo es grande amigo de mi amo y yo le conozco mucho; sé
-que gobierna su casa en clase de ama una vieja beata, que se llama
-la señora Jacinta, y es la que todo lo manda. Es una de las mejores
-casas de Valladolid, porque en ella se vive con gran paz y se come
-grandemente. Fuera de eso, el canónigo es un señor enfermizo, gotoso
-inveterado, que tardará poco en hacer testamento y se puede esperar
-algún legadillo. ¡Gran esperanza para un criado! Gil Blas—continuó
-Fabricio volviéndose hacia mí—, no perdamos tiempo. Vámonos derechos
-a casa del licenciado; yo mismo te quiero presentar y salir por fiador
-tuyo.» Habiendo dicho esto, por no malograr la ocasión, nos despedimos
-aceleradamente del señor Arias, quien me ofreció, por mi dinero, que si
-no lograba aquella conveniencia me proporcionaría otra tan buena y aun
-quizá mejor.
-
-
-
-
-LIBRO SEGUNDO
-
-
-
-
-CAPÍTULO PRIMERO
-
-Entra Gil Blas por criado del licenciado Cedillo; estado en que éste se
-hallaba y retrato de su ama.
-
-
-Por miedo de no llegar tarde, nos pusimos de un brinco en casa del
-licenciado. Estaba cerrada la puerta; llamamos y bajó a abrir una
-niña como de diez años, a quien el ama llamaba sobrina, aunque malas
-lenguas suponían entre las dos parentesco más estrecho. Le estábamos
-preguntando si se podría hablar al señor canónigo, cuando se dejó ver
-la señora Jacinta. Era una mujer entrada ya en la edad de discreción,
-pero todavía de buen parecer y, sobre todo, de un color fresco y
-hermoso. Venía vestida con una especie de bata de paño ordinario, que
-ceñía con una ancha correa de cuero, de la cual pendía por un lado
-un manojo de llaves y por otro un gran rosario de cuentas gordas.
-Saludámosla con mucho respeto y ella nos correspondió con igual
-cortesanía, pero con un aire devoto y los ojos bajos.
-
-«He sabido—le dijo mi camarada—que el señor licenciado Cedillo
-necesita un mozo honrado que le sirva y vengo a presentarle éste,
-que espero le dará gusto.» Alzó entonces la vista el ama, miróme
-atentamente, y no acertando a conciliar mi vestido bordado con el
-discurso de Fabricio, preguntó si era yo el que pretendía entrar a
-servir. «Sí, señora—respondió el hijo de Núñez—, él mismo es; porque,
-tal como usted le ve, le han sucedido desgracias que le precisan a
-ello. Consolárase en sus infortunios si tiene la dicha de colocarse
-en esta casa y vivir en compañía de la virtuosa señora Jacinta, la
-cual es digna de ser ama de un patriarca de las Indias.» Al oír esto,
-la buena de la beata apartó los ojos de mí por volverlos al que le
-hablaba con tanta gracia, y quedó como sorprendida al ver un rostro
-que no le parecía desconocido. «Tengo alguna idea—le dijo—de haber
-visto ya esa cara, y estimaría que usted ayudase a mi memoria.» «Casta
-señora Jacinta—le respondió Fabricio—, es y ha sido grande honor
-mío haber merecido la atención de usted. Dos veces he venido a esta
-casa acompañando a mi amo, el señor Manuel Ordóñez, administrador del
-hospital.» «¡Justamente!—replicó entonces el ama—. ¡Acuérdome muy
-bien! ¡Ya caigo en la cuenta! Basta decir que está en casa del señor
-Manuel Ordóñez para saber que será usted un hombre muy de bien. Su
-empleo es su mayor elogio y no era fácil que este mozo encontrase mejor
-fiador. Venga usted conmigo y hablará al señor Cedillo, que sin duda
-tendrá gran gusto en recibir un criado venido por tal mano.»
-
-Seguimos al ama del canónigo, el cual vivía en un cuarto bajo
-compuesto de cinco piezas a un mismo piso, todas muy decentes. Díjonos
-esperásemos un instante en la primera mientras iba a avisar al señor
-canónigo, que estaba en la segunda. Después de haberse detenido
-algún tiempo, sin duda para informarle y prevenirle de todo, volvió
-a nosotros y nos dijo que podíamos entrar. Vimos al viejo gotoso
-sepultado en una silla poltrona, con una almohada detrás de la cabeza,
-descansando los brazos en unas almohadillas y apoyando las piernas en
-un almohadón de pluma. Acercámonos a él, sin escasear las cortesías;
-y tomando Fabricio la palabra, no se contentó con repetirle lo que ya
-había dicho de mí a la señora Jacinta, sino que se puso a hacer un
-panegírico de mi mérito, extendiéndose principalmente sobre el grande
-honor que me había granjeado bajo el magisterio del doctor Godínez en
-las disputas de Filosofía, como si fuera necesario ser gran filósofo
-para servir a un canónigo. Sin embargo, no dejó de alucinarle el bello
-elogio que hizo Fabricio de mí, y conociendo, por otra parte, que yo no
-desagradaba a la señora Jacinta, «Amigo—respondió a mi fiador—, desde
-luego recibo a este mozo: basta que tú me lo presentes. No me disgusta
-su traza, y juzgo bien de sus costumbres, supuesto que me lo propone un
-criado del señor Manuel Ordóñez.»
-
-Luego que Fabricio me vió admitido, hizo una gran cortesía al canónigo,
-otra más profunda a la señora Jacinta y se despidió muy alegre,
-diciéndome al oído que me quedase allí y que ya nos veríamos. Apenas
-había salido de la sala, cuando el licenciado me preguntó cómo me
-llamaba y por qué había salido de mi tierra, obligándome con sus
-preguntas a contarle toda la historia de mi vida, en presencia de la
-señora Jacinta. Divertílos a entrambos, sobre todo con la relación
-de mi última aventura. Doña Camila y D. Rafael les hicieron reír tan
-fuertemente que le hubo de costar la vida al pobre gotoso, pues la risa
-le excitó una tos tan violenta que temí fuese llegada su hora. Aun no
-había hecho testamento: considérese cuánto se turbaría la buena ama.
-Vila toda trémula y azorada correr de aquí para allí por socorrer al
-buen viejo, haciendo con él lo que se hace con los niños cuando tosen
-con violencia, estregarle la frente y darle palmaditas en las espaldas;
-pero al fin todo fué un puro miedo. Cesó de toser el licenciado y el
-ama de atormentarle. Quise entonces proseguir mi relación, mas no me
-lo permitió la señora Jacinta, temerosa de que le repitiese la tos al
-amo. Llevóme al guardarropa, donde, entre otros vestidos, estaba el de
-mi predecesor. Hízomele poner y guardó el mío, lo que no me disgustó,
-porque deseaba conservarle, con esperanza de que todavía podría
-servirme. Desde el guardarropa pasamos los dos a disponer la comida.
-
-No me mostré novicio en el oficio de cocinero. Había hecho mi
-aprendizaje bajo la disciplina de la señora Leonarda, que podía pasar
-por buena maestra de cocina, bien que no comparable con la señora
-Jacinta, la cual merecía ser cocinera de un arzobispo. Sobresalía en
-todo género de guisos y platos. Sazonaba delicadamente un jigote, la
-chanfaina y, en general, toda especie de picadillo, de manera que
-eran sumamente gratos al paladar. Cuando estuvo dispuesta la comida,
-volvimos al cuarto del canónigo, donde, mientras yo ponía los manteles
-en una mesilla inmediata a su silla poltrona, el ama le ponía la
-servilleta, prendiéndosela por detrás con alfileres. Se le sirvió una
-sopa que se podía presentar a un corregidor de Madrid, y una fritada
-que podía avivar el apetito de un virrey, si el ama, de propósito, no
-hubiera escaseado las especias, por no irritar la gota del canónigo.
-A vista de tan delicados manjares, mi buen viejo, que yo creía estaba
-baldado de todos sus miembros, dió pruebas de que aun no había perdido
-del todo el uso de los brazos. Sirvióse de ellos para ayudar a que
-le desembarazasen de la almohada y demás impedimentos, disponiéndose
-a comer alegremente. Las manos tampoco se negaron a servirle; aunque
-trémulas, iban y venían con bastante ligereza a donde era menester,
-bien que derramando en la servilleta y en los manteles la mitad de lo
-que llevaba a la boca. Cuando vi que ya no quería más de frito, le puse
-delante una perdiz rodeada de dos codornices asadas, que la señora
-Jacinta le trinchó con el mayor aseo y pulidez. De cuando en cuando le
-hacía beber grandes tragos de vino mezclados con un poco de agua en una
-taza de plata bastante ancha y profunda, aplicándosela ella misma a la
-boca y teniéndola con las manos, como si fuera un niño de quince meses.
-Se comió las pechugas y las piernas, sin dejar los alones. Siguiéronse
-los postres, y cuando acabó de comer, el ama le quitó la servilleta,
-volvióle a poner la almohada, y, dejándole dormir tranquilamente la
-siesta, nos retiramos nosotros a comer.
-
-Era ésta la comida diaria de nuestro canónigo, acaso el mayor tragón
-de todo el Cabildo; pero la cena era más parca. Contentábase con un
-pollo o con un conejo y con algún cubilete de fruta. En su casa, por
-lo que toca a la comida, estaba yo bien y lo pasaba alegremente; sólo
-tenía un trabajo, no poco pesado para mí. Era preciso estar despierto
-una gran parte de la noche velando al amo. Padecía éste una retención
-de orina que le obligaba a pedir el orinal diez veces cada hora. Además
-sudaba mucho, y era menester mudarle de camisa con frecuencia. «Gil
-Blas—me dijo la segunda noche—, tú eres mañoso y diligente y veo que
-me acomodará mucho tu modo de servir. Solamente te encargo que des
-también gusto a la señora Jacinta, complaciéndola y obedeciéndola en
-todo como si yo lo mandase, y guardes con ella la mayor armonía. Quince
-años ha que me sirve con un celo y amor particular. Tiene tanto cuidado
-de mí que no sé cómo pagárselo, y confiésote que por esto la estimo más
-que a toda mi familia. Por ella despedí de mi casa a un sobrino carnal,
-hijo de mi propia hermana, e hice bien. No podía ver a esta pobre mujer
-y, lejos de agradecerle lo que hacía conmigo, continuamente la estaba
-insultando, burlándose de su virtud y tratándola de embustera, porque
-a la gente moza de hoy todo lo que suena a recogimiento y devoción
-le parece hipocresía; pero ya me libré de tan buena alhaja, porque
-soy hombre que prefiero a todos los respetos de la sangre el amor que
-me tienen y el bien que me hacen.» «Usted, señor, tiene muchísima
-razón—le respondí—: el agradecimiento debe siempre poder más que las
-leyes de la naturaleza.» «Sin duda—replicó él—; y en mi testamento
-haré ver el poco caso que hago de mis parientes. El ama tendrá buena
-parte en él, y no me olvidaré de ti como prosigas sirviéndome según
-has comenzado. El criado que despedí ayer perdió una buena manda por
-su mal modo. Si no me hubiera visto precisado a despedirle, porque
-ya no le podía aguantar, yo solo le habría hecho rico; pero era un
-soberbio que no tenía el más leve respeto a la señora Jacinta, y
-era muy holgazán. No le gustaba acompañarme de noche y se le hacía
-intolerable el estar despierto para asistirme en lo que podía ocurrir.»
-«¡Qué bribón!—exclamé yo, como si el espíritu de Fabricio se hubiera
-pasado al mío—. ¡No merecía, por cierto, estar al lado de un amo tan
-bueno como su merced! El que logra esta fortuna debe ser de un celo
-infatigable, ha de complacerse en su trabajo y ha de creer que nada
-hace aun cuando sude sangre por servirle.»
-
-Conocí que le habían gustado mucho al canónigo estas últimas palabras,
-y no le gustó menos la que le di de estar siempre pronto y obediente a
-las órdenes de la señora Jacinta. Queriendo, pues, pasar por un criado
-que no temía trabajo ni fatiga, procuré servir en un todo con el mayor
-celo y el mejor modo que me era posible. El ama—a la cual debo hacer
-esta justicia—cuidaba mucho de mí, lo que debo atribuir al esmero con
-que procuraba yo granjearme su voluntad con todo género de modales
-atentos y respetuosos. Cuando comíamos juntos ella y su sobrina, que se
-llamaba Inesilla, estaba yo pronto a mudarles de platos, a servirles
-de beber y, en fin, a hacer con ellas lo que haría el más fiel y leal
-criado. Por estos medios llegué a conseguir su amistad. Un día que la
-señora Jacinta había salido a hacer no sé qué compras, hallándome solo
-con Inesilla, comencé a darle conversación, y le pregunté si vivían
-todavía sus padres. «¡Oh, no!—me respondió la niña—. Mucho tiempo ha
-que murieron, según me lo ha dicho mi tía, porque yo nunca los conocí.»
-Creíla piadosamente, aunque su respuesta no fué muy categórica, y la
-fuí poniendo en tanta gana de parlar que poco a poco me dijo más de
-lo que yo quería saber. Descubrióme, o, por mejor decir, descubrí yo
-por su sencillez que la señora tía tenía un amigo que estaba en casa
-de un antiguo canónigo en calidad de mayordomo y que tenían ajustado
-entre los dos aprovecharse de la herencia de sus amos y gozarla en paz
-por medio de un casamiento cuyos privilegios disfrutaban de antemano.
-Ya dejo dicho que la señora Jacinta, aunque algo entrada en años, se
-mantenía de muy buen parecer. Es verdad que ningún medio perdonaba
-para conservarse bien. Por otra parte, dormía con sosiego, mientras yo
-estaba en pie velando al amo. Pero, sobre todo, lo que más contribuía
-a mantener en ella aquel color vivo y fresco era—según me dijo
-Inesilla—una fuente que tenía en cada pierna.
-
-
-
-
-CAPÍTULO II
-
-Qué remedios suministraron al canónigo habiendo empeorado en su
-enfermedad; lo que resultó, y qué dejó a Gil Blas en su testamento.
-
-
-Serví tres meses al señor licenciado Cedillo, sin quejarme de las
-malas noches que me daba. Cayó malo al cabo de este tiempo; entróle
-calentura y con ella se le irritó la gota. Recurrió a los médicos,
-siendo la primera vez que lo hacía en toda su vida, aunque había sido
-larga. Llamó determinadamente al doctor Sangredo, a quien tenían en
-Valladolid por otro Hipócrates. La señora Jacinta hubiera querido más
-que el canónigo, ante todas cosas, comenzase por hacer testamento;
-pero además de que no le parecía a él que estaba de tanto peligro,
-en ciertas materias era un poco caprichoso y testarudo. Fuí, pues, a
-buscar al doctor Sangredo, y condújele a casa. Era un hombre alto,
-seco y macilento, que por espacio de cuarenta años a lo menos tenía
-continuamente empleada la tijera de las Parcas. Su exterior era grave,
-serio, con un si es no es de desdeñoso; su voz, gutural, sonora y
-ahuecada; pronunciaba las palabras con un tantico de recalcamiento,
-lo que a su parecer daba mayor nobleza a las expresiones. Parecía que
-medía sus discursos geométricamente, y era singular en sus opiniones.
-
-Después de haber observado al enfermo, comenzó a hablar así en tono
-magistral: «Trátase aquí de suplir el defecto de la transpiración
-escasa, dificultosa y detenida. Otros médicos ordenarían, sin duda,
-en este caso remedios salinos, urinosos y volátiles, que por la mayor
-parte tienen algo de azufre y mercurio; pero los purgantes y los
-sudoríficos son drogas perniciosas inventadas por curanderos. Todas
-las preparaciones químicas me parecen invenciones para arruinar la
-naturaleza; yo echo mano de medicamentos más simples y seguros. ¿Qué
-es lo que usted acostumbra comer?», preguntó al enfermo. «Comúnmente,
-cubiletes y manjares jugosos», respondió el canónigo. «¡Cubiletes y
-manjares jugosos!—exclamó suspenso y admirado el doctor—. ¡Ya no
-me maravillo de que usted haya enfermado! Los manjares deliciosos
-son gustos emponzoñados, lazos que la sensualidad arma a los hombres
-para destruirlos con mayor seguridad. Es preciso que usted renuncie a
-todo alimento de buen gusto: los más desabridos son los más propios
-para la salud. Como la sangre es insípida, está pidiendo alimentos
-análogos a su naturaleza. ¿Y bebe usted vino?», le volvió a preguntar.
-«Sí, señor, pero aguado», respondió el enfermo. «¡Qué dice usted
-aguado!—exclamó el doctor—. ¡Qué desorden! ¡Qué espantoso desarreglo!
-¡Debía usted haberse muerto cien años ha! ¿Y qué edad es la de
-usted?» «Voy a entrar en sesenta y nueve años», repuso el licenciado.
-«Justamente—continuó el médico—, la vejez anticipada siempre es fruto
-de la intemperancia. Si usted hubiera bebido sólo agua clara toda su
-vida y usado de alimentos simples, como manzanas cocidas, por ejemplo,
-y guisantes o judías, no se vería ahora atormentado de la gota, y todos
-sus miembros ejercerían todavía fácilmente sus respectivas funciones.
-Con todo, no desconfío de restablecerle, como se entregue ciegamente
-a cuanto yo ordenare.» El canónigo, aunque gustaba de buenos bocados,
-ofreció obedecerle en todo y por todo.
-
-Entonces Sangredo me dijo fuese prontamente a llamar a un sangrador
-que él mismo me nombró, y le hizo sacar a mi amo seis tazas completas
-de sangre para empezar a suplir la falta de transpiración. Después
-dijo al sangrador: «Maese Martín Oñez: dentro de tres horas volved a
-sacarle otras seis, y mañana repetiréis lo mismo. Es error creer que
-la sangre sea necesaria para la conservación de la vida: por mucha que
-se le saque a un enfermo, nunca será demasiada. Como en tal estado
-apenas tiene que hacer movimiento ni ejercicio, sino el preciso para no
-morirse, no necesita más sangre para vivir que la que ha menester un
-hombre dormido. En uno y otro la vida sólo consiste en el pulso y en
-la respiración.» No creyendo mi buen amo que un tan gran médico pudiese
-hacer falsos silogismos, convino en dejarse sangrar. Después que el
-doctor ordenó frecuentes y copiosas sangrías, añadió que era también
-preciso dar de beber al enfermo agua caliente a cada paso, asegurando
-que el agua en abundancia era el mayor específico contra todas las
-enfermedades. Con esto concluyó su visita y se fué, diciéndonos a la
-señora Jacinta y a mí que él salía por fiador de la salud del señor
-canónigo con tal que se observase a la letra todo lo que acababa de
-prescribir. El ama, que quizá juzgaba todo lo contrario de lo que él se
-prometía de su método, le dió palabra de que se observaría con la más
-escrupulosa exactitud. Con efecto, inmediatamente pusimos a calentar
-agua, y como el doctor nos había encargado tanto que fuésemos liberales
-de ella, luego le hicimos beber cinco o seis cuartillos; una hora
-después repetimos lo mismo, y de tiempo en tiempo volvíamos a ello, de
-manera que en el espacio de pocas horas le metimos un río de agua en
-la barriga. Ayudándonos por otra parte el sangrador con la cantidad de
-sangre que le sacaba, en menos de dos días pusimos al pobre canónigo a
-las puertas de la muerte.
-
-Ya no podía más el buen eclesiástico, y presentándole yo un gran vaso
-del soberano específico para que le bebiese, «¡Quita allá, amigo Gil
-Blas!—me dijo con voz desmayada—. ¡Ya no puedo beber más! Conozco
-que me es preciso morir a pesar de la gran virtud del agua y que no
-me siento mejor aunque apenas me ha quedado en el cuerpo una gota
-de sangre: prueba clara de que el médico más hábil y más sabio del
-mundo no es capaz de prolongarnos un instante la vida cuando llegó el
-término fatal. Es ya necesario disponerme para partir al otro mundo.
-Anda, pues, y tráeme aquí un escribano, que quiero hacer testamento.»
-Cuando oí estas palabras, que ciertamente no me desagradaron,
-fingí entristecerme muchísimo, y disimulando la gana que tenía de
-ejecutar cuanto antes el encargo que me acababa de dar, como hace
-en tales casos todo heredero, «¡Oh, señor!—le respondí, dando un
-profundo suspiro—. ¡No está su merced tan malo, por la misericordia
-de Dios, que todavía no pueda esperar levantarse!» «¡No, no, hijo
-mío!—repuso—. ¡Esto ya se acabó! Estoy viendo que sube la gota y que
-la muerte se va acercando. Vé, pues, y haz cuanto antes lo que te he
-mandado.» Conocí, efectivamente, que se le mudaba el semblante y que
-iba perdiendo terreno por momentos, por lo cual, persuadido de que el
-asunto estrechaba, marché volando a ejecutar lo que me había ordenado,
-dejando con el enfermo a la señora Jacinta, la cual temía aún más que
-yo que nuestro canónigo se nos muriese sin testar. Entréme en casa del
-primer escribano que encontré. «Señor—le dije—, mi amo, el licenciado
-Cedillo, está acabando; quiere hacer su última disposición y no hay
-que perder tiempo.» Era el escribano un hombre rechoncho y pequeñito,
-de genio alegre y amigo de bufonearse. «¿Qué médico le asiste?»,
-me preguntó. «El doctor Sangredo», le respondí. «¡Pues vamos, vamos
-aprisa—repuso él, cogiendo apresuradamente la capa y el sombrero—,
-porque ese doctor es tan expeditivo que no da lugar a los enfermos para
-llamar a los escribanos! ¡Es un hombre que me ha hecho perder muchos
-testamentos!»
-
-Diciendo esto, salimos juntos, andando aceleradamente para llegar
-antes que el enfermo entrase en la agonía; y yo dije en el camino al
-escribano: «Ya sabe usted que a un pobre testador cuando está enfermo
-suele faltarle la memoria, por lo cual suplico a usted que, si es
-menester, le haga algún recuerdo de mi lealtad y de mi celo.» «Yo te
-lo prometo—me respondió—, y fíate de mi palabra, pues es justo que
-un amo recompense a un criado que le ha servido bien; y así, por poco
-que le vea inclinado a pagar tus servicios, le exhortaré a que te
-deje alguna buena manda.» Cuando llegamos a casa, hallamos todavía al
-enfermo despejado y con todos sus sentidos. Estaba junto a él la señora
-Jacinta, bañado el rostro en lágrimas. Acababa de hacer bien su papel,
-disponiendo al canónigo a que le dejase lo mejor que tenía. Quedó
-el escribano solo con el amo, y los dos nos salimos a la antesala,
-donde encontramos al sangrador, que venía a hacerle otra sangría.
-«¡Deténgase, maese Martín!—le dijo el ama—. Ahora no puede entrar,
-porque está su merced haciendo testamento. Le sangraréis a vuestro
-placer luego que acabe.»
-
-Estábamos con gran temor la beata y yo de que muriese en el mismo
-acto de testar; pero, por fortuna, se formalizó el instrumento
-que nos ocasionaba aquella inquietud. Vimos salir al escribano,
-que encontrándome al paso, dándome una palmadita en el hombro y
-sonriéndose, me dijo: «¡No has sido echado en olvido, Gil Blas!»,
-palabras que me llenaron de alborozo. Y agradecí tanto la memoria que
-mi amo había hecho de mí, que ofrecí encomendarle muy de veras a Dios
-después de su muerte, la que tardó poco en suceder, porque habiéndole
-sangrado otra vez el sangrador, el pobre viejo, que ya estaba casi
-exangüe, expiró en el mismo momento. Apenas acababa de exhalar el
-último suspiro, cuando entró el médico, que se quedó cortado y mudo,
-no obstante de estar tan acostumbrado a despachar cuanto antes a sus
-enfermos. Con todo eso, lejos de atribuir su muerte a tanta agua y
-a tantas sangrías, volvió las espaldas, diciendo con frialdad que
-había muerto porque le habían sangrado poco y no dádole bastante agua
-caliente. El ejecutor de la medicina, quiero decir el sangrador, viendo
-que ya no era necesario su ministerio, se marchó también, siguiendo al
-doctor Sangredo, diciendo uno y otro que desde el primer día habían
-desahuciado al licenciado. Y, en efecto, casi nunca se engañaban cuando
-pronunciaban semejante fallo.
-
-Luego que vimos muerto a nuestro amo, la señora Jacinta, Inesilla y yo
-comenzamos un concierto de fúnebres alaridos, y tales que se oyeron en
-toda la vecindad. La beata, sobre todo, que tenía mayor motivo para
-estar alegre, levantaba el grito con lamentos tan funestos que parecía
-la mujer más afligida del mundo. En un instante se llenó la casa de
-gente, atraída más de curiosidad que de compasión. Los parientes del
-difunto se presentaron también muy pronto, y hallaron tan desconsolada
-a la beata que se persuadieron que el canónigo había muerto _ab
-intestato_. Pero tardó poco en abrirse a presencia de todos el
-testamento, dispuesto con las formalidades necesarias; y cuando vieron
-que el testador dejaba las mejores alhajas a la señora Jacinta y a la
-niña, pronunciaron una oración fúnebre del canónigo poco decorosa a su
-memoria, motejando al mismo tiempo a la beata, sin olvidarme a mí, que
-verdaderamente lo merecía. El licenciado—¡en paz sea su alma!—, para
-obligarme a que no me olvidase de él en toda mi vida, se explicaba así
-en el artículo del testamento que hablaba conmigo: «Item, por cuanto
-Gil Blas es un mozo que tiene algún baño de literatura, para que acabe
-de perfeccionarse y se haga hombre sabio, le dejo mi librería con todos
-los libros y manuscritos, sin exceptuar ninguno.»
-
-No sabía yo dónde podía estar la tal soñada librería, porque en
-ninguna parte de la casa la había visto jamás. Sólo había sobre una
-tabla en el cuarto del canónigo cinco o seis libros con algún legajo
-de papeles, y los tales libros no podían servirme para nada. Uno se
-titulaba _El cocinero perfecto_; otro trataba de la indigestión y del
-modo de curarla; los demás eran las cuatro partes del _Breviario_,
-medio roídas de la polilla. En cuanto a los manuscritos, el más curioso
-era todos los autos de un pleito que había seguido el canónigo para
-conseguir la prebenda. Después que examiné mi legado con mayor atención
-de la que él se merecía, se lo cedí a los parientes del difunto, que
-tanto me lo habían envidiado. Entreguéles también el vestido que tenía
-a cuestas y volví a tomar el mío, contentándome con que me pagasen
-mi salario, y fuíme a buscar otra conveniencia. Por lo que toca a
-la señora Jacinta, además del dinero y alhajas que el canónigo le
-había dejado, se levantó con otras muchas cosas que ocultamente había
-depositado en su buen amigo durante la enfermedad del difunto.
-
-
-
-
-CAPÍTULO III
-
-Entra Gil Blas a servir al doctor Sangredo y se hace famoso médico.
-
-
-Resolví ir a buscar al señor Arias de Londoña para escoger en su
-registro otra casa donde servir; pero cuando estaba muy cerca del
-rincón donde vivía, me encontré con el doctor Sangredo, a quien no
-había visto desde la muerte de mi amo, y me atreví a saludarle.
-Conocióme inmediatamente, aunque estaba en otro traje, y mostrando
-particular gusto de verme, «Hijo mío—me dijo—, ahora mismo iba
-pensando en ti. He menester un criado y tú eres el que me conviene, con
-tal que sepas leer y escribir.» «Como usted—dije—no pida más, délo
-todo por hecho.» «Pues siendo así—replicó—, vente conmigo, porque
-tú eres el hombre que yo busco. En mi casa lo pasarás alegremente; te
-trataré con distinción; no te señalaré salario, pero nada te faltará.
-Cuidaré de vestirte con decencia, te enseñaré el gran secreto de curar
-todo género de enfermedades y, en una palabra, más serás discípulo mío
-que criado.»
-
-Acepté la proposición del doctor, con la esperanza de salir un célebre
-médico bajo la dirección de tan gran maestro. Llevóme luego a su casa
-para instruirme en el ministerio a que me destinaba. Reducíase éste a
-escribir el nombre, la calle y casa donde vivían los enfermos que le
-llamaban mientras él visitaba a otros parroquianos. Para este fin tenía
-un libro en que asentaba todo lo dicho una criada vieja, a la cual se
-reducía toda su familia; pero, sobre no saber palabra de ortografía,
-escribía tan mal que, por lo común, no se podía comprender lo escrito.
-Encargóme, pues, a mí este registro, que se podía intitular con razón
-_Registro mortuorio o libro de difuntos_, porque morían casi todos
-aquellos cuyos nombres se apuntaban en él. Escribía, por decirlo así,
-los nombres de los que querían partir de este mundo, ni más ni menos
-que en las casas de posta se apuntan los nombres de los que piden
-carruaje o caballos. Estaba casi siempre con la pluma en la mano,
-porque en aquel tiempo el doctor Sangredo era el médico más acreditado
-de todo Valladolid, debiendo su reputación a una locuela especiosa
-sostenida de cierto aire grave, y al mismo tiempo apacible, junto con
-algunas afortunadas curas que fueron celebradas más de lo que merecían.
-
-Practicaba mucho la Facultad y, por consiguiente, le fructificaba bien.
-No por eso el trato de su casa era el mejor. En ella se vivía muy
-frugalmente. Garbanzos, habas y manzanas cocidas o queso era nuestra
-comida ordinaria. Decía que estos alimentos eran los más convenientes
-al estómago por ser más dóciles a la trituración. Con todo eso, aunque
-los consideraba muy fáciles de digerir, no quería que nos hartásemos
-de ellos, en lo que tenía mucha razón; pero si a la criada y a mí
-nos prohibía comer mucho, en recompensa nos permitía beber agua sin
-tasa. Lejos de andar en esto con escasez, nos decía muchas veces:
-«¡Bebed, hijos míos! La salud consiste en que todas las partes de
-nuestra máquina se conserven flexibles, ágiles y húmedas. Bebed agua
-en abundancia, porque es el disolvente universal que precipita todas
-las sales. ¿Está acaso detenido y lento el curso de la sangre? Ella le
-acelera. ¿Está rápido y precipitado? Le detiene.» Estaba el buen doctor
-tan persuadido de esto, que aun él mismo no bebía mas que agua, sin
-embargo de hallarse ya en edad muy avanzada. Definía la vejez diciendo
-que era una tisis natural que nos deseca y consume. Fundado en esta
-definición, lamentaba la ignorancia de los que llaman al vino la _leche
-de los viejos_. Sostenía que antes bien los desgasta y los destruye,
-diciendo muy elegantemente que este licor, así para los viejos como
-para todos los demás, era un amigo traidor y un gusto muy engañoso.
-
-A pesar de tan bellos raciocinios, a los ocho días que estuve en
-aquella casa padecí una diarrea acompañada de crueles dolores de
-estómago, lo que tuve la temeridad de atribuir al _disolvente
-universal_ y a la mala calidad de los alimentos que comía. Quejéme
-de esto al nuevo amo, esperando que al cabo vendría a condescender y
-a darme algún poco de vino en las comidas; pero era muy enemigo de
-este licor para tener semejante condescendencia. «Cuando te hayas
-acostumbrado a beber agua—me dijo—, conocerás sus virtudes. Por lo
-demás, si te disgusta mucho el agua pura, hay mil arbitrios inocentes
-para corregir el desabrimiento de las bebidas acuosas. La salvia y la
-betónica les comunica un gusto delicioso, y si quieres que lo sea mucho
-más, mezcla un poco de flor de romero, de clavel o de amapola.»
-
-Por más que ponderase las excelencias del agua y por más que me
-enseñase el modo de componer bebidas exquisitas sin que para nada fuese
-necesario el vino, la bebía yo con tanta moderación que, advirtiéndolo
-él, me dijo un día: «Ya no me admiro, Gil Blas, de que no goces una
-perfecta salud, porque no bebes bastante, amigo mío. El agua bebida en
-poca cantidad sólo sirve para remover la porción de la bilis y darle
-mayor vigor y actividad, cuando es necesario anegarla en un diluyente
-copioso. No temas, hijo, que la abundancia del agua te debilite ni
-enfríe demasiado el estómago. Lejos de ti ese terror pánico con que
-miras la frecuencia de tan saludable bebida. Yo salgo por fiador de su
-buen efecto; y si no te satisface mi fianza, el divino Celso saldrá
-a abonarla. Este oráculo latino hace un admirable elogio del agua, y
-añade en términos expresos que los que por beber vino se excusan con la
-debilidad del estómago levantan un falso testimonio a esta entraña para
-encubrir su sensualidad.»
-
-Como hubiera sido cosa fea dar pruebas de indócil cuando daba principio
-a la carrera de la Medicina, mostré que me hacía fuerza la razón y aun
-confieso que efectivamente la creí. Proseguí, pues, en beber agua,
-bajo la fe de Celso, o, por mejor decir, comencé a anegar la bilis
-bebiendo en gran copia aquel licor; y aunque cada día me sentía más
-desazonado, pudo más la preocupación que experiencia. Tenía, como se
-ve, una admirable disposición para ser médico. Sin embargo, no pudiendo
-resistir más a la violencia de los males que me atormentaban, tomé la
-resolución de dejar la casa del doctor Sangredo; pero éste me honró
-con nuevo empleo, el cual me hizo mudar de parecer. «Mira, hijo—me
-dijo un día—, yo no soy de aquellos amos ingratos y duros que dejan
-envejecer a los criados sin pasarles por el pensamiento el recompensar
-sus servicios. Estoy contento contigo, te quiero y, sin aguardar a que
-me hayas servido más tiempo, es mi ánimo hacerte dichoso. Ahora mismo
-te voy a descubrir lo más sutil del saludable arte que profeso tantos
-años ha. Los demás médicos piensan que consiste en el estudio penoso
-de mil ciencias tan inútiles como dificultosas; yo intento abreviar
-un camino tan largo y ahorrarte el trabajo de estudiar la Física, la
-Farmacia, la Botánica y la Anatomía. Sábete, amigo, que para curar todo
-género de males no es menester más que sangrar y beber agua caliente.
-Este es el gran secreto para curar todas las enfermedades del mundo.
-Sí; este maravilloso secreto que yo te comunico, y la Naturaleza
-no ha podido ocultar a mis profundas observaciones, manteniéndose
-impenetrable a mis hermanos y compañeros, se reduce a solos dos puntos:
-sangrías y agua caliente, uno y otro en abundancia. No tengo más que
-enseñarte. Ya sabes de raíz toda la Medicina; y si te aprovechas de
-mis largas experiencias, serás tan gran médico como yo. Al presente
-me puedes aliviar mucho. Por las mañanas te estarás en casa a tener
-cuenta del registro y por las tardes irás a visitar a mis enfermos. Yo
-asistiré a la nobleza y al clero; tú visitarás a los del estado general
-que me llamaren, y después de haber ejercido algún tiempo, haré que
-te incorporen en nuestro gremio. He aquí, Gil Blas, que ya eres sabio
-sin ser médico, cuando otros por muchos años, y la mayor parte toda la
-vida, son médicos antes de ser sabios.»
-
-Di gracias al doctor por haberme puesto en tan poco tiempo en estado de
-ser substituto suyo, y, en señal de mi agradecimiento, le ofrecí que
-toda la vida seguiría a ciegas sus opiniones, aunque fuesen contrarias
-a las del mismo Hipócrates. Pero esta palabra no era del todo sincera,
-porque no podía conformarme con su opinión acerca del agua, y en mi
-corazón determiné beber vino siempre que fuese a visitar mis enfermos.
-Segunda vez me desnudé de mi vestido y tomé otro de mi amo para
-presentarme en traje de médico. Hecho esto, me dispuse a practicar la
-Medicina a costa de los pobres que cayesen en mis manos. Tocóme dar
-principio por un alguacil que adolecía de un dolor de costado. Dispuse
-le sangrasen sin piedad y que no se negasen a darle de beber agua
-caliente con abundancia. Entré después en casa de un pastelero a quien
-la gota le hacía poner los gritos en el cielo. No tuve más compasión de
-su sangre que de la del alguacil y fuí muy liberal en mandarle dar agua
-caliente. Valiéronme doce reales las dos visitas, y quedé tan contento
-con el nuevo ejercicio que sólo deseaba cosecha de enfermos y achacosos.
-
-Al salir de casa del pastelero me encontré con Fabricio, a quien no
-había visto desde la muerte del licenciado Cedillo. Miróme atento y
-atónito por algún tiempo, y después dió una carcajada tan grande que
-parecía iba a reventar de risa. No dejaba de tener razón: llevaba
-yo una capa tan larga que me llegaba a los talones; la chupa y el
-calzón eran tan anchos que sobraban mucho para dos cuerpos como el
-mío. En fin, mi figura podía pasar por original y grotesca. Dejéle
-desahogarse, y aun yo mismo le hubiera acompañado si no me contuviera
-el decoro de la calle y la representación de médico, que no es un
-animal risible. Si mi ridículo traje había movido a risa a Fabricio,
-mi seriedad se la aumentó, y después que se rió cuanto quiso, «¡Por
-cierto, Gil Blas—exclamó—, que estás estrafalariamente puesto!
-¿Quién diablos te ha disfrazado así?» «¡Poco a poco, Fabricio, poco a
-poco y trata con todo respeto a un nuevo Hipócrates! Sábete que soy
-substituto del doctor Sangredo, médico el más famoso de Valladolid.
-Tres semanas ha que estoy en su casa, y en este breve tiempo me ha
-enseñado radicalmente la Medicina; de manera que, como él no puede
-visitar a todos los enfermos que le llaman, visito yo una parte de
-ellos para aliviarle. El asiste a la gente principal y yo a la plebe.»
-«¡Bellamente!—replicó Fabricio—. Eso, en buen romance, quiere decir
-que te ha cedido la sangre plebeya y él se ha guardado la ilustre.
-Doite el parabién de la parte que te ha tocado, que en mi concepto
-es la mejor, porque a un médico le conviene más ejercer su Facultad
-con la gente pobre que con la opulenta. ¡Vivan los médicos de aldea y
-de arrabal! Sus yerros son menos sabidos y no meten tanta bulla sus
-asesinatos. Sí, amigo, tu suerte me parece la más envidiable, y por
-hablar a manera de Alejandro, si yo no fuera Fabricio querría ser Gil
-Blas.»
-
-Para que el hijo del barbero Núñez conociese que no exageraba ni mentía
-en alabar tanto mi presente condición, le mostré los doce reales del
-alguacil y del pastelero, y después nos entramos los dos en una taberna
-para beber a costa de ellos. Presentáronnos un vino bueno, el cual
-me pareció mucho mejor de lo que era por la gran gana que tenía de
-beberle. Echéme al cuerpo valientes tragos y, con licencia del oráculo
-latino, al paso que iba bebiendo conocí que el estómago no se quejaba
-de las injusticias que le había hecho. Detuvímonos bastante tiempo
-Fabricio y yo en la taberna y nos burlamos largamente de nuestros amos,
-como es uso y costumbre entre todos los criados. Viendo que se acercaba
-la noche, nos retiramos, quedando apalabrados de volvernos a ver la
-tarde siguiente en el mismo paraje.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IV
-
-Prosigue Gil Blas ejerciendo la Medicina con tanto acierto como
-capacidad. Aventura de la sortija recobrada.
-
-
-No bien había yo entrado en casa, cuando también volvió a ella el
-doctor Sangredo. Informéle de los enfermos que había visitado y le puse
-en la mano ocho reales que restaron de los doce que me habían valido
-mis recetas. «Ocho reales—me dijo—por dos visitas son poca cosa; pero
-al fin es preciso recibir lo que nos dieren.» Tomólos, y, embolsándose
-los seis, me dió sólo dos. «Toma, Gil Blas—prosiguió—; ahí te doy
-para que empieces a juntar un capital, pues desde luego te cedo la
-cuarta parte de lo que me toca. Presto serás rico, amigo mío, porque
-este año, queriendo Dios, habrá muchas enfermedades.»
-
-Contentéme, y con razón, pues habiendo resuelto quedarme con la
-cuarta parte de lo que recibía y cediéndome el doctor la otra cuarta
-parte de lo que yo le entregaba, venía a tocarme, si no me engaña
-mi aritmética, la mitad de lo que realmente percibía. Esto me dió
-nuevo aliento para aplicarme a la Medicina. Al día siguiente, luego
-que comí, volví a echarme a cuestas el hábito de substituto y salí a
-campaña. Visité muchos enfermos de los que yo mismo había sentado en
-el libro y a todos les receté los mismos medicamentos, aunque padecían
-diferentes enfermedades. Hasta aquí las cosas iban viento en popa y
-ninguno, gracias al Cielo, se había alborotado contra mis recetas.
-Pero nunca faltan censores del método de un médico, por excelente que
-sea. Entré en casa de un droguero que tenía un hijo hidrópico, y me
-encontré con cierto mediquillo, de color amulatado, que se llamaba
-el doctor Cuchillo, llevado allí por un pariente del mercader. Hice
-profundas cortesías a todos los circunstantes, pero particularmente al
-tal figurilla, que me persuadí había sido llamado para consultar sobre
-la enfermedad que teníamos entre manos. Saludóme con mucha gravedad,
-y después de haberme mirado atentamente, «Señor doctor—me dijo—, yo
-conozco a todos los médicos de Valladolid, hermanos y compañeros míos,
-pero confieso que la fisonomía de usted es para mí enteramente nueva,
-por lo que es preciso que usted haya venido a establecerse a esta
-ciudad de muy poco tiempo a esta parte.» «Yo, señor—le respondí—,
-soy un joven pasante que ejerzo a la sombra y bajo los auspicios del
-doctor Sangredo, tan conocido en este pueblo y en toda la comarca.»
-«Doy a usted la enhorabuena—me replicó cortésmente—de que haya
-adoptado el método de un hombre tan grande. No dudo que será usted
-habilísimo, aunque tan mozo todavía.» Dijo esto con tanta naturalidad
-que no pude discernir si hablaba de veras o si se burlaba de mí. Estaba
-pensando en lo que había de replicar, cuando el droguero tomó la
-palabra y nos dijo: «Señores, tengo por cierto que ustedes saben uno y
-otro perfectamente la Medicina, y así, les suplico que, si gustan, se
-sirvan consultar entre los dos qué es lo que debo hacer para lograr el
-consuelo de ver bueno a mi hijo.»
-
-Oyendo esto el doctorcillo, comenzó a observar al enfermo, y habiéndome
-hecho notar todos los síntomas que descubrían la naturaleza de
-la enfermedad, me preguntó de qué manera pensaba yo curarla. «Mi
-parecer es—le respondí—que se le sangre todos los días y que se le
-dé a beber agua caliente en abundancia.» Al oír esto el mediquín,
-preguntó sonriéndose con aire socarrón: «¿Y cree usted que con esos
-excelentes remedios se le salvará la vida al enfermo?» «¡Y cómo que
-lo creo!—respondí animoso—. Sin duda se conseguirá ese efecto, pues
-son unos específicos contra todo género de males; y si no, que lo diga
-el doctor Sangredo.» «Según eso—replicó el doctor Cuchillo—, se
-engaña mucho Celso, y escribió un gran disparate asegurando que para
-facilitar la curación de un hidrópico es conveniente dejarle padecer
-hambre y sed.» «¡Oh!—le respondí—. Yo no tengo a Celso por oráculo.
-Engañóse, como se engañaron otros, y algunas veces me complazco en ir
-contra sus opiniones.» «Conozco por la explicación de usted—repuso
-Cuchillo—la práctica segura y buena que el doctor Sangredo quiere
-inspirar a todos los profesores jóvenes. La sangría y la bebida es
-su medicamento universal, por lo que no me admiro ya de que tantos
-hombres honrados perezcan en sus manos.» «Dejémonos de invectivas—le
-interrumpí yo con sequedad—; no está bien en un hombre de la profesión
-de usted tocar esta tecla. Sin sacar sangre y sin dejarles beber se han
-enviado muchos hombres a la sepultura, y quizá usted habrá despachado
-a ella más que otros. Si usted tiene algo contra el señor Sangredo,
-escriba impugnándole, que no dejará, ciertamente, de responder, y
-entonces veremos quién es el que queda vencido.» «¡Por San Pedro y
-San Pablo—prorrumpió lleno de cólera el doctorcillo—, que usted no
-conoce al doctor Cuchillo! ¡Sepa, pues, amigo mío, que tengo garras
-y colmillos y que de ningún modo me causa miedo Sangredo, el cual,
-mal que le pese a su vanidad y presunción, en suma no es mas que un
-original sin copia!» La figura del mediquillo me hizo despreciar su
-cólera. Respondíle con enfado; correspondióme con el mismo, y en breve
-vinimos a las manos. Dímonos algunas puñadas y nos arrancamos uno a
-otro porción de pelos antes que el droguero y su parienta nos pudiesen
-separar. Luego que lo hubieron conseguido, pagáronme la visita e
-hicieron quedar a mi antagonista, que verosímilmente les pareció más
-hábil que yo.
-
-Después de esta aventura falté poco para que me sucediese otra. Fuí
-a visitar a cierto sochantre que estaba con calentura. Apenas me oyó
-hablar de agua caliente, cuando se mostró tan rebelde a este remedio
-que comenzó a dar votos. Díjome mil desvergüenzas y aun me amenazó de
-que me echaría por la ventana. Salí de aquella casa más de prisa de lo
-que había entrado. No quise visitar más enfermos aquel día y me fuí
-derecho a la taberna de lo caro, donde la víspera habíamos quedado
-apalabrados Fabricio y yo. Como ambos teníamos buenas ganas de beber,
-lo hicimos perfectamente, y después nos retiramos cada uno a su casa,
-en buen estado ambos; quiero decir, moros van, moros vienen. No conoció
-el doctor Sangredo el achaque de que yo adolecía, porque le conté con
-tanta energía lo que me había sucedido con el doctorcillo que atribuyó
-mis descompasadas acciones y mis palabras mal articuladas al enojo y
-cólera que me había causado el lance que le refería. Fuera de eso,
-como él era interesado en el hecho, se alteró algo contra el doctor
-Cuchillo; y así, me dijo: «Hiciste muy bien, Gil Blas, en volver por
-el honor de nuestros remedios contra aquel aborto, o, por mejor decir,
-embrión de nuestra Facultad. Pues qué, ¿piensa el grandísimo ignorante
-que no se deben administrar a los hidrópicos bebidas acuosas? ¡Pobre
-mentecato! Pues yo defenderé delante de todo el mundo que con el agua
-se puede curar todo género de hidropesías y que es un específico
-igualmente adaptado para éstas como para los reumatismos y opilaciones.
-Es también muy propia para aquel género de calenturas que por una parte
-abrasan al enfermo y por otra le hielan, y es maravilloso remedio para
-todas aquellas enfermedades que se atribuyen a humores fríos, serosos,
-flemáticos y pituitosos. Esta opinión sólo parece extraña a los
-principiantes, cual es Cuchillo, incapaces de discurrir como filósofos;
-pero es muy probable en buena Medicina; y si ellos fueran capaces de
-penetrar la razón en que se funda, en vez de desacreditarme llegarían a
-ser mis mayores apasionados.»
-
-Tanta era su cólera, que ni aun le pasó siquiera por el pensamiento
-que yo hubiese bebido, pues, por irritarle más, adredemente había yo
-añadido algunas circunstancias de mi pegujal o de mi fecunda inventiva.
-Con todo eso, aunque estaba tan ocupado en lo que le acababa de contar,
-no dejó de advertir que aquella noche había yo bebido más agua de lo
-que acostumbraba, porque, con efecto, el vino me había dado muchísima
-sed. Otro que no fuese el doctor Sangredo habría maliciado un poco
-de aquella grande sed que me aquejaba y de los sendos vasos de agua
-que bebía; pero él creyó buenamente que yo iba aficionándome a las
-bebidas acuosas, y así, me dijo sonriéndose: «Amigo Gil, a lo que
-veo, ya parece que no tienes tanta enemistad con el agua. ¡Por vida
-mía, que la bebes como pudieras el más delicioso néctar! No me admiro
-de eso, porque ya sabía yo que con el tiempo te acostumbrarías a este
-soberano licor.» «Señor—le respondí—, bien dice aquel refrán: _Cada
-cosa a su tiempo y los nabos en adviento_. Lo que es ahora, crea su
-merced que daría yo una cuba entera de vino por una sola azumbre de
-agua.» Quedó tan encantado el doctor con esta respuesta, que tomó de
-ella ocasión para ponderar las excelencias de aquella bebida. Hizo
-nuevamente su panegírico, no ya como panegirista frío, sino como un
-orador entusiasmado. «Mil y aun mil millones de veces—exclamó—eran
-más estimables y más inocentes que las tabernas de nuestros tiempos
-las termópilas de los siglos pasados, donde no se iba a malgastar
-vergonzosamente la hacienda y la vida anegándose en el vino, sino
-que concurrían allí a divertirse honestamente y a beber sin riesgo
-agua caliente en abundancia. Nunca se admirará bastantemente la
-sabia previsión de los antiguos gobernadores de la vida civil, que
-instituyeron lugares públicos donde cada uno pudiese libremente acudir
-a beber agua a su satisfacción, haciendo encerrar el vino en las
-cuevas de los boticarios, con severa prohibición de que ninguno le
-pudiese beber si no le recetaba el médico. ¡Oh qué rasgo de prudencia!
-Sin duda—añadió—que por una reliquia de la antigua frugalidad,
-digna del siglo de oro, se conservan aún el día de hoy algunas pocas
-personas que, como tú y como yo, solamente beben agua, persuadidas de
-que evitarán o curarán todos los males bebiendo agua caliente que no
-haya hervido, porque tengo observado que la hervida es más pesada y
-no la abraza tan bien el estómago como la que sin hervir llega sólo
-a calentarse.» Más de una vez temí reventar de risa mientras mi amo
-discurría en el asunto con tanta elocuencia. Con todo eso, me mantuve
-serio, y aun hice más, pues mostré ser del mismo sentir que el doctor
-Sangredo: abominé del uso del vino y me compadecí de los hombres que
-tenían la desgracia de pagarse de una bebida tan perniciosa. Después de
-esto, como todavía me sentía con sobrada sed, llené de agua caliente
-una gran taza y de una asentada me la eché toda al cuerpo. «¡Vamos,
-señor—dije a mi amo—, hartémonos de este benéfico licor y resucitemos
-en esta casa aquellas antiguas termópilas, de cuya falta tanto se
-lamenta usted!» Celebró mucho estas palabras, y por más de una hora
-entera me estuvo exhortando a que bebiese siempre agua. Prometíle que
-la bebería toda la vida, y para cumplir mejor mi palabra me acosté con
-firme propósito de ir todos los días a la taberna.
-
-El lance pesado que había tenido en casa del droguero no me quitó
-el gusto de ir a recetar el día siguiente sangrías y agua caliente.
-Al salir de la casa de un poeta que estaba frenético me encontré
-con una vieja, la cual se llegó a mí y me preguntó si era médico.
-Respondíle que sí, y ella me suplicó con mucha humildad me sirviese
-acompañarla a su casa, donde estaba indispuesta su sobrina, que se
-sentía mala desde el día anterior, ignorando cuál fuese su enfermedad.
-Seguíla, y guiándome a su casa, me hizo entrar en un cuarto adornado
-de muebles muy decentes, donde vi una mujer en cama. Acerquéme a ella
-para observarla. Desde luego me llamó la atención su fisonomía, y
-después de haberla mirado por algunos momentos reconocí, sin quedarme
-género de duda, que era aquella misma aventurera que había hecho tan
-perfectamente el papel de Camila. Por lo que a ella toca, me pareció
-que no me había conocido, ya fuese por tenerla abatida el mal o ya
-por el traje de médico en que me veía. Toméle el pulso y vi que tenía
-puesta mi sortija. Sentí una terrible conmoción al reconocer una
-alhaja a la cual tenía yo tanto derecho, y estuve fuertemente tentado
-a quitársela por fuerza; pero sabiendo que las mujeres luego comienzan
-a gritar, y temiendo acudiese a su defensa el dichoso don Rafael o
-algún otro de tantos protectores como tiene siempre el bello sexo
-para acudir a sus gritos, resistí a la tentación. Parecióme que sería
-mejor disimular por entonces, hasta consultar el caso con Fabricio.
-Abracé, pues, este último partido. Mientras tanto, la vieja me apuraba
-para que declarase el mal de que adolecía su postiza o su verdadera
-sobrina. No fuí tan mentecato que quisiese confesar que no le conocía;
-antes bien, haciendo de hombre sabio e imitando a mi maestro, dije con
-mucha gravedad que todo dependía de falta de transpiración, y, por
-consiguiente, que era menester sangrarla inmediatamente y humedecerla
-bien haciéndole beber agua caliente en cantidad, para curarla según el
-debido método.
-
-Abrevié la visita cuanto pude y fuíme derecho a buscar al hijo de
-Núñez, a quien tardé poco en encontrar, porque iba a cierta diligencia
-de su amo. Contéle mi nueva aventura y le pregunté si le parecía
-conveniente me valiese de algunos alguaciles para recobrar mi alhaja,
-prendiendo a Camila. «¡No, por cierto!—me respondió—. ¡No pienses
-en tal disparate! Ese sería el medio más seguro para que nunca
-vieses en tu mano la sortija. Esa gente no es muy inclinada a hacer
-restituciones; y si no, acuérdate de lo que te sucedió en Astorga: tu
-caballo, tu dinero, y hasta tu propio vestido, todo quedó en sus uñas.
-Es necesario, pues, apelar a nuestra industria, si quieres recobrar tu
-desgraciado diamante. Déjamelo pensar a mí mientras voy a dar un recado
-de mi amo al proveedor del hospital; espérame en la taberna de que
-somos parroquianos, y ten un poco de paciencia, que presto nos veremos.»
-
-Más de tres horas hacía que le estaba esperando, cuando al cabo
-pareció. Al principio no le conocí, porque había mudado de traje; traía
-el pelo trenzado y unos bigotes postizos que le tapaban la mitad de la
-cara; del cinto le colgaba una espada larga, cuya cazoleta tenía por
-lo menos tres pies de circunferencia, y marchaba al frente de cinco
-hombres, todos con aire tan resuelto y determinado como él, llevando
-igualmente sus grandes bigotes y espadas largas. «¡Servidor, señor
-Gil Blas!—me dijo acercándose a mí con resolución y despejo—. Aquí
-tiene usted un alguacil de nuevo cuño, y en esta honrada gente que me
-acompaña unos corchetes del mismo temple. Sólo queda a cargo de usted
-el guiarnos a casa de la mujer que le robó el diamante, y le empeño mi
-palabra de que le recobrará.» Abracé a Fabricio luego que le oí estas
-palabras, conociendo por ellas la estratagema que había inventado para
-favorecerme, aprobando mucho semejante arbitrio. Saludé también a los
-fingidos ministriles, los cuales eran tres criados y dos mancebos de
-barbero, todos amigos suyos, a quienes había metido en que hiciesen
-aquel papel. Mandé trajesen vino para que refrescase la ronda, y a la
-entrada de la noche nos encaminamos a casa de Camila. Llamamos a la
-puerta, que ya encontramos cerrada. Vino a abrirla la vieja; y creyendo
-que eran ministros de justicia los que venían conmigo y que no iban a
-su casa sin algún mal fin, se llenó la pobre de miedo. «No se turbe,
-madre—le dijo Fabricio—, que no venimos por mal, sino a un negocio
-de poca importancia que presto se evacuará.» Diciendo esto, nos fuimos
-introduciendo hasta el cuarto de la enferma, guiándonos la vieja, que
-iba delante alumbrando con una vela en un candelero de plata. Tomé el
-candelero, y acercándome a la cama de Camila, aplicando la luz a mi
-cara para que me viese mejor, «¡Infame!—le dije—. ¿Conoces ahora
-a aquel crédulo de Gil Blas a quien tan villanamente engañaste? ¡En
-fin, ya te encontré, bribonaza! El corregidor dió oídos a mi querella
-y orden a estos señores de arrestarte y encerrarte en un calabozo.
-¡Ea, pues, señor alguacil—dije a Fabricio—, cumpla con lo que le han
-mandado y haga lo que le toca!» «¡No necesito—respondió con voz bronca
-y desabrida—que ninguno me acuerde mi obligación! ¡Ya tengo noticia
-de esta buena alhaja, pues tiempo ha que está escrita y registrada en
-mi libro de memoria! ¡Levántese, reina mía, y vístase pronto, que yo
-tendré la fortuna de irla sirviendo de escudero, si lo lleva a bien,
-hasta la cárcel pública de esta ciudad!»
-
-Al oír esto Camila, aunque parecía tan postrada, advirtiendo que dos
-ministriles se disponían a sacarla por fuerza de la cama, se sentó en
-ella, y juntas las manos, en tono suplicante, mirándome con ojos en
-que se veía pintado el desconsuelo y el terror, «¡Señor Gil Blas—me
-dijo—, apiádese usted de mí! ¡Esto se lo pido por aquella su casta
-madre, que le dió a luz después de haberle tenido nueve meses en
-sus maternales entrañas! Aunque confieso mi culpa, todavía fuí más
-desgraciada que delincuente. ¡Voy a restituirle su diamante, y por amor
-de Dios no me pierda!» Diciendo esto se sacó la sortija y me la puso en
-la mano. Pero yo le respondí que no me contentaba con sólo el diamante,
-sino que también quería se me restituyesen los mil ducados que se me
-habían robado en la posada. ¡Señor—replicó ella—, los mil ducados no
-me los pida usted a mí; pídaselos al traidor de don Rafael, a quien no
-he visto desde entonces acá, que aquella misma noche se los llevó.»
-«¡Ah buena maula!—interrumpió Fabricio—. Pues qué, ¿no hay más que
-decir que no tuviste arte ni parte en ello para darte por legítimamente
-disculpada? Basta que hayas sido cómplice del don Rafael para que se
-te pida estrecha cuenta de toda tu vida pasada. ¡Sin duda que tendrás
-archivadas en la conciencia bellas cosas! ¡Ven, ven a la cárcel, donde
-harás una buena confesión general! También quiero llevar en tu compañía
-a esta buena vieja, a quien juzgo impuesta en una infinidad de lances
-curiosos, que al señor corregidor no le pesará saber.»
-
-Al oír esto las dos mujeres, no omitieron medio alguno para movernos
-a piedad. Alborotaron la casa a gritos, llantos y lamentos. Mientras
-la vieja, puesta de hinojos, ya delante del alguacil, ya delante de
-los ministriles, procuraba excitar su compasión, Camila, del modo más
-tierno y patético del mundo, me suplicaba y conjuraba la librase de
-manos de la justicia. Era éste un espectáculo digno de verse. Fingí
-ablandarme y dije al hijo de Núñez: «Señor alguacil, puesto que ya he
-recobrado mi diamante, se me da poco de lo demás. No deseo se aflija a
-esta pobre mujer, porque no quiero la muerte del pecador.» «¡Bueno por
-cierto!—me respondió—. ¡Usted es muy compasivo y no valía un pepino
-para alguacil! Yo no puedo menos de cumplir con mi obligación, y el
-señor corregidor expresamente me mandó prendiese a estas princesas,
-porque quiere su señoría hacer con ellas un ejemplar que sirva de
-escarmiento.» «Hágame usted el favor—le repliqué—de hacer por mí
-alguna cosa y suavizar un tantico el rigor de la orden en favor del
-regalo que estas damas le quieren hacer en corta demostración de su
-agradecimiento.» «¡Oh señor doctor!—repuso Fabricio—. ¡Ese es otro
-cantar! ¡No puedo resistir a esa figura retórica usada tan a tiempo!
-¡Ea, pues; veamos lo que me quieren regalar!» «Daréle a usted—dijo
-Camila—un collar de perlas y unos pendientes de piedras que valen buen
-dinero.» «¡Sí—respondió Fabricio taimadamente—, con tal que no sean
-de las que te envió tu tío el gobernador de Filipinas, porque esas
-no las quiero!» «Os aseguro que son finas», dijo Camila. Y al mismo
-tiempo mandó a la vieja trajese una cajita donde estaban el collar
-y los pendientes, que ella misma puso en manos del señor alguacil;
-y aunque era tan diestro lapidario como yo, no dejó de conocer, sin
-quedarle ninguna duda, que eran finas así las piedras de los pendientes
-como las perlas del collar. «Estas alhajas—dijo después de haberlas
-mirado atentamente—me parecen de buena ley; y si se añade a ellas el
-candelero de plata que el señor Gil Blas tiene en la mano, no respondo
-ya de mi obediencia al señor corregidor.» «No creo—dije entonces a
-Camila—que por semejante friolera quiera usted deshacer un convenio
-que le tiene tanta cuenta.» Diciendo y haciendo, quité la vela del
-candelero, se la entregué a la vieja y alargué éste a Fabricio, que,
-contentándose con ello, quizá porque no vió en la sala ninguna otra
-cosa de precio que se pudiese llevar fácilmente, dijo a las dos
-mujeres: «¡Adiós, reinas mías! Y pierdan cuidado, que voy a hablar al
-señor corregidor y a dejarlas más puras y más blancas que la misma
-nieve. Nosotros le sabemos pintar las cosas como queremos, y nunca
-le hacemos relación que no sea verdadera sino cuando tenemos algún
-poderoso motivo que nos obligue a desfigurar un poco la verdad.»
-
-
-
-
-CAPÍTULO V
-
-Prosigue la aventura de la sortija; deja Gil Blas la Medicina y se
-ausenta de Valladolid.
-
-
-Ejecutado tan felizmente el admirable proyecto de Fabricio, salimos de
-casa de Camila alabándonos de un suceso que había superado nuestras
-esperanzas, porque sólo habíamos ido a recobrar una sortija y nos
-llevamos lo demás sin ceremonia ni el menor remordimiento. Lejos
-de hacer escrúpulos de haber robado a dos mujeres del partido,
-creíamos haber hecho un acto meritorio. «Señores—dijo Fabricio luego
-que estuvimos en la calle—, soy de parecer que para coronar esta
-bella hazaña vayamos a nuestra taberna de lo caro, donde pasaremos
-alegremente la noche. Mañana venderemos el collar, los pendientes y
-el candelero, haremos nuestras cuentas y repartiremos el dinero como
-hermanos. Hecho esto, cada uno se irá a su casa y discurrirá lo que
-mejor le pareciere para excusarse de haber pasado la noche fuera de
-ella.» Tuvimos por muy prudente y juicioso el pensamiento del señor
-alguacil. Volvimos, pues, todos a nuestra taberna, pareciéndoles a unos
-que fácilmente encontrarían algún buen pretexto para disculpar el haber
-dormido fuera y no dándoseles a otros un pito que los despidiesen sus
-amos.
-
-Dióse orden de que se nos dispusiese una buena cena, y nos sentamos
-a la mesa con tanto apetito como alegría. Durante ella se suscitaron
-especies muy graciosas, sobre todo Fabricio, que era fecundísimo y
-hombre de gran talento para mantener siempre viva la conversación y
-divertir a toda la compañía. Ocurriéronle mil dichos llenos de sal
-española, que nada debe a la sal ática; pero estando en lo mejor de la
-diversión y de la risa, turbó nuestra alegría un lance inesperado y
-sumamente desagradable. Entró en el cuarto donde estábamos un hombre
-bastante bien plantado, a quien acompañaban otros dos de muy mala
-catadura. Tras éstos entraron otros tres, y, en fin, de tres en tres
-fueron entrando hasta doce, todos con espadas, carabinas y bayonetas.
-Conocimos que eran ministros verdaderos de justicia y fácilmente
-penetramos su intención. Al principio pensamos en defendernos; pero en
-un instante nos rodearon y nos contuvieron, así por su mayor número
-como por el respeto que tuvimos a las armas de fuego. «Señores—nos
-dijo el comandante con cierto airecillo burlón—, tengo noticia de la
-ingeniosa invención con que ustedes han recobrado de mano de cierta
-aventurera no sé qué preciosa sortija. La estratagema fué ingeniosa y
-excelente; tanto, que merece ser públicamente premiada, recompensa que
-no se les puede a ustedes negar. La justicia, que tiene destinado a
-ustedes digno alojamiento en su misma casa, no dejará, ciertamente, de
-premiar un esfuerzo tan raro de ingenio.» Turbáronse a estas palabras
-todas las personas a quienes se dirigían y mudamos todos de tono y
-de semblante, llegándonos la vez de experimentar el mismo terror que
-habíamos causado en casa de Camila. Sin embargo, Fabricio, aunque
-pálido y casi muerto, intentó disculparnos. «Señor—dijo trémulo—,
-nuestra intención fué sin duda buena, y en gracia de ella se nos
-puede perdonar aquella inocente superchería.» «¡Qué diablos!—replicó
-el comandante con viveza—. ¿A eso llamas tú superchería inocente?
-¿Ignoras por ventura que huele a cáñamo o, cuando menos, a baqueta
-esa inocente superchería? Fuera de que a ninguno le es lícito hacerse
-justicia a sí mismo por su propia mano, os llevasteis, además de la
-sortija, un collar de perlas, un candelero de plata y unos pendientes
-de diamantes. Lo peor de todo es que para hacer este robo os fingisteis
-ministros de justicia. ¡Unos hombres miserables suponerse gente honrada
-para hacer tal villanía y cometer semejante maldad! ¿Os parece ésta una
-culpa venial que se lava con agua bendita? ¡Seréis muy dichosos si sólo
-se echa mano de la penca para borrarla y castigarla!» Cuando llegamos
-a comprender que la cosa era más seria de lo que nosotros habíamos
-imaginado, nos echamos todos a sus pies y le suplicamos con lágrimas
-que se apiadase de nosotros y de nuestra inconsiderada juventud; pero
-todos nuestros clamores fueron inútiles. Despreció con indignación la
-propuesta que le hicimos de cederle el collar, los pendientes y el
-candelero. Tampoco quiso admitir la sortija, que verdaderamente era
-mía, quizá porque se la ofrecía a presencia de tantos testigos. En
-fin, estuvo inexorable. Hizo desarmar a mis compañeros y nos llevó a
-todos a la cárcel. En el camino me contó uno de los alguaciles que,
-habiendo sospechado la vieja que vivía con Camila que no éramos gente
-de justicia, nos había seguido a lo lejos hasta la taberna, y que,
-teniendo modo de ocultarse y confirmar sus sospechas, dió prontamente
-parte de todo a una ronda para vengarse de nosotros.
-
-En la cárcel nos registraron a todos hasta la camisa. Quitáronnos
-el collar, los pendientes y el candelero, como también a mí aquella
-sortija de rubíes de las Filipinas, que, por desgracia, había metido
-en un bolsillo, sin dejarme siquiera los pocos reales que aquel día
-me habían valido mis recetas, por donde conocí que los ministriles
-de Valladolid sabían tan bien su oficio como los de Astorga y que
-toda aquella gentecilla tenía unos mismísimos modales. Mientras nos
-despojaban de dichas alhajas y de lo demás que encontraron, el cabo
-de ronda refería nuestra aventura a los ejecutores del expolio.
-Parecióles el negocio de tanta gravedad, que algunos nos pronosticaban
-iríamos a la horca sin remedio, y otros, menos severos, decían que
-la cosa se podría componer con doscientos azotes y algunos años de
-servicio en las galeras. Mientras resolvía sobre esto el corregidor,
-nos encerraron en un obscuro calabozo, donde dormimos sobre paja
-extendida ni más ni menos que se extiende para que duerman los
-caballos. Hubiera quizá durado esto largo tiempo y no habríamos salido
-de allí sino para ir a galeras si al siguiente día, habiendo oído el
-señor Manuel Ordóñez lo que había sucedido, no hubiese tomado a su
-cargo hacer todo lo posible por sacar a Fabricio de la cárcel, lo que
-no podía ser sin que a todos nos diesen libertad. Era un hombre que
-estaba muy bienquisto en todo Valladolid, e hizo tantos empeños y
-revolvió tanto que al cabo de tres días nos vimos todos libres, bien
-que no salimos de la prisión como habíamos entrado. El collar, los
-pendientes, y hasta mi pobre rubí, todo se quedó allá. Esto me trajo a
-la memoria aquello de Virgilio: _Sic vos non vobis_, etc.
-
-Luego que nos vimos fuera de la cárcel, nos fuimos todos a buscar a
-nuestros amos. Recibióme muy bien el doctor Sangredo y me dijo: «Mi
-Gil Blas, no supe tu desgracia hasta esta mañana, y estaba pensando en
-empeñarme fuertemente por ti. Es menester, amigo, no desconsolarse ni
-acobardarse por este accidente; antes bien, ahora más que nunca te has
-de aplicar a la Medicina.» Respondíle que éste era mi ánimo; y, con
-efecto, me apliqué enteramente a ella. Lejos de faltarme que trabajar,
-nunca hubo más enfermos, como lo había pronosticado mi amo. Acometieron
-fiebres epidémicas en la ciudad y arrabales. Teníamos que visitar cada
-uno todos los días ocho o diez enfermos, por lo que se deja conocer
-que se bebería mucha agua y que se derramaría gran porción de sangre.
-Mas yo no sé cómo era esto: todos se nos morían, o porque nosotros
-los curábamos mal—lo cual claro está que no podía ser—o porque eran
-incurables las enfermedades. A raro enfermo hacíamos tercera visita,
-porque a la segunda nos venían a decir que ya le habían enterrado
-o, a lo menos, que estaba agonizando. Como todavía era yo un médico
-nuevo, poco acostumbrado a los homicidios, me afligía mucho de los
-sucesos funestos que me podían imputar. «Señor—dije un día al doctor
-Sangredo—, protesto al cielo y a la tierra que observo exactamente
-el método de usted; pero con todo, mis enfermos se van al otro mundo.
-Parece que ellos mismos adredemente se quieren morir, no más que por
-tener el gusto de desacreditar nuestros remedios. Hoy mismo encontré
-dos que llevaban a enterrar.» «Hijo mío—me respondió—, poco más poco
-menos, lo propio me sucede a mí. Pocas veces logro la satisfacción de
-que sanen los enfermos que caen en mis manos; y si no estuviera tan
-seguro de los principios que sigo, creería que mis medicamentos eran
-enteramente contrarios a las enfermedades.» «Señor—le repliqué—, si
-usted quisiera creerme, sería yo de sentir que mudásemos de método.
-Probemos, por curiosidad, el usar en nuestras recetas de preparaciones
-químicas; ensayemos el quermes; lo peor que podrá suceder será lo
-mismo que experimentamos con nuestra agua y con nuestras sangrías.»
-«De buena gana—me respondió—haría yo esa prueba si no fuera por un
-inconveniente. Acabo de publicar un libro en que ensalzo hasta las
-nubes el frecuente uso de la sangría y del agua. ¿Y ahora quieres tú
-que yo mismo desacredite mi obra?» «¡Oh!—repuse yo—. Siendo así,
-no es razón conceder ese triunfo a sus enemigos. Dirían que usted se
-había desengañado y le quitarían el crédito. ¡Perezca antes el pueblo,
-nobleza y clero, y llevemos nosotros adelante nuestro tema! Al cabo,
-nuestros compañeros, a pesar de lo mal que están con la lanceta, no veo
-que hagan más milagros que nosotros, y creo que sus drogas valen tanto
-como nuestros específicos.»
-
-Fuimos, pues, continuando con nuestro método favorito, y en pocas
-semanas dejamos más viudas y huérfanos que el famoso sitio de Troya.
-Parecía que había entrado la peste en Valladolid: tantos eran los
-entierros que se veían. Todos los días se presentaba en nuestra casa un
-padre que nos pedía un hijo a quien habíamos echado a la sepultura o un
-tío que se quejaba de que hubiésemos muerto a su sobrino; pero nunca
-veíamos a ningún sobrino o hijo que viniese a darnos las gracias porque
-con nuestros remedios habíamos dado la salud a su padre o a su tío.
-Por lo que toca a los maridos, también eran prudentes, pues ninguno
-vino a lamentarse de nosotros porque hubiese perdido a su mujer. Con
-todo eso, algunas personas verdaderamente afligidas venían tal vez a
-desahogar con nosotros su pena. Tratábannos de ignorantes, de asesinos,
-de verdugos, sin perdonar los términos y voces más descompuestas, más
-rústicas y más ignominiosas. Irritábanme sus epítetos groseros; pero
-mi maestro, que estaba muy acostumbrado a ellos, los oía con la mayor
-frescura y serenidad de ánimo. Acaso me hubiera yo también hecho con el
-tiempo a oírlos con igual serenidad si el Cielo, quizá por librar de
-este azote más a los enfermos de Valladolid, no hubiera suscitado un
-accidente que desterró en mí la inclinación a la Medicina, que ejercía
-con tan infeliz éxito, y el cual describiré fielmente, aunque el lector
-se ría a mi costa.
-
-Había cerca de mi casa un juego de pelota, adonde concurría diariamente
-toda la gente ociosa del pueblo, entre ella uno de aquellos valentones
-y perdonavidas de profesión que se erigen en maestros y deciden
-definitivamente todas las dudas que ocurren en semejantes parajes. Era
-vizcaíno y hacía que le llamasen don Rodrigo de Mondragón. Parecía
-como de treinta años, hombre de estatura ordinaria, seco y nervudo.
-Sus ojos eran pequeños y centelleantes, que parecía daban vueltas en
-las órbitas y que amenazaban a todos los que le miraban; una nariz muy
-chata le caía sobre unos bigotes retorcidos, que en forma de media
-luna le subían hasta las sienes. Su voz era tan áspera y desabrida
-que bastaba oírla para cobrar terror. Este guapo se levantó con el
-mando del juego de pelota. Resolvía soberana y decisivamente todas las
-disputas que ocurrían entre los jugadores. No admitía más apelación
-de sus sentencias que la espada o la pistola; el que no se conformaba
-con ellas, tenía seguro al día siguiente un desafío. Este señor don
-Rodrigo, tal cual le acabo de pintar, y sin que el don que siempre
-iba delante de su nombre le quitase el ser plebeyo, hizo una tierna
-impresión en el corazón de la dueña del juego. Tenía ésta cuarenta
-años; era rica, bastante bien parecida, y había quince meses que estaba
-viuda. No sé qué diablos la pudo enamorar de aquel hombre. Seguramente
-que no se enamoró de él por su hermosura. Sería sin duda por aquel _no
-sé qué_ de que todos hablan y ninguno sabe explicar. Como quiera que
-sea, el hecho es que ella se enamoró de aquella rara figura y determinó
-darle su mano. Cuando estaba ya para concluirse el tratado, cayó
-gravemente enferma y, por su desgracia, me tocó a mí el ser su médico.
-Aunque su enfermedad no hubiera sido de suyo tan maligna, bastarían
-mis remedios para hacerla peligrosa. Al cabo de cuatro días llené de
-luto el juego de pelota, porque envié a la dueña del juego a donde
-enviaba a mis enfermos, y sus parientes se apoderaron de cuanto dejó.
-Don Rodrigo, desesperado de haber perdido su novia, o, por mejor decir,
-la esperanza de un matrimonio tan ventajoso, no satisfecho con vomitar
-fuego y llamas contra mí, juró que me atravesaría de parte a parte con
-la espada la primera vez que me viese. Dióme noticia de este juramento
-un vecino mío caritativo y me aconsejó no saliese de casa para no
-encontrarme con aquel diablo de hombre. Este aviso, que me pareció
-no era de despreciar, me llenó de miedo y turbación. Continuamente
-me imaginaba que veía entrar en casa al furioso vizcaíno, y este
-pensamiento no me dejaba sosegar. Obligóme, en fin, a dejar la Medicina
-y a buscar modo de librarme de semejante sobresalto. Volví a coger mi
-vestido bordado, despedíme de mi amo, que por más que hizo no me pudo
-contener, y al amanecer del día siguiente salí de la ciudad, temiendo
-siempre encontrar a don Rodrigo de Mondragón en el camino.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VI
-
-A dónde se encaminó Gil Blas después que salió de Valladolid y qué
-especie de hombre se incorporó con él.
-
-
-Caminaba muy aprisa, y de cuando en cuando volvía a mirar atrás por
-ver si me seguía el formidable vizcaíno. Teníale tan presente en la
-imaginación, que cada bulto y cada árbol me parecían que era él, y
-continuamente me estaba dando saltos el corazón; pero después que
-anduve una buena legua me sosegué y proseguí mi viaje con mayor
-quietud, dirigiéndome a Madrid, adonde había hecho ánimo de ir. No
-sentí dejar a Valladolid, y sólo, sí, el haberme separado de Fabricio,
-mi amado Pílades, sin haber podido despedirme de él. No me pesaba
-el haber abandonado la Medicina; antes bien, pedía perdón a Dios de
-haberla ejercido. Con todo, no dejé de contar el dinero que llevaba,
-aunque era el salario de mis homicidios y de mis asesinatos, semejante
-a las mujeres públicas, que después de arrepentidas de su mala vida
-no por eso dejan de contar con gusto el dinero que les ha valido.
-Halléme con unos cinco ducados, lo que me pareció bastante para llegar
-a Madrid, donde creía hacer fortuna. Además, tenía gran gana de ver
-aquella corte, que me habían pintado como el compendio de todas las
-maravillas del mundo.
-
-Mientras iba pensando en lo que había oído decir de ella y recreándome
-anticipadamente en las diversiones y gustos que me imaginaba había
-de gozar, oí la voz de un hombre que venía cantando tras de mí a
-gaznate tendido. Traía a cuestas una maleta, en la mano una guitarra
-y al lado una larguísima espada. Caminaba con tanto brío que muy
-presto me alcanzó. Era uno de aquellos dos aprendices de barbero que
-habían estado presos conmigo por la aventura de la sortija. Desde
-luego nos conocimos los dos, y aunque uno y otro estábamos en tan
-diferente traje, quedamos igualmente admirados de vernos juntos en
-aquel sitio. Contéle brevemente la causa de haber dejado a Valladolid
-y él me correspondió diciéndome que había tenido una pelotera con su
-maestro, de cuya resulta uno y otro se habían despedido para siempre.
-«Si hubiera querido mantenerme aún en Valladolid—añadió—, habría
-encontrado diez tiendas por una, porque, sin vanidad, me atreveré a
-decir que acaso no se encontrará en toda España quien sepa rasurar
-mejor a pelo y contrapelo ni levantar mejor unos bigotes; pero no pude
-resistir a la vehemente gana de volver a ver mi patria, de la que ha
-diez años que falto. Quiero respirar algún tiempo el aire nativo y
-saber cómo están mis parientes. Pasado mañana espero verme entre ellos,
-porque residen en Olmedo, villa muy conocida, más allá de Segovia.»
-
-Me determiné a ir en compañía del barbero hasta su lugar y desde allí
-pasar a Segovia, con esperanza de encontrar alguna mayor comodidad
-para llegar a Madrid. Comenzamos a hablar de cosas indiferentes para
-divertir la molestia del camino. Era el mozuelo de buen humor y de muy
-grata conversación. Al cabo de una hora me preguntó si tenía apetito.
-«En llegando al mesón lo veremos», le respondí. «¿Pero no se puede
-tomar antes alguna parva?—me replicó—. Yo traigo en la alforja algo
-que almorzar; cuando camino, siempre tengo cuidado de llevar para la
-bucólica, y no gusto de cargar con vestidos, ropa blanca ni otros
-trapos inútiles, metiendo sólo en la alforja municiones de boca, mis
-navajas y un poco de jabón, y colgando la bacía del cinto.» Alabé su
-previsión y convine en que tomásemos el refrigerio que me proponía.
-Desviámonos un poco del camino para sentarnos en un prado, donde sacó
-su provisión el barberillo, que todo consistía en media docena de
-cebollas, algunos mendrugos de pan y unos bocados de queso; pero lo que
-presentó como lo mejor y más precioso de la alforja fué una bota llena
-de vino, que aseguró ser muy exquisito y sabroso. Aunque los manjares
-no eran los más delicados, como a los dos nos apretaba el hambre,
-nos supieron muy bien y no los desairamos. Vaciamos también toda la
-bota, que hacía dos azumbres, de un vino que a mi parecer no merecía
-que el barberillo lo hubiese alabado tanto. Concluída nuestra frugal
-refacción, nos volvimos a poner en camino y a continuar nuestro viaje
-con más vigor y con mayor alegría. El barberillo, a quien Fabricio
-había dicho que mi vida estaba llena de aventuras muy singulares, me
-suplicó se las contase, para poder decir que las había oído de mi
-propia boca. Pareciéndome que nada podía negar a un hombre que acababa
-de regalarme con tan espléndido almuerzo, le di el gusto que deseaba,
-y, en correspondencia, le dije era menester me refiriese también él su
-vida. «Por lo que toca a mi historia—contestó—, no merece, cierto,
-ser contada, porque toda ella se reduce a hechos sencillos; pero, sin
-embargo—añadió—, ya que no tenemos cosa mejor en qué entretenernos,
-se la referiré a usted tal cual ella ha sido.» Y diciendo y haciendo,
-comenzó a contarla, poco más o menos en los términos siguientes.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VII
-
-Historia del mancebillo barbero.
-
-
-«Fernando Pérez de la Fuente, mi abuelo—porque me gusta tomar las
-cosas muy de atrás—, después de haber seguido el oficio de barbero en
-la noble villa de Olmedo por espacio de cincuenta años, murió dejando
-cuatro hijos. El primogénito, por nombre Nicolás, heredó la tienda y
-siguió la misma profesión. Beltrán, que fué el segundo, se le metió
-en la cabeza el ser mercader y trató en mercería. El tercero, llamado
-Tomás, se dedicó a maestro de escuela. El cuarto, que se llamaba Pedro,
-sintiéndose inclinado a estudiar, vendió su legítima y se fué a Madrid,
-donde esperaba darse con el tiempo a conocer por su erudición y su
-ingenio. Los otros tres hermanos nunca se separaron, manteniéndose
-en Olmedo, y allí se casaron todos tres con hijas de labradores, que
-trajeron en matrimonio poca dote, pero en recompensa de ella una gran
-fecundidad, pues parece habían apostado a cuál había de parir más. Mi
-madre, que era la mujer del barbero, parió seis en los cinco primeros
-años de casada, siendo yo uno de ellos. Mi padre, luego que tuve
-fuerzas, me puso a su oficio, y apenas cumplí quince años cuando un día
-me echó a cuestas la alforja que veis, y ciñéndome esta misma espada,
-«¡Ea, Diego—me dijo—, ya puedes ganar la vida! ¡Vete a correr mundo!
-Estás algo basto y te conviene viajar para limarte, como también
-para perfeccionarte en tu oficio. Vete, pues, y no vuelvas a Olmedo
-hasta haber andado toda España; no quiero oír hablar de ti hasta que
-hayas hecho todo esto.» Dióme un paternal abrazo, cogióme de la mano y
-bonitamente me condujo hasta ponerme de patitas en la calle.
-
-»Esta fué la tierna despedida de mi padre; pero mi madre, que era de
-genio menos áspero, se mostró más sentida de mi marcha. Echó algunas
-lágrimas y aun me metió a escondidas en la mano un ducado. Salí, pues,
-de Olmedo en esta conformidad, y tomé el camino de Segovia. No bien
-había andado doscientos pasos, cuando examiné la alforja, picándome la
-curiosidad de saber lo que llevaba. Encontréme un estuche hendido y
-abierto por todas partes, dentro del cual había dos navajas de afeitar,
-tan mohosas, gastadas y mugrientas que parecían haber servido a diez
-generaciones, con una tira de cuero para suavizarlas y un pedazo de
-jabón. Además de eso hallé una camisa nueva de cáñamo, un par de
-zapatos viejos de mi padre, y lo que sobre todo me alegró fueron unos
-veinte reales que encontré envueltos en un trapo. A esto se reducía
-todo mi haber. Por aquí podrá usted conocer lo mucho que fiaba mi
-padre en mi habilidad, cuando me echó de su casa con tan poco ajuar.
-Sin embargo, la posesión de un ducado y veinte reales más no dejó de
-deslumbrar a un muchacho que en toda su vida había visto tanto dinero
-junto. Consideréme con un caudal inagotable, y lleno de alegría
-proseguí mi camino, mirando de cuando en cuando el puño de mi tizona,
-cuya hoja se me enredaba entre las piernas, me molestaba e impedía
-caminar.
-
-»Hacia el anochecer llegué al reducido lugar de Ataquines, con un
-hambre que ya no podía sufrir. Entré en el mesón y, como si me sobrase
-mucho para el gasto, mandé en voz alta que me trajesen de cenar. El
-mesonero me estuvo mirando con atención algún tiempo, y conociendo lo
-que podía ser yo, «Sí—me dijo con mucha dulzura—, sí, caballerito
-mío; usted será servido como un príncipe.» Condújome a una pieza
-pequeña, y un cuarto de hora después me sirvió un encebollado de
-gato, que comí con tanto apetito como si fuera de liebre o de conejo.
-Acompañó este exquisito guisado con un vino que, según él decía, el rey
-no le bebía mejor. Y aunque conocí muy bien que ya era un vino embrión
-de vinagre, sin embargo, le hice tanto honor como había hecho al gato.
-Después era menester, para ser tratado en todo como un príncipe, que
-me dispusiese una cama más propia para despertar a una piedra que para
-dormir. Figúrese usted una tarima tan corta que, aun siendo yo pequeño,
-no podía extender las piernas sin que saliesen fuera la mitad. Fuera
-de eso, el colchón de pluma se reducía a una especie de jergón hético
-y estrujado, cubierto de una sábana doblada que, después de su última
-lavadura, habría servido quizá a cien pasajeros. Con todo eso, en la
-cama que fielmente acabo de pintar, con la barriga llena de gato y de
-aquel precioso vino que antes describí, gracias a mis pocos años y a mi
-natural robustez dormí profundamente y pasé la noche sin la más leve
-indigestión.
-
-»Al día siguiente, luego que hube almorzado y pagado bien la comida
-que me habían servido, me planté de una tirada en Segovia. Así que
-llegué tuve la fortuna de que me recibiesen en una tienda, dándome sólo
-de comer y vestir; pero no paré allí más que seis meses, porque otro
-mancebo barbero con quien había trabado amistad y quería ir a Madrid
-me levantó de cascos, y me marché con él a esta villa. Acomodéme luego
-fácilmente, sobre el mismo pie que en Segovia, en una tienda de las
-más concurridas, pues su vecindad al corral del Príncipe atraía a ella
-tanta multitud de parroquianos que el maestro, dos mancebos y yo no
-bastábamos a dar abasto a todos. Allí iban personas de todas clases,
-y entre ellas comediantes y autores. Una vez se juntaron dos sujetos
-de esta clase; pusiéronse a hablar de los poetas y las poesías del
-tiempo, y les oí pronunciar el nombre de mi tío. Entonces me apliqué
-a oírlos con mayor atención. «Don Juan de Zabaleta—dijo uno—es un
-autor de quien me parece que el público no debe estar muy satisfecho.
-Es un hombre frío, sin fuego y sin inventiva. La última comedia suya le
-desacreditó excesivamente.» «Y Luis Vélez de Guevara—dijo el otro—,
-¿no acaba de regalarnos con una bellísima obra? ¿Puede haber cosa más
-miserable?» Nombraron no sé a cuántos otros poetas cuyos nombres no
-tengo presentes; pero me acuerdo bien de que hablaron de ellos muy
-mal. De mi tío hicieron ambos más honorífica mención. «Sí—dijo uno de
-ellos—, don Pedro de la Fuente es un gran autor; sus escritos están
-llenos de una gracia y de una erudición que al mismo tiempo instruyen
-y deleitan por su delicada sal. No me admiro de que sea estimado de
-la corte y del pueblo ni de que muchos señores le hayan señalado
-pensiones. Ha muchos años que goza una gruesa renta, y el duque de
-Medinaceli le da casa y mesa, por lo que nada gasta, y así, es preciso
-que esté muy bien y tenga dinero.»
-
-»No perdí palabra de todo lo que dijeron de mi tío aquellos poetas. Ya
-sabíamos en la familia que hacía mucho ruido en Madrid con motivo de
-sus obras. Algunas personas, al pasar por Olmedo, nos habían informado
-de lo bien admitido que estaba; pero como nunca nos había escrito y
-parecía haberse extrañado mucho de nosotros, oíamos todas aquellas
-noticias con la mayor indiferencia. No obstante, como la buena sangre
-no puede mentir, luego que oí decir que lo pasaba tan bien y me informé
-de las señas de su casa, tuve tentación de ir a verle y darme a conocer
-con él. Sólo me detenía el haber oído a los cómicos llamarle don
-Pedro. Aquel _don_ me hacía titubear, recelando fuese otro del mismo
-nombre y apellido de mi tío. Con todo eso, vencí al cabo este temor,
-pareciéndome que así como había sabido hacerse sabio podía también
-haber sabido hacerse noble y caballero; y así, resolví presentarme a
-él. Para esto, al día siguiente, con licencia de mi maestro, me vestí
-lo más decentemente que pude y salí a la calle, no poco vanaglorioso y
-cuellierguido de verme sobrino de un hombre cuyo ingenio metía en la
-corte tanta bulla. Sabido es que los barberos no son la gente del mundo
-menos sujeta a la vanidad. Comencé, pues, a tenerme en gran opinión,
-y caminando con orgullosa gravedad, pregunté por la casa del duque de
-Medinaceli. Enseñáronmela, y entrando en ella, supliqué al portero me
-dijese cuál era el cuarto del señor don Pedro de la Fuente. «Suba usted
-por aquella escalerilla—me dijo, mostrándome una que estaba al fin de
-un patio—y llame a la primera puerta que encuentre a mano derecha.»
-Hícelo así; llamé a la puerta, y salió a abrir un mocito, a quien
-pregunté si vivía allí el señor don Pedro de la Fuente. «Sí, señor—me
-respondió—, pero ahora no se le puede entrar recado.» «Lo siento
-mucho—repliqué—, pues verdaderamente le quisiera hablar, porque
-le traigo noticias de su familia.» «Aunque se las trajera del Padre
-Santo de Roma no le haría yo a usted entrar en este momento, pues está
-actualmente componiendo, y mientras trabaja no quiere que ninguno entre
-a interrumpirle y distraerle. De nadie se deja ver hasta mediodía; y
-así, puede usted ir a dar una vuelta y volver entonces.»
-
-»Salíme, pues, y me fuí a pasear por Madrid toda la mañana, pensando
-siempre en el modo con que mi tío me recibiría. «Sin duda—decía yo
-para mí—que tendrá grandísimo gusto de verme y conocerme», porque
-medía su corazón por el mío; así, contaba con que sería muy tierno el
-acto de vernos y reconocernos. Al fin volví con toda diligencia a la
-hora señalada. «Viene usted muy a tiempo—me dijo el paje—; presto
-saldrá mi amo. Espere usted aquí, que voy a avisarle.» Volvió dentro
-de un instante y me hizo entrar donde estaba mi tío, cuya vista me
-llenó de gozo, porque luego observé en su cara el aire de nuestra
-familia. Era tan parecido a mi tío Tomás, que le hubiera tenido por él
-mismo a no haberle visto en aquel traje y en aquel estado. Saludéle
-con profundo respeto y le dije que era hijo de maese Nicolás de la
-Fuente, el barbero de Olmedo y hermano de su señoría y que hacía tres
-semanas que estaba en Madrid, siguiendo el mismo oficio de mi padre, en
-calidad de mancebo, con ánimo de andar la España para perfeccionarme
-en la Facultad. Mientras le estaba hablando, advertí que mi tío estaba
-distraído y pensativo, dudando, a la cuenta, si me conocería o no por
-sobrino o discurriendo algún arbitrio para eximirse de mí con arte
-y con destreza. Tomó este segundo partido, y afectando cierto aire
-jovial y risueño, me dijo: «Y bien, amigo, ¿cómo están de salud tu
-padre y tus tíos? ¿En qué estado se hallan las cosas de la familia?»
-Comencé a informarle de su fecunda propagación; fuíle nombrando uno por
-uno todos los hijos, varones y hembras, comprendiendo en la relación
-hasta los nombres de sus padrinos y madrinas. Parecióme que no se
-interesaba demasiado en tan menuda explicación, y queriendo conseguir
-su intención, «Ahora bien, querido Diego—me dijo—: apruebo mucho el
-que pienses correr mundo para perfeccionarte en tu oficio y te aconsejo
-no te detengas mucho tiempo en Madrid. Este es un lugar muy pernicioso
-para la juventud y tú te perderías en él. Mucho mejor harás en recorrer
-otras ciudades del reino donde no están tan estragadas las costumbres.
-Vete, pues, y cuando vayas a marchar vuelve a verme, que te daré un
-doblón para ayuda del viaje.» Diciendo esto, me fué llevando poco a
-poco hacia la puerta de la sala y me despidió con buenas palabras.
-
-»No conocí, por mi poca malicia, que sólo buscaba pretextos para
-alejarme de sí. Volví a la tienda y di cuenta a mi amo de la visita
-que acababa de hacer. El buen hombre, que no penetró más que yo la
-verdadera intención del señor don Pedro, me dijo: «Yo no soy del
-parecer de tu tío. En lugar de exhortarte a correr mundo, me parece
-debía aconsejarte que permanecieses en Madrid. El trata con tantas
-personas de distinción que fácilmente puede colocarte en una casa
-grande, donde en breve tiempo podrías hacer gran fortuna.» Pagado de
-estas palabras, que excitaron en mi imaginación grandiosas esperanzas,
-dentro de dos días volví a casa de mi señor tío y le propuse que
-podía emplear su valimiento para acomodarme con algún personaje de
-la corte. Disgustóle mucho la proposición. A un hombre vano, que
-entraba francamente en casa de los grandes y se sentaba con ellos
-a la mesa, no le agradaba mucho que un sobrino suyo comiese con los
-criados mientras él estuviese comiendo con los amos, pues en tal caso
-el Dieguillo llenaría de vergüenza al señor don Pedro. Este, pues, se
-irritó furiosamente, y, lleno de cólera, me dijo: «¡Cómo, bribonzuelo!
-¿Quieres abandonar tu oficio? ¡Anda, vete, que yo te dejo en manos
-de los que te dan malos consejos! ¡Sal de mi cuarto, repito, y no
-vuelvas a poner los pies en él si no quieres que te haga castigar como
-mereces!» Quedé aturdido al oír estas palabras, y mucho más me espantó
-la bronca y destemplada voz con que las pronunció. Retiréme llorando
-y muy apesadumbrado de la aspereza con que me había tratado mi tío.
-Con todo eso, como siempre he sido de natural vivo y altivo, presto
-se me enjugó el llanto; pasé, por la contraria, del sentimiento a la
-indignación, y resolví no hacer caso de un mal pariente sin el cual
-había vivido hasta allí y esperaba vivir sin necesitarle para nada.
-
-»No pensé entonces mas que en cultivar mi talento y en aplicarme al
-trabajo. Afeitaba todo el día, y por la noche, para recrear un poco el
-ánimo, aprendía a tocar la guitarra, siendo mi maestro un hombre de
-edad a quien yo afeitaba. Llamábase Marcos de Obregón, y me enseñaba
-la música, que sabía perfectamente, porque había sido cantor en una
-iglesia. Era hombre cuerdo, de tanta capacidad como experiencia, y
-me quería como si fuera hijo suyo. Servía de escudero a la mujer de
-un médico que vivía a treinta pasos de nuestra casa. Ibale yo a ver
-todos los días al anochecer, cuando no había que hacer en la tienda, y
-sentados los dos en el umbral de la puerta tocábamos algunas sonatas
-que no desagradaban a la vecindad. Nuestras voces no eran muy gratas;
-pero dando a la guitarra y cantando cada uno metódicamente la parte
-que le tocaba, gustábamos a las gentes que nos oían. Divertíase
-particularmente con nuestra música doña Marcelina, que así se llamaba
-la mujer del médico. Bajaba algunas veces a oírnos al portal y nos
-hacía repetir las tonadillas que más le agradaban. Su marido no le
-impedía esta diversión, pues, aunque español y viejo, no era celoso.
-Por otra parte, su profesión le tenía empleado todo el día, y cuando se
-retiraba a casa por la noche iba tan cansado de visitar enfermos que
-se acostaba muy temprano, y ninguna aprensión le causaba el gusto que
-su mujer tenía de oír nuestras músicas, quizá por juzgar que no eran
-capaces de excitar en ella perniciosas impresiones. A esto se añadía
-que, aunque su mujer era a la verdad joven y linda, no le daba motivo
-alguno para el más mínimo recelo, siendo de una virtud tan adusta que
-no podía sufrir que los hombres ni aun siquiera la mirasen; y así, no
-llevaba a mal que tuviese aquel honesto e inocente pasatiempo, y nos
-dejaba cantar todo cuanto queríamos.
-
-»Una noche que fuí a la puerta del médico para divertirme, como
-acostumbraba, encontré al viejo escudero, que me estaba esperando.
-Tomóme por la mano y me dijo que quería nos fuésemos los dos a pasear
-un poco antes de principiar la música. Así que nos vimos en una calle
-excusada y solitaria, a donde me fué llevando y donde conoció que
-me podía hablar con libertad, «Querido Diego—me dijo con semblante
-triste—, tengo que comunicarte reservadamente una cosa. Temo mucho,
-hijo mío, que uno y otro nos hemos de arrepentir de esta música que
-damos a la puerta de mi amo. No puedes dudar lo mucho que te quiero
-y he tenido gran gusto en enseñarte a tocar la guitarra y a cantar,
-pero si hubiera previsto la desgracia que nos amenaza, te aseguro
-de veras que hubiera escogido otro sitio para darte las lecciones.»
-Sobresaltóme esta relación y supliqué al escudero que se explicase más
-claro, diciéndome francamente qué era lo que podíamos temer, porque
-yo no era hombre que quisiese hacer frente al peligro y que todavía
-no había dado la vuelta por España. «Voy—me respondió—a decirte lo
-que debes saber para conocer el riesgo en que nos hallamos. Cuando
-un año ha entré a servir al médico, me llevó una mañana al cuarto de
-su mujer, y presentándome a ella, me dijo: «Marcos, esta señora es
-tu ama y siempre la has de acompañar a cualquier parte que vaya.»
-Quedé admirado al ver a doña Marcelina. Encontréme con una dama joven
-y en extremo hermosa, gustándome sobre todo lo airoso de su talle y
-lo apacible de su semblante. «Señor amo—respondí al amo—, me tengo
-por muy dichoso en servir a una señora tan amable.» Desagradó tanto
-a doña Marcelina mi respuesta, que, con semblante airado, me dijo:
-«¡Oiga el impertinente, el atrevido! ¿Quién le ha enseñado a tomarse
-esas libertades? ¡Sepa desde luego que no gusto de lisonjas ni aguanto
-requiebros!» Sorprendiéronme extrañamente unas palabras tan ásperas,
-pronunciadas por aquella boca tan agraciada y tan ajenas de lo que
-prometía su apacible rostro. No acertaba yo a conciliar aquel modo de
-hablar, grosero y desabrido, con todo lo demás que observaba en una
-mujer de presencia tan grata. El marido, acostumbrado ya a ello, lejos
-de enfadarse, se tenía por muy afortunado en que le hubiese tocado
-una mujer de aquel extraño carácter; tanto, que me dijo: «Marcos, mi
-mujer es un prodigio de virtud»; y viendo que se ponía el manto para
-ir a misa, me mandó que la fuese acompañando a la iglesia. Apenas
-salimos a la calle cuando encontramos dos mozalbetes que, admirados
-del aire y garbo de doña Marcelina, le dijeron al paso algunas cosas
-muy lisonjeras; pero ella les respondió con tal despego y les dijo
-tantas necedades que los pobres quedaron corridos y suspensos, sin
-poder comprender cómo podía haber en el mundo una mujer que llevase a
-mal el ser alabada y aplaudida. «Señora—le dije—, haga usted que no
-oye y pase sin contestar a lo que le dicen; menos malo es callar que
-responder con desabrimiento.» «Eso no—replicó ella—: quiero enseñar a
-esos insolentes que yo no soy mujer que sufro me pierdan el respeto.»
-En fin, profirió tantos desatinos que no pude menos de decirle mi
-sentir, aunque fuese a peligro de disgustarla. Le hice presente
-del mejor modo que me fué posible que hacía injuria a la naturaleza
-echando a perder con su carácter adusto mil bellas prendas de que la
-había dotado; que una mujer de genio afable y de modales atentos podía
-hacerse amar sin el auxilio de la hermosura, cuando, por el contrario,
-la más hermosa, si no es afable y agasajadora, se hace un objeto de
-desprecio. A estas razones añadí otras dirigidas a la corrección de sus
-ásperos modales. Después de haberla aconsejado a mi satisfacción, temí
-me costase caro mi celo y fidelidad, excitando su cólera y produciendo
-algún efecto que me fuese de poco gusto. Mas no sucedió así: no se
-enfadó de mis insinuaciones, contentándose con no seguirlas; y el
-mismo efecto produjeron las que tuve la tontería de hacerle los días
-siguientes.
-
-»Canséme de advertirle en vano sus defectos y abandonéla a la aspereza
-de su genio. Pero ¡quién lo creyera! Este natural tan agreste, esta
-mujer tan orgullosa, de dos meses a esta parte ha mudado enteramente
-de condición. Hoy es atenta con todos y a todos trata con modales muy
-cariñosos. Ya no es aquella Marcelina que no respondía sino necedades
-a los hombres que la elogiaban; ya oye con agrado sus lisonjas. Gusta
-que le digan que es hermosa y que ningún hombre la puede mirar sin
-cobrarle afición. Son muy de su gusto los requiebros, y, en suma, ya
-es otra muy diferente mujer. Esta mudanza apenas es comprensible;
-pero lo que más te ha de admirar es el saber que tú mismo has obrado
-este gran milagro. Sí, mi querido Diego, tú has sido el autor de una
-transformación tan extraña; tú quien has convertido aquel tigre feroz
-en una mansísima cordera. En una palabra, tú has merecido su atención,
-como lo he observado más de una vez; y o yo conozco mal a las mujeres
-o mi ama se abrasa por ti en un vehementísimo amor. Esta es, hijo
-mío, la triste noticia que tenía que darte, y ésta es la desgraciada
-situación en que los dos nos hallamos.» «Yo no veo—respondí al
-viejo—gran motivo de afligirnos en todo lo que usted me ha dicho, ni
-mucho menos que sea desgracia mía el que me ame una mujer hermosa.»
-«¡Ah Diego!—me replicó—. ¡Bien se conoce que discurres como mozo!
-Sólo miras al cebo y no temes al anzuelo. Te paras sólo en el placer;
-pero yo, como viejo y experimentado, preveo los disgustos que causa
-después, porque no hay cosa que tarde o temprano no se descubra. Si
-prosigues en venir a cantar a nuestra puerta, con tu vista se encenderá
-cada día más la pasión de doña Marcelina, y olvidada tal vez de todo
-recato, llegará a conocerlo el doctor Oloroso, su marido, el cual se
-ha mostrado tan condescendiente hasta aquí porque no tiene el más
-leve motivo para tener celos; pero después se pondrá furioso, se
-vengará de su mujer y podrá hacernos a ti y a mí un flaco servicio.»
-«Pues bien, señor Marcos—le repliqué—, cedo a vuestras razones y me
-entrego a vuestros consejos. Dígame usted qué debo hacer y cómo me he
-de portar para evitar todo siniestro accidente.» «Dejando los dos
-nuestras músicas—me respondió—y no volviendo tú a parecer delante de
-mi señora. Una vez que no te vea, poco a poco se le irá entibiando la
-pasión y recobrará su tranquilidad. Espérame en casa del maestro, que
-yo te iré a buscar, y allá tocaremos y cantaremos sin inconveniente.»
-Ofrecílo así, y, con efecto, hice propósito de no ir más a la puerta
-del médico y estarme encerrado en mi tienda, pues que yo era un mozo
-que no podía ser visto sin peligro.
-
-»Sin embargo, el buen Marcos, a pesar de su prudencia, experimentó
-dentro de pocos días que el medio discurrido y aconsejado por él no
-sirvió para templar el fuego de doña Marcelina; antes bien, produjo
-un efecto enteramente contrario. Esta señora, a la segunda noche que
-no nos oyó cantar, le preguntó por qué razón habíamos suspendido
-nuestra música y cuál era la causa de que yo me hubiese retirado.
-Respondióle que tenía tantas ocupaciones que no me dejaban un instante
-para divertirme. Mostróse satisfecha de esta excusa, y por tres días
-sufrió mi ausencia con bastante firmeza; mas al cabo de este tiempo
-perdió la paciencia y le dijo a su escudero: «Marcos, tú me engañas.
-Diego no ha dejado de venir aquí sin motivo, y esto encierra algún
-misterio que quiero descubrir. Habla y no me ocultes nada, que así te
-lo mando.» «Señora—respondió él, pagándole con otra mentira—, ya
-que usted quiere saber las cosas como son, sepa que al pobre Diego
-le ha sucedido muchas veces volverse a su casa después de nuestras
-músicas y encontrarse sin cena, y ya no se atreve a exponerse a ir
-a la cama sin cenar.» «¿Cómo sin cenar?—exclamó ella lastimada—.
-¿Por qué no me lo has dicho antes? ¡Pobre mozo! ¡Anda al instante y
-tráemelo contigo, asegurándole que nunca volverá a su casa sin cenar,
-porque yo daré orden que se le guarde aquí siempre algún plato. «¡Qué
-es lo que oigo!—exclamó el escudero, admirado de oírla hablar de
-aquella suerte—. ¡Qué mudanza, cielos! ¿Sois vos, señora, la que me
-habláis en esos términos? ¿Pues de cuándo acá os habéis hecho tan
-compasiva y sensible?» «Desde que tú viniste a esta casa—me respondió
-prontamente—; o, por mejor decir, desde que reprendiste mis modales
-desdeñosos y te empeñaste en suavizar la aspereza de mis costumbres.
-Mas, ¡ay de mí—prosiguió ella enternecida—, que he pasado de un
-extremo a otro! De altiva e insensible que era, me he vuelto sobrado
-mansa y cariñosa. Amo a tu amigo Diego sin poderlo remediar, y su
-ausencia, muy lejos de templar mi amor, le inflama más y más.» «¿Es
-posible, señora—replicó el viejo—, que un mozo que nada tiene de
-hermoso ni gallardo haya excitado en vos una pasión tan vehemente?
-Yo disculparía vuestra inclinación si os la hubiera inspirado algún
-caballero de gran mérito...» «¡Ah Marcos!—interrumpió Marcelina—.
-¡O yo no me parezco en nada a las otras mujeres, o tú, no obstante tu
-larga experiencia, todavía no las conoces bien si te persuades que el
-mérito es quien las mueve para elegir a un sujeto! Si he de juzgarlo
-por mí misma, nunca reflexionan para enamorarse. El amor es un desorden
-de la razón que a pesar nuestro nos arrastra tras de un objeto y nos
-sujeta a él. Es una enfermedad que nace en nosotras y nos atormenta
-como la rabia a los animales. No te canses, pues, en persuadirme de
-que Diego no es digno de mi cariño; basta que le ame, para figurarme
-en él mil prendas que no descubres tú y que quizá tampoco él tendrá.
-En vano te empeñas en hacerme creer que ni sus facciones ni su figura
-tienen cosa que pueda llamarme la atención; a mí me parece hechicero
-y más hermoso que el sol; fuera de que tiene en su voz una suavidad
-que me encanta y se me figura que toca la guitarra con una gracia y
-primor particular.» «¡Pero, señora!—replicó Marcos—. ¿Habéis pensado
-bien lo que es el tal Diego, su baja y humilde condición?...» «Yo no
-soy mejor que él—me interrumpió—; pero aun cuando fuera una mujer de
-distinción, nunca repararía en eso.»
-
-»El resultado de esta conferencia fué que, desesperanzado el viejo
-escudero de adelantar cosa alguna con su ama en este punto, la dejó
-en su capricho y se retiró, como un diestro piloto cede a la tormenta
-que le desvía del puerto a donde se ha propuesto desembarcar. Aun
-hizo más: por dar gusto a su ama, me vino a buscar, me llamó aparte,
-y después de haberme contado todo lo sucedido entre ella y él, «Bien
-ves, Diego—me dijo—, que no podemos excusarnos de continuar nuestras
-músicas a la puerta de Marcelina. Es indispensable, amigo mío, que
-esta señora te vuelva a ver, porque de otra manera nos exponemos a que
-haga alguna locura que perjudique más que nada a su reputación.» No me
-hice de rogar, y respondíle que iría a su casa con mi guitarra así que
-anocheciese, y podía llevar a su ama esta agradable noticia. Hízolo así
-y dió a la apasionada amante la más alegre y gustosa nueva que podía
-desear, con la esperanza de verme y oírme aquella noche.
-
-»Pero faltó poco para que un lance pesado le hubiese frustrado esta
-esperanza. No pude salir de casa hasta después de muy anochecido, y,
-por mis pecados, era la noche muy obscura. Caminaba a tientas por
-la calle, y quizá llevaba andado ya la mitad del camino, cuando de
-una ventana me regalaron de pies a cabeza con cierto «¡Agua va!» que
-lisonjeaba poco el sentido del olfato. Viéndome en tal estado, no
-sabía qué partido tomar. Volverme a casa era exponerme a las pesadas
-zumbas de los otros mancebos compañeros míos; ir a la de Marcelina en
-aquel magnífico equipaje no me lo permitía la vergüenza. Resolvíme,
-no obstante, a ir a casa del médico, persuadido de que encontraría a
-Marcos a la puerta y que todo se remediaría antes de presentarme en
-aquel estado a Marcelina. Con efecto, fué así; encontréle esperándome
-a la puerta, y luego que me vió, me dijo que el doctor Oloroso acababa
-de recogerse y que aquella noche nos podíamos divertir a nuestro sabor.
-Respondíle que ante todas cosas era menester limpiarme el vestido,
-y le conté lo que me había pasado. Mostróse muy condolido de ello
-y me hizo entrar en donde me estaba esperando su ama. Apenas oyó
-esta señora mi sucia aventura y me vió en el triste estado en que me
-hallaba, prorrumpió en expresiones del mayor dolor, como si me hubieran
-sucedido las más funestas desgracias; y después, como si hablase con
-la puerca que me había puesto de aquella manera, se desfogó echándole
-mil maldiciones. «Señora—le dijo Marcos—, moderad esos impulsos;
-considerad que el lance fué puro efecto de casualidad y no conviene
-mostrar tan fuerte enojo.» «¿Cómo quieres—respondió ella—que no
-sienta vivamente la ofensa que se ha hecho a este inocente cordero, a
-esta paloma sin hiel, que ni aun se queja del ultraje que ha recibido?
-¡Ojalá fuera yo hombre en esta ocasión para vengarle!»
-
-»Otras mil cosas dijo, pruebas todas de su ciego amor, que igualmente
-acreditó con las acciones, porque mientras Marcos me estaba limpiando
-con la toalla, Marcelina fué corriendo a su cuarto; trajo una cajita
-llena de todo género de perfumes, quemó cantidad de ellos, sahumó
-todos mis vestidos y los roció con espíritus olorosos en abundancia.
-Concluído el sahumerio y aspersorio, la caritativa señora fué en
-persona a la cocina y me trajo pan, vino y algunos pedazos de carnero
-asado que tenía guardados para mí. Obligóme a comer, y teniendo gusto
-en servirme ella misma, ya me hacía plato y ya me echaba de beber,
-a pesar de cuanto Marcos y yo podíamos hacer y decir para que no se
-humillase a semejantes demostraciones. Acabada la cena, templamos
-prontamente los instrumentos y arreglamos las voces para dar principio
-a nuestro concierto. Marcelina quedó embelesada de oírnos; bien es
-verdad que escogimos de propósito ciertos cantares y letrillas amorosas
-que halagaban su amor; y debo confesar que mientras cantábamos yo
-lanzaba de cuando en cuando hacia ella unas ojeadas tiernas que pegaban
-fuego a las estopas, porque el juego me iba ya gustando. No me cansaba
-el concierto, aunque ya hacía mucho que duraba. Por lo que toca a la
-señora, las horas le parecían instantes, y de buena gana hubiera estado
-oyéndonos toda la noche si su escudero, a quien los instantes se le
-hacían horas, no le hubiera avisado que era ya tarde. Dióle el trabajo
-de decírselo más de diez veces; pero daba con un hombre infatigable en
-este punto, que no la dejó sosegar hasta que yo me ausenté. Como era
-cuerdo y prudente y veía a su ama tan locamente apasionada, temía nos
-sucediese algún desastre. El tiempo verificó lo fundado de su temor,
-porque el médico, ya fuese porque comenzó a entrar en sospecha y a
-dudar de algún enredo secreto, o ya porque el diablillo de los celos,
-que hasta entonces le había respetado, quiso inquietarle, comenzó
-a reprender nuestras músicas, y aun hizo más, prohibiéndonoslas en
-tono de amo que quería ser obedecido, y sin dar razón alguna de lo
-que mandaba, declaró que no aguantaría más se admitiese en su casa a
-ninguno de fuera. Notificóme Marcos esta resolución, que hablaba tan
-particularmente conmigo, y no puedo negar que por entonces me desazonó
-muchísimo, porque sentía perder las esperanzas que había concebido.
-Con todo eso, por no faltar a la obligación de fiel historiador, debo
-confesar que a corta reflexión me costó poco el conformarme y llevar
-en paciencia aquel revés de la fortuna. No así Marcelina, cuya afición
-cobró mayor fuerza. «Querido Marcos—dijo al escudero—, de ti solo
-espero algún consuelo: ruégote que hagas todo lo posible para que
-tenga el gusto de ver secretamente a Diego.» «¿Qué es lo que usted me
-pide, señora?—le respondió colérico—. ¡Demasiada contemplación he
-tenido con usted! ¡No, no quiera Dios que por fomentar una loca pasión
-contribuya yo a deshonrar a mi amo, a la pérdida de vuestra reputación
-y a mancharme a mí mismo con el borrón de tal infamia, después de
-haber pasado toda la vida por hombre muy de bien, por criado fiel y
-de una conducta irreprensible! ¡Antes dejaré la casa que servir en
-ella de un modo tan vergonzoso!» «¡Ah Marcos!—replicó la señora,
-asustada de estas últimas palabras—. ¡Me atraviesas de parte a parte
-el corazón cuando hablas de marcharte! Pues qué, ¿piensas, cruel,
-dejarme, después que me has reducido al lastimoso estado en que me veo?
-¡Restitúyeme primero aquel orgullo y aquella tranquila altivez que tú
-mismo me quitaste! ¡Oh, y quién tuviera ahora aquellos felicísimos
-defectos! Gozaría de gran paz mi corazón en lugar del tumulto que le
-agita gracias a tus imprudentes reconvenciones. ¡Tú, tú fuiste quien
-estragaste mis costumbres cuando quisiste enmendarlas! ¡Pero qué es lo
-que digo!—continuó ella, llorando—. ¡Desdichada de mí! ¿A qué fin
-darte en cara con tan injustas quejas? ¡No, amado padre, no fuiste
-tú el autor de mi infortunio! ¡Mi mala suerte fué la única que me
-preparó mi desgracia! ¡No hagas caso, te pido, de las necias palabras
-que profiero! Mi pasión me ha trastornado el juicio. ¡Compadécete de
-mi flaqueza! ¡Tú eres mi único consuelo, y si aprecias mi vida, no me
-niegues tu asistencia!»
-
-»Al decir estas palabras creció su llanto de manera que no pudo
-continuar. Sacó el pañuelo, cubrióse con él el rostro y se dejó caer
-en una silla, como una persona que se rinde al peso de su aflicción.
-El buen Marcos, que era de la mejor pasta de escuderos que jamás se ha
-visto, no pudo resistir a un espectáculo tan lastimoso, que le conmovió
-vivamente, y mezcló sus compasivas lágrimas con las de su afligida
-ama, diciéndole, lleno de ternura: «¡Ah señora, y qué atractivo es el
-vuestro! No tengo fuerzas para combatir vuestra pena, que acaba de
-rendir mi virtud, y prometo auxiliaros. ¡Ya no me admiro de que el
-amor haya tenido poder para haceros olvidar de vuestro deber, cuando
-la compasión sola lo ha tenido para no acordarme yo del mío!» De
-manera que el pobre escudero, a pesar de su irreprensible conducta,
-se sacrificó muy servicialmente a la pasión de Marcelina. A la mañana
-siguiente vino a contarme todo lo sucedido, y me dijo que tenía ya
-pensado el modo de proporcionarme una conversación secreta con su ama.
-Con esto animó mi esperanza; pero dos horas después llegó a mis oídos
-una noticia tan triste como no esperada. El mancebo de una botica que
-había en el barrio, y era uno de nuestros parroquianos, vino a hacerse
-la barba. Mientras me disponía a rasurarle, me dijo: «Señor Diego,
-¿cómo le va a usted con su amigo el viejo escudero Marcos de Obregón?
-Ya sabrá usted que está para marcharse de casa del doctor Oloroso.»
-«No, por cierto», le respondí. «Pues sépalo usted—me replicó—, y no
-dude que la cosa es cierta. Hoy sin falta le despedirán. Su amo y el
-mío acaban de tener ahora una conversación, a que me hallé presente, en
-la cual dijo el primero al segundo: «Señor boticario, tengo que hacer
-a usted una súplica. No estoy contento con un viejo escudero que tengo
-en casa, y en su lugar quisiera una dueña fiel, severa y vigilante
-que guardase a mi mujer.» «¡Ya entiendo!—respondió mi amo—. Usted
-necesitaría de la señora Melancia, que fué la que custodió a mi difunta
-esposa, que aunque ha seis semanas que enviudé todavía la mantengo en
-casa. A la verdad, me sería muy útil para gobernarla; pero se la cedo
-a usted gustoso, por lo mucho que me intereso en su honor. Bien puede
-descuidar con ella en punto a la seguridad de su honra, porque es la
-perla de las dueñas y un verdadero dragón para guardar la castidad
-del sexo frágil. En doce años que estuvo al lado de mi mujer, que
-como usted sabe era moza y linda, no vi en mi casa ni aun la sombra
-de un galán. ¡Sí por cierto! ¡Bonita era la dueña para sufrirlo!
-Sobre este punto no aguantaba chanzas. Aun diré más: mi mujer, a los
-principios, gustaba mucho de pasatiempos y galanteos; pero la señora
-Melancia supo fundirla tan de nuevo que la inclinó enteramente a la
-virtud. En fin, es un tesoro para vuestra seguridad.» Quedó el señor
-doctor muy satisfecho de unos informes tan a medida de su deseo, y
-ambos convinieron en que hoy mismo iría la dueña a ocupar el lugar del
-escudero.»
-
-»Esta noticia, que tuve por cierta, como en efecto lo era, desconcertó
-las ideas de todos los buenos ratos que yo esperaba lograr; y Marcos,
-que vino después de comer, acabó de desvanecérmelas confirmando todo
-lo que me había dicho el mancebo. «Amigo Diego—me dijo el buen
-escudero—, estoy contentísimo con que el doctor Oloroso me haya
-despedido, porque me ha librado de molestísimos disgustos y cuidados.
-Además de haberme echado a cuestas, muy contra mi inclinación, un
-villanísimo empleo, necesitaba andar continuamente ideando trazas y
-urdiendo enredos para que pudieses hablar secretamente a Marcelina.
-¡Qué embrollo! Gracias al Cielo, me veo ya fuera de estos cuidados
-y, sobre todo, de los peligros que los acompañan. Por lo que a ti
-toca, hijo mío, también debes alegrarte de haber perdido algunos
-ratos de un placer momentáneo, a trueque de haberte librado de tantas
-pesadumbres, sustos y riesgos.» Agradóme mucho la moral de Marcos,
-porque me pareció que ya nada podía esperar, y sin hacerme gran
-violencia determinó abandonar el campo. No era yo, lo confieso, de
-aquellos amantes porfiados que hacen vanidad de luchar contra todos
-los obstáculos; pero aun cuando lo fuera, la señora Melancia dejaría
-bien burlado mi empeño y tenacidad. El genio riguroso que atribuían a
-aquella mujer era capaz de desesperar a los amantes más pertinaces y
-atrevidos. Sin embargo de los colores con que me la habían pintado, no
-dejé de entender dos o tres días después que la señora médica había
-adormecido a aquel Argos y corrompido su fidelidad. Salía yo una mañana
-de casa a afeitar a un vecino nuestro, cuando una buena vieja se llegó
-a mí y me preguntó si era yo Diego de la Fuente. Respondíle que sí, y
-ella me replicó: «Pues a usted venía yo buscando. Vaya su merced esta
-noche a la puerta de doña Marcelina, haga alguna señal, y luego le será
-abierta.» «Muy bien—le repliqué yo—; pero es preciso que quedemos de
-acuerdo sobre qué señal ha de ser. Yo sé remedar maravillosamente el
-maullido del gato, y maullaré dos o tres veces.» «Basta eso—repuso
-la mensajera de amor—; voy a dar parte de su respuesta a la señora.
-Servidora de usted, señor Diego; el Cielo le conserve. ¡Qué galán sois!
-¡A fe que si yo fuera una niña de quince años no le buscaría para
-otra!» Diciendo esto, se desvió de mí aquella oficiosa vieja.
-
-»Agitóme terriblemente este mensaje, y toda la moral de Marcos se la
-llevó el aire. Esperé con impaciencia la noche, y cuando me pareció
-que ya estaría durmiendo el doctor Oloroso, me encaminé hacia su
-puerta. Allí di principio a mis maullidos, que debían oírse de lejos y
-hacían mucho honor al maestro que me había enseñado tan bello idioma.
-Un momento después bajó la misma Marcelina a abrir con mucho tiento
-la puerta, y volvió a cerrarla luego que yo hube entrado. Subimos a
-la sala en donde habíamos tenido nuestro último concierto, la cual
-estaba débilmente alumbrada por una luz que ardía sobre la chimenea.
-Nos sentamos juntos para dar principio a nuestra conversación,
-alterados ambos, aunque con la diferencia de que el placer sólo causaba
-la conmoción de Marcelina y la mía estaba mezclada con un poco de
-sobresalto. En vano me aseguraba mi dama que nada teníamos que temer
-por parte de su marido, pues se había apoderado de mí un temblor que
-turbaba mi alegría. Sin embargo, le pregunté: «Señora, ¿cómo habéis
-podido engañar la vigilancia de vuestra aya? Por lo que oí decir de
-Melancia, no creía que os fuese posible hallar medios de darme noticias
-vuestras y mucho menos de vernos a solas.» Sonriéndose entonces
-Marcelina de mi pregunta, me contestó: «Dejarás de sorprenderte de la
-secreta entrevista que tenemos esta noche juntos luego que te haya
-contado lo que pasó entre las dos. Cuando entró en esta casa, mi marido
-le hizo mil caricias y me dijo: «Marcelina, te entrego a la dirección
-de esta discreta señora, que es un compendio de todas las virtudes
-y un espejo en que debes mirarte de continuo para instruirte en la
-modestia. Esta admirable persona dirigió por espacio de doce años a la
-mujer de un boticario amigo mío; pero dirigió... de lo que hay poco: en
-términos que hizo de ella casi una santa.»
-
-»Estas alabanzas, que el aspecto grave de Melancia no desmentían, me
-costaron muchas lágrimas y me pusieron desesperada. Me figuré las
-lecciones que tendría que escuchar desde la mañana hasta la noche y
-las reprensiones que me sería forzoso aguantar todos los días. En
-fin, consentí en llegar a ser la mujer más desgraciada del mundo, y
-olvidando toda consideración en medio de una esperanza tan cruel, le
-dije con mucha sequedad al aya luego que me vi sola con ella: «Sin duda
-os dispondréis para hacerme padecer mucho; pero debo advertiros que soy
-poco sufrida y que no dejaré por mi parte de daros cuantos desaires
-pueda. Os declaro que mi corazón está dominado de una pasión que no
-serán capaces de arrancar de él vuestras reconvenciones. Sobre esto
-podéis tomar vuestras medidas. Redoblad vuestra vigilancia, porque os
-prometo no omitir nada para engañarla.» Al oír estas palabras, la dueña
-adusta, que bien creí iba a ensartarme un sermón por primera entrada,
-se puso risueña, y me dijo con un tono afable: «Mucho me agrada vuestro
-carácter. Vuestra franqueza provoca la mía, pues veo que nacimos la
-una para la otra. ¡Ah bella Marcelina, qué mal me conocéis si formáis
-juicio de mí por el elogio de vuestro esposo o por la severidad de mi
-exterior! No me tengáis por enemiga de los placeres, porque no me hago
-agenta de los celos de los maridos sino para ser útil a las mujeres
-hermosas. Hace mucho tiempo que poseo el grande arte de disfrazarme,
-y puedo decir que soy doblemente feliz, porque disfruto a un mismo
-tiempo de la comodidad del vicio y de la reputación que da la virtud.
-Para entre nosotras, el mundo no es virtuoso sino de este modo: cuesta
-demasiado adquirir el fondo de las virtudes, y por eso en el día todos
-se contentan con tener sus apariencias. Dejaos guiar por mí—continuó
-el aya—, y veréis cómo se la pegamos tan bien al viejo doctor Oloroso,
-que os aseguro tendrá la misma suerte que el señor farmacéutico,
-porque no me parece más respetable la frente de un médico que la de
-un boticario. ¡Pobre señor! ¡Cuántas piezas le jugamos su mujer y yo!
-¡Qué amable era aquella señora y de qué bello carácter! ¡Su alma goce
-de Dios! Os aseguro que ha pasado bien su juventud; ha tenido qué sé
-yo cuántos amantes, a quienes introduje en su casa sin que su marido
-lo advirtiese jamás. Así, señora, miradme con ojos más favorables, y
-estad convencida de que por más talento que tuviese el escudero que os
-servía, nada perderéis en el trueque, y aun tal vez os seré más útil
-que él.»
-
-»Figúrate ahora, Diego—continuó Marcelina—, si habré agradecido a la
-dueña el habérseme descubierto con tanta franqueza, cuando la creía de
-una virtud austera. ¡Ve ahí cómo se juzga mal de las mujeres! Melancia
-se granjeó desde luego mi afecto por este carácter de sinceridad y la
-abracé con un gozo extremado, que le manifestó con anticipación cuánto
-me alegraba de tenerla por aya. Haciéndola en seguida enteramente
-confidenta de mis sentimientos, le pedí que me proporcionase cuanto
-antes una conversación a solas contigo, lo que efectivamente cumplió,
-valiéndose esta mañana de la vieja que te habló y que es una mensajera
-que le sirvió muchas veces para la mujer del boticario. Pero lo que
-hay de más gracioso en esta aventura—añadió Marcelina riéndose—es
-que Melancia, por la relación que le hice de la costumbre que tiene mi
-esposo de pasar la noche sosegadamente, se acostó junto a él y ocupa
-mi lugar en este momento.» «Lo siento mucho, señora—dije entonces
-a Marcelina—, y de ningún modo apruebo vuestra invención. Vuestro
-marido puede muy bien despertarse y echar de ver el engaño.» «¡Oh, eso
-no!—replicó ella con precipitación—. No tengas el menor cuidado por
-eso y no hagas que un vano temor acibare el placer que debes tener en
-hallarte con una mujer que te quiere.»
-
-»La esposa del doctor, observando que este discurso no desvanecía mis
-temores, no omitió nada de cuanto creyó a propósito para serenarme,
-y por fin hizo tanto, que llegó a conseguirlo. Desde este momento ya
-no pensé mas que en aprovecharme de la ocasión; pero al tiempo en que
-Cupido, acompañado de las risas y de los juegos, se disponía a labrar
-mi felicidad, oímos dar unas fuertes aldabadas a la puerta de la calle.
-Al instante, el Amor y su comitiva volaron a manera de unos pajarillos
-tímidos, espantados repentinamente por un gran ruido. Marcelina me
-ocultó debajo de una mesa que había en la sala, apagó la luz, y como lo
-había concertado con su aya, en caso que este contratiempo sucediese,
-se fué a la puerta de la alcoba en que dormía su marido. Entre tanto,
-los golpes que atronaban la casa continuaban con tanta repetición que,
-despertando el doctor, se sentó en la cama, dando voces a Melancia.
-Arrojóse ésta de la cama, aunque el viejo, que creía era su mujer,
-le decía que no se levantase; reunióse con su ama que, sintiéndola a
-su lado, la llamaba a gritos, para que fuese a ver quién estaba a la
-puerta. «Ya estoy aquí, señora—le respondió el aya—; volveos a la
-cama si queréis, que yo voy a ver lo que es.» Durante esto tiempo,
-habiéndose desnudado Marcelina, se acostó con el doctor, que no tuvo
-la menor sospecha de que le engañasen. Bien es verdad que esta escena
-acababa de representarse en la obscuridad por dos actrices, de las
-cuales una era incomparable y la otra tenía mucha disposición para
-serlo.
-
-»El aya no tardó en presentarse, en bata de dormir y con una luz en
-la mano, diciendo a su amo: «Señor doctor, tenga usted la bondad de
-levantarse aprisa, porque el librero Fernández Buendía, vecino nuestro,
-le acometió una apoplejía, y os llaman de su parte para que voléis a su
-socorro.» El médico, vistiéndose lo más pronto que pudo, partió a casa
-del enfermo, y su mujer, en bata de noche, vino con el aya a la sala en
-donde yo estaba y me sacaron de debajo de la mesa más muerto que vivo.
-«Nada tienes que temer, Diego—me dijo Marcelina—, serénate.» Al mismo
-tiempo, diciéndome en dos palabras de qué modo se había arreglado la
-cosa, quiso en seguida volver a tomar el hilo de la conversación que
-tenía conmigo y había sido interrumpida; pero se opuso a esto el aya.
-«Señora—le dijo—, vuestro marido acaso puede hallar muerto al librero
-y volverse inmediatamente; además de que—añadió, viéndome traspasado
-de miedo—¿qué haríais con ese pobre mozo, no hallándose en estado de
-continuar la conversación? Más vale ponerle en la calle y dejar el
-negocio para mañana.» Doña Marcelina convino en ello, aunque a pesar
-suyo: tan amiga era de lo presente; y creo que sintió bastante no haber
-podido hacer poner al doctor el nuevo bonete que le tenía destinado.
-
-»En cuanto a mí, menos afligido de haber malogrado los más preciosos
-favores del amor que gozoso de verme libre del peligro, me fuí a casa
-del maestro, en donde pasé el resto de la noche en reflexionar sobre
-mi aventura. Estuve algún tiempo indeciso si acudiría a la cita de la
-noche siguiente, porque no formaba juicio de salir más bien librado en
-esta segunda calaverada que en la primera; pero el diablo, que siempre
-nos cerca, o, por mejor decir, se apodera de nosotros en semejantes
-lances, me hizo creer que pasaría por un mentecato si me quedaba a
-la mitad de un camino tan bueno; y aun representó a mi imaginación a
-Marcelina con nuevos atractivos y ponderó el precio de los placeres
-que me esperaban. Resolví, pues, continuar mi entremés, y muy resuelto
-a tener más firmeza, con tan bellas disposiciones, me fuí al día
-siguiente a la puerta del doctor entre once y doce de la noche y en
-medio de una obscuridad tan grande que no se veía brillar ni una sola
-estrella en el cielo. Maullé dos o tres veces para avisar que estaba en
-la calle. Pero como nadie bajaba a abrirme, no me contentó con empezar
-de nuevo, sino que que puse a remedar todos los diferentes gritos del
-gato, que un pastor de Olmedo me había enseñado; y lo hice tan al
-natural, que un vecino que volvía a su casa, teniéndome por uno de
-estos animales cuyos maullidos imitaba, cogió un guijarro que tropezó
-con los pies y me lo arrojó con toda su fuerza, diciendo: «¡Maldito
-sea el gato!» Recibí tan fuerte golpe en la cabeza que quedé aturdido
-por el pronto, y me faltó poco para que cayese a tierra atolondrado.
-Esto bastó para que diese al diablo el galanteo, y perdiendo el amor
-juntamente con la sangre, me volví a casa, donde desperté e hice
-levantar a todos. El maestro reconoció la herida, que le pareció
-peligrosa; pero no tuvo malas resultas y se cerró al cabo de tres
-semanas. En todo este tiempo no oí hablar de Marcelina. Es natural que
-Melancia, para desprenderla de mí, le buscase algún otro conocimiento,
-de lo que no me informé porque nada me importaba, pues salí de Madrid
-para andar la España luego que me vi perfectamente curado.»
-
-
-
-
-CAPÍTULO VIII
-
-Encuentro de Gil Blas y su compañero con un hombre que estaba mojando
-mendrugos de pan en una fuente y conversación que con él tuvieron.
-
-
-Contóme el amigo Diego de la Fuente otras aventuras que le sucedieron
-en adelante; pero todas de tan poca importancia que no merecen la pena
-de referirse. Sin embargo, me vi precisado a oírselas, y en verdad
-que no fué breve la relación, pues duró hasta que llegamos a Puente
-de Duero, donde nos detuvimos lo restante de aquel día. Hicimos en el
-mesón que nos dispusiesen una buena sopa y asasen una liebre, después
-de cerciorarnos de que era verdaderamente tal. Al amanecer del día
-siguiente proseguimos nuestro camino, habiendo antes llenado la bota
-de un vino mediano y metido en las mochilas algunos pedazos de pan,
-juntamente con la mitad de la liebre, que nos había sobrado de la cena.
-
-Después de haber caminado cerca de dos leguas, nos sentimos con gran
-gana de almorzar; y habiendo visto como a doscientos pasos del camino
-un grupo de árboles que hacían sombra deliciosísima, escogimos aquel
-sitio e hicimos alto en él. Allí encontramos a un hombre como de
-veintisiete a veintiocho años, que estaba mojando en una fuente algunos
-zoquetes de pan. Tenía a su lado sobre la hierba una espada larga y
-una mochila. Pareciónos mal vestido; mas, por otra parte, buen rostro
-y bien plantado. Saludámosle cortésmente y él nos correspondió con
-igual cortesanía. Presentónos luego sus mendrugos mojados, y con cierto
-aire risueño y despejado nos dijo si éramos servidos. Admitimos el
-convite en el mismo tono, mas con la condición de que había de tener
-a bien que juntásemos los almuerzos para que fuesen más abundantes.
-Vino en ello con mucho gusto, y nosotros sacamos nuestras provisiones,
-lo que ciertamente no lo desagradó. «¡Oh, señores!—exclamó enajenado
-de alegría—. Verdaderamente que ustedes vienen bien provistos de
-municiones de boca, y se conoce que son hombres prevenidos y que miran
-a lo venidero. Yo me fío demasiado en la fortuna. Sin embargo, a pesar
-del miserable estado en que ustedes me ven, les puedo asegurar que
-alguna vez hago un papel muy brillante. Sepan ustedes que no pocas
-me tratan de príncipe y estoy rodeado de guardias.» «Según eso—dijo
-Diego—, será usted comediante.» «Adivinólo usted—respondió el
-desconocido—; por lo menos ha quince años que no tengo otro oficio.
-Siendo niño representaba ya ciertos papeles cortos, esto es, que
-tuviesen poco que aprender.» «Hablemos francamente—replicó el barbero
-meneando ladinamente la cabeza—. Tengo dificultad en creerlo, porque
-conozco bien a los comediantes y sé que estos señores no acostumbran
-caminar a pie ni hacer almuerzos a lo San Antón; y me temo, me
-temo que si usted ha hecho algún papel no habrá sido otro que el
-de encender y apagar las lamparillas.» «Piense usted de mí lo que
-quisiere—respondió el histrión—, lo cierto es que hago los primeros
-papeles y comúnmente me hacen representar el de primer galán.» «Siendo
-así—repuso mi camarada—, doy a usted la enhorabuena, y celebro mucho
-que el señor Gil Blas y yo hayamos tenido la honra de desayunarnos en
-compañía de tan gran personaje.»
-
-Comenzamos entonces a roer nuestros rebojos y las preciosas reliquias
-de la liebre, alternando con tan frecuentes topetadas a la bota que
-en poco tiempo la dejamos enteramente pez con pez, sin que en todo
-este tiempo desplegase los labios ninguno de los tres. Al cabo rompió
-el silencio el barberillo, diciendo al comediante: «Estoy admirado de
-ver a usted en estado tan lastimoso. No se puede dudar que es mucha
-pobreza para un héroe de teatro, y perdone usted si le hablo con esta
-claridad.» «Por cierto—replicó el actor—que se conoce no ha oído
-usted hablar del famoso comediante Melchor Zapata, porque ha de saber
-usted que, por la misericordia de Dios, no soy de genio delicado. Me
-da usted mucho gusto en hablarme con tanta franqueza, porque también
-gusto yo de hablar con ella. Confieso de buena fe que no soy rico;
-y si no, miren ustedes esta ropilla.» Diciendo esto, nos mostró el
-forro de ella, que era todo de los carteles de comedia que se fijan
-en las esquinas. «Esta es la tela que comúnmente me sirve de forro;
-y si todavía tienen curiosidad de ver lo que hay en mi guardarropa,
-contentaré a ustedes. Helo aquí—y al mismo tiempo sacó de la mochila
-un vestido entero, guarnecido de esterilla vieja de plata falsa, una
-gorra muy raída, con un penacho de viejísimas plumas, unas medias de
-seda con más agujeros que un cribo o una salvadera y unos zapatos
-muy usados de badanilla encarnada—. Ya ven ustedes ahora que soy
-medianamente infeliz.» «Eso es lo que me admira—le replicó Diego—.
-Pues qué, ¿no tiene usted mujer ni hija?» «Sí, señor—respondió
-Zapata—, pero vea usted la desgracia de mi estrella: tengo mujer moza,
-mas no por eso estoy más adelantado. Caséme con una linda comedianta,
-esperando que no me dejaría morir de hambre; pero, por mi poca fortuna,
-di con una mujer de juicio y de un recato incorruptible. ¡Quién diablos
-no se engañaría como yo! ¡Una mujer virtuosa, que era del número de los
-cómicos de la legua, me había forzosamente de tocar a mí en suerte!»
-«Seguramente, es desgracia—dijo el barbero—; pero ¿por qué no se
-casó usted con alguna bonita comedianta de las compañías de Madrid?
-¡Entonces sí que lograría su intento!» «Convengo en ello—respondió
-el farsante—; pero a un pobre comediante de la legua no le es lícito
-elevar sus pensamientos a tan encumbradas heroínas. Eso solamente lo
-podrá hacer alguno de la compañía del corral del Príncipe, y aun en
-ella se ven muchos precisados a casarse con otras mujeres que no son de
-la profesión, y, por fortuna suya, Madrid es bueno y se suele encontrar
-en él algunas que se las pueden apostar a las princesas del teatro.»
-
-«Pero qué—le replicó mi compañero—, ¿nunca pensó usted entrar en
-alguna de las compañías de la corte? ¿Acaso se necesita un mérito
-consumado para lograrlo?» «¡Bravo!—respondió Melchor—. ¡Usted se
-burla con su mérito consumado! Veinte actores hay en cada compañía.
-Pregunte usted al público lo que siente de ellos y oirá cosas
-bellísimas. Más de la mitad, por lo menos, merecían ir cargados como
-yo con la mochila, y, en medio de eso, no es tan fácil como se piensa
-ser recibido entre ellos, pues se necesita dinero o grandes empeños que
-suplan por la habilidad. Ninguno puede saberlo mejor que yo, porque
-ahora mismo acabo de representar en Madrid, y salgo más aturdido de
-palmadas y silbidos que todos los diablos, sin embargo de que me
-prometía ser muy aplaudido, porque representaba gritando, manoteando,
-descoyuntándome y torciendo el cuerpo hacia todas partes, con mil
-gesticulaciones y posturas cien leguas distantes de todo lo natural,
-hasta llegar una vez casi a dar en la cara una puñada a mi dama
-mientras yo estaba declamando. En una palabra, representaba imitando la
-escuela que el vulgo celebra en los grandes actores; y en medio de eso,
-lo que aplaudía tanto en otros no lo podía sufrir en mí. ¡Vea usted
-cuánto puede la preocupación! En vista de ello, no acertando a dar
-gusto y no teniendo medios para ser admitido en la compañía a pesar de
-todos los silbidos de la mosquetería, dejé a Madrid, y me vuelvo a mi
-Zamora, donde están mi mujer y mis compañeros, que no hacen allí gran
-fortuna. ¡Y quiera Dios no nos veamos precisados a pedir limosna para
-poder pasar a otra ciudad, como más de una vez nos ha sucedido!»
-
-Diciendo esto, nuestro príncipe dramático se levantó, echóse a
-cuestas la mochila, ciñóse la espada, y despidiéndose de nosotros,
-«¡Adiós!—nos dijo con mucha gravedad—. ¡Quieran los dioses inmortales
-derramar sobre ustedes a manos llenas sus favores!» «¡Y quieran los
-mismos—le respondió Diego en el propio tono—que halle usted en Zamora
-a su mujer mudada y mejor establecida!» Luego que el señor Zapata nos
-volvió la espalda, comenzó a gesticular y a representar caminando, y
-nosotros le comenzamos a silbar para que no se le olvidasen tan presto
-los silbidos de Madrid. Con efecto, creyó que todavía le sonaban en
-los oídos, y volviendo la cara y viendo que nosotros nos divertíamos
-a su costa, lejos de darse por ofendido, él mismo ayudó a la zumba, y
-prosiguió su viaje dando grandísimas carcajadas. Correspondímosle por
-nuestra parte con grande algazara, y cogiendo otra vez el camino real,
-seguimos nuestra marcha.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IX
-
-Estado en que encontró Diego a sus parientes, y cómo Gil Blas se separó
-de él después de haber participado de ciertas diversiones.
-
-
-Fuimos aquel día a dormir entre Mojados y Valdestillas, a un lugarcillo
-cuyo nombre se me ha olvidado, y al siguiente, a las once de la
-mañana, entramos en la llanada de Olmedo. «Señor Gil Blas—me dijo mi
-camarada—, aquél es el lugar de mi nacimiento. No le puedo volver a
-ver sin llenarme de júbilo: tan natural es en todos el amar su patria.»
-«Señor Diego—le respondí—, un hombre como usted, que tanto amor tiene
-a su tierra, parece debía haber hablado de ella con mayor estimación.
-Usted me la pintó como si fuera un lugarcillo o una aldea y a mí se
-me presenta como una ciudad. Era razón que, por lo menos, la tratase
-usted de villa grande.» «Yo le pido perdón—respondió el barbero—,
-pero diré que después de haber visto a Madrid, Toledo, Zaragoza y
-otras principales ciudades de España en la vuelta que he dado por
-ella, todo me parece aldea.» Conforme íbamos adelantando en la llanura
-y acercándonos a Olmedo, nos pareció ver junto al pueblo multitud
-de gente, y cuando nos hallamos a distancia de poder discernir los
-objetos, tuvimos mucho en qué divertir la vista.
-
-Vimos tres pabellones o tiendas de campaña, poco distante una de otra,
-y alrededor de ellas muchedumbre de cocineros y ayudantes de cocina
-que estaban disponiendo una gran comida. Unos ponían unas mesas largas
-dentro de las tiendas, otros echaban vino en grandes vasijas de barro,
-éstos atendían a que cociesen las ollas y aquéllos daban vueltas a
-luengos asadores en que estaban espetadas viandas de todo género. Pero
-a mí nada me llevó tanto la atención como un espacioso teatro que
-observé, bastante elevado, que estaba adornado con algunos bastidores
-de cartón pintado de diferentes colores y lleno de inscripciones
-griegas y latinas. Luego que el barbero vió tanto griego y tanto latín,
-dijo: «¡Esto me huele terriblemente a mi tío Tomás! ¡Apuesto algo a que
-ha andado aquí su mano, porque sabe de memoria una infinidad de libros
-de aula! Lo que me enfada es que en las conversaciones encaja sin
-cesar pasajes enteros de los tales libros, cosa que no a todos agrada.
-Fuera de eso, ha traducido varios poetas griegos y latinos y está
-instruído en la antigüedad, lo que se conoce por las notas con que los
-ha enriquecido, como, v. gr., aquello de que _en Atenas lloraban los
-niños cuando los azotaban_, cosa que si no fuera por su vasta y selecta
-erudición nosotros no la sabríamos.»
-
-Después de haber visto mi camarada y yo todas las cosas que acabo
-de decir, nos dió gana de preguntar por qué y para qué se hacían
-todas aquellas prevenciones. Al tiempo que nos íbamos a informar, se
-encontró Diego con un hombre que conoció ser su tío, el señor Tomás
-de la Fuente, y que al parecer mostraba ser el director de la fiesta.
-Fuímonos a él apresuradamente; mas este maestro de primeras letras
-tardó algo en conocer a su sobrino: tanta mudanza había hecho en
-aquel pobre mozo la ausencia de diez años. Conocido al fin, le abrazó
-estrechísimamente y le dijo: «¡Oh querido sobrino Diego! ¿Conque al
-cabo has vuelto a ver a tus dioses penates y el Cielo te ha restituído
-sano y salvo a tu familia? ¡Oh día tres y cuatro veces beato! _Albo
-dies notanda lapillo!_ Muchas novedades encontrarás en la parentela.
-Tu tío Pedro, aquel gran talento, ya es víctima de Plutón: tres meses
-ha que murió. ¡Hombre avariento, que toda su vida estuvo temiendo
-le habían de faltar siete pies de tierra para enterrarse! _Argenti
-pallebat amore._ Tenía muchas pensiones de los grandes y no gastaba
-diez doblones al año en comida y vestido. No daba de comer al único
-criado que le servía. Más insensato que aquel griego Aristipo, el
-cual, caminando por los desiertos de Libia, hizo a sus esclavos que
-dejasen en ellos todas las grandes riquezas que llevaban, alegando que
-aquella carga les incomodaba en la marcha, amontonaba toda la plata y
-todo el oro que podía haber a las manos. Mas ¿para qué? Para que lo
-gozasen sus herederos, a quienes no podía sufrir. Dejó a su muerte
-treinta mil ducados, que se repartieron entre tu padre, tu tío Beltrán
-y yo. Todos nos hallamos en estado de pasarlo bien. Mi hermano Nicolás
-colocó ya a su hija Teresa, que acaba de casarse con el hijo de uno de
-nuestros alcaldes: _connubio junxit stabili, propriamque dicavit_. Este
-himeneo, concluído bajo los más felices auspicios, es el que estamos
-celebrando hace ya dos días con el aparato que ves. Hicimos levantar
-estas tiendas de campaña en esta llanura. Los tres herederos de Pedro
-tienen cada uno la suya y, por su turno, costean la fiesta de un día.
-Habría celebrado mucho que hubieses llegado antes para que gozases de
-todas. Anteayer, día en que se celebró la boda, corrió tu padre con
-el gasto, y dió una soberbia comida, y después hubo parejas, y se
-corrió sortija. Tu tío el mercader tomó de su cuenta el día de ayer
-y nos divirtió con una bellísima fiesta pastoril. Vistió de pastores
-a los diez muchachos más lindos y agraciados del lugar y de pastoras
-a las diez muchachas más pulidas y aseadas que había en todo Olmedo,
-empleando en engalanarlas las cintas más ricas y los más preciosos
-dijes que se hallaron en su tienda. Toda aquella lucida juventud armó
-mil graciosísimas danzas, cantando después otras tantas letrillas muy
-chuscas, tiernas y amorosas. Y aunque no parecía posible cosa más
-divertida, con todo eso no dió gran golpe, sin duda porque en Castilla
-la Vieja hemos perdido el gusto a las diversiones pastoriles. Hoy me
-toca a mí, y pienso divertir a los vecinos de Olmedo con un espectáculo
-todo de mi invención: _finis coronabit opus_. Mandé alzar un teatro,
-en el cual, con la ayuda de Dios, haré representar por mis discípulos
-una de mis tragedias, intitulada _Los pasatiempos de Muley-Bugentuf,
-rey de Marruecos_. Se ejecutará con el mayor primor, porque entre los
-muchachos los hay que declaman como los más célebres comediantes de
-Madrid. Son todos hijos de honradas familias de Peñafiel y Segovia, y
-los tengo en mi casa a pupilaje. ¡Excelentes representantes! ¡Verdad es
-que les he enseñado yo! Su declamación parecerá acuñada en el cuño del
-maestro: _ut ita dicam_. En cuanto a la tragedia, no te quiero hablar
-de ella, puesto que la has de oír, por no privarte del placer de la
-sorpresa, y sólo diré sencillamente que dejará extáticos a todos los
-espectadores. Es uno de aquellos asuntos trágicos que ponen toda el
-alma en conmoción, por las terribles imágenes de la muerte que ofrecen
-a la fantasía. Yo siempre he sido de la opinión de Aristóteles: que es
-necesario excitar el terror. ¡Ah, si yo me hubiera dedicado al teatro,
-nunca saldrían a él sino héroes sanguinarios y príncipes asesinos, y
-me bañaría siempre en sangre! ¡En mis tragedias se vería morir no sólo
-a los primeros personajes, sino hasta las mismas guardias! ¿Qué digo
-_hasta las mismas guardias_? ¡Haría también degollar al apuntador! En
-fin, sólo me agrada lo terrible; éste es todo mi gusto. De esta manera,
-los poemas de esa especie se levantan con el aplauso de la muchedumbre,
-mantienen el lujo de los comediantes y hacen célebre el nombre de los
-autores.»
-
-Acababa de pronunciar estas palabras, cuando vimos salir del pueblo y
-entrar en la llanura un gran gentío de uno y otro sexo. Eran los dos
-esposos, acompañados de sus amigos y parientes, e iban precedidos de
-diez a doce tocadores de instrumentos, que tañían todos a un tiempo,
-haciendo un concierto muy ruidoso. Salióles al encuentro Diego y
-dióse a conocer. Inmediatamente resonaron por el campo los gritos de
-alegría con que fué recibido del acompañamiento, corriendo todos a
-abrazarle y procurando cada uno ser el primero. No tuvo poco que hacer
-en corresponder a todas las demostraciones de amor y cumplimientos que
-le hicieron. Sofocábanle a abrazos todos los de la familia y cuantos
-se hallaban presentes, y luego que se aquietó un poco aquel primer
-turbión, le dijo su padre: «Seas bien venido, hijo Diego. En verdad que
-durante tu ausencia han adelantado mucho tus parientes, ¿no es así? Por
-ahora no te digo más; a su tiempo lo sabrás muy por menor.» Mientras
-tanto, el gentío se fué adelantando hacia la llanura, llegó a ella,
-entróse en las tiendas y fuése sentando a las mesas, que ya estaban
-preparadas. Yo no dejé a mi compañero; sentéme junto a él y entrambos
-comimos con los dos novios, que me parecieron corresponder bien uno
-a otro. Duró mucho tiempo la comida, porque el preceptor o maestro
-tuvo la vanidad de querer que tres veces se cubriese la mesa, por
-aventajar a sus hermanos, que no habían dispuesto las cosas con tanta
-magnificencia.
-
-Después del banquete, todos los convidados mostraron grande
-impaciencia por ver la representación de la obra del señor Tomás,
-no dudando—decían—que una producción de ingenio tan superior
-sería dignísima de oírse. Acercámonos, pues, al teatro, donde todos
-los músicos ocupaban ya el lugar de la orquesta para tocar en los
-intermedios. Esperaban todos con el mayor silencio a que diese
-principio a la tragedia. Dejáronse ver los actores en la escena, y
-el autor, con su obra en la mano, estaba tras las cortinas, en sitio
-donde pudiese apuntar y ser oído de los que representaban. Con mucha
-razón nos había prevenido que era trágico su drama, porque en el primer
-acto el rey de Marruecos mató por vía de diversión cien esclavos a
-flechazos; en el segundo hizo degollar treinta oficiales portugueses
-que uno de sus capitanes había hecho prisioneros; finalmente, en
-el tercero, aquel monarca, cansado de sus mujeres, pegó él mismo
-por su mano fuego a un palacio aislado donde estaban encerradas y,
-juntamente con él, las redujo todas a ceniza. Los esclavos moros y
-los oficiales portugueses estaban representados por unas figuras de
-mimbre, y el palacio, que era de cartón, se aparentaba abrasado por
-un fuego artificial. Este incendio, acompañado de lastimosos gritos
-que parecían salir de en medio de las llamas, dió fin a la tragedia y
-cerró el teatro de una manera patética y divertida. Resonaron en toda
-la llanura los _vivas_ y los aplausos con que fué celebrado un drama de
-tan ingeniosa invención, lo que acreditó el buen gusto del poeta y su
-singular acierto en la elección y oportunidad de los asuntos.
-
-Creía yo que ya nada había que ver después de _Los pasatiempos de
-Muley-Bugentuf_, pero engañéme. Anunciáronnos un nuevo espectáculo
-los timbales y trompetas. Era éste la distribución de los premios,
-porque Tomás de la Fuente, para mayor solemnidad de la fiesta, a todos
-sus discípulos, así pupilos como los que no lo eran, les había hecho
-trabajar varias composiciones, y en aquel día se habían de repartir
-los premios a los más sobresalientes, consistiendo aquéllos en ciertos
-libros que el mismo preceptor, a costa suya, había ido a comprar a
-Segovia. De repente, pues, se dejaron ver en el teatro dos bancos
-largos de escuela y un armario o estante lleno de libros pequeños
-encuadernados con aseo. Entonces todos los actores se presentaron en
-la escena y formaron un semicírculo delante del señor Tomás, el cual
-se dejaba ver con tanta gravedad y autoridad como pudiera un prefecto
-de colegio. Tenía en la mano la lista de los nombres de los que debían
-ser premiados. Entregósela al rey de Marruecos, quien se puso a leerla
-en alta voz, llamando uno por uno a los nombrados para recibir el
-premio. Cada cual iba con respeto a recibir un libro de la mano del
-pedante, inclinándose profundamente al ir y volver cuando pasaban
-delante del monarca marroquí. Juntamente con el libro, se los coronaba
-a todos con una guirnalda de laurel, y después se iban sentando en uno
-de los dos bancos, para que fuesen vistos, aplaudidos y admirados de
-todos, pero particularmente de sus madres, amigos y parientes. Por más
-cuidado que puso el preceptor en que todos quedasen contentos, no lo
-pudo conseguir, porque, observándose que la mayor parte de los premios
-habían tocado a los pupilos, como regularmente se acostumbra, las
-madres de los otros discípulos lo llevaron muy a mal, se alborotaron
-y acusaron al maestro de parcialidad; y tanto, que una fiesta tan
-gloriosa y tan alegre hasta aquel punto faltó poco para que se acabase
-tan desgraciadamente como el banquete de los Lapitas.
-
-
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-LIBRO TERCERO
-
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-
-
-CAPÍTULO PRIMERO
-
-Llegada de Gil Blas a Madrid, y primer amo a quien sirvió allí.
-
-
-Detúveme algunos días en casa del barbero y juntéme después con un
-mercader de Segovia que pasó por Olmedo. Había ido a Valladolid con
-cuatro mulas cargadas con varios géneros y se volvía a su casa con
-todas ellas de vacío. Hízome montar en una, y tomamos tanta amistad en
-el camino, que cuando llegamos a Segovia se empeñó en que me hospedase
-en su casa. Dos días descansé en ella, y cuando me vió resuelto a
-marchar a Madrid con el arriero, me dió una carta, encargándome mucho
-que la entregase yo mismo en mano propia, sin decirme que era una
-carta de recomendación. Hícelo así, poniéndola yo mismo en manos del
-señor Mateo Meléndez, mercader de paños, que vivía en la puerta del
-Sol, esquina de la calle del Cofre. Apenas abrió el pliego y leyó su
-contenido, cuando me dijo con un modo muy agradable: «Señor Gil Blas,
-mi corresponsal, Pedro Palacios, me recomienda la persona de usted con
-tan vivas expresiones que no puedo dejar de ofrecerle un cuarto en
-mi casa. Además de esto me suplica le busque una buena conveniencia,
-cosa de que me encargo con gusto y con esperanza de que no me será muy
-difícil colocar a usted ventajosamente.»
-
-Acepté la generosa oferta de Meléndez, con tanto mayor gusto cuanto
-veía que mi dinero se iba por instantes acabando; pero no le fuí
-gravoso largo tiempo. Pasados ocho días, me dijo que acababa de
-proponerme a un caballero amigo suyo que necesitaba un ayuda de cámara,
-y que, según todas las señas, no se me escaparía esta conveniencia.
-Con efecto, habiéndose dejado ver el tal caballero en aquel mismo
-momento, «Señor—le dijo Meléndez mostrándome a él—, éste es el
-mozo de quien hablamos poco ha, de cuyo proceder me constituyo por
-fiador como pudiera del mío mismo.» Miróme atentamente el caballero, y
-respondió que le gustaba mi fisonomía y que desde luego me recibía en
-su servicio. «Sígame—añadió—, que yo le instruiré en lo que deberá
-hacer.» Diciendo esto, se despidió del mercader y me llevó consigo a la
-calle Mayor, frente por frente de San Felipe el Real. Entramos en una
-casa muy buena, donde él ocupaba un cuarto, subimos unos cinco o seis
-escalones y me introdujo en un aposento cerrado con dos buenas puertas,
-en la primera de las cuales había una rejilla de hierro para ver a los
-que llamaban. Pasamos después a otra pieza, donde tenía su cama, con
-otros varios muebles más aseados que preciosos.
-
-Si mi nuevo amo me había mirado bien en casa de Meléndez, también
-yo le examiné a él después con particular atención. Era un hombre
-de unos cincuenta años, de aspecto frío y serio. Parecióme de buena
-índole y no formé mal concepto de él. Hízome muchas preguntas acerca
-de mi familia, y satisfecho de mis respuestas, «Gil Blas—me dijo—,
-yo contemplo que eres un mozo de gran juicio y me alegro mucho de que
-me sirvas; y por tu parte espero que estarás contento con tu acomodo.
-Te daré seis reales al día para que comas y te vistas, sin perjuicio
-de algunos provechos que podrás tener conmigo. Yo no soy hombre que
-dé mucha molestia a los criados; nunca como en casa, sino siempre con
-mis amigos. Por la mañana no tienes que hacer mas que limpiarme bien
-los vestidos; lo restante del día te queda libre y puedes hacer lo
-que quieras; basta que por la noche te retires a casa temprano y me
-esperes a la puerta de mi cuarto. Esto es todo lo que exijo de ti.»
-Después de haberme dado esta instrucción sacó seis reales del bolsillo
-y me los entregó, para empezar a cumplir nuestro ajuste. Salimos los
-dos juntos, cerró él mismo las puertas, llevóse consigo la llave y me
-dijo: «No tienes que seguirme y puedes irte adonde te diere la gana;
-pero ¡cuidado que te encuentre en la escalera cuando vuelva a casa por
-la noche!» Diciendo esto se marchó y me dejó que dispusiese de mí como
-mejor se me antojase.
-
-«Vamos claros, Gil Blas—me dije entonces a mí mismo—, que no te era
-posible encontrar amo mejor. Tú sirves a un hombre que por limpiar
-los vestidos, hacerle la cama y barrer su cuarto por la mañana te da
-seis reales cada día y libertad de hacer después lo que quisieres, ni
-más ni menos que un estudiante en tiempo de vacaciones. ¡A fe que no
-será fácil hallar otra conveniencia igual! Ya no me admiro del hipo que
-tenía por venir a Madrid; sin duda era presagio de la fortuna que me
-esperaba.» Pasé todo el día en andar de calle en calle, viendo muchas
-cosas que me cogían de nuevo y que no me daban poca ocupación. Por la
-noche cené en una hostería poco distante de nuestra casa, y prontamente
-me retiré al sitio donde el amo me había mandado le esperase. Llegó
-tres cuartos de hora después y se mostró contento de mi puntualidad.
-«¡Muy bien!—me dijo—. ¡Eso me gusta! Yo quiero criados que sean
-exactos en hacer lo que les mando.» Dicho esto abrió las puertas del
-cuarto, cerrólas, y como nos hallábamos a obscuras, echó yescas y
-encendió una vela. Ayúdele después a desnudar, y luego que se metió en
-la cama encendí por su mandato una lamparilla que había en la chimenea,
-cogí la vela y llevéla a la antesala, donde me acosté en un catre. Al
-día siguiente se levantó entre nueve y diez de la mañana, cepillé sus
-vestidos, dióme mis seis reales y despidióme hasta la noche. Salió
-fuera de casa, sin descuidarse de cerrar bien las puertas, y hétele
-aquí que uno y otro nos separamos para el resto del día.
-
-Tal era nuestra vida, que a mí me parecía muy dulce y acomodada. Lo
-más gracioso de todo era que yo no sabía aún cómo se llamaba mi amo y
-Meléndez lo ignoraba también. Sólo conocía al tal caballero por uno
-de tantos como concurrían a su lonja a comprar géneros; y los vecinos
-tampoco pudieron satisfacer mi curiosidad. Aseguráronme todos que no
-sabían qué clase de hombre era mi amo, aunque hacía dos años que vivía
-en aquel barrio. Dijéronme que no trataba con ninguno de los vecinos,
-y algunos, acostumbrados a juzgar temerariamente mal de todo, inferían
-de aquí que era un hombre de quien no se podía formar juicio alguno
-bueno. Con el tiempo se adelantó más: sospechóse que fuese un espía
-del rey de Portugal, y me aconsejaron caritativamente que tomase mis
-medidas acerca del particular. El aviso me puso en sumo cuidado, porque
-desde luego formé juicio de que si era verdad lo que decían corría
-yo gran peligro de visitar los calabozos de Madrid. Mi inocencia no
-me podía asegurar y mis pasadas desgracias me obligaban a temer a la
-justicia. Había experimentado ya dos veces que, si no quita la vida
-a los inocentes, a lo menos guarda tan mal con ellos las leyes de la
-hospitalidad, que siempre es una desgracia hospedarse en su casa,
-aunque sea por poco tiempo.
-
-Consulté con Meléndez lo que debía hacer en tan críticas
-circunstancias; pero no supo qué consejo darme. No podía creer que
-mi amo fuese espía; mas tampoco tenía razón fuerte y positiva para
-negarlo. Tomé, pues, el partido medio de observar bien todos sus
-pasos, y si descubría que verdaderamente era un enemigo del Estado,
-abandonarle enteramente; pero al mismo tiempo me pareció que la
-prudencia y lo bien hallado que estaba con él pedían que caminase
-con el mayor tiento y circunspección en poner por obra lo que había
-determinado, sin asegurarme antes de la verdad. Comencé, pues, a
-examinar todas sus acciones y movimientos, y para sondearlos mejor,
-«Señor—le dije una noche mientras le estaba desnudando—, no sabe
-un hombre cómo ha de vivir para librarse de malas lenguas. El mundo
-está perdido y nosotros tenemos unos vecinos que no valen un demonio.
-¡Malditas bestias! No creerá su merced cómo hablan de nosotros.» «Y
-bien, Gil Blas—me respondió—, ¿qué es lo que pueden decir?» «¡Ah,
-señor—repliqué—, a la murmuración nunca le falta asunto! Encuéntralos
-o los sueña hasta en la misma virtud. ¿No es bueno que nuestros vecinos
-tienen aliento para decir que nosotros somos gente peligrosa y que
-la Corte debe vigilar nuestra conducta? En una palabra: dicen que su
-merced es espía del rey de Portugal.» Entonces alcé los ojos y le miré
-con cuidado, como Alejandro a su médico, para notar el efecto que
-producía lo que acababa de decirle. Parecióme que se turbaba algún
-tanto, lo cual confirmaba poderosamente las conjeturas de la vecindad.
-Noté que poco después se quedó pensativo y cabizbajo, y esto tampoco
-lo interpreté muy favorablemente. Así estuvo por un breve rato; pero
-luego, como quien vuelve en sí, me dijo en un tono y con rostro muy
-tranquilo: «Gil Blas, dejemos a los vecinos que digan lo que quieran;
-nuestra quietud no ha de depender de sus malignas expresiones. No
-hagamos caso de lo que dicen los hombres mientras no demos motivo a que
-lo digan.»
-
-Acostóse después con mucho sosiego y yo hice lo mismo, sin saber
-qué pensar. Al día siguiente, cuando íbamos a salir de casa, oímos
-llamar recio a la puerta de la escalera. Acudió con prontitud el amo,
-y mirando por la rejilla vió a un hombre bien vestido, que le dijo:
-«Señor caballero, yo soy alguacil y vengo de parte del señor corregidor
-a decir a usted que su señoría desea hablarle dos palabras.» ¿Qué
-me quiere el señor corregidor?», respondió mi amo. «Eso es lo que
-no sé—replicó el alguacil—; pero vaya usted a su casa y presto lo
-sabrá.» «Yo le beso las manos al señor corregidor—repuso su merced—;
-yo no tengo nada que ver con su señoría.» Diciendo estas palabras cerró
-enfadado la segunda puerta, y comenzándose a pasear por el cuarto
-en ademán de un hombre, según lo que a mí me parecía, a quien había
-dado mucho que discurrir el recado del alguacil, me puso en la mano
-mis seis reales y me dijo: «Amigo Gil Blas, tú puedes irte a pasear a
-donde quieras, que yo no te he menester.» Persuadíme al oír esto que
-tenía miedo de que le prendiesen y que por eso no quería salir. Dejéle,
-pues, y para ver si me engañaba en mi sospecha, me escondí en paraje
-desde donde podía observar si salía o no. Habría tenido paciencia para
-mantenerme allí toda la mañana si él mismo no me hubiese aliviado de
-este trabajo, pues al cabo de una hora le vi salir y presentarse en la
-calle con un desembarazo y un aire de confianza que dejó confundida
-mi penetración. Sin embargo, no me deslumbraron estas apariencias;
-antes bien me hicieron entrar en mayor desconfianza. Parecióme que
-todo aquello podía muy bien ser con estudio, y aun casi llegué a creer
-que se había detenido en casa aquel tiempo para recoger sus joyas y
-dinero, y que probablemente iba a ponerse en salvo huyendo. Perdí la
-esperanza de verle más, y aun estuve perplejo en si iría aquella noche
-a esperarle en la puerta de la escalera: tan persuadido estaba de que
-saldría aquel día de Madrid para librarse del peligro que le amenazaba.
-Sin embargo, no dejé de ir a esperarle, y quedé admirado de verle
-volver como acostumbraba. Acostóse sin la menor muestra de cuidado ni
-inquietud, y por la mañana se levantó y vistió con la mayor serenidad.
-
-No bien acabó de vestirse, cuando llamaron de repente a la puerta. Fué
-él mismo a mirar por la rejilla quién llamaba. Vió que era el alguacil
-del día anterior; preguntóle qué se le ofrecía, y el alguacil respondió
-que abriese al señor corregidor. Al oír este nombre temible se me heló
-toda la sangre. Había ya cobrado un endiablado miedo, y más que pánico
-terror, a toda esta casta de pájaros desde que tuve la desgracia de
-caer en sus manos, y en aquel momento hubiera querido hallarme cien
-leguas distante de Madrid; pero mi amo, que no era tan espantadizo ni
-tan medroso como yo, abrió la puerta con sosiego y recibió al señor
-corregidor con respeto. «Ya ve usted—dijo a mi amo—que no vengo a
-su casa con grande acompañamiento, porque nunca he gustado de hacer
-las cosas con estruendo. Sin hacer caso de los rumores poco favorables
-a usted que corren por el pueblo, me ha parecido que su persona era
-acreedora a que se la tratase con miramiento. Sírvase usted decirme
-cómo se llama, quién es y qué hace en Madrid.» «Señor—le respondió
-mi amo—, mi nombre es don Bernardo de Castelblanco, familia conocida
-en Castilla la Nueva. Mi ocupación en Madrid se reduce a pasearme,
-frecuentar los teatros y divertirme con algunos pocos amigos, gente
-toda muy honrada y de honesta y grata conversación.» «Sin duda—dijo el
-juez—, tendrá usted una gran renta.» «No, señor—repuso mi amo—; no
-tengo rentas, ni tierras y ni aun casa.» «¿Pues de qué vive usted?»,
-le replicó el corregidor. «De lo que voy a enseñar a vuestra señoría»,
-respondió don Bernardo; y al mismo tiempo alzó un tapiz y abrió una
-puerta que estaba tras de él, sin que yo la hubiese observado, y
-luego otra que estaba después de aquélla, e hizo entrar al juez en un
-cuartito, donde había un gran cofre todo lleno de oro, que quiso viese
-con sus mismos ojos. «Ya sabe vuestra señoría—le dijo entonces—que
-nosotros los españoles somos por lo general poco amigos del trabajo;
-mas por grande que sea la aversión con que otros le miran, puedo
-asegurar que ninguna se iguala con la mía. Soy naturalmente tan
-perezoso y holgazán, que no valgo para ningún empleo ni ocupación. Si
-quisiera canonizar mis vicios, dándoles el nombre de virtudes, diría
-que mi pereza era una indolencia filosófica, un rasgo del entendimiento
-desengañado de lo que el mundo solicita y busca con tanto ardor; pero
-debo confesar de buena fe que soy haragán y perezoso de nacimiento;
-tanto, que si me viera precisado a trabajar para comer, creo que me
-dejaría morir de hambre. En este supuesto, a fin de pasar una vida
-que se acomodase con mi humor, por no tener la molestia de cuidar de
-mi hacienda, y mucho más por no haber de lidiar con administradores
-ni mayordomos, convertí en dinero contante todo mi patrimonio, que
-consistía en muchas posesiones considerables. Cincuenta mil ducados
-en oro hay en este cofre, lo que basta y aun sobra para lo que puedo
-vivir, aunque pase de un siglo, pues no llegan a mil los que gasto cada
-año y cuento ya diez lustros de edad. No me da cuidado lo venidero,
-porque, gracias al Cielo, no adolezco de alguno de aquellos tres vicios
-que comúnmente arruinan a los hombres: soy poco inclinado a comilonas y
-meriendas, juego poco, por mera diversión, y estoy ya muy desengañado
-de las mujeres. No temo que en mi vejez me cuenten en el número de
-aquellos viejos lascivos a quienes las mozuelas venden sus mentidos e
-interesados favores a precio de oro.»
-
-«¡Oh y qué dichoso es usted!—exclamó el corregidor—. Teníanle,
-contra toda razón, por un espía, personaje que de ningún modo podía
-convenir a un hombre de su carácter. Prosiga usted, don Bernardo, en
-vivir como ha vivido hasta aquí. Tan lejos estaré de turbar sus días
-tranquilos y serenos, que desde luego los envidio y me declaro por su
-defensor. Pídele a usted su amistad y yo le ofrezco la mía.» «¡Ah,
-señor!—exclamó mi amo, penetrado de tan atentas como apreciables
-palabras—. Admito el precioso don que vuestra señoría me ofrece. Su
-amistad es complemento de mi felicidad.» Después de esta conversación,
-que el alguacil y yo oímos desde fuera, el corregidor se despidió de mi
-amo, que no hallaba expresiones con que manifestarle su agradecimiento.
-Yo de mi parte, por imitar a mi amo y ayudarle a hacer los honores
-de la casa, harté al alguacil de profundas cortesías, aunque en el
-corazón le miraba con aquel tedio con que todo hombre de bien mira a un
-corchete.
-
-
-
-
-CAPÍTULO II
-
-De la admiración que causó a Gil Blas el encuentro con el capitán
-Rolando y de las cosas curiosas que le contó aquel bandolero.
-
-
-Luego que don Bernardo de Castelblanco hubo despedido al corregidor,
-acompañándole hasta la calle, volvió prontamente a cerrar el cofre y
-todas las puertas que le resguardaban. Hecha esta diligencia, salió de
-casa, muy placentero por haberse granjeado tan importante amistad,
-y yo no menos alegre por ver asegurados ya mis seis reales. La gana
-que tenía de contar esta aventura a Meléndez me obligó a encaminarme
-a su casa; pero al estar ya cerca de ella me encontré con el capitán
-Rolando. No puedo explicar lo sorprendido que me quedé con este
-encuentro ni pude menos de estremecerme y temblar a su vista. El
-también me conoció. Llegóse a mí gravemente, y conservando todavía su
-aire de superioridad me mandó que le siguiese. Obedecíle temblando, y
-en el camino iba diciendo entre mí mismo: «¡Pobre de mí! ¡Ahora querrá
-que le pague todo lo que le debo! ¿Adónde me llevará? Puede que tenga
-en esta villa alguna cueva obscura. ¡Diablo! ¡Si tal creyera, en este
-mismo momento le haría ver que no tengo gota en los pies!» Con estos
-pensamientos iba andando tras de él, muy atento a observar el sitio
-donde pararía, con intento de huir de él a carrera tendida por poco
-sospechoso que me pareciese.
-
-Presto me sacó Rolando de este cuidado y desvaneció todo mi temor.
-Entróse en una famosa taberna; seguíle; mandó traer del mejor vino y
-dispuso se hiciese comida para los dos. Mientras tanto, nos metimos en
-un cuarto, y así que el capitán se vió solo conmigo, me habló de esta
-suerte: «Sin duda, Gil Blas, que estarás muy admirado de verte aquí
-con tu antiguo comandante; pero más te admirarás cuando hayas oído
-lo que te voy a contar. El día que te dejé en la cueva y marché con
-mis compañeros a Mansilla a vender las mulas y caballos que habíamos
-robado la noche anterior, encontramos al hijo del corregidor de León,
-acompañado de cuatro hombres a caballo, todos bien armados, que seguían
-su coche. Acometímoslos; dimos muerte a dos de ellos y los otros dos
-huyeron. Temiendo el buen cochero que hiciésemos lo mismo con su amo,
-nos suplicó con lágrimas que, por amor de Dios, no quitásemos la vida
-al hijo único del señor corregidor de León. Estas palabras, en vez
-de enternecer a mis compañeros, los enardecieron más. «Señores—dijo
-uno—, no dejemos escapar al hijo del enemigo más mortal de los de
-nuestra profesión. ¿A cuántos de éstos no ha hecho ajusticiar su padre?
-¡Venguémoslos y sacrifiquemos esta víctima a sus cenizas!» Todos los
-demás aplaudieron tan inhumano consejo, y hasta mi teniente iba ya
-a ser el gran sacerdote de aquel sangriento sacrificio si yo no le
-hubiera detenido el brazo. «¡Aguarda!—le dije—. ¿A qué fin derramar
-sangre sin necesidad? Contentémonos con el bolsillo de este pobre mozo,
-y pues no hace resistencia sería una barbaridad matarle; fuera de que
-él no es responsable de las acciones de su padre, ni aun el padre en
-condenarnos a muerte hace mas que cumplir con la obligación de su
-oficio, así como nosotros cumplimos con la del nuestro en robar a los
-caminantes.»
-
-»Intercedí, pues, por el hijo del corregidor, y no fué inútil mi
-intercesión. Sólo le cogimos todo el dinero que llevaba, y juntamente
-nos apoderamos de los caballos de los hombres que habían muerto en
-la refriega y vendímoslos en Mansilla con los demás que conducíamos.
-Volvímonos después a nuestro subterráneo, adonde llegamos el día
-siguiente poco antes de amanecer. No quedamos poco atónitos de ver
-levantada la trampa, y mucho más de encontrar a Leonarda amarrada
-fuertemente en la cocina. Contónos en dos palabras todo lo acaecido
-y nos admiramos mucho de que hubieses podido engañarnos; nunca te
-hubiéramos creído capaz de jugarnos semejante petardo y te perdonamos
-el chasco en gracia de la invención. Luego que desatamos a la cocinera
-le di orden de que nos compusiese bien de comer. Entre tanto fuimos a
-la caballeriza a cuidar de los caballos, y encontramos casi expirando
-al viejo negro, que en veinticuatro horas no había probado bocado ni
-visto persona alguna que le socorriese. Deseábamos darle algún alivio;
-pero había perdido ya del todo el conocimiento, y nos pareció un caso
-tan desesperado el suyo, que, a pesar de nuestra buena voluntad,
-desamparamos a aquel miserable, que estaba entre la vida y la muerte.
-No por eso dejamos de sentarnos a la mesa, y después de haber almorzado
-grandemente, nos retiramos a nuestros cuartos, donde estuvimos
-durmiendo o descansando todo el día. Cuando despertamos, nos dijo
-Leonarda que ya había muerto Domingo. Llevamos el cadáver a la covacha
-donde te acordarás que dormías, y allí le hicimos el funeral como si
-hubiera tenido el honor de ser uno de nuestros compañeros.
-
-»Al cabo de cinco o seis días sucedió que, habiendo hecho una salida,
-encontramos muy de mañana, a la entrada del bosque, tres cuadrillas
-de la Santa Hermandad, que al parecer nos estaban esperando para dar
-sobre nosotros. Al pronto no descubrimos mas que una. No la temimos, y
-aunque superior en número a nuestra tropa, la atacamos; pero al tiempo
-que estábamos peleando con ella, las otras dos, que habían hallado
-modo de mantenerse emboscadas, se echaron de repente sobre nosotros y
-nos rodearon de manera que de nada nos sirvió nuestro valor. Fuénos
-necesario ceder al número de los enemigos. Nuestro teniente y dos de
-nuestros camaradas murieron en la función. Los otros dos y yo, cercados
-por todas partes, nos vimos precisados a rendirnos; y mientras las
-dos cuadrillas nos llevaban presos a León, la tercera fué a cegar y
-destruir la cueva, que fué descubierta del modo siguiente: atravesando
-el bosque un labrador del lugar de Luyego, volviendo a su casa, vió por
-casualidad alzada la trampa de la cueva, que dejaste abierta el mismo
-día que te escapaste con la señora, y sospechó que aquélla era nuestra
-habitación, y no teniendo valor para entrar en ella, se contentó
-con observar bien sus contornos; y para acertar mejor con el sitio,
-descortezó ligeramente algunos árboles vecinos y otros más, de trecho
-en trecho, hasta estar fuera del bosque. Pasó después a León, dió parte
-de aquel descubrimiento al corregidor, cuyo gozo fué mucho mayor por
-cuanto estaba informado de que su hijo había sido robado por nuestra
-compañía. El corregidor hizo juntar tres cuadrillas para prendernos, y
-les dió por guía al labrador que había descubierto el subterráneo.
-
-»Mi llegada a la ciudad de León fué un grande espectáculo para todos
-sus vecinos. Aunque yo hubiera sido un general portugués hecho
-prisionero de guerra, no habría sido mayor la curiosidad con que todos
-corrían y se atropellaban por verme. «¡Aquél es—decían—, aquél es el
-capitán y el terror de toda esta tierra! ¡Merecía ser atenaceado, y
-no menos sus dos compañeros!» Presentáronnos al corregidor, que desde
-luego comenzó a insultarme. «¡Ya lo ves, malvado—me dijo—: el Cielo,
-cansado de tus delitos, te ha entregado a mi justicia!» «Señor—le
-respondí—, es cierto que he cometido muchos; pero a lo menos no tengo
-que acusarme de haber quitado la vida al hijo de vuestra señoría. Si
-vive, a mí me lo debe, y me parece que este servicio es acreedor a
-algún reconocimiento.» «¡Ah, infame!—replicó—. ¡Sin duda que estaría
-bien empleado un proceder generoso con hombres de tu carácter! Y aun
-cuando yo te quisiera perdonar, ¿me lo permitiría, por ventura, la
-obligación de mi empleo?» Dicho esto, nos mandó meter en un calabozo,
-donde no dejó pudrir a mis compañeros. Salieron de él al cabo de tres
-días, para representar un papel un poco trágico en la plaza Mayor. Por
-lo que toca a mí, estuve tres semanas enteras en la cárcel. Tuve por
-cierto que se dilataba mi suplicio para que fuese más terrible, y, en
-fin, cada día estaba esperando un nuevo género de muerte, cuando al
-cabo mandó el corregidor que me llevasen a su presencia, y estando en
-ella me dijo: «Oye tu sentencia. Quedas libre. Si no fuera por ti, mi
-hijo hubiera sido asesinado en medio de un camino. Como padre, deseaba
-agradecerte este gran beneficio; pero no pudiendo absolverte como juez,
-escribí a la Corte en tu favor. Pedí al rey el perdón de tus delitos y
-lo conseguí. Vete a donde quieras; pero, créeme—añadió—, aprovéchate
-de tan feliz como no esperado suceso. Vuelve en ti y abandona para
-siempre esa desastrosa vida.»
-
-«Atravesado el corazón con estas últimas palabras, tomé el camino de
-Madrid, con propósito de vivir con sosiego en esta villa. Encontró
-ya muertos a mis padres y su herencia en manos de un viejo pariente
-nuestro, que me dió aquella cuenta fiel que acostumbran los tutores.
-Sólo pude lograr tres mil ducados, que acaso no componían la cuarta
-parte de lo que debía heredar. Pero ¿qué había de hacer? Nada
-adelantaría con ponerle pleito, sino tener de menos todo lo que gastase
-en él. Por huir la ociosidad, compré una vara de alguacil, y, según
-cumplo con mi empleo, parece que no he tenido otro en toda mi vida.
-Mis nuevos compañeros, por decoro, se habrían opuesto a mi admisión
-si hubieran sabido mi historia; pero, por fortuna mía, la ignoraban,
-o—lo que viene a ser lo mismo—afectaron ignorarla, porque en este
-honrado cuerpo todos tienen interés en que no se sepan sus hechos,
-sus virtudes y milagros. Con todo eso, amigo mío—continuó Rolando—,
-yo quiero descubrirte mi corazón. No me gusta el oficio que he tomado.
-Pide una conducta demasiadamente delicada y misteriosa, que sólo da
-lugar a sutilezas y raposerías. ¡Oh y cuánto echo de menos mi antigua
-y noble profesión! Confieso que es más segura la nueva, pero es más
-gustosa y divertida la otra, y yo soy amante de la alegría y de la
-libertad. Voy viendo que tengo traza de exonerarme de este empleo y
-desaparecer el día menos pensado, para retirarme a las montañas que
-están en el nacimiento del Tajo. Sé que hay allí cierta madriguera,
-habitada por una valerosa tropa llena de catalanes determinados cuyo
-nombre solo es su mayor elogio. Si me quieres seguir, iremos a aumentar
-el número de aquellos grandes hombres. Me brindan con el empleo de
-segundo capitán de tan ilustre compañía, y haré que te reciban en
-ella, asegurándoles que diez veces te he visto combatir a mi lado,
-y ensalzaré hasta las nubes tu valor. Hablaré mejor de ti que un
-general de un oficial cuando le quiere adelantar; pero me guardaré
-bien de tomar en boca la pieza que nos jugaste, porque esto te haría
-sospechoso, y así, no diré palabra de la aventura consabida. Ahora
-bien—añadió—: ¿estás pronto a seguirme? Espero tu respuesta.»
-
-«Cada uno tiene sus inclinaciones—respondí a Rolando—; usted es
-inclinado a las empresas arduas y peligrosas y yo a una vida tranquila
-y sosegada.» «¡Ya te entiendo!—me interrumpió—. Aquella señora cuyo
-amor te hizo hacer lo que emprendiste la tienes todavía muy dentro del
-corazón, y sin duda que en su amable compañía gozas de aquella vida
-cómoda y gustosa a que te llama tu inclinación. Confiesa con sinceridad
-que, después de haberle restituído sus muebles, estáis comiendo juntos
-los doblones que recogisteis y robasteis de la cueva.» Respondíle que
-estaba muy equivocado, y para desengañarle, en pocas palabras le conté
-toda la historia de la señora, con todo lo demás que me había sucedido
-desde que me escapé de su compañía. Al fin de la comida me volvió a
-hablar de los señores catalanes y me confesó que estaba resuelto a ir
-a juntarse con ellos, volviéndome a dar otro tiento para persuadirme a
-que abrazase aquel partido. Pero viendo que no lo podía conseguir, me
-miró con un aire fiero y me dijo con cierta seriedad feroz: «¡Ya que
-tienes un corazón tan vil y bajo que prefieres tu servil condición al
-honor de entrar en la compañía de unos hombres valerosos, te abandono
-a la villanía de tus ruines inclinaciones! ¡Olvida enteramente que me
-volviste a encontrar hoy, y jamás me tomes en boca con persona viviente
-de este mundo, porque si llego a saber que alguna vez has hablado de
-mí...! ¡Ya me conoces, y no te digo más!» Al decir esto, llamó al
-tabernero, pagó la comida y nos levantamos de la mesa para ir cada cual
-por su camino.
-
-
-
-
-CAPÍTULO III
-
-Deja Gil Blas a don Bernardo de Castelblanco y entra a servir a un
-elegante.
-
-
-Salimos de la taberna, y cuando nos estábamos despidiendo uno y otro
-pasaba mi amo por la calle. Vióme, y observé que más de una vez
-se volvió a mirar con cuidado al capitán. Parecióme que le había
-sorprendido verme en compañía de semejante sujeto. A la verdad, la
-traza de Rolando no excitaba ideas muy favorables de sus costumbres.
-Era un hombre muy alto, carilargo, de nariz aguileña, y aunque no de
-desgraciada figura, tenía no sé qué trazas de un grandísimo bribón.
-
-No me engañé en mi sospecha. Cuando don Bernardo se retiró a casa por
-la noche, le hallé muy prevenido contra la catadura del capitán y
-propenso a creer todas las proezas que yo le pudiera contar de él si me
-hubiera atrevido a referírselas. «Gil Blas—me dijo—, ¿quién era aquel
-pajarraco con quien te vi poco ha?» Respondíle que era un alguacil y
-me imaginé que quedaría satisfecho con esta respuesta. Pero me hizo
-otras muchas preguntas; y como me viese perplejo en las respuestas,
-porque me acordaba de las amenazas de Rolando, cortó de repente la
-conversación y metióse en la cama. La mañana siguiente, luego que acabé
-de hacer las haciendas ordinarias, me entregó seis ducados en lugar
-de seis reales y me dijo: «Toma, amigo, estos ducados por lo que
-me has servido hasta aquí y vete a servir a otra casa, que yo no me
-puedo acomodar con un criado que cultiva tan honradas amistades.» De
-pronto no me ocurrió otra cosa que decirle sino que había conocido en
-Valladolid a aquel alguacil con motivo de haberle asistido en cierta
-enfermedad cuando ejercía yo la Medicina. «¡Bellamente! ¡No se puede
-negar que es ingeniosa la salida! Mas ¿por qué no me respondiste anoche
-lo mismo en vez de turbarte?» «Señor—le dije—, no me atreví a decirlo
-por prudencia, y ésta es la verdad.» «Ciertamente—me replicó, dándome
-cariñosas palmaditas en el hombro—que eso es ser prudente hasta lo
-sumo, y en verdad que yo no te tenía por tanto. ¡Anda, hijo mío, vete
-en paz y date por despedido!»
-
-Partíme inmediatamente y fuíme en derechura a dar esta mala noticia a
-mi protector Meléndez, el cual me dijo, por consolarme, que pensaba
-hacer diligencias para acomodarme en otra casa mejor. Con efecto, pocos
-días después me dijo: «Amigo Gil Blas, muy lejos estarás tú de pensar
-en la fortuna que ahora voy a anunciarte. Tendrás el mejor puesto
-del mundo. Sábete que te he acomodado con don Matías de Silva. Es un
-sujeto de la primera distinción y uno de aquellos señoritos mozos que
-se llaman _elegantes_. Tengo la honra de ser su mercader. Acude a mi
-tienda por todo cuanto se le ofrece; es verdad que todo va al fiado,
-pero nada se va a perder nunca con estos señores. Comúnmente se casan
-con herederas ricas, que pagan todas sus deudas; y cuando esto no,
-se les cargan los géneros a tan subido precio, que aunque no se cobre
-más que la cuarta parte de las partidas siempre queda ganancioso el
-mercader que sabe su oficio. El mayordomo de don Matías es amigo mío;
-vamos a buscarle, que él es quien te ha de presentar a su amo, y puedes
-estar seguro de que, por respeto mío, hará de ti particular estimación.»
-
-Mientras íbamos caminando a casa de don Matías, me dijo el mercader:
-«Paréceme muy conveniente que estés informado del carácter del
-mayordomo. Llámase Gregorio Rodríguez y, aquí para entre los dos, es un
-hombre nacido del polvo de la tierra, y sintiéndose con talento para el
-manejo económico, siguió su inclinación y se ha enriquecido arruinando
-dos casas cuyas rentas manejó. Te prevengo que es hombre muy vano y
-gusta mucho de que los demás criados se le humillen. A él han de acudir
-todos los que pretendan alguna gracia del amo. Si alguno consigue algo
-sin su participación, siempre tiene prontos mil artificios para hacer
-que se revoque la gracia o que le sea enteramente inútil. Ten esto
-presente para tu gobierno. Haz tu corte al señor Rodríguez aun más
-que a tu mismo amo y no perdones diligencia alguna para conservarte
-siempre en su favor. Su amistad te será de gran provecho; te pagará
-puntualmente tu salario, y si logras merecer su confianza no se
-contentará con esto, porque tiene muchos arbitrios para dar en qué
-ganar. Don Matías es un mozo que sólo piensa en divertirse y nada cuida
-de los inteceses de su casa. Mira ahora si puede haberla mejor para
-tal mayordomo.»
-
-Luego que llegamos a la casa, preguntamos si podíamos hablar al señor
-Rodríguez; respondiéronnos que sí y que le encontraríamos en su cuarto.
-Efectivamente, le hallamos en él, y estaba con un labrador que tenía
-en la mano un talego de terliz lleno, a lo que parecía, de dinero.
-El mayordomo, que me pareció más pálido y amarillo que una doncella
-cansada de su estado, se levantó apresurado y corrió con los brazos
-abiertos a recibir a Meléndez. El mercader abrió también los suyos y se
-abrazaron estrechísimamente, en cuyas demostraciones de amor había por
-lo menos tanto artificio como verdad. Después de esto se trató de mí.
-Rodríguez me examinó de pies a cabeza y me dijo con mucha afabilidad
-que yo era el mismísimo que convenía a don Matías y que él tomaba a
-su cargo presentarme a este señor. Le significó el mercader lo mucho
-que se interesaba por mí y suplicó al mayordomo que me tomase bajo su
-protección, y dejándome con él, se retiró, despidiéndose con muchos
-cumplimientos. Luego que salió, me dijo Rodríguez: «Yo te presentaré
-al amo después que haya despachado a este pobre labrador.» Acercóse
-al paisano, y tomándole el talego, le dijo: «Veamos si están aquí los
-quinientos doblones.» Contólos por su mano, y hallándolos justos dió
-su recibo al labrador y le despidió. Guardó luego los doblones en el
-talego y, vuelto a mí, «Ahora podemos ir—me dijo—a ver al amo, que se
-estará vistiendo, porque no se levanta hasta mediodía y ya es cerca de
-la una.»
-
-Con efecto, acababa entonces de levantarse don Matías. Estaba en bata,
-repantigado en una silla poltrona, con una pierna sobre un brazo de
-la silla, y era su ocupación estar picando un cigarro. Hablaba con un
-lacayo que hacía oficio de ayuda de cámara interinamente. «Señor—le
-dijo el mayordomo—, aquí está este mocito, que tengo el gusto de
-presentar a vuestra señoría para reemplazar al criado que se sirvió
-despedir anteayer. Su fiador es Meléndez, el mercader de vuestra
-señoría. Asegura que es un mozo de mérito, y yo creo que vuestra
-señoría estará contento con él y se dará por bien servido.» «Basta
-que tú me lo presentes—respondió su señoría—para que le reciba; yo
-le declaro desde luego mi ayuda de cámara y queda ya evacuado este
-negocio. Rodríguez, hablemos de otra cosa, pues has venido cuando
-iba a mandar que te llamasen. Te voy a dar una mala nueva, mi amado
-Rodríguez. Anoche estuve muy desgraciado en el juego; perdí cien
-doblones que llevaba en el bolsillo y otros doscientos sobre mi
-palabra. Ya sabes lo necesario que es a personas de mi condición pagar
-cuanto antes este género de deudas. Estas son propiamente las que
-el honor nos obliga a satisfacer con puntualidad; las otras, basta
-que se paguen cuando se pueda. Es preciso, pues, que me busques en
-el día doscientos doblones y se los envíes a la condesa de Pedrosa.»
-«Señor—respondió el mayordomo—, más fácil es decirlo que ejecutarlo.
-¿Dónde quiere vuestra señoría que encuentre yo tanto dinero? No puedo
-cobrar un maravedí de sus arrendadores por más amenazas que les hago;
-me es indispensable mantener la casa y la familia con toda la decencia
-que conviene; me cuesta sudores de sangre el hallar modo para soportar
-tanto gasto. Es verdad que hasta aquí, por la misericordia de Dios, le
-he podido sobrellevar; pero no sé ya a qué santo encomendarme y me veo
-reducido al último apuro.» «Cuanto estás hablando es inútil—respondió
-don Matías—, y todas esas noticias sólo sirven de enfadarme.
-Rodríguez, no tienes que esperar que yo mude de conducta ni que quiera
-tomar a mi cargo el gobierno de mi hacienda. ¡Por cierto que sería
-muy buena diversión para un hombre como yo!» «¡Paciencia!—replicó
-el mayordomo—. En tal caso, estoy persuadido de que presto se verá
-vuestra señoría libre para siempre de ese cuidado.» «¡Ya me cansas y me
-matas con tanta bachillería!—repuso enfadado el señorito—. ¡Déjame
-arruinar sin que me lo recuerdes! Es menester, te digo, que busques
-esos doscientos doblones; vuelvo a decir que es menester y quiero
-precisamente que los busques y los halles.» «Pues, según eso—dijo
-Rodríguez—, voy a ver si los quiere dar aquel buen viejo que otras
-veces ha prestado dinero a vuestra señoría, aunque a crecida usura.»
-«¡Vé y recurre aunque sea al mismo diablo!—respondió don Matías—.
-¡Como yo tenga los doscientos doblones, todo lo demás no me importa un
-bledo!»
-
-No bien acababa de decir estas palabras, colérico y enojado, cuando,
-al irse el mayordomo, entró en su cuarto otro señorito mozo, llamado
-don Antonio Centelles. «¿Qué tienes, amigo?—preguntó éste a mi amo—.
-Parece que estás de mal humor; veo en tu semblante un cierto no sé
-qué que me lo hace sospechar. ¡Sin duda que te ha puesto así el bruto
-que acaba de salir de aquí!» «Es cierto—respondió don Matías—. Es
-mi mayordomo, y siempre que viene a mi cuarto me da un mal rato. No
-sabe hablar sino de mis negocios, y repite mil veces que me como
-mis rentas y me engullo el capital. ¡Gran bestia! ¡Como si fuera él
-quien lo perdiese!» «Amigo—respondió don Antonio—, en el mismo caso
-me hallo yo. Mi mayordomo no es más mirado que el tuyo. Cuando el
-grandísimo ganapán, en fuerza de mis repetidas órdenes, me trae algún
-dinero, no parece sino que me da lo que es suyo; me dice que me pierdo
-y que todas mis rentas están embargadas. Véome precisado a tomar la
-palabra para cortar la conversación.» «Pero lo peor de todo es—dijo
-don Matías—que no podemos vivir sin estas gentes y que para nosotros
-es éste un mal necesario.» «Convengo en eso—respondió Centelles—.
-¡Pero aguarda un poco—prosiguió, reventando de risa—, que ahora me
-ocurre un pensamiento muy gracioso y nunca imaginado! Podemos hacer
-cómicas las escenas serias que cada día representamos con estos hombres
-y que nos sirva de diversión lo mismo que nos apesadumbra. Hagámoslo
-de este modo: yo pediré a tu mayordomo el dinero que hayas menester y
-tú pedirás al mío el que yo necesite. Dejarémosles decir todo lo que
-quieran y nosotros les oiremos con oídos de mercader. Al cabo del año,
-tu mayordomo me presentará sus cuentas y el mío te dará las suyas. De
-esta manera, yo sólo oiré hablar de tus gastos, tú sólo tendrás noticia
-de los míos y verás cómo nos divertimos.»
-
-A esta ingeniosa invención se siguieron mil chistosas agudezas que
-alegraron a los dos señoritos, y uno y otro las llevaron adelante con
-mucho alborozo. Interrumpió Gregorio Rodríguez su alegre conversación
-entrando en la sala acompañado de un vejete, tan calvo que apenas
-se le descubría un cabello. Quiso despedirse don Antonio, y dijo:
-«¡Adiós, don Matías, que presto nos volveremos a ver! Quiero dejarte
-con estos señores, con quienes quizá tendrás que tratar negocios
-importantes.» «¡No, no!—respondió mi amo—. ¡Estáte aquí, que tú en
-nada nos estorbas! Este buen viejo que ves es un hombre muy de bien,
-que me presta dinero a un veinte por ciento.» «¿Cómo _a un veinte
-por ciento_?—replicó Centelles como admirado—. ¡A fe que has sido
-afortunado en caer en tan buenas manos! Yo compro el dinero a peso de
-oro, porque ninguno me lo quiere prestar menos de a treinta y tres
-por ciento.» «¡Qué usura!—exclamó entonces el usurerísimo viejo—.
-¿Tienen alma esos bribones? ¿Creen, por ventura, que no hay otro mundo?
-¡Ya no extraño que se declame tanto contra las personas que prestan
-a interés! El exorbitante precio a que venden sus empréstitos es lo
-que nos desacredita a todos, quitándonos la honra y la reputación;
-yo, a lo menos, sólo presto puramente por servir a los que se valen
-de mí, y si todos mis compañeros siguieran mi ejemplo, no estaríamos
-tan desacreditados. ¡Ah, si los tiempos presentes fueran tan felices
-como los pasados, tendría yo el mayor gusto en abrir mi bolsa y
-ofrecérsela a vuestra señoría sin el más mínimo interés, pues, aun en
-medio de mi pobreza, casi tengo escrúpulo de prestar mi dinero a un
-miserable veinte por ciento! Mas, ¡oh Dios!, parece que el dinero se
-ha vuelto a enterrar en las entrañas de la tierra; ya no se encuentra
-un ochavo, y su escasez me obliga a ensanchar un poco las estrechas
-reglas de mi moralidad. ¿Cuánto dinero ha menester vuestra señoría?»,
-preguntó volviéndose hacia mi amo. «Doscientos doblones», respondió
-éste. «Cuatrocientos traigo en un talego—dijo el usurero—; contaré
-la mitad y se la entregaré a vuestra señoría.» Al mismo tiempo sacó de
-debajo de la capa un talego de terliz, que me pareció ser el mismo que
-aquel labrador acababa de dejar con quinientos doblones en el cuarto de
-Rodríguez. Luego me ocurrió lo que debía pensar de aquella maniobra, y
-vi por experiencia la mucha razón con que Meléndez me había ponderado
-lo diestro que era el mayordomo en hacer su negocio. El viejo abrió
-el talego, vació los doblones sobre una mesa y púsose a contarlos. La
-vista de toda aquella cantidad encendió la codicia de mi amo. «Señor
-Dimas—dijo al usurero—, ahora mismo me ocurre una reflexión que me
-parece cuerda. Verdaderamente, yo era un pobre mentecato cuando sólo
-pedí a usted el dinero que precisamente había menester para desempeñar
-mi honor y mi palabra, no acordándome de que me quedaba sin un ochavo
-para el gasto preciso de mi casa y que mañana me vería precisado a
-recurrir a usted. Tomaré, pues, esos cuatrocientos doblones sobre el
-mismo pie, para excusarle el trabajo de hacer otro viaje a mi casa.»
-«Señor—respondió el viejo—, es cierto que tenía destinada una parte
-de este dinero para un buen licenciado, heredero de grandes posesiones,
-que emplea cuanto tiene en retirar del mundo a muchas pobres jóvenes
-que peligraban en él, manteniéndolas después en su retiro; mas una vez
-que vuestra señoría necesita de esta cantidad, ahí la tiene toda a
-su disposición. Basta que vuestra señoría se digne señalar hipotecas
-suficientes y libres para asegurar el capital y los réditos.» «¡Oh! Por
-lo que toca a la seguridad—interrumpió Rodríguez sacando del bolsillo
-un papel—, la tendrá usted aún mayor de lo que pudiera desear,
-sólo con que el señor don Matías se digne echar su firma en esta
-letra de cambio. En virtud de ella, libra a vuestro favor quinientos
-doblones contra Talegón, arrendador de los estados de Mondéjar.» «Me
-conformo—replicó el usurero—, porque no soy hombre que me haga de
-rogar.» Entonces el mayordomo presentó una pluma a mi amo, que, sin
-leer la letra, firmó su nombre tarareando.
-
-Concluído este negocio, se despidió el viejo de don Matías, y éste le
-dió un estrecho abrazo, diciéndole: «¡Hasta la vista, señor Dimas; soy
-todo de usted! No sé cierto por qué son tenidos por bribones todos
-los de su oficio. Yo por mí juzgo que son unos entes muy necesarios
-al Estado, el consuelo de mil hijos de familia y el recurso de todos
-los señores que gastan más de lo que permiten sus rentas.» «Tienes
-razón—dijo entonces Centelles—; los usureros son unos hombres de bien
-que merecen ser muy estimados y honrados; y yo quiero abrazar también
-a éste, que se contenta con un veinte por ciento.» Diciendo esto, se
-acercó al viejo para abrazarle, y los dos elegantes, para divertirse,
-se lo enviaban recíprocamente uno al otro como si fuera una pelota.
-Después de haberle bien zarandeado le dejaron ir con el mayordomo, que
-merecía mejor aquellos zarandeos y aun alguna cosa más.
-
-Luego que salió Rodríguez con el testaferro de sus maldades, envió don
-Matías a la condesa de Pedrosa la mitad de aquel dinero, por mano de un
-lacayo que estaba conmigo en la antesala, y la otra mitad la metió en
-un bolsillo de seda y oro que llevaba ordinariamente en la faltriquera.
-Contentísimo de verse con tanto dinero, dijo muy alegre a don Antonio:
-«Y bien, ¿en qué hemos de pasar el día de hoy? Pensémoslo un poco y
-tengamos entre los dos consejo privado.» «¡Que me place—respondió
-Centelles—, que eso es ser hombre de juicio! Conferenciemos, pues.»
-Cuando iban a tratar de lo que habían de hacer, entraron otros dos
-señoritos, poco más o menos de la misma edad de mi amo, esto es, de
-veintiocho a treinta años, uno de los cuales se llamaba don Alejo
-Seguier y el otro don Fernando de Gamboa. Luego que se vieron juntos,
-los cuatro comenzaron a darse tantos abrazos como si en diez años
-no se hubieran visto. Después de esta ceremonia, don Fernando, que
-era de genio muy alegre, dirigiendo la palabra a don Matías y a don
-Antonio, «Y bien, señores—les dijo—, ¿dónde pensáis comer hoy? Si no
-estáis convidados, os quiero llevar a una casita de los cielos, donde
-beberéis un vinito de los dioses. Anoche cené en ella y no salí hasta
-las cinco o seis de la mañana.» «¡Ojalá hubiese yo tenido la misma
-prudencia—exclamó mi amo—, pues así no hubiera perdido mi dinero!»
-
-«Yo—dijo Centelles—quise tener anoche una nueva diversión, porque la
-variedad es madre del gusto. Llevóme un amigo a casa de uno de aquellos
-ricotes que hacen su negocio manejando los del Estado: un asentista.
-En el adorno de la casa se veía magnificencia y elección de muebles
-exquisitos; la mesa, bien cubierta y servida; pero descubrí en los amos
-de la casa cierta ridiculez que me divirtió extremadamente. El dueño,
-aunque de nacimiento bajo y de educación grosera, afectaba modales a lo
-grande. Su mujer, aunque era fea de gana, creía ser una Venus, y además
-decía mil necedades, sazonadas con un acento vizcaíno que les daba un
-gran realce. Fuera de eso, estaban sentados a la mesa cuatro o cinco
-niños con su ayo. Considerad ahora cuánto me divertiría aquella cena
-casera.»
-
-«Pues yo, señores—dijo don Alejo Seguier—, cené con una comedianta:
-con Arsenia. Eramos seis de mesa: Arsenia, Florimunda, una niña amiga
-suya, maja de profesión, el marqués de Zenete, don Juan de Moncada y
-vuestro servidor. Pasamos la noche en beber y en decir galanterías.
-Pero ¡qué noche! Es verdad que Arsenia y Florimunda no son de las más
-discretas; pero ¿qué importa? Su desembarazo suple la falta de talento.
-Son unas criaturas tan alegres, vivarachas y divertidas, que las
-prefiero a las mujeres juiciosas.»
-
-
-
-
-CAPÍTULO IV
-
-Hace amistad Gil Blas con los criados de los elegantes; secreto
-admirable que éstos le enseñaron para lograr a poca costa la fama de
-hombre agudo, y singular juramento que a instancia de ellos hizo en una
-cena.
-
-
-Prosiguieron aquellos señoritos charlando de esta manera hasta que
-don Matías, a quien yo entre tanto ayudaba a vestir, se halló en
-disposición de poder salir de casa. Díjome entonces que le siguiese, y
-todos los cuatro elegantes tomaron juntos el camino de la casa a donde
-había ofrecido llevarlos don Fernando de Gamboa. Comencé, pues, a
-marchar detrás de ellos, juntamente con los otros tres criados, porque
-cada uno de los caballeritos llevaba el suyo. Observé con admiración
-que los tales criados procuraban remedar en todo a sus amos, imitando
-su aire y movimientos. Saludélos a todos como un nuevo camarada
-suyo, correspondiéronme de la misma manera, y uno de ellos, después
-de haberme mirado atentamente por un breve rato, me dijo: «Hermano,
-conozco por toda tu traza que nunca has servido a ningún caballerito de
-esta especie.» «Es verdad—le respondí—, porque ha muy poco tiempo que
-llegué a Madrid.» «Así me lo parece a mí también—replicó él—. Todavía
-hueles a lugar, porque te veo tímido, atado, y observo en tu modo de
-manejarte un no sé qué de aldeanismo, rusticidad y encogimiento. Pero
-no importa; yo te prometo sobre mi palabra que presto te desbastaremos
-y te puliremos.» «Eso es lisonja», le repliqué. «¡Nada de eso!—me
-respondió—. Está cierto de que no hay hombre, por tosco que sea, a
-quien no sepamos cepillar y pulir.»
-
-No necesitó decirme más para que yo conociese que tenía por compañeros
-unos lindos perillanes y que no podía caer en mejores manos para llegar
-a ser un mozo de provecho. Cuando llegamos a la tal casa, hallamos
-ya preparada la mesa y dispuesta la comida, que don Fernando había
-tenido cuidado de encargar desde por la mañana. Sentáronse a la mesa
-nuestros amos y nosotros nos dispusimos a servirlos. Comenzaron a comer
-y a charlar con mucha alegría, y era para mí grandísima diversión el
-verlos y oírles. Su carácter, sus pensamientos y sus expresiones me
-divertían completamente. ¡Qué viveza! ¡Qué chistes! ¡Qué agudezas! Me
-parecían unos hombres de diferente especie. Cuando se sirvieron los
-postres, les pusimos muchas botellas de los mejores vinos de España, y
-levantados los manteles, nos retiramos los criados a otro cuarto, donde
-había mesa para nosotros.
-
-Tardé poco en conocer que los caballeros criados de mi cuadrilla eran
-hombres de mucho mayor mérito de lo que yo me había imaginado. No se
-contentaban con imitar los modales de sus amos; afectaban hablar el
-mismo lenguaje, y los bellacos lo hacían tan a la perfección, que,
-a reserva de un cierto airecillo de nobleza que no sabían remedar,
-en todo lo demás parecían los mismos. Admirábame su desenvoltura y
-desembarazo, pero mucho más me admiraba su prontitud y la agudeza
-de sus dichos; tanto, que absolutamente desesperé llegar nunca a
-parecerme a ellos. El criado de don Fernando, en vista de que su amo
-era el que regalaba a los nuestros, hacía los honores del banquete,
-y llamando al dueño de la casa, le dijo: «Patrón, tráiganos acá diez
-botellas del vino más generoso que tenga, y, según usted acostumbra,
-cárguelo en la partida del que bebieron nuestros amos.» «Con mucho
-gusto—respondió él—; pero, señor Gaspar, ya sabe usted que el señor
-don Fernando me está debiendo muchas comidas. Si por medio de usted
-pudiera cobrar algún dinerillo...» «¡Oh!—respondió el criado—.
-¡No paséis cuidado por lo que se os debe! Yo salgo fiador de que
-las deudas de mi amo son como plata quebrada. Es verdad que algunos
-acreedores han hecho embargar nuestras rentas; pero mañana haremos
-que se levante el secuestro y seréis pagado de todo el importe de la
-cuenta, sin examinarla.» Trájonos el vino, no embargante el secuestro,
-y bebimos poderosamente mientras llegaba el día de que éste se alzase.
-Eran de ver los brindis que continuamente nos hacíamos unos a otros,
-llamándonos recíprocamente por los nombres de nuestros amos. El criado
-de don Antonio llamaba _Gamboa_ al de don Fernando, y el de don
-Fernando llamaba _Centelles_ al de don Antonio, y a mí me llamaban
-_Silva_. Poco a poco nos fuimos todos emborrachando bajo estos nombres
-postizos, ni más ni menos como lo habían hecho nuestros señores amos
-bajo los suyos propios.
-
-Aunque en la realidad no brillaba yo tanto como mis camaradas, sin
-embargo, no dejaron de mostrarse bastante contentos conmigo. «Amigo
-Silva—me dijo uno de los menos tartamudos—, espero que haremos de ti
-algo bueno. Veo que tienes fondo e ingenio, pero no sabes aprovecharte
-de él. El miedo de hablar mal te acobarda; no te atreves a hacerlo por
-temor de decir algún despropósito. Con todo eso, ¿cuántos pasan hoy
-en el mundo por hombres agudos e ingeniosos sólo porque se arriesgan
-a decir cuanto se les viene a la boca, aunque digan tal vez cien
-disparates? Calificaráse de una doble viveza de espíritu tu mismo
-atolondramiento. Aunque digas mil desatinos, como entre ellos se te
-escape algún dicho agudo, se olvidarán las otras necedades y sólo se
-tendrá presente y se celebrará la tal agudeza, haciéndose concepto
-superior de tu singular mérito. Esto y no más hacen nuestros amos,
-y esto y no más debe hacer todo aquel que aspire a la reputación de
-hombre de ingenio y chistoso.»
-
-Sobre que yo no aspiraba a otra cosa, el medio que me enseñaban para
-conseguirlo me pareció tan fácil y practicable, que juzgué no debía
-despreciarle. Comencé a probarle inmediatamente, y no ayudó poco el
-vino que había bebido para que no me saliese mal aquella primera
-prueba. Quiero decir que desde luego comencé a hablar a diestro y
-siniestro, y tuve la fortuna de mezclar entre mil extravagancias
-algunas agudezas que me granjearon grandes aplausos. Llenóme de gran
-confianza este primer ensayo. Aumenté con tragos la charlatanería para
-que me ocurriese algún conceptillo, y quiso la casualidad que no se
-malograsen mis esfuerzos.
-
-«Ahora bien—me dijo el que me había dado la importantísima lección—:
-¿no conoces tú mismo que ya empiezas a civilizarte? Aun no ha dos horas
-que estás en nuestra compañía y ya eres un hombre muy diferente del que
-eras; cada día irás mejorando. Ya estás viendo y palpando qué cosa es
-esto de servir a caballeros y personas de distinción. Insensiblemente
-eleva y ennoblece el ánimo; efecto que no se experimenta sirviendo
-a clase baja ni aun a la de mediana condición.» «Sin duda—le
-respondí—; y, por tanto, de hoy en adelante quiero consagrar mis
-servicios a la nobleza.» «¡Bravo! ¡Bravo!—exclamó el criado de don
-Fernando, que estaba ya alumbrado—. ¡No es dado a la gente baja el
-tener pensamientos altos ni talentos superiores como nosotros! ¡Ea,
-señores—añadió—, alto todos, y hagamos juramento, por la laguna
-Estigia, de nunca servir a esa gentecilla de media braga!» Reímonos
-mucho del pensamiento de Gaspar; celebrámosle, y con la botella en una
-mano y el vaso en la otra hicimos todos aquel bufonesco juramento.
-
-Mantuvímonos sentados a la mesa hasta que plugo a nuestros amos
-retirarse, que fué a media noche, lo que a mis camaradas pareció un
-exceso de sobriedad. Verdad es que si los tales señoritos salieron de
-allí tan temprano fué por ir a ver a una elegante mala cabeza que vivía
-en el barrio de Palacio y tenía su casa abierta día y noche a toda la
-gente del bronce. Era una mujer de treinta y cinco a cuarenta años,
-linda en extremo, todavía de singular atractivo, y tan diestra en el
-arte de agradar que, según decía, vendía más caros los rebuscos de su
-belleza que había vendido las primicias. Vivían en la misma casa otras
-dos o tres damas de la misma laya, que no contribuían poco al concurso
-de señores que en ella se veían. Poníanse a jugar después de comer,
-cenaban allí y pasaban la noche en beber y divertirse. Nuestros amos
-se detuvieron en la tal casa hasta el amanecer, y mientras ellos se
-divertían con las damas de buen humor, nosotros nos holgábamos con las
-criadas, que no eran menos joviales que sus amas. En fin, nos separamos
-todos luego que se mostró la aurora, y cada uno se retiró a descansar.
-
-Mi amo se levantó a mediodía, como acostumbraba. Vistióse, salió,
-seguíle y entramos en casa de don Antonio Centelles, donde encontramos
-a un tal don Alvaro de Acuña. Era un hombre ya entrado en años y
-disoluto de profesión. Todos los mozuelos que querían ser elegantes
-se ponían en sus manos y acudían a su escuela. Formábalos a su gusto,
-enseñándolos a lucir en el gran mundo y a malgastar sus caudales. Don
-Antonio no necesitaba de esta lección, porque ya se había comido el
-suyo. Luego que se abrazaron los tres, dijo Centelles a mi amo: «A fe,
-don Matías, que no podías haber llegado a mejor tiempo. Don Alvaro ha
-venido para llevarme a casa de un particular que ha convidado hoy a
-comer al marqués de Zenete y a don Juan de Moncada, y yo quiero que
-tú seas del convite.» «Pero ¿cómo se llama ese tal?», preguntó don
-Matías. «Se llama Gregorio Noriega—respondió don Alvaro—, y en dos
-palabras te diré lo que es este mozo. Es hijo de un joyero rico que ha
-ido a negociar en pedrería a los países extranjeros, y al partir le ha
-dejado el goce de una gran renta. Gregorio es un pobre tonto, propenso
-a comer y gastar todo su dinero haciendo el elegante y que revienta por
-parecer hombre ingenioso y agudo, a pesar de la naturaleza, que no le
-ha concedido esta gracia. Púsose en mis manos para que le dirigiese;
-yo lo hago a mi modo, y en verdad que le llevo en buen estado, pues
-el fondo de su caudal está ya medio consumido.» «Eso es lo que yo no
-dudo—interrumpió Centelles—, y espero verle presto en el hospital.
-¡Vamos, don Matías, conozcamos a ese hombre y ayudémosle a que acabe
-de arruinarse!» «Vengo en ello—dijo mi amo—, porque tengo gran
-gusto en dar en tierra con la fortuna de esos señoritos plebeyos que
-quieren hombrearse y confundirse con nosotros. Como, por ejemplo, nada
-he celebrado tanto como la ruina del hijo de aquel asentista a quien
-el juego y la vanidad de querer figurar con los grandes obligaron a
-vender su misma casa.» «¡Oh!—replicó don Antonio—. Ese tal no merece
-le tengan lástima, porque no es menos necio ni menos presumido en su
-miseria que lo era en su prosperidad.»
-
-Partieron, pues, mi amo, Centelles y don Alvaro a casa de Gregorio
-Noriega. Mojicón, criado de Centelles, y yo fuimos también tras de
-ellos, muy persuadidos los dos de que nos esperaba una gran bucólica
-y ambos también muy contentos de cooperar por nuestra parte a la
-destrucción de aquel pobre mentecato. Al entrar en su casa vimos mucha
-gente ocupada en disponer la comida, y nos dió en las narices un olor
-de cocina que anunciaba al olfato el recreo que tendría luego el
-paladar. Acababan de llegar el marqués de Zenete y don Juan de Moncada.
-Dejóse ver después el dueño de la casa, que desde luego me pareció un
-solemnísimo majadero. Afectaba inútilmente el aire y modales de los
-elegantes; pero era una feísima copia de aquellos hermosos originales,
-o, por mejor decir, un atolondrado que se esforzaba por ostentar
-despejo y desembarazo. Figurémonos un hombre de este carácter entre
-cinco bufones de profesión empeñados únicamente en burlarse de él y en
-hacerle gastar cuanto tenía. «Señores—dijo don Alvaro después de los
-primeros cumplimientos—, éste es el señor Gregorio Noriega, que, sobre
-mi palabra, presento a ustedes como uno de los más cabales y perfectos
-caballeros. Posee mil bellas prendas y es un joven muy culto. Escojan
-ustedes lo que quisieren: es igualmente hábil en todas las facultades,
-desde la lógica más alta y sutil hasta la más pura y delicada
-ortografía.» «¡Oh, señor, eso ya es demasiado!—interrumpió Gregorio,
-sonriéndose sin ninguna gracia—. Yo sí, señor don Alvaro, que podía
-decírselo a usted, porque usted sí que es aquello que se llama _un pozo
-de ciencia_.» «Por cierto—replicó don Alvaro—, que mi ánimo no fué
-buscarme una alabanza tan aguda y discreta; pero en verdad, señores,
-que el nombre del señor Gregorio hará un gran ruido en el mundo.»
-«Yo—dijo don Antonio—lo que admiro en él, aun más que su ortografía,
-es el acierto en la elección de las personas con quienes trata. En
-lugar de buscar comerciantes, sólo gusta de tratar con caballeros, sin
-dársele nada de lo mucho que esta comunicación le ha de costar. Tiene
-unos pensamientos tan nobles y elevados, que me admiran. Esto es lo
-que se llama gastar con buen gusto y gran discernimiento.»
-
-A estos irónicos discursos se siguieron otros muchos en todo
-semejantes. Burláronse completamente del pobre Gregorio, y de cuando en
-cuando, en tono de elogios, le lanzaban ciertas pullas que no conocía
-el pobre bobo; antes bien, todo lo convertía en substancia, tomando al
-pie de la letra cuanto le decían, y se mostraba muy satisfecho de sus
-taimados huéspedes, creyendo que le hacían mucho favor, siendo así que
-se mofaban de él. En fin, fué el hazmerreír mientras la comida, y aun
-todo el resto del día y de la noche, porque toda la pasaron los señores
-míos en aquella diversión. Nosotros bebimos a discreción, ni más ni
-menos que nuestros amos, y todos estábamos bien compuestos cuando
-salimos de casa del señor Gregorio.
-
-
-
-
-CAPÍTULO V
-
-Vese Gil Blas de repente en lances de amor con una hermosa desconocida.
-
-
-Después de haber dormido algunas horas, me levanté de buen humor, y
-acordándome del consejo que me había dado Meléndez, fuí, mientras
-despertaba el amo, a hacer la corte al mayordomo, a cuya vanidad me
-pareció halagar el cuidado que yo ponía en rendirle mis obsequios.
-Recibióme con mucho agrado y me preguntó si me acomodaba bien la vida
-que hacían los señores. Respondíle que, aunque era nueva para mí, no
-desconfiaba de hacerme a ella con el tiempo.
-
-Efectivamente fué así, porque tardé muy poco en acostumbrarme. De
-reposado y juicioso que antes era, pasé de repente a ser vivaracho,
-atolondrado y zumbón. Dióme la enhorabuena de mi transformación el
-criado de don Antonio y me dijo que para ser hombre ilustre no me
-faltaba mas que tener lances amorosos. Representóme que esta era una
-cosa absolutamente necesaria para formar un joven completo, que todos
-nuestros camaradas eran amados de alguna persona linda y que él tenía
-la fortuna de que le mirasen con buenos ojos dos señoras de distinción.
-Creí que mentía aquel bellaco, y le dije: «Amigo Mojicón, no se puede
-negar que eres buen mozo y agudo; pero no alcanzo cómo han podido
-prendarse de un hombre de tu condición dos señoras distinguidas en cuya
-casa no estás.» «¡Gran dificultad, por cierto!—respondió Mojicón—.
-Ellas ni aun siquiera saben quién yo soy. Estas conquistas las he
-hecho usando de los vestidos de mi amo, y la cosa pasó de esta suerte:
-Vestíme de señor, imité bien los modales de tal y fuíme al paseo. Hice
-gestos y cortesías a todas las que encontraba, hasta que tropecé con
-una que correspondió a mis expresivas muecas. Seguíla y logró también
-hablarle. Tomé el nombre de don Antonio Centelles, pedí una cita, hice
-algunos esguinces, insté, convino al fin en ello, etcétera. Hijo mío,
-así me he gobernado yo para lograr tales fortunas; y si tú las quieres
-tener, sigue mi ejemplo.»
-
-Era mucha la gana que yo tenía de hacerme hombre ilustre para que
-dejase de poner en práctica este consejo, y más cuando tampoco sentía
-en mí gran repugnancia en tentar alguna empresa de amor. Resolví, pues,
-disfrazarme de señor para buscar amorosas aventuras. No quise vestirme
-en nuestra casa porque no se advirtiese; pero escogí en el guardarropa
-el mejor vestido de mi amo, hice un paquete y llevéle a casa de cierto
-barberillo amigo mío, donde podía disfrazarme libremente. Vestíme allí
-lo mejor que pude, ayudándome el barbero; y cuando nos pareció que ya
-no cabía más, me encaminé hacia el prado de San Jerónimo, de donde
-estaba bien persuadido a que no volvería sin haber encontrado alguna
-fortuna; pero no tuve necesidad de ir tan lejos para hallar una de las
-más brillantes.
-
-Al atravesar una calle excusada, vi salir de una casa pequeña y entrar
-en un coche que estaba a la puerta una señora ricamente vestida y muy
-hermosa. Paréme a mirarla y la saludé de manera que pudo bien conocer
-que no me había disgustado, y ella por sí me hizo ver que merecía mi
-atención más de lo que yo pensaba, porque levantó disimuladamente el
-velo y descubrió un momento la cara más linda y graciosa del mundo.
-Fuése en esto el coche y yo quedé en la calle sorprendido de aquella
-aparición. «¡Oh qué hermosura!—me decía yo a mí mismo—. ¡Cáspita!
-¡No me faltaba otra cosa para acabar de trastornarme! ¡Si las dos
-señoras que aman a Mojicón son tan hermosas como ésta, digo que es el
-ganapán más dichoso de todos los ganapanes! Estaría yo loco con mi
-suerte si mereciese servir a una dama como ésta.» Mientras hacía estas
-reflexiones, volví casualmente los ojos hacia la casa de donde había
-visto salir a aquella linda persona, y vi asomada a la reja de un
-cuarto bajo a una vieja que me hizo señas de que entrase.
-
-Fuí volando a la casa, y en una sala muy decentemente amueblada
-encontré a la venerable y disimulada vieja, que, teniéndome cuando
-menos por algún marqués, me saludó con mucho respeto y me dijo: «Sin
-duda, señor, que vuestra señoría habrá formado mal juicio de una
-mujer que, sin tener el honor de conocerle, le ha hecho señal para
-que entrase en su casa; pero juzgará más favorablemente de mí cuando
-sepa que no lo hago así con todos y que vuestra señoría me parece
-algún señor de la corte.» «No se engaña usted, amiga—le interrumpí,
-avanzando la pierna derecha y ladeando un poco el cuerpo sobre el
-costado izquierdo—. Soy, sin vanidad, de una de las mejores casas de
-España.» «Bien se conoce—prosiguió la vieja—, y a cien leguas se
-echa de ver. Yo, señor, tengo gran gusto, lo confieso, en servir de
-algo a las personas de circunstancias, y éste es mi flaco. Habiendo
-observado desde mi reja que vuestra señoría miraba con mucha atención
-a aquella señora que acababa de salir de aquí, me atrevo a suplicarle
-me diga con toda confianza si le ha gustado.» «Me ha gustado tanto—le
-respondí—, que a fe de caballero os aseguro no he visto en mi vida
-criatura más salada. Así, pues, madre mía, haced que ella y yo nos
-veamos a solas, y contad con mi agradecimiento. Este es uno de aquellos
-servicios que nosotros los grandes señores nunca pagamos mal.»
-
-«Ya he dicho a vuestra señoría—replicó la vieja—que toda yo estoy
-dedicada a servir a personas de distinción y que mi mayor gusto es
-poderles ser útil en alguna cosa. Por ejemplo, yo recibo en mi casa
-ciertas mujeres a quienes el concepto en que están de honestas y
-virtuosas no les permite admitir en la suya cortejantes y les ofrezco
-la mía para que puedan conciliar en ella su inclinación con la decencia
-exterior.» «¡Bellamente!—le respondí—. Y es muy verosímil que usted
-acabe de hacer este servicio a esa dama de quien estamos hablando.» «No
-por cierto—repuso ella—; ésa es una señora viuda y moza que desea
-tener un amante; pero es de un gusto tan delicado en este particular,
-que no sé si encontrará en vuestra señoría lo que busca, aunque sea
-un señor, a lo que parece, de gran mérito. Tres caballeros le he
-presentado, todos tres a cual más galán y airoso, y, sin embargo,
-ninguno le ha contentado, despidiéndolos a todos con desdén.» «¡Oh,
-madre!—exclamé yo con cierto aire de confianza—. ¡Eso a mí no me
-acobarda! ¡Disponed que yo le hable y os doy mi palabra que presto
-os daré buena cuenta de ella! Tengo deseo de verme a solas con una
-hermosura esquiva, porque hasta ahora ninguna he tropezado de esa
-especie.» «Pues bien—repuso la vieja—, venga vuestra señoría mañana
-a esta misma hora y satisfará ese deseo.» «No faltaré—respondí—, y
-veremos si un caballero mozo y gallardo pierde esa conquista.»
-
-Volví a casa del barberillo, sin empeñarme en buscar otras aventuras
-hasta ver el éxito de la presente. El siguiente día, después de haberme
-vestido a lo señor, fuí a casa de la vieja una hora antes de la que
-ella me había señalado. «Señor—me dijo—, vuestra señoría ha venido
-muy puntual, a lo que le estoy verdaderamente agradecida, aunque es
-verdad que el motivo lo merece bien. He visto a nuestra viudica, y
-las dos hemos hablado mucho de vuestra señoría. Encargóme que nada le
-dijese de esto; pero he cobrado tanto amor a vuestra señoría, que no
-puedo menos de decirle que ha quedado muy prendada de su persona y que
-será un señor afortunado. Hablando aquí entre los dos, la tal viudita
-es un bocado muy apetitoso. Su marido vivió poco tiempo con ella; fué
-un relámpago su matrimonio y se puede decir que casi tiene el mérito de
-una doncella.» Sin duda que la buena vieja quería hablar de aquellas
-doncellas putativas que saben vivir en el celibato sin echar nada de
-menos.
-
-Tardó poco nuestra heroína en llegar a casa de la vieja, en coche
-de alquiler como el día anterior, pero vestida con ricas galas.
-Luego que se dejó ver en la sala salí al encuentro, dando principio
-a mi papel por cinco o seis profundas cortesías a lo elegante,
-acompañadas de garbosas contorsiones. Acercándome después a ella con
-mucha familiaridad, le dije: «Reina mía, aquí tiene usted a sus pies,
-en este caballerito mozo, una de las más difíciles conquistas; pero
-desde que tuve ayer la dicha de ver esos bellos ojos, astros del más
-hermoso cielo, ni un solo instante se ha borrado de mi imaginación el
-vivo retrato de tan perfecto original, de modo que enteramente ofuscó
-el de cierta duquesa que ya comenzaba a poseer mi corazón.» «Sin
-duda—respondió ella quitándose el velo—que el triunfo es muy glorioso
-para mí; mas ni por eso es muy pura mi alegría, porque un señorito de
-vuestra edad es naturalmente inclinado a la variedad y a la mudanza,
-siendo tan dificultoso de fijar como el azogue o el espíritu volátil.»
-«Reina mía—le repliqué—, si a usted le place, dejemos a un lado lo
-futuro y pensemos sólo en lo presente. Usted es bella; yo la amo.
-Embarquémonos sin reflexión como lo hacen los marineros; no miremos
-a los peligros de la navegación; pongamos solamente los ojos en los
-placeres que la acompañan.»
-
-Diciendo esto, me arrojé precipitadamente a los pies de mi ninfa y,
-para imitar mejor a los elegantes, le supliqué y aun importuné de un
-modo urgente que me hiciese feliz. Parecióme algún tanto conmovida
-con mis instancias; pero juzgando sin duda que aun no era tiempo de
-acceder a ellas, me alejó de sí con cierto cariñoso enojo, diciéndome:
-«Deténgase vuestra señoría, que me parece un poco atrevido y me temo
-que sea aún más libertino.» «¡Qué, señorita!—exclamé yo—. ¿Será
-posible que usted aborrezca a un hombre a quien aman las mujeres de
-la primera tijera? ¡Solamente a las vulgares y aldeanas parecen mal
-esas tachas!» «¡Eso ya es demasiado!—repuso ella—. ¡Ya no puedo más,
-y así, me rindo a razón tan poderosa! Veo que con los señores son
-inútiles los espantos y reparos; es preciso que una pobre mujer ande
-la mitad del camino. ¡Vuestra es ya la victoria!—añadió, aparentando
-una especie de vergüenza, como si padeciera mucho su pudor en aquella
-confesión—. Vos, señor, me habéis inspirado afectos que jamás he
-sentido por nadie. Sólo me falta saber quién es vuestra señoría
-para determinarme a escogerle por amante. Téngole por un señor, y
-por un señor de nobles y honrados pensamientos. Con todo eso, no
-estoy muy segura, y aunque me confieso inclinada a su persona, no
-acabo de resolverme a hacer único dueño de mi amor y mi ternura a un
-desconocido.»
-
-Acordéme entonces del ingenioso modo con que el criado de don Antonio
-había salido de otro apuro semejante, y queriendo yo, a ejemplo
-suyo, ser tenido por mi amo, dije a mi viuda: «No tengo reparo de
-manifestaros mi nombre y apellido, pues no es tan obscuro que me
-avergüence de confesarlo. ¿Habéis oído hablar alguna vez de don Matías
-de Silva?» «Sí, señor—respondió ella—, y aun diré también que en
-cierta ocasión le vi en casa de una amiga mía.» Turbóme un poco, a
-pesar de mi descaro, esta inesperada respuesta; pero serenándome al
-punto y cobrando aliento para salir bien de aquel barranco, proseguí
-diciendo: «Me alegro, ángel mío, de que conozcáis a un caballero... a
-quien... también conozco yo; pues sabed, ya que me es preciso decirlo,
-que los dos somos de una misma casa. Su abuelo se casó con la cuñada
-de un tío de mi padre, y así, somos, como veis, parientes bastante
-cercanos. Yo me llamo don César y soy hijo único del ilustre don
-Fernando de Ribera, que murió quince años ha en una batalla que se dió
-en la raya de Portugal. Fué una acción endiabladamente viva, y os haría
-una exacta y menuda relación de ella; pero sería malograr los momentos
-preciosos que el amor quiere que yo emplee en cosas de mayor gusto.»
-
-Después de esta conversación, me mostré más vivamente encendido y
-apasionado; pero al fin todo vino a parar en nada. Los favores que mi
-apasionada deidad me concedió sólo sirvieron para hacerme suspirar
-por los que me negó. La cruel volvió a meterse en su coche, que la
-estaba esperando a la puerta. Yo, con todo eso, no dejé de retirarme
-muy satisfecho de mi buena fortuna, aunque todavía no fuese completa
-mi ventura. «Si no he podido hasta ahora lograr—me decía yo a mí
-mismo—mas que favores a medias, sin duda es porque, siendo mi princesa
-una dama tan distinguida, le pareció que no podía ni debía rendirse
-al primer ataque. La altivez de su nacimiento retardó mi dicha; pero
-ésta sólo se diferirá por algunos días.» Verdad es que, por otra parte,
-se me ofrecía también que quizá podía ser una de las chuscas más
-ladinas y refinadas. Con todo eso, me inclinaba más a mirar la cosa
-por la mejor parte que por la peor, y así, me mantuve firme en el buen
-concepto que había formado de la dama. Habíamos quedado de acuerdo,
-cuando nos despedimos, en que nos volveríamos a ver el día siguiente;
-y con la esperanza de estar tan vecino al colmo de mis deseos, me
-recreaba yo en pensar que era infalible su logro.
-
-Ocupado de tan risueños pensamientos llegué a casa del barbero. Mudé de
-vestido y fuí en busca de mi amo, que sabía estaba en cierta casa de
-juego. Halléle, con efecto, jugando, y conocí que ganaba, porque no era
-de aquellos jugadores serenos que se enriquecen o arruinan sin mudar
-de semblante. Mi amo era burlón, y aun insolente, cuando le daba bien;
-pero si perdía no había quien le aguantase. Levantóse muy alegre del
-juego y se dirigió al corral de la calle del Príncipe. Seguíle hasta
-la puerta del teatro, y allí me puso en la mano un ducado, diciéndome:
-«Toma, Gil Blas, que quiero que entres a la parte en mi ganancia.
-Vete a divertir con tus amigos, y a media noche irás a buscarme a
-casa de Arsenia, donde he de cenar en compañía de don Alejo Seguier.»
-Diciendo esto, entróse en el teatro, y yo me quedé discurriendo en
-qué gastar mi ducado según la intención del donador; pero tardé poco
-en resolverme. Presentóse en aquel punto Clarín, criado de don Alejo,
-y llevéle conmigo a la primera taberna, donde estuvimos bebiendo y
-divirtiéndonos hasta media noche. Desde allí nos fuimos a casa de
-Arsenia, donde Clarín debía también hallarse, habiéndosele dado la
-misma orden que a mí. Abriónos la puerta un lacayuelo y nos hizo entrar
-en una sala baja, donde estaban dos criadas, la una de Arsenia y la
-otra de Florimunda, riéndose ambas a carcajada tendida, mientras sus
-dos amas se estaban divirtiendo en el cuarto principal con nuestros
-amos.
-
-La llegada de dos mozos de buen humor que salían de cenar bien no podía
-desagradar a aquellas damiselas, que acababan también de acomodarse
-con las sobras de una cena, y cena de comediantas. ¡Pero cuál fué mi
-admiración cuando en una de aquellas criadas reconocí a mi viudita, a
-mi adorable viuda, que yo había tenido por una marquesa o condesa! Ella
-también me pareció no menos sorprendida de ver a su querido don César
-de Ribera convertido de elegante en lacayo. Sin embargo, nos miramos
-uno a otro sin turbarnos, y aun nos dió a entrambos tal tentación de
-risa, que no pudimos reprimirla; después de lo cual, Laura—que éste
-era el nombre de mi princesa—, retirándome aparte mientras Clarín
-hablaba con la compañera, me alargó con gracia la mano, diciéndome en
-voz baja: «¡Tóquela usted, señor don César! Dejémonos de quejas y, en
-vez de ellas, hagámonos amistosos cumplimientos. Usted hizo su papel
-a las mil maravillas y yo no representé desgraciadamente el mío. ¿Qué
-le parece del lance? ¡Vaya, confiese usted que me tuvo por una de
-aquellas damas que a veces se divierten en imitar a las que hacen por
-oficio lo que ellas por burla!» «Es verdad—le respondí—; pero, reina
-mía, seas lo que fueres, sábete que, aunque he mudado de forma, no he
-mudado de parecer. Admite benignamente mi cariño y permite que acabe el
-ayuda de cámara de don Matías lo que tan felizmente comenzó don César
-de Ribera.» «¡Quita allá!—repuso ella—. Ten por cierto que te amo
-más en tu propio original que en el retrato de otro. Tú eres entre los
-hombres lo mismo que yo entre las mujeres; ésta es la mayor alabanza
-que puedo darte. Desde este mismo punto te recibo en el número de mis
-apasionados. No necesitamos ya de la vieja para nada; puedes venir
-aquí con libertad, porque nosotras, las damas de teatro, vivimos sin
-sujeción, mezcladas con los hombres. Convengo en que esto no a todos
-parece bien; pero el público se ríe, y nuestro oficio, como tú sabes,
-es sólo divertirle.»
-
-No pasó la conversación más adelante porque no estábamos solos. Hízose
-general; fué viva, alegre, festiva y llena de agudezas y de equívocos
-nada difíciles de entender. La criada de Arsenia, mi adorada Laura,
-superó a todos, mostrando más ingenio y más agudeza que virtud.
-Por otra parte, nuestros amos y las comediantas reían arriba tan
-descompuestamente, que se conocía no ser su conversación más seria
-ni más circunspecta que la nuestra. Si se hubieran escrito todas las
-bellas cosas que se dijeron aquella noche en casa de Arsenia, creo
-que se habría compuesto un libro muy instructivo para la juventud.
-Mientras tanto, llegó la hora de retirarse cada uno a su casa; quiero
-decir que ya había amanecido, y fué preciso separarnos. Clarín siguió a
-don Alejo y yo me retiré con don Matías.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VI
-
-De la conversación de algunos señores sobre los comediantes de la
-compañía del teatro del Príncipe.
-
-
-Al mismo tiempo que se levantaba mi amo de la cama, recibió un
-billete de don Alejo Seguier, en que decía le quedaba esperando en
-su casa. Pasamos a ella y encontramos allí al marqués de Zenete y a
-otro caballerito de buena traza, a quien yo nunca había visto. «Don
-Matías—dijo Seguier a mi amo presentándole el tal caballerito—, este
-caballero es don Pompeyo de Castro, mi pariente. Reside en la corte de
-Portugal casi desde su infancia. Ayer noche llegó a Madrid y mañana se
-restituye a Lisboa. No nos concede mas que este día para gozar de su
-compañía y conversación. Yo quiero aprovechar un tiempo tan precioso,
-y para hacerle más grato y divertido, necesito de ti y del marqués de
-Zenete.» Al oír esto mi amo dió un estrechísimo abrazo al pariente de
-don Alejo, y recíprocamente se hicieron grandes cumplidos. A mí me
-agradó mucho todo lo que decía don Pompeyo, y desde luego hice juicio
-de que era hombre de entendimiento sólido y de discernimiento delicado.
-
-Comieron todos en casa de Seguier, y después de comer se pusieron a
-jugar, para divertir el tiempo hasta la hora de la comedia. Entonces
-fueron todos al teatro del Príncipe, donde se representaba la nueva
-tragedia intitulada _La reina de Cartago_. Acabada la representación,
-volvieron juntos a cenar donde habían comido, y toda la conversación
-se la llevó la tragedia que acababan de oír y los actores que la
-representaron. «En cuanto al drama—dijo don Matías—, hago poco
-aprecio de él, porque encuentro a Eneas más frío e insulso que en la
-_Eneida_; pero es preciso confesar que se representó divinamente.
-Veamos lo que nos dice el señor don Pompeyo, porque sospecho que
-no se ha de conformar con mi sentir.» «Señores—respondió aquel
-caballero sonriéndose—, veo a ustedes tan pagados de sus actores y
-tan hechizados particularmente de sus actrices, que no me atrevo a
-confesar que en este punto no concuerdan nuestras opiniones.» «¡Bien
-dicho—interrumpió burlándose don Alejo—, porque aquí sería mal
-recibida la vuestra! Haces bien en respetar las actrices a presencia de
-los panegiristas de su reputación. Nosotros vivimos y bebemos todos los
-días con ellas, somos defensores del primor con que representan, y si
-fuere menester daremos testimonio de ello.» «No lo dudo—interrumpió el
-pariente—, y también pudieran ustedes darlo de su vida y costumbres,
-según la familiaridad con que me parece las tratan.» «¡Sin duda
-que serán mejores vuestras comediantas de Lisboa!», dijo entonces
-zumbándose el marqués de Zenete. «Sí, ciertamente—respondió don
-Pompeyo—, valen algo más que las de Madrid; por lo menos hay algunas
-en quienes no se nota el más mínimo defecto.» «Esas tales—replicó el
-marqués—pueden contar con vuestras certificaciones.» «Yo—repuso don
-Pompeyo—no tengo trato alguno con ellas ni concurro a sus reuniones,
-y así puedo juzgar de su mérito sin preocupación ni parcialidad.
-Pero, de buena fe—prosiguió—, ¿estáis verdaderamente persuadidos
-de que en vuestro teatro tenéis una compañía excelente?» «¡No,
-pardiez!—respondió el marqués—. Yo solamente defiendo un número muy
-corto de los actores y echo a un lado a todos los demás. Pero no me
-negaréis que es admirable la primera dama que representa el papel de
-Dido. ¿No lo representa con toda la nobleza, con toda la majestad y
-con todo el agrado que nos figuramos en aquella desgraciada reina?
-¿Y no habéis admirado el arte con que interesa al espectador en sus
-afectos, haciéndole sentir aquellos mismos movimientos diversos que
-excitan en ella las diferentes pasiones? Parece que se arroba o que se
-exhala cuando llega a lo más delicado y patético de la declamación.»
-«Convengo—respondió don Pompeyo—en que sabe conmover y enternecer;
-esto quiere decir que representa bien, pero no que carezca de defectos.
-Dos o tres cosas me chocaron en ella. Por ejemplo: si quiere expresar
-un afecto de admiración o de sorpresa, vuelve y revuelve aquellos ojos
-de un modo tan violento y tan fuera de lo natural, que verdaderamente
-dice muy mal en la majestuosa gravedad de una princesa. Añádase a
-esto que con engrosar la voz, que tiene naturalmente dulce y delicada,
-forma un sonido bronco bastante desapacible. Fuera de eso, en más de
-un lugar de la tragedia hacía ciertas pausas que alteraban u ofuscaban
-el sentido, dando motivo para sospechar que no comprendía bien aquello
-mismo que decía. Sin embargo, quiero más bien suponer que estaba
-distraída que acusarla de falta de inteligencia.» «A lo que veo—dijo
-don Matías al censor—, vos no os atreveríais a componer versos
-en alabanza de nuestras cómicas.» «¡No digáis eso!—respondió don
-Pompeyo—. Antes bien, descubro en ellas un gran talento a través de
-sus defectos, y aun diré que me encantó la que hizo papel de criada en
-el entremés. ¡Qué naturalidad la suya! ¡Con qué gracia se presentó en
-las tablas! Cuando tiene que decir algún chiste, le sazona con cierta
-risita taimada llena de mil gracias, que le añaden infinita sal. Podrá
-quizá notársele de que alguna vez se deja llevar algo de su viveza y
-que pasa los límites de un desembarazo comedido; pero no hemos de ser
-tan rigurosos. Yo sólo quisiera que se corrigiese de una mala costumbre
-que ha tomado. Muchas veces, en medio de una escena y en pasaje serio,
-interrumpe de improviso la acción por dejarse llevar de una loca gana
-de reír que le da. Diráseme, acaso, que entonces es precisamente cuando
-más la aplauden los del patio. ¡Grande aprobación, por cierto!» «¿Y qué
-nos dice usted de los comediantes?—interrumpió el marqués—. Sin duda
-que contra éstos disparará toda su artillería, cuando no ha perdonado
-a las comediantas.» «No es así—respondió don Pompeyo—. Vi algunos
-actores jóvenes que prometen mucho; sobre todo me gustó bastante aquel
-comediante gordo que hizo el papel de primer ministro de Dido. Recita
-muy naturalmente, y así se recita en Portugal.» «Si ésos le contentaron
-a usted tanto—dijo Seguier—, habrá quedado hechizado del que hizo el
-papel de Eneas. ¿No le pareció a usted un gran comediante, un actor
-original?» «Y aun demasiado original—respondió el censor—, porque
-tiene tonos que son privativos suyos. Por señas, que son bien agudos y
-bien descompasados; tanto, que casi todos salen fuera de lo natural.
-Precipita las palabras donde se encierra el sentido y se detiene en
-las otras que no contienen alguno. Tal vez hace también gran esfuerzo
-en las puras conjunciones. Divirtióme mucho, con especialidad en aquel
-pasaje en que explica a su confidente la violencia que le cuesta la
-necesidad de abandonar a su princesa. No es fácil expresar un dolor
-más cómicamente.» «¡Poco a poco, primo!—replicó don Alejo—. ¡Al paso
-que vas, nos harás creer que aun no se ha introducido el mejor gusto
-en la corte de Portugal! ¿Sabes que el actor de que se trata es un
-hombre singular? ¿No oíste las palmadas y los vivas con que todos le
-aplaudieron? Todo eso prueba que no es tan malo como le pintas.» «Nada
-prueban—replicó don Pompeyo—esas palmadas ni esos vivas. Dejemos,
-señores, si les place, esos aplausos del vulgo. Frecuentemente los da
-muy fuera de tiempo y contra toda razón, y por lo común aplaude menos
-el verdadero mérito que el falso, como nos lo enseña Fedro por medio
-de una fábula ingeniosa. Permitidme que os la cuente: Juntóse en una
-gran plaza de cierta ciudad todo el pueblo para ver las habilidades
-que hacían unos charlatanes titiriteros. Entre ellos había uno que
-se llevaba los aplausos de todos. Este bufón, al acabar otros varios
-juegos de manos, quiso cerrar la función dando al pueblo un espectáculo
-nuevo. Dejóse ver solo en el tablado; cubrióse la cabeza con la capa;
-agachóse, y comenzó a remedar el gruñido de un cochinillo, con tanta
-propiedad, que todos creyeron que verdaderamente tenía escondido debajo
-de la capa algún marranito verdadero. Comenzaron todos a gritar que
-se quitase la capa; hízolo así, y viendo que no tenía cosa alguna
-debajo de ella, se renovaron los aplausos y la grande algazara del
-populacho. Un lugareño que estaba en el auditorio, chocándole mucho
-aquellas importunas expresiones de necia admiración, gritó pidiendo
-silencio, y dijo: «Señores, sin razón se admiran ustedes de lo que hace
-ese bufón. No ha hecho el papel del marranito con tanta perfección
-como a ustedes les parece. Yo lo sé hacer mucho mejor que él; y si
-alguno lo duda, no tiene mas que concurrir a este sitio mañana a la
-misma hora.» El pueblo, preocupado ya en favor del charlatán, se
-juntó al día siguiente, aún en mucho mayor número que el anterior,
-más para silbar al paisano que por divertirse en ver lo que había
-prometido. Dejáronse ver en el teatro los dos competidores. Comenzó el
-bufón y fué más aplaudido que lo había sido nunca. Siguióse después
-el labrador; agachóse cubierto con su capa, tiró de la oreja a un
-marranito que llevaba escondido debajo del brazo, y el animalito empezó
-a dar unos gruñidos muy agudos. Sin embargo, el auditorio declaró la
-victoria por el pantomimo y atolondró al paisano con silbidos. No por
-eso se turbó ni corrió el buen lugareño; antes bien, mostrando el
-lechoncillo al auditorio, «¡Señores—dijo con mucha socarronería—,
-ustedes no me han silbado a mí, sino al marrano! ¡Miren ahora qué
-buenos jueces son!» «Primo—dijo don Alejo—, en verdad que tu fábula
-pica que rabia. Con todo eso, a pesar de tu lechoncillo, nosotros nos
-mantenemos en lo dicho. Mudemos de asunto—prosiguió—, porque éste
-ya me empalaga. ¿Conque tú estás resuelto a marchar mañana, sin hacer
-caso del gran gusto que tendría yo en disfrutar por más tiempo de tu
-amable compañía?» «También quisiera yo—respondió su pariente—gozar
-más despacio de la tuya, pero no puedo. Ya te dije que vine a la corte
-a cierto negocio de Estado. Ayer hablé al primer ministro, mañana
-tengo que volver a verle y un momento después me es preciso partir
-en posta para restituirme a Lisboa.» «Cátate un portugués hecho y
-derecho—replicó Seguier—; y según todas las señas, nunca vendrás a
-establecerte en Madrid.» «Creo que no—respondió don Pompeyo—. Tengo
-la fortuna de que me quiere el rey de Portugal y estoy bien hallado
-en su Corte. Pero ¿creerás tú que, no obstante la bondad con que me
-distingue, faltó poco para que saliese desterrado para siempre de sus
-dominios?» «¿Cómo así?—le replicó don Alejo—. ¡Cuéntanoslo, por tu
-vida!» «Con mucho gusto—respondió don Pompeyo—; y al mismo tiempo os
-contaré también la historia de mis sucesos.»
-
-
-
-
-CAPÍTULO VII
-
-Historia de don Pompeyo de Castro.
-
-
-«Ya sabe don Alejo—prosiguió don Pompeyo—que desde mis más tiernos
-años me incliné a las armas; y como en España gozábamos una paz
-octaviana, tomé el partido de ir a Portugal. De allí pasé a Africa
-con el duque de Braganza, que me empleó en su ejército. Era yo un
-segundo de los menos ricos de España, lo que me puso en precisión de
-distinguirme con hazañas que mereciesen la atención del general. Hice
-mi deber, de modo que el duque me adelantó y me puso en paraje de
-continuar en el servicio con honor. Después de una larga guerra, cuyo
-fin no ignoran ustedes, me dediqué a seguir la Corte, y Su Majestad,
-por los buenos informes que dieron de mí los generales, me gratificó
-con una pensión considerable. Agradecido a la generosidad del monarca,
-no perdí ocasión de manifestar mi reconocimiento. Poníame en su
-presencia a aquellas horas en que era permitido verle y hacerle la
-corte. Por esta conducta me granjeé insensiblemente su estimación y
-recibí nuevos beneficios de su benignidad.
-
-»Un día que me distinguí en una carrera de sortija y en una corrida
-de toros que precedió a ella, toda la Corte aplaudió mi valor y mi
-destreza, y cuando volví a casa, colmado de aclamaciones, me hallé
-con un billete en que se me decía que cierta dama, cuya conquista me
-debía lisonjear más que toda la gloria granjeada en aquel día, deseaba
-hablarme, y que para esto, a la entrada de la noche, concurriese a
-cierto sitio que se me señalaba. Dióme más gusto este papel que todas
-las alabanzas que había recibido, no dudando que fuese una dama de la
-primera distinción la que me escribía. Fácilmente creerán ustedes que
-no me descuidé y que apenas anocheció fuí volando al paraje que se me
-había indicado. Esperábame en él una vieja para servirme de guía, y
-me introdujo por una portezuela en el jardín de una gran casa, donde
-me condujo a un rico gabinete, en que me dejó encerrado, diciéndome:
-«Sírvase vuestra señoría de esperar aquí mientras aviso a mi ama.» Vi
-mil cosas preciosísimas en aquel gabinete, que estaba iluminado con
-gran número de bujías, magnificencia que me confirmó en el concepto
-que yo había formado de la nobleza de aquella dama. Y si todo lo que
-estaba mirando contribuía a ratificarme en que no podía menos de ser
-aquélla una persona de la más alta calidad, mucho más me confirmé en
-mi opinión cuando ella se dejó ver, con un aire verdaderamente noble y
-majestuoso. Sin embargo, no era lo que yo había pensado.
-
-«Caballero—me dijo—a vista del paso que acabo de dar en vuestro
-favor, sería inútil querer ocultaros los tiernos afectos que habéis
-excitado en mi corazón. No penséis que éstos me los inspiró el gran
-mérito que habéis mostrado hoy a vista de toda la Corte, no por
-cierto; este mérito no hizo mas que precipitar su manifestación. Os
-he visto más de una vez, me he informado de quién sois y el elogio
-que me han hecho me ha determinado a seguir mi inclinación. Pero no
-os lisonjeéis—prosiguió ella—creyendo que habéis hecho la conquista
-de alguna duquesa. Yo no soy mas que la viuda de un simple oficial de
-guardias del rey; lo único que puede hacer gloriosa vuestra victoria es
-la preferencia que os doy sobre uno de los mayores señores del reino.
-El duque de Almeida me ama y hace cuanto puede para ser correspondido,
-pero no lo consigue y sólo admito sus obsequios por vanidad.
-
-»Aunque estas palabras me dieron a entender que trataba con una chusca
-amiga de aventuras amorosas, no dejé de mostrarme agradecido a mi
-estrella por este encuentro. Doña Hortensia—que así se llamaba—estaba
-en la flor de su juventud y su extremada hermosura me encantaba.
-Fuera de esto, me ofrecía ser dueño de un corazón que se negaba a las
-pretensiones de un duque. ¡Gran triunfo para un caballero español!
-Arrojéme a los pies de Hortensia para rendirle gracias por sus
-favores. Díjele cuanto podía decirle un hombre apasionado, y creo que
-quedó muy satisfecha de las vivas expresiones con que le aseguré de mi
-fidelidad y gratitud. Separámonos, quedando ambos los mayores amigos
-del mundo, después de haber convenido en vernos todas las noches que no
-pudiese venir a su casa el duque, tomando ella a su cargo avisarme muy
-puntualmente. Así lo hizo, y yo vine a ser el Adonis de aquella nueva
-Venus.
-
-»Pero los placeres de esta vida duran poco. A pesar de las precauciones
-que tomó Hortensia para que nuestra amistad no llegase a noticia
-de mi competidor, no dejó de saber éste todo lo que nos importaba
-tanto que ignorase. Enteróle de ello una criada descontenta, y aquel
-señor, naturalmente generoso, pero altivo, celoso y arrebatado, se
-indignó sobremanera de mi audacia. La ira y los celos le turbaron la
-razón, y, siguiendo sólo lo que le dictaba su enojo, determinó tomar
-venganza de mí de un modo infame. Una noche que estaba yo en casa
-de Hortensia me esperó a la puerta falsa del jardín, en compañía de
-sus criados, armados todos de garrotes. Luego que salí hizo que se
-arrojasen a mí aquellos canallas y les mandó que me matasen a palos.
-«¡Dadle fuerte!—les decía—. ¡Muera a garrotazos ese temerario, que
-con esta infamia quiero castigar su insolencia.» Apenas dijo estas
-palabras, cuando todos me asaltaron, y me dieron tantos palos, que
-me dejaron tendido en tierra, sin sentido. Retiráronse después con
-su amo, para quien aquella cruel escena había sido el más divertido
-espectáculo. Permanecí el resto de la noche en el estado en que me
-dejaron, hasta que al romper el día pasaron junto a mí algunas personas
-que, observando que todavía respiraba, tuvieron la caridad de llevarme
-a casa de un cirujano. Por fortuna, se advirtió que no eran mortales
-los golpes, y tuve también la de caer en manos de un hombre hábil que
-me curó perfectamente en dos meses. Al cabo de este tiempo volví a
-presentarme en la Corte, donde proseguí en el mismo método que antes,
-pero sin volver a entrar en casa de Hortensia, la cual tampoco hizo por
-su parte diligencia alguna para que nos viésemos, porque a este solo
-precio le había perdonado el duque su infidelidad.
-
-»Como todos sabían mi aventura y ninguno me tenía por cobarde se
-admiraban de verme tan sereno como si no hubiera recibido la menor
-afrenta, sin saber qué discurrir de mi aparente indiferencia. Unos
-creían que, a pesar de mi valor, la calidad del agresor me contenía
-y me obligaba a tragarme el ultraje; y otros, con mayor fundamento,
-no se fiaban en mi silencio y miraban como una calma engañosa la
-sosegada situación que aparentaba. El rey pensó, como éstos, que yo
-no era hombre que olvidase un agravio sin tomar satisfacción de él
-y que no dejaría de vengarme cuando encontrase oportunidad. Para
-averiguar si había adivinado mi pensamiento, me hizo entrar un día en
-su gabinete y me dijo: «Don Pompeyo, ya sé el lance que te sucedió, y
-confieso que estoy admirado de ver tu tranquilidad. Tú ciertamente
-maquinas y disimulas.» «Señor—le respondí—, ignoro quién pudo ser
-mi ofensor, porque me acometieron de noche unos desconocidos; fué una
-desgracia de la que es forzoso consolarme.» «¡No, no!—replicó el
-rey—. ¡No pienses alucinarme con esa respuesta poco sincera! Estoy
-informado de todo: el duque de Almeida fué el que mortalmente te
-ofendió. Tú eres noble y español, y sé muy bien a lo que te empeñan
-esas dos circunstancias. Sin duda has hecho ánimo de vengarte, y quiero
-decisivamente que me confieses la determinación que has tomado, y no
-temas que llegue jamás el caso de arrepentirte de haberme confiado
-tu secreto.» «Pues ya que vuestra majestad lo manda—respondí—, no
-puedo menos de manifestarle con toda verdad mi pensamiento. Sí, señor,
-sólo pienso en vengar la afrenta que he recibido. Todo hombre que ha
-nacido como yo es responsable de su honor a su linaje y a su mismo
-nacimiento. Vuestra majestad sabe muy bien la injuria que se me ha
-hecho, y yo he resuelto asesinar al duque de un modo que corresponda
-a la ofensa. Le sepultaré un puñal en el pecho o le levantaré la tapa
-de los sesos de un pistoletazo, y me refugiaré en España si pudiere.
-Tal es, señor, mi intención.» «A la verdad—repuso el rey—, me parece
-violenta; pero no por eso me atreveré a condenarla, considerada la
-cruel afrenta que te hizo el duque. Conozco que merece el castigo que
-le tienes dispuesto; pero suspéndelo por un poco; no lo pongas en
-ejecución tan presto; dame tiempo para pensar y encontrar algún medio
-que os esté bien a los dos.» «¡Ah, señor!—exclamé yo, no sin alguna
-conmoción—. ¿Pues a qué fin me obligó vuestra majestad a descubrirle
-mi secreto? ¿Qué medio puede jamás...?» «Si no encuentro alguno que te
-deje satisfecho—interrumpió el rey—, podrás ejecutar entonces lo que
-tienes pensado. No pretendo abusar de la confianza que me has hecho; no
-sacrificaré tu honor, y en esta conformidad puedes vivir muy tranquilo.»
-
-»Andaba yo discurriendo qué medios podía buscar el rey para componer
-amigablemente este negocio, y he aquí cómo lo dispuso. Habló a solas a
-mi enemigo y le dijo: «Duque, tú has ofendido a don Pompeyo de Castro
-y no ignoras que es un caballero ilustre a quien yo estimo y que me ha
-servido bien. Es preciso que le des satisfacción.» «Señor—respondió
-el duque—, no se la negaré. Si está quejoso de mi proceder, pronto
-estoy a darle satisfacción con las armas.» «Es muy diferente la que
-debes dar—replicó el rey—. Un español noble conoce muy bien las
-leyes del pundonor para querer medir su espada noblemente con un
-cobarde asesino. No puedo darte otro nombre, ni tú podrás borrar la
-bajeza de una acción tan villana sino presentando tú mismo un palo a
-tu enemigo y ofreciéndote a que él te apalee por su mano.» «¡Santo
-cielo!—exclamó mi enemigo—. Pues qué, señor, ¿quiere vuestra majestad
-que un hombre de mi clase se degrade y humille delante de un caballero
-particular hasta llevar con paciencia algunos palos?» «No llegará ese
-caso—respondió el rey—. Yo obligaré a don Pompeyo a darme palabra
-de que no te tocará; sólo exijo que le pidas perdón de tu violencia,
-presentándole el palo.» «Señor—replicó el duque—, eso es pedirme
-demasiado y prefiero el quedar expuesto a las ocultas asechanzas de
-su enojo.» «Aprecio tu vida—repuso el monarca—, y quisiera que este
-asunto no tuviera funestas resultas. Para terminarlo con menos disgusto
-tuyo, seré yo solo testigo de dicha satisfacción, que te mando des al
-español.»
-
-»Necesitó el rey de todo su poder para conseguir que el duque se
-sujetase a un paso tan humillante, pero al fin lo logró. Envióme
-después a llamar y contóme la conversación que había tenido con mi
-enemigo, preguntándome al mismo tiempo si me contentaría yo con la
-satisfacción en que ambos habían convenido. Respondíle que sí y di
-palabra de que, lejos de ofenderle, ni aun siquiera tomaría en la mano
-el palo que me presentase. Dispuestas así las cosas, concurrimos el
-duque y yo al cuarto del rey cierto día y a cierta hora, y su majestad
-se cerró con nosotros en su gabinete. «¡Ea—dijo al primero—, conoced
-vuestra falta y mereced el perdón!» Dióme entonces sus disculpas mi
-contrario y presentóme el bastón que tenía en la mano. «Tomad, don
-Pompeyo, ese bastón—me dijo el rey—y no os detenga mi presencia para
-tomar venganza de vuestro honor ultrajado. Yo os levanto la palabra
-que disteis de no maltratar al duque.» «No, señor—respondí—; basta
-que se haya sujetado a ser apaleado por mí. Un español ofendido no
-pide mayor satisfacción.» «Pues bien—repuso el rey—, ya que los dos
-os dais por satisfechos, podréis ahora tomar libremente el partido
-que se acostumbra entre caballeros, según el proceder regular. Medid
-vuestras espadas para terminar el duelo.» «¡Eso es lo que yo deseo
-vivamente—dijo el duque con voz alterada y descompuesta—, porque sólo
-eso es capaz de consolarme del vergonzoso paso que acabo de dar!»
-
-»Dichas estas palabras, se retiró, colérico y abochornado, y dos horas
-después me envió a decir que me esperaba en cierto sitio retirado.
-Acudí allá y le encontré dispuesto a reñir en forma. Tenía unos
-cuarenta y cinco años y no le faltaba destreza ni valor, pudiéndose
-decir con verdad que era igual el partido. «Venid, don Pompeyo—me
-dijo—, y terminemos de una vez nuestras contiendas. Uno y otro
-debemos estar airados; vos, por el modo con que os traté, y yo por
-haberos pedido perdón.» Diciendo esto, echó precipitadamente mano a
-la espada, y tanto, que no me dió tiempo para responderle. Tiróme
-dos o tres estocadas con la mayor presteza, pero tuve la fortuna de
-parar los golpes. Acometíle después y conocí que reñía con un hombre
-tan diestro en defenderse como en acometer; y no sé lo que hubiera
-sido de mí a no haber tropezado él y caído de espaldas cuando se
-defendía retirándose. Detúveme así que le vi en tierra y le dije se
-levantase. «¿Por qué razón me perdonáis?—me preguntó—. Me ofende
-mucho esa piadosa generosidad.» «También quedaría muy obscurecida mi
-gloria—le respondí yo—si quisiera aprovecharme de vuestra desgracia.
-Levantaos, vuelvo a decir, y prosigamos nuestro duelo.» «¡No, don
-Pompeyo!—me dijo mientras se iba levantando—. ¡A vista de un rasgo
-tan noble, no me permite mi honor empuñar la espada contra vos! ¿Qué
-diría el mundo de mí si tuviera la fatalidad de pasaros el pecho?
-¡Tendríame por un ruin cobarde si quitaba la vida a quien pudo darme
-la muerte! No puedo, pues, armarme contra vuestra vida; antes bien,
-mi gratitud ha convertido en dulces y amorosos afectos los furiosos
-movimientos que agitaban mi corazón. Don Pompeyo—continuó—, cesemos
-ya de aborrecernos. ¡Poco dije! ¡Seamos amigos!» «¡Ah, señor—exclamó
-yo—, y con qué placer acepto una propuesta tan gustosa! Desde este
-instante os juro una sincerísima amistad, y para daros desde luego
-la prueba más positiva de ella, os prometo no poner más los pies en
-casa de doña Hortensia, aun cuando ella lo deseara.» «No admito la
-promesa—dijo él—; antes bien, quiero cederos esta señora. Es más
-razón que yo os la deje, puesto que su inclinación a vos es natural
-en ella.» «¡No, no!—le interrumpí—. Vos la amáis, y los favores
-que me hiciese podrían inquietaros; y así, quiero sacrificarla a
-vuestra paz y quietud.» «¡Oh, insigne español, lleno todo de nobleza
-y generosidad!—exclamó arrebatado el duque—. Me encanta vuestro
-modo de pensar. ¡Oh, y qué remordimientos siento al oírlo! ¡Con qué
-dolor y con cuánta vergüenza se me presenta a la memoria el ultraje
-que os hice! Paréceme ahora muy ligera la satisfacción que os di en
-el gabinete del rey. Quiero repararla de un modo más público, y para
-borrar enteramente la infamia, os ofrezco una sobrina mía, de cuya mano
-puedo disponer; es una heredera rica, que aun no ha cumplido quince
-años, y todavía más hermosa que joven.»
-
-»Di al duque todas aquellas gracias que me podía inspirar el honor de
-enlazarme con su familia, y pocos días después me casé con su sobrina.
-Toda la Corte se congratuló con aquel personaje por haber labrado la
-fortuna de un caballero a quien había cubierto de ignominia. Desde
-entonces acá, señores míos, vivo con el mayor gusto en Lisboa. Mi
-esposa me ama y yo la amo. Su tío me da cada día nuevas pruebas de
-amistad y puedo preciarme de que merezco un buen concepto al rey; y
-prueba de su estimación es la importancia del negocio que de su orden
-me ha traído a Madrid.»
-
-
-
-
-CAPÍTULO VIII
-
-Por qué accidente se ve precisado Gil Blas a buscar nuevo acomodo.
-
-
-Esta fué la historia que contó don Pompeyo y que oímos el criado de
-don Alejo y yo, aunque nos mandaron que nos retirásemos antes que la
-principiase. Hicímoslo así, pero nos quedamos a la puerta de la sala,
-que de propósito dejamos entornada, y pudimos oír todo lo que dijo, sin
-perder una sola palabra. Prosiguieron después bebiendo aquellos señores
-y se separaron antes del día, porque como don Pompeyo había de hablar
-por la mañana al ministro, era razón que le diesen tiempo de reposar
-algún tanto. El marqués de Zenete y mi amo se despidieron de aquel
-caballero, abrazándole y dejándole con su pariente.
-
-Nosotros, por esta vez, nos acostamos al amanecer, y al día siguiente
-mi amo me honró dándome otro nuevo empleo. «Gil Blas—me dijo—,
-toma papel, tinta y pluma para escribir dos o tres cartas que quiero
-dictarte, pues te hago mi secretario.» «¡Bravo!—dije entre mí—.
-¡Esto se llama acrecentamiento de encargos! ¡Lacayo para ir detrás
-de mi amo a todas partes, ayuda de cámara para ayudarle a vestir y
-secretario para escribirle las cartas, dictándome su señoría! ¡El
-Cielo sea loado por todo! ¡Voy, como la triforme Hécate, a representar
-tres muy distintos personajes!» «Tú no sabes—prosiguió mi amo—qué
-fin llevo en escribir estas cartas. Voy a decírtelo; pero sé callado,
-porque te va la vida en ello. A cada paso tropiezo con gentes que me
-apestan alabándose de sus felices galanteos, y yo quiero sobrepujar a
-su vanidad, para lo que he pensado llevar siempre en el bolsillo varios
-billetes fingidos de diferentes damas y leérselos cuando ellos hagan
-necio alarde de sus triunfos. Esto me divertirá un rato y seré más
-dichoso que todos mis compañeros, porque ellos solicitan esas fortunas
-sólo por tener el gusto de publicarlas, y yo tendré el gusto de
-referirlas sin los malos ratos que trae consigo el pretenderlas. Pero
-tú—añadió—procura desfigurar tu letra, mudando la forma de manera que
-los papeles no parezcan escritos de una misma mano.»
-
-Tomé, pues, pluma, tinta y papel para obedecer a don Matías, quien me
-dictó un billete en los términos siguientes: «Anoche faltaste a tu
-palabra y no te dejaste ver en el sitio concertado. ¡Ah don Matías, no
-sé qué podrás decir para disculparte! Grande ha sido mi error, pero
-bien has castigado mi vanidad y la ligereza con que creía yo que todas
-las diversiones, y aun todos los negocios del mundo, debían ceder
-al gusto de ver a _Doña Clara de Mendoza_.» Después de este billete
-me hizo escribir otro como de una dama que posponía a un gran señor
-por amor a su persona; y otro, en fin, en el cual otra dama le decía
-que, si estuviera segura de su discreción, harían juntos el viaje
-de Citerea. No contentándose con hacerme escribir unos billetes tan
-bellos, me obligaba a que los firmase con el nombre de varias señoras
-muy distinguidas. No pude menos de decirle que la cosa me parecía
-demasiadamente delicada, pero me respondió secamente que nunca me
-metiese en darle consejos mientras no me los pidiera. Vime precisado
-a callar y obedecerle. Acabóse de vestir, ayudándole yo; metió los
-billetes en el bolsillo y salió de casa. Seguíle y fuimos a la de
-don Juan de Moncada, que tenía convidados aquel día a cinco o seis
-caballeros amigos suyos.
-
-Hubo una gran comida y reinó en toda ella la alegría, que es la salsa
-mejor de los banquetes. Todos los convidados contribuyeron a mantener
-divertida la conversación, unos con chistes y otros contando aventuras
-que ellos decían haberles sucedido. No malogró mi amo tan favorable
-ocasión de hacer lucir los papeles amorosos que me había hecho
-escribir. Leyólos en alta voz y en tono tan natural, que, a excepción
-de su secretario, todos los demás pudieron tenerlos por muy verdaderos.
-Entre los caballeros que se hallaban presentes a tan descarada lectura
-había uno que se llamaba don Lope de Velasco, hombre grave y de juicio,
-el cual, en vez de celebrar como los demás las imaginarias fortunas,
-preguntó fríamente a mi amo si le había costado mucho hacerse dueño de
-la voluntad de doña Clara. «Menos que nada—le respondió don Matías—,
-pues ella fué la que dió los primeros pasos. Vióme en el paseo,
-prendóse de mí, mandó que me siguiesen, supo quién era yo, escribióme
-y citóme para su casa a la una de la noche, cuando todos estaban
-durmiendo. Fuí allá, introdujéronme en su cuarto... Lo demás no permite
-mi prudencia que lo diga.»
-
-Cuando don Lope de Velasco oyó aquella lacónica relación, se turbó
-tanto que todos se lo conocieron, y no era dificultoso adivinar
-lo mucho que se interesaba en el honor de aquella dama. «Todos
-esos billetes—dijo a mi amo mirándole con semblante airado—son
-enteramente falsos, en particular el de doña Clara de Mendoza, de
-que tanta ostentación hacéis. No hay en España señorita más recatada
-y honesta que ella. Dos años ha que la obsequia un caballero que no
-os cede en nacimiento ni en prendas personales y apenas ha podido
-conseguir de ella los más inocentes favores, siendo así que se puede
-lisonjear de que, si fuera capaz de conceder alguno, a ningún otro sino
-a él se los dispensaría.» «¿Y quién os dice lo contrario?—replicó
-mi amo en un tono burlón—. Yo no me aparto de que es una señorita
-muy honesta. Yo también soy muy honesto caballerito. Conque debéis
-creer que nada pasaría que no fuese honestísimo.» «¡Oh, eso ya pasa
-de raya!—interrumpió don Lope—. Dejémonos de chanzas. Vos sois
-un impostor y jamás doña Clara os dió cita para de noche. No puedo
-tolerar que manchéis su reputación. Tampoco a mí me permite ahora
-la prudencia deciros lo demás.» Y diciendo estas palabras miró con
-arrogancia a los concurrentes y se retiró con un aire que anunciaba
-las malas consecuencias que podría tener aquel negocio. Mi amo, que
-tenía bastante valor para un señor de su carácter, hizo poco caso de
-las amenazas de don Lope. «¡Gran tonto!—exclamó dando una carcajada—.
-¡Los caballeros andantes sólo defendían la _sin par hermosura_ de sus
-damas; pero éste quiere defender la _sin par honestidad_ de la suya, lo
-que me parece empeño todavía más extravagante!»
-
-La retirada de Velasco, a la que en vano quiso oponerse Moncada, no
-descompuso la fiesta. Los caballeros, sin parar la atención en ello,
-prosiguieron alegrándose y no se separaron hasta el amanecer. Mi amo
-y yo nos acostamos a las cinco de la mañana. El sueño ya me rendía
-y había hecho ánimo de dormir bien, pero echaba la cuenta sin la
-huéspeda, o, por mejor decir, sin nuestro portero, el que una hora
-después me vino a despertar y a decirme que estaba a la puerta de la
-calle un mozo que preguntaba por mí. «¡Ah, maldito portero!—dije
-bostezando, entre enfadado y dormido—. ¿No consideras que sólo ha
-una hora que me acosté? Di a ese hombre que estoy durmiendo y que
-vuelva más tarde.» «Dice—respondió el portero—que tiene precisión
-de hablarte luego luego, porque es cosa urgente.» Levantéme a estas
-palabras, poniéndome solamente los calzones y una almilla, y echando
-mil pestes fuí a ver lo que me quería el mozo que me buscaba.
-«Amigo—le dije—, ¿qué negocio tan urgente es el que me proporciona
-la honra de verte tan de mañana?» «Una carta—respondió—que tengo que
-entregar en mano propia al señor don Matías y es preciso la lea cuanto
-antes. Su contenido es de la mayor importancia, y así, te ruego que
-me lleves a su cuarto.» Persuadido de que debía de ser alguna cosa de
-grande consecuencia, me tomé la licencia de ir a despertar a mi amo.
-«Perdone vuestra señoría—le dije—si le vengo a interrumpir el sueño;
-pero la importancia...» «¿Qué diantres me quieres?», dijo enfadado.
-«Señor—dijo entonces el mozo que me acompañaba—, es una carta de
-don Lope de Velasco que debo entregar a usía.» Incorporóse don Matías,
-tomó el billete, leyóle y dijo con mucho sosiego al criado de don Lope:
-«Hijo, yo nunca me levanto hasta mediodía aunque me conviden para la
-mejor diversión del mundo. ¡Mira ahora si me levantaré a las seis de
-la mañana para ir a reñir! Díle a tu amo que, como me espere hasta las
-doce y media en el sitio que me dice, seguramente nos veremos en él;
-dale esta respuesta.» Y diciendo esto volvióse a echar y tardó muy poco
-en quedarse de nuevo dormido.
-
-A las once y media se levantó y vistió con grandísima pachorra. Salió
-de casa, diciéndome que por aquella vez me dispensaba de seguirle;
-pero yo no pude resistir a la curiosidad de ver en lo que paraba aquel
-negocio. Fuime tras de él a lo largo hasta el prado de San Jerónimo,
-donde vi a lo lejos a don Lope de Velasco, que le estaba esperando.
-Escondíme donde sin ser visto pudiese observar a los dos, y vi que se
-juntaron y que un momento después comenzaron a reñir. Duró mucho la
-pendencia, peleando uno y otro con mucha destreza y con igual valor;
-pero al fin se declaró la victoria por don Lope, quien de una estocada
-pasó de parte a parte a mi amo, dejándole tendido en tierra y huyendo
-muy satisfecho de haberse vengado. Corrí acelerado a don Matías;
-halléle sin sentido y casi muerto, espectáculo que me enterneció tanto,
-que no pude menos de echar a llorar por ver una muerte para la cual,
-sin pensarlo, había yo servido de instrumento. En medio de esto y de
-mi justo sentimiento no dejé de pensar en hacer lo que me importaba.
-Volvíme al punto a casa sin hablar palabra a nadie. Hice mi hatillo, en
-el que, por inadvertencia, metí también algunas cosillas de mi amo, y
-luego que lo llevó a casa del barbero, donde tenía guardado el vestido
-que usaba en mis aventuras, esparcí la voz de la desgracia que había
-sucedido, siendo yo testigo de ella. Contéla a quien me la quiso oír,
-pero sobre todo fuí a contársela a Rodríguez. Este, menos afligido que
-solícito en tomar las providencias oportunas, juntó a todos los criados
-de don Matías, mandóles que le siguiesen y fuimos todos al lugar de
-la pelea. Levantamos a don Matías, que aun respiraba; llevámosle a
-casa, y al cabo de tres horas murió. Tal fué el trágico fin del señor
-don Matías de Silva, mi amo, por el imprudente gusto de leer papeles
-amorosos fingidos por él.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IX
-
-Del amo a quien Gil Blas fué a servir después de la muerte de don
-Matías de Silva.
-
-
-Hecho el entierro de don Matías, fueron, pasados unos días, pagados
-y despedidos todos sus criados. Yo establecí mi morada en casa del
-barberillo, con quien empezaba a contraer estrechísima amistad.
-Prometíame estar allí con más gusto y mayor libertad que en casa de
-Meléndez. Como me hallaba con algún dinerillo, no me di prisa a buscar
-nueva conveniencia; por otra parte, me había hecho muy delicado sobre
-este particular. Ya no gustaba de servir a gente común y plebeya, y aun
-entre la noble quería examinar bien antes el empleo que me querían dar.
-Aun el mejor no me parecía sobrado para mí, persuadido de que todo era
-poco para quien había servido a un caballero rico, mozo y elegante.
-
-Esperando a que la fortuna me ofreciese una casa cual yo me imaginaba
-merecer, juzgué no podía emplear mejor mi ociosidad que en dedicarme
-a obsequiar a la bella Laura, a quien no había visto desde el día en
-que nos desengañamos los dos tan graciosamente. No me pasó por el
-pensamiento volver a vestirme a lo don César de Ribera. Sería una
-grande extravagancia disfrazarme ya con aquel traje, y más cuando mi
-propio vestido era bastante decente, pudiendo pasar por un término
-medio entre don César y Gil Blas, sobre todo hallándome bien calzado,
-peinado y afeitado con ayuda de mi amigo el barbero. En este estado fuí
-a casa de Arsenia, y encontré a Laura sola en la misma sala donde en
-otra ocasión le había hablado. Exclamó luego que me vió: «¿Qué milagro
-es éste? ¿Eres tú? ¡Paréceme que sueño, porque te creí muerto o que
-te habías perdido! Hace siete u ocho días que te dije podías venir a
-verme; mas, a lo que veo, no abusas de la libertad que te conceden las
-damas.»
-
-Disculpéme con la muerte de mi amo y con las ocupaciones a que dió
-lugar, añadiendo muy cortesanamente que aun en medio de ellas tenía
-siempre muy presente en el corazón y en la memoria a mi amada Laura.
-«Siendo así—me dijo ella—, se acabaron ya las quejas, y te confesaré
-que también te he tenido yo muy presente. Luego que supe la desgracia
-de don Matías, me ocurrió un pensamiento, que acaso no te desagradará.
-Días ha que oí decir a mi ama que se alegraría de encontrar un mozo
-que supiese de cuentas y gobierno de una casa, para ser su mayordomo
-y llevase razón del dinero que se le entregara para el gasto de ésta.
-Inmediatamente puse los ojos en tu señoría, pareciéndome que serías el
-más a propósito para este empleo.» «También me parece a mí—respondí
-yo—que le desempeñaría a las mil maravillas. He leído las _Economías
-de Aristóteles_, y, por lo que toca a llevar una cuenta, ése ha sido
-siempre mi fuerte. Pero, hija mía—añadí—, una sola dificultad me
-impide entrar a servir a Arsenia.» «¿Qué dificultad?», replicó Laura.
-«He jurado—repuse—no servir jamás a gente común, y lo peor es que lo
-juré por la laguna Estigia. Si el mismo Júpiter no se atrevió a violar
-este juramento, mira tú cuánto deberá respetarle un pobre criado.»
-«¿A quién llamas tú gente común?—replicó Laura con mucho despego—.
-¿Por quiénes tienes tú a las comediantas? ¿Parécete que son por ahí
-algunas abogadillas o algunas procuradoras? ¡Sábete, amigo mío, que las
-comediantas son nobles y archinobles por los enlaces que contraen con
-los primeros personajes de la Corte!» «Siendo así—le dije—, cuenta
-conmigo, hija mía, para ese empleo que me destinas; pero con tal que
-no me degrade ni me haga valer menos de lo que soy.» «¡No tengas miedo
-de eso!—repuso Laura—. Pasar de la casa de un elegante a la de una
-heroína de teatro es hacer el mismo papel en el gran mundo. Nosotras
-estamos en una misma línea con las personas de la primera distinción;
-el mismo aparato de cuarto, la misma mesa, y, en realidad, es menester
-que se nos confunda con ellos en la vida civil. Con efecto—añadió—,
-si se consideran bien un marqués y un comediante, en el discurso de
-un día vienen casi a ser una misma cosa. Si el marqués, en las tres
-cuartas partes del día, es superior al comediante, el comediante, en
-la otra cuarta parte, supera mucho más al marqués, porque representa
-el papel de emperador o de rey. Esta, a mi ver, es una compensación de
-nobleza y de grandeza que nos iguala con las personas de la Corte.»
-«Así es, por cierto—respondí—; sin duda que estáis a nivel unos con
-otros. Los comediantes no son ya gentuza, como pensaba yo hasta aquí,
-y me has metido en gana de servir a un gremio tan distinguido y tan
-honrado.» «Me alegro—repuso ella—, y no tienes mas que volver de
-aquí a dos días. Me tomo este tiempo para ir preparando a mi ama a fin
-de que te reciba. Le hablaré en tu favor; puedo algo con ella y me
-persuado que lograré que entres en casa.»
-
-Di las gracias a Laura por su buena voluntad, asegurándole quedaba
-sumamente reconocido a sus finezas, con expresiones tales que no podía
-dudar de mi agradecimiento. Siguió después una larga conversación
-entre los dos, la que interrumpió un lacayo que vino a decir a mi
-princesa que Arsenia la llamaba. Separámonos, y yo salí con grandes
-esperanzas de que presto tendría la fortuna de pasarlo a pedir de boca.
-No dejé de volver al plazo señalado. «Ya te estaba esperando—me dijo
-Laura—, para darte la alegre noticia de que eres de los nuestros. Ven
-conmigo, que quiero presentarte a mi señora.» Diciendo esto, me llevó a
-una habitación compuesta de cinco o seis piezas a cual más rica y más
-soberbiamente alhajada.
-
-¡Qué lujo! ¡Qué magnificencia! Parecióme que entraba en casa de alguna
-virreina, o, por mejor decir, creí estar viendo todas las riquezas del
-mundo juntas en aquélla. Lo cierto es que había en ella lo más rico de
-todas las naciones; tanto, que se podía definir a aquella habitación,
-con mucha propiedad, «el templo de una diosa a cuyas aras ofrecía
-todo caminante lo más raro y precioso de su país». Vi a la deidad
-majestuosamente sentada en un almohadón de brocado carmesí con franjas
-de oro. Era bella y corpulenta, porque había engordado con el humo de
-los sacrificios. Estaba en un gracioso desaliño y ocupaba sus lindas
-manos en componer un primoroso tocado nuevo para lucirlo aquella noche
-en el teatro. «Señora—le dijo la criada—, éste es el mayordomo de que
-tengo hablado, y puedo asegurar a usted sería difícil encontrar otro
-que fuese más a propósito.» Miróme Arsenia con particular atención y
-tuve la dicha de gustarle. «¿Cómo así, Laura?—exclamó ella—. ¿Quién
-te dió noticia de tan bello mozo? ¡Ya estoy viendo que me irá muy bien
-con él!» Y volviéndose a mí: «Querido—me dijo—, tú eres el que yo
-buscaba y el que verdaderamente me acomoda. Sólo tengo que decirte una
-palabra: estarás contento conmigo si me sirves bien.» Respondíle que
-haría cuanto estuviese de mi parte para agradarla en todo. Viendo que
-estábamos acordes, me despedí prontamente para ir a buscar mi hatillo y
-volver a tomar posesión de la nueva casa.
-
-
-
-
-CAPÍTULO X
-
-Entra Gil Blas a servir de mayordomo en casa de Arsenia; informes que
-le da Laura de los comediantes.
-
-
-Era poco más o menos la hora de la comedia cuando mi nueva ama me dijo
-la siguiese al teatro en compañía de Laura. Entramos en el vestuario,
-y allí, quitándose el vestido que llevaba, se puso otro magnífico
-para presentarse en la escena. Así que empezó la representación, me
-llevó Laura a un sitio desde donde podíamos oír y ver perfectamente.
-Desagradóme la mayor parte de los representantes, sin duda porque ya
-estaba predispuesto contra ellos en virtud de lo que le había oído a
-don Pompeyo. Con todo eso, fueron muy aplaudidos, aunque algunos me
-hicieron acordar de la fábula del lechoncillo.
-
-Tenía Laura gran cuidado de irme diciendo el nombre de los comediantes
-y comediantas conforme iban saliendo al teatro; y no contenta con
-nombrarlos, hacía un retrato satírico de cada uno. «Este—decía—es
-un atolondrado; aquél, un insolente; aquella melindrosa que ves,
-cuyo aire es más descarado que gracioso, se llama Rosarda y fué muy
-mala adquisición para la compañía. ¡Más valdría que se marchara con
-la que se está formando de orden del virrey de Nueva España y va a
-salir inmediatamente para América! Mira bien aquel astro luminoso que
-acaba de presentarse, aquel bello sol que va caminando a su ocaso:
-llámase Casilda, y si cada uno de los amantes que ha tenido la hubiera
-contribuído con una piedra labrada para fabricar una pirámide, como
-dicen que en otro tiempo lo hizo cierta reina de Egipto, podría haber
-erigido una que llegase al tercer cielo.» En fin, a cada cual fué
-pegando Laura su parchecito. ¡Qué mala lengua! ¡Ni aun a su misma ama
-perdonó!
-
-Sin embargo de esto—confieso mi flaqueza—, estaba yo apasionado de
-ella, aunque su carácter, moralmente hablando, nada tenía de bueno.
-De todos decía mal, con tanta gracia, que me gustaba hasta su misma
-malignidad. En los intermedios se levantaba para ir a ver si Arsenia
-necesitaba algo, y en vez de volver prontamente, se entretenía tras del
-teatro a recoger los requiebros y lisonjas que le decían los hombres.
-Una vez la seguí para observarla y vi que tenía muchos conocidos. Noté
-que tres comediantes, uno en pos de otro, la detuvieron para hablarle,
-y observé que gastaban demasiada familiaridad. No me agradó esto mucho,
-y por la primera vez de mi vida comencé a experimentar lo que eran
-los celos. Volvíme a mi sitio tan pensativo y melancólico que Laura
-lo echó de ver luego que volvió. «¿Qué tienes, Gil Blas?—me preguntó
-admirada—. ¿Qué negro humor se apoderó de ti desde que te dejé?
-Muestras un semblante triste y sombrío que no sé a qué atribuirlo.»
-«Y lo peor es, reina mía, que es con sobrada razón—le respondí—. Me
-parece que andas algo suelta, y esto me da que pensar a mí más que a
-ti mi sentimiento. Yo mismo acabo de verte muy alegre y divertida con
-los comediantes...» Al oír esto, dijo ella, soltando una grandísima
-carcajada: «¡Vamos claros, que es gracioso el motivo de tu pesadumbre!
-Pues qué, ¿de tan poco te espantas? ¡Eso es una friolera! Y si estás
-algún tiempo con nosotros verás otras mil lindezas. Es menester, hijo
-mío, que te vayas haciendo a nuestras mañas. Entre nosotros no se
-gastan hazañerías ni mucho menos se usan celos. En la nación cómica,
-los celosos se llaman ridículos, y así, apenas se encuentra uno.
-Padres, maridos, hermanos, tíos, primos, todos son la gente más bien
-avenida del mundo, y muchas veces ellos mismos son los que establecen
-sus familias.»
-
-Después de haberme exhortado a no sospechar mal de ninguno y a no
-inquietarme por nada de cuanto viese, me declaró que yo era el feliz
-mortal que había encontrado el camino de su corazón, y me aseguró que
-me amaría siempre y a nadie más. Después de una seguridad como ésta,
-de la cual podía yo bien dudar sin temor de que me tuviese por muy
-desconfiado, le ofrecí no espantarme de nada; y, con efecto, cumplí mi
-palabra. Aquella misma noche la vi hablar a solas, reír y divertirse
-con varios, sin dárseme un bledo. Acabada la comedia, volvimos a casa
-con nuestra ama, y poco después llegó Florimunda con tres señores
-viejos y un comediante, que venían a cenar en compañía de las dos.
-Además de Laura y yo, había en casa una cocinera, un mozo de cocina y
-un lacayuelo. Juntámonos todos para disponer la cena. La cocinera, que
-era tan hábil como la señora Jacinta, dispuso las viandas, ayudándola
-el marmitón. La doncella y el lacayuelo pusieron la mesa y yo cuidé de
-cubrir el aparador con la más bella vajilla de plata y algunos vasos
-de oro, votos ofrecidos a la deidad de aquel templo. Adornéle también
-con diferentes botellas de vinos exquisitos, haciendo de copero, para
-que viese mi ama que era yo hombre para todo. Admiréme de ver el porte
-y aire de las comediantas durante la cena, aparentando ser damas de
-importancia y figurándose ellas mismas que eran señoras de la primera
-distinción. Lejos de dar a los señores el tratamiento de _excelencia_,
-no les daban ni aun el de _señoría_, contentándose con llamarlos
-por sus apellidos. Es verdad que ellos se tenían la culpa, porque
-se familiarizaban demasiado con ellas. El comediante por su parte,
-como acostumbrado a hacer el papel de héroe, los trataba también sin
-cumplimiento, brindaba a su salud y hacía los honores de la mesa.
-«¡A fe—dije entre mí—que cuando Laura me dijo que un marqués y un
-comediante eran iguales parte del día, pudo añadir que aun lo eran
-mucho más por la noche, pues la pasan bebiendo juntos toda ella!»
-
-Arsenia y Florimunda eran naturalmente alegres. Ocurriéronles mil
-dichos chistosos, y algo más, mezclados con favorcillos y monerías muy
-celebradas por aquellos rancios pecadores. Mientras mi ama conversaba
-inocentemente con uno, su amiga, que se hallaba entre los dos, no
-hacía ciertamente el papel de Susana con ellos. Yo estaba considerando
-atentamente aquel retablo—que, a la verdad, tenía muchos atractivos
-para un mozo de mi edad—cuando se sirvieron los postres. Entonces
-puse en la mesa botellas de licores con sus copas correspondientes y
-me retiré a cenar con Laura, que me estaba esperando. «Y bien, Gil
-Blas—me dijo—, ¿qué te parece de esos señores que has visto?» «Sin
-duda—le respondí—, son los cortejos de Arsenia y de Florimunda.» «Te
-engañas—replicó ella—; son unos viejos voluptuosos que galantean a
-todas sin fijarse en ninguna. Se contentan sólo con un poco de agrado,
-y son tan generosos que pagan bien los leves favores que se les
-conceden. Florimunda y mi ama están ahora sin amantes, a Dios gracias;
-hablo de aquellos amantes que quieren alzarse con la autoridad de
-maridos y que sean para sí solos todos los gustos de la casa, porque
-hacen el gasto de ella. Yo soy de opinión que una mujer de juicio debe
-huir de todo lo que huele a empeño particular. ¿A qué fin sujetarse
-a ninguno que la domine? Más vale ganar poco a poco alhajas, que
-comprarlas de una vez a costa de tan impertinente sujeción.»
-
-Cuando Laura estaba de humor de parlar, lo que le acontecía casi de
-continuo, nada le costaban las palabras: tanta era la soltura de
-su lengua. Los señores y los comediantes se retiraron al fin con
-Florimunda, acompañándola hasta su casa.
-
-Luego que salieron, me dió diez doblones mi ama, diciéndome: «Toma,
-Gil Blas, ese dinero para el gasto. Mañana vienen a comer cinco
-o seis de mis compañeros y compañeras; procura regalarnos bien.»
-«Señora—le respondí—, con diez doblones me atrevo a dar una
-suntuosa comida aunque sea a toda la cuadrilla cómica.» «¿Qué es eso
-de cuadrilla?—repuso ella—. ¡Mira cómo hablas! No se debe llamar
-cuadrilla, sino compañía. Se dice muy bien una cuadrilla de bandidos
-o de holgazanes; puede decirse una cuadrilla de autores o de poetas,
-¡pero guárdate de volver a decir cuadrilla de comediantes! La nuestra
-es compañía, y, sobre, todo, los actores de Madrid merecen bien que
-a su cuerpo se le dé este nombre.» Pedí perdón a mi ama de haber
-usado de una expresión tan poco respetuosa, suplicándole disculpase
-mi ignorancia y protestando que siempre que hablase de los señores
-representantes de Madrid colectivamente diría compañía y jamás
-cuadrilla.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XI
-
-Del modo como vivían entre sí los comediantes y cómo trataban a los
-autores de comedias.
-
-
-Al día siguiente, muy de mañana, salí a campaña, para dar principio
-a mi empleo de mayordomo. Era vigilia, y por orden de mi ama compré
-buenos pollos, conejos, perdices y otras frioleras de semejante
-especie. Como los señores cómicos no están contentos de los ritos de
-la Iglesia, con respecto a ellos no observan con mucha puntualidad sus
-mandamientos. Llevé a casa más comida de la que bastaría para alimentar
-a doce personas honradas los tres días de Carnestolendas. La cocinera
-tuvo bien en qué divertirse toda la mañana. Mientras ella cuidaba
-de aderezar la comida, se levantó Arsenia de la cama y se sentó al
-tocador, donde estuvo hasta mediodía. Llegaron entonces los señores
-comediantes Ricardo y Casimiro. A éstos se siguieron dos comediantas,
-Constanza y Leonor; un momento después se dejó ver Florimunda,
-acompañada de un hombre que tenía toda la traza de un caballero majo:
-el cabello peinado a la última moda, un sombrero con un ala levantada
-y su penacho de plumas en figura de ramillete, calzones ajustados,
-ropilla bordada con flores de oro y medio desabrochada, por donde se
-descubría una finísima camisa guarnecida de ricos encajes, guantes y
-pañuelo de Cambray delicadísimo, metidos en la guarnición o cazoleta
-de la espada, capa larga terciada sobre el hombro con mucho garbo y
-bizarría.
-
-Con todo eso, aunque de tan buena traza y hombre verdaderamente bien
-plantado, todavía me pareció descubrir en él un no sé qué de extraño
-que me chocaba. «Es imposible—decía yo entre mí—que no sea un hombre
-raro este sujeto.» No me engañé en mi concepto, porque era un ente
-singular. Luego que entró en el cuarto de Arsenia, fué precipitadamente
-a abrazar a todas las comediantas y comediantes con mayor intrepidez
-y algazara que el mozalbete más atronado. Comenzó a hablar y me
-confirmé en mi opinión. Se recalcaba sobre cada sílaba y pronunciaba
-las palabras con cierto modo enfático, pomposo y gutural, accionando,
-gesticulando y haciendo con los ojos aquellos movimientos que a su
-parecer estaba pidiendo el asunto. Tuve la curiosidad de preguntar a
-Laura quién era aquel caballero. «Disculpo tu curiosidad—me respondió
-prontamente—. Es imposible no tenerla al ver por la primera vez al
-señor Carlos Alfonso de la Ventolería. Voy a pintártele al natural.
-Primeramente fué en otro tiempo comediante; dejó el teatro por antojo
-y se arrepintió después mirándolo con juicio. ¿Has reparado en su
-cabello negro? Pues sábete que es teñido, ni más ni menos que sus
-cejas y bigotes. Es más viejo que Saturno. Sin embargo, como sus
-padres cuando nació se olvidaron de hacer asentar su nombre en el
-libro de bautizados, él se aprovecha de este descuido para quitarse
-veinte años por lo menos. Fuera de eso, es el hombre más pagado de sí
-mismo que quizá se encontrará en toda España. Pasó los ocho primeros
-lustros de su vida en una completa ignorancia, y para hacerse sabio
-encontró después un cierto preceptor que le enseñó a deletrear en
-griego y en latín. Aprendió de memoria una multitud de cuentos y
-chistes, que a fuerza de repetirlos se ha llegado a persuadir de que
-son suyos efectivamente. Hácelos venir a la conversación aunque sea
-arrastrándolos por los cabellos, y se puede decir de él que luce su
-entendimiento a costa de su memoria. Finalmente, se dice que es un
-gran actor, y lo creo piadosamente; pero te confieso que nunca me ha
-gustado. Algunas veces le oigo declamar aquí, y, entre otros defectos,
-es muy visible el de una pronunciación tan afectada y con una voz tan
-trémula, que da cierto aire antiguo y ridículo a su declamación.»
-
-Tal fué el retrato que la señora Laura me hizo de aquel histrión
-honorario, de quien puedo decir con verdad que no he visto mortal
-de un aspecto más orgulloso en todos los días de mi vida. Quería
-hacer también el chistoso y discreto, sacando de su mollera dos o
-tres cuentos que nos encajó en tono grave y bien estudiado. Por otra
-parte, las comediantas y comediantes, que ciertamente no habían
-venido a callar, tampoco estuvieron mudos. Comenzaron a hablar de
-sus camaradas ausentes a la verdad de un modo poco caritativo; pero
-esto es menester perdonárselo tanto a los comediantes como a los
-autores. Acaloróse un poco la conversación a expensas del prójimo.
-«¿Habéis sabido, amigas—dijo Casimiro—, el nuevo pasaje de nuestro
-compañero Cesarino? Compró esta mañana un par de medias de seda,
-cintas y encajes, haciendo después que un paje se los llevase al
-ensayo como de parte de cierta condesa.» «¡Qué bribonada!—exclamó el
-señor Ventolería con cierta risita vana y mofadora—. En mi tiempo se
-usaba más realidad. Ninguno pensaba en semejantes ficciones. Es verdad
-que aun las damas de mayor distinción nos ahorraban la ruindad y el
-trabajo de inventarlas, pues tenían el capricho de ir ellas mismas en
-persona a comprar lo que nos regalaban.» «¡Pardiez—repuso Ricardo en
-el mismo tono—, que ese capricho aun no se les ha pasado! Y si fuera
-lícito decir todo lo que uno sabe en este punto... Pero es fuerza
-callar ciertos lances, particularmente cuando tocan a personas de su
-posición.» «Señores—interrumpió Florimunda—, suplico a ustedes dejen
-a un lado esos lances y buenas fortunas, puesto que todo el mundo las
-sabe, y hablemos algo de nuestra Ismenia. He oído que se le ha escapado
-aquel señor que gastaba tanto con ella.» «Es muy cierto—respondió
-Constanza—; y aun diré más: también acaba de perder un rico mayordomo,
-a quien sin remedio hubiera dejado sin camisa. Lo sé originalmente.
-Su mensajero hizo un _quid pro quo_, llevando al señor un billete que
-era para el mayordomo y al mayordomo una carta que escribía al señor.»
-«Dos grandes pérdidas», añadió Florimunda. «¡Oh!—replicó prontamente
-Constanza—. Por lo que toca a la del señor, es poco importante, pues
-ya había consumido casi toda su hacienda; pero el mayordomo ahora
-comenzaba su carrera. No ha pasado aún por la aduana de las coquetas, y
-así, es una pérdida muy digna de llorarse.»
-
-A esto, poco más o menos, se redujo la conversación antes de comer,
-y sobre el mismo asunto continuó durante la comida. Y como nunca
-acabaría yo si hubiese de referir cuantas especies se tocaron, todas de
-murmuración o de fatuidad, el lector llevará a bien que las suprima,
-para contarle el modo con que fué recibido un pobre diablo de autor que
-llegó a casa de Arsenia hacia el fin de la comida.
-
-Entró nuestro lacayuelo donde estaban comiendo, y en voz alta dijo a
-mi ama: «Señora, ahí está un hombre con la camisa sucia y lleno de
-cazcarrias hasta el cogote, que, con perdón de ustedes, tiene traza
-de poeta, y dice que desea hablar a usted.» «Hazle subir—respondió
-Arsenia—. ¡Nada de cumplimientos, señores—añadió—, que es un autor!»
-Efectivamente, era uno que había compuesto cierta tragedia admitida por
-la compañía y traía el papel que había de representar mi ama. Llamábase
-Pedro de Moya. Al entrar, hizo cinco o seis profundas cortesías a los
-concurrentes, sin que ninguno de ellos se levantase ni siquiera le
-saludase. Solamente Arsenia le correspondió con una simple inclinación
-de cabeza. Fuése acercando, pero siempre temblando y confuso;
-cayéronsele los guantes y el sombrero; levantólos y se acercó a mi ama,
-y presentándole un papel, más respetuosamente que un litigante presenta
-a su juez un memorial, «Dignaos, señora—le dijo—, de aceptar el papel
-que tengo la honra de ofrecer a vuestros pies.» Recibióle ella con la
-mayor frialdad y con cierto aire de desprecio, sin dignarse ni aun de
-responder una sola palabra a su cumplimiento.
-
-No por esto se acobardó nuestro autor, el cual, aprovechando aquella
-ocasión para distribuir otros papeles, dió uno a Casimiro y otro a
-Florimunda, quienes los tomaron sin más cortesías ni ceremonias que
-las que había usado Arsenia; antes por el contrario, el comediante,
-naturalmente muy cortés, como lo son casi todos estos señores, le
-insultó con chanzas picantes; pero el buen Pedro de Moya las llevó
-con paciencia y no se atrevió a volverle las nueces al cántaro porque
-no lo pagase después su trágica composición. Retiróse sin decir
-palabra, pero, a mi parecer, vivamente picado del recibimiento que le
-habían hecho. Tengo por cierto que allá en su interior no dejaría de
-decir mil pestes de los comediantes, como merecían; y éstos, después
-que él salió, comenzaron a hablar de los autores con mucho respeto.
-«Paréceme—dijo Florimunda—que el señor Pedro de Moya no ha ido muy
-satisfecho de nosotros.» «Y bien, señora—interrumpió Casimiro—, ¿qué
-cuidado se os da? ¿Por ventura son dignos de nuestra atención los
-autores? Si los igualáramos a nosotros, ése sería el mejor medio para
-echarlos a perder. Tengo bien conocidos a esos pobres diablos y por
-eso mismo sé que si los tratáramos de otra manera presto se olvidarían
-de lo que son y nos perderían el respeto. Tratémoslos, pues, como
-esclavos, y no temamos que les apuremos la paciencia. Si, enfadados,
-se retiraren de nosotros algún tiempo, no durará mucho; la manía de
-escribir les hará presto volver a buscarnos, y darán gracias a Dios
-si nos dignamos de representar sus obras.» «Tienes mucha razón—dijo
-entonces Arsenia—; solamente perdemos aquellos autores cuya fortuna
-labramos con nuestra habilidad, pues luego que los hemos acreditado y
-puesto en paraje de que tengan que comer se dan a la ociosidad y ya
-no quieren trabajar; pero al fin la compañía se consuela y el público
-tiene menos que padecer.»
-
-Aplaudieron todos este parecer y quedaron en que los autores, a pesar
-de lo mal que los trataban los comediantes, siempre les estaban muy
-obligados, porque les eran deudores de todo lo que tenían. Así los
-abatían los histriones, haciéndolos inferiores a ellos y ciertamente no
-podían despreciarlos más.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XII
-
-Toma Gil Blas inclinación al teatro, entrégase enteramente a los
-pasatiempos de la vida cómica y dentro de poco se disgusta de ella.
-
-
-Los convidados se quedaron hablando sobremesa hasta que llegó la
-hora de ir al teatro, y entonces marcharon todos a él. Seguílos y vi
-también la comedia que se representó aquel día, la que me gustó de
-manera que hice ánimo de no perder ninguna. Así me fuí insensiblemente
-acostumbrando a los actores: a tanto llega la fuerza de la costumbre.
-Llevábanme particularmente la atención aquellos que hacían más gestos y
-daban más gritos en las tablas, y no era yo el único de este gusto.
-
-No me causaba menos agrado la discreción de las piezas que el modo
-de representarlas. Algunas verdaderamente me embelesaban; sobre todo
-aquellas en que se dejaban ver a un mismo tiempo en el teatro todos los
-cardenales o los doce pares de Francia. Sabía de memoria muchos pasos
-de aquellos incomparables poemas. Acuérdome de que en dos días aprendí
-toda entera una comedia famosa, intitulada _La reina de las flores_. La
-rosa era la reina, que tenía por confidenta a la violeta y por escudero
-al jazmín. No había para mí obras mejores que las parecidas a éstas,
-persuadido de que daban mucho honor a nuestra nación.
-
-No me contentaba con adornar mi memoria con los trozos más selectos
-de estas bellas producciones dramáticas, sino que también me apliqué a
-perfeccionar el gusto, y para conseguirlo con acierto, escuchaba con la
-mayor atención el parecer de los comediantes. Si alababan una pieza,
-yo la estimaba, y despreciaba todas aquellas de que les oía hablar
-mal. Parecíame que eran tan inteligentes en piezas teatrales como los
-diamantistas en piedras preciosas. Sin embargo, observé que la tragedia
-de Pedro de Moya fué muy aplaudida, aunque ellos habían pronosticado
-que todos la silbarían. Pero no bastó esta experiencia para que su
-crítica se me hiciese sospechosa, y antes quise creer que el público
-carecía de gusto y discernimiento que dudar de la infalibilidad de la
-compañía. No obstante, me aseguraban todos que ordinariamente eran
-recibidas con aplauso aquellas comedias nuevas de que los actores
-formaban mal concepto y, por el contrario, silbadas casi todas las
-que ellos más celebraban. Decíanme que era regla general suya hablar
-siempre mal de las obras, y me citaban mil ejemplares de algunas que
-habían desmentido sus decisiones. Todo esto fué menester para que al
-cabo me desengañase.
-
-No se me olvidará jamás lo que sucedió un día en que se representó una
-comedia nueva. Habíales parecido a los comediantes fría y fastidiosa,
-adelantándose a pronosticar que el auditorio no la vería concluir. Con
-esta preocupación representaron la primera jornada, que mereció grandes
-aplausos. Admirólos mucho esto. Representaron la segunda, la cual fué
-aún más aplaudida que la primera. Y he aquí a todos mis pobres actores
-atónitos. «¡Cómo diablos es esto!—exclamaba Casimiro—. ¡Esta comedia
-adquiere fama!» Representaron la tercera, que fué sin comparación más
-celebrada que las otras dos. «¡Yo no lo entiendo!—dijo Ricardo—.
-¡Cuando creíamos que esta pieza no lograría aceptación, todos la
-aplauden!» «Señores—dijo entonces un cómico ingenuamente—, la causa
-es porque hay en ella mil gracias y rasgos ingeniosos que nosotros no
-habíamos comprendido.»
-
-Desde entonces dejé de tener a los comediantes por buenos jueces y
-me hice justo apreciador de su mérito. Ellos mismos acreditaban con
-cuánta razón la gente les afeaba varias ridiculeces. Veía yo claramente
-que los aplausos, nada merecidos, tenían echados a perder tanto a los
-cómicos como a las cómicas, los cuales, considerándose como personas de
-suma importancia y objetos dignos de admiración, estaban persuadidos de
-que hacían gran favor al público en divertirle. Dábanme muy en rostro
-sus defectos; mas, por mi desgracia, su modo de vivir llegó a gustarme
-demasiado, y así, me vi metido de pies a cabeza en el desenfreno y en
-la disolución. Ni podía ser otra cosa. Todas sus conversaciones eran
-perniciosas a la juventud y nada veía en ellos que no contribuyese a
-estragarme. Aun cuando no supiera yo todo lo que pasaba en las casas
-de Constanza, Casilda y las demás comediantas, bastaba para perderme
-lo que estaba viendo en la de Arsenia. Además de aquellos señores
-ya viejos de que hablé antes, concurrían a ella varios elegantes y
-no pocos hijos de familia, que encontraban en los usureros todo el
-dinero que habían menester para arruinarse. Alguna vez recibían también
-a ciertos agentes de quienes se servían, los cuales, en vez de ser
-pagados por su trabajo, les pagaban a ellas por que se dejaran servir.
-
-Florimunda vivía pared por medio de Arsenia, y todos los días comían y
-cenaban juntas. Estaban las dos tan unidas, que causaba admiración a
-las gentes ver tanta armonía entre cortesanas y se creía que tarde o
-temprano se rompería su amistad por algún obsequiante; pero conocían
-mal a tan perfectas amigas, porque era muy íntima su unión; en lugar
-de ser celosas, como las demás mujeres, hacían vida común. Gustaban
-más de repartir entre sí los despojos de los hombres que de disputarse
-neciamente sus amorosos suspiros.
-
-Laura, a ejemplo de estas dos ilustres compañeras, aprovechaba también
-el tiempo, no dejando malograr lo más florido de sus años. Habíame
-ella dicho que vería mil lindezas y no me engañó. Con todo eso, yo
-no hacía el celoso, por haberle prometido que procuraría adoptar el
-espíritu de la compañía. Disimulé por algún tiempo, contentándome
-con preguntarle el nombre de los sujetos con quienes la veía a solas
-en conversación; pero siempre me respondía que era un tío o un primo
-carnal suyo. ¡Oh y cuánta multitud de parientes tenía! Su familia
-debía de ser más numerosa que la del rey Príamo. Mas no era negocio de
-atenerse únicamente a su infinita parentela: hacía también sus salidas
-fuera del árbol genealógico y no se olvidaba de ir de cuando en cuando
-a representar el papel de señora viuda en casa de la vieja de antaño.
-En fin, Laura—por dar al lector una idea cabal de su persona—era tan
-joven, tan linda y tan alegre como su ama, excepto que ésta divertía
-al pueblo públicamente y la criada sólo lo hacía en secreto. Yo cedí
-al torrente, y por espacio de tres semanas me entregué a todo género
-de placeres y pasatiempos; pero debo decir que en medio de ellos me
-sentía atormentado de crueles remordimientos, efecto de mi educación,
-que llenaban de amargura todas mis delicias. No triunfó la disolución
-de tan saludables remordimientos; al contrario, eran mayores cuanto más
-me abandonaba a mis desórdenes. Comenzaron éstos a causarme horror,
-gracias a mi natural complexión. «¡Ah, desventurado!—me decía yo a
-mí mismo—. ¿Es esto lo que esperaba de ti tu familia? ¿No te bastaba
-haberla engañado tomando otra carrera que la de preceptor? El verte
-precisado a servir, ¿te dispensa de cumplir con las leyes de hombre
-de bien? ¿Parécete que te puede servir de algún provecho vivir entre
-gente tan viciosa? En unos reina la envidia, la ira y la avaricia; el
-pudor y la vergüenza están desterrados de otros; éstos se entregan a la
-intemperancia y a la pereza; aquéllos, al orgullo y a la insolencia.
-¡Esto se acabó! ¡No quiero vivir más con los siete pecados capitales!»
-
-
- FIN DEL TOMO PRIMERO
-
-
-
-
- INDICE DEL TOMO PRIMERO
-
-
- Páginas
-
- DECLARACIÓN DE LE SAGE 7
- UNA PALABRITA AL LECTOR 9
-
-
- LIBRO PRIMERO
-
- CAPÍTULO I.—Nacimiento de Gil Blas, y su educación. 11
-
- CAPÍTULO II.—De los sustos que tuvo Gil Blas en el camino de
- Peñaflor, lo que hizo cuando llegó allí y lo que le sucedió con
- un hombre que cenó con él. 14
-
- CAPÍTULO III.—De la tentación que tuvo el arriero en el camino,
- en qué paró y cómo Gil Blas se estrelló contra Caribdis queriendo
- evitar a Scila. 24
-
- CAPÍTULO IV.—Descripción de la cueva subterránea y de lo que vió
- en ella Gil Blas. 28
-
- CAPÍTULO V.—De la llegada de otros ladrones al subterráneo y de
- la conversación que tuvieron entre sí. 31
-
- CAPÍTULO VI.—Del intento de escaparse Gil Blas y éxito de su
- tentativa. 41
-
- CAPÍTULO VII.—De lo que hizo Gil Blas, no pudiendo hacer otra
- cosa. 45
-
- CAPÍTULO VIII.—Acompaña Gil Blas a los ladrones; qué empresa
- acomete en los caminos reales. 48
-
- CAPÍTULO IX.—Del serio lance que siguió a la aventura del fraile. 52
-
- CAPÍTULO X.—De qué modo se portaron los bandoleros con la señora
- desmayada. Gran proyecto de Gil Blas, y sus resultas. 55
-
- CAPÍTULO XI.—Historia de doña Mencía de Mosquera. 63
-
- CAPÍTULO XII.—Del modo poco gustoso con que fué interrumpida la
- conversación de la señora y de Gil Blas. 73
-
- CAPÍTULO XIII.—Por qué casualidad sale Gil Blas de la cárcel y a
- dónde se encaminó después. 78
-
- CAPÍTULO XIV.—Recibimiento que le hizo en Burgos doña Mencía. 83
-
- CAPÍTULO XV.—De qué modo se vistió Gil Blas, del nuevo regalo que
- le hizo la señora y del equipaje en que salió de Burgos. 88
-
- CAPÍTULO XVI.—Donde se ve que ninguno debe fiarse mucho de la
- prosperidad. 94
-
- CAPÍTULO XVII.—Partido que tomó Gil Blas de resultas del triste
- suceso de la casa de posada. 102
-
-
- LIBRO SEGUNDO
-
- CAPÍTULO I.—Entra Gil Blas por criado del licenciado Cedillo;
- estado en que éste se hallaba y retrato de su ama. 115
-
- CAPÍTULO II.—Qué remedios suministraron al canónigo habiendo
- empeorado en su enfermedad; lo que resultó y qué dejó a Gil Blas
- en su testamento. 123
-
- CAPÍTULO III.—Entra Gil Blas a servir al doctor Sangredo y se
- hace famoso médico. 131
-
- CAPÍTULO IV.—Prosigue Gil Blas ejerciendo la Medicina con tanto
- acierto como capacidad. Aventura de la sortija recobrada. 139
-
- CAPÍTULO V.—Prosigue la aventura de la sortija; deja Gil Blas la
- Medicina y se ausenta de Valladolid. 153
-
- CAPÍTULO VI.—A dónde se encaminó Gil Blas después que salió de
- Valladolid y qué especie de hombre se incorporó con él. 162
-
- CAPÍTULO VII.—Historia del mancebillo barbero. 166
-
- CAPÍTULO VIII.—Encuentro de Gil Blas y su compañero con un hombre
- que estaba mojando mendrugos de pan en una fuente y conversación
- que con él tuvieron. 198
-
- CAPÍTULO IX.—Estado en que encontró Diego a sus parientes y cómo
- Gil Blas se separó de él después de haber participado de ciertas
- diversiones. 203
-
-
- LIBRO TERCERO
-
- CAPÍTULO I.—Llegada de Gil Blas a Madrid, y primer amo a quien
- sirvió allí. 213
-
- CAPÍTULO II.—De la admiración que causó a Gil Blas el encuentro
- con el capitán Rolando y de las cosas curiosas que le contó aquel
- bandolero. 223
-
- CAPÍTULO III.—Deja Gil Blas a don Bernardo de Castelblanco y
- entra a servir a un elegante. 232
-
- CAPÍTULO IV.—Hace Gil Blas amistad con los criados de los
- elegantes; secreto admirable que éstos le enseñaron para lograr
- a poca costa la fama de hombre agudo y singular juramento que a
- instancia de ellos hizo en una cena. 244
-
- CAPÍTULO V.—Vese Gil Blas de repente en lances de amor con una
- hermosa desconocida. 253
-
- CAPÍTULO VI.—De la conversación de algunos señores sobre los
- comediantes de la compañía del teatro del Príncipe. 265
-
- CAPÍTULO VII.—Historia de don Pompeyo de Castro. 272
-
- CAPÍTULO VIII.—Por qué accidente se ve precisado Gil Blas a
- buscar nuevo acomodo. 282
-
- CAPÍTULO IX.—Del amo a quien Gil Blas fué a servir después de la
- muerte de don Matías de Silva. 289
-
- CAPÍTULO X.—Entra Gil Blas a servir de mayordomo en casa de
- Arsenia; informes que le da Laura de los comediantes. 294
-
- CAPÍTULO XI.—Del modo como vivían entre sí los comediantes y cómo
- trataban a los autores de comedias. 300
-
- CAPÍTULO XII.—Toma Gil Blas inclinación al teatro, entrégase
- enteramente a los pasatiempos de la vida cómica y dentro de poco
- se disgusta de ella. 307
-
-
-
-
-LOS HUMORISTAS
-
-
-TITULOS PUBLICADOS POR “CALPE”
-
- Julio Camba.—=La rana viajera.=—Cuatro pesetas.
-
- Arnold Bennet.—=Enterrado en vida.=—Trad. del inglés por Vicente
- Vera. Cuatro pesetas.
-
- —— =El «matador» de Cinco-Villas.=—Trad. del inglés por C. Rivas
- Cherif. Cuatro pesetas.
-
- —— =La viuda del balcón, y Otros cuentos de
- Cinco-Villas.=—Traducido del inglés por C. Rivas Cherif. Cuatro
- pesetas.
-
- René Benjamín.—=Gaspar.=—Trad. del francés por Manuel Azaña. Cuatro
- pesetas.
-
- Jorge Courteline.—=Los señores chupatintas.=—Trad. del francés por
- Nicolás González Ruiz. Cuatro pesetas.
-
- —— =Boubouroche.=—Trad. del francés por Nicolás González Ruiz. Tres
- pesetas.
-
- H. S. Harrison.—=Queed, el doctorcillo.=—Trad. del inglés por Juan
- de Castro.—Dos tomos. Cada uno tres pesetas cincuenta céntimos.
-
- Eugenio Heltai.—«=Family Hotel=» =y Mi segunda mujer.=—Traducido del
- húngaro por Andrés Révész. Cuatro pesetas.
-
- —— =Manuel VII y su época.=—Trad. del húngaro por Andrés Révész.
- Tres pesetas cincuenta céntimos.
-
- Gómez de la Serna.—=Disparates.=—Cuatro pesetas.
-
- Pedro Veber.—=Los cursos.=—Trad. del francés por José A. Luengo.
- Tres pesetas.
-
- Antón Chejov.—=Historia de una anguila, y otras historias.=—Trad.
- del ruso por Saturnino Ximénez. Tres pesetas cincuenta céntimos.
-
- Esteban Szomahazy.—=El dramaturgo misterioso.=—Trad. del húngaro por
- Andrés Révész. Tres pesetas.
-
-
-PRÓXIMAMENTE
-
- =Humoristas húngaros (Antología de).=—Trad. del húngaro por Andrés
- Révész.
-
- Kálmán de Mikszáth.—=Gente de rumbo, y El caftán del sultán.=—Trad.
- del húngaro por Andrés Révész.
-
- Eugenio Heltai.—=Los siete años de hambre, y Cuentos.=—Traducido del
- húngaro por Andrés Révész.
-
- Gómez de la Serna.—=El Incongruente.=
-
-
-
-
-LIBROS DE LA NATURALEZA
-
- _El contenido de las obras que forman esta serie de libros editados
- por_ CALPE _es rigurosamente científico y está al corriente de los
- últimos progresos de las ciencias naturales. Garantía de ello son los
- autores de esas obras, todos los cuales figuran entre los naturalistas
- de mayor autoridad en nuestro país._
-
-
-VAN PUBLICADOS
-
- =Los animales familiares=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo
- Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 dibujos y
- 6 láminas fuera de texto, con 13 fotograbados en papel estucado.
-
- =La vida de la Tierra=, por _J. Dantín Cereceda_, profesor en el
- Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 páginas, 21
- dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel
- estucado.
-
- =El mundo alado=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo Nacional
- de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 27 dibujos y 6
- láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel estucado.
-
- =El mundo de los minerales=, por _Lucas Fernández Navarro_, profesor
- en la Universidad de Madrid y en el Museo Nacional de Ciencias
- Naturales. Un volumen de 96 páginas, 43 dibujos y 6 láminas fuera de
- texto, con 10 fotograbados en papel estucado.
-
- =El mundo de los insectos=, por _Antonio de Zulueta_, profesor en
- el Museo Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas,
- 41 dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 12 fotograbados en papel
- estucado.
-
- =Los animales salvajes=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo
- Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 24 dibujos y
- 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel estucado.
-
- =Peces de mar y de agua dulce=, por _Angel Cabrera_, profesor en el
- Museo Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 40
- dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel
- estucado.
-
- =La vida de las plantas=, por _J. Dantín Cereceda_, profesor en el
- Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 páginas, 31
- dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel
- estucado.
-
- =Los animales microscópicos=, por _Angel Cabrera_, profesor en el
- Museo Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42
- dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel
- estucado.
-
- =La vida de las flores=, por _J. Dantín Cereceda_, profesor en el
- Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 páginas, 31
- dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel
- estucado.
-
-Todas las obras de esta colección se venden al precio de =1,75 pesetas
-cada libro= y llevan artísticas cubiertas del gran dibujante Bagaría
-impresas a cinco tintas.
-
-
-
-
-LIBROS DE AVENTURAS
-
-de los mejores autores clásicos y modernos.
-
-COLECCIÓN DE OBRAS DE ALTO VALOR LITERARIO Y EDUCATIVO PARA LOS
-MUCHACHOS, EDITADAS POR Calpe y TRADUCIDAS CUIDADOSAMENTE DEL IDIOMA
-ORIGINAL
-
-
-VOLÚMENES PUBLICADOS
-
- =Los tramperos del Arkansas=, por Gustavo Aimard.—Un tomo. Cuatro
- pesetas.
-
- =Aventuras del capitán Corcorán=, por Alfredo Assollant.—Un tomo.
- Cuatro pesetas cincuenta céntimos.
-
- =El cazador de ciervos=, por Fenimore Cooper—Dos tomos. Cada uno
- cuatro pesetas.
-
- =Los tiradores de rifle=, por Mayne Reid.—Un tomo. Cuatro pesetas.
-
- _La isla del tesoro_, por Roberto L. Stevenson.—Un tomo. Cuatro
- pesetas.
-
- =De la Tierra a la Luna=, por Julio Verne.—Un tomo. Tres pesetas
- cincuenta céntimos.
-
- =Los mercaderes de pieles=, por Ballantyne.—Un tomo. Cinco pesetas.
-
- =Salvado del mar=, por Kingston.—Un tomo. Cuatro pesetas.
-
- =La marina mercante=, por Marryat.—Un tomo. Cinco pesetas.
-
- =El jinete sin cabeza=, por Mayne Reid.—Dos tomos. Cada uno cinco
- pesetas.
-
- =Dos años al pie del mástil=, por Dana.—Un tomo. Tres pesetas.
-
- =El último mohicano=, por Fenimore Cooper.—Dos tomos. Cada uno tres
- pesetas.
-
- =Alrededor de la Luna=, por Julio Verne.—Un tomo. Tres pesetas.
-
- =La isla de coral=, por Ballantyne.—Un tomo. Tres pesetas cincuenta
- céntimos.
-
- =Robinsón Crusoe=, por Defoe.—Dos tomos. Cada uno tres pesetas.
-
- =Aventuras de Román Kalbris=, por Malot.—Un tomo. Tres pesetas.
-
- =Propiedad del Rey=, por Marryat.—Dos tomos. Cada uno tres pesetas.
-
- =A lo largo del Amazonas=, por Kingston.—Dos tomos. Cada uno tres
- pesetas.
-
- =El Robinsón suizo=, por Wyss.—Un tomo. Cuatro pesetas.
-
- =Viajes de Gulliver=, por Swift.—Un tomo. Tres pesetas.
-
- =El matador de leones=, por Gérard.—Un tomo. Tres pesetas.
-
- =David Balfour=, por Stevenson.—Un tomo. Tres pesetas.
-
-
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana
-(Vol 1 de 3), by Alain-René Lesage
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK GIL BLAS ***
-
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- The Project Gutenberg eBook of Historia de Gil Blas de Santillana (vol 1 de 3), by Alain-René.
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-
-<pre>
-
-The Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana (Vol 1
-de 3), by Alain-René Lesage
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
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-
-
-
-Title: Historia de Gil Blas de Santillana (Vol 1 de 3)
- Novela
-
-Author: Alain-René Lesage
-
-Translator: P. Isla
-
-Release Date: November 19, 2015 [EBook #50492]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK GIL BLAS ***
-
-
-
-
-Produced by Giovanni Fini, Josep Cols Canals and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-file was produced from images generously made available
-by The Internet Archive/Canadian Libraries)
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-<div class="limit">
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_1" id="Page_1">[1]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-
-<div class="transnote p4">
-<p class="pc large">NOTA DEL TRANSCRIPTOR:</p>
-<p class="ptn">&mdash;Los errores obvios de impresión y puntuación han sido corregidos.</p>
-<p class="ptn">&mdash;Se ha mantenido la acentuación del libro original, que difiere
-notablemente de la utilizada en español moderno.</p>
-<p class="ptn">&mdash;El transcriptor de este libro creó la imagen de tapa utilizando la
-portada del libro original. La nueva imagen pertenece al dominio público.</p>
-</div></div>
-
-<div class="chapter">
-
-<p class="pc4 mid">Le Sage</p>
-
-<hr class="d1" />
-
-<p class="pc4 large">HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA</p>
-<p class="pc2">TOMO I</p>
-<p class="pc4 lmid">MCMXXII<br /></p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_2" id="Page_2">[2]</a></span></p>
-
-<hr class="d2" />
-
-<p class="pc reduct">Papel expresamente fabricado por <span class="smcap">La Papelera Española</span></p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_3" id="Page_3">[3]</a></span></p>
-
-<p class="pc4 mid">LE SAGE</p>
-
-<hr class="d3" />
-
-<h1 class="p2">Historia<br />
-<span class="small">de</span><br />
-Gil Blas de Santillana</h1>
-
-<p class="pc2 mid">NOVELA</p>
-
-<p class="pc2">TOMO I</p>
-
-<p class="pc2">Traducción del P. Isla</p>
-
-<div class="figcenter">
- <img src="images/title.jpg" width="200" height="247"
- alt=""
- title="" />
-</div>
-
-<p class="pc2 lmid">MADRID, 1922</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_4" id="Page_4">[4]</a></span></p>
-
-<hr class="d2" />
-
-<p class="pc">Talleres “Calpe”, Larra, 6 y 8.&mdash;MADRID</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_5" id="Page_5">[5]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-
-<p class="p4"><i>La famosísima novela de Le Sage</i> <span class="smcap">Gil Blas de
-Santillana</span> <i>fué traducida superiormente por el padre
-Isla, el autor de</i> Fray Gerundio. <i>Esta traducción
-es la que publicamos. Hízola el padre Isla con la
-intención de mostrar patente el origen español de
-la inspiración que animara a Le Sage. ¿Consiguió
-lo que pretendía? En parte sí, pues leído el</i> <span class="smcap">Gil Blas</span>
-<i>en la traducción española de Isla parece enteramente
-una novela picaresca de las muchas que ha producido
-nuestra literatura. Pero si miramos con mayor atención
-la novela, veremos en ella un gran número de
-rasgos que esencialmente la clasifican entre las obras
-de ingenio e inspiración típicamente franceses. Prepondera
-la descripción de caracteres, la fina sátira
-moral, la intención psicológica sobre la mera narración
-de aventuras. Le Sage no inventa intrigas por
-el solo placer de la acción, sino para engarzar en
-ellas tipos, vicios, defectos morales, ridiculeces de la
-especie humana. Así adquiere su obra un sentido
-filosófico, moral; más que novela de aventuras es novela
-de costumbres y de caracteres.</i></p>
-
-<p><i>Le Sage, que nació en la Bretaña y se hizo abogado
-en París, fué uno de los primeros escritores que vivieron
-exclusivamente de su pluma. Publicó en 1715
-los dos primeros tomos de</i> <span class="smcap">Gil Blas</span>, <i>que llegaban
-hasta el punto en que Gil Blas es nombrado intendente
-general de D. Alfonso de Leyva. En vista del formidable<span class="pagenum"><a name="Page_6" id="Page_6">[6]</a></span>
-éxito que obtuvo, escribió una continuación, publicada
-en 1724, que comprende la estancia de Gil
-Blas en Granada y su traslado a Madrid, con la
-historia de su privanza con el duque de Lerma. El
-éxito de esta continuación superó al de los dos primeros
-tomos, y en 1735 publicó Le Sage el final de
-la obra, con la narración del ministerio y muerte del
-Conde Duque y el retiro de Gil Blas a Liria.</i></p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_7" id="Page_7">[7]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-
-<p class="pc4 elarge">GIL BLAS DE SANTILLANA</p>
-
-<hr class="d3" />
-
-<h2 class="p4"><a name="dec" id="dec">DECLARACIÓN DE LE SAGE</a></h2>
-
-<p class="p2">Como hay personas que no saben leer un libro
-sin aplicar los caracteres viciosos o ridículos que
-en él se censuran a personas determinadas, declaro
-a estos maliciosos lectores que harán mal y se
-engañarán mucho en hacer la aplicación a ningún
-individuo en particular de los retratos que encontrarán
-en esta obra. Protesto al público que solamente
-me he propuesto representar la vida del común
-de los hombres tal cual es, y no permita Dios
-que jamás sea mi ánimo señalar a ninguno con el
-dedo. Si hubiere alguno que crea se ha dicho por
-él lo que puede convenir a tantos otros, le aconsejo
-que calle y no se queje, porque de otra manera
-él mismo se dará a conocer fuera de tiempo.
-<i>Stultè nudabit animi conscientiam</i>, dice Fedro.</p>
-
-<p>No menos en Francia que en España se hallan
-médicos cuyo método de curar no es otro que sangrar
-sobradamente a sus enfermos. Los vicios y
-los originales ridículos son de todas las naciones.
-Confieso que no siempre describí exactamente las<span class="pagenum"><a name="Page_8" id="Page_8">[8]</a></span>
-costumbres españolas. Por ejemplo: los que saben
-cómo viven en Madrid los comediantes, quizá me
-notarán de haberlos pintado con colores demasiadamente
-mitigados; pero creí deber hacerlo así
-por que fuesen algo más parecidos a los nuestros.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_9" id="Page_9">[9]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="pal" id="pal">UNA PALABRITA AL LECTOR</a></h2>
-
-<p>Antes de leer la historia de mi vida, escucha,
-lector amigo, un cuento que te voy a contar.</p>
-
-<p>Caminaban juntos y a pie dos estudiantes desde
-Peñafiel a Salamanca. Sintiéndose cansados y sedientos,
-se sentaron junto a una fuente que estaba
-en el camino. Después que descansaron y mitigaron
-la sed, observaron por casualidad una como
-lápida sepulcral que a flor de la tierra se descubría
-cerca de ellos, y sobre la lápida unas letras
-medio borradas por el tiempo y por las pisadas
-del ganado que venía a beber a la fuente. Picóles
-la curiosidad, y lavando la piedra con agua, pudieron
-leer estas palabras castellanas: <i>Aquí está enterrada
-el alma del licenciado Pedro García</i>.</p>
-
-<p>El más mozo de los estudiantes, que era vivaracho
-y un si es no es atolondrado, apenas leyó la
-inscripción cuando exclamó, riéndose a carcajada
-tendida: «¡Gracioso disparate! ¡Aquí está enterrada
-el alma! Pues qué, ¿un alma puede enterrarse?
-¡Quién me diera a conocer el ignorantísimo autor
-de tan ridículo epitafio!» Y diciendo esto, se levantó
-para irse. Su compañero, que era algo más juicioso
-y reflexivo, dijo para consigo: «Aquí hay misterio,
-y no me he de apartar de este sitio hasta<span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span>
-averiguarlo.» Dejó partir al otro, y, sin perder
-tiempo, sacó un cuchillo y comenzó a socavar la
-tierra alrededor de la lápida, hasta que logró levantarla.
-Encontró debajo de ella un bolsillo; abrióle,
-y halló en él cien ducados, con estas palabras
-en latín: <i>Declárote por heredero mío a ti, cualquiera
-que seas, que has tenido ingenio para entender el
-verdadero sentido de la inscripción; pero te encargo
-que uses de este dinero mejor que yo usé de él</i>. Alegre
-el estudiante con este descubrimiento, volvió a poner
-la lápida como antes estaba y prosiguió su camino
-a Salamanca, llevándose el alma del licenciado.</p>
-
-<p>Tú, amigo lector, seas quien fueres, necesariamente
-te has de parecer a uno de estos dos estudiantes.
-Si lees mis aventuras sin hacer reflexión
-a las instrucciones morales que encierran, ningún
-fruto sacarás de esta lectura; pero si las leyeres
-con atención, encontrarás en ellas, según el precepto
-de Horacio, <i>lo útil mezclado con lo agradable</i>.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-
-<p class="pc4 elarge">LIBRO PRIMERO</p>
-
-<h2 class="p4"><a name="c101" id="c101">CAPÍTULO PRIMERO</a></h2>
-
-<p class="pch">Nacimiento de Gil Blas, y su educación.</p>
-
-<p>Blas de Santillana, mi padre, después de haber
-servido muchos años en los ejércitos de la Monarquía
-española, se retiró al lugar donde había nacido.
-Casóse con una aldeana, y yo nací al mundo
-diez meses después que se habían casado. Pasáronse
-a vivir a Oviedo, donde mi madre se acomodó
-por ama de gobierno y mi padre por escudero.
-Como no tenían más bienes que su salario, corría
-gran peligro mi educación de no haber sido la mejor
-si Dios no me hubiera deparado un tío que
-era canónigo de aquella iglesia. Llamábase Gil Pérez,
-era hermano mayor de mi madre y había sido
-mi padrino. Figúrate, allá en tu imaginación, lector
-mío, un hombre pequeño, de tres pies y medio
-de estatura, extraordinariamente gordo, con la cabeza
-zambullida entre los hombros, y he aquí la
-<i>vera efigies</i> de mi tío. Por lo demás, era un eclesiástico
-que sólo pensaba en darse buena vida;
-quiero decir en comer y en tratarse bien, para lo<span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span>
-cual le suministraba suficientemente la renta de
-su prebenda.</p>
-
-<p>Llevóme a su casa cuando yo era niño y se encargó
-de mi educación. Parecíle desde luego tan
-despejado, que resolvió cultivar mi talento. Compróme
-una cartilla y quiso él mismo ser mi maestro
-de leer. También hubiera querido enseñarme
-por sí mismo la lengua latina, porque ese dinero
-ahorraría; pero el pobre Gil Pérez se vió precisado
-a ponerme bajo la férula de un preceptor, y me
-envió al doctor Godínez, que pasaba por ser el
-más hábil pedante que había en Oviedo. Aproveché
-tanto en esta escuela, que al cabo de cinco o
-seis años entendía un poco de los autores griegos
-y suficientemente los poetas latinos. Apliquéme
-después a la Lógica, que me enseñó a discurrir y
-argumentar sin término. Gustábanme mucho las
-disputas, y detenía a los que encontraba, conocidos
-o no conocidos, para proponerles cuestiones y
-argumentos. Topábame a veces con algunos manteístas
-que no apetecían otra cosa, y entonces era
-el oírnos disputar. ¡Qué voces! ¡Qué patadas! ¡Qué
-gestos! ¡Qué contorsiones! ¡Qué espumarajos en las
-bocas! Más parecíamos energúmenos que filósofos.</p>
-
-<p>De esta manera logré gran fama de sabio en toda
-la ciudad. A mi tío se le caía la baba, y se lisonjeaba
-infinito con la esperanza de que, en virtud
-de mi reputación, presto dejaría de tenerme sobre
-sus costillas. Díjome un día: «¡Hola, Gil Blas! Ya
-no eres niño; tienes diez y siete años, y Dios te
-ha dado habilidad. Hemos menester pensar en<span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span>
-ayudarte. Estoy resuelto a enviarte a la Universidad
-de Salamanca, donde con tu ingenio y con tu
-talento no dejarás de colocarte en un buen puesto.
-Para tu viaje te daré algún dinero y la mula,
-que vale de diez a doce doblones, la que podrás
-vender en Salamanca, y mantenerte después con
-el dinero hasta que logres algún empleo que te dé
-de comer honradamente.»</p>
-
-<p>No podía mi tío proponerme cosa más de mi
-gusto, porque reventaba por ver mundo; sin embargo,
-supe vencerme y disimular mi alegría. Cuando
-llegó la hora de marchar, sólo me mostré afligido
-del sentimiento de separarme de un tío a quien
-debía tantas obligaciones; enternecióse el buen señor,
-de manera que me dió más dinero del que me
-daría si hubiera leído o penetrado lo que pasaba
-en lo íntimo de mi corazón. Antes de montar quise
-ir a dar un abrazo a mi padre y a mi madre, los
-cuales no anduvieron escasos en materia de consejos.
-Exhortáronme a que todos los días encomendase
-a Dios a mi tío, a vivir cristianamente, a no
-mezclarme nunca en negocios peligrosos y, sobre
-todo, a no desear, y mucho menos a tomar, lo ajeno
-contra la voluntad de su dueño. Después de
-haberme arengado largamente, me regalaron con
-su bendición, la única cosa que podía esperar de
-ellos. Inmediatamente monté en mi mula y salí de
-la ciudad.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c102" id="c102">CAPÍTULO II</a></h2>
-
-<p class="pch">De los sustos que tuvo Gil Blas en el camino de
-Peñaflor, lo que hizo cuando llegó allí y lo que le
-sucedió con un hombre que cenó con él.</p>
-
-<p>Héteme aquí ya fuera de Oviedo, camino de Peñaflor,
-en medio de los campos, dueño de mi persona,
-de una mala mula y de cuarenta buenos ducados,
-sin contar algunos reales más que había
-hurtado a mi bonísimo tío. La primera cosa que
-hice fué dejar la mula a discreción, esto es, que
-anduviese al paso que quisiese. Echéla el freno sobre
-el pescuezo, y sacando de la faltriquera mis
-ducados los comencé a contar y recontar dentro
-del sombrero. No podía contener mi alegría; jamás
-me había visto con tanto dinero junto; no me hartaba
-de verle, tocarle y retocarle. Estábale recontando
-quizá por la vigésima vez, cuando la mula
-alzó de repente la cabeza en aire de espantadiza,
-aguzó las orejas y se paró en medio del camino.
-Juzgué desde luego que la había espantado alguna
-cosa, y examiné lo que podía ser. Vi en medio del
-camino un sombrero, con un rosario de cuentas
-gordas en su copa, y al mismo tiempo oí una voz
-lastimosa que pronunció estas palabras: «¡Señor
-pasajero, tenga usted piedad de un pobre soldado
-estropeado y sírvase de echar algunos reales en
-ese sombrero, que Dios se lo pagará en el otro
-mundo!» Volví los ojos hacia donde venía la voz,<span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span>
-y vi al pie de un matorral, a veinte o treinta pasos
-de mí, una especie de soldado, que sobre dos palos
-cruzados apoyaba la boca de una escopeta, que
-me pareció más larga que una lanza, con la cual
-me apuntaba a la cabeza. Sobresaltéme extrañamente,
-miré como perdidos mis ducados y empecé
-a temblar como un azogado. Recogí lo mejor que
-pude mi dinero; metíle disimulada y bonitamente
-en la faltriquera, y quedándome en las manos con
-algunos reales los fuí echando poco a poco y uno
-a uno en el sombrero destinado para recibir la
-limosna de los cristianos cobardes y atemorizados,
-a fin de que conociese el soldado que yo me portaba
-noble y generosamente. Quedó satisfecho de
-mi generosidad y dióme tantas gracias como yo
-espolazos a la mula para que cuanto antes me alejase
-de él; pero la maldita bestia, burlándose de
-mi impaciencia, no por eso caminaba más a prisa.
-La vieja costumbre de caminar paso a paso bajo
-el gobierno de mi tío la había hecho olvidarse de
-lo que era el galope.</p>
-
-<p>No me pareció esta aventura el mejor agüero
-para el resto del viaje. Veía que aun no estaba en
-Salamanca y que me podían suceder otras peores.
-Parecióme que mi tío había andado poco prudente
-en no haberme entregado a algún arriero. Esto
-era, sin duda, lo que debiera haber hecho; pero
-le parecía que dándome su mula gastaría menos
-en el viaje, lo cual le hizo más fuerza que la consideración
-de los peligros a que me exponía. Para
-reparar esta falta determiné vender mi mula en<span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span>
-Peñaflor, si tenía la dicha de llegar a aquel lugar.
-y ajustarme con un arriero hasta Astorga, haciendo
-lo mismo con otro desde Astorga a Salamanca.
-Aunque nunca había salido de Oviedo, sabía los
-nombres de todos los lugares por donde había de
-pasar, habiéndome informado de ellos antes de ponerme
-en camino.</p>
-
-<p>Llegué felizmente a Peñaflor y me paré a la
-puerta de un mesón que tenía bella apariencia.
-Apenas eché pie a tierra cuando el mesonero me
-salió a recibir con mucha cortesía. El mismo desató
-mi maleta y mis alforjas, cargó con ellas y me
-condujo a un cuarto, mientras sus criados llevaban
-la mula a la caballeriza. Era el tal mesonero el
-mayor hablador de todo Asturias, tan fácil en contar
-sin necesidad todas sus cosas como curioso en
-informarse de las ajenas. Díjome que se llamaba
-Andrés Corzuelo y que había servido al rey muchos
-años de sargento, y se había retirado quince
-meses hacía por casarse con una moza de Castropol,
-que era buen bocado, aunque algo morena. Y
-después me refirió otra infinidad de cosas que tanto
-importaba saberlas como ignorarlas. Hecha esta
-confianza, juzgándose ya acreedor a que yo le correspondiese
-con la misma, me preguntó quién era,
-de dónde venía y a dónde caminaba. A todo lo cual
-me consideré obligado a responder artículo por artículo,
-puesto que cada pregunta la acompañaba
-con una profunda reverencia, suplicándome muy
-respetuosamente que perdonase su curiosidad. Esto
-me empeñó insensiblemente en una larga conversación<span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span>
-con él, en la cual ocurrió hablar del motivo
-y fin que tenía en desear deshacerme de mi mula
-y proseguir el viaje con algún arriero. Todo me lo
-aprobó mucho, y no cierto sucintamente, porque
-me representó todos los accidentes que me podían
-suceder y me embocó mil funestas historias de los
-caminantes. Pensé que nunca acabase; pero al fin
-acabó, diciéndome que si quería vender la mula él
-conocía un muletero, hombre muy de bien, que
-acaso la compraría. Respondíle me daría gusto en
-enviarle a llamar, y él mismo en persona partió al
-punto a noticiarle mi deseo.</p>
-
-<p>Volvió en breve acompañado del chalán, y me
-le presentó ponderando mucho su honradez. Entramos
-en el corral, donde habían sacado mi mula.
-Paseáronla y repaseáronla delante del muletero,
-que con grande atención la examinó de pies a cabeza.
-Púsole mil tachas, hablando de ella muy mal.
-Confieso que tampoco podía decir de ella mucho
-bien; pero lo mismo diría aunque fuera la mula
-del Papa. Protestaba que tenía cuantos defectos
-podía tener el animal, apelando al juicio del mesonero,
-que sin duda tenía sus razones para conformarse
-con el suyo. «Ahora bien&mdash;me preguntó
-fríamente el chalán&mdash;: ¿cuánto pide usted por su
-mula?» Yo, que la daría de balde después del elogio
-que había hecho de ella, y sobre todo de la
-atestación del señor Corzuelo, que me parecía hombre
-honrado, inteligente y sincero, le respondí remitiéndome
-en todo a lo que la apreciase su hombría
-de bien y su conciencia, protestando que me<span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span>
-conformaría con ello. Replicóme, picándose de hombre
-de bien y timorato, que habiendo interesado
-su conciencia le tocaba en lo más vivo y en lo que
-más le dolía, porque al fin éste era su lado flaco;
-y efectivamente no era el más fuerte, porque en
-lugar de los diez o doce doblones en que mi tío la
-había valuado no tuvo vergüenza de tasarla en
-tres ducados, que me entregó, y yo recibí tan alegre
-como si hubiera ganado mucho en aquel trato.</p>
-
-<p>Después de haberme deshecho tan ventajosamente
-de mi mula, el mesonero me condujo a casa
-de un arriero que al día siguiente había de partir
-a Astorga. Díjome éste que pensaba salir antes de
-amanecer y que él tendría cuidado de despertarme.
-Quedamos de acuerdo en lo que le había de
-dar por comida y macho, y yo me volví al mesón
-en compañía de Corzuelo, el cual en el camino me
-comenzó a contar toda la historia del arriero. Encajóme
-cuanto se decía de él en la villa, y aun llevaba
-traza de continuar aturdiéndome con sus impertinentes
-habladurías, cuando, por fortuna, le
-interrumpió un hombre de buen aspecto, que se
-acercó a él y le saludó con mucha urbanidad. Dejélos
-a los dos y proseguí mi camino, sin pasarme
-por el pensamiento que pudiese yo tener parte alguna
-en su conversación.</p>
-
-<p>Luego que llegué al mesón, pedí de cenar. Era
-día de viernes y me contenté con huevos. Mientras
-los disponían, trabé conversación con la mesonera,
-que hasta entonces no se había dejado ver. Parecióme
-bastantemente linda, de modales muy desembarazados<span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span>
-y vivos. Cuando me avisaron que ya
-estaba hecha la tortilla, me senté a la mesa solo.
-No bien había comido el primer bocado, he aquí
-que entra el mesonero en compañía de aquel hombre
-con quien se había parado a hablar en el camino.
-El tal caballero, que podía tener treinta años,
-traía al lado un largo chafarote. Acercándose a mí
-con cierto aire alegre y apresurado, «Señor licenciado&mdash;me
-dijo&mdash;, acabo de saber que usted es el
-señor Gil Blas de Santillana, la honra de Oviedo
-y la antorcha de la Filosofía. ¿Es posible que sea
-usted aquel joven sapientísimo, aquel ingenio sublime
-cuya reputación es tan grande en todo este
-país? ¡Vosotros no sabéis&mdash;volviéndose al mesonero
-y a la mesonera&mdash;qué hombre tenéis en casa!
-¡Tenéis en ella un tesoro! ¡En este mozo estáis
-viendo la octava maravilla del mundo!» Volviéndose
-después hacia mí, y echándome los brazos al
-cuello, «Excuse usted&mdash;me dijo&mdash;mis arrebatos; no
-soy dueño de mí mismo ni puedo contener la alegría
-que me causa su presencia.»</p>
-
-<p>No pude responderle de pronto, porque me tenía
-tan estrechamente abrazado que apenas me dejaba
-libre la respiración; pero luego que desembaracé
-un poco la cabeza, le dije: «Nunca creí que mi nombre
-fuese conocido en Peñaflor.» «¿Qué llama conocido?&mdash;me
-repuso en el mismo tono&mdash;. Nosotros tenemos
-registro de todos los grandes personajes que
-nacen a veinte leguas en contorno. Usted está reputado
-por un prodigio, y no dudo que algún día
-dará a España tanta gloria el haberle producido<span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span>
-como a la Grecia el ser madre de sus siete sabios.
-A estas palabras se siguió un nuevo abrazo, que
-hube de aguantar aun a peligro de que me sucediese
-la desgracia de Anteo. Por poca experiencia
-del mundo que yo hubiera tenido, no me dejaría
-ser el dominguillo de sus demostraciones ni de sus
-hipérboles. Sus inmoderadas adulaciones y excesivas
-alabanzas me harían conocer desde luego que
-era uno de aquellos truhanes pegotes y petardistas
-que se hallan en todas partes y se introducen
-con todo forastero para llenar la barriga a costa
-suya; pero mis pocos años y mi vanidad me hicieron
-formar un juicio muy distinto. Mi panegirista
-y mi admirador me pareció un hombre muy de
-bien y muy real, y así, le convidé a cenar conmigo.
-¡Con mucho gusto!&mdash;me respondió prontamente&mdash;.
-Estoy muy agradecido a mi buena estrella
-por haberme dado a conocer al ilustre señor Gil
-Blas y no quiero malograr la fortuna de estar en
-su compañía y disfrutar sus favores lo más que
-me sea posible. A la verdad&mdash;prosiguió&mdash;, no tengo
-gran apetito, y me sentaré a la mesa sólo por
-hacer compañía a usted, comiendo algunos bocados
-meramente por complacerle y por mostrar
-cuánto aprecio sus finezas.»</p>
-
-<p>Sentóse enfrente de mí el señor mi panegirista.
-Trajéronle un cubierto, y se arrojó a la tortilla con
-tanta ansia y con tanta precipitación como si hubiera
-estado tres días sin comer. Por el gusto con
-que la comía conocí que presto daría cuenta de
-ella. Mandé se hiciese otra, lo que se ejecutó al<span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21">[21]</a></span>
-instante; pusiéronla en la mesa cuando acabábamos,
-o, por mejor decir, cuando mi huésped acababa
-de engullirse la primera. Sin embargo, comía
-siempre con igual presteza, y sin perder bocado
-añadía sin cesar alabanzas sobre alabanzas, las
-cuales me sonaban bien y me hacían estar muy
-contento de mi personilla. Bebía frecuentemente,
-brindando unas veces a mi salud y otras a la de
-mi padre y de mi madre, no hartándose de celebrar
-su fortuna en ser padres de tal hijo. Al mismo
-tiempo echaba vino en mi vaso, incitándome a
-que le correspondiese. Con efecto, no correspondía
-yo mal a sus repetidos brindis; con lo cual y con
-sus adulaciones me sentí de tan buen humor que,
-viendo ya medio comida la segunda tortilla, pregunté
-al mesonero si tenía algún pescado. El señor
-Corzuelo, que, según todas las apariencias, se
-entendía con el petardista, respondió: «Tengo una
-excelente trucha; pero costará cara a los que la
-coman y es bocado demasiadamente delicado para
-usted.» «¿Qué llama usted <i>demasiadamente delicado</i>?&mdash;replicó
-mi adulador&mdash;. ¡Traiga usted la trucha
-y descuide de lo demás! ¡Ningún bocado, por
-regalado que sea, es demasiado bueno para el señor
-Gil Blas de Santillana, que merece ser tratado
-como un príncipe!»</p>
-
-<p>Tuve particular gusto de que hubiese retrucado
-con tanto aire las últimas palabras del mesonero,
-en lo cual no hizo mas que anticipárseme. Dime
-por ofendido y dije con enfado al mesonero: «¡Venga
-la trucha y otra vez piense más en lo que dice!»<span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span>
-El mesonero, que no deseaba otra cosa, hizo cocer
-luego la trucha y presentóla en la mesa. A vista
-del nuevo plato brillaron de alegría los ojos del
-taimado, que dió mayores pruebas del deseo que
-tenía de complacerme; es decir, que se abalanzó
-al pez del mismo modo que se había arrojado a
-las tortillas. No obstante, se vió precisado a rendirse,
-temiendo algún accidente, porque se había
-hartado hasta el gollete. En fin, después de haber
-comido y bebido hasta más no poder, quiso poner
-fin a la comedia. «¡Oh señor Gil Blas!&mdash;me dijo alzándose
-de la mesa&mdash;. Estoy tan contento de lo
-bien que usted me ha tratado, que no le puedo
-dejar sin darle un importante consejo, del que me
-parece tiene no poca necesidad. Desconfíe por lo
-común de todo hombre a quien no conozca, y esté
-siempre muy sobre sí para no dejarse engañar de
-las alabanzas. Podrá usted encontrar con otros que
-quieran, como yo, divertirse a costa de su credulidad,
-y puede suceder que las cosas pasen más
-adelante. No sea usted su hazmerreír y no crea
-sobre su palabra que le tengan por la octava maravilla
-del mundo.» Diciendo esto, rióse de mí en
-mis bigotes y volvióme las espaldas.</p>
-
-<p>Sentí tanto esta burla como cualquiera de las
-mayores desgracias que me sucedieron después. No
-hallaba consuelo viéndome burlado tan groseramente,
-o, por mejor decir, viendo mi orgullo tan
-humillado. «¡Es posible&mdash;me decía yo&mdash;que aquel
-traidor se hubiese burlado de mí! Pues qué, ¿solamente
-buscó al mesonero para sonsacarle, o estaban<span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span>
-ya de inteligencia los dos? ¡Ah pobre Gil Blas;
-muérete de vergüenza, porque diste a estos bribones
-justo motivo para que te hagan ridículo! Sin
-duda que compondrán una buena historia de esta
-burla, la cual podrá muy bien llegar a Oviedo, y
-en verdad que te hará grandísimo honor. Tus padres
-se arrepentirán de haber arengado tanto a un
-mentecato. ¡En vez de exhortarme a que no engañase
-a nadie, debieran haberme encomendado que
-de ninguno me dejase engañar!» Agitado de estos
-amargos pensamientos, y encendido en cólera, me
-encerré en mi cuarto y me metí en la cama; pero
-no pude dormir, y apenas había cerrado los ojos
-cuando el arriero vino a despertarme y a decirme
-que sólo esperaba por mí para ponerse en camino.
-Levantéme prontamente, y mientras me estaba
-vistiendo vino Corzuelo con la cuenta del gasto,
-en la cual no se olvidaba la trucha; y no solamente
-hube de pasar por todo lo que él cargaba, sino que,
-mientras le pagaba el dinero, tuve el dolor de conocer
-que se estaba relamiendo en la memoria del
-pasado chasco de la noche precedente. Después de
-haber pagado bien una cena que había digerido
-tan mal, partí con mi maleta a casa del arriero,
-dando a todos los diablos al petardista, al mesonero
-y al mesón.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c103" id="c103">CAPÍTULO III</a></h2>
-
-<p class="pch">De la tentación que tuvo el arriero en el camino,
-en qué paró, y cómo Gil Blas se estrelló contra Caribdis
-queriendo evitar a Scila.</p>
-
-<p>No era yo solo el que había de caminar con el
-arriero. Habíanse ajustado con el mismo dos hijos
-de familia de Peñaflor; un muchacho o niño de
-coro de Mondoñedo, que iba a correr mundo; un
-caballerete de Astorga y una joven del Bierzo, con
-quien acababa de casarse. En muy poco tiempo
-nos hicimos amigos, y cada uno contó a dónde iba
-y de dónde venía. Aunque la novia estaba en lo
-mejor de su edad, era tan morena y de tan poca
-gracia que no me daba mucho gusto el mirarla;
-con todo eso, sus pocos años y su robustez inclinaron
-hacia ella al arriero; tanto, que resolvió hacer
-una tentativa para lograr sus favores. Pasó la
-jornada en meditar el modo y dilató la ejecución
-hasta la última posada. Esta fué en Cacabelos.
-Hízonos apear en un mesón que está a la entrada
-del lugar, esto es, un poco fuera de él, cuyo mesonero
-sabía él muy bien que era hombre callado
-y amigo de complacer. Dispuso que nos condujese
-a un cuarto muy retirado, donde nos dejó cenar
-tranquilamente; pero al fin de la cena vimos entrar
-al arriero furioso como un demonio, votando,
-jurando y blasfemando; y mirándonos a todos con
-ojos centelleantes, «¡Por vida de quien soy&mdash;dijo&mdash;que<span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span>
-me han hurtado cien doblones que traía en
-una bolsa de cuero, y por fuerza han de parecer!
-¡Ahora ahora me voy derecho al juez, para que
-dé tormento a todos hasta que se descubra el ladrón
-y me restituya mi dinero!» Diciendo esto con
-un aire muy natural, nos volvió apresuradamente
-y con enfado las espaldas, dejándonos atónitos,
-mirándonos los unos a los otros.</p>
-
-<p>A ninguno le ocurrió que podía ser aquello una
-ficción, porque todavía no nos podíamos conocer
-bien; antes sí sospeché yo que el ladrón sería el
-muchacho de coro, así como él quizá sospecharía
-lo mismo de mí. Fuera de eso, todos éramos unos
-pobres simples, que no sabíamos las formalidades
-que preceden en semejantes casos a la prueba del
-tormento, y desde luego creímos que se había de
-comenzar por aquí. Poseídos, pues, de esta aprensión,
-precipitadamente nos salimos del cuarto, escapando
-unos a la calle y otros al huerto, para
-salvarse cada cual como pudiese; y el novio de Astorga,
-turbado con la idea del tormento, se salvó
-como otro Eneas, olvidado enteramente de su mujer.
-Entonces el arriero, según supe con el tiempo,
-más incontinente que sus machos, y muy alegre
-porque su estratagema había producido el efecto
-que pretendía, entró en el cuarto donde estaba la
-novia, haciendo alarde de su invención, y procuró
-aprovecharse de la ocasión; pero aquella Lucrecia
-asturiana, a quien daba mayores fuerzas la mala
-traza del arriero, hizo una vigorosa resistencia,
-dando descompasados gritos. La patrulla, que por<span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span>
-casualidad se hallaba cerca de una posada que sabía
-ser muy digna de su atención, entró en ella,
-y preguntó quién daba y cuál era el motivo de
-aquellos gritos. El mesonero estaba cantando en
-la cocina y fingiendo que nada había oído; no obstante,
-se vió precisado a conducir al comandante
-y a la patrulla al cuarto de la persona que gritaba.
-Conoció luego el alférez el negocio de que se trataba,
-y, como era hombre grosero y brutal, regaló
-provisionalmente al enamorado arriero con cinco
-o seis buenos palos con el mango de la alabarda, y
-le arengó con unas voces tan ofensivas al pudor
-como la acción que daba motivo a la arenga. No
-se contentó con esto: echó mano del delincuente
-y le condujo a la presencia del juez, juntamente
-con la agraviada delatora, que con toda resolución
-quiso ir en persona a quejarse de él, no obstante
-el desorden en que se hallaba. Oyóla el juez, y
-habiéndola observado atentamente, halló que el
-acusado no tenía excusa alguna y que era indigno
-de perdón. Mandó al punto le despojasen y que
-en su presencia le diesen doscientos azotes, y ordenó
-después que, si al día siguiente no parecía el
-marido de aquella mujer, dos soldados la llevasen
-con toda decencia a Astorga a costa del arriero.</p>
-
-<p>Por lo que toca a mí, atemorizado quizá más
-que los otros, salí prontamente al campo, y atravesando
-terrenos, penetrando matorrales y saltando
-los fosos que hallaba en el camino, llegué por
-fin a un lóbrego y espeso bosque. Iba a entrar en
-él y a esconderme en el más erizado matorral<span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span>
-cuando me vi de repente con dos hombres a caballo,
-que se pararon delante de mí. «¿Quién va
-allá?», dijeron; y, como el miedo y la sorpresa no
-me dejaron hablar, acercándose más, cada uno me
-puso al pecho una pistola, intimándome, pena de
-la vida, que les dijese quién era, de dónde venía
-y qué iba yo a hacer en aquel bosque. A esta manera
-de preguntar, que me pareció un <i>quid pro quo</i>
-del tormento con que se había burlado de nosotros
-el arriero, respondí que era un pobre estudiante
-de Oviedo, que iba a continuar mis estudios en
-Salamanca, refiriéndoles lo que nos acababa de suceder
-y confesando sencillamente que el miedo del
-tormento me había hecho huir sin saber dónde esconderme.
-Dieron una grande carcajada cuando
-oyeron un discurso que tanto mostraba mi sencillez,
-y uno de ellos me dijo: «No tengas miedo, querido;
-vente con nosotros y no temas, que te pondremos
-en toda seguridad.» Diciendo esto, me hizo
-montar en la grupa de su caballo, y volviendo las
-riendas nos envainamos todos tres en lo más intrincado
-y más espeso del bosque.</p>
-
-<p>No sabía yo qué pensar de tal encuentro; mas,
-no obstante, no pronosticaba cosa mala. «Si estos
-hombres fueran ladrones&mdash;me decía yo a mí mismo&mdash;ya
-me hubieran robado y quizá asesinado
-también. Acaso serán algunos buenos hidalgos de
-esta tierra, que viéndome atemorizado se han compadecido
-de mí y por caridad me llevan a su casa.»
-No me duró mucho la duda. Después de algunas
-vueltas y revueltas, con grandísimo silencio llegamos<span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span>
-por fin al pie de una colina, donde nos apeamos.
-«Aquí hemos de dormir», dijo uno de los
-caballeros. Por más que yo volví los ojos a todas
-partes, no veía casa, choza o cabaña, ni la más
-mínima señal de habitación; cuando vi que aquellos
-dos hombres alzaron una gran trampa de madera,
-cubierta de tierra y de enramada, que ocultaba
-una larga entrada subterránea muy pendiente,
-por donde los caballos por sí mismos se dejaron
-resbalar como quienes ya estaban acostumbrados.
-Los caballeros me hicieron entrar con ellos y dejaron
-caer la trampa con unas cuerdas que para este
-efecto estaban fuertemente atadas a ella. Y he
-aquí al digno sobrino de mi tío el canónigo Gil
-Pérez metido como ratón en una ratonera.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c104" id="c104">CAPÍTULO IV</a></h2>
-
-<p class="pch">Descripción de la cueva subterránea y de lo que vió
-en ella Gil Blas.</p>
-
-<p>Entonces conocí entre qué especie de gentes me
-hallaba, y fácilmente se puede adivinar que este
-conocimiento me quitaría el primer temor; pero
-otro mucho mayor se apoderó luego de mí. Di por
-supuesto que iba a perder la vida con mis pobres
-ducados; y mirándome como una víctima que era
-conducida al sacrificio, caminaba más muerto que
-vivo entre mis conductores, cuando, advirtiendo
-ellos mismos que iba temblando, me exhortaron<span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span>
-con la mayor dulzura, pero inútilmente, a que depusiese
-todo temor. Habríamos caminado como
-unos doscientos pasos, cuando entramos en una
-especie de caballeriza, a que daban luz dos grandes
-candiles que pendían de la bóveda. Había en
-ella una buena provisión de paja y muchos sacos
-atestados de cebada. Podían caber en ella hasta
-veinte caballos, pero a la sazón solamente había
-los dos que acababan de llegar. Salimos de la caballeriza
-y llegamos a la cocina, donde una vieja
-estaba disponiendo la cena. No faltaba en la cocina
-utensilio alguno. La cocinera era una mujer
-de más de sesenta años. Sus blancos cabellos conservaban
-algunas manchas, residuos del color rubio
-subido que tuvieran; su barba era puntiaguda,
-y la nariz tan larga y encorvada que casi llegaba
-a besar la boca con la punta, y sus ojos tan encarnados
-que parecían dos tomates maduros.</p>
-
-<p>«Señora Leonarda&mdash;dijo uno de los caballeros,
-presentándome a aquel bello ángel de tinieblas&mdash;,
-mire este mocito que le traemos.» Y volviéndose
-después a mí, y viéndome pálido y consumido, me
-dijo: «Vuelve, querido, en ti, y no tengas miedo,
-pues no te queremos hacer mal. Nos hacía falta un
-mozo que aliviase en algo a nuestra pobre cocinera;
-te encontramos, y ésta ha sido tu fortuna.
-Ocuparás la plaza de un mozo que murió quince
-días ha, porque era de delicada complexión. La
-tuya parece más robusta y no morirás tan presto.
-A la verdad, no volverás ya a ver el sol; pero, en
-recompensa, comerás bien y tendrás siempre buena<span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span>
-lumbre. Pasarás la vida con Leonarda, que es
-una criatura muy amable y humana. Tendrás cuantas
-conveniencias quisieres, y ahora conocerás que
-no has venido a vivir entre pordioseros y despilfarrados.»
-Al mismo tiempo tomó una luz y me
-mandó que le siguiese. Llevóme a una bodega,
-donde vi una infinidad de botellas y grandes vasijas
-de barro bien tapadas, llenas todas de vinos
-exquisitos. Hízome pasar después por muchos cuartos,
-unos atestados de piezas de lienzo y otros de
-ricos paños y telas de lana y seda. En otro vi plata
-y oro y mucha vajilla marcada con diferentes
-escudos de armas. Seguíle después a una gran sala,
-que alumbraban tres grandes arañas de metal y
-conducía a otros cuartos que se comunicaban con
-ella. Aquí me hizo nuevas preguntas, es a saber:
-cómo me llamaba y por qué había salido de Oviedo.
-Después que satisfice su curiosidad, «Ahora
-bien, Gil Blas&mdash;me dijo con mucho agrado&mdash;: puesto
-que sólo saliste de tu patria para lograr algún
-acomodo, parece que naciste de pie, pues se te
-proporciona vivir entre nosotros. Ya te lo he dicho:
-aquí vivirás en medio de la abundancia; nadarás
-en oro y plata y estarás con toda seguridad.
-Tal es este subterráneo, que aunque venga cien
-veces a este bosque la Santa Hermandad, nunca
-dará con él: la entrada sólo la conocemos yo y mis
-camaradas. Acaso me preguntarás cómo hemos podido
-nosotros fabricar este subterráneo sin que lo
-supiesen los paisanos de los lugares vecinos; pero
-has de saber, amigo mío, que ésta no ha sido obra<span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span>
-nuestra, sino de muchos siglos. Después que los
-moros se apoderaron de Granada, de Aragón y de
-casi toda España, los cristianos que no se quisieron
-sujetar al yugo de los infieles huyeron y se
-ocultaron en este país, en Vizcaya y Asturias,
-adonde se retiró también el valiente don Pelayo.
-Los fugitivos y dispersos vivían por familias en
-los bosques y en las más ásperas montañas; unos,
-escondidos en cavernas, y otros, en subterráneos
-que ellos mismos fabricaron, y éste es uno de tantos.
-Después que, afortunadamente, arrojaron de
-España a sus enemigos se volvieron a sus ciudades,
-villas y lugares, y desde entonces los subterráneos
-sirvieron de asilos a las gentes de nuestra
-profesión. Es cierto que la Santa Hermandad ha
-descubierto y destruido algunos, pero todavía han
-quedado muchos; y yo, gracias al Cielo, quince
-años hace que habito impunemente en éste. Llámome
-el capitán Rolando, soy el jefe de la compañía,
-y el otro que viste conmigo es uno de mis
-camaradas.»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c105" id="c105">CAPÍTULO V</a></h2>
-
-<p class="pch">De la llegada de otros ladrones al subterráneo y de
-la conversación que tuvieron entre sí.</p>
-
-<p>No bien había dicho estas palabras el capitán,
-cuando aparecieron en la sala seis caras nuevas,
-que eran su teniente y otros cinco de la gavilla.
-Venían cargados de presa. Traían dos grandes zurrones<span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span>
-llenos de azúcar, canela, almendras y pasas.
-El teniente, dirigiéndose al capitán, le dijo
-que había despojado a un especiero de Benavente
-de aquellos zurrones, como también del macho que
-los llevaba; y después de haber dado cuenta de su
-expedición en la pieza que servía de despacho, se
-entregó en la repostería la hacienda del especiero.
-Hecho esto, se trató de cenar y de alegrarse. Prepararon
-en la sala una gran mesa, y a mí me enviaron
-a la cocina para que la tía Leonarda me
-instruyese en lo que debía hacer. Cedí a la necesidad,
-ya que mi mala suerte lo quería así, y disimulando
-mi sentimiento, me dispuse a servir a una
-gente tan honrada.</p>
-
-<p>Di principio por el aparador, cubriéndole de vasos
-y salvillas de plata, flanqueadas de botellas
-llenas de excelente vino, que el señor Rolando me
-había ponderado. Puse en la mesa dos géneros de
-sopa, a cuya vista todos ocuparon sus asientos.
-Comenzaron a comer con mucho apetito, manteniéndome
-yo tras de ellos en pie para servirles el
-vino. El capitán les contó en pocas palabras mi
-historia de Cacabelos, con la cual se divirtieron
-mucho. Aseguróles después que yo era un mozo
-de mérito; pero como estaba ya tan escarmentado
-de las alabanzas, pude oír mis elogios sin peligro.
-Convinieron todos en que parecía yo como nacido
-para ser copero suyo, y que valía cien veces más
-que mi predecesor. Como después de su muerte la
-señora Leonarda era la que había servido el néctar
-a aquellos dioses infernales, le privaron de este<span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span>
-glorioso empleo, para revestirme a mí de él. De
-esta manera me hallé convertido en un nuevo Ganimedes,
-sucesor de aquella maldita Hebe.</p>
-
-<p>Después de la sopa se presentó un gran plato de
-asado para acabar de saciar a los señores ladrones,
-los cuales bebían tanto como comían, y en
-breve tiempo se pusieron todos de buen humor y
-comenzaron a meter mucha bulla. Hablaban todos
-a un mismo tiempo: uno comenzaba una historia,
-otro le interrumpía con un chiste o con una frialdad,
-éste gritaba, aquél cantaba, y, en fin, ya no
-se entendían unos a otros. Fatigado Rolando de
-una escena en que él ponía mucho de su parte,
-pero todo inútilmente, levantó la voz en un tono
-que impuso silencio a la compañía. «¡Señores&mdash;les
-dijo&mdash;, atención a lo que voy a proponeros! En
-vez de aturdirnos unos a otros hablando todos a
-un tiempo, ¿no sería mejor divertirnos y hablar
-como hombres de juicio y de razón? Ahora me
-ocurre un pensamiento. Desde que vivimos juntos,
-nunca hemos tenido la curiosidad de informarnos
-recíprocamente de qué familia o casa somos, ni de
-la serie de aventuras por donde vinimos a abrazar
-esta profesión. Con todo, me parece ésta una cosa
-muy digna de saberse. Hagámonos, pues, esta confianza,
-que podrá servir no menos para nuestra
-diversión que para nuestro gobierno.» El teniente
-y los demás, como si tuvieran alguna cosa buena
-que contar, aceptaron con grandes demostraciones
-de alegría la proposición del capitán, el cual comenzó
-a hablar en estos términos:</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span></p>
-
-<p>«Ya saben ustedes, señores, que yo soy hijo único
-de un rico vecino de Madrid. Celebróse mi nacimiento
-en la familia con grandes regocijos. Mi padre,
-que ya era viejo, sintió suma alegría al verse
-con un heredero, y mi madre no quiso que otra
-mas que ella me diese de mamar. Vivía entonces
-mi abuelo materno. Era mi hombre que sólo sabía
-rezar su rosario y contar sus proezas militares,
-porque había servido al rey muchos años, y no se
-ocupaba ya en más. Insensiblemente vine yo a ser
-el ídolo de estas tres personas. Continuamente me
-tenían en brazos. Por miedo de que el estudio no
-me fatigase en mis primeros años, me los dejaron
-pasar en los divertimientos más pueriles.» «No conviene&mdash;decía
-mi padre&mdash;que los niños se apliquen
-a cosas serias hasta que el tiempo haya madurado
-un poco su razón.» Esperando a esta madurez, no
-aprendía a leer y escribir; mas no por eso perdía el
-tiempo. Mi padre me enseñaba mil géneros de juegos;
-conocía yo perfectamente los naipes, jugaba a
-los dados, y mi abuelo me contaba mil novelas sobre
-las expediciones militares en que se había hallado.
-Cantábame siempre unas mismas coplas acerca
-de dichas expediciones; cuando en espacio de
-tres meses había aprendido bien diez o doce versos,
-los repetía sin errar un punto delante de mis
-padres, los cuales se admiraban de mi prodigiosa
-memoria. No celebraban menos mi agudo ingenio
-cuando, valiéndome de la libertad que tenía para
-decir cuanto me viniese a la boca, interrumpía sus
-conversaciones para decir a tuerto o derecho todo<span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span>
-lo que me ocurría. Entonces mi madre me sofocaba
-a caricias y mi buen abuelo lloraba de puro
-gozo. No les iba en zaga mi padre; siempre que
-me oía algún despropósito o alguna bachillería,
-mirándome con gran ternura exclamaba: «¡Oh qué
-gracioso eres y qué lindo!» Con estas alas, no reparaba
-en hacer impunemente en su presencia las
-más indecentes acciones. Todo me lo perdonaban
-y todos me adoraban. Había entrado ya en doce
-años y aun no tenía ningún maestro. Buscáronme
-finalmente uno; pero mandándole expresamente
-que me enseñase, mas sin facultad para darme el
-menor castigo. A lo sumo le permitieron que alguna
-vez me amenazase sólo para intimidarme. Sirvió
-de poco este permiso, porque me burlaba de las
-amenazas de mi preceptor, o bien, con las lágrimas
-en los ojos, iba a quejarme a mi madre o a mi
-abuelo, diciéndoles que el ayo me había maltratado.
-En vano acudía el pobre diablo a desmentirme:
-teníanle por un hombre brutal, y siempre me
-creían a mí más que a él. Un día me arañé yo
-mismo y me fuí a quejar del maestro porque me
-había desollado; inmediatamente le despidió de
-casa mi madre, sin querer darle oídos, por más
-que protestaba al cielo y a la tierra que ni siquiera
-me había tocado.</p>
-
-<p>»De este mismo modo me fuí desembarazando de
-mis preceptores, hasta que me presentaron uno
-como le deseaba y me convenía para acabarme
-de perder. Era un bachiller de Alcalá. ¡Excelente
-maestro para un hijo de familia! Era inclinado a<span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span>
-mujeres, al juego y a la taberna. No me podían
-haber puesto en mejores manos. Desde luego se
-dedicó a ganarme por el amor y por la dulzura.
-Consiguiólo, y por este medio logró que también
-le amasen mis padres, los cuales me entregaron
-enteramente a su gobierno. No tuvieron de qué
-arrepentirse, porque en breve tiempo y desde luego
-me perfeccionó en la ciencia del mundo. A fuerza
-de llevarme consigo a todos los parajes donde tenía
-su diversión me inspiró de tal manera la afición
-a ello que, a excepción del latín, en lo demás
-era yo un muchacho universal. Cuando vió que ya
-no tenía necesidad de sus preceptos, fué a enseñarlos
-a otra parte.</p>
-
-<p>»Si en mi infancia había vivido tan libremente a
-vista de mis padres, cuando comencé a ser dueño
-de mis acciones tuve sin duda mayor libertad. En
-el seno de mi familia fué donde di las primeras
-pruebas del aprovechamiento de mi educación. Burlábame
-de ellos a las claras y en todo momento.
-Reíanse de mis intrepideces, y tanto más las celebraban
-cuanto eran más vivas y más intolerables.
-Mientras tanto cometía todo género de desórdenes
-con otros muchachos de mi edad y de mi humor.
-Como nuestros padres no nos daban todo el dinero
-que habíamos menester para proseguir en una vida
-tan deliciosa, cada uno robaba en su casa cuanto
-podía, y cuando esto no alcanzaba, nos dimos a
-robar de noche, y siempre con fruto. Por desgracia,
-llegó algún rumor de esto a los oídos del corregidor.
-Quiso mandarnos prender; pero fuimos<span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span>
-avisados con tiempo de su mala intención. Recurrimos
-a la fuga, y dímonos a ejercitar el mismo
-oficio en los caminos públicos. Desde entonces acá
-he tenido la dicha de haber envejecido en la profesión,
-a pesar de los peligros que son anejos a
-ella.»</p>
-
-<p>Cuando el capitán acabó de hablar, el teniente
-tomó la palabra, y dijo así: «Señores, una educación
-enteramente contraria a la del señor Rolando
-produjo en mí el mismo efecto que en él. Mi padre
-fué carnicero en Toledo y el hombre más feroz
-que había en toda la ciudad; mi madre no era de
-condición más suave que su marido. Desde mi niñez
-me comenzaron a azotar a cual más podía y
-como a competencia uno de otro. Cada día recibía
-mil azotes. La más mínima falta que cometiese
-era castigada con el mayor rigor. En vano les pedía
-perdón con las lágrimas en los ojos, prometiendo
-la enmienda; no había misericordia para mí, y
-las más veces me castigaban sin razón. Cuando mi
-padre me sacudía, siempre mi madre se ponía de
-su parte en lugar de interceder por mí. Estos malos
-tratamientos me inspiraron tanta aversión a la
-casa paterna que antes de cumplir los catorce años
-me escapé de ella. Tomé el camino de Aragón y
-llegué a Zaragoza pidiendo limosna. Enhebréme
-allí con unos pordioseros que pasaban una vida
-bastante feliz y acomodada. Enseñáronme a contrahacer
-el ciego, el estropeado y a figurar en las
-piernas unas llagas postizas. Todas las mañanas,
-a la manera de los comediantes que se ensayan<span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span>
-para representar sus papeles, nos ensayábamos nosotros
-para representar los nuestros, y después cada
-uno iba a ocupar su puesto. Por la noche nos juntábamos
-y nos reíamos de los que se habían compadecido
-de nosotros por el día. Canséme presto
-de vivir entre aquellos miserables, y queriendo
-juntarme con otra gente más honrada, me asocié
-con unos <i>caballeros de la industria</i>. Enseñáronme
-a hacer bellos juegos de manos; pero nos vimos
-precisados a salir presto de Zaragoza, porque nos
-descompusimos con cierto ministro de justicia que
-siempre nos había protegido. Cada uno tomó su
-partido. Yo, que me sentía dispuesto a emprender
-grandes hechos, me acomodé en una tropa de hombres
-valerosos que hacían contribuir a los pasajeros
-y caminantes, agradándome tanto su modo de
-vivir, que desde entonces acá no he querido buscar
-otro. Si me hubieran dado otra educación más
-suave, probablemente no sería ahora mas que un
-pobre carnicero, cuando me hallo hoy con el honor
-y con el grado de vuestro teniente.»</p>
-
-<p>«Señores&mdash;dijo entonces un ladrón que estaba
-sentado entre el teniente y el capitán&mdash;, las historias
-que acabamos de oír no son tan variadas ni
-tan curiosas como la mía. Debo mi nacimiento a
-una aldeana o labradora de las cercanías de Sevilla.
-Tres semanas después que me dió a luz, como
-era todavía moza, bien parecida, aseada y muy
-robusta, la buscaron para que criase un niño, hijo
-de padres distinguidos, que acababa de nacer en
-dicha ciudad. Aceptó con gusto la propuesta, y<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span>
-fué a Sevilla para traerse el niño a casa. Entregáronsele,
-y apenas se vió con él en su aldea cuando
-observó que él y yo éramos algo parecidos, y esta
-observación le excitó el pensamiento de trocarnos,
-con la esperanza de que con el tiempo le agradecería
-yo el buen oficio. Mi padre, que no era más
-escrupuloso que su honrada mujer, aprobó la superchería.
-De suerte que, habiéndonos mudado de
-pañales, el hijo de don Rodrigo de Herrera fué enviado
-con mi nombre a otra ama para que le criase,
-y a mí me crió mi madre bajo el nombre del otro.</p>
-
-<p>»Digan lo que quisieren sobre el instinto y fuerza
-de la sangre, los padres del caballerito fácilmente
-se dejaron engañar. No tuvieron la más mínima
-sospecha de la pieza que les habían jugado,
-y hasta los siete años me tuvieron siempre en sus
-brazos; y siendo su intención hacerme un caballero
-completo, me buscaron todo género de maestros.
-Pero los más hábiles suelen hallar discípulos que les
-hacen poco honor; yo fuí uno de éstos. Tenía poca
-disposición para los ejercicios que me enseñaban
-y mucha menos inclinación a las ciencias en que
-me querían instruir. Gustaba más de jugar con los
-criados de casa, yéndolos a buscar a la caballeriza
-y a la cocina. Pero el juego no fué mucho tiempo
-mi pasión dominante. Aficionéme al vino, y me
-emborrachaba todos los días. Retozaba con las
-criadas; pero particularmente me dediqué a cortejar
-a una moza rolliza de cocina, cuyo desembarazo
-y buen color me gustaban mucho, pareciéndome
-que merecía mis primeras atenciones. Enamorábala<span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span>
-con tan poca cautela, que hasta el mismo don Rodrigo
-lo conoció. Reprendióme agriamente, afeándome
-la bajeza de mis inclinaciones, y por temor
-de que la presencia del objeto hiciese inútiles sus
-reprimendas, despidió de casa a mi Dulcinea.</p>
-
-<p>»Irritóme mucho este proceder, y resolví vengarme.
-Robé sus pedrerías a la mujer de don Rodrigo;
-corrí en busca de mi bella Elena, que vivía en
-casa de una lavandera amiga suya; saquéla de ella
-a la mitad del día para que ninguno lo supiese, y
-aun pasé más adelante. Llevéla a su tierra, donde
-nos casamos solemnemente, así por dar este despique
-más a los Herreras como por dejar a los hijos
-de familia un ejemplo tan bueno que imitar. Tres
-meses después de mi arrebatado matrimonio supe
-que don Rodrigo había muerto. No dejé de sentir
-su muerte. Partí prontamente a Sevilla a pedir su
-herencia; pero hallé las cosas muy mudadas. Mi
-madre había ya fallecido, y antes de su muerte
-tuvo la indiscreción de declarar lo que había hecho,
-en presencia del cura y de otros buenos testigos.
-El hijo de don Rodrigo ocupaba ya mi lugar,
-o por mejor decir, el suyo, y acababa de ser
-reconocido por tal, con tanto mayor aplauso y alegría
-cuanto era menor la satisfacción que yo les
-causaba. De manera que, no teniendo nada que
-esperar en Sevilla y fastidiado ya de mi mujer,
-me agregué a ciertos caballeros de fortuna, bajo
-cuya disciplina di principio a mis caravanas.»</p>
-
-<p>Acabó su historia aquel ladrón, y comenzó otro
-la suya, diciendo que él era hijo de un mercader<span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span>
-de Burgos y que en su mocedad, llevado de una
-indiscreta devoción, había tomado el hábito de
-cierta religión muy austera, de la cual había apostatado
-algunos años después. En fin, todos los ocho
-ladrones hablaron por su turno; y cuando los hube
-a todos oído, no me admiré de verlos juntos. Mudaron
-luego de conversación, y propusieron varios
-proyectos para la próxima campaña, sobre los cuales
-tomaron su resolución, y se fueron a la cama.
-Encendieron bujías y cada uno se retiró a su cuarto.
-Yo seguí al capitán Rolando al suyo, y mientras
-le ayudaba a desnudar, «Ahora bien, Gil Blas&mdash;me
-dijo&mdash;, ya ves nuestro modo de vivir. Siempre
-estamos alegres. Entre nosotros no se da lugar
-al tedio ni a la envidia. Jamás se oye aquí discordia
-ni disensión; estamos más unidos que frailes.
-Tú comienzas ahora, hijo mío, a gozar una vida
-muy agradable, pues no te tengo por tan tonto
-que te dé pena el vivir entre ladrones.»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c106" id="c106">CAPÍTULO VI</a></h2>
-
-<p class="pch">Del intento de escaparse Gil Blas, y éxito de su
-tentativa.</p>
-
-<p>Después que el capitán de bandoleros hizo esta
-apología de su honrada profesión, se metió en la
-cama; yo quité la mesa y puse todas las cosas en
-su lugar. Fuíme después a la cocina, donde Domingo&mdash;así
-se llamaba el negro&mdash;y la tía Leonarda<span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span>
-me esperaban cenando. Aunque no tenía hambre,
-me puse a la mesa. No podía atravesar bocado, y
-viéndome tan triste como era regular estarlo, procuraban
-consolarme aquellas dos análogas figuras;
-pero sus consuelos contribuían más a mi desesperación
-que a mi alivio. «¿De qué te afliges, hijo?&mdash;me
-preguntó la vieja&mdash;. Antes bien, debieras alegrarte
-de verte entre nosotros. Eres mozo y pareces
-dócil, con que presto te perderías en el mundo,
-donde hallarías libertinos que te meterían en todo
-género de disoluciones, cuando aquí está tan segura
-tu inocencia.» «Tiene razón la señora Leonarda&mdash;dijo
-el viejo negro con una voz muy grave&mdash;;
-y se puede añadir a lo que ha dicho que en el mundo
-no se encuentran mas que trabajos. Da muchas
-gracias a Dios, amigo mío, porque de una vez para
-siempre te ha librado de los peligros, disgustos y
-aflicciones de la vida.»</p>
-
-<p>Sufrí con paciencia estos discursos, porque de
-nada me serviría el inquietarme. En fin, Domingo,
-después de haber comido y bebido bien, se fué a
-su caballeriza. Leonarda cogió una linterna y me
-condujo a una covacha que servía de cementerio
-a los ladrones que morían de muerte natural, donde
-vi un lecho que más parecía tumba que cama.
-«Este es tu cuarto&mdash;me dijo la vieja, pasándome la
-mano por la cara&mdash;. El mozo cuya plaza tienes el honor
-de ocupar durmió en esa cama el tiempo que vivió
-con nosotros, y sus huesos reposan debajo de ella;
-él se dejó morir en la flor de su edad: no seas tú tan
-simple que imites su ejemplo.» Diciendo esto, entregóme<span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span>
-la linterna y volvióse a su cocina. Puse la
-luz en el suelo y me arrojé sobre aquel miserable
-lecho, no tanto para reposar cuanto para entregarme
-a mis tristes reflexiones. «¡Oh cielos!&mdash;exclamé&mdash;.
-¿Habrá situación más infeliz que la mía?
-¡Quieren que renuncie para siempre el consuelo de
-ver la cara del sol; y como si no bastara hallarme
-enterrado vivo a los diez y ocho años de mi edad,
-me veo reducido a servir a unos ladrones, a pasar
-el día entre malvados y la noche con los muertos!»
-Estos pensamientos, que me parecían muy dolorosos,
-y con efecto lo eran, me hacían llorar amargamente
-y sin consuelo. Maldecía mil veces la gana
-que le había dado a mi tío de enviarme a Salamanca.
-Arrepentíame de haber tenido tanto miedo
-a la justicia de Cacabelos y quisiera haber padecido
-el tormento antes que verme donde me hallaba.
-Pero considerando que me consumía inútilmente
-en vanos lamentos, comencé a discurrir en
-los medios de librarme. «Pues qué&mdash;me decía yo
-a mí mismo&mdash;, ¿será por ventura imposible encontrar
-modo de escaparme de aquí? Los ladrones
-duermen profundamente, la cocinera y el negro
-harán lo mismo dentro de poco tiempo; mientras
-todos estén dormidos, ¿no podré yo, a favor de
-esta linterna, hallar el camino por donde bajé a
-este calabozo infernal? A la verdad, no sé si tendré
-bastante fuerza para levantar la trampa que cubre
-la entrada; pero probaremos; no quiero omitir nada
-de cuanto pueda hacer. La desesperación me prestará
-fuerzas, y puede ser que me salga con ello.»</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span></p>
-
-<p>Tomada esta gran resolución, me levanté cuando
-me pareció que Leonarda y Domingo podían estar
-ya dormidos. Cogí la linterna, salí de mi covacha
-y me encomendé a todos los santos del cielo. No
-dejó de costarme alguna dificultad el acertar con
-las vueltas y revueltas de aquel laberinto. Llegué
-en fin, a la puerta de la caballeriza, y me hallé en
-el camino que buscaba. Fuí andando y acercándome
-a la trampa con cierta alegría mezclada de
-temor; mas, ¡ay!, en medio del camino me encontré
-con una maldita reja de hierro bien cerrada y
-cuyas barras estaban tan juntas que apenas podía
-pasar la mano por entre ellas. Vime cortado y perdido
-con aquel nuevo impedimento, que al entrar
-no había advertido por estar abierta la reja. Con
-todo, no dejé de probar si podía abrir el candado.
-Examiné la cerradura, haciendo todo lo que pude
-por forzarla, cuando de repente me aplicaron en
-las espaldas cinco o seis fuertes latigazos con un
-buen vergajo de buey. Di un grito, que resonó en
-toda la caverna, y mirando atrás, vi al maldito
-negro, en camisa, con una linterna sorda en una
-mano y con el azote en la otra. «¡Hola, bribonzuelo!&mdash;me
-dijo&mdash;. ¿Querías escaparte? ¡No, amiguito,
-no esperes sorprenderme! ¿Creíste que estaría
-abierta la reja? Pues sábete que siempre la
-encontrarás cerrada. Cuando atrapamos a alguno,
-le guardamos aquí mal que le pese, y si logra escaparse
-ha de ser más ladino que tú.»</p>
-
-<p>Mientras tanto, al grito que yo había dado despertaron
-tres ladrones, los cuales se levantaron y<span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span>
-vistieron a toda prisa, creyendo que la Santa Hermandad
-venía a echarse sobre ellos. Llamaron a
-los demás, que en un instante se pusieron en pie.
-Toman las espadas y carabinas, y medio desnudos
-acuden a donde estábamos Domingo y yo. Pero luego
-que se informaron o entendieron el origen del
-rumor que habían oído, su inquietud se convirtió
-en grandes carcajadas. «¿Cómo así, Gil Blas?&mdash;me
-dijo el ladrón apóstata&mdash;. ¿No ha más que seis
-horas que estás con nosotros y ya querías apostatar?
-¡Bien se conoce tu aversión al silencio y al
-retiro! ¿Qué harías si fueses cartujo? ¡Anda, vete a
-la cama, que por esta vez bastan por castigo los
-vergajazos con que te regaló Domingo; pero si
-otra vez vuelves a intentar escaparte, por San
-Bartolomé que te hemos de desollar vivo!» Diciendo
-esto, se retiró. Los demás ladrones se volvieron
-a sus cuartos; el viejo negro, muy ufano de su hazaña,
-se recogió a su caballeriza, y yo me volví
-a zambullir en mi cementerio, pasando lo restante
-de la noche en suspirar y llorar.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c107" id="c107">CAPÍTULO VII</a></h2>
-
-<p class="pch">De lo que hizo Gil Blas, no pudiendo hacer otra
-cosa.</p>
-
-<p>Los primeros días pensé morirme, rindiendo la
-vida a la melancolía que me consumía; pero al fin
-mi genio me inspiró que sufriese y disimulase. Esforcéme
-a mostrarme menos triste. Comencé a cantar<span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span>
-y a reír, aunque sin gana. En una palabra,
-supe disfrazarme tan bien que Leonarda y Domingo
-cayeron en la red y creyeron buenamente
-que ya el pájaro se había acostumbrado a la jaula.
-Lo mismo juzgaron los ladrones. Manifestábame
-muy alegre cuando les echaba de beber, y de cuando
-en cuando los divertía también con alguna chocarrería
-o bufonada. Esta libertad que me tomaba
-les daba mucho gusto en vez de enfadarlos. «Gil
-Blas&mdash;me dijo el capitán en cierta ocasión en que
-yo hacía el gracioso&mdash;, has hecho bien en desterrar
-la melancolía. Me gusta mucho tu espíritu y tu
-buen humor. No se conoce a la gente al principio;
-yo no te tenía por tan agudo y tan jovial.»</p>
-
-<p>También los demás me honraron con mil alabanzas,
-exhortándome a estar siempre de buen
-humor. Parecióme que todos estaban muy contentos
-conmigo, y aprovechándome de tan buena ocasión,
-«Señores&mdash;les dije&mdash;, permítanme ustedes que
-les descubra mi pecho. Desde que estoy en su compañía
-no me conozco a mí mismo; paréceme que
-no soy el que era. Ustedes han desvanecido las
-preocupaciones de mi educación. Insensiblemente
-se me ha pegado su espíritu y he tomado el gusto
-a su honrada profesión. Me muero por merecer el
-honor de ser uno de sus compañeros y de tener
-parte en los peligros de sus gloriosas proezas.» Todos
-aplaudieron este discurso y alabaron mi buena
-voluntad; pero unánimemente convinieron en que
-me dejarían servir por algún tiempo para probar
-mi vocación, y que después correría mis caravanas,<span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span>
-y al cabo se me conferiría la honorífica plaza
-a que aspiraba.</p>
-
-<p>Hube de conformarme por fuerza y continuar
-en vencerme y en ejercer mi oficio de copero. A
-la verdad, quedé muy sentido, porque sólo pretendía
-ser ladrón por tener libertad de salir con los
-demás, esperando que en alguna de sus correrías
-se me presentaría ocasión de escaparme de ellos.
-Esta única esperanza era lo que me mantenía vivo.
-Sin embargo, el tiempo de la aprobación me parecía
-largo, y más de una vez intenté sorprender
-la vigilancia de Domingo, pero inútilmente. Siempre
-estaba muy alerta; tanto, que no bastarían
-cien Orfeos para encantar a aquel Cerbero. Es verdad
-que por no hacerme sospechoso no emprendía
-todo lo que podía hacer para engañarle. Veíame
-precisado a vivir con la mayor cautela, porque
-el negro era ladino y observaba mucho todos mis
-pasos, palabras y movimientos. Así, pues, apelé a
-la paciencia, remitiéndome al tiempo que los ladrones
-me habían prescrito para recibirme en su
-congregación, día que esperaba con tanta ansia
-como si hubiera de entrar en una compañía de honrados
-comerciantes.</p>
-
-<p>En fin, gracias al Cielo, llegó al cabo de seis meses
-este dichoso día. El señor Rolando dijo a sus
-camaradas: «Caballeros, es preciso cumplir la palabra
-que dimos al pobre Gil Blas. A mí me parece
-bien este muchacho y espero que tendremos en él
-un hombre de provecho. Soy de sentir que mañana
-le llevemos con nosotros, para que dé principio a<span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span>
-coger laureles en los caminos reales. Nosotros mismos
-le hemos de poner en el que guía a la gloria.»</p>
-
-<p>Todos se conformaron con el parecer de su capitán,
-y para hacerme ver que ya me miraban
-como a uno de ellos, desde aquel momento me dispensaron
-de servirlos. Restituyeron a la señora
-Leonarda en el empleo que antes tenía, y de que
-la habían exonerado para honrarme a mí con él.
-Hiciéronme arrimar el vestido que llevaba encima,
-que consistía en una simple jaquetilla muy
-usada, y me acomodaron todos los despojos de un
-caballero que acababan de robar, después de lo
-cual me dispuse a hacer mi primera campaña.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c108" id="c108">CAPÍTULO VIII</a></h2>
-
-<p class="pch">Acompaña Gil Blas a los ladrones; qué empresa
-acomete en los caminos reales.</p>
-
-<p>Hacia el fin de una noche de septiembre salí del
-subterráneo con los ladrones. Iba armado, como
-todos, con carabina, pistolas, espada y una bayoneta,
-y montaba un buen caballo que habían quitado
-al caballero cuyos vestidos me habían tocado
-en suerte. Como había estado tanto tiempo en la
-obscuridad, cuando amaneció no podía sufrir la
-luz; pero poco a poco se fueron acostumbrando
-mis ojos a tolerarla.</p>
-
-<p>Pasamos por cerca de Ponferrada y nos metimos
-en un bosquecillo a orilla del camino de León. Allí<span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span>
-estuvimos esperando a que la fortuna nos ofreciese
-algún buen lance, cuando descubrimos un religioso
-de la Orden de Santo Domingo, montado,
-contra la costumbre de estos buenos padres, en
-una muy mala mula. «¡Bendito sea Dios!&mdash;exclamó
-sonriéndose el capitán&mdash;. ¡He aquí el gran ensayo
-de Gil Blas! Es preciso que vaya a registrar
-el bolsillo de aquel fraile; veremos cómo se porta.»
-Todos los camaradas convinieron efectivamente en
-que aquella comisión era la que me correspondía,
-exhortándome a que saliese de ella con lucimiento.
-«Espero, señores&mdash;dije&mdash;, que quedaréis contentos.
-Voy a despojar aquel padre, a dejarle tan desnudo
-como la palma de la mano y traer aquí su
-mula.» «¡Eso no&mdash;dijo Rolando&mdash;; no merece la
-pena. Alíviale solamente del bolsillo y tráelo; no
-te pedimos más.» En esto salí del bosque y me encaminé
-al religioso, pidiendo al Cielo me perdonase
-la acción que iba a ejecutar con tanta repugnancia.
-Bien hubiera querido poder escaparme en
-aquel mismo punto; pero todos mis compañeros
-estaban mejor montados que yo, y si me vieran
-huir correrían tras mí y presto me atraparían, o
-me espolearían por las espaldas con una descarga
-de sus carabinas, con la que me hubiera ido muy
-mal; y así, no me atreví a exponerme a una acción
-tan poco segura. Llegué, pues, al padre y pedíle
-la bolsa, poniéndole al pecho una pistola. Paróse
-un poco a mirarme, y sin mostrarse muy sobresaltado.
-«Muy mozo eres, hijo mío&mdash;me dijo&mdash;, y muy
-temprano te has puesto a tan vil oficio.» «Padre<span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span>
-mío&mdash;le respondí&mdash;, sea vil o no lo sea, me alegrara
-haberle empezado más presto.» «¡Ah, querido!&mdash;me
-replicó el buen religioso, que no podía comprender
-el sentido de mis palabras&mdash;. ¿Qué es lo que dices?
-¡Oh qué ceguedad! Escúchame, y te haré presente
-el infeliz estado en que te hallas.» «¡Oh padre
-mío&mdash;le interrumpí con precipitación&mdash;, no se
-tome vuesa reverencia ese trabajo y déjese de
-moralizar, que no vengo a los caminos públicos a
-que me prediquen! Quiero dinero y no sermones.»
-¿Dinero?&mdash;me dijo muy maravillado&mdash;. ¡Mal conoces
-la caridad de los españoles si crees que las
-personas de mi profesión y de mi carácter lo necesitan
-para viajar! En todas partes nos reciben y
-hospedan con agrado, nos tratan muy bien, y
-cuando partimos sólo nos piden nuestras oraciones;
-en fin, nosotros no llevamos dinero para caminar
-y nos ponemos enteramente en manos de la
-Providencia.» «Pero al fin, padre mío, concluyamos;
-mis compañeros me están esperando en aquel
-bosque. Eche prontamente la bolsa en tierra, o si
-no, le mato.»</p>
-
-<p>A estas palabras, que pronuncié colérico y amenazándole,
-el buen religioso mostró verse quitar la
-vida. «¡Espera!&mdash;me dijo&mdash;. Voy a satisfacerte, ya
-que absolutamente no puede ser otra cosa; veo
-que con vosotros es ociosa toda figura retórica.»
-Diciendo esto, sacó de debajo del hábito una gran
-bolsa de cuero y la dejó caer en el suelo. Díjele
-entonces que podía continuar su camino, y él lo
-hizo sin esperar a que tuviese el trabajo de repetírselo.<span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span>
-Dió cuatro espolazos a la mula, que desmintió
-la mala opinión en que yo la tenía de ser
-tan buena maula como la de mi tío; y la bestia,
-dándose por entendida del caritativo aviso, comenzó
-desde luego a andar a buen paso. Apenas
-el fraile se alejó de mí, cuando me apeé, recogí el
-bolsón, que pesaba mucho, y volví a meterme en
-el bosque, donde los camaradas me esperaban con
-impaciencia para darme mil parabienes por mi gloriosa
-victoria, como si me hubiera costado mucho.
-Apenas me dieron lugar de apearme según se apresuraban
-a abrazarme. «¡Animo, Gil Blas!&mdash;me dijo
-Rolando&mdash;. ¡Has hecho maravillas! Durante tu expedición
-no apartamos los ojos de ti. Observó tu
-firmeza, tu resolución y todos tus movimientos, y
-desde luego te pronostico que con el tiempo serás
-un heroico ladrón y el terror de los caminos reales.»
-El teniente y los demás aplaudieron la predicción,
-asegurando que no podía dejar de verificarse
-algún día. Di a todos las gracias por el buen
-concepto que habían formado de mí, prometiendo
-hacer todos los esfuerzos posibles para mantenerlo.</p>
-
-<p>Después que alabaron, tanto más cuanto menos
-lo merecía, la villana acción que había hecho,
-les entró la curiosidad de examinar la presa. «Veamos&mdash;dijeron&mdash;qué
-contiene la bolsa del religioso.»
-«Sin duda&mdash;añadió uno de ellos&mdash;que estará bien
-provista, porque estos padres no viajan como peregrinos.»
-Desatóla el capitán, abrióla y sacó dos
-o tres puñados de medallitas de cobre, mezcladas
-con <i>Agnus Dei</i> y algunos escapularios. Al ver el<span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span>
-hurto de una moneda tan nueva, todos prorrumpieron
-en tan descompasadas carcajadas que pensaron
-reventar de risa. «A la verdad&mdash;exclamó el
-teniente&mdash;, que todos debemos estar muy agradecidos
-al señor Gil Blas: el primer ensayo que ha
-hecho puede ser muy saludable a la compañía.» A
-esta bufonada siguieron otras de los demás. Aquellos
-malvados, y sobre todos el apóstata, se divirtieron
-con mil impías truhanerías sobre la materia,
-profiriendo dichos que mostraban bien la corrupción
-de sus costumbres. Sólo yo no tenía gana
-de reír. Verdad es que me la quitaban los bufones
-que tanto se alegraban a mi costa. Cada uno me
-flechaba alguna pulla, y hasta el capitán me dijo:
-«Aconséjote, amigo Blas, que en adelante no te
-vuelvas a meter con frailes, porque son más agudos
-y chuscos que tú.»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c109" id="c109">CAPÍTULO IX</a></h2>
-
-<p class="pch">Del serio lance que siguió a la aventura del fraile.</p>
-
-<p>Estuvimos en el bosque la mayor parte de aquel
-día, sin haber visto pasajero alguno que enmendase
-el chasco que nos había dado el religioso. Salimos,
-en fin, para restituirnos a nuestro subterráneo,
-persuadidos de que las expediciones del día
-se habían acabado con el risible suceso que todavía
-daba materia a la conversación y a las chufletas,
-cuando descubrimos a lo lejos un coche tirado<span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span>
-de cuatro mulas. Acercábase a nosotros a gran paso
-y le acompañaban tres hombres a caballo, que parecían
-venir bien armados. Rolando nos mandó
-hacer alto para tratar de lo que se había de hacer,
-y la resolución fué que se los atacase. Pusímonos
-todos en orden, según la disposición del capitán,
-y marchamos en orden de batalla acercándonos al
-coche. No obstante los aplausos que había recibido
-en el bosque, se apoderó de mí un temblor universal,
-y sentí bañado todo el cuerpo de un sudor frío,
-que no me presagiaba cosa buena. Por mayor fortuna
-mía, me hallaba al frente del cuerpo de batalla,
-en medio del capitán y del teniente, que de
-propósito me pusieron entre los dos para que me
-hiciese al fuego desde luego. Reparó Rolando lo
-mucho que la naturaleza estaba padeciendo en mí;
-me miró con ojos torvos, y con voz bronca me dijo:
-«¡Oye, Gil Blas: trata de hacer tu deber, porque te
-advierto que si te acobardas te levanto de un pistoletazo
-la tapa de los sesos!» Estaba persuadido
-de que lo haría mejor que lo decía, para no aprovecharme
-del dulce y fraternal aviso, y así, sólo
-pensé en recomendar mi alma a Dios.</p>
-
-<p>Entre tanto el coche y los caballeros se nos venían
-acercando. Desde luego conocieron la casta
-de pájaros que éramos, y adivinando nuestro intento
-por la ordenanza y postura en que nos veían,
-se pararon a tiro de fusil. Todos traían armas, y
-mientras se preparaban a recibirnos, salió del coche
-un hombre de buen parecer y ricamente vestido.
-Montó en un caballo de mano que uno de<span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span>
-los montados tenía de la brida, y se puso al frente
-de los demás. Aunque eran sólo cuatro contra nueve,
-se arrojaron a nosotros con un brío que aumentó
-mi temor. No por eso dejé de prevenirme para
-disparar mi carabina, aunque temblaban todos los
-miembros de mi cuerpo como si estuviera azogado;
-mas, por contar las cosas como pasaron, cuando
-llegó el caso de dispararla, cerré los ojos y volví
-la cabeza a otra parte: de manera que aquel tiro
-nunca puede ser a cargo de mi conciencia.</p>
-
-<p>No me detendré en referir las circunstancias de
-la acción, pues aunque me hallaba presente, nada
-veía; porque, turbada con el terror la imaginación,
-me ocultaba el horror de un espectáculo que verdaderamente
-me sacó fuera de mí. Lo único que
-puedo decir es que, después de un gran ruido de
-mosquetazos y carabinazos, oí gritar a mis camaradas:
-«¡Victoria! ¡Victoria!» Al oír esta aclamación
-se disipó el miedo que se había apoderado de mis
-sentidos, y vi tendidos en el campo los cadáveres
-de los cuatro que venían a caballo. De nuestra
-parte sólo murió el apóstata, que en esta ocasión
-recibió lo que merecía por su apostasía y sus malas
-chanzas sobre los escapularios y medallas. El
-teniente fué herido en un brazo, pero muy levemente,
-pues el tiro apenas hizo más que rozarle
-un poco el pellejo.</p>
-
-<p>Corrió luego el señor Rolando a la portezuela del
-coche, y vió dentro una dama de veinticuatro a
-veinticinco años, que le pareció hermosa aun en
-el triste estado en que se hallaba. Habíase desmayado<span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span>
-durante la refriega y aun no había vuelto
-en sí. Mientras él se ocupaba en mirarla, nosotros
-atendimos a la presa. Lo primero que hicimos fué
-apoderarnos de los caballos que habían servido a
-los muertos, y que espantados con los tiros se habían
-descarriado después de quedar sin guías. Las
-mulas del coche permanecieron quietas, aunque
-durante la acción se había apeado el cochero para
-ponerse en salvo. Echamos pie a tierra para quitarles
-los tirantes, y las cargamos con los cofres
-que venían en la zaga y delantera del coche. Hecho
-esto, se sacó de él a la señora por orden del capitán,
-la cual aun no había recobrado los sentidos,
-y se la puso a caballo con uno de los ladrones mejor
-montados, dejando en el camino el coche y a
-los muertos despojados de sus vestidos, y llevándonos
-la señora, las mulas, los caballos y preseas.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c110" id="c110">CAPÍTULO X</a></h2>
-
-<p class="pch">De qué modo se portaron los bandoleros con la señora
-desmayada. Gran proyecto de Gil Blas, y sus
-resultas.</p>
-
-<p>Llegamos a la cueva una hora después de anochecido.
-Lo primero que hicimos fué meter las mulas
-en la caballeriza, atarlas al pesebre y cuidar de
-ellas; porque el viejo negro hacía tres días que estaba
-en cama, rendido a crueles dolores de gota
-y a un reumatismo que apenas le dejaba libre mas<span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span>
-que la lengua para emplearla en mostrarnos su
-impaciencia, prorrumpiendo en las más horribles
-blasfemias. Dejamos a aquel miserable jurar y blasfemar
-y fuimos a la cocina a cuidar de la señora,
-que estaba sobrecogida de un paroxismo mortal.
-Nos dimos tan buena maña, que logramos volviese
-del desmayo; mas cuando recobró los sentidos
-y se vió entre unos hombres que no conocía, sintió
-todo el peso de su desgracia y comenzó a desesperarse.
-Todo lo más horroroso que el sentimiento
-y el dolor pueden representar a la imaginación,
-otro tanto se veía pintado en sus ojos, que levantaba
-al cielo como para quejarse de las indignidades
-que la amenazaban. Cediendo entonces a imágenes
-tan espantosas, volvió de repente a desmayarse,
-cerró sus bellos ojos, y los ladrones temieron que
-iban a perder aquella preciosa presa. El capitán,
-pareciéndole mejor abandonarla a sí misma que
-atormentarla con nuevos socorros, mandó la llevasen
-a la cama de Leonarda, dejándola sola y
-encomendada a su buena suerte.</p>
-
-<p>Pasamos nosotros a la sala, y uno de los ladrones,
-que había sido cirujano, reconoció el brazo
-del teniente y le aplicó bálsamo. Hecha esta operación,
-se pasó a ver lo que había en los cofres.
-Halláronse algunos llenos de telas y encajes, otros
-de vestidos, y el último que se reconoció contenía
-algunos talegos de doblones, cuya vista regocijó
-mucho a los interesados. Concluído este registro,
-la cocinera puso la mesa y sirvió la cena. Desde
-luego se movió la conversación sobre nuestra gran<span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span>
-victoria, y Rolando, volviéndose a mí, me dijo:
-«Confiesa, Gil Blas, que has pasado un gran susto.»
-«No lo puedo negar&mdash;respondí yo&mdash;; antes bien, lo
-confieso de buena fe; pero déjenme ustedes hacer
-dos o tres campañas, y entonces se verá si sé pelear
-como un Cid.» Toda la compañía se puso de
-mi parte, diciendo: «Se le debe perdonar, porque
-la acción fué muy empeñada, y para un mozo que
-jamás había visto tirar un tiro no lo ha hecho
-mal.»</p>
-
-<p>Hablóse luego de las mulas y caballos que habíamos
-traído, y resolvióse que al día siguiente
-iríamos todos a venderlos a Mansilla, donde verosímilmente
-no habría llegado todavía la noticia de
-nuestra hazaña. Resuelto esto, acabamos de cenar
-y nos fuimos a la cocina a ver a la pobre señora.
-Hallámosla en el mismo estado. Con todo eso, y
-aunque apenas se percibía en ella un leve aliento
-de vida, algunos ladrones no dejaban de mirarla
-con ojos profanos; y hubieran satisfecho sus brutales
-deseos a no haberlos contenido el capitán
-representándoles que a lo menos debían de esperar
-a que se recobrase de aquel abatimiento de
-tristeza que la tenía casi sin sentido. El respeto
-con que miraban al capitán refrenó su incontinencia;
-sin esto, ninguna cosa hubiera salvado a la
-señora, y aun después de su muerte no habría estado
-seguro su honor.</p>
-
-<p>Dejamos en tan triste situación a aquella infeliz
-señora, contentándose Rolando con encargar a Leonarda
-que la cuidase, y nos retiramos cada cual<span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span>
-a nuestro cuarto. Por lo que a mí toca, apenas me
-acosté cuando, en vez de entregarme al sueño,
-sólo me ocupé en considerar la infelicidad de aquella
-pobre señora. No dudaba que fuese persona de
-distinción, y por lo mismo me parecía ser más deplorable
-su suerte. No podía pensar sin estremecerme
-en los horrores que la esperaban, y me sentía
-tan fuertemente conmovido como si la sangre
-o el amor me hubieran unido a ella. En fin, después
-de haberme compadecido de su destino, sólo
-pensé en los medios de preservar su honor del peligro
-que corría y en fugarme yo mismo de la maldita
-cueva. Acordéme de que el negro no se podía
-mover a causa de sus dolores y la cocinera tenía
-la llave de la reja. Este pensamiento me acaloró
-la imaginación y me inspiró un proyecto que medité
-muy bien y a cuya ejecución di principio de
-la manera siguiente:</p>
-
-<p>Fingí que me había asaltado un dolor cólico.
-Prorrumpí desde luego en ayes y quejidos, y después
-empecé a dar gritos y alaridos lastimosos.
-Despertaron al ruido los compañeros, acudieron
-todos a mi cuarto y me preguntaron qué tenía.
-Respondíles que estaba padeciendo un horrible cólico;
-y para que lo creyesen mejor, apretaba los
-dientes, hacía gestos y espantosas contorsiones, revolviéndome
-a todas partes y agitándome extrañamente.
-Hecho esto, de repente me quedé muy
-tranquilo y sosegado, como si me hubieran dado
-algunas treguas los dolores. Un momento después
-comencé a revolcarme en la cama y a morderme<span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span>
-las manos. En una palabra, representé con tal primor
-mi papel, que los ladrones, no obstante ser
-tan sutiles y tan astutos, se dejaron engañar y
-creyeron que efectivamente padecía violentísimos
-dolores. Así, pues, todos se dieron la mayor prisa
-a socorrerme. Uno me traía una botella de aguardiente
-y me hacía beber la mitad; otro, a pesar
-mío, me administraba una lavativa de aceite de
-almendras dulces; otro iba a calentar paños, y casi
-abrasandome los ponía en la boca del estómago.
-En vano pedía misericordia; ellos atribuían mis
-clamores a la fuerza del cólico y me hacían pasar
-dolores verdaderos queriéndome aliviar de los que
-no tenía. En fin, no pudiendo ya sufrir más, me
-vi obligado a decir que ya no sentía retortijones y
-que no necesitaba de remedios. Cesaron de mortificarme
-con ellos, y yo me guardé bien de quejarme
-por que no volviesen a aplicármelos.</p>
-
-<p>Duró esta escena casi tres horas, y juzgando los
-ladrones que ya no podía tardar en venir el día,
-partieron todos a Mansilla. Manifesté gran deseo
-de acompañarlos, y me quise levantar para que lo
-creyesen; pero no lo permitieron. «¡No, no, Gil
-Blas!&mdash;me dijo Rolando&mdash;. Quédate aquí, hijo mío,
-porque te podría repetir el cólico; otra vez vendrás
-con nosotros, que por hoy no estás en estado de
-hacerlo.» Mostréme muy sentido de no ser de la
-partida, y lo fingí con tanta naturalidad que ninguno
-tuvo la menor sospecha de lo que yo meditaba.
-Luego que partieron, lo que yo deseaba tanto
-que se me hacían siglos los instantes, entré en<span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span>
-cuentas conmigo y me dije a mí mismo: «¡Ea, Gil
-Blas, ahora sí que necesitas gran ánimo! ¡Armate
-de valor para acabar con lo que tan felizmente
-has comenzado! Domingo no está en situación de
-oponerse a tu gloriosa empresa ni Leonarda puede
-impedir su ejecución. Si no te aprovechas de esta
-oportunidad para escaparte, quizá no encontrarás
-jamás otra tan favorable.» Estas reflexiones me
-infundieron aliento y confianza. Levantéme al punto
-de la cama, vestíme, tomé la espada y las pistolas,
-y fuíme derecho a la cocina; pero antes de
-entrar en ella, habiendo oído hablar a Leonarda,
-me detuve y apliqué el oído para escuchar lo que
-hablaba. Discurría con la señora desconocida, que,
-habiendo vuelto en sí de su segundo desmayo y
-comprendiendo entonces todo su infortunio, lloraba
-amargamente, faltándole poco para desesperarse.
-«Llora, hija mía&mdash;le decía ella&mdash;, y llora
-todo cuanto quieras; no reprimas los suspiros y da
-libertad a los sollozos: con eso te desahogarás. Es
-cierto que parecía peligroso el accidente; pero ya
-que rompistes en llorar, no hay que temer. Así
-que se te haya mitigado el pesar, que poco a poco
-se desvanecerá, te acostumbrarás a vivir con estos
-señores, que todos son gente honrada y hombres
-muy de bien. Te tratarán mejor que a una princesa;
-todos a porfía se esmerarán en complacerte,
-y cada día te mostrarán más amor. ¡Oh y cuántas
-mujeres envidiarían tu fortuna si la supieran!»</p>
-
-<p>No le di tiempo a que dijese más. Entréme en
-la cocina, con intrepidez y púsele una pistola a los<span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span>
-pechos, amenazándola de quitarle en aquel momento
-la vida si no me entregaba prontamente y
-sin réplica la llave de la reja. Turbóse a vista de
-mi acción; y aunque era ya de edad avanzada,
-todavía tenía tanto apego a la vida que no la quiso
-perder por tan poca cosa como era entregarme o
-no entregarme una llave. Alargómela prontísimamente,
-y luego que la tuve en la mano, volviéndome
-a la bella dolorida, le dije: «Señora, el Cielo
-os ha enviado un libertador; levantaos para seguirme,
-que yo os conduciré y pondré con toda
-seguridad donde me lo mandéis.» No se hizo sorda
-a mi voz; mis palabras hicieron tanta impresión
-en su espíritu, que, recobrando todas las fuerzas
-que le quedaban, se levantó, arrojóse a mis pies,
-y solamente me suplicó que conservase su honor.
-Alcéla del suelo, asegurándole que por mi parte
-nada temiese y que confiase en mi honradez. Cogí
-después unos cordeles que había en la cocina, y,
-ayudándome la misma señora, amarré con ellos a
-Leonarda a los pies de una gran mesa, amenazándola
-con que le quitaría la vida al menor grito que
-diese. Encendí luego una vela, y, acompañado de
-la señora desconocida, pasé al cuarto donde estaban
-las monedas y alhajas de plata y oro; llené
-los bolsillos de cuantos doblones pudieron caber
-en ellos, y para obligar a la señora a que hiciese
-otro tanto le dije que en ello no hacía mas que
-recobrar lo que era suyo. Después de haber hecho
-una buena provisión marchamos a la caballeriza,
-donde entré yo solo con las pistolas amartilladas.<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span>
-Daba por supuesto que el viejo negro no me dejaría
-ensillar y aparejar tranquilamente mi caballo,
-y estaba resuelto a curarle de una vez de todos
-sus males si no quería ser bueno; pero, por mi buena
-suerte, se hallaba a la sazón tan agravado de
-los dolores que había pasado, y que le atormentaban
-aún, que saqué el caballo sin que diese la menor
-señal de haberlo conocido. La señora me esperaba
-a la puerta. Cogimos prontamente el camino
-que guiaba a la salida de la cueva, abrimos
-la reja y llegamos a la trampa que cubría la entrada.
-Costónos gran trabajo el levantarla, o, por
-mejor decir, para lograrlo hubimos menester nuevas
-fuerzas, que nos prestó el deseo de salvarnos.</p>
-
-<p>Comenzaba a rayar el día cuando nos vimos
-fuera de aquel abismo, y de lo que nos cuidamos
-entonces fué de alejarnos cuanto antes de él. Yo
-monté a caballo, puse a la señora a la grupa, y siguiendo
-a galope la primera senda que se nos presentó,
-tardamos poco en salir del bosque y entrar
-en una llanura, donde nos encontramos con varios
-caminos. Seguimos uno a la ventura, teniendo yo
-grandísimo miedo de que fuese quizá el que guiaba
-a Mansilla y nos hallásemos con Rolando y sus
-camaradas, que sería fatal encuentro. Pero fué vano
-mi temor, porque entramos felizmente en Astorga
-a cosa de las dos de la tarde. Observé que muchos
-nos miraban con particular atención, como si fuera
-para ellos un espectáculo nunca visto el de una
-mujer a caballo tras de un hombre. Apeámonos
-en el primer mesón, y ordené al punto que guisasen<span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span>
-una liebre y asasen una perdiz. Mientras esto
-se disponía, conduje a la señora a un cuarto, donde
-comenzamos a discurrir, lo cual no habíamos podido
-hacer en el camino por la prisa con que viajamos.
-Mostróse muy agradecida al gran servicio
-que le había hecho, diciéndome que, a vista de
-una acción tan generosa, no se podía persuadir
-que yo fuese compañero de los infames de cuyo
-poder la había libertado. Contéle entonces mi historia,
-para confirmarla en el buen concepto en que
-me tenía. Con esto la empeñé a que me favoreciese
-con su confianza y me refiriese sus desastres, como
-lo hizo, de la manera que se dirá en el capítulo
-siguiente.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c111" id="c111">CAPÍTULO XI</a></h2>
-
-<p class="pch">Historia de doña Mencía de Mosquera.</p>
-
-<p>«Nací en Valladolid y mi nombre es doña Mencía
-de Mosquera. Mi padre, don Martín, coronel de un
-regimiento, fué muerto en Portugal, después de
-haber consumido su patrimonio en el servicio del
-rey. Dejóme pocos bienes, y consiguientemente,
-aunque hija única, no era un gran partido para
-ser buscada en casamiento. Mas, a pesar de mi escasa
-fortuna, no me faltaban pretendientes. Muchos
-caballeros de los más principales de España
-solicitaron mi mano; pero el que se llevó mi atención
-fué don Alvaro de Mello. A la verdad, era el
-más galán y airoso de todos, y reunía además otras<span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span>
-prendas recomendables, que me decidieron a su
-favor. Era prudente, entendido y valiente, acompañando
-a esto ser muy comedido, atento, pundonoroso
-y el hombre más bien portado del mundo.
-En las corridas de toros, ninguno se mostraba
-más arriesgado, más brioso ni más diestro; y en
-las justas era la admiración de todos su despejo,
-habilidad y valentía. Finalmente, le preferí a sus
-competidores y le di mi mano.</p>
-
-<p>»Pocos días después de nuestro matrimonio se
-encontró en un sitio retirado con don Andrés de
-Baeza, que había sido uno de sus competidores en
-pretenderme. Picáronse los dos, sacaron las espadas
-y costó la vida a don Andrés. Era éste sobrino
-del corregidor de Valladolid, hombre de genio violento
-y enemigo mortal de la casa de Mello, y, por
-consiguiente, juzgó don Alvaro que le importaba
-infinito no retardar un punto su fuga. Volvióse inmediatamente
-a casa, contóme lo sucedido y me
-dijo: «Querida Mencía, es indispensable separarnos;
-ya conoces al corregidor; me perseguirá encarnizadamente.
-No ignoras lo mucho que puede en
-España, y así, no estoy seguro en el reino.» No le
-permitió decir más su dolor. Hícele que tomase
-dinero y algunas joyas. Dióme después los brazos,
-estrechóme en ellos y estuvimos así un gran rato,
-sin poder uno ni otro hablar palabra, mezclándose
-nuestras lágrimas, suspiros y sollozos. Vino un
-criado a decir que estaba pronto el caballo; desasióse
-de mí, partió y dejóme en un estado que no
-sabré pintar. ¡Dichosa yo si lo agudo del dolor me<span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span>
-hubiera quitado la vida! ¡Qué de penas y tormentos
-me hubiera ahorrado! Pocas horas después de
-partido don Alvaro supo su fuga el corregidor.
-Hizo que le siguiesen, y no perdonó diligencia alguna
-para haberle a las manos. Frustrólas todas
-mi esposo y púsose en salvo. Viéndose el juez reducido
-a no poder tomar otra venganza que la satisfacción
-de quitar todos sus bienes a un hombre
-cuya sangre hubiera querido beber, confiscó cuanto
-pertenecía a don Alvaro.</p>
-
-<p>»Halléme con esto en tan miserable situación, que
-apenas tenía lo preciso para vivir. Comencé a retirarme
-de todos, quedándome con una sola criada.
-Pasaba los días llorando amargamente, no ya mi
-necesidad, que llevaba con paciencia, sino la ausencia
-de un adorado esposo, de quien no tenía noticia
-alguna, sin embargo de haberme prometido en
-nuestra dolorosa despedida que de cualquier parte
-del mundo donde se hallase procuraría informarme
-de su suerte. No obstante, se pasaron siete años
-sin saber nada de él. Causábame profunda tristeza
-la incertidumbre de su paradero. Supe al fin que,
-combatiendo por las armas de Portugal en el reino
-de Fez, había perdido la vida en una batalla. Así
-me lo refirió un hombre recién venido de Africa,
-asegurándome que conocía muy bien a don Alvaro
-de Mello, con quien había servido en el ejército
-portugués, y que él mismo le había visto perecer
-en lo más recio de la pelea. A esto añadió otras
-circunstancias que me acabaron de persuadir de
-que ya no vivía mi esposo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span></p>
-
-<p>»Vino en este tiempo a Valladolid don Ambrosio
-Mesía Carrillo, marqués de la Guardia. Era uno de
-aquellos señores entrados en edad que por sus atentos
-y cortesanísimos modales hacen olvidar sus
-años y logran aprecio entre los demás. Casualmente
-le refirieron la historia de don Alvaro, y con este
-motivo oyó hablar de mí en términos que tuvo
-gran deseo de verme. Para satisfacer su curiosidad
-se valió de una parienta mía, en cuya casa me encontró.
-Vióme, y quedó prendado de mí, a pesar
-de la impresión de dolor que reparó en mi semblante.
-Pero ¿qué digo <i>a pesar</i>? Quizá lo que más
-le movió fué el mismo aire triste, melancólico y
-marchito en que me veía, hablándole esto en favor
-de mi fidelidad. Mi melancolía pudo ser causa
-de su amor. Por eso me dijo más de una vez que
-me miraba como un prodigio de constancia y que
-envidiaba la suerte de mi marido, por desgraciada
-que fuese. En una palabra, quedó tan pagado de
-mí que no necesitó verme segunda vez para tomar
-la determinación de casarse conmigo.</p>
-
-<p>»Valióse de la misma parienta mía para pedir mi
-consentimiento. Vino ésta a mi casa y me manifestó
-que, habiendo mi esposo terminado sus días
-en el reino de Fez, no era razón que estuviese enterrada
-por más tiempo, que había ya llorado sobradamente
-a un hombre cuya compañía había
-gozado por solos pocos momentos, que debía no
-malograr la ocasión que se me presentaba y que
-sería la mujer más feliz y más contenta del mundo.
-Aquí ponderó la nobleza del marqués, sus grandes<span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span>
-bienes y amabilísimo carácter. Pero por más que
-empleaba su elocuencia en hacerme palpables las
-ventajas que hallaría yo en aquel enlace, no me
-pudo persuadir, no ya porque dudase de la muerte
-de don Alvaro ni por el recelo de volverle a ver
-cuando menos lo pensase; lo único que mi parienta
-tenía que vencer era mi poca inclinación, o, por
-mejor decir, mi repugnancia a un segundo matrimonio
-después de las desgracias que había experimentado
-en el primero. No por eso desconfió ni
-se acobardó; antes bien, interesada ya por don
-Ambrosio, redobló sus instancias. Empeñó a toda
-mi parentela en la pretensión del marqués. Comenzaron
-mis parientes a estrecharme y apurarme sobre
-que aceptase un partido tan ventajoso. Veíame
-sitiada siempre de ellos, importunándome y atormentándome
-con la continua cantilena de que no
-perdiese tan favorable proporción. Por otra parte,
-mi miseria era mayor cada día, y no fué esto lo
-que menos contribuyó a dejar vencer mi repugnancia.</p>
-
-<p>»No pudiendo, pues, resistir más tiempo, cedí al
-fin a tan repetidas porfías y caséme con el marqués
-de la Guardia, el cual, el día después de la boda,
-me condujo a una bellísima hacienda que tenía
-cerca de Burgos, entre Tardajos y Revilla. Desde
-luego se poseyó de un amor vehemente hacia mí;
-observaba yo en todas sus acciones un vivísimo
-deseo de agradarme; estudiaba en proporcionarme
-todo cuanto yo podía apetecer. Ningún esposo estimó
-nunca más a su mujer ni jamás amante alguno<span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span>
-empleó mayor esmero en complacer a su
-dama. Sin duda que yo hubiera amado apasionadamente
-a don Ambrosio, a pesar de la desproporción
-de nuestras edades, si hubiera sido capaz de
-amar a otro que a don Alvaro; pero los corazones
-constantes no aciertan a dar entrada a una segunda
-pasión. La memoria de mi primer esposo
-inutilizaba todos los esfuerzos del segundo para
-hacerse querer de mí; no podía corresponder a sus
-ternuras sino con afectos y expresiones de gratitud
-y de respeto.</p>
-
-<p>»Hallábame en esta disposición, cuando un día,
-asomándome a una ventana de mi cuarto, vi en
-el jardín un aldeano que me miraba con particular
-atención. Túvele por criado del jardinero, y por
-entonces no hice caso de él; pero al día siguiente,
-habiéndole visto en el mismo sitio, me pareció que
-estaba aún más atento a mirarme. Esto me conmovió.
-Observéle también yo por mi parte con
-algún cuidado, y se me figuró descubrir en él la
-fisonomía del desgraciado don Alvaro. Esta semejanza
-excitó en todos mis sentidos una turbación
-inexplicable, y di un gran grito sin poderme contener.
-Por fortuna, estaba sola entonces con Inés,
-la criada de mi mayor confianza. Descubríle la
-sospecha que me agitaba, y ella no hizo mas que
-reír, creyendo que alguna ligera semejanza me
-había alucinado. «Serenaos, señora&mdash;me dijo&mdash;, y
-no creáis haber visto a vuestro primer esposo. No
-es verosímil que se presentase aquí con el disfraz
-de aldeano, ni se hace creíble que aún viva. Yo<span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span>
-misma&mdash;añadió&mdash;voy ahora al jardín a ver a ese
-hombre, a informarme de quién es, y volveré al
-momento a desengañaros.» Marchó al jardín, y un
-instante después la veo entrar en mi cuarto muy
-alterada. «Señora&mdash;me dijo&mdash;, vuestra sospecha fué
-por cierto bien fundada. El hombre que visteis en
-el jardín es verdaderamente el mismo don Alvaro;
-luego se me descubrió, y desea hablaros a solas.»</p>
-
-<p>»Podía recibirle entonces, porque el marqués había
-partido a Burgos, y así, dije a Inés que le condujese
-a mi cuarto por una escalera secreta. Ya
-se deja conocer la agitación en que yo me hallaría.
-No pude sufrir la vista de un hombre que tenía
-derecho para decirme cuanto le viniese a la
-boca, y al parecer con razón. Caí desmayada luego
-que le vi en mi presencia, como si hubiera sido
-su sombra. Así él como Inés me socorrieron prontamente,
-y después que volví del desmayo, «Tranquilizaos,
-señora&mdash;me dijo don Alvaro&mdash;, y no sea
-mi presencia un suplicio para vos. No es mi ánimo
-causaros la más mínima amargura. No vengo como
-marido furioso a pediros cuenta de la fe que me
-jurasteis ni a calificar de delito el segundo enlace
-que contrajisteis. Sé muy bien que todo fué movido
-por vuestra parentela, y no ignoro las persecuciones
-que habéis padecido. Por otra parte, estoy
-informado de la voz de mi muerte esparcida
-en todo Valladolid, y tanto más justamente creída
-de vos cuanto que ninguna carta mía os podía asegurar
-de lo contrario. Finalmente, sé de qué modo
-habéis vivido desde nuestra fatal separación y que<span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span>
-la necesidad, más que el amor, os obligó a entregaros
-en los brazos de...» «¡Ah don Alvaro!&mdash;le interrumpí
-yo anegada en lágrimas&mdash;. ¿Por qué razón
-queréis disculpar a vuestra esposa? ¡No tiene disculpa,
-puesto que vivís! ¡Desdichada de mí! ¡Ojalá
-me viera ahora en la miserable situación en que
-me hallaba antes de desposarme con don Ambrosio!
-¡Funesto casamiento! ¡Ah! ¡En aquella miseria,
-tendría a lo menos el consuelo de veros sin
-avergonzarme!»</p>
-
-<p>«Amada Mencía&mdash;replicó don Alvaro en tono que
-mostraba bien cuánto le habían enternecido mis
-lágrimas&mdash;, yo no me quejo de ti; antes bien, lejos
-de censurar la brillantez en que te veo, juro que
-doy al Cielo mil gracias. Desde el triste día en que
-partí de Valladolid, tuve siempre contraria la fortuna;
-mi vida fué un tejido de desdichas, y, para
-su colmo, nunca me fué posible darte noticias de
-mí. Seguro siempre de tu amor, se me representaba
-continuamente la situación a que mi fatal cariño
-te había conducido. Consideraba a mi adorada
-Mencía bañada en lágrimas, y esta consideración
-era mi mayor tormento. Confieso que algunas
-veces tenía por delito la dicha de haberte agradado.
-Deseaba que te hubieses inclinado a cualquier
-otro de mis competidores, cuando reflexionaba en
-lo mucho que te costaba la preferencia con que
-me habías honrado. Por fin, después de siete años
-de penas, más enamorado de ti que nunca, he querido
-volver a verte. No he podido resistir a este
-deseo, y, habiéndomelo permitido satisfacer el término<span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span>
-de una larga esclavitud, he vuelto a Valladolid
-disfrazado en este traje, a riesgo de ser conocido
-y descubierto. Allí lo he sabido todo, y he
-venido en seguida a esta posesión, donde he hallado
-modo de introducirme con el jardinero para
-ayudarle a cultivar estos jardines. Tal es el arbitrio
-que he tomado para lograr hablarte en secreto.
-Mas no te imagines que con mi presencia vengo
-aquí a turbar la ventura que gozas. Amote más
-que a mí mismo, respeto tu reposo y, acabada esta
-conversación, parto lejos de ti a terminar mis tristes
-días, que sacrifico a tu amor.»</p>
-
-<p>«¡No, don Alvaro, no!&mdash;exclamé al oír estas palabras&mdash;. El
-Cielo no te ha traído aquí en balde,
-y no permitiré que segunda vez te apartes de mí.
-Quiero ir contigo, y solamente la muerte nos podrá
-separar en adelante.» «Créeme a mí, Mencía&mdash;me
-replicó&mdash;: vive con don Ambrosio, y no quieras
-ser compañera de mis desdichas; deja que cargue
-yo solo con todo el peso de ellas.» Añadió a
-éstas otras razones semejantes; pero cuanto más
-empeñado parecía en querer sacrificarse a mi felicidad,
-menos dispuesta me hallaba yo a consentirlo.
-Luego que me vió tan resuelta a seguirle,
-mudó de repente de tono, y con semblante más
-alegre me dijo: «Mencía, pues todavía amas tanto
-a don Alvaro que quieres preferir su miseria a la
-abundancia en que te hallas, vámonos a vivir a
-Betanzos, ciudad del reino de Galicia, donde hallaremos
-un seguro retiro. Si mis desgracias me
-quitaron todos mis bienes, no me hicieron perder<span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span>
-todos mis amigos. Aun me quedan algunos tan
-verdaderos, que me han facilitado medios de poder
-sacarte de esta casa. Con su auxilio compré
-en Zamora coche, mulas y caballos, y traigo por
-compañeros a tres amigos gallegos, resueltos y valerosos.
-Todos están armados de carabinas y pistolas,
-y todos esperan mi aviso en el lugar de Revilla.
-Aprovechémonos de la ausencia de don Ambrosio.
-Voy a dar orden de que traigan el carruaje
-a la puerta de esta casa, y al momento partiremos.»
-A todo accedí. Fué volando don Alvaro a
-Revilla, y en breve tiempo volvió con sus tres
-compañeros montados. Sacáronme de en medio de
-mis criadas, que, no sabiendo qué pensar de este
-acontecimiento, huyeron despavoridas. Sólo Inés
-era sabedora de todo; pero no quiso unir su suerte
-con la mía porque estaba enamorada de un paje
-de don Ambrosio: lo que demuestra que el afecto
-de los más fieles criados no resiste a la prueba del
-amor. Entré en el coche con don Alvaro, no llevando
-conmigo sino alguna ropa y ciertas joyas
-que tenía antes del segundo matrimonio, porque
-nada quise tomar de lo que me había regalado el
-marqués cuando su casamiento. Seguimos el camino
-de Galicia sin saber si tendríamos la fortuna de
-llegar allá. Temíamos, con razón, que al volver de
-Burgos don Ambrosio viniese en seguimiento nuestro,
-acompañado de mucha gente, y que nos alcanzase;
-pero caminamos dos días sin que nadie
-nos siguiese. Esperábamos que sucediera lo mismo
-en la tercera jornada, y ya caminábamos tranquilamente.<span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span>
-Contábame don Alvaro la triste aventura
-que había dado motivo a la voz esparcida de su
-muerte y el modo de haber recobrado su libertad
-después de cinco años de cautiverio, cuando encontramos
-en el camino a los ladrones en cuya
-compañía estabais vos. El que mataron con todos
-sus acompañados es el mismo y el que me hace
-derramar el torrente de lágrimas que ahora cae de
-mis ojos.»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c112" id="c112">CAPÍTULO XII</a></h2>
-
-<p class="pch">Del modo poco gustoso con que fué interrumpida
-la conversación de la señora y de Gil Blas.</p>
-
-<p>Con efecto, se deshacía en lágrimas doña Mencía
-al acabar de hacerme su relación. Dejéla dar entera
-libertad a los suspiros, y lloraba yo también:
-tan natural es interesarse en el dolor de los infelices,
-y muy particularmente en el de una mujer
-hermosa y afligida. Iba a preguntarle qué partido
-quería tomar en la coyuntura en que se hallaba,
-y quizá ella misma iba también a consultarme lo
-propio si no hubiera sido interrumpida nuestra
-conversación. Oímos en el mesón un gran rumor
-que llamó nuestra atención. Causábale la venida
-el corregidor, que, acompañado de dos alguaciles
-y muchos ministriles, se entró en el cuarto donde
-estábamos. El primero que se acercó a mí fué
-un caballerito que venía en compañía del corregidor.
-Paróse a mirar muy despacio y muy de cerca<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span>
-mi vestido, y después de alguna suspensión exclamó
-diciendo: «¡Vive el Cielo que ésta es mi mismísima
-ropilla! ¡La conozco tan bien como he conocido
-mi caballo! ¡Sobre mi palabra que podéis
-prender a este hombre honrado! ¡Sin duda es uno
-de los ladrones que tienen no sé qué oculta madriguera
-en este país!»</p>
-
-<p>Al oír aquellas palabras me persuadí de que sin
-duda me había tocado, por desgracia mía, el despojo
-de aquel caballero, y, por consiguiente, me
-quedé sorprendido e inmutado. El corregidor, que
-por su oficio debía juzgar antes mal que bien de
-la turbación en que me veía, hizo juicio de que la
-acusación no era mal fundada, y sospechando que
-la señora podía también ser cómplice, nos hizo
-prender a los dos y poner en cuartos separados.
-No era este juez de aquellos de rostro grave y ceñudo;
-antes bien, mostraba un semblante apacible
-y risueño, acompañado de un modo de hablar
-dulce y cariñoso; pero sabe Dios si era mejor que
-los primeros. Luego que estuve en la prisión, vino
-a ella con sus dos precursores, esto es, sus dos alguaciles,
-los cuales, según su buena costumbre,
-empezaron por registrarme bien las faltriqueras.
-¡Qué día para aquella honrada gente! Acaso en
-todos los de su vida no habían tenido otro semejante.
-A cada puñado de doblones que me sacaban,
-estaba viendo que rebosaban sus ojos de alegría.
-Hasta el mismo corregidor parecía que estaba
-fuera de sí. «Hijo&mdash;me decía en un tono
-lleno de miel y dulzura&mdash;, no extrañes ni tengas<span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span>
-recelo de lo que ejecutamos, que en esto no hacemos
-mas que nuestro oficio. Si estás inocente, nada
-te perjudicará.» Mientras tanto fueron poco a poco
-aliviando del peso mis bolsillos, quitándome aun
-lo que habían respetado los ladrones: quiero decir
-los cuarenta ducados de mi tío. Escudriñáronme
-de pies a cabeza sus codiciosas e infatigables manos,
-haciéndome volver a todos lados y despojándome
-de todos los vestidos para ver si tenía guardado
-algún dinero entre el pellejo y la camisa.
-Después que cumplieron tan exactamente con aquella
-su importante obligación, el corregidor me hizo
-sus preguntas. Satisfícelas presto, refiriéndole ingenuamente
-todo lo sucedido. Hizo escribir mi declaración
-y partió con su gente y mi dinero, dejándome
-desnudo sobre la paja.</p>
-
-<p>«¡Oh vida humana&mdash;exclamé cuando me vi solo
-en aquel miserable estado&mdash;, qué llena estás de
-contratiempos y de caprichosas aventuras! Desde
-que salí de Oviedo no he experimentado mas que
-desgracias. Apenas salgo de un peligro cuando
-caigo en otro. Al llegar a esta ciudad estaba muy
-lejos de pensar que en tan poco tiempo había de
-conocer a su corregidor.» Haciendo estas reflexiones
-inútiles me vestí la maldita ropilla y lo restante
-de la ropa que me había puesto en aquel
-estado; y después, hablándome y alentándome a
-mí mismo, «¡Animo, Gil Blas&mdash;me dije&mdash;; valor y
-constancia! ¡Vamos claros! ¡Piensa que después de
-este tiempo vendrá quizá otro más dichoso! ¿Será
-bueno desesperarte porque te ves en una prisión<span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span>
-ordinaria después de haber hecho tan penoso ensayo
-de tu paciencia en la tenebrosa cueva? Mas,
-¡ay&mdash;añadí tristemente&mdash;, yo me alucino y me lisonjeo!
-¿Cómo será posible que salga de esta cárcel,
-cuando acaban de quitarme los medios de conseguirlo?
-Un pobre encarcelado sin dinero es un
-pájaro a quien cortan las alas.»</p>
-
-<p>En lugar de la liebre y de la perdiz que había
-mandado componer me trajeron un pedazo de pan
-negro y un jarro de agua, dejándome tascar el freno
-en mi calabozo. En él estuve quince días enteros,
-sin ver en todos ellos otra persona que el alcaide,
-que venía todas las mañanas a registrar y
-renovar las prisiones. Cuando le veía, intentaba
-querer entablar conversación con él para desahogarme
-algún tanto; pero aquel hombre nada respondía
-a cuanto le preguntaba. Jamás me fué posible
-sacarle ni una sola palabra. Entraba y salía
-muchas veces sin dignarse siquiera de mirarme.
-Al décimosexto día se dejó ver el corregidor, y
-me dijo: «Ya puedes alegrarte, porque te traigo
-una buena nueva. Hice que fuese conducida a
-Burgos la señora que venía contigo, examinéla sobre
-quién eras, y tu conducta y sus respuestas te
-justificaron. Hoy mismo saldrás de la cárcel, con
-tal que el arriero en cuya compañía viniste desde
-Peñaflor a Cacabelos, según has dicho, confirme
-tu declaración. Está en Astorga; ya le he enviado
-a llamar, y le estoy esperando. Si conviene su declaración
-con la tuya, inmediatamente te pongo
-en libertad.»</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span></p>
-
-<p>Consoláronme mucho estas palabras, y desde
-aquel momento me consideré fuera de todo enredo.
-Di gracias al juez por la buena y pronta justicia
-que me quería hacer; y apenas había acabado
-mi cumplido, cuando llegó el arriero entre dos
-alguaciles. Conocíle inmediatamente; pero el bribón,
-que sin duda había vendido mi maleta con
-todo lo que había dentro, temiendo le obligasen a
-restituir el dinero que había recibido si confesaba
-que me conocía, dijo descaradamente que no sabía
-quién yo era y que jamás me había visto. «¡Ah
-traidor!&mdash;exclamé yo&mdash;. ¡Confiesa que has vendido
-mi ropa y respeta la verdad! ¡Mírame bien! Yo soy
-uno de aquellos mozos a quienes amenazaste con
-el tormento en Cacabelos, llenando a todos de miedo.»
-El taimado respondió muy fríamente que le
-hablaba una jerigonza que él no entendía; y como
-ratificó y mantuvo hasta el fin aquel solemnísimo
-embuste, mi libertad se difirió hasta mejor ocasión.
-«Hijo&mdash;me dijo el corregidor&mdash;, bien ves que
-el arriero no concuerda con lo que declaraste; y
-así, no puedo soltarte, por más que lo deseo.» Convínome,
-pues, armarme nuevamente de paciencia
-y resolverme a estar todavía a pan y agua y sufrir
-al silencioso carcelero. Cuando pensaba en que
-no podía salir de entre las garras de la justicia,
-siendo así que no había cometido delito alguno,
-me desesperaba con este triste pensamiento, y
-echaba de menos el lóbrego subterráneo. «Bien reflexionado&mdash;me
-decía yo a mí mismo&mdash;, allí me
-hallaba menos mal que en este calabozo. Por lo<span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span>
-menos en aquél comía y bebía alegremente con
-los ladrones, divertíame con ellos y me consolaba
-la dulce esperanza de poderme escapar algún día;
-pero seré quizá muy feliz si sólo puedo salir de
-aquí para ir a galeras, a pesar de mi inocencia.»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c113" id="c113">CAPÍTULO XIII</a></h2>
-
-<p class="pch">Por qué casualidad sale Gil Blas de la cárcel, y
-a dónde se encaminó después.</p>
-
-<p>Mientras yo pasaba los días y las noches en desvariar
-entregado a mis tristes reflexiones, se divulgaron
-por la ciudad mis aventuras, ni más ni menos
-que yo las había dictado en mi declaración.
-Muchas personas me quisieron ver por curiosidad.
-Venían unas en pos de otras, y se asomaban a una
-ventanilla que daba luz a mi prisión, y después de
-haberme mirado algún tiempo se retiraban silenciosas.
-Sorprendióme aquella novedad. Desde mi
-entrada en la cárcel nunca había visto alma viviente
-asomarse a la tal ventanilla, que caía a un
-patio donde habitaban el silencio y el horror. Me
-hizo creer que yo había llamado la atención de la
-ciudad; pero no acertaba a pronosticar si sería para
-mal o para bien.</p>
-
-<p>Uno de los primeros que vi fué el muchacho o
-niño de coro de Mondoñedo que en Cacabelos se
-escapó, como yo, de miedo del tormento. Conocíle
-luego, y él no fingió desconocerme, como lo había<span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span>
-fingido el arriero. Saludámonos uno y otro, y entablamos
-una larga conversación, en la cual me vi
-precisado a hacerle una nueva relación de mis aventuras,
-lo que produjo dos efectos diferentes en el
-ánimo de los circunstantes, pues que los hice reír
-y me atraje su compasión. El, por su parte, me
-contó lo que había pasado en el mesón de Cacabelos
-entre el arriero y la mujer después que un terror
-pánico nos había separado de ella. En una palabra,
-contóme todo lo que dejo ya dicho. Despidióse
-después de mí, prometiéndome que sin perder
-tiempo iba a hacer todo lo posible para que me
-dieran libertad. Desde entonces todas las personas
-que como él habían venido a verme por mera curiosidad
-me aseguraron que mis desgracias las
-movían a compasión, ofreciéndome al mismo tiempo
-unirse con aquel mozo para solicitar que me
-librasen de la cárcel.</p>
-
-<p>Cumplieron efectivamente su palabra. Hablaron
-en favor mío al corregidor, quien, no dudando ya
-de mi inocencia, particularmente desde que el niño
-de coro le contó todo lo que sabía, tres semanas
-después vino a la prisión y me dijo: «Gil Blas, aunque
-si fuese yo un juez severo podría detenerte
-aquí, no quiero dilatar más tu causa. Vete; ya estás
-libre y puedes salir cuando quisieres. Pero
-dime&mdash;prosiguió&mdash;: si te llevaran al bosque donde
-estaba el subterráneo, ¿no le podrías descubrir?»
-«No, señor&mdash;le respondí&mdash;, porque como entré en
-él de noche y salí antes del día, no me sería posible
-dar con él.» Con eso se retiró el juez, diciendo<span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span>
-que iba a dar orden al carcelero que me franquease
-la puerta. Con efecto, un momento después vino
-el alcaide con sus satélites, que traían un lío de
-ropa, los cuales, con mucha gravedad y sin decir
-una sola palabra, me despojaron de la casaca y
-de los calzones, que eran de paño fino y casi nuevo,
-me metieron por la cabeza una especie de chamarreta
-muy vieja y muy raída a manera de escapulario,
-y concluída esta ceremonia me pusieron
-a la puerta de la cárcel, echándome a empellones
-fuera de ella.</p>
-
-<p>La vergüenza que padecí al verme en tan mala
-ropa moderó mucho la alegría que comúnmente
-tienen los presos cuando han recobrado su libertad.
-Tuve impulso de salirme inmediatamente de
-la ciudad, por huir de la vista del pueblo, que no
-podía sufrir sin rubor; pero pudo más mi agradecimiento.
-Fuí a dar las gracias al cantorcillo, a
-quien debía tanta obligación. No pudo dejar de
-reír luego que me vió. «A lo que advierto&mdash;dijo&mdash;,
-parece que la justicia ha hecho contigo todas sus
-habilidades.» «No me quejo de la justicia&mdash;le respondí&mdash;:
-ella en sí es muy justa; solamente desearía
-yo que todos sus oficiales fueran hombres de
-bien y de conciencia. A lo menos, me pudieran
-haber dejado el vestido, pues me parece que no
-le había pagado mal.» «Convengo en eso&mdash;me replicó&mdash;;
-pero dirán que ésas son formalidades que
-indispensablemente se deben observar. Y si no,
-dime: ¿crees, por ventura, que el caballo en que
-viniste se ha restituído a su primer dueño? No lo<span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span>
-creas, porque el tal caballo está actualmente en la
-caballeriza del escribano, donde se depositó como
-una prueba del delito, y yo estoy persuadido de
-que su amo verdadero nunca volverá a ver ni siquiera
-la grupera. Pero mudemos de conversación&mdash;continuó
-el cantorcillo&mdash;. ¿Qué ánimo tienes
-y qué piensas hacer ahora?» «Mi ánimo es&mdash;le
-respondí&mdash;irme derecho a Burgos a buscar a la señora
-a quien liberté de los ladrones. Naturalmente,
-me dará algún dinerillo, con el cual compraré
-unos hábitos nuevos y partiré a Salamanca, donde
-procuraré aprovecharme de mi latín. Mi mayor
-apuro es que aun no estoy en Burgos y es menester
-vivir en el camino.» «¡Ya te entiendo!&mdash;me replicó&mdash;.
-Aquí tienes mi bolsa. Está un poco vacía,
-a la verdad; mas ya sabes que un pobre cantor
-no es un obispo.» Al mismo tiempo la sacó, y
-me la puso en las manos con tan buena voluntad
-que no pude menos de aceptarla. Agradecíselo
-tanto como si me hubiera hecho dueño de todo
-el oro del mundo, y le pagué con mil protestas de
-servirle, cosa que nunca tuvo efecto. Después de
-esto nos despedimos, y yo salí de aquel pueblo
-sin ver a ninguna de las otras personas que habían
-contribuído a librarme de la prisión, contentándome
-con darles dentro de mi corazón mil y mil bendiciones.</p>
-
-<p>El cantorcillo tuvo mucha razón en no hacer
-ostentación de su bolsa, porque en realidad encontré
-en ella poco dinero, y todo en calderilla.
-Por fortuna, había dos meses que estaba acostumbrado<span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span>
-a una vida muy frugal, y todavía me restaban
-algunos reales cuando llegué al lugar de Puentedura,
-poco distante de Burgos. Detúveme en él
-para saber de doña Mencía. Entré en un mesón,
-cuya huéspeda era una mujer muy pequeña, muy
-enjuta, vivaracha y de mala condición. Luego conocí,
-por la mala cara que me puso, que no le había
-gustado mi chamarreta, lo que fácilmente le
-perdoné. Sentéme a una asquerosa mesa, donde
-comí un pedazo de pan con un cuarterón de queso
-y bebí algunos tragos de un detestable vino
-que me trajeron. Durante la comida, que era muy
-correspondiente a mi equipaje, quise entablar conversación
-con la huéspeda, que me dió a entender
-con un gesto desdeñoso que tenía a menos hablar
-conmigo. Supliquéle que me dijese si conocía al
-marqués de la Guardia, si estaba lejos su casa de
-campo y, particularmente, si se sabía en qué había
-parado la marquesa su mujer. «¡Muchas cosas
-me preguntáis!»&mdash;respondió muy desdeñosa. Sin
-embargo, me contestó en abreviatura y con muy
-mal talante, diciendo que la casa de campo de don
-Ambrosio distaba una legua corta de Puentedura.</p>
-
-<p>Después que acabé de beber y de cenar, como
-era ya de noche, mostré que deseaba recogerme,
-y pedí un cuarto. «¡Un cuarto para él!&mdash;me dijo la
-mesonera, mirándome de hito en hito con altivez
-y con desprecio&mdash;. ¡Un cuarto para él! ¡Los cuartos
-de mi casa los reservo yo para gentes que no
-cenan pan y queso! Todas mis camas están ocupadas,
-porque estoy esperando a ciertos caballeros<span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83">[83]</a></span>
-de importancia que vienen a hacer noche aquí; lo
-más que te puedo ofrecer es el pajar, porque creo
-no será la primera vez que hayas dormido sobre
-paja.» En esto decía más verdad de lo que ella
-misma pensaba. No le repliqué palabra. Abracé
-prudentemente el partido que me proponía; fuime
-al pajar y dormí con tranquilidad, como hombre
-que ya estaba hecho a trabajos.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c114" id="c114">CAPÍTULO XIV</a></h2>
-
-<p class="pch">Recibimiento que le hizo en Burgos doña Mencía.</p>
-
-<p>No fuí perezoso en levantarme al día siguiente.
-Fuí a ajustar la cuenta con la huéspeda, que ya
-estaba levantada, y me pareció de mejor humor
-que el día antecedente. Atribuílo a la presencia de
-tres honrados cuadrilleros de la Santa Hermandad
-que con mucha familiaridad hablaban con ella, y
-serían sin duda los caballeros de importancia para
-quienes estaban destinadas todas las camas. Informéme
-en el lugar del camino que guiaba a la casa
-de campo a donde yo quería ir, y se lo pregunté a
-un paisano que me deparó la suerte, del mismo
-carácter que mi antiguo mesonero de Peñaflor. No
-contento con responderme a lo que le preguntaba,
-añadió que don Ambrosio había muerto tres semanas
-hacía, y que la marquesa, su mujer, se había
-retirado a un convento de la ciudad, que me
-nombró. Al punto me encaminé en derechura a<span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span>
-Burgos, y, sin pensar ya en la casa de campo, fuí
-volando al monasterio donde me dijeron que se
-hallaba doña Mencía. Supliqué a la tornera se sirviese
-decir a aquella señora que deseaba hablarle
-un mozo recién salido de la cárcel de Astorga. Inmediatamente
-fué a darle el recado la tornera.
-Volvió ésta, y me hizo entrar en un locutorio,
-adonde dentro de poco vi llegar, muy enlutada, a
-doña Mencía.</p>
-
-<p>«Bien venido seas, Gil Blas&mdash;me dijo aquella
-viuda con modo muy afable&mdash;. Cuatro días ha que
-escribí a un conocido mío de Astorga suplicándole
-te fuese a ver y que de mi parte te rogase vinieses
-a visitarme inmediatamente que salieses de la
-prisión. Nunca dudé que pronto te darían libertad.
-Bastaban para esto las cosas que yo dije al
-corregidor en descargo tuyo. Respondiéronme que
-ya, con efecto, estabas libre, pero que no se sabía
-tu paradero. Temí no volverte a ver ni tener el
-gusto de darte alguna prueba de mi agradecimiento,
-lo que hubiera sentido extremadamente. Consuélate&mdash;añadió,
-conociendo que estaba avergonzado
-de presentarme a ella en tan miserable estado&mdash;;
-no te dé pena alguna el hallarte en el infeliz
-ropaje en que te veo. Después del gran servicio
-que me hiciste, sería yo la mujer más ingrata
-de las mujeres si no hiciera nada por ti. Mi ánimo
-es sacarte del mal estado en que te hallas; debo y
-puedo hacerlo, pues tengo bienes suficientes para
-poder corresponderte sin que me sea gravoso.</p>
-
-<p>»Los lances&mdash;continuó&mdash;que me sucedieron hasta<span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span>
-el día en que nos separaron para meternos presos
-ya los sabes como yo; ahora voy a contarte lo que
-me aconteció desde entonces. Luego que el corregidor
-de Astorga dispuso que me condujesen a
-Burgos, después de haberme oído la relación puntual
-de mis sucesos, me dirigí a la casa de don Ambrosio.
-Causó mi llegada general y extremada sorpresa;
-pero me dijeron que ya llegaba tarde, porque
-el marqués, profundamente afligido por mi
-fuga, había caído gravemente enfermo, y tanto,
-que los médicos desesperaban de su vida. Esta
-triste noticia fué un motivo más sobre los muchos
-que ya tenía para llorar el rigor de mi fatal destino.
-Con todo eso, quise que le avisasen mi llegada;
-entré después en su cuarto y corrí a arrojarme
-de rodillas a la cabecera de su cama, anegado
-en lágrimas el semblante y el corazón traspasado
-del más agudo dolor. «¿Quién te ha traído aquí?&mdash;me
-dijo luego que me vió&mdash;. ¿Vienes a complacerte
-en la obra de tus manos? ¿No te basta haberme
-quitado la vida? ¿Era menester, para mayor
-satisfacción tuya, que tus mismos ojos fuesen
-testigos de mi muerte?» «Señor&mdash;le respondí&mdash;, ya
-os habrá informado Inés de que huí con mi legítimo
-esposo, y a no ser el funesto accidente que me
-privó de él, nunca más me hubierais vuelto a ver.»
-Referíle al mismo tiempo cómo don Alvaro había
-muerto a manos de unos ladrones y cómo me habían
-conducido al subterráneo, con todo lo demás
-que me había sucedido hasta entonces. Apenas
-acabé de hablar, cuando, alargándome cariñosamente<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span>
-la mano, me dijo con ternura: «¡Basta, hija;
-ya no me quejo de ti! Pues qué, ¿debo por ventura
-culpar un proceder tan justo y tan honrado? Hallástete
-de repente con tu legítimo esposo, a quien
-adorabas, y me abandonaste por irte con él. ¿Podré
-nunca condenar con razón una conducta dictada
-por la conciencia y la justicia? No por cierto;
-ninguna razón tendría para quejarme. Por eso no
-permití que ninguno te siguiese. Respetaba en aquella
-fuga el sagrado derecho que la hacía lícita, y
-aun necesaria, como también el debido amor que
-profesabas a tu querido y verdadero esposo. En
-fin, te hago justicia, y protesto que con haberte
-restituído a mi casa has recobrado toda mi ternura.
-Sí, querida Mencía, tu presencia me colma de
-gozo y de consuelo. Mas ¡ay, cuán poco me durará
-uno y otro! Conozco que mi última hora se va
-acercando. Apenas la suerte me volvió a juntar
-contigo, cuando me será necesario arrancarme de
-ti con el último adiós.» Redoblóse mi llanto al oír
-palabras tan amorosas, las que excitaron en mí
-una aflicción extremada. Aunque adoré a don Alvaro,
-no lloré tanto por él. Murió don Ambrosio al
-día siguiente, y yo quedé dueña de la rica dote
-que me había señalado en las capitulaciones. No
-es mi ánimo emplearla mal. Aunque soy todavía
-moza, ninguno me verá pasar a terceras nupcias.
-Esto, a mi parecer, sólo es propio de mujeres sin
-pudor y sin delicadeza. Antes bien, te digo que ya
-no tengo inclinación al mundo y que quiero acabar
-mis días en este convento y ser su bienhechora.»</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span></p>
-
-<p>Tal fué el discurso de doña Mencía; acabado el
-cual, sacó de la faltriquera un bolsillo y me lo tiró
-por la reja del locutorio a donde le pudiese alcanzar,
-diciendo: «Toma, Gil Blas, esos cien ducados,
-únicamente para que te vistas, y después vuélveme
-a ver, porque no quiero que se limite a cosa
-tan corta mi agradecimiento.» Dile mil gracias y
-le juré que no partiría de Burgos sin volver a despedirme
-de ella. Hecho este juramento&mdash;que estaba
-bien resuelto a no quebrantar&mdash;, me fuí a
-buscar algún mesón. Entré en el primero que encontré,
-pedí un cuarto, y para precaver el mal
-concepto que por el traje se podía formar de mí
-dije al mesonero que, aunque me veía en aquellos
-pobres trapos, tenía con qué pagar el gasto. Al
-oír estas palabras, el mesonero, que se llamaba
-Majuelo y era naturalmente grandísimo bufón, mirándome
-y examinándome atentamente de pies a
-cabeza, me dijo con cierto aire malicioso y chufletero
-que no necesitaba de mi aseveración para
-conocer que sin duda haría yo en su casa mucho
-gasto, porque entre los remiendos de aquellos malos
-trapos se divisaba en mi persona un no sé qué
-de nobleza que le obligaba a creer que yo era un
-caballero de grandes conveniencias. No dejé de
-conocer que el bellaco se estaba burlando de mí,
-y para cortar de repente sus bufonescas frialdades
-saqué el bolsillo y a su vista conté sobre una
-mesa mis ducados, los que le obligaron a formar
-un juicio más favorable de mí. Roguéle que me
-hiciese buscar algún sastre, a lo cual me replicó<span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span>
-que sería mejor llamar a algún prendero, el cual
-traería diferentes vestidos de todas clases, para
-quedar pronto vestido del todo. Armóme el consejo
-y determiné seguirle; pero como se acercaba ya
-la noche, dilaté este negocio hasta el día siguiente,
-y sólo pensé en cenar bien para resarcir lo mal que
-había comido desde que salí del subterráneo.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c115" id="c115">CAPÍTULO XV</a></h2>
-
-<p class="pch">De qué modo se vistió Gil Blas, del nuevo regalo
-que le hizo la señora y del equipaje en que salió
-de Burgos.</p>
-
-<p>Sirviéronme un copioso plato de manos de carnero
-fritas y le comí casi todo; bebí a proporción
-y después fuíme a la cama. Era ésta muy decente,
-y esperaba que luego se apoderaría de mis sentidos
-un profundo sueño; pero engañéme, porque apenas
-pude cerrar los ojos, ocupada la imaginación en
-qué género de vestido había de escoger. «¿Qué
-haré?&mdash;decía&mdash;. ¿Seguiré mi primer intento de
-comprar unos hábitos largos para ir a ser dómine
-en Salamanca? Pero ¿a qué fin vestirme de
-estudiante? ¿Tengo deseos de consagrarme al estado
-eclesiástico? ¿Acaso me inclina a ello mi propensión?
-¡Nada de eso! Mis inclinaciones son muy
-contrarias a la santidad que pide: quiero ceñir espada
-y ver de hacer fortuna en el mundo.» Y a
-esto me decidí.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span></p>
-
-<p>Resolví, pues, vestirme de caballero, bien persuadido
-de que esto bastaría para alcanzar un empleo
-de importancia. Con tan lisonjeros proyectos,
-estuve esperando el día con grandísima impaciencia,
-y apenas rayó en mis ojos su primera luz
-cuando salté de la cama. Hice tanto ruido en el
-mesón, que despertaron todos. Llamé a los criados,
-que estaban todavía en la cama, y me respondieron
-echándome mil maldiciones. Al fin se vieron
-obligados a levantarse, y les di orden de que
-fuesen a buscar al prendero. No tardó en llegar
-éste con dos mozos cargados, cada uno con un
-gran envoltorio. Saludóme con grandes cumplimientos
-y me dijo: «Caballero, ha tenido usted fortuna
-en dirigirse a mí más bien que a otro. No
-quiero desacreditar a mis compañeros, ni permita
-Dios que haga el menor agravio a su reputación;
-mas, aquí para entre los dos, ninguno de ellos sabe
-qué cosa es conciencia. Todos son más duros que
-judíos; yo soy el único de mi oficio que la tiene;
-me limito a una ganancia justa y razonable, contentándome
-con un real por cada cuarto. Equivoquéme:
-quise decir con un cuarto por real.»</p>
-
-<p>Después de este preámbulo, que yo creí tontamente
-al pie de la letra, mandó a los mozos que
-desatasen los envoltorios. Enseñáronme vestidos
-de todos géneros y colores, muchos de ellos de paños
-enteramente lisos. Deseché éstos con desprecio
-por demasiado humildes. Presentáronme después
-otro que parecía haberse cortado expresamente
-para mí, el cual me deslumbró, sin embargo<span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span>
-de que estaba un poco usado. Se componía de una
-ropilla, unos calzones y una capa; la ropilla, con
-mangas acuchilladas, y todo él de terciopelo azul
-bordado de oro. Escogí éste y pregunté el precio.
-El prendero, que conoció cuánto me agradaba, me
-dijo: «En verdad que es usted un señor de gusto
-muy delicado, y se ve bien que lo entiende. Sepa
-usted que este vestido se hizo para uno de los primeros
-sujetos del reino, que no se le puso tres veces.
-Observe bien la calidad del terciopelo y hallará
-que es del mejor. Pues ¿qué diré del bordado?
-No parece cabe mayor delicadeza ni primor.»
-«Y bien&mdash;le pregunté&mdash;, ¿cuánto pedís por él?»
-«Señor&mdash;me respondió&mdash;, ayer no le quise dar por
-sesenta ducados; y si esto no es cierto, no sea yo
-hombre de bien.» A la verdad, la contestación
-era convincente. Yo le ofrecí cuarenta y cinco,
-aunque acaso no valía la mitad. «Caballero&mdash;replicó
-él fríamente&mdash;, yo no soy hombre que pido más
-de lo justo ni rebajo un ochavo de lo que digo la
-primera vez. Tome usted este otro vestido&mdash;continuó,
-presentándome el primero, que yo había
-desechado&mdash;, que se lo daré más barato.» Todo
-esto sólo servía para aumentar en mí la gana que
-tenía del otro, y como me imaginé que no rebajaría
-ni un maravedí de lo que había pedido, le
-entregué sus sesenta ducados. Cuando vió la facilidad
-con que se los había dado, juzgo que, no obstante
-la delicadeza de su rígida conciencia, se arrepintió
-mucho de no haberme pedido más. Pero al
-fin, contento con haber ganado a real por cuarto,<span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span>
-se despidió con sus mozos, a los cuales tampoco
-dejé de agasajar dándoles para beber.</p>
-
-<p>Viéndome ya con un vestido tan señor, comencé
-a pensar en lo restante para presentarme en la calle
-con toda autoridad y decencia, lo que me entretuvo
-toda la mañana. Compré pañuelo, sombrero,
-medias de seda, zapatos y una espada. Vestíme
-inmediatamente; pero ¡qué gozo fué el mío
-cuando me vi tan bien equipado! No me cansaba
-de mirarme. Ningún pavo real se recreó nunca
-tanto en mirar y remirar el dorado plumaje de su
-cola. Aquel mismo día pasé a visitar segunda vez
-a doña Mencía, la cual me volvió a recibir con la
-mayor urbanidad y agasajo. Dióme nuevas gracias
-por el servicio que le había hecho, a que siguió
-una salva de recíprocos cumplidos. Después,
-deseándome en todo la mayor prosperidad, se despidió
-de mí, y se retiró, regalándome sólo una
-sortija de treinta doblones y suplicándome la conservase
-siempre por memoria.</p>
-
-<p>Quedéme frío cuando me vi con la tal sortija,
-porque había contado con regalo de mucho más
-precio. En esta suposición, malcontento de la generosidad
-de la señora, volví al mesón haciendo
-mil calendarios; pero apenas había llegado cuando
-entró en él un hombre que venía tras de mí, el
-cual, desembozando la capa, mostró un talego bastante
-largo que traía debajo del brazo. Así que vi
-el talego, que parecía lleno de dinero, abrí tanto
-ojo, y lo mismo hicieron algunas personas que estaban
-presentes; y me pareció oír la voz de un serafín<span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span>
-cuando aquel hombre me dijo, poniendo el
-talego sobre una mesa: «Señor Gil Blas, mi señora
-la marquesa suplica a usted se sirva admitir esta
-cortedad en prueba de su agradecimiento.» Hice
-mil cortesías al portador, acompañadas de otros
-tantos cumplimientos, y luego que salió del mesón
-me arrojó sobre el talego como un gavilán sobre su
-presa y llevémele a mi cuarto. Desatéle sin perder
-tiempo, vaciéle sobre una mesa y me encontré con
-mil ducados que contenía. Acababa de contarlos
-al tiempo que el mesonero, que había oído las palabras
-del portador, entró para saber lo que iba
-en el talego. Asombróle la vista de tanta plata y
-exclamó admirado: «¡Fuego de Dios, y cuánto dinero!
-¡Sin duda sabéis&mdash;añadió con malicia&mdash;sacar
-buen partido de las damas! ¡Apenas ha veinticuatro
-horas que estáis en Burgos y ya hacéis contribuir
-a las marquesas!»</p>
-
-<p>No me desagradó esta sospecha y estuve tentado
-a dejar a Majuelo en su error, por lo que lisonjeaba
-mi vanidad. No me admiro de que los mozos
-se alegren de ser tenidos por afortunados con
-las mujeres; pero pudo más en mí la inocencia de
-mis costumbres que la vanagloria. Desengañé al
-mesonero y le conté toda la historia de doña Mencía.
-Oyóla con singular atención, y después le confié
-el estado de mis asuntos, suplicándole, pues se
-mostraba tan interesado en servirme, me ayudase
-con sus consejos. Quedóse como pensativo algún
-tiempo, y tomando luego un aire serio, me dijo:
-«Señor Gil Blas, confieso que desde que vi a usted<span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span>
-le cobró particular inclinación; y ya que le merezco
-la confianza de que me hable con tanta franqueza,
-debo corresponder a ella diciéndole sin lisonja
-lo que siento. A mí me parece que usted es
-un hombre nacido para la corte, y así, le aconsejo
-se vaya a ella y procure introducirse con algún gran
-señor, viendo de mezclarse en sus negocios, y sobre
-todo en los de sus pasatiempos y devaneos, sin
-lo cual perderá usted el tiempo y nada adelantará
-con él. Conozco bien a los grandes: ningún aprecio
-hacen del celo y de la lealtad de un hombre de
-bien, y sólo estiman a las personas que les son necesarias
-para sus fines. Además de éste, tiene usted
-otro recurso: es mozo, bien dispuesto, galán; y
-esto, aun cuando fuera un hombre sin talento, bastaba
-y aun sobraba para encaprichar a su favor a
-alguna viuda poderosa o alguna hermosa dama malcasada.
-Si el amor empobrece a muchos ricos, tal
-vez sabe también enriquecer a los que eran pobres.
-Soy, pues, de parecer que vaya usted a Madrid;
-pero conviene se presente con ostentación,
-pues allí, como en todas partes, se juzga de las
-personas no por lo que son, sino por lo que aparentan
-ser, y usted solamente será atendido a proporción
-de la figura que hiciere. Quiero proporcionarle
-un criado mozo, fiel, cuerdo y prudente; en
-fin, un hombre de mi mano. Compre usted dos
-mulas, una para sí y otra para él, y sin perder
-tiempo póngase en camino lo más pronto que le
-sea posible.»</p>
-
-<p>No podía menos de abrazar un consejo que era<span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span>
-tan de mi gusto. Al día siguiente compré dos mulas
-y recibí el criado que Majuelo me propuso. Era
-un hombre de treinta años y de un aspecto humilde
-y devoto. Díjome ser rayano de Galicia y
-llamarse Ambrosio Lamela. Lo que más admiré en
-él fué que, siendo los demás criados por lo común
-muy interesados, éste no se paraba en pedir gran
-salario. Díjome que en este asunto se contentaría
-con lo que quisiese darle. Compré unos botines y
-una maleta para llevar mi ropa y mis ducados,
-ajusté la cuenta con el mesonero, y al amanecer
-salí de Burgos camino de Madrid.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c116" id="c116">CAPÍTULO XVI</a></h2>
-
-<p class="pch">Donde se ve que ninguno debe fiarse mucho de la
-prosperidad.</p>
-
-
-<p>Dormimos en Dueñas la primera jornada, y el
-día siguiente entramos en Valladolid a las cuatro
-de la tarde. Apeámonos en un mesón que me pareció
-sería el mejor de la ciudad. Mi criado se fué
-a cuidar de las mulas y yo mandé a una moza de
-la posada llevase la maleta al cuarto que me dieron.
-Llegué tan fatigado, que sin quitarme los botines
-me eché en la cama, donde insensiblemente
-me quedé dormido. Era ya casi noche cuando desperté.
-Llamé a Ambrosio. No estaba en el mesón,
-pero tardó poco en parecer. Preguntéle de dónde
-venía, y me respondió, devoto y compungido, que<span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span>
-de una iglesia de dar gracias al Señor por habernos
-librado de toda desgracia en el camino. Alabéle
-su devoción y le mandé que encargase me dispusiesen
-algo que cenar.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo que le hablaba entró en mi
-cuarto el mesonero con un hacha encendida en la
-mano, alumbrando a una señora ricamente vestida,
-la cual me pareció más hermosa que joven.
-Dábale el brazo un escudero, y un morito la seguía
-llevándole la cola del vestido. Quedé no poco
-sorprendido cuando la señora, después de hacerme
-una profunda reverencia, me preguntó si por ventura
-sería yo el señor Gil Blas de Santillana. Apenas
-le respondí que sí cuando, desasiéndose del
-escudero, vino apresuradamente a darme un abrazo
-con tal alborozo y alegría, que añadió muchos
-grados a mi admiración. «¡Sea mil veces bendito
-el Cielo&mdash;exclamó&mdash;por tan dichoso encuentro! ¡A
-usted, señor caballero, a usted venía yo buscando!»
-Al oír esto se me vino a la memoria el petardista
-taimado de Peñaflor, y ya iba a sospechar
-que aquella señora era una solemne embustera o
-una descarada aventurera; pero lo que añadió me
-obligó a formar de ella un juicio más favorable.
-«Yo soy&mdash;me dijo&mdash;prima hermana de doña Mencía
-de Mosquera, que debe a usted tantas obligaciones.
-He recibido hoy mismo una carta suya, en
-que me participa el viaje de usted a la corte y me
-encarga le trate bien y le obsequie si transitare
-por esta ciudad. Dos horas ha que la ando corriendo
-toda, yendo de mesón en mesón a saber qué<span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span>
-forasteros se han apeado en ellos, y por las señas
-que me dió de usted el mesonero conocí que podía
-ser el libertador de mi prima. Ya que he tenido la
-dicha de encontrarle, quiero manifestarle lo mucho
-que me intereso en los beneficios que se hacen
-a mi familia, y particularmente a mi querida Mencía.
-Me hará usted el favor de venir ahora mismo
-a hospedarse en mi casa, donde estará menos mal
-que en un mesón.» Quise excusarme, haciéndole
-presente que no podía admitir su fineza sin incomodarla;
-pero fué preciso rendirme a sus eficaces
-instancias. Había a la puerta del mesón un coche
-que nos estaba esperando. Ella misma tuvo gran
-cuidado de hacer poner dentro de él la maleta y
-todo mi equipaje, «porque en Valladolid&mdash;dijo&mdash;hay
-muchos bribones», lo cual era demasiadamente
-cierto. En fin, entramos en el coche ella y yo con
-su vejete escudero y me dejé sacar del mesón de
-esta manera, con gran pesar del mesonero, porque
-así se veía privado del gasto que él suponía que
-yo había de hacer en su posada con la señora, el
-escudero y el morito.</p>
-
-<p>Después de haber rodado bastante, paró en fin
-el coche a la puerta de una casa grande, a donde
-subimos a una sala bien adornada e iluminada con
-veinte o treinta bujías. Había en ella también muchos
-criados, a quienes preguntó la señora si había
-venido don Rafael. Respondiéronle que no, y ella
-me dijo, volviéndose a mí: «Señor Gil Blas, estoy
-esperando a mi hermano, que ha de volver esta
-noche de una quinta que tenemos a dos leguas de<span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span>
-aquí. ¡Cuán agradable será su sorpresa cuando se
-encuentre en su casa con un huésped a quien tanto
-debe toda nuestra familia!» Al mismo punto que
-acabó de decir estas palabras oímos ruido y supimos
-le causaba la llegada de don Rafael. Dejóse
-presto ver este caballero, que era un joven de bello
-talle y muy airoso. «Hermano&mdash;le dijo la señora&mdash;,
-no sabes cuánto me alegra tu vuelta. Tú me ayudarás
-a obsequiar como se merece al señor Gil Blas
-de Santillana. Nunca podremos pagar lo que ha
-hecho por nuestra parienta doña Mencía. Toma
-esta carta&mdash;añadió&mdash;y lee lo que en ella me escribe.»
-Abrióla don Rafael y leyó en alta voz lo siguiente:</p>
-
-<p>«Mi querida Camila: El señor Gil Blas de Santillana,
-que me ha salvado el honor y la vida, acaba
-de salir para la corte y sin duda pasará por Valladolid.
-Te ruego encarecidamente por el vínculo
-del parentesco, y aun más por la amistad que nos
-une, le agasajes y obsequies cuanto puedas, obligándole
-a que descanse algunos días en tu casa.
-Espero no me negarás este gusto y que mi libertador
-recibirá de ti y del primo don Rafael todo
-género de atenciones. Burgos, etc. Tu prima que
-te ama,&mdash;<i>Doña Mencía</i>.»</p>
-
-<p>«¿Cómo así?&mdash;exclamó don Rafael luego que leyó
-la carta&mdash;. ¿Es posible sea éste el caballero a
-quien debe no menos que el honor y la vida mi
-parienta? Doy gracias al Cielo por este dichoso
-encuentro.» Diciendo esto se acercó a mí, y abrazándome
-estrechamente, dijo: «¡Oh qué gusto y qué<span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span>
-fortuna la mía en tener en mi casa al señor Gil
-Blas de Santillana! No era menester que mi prima
-la marquesa le recomendase: bastaba avisarnos que
-pasaba por aquí. Sabemos muy bien mi hermana
-y yo cómo debemos tratar a un hombre que hizo
-el mayor servicio del mundo a la persona a quien
-más amamos de toda nuestra parentela.» Correspondí
-lo mejor que pude a todas aquellas expresiones
-y a otras muchas semejantes, acompañadas
-de mil caricias. Advirtiendo después don Rafael
-que todavía tenía yo puestos los botines, mandó
-a sus criados me los quitasen.</p>
-
-<p>Pasamos después al cuarto donde estaba esperándonos
-la cena. Sentámonos a la mesa, colocándome
-a mí en medio de los dos hermanos, quienes
-mientras cenábamos me dijeron mil expresiones
-cariñosas; celebraban todas mis palabras como otros
-tantos rasgos de gracia y de discreción, y era de
-ver el cuidado con que me hacían plato, sirviéndome
-de cuanto había en la mesa. Don Rafael
-brindaba frecuentemente a la salud de doña Mencía
-y yo correspondía del mismo modo. Doña Camila
-no se descuidaba en imitarnos, y a veces me
-parecía que me miraba como a hurtadillas de una
-manera que podía significar mucho, y aun llegué
-a creer que para hacerlo buscaba ocasión, como
-quien temía que su hermano lo advirtiese. Bastó
-esto para persuadirme que ya me había hecho dueño
-de la voluntad de aquella señora y para resolver
-aprovecharme de este descubrimiento por poco
-que me detuviese en Valladolid. Con esta esperanza<span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span>
-me rendí fácilmente a la cortesana súplica que
-me hicieron de que me detuviese en su compañía
-algunos días. Agradecieron mucho mi condescendencia,
-y la particular alegría que mostró doña
-Camila me confirmó en la opinión de que había
-hallado en mí un hombre muy de su gusto.</p>
-
-<p>Viéndome determinado don Rafael a detenerme
-algún tiempo, me propuso un viaje a su quinta,
-de la que me hizo una magnífica descripción, como
-también de las diversiones que quería proporcionarme
-en ella. «Unas veces&mdash;decía&mdash;nos divertiremos
-en la caza, otras en la pesca; y si usted gusta
-de pasearse, encontrará bosques sombríos y
-jardines deliciosos. Además de esto no nos faltará
-buena compañía, y creo que no echará usted de
-menos la ciudad.» Acepté la oferta, y quedamos
-en que al día siguiente iríamos a la tal divertidísima
-quinta. Levantámonos de la mesa con esta
-resolución, y don Rafael, lleno de alegría, me dió
-un estrechísimo abrazo, diciéndome: «Señor Gil
-Blas, ahí le dejo a usted con mi hermana; voy a
-dar las órdenes necesarias para el viaje y para que
-se avise a las personas que nos han de acompañar.»
-Dicho esto se salió del cuarto, y yo quedé a
-solas con la señora, dándole conversación, en la
-que no desmintió lo que yo había juzgado de las
-tiernas miradas de la cena. Tomóme la mano, y
-mirando con atención la sortija, dijo: «Parece muy
-lindo este diamante, pero es pequeñito. ¿Entiende
-usted de pedrería?» Respondíle que no. «Lo siento&mdash;me
-replicó&mdash;; porque si lo entendiera, me diría<span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span>
-cuánto vale esta piedra&mdash;mostrándome un grueso
-rubí que tenía en el dedo; y mientras yo lo
-miraba, añadió&mdash;: Regalómelo un tío mío, que fué
-gobernador de Filipinas, y los joyeros de Valladolid
-lo aprecian en trescientos doblones.» «Lo creo&mdash;repliqué&mdash;,
-porque me parece primoroso.» «Pues
-ya que a usted le gusta&mdash;repuso ella&mdash;, quiero hagamos
-un trueque.» Diciendo y haciendo, me cogió
-mi sortija y metióme la suya en mi dedo. Después
-de este cambio, que yo tuve por un regalo hecho
-con gracia y novedad, Camila me apretó la mano
-y me miró con ternura; luego, cortando de repente
-la conversación, me dió las buenas noches y se retiró
-enteramente confusa y como avergonzada de
-haberme manifestado demasiado sus sentimientos.</p>
-
-<p>Aunque era yo entonces uno de los cortesanos
-más novicios, no dejé por eso de penetrar lo mucho
-y bueno que significaba aquella precipitada
-fuga, y desde luego consentí en que no pasaría mal
-el tiempo en la quinta. Poseído de esta lisonjera
-idea y del brillante estado de mis negocios, me encerré
-en el cuarto donde había de dormir y previne
-a mi criado me despertase temprano el día
-siguiente. En lugar de pensar en acostarme, me
-entregué enteramente a los alegres pensamientos
-que me inspiraba mi maleta, que estaba sobre
-una mesa, y mi rubí. «¡Gracias a Dios&mdash;decía&mdash;que
-si antes fuí miserable, ya no lo soy! Mil ducados
-por una parte y una sortija de trescientos doblones
-por otra es un decente caudal para bandearme
-algún tiempo. Ahora veo que Majuelo no me<span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span>
-engañó. Sin duda que en Madrid encenderé en
-amor a mil mujeres cuando tan fácilmente he agradado
-a Camila.» Veníanseme a la imaginación todas
-las palabras y acciones de aquella señora, y gozaba
-anticipadamente de todos los pasatiempos que
-don Rafael me había ponderado de su quinta. Con
-todo eso, a pesar de unas ideas tan halagüeñas, no
-dejó el sueño de hacer su oficio; y así, sintiéndome
-adormecido, me desnudé y me metí en la cama.</p>
-
-<p>Al despertar el día siguiente conocí que era tarde.
-Admiréme de que Ambrosio no me hubiese
-despertado habiéndoselo mandado; pero dije entre
-mí: «Ambrosio, mi fiel Ambrosio, estará en alguna
-iglesia o le habrá hoy cogido la pereza.» Mas tardé
-poco en perder el buen concepto que había hecho
-de él para dar lugar a otro menos favorable, aunque
-más justo y verdadero, pues habiéndome levantado
-y no hallando mi maleta en todo el cuarto,
-sospeché que me la había robado por la noche.
-Para aclarar mis sospechas abrí la puerta y comencé
-a llamar al hipócrita repetidas veces y con
-voz muy esforzada. A mis gritos acudió un viejo
-y me dijo: «¿Qué quiere usted, señor? Todos sus
-criados han salido de mi casa antes de amanecer.»
-«¿Qué es eso de mi casa?&mdash;le repliqué yo&mdash;. Pues
-qué, ¿no es ésta la de don Rafael?» «Yo no sé quién
-es ese caballero&mdash;respondió el viejo&mdash;; sólo sé que
-ésta es una casa de huéspedes, que yo soy su dueño
-y que, una hora antes que usted llegase, aquella
-señora con quien cenó anoche vino a pedirme
-un cuarto para un caballero principal, que ella dijo<span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span>
-viajaba de incógnito. Yo le di éste, habiéndomelo
-pagado adelantado.»</p>
-
-<p>Caí entonces en la cuenta: conocí lo que debía
-pensar de doña Camila y de don Rafael y comprendí
-que mi criado, instruído a fondo de todos mis
-negocios, me había vendido a aquellos dos grandísimos
-bribones. En vez de echarme a mí solo la
-culpa de tan pesaroso suceso y de conocer que no
-me hubiera acaecido a no haber tenido la ligereza
-e indiscreción de descubrirme a Majuelo sin la
-menor necesidad, me volví contra la inocente fortuna
-y maldije mil veces mi suerte. El posadero,
-a quien conté mi aventura&mdash;de la cual quizá el
-bellaco estaría mejor informado que yo&mdash;, mostró
-acompañarme en mi sentimiento. Compadecióse de
-mí y protestó lo mucho que sentía que este lance
-hubiese sucedido en su casa; pero yo creo, a pesar
-de todas sus protestas, que él tuvo tanta parte en
-esta picardía como el mesonero de Burgos, a quien
-siempre atribuí el honor de la invención.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c117" id="c117">CAPÍTULO XVII</a></h2>
-
-<p class="pch">Partido que tomó Gil Blas de resultas del triste suceso
-de la casa de posada.</p>
-
-
-<p>Después de haber llorado bien, pero en vano, mi
-desgracia, comencé a hacer reflexiones, y saqué de
-ellas que en lugar de rendirme a la desesperación
-y desaliento debía animarme a luchar contra mi<span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span>
-mala suerte. Volví, pues, a despertar mi valor, y
-me decía a mí mismo mientras me estaba vistiendo:
-«Aun doy gracias a mi fortuna de que aquellos
-malvados no se llevasen también mis vestidos y
-algunos ducados que tengo en las faltriqueras.» Y
-les agradecía el haber andado tan comedidos, pues
-habían tenido también la generosidad de dejarme
-los botines, los cuales di al posadero por la tercera
-parte de lo que me habían costado. En fin, salí de
-la posada sin tener necesidad, gracias a Dios, de
-quien me llevase el hatillo. Lo primero que hice
-fué ir al mesón donde me había apeado el día antecedente,
-a ver si mis mulas se habían librado de
-la borrasca, aunque, a la verdad, juzgaba que Ambrosio
-no las habría olvidado; y ojalá que siempre
-hubiera juzgado de él con tanto acierto, pues supe
-que aquella misma noche había tenido buen cuidado
-de sacarlas. Conque, dando por supuesto que
-yo no las volvería a ver, como tampoco mi maleta,
-caminaba triste y sin destino por las calles,
-pensando en el rumbo que había de tomar. Ofrecióseme
-la idea de volver a Burgos para recurrir
-segunda vez a doña Mencía; pero considerando que
-esto sería abusar de su bondad y que además me
-tendría por un simple, deseché este pensamiento.
-Juré, sí, guardarme bien en adelante de mujeres,
-y por entonces no me fiaría ni aun de la casta Susana.
-De cuando en cuando ponía los ojos en mi
-sortija; mas, acordándome que había sido regalo
-de Camila, suspiraba de rabia y de dolor. «¡Ah!&mdash;decía
-entre mí&mdash;. ¡Nada entiendo de rubíes; pero<span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span>
-bien entiendo y conozco a la gentecilla que hace
-estos cambios! ¡No me parece preciso ir a un joyero
-para conocer que soy un pobre mentecato!»</p>
-
-<p>Con todo, no quise dejar de ir a saber lo que valía
-la sortija, que reconocida por un lapidario la
-tasó en tres ducados. Al oír semejante tasa, aunque
-no me causó sorpresa, di a todos los diablos
-la sobrina del gobernador de Filipinas, o, por mejor
-decir, sólo les renové el don que mil veces les
-había hecho de ella. Al salir de casa del lapidario
-encontré un mozo que se paró a mirarme. No pude
-caer al pronto en quién era, aunque en otro tiempo
-le había conocido muy bien. «¿Cómo qué, Gil
-Blas?&mdash;me dijo&mdash;. ¿Finges acaso no conocerme?
-¿Es posible que en dos años me haya mudado tanto
-que no conozcas al hijo del barbero Núñez?
-¡Acuérdate de Fabricio, tu paisano y tu condiscípulo
-de Lógica, y de cuántas veces argüimos los
-dos en casa del doctor Godínez sobre los universales
-y grados metafísicos!»</p>
-
-<p>Antes que acabase de hablar había yo venido
-en conocimiento de quién era. Abrazámonos estrechamente
-con mil demostraciones de admiración
-y de alegría. «¡Ah querido amigo&mdash;prosiguió Fabricio&mdash;,
-y qué encuentro tan feliz y cuánto me
-alegro de volverte a ver! Pero ¿en qué equipaje te
-veo? ¡A la verdad, que estás vestido como un príncipe!
-¡Bella espada, medias de seda, calzón y vestido
-de terciopelo con bordado de plata! ¡Fuego!
-¡Esto me huele a un fortunón deshecho! ¡Apuesto
-a que alguna vieja liberal te hizo dueño de su bolsillo!»<span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span>
-«Te engañas&mdash;le respondí&mdash;; mi fortuna no
-ha sido tan feliz como imaginas.» «¡A otro perro
-con ese hueso!&mdash;replicó él&mdash;. Tú quieres hacer el
-reservado, ¡pero a mí que las vendo! Díme por vida
-tuya: ese bellísimo rubí que tanto brilla en ese
-dedo, ¿de quién le hubiste?» «De una grandísima
-bribona&mdash;le respondí&mdash;. ¡Fabricio, mi querido Fabricio,
-sabe que en vez de ser el Adonis de las mujeres
-de Valladolid, he sido su dominguillo!»</p>
-
-<p>Pronuncié estas palabras en tono tan lastimoso,
-que Fabricio conoció muy bien que me habían jugado
-alguna burla. Apuróme para que le dijese
-por qué razón estaba tan quejoso del bello sexo.
-Tuve poco que hacer en resolverme a satisfacer su
-curiosidad; pero como la relación era algo larga y
-no queríamos separarnos tan presto, entramos en
-un figón para discurrir con más comodidad y sosiego.
-Allí nos desayunamos. Y mientras tanto le
-hice menuda relación de cuanto me había sucedido
-desde mi salida de Oviedo. Convino en que mis
-aventuras eran muy extrañas, y después de asegurarme
-lo mucho que sentía verme en el estado
-en que me hallaba, añadió: «Amigo, es menester
-consolarnos y animarnos en todas las desgracias
-de la vida. Eso es lo que distingue un pecho generoso
-de un corazón apocado. ¿Vese un hombre
-de entendimiento reducido a la miseria? Espera
-con valor y paciencia otro tiempo más feliz. ¡Nunca&mdash;dice
-Cicerón&mdash;, nunca debe un hombre abatirse
-tanto que llegue a olvidarse que es hombre!
-Yo por mí soy de este carácter. Las desventuras<span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span>
-no me acobardan; sé superarlas y sé resistir a los
-golpes de la mala fortuna. Por ejemplo: amaba en
-Oviedo a la hija de un vecino honrado y ella me
-amaba a mí; pedíla a su padre, y negómela, como
-era regular. Otro cualquiera se hubiera muerto de
-pesadumbre; pero yo, ¡admira la fuerza de mi talento!,
-de acuerdo con la misma muchacha, la robé
-de casa de sus padres. Era viva, atolondrada y
-alegre sobremanera; por consiguiente, pudo más
-con ella el placer que la obligación. Anduvimos
-seis meses paseándonos por Galicia, y llegó a tal
-punto su deseo de viajar que quiso ir a Portugal;
-pero tomó otro compañero de viaje y me dejó plantado.
-Si no fuera el que soy, me hubiera desesperado
-y abatido con el peso de esta nueva desgracia;
-mas no cometí tal disparate. Más prudente y
-sufrido que Menelao, en lugar de armarme contra
-el Paris que me había robado mi Elena, me alegró
-mucho de verme libre de ella. No queriendo después
-volver a Asturias por evitar contiendas con
-la justicia, me interné en el reino de León, donde
-anduve de lugar en lugar, gastando el dinero que
-me había quedado del rapto de mi ninfa, pues en
-aquella ocasión ambos nos proveímos suficientemente
-de dinero y ropa. Al fin me hallé al llegar a
-Palencia con un solo ducado, con el cual tuve que
-comprar un par de zapatos, y el resto duró pocos
-días. Vime perplejo en aquella situación. Comenzaba
-ya a guardar dieta y era indispensable tomar
-algún partido. Resolví, pues, ponerme a servir.
-Acomodéme desde luego con un rico mercader de<span class="pagenum"><a name="Page_107" id="Page_107">[107]</a></span>
-paños que tenía un hijo dado a todos los vicios.
-En su casa encontré un seguro asilo contra la abstinencia,
-pero igualmente un grandísimo obstáculo.
-Mandóme el padre que espiase al hijo y suplicóme
-el hijo le ayudase a engañar al padre. Era
-preciso optar: preferí la súplica al precepto, y esta
-preferencia me costó el ser despedido. Pasé después
-a servir a un pintor, ya hombre viejo, el cual
-quería enseñarme por caridad los principios de su
-arte; pero al mismo tiempo me dejaba morir de
-hambre, y esto me disgustó de la pintura y de la
-mansión en Palencia. Víneme a Valladolid, donde
-por la mayor fortuna del mundo me acomodé con
-un administrador del hospital. Con él estoy todavía,
-y cada instante más contento. El señor Manuel
-Ordóñez, mi amo, es el hombre más virtuoso
-del mundo, pues siempre va con los ojos bajos y un
-rosario de cuentas gordas en la mano. Dicen que
-desde mozo sólo tuvo puesta su atención en el bien
-de los pobres, y le mira con mucho amor, empleando
-a este fin un celo infatigable. Esto no se ha quedado
-sin recompensa: todo ha prosperado en sus
-manos. ¡Qué bendición del Cielo! El se ha hecho
-rico cuidando de la hacienda de los pobres.»</p>
-
-<p>Luego que acabó Fabricio su discurso, le dije:
-«Por cierto me alegro de verte tan contento con
-tu suerte; pero, hablando en confianza, paréceme
-que podías hacer un papel más brillante en el mundo
-que el de criado. Un mozo de tu talento debía
-pensar más alto.» «Te engañas mucho, Gil Blas&mdash;me
-respondió&mdash;: has de saber que para un hombre<span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span>
-de mi humor no puede haber mejor situación
-que la mía. Confieso que el oficio de criado es penoso
-para un mentecato; mas para un mozo despejado
-tiene grandes atractivos. Un ingenio superior
-que se pone a servir no sirve materialmente
-como un pobre bobo: entra menos a servir que a
-mandar en la casa. Su primer cuidado es estudiar
-bien el genio y las inclinaciones del amo. Halaga
-sus defectos, lisonjea sus pasiones, sírvele en ellas,
-se granjea su confianza, y hétele que ya le tiene
-agarrado por la nariz. De esta manera me he gobernado
-con mi administrador. Desde luego conocí
-de qué pie cojeaba. Advertí que todo su deseo
-era que le tuviesen por santo. Fingí creerlo, porque
-esto nada cuesta; y aun hice más: procuré imitarle
-representando en su presencia el mismo papel que
-él representaba delante de los demás: engañé al
-engañador, y poco a poco vine a ser su todo y
-como su primer ministro. Bajo sus auspicios y en
-su escuela espero que algún día estarán a mi cargo
-los asuntos de los pobres, porque me intereso tanto
-por su bien como mi amo. ¿Y quién sabe si por
-este camino llegaré también a hacer igual o mayor
-fortuna?»</p>
-
-<p>«¡Bellas y alegres esperanzas, querido Fabricio!&mdash;le
-repliqué&mdash;. Doite mil parabienes por ellas. Mas,
-por lo que a mí toca, vuélvome a mis primeros
-pensamientos. Voy a trocar mi vestido bordado
-por unas bayetas, iréme a Salamanca, matricularéme
-en la Universidad y me pondré a preceptor.»
-«¡Gran proyecto!&mdash;repuso Fabricio&mdash;. ¡Graciosa<span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span>
-idea! ¿Puede haber mayor locura que meterte a
-pedante en lo mejor de tu vida? ¿Sabes bien, pobrete,
-en lo que te empeñas abrazando ese partido?
-Luego que halles conveniencia, te observará
-toda la casa. Examinarán escrupulosamente tus
-más mínimas acciones. Será preciso que estés fingiendo
-y venciéndote continuamente, que afectes
-un exterior hipócrita y que parezcas un hombre
-adornado de todas las virtudes. No tendrás un
-instante por tuyo para divertirte. Censor eterno de
-tu discípulo, todo el día se te irá en enseñarle el
-latín y en reprenderle y corregirle cuando diga o
-haga alguna cosa contra la buena crianza. Y al
-cabo de tanto trabajo y sujeción, ¿qué premio te
-espera? Si el señorito sale travieso y mal inclinado,
-a ti te echarán la culpa, diciendo que le criaste
-mal, y sus padres te despedirán sin recompensa y
-aun quizá sin pagarte. Así, pues, no me hables del
-tal oficio de preceptor, porque es un beneficio con
-cargo de almas. Háblame del empleo de criado,
-que es beneficio simple que a nada obliga. ¿Está
-el amo lleno de vicios? Pues el talento superior
-del criado los sabe lisonjear, convirtiéndolos a veces
-en propia utilidad. Un criado de este jaez vive
-con mucha paz en una buena casa. Come y bebe
-a su gusto, por la noche se va a la cama y, como
-un hijo de familia, duerme tranquilamente, sin tener
-que pensar en el carnicero ni en el panadero.
-Amigo Gil Blas&mdash;prosiguió Fabricio&mdash;, nunca acabaría
-si te hubiera de contar todas las ventajas que
-se encuentran en la no muy lucida, pero muy provechosa<span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span>
-carrera de criado. Créeme: desecha para
-siempre el pensamiento de ser preceptor y sigue
-mi ejemplo.» «Sea así, Fabricio&mdash;le respondí&mdash;; pero
-no todos los días se hallan administradores como
-el que tú has hallado, y si yo me determinara a
-servir, quisiera a lo menos encontrar con un buen
-amo.» «¡Oh!&mdash;repuso él&mdash;. En eso tienes razón. Yo
-tomo por mi cuenta el buscártele, y lo haré aunque
-no sea mas que por contribuir a que no se vayan
-a enterrar en una Universidad los talentos de un
-hombre como tú.»</p>
-
-<p>La próxima miseria que me amenazaba, la resolución
-y seguridad con que Fabricio me habló,
-aun más que sus razones, me persuadieron finalmente
-a que me pusiese a servir. Tomada esta determinación,
-salimos del figón, y Fabricio me dijo:
-«Ahora mismo quiero conducirte en derechura a
-casa de un hombre a quien recurre la mayor parte
-de los que buscan amo. Tiene emisarios que le informan
-de cuanto pasa en todas las familias, sabe
-las que necesitan criados, y en un registro muy
-exacto lleva razón no sólo de las plazas vacantes,
-sino también de las buenas o malas cualidades de
-los amos: en fin, él fué quien me acomodó con el
-administrador.»</p>
-
-<p>Fuimos hablando de esta especie de despacho y
-oficina pública tan singular, hasta que llegamos a
-una callejuela, y en un rincón de ella, a una casa
-baja, donde el hijo del barbero Núñez me hizo entrar.
-Nos encontramos con un hombre de cincuenta
-años que estaba escribiendo. Saludámosle cortesana<span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span>
-y aun respetuosamente; pero fuese por ser
-de genio naturalmente soberbio y grosero, o bien
-porque estando acostumbrado a no tratar sino con
-lacayos y cocheros lo estaba también a recibir las
-visitas asaz descortésmente, no se levantó, ni aun
-casi se dignó mirarnos, contentándose con hacer
-una ligera inclinación de cabeza. Con todo, poco
-después me miró con atención. Conocí muy bien
-se admiraba de que un mozo con un vestido bordado
-quisiera ponerse a servir de criado, cuando
-podía pensar que iba yo a buscar uno. Duróle poco
-esta duda, porque Fabricio le dijo al punto: «Señor
-Arias de Londoña, aquí le presento a usted el mayor
-amigo mío. Es un hijo de buena familia, y sus
-desgracias le han reducido a la necesidad de servir.
-Proporciónele usted una buena conveniencia, contando
-seguramente con su correspondiente agradecimiento.»
-«Señores&mdash;respondió fríamente Arias&mdash;,
-ésa es la cantilena general de todos ustedes: antes
-de acomodarse prometen mucho; pero después de
-bien acomodados, tú que le viste, y de todo se olvidan.»
-«¿Cómo? ¿Qué?&mdash;replicó Fabricio&mdash;. ¿Está
-usted quejoso de mí? ¿No me he portado bien?»
-«Mejor pudieras haberte portado. Tu conveniencia
-equivale a la de primer oficial de cualquiera oficina,
-y has correspondido como si te hubiese acomodado
-con un autorcillo.» Tomé yo entonces la
-palabra, y para que conociese el señor Arias que no
-servía a un ingrato, quise que el agradecimiento
-precediese al favor. Púsele en la mano dos ducados,
-prometiéndole que no se limitaría a tan poca<span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span>
-cosa mi reconocimiento como me colocase en una
-buena casa.</p>
-
-<p>Mostróse contento de mi proceder, diciendo: «¡Así
-gusto yo de que se trate conmigo! Hay vacantes
-excelentes puestos: leerélos, y usted escogerá el que
-mejor le pareciere.» Al decir esto calóse los anteojos,
-tomó su registro, abrióle, revolvió algunas
-hojas y comenzó así: «Necesita lacayo el capitán
-Torbellino, hombre colérico, brutal y fantástico;
-gruñe sin cesar, blasfema, da de golpes y muy a
-menudo estropea a los criados.» «¡Pase usted adelante!&mdash;dije
-yo prontamente&mdash;. ¡No me gusta el
-señor capitán!» Rióse Arias de mi viveza y prosiguió
-leyendo: «Doña Manuela de Sandoval, viuda
-y entrada en edad, impertinente y caprichosa, se
-halla sin criado. Por lo común no tiene más que
-uno, y ése apenas la puede aguantar un día entero.
-Diez años ha que sólo hay en su casa una librea,
-y sirve para todos los criados que recibe,
-sean flacos o gordos, grandes o pequeños. Se puede
-decir que no hacen mas que probársela, y así
-todavía está nueva, aunque se la han puesto dos
-mil. Falta un criado al doctor Alvaro Fáñez, médico
-químico. Trata bien a sus criados, dales bien
-de comer y un gran salario; pero hace en ellos la
-experiencia de sus remedios y se observa que en
-casa de este químico hay siempre vacantes plazas
-de criados.»</p>
-
-<p>«¡No lo dudo!&mdash;interrumpió Fabricio dando una
-carcajada&mdash;. Pero vamos claros, que nos va usted
-proponiendo admirables conveniencias.» «Ten un<span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span>
-poco de paciencia&mdash;replicó Arias de Londoña&mdash;;
-todavía no las he leído todas y puede haber alguna
-que te contente.» Diciendo esto, prosiguió su
-lectura de esta manera: «Tres semanas ha que está
-sin criado doña Alfonsa de Solís; es una señora
-anciana y devota, que pasa en la iglesia las tres
-partes del día y quiere tener siempre junto a sí
-al criado. Otro: ayer despidió al suyo el licenciado
-Cedillo, hombre ya viejo y canónigo de este Cabildo.»
-«¡Alto ahí, señor Arias de Londoña!&mdash;interrumpió
-Fabricio&mdash;. ¡A ese puesto nos atenemos!
-El canónigo Cedillo es grande amigo de mi amo
-y yo le conozco mucho; sé que gobierna su casa
-en clase de ama una vieja beata, que se llama la
-señora Jacinta, y es la que todo lo manda. Es una
-de las mejores casas de Valladolid, porque en ella
-se vive con gran paz y se come grandemente. Fuera
-de eso, el canónigo es un señor enfermizo, gotoso
-inveterado, que tardará poco en hacer testamento
-y se puede esperar algún legadillo. ¡Gran
-esperanza para un criado! Gil Blas&mdash;continuó Fabricio
-volviéndose hacia mí&mdash;, no perdamos tiempo.
-Vámonos derechos a casa del licenciado; yo
-mismo te quiero presentar y salir por fiador tuyo.»
-Habiendo dicho esto, por no malograr la ocasión,
-nos despedimos aceleradamente del señor Arias,
-quien me ofreció, por mi dinero, que si no lograba
-aquella conveniencia me proporcionaría otra tan
-buena y aun quizá mejor.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span></p>
-<p>&nbsp;</p>
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-
-<p class="pc4 elarge">LIBRO SEGUNDO</p>
-
-<hr class="d3" />
-
-<h2 class="p4"><a name="c201" id="c201">CAPÍTULO PRIMERO</a></h2>
-
-<p class="pch">Entra Gil Blas por criado del licenciado Cedillo;
-estado en que éste se hallaba y retrato de su ama.</p>
-
-<p>Por miedo de no llegar tarde, nos pusimos de
-un brinco en casa del licenciado. Estaba cerrada
-la puerta; llamamos y bajó a abrir una niña como
-de diez años, a quien el ama llamaba sobrina, aunque
-malas lenguas suponían entre las dos parentesco
-más estrecho. Le estábamos preguntando si
-se podría hablar al señor canónigo, cuando se dejó
-ver la señora Jacinta. Era una mujer entrada ya
-en la edad de discreción, pero todavía de buen
-parecer y, sobre todo, de un color fresco y hermoso.
-Venía vestida con una especie de bata de paño
-ordinario, que ceñía con una ancha correa de cuero,
-de la cual pendía por un lado un manojo de
-llaves y por otro un gran rosario de cuentas gordas.
-Saludámosla con mucho respeto y ella nos
-correspondió con igual cortesanía, pero con un aire
-devoto y los ojos bajos.</p>
-
-<p>«He sabido&mdash;le dijo mi camarada&mdash;que el señor<span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116">[116]</a></span>
-licenciado Cedillo necesita un mozo honrado que
-le sirva y vengo a presentarle éste, que espero le
-dará gusto.» Alzó entonces la vista el ama, miróme
-atentamente, y no acertando a conciliar mi
-vestido bordado con el discurso de Fabricio, preguntó
-si era yo el que pretendía entrar a servir. «Sí,
-señora&mdash;respondió el hijo de Núñez&mdash;, él mismo
-es; porque, tal como usted le ve, le han sucedido
-desgracias que le precisan a ello. Consolárase en
-sus infortunios si tiene la dicha de colocarse en
-esta casa y vivir en compañía de la virtuosa señora
-Jacinta, la cual es digna de ser ama de un patriarca
-de las Indias.» Al oír esto, la buena de la
-beata apartó los ojos de mí por volverlos al que
-le hablaba con tanta gracia, y quedó como sorprendida
-al ver un rostro que no le parecía desconocido.
-«Tengo alguna idea&mdash;le dijo&mdash;de haber visto
-ya esa cara, y estimaría que usted ayudase a
-mi memoria.» «Casta señora Jacinta&mdash;le respondió
-Fabricio&mdash;, es y ha sido grande honor mío haber
-merecido la atención de usted. Dos veces he venido
-a esta casa acompañando a mi amo, el señor Manuel
-Ordóñez, administrador del hospital.» «¡Justamente!&mdash;replicó
-entonces el ama&mdash;. ¡Acuérdome
-muy bien! ¡Ya caigo en la cuenta! Basta decir que
-está en casa del señor Manuel Ordóñez para saber
-que será usted un hombre muy de bien. Su empleo
-es su mayor elogio y no era fácil que este mozo
-encontrase mejor fiador. Venga usted conmigo y
-hablará al señor Cedillo, que sin duda tendrá gran
-gusto en recibir un criado venido por tal mano.»</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_117" id="Page_117">[117]</a></span></p>
-
-<p>Seguimos al ama del canónigo, el cual vivía en
-un cuarto bajo compuesto de cinco piezas a un
-mismo piso, todas muy decentes. Díjonos esperásemos
-un instante en la primera mientras iba a
-avisar al señor canónigo, que estaba en la segunda.
-Después de haberse detenido algún tiempo, sin
-duda para informarle y prevenirle de todo, volvió
-a nosotros y nos dijo que podíamos entrar. Vimos
-al viejo gotoso sepultado en una silla poltrona, con
-una almohada detrás de la cabeza, descansando
-los brazos en unas almohadillas y apoyando las
-piernas en un almohadón de pluma. Acercámonos
-a él, sin escasear las cortesías; y tomando Fabricio
-la palabra, no se contentó con repetirle lo que ya
-había dicho de mí a la señora Jacinta, sino que se
-puso a hacer un panegírico de mi mérito, extendiéndose
-principalmente sobre el grande honor que
-me había granjeado bajo el magisterio del doctor
-Godínez en las disputas de Filosofía, como si fuera
-necesario ser gran filósofo para servir a un canónigo.
-Sin embargo, no dejó de alucinarle el bello
-elogio que hizo Fabricio de mí, y conociendo, por
-otra parte, que yo no desagradaba a la señora Jacinta,
-«Amigo&mdash;respondió a mi fiador&mdash;, desde luego
-recibo a este mozo: basta que tú me lo presentes.
-No me disgusta su traza, y juzgo bien de sus
-costumbres, supuesto que me lo propone un criado
-del señor Manuel Ordóñez.»</p>
-
-<p>Luego que Fabricio me vió admitido, hizo una
-gran cortesía al canónigo, otra más profunda a la
-señora Jacinta y se despidió muy alegre, diciéndome<span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span>
-al oído que me quedase allí y que ya nos veríamos.
-Apenas había salido de la sala, cuando el
-licenciado me preguntó cómo me llamaba y por
-qué había salido de mi tierra, obligándome con
-sus preguntas a contarle toda la historia de mi
-vida, en presencia de la señora Jacinta. Divertílos
-a entrambos, sobre todo con la relación de mi última
-aventura. Doña Camila y D. Rafael les hicieron
-reír tan fuertemente que le hubo de costar
-la vida al pobre gotoso, pues la risa le excitó una
-tos tan violenta que temí fuese llegada su hora.
-Aun no había hecho testamento: considérese cuánto
-se turbaría la buena ama. Vila toda trémula y
-azorada correr de aquí para allí por socorrer al
-buen viejo, haciendo con él lo que se hace con los
-niños cuando tosen con violencia, estregarle la
-frente y darle palmaditas en las espaldas; pero al
-fin todo fué un puro miedo. Cesó de toser el licenciado
-y el ama de atormentarle. Quise entonces
-proseguir mi relación, mas no me lo permitió la
-señora Jacinta, temerosa de que le repitiese la tos
-al amo. Llevóme al guardarropa, donde, entre otros
-vestidos, estaba el de mi predecesor. Hízomele poner
-y guardó el mío, lo que no me disgustó, porque
-deseaba conservarle, con esperanza de que todavía
-podría servirme. Desde el guardarropa pasamos
-los dos a disponer la comida.</p>
-
-<p>No me mostré novicio en el oficio de cocinero.
-Había hecho mi aprendizaje bajo la disciplina de
-la señora Leonarda, que podía pasar por buena
-maestra de cocina, bien que no comparable con<span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span>
-la señora Jacinta, la cual merecía ser cocinera de
-un arzobispo. Sobresalía en todo género de guisos
-y platos. Sazonaba delicadamente un jigote, la
-chanfaina y, en general, toda especie de picadillo,
-de manera que eran sumamente gratos al paladar.
-Cuando estuvo dispuesta la comida, volvimos al
-cuarto del canónigo, donde, mientras yo ponía los
-manteles en una mesilla inmediata a su silla poltrona,
-el ama le ponía la servilleta, prendiéndosela
-por detrás con alfileres. Se le sirvió una sopa que
-se podía presentar a un corregidor de Madrid, y
-una fritada que podía avivar el apetito de un virrey,
-si el ama, de propósito, no hubiera escaseado
-las especias, por no irritar la gota del canónigo.
-A vista de tan delicados manjares, mi buen viejo,
-que yo creía estaba baldado de todos sus miembros,
-dió pruebas de que aun no había perdido
-del todo el uso de los brazos. Sirvióse de ellos para
-ayudar a que le desembarazasen de la almohada
-y demás impedimentos, disponiéndose a comer alegremente.
-Las manos tampoco se negaron a servirle;
-aunque trémulas, iban y venían con bastante
-ligereza a donde era menester, bien que derramando
-en la servilleta y en los manteles la mitad de lo
-que llevaba a la boca. Cuando vi que ya no quería
-más de frito, le puse delante una perdiz rodeada
-de dos codornices asadas, que la señora Jacinta le
-trinchó con el mayor aseo y pulidez. De cuando
-en cuando le hacía beber grandes tragos de vino
-mezclados con un poco de agua en una taza de
-plata bastante ancha y profunda, aplicándosela<span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span>
-ella misma a la boca y teniéndola con las manos,
-como si fuera un niño de quince meses. Se comió
-las pechugas y las piernas, sin dejar los alones.
-Siguiéronse los postres, y cuando acabó de comer,
-el ama le quitó la servilleta, volvióle a poner la
-almohada, y, dejándole dormir tranquilamente la
-siesta, nos retiramos nosotros a comer.</p>
-
-<p>Era ésta la comida diaria de nuestro canónigo,
-acaso el mayor tragón de todo el Cabildo; pero la
-cena era más parca. Contentábase con un pollo o
-con un conejo y con algún cubilete de fruta. En su
-casa, por lo que toca a la comida, estaba yo bien
-y lo pasaba alegremente; sólo tenía un trabajo,
-no poco pesado para mí. Era preciso estar despierto
-una gran parte de la noche velando al amo.
-Padecía éste una retención de orina que le obligaba
-a pedir el orinal diez veces cada hora. Además
-sudaba mucho, y era menester mudarle de camisa
-con frecuencia. «Gil Blas&mdash;me dijo la segunda noche&mdash;,
-tú eres mañoso y diligente y veo que me
-acomodará mucho tu modo de servir. Solamente
-te encargo que des también gusto a la señora Jacinta,
-complaciéndola y obedeciéndola en todo como
-si yo lo mandase, y guardes con ella la mayor armonía.
-Quince años ha que me sirve con un celo
-y amor particular. Tiene tanto cuidado de mí que
-no sé cómo pagárselo, y confiésote que por esto
-la estimo más que a toda mi familia. Por ella despedí
-de mi casa a un sobrino carnal, hijo de mi
-propia hermana, e hice bien. No podía ver a esta
-pobre mujer y, lejos de agradecerle lo que hacía<span class="pagenum"><a name="Page_121" id="Page_121">[121]</a></span>
-conmigo, continuamente la estaba insultando, burlándose
-de su virtud y tratándola de embustera,
-porque a la gente moza de hoy todo lo que suena
-a recogimiento y devoción le parece hipocresía;
-pero ya me libré de tan buena alhaja, porque soy
-hombre que prefiero a todos los respetos de la
-sangre el amor que me tienen y el bien que me
-hacen.» «Usted, señor, tiene muchísima razón&mdash;le
-respondí&mdash;: el agradecimiento debe siempre poder
-más que las leyes de la naturaleza.» «Sin duda&mdash;replicó
-él&mdash;; y en mi testamento haré ver el poco
-caso que hago de mis parientes. El ama tendrá
-buena parte en él, y no me olvidaré de ti como
-prosigas sirviéndome según has comenzado. El criado
-que despedí ayer perdió una buena manda por
-su mal modo. Si no me hubiera visto precisado a
-despedirle, porque ya no le podía aguantar, yo solo
-le habría hecho rico; pero era un soberbio que no
-tenía el más leve respeto a la señora Jacinta, y
-era muy holgazán. No le gustaba acompañarme
-de noche y se le hacía intolerable el estar despierto
-para asistirme en lo que podía ocurrir.» «¡Qué bribón!&mdash;exclamé
-yo, como si el espíritu de Fabricio
-se hubiera pasado al mío&mdash;. ¡No merecía, por cierto,
-estar al lado de un amo tan bueno como su
-merced! El que logra esta fortuna debe ser de un
-celo infatigable, ha de complacerse en su trabajo
-y ha de creer que nada hace aun cuando sude sangre
-por servirle.»</p>
-
-<p>Conocí que le habían gustado mucho al canónigo
-estas últimas palabras, y no le gustó menos la<span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span>
-que le di de estar siempre pronto y obediente a
-las órdenes de la señora Jacinta. Queriendo, pues,
-pasar por un criado que no temía trabajo ni fatiga,
-procuré servir en un todo con el mayor celo
-y el mejor modo que me era posible. El ama&mdash;a
-la cual debo hacer esta justicia&mdash;cuidaba mucho
-de mí, lo que debo atribuir al esmero con que procuraba
-yo granjearme su voluntad con todo género
-de modales atentos y respetuosos. Cuando comíamos
-juntos ella y su sobrina, que se llamaba
-Inesilla, estaba yo pronto a mudarles de platos,
-a servirles de beber y, en fin, a hacer con ellas lo
-que haría el más fiel y leal criado. Por estos medios
-llegué a conseguir su amistad. Un día que la
-señora Jacinta había salido a hacer no sé qué compras,
-hallándome solo con Inesilla, comencé a darle
-conversación, y le pregunté si vivían todavía
-sus padres. «¡Oh, no!&mdash;me respondió la niña&mdash;.
-Mucho tiempo ha que murieron, según me lo ha
-dicho mi tía, porque yo nunca los conocí.» Creíla
-piadosamente, aunque su respuesta no fué muy
-categórica, y la fuí poniendo en tanta gana de
-parlar que poco a poco me dijo más de lo que yo
-quería saber. Descubrióme, o, por mejor decir,
-descubrí yo por su sencillez que la señora tía
-tenía un amigo que estaba en casa de un antiguo
-canónigo en calidad de mayordomo y que tenían
-ajustado entre los dos aprovecharse de la herencia
-de sus amos y gozarla en paz por medio de un casamiento
-cuyos privilegios disfrutaban de antemano.
-Ya dejo dicho que la señora Jacinta, aunque<span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span>
-algo entrada en años, se mantenía de muy
-buen parecer. Es verdad que ningún medio perdonaba
-para conservarse bien. Por otra parte, dormía
-con sosiego, mientras yo estaba en pie velando
-al amo. Pero, sobre todo, lo que más contribuía
-a mantener en ella aquel color vivo y fresco era&mdash;según
-me dijo Inesilla&mdash;una fuente que tenía en
-cada pierna.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c202" id="c202">CAPÍTULO II</a></h2>
-
-<p class="pch">Qué remedios suministraron al canónigo habiendo
-empeorado en su enfermedad; lo que resultó, y qué
-dejó a Gil Blas en su testamento.</p>
-
-<p>Serví tres meses al señor licenciado Cedillo, sin
-quejarme de las malas noches que me daba. Cayó
-malo al cabo de este tiempo; entróle calentura y
-con ella se le irritó la gota. Recurrió a los médicos,
-siendo la primera vez que lo hacía en toda su vida,
-aunque había sido larga. Llamó determinadamente
-al doctor Sangredo, a quien tenían en Valladolid
-por otro Hipócrates. La señora Jacinta hubiera
-querido más que el canónigo, ante todas cosas,
-comenzase por hacer testamento; pero además de
-que no le parecía a él que estaba de tanto peligro,
-en ciertas materias era un poco caprichoso y testarudo.
-Fuí, pues, a buscar al doctor Sangredo, y
-condújele a casa. Era un hombre alto, seco y macilento,
-que por espacio de cuarenta años a lo
-menos tenía continuamente empleada la tijera de<span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span>
-las Parcas. Su exterior era grave, serio, con un si
-es no es de desdeñoso; su voz, gutural, sonora y
-ahuecada; pronunciaba las palabras con un tantico
-de recalcamiento, lo que a su parecer daba mayor
-nobleza a las expresiones. Parecía que medía
-sus discursos geométricamente, y era singular en
-sus opiniones.</p>
-
-<p>Después de haber observado al enfermo, comenzó
-a hablar así en tono magistral: «Trátase aquí
-de suplir el defecto de la transpiración escasa,
-dificultosa y detenida. Otros médicos ordenarían,
-sin duda, en este caso remedios salinos, urinosos
-y volátiles, que por la mayor parte tienen algo
-de azufre y mercurio; pero los purgantes y los
-sudoríficos son drogas perniciosas inventadas por
-curanderos. Todas las preparaciones químicas me
-parecen invenciones para arruinar la naturaleza;
-yo echo mano de medicamentos más simples y
-seguros. ¿Qué es lo que usted acostumbra comer?»,
-preguntó al enfermo. «Comúnmente, cubiletes
-y manjares jugosos», respondió el canónigo.
-«¡Cubiletes y manjares jugosos!&mdash;exclamó suspenso
-y admirado el doctor&mdash;. ¡Ya no me maravillo
-de que usted haya enfermado! Los manjares deliciosos
-son gustos emponzoñados, lazos que la sensualidad
-arma a los hombres para destruirlos con
-mayor seguridad. Es preciso que usted renuncie
-a todo alimento de buen gusto: los más desabridos
-son los más propios para la salud. Como la
-sangre es insípida, está pidiendo alimentos análogos
-a su naturaleza. ¿Y bebe usted vino?», le volvió<span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span>
-a preguntar. «Sí, señor, pero aguado», respondió
-el enfermo. «¡Qué dice usted aguado!&mdash;exclamó
-el doctor&mdash;. ¡Qué desorden! ¡Qué espantoso desarreglo!
-¡Debía usted haberse muerto cien años ha!
-¿Y qué edad es la de usted?» «Voy a entrar en sesenta
-y nueve años», repuso el licenciado. «Justamente&mdash;continuó
-el médico&mdash;, la vejez anticipada
-siempre es fruto de la intemperancia. Si usted
-hubiera bebido sólo agua clara toda su vida y usado
-de alimentos simples, como manzanas cocidas,
-por ejemplo, y guisantes o judías, no se vería ahora
-atormentado de la gota, y todos sus miembros
-ejercerían todavía fácilmente sus respectivas funciones.
-Con todo, no desconfío de restablecerle,
-como se entregue ciegamente a cuanto yo ordenare.»
-El canónigo, aunque gustaba de buenos bocados,
-ofreció obedecerle en todo y por todo.</p>
-
-<p>Entonces Sangredo me dijo fuese prontamente
-a llamar a un sangrador que él mismo me nombró,
-y le hizo sacar a mi amo seis tazas completas de
-sangre para empezar a suplir la falta de transpiración.
-Después dijo al sangrador: «Maese Martín
-Oñez: dentro de tres horas volved a sacarle otras
-seis, y mañana repetiréis lo mismo. Es error creer
-que la sangre sea necesaria para la conservación
-de la vida: por mucha que se le saque a un enfermo,
-nunca será demasiada. Como en tal estado
-apenas tiene que hacer movimiento ni ejercicio,
-sino el preciso para no morirse, no necesita más
-sangre para vivir que la que ha menester un hombre
-dormido. En uno y otro la vida sólo consiste<span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span>
-en el pulso y en la respiración.» No creyendo mi
-buen amo que un tan gran médico pudiese hacer
-falsos silogismos, convino en dejarse sangrar. Después
-que el doctor ordenó frecuentes y copiosas
-sangrías, añadió que era también preciso dar de
-beber al enfermo agua caliente a cada paso, asegurando
-que el agua en abundancia era el mayor
-específico contra todas las enfermedades. Con esto
-concluyó su visita y se fué, diciéndonos a la señora
-Jacinta y a mí que él salía por fiador de la salud
-del señor canónigo con tal que se observase a
-la letra todo lo que acababa de prescribir. El ama,
-que quizá juzgaba todo lo contrario de lo que él
-se prometía de su método, le dió palabra de que
-se observaría con la más escrupulosa exactitud.
-Con efecto, inmediatamente pusimos a calentar
-agua, y como el doctor nos había encargado tanto
-que fuésemos liberales de ella, luego le hicimos
-beber cinco o seis cuartillos; una hora después repetimos
-lo mismo, y de tiempo en tiempo volvíamos
-a ello, de manera que en el espacio de pocas
-horas le metimos un río de agua en la barriga.
-Ayudándonos por otra parte el sangrador con la
-cantidad de sangre que le sacaba, en menos de
-dos días pusimos al pobre canónigo a las puertas
-de la muerte.</p>
-
-<p>Ya no podía más el buen eclesiástico, y presentándole
-yo un gran vaso del soberano específico
-para que le bebiese, «¡Quita allá, amigo Gil Blas!&mdash;me
-dijo con voz desmayada&mdash;. ¡Ya no puedo beber
-más! Conozco que me es preciso morir a pesar<span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span>
-de la gran virtud del agua y que no me siento mejor
-aunque apenas me ha quedado en el cuerpo
-una gota de sangre: prueba clara de que el médico
-más hábil y más sabio del mundo no es capaz de
-prolongarnos un instante la vida cuando llegó el
-término fatal. Es ya necesario disponerme para
-partir al otro mundo. Anda, pues, y tráeme aquí
-un escribano, que quiero hacer testamento.» Cuando
-oí estas palabras, que ciertamente no me desagradaron,
-fingí entristecerme muchísimo, y disimulando
-la gana que tenía de ejecutar cuanto antes
-el encargo que me acababa de dar, como hace
-en tales casos todo heredero, «¡Oh, señor!&mdash;le respondí,
-dando un profundo suspiro&mdash;. ¡No está su
-merced tan malo, por la misericordia de Dios, que
-todavía no pueda esperar levantarse!» «¡No, no,
-hijo mío!&mdash;repuso&mdash;. ¡Esto ya se acabó! Estoy viendo
-que sube la gota y que la muerte se va acercando.
-Vé, pues, y haz cuanto antes lo que te he
-mandado.» Conocí, efectivamente, que se le mudaba
-el semblante y que iba perdiendo terreno por
-momentos, por lo cual, persuadido de que el asunto
-estrechaba, marché volando a ejecutar lo que
-me había ordenado, dejando con el enfermo a la
-señora Jacinta, la cual temía aún más que yo que
-nuestro canónigo se nos muriese sin testar. Entréme
-en casa del primer escribano que encontré. «Señor&mdash;le
-dije&mdash;, mi amo, el licenciado Cedillo, está
-acabando; quiere hacer su última disposición y no
-hay que perder tiempo.» Era el escribano un hombre
-rechoncho y pequeñito, de genio alegre y amigo<span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128">[128]</a></span>
-de bufonearse. «¿Qué médico le asiste?», me preguntó.
-«El doctor Sangredo», le respondí. «¡Pues
-vamos, vamos aprisa&mdash;repuso él, cogiendo apresuradamente
-la capa y el sombrero&mdash;, porque ese
-doctor es tan expeditivo que no da lugar a los enfermos
-para llamar a los escribanos! ¡Es un hombre
-que me ha hecho perder muchos testamentos!»</p>
-
-<p>Diciendo esto, salimos juntos, andando aceleradamente
-para llegar antes que el enfermo entrase
-en la agonía; y yo dije en el camino al escribano:
-«Ya sabe usted que a un pobre testador cuando
-está enfermo suele faltarle la memoria, por lo cual
-suplico a usted que, si es menester, le haga algún
-recuerdo de mi lealtad y de mi celo.» «Yo te lo prometo&mdash;me
-respondió&mdash;, y fíate de mi palabra, pues
-es justo que un amo recompense a un criado que
-le ha servido bien; y así, por poco que le vea inclinado
-a pagar tus servicios, le exhortaré a que te
-deje alguna buena manda.» Cuando llegamos a
-casa, hallamos todavía al enfermo despejado y con
-todos sus sentidos. Estaba junto a él la señora Jacinta,
-bañado el rostro en lágrimas. Acababa de
-hacer bien su papel, disponiendo al canónigo a que
-le dejase lo mejor que tenía. Quedó el escribano
-solo con el amo, y los dos nos salimos a la antesala,
-donde encontramos al sangrador, que venía
-a hacerle otra sangría. «¡Deténgase, maese Martín!&mdash;le
-dijo el ama&mdash;. Ahora no puede entrar,
-porque está su merced haciendo testamento. Le
-sangraréis a vuestro placer luego que acabe.»</p>
-
-<p>Estábamos con gran temor la beata y yo de<span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span>
-que muriese en el mismo acto de testar; pero, por
-fortuna, se formalizó el instrumento que nos ocasionaba
-aquella inquietud. Vimos salir al escribano,
-que encontrándome al paso, dándome una
-palmadita en el hombro y sonriéndose, me dijo:
-«¡No has sido echado en olvido, Gil Blas!», palabras
-que me llenaron de alborozo. Y agradecí tanto
-la memoria que mi amo había hecho de mí, que
-ofrecí encomendarle muy de veras a Dios después
-de su muerte, la que tardó poco en suceder, porque
-habiéndole sangrado otra vez el sangrador,
-el pobre viejo, que ya estaba casi exangüe, expiró
-en el mismo momento. Apenas acababa de exhalar
-el último suspiro, cuando entró el médico, que se
-quedó cortado y mudo, no obstante de estar tan
-acostumbrado a despachar cuanto antes a sus enfermos.
-Con todo eso, lejos de atribuir su muerte
-a tanta agua y a tantas sangrías, volvió las espaldas,
-diciendo con frialdad que había muerto porque
-le habían sangrado poco y no dádole bastante
-agua caliente. El ejecutor de la medicina, quiero
-decir el sangrador, viendo que ya no era necesario
-su ministerio, se marchó también, siguiendo al doctor
-Sangredo, diciendo uno y otro que desde el
-primer día habían desahuciado al licenciado. Y, en
-efecto, casi nunca se engañaban cuando pronunciaban
-semejante fallo.</p>
-
-<p>Luego que vimos muerto a nuestro amo, la señora
-Jacinta, Inesilla y yo comenzamos un concierto
-de fúnebres alaridos, y tales que se oyeron
-en toda la vecindad. La beata, sobre todo, que tenía<span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span>
-mayor motivo para estar alegre, levantaba el
-grito con lamentos tan funestos que parecía la mujer
-más afligida del mundo. En un instante se llenó
-la casa de gente, atraída más de curiosidad que
-de compasión. Los parientes del difunto se presentaron
-también muy pronto, y hallaron tan desconsolada
-a la beata que se persuadieron que el canónigo
-había muerto <i>ab intestato</i>. Pero tardó poco en
-abrirse a presencia de todos el testamento, dispuesto
-con las formalidades necesarias; y cuando
-vieron que el testador dejaba las mejores alhajas
-a la señora Jacinta y a la niña, pronunciaron una
-oración fúnebre del canónigo poco decorosa a su
-memoria, motejando al mismo tiempo a la beata,
-sin olvidarme a mí, que verdaderamente lo merecía.
-El licenciado&mdash;¡en paz sea su alma!&mdash;, para
-obligarme a que no me olvidase de él en toda mi
-vida, se explicaba así en el artículo del testamento
-que hablaba conmigo: «Item, por cuanto Gil Blas
-es un mozo que tiene algún baño de literatura,
-para que acabe de perfeccionarse y se haga hombre
-sabio, le dejo mi librería con todos los libros
-y manuscritos, sin exceptuar ninguno.»</p>
-
-<p>No sabía yo dónde podía estar la tal soñada librería,
-porque en ninguna parte de la casa la había
-visto jamás. Sólo había sobre una tabla en el cuarto
-del canónigo cinco o seis libros con algún legajo
-de papeles, y los tales libros no podían servirme
-para nada. Uno se titulaba <i>El cocinero perfecto</i>;
-otro trataba de la indigestión y del modo de curarla;
-los demás eran las cuatro partes del <i>Breviario</i>,<span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span>
-medio roídas de la polilla. En cuanto a los manuscritos,
-el más curioso era todos los autos de un
-pleito que había seguido el canónigo para conseguir
-la prebenda. Después que examiné mi legado
-con mayor atención de la que él se merecía, se lo
-cedí a los parientes del difunto, que tanto me lo
-habían envidiado. Entreguéles también el vestido
-que tenía a cuestas y volví a tomar el mío, contentándome
-con que me pagasen mi salario, y fuíme
-a buscar otra conveniencia. Por lo que toca a
-la señora Jacinta, además del dinero y alhajas que
-el canónigo le había dejado, se levantó con otras
-muchas cosas que ocultamente había depositado
-en su buen amigo durante la enfermedad del difunto.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c203" id="c203">CAPÍTULO III</a></h2>
-
-<p class="pch">Entra Gil Blas a servir al doctor Sangredo y se hace
-famoso médico.</p>
-
-<p>Resolví ir a buscar al señor Arias de Londoña
-para escoger en su registro otra casa donde servir;
-pero cuando estaba muy cerca del rincón donde
-vivía, me encontré con el doctor Sangredo, a quien
-no había visto desde la muerte de mi amo, y me
-atreví a saludarle. Conocióme inmediatamente,
-aunque estaba en otro traje, y mostrando particular
-gusto de verme, «Hijo mío&mdash;me dijo&mdash;, ahora
-mismo iba pensando en ti. He menester un criado
-y tú eres el que me conviene, con tal que sepas<span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span>
-leer y escribir.» «Como usted&mdash;dije&mdash;no pida más,
-délo todo por hecho.» «Pues siendo así&mdash;replicó&mdash;,
-vente conmigo, porque tú eres el hombre que yo
-busco. En mi casa lo pasarás alegremente; te trataré
-con distinción; no te señalaré salario, pero
-nada te faltará. Cuidaré de vestirte con decencia,
-te enseñaré el gran secreto de curar todo género de
-enfermedades y, en una palabra, más serás discípulo
-mío que criado.»</p>
-
-<p>Acepté la proposición del doctor, con la esperanza
-de salir un célebre médico bajo la dirección
-de tan gran maestro. Llevóme luego a su casa para
-instruirme en el ministerio a que me destinaba.
-Reducíase éste a escribir el nombre, la calle y casa
-donde vivían los enfermos que le llamaban mientras
-él visitaba a otros parroquianos. Para este fin
-tenía un libro en que asentaba todo lo dicho una
-criada vieja, a la cual se reducía toda su familia;
-pero, sobre no saber palabra de ortografía, escribía
-tan mal que, por lo común, no se podía comprender
-lo escrito. Encargóme, pues, a mí este registro,
-que se podía intitular con razón <i>Registro
-mortuorio o libro de difuntos</i>, porque morían casi
-todos aquellos cuyos nombres se apuntaban en él.
-Escribía, por decirlo así, los nombres de los que
-querían partir de este mundo, ni más ni menos
-que en las casas de posta se apuntan los nombres
-de los que piden carruaje o caballos. Estaba casi
-siempre con la pluma en la mano, porque en aquel
-tiempo el doctor Sangredo era el médico más acreditado
-de todo Valladolid, debiendo su reputación<span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span>
-a una locuela especiosa sostenida de cierto aire
-grave, y al mismo tiempo apacible, junto con algunas
-afortunadas curas que fueron celebradas más
-de lo que merecían.</p>
-
-<p>Practicaba mucho la Facultad y, por consiguiente,
-le fructificaba bien. No por eso el trato de su
-casa era el mejor. En ella se vivía muy frugalmente.
-Garbanzos, habas y manzanas cocidas o queso
-era nuestra comida ordinaria. Decía que estos alimentos
-eran los más convenientes al estómago por
-ser más dóciles a la trituración. Con todo eso, aunque
-los consideraba muy fáciles de digerir, no quería
-que nos hartásemos de ellos, en lo que tenía
-mucha razón; pero si a la criada y a mí nos prohibía
-comer mucho, en recompensa nos permitía
-beber agua sin tasa. Lejos de andar en esto con
-escasez, nos decía muchas veces: «¡Bebed, hijos
-míos! La salud consiste en que todas las partes de
-nuestra máquina se conserven flexibles, ágiles y
-húmedas. Bebed agua en abundancia, porque es
-el disolvente universal que precipita todas las sales.
-¿Está acaso detenido y lento el curso de la
-sangre? Ella le acelera. ¿Está rápido y precipitado?
-Le detiene.» Estaba el buen doctor tan persuadido
-de esto, que aun él mismo no bebía mas
-que agua, sin embargo de hallarse ya en edad muy
-avanzada. Definía la vejez diciendo que era una
-tisis natural que nos deseca y consume. Fundado
-en esta definición, lamentaba la ignorancia de los
-que llaman al vino la <i>leche de los viejos</i>. Sostenía
-que antes bien los desgasta y los destruye, diciendo<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span>
-muy elegantemente que este licor, así para los
-viejos como para todos los demás, era un amigo
-traidor y un gusto muy engañoso.</p>
-
-<p>A pesar de tan bellos raciocinios, a los ocho días
-que estuve en aquella casa padecí una diarrea
-acompañada de crueles dolores de estómago, lo que
-tuve la temeridad de atribuir al <i>disolvente universal</i>
-y a la mala calidad de los alimentos que comía.
-Quejéme de esto al nuevo amo, esperando que
-al cabo vendría a condescender y a darme algún
-poco de vino en las comidas; pero era muy enemigo
-de este licor para tener semejante condescendencia.
-«Cuando te hayas acostumbrado a beber agua&mdash;me dijo&mdash;,
-conocerás sus virtudes. Por lo demás,
-si te disgusta mucho el agua pura, hay mil arbitrios
-inocentes para corregir el desabrimiento de
-las bebidas acuosas. La salvia y la betónica les
-comunica un gusto delicioso, y si quieres que lo
-sea mucho más, mezcla un poco de flor de romero,
-de clavel o de amapola.»</p>
-
-<p>Por más que ponderase las excelencias del agua
-y por más que me enseñase el modo de componer
-bebidas exquisitas sin que para nada fuese necesario
-el vino, la bebía yo con tanta moderación
-que, advirtiéndolo él, me dijo un día: «Ya no me
-admiro, Gil Blas, de que no goces una perfecta
-salud, porque no bebes bastante, amigo mío. El
-agua bebida en poca cantidad sólo sirve para remover
-la porción de la bilis y darle mayor vigor
-y actividad, cuando es necesario anegarla en un
-diluyente copioso. No temas, hijo, que la abundancia<span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span>
-del agua te debilite ni enfríe demasiado el estómago.
-Lejos de ti ese terror pánico con que miras
-la frecuencia de tan saludable bebida. Yo salgo
-por fiador de su buen efecto; y si no te satisface
-mi fianza, el divino Celso saldrá a abonarla. Este
-oráculo latino hace un admirable elogio del agua,
-y añade en términos expresos que los que por beber
-vino se excusan con la debilidad del estómago
-levantan un falso testimonio a esta entraña para
-encubrir su sensualidad.»</p>
-
-<p>Como hubiera sido cosa fea dar pruebas de indócil
-cuando daba principio a la carrera de la Medicina,
-mostré que me hacía fuerza la razón y aun
-confieso que efectivamente la creí. Proseguí, pues,
-en beber agua, bajo la fe de Celso, o, por mejor
-decir, comencé a anegar la bilis bebiendo en gran
-copia aquel licor; y aunque cada día me sentía
-más desazonado, pudo más la preocupación que
-experiencia. Tenía, como se ve, una admirable
-disposición para ser médico. Sin embargo, no pudiendo
-resistir más a la violencia de los males que
-me atormentaban, tomé la resolución de dejar la
-casa del doctor Sangredo; pero éste me honró con
-nuevo empleo, el cual me hizo mudar de parecer.
-«Mira, hijo&mdash;me dijo un día&mdash;, yo no soy de
-aquellos amos ingratos y duros que dejan envejecer
-a los criados sin pasarles por el pensamiento
-el recompensar sus servicios. Estoy contento contigo,
-te quiero y, sin aguardar a que me hayas servido
-más tiempo, es mi ánimo hacerte dichoso.
-Ahora mismo te voy a descubrir lo más sutil del<span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span>
-saludable arte que profeso tantos años ha. Los demás
-médicos piensan que consiste en el estudio
-penoso de mil ciencias tan inútiles como dificultosas;
-yo intento abreviar un camino tan largo y
-ahorrarte el trabajo de estudiar la Física, la Farmacia,
-la Botánica y la Anatomía. Sábete, amigo,
-que para curar todo género de males no es menester
-más que sangrar y beber agua caliente. Este
-es el gran secreto para curar todas las enfermedades
-del mundo. Sí; este maravilloso secreto que yo
-te comunico, y la Naturaleza no ha podido ocultar
-a mis profundas observaciones, manteniéndose
-impenetrable a mis hermanos y compañeros, se reduce
-a solos dos puntos: sangrías y agua caliente,
-uno y otro en abundancia. No tengo más que enseñarte.
-Ya sabes de raíz toda la Medicina; y si
-te aprovechas de mis largas experiencias, serás tan
-gran médico como yo. Al presente me puedes aliviar
-mucho. Por las mañanas te estarás en casa
-a tener cuenta del registro y por las tardes irás
-a visitar a mis enfermos. Yo asistiré a la nobleza
-y al clero; tú visitarás a los del estado general que
-me llamaren, y después de haber ejercido algún
-tiempo, haré que te incorporen en nuestro gremio.
-He aquí, Gil Blas, que ya eres sabio sin ser médico,
-cuando otros por muchos años, y la mayor parte
-toda la vida, son médicos antes de ser sabios.»</p>
-
-<p>Di gracias al doctor por haberme puesto en tan
-poco tiempo en estado de ser substituto suyo, y, en
-señal de mi agradecimiento, le ofrecí que toda la
-vida seguiría a ciegas sus opiniones, aunque fuesen<span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span>
-contrarias a las del mismo Hipócrates. Pero
-esta palabra no era del todo sincera, porque no
-podía conformarme con su opinión acerca del agua,
-y en mi corazón determiné beber vino siempre que
-fuese a visitar mis enfermos. Segunda vez me desnudé
-de mi vestido y tomé otro de mi amo para
-presentarme en traje de médico. Hecho esto, me
-dispuse a practicar la Medicina a costa de los pobres
-que cayesen en mis manos. Tocóme dar principio
-por un alguacil que adolecía de un dolor de
-costado. Dispuse le sangrasen sin piedad y que no
-se negasen a darle de beber agua caliente con abundancia.
-Entré después en casa de un pastelero a
-quien la gota le hacía poner los gritos en el cielo.
-No tuve más compasión de su sangre que de la
-del alguacil y fuí muy liberal en mandarle dar agua
-caliente. Valiéronme doce reales las dos visitas, y
-quedé tan contento con el nuevo ejercicio que sólo
-deseaba cosecha de enfermos y achacosos.</p>
-
-<p>Al salir de casa del pastelero me encontré con
-Fabricio, a quien no había visto desde la muerte
-del licenciado Cedillo. Miróme atento y atónito por
-algún tiempo, y después dió una carcajada tan
-grande que parecía iba a reventar de risa. No dejaba
-de tener razón: llevaba yo una capa tan larga
-que me llegaba a los talones; la chupa y el calzón
-eran tan anchos que sobraban mucho para dos
-cuerpos como el mío. En fin, mi figura podía pasar
-por original y grotesca. Dejéle desahogarse, y
-aun yo mismo le hubiera acompañado si no me
-contuviera el decoro de la calle y la representación<span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span>
-de médico, que no es un animal risible. Si mi ridículo
-traje había movido a risa a Fabricio, mi
-seriedad se la aumentó, y después que se rió cuanto
-quiso, «¡Por cierto, Gil Blas&mdash;exclamó&mdash;, que
-estás estrafalariamente puesto! ¿Quién diablos te
-ha disfrazado así?» «¡Poco a poco, Fabricio, poco
-a poco y trata con todo respeto a un nuevo Hipócrates!
-Sábete que soy substituto del doctor Sangredo,
-médico el más famoso de Valladolid. Tres
-semanas ha que estoy en su casa, y en este breve
-tiempo me ha enseñado radicalmente la Medicina;
-de manera que, como él no puede visitar a todos
-los enfermos que le llaman, visito yo una parte de
-ellos para aliviarle. El asiste a la gente principal
-y yo a la plebe.» «¡Bellamente!&mdash;replicó Fabricio&mdash;.
-Eso, en buen romance, quiere decir que te ha cedido
-la sangre plebeya y él se ha guardado la ilustre.
-Doite el parabién de la parte que te ha tocado,
-que en mi concepto es la mejor, porque a un
-médico le conviene más ejercer su Facultad con
-la gente pobre que con la opulenta. ¡Vivan los médicos
-de aldea y de arrabal! Sus yerros son menos
-sabidos y no meten tanta bulla sus asesinatos. Sí,
-amigo, tu suerte me parece la más envidiable, y
-por hablar a manera de Alejandro, si yo no fuera
-Fabricio querría ser Gil Blas.»</p>
-
-<p>Para que el hijo del barbero Núñez conociese
-que no exageraba ni mentía en alabar tanto mi
-presente condición, le mostré los doce reales del
-alguacil y del pastelero, y después nos entramos
-los dos en una taberna para beber a costa de ellos.<span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span>
-Presentáronnos un vino bueno, el cual me pareció
-mucho mejor de lo que era por la gran gana que
-tenía de beberle. Echéme al cuerpo valientes tragos
-y, con licencia del oráculo latino, al paso que
-iba bebiendo conocí que el estómago no se quejaba
-de las injusticias que le había hecho. Detuvímonos
-bastante tiempo Fabricio y yo en la taberna y nos
-burlamos largamente de nuestros amos, como es
-uso y costumbre entre todos los criados. Viendo
-que se acercaba la noche, nos retiramos, quedando
-apalabrados de volvernos a ver la tarde siguiente
-en el mismo paraje.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c204" id="c204">CAPÍTULO IV</a></h2>
-
-<p class="pch">Prosigue Gil Blas ejerciendo la Medicina con tanto
-acierto como capacidad. Aventura de la sortija recobrada.</p>
-
-<p>No bien había yo entrado en casa, cuando también
-volvió a ella el doctor Sangredo. Informéle
-de los enfermos que había visitado y le puse en la
-mano ocho reales que restaron de los doce que me
-habían valido mis recetas. «Ocho reales&mdash;me dijo&mdash;por
-dos visitas son poca cosa; pero al fin es preciso
-recibir lo que nos dieren.» Tomólos, y, embolsándose
-los seis, me dió sólo dos. «Toma, Gil Blas&mdash;prosiguió&mdash;;
-ahí te doy para que empieces a juntar
-un capital, pues desde luego te cedo la cuarta
-parte de lo que me toca. Presto serás rico, amigo<span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span>
-mío, porque este año, queriendo Dios, habrá muchas
-enfermedades.»</p>
-
-<p>Contentéme, y con razón, pues habiendo resuelto
-quedarme con la cuarta parte de lo que recibía
-y cediéndome el doctor la otra cuarta parte
-de lo que yo le entregaba, venía a tocarme, si
-no me engaña mi aritmética, la mitad de lo que
-realmente percibía. Esto me dió nuevo aliento para
-aplicarme a la Medicina. Al día siguiente, luego
-que comí, volví a echarme a cuestas el hábito de
-substituto y salí a campaña. Visité muchos enfermos
-de los que yo mismo había sentado en el
-libro y a todos les receté los mismos medicamentos,
-aunque padecían diferentes enfermedades. Hasta
-aquí las cosas iban viento en popa y ninguno, gracias
-al Cielo, se había alborotado contra mis recetas.
-Pero nunca faltan censores del método de un
-médico, por excelente que sea. Entré en casa de un
-droguero que tenía un hijo hidrópico, y me encontré
-con cierto mediquillo, de color amulatado, que
-se llamaba el doctor Cuchillo, llevado allí por un
-pariente del mercader. Hice profundas cortesías a
-todos los circunstantes, pero particularmente al tal
-figurilla, que me persuadí había sido llamado para
-consultar sobre la enfermedad que teníamos entre
-manos. Saludóme con mucha gravedad, y después
-de haberme mirado atentamente, «Señor doctor&mdash;me dijo&mdash;,
-yo conozco a todos los médicos de
-Valladolid, hermanos y compañeros míos, pero confieso
-que la fisonomía de usted es para mí enteramente
-nueva, por lo que es preciso que usted haya<span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span>
-venido a establecerse a esta ciudad de muy poco
-tiempo a esta parte.» «Yo, señor&mdash;le respondí&mdash;,
-soy un joven pasante que ejerzo a la sombra y
-bajo los auspicios del doctor Sangredo, tan conocido
-en este pueblo y en toda la comarca.» «Doy a
-usted la enhorabuena&mdash;me replicó cortésmente&mdash;de
-que haya adoptado el método de un hombre
-tan grande. No dudo que será usted habilísimo,
-aunque tan mozo todavía.» Dijo esto con tanta
-naturalidad que no pude discernir si hablaba de
-veras o si se burlaba de mí. Estaba pensando en
-lo que había de replicar, cuando el droguero tomó
-la palabra y nos dijo: «Señores, tengo por cierto
-que ustedes saben uno y otro perfectamente la
-Medicina, y así, les suplico que, si gustan, se sirvan
-consultar entre los dos qué es lo que debo hacer
-para lograr el consuelo de ver bueno a mi
-hijo.»</p>
-
-<p>Oyendo esto el doctorcillo, comenzó a observar
-al enfermo, y habiéndome hecho notar todos los
-síntomas que descubrían la naturaleza de la enfermedad,
-me preguntó de qué manera pensaba yo
-curarla. «Mi parecer es&mdash;le respondí&mdash;que se le
-sangre todos los días y que se le dé a beber agua
-caliente en abundancia.» Al oír esto el mediquín,
-preguntó sonriéndose con aire socarrón: «¿Y
-cree usted que con esos excelentes remedios se le
-salvará la vida al enfermo?» «¡Y cómo que lo creo!&mdash;respondí
-animoso&mdash;. Sin duda se conseguirá ese
-efecto, pues son unos específicos contra todo género
-de males; y si no, que lo diga el doctor Sangredo.»<span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span>
-«Según eso&mdash;replicó el doctor Cuchillo&mdash;,
-se engaña mucho Celso, y escribió un gran disparate
-asegurando que para facilitar la curación de
-un hidrópico es conveniente dejarle padecer hambre
-y sed.» «¡Oh!&mdash;le respondí&mdash;. Yo no tengo a
-Celso por oráculo. Engañóse, como se engañaron
-otros, y algunas veces me complazco en ir contra
-sus opiniones.» «Conozco por la explicación de usted&mdash;repuso
-Cuchillo&mdash;la práctica segura y buena
-que el doctor Sangredo quiere inspirar a todos los
-profesores jóvenes. La sangría y la bebida es su
-medicamento universal, por lo que no me admiro
-ya de que tantos hombres honrados perezcan en
-sus manos.» «Dejémonos de invectivas&mdash;le interrumpí
-yo con sequedad&mdash;; no está bien en un
-hombre de la profesión de usted tocar esta tecla.
-Sin sacar sangre y sin dejarles beber se han enviado
-muchos hombres a la sepultura, y quizá usted
-habrá despachado a ella más que otros. Si usted
-tiene algo contra el señor Sangredo, escriba
-impugnándole, que no dejará, ciertamente, de responder,
-y entonces veremos quién es el que queda
-vencido.» «¡Por San Pedro y San Pablo&mdash;prorrumpió
-lleno de cólera el doctorcillo&mdash;, que usted no
-conoce al doctor Cuchillo! ¡Sepa, pues, amigo mío,
-que tengo garras y colmillos y que de ningún modo
-me causa miedo Sangredo, el cual, mal que le pese
-a su vanidad y presunción, en suma no es mas que
-un original sin copia!» La figura del mediquillo
-me hizo despreciar su cólera. Respondíle con enfado;
-correspondióme con el mismo, y en breve<span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143">[143]</a></span>
-vinimos a las manos. Dímonos algunas puñadas y
-nos arrancamos uno a otro porción de pelos antes
-que el droguero y su parienta nos pudiesen separar.
-Luego que lo hubieron conseguido, pagáronme
-la visita e hicieron quedar a mi antagonista,
-que verosímilmente les pareció más hábil que yo.</p>
-
-<p>Después de esta aventura falté poco para que
-me sucediese otra. Fuí a visitar a cierto sochantre
-que estaba con calentura. Apenas me oyó hablar
-de agua caliente, cuando se mostró tan rebelde a
-este remedio que comenzó a dar votos. Díjome mil
-desvergüenzas y aun me amenazó de que me echaría
-por la ventana. Salí de aquella casa más de
-prisa de lo que había entrado. No quise visitar
-más enfermos aquel día y me fuí derecho a la taberna
-de lo caro, donde la víspera habíamos quedado
-apalabrados Fabricio y yo. Como ambos teníamos
-buenas ganas de beber, lo hicimos perfectamente,
-y después nos retiramos cada uno a su
-casa, en buen estado ambos; quiero decir, moros
-van, moros vienen. No conoció el doctor Sangredo
-el achaque de que yo adolecía, porque le conté
-con tanta energía lo que me había sucedido con
-el doctorcillo que atribuyó mis descompasadas acciones
-y mis palabras mal articuladas al enojo y
-cólera que me había causado el lance que le refería.
-Fuera de eso, como él era interesado en el hecho,
-se alteró algo contra el doctor Cuchillo; y así,
-me dijo: «Hiciste muy bien, Gil Blas, en volver
-por el honor de nuestros remedios contra aquel
-aborto, o, por mejor decir, embrión de nuestra<span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span>
-Facultad. Pues qué, ¿piensa el grandísimo ignorante
-que no se deben administrar a los hidrópicos
-bebidas acuosas? ¡Pobre mentecato! Pues yo defenderé
-delante de todo el mundo que con el agua
-se puede curar todo género de hidropesías y que
-es un específico igualmente adaptado para éstas
-como para los reumatismos y opilaciones. Es también
-muy propia para aquel género de calenturas
-que por una parte abrasan al enfermo y por otra
-le hielan, y es maravilloso remedio para todas aquellas
-enfermedades que se atribuyen a humores fríos,
-serosos, flemáticos y pituitosos. Esta opinión sólo
-parece extraña a los principiantes, cual es Cuchillo,
-incapaces de discurrir como filósofos; pero es
-muy probable en buena Medicina; y si ellos fueran
-capaces de penetrar la razón en que se funda, en
-vez de desacreditarme llegarían a ser mis mayores
-apasionados.»</p>
-
-<p>Tanta era su cólera, que ni aun le pasó siquiera
-por el pensamiento que yo hubiese bebido, pues,
-por irritarle más, adredemente había yo añadido
-algunas circunstancias de mi pegujal o de mi fecunda
-inventiva. Con todo eso, aunque estaba tan
-ocupado en lo que le acababa de contar, no dejó
-de advertir que aquella noche había yo bebido más
-agua de lo que acostumbraba, porque, con efecto,
-el vino me había dado muchísima sed. Otro que
-no fuese el doctor Sangredo habría maliciado un
-poco de aquella grande sed que me aquejaba y de
-los sendos vasos de agua que bebía; pero él creyó
-buenamente que yo iba aficionándome a las bebidas<span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span>
-acuosas, y así, me dijo sonriéndose: «Amigo
-Gil, a lo que veo, ya parece que no tienes tanta
-enemistad con el agua. ¡Por vida mía, que la bebes
-como pudieras el más delicioso néctar! No me admiro
-de eso, porque ya sabía yo que con el tiempo
-te acostumbrarías a este soberano licor.» «Señor&mdash;le
-respondí&mdash;, bien dice aquel refrán: <i>Cada cosa a
-su tiempo y los nabos en adviento</i>. Lo que es ahora,
-crea su merced que daría yo una cuba entera de
-vino por una sola azumbre de agua.» Quedó tan
-encantado el doctor con esta respuesta, que tomó
-de ella ocasión para ponderar las excelencias de
-aquella bebida. Hizo nuevamente su panegírico,
-no ya como panegirista frío, sino como un orador
-entusiasmado. «Mil y aun mil millones de veces&mdash;exclamó&mdash;eran
-más estimables y más inocentes
-que las tabernas de nuestros tiempos las termópilas
-de los siglos pasados, donde no se iba a malgastar
-vergonzosamente la hacienda y la vida anegándose
-en el vino, sino que concurrían allí a divertirse
-honestamente y a beber sin riesgo agua caliente
-en abundancia. Nunca se admirará bastantemente
-la sabia previsión de los antiguos gobernadores de
-la vida civil, que instituyeron lugares públicos donde
-cada uno pudiese libremente acudir a beber agua
-a su satisfacción, haciendo encerrar el vino en las
-cuevas de los boticarios, con severa prohibición
-de que ninguno le pudiese beber si no le recetaba
-el médico. ¡Oh qué rasgo de prudencia! Sin duda&mdash;añadió&mdash;que
-por una reliquia de la antigua frugalidad,
-digna del siglo de oro, se conservan aún el<span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span>
-día de hoy algunas pocas personas que, como tú y
-como yo, solamente beben agua, persuadidas de
-que evitarán o curarán todos los males bebiendo
-agua caliente que no haya hervido, porque tengo
-observado que la hervida es más pesada y no la
-abraza tan bien el estómago como la que sin hervir
-llega sólo a calentarse.» Más de una vez temí
-reventar de risa mientras mi amo discurría en el
-asunto con tanta elocuencia. Con todo eso, me
-mantuve serio, y aun hice más, pues mostré ser
-del mismo sentir que el doctor Sangredo: abominé
-del uso del vino y me compadecí de los hombres
-que tenían la desgracia de pagarse de una bebida
-tan perniciosa. Después de esto, como todavía me
-sentía con sobrada sed, llené de agua caliente una
-gran taza y de una asentada me la eché toda al
-cuerpo. «¡Vamos, señor&mdash;dije a mi amo&mdash;, hartémonos
-de este benéfico licor y resucitemos en esta
-casa aquellas antiguas termópilas, de cuya falta
-tanto se lamenta usted!» Celebró mucho estas palabras,
-y por más de una hora entera me estuvo
-exhortando a que bebiese siempre agua. Prometíle
-que la bebería toda la vida, y para cumplir mejor
-mi palabra me acosté con firme propósito de ir
-todos los días a la taberna.</p>
-
-<p>El lance pesado que había tenido en casa del
-droguero no me quitó el gusto de ir a recetar el
-día siguiente sangrías y agua caliente. Al salir de
-la casa de un poeta que estaba frenético me encontré
-con una vieja, la cual se llegó a mí y me preguntó
-si era médico. Respondíle que sí, y ella me<span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span>
-suplicó con mucha humildad me sirviese acompañarla
-a su casa, donde estaba indispuesta su sobrina,
-que se sentía mala desde el día anterior,
-ignorando cuál fuese su enfermedad. Seguíla, y
-guiándome a su casa, me hizo entrar en un cuarto
-adornado de muebles muy decentes, donde vi una
-mujer en cama. Acerquéme a ella para observarla.
-Desde luego me llamó la atención su fisonomía, y
-después de haberla mirado por algunos momentos
-reconocí, sin quedarme género de duda, que era
-aquella misma aventurera que había hecho tan
-perfectamente el papel de Camila. Por lo que a
-ella toca, me pareció que no me había conocido,
-ya fuese por tenerla abatida el mal o ya por el
-traje de médico en que me veía. Toméle el pulso
-y vi que tenía puesta mi sortija. Sentí una terrible
-conmoción al reconocer una alhaja a la cual
-tenía yo tanto derecho, y estuve fuertemente tentado
-a quitársela por fuerza; pero sabiendo que
-las mujeres luego comienzan a gritar, y temiendo
-acudiese a su defensa el dichoso don Rafael o algún
-otro de tantos protectores como tiene siempre el
-bello sexo para acudir a sus gritos, resistí a la tentación.
-Parecióme que sería mejor disimular por
-entonces, hasta consultar el caso con Fabricio.
-Abracé, pues, este último partido. Mientras tanto,
-la vieja me apuraba para que declarase el mal de
-que adolecía su postiza o su verdadera sobrina.
-No fuí tan mentecato que quisiese confesar que
-no le conocía; antes bien, haciendo de hombre sabio
-e imitando a mi maestro, dije con mucha gravedad<span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span>
-que todo dependía de falta de transpiración,
-y, por consiguiente, que era menester sangrarla
-inmediatamente y humedecerla bien haciéndole
-beber agua caliente en cantidad, para curarla según
-el debido método.</p>
-
-<p>Abrevié la visita cuanto pude y fuíme derecho
-a buscar al hijo de Núñez, a quien tardé poco en
-encontrar, porque iba a cierta diligencia de su amo.
-Contéle mi nueva aventura y le pregunté si le parecía
-conveniente me valiese de algunos alguaciles
-para recobrar mi alhaja, prendiendo a Camila. «¡No,
-por cierto!&mdash;me respondió&mdash;. ¡No pienses en tal
-disparate! Ese sería el medio más seguro para que
-nunca vieses en tu mano la sortija. Esa gente no
-es muy inclinada a hacer restituciones; y si no,
-acuérdate de lo que te sucedió en Astorga: tu caballo,
-tu dinero, y hasta tu propio vestido, todo
-quedó en sus uñas. Es necesario, pues, apelar a
-nuestra industria, si quieres recobrar tu desgraciado
-diamante. Déjamelo pensar a mí mientras voy
-a dar un recado de mi amo al proveedor del hospital;
-espérame en la taberna de que somos parroquianos,
-y ten un poco de paciencia, que presto
-nos veremos.»</p>
-
-<p>Más de tres horas hacía que le estaba esperando,
-cuando al cabo pareció. Al principio no le conocí,
-porque había mudado de traje; traía el pelo
-trenzado y unos bigotes postizos que le tapaban la
-mitad de la cara; del cinto le colgaba una espada
-larga, cuya cazoleta tenía por lo menos tres pies
-de circunferencia, y marchaba al frente de cinco<span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149">[149]</a></span>
-hombres, todos con aire tan resuelto y determinado
-como él, llevando igualmente sus grandes bigotes
-y espadas largas. «¡Servidor, señor Gil Blas!&mdash;me
-dijo acercándose a mí con resolución y despejo&mdash;.
-Aquí tiene usted un alguacil de nuevo cuño,
-y en esta honrada gente que me acompaña unos
-corchetes del mismo temple. Sólo queda a cargo
-de usted el guiarnos a casa de la mujer que le robó
-el diamante, y le empeño mi palabra de que le recobrará.»
-Abracé a Fabricio luego que le oí estas
-palabras, conociendo por ellas la estratagema que
-había inventado para favorecerme, aprobando mucho
-semejante arbitrio. Saludé también a los fingidos
-ministriles, los cuales eran tres criados y dos
-mancebos de barbero, todos amigos suyos, a quienes
-había metido en que hiciesen aquel papel. Mandé
-trajesen vino para que refrescase la ronda, y a
-la entrada de la noche nos encaminamos a casa de
-Camila. Llamamos a la puerta, que ya encontramos
-cerrada. Vino a abrirla la vieja; y creyendo
-que eran ministros de justicia los que venían conmigo
-y que no iban a su casa sin algún mal fin,
-se llenó la pobre de miedo. «No se turbe, madre&mdash;le
-dijo Fabricio&mdash;, que no venimos por mal, sino
-a un negocio de poca importancia que presto se evacuará.»
-Diciendo esto, nos fuimos introduciendo
-hasta el cuarto de la enferma, guiándonos la vieja,
-que iba delante alumbrando con una vela en un
-candelero de plata. Tomé el candelero, y acercándome
-a la cama de Camila, aplicando la luz a mi
-cara para que me viese mejor, «¡Infame!&mdash;le dije&mdash;.<span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span>
-¿Conoces ahora a aquel crédulo de Gil Blas a quien
-tan villanamente engañaste? ¡En fin, ya te encontré,
-bribonaza! El corregidor dió oídos a mi querella
-y orden a estos señores de arrestarte y encerrarte
-en un calabozo. ¡Ea, pues, señor alguacil&mdash;dije
-a Fabricio&mdash;, cumpla con lo que le han mandado
-y haga lo que le toca!» «¡No necesito&mdash;respondió
-con voz bronca y desabrida&mdash;que ninguno me
-acuerde mi obligación! ¡Ya tengo noticia de esta
-buena alhaja, pues tiempo ha que está escrita y
-registrada en mi libro de memoria! ¡Levántese,
-reina mía, y vístase pronto, que yo tendré la fortuna
-de irla sirviendo de escudero, si lo lleva a
-bien, hasta la cárcel pública de esta ciudad!»</p>
-
-<p>Al oír esto Camila, aunque parecía tan postrada,
-advirtiendo que dos ministriles se disponían a
-sacarla por fuerza de la cama, se sentó en ella, y
-juntas las manos, en tono suplicante, mirándome
-con ojos en que se veía pintado el desconsuelo y
-el terror, «¡Señor Gil Blas&mdash;me dijo&mdash;, apiádese
-usted de mí! ¡Esto se lo pido por aquella su casta
-madre, que le dió a luz después de haberle tenido
-nueve meses en sus maternales entrañas! Aunque
-confieso mi culpa, todavía fuí más desgraciada que
-delincuente. ¡Voy a restituirle su diamante, y por
-amor de Dios no me pierda!» Diciendo esto se
-sacó la sortija y me la puso en la mano. Pero yo
-le respondí que no me contentaba con sólo el diamante,
-sino que también quería se me restituyesen
-los mil ducados que se me habían robado en la posada.
-¡Señor&mdash;replicó ella&mdash;, los mil ducados no<span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span>
-me los pida usted a mí; pídaselos al traidor de don
-Rafael, a quien no he visto desde entonces acá,
-que aquella misma noche se los llevó.» «¡Ah buena
-maula!&mdash;interrumpió Fabricio&mdash;. Pues qué, ¿no hay
-más que decir que no tuviste arte ni parte en ello
-para darte por legítimamente disculpada? Basta
-que hayas sido cómplice del don Rafael para que
-se te pida estrecha cuenta de toda tu vida pasada.
-¡Sin duda que tendrás archivadas en la conciencia
-bellas cosas! ¡Ven, ven a la cárcel, donde harás una
-buena confesión general! También quiero llevar en
-tu compañía a esta buena vieja, a quien juzgo impuesta
-en una infinidad de lances curiosos, que al
-señor corregidor no le pesará saber.»</p>
-
-<p>Al oír esto las dos mujeres, no omitieron medio
-alguno para movernos a piedad. Alborotaron la
-casa a gritos, llantos y lamentos. Mientras la vieja,
-puesta de hinojos, ya delante del alguacil, ya
-delante de los ministriles, procuraba excitar su
-compasión, Camila, del modo más tierno y patético
-del mundo, me suplicaba y conjuraba la librase
-de manos de la justicia. Era éste un espectáculo
-digno de verse. Fingí ablandarme y dije al hijo de
-Núñez: «Señor alguacil, puesto que ya he recobrado
-mi diamante, se me da poco de lo demás. No
-deseo se aflija a esta pobre mujer, porque no quiero
-la muerte del pecador.» «¡Bueno por cierto!&mdash;me
-respondió&mdash;. ¡Usted es muy compasivo y no valía
-un pepino para alguacil! Yo no puedo menos de
-cumplir con mi obligación, y el señor corregidor
-expresamente me mandó prendiese a estas princesas,<span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152">[152]</a></span>
-porque quiere su señoría hacer con ellas un
-ejemplar que sirva de escarmiento.» «Hágame usted
-el favor&mdash;le repliqué&mdash;de hacer por mí alguna cosa
-y suavizar un tantico el rigor de la orden en favor
-del regalo que estas damas le quieren hacer en
-corta demostración de su agradecimiento.» «¡Oh
-señor doctor!&mdash;repuso Fabricio&mdash;. ¡Ese es otro cantar!
-¡No puedo resistir a esa figura retórica usada
-tan a tiempo! ¡Ea, pues; veamos lo que me quieren
-regalar!» «Daréle a usted&mdash;dijo Camila&mdash;un collar
-de perlas y unos pendientes de piedras que
-valen buen dinero.» «¡Sí&mdash;respondió Fabricio taimadamente&mdash;,
-con tal que no sean de las que te
-envió tu tío el gobernador de Filipinas, porque
-esas no las quiero!» «Os aseguro que son finas»,
-dijo Camila. Y al mismo tiempo mandó a la vieja
-trajese una cajita donde estaban el collar y los
-pendientes, que ella misma puso en manos del señor
-alguacil; y aunque era tan diestro lapidario
-como yo, no dejó de conocer, sin quedarle ninguna
-duda, que eran finas así las piedras de los pendientes
-como las perlas del collar. «Estas alhajas&mdash;dijo
-después de haberlas mirado atentamente&mdash;me
-parecen de buena ley; y si se añade a ellas el
-candelero de plata que el señor Gil Blas tiene en
-la mano, no respondo ya de mi obediencia al señor
-corregidor.» «No creo&mdash;dije entonces a Camila&mdash;que
-por semejante friolera quiera usted deshacer
-un convenio que le tiene tanta cuenta.» Diciendo
-y haciendo, quité la vela del candelero, se la entregué
-a la vieja y alargué éste a Fabricio, que, contentándose<span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span>
-con ello, quizá porque no vió en la sala
-ninguna otra cosa de precio que se pudiese llevar
-fácilmente, dijo a las dos mujeres: «¡Adiós, reinas
-mías! Y pierdan cuidado, que voy a hablar al señor
-corregidor y a dejarlas más puras y más blancas
-que la misma nieve. Nosotros le sabemos pintar
-las cosas como queremos, y nunca le hacemos
-relación que no sea verdadera sino cuando tenemos
-algún poderoso motivo que nos obligue a desfigurar
-un poco la verdad.»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c205" id="c205">CAPÍTULO V</a></h2>
-
-<p class="pch">Prosigue la aventura de la sortija; deja Gil Blas la
-Medicina y se ausenta de Valladolid.</p>
-
-<p>Ejecutado tan felizmente el admirable proyecto
-de Fabricio, salimos de casa de Camila alabándonos
-de un suceso que había superado nuestras
-esperanzas, porque sólo habíamos ido a recobrar
-una sortija y nos llevamos lo demás sin ceremonia
-ni el menor remordimiento. Lejos de hacer escrúpulos
-de haber robado a dos mujeres del partido,
-creíamos haber hecho un acto meritorio. «Señores&mdash;dijo
-Fabricio luego que estuvimos en la calle&mdash;,
-soy de parecer que para coronar esta bella hazaña
-vayamos a nuestra taberna de lo caro, donde pasaremos
-alegremente la noche. Mañana venderemos
-el collar, los pendientes y el candelero, haremos
-nuestras cuentas y repartiremos el dinero como<span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span>
-hermanos. Hecho esto, cada uno se irá a su casa
-y discurrirá lo que mejor le pareciere para excusarse
-de haber pasado la noche fuera de ella.» Tuvimos
-por muy prudente y juicioso el pensamiento
-del señor alguacil. Volvimos, pues, todos a nuestra
-taberna, pareciéndoles a unos que fácilmente
-encontrarían algún buen pretexto para disculpar
-el haber dormido fuera y no dándoseles a otros un
-pito que los despidiesen sus amos.</p>
-
-<p>Dióse orden de que se nos dispusiese una buena
-cena, y nos sentamos a la mesa con tanto apetito
-como alegría. Durante ella se suscitaron especies
-muy graciosas, sobre todo Fabricio, que era fecundísimo
-y hombre de gran talento para mantener
-siempre viva la conversación y divertir a toda la
-compañía. Ocurriéronle mil dichos llenos de sal española,
-que nada debe a la sal ática; pero estando
-en lo mejor de la diversión y de la risa, turbó
-nuestra alegría un lance inesperado y sumamente
-desagradable. Entró en el cuarto donde estábamos
-un hombre bastante bien plantado, a quien acompañaban
-otros dos de muy mala catadura. Tras
-éstos entraron otros tres, y, en fin, de tres en tres
-fueron entrando hasta doce, todos con espadas,
-carabinas y bayonetas. Conocimos que eran ministros
-verdaderos de justicia y fácilmente penetramos
-su intención. Al principio pensamos en defendernos;
-pero en un instante nos rodearon y nos
-contuvieron, así por su mayor número como por
-el respeto que tuvimos a las armas de fuego. «Señores&mdash;nos
-dijo el comandante con cierto airecillo<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span>
-burlón&mdash;, tengo noticia de la ingeniosa invención
-con que ustedes han recobrado de mano de cierta
-aventurera no sé qué preciosa sortija. La estratagema
-fué ingeniosa y excelente; tanto, que merece
-ser públicamente premiada, recompensa que no se
-les puede a ustedes negar. La justicia, que tiene
-destinado a ustedes digno alojamiento en su misma
-casa, no dejará, ciertamente, de premiar un
-esfuerzo tan raro de ingenio.» Turbáronse a estas
-palabras todas las personas a quienes se dirigían
-y mudamos todos de tono y de semblante, llegándonos
-la vez de experimentar el mismo terror que
-habíamos causado en casa de Camila. Sin embargo,
-Fabricio, aunque pálido y casi muerto, intentó
-disculparnos. «Señor&mdash;dijo trémulo&mdash;, nuestra intención
-fué sin duda buena, y en gracia de ella se
-nos puede perdonar aquella inocente superchería.»
-«¡Qué diablos!&mdash;replicó el comandante con viveza&mdash;.
-¿A eso llamas tú superchería inocente? ¿Ignoras
-por ventura que huele a cáñamo o, cuando
-menos, a baqueta esa inocente superchería? Fuera
-de que a ninguno le es lícito hacerse justicia a sí
-mismo por su propia mano, os llevasteis, además
-de la sortija, un collar de perlas, un candelero de
-plata y unos pendientes de diamantes. Lo peor de
-todo es que para hacer este robo os fingisteis ministros
-de justicia. ¡Unos hombres miserables suponerse
-gente honrada para hacer tal villanía y
-cometer semejante maldad! ¿Os parece ésta una
-culpa venial que se lava con agua bendita? ¡Seréis
-muy dichosos si sólo se echa mano de la penca para<span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span>
-borrarla y castigarla!» Cuando llegamos a comprender
-que la cosa era más seria de lo que nosotros
-habíamos imaginado, nos echamos todos a sus pies
-y le suplicamos con lágrimas que se apiadase de
-nosotros y de nuestra inconsiderada juventud; pero
-todos nuestros clamores fueron inútiles. Despreció
-con indignación la propuesta que le hicimos de
-cederle el collar, los pendientes y el candelero. Tampoco
-quiso admitir la sortija, que verdaderamente
-era mía, quizá porque se la ofrecía a presencia de
-tantos testigos. En fin, estuvo inexorable. Hizo
-desarmar a mis compañeros y nos llevó a todos a
-la cárcel. En el camino me contó uno de los alguaciles
-que, habiendo sospechado la vieja que vivía
-con Camila que no éramos gente de justicia, nos
-había seguido a lo lejos hasta la taberna, y que,
-teniendo modo de ocultarse y confirmar sus sospechas,
-dió prontamente parte de todo a una ronda
-para vengarse de nosotros.</p>
-
-<p>En la cárcel nos registraron a todos hasta la camisa.
-Quitáronnos el collar, los pendientes y el
-candelero, como también a mí aquella sortija de
-rubíes de las Filipinas, que, por desgracia, había
-metido en un bolsillo, sin dejarme siquiera los pocos
-reales que aquel día me habían valido mis recetas,
-por donde conocí que los ministriles de Valladolid
-sabían tan bien su oficio como los de
-Astorga y que toda aquella gentecilla tenía unos
-mismísimos modales. Mientras nos despojaban de
-dichas alhajas y de lo demás que encontraron, el
-cabo de ronda refería nuestra aventura a los ejecutores<span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span>
-del expolio. Parecióles el negocio de tanta
-gravedad, que algunos nos pronosticaban iríamos
-a la horca sin remedio, y otros, menos severos, decían
-que la cosa se podría componer con doscientos
-azotes y algunos años de servicio en las galeras.
-Mientras resolvía sobre esto el corregidor, nos
-encerraron en un obscuro calabozo, donde dormimos
-sobre paja extendida ni más ni menos que
-se extiende para que duerman los caballos. Hubiera
-quizá durado esto largo tiempo y no habríamos
-salido de allí sino para ir a galeras si al siguiente
-día, habiendo oído el señor Manuel Ordóñez lo que
-había sucedido, no hubiese tomado a su cargo hacer
-todo lo posible por sacar a Fabricio de la cárcel,
-lo que no podía ser sin que a todos nos diesen
-libertad. Era un hombre que estaba muy bienquisto
-en todo Valladolid, e hizo tantos empeños y
-revolvió tanto que al cabo de tres días nos vimos
-todos libres, bien que no salimos de la prisión como
-habíamos entrado. El collar, los pendientes, y hasta
-mi pobre rubí, todo se quedó allá. Esto me trajo
-a la memoria aquello de Virgilio: <i>Sic vos non vobis</i>,
-etc.</p>
-
-<p>Luego que nos vimos fuera de la cárcel, nos fuimos
-todos a buscar a nuestros amos. Recibióme
-muy bien el doctor Sangredo y me dijo: «Mi Gil
-Blas, no supe tu desgracia hasta esta mañana, y
-estaba pensando en empeñarme fuertemente por
-ti. Es menester, amigo, no desconsolarse ni acobardarse
-por este accidente; antes bien, ahora más
-que nunca te has de aplicar a la Medicina.» Respondíle<span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158">[158]</a></span>
-que éste era mi ánimo; y, con efecto, me
-apliqué enteramente a ella. Lejos de faltarme que
-trabajar, nunca hubo más enfermos, como lo había
-pronosticado mi amo. Acometieron fiebres epidémicas
-en la ciudad y arrabales. Teníamos que
-visitar cada uno todos los días ocho o diez enfermos,
-por lo que se deja conocer que se bebería mucha
-agua y que se derramaría gran porción de
-sangre. Mas yo no sé cómo era esto: todos se nos
-morían, o porque nosotros los curábamos mal&mdash;lo
-cual claro está que no podía ser&mdash;o porque eran
-incurables las enfermedades. A raro enfermo hacíamos
-tercera visita, porque a la segunda nos venían
-a decir que ya le habían enterrado o, a lo
-menos, que estaba agonizando. Como todavía era
-yo un médico nuevo, poco acostumbrado a los homicidios,
-me afligía mucho de los sucesos funestos
-que me podían imputar. «Señor&mdash;dije un día al
-doctor Sangredo&mdash;, protesto al cielo y a la tierra
-que observo exactamente el método de usted; pero
-con todo, mis enfermos se van al otro mundo. Parece
-que ellos mismos adredemente se quieren morir,
-no más que por tener el gusto de desacreditar
-nuestros remedios. Hoy mismo encontré dos que
-llevaban a enterrar.» «Hijo mío&mdash;me respondió&mdash;,
-poco más poco menos, lo propio me sucede a mí.
-Pocas veces logro la satisfacción de que sanen los
-enfermos que caen en mis manos; y si no estuviera
-tan seguro de los principios que sigo, creería que
-mis medicamentos eran enteramente contrarios a
-las enfermedades.» «Señor&mdash;le repliqué&mdash;, si usted<span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span>
-quisiera creerme, sería yo de sentir que mudásemos
-de método. Probemos, por curiosidad, el usar
-en nuestras recetas de preparaciones químicas; ensayemos
-el quermes; lo peor que podrá suceder
-será lo mismo que experimentamos con nuestra
-agua y con nuestras sangrías.» «De buena gana&mdash;me
-respondió&mdash;haría yo esa prueba si no fuera
-por un inconveniente. Acabo de publicar un libro
-en que ensalzo hasta las nubes el frecuente uso de
-la sangría y del agua. ¿Y ahora quieres tú que yo
-mismo desacredite mi obra?» «¡Oh!&mdash;repuse yo&mdash;.
-Siendo así, no es razón conceder ese triunfo a sus
-enemigos. Dirían que usted se había desengañado
-y le quitarían el crédito. ¡Perezca antes el pueblo,
-nobleza y clero, y llevemos nosotros adelante nuestro
-tema! Al cabo, nuestros compañeros, a pesar
-de lo mal que están con la lanceta, no veo que hagan
-más milagros que nosotros, y creo que sus
-drogas valen tanto como nuestros específicos.»</p>
-
-<p>Fuimos, pues, continuando con nuestro método
-favorito, y en pocas semanas dejamos más viudas
-y huérfanos que el famoso sitio de Troya. Parecía
-que había entrado la peste en Valladolid: tantos
-eran los entierros que se veían. Todos los días se
-presentaba en nuestra casa un padre que nos pedía
-un hijo a quien habíamos echado a la sepultura
-o un tío que se quejaba de que hubiésemos
-muerto a su sobrino; pero nunca veíamos a ningún
-sobrino o hijo que viniese a darnos las gracias
-porque con nuestros remedios habíamos dado la
-salud a su padre o a su tío. Por lo que toca a los<span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span>
-maridos, también eran prudentes, pues ninguno
-vino a lamentarse de nosotros porque hubiese perdido
-a su mujer. Con todo eso, algunas personas
-verdaderamente afligidas venían tal vez a desahogar
-con nosotros su pena. Tratábannos de ignorantes,
-de asesinos, de verdugos, sin perdonar los
-términos y voces más descompuestas, más rústicas
-y más ignominiosas. Irritábanme sus epítetos groseros;
-pero mi maestro, que estaba muy acostumbrado
-a ellos, los oía con la mayor frescura y serenidad
-de ánimo. Acaso me hubiera yo también
-hecho con el tiempo a oírlos con igual serenidad
-si el Cielo, quizá por librar de este azote más a los
-enfermos de Valladolid, no hubiera suscitado un
-accidente que desterró en mí la inclinación a la
-Medicina, que ejercía con tan infeliz éxito, y el
-cual describiré fielmente, aunque el lector se ría a
-mi costa.</p>
-
-<p>Había cerca de mi casa un juego de pelota, adonde
-concurría diariamente toda la gente ociosa del
-pueblo, entre ella uno de aquellos valentones y
-perdonavidas de profesión que se erigen en maestros
-y deciden definitivamente todas las dudas
-que ocurren en semejantes parajes. Era vizcaíno
-y hacía que le llamasen don Rodrigo de Mondragón.
-Parecía como de treinta años, hombre de estatura
-ordinaria, seco y nervudo. Sus ojos eran
-pequeños y centelleantes, que parecía daban vueltas
-en las órbitas y que amenazaban a todos los
-que le miraban; una nariz muy chata le caía sobre
-unos bigotes retorcidos, que en forma de media<span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span>
-luna le subían hasta las sienes. Su voz era tan áspera
-y desabrida que bastaba oírla para cobrar terror.
-Este guapo se levantó con el mando del juego
-de pelota. Resolvía soberana y decisivamente todas
-las disputas que ocurrían entre los jugadores.
-No admitía más apelación de sus sentencias que
-la espada o la pistola; el que no se conformaba con
-ellas, tenía seguro al día siguiente un desafío. Este
-señor don Rodrigo, tal cual le acabo de pintar, y
-sin que el don que siempre iba delante de su nombre
-le quitase el ser plebeyo, hizo una tierna impresión
-en el corazón de la dueña del juego. Tenía
-ésta cuarenta años; era rica, bastante bien parecida,
-y había quince meses que estaba viuda. No
-sé qué diablos la pudo enamorar de aquel hombre.
-Seguramente que no se enamoró de él por su hermosura.
-Sería sin duda por aquel <i>no sé qué</i> de que
-todos hablan y ninguno sabe explicar. Como quiera
-que sea, el hecho es que ella se enamoró de aquella
-rara figura y determinó darle su mano. Cuando
-estaba ya para concluirse el tratado, cayó gravemente
-enferma y, por su desgracia, me tocó a mí
-el ser su médico. Aunque su enfermedad no hubiera
-sido de suyo tan maligna, bastarían mis remedios
-para hacerla peligrosa. Al cabo de cuatro días
-llené de luto el juego de pelota, porque envié a la
-dueña del juego a donde enviaba a mis enfermos,
-y sus parientes se apoderaron de cuanto dejó. Don
-Rodrigo, desesperado de haber perdido su novia,
-o, por mejor decir, la esperanza de un matrimonio
-tan ventajoso, no satisfecho con vomitar fuego y<span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span>
-llamas contra mí, juró que me atravesaría de parte
-a parte con la espada la primera vez que me viese.
-Dióme noticia de este juramento un vecino mío
-caritativo y me aconsejó no saliese de casa para
-no encontrarme con aquel diablo de hombre. Este
-aviso, que me pareció no era de despreciar, me
-llenó de miedo y turbación. Continuamente me
-imaginaba que veía entrar en casa al furioso vizcaíno,
-y este pensamiento no me dejaba sosegar.
-Obligóme, en fin, a dejar la Medicina y a buscar
-modo de librarme de semejante sobresalto. Volví
-a coger mi vestido bordado, despedíme de mi amo,
-que por más que hizo no me pudo contener, y al
-amanecer del día siguiente salí de la ciudad, temiendo
-siempre encontrar a don Rodrigo de Mondragón
-en el camino.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c206" id="c206">CAPÍTULO VI</a></h2>
-
-<p class="pch">A dónde se encaminó Gil Blas después que salió de
-Valladolid y qué especie de hombre se incorporó
-con él.</p>
-
-<p>Caminaba muy aprisa, y de cuando en cuando
-volvía a mirar atrás por ver si me seguía el formidable
-vizcaíno. Teníale tan presente en la imaginación,
-que cada bulto y cada árbol me parecían
-que era él, y continuamente me estaba dando saltos
-el corazón; pero después que anduve una buena
-legua me sosegué y proseguí mi viaje con mayor<span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span>
-quietud, dirigiéndome a Madrid, adonde había
-hecho ánimo de ir. No sentí dejar a Valladolid, y
-sólo, sí, el haberme separado de Fabricio, mi amado
-Pílades, sin haber podido despedirme de él. No
-me pesaba el haber abandonado la Medicina; antes
-bien, pedía perdón a Dios de haberla ejercido. Con
-todo, no dejé de contar el dinero que llevaba, aunque
-era el salario de mis homicidios y de mis asesinatos,
-semejante a las mujeres públicas, que después
-de arrepentidas de su mala vida no por eso
-dejan de contar con gusto el dinero que les ha valido.
-Halléme con unos cinco ducados, lo que me
-pareció bastante para llegar a Madrid, donde creía
-hacer fortuna. Además, tenía gran gana de ver
-aquella corte, que me habían pintado como el compendio
-de todas las maravillas del mundo.</p>
-
-<p>Mientras iba pensando en lo que había oído decir
-de ella y recreándome anticipadamente en las
-diversiones y gustos que me imaginaba había de
-gozar, oí la voz de un hombre que venía cantando
-tras de mí a gaznate tendido. Traía a cuestas una
-maleta, en la mano una guitarra y al lado una larguísima
-espada. Caminaba con tanto brío que muy
-presto me alcanzó. Era uno de aquellos dos aprendices
-de barbero que habían estado presos conmigo
-por la aventura de la sortija. Desde luego nos conocimos
-los dos, y aunque uno y otro estábamos
-en tan diferente traje, quedamos igualmente admirados
-de vernos juntos en aquel sitio. Contéle
-brevemente la causa de haber dejado a Valladolid
-y él me correspondió diciéndome que había tenido<span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span>
-una pelotera con su maestro, de cuya resulta uno
-y otro se habían despedido para siempre. «Si hubiera
-querido mantenerme aún en Valladolid&mdash;añadió&mdash;,
-habría encontrado diez tiendas por una, porque,
-sin vanidad, me atreveré a decir que acaso
-no se encontrará en toda España quien sepa rasurar
-mejor a pelo y contrapelo ni levantar mejor
-unos bigotes; pero no pude resistir a la vehemente
-gana de volver a ver mi patria, de la que ha diez
-años que falto. Quiero respirar algún tiempo el aire
-nativo y saber cómo están mis parientes. Pasado
-mañana espero verme entre ellos, porque residen
-en Olmedo, villa muy conocida, más allá de Segovia.»</p>
-
-<p>Me determiné a ir en compañía del barbero hasta
-su lugar y desde allí pasar a Segovia, con esperanza
-de encontrar alguna mayor comodidad para llegar
-a Madrid. Comenzamos a hablar de cosas indiferentes
-para divertir la molestia del camino. Era
-el mozuelo de buen humor y de muy grata conversación.
-Al cabo de una hora me preguntó si tenía
-apetito. «En llegando al mesón lo veremos», le respondí.
-«¿Pero no se puede tomar antes alguna
-parva?&mdash;me replicó&mdash;. Yo traigo en la alforja algo
-que almorzar; cuando camino, siempre tengo cuidado
-de llevar para la bucólica, y no gusto de cargar
-con vestidos, ropa blanca ni otros trapos inútiles,
-metiendo sólo en la alforja municiones de
-boca, mis navajas y un poco de jabón, y colgando
-la bacía del cinto.» Alabé su previsión y convine
-en que tomásemos el refrigerio que me proponía.<span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span>
-Desviámonos un poco del camino para sentarnos
-en un prado, donde sacó su provisión el barberillo,
-que todo consistía en media docena de cebollas,
-algunos mendrugos de pan y unos bocados de
-queso; pero lo que presentó como lo mejor y más
-precioso de la alforja fué una bota llena de vino,
-que aseguró ser muy exquisito y sabroso. Aunque
-los manjares no eran los más delicados, como a
-los dos nos apretaba el hambre, nos supieron muy
-bien y no los desairamos. Vaciamos también toda
-la bota, que hacía dos azumbres, de un vino que
-a mi parecer no merecía que el barberillo lo hubiese
-alabado tanto. Concluída nuestra frugal refacción,
-nos volvimos a poner en camino y a continuar nuestro
-viaje con más vigor y con mayor alegría. El barberillo,
-a quien Fabricio había dicho que mi vida
-estaba llena de aventuras muy singulares, me suplicó
-se las contase, para poder decir que las había
-oído de mi propia boca. Pareciéndome que
-nada podía negar a un hombre que acababa de regalarme
-con tan espléndido almuerzo, le di el gusto
-que deseaba, y, en correspondencia, le dije era
-menester me refiriese también él su vida. «Por lo
-que toca a mi historia&mdash;contestó&mdash;, no merece, cierto,
-ser contada, porque toda ella se reduce a hechos
-sencillos; pero, sin embargo&mdash;añadió&mdash;, ya que no
-tenemos cosa mejor en qué entretenernos, se la referiré
-a usted tal cual ella ha sido.» Y diciendo y
-haciendo, comenzó a contarla, poco más o menos
-en los términos siguientes.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c207" id="c207">CAPÍTULO VII</a></h2>
-
-<p class="pch">Historia del mancebillo barbero.</p>
-
-<p>«Fernando Pérez de la Fuente, mi abuelo&mdash;porque
-me gusta tomar las cosas muy de atrás&mdash;, después
-de haber seguido el oficio de barbero en la
-noble villa de Olmedo por espacio de cincuenta
-años, murió dejando cuatro hijos. El primogénito,
-por nombre Nicolás, heredó la tienda y siguió la
-misma profesión. Beltrán, que fué el segundo, se
-le metió en la cabeza el ser mercader y trató en
-mercería. El tercero, llamado Tomás, se dedicó a
-maestro de escuela. El cuarto, que se llamaba Pedro,
-sintiéndose inclinado a estudiar, vendió su
-legítima y se fué a Madrid, donde esperaba darse
-con el tiempo a conocer por su erudición y su ingenio.
-Los otros tres hermanos nunca se separaron,
-manteniéndose en Olmedo, y allí se casaron
-todos tres con hijas de labradores, que trajeron en
-matrimonio poca dote, pero en recompensa de ella
-una gran fecundidad, pues parece habían apostado
-a cuál había de parir más. Mi madre, que era la
-mujer del barbero, parió seis en los cinco primeros
-años de casada, siendo yo uno de ellos. Mi padre,
-luego que tuve fuerzas, me puso a su oficio, y
-apenas cumplí quince años cuando un día me echó
-a cuestas la alforja que veis, y ciñéndome esta
-misma espada, «¡Ea, Diego&mdash;me dijo&mdash;, ya puedes
-ganar la vida! ¡Vete a correr mundo! Estás algo<span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span>
-basto y te conviene viajar para limarte, como también
-para perfeccionarte en tu oficio. Vete, pues,
-y no vuelvas a Olmedo hasta haber andado toda
-España; no quiero oír hablar de ti hasta que hayas
-hecho todo esto.» Dióme un paternal abrazo, cogióme
-de la mano y bonitamente me condujo hasta
-ponerme de patitas en la calle.</p>
-
-<p>»Esta fué la tierna despedida de mi padre; pero
-mi madre, que era de genio menos áspero, se mostró
-más sentida de mi marcha. Echó algunas lágrimas
-y aun me metió a escondidas en la mano
-un ducado. Salí, pues, de Olmedo en esta conformidad,
-y tomé el camino de Segovia. No bien había
-andado doscientos pasos, cuando examiné la
-alforja, picándome la curiosidad de saber lo que
-llevaba. Encontréme un estuche hendido y abierto
-por todas partes, dentro del cual había dos navajas
-de afeitar, tan mohosas, gastadas y mugrientas
-que parecían haber servido a diez generaciones,
-con una tira de cuero para suavizarlas y un pedazo
-de jabón. Además de eso hallé una camisa nueva
-de cáñamo, un par de zapatos viejos de mi padre,
-y lo que sobre todo me alegró fueron unos veinte
-reales que encontré envueltos en un trapo. A
-esto se reducía todo mi haber. Por aquí podrá usted
-conocer lo mucho que fiaba mi padre en mi
-habilidad, cuando me echó de su casa con tan poco
-ajuar. Sin embargo, la posesión de un ducado y
-veinte reales más no dejó de deslumbrar a un muchacho
-que en toda su vida había visto tanto dinero
-junto. Consideréme con un caudal inagotable,<span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span>
-y lleno de alegría proseguí mi camino, mirando
-de cuando en cuando el puño de mi tizona,
-cuya hoja se me enredaba entre las piernas, me
-molestaba e impedía caminar.</p>
-
-<p>»Hacia el anochecer llegué al reducido lugar de
-Ataquines, con un hambre que ya no podía sufrir.
-Entré en el mesón y, como si me sobrase mucho
-para el gasto, mandé en voz alta que me trajesen
-de cenar. El mesonero me estuvo mirando con
-atención algún tiempo, y conociendo lo que podía
-ser yo, «Sí&mdash;me dijo con mucha dulzura&mdash;, sí, caballerito
-mío; usted será servido como un príncipe.»
-Condújome a una pieza pequeña, y un cuarto
-de hora después me sirvió un encebollado de gato,
-que comí con tanto apetito como si fuera de liebre
-o de conejo. Acompañó este exquisito guisado con
-un vino que, según él decía, el rey no le bebía mejor.
-Y aunque conocí muy bien que ya era un vino
-embrión de vinagre, sin embargo, le hice tanto
-honor como había hecho al gato. Después era menester,
-para ser tratado en todo como un príncipe,
-que me dispusiese una cama más propia para despertar
-a una piedra que para dormir. Figúrese usted
-una tarima tan corta que, aun siendo yo pequeño,
-no podía extender las piernas sin que saliesen
-fuera la mitad. Fuera de eso, el colchón de
-pluma se reducía a una especie de jergón hético y
-estrujado, cubierto de una sábana doblada que,
-después de su última lavadura, habría servido quizá
-a cien pasajeros. Con todo eso, en la cama que
-fielmente acabo de pintar, con la barriga llena de<span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span>
-gato y de aquel precioso vino que antes describí,
-gracias a mis pocos años y a mi natural robustez
-dormí profundamente y pasé la noche sin la más
-leve indigestión.</p>
-
-<p>»Al día siguiente, luego que hube almorzado y
-pagado bien la comida que me habían servido, me
-planté de una tirada en Segovia. Así que llegué
-tuve la fortuna de que me recibiesen en una tienda,
-dándome sólo de comer y vestir; pero no paré
-allí más que seis meses, porque otro mancebo barbero
-con quien había trabado amistad y quería ir
-a Madrid me levantó de cascos, y me marché con
-él a esta villa. Acomodéme luego fácilmente, sobre
-el mismo pie que en Segovia, en una tienda de
-las más concurridas, pues su vecindad al corral
-del Príncipe atraía a ella tanta multitud de parroquianos
-que el maestro, dos mancebos y yo no
-bastábamos a dar abasto a todos. Allí iban personas
-de todas clases, y entre ellas comediantes y
-autores. Una vez se juntaron dos sujetos de esta
-clase; pusiéronse a hablar de los poetas y las poesías
-del tiempo, y les oí pronunciar el nombre de
-mi tío. Entonces me apliqué a oírlos con mayor
-atención. «Don Juan de Zabaleta&mdash;dijo uno&mdash;es un
-autor de quien me parece que el público no debe
-estar muy satisfecho. Es un hombre frío, sin fuego
-y sin inventiva. La última comedia suya le desacreditó
-excesivamente.» «Y Luis Vélez de Guevara&mdash;dijo
-el otro&mdash;, ¿no acaba de regalarnos con
-una bellísima obra? ¿Puede haber cosa más miserable?»
-Nombraron no sé a cuántos otros poetas<span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span>
-cuyos nombres no tengo presentes; pero me acuerdo
-bien de que hablaron de ellos muy mal. De mi
-tío hicieron ambos más honorífica mención. «Sí&mdash;dijo
-uno de ellos&mdash;, don Pedro de la Fuente es
-un gran autor; sus escritos están llenos de una gracia
-y de una erudición que al mismo tiempo instruyen
-y deleitan por su delicada sal. No me admiro
-de que sea estimado de la corte y del pueblo ni de
-que muchos señores le hayan señalado pensiones.
-Ha muchos años que goza una gruesa renta, y el
-duque de Medinaceli le da casa y mesa, por lo que
-nada gasta, y así, es preciso que esté muy bien y
-tenga dinero.»</p>
-
-<p>»No perdí palabra de todo lo que dijeron de mi
-tío aquellos poetas. Ya sabíamos en la familia que
-hacía mucho ruido en Madrid con motivo de sus
-obras. Algunas personas, al pasar por Olmedo, nos
-habían informado de lo bien admitido que estaba;
-pero como nunca nos había escrito y parecía haberse
-extrañado mucho de nosotros, oíamos todas
-aquellas noticias con la mayor indiferencia. No
-obstante, como la buena sangre no puede mentir,
-luego que oí decir que lo pasaba tan bien y me
-informé de las señas de su casa, tuve tentación de
-ir a verle y darme a conocer con él. Sólo me detenía
-el haber oído a los cómicos llamarle don Pedro.
-Aquel <i>don</i> me hacía titubear, recelando fuese otro
-del mismo nombre y apellido de mi tío. Con todo
-eso, vencí al cabo este temor, pareciéndome que
-así como había sabido hacerse sabio podía también
-haber sabido hacerse noble y caballero; y así,<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span>
-resolví presentarme a él. Para esto, al día siguiente,
-con licencia de mi maestro, me vestí lo más
-decentemente que pude y salí a la calle, no poco
-vanaglorioso y cuellierguido de verme sobrino de
-un hombre cuyo ingenio metía en la corte tanta
-bulla. Sabido es que los barberos no son la gente
-del mundo menos sujeta a la vanidad. Comencé,
-pues, a tenerme en gran opinión, y caminando
-con orgullosa gravedad, pregunté por la casa del
-duque de Medinaceli. Enseñáronmela, y entrando
-en ella, supliqué al portero me dijese cuál era el
-cuarto del señor don Pedro de la Fuente. «Suba
-usted por aquella escalerilla&mdash;me dijo, mostrándome
-una que estaba al fin de un patio&mdash;y llame
-a la primera puerta que encuentre a mano derecha.»
-Hícelo así; llamé a la puerta, y salió a abrir
-un mocito, a quien pregunté si vivía allí el señor
-don Pedro de la Fuente. «Sí, señor&mdash;me respondió&mdash;,
-pero ahora no se le puede entrar recado.»
-«Lo siento mucho&mdash;repliqué&mdash;, pues verdaderamente
-le quisiera hablar, porque le traigo noticias
-de su familia.» «Aunque se las trajera del Padre
-Santo de Roma no le haría yo a usted entrar en
-este momento, pues está actualmente componiendo,
-y mientras trabaja no quiere que ninguno
-entre a interrumpirle y distraerle. De nadie se
-deja ver hasta mediodía; y así, puede usted ir a
-dar una vuelta y volver entonces.»</p>
-
-<p>»Salíme, pues, y me fuí a pasear por Madrid toda
-la mañana, pensando siempre en el modo con que
-mi tío me recibiría. «Sin duda&mdash;decía yo para mí&mdash;que<span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span>
-tendrá grandísimo gusto de verme y conocerme»,
-porque medía su corazón por el mío; así,
-contaba con que sería muy tierno el acto de vernos
-y reconocernos. Al fin volví con toda diligencia
-a la hora señalada. «Viene usted muy a
-tiempo&mdash;me dijo el paje&mdash;; presto saldrá mi amo.
-Espere usted aquí, que voy a avisarle.» Volvió dentro
-de un instante y me hizo entrar donde estaba
-mi tío, cuya vista me llenó de gozo, porque luego
-observé en su cara el aire de nuestra familia. Era
-tan parecido a mi tío Tomás, que le hubiera tenido
-por él mismo a no haberle visto en aquel traje
-y en aquel estado. Saludéle con profundo respeto
-y le dije que era hijo de maese Nicolás de la Fuente,
-el barbero de Olmedo y hermano de su señoría
-y que hacía tres semanas que estaba en Madrid,
-siguiendo el mismo oficio de mi padre, en calidad
-de mancebo, con ánimo de andar la España para
-perfeccionarme en la Facultad. Mientras le estaba
-hablando, advertí que mi tío estaba distraído y
-pensativo, dudando, a la cuenta, si me conocería
-o no por sobrino o discurriendo algún arbitrio para
-eximirse de mí con arte y con destreza. Tomó este
-segundo partido, y afectando cierto aire jovial y
-risueño, me dijo: «Y bien, amigo, ¿cómo están de
-salud tu padre y tus tíos? ¿En qué estado se hallan
-las cosas de la familia?» Comencé a informarle
-de su fecunda propagación; fuíle nombrando uno
-por uno todos los hijos, varones y hembras, comprendiendo
-en la relación hasta los nombres de
-sus padrinos y madrinas. Parecióme que no se interesaba<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span>
-demasiado en tan menuda explicación, y
-queriendo conseguir su intención, «Ahora bien, querido
-Diego&mdash;me dijo&mdash;: apruebo mucho el que pienses
-correr mundo para perfeccionarte en tu oficio
-y te aconsejo no te detengas mucho tiempo en
-Madrid. Este es un lugar muy pernicioso para la
-juventud y tú te perderías en él. Mucho mejor harás
-en recorrer otras ciudades del reino donde no
-están tan estragadas las costumbres. Vete, pues,
-y cuando vayas a marchar vuelve a verme, que
-te daré un doblón para ayuda del viaje.» Diciendo
-esto, me fué llevando poco a poco hacia la puerta
-de la sala y me despidió con buenas palabras.</p>
-
-<p>»No conocí, por mi poca malicia, que sólo buscaba
-pretextos para alejarme de sí. Volví a la tienda
-y di cuenta a mi amo de la visita que acababa
-de hacer. El buen hombre, que no penetró más
-que yo la verdadera intención del señor don Pedro,
-me dijo: «Yo no soy del parecer de tu tío. En
-lugar de exhortarte a correr mundo, me parece debía
-aconsejarte que permanecieses en Madrid. El
-trata con tantas personas de distinción que fácilmente
-puede colocarte en una casa grande, donde
-en breve tiempo podrías hacer gran fortuna.» Pagado
-de estas palabras, que excitaron en mi imaginación
-grandiosas esperanzas, dentro de dos días
-volví a casa de mi señor tío y le propuse que podía
-emplear su valimiento para acomodarme con
-algún personaje de la corte. Disgustóle mucho la
-proposición. A un hombre vano, que entraba francamente
-en casa de los grandes y se sentaba con<span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span>
-ellos a la mesa, no le agradaba mucho que un sobrino
-suyo comiese con los criados mientras él estuviese
-comiendo con los amos, pues en tal caso
-el Dieguillo llenaría de vergüenza al señor don Pedro.
-Este, pues, se irritó furiosamente, y, lleno de
-cólera, me dijo: «¡Cómo, bribonzuelo! ¿Quieres abandonar
-tu oficio? ¡Anda, vete, que yo te dejo en
-manos de los que te dan malos consejos! ¡Sal de
-mi cuarto, repito, y no vuelvas a poner los pies en
-él si no quieres que te haga castigar como mereces!»
-Quedé aturdido al oír estas palabras, y mucho
-más me espantó la bronca y destemplada voz
-con que las pronunció. Retiréme llorando y muy
-apesadumbrado de la aspereza con que me había
-tratado mi tío. Con todo eso, como siempre he sido
-de natural vivo y altivo, presto se me enjugó el
-llanto; pasé, por la contraria, del sentimiento a la
-indignación, y resolví no hacer caso de un mal pariente
-sin el cual había vivido hasta allí y esperaba
-vivir sin necesitarle para nada.</p>
-
-<p>»No pensé entonces mas que en cultivar mi talento
-y en aplicarme al trabajo. Afeitaba todo el
-día, y por la noche, para recrear un poco el ánimo,
-aprendía a tocar la guitarra, siendo mi maestro un
-hombre de edad a quien yo afeitaba. Llamábase
-Marcos de Obregón, y me enseñaba la música, que
-sabía perfectamente, porque había sido cantor en
-una iglesia. Era hombre cuerdo, de tanta capacidad
-como experiencia, y me quería como si fuera
-hijo suyo. Servía de escudero a la mujer de un médico
-que vivía a treinta pasos de nuestra casa.<span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span>
-Ibale yo a ver todos los días al anochecer, cuando
-no había que hacer en la tienda, y sentados los
-dos en el umbral de la puerta tocábamos algunas
-sonatas que no desagradaban a la vecindad. Nuestras
-voces no eran muy gratas; pero dando a la
-guitarra y cantando cada uno metódicamente la
-parte que le tocaba, gustábamos a las gentes que
-nos oían. Divertíase particularmente con nuestra
-música doña Marcelina, que así se llamaba la mujer
-del médico. Bajaba algunas veces a oírnos al
-portal y nos hacía repetir las tonadillas que más
-le agradaban. Su marido no le impedía esta diversión,
-pues, aunque español y viejo, no era celoso.
-Por otra parte, su profesión le tenía empleado todo
-el día, y cuando se retiraba a casa por la noche
-iba tan cansado de visitar enfermos que se acostaba
-muy temprano, y ninguna aprensión le causaba
-el gusto que su mujer tenía de oír nuestras
-músicas, quizá por juzgar que no eran capaces de
-excitar en ella perniciosas impresiones. A esto se
-añadía que, aunque su mujer era a la verdad joven
-y linda, no le daba motivo alguno para el más mínimo
-recelo, siendo de una virtud tan adusta que
-no podía sufrir que los hombres ni aun siquiera
-la mirasen; y así, no llevaba a mal que tuviese
-aquel honesto e inocente pasatiempo, y nos dejaba
-cantar todo cuanto queríamos.</p>
-
-<p>»Una noche que fuí a la puerta del médico para
-divertirme, como acostumbraba, encontré al viejo
-escudero, que me estaba esperando. Tomóme por
-la mano y me dijo que quería nos fuésemos los<span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span>
-dos a pasear un poco antes de principiar la música.
-Así que nos vimos en una calle excusada y
-solitaria, a donde me fué llevando y donde conoció
-que me podía hablar con libertad, «Querido
-Diego&mdash;me dijo con semblante triste&mdash;, tengo que
-comunicarte reservadamente una cosa. Temo mucho,
-hijo mío, que uno y otro nos hemos de arrepentir
-de esta música que damos a la puerta de
-mi amo. No puedes dudar lo mucho que te quiero
-y he tenido gran gusto en enseñarte a tocar la guitarra
-y a cantar, pero si hubiera previsto la desgracia
-que nos amenaza, te aseguro de veras que
-hubiera escogido otro sitio para darte las lecciones.»
-Sobresaltóme esta relación y supliqué al escudero
-que se explicase más claro, diciéndome
-francamente qué era lo que podíamos temer, porque
-yo no era hombre que quisiese hacer frente
-al peligro y que todavía no había dado la vuelta
-por España. «Voy&mdash;me respondió&mdash;a decirte lo que
-debes saber para conocer el riesgo en que nos hallamos.
-Cuando un año ha entré a servir al médico,
-me llevó una mañana al cuarto de su mujer, y
-presentándome a ella, me dijo: «Marcos, esta señora
-es tu ama y siempre la has de acompañar a
-cualquier parte que vaya.» Quedé admirado al ver
-a doña Marcelina. Encontréme con una dama joven
-y en extremo hermosa, gustándome sobre todo
-lo airoso de su talle y lo apacible de su semblante.
-«Señor amo&mdash;respondí al amo&mdash;, me tengo por
-muy dichoso en servir a una señora tan amable.»
-Desagradó tanto a doña Marcelina mi respuesta,<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span>
-que, con semblante airado, me dijo: «¡Oiga el impertinente,
-el atrevido! ¿Quién le ha enseñado a
-tomarse esas libertades? ¡Sepa desde luego que no
-gusto de lisonjas ni aguanto requiebros!» Sorprendiéronme
-extrañamente unas palabras tan ásperas,
-pronunciadas por aquella boca tan agraciada
-y tan ajenas de lo que prometía su apacible rostro.
-No acertaba yo a conciliar aquel modo de hablar,
-grosero y desabrido, con todo lo demás que
-observaba en una mujer de presencia tan grata.
-El marido, acostumbrado ya a ello, lejos de enfadarse,
-se tenía por muy afortunado en que le hubiese
-tocado una mujer de aquel extraño carácter;
-tanto, que me dijo: «Marcos, mi mujer es un prodigio
-de virtud»; y viendo que se ponía el manto
-para ir a misa, me mandó que la fuese acompañando
-a la iglesia. Apenas salimos a la calle cuando
-encontramos dos mozalbetes que, admirados
-del aire y garbo de doña Marcelina, le dijeron al
-paso algunas cosas muy lisonjeras; pero ella les
-respondió con tal despego y les dijo tantas necedades
-que los pobres quedaron corridos y suspensos,
-sin poder comprender cómo podía haber en el
-mundo una mujer que llevase a mal el ser alabada
-y aplaudida. «Señora&mdash;le dije&mdash;, haga usted que
-no oye y pase sin contestar a lo que le dicen; menos
-malo es callar que responder con desabrimiento.»
-«Eso no&mdash;replicó ella&mdash;: quiero enseñar a esos
-insolentes que yo no soy mujer que sufro me pierdan
-el respeto.» En fin, profirió tantos desatinos
-que no pude menos de decirle mi sentir, aunque<span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178">[178]</a></span>
-fuese a peligro de disgustarla. Le hice presente del
-mejor modo que me fué posible que hacía injuria
-a la naturaleza echando a perder con su carácter
-adusto mil bellas prendas de que la había dotado;
-que una mujer de genio afable y de modales atentos
-podía hacerse amar sin el auxilio de la hermosura,
-cuando, por el contrario, la más hermosa, si
-no es afable y agasajadora, se hace un objeto de
-desprecio. A estas razones añadí otras dirigidas a
-la corrección de sus ásperos modales. Después de
-haberla aconsejado a mi satisfacción, temí me costase
-caro mi celo y fidelidad, excitando su cólera
-y produciendo algún efecto que me fuese de poco
-gusto. Mas no sucedió así: no se enfadó de mis insinuaciones,
-contentándose con no seguirlas; y el
-mismo efecto produjeron las que tuve la tontería
-de hacerle los días siguientes.</p>
-
-<p>»Canséme de advertirle en vano sus defectos y
-abandonéla a la aspereza de su genio. Pero ¡quién
-lo creyera! Este natural tan agreste, esta mujer
-tan orgullosa, de dos meses a esta parte ha mudado
-enteramente de condición. Hoy es atenta con
-todos y a todos trata con modales muy cariñosos.
-Ya no es aquella Marcelina que no respondía sino
-necedades a los hombres que la elogiaban; ya oye
-con agrado sus lisonjas. Gusta que le digan que es
-hermosa y que ningún hombre la puede mirar sin
-cobrarle afición. Son muy de su gusto los requiebros,
-y, en suma, ya es otra muy diferente mujer.
-Esta mudanza apenas es comprensible; pero lo que
-más te ha de admirar es el saber que tú mismo<span class="pagenum"><a name="Page_179" id="Page_179">[179]</a></span>
-has obrado este gran milagro. Sí, mi querido Diego,
-tú has sido el autor de una transformación tan
-extraña; tú quien has convertido aquel tigre feroz
-en una mansísima cordera. En una palabra, tú has
-merecido su atención, como lo he observado más
-de una vez; y o yo conozco mal a las mujeres o mi
-ama se abrasa por ti en un vehementísimo amor.
-Esta es, hijo mío, la triste noticia que tenía que
-darte, y ésta es la desgraciada situación en que
-los dos nos hallamos.» «Yo no veo&mdash;respondí al
-viejo&mdash;gran motivo de afligirnos en todo lo que
-usted me ha dicho, ni mucho menos que sea desgracia
-mía el que me ame una mujer hermosa.»
-«¡Ah Diego!&mdash;me replicó&mdash;. ¡Bien se conoce que
-discurres como mozo! Sólo miras al cebo y no temes
-al anzuelo. Te paras sólo en el placer; pero yo,
-como viejo y experimentado, preveo los disgustos
-que causa después, porque no hay cosa que tarde
-o temprano no se descubra. Si prosigues en venir
-a cantar a nuestra puerta, con tu vista se encenderá
-cada día más la pasión de doña Marcelina, y
-olvidada tal vez de todo recato, llegará a conocerlo
-el doctor Oloroso, su marido, el cual se ha mostrado
-tan condescendiente hasta aquí porque no
-tiene el más leve motivo para tener celos; pero después
-se pondrá furioso, se vengará de su mujer y
-podrá hacernos a ti y a mí un flaco servicio.» «Pues
-bien, señor Marcos&mdash;le repliqué&mdash;, cedo a vuestras
-razones y me entrego a vuestros consejos. Dígame
-usted qué debo hacer y cómo me he de portar
-para evitar todo siniestro accidente.» «Dejando<span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span>
-los dos nuestras músicas&mdash;me respondió&mdash;y no volviendo
-tú a parecer delante de mi señora. Una
-vez que no te vea, poco a poco se le irá entibiando
-la pasión y recobrará su tranquilidad. Espérame
-en casa del maestro, que yo te iré a buscar,
-y allá tocaremos y cantaremos sin inconveniente.»
-Ofrecílo así, y, con efecto, hice propósito de no ir
-más a la puerta del médico y estarme encerrado
-en mi tienda, pues que yo era un mozo que no podía
-ser visto sin peligro.</p>
-
-<p>»Sin embargo, el buen Marcos, a pesar de su prudencia,
-experimentó dentro de pocos días que el
-medio discurrido y aconsejado por él no sirvió para
-templar el fuego de doña Marcelina; antes bien,
-produjo un efecto enteramente contrario. Esta señora,
-a la segunda noche que no nos oyó cantar,
-le preguntó por qué razón habíamos suspendido
-nuestra música y cuál era la causa de que yo me
-hubiese retirado. Respondióle que tenía tantas ocupaciones
-que no me dejaban un instante para divertirme.
-Mostróse satisfecha de esta excusa, y por
-tres días sufrió mi ausencia con bastante firmeza;
-mas al cabo de este tiempo perdió la paciencia
-y le dijo a su escudero: «Marcos, tú me engañas.
-Diego no ha dejado de venir aquí sin motivo, y
-esto encierra algún misterio que quiero descubrir.
-Habla y no me ocultes nada, que así te lo mando.»
-«Señora&mdash;respondió él, pagándole con otra
-mentira&mdash;, ya que usted quiere saber las cosas
-como son, sepa que al pobre Diego le ha sucedido
-muchas veces volverse a su casa después de<span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span>
-nuestras músicas y encontrarse sin cena, y ya no
-se atreve a exponerse a ir a la cama sin cenar.»
-«¿Cómo sin cenar?&mdash;exclamó ella lastimada&mdash;. ¿Por
-qué no me lo has dicho antes? ¡Pobre mozo! ¡Anda
-al instante y tráemelo contigo, asegurándole que
-nunca volverá a su casa sin cenar, porque yo daré
-orden que se le guarde aquí siempre algún plato.
-«¡Qué es lo que oigo!&mdash;exclamó el escudero, admirado
-de oírla hablar de aquella suerte&mdash;. ¡Qué
-mudanza, cielos! ¿Sois vos, señora, la que me habláis
-en esos términos? ¿Pues de cuándo acá os
-habéis hecho tan compasiva y sensible?» «Desde
-que tú viniste a esta casa&mdash;me respondió prontamente&mdash;;
-o, por mejor decir, desde que reprendiste
-mis modales desdeñosos y te empeñaste en suavizar
-la aspereza de mis costumbres. Mas, ¡ay de
-mí&mdash;prosiguió ella enternecida&mdash;, que he pasado
-de un extremo a otro! De altiva e insensible que
-era, me he vuelto sobrado mansa y cariñosa. Amo
-a tu amigo Diego sin poderlo remediar, y su ausencia,
-muy lejos de templar mi amor, le inflama
-más y más.» «¿Es posible, señora&mdash;replicó el viejo&mdash;,
-que un mozo que nada tiene de hermoso ni
-gallardo haya excitado en vos una pasión tan vehemente?
-Yo disculparía vuestra inclinación si os
-la hubiera inspirado algún caballero de gran mérito...»
-«¡Ah Marcos!&mdash;interrumpió Marcelina&mdash;. ¡O
-yo no me parezco en nada a las otras mujeres, o
-tú, no obstante tu larga experiencia, todavía no
-las conoces bien si te persuades que el mérito es
-quien las mueve para elegir a un sujeto! Si he de<span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span>
-juzgarlo por mí misma, nunca reflexionan para
-enamorarse. El amor es un desorden de la razón
-que a pesar nuestro nos arrastra tras de un objeto
-y nos sujeta a él. Es una enfermedad que nace
-en nosotras y nos atormenta como la rabia a los
-animales. No te canses, pues, en persuadirme de
-que Diego no es digno de mi cariño; basta que le
-ame, para figurarme en él mil prendas que no descubres
-tú y que quizá tampoco él tendrá. En vano
-te empeñas en hacerme creer que ni sus facciones
-ni su figura tienen cosa que pueda llamarme la
-atención; a mí me parece hechicero y más hermoso
-que el sol; fuera de que tiene en su voz una suavidad
-que me encanta y se me figura que toca
-la guitarra con una gracia y primor particular.»
-«¡Pero, señora!&mdash;replicó Marcos&mdash;. ¿Habéis pensado
-bien lo que es el tal Diego, su baja y humilde
-condición?...» «Yo no soy mejor que él&mdash;me interrumpió&mdash;;
-pero aun cuando fuera una mujer de
-distinción, nunca repararía en eso.»</p>
-
-<p>»El resultado de esta conferencia fué que, desesperanzado
-el viejo escudero de adelantar cosa
-alguna con su ama en este punto, la dejó en su
-capricho y se retiró, como un diestro piloto cede
-a la tormenta que le desvía del puerto a donde se
-ha propuesto desembarcar. Aun hizo más: por dar
-gusto a su ama, me vino a buscar, me llamó aparte,
-y después de haberme contado todo lo sucedido
-entre ella y él, «Bien ves, Diego&mdash;me dijo&mdash;, que
-no podemos excusarnos de continuar nuestras músicas
-a la puerta de Marcelina. Es indispensable,<span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span>
-amigo mío, que esta señora te vuelva a ver, porque
-de otra manera nos exponemos a que haga
-alguna locura que perjudique más que nada a su
-reputación.» No me hice de rogar, y respondíle que
-iría a su casa con mi guitarra así que anocheciese,
-y podía llevar a su ama esta agradable noticia.
-Hízolo así y dió a la apasionada amante la más
-alegre y gustosa nueva que podía desear, con la
-esperanza de verme y oírme aquella noche.</p>
-
-<p>»Pero faltó poco para que un lance pesado le
-hubiese frustrado esta esperanza. No pude salir de
-casa hasta después de muy anochecido, y, por mis
-pecados, era la noche muy obscura. Caminaba a
-tientas por la calle, y quizá llevaba andado ya la
-mitad del camino, cuando de una ventana me regalaron
-de pies a cabeza con cierto «¡Agua va!»
-que lisonjeaba poco el sentido del olfato. Viéndome
-en tal estado, no sabía qué partido tomar. Volverme
-a casa era exponerme a las pesadas zumbas
-de los otros mancebos compañeros míos; ir a
-la de Marcelina en aquel magnífico equipaje no
-me lo permitía la vergüenza. Resolvíme, no obstante,
-a ir a casa del médico, persuadido de que
-encontraría a Marcos a la puerta y que todo se
-remediaría antes de presentarme en aquel estado
-a Marcelina. Con efecto, fué así; encontréle esperándome
-a la puerta, y luego que me vió, me dijo
-que el doctor Oloroso acababa de recogerse y que
-aquella noche nos podíamos divertir a nuestro sabor.
-Respondíle que ante todas cosas era menester
-limpiarme el vestido, y le conté lo que me había<span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span>
-pasado. Mostróse muy condolido de ello y me
-hizo entrar en donde me estaba esperando su ama.
-Apenas oyó esta señora mi sucia aventura y me
-vió en el triste estado en que me hallaba, prorrumpió
-en expresiones del mayor dolor, como si me
-hubieran sucedido las más funestas desgracias; y
-después, como si hablase con la puerca que me
-había puesto de aquella manera, se desfogó echándole
-mil maldiciones. «Señora&mdash;le dijo Marcos&mdash;,
-moderad esos impulsos; considerad que el lance
-fué puro efecto de casualidad y no conviene mostrar
-tan fuerte enojo.» «¿Cómo quieres&mdash;respondió
-ella&mdash;que no sienta vivamente la ofensa que se ha
-hecho a este inocente cordero, a esta paloma sin
-hiel, que ni aun se queja del ultraje que ha recibido?
-¡Ojalá fuera yo hombre en esta ocasión para
-vengarle!»</p>
-
-<p>»Otras mil cosas dijo, pruebas todas de su ciego
-amor, que igualmente acreditó con las acciones,
-porque mientras Marcos me estaba limpiando con la
-toalla, Marcelina fué corriendo a su cuarto; trajo una
-cajita llena de todo género de perfumes, quemó
-cantidad de ellos, sahumó todos mis vestidos y los
-roció con espíritus olorosos en abundancia. Concluído
-el sahumerio y aspersorio, la caritativa señora
-fué en persona a la cocina y me trajo pan, vino
-y algunos pedazos de carnero asado que tenía guardados
-para mí. Obligóme a comer, y teniendo gusto
-en servirme ella misma, ya me hacía plato y ya
-me echaba de beber, a pesar de cuanto Marcos y
-yo podíamos hacer y decir para que no se humillase<span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span>
-a semejantes demostraciones. Acabada la cena,
-templamos prontamente los instrumentos y arreglamos
-las voces para dar principio a nuestro concierto.
-Marcelina quedó embelesada de oírnos; bien
-es verdad que escogimos de propósito ciertos cantares
-y letrillas amorosas que halagaban su amor;
-y debo confesar que mientras cantábamos yo lanzaba
-de cuando en cuando hacia ella unas ojeadas
-tiernas que pegaban fuego a las estopas, porque
-el juego me iba ya gustando. No me cansaba el
-concierto, aunque ya hacía mucho que duraba. Por
-lo que toca a la señora, las horas le parecían instantes,
-y de buena gana hubiera estado oyéndonos
-toda la noche si su escudero, a quien los instantes
-se le hacían horas, no le hubiera avisado que era
-ya tarde. Dióle el trabajo de decírselo más de diez
-veces; pero daba con un hombre infatigable en este
-punto, que no la dejó sosegar hasta que yo me ausenté.
-Como era cuerdo y prudente y veía a su
-ama tan locamente apasionada, temía nos sucediese
-algún desastre. El tiempo verificó lo fundado
-de su temor, porque el médico, ya fuese porque
-comenzó a entrar en sospecha y a dudar de algún
-enredo secreto, o ya porque el diablillo de los celos,
-que hasta entonces le había respetado, quiso
-inquietarle, comenzó a reprender nuestras músicas,
-y aun hizo más, prohibiéndonoslas en tono de
-amo que quería ser obedecido, y sin dar razón alguna
-de lo que mandaba, declaró que no aguantaría
-más se admitiese en su casa a ninguno de fuera.
-Notificóme Marcos esta resolución, que hablaba<span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span>
-tan particularmente conmigo, y no puedo negar
-que por entonces me desazonó muchísimo, porque
-sentía perder las esperanzas que había concebido.
-Con todo eso, por no faltar a la obligación
-de fiel historiador, debo confesar que a corta reflexión
-me costó poco el conformarme y llevar en
-paciencia aquel revés de la fortuna. No así Marcelina,
-cuya afición cobró mayor fuerza. «Querido
-Marcos&mdash;dijo al escudero&mdash;, de ti solo espero algún
-consuelo: ruégote que hagas todo lo posible para
-que tenga el gusto de ver secretamente a Diego.»
-«¿Qué es lo que usted me pide, señora?&mdash;le respondió
-colérico&mdash;. ¡Demasiada contemplación he
-tenido con usted! ¡No, no quiera Dios que por fomentar
-una loca pasión contribuya yo a deshonrar
-a mi amo, a la pérdida de vuestra reputación
-y a mancharme a mí mismo con el borrón de tal
-infamia, después de haber pasado toda la vida por
-hombre muy de bien, por criado fiel y de una conducta
-irreprensible! ¡Antes dejaré la casa que servir
-en ella de un modo tan vergonzoso!» «¡Ah Marcos!&mdash;replicó
-la señora, asustada de estas últimas palabras&mdash;.
-¡Me atraviesas de parte a parte el corazón
-cuando hablas de marcharte! Pues qué, ¿piensas,
-cruel, dejarme, después que me has reducido al
-lastimoso estado en que me veo? ¡Restitúyeme primero
-aquel orgullo y aquella tranquila altivez que
-tú mismo me quitaste! ¡Oh, y quién tuviera ahora
-aquellos felicísimos defectos! Gozaría de gran paz
-mi corazón en lugar del tumulto que le agita gracias
-a tus imprudentes reconvenciones. ¡Tú, tú<span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187">[187]</a></span>
-fuiste quien estragaste mis costumbres cuando quisiste
-enmendarlas! ¡Pero qué es lo que digo!&mdash;continuó
-ella, llorando&mdash;. ¡Desdichada de mí! ¿A qué
-fin darte en cara con tan injustas quejas? ¡No,
-amado padre, no fuiste tú el autor de mi infortunio!
-¡Mi mala suerte fué la única que me preparó
-mi desgracia! ¡No hagas caso, te pido, de las necias
-palabras que profiero! Mi pasión me ha trastornado
-el juicio. ¡Compadécete de mi flaqueza!
-¡Tú eres mi único consuelo, y si aprecias mi vida,
-no me niegues tu asistencia!»</p>
-
-<p>»Al decir estas palabras creció su llanto de manera
-que no pudo continuar. Sacó el pañuelo, cubrióse
-con él el rostro y se dejó caer en una silla,
-como una persona que se rinde al peso de su aflicción.
-El buen Marcos, que era de la mejor pasta
-de escuderos que jamás se ha visto, no pudo resistir
-a un espectáculo tan lastimoso, que le conmovió
-vivamente, y mezcló sus compasivas lágrimas
-con las de su afligida ama, diciéndole, lleno
-de ternura: «¡Ah señora, y qué atractivo es el vuestro!
-No tengo fuerzas para combatir vuestra pena,
-que acaba de rendir mi virtud, y prometo auxiliaros.
-¡Ya no me admiro de que el amor haya tenido
-poder para haceros olvidar de vuestro deber,
-cuando la compasión sola lo ha tenido para no
-acordarme yo del mío!» De manera que el pobre
-escudero, a pesar de su irreprensible conducta, se
-sacrificó muy servicialmente a la pasión de Marcelina.
-A la mañana siguiente vino a contarme todo
-lo sucedido, y me dijo que tenía ya pensado el<span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span>
-modo de proporcionarme una conversación secreta
-con su ama. Con esto animó mi esperanza; pero
-dos horas después llegó a mis oídos una noticia
-tan triste como no esperada. El mancebo de una
-botica que había en el barrio, y era uno de nuestros
-parroquianos, vino a hacerse la barba. Mientras
-me disponía a rasurarle, me dijo: «Señor Diego,
-¿cómo le va a usted con su amigo el viejo escudero
-Marcos de Obregón? Ya sabrá usted que
-está para marcharse de casa del doctor Oloroso.»
-«No, por cierto», le respondí. «Pues sépalo usted&mdash;me
-replicó&mdash;, y no dude que la cosa es cierta.
-Hoy sin falta le despedirán. Su amo y el mío acaban
-de tener ahora una conversación, a que me
-hallé presente, en la cual dijo el primero al segundo:
-«Señor boticario, tengo que hacer a usted
-una súplica. No estoy contento con un viejo escudero
-que tengo en casa, y en su lugar quisiera una
-dueña fiel, severa y vigilante que guardase a mi
-mujer.» «¡Ya entiendo!&mdash;respondió mi amo&mdash;. Usted
-necesitaría de la señora Melancia, que fué la
-que custodió a mi difunta esposa, que aunque ha
-seis semanas que enviudé todavía la mantengo en
-casa. A la verdad, me sería muy útil para gobernarla;
-pero se la cedo a usted gustoso, por lo mucho
-que me intereso en su honor. Bien puede descuidar
-con ella en punto a la seguridad de su
-honra, porque es la perla de las dueñas y un verdadero
-dragón para guardar la castidad del sexo
-frágil. En doce años que estuvo al lado de mi mujer,
-que como usted sabe era moza y linda, no vi<span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span>
-en mi casa ni aun la sombra de un galán. ¡Sí por
-cierto! ¡Bonita era la dueña para sufrirlo! Sobre
-este punto no aguantaba chanzas. Aun diré más:
-mi mujer, a los principios, gustaba mucho de pasatiempos
-y galanteos; pero la señora Melancia supo
-fundirla tan de nuevo que la inclinó enteramente
-a la virtud. En fin, es un tesoro para vuestra seguridad.»
-Quedó el señor doctor muy satisfecho de
-unos informes tan a medida de su deseo, y ambos
-convinieron en que hoy mismo iría la dueña a
-ocupar el lugar del escudero.»</p>
-
-<p>»Esta noticia, que tuve por cierta, como en efecto
-lo era, desconcertó las ideas de todos los buenos
-ratos que yo esperaba lograr; y Marcos, que
-vino después de comer, acabó de desvanecérmelas
-confirmando todo lo que me había dicho el
-mancebo. «Amigo Diego&mdash;me dijo el buen escudero&mdash;,
-estoy contentísimo con que el doctor Oloroso
-me haya despedido, porque me ha librado de
-molestísimos disgustos y cuidados. Además de haberme
-echado a cuestas, muy contra mi inclinación,
-un villanísimo empleo, necesitaba andar continuamente
-ideando trazas y urdiendo enredos para
-que pudieses hablar secretamente a Marcelina. ¡Qué
-embrollo! Gracias al Cielo, me veo ya fuera de estos
-cuidados y, sobre todo, de los peligros que los
-acompañan. Por lo que a ti toca, hijo mío, también
-debes alegrarte de haber perdido algunos ratos
-de un placer momentáneo, a trueque de haberte
-librado de tantas pesadumbres, sustos y riesgos.»
-Agradóme mucho la moral de Marcos, porque me<span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span>
-pareció que ya nada podía esperar, y sin hacerme
-gran violencia determinó abandonar el campo. No
-era yo, lo confieso, de aquellos amantes porfiados
-que hacen vanidad de luchar contra todos los obstáculos;
-pero aun cuando lo fuera, la señora Melancia
-dejaría bien burlado mi empeño y tenacidad.
-El genio riguroso que atribuían a aquella mujer
-era capaz de desesperar a los amantes más pertinaces
-y atrevidos. Sin embargo de los colores
-con que me la habían pintado, no dejé de entender
-dos o tres días después que la señora médica había
-adormecido a aquel Argos y corrompido su fidelidad.
-Salía yo una mañana de casa a afeitar a un
-vecino nuestro, cuando una buena vieja se llegó a
-mí y me preguntó si era yo Diego de la Fuente.
-Respondíle que sí, y ella me replicó: «Pues a usted
-venía yo buscando. Vaya su merced esta noche
-a la puerta de doña Marcelina, haga alguna
-señal, y luego le será abierta.» «Muy bien&mdash;le repliqué
-yo&mdash;; pero es preciso que quedemos de acuerdo
-sobre qué señal ha de ser. Yo sé remedar maravillosamente
-el maullido del gato, y maullaré
-dos o tres veces.» «Basta eso&mdash;repuso la mensajera
-de amor&mdash;; voy a dar parte de su respuesta a
-la señora. Servidora de usted, señor Diego; el Cielo
-le conserve. ¡Qué galán sois! ¡A fe que si yo fuera
-una niña de quince años no le buscaría para otra!»
-Diciendo esto, se desvió de mí aquella oficiosa vieja.</p>
-
-<p>»Agitóme terriblemente este mensaje, y toda la
-moral de Marcos se la llevó el aire. Esperé con impaciencia
-la noche, y cuando me pareció que ya<span class="pagenum"><a name="Page_191" id="Page_191">[191]</a></span>
-estaría durmiendo el doctor Oloroso, me encaminé
-hacia su puerta. Allí di principio a mis maullidos,
-que debían oírse de lejos y hacían mucho honor
-al maestro que me había enseñado tan bello idioma.
-Un momento después bajó la misma Marcelina
-a abrir con mucho tiento la puerta, y volvió a
-cerrarla luego que yo hube entrado. Subimos a la
-sala en donde habíamos tenido nuestro último concierto,
-la cual estaba débilmente alumbrada por
-una luz que ardía sobre la chimenea. Nos sentamos
-juntos para dar principio a nuestra conversación,
-alterados ambos, aunque con la diferencia
-de que el placer sólo causaba la conmoción de Marcelina
-y la mía estaba mezclada con un poco de
-sobresalto. En vano me aseguraba mi dama que
-nada teníamos que temer por parte de su marido,
-pues se había apoderado de mí un temblor que
-turbaba mi alegría. Sin embargo, le pregunté: «Señora,
-¿cómo habéis podido engañar la vigilancia
-de vuestra aya? Por lo que oí decir de Melancia,
-no creía que os fuese posible hallar medios de darme
-noticias vuestras y mucho menos de vernos a
-solas.» Sonriéndose entonces Marcelina de mi pregunta,
-me contestó: «Dejarás de sorprenderte de la
-secreta entrevista que tenemos esta noche juntos
-luego que te haya contado lo que pasó entre las
-dos. Cuando entró en esta casa, mi marido le hizo
-mil caricias y me dijo: «Marcelina, te entrego a la
-dirección de esta discreta señora, que es un compendio
-de todas las virtudes y un espejo en que
-debes mirarte de continuo para instruirte en la<span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span>
-modestia. Esta admirable persona dirigió por espacio
-de doce años a la mujer de un boticario amigo
-mío; pero dirigió... de lo que hay poco: en términos
-que hizo de ella casi una santa.»</p>
-
-<p>»Estas alabanzas, que el aspecto grave de Melancia
-no desmentían, me costaron muchas lágrimas
-y me pusieron desesperada. Me figuré las lecciones
-que tendría que escuchar desde la mañana
-hasta la noche y las reprensiones que me sería forzoso
-aguantar todos los días. En fin, consentí en
-llegar a ser la mujer más desgraciada del mundo,
-y olvidando toda consideración en medio de una
-esperanza tan cruel, le dije con mucha sequedad
-al aya luego que me vi sola con ella: «Sin duda os
-dispondréis para hacerme padecer mucho; pero
-debo advertiros que soy poco sufrida y que no dejaré
-por mi parte de daros cuantos desaires pueda.
-Os declaro que mi corazón está dominado de
-una pasión que no serán capaces de arrancar de
-él vuestras reconvenciones. Sobre esto podéis tomar
-vuestras medidas. Redoblad vuestra vigilancia,
-porque os prometo no omitir nada para engañarla.»
-Al oír estas palabras, la dueña adusta, que
-bien creí iba a ensartarme un sermón por primera
-entrada, se puso risueña, y me dijo con un tono
-afable: «Mucho me agrada vuestro carácter. Vuestra
-franqueza provoca la mía, pues veo que nacimos
-la una para la otra. ¡Ah bella Marcelina, qué
-mal me conocéis si formáis juicio de mí por el
-elogio de vuestro esposo o por la severidad de mi
-exterior! No me tengáis por enemiga de los placeres,<span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span>
-porque no me hago agenta de los celos de los
-maridos sino para ser útil a las mujeres hermosas.
-Hace mucho tiempo que poseo el grande arte de
-disfrazarme, y puedo decir que soy doblemente
-feliz, porque disfruto a un mismo tiempo de la
-comodidad del vicio y de la reputación que da la
-virtud. Para entre nosotras, el mundo no es virtuoso
-sino de este modo: cuesta demasiado adquirir
-el fondo de las virtudes, y por eso en el día
-todos se contentan con tener sus apariencias. Dejaos
-guiar por mí&mdash;continuó el aya&mdash;, y veréis
-cómo se la pegamos tan bien al viejo doctor Oloroso,
-que os aseguro tendrá la misma suerte que
-el señor farmacéutico, porque no me parece más
-respetable la frente de un médico que la de un boticario.
-¡Pobre señor! ¡Cuántas piezas le jugamos
-su mujer y yo! ¡Qué amable era aquella señora y
-de qué bello carácter! ¡Su alma goce de Dios! Os
-aseguro que ha pasado bien su juventud; ha tenido
-qué sé yo cuántos amantes, a quienes introduje
-en su casa sin que su marido lo advirtiese jamás.
-Así, señora, miradme con ojos más favorables, y
-estad convencida de que por más talento que tuviese
-el escudero que os servía, nada perderéis en
-el trueque, y aun tal vez os seré más útil que él.»</p>
-
-<p>»Figúrate ahora, Diego&mdash;continuó Marcelina&mdash;,
-si habré agradecido a la dueña el habérseme descubierto
-con tanta franqueza, cuando la creía de
-una virtud austera. ¡Ve ahí cómo se juzga mal de
-las mujeres! Melancia se granjeó desde luego mi
-afecto por este carácter de sinceridad y la abracé<span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span>
-con un gozo extremado, que le manifestó con anticipación
-cuánto me alegraba de tenerla por aya.
-Haciéndola en seguida enteramente confidenta de
-mis sentimientos, le pedí que me proporcionase
-cuanto antes una conversación a solas contigo, lo
-que efectivamente cumplió, valiéndose esta mañana
-de la vieja que te habló y que es una mensajera
-que le sirvió muchas veces para la mujer
-del boticario. Pero lo que hay de más gracioso en
-esta aventura&mdash;añadió Marcelina riéndose&mdash;es que
-Melancia, por la relación que le hice de la costumbre
-que tiene mi esposo de pasar la noche sosegadamente,
-se acostó junto a él y ocupa mi lugar en
-este momento.» «Lo siento mucho, señora&mdash;dije entonces
-a Marcelina&mdash;, y de ningún modo apruebo
-vuestra invención. Vuestro marido puede muy
-bien despertarse y echar de ver el engaño.» «¡Oh,
-eso no!&mdash;replicó ella con precipitación&mdash;. No tengas
-el menor cuidado por eso y no hagas que un
-vano temor acibare el placer que debes tener en
-hallarte con una mujer que te quiere.»</p>
-
-<p>»La esposa del doctor, observando que este discurso
-no desvanecía mis temores, no omitió nada
-de cuanto creyó a propósito para serenarme, y
-por fin hizo tanto, que llegó a conseguirlo. Desde
-este momento ya no pensé mas que en aprovecharme
-de la ocasión; pero al tiempo en que Cupido,
-acompañado de las risas y de los juegos, se disponía
-a labrar mi felicidad, oímos dar unas fuertes
-aldabadas a la puerta de la calle. Al instante, el
-Amor y su comitiva volaron a manera de unos<span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span>
-pajarillos tímidos, espantados repentinamente por
-un gran ruido. Marcelina me ocultó debajo de una
-mesa que había en la sala, apagó la luz, y como
-lo había concertado con su aya, en caso que este
-contratiempo sucediese, se fué a la puerta de la
-alcoba en que dormía su marido. Entre tanto, los
-golpes que atronaban la casa continuaban con tanta
-repetición que, despertando el doctor, se sentó
-en la cama, dando voces a Melancia. Arrojóse ésta
-de la cama, aunque el viejo, que creía era su mujer,
-le decía que no se levantase; reunióse con su
-ama que, sintiéndola a su lado, la llamaba a gritos,
-para que fuese a ver quién estaba a la puerta.
-«Ya estoy aquí, señora&mdash;le respondió el aya&mdash;; volveos
-a la cama si queréis, que yo voy a ver lo que
-es.» Durante esto tiempo, habiéndose desnudado
-Marcelina, se acostó con el doctor, que no tuvo la
-menor sospecha de que le engañasen. Bien es verdad
-que esta escena acababa de representarse en
-la obscuridad por dos actrices, de las cuales una
-era incomparable y la otra tenía mucha disposición
-para serlo.</p>
-
-<p>»El aya no tardó en presentarse, en bata de dormir
-y con una luz en la mano, diciendo a su amo:
-«Señor doctor, tenga usted la bondad de levantarse
-aprisa, porque el librero Fernández Buendía,
-vecino nuestro, le acometió una apoplejía, y os
-llaman de su parte para que voléis a su socorro.»
-El médico, vistiéndose lo más pronto que pudo,
-partió a casa del enfermo, y su mujer, en bata de
-noche, vino con el aya a la sala en donde yo estaba<span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span>
-y me sacaron de debajo de la mesa más muerto
-que vivo. «Nada tienes que temer, Diego&mdash;me
-dijo Marcelina&mdash;, serénate.» Al mismo tiempo, diciéndome
-en dos palabras de qué modo se había
-arreglado la cosa, quiso en seguida volver a tomar
-el hilo de la conversación que tenía conmigo y había
-sido interrumpida; pero se opuso a esto el aya.
-«Señora&mdash;le dijo&mdash;, vuestro marido acaso puede
-hallar muerto al librero y volverse inmediatamente;
-además de que&mdash;añadió, viéndome traspasado
-de miedo&mdash;¿qué haríais con ese pobre mozo, no
-hallándose en estado de continuar la conversación?
-Más vale ponerle en la calle y dejar el negocio
-para mañana.» Doña Marcelina convino en ello,
-aunque a pesar suyo: tan amiga era de lo presente;
-y creo que sintió bastante no haber podido hacer
-poner al doctor el nuevo bonete que le tenía
-destinado.</p>
-
-<p>»En cuanto a mí, menos afligido de haber malogrado
-los más preciosos favores del amor que gozoso
-de verme libre del peligro, me fuí a casa del
-maestro, en donde pasé el resto de la noche en reflexionar
-sobre mi aventura. Estuve algún tiempo
-indeciso si acudiría a la cita de la noche siguiente,
-porque no formaba juicio de salir más bien librado
-en esta segunda calaverada que en la primera;
-pero el diablo, que siempre nos cerca, o, por mejor
-decir, se apodera de nosotros en semejantes lances,
-me hizo creer que pasaría por un mentecato si me
-quedaba a la mitad de un camino tan bueno; y
-aun representó a mi imaginación a Marcelina con<span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197">[197]</a></span>
-nuevos atractivos y ponderó el precio de los placeres
-que me esperaban. Resolví, pues, continuar
-mi entremés, y muy resuelto a tener más firmeza,
-con tan bellas disposiciones, me fuí al día siguiente
-a la puerta del doctor entre once y doce
-de la noche y en medio de una obscuridad tan
-grande que no se veía brillar ni una sola estrella
-en el cielo. Maullé dos o tres veces para avisar
-que estaba en la calle. Pero como nadie bajaba a
-abrirme, no me contentó con empezar de nuevo,
-sino que que puse a remedar todos los diferentes
-gritos del gato, que un pastor de Olmedo me había
-enseñado; y lo hice tan al natural, que un vecino
-que volvía a su casa, teniéndome por uno de
-estos animales cuyos maullidos imitaba, cogió un
-guijarro que tropezó con los pies y me lo arrojó
-con toda su fuerza, diciendo: «¡Maldito sea el gato!»
-Recibí tan fuerte golpe en la cabeza que quedé
-aturdido por el pronto, y me faltó poco para que
-cayese a tierra atolondrado. Esto bastó para que
-diese al diablo el galanteo, y perdiendo el amor
-juntamente con la sangre, me volví a casa, donde
-desperté e hice levantar a todos. El maestro reconoció
-la herida, que le pareció peligrosa; pero no
-tuvo malas resultas y se cerró al cabo de tres semanas.
-En todo este tiempo no oí hablar de Marcelina.
-Es natural que Melancia, para desprenderla
-de mí, le buscase algún otro conocimiento, de lo
-que no me informé porque nada me importaba,
-pues salí de Madrid para andar la España luego
-que me vi perfectamente curado.»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c208" id="c208">CAPÍTULO VIII</a></h2>
-
-<p class="pch">Encuentro de Gil Blas y su compañero con un hombre
-que estaba mojando mendrugos de pan en una
-fuente y conversación que con él tuvieron.</p>
-
-<p>Contóme el amigo Diego de la Fuente otras aventuras
-que le sucedieron en adelante; pero todas de
-tan poca importancia que no merecen la pena de
-referirse. Sin embargo, me vi precisado a oírselas,
-y en verdad que no fué breve la relación, pues duró
-hasta que llegamos a Puente de Duero, donde nos
-detuvimos lo restante de aquel día. Hicimos en el
-mesón que nos dispusiesen una buena sopa y asasen
-una liebre, después de cerciorarnos de que era
-verdaderamente tal. Al amanecer del día siguiente
-proseguimos nuestro camino, habiendo antes llenado
-la bota de un vino mediano y metido en las mochilas
-algunos pedazos de pan, juntamente con la
-mitad de la liebre, que nos había sobrado de la cena.</p>
-
-<p>Después de haber caminado cerca de dos leguas,
-nos sentimos con gran gana de almorzar; y habiendo
-visto como a doscientos pasos del camino
-un grupo de árboles que hacían sombra deliciosísima,
-escogimos aquel sitio e hicimos alto en él.
-Allí encontramos a un hombre como de veintisiete
-a veintiocho años, que estaba mojando en una
-fuente algunos zoquetes de pan. Tenía a su lado
-sobre la hierba una espada larga y una mochila.
-Pareciónos mal vestido; mas, por otra parte, buen<span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span>
-rostro y bien plantado. Saludámosle cortésmente
-y él nos correspondió con igual cortesanía. Presentónos
-luego sus mendrugos mojados, y con cierto
-aire risueño y despejado nos dijo si éramos servidos.
-Admitimos el convite en el mismo tono, mas
-con la condición de que había de tener a bien que
-juntásemos los almuerzos para que fuesen más
-abundantes. Vino en ello con mucho gusto, y nosotros
-sacamos nuestras provisiones, lo que ciertamente
-no lo desagradó. «¡Oh, señores!&mdash;exclamó
-enajenado de alegría&mdash;. Verdaderamente que ustedes
-vienen bien provistos de municiones de boca,
-y se conoce que son hombres prevenidos y que miran
-a lo venidero. Yo me fío demasiado en la fortuna.
-Sin embargo, a pesar del miserable estado
-en que ustedes me ven, les puedo asegurar que alguna
-vez hago un papel muy brillante. Sepan ustedes
-que no pocas me tratan de príncipe y estoy
-rodeado de guardias.» «Según eso&mdash;dijo Diego&mdash;,
-será usted comediante.» «Adivinólo usted&mdash;respondió
-el desconocido&mdash;; por lo menos ha quince años
-que no tengo otro oficio. Siendo niño representaba
-ya ciertos papeles cortos, esto es, que tuviesen poco
-que aprender.» «Hablemos francamente&mdash;replicó el
-barbero meneando ladinamente la cabeza&mdash;. Tengo
-dificultad en creerlo, porque conozco bien a los
-comediantes y sé que estos señores no acostumbran
-caminar a pie ni hacer almuerzos a lo San
-Antón; y me temo, me temo que si usted ha hecho
-algún papel no habrá sido otro que el de encender
-y apagar las lamparillas.» «Piense usted de<span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span>
-mí lo que quisiere&mdash;respondió el histrión&mdash;, lo cierto
-es que hago los primeros papeles y comúnmente
-me hacen representar el de primer galán.» «Siendo
-así&mdash;repuso mi camarada&mdash;, doy a usted la enhorabuena,
-y celebro mucho que el señor Gil Blas y
-yo hayamos tenido la honra de desayunarnos en
-compañía de tan gran personaje.»</p>
-
-<p>Comenzamos entonces a roer nuestros rebojos y
-las preciosas reliquias de la liebre, alternando con
-tan frecuentes topetadas a la bota que en poco
-tiempo la dejamos enteramente pez con pez, sin
-que en todo este tiempo desplegase los labios ninguno
-de los tres. Al cabo rompió el silencio el barberillo,
-diciendo al comediante: «Estoy admirado
-de ver a usted en estado tan lastimoso. No se puede
-dudar que es mucha pobreza para un héroe de
-teatro, y perdone usted si le hablo con esta claridad.»
-«Por cierto&mdash;replicó el actor&mdash;que se conoce
-no ha oído usted hablar del famoso comediante
-Melchor Zapata, porque ha de saber usted que,
-por la misericordia de Dios, no soy de genio delicado.
-Me da usted mucho gusto en hablarme con
-tanta franqueza, porque también gusto yo de hablar
-con ella. Confieso de buena fe que no soy rico;
-y si no, miren ustedes esta ropilla.» Diciendo esto,
-nos mostró el forro de ella, que era todo de los
-carteles de comedia que se fijan en las esquinas.
-«Esta es la tela que comúnmente me sirve de forro;
-y si todavía tienen curiosidad de ver lo que
-hay en mi guardarropa, contentaré a ustedes. Helo
-aquí&mdash;y al mismo tiempo sacó de la mochila un<span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span>
-vestido entero, guarnecido de esterilla vieja de plata
-falsa, una gorra muy raída, con un penacho de
-viejísimas plumas, unas medias de seda con más
-agujeros que un cribo o una salvadera y unos zapatos
-muy usados de badanilla encarnada&mdash;. Ya
-ven ustedes ahora que soy medianamente infeliz.»
-«Eso es lo que me admira&mdash;le replicó Diego&mdash;. Pues
-qué, ¿no tiene usted mujer ni hija?» «Sí, señor&mdash;respondió
-Zapata&mdash;, pero vea usted la desgracia
-de mi estrella: tengo mujer moza, mas no por eso
-estoy más adelantado. Caséme con una linda comedianta,
-esperando que no me dejaría morir de
-hambre; pero, por mi poca fortuna, di con una
-mujer de juicio y de un recato incorruptible. ¡Quién
-diablos no se engañaría como yo! ¡Una mujer virtuosa,
-que era del número de los cómicos de la legua,
-me había forzosamente de tocar a mí en suerte!»
-«Seguramente, es desgracia&mdash;dijo el barbero&mdash;;
-pero ¿por qué no se casó usted con alguna bonita
-comedianta de las compañías de Madrid? ¡Entonces
-sí que lograría su intento!» «Convengo en ello&mdash;respondió
-el farsante&mdash;; pero a un pobre comediante
-de la legua no le es lícito elevar sus pensamientos
-a tan encumbradas heroínas. Eso solamente lo
-podrá hacer alguno de la compañía del corral del
-Príncipe, y aun en ella se ven muchos precisados
-a casarse con otras mujeres que no son de la profesión,
-y, por fortuna suya, Madrid es bueno y se
-suele encontrar en él algunas que se las pueden
-apostar a las princesas del teatro.»</p>
-
-<p>«Pero qué&mdash;le replicó mi compañero&mdash;, ¿nunca<span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202">[202]</a></span>
-pensó usted entrar en alguna de las compañías de
-la corte? ¿Acaso se necesita un mérito consumado
-para lograrlo?» «¡Bravo!&mdash;respondió Melchor&mdash;. ¡Usted
-se burla con su mérito consumado! Veinte actores
-hay en cada compañía. Pregunte usted al
-público lo que siente de ellos y oirá cosas bellísimas.
-Más de la mitad, por lo menos, merecían ir
-cargados como yo con la mochila, y, en medio de
-eso, no es tan fácil como se piensa ser recibido entre
-ellos, pues se necesita dinero o grandes empeños
-que suplan por la habilidad. Ninguno puede
-saberlo mejor que yo, porque ahora mismo acabo
-de representar en Madrid, y salgo más aturdido
-de palmadas y silbidos que todos los diablos, sin
-embargo de que me prometía ser muy aplaudido,
-porque representaba gritando, manoteando, descoyuntándome
-y torciendo el cuerpo hacia todas
-partes, con mil gesticulaciones y posturas cien leguas
-distantes de todo lo natural, hasta llegar una
-vez casi a dar en la cara una puñada a mi dama
-mientras yo estaba declamando. En una palabra,
-representaba imitando la escuela que el vulgo celebra
-en los grandes actores; y en medio de eso,
-lo que aplaudía tanto en otros no lo podía sufrir
-en mí. ¡Vea usted cuánto puede la preocupación!
-En vista de ello, no acertando a dar gusto y no
-teniendo medios para ser admitido en la compañía
-a pesar de todos los silbidos de la mosquetería,
-dejé a Madrid, y me vuelvo a mi Zamora, donde
-están mi mujer y mis compañeros, que no hacen
-allí gran fortuna. ¡Y quiera Dios no nos veamos<span class="pagenum"><a name="Page_203" id="Page_203">[203]</a></span>
-precisados a pedir limosna para poder pasar a otra
-ciudad, como más de una vez nos ha sucedido!»</p>
-
-<p>Diciendo esto, nuestro príncipe dramático se levantó,
-echóse a cuestas la mochila, ciñóse la espada,
-y despidiéndose de nosotros, «¡Adiós!&mdash;nos dijo
-con mucha gravedad&mdash;. ¡Quieran los dioses inmortales
-derramar sobre ustedes a manos llenas sus
-favores!» «¡Y quieran los mismos&mdash;le respondió Diego
-en el propio tono&mdash;que halle usted en Zamora
-a su mujer mudada y mejor establecida!» Luego
-que el señor Zapata nos volvió la espalda, comenzó
-a gesticular y a representar caminando, y nosotros
-le comenzamos a silbar para que no se le olvidasen
-tan presto los silbidos de Madrid. Con efecto, creyó
-que todavía le sonaban en los oídos, y volviendo
-la cara y viendo que nosotros nos divertíamos
-a su costa, lejos de darse por ofendido, él mismo
-ayudó a la zumba, y prosiguió su viaje dando grandísimas
-carcajadas. Correspondímosle por nuestra
-parte con grande algazara, y cogiendo otra vez el
-camino real, seguimos nuestra marcha.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c209" id="c209">CAPÍTULO IX</a></h2>
-
-<p class="pch">Estado en que encontró Diego a sus parientes, y
-cómo Gil Blas se separó de él después de haber
-participado de ciertas diversiones.</p>
-
-<p>Fuimos aquel día a dormir entre Mojados y Valdestillas,
-a un lugarcillo cuyo nombre se me ha olvidado,
-y al siguiente, a las once de la mañana,<span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span>
-entramos en la llanada de Olmedo. «Señor Gil
-Blas&mdash;me dijo mi camarada&mdash;, aquél es el lugar
-de mi nacimiento. No le puedo volver a ver sin
-llenarme de júbilo: tan natural es en todos el amar
-su patria.» «Señor Diego&mdash;le respondí&mdash;, un hombre
-como usted, que tanto amor tiene a su tierra, parece
-debía haber hablado de ella con mayor estimación.
-Usted me la pintó como si fuera un lugarcillo
-o una aldea y a mí se me presenta como una
-ciudad. Era razón que, por lo menos, la tratase
-usted de villa grande.» «Yo le pido perdón&mdash;respondió
-el barbero&mdash;, pero diré que después de haber
-visto a Madrid, Toledo, Zaragoza y otras principales
-ciudades de España en la vuelta que he dado
-por ella, todo me parece aldea.» Conforme íbamos
-adelantando en la llanura y acercándonos a Olmedo,
-nos pareció ver junto al pueblo multitud
-de gente, y cuando nos hallamos a distancia de
-poder discernir los objetos, tuvimos mucho en qué
-divertir la vista.</p>
-
-<p>Vimos tres pabellones o tiendas de campaña,
-poco distante una de otra, y alrededor de ellas
-muchedumbre de cocineros y ayudantes de cocina
-que estaban disponiendo una gran comida. Unos
-ponían unas mesas largas dentro de las tiendas,
-otros echaban vino en grandes vasijas de barro,
-éstos atendían a que cociesen las ollas y aquéllos
-daban vueltas a luengos asadores en que estaban
-espetadas viandas de todo género. Pero a mí nada
-me llevó tanto la atención como un espacioso teatro
-que observé, bastante elevado, que estaba adornado<span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span>
-con algunos bastidores de cartón pintado de
-diferentes colores y lleno de inscripciones griegas
-y latinas. Luego que el barbero vió tanto griego y
-tanto latín, dijo: «¡Esto me huele terriblemente a
-mi tío Tomás! ¡Apuesto algo a que ha andado aquí
-su mano, porque sabe de memoria una infinidad
-de libros de aula! Lo que me enfada es que en las
-conversaciones encaja sin cesar pasajes enteros de
-los tales libros, cosa que no a todos agrada. Fuera
-de eso, ha traducido varios poetas griegos y latinos
-y está instruído en la antigüedad, lo que se
-conoce por las notas con que los ha enriquecido,
-como, v. gr., aquello de que <i>en Atenas lloraban los
-niños cuando los azotaban</i>, cosa que si no fuera por
-su vasta y selecta erudición nosotros no la sabríamos.»</p>
-
-<p>Después de haber visto mi camarada y yo todas
-las cosas que acabo de decir, nos dió gana de preguntar
-por qué y para qué se hacían todas aquellas
-prevenciones. Al tiempo que nos íbamos a informar,
-se encontró Diego con un hombre que conoció
-ser su tío, el señor Tomás de la Fuente, y que al
-parecer mostraba ser el director de la fiesta. Fuímonos
-a él apresuradamente; mas este maestro de
-primeras letras tardó algo en conocer a su sobrino:
-tanta mudanza había hecho en aquel pobre
-mozo la ausencia de diez años. Conocido al fin, le
-abrazó estrechísimamente y le dijo: «¡Oh querido
-sobrino Diego! ¿Conque al cabo has vuelto a ver
-a tus dioses penates y el Cielo te ha restituído sano
-y salvo a tu familia? ¡Oh día tres y cuatro veces<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span>
-beato! <i>Albo dies notanda lapillo!</i> Muchas novedades
-encontrarás en la parentela. Tu tío Pedro,
-aquel gran talento, ya es víctima de Plutón: tres
-meses ha que murió. ¡Hombre avariento, que toda
-su vida estuvo temiendo le habían de faltar siete
-pies de tierra para enterrarse! <i>Argenti pallebat amore.</i>
-Tenía muchas pensiones de los grandes y no
-gastaba diez doblones al año en comida y vestido.
-No daba de comer al único criado que le servía.
-Más insensato que aquel griego Aristipo, el cual, caminando
-por los desiertos de Libia, hizo a sus esclavos
-que dejasen en ellos todas las grandes riquezas
-que llevaban, alegando que aquella carga les incomodaba
-en la marcha, amontonaba toda la plata y
-todo el oro que podía haber a las manos. Mas ¿para
-qué? Para que lo gozasen sus herederos, a quienes
-no podía sufrir. Dejó a su muerte treinta mil ducados,
-que se repartieron entre tu padre, tu tío
-Beltrán y yo. Todos nos hallamos en estado de pasarlo
-bien. Mi hermano Nicolás colocó ya a su hija
-Teresa, que acaba de casarse con el hijo de uno de
-nuestros alcaldes: <i>connubio junxit stabili, propriamque
-dicavit</i>. Este himeneo, concluído bajo los más
-felices auspicios, es el que estamos celebrando hace
-ya dos días con el aparato que ves. Hicimos levantar
-estas tiendas de campaña en esta llanura. Los
-tres herederos de Pedro tienen cada uno la suya
-y, por su turno, costean la fiesta de un día. Habría
-celebrado mucho que hubieses llegado antes
-para que gozases de todas. Anteayer, día en que
-se celebró la boda, corrió tu padre con el gasto,<span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span>
-y dió una soberbia comida, y después hubo parejas,
-y se corrió sortija. Tu tío el mercader tomó
-de su cuenta el día de ayer y nos divirtió con una
-bellísima fiesta pastoril. Vistió de pastores a los
-diez muchachos más lindos y agraciados del lugar
-y de pastoras a las diez muchachas más pulidas
-y aseadas que había en todo Olmedo, empleando
-en engalanarlas las cintas más ricas y los más
-preciosos dijes que se hallaron en su tienda. Toda
-aquella lucida juventud armó mil graciosísimas
-danzas, cantando después otras tantas letrillas muy
-chuscas, tiernas y amorosas. Y aunque no parecía
-posible cosa más divertida, con todo eso no dió
-gran golpe, sin duda porque en Castilla la Vieja
-hemos perdido el gusto a las diversiones pastoriles.
-Hoy me toca a mí, y pienso divertir a los vecinos
-de Olmedo con un espectáculo todo de mi invención:
-<i>finis coronabit opus</i>. Mandé alzar un teatro,
-en el cual, con la ayuda de Dios, haré representar
-por mis discípulos una de mis tragedias, intitulada
-<i>Los pasatiempos de Muley-Bugentuf, rey de Marruecos</i>.
-Se ejecutará con el mayor primor, porque
-entre los muchachos los hay que declaman como
-los más célebres comediantes de Madrid. Son todos
-hijos de honradas familias de Peñafiel y Segovia,
-y los tengo en mi casa a pupilaje. ¡Excelentes representantes!
-¡Verdad es que les he enseñado yo!
-Su declamación parecerá acuñada en el cuño del
-maestro: <i>ut ita dicam</i>. En cuanto a la tragedia, no
-te quiero hablar de ella, puesto que la has de oír,
-por no privarte del placer de la sorpresa, y sólo<span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span>
-diré sencillamente que dejará extáticos a todos los
-espectadores. Es uno de aquellos asuntos trágicos
-que ponen toda el alma en conmoción, por las terribles
-imágenes de la muerte que ofrecen a la fantasía.
-Yo siempre he sido de la opinión de Aristóteles:
-que es necesario excitar el terror. ¡Ah, si yo
-me hubiera dedicado al teatro, nunca saldrían a
-él sino héroes sanguinarios y príncipes asesinos, y
-me bañaría siempre en sangre! ¡En mis tragedias
-se vería morir no sólo a los primeros personajes,
-sino hasta las mismas guardias! ¿Qué digo <i>hasta
-las mismas guardias</i>? ¡Haría también degollar al
-apuntador! En fin, sólo me agrada lo terrible; éste
-es todo mi gusto. De esta manera, los poemas de
-esa especie se levantan con el aplauso de la muchedumbre,
-mantienen el lujo de los comediantes
-y hacen célebre el nombre de los autores.»</p>
-
-<p>Acababa de pronunciar estas palabras, cuando
-vimos salir del pueblo y entrar en la llanura un
-gran gentío de uno y otro sexo. Eran los dos esposos,
-acompañados de sus amigos y parientes, e
-iban precedidos de diez a doce tocadores de instrumentos,
-que tañían todos a un tiempo, haciendo
-un concierto muy ruidoso. Salióles al encuentro
-Diego y dióse a conocer. Inmediatamente resonaron
-por el campo los gritos de alegría con que fué
-recibido del acompañamiento, corriendo todos a
-abrazarle y procurando cada uno ser el primero.
-No tuvo poco que hacer en corresponder a todas
-las demostraciones de amor y cumplimientos que
-le hicieron. Sofocábanle a abrazos todos los de la<span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209">[209]</a></span>
-familia y cuantos se hallaban presentes, y luego
-que se aquietó un poco aquel primer turbión, le
-dijo su padre: «Seas bien venido, hijo Diego. En
-verdad que durante tu ausencia han adelantado
-mucho tus parientes, ¿no es así? Por ahora no te
-digo más; a su tiempo lo sabrás muy por menor.»
-Mientras tanto, el gentío se fué adelantando hacia
-la llanura, llegó a ella, entróse en las tiendas y fuése
-sentando a las mesas, que ya estaban preparadas.
-Yo no dejé a mi compañero; sentéme junto a
-él y entrambos comimos con los dos novios, que
-me parecieron corresponder bien uno a otro. Duró
-mucho tiempo la comida, porque el preceptor o
-maestro tuvo la vanidad de querer que tres veces
-se cubriese la mesa, por aventajar a sus hermanos,
-que no habían dispuesto las cosas con tanta magnificencia.</p>
-
-<p>Después del banquete, todos los convidados mostraron
-grande impaciencia por ver la representación
-de la obra del señor Tomás, no dudando&mdash;decían&mdash;que
-una producción de ingenio tan superior
-sería dignísima de oírse. Acercámonos, pues, al
-teatro, donde todos los músicos ocupaban ya el
-lugar de la orquesta para tocar en los intermedios.
-Esperaban todos con el mayor silencio a que diese
-principio a la tragedia. Dejáronse ver los actores
-en la escena, y el autor, con su obra en la mano,
-estaba tras las cortinas, en sitio donde pudiese
-apuntar y ser oído de los que representaban. Con
-mucha razón nos había prevenido que era trágico
-su drama, porque en el primer acto el rey de Marruecos<span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span>
-mató por vía de diversión cien esclavos a
-flechazos; en el segundo hizo degollar treinta oficiales
-portugueses que uno de sus capitanes había
-hecho prisioneros; finalmente, en el tercero, aquel
-monarca, cansado de sus mujeres, pegó él mismo
-por su mano fuego a un palacio aislado donde estaban
-encerradas y, juntamente con él, las redujo
-todas a ceniza. Los esclavos moros y los oficiales
-portugueses estaban representados por unas figuras
-de mimbre, y el palacio, que era de cartón, se
-aparentaba abrasado por un fuego artificial. Este
-incendio, acompañado de lastimosos gritos que parecían
-salir de en medio de las llamas, dió fin a la
-tragedia y cerró el teatro de una manera patética
-y divertida. Resonaron en toda la llanura los <i>vivas</i>
-y los aplausos con que fué celebrado un drama de
-tan ingeniosa invención, lo que acreditó el buen
-gusto del poeta y su singular acierto en la elección
-y oportunidad de los asuntos.</p>
-
-<p>Creía yo que ya nada había que ver después de
-<i>Los pasatiempos de Muley-Bugentuf</i>, pero engañéme.
-Anunciáronnos un nuevo espectáculo los timbales
-y trompetas. Era éste la distribución de los
-premios, porque Tomás de la Fuente, para mayor
-solemnidad de la fiesta, a todos sus discípulos,
-así pupilos como los que no lo eran, les había hecho
-trabajar varias composiciones, y en aquel día se
-habían de repartir los premios a los más sobresalientes,
-consistiendo aquéllos en ciertos libros que
-el mismo preceptor, a costa suya, había ido a comprar
-a Segovia. De repente, pues, se dejaron ver<span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span>
-en el teatro dos bancos largos de escuela y un armario
-o estante lleno de libros pequeños encuadernados
-con aseo. Entonces todos los actores se presentaron
-en la escena y formaron un semicírculo
-delante del señor Tomás, el cual se dejaba ver con
-tanta gravedad y autoridad como pudiera un prefecto
-de colegio. Tenía en la mano la lista de los
-nombres de los que debían ser premiados. Entregósela
-al rey de Marruecos, quien se puso a leerla
-en alta voz, llamando uno por uno a los nombrados
-para recibir el premio. Cada cual iba con respeto
-a recibir un libro de la mano del pedante, inclinándose
-profundamente al ir y volver cuando pasaban
-delante del monarca marroquí. Juntamente
-con el libro, se los coronaba a todos con una guirnalda
-de laurel, y después se iban sentando en uno
-de los dos bancos, para que fuesen vistos, aplaudidos
-y admirados de todos, pero particularmente
-de sus madres, amigos y parientes. Por más cuidado
-que puso el preceptor en que todos quedasen
-contentos, no lo pudo conseguir, porque, observándose
-que la mayor parte de los premios habían
-tocado a los pupilos, como regularmente se acostumbra,
-las madres de los otros discípulos lo llevaron
-muy a mal, se alborotaron y acusaron al
-maestro de parcialidad; y tanto, que una fiesta
-tan gloriosa y tan alegre hasta aquel punto faltó
-poco para que se acabase tan desgraciadamente
-como el banquete de los Lapitas.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span></p>
-<p>&nbsp;</p>
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213">[213]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-
-<p class="pc4 elarge">LIBRO TERCERO</p>
-
-<hr class="d3" />
-
-
-<h2 class="p4"><a name="c301" id="c301">CAPÍTULO PRIMERO</a></h2>
-
-<p class="pch">Llegada de Gil Blas a Madrid, y primer amo a quien
-sirvió allí.</p>
-
-<p>Detúveme algunos días en casa del barbero y
-juntéme después con un mercader de Segovia que
-pasó por Olmedo. Había ido a Valladolid con cuatro
-mulas cargadas con varios géneros y se volvía
-a su casa con todas ellas de vacío. Hízome montar
-en una, y tomamos tanta amistad en el camino,
-que cuando llegamos a Segovia se empeñó en que
-me hospedase en su casa. Dos días descansé en
-ella, y cuando me vió resuelto a marchar a Madrid
-con el arriero, me dió una carta, encargándome
-mucho que la entregase yo mismo en mano propia,
-sin decirme que era una carta de recomendación.
-Hícelo así, poniéndola yo mismo en manos
-del señor Mateo Meléndez, mercader de paños, que
-vivía en la puerta del Sol, esquina de la calle del
-Cofre. Apenas abrió el pliego y leyó su contenido,
-cuando me dijo con un modo muy agradable: «Señor
-Gil Blas, mi corresponsal, Pedro Palacios, me
-recomienda la persona de usted con tan vivas expresiones<span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span>
-que no puedo dejar de ofrecerle un cuarto
-en mi casa. Además de esto me suplica le busque
-una buena conveniencia, cosa de que me encargo
-con gusto y con esperanza de que no me será muy
-difícil colocar a usted ventajosamente.»</p>
-
-<p>Acepté la generosa oferta de Meléndez, con tanto
-mayor gusto cuanto veía que mi dinero se iba
-por instantes acabando; pero no le fuí gravoso largo
-tiempo. Pasados ocho días, me dijo que acababa
-de proponerme a un caballero amigo suyo que necesitaba
-un ayuda de cámara, y que, según todas
-las señas, no se me escaparía esta conveniencia.
-Con efecto, habiéndose dejado ver el tal caballero
-en aquel mismo momento, «Señor&mdash;le dijo Meléndez
-mostrándome a él&mdash;, éste es el mozo de quien
-hablamos poco ha, de cuyo proceder me constituyo
-por fiador como pudiera del mío mismo.» Miróme
-atentamente el caballero, y respondió que le
-gustaba mi fisonomía y que desde luego me recibía
-en su servicio. «Sígame&mdash;añadió&mdash;, que yo le
-instruiré en lo que deberá hacer.» Diciendo esto,
-se despidió del mercader y me llevó consigo a la
-calle Mayor, frente por frente de San Felipe el
-Real. Entramos en una casa muy buena, donde él
-ocupaba un cuarto, subimos unos cinco o seis escalones
-y me introdujo en un aposento cerrado
-con dos buenas puertas, en la primera de las cuales
-había una rejilla de hierro para ver a los que
-llamaban. Pasamos después a otra pieza, donde
-tenía su cama, con otros varios muebles más aseados
-que preciosos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span></p>
-
-<p>Si mi nuevo amo me había mirado bien en casa
-de Meléndez, también yo le examiné a él después
-con particular atención. Era un hombre de unos
-cincuenta años, de aspecto frío y serio. Parecióme
-de buena índole y no formé mal concepto de él.
-Hízome muchas preguntas acerca de mi familia,
-y satisfecho de mis respuestas, «Gil Blas&mdash;me
-dijo&mdash;, yo contemplo que eres un mozo de gran
-juicio y me alegro mucho de que me sirvas; y por
-tu parte espero que estarás contento con tu acomodo.
-Te daré seis reales al día para que comas y
-te vistas, sin perjuicio de algunos provechos que
-podrás tener conmigo. Yo no soy hombre que dé
-mucha molestia a los criados; nunca como en casa,
-sino siempre con mis amigos. Por la mañana no
-tienes que hacer mas que limpiarme bien los vestidos;
-lo restante del día te queda libre y puedes
-hacer lo que quieras; basta que por la noche te retires
-a casa temprano y me esperes a la puerta de
-mi cuarto. Esto es todo lo que exijo de ti.» Después
-de haberme dado esta instrucción sacó seis
-reales del bolsillo y me los entregó, para empezar
-a cumplir nuestro ajuste. Salimos los dos juntos,
-cerró él mismo las puertas, llevóse consigo la llave
-y me dijo: «No tienes que seguirme y puedes irte
-adonde te diere la gana; pero ¡cuidado que te encuentre
-en la escalera cuando vuelva a casa por
-la noche!» Diciendo esto se marchó y me dejó que
-dispusiese de mí como mejor se me antojase.</p>
-
-<p>«Vamos claros, Gil Blas&mdash;me dije entonces a mí
-mismo&mdash;, que no te era posible encontrar amo mejor.<span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span>
-Tú sirves a un hombre que por limpiar los vestidos,
-hacerle la cama y barrer su cuarto por la
-mañana te da seis reales cada día y libertad de
-hacer después lo que quisieres, ni más ni menos
-que un estudiante en tiempo de vacaciones. ¡A fe
-que no será fácil hallar otra conveniencia igual!
-Ya no me admiro del hipo que tenía por venir a
-Madrid; sin duda era presagio de la fortuna que
-me esperaba.» Pasé todo el día en andar de calle
-en calle, viendo muchas cosas que me cogían de
-nuevo y que no me daban poca ocupación. Por la
-noche cené en una hostería poco distante de nuestra
-casa, y prontamente me retiré al sitio donde
-el amo me había mandado le esperase. Llegó tres
-cuartos de hora después y se mostró contento de
-mi puntualidad. «¡Muy bien!&mdash;me dijo&mdash;. ¡Eso me
-gusta! Yo quiero criados que sean exactos en hacer
-lo que les mando.» Dicho esto abrió las puertas
-del cuarto, cerrólas, y como nos hallábamos a
-obscuras, echó yescas y encendió una vela. Ayúdele
-después a desnudar, y luego que se metió en la
-cama encendí por su mandato una lamparilla que
-había en la chimenea, cogí la vela y llevéla a la
-antesala, donde me acosté en un catre. Al día siguiente
-se levantó entre nueve y diez de la mañana,
-cepillé sus vestidos, dióme mis seis reales y
-despidióme hasta la noche. Salió fuera de casa,
-sin descuidarse de cerrar bien las puertas, y hétele
-aquí que uno y otro nos separamos para el resto
-del día.</p>
-
-<p>Tal era nuestra vida, que a mí me parecía muy<span class="pagenum"><a name="Page_217" id="Page_217">[217]</a></span>
-dulce y acomodada. Lo más gracioso de todo era
-que yo no sabía aún cómo se llamaba mi amo y
-Meléndez lo ignoraba también. Sólo conocía al tal
-caballero por uno de tantos como concurrían a su
-lonja a comprar géneros; y los vecinos tampoco
-pudieron satisfacer mi curiosidad. Aseguráronme
-todos que no sabían qué clase de hombre era mi
-amo, aunque hacía dos años que vivía en aquel
-barrio. Dijéronme que no trataba con ninguno de
-los vecinos, y algunos, acostumbrados a juzgar temerariamente
-mal de todo, inferían de aquí que
-era un hombre de quien no se podía formar juicio
-alguno bueno. Con el tiempo se adelantó más: sospechóse
-que fuese un espía del rey de Portugal,
-y me aconsejaron caritativamente que tomase mis
-medidas acerca del particular. El aviso me puso
-en sumo cuidado, porque desde luego formé juicio
-de que si era verdad lo que decían corría yo gran
-peligro de visitar los calabozos de Madrid. Mi inocencia
-no me podía asegurar y mis pasadas desgracias
-me obligaban a temer a la justicia. Había
-experimentado ya dos veces que, si no quita la
-vida a los inocentes, a lo menos guarda tan mal
-con ellos las leyes de la hospitalidad, que siempre
-es una desgracia hospedarse en su casa, aunque
-sea por poco tiempo.</p>
-
-<p>Consulté con Meléndez lo que debía hacer en
-tan críticas circunstancias; pero no supo qué consejo
-darme. No podía creer que mi amo fuese espía;
-mas tampoco tenía razón fuerte y positiva
-para negarlo. Tomé, pues, el partido medio de<span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span>
-observar bien todos sus pasos, y si descubría que
-verdaderamente era un enemigo del Estado, abandonarle
-enteramente; pero al mismo tiempo me
-pareció que la prudencia y lo bien hallado que estaba
-con él pedían que caminase con el mayor
-tiento y circunspección en poner por obra lo que
-había determinado, sin asegurarme antes de la
-verdad. Comencé, pues, a examinar todas sus acciones
-y movimientos, y para sondearlos mejor,
-«Señor&mdash;le dije una noche mientras le estaba desnudando&mdash;,
-no sabe un hombre cómo ha de vivir
-para librarse de malas lenguas. El mundo está
-perdido y nosotros tenemos unos vecinos que no
-valen un demonio. ¡Malditas bestias! No creerá su
-merced cómo hablan de nosotros.» «Y bien, Gil
-Blas&mdash;me respondió&mdash;, ¿qué es lo que pueden decir?»
-«¡Ah, señor&mdash;repliqué&mdash;, a la murmuración
-nunca le falta asunto! Encuéntralos o los sueña
-hasta en la misma virtud. ¿No es bueno que nuestros
-vecinos tienen aliento para decir que nosotros
-somos gente peligrosa y que la Corte debe vigilar
-nuestra conducta? En una palabra: dicen que su
-merced es espía del rey de Portugal.» Entonces
-alcé los ojos y le miré con cuidado, como Alejandro
-a su médico, para notar el efecto que producía
-lo que acababa de decirle. Parecióme que se
-turbaba algún tanto, lo cual confirmaba poderosamente
-las conjeturas de la vecindad. Noté que
-poco después se quedó pensativo y cabizbajo, y
-esto tampoco lo interpreté muy favorablemente.
-Así estuvo por un breve rato; pero luego, como<span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span>
-quien vuelve en sí, me dijo en un tono y con rostro
-muy tranquilo: «Gil Blas, dejemos a los vecinos
-que digan lo que quieran; nuestra quietud no
-ha de depender de sus malignas expresiones. No
-hagamos caso de lo que dicen los hombres mientras
-no demos motivo a que lo digan.»</p>
-
-<p>Acostóse después con mucho sosiego y yo hice
-lo mismo, sin saber qué pensar. Al día siguiente,
-cuando íbamos a salir de casa, oímos llamar recio
-a la puerta de la escalera. Acudió con prontitud el
-amo, y mirando por la rejilla vió a un hombre
-bien vestido, que le dijo: «Señor caballero, yo soy
-alguacil y vengo de parte del señor corregidor a
-decir a usted que su señoría desea hablarle dos palabras.»
-¿Qué me quiere el señor corregidor?»,
-respondió mi amo. «Eso es lo que no sé&mdash;replicó
-el alguacil&mdash;; pero vaya usted a su casa y presto
-lo sabrá.» «Yo le beso las manos al señor corregidor&mdash;repuso
-su merced&mdash;; yo no tengo nada que
-ver con su señoría.» Diciendo estas palabras cerró
-enfadado la segunda puerta, y comenzándose a
-pasear por el cuarto en ademán de un hombre, según
-lo que a mí me parecía, a quien había dado
-mucho que discurrir el recado del alguacil, me puso
-en la mano mis seis reales y me dijo: «Amigo Gil
-Blas, tú puedes irte a pasear a donde quieras, que
-yo no te he menester.» Persuadíme al oír esto que
-tenía miedo de que le prendiesen y que por eso no
-quería salir. Dejéle, pues, y para ver si me engañaba
-en mi sospecha, me escondí en paraje desde
-donde podía observar si salía o no. Habría tenido<span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span>
-paciencia para mantenerme allí toda la mañana si
-él mismo no me hubiese aliviado de este trabajo,
-pues al cabo de una hora le vi salir y presentarse
-en la calle con un desembarazo y un aire de confianza
-que dejó confundida mi penetración. Sin
-embargo, no me deslumbraron estas apariencias;
-antes bien me hicieron entrar en mayor desconfianza.
-Parecióme que todo aquello podía muy bien
-ser con estudio, y aun casi llegué a creer que se
-había detenido en casa aquel tiempo para recoger
-sus joyas y dinero, y que probablemente iba a ponerse
-en salvo huyendo. Perdí la esperanza de verle
-más, y aun estuve perplejo en si iría aquella noche
-a esperarle en la puerta de la escalera: tan persuadido
-estaba de que saldría aquel día de Madrid
-para librarse del peligro que le amenazaba. Sin
-embargo, no dejé de ir a esperarle, y quedé admirado
-de verle volver como acostumbraba. Acostóse
-sin la menor muestra de cuidado ni inquietud,
-y por la mañana se levantó y vistió con la mayor
-serenidad.</p>
-
-<p>No bien acabó de vestirse, cuando llamaron de
-repente a la puerta. Fué él mismo a mirar por la
-rejilla quién llamaba. Vió que era el alguacil del
-día anterior; preguntóle qué se le ofrecía, y el alguacil
-respondió que abriese al señor corregidor.
-Al oír este nombre temible se me heló toda la
-sangre. Había ya cobrado un endiablado miedo, y
-más que pánico terror, a toda esta casta de pájaros
-desde que tuve la desgracia de caer en sus manos,
-y en aquel momento hubiera querido hallarme cien<span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span>
-leguas distante de Madrid; pero mi amo, que no
-era tan espantadizo ni tan medroso como yo, abrió
-la puerta con sosiego y recibió al señor corregidor
-con respeto. «Ya ve usted&mdash;dijo a mi amo&mdash;que no
-vengo a su casa con grande acompañamiento, porque
-nunca he gustado de hacer las cosas con estruendo.
-Sin hacer caso de los rumores poco favorables
-a usted que corren por el pueblo, me ha parecido
-que su persona era acreedora a que se la
-tratase con miramiento. Sírvase usted decirme
-cómo se llama, quién es y qué hace en Madrid.»
-«Señor&mdash;le respondió mi amo&mdash;, mi nombre es don
-Bernardo de Castelblanco, familia conocida en Castilla
-la Nueva. Mi ocupación en Madrid se reduce
-a pasearme, frecuentar los teatros y divertirme con
-algunos pocos amigos, gente toda muy honrada y
-de honesta y grata conversación.» «Sin duda&mdash;dijo
-el juez&mdash;, tendrá usted una gran renta.» «No, señor&mdash;repuso
-mi amo&mdash;; no tengo rentas, ni tierras y ni
-aun casa.» «¿Pues de qué vive usted?», le replicó
-el corregidor. «De lo que voy a enseñar a vuestra
-señoría», respondió don Bernardo; y al mismo
-tiempo alzó un tapiz y abrió una puerta que estaba
-tras de él, sin que yo la hubiese observado, y
-luego otra que estaba después de aquélla, e hizo
-entrar al juez en un cuartito, donde había un gran
-cofre todo lleno de oro, que quiso viese con sus
-mismos ojos. «Ya sabe vuestra señoría&mdash;le dijo entonces&mdash;que
-nosotros los españoles somos por lo
-general poco amigos del trabajo; mas por grande
-que sea la aversión con que otros le miran, puedo<span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span>
-asegurar que ninguna se iguala con la mía. Soy naturalmente
-tan perezoso y holgazán, que no valgo
-para ningún empleo ni ocupación. Si quisiera canonizar
-mis vicios, dándoles el nombre de virtudes,
-diría que mi pereza era una indolencia filosófica,
-un rasgo del entendimiento desengañado de lo que
-el mundo solicita y busca con tanto ardor; pero
-debo confesar de buena fe que soy haragán y perezoso
-de nacimiento; tanto, que si me viera precisado
-a trabajar para comer, creo que me dejaría
-morir de hambre. En este supuesto, a fin de pasar
-una vida que se acomodase con mi humor, por no
-tener la molestia de cuidar de mi hacienda, y mucho
-más por no haber de lidiar con administradores
-ni mayordomos, convertí en dinero contante
-todo mi patrimonio, que consistía en muchas posesiones
-considerables. Cincuenta mil ducados en
-oro hay en este cofre, lo que basta y aun sobra para
-lo que puedo vivir, aunque pase de un siglo, pues
-no llegan a mil los que gasto cada año y cuento ya
-diez lustros de edad. No me da cuidado lo venidero,
-porque, gracias al Cielo, no adolezco de alguno
-de aquellos tres vicios que comúnmente arruinan a
-los hombres: soy poco inclinado a comilonas y meriendas,
-juego poco, por mera diversión, y estoy
-ya muy desengañado de las mujeres. No temo que
-en mi vejez me cuenten en el número de aquellos
-viejos lascivos a quienes las mozuelas venden sus
-mentidos e interesados favores a precio de oro.»</p>
-
-<p>«¡Oh y qué dichoso es usted!&mdash;exclamó el corregidor&mdash;.
-Teníanle, contra toda razón, por un<span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223">[223]</a></span>
-espía, personaje que de ningún modo podía convenir
-a un hombre de su carácter. Prosiga usted,
-don Bernardo, en vivir como ha vivido hasta aquí.
-Tan lejos estaré de turbar sus días tranquilos y
-serenos, que desde luego los envidio y me declaro
-por su defensor. Pídele a usted su amistad y yo
-le ofrezco la mía.» «¡Ah, señor!&mdash;exclamó mi amo,
-penetrado de tan atentas como apreciables palabras&mdash;.
-Admito el precioso don que vuestra señoría
-me ofrece. Su amistad es complemento de mi felicidad.»
-Después de esta conversación, que el alguacil
-y yo oímos desde fuera, el corregidor se despidió
-de mi amo, que no hallaba expresiones con que
-manifestarle su agradecimiento. Yo de mi parte,
-por imitar a mi amo y ayudarle a hacer los honores
-de la casa, harté al alguacil de profundas cortesías,
-aunque en el corazón le miraba con aquel
-tedio con que todo hombre de bien mira a un corchete.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c302" id="c302">CAPÍTULO II</a></h2>
-
-<p class="pch">De la admiración que causó a Gil Blas el encuentro
-con el capitán Rolando y de las cosas curiosas que
-le contó aquel bandolero.</p>
-
-<p>Luego que don Bernardo de Castelblanco hubo
-despedido al corregidor, acompañándole hasta la
-calle, volvió prontamente a cerrar el cofre y todas
-las puertas que le resguardaban. Hecha esta diligencia,
-salió de casa, muy placentero por haberse<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span>
-granjeado tan importante amistad, y yo no menos
-alegre por ver asegurados ya mis seis reales. La
-gana que tenía de contar esta aventura a Meléndez
-me obligó a encaminarme a su casa; pero al
-estar ya cerca de ella me encontré con el capitán
-Rolando. No puedo explicar lo sorprendido que
-me quedé con este encuentro ni pude menos de
-estremecerme y temblar a su vista. El también me
-conoció. Llegóse a mí gravemente, y conservando
-todavía su aire de superioridad me mandó que le
-siguiese. Obedecíle temblando, y en el camino iba
-diciendo entre mí mismo: «¡Pobre de mí! ¡Ahora
-querrá que le pague todo lo que le debo! ¿Adónde
-me llevará? Puede que tenga en esta villa alguna
-cueva obscura. ¡Diablo! ¡Si tal creyera, en este mismo
-momento le haría ver que no tengo gota en los
-pies!» Con estos pensamientos iba andando tras
-de él, muy atento a observar el sitio donde pararía,
-con intento de huir de él a carrera tendida
-por poco sospechoso que me pareciese.</p>
-
-<p>Presto me sacó Rolando de este cuidado y desvaneció
-todo mi temor. Entróse en una famosa
-taberna; seguíle; mandó traer del mejor vino y
-dispuso se hiciese comida para los dos. Mientras
-tanto, nos metimos en un cuarto, y así que el
-capitán se vió solo conmigo, me habló de esta
-suerte: «Sin duda, Gil Blas, que estarás muy admirado
-de verte aquí con tu antiguo comandante;
-pero más te admirarás cuando hayas oído lo que
-te voy a contar. El día que te dejé en la cueva y
-marché con mis compañeros a Mansilla a vender<span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span>
-las mulas y caballos que habíamos robado la noche
-anterior, encontramos al hijo del corregidor
-de León, acompañado de cuatro hombres a caballo,
-todos bien armados, que seguían su coche.
-Acometímoslos; dimos muerte a dos de ellos y los
-otros dos huyeron. Temiendo el buen cochero que
-hiciésemos lo mismo con su amo, nos suplicó con
-lágrimas que, por amor de Dios, no quitásemos la
-vida al hijo único del señor corregidor de León.
-Estas palabras, en vez de enternecer a mis compañeros,
-los enardecieron más. «Señores&mdash;dijo uno&mdash;,
-no dejemos escapar al hijo del enemigo más mortal
-de los de nuestra profesión. ¿A cuántos de
-éstos no ha hecho ajusticiar su padre? ¡Venguémoslos
-y sacrifiquemos esta víctima a sus cenizas!»
-Todos los demás aplaudieron tan inhumano consejo,
-y hasta mi teniente iba ya a ser el gran
-sacerdote de aquel sangriento sacrificio si yo no
-le hubiera detenido el brazo. «¡Aguarda!&mdash;le dije&mdash;.
-¿A qué fin derramar sangre sin necesidad? Contentémonos
-con el bolsillo de este pobre mozo, y
-pues no hace resistencia sería una barbaridad matarle;
-fuera de que él no es responsable de las acciones
-de su padre, ni aun el padre en condenarnos
-a muerte hace mas que cumplir con la obligación
-de su oficio, así como nosotros cumplimos con
-la del nuestro en robar a los caminantes.»</p>
-
-<p>»Intercedí, pues, por el hijo del corregidor, y no
-fué inútil mi intercesión. Sólo le cogimos todo el
-dinero que llevaba, y juntamente nos apoderamos
-de los caballos de los hombres que habían muerto<span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span>
-en la refriega y vendímoslos en Mansilla con los
-demás que conducíamos. Volvímonos después a
-nuestro subterráneo, adonde llegamos el día siguiente
-poco antes de amanecer. No quedamos
-poco atónitos de ver levantada la trampa, y mucho
-más de encontrar a Leonarda amarrada fuertemente
-en la cocina. Contónos en dos palabras
-todo lo acaecido y nos admiramos mucho de que
-hubieses podido engañarnos; nunca te hubiéramos
-creído capaz de jugarnos semejante petardo y te
-perdonamos el chasco en gracia de la invención.
-Luego que desatamos a la cocinera le di orden de
-que nos compusiese bien de comer. Entre tanto
-fuimos a la caballeriza a cuidar de los caballos, y
-encontramos casi expirando al viejo negro, que en
-veinticuatro horas no había probado bocado ni
-visto persona alguna que le socorriese. Deseábamos
-darle algún alivio; pero había perdido ya del
-todo el conocimiento, y nos pareció un caso tan
-desesperado el suyo, que, a pesar de nuestra buena
-voluntad, desamparamos a aquel miserable,
-que estaba entre la vida y la muerte. No por eso
-dejamos de sentarnos a la mesa, y después de haber
-almorzado grandemente, nos retiramos a nuestros
-cuartos, donde estuvimos durmiendo o descansando
-todo el día. Cuando despertamos, nos
-dijo Leonarda que ya había muerto Domingo. Llevamos
-el cadáver a la covacha donde te acordarás
-que dormías, y allí le hicimos el funeral como
-si hubiera tenido el honor de ser uno de nuestros
-compañeros.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span></p>
-
-<p>»Al cabo de cinco o seis días sucedió que, habiendo
-hecho una salida, encontramos muy de mañana,
-a la entrada del bosque, tres cuadrillas de la Santa
-Hermandad, que al parecer nos estaban esperando
-para dar sobre nosotros. Al pronto no descubrimos
-mas que una. No la temimos, y aunque
-superior en número a nuestra tropa, la atacamos;
-pero al tiempo que estábamos peleando con ella,
-las otras dos, que habían hallado modo de mantenerse
-emboscadas, se echaron de repente sobre
-nosotros y nos rodearon de manera que de nada
-nos sirvió nuestro valor. Fuénos necesario ceder
-al número de los enemigos. Nuestro teniente y dos
-de nuestros camaradas murieron en la función.
-Los otros dos y yo, cercados por todas partes,
-nos vimos precisados a rendirnos; y mientras las
-dos cuadrillas nos llevaban presos a León, la tercera
-fué a cegar y destruir la cueva, que fué descubierta
-del modo siguiente: atravesando el bosque
-un labrador del lugar de Luyego, volviendo
-a su casa, vió por casualidad alzada la trampa de
-la cueva, que dejaste abierta el mismo día que te
-escapaste con la señora, y sospechó que aquélla
-era nuestra habitación, y no teniendo valor para
-entrar en ella, se contentó con observar bien sus
-contornos; y para acertar mejor con el sitio, descortezó
-ligeramente algunos árboles vecinos y otros
-más, de trecho en trecho, hasta estar fuera del
-bosque. Pasó después a León, dió parte de aquel
-descubrimiento al corregidor, cuyo gozo fué mucho
-mayor por cuanto estaba informado de que<span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span>
-su hijo había sido robado por nuestra compañía.
-El corregidor hizo juntar tres cuadrillas para prendernos,
-y les dió por guía al labrador que había
-descubierto el subterráneo.</p>
-
-<p>»Mi llegada a la ciudad de León fué un grande
-espectáculo para todos sus vecinos. Aunque yo hubiera
-sido un general portugués hecho prisionero
-de guerra, no habría sido mayor la curiosidad con
-que todos corrían y se atropellaban por verme.
-«¡Aquél es&mdash;decían&mdash;, aquél es el capitán y el terror
-de toda esta tierra! ¡Merecía ser atenaceado,
-y no menos sus dos compañeros!» Presentáronnos
-al corregidor, que desde luego comenzó a insultarme.
-«¡Ya lo ves, malvado&mdash;me dijo&mdash;: el Cielo,
-cansado de tus delitos, te ha entregado a mi justicia!»
-«Señor&mdash;le respondí&mdash;, es cierto que he cometido
-muchos; pero a lo menos no tengo que
-acusarme de haber quitado la vida al hijo de vuestra
-señoría. Si vive, a mí me lo debe, y me parece
-que este servicio es acreedor a algún reconocimiento.»
-«¡Ah, infame!&mdash;replicó&mdash;. ¡Sin duda que estaría
-bien empleado un proceder generoso con hombres
-de tu carácter! Y aun cuando yo te quisiera
-perdonar, ¿me lo permitiría, por ventura, la obligación
-de mi empleo?» Dicho esto, nos mandó meter
-en un calabozo, donde no dejó pudrir a mis compañeros.
-Salieron de él al cabo de tres días, para
-representar un papel un poco trágico en la plaza
-Mayor. Por lo que toca a mí, estuve tres semanas
-enteras en la cárcel. Tuve por cierto que se dilataba
-mi suplicio para que fuese más terrible, y,<span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span>
-en fin, cada día estaba esperando un nuevo género
-de muerte, cuando al cabo mandó el corregidor
-que me llevasen a su presencia, y estando en ella
-me dijo: «Oye tu sentencia. Quedas libre. Si no
-fuera por ti, mi hijo hubiera sido asesinado en
-medio de un camino. Como padre, deseaba agradecerte
-este gran beneficio; pero no pudiendo
-absolverte como juez, escribí a la Corte en tu
-favor. Pedí al rey el perdón de tus delitos y lo
-conseguí. Vete a donde quieras; pero, créeme&mdash;añadió&mdash;,
-aprovéchate de tan feliz como no
-esperado suceso. Vuelve en ti y abandona para
-siempre esa desastrosa vida.»</p>
-
-<p>«Atravesado el corazón con estas últimas palabras,
-tomé el camino de Madrid, con propósito de
-vivir con sosiego en esta villa. Encontró ya muertos
-a mis padres y su herencia en manos de un
-viejo pariente nuestro, que me dió aquella cuenta
-fiel que acostumbran los tutores. Sólo pude lograr
-tres mil ducados, que acaso no componían la cuarta
-parte de lo que debía heredar. Pero ¿qué había
-de hacer? Nada adelantaría con ponerle pleito, sino
-tener de menos todo lo que gastase en él. Por huir
-la ociosidad, compré una vara de alguacil, y, según
-cumplo con mi empleo, parece que no he tenido
-otro en toda mi vida. Mis nuevos compañeros, por
-decoro, se habrían opuesto a mi admisión si hubieran
-sabido mi historia; pero, por fortuna mía,
-la ignoraban, o&mdash;lo que viene a ser lo mismo&mdash;afectaron
-ignorarla, porque en este honrado cuerpo
-todos tienen interés en que no se sepan sus hechos,<span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span>
-sus virtudes y milagros. Con todo eso, amigo mío&mdash;continuó
-Rolando&mdash;, yo quiero descubrirte mi
-corazón. No me gusta el oficio que he tomado.
-Pide una conducta demasiadamente delicada y
-misteriosa, que sólo da lugar a sutilezas y raposerías.
-¡Oh y cuánto echo de menos mi antigua y
-noble profesión! Confieso que es más segura la
-nueva, pero es más gustosa y divertida la otra, y
-yo soy amante de la alegría y de la libertad. Voy
-viendo que tengo traza de exonerarme de este empleo
-y desaparecer el día menos pensado, para retirarme
-a las montañas que están en el nacimiento
-del Tajo. Sé que hay allí cierta madriguera, habitada
-por una valerosa tropa llena de catalanes
-determinados cuyo nombre solo es su mayor elogio.
-Si me quieres seguir, iremos a aumentar el
-número de aquellos grandes hombres. Me brindan
-con el empleo de segundo capitán de tan ilustre
-compañía, y haré que te reciban en ella, asegurándoles
-que diez veces te he visto combatir a mi
-lado, y ensalzaré hasta las nubes tu valor. Hablaré
-mejor de ti que un general de un oficial cuando
-le quiere adelantar; pero me guardaré bien de tomar
-en boca la pieza que nos jugaste, porque esto
-te haría sospechoso, y así, no diré palabra de la
-aventura consabida. Ahora bien&mdash;añadió&mdash;: ¿estás
-pronto a seguirme? Espero tu respuesta.»</p>
-
-<p>«Cada uno tiene sus inclinaciones&mdash;respondí a
-Rolando&mdash;; usted es inclinado a las empresas arduas
-y peligrosas y yo a una vida tranquila y
-sosegada.» «¡Ya te entiendo!&mdash;me interrumpió&mdash;.<span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span>
-Aquella señora cuyo amor te hizo hacer lo que
-emprendiste la tienes todavía muy dentro del corazón,
-y sin duda que en su amable compañía gozas
-de aquella vida cómoda y gustosa a que te
-llama tu inclinación. Confiesa con sinceridad que,
-después de haberle restituído sus muebles, estáis
-comiendo juntos los doblones que recogisteis y robasteis
-de la cueva.» Respondíle que estaba muy
-equivocado, y para desengañarle, en pocas palabras
-le conté toda la historia de la señora, con todo
-lo demás que me había sucedido desde que me escapé
-de su compañía. Al fin de la comida me volvió
-a hablar de los señores catalanes y me confesó
-que estaba resuelto a ir a juntarse con ellos, volviéndome
-a dar otro tiento para persuadirme a que
-abrazase aquel partido. Pero viendo que no lo podía
-conseguir, me miró con un aire fiero y me dijo
-con cierta seriedad feroz: «¡Ya que tienes un corazón
-tan vil y bajo que prefieres tu servil condición
-al honor de entrar en la compañía de unos hombres
-valerosos, te abandono a la villanía de tus
-ruines inclinaciones! ¡Olvida enteramente que me
-volviste a encontrar hoy, y jamás me tomes en boca
-con persona viviente de este mundo, porque si llego
-a saber que alguna vez has hablado de mí...!
-¡Ya me conoces, y no te digo más!» Al decir esto,
-llamó al tabernero, pagó la comida y nos levantamos
-de la mesa para ir cada cual por su camino.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c303" id="c303">CAPÍTULO III</a></h2>
-
-<p class="pch">Deja Gil Blas a don Bernardo de Castelblanco
-y entra a servir a un elegante.</p>
-
-<p>Salimos de la taberna, y cuando nos estábamos
-despidiendo uno y otro pasaba mi amo por la calle.
-Vióme, y observé que más de una vez se volvió
-a mirar con cuidado al capitán. Parecióme que
-le había sorprendido verme en compañía de semejante
-sujeto. A la verdad, la traza de Rolando no
-excitaba ideas muy favorables de sus costumbres.
-Era un hombre muy alto, carilargo, de nariz aguileña,
-y aunque no de desgraciada figura, tenía no
-sé qué trazas de un grandísimo bribón.</p>
-
-<p>No me engañé en mi sospecha. Cuando don Bernardo
-se retiró a casa por la noche, le hallé muy
-prevenido contra la catadura del capitán y propenso
-a creer todas las proezas que yo le pudiera
-contar de él si me hubiera atrevido a referírselas.
-«Gil Blas&mdash;me dijo&mdash;, ¿quién era aquel pajarraco
-con quien te vi poco ha?» Respondíle que era un
-alguacil y me imaginé que quedaría satisfecho con
-esta respuesta. Pero me hizo otras muchas preguntas;
-y como me viese perplejo en las respuestas,
-porque me acordaba de las amenazas de Rolando,
-cortó de repente la conversación y metióse en la
-cama. La mañana siguiente, luego que acabé de
-hacer las haciendas ordinarias, me entregó seis ducados
-en lugar de seis reales y me dijo: «Toma,<span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span>
-amigo, estos ducados por lo que me has servido
-hasta aquí y vete a servir a otra casa, que yo no
-me puedo acomodar con un criado que cultiva
-tan honradas amistades.» De pronto no me ocurrió
-otra cosa que decirle sino que había conocido
-en Valladolid a aquel alguacil con motivo de haberle
-asistido en cierta enfermedad cuando ejercía
-yo la Medicina. «¡Bellamente! ¡No se puede negar
-que es ingeniosa la salida! Mas ¿por qué no me respondiste
-anoche lo mismo en vez de turbarte?»
-«Señor&mdash;le dije&mdash;, no me atreví a decirlo por prudencia,
-y ésta es la verdad.» «Ciertamente&mdash;me replicó,
-dándome cariñosas palmaditas en el hombro&mdash;que
-eso es ser prudente hasta lo sumo, y en
-verdad que yo no te tenía por tanto. ¡Anda, hijo
-mío, vete en paz y date por despedido!»</p>
-
-<p>Partíme inmediatamente y fuíme en derechura
-a dar esta mala noticia a mi protector Meléndez,
-el cual me dijo, por consolarme, que pensaba hacer
-diligencias para acomodarme en otra casa mejor.
-Con efecto, pocos días después me dijo: «Amigo
-Gil Blas, muy lejos estarás tú de pensar en la fortuna
-que ahora voy a anunciarte. Tendrás el mejor
-puesto del mundo. Sábete que te he acomodado
-con don Matías de Silva. Es un sujeto de la primera
-distinción y uno de aquellos señoritos mozos que
-se llaman <i>elegantes</i>. Tengo la honra de ser su mercader.
-Acude a mi tienda por todo cuanto se le
-ofrece; es verdad que todo va al fiado, pero nada
-se va a perder nunca con estos señores. Comúnmente
-se casan con herederas ricas, que pagan todas<span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span>
-sus deudas; y cuando esto no, se les cargan
-los géneros a tan subido precio, que aunque no se
-cobre más que la cuarta parte de las partidas
-siempre queda ganancioso el mercader que sabe
-su oficio. El mayordomo de don Matías es amigo
-mío; vamos a buscarle, que él es quien te ha de
-presentar a su amo, y puedes estar seguro de que,
-por respeto mío, hará de ti particular estimación.»</p>
-
-<p>Mientras íbamos caminando a casa de don Matías,
-me dijo el mercader: «Paréceme muy conveniente
-que estés informado del carácter del mayordomo.
-Llámase Gregorio Rodríguez y, aquí para entre
-los dos, es un hombre nacido del polvo de la tierra,
-y sintiéndose con talento para el manejo económico,
-siguió su inclinación y se ha enriquecido
-arruinando dos casas cuyas rentas manejó. Te prevengo
-que es hombre muy vano y gusta mucho
-de que los demás criados se le humillen. A él han
-de acudir todos los que pretendan alguna gracia
-del amo. Si alguno consigue algo sin su participación,
-siempre tiene prontos mil artificios para hacer
-que se revoque la gracia o que le sea enteramente
-inútil. Ten esto presente para tu gobierno.
-Haz tu corte al señor Rodríguez aun más que a tu
-mismo amo y no perdones diligencia alguna para
-conservarte siempre en su favor. Su amistad te
-será de gran provecho; te pagará puntualmente tu
-salario, y si logras merecer su confianza no se
-contentará con esto, porque tiene muchos arbitrios
-para dar en qué ganar. Don Matías es un mozo que
-sólo piensa en divertirse y nada cuida de los inteceses<span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235">[235]</a></span>
-de su casa. Mira ahora si puede haberla mejor
-para tal mayordomo.»</p>
-
-<p>Luego que llegamos a la casa, preguntamos si
-podíamos hablar al señor Rodríguez; respondiéronnos
-que sí y que le encontraríamos en su cuarto.
-Efectivamente, le hallamos en él, y estaba con un
-labrador que tenía en la mano un talego de terliz
-lleno, a lo que parecía, de dinero. El mayordomo,
-que me pareció más pálido y amarillo que una doncella
-cansada de su estado, se levantó apresurado
-y corrió con los brazos abiertos a recibir a Meléndez.
-El mercader abrió también los suyos y se
-abrazaron estrechísimamente, en cuyas demostraciones
-de amor había por lo menos tanto artificio
-como verdad. Después de esto se trató de mí. Rodríguez
-me examinó de pies a cabeza y me dijo
-con mucha afabilidad que yo era el mismísimo que
-convenía a don Matías y que él tomaba a su cargo
-presentarme a este señor. Le significó el mercader
-lo mucho que se interesaba por mí y suplicó al
-mayordomo que me tomase bajo su protección, y
-dejándome con él, se retiró, despidiéndose con muchos
-cumplimientos. Luego que salió, me dijo Rodríguez:
-«Yo te presentaré al amo después que haya
-despachado a este pobre labrador.» Acercóse al
-paisano, y tomándole el talego, le dijo: «Veamos
-si están aquí los quinientos doblones.» Contólos
-por su mano, y hallándolos justos dió su recibo
-al labrador y le despidió. Guardó luego los doblones
-en el talego y, vuelto a mí, «Ahora podemos
-ir&mdash;me dijo&mdash;a ver al amo, que se estará vistiendo,<span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span>
-porque no se levanta hasta mediodía y ya es
-cerca de la una.»</p>
-
-<p>Con efecto, acababa entonces de levantarse don
-Matías. Estaba en bata, repantigado en una silla
-poltrona, con una pierna sobre un brazo de la silla,
-y era su ocupación estar picando un cigarro. Hablaba
-con un lacayo que hacía oficio de ayuda de
-cámara interinamente. «Señor&mdash;le dijo el mayordomo&mdash;,
-aquí está este mocito, que tengo el gusto
-de presentar a vuestra señoría para reemplazar al
-criado que se sirvió despedir anteayer. Su fiador
-es Meléndez, el mercader de vuestra señoría. Asegura
-que es un mozo de mérito, y yo creo que
-vuestra señoría estará contento con él y se dará
-por bien servido.» «Basta que tú me lo presentes&mdash;respondió
-su señoría&mdash;para que le reciba; yo le
-declaro desde luego mi ayuda de cámara y queda
-ya evacuado este negocio. Rodríguez, hablemos de
-otra cosa, pues has venido cuando iba a mandar
-que te llamasen. Te voy a dar una mala nueva,
-mi amado Rodríguez. Anoche estuve muy desgraciado
-en el juego; perdí cien doblones que llevaba
-en el bolsillo y otros doscientos sobre mi palabra.
-Ya sabes lo necesario que es a personas de mi
-condición pagar cuanto antes este género de deudas.
-Estas son propiamente las que el honor nos
-obliga a satisfacer con puntualidad; las otras, basta
-que se paguen cuando se pueda. Es preciso, pues,
-que me busques en el día doscientos doblones y
-se los envíes a la condesa de Pedrosa.» «Señor&mdash;respondió
-el mayordomo&mdash;, más fácil es decirlo<span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span>
-que ejecutarlo. ¿Dónde quiere vuestra señoría
-que encuentre yo tanto dinero? No puedo cobrar
-un maravedí de sus arrendadores por más amenazas
-que les hago; me es indispensable mantener
-la casa y la familia con toda la decencia que
-conviene; me cuesta sudores de sangre el hallar
-modo para soportar tanto gasto. Es verdad que
-hasta aquí, por la misericordia de Dios, le he podido
-sobrellevar; pero no sé ya a qué santo encomendarme
-y me veo reducido al último apuro.»
-«Cuanto estás hablando es inútil&mdash;respondió don
-Matías&mdash;, y todas esas noticias sólo sirven de enfadarme.
-Rodríguez, no tienes que esperar que yo
-mude de conducta ni que quiera tomar a mi cargo
-el gobierno de mi hacienda. ¡Por cierto que sería
-muy buena diversión para un hombre como yo!»
-«¡Paciencia!&mdash;replicó el mayordomo&mdash;. En tal caso,
-estoy persuadido de que presto se verá vuestra señoría
-libre para siempre de ese cuidado.» «¡Ya me
-cansas y me matas con tanta bachillería!&mdash;repuso
-enfadado el señorito&mdash;. ¡Déjame arruinar sin que
-me lo recuerdes! Es menester, te digo, que busques
-esos doscientos doblones; vuelvo a decir que
-es menester y quiero precisamente que los busques
-y los halles.» «Pues, según eso&mdash;dijo Rodríguez&mdash;,
-voy a ver si los quiere dar aquel buen
-viejo que otras veces ha prestado dinero a vuestra
-señoría, aunque a crecida usura.» «¡Vé y recurre
-aunque sea al mismo diablo!&mdash;respondió don Matías&mdash;.
-¡Como yo tenga los doscientos doblones,
-todo lo demás no me importa un bledo!»</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span></p>
-
-<p>No bien acababa de decir estas palabras, colérico
-y enojado, cuando, al irse el mayordomo, entró
-en su cuarto otro señorito mozo, llamado don
-Antonio Centelles. «¿Qué tienes, amigo?&mdash;preguntó
-éste a mi amo&mdash;. Parece que estás de mal humor;
-veo en tu semblante un cierto no sé qué que me
-lo hace sospechar. ¡Sin duda que te ha puesto así
-el bruto que acaba de salir de aquí!» «Es cierto&mdash;respondió
-don Matías&mdash;. Es mi mayordomo, y
-siempre que viene a mi cuarto me da un mal rato.
-No sabe hablar sino de mis negocios, y repite mil
-veces que me como mis rentas y me engullo el capital.
-¡Gran bestia! ¡Como si fuera él quien lo perdiese!»
-«Amigo&mdash;respondió don Antonio&mdash;, en el
-mismo caso me hallo yo. Mi mayordomo no es más
-mirado que el tuyo. Cuando el grandísimo ganapán,
-en fuerza de mis repetidas órdenes, me trae
-algún dinero, no parece sino que me da lo que es
-suyo; me dice que me pierdo y que todas mis rentas
-están embargadas. Véome precisado a tomar
-la palabra para cortar la conversación.» «Pero lo
-peor de todo es&mdash;dijo don Matías&mdash;que no podemos
-vivir sin estas gentes y que para nosotros es
-éste un mal necesario.» «Convengo en eso&mdash;respondió
-Centelles&mdash;. ¡Pero aguarda un poco&mdash;prosiguió,
-reventando de risa&mdash;, que ahora me ocurre
-un pensamiento muy gracioso y nunca imaginado!
-Podemos hacer cómicas las escenas serias que cada
-día representamos con estos hombres y que nos
-sirva de diversión lo mismo que nos apesadumbra.
-Hagámoslo de este modo: yo pediré a tu mayordomo<span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239">[239]</a></span>
-el dinero que hayas menester y tú pedirás
-al mío el que yo necesite. Dejarémosles decir
-todo lo que quieran y nosotros les oiremos con
-oídos de mercader. Al cabo del año, tu mayordomo
-me presentará sus cuentas y el mío te dará las
-suyas. De esta manera, yo sólo oiré hablar de tus
-gastos, tú sólo tendrás noticia de los míos y verás
-cómo nos divertimos.»</p>
-
-<p>A esta ingeniosa invención se siguieron mil chistosas
-agudezas que alegraron a los dos señoritos,
-y uno y otro las llevaron adelante con mucho alborozo.
-Interrumpió Gregorio Rodríguez su alegre
-conversación entrando en la sala acompañado de
-un vejete, tan calvo que apenas se le descubría un
-cabello. Quiso despedirse don Antonio, y dijo:
-«¡Adiós, don Matías, que presto nos volveremos a
-ver! Quiero dejarte con estos señores, con quienes
-quizá tendrás que tratar negocios importantes.»
-«¡No, no!&mdash;respondió mi amo&mdash;. ¡Estáte aquí, que
-tú en nada nos estorbas! Este buen viejo que ves
-es un hombre muy de bien, que me presta dinero
-a un veinte por ciento.» «¿Cómo <i>a un veinte por
-ciento</i>?&mdash;replicó Centelles como admirado&mdash;. ¡A fe
-que has sido afortunado en caer en tan buenas
-manos! Yo compro el dinero a peso de oro, porque
-ninguno me lo quiere prestar menos de a treinta y
-tres por ciento.» «¡Qué usura!&mdash;exclamó entonces
-el usurerísimo viejo&mdash;. ¿Tienen alma esos bribones?
-¿Creen, por ventura, que no hay otro mundo?
-¡Ya no extraño que se declame tanto contra
-las personas que prestan a interés! El exorbitante<span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span>
-precio a que venden sus empréstitos es lo que nos
-desacredita a todos, quitándonos la honra y la reputación;
-yo, a lo menos, sólo presto puramente
-por servir a los que se valen de mí, y si todos mis
-compañeros siguieran mi ejemplo, no estaríamos
-tan desacreditados. ¡Ah, si los tiempos presentes
-fueran tan felices como los pasados, tendría yo
-el mayor gusto en abrir mi bolsa y ofrecérsela a
-vuestra señoría sin el más mínimo interés, pues,
-aun en medio de mi pobreza, casi tengo escrúpulo
-de prestar mi dinero a un miserable veinte por
-ciento! Mas, ¡oh Dios!, parece que el dinero se ha
-vuelto a enterrar en las entrañas de la tierra; ya
-no se encuentra un ochavo, y su escasez me obliga
-a ensanchar un poco las estrechas reglas de mi
-moralidad. ¿Cuánto dinero ha menester vuestra señoría?»,
-preguntó volviéndose hacia mi amo. «Doscientos
-doblones», respondió éste. «Cuatrocientos
-traigo en un talego&mdash;dijo el usurero&mdash;; contaré la
-mitad y se la entregaré a vuestra señoría.» Al
-mismo tiempo sacó de debajo de la capa un talego
-de terliz, que me pareció ser el mismo que
-aquel labrador acababa de dejar con quinientos
-doblones en el cuarto de Rodríguez. Luego me
-ocurrió lo que debía pensar de aquella maniobra,
-y vi por experiencia la mucha razón con que Meléndez
-me había ponderado lo diestro que era el
-mayordomo en hacer su negocio. El viejo abrió
-el talego, vació los doblones sobre una mesa y
-púsose a contarlos. La vista de toda aquella cantidad
-encendió la codicia de mi amo. «Señor Dimas&mdash;dijo<span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span>
-al usurero&mdash;, ahora mismo me ocurre
-una reflexión que me parece cuerda. Verdaderamente,
-yo era un pobre mentecato cuando sólo
-pedí a usted el dinero que precisamente había
-menester para desempeñar mi honor y mi palabra,
-no acordándome de que me quedaba sin un
-ochavo para el gasto preciso de mi casa y que
-mañana me vería precisado a recurrir a usted. Tomaré,
-pues, esos cuatrocientos doblones sobre el
-mismo pie, para excusarle el trabajo de hacer otro
-viaje a mi casa.» «Señor&mdash;respondió el viejo&mdash;, es
-cierto que tenía destinada una parte de este dinero
-para un buen licenciado, heredero de grandes
-posesiones, que emplea cuanto tiene en retirar del
-mundo a muchas pobres jóvenes que peligraban
-en él, manteniéndolas después en su retiro; mas
-una vez que vuestra señoría necesita de esta cantidad,
-ahí la tiene toda a su disposición. Basta
-que vuestra señoría se digne señalar hipotecas
-suficientes y libres para asegurar el capital y los
-réditos.» «¡Oh! Por lo que toca a la seguridad&mdash;interrumpió
-Rodríguez sacando del bolsillo un papel&mdash;,
-la tendrá usted aún mayor de lo que pudiera
-desear, sólo con que el señor don Matías se digne
-echar su firma en esta letra de cambio. En virtud
-de ella, libra a vuestro favor quinientos doblones
-contra Talegón, arrendador de los estados de Mondéjar.»
-«Me conformo&mdash;replicó el usurero&mdash;, porque
-no soy hombre que me haga de rogar.» Entonces
-el mayordomo presentó una pluma a mi amo, que,
-sin leer la letra, firmó su nombre tarareando.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span></p>
-
-<p>Concluído este negocio, se despidió el viejo de
-don Matías, y éste le dió un estrecho abrazo, diciéndole:
-«¡Hasta la vista, señor Dimas; soy todo de usted!
-No sé cierto por qué son tenidos por bribones
-todos los de su oficio. Yo por mí juzgo que son
-unos entes muy necesarios al Estado, el consuelo
-de mil hijos de familia y el recurso de todos los
-señores que gastan más de lo que permiten sus
-rentas.» «Tienes razón&mdash;dijo entonces Centelles&mdash;;
-los usureros son unos hombres de bien que merecen
-ser muy estimados y honrados; y yo quiero
-abrazar también a éste, que se contenta con un
-veinte por ciento.» Diciendo esto, se acercó al viejo
-para abrazarle, y los dos elegantes, para divertirse,
-se lo enviaban recíprocamente uno al otro
-como si fuera una pelota. Después de haberle bien
-zarandeado le dejaron ir con el mayordomo, que
-merecía mejor aquellos zarandeos y aun alguna
-cosa más.</p>
-
-<p>Luego que salió Rodríguez con el testaferro de
-sus maldades, envió don Matías a la condesa de Pedrosa
-la mitad de aquel dinero, por mano de un
-lacayo que estaba conmigo en la antesala, y la
-otra mitad la metió en un bolsillo de seda y oro
-que llevaba ordinariamente en la faltriquera. Contentísimo
-de verse con tanto dinero, dijo muy alegre
-a don Antonio: «Y bien, ¿en qué hemos de pasar
-el día de hoy? Pensémoslo un poco y tengamos
-entre los dos consejo privado.» «¡Que me place&mdash;respondió
-Centelles&mdash;, que eso es ser hombre de
-juicio! Conferenciemos, pues.» Cuando iban a tratar<span class="pagenum"><a name="Page_243" id="Page_243">[243]</a></span>
-de lo que habían de hacer, entraron otros dos
-señoritos, poco más o menos de la misma edad de
-mi amo, esto es, de veintiocho a treinta años, uno
-de los cuales se llamaba don Alejo Seguier y el otro
-don Fernando de Gamboa. Luego que se vieron juntos,
-los cuatro comenzaron a darse tantos abrazos
-como si en diez años no se hubieran visto. Después
-de esta ceremonia, don Fernando, que era de genio
-muy alegre, dirigiendo la palabra a don Matías y a
-don Antonio, «Y bien, señores&mdash;les dijo&mdash;, ¿dónde
-pensáis comer hoy? Si no estáis convidados, os
-quiero llevar a una casita de los cielos, donde beberéis
-un vinito de los dioses. Anoche cené en ella
-y no salí hasta las cinco o seis de la mañana.»
-«¡Ojalá hubiese yo tenido la misma prudencia&mdash;exclamó
-mi amo&mdash;, pues así no hubiera perdido
-mi dinero!»</p>
-
-<p>«Yo&mdash;dijo Centelles&mdash;quise tener anoche una nueva
-diversión, porque la variedad es madre del gusto.
-Llevóme un amigo a casa de uno de aquellos
-ricotes que hacen su negocio manejando los del
-Estado: un asentista. En el adorno de la casa se
-veía magnificencia y elección de muebles exquisitos;
-la mesa, bien cubierta y servida; pero descubrí
-en los amos de la casa cierta ridiculez que me
-divirtió extremadamente. El dueño, aunque de nacimiento
-bajo y de educación grosera, afectaba
-modales a lo grande. Su mujer, aunque era fea de
-gana, creía ser una Venus, y además decía mil
-necedades, sazonadas con un acento vizcaíno que
-les daba un gran realce. Fuera de eso, estaban sentados<span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span>
-a la mesa cuatro o cinco niños con su ayo.
-Considerad ahora cuánto me divertiría aquella cena
-casera.»</p>
-
-<p>«Pues yo, señores&mdash;dijo don Alejo Seguier&mdash;, cené
-con una comedianta: con Arsenia. Eramos seis de
-mesa: Arsenia, Florimunda, una niña amiga suya,
-maja de profesión, el marqués de Zenete, don Juan
-de Moncada y vuestro servidor. Pasamos la noche
-en beber y en decir galanterías. Pero ¡qué noche!
-Es verdad que Arsenia y Florimunda no son de las
-más discretas; pero ¿qué importa? Su desembarazo
-suple la falta de talento. Son unas criaturas tan
-alegres, vivarachas y divertidas, que las prefiero
-a las mujeres juiciosas.»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c304" id="c304">CAPÍTULO IV</a></h2>
-
-<p class="pch">Hace amistad Gil Blas con los criados de los elegantes;
-secreto admirable que éstos le enseñaron para
-lograr a poca costa la fama de hombre agudo, y singular
-juramento que a instancia de ellos hizo en
-una cena.</p>
-
-
-<p>Prosiguieron aquellos señoritos charlando de esta
-manera hasta que don Matías, a quien yo entre
-tanto ayudaba a vestir, se halló en disposición de
-poder salir de casa. Díjome entonces que le siguiese,
-y todos los cuatro elegantes tomaron juntos
-el camino de la casa a donde había ofrecido
-llevarlos don Fernando de Gamboa. Comencé, pues,<span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span>
-a marchar detrás de ellos, juntamente con los otros
-tres criados, porque cada uno de los caballeritos
-llevaba el suyo. Observé con admiración que los
-tales criados procuraban remedar en todo a sus
-amos, imitando su aire y movimientos. Saludélos
-a todos como un nuevo camarada suyo, correspondiéronme
-de la misma manera, y uno de ellos,
-después de haberme mirado atentamente por un
-breve rato, me dijo: «Hermano, conozco por toda
-tu traza que nunca has servido a ningún caballerito
-de esta especie.» «Es verdad&mdash;le respondí&mdash;, porque
-ha muy poco tiempo que llegué a Madrid.»
-«Así me lo parece a mí también&mdash;replicó él&mdash;. Todavía
-hueles a lugar, porque te veo tímido, atado,
-y observo en tu modo de manejarte un no sé qué
-de aldeanismo, rusticidad y encogimiento. Pero no
-importa; yo te prometo sobre mi palabra que presto
-te desbastaremos y te puliremos.» «Eso es lisonja»,
-le repliqué. «¡Nada de eso!&mdash;me respondió&mdash;.
-Está cierto de que no hay hombre, por tosco que
-sea, a quien no sepamos cepillar y pulir.»</p>
-
-<p>No necesitó decirme más para que yo conociese
-que tenía por compañeros unos lindos perillanes
-y que no podía caer en mejores manos para llegar
-a ser un mozo de provecho. Cuando llegamos a la
-tal casa, hallamos ya preparada la mesa y dispuesta
-la comida, que don Fernando había tenido
-cuidado de encargar desde por la mañana. Sentáronse
-a la mesa nuestros amos y nosotros nos dispusimos
-a servirlos. Comenzaron a comer y a charlar
-con mucha alegría, y era para mí grandísima<span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span>
-diversión el verlos y oírles. Su carácter, sus pensamientos
-y sus expresiones me divertían completamente.
-¡Qué viveza! ¡Qué chistes! ¡Qué agudezas!
-Me parecían unos hombres de diferente especie.
-Cuando se sirvieron los postres, les pusimos
-muchas botellas de los mejores vinos de España,
-y levantados los manteles, nos retiramos los criados
-a otro cuarto, donde había mesa para nosotros.</p>
-
-<p>Tardé poco en conocer que los caballeros criados
-de mi cuadrilla eran hombres de mucho mayor mérito
-de lo que yo me había imaginado. No se contentaban
-con imitar los modales de sus amos; afectaban
-hablar el mismo lenguaje, y los bellacos lo
-hacían tan a la perfección, que, a reserva de un
-cierto airecillo de nobleza que no sabían remedar,
-en todo lo demás parecían los mismos. Admirábame
-su desenvoltura y desembarazo, pero mucho
-más me admiraba su prontitud y la agudeza
-de sus dichos; tanto, que absolutamente desesperé
-llegar nunca a parecerme a ellos. El criado de don
-Fernando, en vista de que su amo era el que regalaba
-a los nuestros, hacía los honores del banquete,
-y llamando al dueño de la casa, le dijo: «Patrón,
-tráiganos acá diez botellas del vino más generoso
-que tenga, y, según usted acostumbra, cárguelo en
-la partida del que bebieron nuestros amos.» «Con
-mucho gusto&mdash;respondió él&mdash;; pero, señor Gaspar,
-ya sabe usted que el señor don Fernando me está
-debiendo muchas comidas. Si por medio de usted
-pudiera cobrar algún dinerillo...» «¡Oh!&mdash;respondió<span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247">[247]</a></span>
-el criado&mdash;. ¡No paséis cuidado por lo que se os
-debe! Yo salgo fiador de que las deudas de mi amo
-son como plata quebrada. Es verdad que algunos
-acreedores han hecho embargar nuestras rentas;
-pero mañana haremos que se levante el secuestro
-y seréis pagado de todo el importe de la cuenta,
-sin examinarla.» Trájonos el vino, no embargante
-el secuestro, y bebimos poderosamente mientras
-llegaba el día de que éste se alzase. Eran de ver
-los brindis que continuamente nos hacíamos unos
-a otros, llamándonos recíprocamente por los nombres
-de nuestros amos. El criado de don Antonio
-llamaba <i>Gamboa</i> al de don Fernando, y el de don
-Fernando llamaba <i>Centelles</i> al de don Antonio, y
-a mí me llamaban <i>Silva</i>. Poco a poco nos fuimos
-todos emborrachando bajo estos nombres postizos,
-ni más ni menos como lo habían hecho nuestros
-señores amos bajo los suyos propios.</p>
-
-<p>Aunque en la realidad no brillaba yo tanto como
-mis camaradas, sin embargo, no dejaron de mostrarse
-bastante contentos conmigo. «Amigo Silva&mdash;me
-dijo uno de los menos tartamudos&mdash;, espero
-que haremos de ti algo bueno. Veo que tienes fondo
-e ingenio, pero no sabes aprovecharte de él. El
-miedo de hablar mal te acobarda; no te atreves a
-hacerlo por temor de decir algún despropósito.
-Con todo eso, ¿cuántos pasan hoy en el mundo por
-hombres agudos e ingeniosos sólo porque se arriesgan
-a decir cuanto se les viene a la boca, aunque
-digan tal vez cien disparates? Calificaráse de una
-doble viveza de espíritu tu mismo atolondramiento.<span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span>
-Aunque digas mil desatinos, como entre ellos
-se te escape algún dicho agudo, se olvidarán las
-otras necedades y sólo se tendrá presente y se celebrará
-la tal agudeza, haciéndose concepto superior
-de tu singular mérito. Esto y no más hacen
-nuestros amos, y esto y no más debe hacer todo
-aquel que aspire a la reputación de hombre de ingenio
-y chistoso.»</p>
-
-<p>Sobre que yo no aspiraba a otra cosa, el medio
-que me enseñaban para conseguirlo me pareció tan
-fácil y practicable, que juzgué no debía despreciarle.
-Comencé a probarle inmediatamente, y no
-ayudó poco el vino que había bebido para que no
-me saliese mal aquella primera prueba. Quiero decir
-que desde luego comencé a hablar a diestro y
-siniestro, y tuve la fortuna de mezclar entre mil
-extravagancias algunas agudezas que me granjearon
-grandes aplausos. Llenóme de gran confianza
-este primer ensayo. Aumenté con tragos la charlatanería
-para que me ocurriese algún conceptillo,
-y quiso la casualidad que no se malograsen mis
-esfuerzos.</p>
-
-<p>«Ahora bien&mdash;me dijo el que me había dado la
-importantísima lección&mdash;: ¿no conoces tú mismo
-que ya empiezas a civilizarte? Aun no ha dos horas
-que estás en nuestra compañía y ya eres un
-hombre muy diferente del que eras; cada día irás
-mejorando. Ya estás viendo y palpando qué cosa
-es esto de servir a caballeros y personas de distinción.
-Insensiblemente eleva y ennoblece el ánimo;
-efecto que no se experimenta sirviendo a clase baja<span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span>
-ni aun a la de mediana condición.» «Sin duda&mdash;le
-respondí&mdash;; y, por tanto, de hoy en adelante quiero
-consagrar mis servicios a la nobleza.» «¡Bravo!
-¡Bravo!&mdash;exclamó el criado de don Fernando, que
-estaba ya alumbrado&mdash;. ¡No es dado a la gente
-baja el tener pensamientos altos ni talentos superiores
-como nosotros! ¡Ea, señores&mdash;añadió&mdash;,
-alto todos, y hagamos juramento, por la laguna
-Estigia, de nunca servir a esa gentecilla de media
-braga!» Reímonos mucho del pensamiento de Gaspar;
-celebrámosle, y con la botella en una mano y
-el vaso en la otra hicimos todos aquel bufonesco
-juramento.</p>
-
-<p>Mantuvímonos sentados a la mesa hasta que
-plugo a nuestros amos retirarse, que fué a media
-noche, lo que a mis camaradas pareció un exceso
-de sobriedad. Verdad es que si los tales señoritos
-salieron de allí tan temprano fué por ir a ver a
-una elegante mala cabeza que vivía en el barrio
-de Palacio y tenía su casa abierta día y noche a
-toda la gente del bronce. Era una mujer de treinta
-y cinco a cuarenta años, linda en extremo, todavía
-de singular atractivo, y tan diestra en el arte
-de agradar que, según decía, vendía más caros los
-rebuscos de su belleza que había vendido las primicias.
-Vivían en la misma casa otras dos o tres
-damas de la misma laya, que no contribuían poco
-al concurso de señores que en ella se veían. Poníanse
-a jugar después de comer, cenaban allí y
-pasaban la noche en beber y divertirse. Nuestros
-amos se detuvieron en la tal casa hasta el amanecer,<span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span>
-y mientras ellos se divertían con las damas
-de buen humor, nosotros nos holgábamos con las
-criadas, que no eran menos joviales que sus amas.
-En fin, nos separamos todos luego que se mostró
-la aurora, y cada uno se retiró a descansar.</p>
-
-<p>Mi amo se levantó a mediodía, como acostumbraba.
-Vistióse, salió, seguíle y entramos en casa
-de don Antonio Centelles, donde encontramos a un
-tal don Alvaro de Acuña. Era un hombre ya entrado
-en años y disoluto de profesión. Todos los mozuelos
-que querían ser elegantes se ponían en sus
-manos y acudían a su escuela. Formábalos a su
-gusto, enseñándolos a lucir en el gran mundo y a
-malgastar sus caudales. Don Antonio no necesitaba
-de esta lección, porque ya se había comido el suyo.
-Luego que se abrazaron los tres, dijo Centelles a
-mi amo: «A fe, don Matías, que no podías haber llegado
-a mejor tiempo. Don Alvaro ha venido para
-llevarme a casa de un particular que ha convidado
-hoy a comer al marqués de Zenete y a don Juan
-de Moncada, y yo quiero que tú seas del convite.»
-«Pero ¿cómo se llama ese tal?», preguntó don Matías.
-«Se llama Gregorio Noriega&mdash;respondió don
-Alvaro&mdash;, y en dos palabras te diré lo que es este
-mozo. Es hijo de un joyero rico que ha ido a negociar
-en pedrería a los países extranjeros, y al
-partir le ha dejado el goce de una gran renta.
-Gregorio es un pobre tonto, propenso a comer y
-gastar todo su dinero haciendo el elegante y que
-revienta por parecer hombre ingenioso y agudo, a
-pesar de la naturaleza, que no le ha concedido esta<span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span>
-gracia. Púsose en mis manos para que le dirigiese;
-yo lo hago a mi modo, y en verdad que le llevo en
-buen estado, pues el fondo de su caudal está ya
-medio consumido.» «Eso es lo que yo no dudo&mdash;interrumpió
-Centelles&mdash;, y espero verle presto en el
-hospital. ¡Vamos, don Matías, conozcamos a ese
-hombre y ayudémosle a que acabe de arruinarse!»
-«Vengo en ello&mdash;dijo mi amo&mdash;, porque tengo gran
-gusto en dar en tierra con la fortuna de esos señoritos
-plebeyos que quieren hombrearse y confundirse
-con nosotros. Como, por ejemplo, nada
-he celebrado tanto como la ruina del hijo de aquel
-asentista a quien el juego y la vanidad de querer
-figurar con los grandes obligaron a vender su misma
-casa.» «¡Oh!&mdash;replicó don Antonio&mdash;. Ese tal no
-merece le tengan lástima, porque no es menos necio
-ni menos presumido en su miseria que lo era
-en su prosperidad.»</p>
-
-<p>Partieron, pues, mi amo, Centelles y don Alvaro
-a casa de Gregorio Noriega. Mojicón, criado de
-Centelles, y yo fuimos también tras de ellos, muy
-persuadidos los dos de que nos esperaba una gran
-bucólica y ambos también muy contentos de cooperar
-por nuestra parte a la destrucción de aquel
-pobre mentecato. Al entrar en su casa vimos mucha
-gente ocupada en disponer la comida, y nos
-dió en las narices un olor de cocina que anunciaba
-al olfato el recreo que tendría luego el paladar.
-Acababan de llegar el marqués de Zenete y don
-Juan de Moncada. Dejóse ver después el dueño de
-la casa, que desde luego me pareció un solemnísimo<span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span>
-majadero. Afectaba inútilmente el aire y modales
-de los elegantes; pero era una feísima copia
-de aquellos hermosos originales, o, por mejor decir,
-un atolondrado que se esforzaba por ostentar
-despejo y desembarazo. Figurémonos un hombre
-de este carácter entre cinco bufones de profesión
-empeñados únicamente en burlarse de él y en hacerle
-gastar cuanto tenía. «Señores&mdash;dijo don Alvaro
-después de los primeros cumplimientos&mdash;, éste
-es el señor Gregorio Noriega, que, sobre mi palabra,
-presento a ustedes como uno de los más cabales
-y perfectos caballeros. Posee mil bellas prendas
-y es un joven muy culto. Escojan ustedes lo que
-quisieren: es igualmente hábil en todas las facultades,
-desde la lógica más alta y sutil hasta la más
-pura y delicada ortografía.» «¡Oh, señor, eso ya es
-demasiado!&mdash;interrumpió Gregorio, sonriéndose sin
-ninguna gracia&mdash;. Yo sí, señor don Alvaro, que podía
-decírselo a usted, porque usted sí que es aquello
-que se llama <i>un pozo de ciencia</i>.» «Por cierto&mdash;replicó
-don Alvaro&mdash;, que mi ánimo no fué buscarme
-una alabanza tan aguda y discreta; pero en
-verdad, señores, que el nombre del señor Gregorio
-hará un gran ruido en el mundo.» «Yo&mdash;dijo don
-Antonio&mdash;lo que admiro en él, aun más que su ortografía,
-es el acierto en la elección de las personas
-con quienes trata. En lugar de buscar comerciantes,
-sólo gusta de tratar con caballeros, sin
-dársele nada de lo mucho que esta comunicación
-le ha de costar. Tiene unos pensamientos tan nobles
-y elevados, que me admiran. Esto es lo que<span class="pagenum"><a name="Page_253" id="Page_253">[253]</a></span>
-se llama gastar con buen gusto y gran discernimiento.»</p>
-
-<p>A estos irónicos discursos se siguieron otros muchos
-en todo semejantes. Burláronse completamente
-del pobre Gregorio, y de cuando en cuando,
-en tono de elogios, le lanzaban ciertas pullas que
-no conocía el pobre bobo; antes bien, todo lo convertía
-en substancia, tomando al pie de la letra
-cuanto le decían, y se mostraba muy satisfecho de
-sus taimados huéspedes, creyendo que le hacían
-mucho favor, siendo así que se mofaban de él. En
-fin, fué el hazmerreír mientras la comida, y aun
-todo el resto del día y de la noche, porque toda la
-pasaron los señores míos en aquella diversión. Nosotros
-bebimos a discreción, ni más ni menos que
-nuestros amos, y todos estábamos bien compuestos
-cuando salimos de casa del señor Gregorio.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c305" id="c305">CAPÍTULO V</a></h2>
-
-<p class="pch">Vese Gil Blas de repente en lances de amor con una
-hermosa desconocida.</p>
-
-<p>Después de haber dormido algunas horas, me
-levanté de buen humor, y acordándome del consejo
-que me había dado Meléndez, fuí, mientras
-despertaba el amo, a hacer la corte al mayordomo,
-a cuya vanidad me pareció halagar el cuidado que
-yo ponía en rendirle mis obsequios. Recibióme con
-mucho agrado y me preguntó si me acomodaba<span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span>
-bien la vida que hacían los señores. Respondíle
-que, aunque era nueva para mí, no desconfiaba
-de hacerme a ella con el tiempo.</p>
-
-<p>Efectivamente fué así, porque tardé muy poco
-en acostumbrarme. De reposado y juicioso que antes
-era, pasé de repente a ser vivaracho, atolondrado
-y zumbón. Dióme la enhorabuena de mi
-transformación el criado de don Antonio y me dijo
-que para ser hombre ilustre no me faltaba mas
-que tener lances amorosos. Representóme que esta
-era una cosa absolutamente necesaria para formar
-un joven completo, que todos nuestros camaradas
-eran amados de alguna persona linda y que él tenía
-la fortuna de que le mirasen con buenos ojos
-dos señoras de distinción. Creí que mentía aquel
-bellaco, y le dije: «Amigo Mojicón, no se puede
-negar que eres buen mozo y agudo; pero no alcanzo
-cómo han podido prendarse de un hombre
-de tu condición dos señoras distinguidas en cuya
-casa no estás.» «¡Gran dificultad, por cierto!&mdash;respondió
-Mojicón&mdash;. Ellas ni aun siquiera saben
-quién yo soy. Estas conquistas las he hecho usando
-de los vestidos de mi amo, y la cosa pasó de
-esta suerte: Vestíme de señor, imité bien los modales
-de tal y fuíme al paseo. Hice gestos y cortesías
-a todas las que encontraba, hasta que tropecé
-con una que correspondió a mis expresivas
-muecas. Seguíla y logró también hablarle. Tomé el
-nombre de don Antonio Centelles, pedí una cita,
-hice algunos esguinces, insté, convino al fin en ello,
-etcétera. Hijo mío, así me he gobernado yo para<span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span>
-lograr tales fortunas; y si tú las quieres tener, sigue
-mi ejemplo.»</p>
-
-<p>Era mucha la gana que yo tenía de hacerme
-hombre ilustre para que dejase de poner en práctica
-este consejo, y más cuando tampoco sentía
-en mí gran repugnancia en tentar alguna empresa
-de amor. Resolví, pues, disfrazarme de señor para
-buscar amorosas aventuras. No quise vestirme en
-nuestra casa porque no se advirtiese; pero escogí
-en el guardarropa el mejor vestido de mi amo, hice
-un paquete y llevéle a casa de cierto barberillo
-amigo mío, donde podía disfrazarme libremente.
-Vestíme allí lo mejor que pude, ayudándome el
-barbero; y cuando nos pareció que ya no cabía
-más, me encaminé hacia el prado de San Jerónimo,
-de donde estaba bien persuadido a que no
-volvería sin haber encontrado alguna fortuna; pero
-no tuve necesidad de ir tan lejos para hallar una
-de las más brillantes.</p>
-
-<p>Al atravesar una calle excusada, vi salir de una
-casa pequeña y entrar en un coche que estaba a
-la puerta una señora ricamente vestida y muy hermosa.
-Paréme a mirarla y la saludé de manera
-que pudo bien conocer que no me había disgustado,
-y ella por sí me hizo ver que merecía mi
-atención más de lo que yo pensaba, porque levantó
-disimuladamente el velo y descubrió un momento
-la cara más linda y graciosa del mundo.
-Fuése en esto el coche y yo quedé en la calle sorprendido
-de aquella aparición. «¡Oh qué hermosura!&mdash;me
-decía yo a mí mismo&mdash;. ¡Cáspita! ¡No<span class="pagenum"><a name="Page_256" id="Page_256">[256]</a></span>
-me faltaba otra cosa para acabar de trastornarme!
-¡Si las dos señoras que aman a Mojicón son tan
-hermosas como ésta, digo que es el ganapán más
-dichoso de todos los ganapanes! Estaría yo loco
-con mi suerte si mereciese servir a una dama como
-ésta.» Mientras hacía estas reflexiones, volví casualmente
-los ojos hacia la casa de donde había
-visto salir a aquella linda persona, y vi asomada a
-la reja de un cuarto bajo a una vieja que me hizo
-señas de que entrase.</p>
-
-<p>Fuí volando a la casa, y en una sala muy decentemente
-amueblada encontré a la venerable y disimulada
-vieja, que, teniéndome cuando menos por
-algún marqués, me saludó con mucho respeto y
-me dijo: «Sin duda, señor, que vuestra señoría habrá
-formado mal juicio de una mujer que, sin tener
-el honor de conocerle, le ha hecho señal para
-que entrase en su casa; pero juzgará más favorablemente
-de mí cuando sepa que no lo hago así
-con todos y que vuestra señoría me parece algún
-señor de la corte.» «No se engaña usted, amiga&mdash;le
-interrumpí, avanzando la pierna derecha y ladeando
-un poco el cuerpo sobre el costado izquierdo&mdash;.
-Soy, sin vanidad, de una de las mejores casas de
-España.» «Bien se conoce&mdash;prosiguió la vieja&mdash;, y
-a cien leguas se echa de ver. Yo, señor, tengo gran
-gusto, lo confieso, en servir de algo a las personas
-de circunstancias, y éste es mi flaco. Habiendo
-observado desde mi reja que vuestra señoría miraba
-con mucha atención a aquella señora que acababa
-de salir de aquí, me atrevo a suplicarle me<span class="pagenum"><a name="Page_257" id="Page_257">[257]</a></span>
-diga con toda confianza si le ha gustado.» «Me ha
-gustado tanto&mdash;le respondí&mdash;, que a fe de caballero
-os aseguro no he visto en mi vida criatura más
-salada. Así, pues, madre mía, haced que ella y yo
-nos veamos a solas, y contad con mi agradecimiento.
-Este es uno de aquellos servicios que nosotros
-los grandes señores nunca pagamos mal.»</p>
-
-<p>«Ya he dicho a vuestra señoría&mdash;replicó la vieja&mdash;que
-toda yo estoy dedicada a servir a personas
-de distinción y que mi mayor gusto es poderles ser
-útil en alguna cosa. Por ejemplo, yo recibo en mi
-casa ciertas mujeres a quienes el concepto en que
-están de honestas y virtuosas no les permite admitir
-en la suya cortejantes y les ofrezco la mía para
-que puedan conciliar en ella su inclinación con la
-decencia exterior.» «¡Bellamente!&mdash;le respondí&mdash;. Y
-es muy verosímil que usted acabe de hacer este
-servicio a esa dama de quien estamos hablando.»
-«No por cierto&mdash;repuso ella&mdash;; ésa es una señora
-viuda y moza que desea tener un amante; pero es
-de un gusto tan delicado en este particular, que no
-sé si encontrará en vuestra señoría lo que busca,
-aunque sea un señor, a lo que parece, de gran mérito.
-Tres caballeros le he presentado, todos tres a
-cual más galán y airoso, y, sin embargo, ninguno
-le ha contentado, despidiéndolos a todos con desdén.»
-«¡Oh, madre!&mdash;exclamé yo con cierto aire de
-confianza&mdash;. ¡Eso a mí no me acobarda! ¡Disponed
-que yo le hable y os doy mi palabra que presto
-os daré buena cuenta de ella! Tengo deseo de verme
-a solas con una hermosura esquiva, porque hasta<span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span>
-ahora ninguna he tropezado de esa especie.»
-«Pues bien&mdash;repuso la vieja&mdash;, venga vuestra señoría
-mañana a esta misma hora y satisfará ese
-deseo.» «No faltaré&mdash;respondí&mdash;, y veremos si un
-caballero mozo y gallardo pierde esa conquista.»</p>
-
-<p>Volví a casa del barberillo, sin empeñarme en
-buscar otras aventuras hasta ver el éxito de la presente.
-El siguiente día, después de haberme vestido
-a lo señor, fuí a casa de la vieja una hora antes
-de la que ella me había señalado. «Señor&mdash;me
-dijo&mdash;, vuestra señoría ha venido muy puntual, a
-lo que le estoy verdaderamente agradecida, aunque
-es verdad que el motivo lo merece bien. He
-visto a nuestra viudica, y las dos hemos hablado
-mucho de vuestra señoría. Encargóme que nada
-le dijese de esto; pero he cobrado tanto amor a
-vuestra señoría, que no puedo menos de decirle
-que ha quedado muy prendada de su persona y
-que será un señor afortunado. Hablando aquí entre
-los dos, la tal viudita es un bocado muy apetitoso.
-Su marido vivió poco tiempo con ella; fué un relámpago
-su matrimonio y se puede decir que casi
-tiene el mérito de una doncella.» Sin duda que la
-buena vieja quería hablar de aquellas doncellas
-putativas que saben vivir en el celibato sin echar
-nada de menos.</p>
-
-<p>Tardó poco nuestra heroína en llegar a casa de
-la vieja, en coche de alquiler como el día anterior,
-pero vestida con ricas galas. Luego que se dejó ver
-en la sala salí al encuentro, dando principio a mi
-papel por cinco o seis profundas cortesías a lo elegante,<span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259">[259]</a></span>
-acompañadas de garbosas contorsiones. Acercándome
-después a ella con mucha familiaridad, le
-dije: «Reina mía, aquí tiene usted a sus pies, en
-este caballerito mozo, una de las más difíciles conquistas;
-pero desde que tuve ayer la dicha de ver
-esos bellos ojos, astros del más hermoso cielo, ni
-un solo instante se ha borrado de mi imaginación
-el vivo retrato de tan perfecto original, de modo
-que enteramente ofuscó el de cierta duquesa que
-ya comenzaba a poseer mi corazón.» «Sin duda&mdash;respondió
-ella quitándose el velo&mdash;que el triunfo
-es muy glorioso para mí; mas ni por eso es muy
-pura mi alegría, porque un señorito de vuestra
-edad es naturalmente inclinado a la variedad y a
-la mudanza, siendo tan dificultoso de fijar como
-el azogue o el espíritu volátil.» «Reina mía&mdash;le repliqué&mdash;,
-si a usted le place, dejemos a un lado lo
-futuro y pensemos sólo en lo presente. Usted es
-bella; yo la amo. Embarquémonos sin reflexión
-como lo hacen los marineros; no miremos a los peligros
-de la navegación; pongamos solamente los
-ojos en los placeres que la acompañan.»</p>
-
-<p>Diciendo esto, me arrojé precipitadamente a los
-pies de mi ninfa y, para imitar mejor a los elegantes,
-le supliqué y aun importuné de un modo
-urgente que me hiciese feliz. Parecióme algún tanto
-conmovida con mis instancias; pero juzgando sin
-duda que aun no era tiempo de acceder a ellas,
-me alejó de sí con cierto cariñoso enojo, diciéndome:
-«Deténgase vuestra señoría, que me parece un
-poco atrevido y me temo que sea aún más libertino.»<span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260">[260]</a></span>
-«¡Qué, señorita!&mdash;exclamé yo&mdash;. ¿Será posible
-que usted aborrezca a un hombre a quien aman
-las mujeres de la primera tijera? ¡Solamente a las
-vulgares y aldeanas parecen mal esas tachas!»
-«¡Eso ya es demasiado!&mdash;repuso ella&mdash;. ¡Ya no
-puedo más, y así, me rindo a razón tan poderosa!
-Veo que con los señores son inútiles los espantos y
-reparos; es preciso que una pobre mujer ande la
-mitad del camino. ¡Vuestra es ya la victoria!&mdash;añadió,
-aparentando una especie de vergüenza,
-como si padeciera mucho su pudor en aquella confesión&mdash;.
-Vos, señor, me habéis inspirado afectos
-que jamás he sentido por nadie. Sólo me falta saber
-quién es vuestra señoría para determinarme a
-escogerle por amante. Téngole por un señor, y por
-un señor de nobles y honrados pensamientos. Con
-todo eso, no estoy muy segura, y aunque me confieso
-inclinada a su persona, no acabo de resolverme
-a hacer único dueño de mi amor y mi ternura
-a un desconocido.»</p>
-
-<p>Acordéme entonces del ingenioso modo con que
-el criado de don Antonio había salido de otro apuro
-semejante, y queriendo yo, a ejemplo suyo, ser
-tenido por mi amo, dije a mi viuda: «No tengo reparo
-de manifestaros mi nombre y apellido, pues
-no es tan obscuro que me avergüence de confesarlo.
-¿Habéis oído hablar alguna vez de don Matías
-de Silva?» «Sí, señor&mdash;respondió ella&mdash;, y aun diré
-también que en cierta ocasión le vi en casa de una
-amiga mía.» Turbóme un poco, a pesar de mi descaro,
-esta inesperada respuesta; pero serenándome<span class="pagenum"><a name="Page_261" id="Page_261">[261]</a></span>
-al punto y cobrando aliento para salir bien de
-aquel barranco, proseguí diciendo: «Me alegro, ángel
-mío, de que conozcáis a un caballero... a quien...
-también conozco yo; pues sabed, ya que me es preciso
-decirlo, que los dos somos de una misma casa.
-Su abuelo se casó con la cuñada de un tío de mi
-padre, y así, somos, como veis, parientes bastante
-cercanos. Yo me llamo don César y soy hijo único
-del ilustre don Fernando de Ribera, que murió quince
-años ha en una batalla que se dió en la raya de
-Portugal. Fué una acción endiabladamente viva,
-y os haría una exacta y menuda relación de ella;
-pero sería malograr los momentos preciosos que el
-amor quiere que yo emplee en cosas de mayor
-gusto.»</p>
-
-<p>Después de esta conversación, me mostré más
-vivamente encendido y apasionado; pero al fin
-todo vino a parar en nada. Los favores que mi
-apasionada deidad me concedió sólo sirvieron para
-hacerme suspirar por los que me negó. La cruel
-volvió a meterse en su coche, que la estaba esperando
-a la puerta. Yo, con todo eso, no dejé de
-retirarme muy satisfecho de mi buena fortuna,
-aunque todavía no fuese completa mi ventura. «Si
-no he podido hasta ahora lograr&mdash;me decía yo a
-mí mismo&mdash;mas que favores a medias, sin duda
-es porque, siendo mi princesa una dama tan distinguida,
-le pareció que no podía ni debía rendirse
-al primer ataque. La altivez de su nacimiento retardó
-mi dicha; pero ésta sólo se diferirá por algunos
-días.» Verdad es que, por otra parte, se me<span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262">[262]</a></span>
-ofrecía también que quizá podía ser una de las
-chuscas más ladinas y refinadas. Con todo eso, me
-inclinaba más a mirar la cosa por la mejor parte
-que por la peor, y así, me mantuve firme en el
-buen concepto que había formado de la dama.
-Habíamos quedado de acuerdo, cuando nos despedimos,
-en que nos volveríamos a ver el día siguiente;
-y con la esperanza de estar tan vecino
-al colmo de mis deseos, me recreaba yo en pensar
-que era infalible su logro.</p>
-
-<p>Ocupado de tan risueños pensamientos llegué a
-casa del barbero. Mudé de vestido y fuí en busca
-de mi amo, que sabía estaba en cierta casa de juego.
-Halléle, con efecto, jugando, y conocí que ganaba,
-porque no era de aquellos jugadores serenos
-que se enriquecen o arruinan sin mudar de semblante.
-Mi amo era burlón, y aun insolente, cuando
-le daba bien; pero si perdía no había quien le
-aguantase. Levantóse muy alegre del juego y se
-dirigió al corral de la calle del Príncipe. Seguíle
-hasta la puerta del teatro, y allí me puso en la
-mano un ducado, diciéndome: «Toma, Gil Blas,
-que quiero que entres a la parte en mi ganancia.
-Vete a divertir con tus amigos, y a media noche
-irás a buscarme a casa de Arsenia, donde he de
-cenar en compañía de don Alejo Seguier.» Diciendo
-esto, entróse en el teatro, y yo me quedé discurriendo
-en qué gastar mi ducado según la intención
-del donador; pero tardé poco en resolverme.
-Presentóse en aquel punto Clarín, criado de don
-Alejo, y llevéle conmigo a la primera taberna, donde<span class="pagenum"><a name="Page_263" id="Page_263">[263]</a></span>
-estuvimos bebiendo y divirtiéndonos hasta media
-noche. Desde allí nos fuimos a casa de Arsenia,
-donde Clarín debía también hallarse, habiéndosele
-dado la misma orden que a mí. Abriónos la
-puerta un lacayuelo y nos hizo entrar en una sala
-baja, donde estaban dos criadas, la una de Arsenia
-y la otra de Florimunda, riéndose ambas a carcajada
-tendida, mientras sus dos amas se estaban
-divirtiendo en el cuarto principal con nuestros amos.</p>
-
-<p>La llegada de dos mozos de buen humor que salían
-de cenar bien no podía desagradar a aquellas
-damiselas, que acababan también de acomodarse
-con las sobras de una cena, y cena de comediantas.
-¡Pero cuál fué mi admiración cuando en una
-de aquellas criadas reconocí a mi viudita, a mi
-adorable viuda, que yo había tenido por una marquesa
-o condesa! Ella también me pareció no menos
-sorprendida de ver a su querido don César de
-Ribera convertido de elegante en lacayo. Sin embargo,
-nos miramos uno a otro sin turbarnos, y
-aun nos dió a entrambos tal tentación de risa, que
-no pudimos reprimirla; después de lo cual, Laura&mdash;que
-éste era el nombre de mi princesa&mdash;, retirándome
-aparte mientras Clarín hablaba con la compañera,
-me alargó con gracia la mano, diciéndome
-en voz baja: «¡Tóquela usted, señor don César!
-Dejémonos de quejas y, en vez de ellas, hagámonos
-amistosos cumplimientos. Usted hizo su papel a
-las mil maravillas y yo no representé desgraciadamente
-el mío. ¿Qué le parece del lance? ¡Vaya,
-confiese usted que me tuvo por una de aquellas<span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span>
-damas que a veces se divierten en imitar a las que
-hacen por oficio lo que ellas por burla!» «Es verdad&mdash;le
-respondí&mdash;; pero, reina mía, seas lo que
-fueres, sábete que, aunque he mudado de forma,
-no he mudado de parecer. Admite benignamente
-mi cariño y permite que acabe el ayuda de cámara
-de don Matías lo que tan felizmente comenzó don
-César de Ribera.» «¡Quita allá!&mdash;repuso ella&mdash;. Ten
-por cierto que te amo más en tu propio original
-que en el retrato de otro. Tú eres entre los hombres
-lo mismo que yo entre las mujeres; ésta es la mayor
-alabanza que puedo darte. Desde este mismo
-punto te recibo en el número de mis apasionados.
-No necesitamos ya de la vieja para nada; puedes
-venir aquí con libertad, porque nosotras, las damas
-de teatro, vivimos sin sujeción, mezcladas con
-los hombres. Convengo en que esto no a todos parece
-bien; pero el público se ríe, y nuestro oficio,
-como tú sabes, es sólo divertirle.»</p>
-
-<p>No pasó la conversación más adelante porque
-no estábamos solos. Hízose general; fué viva, alegre,
-festiva y llena de agudezas y de equívocos
-nada difíciles de entender. La criada de Arsenia,
-mi adorada Laura, superó a todos, mostrando más
-ingenio y más agudeza que virtud. Por otra parte,
-nuestros amos y las comediantas reían arriba tan
-descompuestamente, que se conocía no ser su conversación
-más seria ni más circunspecta que la
-nuestra. Si se hubieran escrito todas las bellas cosas
-que se dijeron aquella noche en casa de Arsenia,
-creo que se habría compuesto un libro muy<span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span>
-instructivo para la juventud. Mientras tanto, llegó
-la hora de retirarse cada uno a su casa; quiero decir
-que ya había amanecido, y fué preciso separarnos.
-Clarín siguió a don Alejo y yo me retiré
-con don Matías.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c306" id="c306">CAPÍTULO VI</a></h2>
-
-<p class="pch">De la conversación de algunos señores sobre los
-comediantes de la compañía del teatro del Príncipe.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo que se levantaba mi amo de la
-cama, recibió un billete de don Alejo Seguier, en
-que decía le quedaba esperando en su casa. Pasamos
-a ella y encontramos allí al marqués de Zenete
-y a otro caballerito de buena traza, a quien yo
-nunca había visto. «Don Matías&mdash;dijo Seguier a mi
-amo presentándole el tal caballerito&mdash;, este caballero
-es don Pompeyo de Castro, mi pariente. Reside
-en la corte de Portugal casi desde su infancia.
-Ayer noche llegó a Madrid y mañana se restituye
-a Lisboa. No nos concede mas que este día para
-gozar de su compañía y conversación. Yo quiero
-aprovechar un tiempo tan precioso, y para hacerle
-más grato y divertido, necesito de ti y del marqués
-de Zenete.» Al oír esto mi amo dió un estrechísimo
-abrazo al pariente de don Alejo, y recíprocamente
-se hicieron grandes cumplidos. A mí me
-agradó mucho todo lo que decía don Pompeyo, y
-desde luego hice juicio de que era hombre de entendimiento
-sólido y de discernimiento delicado.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266">[266]</a></span></p>
-
-<p>Comieron todos en casa de Seguier, y después
-de comer se pusieron a jugar, para divertir el
-tiempo hasta la hora de la comedia. Entonces fueron
-todos al teatro del Príncipe, donde se representaba
-la nueva tragedia intitulada <i>La reina de
-Cartago</i>. Acabada la representación, volvieron juntos
-a cenar donde habían comido, y toda la conversación
-se la llevó la tragedia que acababan de
-oír y los actores que la representaron. «En cuanto
-al drama&mdash;dijo don Matías&mdash;, hago poco aprecio de
-él, porque encuentro a Eneas más frío e insulso
-que en la <i>Eneida</i>; pero es preciso confesar que se
-representó divinamente. Veamos lo que nos dice
-el señor don Pompeyo, porque sospecho que no se
-ha de conformar con mi sentir.» «Señores&mdash;respondió
-aquel caballero sonriéndose&mdash;, veo a ustedes
-tan pagados de sus actores y tan hechizados particularmente
-de sus actrices, que no me atrevo a
-confesar que en este punto no concuerdan nuestras
-opiniones.» «¡Bien dicho&mdash;interrumpió burlándose
-don Alejo&mdash;, porque aquí sería mal recibida la vuestra!
-Haces bien en respetar las actrices a presencia
-de los panegiristas de su reputación. Nosotros
-vivimos y bebemos todos los días con ellas, somos
-defensores del primor con que representan, y si
-fuere menester daremos testimonio de ello.» «No
-lo dudo&mdash;interrumpió el pariente&mdash;, y también pudieran
-ustedes darlo de su vida y costumbres, según
-la familiaridad con que me parece las tratan.»
-«¡Sin duda que serán mejores vuestras comediantas
-de Lisboa!», dijo entonces zumbándose el<span class="pagenum"><a name="Page_267" id="Page_267">[267]</a></span>
-marqués de Zenete. «Sí, ciertamente&mdash;respondió
-don Pompeyo&mdash;, valen algo más que las de Madrid;
-por lo menos hay algunas en quienes no se nota
-el más mínimo defecto.» «Esas tales&mdash;replicó el
-marqués&mdash;pueden contar con vuestras certificaciones.»
-«Yo&mdash;repuso don Pompeyo&mdash;no tengo trato
-alguno con ellas ni concurro a sus reuniones, y así
-puedo juzgar de su mérito sin preocupación ni parcialidad.
-Pero, de buena fe&mdash;prosiguió&mdash;, ¿estáis
-verdaderamente persuadidos de que en vuestro
-teatro tenéis una compañía excelente?» «¡No, pardiez!&mdash;respondió
-el marqués&mdash;. Yo solamente defiendo
-un número muy corto de los actores y echo
-a un lado a todos los demás. Pero no me negaréis
-que es admirable la primera dama que representa
-el papel de Dido. ¿No lo representa con toda la
-nobleza, con toda la majestad y con todo el agrado
-que nos figuramos en aquella desgraciada reina?
-¿Y no habéis admirado el arte con que interesa
-al espectador en sus afectos, haciéndole sentir aquellos
-mismos movimientos diversos que excitan en
-ella las diferentes pasiones? Parece que se arroba
-o que se exhala cuando llega a lo más delicado y
-patético de la declamación.» «Convengo&mdash;respondió
-don Pompeyo&mdash;en que sabe conmover y enternecer;
-esto quiere decir que representa bien, pero
-no que carezca de defectos. Dos o tres cosas me
-chocaron en ella. Por ejemplo: si quiere expresar
-un afecto de admiración o de sorpresa, vuelve y
-revuelve aquellos ojos de un modo tan violento y
-tan fuera de lo natural, que verdaderamente dice<span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span>
-muy mal en la majestuosa gravedad de una princesa.
-Añádase a esto que con engrosar la voz, que
-tiene naturalmente dulce y delicada, forma un sonido
-bronco bastante desapacible. Fuera de eso,
-en más de un lugar de la tragedia hacía ciertas
-pausas que alteraban u ofuscaban el sentido, dando
-motivo para sospechar que no comprendía bien
-aquello mismo que decía. Sin embargo, quiero más
-bien suponer que estaba distraída que acusarla de
-falta de inteligencia.» «A lo que veo&mdash;dijo don
-Matías al censor&mdash;, vos no os atreveríais a componer
-versos en alabanza de nuestras cómicas.» «¡No
-digáis eso!&mdash;respondió don Pompeyo&mdash;. Antes bien,
-descubro en ellas un gran talento a través de
-sus defectos, y aun diré que me encantó la que
-hizo papel de criada en el entremés. ¡Qué naturalidad
-la suya! ¡Con qué gracia se presentó en las
-tablas! Cuando tiene que decir algún chiste, le sazona
-con cierta risita taimada llena de mil gracias,
-que le añaden infinita sal. Podrá quizá notársele
-de que alguna vez se deja llevar algo de su viveza
-y que pasa los límites de un desembarazo comedido;
-pero no hemos de ser tan rigurosos. Yo sólo
-quisiera que se corrigiese de una mala costumbre
-que ha tomado. Muchas veces, en medio de una
-escena y en pasaje serio, interrumpe de improviso
-la acción por dejarse llevar de una loca gana
-de reír que le da. Diráseme, acaso, que entonces es
-precisamente cuando más la aplauden los del patio.
-¡Grande aprobación, por cierto!» «¿Y qué nos
-dice usted de los comediantes?&mdash;interrumpió el<span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span>
-marqués&mdash;. Sin duda que contra éstos disparará
-toda su artillería, cuando no ha perdonado a las
-comediantas.» «No es así&mdash;respondió don Pompeyo&mdash;.
-Vi algunos actores jóvenes que prometen
-mucho; sobre todo me gustó bastante aquel comediante
-gordo que hizo el papel de primer ministro
-de Dido. Recita muy naturalmente, y así
-se recita en Portugal.» «Si ésos le contentaron a
-usted tanto&mdash;dijo Seguier&mdash;, habrá quedado hechizado
-del que hizo el papel de Eneas. ¿No le
-pareció a usted un gran comediante, un actor original?»
-«Y aun demasiado original&mdash;respondió el
-censor&mdash;, porque tiene tonos que son privativos
-suyos. Por señas, que son bien agudos y bien descompasados;
-tanto, que casi todos salen fuera de
-lo natural. Precipita las palabras donde se encierra
-el sentido y se detiene en las otras que no contienen
-alguno. Tal vez hace también gran esfuerzo
-en las puras conjunciones. Divirtióme mucho, con
-especialidad en aquel pasaje en que explica a su
-confidente la violencia que le cuesta la necesidad
-de abandonar a su princesa. No es fácil expresar
-un dolor más cómicamente.» «¡Poco a poco, primo!&mdash;replicó
-don Alejo&mdash;. ¡Al paso que vas, nos
-harás creer que aun no se ha introducido el mejor
-gusto en la corte de Portugal! ¿Sabes que el actor
-de que se trata es un hombre singular? ¿No oíste
-las palmadas y los vivas con que todos le aplaudieron?
-Todo eso prueba que no es tan malo como le
-pintas.» «Nada prueban&mdash;replicó don Pompeyo&mdash;esas
-palmadas ni esos vivas. Dejemos, señores, si<span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270">[270]</a></span>
-les place, esos aplausos del vulgo. Frecuentemente
-los da muy fuera de tiempo y contra toda razón,
-y por lo común aplaude menos el verdadero mérito
-que el falso, como nos lo enseña Fedro por
-medio de una fábula ingeniosa. Permitidme que os
-la cuente: Juntóse en una gran plaza de cierta ciudad
-todo el pueblo para ver las habilidades que
-hacían unos charlatanes titiriteros. Entre ellos había
-uno que se llevaba los aplausos de todos. Este
-bufón, al acabar otros varios juegos de manos,
-quiso cerrar la función dando al pueblo un espectáculo
-nuevo. Dejóse ver solo en el tablado;
-cubrióse la cabeza con la capa; agachóse, y comenzó
-a remedar el gruñido de un cochinillo, con
-tanta propiedad, que todos creyeron que verdaderamente
-tenía escondido debajo de la capa algún
-marranito verdadero. Comenzaron todos a gritar
-que se quitase la capa; hízolo así, y viendo que
-no tenía cosa alguna debajo de ella, se renovaron
-los aplausos y la grande algazara del populacho.
-Un lugareño que estaba en el auditorio, chocándole
-mucho aquellas importunas expresiones de
-necia admiración, gritó pidiendo silencio, y dijo:
-«Señores, sin razón se admiran ustedes de lo que
-hace ese bufón. No ha hecho el papel del marranito
-con tanta perfección como a ustedes les parece.
-Yo lo sé hacer mucho mejor que él; y si alguno lo
-duda, no tiene mas que concurrir a este sitio mañana
-a la misma hora.» El pueblo, preocupado ya
-en favor del charlatán, se juntó al día siguiente,
-aún en mucho mayor número que el anterior, más<span class="pagenum"><a name="Page_271" id="Page_271">[271]</a></span>
-para silbar al paisano que por divertirse en ver lo
-que había prometido. Dejáronse ver en el teatro
-los dos competidores. Comenzó el bufón y fué más
-aplaudido que lo había sido nunca. Siguióse después
-el labrador; agachóse cubierto con su capa,
-tiró de la oreja a un marranito que llevaba escondido
-debajo del brazo, y el animalito empezó a
-dar unos gruñidos muy agudos. Sin embargo, el
-auditorio declaró la victoria por el pantomimo y
-atolondró al paisano con silbidos. No por eso se
-turbó ni corrió el buen lugareño; antes bien, mostrando
-el lechoncillo al auditorio, «¡Señores&mdash;dijo
-con mucha socarronería&mdash;, ustedes no me han silbado
-a mí, sino al marrano! ¡Miren ahora qué buenos
-jueces son!» «Primo&mdash;dijo don Alejo&mdash;, en verdad
-que tu fábula pica que rabia. Con todo eso,
-a pesar de tu lechoncillo, nosotros nos mantenemos
-en lo dicho. Mudemos de asunto&mdash;prosiguió&mdash;,
-porque éste ya me empalaga. ¿Conque tú estás resuelto
-a marchar mañana, sin hacer caso del gran
-gusto que tendría yo en disfrutar por más tiempo
-de tu amable compañía?» «También quisiera yo&mdash;respondió
-su pariente&mdash;gozar más despacio de la
-tuya, pero no puedo. Ya te dije que vine a la corte
-a cierto negocio de Estado. Ayer hablé al primer
-ministro, mañana tengo que volver a verle y un
-momento después me es preciso partir en posta
-para restituirme a Lisboa.» «Cátate un portugués
-hecho y derecho&mdash;replicó Seguier&mdash;; y según todas
-las señas, nunca vendrás a establecerte en Madrid.»
-«Creo que no&mdash;respondió don Pompeyo&mdash;. Tengo<span class="pagenum"><a name="Page_272" id="Page_272">[272]</a></span>
-la fortuna de que me quiere el rey de Portugal y
-estoy bien hallado en su Corte. Pero ¿creerás tú
-que, no obstante la bondad con que me distingue,
-faltó poco para que saliese desterrado para siempre
-de sus dominios?» «¿Cómo así?&mdash;le replicó don
-Alejo&mdash;. ¡Cuéntanoslo, por tu vida!» «Con mucho
-gusto&mdash;respondió don Pompeyo&mdash;; y al mismo
-tiempo os contaré también la historia de mis sucesos.»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c307" id="c307">CAPÍTULO VII</a></h2>
-
-<p class="pch">Historia de don Pompeyo de Castro.</p>
-
-<p>«Ya sabe don Alejo&mdash;prosiguió don Pompeyo&mdash;que
-desde mis más tiernos años me incliné a las armas;
-y como en España gozábamos una paz octaviana,
-tomé el partido de ir a Portugal. De allí pasé
-a Africa con el duque de Braganza, que me empleó
-en su ejército. Era yo un segundo de los menos
-ricos de España, lo que me puso en precisión
-de distinguirme con hazañas que mereciesen la
-atención del general. Hice mi deber, de modo que
-el duque me adelantó y me puso en paraje de continuar
-en el servicio con honor. Después de una
-larga guerra, cuyo fin no ignoran ustedes, me dediqué
-a seguir la Corte, y Su Majestad, por los
-buenos informes que dieron de mí los generales,
-me gratificó con una pensión considerable. Agradecido
-a la generosidad del monarca, no perdí ocasión
-de manifestar mi reconocimiento. Poníame en<span class="pagenum"><a name="Page_273" id="Page_273">[273]</a></span>
-su presencia a aquellas horas en que era permitido
-verle y hacerle la corte. Por esta conducta me
-granjeé insensiblemente su estimación y recibí nuevos
-beneficios de su benignidad.</p>
-
-<p>»Un día que me distinguí en una carrera de sortija
-y en una corrida de toros que precedió a ella,
-toda la Corte aplaudió mi valor y mi destreza, y
-cuando volví a casa, colmado de aclamaciones, me
-hallé con un billete en que se me decía que cierta
-dama, cuya conquista me debía lisonjear más que
-toda la gloria granjeada en aquel día, deseaba hablarme,
-y que para esto, a la entrada de la noche,
-concurriese a cierto sitio que se me señalaba. Dióme
-más gusto este papel que todas las alabanzas
-que había recibido, no dudando que fuese una
-dama de la primera distinción la que me escribía.
-Fácilmente creerán ustedes que no me descuidé y
-que apenas anocheció fuí volando al paraje que
-se me había indicado. Esperábame en él una vieja
-para servirme de guía, y me introdujo por una
-portezuela en el jardín de una gran casa, donde
-me condujo a un rico gabinete, en que me dejó
-encerrado, diciéndome: «Sírvase vuestra señoría de
-esperar aquí mientras aviso a mi ama.» Vi mil
-cosas preciosísimas en aquel gabinete, que estaba
-iluminado con gran número de bujías, magnificencia
-que me confirmó en el concepto que yo había
-formado de la nobleza de aquella dama. Y si todo
-lo que estaba mirando contribuía a ratificarme en
-que no podía menos de ser aquélla una persona de
-la más alta calidad, mucho más me confirmé en<span class="pagenum"><a name="Page_274" id="Page_274">[274]</a></span>
-mi opinión cuando ella se dejó ver, con un aire
-verdaderamente noble y majestuoso. Sin embargo,
-no era lo que yo había pensado.</p>
-
-<p>«Caballero&mdash;me dijo&mdash;a vista del paso que acabo
-de dar en vuestro favor, sería inútil querer ocultaros
-los tiernos afectos que habéis excitado en mi
-corazón. No penséis que éstos me los inspiró el
-gran mérito que habéis mostrado hoy a vista de
-toda la Corte, no por cierto; este mérito no hizo
-mas que precipitar su manifestación. Os he visto
-más de una vez, me he informado de quién sois y
-el elogio que me han hecho me ha determinado a
-seguir mi inclinación. Pero no os lisonjeéis&mdash;prosiguió
-ella&mdash;creyendo que habéis hecho la conquista
-de alguna duquesa. Yo no soy mas que la viuda de
-un simple oficial de guardias del rey; lo único que
-puede hacer gloriosa vuestra victoria es la preferencia
-que os doy sobre uno de los mayores señores
-del reino. El duque de Almeida me ama y hace
-cuanto puede para ser correspondido, pero no lo
-consigue y sólo admito sus obsequios por vanidad.</p>
-
-<p>»Aunque estas palabras me dieron a entender
-que trataba con una chusca amiga de aventuras
-amorosas, no dejé de mostrarme agradecido a mi
-estrella por este encuentro. Doña Hortensia&mdash;que
-así se llamaba&mdash;estaba en la flor de su juventud y
-su extremada hermosura me encantaba. Fuera de
-esto, me ofrecía ser dueño de un corazón que se
-negaba a las pretensiones de un duque. ¡Gran
-triunfo para un caballero español! Arrojéme a los
-pies de Hortensia para rendirle gracias por sus favores.<span class="pagenum"><a name="Page_275" id="Page_275">[275]</a></span>
-Díjele cuanto podía decirle un hombre apasionado,
-y creo que quedó muy satisfecha de las
-vivas expresiones con que le aseguré de mi fidelidad
-y gratitud. Separámonos, quedando ambos los
-mayores amigos del mundo, después de haber convenido
-en vernos todas las noches que no pudiese
-venir a su casa el duque, tomando ella a su cargo
-avisarme muy puntualmente. Así lo hizo, y yo
-vine a ser el Adonis de aquella nueva Venus.</p>
-
-<p>»Pero los placeres de esta vida duran poco. A
-pesar de las precauciones que tomó Hortensia para
-que nuestra amistad no llegase a noticia de mi
-competidor, no dejó de saber éste todo lo que nos
-importaba tanto que ignorase. Enteróle de ello
-una criada descontenta, y aquel señor, naturalmente
-generoso, pero altivo, celoso y arrebatado,
-se indignó sobremanera de mi audacia. La ira y
-los celos le turbaron la razón, y, siguiendo sólo lo
-que le dictaba su enojo, determinó tomar venganza
-de mí de un modo infame. Una noche que estaba
-yo en casa de Hortensia me esperó a la puerta
-falsa del jardín, en compañía de sus criados, armados
-todos de garrotes. Luego que salí hizo que se
-arrojasen a mí aquellos canallas y les mandó que
-me matasen a palos. «¡Dadle fuerte!&mdash;les decía&mdash;.
-¡Muera a garrotazos ese temerario, que con esta
-infamia quiero castigar su insolencia.» Apenas dijo
-estas palabras, cuando todos me asaltaron, y me
-dieron tantos palos, que me dejaron tendido en
-tierra, sin sentido. Retiráronse después con su amo,
-para quien aquella cruel escena había sido el más<span class="pagenum"><a name="Page_276" id="Page_276">[276]</a></span>
-divertido espectáculo. Permanecí el resto de la
-noche en el estado en que me dejaron, hasta que
-al romper el día pasaron junto a mí algunas personas
-que, observando que todavía respiraba, tuvieron
-la caridad de llevarme a casa de un cirujano.
-Por fortuna, se advirtió que no eran mortales
-los golpes, y tuve también la de caer en manos
-de un hombre hábil que me curó perfectamente
-en dos meses. Al cabo de este tiempo volví a presentarme
-en la Corte, donde proseguí en el mismo
-método que antes, pero sin volver a entrar en casa
-de Hortensia, la cual tampoco hizo por su parte
-diligencia alguna para que nos viésemos, porque a
-este solo precio le había perdonado el duque su
-infidelidad.</p>
-
-<p>»Como todos sabían mi aventura y ninguno me
-tenía por cobarde se admiraban de verme tan sereno
-como si no hubiera recibido la menor afrenta,
-sin saber qué discurrir de mi aparente indiferencia.
-Unos creían que, a pesar de mi valor, la
-calidad del agresor me contenía y me obligaba a
-tragarme el ultraje; y otros, con mayor fundamento,
-no se fiaban en mi silencio y miraban como
-una calma engañosa la sosegada situación que aparentaba.
-El rey pensó, como éstos, que yo no era
-hombre que olvidase un agravio sin tomar satisfacción
-de él y que no dejaría de vengarme cuando
-encontrase oportunidad. Para averiguar si había
-adivinado mi pensamiento, me hizo entrar un
-día en su gabinete y me dijo: «Don Pompeyo, ya sé
-el lance que te sucedió, y confieso que estoy admirado<span class="pagenum"><a name="Page_277" id="Page_277">[277]</a></span>
-de ver tu tranquilidad. Tú ciertamente
-maquinas y disimulas.» «Señor&mdash;le respondí&mdash;, ignoro
-quién pudo ser mi ofensor, porque me acometieron
-de noche unos desconocidos; fué una desgracia
-de la que es forzoso consolarme.» «¡No, no!&mdash;replicó
-el rey&mdash;. ¡No pienses alucinarme con esa
-respuesta poco sincera! Estoy informado de todo:
-el duque de Almeida fué el que mortalmente te
-ofendió. Tú eres noble y español, y sé muy bien a
-lo que te empeñan esas dos circunstancias. Sin
-duda has hecho ánimo de vengarte, y quiero decisivamente
-que me confieses la determinación que
-has tomado, y no temas que llegue jamás el caso
-de arrepentirte de haberme confiado tu secreto.»
-«Pues ya que vuestra majestad lo manda&mdash;respondí&mdash;,
-no puedo menos de manifestarle con
-toda verdad mi pensamiento. Sí, señor, sólo pienso
-en vengar la afrenta que he recibido. Todo hombre
-que ha nacido como yo es responsable de su
-honor a su linaje y a su mismo nacimiento. Vuestra
-majestad sabe muy bien la injuria que se me ha
-hecho, y yo he resuelto asesinar al duque de un
-modo que corresponda a la ofensa. Le sepultaré
-un puñal en el pecho o le levantaré la tapa de los
-sesos de un pistoletazo, y me refugiaré en España
-si pudiere. Tal es, señor, mi intención.» «A la verdad&mdash;repuso
-el rey&mdash;, me parece violenta; pero no
-por eso me atreveré a condenarla, considerada la
-cruel afrenta que te hizo el duque. Conozco que
-merece el castigo que le tienes dispuesto; pero
-suspéndelo por un poco; no lo pongas en ejecución<span class="pagenum"><a name="Page_278" id="Page_278">[278]</a></span>
-tan presto; dame tiempo para pensar y encontrar
-algún medio que os esté bien a los dos.» «¡Ah,
-señor!&mdash;exclamé yo, no sin alguna conmoción&mdash;.
-¿Pues a qué fin me obligó vuestra majestad a descubrirle
-mi secreto? ¿Qué medio puede jamás...?»
-«Si no encuentro alguno que te deje satisfecho&mdash;interrumpió
-el rey&mdash;, podrás ejecutar entonces lo
-que tienes pensado. No pretendo abusar de la confianza
-que me has hecho; no sacrificaré tu honor,
-y en esta conformidad puedes vivir muy tranquilo.»</p>
-
-<p>»Andaba yo discurriendo qué medios podía buscar
-el rey para componer amigablemente este negocio,
-y he aquí cómo lo dispuso. Habló a solas a
-mi enemigo y le dijo: «Duque, tú has ofendido a
-don Pompeyo de Castro y no ignoras que es un caballero
-ilustre a quien yo estimo y que me ha servido
-bien. Es preciso que le des satisfacción.» «Señor&mdash;respondió
-el duque&mdash;, no se la negaré. Si está
-quejoso de mi proceder, pronto estoy a darle satisfacción
-con las armas.» «Es muy diferente la que
-debes dar&mdash;replicó el rey&mdash;. Un español noble conoce
-muy bien las leyes del pundonor para querer
-medir su espada noblemente con un cobarde asesino.
-No puedo darte otro nombre, ni tú podrás
-borrar la bajeza de una acción tan villana sino
-presentando tú mismo un palo a tu enemigo y
-ofreciéndote a que él te apalee por su mano.» «¡Santo
-cielo!&mdash;exclamó mi enemigo&mdash;. Pues qué, señor,
-¿quiere vuestra majestad que un hombre de mi
-clase se degrade y humille delante de un caballero<span class="pagenum"><a name="Page_279" id="Page_279">[279]</a></span>
-particular hasta llevar con paciencia algunos palos?»
-«No llegará ese caso&mdash;respondió el rey&mdash;. Yo
-obligaré a don Pompeyo a darme palabra de que
-no te tocará; sólo exijo que le pidas perdón de tu
-violencia, presentándole el palo.» «Señor&mdash;replicó
-el duque&mdash;, eso es pedirme demasiado y prefiero
-el quedar expuesto a las ocultas asechanzas de su
-enojo.» «Aprecio tu vida&mdash;repuso el monarca&mdash;, y
-quisiera que este asunto no tuviera funestas resultas.
-Para terminarlo con menos disgusto tuyo,
-seré yo solo testigo de dicha satisfacción, que te
-mando des al español.»</p>
-
-<p>»Necesitó el rey de todo su poder para conseguir
-que el duque se sujetase a un paso tan humillante,
-pero al fin lo logró. Envióme después a llamar
-y contóme la conversación que había tenido con
-mi enemigo, preguntándome al mismo tiempo si
-me contentaría yo con la satisfacción en que ambos
-habían convenido. Respondíle que sí y di palabra
-de que, lejos de ofenderle, ni aun siquiera
-tomaría en la mano el palo que me presentase.
-Dispuestas así las cosas, concurrimos el duque y
-yo al cuarto del rey cierto día y a cierta hora, y
-su majestad se cerró con nosotros en su gabinete.
-«¡Ea&mdash;dijo al primero&mdash;, conoced vuestra falta y
-mereced el perdón!» Dióme entonces sus disculpas
-mi contrario y presentóme el bastón que tenía en
-la mano. «Tomad, don Pompeyo, ese bastón&mdash;me
-dijo el rey&mdash;y no os detenga mi presencia para
-tomar venganza de vuestro honor ultrajado. Yo os
-levanto la palabra que disteis de no maltratar al<span class="pagenum"><a name="Page_280" id="Page_280">[280]</a></span>
-duque.» «No, señor&mdash;respondí&mdash;; basta que se haya
-sujetado a ser apaleado por mí. Un español ofendido
-no pide mayor satisfacción.» «Pues bien&mdash;repuso
-el rey&mdash;, ya que los dos os dais por satisfechos,
-podréis ahora tomar libremente el partido
-que se acostumbra entre caballeros, según el proceder
-regular. Medid vuestras espadas para terminar
-el duelo.» «¡Eso es lo que yo deseo vivamente&mdash;dijo
-el duque con voz alterada y descompuesta&mdash;,
-porque sólo eso es capaz de consolarme del
-vergonzoso paso que acabo de dar!»</p>
-
-<p>»Dichas estas palabras, se retiró, colérico y abochornado,
-y dos horas después me envió a decir
-que me esperaba en cierto sitio retirado. Acudí
-allá y le encontré dispuesto a reñir en forma. Tenía
-unos cuarenta y cinco años y no le faltaba destreza
-ni valor, pudiéndose decir con verdad que
-era igual el partido. «Venid, don Pompeyo&mdash;me
-dijo&mdash;, y terminemos de una vez nuestras contiendas.
-Uno y otro debemos estar airados; vos, por
-el modo con que os traté, y yo por haberos pedido
-perdón.» Diciendo esto, echó precipitadamente
-mano a la espada, y tanto, que no me dió tiempo
-para responderle. Tiróme dos o tres estocadas con
-la mayor presteza, pero tuve la fortuna de parar los
-golpes. Acometíle después y conocí que reñía con
-un hombre tan diestro en defenderse como en acometer;
-y no sé lo que hubiera sido de mí a no haber
-tropezado él y caído de espaldas cuando se
-defendía retirándose. Detúveme así que le vi en
-tierra y le dije se levantase. «¿Por qué razón me<span class="pagenum"><a name="Page_281" id="Page_281">[281]</a></span>
-perdonáis?&mdash;me preguntó&mdash;. Me ofende mucho esa
-piadosa generosidad.» «También quedaría muy
-obscurecida mi gloria&mdash;le respondí yo&mdash;si quisiera
-aprovecharme de vuestra desgracia. Levantaos,
-vuelvo a decir, y prosigamos nuestro duelo.» «¡No,
-don Pompeyo!&mdash;me dijo mientras se iba levantando&mdash;.
-¡A vista de un rasgo tan noble, no me permite
-mi honor empuñar la espada contra vos!
-¿Qué diría el mundo de mí si tuviera la fatalidad
-de pasaros el pecho? ¡Tendríame por un ruin cobarde
-si quitaba la vida a quien pudo darme la
-muerte! No puedo, pues, armarme contra vuestra
-vida; antes bien, mi gratitud ha convertido en
-dulces y amorosos afectos los furiosos movimientos
-que agitaban mi corazón. Don Pompeyo&mdash;continuó&mdash;,
-cesemos ya de aborrecernos. ¡Poco dije!
-¡Seamos amigos!» «¡Ah, señor&mdash;exclamó yo&mdash;, y
-con qué placer acepto una propuesta tan gustosa!
-Desde este instante os juro una sincerísima amistad,
-y para daros desde luego la prueba más positiva
-de ella, os prometo no poner más los pies
-en casa de doña Hortensia, aun cuando ella lo deseara.»
-«No admito la promesa&mdash;dijo él&mdash;; antes
-bien, quiero cederos esta señora. Es más razón que
-yo os la deje, puesto que su inclinación a vos es
-natural en ella.» «¡No, no!&mdash;le interrumpí&mdash;. Vos
-la amáis, y los favores que me hiciese podrían inquietaros;
-y así, quiero sacrificarla a vuestra paz
-y quietud.» «¡Oh, insigne español, lleno todo de
-nobleza y generosidad!&mdash;exclamó arrebatado el duque&mdash;.
-Me encanta vuestro modo de pensar. ¡Oh,<span class="pagenum"><a name="Page_282" id="Page_282">[282]</a></span>
-y qué remordimientos siento al oírlo! ¡Con qué dolor
-y con cuánta vergüenza se me presenta a la
-memoria el ultraje que os hice! Paréceme ahora
-muy ligera la satisfacción que os di en el gabinete
-del rey. Quiero repararla de un modo más público,
-y para borrar enteramente la infamia, os ofrezco
-una sobrina mía, de cuya mano puedo disponer;
-es una heredera rica, que aun no ha cumplido
-quince años, y todavía más hermosa que joven.»</p>
-
-<p>»Di al duque todas aquellas gracias que me podía
-inspirar el honor de enlazarme con su familia,
-y pocos días después me casé con su sobrina. Toda
-la Corte se congratuló con aquel personaje por haber
-labrado la fortuna de un caballero a quien
-había cubierto de ignominia. Desde entonces acá,
-señores míos, vivo con el mayor gusto en Lisboa.
-Mi esposa me ama y yo la amo. Su tío me da cada
-día nuevas pruebas de amistad y puedo preciarme
-de que merezco un buen concepto al rey; y
-prueba de su estimación es la importancia del negocio
-que de su orden me ha traído a Madrid.»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c308" id="c308">CAPÍTULO VIII</a></h2>
-
-<p class="pch">Por qué accidente se ve precisado Gil Blas a buscar
-nuevo acomodo.</p>
-
-<p>Esta fué la historia que contó don Pompeyo y
-que oímos el criado de don Alejo y yo, aunque nos
-mandaron que nos retirásemos antes que la principiase.<span class="pagenum"><a name="Page_283" id="Page_283">[283]</a></span>
-Hicímoslo así, pero nos quedamos a la
-puerta de la sala, que de propósito dejamos entornada,
-y pudimos oír todo lo que dijo, sin perder
-una sola palabra. Prosiguieron después bebiendo
-aquellos señores y se separaron antes del día, porque
-como don Pompeyo había de hablar por la
-mañana al ministro, era razón que le diesen tiempo
-de reposar algún tanto. El marqués de Zenete
-y mi amo se despidieron de aquel caballero, abrazándole
-y dejándole con su pariente.</p>
-
-<p>Nosotros, por esta vez, nos acostamos al amanecer,
-y al día siguiente mi amo me honró dándome
-otro nuevo empleo. «Gil Blas&mdash;me dijo&mdash;, toma
-papel, tinta y pluma para escribir dos o tres cartas
-que quiero dictarte, pues te hago mi secretario.»
-«¡Bravo!&mdash;dije entre mí&mdash;. ¡Esto se llama acrecentamiento
-de encargos! ¡Lacayo para ir detrás
-de mi amo a todas partes, ayuda de cámara para
-ayudarle a vestir y secretario para escribirle las
-cartas, dictándome su señoría! ¡El Cielo sea loado
-por todo! ¡Voy, como la triforme Hécate, a representar
-tres muy distintos personajes!» «Tú no sabes&mdash;prosiguió
-mi amo&mdash;qué fin llevo en escribir
-estas cartas. Voy a decírtelo; pero sé callado, porque
-te va la vida en ello. A cada paso tropiezo
-con gentes que me apestan alabándose de sus felices
-galanteos, y yo quiero sobrepujar a su vanidad,
-para lo que he pensado llevar siempre en el
-bolsillo varios billetes fingidos de diferentes damas
-y leérselos cuando ellos hagan necio alarde de sus
-triunfos. Esto me divertirá un rato y seré más dichoso<span class="pagenum"><a name="Page_284" id="Page_284">[284]</a></span>
-que todos mis compañeros, porque ellos solicitan
-esas fortunas sólo por tener el gusto de publicarlas,
-y yo tendré el gusto de referirlas sin los
-malos ratos que trae consigo el pretenderlas. Pero
-tú&mdash;añadió&mdash;procura desfigurar tu letra, mudando
-la forma de manera que los papeles no parezcan
-escritos de una misma mano.»</p>
-
-<p>Tomé, pues, pluma, tinta y papel para obedecer
-a don Matías, quien me dictó un billete en los
-términos siguientes: «Anoche faltaste a tu palabra
-y no te dejaste ver en el sitio concertado. ¡Ah
-don Matías, no sé qué podrás decir para disculparte!
-Grande ha sido mi error, pero bien has castigado
-mi vanidad y la ligereza con que creía yo
-que todas las diversiones, y aun todos los negocios
-del mundo, debían ceder al gusto de ver a
-<i>Doña Clara de Mendoza</i>.» Después de este billete
-me hizo escribir otro como de una dama que posponía
-a un gran señor por amor a su persona; y
-otro, en fin, en el cual otra dama le decía que,
-si estuviera segura de su discreción, harían juntos
-el viaje de Citerea. No contentándose con hacerme
-escribir unos billetes tan bellos, me obligaba a
-que los firmase con el nombre de varias señoras
-muy distinguidas. No pude menos de decirle que
-la cosa me parecía demasiadamente delicada, pero
-me respondió secamente que nunca me metiese en
-darle consejos mientras no me los pidiera. Vime
-precisado a callar y obedecerle. Acabóse de vestir,
-ayudándole yo; metió los billetes en el bolsillo
-y salió de casa. Seguíle y fuimos a la de don Juan<span class="pagenum"><a name="Page_285" id="Page_285">[285]</a></span>
-de Moncada, que tenía convidados aquel día a
-cinco o seis caballeros amigos suyos.</p>
-
-<p>Hubo una gran comida y reinó en toda ella la
-alegría, que es la salsa mejor de los banquetes.
-Todos los convidados contribuyeron a mantener
-divertida la conversación, unos con chistes y otros
-contando aventuras que ellos decían haberles sucedido.
-No malogró mi amo tan favorable ocasión
-de hacer lucir los papeles amorosos que me había
-hecho escribir. Leyólos en alta voz y en tono tan
-natural, que, a excepción de su secretario, todos los
-demás pudieron tenerlos por muy verdaderos. Entre
-los caballeros que se hallaban presentes a tan
-descarada lectura había uno que se llamaba don
-Lope de Velasco, hombre grave y de juicio, el cual,
-en vez de celebrar como los demás las imaginarias
-fortunas, preguntó fríamente a mi amo si le había
-costado mucho hacerse dueño de la voluntad de
-doña Clara. «Menos que nada&mdash;le respondió don
-Matías&mdash;, pues ella fué la que dió los primeros pasos.
-Vióme en el paseo, prendóse de mí, mandó
-que me siguiesen, supo quién era yo, escribióme
-y citóme para su casa a la una de la noche, cuando
-todos estaban durmiendo. Fuí allá, introdujéronme
-en su cuarto... Lo demás no permite mi prudencia
-que lo diga.»</p>
-
-<p>Cuando don Lope de Velasco oyó aquella lacónica
-relación, se turbó tanto que todos se lo conocieron,
-y no era dificultoso adivinar lo mucho que
-se interesaba en el honor de aquella dama. «Todos
-esos billetes&mdash;dijo a mi amo mirándole con semblante<span class="pagenum"><a name="Page_286" id="Page_286">[286]</a></span>
-airado&mdash;son enteramente falsos, en particular
-el de doña Clara de Mendoza, de que tanta ostentación
-hacéis. No hay en España señorita más
-recatada y honesta que ella. Dos años ha que la
-obsequia un caballero que no os cede en nacimiento
-ni en prendas personales y apenas ha podido
-conseguir de ella los más inocentes favores, siendo
-así que se puede lisonjear de que, si fuera capaz
-de conceder alguno, a ningún otro sino a él se los
-dispensaría.» «¿Y quién os dice lo contrario?&mdash;replicó
-mi amo en un tono burlón&mdash;. Yo no me aparto
-de que es una señorita muy honesta. Yo también
-soy muy honesto caballerito. Conque debéis creer
-que nada pasaría que no fuese honestísimo.» «¡Oh,
-eso ya pasa de raya!&mdash;interrumpió don Lope&mdash;.
-Dejémonos de chanzas. Vos sois un impostor y
-jamás doña Clara os dió cita para de noche. No
-puedo tolerar que manchéis su reputación. Tampoco
-a mí me permite ahora la prudencia deciros
-lo demás.» Y diciendo estas palabras miró con
-arrogancia a los concurrentes y se retiró con un
-aire que anunciaba las malas consecuencias que
-podría tener aquel negocio. Mi amo, que tenía bastante
-valor para un señor de su carácter, hizo
-poco caso de las amenazas de don Lope. «¡Gran
-tonto!&mdash;exclamó dando una carcajada&mdash;. ¡Los caballeros
-andantes sólo defendían la <i>sin par hermosura</i>
-de sus damas; pero éste quiere defender la
-<i>sin par honestidad</i> de la suya, lo que me parece
-empeño todavía más extravagante!»</p>
-
-<p>La retirada de Velasco, a la que en vano quiso<span class="pagenum"><a name="Page_287" id="Page_287">[287]</a></span>
-oponerse Moncada, no descompuso la fiesta. Los
-caballeros, sin parar la atención en ello, prosiguieron
-alegrándose y no se separaron hasta el amanecer.
-Mi amo y yo nos acostamos a las cinco de
-la mañana. El sueño ya me rendía y había hecho
-ánimo de dormir bien, pero echaba la cuenta sin la
-huéspeda, o, por mejor decir, sin nuestro portero, el
-que una hora después me vino a despertar y a decirme
-que estaba a la puerta de la calle un mozo
-que preguntaba por mí. «¡Ah, maldito portero!&mdash;dije
-bostezando, entre enfadado y dormido&mdash;.
-¿No consideras que sólo ha una hora que me acosté?
-Di a ese hombre que estoy durmiendo y que vuelva
-más tarde.» «Dice&mdash;respondió el portero&mdash;que
-tiene precisión de hablarte luego luego, porque es
-cosa urgente.» Levantéme a estas palabras, poniéndome
-solamente los calzones y una almilla, y
-echando mil pestes fuí a ver lo que me quería el
-mozo que me buscaba. «Amigo&mdash;le dije&mdash;, ¿qué negocio
-tan urgente es el que me proporciona la honra
-de verte tan de mañana?» «Una carta&mdash;respondió&mdash;que
-tengo que entregar en mano propia al
-señor don Matías y es preciso la lea cuanto antes.
-Su contenido es de la mayor importancia, y así,
-te ruego que me lleves a su cuarto.» Persuadido de
-que debía de ser alguna cosa de grande consecuencia,
-me tomé la licencia de ir a despertar a mi
-amo. «Perdone vuestra señoría&mdash;le dije&mdash;si le vengo
-a interrumpir el sueño; pero la importancia...»
-«¿Qué diantres me quieres?», dijo enfadado. «Señor&mdash;dijo
-entonces el mozo que me acompañaba&mdash;,<span class="pagenum"><a name="Page_288" id="Page_288">[288]</a></span>
-es una carta de don Lope de Velasco que
-debo entregar a usía.» Incorporóse don Matías,
-tomó el billete, leyóle y dijo con mucho sosiego
-al criado de don Lope: «Hijo, yo nunca me levanto
-hasta mediodía aunque me conviden para la
-mejor diversión del mundo. ¡Mira ahora si me levantaré
-a las seis de la mañana para ir a reñir!
-Díle a tu amo que, como me espere hasta las doce
-y media en el sitio que me dice, seguramente nos
-veremos en él; dale esta respuesta.» Y diciendo
-esto volvióse a echar y tardó muy poco en quedarse
-de nuevo dormido.</p>
-
-<p>A las once y media se levantó y vistió con grandísima
-pachorra. Salió de casa, diciéndome que por
-aquella vez me dispensaba de seguirle; pero yo no
-pude resistir a la curiosidad de ver en lo que paraba
-aquel negocio. Fuime tras de él a lo largo hasta
-el prado de San Jerónimo, donde vi a lo lejos a don
-Lope de Velasco, que le estaba esperando. Escondíme
-donde sin ser visto pudiese observar a los dos,
-y vi que se juntaron y que un momento después
-comenzaron a reñir. Duró mucho la pendencia, peleando
-uno y otro con mucha destreza y con igual
-valor; pero al fin se declaró la victoria por don Lope,
-quien de una estocada pasó de parte a parte a mi
-amo, dejándole tendido en tierra y huyendo muy
-satisfecho de haberse vengado. Corrí acelerado a
-don Matías; halléle sin sentido y casi muerto, espectáculo
-que me enterneció tanto, que no pude
-menos de echar a llorar por ver una muerte para
-la cual, sin pensarlo, había yo servido de instrumento.<span class="pagenum"><a name="Page_289" id="Page_289">[289]</a></span>
-En medio de esto y de mi justo sentimiento
-no dejé de pensar en hacer lo que me importaba.
-Volvíme al punto a casa sin hablar palabra a
-nadie. Hice mi hatillo, en el que, por inadvertencia,
-metí también algunas cosillas de mi amo, y luego
-que lo llevó a casa del barbero, donde tenía guardado
-el vestido que usaba en mis aventuras, esparcí
-la voz de la desgracia que había sucedido,
-siendo yo testigo de ella. Contéla a quien me la
-quiso oír, pero sobre todo fuí a contársela a Rodríguez.
-Este, menos afligido que solícito en tomar
-las providencias oportunas, juntó a todos los criados
-de don Matías, mandóles que le siguiesen y fuimos
-todos al lugar de la pelea. Levantamos a don
-Matías, que aun respiraba; llevámosle a casa, y al
-cabo de tres horas murió. Tal fué el trágico fin del
-señor don Matías de Silva, mi amo, por el imprudente
-gusto de leer papeles amorosos fingidos
-por él.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c309" id="c309">CAPÍTULO IX</a></h2>
-
-<p class="pch">Del amo a quien Gil Blas fué a servir después de la
-muerte de don Matías de Silva.</p>
-
-
-<p>Hecho el entierro de don Matías, fueron, pasados
-unos días, pagados y despedidos todos sus criados.
-Yo establecí mi morada en casa del barberillo, con
-quien empezaba a contraer estrechísima amistad.
-Prometíame estar allí con más gusto y mayor libertad
-que en casa de Meléndez. Como me hallaba<span class="pagenum"><a name="Page_290" id="Page_290">[290]</a></span>
-con algún dinerillo, no me di prisa a buscar nueva
-conveniencia; por otra parte, me había hecho muy
-delicado sobre este particular. Ya no gustaba de
-servir a gente común y plebeya, y aun entre la
-noble quería examinar bien antes el empleo que
-me querían dar. Aun el mejor no me parecía sobrado
-para mí, persuadido de que todo era poco
-para quien había servido a un caballero rico, mozo
-y elegante.</p>
-
-<p>Esperando a que la fortuna me ofreciese una
-casa cual yo me imaginaba merecer, juzgué no podía
-emplear mejor mi ociosidad que en dedicarme
-a obsequiar a la bella Laura, a quien no había visto
-desde el día en que nos desengañamos los dos
-tan graciosamente. No me pasó por el pensamiento
-volver a vestirme a lo don César de Ribera. Sería
-una grande extravagancia disfrazarme ya con aquel
-traje, y más cuando mi propio vestido era bastante
-decente, pudiendo pasar por un término medio entre
-don César y Gil Blas, sobre todo hallándome
-bien calzado, peinado y afeitado con ayuda de mi
-amigo el barbero. En este estado fuí a casa de Arsenia,
-y encontré a Laura sola en la misma sala
-donde en otra ocasión le había hablado. Exclamó
-luego que me vió: «¿Qué milagro es éste? ¿Eres tú?
-¡Paréceme que sueño, porque te creí muerto o que
-te habías perdido! Hace siete u ocho días que te
-dije podías venir a verme; mas, a lo que veo, no
-abusas de la libertad que te conceden las damas.»</p>
-
-<p>Disculpéme con la muerte de mi amo y con las
-ocupaciones a que dió lugar, añadiendo muy cortesanamente<span class="pagenum"><a name="Page_291" id="Page_291">[291]</a></span>
-que aun en medio de ellas tenía siempre
-muy presente en el corazón y en la memoria a
-mi amada Laura. «Siendo así&mdash;me dijo ella&mdash;, se
-acabaron ya las quejas, y te confesaré que también
-te he tenido yo muy presente. Luego que supe la
-desgracia de don Matías, me ocurrió un pensamiento,
-que acaso no te desagradará. Días ha que oí
-decir a mi ama que se alegraría de encontrar un
-mozo que supiese de cuentas y gobierno de una
-casa, para ser su mayordomo y llevase razón del
-dinero que se le entregara para el gasto de ésta.
-Inmediatamente puse los ojos en tu señoría, pareciéndome
-que serías el más a propósito para este
-empleo.» «También me parece a mí&mdash;respondí yo&mdash;que
-le desempeñaría a las mil maravillas. He leído
-las <i>Economías de Aristóteles</i>, y, por lo que toca a
-llevar una cuenta, ése ha sido siempre mi fuerte.
-Pero, hija mía&mdash;añadí&mdash;, una sola dificultad me
-impide entrar a servir a Arsenia.» «¿Qué dificultad?»,
-replicó Laura. «He jurado&mdash;repuse&mdash;no servir
-jamás a gente común, y lo peor es que lo juré
-por la laguna Estigia. Si el mismo Júpiter no se
-atrevió a violar este juramento, mira tú cuánto
-deberá respetarle un pobre criado.» «¿A quién llamas
-tú gente común?&mdash;replicó Laura con mucho
-despego&mdash;. ¿Por quiénes tienes tú a las comediantas?
-¿Parécete que son por ahí algunas abogadillas
-o algunas procuradoras? ¡Sábete, amigo mío, que
-las comediantas son nobles y archinobles por los
-enlaces que contraen con los primeros personajes
-de la Corte!» «Siendo así&mdash;le dije&mdash;, cuenta conmigo,<span class="pagenum"><a name="Page_292" id="Page_292">[292]</a></span>
-hija mía, para ese empleo que me destinas;
-pero con tal que no me degrade ni me haga valer
-menos de lo que soy.» «¡No tengas miedo de eso!&mdash;repuso
-Laura&mdash;. Pasar de la casa de un elegante
-a la de una heroína de teatro es hacer el mismo papel
-en el gran mundo. Nosotras estamos en una
-misma línea con las personas de la primera distinción;
-el mismo aparato de cuarto, la misma mesa,
-y, en realidad, es menester que se nos confunda
-con ellos en la vida civil. Con efecto&mdash;añadió&mdash;, si
-se consideran bien un marqués y un comediante,
-en el discurso de un día vienen casi a ser una misma
-cosa. Si el marqués, en las tres cuartas partes
-del día, es superior al comediante, el comediante,
-en la otra cuarta parte, supera mucho más al marqués,
-porque representa el papel de emperador o
-de rey. Esta, a mi ver, es una compensación de
-nobleza y de grandeza que nos iguala con las personas
-de la Corte.» «Así es, por cierto&mdash;respondí&mdash;;
-sin duda que estáis a nivel unos con otros. Los comediantes
-no son ya gentuza, como pensaba yo
-hasta aquí, y me has metido en gana de servir a
-un gremio tan distinguido y tan honrado.» «Me alegro&mdash;repuso
-ella&mdash;, y no tienes mas que volver de
-aquí a dos días. Me tomo este tiempo para ir preparando
-a mi ama a fin de que te reciba. Le hablaré
-en tu favor; puedo algo con ella y me persuado que
-lograré que entres en casa.»</p>
-
-<p>Di las gracias a Laura por su buena voluntad,
-asegurándole quedaba sumamente reconocido a sus
-finezas, con expresiones tales que no podía dudar<span class="pagenum"><a name="Page_293" id="Page_293">[293]</a></span>
-de mi agradecimiento. Siguió después una larga
-conversación entre los dos, la que interrumpió un
-lacayo que vino a decir a mi princesa que Arsenia
-la llamaba. Separámonos, y yo salí con grandes
-esperanzas de que presto tendría la fortuna de pasarlo
-a pedir de boca. No dejé de volver al plazo
-señalado. «Ya te estaba esperando&mdash;me dijo Laura&mdash;,
-para darte la alegre noticia de que eres de
-los nuestros. Ven conmigo, que quiero presentarte
-a mi señora.» Diciendo esto, me llevó a una habitación
-compuesta de cinco o seis piezas a cual más
-rica y más soberbiamente alhajada.</p>
-
-<p>¡Qué lujo! ¡Qué magnificencia! Parecióme que
-entraba en casa de alguna virreina, o, por mejor
-decir, creí estar viendo todas las riquezas del mundo
-juntas en aquélla. Lo cierto es que había en ella
-lo más rico de todas las naciones; tanto, que se podía
-definir a aquella habitación, con mucha propiedad,
-«el templo de una diosa a cuyas aras ofrecía
-todo caminante lo más raro y precioso de su
-país». Vi a la deidad majestuosamente sentada en
-un almohadón de brocado carmesí con franjas de
-oro. Era bella y corpulenta, porque había engordado
-con el humo de los sacrificios. Estaba en un
-gracioso desaliño y ocupaba sus lindas manos en
-componer un primoroso tocado nuevo para lucirlo
-aquella noche en el teatro. «Señora&mdash;le dijo la criada&mdash;,
-éste es el mayordomo de que tengo hablado,
-y puedo asegurar a usted sería difícil encontrar
-otro que fuese más a propósito.» Miróme Arsenia
-con particular atención y tuve la dicha de gustarle.<span class="pagenum"><a name="Page_294" id="Page_294">[294]</a></span>
-«¿Cómo así, Laura?&mdash;exclamó ella&mdash;. ¿Quién te
-dió noticia de tan bello mozo? ¡Ya estoy viendo
-que me irá muy bien con él!» Y volviéndose a mí:
-«Querido&mdash;me dijo&mdash;, tú eres el que yo buscaba y
-el que verdaderamente me acomoda. Sólo tengo
-que decirte una palabra: estarás contento conmigo
-si me sirves bien.» Respondíle que haría cuanto estuviese
-de mi parte para agradarla en todo. Viendo
-que estábamos acordes, me despedí prontamente
-para ir a buscar mi hatillo y volver a tomar posesión
-de la nueva casa.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c310" id="c310">CAPÍTULO X</a></h2>
-
-<p class="pch">Entra Gil Blas a servir de mayordomo en casa de
-Arsenia; informes que le da Laura de los comediantes.</p>
-
-<p>Era poco más o menos la hora de la comedia
-cuando mi nueva ama me dijo la siguiese al teatro
-en compañía de Laura. Entramos en el vestuario,
-y allí, quitándose el vestido que llevaba, se puso
-otro magnífico para presentarse en la escena. Así
-que empezó la representación, me llevó Laura a
-un sitio desde donde podíamos oír y ver perfectamente.
-Desagradóme la mayor parte de los representantes,
-sin duda porque ya estaba predispuesto
-contra ellos en virtud de lo que le había oído a don
-Pompeyo. Con todo eso, fueron muy aplaudidos,<span class="pagenum"><a name="Page_295" id="Page_295">[295]</a></span>
-aunque algunos me hicieron acordar de la fábula
-del lechoncillo.</p>
-
-<p>Tenía Laura gran cuidado de irme diciendo el
-nombre de los comediantes y comediantas conforme
-iban saliendo al teatro; y no contenta con nombrarlos,
-hacía un retrato satírico de cada uno.
-«Este&mdash;decía&mdash;es un atolondrado; aquél, un insolente;
-aquella melindrosa que ves, cuyo aire es más
-descarado que gracioso, se llama Rosarda y fué
-muy mala adquisición para la compañía. ¡Más valdría
-que se marchara con la que se está formando
-de orden del virrey de Nueva España y va a salir
-inmediatamente para América! Mira bien aquel astro
-luminoso que acaba de presentarse, aquel bello
-sol que va caminando a su ocaso: llámase Casilda,
-y si cada uno de los amantes que ha tenido la
-hubiera contribuído con una piedra labrada para
-fabricar una pirámide, como dicen que en otro
-tiempo lo hizo cierta reina de Egipto, podría haber
-erigido una que llegase al tercer cielo.» En fin, a
-cada cual fué pegando Laura su parchecito. ¡Qué
-mala lengua! ¡Ni aun a su misma ama perdonó!</p>
-
-<p>Sin embargo de esto&mdash;confieso mi flaqueza&mdash;,
-estaba yo apasionado de ella, aunque su carácter,
-moralmente hablando, nada tenía de bueno. De
-todos decía mal, con tanta gracia, que me gustaba
-hasta su misma malignidad. En los intermedios se
-levantaba para ir a ver si Arsenia necesitaba algo,
-y en vez de volver prontamente, se entretenía tras
-del teatro a recoger los requiebros y lisonjas que
-le decían los hombres. Una vez la seguí para observarla<span class="pagenum"><a name="Page_296" id="Page_296">[296]</a></span>
-y vi que tenía muchos conocidos. Noté
-que tres comediantes, uno en pos de otro, la detuvieron
-para hablarle, y observé que gastaban demasiada
-familiaridad. No me agradó esto mucho,
-y por la primera vez de mi vida comencé a experimentar
-lo que eran los celos. Volvíme a mi sitio
-tan pensativo y melancólico que Laura lo echó de
-ver luego que volvió. «¿Qué tienes, Gil Blas?&mdash;me
-preguntó admirada&mdash;. ¿Qué negro humor se apoderó
-de ti desde que te dejé? Muestras un semblante
-triste y sombrío que no sé a qué atribuirlo.»
-«Y lo peor es, reina mía, que es con sobrada razón&mdash;le
-respondí&mdash;. Me parece que andas algo suelta,
-y esto me da que pensar a mí más que a ti mi
-sentimiento. Yo mismo acabo de verte muy alegre
-y divertida con los comediantes...» Al oír esto, dijo
-ella, soltando una grandísima carcajada: «¡Vamos
-claros, que es gracioso el motivo de tu pesadumbre!
-Pues qué, ¿de tan poco te espantas? ¡Eso es
-una friolera! Y si estás algún tiempo con nosotros
-verás otras mil lindezas. Es menester, hijo mío,
-que te vayas haciendo a nuestras mañas. Entre
-nosotros no se gastan hazañerías ni mucho menos se
-usan celos. En la nación cómica, los celosos se llaman
-ridículos, y así, apenas se encuentra uno. Padres,
-maridos, hermanos, tíos, primos, todos son la
-gente más bien avenida del mundo, y muchas veces
-ellos mismos son los que establecen sus familias.»</p>
-
-<p>Después de haberme exhortado a no sospechar
-mal de ninguno y a no inquietarme por nada de
-cuanto viese, me declaró que yo era el feliz mortal<span class="pagenum"><a name="Page_297" id="Page_297">[297]</a></span>
-que había encontrado el camino de su corazón, y
-me aseguró que me amaría siempre y a nadie más.
-Después de una seguridad como ésta, de la cual
-podía yo bien dudar sin temor de que me tuviese
-por muy desconfiado, le ofrecí no espantarme de
-nada; y, con efecto, cumplí mi palabra. Aquella
-misma noche la vi hablar a solas, reír y divertirse
-con varios, sin dárseme un bledo. Acabada la comedia,
-volvimos a casa con nuestra ama, y poco
-después llegó Florimunda con tres señores viejos
-y un comediante, que venían a cenar en compañía
-de las dos. Además de Laura y yo, había en casa
-una cocinera, un mozo de cocina y un lacayuelo.
-Juntámonos todos para disponer la cena. La cocinera,
-que era tan hábil como la señora Jacinta,
-dispuso las viandas, ayudándola el marmitón. La
-doncella y el lacayuelo pusieron la mesa y yo cuidé
-de cubrir el aparador con la más bella vajilla de
-plata y algunos vasos de oro, votos ofrecidos a la
-deidad de aquel templo. Adornéle también con diferentes
-botellas de vinos exquisitos, haciendo de
-copero, para que viese mi ama que era yo hombre
-para todo. Admiréme de ver el porte y aire de las
-comediantas durante la cena, aparentando ser damas
-de importancia y figurándose ellas mismas
-que eran señoras de la primera distinción. Lejos de
-dar a los señores el tratamiento de <i>excelencia</i>, no
-les daban ni aun el de <i>señoría</i>, contentándose con
-llamarlos por sus apellidos. Es verdad que ellos se
-tenían la culpa, porque se familiarizaban demasiado
-con ellas. El comediante por su parte, como<span class="pagenum"><a name="Page_298" id="Page_298">[298]</a></span>
-acostumbrado a hacer el papel de héroe, los trataba
-también sin cumplimiento, brindaba a su salud
-y hacía los honores de la mesa. «¡A fe&mdash;dije entre
-mí&mdash;que cuando Laura me dijo que un marqués
-y un comediante eran iguales parte del día, pudo
-añadir que aun lo eran mucho más por la noche,
-pues la pasan bebiendo juntos toda ella!»</p>
-
-<p>Arsenia y Florimunda eran naturalmente alegres.
-Ocurriéronles mil dichos chistosos, y algo más,
-mezclados con favorcillos y monerías muy celebradas
-por aquellos rancios pecadores. Mientras mi
-ama conversaba inocentemente con uno, su amiga,
-que se hallaba entre los dos, no hacía ciertamente
-el papel de Susana con ellos. Yo estaba considerando
-atentamente aquel retablo&mdash;que, a la
-verdad, tenía muchos atractivos para un mozo de
-mi edad&mdash;cuando se sirvieron los postres. Entonces
-puse en la mesa botellas de licores con sus copas
-correspondientes y me retiré a cenar con Laura,
-que me estaba esperando. «Y bien, Gil Blas&mdash;me
-dijo&mdash;, ¿qué te parece de esos señores que has
-visto?» «Sin duda&mdash;le respondí&mdash;, son los cortejos
-de Arsenia y de Florimunda.» «Te engañas&mdash;replicó
-ella&mdash;; son unos viejos voluptuosos que galantean
-a todas sin fijarse en ninguna. Se contentan sólo
-con un poco de agrado, y son tan generosos que
-pagan bien los leves favores que se les conceden.
-Florimunda y mi ama están ahora sin amantes,
-a Dios gracias; hablo de aquellos amantes que quieren
-alzarse con la autoridad de maridos y que sean
-para sí solos todos los gustos de la casa, porque<span class="pagenum"><a name="Page_299" id="Page_299">[299]</a></span>
-hacen el gasto de ella. Yo soy de opinión que una
-mujer de juicio debe huir de todo lo que huele a
-empeño particular. ¿A qué fin sujetarse a ninguno
-que la domine? Más vale ganar poco a poco alhajas,
-que comprarlas de una vez a costa de tan impertinente
-sujeción.»</p>
-
-<p>Cuando Laura estaba de humor de parlar, lo que
-le acontecía casi de continuo, nada le costaban las
-palabras: tanta era la soltura de su lengua. Los señores
-y los comediantes se retiraron al fin con Florimunda,
-acompañándola hasta su casa.</p>
-
-<p>Luego que salieron, me dió diez doblones mi
-ama, diciéndome: «Toma, Gil Blas, ese dinero para
-el gasto. Mañana vienen a comer cinco o seis de
-mis compañeros y compañeras; procura regalarnos
-bien.» «Señora&mdash;le respondí&mdash;, con diez doblones
-me atrevo a dar una suntuosa comida aunque sea
-a toda la cuadrilla cómica.» «¿Qué es eso de cuadrilla?&mdash;repuso
-ella&mdash;. ¡Mira cómo hablas! No se
-debe llamar cuadrilla, sino compañía. Se dice muy
-bien una cuadrilla de bandidos o de holgazanes;
-puede decirse una cuadrilla de autores o de poetas,
-¡pero guárdate de volver a decir cuadrilla de
-comediantes! La nuestra es compañía, y, sobre,
-todo, los actores de Madrid merecen bien que a su
-cuerpo se le dé este nombre.» Pedí perdón a mi
-ama de haber usado de una expresión tan poco
-respetuosa, suplicándole disculpase mi ignorancia
-y protestando que siempre que hablase de los señores
-representantes de Madrid colectivamente diría
-compañía y jamás cuadrilla.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_300" id="Page_300">[300]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4"><a name="c311" id="c311">CAPÍTULO XI</a></h2>
-
-<p class="pch">Del modo como vivían entre sí los comediantes y
-cómo trataban a los autores de comedias.</p>
-
-<p>Al día siguiente, muy de mañana, salí a campaña,
-para dar principio a mi empleo de mayordomo.
-Era vigilia, y por orden de mi ama compré
-buenos pollos, conejos, perdices y otras frioleras
-de semejante especie. Como los señores cómicos no
-están contentos de los ritos de la Iglesia, con respecto
-a ellos no observan con mucha puntualidad
-sus mandamientos. Llevé a casa más comida de la
-que bastaría para alimentar a doce personas honradas
-los tres días de Carnestolendas. La cocinera
-tuvo bien en qué divertirse toda la mañana. Mientras
-ella cuidaba de aderezar la comida, se levantó
-Arsenia de la cama y se sentó al tocador, donde
-estuvo hasta mediodía. Llegaron entonces los señores
-comediantes Ricardo y Casimiro. A éstos se
-siguieron dos comediantas, Constanza y Leonor;
-un momento después se dejó ver Florimunda, acompañada
-de un hombre que tenía toda la traza de
-un caballero majo: el cabello peinado a la última
-moda, un sombrero con un ala levantada y su
-penacho de plumas en figura de ramillete, calzones
-ajustados, ropilla bordada con flores de oro y
-medio desabrochada, por donde se descubría una
-finísima camisa guarnecida de ricos encajes, guantes
-y pañuelo de Cambray delicadísimo, metidos<span class="pagenum"><a name="Page_301" id="Page_301">[301]</a></span>
-en la guarnición o cazoleta de la espada, capa larga
-terciada sobre el hombro con mucho garbo y bizarría.</p>
-
-<p>Con todo eso, aunque de tan buena traza y hombre
-verdaderamente bien plantado, todavía me pareció
-descubrir en él un no sé qué de extraño que
-me chocaba. «Es imposible&mdash;decía yo entre mí&mdash;que
-no sea un hombre raro este sujeto.» No me engañé
-en mi concepto, porque era un ente singular.
-Luego que entró en el cuarto de Arsenia, fué precipitadamente
-a abrazar a todas las comediantas
-y comediantes con mayor intrepidez y algazara
-que el mozalbete más atronado. Comenzó a hablar
-y me confirmé en mi opinión. Se recalcaba sobre
-cada sílaba y pronunciaba las palabras con cierto
-modo enfático, pomposo y gutural, accionando,
-gesticulando y haciendo con los ojos aquellos movimientos
-que a su parecer estaba pidiendo el
-asunto. Tuve la curiosidad de preguntar a Laura
-quién era aquel caballero. «Disculpo tu curiosidad&mdash;me
-respondió prontamente&mdash;. Es imposible no tenerla
-al ver por la primera vez al señor Carlos Alfonso
-de la Ventolería. Voy a pintártele al natural.
-Primeramente fué en otro tiempo comediante; dejó
-el teatro por antojo y se arrepintió después mirándolo
-con juicio. ¿Has reparado en su cabello negro?
-Pues sábete que es teñido, ni más ni menos
-que sus cejas y bigotes. Es más viejo que Saturno.
-Sin embargo, como sus padres cuando nació se
-olvidaron de hacer asentar su nombre en el libro
-de bautizados, él se aprovecha de este descuido<span class="pagenum"><a name="Page_302" id="Page_302">[302]</a></span>
-para quitarse veinte años por lo menos. Fuera de
-eso, es el hombre más pagado de sí mismo que
-quizá se encontrará en toda España. Pasó los ocho
-primeros lustros de su vida en una completa ignorancia,
-y para hacerse sabio encontró después un
-cierto preceptor que le enseñó a deletrear en griego
-y en latín. Aprendió de memoria una multitud de
-cuentos y chistes, que a fuerza de repetirlos se ha
-llegado a persuadir de que son suyos efectivamente.
-Hácelos venir a la conversación aunque sea
-arrastrándolos por los cabellos, y se puede decir de
-él que luce su entendimiento a costa de su memoria.
-Finalmente, se dice que es un gran actor, y lo
-creo piadosamente; pero te confieso que nunca me
-ha gustado. Algunas veces le oigo declamar aquí,
-y, entre otros defectos, es muy visible el de una
-pronunciación tan afectada y con una voz tan
-trémula, que da cierto aire antiguo y ridículo a su
-declamación.»</p>
-
-<p>Tal fué el retrato que la señora Laura me hizo
-de aquel histrión honorario, de quien puedo decir
-con verdad que no he visto mortal de un aspecto
-más orgulloso en todos los días de mi vida. Quería
-hacer también el chistoso y discreto, sacando de
-su mollera dos o tres cuentos que nos encajó en
-tono grave y bien estudiado. Por otra parte, las
-comediantas y comediantes, que ciertamente no
-habían venido a callar, tampoco estuvieron mudos.
-Comenzaron a hablar de sus camaradas ausentes
-a la verdad de un modo poco caritativo;
-pero esto es menester perdonárselo tanto a los comediantes<span class="pagenum"><a name="Page_303" id="Page_303">[303]</a></span>
-como a los autores. Acaloróse un poco
-la conversación a expensas del prójimo. «¿Habéis
-sabido, amigas&mdash;dijo Casimiro&mdash;, el nuevo pasaje
-de nuestro compañero Cesarino? Compró esta mañana
-un par de medias de seda, cintas y encajes,
-haciendo después que un paje se los llevase al ensayo
-como de parte de cierta condesa.» «¡Qué bribonada!&mdash;exclamó
-el señor Ventolería con cierta risita
-vana y mofadora&mdash;. En mi tiempo se usaba
-más realidad. Ninguno pensaba en semejantes ficciones.
-Es verdad que aun las damas de mayor
-distinción nos ahorraban la ruindad y el trabajo
-de inventarlas, pues tenían el capricho de ir ellas
-mismas en persona a comprar lo que nos regalaban.»
-«¡Pardiez&mdash;repuso Ricardo en el mismo tono&mdash;,
-que ese capricho aun no se les ha pasado! Y si fuera
-lícito decir todo lo que uno sabe en este punto...
-Pero es fuerza callar ciertos lances, particularmente
-cuando tocan a personas de su posición.»
-«Señores&mdash;interrumpió Florimunda&mdash;, suplico a ustedes
-dejen a un lado esos lances y buenas fortunas,
-puesto que todo el mundo las sabe, y hablemos
-algo de nuestra Ismenia. He oído que se le
-ha escapado aquel señor que gastaba tanto con
-ella.» «Es muy cierto&mdash;respondió Constanza&mdash;; y
-aun diré más: también acaba de perder un rico
-mayordomo, a quien sin remedio hubiera dejado
-sin camisa. Lo sé originalmente. Su mensajero hizo
-un <i>quid pro quo</i>, llevando al señor un billete que
-era para el mayordomo y al mayordomo una carta
-que escribía al señor.» «Dos grandes pérdidas»,<span class="pagenum"><a name="Page_304" id="Page_304">[304]</a></span>
-añadió Florimunda. «¡Oh!&mdash;replicó prontamente
-Constanza&mdash;. Por lo que toca a la del señor, es
-poco importante, pues ya había consumido casi
-toda su hacienda; pero el mayordomo ahora comenzaba
-su carrera. No ha pasado aún por la aduana
-de las coquetas, y así, es una pérdida muy digna
-de llorarse.»</p>
-
-<p>A esto, poco más o menos, se redujo la conversación
-antes de comer, y sobre el mismo asunto
-continuó durante la comida. Y como nunca acabaría
-yo si hubiese de referir cuantas especies se
-tocaron, todas de murmuración o de fatuidad, el
-lector llevará a bien que las suprima, para contarle
-el modo con que fué recibido un pobre diablo de
-autor que llegó a casa de Arsenia hacia el fin de la
-comida.</p>
-
-<p>Entró nuestro lacayuelo donde estaban comiendo,
-y en voz alta dijo a mi ama: «Señora, ahí está
-un hombre con la camisa sucia y lleno de cazcarrias
-hasta el cogote, que, con perdón de ustedes,
-tiene traza de poeta, y dice que desea hablar a
-usted.» «Hazle subir&mdash;respondió Arsenia&mdash;. ¡Nada
-de cumplimientos, señores&mdash;añadió&mdash;, que es un
-autor!» Efectivamente, era uno que había compuesto
-cierta tragedia admitida por la compañía
-y traía el papel que había de representar mi ama.
-Llamábase Pedro de Moya. Al entrar, hizo cinco
-o seis profundas cortesías a los concurrentes, sin
-que ninguno de ellos se levantase ni siquiera le
-saludase. Solamente Arsenia le correspondió con
-una simple inclinación de cabeza. Fuése acercando,<span class="pagenum"><a name="Page_305" id="Page_305">[305]</a></span>
-pero siempre temblando y confuso; cayéronsele
-los guantes y el sombrero; levantólos y se acercó a
-mi ama, y presentándole un papel, más respetuosamente
-que un litigante presenta a su juez un
-memorial, «Dignaos, señora&mdash;le dijo&mdash;, de aceptar
-el papel que tengo la honra de ofrecer a vuestros
-pies.» Recibióle ella con la mayor frialdad y con
-cierto aire de desprecio, sin dignarse ni aun de
-responder una sola palabra a su cumplimiento.</p>
-
-<p>No por esto se acobardó nuestro autor, el cual,
-aprovechando aquella ocasión para distribuir otros
-papeles, dió uno a Casimiro y otro a Florimunda,
-quienes los tomaron sin más cortesías ni ceremonias
-que las que había usado Arsenia; antes por el
-contrario, el comediante, naturalmente muy cortés,
-como lo son casi todos estos señores, le insultó
-con chanzas picantes; pero el buen Pedro de Moya
-las llevó con paciencia y no se atrevió a volverle
-las nueces al cántaro porque no lo pagase después
-su trágica composición. Retiróse sin decir palabra,
-pero, a mi parecer, vivamente picado del recibimiento
-que le habían hecho. Tengo por cierto que
-allá en su interior no dejaría de decir mil pestes
-de los comediantes, como merecían; y éstos, después
-que él salió, comenzaron a hablar de los autores
-con mucho respeto. «Paréceme&mdash;dijo Florimunda&mdash;que
-el señor Pedro de Moya no ha ido muy satisfecho
-de nosotros.» «Y bien, señora&mdash;interrumpió
-Casimiro&mdash;, ¿qué cuidado se os da? ¿Por ventura
-son dignos de nuestra atención los autores? Si los
-igualáramos a nosotros, ése sería el mejor medio<span class="pagenum"><a name="Page_306" id="Page_306">[306]</a></span>
-para echarlos a perder. Tengo bien conocidos a
-esos pobres diablos y por eso mismo sé que si los
-tratáramos de otra manera presto se olvidarían de
-lo que son y nos perderían el respeto. Tratémoslos,
-pues, como esclavos, y no temamos que les apuremos
-la paciencia. Si, enfadados, se retiraren de
-nosotros algún tiempo, no durará mucho; la manía
-de escribir les hará presto volver a buscarnos, y
-darán gracias a Dios si nos dignamos de representar
-sus obras.» «Tienes mucha razón&mdash;dijo entonces
-Arsenia&mdash;; solamente perdemos aquellos autores
-cuya fortuna labramos con nuestra habilidad,
-pues luego que los hemos acreditado y puesto en
-paraje de que tengan que comer se dan a la ociosidad
-y ya no quieren trabajar; pero al fin la
-compañía se consuela y el público tiene menos que
-padecer.»</p>
-
-<p>Aplaudieron todos este parecer y quedaron en
-que los autores, a pesar de lo mal que los trataban
-los comediantes, siempre les estaban muy obligados,
-porque les eran deudores de todo lo que tenían.
-Así los abatían los histriones, haciéndolos inferiores
-a ellos y ciertamente no podían despreciarlos
-más.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<div class="chapter">
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_307" id="Page_307">[307]</a></span></p>
-
-<h2 class="p4"><a name="c312" id="c312">CAPÍTULO XII</a></h2>
-
-<p class="pch">Toma Gil Blas inclinación al teatro, entrégase enteramente
-a los pasatiempos de la vida cómica y
-dentro de poco se disgusta de ella.</p>
-
-<p>Los convidados se quedaron hablando sobremesa
-hasta que llegó la hora de ir al teatro, y entonces
-marcharon todos a él. Seguílos y vi también la comedia
-que se representó aquel día, la que me gustó
-de manera que hice ánimo de no perder ninguna.
-Así me fuí insensiblemente acostumbrando a los
-actores: a tanto llega la fuerza de la costumbre.
-Llevábanme particularmente la atención aquellos
-que hacían más gestos y daban más gritos en las
-tablas, y no era yo el único de este gusto.</p>
-
-<p>No me causaba menos agrado la discreción de
-las piezas que el modo de representarlas. Algunas
-verdaderamente me embelesaban; sobre todo aquellas
-en que se dejaban ver a un mismo tiempo en
-el teatro todos los cardenales o los doce pares de
-Francia. Sabía de memoria muchos pasos de aquellos
-incomparables poemas. Acuérdome de que en
-dos días aprendí toda entera una comedia famosa,
-intitulada <i>La reina de las flores</i>. La rosa era la
-reina, que tenía por confidenta a la violeta y por
-escudero al jazmín. No había para mí obras mejores
-que las parecidas a éstas, persuadido de que
-daban mucho honor a nuestra nación.</p>
-
-<p>No me contentaba con adornar mi memoria con<span class="pagenum"><a name="Page_308" id="Page_308">[308]</a></span>
-los trozos más selectos de estas bellas producciones
-dramáticas, sino que también me apliqué a
-perfeccionar el gusto, y para conseguirlo con acierto,
-escuchaba con la mayor atención el parecer de
-los comediantes. Si alababan una pieza, yo la estimaba,
-y despreciaba todas aquellas de que les
-oía hablar mal. Parecíame que eran tan inteligentes
-en piezas teatrales como los diamantistas en
-piedras preciosas. Sin embargo, observé que la tragedia
-de Pedro de Moya fué muy aplaudida, aunque
-ellos habían pronosticado que todos la silbarían.
-Pero no bastó esta experiencia para que su
-crítica se me hiciese sospechosa, y antes quise
-creer que el público carecía de gusto y discernimiento
-que dudar de la infalibilidad de la compañía.
-No obstante, me aseguraban todos que ordinariamente
-eran recibidas con aplauso aquellas comedias
-nuevas de que los actores formaban mal
-concepto y, por el contrario, silbadas casi todas
-las que ellos más celebraban. Decíanme que era
-regla general suya hablar siempre mal de las obras,
-y me citaban mil ejemplares de algunas que habían
-desmentido sus decisiones. Todo esto fué menester
-para que al cabo me desengañase.</p>
-
-<p>No se me olvidará jamás lo que sucedió un día
-en que se representó una comedia nueva. Habíales
-parecido a los comediantes fría y fastidiosa, adelantándose
-a pronosticar que el auditorio no la
-vería concluir. Con esta preocupación representaron
-la primera jornada, que mereció grandes aplausos.
-Admirólos mucho esto. Representaron la segunda,<span class="pagenum"><a name="Page_309" id="Page_309">[309]</a></span>
-la cual fué aún más aplaudida que la primera.
-Y he aquí a todos mis pobres actores atónitos.
-«¡Cómo diablos es esto!&mdash;exclamaba Casimiro&mdash;.
-¡Esta comedia adquiere fama!» Representaron
-la tercera, que fué sin comparación más
-celebrada que las otras dos. «¡Yo no lo entiendo!&mdash;dijo
-Ricardo&mdash;. ¡Cuando creíamos que esta pieza
-no lograría aceptación, todos la aplauden!» «Señores&mdash;dijo
-entonces un cómico ingenuamente&mdash;, la
-causa es porque hay en ella mil gracias y rasgos
-ingeniosos que nosotros no habíamos comprendido.»</p>
-
-<p>Desde entonces dejé de tener a los comediantes
-por buenos jueces y me hice justo apreciador de
-su mérito. Ellos mismos acreditaban con cuánta
-razón la gente les afeaba varias ridiculeces. Veía
-yo claramente que los aplausos, nada merecidos,
-tenían echados a perder tanto a los cómicos como
-a las cómicas, los cuales, considerándose como personas
-de suma importancia y objetos dignos de
-admiración, estaban persuadidos de que hacían
-gran favor al público en divertirle. Dábanme muy
-en rostro sus defectos; mas, por mi desgracia, su
-modo de vivir llegó a gustarme demasiado, y así,
-me vi metido de pies a cabeza en el desenfreno y
-en la disolución. Ni podía ser otra cosa. Todas sus
-conversaciones eran perniciosas a la juventud y
-nada veía en ellos que no contribuyese a estragarme.
-Aun cuando no supiera yo todo lo que pasaba
-en las casas de Constanza, Casilda y las demás
-comediantas, bastaba para perderme lo que
-estaba viendo en la de Arsenia. Además de aquellos<span class="pagenum"><a name="Page_310" id="Page_310">[310]</a></span>
-señores ya viejos de que hablé antes, concurrían a
-ella varios elegantes y no pocos hijos de familia, que
-encontraban en los usureros todo el dinero que habían
-menester para arruinarse. Alguna vez recibían
-también a ciertos agentes de quienes se servían,
-los cuales, en vez de ser pagados por su trabajo,
-les pagaban a ellas por que se dejaran servir.</p>
-
-<p>Florimunda vivía pared por medio de Arsenia,
-y todos los días comían y cenaban juntas. Estaban
-las dos tan unidas, que causaba admiración a las
-gentes ver tanta armonía entre cortesanas y se
-creía que tarde o temprano se rompería su amistad
-por algún obsequiante; pero conocían mal a tan
-perfectas amigas, porque era muy íntima su unión;
-en lugar de ser celosas, como las demás mujeres,
-hacían vida común. Gustaban más de repartir entre
-sí los despojos de los hombres que de disputarse
-neciamente sus amorosos suspiros.</p>
-
-<p>Laura, a ejemplo de estas dos ilustres compañeras,
-aprovechaba también el tiempo, no dejando
-malograr lo más florido de sus años. Habíame ella
-dicho que vería mil lindezas y no me engañó. Con
-todo eso, yo no hacía el celoso, por haberle prometido
-que procuraría adoptar el espíritu de la compañía.
-Disimulé por algún tiempo, contentándome
-con preguntarle el nombre de los sujetos con quienes
-la veía a solas en conversación; pero siempre
-me respondía que era un tío o un primo carnal
-suyo. ¡Oh y cuánta multitud de parientes tenía!
-Su familia debía de ser más numerosa que la del
-rey Príamo. Mas no era negocio de atenerse únicamente<span class="pagenum"><a name="Page_311" id="Page_311">[311]</a></span>
-a su infinita parentela: hacía también sus
-salidas fuera del árbol genealógico y no se olvidaba
-de ir de cuando en cuando a representar el papel
-de señora viuda en casa de la vieja de antaño.
-En fin, Laura&mdash;por dar al lector una idea cabal de
-su persona&mdash;era tan joven, tan linda y tan alegre
-como su ama, excepto que ésta divertía al pueblo
-públicamente y la criada sólo lo hacía en secreto.
-Yo cedí al torrente, y por espacio de tres semanas
-me entregué a todo género de placeres y pasatiempos;
-pero debo decir que en medio de ellos me sentía
-atormentado de crueles remordimientos, efecto
-de mi educación, que llenaban de amargura todas
-mis delicias. No triunfó la disolución de tan saludables
-remordimientos; al contrario, eran mayores
-cuanto más me abandonaba a mis desórdenes. Comenzaron
-éstos a causarme horror, gracias a mi
-natural complexión. «¡Ah, desventurado!&mdash;me decía
-yo a mí mismo&mdash;. ¿Es esto lo que esperaba de
-ti tu familia? ¿No te bastaba haberla engañado
-tomando otra carrera que la de preceptor? El verte
-precisado a servir, ¿te dispensa de cumplir con
-las leyes de hombre de bien? ¿Parécete que te puede
-servir de algún provecho vivir entre gente tan
-viciosa? En unos reina la envidia, la ira y la avaricia;
-el pudor y la vergüenza están desterrados de
-otros; éstos se entregan a la intemperancia y a la
-pereza; aquéllos, al orgullo y a la insolencia. ¡Esto
-se acabó! ¡No quiero vivir más con los siete pecados
-capitales!»</p>
-
-<p class="pc2 lmid">FIN DEL TOMO PRIMERO</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_312" id="Page_312">[312]</a></span></p>
-<p>&nbsp;</p>
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_313" id="Page_313">[313]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-
-<h2 class="p4">INDICE DEL TOMO PRIMERO</h2>
-
-<hr class="d3" />
-
-<table id="toc" summary="cont">
-
- <tr>
- <td> </td>
- <td class="tdrl"><span class="small u">Páginas</span></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Declaración de Le Sage</span></td>
- <td class="tdrl"><a href="#dec">7</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Una palabrita al lector</span></td>
- <td class="tdrl"><a href="#pal">9</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td colspan ="2" class="tdch">LIBRO PRIMERO</td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo I.</span>&mdash;Nacimiento de Gil Blas, y su educación.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c101">11</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo II.</span>&mdash;De los sustos que tuvo Gil Blas en el camino
-de Peñaflor, lo que hizo cuando llegó allí y lo que
-le sucedió con un hombre que cenó con él.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c102">14</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo III.</span>&mdash;De la tentación que tuvo el arriero en el
-camino, en qué paró y cómo Gil Blas se estrelló contra
-Caribdis queriendo evitar a Scila.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c103">24</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo IV.</span>&mdash;Descripción de la cueva subterránea y de
-lo que vió en ella Gil Blas.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c104">28</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo V.</span>&mdash;De la llegada de otros ladrones al subterráneo
-y de la conversación que tuvieron entre sí.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c105">31</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo VI.</span>&mdash;Del intento de escaparse Gil Blas y éxito
-de su tentativa.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c106">41</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo VII.</span>&mdash;De lo que hizo Gil Blas, no pudiendo hacer
-otra cosa.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c107">45</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo VIII.</span>&mdash;Acompaña Gil Blas a los ladrones; qué
-empresa acomete en los caminos reales.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c108">48</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo IX.</span>&mdash;Del serio lance que siguió a la aventura
-del fraile.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c109">52</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo X.</span>&mdash;De qué modo se portaron los bandoleros
-con la señora desmayada. Gran proyecto de Gil Blas,
-y sus resultas.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c110">55</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo XI.</span>&mdash;Historia de doña Mencía de Mosquera.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c111">63</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo XII.</span><span class="pagenum"><a name="Page_314" id="Page_314">[314]</a></span>&mdash;Del modo poco gustoso con que fué interrumpida
-la conversación de la señora y de Gil Blas.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c112">73</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo XIII.</span>&mdash;Por qué casualidad sale Gil Blas de la
-cárcel y a dónde se encaminó después.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c113">78</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo XIV.</span>&mdash;Recibimiento que le hizo en Burgos doña
-Mencía.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c114">83</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo XV.</span>&mdash;De qué modo se vistió Gil Blas, del nuevo
-regalo que le hizo la señora y del equipaje en que salió
-de Burgos.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c115">88</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo XVI.</span>&mdash;Donde se ve que ninguno debe fiarse
-mucho de la prosperidad.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c116">94</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo XVII.</span>&mdash;Partido que tomó Gil Blas de resultas
-del triste suceso de la casa de posada.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c117">102</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td colspan ="2" class="tdch">LIBRO SEGUNDO</td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo I.</span>&mdash;Entra Gil Blas por criado del licenciado Cedillo;
-estado en que éste se hallaba y retrato de su ama.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c201">115</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo II.</span>&mdash;Qué remedios suministraron al canónigo
-habiendo empeorado en su enfermedad; lo que resultó
-y qué dejó a Gil Blas en su testamento.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c202">123</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo III.</span>&mdash;Entra Gil Blas a servir al doctor Sangredo
-y se hace famoso médico.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c203">131</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo IV.</span>&mdash;Prosigue Gil Blas ejerciendo la Medicina
-con tanto acierto como capacidad. Aventura de la sortija
-recobrada.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c204">139</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo V.</span>&mdash;Prosigue la aventura de la sortija; deja
-Gil Blas la Medicina y se ausenta de Valladolid.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c205">153</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo VI.</span>&mdash;A dónde se encaminó Gil Blas después que
-salió de Valladolid y qué especie de hombre se incorporó
-con él.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c205">162</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo VII.</span>&mdash;Historia del mancebillo barbero.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c207">166</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo VIII.</span>&mdash;Encuentro de Gil Blas y su compañero
-con un hombre que estaba mojando mendrugos de pan
-en una fuente y conversación que con él tuvieron.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c208">198</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo IX.</span>&mdash;Estado en que encontró Diego a sus parientes
-y cómo Gil Blas se separó de él después de haber
-participado de ciertas diversiones.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c209">203</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td colspan ="2" class="tdch">LIBRO TERCERO<span class="pagenum"><a name="Page_315" id="Page_315"><span class="reduct">[315]</span></a></span></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo I.</span>&mdash;Llegada de Gil Blas a Madrid, y primer
-amo a quien sirvió allí. </td>
- <td class="tdrl"><a href="#c301">213</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo II.</span>&mdash;De la admiración que causó a Gil Blas el
-encuentro con el capitán Rolando y de las cosas curiosas
-que le contó aquel bandolero.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c302">223</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo III.</span>&mdash;Deja Gil Blas a don Bernardo de Castelblanco
-y entra a servir a un elegante.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c303">232</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo IV.</span>&mdash;Hace Gil Blas amistad con los criados de
-los elegantes; secreto admirable que éstos le enseñaron
-para lograr a poca costa la fama de hombre agudo y
-singular juramento que a instancia de ellos hizo en una
-cena.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c304">244</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo V.</span>&mdash;Vese Gil Blas de repente en lances de amor
-con una hermosa desconocida.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c305">253</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo VI.</span>&mdash;De la conversación de algunos señores sobre
-los comediantes de la compañía del teatro del
-Príncipe.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c306">265</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo VII.</span>&mdash;Historia de don Pompeyo de Castro.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c307">272</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo VIII.</span>&mdash;Por qué accidente se ve precisado Gil
-Blas a buscar nuevo acomodo.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c308">282</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo IX.</span>&mdash;Del amo a quien Gil Blas fué a servir después
-de la muerte de don Matías de Silva.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c309">289</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo X.</span>&mdash;Entra Gil Blas a servir de mayordomo en
-casa de Arsenia; informes que le da Laura de los comediantes.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c310">294</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo XI.</span>&mdash;Del modo como vivían entre sí los comediantes
-y cómo trataban a los autores de comedias.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c311">300</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td class="tdt"><span class="smcap">Capítulo XII.</span>&mdash;Toma Gil Blas inclinación al teatro, entrégase
-enteramente a los pasatiempos de la vida cómica
-y dentro de poco se disgusta de ella.</td>
- <td class="tdrl"><a href="#c312">307</a></td>
- </tr>
-
-</table>
-
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_316" id="Page_316">[316]</a></span></p>
-<p>&nbsp;</p>
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_317" id="Page_317">[317]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-
-<div class="bord p4">
-
-<p class="pc elarge">LOS HUMORISTAS</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p class="pc2 mid">TITULOS PUBLICADOS POR “CALPE”</p>
-
-<p class="pad">Julio Camba.&mdash;<b>La rana viajera.</b>&mdash;Cuatro pesetas.</p>
-
-<p class="pad">Arnold Bennet.&mdash;<b>Enterrado en vida.</b>&mdash;Trad. del inglés por Vicente
-Vera. Cuatro pesetas.</p>
-
-<p class="pad">&mdash;&mdash; <b>El «matador» de Cinco-Villas.</b>&mdash;Trad. del inglés por C. Rivas
-Cherif. Cuatro pesetas.</p>
-
-<p class="pad">&mdash;&mdash; <b>La viuda del balcón, y Otros cuentos de Cinco-Villas.</b>&mdash;Traducido
-del inglés por C. Rivas Cherif. Cuatro pesetas.</p>
-
-<p class="pad">René Benjamín.&mdash;<b>Gaspar.</b>&mdash;Trad. del francés por Manuel Azaña.
-Cuatro pesetas.</p>
-
-<p class="pad">Jorge Courteline.&mdash;<b>Los señores chupatintas.</b>&mdash;Trad. del francés
-por Nicolás González Ruiz. Cuatro pesetas.</p>
-
-<p class="pad">&mdash;&mdash; <b>Boubouroche.</b>&mdash;Trad. del francés por Nicolás González
-Ruiz. Tres pesetas.</p>
-
-<p class="pad">H. S. Harrison.&mdash;<b>Queed, el doctorcillo.</b>&mdash;Trad. del inglés por
-Juan de Castro.&mdash;Dos tomos. Cada uno tres pesetas cincuenta
-céntimos.</p>
-
-<p class="pad">Eugenio Heltai.&mdash;«<b>Family Hotel</b>» <b>y Mi segunda mujer.</b>&mdash;Traducido
-del húngaro por Andrés Révész. Cuatro pesetas.</p>
-
-<p class="pad">&mdash;&mdash; <b>Manuel VII y su época.</b>&mdash;Trad. del húngaro por Andrés
-Révész. Tres pesetas cincuenta céntimos.</p>
-
-<p class="pad">Gómez de la Serna.&mdash;<b>Disparates.</b>&mdash;Cuatro pesetas.</p>
-
-<p class="pad">Pedro Veber.&mdash;<b>Los cursos.</b>&mdash;Trad. del francés por José A.
-Luengo. Tres pesetas.</p>
-
-<p class="pad">Antón Chejov.&mdash;<b>Historia de una anguila, y otras historias.</b>&mdash;Trad.
-del ruso por Saturnino Ximénez. Tres pesetas cincuenta
-céntimos.</p>
-
-<p class="pad">Esteban Szomahazy.&mdash;<b>El dramaturgo misterioso.</b>&mdash;Trad. del
-húngaro por Andrés Révész. Tres pesetas.</p>
-
-<p class="pc2 mid">PRÓXIMAMENTE</p>
-
-<p class="pad"><b>Humoristas húngaros (Antología de).</b>&mdash;Trad. del húngaro por
-Andrés Révész.</p>
-
-<p class="pad">Kálmán de Mikszáth.&mdash;<b>Gente de rumbo, y El caftán del sultán.</b>&mdash;Trad.
-del húngaro por Andrés Révész.</p>
-
-<p class="pad">Eugenio Heltai.&mdash;<b>Los siete años de hambre, y Cuentos.</b>&mdash;Traducido
-del húngaro por Andrés Révész.</p>
-
-<p class="pad">Gómez de la Serna.&mdash;<b>El Incongruente.</b></p>
-
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_318" id="Page_318">[318]</a></span></p>
-
-<div class="bord p4">
-
-<p class="pc elarge ss">LIBROS DE LA NATURALEZA</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p class="pad1"><i>El contenido de las obras que forman esta serie
-de libros editados por</i> <span class="smcap">Calpe</span> <i>es rigurosamente
-científico y está al corriente de los últimos progresos
-de las ciencias naturales. Garantía de ello
-son los autores de esas obras, todos los cuales
-figuran entre los naturalistas de mayor autoridad
-en nuestro país.</i></p>
-
-<p class="pc2 mid">VAN PUBLICADOS</p>
-
-<p class="pad"><b>Los animales familiares</b>, por <i>Angel Cabrera</i>,
-profesor en el Museo Nacional de Ciencias
-Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 13 fotograbados
-en papel estucado.</p>
-
-<p class="pad"><b>La vida de la Tierra</b>, por <i>J. Dantín Cereceda</i>,
-profesor en el Instituto de San Isidro de Madrid.
-Un volumen de 96 páginas, 21 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados
-en papel estucado.</p>
-
-<p class="pad"><b>El mundo alado</b>, por <i>Angel Cabrera</i>, profesor
-en el Museo Nacional de Ciencias Naturales.
-Un volumen de 96 páginas, 27 dibujos y 6 láminas
-fuera de texto, con 11 fotograbados en
-papel estucado.</p>
-
-<p class="pad"><b>El mundo de los minerales</b>, por <i>Lucas Fernández
-Navarro</i>, profesor en la Universidad de
-Madrid y en el Museo Nacional de Ciencias
-Naturales. Un volumen de 96 páginas, 43 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados
-en papel estucado.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_319" id="Page_319">[319]</a></span></p>
-
-<p class="pad"><b>El mundo de los insectos</b>, por <i>Antonio de Zulueta</i>,
-profesor en el Museo Nacional de Ciencias
-Naturales. Un volumen de 96 páginas,
-41 dibujos y 6 láminas fuera de texto, con
-12 fotograbados en papel estucado.</p>
-
-<p class="pad"><b>Los animales salvajes</b>, por <i>Angel Cabrera</i>, profesor
-en el Museo Nacional de Ciencias Naturales.
-Un volumen de 96 páginas, 24 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados
-en papel estucado.</p>
-
-<p class="pad"><b>Peces de mar y de agua dulce</b>, por <i>Angel Cabrera</i>,
-profesor en el Museo Nacional de Ciencias
-Naturales. Un volumen de 96 páginas,
-40 dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 11
-fotograbados en papel estucado.</p>
-
-<p class="pad"><b>La vida de las plantas</b>, por <i>J. Dantín Cereceda</i>,
-profesor en el Instituto de San Isidro de Madrid.
-Un volumen de 96 páginas, 31 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados
-en papel estucado.</p>
-
-<p class="pad"><b>Los animales microscópicos</b>, por <i>Angel Cabrera</i>,
-profesor en el Museo Nacional de Ciencias
-Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados
-en papel estucado.</p>
-
-<p class="pad"><b>La vida de las flores</b>, por <i>J. Dantín Cereceda</i>,
-profesor en el Instituto de San Isidro de Madrid.
-Un volumen de 96 páginas, 31 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados
-en papel estucado.</p>
-
-<p class="p1">Todas las obras de esta colección se venden
-al precio de <b>1,75 pesetas cada libro</b> y llevan artísticas
-cubiertas del gran dibujante Bagaría
-impresas a cinco tintas.</p>
-
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_320" id="Page_320">[320]</a></span></p>
-
-<div class="bord p4">
-
-<p class="pc2 elarge ss">LIBROS DE AVENTURAS</p>
-
-<p class="pc"><b>de los mejores autores clásicos y modernos.</b></p>
-
-<p class="pc2 lmid">COLECCIÓN DE OBRAS DE ALTO VALOR LITERARIO
-Y EDUCATIVO PARA LOS MUCHACHOS, EDITADAS
-POR Calpe y TRADUCIDAS CUIDADOSAMENTE
-DEL IDIOMA ORIGINAL</p>
-
-<p class="pc2 mid">VOLÚMENES PUBLICADOS</p>
-
-<p class="pad p1"><b>Los tramperos del Arkansas</b>, por Gustavo Aimard.&mdash;Un
-tomo. Cuatro pesetas.</p>
-
-<p class="pad"><b>Aventuras del capitán Corcorán</b>, por Alfredo Assollant.&mdash;Un
-tomo. Cuatro pesetas cincuenta céntimos.</p>
-
-<p class="pad"><b>El cazador de ciervos</b>, por Fenimore Cooper&mdash;Dos tomos.
-Cada uno cuatro pesetas.</p>
-
-<p class="pad"><b>Los tiradores de rifle</b>, por Mayne Reid.&mdash;Un tomo. Cuatro pesetas.</p>
-
-<p class="pad"><i>La isla del tesoro</i>, por Roberto L. Stevenson.&mdash;Un tomo. Cuatro
-pesetas.</p>
-
-<p class="pad"><b>De la Tierra a la Luna</b>, por Julio Verne.&mdash;Un tomo. Tres
-pesetas cincuenta céntimos.</p>
-
-<p class="pad"><b>Los mercaderes de pieles</b>, por Ballantyne.&mdash;Un tomo. Cinco
-pesetas.</p>
-
-<p class="pad"><b>Salvado del mar</b>, por Kingston.&mdash;Un tomo. Cuatro pesetas.</p>
-
-<p class="pad"><b>La marina mercante</b>, por Marryat.&mdash;Un tomo. Cinco pesetas.</p>
-
-<p class="pad"><b>El jinete sin cabeza</b>, por Mayne Reid.&mdash;Dos tomos. Cada uno
-cinco pesetas.</p>
-
-<p class="pad"><b>Dos años al pie del mástil</b>, por Dana.&mdash;Un tomo. Tres pesetas.</p>
-
-<p class="pad"><b>El último mohicano</b>, por Fenimore Cooper.&mdash;Dos tomos. Cada
-uno tres pesetas.</p>
-
-<p class="pad"><b>Alrededor de la Luna</b>, por Julio Verne.&mdash;Un tomo. Tres pesetas.</p>
-
-<p><b>La isla de coral</b>, por Ballantyne.&mdash;Un tomo. Tres pesetas cincuenta
-céntimos.</p>
-
-<p class="pad"><b>Robinsón Crusoe</b>, por Defoe.&mdash;Dos tomos. Cada uno tres pesetas.</p>
-
-<p class="pad"><b>Aventuras de Román Kalbris</b>, por Malot.&mdash;Un tomo. Tres pesetas.</p>
-
-<p class="pad"><b>Propiedad del Rey</b>, por Marryat.&mdash;Dos tomos. Cada uno tres
-pesetas.</p>
-
-<p class="pad"><b>A lo largo del Amazonas</b>, por Kingston.&mdash;Dos tomos. Cada
-uno tres pesetas.</p>
-
-<p class="pad"><b>El Robinsón suizo</b>, por Wyss.&mdash;Un tomo. Cuatro pesetas.</p>
-
-<p class="pad"><b>Viajes de Gulliver</b>, por Swift.&mdash;Un tomo. Tres pesetas.</p>
-
-<p class="pad"><b>El matador de leones</b>, por Gérard.&mdash;Un tomo. Tres pesetas.</p>
-
-<p class="pad"><b>David Balfour</b>, por Stevenson.&mdash;Un tomo. Tres pesetas.</p>
-</div></div>
-
-
-
-</div>
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana
-(Vol 1 de 3), by Alain-René Lesage
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK GIL BLAS ***
-
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-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
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-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
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-electronic works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
-Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
-of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
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-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
-United States and you are located in the United States, we do not
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-displaying or creating derivative works based on the work as long as
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-to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
-other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official
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-DAMAGE.
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-with the defective work may elect to provide a replacement copy in
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-or entity providing it to you may choose to give you a second
-opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
-the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
-without further opportunities to fix the problem.
-
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-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
-OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
-LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
-
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-warranties or the exclusion or limitation of certain types of
-damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
-violates the law of the state applicable to this agreement, the
-agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
-limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
-unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
-remaining provisions.
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-electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
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-the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
-or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
-additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
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-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
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-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
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-
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-www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
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-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
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-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
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- Chief Executive and Director
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-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
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